Ylan, Esperanza - La Revolución Francesa

October 1, 2017 | Author: padiernacero54 | Category: Feudalism, Nobility, Politics, Government, Revolutions
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Descripción: Ylan, Esperanza - La Revolución Francesa...

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Biblioteca Basica de Historia -Monografías-

La Revolución Francesa Esperanza Yllán

ANAYA

n 1789, hace ahora doscien­ tos años, se inició en Francia un proceso revolucionario que llegó a transformar el orden tra­ dicional del Antiguo Régimen y cuyos protagonistas principales procedían del «tercer estado»: burgueses, campesinos y prole­ tarios. A lo largo de este proce­ so, que culminó en 1799, se produjeron acontecimientos de repercusión universal, que si­ guen suscitando controversias. ESPERANZA YLLAN, Profesora Titu­ lar de Historia Moderna de la Universidad Complutense de Madrid, es autora de numero­ sos libros y artículos sobre te­ mas históricos.

E

1544038

La Revolución Francesa

Esperanza Yllán

Colección: Biblioteca Básica Serie: Historia (Monografías) Diseño: Narcís Fernández Maquetación: Pablo Rico Comentarios a las ilustraciones: Manuel González Moreno Ayudantes de edición: Mercedes Castro y Olga Escobar Coordinación científica: Joaquim Prats i Cuevas (Catedrático de Instituto y Profesor de Historia de la Universidad de Barcelona) Coordinación editorial:

Juan Diego Pérez González Enrique Posse Andrada

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del texto. Esperanza Yllán, 1989 de la edición española, Grupo Anaya, S A . 1989 Telém aco. 43. 28027 Madrid Primera edición, septiembre de 1989 Segunda edición, julio de 1991 Tercera edición, mayo de 1993 I.S .B .N .: 84-207-3445-4 Depósito legal: M -8.513-1993 Impreso en AN ZO S , S. A. La Zarzuela. 6 Polígono Industrial Cordel de la Carrera Fuenlabrada (Madrid) Impreso en España Printed in Spaln

R e s e rv a d o s to d o s lo s d e re c h o s D e c o n f o r m id a d c o n lo d is p u e s to e n e l a r tíc u lo 5 3 4 - b is d e l C ó d ig o P e n a l v ig e n te , p o d r á n s e r c a s tig a d o s c o n penas de multa y p r iv a c ió n d e lib e r ta d q u ie n e s r e p r o d u je r e n o p la g ia re n , e n t o d o o e n p a r te , uno o b ra lite r a r ia , a rtís tic a o cientijfica f ija d a e n c u a lq u ie r t ip o d e s o p o r te , s in la p r e c e p tiv a a u to r iz a c ió n .

Contenido L a R e v o lu c ió n F ra n c e s a : u n a p o l é m i c a a b ie r t a

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1

La Francia del A n tig u o R ég im en

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Francia en vísperas de la R ev o lu ció n

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3

L a tom a d e la Bastilla

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L o s principios d e 1789: abolición del feu d a lism o y D e c la r a c ió n d e D e re c h o s d e l H o m b re

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5

El re y y la A sa m b le a L egislativa

38

6

La R epública D em ocrática:

7

8

9 10

6

giron d in os y m o n tañ eses

48

L a C o n v e n c ió n m on ta ñ esa y el G o b ie rn o revolu cio n a rio

60

L a dictadura jacobin a y la prim eras victorias del G o b ie rn o re vo lu cio n a rio

70

El D irectorio

80

El g o lp e d e esta d o del 18 Brum ario: N a p o le ó n B on ap arte

86

D a t o s p a r a u n a h is t o r ia

90

G lo s a r i o

92

I n d i c e a lf a b é t ic o

94

B ib lio g r a f í a

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La Revolución Francesa: una polémica abierta Cuando el 14 de julio de 1789 el pueblo de París asal­ taba la vieja fortaleza de la Bastilla, Luis XVI, sorpren­ dido y asustado, preguntó a uno de sus cortesanos: «¿Se trata de un tumulto?» «No, señor — le respondieron— ; es una revolución.» De este modo, los últimos años del siglo XVIII. en el que se habían desarrollado las ideas de la Ilustración, se vieron sacudidos por el impacto de una gran conmoción social, una Revolución que transformó el orden tradicional del Antiguo Régimen y cuyo prota­ gonismo principal correspondió al llamado te r c e r esta­ do. burgueses, artesanos, campesinos y asalariados. H a­ ce ya doscientos años de aquello y desde entonces no han cesado de publicarse los más variados estudios sobre la Revolución Francesa, que ha sido considerada com o el viraje más decisivo en la historia moderna europea. Para muchos franceses, la Revolución no fue una sor­ presa. Algunos filósofos de la Ilustración la creían inevi­ table. Ya en 1764 Voltaire había escrito: «Todo cuanto contemplo arroja las semillas de una revolución que sobrevendrá indefectiblemente, y de la que no tendré el placer de ser testigo.»

Sin embargo, el XVIII fue un siglo de expansión eco­ nómica, de enriquecimiento de Europa en general, y de Francia en particular. ¿Por qué entonces terminó el si­ glo con una revolución y por qué ésta se produjo en Francia? Varias generaciones de historiadores se han he­ cho estas o parecidas preguntas y sus diferentes respues­ tas reflejan las diversas formas de entender el proceso histórico general y. sobre todo, la naturaleza de un fen ó­ meno revolucionario que aún continúa suscitando polé­ micas. El estallido de 1789 estuvo jalonado por aconte­ cimientos de gran repercusión universal: la D e c la r a c ió n d e D e r e c h o s d e l H o m b r e : la instauración del régimen parlamentario, la República; la creación de los símbolos patrióticos franceses (la bandera tricolor y L a M a r s e lle s a ). así com o la propia aparición del concepto contem poráneo de n a c ió n o la incorporación a la ideología p o ­ lítica de los conceptos de d e r e c h a e iz q u ie rd a . Veamos cóm o se desarrollaron los hechos.

La Francia del Antiguo Régimen

La creciente activi­ dad com ercial de los puertos ingleses reforzaba el d esa­ rro llo eco n ó m ico del Reino U n id o , conjugando su ex­ pansionismo indus­ trial con la facilidad para abrir nuevos m ercados exterio­ res. Abajo, el puer­ to de Bristol, a m e­ diados del XVIII.

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A finales del siglo XVIII Francia era. en muchos aspec­ tos, el país más avanzado de Europa. El movimiento de la Ilustración y las nuevas teorías de los «philosophes» y enciclopedistas franceses circulaban por todo el conti­ nente, y sus libros y periódicos se leían en todo el mun­ do. El crecimiento dem ográfico fue continuo a partir de la segunda mitad del siglo: la población aumentó de 19 a 25 millones en vísperas de la Revolución. Sin embar­ go, a pesar de que en 1789 existían unas 60 ciudades con más de 10.000 habitantes, el campesinado repre­ sentaba todavía el 85 por 100 de la población francesa. La actividad comercial y la producción artesanal ha­ bían experimentado un gran desarrollo. Francia exporta­ ba a Inglaterra y a Bélgica materias primas (cereales, lana, ganado) y a las regiones orientales del Mediterrá­ neo y a las colonias americanas artículos manufactura­ dos y productos alimenticios. También vendía en toda Europa sus excelentes vinos, así com o artículos de lujo: encajes, porcelanas, objetos de bronce, muebles finos...

Sin embargo, el sistema de aduanas interiores (que correspondían a las antiguas divisiones territoriales del feudalismo) y las trabas que imponían los reglamentos de los gremios, obstaculizaban el desarrollo del com er­ cio. En las grandes ciudades los artesanos ocupaban distintos barrios según sus oficios: sastres, curtidores, tin­ toreros, etc.; estaban obligados a pagar fuertes con­ tribuciones, que recaudaban una amplia red de fun­ cionarios del gobierno real, y se regían por una estricta reglamentación gremial, que obligaba a producir los ar­ tículos según modelos y cantidades establecidos, lo que dificultaba el abastecimiento de un mercado cuya de­ manda estaba en continuo crecimiento. A pesar de estas dificultades, la gran expansión co ­ mercial del siglo XVIII favoreció el desarrollo económ i­ co de un amplio sector de la burguesía, el que estaba al frente de las finanzas, del comercio y de la industria, y que proporcionaba a la monarquía tanto sus técnicos administrativos com o los recursos y empréstitos nece­ sarios para la marcha del Estado.

El Antiguo

Régimen

Mientras Inglaterra aum entaba su co­ mercio, Francia se encontraba sumida en una crisis que le impedía un despe­ gue sim ilar al in­ glés, retrasando su puesta al día res­ pecto a la actividad m ercantil. A b a jo , aduana de Londres.

El Antiguo

Régimen

Este molino de h a­ rina es un ejemplo del ru d im e n ta rio sistema de transfor­ mación de materias primas derivado del Antiguo Régim en. El cam b io de los mecanismos en la actividad ag ra ria , tanto im positivos com o comerciales, era necesario para lo g r a r un m o d e ­ lo económico m o­ derno.

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En la agricultura también habían ido penetrando las relaciones mercantiles, y se había superado el viejo ré­ gimen de servidumbre que aún existía en Rusia o en la Europa oriental. En Francia, la mayor parte de la tierra pertenecía a los estamentos privilegiados: la nobleza, la Iglesia, y también a la burguesía y a la Corona; pero mu­ chos campesinos habían accedido a la propiedad, aun­ que la mayoría trabajaba la tierra en régimen de arren­ damiento o se encontraba a jornal con el señor o con otro campesino. Pero a pesar de que el régimen de ser­ vidumbre personal se mantenía en Francia en muy pocos lugares, el sistema agrario y sus relaciones de depen­ dencia económica seguían reflejando, en su conjunto, la importancia de las cargas feudales y de los tributos se­ ñoriales. El campesino estaba obligado a entregar parte de la cosecha al propietario de la tierra (generalmente una cuarta parte) o a pagarle su valor en dinero, así com o a satisfacer una serie de impuestos por las más variadas actividades: transportar los cereales a través de un puen-

te; moler grano en el molino o cocer el pan en el horno El Antiguo del amo. etc. Además de estas cargas señoriales, exis­ tían otros impuestos, com o el diezmo (equivalente a la Régimen décima parte de la cosecha) destinado a la Iglesia, y otros muchos en favor del rey: el impuesto de bienes (la ta­ lla). de ingresos (la vigésima) o el impuesto por cabeza (la capitación). Todas estas cargas o tributos agobiaban al campesino. Incluso los que habían comprado las tie­ rras a bajo precio tenían que asumir com o propietarios los correspondientes impuestos, que apenas podían pa­ gar con los beneficios de sus tierras y menos aún cuan­ do tenían que hacer frente a las adversidades de una Los horizontes del pueblo llano no pu­ mala cosecha. dieron mejorar du­ Para el pueblo llano, y en particular para los campesi­ rante el «siglo de las nos y obreros, la expansión económica del siglo XVIII no luces», pese a la ex­ fue muy apreciable. Los jornales no habían participado tensión del pensa­ en absoluto de la prosperidad de las ganancias burgue­ miento fisiocrático sas. Hasta 1780 los precios de los artículos de consumo qtie propugnaba el se elevaron un 65 por 100, mientras los jornales sólo incentivo de las ren­ tas y activid ad es aumentaron un 22 por 100. agrarias. C am pesi­ Por otro lado, la revalorización del suelo y de los pre­ nos cruzando el río cios agrícolas que se produjo a partir de 1750 habían en la c iu d a d de beneficiado sobre todo a los grandes terratenientes, que Aviñón.

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El Antiguo Régimen

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El aspecto cómico de la caricatura de una a r is tó c r a ta francesa (a rr ib a ), realzado por la des­ c o m u n a l p e lu c a , constrasta con la elegancia de la p a­ reja de nobles de la derecha: represen­ tantes de la suntuo­ sidad y el lujo reser­ vado casi en exclu­ siva a una nobleza ociosa y ciega ante los cam bios socia­ les que se le venían encima.

vieron aumentar sus rentas, y a los grandes agriculto­ res, que obtenían importantes ganancias con la venta de sus excedentes. Al mismo tiempo, esta revalorización provocó un fe ­ nóm eno de «reacción feudal»: los propietarios de tierras comenzaron a resucitar y a poner en vigor sus antiguos derechos señoriales y una serie de prestaciones de los campesinos caídas en desuso. Comenzaron a exigir, por ejemplo, una mayor rigidez en los contratos de arren­ damiento, haciéndolos imposibles de satisfacer por los campesinos. A este renacer del feudalismo sobre el régimen de propiedad de la tierra, se añadió la cada vez más p o d e­ rosa presión de los nobles, que intentaban desplazar a la burguesía de los cuerpos de la administración del Es­ tado. Así, en los diferentes grados de la jerarquía (cor­ tes de justicia, intendentes, tenientes generales, obispa­ dos, etc.) se defendía el privilegio nobiliario frente a los «plebeyos». Esta actitud de la aristocracia provocaba la hostilidad de los burgueses y campesinos y contribuyó, en buena medida, a la gestación de un clima prerrevolucionario.

En definitiva, la Francia del Antiguo Régimen, a p e­ sar de la prosperidad económica del siglo XVIII y del de­ sarrollo experimentado por la burguesía francesa (y europea en general), seguía siendo una sociedad rígi­ damente estructurada en ó rd e n e s , donde aún predomi­ naban las relaciones feudales. Las órdenes o estamen­ tos privilegiados (el clero y la nobleza), además de no pagar impuestos directos, ocupaban también los empleos públicos más distinguidos y los más altos cargos de la jerarquía eclesiástica y del ejército. Al tercer estado, o estado llano, pertenecían todos aquellos que no eran ni nobles ni eclesiásticos, es decir, la mayoría de la población de Francia. Jurídicamente ca­ recían de derechos políticos y estaban sujetos al pago de impuestos. Desde el punto de vista social, pertene­ cían a este estamento los elementos más activos de la economía: grandes comerciantes, burgueses importan­ tes, empresarios de manufacturas, así com o los secto­ res ilustrados y profesionales. También pertenecían a él los artesanos (agrupados en cofradías, gremios y cor­ poraciones) y el campesinado.

El Antiguo

Régimen

Representación tea­ tral en un s a ló n aristocrático del si­ glo XVIII. La selecta concurrencia al p e­ queño espectáculo doméstico sim boli­ zaba el refinamien­ to s o c ia l que las clases privilegiadas habían acum ulado en su dorada y es­ pléndida soledad.

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Francia en vísperas de la Revolución

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El marqués de Lafayette (arriba) luchó en tierras nortea­ m ericanas a favor de la independencia de las trece co lo ­ nias que constitui­ rían los E s ta d o s Unidos, merced al triunfo de las ideas de la Ilustración y al tesón de la burgue­ sía norteamericana en hacer realidad el sueño de libertad que sim bolizaba la proclamación de su Independencia (de­ recha), para lo cual contaron con la co­ la b o ra c ió n de un cuerpo de ejército francés, m andado por Lafayette, y otro español al mando de B e r n a r d o d e Gálvez.

El fuerte impulso experimentado por la econom ía fran­ cesa en el siglo XVIII com enzó a manifestar ciertos sín­ tomas de agotamiento en la década de 1780. La pérdi­ da de casi todas sus colonias americanas después de la guerra de los Siete Años (1756-1765) ya había afecta­ do seriamente al comercio y la situación se agravó más tarde con la intervención francesa en la guerra de Inde­ pendencia de las colonias británicas en América del Nor­ te (1777-1783). que produjo considerables gastos y obli­ gó a recurrir a elevados préstamos. Por otro lado, el tratado de comercio con Inglaterra firmado en 1786, beneficioso para vinateros y com er­ ciantes, pero que perjudicaba los intereses industriales, contribuyó en buena medida a que la industria experi­ mentara dificultades. En la década de 1780 los países más avanzados de Europa intentaron una primera ex­ periencia de comercio libre; se firmaron por entonces varios tratados comerciales y de navegación entre Fran­ cia y los jóvenes Estados Unidos, Inglaterra y varios paí­ ses bálticos, con el fin de ampliar los intercambios y re­ ducir las barreras aduaneras que obstaculizaban las relaciones económicas internacionales. De este modo, el citado acuerdo de 1786 facilitaba la venta de vino y productos de lujo a Inglaterra, pero al mismo tiempo re­ ducía los derechos aduaneros que habían de pagar las mercancías británicas; com o consecuencia de ello, un torrente de artículos ingleses, especialmente textiles, inundó el mercado francés, provocando la alarma y el desconcierto de comerciantes y manufactureros. Sin embargo, el problema más grave seguía siendo el abastecimiento de una población que había crecido a mayor velocidad que la producción de cereales. Fran­ cia vivía obsesionada por la escasez, por el recuerdo de las «revueltas de hambre» que se habían producido a lo largo del siglo XVll! y el temor a su repetición. Este problema, unido al encarecimiento continuo de los pro­ ductos alimenticios, explican el descontento y agitación existente entre los campesinos y los sectores urbanos, cuya subsistencia dependía de la producción agrícola. El año anterior a la Revolución, en el verano de 1788, la cosecha fue mala, y el invierno resultó inusita­ damente riguroso. La catástrofe agrícola cerró el merca-

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Vísperas de la Revolución

do rural y en las ciudades, donde ya existía una abun­ dante mano de obra, el paro se multiplicó y los salarios descendieron. En varias provincias estallaron insurrec­ ciones de campesinos, que asaltaban los graneros de los señores, se repartían el trigo y exigían a los comercian­ tes que vendieran el grano a un precio razonable o. c o ­ mo decían, a «un precio honrado». Los economistas burgueses venían proponiendo co ­ mo único remedio para resolver estas situaciones la liberalización del comercio de los cereales (beneficiosa so­ bre todo para los propietarios y comerciantes), pero el pueblo, por su parte, seguía reclamando la tradicional reglamentación y en los períodos de escasez exigía in­ cluso las requisas de grano y el establecimiento de pre­ cios fijos que fuesen asequibles.

La crisis financiera

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En la Europa de fi­ nales del siglo xvill las ciudades tenían un ciclo vital here­ d ado del A ntiguo Régimen. La cele­ bración de m erca­ dos sem anales y de fe r ia s a g r í c o l a s ferias agrícolas ge­ neraban un m eca­ nismo de intercam­ bio y transacciones limitado a los ám bi­ tos com arcales, en a b ie rto co n traste con las necesidades re c a u d a t o r ia s de los estados, cuyos c o m p ro m is o s les exigían imponer ca­ da vez m ayores im­ puestos al consumo doméstico.

Todos estos factores se sumaron para provocar una si­ tuación desesperada en las finanzas del Estado. Los gas­ tos que exigían el ejército, la corte, la política exterior, las obras públicas, etc., eran muy superiores a los ingre­ sos que se obtenían por medio de los impuestos. Por j otro lado, com o los intereses que generaban las deudas contraídas por el Estado se abona­ ban con retraso, los banqueros se ne­ gaban a otorgar nuevos préstamos.

De este m odo la deuda francesa, considerablemente incrementada por la guerra de Independencia america­ na y por el despilfarro ostentoso de la corte, no podía cancelarse, debido a que el presupuesto nacional no lo­ graba equilibrarse. Esta mala situación de las finanzas francesas no se debía a la pobreza nacional, sino a que los estamentos privilegiados, especialmente la nobleza, no pagaban impuestos. La Iglesia, por su parte, consideraba que sus bienes no podían ser gravados con impuestos del Estado, al que ya contribuía por medio de su periódica y «libre dona­ ción» a las arcas del rey; pero, con ser importante, esta aportación era muy inferior a lo que podría obtenerse mediante un impuesto directo sobre las tierras que p o ­ seía la Iglesia francesa. En definitiva, el problema residía en que las clases que se beneficiaban de casi toda la riqueza del país no pagaban unos impuestos acordes con sus ingresos y. lo que era más grave, se resistían a ello por considerarlo propio de las clases inferiores, es decir, del tercer estado exclusivamente. Esta situación, en reali­ dad, se venía arrastrando desde mucho an­ tes, podría decirse que desde la é p o ­ ca en que el cardenal Richelieu era consejero de Luis XIII.

Vísperas de la Revolución

Puerto de Burdeos (Francia). La avidez del fisco real iba m erm an d o el nú­ mero de importa­ ciones y exportacio­ nes que pasaban p o r la s a d u a n a s francesas a finales del siglo xvili, al gravarlas con fuer­ tes impuestos.

Las tentativas de reform a y la revuelta aristocrática Esta resistencia obligó al gobierno real a buscar una salida para la situación. Ya al comienzo del reinado de Luis XIV. el economista Turgot, interventor general de finanzas, había propuesto suprimir el privilegio de no pa­ gar impuestos del que gozaban los nobles y el clero. Pero la mayor parte de sus reformas fueron suprimidas, y la misma suerte corrió el programa económ ico de Necker, su sucesor. En 1783, Charles Alexandre de Calonne, un exce­ lente y experimentado administrador, fue nombrado mi­ nistro de Hacienda para que acometiese la solución del problema, cuando ya no quedaba otra salida que trans­ formar radicalmente la Hacienda Pública y su política fiscal, o bien declararse en bancarrota y no pagar las deu­ das contraídas, lo cual significaba no volver a obtener nuevos empréstitos. Calonne propuso establecer una «subvención territo­ rial», impuesto que habrían de pagar todos los terrate­ nientes sin excepción; también planteó la supresión de aduanas interiores y de varios impuestos de consumo, así com o la liberalización del comercio de granos, la con­ fiscación de algunas propiedades de la Iglesia y. por úl­ timo. el establecimiento de Asambleas Provinciales con representación de los tres estamentos. Calonne sabía el alcance político de su proyecto y las dificultades que se plantearían para su aceptación por los organismos jurídicos, que estaban controlados por los sectores aristocráticos: los parlamentos, estados pro­ N e c k e r, m in istro de F i n a n z a s d e vinciales y la asamblea del clero. Ni Luis X V I ni sus mi­ Luis XVI, intentó, nistros se atrevían a imponer tales medidas por decreto sin éxito, un proyec­ y consideraron más prudente reunir una Asamblea de to reformista para Notables, designados por el rey, para conseguir su acep­ h a c e r p a g a r im ­ puestos a la noble­ tación del proyecto. Pero la asamblea resultó menos dócil za y al clero, exen­ de lo que se esperaba: los notables se opusieron fron­ tos por su estatuto talmente a las medidas de Calonne y la opinión general privilegiado de es­ reaccionó con estupor ante la magnitud de la crisis fi­ tas contribuciones. nanciera y la resistencia de la nobleza a ponerle rem e­ La oposición que dio. El conflicto terminó con la destitución de Calonne. e n c o n t r a r o n su s Le sustituyó el arzobispo de Toulouse, Loménie de Brienpropuestas le llevó ne, protegido de la reina María Antonieta y enem igo de a presentar la dimi­ sión. Calonne.

Vísperas de la Revolución

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Brienne obtuvo de los nobles un empréstito que per­ mitió evitar de mom ento la bancarrota. Pero, a cambio, los nobles exigieron la convocatoria de los Estados G e ­ nerales. mediante los cuales podían controlar a la m o ­ narquía. Estos acontecimientos tuvieron repercusión en algunas provincias, donde la nobleza pidió el restableci­ miento de sus propios Estados Provinciales; en la re­ gión del Delfinado los nobles decidieron restablecerlos por su cuenta. Ante la rebeldía de la nobleza, Brienne presentó su dimisión y el rey volvió a llamar a Necker. cuya primera medida fue aplazar la reforma, establecer los parlamen­ tos y convocar los Estados Generales para el 1 de mayo de 1789. Algunos historiadores han calificado de «revolución aristocrática» este período de 1787 a 1789. Y. en efec­ to, durante estos años de crisis y enfrentamiento con los parlamentos, el protagonismo corrió a cargo de los ma­ gistrados y la nobleza, que defendían los derechos parla­ mentarios frente al absolutismo. Pero, en la práctica, el restablecimiento de los Estados Generales suponía vol-

Vísperas de la Revolución

Parlamento de P a­ rís en una sesión a m ediados del si­ glo XVlll. Los p arla­ m entarios provin­ ciales resultaron in­ capaces de alcan­ zar un acuerdo que sirviera para resol­ ver los problem as financieros del esta­ do francés.

Vísperas de la Revolución

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Caricatura que re­ presenta la o p re ­ sión del clero y la nobleza sobre el ter­ cer estado (arriba). La im agen contiene un elemento de evi­ dencia incuestiona­ ble, ya que la acti­ vidad produ ctiva del cam po y las m a­ n u factu ras (d e re ­ cha) eran las úni­ cas que aportaban sus rendimientos al sostén del estado.

ver a 1614. a una asamblea de carácter feudal, donde se seguía manteniendo la vieja fórmula de «el voto por or­ den»: cada orden o estamento disponía de un solo v o ­ to. por lo que el número de diputados que correspon­ diera a cada uno de ellos carecía de importancia, ya que la votación final siempre sumaba dos votos (correspon­ dientes a los estamentos superiores) frente a uno (del tercer estado). A pesar de todo, la convocatoria de los Estados Generales significaba en aquel momento que la monarquía dejaba de ser absoluta. Era un paso im­ portante, casi una revolución, pero la intervención de la burguesía y la defensa de sus intereses por parte del tercer estado hicieron cambiar su sentido inicial.

Los Estados G enerales y la A sam blea N a cion al Constituyente El decreto real convocando los Estados Generales se di­ fundió ampliamente y fue leído en todas las iglesias. La campaña electoral desem peñó un papel determinante en la formación de la opinión general y en la reflexión sobre los diversos problemas que padecía la sociedad francesa. Cada estamento confeccionaba una relación de peticiones, recogida en los llamados «cuadernos de quejas», que constituyen un valioso testimonio colecti­ vo de las esperanzas de reforma surgidas en todo el país. Los nobles y el alto clero insistían en la necesidad de conservar la sociedad tradicional, dividida en estamen­ tos, o defendían el fortalecimiento del parlamento fren­ te al absolutismo real. La burguesía, por el contrario, exi­ gía en sus «cuadernos» la eliminación de los privilegios estamentales y de casta, así com o la libertad del com er­ cio y de la industria y, sobre todo, poder político para interventir en la marcha del Estado. Por su parte, las pe-

Vísperas de la Revolución

La convocatoria de los Estados Gene­ ra le s (a b a j o ) fue prácticamente una concesión del rey a las dem andas cre­ cientes de una so­ ciedad que ya no te­ nía confianza algu­ na en sus viejas ins­ tituciones.

Vísperas de la Revolución

Las quejas que lle­ gaban a las c ám a­ ra s de re p r e s e n ­ ta c ió n , c o m o la A sam blea de N ota­ bles (ab ajo ), eran numéricamente mi­ noritarias, pero ex­ presaban el descon­ te n to p o p u l a r y avisaban del peligro de una inminente revuelta g e n e ra li­ zada.

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ticiones del pueblo, especialmente las de los campesi­ nos, contenían abundantes quejas contra el aumento de las cargas feudales, de los impuestos y del alto precio de los arriendos, y también contra la injusticia de los tri­ bunales y la intransigencia de los señores que se apro­ piaban de sus tierras. Pero a los Estados Generales sólo se enviaron los «cuadernos de quejas» de las circuns­ cripciones más importantes; la burguesía urbana y rural efectuaba previamente una selección, eliminando los que contenían reivindicaciones populares y campesinas que afectaban a sus intereses. C om o estaba previsto, los Estados Generales se reu­ nieron en Versalles el 5 de mayo de 1789. El número de diputados sumaba el millar: 250 de la nobleza; otros tantos del clero y 500 diputados del tercer estado (que había sido duplicado), todos ellos miembros de la bur­ guesía financiera y comercial, o bien intelectuales y pro­ fesionales cualificados. En la ceremonia de inauguración, el rey pronunció un breve discurso, insistiendo en la necesidad de con ­ tribuir al fisco; se quejó del estado alarmante en que se hallaba el país y de las nuevas ideas imperantes y lanzó

advertencias contra las innovaciones. Al día siguiente, los nobles y el clero se reunieron por separado para dis­ cutir las cuestiones de procedimiento y la forma de v o ­ tación. Por su parte, el tercer estado insistió desde el principio en que las sesiones fueran conjuntas de los tres estamentos, y que la votación no fuera «por orden», si­ no «por cabeza» (nominal), a lo que se negaron la no­ bleza y el clero. Tras varias semanas de negociaciones infructuosas, el tercer estado comenzó, por su propia cuenta, a verificar los poderes o credenciales de los diputados de los tres estamentos. Varios representantes de la nobleza y del clero se incorporaron al estamento burgués, que se vio considerablemente aumentado. Cuando terminaron de pasar lista y a propuesta del abate Sieyés, el tercer esta­ mento, ampliamente mayoritario, se declaró «represen-

Vísperas de la Revolución

Ajenos a los conflic­ tos entre las institu­ ciones. las gentes del p u e b lo lla n o afrontaban su suer­ te con el escepticis­ mo propio de los que sufren todas las cargas con la espe­ ranza incierta en unos cam bios que nuncan llegaban.

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Vísperas de la Revolución

El J u r a m e n t o del ju e g o d e pelota, de David, es una obra repleta de tensión, que tiene un efecto narrativo de fácil lectura: el escena­ rio, un frontón, y los protagonistas, los diputados del tercer estado, que se ju ­ ramentan para de­ fender los derechos del pueblo, que aso­ m a, entre curioso y expectante, por las v e n ta n a s d el r e ­ cinto.

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tante de la nación», constituyéndose en una asamblea a la que denominaron Asamblea Nacional, declarando que el rey no tenía derecho a vetar sus decisiones: el tercer estado se había erigido com o poder supremo de la nación, término que adquirió un nuevo significado. Sin embargo, tres días más tarde, cuando la Asam ­ blea iba a reunirse, encontró cerradas por parte del rey las puertas del recinto donde tenían lugar las sesiones. Los diputados no se detuvieron ante ello; se traslada­ ron a una estancia próxima (un salón destinado al jue­ go de pelota) y allí pronunciaron el solemne juramento de no abandonar la sala hasta concluir la elaboración de una constitución para Francia. Ante este desafío, el rey decidió tomar medidas enér­ gicas. C on vocó una nueva reunión, y esta vez su dis­ curso tuvo un tono más amenazador: anuló todas las decisiones adoptadas por el tercer estado, ordenando la disolución de la Asamblea Nacional y la vuelta al sis­ tema de estamentos. El clero/y la nobleza obedecieron al rey y abando­ naron la sala, pero los representantes del tercer estatado, com o protesta, permanecieron en sus lugares en

la más silenciosa indignación. A l ver que la Asamblea no se disolvía, el maestro de ceremonias reiteró la or­ den real; el diputado Mirabeau le contestó:

Vísperas de la Revolución

«Vaya y díga a su señor que nosotros estamos aquí por la vo ­ luntad del pueblo y sólo la fuerza de las bayonetas nos puede arrojar de este lugar.»

La Asamblea continuó, y pese a la prohibición del rey, muchos diputados de la nobleza se fueron incorporan­ do a ella, atraídos por la fuerza del tercer estado. La nueva Asamblea Nacional, compuesta por repre­ sentantes de los tres órdenes, decidió por votación defi­ nirse com o Asamblea Constituyente. La importancia de esta decisión era fundamental, porque con ello la Asam ­ blea se atribuyó un poder que la hacía superior al m o­ narca: redactar una constitución llamada a regular la or­ ganización y distribución de los poderes.

r.

3.

z.

M irabeau (arriba), diputado del ter­ cer estado aunque pertenecía a la no­ bleza, asu m ió en la respuesta sobre la disolución de la A s a m b le a N a c io ­ nal una actitud de abierta rebeldía an­ te la in tran sigen ­ cia del poder consti­ tuido.

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La toma de la Bastilla

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Las m ujeres ten­ drían a lo largo del proceso revolucio­ nario un p ro tago ­ nismo decisivo en muchos momentos. Arm adas y reivindicativas, su estampa aguerrida pronto se haría familiar a los ojos de los ciudada­ nos franceses de fi­ nales del siglo XVlll.

La Asamblea Constituyente (1789-1791) com enzó sus sesiones en un momento de grave situación económ i­ ca. La crisis de subsistencias, la escasez de alimentos y la subida de precios exacerbaban a las clases populares, empujándolas a movilizarse. El rey aparentaba transigir con la existencia de la Asamblea, pero en realidad había decidido disolverla por medio de la fuerza. Las tropas reales comenzaron a avanzar hacia Versalles y París, mientras el pueblo y los diputados seguían con inquietud las medidas del gobier­ no. El 12 de julio se supo en París que el rey había des­ tituido a Necker. ministro del gobierno partidario de las reformas. La noticia se consideró com o prueba de que se estaba gestando un «com plot aristocrático», y una gran manifestación de protesta se extendió por las ca­ lles y plazas de la capital. Hubo enfrentamientos con las tropas reales, pero en poco tiempo el pueblo parisien­ se. armado con picas y piedras, se fue haciendo con el control de los barrios. En la noche del 14 al 15 de julio, todo París estaba movilizado y expectante. Se temía que las tropas reales asaltaran la capital. Los hombres levantaban barricadas y las mujeres amontonaban piedras en los tejados para arrojarlas contra los soldados. Comenzaron a correr ru­ mores de que la Bastilla, la vieja fortaleza medieval que venía siendo utilizada com o prisión, se disponía a dis­ parar sus cañones. Una muchedumbre enfurecida se di rigió a la fortaleza, dispuesta a asaltarla. Después de va­ rias horas de sangriento asedio, el comandante de la pri­ sión fue muerto y la guarnición se rindió. Se había to­ mado la Bastilla. La insurrección de París y la caída de la Bastilla supu­ sieron, en cierto modo, el comienzo de una insurrección general. Hasta entonces, los múltiples motines y enfren­ tamientos ocurridos desde 1787 no habían tenido mu­ cha relación entre sí. pero a partir de este mom ento la mayoría de las ciudades y pueblos de Francia com enza­ ron, con inusitada rapidez, a imitar a la capital. El temor a un complot aristocrático, que había estado latente des­ de el principio, se fue extendiendo, cargado de negros presagios, hasta constituir lo que se ha dado en llamar la g r a n d e p e u r . un «gran m iedo» que avanzaba impara­

ble. poniendo en pie de guerra a la mayoría de los campesinos. A finales de julio, en las ciudades y pueblos se ocupa­ ban los ayuntamientos: se formaban comités permanen­ tes y milicias urbanas, que más tarde tomaron el monbre de guardias nacionales. En las zonas campesinas, del mismo m odo que los parisienses habían asaltado la Bastilla, los labriegos asaltaban los castillos, irrumpían en las tierras, se repartían los pastizales y los bosques de los señores y exigían, para quemarlos, los viejos títu­ los en los que estaban inscritos los derechos feudales de propiedad de la tierra. Desbordado por los acontecimientos, el rey se resistía a dar la orden de una ofensiva militar contra París, y or­ denó la retirada de las tropas. Necker fue restituido en su cargo y el aristócrata Lafayette, destacado general de la Guerra de la Independencia norteamericana, recibió el nombramiento de comandante de la Guardia Nacional.

La Bastilla

El 14 de julio de 1789, la prisión de la Bastilla caía en manos de la multi­ tud que veía en el antiguo castillo un símbolo del caos y la injusticia genera­ do por la M o n ar­ quía para encauzar las reivindicaciones del pueblo. La Re­ volución Francesa había comenzado.

Los principios de 1789: abolición del feudalismo y Declaración de Derechos

del Hombre

Francia entró en 1789 en un proceso acelerado de trans­ fo rm acio n es ten­ dentes a alterar un equilibrio que había favorecido a los ór­ denes privilegiados hasta ese m om en­ to. Sobre el clero caerán las primeras medidas destinadas a expropiar sus nu­ m e r o s o s b ie n e s , c o n v e rtid o en el blanco de la ira po­ pular.

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Mientras los campesinos trataban de destruir por la fuerza el régimen señorial, la Asamblea Constituyente llegaba a la conclusión de que únicamente la abolición oficial de este régimen tan odiado podía restablecer el orden y la paz en el país. La perplejidad y los intereses enfren­ tados reinaban en la Asamblea y las discusiones se pro­ longaban. Finalmente, durante la noche del 4 al 5 de agosto, la Asamblea declaró: «El feudalismo queda abo­ lido.» Se suprimieron los privilegios de los nobles y los diezmos de la Iglesia, aunque los campesinos tenían que seguir pagando una contribución a los antiguos propie­ tarios. Sin embargo, la resistencia de los propietarios a la aplicación de estas medidas y la negativa de los cam­ pesinos a pagar la citada contribución, provocó en 1790 una nueva movilización agraria y en muchas provincias hubo insurrecciones y enfrentamientos armados. También en las ciudades, desabastecidas de alimen­ tos, la agitación era continua. Para los artesanos y los proletarios la situación empeoraba, porque gran parte de la aristocracia había huido y con ello desaparecieron los encargos de artículos de lujo. Los negocios no pros­ peraban, aumentaba el paro, bajaban los salarios y la es­ casez de los alimentos básicos se iba agravando de día en día.

I

Después de la resolución que declaraba abolido el feu­ dalismo, la Asamblea hizo pública la D e c la r a c ió n d e D e ­ r e c h o s d e l H o m b r e y d e l C iu d a d a n o , el 26 de agosto de 1789. Este documento fue recibido com o base de una filosofía universal que proclamaba los derechos del hombre sin distinciones de tiempo, lugar, raza ni nación. En su texto se exponen los fundamentos de una nueva sociedad y se condena toda la estructura política y so­ cial del Antiguo Régimen. Así. el artículo 2 señala: «N in ­ gún individuo puede ejercer una autoridad que no em a­ ne expresamente de la nación.» Por otro lado, los cons­ tituyentes fijaron en la D e c la r a c ió n las bases jurídicas del nuevo régimen, que reconocía a cada hombre unos d e­ rechos fundamentales: la libertad, la propiedad y la re­ sistencia a la opresión. La D e c la r a c ió n tuvo, además, una gran trascendencia histórica en un mundo en el que dominaban los regí­ menes absolutistas. Por todas partes comenzaron a sur gir grupos pro-franceses y se produjeron movimientos contra las monarquías y los privilegios feudales. Pero este «contagio de la Revolución» provocó a su vez la reac­ ción inmediata de las monarquías europeas, y el m ovi­ miento contrarrevolucionario se extendió también por todas partes.

Los Derechos del Hom bre

Los tumultos y re­ vueltas se extienden tanto por el territo­ rio continental co­ mo por las posesio­ nes de las colonias: la autoridad, desde los ayuntamientos hasta los tribuna­ les, se ve cuestiona­ da, cuando no asal­ tada, y los funcio­ narios más odiados pagarán a menudo con su vida el esta­ do de injusticia g e ­ nerado por el Anti­ guo Régimen.

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Las jornadas de octubre de 1789

El pueblo interviene

El otoño de 1789 será decisivo en el devenir de los suce­ sos que tienen al bajo pueblo com o protagonista m ás directo. Las m uje­ res de París m ar­ charon a Versalles, exigiendo pan, sin que el ejército opu­ siera resistencia al­ guna a su entrada en el recinto.

Durante las sesiones de la Asamblea Constituyente se fueron perfilando diversas tendencias políticas, aunque todavía no estaban estructuradas com o partidos, en el sentido actual del término. Las divergencias surgieron cuando la Asamblea tuvo que abordar la futura organi­ zación del régimen, que debía quedar reflejada en la constitución. Aristócratas y monárquicos estaban a fa ­ vor de que el rey tuviera derecho de veto, y apoyaban ia institución de un cuerpo legislativo dividido en dos cámaras (bicameralismo) y un sistema electoral censitario, siguiendo el modelo de Inglaterra. Los llamados «p a ­ triotas», partidarios de la soberanía nacional, se oponían a ello, porque temían que la cámara alta restituyera en el poder a la antigua aristocracia y que el rey, de acuer­ do con los nobles, ejerciera su derecho de veto contra los decretos de abolición del feudalismo y contra la pro­ pia D e c la r a c ió n d e D e re c h o s d e l H o m b r e . Una vez más, el recelo contra la aristocracia tuvo un papel decisivo en el curso de los acontecimientos. El her­ mano de Luis XVI, el conde de Artois, ya había salido de Francia y junto a otros muchos emigrados estaba in­ tentante movilizar a los gobiernos monárquicos de Euro­ pa contra la Francia revolucionaria.

El 5 de octubre se produjeron tumultos en los merca­ E1 pueblo dos de París, provocados por los sectores populares más afectados por la escasez de alimentos y la subida del pan. interviene Al día siguiente, una gran muchedumbre se dirigió a Versalles, sitió el palacio real y obligó al rey a trasladarse a París, donde podría ser vigilado para evitar su huida. También la Asamblea se trasladó a París y, al reanudar­ se las sesiones, triunfaron los partidarios de la cámara legislativa única y de la limitación del veto real. La intervención del pueblo resultó determinante, p e ­ ro su creciente protagonismo atemorizaba a la mayoría El p u e b lo a c t ú a de los diputados. Muchos de ellos consideraban inacep­ movido por agita­ table que las cuestiones constituyentes se vieran resuel­ dores cuyas consig­ tas por la presión del «populacho» y pensaban que el nas avivan el des­ contento: éste lleva movimiento inicial por la defensa del parlamento esta­ a la plebe, el 5 de ba cayendo en manos indignas. octubre, a invadir la Esta preocupación tuvo com o consecuencia ciertas Asam blea Constitu­ medidas adoptadas por la Asamblea Constituyente: se yente, para exigir aprobó una ley que autorizaba el uso de la fuerza arma­ mayor celeridad en da para sofocar las revueltas populares y la llamada «ley las reformas, que aún no habían lle­ de Chapelier», que prohibía a los obreros organizarse gado a hacerse no­ en asociaciones. tar en las condicio­ Por otro lado, a la hora de establecer el procedimien­ nes de vida de los to electoral mediante el cual se pudiera expresar la «so- más necesitados.

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Ciudadanos con reparos

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Esta imagen, E l n o ­ ble arruinado, era m ás un deseo que u n a r e a li d a d en 1789. La nobleza aún no había sido cuestionada com o clase dirigente, pe­ ro el odio acum u­ la d o c o n t r a s u s m iem bros d esem ­ bocaría a una per­ secución inmediata e im placable de los aún poderosos aris­ tócratas franceses.

beranía nacional», no todos los franceses recibieron los mismos derechos ni adquirieron, por tanto, la categoría de ciudadanos contemplada en la famosa D e c la r a c ió n . En primer lugar, las mujeres, cuyo protagonismo fue de­ cisivo a lo largo de todo el proceso revolucionario, que­ daron excluidas pura y simplemente de la ciudadanía y, por tanto, del derecho al voto, al igual que los hom ­ bres menores de veinticinco años, los individuos subor­ dinados estrechamente a otro individuo (com o los cria­ dos) y. finalmente, aquellos que careciesen de dom ici­ lio fijo. Todas estas personas constituían la categoría de ciudadanos p a s iu o s . En cambio, eran considerados ciu­ dadanos a c tiu o s todos los hombres mayores de veinti­ cinco años que pagasen un impuesto directo equivalente a la remuneración de tres jornadas de trabajo. Pero la plenitud de derechos políticos residía en una tercera ca­ tegoría, constituida por un número bastante limitado de personas, ya que sólo podían alcanzar el rango de di­ putados los franceses con propiedades y posibilidades económicas suficientes para poder pagar los elevados impuestos que se exigían para ostentar estos cargos.

A pesar de estas tendencias que hoy podríamos con­ siderar conservadoras, durante el período constituyente se aprobaron leyes de gran alcance histórico, que deja­ ron constancia del espíritu reformista de la Asamblea. Aparte de la Constitución misma, aprobada en 1791. se procedió a una reorganización administrativa gen e­ ral. Esta reorganización sustituyó a la tradicional frag­ mentación del país, con todos sus vestigios feudales, por una nueva organización territorial por Departamentos de extensión más o menos igual. Se reorganizaron los tribunales y se puso fin a la diferenciación social por es­ tamentos, suprimiéndose todos los títulos nobiliarios; asi­ mismo se reformó el sistema de contribuciones fiscales y se aprobaron una serie de leyes que abolían las trabas existentes tanto para la iniciativa privada com o para la libertad industrial y mercantil.

Las reformas constitucionales

Custodiados por las alegorías de la ver­ dad y la justicia, los principios que cons­ tituyen la D e c la r a ­ ció n U n iv e rsa l de lo s D e r e c h o s del H o m b r e represen­ tan uno de los m a­ yores avances de la h u m an id ad en la co n sid eració n del hombre com o obje­ to de la acción po­ lítica. Sin embargo, este c a t á lo g o de principios raciona­ les encontraría tan­ tos adversarios co ­ mo partidarios.

La Iglesia y la Revolución

iglesia y Revolución

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Entre los enemigos irreconciliables de la Revolución des­ ta c a rá la Ig le s ia Católica, cuyo po­ der e influencia fue­ ron duramente ata­ cados por los revo­ lucionarios, con la intención de soca­ var el prestigio del clero y provocar el que buena parte de la población retira­ se el ap o y o a la Ig le s ia y sus m i­ nistros.

En cuanto a la Iglesia. la Asamblea aprobó la llamada Constitución Civil del Clero de 1790. provocando un grave conflicto con el papado, que tendría gran reper­ cusión en el futuro. En su aspecto económico, el conflic­ to estuvo relacionado con las necesidades financieras del Estado. Con el fin de conseguir dinero para el erario público, los bienes de la Iglesia fueron confiscados y puestos a la venta com o «bienes nacionales». La m edi­ da pretendía beneficiar a los campesinos sin tierra; sin embargo, los verdaderos beneficiarios fueron aquellos nobles y burgueses que pudieron comprarlas. En Francia sólo había un banco importante; la Caisse d'Escompte de París. Esta compañía, previendo que con la venta de los bienes eclesiásticos se producirían fuertes ingresos, adelantó dinero al Estado. El gobierno, com o sistema de reembolsar este préstamo, emitió unos bille­ tes llamados A s ig n a d o s , que estaban respaldados por

¡S r C ? J- -1

los bienes de la Iglesia. Con estos billetes se podían comprar los llamados «bienes nacionales». El gobierno había previsto que a medida que estos bienes se ven­ dieran los asignados se inan destruyendo. Pero no se hizo así: se emitieron sin control y perdieron todo su valor. Ello contribuyó a que empezase a circular en Francia una moneda con muy poco valor, que no se aceptaba dentro ni fuera del país. Por otro lado, el conflicto entre la Iglesia y la Revolu­ ción se debía a cuestiones relacionadas con las delimi­ taciones del poder civil y el eclesiástico. Los miembros de la Asamblea Constituyente (que en esto seguían a los monarcas franceses del siglo XVIII) consideraban a la Iglesia com o una autoridad pública y. por tanto, su­ bordinada al poder soberano del monarca. Es decir, no se reconocía la universalidad e independencia de la je­ rarquía eclesiástica, sino que se subordinaba al estado, com o otro más de sus elementos. Los diputados votaron la Constitución Civil del Clero, por lo cual éste pasaba a formar un cuerpo de funciona-

iglesia y Revolución

La reacción de la Iglesia ante las m e­ didas legales de la Asam blea Constitu­ yente estuvo siem ­ pre dirigida desde Roma. Esto aumen­ tó su imagen de ins­ titución ajena a los intereses naciona­ les y al servicio de los elementos más re a c c io n a rio s del país.

Iglesia y Revolución

Los eclesiástico s que habían gozado de impunidad casi absoluta hacia sus personas y actos, en el periodo revo­ lucionario fueron centro de los ata­ ques de los ilustra­ dos y liberales, ini­ ciándose una larga gu erra entre pen­ s a m ie n to lib re e Iglesia.

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rios, similar al de los jueces o los diputados, cuyos miembros serían designados por la asamblea de electo­ res. Se exigió a todos los elementos del clero el jura­ mento de fidelidad a la nación y a la nueva ley, pero ellos objetaron que debían primero fidelidad al Papa y a los obispos. Se solicitó la mediación del Vaticano, pero el Papa no sólo consideró la Constitución Civil com o atentato­ ria contra las prerrogativas de la Iglesia Católica, sino que condenó la Revolución misma y toda su obra. Este con­ flicto agudizó las tensiones en el seno de la Asamblea, cuya resolución final fue exigir a todo el clero francés un juramento de fidelidad a la propia Constitución, in­ cluida la Constitución Civil. El estamento eclesiástico se dividió en dos bandos; el más numeroso lo constituye­ ron los religiosos que se negaron a prestar juramento, que fueron llamados «refractarios», y que adoptaron una actitud violentamente contrarrevolucionaria. Esta escisión originó la existencia de dos Iglesias en Francia: una clan­ destina, sostenida por las donaciones voluntarias y los fondos que entraban desde el exterior, y otra oficial, pro­ tegida y financiada por el Estado.

La huida del rey y la tragedia del C am po de M arte Desde que el rey fuera obligado por la muchedumbre a trasladarse a París, centró todos sus esfuerzos en in­ tentar salir de Francia para reunirse en el extranjero con los nobles emigrados y solicitar ayuda de los gobiernos europeos para una intervención armada. El 20 de junio de 1791, la familia real logró salir en secreto del palacio de las Tullerías. En una pesada berlina se dirigieron ha­ cia la frontera, donde se había concentrado un destaca mentó de tropas reales. Durante el trayecto el rey fue reconocido en varios lugares, sin que nadie osara d e ­ nunciarlo. Pero al llegar a Varennes un funcionario de postas tuvo la audacia de detener el carruaje real e im ­ pedirle el paso. A la voz de alarma acudió la Guardia Nacional, se concentraron campesinos de todos los lu­ gares cercanos y, en medio de un tumulto, el rey y su familia fueron devueltos a París.

Ante el cariz de los acontecimientos de París, el rey huyó de la capital, pero fue descubierto y apresado en Varen­ nes. Desde este mo­ mento el m onarca pasó a ser un rehén en m a n o s d e la Revolución.

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El rey huye

El com andante en jefe de la Guardia Nacional, Lafayette, comenzó a per­ filarse com o un ele­ m ento m o derad o tras su acción re­ presiva en el C a m ­ po de M arte, g a ­ nándose a los revo­ lucionarios m ode­ rados.

El «acontecimiento de Varennes» causó una profun­ da impresión en el pueblo. Muchos franceses leales a la Revolución habían creído en las buenas intenciones de Luis XV I y culpaban de las intrigas a los «m alos minis­ tros»; pero la huida disipó las dudas sobre su complici­ dad con el «com plot aristocrático». C om o consecuencia se produjeron tumultos y manifestaciones en contra del rey, que fueron violentamente reprimidos por la Guar­ dia Nacional. Se difundió la versión de que no había in­ tentado huir, sino que había sido «raptado» por el pue­ blo. La protesta y la indignación se extendieron por los ambientes políticos de la capital y, sobre todo, en los c lu b s , donde se iba abriendo paso la propaganda repu­ blicana. El 17 de julio de 1791. una gran manifestación se concentró en el C am po de Marte de París, exigiendo la abdicación del rey y su entrega a los tribunales. Por orden de la Asamblea, un destacamento de la Guardia Nacional, al mando de Lafayette. disolvió la manifesta-

ción abriendo fuego contra los concentrados y causan­ do un elevado número de muertos y heridos. La tragedia del Cam po de Marte provocó la división abierta entre las diversas tendencias políticas de la Asamblea. El club de los jacobinos sufrió una escisión cuando los partidarios de la monarquía constitucional, agrupados en tom o a Lafayette, formaron su propio club, el de los fuldenses. La dirección del club jacobino la ocu­ paron los partidarios de la República y de continuar la revolución democrática, bajo el liderazgo de Robespierre y Brissot. La Asamblea Constituyente se disolvió el 30 de sep­ tiembre de 1791. después de haber concluido la Cons­ titución, que fue firmada por el rey. Con ella se instau­ raba una monarquía constitucional, en la que una nueva Asamblea Legislativa unicameral tendría que afrontar to­ davía la resistencia de Luis XVI. que no aceptaba el nue­ vo orden implantado por la Revolución.

El Campo de M arte

Ante la falta de so­ luciones políticas, las iras del pueblo se desataron contra las iglesias y el cle­ ro. Sin em bargo, la Revolución seguía exigiendo reformas que no llegaban, en medio del caos y la violencia.

El rey y la Asamblea Legislativa

La izquierda revolu­ cionaria decidió en 1792 acelerar los cam bios, llevando nuevamente al pue­ blo a la calle y pre­ sionando a los par­ tidos m o d e ra d o s con su presen cia tumultuosa.

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Antes de la disolución de la Asamblea Constituyente, se había acordado que ninguno de sus miembros p o ­ dría formar parte de la nueva Asamblea Legislativa. Los diputados elegidos, todos ellos ciudadanos activos, eran más jóvenes y formaban una asamblea más revolucio­ naria que la anterior, con muy escasos representantes de la antigua derecha aristocrática. La derecha la cons­ tituía ahora el partido de los fuldenses. La izquierda la representaban los diputados jacobinos, en cuyo club se decidía la actitud que debían adoptar sus afiliados. Mu­ chos de ellos habían sido elegidos por el departamento de la Gironda (Brissot, Condorcet. Vergniaud); de ahí que fueran conocidos con el nombre de «Girondinos». Los llamados «demócratas», el sector más radical de los jacobinos, ejercían su influencia por medio del club; su líder, Robespierre, actuaba indirectamente sobre la

Asamblea, aunque no fuera diputado por haberlo sido ya en la Constituyente. Ante esta nueva institución representativa, el rey ma­ nifestó una actitud hostil, que se acentuó a medida que la Asamblea fue adoptando sistemas más radicales para controlar la situación: confiscación de bienes, severos castigos a los contrarrevolucionarios y privación de sus sueldos a los sacerdotes que se negaran a prestar el ju­ ramento de fidelidad a la Constitución. Luis XVI, hacien­ do uso de su prerrogativa, vetó estas y otras medidas y dirigió todos sus esfuerzos a intensificar sus contactos internacionales, confiando en que una intervención ex­ terior podría fortalecer el trono francés. La presión de los sectores más radicales se acentuó en la Asamblea; las divergencias políticas crecían y el rey, aprovechando las disensiones internas, decidió formar un nuevo g o ­ bierno girondino, presidido por Roland. Durante la primavera de 1792, la carestía de alimen­ tos hizo aumentar los desórdenes en las ciudades; se exi­ gía el establecimiento de precios fijos para los cereales y los más radicales pedían la pena de muerte para los acaparadores. En el campo se acrecentaba el movimien­ to campesino reclamando tierra, mientras por toda Fran­ cia se extendía la amenaza de la guerra. Entre los monarcas de otros países europeos — que recibían con alarma las noticias de la Revolución Fran­ cesa que traían los emigrados— se creó una fuerte co ­ rriente de opinión a favor de Luis XVI, basada sobre to­ do en el m iedo a que el fervor revolucionario fuese algo contagioso. En el sentir popular y en el club de los jacobinos, la idea de la guerra com o el único medio de salvar a los pueblos de la opresión prendió con fuerza. Por su par­ te, el rey consideraba que era un buen medio para reca­ bar la ayuda de las potencias extranjeras, sobre todo de Prusia y Austria. También los políticos girondinos veían en la guerra una solución para los problemas internos. Si la Consti­ tución no podía funcionar porque el rey paralizaba todas las medidas del legislativo con su derecho de veto, la guerra forzaría a Luis X V I a actuar lealmente o, de lo contrario, se expondría a ser acusado de alta traición, lo cual permitiría someterle a juicio. Estos eran los razona-

Hacia la guerra

Luis XVI subió al trono en 1774, en medio de la alegría general. En 1770 se había casado con M aría Antonieta, hija de Francisco I de Austria, la cual se hizo muy im po­ pular entre los fran­ ceses. El rey, de c a ­ rácter débil, no su­ po enfrentarse a los graves problem as económ icos y so ­ ciales del país, y no dio suficiente apoyo a los ministros de los que se rodeó p a­ ra que implantaran medidas eficaces.

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Hacia la guerra

mientos de Brissot. Por otro lado, los generales políticos (Lafayette y Dumouriez) veían en la guerra no sólo el medio de adquirir prestigio, sino el de disponer de un ejército adicto para imponer su programa. El entusias­ mo revolucionario y los ideales «patrióticos» se fueron extendiendo, confiando en que la guerra permitiría «ha­ cer triunfar la revolución contra la tiranía» en los países que participasen en ella. ¡Ideas generosas! Ideas nefas­ tas, dirá Robespierre en sus famosos discursos a los gi­ rondinos: «Antes de combatir a la aristocracia más allá de las fronteras, hay que destruirla en el interior; quedan aún demasiados con­ trarrevolucionarios capaces de aprovechar la guerra para aplas­ tar la Revolución.»

La guerra contra las potencias co n tra­ revolucionarias d e­ sató el entusiasmo popular que se a d ­ vierte en estas im á­ genes. Por primera vez el enemigo esta­ b a fuera de las lu­ chas internas. Arri­ ba, la reina M aría Antonieta.

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Pero el ardor y los argumentos de los girondinos se fueron imponiendo en la Asamblea. S ólo Robespierre se resisitió, haciendo ver que la guerra beneficiaría a la monarquía y que, en todo caso, traería com o conse­ cuencias inevitables la dictadura, el debilitamiento de los franceses y la reacción nacional de los pueblos que se pretendía liberar.

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Se declara la guerra: 20 de abril de 1792

Francia en guerra

La guerra contra las monarquías absolu­ tas despertó una se­ rie de entusiasmos difíciles de contro­ l a r ; v o lu n t a r i o s exaltados a b a r r o ­ taban las calles pi­ d ie n d o a r m a s y o rg a n iz a n d o una estructura militar paralela al ejército regular, m andado aún por o fic iales pertenecientes a la nobleza.

A pesar de los argumentos de Robespierre, la corriente a favor de la guerra se precipitó en los primeros meses de 1792. Pero en realidad ya había sido preparada mu­ cho antes. Tras la humillación que Luis X V I había sufri­ do al ser detenido en Varennes, los representantes de los emigrados franceses se entrevistaron con el em pe­ rador de Austria, Leopoldo 11. y con el rey de Prusia, Federico Guillermo II. El resultado de la reunión fue la declaración de Pillnitz del 27 de agosto de 1791, por la cual ambos monarcas se comprometían a intervenir contra Francia, siempre que las demás potencias europeas unieran sus esfuerzos a los suyos. Pero los gobiernos europeos eran lentos a la hora de decidirse y a Luis X V I se le agotaba la pacien­ cia. El 20 de abril propuso a la Asamblea la declaración de guerra al «rey de Hungría y Bohemia» y sólo una pe­ queña minoría, de acuerdo con Robespierre, votó en contra. Los partidarios de la guerra pensaban que ésta sería rápida y decisiva, pero se equivocaron: pronto se produ­ jeron las primeras derrotas y desde 1792 Francia entró en un período de guerras que duró hasta 1815. En los ejércitos franceses, cuyos altos mandos perte­ necían a la nobleza, anidaba la traición y el recelo de los oficiales hacia sus tropas; éstas, a su vez. iban perdien-

do la confianza en los mandos, mientras los ejércitos aus­ tríacos y prusianos se aproximaban a las fronteras de Francia. La situación em peoró aún más debido a que la reina María Antonieta, hermana del em perador de Austria, había informado a los austríacos de los planes militares del ejército francés. La Asamblea endureció su política contra los enemigos de la Revolución y dispuso la for­ mación de batallones de voluntarios para defender la capital y hacer frente a toda tentativa militar de los g e ­ nerales monárquicos. Luis X V I se negó a sancionar tales medidas, a pesar de los razonamientos de Roland haciéndole ver que su veto podría provocar una fuerte reacción entre los franceces, al indicar que el rey se alineaba decididamente al lado de los enemigos de Francia. El monarca, haciendo caso omiso de estos requerimientos, destituyó a Roland y a los ministros girondinos, y los fuldenses volvieron al poder. Ahora estaban decididos, con el apoyo de Lafayette y otros generales, a imponer su programa en la Asamblea: desplazar a los jacobinos, revisar la Consti­ tución reforzando el poder del rey y poner fin a la gue­ rra por medio de un acuerdo con el enemigo. La reacción popular no se hizo esperar. A lo largo de todo el país se fueron formando destacamentos de v o ­ luntarios que acudían a la defensa de París. El ardor pa­ triótico y el impulso revolucionario dieron fama a los

Francia en guerra

Roger de L'Isle, un oficial del ejército del Rin, canta en su habitación las es­ trofas de una can ­ ción patriótica des­ tinada a convertirse en un himno cono­ cido universalmen­ te com o L a M a r se llesa, al ser adopta­ do como canción de guerra por un regi­ miento procedente de la capital m edi­ terránea. N adie, y m enos él, p odía im aginar que este himno sería sinóni­ mo de Francia, con el transcurso de los tiempos.

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La Marsellesa

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Los elementos repu­ blicanos adquieren mayor protagonis­ mo a medida que la am enaza de las po­ tencias m onárqui­ cas pone en peligro las conquistas revo­ lucionarias. En este estado de cosas, la publicación de los D iez M a n d a m ien to s d e la R e p ú b l i c a F ra n c e sa represen­ tó una firme decla­ ración de las futu­ ras intenciones a las que se dirigía el proceso político de la Revolución.

destacamentos armados de Marsella, cuyo himno, L a M a rs e lle s a , se convirtió en emblema nacional. El 3 de julio de 1792, el diputado Vergniaud, en un célebre dis­ curso, denunció la traición del rey, y unos días más tar­ de. la Asamblea declaró solemnemente: «L a patria está en peligro.» La alarma cundió en toda Francia; se distri­ buyeron armas a la población civil y los batallones de voluntarios marcharon al frente de batalla. Mientras tanto, el duque de Brunswick, comandante en jefe de los ejércitos prusianos, hizo público un mani­ fiesto en el que amenazaba con la represión más im­ placable si la familia real sufría algún daño y si no se restauraba el poder de la monarquía francesa que re­ presentaba Luis XVI. Seguidamente, estos mismos ejér­ citos, junto a las milicias de emigrados franceses, com en­ zaron desde Coblenza la ofensiva contra París.

El derrocamiento de la Monarquía El manifiesto prusiano confirmó todas las sospechas so­ bre el acuerdo del rey con sus aliados exteriores. Se or­ ganizó entonces un amplio movimiento popular, a tra­ vés de las secciones o asambleas de barrio, cuyo poder iba a desbordar a la propia Asamblea Legislativa. En el Ayuntamiento de París, se eligió un Comité Municipal Revolucionario, la Comuna, cuyo programa incluía rei­ vindicaciones económicas, derivadas de la carestía de los alimentos, además de una serie de exigencias políti­ cas que ya habían adoptado las secciones: destitución del rey, convocatoria de una nueva Asamblea elegida por sufragio universal y renovación de las administra­ ciones locales y provinciales, también elegidas por su­ fragio universal. Ante estas exigencias, los diputados girondinos defen­ dieron la autoridad de la Asamblea, cuya iniciativa políti­ ca debía mantenerse frente a la presión popular. Las secciones parisienses habían fijado un plazo para que la Asamblea llevara a efecto su programa; si llegado

La M onarquía, derrocada

La resistencia de Luis XVI a aceptar las imposiciones de la A sam blea provo­ có un clima de exal­ tación política que convirtió al rey en principal enemigo del pueblo. El 10 de a g o s t o de 1792, paisanos, militares y elementos políti­ cos exaltados ata­ caron las Tullerías para apresar al rey.

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La M onarquía, derrocada

La jornada del 10 de agosto represen­ ta el fin del papel m oderador asigna­ do al soberano. La furia pop ular que desbordó a la g u ar­ dia suiza en las es­ caleras del palacio acabaría arrastran­ do a la M onarquía.

el día previsto los diputados no se hubieran puesto de acuerdo, serían los «secciónanos» y las milicias urba­ nas quienes tomarían por asalto el palacio de las Tullerías. Y en efecto, el día 10 de agosto de 1792. después de un primer intento, las fuerzas revolucionarias tom a­ ron el palacio, pero el rey y su familia ya no estaban allí; Luis X V I se había refugiado en la Asamblea, pidiendo protección. Tras intensos debates, el rey fue despojado de sus funciones y recluido, junto con su familia, en la Torre del Temple. Derrocada la Monarquía y vacante el gobierno, la Asamblea Legislativa designó un consejo ejecutivo, pre­ sidido por Roland y otros ministros girondinos, al que se incorporó también un representante de los jacobinos, Danton. com o ministro de justicia. Se adoptaron impor­ tantes medidas para prevenir la temida reacción de los militares monárquicos ante la caída del rey. pero las ma­ las noticias de la guerra, con los ejércitos prusianos pró-

ximos a Verdún, hacían cada vez más urgente organizar la defensa interior y exterior. Bajo la presión de la C o ­ muna. el consejo ejecutivo accedió a constituir un tribu­ nal extraordinario para juzgar los «crímenes de los con ­ trarrevolucionarios». así com o a fortificar la capital y au­ torizar los registros domiciliarios de los «sospechosos». Comenzaron a ejecutarse los decretos contra los sacer­ dotes «refractarios» y la violencia anticlerical se hizo in­ discriminada. Del 2 al 5 de septiembre de 1792 se or­ ganizaron los tribunales, y de los 3.000 «sospechosos» detenidos. 1.500 fueron ejecutados. Poco a p oco se ins­ tauraba un régimen de excepción que pretendía ser la expresión de la «justicia popular», y que fue el prece­ dente del «Gran Terror». En cuanto al curso de la guerra, muchos oficiales aris­ tócratas habían emigrado y el ejército revolucionario empezaba a recuperar la confianza. El 20 de septiembre de 1792. las tropas francesas, mucho peor equipadas, derrotaron al poderoso ejército prusiano en la batalla de Valmy. Después de esta victoria, que sirvió sobre todo para elevar la moral de los soldados, el ejército francés recuperó la ofensiva y en poco tiempo ocupó Bélgica (Países Bajos austríacos), Saboya, Maguncia y otras ciu­ dades de la orilla izquierda del Rin Terminaba así una fase decisiva de la Revolución, pero se iniciaba una nue­ va etapa, mucho más conflictiva y violenta.

La Monarquía, derrocada

Mientras París co­ nocía un proceso de radicalización polí­ tica durante el ve­ rano de 1792, los ejércitos revolucio­ narios lograban su m ás espectacular victoria contra el todopoderoso ejér­ cito austro-prusia­ no en Valmy (a b a ­ jo); desde entonces, Francia dejaba de estar a la defensi­ va y su poder mili­ tar comenzó a ser t e m id o en t o d a Europa.

La República Democrática: girondinos y montañeses

Después de Valmy, la M onarquía no te­ nía sentido. La C on­ vención decretó la «abolición de la rea­ leza» y el pueblo dio rienda suelta a su odio contra la insti­ tución monárquica. Las estatuas de los reyes caen de sus pedestales y la Re­ pública se procla­ ma com o fórmula de gobierno para el nuevo régimen.

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La victoria de Valmy coincidió con la apertura de la Convención, nombre que recibió la nueva Asamblea ele­ gida por sufragio universal masculino y cuya principal misión era elaborar una nueva constitución: la Consti­ tución del A ñ o I. En la primera sesión (septiembre de 1792), la Convención se pronunció por la «abolición de la realeza». Al día siguiente se ordenó que las actas y documentos oficiales «serán fechados con la indicación del A ñ o I de la República Francesa». De este modo, sin más ceremonias, la República hacía su entrada en la his­ toria de Francia. Mucha menos unanimidad hubo en la Asamblea a la hora de decidir su carácter centralista y unitario. Los girondinos sentían una fuerte hostilidad contra el centralismo ejercido desde París y contra la preponde­ rancia de la Comuna. Las administraciones departamen­ tales, que habían sido renovadas por sufragio universal, se mostraban también favorables a la descentralización que propugnaban los girondinos. Finalmente, la C on ­ vención definió la República com o «una e indivisible», y para reforzar esta fórmula se estableció la pena de muerte contra cualquiera que intentara «rom per la uni-

dad de la República Francesa o bien desvincular sus par­ tes integrantes para unirlas a un territorio extranjero». La Convención estaba representada por tres ten­ dencias políticas bien definidas: los girondinos, que constituían la mayoría; los jacobinos (llamados ahora «montañeses», por ocupar sus diputados los lugares más altos del recinto); entre ambos, un amplio grupo de di­ putados que formaban la «llanura» o el «pantano», no vinculados a ninguno de los anteriores. Al analizar la procedencia social de los dos grandes grupos que compartían la Convención, algunos historia­ dores han señalado que no había entre ellos grandes di­ ferencias sociales ni de intereses, puesto que girondinos y montañeses procedían de las mismas capas sociales burguesas. Sin embargo, la mera procedencia geográfi­ ca de los diputados refleja unos orígenes diferentes. Así, la mayoría de los diputados girondinos procedían de las grandes ciudades portuarias de Francia, com o Nantes. Burdeos o Marsella (escenario de la prosperidad del ca-

La República Francesa

Jardines de las Tu­ nerías a Anales del siglo XVIII. La Repú­ blica, consecuente con su condición de sistema dem ocráti­ co, abrió al público los antiguos recin­ tos palaciegos. Sin e m b a r g o , pronto surgirán en ese pue­ blo profundas di­ sensiones motiva­ das por los distintos intereses de los dife­ rentes grupos políti­ cos y sociales aco ­ gidos al sistema re­ publicano.

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Girondinos y montañeses

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M a ra t, «el am igo del pueblo» y a la vez el representante m á s c a r is m á t ic o del partido jacobi­ no, ocupa la tribuna de la Convención entre las iras de los girondinos y el en­ tusiasmo de los su­ yos, con un gesto cóm ico-trágico en el que amenaza con s u i c i d a r s e si la asam blea no aprue­ ba el program a de su partido, tenden­ te a lograr las rei­ vindicaciones popu­ lares que dieron lu­ gar a los sucesos del verano de 1792, y que provocaron la caída de la M onar­ quía.

pitalismo mercantil). Por el contrario, los diputados montañeses tenían su origen e implantación en las pía zas fuertes del jacobinismo, especialmente en París y su provincia. En general, estaban menos vinculados al mundo de los negocios y de las finanzas, y defendían los intereses de la pequeña burguesía y de las clases popula­ res urbanas (artesanos, comerciantes), que padecían la guerra y sus consecuencias: la carestía de vida, el paro, la escasez de alimentos y los bajos salarios. Sus líderes más representativos eran Robespierre. Danton. Marat y Saint-Just. Sin embargo, al margen de su procedencia social, el problema fundamental que les distanciaba era la concep­ ción misma de la Revolución y su desarrollo. Para mu­ chos diputados, el mayor peligro estaba en la subversión popular, y el retorno al orden constituía para ellos una necesidad perentoria. Para otros, especialmente los ja­ cobinos o montañeseá, lo más importante era la defensa de la Revolución contra el peligro aristocrático en el ex­ terior y en el interior. Pero esta «defensa nacional» im­ ponía una alianza con el movimiento popular, que obli­ gaba a dar satisfacción, al menos parcial, a las exigen­ cias sociales de estos sectores y adoptar para ello una política muy alejada del simple liberalismo económico. Desde esta perspectiva de intereses, las posturas políti­ cas de la Convención estuvieron condicionadas por la

presión de una tercera fuerza que actuaba desde fuera de la propia Asamblea, en las calles y barrios de París: los s a n s - c u lo tte s . denominación que recibían, sobre to­ do a partir de 1792, los sectores populares urbanos, es­ pecialmente activos y organizados en los barrios pari­ sienses de Saint Antoine y Saint-Marcel, a ambas orillas del Sena. Socialmente, los s a n s - c u lo tte s representaban a los habitantes de las ciudades que vivían de su trabajo (arte­ sanos. obreros u oficiales de los gremios) y que sufrían

Los

sans-culottes

Estas mujeres sansculottes, provistas de picas y adorna­ das con gorros fri­ g io s , co m p o n en u n a e s t a m p a de agresión y decisión que identificaba al bajo pueblo en sus d em andas contra los elementos bur­ gueses más m ode­ rados, adscritos al partido girondino; pronto, jacobinos y girondinos empren­ derían una lucha a muerte por el poder que acabaría devo­ ran d o a sus m ás acreditados repre­ sentantes.

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sans-culottes

La m ayor a g re s i­ vidad de los sa n sculottes contra los s o s p e c h o s o s de contrarrevoluciona­ rios dio a sus accio­ nes de represión po­ lítica unos tintes de persecución indis­ criminada. Ante los tribunales de inves­ tig a c ió n p o p u la r com parecían, con escasas garan tías ju r íd ic a s , to d o s aquellos que eran denunciados com o reaccionarios.

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más directamente las dificultades de aprovisionamiento y las crisis de subsistencia. Algunos de ellos, tras una vi da laboriosa, podían acceder a la propiedad de un pe­ queño inmueble en la ciudad y disfrutar de las rentas que percibían por su alquiler. N o se debe confundir a los s a n s - c u lo tte s con los indigentes o «ciudadanos des­ validos», a los que deseaban socorrer. Su programa político, poco elaborado e impreciso, tenía com o punto de partida la soberanía popular y co ­ mo aspiración social el principio de la igualdad. Su as­ pecto externo reflejaba también su origen popular: ves­ tían pantalón, su prenda de trabajo, y no la c u lo tt e (cal­ zón), prenda utilizada por las clases acomodadas; se cu­ brían la cabeza con un gorro frigio y se acompañaban siempre del sable o la pica para «p od er defender la R e ­ volución». De entre las filas y secciones de los s a n s - c u lo tte s sur­ gieron también otros grupos radicales, com o los e n ra g é s (rabiosos), cuyos portavoces más destacados fueron Leclerc y Jacques Roux (el s a c e r d o te ro jo ) : o el grupo li­ derado por Hébert (hebertistas), caracterizado por su ex­ tremismo anticlerical y cuyas acciones violentas preocu­ paron seriamente al propio gobierno revolucionario.

El proceso de Luis XVI Uno de los primeros problemas que hubo de afrontar la Convención fue el procesamiento de Luis XVI. prisio­ nero en el Temple. Los girondinos habían intentado evitar este proceso que, en su opinión, conducía a una ruptu­ ra demasiado brutal: podía provocar graves perturbacio­ nes en el país, incitando la insurrección de los aristócra­ tas y el clero «refractario», sin olvidar los peligros de una reacción europea. Con estos y otros argumentos, los gi­ rondinos casi habían conseguido convencer a la mayo ría de la Asamblea, pero el 20 de noviembre de 1792 se descubrió en el palacio de las Tullerías un «armario de hierro», donde el rey guardaba sus papeles secretos. Estos documentos comprom etedores permitieron acu­ sarle de alta traición y que fuese juzgado por la propia Asamblea. Luis X V I compareció ante ella el 11 de di­ ciembre, reclamando para su persona la inviolabilidad que le otorgaba la Constitución y negando conocer la existencia de tales documentos, lo que le restó muchas simpatías para su defensa.

Juicio a Luis X V I

La prisión del Tem­ ple acogió entre sus recios muros a un atribulado Luis XVI, cuyo proceso com o enemigo del pueblo se convirtió en un juicio contra la M o ­ narquía com o insti­ tución política.

Ejecución de Luis X V I

La e je c u c ió n de Luis XVI en ia gui­ llotina abría un c a ­ mino de radicalis­ mo y de aislam ien­ to p a ra la R ep ú ­ blica.

Los girondinos plantearon entonces un último recur­ so: convocar al pueblo apelando a su ancestral venera­ ción por la procedencia «divina» de la autoridad del m o­ narca. Los montañeses hicieron fracasar esta maniobra, acusando a los girondinos de proteger al rey para evitar que salieran a la I u e s u s compromisos con el monarca, revelados por algunos de los documentos incautados que habían desaparecido oportunamente antes del in­ ventario oficial. Tras largos debates, la Convención se pronunció por la culpabilidad del rey y Luis XV I fue guillotinado el 21 de enero de 1793.

La sublevación de la Vendée La ejecución de Luis X V I provocó una oleada de estu­ por en toda Europa y a la coalición contra Francia se sumaron nuevos aliados: España, el reino de Ñapóles, los príncipes alemanes y, sobre todo. Inglaterra, que se sentía además amenazada por la anexión francesa de Bélgica. En abril de 1793, el comandante en jefe de los ejércitos del Norte, el general girondino Dumouriez, de­ sertó de su mando y se pasó a los austriacos. El curso de la guerra com enzó a cambiar y los franceses acumu­ laron derrota tras derrota. Los descalabros bélicos se agravaron al abrirse un fren­ te interno de guerra civil, provocado por la insurrección de la Vendée contra el gobierno revolucionario, a co ­ mienzos de marzo de 1793. La Vendée es una región de la Francia occidental, de agricultura pobre, apenas capaz de asegurar la subsistencia de los campesinos. El paisaje dominante es el b o c a g e : pequeños campos cua­ drados cercados por vallas de arbustos y en los que la población se agrupa en aldeas formadas por algunas ca­ sas o caseríos en torno a la pequeña iglesia parroquial. El relativo aislamiento de la Vendée pemitió que se conservase prácticamente intacto el antiguo régimen se­ ñorial: los campesinos continuaban vinculados a sus tra­ dicionales formas de vida y a su clero, en la medida que

La Vendée

A causa de los nu­ merosos frentes de c o m b a t e en la s fronteras, surgieron problem as para el abastecimiento de los productos más necesarios, lo que ap ro v e c h a ro n los monárquicos y el c le ro tr a d ic io n a l para alentar revuel­ tas contra la Repú­ blica. La Vendée fue una auténtica gu e­ rra civil en esta re­ gión de F ra n c ia . A q u í, a s e d io de Lyon.

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La Vcndée

Los m otivos del motín de la Vendée eran ju stifica d o s, pero el aprovecha­ miento político que de ellos hicieron sus instigadores nacio­ nales y extranjeros dio lugar a una fe­ roz represión que cu b rió de s an gre c a lle s y c a m p o s de la región suble­ vada.

éste asumía correctamente sus tareas religiosas, de asis­ tencia y de encuadramiento en una región de hábitat tan disperso. En este medio, la Revolución suponía para los campesinos vendeanos la destrucción de sus formas de vida ancestrales, impuesta por un poder exterior y eje­ cutada por la burguesía de las ciudades. El anuncio del reclutamiento forzoso decretado por la Convención el 24 de febrero de 1793 provocó el esta­ llido de la insurrección, que se extendió rápidamente. Dadas las características de la región, la contrarrevolu­ ción vendeana fue en su origen esencialmente antibur­ guesa. Las connotaciones monárquicas, clericales y n o­ biliarias surgieron posteriormente, a medida que los campesinos fueron siendo incitados por los sacerdotes antirrevolucionarios, los agentes británicos y los partida­ rios monárquicos del conde de Artois. C om o toda guerra civil, el enfrentamiento adquirió caracteres fanáticos, produciéndose actos de inusitada crueldad. A los jefes de columna se les ordenó incen­ diar los poblados y... «exterminar sin reservas a todos los individuos de cualquier edad y sin discriminación de sexo convictos de haber partici­ pado en la guerra de la Vendée».

La caída de los girondinos Mientras los enemigos de la Revolución se entusiasma­ ban ante los avances de los ejércitos coaligados, entre las tropas revolucionarias cundían los rumores de que «estaban siendo traicionados». Por otro lado, la insurrección de la Vendée y los reve­ ses de la guerra agravaron las tensiones entre girondinos y montañeses, mientras los s a n s -c u lo tte s iban adquirien­ do cada vez mayor protagonismo, exigiendo medidas ra­ dicales contra la escasez y la carestía (control de precios, racionamiento, legislación contra los acaparadores de ali­ mentos y requisa de los mismos para su obligada circu­ lación). Los girondinos, debilitados políticamente en la Asam ­ blea, intentaron tomar la ofensiva contra los montañe­ ses, acusando a sus líderes de incurrir en la ilegalidad constitucional y de aspirar a la dictadura si accedían a las demandas de los s a n s - c u lo tte s . Frente a estas acusaciones girondinas, los argumentos políticos de Robespierre se impusieron y situaron el d e ­ bate ante el problema de fondo que enfrentaba a ambas tendencias: según sus propias palabras, todas estas c o ­ sas eran ilegales, tan ilegales com o la Revolución, la caí-

El papel de Robespierre

El papel político del club de los girondi­ nos (abajo ) se h a­ bía debilitado fren­ te a sus enemigos jacobinos, y su es­ trategia para reto­ mar el poder pasó de la oposición parla m e n t a r i a a la a b ie rta c o n s p ira ­ ción golpista para parar lo que enten­ dían com o dictadu­ ra jacobina.

El papel de Robespierre

El clim a de entu­ siasm o y de abierta lucha política con­ trastaba con estas fiestas «lúdico-políticas» (co m o la Fiesta de la Razón), en las que el pueblo participaba con un fervor propio de los actos religiosos del Antiguo Régim en.

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da del trono y la Bastilla; tan ilegales com o la propia liber­ tad. N o se puede querer una revolución sin revolución. Robespierre, apoyado por los montañeses, salió for­ talecido del debate. Los girondinos iban perdiendo su hegemonía en la Convención, pero seguían controlando los municipios de las grandes ciudades com o Lyon, Marsella, Nantes o Burdeos. Esta influencia les m ovió a recuperar su ini­ ciativa política en la Asamblea, dirigiendo ahora sus ata­ ques contra la Comuna de París. Un diputado girondi­ no, Isnard, amenazó con una fuerte represión a los representantes de la Comuna si se llegaba a atentar con­ tra la legalidad constitucional. Las secciones parisienses respondieron violentamente, reclamando la depuración inmediata de la Asamblea: los diputados girondinos, so­ bre todo aquellos que intentaron «salvar al rey», debían ser expulsados.

El 2 de junio de 1793. una gran manifestación se di­ rigió a la Convención y tras un dramático debate desa­ rrollado bajo el control de las milicias urbanas, fueron arrestados 29 diputados girondinos. Esta jornada puso en evidencia la creciente influencia de los s a n s - c u lo tte s que, de este modo, parecían controlar a la Asamblea a través de los montañeses. Por primera vez una insurrección popular desplazaba del poder a un partido, pero los propios montañeses ex­ perimentaban sentimientos contradictorios: por una par­ te. les movía el deseo de imponerse a los girondinos; por otra, no podían evitar sentirse indignados ante la fuerte coacción de que estaba siendo objeto la Asam blea: además, no dejaba de inquietarles que la dirección política de la Revolución pasara a manos de los s a n s c u lo tte s .

El papel de Robespierre

Comité de investi­ gación popular. La proliferación de es­ tos organism os en 1793 resaltaba el cada vez más evi­ dente conflicto de clases sociales que iba im pregnando el p r o c e s o p o lít ic o revolucionario.

La Convención montañesa y el Gobierno revolucionario

Un sospechoso de favorecer a la «revo­ lución» com parece ante un comité de in v estig ació n . La hegem onía de los sa n s-culo ttes en los comités pronto de­ rivó en abusos in­ discriminados que hicieron florecer el miedo y el odio h a ­ cia el pueblo bajo entre la burguesía y la clase media.

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La nueva Convención, controlada ahora por la Montaña, com enzó el 2 de junio de 1793 y concluyó el 27 de julio de 1794. Los montañeses con el apoyo de los s a n s c u lo tte s habían triunfado sobre los girondinos, pero no estaban dispuestos a ceder a su presión ni hacer conce­ siones a un programa radical de reglamentación econ ó­ mica impuesto mediante la violencia y la intimidación. Las primeras medidas intentaron satisfacer las rei vindicaciones principales de los campesinos, todavía pendientes: las tierras confiscadas a los aristócratas em i­ grados se parcelaron y se pusieron a la venta, y las tie­ rras comunales se repartieron entre los labriegos en lotes iguales por individuo. Mayor repercusión práctica tuvo la ley que terminó de abolir el feudalismo: además de ordenar la destruc­ ción de las escrituras de los títulos de propiedad, esti­ pulaba que todos los derechos feudales quedaban abo­ lidos sin derecho a ninguna indemnización. Resulta difícil calcular las repercusiones sociales de esta ley; algunos historiadores franceses la describen com o «una revolu­ ción dentro de la Revolución», mientras otros la cond e­ nan, calificándola com o la «expropiación más injusta de la Revolución». Al mismo tiempo, durante la Convención montañe­ sa se elaboró una nueva constitución, que suponía un

avance con respecto a la Constitución monárquica de 1791. En ella se reconocía el principio del sufragio uni­ versal masculino, así com o la responsabilidad de la so­ ciedad de proporcionar a sus miembros trabajo y medios de subsistencia y de poner la educación al alcance de todos los ciudadanos. La Constitución fue proclamada el 10 de agosto de 1793 (día del aniversario de la caída de la Monarquía), en la fiesta de la «Unidad e Indivisibi­ lidad de la República». Sin embargo, dada la situación del país, su entrada en vigor quedó aplazada «hasta que se alcance la paz». Los llamados «ciudadanos proletarios» aceptaron el espíritu democrático que inspiraba el nuevo texto cons­ titucional, pero exigían resultados más tangibles. El pri­ mer desafío popular se produjo cuando una delegación de la Comuna acudió a la Convención para felicitar a los diputados por su labor. Jacques Roux. que formaba parte de la misma, criticó severamente el propósito de los diputados de preservar la unidad nacional median­ te una política de compromiso y moderación. Estos eran algunos de sus requerimientos: «¿Habéis proscrito la especulación? No. ¿Habéis decretado la pena de muerte contra los acaparadores? No. ¿Habéis prohi­ bido el intercambio de asignados por moneda metálica? No... Diputados de la Montaña, ¿por qué no subís a las casas humil­ des de esta ciudad revolucionaria? Quedaríais conmovidos por las lágrimas y gemidos de una inmensa población sin alimen­ tos, sin ropas, llevadas a tal estado de miseria y desesperación

Radicalismo popular

Reunión de «patrio­ tas» en un cenáculo del París de 1793. Bajo la ambigua denominación de patriotas se agrupa­ ron los elementos más reticentes al radicalismo jacobi­ no, desde los giron­ dinos más modera­ dos, a los conspira­ dores más reaccio­ narios, unidos to­ dos por su común terror a los excesos del gobierno de la Convención monta­ ñesa.

Radicalism o popular

La c o n s p ira c ió n contra el gobierno desem bocó en un proceso de respues­ tas radicales a car­ go de M arat, vito­ reado aquí por sus partidarios, quienes idolatraban a este hábil político, c a ­ paz de d esp ertar odios y afectos sin límites.

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por la especulación y el acaparamiento, porque las leyes han sido crueles con los pobres, porque han sido hechas sólo por los ricos y para los ricos...»

Estuviera o no Roux implicado directamente en los sucesos posteriores, el hecho es que al día siguiente se produjo un nuevo estallido popular en los mercados de París contra la subida de precios de artículos de primera necesidad. Las lavanderas se apoderaron de las existen­ cias de jabón y las vendieron a un precio fijado por ellas mismas. Estos sucesos convencieron a los diputados de la im­ posibilidad de controlar a los s a n s - c u lo tte s mientras el «agitador Roux» permaneciera en libertad. Marat publi­ có en su periódico. E l a m ig o d e l p u e b lo , un violento ata­ que contra Roux, y Robespierre lo denunció más tarde, acusándole de «agente del enem igo» y logrando que la Convención ordenara una investigación sobre sus acti­ vidades. A finales de agosto de 1793, Roux volvió a ha­ cerse con el control de su sección, pero sin recuperar su antigua influencia. Desde entonces, los e n ra g é s per­ manecieron a la defensiva y Jacques Roux, algún tiem­ po después, se suicidó en la cárcel.

La rebelión federalista La política conciliadora de la Convención montañesa no pudo evitar la extensión de la guerra en su doble frente interior y exterior. La caída de los girondinos desencade­ nó una nueva guerra civil, provocada por la rebelión fe ­ deralista de las provincias contra el centralismo de París. Al mismo tiempo, la Vendée redoblaba sus esfuerzos y por todos los frentes el ejército francés se batía en reti­ rada ante el empuje de la coalición. El levantamiento federalista se extendió con rapidez. En Bretaña. Normandía, en el Mediodía y el FrancoCondado. ias autoridades departamentales se unieron al movimento, cuyos dirigentes constituyeron sus propios comités y tribunales de excepción para juzgar a los jacobi­ nos, cerraron sus clubs e intentaron atraerse a las tropas. Hacia finales de junio de 1793 la rebelión federalista es­ taba implantada en Lyon, Marsella, Burdeos y Tolón. En medio de este clima de insurrección generalizada, un trágico suceso sirvió para excitar la cólera de los mon­ tañeses y s a n s - c u lo tte s y convencerles de que sus ad­ versarios llevarían la traición hasta límites insospecha­ dos. El 13 de julio. Charlotte Corday. una joven realista

La reacción girondina

El gobierno de la Convención trataba de conciliar las pos­ turas enfrentadas de los distintos par­ tidos, fomentando p a r a e llo e s p e c ­ táculos com o éste, que muestra la pre­ ponderancia de la diosa Razón sobre todas las criaturas del Universo, repre­ sentadas por este vistoso desfile de an im ales ante su estatua.

Asesinato de M arat

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Charlotte de Corday, destacada re­ presentante del par­ tido girondino, asu­ mió de forma deci­ dida el asesinato de Marat; su plan, pro­ pio de una mente fría y a la vez a p a ­ sionada, desem bo­ có el 13 de julio de 1793 en la muerte del más popular de lo s j a c o b in o s , a quien el pintor D a ­ vid dedicó este lien­ zo, que, en la mejor tradición neoclási­ ca, muestra su fi­ nal, sum ergido en la bañera mientras redactaba p rocla­ mas y documentos. Su asesina fue gui­ llo t in a d a c u a tr o días después.

de Normandía. penetró en la casa de Marat y le asesinó de una puñalada. Desde el comienzo de la Revolución. Marat, diputado jacobino y médico de profesión, se ha­ bía destacado por sus apasionados artículos en E l a m i­ g o d e l p u e b lo en defensa de los «desarrapados» y obre­ ros de París, y era enormemente popular por su bondad y humanidad. Su asesinato provocó una gran conm o­ ción y los parisienses le hicieron un grandioso funeral, al que acudió toda la Convención. Tras el asesinato de Marat, un caso de espionaje vino a agravar aún más la situación: la captura de los docu­ mentos de un espía inglés permitió conocer la existencia de un plan británico para sabotear el esfuerzo bélico de Francia, incendiar las cosechas y provocar el dasabastecimiento de los mercados. Era el comienzo de una for­ ma de «guerra económ ica» a la que el siglo XVIII no se hallaba acostumbrado. Una inesperada sucesión de in­ cendios en arsenales militares y navales confirmó la exis­ tencia de sabotajes, lo que impulsó a la Convención a declarar a Pitt, primer ministro británico, «enem igo del género humano».

El Comité de Salvación Pública Las dramáticas circunstancias que atravesaba el país ha­ cían más urgentes las medidas de excepción que ten­ dría que adoptar la Convención. Por su parte, los diri­ gentes s a n s - c u lo tte s consideraban que la movilización general y la economía controlada y dirigida eran los úni­ cos medios adecuados para asegurar la defensa. El C o ­ mité de Salvación Pública, creado en abril de 1793, ha­ bía ¡do organizando sus poderes y competencias hasta convertirse en el verdadero impulsor del gobierno de la Convención. Al principio, el Comité expresaba su temor ante las grandes dificultades que planteaba una m o­ vilización general: el control y organización de miles de hombres, cóm o armarlos y abastecerlos... Para ello era preciso asegurar todos los recursos y subsistencias, de tal m odo que el problema económ ico se vinculaba estrechamente al de la defensa nacional. Finalmente, la Convención decretó la leva masiva (27 de agosto de 1793): se consideraba movilizados para la defensa de la patria a todos los ciudadanos entre 18 y 25 años. Pero a los pocos días la crisis de subsistencias se agravó y la reacción popular, dirigida por hebertistas y e n r a g é s , se fue fortaleciendo; sus exigencias se ¡in­

movilización

La muerte de Marat coloca a la Conven­ ción en la tesitura de apoyar la violen­ cia que propugnan los jacobinos con­ tra sus a d v e r s a ­ rios políticos o, por el contrario, unir voluntades contra los enemigos exte­ riores de la Repúbli­ ca. Se invocaba a la Razón y la Justicia para lograr la paz interior y las victo­ rias militares en el exterior.

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Tolón

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N inguna figura li­ g a d a a la corona de Francia era tan odiada com o la rei­ na. Su personali­ dad frívola desper­ taba tantas fobias com o su condición de princesa alem a­ na y, por tanto, par­ tidaria de los ene­ migos de la Revolu­ ción fuera de las fronteras francesas. Su proceso judicial dem ostró que los últimos años vivi­ dos por esta mujer la habían dotado de firm e vo lu n ta d y gran entereza.

ponían en las secciones y se multiplicaban los actos pú­ blicos y las peticiones. En medio de esta fiebre llegó la noticia de una «trai­ ción inaudita»: la ciudad de Tolón había sido entregada a los ingleses por los contrarrevolucionarios realistas. A los dirigentes de la Comuna les resultaba imposible con­ trolar a la población y calmar a los manifestantes. El 5 de septiembre, un numeroso grupo se dirigió a la C on ­ vención siguiendo las consignas de «¡guerra a los tira­ nos, a los aristócratas, a los acaparadores!». De nuevo bajo la presión popular, la Asamblea pro­ metió acceder a las demandas y al día siguiente se eli­ gió a dos representantes hebertistas para que entraran a formar parte del Comité de Salvación Pública. Tam­ bién se concedieron a las secciones populares ciertas fa­ cultades para ejercer funciones de policía y vigilancia. El 17 de septiembre se aprobó una amplia ley represiva dirigida contra los «sospechosos», y seguidamente una ley que establecía una serie de disposiciones contra el acaparamiento.

«E l Terror» La amenaza de la guerra en todos los frentes hizo que la defensa nacional se fundiera con el avance social de los s a n s - c u lo tte s que, al mismo tiempo, tenían que d e­ fender su abastecimiento mediante la violencia contra los especuladores, los acaparadores de víveres y los des­ aprensivos capaces de traicionar a la República en aras de su interés personal. De este modo, la victoria militar, la satisfacción de las necesidades populares y la repre­ sión se mostraban com o tres aspectos de un mismo ob­ jetivo. Tras las «jornadas de septiembre» comenzaron los grandes procesos. La ya citada Ley de sospechosos in­ cluía bajo esta denominación a «los ex nobles y sus pa­ rientes», así com o a quienes no hubieran obtenido un certificado de civismo del Comité de Vigilancia Mu­ nicipal... «... los que, a causa de su conducta, sus relaciones, sus escri­ tos, se muestren partidarios del federalismo y de los enemi­ gos de la libertad».

La reina María Antonieta fue guillotinada el 16 de o c­ tubre de 1793; el ex noble Antoine Bernave, a quien de-

«E1 Terror»

La guillotina hizo pasar por su devas­ tadora cuchilla los cuellos m ás aristo­ cráticos de la socie­ d ad fra n c e sa . La pareja real encabe­ zó una larga lista en la que los nombres de numerosos no­ bles, políticos y clé­ rigos formaron la nómina de las víc­ timas de un perío­ do denominado jus­ tamente com o «El Terror».

«El Terror»

Los partidarios de la Vendée son arro­ jados al río Loira a su paso por Nantes. Este terrorífico pro­ cedimiento de eje­ cución capital de­ muestra la inusita­ da violencia que hi­ zo de esta etapa la m ás confusa de to­ das las que jalo n a­ ron el período entre 1792 y 1804.

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bemos uno de los estudios más lúcidos sobre la Revolu­ ción Francesa, lo fue también el mismo mes. al igual que otros muchos, com o el duque de Orleans. madame Roland y otras destacadas defensoras de los derechos de la mujer, así com o 21 dirigentes girondinos. Hubo más de 16.000 ejecuciones entre marzo de 1793 y agosto de 1794. Las víctimas del Terror procedían de todas las clases sociales, incluidos los nobles y clérigos. Para completar un posible balance del Terror, habría que añadir las víctimas de las ejecuciones sumarias y las matanzas y represalias, especialmente en la Vendée y en el oeste. En la ciudad de Nantes, el representante del gobierno, un hebertista, permitió las ejecuciones sin juicio previo, mediante el procedimiento de introducir a las víctimas en una barcaza y hundirla en el Loira; así perecieron de 2.000 a 3.000 franceses: sacerdotes antirrevolucionarios, sospechosos, bandidos, condenados de derecho común, etc. Uno de los fenóm enos característicos de este perío­ do del Terror fue el llamado «m ovim iento de descristia­ nización», caracterizado por su violencia anticlerical. Los sacerdotes fueron perseguidos, se les obligó a renunciar a sus cargos, y se cometieron actos vandálicos contra las iglesias, donde posteriormente se celebraban fiestas paganas en honor de la Razón.

A propuesta de Danton, la Convención aprobó un de­ creto que confirmaba la libertad de cultos, y más tarde Robespierre introdujo oficialmente el culto al Ser Supre­ mo, por el que la República declaraba reconocer la exis­ tencia de Dios y la inmortalidad del alma. Por otro lado, en octubre de 1793 se implantó en Fran­ cia el calendario republicano, que iniciaba una nueva era a partir de la abolición de la monarquía el 22 de sep­ tiembre de 1792; el año quedaba dividido en doce m e­ ses de treinta días cada uno, bautizados con nombres que hacían referencia a las peculiaridades m eteorológi­ cas de cada mes o a las tareas agrícolas: Ventoso, Fioreal, Vendimiado, Brumario, Termidor, etc. El nuevo ca­ lendario simbolizaba varios aspectos del pensamiento re­ volucionario de la Ilustración: la sustitución de la tradi­ ción por la razón, el culto a una naturaleza idealizada y la ruptura con el cristianismo mediante la supresión de las festividades religiosas.

El nuevo calendario

G e o r g e s -J a c q u e s Danton (arriba) fue uno de los pilares del pensamiento re­ vo lu c io n a rio que confirmaba al «Ser S u p rem o » com o culto oficial de la República, una de cuyas fiestas apare­ ce a la izquierda. N o obstante, esta nueva religión no consiguió aplacar las iras de los ene­ migos de este inte­ lectual, que acabó siendo ejecutado en 1794.

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La dictadura jacobina y las primeras victorias del Gobierno revolucionario

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Celebración de un m atrim onio en el Ayuntam iento de París. La vida du­ rante la Revolución se vio alterada por nuevas costum bres y hábitos sociales que eran producto de la personalidad ideológica del N u e­ vo Régim en. Estos m e c a n is m o s de convivencia, lejos de ser m eros testi­ monios de una épo­ ca co n creta, han pervivido en la le­ gislación civil de to­ dos los países occi­ dentales, que reco­ nocen en las con­ quistas de la Revo­ lución las bases de la estructura nor­ mativa de los esta­ dos modernos.

A lo largo del otoño de 1793, el Comité de Salvación Pública fue consolidando su autoridad en el seno de la Convención y en todo el país. La democracia subsistía, puesto que la Asamblea poseía el poder supremo, pero continuaban suspendidos los principios constitucionales. Por otro lado, el Comité de Seguridad Nacional, encar­ gado de las actividades policiacas y de represión, co m ­ partía su hegemonía con el de Salvación Pública, que imponía su control político en todo el país, y podía ahora destituir a los funcionarios de la administración local, de­ signados anteriormente por elección, y sustituirlos por hombres de su entera confianza. A los representantes enviados a las provincias o departamentos se les prohi­ bió delegar poderes o aplicar otras medidas sin previa autorización del Comité. Esta rígida centralización suponía una clara amenaza para el Ayuntamiento de París y su Comuna, cuyos re­ presentantes comenzaron a adoptar una actitud defensi-

va. El Gobierno revolucionario no deseaba compartir el poder y a partir de entonces los s a n s - c u lo tte s sólo p o ­ drían ejercer la autoridad local com o agentes obedientes del Comité. La reacción popular no tardó en producir­ se. ya que la fuerza política de los s a n s - c u lo tte s residía precisamente en estos centros de poder semiautónomo (ayuntamientos, secciones, representaciones en pro­ vincias), cuya libertad de acción iba recortando el g o ­ bierno revolucionario del Comité. En el club jacobino y en el de los «cordeleros», Hébert y sus partidarios pasaron a la ofensiva, reprochan­ d o al Comité de Salvación Pública el abandono del Te­ rror y decidiendo organizar una nueva insurrección. La conjura se descubrió y los jefes hebertistas fueron de­ tenidos y ejecutados. Seguidamente, el Comité ordenó la supresión de las sociedades populares y reguló el funcionamiento de las secciones de barrio. Con estas m e­ didas de control, el movimiento popular quedó prác­ ticamente desarticulado, pero la nueva Comuna, con ­ trolada ahora por Robespierre, no logró atraerse a los antiguos dirigentes populares de los s a n s - c u lo tte s .

Contra los

sans-culottes

Este grabado, los sa n s-c u lo tte s b a i­ lando alrededor del árbol de la libertad, es una caricatura c o n t r a r ia a este grupo, cuya im por­ tancia se hizo mere­ cedora de las tácti­ cas políticas más d em agógicas a fin de atraérselos para c u a lq u ie r c a u s a . M a x im ilia n o R o ­ bespierre pronto se c o n v i r t i ó en su apóstol y, m ás tar­ de, en su mártir.

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La caída y ejecución de Robespierre

Todos contra Robespicrre

En 1793. la Repú­ blica empieza a re­ plantearse su papel internacional ante la multitud de ene­ m ig o s e x te rio re s que la com baten. Los enfrentam ien­ tos del Com ité de Salvación Pública con R o b e s p ie r r e (a rr ib a ) aca b a ro n por colocar al In c o ­ rruptible en el pun­ to de mira de los que co n sid eraban su gestió n co m o propia de un tirano ridículo al que la razón m ás elem en­ tal obligaba a de­ rrocar.

Mientras permaneciera unido, el Comité de Salvación Pública era prácticamente imbatible, pero apenas hubo alcanzado el apogeo de su poder surgieron los primeros síntomas de un conflicto interno. Paradójicamente, los primeros éxitos de la guerra hicieron que se precipitara la crisis. En junio de 1793 el ejército austríaco de los Paí­ ses Bajos fue derrotado y dos semanas más tarde el ejér­ cito francés entraba en Bruselas. A finales del mismo año, los ingleses fueron expulsados de Tolón en una brillante operación, en la que com enzó a distinguirse un joven capitán: Napoleón Bonaparte. Finalmente, con la Vendée prácticamente dominada, la amenaza de invasión parecía haber desaparecido. Este cambio favorable de la situación llevó a muchos franceses al convencimiento de que ya era innecesario seguir soportando el gobier­ no dictatorial del Comité y la disciplina económ ica im­ puesta por el Terror. Surgieron entonces los primeros enfrentamientos internos, y Robespierre y Saint-Just fueron acusados de «ridículos dictadores». El mero he­ cho de que sus propios miembros solicitaran el arbitraje de la Convención en sus enfrentamientos significaba el fin de la dictadura no oficial del Comité. Durante la primavera y verano de 1794. los factores de la crisis se fueron superponiendo; el personal político se desentendía de las órdenes propuestas por el Comité y el impulso revolucionario se había desvanecido tras el desmantelamiento de las secciones populares. Aparte de los monárquicos y conservadores, hostiles desde el prin­ cipio, muchos franceses eran ahora partidarios de poner fin a la obra revolucionaria. Este ambiente crecía entre los adversarios políticos de Robespierre, así com o entre los comerciantes que habían realizado fabulosos n ego­ cios al amparo de la guerra, y entre los jornaleros y cam­ pesinos, sujetos a privaciones y sacrificios continuos. To­ do lo que una parte de la nación había aceptado para salvar a la amenazada Revolución, parecía ahora ina­ ceptable. al considerar que la victoria de los ejércitos fran­ ceses había alejado por fin esta amenaza. Sin embargo, Robespierre y sus partidarios conside­ raban que ni la Revolución ni el país estaban todavía li­ bres de peligros, y la crisis se agravó al producirse la di­ visión entre los propios jacobinos y los miembros del

Comité. Danton se atrevió a proclamar públicamente la necesidad de acabar con el régimen de «sospechosos», volver a la reconciliación y la unidad nacional y reducir la omnipotencia de los Comités. Varios diputados del sector de la llanura se unieron a su m odo de pensar y formaron un núcleo, denominado de los «indulgentes» o «moderantistas». Frente a ellos, los jacobinos más ra­ dicales seguían proclamando la necesidad de seguir manteniendo las medidas de excepción y afianzar la R e­ volución. Am bos grupos se acusaban mutuamente de estar al servicio del extranjero, sobre todo cuando se puso al descubierto la inmoralidad y el rápido enriquecimiento de algunos «dantonistas», y se comprobó que muchos extranjeros, aparentemente al servicio de la revolución más exaltada, no eran en realidad sino agentes provo­ cadores de los gobiernos de la coalición europea. Entre ambos grupos enfrentados, Robespierre mante­ nía su propia estrategia política. Partidario de las «virtu­ des republicanas», odiaba a los hebertistas más radicales, a los que consideraba perniciosos para el triunfo de la

Todos contra Robespierre

P a r a c o m p lic a r m ás el p anoram a interior, la escuadra inglesa desembarcó un cuerpo de ejérci­ to en Tolón (abajo ) en 1794: el papel de Robespierre com o director supremo se v e ía s e r ia m e n t e amenazado.

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Ejecución de

Danton

El arresto dom ici­ liario de Robespierre fue m ás un acto de autodefensa de sus posibles nuevas víctimas que un gi­ ro en el rum bo de los acontecimientos que el propio Robespierre había de­ s e n c a d e n a d o de forma im parable.

Revolución, pero desconfiaba también de la actitud de los «dantonistas», en quienes veía las «avanzadillas de la contrarrevolución». Bajo estas sospechas, Danton y sus partidarios fueron ejecutados a primeros de abril del año 1794. El objetivo de Robespierre era mantener «una sola vo ­ luntad» y continuar el gobierno revolucionario del C o ­ mité de Salvación Pública; para ello se precisaba la depu­ ración política de la Asamblea y de los propios C om i­ tés. Los más afectados por las amenazas de Robespie­ rre, especialmente aquellos que se habían excedido du­ rante el Terror, temerosos de que se les fueran a exigir responsabilidades, acusaron a Robespierre de querer mutilar de nuevo la Asamblea, deteniendo a sus dipu­ tados, y formaron un grupo para derribar al «dictador». Desde el 15 de julio de 1794, Robespierre dejó de acudir a las sesiones de los Comités y a la Convención. Reapareció de nuevo el día 23 porque, al parecer, había obtenido de sus colegas las suficientes garantías y lealta­ des para imponer la unidad en el seno del Comité de

Salvación Pública. El 26 de julio subió a la tribuna y ex ­ puso su programa: mantenimiento de las medidas de ex­ cepción, renovación del Comité de Seguridad Nacional y subordinación total al de Salvación Pública. Seguida­ mente anunció severas sanciones contra los «bribones» y denunció el moderantismo de algunos diputados. Aunque Robespierre no mencionó a nadie en parti­ cular, muchos diputados se sintieron amenazados. Al día siguiente. 27 de julio (el 9 Termidor), después de una asamblea tumultuosa, Robespierre y sus partidarios fue­ ron acusados de dictadores por la mayoría y arrestados. En algún m omento se temió el estallido de una insu­ rrección popular para salvar a Robespierre, pero no fue secundada. Así. cuando algunos miembros de la Com u­ na intentaron liberar a los «roberpierristas» y conducir­ les al Ayuntamiento, la Convención decretó su «fuera de la ley», lo que equivalía a su ejecución sin juicio. El 28 de julio de 1794, Maximilien de Robespierre, e l In c o r r u p tib le , fue ejecutado en la guillotina junto a sus amigos del ala radical, entre ellos el alcalde de París.

Ejecución de Robespierre

La ejecución de Ro­ bespierre y la de sus más directos cola­ boradores colocó a la República en la necesidad de mode­ rar su política y lle­ gar a un consenso entre m oderados y radicales para dete­ ner el baño de san­ gre del período del Terror.

La reacción termidoriana

«La Revolución ya está hecha»

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Los intereses de la b u rgu e sía re v o lu ­ c io n a ria no eran muy distintos de los de la vieja burgue­ sía del Antiguo R é­ gimen: por tanto, el pacto entre grupos sociales fue m ás fá­ cil que el co rre s­ pondiente al de los grupos políticos. El gobierno termidoriano representó un ascenso de las cla­ ses económicamen­ te privilegiadas, que comenzaban a ocu­ par puestos de relie­ ve tras el ostracis­ mo de los años an­ teriores.

La coalición que había conducido con éxito el llamado «golpe de Termidor», junto a los diputados de la llanura, intentó gobernar desde una posición de centro, distan­ ciándose de la contrarrevolución realista y de los jacobi­ nos. El control de la situación estaba ahora en manos de la burguesía que había defendido la política de la pri­ mera Asamblea Constituyente. A este sector de la vieja burguesía, que ya gozaba de una posición sólida durante el Antiguo Régimen, se le unían ahora los nuevos bur­ gueses surgidos durante la propia Revolución, advenedi­ zos y n o u v e a u x ric h e s (nuevos ricos), enriquecidos gra­ cias a los contratos con los gobiernos en tiempo de gue­ rra. o a la compra a precios de ganga de las tierras ex­ propiadas a la Iglesia. Para la propia defensa de sus in­ tereses. los termidorianos no habían perdido la fe en la Revolución, siempre que estuviera controlada por ellos, y seguían creyendo en los derechos individuales y en una constitución escrita. La consigna del m omento era proclamar que «la Revolución ya está hecha» y, por tan­ to, que eran inútiles los mecanismos que se habían crea­ do para asegurarla. En consecuencia, la asamblea termi­ doriana recuperó el poder ejecutivo y redujo todos los comités a su control. Al mismo tiempo depuró el tribu­ nal revolucionario y llevó a sus miembros más significa-

dos al patíbulo. Poco a poco fueron saliendo de las cárceles los presos detenidos por sospechosos: los di­ putados girondinos supervivientes se reintegraron a la asamblea. Pero la orientación política del gobierno termidoriano implicaba también la represión de los jacobinos. En noviembre de 1794 se clausuraron los clubs y las sec­ ciones populares para evitar las movilizaciones. En Pa­ rís un antiguo y conocido «terrorista» que se había pa­ sado a la reacción, se convirtió en el ídolo de una de las bandas violentas, pertenecientes a la llamada «juven­ tud dorada», que asaltaban los barrios obreros de París y se vengaban cruelmente de los s a n s - c u lo tte s . En la primavera de 1795 (el 12 Germinal) una nueva crisis de subsistencias incrementó el descontento popu­ lar, y los manifestantes de los barrios del este de París acudieron a la Asamblea exigiendo soluciones: que se aplicase la Constitución de 1793: medidas en favor de las clases indigentes; disolución de las bandas de la «ju ventud dorada» y la liberación de «... varios miles de pa­ triotas encarcelados desde el 9 Temidor». Los concen­ trados fueron obligados a disolverse y la Asamblea apro-

«La Revolución ya está hecha»

Calendario republi­ cano con las nuevas d e n o m in a c io n e s asignadas a los dis­ tintos m eses del año. Esta m edida no se perpetuó des­ pués del período re­ volucionario, pero en su transcurso los acontecimientos se consignaron en la historia de acuerdo con esta termino­ logía.

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El «terror blanco»

L as jo r n a d a s de Germ inal y Pradial de 1795 m arcan la definitiva caída de los jaco b in o s. La burguesía termidor ia n a se h a b ía a se n ta d o firm e ­ m e n te y e je r c í a a h o ra su im perio particular del terror en lo que se ha ve­ nido a llam ar el «te­ rror blanco», menos ruidoso que el de los s a n s - c u lo t t e s , pero no menos san­ guinario.

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bó varios decretos represivos, declarando el estado de sitio en la capital. Para el mando de las tropas fue desig­ nado el general Pichegru: era la primera injerencia del ejército en los asuntos políticos. Mientras, la crisis de subsistencias continuó durante toda la primavera de 1795, provocando estallidos y «re­ vueltas de hambre» en varias provincias. El 20 de mayo, una muchedumbre armada invadió la Asamblea, rom ­ piendo las barreras de protección. El diputado Feraud fue asesinado y se exhibió su cabeza ante el presidente de la Asamblea. Tres días después, el gobierno obligó a los «sediciosos» a entregar las armas bajo la amenaza de ser tratados com o rebeldes y privados de subsistencias. Estas «jornadas de Germinal y Pradial» (abril y mayo de 1795) señalan el final de la presión popular sobre la Asamblea. Al fracaso de las jornadas le siguió una siste­ mática represión antijacobina, mediante un prolongado proceso de detenciones y ejecuciones de diputados del anterior gobierno revolucionario. La represión termidoriana despertó, por otra parte, las esperanzas de los contrarrevolucionarios, que veían ahora más próxima una restauración monárquica. Esta corriente se manifestó primero en los departamentos del Mediodía, donde las bandas monárquicas iniciaron las matanzas de los terroristas más notorios, en lo que se ha dado el llamar el «terror blanco», sin apoyo algu­ no en leyes ni decretos. En el oeste volvió a renacer el

levantamiento de la Vendée fomentado por Inglaterra, aunque muy pronto el ejército logró el control de la si­ tuación. En París, la agitación realista adquirió mayores pro­ porciones cuando la Asamblea, después de aprobar un nuevo texto constitucional, estableció las futuras nor­ mas electorales. Obligatoriamente dos tercios de los di­ putados de la misma Asamblea debían ser reelegidos; solamente podía ser elegido por los ciudadanos un ter­ cio, es decir, 250 diputados. De esta manera, los con­ trarrevolucionarios veían menguadas sus expectativas de obtener la mayoría en la Asamblea. Su reacción no se hizo esperar; los «jóvenes dorados», que ya habían ini­ ciado una campaña contra la propia Constitución, re­ chazaron violentamente tales normas electorales, pro­ vocando una insurrección armada el 3 de octubre de 1795 (13 de Vendimiario). Las tropas del gobierno, man­ dadas ahora por el joven general Bonaparte, redujeron el motín realista y restablecieron el orden. Poco después, consolidados en su posición, los diputados termidorianos disolvieron la Asamblea (26 de octubre de 1795).

El «terror blanco»

«Los jóvenes dora­ d os» aparecen en esta ilustración en una de sus corre­ rías; sus actuacio­ nes contra la políti­ ca electoral desa­ rrolladas el 13 del Vendimiario repre­ sentaron una am e­ naza para la autori­ dad del gobierno y fueron cortadas por la decidida actua­ ción de un desco­ nocido general cor­ so llam ado B o n a­ parte.

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f

El Directorio

El Directorio repre­ senta la etapa de equilibrio entre fac­ ciones enfrentadas d u ra n te los añ o s anteriores: se puede considerar un pe­ río do legislativo, político y social di­ rigido por la bu r­ gu esía m ás influ­ y en te, q u e lu c ía unas galas tal y co ­ mo vemos aquí.

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El régimen político del Directorio (26 de octubre de 1795-10 de noviembre de 1799) surgió de la nueva Constitución del año III (1795). Inspirada en gran parte en los planteamientos de la Asamblea Constituyente de 1791, establecía una completa separación de poderes. El legislativo recaía en dos Asambleas, para evitar los excesos revolucionarios de una sola Cámara: el Consejo de Senadores o de los Ancianos, compuesto de 250 hombres «mayores de cuarenta años»; y el Consejo de los Quinientos: éstos proponían resoluciones y aquéllos las elevaban a la categoría de leyes. Ambas cámaras ele­ gían al ejecutivo, llamado Directorio, form ado por cinco miembros, renovables uno cada año. En cuanto a la Constitución, se mantenía la organización administrativa de 1791 y el sistema electoral respondía al mismo crite­ rio censitario considerablemente reforzado: el sufragio universal fue suprimido y los ciudadanos «pasivos» con­ tinuaron sin tener derecho al voto: para ser elector era necesario poseer tierras o una casa, de valor variable se­ gún las localidades.

Reducida así la representación a una sexta parte de la población, el gobierno del Directorio estaba constitucio­ nalmente en manos de la burguesía moderada o, más concretamente, de los propietarios importantes, tanto urbanos com o rurales. Tras las vicisitudes de la Revolu­ ción. a la burguesía sólo le preocupaba rehacerse ec o ­ nómicamente. en un mom ento en que empezaban a producir rendimiento los «bienes nacionales» adquiridos cinco o seis años antes. Pero si el Directorio fue para al­ gunos una época de «insolente opulencia», para otros muchos lo fue de privaciones. La industria no conseguía recuperar su antiguo ritmo; la miseria continuaba aba­ tiéndose sobre los obreros, y mucho más a medida que la devaluación del asignado se fue haciendo vertiginosa. La plata desapareció del mercado y resultaba imposible organizar correctamente el cobro de impuestos. Por otro lado, la falta de una política social y la diversidad de intereses enfrentados explican en parte la inestabili­ dad del Directorio, amenazado constantemente por go l­ pes de estado de uno u otro signo. El nuevo gobierno inició sus actividades durante el in­ vierno de 1795-1796, en m edio de una desorbitada su­ bida de precios y de una desesperante escasez. Fue pre­ ciso contener la inflación de forma enérgica, imponer el requisamiento de los cereales y proceder a su distribu­ ción a precio reducido. Sin embargo, la atención prefe-

E1 Directorio

Un e n c o p e ta d o miembro del Direc­ torio (arriba) mues­ tra su perfil con pre­ tensiones de pasar a la posteridad: la gestión de la bur­ guesía moderada al mando de los asun­ tos de gobierno no sirvió para impedir las crisis económ i­ cas ni el mal funcion a m ie n to de los asun tos p úblicos; dentro de éstos la fisc alid a d segu ía siendo enormemen­ te injusta.

La conspiración de Babeuf

La inoperancia del Directorio dio pie a conspiraciones a r­ m a d a s co n tra su d eb ilitad a au to ri­ dad. Los partidarios de un comunismo igualitario, dirigi­ dos por Babeuf, lle­ varon a cabo una sublevación que ter­ minó siendo sofoca­ da mediante la eje­ cución de varios de sus más destacados miembros.

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rente del Directorio estaba centrada en reprimir las in­ surrecciones realistas. En este clima de conflictividad social, los neojacobinos y los demócratas volvieron a organizarse en el nue­ vo club del Panteón y consiguieron obtener algunos puestos en la administración. De esta nueva reorganiza­ ción jacobina surgió un núcleo de demócratas radicales, dirigido por Babeuf, en cuyo periódico T r ib u n a d e l P u e ­ b lo se predicaba abiertamente una especie de comunis­ mo y se pedía el sufragio universal. El Directorio ordenó cerrar el club y a partir de entonces Babeuf com enzó a organizar la llamada «Conspiración de los Iguales». Entre sus partidarios estaba Buonarroti, un refugiado italiano a quien le correspondió más adelante transmitir la he­ rencia de Babeuf. La conspiración proponía el «com u ­ nismo de distribución», que rechazaba el reparto agrario igualitario para proponer una organización colectiva del trabajo fundada en la comunidad de bienes. Los babeuvistas fueron arrestados el 10 de mayo de 1796; en septiembre un grupo de sus correligionarios intentó su­ blevar a las tropas del campamento de Grenelle, pero una comisión militar mandó fusilar a varios de ellos. El

26 de mayo de 1797. Babeuf y sus compañeros fueron condenados a muerte por la Suprema Corte de Justicia. El descubrimiento de la conspiración de Babeuf dio nuevo impulso a la oposición realista contra el Directo­ rio. Su centro en París era el club Clichy. en contacto permanente con el hermano del rey muerto, el conde de Provenza, al que los realistas consideraban su su­ cesor con el nombre de Luis XVIII (Luis XVII, el hijo de Luis XVI. había muerto en la cárcel del Temple). Luis XVIII se había instalado en la ciudad italiana de Verona. donde dirigía un centro de propaganda monár­ quica. financiado con dinero británico.

La conspiración de Babeuf

La fam a del joven general Bonaparte se hizo dem asiado peligrosa. Su pres­ tigio entre la tropa y su nada disim ula­ d a anim adversión hacia los gobernan­ tes del Directorio le llevaron a la cárcel; en realidad, el pe­ ríodo de prisión só ­ lo sirvió para acre­ centar la fam a de Bonaparte, ya que la acusación de j a ­ co b in ism o por la que fue detenido ca­ recía de rigor.

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La inestabilidad del Directorio

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Las revueltas popu­ lares debidas a las crisis de subsisten­ cias y a la corrup­ ción de los cargos públicos iban m i­ nando la estabili­ dad del sistema y dejaban las calles en m anos de una m uchedum bre sin control. El falsea­ miento de las elec­ ciones a diputados de 1797 representó el último acto de desprestigio del g o ­ bierno del Directo­ rio , q u e d e c id ió co n fiar en N a p o ­ león com o «hom bre fuerte» de una situa­ ción que nadie sino él sabía cómo debía conducirse.

En abril de 1797 tuvieron lugar unas nuevas eleccio­ nes que llevaron al cuerpo legislativo a una mayoría de elementos ultramoderados y monárquicos, que consi­ guieron derogar la legislación contra los emigrados y los sacerdotes antirrevolucionarios. Los miembros republicanos del Directorio, sintiendo la amenaza de una nueva conspiración contra la Repú­ blica, solicitaron, y obtuvieron, el auxilio de Bonaparte para proceder a un golpe de Estado, que supuso el arres­ to de varios diputados realistas. A continuación, dispu­ sieron la anulación de las elecciones en varios depar­ tamentos y la invalidación de 145 diputados realistas.

En las elecciones siguientes, los diputados jacobinos obtuvieron una importante representación, pero el Di­ rectorio ya había tom ado sus precauciones y se recurrió al mismo procedimiento. En realidad, este nuevo golpe del 22 Floreal (11 de mayo de 1798) fue una maniobra ya prevista: suprimieron las elecciones en los departa­ mentos jacobinos (que les eran contrarias) y las revali­ daron en los departamentos que les eran favorables. Con esta actuación arbitraria, y sin más objetivo que perma­ necer en el poder, los miembros del Directorio iban sor­ teando las dificultades del gobierno. En medio de la in­ diferencia y el hastío general.

La inestabilidad del Directorio

Pronto demostraría Napoleón que tenía capacidad para do­ minar la situación, y su mano de hierro se hizo notar tanto en los asuntos inter­ nos como en la con­ clusión de la cada vez m ás am bicio­ sa política exterior francesa.

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El golpe de estado del 18 Brumario: Napoleón Bonaparte

El vertiginoso a s­ censo de B onaparte a todas las esfe­ ras del poder fue el producto de una combinación de ge­ nio militar, am bi­ c ió n p e r s o n a l y oportunismo polí­ tico. Sus primeras m edidas en políti­ ca exterior, como la creación de la Re­ p ú b lica C isalp in a en Italia (a b a jo ), son una prueba de estas cualidades.

Desde la etapa de la Convención, la guerra en las fron­ teras había condicionado el desarrollo de la propia R e­ volución, apresurando o retrasando su marcha. Pero du­ rante el Directorio, la importancia de la guerra fue muy superior a la de los acontecimientos internos. La expan­ sión exterior se convirtió en una operación de prestigio que permitía al régimen subsistir en parte, gracias al sa­ queo de los países conquistados. Ello provocó que la autonomía del ejército se hiciese cada vez mayor y que los mandos militares se subordinaran de hecho, no al poder civil, sino al mando del general que conducía al éxito: Napoleón Bonaparte. A su propia iniciativa se d e­ bió la firma del Tratado de Cam po Formio, por el cual Austria reconocía las anexión francesa de Bélgica (los antiguos Países Bajos austríacos), así com o el derecho francés a incorporar a su territorio la orilla izquierda del Rin y la república Cisalpina en Italia. Pero a cambio, Napoleón entregó Venecia y todo el Véneto a Austria, lo que resultaba difícil de compaginar con el ideal revo lucionario de emancipación de los pueblos. En los meses siguientes el expansionismo napoleóni­ co continuó en Italia, multiplicando las llamadas «repú­ blicas hermanas» (Ligur, Romana, Napolitana, H elvéti­ ca, etc.), que constituían, en realidad, un muro protector

de la República Francesa. La paz predominaba ahora en Europa y sólo Francia e Inglaterra permanecían en guerra, pero era una paz de futuro incierto. Al volver de Italia com o un héroe conquistador. N a ­ poleón fue destinado al mando del ejército que se pre­ paraba para invadir Inglaterra; pero se llegó a la conclu­ sión de que la invasión era prematura y Napoleón deci­ dió iniciar una campaña contra la India para despojar a Inglaterra de la más valiosa «perla de la corona ingle­ sa». Para ello habría que empezar por una espectacular invasión de Egipto, ya que, según los planes de Bonaparte, «el dueño de Egipto debe convertirse en dueño de la India». El Directorio dio su consentimiento, y en mayo de 1798 un gran ejército francés, burlando a la armada británica, desembarcó en el delta del Nilo. La campaña de Egipto provocó la intervención en la guerra del Imperio otomano, soberano de Egipto, y de Rusia, potencia protectora de Malta, de la que los fran­ ceses se habían apoderado previamente, a su paso por la zona oriental del Mediterráneo. También el rey de Nápoles se incorporó a la guerra en diciembre de 1798. Durante las maniobras previas, el emperador austríaco

Napoleón Bonaparte

La celeridad y deci­ sión de Napoleón Bonaparte durante su etapa de ascenso le convierten en uno de los más asom ­ brosos casos de en­ cum bram iento de la historia m oder­ na. Sus éxitos mili­ tares en Egipto e Italia le convirtieron en una especie de victorioso «C ésar», a quien el Directo­ rio terminaría por rendírsele.

Napoleón Bonaparte

La guerra contra Austria provocó el definitivo reconoci­ miento de B onapar­ te com o figura del momento. Las con­ diciones pactadas con los austríacos para poder regresar a Francia y hacerse cargo del poder le d ieron la d im e n ­ sión de un gran es­ tadista, por enci­ m a incluso de la de héroe.

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autorizó el tránsito de las tropas rusas por su territorio, lo cual suponía una grave infracción de las reglas de neu­ tralidad. El Directorio declaró la guerra el 12 de marzo de 1799 y de esta manera se form ó una nueva alianza antifrancesa, conocida com o la Segunda Coalición. La República Francesa se vio de nuevo envuelta en una guerra generalizada, que esta vez le resultó desfa­ vorable. En agosto de 1798 la escuadra británica había aislado al ejército francés en Egipto, y en 1799 las fuer­ zas rusas llegaron hasta el norte de Italia, donde la R e­ pública Cisalpina se derrumbó. Bonaparte supo enton­ ces que los frutos de todas sus victorias en Italia se ha­ bían perdido. También recibió las malas noticias de que en la propia Francia la situación del Directorio era muy inestable; el nuevo despertar jacobino inquietaba al g o ­ bierno, cuyo máximo representante era el viejo Sieyés, miembro ahora del Directorio. Napoleón abandonó Egipto y desembarcó en Francia a mediados de octubre de 1799, donde se le aclamó co ­ mo un héroe. Monárquicos, republicanos y termidoria-

nos procuraban atraerse su apoyo. La burguesía venía exigiendo un poder fuerte, capaz de neutralizar a los rea­ listas y a los jacobinos y llevar con éxito la guerra contra la coalición. Pero para satisfacer estas demandas se ha­ cía necesario modificar la Constitución en un sentido autoritario, lo que exigía a su vez el apoyo militar para dar un nuevo golpe de Estado. Bonaparte era, pues, el hombre que reclamaban las circunstancias, y en menos de un mes se organizó el golpe, financiado por los ban­ queros de París. El objetivo era coaccionar a los Conse­ jos para que nombraran tres cónsules, investidos con el poder de otorgar una nueva constitución a Francia. El 18 Brumario (9 de diciembre de 1799), el Consejo de Ancianos y el de los Quinientos, por exigencia de Napoleón, trasladaron sus sesiones a Saint-Cloud, una pequeña localidad cercana a París. Al día siguiente N a­ poleón apareció allí con sus tropas y disolvió ambos C on ­ sejos; los miembros del Directorio fueron destituidos y confiaron el ejecutivo a tres cónsules provisionales: B o ­ naparte, Sieyés y Ducos. En realidad, Napoleón Bona­ parte era el dueño de la situación, y toda Francia, con ­ fiando en su genio, esperaba de él la victoria y la paz. Comenzaba así una nueva era en la historia de Francia, con una nueva forma de República, a la que Napoleón llamó el Consulado.

Napoleón Bonaparte

S ie y é s y D u c o s flanquean al tercer cónsul. El retrato oficial del trío no se corresponde con el reparto de poder, acaparado por N a ­ poleón desde el gol­ pe del 18 Brumario. La efectiva acum u­ lación de todos los poderes en la perso­ na del joven cónsul, pronto fue un he­ cho, y la Francia re­ volucionaria llega­ ba al siglo XIX de la m ano firme de uno de los hombres más controvertidos de la historia, cuya as­ c e n s ió n y o c a s o tras W arteloo sólo son explicables en el contexto de los sucesos revolucio­ narios de los años an teriores, donde se fragua la estrella de Bonaparte.

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Datos para una historia A ño

Francia: la Revolución

Otros sucesos socioculturales

1790

El rey se presenta ante la Asamblea Nacio­ nal Constituyente (28-1). Se anuncia la división de Francia en 83 d e­ partamentos (26-11). Abolición de la nobleza (19-VI). Constitución civil del clero (12-VII) Adopción de la bandera tricolor com o en ­ seña nacional francesa (21-X). Robespierre formula el lema «libertad, igual­ dad. fraternidad» (5-XII).

Proclamación de los Estados Unidos belgas A l morir el emperador de Austria. José II. le sucede su hermano Leopoldo II. Kant publica la C rític a d e la ra z ó n p u ra . Los intelectuales alemanes se declaran en contra de los «antropófagos de París». Empieza a publicarse en Lima (Perú) el pri­ mer periódico de la América española. En España se suprime la Casa de Contra­ tación de Indias.

1791

El Papa condena las reformas religiosas lle­ vadas a cabo en Francia (11-1). Francia entra en guerra con Austria (20-IV). Huida del rey y su familia, que son deteni­ dos en Verennes (21-VI). Matanza de manifestantes en el Campo de Marte (17-VII) División del club de los jacobinos (18- V il). El rey jura la Constitución (14-IX). Ultima sesión de la Asamblea Nacional Constituyente (30-IX). Primera sesión de la Asamblea Nacional Legislativa (1 -X ).

Lavoisier: tabla de elementos químicos. Paz de Sistova entre el emperador de Aus­ tria y los turcos. Inglaterra toma la ofensiva contra Francia. En España, el conde de Aranda sustituye a Floridablanca en el gobierno Actitud re­ celosa frente a la Revolución Francesa. Levantamiento revolucionario en Haití. Mozart: L a fla u t a m á g ic a . R é q u ie m . Mirabeau: D is c u rs o s Sade escribe J u s lin e Chateaubriand: Ensayo s o b re la s r e v o lu ­ c io n e s .

1792

Declaración de guerra al rey de Bohemia y Hungría (20-IV). El rey y su familia son recluidos en el T em ­ ple (13-VIII). Tropas extranjeras atraviesan las fronteras orientales francesas (19 VIII). Matanza de religiosos y prisioneros en Pa­ rís (2-5-IX) Victoria francesa sobre los prusianos en Valmy (20-X), Fin de la Asamblea Legislativa y primera sesión de la Convención (21-IX) Proclamación de la República Francesa. Saint-Just pide la muerte de Luis XVI (13 XI) Hallazgo del «armario de hierro» (20 X1).

Muerte del emperador Leopoldo II. Los rusos invaden Polonia. Schiller publica la H is t o r ia d e la G u e r r a d e lo s T r e in ta A ñ o s En España comienza el gobierno de Godoy y se entra en guerra con Francia. Gustavo III de Suecia, adversario de la R e­ volución, cae víctima de una conspiración de la nobleza. Washington, reelegido presidente de Esta­ dos Unidos. G oya pinta E l e n tie r r o d e la s a rd in a .

1793

Ejecución de Luis XVI (21-1) Sublevación de la V endée (9-111) Institución del Tribunal Revolucionario

Segundo reparto de Polonia entre Prusia y Rusia. Fundación de Washington com o capital ( 10 - 111). de los Estados Unidos (siendo presidente Rusia e Inglaterra se alian contra Francia G corge Washington) (25-111). Desarrollo del telégrafo visual por Claude Deserción de Dumouriez, que se pasa al Chappe (la primera línea, París-Lille) bando austríaco (3-IV).

Año

Francia: la Revolución

Otros sucesos socioculturales

1793

Comité de Salvación Pública (6-IV) Arresto de los diputados girondinos (31-V y 2-VI) Convención Montañesa (2-VI) Reparto de los bienes comunales (10-VI) Charlotte Corday asesina a Marat (13-VIII) Abolición de los derechos feudales (17VIII) Se establece el gran Comité de Salvación Pública (27-V1I). Leva en masa de ciudadanos para la d e ­ fensa de la República (23-VIII). Nuevo calendario (20-X).

El Louvre, declarado Galería Nacional de Arte. Se funda en París la Escuela Politécnica, David pinta E l t r iu n f o d e l p u e b lo fra n c é s G oya pinta Los c a p ric h o s Kant escribe T e o ría y p r á c tic a Condorcet escribe E s b o z o d e l progreso d e l e s p ír itu h u m a n o . Boullée: Ensayo s o b re e l A r te .

1794

Etapa del Terror (1793-1794). Abolición de la esclavitud en las colonias (4-11) Etapa del Gran Terror (10-VI) Conspiración contra Robespierre (27-VIII) Ejecución de Robespierre y eslablecimien to de la Convención termidorlana (28-VII) Clausura del club de los jacobinos (12-XI)

Inicio de una grave crisis económica inter­ nacional. En España se intenta derrocar a Godoy. Hólderlin publica H g p e r io n Fichte escribe P r in c ip io d e la te o r ía d e la s c ie n c ia s .

1795

En febrero se firman tratados de paz con la Vendée. Insurrección de s a n s -c u lo tte s en París (1-IV). Nueva Constitución (23-IX). Instauración del Directorio (2-XI) Se firma la paz con Prusía y España

Suspensión en Inglaterra del derecho de reunión. Paz de Basilea entre Francia y Prusia. Tercer reparto de Polonia entre Austria, Prusia y Rusia. Hólderlin y Schellilag escriben el P r o g r a m a d e l id e a lis m o a le m á n

1796

Se retiran los asignados (19-11). Victoria de Napoleón en Arcóle (15-17-X1). Detención de Babeuf y sus conjurados.

Muerte de Catalina II de Rusia. Jenner inicia sus investigaciones sobre la va­ cuna contra la viruela. Goethe publica W ilh e lm M e is te r.

1797

Babeuf, condenado a muerte Conjuración de los «Iguales» (27-V) Golpe de estado del Directorio apoyado por Bonaparte (4-IX) Paz de Cam po Formío (18-IX)

John Adams es elegido presidente de los Estados Unidos. España: batalla del cabo de San Vicente y caída de G odoy. Invención de la litografía.

1798

Proclamación de las repúblicas Helvética y Romana (5-11). Un ejército al mando de Napoleón parte a conquistar Egipto (19-V).

Malthus publica E n s o g o s o b re e l p r in c ip io d e p o b la c ió n . G oya pinta los frescos de San Antonio de la Florida.

1799

Napoleón abandona Egipto (23-VIII) Beethoven: S o n a ta p a té tic a . Golpe de estado e instauración del C o n ­ Primera máquina de vapor en Berlín sulado (9-X1) Hallazgo de la piedra Rosetta en Egipto. Disolución del Directorio.

Glosario club Esta palabra de origen inglés se utilizó a finales del siglo xvin para designar a ciertas asociaciones, cuyos miembros se reunían regularmente para dis cutir los asuntos políticos del momento Los clu­ bes del período revolucionario francés son en parte los herederos de estas sociedades de pensamien to, entre las que se incluían las academias, las sociedades de lectura, patnóticas. así como las so­ ciedades secretas o clandestinas como era el ca­ so de la masonería. Durante la Revolución Fran cesa, los clubes desempeñaron un papel muy importante, pues en ellos era donde los diputa dos preparaban los debates de la asamblea, ins­ truían a sus afiliados, determinaban las modalida des de su acción política, etc . y crearon una amplia red nacional que permitió la penetración del ideal revolucionario por todo el país Entre los más importantes se encontraban el c lu b b r e tó n . que pasó a llamarse S o c ie d a d d e lo s A m ig o s d e la C o n s titu c ió n y más tarde adoptó el nombre de C lu b d e lo s J a c o b in o s , al trasladar su sede a un antiguo convento situado en la calle de SainJacques de París El club sufrió una escisión in terna, de la que surgió el C lu b d e lo s F u ld e n s e s y a partir de entonces los Jacobinos adoptaron una aptitud política orientada hacia la izquierda Tam bién fue muy importante el C lu b d e lo s C o rd e le ro s . el más popular de París, que acogía a los re­ presentantes de los s a n s -c u lo tte s Durante el período del Directorio se distinguieron el C lu b d e l P a n te ó n , donde el jacobinismo continuó sus ac­ tividades. y el C lu b d e C/icfry. centro de los rno nárquicos

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departamento Durante la Asamblea Constituyente uno de sus diputados declaró que Francia era «una desagra decida inconstituida de pueblos desunidos». Esta apreciación respondía a que las diversas circuns­ cripciones administrativas, judiciales, militares y fiscales de la monarquía se entremezclaban en una confusa delimitación que obedecía a los prlvile gios territoriales heredados del feudalismo La Asamblea acordó establecer una nueva distribu ción territorial por D e p a rta m e n to s , respetando en lo posible su tradición histórica. De las antiguas circunstancias se recortaron las excesivamente grandes: se concentraron las más pequeñas y se conservaron las de mediano tamaño. Los nuevos Departamentos adoptaron nombres inspirados en

la geografía, de un río o de la montaña que en ellos se alzaba El Departamento sirvió de marco territorial a las asambleas electorales previstas por la Constitución de 1791

nación Durante el siglo xviu, este concepto conservaba su sentido geográfico primitivo, derivado del la tín. para designar a los habitantes de una locali dad o de un país Durante la Revolución France sa. el término nación adquirió una nueva signifi­ cación al establecer un vínculo entre la soberanía popular y la nación , de ello se desprende que la ley es la expresión de la voluntad nacional. Así. cuando la asamblea de los Estados Generales dejó de ser la asamblea de los representantes de los tres estamentos tradicionales (Iglesia, nobleza y pueblo llano). se convirtió en la «asamblea nacional de los representantes del pueblo francés» A par tir de entonces todas las nuevas instituciones de Francia quedaron marcadas por el epíteto n a c ió n a l; Asamblea Nacional Legislativa. Guardia Na cional. «Representantes de la Nación», etc

parlamentos Eran, en la Francia del Antiguo Régimen, institu­ ciones judiciales que desempeñaron también cierta función política al tener la misión de registrar los decretos reales. Actuaban, así. como instancia de cierto control de poder legislativo de los reyes Ha bía trece parlamentos, uno por cada provincia ju dicial. todos independientes entre sí e iguales en atribuciones, si bien el de París, gozaba de hecho de preeminencia. El conflicto entre gobierno y par lamento en 1787 y 1788 fue uno de los antece dentes inmediatos de la Revolución.

s a n s - c u lo tte s Término empleado, sobre todo a partir de 1792. para designar a las clases populares urbanas, en especial a los habitantes de los barrios obreros de París. Dada su condición de trabajadores y con sumidores. sufrían muy directamente las dificul tades de aprovisionamiento, la carestía de la vida y las crisis de subsistencias. Redamaban la fijación de precios máximos para los alimentos más ne cesarios, medidas de castigo para los acapara dores o la confiscación de los alimentos para su distribución. El término s a n s -c u lo tte s está relacio

nado con su aspecto externo, que manifestaba su origen popular llevaban pantalón, su prenda de trabajo, y no la c u lo tte . prenda utilizada por las clases acomodadas, una camisa y chaqueta cor­ ta completaban su indumentaria y se cubrían la cabeza con un gorro frigio, símbolo antiguo del esclavo emancipado. Se acompañaban del sable o la pica para poder defender la Revolución «con tra los aristócratas, los realistas, los moderados, los Intrigantes.. . todos esos malvados». Política­ mente. los s a n s c u lo tte s estaban organizados en las secciones o asambleas de barrio y en los co­ mités revolucionarios y desempeñaron un papel muy activo en el derrocamiento de la monarquía y durante el período del Terror. No tenían un pro­ grama elaborado pero defendían un régimen po­ lítico basado en la soberanía popular y aspiraban al principio de igualdad social para hacer frente a sus necesidades.

secciones Plataformas básicas en la actividad política pari­ siense La ley municipal de 1790 estableció 48 sec ciones en sustitución de los distritos fijados para la elección de los Estados Generales. Eran. pues, circunscripciones administrativas y electorales, pero después de los comicios, las asambleas de las sec ciones podían continuar reunidas ocupándose de asuntos políticos, fueron la plataforma principal de los sans-cu/ofíes, que ejercieron en ellas una especie de democracia directa frente a la fusión representativa de la Asamblea. Como subdivisio nes administrativas contaron con Comités que ejer cieron funciones políticas y judiciales en apoyo del Gobierno revolucionario

subsistencias En el siglo xviii, el aumento demográfico y el de sarrollo urbano crearon una amplia población de consumidores cuyo abastecimiento dependía del ámbito rural circundante, productor de subsisten cias. es decir, de los alimentos y productos nece sarios para abastecer a las ciudades Desde hacía largo tiempo existían redes de distribución y apro­ visionamiento y las autoridades municipales se preocupaban de asegurar el adecuado suministro de los mercados y de mantener los precios en unos niveles compatibles con las capacidades de com­ pra de los habitantes urbanos. Los precios de las subsistencias obedecían a movimientos cíclicos de alza o de estabilización Estos ciclos estaban re­ lacionados con la producción agrícola, donde se sucedían cosechas de mediana importancia segui

das de una una o de varias cosechas malas, pro vocando escasez y problemas de abastecimiento en la población. Generalmente, las crisis de sub sistencias provocaban a su vez una crisis industrial, porque los consumidores empleaban todos sus recursos adquisitivos en la compra de productos de primera necesidad, mientras los productos in dustriales, al no tener compradores, se amonto naban en los almacenes, y las empresas y ma­ nufacturas tenían que despedir a una parte de los obreros que perdían así su salario en el momento en que subían los precios de los alimentos. Las crisis de subsistencias se sucedieron a lo largo de todo el período revolucionario francés, provocan do disturbios en los mercados, asaltos a los trans­ portes del trigo y a los graneros de los propietarios agrícolas A estos problemas de abastecimiento respondían las peticiones populares exigiendo de los gobiernos medidas radicales: incautación del grano para su distribución, fijación de los precios y castigos para los acaparadores que los acumu laban para venderlos a precios más altos en los momentos de escasez

sufragio censitario Fórmula electoral de carácter restringido, según la cual sólo tienen derecho al voto y a ser elegi dos como diputados los ciudadanos que reúnan cierto nivel de instrucción y determinadas condi ciones económicas (renta anual, propiedad de fin cas. inmuebles, etc.) Este tipo de sufragio será superado por el s u fra g io u n iv e rs a l, que reconoce el derecho al voto a todos los ciudadanos por el mero hecho de serlo Sin embargo, este derecho no fue reconocido para las mujeres y durante mu chos años, hasta bien entrado el siglo XIX. el su fraglo universal fue exclusivamente masculino Durante la Revolución Francesa, en la que las mujeres desarrollaron una gran actividad, se des­ tacó Olympe Gouges. quien llegó a oponer a la D e c la ra c ió n de lo s D e re c h o s d e l H o m b re una D e c la ra c ió n d e lo s D e re c h o s d e la M u je r y d e la C iu d a d a n a cuyos diecisiete artículos se referían es trictamente a las mujeres y a su aplicación a ellas En el preámbulo se recordaba la superioridad de las mujeres «en el valor y sufrimientos materna les» El artículo 4 concluía «El ejercicio de los de­ rechos naturales de la mujer no reconoce otros límites que la perpetua tiranía que el hombre le opone.» Y el artículo 6 indicaba que «todos los ciudadanos y ciudadanas deben participar en la formación de la ley que todos los ciudada nos han de ser igualmente admisibles en todas las dignidades, lugares y empleos». 93

Indice alfabético acaparamiento, ley contra aduanas interiores. 7 Antiguo Régimen. 4-10. 14. 27. 58. 76 armario de hierro. 53 Artois. conde de, 28. 56 Asamblea Constituyente. 24. 26. 28. 29. 33 Asamblea Legislativa. 38 Asamblea de Notables. 20 Asamblea Nacional. 22. 23 asambleas de barrio. 45 Asambleas Provinciales. 16 A s ig n a d o s . 32 Aviñón. 9 Babeuf. 82. 83 babeuvistas. 82 Bastilla, la. 4. 24. 25. 57 Barnave. Antoine, 67 bicameralismo. 28 •bienes nacionales». 32. 33 b o c a g e . 55 Bonaparte. Napoleón. 72. 79. 83. 84. 85. 86. 87. 88. 89 Buonarroti. 82 Bretaña. 63 Brienne, Loménle de. 16. 17 Brissot. 37. 38. 40 Bristol. puerto de. 6 Brumario. golpe de estado del 18. 86. 89 Brumario. mes de, 69. 86 Brunswick, duque de. 44 Bruselas. 72 Burdeos, puerto de. 15 Caisse d'Escompte. 32, 33 calendario republicano, 69. 77 Calonne. Charles Alexandre de. 16 Campo de Marte, 35. 36. 37 Cam po Formio, Tratado de.

86

94

capitación, impuesto de, 9 ciudadanos activos. 30 ciudadanos pasivos, 30, 80 Cisalpina, República, 86

Clichy. club. 83 Coalición. Segunda. 88 Coblenza. 44 Comité de investigación popular. 59 Comité de Salvación Pública. 65. 66. 70. 72. 74 Comité de Seguridad Nacional. 70, 75 Comité de Vigilancia Municipal. 67 Comuna, la. 45. 48. 58. 61. 66. 70. 71 «comunismo de distribución». 82 Condorcet, 38 Consejo de Ancianos, 89 Consejo de los Quinientos. 80. 89 Consejo de los Senadores. 80. 89 «Conspiración de los Iguales». 82 Constitución Civil del Clero. 32. 34 Constitución del año III. 80 Convención, la. 48-50, 53-56. 58. 60-66, 72. 74. 75 Corday, Charlotte de. 63. 64 «cordeleros», club de los. 71 cuadernos de quejas. 20 «Chapelier. ley d e». 29

Egipto, campaña de. 87 F.l a m ig o d e l p u e b lo . 6 2 E l n o b le a r r u in a d o . 30 «El Terror». 67. 68, 72. 75 e n ra g é s . 52. 65. Estados Generales, 17, 18. 19, 20 federalista, rebelión, 63 Federico II de Prusia. 42 ferias. 14 Feraud. 78 feudalismo, abolición del. 26 Fiesta de la Razón. 58 fisiocrático. 9 Floreal. mes de, 69. 85 Francisco I de Austria. 39 Franco-Condado, 63 fuldenses. 37. 43 Gálvez, Bernardo de, 12 Germinal, mes de. 77. 78 Germinal y Pradial, jomadas de. 78 Gironda. departamento, 38 girondinos, 38, 46, 48-50, 53. 54. 57-60. 63. 64.

68 «Gran M iedo». 25. 47 gremios. 7. 11. 51 Grenelle. campamento de. 82 Guerra de los Siete Años.

12 Danton. 46. 50. 69. 73, 74 «dantonistas», 73. 74 David, 22. 64 D e c la r a c ió n d e D e r e c h o s d e l H o m b r e . 4. 26, 27. 28 demócratas, 38 descristianización, movimiento de. 68 Diez Mandamientos de la República Francesa. 44 diezmo, 10 Directorio, 80, 81. 82. 83, 84, 85. 87, 88. 89 Ducos, 89 Dumouriez. 40. 55

Guardia Nacional. 25, 35. 36 guardia suiza. 46 guillotina. 67. 75 Hébert. 52 hebertistas, 52. 65, 68. 73 Helvética, República de,

86 Iglesia católica. 32-34 Ilustración, movimiento de la, 6. 69.

jacobinos, 37. 38, 46, 49. 63. 65, 77. 85 jornadas de septiembre. 67 «jóvenes dorados». 79 juego de pelota, 22 J u r a m e n to d e l ju e g o d e p e lo ta . 22 Lafayette. 12, 25. 36. 37. 40, 43 Leclerc. 52 Leopoldo II de Austria. 42 leva masiva, 65 Ley de Sospechosos. 67 «libre donación», 15 Ligur. República de, 86 L isie. Roger de. 43 Loira, río, 68 Londres, aduana de. 7 Luis XIII, 15. 45 Luis XVI. 4. 16. 28. 36. 37, 39. 42. 43. 44. 46. 53. 54. 83 — ejecución. 54 — juicio. 53 Luis XVII, 83 Lyon. 63. 158 — asedio de, 55 «llanura», diputados de la. 44. 73. 76 Malta. 87 María Antonieta. 16. 39. 43. 67 Marat. 50. 62. 64. 65 Marsella. 49, 63 M a rs e lle s a . L a . 4, 43. 44 matrimonio, celebración, 70 Mirabeau. 23 «moderantistas». 73 molino de harina. 8 montañesa, Convención, 60, 61 montañeses. 48-50. 54. 57-59. 63 Nantes, 49. 68 Napolitana. República de, 86

Necker. 16. 17. 24. 25 neojacobinos. 82 Nilo. delta del, 87 Normandía 63 Nuevo Régimen. 70 órdenes. 11 Orleans. duque de, 67 «pantano», diputados del. 49 Panteón, club de, 82 París. Ayuntamiento de. 45. 70 — Parlamento de, 17 philosophes, 6 Pichegru. general. 78 Pillnitz, declaración de. 42 Pitt. 64 Pradial. mes de. 78 Provenza, conde de. 83 Razón. 69 «reacción feu dal». 10 «refractarios». 34, 47. 53 régimen de servidumbre, 8 régimen señorial, 9 República Cisalpina, 86. 88 República Democrática. 48 «repúblicas hermanas». 86 revolución aristocrática, 17 «revueltas de hambre». 12 Richelieu, 15 Robespierre. 37, 38. 40. 42. 50. 57-59. 69. 71. 72. 73. 74. 75 Roland. 39. 43. 46. 67 Romana. República de. 86 Roux, Jaques. 52, 61, 62 Saint-Antoine, barrio de. 51 Saint-Cloud, 89 Saint-Just. 50. 72 Saint-Marcel, barrio de, 51 Salvación Pública, Comité de, 65. 66. 70. 71, 72, 74. s a n s c u lo tte s , 51. 52. 57. 59. 60. 63. 65. 67. 71. 77

«seccionarios». 46 secciones. 45 Ser Supremo, culto al. 69 Sieyés, abate de. 21. 88. 89 Subvención territorial, impuesto de. 16 sufragio universal, masculino, 61 Suprema Corte de Justicia. 83 talla, impuesto de, 9 Temple, torre del, 46, 53 Tercer Estado, 4. 11 Termidor. golpe de, 76 Termidor. mes de, 69, 75. 77 «terror blanco*, el. 78, 79 Tolón. 63, 66. 72. 73 T r ib u n a d e l P u e b lo , 82 Tullerías, palacio de las, 35. 45. 49, 53 Turgot, 16 Unidad e Indivisibilidad de la República, fiesta de. 61 Valmy. batalla de. 47. 48 Varennes, 35, 36. 42 Vaticano, 34 Vendée. sublevación de la. 55-57. 63. 79 Vendimiario, mes de. 79 Venecia, 86 Véneto, 86 Ventoso, mes de. 69 Vergniaud. 38. 44 Verona, 83 Versalles. 28 vigésima, impuesto de. 9 Voltaire, 4 voto por orden, 18 Waterloo, 89

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