Wornat Olga - Nuestra Santa Madre Historia Publica y Privada de La Iglesia Catolica Argentina

September 16, 2017 | Author: Juan M Garcia Conde | Category: Banks, Pope
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Olga Wornat

Nuestra Santa Madre Historia pública y privada de la Iglesia Católica Argentina

B GRUPO Z Barcelona- Bogotá- Buenos Aires- Caracas- Madrid -México D.F- Montevideo - Quito- Santiago de Chile

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Diseño de tapa Equipo Creativo Edición y Producción Carolina Di Bella © 2002 Olga Wornat © 2002 Ediciones B Argentina s.A. Paseo Colón 221 - 6° - Buenos Aires - Argentina www. edicionesb. es ISBN 950-15-2209-1 Impreso en la Argentina / Printed in Argentina Depositado de acuerdo a la Ley 11.723

Esta edición se terminó de imprimir en Printing Books, Av. Coronel Díaz 1344, Avellaneda, Pcia. de Buenos Aires, Argentina en el mes de agosto de 2002. Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.

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A Jorge Giacobone, por todos los días de los años felices A Joseph Contreras, por el amor y la luz

INVESTIGACIÓN, ARCHIVO Y DOCUMENTACIÓN KATHERINE CORTES GUERRIERI Y ALICIA ALESSI

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ÍNDICE PRÓLOGO POR JORGE LANATA 6 1 Mi Tío, el Entregador 7 2 Aires de Cambio y Revolución 26 3 "Estoy dispuesto a morir pero no a matar" 43 4 Guerrilleros de Dios 63 5 Jinetes del Apocalipsis 78 6 El gran Jefe 113 7 Sotanas y Laicos 140 8 Mujeres de Dios 161 9 El Príncipe y el Pastor 188 10 Negocios Celestiales 216 11 Buenos muchachos 253 12 El nuevo Jefe 277 AGRADECIMIENTOS 300 BIBLIOGRAFÍA 302

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PRÓLOGO

Mi abuela se llamaba Doña María del Carmen López. No sabía leer, pero llegó al puerto de Buenos Aires con un retrato al óleo de los Reyes de España y un libro entre las manos. El autor del libro era el Reverendo Padre Tomás Péndola, y se titulaba Consejos para la Juventud. El volumen tenía una tapa a colores en la que se veía a un niño guiado por un sacerdote, y había sido impreso en la Casa de Niños Expósitos de Madrid, en 1898. "Vivid, amados míos, en el temor a Dios", aconsejaba el Padre Péndola. "El amor y las novelas conducen a muchos al suicidio", advertía en los párrafos finales. Doña Carmen, mi abuela, nunca lo leyó por sí misma, pero tampoco lo abandonó, a tal punto habían taladrado con la Iglesia su cabeza; cargó setenta años con ese libro repleto de signos desconocidos para ella, como se carga con los límites del destino, o con la cruz. Yo aprendí a leer antes de ir al colegio, apenas cumplí los cuatro años. A los ocho, al tomar la primera comunión, podía leer el catecismo sin ninguna dificultad. Sin embargo, aquel silencioso abismo de la Iglesia también apareció frente a mis ojos. Frente a mis oídos, en realidad, porque el abismo provenía de una voz susurrándome detrás de la esterilla del confesionario, una voz que me preguntaba a mí, al niño de pantalones blancos, si alguna vez había cruzado la calle sin permiso. –¿Cómo? –Sin permiso, hijo... si alguna vez has cruzado la calle solo... –Sí, Padre. Hubo un silencio, y luego la voz señaló que cada vez que cruzaba la calle sin permiso, estaba pegándole al Señor Jesucristo un nuevo latigazo en la espalda. Lo que decía la voz me afectó, y cerré los ojos. ¿Qué cosa vinculaba la calle Chenault, en la parte pobre de Sarandí, con un látigo suspendido en el tiempo de Jerusalén? ¿Tanto le dolería al Señor que fuera libre? Yo era un niño que no quería pegarle latigazos a nadie, y que entonces rezó los no sé cuántos padrenuestros y no recuerdo cuántos avemarias, llena eres de gloria, bendita tú eres en la tierra sin látigos en la que los chicos cruzan la calle con el viento en la cara. Cuatro años más tarde, a mis doce, tuve mi última experiencia con la Iglesia, cuando después de una pelea a los gritos con mi padre decidí escaparme de mi casa en Mar del Plata. Comenzaba el invierno del '72 y pasé la primera noche en un bar de la terminal de micros, y las dos siguientes dentro de una calesita cubierta por una lona, en una plaza del centro de la ciudad. Pero el problema no eran las noches sino los días, que se volvían interminables. En una de esas mañanas eternas me detuve a mirar el edificio que se levantaba frente a la plaza: era la catedral de Mar del Plata. Allí alguien me podría ayudar. Esperé toda la mañana y gran parte de la tarde en un banco de madera, hasta que llegó un sacerdote y le expuse mi problema: yo vivía ahí, enfrente, en esa calesita, y me había ido de casa. Le ofrecí trabajar en lo que fuera a cambio de comida y una cama. El Padre, con una sonrisa, declinó mi oferta. –Imagínate, hijo mío, si todos los sin techo vinieran a vivir aquí a la Catedral... Le dije que sí, que claro, aunque no me lo imaginaba. Creo que, desde aquella tarde, no volví a esperar nada de la Iglesia. Cuando comprendí que nadie tiene en su poder las llaves del reino de Dios, comencé a creer en la libertad. Esta exhaustiva y brillante investigación de Olga Wornat habla de eso: de pequeños hombres proponiéndose Grandes Fines, hundiéndose en la sombra del poder y en la de su propia conciencia. Jorge Lanata Buenos Aires, julio de 2002.

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1 Mi tío, el entregador

La ciudad habitada por espectros y verdugos no lo paralizó. El rostro del hermano desaparecido, el llanto de su madre y los tres años de búsqueda eran, en esa madrugada, su único impulso. Como un sonámbulo caminó hacia el encuentro que había atormentado sus días y sus noches. Instantes después, un despacho adusto y sagrado, se transformaría para él en la antesala del infierno. Sin embargo, en el desvelo, no era consciente de la vorágine que se le avecinaba. Cuando Jesús María Tito Plaza ingresó sigiloso por el portón de chapa verde de la calle 53, no había amanecido. Veinticuatro horas antes había aterrizado en Ezeiza, en un vuelo procedente de México. No había hablado con nadie, no quiso comprometer a nadie. No había podido pegar un ojo en toda la noche. Con pasos erráticos transitó las calles que hacía años habían ardido inflamadas de pasiones y utopías. Olió cada ladrillo, cada esquina, cada ventana. Como un niño perdido buscó vestigios de aquellas huellas y de aquellas risas. Pero ahora, allí sólo se respiraba la acidez de la muerte. Eran las seis de la mañana del 2 de julio de 1979. En la ciudad de La Plata una luz tenue reflejaba en el cielo encapotado las ramas desnudas de los tilos de plaza Moreno. Las estatuas empapadas en rocío, antiguas cómplices de amoríos adolescentes, se erguían amenazantes. Un auto negro sin patente que pasó raudo alertó sus sentidos. Albergaba sentimientos ambiguos. Una mezcla de temor y rabia le revolvía las entrañas y desgarraba cada centímetro de su piel y de sus huesos. En la lejana infancia había aprendido que ese portón de chapa verde que ahora tenía frente sus ojos, era la entrada secreta que conducía hasta el despacho de su tío, monseñor Antonio José Plaza, poderoso arzobispo de la ciudad. Aquel que en los encuentros familiares saludaba a sus cinco sobrinos, hijos de su hermano Jesús, con una seca y cortante bofetada. Cada vez que Tito recordaba ese gesto, sentía como antaño una oleada de rechazo y repugnancia. Subió la escalera y se deslizó en la habitación como un fugitivo. Cerró la puerta despacio. Cuidó cada movimiento como si todo hubiera estado perfectamente calculado, pero no era así. La cabeza le estallaba y las manos le transpiraban. Se acercó a la ventana. Buscó en los árboles de la plaza un abrazo que lo alejara del infortunio. Todo a su alrededor le resultaba ajeno. Sobre el pesado escritorio de roble había un portarretrato con la imagen de Santa Teresa de Jesús, por la que su tío profesaba pública devoción. Detrás, sobresalía el majestuoso sillón episcopal tapizado en terciopelo violeta. Un Cristo de bronce sobre una cruz de madera pendía de la pared opuesta. Se apoyó en una esquina del escritorio, cruzó las piernas y esperó. Una hora y media después lo estremeció el ruido del ascensor. Tuvo el arrebato de salir corriendo, de perderse para siempre. Pero pensó en su hermano. Una y otra vez, en décimas de segundos, la absurda tragedia que había desintegrado a su familia hizo flashes en su mente. Respiró hondo y clavó la mirada en el picaporte. La puerta se abrió de un golpe. De sotana negra, soberbio pectoral de plata y anillo de oro con gema oscura, apareció uno de los hombres más influyentes de la Iglesia Católica Argentina del siglo XX y, en ese momento, Capellán de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Se observaron con la ligereza del vuelo de un mosquito. La robusta figura del tío, con la barriga abultada, se paralizó apenas traspuso el umbral. La penumbra desnudó un rostro abotargado: la mandíbula apretada, el ceño oprimido, sofocado por la sorpresa. Las aletas de la nariz se agitaron tensas. El grueso cristal de los anteojos bifocales, de marco negro y opaco, ocultaba una mirada tan oscura como el ropaje. Y aquellas manos regordetas, que en casi cincuenta años de sacerdocio habían sabido mostrarse dadivosas y enérgicas, se bloquearon repentinamente.

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Esa mañana, monseñor creyó ver un fantasma. Tenía frente a sí al abogado de presos políticos que llevaba su mismo apellido. Y que creía haberse sacado de encima en agosto de 1976, cuando, amenazado de muerte por los militares, Tito había partido al exilio. –¿Qué haces acá?– lo increpó. –¿Qué hiciste con el Bocha?– respondió Tito, atropellando sus palabras. –A tu hermano lo mataron los Montoneros... –¿Quién te dio la información? ¿Cómo lo sabes? Durante los cuatro minutos que duró el diálogo, el arzobispo nunca lo miró a los ojos. Ambos estaban parados en la mitad de la sala. Tiesos. Y el clima se olía intimidante, sobrecargado. –Me lo dijo mi amigo, el general Camps... –Sos un traidor, me das asco. La hiciste rezar a mamá todos estos años diciéndole que mi hermano estaba vivo, que iba a volver. Y vos sabías que estaba muerto... Monseñor Plaza no contestó. Fijó su mirada de reptil en la ventana y un rictus inconfesable le congeló la cara. –Queremos el cadáver. Mamá quiere darle cristiana sepultura....– insistió el sobrino. –Ándate, salí de acá ya. A ver si te pasa lo mismo que le pasó a tu hermano– lo amenazó Plaza. Dicho esto, el arzobispo giró su cuerpo violentamente. De espaldas a su sobrino, liquidó la conversación sin pronunciar una palabra más. Afloró en el aire un silencio filoso como una navaja. Todo había sido dicho. ¿Qué más hacía falta? ¿Qué otra frase podía hacer cambiar el destino de sombras? Tito salió con el paso rápido por el mismo pasaje secreto que conocía desde la infancia. Temblaba por dentro. El hábito negro de su tío le había atravesado el corazón como una estaca. Bajó las escaleras corriendo y traspuso el portón. Salía con la fría confirmación de que su hermano había sido asesinado. Y algo peor aún: que su tío, el enviado de Cristo sobre la Tierra, había sido el entregador. No tenía dudas. Ni una sola. ¿Por qué iba a tenerlas? Los ojos esquivos del hermano de su padre, la mueca de su boca... No creyó en la absurda versión de que los Montoneros habían matado al Bocha. Conocía de memoria el argumento repetido hasta el cansancio por los usurpadores del poder, por los asesinos. El mismo que enarbolaba ahora su tío. Juan Domingo el Bocha Plaza, conocido militante peronista de La Plata, había sido secuestrado el 16 de septiembre de 1976, a las doce del mediodía, a quince cuadras de la Curia. Dos horas antes se había entrevistado con el arzobispo, para pedirle ayuda. Hacía un año que el Bocha vivía en la clandestinidad, con el ejército pisándole los talones. El aire helado de la mañana se le incrustó en la cara y sus ojos parecían dos aros de fuego. Tito caminó a los tumbos varias cuadras. Empezaba a clarear sobre la ciudad semidesierta. La encrucijada comenzaba a abrirse y sintió ganas de vomitar. Lo invadieron sensaciones extremas, inmanejables. Pasos que lo seguían, voces que lo nombraban, miradas inquisidoras. La vida le volvió a pasar frente a los ojos como un rayo: una película en blanco y negro del cine mudo. Su padre, su madre, su hermano. Los años lejanos de la niñez. Los amores compartidos en la adolescencia. Los sueños colectivos. La revolución y los Montoneros. Perón o muerte. La impiadosa locura del final. Su imagen desdibujada y la memoria convertida en un engrudo de fantasmas. Giró la cabeza y miró hacia atrás por última vez. Las cúpulas inconclusas de la Catedral de La Plata le parecieron espadas enterradas en el cielo. La frase de despedida de su tío le taladraba aún los tímpanos. –Ándate, salí de acá y a. A ver si te pasa lo mismo que le pasó a tu hermano... Le sonaba como un disparo en la mitad de la noche. ¿Qué misterioso impulso llevó a Juan Domingo Plaza a recurrir a su tío para salir del país, cuando los antecedentes del prelado sólo podían presagiarle que en el arzobispado iba a estar más cerca del abismo que de la salvación? ¿Qué miedos carcomieron sus noches? ¿Qué desesperación? ¿Qué soledad? ¿Qué angustiante orfandad lo había arrastrado ese mediodía de fin de invierno hasta las

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puertas del edificio de la calle 53 y 14? Nadie que conociera a monseñor Plaza, un arzobispo tan compenetrado con el proceso militar, un aplaudidor de la mano dura, un amigo de los torturadores, hubiera cometido esa locura. Nadie salvo el Bocha, coincidía Tito veinticinco años después: –El Bocha le fue a pedir ayuda a monseñor Plaza y yo hubiera cometido el mismo error. Frente a la desesperación, mi hermano acudió al poderoso más cercano. Estaba quebrado y solo porque yo, que lo había protegido en la clandestinidad, hacía quince días que me había tenido que ir del país. Papá había muerto hacía poco y el Bocha se sentía muy culpable. Estaba convencido de que la muerte del viejo era consecuencia de su militancia en la organización y de los conflictos que golpeaban a la familia. Habían tiroteado la casa varias veces... Más allá de que no teníamos un trato afectuoso con él, era el hermano de nuestro padre, era nuestro tío, teníamos la misma sangre. El cura era el único que podía haberlo salvado. ¿A quién iba a recurrir el Bocha? Pero él, nuestro tío, lo entregó... El nudo de la historia se tejía y destejía en el seno de su propia familia. La sangre de su misma sangre. ¿Qué tenebrosos deseos habrían llevado a monseñor Antonio José Plaza a denunciar a su sobrino, a entregarlo a los verdugos que lo terminarían matando? ¿Qué turbios intereses pesaron en su conciencia para tomar una decisión tan extrema? ¿Qué compromisos, lejanos al Evangelio que prometió predicar, lo empujaron a traicionar a su familia? ¿Qué pactos espurios? ¿Qué maldad se lo devoró de un golpe y para siempre? Parte de la respuesta se encuentra en los párrafos del discurso que, con la voz entonada por la emoción, pronunció en una calurosa mañana del 11 de noviembre de 1976, ocho meses después de ocurrido el sangriento golpe militar que derrocó a Isabel Perón y sesenta días luego de haber recibido en su despacho al Bocha, el hijo de su hermano Jesús, que le había suplicado ayuda para salir del país. Erguido, sonriente y con toda la pompa de su vestimenta episcopal, Plaza estrenaba aquel día su cargo de Capellán General de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, frente al temible general Ramón Camps, jefe de la policía bonaerense, con quien el prelado cultivaba una estrechísima amistad. Emocionado, dijo así: "La misión que ejercen la Policía de la Provincia de Buenos Aires y las Fuerzas Armadas en este momento del país, afrontando todos los problemas y todas las dificultades personales, deben compararse a las de aquellos que llamados por la Virgen de la Merced se constituyeron en redentores de cautivos. El pueblo y la patria estaban un poco cautivos y no eran ajenos a este cautiverio nuestros hermanos desorientados. Hoy, hay un acto de heroísmo que constitucionalmente ha sido asumido. Nosotros no podemos menos que agradecer este esfuerzo y este sacrificio, solidarizándonos con cuanto se realice para el bien de nuestro prójimo y nuestra patria. Al fin de la jornada, el que salve su alma sabe, y el que no, no sabe nada. Asumo este cargo con la conciencia de la responsabilidad y gravedad que implica..." Los uniformados estallaron en aplausos. La Plata, a menos de cien kilómetros de Buenos Aires, era entonces un polvorín de espanto, una ciudad cercada por la devastación. En el plan minuciosamente preparado durante meses por el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, la zona tenía carácter de prioridad dentro del objetivo de la lucha contra la "subversión apatrida". La catedral, con sus cúpulas inconclusas, se había convertido en un patético desfiladero de desesperados familiares de desaparecidos que golpeaban las puertas del pastor mayor de la Iglesia, en busca de ayuda. Muy pocos tuvieron el privilegio de entrevistar a monseñor Plaza. Menos aún, de encontrar algún apoyo o una palabra suya de consuelo. Todo lo contrario, según testimonios de familiares de las víctimas, el arzobispo los derivaba a un sótano oscuro, donde una persona que aseguraba ser sacerdote, los recibía, les preguntaba con carácter inquisitorial todos sus datos personales y no les daba ninguna información. Un día, una de esas madres angustiadas descubrió que debajo de aquella sotana negra asomaban unas botas similares a las que usa el personal del Ejército y huyó del lugar, con el horror pintado en el rostro. Aquella mañana de noviembre de 1976, el jefe de la policía más sangrienta que haya registrado la historia argentina, le dio al arzobispo un discurso de bienvenida al cargo y recibió su abrazo y su

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bendición. Las fichas estaban definitivamente echadas. Ramón Camps tomó el micrófono y dijo con los ojos incendiados: "El alma de nuestra, patria, es profundamente cristiana, tan cristiana como argentina, y la integridad de esa alma es la que deseamos conservar y defender a costa de todos los renunciamientos y sacrificios. Y esta iniciativa no tiene otro dueño que la Voluntad Divina, que ha querido que el primer destinatario del cargo sea monseñor Antonio Plaza, un vocero de la cristiandad y del catolicismo y un verdadero exponente de la nacionalidad. Por ello lo investimos con el cargo de Capellán General de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, para que con su obra ayude a la integración del hombre y a estrechar los vínculos entre el poder terrenal y el espiritual. Gobierno y religión, mejor Dios ". El mismo general Ramón Camps rezaba un Ave María y un Padrenuestro ante una enorme cruz de madera que colgaba de la pared de su escritorio, antes de salir a hacer un procedimiento. Y cada uno de los integrantes del grupo de tareas de ese día, llevaba un rosario colgado del cuello. La locura y el mesianismo reinaban en aquellos tiempos frente a una sociedad impávida. Y una cúpula eclesiástica que miraba para otro lado o directamente intimaba con los uniformados en el poder.

Yo te bendigo... –Yo te bendigo, no importa que no me puedas ver porque estás encapuchado, ni tocar, porque estás encadenado, eres bienaventurado con mi presencia– solía decirles monseñor Plaza a los torturados por su amigo Camps. Uno de ellos fue Eduardo Schaposnik, que hoy tiene cincuenta años. Nacido en Berisso, en el seno de una familia de clase media, era el único varón entre cuatro hijos. Su padre Eduardo, había sido electo en 1962 diputado nacional por el Partido Socialista. Estudiaba en la Facultad de Medicina de La Plata, hasta que el 4 de junio de 1976 lo secuestró un grupo de genocidas investidos de poder y uniforme. A partir de ahí Schapo estuvo desaparecido durante cuatro meses en el destacamento policial de La Plata. De allí, ya legalizado, fue a parar a la Unidad 9, en la calle 11, entre 75 y 78, donde sobrevivió hasta 1979, cuando fue trasladado a Caseros. En 1981 lo llevaron nuevamente a La Plata y, finalmente, en junio de 1982, lo largaron. Diana, su compañera y madre de su hija mayor, está desaparecida. Eduardo Schaposnik pasó seis años de su vida privado de la libertad. Sufrió torturas, vejámenes, atropellos, injusticias y tratos inhumanos. A pesar de eso, vive, respira, mira al futuro con esperanza. Angustiado, pero sin perder la calma, hoy cuenta su historia en su oficina desde la que recibe pedidos para la MADECORP, la cooperativa de la que es socio y que se erige humilde detrás del bosque platense, al costado de la vía, justo en 122, la arteria que divide La Plata de Ensenada. Schapo eligió tener su lugar de trabajo en Ensenada. –Mi militancia en la universidad fue socialista, pero donde más milité fue en el Ministerio de Economía en la división de catastro, era delegado de los contratados. Tuvimos una lucha gremial importante. Yo no fui cuadro montonero, era amigo de algunos montos, pero siempre fui un socialista independiente. Empecé a actuar en el Frente de Resistencia en el Ministerio, con los trabajadores de la salud. El día que me levantaron, me subieron vendado a una camioneta. Me llevaron tirado en el piso y tapado, pero yo conozco mucho La Plata, y sé que fui a parar al destacamento policial de 1 y 57. Ahí me dejaron en un galpón y después me trasladaron a otro lugar. Me ilusioné, pensé: "se dieron cuenta de que no les voy a a servir, que no tengo información". En realidad, lo que iba a descubrir es que había sido "chupado"y que los represores no torturaban en los lugares oficiales, que tenían centros clandestinos especiales para torturar. Ahí me hicieron un simulacro de fusilamiento. Estaba encapuchado, me tiraron desde una escalera de cemento y me gatillaron sin balas. Se me tiraron encima, me patearon, me picanearon. Me preguntaron por la actividad de mi viejo, por qué se

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había ido del país. El se había ido el año anterior... El relato se interrumpe. Schapo traga saliva y recuerda otra sesión de tortura, en la que comenzaron leyéndole un poema de su hermana. Había simulado no conocerlo. Dijo que creía que era de Neruda. Se enfurecieron, siguieron torturándolo y cuando se cansaron de patearlo y de golpearlo, remataron con la clásica frase: –Judío hijo de puta. Schapo inventa una sonrisa forzada y dice: –Si bien mi padre tenía ascendencia judía, no éramos una familia religiosa. Entonces, fui muy poco serio y les dije en mi defensa que no era judío. No me creyeron, hasta que uno dijo que había que bajarme los pantalones para comprobarlo. Lo hicieron y dijeron: "Uy, sí, mira, no miente". Finalmente, me preguntaron: "¿Entonces que sos?". Y a mí se me iluminó la mente y dije: "cristiano por adopción ". Se sorprendieron y al menos dejaron de patearme... Después de muchos días en el calabozo, donde le daban de comer sopa de ñoquis, Schapo fue enviado junto a otros hombres a la cuadra. Las condiciones allí eran mejores. Los días previos habían sido de golpes, picanas y hambre. Aunque lo tuvieran vendado y encadenado a una cama, encontrar algo sólido con qué alimentarse se parecía a una bendición. Y además, en la cuadra se repartían bendiciones en serio. –Un día, por debajo de la venda que cubría mis ojos, vi entrar al general Camps con el Capellán de la policía, monseñor Plaza. El arzobispo se acercaba a los presos y les entregaba medallitas. Les decía: "que tengas buenaventuranzas"y nos salpicaba con agua bendita. Entró como si fuera el Espíritu Santo que venía a redimir las almas pecadoras. Pero ése no fue el único acercamiento a la Iglesia que teníamos. Mientras estuve detenido iba a misa porque era una manera de salir de la celda. El capellán de La Plata era un borracho que había trabajado mucho con los militantes y alternado en las villas y barrios bajos. Era un progresista que a, partir de esa época se hundió en el alcohol para negar lo que le tocaba hacer. Clavi, así se llamaba, no era jodido, pero sí cómplice. El autorizaba el ingreso de las Biblias para todos nosotros. Era el único libro que nos dejaban leer en la cárcel. Además de leerlas, usábamos su papel para armar cigarrillos... Una vez en libertad, Eduardo Schaposnik fue uno de los pioneros en confesar el horror vivido a la revista Caras y Caretas. Y luego fue testigo de cargo en el proceso a las juntas militares. El primer paso hacia el juicio a los principales responsables del genocidio fue dado por Raúl Alfonsín el 13 de diciembre de 1983, tres días después de asumir la presidencia. El líder radical firmó entonces el decreto 158, ordenándole al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas iniciar el proceso contra las tres primeras juntas de gobierno, conformadas por los ex comandantes Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti; por Roberto Eduardo Viola, Armando Lambruschini y Ornar Graffigna; y por Leopoldo Fortunato Galtieri, Jorge Isaac Anaya y Basilio Lami Dozo. Finalmente, en 1985, en un juicio sin precedentes, los nueve militares que ocuparon el poder entre 1976 y 1982 fueron sentados por primera vez en el banquillo de los acusados y frente a un tribunal civil. Tras casi cinco meses de audiencias orales y públicas, los seis integrantes de la Cámara Federal porteña –León Carlos Arslanian, Andrés D'Alessio, Ricardo Gil Lavedra, Jorge Edwin Torlasco, Jorge Valerga Aráoz y Guillermo Ledesma– condenaron a cinco de los nueve ex comandantes por graves violaciones a los derechos humanos. El 9 de diciembre de 1985, tras un juicio cuya cobertura atrajo la atención de más de seiscientos cincuenta periodistas nacionales y extranjeros, se leyeron las condenas: reclusión perpetua a Videla, prisión perpetua a Massera, cuatro años y seis meses de prisión a Agosti, diecisiete años de prisión a Viola y ocho años de prisión a Lambruschini. Graffigna, Galtieri, Anaya y Lami Dozo resultaron absueltos en ese proceso. Por orden de la Cámara, las audiencias se grabaron en 147 casetes. Allí quedaron registrados todos los testimonios y la sentencia histórica. Allí, como tantos otros testigos de cargo, Eduardo Schaposnik

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contó su calvario. Y entonces monseñor Plaza fue señalado por primera vez como cómplice directo de la barbarie. –Después de mi declaración en el juicio, consultaron al arzobispo y él siempre negó todo. La verdad, no me importa. ¿Qué me puede importar de un cura que entregó a su sobrino? Porque a mí no me engañan con el verso de la presión. El entregó al hijo de su hermano por convicción. Fue una decisión personal. Se lo quiso sacar de encima por completo. Nada de que lo tuvieran detenido, prefirió que lo fusilaran lo antes que pudieran. El Bocha era un testigo de las actividades non santas de monseñor.

El hijo que llegó cerca de Dios José Antonio Plaza era el sexto hijo de Santiago y Flora Chávez. Había nacido en Mar del Plata, el 21 de diciembre de 1909, y tal como había sucedido con todos sus hermanos, sus padres confiaron su educación al colegio de los Hermanos Maristas. El 5 de marzo de 1923 fue admitido en el seminario arquidiocesano, a la sombra del santuario de Nuestra Señora de Lujan, lugar donde funcionó hasta que se habilitó el edificio del Seminario Mayor San José, de la calle 24, entre 65 y 66 de La Plata. Sus padres vieron que Antonio seguiría los pasos de su hermano mayor Santiago, quien ya ejercía como cura párroco de la ciudad de Bragado, pero nunca imaginaron que ese hijo de carácter introvertido, lector obsesivo y de opaco carisma, llegaría tan alto dándoles, tiempo después, la mayor de las satisfacciones: un lugar de privilegio entre los elegidos de Dios en la Tierra. Su carrera fue vertiginosa. El 22 de abril de 1931 recibió la tonsura, antiquísima ceremonia preconciliar que consiste en un rapado circular del tamaño de una taza, realizado con tijera y navaja alrededor del centro de la cabeza, tarea que es encomendada al director del seminario o al obispo. Cuando celebraba sus veinticinco años, el 21 de diciembre de 1934, culminó su carrera. En la capilla Nuestra Señora de la Piedad del Seminario Mayor, recibió el presbiterado de manos del obispo Juan Pascual Chimento. José Antonio Plaza integró así la primera tanda de sacerdotes egresados del Seminario Arquidiocesano que enorgullecía a la comunidad religiosa platense. Dos meses después fue designado profesor del seminario. Allí ocupó el cargo de subprefecto, prefecto y profesor de latín, retórica, literatura y teología. El 14 de noviembre de 1946, poco antes de fallecer, el arzobispo Juan Pascual Chimento lo nombró rector del Seminario Menor Nuestra Señora de Lujan. José Antonio Plaza no fue un docente cualquiera. Sus enseñanzas dejaron huellas profundas en sus discípulos. Fue maestro de futuros cardenales tan diferentes entre sí, como los caminos que eligieron recorrer: Raúl Francisco Primatesta, Eduardo Pironio, Antonio Quarracino; y el obispo de Avellaneda, Jerónimo Podestá, quien en la década de los sesenta escandalizó al país exhibiendo una prohibida relación con Clelia, su secretaria privada. ¿Habrá sido en estos años que comenzó a crecer en él la semilla de la desaforada ambición que motorizó y alimentó cada una de las acciones de su vida? ¿Fueron los faustos y los halagos del cargo que lo indujeron a un travestismo político que lo alejó de su misión pastoral? ¿Cuál fue el pozo donde se hundió su alma? El 28 de agosto de 1953, en pleno apogeo del gobierno peronista, el Papa Pío XII lo nombró Obispo de Azul. Ya en esa época, Plaza hacía gala de su atracción por los poderosos de turno, sin distinción de banderías políticas. Eran frecuentes las extensas visitas a su amigo, el gobernador peronista Ramón Mercante. El 14 de noviembre de 1955, dos meses más tarde del derrocamiento de Perón, nuevamente Pío XII firmaba en Castel Gandolfo la bula de nombramiento de Plaza como arzobispo de La Plata. –Con la esperanza que has de dirigir a este pueblo, con la misma virtud que hasta ahora has demostrado...– dijo el Papa. Tenía cincuenta y cuatro años y en ese momento los argentinos sufrían las consecuencias de una epidemia de polio que dejó miles de niños afectados por el mal. En medio de la tragedia, en muchos

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hogares cundía la culpa que les había sido inculcada por una homilía del flamante Arzobispo de La Plata: –La enfermedad que afecta a estos niños desdichados es un castigo de Dios por los pecados de sus padres– había sentenciado Plaza sin ningún pudor. Sus palabras aludían al masivo apoyo popular al peronismo, caído en desgracia, y del que quería despegarse rápidamente. Monseñor tuvo siempre raudos reflejos para conseguir un lugar de privilegio junto a los poderosos de turno, fueran civiles o militares. Dos años más tarde, en 1957, viajó secretamente a Caracas, Venezuela, donde Juan Domingo Perón se encontraba exiliado. En esos encuentros tropicales, el patriarca del peronismo y el prelado sellaron un pacto político mediante el cual Arturo Frondizi, líder de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), llegó poco después a la Casa Rosada. Frondizi obtuvo los votos e ipso facto fue instaurada la llamada enseñanza libre, un sistema de universidades privadas, todas en un principio de filiación católica, apostólica y romana, en oposición a la educación laica y gratuita que regía en los claustros públicos desde los tiempos de la Reforma. La contraprestación de Plaza consistió en iniciar ante el Vaticano el levantamiento de la excomunión que pesaba desde 1955 sobre Juan Domingo Perón. "En 1958, Plaza, se alió con Frondizi y Rogelio Frigerio obtuvo innumerables prebendas con el verso de la enseñanza libre y otras actividades menos líricas", escribió Emilio Mignone en su excelente libro Iglesia y dictadura.

El cajero, el padrino Monseñor José Antonio Plaza fue un hombre extremadamente ambicioso y astuto. Estos atributos lo llevaron a no tener escrúpulos de ninguna índole para relacionarse impúdicamente con un elemento tan poco religioso como el dinero. Para estos menesteres, sin embargo, era casi un experto. De ahí el apodo con que se lo recuerda todavía en algunos círculos eclesiásticos: El Cajero. En los años sesenta logró que el Banco Central autorizara en el país el funcionamiento de una entidad crediticia uruguaya, el Banco del Este, que había sido adquirido por intermediación del empresario argentino Pérez Companc, con quien Plaza mantenía una relación que, según todas las fuentes consultadas, trascendía las cuestiones espirituales. Eso se transformó luego en el Banco Río de la Plata, hoy Banco Río. Casi por la misma época, en sociedad con Juan Graiver, Plaza compró el paquete accionario del Banco Popular Argentino, que terminó en una verdadera estafa de la cual salió indemne por su condición episcopal. En el medio del proceso de liquidación, el presidente del Banco, Ernesto Rodríguez Rossi, un conocido abogado platense de estrechísimas vinculaciones con el prelado, fue asesinado a balazos en un oscuro episodio. Monseñor y el abogado Rodríguez Rossi eran socios. A tal punto, que José Ernesto Marsicano, quien había sido hombre de confianza de Rossi, antes de que éste conociera a Plaza, oficiaba al mismo tiempo como secretario general del Banco Popular y secretario privadísimo del arzobispo. Gracias a las aceitadas amistades de Plaza, Marsicano tenía como secretario personal en el Banco a un sobrino del dictador Juan Carlos Onganía. Ambos acompañaban al prelado a visitar al entonces Jefe de Ejército, en la sede de la avenida Alem. –¿Y, general? ¿Qué hace que no saca a ese inútil de ese lugar y se pone usted a dirigir los destinos de la patria?– decía Marsicano, mientras Plaza guardaba sugestivo silencio, con los ojos de reptil puestos en la Casa Rosada. Corría por entonces el año 1964 y, con grandes dificultades, gobernaba el radical Arturo Illia, quien había sido elegido presidente con un escaso 24 por ciento de votos y que en 1966 sería derrocado por Juan Carlos Onganía. El Banco Popular de La Plata fue liquidado por decisión del Banco Central entre septiembre y

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octubre de 1965. Juan Graiver y monseñor Antonio Plaza tenían negocios en común. Y aunque el arzobispo negó siempre estas vinculaciones, se lo sindicaba vox populi como uno de los accionistas de la entidad bancaria caída en desgracia y, por lo tanto, socio de la familia Graiver. La existencia de gran cantidad de plazos fijos no contabilizados y de personas o entidades a cuyo favor se acreditaron indebidamente los fondos, fue la causa sustancial que el Banco Central esgrimió para la liquidación de la entidad platense. Con un patrimonio de noventa millones de pesos de ese momento, se exhibían en el Banco Popular "depósitos no justificados por cinco millones quinientos mil pesos a favor del Arzobispado de La Plata", señaló el 2 de octubre de 1965 el diario El Día de esa localidad. La magnanimidad de la Iglesia y la impunidad de los detentadores del poder político hicieron que, a pesar del escándalo, ningún funcionario implicado en esa defraudación fuera tan siquiera procesado. Juan Graiver era un inmigrante polaco. Se había instalado en La Plata y su primera actividad fue vender corbatas por la calle. De ahí escaló a prestamista, luego a rematador y constructor, hasta llegar a ser Síndico titular de la Cámara de Comercio Argentino Israelí. Tenía dos hijos, Isidoro y David. El menor, Isidoro, era un tipo sin personalidad que vivía al amparo de la riqueza de su padre y al que nunca le importó demasiado hacer negocios. El mayor, David, o Dudi, era un tipo brillante, un auténtico self-made-man, que en el año 1967 y por pedido de su padre, se hizo cargo del grupo económico familiar, que tenía una deuda de diez millones de dólares. Ese pasivo provenía de las inversiones que Juan Graiver había hecho en el Banco Popular Argentino, asociado a monseñor Plaza. El periodista Juan Gasparini, en su libro El crimen de Graiver, escribió: "Ese año, su padre Juan Graiver acababa de fracasar con el Banco Popular Argentino, acoplado al avis satánica de la curia platense, el arzobispo Antonio Plaza". En 1968, David Dudi Graiver consiguió garantías del Banco Tornquist, avaladas por el Credit Suisse de Zurich, y con parte de la fortuna familiar compró el Banco Comercial de La Plata. Rápidamente, lo transformó en un Banco de envergadura nacional donde muchos empresarios, entidades gremiales, personajes de la política y por supuesto, de la Iglesia, colocaban sus dineros. El hipódromo de La Plata, UPCN, Smata, monseñor Adolfo Tórtolo, el vicariato castrense y el arzobispado platense se contaban entre sus clientes. Tanto Plaza como Tórtolo, dejaban en manos de David el manejo de sus abultadas cuentas bancarias, en bancos de Nueva York y Bruselas. Nadie mejor que un Graiver, un socio de confianza, para manejar los dineros de monseñor. El Banco Comercial de La Plata fue, además, el primer banco corresponsal de Cuba en América Latina. Pero, a partir de mediados de los años setenta, las cosas entre los Graiver y el cacique de la curia platense comenzaron a transitar por caminos demasiado diferentes. Como el día y la noche. En 1975, después de la liberación de los hermanos Juan y Jorge Born, poderosos empresarios que fueron secuestrados por Montoneros y por los que se pagó el rescate más grande de la historia argentina, aquella organización clandestina decidió colocar parte de lo obtenido en manos de David Graiver. De los sesenta millones de dólares pagados por la familia Born, catorce fueron a parar a las arcas del hijo menor del ex vendedor de corbatas devenido banquero, quien con ese dinero adquirió bancos en los Estados Unidos. Pero, en agosto de 1976, pasados cinco meses del golpe militar, el avión en el que viajaba David Graiver hacia México cayó llevándose a la tumba a todos sus tripulantes y sepultando con ellos un mar de secretos. Para esa época los verdugos militares, tanto del Ejército como de la Armada, desesperaban por tener rastros del dinero que los Montoneros le habían cobrado a los hermanos Born. Y los Graiver y todo aquello que tenía que ver con ellos, pasaron a convertirse en blancos móviles. Uno a uno, fueron parte del Operativo Amigo que Ramón Camps, jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y amigo del alma de monseñor Plaza, había programado para anotarse puntos ante sus superiores del Ejército y sus adversarios de la Armada. El 8 de marzo de 1977 las patotas se llevaron a Juan Graiver. El 14 cayeron Lidia Papaleo, mujer de David, y las secretarias del Banco, Silvia Fanjul y Lidia Angarola. El 17, les tocó el turno a Isidoro Graiver y a su madre; al

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periodista Jacobo Timerman –por entonces dueño del diario La Opinión, íntimamente relacionado con David Graiver–; a Edgardo Sajón y a Jorge Rubinstein – que murieron víctimas de la picana–; y a Oscar Evangelista, Hipólito Tuco Paz y Francisco Paco Fernández Bernárdez. El clan Graiver se desarticuló bajo las garras de Camps. Y el poderoso monseñor Plaza, ya capellán de la policía, pegado día y noche al verdugo más temible de esos años, olvidó más rápido que corriendo su sociedad con los caídos en desgracia y pactó con la dictadura. Siempre había procedido de esa manera.

Monseñor fue un santo –Hace tres años que se fue y yo lo extraño como el primer día. El fue un padre para mí...– dijo José Ernesto Marsicano, visiblemente conmovido, aquella tarde soleada del Año del Jubileo, en el bar Coliseo de la esquina de 47 y 10 de La Plata. Marsicano fue el secretario privado de monseñor Antonio Plaza desde 1964 hasta su muerte, el 11 de agosto de 1987. Mano derecha y fiel lacayo de quien fue por más de treinta años arzobispo de la capital bonaerense, compartió las prebendas del poder y eso le confirió a él también ser amigo de políticos, empresarios, militares y genocidas. Sin duda, es uno de los pocos hombres dispuestos todavía a defender la memoria del cuestionado jerarca de la Iglesia argentina. Con un hilo de voz, en la que sin embargo se infiltraban vestigios del mañoso autoritarismo pasado, continuó: –Fue un santo y el que se atreva a hablar mal de monseñor Plaza es un gran mentiroso, un desmemoriado, y se las va a tener que ver conmigo. Todo lo que hizo el viejito fue por amor a Dios y a los demás. Él le pedía plata a todos. Me acuerdo cuando José Alfredo Martínez de Hoz era gerente de Acindar y Plaza me dijo: "A él le vamos a pedir todos los hierros para levantar la Iglesia de Santa Teresa". Monseñor era muy devoto de ella. La capilla, sencilla, se construyó de manera vertiginosa en la calle 45 esquina 7 y en la entrada, rodeada de rosales florecidos, hay una estatua de Santa Teresa, que se confunde con el verde césped del cuidado jardín. – Todo era así, él era amigo de generales y políticos, íntimo de Perón, de Frondizi, de Oscar Allende, de Vitorio Calabró–los dos últimos fueron gobernadores de la provincia de Buenos Aires– de Onganía. Si sigo nombrando pesos pesados amigos de monseñor, no termino más. Todas las grandes puertas estaban abiertas para él. Con lo que le conté de la capilla de Santa Teresa, imagínese lo que consiguió para la Iglesia y la educación católica cuando Martínez de Hoz fue ministro de Economía del gobierno militar– se ufanó el hombrecito, hinchado como un pavo al recordar las épocas de gloria cerca de Plaza. Puntualmente, todos los días a las tres y media de la madrugada, la habitación con balcón señorial y vista hacia la catedral, se iluminaba. Desde su cama, simple, de madera oscura, el sólido sexagenario prendía el velador. Su voz ronca empezaba a alisarse con la oración matinal que pronunciaba todavía echado, con la mirada depositada en los retratos de sus padres. Flora y Santiago Plaza ocupaban un lugar preferencial sobre el escritorio de tapa rebatible, sobre el que aquel hijo dilecto anotaba sus más profundos pensamientos. El escritorio y la silla eran los únicos muebles pomposos que había en la habitación que guardaba los sueños y los desvelos del hombre más poderoso de la Iglesia argentina. Todo lo demás era austero. La mesa de luz, el ropero y la cama, de la que se levantaba con sus pijamas color té con leche y unas pantuflas de cuero marrón con las que se paseaba sobre la pinotea antes de ponerse la sotana y calzarse los zapatos negros. Allí, acompañado por el silencio de la ciudad aún dormida, monseñor tomaba su té o su mate cocido, que él mismo preparaba sobre un pequeño calentador a garrafa. En una capillita elaborada artesanalmente, de tres metros por cinco, contigua a la habitación, Plaza se entregaba a la oración y

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meditación personal, mucho antes de que cualquier otro cristiano estuviera dispuesto a acompañarlo y escuchar sus sermones. Se jactaba con justa razón ante las radios, cuando lo llamaban a primera hora de la mañana para pedirle opinión sobre la educación libre, el futuro político de los argentinos o las obras del arzobispado: –Yo estoy siempre dos horas adelantado a los generales, a los políticos y a los periodistas... Marsicano, Corazoncito, como lo llamaba Plaza, fue su ladero ideal: fiel y multifacético. Durante más de veinte años se encargó del mantenimiento de la curia, hasta en los más mínimos detalles; pero también acompañó a su jefe a las reuniones con Perón, con Isabelita, con Camps y con tantos otros poderosos. Fue también quien se encargó de hacer colocar los aparatos de aire acondicionado en la habitación y en el despacho episcopal. Y de traer obreros de confianza para pintar de colores claros, año tras año, la pieza en la que dormía muy pocas horas el ministro de la Iglesia. –Parecía malo, sobre todo a la mañana, pero el malhumor le duraba unos minutos. Cuando se levantaba cruzado no hablaba. Yo lo conocía y me quedaba callado. Me daba el diario El Día para que lo ley era y él leía Clarín. Después de un rato estaba todo bien, como siempre. Y si el malhumor era muy grande, el único que le arrancaba una carcajada era Colabello, el sacerdote organista de la catedral. Ese loco sí que lo hacía reír y poner rabioso. Una vez, en un Tedeum, culminó la ejecución de música sacra con los últimos acordes de la Marcha Peronista. La catedral estaba llena de mandatarios militares. Plaza pensó que nos mataban. Yo no quería ni levantar la cabeza, miré de reojo al viejo. Estaba nervioso y apretaba los labios de bronca contra el curita, pero también para que no se le escapara una carcajada de satisfacción– rememoró Marsicano con picardía. A las seis de la mañana de cada día, cuando el sol recién comenzaba a asomar por detrás de las cúpulas de la catedral, monseñor Plaza oficiaba misa en la capilla de Nuestra Señora de Genshtad. La capillita había sido construida a su pedido en los jardines del arzobispado. La imagen de esta Virgen de procedencia alemana había sido destruida en su lugar de origen. –Yo ayudé a armar el caminito y dirigí a todos los muchachos para su construcción– contó Corazoncito. En el grupo de muchachos voluntarios estaban el hermano de monseñor, Jesús María Plaza, y su hijo adolescente, Tito, quienes colaboraron desinteresadamente con la obra. Ni la más macabra fantasía de ese diplomático y de su hijo podía haber imaginado la tragedia en la que terminarían absurdamente atrapados. –Plaza hizo la capillita como una manera de reivindicar a la Virgen por el sacrilegio que habían cometido en Europa. Quedó hermosa y no se imagina la cantidad de parejas de separados que querían la bendición de la Iglesia para volver a casarse y que iban todas las mañanas a rezar allí. Monseñor los hizo madrugar durante varios años para que demostraran su verdadero esfuerzo y sacrificio, para hacerlas dignos de merecer la Bendición Divina. Pero no eran parejitas cualquiera, era gente muy importante de la sociedad platense. Algunos incluso eran funcionarios, pero él con todos igual: doctrina y sumisión, sin diferencias. "Dios es igual para todos"– me decía. Detrás de sus grandes lentes, Marsicano puede mirar por encima o por debajo del marco según si quiera evadir o enfrentar a quien lo escucha. El hombrecito, de escaso metro y medio de estatura, y de cabello raído con generosas entradas, sigue siendo rollizo, a pesar de que los tiempos cambiaron y ya nada se le compara al esplendor vivido al lado de monseñor. –Yo tenía una casa al lado de la Policía Federal, en 56 y 14, con más de diez puertas blindadas con detalles en oro. Se la compré al arquitecto Krause, era una persona muy importante de la sociedad platense. Ahí sí que teníamos plata. Entraba de todos lados, nada de coima, todo donaciones. Monseñor jamás se quedó con algo para él, siempre para los demás. Yo también daba, pero con tanto como había, ¿qué mal hacía quedarme con algunas cosas pequeñas para mí? Si después de todo yo era la mano derecha de monseñor, lo acompañaba a todos lados y podía pasarme noches en vela si lo veía mal... La casa que por entonces tenía Marsicano se erige vecina al cuartel de la policía. Tiene las paredes

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del color verde de los uniformes militares, pequeñas ventanas de madera, cochera en desnivel y un diseño moderno pero que sofoca. Lujosa pero lúgubre, quizá porque uno la sabe sumida en una historia de tinieblas.

El sobrino era un buen muchacho, era peronista Recién en el año 2000, a más de trece años del momento en que el abogado Jesús María Tito Plaza enjuiciara públicamente a su tío por complicidad con los genocidas y por su participación directa en la entrega de su hermano desaparecido, Juan Domingo el Bocha Plaza, Marsicano se dio por enterado del hecho. Ofuscado y despectivo sentenció: –Ahora anda uno de los sobrinos diciendo que monseñor dejó que mataran a su hermano. ¿A usted le parece que ese hombre podía hacer dejar matar a alguien?¡Por favor, si era un santo..! A mí me mostraba las listas en las que tachaba gente y me decía: "A todos éstos que están en color, yo los salvo. Hablo con mi amigo Camps y les dan una nueva oportunidad". Aparte, ¿usted cree que Camps y los militares pueden haber matado sangrientamente como dicen éstos? Yo he comido con ellos. Eran unos señores, incapaces de esas barbaridades en contra de inocentes. El sobrino, al que le decían el Bocha, fue un día a verlo. Estaba desesperado y le dijo: "Tío me van a matar, ayúdame a salir del país". Plaza le dijo: "¿Qué esperas? Rájate ya". Y le dio, no sé si quinientos o mil pesos. Monseñor se quedó preocupado después de ese día, pero creyó que se iba. Sin embargo, un par de días después, el Bocha apareció otra vez a media mañana, estaba enloquecido. Le dijo: "Tío, me matan". El viejito le insistió: "Te dije que te rajaras, ¿qué haces acá todavía? Yo ya te di la plata, más no puedo hacer". El Bocha salió corriendo. ¿Creía realmente que Plaza no había podido salvar a su propio sobrino? ¿Que no le fue posible exiliarlo vía Vaticano? ¿Que no pudo pedirle a su amigo Camps que le perdonara la vida?, pregunté. Marsicano insistió: –Lo que pudo hacer, Monseñor lo hizo. Le dio plata, le dijo que se fuera. La mano estaba jodida, hasta yo andaba agarrado del pantalón de Plaza para salvarme. El muchacho era peronista y monseñor habló con Camps, pero al poco tiempo el general le dijo que no había podido hacer nada, que lo había atrapado el Ejército y que lo habían matado. Camps trató de tranquilizarlo y me preguntó si quería verlo. Pero con lo que yo lo quiero a Plaza, preferí ahorrarle ese cuadro desastroso, lo hubiera angustiado mucho verlo en ese estado. Pobre muchacho, no parecía malo, era peronista... –Peronista y fundador de Montoneros– agregué. –¡Ah, era Montonero..! Que se joda entonces, que se la banque. ¿Para qué le fue a llorar al tío, a llevarle problemas? ¿Por qué no lo pensó antes?– remató seguro el pequeño bufón, repentinamente olvidado de que, como decía monseñor, Dios era igual para todos.

No ceder jamás la educación al enemigo Monseñor Plaza adoraba la pompa y los atributos del cargo. Cada vez que visitaba la casa familiar, ingresaba con la mano extendida, un gesto que obligaba a todos a besarle el anillo episcopal. Esa manifestación se repetía ante empresarios, políticos y fieles. Lograda la alianza con Arturo Frondizi a partir de la promulgación de la ley de enseñanza libre –que fue propuesta por el ministro Carlos Domingorena, aunque se le atribuía a Plaza algún grado de autoría– monseñor se manejó con gran representatividad e independencia en el ámbito de la educación.

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Fue durante muchos años titular de la Comisión Episcopal para la Educación, además de ser el máximo promotor y ejecutor de la fundación de innumerables colegios católicos en el país y particularmente en la provincia de Buenos Aires. A tal punto fue un cruzado en esa área, que más tarde llegó a cuestionar con su actitud una declaración de la Conferencia Episcopal. Fue en 1978, cuando el libro Dios el fiel, de Beatriz Casiello, que tuvo mucha difusión en los colegios católicos, fue sospechado por algunos sectores como incitador a la subversión. Sin elogiarlo, la Conferencia Episcopal se había pronunciado diciendo que la información que contenía no era errónea, ni negaba en algún punto la doctrina católica. Sin embargo, el 18 de noviembre de 1978, el arzobispo de La Plata prohibió el texto en las escuelas católicas de su diócesis. Con carácter simbiótico, el ministro de Educación de la provincia de Buenos Aires, general Ovidio Solari, tomó idéntica decisión extendiéndola a todo el ámbito bonaerense. Aunque muchos obispos se sintieron invadidos en sus diócesis, no tuvieron demasiado eco. El secretario de prensa del gobierno bonaerense, capitán Jorge Cayo, fue muy claro al respecto: –No nos preocupan los obispos, se prohíbe y basta–dijo, luego de lo cual monseñor Antonio Plaza agradeció públicamente, mediante una carta, la cristiana colaboración del general Solari. Según relató Emilio Minogne, en Iglesia y dictadura, a Plaza "el desacato e indiferencia a las declaraciones de la Conferencia Episcopal Argentina en el tema particular del libro, y el enfrentamiento con sus hermanos obispos, le costarían la presidencia de la Comisión Episcopal de Educación Católica en 1982". El Obispo de Azul, monseñor Emilio Bianchi Di Cárcano, fue su reemplazante. En qué medida le afectaban a Plaza esas sanciones, es un verdadero misterio. El mismo misterio que lo convertía en un arzobispo repudiable para muchos clérigos, y para tantos otros en un modelo de pastor a seguir. Cuando en 1963 la Iglesia Católica iniciaba con Juan XXIII la apertura del Concilio Vaticano II y producía un brusco cambio de postura interna y externa, se generaron fuertes resistencias de algunos miembros de la jerarquía local, y no pocos conflictos. Entre los resistentes estaba monseñor Plaza. "A principios de los sesenta, comenzaban a aflorar los efectos de la rápida secularización que experimentaba la sociedad en su conjunto, entre ellos la critica a toda forma de jerarquía y de autoridad absoluta", relatan los historiadores Loris Zanatta y Roberto Di Stéfano en su libro Historia de la Iglesia Argentina. Refiriéndose a los años en que monseñor Antonio Plaza construía aceleradamente aquel andamiaje donde lo religioso, la política y el dinero se mezclaban impúdicamente, los autores explican: "Al inicio de los años sesenta, especialmente en las provincias más dinámicas, el clero se componía de más de un 50 por ciento de sacerdotes jóvenes, en general mejor informados, preparados e inquietos que sus superiores, frente a los cuales solían dar muestras de cierta independencia y hasta de fastidio, cuando no asumían actitudes de franca indisciplina. Si se agrega por último que la Iglesia había sido una de las protagonistas de los conflictos políticos y sociales que dividieron a los argentinos en esos años, no sorprende que existiera un terreno fértil para que el adornamiento conciliar desatase en la Iglesia profundas turbulencias".

El sobrino, la víctima Juan Domingo el Bocha Plaza era el segundo hijo del matrimonio de Jesús María Plaza y Josefa Taborda. Como sus hermanos Santiago, Jesús María, Luis y María del Carmen, había nacido en Villa Sarmiento, partido de Morón, en la provincia de Buenos Aires. Fue un 24 de junio de 1946, día de San Juan. A veinticuatro años de su desaparición, Tito, su hermano de sangre y de la vida, conserva aún un pequeño cuadro en la pared de su casa de La Plata que atestigua los años felices de la familia Plaza, cuando ninguna adversidad amenazaba enturbiar la dicha. Tito y el Bocha están juntos, los dos

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sonrientes, con saco y pantalón oscuro y brazalete blanco. La foto recuerda que ambos tomaron la primera comunión en la Catedral de Morón cuando estaban por cumplir los diez años. De los hijos de Jesús Plaza, el Bocha y Tito eran los más compinches. Compartían amigos, juegos, picardías y pocos años después, en la adolescencia, las primeras novias y un prematuro interés por la política y los temas sociales. –Nuestro abuelo materno había nacido en Irun, en el país vasco. Y era marino mercante. El clásico abuelo de los cuentos, canoso, gordito y colorado. Con el Bocha nos pasábamos horas fascinados, escuchando las aventuras de sus viajes por el mundo. Mi abuela era la típica cómplice. Nos malcriaba y no le importaba pelearse con sus hijas por eso. Tuvimos una infancia muy feliz, con la familia reunida en largas sobremesas, las puertas de calle siempre abiertas y muchos amigos. Así recordó Tito aquellos tiempos, una mañana del mes de septiembre de 2000, en un bar de la ciudad de La Plata, cuando nos encontramos para reconstruir el antes y el después de la historia de los Plaza. Y hundirnos en el pasado para rastrear los destellos de felicidad de una familia que, después de aquel mediodía del 16 de septiembre de 1976, nunca más volvió a ser la misma. Tito tenía los ojos húmedos por la intensidad de las imágenes que golpeaban su memoria. –Recuerdo a mi padre siempre igual: austero, con códigos, leal a sus amigos, con un corazón de oro. Siempre elegante, pero nunca ostentoso, de corbata y traje haciendo juego. Tenía los privilegios que tienen los diplomáticos, pero era un tipo sencillo, simple. Mamá era semianalfabeta, sin embargo hacían una linda pareja, se querían y nos querían mucho. El viejo era moderado pero de valores profundos. Una vez, cuando vivíamos en España, sacó a una mujer a la frontera con Portugal porque la acusaban de demencia para quedarse con la herencia. La llevó escondida en el baúl del auto. Papá era diplomático de carrera pero tan audaz como nosotros. Vivimos los cinco en España entre 1958 y 1962, y recuerdo que él arriesgó muchas veces su cargo por cosas como éstas... Cuando a finales de la década de los sesenta Juan Domingo el Bocha Plaza ingresó a la Facultad de Sociología de La Plata, la Argentina caminaba hacia una etapa de profundos cambios políticos y sociales. El gobierno del general Juan Carlos Onganía llegaba a su fin y la ciudad de La Plata era entonces un hervidero de jóvenes que llegaban en tropel desde distintas ciudades del interior del país y de países limítrofes, para estudiar en la Universidad. Los sueños revolucionarios y una intensa convicción de querer cambiar el mundo, alimentaban el espíritu de la mayoría. Las organizaciones armadas florecían a la vida política del país y La Plata, como otras grandes ciudades, fue un centro de reclutamiento masivo. Fueron muy pocos los jóvenes que asistían a la Universidad de la "ciudad de los tilos", como se la conocía, que no se sumaron al seno de los incipientes grupos guerrilleros que luego conformaron FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y Montoneros. –El Bocha era un atorrante ilustrado, terriblemente inteligente. Con una condición de liderazgo nata, porque tenía mucho carisma. Era muy de la ciudad, pero le gustaba mucho el barrio. Nuestros juegos estaban relacionados con personajes de la historia. Era hincha de Racingy, yo de Boca. En España éramos chicos cuestionadores del sistema franquista. Esas eran nuestras preocupaciones. Al Bocha lo echaban de todos los colegios, era muy rebelde, no se adaptaba a nada. Un día papá se cansó y lo mandó pupilo a un colegio de monjes en los Pirineos. Y también de allí lo echaron, les hizo la vida imposible. Mi hermano dejaba huellas en todas partes, era un tipo increíble. Si la historia de los Plaza es la más incomprensible, y también la más atroz, porque sintetiza la entrega y la mezquindad de un judas con ropaje de apóstol que roba la vida y condena al infierno a su propio sobrino, no fue la única familia que resultó castigada por el mesianismo en la ciudad de La Plata. En enero de 1974, el intento de copamiento a una unidad militar de Azul por un comando del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), había desembocado en un enfrentamiento entre el presidente Perón y el jefe del palacio de la calle 6, el gobernador Oscar Bidegain. En un discurso, Perón había acusado de complicidad al gobierno y a la policía provincial. El gobernador tuvo que dar un paso al

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costado. De esos días se recuerda un estribillo que se hizo célebre en boca de jóvenes de la Juventud Peronista, la famosa Jotapé. "Policía provincial, orgullo nacional". En ese clima tuvo lugar la tragedia de la familia Bettini. De marcado origen católico y conservador, esa prestigiosa familia de la sociedad platense perdió cinco integrantes y un colaborador en los años de siniestra locura. El jefe de la familia, Antonio Bettini, fue secuestrado y está desaparecido. Su suegra de más de ochenta años, su hija y el esposo, habían desaparecido un tiempo antes que él. Otro de sus hijos murió en un enfrentamiento cuando ingirió la pastilla de cianuro, antes de que lo apresaran. Sólo su esposa, su hijo Carlos y la esposa de éste pudieron exiliarse y salvar sus vidas. Los Bettini fueron perseguidos no tanto por la pública militancia montonera de los hijos varones, sino porque se sospechaba que tanto ellos como toda la familia, manejaba dinero de la "orga", como se apodaba en la jerga a la organización Montoneros. Poco antes de su secuestro, el profesor Bettini había ido, como tantos otros, a pedir ayuda a monseñor Plaza, cuyas homilías había admirado durante veinte años en la imponente Catedral de la calle 53. El doloroso resultado de aquella conversación saltaba a la vista.

La Catedral: una puerta al abismo Todos los jueves, a lo largo de los siete tortuosos años de dictadura, las puertas de muchas catedrales del país se cerraron. También la sede del arzobispado de Buenos Aires y el Centro de reuniones de los obispos en la localidad de San Miguel, en la provincia de Buenos Aires. Los hombres de Dios nunca quisieron ver o escuchar lo que pasaba en las plazas, especialmente en la Plaza de Mayo. Todos los jueves a la misma hora, los familiares iban a pedir por sus desaparecidos. Jamás encontraron respuestas, ni siquiera un cristiano consuelo. Algunos sacerdotes no sólo los ignoraron, sino que también los privaron del más importante de los sacramentos: la comunión. ¿El pecado? Eran esas mujeres que llevaban el pañuelo blanco en la cabeza y que pedían explicaciones. Que se arriesgaban mucho más que algunos hombres. Que no callaban, que rezaban y luchaban por encontrar a sus hijos. Eran "las locas de la plaza". Una tarde de primavera de 2000, en su casa de La Plata, María Isabel Chicha Mariani, fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, recordó: –Todos los afectados de La Plata íbamos a ver a monseñor Plaza. Se corría la voz de que maltrataba, a la gente y usaba palabras muy fuertes. Igual íbamos. No entiendo por qué lo hacíamos. Era como cuando llovía y nos embarrábamos en la plaza. Así acudíamos también a la Iglesia, sabiendo que nos íbamos a embarrar... Hace veinticinco años que Chicha busca a su nieta, Clara Anahí, secuestrada el 24 de noviembre de 1976. Ese día, el Ejército rodeó la casa familiar y asesinaron a su nuera en medio de un brutal enfrentamiento. A la beba, de sólo tres meses, la escurrieron indefensa por senderos hasta hoy desconocidos. La nieta continúa desaparecida. Casi un año después, el 1 de agosto de 1977, su hijo Daniel también fue asesinado. Nunca supo cómo sucedió y tampoco qué hicieron con su cuerpo. Una rabia ciega invadió a Chicha que, al principio, no tenía fuerzas para reconstruirse. Pero en ese camino desolado percibió señales de Clara Anahí, su nieta secuestrada. Llamados anónimos, insinuaciones vagas sobre su paradero. Con dolor transitó un camino plagado de pistas falsas, de datos inútiles. Enfrentó el desprecio, la burla, las acusaciones veladas. La indiferencia de los que tenían información y callaban. Como si fuera poca su desgracia, en La Plata se corrió el rumor de que estaba loca. De que no había asumido la muerte del hijo, ni de la nuera, ni de la nena. –Pobre Chicha, está trastornada– murmuraban los vecinos. Había sido un ama de casa como tantas, sencilla y apegada a la rutina del barrio. Un año después de

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la desaparición de su nieta, desesperada, protagonizó con otras abuelas un último gesto de ingenuidad. Echó al buzón una carta pidiendo ayuda y esperó una respuesta. La esperanza estaba dirigida al Papa. Aún hoy sigue esperando alguna respuesta evangelizadora, un consuelo ante tanta desgracia. Su memoria esbozó un afiche. Lo dibujó con trazo lento, fuerte y decidido, a pesar de que casi no ve de un ojo. Se acercaba en esos momentos el vigésimocuarto aniversario de la tragedia y seguía faltando su nieta, el secreto de su fuerza. Afuera llovía a cántaros y Pepe, su marido, ofrecía té y tortas fritas. Chicha dejó el marcador con el que delineó la cara de su hijo y se acomodó en el sillón grande. Por enésima vez relató cada intento suyo que la llevó a recurrir, ingenuamente y más de una vez, a los hombres de sotana que tenían mucha información y pocos escrúpulos. –Como mi nietita tenía tres meses, yo pensaba que ningún sacerdote se podía desentender del drama. Estaba segura de que me iban a ayudar. Fuimos a ver al organista de la catedral de La Plata, el padre Colabella. Mi marido es músico, lo conocía y nos recibió afectuosamente. Fue en los primeros meses de 1977 y Colabella nos dijo que iba muchísima gente en la misma situación, pero que no nos podía ayudar. Pensó un poco y agregó: "Lo único que podría hacer es ir a hablar con los pilotos de los Hércules. Quizá, con una foto o con el nombre, saben algo de los que llevan al mar". Yo en ese momento no lo entendí. Los aviones Hércules no significaban nada para mí. Efectivamente, por 1977 los vuelos de la muerte que se celebraban como un siniestro operativo de exterminio de los detenidos, eran sólo conocidos por muy pocas personas cercanas al poder. ¿Cómo sabía Colabella de su existencia? Y si él lo sabía, ¿podía ignorarlo monseñor Plaza? En sus caminatas, Chicha Mariani recurrió también al obispo auxiliar de Plaza, monseñor Mario Picchi, quien prometió ayudarla y luego se declaró "impotente" para hacerlo. –Por lo menos me escuchaba y en 1977, que a uno lo escucharan, ya era mucho– recordó Chicha con cierta benevolencia. Monseñor Mario Picchi se había desempeñado como obispo de Venado Tuerto desde el 14 de mayo de 1978, cargo del que fue destituido una década más tarde, el 3 de noviembre de 1988. La decisión se tomó porque se lo encontró involucrado en el caso Manubens Calvet, en defraudaciones de una mesa de dinero y en las liquidaciones del Banco Sidesa y de la financiera Carfma. En 1977, a un mes del asesinato de Daniel Mariani, monseñor José María Montes, Obispo auxiliar de La Plata, la recibió en una oficina reservada, ubicada al costado de la catedral. –Durante el viaje hacia allí, delante del taxi en el que yo viajaba, iba una ambulancia que llevaba una bolsa con una especie de bulto en su interior. Le pregunté al chofer qué era eso y me respondió que era una ambulancia de la policía y que ese bulto era un guerrillero. Cuadras y cuadras anduvo la ambulancia adelante mío. Mi estado al llegar a la entrevista era calamitoso. Montes me escuchó, fue gentil y me prometió encontrar a mi nieta. Cuando me iba, le dije extrañada: "Pero monseñor, no le di el nombre de los padres ni el de la nena". El Obispo me tranquilizó: "Los conozco, es un caso muy conocido en La Plata, y además ¿cómo me voy a olvidar de Diana y Daniel si yo los casé?". Creí en él. Por primera vez sentí que había llegado al lugar del afecto y la esperanza. María Isabel Mariani volvió a los diez días. Esa última vez el prelado la recibió serio, sin pizca de afectividad. No se levantó del asiento ni la dejó sentar. Una vez más, el diálogo absurdo, difícil de perdonar a un enviado de Cristo en la Tierra: –Señora, ¿usted es católica? Le tengo que pedir que se deje de molestar. No pida más por la nena. Ya no es más su nieta, no hay que mover las cosas. –Pero... ¿usted se acuerda por qué vine?– preguntó incrédula. –Sí, sí... Pero no hay que molestar a la gente, se inquieta la gente, se los puede poner en peligro. –Pero..., le estoy hablando de la nena... ¿de qué gente me habla..? –Sí, sí, me refiero a los que tienen a la nena. Lo que tiene que hacer es rezar, rezar mucho y quedarse tranquila. Rece. –Pero monseñor... Hace ocho, nueve meses, que estoy rezando. Rezo mucho– fue todo lo que la mujer atinó a balbucear, presa de la confusión.

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–¡Le falta fe, señora! ¡Rece, que le hace falta fe!–le respondió a los gritos monseñor Montes. Dicho esto, se paró, se acomodó la sotana y con el dedo le señaló la puerta, echándola. –Vayase. Pasaron más de veinte años. El recuerdo de ese diálogo con monseñor Montes retumbaba una y otra vez en la cabeza de Chicha Mariani, porque su mensaje contenía una certeza. Ese hombre sabía dónde estaba su nieta y era posible que después del juicio a las juntas, después de los reclamos internacionales, después del pedido de perdón del Papa y después, por fin, de tanto esfuerzo, tal vez ese hombre hablara y la verdad saliera a la luz. El 8 de marzo de 1983 monseñor José María Montes tomó posesión de la diócesis de Chascomús, de manos del arzobispo de La Plata, Antonio Plaza, en su calidad de metropolitano. Como obispo de Chascomús, Montes fue protagonista de algunos escándalos con implicancias oscuras de su vida privada y algunos cuestionamientos a su condición sexual. Finalmente, se jubiló a los setenta y cinco años, como establece la ley canónica, y desde ese momento se mantuvo en una reposada tiniebla. El 30 de septiembre de 1998, se produjo un hecho histórico de reparación de la memoria en la calle 8, entre 50 y 51, de la ciudad de La Plata. Aquello se inscribió con el nombre de Juicio para la Verdad. Casi seis meses después, el 7 de abril de 1999, quien fuera uno de los promotores de este espacio de legitimación y reivindicación, el director de Derechos Humanos de la capital bonaerense, Jesús María Plaza, declaró por primera vez en el primer piso de la Cámara Federal, como ya lo habían hecho muchos ciudadanos y algunos de sus compañeros. Chicha Mariani presenció aquella declaración con Tito, con quien había compartido búsquedas y enfrentado injusticas. Siempre dignos, nunca resignados. Como tantos otros, monseñor tuvo entonces que dar la cara, escuchar y responder frente a quienes ese día los juzgaban con el silencio, con la mirada, y con los gritos ahogados en la garganta, de tanto dolor guardado. A los setenta y nueve años, con lentes oscuros, apagado y viejo, intentó inspirar ternura, despertar compasión. Olvidó que quienes lo escuchaban muchas veces le habían rogado piedad y ayuda. Que él como tantos otros de su condición, les había burlado la confianza a fuerza de mentiras y crueldad. Era ya demasiado tarde para la comprensión. La sangre había sido derramada a centímetros suyo sin que hubiera movido un dedo para evitarlo. –Nos sometieron a un careo y volvió a negar. En la sala había mucha indignación. Perdí toda esperanza de que algún día hable. El sabe, yo sé que él sabe. Pero aún hoy, tratándose de niños, siguen callando. A la salida, una madre le gritó: "Que Dios le perdone lo que acaba de hacer, porque yo no lo perdonaré nunca"– concluyó Chicha. En 1999, también monseñor Graselli compareció en el Juicio para la Verdad de la Cámara Federal de La Plata. Y de nuevo fue el olvido, la falta de memoria, la aparente perplejidad de un hombre que no reconocía un pasado atestado de testigos. Negó todo como un autómata, hasta que le preguntaron por el tristemente célebre fichero de datos sobre desaparecidos que él había llevado durante los años del proceso, en la capilla Stella Maris de la ciudad de Buenos Aires. La sala enmudeció cuando oyó de sus labios soberbios y despectivos: –Lo tengo en el lugar donde vivo. Sin pérdida de tiempo fue trasladado al lugar donde había decidido el destino y las ilusiones de muchos. Volvió con el fichero, que había conservado intacto, cuidado con perversidad, como una reliquia, después de más de veinte años. La abuela Mariani había visto en esa siniestra caja de pandora la ficha de su nieta. Lo había observado tensa mientras le escribía a Clara Anahí. Lo hizo las dos veces que lo había visitado a fines de los años setenta. Ese día en La Plata, con la misma ansiedad que hacía veintidós años, buscó, revolvió, dio vuelta todas las fichas, pero la de su nieta no apareció. Graselli insistió ante una sala indignada por la hipocresía: –Les repito, nunca supe nada de niños desaparecidos.

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Un cristiano consuelo – Yo soy optimista y no soy rencorosa. No olvido, pero no guardo rencor, por eso me cuesta hablar mal de la Iglesia que formó parte de mi vida. Desde chica fui educada en un colegio religioso, el de la Misericordia. De mis años adolescentes guardo muy gratos recuerdos, era muy activa en la vida escolar y parroquial... Estela de Carlotto sucedió a Chicha Mariani como presidente de las Abuelas de Plaza de Mayo. En la calle Corrientes, esquina Agüero, justo enfrente del shopping del Abasto, funciona la sede capitalina de la organización. Con los ojos fugados hacia algún lugar de la memoria, continúa: –Cuando me tocó salir a luchar para encontrar a mi hija viva, y luego de asumir su muerte, cuando proseguí buscando a mi nieto, yo esperé otra cosa de la Iglesia de la que siempre me había sentido parte. No pedía demasiado, sabía que no podían recibirme a puertas abiertas. Que los comprometía. Pero al menos a solas, sin testigos, siempre esperé que me dijeran: "Estela, cuánto lo lamentamos, comprendemos tu dolor, ¿qué podemos hacer por vos?". Había sido una buena alumna en el colegio de monjas. Participó de cuantas obras de teatro, coros y bailes criollos hicieran falta para recaudar fondos para las hermanas, para los necesitados, para las capillas... Pero cuando llegó el momento en que ella necesitó de ayuda, fue recibida a la distancia con miradas implícitas que alertaban: "De eso no se habla". –Quizá por todo mi compromiso, yo esperé alguna devolución. Un gesto, aunque sea en soledad. Esperé oír de ex compañeras, de ex profesoras y ex confesores: "Podemos hacer algo, ¿con quién necesitas que te conectemos?". Pero nada. De lo único que yo necesitaba desesperadamente hablar era de eso. Lo que ellos llamaban "eso ", era mi sangre, mi carne. Eran mi hija Laura y mi nietito que llevaba en el vientre. ¿Era tan difícil para un cristiano entender tanto dolor? Estela de Carlotto también acudió a la catedral y a su gran jefe, el arzobispo Antonio José Plaza. –Lo fui a ver a monseñor Plaza, como a todos los que podía recurrir en esos días. El no me atendió, pero sí su segundo, monseñor Montes. Me tomó los datos, pero no pasó nada. Nada en cuanto a brindar alguna información fidedigna y desinteresada. Sin embargo, concretó una cita con el esposo de Estela. En un bar de La Plata, vestido de manera convencional para pasar desapercibido, el prelado habló a través de su secretario. El diálogo fue absurdo, repugnante: –Podemos darle información sobre su hija, pero eso tiene un precio...– le anticipó. Luego pidió una cifra desorbitante de dinero, que para pagarla los Carlotto tendrían que haber vendido su casa. El hombre recordó que cuando a él también lo habían "chupado"–el día que había ido a ver cómo estaba su hija, y se encontró en medio de un operativo militar– Estela había tenido que pagar cuarenta millones de pesos de aquella época para que lo liberaran. Y entonces pensó que debía hacer lo mismo para salvar a Laura. –Por suerte unos amigos lo convencieron a mi esposo de que no hiciera esa locura de empeñar todo, que no tenía sentido. A esa altura mi hija ya había sido asesinada. ¿Qué recuerdo puedo yo tener de monseñor Plaza? Mercenario de ilusiones. Manipulador de vidas inocentes. Cajero de la salvación y del infierno. Administrador de la vida y de la muerte. Por tanta muerte a su alrededor, es que Estela sigue apostando a la vida. Si gran parte de la Iglesia católica le dio la espalda cuando la necesitaba por suerte no fueron todos. –La Iglesia de la Santa Cruz, en Urquiza y Estados Unidos, en Capital, donde está la casa de Nazareth, era el lugar que nos prestaban para reunimos. Allí se hacían las misas, que no era nada fácil. Conseguir que se hicieran las misas por desaparecidos era todo un triunfo. Por ejemplo, en el primer aniversario de la muerte de mi hija Laura, en agosto de 1979, mientras yo estaba en Suecia viendo a otra hija mía que vivía en el exilio, se hizo una misa en una capilla de La Plata, cerca de

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donde nosotros vivíamos. Era especialmente para Laura, pero transcurría la celebración y el sacerdote ni la mencionaba. Marta Ungaro, una chica que tenía y sigue teniendo su hermano desaparecido, increpó al cura desde su banco. Pero lejos de tranquilizarla o de darle una palabra de calma, el sacerdote se mostró ofendido y dijo que le estaba faltando el respeto al ministro de Dios. La chica no se calló: "Qué ministro de Dios, acá estamos dando una misa para Laura Carlotto, asesinada por la dictadura y usted ni la menciona. Nómbrela, diga qué pasó, que es una desaparecida, que fue asesinada y que le robaron el hijo..."– le gritó Marta. Sólo Dios sabe quiénes fueron los apóstoles y quiénes Judas en esa tarde de dolor.

Pedir ayuda al Arzopispado era informar a los verdugos Hebe de Bonafini, muy lejos de su radicalizada y fundamentalista posición actual, también acudió a la Catedral platense en busca de ayuda. Cercada por la angustia de tener dos hijos desaparecidos, fue a pedir información al edificio de la calle 53. –Al principio todas íbamos a la Iglesia, a que nos hicieran misas, que nos dieran un refugio. En La Plata, en San Pausiano, después de la plaza íbamos a rezar porque había madres muy católicas, de la Acción Católica. Pero me acuerdo que cuando llegábamos sacudían todos los santos con un plumero y nos tiraban la tierra encima para que nos fuéramos... Paradójicamente, San Pausiano estaba ubicada en diagonal 80, entre 48 y 5, el corazón del poder. La rodeaban edificios de gente influyente en la vida política y social de la ciudad: la Casa de Gobierno, la Bolsa de Comercio, la Facultad de Derecho y de Ciencias Exactas. Sin embargo, por el simple hecho de ser una iglesia les generaba confianza. Hebe de Bonafini siguió su relato: –Cuando íbamos a hacer la denuncia ante monseñor Plaza y su segundo, monseñor Montes, nos enviaban al subsuelo de la catedral. Allí nos recibía un cura, nos pareció que las preguntas de ese cura eran demasiado raras, pero no dijimos nada. Una vez, en el '77, fue una madre y contó que su hijo no tenía ninguna actividad, que sólo trabajaba en una imprenta. Y el caso fue que a los veinte minutos fueron a allanar la imprenta. Con eso confirmamos que este tipo algo tenía que ver. Luego descubrimos que no era un cura, sino un comisario que se llamaba Sossi, que lo ponía Plaza para sacarnos información. La presidenta de las Madres de Plaza de Mayo asegura que en La Plata había gente que creía en la revolución en serio y que fue por eso que allí pusieron los peores curas para que vigilaran. Una ciudad que tenía 60.000 habitantes y sufrió 2.000 desapariciones, gran cantidad de presos y fusilamientos en la vía pública, parecen avalarla. –Ellos, a través de los casamientos, de las misas que hacían, espiaban y sacaban información. En las cárceles estaba plagado de curas botones. Plaza fue visto en los campos de concentración– dijo. Hebe de Bonafini habla de Plaza con el mismo desprecio con que lo hace de genocidas y de algunos hombres de la Iglesia, entre ellos de monseñor Pío Laghi, quien ocupó la Nunciatura Apostólica entre 1974 y 1982. Sin embargo, ya en Roma, inmerso en la reflexión general que motivó el Año del Jubileo, el religioso, en una larga conversación conmigo, relató su verdad y habló con muy poco respeto de ciertos obispos, en particular de monseñor Plaza. –Yo tuve la oportunidad de leer una carta escrita de puño y letra por Pablo VI que decía: "En 1977 le pregunté a Su Eminencia, monseñor Plaza, por las noticias terribles que llegaban de Argentina, sobre los desaparecidos y la violación a los derechos humanos. Y él me contestó que no creyera nada de esas cosas, que todas eran fábulas, que allá estaba todo muy normal"–contó Pío Laghi, con una mueca de desagrado.

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Plaza versus Plaza Una de las primeras medidas adoptadas por el gobierno radical de Alejandro Armendáriz en la provincia de Buenos Aires, en diciembre de 1983, fue la de dar de baja como Capellán de la Policía al arzobispo Plaza. Desde México, donde se había asilado, su sobrino Tito aplaudió la decisión del nuevo gobernador. El abogado Jesús María Plaza intuía que el tiempo de la verdad se acercaba. –Le mandé una carta de felicitaciones a Armendáriz y me puse a su disposición. Esa misma carta se la mandé a algunos medios de comunicación de la Argentina, pero no fue publicada. Sin embargo, Jorge Fontevecchia llamó por teléfono a México y me ofreció espacio en sus medios de la Editorial Perfil para hablar. Con el advenimiento de la democracia, los mecanismos de poder en los que se había escudado el arzobispo, empezaron a debilitarse. El 14 de noviembre de 1984, mientras Plaza viajaba por Europa, Nicolás Argentato, rector de la Universidad Católica de La Plata, de la cual el arzobispo era el Gran Canciller, impuso en New York, el título de Doctor Honoris Causa al reverendo Sung Myung Moon, fundador y cabeza de la poderosa secta que lleva su nombre. Debido a que Moon estaba preso cumpliendo condena por defraudación al fisco de los Estados Unidos, fue representado en la ceremonia por su segundo, el coronel coreano Bo Hi Park. No fue monseñor Plaza quien salió a desautorizar al titular de la Universidad, sino el propio Vaticano que echó sombras sobre Argentato diciendo que éste había contravenido una decisión de su superior, monseñor Plaza. Pero las razones de la distinción fueron dos: la primera, una donación de 120.000 dólares realizada por Moon a la Universidad Católica de La Plata, admitida por el propio Argentato; la segunda, la coincidencia de fines y actividades entre la secta, monseñor Plaza y los grupos militares latinoamericanos que habían detentado el poder opresor en el Cono Sur. No hubo duda en ese momento de que había sido el Arzobispado de La Plata el que había autorizado la condecoración, a tal punto que nunca se rectificó. Argentato fue apoyado y mantenido en su cargo por Plaza hasta que se jubiló de la diócesis. –Cuando regrese al país le haré un juicio público al hermano de mi padre. Estoy convencido de que el fenómeno del genocidio no se perpetró sólo con los uniformes verdes, sino también con las sotanas y las fajas rojas y con los trajes de los empresarios– le confió Tito a Jorge Fontevecchia. Luego, a través de las radios, se escuchó su voz, cargada de dolor. –Le voy a iniciar un juicio a monseñor Plaza, por cómplice de los genocidas y por su implicancia directa en la desaparición de mi hermano, Juan Domingo. Recordando aquella gesta, Tito explicó dieciocho años después: –Sabía que el resultado iba a ser negativo, pero había un poder que iba a ser tocado: el sector de las altas jerarquías del clero en la Argentina. Bonamín, Tórtolo, Plaza, Ogñenovich y el mismo Primatesta. Mis abogados fueron Emilio Mignone y los abogados del CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), Luis Zamora y Rodolfo Baños. A partir de allí Plaza no volvió a hacer declaraciones públicas, ni tampoco contestó. La Iglesia argentina recibió el golpe y aunque no hizo leña del árbol caído, tampoco ayudó a levantarlo. Monseñor Plaza debe haber pensado una y otra vez que no hay peor astilla que la del mismo palo. Discreto, soportó en soledad todos los embates públicos de su sobrino y trató de minimizarlo, polemizando para afianzar su postura: "Ese juicio que están haciendo es una revancha de la subversión y una porquería. Se trata de un Nüremberg al revés, en el cual los criminales están juzgando a los que vencieron al terrorismo", declaraba al diario La Nación el 21 de mayo de 1985, apenas iniciado el juicio a las tres primeras juntas militares. En cambio, se negó a hacer comentarios del juicio que desde el 14 de febrero de ese

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año le había iniciado su sobrino y a partir del cual toda una ciudad tomó posición. Muchos lo apoyaron. Otros, contagiados por la energía del abogado peronista, acusaron al arzobispo de no haber sido nunca una voz de consuelo en los años de muerte y desaparición. Otros aseguraron que monseñor Plaza había colaborado directamente con los dictadores. El 13 de noviembre de 1985, Julio Desiderio Burlando, a cargo del Juzgado en lo Penal número 2 de La Plata, sobreseyó definitivamente a Antonio José Plaza, respecto de los delitos imputados de encubrimiento y violación de los deberes de funcionario público. Tito Plaza no esperaba otra sentencia porque no había pruebas concretas para incriminarlo. Monseñor disfrutó del triunfo por unos días. Ya estaba próximo a cumplir los setenta y seis años y como establecen las normas canónicas, el arzobispo había presentado su renuncia. El 19 de diciembre de ese ajetreado 1985 le llegó la noticia que pondría fin a su patético ocaso: Juan Pablo II aceptaba su renuncia al gobierno pastoral de la Arquidiócesis de La Plata. Monseñor Antonio Quarracino fue su reemplazante. El 11 de agosto de 1987 llegó para Antonio José Plaza el momento tan esperado por los buenos cristianos: el encuentro final con el Todopoderoso. Murió en La Plata, a los setenta y ocho años, víctima de una insuficiencia respiratoria. El miércoles 22 de noviembre de 2000, Eduardo Landaburu se presentó a declarar en el Juicio por la Verdad. Él fue la última persona que reconoció haber visto vivo al Bocha Plaza el mediodía del 16 de septiembre de 1979, cuando tras haber ido a la curia para pedirle ayuda a su tío, el arzobispo, fue secuestrado. Entre la audiencia, de impecable saco negro, con camisa, pantalón y corbata gris, lo escuchaba Tito. –Entré a hablar por teléfono al bar ubicado en 7 y 33. En el bar estaba la policía. Lo vi al chico, lo conocía porque era primo de mi ex mujer, Cecilia Plaza. Y también a un señor mayor, que después supe era Marbino Díaz Martínez. El anciano estuvo un mes secuestrado y luego fue liberado. Salió física y psíquicamente destrozado. Al mes se suicidó. Los tenían a ambos contra la pared, con las manos detrás del cuerpo. Traté de buscar la mirada del Bocha para ofrecerle ayuda. Pero él bajó la vista, como si no me conociera. Salí del bar atontado. Caminé unos pasos y recién ahí me di cuenta de que ese muchacho me había salvado la vida. Que con un mínimo gesto que hubiera hecho, yo estaría con ellos y no libre en la vereda. Estoy vivo gracias al Bocha Plaza... Tito sabía. Su hermano se había mantenido digno hasta el final. Pero escucharlo ese mediodía soleado, lo conectó una vez mas con el Bocha que él conoció, el que preservó y cuidó mientras pudo. Su hermano y compañero de aventuras. Mejor dicho, hasta que su tío, el monseñor, lo entregó a los verdugos. La plaza Moreno no había cambiado. Los mismos edificios, los mismos árboles. Sólo un busto de Eva Perón acompañaba a las estatuas que lo habían observado amenazantes en la reveladora mañana de julio de 1979. Habían pasado veintiún años, ya no se escondía. Las cúpulas de la catedral, hoy terminadas, se clavaron en el cielo de noviembre. Se sentía tranquilo. La imagen de monseñor Plaza se escurrió definitivamente. Luminoso, el rostro del Bocha, se grabó en sus retinas.

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2 Aires de cambio y revolución

El Concilio Vaticano II, que el 11 de octubre de 1962 fue inaugurado por el Papa Juan XXIII, marcó y dividió a la Iglesia Católica del siglo XX. Cuando Angelo Roncalli, un hijo de campesinos pobres de un pequeño pueblo italiano llamado Sotto il Monte, que en ese momento era Cardenal y patriarca de Venecia, fue elegido pontífice en 1959, todos esperaban encontrarse con un jefe igual a los demás: conservador y encerrado entre las paredes del espléndido reino romano. A pocos días de asumir, Roncalli demostró su poderosa personalidad: una convocatoria de un sínodo para la diócesis de Roma, instrucciones para la reforma del código canónico y el anuncio de un nuevo Concilio, el segundo que se realizaba en el Vaticano y el vigésimo primero en la historia de la Iglesia. Los concilios anteriores se arreglaban en Roma y los resultados eran entregados por escrito una vez resueltos. El nuevo Papa adoptó una actitud que provocó una verdadera revolución, un corte con el pasado, un abrirse al mundo. "Quiero que entre aire, aunque algunos se resfríen... ", decía Juan, el Bueno, como empezaron a llamarlo, sonriente y rompiendo con todos los protocolos pontificios, cuando explicaba el nuevo Concilio. Este acontecimiento histórico generó hechos impensados y poco explicables por analistas, teólogos e historiadores. Uno de los fenómenos más sorprendentes fue que en un clero como el argentino –que nunca se preció de avanzado, sino de conservador– surgiera un movimiento renovador, fuertemente cuestionador del sistema, como el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). La preparación del Concilio llevó cuatro años y cuando se inauguró convocó a dos mil purpurados de todo el mundo, más autoridades eclesiásticas, que se arremolinaron en la imponente nave de San Pedro, que fue convertida en sala de deliberaciones, presidida por Roncalli, ya octogenario y enfermo. En ese lugar se enfrentaron en acalorados choques verbales renovadores y conservadores, frente a un pontífice al que todos habían creído un hombre de transición. Allí, en ese lugar milenario, un joven y emocionado Karol Wojtyla, jefe de la diócesis de Cracovia, era un asistente más. Sonaron los acordes del Veni Creator y Juan XXIII avanzó solemnemente hacia su silla gestatoria, acompañado de unos asistentes que portaban abanicos o flabellas ceremoniales. Estaban presentes la mayor cantidad de ancianos de la historia de Iglesia Católica. Más del triple de obispos presentes en el primer Concilio, más de cien obispos negros y por primera vez, un obispo japonés. –Fue impresionante, muy conmovedor, nada así había pasado antes en la Iglesia. Recuerdo que en un momento un obispo belga se levantó y dijo: "mi que non place" (a mí no me gusta) y todos empezaron a aplaudir. Y el Papa dijo: "Bueno, si non plice, hay que empezar de nuevo. Y los grandes temas son: Sociedad, sacramentos, injusticias, los temas del mundo en este momento. A ningún cardenal, a ningún obispo le gusta esto, lo sé. Así que anótense y empecemos a reflexionar de abajo". Y de ahí salieron documentos de la Iglesia impresionantes, con una vigencia increíble, para cien años de vida..., dijo a modo de recuerdo, el sacerdote Luis Farinello, activo militante del MSTM. –El Concilio mostró que la norma próxima e inmediata de la moralidad es la propia conciencia. Yo obro bien si sigo mi propia conciencia. Antes decía: no, usted obra bien si obedece a la Iglesia. Y la Iglesia está inmersa en el mundo y vive a fondo los procesos humanos, no está para dictarle normas al mundo, sino para aprender de él. El Concilio nos enseñó a criticar los documentos de la Iglesia y que ella también se equivoca..., dijo el obispo –ya fallecido– Jerónimo Podestá, protagonista indiscutido de la organización tercermundista, que provocaría un gran escándalo en la Iglesia argentina, al reconocer públicamente que estaba enamorado de su secretaria Clelia Luro. –Fue el gran anhelo de cambio, sintetizado en la palabra aggiornamiento que usó el Papa Juan XXIII y que infundió el Concilio, lo que convulsionó a la Iglesia de todo el mundo y por supuesto a la de Argentina, aunque luego eso se fue frenando y apagando– se lamentó Miguel Ramondetti, quien en

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2000, cuando lo entrevisté, acusaba setenta años y no usaba sotana, porque hacía tiempo que había decidido no oficiar más como ministro de la Iglesia Católica. Este verdadero patriarca del MSTM, que carga con tanto exilio como renunciamientos sobre sus hombros, vive hasta hoy acompañado por María Esther en una cómoda pero austera casa del partido de San Martín, en la provincia de Buenos Aires. Ella se mostró muy amable, atendía el teléfono y la puerta, preparó y sirvió el café y usaba el pelo corto, lo que no denunciaba necesariamente su condición de religiosa, pero lo hacía sospechar. Por su parte, Ramondetti había abandonado formalmente los hábitos, aunque no las costumbres arraigadas por años de rigurosa disciplina, impartida en las instituciones de formación religiosa. Sin embargo, al verlos, pude percibir que no sólo compartían el techo, sino que se entendían a la perfección, lo cual era muy lógico: vivieron el exilio juntos y el duro regreso también. –¿Cuándo conoció a María Esther?– le pregunté. El hombre, de apariencia apacible y confiada, se incomodó. Sentí que no le gustaba tener que dar explicaciones sobre su vida privada, por más que hiciera veinte años que había renunciado voluntariamente a su condición de sacerdote. –A María Esther la conozco de la época de Goya. Ella pertenecía a una congregación de religiosas, y trabajaba con los pobres como yo. Pasamos muchas cosas juntos: la persecución, los cargos injustos y finalmente el exilio, en Europa. Pero entienda, nosotros acá siempre pagamos las cuentas a medias y cada cual tiene su habitación y su espacio. Además, ella vive una vida, consagrada– respondió un tanto fastidiado. En aquel momento me convenció, aunque sigo creyendo que de alguna manera, quizás un tanto difícil de aceptar para un laico, constituyen una verdadera pareja. "La mujer es la tentación. Sólo dos mujeres cuentan en la vida religiosa: la Virgen María y la madre de cada uno de ustedes", le habrán dicho una y otra vez en el Seminario. Pero está visto que Ramondetti se aggiornó. Y aun más: a la luz del nuevo Concilio, que generó también una revolución en la vida personal e ideológica de muchos clérigos, la Encíclica de Juan XXIII, Pacem in Terris, que da a conocer la doctrina política, social y económica de la Iglesia, frente a los graves problemas del mundo, reconoce –entre otras cosas– el ingreso de la mujer a la vida pública y que ella no puede ser tratada y considerada como un instrumento del hombre. "Exige ser considerada como persona, en paridad de derechos y obligaciones con el hombre, tanto en el ámbito de la vida doméstica como en la vida pública. "Toda esta revalorización del papel de la mujer en la vida, sacude a la Iglesia y sobre todo a sus protagonistas, los sacerdotes y obispos, como Ramondetti y Podestá. Los historiadores y sus propios compañeros de fe señalan a Ramondetti como uno de los fundadores del MSTM. Y así lo demuestra inequívocamente su firma en los primeros documentos de esa organización, debajo de la cual figura un sello que reza: "secretario general del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo". Sin embargo, por el camino que eligió –el del hacer sin necesidad de demostrar algo que estaba convencido, nunca lo conduciría a ser obispo– insistió: –Me niego a empezar a nombrar a creadores o fundadores del Movimiento. El MSTM surgió como una semilla que germina cuando cae en tierra fértil. Durante el Concilio, un grupo de dieciocho obispos escribió una proclama o manifiesto que recibimos algunos sacerdotes argentinos. Leerlo nos impactó mucho porque respondía a inquietudes y prácticas nuestras. Nos sentimos identificados con esas ideas de encumbrados hombres de la Iglesia que reafirmaban y respaldaban nuestra posición minoritaria dentro de la de Argentina, donde éramos mirados como bichos raros– explicó. El mensaje de los obispos del Tercer Mundo fue firmado un 15 de agosto de 1967, y en lo esencial afirmaba: "Ya es tiempo de que los pueblos pobres, sostenidos y guiados por sus gobiernos legítimos, defiendan eficazmente su derecho a la vida. Dios se reveló a Moisés, diciendo: "Yo he visto la miseria de mi pueblo; he escuchado el grito que le arrancaran sus explotadores... Y he resuelto liberarlo..." "Animados por la esperanza de todos los pueblos del Tercer Mundo, nosotros os exhortamos a

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permanecer firmes e intrépidos, como fermento evangélico en el mundo del trabajo, confiados en la palabra de Cristo: poneos de pie y levantad la cabeza, pues vuestra liberación está próxima." Como hombres sedientos de agua fresca en un desierto colosal, los sacerdotes argentinos bebieron de un sorbo ese documento llegado del otro continente y recordaron la frase que tantas veces repitieran mientras celebraban misa: "Éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la vida nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía". Pero no iba a ser una tarea fácil. Advirtieron, con bastante dolor, que ninguno de los dieciocho obispos firmantes de la proclama era argentino. Movilizados por tantas ideas y proyectos comunes, el grupo de sacerdotes se encargó, en primer término, de traducir el documento, que estaba escrito en francés, y se lo enviaron a cuantos curas y obispos pudieron, pidiendo su firma de apoyo. –Desde el comienzo yo me definí como sacerdote de la Iglesia Católica, antes que cura para el tercer mundo. El nombre del Movimiento lo pusieron los laicos, especialmente los periodistas. Nos decían: "ahí se van a reunir los curitas del Tercer Mundo ", y así quedó. De cualquier manera, entendíamos por Tercer Mundo, el mundo de los pobres, de los marginados, de los tratados injustamente por nuestra sociedad. Yo viví el sacerdocio desde mi época del Seminario, en función de ese mundo. No es que los sacerdotes hayan sido exclusivamente para los pobres, pero sí que Cristo nos demandaba transmitir la palabra de Dios, la buena noticia, especialmente a los pobres– destacó Ramondetti. El patriarca del MSTM nació en Córdoba, en un hogar de trabajadores rurales. Su padre trabajaba parte del año en el campo y el resto del tiempo se ganaba la vida como albañil. Su madre fue ama de casa, hasta que él tuvo nueve años y los golpeó la muerte de su padre. Fue así como la mujer decidió enfrentar su viudez, junto a sus tres hijos, en Buenos Aires. –Mi madre se empleó como sirvienta y con eso vivimos estrechamente. Mi educación escolar fue muy precaria. Hice cuatro años de primaria en una escuela diurna. Allí, con la mayor de mis hermanas, teníamos las tres comidas. El resto de los años los hice en la nocturna, porque empecé a trabajar. Mi primera changa, por la que me iban a pagar diez pesos por mes –mi mamá ganaba treinta–fue de lechero, empujando el carrito. Yo llevaba la canasta con las botellas. Trabajé un mes, hasta que me enfermé de escarlatina. Cuando me repuse y le fui a cobrar, no me pagaron. Fue angustioso para mí porque en mi casa contábamos con esos diez pesos– contó Ramondetti. Cuando cumplió los trece, entró a trabajar en una fábrica, donde fue obrero durante los siete años siguientes. Hasta que en 1943, en un mediodía soleado de sábado, se despidió de todos sus compañeros de trabajo para dirigirse al Seminario Metropolitano de Villa Devoto. En sólo tres horas pasó así de experimentado oficial calificado, a seminarista incipiente. –Como todo hijo de italiano había tomado mi primera comunión, pero en mi casa no iban siquiera a misa. Recién a los quince años me acerqué a grupos de Acción Católica y eso fue definiendo mi vocación– explicó. Terminó sus estudios de Filosofía en coincidencia con el final de la Segunda Guerra Mundial y la reapertura de los institutos de estudio de la Iglesia, en Roma. Y tuvo la suerte de ser uno de los elegidos para ir allí a estudiar Teología. Quizá porque todos los caminos conducen a Roma, tuvo de compañeros a Angelelli, a Collino y a Podestá. –Era muy amigo de Collino, compartimos muchas horas de estudio, pero de a poco fuimos enfrentándonos ideológicamente, hasta terminar uno de cada vereda–aclaró.

Los curas obreros A comienzos de los años sesenta, tal como venía pasando en Europa, sobre todo en España y

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Francia, se instauró en la Argentina un nuevo fenómeno: el de los curas obreros. Como sus compañeros, ellos también habían estudiado en el Seminario, gozado de las prebendas y sufrido los mismos sacrificios que implica la vida clerical, pero querían ser y vivir como obreros. Juan XXIII, en su encíclica Mater et Magistra, del 15 de mayo de 1961, había condenado fuertemente al capitalismo y apoyó las luchas de los trabajadores. "Una profunda amargura embarga a nuestro ánimo ante el espectáculo inmensamente triste de tantos trabajadores de muchas naciones y de enteros continentes, a los cuales se les da un salario que los somete a ellos y a sus familias a condiciones infrahumanas ". Así que muchos curas decidieron trabajar en fábricas, sin ningún tipo de privilegio. Se vivía entonces la reedición de lo que había tenido lugar en Francia, luego de la Segunda a Guerra Mundial. En aquellos años, el Papa Pío XII había admitido que sólo un pequeño grupo, La Legión de Francia, accediera a las plantas fabriles, despojadas de mano de obra masculina en función de los muertos habidos en las trincheras, a condición de que no actuaran en cuestiones sindicales. El 3 de junio de 1963, consumido por atroces dolores, Angelo Roncalli, el Bueno, murió de cáncer en sus aposentos pontificios y pasó a convertirse para algunos cristianos, en un "hombre santo" y para otros, en un "revolucionario". Fue reemplazado por el Papa Pablo VI, –Giovanni Battista Montini, cardenal de Milán– quien terminó la tarea del Concilio II, en 1966, con la promulgación de la Populorum Progressio, la encíclica que denunciaba la desigualdad, la codicia, el racismo y el egoísmo de las naciones ricas, pero no aclaraba cómo debía hacerse para combatir las injusticias. Se descartaba la violencia, "excepto donde sea manifiesta una tiranía verdadera que pudiese perjudicar los derechos personales fundamentales y dañar el bien común de un país". La Argentina, por entonces, vivía bajo una dictadura militar y los curas obreros se habían instalado antes de la promulgación de la Populorum Progressio, como verdaderos adelantados. Juan Carlos Onganía, un general de caballería de la fracción azul del Ejército, católico integrista preconciliar, creador de la pomposa frase, "Revolución Argentina ", y al que la jerarquía religiosa rendía pleitesía, cumplía con los requisitos educativos cerrados y las abundantes subvenciones económicas que los obispos conservadores ansiaban y se negaban a declararlo "dictador". El general, al que algunos oficiales apodaban El caño, por lo hueco, y el famoso humorista Landrú de la revista Tía Vicenta, La Morsa, por sus tupidos bigotes, que había pasado por West Point, donde había asimilado la Doctrina de la Seguridad Nacional que intentaría más tarde aplicar a sus compatriotas, había llegado al poder el 28 de junio de 1966. Estaba casado con María Emilia Green Urien, con la que tenía dos varones y tres mujeres de "excelente formación católica". Muchos sacerdotes y laicos veían aterrados a los jerarcas de la Iglesia embanderados en una especie de "onganismo" o "amor a Onganía". El paso del general por los Cursillos de la Cristiandad –una organización sub Opus Dei– y la presencia de muchos cursillistas en su gobierno generaba en ámbitos clericales progresistas, inquietudes varias. Se daba de manera muy sutil una identificación entre el Ejército y la Iglesia. Ambas instituciones convergían en fuertes valores: orden, disciplina, verticalismo y obediencia. Algunos caudillos eclesiásticos militantes del integrismo vieron concretarse el sueño del gobierno católico y, por ende, del mantenimiento de sus prebendas y privilegios. Se renovaba aceleradamente la fusión Iglesia-Estado y su momento de gloria fue la consagración del país al Inmaculado Corazón de María, en noviembre de 1969, en un acto celebrado a toda pompa por el mismísimo Onganía. El periodista Rogelio García Lupo, escribía en el semanario Marcha de Montevideo: "Estamos en presencia de una organización secreta, aunque no tanto para cerrarle el camino a nuevos prosélitos: católica, pero sobre todo dispuesta a servirse de la religión como instrumento de dominación política, y militar, aunque con ramificaciones en los civiles, particularmente los relacionados con el poder económico y cultural. Los "cursillos" están basados en el antiguo modelo de los ejercicios espirituales de Ignacio de Layóla. Se prolongan durante tres días y medio, con la asistencia de un sacerdote, supervisor del tratamiento religioso que los profesores laicos presentan en los temas de su especialidad". En este momento se produce una fuerte división: por un lado los sacerdotes y laicos y por el otro la

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jerarquía eclesiástica que se resistía al Concilio. La mayoría se inclina cada vez más hacia tesis revolucionarias. Y van sucediendo episodios que demuestran el caldeado ambiente que se vivía entonces. Si Mayo del '68 iba a significar en el mundo una renovación en todos los frentes, en la Argentina comenzaba un proceso que acabaría trágicamente el 24 de marzo de 1976. En mayo de 1966, se dividía la CGT, luego que resultara electo el militante católico Raimundo Ongaro, de los gráficos, al frente de la "CGT de los Argentinos". En la otra, la vieja central ubicada en Paseo Colón, convivían todos lo que de una u otra manera habían confluido en la quiebra del orden constitucional: los vandoristas, que bregaban por un peronismo sin Perón, al mando del Lobo Augusto Timoteo Vandor, los realistas capitaneados por Armando March, el Armando Cavallieri de entonces, y los participacionistas identificados plenamente con la dictadura del momento, por ejemplo, Rogelio Coria, jerarca de los obreros de la Construcción, Juan José Taccone de Luz y Fuerza y Adolfo Cavalli de petroleros (Perón estaba harto de expulsarlo del movimiento pero a Cavalli nada le hacía mella). La CGT de Paseo Colón era leal a Perón y propiciaba un programa antiimperialista que contemplaba la nacionalización de las industrias clave, la participación obrera en los procesos de decisión empresaria y la reforma agraria. Desde la revista Cristianismo y Revolución, icono de los cristianos combativos argentinos, dirigida por el ex seminarista Juan García Elorrio (y uno de los creadores de los proto-montoneros) y desde el periódico de la "CGT de los Argentinos", dirigida por Rodolfo Walsh (futuro Jefe de Inteligencia de Montoneros), además de lanzarse inflamadas proclamas revolucionarias, se buscaba convertir al sector combativo en una alianza de grupos populares que pudieran presionar sobre el gobierno. En Tucumán, provincia gobernada por el cursillista Roberto Bobby Avellaneda (jefe de un gabinete al que sólo tenían acceso los católicos de misa y hostia) que venía siendo azotada por el cierre de ingenios, la desocupación y las ollas populares, la policía atacó con gases la procesión de San José Obrero, que marchaba hacia el ingenio Bella Vista. Y, como quien no quiere la cosa, una bomba de gas arrancó el brazo del santo, en medio del desbande y los gritos. En agosto de 1966, un grupo de estudiantes cordobeses cumplen huelga de hambre por la intervención de la Universidad, en la parroquia de Cristo Obrero. Obreros portuarios en huelga se hacen presentes a la Asamblea Episcopal de noviembre de 1966, acompañados por sacerdotes, que llevan la voz cantante de sus reclamos. El 1 de mayo de 1967, Juan García Elorrio, al mando del comando "Camilo Torres", ingresó en la Catedral Metropolitana, se plantó frente a Caggiano, que estaba oficiando el Tedeum del Día del Trabajador y al dictador Onganía, y pidió en tono de barricada, rezar en común una oración contra las injusticias y la explotación. Graciela Daleo, Casiana Ahumada –segunda mujer de Elorrio– y Fernando Abal Medina tiraban volantes alusivos. Los tres, como era de esperar, fueron arrestados por policías que envió el gobierno en concordancia con los hombres de la Iglesia. Los gracioso fue ver a Abal Medina agarrarse fuertemente de las mangas pomposas de Caggiano mientras se lo llevaba la policía. Como corolario, varios sacerdotes obreros fueron expulsados de la diócesis de San Isidro en marzo de 1968. Una catarata de conflictos gremiales y sociales, en los que siempre aparece involucrado un sacerdote, una religiosa o un laico, se había desatado, reclamando del Episcopado una declaración que fuera más allá de la prescindencia del orden temporal, que los obligaba a enfrentarse al gobierno militar. Mientras Adalbert Krieger Vasena, el "Cavallo" de Onganía, denunciaba al "marxismo subversivo "como promotor de todo, inclusive de la inflación, la SIDE, más pragmática, llegaba a la conclusión de que los disturbios obreros-estudiantiles provenían de una conjura católica. Según los informes de inteligencia, sacerdotes conciliares y jesuitas eran quienes prestaban a las organizaciones sindicales, el matiz subversivo que ostentaban. No andaban tan errados. Un poco tarde, quizá, con relación a la Iglesia brasileña, cuyo adornamiento había comenzado en 1963, de la mano del obispo Helder Cámara, valiente voz profética del Episcopado latinoamericano. En medio de este mundo que agitaba consignas libertarias y que se enfrentaba fuertemente a los rígidos esquemas de las cúpulas gobernantes, surgen los curas obreros. Ese había sido el origen del sacerdote español Francisco Huidobro, quien llegó a Buenos Aires en 1963 y solicitó trabajo como

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operario en la fábrica Indupar. Otros dos sacerdotes, los padres Glavina y Diana, iniciaron sus tareas en industrias cercanas. Huidobro hizo caso omiso a la recomendación de Pío XII, que por otra parte ya estaba muerto y enterrado, y había sido reemplazado por el "Papa Bueno", y luego por Paulo VI. "Fui a Francia donde mi papá tomó la nacionalidad francesa, llegué acá a la Argentina porque cuando estaba en el seminario, justamente en la misión de Francia, el ministerio era ir hacia el mundo que está fuera de la Iglesia. El mundo obrero de Francia, está muy alejado, hay como una pared que separa a la Iglesia de los obreros. Y esa pared hay que derrumbar. Con hechos y no con palabras. De allí la llegada de sacerdotes a las fábricas y como yo soy un antiguo obrero, me fui a España a trabajar como minero en la época de Franco, llegue aquí a los treinta años y primero me metí de obrero de la construcción. Tengo la impresión de que aquí en Argentina va a ser peor la condición obrera y me vine para este continente un poco para reparar lo que España y Portugal hicieron en los años de la conquista ", explicó en una entrevista a la revista Todo es Historia, en una austera habitación de la parroquia de Villa Dominico, en Avellaneda, territorio del obispo Jerónimo Podestá. El padre Huidobro –al que sus patrones emplearon pensando equívocamente que un cura aplacaría los ánimos rebeldes de sus obreros y sindicalistas– era delegado general cuando en 1965 hubo una huelga, que duró dos meses y que el sacerdote la llevó adelante, y a consecuencia de la cual, fue despedido y luego reincorporado, aunque no lo dejaron entrar. Junto a los obreros hicieron un piquete en la puerta y la policía los llevó presos, lo que generó una gran inquietud en la Iglesia argentina. En aquella oportunidad, catorce sacerdotes emitieron una declaración de solidaridad y elogio a Huidobro. Uno de los firmantes de esa proclama fue un joven sacerdote, alto, rubio y de ojos azules, que provenía del otro extremo del arco social y que en su primer reclamo público tenía la osadía de enfrentarse a su clase, la oligarquía: Carlos Mugica. Entre los otros trece curas obreros, hubo varios que luego integraron el MSTM: Rodolfo Ricciardelli, Eliseo Morales, Domingo Bresci, Alejandro Mayol, Juan Tedeschi, Francisco Suárez, Andrés Lanzón, Juan José Pichi Meissegueir y Alberto Carbone. Muchos religiosos reclamaban cambios en la Iglesia y en la sociedad. Se gestaba en el centro de la fe católica un gran movimiento de renovación para algunos, de revolución para otros. Sacerdotes y laicos poblaban las villas miserias en ciudades y campos, estrechando cada vez más los vínculos con los trabajadores. "Nosotros por lo menos tratamos de vivir dentro del mundo que nos toca evangelizar, por lo menos nace una simpatía con la Iglesia, con los curas, que hasta ese momento, era visto como un funcionario de la Iglesia, es un "vivo" que vive de arriba, que no tiene mujer, pero tiene mujer, que tiene la plata que quiere. Para conocer al obrero, donde mejor se lo conoce es en la fábrica, ése es su mundo, su alma está allí. Por eso queríamos evangelizar la fábrica. ¿Y vos que venís a hacer aquí?¿A repartir estampitas, medallas...?, dicen. "No, compañero, yo no vengo por eso, vengo para colaborar con ustedes a defender la justicia social, no tengo ninguna medallita en el bolsillo", explicaba Huidobro, años después. La realidad de la Argentina asomaba a los ojos de curas y laicos, como una pintura de Berni: en 1968 había 23 millones de habitantes, dos millones de analfabetos y una enorme deserción escolar, y las provincias del norte estaban azotadas por el hambre y las enfermedades endémicas. Había concentración de tierras en pocas manos, lo que obligaba a muchos a emigrar a las grandes ciudades en búsqueda de trabajo y eso provocaba un aumento de la pobreza. Esa ola de aire nuevo en medio de esta situación político social tendría en el clero argentino su expresión en el MSTM, en tanto que en los laicos se manifestaría a través de la lucha de clases y la guerrilla. Hoy, muchos miembros de la jerarquía eclesiástica siguen reprochándose y culpándose por haber alimentado las filas de la guerrilla, en procura de un país más solidario y con menos diferencias que, con seguridad, está aún más lejos que entonces. El 28 de junio de 1965, unos ochenta presbíteros, entre los que se encontraba una vez más el padre

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Mugica, participaron de una reunión en el colegio Sandford de Quilmes. De allí surgió un documento que fue presentado en las últimas sesiones del Concilio Vaticano II. Un año después, hubo otro encuentro en Chapadmalal, que se centró en la realidad argentina. Lucio Gera, convertido luego en uno de los teólogos más respetados de la última mitad del siglo XX, se perfilaba entonces entre los teóricos principales del MSTM. En aquella reunión, Gera propuso: –Tenemos que repetir las nociones del Vaticano II dentro de cada uno de nosotros. Ambos encuentros sembraron las ideas que cosecharon los hombres de la Iglesia que se encolumnaron un par de años más tarde en el MSTM. Lucio Gera, doctor en teología y ex decano de la facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina (UCA) desde 1965, hasta finales de los setenta, escribió los "Apuntes para una interpretación de la Iglesia argentina", en la revista Cristianismo y Revolución, en enero de 1970. El trabajo está firmado junto a Guillermo Rodríguez Melgarejo, actual mano derecha del cardenal Jorge Bergoglio, en el arzobispado de Buenos Aires y que en ese entonces, tenía militancia en el MSTM. "En la actualidad no hay una línea dominante en la Iglesia argentina, en ella repercuten las contradicciones en que se desenvuelve la nación. (...) La Iglesia no es en este momento, predominantemente conservadora, ni liberal, ni revolucionaria popular. Esto origina una falta de inclinación hacia uno u otro proyecto. Es una Iglesia que hoy no opta por ningún proyecto. Pero no habría que contentarse con esta constatación sino intuir o detectar cómo representará el futuro. La historia reciente nos muestra que hasta concluido el Concilio, fue más bien una Iglesia conservadora, en el período inmediatamente post conciliar dominó – no suficientemente– una linea liberal, progresista, de modernización y renovación, últimamente comenzaron a acentuarse –sin haber logrado un dominio suficiente como para producir una inclinación del conjunto del cuerpo eclesial– las corrientes de origen sociopolítica, revolucionaría y popular. " Miguel Ramondetti, por otra parte, encontró en Goya, Corrientes, y principalmente en su obispo, monseñor Alberto Devoto, el lugar ideal para desarrollar el sacerdocio como él lo entendía. Vivía de su trabajo de albañil y celebraba misa en el lugar que le pidiesen, sin necesidad de grandes altares ni demasiados protocolos. Fue en Goya donde monseñor Devoto le entregó una copia del mensaje de los dieciocho obispos del Tercer Mundo. Ramondetti quedó impresionado con el texto y se reunió con Rodolfo Ricciardelli y con Andrés Lanson, un cura obrero. Juntos tradujeron el texto y entre los tres difundieron el mensaje, haciéndolo llegar a cuantos sacerdotes pudieron.

El auge del MSTM –Comenzamos a recibir tantas adhesiones, que no lo podíamos creer. Los primeros en adherirse fueron 273 sacerdotes. Nos comprometimos entonces a trabajar con todas nuestras fuerzas para poner en práctica el contenido evangélico y profético del documento– recordó Ramondetti, con los ojos instalados en esos días de gloria, de juventud y de ilusiones de cambio. Ese manifiesto no tardó en recibir el apoyo de casi mil sacerdotes de América latina, quienes claramente diferenciaban la injusta violencia de los opresores de la justa violencia de los oprimidos, distinción mantenida sólo hasta cierto punto por los jerarcas eclesiásticos presentes en Medellín. Por eso, el próximo paso fue enviar una carta a los obispos participantes de la segunda reunión del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), en Medellín, en agosto de 1968, firmada por 431 sacerdotes argentinos y más de quinientos latinoamericanos, en la que exponían su postura frente a la violencia en el continente. El documento preliminar preparado por los obispos del continente –basado en las estadísticas de Celso Furtado, economista brasileño proscrito por la dictadura de su país– señalaba la situación de atraso y dependencia de América latina de las grandes potencias. Por detrás de

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este alboroto de sotanas, se levantaba la figura del sacerdote colombiano Camilo Torres, fundador de la "teología de la violencia", que en 1965 se había integrado a la guerrilla colombiana. El documento fue descartado por "hipercrítico y despiadado" por la Conferencia Episcopal Argentina, en su reunión anual en San Miguel. Mientras tanto, los católicos argentinos objetaban a la jerarquía de su Iglesia que desde el 28 de junio de 1966, cuando Juan Carlos Onganía, el general poseído del espíritu evangélico y preparado como un cruzado para combatir las ideas demoníacas de la modernidad, asumió el poder, ésta no hubiera formulado un solo juicio sobre los hechos ocurridos en el país. En octubre de 1963, el cardenal Eduardo Pironio investía a Antonio Quarracino como obispo de Avellaneda, quien reemplazaba a Jerónimo Podestá, que fue sacado del medio, acusado de "comunista". Considerado un "realista" Quarracino se había destacado en su diócesis de 9 de Julio como un promotor del apostolado rural y había sido uno de los primeros en admitir que en el conflicto entre Perón y la Iglesia, era ésta la que había mostrado los flancos más débiles. Claro, eran otros tiempos... Mientras tanto, el general Alejandro Agustín Lanuse –otro que asistía a los cursillos de Onganía– asumía como Jefe del Ejército y en septiembre participaba en Río de Janeiro de la VIII Conferencia de Ejércitos con la presencia de todos los Jefes de Ejércitos del continente (es decir, de todos los regímenes dictatoriales del área) y compartía el estrellato con el general Westmoreland, ex comandante de las fuerzas americanas en Vietnam y máximo experto en la lucha antiguerrillera (se suponía). El encuentro legitimó la Doctrina de Seguridad Nacional que permitía a los militares intervenir en los conflictos internos de cada país. Westy, como apodaban al general, no aportó mucho. Se dedicó a mostrarle las maravillosas playas de Río a su mujer Kitty y a cambiarse de ropa seis veces al día. Otro de los hechos curiosos del Concilio Vaticano II fue que, mientras la participación de América latina fue allí casi nula, jugó un papel protagónico en la etapa posterior. Lo que en Europa había llevado varias décadas para realizarse, aquí corrió como una ráfaga que invadió todos los sectores de la Iglesia, se estuviera o no de acuerdo, probablemente porque las injusticias y las diferencias eran mucho más agudas y profundas que en el primer mundo. En esos días se exigían cambios con urgencias. Grupos católicos, que en los últimos años se habían enredado en charlas meticulosas acerca de la posición que debía tener el altar y en apasionadas discusiones acerca del concepto de Iglesia o lo que decía la doctrina respecto de la vida de ultratumba, se concentraron esta vez en discutir si la salida revolucionaria podía ser pacífica o debía ser violenta. El sí o no a las armas era la opción. Se cerró así una gran paradoja: América latina, la gran ausente en la elaboración de la problemática conciliar, asumió un papel de compromiso en su concreción. Lo que en Europa era un mundo difuso que había que alcanzar, en Argentina era una sociedad surcada por profundas contradicciones a resolver. La consigna clave que en el antiguo continente era el aggiornamiento, fue planteada por los países del sur como revolución. Jerónimo Podestá fue un fuerte protagonista de los años de auge del MSTM. Había ingresado en el seminario en 1940 y se ordenó sacerdote en 1946. Estudió Derecho Canónico en España e Italia hasta 1950 y también asistió a la prestigiosa Universidad Gregoriana de Roma. Al regreso, fue docente en el seminario hasta que en 1963, a los 42 años, fue ordenado Obispo, junto a otros jóvenes brillantes como Eduardo Pironio y Antonio Quarracino. A finales de mayo de 2000, y a sólo un mes de su muerte, el hombre que a fines de los sesenta puso en jaque a la Iglesia argentina y que llegó con sus argumentos al Vaticano, me recibió en su casa del barrio de Caballito. Hacía mucho frío y Podestá se estaba recuperando de una afección pulmonar, pero se lo veía fuerte y entero. El caserón en donde vivía junto a su compañera Clelia Luro había pertenecido a uno de los jefes de los mazorqueros de Rosas y, en su patio, Jerónimo celebraba misa: era el presidente de la Federación Latinoamericana de sacerdotes casados. "Llegué a ser Obispo porque aunque parezca mentira, yo provengo de una familia adinerada de la clase alta y la Iglesia se fija en esas cosas. Monseñor Antonio Plaza quería nombrar obispos propios, pero conmigo no tardó en darse cuenta de que había metido la pata. Yo desde que empecé

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como obispo, estuve con mi gente en jornadas de trabajo, en manifestaciones. Iba en mi auto para todos lados y cuando se me pinchaba la rueda, sacaba la de auxilio, la cambiaba y seguía viaje. Era muy diferente a muchos de mis pares. " Más allá de su origen pudiente, Jerónimo había tenido un contacto directo con los pobres mucho antes de definir su condición sacerdotal. "Mi madre era muy católica y atendía a todos los que le pedían algo. Desayunábamos con los pobres en el jardín de mi casa. No les dábamos limosnitas, los atendíamos con cariño y preocupación. "Jerónimo Podestá fue el primero de los obispos en dar su apoyo a los sacerdotes para el Tercer Mundo y en criticar a la Iglesia. Reconocido por sus pares como uno de los mejores intelectuales de la Iglesia Católica argentina, realizó grandes aportes teóricos. Fue compañero de Raúl Primatesta, de Eduardo Pironio y del reciente cardenal Jorge Mejías, archivista del Vaticano, quienes sentían gran afecto y respeto por Podestá, más allá de las diferencias ideológicas. "Las religiones están centralizadas para criticar el poder. Así surgieron las cruzadas y las colonizaciones con sus carnicerías. Y la religión no da derecho a aplastar ni a perseguir a nadie." Jerónimo conoció a Clelia Luro en 1966, cuando ella se acercó al Obispo a pedirle ayuda para un clérigo que era víctima del alcoholismo. Ella había estado casada diez años con un sobrino del poderoso Robustiano Patrón Costas y tenía seis hijas. A fines de ese mismo año, ambos conocerían al hombre de quien serían amigos incondicionales: Monseñor Helder Cámara. "Fui al Encuentro de Obispos de Mar del Plata y traté de divisar quién era Cámara. De pronto la veo a Clelia que estaba hablando con él, que la tenía tomada de la mano. Él nos presentó y me dijo: "No tengas miedo, Clelia va a ser tu fuerza". A partir de ese día, Clelia Luro se integró a la diócesis como su secretaria. Al principio los unía una gran confianza y un sentimiento platónico. "Hasta que dejé la diócesis no tuvimos relaciones íntimas, aunque el amor verdadero ya se había apoderado de nuestras almas." Un hecho político fue determinante en el futuro de Jerónimo Podestá. En 1967, en el Luna Park, lideró un acto para hablar sobre la encíclica Populorum Progressio, al que asistieron políticos y sindicalistas que estaban prohibidos por el gobierno militar. Onganía lo definió como el principal enemigo de su gobierno –lo llamaba "el obispo rojo"– y pidió a los jerarcas eclesiásticos que lo callaran. Los siempre solícitos amigos del poder de turno, monseñor Plaza, Tórtolo y, sobre todo, el nuncio Humberto Mozzoni, lo presionaron para que renunciara. "Aunque parezca mentira, el nuncio me engañó y fui muy ingenuo. Le firmé una renuncia sin protocolo en 1969, con la condición de que me gestionaran una reunión con el Papa y sólo después de tomar una decisión definitiva. No cumplió y envió la renuncia directamente al Vaticano. Me hicieron la "cama", como se dice vulgarmente. "También es cierto que Podestá quiso asistir a la reunión pontificia con Clelia, pero en Roma no aceptaron, lo que empujó su renuncia. Durante ese tiempo, en el Vaticano, el secretario de Estado, monseñor Benelli exclamó espantado: "Pero, ¿cómo una mujer puede estar influenciando a un obispo?". A Clelia la llamaban "esa señora", "esa mujer" o "la consabida persona", pero jamás pronunciaron su nombre. Podestá fue designado Obispo de Orrea de Aninico, una diócesis inexistente de Mauritania, hasta que finalmente en 1972, fue suspendido y se unió definitivamente a Clelia. "La tradición católica presenta a Jesús como célibe. Pero los estudios históricos judíos dicen que era un rabino porque había estudiado en el templo, o sea, que no era un charlatán. Y si era un rabino, es inconcebible que no fuera casado. Como no tenemos otros documentos, el único dato que tenemos es el amor entrañable que tenía por María Magdalena. No es casual que la primera persona que busca para manifestar su resurrección, sea ella. El celibato es una imposición que no respeta el derecho de las personas. Debería ser optativo, porque tampoco los curas lo respetan hoy día... ", me dijo mientras apretaba la mano de Clelia. En 1974 fue amenazado por la Triple A y dejó el país junto a su compañera y las seis hijas del primer matrimonio de ella. En 1978, volvió a la Argentina, pero sólo por unos días. La situación no estaba para que se quedara. Vivieron exiliados en París, Roma, México y Perú y regresaron definitivamente en 1982, casi con la llegada de la democracia. Durante la guerra de Malvinas llevó el cáliz de su primera misa al Frente Patriótico y al año siguiente rechazó la oferta de

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Oscar Allende que le ofreció acompañarlo en la vicepresidencia en las elecciones de 1983. Nunca perdió su vocación sacerdotal y tampoco su condición de obispo. "Sin la menor duda, yo tengo la formación tradicionalísima de la Iglesia –dijo en 1996– que dice: "tú eres sacerdote para siempre». Lo primordial es esa elección interior: ¡Yo quiero ser sacerdote! ¿Y por qué? Porque quiero enseñar el bien, la enseñanza de Jesucristo." Desde Goya, a orillas del río Paraná, monseñor Alberto Devoto asomaba como uno de los obispos más radicalizados del país. Se enfrentó al poder militar y a los sectores católicos más tradicionales. Sus frecuentes reuniones comunitarias con los campesinos intranquilizaban tanto a la dirigencia política como a la curia. Le endilgaron todo tipo de calificativos – "peronista", "marxista", "demagogo"– pero no lograron hacerle mella y muchos menos callarlo. En la Pascua de 1966 había realizado su voto de pobreza y desde ese momento se convirtió en la oveja negra del episcopado argentino donde la fastuosidad era la regla. Que un religioso salido de sus filas renunciara al anillo, al báculo, al apelativo de monseñor y también al sueldo que el Estado paga a los obispos, resultaba francamente intolerable y hasta subversivo. Por su independencia y desapego a los bienes terrenales se lo vinculó con el Che Guevara. Por su prosa implacable contra la oligarquía y el imperialismo, se lo comparó al cura guerrillero colombiano Camilo Torres. Por su defensa de los pobres, se lo alineó con los curas obreros y con los sacerdotes del Tercer Mundo. Sin embargo él sostenía: –No estoy enrolado en movimientos de este tipo. Hago con mis sacerdotes y laicos lo que creo que en cada hora pide la Iglesia. En mi caso concreto, el voto de pobreza se refiere a mi modo privado de vida, al trato directo y llano con la gente, a que me inclino a dirigir una atención especial a los humildes y a que he renunciado al uso de los símbolos de poder y al sueldo que paga el Estado a los obispos. En una zona castigada por los vaivenes del cultivo del tabaco e inmerso en un contexto de profundas transformaciones, tanto del país y del mundo, Devoto detectó que la Iglesia no podía estar ausente en este proceso. Coherente con su actitud pastoral, trabajó en el campo con el Movimiento Rural de la Acción Católica para despertar en la gente la conciencia de sus derechos y de su dignidad humana. En esa posición de aceptación y de no condena a los miembros del MSTM, se inscribieron otros obispos del interior del país: Angelelli, en La Rioja; Brasca, en Rafaela, Santa Fe; Di Stéfano, en el Chaco; y De Nevares, en Neuquén. También el entonces vicepresidente del CELAM, monseñor Antonio Quarracino, veía con buenos ojos el surgimiento de nuevos aires en la Iglesia católica: –Yo era asesor de la Juventud Universitaria Católica y me acuerdo que los compañeros porteños hablaban de Quarracino con admiración y con grandes expectativas, porque expresaba lo que después iba a ser la Teología de la Liberación. Mi visión de lo que pasó con él se expresa de esta manera: es muy difícil ser obispo y tener fe. Porque el poder atrae mucho y tiene una determinada lógica. Muchos obispos terminan fagocitados por esa lógica del poder y en pos de eso terminan entregando su verdadero deseo cristiano– explicó Rubén Dri, otro ex integrante del MSTM que se alejó de la condición clerical. Dri integra una familia de ocho hermanos, todos nacidos en Federación, Entre Ríos, un pueblo que a mediados de la década de los setenta fue sacrificado, lo mismo que buena parte de la fauna ictícola del río Uruguay, por una represa hidroeléctrica. Cuando las turbinas de Salto Grande comenzaron a funcionar, el río ganó las calles y todos los edificios del pueblo, incluida la parroquia, fueron sepultados por las aguas. Sus desarraigados habitantes debieron mudarse a la Nueva Federación, una ciudad de casas idénticas, hechas de apuro, que da sobre un lago, en cuyo lecho descansa la vieja Federación. Cuando eso sucedió, Dri trabajaba como sacerdote en una comunidad rural del Chaco: –Mi obispo, monseñor Agustín Marosi, no tenía grandes luces intelectuales –continuó–. Era hijo de italianos y tenía la sabiduría del tano criollo de no meterse en líos. Entonces, al cura que le hacía líos, lo marginaba, pero no lo castigaba. Lo dejaba al brazo secular, como en la Edad Media, para

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que él hiciera lo que correspondiera. A mí me sacó de todo espacio eclesiástico, pero me dejó libre. Seguía siendo cura, no me castigó canónicamente, así que yo podía seguir celebrando misa. Fue inteligente de su parte, porque ese proceder no lo enfrentaba con la gente que me seguía. Me dejó trabajar en la villa, pero me echó del clero regular, de las parroquias, así que no tenía ningún tipo de apoyo. De mi parte yo no quería tampoco ser su representante. Rubén Dri se ordenó como sacerdote en Paraná y luego estudió Teología en la Universidad Pontificia Salesiana, en Turín. No fue el único de la familia que optó por el camino religioso: uno de sus hermanos era seminarista y su hermana Teresa fue religiosa de la Congregación de las Monjas Azules. Tampoco fue el único en marchar preso: su primo, Jaime Dri, estuvo secuestrado en la ESMA –de donde se escapó milagrosamente– y tanto él como Teresa fueron detenidos en varias oportunidades por su activa militancia católica. Como muchos de los hombres comprometidos con su época, Dri se exilió en México en 1976. Allí vivió hasta 1984 y trabajó todos esos años en un Instituto Teológico que fue cerrado por Juan Pablo II. Con el retorno de la democracia, volvió a Buenos Aires, donde se dedicó a la docencia y se transformó en uno de los analistas más respetados de la historia de la Iglesia en la Argentina. Actualmente, es profesor de Teología e Historia de la Universidad de Buenos Aires y vive en un departamento del barrio de Palermo. Desde allí pontifica que es justo reconocer que en la Iglesia, como en la vida, los hombres cambian mucho, sobre todo cuando el poder los tienta: –Otro ejemplo que convalida lo que pasó con Quarracino, es el de monseñor Ítalo Di Stéfano; él también cambió mucho. Recuerdo que me fue a visitar cuando estuve detenido en Resistencia, en el '70. Éramos amigos, pero él cambió, se reacomodó, y no volvimos a hablar. Yo pasé a la clandestinidad en el '74, estuve dos años clandestino y después pasé al exilio. En el exilio me enteré que Di Stéfano había pasado del obispado de Roque Sáenz Peña, Chaco, al de San Juan; y como obispo de San Juan ya vi las posiciones que tenía, así que no hablé con él. Yo tengo mi juicio sobre él, pero también tengo una deuda personal: le agradezco el gesto que tuvo conmigo. Me acuerdo que cuando me visitó y me entregó el pectoral, me dijo que tenía miedo de que la policía me largase de noche y me secuestrasen. En ese momento él tenía una posición progresista. No es que estuviese totalmente de acuerdo con lo que yo hacía, pero participó en el lanzamiento de las Ligas Agrarias. De todas formas, a mí no me extrañó demasiado su vuelco, porque percibía en él ansias de poder. Di Stéfano tenía una concepción teológica de la Iglesia de derecha, pero también una gran necesidad de protagonismo, y como por esos días el protagonismo pasaba por la izquierda, él tenía su espacio. Cuando eso cambió, él lo hizo en consecuencia.

Los encuentros Impulsados por el éxito de la firma del manifiesto y por la necesidad de que los cambios dejasen el escenario del discurso, para hacerse carne en cada uno de los católicos, y en cada hombre y mujer argentinos, los sacerdotes enrolados en el MTSM, realizaron su primer encuentro nacional. El 1 y 2 de mayo de 1968 se reunieron en Villa Manuela, Córdoba. Los firmantes fueron trescientos veinte y asistieron veintiún sacerdotes en representación de dieciocho diócesis. En Villa Manuela se analizó la situación de las distintas regiones del país y de las villas de emergencia de Buenos Aires. Los sacerdotes Héctor Botan, Jorge Vernazza y Rodolfo Ricciardelli denunciaron atropellos policiales y el plan de erradicación. Entre los firmantes de las conclusiones había, sin duda, altos desniveles de comprensión y también enormes diferencias en el discurso político, que marcarían el desarrollo sinuoso y el destino final del movimiento. De todas maneras, se coincidió en que los curas debían salir de sus preocupaciones y actividades puramente eclesiásticas, para reencontrarse con el hombre común y sus problemas. Y, por

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supuesto, todos en general ratificaron su opción por los oprimidos. "Existe en la Iglesia argentina lo que podríamos denominar catolicismo popular que no está aún totalmente formulado en expresiones intelectuales, pero sí late en la vitalidad del pueblo. Es un hecho de nuestra historia que el pueblo ha combinado su fe católica, con una línea nacional–ya desde el grito de Facundo, "Religión o Muerte", y más reciente en el peronismo– más allá de los dictados de la Iglesia oficial y de todas las élites. Se puede afirmar que aún hoy, gran parte del pueblo se identifica políticamente con el peronismo. Es una corriente mayoritaria, aun no teniendo formulaciones teóricas totalmente elaboradas. Pueblo es tierra, patria, religión, tradición, folklore. El Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, originariamente identificable con la corriente de protesta social, se daría ahora más bien en esta línea popular nacionalista, intentando una presencia profética y de liberación dentro de la problemática argentina y latinoamericana. Pareciera que el catolicismo popular tiene la virtud de operar una purificación de las izquierdas europeizantes, despojándolas de su carácter marxista-elitista y tornándolas nacionales al reconocerse en las tradiciones de caudillos como Facundo Quiroga, el Chacho Peñaloza, Artigas, Ramírez, López, pasando por Irigoyeny el fenómeno peronista. El humanismo universitario se conecta con el peronismo revolucionario." , reflexionaban, en 1970, Lucio Gera y Guillermo Rodríguez Melgarejo, acerca del MSTM. Ya en el Tercer Encuentro Nacional, que se realizó Santa Fe, en los primeros días de mayo de 1970, los sacerdotes comenzaron a defenderse de las imputaciones de los políticos y de la jerarquía eclesiástica y rechazaron así las acusaciones que se les hacía, de haberse convertido en un grupo revolucionario. El comunicado con las conclusiones del encuentro de Santa Fe afirmaba que "el Movimiento no es, ni quiere, ni puede constituirse en partido político ". Pero, pocos días después, el 29 de mayo de 1970, se produjo el secuestro del general Pedro Eugenio Aramburu y el MSTM hizo, recién a finales de junio, una declaración al respecto. La misma no incluyó una condena enérgica al asesinato, como se hubiese esperado, y colocó a Aramburu en igualdad de condiciones con otros caídos. Este hecho, sumado a la vinculación de algunos curas con militantes de la organización Montoneros, afectó al MSTM. La primera consecuencia fue la detención del padre Alberto Carbone, director de Enlace, la publicación oficial del movimiento. Los titulares de los diarios opositores al MSTM, fueron lapidarios. A Carbone se lo había culpado de tener en su parroquia la máquina de escribir que fue usada para redactar el comunicado con el que Montoneros se adjudicó el asesinato de Aramburu. Esas pericias determinaron que el cura fuera detenido y pasara casi un año y medio en prisión, tras lo cual fue sobreseído. Con babuchas, una camisa de tela fina, sandalias franciscanas, medias de lana y una boina que protegía del frío su calva cabeza, Carbone me recibió en una pequeña y húmeda salita, una mañana del invierno de 2000, en pleno año del Jubileo, y treinta años después de aquellos episodios. Se lo veía tranquilo y en paz consigo mismo: –La famosa máquina era de Norma Arrostito (fundadora de la organización Montoneros). Ellos la secuestraron y después dijeron que era mía. La verdad, no me impona demasiado. Necesitaban encontrar un chivo expiatorio dentro del MSTM y me encontraron a mí. De cualquier manera, los muchachos no estuvieron a la altura de las circunstancias. Después del asesinato no los volví a ver y jamás me dieron una explicación. Yo no se las pedí, no me hacía falta. Ellos sabían qué les había inculcado. Sabían de sobra que yo pensaba que habían errado el camino, siempre se los dije. No me escuchaban. El cardenal Juan Carlos Aramburu era un tipo extraño, a pesar de su marcado conservadurismo, nunca le pidió explicaciones a su sacerdote. Dos veces hizo gestiones para lograr su libertad. Lo conocía y suponía que estaba sirviendo de blanco. Sin demasiadas palabras, se hizo presente cuando Carbone lo necesitó. –Aramburu estuvo, me acompañó. Yo no podía pretender que se jugara públicamente, porque no le convenía, y además porque en el fondo, si bien simpatizaba con nuestro trabajo de base en las villas,

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él era un príncipe de la Iglesia, y los nobles sólo se encuentran con los criados a escondidas y en situaciones límites, no en reuniones públicas. Allí cada cual conserva su lugar. El cardenal me visitaba en la cárcel y me llevaba cigarrillos. Cuando en el '72 me dejaron libre por última vez, él me vino a buscar con mi abogado. Me dijo: "Agarrá tus pilchas y tus anotaciones que nos vamos". Me llevó hasta la casa de mi abogado y después me dijo que, si quería, tenía un lugar en la casa del clero, en la calle Rodríguez Peña. Allí viví seis años, cuando todos me consideraban una compañía peligrosa–contó Carbone. –¿Jubileo?– preguntó luego, con un dejo de ironía. Fue cuando le expliqué por qué creía que el año 2000 era el momento ideal para empezar a escribir un libro sobre la Iglesia argentina, en el que se pudieran reconocer errores y limpiar culpas, muchas de ellas injustamente adjudicadas. Y continuó: –¿Usted está segura de que la Iglesia argentina va a pedir perdón por sus complicidades y sus omisiones? Ojalá que así sea. ¿Sabe? Yo nunca estuve en contacto con la jerarquía, mucho menos ahora, que estoy desde hace casi diez años en este lugar alejado, donde cumplo mi misión sin molestar. Mi única preocupación son los pobres. Pero me encantaría que mi Iglesia tome el buen ejemplo del papa Juan Pablo II y pida profundamente perdón. Eso sí: como hombre de la Iglesia le aseguro que el perdón es imposible si no hay arrepentimiento. Aquella conversación con el padre Carbone tuvo lugar en agosto de 2000, en la parroquia del barrio Rivadavia, en Merlo, partido de Moreno, donde el obispo de Morón, monseñor Justo Laguna, le dio, hace una década, la posibilidad de ejercer el sacerdocio, ya que por entonces la zona pertenecía a su diócesis. Veinte días después de esa charla, en el Encuentro Eucarístico de Córdoba, la Iglesia hizo público su pedido de perdón. Fue un digno –y tardío– regalo de primavera.

La ruptura El celibato y la filiación política –sobre todo la opción por el peronismo– fueron los temas que desde el comienzo enfrentaron a distintos miembros del MSTM, y esas diferencias se intensificaron hasta el final en 1973. Dos pesos fuertes del grupo, el padre Carlos Mugica y monseñor Jerónimo Podestá, obispo de Avellaneda, tuvieron sobre el celibato un enfrentamiento tan violento, que a partir de allí sólo dialogaron mediante emisarios. Mugica estaba a favor del celibato y Podestá, en la posición contraria. El popular Obispo de Avellaneda fue acusado por muchos sacerdotes de banalizar la opción por los pobres del MSTM introduciendo en el debate una cuestión menor como el celibato. Pero para Podestá ése era "el tema" porque ya era pública su estrecha relación con Clelia Luro, su secretaria, quien luego se convirtió en su mujer. Algunos memoriosos recuerdan el entredicho entre Podestá y Mugica: Podestá: –Me parece Carlos que tenes una teología muy floja. Mugica: –Y a mí me parece que vos tenes una teología muy pelotuda. El padre Luis Farinello, uno de los más jóvenes exponentes del MSTM, recordó así aquellas agitadas discusiones: –En la última etapa de las reuniones de los sacerdotes del Tercer Mundo, había curas que se habían casado y que venían con sus parejas. El padre Carlos Mugica era el que más se enojaba con el tema del celibato. Para él era una cuestión secundaria. "Acá lo importante es la justicia, los pobres. Este no es un problema de braguetas", decía. "Si se quieren casar, háganlo y listo, pero no nos hinchen las pelotas. No confundamos las cosas, vayanse". Mugica era así de apasionado y claro; no andaba con eufemismos. Esos fueron años de fortísimas convulsiones sociales y políticas. De grandes controversias: la Argentina era una caldera a punto de estallar y las organizaciones guerrilleras, algunas de las cuales tuvieron su origen en los grupos católicos estudiantiles y en el mismísimo seno de la Iglesia,

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arreciaban con sus operaciones militares, con la simpatía de grandes sectores populares. El 3 de agosto de 1971, cuatro clérigos tercermundistas fueron detenidos y puestos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN). Ellos eran: Rubén Dri, José María Ferrari, Néstor García y Juan Carlos Arroyo, y un ex sacerdote, Santiago Mac Guire. La detención despertó quejas y las mismas llegaron a la jerarquía eclesiástica y al gobierno, quienes rápidamente iniciaron tratativas para neutralizar un posible conflicto entre ambos poderes. En ese momento, Lanusse necesitaba el apoyo de los jerarcas católicos para concretar el Gran Acuerdo Nacional y el arzobispo de La Plata, monseñor Antonio Plaza, pidió por los curas detenidos. De cualquier manera el conflicto estaba en el mismo seno de la Iglesia. El 11 de julio, el arzobispo de Buenos Aires y cardenal primado, Antonio Caggiano, quien en ese momento oficiaba también de Vicario de las Fuerzas Armadas, se había lanzado en un discurso contra los sacerdotes y laicos que "erróneamente se enrolaban en caminos revolucionarios que implican siempre la violencia, en lugar de amar a todos por igual, a los pobres y a los poderosos, a los débiles y a los ricos ". El camino hasta aquí tenía su historia. En abril de 1969, la Conferencia Episcopal Argentina firmó – con sesenta y cinco obispos– un documento que puede ser considerado revolucionario: "La evangelización comprende todo el ámbito de la promoción humana. La misión de la Iglesia en Argentina es trabajar por la liberación del hombre e iluminar el proceso de cambio de las estructuras injustas y opresoras". Parecía mentira, al punto tal que los sacerdotes de base no podían creer lo que leían. Pero este comunicado de corte contestatario, provocaría que un mes más tarde, el 29 de mayo cuando estalló el cordobazo –la mítica protesta popular que marcaría la historia argentina– algunos culparan a la Iglesia de impulsar los violentos disturbios. A partir de ese momento, los obispos asustados, guardaron absoluto silencio, perdiendo la oportunidad –quizá– de protagonizar una etapa de cambios profundos. Y en agosto de 1970, la Comisión Permanente del Episcopado presidida por Antonio Caggiano, Adolfo Tórtolo y Vicente Zaspe, reiteró la necesidad de una transformación, pero advirtió que el comunicado anterior que hablaba de "revolución social" no era avalado por los prelados, ya que "auspiciar esa revolución es propiciar todas las violencias. No es posible considerar necesaria la erradicación definitiva y total de la propiedad privada de los medios de producción, sin negar principios fundamentales de la doctrina". La crisis estaba instalada. En la revista católica Esquiú, de diciembre de 1972, el arzobispo coadjutor de la diócesis de Buenos Aires, dio a conocer un comunicado que decía, entre otras cosas: "A ningún sacerdote, religioso o religiosa, le está permitido actuar en partidos políticos o movimientos similares. "El asumir una función directiva (liderazgo) o militar activamente en un partido político, es algo que debe excluir a cualquier presbítero a no ser que en circunstancias excepcionales lo exija realmente el bien de la comunidad, obteniendo el consentimiento del obispo. "Las circunstancias excepcionales que pudieran existir, no se dan en la actualidad. "Por su misión el sacerdote debe ser lazo de unión en medio de los sectores de la más diversa condición y aún de ideologías opuestas. " Los síntomas más inquietantes de esta crisis, según un artículo de la revista Panorama, del 14 de enero de 1971, eran los siguientes: "Éxodo progresivo del personal eclesiástico. Se estimaba que en la década del '60 se redujeron al estado laico alrededor de 500 sacerdotes y 1300 monjas: aproximadamente un 10 por ciento del total de curas y monjas de la Argentina. La proporción –mínima en sí– adquiere visos de tragedia si se tiene en cuenta que en los últimos años el número de novicios disminuyó entre el 50 y 70 por ciento, según las regiones". "En este momento se advierte una fisura en la Iglesia, no sé si más grave que en otros tiempos. Existen idiomas distintos, aunque esto cause dolor. Hay quienes piensan predominantemente en la Iglesia como estructura y para ellos tiene una importancia fundamental la unidad jurídica, la verticalidad, la obediencia como subordinación", dijo Jerónimo Podestá a Panorama.

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El 17 de noviembre de 1972 se produjo el esperado retorno de Perón a la Argentina. En el charter, además de Isabelita, el brujo López Rega, el croata Milo de Bogetich, Hugo del Carril, Nilda Garre, Raúl Lastiri, Norma López Rega, Juan Manuel Abal Medina, Jorge Taiana, Héctor Cámpora y su mujer Nene, Marilina Ross y trescientos invitados más, estaban los sacerdotes Carlos Mugica y Jorge Vernazza, los que antes de partir del aeropuerto italiano, oficiaron una misa –vestidos con sus camperas de cuero– en la capilla aledaña a la mismísima basílica de San Pedro. Sorpresivamente, una vez en Buenos Aires, la mañana del 6 de diciembre, el viejo caudillo visitó la Villa 31 de Retiro, donde Mugica trabajaba en la capilla de Cristo Obrero. El sacerdote no se encontraba en ese momento en el lugar y al enterarse, salió disparado hacia la residencia de Gaspar Campos. Tres días después, una mañana lluviosa, Perón recibió a los sacerdotes del Tercer Mundo. Pero los frutos de ese encuentro no tuvieron el mismo sabor para todos. A gusto de algunos asistentes, el general se dirigió a los curas en un tono muy paternalista. Para los marcadamente peronistas, como Mugica, aquella fue una reunión inolvidable. Y para los sacerdotes del interior, más inclinados hacia la independencia partidaria, fue el principio del fin del MSTS. "Mis primeras palabras quiero que sean para trasmitirles un saludo muy afectuoso de monseñor Casaroli, Secretario de Estado del Vaticano. Con él hablamos largamente sobre la Argentina y los curas del Tercer Mundo, con los que comparte muchas de sus posiciones. Me encargó que les diese un saludo muy afectuoso cuando tuviera la oportunidad de hablar con ustedes...", comenzó diciendo Perón, ante la mirada –atenta de algunos y desconfiada de otros– de los clérigos rebeldes. "Yo he seguido muy de cerca todo este proceso, porque también me he preocupado como todos los católicos, por la situación de la Iglesia que no es tan confortable. Naturalmente hay nuevas ideas a las cuales la Iglesia tiene que avenirse porque hay en el mundo una evolución acelerada y profunda, a la que no puede escapar nadie que viva en el mundo. "(...) Parece que el mundo comienza a cristianizarse ahora. Esto nos impone a todos la necesidad de cambiar este sistema demo-liberal-burgués basado en el sacrificio y crear otro sistema donde no existe tal sacrificio y donde esté contemplado el hombre como tal. Este sistema nosotros lo concebimos como justicialismo, hace ya cerca de treinta años. "(...) Nosotros, desde 1946 a 1955, liberamos al país. Nadie metía sus narices acá sin llevarse su merecido. Este era un país soberano. Pero la sinarquía internacional, manejada desde las Naciones Unidas, que hemos visto funcionar acá donde estaba el comunismo y el capitalismo unidos contra este país que se había liberado. Estaba además, el sionismo, que también actuó. La masonería y desgraciadamente la Iglesia Católica. ¿Por qué? Porque habíamos cometido el delito de empezar a pensar por nosotros mismos. Pero esa sinarquía internacional nos echó encima todo su poder y terminó por aplastarnos. "(...) Le preguntaba a Andreotti (Giulio) en Italia, así en confianza, conversando con él y le decía: "allá está la Democracia Cristiana, está el Socialismo, está el Comunismo, está el Neo-fascismo". Yo le preguntaba: (¿dígame presidente, cuáles son sus mejores amigos?". Me habló despacito y me dijo: "los comunistas). Quiero decir que allí han amansado y casi han adiestrado a los comunistas. Por eso creo que las democracias modernas deben ser integradas, donde cada uno lucha por su idea... "(...) Hoy el mundo, señores, ha abandonado los esquemas capitalistas. Va a un sistema socialista. De eso no hay que asustarse, porque hoy el socialismo va desde el internacionalismo dogmático del comunismo hasta las monarquías socialistas nórdicas de Europa, donde está el rey con las princesas y todo lo demás... " Y, para finalizar, el picaro caudillo confesó lo siguiente: "Volviendo a la Iglesia yo debo advertirles que soy fraile: soy hermano mayor de la Orden Mercedaria, pero sólo de chico porque fui a la escuela de la Merced y ahí quedé prendido al mercedarismo (sic) y no me separé jamás y desde hace veinte años, soy hermano mayor, de manera que he seguido y sigo la vida de la Iglesia y así como el país tiene que cambiar de mentalidad la Iglesia tiene también que cambiar de mentalidad. Tengo la impresión de que el Vaticano tiene en

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claro esto, he conversado mucho con ellos, quiere esa evolución... ". A los ojos de Rubén Dri, la "última reunión del MSTM, en 1973", estuvo marcada por dos hechos: uno, externo, que era la represión; y otro, interno, que en lo eclesiástico pasaba por las contradicciones existentes respecto de la concepción de la Iglesia; y en lo político, por posiciones que iban desde el verticalismo peronista al marxismo. –En el ámbito eclesiástico, la concepción más vertical era la porteña, con su aceptación del celibato y la obediencia al obispo; en contra del interior, donde esos temas se trataban de otra manera. Desde el interior nosotros decíamos que el celibato no era un problema del Movimiento, sino de cada regional. Para nosotros no era un problema si se era célibe o no, sino si el cura que dejaba el celibato creaba o no un problema para esa comunidad. Pensábamos que eso debía ser resuelto en ese lugar, sin que el movimiento se metiera– explicó Dri. En el ámbito político, volvían a enfrentarse en el seno del MSTM, a la manera de unitarios y federales, las posiciones de los curas porteños y los del interior. –La posición porteña, donde estaban Mugica y compañía, era la opción del verticalismo peronista, en cambio, en el interior, teníamos opciones peronistas más independientes y también otras más marxistas– continuó Dri. Esas contradicciones no las pudimos superar. Eso y la represión nos jugaron en contra, así que se tomó una decisión: dejar por el momento las reuniones nacionales (de cualquier manera se hicieron algunas aisladas) y en cambio, expandir la base con la que trabajábamos. Esto es, dejar de ser un movimiento de curas, para ser un movimiento cristiano, abrirlo a monjas y laicos. Uno de esos laicos fue Roberto Cirilo Perdía, integrante de la Conducción Nacional de Montoneros, desde 1972 hasta su disolución en 1983, quien así explicó la relación que tenía esa organización con los curas del MSTM: –Con ellos teníamos dos tipos de relaciones: las personales y las orgánicas. Yo conocía a varios de ellos y participé de reuniones en la diócesis de Reconquista con casi diez curas de la zona. Cuando andaba por esos lugares yo paraba en las parroquias y comía con los padres. Pero en lo orgánico hubo relaciones contradictorias: algunos eran más peronistas y otros no, algunos apoyaban la lucha armada y otros no. Nosotros teníamos una posición tomada: éramos peronistas que estábamos organizando una acción político militar, una definición clara y rotunda, y desde esa definición teníamos con el MSTM muchos puntos en común y muchas diferencias. Nosotros éramos más homogéneos, pero de cualquier manera eran muchos más los puntos en común que las disidencias y hacia afuera aparecía como un fenómeno más o menos coincidente. Ellos no colaboraban con nosotros como organización, en ese sentido sólo teníamos un acuerdo político que se hizo explícito en los documentos, pero sí había compromisos de tipo individual. Otro de esos laicos fue Juan Carlos Dante Gullo, ex dirigente de la Juventud Peronista (JP) de la Capital Federal. –En los años setenta, nuestra relación con la verdadera Iglesia de Cristo era muy estrecha. Teología de la Liberación, Concilio Vaticano II, Sacerdotes del Tercer Mundo, Camilo Torres y la revista Cristianismo y Revolución eran temas permanentes de nuestra reflexión y acción. Un dato importante sobre nuestra relación con esa Iglesia progresista fue que a fines de 1972, acompañando una huelga, la JP hizo su primer afiche y utilizó la imagen de una cruz con palabras del Evangelio que se referían al compromiso con los hermanos, con el pobre y con el que sufre. La figura de Juan XXIII–continuó Gullo–fue para nosotros, jóvenes militantes, una imagen referencial, no a nivel religioso, sino por su concepción del mundo. Muchos leíamos las encíclicas y muchas de las palabras que descubríamos allí nos servían para describir nuestra realidad. También nos habíamos enganchado con la frase de Pablo VI: "Si quieren paz que den justicia". Teníamos en la cabecera la cruz, la referencia permanente de Juan XXIII, el Papa bueno, y con ellos convivían las figuras de Evita, el Che y Camilo Torres. Dante Gullo estuvo preso entre abril de 1975 y octubre de 1983; una vez liberado siguió militando

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en la Corriente Nacional y Popular, y trabajando en la APDH. En 2001 armó el Partido Popular Nuevo Milenio, que compartió lista con la Alternativa para una República de Iguales (ARI) de Elisa Lilita Garrió, en las elecciones del 14 de octubre de ese año. Aparte de eso, tiene una oficina en la zona de Tribunales, donde funciona su agencia de publicidad en la vía pública. –Los curas tercermundistas no tenían una prédica de la bondad por la bondad misma, predicaban con lindas palabras y liberadoras basadas en la realidad –recordó–. Uno podía trasladar la conducta como hombre de la Iglesia a la de hombre de la sociedad y como hombre de la sociedad se exigía una conducta casi de santo. La concepción del Hombre Nuevo era la de un ser con los pies sobre la Tierra, consciente de la problemática de su tiempo, del agotamiento del sistema y de la posibilidad de una sociedad más equitativa, más justa, de darle paso a la revolución. Bajo esa concepción lo mejor que uno podía hacer era dar la vida por su hermano, de esa manera se instalaba en la militancia y en la lucha armada. Por eso nosotros no dejábamos de reconocer y respetar a las organizaciones especiales, o sea a las guerrilleras, porque en definitiva ellos eran los que llevaban la lucha hasta las últimas consecuencias.

La profecía de Benítez Para el ex montonero Roberto Cirilo Perdía, la Iglesia tuvo un papel principalísimo en la formación de los hombres de la organización, hasta el punto que a su juicio, la piedad cristiana se expresaba aun frente al crimen. –La historia de Montoneros sobre el ajusticiamiento de Aramburu, dice textualmente: "Dios se apiade de su alma". Eso es una prueba contundente de que hubo una fuerte influencia de sectores de la Iglesia en la formación de nuestra vida y en la conformación de la organización. Nosotros la reconocemos más allá de los errores que pudimos haber cometido –reflexionó. El ex jefe Mario Eduardo Firmenich, dijo siempre lo mismo, a la par que reivindica su catolicismo y no se arrepiente de ningún hecho violento del pasado. Al contrario, se remonta a párrafos de la Biblia cuando le cuestionan. Pero el cura tercermundista Hernán Benítez tenía otra opinión al respecto: para él no eran los curas del Tercer Mundo los responsables, sino Perón. Adelantándose muchos años a esos hechos, el confesor de Evita le reprochaba en una carta, que desde su cómodo exilio en Caracas incitara a los jóvenes a la violencia. Con fastidio e ironía, se adelantaba así en 1958 al futuro: "Las nuevas generaciones convertirán a Perón en un héroe, en un visionario, y la guerra civil, en la única solución, el único remedio para salvar la Argentina. Visto el hombre a la distancia desaparecen en él las contradicciones... De lejos relampaguea sólo el héroe... Sólo el Redentor de la clase obrera... Los hijos de los gorilas, por repudio a sus padres se volverán peronistas y guerrilleros. De lejos sólo verán lo positivo de Perón". Benítez fue quizás el único interlocutor que en persona o epistolarmente trató a Perón de igual a igual. Había acompañado a Evita en su gira por Europa en 1947 y fue el depositario de sus confesiones, incluso, según se cree, de aquella en la que la abanderada de los humildes habría admitido haber tenido una hija extramatrimonial con el actor Pedro Quartucci, que él y su mujer criaron como propia cuando Eva se casó con Perón, y que todavía reclama, sin suerte, ser reconocida como una Duarte. Benítez se decía evitista y justicialista, pero no admitía que lo llamasen peronista. No obstante, entre 1955 y 1958, mantuvo una relación epistolar con Perón, que Marta Cichero recogió en su libro Cartas peligrosas. En una de esas misivas, fechada el 28 de diciembre de 1956 –apenas fracasada la rebelión del 9 de junio, que epilogó con la masacre de decenas de civiles en León Suárez y el fusilamiento del general Valle, jefe de los sublevados– Benítez le reprochaba al líder justicialista,

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como si estuviera dirigiéndose a otra persona, su convocatoria a los jóvenes a tomar las armas y a la vez, su cobardía. Decía así: "Perón tenía aplastada la rebelión militar de septiembre del '55 en todos los frentes. Me lo certificó el general Iñíguez, quien comandaba la represión. Les regaló el triunfo a nuestros enemigos cuando contaba él con todo el poder, con toda lafueza, con todas las ramas. ¿Y pretende ahora que el pueblo indefenso, desarmado, aplastado, desorganizado, haga todo cuanto él no hizo ni dejó hacer? Era sin duda ético y era moral, en septiembre del '55, que él, como legítimo gobernante, aplastara la seguramente ilegítima rebelión armada gorila. Ilegítima por pretender anteponer el bien de una minoría al bien de la mayoría del país.¿Es ahora ético, es moral, es sensato, arrojar en masa a la muerte al pueblo inerme, desprotegido, apremiado de necesidades vitales de subsistencia? ¿Al pueblo al que él abandonó a su suerte cuando a sí mismo se puso a buen resguardo? "¿No es falacia criminal exigirles ahora a los vencidos guerra, sangre, muerte, cuando el vencedor se mandó a mudar pretextando precisamente que se iba para evitar guerra, sangre, muerte? "¿Qué puede pensar de este plan demencial el sacerdote que ha pasado días enteros, durante semanas y meses, enjugando las lágrimas de las viudas y de los huérfanos, de los asesinados y de los fusilados?" En esa misma carta, el cura le remarcaba a Perón las diferencias sustanciales que los separaban: uno confiaba en la insurrección de las masas y el otro en la democracia consensuada. Por eso, a su propuesta de acompañar la vía violenta, Benítez respondió negativamente. "Si respondiera sí a su carta (dolorosamente tan a tono con las anticristianas e inhumanas "directivas", e "instrucciones" del "Comando Superior Peronista" caraqueño), apostataría, no sólo del sacerdote y del cristiano, sino del hombre que soy y me siento. Usted sostiene, como un ritornello, que el nuevo rumbo de la historia y el nuevo rostro de los tiempos está signado por la insurrección de las masas, la guerra, la muerte. Pero éste es el rumbo del antropoide del que partimos y del demonio que llevamos dentro. No es el rumbo del superhombre cristiano, no nietszcheniano, que también llevamos dentro. "Yo sostengo que la historia –pese a sus contradicciones y retrocesos– camina a la justicia, al pluralismo ideológico, a la comprensión, a la libertad y a la democracia consensuadas en una palabra, a la vida, aquende, en este mundo, y a la vida allende, en la eternidad. Creo en el triunfo del ángel", le respondió. Dos años más tarde, el debate de Benítez con Perón terminó en ruptura. Fue cuando el sacerdote le exigió sin cortapisa que cesara con su incitación a la guerra subversiva. Su advertencia, escrita el 14 de enero de 1958, resultó profética: "En las actuales circunstancias, ¿no se da cuenta el general que la represión dejará ya no 30, ni 300 víctimas asesinadas, sino 3.000, sino 30.000?".

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3 "Estoy dispuesto a morir pero no a matar"

–Cuando llegué corriendo al lugar había un charco de sangre. Me acuerdo que llovía en la villa. Y a mí me temblaban las manos, el cuerpo, y sentía que la cabeza me estallaba. Me quedé duro, parado frente al charco de sangre. Y de pronto un hilo rojo comenzó a bajar por las canaletas de la vereda, hacia la tierra donde había un árbol. La lluvia caía intensamente y la sangre se deslizaba hacia la tierra. La tierra chupó la sangre de Carlos. Se chupó toda la sangre. Parecía un milagro de Dios ante tanta locura... Hacía veintiséis años que una ráfaga de metralleta había destrozado el cuerpo del sacerdote Carlos Mugica, pero el hombre hablaba como si todo hubiera sucedido hacía apenas unos días. Su voz sonaba entrecortada y tenía los ojos cargados de lágrimas. Se quedaba largos ratos en silencio, con la mirada fija en una de las paredes de aquella habitación pequeña y austera, recordando detalles y dolores, añejos pero aún punzantes. Carlos Mugica y Orlando Yorio habían sido compañeros. Más que eso, amigos y cómplices de sueños y utopías. Mugica fue el líder, el más carismático de aquellos hombres del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo (MSTM) que apostaron al cambio desde la estructura religiosa, el exponente de una generación que provocó un cisma en la Iglesia Católica argentina, y que acompañó a los movimientos revolucionarios que surgían en Latinoamérica y otras partes del mundo. Y Yorio había sido uno de esos implacables y fieles militantes de sotana de la orden de los Jesuitas, que sacrificaron todo atrás de un ideal. Una cama, una mesa de luz, una cruz de madera en la pared, una pequeña biblioteca atiborrada de libros era todo lo que parecía quedarle de aquella revolución inconclusa. Eso y los recuerdos. A través de la ventana, llegaba a la habitación el canto de los pájaros y las voces de los niños jugando en la calle de tierra. Una brisa destemplada venía desde el río. La casa estaba ubicada a unos veinte minutos de ómnibus desde Montevideo, la capital del Uruguay. Yorio tenía entonces sesenta y cinco años y una salud resquebrajada por la impiedad de los verdugos de la Escuela de Mecánica de la Armada, la famosa ESMA, donde había permanecido encerrado en calidad de detenido desaparecido durante seis meses, en 1977, junto a Francisco Jalics, otro jesuita. Había sido salvajemente torturado, pero las presiones del Vaticano y del Papa Paulo VI sobre el dictador Videla, surtieron efecto y una noche fueron liberados en un descampado de la provincia de Buenos Aires. Un domingo de abril de 2000, Yorio recordó frente a mí su profunda amistad con Mugica y la militancia de ambos en el MSTM. Los tumultuosos conflictos con la jerarquía eclesiástica, la locura, la muerte y también las derrotas posteriores, se robaron toda la conversación. Cada media hora, Leonor, amiga fiel y compañera de la vida, ingresaba a la habitación para controlar su presión arterial y su estado emocional, intensamente movilizado por el repaso del pasado. Pocos meses después, Orlando Yorio moría de un paro cardíaco. Se fue en pleno sueño, sin sufrimientos. Su cuerpo está enterrado en el cementerio de Montevideo, la ciudad que lo cobijó cuando tuvo que salir de Buenos Aires, bajo la presión de las amenazas de los mafiosos de la bonaerense. Martín de Biase, en su libro Entre dos Fuegos, vida y muerte del sacerdote Carlos Mugica, contó que un mes antes del trágico 11 de mayo de 1974, Carlos Mugica había buscado refugio, como tantas otras veces, en Los Toldos, una localidad de la provincia de Buenos Aires donde el padre Mamerto Menapace, su amigo y compañero desde 1969, lo esperaba para un retiro espiritual. Necesitado como nunca de amor y protección, Carlos le escuchó hablar a Mamerto acerca de "la violencia de la luz y la violencia de las sombras". Aquellas palabras se le clavaron en el medio del pecho, recordó Yorio.

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Turbado y conmovido, le oyó explicar que toda verdad, por el sólo hecho de manifestarse, ejerce presión sobre aquel que no la acepta. Esa es la violencia de la luz. Esta actitud de compromiso, conmueve siempre al opresor y puede despertar en él una de estas dos reacciones opuestas: que acepte esa verdad y se convierta o, por el contrario, que agreda a quien predica la verdad. En este caso, estamos ante la violencia de las sombras... En consecuencia, decía Mamerto, ponerse a la luz cuando las sombras andan sueltas es un peligro y, si alguien opta por esa violencia, lo más probable es que lo maten. Después del retiro del que participaron muchos otros sacerdotes, los dos amigos se quedaron a solas. En el libro, Martín De Biase relata que el padre Menapace, rompió entonces el silencio y le preguntó: –¿No tenes miedo de que te maten? –No, no tengo miedo de morir. De lo único que tengo miedo es de que Aramburu me eche de la Iglesia ––le había respondido Mugica, refiriéndose al poderosísimo arzobispo de la ciudad de Buenos Aires. Entonces, Menapace le aseguró: –Yo no sé si Aramburu puede ponerte frente a la situación de irte, pero de lo único que podes estar seguro es que, pase lo que pase, Dios te va a ser fiel. Mugica escuchó como a una profecía cada una de las palabras de su amigo. La Iglesia, la que lo vio nacer en Cristo y la que lo vería morir a su puerta. La gran madre de la que nunca imaginó salir, porque prefería entregar la vida, apagarse, antes de que se apagase alguna luz de su gran casa. Ésa, su madre, no lo abandonaría. Eso creía. –La Iglesia es a la vez santa y prostituta. Pero aun con todas sus deficiencias sigue siendo mi madre. Y, aunque la madre de uno sea una puta, uno la sigue queriendo inmensamente –explicaba Mugica, parafraseando a San Agustín con la ductilidad que creía necesaria para que los otros, que en algunos casos eran agnósticos y en otros de entendederas cortas, lo entendieran y sobre todas las cosas lo aceptaran. Como en una pieza de teatro en la que los actores adelantan el diálogo de escenas futuras, Mugica y Menapace se despidieron con un abrazo. Carlos le había dicho: "Hermano, este año muchos nos vamos a encontrar con Dios". Después del asesinato, Menapace juró: "Realmente se encuentra junto a Dios". –Yo solamente le temo a la tortura. La tortura destruye a la gente, la aniquila. Le pido a Dios que no me toque nunca. Pero la muerte, sé que no me da miedo. Dios está cerca y yo estoy listo –decía Mugica de manera insistente, sofocado por el presagio de un final cercano que lo acosaba, y que finalmente lo atrapó en un torbellino siniestro. "(...) Un hombre y un sacerdote, que no había vacilado en su vida en asumir netamente posiciones divisivas, se vio rodeado en su muerte de hombres y mujeres de todas las clases y tendencias, es decir: de los segmentos superiores e inferiores, diestros y siniestros, que integran (o desintegran) la sociedad argentina. Por otra parte, una muerte que es indiscutiblemente resultado de causas políticas. Fue acompañada y celebrada con la mayor seriedad religiosa, sin ninguna nota disonante, si no es por una tardía y equívoca, que despertó la oposición de los presentes. Nadie podía dudar que allí se enterraba a un sacerdote, no a un militante político", decía el entonces sacerdote Jorge Mejías, director de la revista católica Criterio, en un editorial escrito a raíz del asesinato de Mugica. Y había más: "(...) No se trata de hacer panegíricos. No los hubo felizmente en la Recoleta. Hubieran quedado minúsculos ante la realidad de la muerte. Como alguien ha hecho notar, el padre Mugica era una contradicción viviente. Nadie puede negar la profundidad y sinceridad de su compromiso sacerdotal, marcado por un vibrante amor por los pobres de este mundo, o quizás, para ser más exactos, por los marginados de nuestra sociedad de consumo. Había que ir a la villa la noche del domingo 12 para comprobarlo. Aquella muchedumbre de hombres y mujeres había perdido su norte. Habían perdido a quien no se conformaba con asistirlos, sino que procuraba hacerlos conscientes de sí mismos y

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caminar con sus propios pies, para reivindicar sus derechos". –Carlos no huía del mundo. Podría haber sido asesinado en un mitin político, en un bar mientras conversaba con una chica o a la salida de un cine. En cualquiera de esas circunstancias su imagen habría tenido una connotación diferente a la que luego permaneció. Sin embargo, era y se sentía sacerdote. Cayó como cura, en la puerta de una parroquia y después de haber celebrado misa. Dios le fue fiel –reflexionó finalmente Yorio.

Saludos a las sirvientas A los veintidós años, Mugica se había acercado a la Iglesia sin imaginar que la fe iba a marcar profundos surcos en su camino y que su vida iría a transformarse en un sendero apasionante, sufriente y liberador para tantos, aunque trágico para él. –Empezó a trabajar en grupos de Acción Católica, en el Santísimo Sacramento. Era rubiecito, con dos faroles celestes como ojos, y muy flaquito e inquieto. No había cumplido los trece cuando colaboró por primera vez y tenía el deseo oculto de ser o parecer más grande. En estos años creo que empezó su vocación sacerdotal. Fue muy gracioso verlo en una procesión barrial de la Virgen. Le había pedido prestado un pantalón largo a su hermano mayor, porque él aún no tenía edad para usarlos. El resultado fue que cada, dos pasos, se agarraba con una mano los pantalones que le sobraban por todos lados y que se le caían a pesar del cinturón –contó emocionado el padre Alberto Carbone, quien a los setenta y tres años, es cura párroco de la iglesia Nuestra Señora de la Paz, en el Barrio Obrero Rivadavia, del partido de Merlo-Moreno. Carbone está hoy totalmente alejado de la exposición pública a la que fue sometido a principios de los años setenta, cuando su nombre aparecía en titulares cuerpo catástrofe en los diarios, que lo exhibían como cura montonero y lo ligaban al asesinato del ex presidente de la dictadura, Pedro Eugenio Aramburu. En su casa se había encontrado la máquina de escribir en la que los guerrilleros habían escrito el comunicado adjudicándose el hecho, situación que lo llevó a la cárcel. Carbone se mantiene lejos de las reuniones de las cúpulas eclesiásticas, pero nunca está ausente de donde militan la pobreza y la necesidad, como en sus años de juventud. –Yo lo quería muchísimo. Carlos era un tipo especial, lleno de vida y amor por los pobres. Y profundos deseos de cambiar el mundo. No medía los riesgos, se metía en todas partes, peleaba contra los poderosos, se jugaba por lo que pensaba.. Fue el gran exponente del movimiento liberador que empezó a gestarse en aquellos años adentro de la Iglesia y que luego fue aplastado por los de arriba. A veces pienso qué hubiera sido de él si hoy estuviera vivo. Creo que no era de este mundo... – dice Carbone con melancolía. Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe, tal su nombre completo, había nacido el 7 de octubre de 1930. Apenas un mes antes se había producido el primer golpe militar que registró la historia argentina: el 6 de septiembre el gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen caía derrocado por un movimiento revolucionario liderado por el teniente general José Félix de Uriburu. Tercero entre siete hermanos, todos se habían criado en un amplio y antiguo piso de estilo francés, de la calle Arroyo 844. Cuando la familia terminó de ampliarse y los hijos estaban medianamente crecidos, los Mugica se mudaron a un edificio no menos distinguido, sobre la calle Gelly Obes 2230. El jefe de tan prolífera familia era ingeniero civil, abogado y político del muy conservador Partido Demócrata. Se llamaba Adolfo Mugica. Su mujer, Carmen Echagüe, hija del ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, Pascual Echagüe, había soñado siempre con que uno de sus hijos fuera sacerdote. Carlos cumplió con el deseo materno, aunque difícilmente ella hubiera imaginado un sacerdocio como el suyo. Carlos Mugica se metió a ser cura por amor a los pobres y por amor a Cristo. Nunca se imaginó escalando puestos dentro de la conservadora Iglesia argentina de esos años, a pesar,

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de que por su origen social, tenía todo lo que se necesitaba para llegar a la cúspide. Consciente del dolor de cabeza constante que significaba para su madre, Carlos Mugica vivía comprándole sus dulces preferidos y le decía: –Esto es para endulzar los disgustos que te traigo. Aunque en un momento de su vida definió claramente su opción por los pobres, y la practicó entre otras cosas con su trabajo diario en las villas, siguió viviendo largos años con sus padres. –Me gusta charlar y discutir con papá, que sigue siendo "gorila" en algunas cosas, y leer el diario y comentarlo juntos por la mañana –explicaba. Así era Carlos, un burgués que se refugiaba en la villa y un villero que descansaba en la casa familiar de la calle Arroyo. María Marta, la menor de sus hermanas, definió una vez a su familia como "tradicional, con dos valores esenciales: la patria y la religión". Y él reconocería después que durante su juventud no había tenido en cuenta el mundo de los humildes y que en aquellos días, cuando escribía cartas a su familia, las terminaba siempre con esta frase: "Saludos a las sirvientas". Ese sacerdote al que todos conocieron como "el cura de Perón" había sido en sus orígenes profundamente antiperonista. Y además, el único entre siete hermanos que jamás se educó en colegios católicos. Mugica cursó sus estudios primarios en la escuela estatal Cinco Esquinas, de Libertad y Quintana y los secundarios en el Nacional Buenos Aires, donde fue un alumno de regular para insuficiente. Se llevó muchas materias a diciembre, varias a marzo y fue suspendido por mala conducta en cinco oportunidades. Su familia no tuvo otra alternativa que enviarlo a cursar tercer y cuarto año al ILSE. Allí las cosas mejoraron. Quizá como una manera de tomarse revancha, se esforzó durante esos dos años, volvió al Colegio Nacional para cursar quinto año y terminó graduándose allí. Fanático del fútbol, ni bien terminó el secundario fue a probarse al Club All Boys, pero no pudo ingresar al plantel: había cumplido los dieciocho y estaba excedido en edad para la categoría amateurs, cuyo tope eran los diecisiete años. Pero su amor por el fútbol no terminó en sueño frustrado: no perdió oportunidad para mezclarse en picados con los cracks de la época, con los que jugó tan en serio como un profesional. Arroyo, así se llamaba el equipo que integraba junto a sus amigos Ricardo Pereyra Iraola, los dos hermanos Tezanos Pinto y los Rodríguez Larreta. Mugica llevaba la camiseta número diez, la del habilidoso estratega. Siguiendo los pasos de su padre, ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Allí conoció a Roberto Guevara Lynch, hermano del Che y se hicieron amigos. Algunos años después, ambos viajarían a Bolivia para reclamar los restos de Ernesto Guevara. Cursó dos años de abogacía con muy buenas calificaciones, pero su vocación sacerdotal pudo más y en marzo de 1952 ingresó al Seminario de Villa Devoto, donde lo esperaba una férrea disciplina. El padre Héctor Botan, compañero de Mugica en el seminario y luego en el MSTM, recordó así esa etapa preconciliar: –Éramos dóciles, no cuestionábamos las reglas establecidas, y en ese tiempo Mugica no era especialmente rebelde. Por el contrario, era conocido por su disciplina y sujeción a las normas. Si nos mandábamos alguna chiquilinada, por menor que fuera, Carlos se arrepentía y confesaba. No delataba a los otros, pero los superiores lo averiguaban a raíz de su relato. Su disciplina y su obsesión por superarse quedó reflejada en una libretita que llevaba siempre consigo y en las luchas por temas que se conservan en el archivo del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS, jesuítas). Allí constan, día por día, las cosas en las que se proponía mejorar y las acompañaba –escritas de puño y letra– con citas y frases como éstas: "Me preocupa ser el factor de pecados de otros. Tengo mucho amor propio." "Tengo dudas sobre mi salvación y aflojo en mis propósitos, me cuesta mucho estar dispuesto a lo que venga, a la cruz si es necesario." "No entiendo por qué el Señor me permite estas vacilaciones egocéntricas." Ciertos apuntes de ejercicios revelan prácticas ya superadas, como cuando hablaba de los

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"propósitos de mortificación ". Mugica numeraba: "1) usar cilicio toda la cuaresma, una vez al día durante una hora; 2) disciplina los viernes y cuando haya faltas que reparar...; 4) leer someramente el diario en espectáculos y deportes... ". Entre los propósitos a corregir figuraba: "Comportarme en clase. Serenidad en el fútbol". "Es necesario que olvide todas aquellas cosas que no tienen que ver con la búsqueda del reino de Dios: fútbol, comida, alegrías algo mundanas. "Debo tratar de hacer lo más agradable a Dios, lo más perfecto. "Vivir más recogido porque quiero cumplir perfectamente con la voluntad de Dios. Puntos débiles: la comida y la falta de humildad en las conversaciones, y un sentimiento de inferioridad que me produce cierta inquietud. "A esto me ayudará el pensar en la humildad de Jesús hista los 30 años, permaneciendo escondido a pesar de ser quién era, y la de su Bendita Madre durante la concepción y después del nacimiento, siempre escondida." Aunque ya desde esa época se proponía controlar los excesos de su personalidad, su entrañable amigo Ricardo Capelli recordaría muchos años después facetas que hablaban muy en contrario y que fueron su sello a pesar de sus esforzados intentos plasmados en su pintoresca libretita. –Era capaz de putearte en plena calle y después te llamaba a las tres de la mañana para pedirte perdón. Aunque se lo aceptaba, él insistía en darte explicaciones. ¡Y el malhumor!!! Era terrible, sobre todo cuando jugaba al fútbol y su equipo iba perdiendo. Se ponía tramposo: si hacían el gol del empate, empezaba a gritar: "Es la hora, es la hora, hora, referí", aunque aún faltaran cinco minutos. Además estaba siempre ocupado y entonces decía pequeñas mentiras para seguir en lo que le interesaba. Una vez vino una mina de Barrio Norte para pedirle la extremaunción para su padre. Carlos me dijo: "Decíle que no estoy". Diez minutos después corría desorbitado y gritando: "¡Qué cagada!¿Dónde está esa mujer?". De su impulsividad también dio cuenta su amigo y compañero del seminario, Alejandro Mayol, quien se popularizó en los años sesenta como el Padre Alejandro. Con su guitarra a cuestas, Alejandro cantó, grabó discos, hizo shows en televisión –algo insólito para un integrante del clero de esa época– y fue el ideólogo y coautor, junto a Ariel Ramírez, de La Misa Criolla. –A Mugica lo llamábamos La Bestia porque era inagotable, emprendedor para todo. Para rezar, discutir, bromear, estudiar... Devolvía los libros irreconocibles, todos marcados con anotaciones propias. Comía y dormia como si fuera el último día–recordó Mayol. El enfrentamiento entre Perón y la Iglesia argentina repercutió en las costumbres del seminario. Luego del intento de golpe "gorila" del 16 de junio de 1955, las iglesias del centro y de la zona norte, como Vicente López y San Isidro, fueron incendiadas. También ardieron los ochenta mil libros y legajos, algunos de la época de la Colonia, de la biblioteca de la Curia. Y hasta surgió en el seno del gobierno la idea de tomar y expropiar la Catedral de Buenos Aires. Se vivía un clima de inseguridad y amenazas, y frente a la desprotección, les permitieron a los seminaristas irse a sus casas, al principio, una vez por mes; luego una vez por semana; y también se toleró la ropa de calle. En septiembre de 1955, al ocurrir el derrocamiento de Perón, Mugica trabajaba en un conventillo de la calle Catamarca, con el padre Iriarte, quien muchos años después recordaría así aquellos días: –Su padre estaba prófugo, dos de sus hermanos en la cárcel y Carla había reconocido haber participado "del júbilo orgiástico de la oligarquía" por la caída de Perón. El festejó la caída del régimen junto a su amigo Ricardo Capelli, pero desde ese momento algo cambió en él. "Si el pueblo está triste, yo estoy en la vereda equivocada. Cuando volvía a casa, a mi mundo que en esos momentos estaba paladeando la victoria, sentí que algo de ese mundo ya se había derrumbado, pero me gustó ", reconoció. Y a partir de allí trazó una diferencia con la burguesía a la que pertenecía. –Soy un converso al peronismo y los conversos, dicen, son más fanáticos– advertiría años más tarde Mugica. Probablemente en su conversión al peronismo operó un doble sentimiento de culpa: él pertenecía a

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la Iglesia y provenía a la vez de la alta clase social, y tanto una como la otra, habían apoyado y festejado en la primavera de 1955 el derrocamiento de Perón. De ahí que luchó el resto de sus días para revertir la idea que muchos pobres tenían sobre la Curia; para ellos los señores de las catedrales se identificaban con la oligarquía y los regímenes opresivos. No fue una tarea fácil. Y de haber estado con vida durante la dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983, hasta le hubiera resultado imposible. Para lograrlo, se integró a los grupos de seminaristas que realizaban actividades misioneras en el interior del país. En 1956 su padre pasó a integrar la Junta Consultiva Nacional del nuevo gobierno militar y luego, durante el gobierno de Arturo Frondizi, pero ya en 1961, fue ministro de Relaciones Exteriores y Culto. En 1956, también ingresaron nuevos profesores al seminario. Uno de ellos fue Jorge Mejía, director de Criterio, quien actualmente es el Cardenal encargado del Archivo del Vaticano y presidente de la Congregación para los Obispos. Entre los más renovadores, además de Mejía, se contaban los teólogos Lucio Gera y Rafael Tello. Los nuevos directores espirituales fueron Carmelo Giaquinta y Jorge Vernazza, este último uno de los principales referentes del MSTM en Capital Federal. Y todos ellos influyeron en Carlos Mugica. Según el padre Iriarte, su ultra católica y conservadora familia vivió abrumada por la manera que tenía aquel hijo de vivir el sacerdocio. Y tenía sus motivos: –De alguna manera él siempre se encargaba de implicarlos, usando las propiedades familiares o enfrentando a sus padres con la realidad de los pobres. Era sabido que si el fin de semana hacía calor, Carlos irrumpía en la quinta familiar que tenían en Berazategui con un séquito de gente humilde. Entraban todos juntos y ahí nomás se tiraban a la pileta. Era curioso ver cómo su madre, su padre y sus hermanos iban desapareciendo poco a poco. Uno a uno se replegaban en el interior de la casa. Nadie pudo entender nunca cómo Adolfo Mugica, cajetilla y antiperonista como era, no le prohibía a su hijo hacer estas cosas. Por el contrario, disfrutaban mucho de la compañía mutua y de las discusiones ideológicas que el sacerdote remataba con alguna broma: –Gracias a mí, vos podes mandarte cualquier cagada porque tenes acomodo en el cielo– le decía riendo a su padre.

Su ordenación Después de ocho años de estudios en el Seminario Metropolitano, Mugica se ordenó el 21 de diciembre de 1959 en la Catedral de Buenos Aires. La Iglesia Católica argentina tenía en ese momento al cardenal Antonio Caggiano, arzobispo de Buenos Aires, como máxima autoridad. Aquella fue una ordenación numerosa y algo rebelde. Conservador a ultranza, el arzobispo de Buenos Aires pretendía realizar la tonsura en las cabezas de los quince nuevos sacerdotes, pero no logró que ninguno de ellos se propusiera espontáneamente para quedar medio calvo. Entonces, Caggiano les dijo a cada uno en el momento de imponerle las manos: –Lo consagro con la condición de que se haga la tonsura. Sus palabras causaron irritación en los quince nuevos curas. Sabían que la consagración no debía concretarse con amenazas paternalistas, sino en recogimiento y silencio. De ahí en más, la relación entre los jóvenes renovadores y la jerarquía eclesiástica fue cada vez más distante. Carlos Mugica corría sin embargo con ciertas ventajas: su padre era amigo de monseñor Caggiano, así que el cardenal lo nombró a principios de 1960, y con sólo veintinueve años, en el secretariado de la Curia. Ése era un cargo que sacerdotes de mayor antigüedad se desvivían vanamente por alcanzar. Pero Mugica no demostró ningún apuro. Le comunicó al arzobispo que pasaría un año en misiones rurales junto a monseñor Juan José Iriarte, que acababa de ser designado obispo de Reconquista, y que

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luego estaría a su disposición para ejercer su función en la Curia. Y así fue. Las miserables condiciones de vida de los hacheros terminaron de definir su compromiso con los más humildes. De uno de sus primeros confesores del seminario, el padre Alejandro Aguirre, Mugica había aprendido una enseñanza que nunca olvidaría: "La felicidad está en las cosas de los demás". A los sin nada no le cabía otra. Su primera experiencia pastoral la tuvo en 1961, cuando se lo asignó a la parroquia Nuestra Señora del Socorro, en la calle Carlos Pellegrini 1535, casi Juncal, como vicario cooperador y administrador de los sacramentos. Allí debió soportar críticas por su referencia al compromiso social cristiano y "porque se metía demasiado en política", al decir de los fieles de esa distinguida comunidad. Un episodio memorable fue el del 7 de julio de 1963. Por obra y gracia de la proscripción del peronismo, ese día resultó electo presidente el radical Humberto Arturo Illia, por sólo el 23 por ciento de los votos. Ante una feligresía constituida en su gran mayoría por fervientes antiperonistas, Mugica se lamentó en su homilía: –Hoy es un día triste, la mayoría del pueblo ha quedado fuera del comicio... Uno atrás de otro, los fieles se fueron retirando del templo y el párroco Miguel Lloverás le pidió de ahí en más que se ciñera sólo a "cuestiones religiosas". Pero hubo varios episodios más de enfrentamiento entre Mugica y sus feligreses. En noviembre de 1964 uno de ellos lo tildó públicamente de comunista y a consecuencia de esto él pidió muy ofuscado su retiro. –Unas estúpidas señoras gordas le dijeron al párroco que yo hacía política en misa– explicó fastidiado. En ese tiempo fue designado asesor de la Acción Católica en el Colegio Nacional Buenos Aires y en las facultades de Ciencias Económicas y Medicina, de la UBA, donde actuaba la Juventud Universitaria Católica (JUC). Tanto la ACA como la JUC habían recibido más elogios que críticas, cuando se vivía en un clima preconciliar. Ya en 1962, se concretó la renovación de autoridades y asumió la presidencia Francisco del Campo. Se sumaron, además, presbíteros de gran capacidad intelectual y compromiso que más adelante serían integrantes del MSTM. Eran: en la UBA, Alejandro Mayol (Farmacia y Bioquímica), Pedro Gelman (Arquitectura), Domingo Bresci y Rodolfo Ricciardelli (Ingeniería) y Carlos Mugica (Ciencias Económicas y Medicina). Otros vinculados de manera informal fueron Lucio Gera, Rafael Tello y Miguel Masciliano. Desde un comienzo Mugica se transformó en un líder natural. Lo admiraban y tomaban como modelo por su espíritu de lucha y su compromiso. Si alguien no tenía una vida coherente, le pedía que no participara más. Era impulsivo y una vez echó a una chica porque tenía un Rolex. Sus actitudes, más el fantasma que sobrevolaba a toda la sociedad y especialmente a la jerarquía eclesiástica argentina, acusaban a la JUC de marxista. Desde 1963, Mugica también se desempeñaba como profesor de Teología en las facultades de Psicopedagogía y Derecho, de la Universidad del Salvador. Sus clases eran desestructuradas y simples, pero siempre apasionantes y generadoras de polémica. No era un pensador teórico sino vivencial y sus alumnos lo amaban. Hasta tal punto que le solicitaron algo inusual al director del Departamento de Teología, el jesuíta Ignacio Pérez del Viso: volver a tener al padre Carlos como profesor al año siguiente. Por esos días, el clérigo que más suspiros arrancara entre sus feligresas, hizo también su primera aparición en los medios: una homilía por semana en Radio Municipal. Siempre omnipresente, montado en su moto Gilera y con su pequeña agenda en el bolsillo, él se las arreglaba para estar en todos los lugares en que lo necesitaran. Llegaba tarde a las reuniones y se retiraba antes para ir a otra. Para muchos era extraño, pero a la vez pintoresco y saludable, que aquel profesor de Teología, cura de la Iglesia del Socorro, sacerdote radial y a la vez secretario del arzobispo de Buenos Aires, fuera a la cancha los domingos y se desplazara en moto por toda la ciudad. Pero,

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para Mugica, era simplemente ser él. A ciertas horas cumplía con la ortodoxia y usaba sotana negra y breviario en el bolsillo. En la calle, como una copia de James Dean: campera de cuero y polera negra, regalo de su hermano Alejandro, al que más amaba de la familia. Con el tiempo, la sotana se fue transformando en una túnica raída, y un pulóver gastado y sucio reemplazó la polera de firme color negro.

Contacto montonero Cuando en 1964 Mugica volvió a su colegio, el Nacional Buenos Aires, como asesor de la Juventud de Estudiantes Católicos (JEC), una rama de la Acción Católica Argentina (ACA), conoció allí a los futuros integrantes de Montoneros. Mario Eduardo Firmenich, Carlos Gustavo Ramus y Fernando Abal Medina, eran por entonces militantes de Tacuara, una organización de extrema derecha, clerical y antiperonista. Mugica podía comprender a algunos de esos muchachos –él también había sido antiperonista– pero tenía profundas diferencias de metodología y también ideológicas. En ningún momento olvidó que era un ministro de Cristo en la tierra y continuó fiel a la prédica del Evangelio. Según las autoridades de la ACA, la JEC –que Firmenich presidía– era la menos importante de las tres agrupaciones que componían la Quinta Rama Especializada. Las reuniones se realizaban semanalmente en Alsina 830. En esas horas de encuentro había un primer espacio para la oración, el siguiente para dialogar sobre la relación del adolescente con la sociedad y finalmente sucedían las conclusiones a las que llamaban "iluminación". Con su efervescencia y pasión, se convirtió en el consejero espiritual de la rama escolar y fue quien, según Firmenich, "nos enseñó que el cristianismo era imposible sin el amor a los pobres y a los perseguidos por su defensa de la justicia y su lucha contra la injusticia". El mensaje de Mugica causó profunda impresión en los futuros montoneros porque él mismo se encargó de ponerlo en práctica. Los futuros jefes montoneros lo seguían a todas partes: la villa y los retiros en el campo. En el verano de 1966, quince integrantes de la ACA participaron en una misión rural organizada por la Acción Misionera Argentina (AMA, dirigida por el obispo Búfano, que tiempo después los expulsaría a todos por "comunistas"), en Tartagal, en el inhóspito chaco santafecino, y la conducción de la misma estuvo a cargo del padre Mugica. –Yo trabajaba en la zona y tenía una vida religiosa activa, cuando me enteré del campamento me acerqué. Allí conocí al padre Mugica y a muchos con quienes después conformaríamos Montoneros. Había mucha reflexión y guitarreadas– recordó el ex jefe montonero, Roberto Cirilo Perdía. Entre esos otros, estaba también Graciela Daleo, entonces una bella joven ultracatólica, que soñaba con ser monja misionera. Tiempo más tarde, cambió el sueño del hábito por el fusil y se convirtió en una ferviente militante montonera, que además, estuvo "desaparecida" en la ESMA un año y medio, durante la dictadura. Era tal la relación que Daleo mantenía con Mugica, que no sólo se confesaba con él y asistía todos los domingos a sus misas, sino que un día le pidió su opinión porque Mario Firmenich estaba enamorado de ella. "Salí con Mario... El cura la autorizó a salir con el futuro jefe montonero, que en ese entonces le escribía a su amada almibarados poemas de amor. –Mugica era implacable en sus exigencias, durísimo. Estaba convencido de que la miseria de los hacheros podía revertirse y en ese momento, sólo veía la solución en la metralleta– recordó Daleo. "Graciela lloraba mucho en esas charlas, le parecía que el padre Mugica era durísimo, inflexible, y lo peor era que muchas veces le parecía que tenía razón. Se miraba a la luz de la doctrina y se veía llena de egoísmo, de maldad, de falta de compromiso con la miseria de sus hermanos. (...) También era cierto que, muchas veces Mugica les parecía brillante, revelador, les explicaba que había que ligar el

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compromiso cristiano al compromiso terrenal, y citaba palabras como las de Cristo echando a los mercaderes del templo, o el Buen Pastor que se ocupa más de las ovejas descarnadas del rebaño... ", cuentan Martín Caparros y Eduardo Anguita, en uno de los tomos de La Voluntad. Los futuros guerrilleros Mario Firmenich y Carlos Ramus también integraron esta misión religiosa entre desarrapados hacheros del norte argentino y sus familias. –¿Sabes cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las ligaduras de la opresión, liberar al oprimido y romper todo yugo, partir tu pan con el hambriento, acoger en tu casa a los pobres sin hogar, cubrir al que veas desnudo y tratar misericordiosamente al que es de tu carne. Entonces prorrumpirá tu luz como la aurora y no tardará en brotar tu salvación. Entonces iré detrás de ti y delante de ti irá la justicia– decía Mugica a sus muchachos, bajo la luz de los faroles a querosén, con la voz encendida por la pasión y afiebrado con las palabras del profeta Isaías. En 1967 el grupo se dividió, tenían muchas diferencias y discutían por cualquier cosa. Mugica rechazaba ya la guerra de guerrillas por considerarla incompatible con el evangelio. En cambio, Abal Medina, Ramus y Firmenich empezaron a prepararse para la lucha armada, rompieron con sus organizaciones católicas seculares y pasaron a la clandestinidad. Firmenich sacrificó para eso sus estudios de ingeniería y la presidencia de la JEC. "Desde mediados de 1967 en adelante, se produjo un distanciamiento entre el que fuera nuestro asesor espiritual y nosotros, los que habíamos sido sus discípulos", explica Firmenich en un artículo con su firma, publicado años después en el diario Noticias. "Estas diferencias comenzaron después de aquella misión, que habíamos realizado en Tartagal. En aquella oportunidad, Carlos Mugica fue el primero en proclamar que la única solución estaba en la metralleta (fueron sus palabras textuales). Después de aquello, estuvimos casi un año realizando militancia política, a la par que habíamos formado un grupo integrado por varios compañeros, entre los que estábamos Carlos Mugica y nosotros tres (Firmenich, Abal Medina y Ramus), en el cual se debatía si la violencia política era moralmente lícita. Para nosotros el problema aparecía bastante claro: si la oligarquía y el imperialismo utilizaban la violencia para explotar al pueblo, ¿por qué razón el pueblo no tenía derecho a responder con la violencia para conquistar su liberación? Mugica, sin embargo, entró en la duda. Naturalmente esto condujo rápidamente a la disolución del grupo y ocasionó el distanciamiento. A medida que nosotros fuimos concretando en la práctica aquella necesidad que tenía el peronismo de profundizar la lucha armada contra la dictadura, las diferencias fueron aumentando." La primera evidencia pública de la pertenencia de Mugica al MSTM ocurrió en diciembre de 1968. Junto a veintidós sacerdotes firmó en aquella oportunidad una carta dirigida al dictador Juan Carlos Onganía, en la que se descalificaba el Plan de Erradicación de las Villas de Emergencia, dispuesto por el gobierno militar de la "Revolución argentina". Se la llevaron personalmente y se alinearon en silencio frente a la Casa de Gobierno. La fotografía de entonces, publicada en Primera Plana, es impresionante, conmovedora. Parece una nimiedad, pero entonces, bajo aquel régimen era un gesto revolucionario, especialmente si se tiene en cuenta que Onganía era un general de comunión diaria, al que la jerarquía eclesiástica miraba con muy buenos ojos, porque había venido a poner "orden" y a luchar contra el "comunismo". "Estoy convencido de que en el seno de las Fuerzas Armadas y de los órganos de represión existen grupos paranoicos de mentalidad nazi que quieren impedir de cualquier modo el proceso de liberación del pueblo y la prédica de la verdad por los hombres de la Iglesia. Hace poco un alto jefe de la Marina me dijo: "Cuidado padre, que tenemos la Gestapo metida adentro". Y yo le respondí: "Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y su Iglesia luchando junto al pueblo por su liberación). No temamos la represión. Temamos que con nuestro silencio culpable y cobarde nos enfrentemos un día con el juicio de Dios", dijo Mugica en esos días, con palabras casi premonitorias sobre los años trágicos por venir. "Hendido el ceño sobre los ojos cielo y los labios prietos, nadie descubriría en Carlos Mugica la imagen tradicional del sacerdote católico. Menos la de un profeta social del tercermundismo. Por

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detrás de la sotana raída o –con más frecuencia– del pullover viejo sucio, se adivina una prestancia natural que sugiere canchas de rugby, salones mundanos, clubes aristocráticos, clase ociosa. Y habría algo de verdad: como tantos revolucionarios de nuestra época (Ernesto Guevara Lynch, Fidel Castro Ruiz), Carlos ha emergido del corazón mismo de la oligarquía...", era la descripción que hacía la revista Primera Plana, en su edición del 5 de noviembre de 1971.

Las mujeres Mugica recorría las villas para conocer los problemas de la gente y en la 31, de Retiro, era líder y mediador de conflictos. Lo ayudaban en la tarea militantes de la Juventud Universitaria Católica (JUC) y de la Juventud de Estudiantes Católicos (JEC). Uno de ellos fue Fernando Galmarini, luego integrado a la organización Montoneros y en la década de los años noventa, funcionario del gobierno de Menem y de Duhalde. En su grupo permanente de colaboradores estaban Ema Almirón y Lucía Cullen, esta última, hija del entonces titular de la Corte Suprema de Justicia de la provincia de Buenos Aires. –El gran amor de su vida fue Lucía. Era una mujer hermosísima, hija de una familia burguesa de clase alta, de grandes ojos claros y estaba profundamente enamorada de Carlos. Ella jugaba al fútbol sólo por lealtad a él–contó el dirigente justicialista Julio Bárbaro, quien de joven militó en la Democracia Cristiana y luego en la organización peronista de derecha, Guardia de Hierro. Bárbaro era uno de los tantos muchachos católicos que visitaban asiduamente a Mugica en el cuarto de la terraza del edificio de Gelly Obes y Copérnico, donde el sacerdote vivía con sus padres. En esa habitación de quince metros cuadrados que originariamente había sido pensada como departamento de servicio, sólo había una cama, una cruz, una kitchenette y muchos libros. Carlos la había elegido para él. Ese era su lugar y las sirvientas debieron emigrar cerca de los patrones, en la planta baja. –Mugica nos confesaba en la parroquia, en un bar o en su cuarto. Recuerdo que en 1967 nos autorizó, a mí y a mi novia, a tener relaciones prematrimoniales. Para nosotros, su palabra era muy importante y esa autorización, en el catolicismo de esa época, era como descular el mundo. Era toda una transgresión que él nos diera permiso para coger. Después de ese episodio, una pareja me vino a contar que estaban desesperados por tener relaciones prematrimoniales, pero que no se animaban. Me acuerdo que les dije: "Ustedes eligieron la violencia, andan armados y aceptaron matar. Si aceptaron matar antes de coger, están locos. Si les resulta más natural matar que hacer el amor, a ustedes les está fallando algo en la cabeza... "– rió Bárbaro. Así como frecuentaba a Mugica, Bárbaro también conocía a sus grandes amigos, entre ellos al cura guitarrero Alejandro Mayol. Tanto lo admiraba, que cuando decidió casarse, lo eligió para su misa de esponsales. Pero nunca imaginó la sorpresa que le daría el cura unos meses después. –Fue algo muy curioso, porque me casó el 18 de octubre de 1968 y a los tres meses, en enero de 1969, se casó él con Beatriz Braga. Vino toda la guerrilla al casamiento de Alejandro. Me acuerdo que lo hicimos en la quinta de un amigo mío, en San Miguel. EL SEXO ERA UN TEMA DE CONFLICTO ENTRE LOS CATÓLICOS DE LOS AÑOS SESENTA. MUGICA, COMO CLÉRIGO, LO AFRONTABA CON MADUREZ, PERO COMO HOMBRE, LO TRANSITABA CON PROFUNDO SACRIFICIO. –Nosotros queríamos alquilarle el confesionario. Es que allí iban las mejores minas de Buenos Aires, embobadas por la fama de seductor que tenía Mugica y por la pinta– contó Ricardo Capelli. Juran, sin embargo, que el sacerdote fue célibe, y que no hubo hombre que sufriera más por mantener sus votos de castidad. Que había llegado a infligirse fuertes castigos corporales para matar el deseo por el sexo opuesto. Es que las mujeres lo acosaban a toda hora: lo acompañaban a las villas, jugaban al fútbol para complacerlo, le clavaban los ojos, le pedían consejos, se le metían en la casa,

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revoloteaban como moscas a su alrededor y se enamoraban perdidamente. Otros, que también intimaron con él, dicen que a lo mucho que se animó fue a acostarse con una mujer en la misma cama, sin tocarse. –Siempre iba acompañado de una runfla de "Camilas O'Gorman", de ojos iluminados– recordó una de sus mejores amigas, Elena Goñi, haciendo referencia al trágico romance entre un cura español y una mujer de la alta sociedad argentina, a quienes Juan Manuel de Rosas, ordenó ejecutar como castigo. Entre esas "Camilas", revoloteó la propia Elena, una chica católica de clase alta, que como muchas en esos tiempos, se metieron a hacer trabajo social en las villas miserias, atraídas por el ideal de cambio y revolución. Elena en muchas oportunidades le ofreció al sacerdote abandonar todo para acompañarlo en su misión. La respuesta de Carlos Mugica fue cortante y práctica: –Tu primera militancia es tu hija, a mi no me rompas las pelotas. Carlos Mugica fue estoico por fidelidad a su Iglesia. Y porque sabía que a su Santa Madre le bastaba con que pisara una sola vez el palito para desvirtuar su obra y desoír su llamado a terminar con los pobres. Toda la nomenclatura conservadora de la Iglesia Católica argentina de esos años, le caería encima y lo destrozarían de un puñetazo. Un amorío hubiese sido ideal para callarlo, para banalizar sus planteos por un mundo más justo. Para obligarlo a suavizar su discurso y retornarlo al punto del que nunca debería haber salido, para domesticarlo, para sacarlo del medio. Como pasó con Jerónimo Podestá, al margen de la estupidez del celibato obligatorio que tantas consecuencias trajo y trae. Mugica advirtió entonces que eran muchos los motivos para evitar el error y se convirtió en guardián implacable de sus múltiples tentaciones. Sufría horrores, pero se reía. Aunque a veces lloraba para controlar el deseo, se reía, y decía resignado: –Es terrible. Los que tienen que liberarnos del celibato son los viejos de mierda de la jerarquía, a los que ya no se les para...

El viaje a París En octubre de 1967, cuando fue asesinado el Che Guevara, Mugica impactado, viajó a La Paz para reclamar la entrega de sus restos y averiguar por el paradero de Regís Debray y Ángel Bustos. Lo recibió el general Juan José Torres, pero no tuvo éxito. Desde Madrid, Perón escribía una carta al mayor Bernardo Alberte, en la que se refería a la muerte de Guevara: "Su muerte me desgarra el alma, porque era uno de los mejores, quizás, el mejor". De Bolivia, el sacerdote partió a París y se instaló en una habitación del pensionado religioso, en el número 61 de la Rué Madame. En su periplo por Europa, Carlos Mugica se encontró con el Mayo Francés. Recorrió las calles, habló con los jóvenes, curioseó y trajo novedades: "la revolución está en marcha", juraba. Fanático de Racing como pocos, viajó a Glasgow, Inglaterra, para ver el partido que la Academia jugaba por la Copa Intercontinental contra el Céltic. En el estadio colmado de argentinos, estaba el intelectual John Bebe William Cooke, delegado de Juan Domingo Perón e inspirador de la guerrilla peronista rural "Uturuncos", quien le propuso visitar Cuba. ¿A qué viajó a París Carlos Mugica? Las fuentes míticas aseguran que fue a vivenciar los cambios sociales que se estaban dando en el primer mundo, y de hecho lo hizo, porque vivió allí todo el Mayo Francés. Pero otras versiones dicen que se fue huyendo de una mujer, Lucía Cullen, quien lo movilizaba y conflictuaba de tal manera, que ponía en señal de peligro su elección del celibato. Al respecto, Julio Bárbaro, su compañero y respetuoso oyente de sus homilías en la capilla de la calle Nazca, tiene una versión intermedia: –Carlos se fue a París y Lucía lo siguió. Pero él no huía, él la enfrentaba. Le explicaba que la amaba, pero que amaba mucho más a la Iglesia y a Cristo. Carlos no quería largar la sotana, como hizo

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Alejandro Mayol, y a la vez, su profunda religiosidad le impedía transitar el pecado. Si algo había de incuestionable en Carlos Mugica, era su gran coherencia, alimentada por la fe. La fe lo llevó al sacrificio y a vivir lo que él llamaba "un amor platónico y espiritual" con Lucía. No fue simple, pero transitó ese camino con estoica hombría. A su regreso de París, me dijo: "Te juro, Julio, que con Lucía dormimos en la misma habitación, pero ella lo hizo en la cama y yo siempre en el piso". ¿Qué necesidad tenía de darme explicaciones a mí? Marta Mugica, hermana de Carlos, me recibió una helada tarde de invierno del año 2000, en su casa de Vicente López, en la provincia de Buenos Aires. Conversamos muchas horas. Delgada, de gestos ásperos y firmes, y la misma mirada clara de su hermano, Marta vive aferrada a los recuerdos. Divorciada y con un hijo cura, la casa está inundada de fotografías del asesinado líder de los sacerdotes del Tercer Mundo. Una imagen de la virgen de Guadalupe –de la que es devota fanática– en un costado de la puerta de entrada, con flores y velas permanentemente encendidas. Y en una habitación del piso superior de la casa, los apuntes, los libros, las agendas y la ropa manchada de sangre y agujereada por los balazos que Carlos Mugica llevaba el día que lo mataron y que Marta conserva con unción religiosa. –Mi hermano era un santo, un ser con un aura especial. ¿Las mujeres? Se volvían locas por él, siempre estaba rodeado de las más lindas chicas de Buenos Aires. Él estuvo muy enamorado en su juventud. Pero esa mujer nunca le correspondió y se casó con otro. Al punto tal, que el mismo Carlos fue el que realizó la ceremonia religiosa. Fue tremendo para él y una gran prueba verla a ella en la Iglesia, de la mano de otro hombre. Lucía Cullen fue muy importante, su íntima amiga. Ella lo amaba mucho, claro que sí, pero Carlos y a había elegido a Dios. Un día, mi hermano me confesó que si alguna vez resolvía dejar los hábitos, se casaba con Lucía. "Somos de la misma clase social y vemos el mundo de la misma manera. Haríamos una buena pareja", me dijo. Pero esto nunca pasó y cada uno siguió su camino... Lucía Cullen ingresó en Montoneros y allí conoció al mítico dirigente José Luis Nell Tacci, un ex integrante del grupo católico nacionalista Tacuara, que había participado en 1964 en el asalto al Policlínico Bancario, episodio con el que se inicia la guerrilla urbana peronista. Así como Carlos Mugica, José Luis Nell era un hombre carismático, idealista y temerario. Y Lucía no fue ajena a sus encantos. Fue preso y condenado y luego escapó de los Tribunales a Uruguay, donde tomó contacto con los Tupamaros. Con ellos no sólo adquirió formación teórica, sino que participó de robos, secuestros y atentados. Nell cayó preso otra vez, fue brutalmente torturado y más tarde, organizó la famosa fuga del penal uruguayo de Punta Carretas. Regresó a la Argentina y se dedicó a organizar la Juventud Peronista donde era famoso por su historia y su audacia en los operativos militares. Se enamoró de Lucía y se casaron. Sin embargo, la tragedia llegaría para marcar el destino de la pareja. El 20 de junio de 1973, el día en que Juan Domingo Perón regresaba a la Argentina de su exilio español, Nell iba al mando de una de las columnas de Montoneros que ingresaba a Ezeiza a recibirlo. En medio del infernal tiroteo desatado por los grupos de la ultraderecha peronista enlazados con la Triple A y grupos de militares que habían copado el palco oficial, Nell cayó acribillado en medio del campo. Sobrevivió, pero los balazos le habían quebrado la columna vertebral, y a partir de ese momento debió movilizarse en silla de ruedas. El guerrillero no pudo soportar la situación y se sumergió en una depresión de la que no logró salir. Lucía y Carlos seguían encontrándose como podían y mantenían largas charlas. Dicen que él la apoyaba mucho en esos momentos de desesperación y angustia. Como paradoja, Mugica venía en el charter de invitados que traía a Perón a la Argentina el mismo día en que Nell caía gravemente herido en Ezeiza. Un día de la primavera de la 1974, Nell le pidió a Lucía, que como prueba de su amor le ayudara a quitarse la vida, que no aguantaba vivir en ese estado. Y ella, llorando y abrazada a él, asintió al pedido. Le colocó una pistola en la mano derecha y José Luis Nell se voló la cabeza. Habían pasado cuatro meses del asesinato de Mugica. En 1976, en un bar de Buenos Aires, ella también desaparecía para siempre bajo las garras de los dinosaurios de la dictadura.

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Antes de volver de Europa a la Argentina, Mugica se dio el gusto de viajar a Cuba. Lo hizo vía Praga y con pasaporte falso gracias a las gestiones del Bebe Cooke. No obtuvo una entrevista personal con Castro, pero se llevó una impresión muy favorable del régimen de La Habana, que muchas veces hizo pública. Sobre todo sentía admiración por la figura del Che Guevara. A su regreso, el sacerdote asuncionista Ramiro López lo destinó al barrio de Comunicaciones y le encargó la construcción de una capilla. Jorge Goñi había creado los campeonatos de fútbol entre las distintas villas, como una manera de conseguir mejoras estructurales para esos barrios y Mugica lideró los entrenamientos en el de Comunicaciones. –Lo conocí cuando venía a la casa de mis abuelos maternos en la villa de Retiro donde yo vivía con mi mamá y mis hermanos.

El secuestro de Aramburu El 29 de mayo de 1970, Día del Ejército, se produjo el secuestro del general Pedro Eugenio Aramburu, quien había sido designado presidente de facto en 1955 por la llamada Revolución Libertadora, tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón. Una organización armada autodenominada Montoneros, salió entonces a la palestra y se adjudicó el hecho. Poco después, dos de los implicados se enfrentaron a balazos con la policía en la pizerría La Rueda de Williams Morris, y murieron los guerrilleros Gustavo Ramus y Fernando Abal Medina. Éstos habían sido discípulos de Mugica en el Nacional Buenos Aires, eran activos militantes católicos, habían pertenecido al Comando Camilo Torres de Juan García Elorrio, y sus familiares pidieron una misa por ellos. Otro sacerdote combativo, el padre Hernán Benítez – quien fuera confesor de Evita y había mantenido en los primeros años de la Resistencia una fluida relación epistolar con Perón en el exilio– y Mugica rezaron el responso en la Iglesia de San Francisco Solano, de Mataderos. "Se comprometieron con la causa de la justicia, que es la de Dios, porque comprendieron que Jesucristo nos señala el camino del servicio. Que este holocausto nos sirva de ejemplo ", señaló Mugica. "Perdón a Dios por la suerte de ellos, que fueron asesinados por la Nación, que no supo comprenderlos, darles un camino, colmar su sed de justicia. La sociedad los ha juzgado, castigado y destruido, pero si tienen que responder ahora a la inquisitoria del Señor –has dado de comer al hambriento y de beber al sediento– ellos pueden responder que han dado sus vidas para que en el mundo no hubiera hambre ni sed", dijo Benítez. Tres días después Mugica y Benítez eran detenidos por los presuntos delitos de "apología del crimen e incitación a la violencia". Pero los liberaron a la semana. En ese convulsionado año, sin embargo, Mugica no paró de mostrarse polémico y provocador. Una vez viajó a Necochea, donde se alojó en la casa de una familia amiga de Ricardo Capelli, y a poco de estar manifestó necesidad de dar misa el domingo. Mandó entonces a su amigo a pedirle permiso al párroco, el sacerdote De Luis, un cura tradicional sostenido por los terratenientes de la zona. De Luis fue terminante: le hizo saber que de ninguna manera cedería la misa de las siete de la tarde al padre Carlos. –Está bien –contestó el amigo– le voy a decir a Mugica que usted no lo autoriza.. Al oír el apellido, De Luis dibujó en su cara una expresión incrédula, se tornó repentinamente amable y accedió al favor. El mito Mugica ya estaba en marcha. Ese personaje irresistible y controvertido, había comenzado a transitar la leyenda. Ese domingo la Iglesia estaba abarrotada con lo mejor de la sociedad de Necochea. Los dueños de la tierra lo vieron aparecer alto, rubio, imponente y con su sonrisa magnética. Las chicas suspiraron

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cuando se encaramó al pulpito. Desde allí Mugica comenzó su sermón con una frase que congeló el murmullo general: –Sé que muchos de ustedes están en la boludez...– dijo. Y ahí mismo les encomendó a los presentes el deber de orar para ser perdonados. Hubo entonces un silencio incrédulo y miradas cruzadas. Algunos fruncían el ceño, otros sonreían nerviosos. Al terminar la misa, Mugica salió de la parroquia totalmente ajeno al vendaval que había desatado, pero ellos, los de su clase, lo rodearon y comenzaron a insultarlo. Lúdico y burlesco, el cura se abrió paso entre quienes lo cercaban, bailando y canturreando: "Guarda, guarda, que se viene, se viene, el comunismo... ". Afuera había periodistas, micrófonos y cámaras, así que aquello fue un verdadero escándalo que trascendió los límites de Necochea. Muchos se enfurecieron y otros se quedaron hipnotizados: no podían asimilar el contraste entre su origen y su elección de vida. Sus gestos desafiantes y exagerados dotaban a Mugica de un poder que crecía ajeno a su voluntad. Cada actitud en defensa de sus convicciones, lo enfrentaba con el establishment. Se acercaba, a lo mejor sin saberlo, a su destino de mártir. Era como si el destino fuese un caballo ingobernable que lo arrastraba en andas, corcoveando y al galope, hacia un final ya escrito. El cura De Luis quiso suavizar las cosas, sacarlo del centro de la escena. Le pidió que el próximo domingo celebrara una misa para las monjas en la intimidad del convento, pero la noticia corrió por toda la ciudad y el lugar se llenó de gente. Apenas entró, las mujeres de hábito riguroso lo rodearon. Entonces él, con su carisma inagotable, preguntó: –¿Dónde puedo ir a mear? Las monjas se sonrojaron y no atinaron a contestarle. Recién ahí, él reparó en la sorpresa que había provocado, y entonces afirmó muy serio: –Los curas también meamos, ¿o qué piensan ustedes? Mugica comenzó la misa con un pedido: –Recemos el Padre Nuestro tomados de las manos. ¿Está aquí alguno de los que ayer me amenazó.. ? Quisiera mostrarle lo que es Dios, lo que es la vida, lo que es ser pobre...– explicó. Y se ganó el corazón de todos. Más tarde sonaron las guitarras y fue como describe la canción Fiesta de Juan Manuel Serrat: cada uno olvidó su origen y todos se sintieron hermanos. –A Mugica lo conocí en 1971 y era un sacerdote que representaba la Iglesia que nosotros concebíamos. Como él, entre nosotros había muchos curas con los que trabajábamos juntos por la liberación de los pueblos. Carlos era un compañero más. Vos lo oías y decías "este flaco es fabuloso ". Con él podías hablar cosas de la vida en un café y te daba la confianza de un par, pero a la vez lo rodeaba un halo que lo elevaba, no importaba la circunstancia ni la ropa que llevara. Era un hombre comprometido con su tiempo. Sabía que su rol había sido determinante y que su prédica y contacto con muchos sectores juveniles tenía consecuencias, lo que no significa que avivara el fuego. No lo quieran disfrazar con una metralleta en la mano, porque eso no era lo de él, pero tampoco ponerlo todo el tiempo rezando y con una imagen celestial. Como todos nosotros en esa época, él era protagonista de su tiempo. Políticamente fue reconocido. Viajó en el charter de regreso de Perón, ahí no estaba cualquiera. Una de las primeras visitas que hizo Perón estando en Gaspar Campos, fue a la villa de Mugica– recordó el ex dirigente de la Juventud Peronista de la Capital Federal, Juan Carlos Dante Gullo.

La opción por el peronismo En 1972, con la vuelta del general Perón a la escena política, las diferencias entre los sacerdotes del Tercer Mundo fueron ineludibles y con ellas, también la fractura. Mugica no tardó un segundo en

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definirse: –En el Evangelio no hay ninguna receta política para el cristiano, pero hay criterios de opción. Y ahí podemos discrepar. Usted tiene que optar por aquel movimiento que exprese a los humildes, que desde los pobres luche por el bien de todos. Personalmente, yo pienso que ese movimiento hoy, en la Argentina, es el peronismo– dijo. Coherente con esta postura, tomó la decisión de viajar junto al padre Jorge Vernazza en el charter que trajo a Perón de regreso, lo cual fue muy mal visto por el grupo de sacerdotes no justicialistas. –Admiraba profundamente a Carlos Mugica. Yo también pertenecía el MSTM, pero era muy joven. Nunca me voy a olvidar de una reunión del Movimiento, en la que participé, que se hizo en la casa de Gaspar Campos. No lo podía creer: tenía enfrente mío al general Perón y a Mugica. Ellos se entendían muy bien, había cierta alquimia–recordó el padre Luis Farinello, devenido en las elecciones de octubre de 2001 candidato a senador por la provincia de Buenos Aires en representación del Polo Social, una agrupación de centroizquierda. El 25 de mayo de 1973 Héctor J.Campera asumió como presidente de la Nación y José "el Brujo" López Rega le ofreció una asesoría en el Ministerio de Bienestar Social, que tenía a su cargo. Mugica aceptó a condición de no recibir ninguna remuneración, pero casi de inmediato surgieron diferencias. Tres meses después el cura renunció. –Llegué a la conclusión –dijo– de que no había comunicación entre el Ministerio y los villeros. Tal como ya había hecho con Onganía, se atrevió a cuestionar públicamente el plan de viviendas y de erradicación de villeros que el ministro había diseñado. El Brujo respondió poniendo en duda la honestidad de su adversario y Mugica lo increpó personalmente en el Ministerio. Esa misma noche dijo en la villa: –López Rega me va a mandar a matar. El 2 de julio de 1973, una organización autodenominada Acción Nacionalista Argentina, colocó una bomba en el domicilio de Mugica. Una semana después, a las dos de la madrugada, dos individuos ingresaron al edificio donde vivía el sacerdote, cortaron la electricidad de los ascensores y comenzaron a golpear su puerta al grito de "¡Carlos, abrí!". Mugica no estaba en su casa. Desde el retorno a la democracia, en 1973, cuando se le preguntaba a Mugica por el tema de la violencia, él respondía invariablemente: –Estoy dispuesto a que me maten, pero no a matar.

Su asesinato El 11 de mayo de 1974, luego de celebrar misa en la parroquia del padre Vernazza, de San Francisco Solano, en el barrio de Mataderos, Mugica se retiró en compañía de su amigo, Ricardo Capelli. A poco de abandonar el templo, un hombre joven, delgado, de barba y bigotes, descendió de un automóvil con una ametralladora en la mano. Enfrentó al sacerdote y le disparó veinte proyectiles, quince de los cuales impactaron en su cuerpo. Tendido en la vereda, recibió de Vernazza los últimos sacramentos. Mugica alcanzó a decirle: –Nunca más que ahora debemos permanecer unidos junto al pueblo–. A las pocas horas, falleció en la sala de operaciones del hospital Salaberry. Capelli fue herido por las mismas balas que recibió Mugica. Eran amigos entrañables y fueron juntos hasta el umbral de la muerte. Para Carlos fue el final. Para Ricardo, el principio de una sucesión de catorce operaciones y de un exilio de veinticinco años. Con la garganta oprimida, contó así aquel trágico momento: –Verlo morir fue un sufrimiento psíquico y moral muy grande. No pude ir al velorio. Estábamos en la parroquia de San Francisco Solano, del padre Vernazza. Había terminado la misa y Carlos y yo

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salimos por la sacristía. Me adelanté, porque él siempre se quedaba charlando con alguien, llegué al auto y escuché una voz que lo llamaba con tono imperativo: "¡Padre Carlos!!!", le dijo. Y de inmediato escuché el tableteo de una ametralladora. Vi a un hombre de espalda, que subía a un auto y a Carlos con una bala cerca del corazón. Después supe que las balas fueron quince. Lo subieron enseguida al Citroen de un vecino, para llevarlo al Salaberry, pero allí no pudieron hacer nada. Se ha escrito que no le temía a la muerte y que sabía que lo iban a matar. Pero según Ricardo Capelli, Mugica era un amante de la vida, un aprendiz de Cristo pleno de confianza, que espantaba su propio espanto y el de los otros, los que lo querían y le pedían que se escondiera un tiempo, con una convicción: –Soy cura. No se van a animar conmigo. Después de su asesinato, su familia le ganó un juicio millonario al Estado, pero no lo repartió entre los humildes a los que Carlos Mugica había consagrado su vida. Alegaron problemas familiares y se fueron con el dinero. No comprendieron el profundo alcance de su entrega. Ninguna organización se adjudicó el asesinato. En principio, acusaron a los Montoneros, quienes habían sido criticados por Mugica luego de que se retiraran del último acto del 1 de Mayo de 1974. que Perón presidió desde el balcón de la Casa Rosada, poco antes de morir. El líder del peronismo los había tratado de "estúpidos imberbes" y en respuesta los Montoneros plegaron sus banderas y dejaron la plaza vacía. El sacerdote no pudo entender que hicieran semejante cosa. Poco después, Montoneros pasó a la clandestinidad. Para Elena Goñi, su gran amiga, Carlos Mugica había sido contundente respecto de la violencia, desde el principio de la democracia. Ella estaba presente cuando el sacerdote le dijo a Firmenich: –Se acabó esta joda. Ahora que el gobierno es constitucional, ustedes se meten los fierros en el culo. En mayo había ido al diario La Opinión y le había ofrecido a su director, Jacobo Timerman, escribir una serie de artículos. Pactaron la presentación de una nota para el domingo 12. Según Timerman, Mugica le había confesado el dolor que sentía por su enemistad con Mario Firmenich. Estas divergencias eran más fuertes que las que el líder guerrillero admitiría posteriormente. Unos días antes, en un discurso que había pronunciado en Córdoba, Firmenich no había mencionado ni una sola vez a Perón, y eso había colmado a Mugica: –¡Ni una sola vez lo nombró! ¡Qué hijo de puta! Así que si quieren formar el Partido Montonero, fenómeno. Que se presenten en las elecciones a ver si sacan más votos que el peronismo– exclamó. Dos días después, el clérigo entregó su artículo en el que reiteraba su rechazo a la violencia revolucionaria, ya que, escribió, "el pueblo se ha podido expresar libremente, se ha dado sus legítimas autoridades. La elección de aquella vía, entonces, procede de grupos ultra minoritarios, políticamente desesperados y en abierta contradicción con el actual sentir y la expresa voluntad del pueblo". No obstante, alrededor de Carlos Mugica ya se había instalado la violencia. Cada paso que daba, alimentaba el odio de uno u otro bando. Parecía encarnar la sentencia bíblica del Evangelio según San Juan: "Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes". Podría haberse ido del país, pero no lo hizo. Por compromiso, por heroísmo, por inconsciencia o por convicción, resolvió quedarse. –Si en este momento recibo una bala, no sé si viene de algún grupo de derecha o de izquierda. ¿Irme? En un momento tan complicado, en el que mucha gente está jugándose y perdiendo la vida, yo no puedo escaparme. El pastor no puede abandonar a su suerte a sus ovejas– razonaba. ¿Fue su muerte una venganza de los Montoneros, de los que se había separado al comienzo del gobierno constitucional, porque ya no había una dictadura contra la cual luchar, sino autoridades legítimas votadas por el pueblo? Firmenich lo negó: –En los últimos tiempos, él había recibido amenazas telefónicas; eran amenazas de muerte, y se habían hecho en nombre de nuestra organización. ¡Qué disparate! ¿Cómo nosotros íbamos a amenazar de muerte a Carlos Mugica? ¿En qué política revolucionaria cabe matar a los hombres del pueblo por diferencias acerca de cuál es la mejor manera de destruir al mismo enemigo?

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Durante muchos años persistió la duda sobre quién fue el autor, hasta que en marzo de 1984, Juan Carlos Juncos, custodio del ex ministro de Bienestar Social e integrante de la organización parapolicial autodenominada Triple A, creada por López Rega, confesó ante el juez Eduardo Hernández Agrámente que había intervenido junto a otras tres personas en el asesinato de Mugica. Aseguró que la orden había sido dada por el mismo López Rega, porque "Mugica estaba molestando políticamente con su actividad". El padre Alberto Carbone, integrante del MSTM, también fue tajante: –A mí no me parece que tenga sustento la teoría de que Montoneros pudo haberlo matado, era muy común en esa época que se dijera algo así, y que le adjudicaran a esa organización cuanto trabajo sucio hacían otros. A Carlos lo mató la Triple A. Además, yo recuerdo que lo estábamos velando cuando recibí un llamado de los muchachos de Montoneros, que me transmitieron su pesar y me aseguraron que ellos no tenían nada que ver con ese asesinato. ¿Por qué los Montoneros habían llamado al padre Carbone, con quien sólo habían compartido horas de actividad universitaria, para explicarle que ellos no eran los responsables de esa muerte absurda que nadie entendió ni aceptó nunca? Quien sabe, la historia de aquellos años de sangre y fuego fue tan compleja, tan retorcida, tan disímil, que seguramente nunca nos enteremos de los verdaderos motivos de muchos acontecimientos.

El sepelio Más de siete mil personas se acercaron con dolor a despedir al cura villero, pero su amado general Perón no concurrió al entierro ni pronunció una sola palabra de condolencia. En la parroquia, la mayoría de los asistentes le adjudicaban el crimen a Montoneros. A las cuatro y media de la tarde arribaron el diputado Leonardo Bettanín y el titular de la Regional primera de la Juventud Peronista, Juan Carlos Anón, ambos ligados a la organización armada. La multitud les gritó: "¡traidores! ¡asesinos!" y los sacaron a golpes de puño y a puntapiés. El dirigente montonero Norberto Habbeguer y su esposa, Flora Castro, también fueron al sepelio y de una manera educada, pero intimidatoria, les sugirieron que se retiraran. Se despidieron del padre Mugica desde la vereda. Desde Roma, el Vaticano reconoció el testimonio de Mugica. Su órgano oficial, el periódico L'Obsservatore Romano lo definió como una "víctima del amor", y añadió que "lo asesinaron a traición, con determinación, agregando a la lista de las víctimas del odio, una vida pura. Es justo recordarlo... y auspiciar que su sangre inocente fecunde los esfuerzos para la pacificación de los hermanos en Argentina... Nos inclinamos en el dolor, con reverenda y admiración". La revista Cabildo, reconocida por su tendencia ultraderechista, señaló que "el padre Mugica murió en su ley, víctima del engranaje que él, en alguna medida, había contribuido a levantar un engranaje de violencia, de mitos, de odios y resentimientos. Murió víctima de su orgullo, de su ingenuidad y de sus errores. Olvidó que el marxismo es también una religión total, fuerte y en crecimiento, inexorablemente inmisericorde, que no perdona a sus enemigos, ni menos aún a sus adeptos". Unos días después del asesinato, profundamente conmovido por la desgracia, el padre Héctor Botan, amigo de Mugica, fue a verlo al arzobispo de la ciudad de Buenos Aires, el poderoso Juan Carlos Aramburu, en busca de una palabra de consuelo. En cambio, le oyó decir: –Bueno, supongo que aquí acaban todas nuestras discusiones sobre Mugica... Paso seguido, abrió uno de los cajones de su escritorio y prácticamente le arrojó a la cara los artículos que Firmenich había escrito para el diario Noticias. Aramburu se había tomado el trabajo de subrayar los párrafos en los que el jefe montonero expresaba su vieja amistad con el sacerdote asesinado. Acusador y determinante, sentenció: –AHORA ME VAS A DECIR QUE MUGICA NO ERA MONTONERO.

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La Organización Montoneros había difundido un comunicado en el que se afirmaba que "a pesar de las diferencias que mantenía nuestra organización con algunas de las últimas posiciones públicas de Mugica, reivindicamos su acción como parte del campo popular. El objetivo de este asesinato – agregaban– es ahondar y hacer insuperables esas diferencias". No contento con eso, Mario Firmenich escribió enseguida cuatro artículos sucesivos en el diario Noticias, ésos que monseñor Aramburu le había refregado al padre Botan en las narices como prueba irrefutable del origen montonero de Mugica. En los dos primeros recordaba su relación estrecha con el sacerdote y su posterior "distanciamiento". En el tercero, realizaba su descargo ante las acusaciones. Se quejaba de que "los medios de comunicación nos quieren adjudicar el crimen". Y si bien reconocía que los llamados de amenaza habían existido, aseguraba que no habían sido realizados por su agrupación sino por "sectas ultraizquierdistas" conformadas por "caraduras y oportunistas que... usan nuestro nombre, pretendiendo fortalecer sus propias posiciones políticas a costillas de nuestra fuerza y nuestra representatividad". Según Firmenich, "estaba creada la situación para que el verdadero enemigo diera un golpe audaz, destinado a que las fuerzas del pueblo, que no coinciden en cómo destruirlos a ellos, se dediquen a destruirse entre sí. De este modo, las diferencias nunca podrían ser superadas, porque se oscurecen con los odios personales y con el erróneo deseo de la venganza". En el último artículo, agregaba que "sólo los enemigos que Carlos tuvo siempre podían tener interés en matarlo. Aquellos para los que él era el "cura comunista; el cura que, queriendo cristianizar a los bolches, se hizo bolche "parafraseando a "El Caudillo". Demasiadas explicaciones para quien se sabe inocente. Pero aun así Firmenich no terminó ahí, también le dio explicaciones al padre Alberto Carbone: –Alberto, Mario quiere verte para explicarte que nosotros no matamos a Mugica–le dijo una voz. En el encuentro, Firmenich repitió lo dicho en el diario Noticias y Carbone casi no abrió la boca.. Habían pasado muchas cosas en el medio y las distancias eran demasiado grandes. El larguísimo editorial de Mejías, en Criterio, tenía los siguientes párrafos: "(...)Felizmente la reacción parece unánime, salvo los asesinos y sus cómplices verbales o mentales. Es en realidad, la sociedad misma argentina que se defiende sin saberlo. La muerte en su seno de un sacerdote católico es un crimen que la afecta colectivamente. Toca la conciencia de todos, como decíamos. Algo en ella ha sido herido y contra ella se reacciona y se la defiende. En la muerte de este hombre indefenso, consagrado en principio al servicio de Dios y de los pobres, todos hemos sido tocados. Los lazos básicos, inconscientes, que unen a los hombres, más allá de la verborragia fraternizante y de la prédica vacía sobre los derechos del hombre, salen a la luz. Un día, por lo menos. Es preciso exorcizar la muerte de uno de nosotros, producida por uno de nosotros. "(...) Se dice que durante su agonía en el hospital Salaberry, el padre Mugica, todavía consciente, pedía la unión entre los argentinos. El había creído que ella se realizaría por un camino. Otros, igualmente cristianos, han podido y pueden pensar diversamente. La cuestión no es el medio, sino el fin. A las puertas de la muerte y de la eternidad, él debe haber visto esa necesidad de unidad de manera diferente de cómo la veía en el tiempo de sus luchas. Debe haber percibido el fin más que los medios. O más bien, debe haber sentido como una referencia implícita, que su muerte era el verdadero medio que podía traer la ansiada unidad. " Seis días después del homicidio, la revista de la ultraderecha peronista, El Caudillo, publicó un artículo tan contrario a sus editoriales anteriores, que resultó hipócrita. Aseguraba haberle realizado una entrevista a Mugica antes de su muerte y decía que el sacerdote había afirmado en esa oportunidad que los Montoneros lo habían condenado a muerte. Lo curioso fue que nunca se publicó el texto del pretendido reportaje. Todos los caminos condujeron al subcomisario Rodolfo Almirón Sena, jefe operativo de la Triple A, cuando se señaló al autor material del asesinato. La señora María Ester Tubio deTozzi lo vio dentro de la Iglesia y su descripción coincide con la que aportaron Carmen Artero de Jurkiewicz y Nicolás

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Margoumet. Ambos lo habían visto disparar sobre Mugica, en la calle, desde una distancia de 1,20 metros. Las pericias demostraron que la ametralladora usada podía ser una Ingram M-10, de procedencia norteamericana, o bien una Franchi, modelo 57, italiana. Luego se sabría que las Ingram eran comúnmente utilizadas por los miembros de la Triple A –Almirón incluido– en buena parte de los aproximadamente dos mil atentados que se atribuyeron a la organización. Miguel Bonasso, en su libro El presidente que no fue, citó una revelación del padre Hernán Benítez efectuada años después del crimen: "La Iglesia sabe que al padre Mugica lo mató el comisario Rodolfo Almirón, que era el jefe de la custodia de López Rega". Para Marta Mugica también queda claro quiénes fueron los asesinos de su hermano. Según me relató la tarde en que la visité en su casa. "Yo por los Montoneros no pongo las manos en el fuego, Carlos estaba amenazado por ellos, lo odiaban por las críticas que él les hacía en público. Decían que Carlos los perjudicaba con la gente. Pero por las pruebas, fueron los de la Triple A. Ellos se les adelantaron...". Y para muestra de su pensamiento basta repasar un episodio que sucedió en el año 1995, cuando una muchedumbre que partió del cementerio de la Recoleta, recordaba los veinte años de su asesinato. –Señor le voy a pedir que se retire. Yo soy la hermana de Carlos Mugica y usted nos está ofendiendo con su presencia. ¡Vayase de aquí! Usted hizo mucho daño al país... –No me voy a retirar. Yo fui discípulo del padre Mugica... –¡Por favor! Usted es un mentiroso. Si hubiera sido discípulo de mi hermano otra hubiera sido su historia. ¡Vayase de aquí! –No me voy a retirar. El padre Mugica fue mi asesor espiritual... –¡Mentira! Usted es un asesino, salga de aquí... Este diálogo fue registrado por las cámaras de Crónica TV, el 13 de mayo de 1995, a las 17 horas en plena avenida Figueroa Alcorta, justo frente a ATC, cuando los manifestantes, en su mayoría habitantes de la villa 31 de Retiro, regresaban del acto. Los protagonistas fueron el ex jefe montonero Mario Eduardo Firmenich y Marta Mugica. Mientras la mujer hablaba, una catarata de insultos, golpes de puño y empujones surgió de la multitud y fue a dar en la cara de Firmenich, que se retiró corriendo. De algún lugar voló una piedra y le pegó en el cuello. Firmenich se detuvo, sacó un pañuelo y se secó la sangre que brotaba. En su rostro no se movió un músculo. Su mujer, María Elpidia Martínez Agüero lo tomó de un brazo y le dijo: "Vamos Pepe, salgamos rápido de aquí". –¡Asesino, asesino!– gritaba la gente enfervorizada. Habían pasado veinte años, pero los odios y rencores de una década sangrienta, demasiado tumultuosa, seguían intactos.

El falso culpable El sumario se cerró por primera vez dos meses después del homicidio, con apenas 162 fojas. El juez a cargo de la causa era Julio Lucini. Fue reabierta diez años después, al sobrevenir nuevamente la democracia. Juan Carlos Junco, un convicto preso en la cárcel de Neuquén, confesó ser el asesino de Mugica y de dos sindicalistas: Rogelio Coria y José Ignacio Rucci. El juez a cargo de la instrucción, Eduardo Hernández Agramonte, se empeñó en creerle y la prensa anunció la resolución del caso. Era el verano de 1984. Meses después, el Servicio Penitenciario Federal reveló que dos de las personas que Juncos había mencionado como sus acompañantes en el atentado, se encontraban en prisión. Junco reconoció entonces que había inventado toda su declaración para ser trasladado a Buenos Aires y poder así ser visitado por su madre, que estaba muy enferma.

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Su vuelta a la villa Eran las dos y media de la tarde del 9 de octubre de 1999 cuando el padre Carlos Mugica comenzó su peregrinaje hacia su tumba definitiva. El sol ardía sobre las mejillas oscuras y sudorosas de cientos de hombres y mujeres que se acercaron a la recoleta Iglesia del Pilar, desde donde partió la procesión. Una bandera laboriosamente confeccionada, que el viento hacía flamear con furia, decía en letras rojas: "Villa 31". La llevaban como un estandarte hombres de brazos fuertes, moldeados por el trabajo. Gente de buen vestir –todos familiares y amigos de Mugica– y más de treinta sacerdotes, se confundían entre aquellos paraguayos, bolivianos y cabecitas negras del interior del país, que al fin y al cabo eran el cuerpo y el alma de la ceremonia. Todos comulgaron su amor por el padre Carlos Mugica durante las casi tres horas que duró la caminata desde la Recoleta hasta el corazón de la Villa 31, en Retiro. En sus corazones, las palabras del cura tercermundista seguían vivas: –Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia, luchando junto a los pobres por su liberación. Si el Señor me concede el privilegio, que no merezco, de perder la vida en esta empresa, estoy a su disposición... Niños de poco más de diez años y algunos adolescentes sostenían con dificultad los carteles que decían: "Carlos Mugica no ha muerto, vive en nuestra hermandad". Por su corta edad no habían podido conocerlo, pero sabían casi todo sobre él. Como sus padres, siguen viviendo en Retiro, cerca de la capilla Cristo Obrero, donde el sacerdote nacido en el seno de una familia de clase alta se había entregado al apostolado hasta morir acribillado a balazos en 1974, cuando ellos aún no habían nacido. La emoción embargó a la muchedumbre cuando el féretro llegó a la villa y comenzó a recorrer su camino hacia la morada definitiva. De hombro en hombro lo habían cargado durante todo el trayecto, turnándose para que nadie dejara de llevarlo. El dolor se había clavado en el pecho de esos mismos hombres hacía veinticinco años, cuando también a pulso alzaron su cuerpo en la Capilla Cristo Obrero, donde había sido velado en medio de la bronca y el desconsuelo popular. –Hacía mucho tiempo que teníamos el proyecto de traer los restos de Carlos a la Villa 31 para que descanse junto la gente a la que él le brindó la vida, pero sólo cuando empezamos a trabajar el tema con el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge Bergoglio, tuvimos la convicción de que ese sueño de todos se iba a hacer realidad– comentó el padre Guillermo Torres, o Willie, como lo apodan los vecinos de la Villa 31, a la que llegó hace cuatro años. A la entrada del barrio, mezclado entre quienes esperaban para darle la bienvenida a Mugica, se encontraba el futuro cardenal primado de la Argentina. Monseñor Bergoglio estaba tan conmovido como los peregrinos. Erguido, pero con humildad, caminó con ellos esas calles zurcadas por el abandono y la marginación, hasta llegar a la capilla Cristo Obrero, donde se celebró la misa. Había llegado a la villa con la timidez de siempre y con ciertas sombras, aquéllas que pocos feligreses conocen: su cuestionado papel como Provincial de los jesuitas en la época de la dictadura (1973-1979), su mano férrea en la dirección del Colegio Máximo de los Jesuitas, en San Miguel, y su silencioso camino al poder, de monje jesuita a cardenal primado. En voz baja se le achacaba la desprotección en que habría dejado a los dos sacerdotes de esa orden, Yorio y Jalics, que fueron secuestrados y vivieron el mismo horror que miles de detenidos políticos. Porque no sabían de esas sombras, o porque prefirieron dejarlas pasar, el caso fue que a Bergolio lo recibieron como un rayo de luz: era uno de los primeros obispos que visitaba la Villa 31. La gente agradeció el gesto y se olvidó de los murmullos. Monseñor recuperó la confianza con las primeras palmadas que le dieron aquellas manos oscuras y francas que lo saludaron. Todo iba a estar bien, lo presentía. En la puerta de cada una de las casillas, sus moradores habían puesto una mesa con un mantel blanco prolijamente estirado, para que el féretro pudiera ser apoyado por unos instantes. El paso fue lento y sentido. Cada familia reunida lo acariciaba, le rezaba en reserva y luego se despedía de Mugica

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con un beso y un "bienvenido a tu casa, padre". Así fue en cada una de las casas. Todos habían preparado desde la mañana temprano las mesas para recibirlo y darle las gracias. Cuando los restos llegaron finalmente a la capilla, llegó el momento culminante: la misa. Dando muestras de su bajo perfil, el arzobispo de Buenos Aires le cedió la palabra al sacerdote Héctor Botan, amigo entrañable de Mugica y compañero del MSTM. Botan los hizo llorar y reír. Contó anécdotas de la vida de Carlos Mugica, al que definió como "un sacerdote que se desveló por la suerte de los pobres", y recordó entre otras, una de sus frases célebres: –Cuando una mujer te hace picar la espalda, mejor rajemos... La capilla y el galpón de tinglado bajo el cual descansa Mugica desde ese día, dentro de un gran nicho de ladrillos a la vista, con plaquetas recordatorias, estaban esa tarde totalmente decoradas. La gente había trabajado mucho para ese regreso. Flores, carteles, cancioneros, demostraciones de danzas populares del Paraguay y de Bolivia, murgas... Todas las expresiones se hicieron sentir para darle la tan esperada bienvenida. Un grupo de jóvenes había pintado durante toda la noche, en un paredón, una leyenda en letras negras y rojas, que recogía sus últimas palabras: "Padre Carlos: "Ahora más que nunca debemos estar junto alPueblo ". No fue aquella la primera vez que monseñor Bergoglio puso sus pies en una villa. Lo había hecho desde su misión pastoral como jesuíta y lo siguió haciendo luego de sus ascensos dentro de la jerarquía eclesiástica pero tal muestra de cariño popular lo impresionó. Respiró profundo, miró a su alrededor y dijo lo que hacía mucho tiempo, aquellos hombres ansiaban escuchar: –Oremos por los asesinos materiales, por los ideólogos del crimen del padre Carlos y por los silencios cómplices de gran parte de la sociedad y de la Iglesia Argentina– pidió Bergolio. Quizás era demasiado tarde para tremenda confesión. Había muchos muertos en el medio, mucha sangre derramada de inocentes, muchos culpables sin castigo. Sin embargo, la risa y el llanto se abrazaron. Y la sangre de Mugica fluyó, viva e inmortal, entre sus fieles y pobres seguidores de la villa.

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4 Guerrilleros de Dios

"Estoy con Montoneros porque para mí ellos son la síntesis de las últimas décadas de la historia de la lucha del pueblo argentino por la justicia y por la liberación de mi patria. Estoy con Montoneros desde que se fundó la organización. Mi compromiso ha tenido distintos niveles, desde el comienzo, en 1969. Mi compromiso es ideológico, político, pero nace de la fe y toda mi militancia revolucionaria no es incompatible con la fe. Necesariamente la fe exige. Supongo que la misma pregunta que me haces se la habrán hecho a los sacerdotes, religiosos y obispos que estaban comprometidos con la defensa de los indios en América, cuando los conquistadores llevaron a cabo este terrible genocidio contra esos pueblos indígenas. "También le habrán planteado la misma cuestión a los curas que se opusieron a la dominación española en el siglo XIX, cuando las luchas de independencia en América. "Actualmente somos muchos los sacerdotes y religiosos en América Latina que estamos comprometidos con las luchas de nuestros pueblos y con las organizaciones revolucionarias, que interpretan los más nobles sentimientos populares". Así, con estas palabras, el sacerdote asuncionista argentino Jorge Adur respondía en julio de 1980, en Porto Alegre, a la revista brasilera Denuncia. No había sido la primera vez que se definía con toda claridad como cura montonero. En realidad, Adur, era "capellán" de Montoneros. Poco después era secuestrado y desaparecido. La congregación de los asuncionistas de Argentina está incluida junto con la de Chile dentro de una misma provincia regional, y la formación de los religiosos se hace, parte en Buenos Aires y parte en Santiago. De ahí que en 1961, Jorge Adur fuese ordenado sacerdote en el país trasandino. De regreso, pasó varios años en la Parroquia de las Mercedes, en el barrio de Belgrano, hasta que fue enviado como superior y formador, es decir, como promotor vocacional, a la Capilla Nuestra Señora de la Unidad, en La Lucila, donde funcionó durante varios años una casa de formación de la Congregación de Asuncionistas. La casa se había establecido allí en marzo de 1953 con el nombre de Escuela Apostólica San Agustín, como continuación de la que había funcionado junto a la Parroquia San Martín de Tours, en la Capital Federal; aunque hacia 1974 volvieron a mudarse y se instalaron en La Manuelita, en San Miguel, provincia de Buenos Aires. El carisma de esa congregación francesa era y sigue siendo "vivir en comunidad". –En la Asunción, la vida religiosa tiene como objetivo el crecimiento del Reino de Dios en comunidad. Por eso, aún si se aprecia la oración como una forma privilegiada de la vida, en la congregación se considera el apostolado como elemento esencial para la realización del Reino– me explicó uno de sus clérigos. Si a los pares de Adur y a sus fieles les costaba horrores lograr conciliar el rezo con el fusil, él tenía un particular punto de vista para explicar tal contradicción. Ya instalada en el país la dictadura de Jorge Rafael Videla, decía: –Yo creo que la violencia es un mal. Pero cuando el hombre lucha contra el mal, contra el pecado, debe luchar de todas formas para liberarse de ese mal, de ese pecado. En este caso, en la Argentina, se da una situación de violencia estructural, a la que nosotros no solamente respondemos políticamente, sino también respondemos con las armas. Hay que recordar que la encíclica Populorum Progressio, en su número 31, dice que "en momentos en que un país está instaurada una dictadura militar que viola los derechos humanos, que va contra el bien común, se justifica el uso de la violencia, para librar a la comunidad de los males que padece". Justificaba "la violencia de abajo"como respuesta a la "violencia de arriba", pero lo suyo era

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también una fórmula de supervivencia. Como le dijo a la revista brasilera: "La dictadura militar, cuando ursurpó el poder, persiguió a los sacerdotes que consideraba peligrosos, para matarlos o hacerlos ingresar a la lista de los desaparecidos. Yo tengo en la memoria más de quince y se me olvidan. Entre ellos está el caso de monseñor Angelelli, que murió en un extraño accidente en la carretera, un "accidente muy querido" por las fuerzas represivas, ya que este obispo estaba del lado de los pobres y de los que luchan". El padre Adur asumió como capellán de Montoneros el 1 de julio de 1978. Desde la clandestinidad, la organización se ocupó de distribuir la Carta al pueblo argentino que el cura escribió comunicando su decisión de "asumir personal y públicamente" la capellanía. De tal forma, para Adur aquel era un ejército del pueblo y la Iglesia que él representaba, no podía sino acompañarlo. Esa carta decía así: "Antes que nada es el Evangelio el que me dice: "cuando alguien te pida hacer mil pasos con él, harás dos mil..." (Mt.5.4l) "Pongo entonces mi sacerdocio y mi vida religiosa en la Iglesia, al servicio de todos, porque la más alta expresión de la caridad a la cual tendemos los cristianos, se expresa en la política como un instrumento social exigido por la justicia. Este servicio es junto a aquellos que se entregan con la más alta abnegación y enfrentando heroicos riesgos (...) "He vivido diecisiete años de sacerdocio sin descansos, con los pobres y los ricos, con los oprimidos y los sin voz. Hoy les anuncio con alegría que continuaré junto a los que amo, asumiendo el desafio de la hora histórica. Difícil prueba para nuestro pueblo, pero seguro camino para la pacificación y la libertad. "Desde la Iglesia, a la que todo le debo y por la cual todo lo he perdido, comparto los destinos de los hombres que viven y mueren por los grandes intereses del pueblo. Como en otros momentos no menos dolorosos, pero extremadamente esperanzadores, recuerdo aquella frase evangélica: "No hay más grande amor que aquel que da la vida por los suyos, sus amigos" (Jn. 15.13)." Jorge Adur fue el noveno de doce hijos, que nació del matrimonio formado por el inmigrante Mohamed Adur, oriundo de Nebek, pueblito pequeño cercano a Damasco, en Siria y de la vasca Juana Dominga. La pareja tuvo siete hijas y cinco varones, y todos nacieron en la casona de la avenida Boulevard España 1183, de Nogoyá, Entre Ríos. "Mi madre no paraba de contar nuestras diabluras, sin embargo, cuando hablaba de Jorge no podía más que contar sobre su coherencia, su entrega, su abnegación. Él fue muy especial", dice, casi veinticinco años después de la tragedia, Dardo Adur, hermano de Jorge, de cincuenta y cinco años, Licenciado en Ciencias Políticas y el menor de la familia. "Era muy prolijo y hábil. Compartía la habitación con una de mis hermanas y mi tía, y allí tenía un pequeño taller. A fines de los años cuarenta cuando vino al país Pío XII (antes de ser ungido Papa) se había hecho una campaña para confeccionar rosarios. Jorge hizo las cuentas del rosario con los frutos del Paraíso, el árbol que teníamos en el jardín. Dejaba secar los frutos, los esmaltaba, luego los agujereaba y les pasaba un alambre. "Dardo habla de su hermano y se emociona. Aunque haya transcurrido mucho tiempo de su desaparición, los recuerdos de la niñez y la adolescencia en común parecen cercanos. Jorge Adur era un autodidacta y en la casa familiar se conservan retratos, caricaturas y paisajes que solía esbozar antes de viajar en busca de su vocación. No sólo le gustaba la pintura sino que además se inclinó por la música, al punto tal, que en su ciudad todavía lo recuerdan. "Aprendió piano en el Conservatorio de Nogoyá y tocaba muy bien, realizaba conciertos–rememora un amigo de la adolescencia–y cuando era adolescente se convirtió durante un tiempo en el ayudante de la directora del Instituto. Jorge Adur fue al Colegio Nacional de su ciudad natal y formó parte de los jóvenes de la Acción Católica que actuaban en la Iglesia Nuestra Señora del Carmen. En las misas tocaba el armonio y su padrino espiritual fue el sacerdote Adolfo Gestner, luego obispo de Concordia. En 1950, luego de unos meses en el seminario de Paraná, viajó a Buenos Aires e ingresó a los Asuncionistas," "Hacía tres años que había muerto mi padre y yo que era un niño recuerdo que la partida de Jorge fue para mí, y para muchos de mi familia, un segundo duelo. A partir de ese momento, nuestra comunicación fue por carta y pasaron casi ocho años sin vernos. En el 66 viaje a

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Buenos Aires a estudiar a la Universidad del Salvador y allí nos reencontramos. Jorge ya era sacerdote y trabajaba en el barrio de La Cava, en San Isidro. Yo me metí con Mugica en la villa de Retiro", continúa Dardo. "Cuando asesinaron a los padres palatinos en San Patricio, querían matar a Jorge. El era asesor de los palatinos, pero ese día no volvió a dormir a la parroquia porque se quedó a dormir en la casa de un amigo. Desde entonces tomó conciencia de que su vida corría mucho peligro. Entonces se fue de Buenos Aires, buscó dónde esconderse. A mediados de 1976, con mi hermana Manuela hicimos 1100 kilómetros para ir a buscarlo. Estaba en Los Toldos, en el convento de Mamerto Menapace que era su amigo. Nos recibió con la entereza y serenidad de siempre. La que nunca le vi perder, creo que con esa misma cara debe haber caído desde las alturas, si es cierto que lo arrojaron desde un avión. Aquella noche la pasamos los tres allí, con Mamerto, que tuvo una actitud maravillosa. Al otro día nos fuimos y lo dejamos a Jorge en la Nunciatura, en la calle Rodríguez Peña, allí lo estaban esperando. Su protección fue negociada entre Pío Laghi y Massera, aunque él no me aclaró nada, lo supe por otro lado. La última vez que lo vimos fue mientras subía al avión de Alitalia". Una vez en Roma, Adur recibió de parte de Pablo VI, el título de Asesor de Juventudes para América latina, mientras que dentro de su Congregación se transformó en el secretario del Obispo de París. "Cuando estaba en Europa teníamos noticias de él por gente conocida. Una vez un muchacho que había viajado de mochilero nos contó que lo había visto con traje de fajina, pero en su función eclesiástica". A través de radio Colonia la familia Adur se enteró sobre el trágico destino del clérigo. "Escuchamos que jóvenes profesionales y un sacerdote habían sido secuestrados en la frontera de Argentina con Brasil. Y a partir de ese momento empezamos a rastrear datos por todas partes. Me reuní con Vicente Zaspe, el arzobispo de Santa Fe. Recuerdo que hablamos a la luz de una pequeña lámpara y en tono muy bajo. Cuando yo le conté que creía que a Jorge lo habían agarrado en Brasil levantó la voz y me dijo: "¡Qué imprudente! Me cansé de decirle que no pisara América Latina, no entiendo por qué se arriesgó así..." Roberto Cirilo Perdía, integrante de la Conducción Nacional de Montoneros desde 1972 hasta su disolución en 1983, explicó veinte años después la importancia que para ellos revestía tener un capellán. –Nosotros creamos en 1978 la figura de la Capellanía en el Ejército Montoneros con una finalidad política. La idea principal tenía que ver con una gestión que estábamos haciendo para lograr el reconocimiento como fuerza beligerante por parte de Naciones Unidas. Planteábamos que desde ese lugar podíamos llegar a discutir el tema de los presos en la Argentina –dijo. El concepto de fuerza beligerante nació en las guerras anticoloniales de África y, básicamente, había habido en aquel momento dos posiciones centrales: el reconocimiento de la fuerza y el control del territorio, presupuestos que Montoneros también perseguían. Tener un capellán era, de alguna manera, darle entidad de ejército popular a la guerrilla. –El padre Adur no se incorporó como un militante montonero, él se incorporó como capellán con el permiso y consentimiento de su orden, que era la Congregación de los Padres de la Asunción. Él no se clandestinizó, el superior de su orden lo autorizó formalmente. El celebró misas con grupos de compañeros –aclaró Perdía. –Jorge Adur fue un militante entrañable y a la vez, tenía una vocación religiosa conmovedora. Nunca participó personalmente de ninguna operación militar, jamás agarró un fusil, no hizo nada que tuviera que ver con la violencia. Y si alguna vez le hubiéramos dado a elegir, lo hubiéramos puesto frente a esa disyuntiva, él se quedaba con el sacerdocio, abandonaba Montoneros, estoy seguro. Recuerdo cuándo le tocó ir a ocuparse espiritualmente de los compañeros que estaban entrenando en el Líbano. Nosotros le explicamos a la gente de AlFatah, que llegaba el capellán de la organización y seguramente en nuestro malísimo inglés, entendieron cualquier cosa y pensaron que era un ministro o algo así. Cuando Jorge bajó del avión con su traje oscuro, se encontró con que lo esperaba una guardia de honor de guerrilleros palestinos armados que lo saludaron como si fuera un presidente. Fue muy gracioso... –recuerda Mario Montoto, ex militante de Montoneros, devenido exitoso

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empresario. En la Asunción todos se levantaban a las 6.45 con el tiempo justo para cepillarse los dientes y hacer la cama. A las 7 celebraban misa y luego desayunaban. Adur compartía las tareas de la limpieza de la casa y la preparación de las comidas los sábados y domingos. Durante la semana no hacía falta, una señora les cocinaba. Uno de los clérigos lo recordó de esta manera: –Era muy carismático y con una gran vocación, justamente por eso estaba encargado de la formación, esa labor no se la dan a cualquiera. Hombre de oración y de gran brillo intelectual. Sereno, siempre dispuesto a escucharnos y a recibir a cualquier persona que llegara a la capilla. Le gustaba la música clásica y tenía muy buena relación con las jóvenes. Había nacido en Nogoyá, en el centro oeste de Entre Ríos, y le gustaba tomar el mate. Nosotros lo cargábamos, le decíamos "panza verde"... Guardaba un gran afecto por la familia y se veía mucho con una hermana soltera que vivía en Buenos Aires y que murió en 2000. Como muchos de los sacerdotes que se sumaron al Concilio Vaticano II, él estaba enmarcado en la opción preferencial por los pobres. Nosotros nos enteramos de su vinculación con Montoneros cuando fue de público conocimiento, pero su labor como formador fue intachable y sus consejos siempre fueron religiosos, nunca con contenido político.

Estrella Federal A través de la revista clandestina Estrella Federal –órgano oficial de Montoneros– de agosto de 1978, se le comunicó a la "tropa"que el padre Jorge Adur era su capellán. Esa edición número 5 traía la noticia en tapa junto con la Carta al pueblo escrita por Adur y otros dos documentos reveladores. Uno era la reproducción del reportaje conjunto al cura y al comandante montonero Horacio Mendizábal, que les efectuó en París el periodista Francisco Ortiz Pinchetti, a quien le fue dada la primicia sobre la capellanía. Y el otro, la comunicación oficial que se le hizo acerca de eso al Vaticano en fecha 10 de julio de 1978. "Viste Adur el uniforme del Ejército Montonero: la chamarra de cuero negro con las insignias de su grado –capitán– sobre el alzacuellos del sacerdote. Lo es y lo parece en todo momento. Por su apariencia apacible, por su serenidad y también por el tono casi pastoral de su voz", describía Ortiz Pinchetti en su artículo. "Por primera vez en la historia reciente, un movimiento revolucionario, un ejército popular, tiene oficialmente un capellán. La designación del padre Adur fue conocida aquí por Proceso como primicia mundial", se ufanaba. "Y algo más: el sacerdote cuenta con el consentimiento de su congregación. En breve, el Ejército Montonero comunicará oficialmente la designación a la Santa Sede", anunciaba. –¿Será usted clandestino, padre Adur?–le preguntó el periodista. –Mire, yo clandestino, en la lucha de mi pueblo, no sirvo para nada. Yo cuidaré mi vida, pero diré siempre: soy el padre Adur, soy el capellán del Ejército Montonero, me pueden escribir o me pueden ver en tal lugar, donde esté–respondió. –Otra posibilidad es que tenga conflictos con la jerarquía de su país–insistió Ortiz Pinchetti. La respuesta de Adur fue toda una denuncia: –En la Iglesia argentina, es cierto, ciertas maneras mías y de otros sacerdotes, de interpretar la situación que vive nuestro país, ha creado dificultades –reconoció–. Pero también es cierto que la Iglesia argentina, no sólo en sus cristianos sino también en su jerarquía, está en estos momentos prácticamente en el borde con respecto a la agresión, al genocidio de la dictadura militar... Claro, tendré dificultades con hombres como Victorio Bonamín (provicario castrense) o como Adolfo Tórtolo (arzobispo de Paraná y dirigente de la Conferencia Episcopal Argentina), que son el apoyo no sólo teológico, sino ideológico del enemigo del pueblo argentino. Tendré dificultades, sí, que habrá que

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encarar a su debido tiempo. Estoy convencido de que lo que justifica mi actitudes lo que hay detrás de todo esto: la justicia para nuestro pueblo. Y no se trata sólo de ponerme del lado de él, sino también de mostrarle lo que lo hará feliz. Hay una linda frase de Jesús en el Evangelio, cuando llorando ante Jerusalén, dice: "Jerusalén, si conocieras lo que te puede dar la paz..." –remató Adur. El comandante Horacio Mendizábal (militante católico, originario de la Democracia Cristiana) también aportó lo suyo en aquel artículo; dijo que le había costado mucho lograr convencer al cura para que aceptara la capellanía y luego explicó que la decisión de institucionalizar esa figura en el Ejército Montonero tenía "todo ese sentido político de recuperar la historia de los ejércitos populares y demostrarle a las masas que la Iglesia no es Bonamín o Tórtolo que bendicen las picanas y la represión, sino que la Iglesia son los católicos que pelean y los sacerdotes que están al lado del pueblo". –¿Por qué el padre Adur?–le preguntó el periodista. –Bueno, porque para ser nuestro capellán no cualquier sacerdote, sino uno que realmente expresara el amor a su pueblo y que fuera concurrente con su lucha. Y el padre Adur hace diez años que está del lado de esta lucha –explicó Mendizábal.

Carta al Vaticano La comunicación al Vaticano fue dirigida al cardenal Jean Villot –miembro conspicuo de la logia masónica P2– en su carácter de secretario de Estado de la Santa Sede y firmada por Horacio Mendizábal como "Comandante 4to. Secretario del Partido Montonero. Jefe del Ejército Montonero". Luego de describir un panorama de las luchas populares desde las Invasiones Inglesas hasta la guerra de la Independencia, y desde la Resistencia peronista hasta el terror de la dictadura de Videla, "desatando la más sanguinaria persecusión contra hombres y mujeres, 30.000 de los cuales se encuentran presos, han sido muertos o están desaparecidos", Mendizábal le apuntaba a Villot: "La barbarie sin par de la actual dictadura no fue obstáculo suficiente para que el pueblo argentino ejerciera su defensa propia debiendo llegar a empuñar nuevamente las armas, recayendo en esta oportunidad histórica la responsabilidad del enfrentamiento militar en nuestro Ejército Montonero, heredero de las luchas de los humildes y desposeídos de nuestra patria". "Esta tradición argentina contó siempre con la participación, bajo muy distintas formas, de sacerdotes y laicos de la Iglesia Católica (...) –agregaba–. Muchos son los ejemplos que nos vienen a la memoria de los hombres de Iglesia que han dado su testimonio, desde el lejano pero siempre recordado Fray Luis Beltrán, que concilio su prédica evangelizadora con las tareas logísticas que requería el Ejército Libertador del general San Martín, hasta los más próximos y tan abnegados mártires de la actual resistencia como monseñor Angelelli, el padre Carlos Mugica, los sacerdotes palatinos asesinados brutalmente en 1976, o las secuestradas hermanas religiosas sor Alice Domon y sor Renée Duquet, entre tantos otros". "El Ejército Montonero –proseguía– integrante del pueblo argentino y consecuente defensor de sus derechos, es profundamente respetuoso de sus tradiciones cristianas y valora especialmente el significado que tiene para este pueblo (...) que hombres de la Iglesia compartan activamente su justa causa, aun quedando sujetos a los mismos riesgos físicos que hoy padece el hombre argentino. Mayor es la importancia actual de dicho testimonio en tanto que en nuestro país existen algunos pocos, pero muy promocionados hombres de esa misma Iglesia, que sirven de apoyo teológico e ideológico a los opresores del pueblo, desvirtuando postulados evangélicos y la doctrina eclesial" – puntualizaba. En el siguiente párrafo, Mendizábal concluía con que "por los motivos aludidos hemos resuelto crear en nuestra fuerza la institución de la Capellanía y solicitarle al R. P. Jorge Adur tuviera a bien

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aceptar ser su titular, petición que fue aceptada quedando oficializada su designación el día 1 de julio de 1978". Por último, la carta precisaba que "por esta nota, cumplo en comunicar oficialmente a Su Eminencia y, por su intermedio, a su santidad Paulo VI, los fundamentos y circunstancias de la mencionada resolución".

Secuestro de los seminaristas Dos años antes, el viernes 4 de junio de 1976, aproximadamente a las siete de la mañana, un grupo comando había llegado a la casa de los asuncionistas, en el barrio Las Manuelitas, en San Miguel, provincia de Buenos Aires, en varios automóviles. Vestían ropa de fajina de tipo militar y cargaban armas largas, pero según testimonios de vecinos, el que daba las órdenes era un hombre vestido de civil. Habían venido en busca del padre Adur, pero no lo encontraron. En la casa sólo encontraron a dos seminaristas, los hermanos Carlos Felipe Di Pietro y Raúl Eduardo Rodríguez, ambos profesos perpetuos del Colegio Máximo de los jesuítas y alumnos de Teología del padre Adur. El hombre de civil decidió llevárselos, así que los cargaron en un Ford Falcon junto a varios bultos. Los comandos habían desvalijado la biblioteca en la convicción de que había literatura marxista. Del informe sobre esos hechos que el superior regional de los asuncionistas remitió al nuncio apostólico en Buenos Aires pidiéndole asilo político para Adur, puede deducirse que Di Pietro fue presionado por sus captores para hacer caer al religioso en una trampa y poder apresarlo: "Hacia las 11.45 del mismo día (4 de junio)–se lee en el documento– el superior regional de la congregación es llamado por teléfono por el hermano Di Pietro, quien dice querer saber dónde se encuentra el padre Jorge Adur, pues desea hacerle llegar un telegrama que le habría sido enviado a la casa donde habita. " "Hacia las 15.45 del mismo día–continúa el escrito– el superior regional es avisado de los hechos por vecinos del lugar. Inmediatamente se pone en contacto con el señor obispo de San Martín, para informarle de lo acontecido. Luego, con algunas personas de su confianza, evalúa los hechos. Dada la violencia y la inseguridad que se viven en el país, la situación es considerada muy grave. Aparentemente, el objetivo del operativo habría sido producir la detención del padre Adur". Di Pietro, nacido el 8 de agosto de 1944, había ingresado a los veintidós años, el 6 de marzo de 1967, al Centro Vocacional que los padres asuncionistas tenían en La Lucila. Según decía, había decidido su vocación movido por la influencia que sobre él ejercía aquella comunidad. De La Lucila se trasladó al barrio La Manuelita, en San Miguel, con los miembros de su comunidad, entre los que se encontraban Raúl Rodríguez, Luis Ramón Rendón, Paul Smolders y Jorge Adur. Rodríguez había nacido en Lobos, provincia de Buenos Aires, el 29 de marzo de 1947. Ingresó al centro vocacional asuncionista el 1 de octubre de 1967. Durante sus primeros años en la comunidad cursó regularmente el primero, segundo y tercer año en el Colegio Domingo Faustino Sarmiento y luego rindió libre cuarto y quinto año, según figura en el boletín En memoria de ellos, escrito por el padre Roberto Favre en 1996. Cuando Di Pietro y Rodríguez fueron secuestrados, el padre Adur, que había sido avisado del operativo, se encontraba convenientemente oculto y a salvo. Pero su hermana no tuvo la misma suerte: fue sacada de la oficina donde trabajaba e interrogada acerca del paradero del cura. En el informe al nuncio Pío Laghi, el superior de los asuncionistas continuó describiendo así lo sucedido:

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"Su hermana es interrogada por personas que se dicen de la Policía Federal. El mismo viernes 4 de junio, hacia las 10 de la mañana, fue buscada por el grupo de personas en su trabajo de la ciudad de Buenos Aires... "A posterior tomamos conocimiento que el padre Adur fue ayudado por algunos amigos y se encuentra oculto. El otro integrante de la comunidad, el hermano Luis Ramón Rendan, diácono, también se oculta por algunos amigos y luego se traslada a la República de Chile por disposición del superior provincial. "Al visitar la casa donde sucedieron los hechos, el superior regional pudo comprobar desorden en papeles y libros. "Un automóvil con dos hombres en su interior fue observado en los días siguientes al 4 de junio en las proximidades de una casa de familia, que el padre Adur suele visitar. "Frente a la gravedad de los hechos y sus posibles consecuencias, se realiza una gestión ante la Nunciatura Apostólica, tendiente a asegurar la protección del asilo para el padre Adur"– finalizaba el documento. –El padre Adur fue un sacerdote abnegado, un gran formador para nosotros. No fue un hombre que tuviera dudas sobre su vocación, todo lo contrario. Mientras estuvo con nosotros cumplió sacerdotalmente con su misión. –El día que secuestraron a los dos seminaristas, él había hecho un viaje, no sabíamos adonde estaba. Después nos enteramos de que estaba en Francia y no volvimos a tomar contacto con él – contó otro miembro de la congregación.

Los Tacuara Tacuara tenía un atractivo puramente romántico para los jóvenes católicos argentinos sedientos de acción. Era una organización violenta, de extrema derecha, que los activistas de la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (UNES) habían formado después del golpe militar del 16 de septiembre de 1955. En parte, porque muchos pertenecían a familias respetables; y en parte, porque profesaban un virulento anticomunismo, sus miembros gozaron casi siempre de inmunidad policial. Eran adoctrinados por el ultranacionalista cura Julio Menvielle, admirador del corporativismo y por el seminarista Alberto Ezcurra. Amaban a Adolfo Hider y a Benito Mussolini; condenaban el sionismo y ponían en duda que el Holocausto hubiera existido; se proclamaban resistas y sanmartinianos; y eran capaces de matar a puntapié a quien se atreviera a sugerir que el Padre de la Patria había sido masón. Sistemáticamente, cada 11 de septiembre, Día del Maestro, los chicos de Tacuara destrozaban en nombre de Facundo Quiroga y del Chacho Peñaloza alguna estatua de Domingo Faustino Sarmiento; y cada 2 de febrero, aniversario del Pronunciamiento contra Juan Manuel de Rosas, hacían lo mismo con el busto del "traidor" Justo José de Urquiza. Los fundadores de la Organización Montoneros, Fernando Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus, pertenecieron desde sus catorce años a Tacuara. La familia de Ramus poseía un campo en Timote donde las cruces gamadas eran parte de la decoración del living. Entre sus simpatizantes también se encontraba Rodolfo "Gabriel o el loco" Galimberti, quien ingresó a Tacuara a los catorce años y luego se transformó en líder de la Juventud Peronista, y jóvenes que después integraron al ERP, las FAP y los Tupamaros. Norberto Crocco –hermano de Noemí, la mujer de Aldo Rico– y Carlos Capuano Martínez, este último ligado a la Iglesia Cristo Rey de Córdoba, y ambos miembros de la Juventud de la Acción Católica Argentina, fueron tacuaras antes de convertirse en montoneros. Crocco admiraba al mariscal Rommel. También fue tacuara el dirigente de la JEC, Mario Firmenich, hijo de yugoslavos croatas, quien por entonces se confesaba católico, antisemita y de extrema derecha.

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El lema de Tacuara era "Religión o muerte" y según escribió Mario Diament en un reportaje a Juan Manuel Abal Medina, hermano de Fernando, que se publicó en la revista Siete Días en 1983, el grupo estaba vinculado a los servicios de inteligencia. Aunque por su afinidad con el corporativismo de Mussolini, podía suponerse que también simpatizaban con Perón, nada les resultaba más ajeno. Probablemente la quema de las iglesias, en junio de 1955, y su pertenencia a una clase adinerada y católica, los separaba de la chusma de los cabecitas negras, y los colocaba en la vereda de enfrente. Los tacuaras eran antiperonistas. Sin embargo, cuando en los sesenta ingresaron a sus filas jóvenes peronistas católicos, comenzó a crecer el ala "izquierda" de la agrupación. Y así nace el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT), dirigidos por José Luis Nell (es herido de gravedad el 20 de junio en Ezeiza) y Joe Baxter, un estudiante de abogacía de origen inglés, que más tarde se fuga a Uruguay y crea las semillas de lo que después fue el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). El historiador inglés Richard Gillespie en su libro Soldados de Perón, dice: "Definidos como los "peronistas jóvenes que querían pelear", el MNRT, como recordó un antiguo afiliado, leía cuanto de subversivo y clandestino –incluso papeles de la OAS (Organisatión Armee Secrete)– sin que le importara la ideología política. Había en ello mucho de infantilismo y romanticismo". "La tendencia a beber en tales fuentes de información provenía principalmente del deseo de aprender a dirigir una lucha guerrillera aun cuando la mayor parte de los escritos (muchos de ellos provenientes de Cuba y Argelia) que devoraban los miembros de aquel movimiento impartían ideas izquierdistas. " Ezcurra fue parte del MNRT y más tarde, regresó a su vocación en el seminario de Paraná y se ordenó sacerdote en 1971. En cambio, otro dirigente montonero, Dardo Cabo –hijo de un legendario dirigente metalúrgico– había dirigido un grupo nacionalista católico, también derechista, pero peronista, llamado Movimiento de la Nueva Argentina, antes de ser encarcelado en 1966. La historia merece ser contada por el surrealismo que encierra. La "Operación Cóndor" fue elucubrada por Dardo Cabo y consistió en la ocupación pacífica y simbólica de las Malvinas. Desviaron un avión de Aerolíneas Argentinas, justo en el momento en que el príncipe Felipe de Edimburgo desembarcaba en Buenos Aires y era recibido por el gobierno de la "revolución argentina". En el avión viajaba Raúl Ricardo García, luego director del diario Crónica, que viajó como rehén y consiguió la primicia. El grupo estaba compuesto además de Cabo, por quince jóvenes peronistas más: Alejandro Giovenco (que desembarcó en las islas con una cruz en el cuello y en el año 1975 cuando integraba un grupo de la ultraderecha, caminando por la calle rumbo a un atentado el explosivo que llevaba explotó antes de tiempo, y le voló el brazo),y María Cristina Verrier, una bella joven hija de un juez, que trabajaba de actriz y a la que Cabo había enamorado con su audacia y sus historias militantes. Cuando regresaron a la Argentina, todos terminaron presos. Al salir de la cárcel, Dardo Cabo se convirtió en jefe de la organización Descamisados (en 1973 se fusionaron con Montoneros), junto a los militantes católicos Horacio Mendizábal y Norberto Habegger, luego director del diario Noticias.

Cristianismo y Revolución La revista Cristianismo y Revolución apareció por primera vez en septiembre de 1966. La evolución de las ideas políticas de Juan García Elorrio, quien ejerció una gran influencia sobre los premontoneros, se plasmaron en cada una de sus notas y editoriales. También los jóvenes de la Juventud Peronista (JP), fuesen o no católicos, se la devoraban. Su lectura era obligatoria para poder estar a la page, tal como en los años cincuenta lo era leer a Proust y en los sesenta a Sartre. –Yo particularmente no fui un militante cristiano. Vengo de una familia donde se preocuparon

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porque tomara la primera comunión, pero después no tuve una formación religiosa más amplia. Sin embargo, como cualquier joven militante de los setenta me devoraba la revista Cristianismo y Revolución. No se podía actuar, relacionarse ni intercambiar ideas sin leer esa revista – reconoció Dante Gullo, ex militante de la JP. Hijo de un matrimonio de clase media alta, con panteón familiar en el Cementerio de la Recoleta y el corazón en la derecha católica, Juan García Elorrio no pudo menos que ingresar al Seminario de San Isidro para ser cura. Pero no tardó mucho en darse cuenta de que su destino no sería el sacerdocio: a los veintiún años abandonó aquella vieja casa rodeada de árboles, cercana a la Catedral, y tomó como lema de vida las máximas de Camilo Torres y el Che Guevara: "El deber de todo católico es el de ser revolucionario. El deber de todo revolucionario es el de hacer la revolución". Antes de que muriera sospechosamente atropellado por un auto en 1970, Juan García Elorrio tuvo tiempo para reconciliar a los católicos con la violencia. "Camilo Torres, silenciado y retaceado por sus propios hermanos cristianos, nos señala el carisma evangélico en la lucha por la liberación de nuestros pueblos y su nombre es bandera del movimiento revolucionario latinoamericano", decía el primer editorial de Cristianismo y Revolución. En la revista publicaban sus comunicados el ERP, los Montoneros, y las Fuerzas Armadas Peronistas. A propósito de Juan García Elorrio, aunque influyó poderosamente en los jóvenes católicos que ingresaban en manada a la guerrilla, todos los testimonios aseguran que a pesar de su gran carisma, no fue muy querido por sus compañeros. Y menos aún por las mujeres, debido a su autoritarismo y misoginia. "Graciela no tenía un buen recuerdo de García Elorrio, pero la noticia de su muerte la conmovió por algún momento. Después, mientras seguía hablando por teléfono, se acordó de cuando él la echó del Camilo y, enseguida, de cuando una vez que estaban caminando por la calle Córdoba y Pueyrredón y Juan estaba con bronca con una militante." –Son todas iguales. A las mujeres la política les entra por la vagina, y así les va –recuerdan sobre una anécdota de Graciela Daleo, Caparros y Anguita en La Voluntad. A finales de los sesenta la Argentina era una hoguera. En abril de 1964, sobre una colina ubicada encima del río Las Piedras, en Oran, Salta, un grupo de guerrilleros –el Ejército Guerrillero del Pueblo– hambrientos y desahuciados, fueron apresados por el Ejército. Entre ellos –era su jefe– se encontraba Jorge Ricardo Massetti, un militante nacionalista ultracatólico, periodista obsesivo, amigo de Rodolfo Walsh, que había estado con el Che en Sierra Maestra y luego de la revolución, en 1959, fue el mítico jefe de la agencia de noticias Prensa Latina. Ésta fue la segunda experiencia de guerrilla rural en la Argentina. La primera fue Uturuncos, en 1960. En septiembre de 1968, se descubría en Taco Ralo, a 120 kilómetros deTucumán, un campamento guerrillero rural, integrado por Néstor Verdinelli, Envar el Kadre, Amanda Peralta de Dieguez, Samuel Slutzky, Dionisio Pérez y el seminarista español Arturo Ferrer Gadea, quienes se definieron como "argentinos, revolucionarios y peronistas". El mayor Alberte, secretario del Partido Justicialista (asesinado en 1976) los reconoció como tales y la CGT de Ongaro les mandó un abogado. Luego fueron parte de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) en el seno de la cual estaban además, Carlos Caride y los seminaristas Arturo Ferré Gadea y Gerardo Ferrari, vinculados íntimamente a Cristianismo y Revolución. Pero también eran reporteados en el mensuario curas del Tercer Mundo, como el padre Hernán Benítez. En septiembre de 1970, a poco del secuestro del general Pedro Eugenio Aramburu, se le preguntaba al cura lo siguiente: –¿No cree usted, padre Benítez, que los curas del Tercer Mundo, con su prédica de la violencia, son un poco responsables en el fondo del asesinato de Aramburu? –En el fondo, del asesinato de Aramburu, más responsables que los curas del Tercer Mundo, es usted, soy yo, es el cardenal Caggiano y el propio Aramburu –respondió Benítez. Y continuó: "Porque observe usted, los jóvenes señalados por la policía como ejecutores del hecho, no son de extracción peronista. No son gente del pueblo. No son hijos o parientes de los veintinueve argentinos,

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unos asesinados, otros ejecutados, en junio del '56. Huelen a Barrio Norte. Católicos de comunión y misa regular. Algunos, hijos de militantes de los comandos civiles. Al caer el peronismo contaban con cinco o diez años. Nacieron y crecieron oyendo vomitar pestes contra el peronismo. ¿Qué los lleva a reaccionar violentamente contra el medio social en que se acunaron? A mi entender, dos causas: primera, la convicción de que sólo la violencia barrerá con la injusticia social. Por las buenas jamas los privilegiados han cedido uno sólo de sus privilegios. Estos jóvenes sienten con una fuerza que no sentimos los viejos, la monstruosidad de que un quince por ciento posea más bienes que el ochenta y cinco por ciento restante. Viven en estado de indignación y de irritación del que apenas podemos formarnos idea (...)". Juan Manuel Abal Medina, hermano de Fernando, uno de los fundadores de Montoneros asesinado en William Morris, él también dirigente peronista, luego exiliado en México, decía sobre su hermano: "Saliendo del Buenos Aires, Fernando ingresó en la Facultad de Ciencias Económicas –quería estudiar economía política–. Y allí comienza una vinculación más cercana de él con grupos vinculados al catolicismo post conciliar, por llamarlo de alguna manera: los grupos vinculados a la teología de la liberación, en especial el de Cristianismo y revolución, que en aquel entonces era el centro periférico de la Argentina. Para estas mismas épocas yo me vinculo con quien fue mi primer maestro político: Marcelo Sánchez Sorondo; y colaboro con él como secretario de redacción del periódico Azul y Blanco, durante ocho años. Esta actividad comienza estando yo todavía en el Buenos Aires y dura hasta que tuve 24 años. En un determinado momento Fernando se aleja un poco de la familia. Esto nos sorprendió a todos. Intenté conversar con él en varias ocasiones. Pero a pesar de todo lo abierto que era en sus demás cosas, en este tema de por qué dejaba de estar en casa por semanas, era muy cerrado..." Una época tan alborotada también engendraba sus anticuerpos y la censura se había convertido en algo cotidiano. Todo aquel que generaba la menor sospecha de "inmoralidad" o "comunismo" era inmediatamente prohibido. En los albores de 1968, las cincuenta comisarías de Buenos Aires habían sido instruidas mediante una circular que debía reprimir el auge de las camisas floreadas y los pelos largos. La prioridad era la guerra anti hippie, aun cuando la mayoría de las comisarías no contaran con los elementos necesarios para atender sus funciones específicas. Como anécdotas divertidas de la época valen las siguientes: una de las víctimas del largo de la cabellera como problema de los organismos de seguridad fue el plástico Ernesto Deira, rapado luego que fuera víctima de una razzia en la inauguración de un café concert que los uniformados confundieron con un mitin "castrocomunista". En una conferencia de prensa, el jovenzuelo Luis Ángel Dragani, vocero de la cuasi ignota Federación Argentina de Entidades Anticomunistas, denunciaba que gracias a la astucia de uno de sus miembros – había conseguido un curso de detective por correspondencia– había logrado infiltrar las filas hippies y se habían enterado de que sus lideres pretendían convertirlos en guerrilleros al servicio de Pekín, amén de anular la voluntad juvenil suministrándoles drogas como Dexamil Spansule 2 (cuyo único resultado sería convertirlos en anoréxicos o fanáticos del estudio). Baluarte creativo de la década, el Instituto Di Tella había estimulado una forma de investigación colectiva que rompió con las pautas tradicionales del quehacer intelectual argentino. Allí se sintetizó y procesó toda la experiencia de vanguardia que habían hecho plásticos y músicos. En mayo de 1968 el Instituto fue clausurado a causa de un evento en el que se exponía un baño público creado por el artista Roberto Plate y al que el público tenía acceso. El descubrimiento de un grafitti con contenidos "porno-políticos" (como el de cualquier baño de este tipo) desató las iras de los censores, provocó el cierre del organismo y el proceso de desacato a su director, el ingeniero Enrique Oteiza. A principios de junio fueron profanadas tumbas del cementerio israelita de Liniers. La liberación en Munich de William Harsters, jefe de la policía de la ocupación alemana en Holanda, responsable de la muerte de mas de ochenta mil judíos, entre ellos Ana Frank, coincidió con la aparición de una fuerte cantidad de publicaciones antisemitas. Mientras tanto, el sacerdote nazi Julio Menvielle, de Tacuara, se enorgullecía, en declaraciones a la revista Panorama,

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de que "el sentimiento antijudío es cada vez más fuerte en el país" y la Guardia Restauradora Nacionalista proponía colgar en Plaza de Mayo al psicoanalista Mauricio Goldenberg. En 1969, los militantes católicos, Emilio Maza, Carlos Capuano Martínez, Susana Lesgart (asesinada en la cárcel de Trelew en 1972), Ignacio Vélez y Gustavo Ramus realizan el copamiento de la localidad de La Calera en Córdoba, que provocó primero un shock en la población y luego una gran adhesión. Maza fue herido y un sacerdote amigo lo escondió. Aquí aparece vinculado por primera vez, Elbio Gringo Alberione, sacerdote muy relacionado a la teología de la liberación, que luego abandonó los hábitos y se convirtió en uno de los miembros de la conducción de la organización guerrillera. Un año más tarde vendría el lanzamiento de Montoneros, con el secuestro y asesinato de Aramburu. En el equipo de Cristianismo y Revolución o el Comando Camilo Torres militaban, entre otros, Casiana Ahumada, esposa de García Elorrio, quien después de la muerte de su marido se convertiría en la directora de la revista, Graciela Daleo, Mario Firmenich, Carlos Ramus, Fernando Abal Medina, José Sabino Navarro y Emilio Maza. A mediados de 1967 eran treinta militantes que no habían cumplido los veinticinco años, divididos en células casi militares de tres niveles distintos de funcionamiento. José Sabino Navarro, venía de la JOC de Córdoba, era dirigente mecánico del Smata y tomó el mando de Montoneros cuando fue asesinado Fernando Abal Medina, el 7 de septiembre de 1970 –años después declarado Día del Montonero– en la confitería La Rueda de William Morris. Sabino Navarro, el Negro, era un correntino parco, introvertido, aguerrido, de fuertes convicciones políticas y muy querido por sus compañeros. El Comando Camilo Torres dirigido por Juan María Elorrio fue precélula de Montoneros. Su nombre no hacía suponer que sus militantes debieran ser forzosamente cristianos, aunque muchos lo eran. Una excepción fue Norma Arrostito –mujer de Fernando Abal Medina– que sólo se convertiría al catolicismo estando presa en la ESMA. La mayoría creía en las posiciones de la Iglesia Tercermundista, aunque iban más allá. Consideraban que la violencia iba a ser el método revolucionario por excelencia y se inspiraban en la Revolución Cubana. También iniciaban un acercamiento al peronismo, aunque desconfiaban de las dotes transformadoras de Perón. Cristianismo y Revolución fue un gran movilizador en la radicalización de los 400 sacerdotes argentinos y del puñado de obispos que apoyaron el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). Aunque fueron contados los que ayudaron a los guerrilleros o justificaron sus actividades, muchos de ellos –aun cuando trabajaran por la paz– se negaron a condenarlos públicamente y pidieron, en vez de ello, que se cuestionara el sistema generador de su violencia", dice el escritor inglés. "En un país donde el 90 por ciento de la población estaba bautizada y el 70 por ciento había recibido la primera comunión, las ideas católicas radicales socavaron decisivamente la influencia conservadora que la jerarquía eclesiástica ejercía sobre millares de argentinos. Especialmente los jóvenes despertaron la preocupación por los problemas y los cambios sociales, legitimaron la acción revolucionaria y encauzaron a muchos hacia el Movimiento Peronista", aclara Gillespie, quizás el historiador que mejor desmenuzó aquellos años. En realidad, para el puñado de católicos que constituyeron el núcleo montonero, sus fundadores, esas ideas eran el elemento más importante de las modificaciones en la acción. El 18 de mayo de 1965, Carlos Mugica representó a la opinión católica en el encuentro Diálogos entre Católicos y Marxistas. Fue en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y estaba acompañado por Guillermo Tedeschi. En la tribuna opuesta se encontraban Fernando Nadra y Juan Carlos Rosales, dirigentes del PC. Mugica dejó bien en claro las diferencias entre unos y otros: el concepto de Dios y oración, el sentido del sexo y del arte, la concepción del amor al prójimo y el concepto de persona, fueron puestos en blanco y negro. Pese a ello, aquel encuentro significó el principio del fin de la Juventud Universitaria Católica (JUC). Los obispos no aprobaron esta reunión. Eduardo Díaz de Guijarro, presidente de los estudiantes

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católicos, fue citado para dar explicaciones ante la Comisión Permanente del Episcopado, la cual decidió en diciembre de ese año intervenir la JUC. En los hechos, se la empujó así a su desintegración. A la hora de juzgar, monseñor Adolfo Tórtolo fue uno de los más duros, mientras que el cardenal Caggiano se mantuvo con un espíritu conciliador. Unos años después, aquellos ex militantes de la JUC secuestraban a Aramburu.

Una fe militante Donde cayó Camilo, nació una cruz, pero no de madera sino de luz, cuando iba por su fusil, Camilo muere para vivir. CANCIÓN DE DANIEL VIGLIETTI EN HOMENAJE AL CURA GUERRILLERO Nada más romántico que un cura guerrillero, para la generación argentina de los años setenta. Por más que el 15 de febrero de 1966 los agentes del régimen colombiano terminaron con la existencia física del padre Torres, su figura siguió señalando el camino de la liberación latinoamericana en la década siguiente. Tras su muerte, entre sus documentos personales se halló la siguiente confesión: "Soy revolucionario como colombiano, porque no puedo ser ajeno a las luchas de mi pueblo. Soy revolucionario como sociólogo, porque gracias al conocimiento científico que pude adquirir de la realidad llegué al convencimiento más absoluto de que soluciones eficaces no se logran sino gracias a la revolución. Soy revolucionario como cristiano, porque la esencia del cristianismo es el amor al prójimo y solamente por la revolución puede hallarse el bien de la mayoría. Soy revolucionario como sacerdote, porque la entrega al prójimo exigida por la revolución es un requisito de caridad fraterna indispensable para realizar el sacrificio de la misa, que no es una ofrenda individual, sino de todo el pueblo de Dios, por intermedio de Cristo". "Yo he dejado los deberes y los privilegios del clero, pero no he dejado de ser sacerdote. Creo que me he entregado a la revolución por amor al prójimo. He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo en el terreno temporal económico y social. Creo que así sigo el mandato de Cristo." Había nacido en Bogotá el 3 de febrero de 1929. Ordenado sacerdote viajó a Bélgica y en la Universidad de Lovaina se doctoró en sociología y ciencias políticas. Cuando volvió a su tierra no dejó de realizar conferencias, clases y cursos universitarios. También escribió ensayos y libros, todo con el único objetivo de lograr la revolución social en su patria y en toda América latina. Luego de convencerse de que no alcanzaba con las palabras, se incorporó al Ejército de Liberación Nacional (ELN). El gobierno de Guillermo León Valencia lanzó sobre el cura y su grupo todo el poderío militar de que disponía. En combate desigual, Camilo cayó junto a otros cuatro combatientes. Pero Medellín había incitado a una revolución teológica que se extendió por amplios sectores de la Iglesia católica durante los años sesenta y produjo un impacto particularmente fuerte en los jóvenes argentinos. Esa teología fue impartida al embrión de los Montoneros por dos hombres, cuyas diferentes actitudes respecto de la violencia, reflejaban el dilema de los radicales católicos. Juan García Elorrio adoptó el punto de vista de Camilo Torres, según el cual "la revolución no sólo está permitida, sino que es obligatoria para todos los cristiano: que vean en ella la manera más eficaz de hacer posible un

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mayor amor para todos los hombres". Carlos Mugica hizo la opción por los pobres y por la democracia, con la vuelta de Perón al poder.

Mateo Perdía y Arturo Paoli Nacido en Pergamino, provincia de Buenos Aires, Roberto Cirilo Perdía se crió en el seno de una familia cristiana con dos tíos que fueron curas pasionistas: Mateo y Marcos. El primero fue presidente durante casi ocho años de la Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR). Durante su mandato, entre la segunda mitad de la década del setenta y comienzos de los años ochenta, el CLAR tuvo pronunciadas diferencias con la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM), conducida por el cardenal colombiano Alfonso López Trujillo. –Mateo fue párroco de la Iglesia de la Santa Cruz y provincial de los pasionistas en Argentina y Uruguay. El ayudó para que la parroquia, donde residía, fuera utilizada por el grupo originario de las Madres de Plaza de Mayo –recordó su sobrino, quien actualmente trabaja en la Universidad de Lanús, haciendo una maestría en Políticas Públicas. Su último cargo fue como asesor de la Subsecretaría de Derechos Humanos, hasta 1998, en pleno gobierno de Carlos Menem, cuando renunció Alicia Pierini. En su libro La otra historia, Roberto Perdía escribió: "En la iglesia de la Santa Cruz se hicieron a comienzos de 1977 las primeras reuniones presididas por Azucena Villaflor de De Vicenti, madre de un desaparecido dirigente peronista. En ellas se infiltró Alfredo Astiz y él fue quien entregó a Azucena, a otros familiares y a las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, todos secuestrados y desaparecidos entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977". A comienzos del año 2001, durante una larga entrevista a propósito de este libro, contó que había tenido un diálogo permanente con Mateo antes de estar en la organización, durante su militancia y todo el tiempo que estuvo en el exilio. –Nos encontrábamos en algún lugar del mundo, porque él vivía bastante amenazado. Entraba y salía con bastante cuidado de la Argentina y así desarrollaba su actividad. Hasta que murió, hace de esto cinco años, tuve con él un diálogo muy fuerte. Por todo esto, mi relación personal con la Iglesia no sólo viene de la posición de la organización sino también de una tradición familiar. Con Mateo me unían no sólo lazos familiares, sino una manera de pensar, que nos identificó con el Concilio Vaticano II, entre otras cosas. Roberto Cirilo Perdía se recibió de abogado en la Universidad Católica Argentina, y también estudió en esa casa dos años de sociología. No iba a misa periódicamente, sólo en ocasiones participaba de alguna ceremonia. En cambio, era presidente del Centro de Estudiantes de Derecho y dirigente bancario. –Un día me incorporé a un grupo que se llamaba Economía Humana, que había formado un abogado, Juan Zabala Rodríguez. Allí se reflexionaba sobre el círculo de la pobreza y sobre todo uno se capacitaba. En una de esas charlas lo conocí al cura Arturo Paoli, me impresionó mucho su pensamiento y en 1964 me fui con él a Reconquista, al norte de Santa Fe, a trabajar con los hacheros, hasta el '68 o '69. Arturo Paoli era un sacerdote italiano, de manera que intentó trabajar en la Argentina sobre el diálogo entre cristianos y marxistas, al modelo de su país. Pero se encontró con que los cristianos de acá no eran como en Italia, de la Democracia Cristiana, sino peronistas. En esa comunidad, Perdía fue el referente de los jóvenes que trabajaban junto al padre y también abogado de distintos gremios, pero tenía vínculos permanentes con Buenos Aires y muy pronto los tendría también con el grupo del cura Mugica.

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–Ahí lo conocí a él, a Abal Medina, a Firmenich, a Ramus, cuando fueron a misionar en el '66 al norte de Santa Fe, en Tartagal. Yo era uno de los referentes de los jóvenes que trabajaban con el padre Paoli y por eso nos conocimos. Pasé varios días con ellos en el campamento, nos poníamos a charlar, a guitarrear, a jugar al fútbol y nuestra teoría era reflexionar la realidad a la luz del Evangelio. Después de ese encuentro, cada tres o cuatro meses yo venía a Buenos Aires y nos reuníamos en el altillo que Mugica tenía arriba de la casa de los padres, cerca de Las Heras y Pueyrredón, con toda la banda: Abal, Firmenich, Ramus, Lucía Cullen. Después de las reuniones del altillo, a veces bajábamos a comer a la casa de los padres –recordó Perdía. Ya en 1967, ese grupo se reunía con sectores peronistas donde se discutía si lucha armada "sí" o lucha armada "no", lo cual no era exclusivo de la Argentina, ya que se discutía en toda América latina el tema de la violencia. Perdía mantenía esas discusiones dentro del grupo de Paoli pero también con el de Mugica: –En el marco de la Iglesia yo seguía vinculado a Paoli y el obispo era Iriarte, que venía de sectores progresistas y cada vez se corría más a la derecha. Participaba de reuniones en la parroquia y la misa era también un ámbito de discusión y reflexión, siempre en un clima cristiano de compromiso. El cura Paoli no era un sacerdote comprometido con la violencia ni propagandizador, pero sí muy jugado en la defensa del pobre y bajo ese punto de vista planteaba que había que seguir los caminos de Dios, aunque no era de decir "cuidado, no lleguen hasta ahí". En cambio, el área porteña era más acelerada, ahí sí había una decisión en términos de un compromiso armado y Mugica acompañaba ese proceso y lo impulsaba. Si tuviera que comparar las actitudes de Paoli y Mugica, diría que el primero decía "compromiso con la gente" y que Mugica agregaba "con la gente y hasta donde haga falta". El grupo del Norte tenía la idea de que la respuesta violenta debía darse en la medida en que la gente la fuera asumiendo y de hecho ya habían practicado algunos primeros ejercicios con los sindicatos de los hacheros de la zona para lograr a fuerza de pistola lo que con el sentido común no se conseguía: –Hacíamos firmar actas de convenios colectivos arma en mano y al otro día íbamos con abogados y escribanos a que se ejecutara lo firmado –recordó Perdía–. Estas cosas yo las hablaba con Mateo y él tenía una idea parecida a la que tenía Paoli. No era alguien que estimulara la violencia, pero tampoco la reprimía. Después, cuando decidimos organizar una corriente específica armada, lo conversé con él y no le extrañó. Ni me desalentó con un "no" absoluto, ni me alentó especialmente. Muchas cosas que hice las aprendí de Paoli, lo cual no me exime de mi responsabilidad, como tampoco la tuvo él de muchas macanas que me mandé–explicó. El ex montonero también recordó que en las reuniones que el grupo de Paoli mantenía con el de Mugica, iba surgiendo un compromiso fuerte, que primaba sobre las diferencias de opiniones. Lo explicó así: –Había una especie de compromiso tácito: al primero que se largue como estructura político militar, los demás lo apoyamos. Yo, en el '66, había leído algo que me impresionó mucho acerca de la guerrilla colombiana: "Ahora que sonaron los primeros tiros, que están los primeros muertos, ¿dónde están los que hablaron?", decía. Nuestro compromiso, entonces, tenía que ver con estar, con no desaparecer. Ya cuando aparecieron los primeros muertos, estuvimos y no evaluamos ni tácticas ni estrategias. Posiblemente ése fue un error político, pero era un compromiso cristiano y humano. Y así pasó: cuando sonaron los primeros tiros se acabaron las discusiones, se acabaron las palabras. No en vano, la organización siempre se definió como una corriente que reivindicó el aspecto cristiano de la cultura popular, y más allá de que hubiera compañeros judíos o ateos, ese espíritu cristiano siempre primó. Lo que no significaba que se hicieran ceremonias ni instrucción religiosa, claro.

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La relación con el Episcopado Así como hubo curas próximos o decididamente montoneros, en el otro extremo del arco se alineaban aquellos que llegaron a confraternizar profundamente con la dictadura. En tanto, en el medio del abanico se arracimaban los que silenciosamente trataban de preservar el clero de mayores desgracias y también los que callaban por miedo o conveniencia. Pero para Perdía sólo caben dos distinciones: –Hubo tipos que nos dieron mucho, un Carlitos Mugica, un Paoli, un Mateo, un Adur, a quienes reivindico totalmente y con los que estoy totalmente identificado. Y hubo otra iglesia absolutamente cómplice de la dictadura. Tenía sus razones. En diciembre de 1976, a los pocos meses del golpe militar, la Organización Montoneros le envió una carta al Episcopado Argentino planteándole sus razones acerca de la elección de la vía violenta. En ella se reivindicaba el espíritu cristiano de esa lucha y se le pedía su mediación para acabar con las desapariciones de personas. Pero no hubo respuesta. La misma suerte corrieron otras tres o cuatro cartas del mismo tenor, que fueron enviadas en años sucesivos. El padre Adur fue el emisario de la última, fechada en 1982. Días después desaparecía cuando viajaba de retorno a Brasil. La primera decía así: "Debemos dejar claro una vez más que jamás hemos cometido el desatino de pretender desarrollar la apología de la violencia como una cosa buena en sí misma. Por el contrario, como que la padecemos con rigor y la ejercemos con dolor, sabemos que la violencia de la guerra (pues no se trata de otra cosa), produce sufrimientos, pérdidas irreparables a los pueblos, mucho más cuando como en el caso argentino, se trata de una guerra civil. Sin embargo, resulta inalienable e indiscutible universalmente el ejercicio de la violencia en defensa de la patria, en defensa propia del pueblo y en defensa propia de sus individuos. Tal como lo hicimos en 1975, nuestro Partido levantaba permanentemente una propuesta de pacificación nacional (...) "Confiamos en que la Iglesia argentina, tan golpeada también por la violencia asesina de la dictadura, sepa interpretar nuestros anhelos de paz y justicia. Su voz mesurada y apaciguadora suele ser escuchada en medio de los más fragosos combates, y su posición le permite mediar donde nadie lo logra. Queda en vuestras manos y en la voluntad de los responsables de esta guerra la última palabra. Es nuestro deseo obtener vuestra respuesta por escrito o bien oralmente, en fraternas conversaciones personales. " La carta era firmada por Firmenich, Perdía, Yaguer y Roque, en nombre de la Conducción Nacional de Montoneros. En la carta del 29 de mayo de 1980, la organización señalaba las coincidencias entre el Documento del Episcopado Argentino, cuyo título era Evangelio, diálogo y sociedad, y el difundido por el Movimiento Peronista Montonero el 20 de abril de 1980, llamado La justicia social y la soberanía popular son el camino hacia la democracia y la paz. En uno de los párrafos de esa misiva la Conducción Nacional de Montoneros pedía lisa y llanamente un acercamiento de posiciones con la Junta Militar, pero ni aún así el Episcopado Argentino se dignó a interceder para que la paz fuera posible. "Citando a Pablo VI, acerca del diálogo para la paz (...) no sólo compartimos el deseo de paz– decían los montoneros– sino que vuestra invitación en el documento nos sugiere una nueva instancia para iniciar el diálogo para la paz. Así entonces, pensamos que el Episcopado Argentino podría garantizar que la Junta Militar tuviera en sus manos nuestro documento, y eventualmente, también oficiar como canal de comunicación entre las partes e inclusive como mediador. He aquí entonces nuestra petición concreta". El Episcopado hizo mutis por el foro, pero la historia dejó algunas enseñanzas y hoy en la Iglesia

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argentina soplan nuevos vientos. El mismo Perdía no dejó de reconocerlo: –En el último tiempo veo ciertos cambios en el seno de la Iglesia. En los primeros días de julio de 2001 estuve en la misa por la memoria de los palatinos asesinados y me impresionó ver la presencia de catorce obispos y del cardenal. También me sorprendió la masiva presencia del clero en el sepelio de monseñor Novak, que fue un tipo representativo de dos temas fundamentales en la Argentina: el de los derechos humanos y la pobreza. En esos dos actos yo percibo una Iglesia que, acorde con la crisis de la sociedad, se está ubicando en otro lugar más cercano y comprometido –reflexionó. De todas maneras, en el Episcopado argentino sigue habiendo grandes divisiones ante las manifestaciones del Papa Juan Pablo II, condenando las graves violaciones a los derechos humanos que se cometieron durante la dictadura y la cuestión de los desaparecidos. –Hay sectores que dijeron que la Iglesia debería hacer cumplir literalmente la exigencia papal, otros hacen oídos sordos y algunos llegaron a cuestionar las palabras del Papa sugiriendo que está mal asesorado. –En lo personal, hay sacerdotes que me escriben dando aliento, otros para saber cómo estoy y otros para condenarme duramente. Yo lucho por el socialismo sin que haya ninguna incompatibilidad entre mi fe y esto, por el contrario–puntualizó el ex jefe montonero. Los miles jóvenes que en los setenta optaron por la violencia, habían asumido que los esfuerzos constitucionales para provocar un cambio habían sido frustrados reiteradamente. Y ésa fue la explicación que dieron los protagonistas de la guerrilla cada vez que tenían que justificar el uso de la violencia. El veto militar al resultado de las elecciones de 1962, la proscripción del peronismo en 1963,y el golpe militar de 1966, la fuerte represión estudiantil, provocada por unos generales reaccionarios y ultracatólicos, decididos a quedarse en el trono largo tiempo, son ejemplos claros. La síntesis perfecta de la cruz y la espada. Con el paso del tiempo, muchos –participantes y simpatizantes– creyeron que la violencia traería como contrapartida justicia social. No fue así y el país desembocó en tragedia y ruptura democrática. Sin embargo, la aceptación de la lucha armada y el nacimiento de las organizaciones guerrilleras en todas sus expresiones del nacionalismo, izquierdistas y populares, no habrían ocurrido nunca sin los cambios producidos en la Iglesia católica, a través del Concilio Vaticano II de Juan XXIII y Pablo VI. Mal que les pese a algunos dentro de la jerarquía católica, a la hora de reconocer errores, omisiones y complicidades.

5 Jinetes del Apocalipsis

–Esa imagen no se me borró jamás; era un hombre con sotana negra y cinturón violeta. Sólo pude verlo desde la cintura para abajo porque estaba encadenada y encapuchada, y hasta hoy me pregunto cuál sería su cara... Miriam Lewin fue secuestrada el 17 el mayo de 1977 por una patrulla de la Fuerza Aérea, en la avenida Crovara de La Matanza. Tenía sólo dieciocho años, militaba en Montoneros y, tal como Firmenich recomendaba desde su dorado exilio, llevaba una pastilla de cianuro entre sus ropas. Le habían enseñado que era su deber suicidarse antes que delatar a un compañero bajo torturas y poner en peligro a toda la célula de la organización. Cuando se vio perdida, Miriam se la metió en la boca. Pero sus captores la vieron y rápidamente ordenaron un lavaje de estómago para salvarla, ahí nomás en la calle y frente a algunos transeúntes aterrados que pasaban. Incluso, uno de ellos que la quiso defender, fue atacado a culatazos y patadas por los atacantes, que bajo amenazas de muerte desapareció del lugar. Pero lo de ellos no fue una actitud de buenos cristianos: creían que viva podría aportar una preciosa información. Pero no fue así: Miriam jamás dijo una palabra durante los dos años en que permaneció desparecida. La torturaron y mantuvieron detenida en un centro ilegal situado en Virrey Ceballos 632

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del barrio de Congreso, próximo a la Jefatura de Policía, en la Capital Federal, hasta que la Armada la pidió creyéndola comprometida en un atentado contra esa fuerza. El 27 de mayo de 1978 Miriam fue trasladada a la ESMA y llevada a la Capucha, la sala de torturas. Un día en que, encadenada y encapuchada, la bajaban por las escaleras para ir al baño, divisó frente a sí la parte inferior de una sotana. El hombre que la llevaba puesta subía y si no tropezó con él fue porque el guarda que la acompañaba le había levantado levemente la capucha para que pudiese ver los escalones. Muchas órdenes religiosas usan sotana negra, pero sólo los obispos y arzobispos llevan cinturón de seda violeta. Miriam nunca supo de quién se trataba, pero su testimonio es una prueba más del "fraterno" compromiso que altas autoridades de la Iglesia argentina tuvieron con los Jinetes del Apocalipsis: los militares del Proceso de Reorganización Nacional (PRN). Poco antes de que éstos llegaran en sus briosos corceles, Pablo VI había enviado a la Argentina al nuncio Pío Laghi. "Ese país está viviendo momentos muy peligrosos. Se ha declarado una lucha fraticida y me temo que el único que podría frenarla ya está demasiado viejo para hacerlo" –le indicó, haciendo alusión a su persona.

Santo perfil –No sé por qué decidí ir a su país cuando el Papa me propuso. Ir a la Argentina fue lo peor que hice en mi vida, si me hubiera quedado en Jerusalem, nada de esto hubiera pasado. La gente en su país es extraña, retorcida, mentirosa. Allí pasaron cosas horribles, a mí, por ejemplo, me destruyeron la vida con infamias... –dijo Pío Laghi antes de despedirnos, una tarde de diciembre de 2000, muy cerquita de la navidad, en la residencia para cardenales donde vive, a metros de la Plaza de San Pedro. Lo miré y no supe qué responderle mientras él estrechaba mi mano con calidez. En sus ojos pude ver cierta angustia y un rencor velado conservado desde el fondo de los tiempos. Pío Laghi nació en Castiglioni di Forli el 21 de mayo de 1922. Quinto y último hijo de una familia de campesinos, sus padres, Antonio y Laura, enfrentaron la pobreza de la posguerra y fueron trasladándose de pueblo en pueblo por Italia. El fascismo llegó ese mismo año y el resultado fue obvio: Pío creció en un clima de ferviente autoritarismo. A los diez años, mientras estudiaba en la escuela parroquial, trabajaba en la peluquería del fígaro Archimede, en Faenza. Para el secundario se anotó en el Instituto Salesiano y a los dieciséis años ingresó al Seminario, donde cursó el liceo clásico. A los diecinueve obtuvo el "maturita clásica ", el bachillerato, y en septiembre de 1941 comenzó el curso de Teología en el Seminario de Faenza. En 1942 se inscribió en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma, pero fue por un rato, nomás. En julio de 1943, cuando los aliados desembarcaron en Italia, los bombardeos lo llevaron fuera de la ciudad. Benito Mussolini fue ejecutado y el país se sumergió en la guerra civil, así que Laghi prefirió quedarse en Faenza, hasta que todo pasó. De regreso a Roma, completó sus estudios de Teología y el 20 de abril de 1946 se ordenó en la capilla del Obispado de Faenza. Su experiencia pastoral comenzó a los veinticuatro años en Puerto Garibaldi, un pueblo de pescadores destruido por la guerra. "Los niños tienen miedo de mi sotana negra y cuando aparezco escapan. Trataré de tener paciencia y buen corazón para ser pequeño entre los pequeños"–escribió en su diario. Entre 1947 y 1950 rindió su tesis doctoral, ingresó a la Facultad Jurídica del Laterano, en Roma, y tres años después accedió a la Pontificia Academia Eclesiástica, la escuela que prepara a los diplomáticos de la Santa Sede. Pablo VI pidió personalmente su traslado a Roma. Su primer destino, en 1952, fue Nicaragua, como agregado de la Nunciatura. En 1954 fue trasladado a Washington y luego a Nueva Delhi, como auditor de la Nunciatura. En 1964 regresó a Roma, donde lo ascendieron a consejero para los Asuntos Públicos de la Iglesia. Allí preparó el histórico viaje de Pablo VI a Nueva York, el 4 de noviembre de 1965. Y obtuvo la autorización para publicar las Actas y

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Documentos de la Santa Sede relativos a la Segunda Guerra Mundial. En 1969 fue nombrado delegado apostólico en Jerusalén y Palestina. Cuando llegó a Tierra Santa tenía cuarenta y siete años y acababa de terminar la Guerra de los Seis Días. Allí solucionó un conflicto por un histórico edificio católico en el centro de Jerusalén, que había sido vendido a una entidad judía de Nueva York por 600.000 dólares. En abril de 1974, la Secretaría Apostólica decidió su traslado a la Argentina en forma urgente, por los acontecimientos del país, que sangraba por izquierda y por derecha. Antes de que pudiera deshacer las valijas, el escenario estaba montado: a las catorce y diez del 1 de julio de 1974, mientras el DC-10 de Alitalia que lo traía a bordo aterrizaba en Ezeiza, la radio y la televisión anunciaban la muerte del general Juan Domingo Perón y José El Brujo López Rega movía los hilos de una patética "Isabel Presidente". Que la viuda de Perón se llamara en realidad María Estela Martínez pero usara su nombre artístico, constituía todo un síntoma de la descomposición reinante: Argentina tenía una bailarina de folklore como Jefa de Estado. El Brujo o el "Hermano Daniel", según los ámbitos esotéricos en los que se movía, también comandaba la Triple A –Alianza Anticomunista Argentina– una banda de asesinos a sueldo de ultraderecha, compuesta por miembros de los servicios de inteligencia, policías, militares y ciertos militantes peronistas. Del otro lado, los Montoneros habían roto con Perón, y junto con el ERP, se cobraban cada día su cuota de violencia. Inflación, corrupción, el poder sindical desmadrado, ataques terroristas... El país estaba sumido en las sombras y en el caos. Pío Laghi depositó su valija en el centro mismo de la encrucijada. Por cualquiera de los caminos que eligiera, llegaría a la prueba más difícil reservada al alma humana: la del poder. Poco después de la caída de Isabel, debería ejercerlo en medio de la dictadura más atroz y con el clero argentino fragmentado y la cúpula del Episcopado aplaudiendo a los jerarcas militares. A la derecha, los conservadores, llamados a dejar en la memoria de la Iglesia su mancha más oscura; al centro, los progresistas, que peleaban como podían en la búsqueda de la justicia; y por fin, a la izquierda, estaban los combativos, que abrazaron la violencia y sirvieron así equivocadamente al régimen, que desplegó el más perverso plan de venganza. Más tarde, cuando todos esos personajes se insertaron en el teatro sangriento inaugurado por el golpe militar, Laghi en su función de representar al Papa ante la Iglesia y el gobierno, debería lidiar con todos ellos. Era un hombre de una fe inquebrantable. Pero Dios parecía estar ausente en la Argentina de entonces y el nuncio sintió la soledad con mayúsculas. Esa soledad comenzó ni bien tocó tierra. En Il Cardinale e i desaparecidos–un libro editado en Italia en 1999 y que no se conoce en habla hispana– sus autores, los periodistas argentinos Bruno Passarelli y Fernando Elenberg, contaron que a Laghi lo fueron a recibir a Ezeiza unos cuantos prelados, entre ellos Adolfo Tórtolo, Antonio Caggiano y Raúl Primatesta, pero absolutamente nadie del gobierno, y contaron la siguiente anécdota: "Al día siguiente de su arribo, Laghi participó del funeral de Perón en el Palacio Legislativo y fue inocente protagonista, a las pocas horas del inicio de su misión diplomática, de un nuevo y desconcertante episodio. Hubiera querido unirse a los otros embajadores acreditados para dar a la nueva presidenta el consuelo del Santo Padre, pero no había podido presentar las cartas credenciales debido al rápido devenir de las circunstancias (...) Se quedó en silencio, absorto en la plegaria, sin que nadie lo reconociera (...) En los diarios del día siguiente Laghi leyó una nueva e increíble noticia que agravó su desorientación. Isabelita había recibido en la residencia de Olivos, como "delegado pontificio" a un tal monseñor Andrés Karame que era anunciado como "representante del Santo Padre" y de la Iglesia oriental. A Isabelita le había transmitido las condolencias de Pablo VI y del patriarca oriental Máximo Hakim. "El religioso, cuya iniciativa resultaba inexplicable para monseñor Laghi, era un árabe, obispo de la Iglesia Maronita Católica del rito Oriental. Pero sucedió una cosa más grave todavía: en la puerta de la residencia presidencial de Olivos, Karame hizo breves declaraciones a la prensa: "Me ha mandado el Papa para presentar, en su nombre, las condolencias

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de la Iglesia a la señora". Laghi quedó confundido. Leyó repetidamente la noticia creyendo haber comprendido mal. Al fin se consoló pensando que sólo en una batahola tan grande como aquella que vivía el país sudamericano, se podían justificar gestos tan aventurados e irresponsables como el descrito." Por el testimonio de quienes fueron favorecidos por la intervención de Pío Laghi o abandonados a su suerte por sus omisiones durante la dictadura militar, por sus declaraciones a los medios de comunicación, por sus amistades, por las entrevistas que concedió, por la larga y cruda conversación que mantuvo conmigo en Roma en diciembre de 2000, se puede reconstruir a pinceladas el retrato de un hombre contradictorio y complejo. Es apenas el perfil de un ser atormentado que, como dice Brecht, "luchó, pero sólo un día". Buscar en él a un hombre mejor o imprescindible, es precipitarse al vacío.

El golpe Al día siguiente del golpe, Laghi recibía en la Nunciatura Apostólica, situada sobre la elegante avenida Alvear de Buenos Aires, los primeros llamados de parientes y amigos que pedían por las personas detenidas por los militares. Aunque pudiera sospechar una pizca de ilegalidad, la figura del entonces general Jorge Rafael Videla era todavía para él la de un militar de pocas palabras y de ferviente vocación católica, lector fanático de la Biblia, que se presentaba con una frase tranquilizadora: "Yo he dividido mi despacho de presidente de la Nación en dos partes: en una atiendo mis tareas oficiales y a la otra la he transformado en capilla y allí rezo y me inspiro en la idea de Dios". Ni siquiera existía aún, como figura dialéctica, el término desaparecido y tampoco era posible imaginar los "traslados" de personas vivas que atontadas con Pentotal (o Pentonaval, en la jerga militar) eran arrojadas al mar desde aviones de la Armada. Eso sí, apenas llegó, el nuevo Nuncio construyó una relación personal con Robert Hill, el embajador de Estados Unidos en Argentina, –un republicano de pura cepa, defensor de la Doctrina de Seguridad Nacional que había llegado al país en 1973– la que le rindió buenos frutos. De acuerdo con esto, estuvo al tanto de la gravedad de la crisis en la que estaba envuelta la Argentina, es más, también supo con detalles –según las comunicaciones secretas que Laghi envió al Vaticano en esa fecha y corroboradas personalmente con una fuente pontificia– del golpe que se avecinaba y de los probables protagonistas militares. Nunca pudo ignorar que el jefe del Episcopado, monseñor Adolfo Servando Tórtolo, había sido enviado por Videla a convencer a Isabelita de renunciar al cargo, cuando ésta se encontraba acosada por el juicio político y el incendio. María Seoane y Vicente Muleiro, en El Dictador, cuentan que Isabel se reunió con Pío Laghi en la Nunciatura la tarde del 8 de enero de 1975. "El 13 de enero, Laghi se reunió con su amigo Hill y el secretario político de la embajada estadounidense, Wayne Smith. Les contó con lujo de detalles, cómo había sido la reunión de Isabel con los militares. Hill a su vez, contó su reunión con Laghi en un documento secreto (confidential a 114, priority 4122) enviado a su jefe Kissingery que sólo se conocería veintidós años después, cuando una investigación periodística reveló y analizó documentos secretos de la Embajada de Buenos Aires, desclasificados por el departamento de Estado. Hill le escribió a Kissinger: "1) Laghi relató la confrontación de la Sra. de Perón en la tarde del 5 de enero con los tres comandantes en Jefe. Según la Sra. de Perón ella los había invitado a Olivos por otro tema, pero al llegar los tres inmediatamente le exigieron que renunciara por el bien del país. Le aseguraron que estaban a favor del proceso de institucionalizacion y que no querían violar la Constitución: sin embargo estaban sometidos a la tremenda presión de los oficiales subordinados que ya no aceptaban a la Sra. de Perón como presidenta y querían poner fin a la corrupción de su gobierno. Por la tanto para evitar un golpe lo mejor que ella podía hacer era apartarse y permitir que el poder pasara a un sucesor constitucional.

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Si no (ellos) no se hacían responsables. 2) La Sra. de Perón le dijo a Laghi que se negó rotundamente e insistió en que era la única peronista con suficiente respaldo para controlar la situación. Si ella se hacía a un lado dejando a Luder en su lugar, en dos meses habría una desintegración total de la base política del gobierno, y en consecuencia, los propios militares se verían forzados a asumir el control directo. Y esto, insistió ella, sería desastroso para el país, ya que favorecería a los terroristas y volcaría al movimiento peronista hacia la izquierda . Les dijo que mantener el orden y la disciplina en sus instituciones era problema de ellos y no debían usar ese argumento para exigir su renuncia. 3) El punto de vista de los comandantes militares era bastante distinto, sostenían que era más probable evitar la desintegración con su ausencia que con su presencia. La Sra. de Perón le dijo a Laghi que especialmente el almirante Massera usó un lenguaje muy duro. Le contó que Massera le dijo que los militares no temían una lucha si ésta era una de las consecuencias. La Sra. de Perón contó entonces que les dijo a los comandantes que tendrían que sacarla arrastrando de la Casa Rosada, usando la fuerza fisica. Admitió haberse puesto muy emotiva y haber estallado en llanto (lo que hace suponer que debe haber sido muy perturbador para Videla, altamente disciplinado y nada sensible) ". No se sabe cuánto tiempo, desde aquel fatídico 24 de marzo de 1976, le llevó al nuncio comprender que el brazo ejecutor del terror, el planificador del exterminio, era el mismo Estado. El mismo participó, como indican los documentos secretos enviados por Hill a Estados Unidos y los suyos propios enviados a Roma, de los prolegómenos de la peor crisis institucional de la historia argentina, de los inicios de la tragedia. "Es cierto que hablé con Isabel Perón y que ella me contó que los militares la presionaban para que se fuera. ¿Cómo podía yo imaginar todo lo que vino después? ¿Cómo podía imaginar por un segundo que esta gente iba a hacer lo que hizo?", me dijo Laghi casi disculpándose, cuando hablamos en Roma. Pero no debió haber sido mucho más allá de septiembre de 1979, cuando sus dudas se aclararon. El 6 llegó a Buenos Aires una delegación de la Comisión Internacional de Derechos Humanos de la OEA, presidida por Andrés Aguilar, Luis Demetrio Tinoco Castro y Marco Gerardo Monroy Cabra, que recogió testimonios de familiares de desaparecidos, visitó las cárceles donde estaban los presos "blanqueados" (en su mayoría, detenidos antes del proceso militar) y entrevistó a políticos, sindicalistas, periodistas, jueces, autoridades universitarias, religiosas, militares y policiales, entidades profesionales, comerciales, empresariales y de derechos humanos, y hasta a los ex presidentes, lo que incluyó a Isabelita, detenida en El Messidor. Por supuesto, la comisión también se reunió con el cardenal primado, Raúl Primatesta, presidente de la Conferencia Episcopal, quien expuso sus puntos de vista acerca de la situación de los derechos humanos en la Argentina. Es cierto que no se halló un solo centro ilegal de detención y tampoco a ningún desaparecido, ni siquiera en la ESMA, a la que visitaron. Esto tenía su explicación: los que aún tenían la suerte de estar vivos, fueron trasladados en masa a las islas del Delta y permanecieron allí mientras duró la observación "in loco" de la comisión, que se extendió entre el 6 y el 20 de septiembre de 1979. Curiosamente, los "desaparecidos" de la ESMA fueron a dar a la casa de ejercicios espirituales que el Arzobispado de Buenos Aires tenía en una isla del Tigre, según testimonió uno de los detenidos, Mario Villani, por más que a la hora de tener que dar explicaciones, la Curia dijo que esa propiedad ya no le pertenecía por cuanto se la había vendido –¡oh, casualidad!– a la Armada. Y curiosidad o no, quien la vendió fue monseñor Esteban Graselli, secretario del Vicariato Castrense y amigo de Pío Laghi. Esa casa tenía un sugestivo nombre: El Silencio. Y como todas en el Delta, se levantaba sobre pivotes en previsión de las crecidas del Paraná. La mayor parte de los detenidos fueron mantenidos debajo de la casa, atados a esos pivotes. –Recuerdo que durante más de dos semanas nos tuvimos que aguantar los mosquitos y que se nos mojaban los pies cuando llovía y el río subía. Nos tenían atados a los pivotes, debajo de la casa–contó una ex detenida. Cuando los investigadores se fueron, y una vez que la isla había sido utilizada, los marinos la vendieron a una compañía privada, en octubre de 1980. Pero el informe de trescientas páginas que produjo y editó poco después la CIDH fue catastrófico

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para el gobierno. Luego de leerlo –y Laghi sin duda lo leyó– nadie pudo seguir alegando que no sabía lo que pasaba en la Argentina. En Buenos Aires, Córdoba, La Plata y Rosario, la comisión hizo investigaciones y recibió denuncias. Por cada una de ellas el gobierno se vio obligado a dar una explicación falsa, pero explicación al fin, y en cada caso la CIDH evaluó si la misma se justificaba o no. De más está decir que no le creyó ni una sola. Valga enunciar algunas de las que se detallan en ese informe: CASO 4802. MARIO LERNER Fue asesinado en el tercer piso de su casa siendo arrojado luego al primer piso, el día 17 de marzo de 1977, pasadas las nueve de la noche, por fuerzas de la policía. El gobierno contestó que fue muerto en la calle luego de resistirse. La comisión evaluó que había que seguir investigando el caso ya que "la respuesta no desvirtúa las alegaciones del denunciante". CASO 2553. CLARA ANAHI MARIANI. Fue robada cuando tenía tres meses de edad, luego de que su madre, que la llevaba en brazos, fuera acribillada a balazos –literalmente, la ametralladora la partió en dos– en el fondo de la casa. El informe de la CIDH consigna, sin dar nombres, que según el denunciante "es un comentario ya generalizada en el país, que se regalan o venden algunos bebés sacados tanto de sus hogares, donde se producen enfrentamientos, como de los lugares de donde "desaparecen" sus padres de las cárceles donde nacen. Clara Anahí debe haber sido regalada o vendida como tantos otros niños. Monseñor nos dijo que él había rescatado a varios niñitos que estaban en poder de policías que ya los habían inscripto como suyos". El gobierno reconoció el operativo pero negó que se hubiera recogido un beba. La CIDH dictaminó reabrir la investigación "por no encontrar elementos de convicción que desvirtúen los hechos denunciados". CASO 2484. DAGMAR INGRID HAGELIN. La CIDH recibió la denuncia de que la joven de diecisiete años, hija de suecos, fue tiroteada y secuestrada por un grupo de hombres vestidos de civil el 27 de enero de 1977, en El Palomar, partido de Morón. La embajada sueca recibió de la policía la información de que el operativo había sido realizado por las Fuerzas Armadas. El 9 de enero de 1979 el gobierno respondió a la CIDH que no se registraban antecedentes de su detención y por nota del 5 de mayo negó su participación en los hechos. La comisión dictaminó luego de su visita la conveniencia de activar ante la justicia la causa por "privación ilegítima de la libertad". Hagelin fue vista en la ESMA en sillas de ruedas y varios detenidos aseguraron que la "trasladaron" porque devolverla lisiada equivalía a reconocer un atropello a los derechos humanos que habían negado. ¿Qué otra prueba hacía falta? Represión indiscriminada, tortura, aniquilamiento, desaparición, robo de niños y de bienes... No cabía ninguna duda de que tal cantidad de casos no podían ser frutos de "excesos" sino de una feroz política de Estado. Con el infierno como escenario, Pío Laghi se movió en una Iglesia de doble cara. La menos pública, que no se calló ni se doblegó frente a los abusos, estaba representada por los monseñores Jaime de Nevares, Miguel Esteban Hesayne, Enrique Angelelli, Alberto Devoto y Carlos Ponce de León. Otra, que directamente avalaba las acciones de la dictadura, la encabezaban los obispos Adolfo Tórtolo, Victorio Bonamín, José Miguel Medina, Antonio Plaza, Horacio Bozzolli y un séquito de vicarios castrenses que concebían la purificación a través de la sangre. Por fin, estaban los conservadores, aunque equidistantes, como Primatesta, con el que simpatizó enseguida y entabló amistad. Mientras tanto, la Iglesia complementaba a la Junta Militar. Cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA llegó en septiembre de 1979 a la Argentina, el cardenal Primatesta recibió a sus miembros y les entregó un informe lavado que no sólo no aportó datos, sino que justificó

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la actitud de las Fuerzas Armadas, según testimonios de gente de CIDH. Aunque no caben las disculpas, el nuncio –según él mismo declaró años más tarde– no se animó a entrometerse en los poderes, ni en la acción del Episcopado argentino. Se lo impedía su investidura diplomática y además, hacerlo hubiera contradecido el espíritu de no intervención recomendado por el Concilio Vaticano II. El documento Sollicitudo Ommium Ecclesiarum aprobado por Pablo VI en 1969, precisaba sin matices que "el nuncio debe respetar y sostener a los episcopados locales con fraterno y discreto consejo" sin enfrentar a la jerarquía local. Ningún pontífice podía imponer su voluntad por encima de la conferencia episcopal del país. Laghi había colaborado en la redacción de este punto, a las órdenes del secretario del Consejo para Asuntos Públicos de la Iglesia, cardenal Antonio Samoré, quien fue luego mediador en el conflicto argentino chileno por el canal del Beagle, Laghi, desde la comodidad de su despacho romano, estableció el criterio que limitaba la intervención del nuncio, sin saber que alguna vez sería su prisionero. Fue así como optó por no romper relaciones con los militares. Se limitó a realizar negociaciones subterráneas, secretas, en silencio, para aliviar el sufrimiento de los detenidos y de sus familias. Y esta opción fue la que años más tarde lo arrastró frente a la mirada interrogante de las víctimas y de sus familias. Justo él, un representante de Dios.

Viaje al Jardín de la República Parecía un viaje cualquiera, una visita más de las que realiza un hombre de su rango. Llegó a Tucumán respondiendo a la invitación del obispo de Concepción, monseñor Juan Carlos Ferro, quien estaba ansioso por mostrarle al nuncio las obras de restauración de la curia local. Todo transcurrió en un clima amable, pero al final, ya con un pie en el aeropuerto, Pío Laghi fue protagonista de una situación que teñiría de sospechas sus seis años en Argentina. Era junio de 1976, –tres meses después del golpe– y el general Antonio Bussi gobernaba la provincia con mano de hierro. El Operativo Independencia funcionaba a pleno y las tropas del ejército se agazapaban en el monte tucumano, asesinando a mansalva. A punto de partir, Bussi le pidió Laghi que confortara a su tropa. Frente a él, al segundo comandante de la V Brigada, coronel Alberto Cattaneo, y a un grupo de jefes y oficiales, Laghi bendijo y legitimó así la lucha antisubversiva: "Los valores cristianos están amenazados por una ideología que es rechazada por el pueblo y la Nación reacciona como cualquier organismo vivo, generando anticuerpos frente a los gérmenes que intentan destruir su extructura e instrumentando su defensa con los medios que la situación impone. "Como dice monseñor Primatesta, nunca la violencia es justa, pero la justicia no debe ser violenta, aunque hay situaciones en la cuales la autodefensa exige a veces tomar actitudes que pueden implicar el respeto del derecho hasta el límite de lo posible (...) "Por eso cada uno tiene su cuota de responsabilidad: la Iglesia y las Fuerzas Armadas; la primera está insertada en el proceso y acompaña a la segunda, no solamente con sus oraciones, sino con acciones en defensa y promoción de los derechos humanos y de la Patria (...) Sigan las órdenes "con subordinación y valor", como dicen ustedes." El diario La Nación publicó las declaraciones el 27 de junio de 1976 y el país conoció así la clara expresión de la derecha episcopal. Pero, tiempo más tarde, Laghi rechazó estas palabras y no las reconoció como suyas: "Claro, ellos controlaban la prensa, la manejaban a su antojo, yo protesté, pedí una rectificación pero no me escucharon. Allí empecé a entender que estábamos frente a gente muy desleal, muy artera", le confesó Pío Laghi al periodista Bruno Pasarelli. Ese viaje a la provincia del noroeste argentino, denominada Jardín de la República por su extraordinario verdor, tuvo también otra derivación que se conocería más tarde. El 24 de septiembre de

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1984, el escritor Ernesto Sabato, titular de la Conadep, le entregó al presidente Raúl Alfonsín, junto al informe final con el reporte de las 8.961 personas desaparecidas, otra lista secreta en sobre lacrado que contenía el detalle de 1.351 personas que fueron acusadas de complicidad por los sobrevivientes. En ella figuraba el nuncio Pío Laghi, quien para entonces, ya era Nuncio apostólico del Vaticano ante los Estados Unidos. Precisamente, el libro sobre Pío Laghi que escribieron Pasarelli y Elenberg, comienza su primera página con estas palabras: "Para el cardenal Pío Laghi, el 21 de marzo de 1997 fue uno de los días más amargos de su vida. Aquella mañana cuando, desde la oficina de prefecto de la Congregación para la Educación Católica –que tiene una vista espectacular a la Plaza San Pedro– inició la lectura de los diarios italianos del día, se le heló la sangre. En la página diez, dedicada a las noticias internacionales, el Corriere della Sera publicaba un amplio articulo a cuatro columnas cuyo título en caracteres destacados decía: "Cardenal y verdugo". Lo acompañaba un subtítulo inequívoco: Argentina. Pío Laghi acusado de ser parte integrante de la dictadura militar. "En un recuadro se anticipaba que la Asociación Madres de Pinza de Mayo, con sede en Buenos Aires, lo había denunciado ante la magistratura italiana por haber participado en "el secuestro, tortura y homicidio de miles de personas" durante su gestión en calidad de Nuncio Apostólico en Argentina entre 1974 y 1980. " Por supuesto, no fue aquella la primera vez que monseñor Laghi supo que lo acusaban, era sí la primera vez que la noticia salía en el principal diario de Italia. En el documento secreto de la Conadep, la acusación provenía del testimonio 0440 de Juan Martín, ex desaparecido y exiliado en Madrid. Martín contó que su encuentro con el Nuncio se dio en unos galpones próximos al helipuerto, en el Ingenio Nueva Baviera de Tucumán, convertido en campo de concentración. El sobreviviente dijo que recibió la orden de presentarse ante Pío Laghi junto con dos detenidos más. Le sacaron las esposas y la venda de los ojos. Le ordenaron lavarse, le dieron ropa en buen estado y pudo afeitarse por primera vez. Los llevaron a los tres a plena luz, ante altos oficiales y clérigos. Martín quedó perplejo: –Su presencia era imponente: alto, fornido, vestido con sotana y cubierta la cabeza con un sombrero de ala, ancha y copa semicilíndrica, el nuncio no facilitaba precisamente la comunicación– describió. El general Bussi había tomado la iniciativa y casi gritando para sobrepasar el ruido ensordecedor de las hélices del helicóptero, lo había presentado sin decir su nombre: –Éste es uno de los detenidos. A continuación, según Martín, el Nuncio le preguntó delante de sus secuestradores si estaba bien cuidado. –Pregúntele si alguna vez usamos la picana eléctrica... Eso de la violación de los derechos humanos que a usted tanto le interesa... –interrumpió Bussi, envalentonado. Martín llevaba cinco meses secuestrado, lo habían torturado salvajemente, pero era obvio que no podía decirlo delante de Bussi. El Nuncio le preguntó si su familia sabía que estaba detenido y cuál era su nombre, hecho lo cual lo abrazó, le entregó una Biblia y lo invitó a tener fe y esperanza. Pero Laghi negó que tal escena hubiera existido y dio sus explicaciones: aseguró que él nunca usó un sombrero negro de ala ancha y copa semicilíndrica y dijo que la fecha de detención de Martín fue dos meses posterior a su visita aTucumán. Pero aquellos datos volvían desde casi una década atrás y aunque algunas voces se alzaron en su defensa, nunca se disipó la duda. "Cometí un error al ir a Tucumán, lo reconozco. Nunca imaginé que allí me esperaba gente tan perversa. Nunca vi a nadie, como me culpan. Nunca vi una persona torturada, ni encadenada. No sé de qué me hablan. Eso no quiere decir que entre la gente que me trajeron para saludarme hubieran metido alguien en esas condiciones. Pasaron muchos años de aquello. Después los diarios deformaron todo lo que dije, pedí que rectificaran y nunca me respondieron. ¿Cómo puedo darme

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cuenta?", me aclaró en Roma sobre este episodio, sentado frente a mí. Monseñor Jaime de Nevares le declaró al diario Clarín, el 13 de abril de 1995, respecto a estos hechos: "Laghi se ocupó mucho del problema de los perseguidos y los desaparecidos". Y el propio Emilio Mignone, fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) y con una hija desaparecida, consideró factible que "el detenido haya visto a otro prelado, probablemente a un capellán militar". Como quiera que sea, el anticipo del Corriere della Sera se cumplió: el 4 de mayo de 1997 la presidenta de las Madres, Hebe de Bonafini, con el patrocinio del abogado Sergio Shocklender, compareció ante la Procuración de la República de Roma pidiendo el procesamiento de Laghi, no obstante saber que como ciudadano vaticano, el ex nuncio tiene inmunidad. Según Passarelli y Elenberg, "da la impresión de que el verdadero objetivo de la denuncia no sería sólo Laghi, sino también Juan Pablo II y la Iglesia en general, por su rol durante la masacre argentina de los años setenta". Independientemente del papel de Laghi, el informe de la Conadep y el Diario del Juicio permitieron reconstruir el aniquilamiento sistemático que llevó adelante el llamado Proceso de Reorganización Nacional (PRN) y demostrar la fuerte identificación del cristianismo de derecha con la dictadura. Los militares se jactaban de las excelentes relaciones que mantenían con la curia, pero torturaban y asesinaban al clero que había optado por la denuncia o el esclarecimiento. El general Albano Harguindeguy, ministro del Interior, se encargaba en forma directa y personal de todos los hechos vinculados con el sector progresista de la Iglesia católica, mientras los ritos y los símbolos de la fe cristiana acompañaban a los detenidos en los campos de concentración. En una entrevista concedida a la revista Familia Cristiana, reproducida por el diario Clarín, el 13 de marzo de 1977, el entonces almirante Emilio Massera –luego destituido de su grado militar– y que Pío Laghi ayudó a que se entrevistara con el Papa en 1977, expresaba: "Nosotros, cuando actuamos como poder político, seguimos siendo católicos; los sacerdotes católicos, cuando actúan como poder espiritual, siguen siendo ciudadanos. Sería pecado de soberbia pretender que unos y otros son infalibles en sus juicios y sus decisiones. Sin embargo, como todos obramos a partir del amor, que es el sustento de nuestra religión, no tenemos problemas y las relaciones son óptimas, tal como corresponde a cristianos ". Por su parte, el coronel Juan Bautista Sasiaiñ, jefe de la Policía Federal, afirmaba en La Nación del 10 de abril de 1976: "El Ejército valora al hombre como tal, porque el Ejército es cristiano". Pero los testimonios prestados en 1984 ante la Conadep y en 1985 en el juicio a las juntas militares, develaron la hipocresía y demostraron el grado de alienación reinante: ELENA ALFARO. DDJ, P.317. EX DETENIDA EN EL CENTRO DE DETENCIÓN EL VESUBIO, declaró ante la mirada asombrada del tribunal: "Siempre la Iglesia estaba presente, los desaparecidos estaban obligados a llevar el Rosario, les pegaban y les hacían rezar el Rosario, y en una pistola vi la inscripción: "Por la Patria y por Dios". LISANDRO RAÚL CUBAS. LEGAJO NRO. 6974, dio un testimonio alucinante sobre el pacto entre la Iglesia y las Fuerzas Armadas. En la Navidad de 1977, quince prisioneros encapuchados, engrillados y esposados con las manos detrás de la espalda fueron llevados al Casino de Oficiales. El capitán Acosta les anunció que iban a oír misa, a confesarse, y a comulgar para celebrar la fiesta navideña: "Yo por mi formación cristiana y la presión de lo que estaba viviendo me confesé"– reconoció. JUAN MARTÍN. LEGAJO NRO. 0440. "Antes de permitirnos acostar en el suelo, el personal de guardia nos obligaba a rezar en voz alta un Padre Nuestro y un Ave María. " GRACIELA DALEO Y ANDRÉS CASTILLO. LEGAJO NRO. 4816. "Massera, Chamorro, Acosta y algunos de los miembros del grupo de tareas N° 3 les desean (Feliz Navidad) a unos treinta

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prisioneros, engrillados y esposados." SACERDOTE PATRICK RICE. LEGAJO NRO. 6976. "Nos llevaron a la Comisaría 36 de la Policía Federal de Villa Soldati. Me torturaron y decían que los romanos no sabían nada cuando perseguían a los cristianos en comparación a los militares argentinos. " SACERDOTE ORLANDO VIRGILIO YORIO. LEGAJO NRO. 6328. "Un hombre me interrogó y me dijo: "Usted es un cura idealista, un místico, diría yo, un cura piola, solamente tiene un error que es haber interpretado demasiado materialmente la doctrina de Cristo. Cristo habla de los pobres, pero cuando habla de los pobres habla de los pobres de espíritu y usted hizo una interpretación materialista de eso, y se ha ido a vivir con los pobres materialmente. En la Argentina, los pobres de espíritu son los ricos y usted en adelante deberá dedicarse a ayudar a los ricos que son los realmente necesitados espiritualmente"

Viaje al Infierno No fueron uno o dos los curas que sufrieron en carne propia los rigores de la dictadura. Por el contrario, una gran cantidad de seminaristas, sacerdotes, pastores y religiosas resultaron detenidos, todos fueron torturados y en su mayoría se encuentran "desaparecidos". Algunos eran tercermundistas, otros, montoneros, pero muchos carecían de una postura ideológica, simplemente trataban de ayudar a los familiares a sobrellevar su angustia y dolor, lo mínimo esperable de cualquier cristiano auténtico. Esta es parte de esa lista: JORGE ÓSCAR ADUR. Sacerdote asuncionista, párroco de Nuestra Señora de la Unidad, en La Lucila, salió del país en 1976, pero fue secuestrado en Brasil, en julio de 1980. Se convirtió en capellán de los Montoneros. Desaparecido. HÉCTOR FEDERICO BACCINI. Ex seminarista, organista, Ríe secuestrado en La Plata el 25 de noviembre de 1976. Desaparecido. CARLOS ARMANDO BUSTOS. Sacerdote de los Franciscanos Capuchinos a punto de ingresar a la Fraternidad del Evangelio del padre Carlos de Foucauld. Trabajaba como taxista. Fue secuestrado en la calle por policías de civil cuando se dirigía la misa de la Basílica de Pompeya, el 9 de mayo de 1977. Trabajó mucho tiempo en la villa de "Ciudad Oculta", en Buenos Aires, desde donde mantuvo relación directa con el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, aun cuando Mugica hizo su apuesta por el peronismo, siendo él un crítico feroz del régimen. Desaparecido. Gracias a la inciativa de los capuchinos, todos los años se le realiza un homenaje en la Iglesia de Pompeya. MAURICIO SILVA. Uruguayo de nacimiento, entró muy joven a la congregación de los salesianos. Su hermano Jesús también tomó la misma opción. Realizó sus estudios en Argentina y sus primeras experiencias fueron en la Patagonia. Luego entró de novicio a la Fraternidad y cuando terminó, entró a trabajar a una fábrica de ladrillos. Intenso y de profunda vocación, más tarde se metió con los "cirujas"–los que revisan la basura para juntar cartón, latas y cualquier producto que puedan vender– donde estuvo un largo tiempo. En 1973 decidió dedicarse al mundo de los barrenderos, y por lo tanto se hizo barrendero de la municipalidad de Buenos Aires. Realizó una intensa actividad política y gremial. Salió de la Argentina durante la dictadura y en 1977, a pesar de los consejos en contra, decidió regresar, y una vez en el país, continuó con su vida de siempre: barrendero. En junio de 1977, junto al regional latinoamericano de la Fraternidad, Joao Cara, visitó a Pío Laghi en la nunciatura, estaba también su secretario Kevin Mullen. "Quédense tranquilos, que el gobierno se compormetió a no tocar más a curas y religiosas", dijo Cara, años después. El 7 de junio del mismo año, el cardenal Aramburu les dijo lo mismo que Mullen, pero agregó que en la última Asamblea de los obispos, un general había ido a visitarlos en helicóptero para decirles que el gobierno no tenía nada contra los

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curas y las monjas. Y Aramburu le entregó a Mauricio un documento que le permitía dar misa y confesar. Cuando fue detenido, llevaba esos documentos encima. Mauricio Silva desapareció alrededor de junio-julio de 1977. Cara fue a la nunciatura y Mullen pegó un puñetazo a la mesa y dijo: "¡No!¡Esto no debe ser. Los militares nos habían prometido!". Varios meses después, monseñor Pichi, del arzobispado de La Plata, les informó que había localizado a Silva en Campo de Mayo y que estaba a disposición de la justicia militar. Un mes más tarde, Pichi les dijo que no tenía noticias del sacerdote. Informaciones vaticanas dicen que el Papa Paulo VI pidió por él y que los militares lo mataron, porque no podían dejarlo vivo en el estado deplorable en que estaba y por eso decidieron "trasladarlo". VÍCTOR BOINCHENKO. Pastor protestante, oriundo de Cosquín, fue secuestrado en Córdoba el 3 de Abril de 1976. CARLOS ANTONIO DI PIETRO Y RAÚL EDUARDO RODRÍGUEZ. Seminarista y religioso asuncionistas secuestrados el 4 de junio de 1976 en San Miguel, provincia de Buenos Aires. Vivían en la Comunidad de los Religiosos Asuncionistas ubicada en el barrio La Manuelita de San Miguel, de donde fueron sacados por civiles y uniformados. EMILIO FOURCADE. Sacerdote secuestrado el 8 de marzo de 1976. Estuvo en el Campo de La Ribera y luego fue "trasladado". ANÍBAL GADEA. Seminarista católico secuestrado en 1977. JORGE GALLI. Sacerdote, fue secuestrado en 1976, en San Nicolás, provincia de Buenos Aires. LUIS OSCAR CERVAN. Religioso católico secuestrado el 4 de noviembre de 1976, en Tucumán. PABLO MARÍA GAZARRI. Sacerdote, trabajaba en la Parroquia de Nuestra Señora Del Carmen, del barrio de Villa Urquiza, de Capital Federal. Estaba por ingresar en la Fraternidad del Evangelio con el fin de dedicarse al apostolado entre los pobres. Fue secuestrado en la calle el 27 de noviembre de 1976, estuvo en la ESMA y fue "trasladado". FRANCISCO JALICS. Sacerdote jesuita, fue secuestrado el 23 de mayo de 1976 en el Barrio Rivadavia. Estuvo en la ESMA y posteriormente en una casa en Don Torcuato. Fue liberado el 23 de octubre de 1976 junto al padre Yorio, sacerdote de la misma Comunidad. Salió del país. JUAN IGNACIO ISLA CASARES. Seminarista obrero de la Parroquia Nuestra Señora de la Unidad de Olivos, de donde era párroco el padre Jorge Adur. Fue secuestrado y posiblemente asesinado el 4 de junio de 1976 en Boulogne, partido de San Isidro, provincia de Buenos Aires. Su hermano Marcelo, que estaba secuestrado en otro auto, presenció el tiroteo y vio que ponían un cuerpo en el baúl del auto. MAURICIO AMILCAR LÓPEZ. Pastor protestante, fue rector de la Universidad de San Luis y pertenecía al Consejo Mundial de Iglesias como delegado ejecutivo. Secuestrado el 1 de enero de 1977, en su casa en Mendoza. Le robaron dinero, objetos de valor y documentación personal. El Consejo Mundial de Iglesias exhortó a Videla a ubicar el paradero del pastor. RAÚL EDUARDO RODRÍGUEZ. Religioso asuncionista, seminarista de la Congregación de la Sagrada Familia de San Isidro, secuestrado el 4 de junio de 1976 en la Comunidad de los Religiosos Asuncionistas de San Miguel, provincia de Buenos Aires, junto con Carlos Di Pietro. Fue sacado por civiles y uniformados. Realizaba trabajo pastoral en villas de emergencias y era estudiante de Teología. NELIO ROUGIER. Sacerdote de Hermanitos del Evangelio, fue secuestrado en septiembre de 1975 en Tucumán, cuando viajaba desde Córdoba. PATRICK RICE. Sacerdote católico de nacionalidad irlandesa, secuestrado el 12 de octubre de 1976 en la Capital Federal. Perteneciente a la orden de los Pequeños hermanos del Evangelio o la Fraternidad de Charles de Foucauld, Patrick trabajó mucho tiempo en relación directa con el arzobispo Aramburu, con el que logró armar una buena relación. La característica de esta orden era la mimetización de sus integrantes con los obreros: Rice fue albañil muchos años hasta que lo secuestraron. Liberado el 3 de diciembre de 1976, fue custodiado hasta que partió en el avión. Estuvo como detenido desaparecido y luego fue "legalizado". Fue bárbaramente torturado.

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HENRI DE SOLAN. Hermano de la Fraternidad del Evangelio, trabajaba en la provincia de Corrientes. Fue detenido en septiembre de 1976 y deportado a Francia en febrero de 1978, acusado de facilitar una máquina de escribir a un grupo opositor al gobierno. JAMES WEEKS. Sacerdote norteamericano, fue secuestrado en Córdoba el 3 de agosto de 1976 junto a cinco seminaristas. Liberado, salió del país. JULIO SAN CRISTÓBAL. Hermano de La Salle, fue secuestrado el 5 de febrero de 1976. ALICE DOMON. Religiosa francesa de las Misiones Extranjeras de París secuestrada en la Iglesia de la Santa Cruz de la Capital Federal el 8 de diciembre de 1977. Estuvo prisionera en la ESMA y luego fue "trasladada". Desaparecida. LÉONIE RENÉE DUQUET. Religiosa francesa de las Misiones Extranjeras de París, catequista de Castelar, tenía sesenta años cuando fue secuestrada en Ramos Mejía el 10 de diciembre de 1977. Fue llevada a la ESMA, y finalmente "trasladada". Desaparecida. Ambas monjas fueron terriblemente torturadas. En sus peores momentos de dolor, la hermana Alice que estaba en "Capucha" preguntaba por la suerte de sus compañeros, en forma particular por el "muchachito rubio", que no era otro que el capitán Astiz, infiltrado entre los familiares de desaparecidos que concurrían a la Iglesia de la Santa Cruz , en el barrio de Flores, y delator de un grupo de doce personas más, que gracias a él fueron secuestrados y asesinados. A punta de pistola, Alice fue obligada a enviar una carta en francés a su congregación junto a una foto, sacada durante su cautiverio delante de una bandera y un cartel del Partido Montonero, que fue armada en la ESMA, tal como se testimonió en el juicio. Si la actitud de la Iglesia, del nuncio y por ende del Vaticano, hubiera sido otra, el destino de todas esas personas hubiera variado de manera radical. En julio de 1976 los "duros" y los "blandos" de la dictadura estaban en plena definición de territorios, y una postura enérgica de parte del clero, sobre todo del Papa, podría haber resuelto a favor de los segundos el control del Estado. Y seguramente la salvación de mucha gente.

La masacre de San Patricio El episodio más sangriento que recuerde la historia de la Iglesia Argentina se registró el 4 de julio de 1976: cinco padres palotinos fueron masacrados en el interior de la casa parroquial de la Iglesia de San Patricio. El cruel episodio pudo haber sido el punto de inflexión, el momento límite para torcer el brazo asesino de la dictadura, pero la respuesta de la jerarquía eclesiástica fue sólo de estupor. No hubo convicción y ni coraje. En el Ministerio del Interior había un archivo con más de trescientos nombres de sacerdotes considerados miembros o simpatizantes del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), cuyos integrantes habían hecho pública su opción por los pobres, y aquel día se decidió que la campaña represiva contra el ala progresista de la Iglesia comenzara en Estomba 1942, en el barrio residencial de Belgrano R, donde los palotinos tenían un colegio y una parroquia. Tanto Jorge Rafael Videla como su par de la Fuerza Aérea, Orlando Ramón Agosti, y buena parte de sus familiares, se habían educado en el colegio que los palotinos tenían en Mercedes, provincia de Buenos Aires, pero eso no importó para nada. No eran aquéllas horas de lealtades ni de agradecimientos, sino de locura, rapiña y fanatismo. Los sacerdotes Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau, junto a los seminaristas Salvador Barbeito Doval y José Emilio Barletti, fueron sacados de sus habitaciones y acribillados a balazos por la espalda. Cinco armas diferentes, 68 balazos repartidos entre cinco hombres pacíficos y desarmados, marcaron uno de los crímenes más aberrantes de la historia de la Iglesia argentina. Hubo ensañamiento. Hubo crueldad. Y un profundo silencio de la jerarquía eclesiástica, junto a

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inverosímiles hipótesis con las que se intentó explicar la matanza. Y hay una causa judicial estancada que nunca encontró a los autores del quíntuple crimen. Pero en las paredes quedó la evidencia. Los asesinos escribieron: "Por envenenar las mentes vírgenes de nuestros jóvenes. Por los policías dinamitados en Coordinación. Curas hijos de puta". Pío Laghi quedó espantado. La habitación era un lago de sangre. Una sensación de horror lo invadió. Se arrodilló en el lugar y se puso a rezar durante un largo rato. No pudo evitar que su sotana y sus pantalones se mancharan, pero no le importó. Ese mismo día, en la ceremonia de unción de monseñor Espósito, el nuevo obispo de la diócesis de Zárate-Campana, el nuncio tomó la palabra e improvisó una homilía. Repudió el quíntuple asesinato con palabras durísimas y pidió su esclarecimiento, pero reconoció con espanto que eso iba a ser muy difícil "por la situación de ilegalidad que impera en el país" y por la libertad con que se movían "ciertos grupos que parecen gozar de una inadmisible protección". El nuncio estaba furioso, y se notaba. "Si alguien me hubiera dicho que iba a vivir una situación semejante no le hubiera creído. Era un horror, cada día que pasaba era un horror. Todos teníamos miedo, yo tenía miedo, la gente que trabajaba conmigo tenía miedo. Los militares mentían y mentían todo el tiempo. Y encima tenía que soportar que los obispos que iban a ver al Papa a Roma le contaran mentiras, me desmentían siempre... ", me decía recordando aquellos años. El funeral fue ese mismo día, con los cinco ataúdes alineados. El oficio religioso estuvo a cargo del arzobispo de Buenos Aires, cardenal Juan Carlos Aramburu, y alrededor de sesenta sacerdotes. En mitad del oficio fúnebre entró el comandante del Primer Cuerpo de Ejército, el entonces general Carlos Suárez Masón. Hubo murmullos y tensión, sobre todo cuando se levantó para comulgar. Pero Laghi no le negó la comunión. El 29 de abril de 1985, durante el juicio a las juntas militares, el periodista Robert Cox contó un encuentro que tuvo con Pío Laghi unos días después del hecho: –Nos reunimos en una habitación en penumbras en la nunciatura, nos sentamos muy cerca uno del otro junto a una mesa baja, solamente Pío Laghi y yo, y el nuncio tenía la misma impresión que yo, es decir que esto había sido hecho por las fuerzas de seguridad, que esto no era un incidente aislado, sino otra de las piezas del rompecabezas que iban cayendo en su lugar... y estaba verdaderamente horrorizado. Recuerdo con precisión cuáles fueron sus palabras, me dijo: "Tuve que darle la hostia al general Suárez Masón, puede imaginar lo que siento como cura". Hizo un gesto que no consideró apropiado para repetir ante este tribunal y agregó: "Sentí ganas de pegarle con el puño en la cara". Si con su testimonio Roberto Cox quiso defenderlo, también puso al descubierto que el nuncio contaba con mucha información. Al día siguiente, la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal (Primatesta, Aramburu y Zaspe) redactó una carta que envió a la junta militar, compuesta por Videla, Massera y Agosti, que terminó convirtiéndose en un documento absolutorio: "Sabemos, por las palabras del señor ministro del Interior y por la presencia en las exequias del señor ministro de Relaciones Exteriores y Culto y de otros altos jefes militares, cómo el gobierno participa de nuestro dolor, y nos atreveríamos a decir, de nuestro estupor". Al final, se preguntaban con tibieza: "¿Qué fuerzas tan poderosas son las que con toda impunidad y todo anonimato pueden obrar a su arbitrio en medio de nuestra sociedad?". Ayer no hubiese sido difícil averiguarlo, exigir el condigno castigo y apostar con esto a que el régimen parara la mano. Graciela Daleo y Andrés Castillo testimoniaron ante la Conadep que "... el teniente Pernía participó de esta operación, según sus propios dichos jactanciosos". Pero el caso es que hasta hoy no hay ni siquiera un pedido de investigación. Si aquel documento de la CEA fue un espanto, la reacción del Vaticano no fue mejor. En un telegrama enviado a Primatesta el Papa se limitó a expresar su "enérgico rechazo de los excecrables crímenes que contradicen el espíritu civil del pueblo argentino". Con su tibia reacción, Juan Pablo II acababa de definir el rumbo de la dictadura.

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Resulta paradojal, si se tiene en cuenta que en junio de 1955 (véase el Capítulo 2) ante un hecho mucho menor como fue la expulsión del obispo Manuel Tato y del canónigo Ramón Novoa, la respuesta de la Sagrada Congregación Consistorial Vaticana fue la excomunión "latae sententia" de los responsables, lo que incluía al presidente Juan Domingo Perón. Laghi pidió una entrevista con el ministro del Interior, general Albano Harguindeguy. El martes 13 se presentó en Balcarce 50 y dialogó con él. Luego le informó al secretario del Estado Vaticano, Cardenal Jean Villot: "El principal tema tratado fue el estado de los detenidos políticos, el secuestro y la eliminación de personas al margen de la ley y la violación de fundamentales derechos humanos". Harguindeguy sólo le repitió que había ordenado la apertura de una investigación. En ese momento –según me contó– Laghi tomó conciencia del carácter de sus interlocutores: "Me di cuenta que frente a mí se levantaba un muro que, de a poco, fui entendiendo que era de cinismo. Los peores hombres son los que saben ser vivos, presuntuosos y cínicos...". Nada detenía ya la furia de los represores. Dos semanas después de la masacre, el 18 de julio, un grupo de civiles que se identificó como de la Policía Federal secuestró en la parroquia de Chamical, al sur de La Rioja, a los sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murías. Fueron torturados y luego asesinados. Sus cuerpos fueron encontrados tendidos sobre las vías del ferrocarril, a siete kilómetros de Chamical. El 24 de julio, varios hombres encapuchados fueron a buscar al párroco de Sañogasta, en el oeste, pero el cura se había ido por recomendación del obispo Enrique Angelelli. Cuando el laico que los atendió les dijo que el párroco no estaba, lo acribillaron a balazos. Se llamaba Wenceslao Pedernera. Dos hechos habían servido de preanuncio: el 20 de marzo, en una solicitada publicada por el diario local El Sol, se advertía que "no habrá paz en la diócesis riojana mientras permanezca allí su pastor, monseñor Angelelli". El 24 de marzo, día del golpe militar, en la zona de El Chamical, varios sacerdotes fueron detenidos, indagados y luego liberados.

Muerto en la ruta A diferencia de monseñor Aramburu o del propio nuncio, el obispo de La Rioja no perdió un solo minuto y se puso a investigar en persona los tres asesinatos. Llevaba dos semanas en eso cuando el 4 de agosto, mientras volvía de celebrar una misa en la que denunciaba los asesinatos ocurridos en su diócesis, Angelelli murió. Fue en un supuesto accidente automovilístico en la ruta entre El Chamical y La Rioja, a la altura de Punta de los Llanos. La camioneta que manejaba fue embestida por un Peugeot blanco y volcó. El obispo aún vivía cuando lo sacaron de la camioneta, lo arrastraron más de veinticinco metros por el asfalto y lo abandonaron. El cadáver fue encontrado a la mañana del día siguiente. Laghi llamó entonces a Harguindeguy, a quien le pidió un avión para ir a La Rioja junto con monseñor Raúl Primatesta, y le dijo: "Ustedes deben demostrarme que se trató de lo contrario de lo que yo pienso que ha sucedido. ¡¡¡ Ustedes lo mataron, fueron ustedes!!!". Pasados casi treinta años, se defendió de las acusaciones diciendo esto: –Cuando me enteré de lo de Angelelli, le hablé a Harguindeguy pidiendo un avión para ir a La Rioja, diciéndole que quería saber la verdad, si eran ellos los que lo habían matado. Les grité, les dije que habían sido ellos. Estaba harto de tanta muerte... Me dijo que no, que era un accidente, y lo mismo me repitió el cardenal Primatesta, que fue conmigo a La Rioja... ¿Cómo iba a suponer que estaba tratando con monstruos, capaces de arrojar personas desde los aviones y otras atrocidades semejantes? Se me acusa de delitos espantosos por omisión de ayuda y de denuncia, cuando mi único pecado era la ignorancia de lo que realmente sucedía. Monseñor Angelelli estaba en la mira del Papa. El Vaticano lo consideraba el símbolo de la

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radicalización del clero argentino y su acercamiento al tercermundismo lo convirtió en un personaje preocupante para Pablo VI. Cuando algunos obispos acudieron a Roma para una visita "ad liminá" el sumo pontífice los recibió uno por uno. Pero la audiencia privada de Angelelli se postergaba una y otra vez. La estuvo esperando casi un mes. Al fin, cuando el Sumo Pontífice se decidió a atenderlo, lo trató de manera fría y distante. Escuchó su exposición sin asentir y sólo lo interrumpió una vez, cuando el obispo le dijo: –Con su fervor católico La Rioja salva a Cristo. Pablo VI le respondió disgustado y cortante: –No, Angelelli, usted está equivocado, en todo caso es La Rioja la que se salva "en" Cristo. Bueno, monseñor, venga mañana que le voy a entregar las instrucciones a las que deberá atenerse cuando regrese a su diócesis. Fue aquella una carta personal con las normas pastorales que Angelelli debería seguir para volver a las fuentes doctrinarias, excluyendo de su obra y de su lenguaje toda extravagancia extremista, según me manifestó en una entrevista el secretario de Estado, Agostino Casaroli, el 14 de mayo de 1998. Era tal la incomodidad que generaba el obispo de La Rioja que la Prefectura de la Casa Pontificia dio instrucciones para que no quedasen fotos del encuentro. Casaroli, con fineza argumental, me dijo: "Yo he sido siempre un hombre que estuvo a favor de las aperturas, pero a veces cerrar es útil y a veces se vuelve indispensable, y aquel momento de la Iglesia fue uno de esos". Por su parte, Pío Laghi, cuando lo vi en Roma, me dio las seguridades de que había hecho todo lo posible para averiguar lo que había sucedido con Angelelli y que seguía haciéndolo. Me mostró una carta fechada el 5 de abril de 2000, que le había dirigido el obispo de Concepción, Tucumán, monseñor Bernardo Witte, junto con un informe sobre lo que había averiguado respecto a la muerte de Angelelli. En esa carta hay un párrafo que llama mucho la atención y que dice: "Hoy cumplo la promesa: le envío el resultado de mis investigaciones. Le aclaro que abrí los ojos en el año 1978, cuando el secretario de monseñor Enrique Angelelli, el presbítero Ortiz, me entregó una caja de documentos del Obispado, que él mismo se había llevado a su casa. Supongo y sé que "purificó" los contenidos, ya que alejó todo aquello que podría aclarar la verdad sobre el asesinato o accidente misterioso. Luego él mismo pidió la reducción al estado laical. Mis indagaciones han sido posibles por el prudente e inteligente apoyo del que entonces era mi secretario canciller, y hoy monseñor, Fabriciano Sigampa, mi sucesor en la querida La Rioja". Junto con el informe, Witte le envió a Laghi una carta escrita por el arzobispo emérito de Mendoza, monseñor Cándido Rubiolo, fechada el 10 de marzo de 2000, en respuesta de una suya, reclamándole datos sobre el caso Angelelli, y que también me mostró. En lo sustancial, en esa carta Rubiolo le decía a Witte: "Respecto del documento acerca de la muerte dudosa de monseñor Angelelli, mi opinión es favorable, pues no ha sido posible obtener más datos fidedignos. "En cuanto al ex sacerdote A. Pinto, te informo que al día siguiente del accidente fue traído al Sanatorio Allende de Córdoba, donde yo lo visité de inmediato y conversé con el médico doctor Suárez, que lo atendía. Sin pensar que yo iría de administrador a La Rioja, recuerdo que en esa conversación el doctor Suárez me comentó que el tipo de daño causado en el sacerdote imposibilitaba que pudiese recordar el "antes" y el "después" del accidente, pues se producía un "corte" en la grabación del mismo, en el cerebro. Estando el presbítero Pinto en el Hogar de Ancianos en La Rioja, reponiéndose pasados varios días del accidente, por encargo del señor nuncio apostólico y estando a solas con él, le pedí que me narrara cómo había sido el accidente. Su respuesta fue que no recordaba nada; yo le creí, teniendo presente lo informado por el médico del sanatorio Allende. "Lamentablemente no me hice acompañar por nadie y no tuve después la posibilidad de desmentir sus falsas informaciones. Te doy libertad para hacer uso de este informe. Quizás en la Nunciatura pueda haber algún informe dado al nuncio de entonces, monseñor Pío Laghi." Angelelli había llegado a La Rioja después de ser obispo auxiliar en Córdoba. Con los conflictos

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obreros y estudiantiles que tuvieron lugar en esa provincia en 1968 y que culminaron luego en el Cordobazo, le buscaron un destino menos conflictivo. A las autoridades eclesiásticas de La Rioja les pareció ideal. ¿Qué podría hacer en esa provincia atrasada, sin sindicatos, sin industrias, impregnada de usureros y terratenientes? Pero sin duda, Angelelli cambió a la Iglesia y revolucionó a La Rioja. Desde el pulpito cuestionó los privilegios sociales y económicos, los latifundios improductivos, la explotación del minero, del obrero y del peón. Con su respaldo se fundaron cooperativas de producción, sindicatos, centros vecinales, cooperadoras, grupos parroquiales, de campesinos, de artistas. Piadoso, ingenuo y humilde, se convirtió en un dirigente de masas. Cómo habrá sido la cosa que en junio de 1973, cuando Carlos Saúl Menem era gobernador, un grupo derechista produjo la expulsión violenta de monseñor Angelelli de la parroquia de Anillaco, supuesto lugar de nacimiento del luego presidente justicialista. En su libro Mi vida misionera, monseñor Bernardo Witte –sucesor de Angelelli en el obispado de La Rioja– estimó que quienes mataron al obispo, a los otros dos sacerdotes y al laico, provenían de dos sectores que actuaron en coordinación recíproca: la Base Aérea de El Chamical y miembros de la organización "Defensores de la Fe" de Anillaco, aquellos enemigos de Angelelli desde la primera gobernación de Menem, entre los que se encontraba Amado Menem, el hermano mayor del ex presidente. En una parte del informe que monseñor Witte firmó el 29 de marzo de 2000 sobre estos cuatro crímenes, y le envió a Laghi, se lee: "Se supone que los autores de los crueles asesinatos vivían en la misma provincia de La Rioja, contando con el apoyo estratégico de otros cómplices. "Busqué infatigablemente desde mi llegada a La Rioja (1977) datos precisos sobre los trágicos sucesos, como me lo pidió la Santa Sede. Creía sinceramente que había llegado la hora de la verdad, cuando se inició en 1988 en El Chamical el proceso contra los asesinos de los sacerdotes, confiando encontrar allí la pista que aclarara el caso del llorado pastor monseñor Enrique Angelelli. "Es deplorable que la Justicia de Chamical no aclarara nada sobre los autores del asesinato de los sacerdotes de la propia ciudad. Muchos ciudadanos, feligreses fieles y admiradores de los sacerdotes asesinados, declararon con valentía y aportaron datos importantes. Había todo un clima de esperanza de encontrar a los autores. "Cumplí mi deber de ciudadano y como sucesor de monseñor Angelelli, declarando en el mencionado juicio lo que había oído de terceros. Hasta di el nombre y apellido del posible secuestrador de los sacerdotes. Una religiosa de la parroquia observó a esta persona en la noche del secuestro. "Pero el juicio de El Chamical no aclaró nada, ni en relación al asesinato de los sacerdotes, ni del laico, ni del "accidente" fatal de monseñor Angelelli. El fracaso del proceso chamicalense generó una desilusión muy fuerte, especialmente en el clero, entre religiosas y laicos más cercanos a la vida eclesial. " En la última parte del informe, Witte señala: "Me permito concluir con las palabras del propio monseñor Angelelli, pronunciadas en la casa parroquial de El Chamical, el mismo día de su trágica muerte: Han matado a dos de mis queridos sacerdotes, han matado al laico Wenceslalo, pero a quien buscan queda latente: Me buscan a mí". El caso de Angelelli no fue el único "accidente". En vista de lo bien que les había salido éste, un año después, el 11 de julio de 1977, el obispo de San Nicolás de los Arroyos, Carlos Ponce de León, también moría de similar manera. Sucedió mientras se dirigía a la Capital Federal con su colaborador Víctor Oscar Martínez, con el objeto de llevar a la Nunciatura Apostólica documentación relativa a la represión ilegal implementada en esa diócesis y la de Villa Constitución, en la provincia de Santa Fe. Esa documentación involucraba a Suárez Masón, jefe del Primer Cuerpo de Ejército; al coronel Camblor, jefe del Regimiento de Junín; y más directamente al teniente coronel Saint Aaman, jefe del Regimiento con asiento en San Nicolás. La documentación desapareció y no fue reclamada por el

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canciller de la diócesis, monseñor Roberto Mancuso, capellán de la unidad carcelaria. A los pocos días del accidente, Víctor Martínez, que estaba haciendo el servicio militar fue arrestado y sufrió toda clase de vejaciones físicas y psíquicas durante el cautiverio. Hacía tiempo que Ponce de León era objeto de todo tipo de amenazas, incluso de las que le hacía personalmente y sin ningún empacho el propio Saint Aaman. Según testimonió Víctor Martínez, el teniente coronel le decía en la cara: –Tenga cuidado, usted está considerado un obispo rojo. Martínez añadió que "el mismo jefe militar le había prohibido celebrar misa de campaña en el regimiento porque decía que allí no entraban curas comunistas.".

"A los tibios los vomita Dios..." El Episcopado no quería ningún episodio que afectara las relaciones con el gobierno. La mayoría de los obispos legitimaron el proceso militar, elogiaron públicamente la represión y negaron las condiciones infrahumanas de los encarcelamientos. La supremacía de la derecha episcopal se extendió desde 1976 a 1978. La derecha aprobaba y diluía las críticas acerca de la efectiva actividad de los capellanes militares y del control que la jerarquía realizaba sobre sus propios miembros. –Recuerdo que en una reunión de obispos en San Miguel, les dije a todos, casi gritándoles, mientras los familiares aguantaban afuera bajo la lluvia y el frío y nadie los recibía: "Ustedes están escondiendo en un pozo toda esta inmundicia, toda esta cosa horripilante, no se dan cuenta que el pozo se va a llenar y les va a explotar a ustedes... Me miraron y no me contestaron nada, prefirieron la cobardía–dijo Pío Laghi, haciendo memoria sobre el episcopado de la dictadura. En mayo de 1977, monseñor Plaza decía: "Los malos argentinos que salen del país se organizan desde el exterior contra la patria, apoyados por las fuerzas oscuras, difunden noticias y realizan desde afuera campañas en combinación con quienes trabajan en la sombra dentro de nuestro territorio. Roguemos por el feliz resultado de quienes espiritualmentey temporalmente nos gobiernan. Seamos hijos de una Nación en la cual la Iglesia goza de un respeto desconocido en todos los países condenatoriamente marxistas". En septiembre de 1978, monseñor Nicolás Derisi, rector de la Universidad Católica Argentina, aseguraba: "Creo sinceramente que la Argentina es uno de los países donde hay más tranquilidad y en donde los derechos humanos están más respetados. En este momento hay presos, pero presos por delincuencia. No veo que en este momento en la Argentina se encarcele, se mate, se atropelle contra los derechos humanos en ninguna parte. Si hay algún caso individual... somos hombres, pero no me consta que exista esta situación". En septiembre de 1979, Raúl Primatesta, arzobispo de Córdoba y presidente de la CEA, le negaba a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de Córdoba un templo para utilizarlo durante unos días a efectos de recibir testimonios de familiares de desaparecidos. Durante los primeros meses del golpe, Hesayne, Laguna, Espósito y Novak –nombrados obispos durante la gestión de Laghi– y también De Nevares, presionaron a las autoridades de la CEA y así se emitieron documentos firmados por Primatesta, Aramburu y Zaspe que repudiaban las acciones de la Junta Militar. Pero les faltó convicción y si bien pretendían hacer una crítica al estado de terror, se quedaban en medias tintas. Y no sólo eso: creían que el tener largas sobremesas con los jerarcas de turno les garantizaba que salvarían alguna vida. Un ejemplo de esto son las largas partidas de tenis de Laghi con Massera. "Sólo fue tres o cuatro veces a lo largo de los años que estuve como nuncio y de casualidad. No sopotaba el cinismo de Massera", me dijo Laghi cuando lo vi. Nada más ilusorio. Un ejemplo de esto fue la Carta Pastoral colectiva del 15 de mayo de 1976, abstracta y rebuscada, que daba la sensación de ser una advertencia ante posibles pecados futuros, y no al que hacía referencia y que se acababa de cometer el día anterior: "Si se produjeran detenciones indiscriminadas, incomprensiblemente largas, ignorancia sobre el destino de los detenidos, incomunicados de rara duración (...) si se suprimiera alguna garantía consti-

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tucional", decía, merecen una "condena sin matices cualquiera sea el bando del asesinado". El 14 de mayo se habían llevado a un grupo de fieles de la parroquia Santa María del Pueblo, de la villa de emergencia del Bajo Flores. Entre ellos, a la monja Mónica Quinteiro y a la joven Mónica María Candelaria Mignone. De ninguna de ellas se volvió a saber nunca nada, sólo que fueron llevadas a la ESMA. Lo mismo sucedió con el grupo que operaba en la parroquia Nuestra Señora de la Unidad, en Olivos. Entre la primavera de 1976 y mayo de 1977, la CEA se reunió con la junta militar y en un intento por reconocer la situación reinante y ponerle freno, los obispos se expresaron por primera vez con cierta dureza: "Personas constituidas en autoridad civil o militar han perdido la serenidad de discernimiento (...) Se quiere medir la vida de la Iglesia con un criterio castrense, con la consiguiente distorsión". Pero si hubo un criterio progresista duró poco. La junta se irritó y en las sucesivas reuniones que realizaba el Episcopado en la casa de retiros espirituales María Auxiliadora de San Miguel, el ala conservadora impuso mayor tolerancia. Las contradicciones dentro de la CEA eran cada vez más evidentes y la complicidad de sus figuras más relevantes no podían disimularse. Algunos, como Juan Carlos Aramburu, arzobispo de Buenos Aires, justificaban los métodos represivos refiriéndose al país como un organismo que estaría convalesciente de una "larga y postrante enfermedad", siendo por lo tanto deber de todos "cooperar para lograr una real y positiva recuperación humana, psíquica y espiritual. Hay que defenderse tanto contra la violencia de los enemigos del orden y del país, como de la impaciencia y presión de otras fuerzas o factores de influencia con opciones o métodos divergentes", decía. Otros directamente negaban la existencia del horror. En octubre de 1976 las violaciones a los derechos humanos eran escandalosas, pero Tórtolo, inmutable, respondía invariablemente: "No me consta". Hacia finales del primer año de dictadura, la Conferencia Episcopal Argentina le envió a Videla una carta con la firma de Raúl Primatesta, con motivo de las fiestas de fin de año en la que se le expresaban "fervorosos y cordiales votos de una felicísima Navidad, llena de las gracias divinas que brotan a raudales de la cuna de Belén". En la esquela se añadía que "unidos, pues, a Su Excelencia, y a quienes le acompañan, en la dura y riesgosa tarea de servir a la patria aun a costa de la propia vida, esta Comisión permanente, haciéndose intérprete del Episcopado en los sinceros deseos de que Gobierno e Iglesia puedan alcanzar las más auspiciosas metas para cimentar en la paz de Cristo una nueva aurora de grandeza y libertad para todo el noble pueblo argentino, saluda a Su Excelencia, el señor Presidente de la República, con la más distinguida consideración y la promesa de humildes y diarias oraciones al Señor ". "Firmado: Raúl Primatesta, presidente de la CEA. " Mientras esa carta llegaba a manos de Videla, en la larga noche de la ESMA sucedía algo insólito, demencial, psicótico: quince detenidos desaparecidos fueron llevados al segundo piso del Casino de Oficiales donde el capellán del instituto oficiaría una misa. En el hall habían montado un altar sencillo y colocado varios bancos de iglesia. Los "fieles" eran muy extraños: todos lucían engrillados, esposados con las manos detrás de la espalda y encapuchados. A los oficiales les pareció que Cristo vería como una falta de respeto que le taparan la cara a sus seguidores y les sacaron las capuchas. La primera reacción de los "fieles" fue de estupor e indignación. Allí estaba, frente a ellos, hablándoles, Jorge el Tigre Acosta, quien debía el alias a su condición de mayor torturador y más grande sanguinario de la ESMA, el hombre que torturó y mandó a "trasladar" a las monjas francesas Domon y Duquet, entre otros tantos detenidos. El testimonio que sobre ese momento aportó uno de los protagnistas, Lisandro Cubas, ante el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) fue elocuente: "Nos dijo que para celebrar la fiesta de la Navidad cristiana habían decidido que pudiéramos oír misa, confesarnos y comulgar, los que eran creyentes, y los que no, para que tuviésemos la tranquilidad espiritual y pensáramos que la vida y la paz eran posibles, que la ESMA todo lo podía hacer. Igual, se escuchaban los gritos de los que estaban torturando, se sentían ruidos de las cadenas de los

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que llevaban al baño en Capucha. El sacerdote (¿se le puede llamar así?) preguntó quién se va a confesar, a lo que accedimos todos, menos tres o cuatro (una era judía y los otros ateos). A pesar de lo absurdo, en situaciones límite uno tiene que aferrarse a sus creencias religiosas. En mi caso, mi formación cristiana y la presión de todo lo vivido, hizo que me confesara. El sacerdote, en su mensaje en el momento del Evangelio, habló de la necesidad de que luego de pasar por esta experiencia, nos incorporáramos a la vida en la sociedad, buscando la paz, y abandonando la lucha de clase y la violencia. De allí nuevamente capucha y nueva duda y esperanza metida en la cabeza: ¿Será que nos dejarán libres alguna vez habiendo visto esto? Con esta misa, Acosta empezó a explicitar o crear la inquietud del proceso de recuperación en los secuestrados elegidos hasta el momento ". Al Proceso de Reorganización Nacional (PRN) no se le escapaba el apoyo recibido de la Iglesia y las pocas reacciones clericales contrarias nunca afectaron su poder. Los documentos secretos de la junta, elaborados a principios de 1977, revelan un dato estremecedor: para las Fuerzas Armadas la Iglesia nunca representó una amenaza, fue útil a sus fines, controlada en sus desvíos y legitimadora del baño de sangre que se llevaba a cabo en las sombras. El documento emitido en abril de 1977 por el Comando del Ejército y firmado por Viola, dice: "Si bien no hay participación activa de la Iglesia, la misma se manifiesta mediante la comprensión y aceptación de los principios básicos enunciados". Y agrega que "la existencia de una corriente de sacerdotes progresistas con algunos de sus integrantes enrolados con sus oponentes, no puede condicionar el alto concepto del Clero Argentino, ni justifica un alejamiento de la Iglesia, tan necesaria para la consecución de los Objetivos Básicos que se apoyan en los valores de la moral cristiana". Algunos de los miembros de la jerarquía ni siquiera acordaban con la tibieza acusatoria de los documentos de la Iglesia. Monseñor Antonio Plaza, arzobispo de La Plata, pedía a sus fieles en mayo de 1977 "rezar para que tengan buenos resultados en su ardua tarea quienes nos gobiernan". Sostenía que había que "suprimir a los malos argentinos sostenidos por fuerzas oscuras". Para cerrar el círculo, rechazaron también los reclamos Internacionales. El 17 de marzo de 1977 la CEA envió una carta a la junta militar, cuyo párrafo esencial es el que sigue: "Comprendemos también que por un cúmulo de circunstancias en que entran intereses de todo orden, pareciera haberse desatado contra la Argentina una campaña internacional, que nos duele como ciudadanos amantes de la patria que somos y por nada quisiéramos vernos involucrados en posturas de reclamos de las que no conocemos el origen, y que, a veces, son harto dudosas en sí mismas". No contentos con esto, en un segundo documento reiteraban que había "una campaña internacional que nos hiere, como argentinos que somos, y por nada quisiéramos vernos involucrados ni usados en reclamos de origen desconocido y muchas veces harto dudosos en sí mismos".

Buenos muchachos Monseñor Plaza desmentía, Tórtolo negaba el horror de las cárceles, Bonamín arengaba a las tropas, Medina veía el bien en la represión, Aramburu se negaba a recibir a los organismos defensores de los derechos humanos y el obispo Sansierra afirmaba que no existían tales violaciones. Decía Plaza: "La Iglesia brindará fortaleza espiritual a los integrantes de los cuadros policiales y a sus familias para templarlos en la adversidad". (12 de noviembre de 1976). Decía Tórtolo: "Hay gente católica, que ha recibido la confirmación, que se alza contra la Nación argentina, destruyéndola. Cuando quienes la defienden reaccionan contra esa actitud destructiva, dicen que ellos son los perseguidos, tergiversan el espíritu y la mentalidad de Cristo... Dios habita el alma del soldado que va con Cristo y por Cristo a cumplir con su deber, rechazando a quienes se

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alzan contra el país". (29 de octubre de 1976.) Decía Bonamín: "La Patria rescató en Tucumán su grandeza mancillada en otros ambientes, renegada en muchos sitiales, y la grandeza se salvó en Tucumán por el Ejército Argentino. Estaba escrito, estaba en los planes de Dios que la Argentina no podía perder su grandeza y la salvó su natural custodio: el Ejército". (5 de enero de 1976.) "Los miembros de la junta militar serán glorificados por las generaciones futuras." (24 de marzo de 1981.) Decía Medina: "Algunas veces la represión fisica es necesaria, es obligatoria y como tal, lícita". (5 de abril de 1982.) Decía Aramburu: "Hay que defenderse tanto contra la violencia de los enemigos del orden y del país, como de la impaciencia y presión de otra fuerzas o factores de influencia". (5 de octubre de 1976.) Monseñor Bolatti agradecía a los militares por haber impedido que los marxistas tomaran el poder y monseñor Horacio Bozzoli, obispo de San Martín, llegaba al colmo de pedirle a la Santa Sede que silenciase a la radio vaticana "por hablar demasiado sobre la represión en la Argentina". Laghi se preguntaba a sí mismo si el mundo se había vuelto loco, ya que todo resultaba agravado por datos objetivos: no había ninguna señal de condena al régimen militar, ni desde el Episcopado ni por parte del Vaticano. En ese sentido la audiencia personal que el papa Pablo VI les concedió el 10 de octubre de 1977 al entonces almirante Emilio Eduardo Massera y a su mujer, gestionada por el embajador argentino Rubén Blanco, lo dejó más solo. Faltaba mucho para el 23 de octubre de 1979. Aquella fue la primera vez que el papa Juan Pablo II hizo la primera mención pública sobre los desaparecidos desde la Plaza San Pedro. En enero de 1977, acosado por las denuncias que provenían de la Nunciatura, por sus contactos con el cardenal Pironio y por los reclamos directos hechos a la Santa Sede, Pablo VI recibió en audiencia privada a monseñor Plaza y le preguntó: "¿Es cierto que en su país se están cometiendo excesos execrables contra quienes, sin ser terroristas, se oponen al nuevo gobierno militar?". Plaza respondió sereno: "No hay nada de eso, Santidad, se trata de versiones falsas e infundadas que hacen circular quienes se han escapado y refugiado en Europa". En esos momentos había en la Argentina 340 centros clandestinos de detención y el terror obraba con total impunidad. Los vuelos de la muerte. La apropiación de los recién nacidos. Los partos en cautiverio. Las torturas. Los "asados" en que eran quemadas las víctimas. El robo de las viviendas. Los tanques de ácido en que disolvían los cadáveres... En 1978 las muestras de apoyo al Proceso eran claras. Los diarios de la época dan pruebas de que la cúpula episcopal almuerza una vez más con Videla. Que Plaza festeja a la Santa Sede porque muestra "mayor comprensión sobre la situación argentina, que otros ambientes en los que se aprueban las campañas de descrédito", que le agradece a Videla en nombre de todo el país y que le responde por carta a Amnesty asegurando que "no existen presos políticos". Que monseñor Aramburu se siente "aliviado" porque la campaña contra Videla en Roma "resultó imperceptible". Que Quarracino mezcla los derechos humanos con el comunismo. Que monseñor Ildefonso María Sansierra, arzobispo de San Juan, dice con ironía inaceptable: "Yo voy a la cárcel y me dejan salir siempre, nunca me quedo adentro". Para el Mundial de fútbol, la CEA pedía "mostrar la hospitalidad y la decencia, amistad y la dignidad nacional", y Pío Laghi constataba que el campeonato había dejado una "muy buena imagen de la Argentina ". El obispo Victorio Bonamín, pro vicario de las fuerzas armadas invocaba: "Señor Dios de los Ejércitos en cuyas manos está el destino de los pueblos: escucha la oración que te dirigimos, implorando Tu bendición sobre estos sables y estas insignias y, en especial, sobre los nuevos generales del Ejército que los reciben como signo de la función y el poder que hoy asumen. Saben que su vida de soldado en cumplimiento de sus funciones específicas no está ni debe estar separada de Tu Santa Religión. Estos hombres comparten la misma fe de Tu Iglesia y la quieren vivir a través de la

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actividad y el servicio propios de la vocación militar que les enseñaste; por eso quieren Tu bendición en este momento solemne de su existencia...". Héctor Sobrino Aranda, ex diputado justicialista por Santa Fe, fue a Paraná a pedir por el marido de una mujer desesperada. Lo recibió monseñor Adolfo Tórtolo, arzobispo y vicario castrense, quien con su respuesta mostró la posición generalizada de la curia: –Monseñor, le pido que me ayude a averiguar por este hombre que es un desaparecido. Lo han secuestrado por izquierda. –¿Por izquierda? ¿Cómo por izquierda, qué significa eso? Yo no tengo referencia alguna de que eso ocurra en este país. El 26 de enero de 1979 el brigadier general Orlando Agosti dejó sus funciones de comandante en jefe de la Fuerza Aérea y esa ceremonia marcó el comienzo de la etapa de transición en el Episcopado argentino. En su discurso de despedida, Agosti expresó: "El combate ha terminado (...), hemos vencido con las armas (...) La subversión marxista, que estuvo en vísperas de lograr el poder total, ha sido erradicada de nuestra Patria (...) Mostremos también que nuestras almas no se han contaminado con la pestilencia que debimos limpiar". El discurso era otro, había cambiado su eje y comenzaba a centrarse en los posibles pedidos de esclarecimiento. Había que contrarrestar todas las voces que pudieran menoscabar la imagen del Proceso. Acallar las campañas internas y las que venían desde el exterior. El 25 de setiembre el brigadier Omar Graffigna, sucesor de Agosti, definió así al enemigo: "Cambiará de tácticas y de terreno, una y otra vez. Aparentará estar en retirada, fuera de combate, para reaparecer en los más remotos lugares. Procurará infiltrarse en las aulas y en las universidades, en las organizaciones y en todos los campos de la vida de la Nación. Procurará dividirnos, procurará enfrentar a las Fuerzas Armadas entre sí y a éstas con la ciudadanía. Nuestra respuesta es la unión y la cohesión". Massera quería ser protagonista en la nueva etapa de "institucionalización" del Proceso. Pretendía ser presidente constitucional y creía contar para esto con los buenos oficios del equipo que había "reeducado" mediante torturas en la ESMA. Realizaba giras internacionales y buscaba consenso entre grupos de exiliados argentinos. Monseñor Octavio Derisi, rector de la Universidad Católica Argentina, directamente se opuso a la visita de la Comisión y declaró: "Yo le pido a Dios que su trabajo sea objetivo y que no se deje influenciar por los que han causado el problema de la Argentina: los familiares de estos guerrilleros que han matado, secuestrado y robado". Monseñor Sansierra, arzobispo de San Juan, pedía al gobierno que si la Comisión "se saliese de su rol" utilizara sus facultades soberanas para poner fin a su misión. Y monseñor Bolatti se indignaba porque "los extranjeros no pueden venir a decirnos lo que tenemos que hacer". En 1984, la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (Conadep) que el presidente Raúl Alfonsín había creado el 15 de diciembre de 1983 con figuras notables de la civilidad, llegó a una cifra escalofriante: cerca de 9.000 desaparecidos entre 1976 y 1977, casi 1.000 en 1978 y alrededor de 300 en 1979. Pero por 1978 la opinión pública internacional y aun los mismos argentinos veían un país tranquilo y pacificado. El Proceso era exitoso. Cuando vino la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, encabezada por Edmundo Vargas Carreño, la gente salía a festejar los triunfos del Mundial y pegaban en los vidrios de sus autos y en los de sus oficinas calcomanías –muchas de ellas fabricadas en Editorial Atlántida– que decían: "Somos derechos y humanos". También les arrojaban piedras e insultaban a los familiares de los desaparecidos que hacían cola, sobre la avenida de Mayo, para reclamar ante esa Comisión. En ese año había clima de guerra. El conflicto con Chile por el Canal de Beagle estaba a punto de explotar. Ocupado en estos preparativos, la dictadura disminuyó la represión interna. Con la intervención a último momento de Juan Pablo II, que había sido ungido el 28 de octubre, y de su enviado personal, el cardenal Antonio Samoré, se evitó el enfrentamiento. Pero también esta

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mediación se transformó en un nuevo obstáculo para el reclamo por los derechos humanos. El Papa no podía fallar y cualquier pedido podía entorpecer las negociaciones de paz. Laghi priorizó nuevamente su función diplomática e ignoró su tarea pastoral. En 1979 el énfasis del gobierno militar estaba puesto en las disputas sucesorias. Los candidatos más firmes eran Luciano Benjamín Menéndez y Leopoldo Fortunato Galtieri. La elección recayó sobre este último, quien mantenía una buena relación con el entonces presidente, Roberto Viola. Los diarios daban cuenta de que Plaza le había dicho al nuevo Papa que "la mala imagen de la Argentina es consecuencia de los actos de argentinos terroristas". También, que Sansierra aseguraba que "el Papa minimizó el problema de los derechos humanos en la Argentina", porque "sucede en todas partes, quizá más que allí". Pero lo cierto fue que el 28 de octubre de 1979 cambió la película. Juan Pablo II admitió por primera vez el tema de los desaparecidos y en desacuerdo con el clero local, que seguía expresando su abierto apoyo a los métodos empleados por la dictadura, expresó: "Pedimos que se apure lo antes posible la anunciada definición de las posiciones de los encarcelados y sea mantenido un compromiso riguroso para la tutela, en cada circunstancia en que se pida el respeto de las leyes, del respeto de la persona física y moral, también de los culpables o indiciados de violencia". Más tarde, en una reunión frente a veinte obispos y prelados en visita "ad limine" en su biblioteca privada, el Santo Padre consideró que la violencia en la Argentina se había desatado por la violación de los derechos humanos y había dado lugar a una masacre de cuya magnitud aún no se tenía conciencia. Pero ésa era la hora de la institucionalización y la jerarquía acomodó su discurso a esta nueva etapa del PRN que organizan las Fuerzas Armadas. La nueva estrategia consistía en echar un manto de silencio sobre el pasado y desviar la atención hacia otras cuestiones. Trabajan sobre esa idea y, en la Jornada de la Paz del 2 de enero de 1979, el cardenal Aramburu se alegró porque "los jóvenes violentos son cosa del pasado" ya que según decía "las masas juveniles están buscando a Cristo, el Supremo Maestro de la Verdad". Hablaba de "los daños y muertes producidos por la subversión" y reclamaba "con profundo ánimo pacifista" información acerca de los "desaparecidos". Mientras, Primatesta insistía con el "sí a la paz" y el "sí a la vida" y desataba una campaña en la que suplicaba "a las autoridades, a todas las instancias competentes que actúen para que se prohiba y se ponga remedio al aborto voluntario". Preocupado por el aborto se olvidaba de los miles de desaparecidos porque, aseguraba, en "situación de guerra los argumentos y los límites éticos entran en un cono de sombra y oscuridad". Aramburu, Primatesta y Quarracino, secundados por López, Iriarte y Laguna, tomaron aquel año las riendas del Episcopado, aunque los guerreros de la primera etapa seguían interviniendo. Aramburu y Primatesta fueron presidentes de la CEA en forma rotativa y emergió con claridad la figura de Jorge Novak, obispo de Quilmes, en la línea de cuestionamiento al Proceso y de compromiso popular. Quarracino, hombre de poder dentro de la CELAM y para la reunión de marzo de 1979 se aseguró que no hubiera en sus filas ninguna "infiltración" de izquierda. Consecuentemente, no formaron parte de la representación de los episcopados latinoamericanos ni Novak, ni Hesayne, ni De Nevares. Se quiso impedir que en México se discutiera sobre la situación argentina y los medios de comunicación notaron esta resistencia: "Los obispos argentinos dieron la impresión de un grupo compacto inaccesible". Ellos tampoco recibieron a los exiliados, unos 5.000 que intentaron una entrevista a través de sus delegados. El documento final de Puebla –sobre el que hablaremos con más amplitud en el Capítulo 7– denunció que "en los últimos años se afianza en nuestro continente la llamada Doctrina de la Seguridad Nacional, que es de hecho más una ideología que una doctrina". "Está vinculada –continuaba– a un determinado modelo económico político, de características elitistas y verticalistas que suprime toda participación amplia del pueblo de las decisiones políticas y pretende justificarse en ciertos países de América Latina como doctrina defensora de la civilización occidental y cristiana.

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"Desarrolla un sistema represivo, en concordancia con su concepto de "guerra permanente" y en algunos casos expresa una clara intencionalidad de protagonismo político. " Sin embargo, la III Conferencia Episopal Latinoamericana soslayó toda referencia a la represión en la Argentina y destacó en cambio la "pureza de la doctrina" y la "evangelización liberadora, ajena a las ideologías". Con todo, los "desaparecidos" irían a constituirse en el mayor obstáculo para una transición sin tropiezos. Contra eso se desplegó una astuta maniobra: nombrarlos, pero sin darles una consideración especial, instalando a la par otros problemas como el aborto o el divorcio, para distraer la atención. A pesar de los esfuerzos de la jerarquía, la diócesis de Quilmes, de la mano de monseñor Novak, se transformó en el centro de las voces de disenso, acompañada por la de Viedma, con Miguel Hesayne, quien en diciembre de 1979 le dirigió una carta a la Comisión de la CEA, en la que dijo sin arribajes: "Sabemos con certeza y por diversos medios en cuanto Iglesia que nuestras Fuerzas Armadas han torturado y han hecho desaparecer a hermanos e hijos nuestros en la fe, no importa el número". En 1980 el modo eclesiástico predominante fue el de formular principios generales, abstractos, soltar datos perdidos entre documentos y declaraciones, y disculpar a la dictadura militar. Ya lo tenían decidido: buscarían el diálogo, el olvido, el perdón y la reconciliación. Y no hubo una sola alusión a los militares como responsables de los secuestros, torturas y asesinatos. El nuncio Pío Laghi inauguró 1980 con esta nueva receta: "Su Santidad predica la paz. La violencia ha engendrado violencia, tanto impulsada por unos, que querían llevar adelante un proceso, como por otros que procuraban defenderse", decía. "Reconocer "los errores y "entrar en ese clima del que habla el Papa, clima de perdón y de reconciliación" será necesario. "La Iglesia tiene muy en claro esto", aseguraba. Pero el problema de los derechos humanos, de los desaparecidos, persistía en aparecer una y otra vez, contrariando su especial condición. Pío Laghi no quería irritar al gobierno y por eso evitaba hablar de temas concretos: "Por mi parte prefiero hablar de dignidad del hombre antes que de derechos humanos. Sé bien que esta última expresión basta, muchas veces, para crear un ámbito poco sereno, poco propicio para que se entienda, su sentido profundo, incluso de carácter religioso", explicaba. La unión de la cruz y la espada seguía su marcha. La junta militar envió su mensaje de cuarto aniversario aquel 24 de marzo desde la Iglesia Stella Maris y Videla clausuró con un discurso el Congreso Nacional Mariano. Adolfo Pérez Esquivel, un militante cristiano del ala progresista recibió el Premio Nobel de la Paz y esto indignó a la derecha católica. La revista Criterio reflejó en su número 1846 este disgusto: "La noticia cayó como un balde de agua fría, porque unos la interpretaron como una condena indirecta al gobierno militar, y otros –la mayoría– porque se preguntan quién es este argentino que tan pocos conocen en su propio país". La mimetización Iglesia-Estado quedó en evidencia en el documento que Videla le envió a Primatesta invitándolo al diálogo, y que publicó el diario Clarín el 27 de abril. La invitación se fundamentaba de esta manera: "La Iglesia Católica, una de las instituciones mas importantes de una sociedad como la nuestra, ha evidenciado un sentido espiritual y trascendente que está fuera de toda discusión. Ha participado a lo largo de toda la historia nacional iluminando con la sabiduría de su magisterio, los momentos decisivos de nuestra evolución política y social". La respuesta de la CEA a Videla llevó como título Evangelio, diálogo y sociedad y en lo esencial decía así: "Ante el llamado al diálogo formulado por el Superior Gobierno de la Nación, los obispos sentimos el deber de hacer llegar nuestra palabra a las autoridades y a la ciudadanía toda (...) "La obligación de promover el diálogo político universal atañe de modo especial a la autoridad pública, que con ello cumple una parte relevante de su misión específica (...) Los argentinos debemos

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tenernos fe (...) "Entre las causas que hieren la unidad del cuerpo social, figuran la inmoralidad generalizada, los delitos económicos, los desaparecidos y los detenidos sin proceso. " En otro pasaje se aludía elípticamente a los reclamos de los familiares de desaparecidos y los envolvía en un manto de sospechas: "Crean una desconfianza general y destruyen profundamente el tejido social, aquellos que instrumentan la tragedia y el dolor de otros para fines inconfesados, y aquellos que persisten en una voluntad de violencia y destrucción", decía el documento episcopal. Mientras Primatesta y Aramburu limaban cualquier aspereza que pudiera surgir entre el gobierno y el Episcopado y se muestran abiertos al diálogo, los obispos Hesayne y De Nevares encabezaban un movimiento popular cada vez más fuerte. Y aunque sus decisiones no pesaban en la CEA, se erigían como referentes de la Iglesia popular. En 1981, luego de seis años y medio de gestión en el país, Pío Laghi fue promovido a la nunciatura de Estados Unidos y reemplazado en la Argentina por Ubaldo Calabresi. En su despedida, agradeció a la Iglesia, a los medios y también a los dictadores: "Me ha tocado dialogar con gobernantes llenos de respeto y cariño hacia mi persona", dijo. Qué extraño. Cuando estuvimos en Roma, dijo no recordar el saludo y sólo tenía quejas hacia los argentinos y, sobre todo, hacia los militares, "por su cinismo".

Apertura y amnistía Con el italiano Ubaldo Calabresi como embajador, en el Episcopado emergieron nuevas figuras necesarias al escenario político que se avecinaba: Desiderio Collino, obispo de Lomas de Zamora; Jorge Casaretto, de San Isidro; Carmelo Giaquinta, obispo auxiliar de Viedma; y Bernardo Witte, sucesor de Angelelli en La Rioja. De Nevares, Hesayne y Novak se distanciaron de este nuevo diseño de poder y afianzaron el camino del disenso. Hesayne invitó a Pérez Esquivel por "su lucha auténticamente cristiana" y propuso el "Día del llanto nacional" en memoria de los "errores pasados y actuales". Desamparadas por la jerarquía, las Madres de Plaza de Mayo dirigieron el 12 de diciembre de 1981 a los obispos una carta solicitándoles que "públicamente reclamen al gobierno militar para que nos digan dónde están nuestros hijos antes de Navidad. Nunca hemos tenido el honor de ser recibidas por la asamblea plenaria", fue su triste conclusión. De Nevares se levantó en defensa de estas mujeres, a las que se culpaba de ser "instrumentalizadas por la izquierda". Pero la CEA no contestó y tampoco las recibió. La guerra de las Malvinas y la primera visita de Juan Pablo II, dieron paso en 1982 a la "reconciliación". El gobierno militar se había debilitado irremediablemente y aunque el Episcopado no le retiró su apoyo, tampoco quería quedar expuesto. Se abocó entonces a una nueva tarea: encontrar un lugar entre los políticos y sindicalistas cercanos a ocupar el poder vacante y para ello creó la Comisión de Enlace. Aramburu, Primatesta, López y Quarracino como interlocutores del gobierno, redujeron la cuestión de los desaparecidos y guardaron para sí un rol inexistente. "La Iglesia de la Argentina se ocupó en reiteradas oportunidades de la situación de los desaparecidos" declaraba Aramburu. Pero de inmediato se ponía a resguardo: "siempre somos muy prudentes en estos temas". Su extrema prudencia hizo que jamás recibiera a las Madres. La nueva política oficial de la Iglesia era sosegar a la sociedad, soslayar los reclamos por los desaparecidos, diluirlos en nombre de la "reconciliación" porque "todos hemos fallado". Así se

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expresaba Juan Pablo II, a través del nuevo nuncio, Ubaldo Calabresi, en la jerarquía de la Iglesia argentina que, una vez más, recorría el camino hacia el olvido y el perdón sin preguntarse por sus errores ni buscar responsables. Con ese ánimo, el 19 de diciembre se estableció la Jornada de Reconciliación en la que, según la convocatoria hecha por monseñor Justo Laguna, se "elevará una plegaria común por todos los que han caído víctimas de la violencia subversiva o la represión, y por los muertos en las Malvinas de uno y otro bando". Así, con preclara liviandad, se mezclaron todos los muertos, como si fueran víctimas del mismo equívoco, y se esparcieron las culpas como si todos fueran responsables, porque según Quarracino "todos hemos pecado contra el amor, por ideologías, por interés, por resentimiento, por equivocados idealismos o por excesiva defensa de valores", según publicó Crónica el 22 de diciembre. Dada tan tremenda responsabilidad colectiva, añadió que correspondía "una clara y amplia ley de olvido". Se preparó así el camino para la futura ley de autoamistía que al año siguiente se darían los militares: "La Iglesia, en la Argentina, con su Episcopado a la cabeza, quiere ser en nuestra comunidad nacional, en esta difícil hora, signo e instrumento de reconciliación". Empero, los centros clandestinos de detención seguían funcionando y de los desparecidos, nada. A las Madres se les habían sumado las Abuelas y todas seguían buscando información. Para monseñor Medina, vicario castrense, "la información total la deben tener aquellas personas que puedan poner remedio a las deficiencias que hayamos tenido, pero informar a cualquiera, cualquier problema, es antipedagógico", según consideró como un "maestro" el 14 de agosto de 1982. Por contrapartida, Hesayne acusaba a "los corazones cínicos que no sólo han matado, sino que tampoco quieren recibir el Evangelio de Dios y por eso no desean reparar con sinceridad las inhumanas desapariciones y los injustos encarcelamientos y torturas" y pedía que los militares definieran "si quieren realmente vivir el Evangelio o meramente servirse de la Iglesia Católica". El gobierno militar mordía su derrota, percibía su debilidad y buscaba abandonar el poder de la manera más digna que le fuera posible. Ideaba una puerta que pusiese punto final a la guerra sucia y se cerrara de un portazo ante los reclamos por los excesos cometidos. La palabra en danza era amnistía. Después sí, vendrían las elecciones democráticas. Con la anuencia de los titulares de la CEA y de la Pastoral Social, se dio paso al Documento de Punto Final dado a conocer por los militares en abril. Laguna pensaba que "un auténtico perdón nos va a ayudar a todos los argentinos", y Aramburu, en un giro asombroso, afirmaba que "la Iglesia siempre apoyó a las Madres". Quarracino imaginaba un caos interminable si los militares llegaban a ser citados por los "tribunales de justicia", porque, aseguraba, sería el "envenenamiento de las relaciones humanas en el país". Se preguntaba, como si no existiese una respuesta posible: "¿Desde cuándo habría que hacer comenzar ese ejercicio de justicia? ¿Desde qué año, desde qué época? ¿Acaso desde el 76? ¿ Y por qué no desde el 73...? ¿Por qué no empezar desde antes, desde 1960 o del 68?". El 28 de abril de 1983 se dio por terminada la "guerra sucia" y por muertos a todos los desaparecidos. El nuncio Ubaldo Calabresi enmudeció. Pero, como si Dios hubiese soltado algunos ángeles, ante este silencio complaciente, Novak se opuso al documento y el padre Rubén Capitanio, de la parroquia Nuestra Señora de la Paz de Neuquén, les negó la participación en los sacramentos a los responsables del proceso militar. El Episcopado tenía la mira puesta en las próximas elecciones y esquivaba el compromiso, con el mismo argumento que ha usado desde la noche de los tiempos: "por su carácter jurídico no le compete a la Iglesia expedirse sobre el tema". Los desaparecidos, los torturados, los niños secuestrados, los asesinatos de los sacerdotes palotinos, de monseñor Angelelli, del obispo Ponce de León, de las monjas francesas, no habían significado nada. No alcanzaban ni siquiera para reclamar justicia. Como si esto fuera poco, en diciembre de 1984, el papa Juan Pablo II recibió a monseñor Plaza con todos los honores. Veinte días antes, las Madres de Plaza de Mayo le habían enviado una carta en la

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que le decían que "monseñor Antonio Plaza, arzobispo de La Plata, fue visto en campos de concentración por testigos que así lo han denunciado". Jaime de Nevares no se alzó contra la autoridad papal pero pidió que "se aclare lo que ha sucedido" y declaró abiertamente que la ley de amnistía era "nula por razones naturales". En su ambigua posición, la Iglesia, que ya había perdido su primera oportunidad de reivindicación ante el caso de los padres palotinos, perdió la segunda ocasión de torcer el rumbo criminal de las juntas militares y no ser condenada por la historia. En las Pascuas de 1978 un obispo italiano, monseñor Luigi Bettazzi, había propuesto crear en la Argentina un Vicariato de Solidaridad para centralizar las denuncias sobre desapariciones y violaciones de los derechos humanos. En Chile funcionaba exitosamente. Y el Episcopado chileno no fue cuestionado por su rol. En una carta dirigida al Papa, había expresado: "El extremo peligro que corren habitualmente en este país millares de personas libradas al arbitrio, prisioneras y amenazadas de muerte si ningún elemento nuevo interviene, nos espanta y nos provoca todavía un mayor horror, porque estas exacciones son presentadas como necesarias para la sobrevivencia del mundo occidental y cristiano. Es por esto que, conscientes de nuestra impotencia, nos dirigimos a Su Santidad, en la que ponemos nuestras esperanzas, porque sólo la potencia y la autoridad espiritual de la que Ud. dispone, pueden lograr que cesen en la Argentina la tortura y la muerte". Y agregaba: "...nos hace sufrir como una mancha sobre el rostro de la iglesia el silencio cruel de la jerarquía argentina. Es por ello, Santidad, que le suplicamos dé a nuestros hermanos que sufren la señal que ellos esperan para reavivar sus esperanzas". Desde la Secretaría de Estado, monseñor Casaroli pidió a través de la nunciatura argentina, el envío de una propuesta formal a la Conferencia del Episcopado para que la analizara y emitiera su opinión. El 6 de septiembre de 1978, Bettazzi recibió la respuesta de la jerarquía local: "No se considera oportuna la concreción de dicha propuesta". En ese momento el cardenal Primatesta presidía la CEA, el vicario castrense era Tórtolo; el pro vicario, Bonamín; y el cardenal primado de la Argentina era Juan Carlos Aramburu. Asustados porque el Vicariato pudiera favorecer "al comunismo" perdieron así la segunda ocasión de purgar sus culpas. Años después, Bettazzi reveló que la posición del Episcopado "nos dejó amargados y desconcertados a la vez. Tuvimos la impresión de que se estaba cometiendo una lamentable equivocación". Ese mismo monseñor fue quien, en 1997, cuando Laghi recibía ataques por su actuación en la Argentina, le mandó una carta de solidaridad, felicitándolo por su actitud serena: "El primer deber es no hacerse echar, después no podemos intervenir más". Cuando finalmente Juan Pablo II aludió a los desaparecidos y le preguntaron a Laghi su opinión sobre esa postura, el nuncio respondió: –Si el Santo Padre, como es verdad, ha dicho esas palabras con relación a la situación de los detenidos desaparecidos en Argentina y Chile, significa que nosotros debemos enfrentarnos con esa realidad y también hacer nuestro examen de conciencia, sin tergiversaciones de ningún tipo (...) Sólo una vez reconocida la falla, podremos entrar en ese clima del cual habla el Papa, de perdón y reconciliación, pero no podemos decir "olvidémoslo todo ", esto es algo que la Iglesia tiene muy claro. Laghi se anticipó así tres años y medio a la condena del Vaticano al llamado Documento Final con el que la cuarta y última junta militar quiso clausurar la tragedia.

Gente agradecida La preferencia de Pío Laghi por una frase aprendida en latín cuando estudiaba en el Instituto

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Salesiano de Faenza –Gutta cavat lapidem, non vi, sedsaepe cadendo (La gota de agua orada la piedra, no con la fuerza sino con su continua caída)– parecía haber anticipado la tarea minuciosa e insistente en que se embarcaría. Nunca dejó que esa gota se convirtiera en manantial. La gente hacía largas colas en la calle, cada día eran más y la tarea era agobiante. La información corrió rápido y los familiares de detenidos y desaparecidos se multiplicaban. El nuncio a veces perdía la serenidad. Lo cierto es que el destino estaba poniendo a prueba sus debilidades más recónditas y él caminaba sobre ellas como un equilibrista siempre al borde de la caída. La junta militar era todavía un monstruo insaciable y estaba ávido de nuevos sacrificios. Imperturbable, laborioso, el nuncio escuchó cada caso, tomó nota y confeccionó algunos folios en los cuales había trascripto, según la categoría, los nombres de los detenidos, de los secuestrados y de los desaparecidos cuyos familiares se habían dirigido a la Nunciatura para pedir su intervención. Con prudencia, llevó la primera lista en sus manos y se la entregó al general Harguindeguy en Balcarce 50. Años más tarde, esas listas fueron reconocidas por ciertas anotaciones realizadas con su pulcra caligrafía y sobre esa base lo señalaron como cómplice. Bajo esta óptica las listas eran la prueba incuestionable de su encubrimiento. Sin embargo, lo cierto fue que Laghi entregó los primeros dieciséis nombres en tres páginas dactilografiadas y que pidió por ellos: la hija de Emilio Mignone, el director de cine Raimundo Gleyzer, el militante comunista Antony Silva Romero, el doctor Antonio Misitch, de la Comisión Nacional de Energía Atómica y los abogados laborales Roberto Sinigaglia y Héctor Natalio Sobel, eran algunos de los que allí figuraban. Con obstinación elaboró la segunda, ya con 63 nombres, 17 de los cuales eran fugitivos de la dictadura de Pinochet. En esta lista había tres sacerdotes: Elias Musse, Juan Deuzeide y el español Javier Martín. También intercedió por Juan Martín Guevara, hermano del Che. Con seriedad, Harguindeguy le admitía a Laghi la posibilidad de algunos abusos y prometía ocuparse. El nuncio se iba satisfecho con esa vaga respuesta. Hablaba con prudencia y pedía con mesura. Él era parte del poder y se serenaba con los escasos resultados de sus gestiones. Pero las listas abrieron un enigma sin solución: ¿eran la prueba de la firmeza del nuncio ante la represión o una formalidad construida entre encubridores para esquivar el juicio de la historia? Laghi, un hombre inteligente, preparado para establecer convenios, cerrar acuerdos, sellar pactos, rondaba en aquel tiempo a los miembros de las diversas juntas convencido de su poder de negociación, en tanto que por el otro lado recopilaba información. De vez en cuando alguien era localizado. Laghi apiló varias cartas como ésta, fechada en San Juan un 17 de marzo de 1980: "El que suscribe, Mauricio Saturnino Montenegro, tiene el agrado de dirigirse a usted para comunicarle la muy grata noticia de haber obtenido la libertad el pasado jueves 13 de marzo (...) Quiere asimismo expresarle el sincero agradecimiento por vuestra solícita preocupación que manifestó siempre, cuando mi madre y mi hermana acudieron en ayuda y orientación, en la medida de vuestras posibilidades, para la obtención de mi libertad". Otra, fechada en Buenos Aires, el 22 de mayo de 1978, y firmada por Clara Delfino de Bramardo, lleva en el margen, de puño y letra del nuncio, la palabra "liberata", y dice así: "Me permito molestarlo nuevamente pero esta vez con la alegría de poder informarle que mi hija Nilda Clara Bramardo se encuentra nuevamente con nosotros. Muy emocionada y en nombre de toda mi familia, pedimos disculpa por todas las molestias ocasionadas y le agradecemos profundamente toda la dedicación, atención y comprensión que ha tenido con nosotros, y el aliento que nos ha sabido brindar en las horas difíciles que nos ha tocado vivir". Pero nada más. Silencio. Evasivas. Y él repetía el envío de sus listas sucesivas, la tercera, la cuarta, la séptima... "Nunca estuvo detenido". "Desconocemos su paradero". "Salió del país". "No obran en nuestro poder antecedentes". "Fueron expulsadas". "Se ha solicitado su búsqueda". En el terrible invierno de 1976 percibió que los detenidos a disposición del PEN eran localizados,

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pero que los desaparecidos caían en un pozo negro al que nadie tenía acceso. Algo tenebroso ocurría cerca de él. La palabra desaparecido no existía todavía como entidad dialéctica y faltaba conocer un abanico de perversiones inimaginables. Con la única ayuda del padre Luigi Parussini, hoy fallecido, confeccionaba las listas de los casos, a los que se sumaban otros que le remitía monseñor Galán desde la Secretaria General del Episcopado, con la colaboración del presbítero Jaime Garmendia. El 2 de septiembre de 1976, Garmendia le mandaba a Parussini y éste a Laghi, la "séptima lista de desaparecidos y la quinta de detenidos a los efectos de las gestiones que usted tan generosamente realiza, según me ha comunicado monseñor Carlos Galán". Laghi acompañaba sus pedidos con cartas personales que apenas rozaban la maraña represiva. La del 2 de agosto tenía los nombres de catorce detenidos, medio mes después sólo de dos: Torres y Resta fueron ubicados como detenidos a disposición del PEN. De los otros doce, Harguindeguy le informó que no sabía absolutamente nada y acompañaba la respuesta con una nota cuya frase final sonaba a sentencia: "...garantizamos la libertad y la paz a todos los que en paz y libertad quieren vivir". Para aumentar el laberinto de reclamos y respuestas vacías, el Ministerio del Interior respondía a veces con el paradero de otros detenidos nunca nombrados por la Nunciatura. Emilio Mignone, fundador del CELS y padre de Mónica, una joven secuestrada que nunca más apareció, dejó plasmada la contradictoria personalidad del delegado papal con una descripción abreviada, pero precisa, de los tres encuentros que tuvo con Pío Laghi entre el 14 de mayo y el 4 de julio de 1976: "Primero estuvo de acuerdo en mis juicios. En el segundo encuentro desviaba la conversación y trataba de justificar a las autoridades. Pero en el tercero estalló y dijo: estamos gobernados por criminales". ¿Qué hacía entonces Laghi jugando al tenis con criminales como Emilio Eduardo Massera? ¿Qué hacía bendiciendo la mesa que ademas compartía con los miembros de las juntas? Desde el Vaticano, la gente del Opus Dei susurra: "¿No lo sabe? ¿No sabe que Massera y Laghi son masones?". Pero de los dos sólo uno figura en las listas secretas de la P2 halladas en Arezzo: Massera. Más de diez personas por día desfilaban ante la mirada del nuncio, a veces firme, a veces esquiva, las más de las veces impotente o insondable. Y frente a cada reclamo tomaba nota con su caligrafía clara y legible. A veces sorprendía a los mismos familiares que venían buscando ayuda, mostrándoles el nombre de la víctima en alguna de las listas. Tales gestos lo señalaron más tarde como cómplice de las atrocidades cometidas. "Yo no podía asegurar que tenía la fuerza para resolver el caso... Yo como nuncio me dirigía a los capellanes militares, y de las cárceles, a los mismos obispos, para tener informaciones. Ordenaba y acumulaba las muchas informaciones que recibía, con la esperanza de que ellas fuesen útiles para alguno. Encuentro amargo que este espíritu sea confundido hasta el extremo de darle la interpretación exactamente opuesta, o sea que tenía un conocimiento directo, destinado a aprobar y a colaborar en los sufrimientos de otras personas. Lo que pasaba es que los capellanes militares se confundían, y se llegaron a creer militares... ", dijo Laghi. El Premio Nobel de la Paz, Pérez Esquivel, frecuentó la nunciatura en 1976 y reconoció que Laghi "hizo todo lo que estaba a su alcance para salvar vidas y para ayudar a la gente. Recuerdo que se levantaba y, sin ocultar la terrible angustia que lo acosaba, caminaba por su despacho revoleando los brazos como si fuesen las aspas de un molino". Pérez Esquivel también cayó detenido en abril de 1977 y Laghi debió pedir por él. Como su investidura convertía a cualquiera que lo acompañara en intocable, desde principios de 1977, realizó en su auto con patente diplomática, numerosos viajes a Ezeiza, a Puerto Iguazú o a otros puntos fronterizos. –Querría saber si la peregrinación ya tiene fecha fijada. –Sí, se hace el viernes próximo a partir de las catorce. Usted debe encontrarse a esa hora en el lugar que monseñor Celli le ha indicado, nosotros pasaremos por allí a recogerlo.

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La "peregrinación" no era otra cosa que el camino a la salvación. Se sabía que el teléfono de la nunciatura estaba intervenido por las escuchas que hacían el Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y la Cancillería. Con naturalidad, cada mes se presentaba un militar vestido de civil en la puerta del palacio de Avenida Alvear y dejaba un cassette con las conversaciones grabadas para ser entregadas al nuncio. Por eso la palabra "peregrinación "era la clave para las citas que sacarían a la víctima del país. Había diferentes itinerarios y diversos destinos. La salida más delicada era el aeropuerto de Ezeiza: Laghi en persona acompañaba en su automóvil con chapa diplomática a la víctima y ya en el aeropuerto se dirigían inmediatamente al salón VIP donde entregaban la documentación, evitando así el control de Migraciones. Los que tenían apellido italiano eran recibidos por el gobierno de Roma y el propio Laghi se ocupaba de tramitar los papeles para asegurar que no fueran deportados. El nuncio también realizó acuerdos con embajadores de otros países para el ingreso de los perseguidos a las embajadas amigas. Tales eran la de Venezuela, Suecia y México. En esta última se alojaba la familia Campera y la de Abal Medina. Por aquellos duros días el Proceso de Reorganización Nacional se consolidaba. Hacia 1979 el enemigo había sido diezmado sin un mínimo de legalidad. Por la ESMA pasaron 5.000 personas. Todos fueron torturados, encapuchados, engrillados. Con los ojos vendados permanecieron largo tiempo con una vianda mínima, un jarro de agua y sin luz. El grupo de tareas 3.2.2 se movía con comodidad en esas tinieblas. El Tigre Acosta. Rubén Chamorro. Antonio Pernías. Y Alfredo Astiz, "el ángel rubio" que hirió por la espalda a principios de 1977 a la joven sueca Dagmar Hagelin y la dejó lisiada. En 1978, según la Conadep, desaparecieron cerca de 1.000 personas. Laghi le envió ese año a Harguindeguy nueve listas. En una de ellas incluyó 302 nombres. Estaba inquieto, perdía la paciencia, a veces alzaba la voz. Y se cuestionaba sin reservas, abrumado por el peso de su tarea. Pero continuó con ese mecanismo hasta finales de 1980, en que fue llamado a los Estados Unidos. Pero el nuevo destino no fue un alivio: Laghi estaba cansado, eran demasiados los que se había tragado la oscuridad y sentía que él los había dejado muy solos. Como una burla del destino, casi al final de su gestión, dos familias argentinas acudieron a la Santa Sede por la desaparición de sus parientes. A través de la Secretaría de Estado, llegó a la Nunciatura Apostólica el pedido Número 51.472 para que el nuncio hiciese lo que "tuviese a su alcance". Él contestó con una frase cargada de amargura y fastidio: "Conozco a los firmantes de ambas cartas. La representación pontificia se ocupa continuamente y sin pausa de los diferentes casos, pero en lo que se refiere a los desaparecidos, nada puedo hacer". Pío Laghi admitía su derrota.

Los curas milicos El padre Enzo Giustozzi, sacerdote de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, integraba la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Lo convenció monseñor Jaime de Nevares: "Yo soy uno de los presidentes, pero vivo en Neuquén, a 1.300 kilómetros de acá, por lo que necesito que seas mi alter ego en Buenos Aires". Cuando se multiplicaron los arrestos y secuestros, Giustozzi y monseñor Laguna, obispo de Morón, se reunían en la Catedral de San Isidro. El primero recordó hace poco: "Cuando había que sacar a alguien del país, había sólo dos lugares adonde recurrir: la Nunciatura y la Embajada de Suecia". En julio de 1997, el padre Giustozzi envió una carta al diario Página 12: En un encuentro del clero de San Isidro en el año 1976, el nuncio dio una charla a 60 ó 70 sacerdotes. En una parte, dijo: "Si estoy confesando y viene un militar y me dice: "Padre, yo torturo gente", respondo: "Usted no puede hacer eso. Y si él me dice: "Pero es que cumplo órdenes"; yo debo decirle: "No puede cumplir esas órdenes porque son inmorales. Y si no está dispuesto a desobedecer esas órdenes debo negarle la absolución sacramental". Alzó la vista y concluyó: "Yo no sé qué harán los capellanes militares".

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Años más tarde, con el informe de la Conadep y las audiencias del juicio a las primeras tres juntas militares, el nuncio tuvo una respuesta contundente: la figura del padre Von Wernich sintetizó el fatídico rol de los curas milicos. Desde la Brigada de Investigaciones de La Plata, uno de los tres centros clandestinos más importantes de esa zona bonaerense, Camps llevó a cabo lo que él creía era una experiencia de recuperación de prisioneros y a resultas de esto, durante un año, un grupo de detenidos tuvo un trato especial. Christian Von Wernich se encargó de avisar a sus familiares y de controlar las visitas periódicas. Los elegidos debían ser "recuperados" y sacados del país como propaganda favorable al régimen. Pero el plan falló y dejó a la vista hechos aberrantes. El ex policía Julio Emmed declaró ante la Conadep bajo testimonio 683: "En 1977 revistaba como agente de policía de la provincia de Buenos Aires (...) A principios de 1978 se me llama al despacho del comisario general, en presencia del padre Von Wernich, y se me pregunta si soy capaz de dormir a alguien con un golpe de yudo en la parte trasera de un automóvil (....), era para trasladar a tres subversivos que habían colaborado con la represión (...) En la Brigada nos esperaban el padre, quien había hablado y bendecido a los tres ex subversivos. La familia tenía que esperarlos en Brasil y les habían mandado flores (...) Nosotros íbamos como custodios, teníamos que llevarlos a Aeroparque a embarcar (...) En el coche móvil número 3 iba yo, el padre Von Wernich y un NN de 22 años (...) A una señal yo debía dar el golpe que adormecería a la persona. Pego el golpe cerca de la mandíbula pero no logro adormecerlo (...) Se entabla una lucha y le descargo varios golpes en la cabeza con la culata del arma. Había tanta sangre que el cura, el chofer y los que íbamos al lado quedamos manchados (...), en ese momento estaban vivos. Los tiran a los tres por el pasto y el médico les aplica dos inyecciones a cada uno, directamente en el corazón, con un líquido rojizo (..) Dos mueren, pero el médico da por muertos a los tres (...) "Más tarde el cura me habla de una forma especial, por la impresión que me había causado lo ocurrido. Me dice que lo que habíamos hecho era necesario, un acto patriótico para bien del país (...) Quien aplicó las inyecciones letales era el oficial médico." Bergés Von Wernich respondió a las acusaciones en una entrevista: –Yo me pongo en el lugar de las personas que me acusan y los comprendo. Suponen que esas ocho, y no siete, como dicen, están con vida y quieren "blanquearlas", quieren difundir la idea de que están muertos para que la organización Montoneros los deje tranquilos y no los busque más (...) Yo los acompañé a cada uno de ellos a salir por Aeroparque, o por agua, según indicara el procedimiento, por eso nadie me puede convencer que aparecieron muertos por ahí, porque yo me jugué (...) Decir que me salpiqué la sotana de sangre, cuando se sabe que yo nunca uso sotana (...) Se presentaron unos testimonios aberrantes, pero yo quisiera ver si son ciertos. Desconfió. En el legajo 4952 de la Conadep consta que "el capellán de los servicios penitenciarios, padre Felipe Perlanda López, se dirigió a uno de los detenidos después de la tortura y le dijo: ¡Querido, ¿qué puedo hacer por vos si no colaboras con las autoridades que te interrogan? ". La monstruosidad estaba latente desde antes del golpe militar: en La Nación del 6 de febrero de 1976, ya el capellán Mackinnon invocaba a Dios "para que nuestro uniforme no tenga otra mancha que la de la sangre propia, o ajena derramada por una causa justa; porque esta sangre no mancha, dignifica". La cantidad de testimonios sobre las actividades que cumplían los "curas milicos" en los centros de detención, ya recogidos por la Conadep, ya registrados por los fiscales en el juicio a las juntas militares, fue impresionante: "(...) ¿Podía ignorar Primatesta, que una Institución de su diócesis, el colegio del Buen Pastor, servía de tránsito para las "desaparecidas" que debían dar a luz?" CFR. DDJ. TESTIMONIO DE JOSÉ L. ASTELARRA

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"(...) En la Cárcel de Caseros, año 1980, el capellán Cacabellos presenció torturas." TESTIMONIO DE EUSEBIO HÉCTOR TEJADA LEGAJO NRO. 6482 "(...) El capellán Pelanda López hablaba con los detenidos, justificaba las torturas (...) El obispo Witte sabía de los nacimientos en cautiverio y daba misa a los prisioneros. TESTIMONIO DE PLUTARCO ANTONIO SCHALLER LEGAJO NRO. 4952 "(...) El obispo de Jujuy, Miguel Medina, da una misa en la Penitenciaria del Penal de Villa Gorriti y dice saber todo lo que sucede, pero que esto está bien, pues es en bien de la Patria." TESTIMONIO DE ERNESTO REYNALDO SAMAN LEGAJO NRO. 4841 "(...) El capellán Julio Mackinnon se dedicó a interrogar a los prisioneros sobre su actuación política, entre ellos a Hugo Vaca Narvaja, y dejó como evidencia una sola cosa: el que habló con él por lo general después fue muerto. Todo el que iba a entrevistar, después era sacado y fusilado, como pasó con el mismo Vaca Narvaja." "(...) Plaza llegó incluso a patear a los estaqueados y a ordenarles que hablaran (...) Después viene el cura y se queda, solo conmigo, me levanta la venda y me dice que él me va a tomar declaración, pero que si no hablaba iban a venir "Texas" y "Gastón", los torturadores. " "(...) Medina vio las cicatrices que tenía ella en las muñecas por los diez días que estuvo maniatada y replicó: "qué va a hacer, eso le pasa por no hablar". " TESTIMONIO DE GUSTAVO R. LARRATORRES "(...) Monseñor Grasselli, en una oficina que se encontraba en la parroquia Stella Maris, cercana a Retiro, daba información a las familiares de desaparecidos. Tenía un fichero con nombres y todos los datos de desaparecidos." DENUNCIA POR LA DESAPARICIÓN DEL PERIODISTA ENRIQUE RAAB LEGAJO NRO. 2776 Al ser citado por la Conadep, monseñor Graselli dio la versión opuesta: "(...) Por orden del entonces vicario castrense, yo comencé a ocuparme de recibir a estas personas que venían a buscar una ayuda, un apoyo. Entonces comencé a confeccionar un fichero. Algunos, atacándome, dicen que es un fichero, pero son tarjetas con el nombre de la persona desaparecida, la fecha en que recibía al familiar, el documento de la persona desaparecida, el lugar y la fecha en el reverso (...) La verdad es que no me he tomado el trabajo de contarlas, pero son aproximadamente 2.500 (...) Arreglé una salida del país de unos "desaparecidos" (...) Fui a ver al nuncio Pío Laghi y me dijo que los recibiría con los brazos abiertos, pero que tuviera mucho cuidado porque la Nunciatura estaba custodiada". A dos meses del comienzo del movimiento de Abuelas de Plaza de Mayo, en diciembre de 1977, María Mariani fue con su marido a la Capilla Stella Maris. Le habían dicho que monseñor Graselli poseía mucha información y querían realizar otro intento por recuperar a Clara Anahí, su nieta desaparecida. Chicha Mariani contó que Graselli los recibió sonriente y que en medio del relato se tomó la cabeza y mientras movía las fichas con ambas manos, les dijo: –¡Cuánto han tardado! ¡Casi un año! ¿Cómo es posible? ¿Recién vienen? Ya es muy difícil

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encontrarla... Dígame: ¿Usted se la llevaría?–le preguntó al marido, que recién venía de Europa. Chicha se apresuró a contestar: –No, no sin la nena... Y Graselli le dijo: –Me refiero a las dos, señora, a la nena y a usted. –Apenas la encontremos nos vamos todos–contestó el marido. Graselli les prometió que haría lo posible. Que volvieran en quince días. Una crueldad más. Se fueron confiados. Había que esperar quince días para que Clara estuviese en sus brazos. Y a volar a Italia con lo único que les quedaba. Volvieron. Pero monseñor Graselli ya no era el mismo. Evitaba mirarlos a los ojos y revisaba nerviosamente su fichero –donde estaban los nombres de los desaparecidos– buscando algo. Finalmente, levantó la vista y habló: –Ya está perdida la nena... Lamentablemente, ya no puedo hacer nada. Está ubicada muy alto... No se la puede tocar... y ustedes han demorado demasiado en venir a acá. Yo hubiera podido hacer algo antes, pero ya es tarde. Lo lamento, no puedo hacer más nada. Otro que sabía y callaba. De nuevo un hombre de la Iglesia pidiéndoles silencio y olvido. Salieron del despacho y Chicha Mariani se mareó.Tomó asiento para recuperar el aire que le faltaba y vio, por primera vez, los bancos repletos con madres y abuelas que esperaban. Eran unos tres metros de pasillo hasta la calle. Mientras estaban en ese trance de confusión y desesperanza, salieron por allí Tórtolo y Graselli. De afuera entraban destellos de luz que se colaban en la sombra del lugar. La imagen de Tórtolo extendiendo la mano para que ese puñado de desesperadas le besara el anillo tenía algo de irreal y de siniestro. Y a Chicha Mariani se le quedó grabada para siempre en el alma. En 1999 Graselli compareció en el juicio de la Cámara Federal de La Plata. Y fue de nuevo el olvido, la falta de memoria. Monseñor parecía un ser perplejo que no reconocía un pasado lleno de testigos. Volvió a negarlo todo, hasta que le preguntaron por el fichero y ante el asombro de la sala, contestó: –Lo tengo en el lugar donde vivo. Se llevaron a Grasselli a la casa y volvieron con él y el preciado fichero, que parecía estar intacto después de más de veinte años. Chicha había visto la ficha de su nieta. Lo vio a Graselli escribir la primera y la segunda vez, en las dos entrevistas que mantuvo con que él. Buscó, buscó y buscó, pero la ficha de Clara no estaba. Alguien la había retirado de allí. Y monseñor volvió a insistir: –Nunca supe nada de niños desaparecidos. Alicia de la Cuadra llegó al despacho de Graselli en marzo de 1977, llevada por los consejos de quienes habían quebrado el silencio de hierro que envolvía a la Argentina. El prelado escuchó su relato, sin ninguna vacilación revisó su fichero y fue concreto: –A Elena hay muchas posibilidades de que la pasen a disposición del Poder Ejecutivo. Cuando esto suceda, véame da nuevo y veré qué puedo hacer. Pero de todas maneras, si no llegaran a ponerla bajo el PEN, no se preocupe: hay hospitales en los cuales las chicas son muy bien atendidas. En cambio, de su hijo Roberto poco es lo que puedo decirle, ya pasó mucho tiempo... Alicia se fue de allí envuelta en la incertidumbre y el miedo. Cuando tiempo después regresó, el estoico monseñor le confirmó sus sospechas: –Efectivamente, Elena está detenida, posiblemente en los alrededores de La Plata. –Entonces, monseñor, dígame exactamente en qué lugar... –No, eso no me lo pida. ¿ Y sabe por qué le digo que no? Porque si usted se entera del lugar va a andar dando vueltas y vueltas. Eso la puede perjudicar a ella. Y usted no va a conseguir nada. Luego agregó con tono amenazador: –Usted no me dijo que Elena estaba embarazada de siete meses... –No estoy segura de si se lo dije o no... Pero no ha de ser de siete, todavía... Graselli se ofuscó. Sus datos eran precisos. Y poco dispuesto a que lo contradijeran, reveló de un

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golpe todo su poder: –¡Sí! está embarazada de siete meses. El médico dice que está de siete. Ahora no puedo decirle nada más, ni tampoco hacer más nada por usted. Tiene que tener fe. –Pero comprenda, monseñor. Yo pido una sola cosa: que me digan de qué acusan a mi hija. ¿Qué podía hacer de grave con esa enorme panza que tenía? Graselli le apoyó la mano en el hombro a modo de consuelo y ensayó con tono paternal una explicación: –Eso yo ya no puedo saberlo, señora... Es cierto, los militares a veces se extralimitan. Es que le tienen tanto miedo al comunismo, ¿sabe? Enriqueta Santander buscaba a su hijo Alfredo Moyano y a su nuera María Asunción Artigas de Moyano, embarazada de tres meses, secuestrados por segunda vez y desaparecidos el 30 de diciembre de 1977. El hijo era un pintor que estaba terminando sus estudios secundarios para ingresar en la carrera de psicología y la nuera estaba por comenzar a asistir a la Facultad de Medicina de La Plata. Cuando el 31 de diciembre Enriqueta Santander fue a buscarlos para compartir los festejos de fin de año, se encontró con la casa saqueada. Muebles rotos, luces encendidas, muestras del desenfreno violento de los que se arrogaban la salvación de la patria. No quedaba nada y desde esa desolación comenzó a buscar en las tinieblas. A tientas, llegó también a ver a monseñor Graselli: –Están detenidos con otros veinte uruguayos–le confirmó el prelado. Luego, sin un asomo de pudor, le confirmó que además de secuestradores, los salvadores de la patria eran ladrones: –No se preocupe. Esa es una costumbre que tienen ellos, se llevan todo. Posiblemente a la criatura también se la van a quedar, porque es "botín de guerra". Más tarde, en una segunda entrevista, volvió como tantas otras veces a alardear de su poder sobre las sombras: –Señora, lo que yo no sepa ni pueda averiguar, tenga por seguro que no lo va a saber ni usted ni nadie. Soy el único que puede llegar a saber algunas cosas y, en su caso, lamentablemente, no sé nada. El vicariato castrense, con sus 250 capellanes y sus 130 capillas, sostuvo a los "soldados del Evangelio", reconoció la "presencia de Dios en el soldado" y bendijo "la guerra contra el mal". Sus máximas figuras: Adolfo Tórtolo, José Medina, el provicario Victorio Bonamín y Antonio Plaza, capellán de la policía de Ramón Camps, fueron sin lugar a duda sus ideólogos. Y se apoyaron en lo que Rubén Dri llamó "la teología de la muerte". Roma siguió ignorando lo que sucedía y desconociendo la calidad de sus interlocutores. El cardenal Villot, de acuerdo al informe que había enviado el vicariato castrense, pedía a monseñor Tórtolo "intensificar sus esfuerzos" para un mejor trato de los detenidos "y un más rápido curso de los procedimientos policiales". Y en el colmo de la ingenuidad, le pedía a Laghi que le transmitiese al arzobispo de Paraná su "gratitud por las informaciones proporcionadas, su aprecio por el empeño en el cumplimiento de su misión y su reconocimiento por la obra que como vicario castrense está desarrollando a favor de los prisioneros". Victorio Bonamín creía que estaba librando una "guerra santa", consideraba que a los prisioneros había que destruirlos "porque ustedes vienen a alterar el orden natural, que es el orden que Dios confió a los hombres para su organización social". Evidentemente, para una tarea de este tipo, la acción persuasiva de la Iglesia a través de los capellanes fue para los militares una verdadera bendición. "El militar, viene inmediatamente después del santo", o sea del sacerdote, decía Bonamín. Para Tórtolo no había tortura, ni malos tratos, ni excesos de ningún tipo. Sólo concedió que había "incertidumbre por no saber por qué habían sido arrestados", y que las celdas eran por lo general "estrechísimas", con lo que reconoció que visitaba las prisiones con frecuencia y que mantenía

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contacto con los capellanes militares. Esta actitud de los capellanes se extendía a la Policía Federal, a todos los cuerpos de Ejército, a la Fuerza Aérea, a la ESMA y a otras tantas unidades castrenses. En su carta del 27 de junio de 1984 las Madres de Plaza de Mayo le decían al Papa Juan Pablo II: "Es imprescindible que los capellanes y los sacerdotes que han estado asociados con los victimarios y que tampoco muestran arrepentimiento, proporcionen a las autoridades competentes la información que indudablemente poseen acerca de los detenidos desaparecidos, para que se conozca qué ha pasado con todos y cada uno de ellos". Nunca hubo respuesta. Pero las Madres de Plaza de Mayo no desfallecieron. Lejos de eso, apuntaron alto, muy alto, a la súper jerarquía y le iniciaron en 1997 a Pío Laghi un juicio, en Roma y ante el Vaticano. Pidieron que le quitaran la inmunidad de la que goza por ser cardenal y ciudadano vaticano, para que pudiese ser juzgado. Sostuvieron que de 1974 a 1980 "Laghi colaboró activamente con los sanguinarios integrantes de la dictadura militar y encaró una campaña destinada a ocultar en la Argentina y en el resto del mundo el horror, la muerte y la destrucción que estaban sucediendo en el país". Pero otra vez el Vaticano calló y mantuvo la inmunidad del ex nuncio. Para la presidenta de las Madres, Hebe de Bonafini, Laghi es un monstruo: "Fue uno de los hombres que gobernó el país desde las sombras, uno de los artífices del destino de más de 30.000 desaparecidos, 15.000 fusilados en las calles, 9.000 presos políticos y un millón y medio de exiliados. Es más, tomó a su cargo la expulsión del país de los sacerdotes y congregaciones religiosas cuyas denuncias podían obstaculizar la represión militar, acalló las denuncias internacionales sobre la desaparición de más de treinta sacerdotes y obispos católicos, organizó junto con los integrantes del Episcopado la asignación de capellanes militares, policiales y penitenciarios que garantizaban el silencio sobre las ejecuciones y sobre las torturas y las violaciones que presenciaban. "No es que había una omisión. Participaba directamente en las decisiones, porque si había sacerdotes para que confortasen a los que tiraban vivos a nuestros hijos al mar, la Iglesia estaba participando muy directamente. Que el nombre de mi hijo figure en una lista de las que hacía Laghi, no quiere decir nada. Era una formalidad. Una forma de cubrirse las espaldas para decir después que se había ocupado del caso. Queremos que vaya a la cárcel como un asesino." Las Madres también acusaron a Tórtolo, a Bonamín y a Plaza, quien decía que "siete horas de tortura no son pecado" y sobre los que muchos tienen malos recuerdos. Pero con Laghi es otra cosa, fuera de las Madres, la opinión suele ser francamente positiva. Enterado de la presentación en su contra, el cardenal Pironio le envió de inmediato a su amigo Laghi una carta que decía: "Te acompaño en esta dolorosa e injusta campaña de los periódicos (...)Te conozco bien y sé todo lo que has hecho en nuestro momento dificil (...) Cuenta con mi sincera amistad y mis oraciones. Gracias de nuevo por todo". El 21 de mayo de 1997, monseñor Novak y Gerardo Tomás Farell le enviaron un fax con "las expresiones de nuestra más firme solidaridad (... ) Sepa que aquí lo seguimos apreciando en toda la medida del servicio que prestó a la Iglesia en la Argentina, con ocasión de su misión como nuncio apostólico". En igual sentido se pronunció monseñor Miguel Esteban Hesayne, a quien las Madres incluyeron como testigo de cargo en el juicio en Italia: "A ninguna persona, ni tampoco a institución alguna, he dado mi nombre para tal presentación... Dejo constancia que el cardenal Pío Laghi, siendo nuncio en la Argentina, dispensó generosamente sus buenos oficios cuantas veces fueron solicitados por perseguidos por la dictadura militar, salvando así numerosas vidas humanas". Algo similar creía Jacobo Timerman, director del diario La Opinión y víctima de la dictadura militar, quien fue detenido en abril de 1977 y estuvo a punto de desaparecer. En 1998, en una entrevista se refirió así a Pío Laghi: "Recibió a mi familia muchas veces, intercedió por mí ante el poder, facilitó a mi esposa el acceso

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al correo diplomático del Vaticano para enviar al exterior información sobre mi situación. No tenía fuerza para exigir mi libertad, pero sí influir para que no me matasen (... ) Laghi era un hombre abrumado por la realidad argentina, siempre preocupado por qué hacer, cómo poder ayudar (...) "En aquel período, él hacía lo que hacíamos todos los que habíamos elegido quedarnos en Buenos Aires para enfrentar la situación: lo que podíamos. No éramos omnipotentes. Se hacía lo que se podía. Eran tiempos terriblemente difíciles (...) "Yo le estoy agradecido a la suerte por haberlo conocido y no solo para consolarnos mutuamente, sino para compartir las formas de lucha que, para salvar a lagente, él utilizaba. Estaba en permanente búsqueda de caminos o alternativas que pudiesen aliviar a quienes sufrían. Y lo hacía sin pausa, aunque tenía claro que no tenía fuerza (...) Estados Unidos, en Buenos Aires, tenía mucho mayor peso político que el Vaticano, por lo tanto su embajador, Raúl Castro, era mucho más poderoso que Laghi. Y, sin embargo, tampoco él podía hacer nada (...) "Podía influir, sí, para preservarme la vida, pero tampoco pudo por sí mismo obtener mi liberación (...) Yo no puedo olvidar que durante aquel durísimo proceso, tanto yo como mi familia, estuvimos acompañados por monseñor Laghi, quien extremó todos los recursos posibles para que mi caso tuviera un epílogo feliz (...) Y sé de muchos otros casos, por lo que puedo dar constancia de este hombre sufrido, sufriente, conmovido, abrumado, prudente, que fue monseñor Laghi. Incluso había mandado muchos informes al Vaticano y, presionado por ellos, el Papa había aceptado recibir a un diplomático israelí para escuchar de sus labios mi caso, pero ya no hizo falta (...) "No tengo vacilaciones en repetirlo: Laghi fue un hombre piadoso, increíblemente inteligente y sagaz, que no arrojaba su inteligencia y su sagacidad a la cara de la gente con la que conversaba. Era un hombre humilde, terriblemente humano y servicial, para mí fue una buena experiencia haberlo conocido (...) Si no se entiende lo que decía antes, que se hacía lo que se podía, se puede llegar a una total distorsión como son esas acusaciones. Laghi fue para mí un maestro de prudencia y astucia (...) "Quizás yo era un ingenuo por creer que con algunas iniciativas yo mismo podía tener influencia sobre los militares, que con esas iniciativas ayudaba un poco. Pero la verdad es que, influencia, no tenía ninguna (...) Nadie, absolutamente nadie, podía influir sobre ellos (...) Laghi trataba de obtener lo que podía, como muchos otros y yo mismo, ¿esto significa que éramos cómplices del Proceso? Y en el caso de Laghi no podía hacer mucho más que preguntar, pedir, ocuparse, muchos lo insultaban, estaban locos. Porque la verdad era ésa: ¡los militares estaban realmente locos! Aun siendo nuncio apostólico, tenía un peso chiquito, limitado (...) "Si se le hace un juicio a Laghi, ¿se imagina los juicios que habría que hacer a mucha gente en el mundo entero y en este país? Lo que pasa es que la nuestra era la más dificil, incómoda y peligrosa de las posiciones. Nosotros no pertenecíamos a la guerrilla ni a los "montos", estábamos en desacuerdo con ellos pero defendíamos su derecho a la vida".

Homenaje debido Por el parlante comienzan anunciar a los funcionarios presentes: Aníbal Ibarra, Cecilia Felgueras, Daniel Filmus, Antonio Cafiero, Mario O'Donnel, Alicia Pierini... Un golpe de vista permite ver que hay una delegación de Madres de Plaza de Mayo y que por la Línea Fundadora está Laura Bonaparte. También se encuentran el ex embajador ante la Santa Sede, Rubén Blanco; y el embajador de Irlanda. El locutor nombra a los obispos: Rodríguez Melgarejo, Galán, Melville, Ogñenovich (al escuchar a este último se escucha un murmullo de desaprobación), el rabino Daniel Goldman... A continuación se leen, entre otras, las adhesiones de los obispos Laguna, Casaretto y Giaquinta, y del vice gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Sola. Fueron necesarios veinticinco años de silencio, de sospechas infundadas, de ocultamiento y de

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verdades a medias para que la Iglesia aventara sus humanas miserias y pudiera ofrecerles a los padres palotinos el homenaje debido. La misa con la que se recuerda la sangrienta noche del 4 de julio de 1976 tiene una convocatoria inusual. Bajo los lemas "Que todos sean uno para que el mundo crea" y "Juntos vivieron, juntos murieron" vecinos, autoridades, instituciones y colegios colman la parroquia San Patricio de Belgrano. Muchos deben seguir la celebración desde afuera, por pantalla gigante. Desde el pulpito, el cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, concelebra la misa con el nuncio Santos Abril, otros doce obispos y sesenta sacerdotes. Es la primera vez que un cardenal primado y un nuncio ofician una misa en esa Iglesia, desde las exequias de los cinco palotinos, a cargo en 1976 del cardenal Aramburu y el nuncio Pío Laghi. Bergoglio da consuelo y reconocimiento a la comunidad palotina e insta a "despejar etiquetas" lamentando el manto de sospechas que cayó sobre las víctimas. Por eso, destaca la fidelidad de los religiosos al Evangelio y recuerda a los presentes que "las baldosas de laparroquia están ungidas con la sangre de quienes el mundo no pudo reconocer". "Yo soy testigo de lo que era la vida de Alfie (Kelly), porque lo acompañé en la dirección espiritual y en la confesión hasta su muerte. Sólo pensaba en Dios. Lo nombro a él porque soy testigo de su corazón, y en él, a todos los demás", agrega el cardenal. También agradece a Dios porque en una ciudad turbulenta y difícil, "El nos dio una señal y nos mostró a quienes dieron su vida por los otros". Parafraseando a Jesús, agrega: "Debemos pedirle perdón a Dios porque ellos (los asesinos) no sabían lo que hacían". Bergoglio recibe las ofrendas de la misa de manos de las madres de Salvador y Emilio, los dos seminaristas muertos. John Killpatrick, rector de la provincia Irlandesa, recién llegado de Dublin, habla –traductor mediante– del "aniversario extraordinario" y de quienes "murieron por fidelidad a algún aspecto del Evangelio". Felicita a todos los sacerdotes por "el coraje mostrado en todos estos años" y anuncia que desde hoy habrá una placa recordatoria en la Basílica de San Silvestri, en Roma, y próximamente un monumento en Dublín. Un telegrama recién llegado de Roma es leído por el sacerdote argentino, Sergio Schaub: "Oramos por la beatificación de nuestros hermanos para que toda la Iglesia los venere y podamos presentar el testimonio de sus vidas como signo del amor paterno y misericordioso de Dios". Lo envía el Consejo General de los Padres Palotinos presidido por el padre James Freeman. "Acuérdate de nuestros hermanos" es la oración por los difuntos que reza el obispo Guillermo Leaden, hermano de Alfredo, uno de los cinco sacerdotes asesinados. Para comulgar se forma una fila interminable y los obispos y sacerdotes se mezclan entre la gente distribuyendo el sacramento. Sobre la entrada principal de la Iglesia pende la alfombra roja, aún manchada, sobre la que hace veinticinco años se desangraron los religiosos. El padre Pedro Dufau tenía previsto decir el 4 de julio de 1976 esta homilía. No alcanzó a leerla. Pío Laghi la encontró en su habitación la noche que lo mataron. Decía así: "Si leemos atentamente el Antiguo Testamento, veremos cómo los mensajeros que Dios envió a su pueblo, muy pocas veces fueron escuchados, otras veces fueron expulsados o muertos. Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa. Y Jesús experimentó en carne propia la validez de ese refrán, ya que cuando tuvo la feliz idea de ir a Nazareth, donde había transcurrido prácticamente toda su vida, sólo encontró el recelo, la envidia de los suyos, y, tal como dice Lucas, por poco le quitan la vida. Si Dios permanentemente habla en la historia de los pueblos y de cada hombre, no menos cierto es que todos sabemos encontrar la forma de no escucharlo. Si el hombre no tuviera nada que cambiar, no harían falta los profetas. Pero, desde el momento que el Profeta denuncia el pecado del hombre y de los pueblos, su tarea se torna difícil y antipática. Y un recurso siempre utilizado para no tener ni siquiera la oportunidad de escucharlos, es el de sacarlos del medio, encarcelándolos, matándolos. A todos, a menudo, la Palabra de Dios nos resulta un poco antipática y

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contra corriente, porque es una Palabra dura, recta, intransigente. No cede ante el rico, no afloja ante el poderoso, no se atemoriza ante las dificultades". Desde aquel frío invierno de 1976, habían pasado muchos años. En el camino quedó la sangre, la valentía y la dignidad de muchos que, como decía el padre Pedro, "no aflojaron ante el poderoso, no se atemorizaron". Y llevaron la palabra de Dios a todas partes, salvaron en nombre de ella muchas vidas, por encima de quienes aún hoy siguen buscando explicaciones a lo poco que hicieron, en lugar de arrepentirse por lo mucho que dejaron de hacer, por cobardía o por indignidad. Como una ráfaga de viento suave que entra por la ventana, como el sonido de un canto que llega desde lejos, queda entre nosotros una prueba conmovedora. Tres días antes de la masacre de San Patricio, el 1 de Julio de 1976 a la medianoche, el padre Alfredo Kelly escribió en su diario personal: "He tenido una de las más profundas experiencias en la oración. Durante la mañana me di cuenta de la gravedad de la calumnia que está circulando acerca de mí. A lo largo del día he estado percibiendo el peligro en que está mi vida. Por la noche he orado intensamente, al finalizar no he sabido mucho más, creo sí que he estado más calmo y más tranquilo frente a la posibilidad de la muerte. Lloré mucho, pero lloré suplicando al Señor que la riqueza de su gracia que me ha dado para vivir, acompañara a aquellos a quienes he tratado de amar, recordé también a los que han recibido la gracia a través de mi intercesión, lloré mucho por tener que dejarlos. Nunca he dudado de que fue El quien me concedió la gracia y tampoco que no soy indispensable, aunque tengo mucho que decirles aún, sé que el Espíritu Santo se lo dirá... Y mi muerte física será como la de Cristo, un instrumento misterioso, el mismo Espíritu irá a algunos de sus hijos, pedí para que fuese a Jorge y a Emilio, para los que me odian, para los que recibieron a través de mí, para el florecimiento de las vocaciones, para crear hombres dentro de la sociedad que sean necesarios, los que El desea. Me di cuenta entre mis lágrimas de que estoy muy apegado a la vida, que mi vida y mi muerte, su entrega, tienen por designio amoroso de Dios, mucho valor. En resumen: que entrego mi vida, vivo o muerto al Señor, pero que en cuanto pueda tengo que luchar por conservarla. Que seré llamado por el Padre en la hora y modo que Él quiera y no cuando yo u otros lo quieran. "Ahora, justo en este momento estoy indiferente, me siento feliz de una manera indescriptible. Ojalá que esto sea leído, servirá para que otros descubran también la riqueza del amor de Cristo, y se comprometan con El y sus hermanos, cuando El quiera que se lea. No pertenezco ya a mí mismo porque he descubierto a quien estoy obligado a pertenecer. Gracias Señor. "

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6 El gran jefe

El almuerzo se desarrolló en un salón del Vaticano, entre molduras doradas y cortinados de pana roja, con pastas y buen vino italiano. El secretario de Estado, Agostino Cassaroli, y el cardenal primado de la Argentina, Raúl Francisco Primatesta, terminaron de definir allí los alcances que tendría la segunda visita de Juan Pablo II a nuestro país. El arzobispo de Córdoba había viajado a Roma expresamente para eso, acompañado por su asesor político y financiero, Hugo Franco, luego convertido en director de Migraciones del gobierno de Carlos Menem. El día anterior, Primatesta y Franco habían almorzado en la residencia del embajador argentino en el Vaticano, Santiago de Estrada, quien le dijo: –Monseñor, ¿sabe que conocí en Cracovia un lugar maravilloso donde Juan Pablo II tuvo la premonición de que iba a ser Papa? Me contaron que cuando murió Juan Pablo I, él sintió allí el llamado de Dios. ¡Qué lugar! Me emocionó tanto... Primatesta le arrancó al pan una miguita, la mojó en agua y comenzó a amasarla obsesivamente con los dos dedos, un gesto que le es habitual. No respondió y Santiago de Estrada siguió: –¡Qué premonición, monseñor! Dicen los que saben que los votos que le faltaron en el 78 se los terminó de ordenar un arzobispo latinoamericano. Primatesta continuó amasando la miguita y después de unos segundos dijo con una media sonrisa: –Debe ser muy importante ese cardenal, ¿no? Luego que abandonaron la embajada, Primatesta y Hugo Franco caminaron por las callecitas de Roma y entonces éste le dijo: –¡Cómo me gustaría conocer a ese cardenal! Me lo tiene que presentar, debe ser un gran poronga ¿no? Primatesta contestó: –Debe ser... –y sonrió. Ambos sabían de qué se trataba: aquel arzobispo latinoamericano que decidió la elección fue el mismísimo Primatesta. Se contaba entre los 82 cardenales que participaron de la votación para elegir a Juan Pablo II tras la inesperada muerte de Juan Pablo I, posibilitando así la ruptura de la "rosca" romana que siempre llevaba a un italiano a ocupar el sillón de Pedro. –¿Su vida antes de esto, cómo era? –Nací en Capilla del Señor, antiguo partido de Exaltación de la Cruz. En los alrededores había una vieja capillita con una cruz. Era la parada de las carretas que iban para Mendoza o para Córdoba. Mi familia era de inmigrantes italianos, genoveses puros, familia de campo sencilla. Tres hermanos. –¿Entró joven al seminario? –Fui primero monaguillo, como se estilaba en aquellos tiempos. Fui al seminario de La Plata cumpliendo 11 años. Y después estudié en Roma, Filosofía y Teología. Durante la guerra volví y después estuve un tiempito en Quilmes. Después fui profesor de Sagrada Escritura y Teología en La Plata. Luego fui a San Rafael, en Mendoza, y más tarde a Córdoba. –¿Cómo fue que se le despertó la vocación? –Dios llama como y cuando uno menos lo espera. A mí me llamó, quizá, por el hecho de haber ido de chico a la parroquia. Una vez le pregunté a un periodista qué pensaba cuando veía una mancha en la pared. "Y seguro que hay un caño roto", me dijo. Cuándo se rompió el caño, cómo fue, no sé. Esa mancha de humedad es como mi vocación. Ahí estaba, ahí apareció... –¿Sus padres le plantearon alguna oposición? –Mi padre había muerto temprano. Yo nací en el año 30 y mi madre sufría la necesidad de tener que mantener a la familia sola. Me acuerdo que pagaba trece pesos por trimestre en el seminario. Pero quiero decirle que tuve mis dificultades en la adolescencia, en mi juventud, y no entré al seminario con los ojos cerrados. Después todas las dificultades se fueron solucionando.

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–¿Nunca tuvo una crisis de fe? –En el sentido de las exigencias sacerdotales, claro que tuve crisis en su momento. Y Dios siempre me ayudó a superarlas. De fe, nunca he tenido crisis. –Cuando uno entra tan joven... –Para eso se requiere una convicción y una fe inquebrantable. Conozco las crisis de los chicos y conozco las crisis de los grandes. Y el superior tiene que acompañar y ayudar. Tuve muy buenos maestros. Monseñor Plaza, por ejemplo, era un maestro excepcional. –¿Nunca se fijó en una chica, nunca le gustó una mujer? –Cuando estaba en cuarto grado me gustaba una chica. Cada vez que paso por una placita que estaba cerca de la penitenciaría nacional de la avenida Las Heras, me viene un pantallazo. Había una fiesta de colegio y una chica que me gustaba mucho, tenía 11 años. –Qué precoz... –Bueno, en esa época y en todas las épocas es así. Pero nunca me animé a acercarme. Después pasó el tiempo y apareció la mancha de humedad... –Le habrá tocado que algunos seminaristas hayan venido a plantearle que conocieron a una mujer... –Lo que pasa es que cuando los muchachos recién ingresan yo hablo con ellos. Les pregunto: ¿qué sentís cuando ves a una mujer? ¿Sentís algo? ¿ Te conmociona? Y si el muchacho me dice que no siente nada, que no se conmociona, yo desconfío de esa vocación. Es más, pienso que no hay vocación. Porque no es normal no sentir nada ante una mujer. ¿A qué viene al seminario? ¿A tapar qué cosa? Es natural que los hombres nos conmocionemos al ver a una mujer, algo nos pasa. Después, en nosotros, el amor a Dios y la espiritualidad nos da otra cosa, sin presiones de ningún tipo. –Quizá, si la Iglesia desistiera del celibato obligatorio, esas dudas desaparecerían. –Yo comprendo que el celibato esté en crisis, porque el mundo cambia mucho, pero anularlo sería un gran problema. Yo entiendo que cuando se ama a Dios, se ama a Dios. Y eso va para los hombres y las mujeres, tiene que haber una entrega. Mantuve este diálogo con Primatesta en Córdoba, en la primavera de 2001, cuando ya no era el gran "cerebro" de la Iglesia Católica argentina, sino un arzobispo emérito. Me impresionó su postura: está enfermo, tiene muchos problemas de salud, pero conserva una dignidad admirable. Se advierte en él a un hombre que vivió a fondo la vida, que vio pasar muchas cosas frente a sus ojos, que fue un gran testigo de la historia. Sin duda, nadie le quita lo bailado. Durante treinta y tres años condujo la Iglesia de Córdoba y desde mayo 1976 hasta diciembre de 1998, fue el Cardenal primado de la Argentina. Lo nombraron cardenal cuando Perón acababa de asumir como presidente. Una foto de archivo los muestra a los dos sonrientes y con los brazos abiertos, en señal de bienvenida mutua, en la Rosada. Y es todo un símbolo: la opinión unánime de amigos y enemigos es que el Cardenal es a la Iglesia lo que Perón al peronismo: el gran jefe. Hoy, aunque está retirado, sigue conservando poder entre sus pares. Es consultado por todos. Quiere mucho a Jorge Bergoglio y aunque no lo dice públicamente, sabe que es su sucesor. Lo nombraron arzobispo de Córdoba en 1967. Antes de eso, en La Plata, fue vicario de monseñor Antonio Plaza, su maestro, asesor espiritual y mentor de un apodo con el que se lo conoce en las entrañas eclesiásticas: El Pirata. En Roma le decían Furbo, que quiere decir pirata en italiano. Su amigo, monseñor Paul Marcinkus, lo llamaba así. Y a él no le disgusta para nada. Tiene sentido del humor, es ácido y dueño de una fina ironía. Habla poco y escucha y ausculta obsesivamente al que tiene enfrente. Mira fijo a los ojos de su interlocutor. Lo pone a prueba todo el tiempo. Y sólo después que el otro pasó los exámenes, se abre y confia. Su comunicación es acentuadamente gestual. "Yo tengo códigos", es una de sus frases predilectas cada vez que se refiere a sí mismo. Nunca usa traje negro, salvo para viajar en avión a Roma. Y le caen mal los obispos que se visten a

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diario de esa manera. Le encanta la sotana y se siente cómoda con ella. La suya está muy gastada, en algunas partes tiene agujeros y remiendos en los codos, pero no le interesa comprarse una nueva. Detesta las pompas que rodean al cargo y retira casi con fastidio la mano si alguien intenta besarle el anillo. Vive en Córdoba en un departamento de la Curia, en un segundo piso, a pocas cuadras de la Catedral. Es un reducto pequeño y austero: sala, comedor, baño y un dormitorio con cama de una plaza y un crucifijo detrás. En la mesa de luz están las fotos de sus padres y sobre un pequeño escritorio su máquina Olivetti, con la que contesta todas las cartas que recibe. Es aficionado a la lectura y al cine. Admira a Santa Teresa de Jesús, autora de sus libros de cabecera, y adora las películas inglesas de espionaje o policiales. Le gusta comer bien, pero se cuida: el cuádruple by pass aortacoronario que le hicieron en julio de 1996 lo obliga a no cometer excesos y a privarse de las grasas. Eso sí: le encantan los buenos vinos tintos, que toma con moderación en el almuerzo y la cena, especialmente desde que se enteró que un par de copas al día son recomendables para el buen funcionamiento cardíaco. Y dicen que es un experto catador. Durante muchos años, una monja llamada Carmen, que según dicen todos en Córdoba tenía videncias y estigmas –le sangraban las manos– le manejaba la agenda y lo cuidaba mucho. Carmen era una mujer fuerte y atractiva, de gran carisma y que tenía mucha influencia sobre el cardenal. Al punto que algunos le tenían envidia. Le atribuían dones curativos y parapsicológicos, y más de una vez, Carlos Menem, cuando era gobernador de La Rioja, la fue a ver a Córdoba. La mujer vivió en el arzobispado durante años y los que conocen de cerca la historia, le adjudican tintes románticos. Dicen que Primatesta estaba enamorado, platónicamente enamorado de Carmen. Cuando lo vi, le pregunté por ella. Se mostró asombrado por la pregunta y un poco nervioso: –Carmen fue una gran amiga y compañera... –respondió. Tenía lágrimas en los ojos. No quiso hablar más. Muchos hablan del gran atractivo que ejercía sobre las mujeres cordobesas y también le han adjudicado no pocos romances. Platónicos, se entiende. Primatesta no sólo fue testigo, sino protagonista –a veces de manera principalísima– de los sucesos vividos en la Argentina del último medio siglo. En ese lapso fue cuatro veces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) y durante el resto ocupó un lugar de privilegio. Puede dar testimonio de hechos fundamentales como el Cordobazo y el retorno de Perón, la casi guerra del Beagle –que ayudó a parar– y la de Malvinas, los baños de sangre causados por la Triple A y por los guerrilleros de distinto signo. Vio pasar dos dictaduras militares: la llamada Revolución Argentina y el Proceso de Reorganización Nacional. Almorzó varias veces con el dictador Jorge Rafael Videla y cometió el pecado de no haber roto lanzas con el régimen más sangriento de que tenga memoria el país, pero también salvó varias vidas. Antes y después de eso vivió un cúmulo de elecciones y de gobiernos civiles de diversos signos y tendencias: Campora, Perón, Isabel, Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde, para citar sólo los principales. Durante más de treinta años fue un equilibrista político en sus relaciones extraeclesiales, pero dentro de la Iglesia operaba tanto por izquierda, con Novak, Hesayne y De Nevares; como por derecha, con Plaza, Aramburu y Tórtolo. Un amigo lo definió como un "esquiador profesional". Primatesta conoció a Karol Wojtyla en Italia, durante el Sínodo de 1973. Por entonces el arzobispo de Córdoba era presidente de una comisión y el actual Papa era secretario. Luego, como hemos visto, lo ayudó a subir al trono de Pedro. Pero su gran amigo fue el nuncio Pío Laghi. Se conocieron cuando él estudiaba en Roma y desde entonces le tuvo un gran respeto. En cambio, al nuncio que lo sucedió, Ubaldo Calabresi, lo consideraba a la altura de un pizzero napolitano. Una fuente del Episcopado hizo la distinción: "Calabresi le consultaba casi todo pero él no lo soportaba. Para Primatesta, Calabresi era un "chancho envaselinado", que amaba el usufructo del poder. Primatesta ama en cambio el ejercicio del poder", dijo. El cardenal es básicamente conservador y enemigo de los extremos. Nunca le cayeron bien los tercermundistas, ni tampoco los ultraconservadores. Y hoy sigue conservando muchos contactos en

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Roma, incluido el propio Wojtyla, que le quedó eternamente agradecido por su voto y tardó cuatro años para aceptarle la renuncia como arzobispo de Córdoba y cardenal primado. Primatesta se la presentó en 1994 al cumplir los 75 años, edad tope instrumentada por Pablo VI para participar del colegio cardenalicio, y Juan Pablo II recién se la aceptó en 1998. –¿Cómo recuerda los años en que llegó a Córdoba? Eran tiempos muy convulsionados... –Sí, fueron difíciles. Creo que Córdoba fue uno de los lugares del mundo en donde más fuertes se dieron las discusiones y los cuestionamientos a una Iglesia antigua y una moderna. Y el Papa había elegido una Iglesia moderna, cerca de la gente, sí que Córdoba era un hervidero. El Papa Juan XXIII fue un hombre bueno, un hombre santo. Hizo una revolución en la Iglesia con las reformas del Concilio II. Se creó el Movimiento para el Tercer Mundo, equivocados a tal punto que después se disolvió. Algunos militantes católicos ingresaron a la guerrilla y el país fue un infierno. A mí nunca me gustaron los extremos, nunca. Estaba dicho que todo esos movimientos iban a terminar mal. –¿Qué hizo durante la dictadura? –Antes que nada, quiero decirle que nosotros no sabíamos qué pasaba, no sabíamos nada, en el Episcopado. Y yo nunca fui amigo de las declaraciones públicas, ni de tener intimidad con el poder. Hacíamos pedidos y declaraciones por escrito. Así fue que me colocaron una bomba en el Arzobispado y la gente de Menéndez me apodaba el "obispo Rojo". No me importó nada. Ayudé a mucha gente a salir del país, a salvarse. –La Iglesia pudo haber hecho mucho más, ¿no le parece? –Nos equivocamos y mucho. Es verdad que podíamos haber hecho más, pero no sabíamos bien qué pasaba. Iba y pedía por alguien, y me mentían. ¿Y yo qué podía hacer? Ellos eran unos sinvergüenzas, no tenían moral. Se la pasaron mintiéndonos. A mí no me gusta hablar de mí, pero Pío Laghi, al que después cuestionaron tanto, personalmente sacó gente del país en el coche de la Nunciatura. Yo sé que fue así. Se arriesgó mucho...

Muerte anunciada El sábado 12 de agosto de 1978, en una cálida tarde, mientras en la Argentina se sucedían las detenciones ilegales, en la ciudad del Vaticano unas 300.000 personas colmaron la Plaza San Pedro. Bajando las escalinatas de la basílica había un altar y delante de él, sobre el piso cubierto por una alfombra, un féretro de ciprés con una Biblia encima. Ochenta y dos cardenales, entre los que se encontraba Primatesta, le celebraron misa de cuerpo presente. El Papa Pablo VI, Giovanni Battista Montini, que había fallecido de cáncer el 6 de agosto, fue despedido así de este mundo con aplausos y pañuelos en alto. Pocos días después, el 26 de agosto, el Concilio Vaticano elegía como su sucesor a Albino Luciani, el austero patriarca de Venecia, quien asumió el domingo 3 de septiembre. Era uno de los cardenales más jóvenes, tenía apenas 65 años, y se preanunciaba que profundizaría la renovación iniciada por Juan XXIII con el Concilio Ecuménico II, hasta el punto de hacer una revolución en el Vaticano. Nada de lujos. La Iglesia iba a ser reencauzada en el camino de Jesús, para servir a los pobres. Y dada su edad, se pensó que lo haría por bastante tiempo. No fue así. Sorpresivamente, treinta y tres días después de haber sido elegido como el 263 sucesor de Pedro, con el nombre de Juan Pablo I –en honor a Juan el Bueno, que lo había hecho obispo, y a Pablo VI, que lo transformó en patriarca– Luciani murió de causas desconocidas. Tras una cena frugal, consistente en un caldo, un bife, un plato de arvejas y un poco de ensalada, se acostó en la noche del 28 de septiembre y expiró, quizás antes de la madrugada del 29, luego de vomitar sobre sus zapatos. Unos días antes de que esto sucediera, el astrólogo argentino Herfais –en realidad, Héctor Faisal, hasta hace poco asesor astral de Fujimori– se había presentado ante la revista Siete Días, una de las

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publicaciones del paquete editorial Abril-Korn, que funcionaba en la esquina de Paraguay y Leandro Alem, en Buenos Aires. Abril y Korn habían sido compradas y fusionadas como Editorial Crea por Celulosa Argentina, que se asoció para esto con la poderosa Rizzoli-Corsera, de Italia, cuyo 42 por ciento de acciones pertenecía ya por entonces al banquero Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano y miembro de la logia masónica fascista Propaganda Due, tema en el que nos explayaremos en el Capítulo 12. Herfais peleaba por desbancar a Horangel –apócope de Horacio y Angela Groba– en el negocio de los anuarios astrológicos, y procuraba que alguien le hiciera una nota que ayudara a vender su libro de predicciones del año 1979, próximo a salir. Le encomendaron a Ana María Bertolini, redactora especial de la revista, que lo atendiera. La periodista, que creía en muy pocas cosas y para nada en la astrología, lo escuchó y le dijo: –Mire, a menos que usted prediga algo muy gordo, la guerra atómica, la muerte del nuevo Papa, no veo ningún justificativo para hacerle una nota. Fue entonces que Herfais respondió: –Juan Pablo I está en peligro de muerte. Va a ser envenenado, porque su carta natal tiene una fuerte aflicción de Neptuno. –No me joda. –Se lo aseguro. Neptuno es un planeta que se relaciona con las drogas, el gas, los venenos, las estafas y los engaños. Marte y Urano, además, se confabulan para que el hecho sea repentino, inesperado. El nació con Neptuno en Cáncer, un signo que gobierna al estómago. Es probable que su muerte guarde vinculación con ese órgano. Sucederá en una semana o dos. La periodista tuvo la impresión de estar hablando con un extraterrestre que decía cosas en esperanto, pero igual decidió hacerle el reportaje a condición de que repitiera con lujos de detalles lo de la presunta muerte del Papa debida a un supuesto envenenamiento, únicos datos que había logrado asir de esa parafernalia de astros, signos y personajes mitológicos. Herfais se arriesgaba a quedar como un charlatán si no sucedía nada, pero si en verdad alguien intentaba envenenar al Papa, la noticia daría la vuelta al mundo. Escribió la nota, que se acompañaba con la carta natal de Luciani, nacido un 17 de octubre de 1912, y se la presentó al secretario de redacción, Gerardo Heidel, quien la aprobó para que fuera publicada esa misma semana. Sin embargo, como suele suceder en las redacciones, una noticia de actualidad cubrió el espacio destinado al reportaje a Herfais, o por lo menos ése fue el argumento que le dieron a Ana. –Flaca, lo del Papa lo publicamos en el número que viene –dijo Heidel. En el ínterin, Juan Pablo I murió. –¿Yahora quién nos va a creer que nosotros sabíamos diez días antes que esto iba a suceder?–le recriminó Ana. La nota nunca se publicó, pero provocó una profunda conmoción entre quienes, dentro de la redacción de Siete Días, habían alcanzado a leerla. Con el tiempo, Ana se puso a estudiar astrología, algo que sigue constituyendo la pasión de su vida, y hoy, con la autoridad que le dan años de investigación acerca de la influencia de los planetas sobre el comportamiento y el destino de las personas, ella también asegura: –Heríais tenía razón: Juan Pablo I fue envenenado. No es la única que cree eso. El investigador inglés David A. Yallop indagó en los misterios, aunque ya no astrológicos, que rodearon la muerte de Albino Luciani y la vinculó con la campaña contra la corrupción que lanzó el Papa durante su corto mandato. Alegó a la conclusión de que había sido asesinado. ¿Por quién? ¿Para qué? En su libro ¿Por voluntad de Dios?, Yallop señaló a seis hombres que en 1978 podían haberse beneficiado con esa muerte: el cardenal Jean Villot; el banquero Roberto Calvi; el cardenal John Cody; el empresario Michel Sindona; el obispo Paul Marcinkus; y el "venerable" Licio Gelli, capo de la Logia P2. Los cuatro primeros ya murieron: Villot y Cody de muerte natural, Calvi colgado de un puente y Sindona envenenado en la cárcel. El "venerable" está en Ginebra. Y Marcinkus, el ex banquero del Vaticano, luego de una época en la que no podía abandonar

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el Vaticano porque la justicia italiana le había dictado la captura, fue trasladado a Massachuset, Estados Unidos. En los tiempos en que tenía a la Interpol detrás, Marcinkus salía del Vaticano disfrazado y se iba a comer a los exquisitos restaurantes cercanos a la Plaza de San Pedro, "Quatro Formaggio", por ejemplo, en compañía de su amigo, el cardenal primado de la Argentina, Raúl Primatesta, que lo visitaba con frecuencia. –Había que verlo a Marcinkus de sombrero negro de la ancha, barba postiza y envuelto en una capa negra para que no lo reconocieran... –dicen fuentes vaticanas. Su amigo se salvó de ir a prisión porque la Santa Sede accedió a pagar los trescientos millones de dólares que se le reclamaban a la Iglesia por su participación en los oscuros negocios del Banco Ambrosiano, del que Calvi era presidente. ¿Qué asidero tiene lo que dice Yallop acerca del asesinato del Papa? Hay que reseñar en su favor una impresionante escalada de aciertos: en su primer libro, titulado Para alentar a los otros, obligó al gobierno británico a reabrir el caso de asesinato Graug-Bentley, que se había considerado resuelto y cerrado veinte años antes; con el segundo, El día que cesaron las risas, aclaró un asesinato que había quedado sin resolver durante medio siglo; el tercero, ¿Más allá de toda duda razonable?, condujo a la liberación de un inocente condenado a perpetua por doble asesinato y al que debieron indemnizar con un millón de dólares; y el cuarto, Líbranos de todo mal, condujo a la cárcel al camionero Peter Sutcliffe, el descuartizador de Yorkshire. ¿Por voluntad de Dios? fue escrito en 1984 y hasta ahora nadie marchó preso por el crimen de Albino Luciani, pero... ni la Iglesia se lo refutó. Si algo distinguía al papa Luciani era su tremenda humildad y su alegría. Era capaz de bromear sobre sí mismo o sobre los cardenales que lo eligieron: "Que Dios los perdone por el pecado de haberme elegido... ", les dijo cerrándoles un ojo. Pero tenía la firme convicción de llevar adelante una nueva era en la Iglesia católica: "Nuestro esfuerzo no faltará", prometió. Fue también el primer Papa con nombre compuesto: "No tengo la sabiduría de corazón del Papa Juan ni la cultura y la preparación del Papa Pablo, pero estoy en el lugar de ellos. Debo servir a la Iglesia. Espero que todos me ayuden en sus oraciones". Y el primero en no ceñirse a la costumbre de almorzar solo tras la ceremonia de asunción, algo impuesto para no tener que dar la visión pantagruélica de un enorme banquete, pero él salió a los pasillos en busca de cuanto cardenal deambulara por allí y lo invitó a la mesa. Uno de esos comensales fue Primatesta. "¡Miren si voy a comer solo...!" –dijo divertido. Por fin, fue también el único que renunció a la tiara, esa pesada y rica corona de piedras preciosas que obliga a los papas a andar con la cabeza gacha como pidiendo perdón por tanto oropel. Tamaño gesto de humildad conmovió a todos. Ya como patriarca de Venecia, había ordenado que todos los templos que estaban bajo su jurisdicción vendieran cuanto oro tuvieran , incluidas tiaras y diademas, y cedieran el dinero conseguido al centro Don Orione de minusválidos. También puso a la venta la cruz y la cadena de oro que habían pertenecido a Pío XII y que el papa Juan XIII le había regalado al nombrarlo obispo; y otra valiosa cruz y el anillo, que eran de Juan XXIII, y que Pablo VI le había obsequiado cuando visitó Venecia en 1972. Según Yallop, Juan Pablo I prometía un aggiornamiento mayúsculo de la Iglesia, hasta aceptar la píldora anticonceptiva, entre otros métodos, para controlar la natalidad. En 1963, una comisión de 68 miembros, conformada por laicos católicos, curas, abogados, médicos y teólogos –que había sido convocada por Pablo VI para que lo asesorara sobre la posición de la Iglesia al respecto– había producido un informe que por 64 votos contra 4 aprobaba el uso de la píldora como anticonceptivo. "La banda de los cuatro" como los llamó Yallop, se oponía sin haber logrado citar a su favor un sólo párrafo de las Escrituras, ni de la ley natural, que contrariara la decisión mayoritaria; sólo unos edictos papales coincidían en condenar el control de la natalidad. Mientras tanto, en pleno auge de la liberación sexual, millones de mujeres católicas esperaban que alguien les respondiera que no estaban en pecado mortal por tomar la píldora de progesterona que acababa de aparecer.

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Pero Pablo VI se tomó su tiempo. Leyó el informe de la mayoría y también el de los irreductibles, y resolvió consultar con las diversas regiones de Italia, incluida Venecia. Luciani, que por entonces aún no era patriarca, fue elegido para elaborar el informe de los obispos del Véneto, porque conocía el tema en profundidad, había dado varias conferencias, consultado a muchos especialistas y, sobre todo, auscultado los problemas de subsistencia que tenían las familias pobres, inclusive la suya, ya que su hermano tenía diez hijos. Según Yallop, Luciani recomendó al Papa que la Iglesia católica aprobara el uso de la píldora anticonceptiva que había desarrollado el profesor Pincus: "Esta píldora –decía el informe– debería convertirse en la píldora católica para controlar la natalidad". El investigador sostiene que Pablo VI tuvo palabras elogiosas sobre ese informe y que llegado el momento lo nombró patriarca de Venecia. Nadie sabe qué torció la voluntad de Pablo VI, sin embargo. Su encíclica Humanae vitae, publicada el 25 de julio de 1968, con una demora de cinco años, declaró que los únicos métodos considerados válidos eran la abstinencia y el rítmico, lo que increíblemente sigue vigente hasta hoy –en pleno siglo XXI– y sólo ha conseguido que un número cada vez más creciente de católicos desconozcan esa ley y usen la píldora, el diu y el preservativo, porque no es cuestión que por voluntad del Papa uno se muera de Sida o dé más hambrientos al mundo. Como secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Villot había tenido acceso al informe del Véneto y se había mostrado muy contrariado, ya que no compartía en absoluto semejante liberalidad. Cuando Luciani ascendió al papado, la contrariedad se convirtió en alarma. Según Yallop, "menos de doce horas antes de morir Luciani le había comunicado a Villot que iba a ser sustituido de inmediato por (Giovanni) Benelli. Ahora, con la muerte del papa, Villot no sólo se aseguraba de que permanecería en el cargo hasta que se eligiera sucesor, sino que asumía de nuevo el papel de camarlengo, lo que le colocaba temporalmente al frente de la Iglesia". Como secretario de Estado, Villot también sabía que el cardenal John Cody y el obispo Paul Marcinkus iban a ser destituidos por Luciani, quien había manifestado que no movería un dedo para evitar que fuesen a prisión. La destitución de Cody era reclamada desde hacía años por religiosos y laicos de Chicago, por sus turbios manejos financieros, ya que no había forma de hacerle rendir cuentas acerca del destino de los millones de dólares que anualmente ingresaban a esa poderosa arquidiócesis, y que no iban precisamente a los pobres. Lo de Marcinkus era todavía peor: era titular de Istituto per le Opere di Religioni (IOR) del Vaticano y estaba estrechamente vinculado al tráfico de divisas, a la banca offshore y al lavado de dinero de la maffia, a través de Sindona, Calvi y Gelli, todos de la Logia P2, quienes eran sus socios. ¿Cómo mataron a Juan Pablo I? Yallop esboza la teoría del digital, entre más de doscientas drogas probables, porque es insípida e inodora, y puede ser agregada al agua, a la sopa o a cualquier alimento sin que nadie se dé cuenta. En apariencia, la persona da la impresión de haberse muerto de un paro cardíaco. La muerte se produce dentro de las seis horas de ingerida. Quien lo hizo previo que Juan Pablo I estuviese ya acostado cuando eso sucediera. Yallop cuenta: "A las cuatro y media de la mañana del viernes 29 de septiembre, la hermana Vicenza llevó un café al estudio del Papa, como era lo habitual. Unos instantes después la hermana golpeó la puerta del dormitorio del Papa y llamó: "Buenos días, santo padre". Por un vez no obtuvo respuesta. (...) La hermana Vicenza trabajaba con Luciano desde 1959, cuando éste era obispo de Vtttorio Véneto. Ni una sola vez en dieciocho años se había quedado dormido. (...) Por el resquicio de la puerta salía una línea de luz (...) Cuando por fin la hermana abrió la puerta, vio a Albino Luciani sentado en la cama. Llevaba puestas las gafas y sus manos sujetaban unas hojas de papel. Tenía la cabeza ladeada hacia la derecha y entre sus labios separados asomaban sus dientes. Sin embargo, no se trataba de la cara sonriente que tanta impresión causaba entre las muchedumbres. No era una sonrisa lo que mostraba el rostro de Luciani, sino una expresión indudable de agonía. Mientras Luciani era elegido Papa, y moría, en la Argentina el llamado Proceso de Reorganización Nacional (PRN) hacía estragos. Se protagonizaban secuestros, había miles de desaparecidos, los cen-

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tros clandestinos de detención y tortura se contaban por centenares. A Jorge Rafael Videla, presidente de facto, le aconsejaron no ir a la asunción de Juan Pablo I porque tendría que dar explicaciones a la prensa europea, en un momento en que la imagen exterior del gobierno era pésima, pero fue igual. "Vine a dar la cara por la Argentina", dijo, y tuvo razón porque en todas las entrevistas fue infaltable el tema de los derechos humanos. Se la banco porque lo que le interesaba era ejercer una diplomacia cara a cara con el Vaticano, que no pudo ser, al menos no con Albino Luciani. Nunca imaginó que el Papa iría a morir tan pronto. Él no consultaba con astrólogos. Tampoco había tenido suerte con Pablo VI. En septiembre de 1976, al recibir las cartas credenciales del embajador argentino Santiago de Estrada, este Papa le exigió al gobierno de la dictadura que diera una "explicación adecuada" del asesinato de cinco sacerdotes y seminaristas palotinos, sucedido en la parroquia de San Patricio, en el barrio de Belgrano; y del secuestro y muerte de otros dos sacerdotes en La Rioja, que se sumaban al "accidente" mortal sufrido en la ruta por monseñor Angelelli. El 29 de septiembre Videla se vio precisado a ofrecer un almuerzo a las autoridades del Episcopado argentino, cuyo titular, el cardenal Primatesta, ya le había hecho saber también su "inquietud y desasosiego" por aquellos crímenes en un encuentro previo con la junta militar. Esta vez la mesa incluyó a los representantes de los restantes credos, ya que la Daia, especialmente, había denunciado que miembros de su colectividad venían siendo víctimas de atentados terroristas, se quejaba de que proliferaba literatura de corte nazi fascista en el país y no había cesado en demandar la liberación de Jacobo Timerman, preso dilecto del general Ramón Camps. Sin duda, en un momento en que el Parlamento no funcionaba y en el que los partidos políticos y los sindicatos habían sido condenados a receso forzoso, las opiniones que se vertían desde los pulpitos adquirían particular importancia. Virtualmente todos los domingos, curas, obispos y arzobispos comentaban ante miles de fieles las alternativas que vivía el país. En líneas generales esas opiniones tendían a respaldar el proceso que se estaba llevando a cabo, pero al mismo tiempo se formulaban comentarios críticos, que pasaban por la violencia y la retracción económica que soportaba la ciudadanía, y también los hombres de la propia Iglesia. En la mesa con Videla se sentaron el gran imán sheik Ahmed Abo-El Ola Jalil, supremo sacerdote islámico; el gran rabino Salomón Benhaumu Anidjar; monseñor Timoteo Negropontis, de la Iglesia Ortodoxa Griega; Platón Udovenko y Athanasios Martos, ambos obispos de la Iglesia Ortodoxa Rusa; los archimandritas Juan Abud, por la Iglesia Ortodoxa de Antioquía, y Kissag Mouradian, por la Iglesia de Armenia; el reverendo Ricardo Stanley Cutt, por la Iglesia Anglicana; el pastor Gabriel Baccaro, por la Federación de Iglesias Evangélicas de la Argentina; el arzobispo de Buenos Aires, Juan Carlos Aramburu; y monseñor Raúl Primatesta, por la CEA. A este último le tocó bendecir los alimentos: budín tricolor, turbante de pejerrey y omelet surprise. Al rabino se le ofreció otro menú preparado según su rito, celosamente cumplido a través del sellado de los platos. A Videla sólo lo acompañó el secretario General de la presidencia, José Villarreal. Por supuesto, se convocó a toda la prensa extranjera para que fotografiara y diera testimonio del cónclave, único en su género, según contaron. Al salir, Primatesta afirmó: "Ha sido una reunión muy cordial, muy clara. Diría más: se apartó de lo protocolar para ser fraternal. Hablamos sobre problemas generales". El gran rabino dijo estar "congratulado "por haber compartido la mesa con Videla y monseñor Negropontis aseguró que "observamos con alegría que el gobierno esté trabajando sistemáticamente por un futuro mejor con paz y seguridad para todos. Coincidimos con esto porque los miembros de mi comunidad somos trabajadores y amamos la paz, la disciplina y el orden ". Afuera, claro está, la Argentina sangraba. No fue aquella la única vez que Primatesta comió con Videla, por el contrario, encabezó numerosísimos almuerzos con los capitostes de la dictadura y muy pocas veces dijo de qué se había hablado, pero era notorio el interés del dictador por lograr que la Iglesia no le pateara el tablero, al margen de lo que pensara Primatesta en la intimidad. Por el otro lado, pese a contar con información privilegiada sobre la sistemática violación a los derechos humanos, Primatesta privilegió el diálogo

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antes que la denuncia pública, algo que sus críticos le achacan hasta hoy.

Manga de zurdos El tercer concilio de la Iglesia de América Latina iba a desarrollarse en Puebla, México, entre el 11 y el 28 de octubre de 1978, pero fue interrumpido por la muerte del Papa Luciani. Juan Pablo II debió decidir sobre la oportunidad de su realización, a poco de asumir. Trescientos cincuenta millones de habitantes, novecientos obispos –el tercio del episcopado mundial– reagrupados en veintidós conferencias episcopales, y una enorme y creciente cantidad de comunidades de base, catequistas, religiosos o laicos constituidos en pastores de la palabra, que irían a deliberar sobre el "Presente y el futuro de la evangelización en América Latina", daban cuenta de su importancia. La anterior conferencia episcopal había tenido lugar diez años antes en Medellín, Colombia, y la de Puebla se proponía retomar los temas debatidos anteriormente y asumir nuevos compromisos sobre la inspiración del Evangelio de Jesucristo. Juan Pablo II no perdió el tiempo y ordenó que se hiciese de inmediato. Fue al comenzar el verano de 1979. Y el Papa polaco – un viajero incansable, como lo demostraría de allí en más– marchó para allá, suscitándole un problema mayúsculo al PRI, el partido supuestamente de izquierda que gobernó ese país por más de treinta años, ya que en México existía la prohibición de dar oficios religiosos fuera de los templos, y con Wojtyla allí no iba a haber forma de hacer entrar a todos en un lugar cerrado. En tanto, desde Argentina, la gente del Opus Dei y los círculos allegados a las Fuerzas Armadas, que dueños del país habían desatado la más terrible dictadura de la que se tenga memoria en la Argentina, le atribuían a Puebla el calificativo de "manga de zurdos". Uno de los prelados que participó activamente en las Reuniones del Episcopado realizado en México fue monseñor Eduardo Pironio, compañero de Primatesta, a quien Alfonsín quiso, sin conseguirlo, traer de Roma para tenerlo como arzobispo de Buenos Aires, ya que se contaba entre los muy pocos cardenales progresistas. En los años setenta, durante la dictadura militar, Pironio era obispo de Mar del Plata. Una bomba en la parroquia mató a Marta María Maggi, decana de Ciencias Humanas de la Universidad Católica. Pironio quiso entonces que el Episcopado denunciara las incipientes matanzas, pero varios obispos respondieron golpeando la mesa con sus manos para no dejarlo hablar. El papa Pablo VI decidió que era conveniente alejar a su amigo de la Argentina y lo llevó a Roma. Fue así como Pironio se salvó de seguir el camino de moseñor Angelelli. En un reportaje que la revista Familia Cristiana le hizo a Pironio poco después de la conferencia de Puebla, éste sostuvo que si bien "los religiosos optan por Jesucristo pobre, que se manifiesta, se encarna en los más necesitados (...) no se trata de un liderazgo social o político, sino que es a partir de un compromiso evangélico y de un verdadero testimonio de Jesucristo". "O sea que la opción por los más necesitados no es revolucionaria, no es clasista, subversiva ni agresiva, sino que es vivir a fondo el espíritu de las Bienaventuranzas y el espíritu de la pobreza – explicó–. Ya no se trata de predicar las Bienaventuranzas un poco en el aire. Se trata de ver qué significa tener hambre y sed de justicia aquí. Ser constructores de paz aquí. Encamar el sentido del Evangelio aquí." Precisamente, el "progresismo" de Puebla consistió en comprender que la Iglesia es el Pueblo de Dios en marcha, que va peregrinando en la historia del mundo hacia el Reino de Dios y que esa imagen pone necesariamente el acento en un conjunto histórico, dinámico, que transita en suelo y tiempo de hombres, y exige un compromiso. Los religiosos y religiosas, que forman legión en América latina, son el sector más numeroso de la Iglesia activa y militante del continente y también el más comprometido y solidario con los gozos y esperanzas de sus pueblos, y en su mayoría han hecho su opción por los pobres. El acercamiento que

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tienen con los más necesitados es mucho más franco y cotidiano que en otras latitudes, simplemente porque ésa y no otra es la realidad con la que conviven. Por supuesto, hay ciertos niveles de confrontación con las jerarquías, de común más alejadas de la miseria. Pero en Puebla se entendió que eran superables mediante la práctica del pluralismo. Como se lee en uno de sus documentos de trabajo, la Iglesia exige "oración que conduzca a comprometerse en la vida real y vivencia de la realidad que exija momentos fuertes de oración". Estigmatizarlos como "manga de zurdos" fue una simplificación de mentes cerradas a la evangelización. En febrero de 1979, la III Conferencia Episcopal de Puebla de los Angeles dio a conocer su mensaje a la Iglesia Latinoamericana, que en parte fue un sonoro cachetazo al primer mundo y un llamado de atención a esa parte de la Iglesia llena de oropeles y tan lejana a Jesucristo. Algunos de sus párrafos esenciales fueron éstos: "Un hombre que lucha y sufre y a veces desespera, no se desanima jamás, y sobre todo quiere vivir el sentido de su filiación divina. Por eso se empeña en que sean reconocidos sus derechos, que la vida no le resulte una especie de abominación y que la naturaleza, obra de Dios, no sea devastada contra sus legítimas aspiraciones." "Hermanos, no os impresionéis con las noticias de que el episcopado está dividido. Hay diferencias de mentalidades y de opiniones, pero vivimos en verdad el principio de la colegialidad, complementándonos unos a los otros, según las capacidades concedidas por Dios. Y solamente así podremos enfrentar el gran desafio de la evangelización en el presente y el futuro de América Latina (...)" "Sin duda falta mucho por hacer para que la Iglesia se muestre más unida y solidaria. El temor al marxismo impide a muchos enfrentar la realidad opresiva del capitalismo liberal. Se puede decir que, ante el peligro de un sistema de pecado, se olvida de denunciar y combatir la realidad implantada de otro sistema de pecado. Es preciso dar toda la atención a éste, sin olvidar las formas históricas del marxismo, ateas y violentas (...)" "Os invitamos a ser los constructores abnegados de la "civilización del amor" (Pablo VI) inspirada en la palabra, la vida y en la acción plena en Cristo, o basada en la justicia, la verdad y la libertad (...) "Una civilización de amor repudia la violencia, el egoísmo, el desperdicio, la exploración de los desatinos morales (...)" "Exige a los hombres, por los argumentos más evidentes, que las violencias físicas y morales, las manipulaciones del dinero, las exageraciones del sexo, la violación de los preceptos del Señor, no sean practicados, porque todo aquello que afecta la dignidad del hombre hiere, de algún modo, al propio Dios (...)" "Una civilización de amor repele la subordinación y la dependencia perjudicial de la dignidad de América Latina. No aceptamos una condición de satélite de ningún país del mundo, ni tampoco de sus propias ideologías. Queremos vivir fraternalmente con todos, porque repudiamos los nacionalismos estrechos e irreductibles. Pero ya es tiempo de avisaros, en cuanto a América Latina a los países desarrollados, que no nos movilicen, no obstaculicen nuestro desarrollo, no nos exploten, sino que por el contrario nos ayuden, con ánimo superior, a vencer las barreras de nuestro subdesarrollo, respetando nuestra cultura, nuestros principios, nuestra identidad, nuestras potencialidades naturales. Dentro de ese espíritu creceremos juntos como hermanos, miembros de la misma familia universal."

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De regreso, el 25 de mayo de 1979, el reverendo Sean O'Malley, vicario episcopal de la Catedral de San Mateo de Washington, dijo en su homilía que "en Puebla, cuando cesó el trueno de las vivas por la visita del Papa, se escuchó el llanto y rechinar de dientes de las Madres (de Plaza de Mayo) que habían acudido a la asamblea de pastores (...) El sufrimiento de familiares de personas desaparecidas es un escándalo que requiere que el gobierno argentino actúe enseguida para descubrir la suerte de los desaparecidos y asegurar las garantías constitucionales para cada ciudadano". De vuelta, aquí en la Argentina, si algún obispo dijo algo semejante, no se lo publicaron.

El juego de la guerra Muy lejos de la civilización del amor o del crecer juntos como hermanos, y por el contrario, cebados por su éxito contra los Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), a algunos militares argentinos se les había ocurrido por 1978 jugar a la guerra con Chile en busca de un bronce imposible, como se corroboró unos años después, en nuestra confrontación contra el imperio británico. Si Malvinas, en 1982, fue la obra de un general borracho que creía que las guerras se ganaban con "diez mil calzoncillos largos y diez mil borceguíes" (Galtieri dixit) la que se insinuaba con Chile en 1978 por el canal de Beagle, era propiciada entre otros por un almirante aprendiz de Goébbels que soñaba con llegar a presidente, desafiando el estigma "gorila" que pesaba sobre sus charretillas. Lo había intentado todo para conseguir el apoyo de las multitudes, desde un romance con Isabelita presa en El Messidor, hasta la creación de un movimiento político propio. Pero como bien había dicho Perón: "Este muchacho tomó el tren equivocado, debía haberse subido al que va al Colegio Militar". La única que le quedaba al entonces almirante Emilio Eduardo Massera era hacerle la guerra a Chile, a condición de triunfar. Pero al muy "católico" de Videla, eso no sólo no lo convencía, tampoco le convenía. Él también veía que la lucha armada contra la subversión ya estaba ganada. Con ese objetivo cumplido, hacía falta entonces darle al Proceso una salida política, pero ni ahí que se la regalaría a Massera. Si el Proceso iba a tener un heredero que ganara las elecciones, sería un hombre de chaqueta verde oliva y no azul. El general Villarreal había ideado un plan que entusiasmaba a Videla: una incorporción paulatina de los civiles al gobierno, aprovechando las simpatías surgidas de los buenos resultados del Mundial de fútbol, consistente en una apertura gradual con elecciones escalonadas, que comenzarían por los municipios hasta culminar con las presidenciales. La cuestión límitrofe con Chile, un país arrinconado entre el océano Pacífico y los Andes, era un problema de nunca acabar –los vecinos pujarían siempre por traspasar la cordillera– pero jamás se había ido a la guerra para ponerle fin. Si en 1847 Chile se declaró con total desparpajo dueño de todo el estrecho de Magallanes y de Tierra del Fuego, para 1876, su gobierno decía estar en posesión de toda la Patagonia, desde la cordillera al Atlántico, al sur del río Negro. Sin embargo, todas las cuestiones habían sido subordinadas pacíficamente a arbitrajes y pactos, y solucionadas. Así fueron resueltas las querellas por la Puna de Atacama, el hito de San Francisco, los potreros de Mendoza, los valles de la Patagonia, el estrecho de Magallanes, el seno de la Última Esperanza y el cabo Espíritu Santo. Sin embargo, entrado el siglo XX el conflicto por el canal de Beagle y la soberanía sobre tres islotes al sur de Tierra del Fuego, había quedado pendiente y sin vías de solución, sobre todo porque el tema tenía su influencia respecto a los reclamos de ambos países sobre su sector antartico, y porque había en juego una porción del océano Atlántico. En julio de 1971, durante el tercer round del régimen de la llamada Revolución Argentina, esto es, en la gestión del general Alejandro Agustín Lanusse, había sido firmado en el Reino Unido un acuerdo entre los dos países para un arbitraje internacional por el Beagle. La reina británica Isabel II entregó el

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2 de mayo de 1977 a los diplomáticos de Argentina y Chile el fallo del tribunal, que fue constituido por cinco jueces de otras tantas naciones: Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Suecia y Nigeria. El resultado del laudo resultó contrario a los intereses de la Argentina: le concedía a Chile las tres islas reclamadas –Nueva, Picton y Lennox– el Cabo de Hornos y además una proyección sobre el Atlántico que ni siquiera había pedido; y daba nueve meses de plazo para instrumentarlo. En Argentina se empezó a hacer correr la voz de que el veredicto era un cobro de facturas de Londres por nuestro reclamo de soberanía sobre Malvinas y se pensó que el gobierno británico tenía algún tipo de arreglo con el dictador Augusto Pinochet respecto a la Antártida, o bien para tenerlo de amigo estratégico en el sur, algo que se comprobó luego, durante la guerra por las islas. Entonces Chile se cobró la factura del Beagle, sirviendo de espía a los británicos. Hacia la Navidad de 1978, una guerra de consideraciones estuvo a punto de estallar entre Argentina y el país vecino. Desde la Armada, por los motivos apuntados, la fogoneaba Massera por medio del comandante Armando Lambruschini, ya que aquel había pasado a retiro en septiembre; y por el lado del Ejército, se perfilaban como halcones cuatro jefes. Guillermo "Pajarito" Suárez Masón, al frente del I Cuerpo con asiento en Buenos Aires era uno de ellos. José Antonio Vaquero, del V Cuerpo con asiento en la Patagonia, y el sanguinario general Ramón Camps, por entonces jefe de la policía bonaerense y luego sucesor de Suárez Masón en el I Cuerpo, también eran de la partida de los duros. El cuarto era el inefable Luciano Benjamín Menéndez, del III Cuerpo con asiento en Córdoba. Éste era tan de derecha que, haciendo un juego de palabras con el apellido Primatesta, se había permitido bautizar al arzobispo como "Testa roja", porque sin duda, desde su óptica, hasta el más conservador era un zurdo. Primatesta nunca se llevó bien con los titulares del III Cuerpo. En julio de 1971, bajo el gobierno militar de la Revolución Argentina, casi marchó preso. Sucedió que un centenar y medio de cristianos, en representación de los diecisiete barrios más pobres de Córdoba, fueron al Arzobispado un viernes por la noche a interesar a Primatesta en la situación creada por el alza de los precios. Había entre los visitantes mujeres y niños, hombres sin trabajo, religiosas y curas, algunos del Movimento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, que hacían su apostolado en esos sectores marginales. Primatesta estaba en antecedentes de que vendrían y los recibió de buen grado, abriendo las puertas del Arzobispado. En los balcones algunos de ellos se hacían ver con carteles que decían: "Como pobres, como pueblo, como Iglesia, gritamos nuestra hambre". En otro se leía: "Un general gana 500.000 pesos por mes y un obrero 40.000". El resultado fue que el comandante del III Cuerpo del Ejército, Alcides López Aufranc –el famoso "Zorro de las Pampas" del enfrentamiento entre Azules y Colorados de 1962– interpretó que se trataba de un hecho subversivo y dirigió personalmente un rápido y espectacular operativo represivo, mientras Primatesta gritaba a voz en cuello: "Juro que yo no llamé a la policía", lo cual era muy cierto. En el comunicado del comando se aseguraba que el Arzobispado había sido "ocupado" por "sacerdotes que pertenecen al movimiento político del Tercer Mundo". Ocurría que unos días antes, en Carlos Paz, los curas de MSTM se habían reunido para ratificar su repudio al Gran Acuerdo nacional y a las estructuras vigentes. Primatesta salió y le exigió a López Aufranc que se retirara, pero éste no le hizo caso y comenzó a desalojar y detener a la gente. Hombres, mujeres, monjas, curas y hasta un niño de 11 años, sobrino del obispo de Catamarca, monseñor Torres Frías, fueron subidos a camiones del Ejército y conducidos a la comisaría. "Monseñor, usted va a padecer los efectos de los gases", le alertó el general, cuando Primatesta quiso volver a entrar al Arzobispado. "Esta es mi casa y yo también quiero padecer la acción de los gases", le respondió. Una vez adentro, el arzobispo les explicó a sus visitantes que si no salían iban a sacarlos por la fuerza. "Vamos detenidos. Si nuestro delito es ser pobres, lo haremos gustosos como testimonio de cristianos", accedieron. "¿Quieren que los acompañe?", preguntó Primatesta. "¡Monseñor, usted no!", exclamó el cura Acha. Primatesta miró a D'Antona, su vicario, y le dijo: "Si querés ir vos, te lo pido". "Sí, quiero ir", respondió y abrió de par en par la puerta para que salieran los manifestantes. Luego, en la comisaría, le dijeron que se fuera, pero el vicario se negó y entonces le hicieron firmar un documento que decía: "Conste que monseñor Felipe D'Antona no ha sido detenido, sino que él se

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considera auto detenido por estar consustanciado con este movimiento de protesta". Se esperaba, después de tan desmesurado episodio, que Primatesta pidiera la excomunión de los represores; después de todo, en 1955, por un hecho mucho menor como fue la detención y expulsión de los obispos Tato y Novoa, Perón fue excomulgado. Pero no sucedió nada parecido. Tampoco hubo desapariciones, porque en aquel tiempo no se las hacía. Lo único que pasó fue que de ahí en adelante, mientras el "Zorro de las Pampas"estuvo como comandante del III Cuerpo, Primatesta se abstuvo de concurrir a ningún acto oficial. Videla prefería otras vías menos duras que las de Suárez Masón, Vaquero, Menéndez o Camps para solucionar el conflicto por el Beagle y se reunió dos veces con Pinochet para tratar de llegar a un arreglo. Fuera de la guerra había tres posibilidades: la Corte Internacional de La Haya, la mediación de algún país neutral, o un arreglo bilateral, y Videla se inclinaba por esto último. Una de esas reuniones tuvo lugar en Plumerillo, Mendoza, el 19 de enero de 1978; y la otra un mes después, en Puerto Montt, Chile, el 20 de febrero. En la primera Pinochet se mostró dispuesto a cederle algo a la Argentina, si no aquellas islas, sí una divisoria que a partir de las 12 millas al oeste de la isla Nueva, descendía tocando las islas Evout y Barnevelt –constituidos en hitos de tierra– tocaba el Cabo de Hornos y aparentemente seguía en línea recta hacia el sur, sobre ese meridiano. En El último de facto, su autor y protagonista, el general Reynaldo Bignone, cuenta que en esa ocasión Pinochet dibujó un garabato que pretendía ser un mapa con un proyecto de línea divisoria entre los dos países, que pasaba por la isla Nueva, descendía por Evout y Barnevelt, donde tocaba tierra, y de allí bajaba directamente 200 millas hacia el sur, sin tocar el Cabo de Hornos. Dice Bignone: "Según el relato de Videla, mientras Pinochet dibujaba, él le dijo cuando estaba apoyando el lápiz en Barnevelt: "–Doble al oeste, hasta el cabo de Hornos... "Con una sonrisa, el otro continuó el trazado que tenía pensado, mientras le explicaba: "–Si le hago caso a usted, cuando vuelvo a Santiago me derrocan." Según Bignone, ese gráfico no tuvo valor jurídico pero sí importancia política ya que "el cardenal Samoré lo tuvo en cuenta. Conviene retener el dato dado que, dentro de las posiciones chilenas, también es lo más parecido a la propuesta papal". El caso fue que en la reunión del 20 de febrero, el dictador trasandino se despachó con un encendido discurso –pese a que se había convenido que no los hubiera– de tono jurídico político que Videla no estaba en condición de discutir y que no dejaba ninguna posibilidad de arreglo. "El laudo arbitral no está en discusión, ya que cualquier acuerdo al que se llegue no afectará los derechos reconocidos a Chile por el laudo", concluyó Pinochet. Entre medio, el 25 de enero, pocos días antes de que venciera el plazo otorgado por el tribunal arbitral, Argentina había desconocido el laudo basándose en defectos de fondo, ya que si bien estaba expresamente acordado que éste no podía pronunciarse sobre las islas que caían fuera del "martillo"– Evout, Barnevelt, Deceit y Hornos– había pegado un fuerte martillazo incursionando sobre ellas y el Atlántico sur. Si en aquella última reunión de Puerto Montt Pinochet dejó a Videla pagando la factura de su ingenuidad, en casa no le esperaban mejores nuevas: el 22, desde Río Grande, hacia donde había viajado ex profeso acompañado por varios periodistas, Massera contrapuso al papelón presidencial su figura de gran defensor de la soberanía argentina, y exclamó: "¡Se acabó el tiempo de las palabras! No vamos tolerar mutilaciones territoriales ni vamos a aceptar injustificadas mutilaciones a nuestra soberanía marítima". De allí en más se vivió la cuenta regresiva, sólo cortada por el Mundial de Fútbol 78, que le dio un discutido triunfo a la Argentina –siempre se dijo que el seleccionado de Perú se "vendió"– lo cual sirvió para que por un tiempo, una mayoría completamente cholulizada, se olvidara de los desaparecidos, los torturados, el Beagle y también de las Malvinas, aunque para esto último hizo falta

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otro Mundial, el de 1982. El fallecimiento del Papa Pablo VI, la elección y muerte de Juan Pablo I y la nueva fumata a favor del cardenal polaco Karol Wojtyla, quien asumió como Juan Pablo II, prolongaron aquella distracción por el horror interno. En los primeros días de diciembre de 1978, la CEA, que se había reunido en San Miguel bajo la presidencia de Primatesta, dio a conocer un documento titulado La paz es obra de todos, que apuntaba tanto a entendernos con los chilenos como a la búsqueda de una imposible reconciliación nacional, y de paso a exculparse por sus silencios. Aunque tarde, la Iglesia buscaba parar la mano de la tortura y la represión ilegal, le reclamaba al gobierno que blanqueara a los desaparecidos y a la vez, intentaba frenar la guerra que sabía se avecinaba para la Navidad. Algunos de los párrafos más sobresalientes fueron los siguientes: "Nos referimos en este mensaje al tema de la paz, tan necesaria en el orden interno de nuestro país y en el plano internacional (...) Hablamos no porque nos sintamos mejores que los demás, ya que conocemos nuestras deficiencias y limitaciones. Ni lo hacemos pensando que en nuestra Iglesia no haya fallas, que debemos humildemente reconocer y procuramos día a día superar. Hablamos porque somos servidores y ministros de la palabra de Dios (...) "(La paz) San Agustín la definió como (La tranquilidad en el orden). De ella dice el Libro Sagrado que "es obra de la Justicia". Por su misma naturaleza la paz equilibra interiormente al hombre y, al igual que el orden moral, abarca todos los estratos de la vida humana. "Chile y Argentina, pueblos hermanados en la fe y en la historia común de libertad, vienen dando muestras de cordura y sensatez, en procura de la paz, a pesar de todas las dificultades y de los innumerables escollos del camino (...) Lograr la paz no sólo serviría a nuestros dos pueblos, sino que señalaría al mundo conflictuado en tanto lugares, el camino más apto para alcanzar la concordia y el mutuo entendimiento. "La violencia ciega que padecimos y que generó desconfianza recíproca y generalizada entre los hermanos de una misma patria, desgarró seriamente el tejido social de la Nación. La paz interior requiere la exclusión de todos los obstáculos que se oponen a ella (...) Un régimen de legalidad judicial plena hará posible que nadie permanezca largo tiempo detenido, sin que se le haya abierto un proceso ante la justicia (...) Los obispos tenemos conciencia de las dificultades que entraña la acción legal frente a los extremismos. Por ello pedimos también una actitud creativa en orden a obtener una legislación adecuada, que por otra parte evite la tentación de actuar fuera de la ley en la represión (...) Las autoridades deberán asegurar firmemente la exclusión absoluta de apremios violatorios a la integridad y dignidad del hombre. "...Pedimos vivamente a las autoridades que, como decisiva contribución a esta paz interna, se diga una palabra esclarecedora a los familiares de los desaparecidos, quienes se ven afectados tanto por el dolor de la ausencia, como por la incertidumbre ante la suerte corrida por sus seres queridos. La verdad de los hechos, por dura que sea, siempre será preferible a la angustia permanente de la duda." Este documento fue el primero que produjo la CEA tras un año y medio de silencio. El anterior, de mayo de 1977, llamado Reflexión Cristiana para el Pueblo de la Patria, no había surtido ningún efecto en cuanto a parar la represión ilegal. La Iglesia había reclamado entonces en uno de sus párrafos, que repitió en el de 1978, que se terminara con esa práctica, y había dicho: "Por eso recordamos que, cuando se viven circunstancias excepcionales, las leyes podrán ser excepcionales y extraordinarias, sacrificando, si fuese necesario, derechos individuales en beneficio del bien común, pero ha de procederse siempre en el marco de la ley, bajo su amparo, para una legítima represión, la cual no es otra cosa, cuando así se la practica, que una forma del ejercicio de justicia". El documento de la CEA acerca de la paz –cuanto menos con el extranjero, ya que adentro se seguían tirando personas indefensas al Río de la Plata desde los aviones– quizá convenció a Videla, un tragahostia, y a Viola, un pusilánime, pero no hizo mella en el resto del generalato ni del almirantazgo. Lejos de ello, en los días previos a la Navidad de 1978, la sensación de una guerra

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inminente se hizo patente: se preparaba para el 20 de diciembre una invasión a Chile por tierra con apoyo aéreo, mientras las unidades navales navegaban rumbo al sur, en procura de las islas, sus primeros objetivos. La prensa hacía cálculos tácticos y estratégicos: quién tenía más fusiles o más Mirage, quién más soldados y quién mejor entrenamiento, cuántos barcos tenía cada flota, cómo superar los pasos terrestres por la cordillera, qué actitud tendría Brasil, qué harían Bolivia, Paraguay y Perú... En el sur, los chilenos afincados en diversos puntos de la Patagonia, debieron emigrar por miedo a las represalias. Además, ambos países aumentaron considerablemente su deuda externa comprando armamento y aviones –entre ellos los Super Etandart, que luego lucharon en Malvinas– certificando una vez más que las guerras son buenos negocios para quienes no las padecen. Se pensaba cruzar la cordillera a la altura de Neuquén con la idea de desvincular el sur de Chile de la comandancia de Santiago, ciudad que llegado el caso sería bombardeada por la Fuerza Aérea. Al mismo tiempo, la Armada tomaría las islas adyacentes a la Nueva, la Picton y la Lennox, para luego avanzar sobre ellas. Pero el hombre propone y Dios dispone: el 20 hubo una tormenta feroz, con olas de más de diez metros de altura, y la operación debió ser postergada para el 22. Fue ahí que aparecieron en escena dos hombres providenciales: el nuncio Pío Laghi y su amigo, el cardenal primado Primatesta, quienes sacaron a relucir una idea que ya había sido barajada sin suerte frente a sus pares por Videla: la mediación papal. En su momento, al presidente de facto, los militares se la habían desechado. El argumento había sido: "Si le decimos que no a la Corona británica, hasta quedamos como patriotas, pero ¿cómo le decís que no al Papa si se nos pronuncia en contra?". Laghi y Primatesta no estaban solos: enseguida, el embajador de los Estados Unidos en la Argentina, Raúl Castro, casi un chicano, a quien el presidente Jimmy Cárter le había encomendado especialmente la vigilancia del tema de los derechos humanos, apoyó la idea. Los tres presionaron, se movieron con rapidez y sobre la noche del 22 las cancillerías de Chile y Argentina recibieron del Vaticano el pedido de no innovar y la promesa de la inmediata llegada de un enviado papal. Para eso, Primatesta viajó al Vaticano para conseguir lo que necesitaba. A Wojtyla le llegó la noticia de la aceptación antes de partir de viaje. L'Observatore Romano, para el espanto de muchos, publicó la fotografía del dictador Pinochet, a toda página. El Papa iba a mediar entre países que estaban padeciendo brutales dictaduras. El cardenal Silva Enríquez de la Vicaría de la Solidaridad de Chile, le "hizo llegar sus dudas al pontífice". Y aunque el Papa apoyaba las acciones del cardenal chileno, optó por la negociación con regímenes horribles y violadores de los derechos humanos, con tal de evitar la guerra. Para el Papa polaco era importante llegar a un acuerdo, con la mediación pontificia, apenas comenzado su reinado. Y que la Iglesia católica llegara con su mensaje a todo el mundo. Latinoamérica era un lugar demasiado importante –vivían la mayor cantidad de católicos del mundo– para la Iglesia católica y no iba a dejar pasar ninguna oportunidad. A Lambruscini y a Massera la intervención de la Iglesia no les hizo ninguna gracia; en cambio, el jefe del Ejército, Roberto Viola, y el de la Fuerza Aérea, Ramón Agosti, que ya habían ordenado empezar el ataque, lanzaron la contraorden y resolvieron esperar. Ante esa situación, a la Marina no le quedó más remedio que suspender el desembarque. Fuentes militares confiaron años más tarde que en la noche del 22 muchos soldados ya habían cruzado la frontera y que luego lo hicieron varios helicópteros para avisarles que se volvieran, porque el Operativo Soberanía, como se lo llamó, había sido abortado. El cardenal Antonio Samoré, vicepresidente de la Comisión Pontificia para América Latina, llegó a la capital uruguaya, un país neutral, el 26 de diciembre y el Acta de Montevideo, firmada unos días después por los cancilleres Carlos Washington Pastor y Hernán Cubillos, oficializó el pedido de mediación de ambos países a la Santa Sede. En función de esto, la situación se retrotrajo al clima prebélico, de manera que todos debieron quitar gradualmente sus tropas y sus pertrechos de la frontera. Sin embargo, hasta último momento hubo presiones para evitar una solución. Una nota de los periodistas Alberto Amato y Héctor Pavón, publicada en Clarín en diciembre de 1998, cuenta que el

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ex secretario de Culto de la Cancillería, Ángel Centeno, les confió que el general Lucio Benjamín Menéndez quiso impedir el 8 de enero de 1979 que Pastor firmara el acta de mediación. "Menéndez– recuerda hoy Centeno– llegó al Aeroparque a decirle a Pastor que no viajara a Montevideo. Se apareció de fajina y con pistola en la cadera a decirle al canciller: "Usted no viaja". Pastor le dijo: "Yo viajo El general Videla me dijo que viaje y yo lo voy a hacer". " Según estos periodistas, el nunca bien recordado Ramón Camps amenazó luego de la firma del acta al embajador Mirré, uno de los que conformaba la comisión de diálogo con Samoré, quien contó que el general lo había citado a su casa para decirle que no estaba conforme con su posición: "No fue ni dulce, ni lo hizo con palabras diplomáticas. Fue muy claro. Se ve que alguien dentro de la comisión le daba información (...) Fue el único momento en que sentí temor. No pasó de una amenaza, pero la amenaza existió ". El domingo 8 de junio de 1979 tuvo lugar en Buenos Aires la procesión de Corpus Christi. Había sido convocada a instancias del Episcopado para orar por la paz entre Argentina y Chile y apoyar la mediación que llevaba adelante Juan Pablo II. No fue multitudinaria: sólo concurrieron 50.000 personas, y eso que había contado con la adhesión de varios partidos políticos, incluido el comunista. Llovió, es cierto, pero no fue la lluvia lo que paró a la gente, sino el miedo. Durante los días previos se había desplegado una campaña de intimidación y amenazas. Sectores belicistas le atribuían a la procesión un contenido político y profetizaban que habría desórdenes y violencia. Hasta el intendente porteño rompió una tradición de siglos: Corpus Christi siempre había contado con esa figura en primera fila, pero esa vez el brigadier Osvaldo Cacciatore se excusó y mandó a un funcionario de segunda línea. El arzopispo de Buenos Aires, cardenal Juan Carlos Aramburu, sus obispos auxiliares y unos ciento cincuenta sacerdotes dieron en la Plaza de los Dos Congresos la misa concelebrada y la gente –entre la que se contó el embajador chileno Sergio Jaspa Reyes– oró y cantó para implorar por la paz. "El pueblo quiere la paz. Dondequiera que hurguemos en la opinión pública, vamos a encontrar el mismo sentido en la respuesta: paz, paz. No quiero decir que sea un plebiscito, pero es todo un signo que demuestra el pensar y el deseo de un pueblo", dijo Aramburu. La ceremonia se repitió en todas las diócesis del Gran Buenos Aires y del interior del país, y también a lo largo de Chile, según lo habían dispuesto en mayo ambas conferencias episcopales. En el extremo sur, el obispo de Rio Gallegos, monseñor Miguel Ángel Alemán, y de Punta Arenas, Tomás González Morales, publicaron un documento conjunto en el que recordaron el juramento hecho el 13 de marzo de 1903 por los dos gobiernos, al emplazar en los Andes el monumento a la paz, fruto del Pacto de Mayo del año anterior, que había establecido el principio bioceánico de Chile en el Pacífico y Argentina en el Atlántico, y repitieron las palabras grabadas en la placa: "Se desplomarán primero estas montañas, antes que argentinos y chilenos rompan la paz jurada ante el Cristo Redentor". Previo a la firma del Acta de Montevideo, se le había explicado tanto a Pío Laghi como a Samoré cuál era la posición de mínima de la Argentina: el asentamiento de una línea con puntos en tierra firme que terminara definitivamente con los afanes expansionistas de Chile. Samoré prometió trasladársela al Papa y Pío Laghi firmó un documento en el que se hacía constar ese compromiso. El Papa aceptó la mediación y se conformó una comisión chilena y otra argentina para que concurrieran al Vaticano a discutir las posiciones. Así, con más tires que aflojes, pasó 1979 y sobre el fin de 1980 el Papa resolvió cortar por lo sano: citó a los dos cancilleres y les entregó lo que a su juicio era la solución del diferendo. Fue el 12 de diciembre y el documento se titulaba Propuesta del mediador. Sugerencias y consejos. La línea delimitadora partía del punto fijado por las coordenadas de 55 grados, 7 minutos y 3 segundos de latitud sur y 66 grados, 25 minutos y cero segundos de longitud oeste y la fijaba por tanto en el agua, no en tierra. Chile la aceptó enseguida pero la Argentina dilató todo lo que pudo un pronunciamiento. El Papa no

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había tenido en cuenta para nada la posición que Samoré había prometido hacerle conocer y ahora el gobierno argentino se encontraba frente a un hecho consumado. ¿Cómo decirle que no al Papa? Videla no se animó a hacerlo en los términos en que había sido redactado el documento, y Roberto Viola, quien asumió como presidente el 29 de marzo de 1981, dijo que él no pagaría los costos y que le arreglaran ese asunto antes de asumir. Y así fue. El 25, la comisión argentina en el Vaticano le hizo saber al Pontífice que su solución no había tenido en cuenta la recomendación del país y que además la propuesta adolecía de ciertas imprecisiones sobre algunos puntos. El cardenal Samoré montó en cólera: "¿Qué clase de autocracia militar maneja a la Argentina, que consulta hacia abajo lo que debe hacer? En Chile por lo menos hay uno que comanda, que dirige, pero está visto que Videla no tiene ni un mínimo de autoridad", le gritó exaltado a Federico Mirré, consejero de la comisión. Durante el gobierno de Viola se suscitaron incidentes a ambos lados de la frontera: un chileno fue atrapado del lado argentino y dos matrimonios de militares fueron sorprendidos sacando fotos del otro lado de los Andes. Esto sirvió de excusa para que Leopoldo Fortunato Galtieri, por entonces comandante en jefe del Ejército, cerrara en mayo como "medida precautoria" la frontera con Chile. Llegados a este punto, otra vez las iglesias de ambos países debieron renovar sus esfuerzos para procurar que la paz no se rompiera. Primatesta, como presidente del Episcopado argentino, exhortó públicamente al gobierno de Viola a analizar "con atención y no con pasión" la propuesta papal, en tanto que su amigo Laghi hacía saber que el Papa instaba a ambos gobiernos a dar los "pasos adecuados para mantener un clima favorable a la mediación". Samoré murió al comenzar 1983 y el Papa prefirió seguir acercando las partes mediante los buenos oficios de monseñor Agostino Casaroli, amigo a su vez de Primatesta, en vez de hacer nuevas sugerencias. Así fue cómo las negociaciones se prolongaron hasta fines de 1984. El 29 de noviembre de ese año los negociadores acordaron un "Tratado de paz y amistad", que en realidad no variaba mucho del anterior, aunque era un poco más preciso y cerraba, con el llamado Mar de la Paz, cualquier posibilidad de intromisión de Chile en el Atlántico, más allá de una zona común a ambos países. El principio bioceánico de Chile en el Pacífico y Argentina en el Atlántico, había dado paso a otro más novedoso y abarcativo: Chile en el Pacífico y el Atlántico, y Argentina en el Atlántico y el Pacífico. Sin embargo, los límites seguían estando en el mar y Chile se quedaba con las tres islas que, justo es decirlo, ocupaba de hecho desde hacía un siglo, sin que Argentina las reclamara. El cardenal Casaroli, secretario de Estado del Vaticano, tomó a su cargo la tarea de entregarles a los cancilleres de Argentina y Chile ese tratado, que fue oficialmente aprobado y firmado por ambas partes el 18 de octubre de 1984. Por otra parte es interesante decir, que por estos años y a comienzos de la era Reagan en Estados Unidos, el Vaticano y el país del norte iniciaron una estrechísima relación política. La cruzada antimarxista del Papa era un calco de la de Ronald Reagan y producía beneficios para ambas partes que fueron muy bien aprovechados. Bill Casey y el general Vernon Walters – recientemente fallecido– viajaban regularmente a Roma y mantenían largas reuniones con Wojtyla donde intercambiaban informaciones sobre los países del Este, Polonia, la Unión Soviética, Centroamérica, Chile, Argentina, los movimientos de los teólogos de la liberación, Medio Oriente, África, etc. Los expertos en inteligencia estadounidense definían la relación entre el Papa y Reagan como "una de las más grandes alianzas secretas de los últimos tiempos". En Estados Unidos, Pío Laghi, andaba por las zonas rojas de la Casa Blanca y el Pentágono como en su casa. Así, se pueden entender muchas posiciones del Vaticano, que fueron bajadas a la Iglesia argentina, en estos tiempos. El Papa era el mejor agente de inteligencia de los intereses de Estados Unidos y Estados Unidos servía a los intereses del Vaticano. Para entonces en la Argentina se vivían aires renovados por la democracia: Raúl Alfonsín había asumido el 10 de diciembre de 1983. Por decreto 2272/84, el presidente constitucional convocó a un referéndum para que la gente le dijera Sí o No al acuerdo firmado y ratificado por el Congreso. Por esos días, el historiador revisionista José María Rosa opinó en la revista Familia Cristiana: ''Me

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causan mucha gracia los presuntos nacionalistas que hoy se rasgan las vestiduras por nuestra soberanía territorial en el Beagle y que durante el Proceso Militar entregaron nuestra soberanía económica, política y cultural". Rosa, que era un peronista de cuño nacionalista, propuso "peronizar el sí", entendiendo que el mal no era Chile, sino la oligarquía liberal. Como quiera que sea, un pueblo cansado de guerra –Malvinas había tenido lugar en 1982– le dio la razón y votó por el Si. Cinco años antes, el 1 de enero de 1979, en su mensaje para la jornada de la paz, Juan Pablo II había expresado: "No tengáis miedo de apostar por la paz. Llevad a cabo gestos de paz, incluso audaces, que rompan con los encadenamientos fatales y con el peso de las pasiones heredadas de la historia. Tejed pues pacientemente la trama política, económica y cultural de la paz". Así había sucedido, tal cual.

Malvinas, un sentimiento Con Malvinas no hubo la misma suerte. El 11 de junio de 1982 , a las nueve de la noche, Juan Pablo II descendió del avión que lo trajo por primer vez a la Argentina. Su primer gesto al bajar fue agacharse y besar el suelo. Estuvo apenas dos días y le tributaron, como era de suponer, multitudinarios y entusiastas homenajes. Fue un viaje apresurado, corrido por las circuntancias, que lo obligaría a volver en 1985, según arreglaron Casaroli y Primatesta en aquel almuerzo en el Vaticano, para quitar de los corazones el sentimiento de desazón que envolvió aquel primer raid. Primatesta no tuvo participación en la organización protocolar de la primera visita, ya que en ese momento era el cardenal Juan Carlos Aramburu quien presidía el CEA, pero hacia adentro se preocupó en hacer saber que la visita del Sumo Pontífice era exclusivamente pastoral y que nada tenía que ver con la guerra contra Gran Bretaña, ni con la actividad de mediador que aún seguía ejerciendo en el conflicto con Chile por el Beagle. Para que le creyeran, Primatesta juró sobre las Santas Escrituras. Pero fue en vano. La Argentina había tomado las islas Malvinas en la madrugada del 2 de abril, en un desembarco sorpresivo e incruento –al menos para los ingleses– ya que se había dado la orden de no tocar a ninguna autoridad del Reino Unido y ni a un solo kelper. Pero aun así el desafío al Imperio Británico fue enorme y costó muy caro: la Task Forcé se puso en marcha y al cabo de la guerra, que duró dos meses, 650 soldados argentinos en su mayoría recién reclutados y sin entrenamiento ni pertrechos adecuados, resultaron muertos, y otros 1.900 heridos de gravedad, muchos de los cuales quedaron inválidos o mutilados. Unas copas de whisky hicieron posible lo que en sobriedad jamás se hubiera soñado: creer que aquello iba a ser un "toque y me voy". Un arbitraje con los pies dentro del plato. Una aventura patrioteril sin mayores consecuencias. Era no conocer la tradición británica. El hundimiento del crucero General Belgrano fuera de la zona de exclusión, hecho ex profeso por orden de la primera ministra Margaret Thatcher para que la Argentina ya no pudiese arrepentirse, y que costó la vida de 300 chicos, marcó el punto de no retorno. La mediación del secretario de Estado del gobierno de Ronald Reagan, Alexander Haigg, de indudable perfil filo británico, no sirvió de nada. El juego de la guerra se había convertido en dramática realidad y los generales de escritorio no estaban en condiciones de hacerle frente. Galtieri acababa de darse cuenta de que aquel supuesto guiño que los Estados Unidos le habían hecho en su gira por Washington –lo llamaron "el general majestuoso" por ser rubio, alto y de ojos celestes– no había sido más que una trapisonda del alcohol. Su delirium tremens no eran esta vez las cucarachas ni las arañas, sino el callejón sin salida de una guerra fantasmagórica, irremediablemente inútil y perdida desde el comienzo. La Casa Blanca se había alineado con el Palacio de Buckingam y en tiempos atómicos ya no se podía echar a los ingleses con ollas de aceite hirviente.

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Una de las misas que ofició el Papa en Buenos Aires fue frente al Monumento de los Españoles, en Palermo, donde se improvisó un altar al aire libre. Allí oró y pronunció una vibrante alocución por la paz. Testigos de las dos entrevistas que mantuvo con el presidente de facto Galtieri, coinciden en afirmar que no le escucharon pronunciar una sola palabra en torno a la guerra ni a la posibilidad de una rendición. No obstante, en el ánimo de millones de personas quedó grabada la sospecha de que Juan Pablo II había venido a ponerle fin al mejor precio posible. En Malvinas, ésta es la historia, su autor, Nicanor Costa Méndez, quien fuera en aquellos momentos canciller de la Argentina, escribió al respecto: "Su Santidad mantuvo dos entrevistas con el presidente Galtieri y con la Junta de Comandantes. En ninguna de las dos oportunidades mencionó el tema bélico ni se refirió a las posibilidades concretas de poner término a las acciones. No formuló ni propuestas de paz ni ofertas de mediación. Uno de los ayudantes de Su Santidad, un obispo español, sin embargo, en una conversación privada, me dijo: "Estamos con ustedes, estamos con ustedes". Ésa fue toda la referencia que recibí de la misión papal durante el viaje a la Argentina. Tanto el presidente Galtieri con quien hablé del tema en diversas oportunidades, como los miembros de la Junta, me aseguraron, y no tengo por qué dudar de su opinión, que el tema no fue analizado nunca, en esas cuarenta y ocho horas". Pero el caso es que –¡oh, casualidad!– inmediatamente antes de llegar a Buenos Aires, Juan Pablo II visitó Londres y se entrevistó con Isabel II. ¿Por qué lo habrá hecho? O Costa Méndez prefirió llevarse el secreto del doble viaje del Papa a la tumba, o era bastante más despistado de lo que se podría haber esperado de un canciller. Como es sabido, los monarcas británicos son a la vez jefes de la Iglesia Anglicana y eso es lo que decidió a Juan Pablo II, jefe de la Iglesia Católica romana, a privilegiar la entrevista con Isabel II antes que con aquel "general majestuoso" que gobernaba la Argentina, a quien dejó en segundo lugar. Obviamente, el Papa no dejó de tener en cuenta que en el Reino Unido hay cinco millones de católicos, quienes en aquellos tiempos salían a la calle con pancartas reclamando por la paz. A esa altura de la guerra era factible que Wojtyla lograra un gesto de benignidad de la reina hacia los vencidos, puesto que ya no cabían dudas de que Gran Bretaña la había ganado. Ese gesto se patentizó cuando, al firmar la rendición, se convino en el punto primero del acta que el vencedor "reconoce el valor de las tropas argentinas" las que serían evacuadas "a bordo de buques y aeronaves argentinas"; y en el punto cinco, que "no habrá entrega de bandera a los efectivos británicos". Si a Londres el Papa fue a requerir piedad y consideración, en Buenos Aires su palabra se orientó a rescatar la resignación como virtud cristiana y a fortalecer los espíritus para soportar el dolor y la frustración que traerían los días por venir. Las suyas fueron jornadas maratónicas en procura de salvaguardar vidas y en tratar de que la victoria inglesa no fuese demasiado humillante. Sin embargo, mientras el pueblo y el Papa oraban por la paz, Malvinas era una carnicería: los gurkas, milicianos expertos en el manejo de armas blancas, pasaban a degüello sin ningún miramiento a los soldaditos de 18 años recién reclutados y sin instrucción militar, que se rendían a su paso creyendo en el cuento del debido respeto a la Convención de Ginebra. En la madrugada del 13 de junio, conquistados ya los montes Dos Hermanas y Longdon, las fuerzas británicas comenzaron el avance sobre las colinas de Tumbledown y Williams, últimos obstáculos topográficos y bélicos para llegar a Puerto Argentino, donde estaba el bunker de la comandancia de nuestro país, situado sobre una planicie, a sólo cuatro kilómetros de distancia, y atosigado por los buques de guerra y los portaaviones de la Real Navy desde el estrecho San Carlos. Ganar aquellas dos colinas marcaría el final de la marcha y también el final de la contienda. Antes de que cayera la noche, la infantería logró su objetivo apoyada por los aviones de combate Sea Harrier. De un lado y del otro, cañones, misiles, bombas y ametralladoras despedazaron el aeropuerto y algunas viviendas, causando incluso víctimas civiles entre los kelpers. El comandante de las fuerzas de mar, tierra y aire argentinas en Malvinas llamó desesperado por teléfono al "general majestuoso ". La respuesta que recibió desde el despacho de la Rosada olió a whisky:

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–Saque las tropas, pero saquelas para adelante. No le hizo caso. A las nueve de la noche del 14 de junio de 1982, pasados 74 días del comienzo de aquella épica, pero también desquiciada aventura de recuperar las islas Malvinas, Argentina se rindió ante el Imperio Británico. "Yo, el suscripto, comandante de todas las fuerzas argentinas de tierra, mar y aire en las islas Falkland, Mario Benjamín Menéndez, me rindo al mayor Jeremy J. Moore en su carácter de representante del gobierno de Su Majestad británica", decía el documento en su parte inicial. Quien lo firmaba en representación de la Argentina era el general Mario Benjamín Menéndez, hijo de Luciano Benjamín Menéndez, aquel que a toda costa había querido hacerle la guerra a Chile. Todo el mundo recordaba su imagen al embarcar rumbo a las islas para hacerse cargo de las operaciones. Entonces, Mario Benjamín Menéndez había jurado: "Sólo me sacarán de allá con los pies para adelante", aludiendo a que iba a dar su vida por la soberanía. Pero salió caminando, contento de seguir vivo y poder contarlo. A todo esto, Chile se tomó venganza por lo del Beagle: durante la guerra de Malvinas le procuró a Londres ayuda encubierta y le aportó no sólo respaldo en términos de inteligencia, sino también maniobras de distracción por medio de desplazamientos terrestres y navales. El lunes 14, en Londres, Margaret Thatcher le había anunciado al Parlamento: "Después del éxito de los ataques de anoche, el general Moore decidió presionar a los argentinos mientras éstos se retiraban. Nuestras fuerzas llegaron a las márgenes mismas de Port Stanley. Un gran número de soldados argentinos tiró sus armas. Se informó que hay banderas blancas flameando sobre Port Stanley. Se ha ordenado a nuestras tropas no disparar a menos que sea en defensa propia. En estos momentos se realizan conversaciones entre el general Menéndez y nuestro segundo comandante, brigadier Walters, acerca de la rendición de las tropas argentinas en las dos Falklands". Esa noche un Galtieri ojeroso apareció en las pantallas de los televisores para anunciar la rendición de manera elíptica: –El fuego ha cesado en Puerto Argentino–dijo. Pero el martes 15, tal vez envalentonado por un vaso hasta el tope del más puro scotch, convocó al Estado Mayor y le dio 72 horas para presentar un informe detallado sobre las pérdidas de armamento y un programa para recuperar el poder de fuego y aumentarlo. –El Estado Mayor se va a quedar quieto. Los puse a trabajar... –les dijo sonriente a sus adláteres, convencido de que acababa de atajar el cobro de facturas que se le avecinaba. Y dicho esto, convocó al pueblo a la Plaza de Mayo, esperando que lo apoyaran y que le pidieran continuar la guerra. Pero los grupos que comenzaron a concentrarse esa tarde tenían otras intenciones y las expresaban en sus cánticos: "Galtieri, borracho, Menéndez, cagón el pueblo no olvidará esta traición". Cuando cayó en la cuenta, ordenó reprimirlos con gases, bastonazos y perdigones de goma. Los diarios del día siguiente contaron que algunos oficiales se abrazaban con la gente y que todos lloraban de impotencia. El Estado Mayor deliberó esa noche, aunque no acerca de la tarea encomendada. Su jefe, el general Cristino Nicolaides, fue el encargado de decirle a Galtieri que ya no tenía la confianza de la fuerza y que debía irse a casa. Quienes fueron testigos de esos momentos contaron que el "general majestuoso" hizo un último intento: llamó por teléfono a la Primera Brigada de Caballería y le ordenó que tomara Buenos Aires. La respuesta fue negativa y se tuvo que ir. Como hizo Estados Unidos con los combatientes en Vietnam, así hicimos nosotros con aquellos chicos de Malvinas: fueron recibidos con pena y sin gloria por la puerta de atrás. No por decisión del pueblo, ciertamente, sino del gobierno militar. Y la Iglesia local no se portó mejor, ni siquiera con los familiares de los que habían desaparecido en combate y cuyo destino era incierto: no se sabía si los habían hecho prisioneros, si eran rehenes o si estaban muertos. Uno de los padres que durante años buscó incansablemente a su hijo –el piloto de la III Brigada Aérea Miguel Ángel Giménez, desaparecido en vuelo durante la guerra de Malvinas– fue Isaías Giménez. La búsqueda lo llevó a liderar una fundación de padres en idénticas condiciones y a viajar

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por el mundo en procura de datos sobre centenares de combatientes acerca de cuyo destino se tejían innumerables versiones. En el Vaticano, fue recibido dos veces por Juan Pablo II. En Ginebra, se entrevistó con el presidente del Consejo Mundial de Iglesias, el reverendo J. Jacques; con el subsecretario general de la ONU, Kurt Herndl; con los directores de Derechos Humanos y Desapariciones Forzozas de ese mismo organismo, Kwadwo Nyamekye y Tom Mc Carthy; y con los encargados del área latinoamericana de la Cruz Roja Internacional, André Pasquier y Pierre Josseron. En Londres se reunió con el deán de Isabel II y número dos de la Iglesia Anglicana, el obispo de Westminster Michael Mayne; con Davie Pattison, secretario general del Sínodo de la Iglesia Anglicana; con Marjorie Best, de la iglesia Quáquera; con la baronesa Young, ministra de Relaciones Exteriores para América latina; y con el mismísimo Lord Shackleton, con toga y peluca de rulos blancos, en su reservado de la Cámara de los Lores. Giménez fue también, por expresa excepción dispuesta por el gobierno de Margaret Thatcher, el primer argentino que pisó Malvinas después de la guerra. Eso sucedió en septiembre de 1986, cuando el Reino Unido le notificó que finalmente el cuerpo de su hijo Miguel Ángel había sido encontrado dentro de su avión Pucará, incrustado a un costado del cerro Azul, y lo autorizaron a que fuera a su entierro. Si el mundo, e incluso los adversarios, lo atendieron –y eso incluye a los padres de los soldados británicos muertos en la contienda y a los kelpers, que lo recibieron dos veces– no pasó lo mismo en su propio país, donde no solamente los militares y los políticos le rehuían, sino además su propia Iglesia. En El halcón perdido, el libro que escribió en 1987, y en el que describe esa larga búsqueda de su hijo durante cuatro años, Isaías Giménez contó que mientras los protestantes le abrieron todas las puertas, entre los católicos, el único que ayudó a esos desesperados padres fue monseñor Andrés Karame, prelado maronita, quien por otro lado se había arrogado en 1974 la representación del Papa en las exequias de Juan Domingo Perón, justo el día que el nuncio Pío Laghi llegaba a la Argentina, como se vio en el Capítulo 6. En El halcón perdido Giménez escribió: "Karame fue el único exponente de la Iglesia Católica que hizo lo que pudo por nosotros. Le habíamos mandado notas a Aramburu, a Zaspe, inútilmente: ninguno dio muestras de interesarse por los desaparecidos de Malvinas. Y tampoco el nuncio Ubaldo Calabressi (sucesor de Pío Laghi). Nos recibió en dos oportunidades, es cierto; pero no cumplió con ninguna de las dos cosas que le pedimos: que intercediera ante los militares argentinos para convencerlos de que debían investigar, y ante el Papa para que presionara a la Corona. "A la mayoría de los padres, como católicos practicantes, esta situación nos dolía profundamente. Y nos asombraba. Porque más allá de sentirnos desprotegidos por nuestra propia Iglesia, éramos receptores de la solidaridad y la bienaventuranza de los protestantes, llámense Evangelistas o Adventistas del Séptimo Día. El contraste no podía ser mayor. Nuestras notas enviadas a Philip Morgan, o a W. D. Pattison, o a Roger Willianson, o a Paul Oestreicher –entre los evangelistas– y a Gastón Couzet o a Ronald Surridge –entre los adventistas– no sólo obtuvieron respuesta, invariablemente, sino que además esas respuestas contenían el fruto de los pedidos de informes que ellos habían hecho a Inglaterra. Le debíamos al pastor evangelista J. J. Jacques haber tenido con qué viajar a Londres. Y le debíamos a Philip Morgan nuestra entrevista con el número dos del Foering Office. " En una entrevista que le hicieron hace unos años, Giménez se lamentaba: "¿Sabe que de las doscientas y pico de tumbas de argentinos que hay allá, más de cien todavía son de NN? ¿Sabe lo que significa para un padre ignorar si su hijo está enterrado o no? ¿A usted le parece que ésta es un política de cristianos?". La guerra perdida de Malvinas precipitó un triunfo, sin embargo. El dolor por los muertos y la pérdida de la soberanía en las islas, vinieron a confirmar en este caso que no hay mal que por bien no venga: la dictadura se caía a pedazos, algo que jamás hubiera pasado de haber resultado victoriosa

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contra los ingleses. Galtieri cayó y el jefe del Ejército, Cristino Nicolaides, llamó a Primatesta y le contó que Bignone, elegido para presidente de la última junta, le había puesto una condición para aceptar hacerse cargo de las ruinas: –Necesito un gesto de Primatesta, si no, no llego a asumir–dijo. Primatesta le respondió a Nicolaides: –Decile a Bignone que primero haga un gesto político. Que levante la veda de los partidos políticos. Y Bignone cumplió al pie de la letra. Galtieri fue condenado a doce años de prisión por impericia en la conducción de la guerra de Malvinas, pero Carlos Menem lo indultó. Luego, el juez español Baltasar Garzón pidió su captura por su responsabilidad en la desaparición de 400 españoles durante la dictadura.

El robo de la custodia Corría 1984, gobernaba Raúl Alfonsín y Primatesta se disponía a impartir en la Catedral de Córdoba una bendición especial a los fieles ya que se cumplía medio siglo del histórico Congreso Eucarístico Internacional. El sacristán levantó la custodia–copa de oro con incrustaciones de rubíes, esmeraldas, diamantes y topacios, en la que se coloca la hostia consagrada para la adoración de los fieles– y la sintió extraña. –Cardenal, juraría que la custodia está mucho más pesada–dijo. Primatesta sonrió. –Esta noche acordáte de tomar más sopa para que mañana no te pese tanto–le contestó. Pero el sacristán tenía razón: la custodia estaba mucho más pesada. La razón vino a saberse cuatro años más tarde, a raíz de una pelea en la calle entre un anticuario, Pablo Ñores Bordereau, y un marchant. Éste corrió a la comisaría a hacer la denuncia de la agresión y acusó a Ñores Bordereau de hacer negocios sucios con los curas. Entre otras cosas dijo que el anticuario había vendido ilegalmente, entre otras piezas invalorables por su historia, la custodia "La Preciosa" de la catedral. –No puede ser, me consta que "La Preciosa" está en la iglesia –respondió Primatesta a los policías que vinieron a avisarle que ya no iba a tener con qué dar misa. Fue entonces que el sacristán le recordó que por más que llevaba cuatro años tomando sopa, igual la custodia le seguía pareciendo más pesada. La mandaron a peritar y se descubrió que, efectivamente, se trataba de una réplica simil oro con incrustaciones de vidrio, lo que más allá del robo vino a confirmar lo que decían Juan XXIII y Juan Pablo I: que la Iglesia no necesitaba de oropeles y que antes bien había que liquidarlos para ayudar a los pobres. La investigación, de la que se hizo eco el periodista Sergio Rubín, del diario Clarín, en octubre de 2000, arrojó como resultado que a fines de los años setenta había existido una "singular trama delictiva compuesta por dignatarios eclesiásticos, anticuarios y coleccionistas, que vendió ilegalmente más de cien valiosas antigüedades de la catedral local, reemplazándolas por falsificaciones". El titular de Clarín del 19 de octubre decía: "Aparecen piezas robadas de la catedral de Córdoba en los años setenta". Y en letras destacadas agregaba: "Sólo tres de los objetos vendidos valen dos millones". Uno de esos tres objetos era el báculo de fray Mamerto Esquiú, el orador de la Constitución y candidato a santo, cuya tumba se encuentra en la catedral cordobesa. Fray Mamerto no gana para sustos: recuérdese que su corazón, que está en Catamarca, también fue robado en los tiempos de Saadi y que luego apareció sobre los techos del colegio católico que lo guarda como reliquia, anécdota que relatamos en el Capítulo 9. En octubre de 2000 el tema tomó actualidad porque se supo que dos de los cuatro sillones que faltan de la catedral fueron subastados y porque el programa Telenoche Investiga dio a conocer una carta

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escrita antes de morir por uno de los culpables de la maniobra: monseñor Edmundo Alvarez Rodríguez, canónigo de la catedral. En esa carta el sacerdote explicaba: "En aquel momento sólo rondaba en mi mente la acuciante necesidad de resolver el problema económico de la catedral. La Iglesia de Córdoba nunca aclaró si el dinero se utilizó para ayudar a que los pobres comieran o si por el contrario contribuyó a que sus curas vivieran con ciertos lujos". Telenoche Investiga sugirió que Primatesta optó por ignorar los sucesos, pero Carlos Heredia, vicario judicial del arzobispado, dijo que el cardenal había intervenido inmediatamente, que suspendió a Alvarez Rodríguez y al entonces vicario general, Carlos Audisio, de sus funciones administrativas, y que independientemente del juicio civil, los sometió junto con los laicos al código canónico. A Bordereau, por ejemplo, se le prohibió ser padrino en ceremonias religiosas. En primera instancia todos fueron hallados culpables, pero luego la Santa Sede consideró que la causa había prescrito. Algo similar ocurrió en el ámbito civil. Sin embargo, Primatesta inició otro juicio para tratar de recuperar al menos una parte de las piezas robadas, juicio que ya tuvo sentencia favorable en primera y segunda instancia. Según Sergio Rubin, "la custodia fue comprada por el coleccionista porteño Horacio Porcel, quien habría dicho que le costó tres departamentos ubicados en Viamonte y Ayacucho". Sin duda: se sabe que la custodia "La Preciosa", valuada en un millón de dólares, fue rematada por 240.000 pesos. Porcel también compró el báculo de fray Mamerto y sostuvo siempre –aunque no pudo probarlo– que las ventas se habían hecho con autorización eclesiástica, lo que de ser cierto podría permitirle retener las piezas. Esto es así por cuanto la legislación civil prohibe la venta de patrimonio religioso, salvo que se cuente con autorización de la Iglesia. Pero al parecer, y para desgracia de Porcel, en la causa consta una carta de Primatesta, fechada en 1967, en la que el arzobispo les recuerda a sus sacerdotes que no pueden vender objetos de culto sin su permiso. Los sillones capitulares de coro del siglo XVIII pertenecían al altar mayor de la catedral y fueron rematados en octubre de 2000 por siete mil pesos cada uno por una conocida casa de subastas de Buenos Aires, junto a una mesa de centro, de madera, con tapa de mármol y herrajes de bronce, vendida en diez mil pesos, según precisó Telenoche Investiga.

El amigo de Yabrán El 11 de mayo de 1989, en las oficinas de la fundación de la calle Venezuela, el candidato Carlos Menem, el cardenal Raúl Primatesta, el vocero del primero, Tata Yofre, y el asesor político del segundo, Hugo Franco, compartieron un almuerzo. –El domingo usted va a ser el presidente de los argentinos. Disfrute con su pueblo, pero sea humilde. Quédese en La Rioja. El primer llamado debe ser para su adversario–le recomendó Primatesta. Su pronóstico fue exacto: Menem ganó por lejos la elección y de inmediato, desde La Rioja, lo primero que hizo fue llamarlo a Eduardo Angeloz, su oponente radical en la contienda electoral. Al presidente electo el gesto no le costó demasiado, aunque hubiera correspondido que fuese Angeloz quien se apresurara a reconocer su derrota y felicitarlo. Después de todo, habían sido compañeros en la Facultad de Derecho de Córdoba y se conocían desde la juventud. Primatesta también tenía un gran acercamiento a Angeloz, ya que ambos cumplían desde hacía rato funciones expectables en esa provincia, uno como arzobispo y el otro como gobernador. Además de todo, eran amigos. Precisamente, con él acordó la inclusión en la Constitución de la provincia de Córdoba – reformada para que Angeloz pudiera ser reelecto– del principio de la defensa de la vida humana desde la concepción y los principios de autonomía y cooperación entre la Iglesia el Estado.

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Menem le preguntó en aquel almuerzo a Primatesta en qué le podía ser útil una vez que fuese presidente y el cardenal ni lento ni dormido le dijo que su preocupación era el Ministerio de Educación y le propuso una terna para que eligiera al próximo ministro: Salonia, Van Helderen o Tagliabue. A este último Alfonsín ya se lo había rechazado –como veremos en el Capítulo 8– por razones de peso, pero Primatesta insistió igual, porque pese a su pasado, para él era el mejor candidato. Pero no pudo ser: Menem eligió a Salonia, un laico católico. Pasado un tiempo, ambos se volvieron a encontrar en la casona de Hugo Franco, en San Isidro. –Usted es el único que puede firmar esto, porque estuvo preso cinco años. Piénselo. El país necesita tener paz–le dijo Primatesta. El tema planteado era el indulto o la amnistía a los ex comandantes de la dictadura militar, que su antecesor, Raúl Alfonsín, había ordenado procesar. Primatesta le aconsejó el indulto, que equivalía al perdón del delito, porque la amnistía significaba en cambio eliminar el delito cometido. Y Menem preparó el indulto consultando cada uno de los puntos con el arzobispo. Parecía que todo iba a ser armonía entre el nuevo presidente, pero el tiempo demostró que no fue así. Primatesta le había aconsejado: –Usted tiene que estar junto a la Iglesia, pero nunca pegado. Hágame caso. Pero Menem se cortó solo y su postura dividió a la Iglesia. Aceptó de buena gana que lobbystas como Esteban Cacho Caselli, a quien Primatesta y otros caudillos eclesiáticos odiaban, le abrieran las puertas del Vaticano. A través de Caselli apostó al Opus Dei y al ala ultraconservadora de la Iglesia y obtuvo buenos frutos: Juan Pablo II lo recibió cinco veces, todo un record Guinnes para un presidente del tercer mundo. En 1994, al cumplir los 75 años, Raúl Francisco Primatesta presentó su renuncia al Vaticano, tal como establece una disposición de Pablo VI, según la cual, cumplida esa edad, ya no se puede continuar al frente de una diócesis ni aspirar a suceder al Papa. Pero Juan Pablo II se la aceptó con una demora de más de cuatro años, recién en noviembre de 1998. Durante sus cuarenta y un años de obispo y dentro de ellos, treinta y tres como arzobispo de Córdoba, el cardenal había sido cuatro veces presidente de la la Conferencia Episcopal y en esa función se había relacionado con todos los niveles del poder y de la política. Puede decirse que estuvo en el eje del devenir del país por casi medio siglo, y que además le tocó bailar con la más fea, ya que accedió por primera vez a la CEA en mayo de 1976, el momento en que más desapariciones de personas se produjeron, y condujo la Iglesia hasta 1998, sin apartarse de la conducción episcopal. Amado u odiado, nadie del ámbito clerical puede decir que no fue protagonista de los grandes momentos de la vida política argentina. En abril de 1996, mientras los obispos celebraban una asamblea plenaria en San Miguel con miras al Jubileo y con el fin de emitir un documento autocrítico del rol de la Iglesia durante la dictadura – algo que Juan Pablo II les había encomendado– Primatesta sorprendió a todos por las expresiones que usó en un reportaje que le hizo la agencia de noticias DyN. Nunca antes se lo había escuchado condenar tan duramente la represión y el papel cumplido por la Iglesia en esos años. "A la Iglesia le faltó un gesto uniforme y general, ha habido gestos de obispos particulares, pero a la Iglesia le faltó una actitud uniforme y general", subrayó. "Hubo laicos, sacerdotes y hasta obispos que han tenido su simpatía hacia uno y otro lado. Desgraciadamente también hubo fieles que se comprometieron en una acción de violencia. Obispos no creo, pero sí sacerdotes y laicos, de cuya buena voluntad no dudo. Era un momento confuso y era muy difícil hacer un juicio imparcial de valores. De todos modos, si algún sacerdote participó o supo de torturas y no lo denunció, pecó gravemente y si se prueba debe dársele la oportunidad de la defensa y después, si cabe, aplicarle las leyes canónicas que pueden llegar a la suspensión en el ministerio temporal o incluso a una reducción al estado laical, es decir que nunca más puede ejercer el ministerio sacerdotal", añadió. Primatesta recordó en ese reportaje y cuando conversamos en Córdoba, que cuando en el gobierno

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de Raúl Alfonsín se trató la ley de divorcio, la Conferencia Episcopal Argentina había advertido que iban a cerrar las iglesias en señal de protesta y se lamentó de que no hubiera amenazado con gestos de ese tipo a la dictadura. "En su momento dijimos: vamos a tener que cerrar todas las iglesias un domingo. Era una situación doctrinal. Como obispos podíamos hacerlo, al final no lo hicimos, fue una advertencia. Pienso que durante el último gobierno militar faltaron gestos así", me dijo. Se hubiera podido inferir, por las declaraciones de Primatesta que precedieron al documento, que la Iglesia preparaba un verdadero mea culpa. Sin embargo, se quedó en medias tintas. Caminando hacia el Tercer Milenio–tal su título– contó con 68 votos a favor, tres en contra y una abstención, e incluyó tres capítulos: uno referido al jubileo del año 2000, otro a una orientación para los próximos cuatro años y en el medio un examen de conciencia que invitaba a un cambio del corazón, pero que de ninguna manera admitía la complicidad de la cúpula eclesiástica con el PRN. Su figura fue convocada nuevamente para la presidencia de la CEA en 1985, ya en tiempos democráticos, y recién en 1990 fue reemplazado por el cardenal Antonio Quarracino. Pero como dice el Eclesiastés, hay en este mundo un lugar y un tiempo para cada cosa, y el tiempo le llegó. En el medio, claro, hubieron cosas. Precisamente, su sucesión al arzobispado se había convertido en uno de los temas que más conjeturas suscitaron dentro del Episcopado, tanto por la decisión del Papa de mantenerlo durante cuatro años más, como por las especulaciones en torno a su sucesor. Se barajaron varios nombres: Estanislao Karlic, arzobispo de Paraná; José María Arancedo, Emilio Bianchi y José María Arancibia también estuvieron en la lista de candidatos. Finalmente, como suele suceder también con los papas (en la jerga eclesiástica se dice que quien entra al cónclave como papable sale como cardenal) ninguno resultó. El elegido fue el arzobispo coadjutor de Tucumán, Carlos Nañez, un hombre que llegó al Episcopado de la mano del propio Primatesta, de quien había sido obispo auxiliar entre 1991 y 1996. Sin duda, la muy estrecha relación de Primatesta ayudó a que Nañez lo sucediera, pero ¿a qué se debió la demora? Raúl Primatesta tuvo que enfrentar en los últimos años de su mandato manifestaciones de disconformidad de una parte del clero cordobés y muchos reclamos por los manejos financieros poco claros de su vicario general, el padre Marcelo Martorell, persona de su entera confianza y muy cercano al empresario Alfredo Yabrán. Aunque en los últimos tiempos le trajo al cardenal más perjuicios que beneficios. Tanto en lo estrictamente eclesiástico como en lo político, Primatesta había sido un hombre de pensamiento conservador – igual que su amigo Wojtyla– y aferrado a la institucionalidad de cualquier tipo que fuera. Y si bien se mantuvo lúcido –y se mantiene– hasta el último minuto en que fue arzobispo de Córdoba y también después, al frente de la Pastoral Social, es cierto que hacía algunos años había dejado de ocuparse personalmente de muchos temas, a tal punto que varios sacerdotes llegaron a hablar de "desgobierno pastoral". De cualquier manera, es bueno aclarar que Martorell realizó movimientos empujados por su ambición personal, más que por otra cosa, y cuando el tema Yabrán estalló y las relaciones entre éste y el empresario sospechado se hicieron públicas, el más perjudicado fue el anciano arzobispo. En 1997, por ejemplo, las únicas preocupaciones que se hicieron patentes a nivel local por parte de Primatesta, pasaron por recordarle a sus fieles que no debían usar preservativo, en una provincia con 35.000 infectados de Sida. Fue cuando entró en polémica con el ministro de Salud, de la gestión Mestre, Enrique Borrini, quien osó repartirlos en persona en un shopping ubicado enfrente del Arzobispado bajo el lema "cuidémosnos juntos". El domingo siguiente, en una homilía, Primatesta recordó la posición de la Iglesia respecto del control de la natalidad y pidió que "los ciudadanos tengan en cuenta estas cosas al momento de votar". Borrini, que no podía creer lo que escuchaba, respondió: "Primatesta está en campaña. No estamos hablando de planificación familiar sino de una estrategia para evitar el avance del Sida". El ministro añadió que dentro de trescientos años la Iglesia se iba a arrepentir por esa posición retrógrada, como tuvo que hacerlo por la que adoptó frente a Galileo Galilei. Desde dentro de la Iglesia sonaron también algunas críticas: el sacerdote Justo

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Irrazábal, apodado el cura vasco calificó la postura de Primatesta como "ultraconservadora y desubicada", dicho lo cual recibió amenazas por teléfono. "Me dijeron todo tipo de obscenidades y me advirtieron que me callara o me iba a pasar lo mismo que a monseñor Enrique Angelelli", comentó el cura de la villa cordobesa que lleva el nombre, precisamente, de ese obispo de La Rioja asesinado en un supuesto accidente de auto en la ruta, durante la dictadura. La posición del Arzobispado no dejaba de ser temible: el propio gobernador Ramón Mestre había terminado por vetar en 1996 artículos primordiales de la ley de salud reproductiva, en especial aquél que obligaba al Estado a suministrar métodos anticonceptivos gratuitos a sectores carenciados en los hospitales públicos. Pero también era la posición de la Iglesia en general y del Vaticano. Pero mucho más importante que la pintoresca discusión por los preservativos fue que en algún momento, los dineros de la Iglesia de Córdoba y los de Yabrán se mezclaron. Y hasta es posible que tan oscura situación haya hecho que Juan Pablo II le permitiera a su amigo Primatesta continuar al frente de la arquidiócesis hasta aclarar, o por lo menos dar explicaciones, de lo que había pasado. Aunque él lo desmiente terminantemente. "Permanentemente (en la Municipalidad de Córdoba) llegan a mis oídos afirmaciones que dicen que el cardenal Primatesta hace lobby a favor de las empresas del grupo OCA", destapó en marzo de 1997 el empresario Carlos Bernardi, presidente de la firma Cargo, competidora de Yabrán. Y estalló el escándalo. No fue todo: el propio Alfredo Yabrán declaró que Primatesta, a pedido del ex ministro de Economía, Domingo Cavallo, le había pedido que modificara su posición sobre la privatización del correo. ¿Qué había pasado? ¿Qué hacía el cardenal primado de la Argentina en ese entorno mañoso, como lo había denominado el padre de la convertibilidad? OCA le había regalado al Arzobispado de Córdoba una playa de estacionamiento de cinco pisos para que le sirviera como fuente propia de ingresos para sostener sus actividades pastorales. "La relación de OCA con el arzobispado de Córdoba es conocida y se vincula con una donación del empresario a la Iglesia", trató de explicar el vocero laico del cardenal, Guillermo García Caliendo. Pero la verdad es que el vicario Marcelo Martorell, mano derecha de Primatesta, era muy buen amigo del cartero y que en ese carácter hizo lobby a favor de Yabrán cuando se debatía la distribución de la correspondencia oficial en la Municipalidad de Córdoba. Más aún, cuando se lo preguntaron, Martorell dijo que estaba orgulloso de ser amigo de Yabrán, un empresario inescrupuloso, de hábitos mañosos, que terminó suicidándose al ser descubierto, a lo mejor para evitar que sus patrones diezmaran a su familia. A buen entendedor pocas palabras: el garage tenía su precio. Y en la intimidad, Primatesta no cabía con la furia que le generó Martorell al cortarse solo. "Pongo las manos al fuego por el obispo Primatesta, pero no siempre sus subordinados hacen lo que deben", dijo a La Nación un militante católico de acceso directo al arzobispado, no bien estalló el escándalo. "Aunque sea dolorosa la verdad debe conocerse. No podemos recibir dinero de cualquier lado. Debe ser transparente tanto su origen como su destino", exclamó Rubén Layun, integrante de Caritas. "Los sacerdotes debemos trabajar con nuestras manos para no ser una carga para nadie; podemos aceptar donaciones, pero éstas no deben atarnos ni condicionarnos. Deben ser honestas", sostuvo Martín Irazábal, el cura vasco de Villa Angelelli, Córdoba. "Con prudencia esto se podía haber evitado. Durante mucho tiempo será difícil separar el nombre de Yabrán del de la Iglesia de Córdoba", señaló otra fuente del arzobispado. "No hay lugar para obsecuencias porque esta situación hiere a la Iglesia como institución y le hace perder predicamento", indicó otro sacerdote cordobés. "Si queda alguna atadura con algún resorte del poder, rompámosla, porque estamos en Semana Santa y Cristo nos mostró un camino muy claro de independencia total: dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Nadie da gratis nada. Si son empresarios fuertes, uno de alguna forma queda pegado", definió monseñor Laguna.

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Tiempo de descuento Primatesta repasó cuidadosamente la lista de invitados a la cena de su despedida como arzobispo de Córdoba y cardenal primado de la Argentina, que se realizó el lunes 8 de marzo de 1999 en un hotel céntrico de la Capital Federal y que consistió en una copa de camarones y un lomo con champignones. "Cuidado, la escena política está muy caldeada y no quiero que se piense que estoy bendiciendo el intento reeleccionista de Menem", explicó a sus allegados. La lista era extensa: entre otros figuraban Erman González, Jorge Domínguez, Alberto Mazza, Susana Decibe, Rodolfo Daer, Hugo Moyano, Juan Manuel Palacios, Pablo Challú, Antonio Boggiano, Carlos Becerra, Estanislao Karlic, Jorge Bergolio, su poco estimado nuncio Ubaldo Calabresi, pero también su amigo y asesor político de los últimos veinte años y en ese momento ya director de Migraciones de Menem, Hugo Franco. También estaban el subsecretario de Población, Aldo Carreras y el secretario de la Pastoral Social –comisión que Primatesta de allí en más dirigiría– Guillermo García Caliendo. Primatesta optó por ingresar al hotel por una puerta lateral para evitar ser fotografiado con algún ministro menemista. Hubo sólo dos discursos: el de Juan José Zanola, secretario general de los bancarios, y el del cardenal Primatesta que aprovechó la ocasión para insistir en la necesidad de trabajar por la unión nacional deponiendo intereses sectoriales. Hacía su adiós al arzobispado y a la CEA, pero sin embargo seguiría haciendo política como arzobispo emérito al frente de la Pastoral Social, desde donde imprimiría un vuelco interesante a su trayectoria. Se volvió mucho menos permisivo con el poder. "Resulta que los políticos acuerdan con todos los sectores de poder, comenzando con el FMI, pero no acuerdan con quien les da el poder: el pueblo", dijo Primatesta a mediados de octubre de 1999, en la primera reunión formal de la Casa Social San José Obrero, ámbito de discusión de los problemas nacionales a la luz de la doctrina social de la Iglesia. El presidente de la Comisión de Pastoral Social se había proclamado otras veces contrario al modelo económico llevado a cabo por Menem. Ya en junio de 1998 había advertido que tenía "realmente miedo a la desesperación de quien no tiene nada y entonces tenga que robar para comer". "La gente puede cansarse por hambre y por eso tengo el temor de que, si no hay respuestas, aumente la presión. Aquí hay que tomar conciencia de que es necesario humanizar la economía", añadió. Por esos días los datos del INDEC reflejaban que en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires había nueve millones de pobres. Pero la advertencia de Primatesta no fue oída, ni por el gobierno de Menem, ni por el de Fernando De la Rúa, que le siguió, y que terminó en diciembre de 2001 corrido por piquetes y cacerolazos: a principios de 2002, en toda la Argentina, la cantidad de pobres había trepado a catorce millones, es decir, alcanzaba a más del 40 por ciento de la población. Tal como había advertido Primatesta, la presión había aumentado hasta tal punto que se llevó en dos años a tres presidentes, incluido al más que provisorio Adolfo Rodríguez Saa, que duró dos semanas. Primatesta había tenido sobre eso una visión profética: "Me gustaría que algún político tuviera la genialidad de proponer como primera condición en su programa de gobierno, los diez mandamientos, y después todo lo demás. A los hombres se los puede engañar, se les puede prometer cosas y no cumplir, pero Dios ve el corazón de los hombres y no lo podemos engañar; si prometemos algo tenemos que cumplir", dijo en 1999, tiempos en que Menem, por medio de Rodolfo Barra, su ex ministro Tacuara y del Opus Dei, trataba de trampear la Constitución para ser candidato a presidente por tercera vez consecutiva. Desde la Pastoral, el arzobispo reclamó cada vez con mayor insistencia que la torta de la riqueza se repartiera mejor: "Hay que buscar la limosna de otra manera, dar la limosna del trabajo. Las grandes y medianas empresas deben reducir sus ganancias como forma de dejar un margen para ayudar a los más necesitados frente a esta fuerte realidad de desocupación y pobreza". El miércoles 5 de abril de 2000, a las ocho de la mañana, mientras daba una misa en la capilla de las Carmelitas, en Córdoba, Primatesta se cayó redondo al suelo. El arzobispo emérito fue internado en el

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Instituto Modelo de Cardiología para determinar la causa de su desmayo. Los médicos diagnosticaron lipotimia. Pero su vocero, Guillermo García Caliendo, relató que estaba llevando un intenso trabajo en la Pastoral Social y dijo que "es probable que su cuadro se deba a una situación de estrés". En junio de ese mismo año el veterano purpurado generó polémica en medios políticos, empresariales, sindicales y también en los eclesiásticos, cuando apoyó la marcha de la CGT de Hugo Moyano contra el Fondo Monetario Internacional. El gobierno se molestó, Rodolfo Daer, de la CGT oficial, lo vio como una preferencia por la otra central obrera, los empresarios se horrorizaron de que apoyara a los piqueteros y varios obispos señalaron que había sido una infortunada intromisión en asuntos sindicales. Primatesta tuvo que salir a aclarar su posición en una rueda de prensa que dio en Mar del Plata, junto al obispo local, José María Arancedo, y el de Viedma, Marcelo Melani, en el marco de las Jornadas Sociales que organizan anualmente la Pastoral Social y el Obispado marplatense. "Yo podría haberme lavado las manos, pero frente a un pedido de una central obrera y considerando cómo está la situación social, no lo hice. Pude haberme equivocado, pero Dios también obra a través de la equivocación de los hombres", dijo. Primatesta también debió sacar la cara por el secretario de la Pastoral, Guillermo García Caliendo, a quien había nombrado "observador" de la marcha, pero que terminó haciendo un encendido discurso de barricada en el acto de cierre. El Episcopado lo desautorizó severamente y García Caliendo renunció a la Pastoral, pero Primatesta le rechazó la dimisión. "Le pidieron que hablara y de repente tuvo que hacerlo. Tengo entendido que repitió palabras del Papa", remató el cardenal. No, sin duda, el 2000 no fue un buen año para Primatesta. En octubre, el titular del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) Horacio Verbitsky, y la abogada del Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) Elba Martínez, le pidieron a la jueza Cristina Garzón de Lascano que citara en calidad de imputado al cardenal Primatesta como cabeza de una red de complicidad y encubrimiento que, "desde un sector de la jerarquía eclesiástica toleró violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura". El CELS pidió además constituirse en querellante en el Juicio por la Verdad que se instruye en Córdoba para investigar el destino que tuvieron los detenidos desaparecidos y aportó junto al Serpaj documentos que probarían la apropiación de menores operada desde la ex Casa Cuna y la existencia de pequeños campos de detención y tortura dependientes de la Policía de Córdoba, como la llamada Escuelita El Pilar. El informe lleva nombres y apellidos: incluye a todo el III Cuerpo de Ejército de aquella época, desde Luciano Benjamín Menéndez hasta el portero, a miembros del equipo médico de la ex Casa Cuna y a integrantes de la Iglesia, empezando por Primatesta, a quien se le imputa haber callado y seguir haciéndolo. "Hace poco participó de una ceremonia de pedido de perdón, hubiera sido deseable oír su voz referida a casos concretos, no en forma genérica y abstracta, en la que pidió perdón por lo que otros hicieron", señaló Verbitskv el 25 de octubre de 2000. El famoso indulto que Raúl Francisco Primatesta ayudó a promover durante la presidencia de Menem, no sería de aplicación, y tampoco las leyes de obediencia debida y de punto final, que por otra parte fueron derogadas, por lo que no corren hacia delante. La desaparición forzada de personas es un delito que se perpetúa en el tiempo y la sustracción de menores fue expresamente excluida de aquellos beneficios. Él lo sabe y lo reconoce. "La Iglesia es parte de un contexto histórico, hay que ver cómo estaba la sociedad en esos años espantosos", me dijo. Al margen de los errores y los aciertos, fue el hombre que con gran muñeca política, se escurrió entre los acontecimientos más difíciles e importantes de los últimos treinta años de la Argentina. Y los tiempos oscuros, dejaron su marca. Carismático, seductor, austero y gran intuitivo, sólo espera el juicio de Dios. Como dice el Eclesiastés: "Todas las cosas tienen su tiempo, y por sus espacios pasan todas ellas debajo del Cielo. Hay un tiempo de nacer y un tiempo de morir (...) Un tiempo de callar y un tiempo de hablar (...) Un tiempo de guerra y un tiempo de paz".

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7 Sotanas y Laicos

El primer presidente de la restauración democrática asumió el 10 de diciembre de 1983. Raúl Ricardo Alfonsín representaba para el imaginario eclesiástico lo peor de la modernidad: laicismo, ley de divorcio, anticlericalismo, permisivismo. Esta última palabra se ensanchaba como una boa (¿acaso era una pitón o fue una anaconda la serpiente del Paraíso?) hasta abarcar todos los males, desde la pornografía a las inclinaciones izquierdizantes. Alfonsín era como una manzana del árbol prohibido para muchos obispos de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), por lo menos para aquellos ultraconservadores que preferían las compotas a las frutas frescas. No fue ése el caso del obispo de Morón, monseñor Justo Laguna, que siempre lo defendió: "Fue muy injusta la actitud del Episcopado con Alfonsín, pues ha habido pocos gobiernos tan respetuosos, dentro de lo que la democracia trae, como fue el suyo. Creo que había una verdadera antipatía contra él, simplemente porque había trabajado por los derechos humanos, cuando en realidad de zurdo no tiene nada", sostuvo cuando ya todo había pasado. En el libro Nuevos Diálogos, una mirada humanista sobre los grandes temas, realizado junto al escritor Marcos Aguinis, el obispo de Morón dice: "El dinero multiplica el poder y el poder multiplica el dinero, se sabe. Lo hemos visto en algunos de los gobiernos muy democráticos, como el de Alfonsín. Por ahí dicen que Laguna es un alfonsinista sin remedio, pero no puedo sino servir a la verdad: Alfonsín demostró ser un hombre austero, no sin algunos pocos de sus colaboradores. Tuve la oportunidad de seguirlo de cerca: creo que, de la Iglesia Católica, en aquélla época, sólo Casaretto y yo nos aproximamos al presidente. Casaretto más, porque la residencia presidencial pertenecía a su jurisdicción, y el capellán de Olivos era el vicario general de San Isidro. A Menem no hubo modo de ponerle capellán. Menem llama sólo a sus amigos. En cambio, Alfonsín aceptó con una extraordinaria humildad, que le mandaran un capellán y se hizo amigo de él. Alfonsín va a misa todos los domingos, creo, pero pocas veces comulga en público. No es exhibicionista (...) No le obsesiona la idea de aparentar. Alfonsín no medró políticamente y su única riqueza consiste en su pasión por la política. En este sentido se alinea con la serie de presidentes radicales que fueron todos honestos, de hondas convicciones republicanas. Su ministro de economía Juan Vital Sourrille sigue viviendo en el mismo lugar de siempre. Quien fue culto e inteligente presidente de la Cámara de diputados, Juan Carlos Pugliese, murió en un modesto departamento. Pero hubo un grupo de políticos jóvenes que medraron bastante, no sé si económicamente, pero sí con el poder (...) El poder de la economía pesa tanto que los grandes empresarios, industriales y financistas provocaron la caída de Alfonsín: en un momento dado decidieron cortarle toda posibilidad, aunque hasta entonces lo habían apoyado...". Tampoco es el caso del jesuíta Fernando Storni, asesor espiritual del entonces presidente, enrolado entre los curas progresistas y miembro del CIAS: "A Alfonsín muchos en la Iglesia lo veían con malos ojos, algunos porque durante su campaña electoral decía el preámbulo de la Constitución pero omitía nombrar a Dios. Otros porque no comulgaba. Pero yo les diría que, visto todos los presidentes que comulgaron antes, eso no era ninguna garantía", aseguró. El actual obispo de Mar del Plata, José María Arancedo, primo hermano de Raúl Alfonsín y muy amigo del fallecido cardenal Eduardo Pironio, en una conversación que mantuvimos en su diócesis y acerca de este tema, dijo: "La cúpula de la Iglesia de esos años nunca quiso a Raúl. Yo no viví la época de cerca porque estaba en Roma, pero cada vez que venía me ponía al tanto. Él siempre fue católico, aunque no es practicante. No comulgaba y entonces eso ponía muy mal a algunos obispos,

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porque juzgaban eso como lo más importante, no miraban otras cosas. Y bueno... después le pasaron la factura". Por supuesto, ni el obispo Laguna, ni el padre Storni, ni el obispo Arancedo integraron nunca el sector más conservador de la Iglesia ni simpatizaron jamás con el Proceso de Reorganización Nacional, que lideró el ex general Jorge Rafael Videla, hoy preso domiciliario por razones de edad, a quien Alfonsín mandó a juzgar por crímenes de lesa humanidad, junto a los comandantes de las primeras tres juntas militares, dejando inexplicablemente afuera a la cuarta. La iglesia local tenía por entonces al menos tres obispos de posiciones progresistas: el de Neuquén, Jaime de Nevares; el de Quilmes, Jorge Novak; y el de Viedma, Miguel Hesayne. Todos, sin embargo, estaban demasiado aislados de la cúpula religiosa, como para representar al Episcopado. El cardenal Primatesta continuaba siendo el gran caudillo, el eje de los acontecimientos políticos-religiosos argentinos, desde el arzobispado de Córdoba. Monseñor Eduardo Pironio, que estuvo inscripto en la corriente progresista y que para sacárselo de encima, la Iglesia argentina le pidió al Papa que se lo llevara a Roma, donde –no hay mal que por bien no venga– lo esperaba un destino increíble: Paulo VI se deslumbró con él, lo ascendió a cardenal –fue el tercero de la Argentina– lo colocó al frente de la Prefectura de las Congregaciones –de la que dependen todas las órdenes religiosas del mundo– y lo transformó en su confesor personal. Con un poco más de suerte, hubiera podido ser el primer Papa argentino: en las dos votaciones posteriores al fallecimiento de Paulo VI, en las que resultaron triunfantes Juan Pablo I –quien murió, a los pocos días y según dicen muchos, envenenado– y luego Juan Pablo II, Pironio figuró entre los candidatos a sucederlo. Pero Juan Pablo II le dio a la Iglesia un golpe de timón –la devolvió a sus cauces conservadores– y Pironio perdió su buena estrella: fue trasladado a la Prefectura de los Laicos, para supervisar los movimientos de los ciudadanos católicos, ya no mas a las órdenes religiosas. No obstante, se transformó en el cardenal más popular entre los laicos argentinos y supo ser ovacionado en la reunión de jóvenes católicos que en 1985 tuvo lugar en Córdoba. Mientras tanto, en Roma, el 25 de enero de 1985, Juan Pablo II convocaba –veinte años después del Concilio II– en la antigua basílica San Pablo Extramuros, a una reunión extraordinaria de obispos, un nuevo sínodo, para examinar el impacto que dicho Concilio había tenido en el mundo cristiano. El mismo se iba a realizar entre el 25 de noviembre y el 8 de diciembre del mismo año. A los hombres de la Iglesia que iban a participar del mismo y con los que se reunió en Roma para los preparativos del encuentro les dijo: "Aquí se va a revisar el período preconciliar y nada más", aventando cualquier posibilidad de renovación, de discusión sobre el papel de las mujeres o el celibato. En Su Santidad, Bernstein y Politi dicen: "Juan Pablo II se aprestaba a afrontar una de las pruebas más dramáticas de su pontificado. Las posiciones "erradas" que pretendía combatir no eran primordialmente la de los admiradores fanáticos de la iglesia preconciliar, como Marcel Lefebre, el rebelde obispo francés que defendía la misa en latín y consideraba al Concilio Vaticano II de herético. El Papa consideraba que el verdadero enemigo era la tendencia a tomar el Concilio como punto de partida para efectuar nuevos cambios en el seno de la Iglesia. Los verdaderos enemigos eran los teólogos y obispos que querían democratizar a la Iglesia asignando mayores poderes a las conferencias episcopales. Los verdaderos enemigos eran los católicos que querían que se examinara nuevamente la moralidad sexual, que pedían un lugar más destacado para las mujeres en la Iglesia y que argüían que la Iglesia debía aprender algunas cosas del mundo moderno". En estos momentos, aparece en escena el cardenal Ratzinger, el poderoso prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe o el jefe del Santo Oficio del siglo XX. En mayo de 1984, el áspero purpurado había alcanzado fama por su juicio inquisitorial al más brillante teólogo de la liberación, el franciscano brasileño Leonardo Boff, que acababa de sacar su libro La Iglesia, carisma y poder, donde aseguraba que el modelo romano estaba demasiado volcado a sí mismo, era muy clerical, jerárquico y había celebrado un "pacto colonial" con las clases

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gobernantes. "El poder sagrado ha sido objeto de un proceso de expropiación de los medios de producción religiosa por parte del clero, en detrimento de los cristianos. (...) No cuestiono la autoridad de la Iglesia sino la forma en que esta autoridad ha sido ejercida históricamente, con el propósito de reprimir toda libertad de pensamiento dentro de la Iglesia. "Inmediatamente, fue llamado por Ratzinger, quien lo definió, en un duro documento, de "marxista y hereje", arrastrando a la memoria de muchos el juicio a Galileo Galilei en el siglo VII, al que acusaron de "herir a la Santa Fe mostrando que son falsas las Sagradas Escrituras", porque afirmaba que el Sol era el centro de la Tierra. El teólogo venía siendo observado desde comienzos de los años setenta, cuando escribió Cristo el Libertador, –trabajo básico de los Sacerdotes del Tercer mundo– pero 1984 fue el año en que se decidió lanzar la ofensiva final contra "los herejes de la liberación", como llamaban en Roma a los partidarios de esta corriente. Cuando Ratzinger interrogó a Boff, estaba sentado a su lado el ahora cardenal, Jorge Mejías, que tomaba notas en un cuaderno, pero que no levantó un acta oficial. El cardenal y Boff discutieron durante tres horas y al final de la misma, Ratzinger le dijo al fraile que la Congregación para la Doctrina de la Fe iba a sacar un documento sobre los aspectos positivos de la Teología de la Liberación. Y se dio el siguiente diálogo entre ambos religiosos: –¿No está cansado? ¿Quiere un café?–dijo Ratzinger, levantándose. –Qué bien le luce el hábito Padre. Esa es otra forma de enviar una señal al mundo –volvió a decir. –Pero es muy difícil usar este hábito porque es muy caliente donde vivimos –respondió Boff. –Cuando lo use la gente verá su devoción y su paciencia, y dirá: está, expiando los pecados del mundo. –Ciertamente necesitamos signos de trascendencia, pero estos no se trasmiten a través del hábito. Es el corazón el que tiene que estar en el lugar correcto. –Los corazones no se pueden ver, y sin embargo uno tiene que ver algo. –Este hábito también puede ser un símbolo de poder. Cuando lo uso y me monto en un bus, la gente se pone de pie y dice: "Padre, siéntese": Pero nosotros tenemos que ser servidores. Desde el Vaticano salió un comunicado que decía que ambos habían mantenido una "conversación" que la misma había sido "fraternal". Pero el 26 de abril Boff fue condenado por el Jefe de la "Inquisición" a un año de silencio. No se le permitió enseñar, dar conferencias o publicar libros. Y Boff aceptó. Después de todo, era un hombre fiel a la Santa Madre. Hasta que en 1992, abandonó la orden y el sacerdocio. "El poder eclesiástico es cruel y despiadado. No olvida nada. No perdona nada. Exige todo", declaró. "Los últimos diez años han sido desfavorables para la Iglesia católica –dijo el cardenal alemán ante el Papa, durante el sínodo de 1985–. Lo que los Papas y los Padres del Concilio esperaban era una nueva unidad católica y en vez de ello hemos sido testigos de un disenso que, parafraseando a Pablo VI, parece haber pasado de la autocrítica a la autodestrucción. Se tenía la expectativa de un entusiasmo renovado, pero con demasiada frecuencia ha redundado en aburrimiento y desmoralización. Se tenía la expectativa de haber dado un paso adelante y en lugar de ello nos encontramos en un proceso progresivo de decadencia que en gran medida se ha estado desarrollando con la invocación de un "espíritu del Concilio" y con esto de hecho, lo ha desacreditado cada vez más... Las discusiones fueron durísimas, polémicas, polarizadas. Algunos estaban con quienes propugnaban un avance y renovación del espíritu del Concilio y otros, más temerosos, aceptaban también los puntos del documento presentado por el alemán: "La Iglesia no debía ser un club o una asociación. Era la Iglesia del Señor, un lugar para la presencia de Dios en el mundo. Nunca hay que perder la conciencia sobre la esencia de la fe, anclada en una grandiosa síntesis del Credo, el Padre Nuestro, los Diez Mandamientos y los sacramentos". Se llegó a cuestionar el centralismo de Roma y hasta las "malas" administraciones del Banco, el IOR, dirigido por Marcinkus. Holandeses, belgas, canadienses, ingleses y americanos, atacaron duramente a Ratzinger. Y los duros, amigos del Papa, salieron a defender las posturas conservadoras. "Satanás ha redoblado sus esfuerzos para crear en la Iglesia una atmósfera de incertidumbre y desorden", dijo monseñor Antonio Quarracino, presidente

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del CELAM, con su estilo habitual. Y Wojtyla quedó encantado al escucharlo, era el vocabulario que él mismo gustaba utilizar. Curiosamente (o no) el día de la clausura y para que quede clara su postura y los nuevos tiempos eclesiásticos del mundo, Juan Pablo II habló de la Iglesia como el "cuerpo místico de Cristo" y no como el "pueblo de Dios". Y esa definición que había sido impuesta en tiempos de Eugenio Pacelli, el Papa Pío XII; fue una clara señal. Cuando finalizó el sínodo, el comité encargado de la redacción del nuevo catecismo universal, estaba encabezado por el cardenal Joseph Ratzinger. Así eran los tiempos y la línea política que bajaba desde el palacio de San Pedro. Dos años después, en abril de 1987, cuando el Papa visitó por segunda vez la Argentina, Alfonsín elogió a Eduardo Pironio ante el pontífice y le dijo que la feligresía vería con beneplácito que el "respetado Pironio" fuera el sucesor del cardenal Juan Carlos Aramburu, como arzobispo de Buenos Aires. Pero la sugerencia presidencial no cambió la suerte del cardenal. Seguramente Alfonsín desconocía que Wojtyla no comulgaba con las ideas de Pironio, imbuido del pensamiento progresista dentro de la Iglesia y quien, además, en 1980, cuando todavía estaba como prefecto de la Sagrada Congregación de los Religiosos, había salido al cruce de la campaña contra la teología de la liberación y contra Boff. "Que yo sepa no hay por ahora ninguna medida en su contra. Su pensamiento está en busca de la verdad, y creo que en él existe una perfecta sumisión a la Verdad revelada, un gran deseo de fidelidad al magisterio de la Iglesia. De modo que no veo ninguna razón para que sea condenado", dijo Pironio en la Asamblea Episcopal brasileña. Y los nuevos jerarcas de San Pedro no le perdonaron. No había caso, los tiempos corrían en otra dirección. En el medio del Episcopado argentino, entre los obispos moderados de centro, se enrolaban tres con peso propio dentro de la estructura eclesiástica: Justo Oscar Laguna, de Morón y titular de la Pastoral Social del Episcopado; Jorge Casaretto, obispo de San Isidro, responsable de las Juventudes Católicas y con gran predicamento entre los sectores laicos; y Emilio Bianchi di Cárcano, obispo de Azul y presidente de la Pastoral de Educación Católica. Los tres tenían buena sintonía con Alfonsín y por eso, en la interna del Episcopado, se los sospechaba de radicales. Justo Oscar Laguna nunca tuvo pelos en la lengua, siempre se caracterizó por decir lo que pensaba, aunque eso le acarreó no pocos problemas con el poder. Explosivo, coqueto, simpático y muy culto, Laguna, nació en Buenos Aires el 25 de septiembre de 1929, en una familia de inmigrantes españoles. En 1954 se ordenó sacerdote, fue obispo auxiliar de San Isidro, donde profundizó su amistad con Jorge Casaretto, y es nombrado obispo en 1975. Fue presidente de la Comisión Episcopal de la Pastoral Social, equipo de trabajo vinculado a la Comisión de Justicia y Paz, con sede en el Vaticano. Es fanático del cine y del teatro, y vive con su hermana en Morón. Jorge Casaretto es introvertido, cerrado, quizá tímido y eso sí, algo misógino, según me dijo su amigo Laguna un día que le comenté que había ido a verlo a Casaretto a San Isidro y que me había tratado con impiedad o fastidio. "Un libro sobre la Iglesia? ¿Usted va a escribir un libro sobre la Iglesia?¿Para qué?¿Para qué va a revolver sobre esos temas?". Recuerdo que me lanzó en la cara, apenas me senté. Y ahí nomás solicitó las preguntas por escrito, que no quería entrevistas, si antes no le mandaba un cuestionario. "La Iglesia tiene un gran sentimiento de culpa, porque de aquí salieron muchos cuadros que luego se metieron en la guerrilla y pasó todo lo qué pasó... ", dijo antes de despedirnos. Cuando le comenté el episodio al obispo de Morón, me miró y sonriendo dijo: "Usted también, como se le ocurre entrevistar al obispo más misógino del Episcopado argentino..". Quienes lo conocieron apenas llegó a San Isidro, aseguran que el obispo tenía muchos problemas para alejar a las jóvenes que se acercaban hipnotizadas por su enorme atractivo. "No sabía cómo hacer, cómo manejar el tema de las mujeres, se le tiraban encima –dice alguien que lo frecuenta– y quizá desde ahí se volvió frío y distante". Anécdotas al margen, Jorge Casaretto nació en Buenos Aires el 27 de diciembre de 1936 y fue al colegio Nacional Buenos Aires, donde fue compañero –y luego amigo– del ex ministro del Interior de Carlos Menem, Carlos Corach. Los que lo conocieron en esos años, aseguran que terminó el secundario con altísimas calificaciones. Descubrió su vocación sacerdotal a los 23 años, cuando estudiaba ingeniería en la Universidad de Buenos Aires. En 1977 fue

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designado obispo de Rafaela, en Santa Fe, donde se relacionó con monseñor Vicente Zaspe. Fueron amigos. En 1983 regresó a San Isidro como obispo coadjutor y en 1985, en plena era alfonsinista, quedó como titular de la diócesis. Fue uno de los primeros obispos en enviar sacerdotes a Cuba, para ayudar al fortalecimiento del catolicismo en la isla. Con Laguna salen a comer todas las semanas, van al cine y algunos veranos, se refugian en una casa de retiros espirituales ubicada en Palm Beach, la exquisita playa del sur de la Florida, en Estados Unidos. Esta escapada terrenal les provocó no pocos encontronazos con el menemismo, ya que ambos fueron fuertes críticos del régimen neoliberal y éstos le pasaron la factura. Emilio Bianchi Di Cárcano, también nació en Buenos Aires, el 5 de abril de 1930. Fue ordenado sacerdote el 14 de agosto de 1960, obispo titular de Lesina y auxiliar de Azul el 24 de febrero de 1976; recibió la ordenación episcopal en marzo de 1976, un día después del golpe, y fue trasladado como obispo a Azul el 14 de abril de 1982, ahí nomás de Malvinas, como una paradoja. Los tres obispos son muy amigos y fueron los únicos que tuvieron acercamiento hasta el final con Raúl Alfonsín. "Vivían en la quinta de Olivos", recuerda un prelado, con algo de resentimiento. En el Episcopado los llaman el "Grupo San Isidro", porque los tres surgieron de esa diócesis y comulgan las mismas ideas políticas e ideológicas, cosa que les generó no pocos adversarios entre sus pares. Son fieles seguidores del Concilio Vaticano II. En su libro Asalto a la ilusión, el periodista Morales Sola observó que "los movimientos de (el cardenal Francisco) Primatesta advertían que él veía el futuro de la Iglesia en manos del grupo de Laguna, Casaretto, Di Cárcano y su propio vicario auxiliar de Córdoba, monseñor José María Arancibia, uno de los prelados más jóvenes y que junto a ellos elaboraba los documentos de la Iglesia. "Otro de sus obispos preferidos –añadía– es el de Paraná, monseñor Estanislao Karlic, el teólogo más importante de la Iglesia local, su candidato escondido para suceder a Aramburu en Buenos Aires. Pero Karlic es fundamentalmente un pastor de almas, no un político ni un administrador." En el otro extremo del arco, la Iglesia también tenía –y aún tiene– en su seno a personajes ultraconservadores y retrógrados, que parecen salidos de la noche de los tiempos: uno de ellos es monseñor Desiderio Collino, obispo de Lomas de Zamora. El otro es Emilio Ogñenovich, purpurado de Mercedes. Y el tercero, es Ítalo di Stéfano, quien sufrió una curiosa metamorfosis: antes de ser obispo de San Juan, había sido destinado a la diócesis de Roque Sáenz Peña, la segunda ciudad en importancia del Chaco, donde se relacionó con las Ligas Agrarias. En aquellos tiempos Di Stéfano estaba tan a la izquierda, que le pusieron el mote de obispo rojo. Pero al cambiar de diócesis, dio un giro de 180 grados y como un camaleón, se dedicó a cuestionar y a condenar todo aquello en lo que antes había creído, salvo a Dios, claro. En los últimos años de la dictadura militar, la Iglesia se había acostumbrado a ser protagonista del escenario político. No era para menos: con partidos y sindicatos prohibidos, sólo quedaban a la vista ella y las Fuerzas Armadas, de modo que los dirigentes solían recurrir a los obispos buscando protección. Pero a diferencia de lo que sucedía en Chile y Brasil –países que también padecieron el yugo militar, pero cuya Iglesia era combativa– los obispos locales pecaban de tibios y muchos de ellos hasta se ufanaban ante el Vaticano de tener una iglesia tranquila, algo que luego, a la hora de rendir cuentas, les significó a algunos quedar pegados a la dictadura y a otros tener tarjeta amarilla por su actitud demasiado contemplativa. Es cierto que en varios documentos, especialmente en el de mayo de 1977, la Iglesia había advertido que existía una metodología de la represión. Lo que nunca hizo fue quejarse de no haber sido escuchada. Morales Sola hizo la siguiente reflexión: "Desde el principio del gobierno uniformado, funcionó una comisión de enlace que integraban el entonces obispo auxiliar de San Isidro, Justo Laguna; el secretario general del Episcopado, Carlos Galán; los tres secretarios generales de la fuerzas armadas; y el secretario General de la Presidencia. Ellos debatían sobre la situación económica y social y sobre los derechos humanos. Pero

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nunca se supo que esa comisión haya avanzado un solo paso en su misión morigeradora; no se lo supo, porque no ocurrió. Creemos que esa comisión cumplió con valentía una misión muy difícil en ese momento. Pero sus resultados, en efecto, fueron prácticamente nulos. Nunca se logró conocer el destino de ningún desaparecido ni cambiar la mentalidad de los interlocutores, aceptó luego la Iglesia".

La homilía de Alfonsín Cuando asumió Raúl Ricardo Alfonsín, los organismos de derechos humanos adquirieron relevancia y la Iglesia, precisamente por su tibio perfil en la defensa de esos derechos, no pudo menos que sentirse desplazada. El insólito episodio del Presidente en el pulpito de la capilla Stella Maris, despotricando contra el obispo castrense, fue la gota que rebasó el vaso en la poco feliz relación que Alfonsín tuvo con la Iglesia mientras duró su acotado mandato. En su libro Proceso a la Iglesia Argentina, Rubén Dri recordó así aquel suceso: "El 2 de abril de 1987 monseñor José Miguel Medina, obispo castrense, en la misa que celebró en la capilla Stella Maris a la que asistía el Presidente, pronunció una homilía que terminaría en polémica. Bajo el título de "No achicar la patria", (el obispo) expresó que en contraposición al achicamiento malvinense, impuesto desde el exterior, en la Patria se estaba produciendo un achicamiento desde adentro". Por achicamiento interno, Medina comprendía "a la delincuencia, a la patotería, a la coima, al negociado, a la injusticia, a la disgregación, a la antisocial emigración, a la decadencia, a la drogadicción, a la destrucción de la identidad nacional". "El presidente Alfonsín no se mantuvo indiferente–prosiguió Dri–. Subió al pulpito e instó a los presentes a que "si conocen de alguna coima o de algún negociado, lo digan y lo manifiesten correctamente. Si ha dicho esto delante del Presidente es seguramente porque se conoce algo que el Presidente desconoce"." José Miguel Medina, el obispo castrense cuyo cargo había sido jerarquizado gracias a Juan Pablo II y elevado a Ordinariato desde junio de 1986 tenía poder dentro de la Iglesia argentina de ese momento. Podía erigir seminario, dar órdenes sagradas a los novicios y tener su propio clero. Particularmente Medina no tenía una historia empapada de democracia, todo lo contrario, era un clérigo que levantaba orgulloso las banderas de la doctrina de Seguridad Nacional de sus amadas Fuerzas Armadas, cuyos integrantes lo veneraban. En los archivos de la Conadep, hay varios testimonios que hablan del obispo Medina, entonces a cargo de la diócesis de Jujuy. Eulogia Cordero de Gránica, detenida en la cárcel jujeña de Villa Gorriti, declaró: "Monseñor Medina me dijo que yo tenía que decir todo lo que sabía; le contesté que no sabía qué era lo que tenía que decirle; y que lo único que yo quería saber era dónde estaban mis hijos, a lo que Medina respondió que en algo habrán estado para que yo no supiera dónde estaban; me insistió en que debía hablar y decir todo, y entonces se iba a saber dónde estaban mis hijos ". El profesor Carlos Alberto Melián, que estuvo detenido en la misma cárcel, dijo ante los jueces de la Cámara Federal: "Monseñor Medina llegaba y nos insistía en que teníamos que colaborar. Nos decía : "Sean adultos y digan la verdad". En sus arengas a las tropas, Medina les decía que no debían preocuparse si los llamaban "represores", ya que para él la represión "era lícita y moral". El río hacía mucho ruido y era que arrastraba cosas desde lejos. En febrero de 1984, a sólo dos meses de asumir Alfonsín, ya la agencia católica AICA había protestado por el levantamiento de programas de esa religión en radio Municipal. ¿A quién se le había ocurrido tamaño despropósito? Para AICA, la medida era un "hecho irritante para el sentir de la población católica del país", aunque

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más allá de la protesta de algunos fieles de misa diaria, el asunto no pasó a mayores. El 23 de enero de 1984, el obispo Carlos Mariano Pérez, de Salta, dijo en su homilía: "Hay que erradicar a las Madres de Plaza de Mayo y a los organismos de derechos humanos que pertenecen a una organización internacional, lo mismo hay que terminar con la exhumación de cadáveres N.N, que son una infamia para la sociedad...". El ex capellán de la policía de la provincia de Buenos Aires y entonces párroco de la Iglesia de Bragado en la provincia de Buenos Aires, descubierto y luego de una escandalosa polémica con los habitantes del pueblo, que dividió a la ciudad en dos bandos, no tuvo timidez para decir, en julio de 1984: "Que me digan que Camps (ex general y ex jefe de policía de la provincia de Buenos Aires durante la dictadura) torturó a un negrito que nadie conoce, vaya y pase, pero como iba a torturar a Jacobo Timerman, un periodista sobre el cual hubo una constante y decisiva presión mundial, que si no fuera por eso... ". Y el 21 de mayo de 1985, en pleno desarrollo del juicio a los ex comandantes, monseñor Antonio Plaza, arzobispo de La Plata, declaró: "Este juicio es una revancha de la subversión y una porquería. Se trata de un Nuremberg al revés, en el cual los criminales están juzgando a los que vencieron al terrorismo... ". Pero llegado septiembre de 1987, las quejas habían mutado en acusaciones de grueso calibre. En la homilía de la misa de FAMUS (Familiares de Muertos por la Subversión) el sacerdote Manuel Beltrán no tuvo pelos en la lengua para arremeter contra Alfonsín y tratarlo de zurdo y delincuente: "Se nos han metido marxistas en el gobierno y las universidades, y no digamos nada de los malos judíos–porque los buenos no están– que están revirando el gobierno", comenzó diciendo el cura. "La democracia debe ser pura, debe ser limpia, debe ser justa y no debe ser violenta –continuó, parafraseando a su modo al Presidente, cuando decía que con la democracia se come, se educa, se trabaja–. En esta mal llamada democracia se ha autorizado cualquier cosa. La cuestión es corromper. Es vergonzoso que se siga llamando democrático un gobierno que no pone coto a la corrupción del hombre, a la corrupción de la niñez, a la corrupción de la familia y de todos los hombres. "Responsables de esta situación son todos los actores corruptos, los productores, los legisladores– enfatizó–. E incluso, el más responsable de todos es quien tiene que guiar los destinos de la Nación, con un destino bien seguro, y oponerse a todo lo que sea destrucción de nuestra Patria. "El máximo responsable es el presidente legítimo que tenemos, por haber sido elegido por el pueblo. Y el que es responsable, siempre es culpable si se trata de un delito. Todos somos iguales ante la ley, y ante un delito, todos, aunque sea un obispo, tiene que ser juzgado. Y un presidente también", culminó. Sin duda, el cura Beltrán estaba rabioso. La corrupción a la que aludía no pasaba precisamente por hechos ilícitos, sino por algo que en su concepción era mucho más terrible: el rumbo izquierdizante del gobierno. Es que en el camino se habían sucedido el Congreso Pedagógico, convocado en 1984 con presunta finalidad laicista; el juicio a las juntas militares, que tuvo lugar en 1985, y que derivó en el intento de procesar a cientos de militares de menor rango; y la ley de divorcio vincular, que vio la luz a mediados de 1987, a pesar de la venida del Papa.

El divorcio, un pecado grave El gobierno de Alfonsín despertó la ira eclesiástica al no vetar la ley de divorcio sancionada por el Congreso. Obtenida la media sanción en la Cámara Baja, la CEA produjo un documento en el que lamentaba "profundamente la decisión de la Cámara de Diputados por el daño causado al pueblo argentino, daño que se tornaría irreparable–advertía– si el Senado convirtiera el proyecto en ley". El documento rechazaba además enérgicamente la posición de aquellos diputados que "diciéndose católicos han votado el proyecto, más la de aquellos que se han atrevido a sostener la coherencia

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entre su fe y su posición de divorcistas". Dentro de la CEA se discutió la posibilidad de lanzar excomuniones a aquellos legisladores que hubieran votado la ley; finalmente no prevaleció un criterio único. Pero el obispo de Lomas de Zamora, monseñor Desiderio Collino, se cortó solo e hizo llegar un comunicado de excomunión a los diputados de su diócesis en el que se expresaba: "Cumplo en dirigirme a Ud. para advertirle que por haber dado su voto positivo a favor de la implantación de la ley de divorcio vincular en nuestro país: "1) Que esta falta grave lo excluye de la recepción de los sacramentos de la Iglesia y que no podrá ser admitido como padrino de bautismo o confirmación. "2) Que como la falta ha sido pública y notoria, así también pública y notoria deberá ser su retractación, a fin de poder acceder a los sacramentos de la Iglesia. "Nada sería más grato para mí que saber de su retractación pública. Como en el cielo, también en la Tierra habría mucha alegría. "Con mi saludo, mi bendición pastoral. En Cristo, Jesús y María. Desiderio Elso Collino, obispo de la Iglesia en Lomas de Zamora." Desde 1984, se habían sucedido tres documentos episcopales contra la posible sanción de la ley de divorcio; dos fueron emitidos ese año y otro en 1985. Emilio Ogñenovich, obispo de Mercedes y presidente de la Comisión Episcopal de la Familia, fue quien lideró sin suerte la campaña antidivorcista. El 9 de mayo de 1986, en su oración de apertura de esa cruzada, había calificado al divorcio como "una lacra que, al igual que la droga y la homosexualidad, apunta a la disolución de la sociedad", según publicaron varios diarios al día siguiente, lo que provocó el hazmereír colectivo. "La Iglesia está de pie y ha comenzado su cruzada contra este flagelo del divorcio que sólo traerá tristes consecuencias para la Nación. Los católicos divorcistas son monstruos, porque en realidad construyen una nueva secta con la deformación de la doctrina auténtica que sostiene la Iglesia Católica, Apostólica y Romana", había advertido Ogñenovich. Aquella campaña tuvo su punto culminante en un acto que se realizó en Plaza de Mayo. Para presidirlo se sacó por primera vez la imagen de la Virgen de Lujan de su santuario, lo que probó la importancia que se le daba a la movilización. Con la imagen convocante se esperaba reunir una multitud, pero la concurrencia estuvo bastante por debajo de las expectativas. El acto no contó con el aval de todo el Episcopado: Jaime de Nevares, desde Neuquén, y Justo Laguna, desde Morón, expresaron su desacuerdo. Rubén Dri consignó en su libro: "La marcha no pasó por Morón. La agencia AICA denunció que "al parecer por órdenes del Ministerio de Defensa no se permitió a oficiales y soldados de la guarnición Campo de Mayo saludar el paso de la Virgen cuando la imagen pasó por ese lugar". Pero el cura Storni fue mucho más taxativo: "Otro tema que enfrentó a parte de la Iglesia con Alfonsín fue el del divorcio, pero también internamente había muchas diferencias entre los obispos. Me acuerdo que Laguna no dejó pasar por su diócesis la imagen de la Virgen de Lujan, que Ogñenovich traía en procesión para un acto en Plaza de Mayo", relató. El columnista del diario La Nación, experto en temas eclesiáticos, Bartolomé de Vedia dio su opinión sobre esos años: "La relación de Alfonsín con la Iglesia fue mala, tirante, tensa. Todo el tiempo. En primer lugar, quizá, porque Alfonsín representa un ala de centro izquierda del radicalismo y tuvo gente muy preparada, como Juan Carlos Portantiero, un exclente sociólogo o AldoNeri, un teórico de la salud, que muchos obispos de entonces consideraban de izquierda. Y eso provocaba choques y desconfianzas. En el campo educativo, el Congreso Pedagógico fue visualizado como una operación política destinada a eliminar privilegios de los colegios religiosos. Y salió mal, porque la Iglesia se movilizó y las comisiones estuvieron integradas en su mayoría por representantes católicos. El error de Alfonsín fue no entender la mecánica interna de la Iglesia, no se mantuvo neutro, se metió y fue como meter el dedo en el ventilador. Illia (Arturo), por ejemplo fue un presidente alejado de las corporaciones y la Iglesia no tuvo problemas con él".

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Por su parte, en Asalto a la ilusión, Morales Sola vio la situación de esta manera: "A fines de 1986 y principio de 1987 el divorcio fue el tema que enfrentó al gobierno con la Iglesia. La visita del Papa al país estaba anunciada para abril y la Iglesia local no quería que se lo recibiera con ese presente. "Internamente los obispos no se pusieron de acuerdo en cómo enfrentar la protesta. "El obispo de Mercedes, Emilio Ogñenovich, se hizo cargo de la oposición. Conservador por naturaleza y frontal en su estilo tomó las banderas antidivorcistas como una cuestión personal. Gran parte de sus pares lo dejaron solo por la forma en que expresó su opinión. Labraron un acta dejando en libertad de acción a cada obispo en la manera de expresar su oposición al divorcio. Votaron la conveniencia de traer la Virgen de Lujan en procesión y hacer un acto en la Plaza de Mayo; una mitad lo aprobó; la otra no. "Ogñenovich hizo el acto con muy poca asistencia de público y luego acusó a los obispos ausentes de haber traicionado un compromiso. Al ser expresada sólo por el obispo de Mercedes, la imagen de la Iglesia sufrió una grave recesión." A pesar de la oposición eclesiástica, la ley de divorcio vincular fue sancionada el 3 de junio de 1987. Apenas el Senado dio el visto bueno definitivo, la CEA manifestó en un documento "el profundo dolor y tristeza que experimentamos ante una ley que creemos comprometerá seriamente el futuro de la familia en la República Argentina". Pero monseñor Laguna, haciendo honor a su nombre de pila, dijo lo justo: "El divorcio es un mal, pero es un mal para los católicos, y no podemos imponer en una sociedad plural una ley que toca a los católicos. Son los católicos los que tienen que cumplirla y no el resto ".

La pulseada pedagógica Si el divorcio fue para la Iglesia una espina irremediablemente atragantada en el pescuezo, el Congreso Pedagógico Nacional, convocado por ley 23.114 del 30 de septiembre de 1984, sonó más bien a desafío. Los sectores más conservadores comenzaron cuestionándolo porque veían en él una amenaza de los sectores laicistas, pero de inmediato toda la Iglesia se movilizó para tener una presencia masiva, darle pelea y recortar aquellas apetencias. Parroquias y colegios católicos generaron gran cantidad de propuestas, apoyadas en la defensa de la enseñanza privada, en la función subsidiaria del estado, en el derecho de enseñar y elegir la enseñanza deseada, en el contenido moral y espiritual de la educación, sin olvidar tampoco que la educación sexual era –en esta teoría– privativa de la familia y que no había que andar hablando en las aulas de contraconceptivos ni de Sida, porque, como opinaban muchos, entre ellos Juan Pablo II, "el embarazo es una bendición y la enfermedad un castigo de Dios". En abril de 1984, en San Miguel, los obispos emitieron el documento, Democracia, responsabilidad y esperanza, cuyos tramos más importantes estaban referidos a la educación. "Confiamos en que aquellos que deben velar por el bien común de la Patria, cumplan con el deber de defender la identidad cultural de nuestro pueblo, sometidas a tantas presiones que le son extrañas (...) Conforme a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, la familia, trasmisora de los valores fundamentales, es "la primera escuela de las virtudes sociales" y su tarea educativa "es de tanta importancia que cuando falta, difícilmente pueda suplirse" (...) en las actuales circunstancias no podemos menos que manifestar nuestra preocupación por corrientes que pretenden introducir una cultura contraria a nuestro ser nacional. (...) La educación que se limite a instruir, pretendiendo ser neutral en los valores fundamentales, una escuela sin Dios y sin moral, no satisface la exigencia de ser educación integral. " Monseñor Antonio Quarracino, entonces arzobispo de La Plata, denunció que el Congreso

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Pedagógico había sido instrumentado por "activistas ideológicos de izquierda". Y de paso, contraponiéndose a la idea oficial de hacer participar a los estudiantes y a sus padres en su formulación, recordó que en Italia, Benito Mussolini había llamado a un filósofo, no a un alumno, para realizar la planificación educativa, que "no debió ser tan mala porque estuvo vigente hasta hace pocos años", según aseguró. Quarracino fue el más constante de los críticos al gobierno radical, tanto como arzobispo de La Plata, como luego, desde Buenos Aires, durante la presidencia de Carlos Menem. A este arzobispado no había llegado antes porque el Papa prefirió no confrontar con el primer presidente de la apertura democrática, y esperó la victoria electoral del menemismo para nombrarlo. En la postergación pudo haber mediado también al accidente cardiovascular que lo había aquejado en el aeropuerto Fiumicino: "el Vaticano no designa a arzobispos con salud precaria", observó Morales Sola. Quarracino había conquistado a Juan Pablo II a través del sectario Movimiento Católico de Comunión y Liberación, expresión de la derecha europea, muy cercana al Opus Dei. A finales de la década de los sesenta había reemplazado en el Obispado de Avellaneda a monseñor Jerónimo Podestá. Y durante el Proceso Militar fue designado presidente del CELAM, (Conferencia Episcopal Latinomaericana) el organismo que nuclea a los obispos latinoamericanos, con sede en Colombia, con el objetivo de frenar los vientos de renovación teológica que se daban en esta zona del continente. Según Morales Sola, "no sólo fue el obispo más opositor a Alfonsín, sino el primero en propiciar desde 1982, lo que él mismo llamaba una ley de olvido o amnistía. "Dueño de una vasta cultura fue, junto a Justo Laguna, aunque desde posiciones muy distintas, uno de los obispos más preparados intelectualmente. No lo quería a Alfonsín porque lo consideraba inspirado en la socialdemocracia. Era, según él, la corporización misma del demonio." Monseñor Gerardo Sueldo, en esos días obispo de Santiago del Estero, consideró que al Congreso Pedagógico "la quisieron manipular con una ideología laicisista". Y que lo que la Iglesia hizo fue inteligente: "La respuesta fue movilizar a la gente, decirle: "mirá, aquí se está tratando algo muy importante, ¿por qué nosotros no trabajamos en esto, que toca a nuestro ser de argentino, a nuestra identidad?". Monseñor Jorge Casaretto, obispo de San Isidro, señaló: "El Congreso Pedagógico fue una equivocación muy fuerte del alfonsinismo, al que la Iglesia respondió: armó un frente fortísimo y salió triunfante". También el jesuita Fernando Storni, ubicado a sideral distancia del pensamiento conservador del Episcopado, reconoció que "con el Congreso Pedagógico la Iglesia se movilizó y mostró su opinión y su experiencia en ese ámbito. Alfonsín no estaba especialmente preocupado por el tema y cuentan que sacó escarpiendo a un ministro que, frente a la masiva participación católica, le vino a ofrecer que hicieran un congreso pedagógico radical". Una vez concluido el congreso, el Episcopado expresó su complacencia de esta manera: "Hemos seguido con conciencia de Iglesia este acontecimiento desde sus comienzos y nos complace comprobar que en todo el país han respondido a esta convocatoria los diversos sectores que componen nuestras comunidades educativas: parroquias, colegios y movimientos; sacerdotes, consagrados y laicos; directivos, docentes, alumnos y padres; estableciéndose antecedentes muy valiosos para la futura ley general de educación, que podrán ilustrar a los legisladores que quieran responder al sentir del pueblo argentino".

Entre el Bien y el Mal El 22 de abril de 1985 comenzó un juicio histórico en la Argentina: el proceso oral y público a las tres primeras juntas militares, cuyas sentencias condenatorias se produjeron el 9 de diciembre de ese

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mismo año. Los testimonios de ex detenidos desaparecidos conmovieron a todo el país y sorprendieron al mundo: nadie podía creer que tanto horror hubiera sido posible. Muchas declaraciones dejaron en claro el triste papel que cumplió gran parte de la Iglesia en los años de la dictadura: obispos que pudieron haber salvado vidas y que no lo hicieron, sacerdotes delatores y cómplices de la tortura. La respuesta episcopal de esos días demostró, sin embargo, que la ceguera continuaba: "Debemos levantar la bandera de la reconciliación, con humildad y confianza, con magnanimidad y coraje ", argumentó la CEA. En San Miguel, en abril de 1984, ya anunciaban: "Son de lamentar las acusaciones públicas, carentes en muchos casos de fundamentos, que de manera desaprensiva se han venido formulando en estos primeros meses de la vida en democracia, contra personas que tienen el derecho de que su fama no sea lesionada arbitrariamente (...) Creemos muy importante subrayar en las actuales circunstancias que la verdadera reconciliación no está solamente en la verdad y la justicia, sino también en el amor y el perdón (...) No ha de perderse en nuestro pueblo la grandeza del alma que es la capacidad de perdonar (...) Esta actitud no significa que la Iglesia propicia la impunidad de los graves delitos que se han cometido y que tanto daño han causado al país. (...) Por otra parte el perdón exige ciertamente en quienes han delinquido el reconocimiento de los propios yerros en toda la gravedad, la detestación de los mismos, el propósito firme de no cometerlos más, la reparación en la medida de lo posible del mal causado y la adopción de una conducta nueva". Su tema de predicación para el quinto domingo de Cuaresma de 1985 se tituló: "El perdón es signo de amor". Se citó entonces parte del documento "Iglesia y comunidad nacional": "... La reconciliación ha de estar basada ante todo en la verdad. E igualmente ha de estar basada en la justicia. Sin embargo, la experiencia demuestra que otras fuerzas negativas, como el rencor, el odio, la revancha e incluso la crueldad, han tomado la delantera de la justicia. Más aún, que en nombre de la misma justicia se ha pecado contra ella... ", expresó la CEA. El 9 de diciembre la Cámara Federal dio a conocer su sentencia condenatoria para cinco de los nueve acusados: reclusión perpetua para el ex general Jorge Rafael Videla; prisión perpetua para el ex almirante Eduardo Emilio Massera; diecisiete años, para el ex general Roberto Eduardo Viola; ocho años para el ex almirante Armando Lambruschini; y cuatro años y seis meses para el ex brigadier Orlando Ramón Agosti. Los nombrados sufrieron además las accesorias de inhabilitación absoluta perpetua, destitución militar y pago de costas. El resto de los procesados –brigadier Ornar Domingo Rubens Graffina, general Leopoldo Fortunato Galtieri, almirante Jorge Isaac Anaya y el brigadier Basilio Arturo Lami Dozo– fueron en cambio declarados libres de culpa y cargo por falta de pruebas. La Iglesia salió gravemente herida del juicio a las juntas militares. Nunca estuvieron de acuerdo con el mismo, salvo algunos obispos cercanos al gobierno. Les espantaba presenciar los testimonios de las víctimas que hablaban de obispos y sacerdotes involucrados en aberraciones, en crímenes de lesa humanidad. Era como mirarse en su propio espejo y la imagen que les devolvía, era el rostro del demonio. Los hombres de la Iglesia compartieron en su mayoría –institucionalmente– la misma visión política sobre el país. Fue la alianza entre la cruz y la espada, y en nombre de Dios y con la bendición de Dios, las Fuerzas Armadas salieron a reprimir. El juicio a los comandantes desnudo abrumadoramente esta complicidad, la omisión, y el encubrimiento. Todos los documentos militares de los años sangrientos, muestran abiertamente la fe en los valores cristianos y la lucha en nombre de Cristo. Como bien me relató en una entrevista para la revista Somos, a mediados de los años noventa, Miguel Osvaldo Etchecolatz, el carnicero Comisario General de la Policía de la provincia de Buenos Aires, mano derecha del general Ramón Camps: "Antes de salir para un operativo, nos colgábamos un rosario en el cuello y le rezábamos a la virgen y a Cristo. Para que nos protegieran en la lucha contra los terroristas". El 7 de agosto de 1978, durante la cena de camaradería de las Fuerzas Armadas, el brigadier de la Fuerza Aérea Ramón Agosti comparó a sus

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integrantes con las milicias celestiales del Génesis, convocadas para combatir el mal y no se quedó ahí: propuso a San Gabriel, San Jorge y la Virgen Generala como referentes y protectores de los oficiales en "guerra". "Hay un sector de la jerarquía que en la democracia vive con nostalgia la falta de un status que siempre le fue reconocido por los gobiernos autoritarios y aun algunos gobernantes salidos de las urnas. Con los militares la mayoría de los obispos tenía acceso directo a los más altos jefes castrenses, a los centros de decisión. El diálogo se entablaba de poder a poder, de autoridad político-militar a autoridad religiosa, con el reconocimiento de esta última en un nivel y una jerarquía casi equiparable a los tres poderes del estado democrático. Y esto no sucede más hoy en día. Cualquier intento de revisar críticamente este período irrita la epidermis de la conducción eclesiástica que ha elaborado una batería de argumentos para justificar su proceder", analizaba por esos días, el periodista Washington Uranga.

Los hombres de la CEA En 1983 asumió la titularidad de la CEA el cardenal de Buenos Aires, Juan Carlos Aramburu, cuya preocupación mayor pasaba por no mezclar la Iglesia con las cuestiones coyunturales. Tenía sin embargo un grave problema: la mayoría de los obispos no le respondían. Había ganado la presidencia de la conferencia por la diferencia ajustada de un solo voto, después de dos elecciones en las que su candidatura no había logrado las imprescindibles dos terceras partes del plenario de obispos. Su trato era distante y frío, de manera que no impactaba precisamente por su simpatía. Pero de todas maneras sólo estuvo allí tres años. Antes y después de ese breve interregno, la CEA estuvo en manos de Primatesta. Aramburu se había desempeñado como arzobispo en Tucumán desde mediados de los años cincuenta y a finales de los años sesenta fue trasladado a Buenos Aires como coadjutor, con derecho a sucesión, del cardenal Antonio Caggiano. Era un ascenso, pero la Iglesia tenía algo que reprocharle: en Tucumán había dejado crecer al Movimiento de Curas para el Tercer Mundo. En los años setenta seguía encarnando el estilo del progresismo posible dentro de la Iglesia. Y en 1988, cuando ya había renunciado por razones de edad, reconoció públicamente la labor pastoral de los curas tercermundistas, aunque exceptuó a los que habían abrazado la violencia. Si tenía un mérito, era su condición de administrador. En conocimiento de esto fue que Juan Pablo II lo designó en la comisión de cardenales encargada de reemplazar la estructura financiera armada por Marcinckus para manejar los dineros de la Iglesia, luego del escándalo internacional por el affaire del Banco Ambrosiano. Para esto se requería eficiencia administrativa y lealtad al Papa, y Aramburu reunía ambas cualidades. Como arzobispo de Buenos Aires, nada había escapado a su ojo clínico ni a su conocimiento: sabía todo lo que sucedía bajo su órbita, cuánta basura había debajo de cada alfombra y qué hacía cada sacerdote de su arquidiócesis. En 1985, Aramburu dejó la presidencia de la CEA en manos de Raúl Primatesta, arzobispo de Córdoba, quien también lo había precedido en el período 1976 hasta 1982 en ese cargo, y lo sucedió hasta 1990, gracias al voto mayoritario de los obispos. Militante del ala conservadora de la Iglesia, y dueño del arte de la negociación y la política, Primatesta había sido el jefe virtual de la Iglesia aun en ese interregno de tres años en que Aramburu presidió la CEA, un hecho que éste reconoció hasta el punto que se abstuvo de competir con él en la elección por un nuevo período. No obstante, en aquella elección interna de 1985, Primatesta tuvo que lidiar con un movimiento que quería elegir al obispo Juan José Iriarte como titular de la CEA. ¿Quién palanqueaba a aquel ignoto monseñor? ¿A quién le interesaba modificar la relación interna de las

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fuerzas de la Iglesia? Primatesta tuvo la sospecha de que el gobierno de Alfonsín no era ajeno a la maniobra. No en vano, una vez en la presidencia de la CEA, los dos obispos tenidos por alfonsinistas perdieron posiciones: Laguna se quedó sin la jefatura de la Comisión de Pastoral Social, y Casaretto, responsable nacional de la Juventud Católica, fue nombrado sólo como suplente para la reunión mundial de juventudes que se realizaría en Roma. "Era evidente que algo grave para las lealtades internas había involucrado a los dos obispos. Al poco tiempo Primatesta perdonó el supuesto desliz de los purpurados y recobraron sus lugares", apuntó Morales Sola. Para cuando Alfonsín fue electo primer magistrado, todavía estaba Aramburu en la jefatura de la Conferencia; no obstante, antes de asumir, él prefirió almorzar con Primatesta, porque era evidente que éste tenía mayor ascendiente sobre los obispos. En aquella oportunidad el arzobispo de Córdoba le pidió dos cosas: que no hubiera ley de divorcio y que pusiera el control de la enseñanza privada en manos de alguien potable para la Iglesia, ya que existía profunda preocupación por el avance de las instituciones privadas laicas por sobre las religiosas. Alfonsín le aclaró que él personalmente no era divorcista, pero que su partido sí, y que la suerte del proyecto iba a depender de las fuerzas en pro y en contra que se jugaran, no sólo a nivel de partido, sino en función de la demanda social. Cuando Primatesta asumió la presidencia de la CEA, el presidente volvió a reunirse con el cardenal, quien puso otra vez sobre el tapete el tema del control de la enseñanza privada. Alfonsín le preguntó entonces a quién proponía la Iglesia. Primatesta recomendó a un hombre de su absoluta confianza: Alberto Tagliabúe, ex director de enseñanza privada durante la dictadura de Jorge Rafael Videla. A Raúl Alfonsín, en ese momento, ese apellido no le dijo nada, pero se propuso averiguarlo. Cuando se enteró, la respuesta fue un rotundo no, que a Primatesta le costó digerir: él le había asegurado aTagliabúe que el puesto era suyo. Era cada día más evidente que Raúl Alfonsín no era un hombre al que la jerarquía católica argentina de aquellos años digería. No sólo por su laicismo acentuado, sino porque era un político "muy difícil para negociar", diría Primatesta en la intimidad. "Muy cabeza dura, demasiado frontal". Y tanto él, como Aramburu y Quarracino, eran hombres fieles a Roma. Los únicos que entraban a la sala privada del Papa sin golpear.

Punto final y obediencia debida En contra de lo que esperaban el ministro del Interior, Antonio Tróccoli y otros conspicuos personajes del partido radical, la Cámara Federal que juzgó y condenó a los ex comandantes, dispuso que las cosas no terminaban ahí, sino que más bien recién comenzaban. El punto 30 del fallo ordenaba que "en cumplimiento del deber legal de denunciar, se ponga en conocimiento del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, el contenido de esta sentencia y cuantas piezas de la causa sean pertinentes, a los efectos del enjuiciamiento de los oficiales superiores que ocuparon los comandos y subzonas de defensa durante la lucha contra la subversión y de todos aquellos que tuvieron responsabilidad operativa en las acciones". Con este texto quedaba totalmente desvirtuada la teoría de la obediencia debida y del punto final que desde distintos sectores se había lanzado a la calle en busca de acotar una ola de juicios de nunca acabar. La institución de las fuerzas armadas sólo había estado dispuesta a entregar a los ex comandantes; y el poder político veía en la continuidad de las causas el peligro de su propia desestabilización. Curiosamente, los obispos se sumaron a esta postura y a través de diversos documentos continuaron haciendo hincapié en la importancia de lo que llamaron "reconciliación". Hasta monseñor Laguna acompañó este parecer contrario a toda razón de justicia: "Es lícito establecer un límite para el trámite judicial, porque las Fuerzas Armadas no pueden vivir permanentemente en la zozobra", declaró al diario Clarín al comenzar diciembre de 1986.

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A mediados de 1986 la Comisión de Fe y Cultura de la CEA, presidida por el entonces obispo auxiliar de Buenos Aires, Eduardo Miras, dio a conocer un documento titulado: El Evangelio ante la crisis de la civilización. En esa oportunidad la revista católica Familia Cristiana decía: "El documento no es una propuesta coyuntural, ni una declaración en sentido estricto sino que aborda los grandes problemas que afectan a los argentinos y al Pueblo de Dios en la Argentina". La revista entrevistó al Presbístero Dr. Lucio Gera, profesor y ex decano de la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina, –confesor del sacerdote Carlos Mugica– y el mas brillante teólogo argentino luego del Concilio Vaticano II y sobre el documento expresó: "El documento plantea dos necesidades fundamentales: la búsqueda de una identidad nacional y de una autoconciencia eclesial. Respecto de la identidad nacional, se detecta que la historia concreta de nuestro país puede visualizarse como una historia de desgarrones y rupturas entre distintos proyectos o modelos históricos culturales". También es imperiosa la búsqueda de la autoconciencia eclesiástica; al respecto el documento dice: "Todos los miembros del Pueblo de Dios –laicos, religiosos y clérigos– hemos de preguntarnos cómo, cada uno, hemos cumplido la misión de encarnar los valores del Evangelio en la cultura de la Nación... No podemos eludir cuestionarnos, acerca de la coherencia entre lo predicado con nuestros labios y el testimonio de nuestras vidas". Al analizar el documento, Lucio Gera hace hincapié en un tema caro a la Iglesia: el de la reconciliación. Sin ella no ve posible alcanzar la unidad nacional, refundar una existencia y una solidaridad humana y cristiana, instalar la justicia social y aun la autoconciencia eclesial. Señala un ejemplo: "el tema de los desaparecidos debe resolverse a través de la justicia, pero ésta no debe ser ejercida como revancha o desquite, porque entraríamos en un círculo vicioso y no se suturarían los desgarrones que sufre la Nación. Esto es sólo un ejemplo –concluye el teólogo Lucio Gera– pero de lo que se trata es de intentar entre los antiguos proyectos una nueva y gran síntesis donde nadie quede excluido. Esa síntesis hará crecer la autoconciencia histórica de la iglesia, porque ella hará crecer una pastoral sobre un pueblo unido y coherente, alrededor de valores fundamentales comunes, aunque respetuosos del legítimo pluralismo". Por más que los jueces dijeron no, el gobierno elevó su proyecto de ley de Punto Final al Congreso para poner un límite definitivo a las acusaciones por violaciones a los derechos humanos. En esos días la CEA se reunió y su presidente, el cardenal Antonio Primatesta, manifestó el apoyo episcopal a la medida: "Para la Patria, en este momento, es necesario un espíritu profundo de reconciliación y no hay muchas confesiones públicas que hacer. La Iglesia no quiere confesiones individuales, sino la reconciliación que al mismo tiempo implica reconocimiento de las propias debilidades como comunidad y una profunda esperanza en el amor de Dios que une a los hombres", expresó el 14 de diciembre de 1986. En soledad, el obispo de Neuquén, Jaime de Nevares, se había diferenciado de sus congéneres: "Aprobar este proyecto, significará convivir con los criminales. Con esta mafia, con el poder de la fuerza, ¿qué será del país?", se preguntó desde Río Negro el 11 de diciembre. Pero nada pudo hacerse: en los últimos días de 1986, como un regalo negro de Navidad, la ley de punto final fue aprobada incluso con el voto de radicales progresistas como Federico Storani, que se oponía, pero que terminó haciendo gala de su obediencia debida al partido.

De nuevo Wojtyla En Su Santidad, Juan Pablo II y la historia oculta de nuestro tiempo Carl Berstein y Marco Politti dicen:

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"Las palabras de condena sobre la violencia gubernamental que Juan Pablo II no pronunció en un Chile sometido al yugo de la dictadura, sí las dijo en un país que hacía poco había recobrado la democracia: Argentina. Allí llegó el 6 de abril de 1987 y sermoneó a Raúl Alfonsín, el presidente democráticamente elegido después de la dictadura militar: "Los derechos humanos se tienen que garantizar", dijo el Papa incluso en situaciones de extrema tensión y evitando la tentación de responder a la violencia con más violencia. " "El Papa venía de Chile, se había reunido con Pinochet y durante su visita se había registrado una fuerte represión, cuya responsabilidad el encargado de la organización del viaje papal Monseñor Francisco Coks adjudicó a los manifestantes: "la represión respondió a que los manifestantes agredieron a los carabineros, a la guardia papal y a muchos sacerdotes." Según todos los sondeos de opinión, la Argentina respondió al Papa con indiferencia y aversión. El momento no fue el mejor y la Argentina estaba inmersa en una situación política y económica de crisis, luego de varios años de terror dictatorial. La Iglesia Católica no estaba transitando por su mejor momento. "En vísperas de su visita tres iglesias habían sido blanco de ataque. Argentina era un país en donde durante la dictadura en la lucha del ejército contra la guerrilla, de los montoneros y contra cualquier otro tipo de oposición había cobrado miles de víctimas. Los obispos habían estado profundamente comprometidos con la dictadura", dicen Bernstein y Politti. Entre el 6 y el 12 de abril de 1987, el Papa Juan Pablo II visitó la Argentina por segunda vez en su pontificado. Durante los meses previos a su llegada tanto el gobierno como la jerarquía eclesiástica se habían encargado de calificarla como una visita exclusivamente pastoral. El responsable de la organización del viaje papal, Monseñor Arnaldo Gánale, confirmó casi un mes antes qué cosas estaba dispuesto a hacer el Papa y cuáles no. Sólo dos actos masivos tuvieron el visto bueno del Vaticano: el primero con los trabajadores, en ese momento liderados por el sindicalista Saúl Ubaldini, y el acto con los jóvenes. Gánale anunció "que en la agenda del Papa no había lugar para la audiencia que habían solicitado los organismos de derechos humanos". El presidente Raúl Alfonsín anunciaba "la visita de Juan Pablo II será acompañada por la alegría de todos los argentinos sin excepción ni distinción de credos. Somos deudores del Papa", recordando su mediación en el litigio con Chile por el canal del Beagle. Alfonsín no sólo celebró con palabras la llegada pacificadora del Papa, sino que coronó su intención de acercamiento a la Iglesia, con la incorporación a su gabinete de Carlos Alderete, a finales del mes de marzo. El sindicalista de Luz y Fuerza, convertido en Ministro de Trabajo, mantenía una histórica buena relación con sectores eclesiásticos y una especial amistad con Primatesta. También los senadores se sumaron a la bienvenida del Papa acordando tratar el proyecto de ley de divorcio vincular tras la visita. "¿Qué paz, qué unidad, qué amor nos viene a traer el Papa?", se preguntaba Rubén Dri, en una nota de la revista Crisis, del mes de marzo de 1987, previo a la visita del Sumo Pontífice a la Argentina, y agregaba: "Si Monseñor Raúl Primatesta consultado sobre la posibilidad de que el Papa visitara un centro clandestino de detención expresó: "que poner un acento tan grande significaría más bien abrir una herida que cerrarla, y el Papa viene a traernos la paz, la unidad, el amor que de ninguna manera significan la falta de justicia" entonces –asevera Dri– la paz que nos propone o en otra palabra muy utilizada, la reconciliación que nos trae es la que se asienta sobre el olvido de 30.000 desaparecidos, miles de torturados, asesinados y violados". "En su anterior visita nos trajo la reconciliación con Galtieri y toda la Junta Genocida. O ¿qué significó la comunión que les dio con su propia mano, en un país lleno de centros clandestinos? Mucho nos tememos que se quiera ir más allá, que lo que está encubierto bajo el manto de la espiritual reconciliación sea lisa y llanamente la amnistía, para lo cual como siempre se nos hablará de la necesidad de perdonar y ser perdonados."

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Los medios cubrieron ampliamente la visita del Papa a la Argentina y todos los sectores se manifestaron, aunque de maneras distintas. La máxima dicotomía se expresó entre el mensaje de las Madres de Plaza de Mayo y la solicitada publicada por ex dirigentes montoneros. La Línea Fundadora de Madres se mostraba esperanzada en que el Papa condenara las violaciones a los derechos humanos, cometidas por la dictadura militar, y en especial el terrorismo de Estado y el sistema de desaparición de personas. Mientras que el mismo 6 de abril, día de llegada del Papa en Clarín Mario Firmenich, Fernando Vaca Narvaja, Rodolfo Galimberti y otros ex dirigentes montoneros firmaban la siguiente solicitada: "Algunos de nosotros, militantes políticos de Montoneros, no estamos exentos de culpas. Por eso, como el hijo arrepentido de la parábola, te decimos: no merezco ser llamado hijo tuyo. Señor, también nos enseñaste: "Amen a sus enemigos, rueguen por susperseguidores". Por eso te pedimos que te apiades de quienes nos persiguieron atrozmente, atormentando ancianos, mujeres y niños. Y por eso te pedimos que también te apiades de los que nos siguen persiguiendo sin razón, buscando quebrar con provocaciones, nuestra humilde sujeción a la voluntad del pueblo". Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz en 1980, dio una conferencia de prensa y dijo: "Están aquellos que guardaron silencio cuando, so pretexto de defender la "civilización" cristiana, la dictadura masacró al pueblo". Denunciando de esta manera en medio de la visita papal, la estrecha relación de muchos obispos con los militares. Pero Karol Wojtyla no habló del tema, no quiso. Y también se negó a reunirse con las Madres de Plaza de Mayo, un gesto que evidenció el pensamiento del pontífice respecto de las violaciones de los derechos humanos en América latina por parte de las dictaduras. Sólo hablaba de la "paz y la reconciliación" y frente a los obispos de Buenos Aires dijo una frase cargada de ambigüedad, como el contexto de toda su visita: "Sé de vuestras intervenciones profundamente sentidas, que han salvado vidas humanas". Sólo a la semana de estar en la Argentina, pronunció la palabra "desaparecido" en una reunión con jóvenes católicos. Unas siete mil personas se movilizaron hacia Plaza de Mayo que contrastaron con los cientos de miles de chilenos que habían acompañado toda la recorrida del Papa por Santiago. Juan Pablo II entregó a Alfonsín dos medallones coronados por una inscripción que decía: "Uruguay, Chile y Argentina" como símbolo del Tratado de Paz firmado en 1978. La agenda del Papa en la Argentina incluyó la visita a Bahía Blanca, Viedma y Mendoza, en donde condenó el divorcio, el aborto, la drogadicción y el terrorismo. En Viedma fue recibido por el obispo Miguel Esteban Hesayne quien no dejó pasar la oportunidad de expresarle la opresión del pueblo mapuche y su fiel compromiso con los pobres: "Bienvenido a la Patagonia. Esta tierra que pisas, ha sido una de las últimas de nuestro continente en recibir el mensaje evangélico... La Patagonia es compleja y promisoria. Los que habían sido los dueños de este suelo fueron avasallados y despreciados por el blanco cristiano. Los descendientes de mapuches, aún hoy, se encuentran confinados en inhóspitas reservas o dispersos en barrios marginales de nuestras ciudades. Todavía no hemos reparado el pecado histórico cometido. Tu visita es una luz de esperanza que les permita dar pasos firmes y en paz hacia la posesión real de la tierra, derecho actual, inalienable, de nuestros hermanos mapuches. "Como Iglesia queremos tener presentes a quienes nos precedieron en la fe siendo fieles al Evangelio como Ceferino Namuncurá, joven mapuche que quiso ser útil a su raza aspirando a ser sacerdote católico... En estos últimos años, en la Argentina, ser fiel al Evangelio fue una audaz aventura que llevó a dar la vida a muchos hermanos en la fe: sacerdotes, laicos, religiosas y hasta un obispo, nuestro hermano obispo Enrique Angelelli. Hoy queremos pedir perdón porque como Iglesia no siempre nos identificamos con el pobre, el necesitado, el perseguido." Con esas palabras Monseñor Hesayne marcaba frente al Papa su postura diferenciada de muchos de sus hermanos obispos y de la propia Conferencia Episcopal a los que les tomó trece años más pedir públicamente perdón y en el marco de un pedido de perdón mundial de la Iglesia en el Jubileo de 2000.

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En Córdoba, Tucumán y Salta los temas ejes también fueron "la familia", con una marcada demonización del divorcio (ley presta a sancionarse en la Argentina) y la "reconciliación nacional". Según los clérigos que estuvieron en la intimidad de la visita papal, lo más importante para el representante de Dios era el divorcio. El 10 de abril se realizó el primero de los actos confirmados por la organización, que fue su encuentro con los trabajadores en el Mercado Central. Si bien casi cien mil personas se llegaron a escuchar la palabra de Su Santidad, el número fue mucho menos de la mitad que soñaban los hombres de la CGT y el presidente de la Comisión de Pastoral Social, monseñor Ítalo di Stéfano. Finalmente el 11 de abril se dio el esperando encuentro con los jóvenes. En su alocución original no figuraba ninguna alusión a los desaparecidos pero se agregó a último momento. Juan Pablo II dijo: "Sois la esperanza del Papa, sois la esperanza de la Iglesia. Se que estáis decididos a superar las dolorosas experiencias recientes de vuestra patria. Que el hermano no se enfrente más al hermano, que no vuelva a haber más ni secuestrados ni desaparecidos; que no haya lugar para el odio y la violencia y que la dignidad de la persona sea respetada". Habló muy por encima de los desaparecidos, responsabilizó al gobierno de Alfonsín de garantizar los derechos humanos y finalmente tuvo palabras de comprensión y aprobación hacia la jerarquía eclesiástica al decirles casi con un pie en el avión: "Fueron tiempos difíciles, en que la violencia quebró profundamente en el dolor y la muerte, la paz, la convivencia y la prosperidad de vuestra Patria. Silenciados u olvidados, Dios conoce vuestra fidelidad". En la editorial del 23 de abril de 1987 de la revista Criterio dirigida por el sacerdote Rafael Braun (el mismo que en enero de 2002 dio la bendición católica al casamiento entre el Príncipe Alejandro de Holanda y la argentina Máxima Zorreguieta) señalaba: "La visita pastoral de un Papa no es un acontecimiento que ocurre todos los días. Hemos sido privilegiados con dos visitas en cinco años y es razonable pensar que no se repetirán en un futuro previsible. Juan Pablo II estuvo entre nosotros y esta vez pudimos recibirlo en una verdadera fiesta, no empañada por el luto de ninguna guerra, ni de ninguna dictadura. "Tenemos que reconocer con humildad que la Iglesia argentina no llegó bien preparada a esta visita. El rebaño estaba disperso y dividido. La carencia de un claro liderazgo entre los Pastores locales producía mensajes discordantes y movimientos centrífugos. La misión preparatoria fue tardía y casi siempre anémica sobre todo si se la compara con la tarea realizada por Chile. La recepción fue fría. No fuimos convocados a salir a las calles y embanderar nuestras casas. La improvisación parecía amenazar una vez más la realización exitosa de un acontecimiento importante. " Las palabras hacia la jerarquía se imprimieron críticas en el editorial, pero se extendieron también al laicado católico y concluyeron optimistas: "Al término de la visita las ovejas dispersas habían sido reunidas por el Pastor. No sólo por su magnetismo personal, sino por la acción discreta del Espíritu. Muchos que tenían vergüenza de seguir llamándose católicos y miembros de una Iglesia que azotaban con críticas, volvieron a experimentar el gozo de sentirse parte de una comunidad centrada en lo esencial y no perdida en los vericuetos de la política... "La Iglesia argentina tiene que hacer memoria de los días de salvación vividos. Tiene que conservarlos y rumiarlos para extraer de ellos toda la riqueza que contienen." Mucho menos idílica en cuanto a los pasos del pastor en la Argentina fue la nota de Rubén Dri publicada por la revista Crisis el 16 de abril de 1987. Allí se dijo que el Papa en su visita a Viedma, se encontró con una carta de los Mapuches, pobres entre los pobres, que manifestaban la necesidad de que les fuesen devueltas sus tierras que les fueron "robadas con la conquista al desierto, en la que la Iglesia fue cómplice del poder militar". "¿Cuál fue la respuesta del Mensajero de la Paz?", se pregunta Dri. Y continúa: "La evangelización no sería auténtica si no siguiera las huellas de Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres.

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Debéis hacer propia la compasión de Jesús por el hombre y la mujer necesitados... Sin embargo el verdadero celo se compadece sobre todo de la situación de necesidad espiritual en la que se debaten tantos hombres y mujeres". Es decir, retoma el autor: "está bien que los Mapuches estén en la miseria y la pobreza pero ello no es lo fundamental. Lo más importante, es atender a la pobreza espiritual, independiente de la situación material del que la padece. "Sin embargo, cuando el joven rico se acercó a Jesús y le preguntó qué debía hacer para entrar en el Reino, Jesús le dijo: vende todo lo que tienes y dalo a los pobres. "¿Puede interpretarse esto sólo en sentido espiritual?" Concluye Dri: "Juan Pablo IIy nuestra jerarquía tienen la necesidad de espiritualizar el concepto de pobre y todo el mensaje cristiano porque lo anuncian desde el poder y la riqueza. Jesús no tenía la necesidad de hacerlo, porque lo anunciaba desde los pobres ".

El azote carapintada El 17 de abril de 1987, pocos días después de la segunda visita papal a la Argentina, y en plena Semana Santa, tuvo lugar la primera sublevación de los carapintada liderada por el coronel ultracatólico, Aldo Rico. El 19, la CEA dio a conocer el documento titulado Los sucesos de Semana Santa en el que los obispos lamentaban "la situación que ensombreció la estabilidad del país" y reiteraban "nuestro apoyo al orden constitucional del país, dentro del cual deben buscar soluciones para las distintas situaciones que preocupan y afectan la vida de grupos, sean grandes o pequeños, o los problemas que el país todo debe enfrentar". Para Rubén Dri eso había que traducirlo por: "hay que arreglar las situaciones que afectan la vida del grupo militar". El mayor Ernesto Barreiro, un oficial de inteligencia, acusado de torturas y secuestros, destinado en Córdoba y en Bahía Blanca durante la lucha antisubversiva, debía prestar declaración indagatoria el 15 de abril ante la Cámara Federal de la primera de esa provincia, imputado en varias causas. Barreiro no se presentó y se refugió en su propio regimiento, que estaba al mando del teniente coronel Jorge Polo. Para el 17 de abril ya se habían plegado otras tres unidades: la que León comandaba en el norte, la de Alonso en el sur y la de Rico, en Campo de Mayo. El cardenal Primatesta estaba convencido de que la crisis se ceñía al regimiento de Polo y de inmediato inició una negociación con él. Luego, el juez federal de Córdoba abrió una causa por desacato y le ordenó a Polo que entregara a Barreiro y pacificara su cuartel. Entre tanto, Alfonsín salió de la Rosada prometiendo que no le iba a temblar la mano y que lograría la rendición de Rico, pero al volver tras haberlo entrevistado, casi elogió desde el balcón a los golpistas, refiriéndose a ellos como "Héroes de Malvinas". Apeló entonces a su polémica frase "la casa está en orden ", para despedir a la multitud congregada en Plaza de Mayo en defensa de la democracia y que retornó a sus casas furiosa, sospechando que había sido estafada. Y así fue: ese día nació entre bambalinas el proyecto de ley de obediencia debida. La revista Criterio tituló el editorial de esa semana: "La desobediencia indebida", y allí se señaló: "El motín no jue un hecho inesperado. Estaba en la naturaleza de las cosas si se tiene presente la secesión sentimental, la distancia crítica y la peligrosa sensación de humillación y corporación acorralada que vive la sociedad militar respecto de la sociedad civil y del sistema de lealtades del régimen constitucional... "El mundo civil está informado del estado de cosas que vive la sociedad militar. Pero la sociedad militar, desde las jornadas populares de esas 96 horas de vigilia pacífica de lo que siente la sociedad civil. Esta se ha pronunciado, de manera inédita e inequívoca, a favor del gobierno de la ley, del

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estado de libertad y de la vida en paz. Y ésta es una de las lecciones –no ciertamente, la menos importante– de los acontecimientos. " El segundo levantamiento carapintada se produjo en enero de 1988 cuando Aldo Rico, que aunque sea para salvar las apariencias debía ir preso por su responsabilidad en los hechos de Semana Santa, se fugó de Buenos Aires y sublevó el regimiento de Monte Caseros, en Corrientes. En ese alzamiento, tuvo participación el capellán carapintada, José Ángel Padilla, quien luego pidió la baja del Ejército. En un editorial de Criterio, titulado "Proveer a la defensa común" se analizaba los hechos de Semana Santa de 1987 y de Monte Caseros: "Es innegable que detrás de las palabras y las actitudes de los sediciosos de enero de 1988 –aparte de la soberbia personal de quienes se sienten convocados por el destino para salvar a la Patria– late una concepción profundamente corporativa de la fuerza. Son vanas sus afirmaciones y reivindicaciones profesionales –muchas veces basadas en carencias reales– toda vez que ignoran la cadena de mandos hasta impugnar la autoridad del Presidente en tanto comandante de las Fuerzas Armadas. Esta clase de profesionalismo es harto conocida por estudiosos de nuestra historia y argentinos memoriosos... No cabe duda que existe, en la Argentina, una minoría de oficiales de las Fuerzas Armadas, que aún se resiste a vivir en una institución. Pero también es cierto que los militares saben que los regímenes militares no han sido inmunes a sus propias crisis castrenses. Un nuevo golpe de Estado en la Argentina, equivaldría a destapar la caja de Pandora, en la que yace el espectro del poder ilegitimo, más aún, de la misma guerra civil". A mediados de 1988, Alfonsín se desayunó un domingo con un documento de la CEA, aparecido en la tapa de los principales diarios, que criticaba con dureza a su gobierno. A medida que avanzaba en el texto, iba montando en cólera. ¿Por qué los obispos se le tiraban en contra con tanta saña, siendo que él jamás les había echado en cara el escándalo del Banco Ambrosiano, los manejos poco santos de monseñor Marcinkus, ni la relación del Vaticano con la logia masónica P2? Ese mismo día, en los jardines de la residencia, durante un acto de la juventud radical, Alfonsín no aguantó más: en un discurso de barricada vomitó toda su bronca. Podría decirse que ese día le escupió al cielo. En los años ochenta habían quedado al descubierto las maniobras financieras del obispo Paul Marcinckus, jefe del IOR, la banca pontificia. Las investigaciones permitieron comprobar una estrecha vinculación entre los banqueros de la mafia italiana y de la Logia P2, con el banco vaticano. Marcinckus, sobre el que pendía un pedido de arresto de la Interpol, se encontraba en ese momento recluido en los límites de la Plaza San Pedro: si salía del Vaticano, la policía italiana caería sobre él. ¿Con qué autoridad moral podía entonces la Iglesia criticar a su gobierno? –se preguntó Alfonsín, ante los jóvenes que lo aplaudían a rabiar–. La respuesta bien podría haber sido que no en vano el trono de Pedro había sobrevivido dos mil años, que en cambio el radicalismo llevaba muy a duras penas apenas cien y que a él le quedaban apenas seis meses de gobierno, antes de claudicar. En diciembre de 1988, el coronel Mohamed Alí Seineldín, un hijo de drusos católicos, fanáticos adorador de las vírgenes, protagonizó la tercera sublevación carapintada. Esta vez el movimiento estuvo dirigido a conseguir directamente la amnistía para todos los militares del proceso. Según relata Gabriela Cerruti, en el libro El Jefe, el levantamiento bautizado como Operación Virgen del Valle, tuvo como epicentro de operaciones al piso de la calle Libertador de Carlos Guglielmelli, quien se convirtió en esos días en el representante seineldinista. El entonces obispo de Mercedes, Emilio Ogñenovich fue uno de los primeros en llegar a ese lugar para ofrecer fondos para solventar el levantamiento. Instalado el tema de la demanda militar, los obispos salieron a apoyar la idea de la amnistía. Como presidente de la CEA, monseñor Primatesta se sintió obligado a establecer una distinción y a proponer la pacificación: "Amnistía es olvido, perdón del castigo y de las razones que la provocaron. Ello significa decir: no pensemos más. La pacificación es un paso adelante, es encontrar caminos a través

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de los cuales se puede borrar lo pasado y construir el futuro. La reconciliación entra en el terreno de lo absoluto, de lo que es cristiano; significa una petición de perdón de quien se sabe pecador" –dijo. En cambio, monseñor Quarracino, que visitaba asiduamente a sus amigos, los ex comandantes, en el penal de Magdalena, se pronunció directamente a favor de la amnistía. El jesuíta Fernando Storni –fundador en 1960 del Centro de Investigación y Acción Social– tuvo por aquellos días un gran acercamiento al presidente Alfonsín. Un cuarto de siglo más tarde, con 81 años cumplidos, delineó con esta anécdota, la relación existente entre el jefe político y los patrones del cielo: "Yo a Alfonsín no lo conocía, me lo presentó José Ignacio López, que era su vocero. Y un día me ofreció que formara parte del Consejo para la Consolidación de la Democracia, porque el presidente quería escuchar la voz de la Iglesia. Yo consulté con mis superiores y me autorizaron. Me acuerdo que el cardenal Primatesta me dijo: "Acepta, si total vos no representas a nadie". En pocas y certeras palabras, el cardenal había dado en la clave respecto de uno de los errores más graves que cometió Alfonsín en su intento de componer su relación con la Iglesia: tomar en cuenta a quienes no tenían peso en la cúpula. Fernando Storni, enrolado en el progresismo, estaba lejos de las opiniones del poder imperante en la conferencia episcopal post dictadura, que conservaba un matiz conservador. Ergo: en tales circunstancias no representaba a nadie. Storni prosiguió: "Algunas veces nos reuníamos en el quincho de la quinta de Olivos con obispos ideológicamente más cercanos, como Bianchi, di Cárcano y Jorge Casaretto. También se sumaba el secretario de la CEA, José Arancibia. A esas reuniones del quincho vino una vez el entonces monseñor Jorge Mejía, que ya estaba en el Vaticano, pero que se encontraba de visita en la Argentina. En plena charla distendida, Mejía le preguntó: –Disculpe, presidente, pero si el Plan Austral iba tan bien, ¿por qué lo reemplazaron por el Primavera?. Yo creía que Alfonsín iba reaccionar con una de sus gallegadas, pero fue muy diplomático y le contestó: –Acá está Juan (Sourrouille) que le va explicar mejor". El padre Storni fue rector de la Universidad Católica de Córdoba durante una década, entre 1965 y 1975, y allí conoció al cardenal Primatesta, con quien tuvo una buena relación personal, pese a no compartir su forma de relacionarse con el poder. "Primatesta ha sido el verdadero jefe político de la Iglesia, mantuvo siempre un estilo de cercanía al poder. Durante mucho tiempo, en la Conferencia Episcopal, los prelados peronistas fueron mayoría y aún hoy sigue habiendo primatestistas en la CEA, pero el cardenal Bergoglio, que es otro gran político, es muy prudente. Sabe esperar, tiene muchos años menos que Primatesta y sabe que esperando, sin desesperar, el poder será suyo. "Bergoglio fue quien me comunicó que debía dejar el rectorado de Córdoba y se sorprendió por mi actitud. Yo le dije que no había ningún problema, que no necesitaba otro nombramiento y que me volvía al CIAS." El CIAS funcionó hasta los años setenta en una casona de la calle Palpa. Luego se construyó el actual edificio, ubicado en O'Higgins 1331. Y allí está Storni hasta ahora.

El derrumbe El principio del fin de Alfonsín comenzó el domingo 6 de septiembre de 1987 con los primeros cómputos eleccionarios: el radicalismo había perdido el control de casi todas las provincias en la elección de gobernadores y también la mayoría propia en la Cámara de Diputados. El gran ganador de

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esa jornada fue Antonio Cafiero, quien había atravesado varias rupturas políticas internas dentro del peronismo pero nunca había quebrado su compromiso con la Iglesia, aunque su contacto más directo fuera con Laguna y Casaretto, los dos últimos obispos que pasaron por San Isidro. "El presidente había echado del Ministerio de Trabajo a Carlos Alderete, un dirigente lucifuercista estrechamente ligado a la Iglesia y a los demás sindicalistas, que finalmente terminaron ayudando en la campaña a Cafiero", explicó Morales Sola. No era todo: la Iglesia había considerado como una provocación que un agnóstico declarado como Jorge Sabato, hijo del escritor Ernesto, fuese promovido como ministro de Educación por recomendación del canciller Dante Caputo, que lo había tenido como su vice. Sabato no había jurado por Dios ni por los Santos Evangelios al asumir la titularidad del ministerio más apetecido por la Iglesia. Se entiende: allí se arbitran las normativas que rigen a los colegios privados y se autorizan en cinco minutos o se traban por años las autorizaciones para nuevas carreras terciarias y universitarias. En medio del desastre electoral del oficialismo, Eduardo Angeloz había logrado su reelección en Córdoba pese a que su gobierno tenía más conos de sombra que luces. ¿Cómo lo había logrado? Lo primero a recordar es que después de 1976 sostuvo un acuerdo con el tristemente célebre general Luciano Benjamín Menéndez, patrón indiscutido de Córdoba durante el proceso militar, responsable las desapariciones y torturas de centenares de personas, y foco de aquella instantánea en la que ya viejo y decrépito apareció cuchillo en ristre amenazando a un periodista. Y el dictador Videla lo recibía en privado todas las veces que Angeloz se lo pedía. Como fruto de ese acuerdo, más de un centenar de intendentes radicales conservaron sus puestos durante la dictadura y sirvieron disciplinadamente al poder militar. Lo segundo a tener en cuenta es que este líder del radicalismo cordobés mantenía una cordial relación con el jefe de la conducción católica, el cardenal Primatesta. Hasta tal punto, que en 1986, cuando debió elegir a quien redactase las disposiciones referidas a la relación Estado-Iglesia para la nueva constitución provincial, reformada durante su mandato en miras a su propia reelección, Angeloz no dudó un solo minuto en confiársela a su obispo de confianza. Curiosamente, el empresario Hugo Franco –de fuerte actuación durante el gobierno de Carlos Menem– que actuaba como apoderado de la diócesis de Primatesta, era quien le pagaba a la ex presidenta, María Estela Martínez de Perón, el hotel en el que se alojaba cada vez que venía a Buenos Aires. Invariablemente, la primera visita que ella realizaba al llegar, era al nuncio papal, Ubaldo Calabresi. Era sabido que Isabelita tenía línea directa con Agostino Casaroli, poderoso secretario de Estado del Vaticano y amigo del cardenal Primatesta. No sólo eso: el ex nuncio apostólico y luego ministro del Vaticano, Pío Laghi, solía verla con frecuencia en Madrid y por su parte, Isabel andaba muy seguido por los alrededores de la Plaza San Pedro. Cada vez que se cruzaba con algún político en Roma, ella decía muy suelta de cuerpo: "Pues, estoy de compras". Ubaldo Calabresi, el nuncio, fue uno de los adversarios más fervorosos y poderosos que tuvo el gobierno de Alfonsín, quien luchó sin éxito para que se fuera de la Argentina. Durante su gestión propuso la designación de más de treinta obispos, incluida la de Quarracino, como sucesor de Aramburu en el obispado de Buenos Aires. Calabresi tenía una relación muy estrecha con Carlos Saúl Menem, hasta el punto que contribuyó personalmente a reconciliarlo con Zulema Yoma porque no era el caso de apoyar a un candidato divorciado. Raúl Primatesta, como siempre, hizo de equilibrista entre las dos partes. Votó a Angeloz que era su amigo y abrazó a Carlos Menem, –que le caía muy bien– frente a los fotógrafos. Era más que obvio que las simpatías de la gran mayoría de los obispos argentinos estaban puestas en el candidato peronista. Siempre se llevaron mejor con los peronistas que con los radicales. "Con ellos es más fácil arreglar las cosas que queremos", explicaban en la intimidad. Y por otra parte, Carlos Menem venía de una concepción nacionalista católica, casi mística, que les caía mejor que el racionalismo radical de izquierda, que acompañaría a Angeloz.

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El cardenal cordobés aconsejó a Menem que se quedara en La Rioja el día de la elección. El caudillo riojano le hizo caso. Y le dijo además que lo primero que tenía que hacer era saludar al perdedor, "es de buen ganador", le aclaró paternal. Y como si esto fuera poco le envió unas líneas para pronunciar en el discurso, que Menem las leyó entusiasmado. Ahí se hablaba de la paz y la reconciliación. El hombre fuerte de la Iglesia no podía sentirse mejor: Menem cumplía con todo lo que la Iglesia le pedía y la diferencia con los radicales era abismal. El paso del tiempo demostraría a la Iglesia el error de esta apreciación, pero para eso debieron transcurrir algunos años. Carlos Menem asumió en julio de 1989, seis meses antes de lo previsto, porque a Alfonsín la situación social se le fue de las manos. El dólar se disparó y con él los precios. Fue la hiperinflación más grande de la que se tenga memoria. Los pobres asaltaron los supermercados, los militares volvían a estar inquietos y ya había un presidente electo. ¿Para qué seguir? Alfonsín tiró la toalla. En setiembre, Menem hizo su primer viaje presidencial a Washington, donde el cardenal Pío Laghi estaba destinado como delegado pontificio ante el gobierno de George Bush, y se reunió con él para hablar del tema de los indultos a los militares presos. Hay quienes sostienen que Laghi lo alentó a sancionar el indulto a los sublevados y que en cambio le sugirió una conmutación de penas para los ex comandantes, lo que no significaría el perdón ni la libertad inmediata, aunque sí un acortamiento de la sentencia. Su punto de vista coincidía con el de varios obispos argentinos, como Primatesta y Quarracino, que proclamaban la necesidad de olvidar el pasado por vía legal. Carlos Menem se adelantó a todo y a todos: el 8 de octubre de 1989, día del nacimiento de Juan Domingo Perón, de quien Menem decía ser "su mejor alumno", firmó el indulto a los condenados y a los sublevados. Comenzaba una nueva era.

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8 Mujeres de Dios

Martha Pelloni La de las marchas "Yo fui maltratada en estos días por gente allegada al gobierno, que me quiere ensuciar y confrontar con nuestras marchas. El término subversión significa alterar el orden. Cuando el valor de la vida está primero, soy subversiva porque lucho para que otros valores no ocupen ese lugar; otros valores como el poder, el sexo, el tener más y más dinero, por ejemplo..." Corría el 1 de noviembre de 1990. Acababa de culminar la séptima marcha del silencio, de la que habían participado 30.000 personas. Sentada en el patio del Colegio del Carmen y San José, del que era rectora, la hermana Martha Pelloni extendía sus cansadas piernas. Su espíritu, sin embargo, seguía en lucha: ponía en claro que no era una obediente y sumisa religiosa, sino que estaba dispuesta a enfrentar al poder político de Catamarca, muy a pesar de las imputaciones que le hacían desde distintos sectores, incluidos la propia Iglesia. "Es lesbiana y subversiva", se rumoreaba. Desde hacía veintisiete años pertenecía a la Orden de las Carmelitas Misioneras Terciarias. Tenía por entonces 49 años y había sido operada de un cáncer de mama. El jueves 14 de septiembre dos mil estudiantes habían protagonizado la primera marcha del silencio pidiendo justicia, y la hermana Pelloni no había sido ajena a la organización, por más que aquella vez prefirió no concurrir. Habían asesinado a María Soledad Morales, alumna del Colegio del Carmen y San José, y correspondía que los jóvenes tomaran la delantera. Un puñado de chicas, compañeras de aula de Soledad, encabezaron aquella marcha tomadas de la mano y con un cartel que exigía justicia, y caminaron por la calle Leónidas Saadi hacia la Catedral. A pesar de los comentarios adversos de varias religiosas, la hermana Martha encabezó la segunda marcha, junto a los padres de María Soledad y aquellas chicas. Fue el 20 de septiembre y duplicó la apuesta: asistieron más de cuatro mil personas. El 18 de octubre, en la sexta marcha, ya eran veinte mil y entre la multitud asomaban algunos curas, como Fermín Carrizo, párroco de Valle Viejo; Luis Páez, de la capital catamarqueña; y Santiago Sáenz, de Villa Parque Chacabuco. Al llegar a la décima marcha, los convocados superaban los cuarenta mil. El fenómeno confirmó una de las constantes en Catamarca: en esa sociedad machista, fueron siempre las mujeres quienes acaudillaron los grandes cambios sociales. Y Martha Pelloni fue una de ellas. ¿Qué empujó a esta mujer de sonrisa amplia y profundos ojos celestes, nacida en el partido bonaerense de Vicente López, donde estudió y se crió, a ser monja y a enfrentar el poder saadista, instalado en Catamarca desde hacía décadas, hasta el punto de no parar hasta destronarlo? Ella lo resumió con cuatro palabras clave que son el basamento de su vida: fe, sensibilidad, austeridad y disciplina. "Formábamos una familia hermosa: papá, mamá y cuatro hermanos–tres mujeres y un varón–. Mi padre, hijo de suizos, era peronista y defensor de Carlos Menem a ojos cerrados, cosa terrible para mí. El era veterinario, tenía grado militar porque trabajaba para el ejército, sentía un gran amor por la naturaleza, tenía fe y era dueño de una gran sensibilidad. Por parte de mi madre tuve un abuelo que fue médico y marino, el primer director del hospital de Puerto Belgrano. Él murió a los 40 años y dejó a mi abuela con ocho hijos y una fortuna, pero mi abuela la desbarató, la fundió para mantener el ritmo de vida social que llevaban. Por eso, yo siempre digo que me crié en una dualidad de enfoques: mi mamá, añorando esa vida de alta sociedad que llevó en casa de su papá, pensando que

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volver a revivirlo sería la felicidad. Y papá, poniendo su dosis de disciplina, de realidad. Y los hijos salimos a mi padre: austeros y sencillos." En su formación elemental predominó el colegio estatal: hizo el primer grado en Jujuy, luego, pasó dos años como medio pupila en las Dominicas Francesas de Belgrano, en Cabildo y Sucre, de la Capital Federal; y terminó la primaria en una escuela pública mixta. La secundaria la cursó en las Carmelitas Misioneras Terciarias. "Al principio yo iba empacada porque tenía un uniforme bastante ridículo, con una capa, como un vampiro. Pero ahí descubrí que era más dócil de lo que pensaba, porque protesté de entrada, pero enseguida me acostumbré. Encontré un curso hermoso y a mitad de año era la persona más feliz."

Demasiado amor Martha era una joven muy atractiva a la que no le faltaban pretendientes. Iba los sábados a bailar con sus amigas al club militar y se divertía como cualquier adolescente, pero al terminar la secundaria comenzó a descubrir que su amor era demasiado para un solo hombre. "A los 17 años me planteaba el sentido de la vida. Leía los poemas del suplemento literario de La Nación y llegué a entender que la capacidad de amar de una persona no se podía agotar en una sola dimensión. Veía todo un abanico de posibilidades y me pareció que cuando madurara, un hombre me iba a quedar chico. Tuve noviecitos, pero siempre viví esas experiencias con un dejo de vacío, como que Dios me pedía otra cosa." Pero cuando le planteó a su padre su decisión de entrar al convento, la respuesta de Pelloni fue muy clara y realista: –Mira Marthita, si viera que realmente tenes vocación religiosa, yo te dejo entrar porque no quiero contrariarte. Pero creo que estás pasando un momento difícil y no estoy seguro de tu decisión. Espera hasta los 22 años y hasta entonces lo que te voy a pedir es que hagas una vida normal. Martha Pelloni obedeció. Hasta esa edad trabajó en la docencia y llegado el momento ya no tuvo que volver a entablar con él un nuevo diálogo: todo había sido dicho. Nunca había hablado con la familia de ese tema, ya que el pedido se lo había hecho a su padre a solas. Así que ni bien cumplió su mayoría de edad, que entonces era a los veintidós, puso lo indispensable en una valija, dejó cartas cariñosas para sus familiares y se marchó al noviciado de Santos Lugares. "Fue una manera de disculpar a mi papá con todos. El era el pater, el papá de todos. Lo llamaban por el apellido y cuando había un problema había que llamarlo a Pelloni. La entrada a la congregación fue una fiesta. Me acompañó la gente de la escuela donde trabajaba, la directora, mis compañeras. Por mi temperamento yo vivo intensamente el presente y en ese momento estaba con la euforia de los que se casan... Después sentí el desprendimiento... Cuando llegó el momento de la reflexión, sentí que la formación del noviciado, no la de la congregación, me había producido la pérdida de la identidad. Sentí que me había despersonalizado. " Este hecho ha sido un común denominador de muchos religiosos y particularmente de religiosas consultadas: hasta hace veinte años, cuando las mujeres entraban a un convento, renunciaban a su nombre y escogían uno nuevo. Era una manera de morir a la vida anterior y de ser, a partir de ese momento, una persona distinta. "Sentía que perdía el yo. Sentía que tenía que ser como no era. Me daban a entender que como yo venía de un status socio cultural medio alto, tenía que dedicarme a bordar sábanas, ajuares, manteles, que después se vendían, pero para mí eso era muy difícil porque yo soy muy torpe con las manos. Entonces, cuando no aguanté más esa situación de pseudo artesana, le dije a mi superiora que yo no era para las artes ni para las manos, que no tuviera miedo de ponerme a lavar ropa y baldear pisos. Y así empecé a ser feliz, jugando con la espuma, de una manera muy infantil. En esos años involucioné.

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Ese estado era común en los noviciados de esa época. Actualmente, en nuestros centros de formación hay una preocupación más intimista que pone el acento en lo psicológico. En el noviciado de Santos Lugares, en cambio, la vida era como en todos los noviciados antiguos: muy estricta en todo. Lo que más me costó fue el tema de las visitas. Los segundos domingos del mes se permitían visitas y venían como tres o cuatro grupos de amigos y amigas: del trabajo, la parroquia, la gente del círculo militar. Mi padre un día se cansó, habló con las autoridades y ellos me dieron a elegir: o la familia o los amigos. Me quedé con la familia."

La Iglesia es machista Terminada la etapa del noviciado, Martha Pelloni fue a San Rafael, Mendoza, donde hizo el profesorado de Filosofía y Letras. Allí, mientras leía la encíclica Populorum Progressio, se decepcionaba con la realidad de esa ciudad conservadora, viñatera y rica. "En los años de la guerrilla, entre el 71 y el 73, yo era rectora en Córdoba del Colegio Arguello y nuestra comunidad trabajaba unida con los claretianos. Allí había muchos sacerdotes de otras congregaciones que se habían fugado de los militares. En ese colegio teníamos de alumna a la hija del general Menéndez, con lo cual nos teníamos que cuidar mucho. De cualquier manera, nuestra labor era reflexiva y a la superiora no le entusiasmaban nuestros trabajos barriales. Por suerte, poco después me nombraron superiora en Goya, Corrientes, y ahí conocí a monseñor Alberto Devoto con quien trabajo desde hace casi diez años. Teníamos una gran amistad que me permitía recordarle cada vez que iba a Roma o algún sínodo: "Monseñor, tiene que ver el tema del papel de las religiosas en la Iglesia". "Monseñor, es una vergüenza el machismo que existe en la jerarquía y en el sacerdocio"." Martha Pelloni es una monja feminista, no porque quiera el poder para la mujer, sino porque aborrece la lucha del hombre para conseguirlo, dondequiera que le toque actuar. Pero, mujer al fin, lo disimula con inteligencia para poder hacer lo que en verdad le place: el trabajo apostólico. "Consciente del machismo imperante, yo me manejé muy bien con todos los párrocos con los que me tocó trabajar. Siempre les busqué la vuelta psicológica para hacer lo más importante, el trabajo apostólico, dejando el cartel y la pantalla para los que quieren estar adelante. A uno de los párrocos con el que más trabajé y con el que somos muy buenos amigos, siempre le decía: (Yo sé que con vos siempre tengo que estar en segundo plano. Naciste para rey y te interesa el poder de cura, que no es otro que el poder)." Respecto del celibato, dice haber vivido una castidad fecunda y recuerda incluso haber ayudado a un cura que se enamoró de ella a no transgredir su voto. "He vivido una castidad socialmente fecunda. No hay que confundir la sexualidad genital, con la sexualidad total: te puede faltar la vida sexual genital, pero la otra no. Yo soy sexuada y pongo mi sexualidad cuando coqueteo sanamente en una amistad frente al sexo opuesto. Yo tengo más amigos hombres que mujeres, me llevo mejor con ellos porque mis intereses son más coincidentes, y de hecho he tenido muchos amigos laicos y sacerdotes. En una oportunidad, un sacerdote que estaba pasando un mal momento, se enamoró de mí. Como el problema era de él y yo no estaba involucrada más que en querer ayudarlo a salir del pozo, pude manejar bien el caso, hablar con sus superiores, con fray Mamerto Menapace, que también lo ayudó, y entre todos pudo superar el momento." A los 33 años, y en absoluta concordancia con Devoto, el obispo de Goya, la hermana Martha empezó a hacer cosas que no eran las esperadas para una mujer, ni mucho menos para una religiosa: ambos decidieron que el colegio no sería iniciador en los sacramentos, sino que era mejor que lo hiciera cada parroquia, con lo cual se incorporaba la noción de comunidad religiosa. En su concepción, era el barrio el que tenía que festejar la comunión de sus vecinos. También era mejor celebrar los quince años en la parroquia, con todo el barrio, que hacer un gran despliegue en el colegio, con una

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misa. "Por esas cosas éramos muy señalados. Nosotros apoyábamos a todos los que estaban amenazados y hospedábamos a las familias de desaparecidos", explicó. Licenciada en Filosofía y Letras y en Ciencias de la Educación, la Iglesia le ofreció a Pelloni distintos destinos: Mendoza, Córdoba, Corrientes, Catamarca y otra vez Corrientes, pero fue en este último lugar donde conoció la represión. En el libro No llores por mí Catamarca, que publicaron los periodistas Alejandra Rey y Luis Pazos, Martha Pelloni contó que pertenecía a la misma diócesis de las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, secuestradas y desaparecidas entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977 por obra y gracia de Alfredo Astiz, luego de haber participado de una misa por los desaparecidos que se celebró en la iglesia de Santa Cruz, de la Capital Federal. Y de paso reveló una información hasta entonces inédita: "Nosotras pertenecíamos a la diócesis de Goya, igual que las monjas francesas a las que mató Astiz. Eran tiempos difíciles, de persecución. Yo no las conocí, pero me contaron algo que muy pocos saben: ellas ya habían dejado los hábitos cuando las secuestraron y sin embargo, el gobierno y la Iglesia de Francia las reclamaron como religiosas. Se jugaron por esas pobres mujeres, mientras acá todos se callaban la boca".

Adiós, Catamarca El día que la monja se fue de Catamarca, muchos sintieron que se les rompía el corazón. Pero no fue ésa la única vez. Rey y Pazos recuerdan en su libro que el 30 de octubre de 1990, cuando la provincia ardía en pedidos de justicia por la muerte de María Soledad Morales, desaparecía la reliquia máxima de los catamarqueños: el corazón de fray Mamerto Esquiú. "El fraile, que a los 27 años daba sermones cuestionando al poder político, es considerado orador de la Constitución de 1853. Murió a los 57 años durante un viaje de Córdoba a Catamarca. Su cuerpo se hinchó y la piel se volvió oscura. Los sacerdotes intentaron sepultarlo rápidamente, pero el cadáver no entró en el féretro que le habían preparado. Se pensó incluso en un envenenamiento y se decidió conservar el corazón, embalsamándolo. Durante ciento siete años, el corazón de la provincia se había mantenido intacto. Hasta ese 30 de octubre a las 4 de la tarde", contaron. Una encuesta realizada por radio Ancasti dio cuenta que 8 de cada 10 habitantes opinaban que el robo del corazón era una cortina de humo lanzada por el gobierno para desviar la atención de las marchas. Finalmente, el 7 de diciembre, los albañiles que reparaban el techo del convento franciscano encontraron en la canaleta el corazón de fraile. La investigación policial aclaró que lo habían arrojado dos alumnos de cuarto año de ese colegio, quienes además intentaron envenenar a fray José Paz, responsable de la reliquia, y al rector, fray Ramón de la Quintana, echándoles detergente en la sopa. Matilde Quarracino, quien en los años noventa era diputada de la Nación por el partido Demócrata Progresista y viajó a Catamarca para acompañar a Martha Pelloni en las marchas del silencio, está convencida de que la Iglesia abandonó a la religiosa. "Aunque la congregación la sostuvo todo lo que pudo, no tuvo alternativa y la trasladó nuevamente a Goya", dijo. Según Matilde, el obispo de esta provincia, Elmer Miani, "apoyaba públicamente a la monja Pelloni, pero por lo bajo le recriminaba su actitud y le ponía límites". Para demostrar que no se iba por su propia voluntad, la monja no sólo no se despidió, sino que además reunió a los medios y les dijo que la orden de su traslado venía "de arriba". "La orden de la Iglesia fue, no sé de quién, pero me la imagino. Fue de la jerarquía, no de la congregación. No sé si de Primatesta, Quarracino o Calabresi, cualquiera de los tres. Otra cosa que se me ocurrió fue que el obispo de Catamarca, Elmer Miani, le haya pedido a Menem mi traslado y que el Presidente le haya pasado el trámite a Quarracino.

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La congregación pudo haberse negado, pero esa negación podría haber significado para mí una enclaustración forzosa de la Santa Sede, una penitencia que significaría estar dos años fuera de la congregación", dijo. No necesitó aclarar que en la Iglesia no mandan las mujeres.

Léonie y Alice Las monjas francesas Se llamaban Renée Léonie Duquet y Alice Domon. Las dos religiosas eran francesas: la primera provenía de Combes y la segunda de Charquemont, Doubs. Pertenecían al Institut des Missions Etrangéres, de Toulouse, congregación que había instalado una sede en Córdoba desde 1939, y que más tarde amplió sus horizontes y llegó a Hurligham y Morón. Duquet, de 51 años, y Domon, de 30, arribaron en 1967 a esa zona del oeste bonaerense como monjas misioneras y una de sus primeras tareas fue apoyar el trabajo de catequesis que llevaba adelante el cura Ismael Calcagno, primo político del dictador Jorge Rafael Videla. Además de ser secretarias auxiliares del padre Calcagno, tenían una casa de caridad en la que atendían a una treintena de chicos desamparados, entre los que se contaban cuatro hijos de Julia, la prima pobre de Videla, cuyo marido había muerto de tuberculosis.

El hijo idiota Videla, que entonces era un joven oficial y vivía en Hurlingham, visitaba con frecuencia a su primo en la casa de catequesis de Morón y conocía muy de cerca a las dos monjas. Les estaba muy agradecido y con razón: ambas cuidaban también de Alejandro, su hijo oligofrénico, a quien llevaban de campamento junto a los cuatro hijos de Julia. Incluso Léonie había logrado enseñarle a leer algunas palabras con el método Blequer para discapacitados mentales. Llegado 1976 las dos monjas francesas se acercaron al Movimiento Ecuménico de Derechos Humanos para prestar asistencia espiritual a las familias que buscaban desesperadamente a sus seres queridos. El 24 de marzo había estallado el golpe militar y para abril un grupo de madres comenzó a concentrase en la Plaza de Mayo pidiendo por la aparición con vida de sus hijos. La palabra "desaparecido" se había incorporado al vocabulario cotidiano y mucha gente la pronunciaba con un nudo en la garganta. El 8 de diciembre de 1977, en la Iglesia de la Santa Cruz de la Capital Federal, se realizó una misa a pedido del MEDH, por los desaparecidos en la Argentina, que para entonces ya sumaban miles. Domon había terminado de recolectar ese día el dinero para una solicitada en reclamo por los desaparecidos que iba a publicarse en el diario La Prensa. Pero el MEDH había sido infiltrado por el grupo de tarea 3.3.2 de la Escuela de Mecánica de la Armada, de manera que a la salida de la misa, Domon fue secuestrada junto a otras ocho personas por integrantes del Primer Cuerpo del Ejército. Aquel operativo conjunto de la Marina y del Ejército formó parte del primer ataque a gran escala contra las madres de Plaza de Mayo, los militantes de derechos humanos y los familiares de desaparecidos. No terminó allí: dos días después, Duquet fue secuestrada al mediodía en su hogar de la parroquia San Pablo, en Ramos Mejía. Mientras esto sucedía, Azucena Villaflor, la fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, era sacada por la fuerza de su casa de Sarandí, en Avellaneda. Igual suerte corrió ese mismo día la abogada Esther Ballestrino de Careaga, de nacionalidad paraguaya, a quien en mayo ya le habían allanado dos veces la casa y le habían secuestrado documentación de la ONU y de

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la Unesco relacionada con un material sobre derechos humanos en el Paraguay, que ella estaba procesando a pedido de esas organizaciones. Ninguna de esas mujeres volvió a aparecer con vida. Gustavo Niño –el alias con el que actuó el tristemente célebre ex capitán Alfredo Astiz para hacerse pasar como hermano de un desaparecido e infiltrarse en el grupo de la Santa Cruz– había logrado plenamente su objetivo. El MEDH presentó de inmediato un habeas corpus por las religiosas ante el Juzgado Federal Nro. 5, que a su vez pidió informes a la Policía Federal, al Ministerio del Interior y al Comando del Primer Cuerpo de Ejército, pero el resultado fue negativo.

El desagradecido En el libro El Dictador, sus autores María Seoane y Vicente Muleiro, escriben: "A la monja Ivonne Pierron, compañera de Doman y Duquet, le costó creer que Videla no intentara nada cuando las hermanas desaparecieron en manos de un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Pierron había dicho de Videla: "En las misas los hombres oficiaban de monaguillos y cuando Videla estaba era el primero en ofrecerse para servir al padre (Calcagno). Era voluntario, de los que se acercan a pasar el agua, el vino y hacen las lecturas que no están destinadas al sacerdote oficiante. Si había una misa él estaba. Y era un oficial común, un hombre común. Francamente cuando él subió al poder nos sorprendió porque era un hombre que no sobresalía en nada. Lo poco que he visto y recuerdo de aquellos años me alcanzó para darme cuenta que había sido criado en ese catolicismo de Dios y la Patria.. Dios y la Patria, eso era él". "La pregunta que tantos católicos y feligreses, que conocían la relación entre Videla y las monjitas, se hicieron, fue si el dictador pudo haber salvado la vida de las religiosas que con tanto amor y dedicación habían cuidado a su hijo. Lo que sí se supo es que él tuvo la información sobre esos secuestros mientras las monjas aún estaban en la ESMA", precisó el autor. En 1985, durante el juicio a las juntas militares, Alberto Girando, Graciela Daleo, Andrés Castillo y Ana María Martí, que se contaban entre los detenidos en la ESMA, testimoniaron haber visto a las monjas en ese centro ilegal de detención. Castillo, incluso, declaró haber visto caminar a Duquet con la dificultad de quien ha recibido electricidad en los genitales. Los testigos añadieron que entre ocho y diez días después de su captura, todo el grupo de la Santa Cruz fue "trasladado". De acuerdo con sus dichos, uno de los carceleros comentó que "las monjitas se fueron para arriba" lo que significaba que las habían arrojado al Río de la Plata en uno de los vuelos de la muerte. Todo indicaría que ese vuelo se produjo el 18 de diciembre, el mismo día que Clarín y La Nación publicaron un comunicado del Ejército que le adjudicaba a Montoneros el secuestro de las religiosas y que se ilustraba con una foto de ambas, flanqueadas por hombres encapuchados, con una bandera de aquella organización subversiva en el fondo. La foto había sido enviada a Jean Pierre Busquet, vicedirector de la agencia France Press, quien se la entregó a la Policía Federal para que averiguara su origen, lo que recién vino a descubrirse muchos años después: la foto había sido armada en la ESMA, tal como testimoniaron varios detenidos durante el célebre juicio a las juntas militares. En El Dictador, su autor recordó: "Cuatro días después de la desaparición, Yofre fue a darle personalmente la información a Videla y recuerda que el militar se puso muy nervioso y le contestó: "Además de animales, son seguramente muy ineptos". "Tal vez porque ese episodio complicaba más aún las relaciones con la Iglesia y los Estados Unidos, decidió reunirse con la prensa extranjera y particularmente con periodistas japoneses – prosigue–. Allí (Videla) repitió los argumentos oficiales sobre las consecuencias de la represión ilegal: "En toda guerra hay personas que sobreviven, otras que quedan incapacitadas, otras que mueren y otras que desaparecen. La Argentina está finalizando esta guerra y, consiguientemente, debe estar

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preparada para afrontar sus consecuencias. La desaparición de algunas personas es una consecuencia no deseada de esta guerra. Comprendemos el dolor de aquella madre o esposa que ha perdido a su marido, del cual no podemos dar noticia, porque se pasó clandestinamente a las filas de la subversión, por haber sido presa la cobardía y no poder mantener su actitud subversiva; porque ha desaparecido al cambiarse el nombre y salir clandestinamente del país; o porque en un encuentro bélico, su cuerpo, al sufrir las explosiones, el fuego de los proyectiles, fue extremadamente mutilado y no pudo ser reconocido; o por excesos de represión". " Vale como recuerdo refrescar párrafos del libro de Arlette Domon, sobre su hermana Alice, en el que se reproducen las cartas que ella le enviaba, en 1977, desde Argentina y en las que reflejaba sus miedos, sus dudas y una profunda fe. "Siento muy de cerca la situación de las familias destruidas por la represión. En este momento empezamos a pensar en una pastoral de unión para este sector del pueblo. Allí me siento con más responsabilidades de participar, descubrir y ayudar a la gente a que descubra lo que el Señor le dice, en este momento, en la situación que viven hoy. Pero ¿cómo atenuar el dolor que sufren por la separación forzosa de un ser querido? Hay curas, hermanas, laicos consagrados, e incluso un obispo, que buscan con nosotros una respuesta del Señor y quieren trasmitirla. Eso también es nuevo, porque la situación es nueva. No existe libro escrito de antemano. Sin embrago eso supone algunos fundamentos teológicos: la angustia de las madres que buscan a sus hijos secuestrados, el calvario y el vía crucis de las oficinas del gobierno, en las comisarías, etc. La negación de toda una parte de la Iglesia. Esta es la "pasión" que padece hoy tanta gente en las cárceles o en otra parte. Dios no puede seguir callando, seguro que quiere contestar algo. Es lo que buscamos juntos. Como ves, hay cosas que hacer. Pidamos al Señor su fuerza y su luz... "

María Teresa Drí Nosotras las sirvientas Era la guerra del fuego y del poder. Sabia era sor juana de Asbaje y Ramírez de Santillana, sor Juana Inés de la Cruz. Los supuestos doctos de su tiempo, no pudieron soportar la invasión de su mente escrutadora. Era sabia y era bella. Y además era monja. Y además era mujer. Mujer bella y monja sabia. Cuatro dolores que, sumados, eran defectos humillantes. Para los doctos sólo merecía humillación y penitencia. El índex la había marcado con su dedo inquisidor. Debía olvidarse de los libros, la poesía y el telescopio. Pero sobre todo, debía obedecer y olvidar que su cuerpo era también una mente que pensaba, razonaba, comparaba, discurría, descubría, inventaba. Olvidarse de su cuerpo, de su mente y de sus afectos era su obligación. Pero sor Juana escribió a redondillas: "Ah, hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis.

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María Teresa Dri, ex religiosa de la Congregación de las Monjas Azules es la autora de Todo estaba en orden y el texto reproducido forma parte del capítulo Sabia era sor Juana. La monja Dri, le dicen. Aunque dejó los hábitos hace un cuarto de siglo, cuando fue detenida y puesta a disposición del PEN, muchos la siguen llamando así. Nació en 1933 en el norte de Entre Ríos, en un pueblo que ya no existe más, que se borró del mapa, tal como su propia fe en la Iglesia. Al construirse la represa de Salto Grande, Federación fue tapado por las aguas de un lago que hoy circunda a una pequeña ciudad que lo reemplaza, Nueva Federación, hecha de apuro y con casas calcadas, modernas y chiquititas, en las que ya no hubo lugar para gallineros ni huertas. La parroquia a la que María Teresa asistía todos los domingos con su familia, también fue tragada por el lago. Aquello fue todo un símbolo de lo que pasaría con su vocación. "En la época en que mis hermanos y yo éramos chicos, la Iglesia se hallaba en una búsqueda constante de vocaciones. Tanto yo como mis hermanos Rubén y Gregorio, entramos en la vida religiosa y salimos. Rubén fue sacerdote, yo religiosa; pero Gregorio se retiró como seminarista. Yo estudié en el noviciado de la Hermanas Azules de la Inmaculada Concepción, en Lomas de Zamora. De chica fui pupila al Inmaculada, después seguí el noviciado como algo natural y luego tomé los votos y continué como docente en el colegio. Pero en los años sesenta y setenta, empecé a comprometerme socialmente y me transformé en un problema para el colegio. "Me trasladaron entonces a Córdoba, a una escuela de chicas bien, en la que trabajé bastante para que se democratizara, para que allí tuviera acceso la clase media. Fui directora de la primaria, estudiaba teología y trabajaba en el barrio con la militancia política dentro del peronismo. Organizaba conferencias sobre sociología para el tercer mundo. Pero todo eso no era bien visto por los padres de las alumnas y entonces mi superiora me dio la posibilidad de cambiarme de casa. Yo no quería, porque allí estaba mi gente, mis compañeras y compañeros, el trabajo de muchos años. Me dijeron que era imposible estar ahí, entonces decidí salir de la congregación. "Tuve que hacerlo por la puerta de atrás, para que no me vieran y alguna intentara seguirme. Continué mi experiencia barrial en Rafaela, Santa Fe, pero sin hábito, sino de vaqueros. " Desde los 18 años, cuando entró a la congregación, hasta los 37 en que se fue definitivamente, María Teresa fue Marie France, porque como todas en su época, tuvo que cambiarse el nombre. "La argumentación era algo así como olvidar la casa, es decir, morir al mundo anterior y empezar una existencia totalmente aparte", explica. Cuando abandonó la congregación, muchas fueron las preguntas que hicieron sus alumnas, los vecinos y sus pares, varias de las cuales siguieron también un camino de salida, pero las respuestas se susurraban: "Era del tercer mundo, era una monja revolucionaria...". "En su momento sentí que con todos los títulos que me ponían, me daban más importancia que la que yo realmente tenía. De Córdoba me fui con permiso de mi superiora a Rafaela y en teoría seguía dentro de la congregación. Pero después empecé a relacionarme como mujer con compañeros porque yo ya sentía que no tenía compromisos con la congregación."

Anclada en París Fue maestra y profesora en Letras. Realizó estudios en París, en el Conservatoire National de Arts et Métiers, en el Institut Superior de Pédagogie y en La Sorbonne. Se desempeñó como docente en colegios privados y estatales, religiosos y laicos, y en escuelas para adultos y talleres literarios. Formó parte de grupos comprometidos en trabajos de promoción social y alfabetización. Y lo curioso es que todo eso le vino como corolario de haber sido perseguida por la Triple A y de haber estado detenida y a disposición del Poder Ejecutivo Nacional.

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Pasó un año presa y cinco días antes del golpe militar de 1976 tuvo la opción de exiliarse, con lo cual marchó a París y salvó su vida. María Teresa Dri recién pudo regresar a la Argentina con la apertura democrática. Hoy vive en Villa Bosch, en un departamento que está arriba de la casa que habitan el sacerdote tercermundista Miguel Ramondetti y María Esther, una religiosa consagrada. A Ramondetti lo conoció por su hermano Rubén, cuando ambos formaban parte del Movimiento del Tercer Mundo. Con María Esther se conocieron en Francia, cuando las dos estaban viviendo en el exilio. Desde su lugar de encargada de la biblioteca del Colegio Nacional Nicolás Avellaneda, María Teresa Dri afirma: "El rol de la mujer en la Iglesia no es otro que el de sirvienta, simplemente. Las mujeres están en las parroquias, en los obispados, en Roma, sean monjas o no, como secretarias, para lavar la ropa, para limpiar los templos, para poner las flores, pero para compartir el poder o ejercerlo, no existen. Esta estructura piramidal jerárquica que armaron los hombres no tiene nada que ver con lo que uno lee en el Evangelio, Jesús tenía amigas mujeres: Magdalena, Martha... El iba a la casa de ellas, donde era bien recibido y compartían como iguales. "Dentro del rol secundario que tenemos, creo que las mujeres, y dicho sea esto sin ponerme el cartel de feminista contra los hombres, somos más valientes. Un ejemplo histórico es la ronda de mujeres en Plaza de Mayo. No hubo una ronda de hombres ni antes, ni durante, ni después. "Sucede que este rol de estar atrás es cultural, no sólo en la Iglesia. La historia oficial se ha encargado de recrear la imagen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Eso me lo vendieron y durante mucho tiempo me lo creí. Pasados los 20 años yo ya no creía lo que me decían, pero creía que desde adentro lo podía cambiar. Mi experiencia me demostró que yo no pude. Además, no tiene sentido, porque yo no creí más en esa iglesia de la que formé parte, sino en la Iglesia Profética. "

La Iglesia según Jesús El teólogo y sacerdote católico español Antonio Couto se tomó el trabajo de contar cuántas veces aparecía en el Nuevo Testamento la palabra hombre como sinónimo de ser humano (anthóposl homo) y cuántas otras aparecía aludiendo al varón (anérlvir) y a la mujer (gynél mulier). Llegó a una asombrosa conclusión: hay 464 alusiones al ser humano, otras 215 al varón y exactamente 215 a la mujer. Couto añade que en los cuatro evangelios la palabra mujer aparece 109 veces mientras que varón lo hace sólo 47. Y lo que es más: demostró que San Juan cita a la mujer 22 veces y ninguna en el rol de esposa. Si tal equilibrio estaba planteado desde un comienzo, ¿por qué entonces es tan poco relevante, desde el punto de vista jerárquico, el rol de la mujer en la Iglesia? ¿Por qué hoy las mujeres son sus simples sirvientas, al decir de la monja Dri? Otro teólogo católico, Schillebeeckx, señaló que la mujer es discriminada por la Iglesia: "Hay más mujeres comprometidas en la vida de la Iglesia que hombres y, no obstante, están desprovistas de autoridad, de jurisdicción. La exclusión de las mujeres del ministerio es una cuestión puramente cultural, que en el momento actual no tiene sentido. ¿Por qué las mujeres no pueden presidir la Eucaristía? ¿Por qué no pueden recibir la ordenación? No hay argumentos para oponerse a conferir el sacerdocio a las mujeres", escribió. Juan Pablo II ha argumentado más de una vez que Jesús llamó a doce apóstoles hombres y a ninguna mujer para que esparcieran su credo, lo que demostraría que las excluyó explícitamente de la dirección de la Iglesia y del sacerdocio. Pero el caso es que en las primeras comunidades cristianas la mujer ocupaba cargos de responsabilidad y que si a alguien excluyó Jesús de su reino fue a los sacerdotes, no a las mujeres. La teóloga católica Margarita Pintos ha rebatido de forma impecable el argumento del Papa

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señalando que la Iglesia tiene en cuenta que Jesús eligió a doce varones, pero que en cambio disimula el resto de las otras condiciones. Su razonamiento es el que sigue: "Esto es cierto, pero también es importante tener en cuenta que además de varones eran israelitas, estaban circuncidados y algunos estaban casados. Sin embargo, el único dato que se presenta como inamovible es el de que eran varones, mientras que los demás datos se consideran culturales. No se tiene en cuenta que Jesús, como buen judío, quería restaurar el nuevo Israel, y que la tradición de su pueblo le imponía de forma simbólica elegir a doce (uno por cada tribu) varones, ya que las mujeres no hubieran representado la tradición, y por supuesto israelitas, porque un gentil hubiera roto los esquemas... Esto demuestra que sólo se nos dice una parte de la verdad, y que los datos que no interesa desvelar se nos ocultan. "Como muy bien ha puesto de manifiesto el escriturista Lohfink– añade– la elección de los doce es una acción simbólica y profética que nada prejuzga y en nada afecta al papel asignado a la mujer en el pueblo de Dios. Si se quiere apreciar en sus justos términos la presencia de la mujer en el movimiento de Jesús, hay que prestar más atención a la composición del grupo de discípulos. Es precisamente ahí donde se pone de manifiesto que Jesús, con una libertad sorprendente y sin tener en cuenta los estereotipos vigentes en la sociedad judía de entonces, integró mujeres en su círculo de discípulos", concluye.

De cara a los Evangelios Una rápida hojeada a los Evangelios, permite comprobar las razones a las que alude Pintos. Por ejemplo, en el capítulo 27 de San Mateo, habiendo recién Jesús expirado en la cruz y temblado la Tierra, se lee: "55. Y estaban allí muchas mujeres a lo lejos, que habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole. "56. Entre las cuales estaba María Magdalena, y María madre de Santiago y de Joseph, y la madre de los hijos de Zebedeo. " Palabras más, palabras menos, San Marcos (15,40-41) y San Lucas (23,49-55) también se refieren a ese grupo de mujeres que, si seguían a Jesús, es que habían sido aceptadas en su círculo de discípulos, algo sólo posible entre quienes confiaban en el nuevo reino, ya que entre judíos hubiese sido impensable conferirles tamaño status. Sin duda, la mujer debía jugar un papel distinto en los nuevos tiempos. Es a María Magdalena, y no a Pedro, ni a Pablo, a quien los ángeles se le presentan y le preguntan: "¿mujer qué lloras?"; y es también a ella a quien Jesús elige para ser la primera en verlo resucitado y para que vaya a darle a los hombres la buena nueva. En el capítulo XX del Evangelio según San Juan, encontramos algo muy revelador: "16. Jesús le dice: María. Vuelta ella, le dice: Rabboni (que quiere decir Maestro) "17. Jesús le dice: No me toques porque aún no he subido a mi Padre. Mas ve a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro padre, a mi Dios y vuestro Dios. "18. Vino María Magdalena dando las nuevas a los discípulos: Que he visto al Señor y esto me ha dicho. " ¿Acaso iba a aparecérsele Jehová a una judía? También es una mujer, no un varón, quien proclama por primera vez la divinidad de Jesús. En el capítulo primero del Evangelio según San Lucas, María, a quien el ángel acababa de avisarle que tendría un hijo de Dios, va a la casa de su parienta Isabel, que aunque vieja también será madre. "40. Y entró María en casa de Zacarías y saludó a Isabel. "41. Y cuando Isabel oyó la salutación de María, la criatura dio saltos en su vientre, y fue llena Isabel del Espíritu Santo. "42. Y exclamó en alta voz y dijo: Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre."

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¡Avanti las mujeres! En Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, el periodista español Pepe Rodríguez destina todo un capítulo al tema de las mujeres y Jesús. Allí reafirma la idea de que Cristo quiso mostrar no sólo que la mujer era importante, sino que podía y debía gozar de los mismos derechos sociales y religiosos que el varón. Vale la pena repasar los argumentos de este autor: "Al contrario que los apóstoles, las discípulas galileas de Jesús no huyeron ni corrieron a esconderse y permanecieron en Jerusalén durante todo el proceso de ejecución y entierro de su maestro. En relación a esto último, es de un simbolismo evidente el hecho de que en el calvario, a los pies del Jesús crucificado (inicio del proceso de la salvación, para los creyentes), sólo había cuatro mujeres, llamadas María todas ellas según Jn 19,25, pero ningún apóstol varón. "Las siete mujeres que siguen y sirven a Jesús de forma continua –María de Magdala, María de Betania y su hermana Marta, Juana, Susana, Salomé y la suegra de Simón Pedro– son personas nada convencionales, libres de amarras sociales, religiosas y de sexo, capaces de poder decidir su presente y su futuro; mujeres, tal como afirma el teólogo Cauto, "nada marginales, más bien situadas dentro de la historia y del alma de su pueblo, cómplices de la esperanza mesiánica, cuya realización intuyen, esperan, favorecen y aportan. Son mujeres al servicio de Dios y del Evangelio; no están al servicio de un varón o de los hombres en general; están al servicio del Evangelio, a causa de lo cual dejan evangélicamente todo, dándolo evangélicamente todo (...) Son mujeres evangelizadas y evangelizadoras". Entre los seguidores de Jesús se dio un discipulado de iguales entre varones y mujeres, y el rol de éstas, aunque más restringido a causa de los condicionantes sociales imperantes, no fue menos importante que el de aquellos. "María de Magdala no sólo aparece en los textos como discípula y servidora de Jesús y su mensaje, sino que se la inmortalizó con una misión clara de mensajera, de informadora de los discípulos varones, un papel que reconocerá la tradición latina a partir del siglo XII al distinguirla con el título de Apostóla Apostolorum (apóstola de los apóstoles)." Al respecto, una acotación al margen: a otra apóstola, Junia, quien predicó junto a Pablo e incluso antes que él, como éste admitió en su Epístola a los romanos, la transformaron en hombre en la Edad Media porque la Iglesia católica no pudo tolerar que una mujer estuviese a la par del apóstol. Continúa Rodríguez: "El diálogo más extenso de cuantos mantuvo Jesús, según aparece en los Evangelios, en Jn 4,7-26, se produjo entre éste y la mujer de Samaría, desarrollándose a lo largo de siete intervenciones del Nazareno y seis de la samaritana, causando tan gran asombro a los discípulos cuando los vieron conversando juntos "que se maravillaban de que hablase con una mujer"; como resultado de esta charla, mantenida junto a una fuente de la ciudad de Sicar, muchos samaritanos reconocieron a Jesús como "salvador del mundo" (Jn 4,39-42), siendo éste un pasaje clave para justificar la extensión del cristianismo entre los gentiles. "Cuando Juan hizo que Jesús, para ir de Judea a Galilea, tuviera "que pasar por Samaría" (Jn 4,34), un camino que podía hacerse perfectamente sin tener que pasar por el "pozo de Jacob", de Sicar o Siquem, en Samaría, quiso que ese desvío hacia tierra gentil y el debate con la mujer del pozo adquiriese un notable y específico significado simbólico. La samaritana que había tenido cinco maridos y vivía amancebada con un sexto abandonó su cántaro y corrió a testimoniar (martyréó) entre sus convecinos la presencia de Jesús, representando así "al antiguo Israel adúltero e infiel que se convierte en el nuevo Israel purificado, fiel y misionero". Si se hubiese querido excluir a la mujer como elemento activo del reino predicado por Jesús, tal como hace la Iglesia, se habría elegido un varón para protagonizar este pasaje o su equivalente, pero no fue así. "La Iglesia católica habla a menudo de la famosa profesión de fe que Jesús le pidió a Pedro en Mt

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16,15-20, pero calla que esa misma profesión de fe se la solicitó también a una mujer, a Marta de Betania: "Díjole Jesús: yo soy la resurrección y La vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre, ¿crees tú esto? Díjole ella: sí, señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo" (Jn 11,25-27). Marta, por tanto, fue puesta por Jesús ante el mismo privilegio que Pedro. "El respeto que Jesús manifestó por la mujer se trasluce perfectamente en un relato como el de Mt 15,21-28y Me 7,24-30, donde una mujer cananea (libanesa) le replica a Jesús y le gana la disputa dialéctica logrando su propósito: "¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres" acaba por concederle el Nazareno (Mt 15,28); ésta es la única ocasión, en todos los Evangelios, en la que Jesús habló de "fe grande" ¡y la atribuyó a una mujer!, mientras que al mismísimo Pedro (Mt 14,31) y a los discípulos (Mt 6,30) les había tildado previamente de hombres de poca fe".

Pablo y las apóstolas Sin duda, la Iglesia que puso en marcha Jesús no era sólo un pueblo de varones, como había sido la tradición judía hasta entonces. La iniciación no se producía ya a través de la circuncisión, patrimonio exclusivo del varón, sino mediante el bautismo, que incluye a ambos. Esta nueva visión religiosa negaba las prerrogativas basadas en la masculinidad y abría las puertas a mujeres y esclavos, e incluso a los gentiles, excluidos hasta entonces del "pueblo de dios". Y como se verá, incluso en los tiempos de Pablo –que aunque Rodríguez lo defienda, era bien misógino– hubo mujeres diaconisas y apóstolas, que fundaron iglesias y administraron sacramentos. En el capítulo XVI de su Epístola a los romanos, Pablo escribe: "1. Os encomiendo a Febe nuestra hermana, que está en el servicio de la Iglesia de Cenchrea. "2. Que la recibáis en el señor como deben los santos y la ayudéis en todo lo que hubiere menester porque ella ha asistido a muchos y a mí en particular. "3. Saludad a Prisca y a Aquila, que trabajaron conmigo en Jesucristo. "4. (Los que por mi vida expusieron su cabeza; y no lo agradezco yo solo, mas también todas las iglesias de las gentes). "6. Saludad a María, la que trabajó mucho entre nosotros. " 7. Saludad a Andrónico y a Junia, mis parientes y cautivos conmigo, los cuales se han señalado en el apostolado y fueron antes que yo en Cristo." Cabe hacer notar que hacia el año 180, en el Asia Menor, Montano, un carismático, junto la citada Prisca y a Maximila, dos profetisas, fundaron una iglesia en su casa y pronunciaban oráculos sobre el inminente reino milenario de Cristo en Frigia, es decir, la nueva Jerusalén. El trío se creía portavoz del Espíritu Santo, predicaba la abstinencia puritana del sexo y una disciplina rigurosa. Refiriéndose a todas ellas y a muchas otras, Rodríguez hace notar que: "Esas mujeres fueron misioneras, líderes, apóstoles, ministros del culto, catequistas que predicaban y enseñaban el Evangelio junto a Pablo, que fundaron iglesias y ocuparon cargos en ellas... Pero muy pronto el varón retomó el poder e hizo caer en el olvido una de las facetas más novedosas del mensaje cristiano; en el siglo II, la declaración de Gal 3,26-28 ya había sido traicionada en todo lo que hace a la igualdad entre los dos sexos". La declaración a la que alude el periodista español está contenida en el capítulo 3 de la Epístola de San Pablo a los Calatas, donde se lee: "26. Pues tóelos sois hijos de Dios por la fe que es en Jesucristo. "27. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, estáis revestidos de Cristo. "28. No hay judío ni griego, no hay siervo ni libre, no hay macho ni hembra, porque todos vosotros

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sois uno en Jesucristo. "

Pablo, el misógino Según Rodríguez, el apóstol fue mal interpretado en algunas de sus frases, lo que ayudó a que finalmente, entre los siglos II y IV hubiera un "golpe de estado" que terminó sacando a la mujer del camino eclesiástico. Pero la verdad es que Pablo, en su misión de expandir el cristianismo, no hesitó en acomodar su discurso a las tradiciones de cada pueblo y no pocas veces cayó en flagrantes contradicciones. "Híceme de todo para todos, por salvarlos a todos", se justificó. De tal forma, si ante los romanos y los gálatas, como ya hemos visto, trató de igual a igual a hombres y mujeres, frente a los corintios, por ejemplo, hizo todo lo contrario. En la primera de sus dos epístolas a los corintios, capítulo once, escribe: "3. Quiero que vosotros sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón; y el varón la cabeza de toda mujer; y Dios la cabeza de Cristo. "7. El varón en verdad no debe cubrir su cabeza, porque es imagen y gloria de Dios; mas la mujer es gloria del varón. "Agrega en el capítulo catorce: "34. Las mujeres callen en las Iglesias porque no les es dado hablar sino que estén sujetas, como también lo dice la ley. "35. Y si quieren aprender alguna cosa, pregunten en casa a sus maridos. Porque indecente cosa es a una mujer hablar en la Iglesia. "

Más claro, échele agua Estos conceptos de Pablo, que en realidad arrancaban de la tradición griega y judía, echaron su semillas en el cristianismo y con el tiempo creció un matorral. Margarita Pintos lo explica así: "La teología escolástica medieval adoptó la antropología aristotélica en la que se define a las mujeres como hombres defectuosos. Esta antropología defendida por San Agustín y más tarde reforzada por Santo Tomás, que declara que las mujeres en sí mismas no poseen la imagen de Dios, sino sólo cuando la reciben del hombre que es su cabeza, no es, como parece obvio, una antropología revelada. "El hecho de que el sacerdote actúa in persona Christi capitis sobre todo en la Eucaristía, sirve a la declaración para afirmar que si esta función fuera ejercida por una mujer no se daría esta semejanza natural que debe existir entre Cristo y el ministro. Queda así reforzado el principio de masculinidad para el acceso al ministerio ordenado. Sólo el ser humano de sexo masculino puede actuar in persona Christi, es decir, representar a Cristo, ser su imagen. Así se acentúa el carácter androcéntrico de la cristología y de la eclesiología", concluye.

María Amalia La hermana ciruja La congregación de las Hermanas de Jesús nació como fraternidad. Es una comunidad contemplativa, a la manera de lo que fue la vida de Jesús hasta sus 30 años. La zona de Monte Chingolo lleva la impronta de estas hermanas desde hace un cuarto de siglo: después de vivir durante quince años en la villa, hace diez se trasladaron con todo el barrio a unos monoblocks de un plan habitacional y como muchos de sus vecinos aún siguen pagando el departamento en el que viven.

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Pero quienes las ven caminando por las calles del barrio no tienen ningún indicio de que se trate de religiosas. Visten ropa informal, jeans o polleras. "En los años ochenta, por decisión de la comunidad en América latina, suprimimos la vestimenta religiosa. Antes usábamos un hábito gris azulado, una suerte de camisa larga con cinturón", comenta María Amalia, una de las hermanas que goza de mayor predicamento y que se muestra reticente a contar sobre su pasado previo a la congregación, aunque reconoce que fue en un acomodado lugar de la capital. Como cualquiera de sus vecinos, ellas también viven de su propio trabajo: unas limpian casas de familias, otras son enfermeras y hay quienes cocinan dulces artesanales. La provincia religiosa, que incluye a la Argentina y el Uruguay, suma en total unas veinte hermanas. En la Argentina trabajan en las zonas periféricas de Neuquén y Santiago del Estero, y en el norte del Gran Buenos Aires, en las villas del Bajo Boulogne, San Jorge y Santa Ana. Consultadas sobre por qué eligieron esa vida pudiendo estar cómodas en colegios o conventos, las Hermanas de Jesús coincidieron en afirmaciones como éstas: "Dios es el Dios de los pobres y compartiendo con los pobres estamos con Dios. Con respeto y sin exigencia evangélica, les decimos: ustedes valen". "Lo nuestro es ser una vecina más. Primero los queremos como son, después sí establecemos un lazo con la parroquia. Nosotras vemos la presencia viva de Dios en los leprosos, en los marginados. " "La Iglesia está asociada con el poder, con los viajes, el dinero, los estudios. Para evitar que nos asocien con esos valores trabajamos de lo que trabajan nuestras vecinas: limpiamos casas, hacemos dulces. " "Jesús de Nazaret no se distinguía para nada del resto. Nosotras queremos imitar esos treinta años de vida de Jesús, en que nadie lo conoció."

Ningún convento Las casas de formación de las hermanas de Jesús no son conventos, sino simples viviendas en las que durante dos años estudian todo lo inherente a la religión y el resto del tiempo trabajan como los pobres. Leen la Biblia, hacen retiros y actualmente tienen muy en cuenta para su formación el espacio interior que incluye la psicología de cada mujer que decide consagrarse. María Amalia, cuenta: "Acá adonde nos ven vinimos con 137 familias villeras. La Cooperativa 12 de Octubre nos dio un total de 196 viviendas con 60 pesos de cuota. Hubo gente que se asustó y se quiso ir. "Pero nosotras somos contemplativas y pensamos que la carrera se puede desarrollar en cualquier parte del mundo y en todos los tiempos. "¿Cuándo elegí este camino? Entre los 15 y los 20 años empecé a tomarme la vida en serio, a charlar con un cura y con amigas religiosas. A los 21 me encandilé con un libro de Madeleine (?) y escribí a Francia (?). Mi primer destino fue Chile y luego, en 1957, con otra hermana, vivimos en la Isla Maciel en un conventillo con nueve familias. " Las Hermanas de Jesús pertenecen a la Crimpo (Comunidad de Religiosas Insertas en Medios Populares) y si bien participan de reuniones a nivel nacional con otras congregaciones, se reconocen como religiosas diferentes, de una Iglesia distinta a aquella en la que impera la jerarquía eclesiástica. "Siempre fuimos a lugares de frontera, abandonados, donde la Iglesia orgánica, o la pastoral organizada, no entra. En el 75, con el obispo Iriarte, empezamos haciendo cosechas de caña y de algodón –continúa María Amalia–. No había otro trabajo ni teníamos casa donde vivir. Era una situación difícil. Luego, entre el 76 y el 77 fuimos testigos de las razzias que se hacían en casa de los vecinos. Las nuestras también eran requisadas porque por el sólo hecho de estar trabajando con y por los pobres, resultábamos sospechosas. Nosotras empezamos hace mucho tiempo con el trueque en Neuquén y en Santiago, de una manera natural, y ahora lo seguimos haciendo acá, en Buenos Aires.

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Las hermanas más jóvenes también cirujeamos mucho en La Quema... "

Cecilia Lee Religiosa y cartonera Dentro del estado de vida consagrado hay diferentes carismas, diversos ministerios. La vida monástica, por ejemplo, dedicada a la oración contemplativa y a la alabanza divina, transcurre en un monasterio, y la actitud es –fuga mundis– de exclusiva dedicación a Dios. Pero es en la vida religiosa donde hay más signos de realidad, ya que se la comparte con los otros, y ésa es la clase de vida que eligió Cecilia Lee. En esa vida hay una dimensión social activa, no sólo contemplativa, y cada congregación abarca una rama diversa. Las distintas formas apostólicas corresponden a gestos, a actitudes de Jesús: curar a los enfermos, liberar a los oprimidos, o ser misericordioso con los excluidos. Esta última fue la opción de Cecilia. "En algún momento me fui al sur del país, a vivir en un barrio periférico y allí descubrí a Jesús en los más pobres. Desde ese momento yo elegí tener la misma suerte que los excluidos y caminar con ellos en el barro. Ahora lo hago aquí, con los chicos del barrio de Itatí, con los carreros, con los cartoneros que reciben un trato discriminatorio", dice Cecilia Lee. Ella acompaña a los pobres de la Villa Itatí, de Quilmes, en sus protestas para que le devuelvan los carros que la policía les quita, y lo hace vestida como cualquier otra mujer. "Yo no llevo hábito y la gente creo que me respeta más cuando me ve trabajando a la par de ellos", explica. No, nada indica que esa mujer delgada y de pelo corto sea una monja. Mucho menos, cuando uno percibe sus rasgos orientales. ¿Qué hace esta rara avis católica coreana entre nosotros? "Llegué a Buenos Aires como inmigrante desde Corea del Sur en 1976 junto a mis padres y mis tres hermanos. Tenía 19 años y dos años después entré a la congregación. Nos instalamos en el Bajo Flores, como muchos coreanos. Mi país no es católico, sin embargo yo lo era por influencia de mi mamá y tenía definida mi fe, aunque estaba en la búsqueda del sentido de la vida" "En mi país hacía la vida de cualquier chica, salía con amigos. "Pero llegar a un país nuevo fue un gran cambio para mí, significó insertarme en una comunidad con costumbres, idioma y valores distintos. Yo creo que eso me acercó más a la búsqueda de algo interior y también a la parroquia y a los grupos juveniles. Ya con la necesidad de encontrar algo más profundo empecé a buscar una congregación, pero no fue fácil porque yo no hablaba el español. Finalmente, en el 78 entré al convento de las Franciscanas Misioneras de María, en Paso del Rey, y allí me formé hasta el 81. "Mi papá sufrió mucho y me dijo que si realmente quería ser monja volviera a Corea y entrara a una comunidad en la que me pudiera expresar ampliamente, sin las dificultades de idioma y de las costumbres que no nos eran propias. Sin embargo, en la congregación todos me ayudaron; sentí que fue una escuela de vida. Empecé a hablar y a relacionarme."

Paridos para sufrir "Hoy yo llevo la lucha de la gente y me entristece la muerte sistemática de nuestros jóvenes– continúa Lee–. Hace poco mataron un chico en el pasillo. Estaba vivo y la ambulancia no lo atendía porque no tenía orden judicial. La vida de los excluidos parece que no tiene valor como vida. Que vale más la vida de los perros de los departamentos de Barrio Norte que la de nuestros jóvenes. La dictadura militar sacrificó una generación y ahora bajo el nombre de la democracia está

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desapareciendo otra. Yo estoy en Itatí desde mayo de 2000 y en un año murieron violentamente veintiséis jóvenes de 17 a 28 años, casi dos por mes. Los chicos aquí están paridos para sufrir, para vivir mal y morir violentamente. "En el sur también viví la injusticia de las tierras negadas a los aborígenes. Mientras uno hable de conservar la lengua y de las artesanías, son hermosos. Pero cuando se habla de un derecho genuino y que sin embargo afecta intereses de poderosos, ya dejan de ser pintorescos y se transforman en molestos o peligrosos. Estuve trabajando con las comunidades indígenas en la época de la reforma constitucional y sufrí mucho con ellos. El trato era inhumano. Sólo cuando el tema salía a la luz, cambiaban las formas, sólo las formas, porque maltratarlos a los políticos les traía mala imagen. "A los cartoneros nadie les reconoce el trabajo ecologista que hacen, porque la basura que ellos recogen se recicla y sin embargo los tratan de mugrientos, son cirujas y no los dejan transitar por las calles de la ciudad. Yo trabajo con ellos y siempre me respetaron como a una más. Nunca ninguno de ellos me trató mal por ser mujer. Esta tierra desechada por muchos fue un lugar de revelación para mí", concluye.

Analía De santas y prostitutas "No represento al magisterio de la Iglesia. Soy una mujer que pertenece a la Iglesia, con las luces y las sombras de mi propia historia", dice Analía, religiosa de la Orden de las Hermanas Adoratrices, a modo de presentación. Y enseguida advierte: "En la Iglesia jerárquica mi actividad produce desconcierto. Es un carisma poco redituable y hay una ignorancia muy grande alrededor del tema". La hermana Analía tiene razón. La Iglesia jerárquica parece haberse olvidado de cuál fue la actitud que Jesús tuvo con Magdalena: "Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra", dijo. Y esa actitud es la que ella profesa al brindarle atención en el barrio de Flores a las mujeres en prostitución. "La elección es una respuesta, es por amor, uno descubre un llamado, se produce una fascinación por Jesús. Te vas enamorando de estas realidades y adquirís un estilo de vida –explica–. En mi niñez y adolescencia, aunque fui a un colegio de religiosas, no tenía una relación fluida con las monjas. La idea de disciplina que tenían no era la que yo esperaba. Comparando con la catequesis, fue la visita a La Cava, a los 17 años, lo que más me conmovió. Del colegio me quedaba una mala imagen, pero mis motivaciones cambiaron al conocer la Iglesia cercana, pastoral, la Iglesia misericordiosa. Con un grupo de chicos hicimos grupos de oración y me gustaba vivir de esa manera. Como había un gobierno defacto, al atardecer ya no nos podíamos reunir, entonces nos rateábamos y nos encontrábamos en el río. En general yo no era practicante y no iba a los retiros, pero en ese último año de la secundaria, con las faltas justas, fui y conocí a un sacerdote pasionista, es decir, un cura misionero, existencial y no doctrinario. Yo había hecho once años en colegios católicos y recién ahí descubrí la dimensión de la trascendencia. ¡Dios estaba vivo en el sagrario! Ahí recuperé varios años de mi relación con Dios: lo vi vivo y palpitante en la Eucaristía. Fue un momento de gracia muy especial. "

Una chica muy normal Han pasado veinte años desde que Analía descubrió la Amada Presencia, como ella la llama, que cambió su visión y su valoración de las cosas. No obstante, debió superar varias crisis en el transitar del nuevo camino: "A los 18 años estuve enamorada. Fue una época de mucha confusión y no lo quería lastimar.

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Finalmente ingresé a otra familia que es la comunidad, la familia extendida dedicada a la actividad pastoral. Hasta entonces yo era muy deportista, jugaba al voley y a la pelota al cesto, hacía patinaje, pero el compromiso pastoral me dio otras motivaciones. Mis padres no estaban de acuerdo con mi elección, pero la respetaron, y cuando cumplí los 19 años firmaron el permiso para que yo ingresara a la orden. Comencé a trabajar en la dimensión social y con la mujer, primero como catequista, para después dedicarme a esto por completo. "No me costó renunciar a la relación íntima, pero al llamado a tener hijos sí, fue muy fuerte. Hasta que a los treinta decidí que la maternidad no era un derecho que se me negaba sino una decisión personal. ¿La quiero para siempre? ¿Quiero renunciar en serio?, me pregunté. Trabajo en un programa con 1.300 mujeres en prostitución, ¿las voy a dejar? Fue un momento fundante. Como a mis diecinueve, tuve que volver a hacer la elección, pero con mayor profundidad. Se me terminaba el tiempo de la fecundidad, es decir que seguir por ese camino implicaba no tener hijos. Opté por la entrega, pero ciertamente no se puede negar el grito, la fuerza, la riqueza de la maternidad en la mujer. Esa etapa cambió mis formas de relación: hoy trato cada vez más de devolverles a mis semejantes el derecho a ser mujer. La opción pasó por definir cómo quiero ser madre y cómo quiero ser mujer. Esto me pareció más profundo, más existencial que la relación de pareja. "

Solidarias y tolerantes ¿Por qué Analía eligió el carisma de las mujeres en prostitución? La respuesta podría ser para rescatarlas. Pero su actitud es mucho más profunda y no pasa por juzgarlas, como lo haría la Iglesia eclesiática, sino por amarlas y ayudarlas a valorarse porque, Analía dixit, "la mujer prostituta no existe. Lo que existe son mujeres en situación de prostitución". "En los últimos siete años –prosigue– se elevó el número de mujeres que ingresaron al mundo de la prostitución por la falta de trabajo. Prostitutas hay cientos, hay miles. Pero generamos una capacidad asombrosa de desconocimiento. Si miras bien vas a ver que está lleno. Que están a tu alrededor sin que las quieras ver. Estamos incapacitados para reconocerlas, pero te aseguro que no volvés de la calle de la misma manera. "La mayoría de los hombres les manifiesta rechazo, burla. La mujer prostituta concentra en su figura el lado oscuro de nuestras miserias, ¿pero quiénes son los que las demandan? A ellas los jóvenes les piden todo lo que no se atreven con sus mujeres. Y no son amorosos. No realizan juegos sexuales. No piden cosas convencionales. Hay mucha violencia y humillación. "Ellas tienen con los hombres de su vida una historia de mucha crueldad: desprecio de su padre, de su pareja. Aceptan con indiferencia de los otros hombres lo que no aceptaron de ellos. Vienen de contextos familiares con experiencias fallidas. "No puede ser prostituta quien quiere, sino quien puede, ya que hay que resistir el asco, el miedo y otras cosas. Sin embargo, no existe la mujer prostituta. Lo que existe es una situación de prostitución. Cuando ellas se ponen de pie, hay algo dentro mío que se pone de pie. Los travestís, en cambio, son débiles. Se relacionan como hombres y son rechazados por sus familias. Son marginales. "En nuestro centro tenemos una población estable de 120 mujeres. Con ellas compartimos el tiempo y realizamos talleres grupales. No de oficios, sino de charlas, temas en general. Enseñar oficios no es la cuestión. La fuerza se genera desde adentro, llamándolas por su nombre, escuchando. Ellas tienen muy internalizado el "no sirvo". El "gracias que estoy con vos". En un alto porcentaje son analfabetas o semianalfabetas. Siempre dependen de otra persona. Están excluidas del sistema y salen por los hijos, hacen un trueque de su vida por ellos. No quiero enaltecer la prostitución, pero siempre fue ejercida por mujeres que entregan todo por otros. Son solidarias y hay un detalle importante: son muy tolerantes con las miserias de los demás."

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Las chicas del Hotel Florinda Las Adoratrices es una congregación reconocida por derecho pontificio, pero la Iglesia no las apoya económicamente. Mucho menos lo hace el Estado. Por suerte, son muy queridas y respetadas por varios curas y obispos, que en la medida que pueden concurren en su auxilio. "Al cardenal Bergoglio le donaron una joya y la vino a traer feliz como un chico. Pero yo no tengo mucha vida parroquial, es él quien viene a casa. También el párroco de San José de Flores nos quiere mucho. Cuando nos conoció nos dio un trato misericordioso. ¡Ahhhh! ¿ustedes son las que trabajan tanto? Yo sé muchas cosas de ustedes por las chicas", nos dijo. Sienten mucha curiosidad", cuenta Analía. En la casa de las Adoratrices hay en un cuarto una pequeña capilla con un Cristo, un altar y una especie de atril con un cartel muy curioso: "Hotel Alojamiento Residencia Florinda, Hotel Alberti SRL". Analía se adelanta a la curiosidad y señalándolo, dice: "Si uno pide por tantas cosas, ¿por qué no pedir que cuide la casa de las chicas?". El cartel es la chapa original, con fondo blanco y letras negras, de un hotel que les fue donado y que hoy es el refugio de "las chicas", como las llama la monja. Colgado en la pared que está por detrás, asoma en un cuadro el rostro de una mujer, mitad en sombras, mitad luminosa, con una línea divisoria dorada. Representa el trabajo de las Adoratrices: "es una chica a la que la luz de la gracia la llena de color y de vida y le da una mirada distinta sobre sí misma ", explica Analía. Para ser una hermana adoratriz hacen falta ocho años de formación, pero esto no implica profundizar en conocimientos teológicos, como pasa en los seminarios. Pero Analía no siente que en esto haya discriminación: "Dentro de la congregación de las Adoratrices tenemos etapas de formación para la vida religiosa, el prenoviciado, el noviciado, el junoriado, pero centradas en la formación para la vida. Los fundamentos teológicos y filosóficos son un requisito, pero no es el objetivo en sí mismo. En cambio, se trabaja con insistencia en el ser mujer, porque vamos a trabajar mucho una identidad, vamos a ver lo que fue pasando en las relaciones vinculares, porque si no, es medio esquizoide aprender en el ámbito intelectual. "Los sacerdotes nos forman como religiosas y en lo teórico también lo hacen los laicos. Cada uno aporta su riqueza, su impronta. La vida, la Iglesia, el mundo relacional, tiene distintas visiones y esto es bueno, reconoces distintas líneas y ves como se adaptan a los criterios evangélicos. "En la formación para el sacerdocio el estudio sistemático teológico es requisito esencial, porque es distinto el enfoque. Yo no lo vivo como discriminación. Como mujer, yo me identifico con mantener la formación filosófica y teológica como base, pero que no sea el parámetro fundamental para medir los criterios de la consagración. En el caso nuestro sirve mucho la actitud y la práctica pastoral. Yo estoy muy contenta. Ellos se forman para otro tipo de trabajo. También las hermanas educacionistas se dedican a tener colegios y son profesionales con mística, educadoras muy buenas, pero se forman para eso. En nuestro caso nos consagramos al carisma eucarístico liberador", explica Analía.

Padre Grassi, el elegido Sin duda, también hay sacerdotes que se dedican especialmente al aspecto misionero, o a la pastoral de la salud, o a la educación preventiva de la juventud, como hacen los salesianos. En cambio, los diocesanos miran la vida de Jesús sacerdote, están formados en la oración y dedican su vida al estudio.

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Sin embargo, su formación los influye, pero no los determina. Tal es el caso del padre Grassi, según lo ve Analía: "Julio Grassi, por ejemplo, tiene su vida sacerdotal, nos acompaña a nosotras como capellán y es un hombre muy comprometido en lo concreto, con una sensibilidad exquisita y de una riqueza pastoral muy importante. Es un tema delicado el de la relación de los sacerdotes con nuestras chicas, porque el sacerdote es hombre y las chicas vienen muy golpeadas por hombres. Sin embargo, de los que yo he tratado, Julio es el sacerdote que con mayor rapidez tuvo sintonía pastoral con las chicas. Es un hombre de oración, con "un oído a Dios y otro al corazón del pueblo" como recomendaba monseñor Angelelli, y no sólo a los libros que hablan de Dios." Una vez cumplidas las etapas de prenoviciado y noviciado en una comunidad de formación, las Adotratrices hacen votos de vivencia por un año (juniorado) un contrato por el que se comprometen a vivir en castidad, pobreza y obediencia, aceptando el trabajo apostólico que esa comunidad tiene. Al terminar el año, quedan libres de ese contrato y la congregación puede prescindir de alguna de ellas, aun en contra de su voluntad, en el entendimiento de que por más que quiera, no tiene las condiciones. Para la hermana Analía, eso es toda una ventaja: "Después de ocho años te adoptan en forma definitiva, pero ya tuviste convivencia, estilo de vida, y la experiencia en forma progresiva. Nosotras tenemos muchas ventajas respecto de cualquier noviazgo, tenemos mucho tiempo antes de tomar la opción definitiva que se da alrededor de los 27 años. Para entonces ya pasaste varias crisis, etapas de madurez. Podes discernir la diferencia entre las dificultades de un estilo de vida o si ese estilo de vida no es para vos. "Tu familia puede verte, mantener el contacto –prosigue Analía–. Yo empecé con tanta ilusión este proyecto que recién ahora pienso en los desprendimientos de mis padres. Soy la menor de cuatro hijos, así que yo viví el casamiento de mis hermanos. Una de mis hermanas compartía mi habitación. La noche anterior a la boda yo no quería que se fuese, sentí el duelo, me desvelé y la escuché llorar. Le pregunté: "¿No te vas a casar? ¿Estás arrepentida?) "No tonta", me contestó. En mi fantasía creí que ella se estaba arrepintiendo. Pero hoy yo creo que no, que estaba viviendo el duelo de una partida. Cuando me tocó, me sucedió exactamente lo mismo. Te enamoras de una persona, de un proyecto, de un ideal y tenes ganas de realizarlo aunque implique duelos, lo que no significa que te vayas sin sentimientos. Te vas a pesar del sentimiento. Con el tiempo fui siendo cada vez más consciente de que empezaba otra etapa de mi vida con todo lo que ello implica. " Ya consagrada, la hermana Analía comenzó estudiar teología en Devoto con los seminaristas; sin embargo por razones pastorales tuvo un traslado a Colombia y con la mayor tranquilidad del mundo dejó esos estudios porque, dijo, "terminarlos no era el objetivo de mi vida". En Colombia estudió psicología reeducativa, psicoterapia sistémica y participó de una experiencia apostólica muy rica en la ciudadela Santa Micaela, un complejo que atiende en forma integral a las familias de mujeres en prostitución. "A Colombia fuimos dos hermanas. Allá estudié teología de la Eucaristía. Volví en el 89 a la Argentina, y trabajé en Córdoba, en Villa Urquiza, y unos años en Santa Rosa. Ahora, desde hace dos años, estoy en Flores", abrevia.

Mujeres al rescate "Aquí somos cuatro hermanas y tenemos un centro comunitario con oficinas, depósitos y dos casas. En el centro la tarea se desarrolla de lunes a viernes hasta las seis de la tarde. Las acciones más concretas son hacia la mujer en prostitución. Hacemos contactos, vemos las necesidades básicas, generamos vínculos con ellas. Primero íbamos nosotras hacia ellas, luego las invitábamos a algún servicio, a alguna actividad en casa, y unas a otras se fueron avisando. Hoy mismo, cuando están drogadas o alcoholizadas o se pelearon, vamos a ver cómo están. Supervisamos 120 chicas por

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grupos en distintos días de la semana. Acompañarlas requiere una gran energía, un equilibrio que también tiene un límite. "A las que no me conocen, siempre les pido permiso para hablar, les pido que me escuchen dos minutos, les doy mi nombre y una tarjeta, lo más rápidamente posible, porque si está controlada por un proxeneta, la estoy perjudicando. Ahora voy a la plaza sólo lo necesario, porque es muy humillante para ellas que una persona que no es del mundo de la prostitución las vea ofreciéndose. Por eso, con el asunto de la prostitución no nos metemos, en cambio creamos proyectos de mujeres. No las juzgo. A mí me da mucho dolor verlas ofreciéndose, después de escucharlas hablando del asco y de la violencia que padecen porque hoy tienen que darle de comer a sus hijos. Por eso, si las veo, no las saludo. "El otro tema es el del alcohol, porque en seco no podes salir a ofrecerte sin saber a donde vas ni lo que te va a pasar. El miedo que viven sólo se lo puede entender cuando se las escucha. En la calle a veces se pueden negar, pero en un albergue, las llaman y tienen que ir. Cuando vamos a su casa todo cambia: se ponen el traje de mamá y nos muestran todo su esfuerza. "Nosotras rezamos todas las mañanas y todas las tardes. Los tiempos de oración vienen para confrontar con el Evangelio y mirar hacia el interior los sentimientos. Así descubrí que si yo tuviera que hacer por necesidad lo que hacen ellas, no me gustaría que me reconozcan. Me maquillaría muchísimo, no podría salir a cara limpia. "Yo sé que las chicas nos necesitan como religiosas. Necesitan paciencia, perdón, misericordia, contención, que les crean, creer en sus capacidades, ponerles límites si vienen borrachas, pero jamás rechazarlas. Con nosotras esperan que no las condenemos. Para ellas es un asombro descubrir que hay gente de la Iglesia que no las condena, porque la Iglesia representa un juicio moral, pero nosotros no ponemos el acento en que esté prostituida, sino en que es mujer y tiene derecho a vivir. "De tanto ser excluidas se autoexcluyen y crean relaciones vinculares donde se las excluye también. Las engañaron tanto que no tienen por qué creernos: que no les vamos a tomar datos, que no vamos a hablar con la policía, que no vamos a ir a sus casas a hablar con sus hijos de esto. Las humillan muchos y en todas partes. Son despreciadas por aquellos que las usan. "Gente del entorno de barrio se pregunta por qué Grassi viene a verlas, o por qué nosotras no nos ocupamos de gente que valga más. Pero yo creo de corazón que todas estamos haciendo el proceso de liberación de distintas esclavitudes. Ellas y yo también. Cuando me aferró a algo y por ese algo, que convierto en ídolo, vendo valores, yo también me estoy prostituyendo. No me prostituyo con mi cuerpo, pero estoy prostituyendo mi persona."

Un poco de yoga "Podemos hablar de la liberación del amor de Dios, quienes tenemos experiencia del amor de Dios; si yo tengo todo resuelto, no lo necesito a Él; y si no lo necesito, no puedo decirle a ellas que Dios es liberador y que el amor las libera", explica Analía. Y continúa: "Jesús tenía sensibilidad con el dolor de los hombres y con el llanto de mujer. No se sentaba a hacer teología. Quien no quiera reconocerlo tendrá que leer despacio el Evangelio. El primer anuncio de la Resurrección es hecho a una mujer llamada pecadora pública. El servicio, el lavar los pies, era una tarea de esclavos. Y Jesús lavó los pies. Tuvo muchos gestos que son práctica liberadora y magisterio en sí mismo. " "Hasta las seis estamos con las chicas y a las siete es tiempo de oración, hacemos el rezo litúrgico, igual que a la mañana, y después nos planchamos la ropa, lavamos, escribimos cartas, hablamos por teléfono con nuestras familias. Miramos televisión: a algunas les gustan los dibujos animados, a mí

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los noticieros. Hago yoga y luego compartimos la cena. Los viernes tenemos reuniones de equipo, de formación, de información y de seguimiento de casos con los laicos y los voluntarios. Hay que revisar porque te agarra el cansancio y empezás a justificar actitudes tuyas, como no dormir. Confrontamos y acordamos estrategias: perdón, puesta de límites, exigencias. Miramos las actitudes de Jesús y planificamos actividades. "Los sábados nos damos permiso para pasear, ver videos y quebrar conscientemente los horarios. Los domingos vemos a la familia, a los amigos, nos quedamos disfrutando sin actividad, o nos vamos al campo para bajar la tensión. "Durante el fin de semana nos dedicamos a compartir como mujeres consagradas pero evitamos temas apostólicos (eso lo hacemos los viernes) para no obsesionarnos. "Tenemos mucho sentido del humor. Precisamente, porque convivimos con realidades tan dramáticas, nos damos permiso para reírnos de nuestras tonterías y minimizarlas. Hace poco nos quitamos el hábito. Yo uso uno reformado con una camisa que tenía de antes. No puedo ir a comprarme una camisa que valga 70 pesos. Me gusta verlas, salir a mirar, pero trato de vivir acorde con lo que elegí. Pienso que puedo manifestarme como mujer sencilla. Tengo gusto, me cuido y pondero en las chicas sus aros, el maquillaje. Las mujeres tenemos una capacidad de detalle impresionante. Tengo una palabra para cada una de las chicas. Una palabra hacia ellas o de ellas hacia mí, son cosas muy importantes. Nuestro profesor de computación también se cuida, es muy elegante. ¿Por qué los apóstoles son hombres? Porque aunque Jesús restaura un orden nuevo, puede hacer lo que la cultura le permite. "

Isabel Castillo La novicia rebelde La congregación Hijas de Jesús tiene origen español. Fue fundada en 1871 por Juana Raviola, nacida en el norte de la península ibérica, cuyo nombre religioso era Cándida María de Jesús. Su carisma es la educación y como quien ayudó a la fundadora fue un jesuita, la congregación tiene espiritualidad ignaciana, por más que no dependan de esa orden. La de Argentina es una viceprovincia conformada por cuarenta y ocho hermanas. "En los últimos años hemos disminuido un montón. Muchas hermanas, que al igual que yo vieron cierta mirada más conservadora en la congregación, se alejaron, cuenta Isabel del Castillo, una religiosa y teóloga de 40 años, que conserva la rebeldía de la primera juventud. Basta con escucharla para comprobarlo: "Nosotras veníamos buscando otras cosas, otra coherencia, porque veíamos que el hecho de jugarnos por el más pobre quedaba siempre en el discurso y no pasaba a la acción. Yo entré en el 79 a la congregación y las hermanas que lo hicieron unos años antes, se fueron yendo. En los últimos cuatro años otras, que habían entrado conmigo, están todavía con permiso de exclaustración. Eso se concede cuando ya tenemos los votos perpetuos. Se puede pedir un permiso por un año: estás en tu casa o en el lugar donde elijas, pero todavía no te separas. Es como cuando un matrimonio toma distancia para repensar la relación. Seguís manteniendo el contacto con la provincial, pero no se participa de la vida de la congregación. Ese pedido de exclaustración se puede renovar hasta tres años, después de esa fecha decidís si retornas o te vas definitivamente. "Tengo compañeras que se han ido de la congregación, pero que siguen dando clases con un fuerte servicio a los carenciados, cosas que por los límites que se les ponían estando adentro les era imposible hacer. "Antes del Concilio y hasta el año setenta, más o menos, todas las hermanas hacían sus estudios universitarios con buena titulación. Después vino un período de dejar de lado esto y dedicarnos al

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apostolado, y nos quedamos con estudios terciarios. Teníamos como la urgencia de cubrir cargos en nuestros colegios, y para eso con un título docente bastaba. Las hermanas querían en ese momento que nos ubicásemos en cargos directivos en nuestros colegios de Jujuy, Córdoba y La Plata. "Hasta que desde hace cinco años varias de nosotras insistimos en que necesitábamos volver a tener una fuerte formación en las áreas teológicas, de educación u otras profesiones, como para trabajar en equipo con otras organizaciones. Veíamos que nos quedábamos muchísimo en nuestros colegios, que el título sólo nos valía para trabajar en ellos y que cuando íbamos a comunidades de inserción, no nos sentíamos idóneas para trabajar con otras organizaciones. Lo que captábamos era que el trabajo fuerte lo llevaban a cabo otros profesionales, y que sobre todo en situaciones de mucha carencia, mucha pobreza, el título de maestras o docentes no nos era suficiente. Después de mucho discernimiento, vimos que para el trabajo con los chicos de la calle, con la mujer marginada y con los aborígenes, necesitábamos más preparación." En el verano de 2001 la Congregación Hijas de Jesús se dio una asamblea de revisión y proyección en la que se planteó la necesidad de ampliar los trabajos desde los colegios hacia la comunidad. Pero a la hora la votación se decidió todo lo contrario: cerrar la casa en Hudson y concentrarse en La Plata.

Proyectos laborales Después de mucho discutir con la provincial, Isabel logró que dos hermanas pudieran ir a trabajar en las parroquias de Hudson los fines de semana. Por su parte, además del trabajo pastoral gratuito, consiguió un trabajo remunerado en el Colegio María Teresa, en Gutiérrez, cerca de Hudson, donde dicta Metolodogía de la Investigación y Psicología, en el segundo y tercer año del polimodal. Además, el Ministerio de Educación la contrató para capacitar a los maestros de adultos en Hudson por lo cual se quedó allí, aunque casi todos los días concurre al colegio eucarístico de La Plata para reunirse con sus hermanas. En Hudson también trabajó en el 2000 en proyectos laborales. Con una familia vecina, conformada por un matrimonio de desocupados y con diez hijos, armaron un proyecto de panadería que resultó aprobado. Le pagan 160 pesos por mes al marido y otro tanto a la mujer, han podido comprar un horno y hoy en día siguen trabajando. Ahora, Isabel acompaña otro proyecto laboral: la producción de lombrices californianas. Sobre su pasado, la hermana contó que hizo la primaria en una escuela del estado y el secundario en el colegio religioso Virgen Niña, donde las Hijas de Jesús daban clases de Filosofía, por lo que descubrió así a los 17 años que su vocación era "algo fuerte". Cuando terminó el secundario, Isabel fue a la casa que las Hijas de Jesús tenían en Villa Ocampo, la primera fundada por la congregación con miras de inserción. "A mí lo que me atrajo fue la espiritualidad ignaciana. Hice en Córdoba el noviciado, el postulantado, estudié ciencias religiosas, teología y filosofía. Allí eran profesores los ahora monseñores, Estanislao Karlic y.... Arancibia. Después me encargué del trabajo de apostolado en un colegio en Córdoba y finalmente viajé a Roma cinco meses para la consagración definitiva. A los 25 años hice los votos perpetuos."

La última copa "De Roma me enviaron a La Plata de coordinadora de pastoral y trabajé en el grupo directivo – prosigue Isabel–. Era profesora en el momento en que era arzobispo monseñor Quarracino. El

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sacerdote que lo acompañaba, otra hermana, la superiora y yo nos quedábamos a cenar con él. En las cenas, Quarracino criticaba de manera muy campechana al rector del seminario, a los sacerdotes y a los seminaristas. Yo era nuevita y no hacía otra cosa que escuchar y conocer gente. "Con uno de los primeros que me contacté fue con el padre Carlitos Cajade, que es un sacerdote que siempre se ocupó de los niños de la calle. Ahora sé que le donaron una granja, pero en ese momento vivía en un ranchito. Yo quedé encantada con él y me mandé mi primera ingenuidad. En las cenas se comía todo y con el otro sacerdote se tomaban dos botellas de vino, por eso pienso que Quarracino hablaba con tanta fluidez y desinhibición. Le comenté entusiasmadísima el trabajo que hacía Carlioas y él no me decía nada, como si no me escuchara. Entonces insistí y le pregunté si era el único que trabajaba de esa manera en la zona. Y él me contestó tajante: "Sí, por suerte es el único". Después de mucho tiempo le pregunté a Carlitos cómo se entendía con Quarracino y me dijo: "Ni nos hablamos". Cuando lo reemplazó monseñor Galán, él me decía: "Éste al menos me saluda". "

Teología de la Liberación Una vez recibida en Córdoba, Isabel quiso completar su formación teológica, sobre todo en teología de la liberación, y para eso viajó a Brasil, donde estuvo un mes, y luego a Colombia. Desde la teología de la liberación lo que se elige es una iglesia comunitaria, inserta en este caso en la realidad latinoamericana, donde se valora la persona por lo que es, no por el cargo jerárquico que ocupe. "Eso dentro de la Iglesia es como que te oxigena, porque si nosotros miramos a la Iglesia solamente desde una visión jerárquica, te encontrás nada más que con hombres. En cambio, desde la visión de pueblo tan hermosa que brinda la teología de la liberación, la mujer tiene otro lugar y otra importancia, más aquí en América latina, donde es la protagonista principal en la familia y en las comunidades eclesiales de base. "En la zona de Hudson donde estoy yo, la gente le adjudica al padre un lugar de privilegio; hay mucha gente de Corrientes, de Paraguay, que tienen una figura del hombre muy fuerte y donde el padrecito sigue siendo muy importante. Quieren a la monjita, pero el padrecito está primero, como pasa en sus propios hogares, aunque el papá sea un desastre y tome de más, es el varón de la casa. "En el discurso, las mujeres religiosas hemos cambiado muchas cosas y nos damos cuenta de que nuestra postergación es injusta, pero a la hora de decidir está el padre, el párroco, y su voz está por encima de la nuestra, porque nuestra mentalidad sigue muy anclada en la valoración de las jerarquías. Esto se manifiesta a partir de estar pendiente de lo que dice un obispo. "Aquí hay muchas religiosas para dar retiros y ejercicios espirituales, pero finalmente se busca a un hombre, cosa que no sucede en Brasil. Creo que nos falta convencernos de que tenemos parte y derecho a pedir determinadas cosas. Creo que el Episcopado nos ve como las que trabajamos mucho y bien, que somos las que nos jugamos, las que no cobramos, y que la gente nos quiere. Pero al momento de decidir, no somos tenidas en cuenta. Yo, en el Instituto de Teología San Pablo de la diócesis de Quilmes he dado clases de cristología y eclesiología. Este año también empecé a ayudar en la formación de catequistas y allí lo que hago me encanta, pero no pierdo de vista que sigo siendo funcional. San Pablo tenía diaconisas y eso se lee en sus cartas, pero hoy y aquí la realidad de la mujer en la Iglesia es otra. "

Clero, sexo e hipocresía El 22 de marzo de 2001, el Papa dio palabras de aliento y afecto a las seiscientas delegadas de la Unión Mundial de las Organizaciones de Mujeres Católicas, que concurrieron a Roma para participar de una asamblea general bajo el lema "la misión profética de las mujeres". El pontífice les aseguró que necesitaba del "compromiso de las mujeres y de su capacidad para

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transmitir la fe"; señaló que "la santidad femenina, a la que cada una de vosotras está llamada, es indispensable para la vida de la Iglesia"; y reafirmó que "la presencia y la acción de la Iglesia en el nuevo milenio pasa por la capacidad de la mujer de recibir y custodiar la palabra de Dios". Karol Woytila recordó también que "el camino recorrido desde el pasado siglo es digno de nota. Hoy en muchos países las mujeres disfrutan de libertad de movimiento, de decisión, de auto expresión, una libertad que han conseguido con inteligencia y valor". "En el mundo actual –prosiguió– hay una conciencia creciente de la necesidad de afirmar la dignidad de las mujeres. No es un principio abstracto, ya que implica un esfuerzo conjunto en todos los niveles para oponerse con energía a todas las prácticas que ofenden la libertad y la feminidad de las mujeres, el llamado "turismo sexual", la compra y venta de chicas jóvenes, la esterilización en masa, y en general, toda forma de violencia", denunció. Tras señalar los impedimentos que afrontan en una cultura "que difunde e impone modelos de vida contrarios a la naturaleza más profunda de las mujeres", subrayó la mentalidad que reafirma todo derecho individual. El Papa dijo por último que esa asamblea representaba una "oportunidad para dar gracias a Dios por todo lo que significa ser mujer en el plan divino y pedirle su ayuda para superar los muchos obstáculos que todavía impiden el reconocimiento pleno de la dignidad y la misión de las mujeres en la sociedad y dentro de la comunidad eclesial". En contraste, la realidad sacudió por entonces al mundo con una denuncia escandalosa que el Vaticano no ignoraba, pero que se vio precisado a reconocer públicamente tras haberlo guardado bajo siete llaves durante años. La información daba cuenta que cientos de monjas, y no sólo en África, habían sido violadas por sacerdotes. La revista norteamericana National Catholic Repórter publicó varios informes realizados por las religiosas María O'Donohue y Maura McDonald, que denunciaban la violación de cientos de monjas en veintitrés países, así como de embarazos, abortos y un sin fin de tropelías sexuales, que pusieron sobre la mesa la espinosa cuestión de la vida sexual del clero católico. "La novedad, ahora, es que el Vaticano ha declarado conocer la existencia de estos delitos sexuales... Aunque, tal como es norma de actuación de las autoridades eclesiásticas, no han hecho nada para poner fin a esa situación, ni para castigar a los culpables, a pesar de que fueron informados de los delitos hace más de seis años", señaló Pepe Rodríguez. "Desde los ámbitos católicos intenta quitarse importancia a estos hechos argumentando que "sólo" suceden en países africanos, por una cuestión estrictamente cultural pero, lamentablemente, los abusos sexuales del clero católico son muy importantes en todo el mundo, incluidos los países más desarrollados, entre los que está España", añadió el periodista español. Rodríguez realizó en 1995 un estudio riguroso sobre el comportamiento sexual de la jerarquía católica española, que luego volcó en su libro La vida sexual del clero. Su estudio abarcó el historial sexual de casi cuatrocientos sacerdotes actualmente en actividad, a muchos de los cuales nombra. Hasta el presente, ninguno de ellos demandó a su autor por difamación, lo cual reafirma la idea de que la información es fidedigna. De acuerdo a su investigación, un 95 por ciento de los curas se masturba, un 60 por ciento mantiene relaciones sexuales, un 26 por ciento soba a menores, un 20 por ciento realiza prácticas homosexuales, un 12 por ciento es exclusivamente homosexual, y un 7 por ciento comete abusos sexuales graves con menores. En cuanto a las preferencias, el 53 por ciento mantiene relaciones sexuales con mujeres adultas, el 21 por ciento lo hace con varones adultos, el 14 por ciento con menores varones y el 12 por ciento con menores mujeres. "Los datos estadísticos mencionados pueden ser extrapolabas a la situación que se está viviendo entre el clero católico de otros países con estructura social similar a la española", asegura Rodríguez. Enrique Miret Magdalena, un teólogo muy crítico de la Iglesia española, informó que recientes

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estudios sociológicos norteamericanos habían desvelado que sólo el dos por ciento de los sacerdotes cumple el celibato, tal como informó el diario El País en marzo de 2001. Cabe señalar que encuestas recientes a sacerdotes europeos, revelaron que el 75 por ciento está a favor del celibato opcional.

Chicos abusados De otra investigación realizada en 1994 en la Universidad de Salamanca y publicada por el Ministerio de Asuntos Sociales, surgió un dato no menos trágico: del total de españoles que han sufrido abusos sexuales siendo menores, un diez por ciento fue abusado por un sacerdote católico. "Las indemnizaciones que ha tenido que pagar la iglesia católica han sido de miles de millones de pesetas; tanto, que en algunos países ha contratado un seguro de responsabilidad civil para responder ante las previsibles demandas contra el clero por delitos sexuales", dice Pepe Rodríguez. Y añade: "La situación de Estados Unidos, donde 400 sacerdotes fueron enjuiciados por delitos sexuales, no es atípica ni única, sólo que allá las víctimas no temen enfrentarse a la Iglesia. En España hay pánico a la institución y por eso apenas se denuncian los abusos sexuales del clero, y en no pocos juzgados se ha protegido con descaro al sacerdote acusado. "La iglesia conoce perfectamente esta situación desde siempre y jamás hace otra cosa que no sea encubrir los hechos. Puedo probar decenas de casos de encubrimiento grave por parte de los obispos, pero como muestra basta uno: el cardenal de Barcelona, monseñor Caries, encubrió una red conformada por varios sacerdotes y diáconos que corrompieron sexualmente a no menos de sesenta menores y adolescentes. El cardenal y parte de sus obispos auxiliares (alguno implicado directamente en el caso) no sólo no denunciaron ante la Justicia ordinaria el caso, sino que tampoco expulsaron del clero, tal como sería preceptivo, a quienes protagonizaron esos desmanes sexuales. En lugar de actuar con honestidad, presionaron a las familias de las víctimas para que callaran y ocultaran lo sucedido y permitieron incluso que quienes entonces eran diáconos fuesen ordenados sacerdotes, actividad que siguen desarrollando hoy día. "

El derecho canónico En La vida sexual del clero, Rodríguez analiza el derecho canónico y llega a la conclusión que éste obliga a encubrir todos y cada uno de los delitos sexuales cometidos por hombres con sotana. "El "castigo penal" que la Iglesia católica le aplica a un clérigo que, por ejemplo, haya corrompido sexualmente a un menor (canon 1395.2) se limita a la práctica de alguna amonestación, obra de religión o penitencia (can. 1312, 1339), realizadas siempre en privado (can. 1340) para que permanezca en secreto la comisión del delito", afirma. "En todo caso, nunca puede emprenderse un procedimiento penal sin antes haber intentado disuadir al delincuente para que cambie de comportamiento (can. 1341,1347). Es decir, que la Iglesia siempre perdona y olvida de oficio el primer delito –en este caso la primera relación sexual con un menor–y, en la práctica, también perdona y encubre todos los siguientes. La burla a las víctimas y a la administración de justicia es obvia. Resulta absolutamente inaceptable que en un estado de derecho se admita una patente de corso como el derecho canónico que obliga a encubrir delitos a fin de impedir que la justicia ordinaria cumpla con su obligación", sentencia Rodríguez. Las razones que explican que cientos de monjas hayan sido violadas por sacerdotes en 23 países son el resultado de varias causas, al margen de la imposición del celibato obligatorio.

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Así, por ejemplo, como en ciertas etnias la figura del adulto soltero es mal vista, para tener predicamento el sacerdote no puede no tener vida marital. En África, muchos obispos tienen por eso una o varias esposas, cosa que el Papa no desconoce. Aunque éste no es el caso de la Argentina. Además, como la Iglesia tiene problemas en algunos países para convocar a seminaristas, admite a varones de las clases más bajas que ven en el sacerdocio un modus vivendi. Esos hombres, al margen de su cultura de nulo respeto hacia la mujer, al verse investidos del poder y prestigio, no tienen el menor reparo en someter sexualmente a monjas y feligresas, ya que el barniz teológico recibido no alcanza a frenar sus instintos. Lo dicho es muy difícil que ocurra en la Argentina. A esto se suma la costumbre de silenciar los escándalos. Así, cuando un sacerdote comienza a tener problemas por ser pública su actividad sexual con menores o con adultos, se lo traslada de parroquia para ocultar los hechos. Si persiste, el obispo de su diócesis trata de que se marche a instalarse en otro país u otra región, lo más pobre posible, porque sabe que las clases más humildes no acuden jamás ante un juzgado. Esto ocurre con alguna frecuencia en la Argentina. Y en los casos en que la mujer embarazada del sacerdote, acuda al obispo en demanda de justicia, es probable que sea culpabilizada de haberlo seducido, o bien, que no se le crea. ¡Y esto sí que ocurre a menudo en la Argentina! Aquí hay varios casos de monjas que tuvieron relaciones con sacerdotes o que éstos trataron de abusar de ellas. Hay casos de acoso, muy frecuentes, pero lo que ocurre es que por lo general, estos casos no se denuncian. Una religiosa de una importante congregación de la zona sur de Buenos Aires, que prefiere mantener su nombre en el anonimato dice: "La Iglesia no es para las mujeres, aquí la vida es muy, muy dura, hay que tener mucha fe para aguantar los atropellos a los que nos vemos sometidas permanentemente. Desde lo intelectual, porque no recibimos la misma preparación que los sacerdotes, hasta lo sexual Siempre nos discriminan. Generalmente aquí no pasa lo que sí pasa en África, pero sí sé de casos de hermanas que fueron "apretadas" por el sacerdote o que las manosearon o le tocaron el culo. Lo que pasa es que –por lo que hablamos con varias religiosas– no ocurre lo mismo que en Estados Unidos o en otros países porque en la Argentina, hay muchos sacerdotes homosexuales, que buscan en el sacerdocio ocultar sus problemas. "Cuando un sacerdote le plantea sus dificultades para mantener el celibato a su obispo, es común que éste le aconseje: "Si tienes que ir con mujeres, procura ir con casadas, que con ellas no se nota"; es decir, no te complican la vida si quedan embarazadas, ya que los métodos anticonceptivos son pecado, será el marido quien lo asuma". El obispo Laguna de Morón, me dijo en un reportaje publicado en la revista Veintitrés, que en su diócesis, ha habido varios sacerdotes que le confesaron estar enamorados, viviendo con mujeres y algunos, con mujeres casadas. En el año 2000, en tiempos del Jubileo, la Iglesia a través de su Jefe máximo, el Papa Wojtyla, decidió hacer una confesión pública de sus pecados, entre los que incluyó "la discriminación de la mujer". "Eso sí, en ningún momento habló de una acción concreta para modificar esta situación. Ni sacerdocio femenino, ni un milímetro más de protagonismo, y eso sin hablar jamás de la libertad, el dominio y la decisión sobre nuestros cuerpos. Después de todo siempre nos habían considerado ciudadanas de segunda, servidoras de Dios, irremplazables y extraordinarias, sobre todo cuando estaban embarazadas." "Es la primera vez que la Iglesia asume su discriminación sobre la mujer –dijo el obispo Justo Laguna en el suplemento sobre mujeres de Página! 12, el único prelado que se animó a hablar del tema–pero yo estoy convencido de que –aun en las peores épocas de la historia, cuando se discutía si tenía alma, discusión nunca probada– la mujer siempre ha sido el sostén de la sociedad. Creo que la mujer es igual al hombre, pero a veces es un poco más igual, no sé si soy claro: su papel es esencial. No soy feminista, pero me considero lo más contrario al machismo que se puede dar en el mundo, porque he comprendido la importancia que la mujer ha tenido, tiene y tendrá en el desarrollo de la humanidad. ¿Qué haríamos en las parroquias sin las mujeres? Sin las catequistas, las secretarias parroquiales, las que llevan las cuentas...? Nos quedaríamos solos." Los periodistas italianos expertos

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en temas vaticanos aseguran que Karol Wojtyla, en su postura conservadora y cuasi "stalinista", tiene temor a las mujeres y algunos, van más allá y lo consideraban un Papa más cercano a la misoginia que al machismo. O sea, el odio a las mujeres. Nadie sabe si esto último es realmente así, pero hay hechos concretos: las feministas le producen urticaria y las considera el "nuevo imperialismo". En 1993, desde la ventana de su estudio, con una vista espléndida a la Plaza de San Pedro exclamó: "María, Virgen y Madre del redentor, quiero daros unas "sinceras gracias" de parte de toda la Iglesia al Señor por el regalo de la mujer, por todas y cada una de ellas". En la excelente biografía del Papa, Su Santidad, Juan Pablo II y la historia oculta de nuestro tiempo, los periodistas Carl Bernstein y Marco Politi dicen: "El Papa sabía que en el tema de las mujeres existía un espíritu crítico y una oposición generalizada en el mundo católico, sobre todo – como los departamentos del Vaticano no cesaban de recordarle– en Estados Unidos. Al fin y al cabo fue una monja estadounidense, una superiora de las Hermanas de la Misericordia, quien se atrevió a desafiarlo apenas un año después de la elección. Sucedió en Washington, en el Santuario de la Inmaculada Concepción, el último día de su primer viaje a Estados Unidos, en octubre de 1979. Cerca de cinco mil religiosas se habían congregado en el santuario. Más de dos tercios de ellas habían prescindido del velo o del hábito, pese a que tan pronto fue nombrado Papa, Juan Pablo II insistió en que las monjas debían usar su traje tradicional y continuó insistiendo sobre ello durante la gira. La desobediencia de las mujeres lo irritaba. Aquí y allá, en la nave central neogótica y en las naves laterales de la Iglesia, podía ver unas cincuenta monjas que se destacaban entre las demás: portaban un extraño brazalete azul, como si fueran voluntarias de alguna organización. Cuando interrogó a sus colaboradores del Vaticano al respecto, le informaron que las monjas pertenecían a un grupo de oposición que propugnaban la ordenación de mujeres. Su lema era, "si las mujeres pueden hacer pan, pueden partir el pan". " A esa altura, según Bernstein y Politi, el Papa no cabía en su enojo. Nada le molestaba más que presenciar a una mujer que le hacía frente, que se revelaba. "La mujer escogida para darle la bienvenida fue la hermana Theresa Kane, presidenta de la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas. También ella había acudido de traje laico. El Papa miró a la diminuta mujer vestida con traje azul. La hermana demoró menos de diez minutos pronunciando sus palabras formales, al final, declaró por el micrófono con voz resonante: "Su Santidad, la Iglesia debería responder a los sufrimientos de la mujeres contemplando la posibilidad de incluirlas en todos los ministerios sagrados". Sus palabras, retransmitidas a todo Estados Unidos, merecieron un fuerte aplauso. Luego, la hermana Kane se acercó a la silla papal y saludó al Papa de una manera democrática, casi irreverente (en comparación con las sumisas monjas polacas e italianas del Vaticano): "Buenos días, me da mucho gusto conocerlo". Lo saludó de mano y le pidió la bendición. Se arrodilló, pero no le besó el anillo. Juan Pablo II nunca olvidó esto. Cuando le llegó el turno de dirigirse a las hermanas del santuario, su afabilidad usual había desaparecido. No sonrió ni una sola vez." Y este desplante no quedó sin la "adecuada" venganza. Semanas después de este episodio, la hermana Kane viajó a Roma para asistir a una reunión de la Congregación y recibió un mensaje con una frase que decía: "Apreciaríamos una aclaración de su saludo al Santo Padre en el santuario". Cuando la hermana ingresó al Vaticano fue recibida por un sacerdote y no por el cardenal Eduardo Pironio, como correspondía, que en ese entonces era prefecto de la Congregación de Ordenes Religiosas. –Ahora que hemos evacuado otros ítems del temario, quiero pedirle que aclare el saludo a Su Santidad, dijo el sacerdote, con tono intimidante. –Yo quiero preguntarle a usted qué quiere que yo aclare... –respondió la religiosa. Cuentan que el sacerdote miró a sus pares y desconcertado dijo: "¿Qué es lo que queremos que ella nos aclare?". Y todos guardaron silencio, sin confesar que en realidad lo único que querían era que jurase que en el saludo al Papa no figuraba el pedido de ordenación de las mujeres. –Quiero que ustedes sepan una cosa: sí incluí la ordenación, eso estaba incluido –reafirmó la

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mujer. Cuando la hermana Kane solicitó ver nuevamente al Papa, le denegaron la visita. Y ése fue su castigo. Nada detestaba más Wojtyla que una mujer le enfrentara con cosas de "la modernidad destructiva de la anticivilización" y, sobre todo, que pusiera en duda su cruzada mundial contra el aborto, al que consideraba el nuevo "Holocausto". Ésa era su lucha. En 1994, meses previos a la conferencia sobre Población y Desarrollo que realizaría las Naciones Unidas en El Cairo, una de las organizadoras, la paquistaní Nafis Sadik fue a ver al Papa para explicarle los temas a tratar. Y cuando llegaron al aborto y el uso de anticonceptivos, el polaco empalideció y sus ojos se volvieron fríos. Apenas Sadik le dio las cifras de mujeres que morían en el mundo a causa de abortos autoinducidos, el Papa la interrumpió y exclamó: "¿No cree usted que el comportamiento irresponsable de los hombres es causado por las mujeres?".

Dóciles y serviles La mujer no comenzó a ser discriminada en la Iglesia cristiana en los tiempos de la Inquisición, como podría haberse esperado, sino muchísimo antes, desde Pablo frente a algunos pueblos, pero por sobre todo a partir del reinado del emperador Constantino, quien en el año 312, y curiosamente a pedido de su madre, una ferviente seguidora de Cristo, reconoció definitivamente al cristianismo como religión del Imperio Romano. A partir del siglo IV fue aboliéndose progresivamente la presencia de las diaconisas en las congregaciones cristianas y, consecuentemente, los escritos bíblicos fueron interpretándose a gusto y paladar de los hombres. Ya en el siglo XII Graciano escribió: "La mujer no puede recibir órdenes sagradas porque por su naturaleza se encuentra en condiciones de servidumbre". Y en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino sentenció: "Como el sexo femenino no puede significar ninguna eminencia de grado, porque la mujer tiene un estado de sujeción, por eso no puede recibir el sacramento del orden ". Hoy, aunque la misoginia no sea tan palpable, la discriminación sigue en pie. Si bien desde los años sesenta fue incrementándose notoriamente el número de iglesias cristianas que han aceptado con normalidad la ordenación sacerdotal de mujeres, la Iglesia católica se mantiene sorda y muda a las enseñanzas de Jesús quien, como hemos visto, predicó la igualdad entre hombres y mujeres y los aceptó a ambos como discípulos sin otra condición que su entrega y su fe en Dios. Volviendo a los dichos del Papa, Pepe Rodríguez ha considerado que "el modelo de mujer que la Iglesia católica actual quiere imponer es el de un ser volcado en la maternidad por encima de todo y que sea dócil y servil al varón aun a riesgo de su propia vida". "El mensaje nos lo ha dado con claridad el papa Wojtyla–añade– no sólo a través de sus documentos y discursos, sino mediante sus actos más solemnes: canonizando a dos italianas cuyos mayores méritos fueron, el de una, dejarse morir de cáncer de útero por no querer abortar para someterse al tratamiento médico que la hubiese salvado, con lo que dejó sin madre a sus cuatro hijos y al recién nacido que no quiso perder; y, el de la otra, aguantar hasta la muerte los malos tratos constantes de su marido en lugar de divorciarse de él." Y concluye: "Podemos suscribir sin reparo alguno la frase con la que la teóloga feminista católica Rosemary Radford Ruether comenzó uno de sus últimos trabajos: (escribo este ensayo tristemente consciente de que parece cada vez menos probable que el catolicismo institucional avance en dirección a los Evangelios)".

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9 El Príncipe y el Pastor

"Era de noche. Lo llamaron al dormitorio principal. El chico fue creyendo que debía cumplir alguna de sus obligaciones diarias de ceremonial. Entró a la habitación sólo alumbrada por dos veladores de bronce y una extraña sensación de intimidadle inundó el cuerpo y lo incomodó. Trató de no pensar y obedeció las directivas de su superior. Lo ayudó a desvestirse. Lo hizo con pudor pero creyendo que era algo normal en el seminario y que se tenía que acostumbrar a las normas de ese lugar al que había llegado hacía tres días. Tembloroso frente al cuerpo sexagenario, le sacó prenda por prenda... Cuando terminó, vio caer el cuerpo flácido del arzobispo sobre la cama, con su desnudez sólo cubierta con una toalla. El chico creyó que ya había cumplido con su tarea y se disponía a retirarse, pero se equivocó. Echado en el lecho de dos plazas con respaldo de bronce, monseñor lo llamó insinuante y le pidió que lo masajeara. Cada vez más nervioso, pero movido por el miedo y el respeto que le infundía la figura, el seminarista apoyó sus manos sobre la piel pálida, rosada y fofa, y comenzó a friccionarlo, A los masajes siguió la desnudez completa y el pedido de que se acostara al lado, y que lo acariciara en todo el cuerpo, pero sobre todo, en los genitales. "Confundido, turbado y temeroso, el muchachito recién venido del campo, hijo de una familia humilde, obedecía y escuchaba las palabras serenas y contenedoras que lo alentaban: "–Esto no es pecado hijo, yo soy monseñor Storni, un padre para todos ustedes, los seminaristas. Nuestro amor tenemos que compartirlo. Dios ve bien esta muestra de amor entre dos hombres, entre un padre y su hijo. Él nos apoya desde el Cielo. " "Cuando terminaron, el chico salió perturbado del dormitorio episcopal y se encerró en el suyo. Un compañero lo notó muy mal, le preguntó si lo podía ayudar y a él le relató llorando lo sucedido. Ese compañero fui yo." Con una mueca indescifrable de dolor, vergüenza y asco, un ex seminarista de Santa Fe me relató así la experiencia que le confesara aquel chico salido de la zona rural. Desde ese momento, la fuente se convirtió en oído elegido por aquel muchacho, y luego por tantos otros, para vomitar el dolor y la confusión de esas relaciones "incestuosas" y abusivas en las que se involucraron, seducidos o empujados, por el religioso más importante de la Arquidiócesis de Santa Fe, de los últimos diecisiete años.

El Rosadito "Cuando ingresé al seminario, mi tía, que es artista plástica, la oveja negra de la familia, me advirtió unos días antes de irme: 'Cuídate del rosadito'. Y pensar que yo lo tomé en broma ", cuenta quien fue paño de lágrimas de sus compañeros más débiles y vulnerables, blancos predilectos del obispo. El ex seminarista –cuya identidad no se revelará para no afectar su intimidad– abandonó por propia voluntad, como tantos otros, el camino del sacerdocio. Pero aún hoy recuerda, con vivida mezcla de melancolía, bronca e impotencia, los cinco años que pasó entre las paredes del seminario de la Arquidiócesis de Santa Fe, ubicado en las calles Monseñor Zaspe y Buenos Aires. "El rosadito", ése es el apodo del arzobispo de la ciudad, monseñor Edgardo Gabriel Storni. Lo llaman así por su semblante saludable, de mejillas redondeadas y rojizas, dignas de sus orígenes italianos. Lo que no es tan digno es el comentario que hace la calle acerca de sus conocidas andanzas sexuales con seminaristas y sacerdotes de su entorno, y su escandalosa fama de exhibicionista, tema que ha trascendido el ámbito local y llegado, no sólo al Episcopado, sino también al Vaticano, sin que

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hasta ahora hayan tenido solución. El ex seminarista continuó: "Entré al seminario a fines de los ochenta y a los pocos días de llegar escuché lo que ya le relaté. Aquel chico fue el primero de mis compañeros que me confesó su problema, pero no fue el único. Yo me indigné. Sentí que era un abuso de toda clase, pero sobre todo de poder. Lo aconsejé. Yo era más grande, tenia 25 años y no era un tiernito ni mucho menos un sumiso. Después de enterarme lo de ese chico, me fui dando cuenta de que con otros pasaba lo mismo. No eran pocos. Me asqueó. Yo había escuchado comentarios, como todos los de la ciudad, sobre cierta inclinación homosexual del obispo y de su círculo íntimo de sacerdotes, pero nunca pensé que monseñor Storni fuera tan abusador. Tampoco imaginé que quienes conducían el seminario, de donde se suponía tenían que salir jóvenes sacerdotes espiritualmente fortalecidos, fueran tan promiscuos y manipuladores. "Yo tenía una gran vocación y mucha facilidad para el área intelectual y sufrí mucho con lo que se vivía allí adentro. Muchas veces vi que el arzobispo llamaba a su dormitorio a algún seminarista, – siempre buscaba a aquellos que tenían problemas afectivos con sus padres o eran huérfanos– estaba desnudo y les pedía que lo vistieran. Y el pobre chico asustado lo hacía, mientras él se exhibía desnudo en la habitación. Después venían las presiones para tener sexo y los abusos concretos. Los detalles de todo lo que mis compañeros me contaban eran escalofriantes. Ya pasaron varios años desde que salí de ese infierno y estoy tranquilo con mi conciencia y no me arrepiento de nada. Por eso puedo contar todo esto. "Al principio me costó mucho separar toda esa experiencia nefasta con esta gente a la que prefiero no calificar, de mi compromiso con la Iglesia y el Evangelio, pero lo logré y sigo siendo un laico comprometido. "Me fui cuando me estaban por ordenar, tenía vocación pero justo me tocó formarme en el seminario menos humano y contenedor de la Argentina, y el más perverso. Siempre tuve muy buenas calificaciones, pero estaba en permanente guardia, a la defensiva. Al principio por mí, para que nadie me tocara un pelo, porque monseñor era terrible, siempre miraba y decía palabras con doble sentido. Y después, tratando de proteger a amigos más vulnerables. Había chicos que llegaban al seminario a los 17 años, desde el interior de la provincia, con muy poca o ninguna experiencia sexual. Que a ellos el arzobispo los sedujera, les dijera que era su "padre" y que tener relaciones sexuales con él no era pecado, los confundía muchísimo. Después, algunos de esos chicos tenían mejor situación, el arzobispo les prometía una buena parroquia cuando terminaran el seminario, los compraba a cambio de sexo. Yo nunca condené las acciones personales, no me preocupó ni me preocupa la homosexualidad manifiesta de la cúpula de la curia de mi provincia, lo que me parece aberrante es el abuso de poder y la manipulación de las conciencias. Eso mancha de lodo y avergüenza a nuestra Iglesia, que como católico quiero y defendiendo." Con la mirada nublada y la transpiración recorriéndole la frente, pero aliviado por su desahogo, el ex seminarista puso fin así a su relato. Hicieron falta varios encuentros para que se decidiera a soltarlo, dado lo delicado del tema, pero finalmente reconoció que se sentía bien habiéndolo confesando, porque creía que su historia, era parte de la historia del seminario de Santa Fe, de la Iglesia de esa ciudad y de Iglesia argentina. No es difícil entender, después de haberlo oído, el gran dolor y la profunda bronca que siente frente a la impunidad del poder que desde 1984 gobierna la Iglesia de Santa Fe y que, parece, se perpetuará a pesar de las gravísimas denuncias y procesos realizados, por orden del Vaticano. El arzobispo es un hombre muy poderoso en la estructura religiosa y política de la zona. Su vida dista mucho de las enseñanzas del evangelio y estas actitudes, conocidas hasta el hartazgo por los habitantes de la ciudad, han alejado a muchos fieles de la Iglesia. Conservador y reaccionario a ultranza, Storni fue amigo de los militares de la dictadura, con los que iba a comer a menudo y quienes –según dicen– compartían con el hombre de la Iglesia su lucha contra "el comunismo ateo". Como muestra está su declaración en una homilía el 25 de mayo de 1995: "La Iglesia no necesita hacerse

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ningún examen de conciencia, y mucho menos pedir perdón a la sociedad argentina". Los testimonios de los jóvenes que concurrían a la arquidiócesis de Santa Fe son muy detallistas sobre sus costumbres privadas. Si bien es muy pulcro, monseñor Storni come con gula. La prueba del quinto pecado capital son sus servilletas. En un perchero del comedor del seminario, cuelgan, cada una con su número, las servilletas que corresponden a cada uno de los seminaristas, pero la del arzobispo se distingue a distancia por su dimensión y su especial diseño. Se trata de un enorme babero de toalla con un cuello elastizado – parecido al "comilón "que usan los bebés– y que algún seminarista lo ayuda a colocárselo por encima de la cabeza, muy religiosamente y una vez que ha concluido la plegaria, antes de cada comida. El babero –en realidad tiene dos– es lavado después de cada ingesta porque termina tan manchado como el de un niño. Es que el arzobispo come con toda la desinhibición y la ansiedad de un bebé, o si se quiere, con la libertad y la gula de Enrique VIII. Si además de los acosos, hay algo que los seminaristas recuerdan de su paso por la Arquidiócesis de Santa Fe, son los ruidos emitidos por el movimiento de su mandíbula, de sus labios y su lengua, saboreando una comida. Pero a él nunca le importaron las carcajadas contenidas de los ocasionales compañeros de almuerzo. Todos debieron acostumbrarse a que el arzobispo "coma rápido y sucio como un cerdo", tal como coinciden en afirmar los sacerdotes. Quizá su compulsión tenga que ver con las secuelas de la hernia de iato, que lo afecta desde hace muchos años. Esa enfermedad lo somete a una dieta estricta, que la cocinera controla a rajatablas, pero de la que Storni se aparta todas las veces que puede, con la picardía y la ansiedad de un niño que sabe que está haciendo algo mal pero que le encanta. Su menú siempre incluyó pescado y comida absolutamente sana, pero en gran cantidad y presentada con la misma opulencia con que él se maneja siempre en todos los órdenes. Aunque sosa e híbrida, su comida siempre ha sido objeto de cierta envidia por parte de los seminaristas, obligados a un menú mucho más magro y menos rimbombante. En su habitación, Storni tiene una heladera de aproximadamente 1.20 metros de altura, en la que se destacan una gran cantidad de packs de jugos Ades, a base de soja, que le fueron indicados por su médico, y un peceto rojo intenso, convenientemente desgrasado, que es la comida preferida de su mascota, el muy mimado gato Arístides, un ejemplar persa que tiene libre acceso a casi todo el edificio, y especialmente a las privadísimas habitaciones de monseñor Storni. El dormitorio del arzobispo está en el ala derecha del primer piso, justo en la esquina, por lo que sus ventanales se despliegan en sentido diagonal sobre la ochava que da a las calles San Jerónimo y 25 de Mayo. Ya desde el ingreso al Arzobispado, se aprecia una amplia y antigua galería en la que se destaca una escalera de mármol. En uno de sus descansos, un imponente retrato hecho al óleo muestra a monseñor Storni con su investidura episcopal, en una de sus posturas características: piernas entrecruzadas y las manos, una encima de la otra, apoyada sobre las rodillas. Quienes tuvieron acceso a su máxima intimidad, cuentan que ése no es el único óleo del prelado que hay en el edificio. En su dormitorio, aunque semioculto por dos puertas que se unen en una esquina, se halla el otro retrato, que es previo, y que si bien en su momento fue apreciado como una obra excelente, pasó luego a formar parte de las cosas que no resulta conveniente exhibir demasiado. Los simples observadores que no conocen demasiado de arte, aseguran que no hay demasiada diferencia entre un cuadro y el otro, pero un ojo avizor descubre la diferencia: en el que ahora ha quedado relegado a la intimidad, hay cierta exageración en la definición de las manos del arzobispo. Concretamente, están magnificadas por uñas un poco largas y embellecidas, que transmiten un excesivo cuidado. Son manos que rozan la estética femenina y que parecen producto del trabajo de una manicura. El arzobispo, según cuentan, se hace arreglar las manos por una manicura. Por la extensa galería vidriada, que funciona como un corredor con vista al patio interior, el arzobispo se desplaza pulcro y principesco como lo hiciera su principal referente, monseñor Nicolás

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Fassolino. Desde la larga galería, ambientada sólo con un sillón mecedor de madera, en cuyos almohadones yacen los infaltables pelos de Arístides, se puede ver el patio de mosaicos, en el que no hay césped, aunque sí prolijos canteros con plantas y arbustos, bellos y muy cuidados, que sirven de escenario natural al tucán –otra de las debilidades del ministro de la fe– más exótico y elegante que un papagayo. En la galería también hay un mueble bajo, de madera oscura, sobre el cual está el equipo de música. Allí, a la hora de elegir, monseñor no duda en privilegiar a los clásicos. La habitación del arzobispo tiene pocos muebles: una amplia cama con respaldo de bronce y detalles en el mismo material, dos pequeñas mesitas de luz de mármol, con veladores de bronce, y un ropero antiguo, sin un estilo definido, de madera oscura. Allí cuelga sus sotanas y sus casullas personales (lazos que se colocan en los hombros o en la cintura). Sus preferidas son las que él llama "romanas", porque las trajo de esa ciudad. Allí también reposan los roquetes, sus camisas y pantalones negros, sobrios e impecables, que utiliza en su actividad no ceremonial. Previa consulta al arzobispo, el maestro de liturgia es el encargado de indicarle al seminarista que hace las veces de mucamo, que coloque prolijamente sobre el lecho episcopal las prendas que el arzobispo usará una vez que haya terminado su baño de espumas. Enfrentado a la cama, hay un perchero de pie, de madera oscura, y una cómoda baja que se apoya sobre la pared donde dan los ventanales, cubiertos por generosas cortinas. Sobre esa cómoda, donde monseñor guarda sus objetos íntimos, un portarretratos muestra la foto de casamiento de su sobrina predilecta: Gaby. Se la ve con el velo blanco nupcial y el rostro desbordante de felicidad. Hija de una hermana de Storni, en su adolescencia y juventud Gaby frecuentó mucho la Catedral, el Arzobispado y todos los espacios en los que estuviera su tío, por quien profesa mucho amor y devoción. Tanto la cama como los sillones tienen un sello distintivo: una copiosa capa de pelos de Arístides, el gato amo y señor de todos los espacios. En la antesala está la biblioteca de Storni. El habitáculo es el acceso casi obligado para acceder al dormitorio, ya que las puertas que tienen salida directa al corredor suelen estar cerradas y según cuentan los seminaristas, una de ellas estuvo mucho tiempo clausurada. Allí monseñor tiene un escritorio de madera oscuro, no demasiado grande, y su sillón, en el que se sienta para reflexionar, o para dar clases a los seminaristas. En los laterales del despacho, enfrentadas a las puertas, están los grandes ventanales desde donde se ven la calle San Jerónimo, la plaza y la Catedral. Majestuosa e imponente, se erige detrás del escritorio, abarcando toda la pared, una biblioteca abarrotada de libros, que al arzobispo le resulta muy funcional ya que no tiene más que girar en su sillón y alargar la mano para tomar un libro y leer, o hacer leer, en latín o en español, lo que le interesa. En esa biblioteca grande pero simple, hay otras fotos. En una se lo ve solo; en otra está con el cardenal Samoré, enviado por el Papa a la Argentina en los tiempos del litigio con Chile por el Canal de Beagle; y en una tercera, posa junto a su alter ego, el cardenal Fassolino. Pero no hay ninguna de su antecesor, monseñor Zaspe, de quien fue durante un par de años su obispo adjutor. ¿No es curioso que Storni no haya previsto un espacio en esa larga repisa, para colocar una foto de Zaspe, o al menos una de las tantas en las que los dos representantes de Cristo en la Tierra se mostraron juntos? Además de su compulsividad por la comida, el arzobispo siente pasión por la velocidad. Siempre conducido por algún secretario, que muchas veces es un seminarista, obviamente, Storni ocupa ahora el lugar de copiloto, pero antes, y durante muchos años, condujo a todo lo que daba su Renault 12, azul grisáceo. Con él emprendía viajes cortos por toda la provincia de Santa Fe y otros más extensos, hacia Córdoba, por ejemplo, donde además de desarrollar tareas pastorales visitaba a una de sus hermanas. La otra vive en el interior de Santa Fe, al igual que su madre, Blanca, quien ha seguido muy de cerca la vocación de su hijo e incluso se la ha fomentado. A pesar de ser arzobispo, la relación madre-hijo siempre fue muy estrecha.

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Más de una vez, Blanca ha dormido en la habitación de huéspedes del Arzopispado y en alguna ocasión, cuando ésta estuvo ocupada, en la cama de su propio hijo.

La Iglesia y los gays "El homosexual manifiesta una ideología materialista que niega la naturaleza trascendente de la persona humana, como también la vocación sobrenatural de todo individuo; la práctica de la homosexualidad amenaza seriamente la vida y el bienestar de un gran número de personas; la homosexualidad pone seriamente en peligro la naturaleza y los derechos de la familia; la actividad homosexual impide la propia realización y felicidad, porque es contraria a la sabiduría creadora de Dios. " Todas estas afirmaciones condenatorias se incluyen en un documento de la Iglesia titulado Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la Atención Pastoral a las Personas Homosexuales, aprobada en 1986 por Juan Pablo II y firmado por el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto en ese momento de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio), donde se juzga y sentencia no sólo la práctica homosexual sino también su mera inclinación. Muy lejos de esas afirmaciones inflexibles y peyorativas se halla un grupo de gente católica que entiende y respeta las diferencias como parte de la misteriosa condición humana, ya sea en un laico o en un religioso, aunque en este último caso los alcances de los límites de la privacidad son más difíciles de determinar. De cualquier forma, le corresponde en principio a la jerarquía eclesiástica detectar a sus miembros con inclinación homosexual, "sanar sus órganos enfermos" si esto fuera posible, darles contención y apoyo, y trasladar a aquellos que puedan afectar el funcionamiento de la Iglesia. De la misma forma que no se emplea a un piromaníaco en un cuartel de bomberos, tampoco un arzobispo incapaz de manejar su sexualidad puede estar al frente de un seminario. En su libro La vida sexual del clero, el periodista español Pepe Rodríguez afirma: "Aunque la formación clerical tiene mucho que ver con la etiología de miles de comportamientos homosexuales, la madre Iglesia rechaza vehemente no ya su responsabilidad en el tema, sino su mismísima existencia. La jerarquía católica pretende ignorar el comportamiento de cerca de una cuarta parte de sus sacerdotes, pero no lo desconoce, ni mucho menos. "A pesar de que el código canónico impone a los reos de la homosexualidad la pena de infamia – pérdida del honor en sentido canónico– la suspensión sacerdotal y la expulsión de la Iglesia (también para el caso de los creyentes laicos), la realidad es que la legión de sacerdotes católicos homosexuales no sufre castigo alguno mientras mantenga sus prácticas sexuales en la más absoluta reserva. "Eso es justamente lo que no hizo el padre José Mantera, vicario de la parroquia Nuestra Señora del Reposo, de Valdeverde del Camino, una pequeña localidad andaluza. "Doy gracias a Dios por ser gay" le confesó a la revista Zero, una publicación mensual destinada al público homosexual, en febrero de 2002. La frase fue el título de la nota y al salir publicada estalló un escándalo que dio la vuelta al mundo. Al cura, de unos cuarenta años, se lo veía en la foto con arito y barba recortada, pulsera de tachuelas y el clásico cuello blanco. En esa nota el cura Mantera reveló que hacía ocho años se había enamorado de un hombre con el que vivió una experiencia que calificó como "muy bonita, muy morbosa y que acabó mal». "No vivo ni mucho menos en la continencia, el continente ya no existe, continente no hay nadie (...) Lo normal es callar, negar tu propio ser; así estás anulado, eres más controlable y no haces ruido, que siempre molesta. Lo que se quiere negar es el hecho homosexual, negar que en nuestras filas hay

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maricones (...) Me gustaría que esto fuera un pequeño germen, una semillita para que un día podamos ver que desaparecen de la Iglesia declaraciones homofóbicas y que esto se admita de forma natural", explicó. Tres días después, José María Roldan, portavoz del Obispado de Huelva, de la que depende la parroquia de Valdeverde del Camino, dijo que seguramente el cura iba a ser suspendido "a divinis", pero que de todas formas, el obispo Ignacio Noguer, quien "se siente muy dolido", había decidido no tomar ninguna determinación hasta no hablar personalmente con Mantero. En la Iglesia española hubo opiniones diversas. Mientras el obispo de Mondoñedo-Ferrol, monseñor Gea, consideró que Mantero era "un enfermo ", el auxiliar de Barcelona, Joan Carrera, consideró que "no es un problema de orientación sexual sino de incumplimiento del celibato, su historia personal a mí me merece respeto, porque supongo que habrá sufrido mucho". Por su parte, el obispo Juan José Asenjo, portavoz de la Conferencia Episcopal Española, dijo que la homosexualidad "es una desviación moral", recordó que la Iglesia "no admite la práctica de la homosexualidad, la considera un pecado, un desorden moral" y que Mantero "tiene otro motivo para vivir la castidad y la continencia, que es la ley del celibato que él libremente asumió al hacerse sacerdote". A todo esto, el cura de Valdeverde del Camino había viajado a Madrid y hecho nuevas declaraciones, esta vez al diario El Mundo. En un artículo que se tituló "Dios habla de muchos modos", contestó con esta frase a las críticas que se le hicieron: "¿Qué más dará que uno sea heterosexual o hilandera de Velázquez, gay o camionero del área de servicio, transexual o Buster Keaton vestido de corto?". Poco después, declaró que estaba dispuesto a encabezar un movimiento gay dentro de la Iglesia católica porque a su juicio "es perfectamente compatible el ser sacerdote con desarrollar una vida sexual activa, que no salvaje, sino normal (...) Ser homosexual no es ser un enfermo, ni desviado, ni invertido, ni es un desarreglo moral, sino un hecho totalmente natural (...) En el plano cristiano no solamente no es pecado, sino que es un don de Dios, al igual que lo es ser lesbiana o heterosexual. Dios no quiere que el homosexual se arrepienta de serlo". Precisamente, en La vida sexual del clero, Rodríguez hace hincapié en que probablemente, la sanción moral que cae sobre el cura homosexual, sumada a la cuestión del pretendido celibato, se confabulan para que algunos recurran a menores para satisfacer su erotismo, lo que configura ya no una conducta sexual, sino delictiva. Dice: "La profunda y venenosa visceralidad con que los jerarcas de la iglesia católica abordan la cuestión de la homosexualidad contrasta significativamente, sin embargo, con el gran número de homosexuales que hubo, hay y habrá entre el clero católico. El que la iglesia denominó "crimen pessimum" es un comportamiento sexual muy querido por una cuarta parte o más de los sacerdotes. "Valorar la cifra de miembros del clero con inclinación homosexual no resulta fácil, pero los porcentajes de quienes han estudiado el tema se aproximan bastante. Los estudios clínicos o sociológicos estiman índices de un 30 al 50 por ciento. En una investigación realizada en 1990 por la propia Iglesia católica en la diócesis canadiense de San Juan de Terranova, se llegó a la conclusión de que el 30 por ciento de los sacerdotes de la misma eran homosexuales (y también demostró que su arzobobispo Alphonsus Penney, que fue forzado a dimitir, había encubierto los abusos homosexuales cometidos por más de veinte sacerdotes sobre unos cincuenta menores, alumnos de un colegio de esa ciudad) (...) "La presión ejercida desde la propia jerarquía católica, más la marginación social que todavía estigmatiza al homosexual, hacen que esos sacerdotes se vean forzados a menudo, a buscar su satisfacción erótica abusando de menores. Este es un dato que, si bien no exculpa al cura que abusa de un menor, sí puede servir para tratar de entender mejor los motivos que le llevaron a cometer tal delito; y también, para extender la responsabilidad moral de tan reprobable acto hasta la propia cúpula eclesiástica, que mantiene a ultranza un sistema represor perjudicial para todos."

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Ciertamente, ponerlos al frente de instituciones académicas, donde el fruto de la tentación los puede mover al pecado y al delito de "abuso y corrupción de menores", no es el camino. Y éste es justamente el límite donde los derechos de los ciudadanos civiles, se topan con las leyes religiosas, que sólo rigen para levantar el dedo acusador para los de afuera, pero no para señalar o castigar a los de adentro. Frente al abuso de menores no hay una ley "divina", otra "religiosa" otra "jurídica": hay una sola y condena al adulto que lo ejecuta. Frente a la inducción a la homosexualidad realizada a través del acoso sexual, sustentado en un cargo jerárquico y escudado en una gran oficina o en una sotana, no hay una interpretación "religiosa" otra "cívica": hay una sola, la condena social a quien detentando poder, hace a otra persona, en general mucho más joven, objeto de su deseo sin importarle el daño que le está generando. En Chascomús, a cien kilómetros de Buenos Aires, el sacerdote Roberto Barco, entonces joven párroco de la Iglesia Santa Rita del barrio San José Obrero, fue protagonista de un escándalo sexual que conmovió a la ciudad, cuna de Raúl Alfonsín. Una monja residente en la casa de Retiros espirituales de la localidad de Gándara, un pueblito casi pegado a Chascomús, confesó a su superiora que estaba embarazada del sacerdote. El obispado local tomó cartas en el asunto y castigó a Barco. Lo obligó a raparse la cabeza y a caminar descalzo por la ciudad durante un año. Y así se lo veía, aún en pleno invierno. La monja fue recluida por su superiora en una casa de la Congregación en la provincia del Chaco, donde –se supone– tuvo a su hijo y nunca más se tuvo noticias de ella. Pero el escándalo no finalizó aquí. A pesar de las medievales disposiciones del obispo para castigar a Barco, al poco tiempo, circularon fuertes rumores –incluso hubo una denuncia– de que había acosado sexualmente a un vecino y que además, abusaba del alcohol. Hoy Roberto Barco se encuentra trabajando en la ciudad de Ranchos. En agosto de 1998, en Berrotarán, un pueblo de 8500 habitantes de la provincia de Córdoba, estallo una conmoción. Una cámara oculta de televisión, que estaba ubicada en la plaza San Martín de la ciudad de Córdoba, frente a la Catedral, donde oficia misa el cardenal Primatesta, mostró imágenes del sacerdote del pueblo, Walter Eduardo Avanzini, solicitando "servicios" sexuales a un niño. A los pocos días, luego del escándalo y la indignación de los vecinos, el Obispo de Río Cuarto, que tiene jurisdicción sobre Berrotarán, Artemio Staffolani, –ahora uno de los integrantes de la Mesa de la Concertación– tuvo que pedir perdón a la comunidad. El sacerdote fue recluido en un "retiro espiritual" y trasladado luego a otra parroquia, en otra provincia. En abril del año 2001 el diario Los Andes de Mendoza, denunció que el sacerdote Francisco José Armendáriz, párroco de Palmira –a 25 kilómetros de la capital– de 30 años, había sido padre de una beba, producto de una relación amorosa que mantenía con una joven de 18 años. Como el sacerdote no aceptaba la paternidad, fue obligado a realizarse un examen de ADN. A los pocos meses el mismo tuvo el 99, 9 por ciento de certeza. Por orden del arzobispo Pepe Arancibia, el sacerdote fue trasladado a una parroquia de Benito Juárez, en la provincia de Buenos Aires y el purpurado guardó sugestivo silencio sobre las consecuencias de esta relación y la actitud que tomaría la Iglesia frente al conflicto desatado en la comunidad. El 27 de junio de 2001, el diario Clarín publicó una nota denuncia de su corresponsal en Corrientes contra el cura Jorge Scaramellini Guerrero, director y confesor de los chicos que asistían al Colegio Santa Catalina de Alejandría, quien había asomado a la notoriedad pública en mayo, cuando separó de sus cargos a tres maestras con el argumento de que no estaban casadas por la Iglesia. La nota se hacía eco de un denuncia por abuso deshonesto presentada ante el Juzgado de Instrucción 7 de Corrientes, por la madre de un menor de 16 años. De acuerdo a la misma, cuando el chico le confesó al cura que había dejado embarazada a otra alumna del mismo colegio, Scaramellini lo hizo desnudar y escenificar paso por paso la relación mantenida con la adolescente. Sin embargo, "el contacto entre ambos no habría pasado de un abrazo del cura al adolescente", aclaraba el corresponsal de Clarín, quien añadió que la denuncia involucraba además a otros dos chicos de la

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misma edad. Por su parte, la revista Noticias del 12 de octubre de 1997, denunció que el cura Alberto Gravier, de la Parroquia Nuestra Señora de la Paz, de Flores, organizaba flagelaciones entre adolescentes de la Juventud de la Acción Católica (JAC), a quienes les tenía prohibido ponerse de novios. La nota de Daniel Balmaceda, titulada "El latigazo del demonio", comenzaba con la siguiente descripción: "Damián se arrodilló en el reclinatorio, delante de un cuadro de la Virgen María. A su derecha, Gastón rezaba por él. Pablo leía el Evangelio en voz alta. Cristian vigilaba la puerta. El padre Alberto Gravier les dio cinturones de cuero a Luis y a José. Durante tres minutos flagelaron a Damián. Intercambiaron roles. Cada uno recibió 24 cinturonazos, azotó a un par de compañeros, leyó la Pasión según San Mateo y controló en la puerta la privacidad del grupo. El padre Alberto vigilaba todo junto a la ventana. "El rito pentencial se practicó durante tres jornadas de "convivencia formativa», los días 26, 27 y 28 de diciembre de 1995, en la ciudad deportiva Don Bosco. El cura y los chicos –miembros de la Acción Católica – pertenecían a la parroquia de Flores Nuestra Señora de la Paz. Gravier también pidió que lo flagelaran. Los jóvenes regresaron a sus casas y nadie contó lo ocurrido. " Según Balmaceda, en el Arzobispado existían catorce denuncias contra el padre Gravier. "El cura dejó un mal recuerdo en la Parroquia de San Ignacio, en el barrio de Monserrat, doce años atrás. Y tuvo problemas con la Federación Argentina de Empleados Católicos donde fue asesor espiritual durante dos años. Ni la Vicaría de Flores ni el Arzobispado porteño aportaban soluciones. Cuando el tema, tomó estado público, el padre Gravier presentó su renuncia y los obispos se la aceptaron el 2 de octubre", remató. Otro caso que conmovió a la prensa mundial fue el del obispo Lajos Kada, que se jubiló como nuncio del Papa en España en febrero de 2000, y a quien el obispo José Luis Irizar y Artiach, director de la Obras Misionales Pontificias (OMP) de ese país, acusó de estafa al haber vendido colecciones de doce grabados para recaudar fondos para un falso homenaje a Juan Pablo II. El escándalo mereció toda una doble página en el diario El País del domingo 11 de marzo de 2001. "Irizar y Artiach sugería que María del Bosque, de 54 años, la protagonista de la sospechosa venta, mantenía una estrecha relación con Kada y aseguraba que éste tenía una hija natural en Costa Rica, fruto de su relación con otra mujer", consignó El País. Demás está decir que ni aún recurriendo al tribunal eclesiástico romano, Irizar logró su cometido. Por el contrario, este obispo de cuna nobiliaria, que donó todos sus títulos y bienes millonarios a la Iglesia y se fue a misionar a Bolivia, fue separado de la dirección de la OMP, que atiende a las necesidades de 30.000 misioneros y maneja fondos por 3.000 millones de pesetas al año. Uno de los últimos episodios se relaciona con la Iglesia católica en Estados Unidos. Tan graves, que llevaron al Papa a declarar duramente sobre el tema. No es para menos, los escándalos sexuales en el país del norte, amenazan enturbiar el final del papado de Karol Wojtyla. Mark Vincent Serrano, un ex monaguillo de 37 años le confesó al diario New York Times, detalles escalofriantes del abuso sexual al que fue sometido muchos años antes, cuando era un niño, por parte del sacerdote James Hanley, de la Iglesia San José de Mendham, en Nueva Jersey. Los mismos, según Serrano, consistían en toqueteos, sodomía, sexo oral y masturbación. "En una oportunidad me dijo que me enseñaría el beso francés. Todavía recuerdo el gusto horrible y agrio que acompañó aquel momento", dice el ex monaguillo. "Tenía vibradores. Todavía recuerdo la sensación espantosa sobre mi pecho, cuando mi adrenalina subía y mis pelos se erizaban. Era una horrible dicotomía. Este hombre me decía por un lado que todo eso estaba bien y que ése era nuestro secreto. Pero a medida que pasaba el tiempo aparecían sensaciones nuevas y todo el contexto en el que surgían era muy extraño. " En Estados Unidos, como una catarata, continúan apareciendo víctimas de abusos de clérigos y la Iglesia católica enfrenta un gravísimo problema ético, moral, religioso y económico, ya que deberá indemnizar a las víctimas con una suma cercana a los mil millones de dólares. El diario oficial católico

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de la Arquidiócesis de Boston –cuyo arzobispo Bernard Law está muy salpicado por los escándalos, ya que tuvo que dar a conocer el nombre de 80 sacerdotes acusados de cometer abusos sexuales por décadas y que fueron protegidos por él– dijo que la Iglesia debe afrontar cuestionamientos y encargar estudios respecto de la posibilidad de que debiera ser preservado el sacerdocio célibe y exclusivamente masculino. El cardenal Law, conservador y muy leal al Papa, recalcó que dicho pensamiento no tuvo la intención de cuestionar la posición de la Iglesia sobre el celibato, sino de reflejar cuestiones planteadas por otros. Y el tema también roza muy de cerca a Juan Pablo II. En Polonia, la tierra del Jefe de los católicos del mundo, las cosas tampoco van por el camino de Dios. En Poznan, una ciudad del este y donde los habitantes dicen tener la diócesis más antigua del país, los sacerdotes se hicieron eco de los rumores que hablaban de la homosexualidad del arzobispo Juliusz Paetz y sus abusos a seminaristas. A fines de 1999, las versiones más aberrantes circulaban sobre Paetz, que para completar el cuadro de situación, es muy amigo del Papa de tiempos lejanos y fue el mismo pontífice quien lo nombró arzobispo. A tanto llego el tema que el director del seminario se enfrentó al prelado con las acusaciones de los seminaristas, pero éste las desmintió rotundamente. Los sacerdotes recurrieron al Papa a través del nuncio, para "pedirle una investigación". En mayo del 2001, cuatro declaraciones juradas firmadas por seminaristas con detalles del comportamiento de Paetz, fueron enviadas al nuncio, el que las entregó de nuevo al arzobispo recomendándole olvidarse del tema. Entonces, los religiosos y laicos polacos decidieron obviar al nuncio y a las autoridades locales de la Iglesia y un emisario las llevó directamente a Roma, a manos del Papa. Se inició una nueva investigación con un enviado del Vaticano. Y el 26 de marzo del 2002, el arzobispo Juliusz Paetz, de 67 años, renunció a su cargo, sin reconocer ninguna de las acusaciones y esgrimiendo el siguiente argumento: "he sido víctima de malos entendidos por mi amabilidad y mi espontaneidad". A mediados de abril y ante la dimensión del drama, Wojtyla convocó a Roma a los 16 cardenales americanos para interrogarlos sobre lo ocurrido. Hacía pocos días que el New York Times lo había calificado de carecer de reflejos y de la "lentitud propia de un anciano enfermo ". "(...) Por culpa del gran daño hecho por algunos sacerdotes y religiosos, la misma Iglesia es vista con desconfianza, y muchos se sienten ofendidos por la forma en que los líderes de la Iglesia han percibido y actuado en estas circunstancias (...) El abuso de los jóvenes es el síntoma de una grave crisis que golpea no sólo a la Iglesia, sino a la sociedad entera (...) La gente necesita saber que no hay lugar en el sacerdocio para aquellos que hagan daño a los niños, esos sacerdotes son traidores a su misión (...) Hay que purificar urgentemente la Iglesia Católica...".

El hijo del juez El caso de la Iglesia de Santa Fe es el más paradigmático –en Argentina– en la problemática de la homosexualidad y la desviación hacia los abusos, y tendría en monseñor Storni al modelo a emular por parte de muchos discípulos, de su séquito y de ex seminaristas. Los ataques compulsivos del arzobispo no sólo fueron comentario de los pasillos del seminario, han sido y son un tema que preocupa y avergüenza a gran parte de la ciudad, y que como dicen varios sacerdotes, ha provocado que muchos fieles abandonaran la fe y desconfiaran de la jerarquía. Un prestigioso sacerdote de la vieja escuela, que –por ahora– prefiere callar su nombre, vivió un momento muy violento con respecto a este tema: "Un verano me invitaron a pasar unos días a la casa de la Curia, en Calamuchita. Allí los muchachos del seminario disfrutaban del aire libre y los más viejos respirábamos un poco más de aire. Fueron varios sacerdotes, asesores espirituales y también fue el obispo Storni. Yo ya estaba

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enterado de las inclinaciones de monseñor pero trataba de convencerme de que era la fantasía popular debido a su aspecto más bien amanerado y su forma de ser polémica. Pero un día, en los pasillos de la casa, me crucé con uno de los chicos de 18 años que corría desencajado, llorando. Lo seguí, lo llevé a un lugar privado y le pregunté qué le pasaba. Sólo repetía como un autómata: "Yo lo mato a ese degenerado, lo mato, antes de que me vuelva a poner un dedo encima, le juro padre que lo mato". Ese joven, hijo de uno de los jueces más renombrados de San Fe, cursaba el segundo año de seminario y conocía a Edgardo Gabriel Storni desde que era adolescente, porque el arzobispo visitaba asiduamente su casa familiar, como lo hacía con muchas casas de gente influyente. Seguramente, deseaba secretamente al hijo de ese juez desde su pubertad, pero pocas veces lo había tenido en esa situación de indefensión, en ese clima de jolgorio juvenil y a distancia de la ciudad, como esa tarde de enero de 1992, en la que se le tiró encima, intentó besarlo y le manoseó los genitales. El seminarista reaccionó con asco y violencia frente al arrebato de locura del purpurado, lo empujó, le dio un puñetazo en el estómago y salió corriendo, temblando de la furia y la indignación. Al viejo sacerdote se le revolvieron las entrañas cuando el chico le contó los detalles de lo que le había pasado, pero no pudiendo hacer allí otra cosa, atinó a tranquilizar al joven y a prometerle que esa situación de abuso, que tanto lo había dañado, no quedaría así. Le prometió que personalmente hablaría con el obispo y que haría todo lo que pudiese, por encima de él, para que no se repitieran estos hechos humillantes. Cuando volvió a Santa Fe de la Veracruz, desde su humilde casita, muy cercana a la iglesia de la que era cura párroco, le escribió a Storni la siguiente esquela, a la que tuve acceso: "Esto no es una carta sino una confidencia de amigo. Tuviste un serio desliz que afectó a un grupo en plena formación espiritual y humana. No te juzgo ni te condeno, no me corresponde. Sólo te sugiero que reflexiones en Cristo y tomes conciencia de la gravedad de tus actos". No pasaron muchos días entre el envío de esa carta y el encuentro que mantuvieron los dos clérigos, frente a frente, en el despacho episcopal. El viejo sacerdote contó: "Me recibió cordialmente, pero nervioso. Caminaba de una punta a la otra de la sala, gesticulaba y me preguntaba sobre la marcha de mi iglesia y otros temas menores. Hasta que por fin se quebró y me dijo: "–Leí tu carta y sentí una profunda vergüenza. " "Yo en ese momento tuve la sensación de que comenzaría a gritar, como sabía que lo hacía, o que me comunicaría mi traslado. Pero nada de eso, el obispo me sorprendió con un abrazo contenido, sentido y humano, y me dijo: "–Muchas gracias, así se hace. " A pesar del shock que le causó esa reacción ambigua, el viejo sacerdote sabía que la autoridad máxima de su iglesia era compulsivo por naturaleza y le dio a ese abrazo el mismo valor que el ataque amoroso del que fue víctima el seminarista: un arranque, un arrebato, un acceso de pasión que no lo convenció demasiado. El cura se explayó: "De esa carta me guardé una copia y se la di a un sacerdote que estaba muy enterado del tema irregular del seminario. Él había sido rector allí y se fue por muchísimas diferencias con la cúpula de la iglesia santafesina. "Un día recibí un llamado telefónico de monseñor José María Arancibia, quien ya entonces era arzobispo de Mendoza. Fue muy breve y muy amable. Se presentó, me dijo que sabía que yo tenía cosas importantes que contar y me citó para el otro día en Paraná, que queda enfrente de Santa Fe, cruzando el río, en la casa del arzobispo Karlic (Estanislao). Yo no tengo movilidad, porque nunca necesité, siempre algún muchacho de la comunidad me acercaba cuando tenía que ir a ver a un enfermo y en casos de extrema unción, los familiares de las personas me venían a buscar. Pero ese día, como fue todo tan repentino y tenía que salir de la ciudad, le pedí a un sobrino que me llevara a través del túnel subfluvial.

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"Cuando me encontré con Arancibia, me dio la misma impresión que me había dado por teléfono: un hombre cordial, muy sencillo y cálido, abierto y con ganas de escuchar. Yo lo primero que le pregunté fue qué necesitaba de mí, porque aunque me lo imaginaba, temía equivocarme. Entonces, con total naturalidad sacó de su bolsillo un papel doblado en cuatro y empezó a leer. Yo me toqué el bolsillo izquierdo de mi camisa y palpé si tenía la carta. La tenía. Pero Arancibia tenía su propia copia y me la leyó del principio al fin. Me sorprendió, pero después no fue muy difícil descubrir quién le había dado la carta y la información. Conté todo lo que había visto en la casa de descanso, todo lo que me contaron con posterioridad, todos los abusos sexuales de Storni con los chicos. No omití ningún detalle. "Lo hice con espíritu de reparación, de purificación, no con el ensañamiento que muchos tienen. A ellos no los condeno, los entiendo. Pero yo soy un hombre de Iglesia y creo que todos merecemos oportunidades. Storni también merece tener un lugar, quizás en el Vaticano, encargándose de cuestiones institucionales, pero no cerca de jóvenes, porque ese hombre no se domina, no puede con su enfermedad. Puede hacer mucho daño y lo ha hecho. A muchos jóvenes. Su problemática no tiene una solución rápida, y no es justo que le arruine la vida a muchachos que pueden confundirse, que van al seminario a convertirse en ministros de Cristo y pueden terminar algunos decepcionados en su fe o asqueados, y otros confundidos sexual y afectivamente." Según Pepe Rodríguez, "un 20 por ciento de los sacerdotes ha mantenido o mantiene algún tipo de relación homosexual, de manera habitual o esporádica, o realizada como actividad excluyente o complementaria. De ellos, un 12 por ciento serían estrictamente homosexuales, es decir, con tendencia exclusiva a mantener relaciones sexuales con varones, ya sean éstos mayores o menores de edad". "En la población general–señala– la medida de varones homosexuales asciende a un 4 al 6 por ciento. De la comparación se deduce que los porcentajes estimados para el clero son anormalmente altos, lo que no es difícil de explicar. " "El enemigo número uno de la formación eclesiástica del sacerdote–ironiza el teólogo Hubertus Mynarek– es y continúa siendo la mujer. No resulta extraño que algunos candidatos al sacerdocio busquen y encuentren una salida en los contactos con personas del mismo sexo. Sin embargo, hay una diferencia entre jóvenes con una marcada tendencia homosexual, que ingresan al seminario pensando que el celibato sería una buena solución a sus deseos prohibidos. Otros menos inocentes saben que los internados, seminarios y conventos son lugares privilegiados para tener contacto con personas del mismo sexo, en el amplio sentido de la palabra. Pero hay otro gran número de jóvenes heterosexuales para quienes la homosexualidad se convierte en una válvula de sustitución para la relación con el otro sexo, reprimida y prohibida por la Iglesia católica."

La investigación Fue en mayo de 1994 cuando, frente a tanto escándalo y rumores, el Vaticano ordenó investigar la conducta sexual de monseñor Edgardo Gabriel Storni. Para entonces ya hacía una década que había decidido su nombramiento como pastor santafesino, por sugerencia del nuncio apostólico, Ubaldo Calabresi, de quién era íntimo amigo. El prestigioso arzobispo de Mendoza, José P. Arancibia fue el encargado de la investigación y realizó una tarea que fue más allá del Código del Derecho Canónico: instalado en la casa particular del arzobispo de Paraná, en Entre Ríos, Estanislao Karlic, entrevistó a un total de 47 personas, la mayoría seminaristas, que a escondidas de Storni, viajaban a testimoniar a Paraná. La investigación terminó en diciembre de ese año y el expediente está en Roma. El 22 de diciembre, el vespertino santafesino El Litoral se hacía eco, aunque en forma cauta, de lo

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que había publicado ese mismo día el matutino Rosario 12, el cual, citando fuentes inexpugnables, dio los detalles de la investigación. El Litoral consignaba que según Rosario 12 las denuncias "habrían llegado directo a Roma y con desconocimiento de los obispos argentinos, y como consecuencia se ordenó la investigación". Bajo el título de "¿Investigado?", la información sostenía que "el arzobispo de Santa Fe estaría siendo investigado por cuestiones que involucran a su actividad personal y afectarían el desarrollo de su pastorado ". "El matutino Rosario 12 señala a monseñor José María Arancibia como el delegado y encargado principal de la investigación, para lo cual entrevistó a casi cincuenta personas, entre sacerdotes, seminaristas, psicólogos y laicos cercanos al desarrollo de la vida del seminario de la arquidiócesis. "Se señala también que un juez federal de la provincia habría declarado ante el secretario general del Episcopado. Consultados por este medio, tanto el juez Raúl de la Fontana como el doctor Víctor Bruzza negaron haber concurrido y tener conocimiento de la actuación. "El principal observado, monseñor Storni, consultado por El Litoral, negó conocimiento de un procedimiento de ese tipo, así como de las causas que lo hubieran motivado. "Storni amplió, sin mostrarse especialmente afectado por tamaño escándalo: "Estoy sorprendido, desconocía la investigación y la denuncia que la motivó, pero las puertas del arzobispado y yo estamos abiertos para ser investigados". "Monseñor Arancibia no confirmó, ni desestimó lo publicado en el periódico." La ciudad fue un hervidero de rumores, comentarios escandalosos y pocas certezas. Desde diferentes lugares de la arquidiócesis, tanto la feligresía como parte del clero esperaban que, frente a semejante escándalo, Storni diera un paso al costado. O bien, que la misma Iglesia lo destinara a otra honorable misión, en lo posible fuera del país, pero nada de eso pasó. Eso sí, entrado el año 2001, corrió la versión en Santa Fe de que el arzobispo tenía garantizado un lugar en la biblioteca del Vaticano, pero que su partida no se concretaba porque Blanca, su madre, estaba ya muy anciana y enferma, y el hijo no quería dejarla sola. En oportunidad de la investigación, los únicos apoyos que recibió Storni en Santa Fe fueron los de la propia intendencia, de algunos concejales y grupos laicales, y de la CGT local. Curiosamente, en varias solicitadas aparecidas en el diario El Litoral, figuraron nombres que luego desmintieron haber firmado ese documento, ni haber sido consultados para ser incluidos en lista de apoyo alguno. El miembro de la jerarquía eclesiástica que más apoyó en esos días, –de manera incomprensible para muchos– fue el actual obispo de Santiago del Estero, monseñor Juan Carlos Maccarone, por entonces obispo titular de Mauriana, auxiliar de Lomas de Zamora y presidente de la Comisión de Educación y Cultura del Episcopado. El 28 de diciembre de 1994, El Litoral publicó entre otras solicitadas de personalidades de la provincia y la ciudad, la de monseñor Maccarone: "Estoy consternado por el daño inferido al arzobispo de Santa Fe. Me encuentro aquí exclusivamente para apoyar al arzobispo Storni en estos momentos que tiene que probar el trago amargo de la difamación", expresó, señalando además que "desconocía" quiénes habían realizado la denuncia por la cual aquel estaba siendo investigado. El diario El Litoral consignó: "Como consecuencia de los últimos acontecimientos de estado público, monseñor Maccarone llegó ayer a la ciudad y tuvo una entrevista con monseñor Storni, en la que le dio muestras de aliento, no sólo personales, sino de altos mandatarios de la Iglesia. "Maccarone señaló: "habiendo sido hospedado en los días de la Convención Constituyente como representante del Episcopado, percibí no sólo su sano celo pastoral, sino la vitalidad de una Iglesia servicial, comprometida en líneas pastorales que abarcan todo el ancho espacio de la caridad. "No dejo de expresar mi consternación por el daño inferido al pastor y a la comunidad diocesana. "Ruego para que el perdón alcance la debilidad de quienes han producido tanto daño, las grietas de una pretendida difamación se transformarán sin duda en la roca de la verdad"."

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Al viejo sacerdote que enfrentara al arzobispo, como a muchos de los que declararon en Paraná en contra de Storni, las cosas no le fueron demasiado bien. Pasado un tiempo, me recibió y contó: "En mi parroquia hay mucha actividad juvenil y así como el muchacho que fue víctima de Storni era uno de mis pichones, y que por eso lo defendí, no sólo a nivel pastoral sino también personal, han ido otras vocaciones al seminario de nuestra comunidad. Después de todo el escándalo, un día vino a verme Diego, un muchacho que recién había ingresado al seminario, muy dolido porque lo habían echado. Le pregunté por qué y me dijo que no sabía. Entonces fui a la Curia para interiorizarme, hablé con el padre Santiago Copello y me dijo que él no estaba al tanto de lo que pasaba en el seminario. Entonces hablé con el padre Grassi, y me contestó que no estaba enterado de nada. Finalmente, fui a hablar con Mauti, el director del seminario, y me contestó de manera ambigua, sin señalarme un motivo puntual para la expulsión. Yo estaba muy preocupado y dolido. Pero después de la indiferencia con que me trataron y la inconsistencia de los argumentos, me di cuenta de que el problema de Diego había sido pertenecer a mi comunidad y ser uno de mis recomendados." Todos los testimonios que monseñor Arancibia recopiló prolijamente fueron enviados al Vaticano, vía la Nunciatura. Hasta el día de hoy no se sabe de ninguna resolución papal respecto de la investigación. Los involucrados en la misma, desde seminaristas hasta sacerdotes, se mostraron profundamente decepcionados por el silencio de las autoridades religiosas. "Cada uno de nosotros expuso ante Arancibia todos los horrores que habíamos vivido en el seminario. Había chicos que le contaron cosas humillantes, asquerosas y que removieron recuerdos dolorosos. Es cierto que Arancibia fue muy comprensivo y contenedor. Él nos decía: "No tengan miedo muchachos, yo he escuchado cosas peores" y nos alentaba a hablar. Lo cierto es que tanto nosotros, como los sacerdotes nos arriesgamos mucho, ya que vivimos en Santa Fe. Pero lo hicimos convencidos de que valía la pena, de que serviría para evitar futuros abusos de Storni. Un día, Arancibia se despidió y no volvimos a saber nada de él, ni de lo que le contamos. Seguramente la gravedad del caso trascendió a él y no pudo hacer nada. Pero humanamente merecíamos una respuesta", confesó un seminarista. Un alto funcionario de la Iglesia, aseguró que la investigación sobre Storni llegó a Roma y que allí quedó. A tal punto que el arzobispo Storni viajó al Vaticano, permaneció quince días, paseó, vio a sus amigos y regresó como si nada hubiera pasado. Qué explicaciones brindó y ante quiénes, sigue siendo un misterio. El 25 de junio de 2000, durante la procesión de Corpus Christi, Storni tuvo el tupé de hacer un largo discurso moralista respecto de la sexualidad humana y la salud reproductiva. Los párrafos más salientes de su alocución, en lo que se refiere a este tema, fueron las siguientes: "(...) Este siglo XX que fenece, se proyecta en el futuro inmediato como el siglo de las mayores matanzas entre los hombres. La historia atestigua de guerras, genocidios, exterminios, terrorismo, opresiones, explotaciones hasta de niños, crímenes de todo tipo, que han ido cubriendo toda la geografía del planeta, abarcando los más diversos pueblos, grupos y niveles de la humanidad. "Pero, ha llegado al colmo en los abiertos, promovidos y planificados atentados contra la vida inocente e indefensa. A partir de una mentalidad materialista, no se duda en promover la antinatalidad y la eutanasia, hasta cegar compulsivamente las fuentes de la vida. ¡Más aún!: eliminar sin escrúpulo alguno, la vida concebida, así como también la vida en su ocaso; es decir, eliminar al hombre. Matarlo. Y esto ha ido llegando hasta nosotros, metiéndose en nosotros. "La campaña organizada internacionalmente bajo las eufemismos (¡qué jerga!) de (género, salud reproductiva, derechos de la mujer, planificación familiar) –que entraña y empuja a la práctica del aborto––ya ha logrado irrumpir en el campo del ordenamiento jurídico argentino, violando lo establecido en la Constitución nacional. "Se da paso así, al genocidio sin límites, el mayor de cuantos conocidos. Porque muchos que se rasgan las vestiduras ante los crímenes de Hitler o de Stalin, están enrolados en la misma monstruosa línea de pensamiento y acción. Con una arrogancia en sus afirmaciones seudocientíficas y falseadas

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estadísticas, y una inmoralidad en sus estrategias operacionales, que repugna a cualquier conciencia elementalmente formada. "Se agravan estos crímenes porque sus primeras víctimas son las personas inocentes e indefensas. Y porque se hacen invocando derechos. Pretendidos derechos, que conculcan todos los auténticos derechos humanos, pues niegan el primero y fundamental: el derecho a la vida. Sin el cual no hay sujeto alguno de cualquier otro derecho. "Duele también este extravío fatal, pues intentando la legalización de tales prácticas, desnaturalizan el poder y atacan al pueblo a cuyo servicio están las funciones públicas. "Tal vez, sus autores apelen a la democracia, cuando van directamente en contra de ella, al ir en contra del pueblo, en cuanto lo enerva o lo elimina; al llevar a cero la natalidad; al provocar –de hecho y de intento– la promiscuidad sexual, el vicio degradante, sin reparar en límite alguno, ni siquiera de edad. "Pero, la falacia es total, cuando se pretende hacer de toda legítima oposición a tal monstruosidad, un planteo religioso, remitiéndolo –como recurso indebido– al plano de la fe. ¡Cuando el planteo lo hace la misma razón, desde la verdad dada de la naturaleza humana anterior al hombre mismo, y como exigencia de la moral natural, que grita desde el fondo de la conciencia: "no matarás"! "¿Qué mueve a tantos argentinos y principalmente a tantos representantes del pueblo, a hacerse cómplices de tales crímenes? No sólo las ideologías totalitarias o el pansexualismo reinante. También, más aún, las exigencias de un imperio económico que impone sus leyes, en salvaguarda del bienestar de las sociedades ricas y hedonistas, y el lucro de empresas y laboratorios, a costa de la eliminación de las clases y los países pobres. ¡Los pobres molestan, se pueden volver en contra! ¡Abajo los pobres! Para lo cual así condicionan los préstamos usurarios a las naciones empobrecidas haciendo de los respectivos estados sus agentes serviles. Pues, éstos en lugar de servir al hombre, se convierten en estados proxenetas del vicio degradante. "Hay ciertamente una necesidad de plantear la paternidad responsable. Pero sin menoscabar el respeto de la vida, el derecho a la vida; cuya afirmación, promoción y defensa, corresponde a todo hombre que no renuncie a la verdad de su naturaleza y al uso de la razón; pero de un modo particular a las familias, pues es una cuestión de testimonio y educación. No de una mera instrucción a cargo del estado. Menos de reparto de elementos anticonceptivos, ni de métodos en su mayoría abortivos. "Se requiere una educación para el amor verdadero entre varón y mujer y una transmisión honesta y generosa de la vida. Por tanto, una educación que parta de una antropología integral, de la verdad total del hombre, nunca reducido a la genitalidad, nunca coincidente con el egoísmo estéril. "Y aquí quisiéramos ver al estado, favoreciendo la familia y sus derechos intangibles a educar y en esta concreta argentina, peligrosamente despoblada y sociológicamente envejecida, no destinando dineros (que engendra tal vez más esclavizante deuda) para favorecer la antinatalidad y las patologías encubiertas, llevando al suicidio de la nación. "Para que la Argentina se levante, rejuvenecida en nuevas, limpias, heroicas generaciones. Para que se levante el hombre argentino ¡para que viva! Sí, ¡que viva el hombre argentino! Y puedan los argentinos del tercer milenio, los niños y jóvenes de hoy, sus próximos protagonistas, apostar al amor, fundar familia, tener el coraje y la alegría de transmitir la vida (...) "A quienes amen la vida, y quieran vivirla y donarla en el amor. Esta eucaristía, al unirnos en comunión con Jesús, nos alcance el espíritu y nos de inteligencia, fe, fortaleza y misericordia. Para – mientras El vuelve– vencer la derrotada cultura de la mentira, el egoísmo y la muerte, con la victoriosa cultura de la verdad, el amor y la vida. Jesús nos lo urge, nos lo impera, ante todo, como a candentes ciudadanos del mundo, responsables constructores de la Sociedad. ¡Alabado sea Jesús en el santísimo sacramento del altar, pan de vida, para la comunión de todos con Dios, uno y trino, y la vida nueva de la humanidad!"

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Oídos sordos La complicidad del Poder Judicial de Santa Fe con la autoridad de la Iglesia local ha sido tan tácita y aceptada, que en los primeros días de diciembre de 2000 el área legal del programa Derechos del Niño de UNICEF, recibió una carta denuncia al respecto. La misma llevaba las firmas de Stella Dalla Costa, Alejandra Ocaño y Oscar Oliva, la primera madre sustituta de Ramón Puchera, de 15 años, y los segundos, padres de Gabriel Oliva, de 5 años. Ambos chicos eran alumnos del Colegio Concepcionista San Cayetano, y relataron haber sido abusados por el cura Carlos Vece, de la arquidiócesis de Storni, discípulo e "íntimo amigo" del arzobispo, según todas las fuentes consultadas. Esa carta decía así: "Por la presente, nos dirigimos a usted ante la falta de respuesta de los organismos administrativos y judiciales, quienes deberían hacer cumplir la Convención de los Derechos del Niño, y alarmados por informaciones periodísticas vertidas sobre el cierre de la causa por falta de méritos, de hechos aberrantes que involucrarían a un sacerdote en contra de la integridad física y psíquica de menores. "La, comunidad santafesina se conmocionó por denuncias periodísticas, efectuadas por una radio local (LT9), en el mes de julio/00, donde niños y padres de menores del Colegio Concepcionista San Cayetano, acusaban al sacerdote del establecimiento (padre Carlos Vece representante legal) por abusos sexuales y castigos corporales y psicológicos, en contra de los niños internos que allí viven. Cabe aclarar que la Dirección del Menor, la Mujer y la Familia y el Juzgado de Menores de esta ciudad, pagan plazas para la manutención de estos niños y ninguno de los dos tomaron medidas de protección para los menores que allí residen. "Todo se desencadenó cuando un adolescente de 15 años (Ramón Florencio Pucheta-interno), bajo la tutela del Juzgado de menores de la ciudad de Rafaela (Santa Fe), a cargo de la doctora Liliana Spaggiari, se fugó del colegio y recurrió a la radio antes mencionada realizando denuncias gravísimas en contra del religioso y del personal del colegio que estaba en contacto con los niños. Dichas denuncias periodísticas se ratificaron en el Juzgado de Menores de Santa Fe a cargo del doctor González y luego en el juzgado de Rafaela. El expediente cuenta con siete carillas y dada la magnitud de la problemática y el hecho de que involucrara a los demás niños internos, la causa fue derivada al Juzgado Penal de Instrucción de la Primera Nominación a cargo del doctor Dardo Rociani, caratulado: Pucheta s/denuncias. "Esto motivó la reacción de padres de otros niños que habrían sufrido o que fueron testigos de hechos del mismo tenor, todas estas denuncias se radicaron directamente en el Juzgado de Instrucción (doctor Rociani) y hasta la fecha nada se ha concretado, ni se tomaron medidas preventivas, ante la duda, a efectos de salvaguardar la integridad de los menores de entre 5 y 17 años que viven actualmente en el establecimiento. "De las denuncias, la que más horrorizó a la opinión pública, fue la de una mamá (Alejandra Ocaño) de un niño de 5 años (Gabriel Oliva), quien recurrió a los medios periodísticos, ya que a pesar de haber denunciado ella los abusos sufridos en contra de su hijo, fue maltratada cuando recurría al juzgado a preguntar sobre el estado de la causa y llegaron a decirle en una oportunidad que el niño fabulaba. Ante la falta de contención e inacción por parte del juzgado, la señora de Oliva solicitó que declarara el psicólogo que atendió al niño, y éste corroboró los dichos de la madre. Todo esto fue adjuntado al expediente de Pucheta y con la misma carátula, tomándolo como testimonio y no como denuncia (juzgado doctor Rociani). Cabe aclarar que el niño Gabriel Oliva, actualmente está siendo asistido por profesionales de atención a la víctima, a cargo de la psicóloga Laura García Puente y la abogada Virginia Balanda. "Tenemos conocimiento de que existen otras denuncias en el Juzgado de Menores de Santa Fe, de otros familiares de menores que residen o residieron en el colegio, pero éstas no fueron derivadas al Juzgado de Instrucción de la Primera Nominación, donde están radicadas las otras denuncias.

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"No queremos abrir juicios en contra de nadie, simplemente queremos una justicia imparcial, y como diría un periodista amigo (Alejandro Colussi), que se castigue de la misma forma a un ladrón de gallinas y a quien viste una sotana. Muchas gracias por su atención a esta carta producto de la impotencia que viene generando el accionar impune de muchos sectores de la sociedad. " Vale acotar que a fines del año 2000, el sacerdote en cuestión, Carlos Vece, falleció sin que la justicia, que proclamaban padres de alumnos víctimas de sus abusos, lo rozara siquiera. Es probable que Dios, harto de esperar en vano la justicia terrenal, haya ejercido la suya matándolo y remitiéndolo a Satanás.

El camino del Príncipe Al arzobispo Storni los obsecuentes le llaman El Divino. Pero en realidad, se siente y actúa como un príncipe. Fue ungido arzobispo de Santa Fe en agosto de 1984, seis meses después de la muerte de su antecesor, monseñor Vicente Zaspe, un verdadero pastor, de quien había sido su obispo auxiliar desde 1977. Muy pocos pudieron explicar cómo dos personalidades tan dispares convivieron durante siete años en la misión pastoral. Edgardo Gabriel Storni, hijo de un padre ateo y de una familia originalmente humilde de la provincia de Santa Fe, había tenido como referencia, desde que era sacerdote, al cardenal Nicolás Fassolino (nombrado por el Papa Pablo VI en 1967), quien en tiempos pretéritos había estado a cargo de la Arquidiócesis de Santa Fe. Fassolino supo ostentar todos los privilegios de su investidura episcopal: ¿acaso algún feligrés pudo evadir su anillo, elegantemente ofrecido con la diestra extendida hacia adelante, y ex profeso un poco hacia abajo, para que al besarlo, tuviera que inclinarse para hacerlo en señal de obligada veneración? Orgullosamente preconciliar, su vestimenta oficial se completaba con una larguísima extensión al estilo de cola de novia, aunque de color púrpura. A su paso, sus colaboradores se encargaban de recoger aquella cola para que no fuera pisada, o para facilitar el despliegue al arzobispo. Así fue, por otra parte, como Fassolino se ganó el socarrón apodo de Princesa. Fue precisamente en las reuniones preconciliares donde el cardenal quedaba un tanto descolocado, con sus modos de realeza imperial, frente a sus pares que bregaban por una Iglesia más evangélica y menos pomposa. En el seminario de la ciudad de Santa Fe circulaba una foto de la basílica de San Pedro, en la que se distingue al fastuoso Fassolino entre los asistentes a una misa. En el cortejo, pero muy cerca de él, se distingue a un joven y apuesto sacerdote, con una incipiente calvicie, que se identifica fácilmente: no es otro que el entonces padre Edgardo Storni. Pasaron más de diez años, pero la semi gloria también llegó para él: el 4 de enero de 1977 fue designado obispo auxiliar de monseñor Zaspe y luego, para martirio de los aprendices de cura, en director del seminario de Santa Fe de la Veracruz. Frente a la repentina muerte de monseñor Zaspe comenzaron a barajarse nombres para reemplazarlo: Elvio Alberga, Edelmiro Gasparotto, Celestino Bruna y Edgardo Trueco. El nombre de monseñor Edgardo Storni se debió incluir en la lista por una sugerencia del Vaticano, pero nadie creía en sus chances para sucederlo. Tal es así, que durante el período que transcurrió hasta la designación, se nombró administrador diocesano del Arzobispado al padre Trueco. Los seguidores de monseñor Zaspe creyeron que ésa era una clara señal acerca de quién sería el nuevo arzobispo. Muchos sufrieron una profunda decepción cuando, después de varias deliberaciones, el 28 de agosto de 1984 resultó que el elegido había sido Edgardo Gabriel Storni. Quienes buscaron explicaciones lógicas, afirmaron que fue definitorio para la elección el hecho de que hubiera estudiado en Roma. Lo que muchos sospechaban, finalmente se comprobó: el nuevo arzobispo de Santa Fe demostró

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con su imagen y su forma de actuar, que era un continuador de la pomposa línea clerical de monseñor Fassolino. Sentado en el sillón episcopal, entendió que su condición bendecía y legitimaba el contacto directo con los poderes terrenales y se olvidó del fuerte compromiso pastoral que había marcado a fuego el paso por la Iglesia de Santa Fe monseñor Vicente Faustino Zaspe. De ahí que la historia de la Iglesia de Santa Fe se pueda sintetizar diciendo que el poder lo ejerció un príncipe hasta su muerte. Que luego llegó un pastor, que con una fuerza incalculable de entrega hacia su rebaño, consiguió motorizar e inyectar coraje a una Iglesia que había sido conservadora. Y que cuando su vida se extinguió, llegó un nuevo príncipe para ocupar su lugar, aunque nunca para estar cerca del pobre, sino en las esferas de privilegio. Y lo que es muchísimo peor aún, Storni se aprovechó de su cargo para abusar sexualmente –según todos los testimonios recogidos y la investigación abierta por orden del Vaticano y a la que tuve exclusivo acceso– de los jóvencitos llenos de fe que concurrían al seminario y que luego de estos episodios, terminaron traumatizados para siempre o aceptaron con sumisión las perversas órdenes del Príncipe a cambio de promesas de un "buen destino" pastoral, como fue el caso del padre Carlos Vece. Quien repitió con sus propios alumnos los abusos a los que él había sido sometido cuando estaba con Storni. Dos príncipes: Fassolino y Storni; y un solo pastor: Zaspe. Entre medio, un abismo. La Iglesia de Santa Fe quedó así fracturada por la historia.

El pastor "Los grupos dominantes admiten que el Evangelio tenga que ver con el aborto, el homicidio, el adulterio y el robo clásico, pero rechazan su intromisión en el consultorio, la empresa, el estudio profesional, los planes económicos, los cargos públicos, los negocios y los negociados, el soborno, el desempleo, los honorarios, el alza de los precios y con hasta la velocidad en la ruta", decía en uno de sus mensajes dominicales de 1980, monseñor Vicente Faustino Zaspe. En aquel tiempo en que fue arzobispo de Santa Fe, la catedral estaba poblada por católicos unidos por el espíritu y que sólo se diferenciaban por la forma de vestir y los autos en los que llegaban a la casa de Dios. Hombres y mujeres de la alta sociedad santafesina no dejaban de ir misa los domingos. Estudiantes, trabajadores, amas de casa, niños huérfanos, todos se congregaban para escuchar a aquel pastor que era duro e implacable con los poderosos y tierno y comprensivo con los desposeídos. Sus declaraciones, que se fueron endureciendo frente a la dictadura, lo posicionaron como un ministro de la Iglesia confiable, pero consecuente con el Evangelio y por tanto peligroso por sus denuncias. Así lo sintieron los miembros del gobierno militar. Así lo sentía la cúpula de la Iglesia, a pesar de que en honor a sus códigos internos siempre primara el silencio. No podían acusarlo de tercermundista, porque de manera casi inentendible, Zaspe fue uno de los máximos detractores del movimiento. Según cuentan ex integrantes del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo de Santa Fe, los combatió con su arma más potente: la palabra y el predicamento sobre su feligresía. Menos aún podían etiquetarlo con el rótulo de marxista, ya que hubo pocos ministros que hicieran valer tanto como él, el valor de la persona humana como individuo diferente. Pero sus actitudes lo condenaban a la sospecha de los opresores: visitaba las cárceles, pedía por los desaparecidos y sugería, aunque cautelosamente, en el seno de la Conferencia Episcopal, donde era una autoridad encumbrada, que la Iglesia rompiera su connivencia con la dictadura. Entre sus pares insistía una y otra vez: "La Iglesia argentina debe ser la voz de los que no tiene voz, a pesar de las inevitables incompresiones y de las amenazas que puedan seguir. A algunos sectores les molesta que la Iglesia reciba y escuche a los sectores obreros, a los familiares de los desaparecidos y de los detenidos sin

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proceso, o con procesos eternizados, y que pida por los jubilados y a los pensionados. De alguna manera todos ellos son ciudadanos sin voz, o al menos sin suficiente voz" Cuando las Fuerzas Armadas presentaron el documento final sobre lo actuado por la dictadura, en el que se pretendía que no había más información que dar, que había habido una guerra sucia y que por lo tanto cualquier exceso era comprensible, Zaspe sentenció públicamente: "Es insólita la calificación de "actos de servicio" para la tortura, el secuestro impune, la muerte clandestina, la detención sin proceso, la entrega de niños a desconocidos y el latrocinio descarado de los hogares. El diario Clarín recogió, el 6 de junio de 1983, parte de aquellas aseveraciones de Zaspe, extraordinariamente duras si se tiene en cuenta que fueron hechas todavía bajo el Proceso Militar. Decía: "En los últimos meses se han publicado muchos aspectos ocultos del Proceso, no refutados hasta el momento, que hacen sumamente vulnerables las justificaciones del mismo. ¿Se puede continuar hablando de excesos cuando todo el proceso antisubversivo respondió a una premeditada planificación? ¿Se puede afirmar que no se dispone de más información, cuando los servicios de inteligencia controlan rigurosamente a personas, grupos, instituciones y teléfonos?". Hijo de los españoles –sus padres, Miguel María Zaspe y su madre, Rosario Zarategui, eran de Navarra, aunque llegaron al país por separado– de chico vivió en La Boca. Sus padres se habían casado en la parroquia porteña de San Cristóbal, un 8 de diciembre, día de la Inmaculada Virgen María, y se fueron a vivir a la calle Suárez 89, próxima a los barcos que pintó Quinquela. Miguel había conseguido un reparto de leche y con los ahorros logró comprar un restaurante en La Boca, donde Rosario cocinaba y él atendía. Allí nació Vicente, un 15 de febrero de 1920, bajo el fraternal y siempre distintivo signo de Acuario, que lleva a los nativos a ir siempre en contra de la corriente y a desafiar el status quo. Bien pronto, la salud delicada de Rosario los obligó a buscar un sitio menos húmedo, y fue así que se mudaron al barrio de Palermo. La casa quedaba en el 4982 del Pasaje Russel, justo en la esquina con Serrano. Vicente tenía por entonces 7 años y había sido criado con todos los mimos de hijo único. La casa quedaba muy cerca de la parroquia San Francisco Javier, donde el 8 de octubre de 1928 tomó su primera comunión y luego militó como aspirante de la Acción Católica. La secundaria la cursó en el Colegio Nacional de Buenos Aires, como correspondía en esa época a los niños que se habían mostrado muy inquietos y capaces en su primaria. Bastó una entrevista con el director del renombrado colegio para que Vicente respondiera con facilidad algunas preguntas e ingresara. Después de una secundaria sin sobresaltos, aunque no necesariamente excelente porque tenía muchas energías puestas en su cargo de delegado de aspirantes en el centro de Jóvenes de Acción Católica QAC) de San Francisco Javier. El sacerdocio le fue conferido el 28 de noviembre de 1948 en la iglesia del Seminario de Devoto, por monseñor Antonio Rocca, obispo auxiliar de Buenos Aires, pero se ordenó solemnemente el 8 de diciembre de 1948, aniversario del casamiento de sus padres, en la parroquia de su niñez, San Francisco Javier. Allí su padrino asistente fue el presbítero Román Figalio. En aquel momento, las palabras con las que toda una comunidad recibió la alegría de su ordenación, no pudieron ser más emotivas. Las dijo uno de los jóvenes miembros de la Acción Católica: "¡Qué sentimientos inescrutables embargan hoy tu corazón al sentirte ya sacerdote de Cristo por toda una eternidad y cuáles han de ser los sentimientos de tus padres, que un día, con los ojos inundados en lágrimas, se despidieron de ti, pidiéndole a Dios, el verte un día sacerdote...! Y pasaron los años, y ahora te contemplan y te siguen paso a paso, ya subiendo las gradas del altar en el santuario..., ya ofreciendo el pan y el cáliz..., ya exclamando las palabras misteriosas que todo lo trocarán en Dios..., ya recibiendo de tus manos ese pan de vida con el que pagará Dios la deuda contraída con los padres de un nuevo sacerdote. "¡Padre Zaspe! Hoy tus compañeros de la Acción Católica y tus hermanos en el sacerdocio, llenos de alegría y gozo, con el corazón palpitante de la emoción, te repetimos: Tú eres sacerdote por toda

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una eternidad... Tú, el escogido para predicar el Evangelio de Dios... Tú, uno de los colaboradores en la salvación de las almas, y el dispensador de los misterios del Señor. Y te prometemos que nunca dejaremos de pedir al Altísimo para que seas un santo sacerdote." Pocos días después, el 5 de febrero de 1949, cuando se aprestaba a cumplir los 29 años, falleció su padre. Ese mismo año fue nombrado Vicario cooperador de la porteña parroquia Santa Rosa de Lima, sobre la avenida Belgrano, cargo que ejerció hasta 1958. En 1961, fue destinado como Obispo a la ciudad santafesina de Rafaela. Era muy joven, pero todos y en especial él, sabían que estaba preparado para asumir la responsabilidad. Su tarea pastoral trascendió los límites de la ciudad y se extendió a toda la provincia, y aun más allá de ella. En Rafaela se encontraba cuando, el 3 de agosto de 1968, su santidad Pablo VI le envió una carta al arzobispo de Santa Fe, monseñor Nicolás Fassolino, donde le comunicaba que había decidido, conforme a su pedido, concederle un coadjutor. En la carta se afirmaba: "(...teniendo...) Presente las múltiples y fundadas razones que nos ha manifestado recientemente y el deseo que nos ha expresado en su carta, hemos dispuesto concederte un coadjutor con derecho a sucesión, en la persona del excelentísimo y reverendísmo monseñor Vicente Faustino Zaspe, arzobispo titular de Aquaviva. "A él podras confiar el peso y la responsabilidad de la mayor parte de los asuntos inherentes al gobierno y la administración de esa Arquidiócesis. "Estamos seguros de que lo acogerás con afecto fraternal, asistiéndolo con tu precioso consejo y confiriéndole los más amplios poderes, a fin de facilitarle el cumplimiento de su misión, para el superior bien de las almas."

Una difícil misión En 1973, el Papa Pablo VI le encomendó a monseñor Zaspe viajar a La Rioja a investigar la línea pastoral de monseñor Enrique Angelelli, a quien los sectores más reaccionarios del poder y de la sociedad miraban con desconfianza. Angelelli había comenzado su camino vocacional en su Córdoba natal donde, como profesor y director espiritual del seminario, se había granjeado la admiración y el reconocimiento de los sacerdotes jóvenes. No sólo poseía un gran carisma, también brillaba por su capacidad intelectual: no en vano había sido enviado a Roma para continuar estudios de formación superior. Hasta el cardenal Raúl Francisco Primatesta tenía–según sus propias palabras a esta periodista– afecto por él, aunque disentía con sus ideas. Como sacerdote trabajó intensamente en barrios obreros y en villas, hasta que le comunicaron su ordenación episcopal. Pero tuvo que pagar cierto precio por su independencia: no le adjudicaron diócesis durante casi dos años. Finalmente, lo destinaron a una provincia chica, pobre y sin peso –La Rioja– como para hacerlo desaparecer. Pero marchó hacia allí deseoso de transformar la aridez en humedad, la lucha estéril de generaciones de oprimidos, el trabajo fértil por la libertad y la igualdad de oportunidades. Angelelli predicaba el Evangelio a quien quisiera oírlo y hacía de él un instrumento de cambio para lograr una sociedad más justa. La cúpula de Iglesia argentina observaba con precaución el trabajo renovador y evangélico del Obispo y temía por los frutos sociales y las interpretaciones políticas que podían devenir de su trabajo consecuente y denodado. Demasiado carisma, exceso de fuerza de cambio, muchos jóvenes acompañándolo... ¡hummm! Angelelli llevaba el Evangelio incrustado en el corazón y grabado en la cabeza y sus manos no paraban de trabajar con los pobres, para que dejaran de serlo. Para que construyeran con sus manos el futuro de sus hijos, un futuro de trabajo libre y no sometido. Para que en nombre de Cristo dijeran BASTA a la explotación feudal. No más hombres explotados, no más opresores.

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Definitivamente, El Pelado, tal como lo apodaban, era un pastor transgresor para la Iglesia argentina, que históricamente ha sido la más conservadora de América latina. Los periódicos de La Rioja tampoco tuvieron medias tintas para definirlo. El diario El Sol lo calificaba de "comunista ", "tercermundista" y "guerrillero". Zaspe y Angelelli no se conocían demasiado, pero más allá del sello personal de cada uno, habían recorrido caminos paralelos que en lo sustancial se diferenciaban de los recorridos por mayoría del clero corporizado. De allí que, consciente de la importancia de la misión que le había encomendado el Papa, y después de observar e interiorizarse del trabajo del obispo de La Rioja, la opinión de Zaspe fue terminante y categórica: "No hay mejor manera de practicar el cristianismo que la que lleva a cabo Enrique Angelelli", escribió en su informe. Cuando falleció La Princesa Fasolino, Zaspe fue el elegido del pueblo y de la Iglesia para sucederlo. La feligresía lo admiraba como a un caudillo espiritual y lo quería como a un amigo. La jerarquía eclesiástica lo respetaba por su profundo sentido de cuerpo, su lealtad y su intachable conducta. Con su promoción, en 1969, a Arzobispo de Santa Fe, se materializó una fértil comunión entre los deseos del pueblo y las decisiones de la cúpula de la Iglesia, algo difícil de encontrar en la historia del clero argentino, que no sólo ha respondido siempre verticalmente al Vaticano, como corresponde en una institución de jerarquías, sino muy particularmente a las posturas más ortodoxas que vinieran de Roma.

El principio del fin Parte de la Iglesia y la sociedad santafesina está convencida de que monseñor Zaspe fue abandonado afectiva e institucionalmente por sus pares, durante los últimos años de su vida. Fue una manera de castigarlo. Se había enfrentado y había fustigado con el látigo de la presencia y la palabra a los opresores. Y se la cobraron. Un año y medio antes de sufrir el accidente cerebrovascular, el arzobispo de Santa Fe había sido víctima de un terrible choque automovilístico en la ruta. El 15 de agosto de 1982, su auto fue violentamente embestido de atrás por un camión. Si bien técnicamente fue imposible determinar si se trató de un accidente o de un atentado, las sospechas quedaron flotando en la cabeza de muchos y seguramente también en la de Zaspe. En ese año había recibido intimidaciones y amenazas de muerte. El arzobispo se disponía a oficiar misa de confirmación en la festividad del patrono de San Carlos, el día que sucedió el accidente. Sus amigos reconocen que era muy distraído para manejar y que se negaba tercamente a tener chofer, pero a Botta, el cura párroco de San Carlos, que tuvo contacto directo e inmediato con los protagonistas del choque, el asunto nunca le cerró. Dieciseis años después, el padre Botta recuerda el hecho de esta manera: –Yo me asusté mucho cuando vi el auto de monseñor, era un Renault 12, color crema, y la parte de atrás quedó destruida. Él no llegó a perder el conocimiento totalmente, pero estaba atontado. Me decía: "Vamos que se nos va hacer tarde para celebrar misa". Yo le decía: "Monseñor usted tiene que ir a la sala de primeros auxilios y reposar". El era muy cabeza dura, no quería saber nada, pero finalmente entre todos los convencimos. Le hicieron un radiografía y dijeron que tenía un traumatismo de cráneo simple, pero que debía descansar y hacerse ver por su neurólogo ni bien llegara a Santa Fe. Cuando salimos, Zaspe me dijo: "Estos creen que yo voy a venir hasta San Carlos, en la fiesta patronal, para descansar; de ninguna manera, vamos a preparar todo para los festejos". Así era de terco. Celebramos misa, pero él estaba conmocionado y se equivocó varias veces, y cuando se daba cuenta se enojaba y trataba de arreglarlo. Cuando terminamos le dije que se quedara por lo menos

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esa noche, que no viajara. En su auto no se podía ir, se lo tuvieron que remolcar, pero igual se fue porque me dijo que tenía muchas obligaciones en la diócesis, así era él. El chofer del camión decía que él había frenado, pero que no había podido evitar la embestida porque monseñor había girado de golpe, sin hacer señas, en la entrada de San Carlos. Es cierto que monseñor era despistado, también es cierto que si no hubiera frenado lo podría haber matado, pero... –¿Pero qué, padre Botta? –La verdad, yo creo que si el camionero clavaba los frenos no le daba semejante golpe para dejarlo con conmoción cerebral. A mí siempre me quedó la duda de si no lo habían mandado para asustarlo y amedrentarlo, porque a Zaspe lo vivían amenazando y todos velábamos y rezábamos por él. Yo no podría afirmar nada, pero no me pareció una casualidad y yo sé que después de ese accidente monseñor no quedó bien. Además era muy fácil atentar contra él: andaba solo y a su auto cremita, gastado por tanto uso, lo conocía toda la gente. Después del accidente, monseñor Zaspe fue atendido en Santa Fe por el médico que lo controlaba por su hipertensión arterial, el doctor Carlos Gayoso, quien aseguró que el arzobispo no había registrado daños cerebrales y aseguró que lo que sufrió fue una conmoción cerebral simple, que no le dejó secuelas. Según Gayoso, nada tuvo que ver ese golpe con el ataque cerebrovascular que lo afectó un año después, y que en veinte días minó su integridad y determinó su muerte.

La dupla Zaspe-Vernet El 10 de diciembre de 1983 asumió el cargo de Presidente de la Nación, Raúl Alfonsín y al día siguiente lo hicieron los gobernadores, entre ellos el de Santa Fe, José María Tati Vernet, que era rosarino y que ganó por batacazo, entre otras cosas por el apoyo que le brindaron el obispo de Rosario, monseñor López, y el arzobispo Zaspe. Tati Vernet fue uno de los pocos justicialistas exitosos en aquella contienda. El ex gobernador recordó así aquella corta relación: –Yo era un candidato que iba por el milagro. Afloré en la interna del justicialismo en agosto de 1983 y las elecciones eran en octubre... No tenía tiempo material de juntarme con todos los factores de poder, pero tenía muy buena relación con el obispo de Rosario, López, que me hizo el contacto con Zaspe. El en persona se acercó a Rosario para tener un diálogo conmigo. Fue muy gracioso, porque en medio de una charla amena en la que sobraban detalles sobre mi vida, que ellos me mencionaban porque se habían ocupado de recolectarlos, de repente López me dice: "Pero usted no milita en el catolicismo ". Yo, con cara de piedra, le digo: "Sí, milito". En ese momento López y Zaspe se miraron como acordando que les habían fallado los informantes o que yo mentía. Y entonces López siguió con la indagatoria: "¿Dónde? ¿En la parroquia de Fisherton". Y yo, muy tranquilo, le contesto: "No, monseñor, en el Partido Justicialista". Ahí, sin decir nada, Zaspe se paró y me dio un abrazo. Y después, con el humor que siempre lo caracterizó, nos reímos un rato juntos. –Así empezó mi corta pero profundísima relación con Zaspe. Digo corta, porque él falleció a los cuarenta y cinco días de que yo asumiera como Gobernador. Después de ese encuentro, yo pasé dos veces por Santa Fe y lo visité. Para los demás era muy curioso que él me recibiera, porque mis posibilidades eran muy limitadas. Tenía 39 años, era el período de restitución a la democracia y hacía cuarenta años que ningún gobernante había terminado su mandato. Yo era muerto o exiliado, pero preso no iba: tenía una familia con seis hijos, mi hija mayor tenía diez años. Y pertenecía a una generación que creía en cosas que hoy ya no se creen. Éramos pasionales y él desde el comienzo me templaba. Con charlas cortas, me tomaba la temperatura y con preguntas simples me movía a grandes definiciones. A los pocos días de asumir, Vernet recibió la visita sorpresiva del arzobispo Zaspe, quien le dijo:

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–Mire, Vernet, usted va a tener que hacer algo para convencer a la gente de sus buenos propósitos. Yo ya no puedo, estoy viejo, tengo muchos problemas. Usted lo que tiene que hacer es agarrar la cadena de radio y televisión, todos los domingos a la mañana, alrededor de las 11.30 y explicarle a la gente, uno por uno, los problemas que usted tiene, no pueden enterarse por terceros. Vernet añadió: –Yo le dije que me parecía bien, pero que tenía un poco de miedo. Él me dio ánimo y me dijo que hiciera como él, que se valía de las homilías de todos los domingos para decirle a la gente todo lo que podía. Yo le dije que me parecía bien, pero que iba a necesitar su colaboración. Zaspe fue muy directo: "No, colaboración no me pida, yo voy a trabajar al lado suyo", me dijo. Me sentí apoyado, como si me cubriera un blindaje. Su idea de los medios era muy buena. Esa reunión entre el gobernador y el arzobispo fue la última de sus vidas. El 25 de diciembre de 1983, Zaspe transmitió por la radio local su mensaje de Navidad, que resultó postumo. Vale la pena recordarlo íntegramente. Dijo así: "Amigos, Dios nos ama. Nos muestra su amor desde su pesebre, nos ofrece su amor desde su despojo, espera nuestro amor, quiere nuestro amor. Dios quiere de cada situación concreta que lo amemos. Amarlo en la enfermedad imprevista, en la cabecera del enfermo, en la ancianidad achacosa, en las dificultades económicas de un salario, en la vivienda precaria. Amarlo desde el hijo que murió en Malvinas, o en el hijo que desapareció en la subversión o por la represión, en la soledad, en la muerte del esposo, amarlo siempre. Reflexionemos. Sería muy difícil creer en el amor de Dios si en lugar de paja hubiera habido seda; si en lugar de pañales, armiño; si en lugar de pastores hubieran venido embajadores. Pero no es difícil amarlo contemplando su Navidad en Belén, contemplando su nacimiento en la pobreza, la autoridad y hasta la miseria. "Por eso, la Navidad puede celebrarse en la cárcel de Coronda, en la cárcel de Flores, en el Hospital Cullen, la Unidad Carcelaria de Mujeres o en el Hospital Iturraspe. Por eso, se la puede celebrar en los vagones y en los galpones de los inundados, y por los que perdieron todo en la invasión de las aguas. Por eso la pueden celebrar los discapacitados, los solitarios, los changarines, los desocupados y los marginados. "Pueden celebrar la Navidad los sencillos, los limpios de corazón, los misericordiosos, los que lloran, los pacientes, los que tienen hambre y sed de justicia. Pueden celebrar la Navidad los que perdonan, los que bendicen, los que aman, los que reconcilian, los pecadores que se arrepienten, los adúlteros que vuelven a la fidelidad, los orgullosos que se humillan, los egoístas que se abren a los demás. "Celebrar la Navidad es celebrar el amor de Dios hecho hermano y sobre todo, el amor hecho ofrenda. Amigos, al desearles felices fiestas de Navidad y fin de año, interrumpo estos encuentros radiales hasta el domingo de Pascuas de 1984 y agradezco a esta radiodifusora el haberme abierto sus puertas para comunicarme con este querido auditorio radial. Hasta el año que viene, si Dios quiere." Dios no quiso, quizá monseñor Zaspe ya no quería. Estaba cansado, desgastado por tanta entrega. Había pasado su vida yendo de la iglesia a la cárcel. De las reuniones de la Conferencia Episcopal, de la que era vicepresidente segundo, a las casas de familiares de detenidos y desaparecidos a interesarse, a darles paz. De allí salía y se ponía a escribir cartas y más cartas a todos los poderosos que pudieran darle datos sobre sus jóvenes, aquellos que impunemente se quedaron sin primaveras y sin paseos por la costanera. Cartas y más cartas a quienes estaban en calidad de detenidos o a sus familiares, dándoles el consuelo de que por lo menos seguían vivos. Impotencia, mucha impotencia, traducida en fuertes denuncias. Tantas caminatas derrotadas, llevando malas noticias. Tantas puertas golpeadas con la irremediable noticia de la muerte. Y ese repetido desconsuelo, abrazado y llorado con sus feligreses ante la injusticia y la barbarie. La última Navidad la pasó junto a uno de sus más queridos discípulos, el padre Luis Tomati, actual cura párroco de San Javier. El sacerdote recordó que no se sentía bien: "El 25 de diciembre monseñor

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ya estaba mal, espirtual y físicamente, estaba caído, sin ánimo". Quizá Zaspe no quería más. Quizá Dios lo quiso con El. Tal vez por eso, ya internado, en una íntima charla con su amigo Domingo Castagna, actual arzobispo de Corrientes, le dijo: "Domingo, estoy realmente cansado. Quizás un cáncer de pulmón, de esos fulminantes, no estaría mal para descansar cerca del Padre... ".

Una cruel agonía El 3 de enero de 1984, a sólo diez días de su mensaje radial navideño, monseñor Zaspe fue internado por un acceso cerebrovascular producido por una crisis hipertensiva. Tanto en la emergencia como durante su internación el médico que lo atendió fue el mismo que le controlaba habitualmente su hipertensión, la que en función del estrés y las preocupaciones, se había agudizado en los dos últimos años. "No nos sorprendió el cuadro de ACV (ataque cerebro vascular) por sus antecedentes clínicos, pero el problema fue que la ubicación de la hemorragia era horrible: estaba en la base del cerebro, en su unión con la médula y el cerebelo", explicó el doctor Carlos Calloso. A pesar de que las visitas eran restringidas, un caluroso día de enero de 1984 el gobernador Vernet fue a visitarlo. Recordó así aquel día: –Estaba acostado, tapado sólo por una sábana y balbuceaba. Pero reconocía. Me saludó con un apretón de manos. Yo le hablé, le dije: "Vamos, que va a salir, lo necesito para hacer las cosas juntas". Ese día, la verdad, sólo hablé yo. Él no me dijo nada, hacía algún gesto, asentía dubitativo. Pero me siguió atentamente mientras le hablaba. Por eso yo creí que saldría adelante. Mi historia con Zaspe, lamentablemente, duró cuatro o cinco meses, desde septiembre hasta su muerte. Yo soy rosarino, y no era mi arzobispo, pero como muchos otros santafesinos leía sus homilías y siempre lo consideré un hombre jugado. Todas las pérdidas son feas, pero la de Zaspe, en lo personal, a mí me dejó huérfano de amigo y compañero en la tarea de reconstruir una sociedad desde los escombros de la dictadura. Para la Iglesia y especialmente para el pueblo de Santa Fe, hay un antes y un después de monseñor Vicente Zaspe. Él fue el pastor que acompañó con el cuerpo y con la palabra a quien lo necesitara. El tipo acompañó a una generación de argentinos. Cuando me tocó despedirlo en la catedral, yo extraje una frase de una homilía suya: "Cuando los que gobiernan, gobiernen; cuando los maestros enseñen, cuando los que trabajan tengan trabajo; cuando las provincias sean eso, provincias, algo más que meras administraciones... ". –Él contenía mucho, acompañaba a su gente, me acompañó el poco tiempo que vivió durante mi gobierno. Cuando murió yo me sentí muy solo. No me atreví, por ejemplo, a hacer lo de los discursos radiales. Zaspe murió el 24 de enero de 1984, a las 10.30, en el Centro de Investigaciones Neurológicas, luego de haber pasado por un período de leve mejoría, que luego se complicó con una infección. El diario El Litoral tituló: "Y Dios llamó al pastor". Uno de los enfermeros de la sala de terapia intensiva recordó que Zaspe tuvo días de cierta conciencia, en los que recibió visitas, pero aclaró que la mayor parte del tiempo sufría en silencio: –Cuando se sentía un poco mejor bromeaba, tenía mucho humor y era uno más de nosotros, no parecía estar hablando con el arzobispo, era simple, gaucho. Todo lo contrario de monseñor Storni, que decidía quién podía visitarlo y quién no. El fue quien pidió una sala individual para Zaspe y se pasaba horas al lado de la cama. Lo cuidaba celosamente y nunca tuvo buenos modos para con los empleados, era más bien parco y a veces un poco soberbio. Nosotros lo tratábamos con la distancia que él ponía y sólo nos ocupábamos de cuidar a Zaspe. Dios sabrá por qué le tocó sufrir tanto en sus últimos días. El era muy fuerte, pero cuando hizo esa infección se le produjo una micosis, tenía todo

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el cuerpo lleno de hongos, especialmente en la ingle y en la zona de la boca. Yo le curaba esas heridas y me dolía a mí. Se le ponían en carne viva y cuando se cerraban le quedaban como hematomas. Por eso, después yo escuché versiones en la ciudad acerca de que el cadáver estaba golpeado. Los que hablan no saben que los hematomas que tenía en todo el cuerpo no eran de golpes, como sospecharon muchos, sino producto de ese abominable final. Una feligresa, amiga de monseñor Zaspe, la doctora María del Carmen Starapoli, recuerda en el libro Corazón de pastor, de Jorge Montini y Marcelo Zerva: "A todos desechó por Cristo. Y en su camino, que fue un caminar diario de lucha y fe, lo demás no tuvo cabida... Ni el matrimonio ni la medicina pudieron tanto, sí pudo con el la Iglesia. Una pasión a la que entregó su vida, acaso su salud. Una locura de amor que le dio sentido a su jefe en el peregrinaje de su vida austera. Ese fuego sutil que sin estridencia quema por dentro era la fuerza de la fe". A poco tiempo de su muerte, el obispo auxiliar Edgardo Storni, que hasta allí había mostrado un bajo perfil, se encargó de anunciar públicamente al posicionarse del arzobispado: "La era Zaspe terminó". Muchos sospechaban que iba a haber cambios con su administración, pero nunca creyeron que serían tan drásticos. Se modificó sustancialmente el apoyo oficial de la Curia de Santa Fe hacia el movimiento de los sin techo y se boicoteó a sacerdotes y seminaristas que conservaron la línea pastoral comprometida de monseñor Zaspe. Carlos del Frade, en su libro La Iglesia y la construcción de la impunidad, señala: "Si Zaspe hubiera vivido un par de años más, seguramente habría informado sobre la actuación de militares, integrantes de otras fuerzas de seguridad, civiles, empresarios y religiosos, durante la dictadura. Vicente Zaspe no convenía para la estructura de impunidad que iba a encorsetar el origen de la democracia. "Por su propio rol durante la dictadura, en el seno mismo de la conferencia episcopal, Zaspe hubiera dado mayores informaciones que las dadas en su momento por Hesayne, Novaky de Nevares. "Mucha gente celebró entonces la muerte del hombre que, aun sufriendo de hipertensión, logró enfrentar todas las amenazas, pero no pudo sobrellevar la traición interna y la construcción de la soledad espiritual y política dentro de su propia arquidiócesis." ¿Quién y por qué decidió colocar a una personalidad tan distinta a la Zaspe en el arzobispado de Santa Fe? El ex gobernador Vernet recordó a este propósito un encuentro que mantuvo con el nuncio apostólico Ubaldo Calabresi, previo a la designación de Storni: –Cenamos los cuatro: el nuncio, los cardenales Primatesta y Aramburu y yo. En un momento, saqué el tema de lo expectante que estaba toda la gente en Santa Fe y yo mismo como gobernador, por conocer la decisión del Vaticano sobre quién ocuparía el lugar de Zaspe. Comenté que sería muy importante que fuese un religioso de su línea pastoral para que continuara con el trabajo social realizado por él. Entonces, me acuerdo que cuando traté de ir más a fondo sobre quién era el candidato de la Iglesia, Aramburu y Primatesta extendieron sus brazos y señalaron a Calabresi como el destinatario de esa pregunta. O sea, muy cancheros los dos, me dieron a entender: "A este tenes que convencer, porque nosotros no decidimos". El nuncio no se jugó, me dijo que iban a tener en cuenta mi sugerencia y el deseo de la comunidad de Santa Fe. Cuando al poco tiempo lo eligieron a Storni, yo no entendí más nada. Con la muerte de Zaspe habíamos perdido un pastor, irreemplazable por su carismay su entrega, y con Storni ganamos un político siniestro que no nos hacía falta. Con ese cambio, yo sentí que mi propio futuro político se vería afectado y que en vez de un aliado, para reconstruir una sociedad minada por el gobierno anterior, tendría un adversario de lo popular, un amigo del poder económico y político ultraconservador. Durante la gobernación de Jorge Obeid, Storni no perdió el tiempo. Había conocido a Obeid durante la dictadura y muchos dicen que Storni –amigo de los militares de turno– habría intercedido para salvarle la vida. Desde allí ambos tienen una amistad inquebrantable que monseñor supo aprovechar

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muy bien cuando Jorge Obeid fue el gobernador de Santa Fe: el Arzobispado recibió durante esos años subsidios millonarios que nadie sabe con claridad que destino tuvieron.

Lole versus El Divino Un agudo periodista local contó la particular relación que mantienen hoy el arzobispo Storni y el gobernador de Santa Fe, Carlos Reutemann, la cual empezó en romance obligado por la extrema debilidad e inexperiencia del Lole y que hoy se rompió. "Storni es de terror, lo peor de la Iglesia de la provincia, un ser siniestro", dijo el gobernador en una reunión política. En el medio, los dos vivieron lo que se llamó el "affaire por la ley de casinos". Esa crisis, como se verá, se solucionó mediante un pacto que hubiera sido impensable en los tiempos de Zaspe. El testimonio de esta fuente, cuyo nombre pidió mantener en reserva, avala lo que piensan muchos santafesinos y es que a Reutemann y a Storni no los unió el amor sino el espanto. Aquí, el sustancioso comentario del periodista santafesino: "Reutemann llegó a la gobernación de Santa Fe totalmente desamparado, no le interesaba ganar. Antes del cierre de la campaña se la veía en los lugares típicos de la ciudad tomando algo solo. En ese momento tenía problemas con Mimicha, su ex mujer; la guita se la manejaba el "Gordo" Cutulli, un tipo ligado al Vaticano y a la Logia P2, y tenía un entorno de amigos, no demasiado grande. Cuando Menem le hizo la propuesta de postularse, y esto dicho por gente que lo acompañó esos días, el Lole se cagó de risa, le pareció bastante descabellado, pero como no tenía nada para perder y le ofrecían dos millones de dólares para la campaña, se embarcó. En esa situación de aventura lo encontró el triunfo y el primero que se le acercó fue Storni". Según este periodista, de larga trayectoria radial, sus familias se conocían desde hacía mucho tiempo, aunque sin llegar a tener mucha confianza, ni ser Edgardo Storni y Carlos Rautemann ni siquiera amigos. "Pero una vez Reutemann en el poder, Storni colocó sistemáticamente en puestos clave del gobierno a gente de su confianza. Por ejemplo, el Lole había elegido a un militante católico como el Quili Ibarra como ministro de Educación, que era admirador de la pastoral de Zaspe, pero lo tuvo que desechar. Santa Fe está dividida casi radicalmente en materia religiosa entre los que querían a Zaspe y los que aborrecen a Storni, o a la inversa, y el caso fue que el Quili no ocupó el cargo en el Ministerio de Educación. Es una regla muy pocas veces alterada en la relación entre el poder político y la jerarquía eclesiástica, que ésta sugiera su candidato a ministro de Educación. En épocas de una Iglesia detentadora de poder manifiesto, directamente lo señalaba con el dedo y lo presentaba sin tapujos. De una manera más velada, pero igual de efectiva, Storni logró ponerlo a Bostecillo, su candidato. Lo primero que hizo el flamante funcionario como gesto simbólico, fue presentarse el primer día de trabajo, no en el despacho de ministro, sino en el edificio del arzobispado. "Storni tiene su propio gabinete, desde donde se hace tráfico de influencias. Su entorno más íntimo e influyente en sus decisiones lo integran el padre Mario Grassi, que es el monje negro, el padre Mauti que –según dicen– sería su actual pareja y el vicario de la pastoral social, Edgardo Stoffel, que si bien es muy importante en el área intelectual y pastoral, y desde el punto de vista sexual no está definido como el resto del entorno, obviamente es cómplice por omisión. El padre Grassi se pierde por la joda; en cambio, Mauti y el vicario general, Hugo Capello, son más prolijos. " Según cuentan todos en Santa Fe y lo confirman fuentes eclesiásticas, Grassi tuvo varios problemas con adolescentes, a los que habría intentado abusar. Además del tema sexual, Storni y su entorno tienen problemas con los fondos para beneficencia. En la última campaña Más por Menos se habría encontrado una diferencia de 500.000 dólares entre lo recaudado y lo declarado por el Episcopado. Los números no cierran. Pero eso no es lo más grave, sino

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el manejo del presupuesto de la provincia. Hay en cada área un ítem que se llama Apoyo pleno y que se destina sin necesidad de precisar demasiado el objetivo. La Iglesia, que tiene su poder enraizado en la justicia y en la empresa, se beneficia con esos fondos. "Acá durante mucho tiempo se planteó el tema del casino. Storni llegó a amenazar con excomulgar a aquellos que votasen a favor de la ley y se tomó el trabajo de mandar cartas personales a los legisladores. El se apoyaba en el dogma de que el juego corrompía los espíritus y adoptó las posiciones más extremas, como lo hizo en su momento Quarracino con el tema de la homosexualidad. Pero el casino resultó un punto de cortocircuito en la dupla Storni-Reutemann, porque un pariente cercano del gobernador, Alfredo Esquivel, que manejó la Lotería de Santa Fe desde que llegó Reutemann en 1991, tiene una serie de empresas proveedoras del juego. Por eso, se decía, que había sobres que se ofrecían a diputados para votar el tema del casino. Cuando Storni salió a hablar en contra, el gobierno le hizo saber que estaban haciendo muchos esfuerzos para sostener su figura de arzobispo. Fue una manera de decirle: En ese tema no te metas porque dejamos de cubrirte todas tus debilidades." En Santa Fe, fuentes políticas aseguraron que si la primera reacción de Storni había sido mandar a los legisladores amenazas veladas de excomunión y pronunciar fuertes homilías en contra del juego, cuando le dieron ese aviso cambió la estrategia y envió un emisario a hablar con Reutemann. Por esos días, el gobierno barajaba un proyecto de Caritas a nivel nacional, en el que se proponía que Caritas sea mano de obra barata de los gobiernos, desligarse así de los subsidios y destinar el dos por ciento de los aportes católicos a la ayuda social. "Eso a Storni lo desesperó, porque desde que él tiene el liderazgo, entre comillas, de la Iglesia, y justamente por su falta de carisma y su comportamiento sexual y sus abusos, los aportes voluntarios de católicos a través del diezmo, han decaído muchísimo. Entonces, Storni puso precio a su silencio con respecto al casino: la primera condición fue que se duplicara la ayuda social del gobierno a través de la Iglesia y la segunda, que no saliera la ley de salud reproductiva en la provincia de Santa Fe. Así quedó pactado. La relación entre Reutemann y Storni tuvo una crisis, pero el cortocircuito no fue por una razón ética, sino porque un pariente del Lole tenía cerrado un negocio y Storni no lo sabía. Se metió con su discurso fundamentalista hasta que entendió que con eso no se jodia, pactó beneficios y paró la bola." Un ex gobernador aporta lo suyo: "La posición política de Reutemann es muy endeble y le conviene un obispo como Storni, porque el gobernador tiene una situación muy conflictiva socialmente. El quiebre entre la Iglesia y el poder en Santa Fe se podría dar si Storni se cae a pedazos y mandan un cura combativo, porque se podría volver a movilizar la pastoral que Zaspe dejó de herencia. Por eso está tan inseguro y prefiere tenerlo a Storni, que sabe cómo manejarlo, antes de que le manden a otro sin consultarlo". El 31 de agosto de 2000, con un comunicado de prensa que llevaba la firma de Storni, Capello, Grassi y Stoffel, el arzobispado salió al cruce del diputado Mario Esquivel, quien había comentado en los medios que en la provincia de Entre Ríos, y en la ciudad de Rosario, la Iglesia no objetaba la presencia de casinos. En lo esencial ese comunicado decía: "Habiéndose informado oralmente y por escrito este arzobispado, que algunas personas de los ámbitos oficiales, o al menos allegados a los mismos, afirmaron que habrían obtenido el visto bueno de la autoridad eclesiástica respecto a proyectos de ley moralmente inaceptables, nos vemos obligados a desmentir tales rumores dejando bien claro nuestra inamovible posición que responde tanto a la fe como a la razón. En concreto: "1) Se reafirma una vez cuanto desde hace años se ha venido enseñando y observando respecto de la expansión de los juegos de azar y muy particularmente de la pretendida instalación de casinos y bingos en nuestra provincia, lo que siempre es malo en sí y no puede ser justificado con ningún fin (...) "2) Se deja bien sentado, por si hubiera alguna desinformación u olvido al respecto, que los

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proyectos de ley sobre salud reproductiva que comprometen al estado como agente y promotor de la antinatalidad, incluso aprobando y difundiendo con dineros públicos métodos artificiales y comprobadamente abortivos, violan la ley natural y ofenden la dignidad y la libertad a respetar en todas las personas y especialmente en los pobres a quien se quiere eliminar, y en los menores a quien se acepta degradar (...) "Sin embargo, nos atrevemos a confiar en Dios, el Dios del Evangelio por quien se jura, y en la sensatez y honestidad de los que son más y sabrán jugarse a favor del pueblo santafesino. "Firmado: "Hugo Héctor Capello - vicario general. "Presbítero Edgar Stoffel - vicario de la pastoral social. "Mario Eugenio Grassi - vicario episcopal de la educación. "Edgardo Gabriel Storni - arzobispo de Santa, Fe. Ésta fue la única posición pública que dio a conocer el arzobispado en relación con la ley de casinos, en momentos en que la Legislatura de Santa Fe se aprestaba a debatirla. El mismo texto fue remitido a cada legislador antes de la votación. En él, monseñor Storni ya no amenazaba, ni siquiera veladamente, con la excomunión.

Hagan juego, señores En la Legislatura santafesina ingresaron dos proyectos para casinos y bingos. El primero, del radical por Rosario, Miguel Basaldella y el otro, del oficialista Mario Esquivel. Basaldella, históricamente enfrentado a Storni y al oficialismo de la capital, expresaba el fuerte lobby del sur provincial en favor del negocio. Esquivel, a los intereses familares, ya que es hermano del actual secretario General de la Gobernación, Domingo Alfredo Esquivel, principal "gestor" de la ley de casinos desde la época del primer gobierno de Reutemann. Domingo fue durante cuatro años director de la Lotería de Santa Fe, y desde allí había polemizado duramente con las autoridades eclesiales, que lo amenazaron con la excomunión. Finalmente, las alternativas se unificaron y así tuvieron ingreso en la Cámara de Diputados el 11 de mayo de 2000. Curiosamente, el mismo día en que se aprobó, tuvo igual suerte otro proyecto de gran interés para el arzobispado, y que el diputado Esquivel se había ocupado de demorar durante un año. Se trataba de la donación de un importante terreno en el barrio Monseñor Zaspe de la ciudad de Santo Tomé, con destino a la construcción de la parroquia Nuestra Señora de la Paz y a las instalaciones del Centro de Evangelización María Auxiliadora. La propuesta de donación se había iniciado en el Senado a través de Julio Gutiérrez, un legislador muy allegado a la Iglesia, y que en el tema del casino se oponía al proyecto de Esquivel. Según el registro del Senado, el proyecto se presentó el 21 de abril de 1999 y lo aprobaron el 29 de junio; pero lo votaron con modificaciones en Diputados recién el 11 de mayo de 2000, según consta en el diario de sesiones, obligando a que el Senado lo volviera a votar el 17 de mayo de ese año. Finalmente, el gobernador lo promulgó el 6 de julio de 2000. Cualquier suspicaz queda habilitado a pensar en un mínimo gesto de compensación. Aunque entre bambalinas se sostiene que la verdadera compensación estaba dada por el cajoneo que los senadores hicieron del proyecto de salud reproductiva aprobado por los diputados durante el año 2000. Luego del paso por las comisiones, el proyecto unificado del casino se trató y aprobó el 21 de septiembre de 2000. El diputado Mario Esquivel, que fundamentó la postura de la mayoría, representada por el PJ y la UCR sector Convergencia, se refirió en varias oportunidades al "coraje parlamentario"que significaba

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tratarlo. Al finalizar su primera exposición, presentó estos argumentos: "Acá hay un planteo pragmático de legislar sobre una realidad que, nos guste o no, existe: el juego clandestino, A través de esto se intenta blanquear esa situación apuntando a que las utilidades, el resultado de esto, llegue para atender los problemas sociales que hoy el Estado no puede afrontar por la situación de coyuntura que vive (...) "Hago una reflexión final, haciendo cierto y efectivo el bien común. Se me ha dicho que esto no tiene nada que ver con el bien común, y yo contesto: al bien común hay que ayudarlo, el bien común es el bien de la comunidad, y la única manera de ayudarlo es con recursos. Por lo tanto, si tengo que legislar sobre una ley de esta envergadura, que no es fácil, para dotar al Estado de recursos y llegar a plasmar ese bien común, digo: acompañémoslo, seamos responsables; y en esta ley que, repito, no es fácil, acompañémoslo, dotémoslo al Estado de los recursos para que pueda llegar a cumplir con esos fines sociales. " Ricardo Giacosa, de la UCR sector Convergencia, pidió a continuación la palabra para fijar "mi postura contraria basada en la obediencia religiosa y una actitud de conciencia moral". Ése fue el único diputado que explícitamente planteó la cuestión religiosa. Carlos Favario, del partido Demócrata Progresista, planteó su tremenda confusión, con un discurso que provocó la hilaridad entre sus pares. Dijo: "A estas alturas no sé si soy defensor de la moral o promotor de la inmoralidad, discriminador o discriminado, marginal o desarrollista, opositor o colaborador del gobierno; pero la mayor preocupación, señor presidente, es que no sé si a consecuencia de mi voto me voy a ir al cielo o al infierno. "Porque mi posición personal–continuó– que es la que voy a tratar de explicar, por un lado no se opone a la instalación de casinos y, por otro lado, se opone a la aprobación de esta ley. "Por lo cual casi estoy convencido de que voy a recalar en el purgatorio, y para ello, señor presidente, confio en que las oraciones de mi distinguida amiga, la diputada Cavigiuri, me ayuden a encontrar un salvoconducto para el cielo..." Dolly Luisa de Cavigiuri, diputada del PJ, muy ligada a la Iglesia, había promovido el rezo del Rosario. Por su parte, el diputado Ambrosio pidió la palabra para recordar que "tampoco nosotros hemos sido partidarios de esta particular dicotomía entre pecado y delito con la que se planteó centralmente el debate antes de entrar a este recinto. "Creo que la definición para los santafesinos de ser cuáqueros, supongo que es una fina ironía a las que nos tiene acostumbrados nuestro querido amigo Funes; él, que ha recorrido los vericuetos de la política y su mérito es quizás haberlo hecho con éxito y sin contaminarse, sabe que lamentablemente a nosotros no nos hace falta ningún otro pecado para parecemos a Sodoma y Gomorra. " Ambrosio citó a Domingo Esquivel, quien decía que la cuestión no era prohibir los casinos sino establecer los límites necesarios "para no hacer de nuestras respectivas jurisdicciones antros o garitos de juego que a la postre puedan resultar perniciosos para la salud moral y la economía de la sociedad". Dicho esto, Ambrosio concluyó: "Yo creo, señor presidente, que cinco casinos y 39 bingos, todos ellos con máquinas tragamonedas, es convertir en un garito a la provincia de Santa Fe". Pese a las posiciones en contrario, que no fueron salvo un caso por fundamentos religiosos, el proyecto tuvo media sanción y pasó a senadores, donde fue sancionado por 34 votos a favor. El Divino, El Rosadito, El Príncipe, Edgardo Gabriel Storni no volvió a hablar del asunto. Ni de los terrenales placeres del juego, que tan bien supo negociar con los políticos de turno, ni de los aberrantes abusos sexuales que lo tendrían como principal protagonista, y que avergüenzan a una comunidad que aguarda esperanzada que la jerarquía eclesiástica sancione al responsable. Esto es lo más grave de

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todo. Conocer que hubo una investigación encargada por el mismísimo Papa y que quedó en la nada, ni siquiera hubo una mínima respuesta a las víctimas, que brindaron sus dolorosos testimonios a monseñor Arancibia. Pero esto no es todo: Edgardo Gabriel Storni es apenas la punta de un iceberg. Dentro de la actual estructura de la Iglesia Católica Argentina hay otros iguales o peores que él; y de estos casos tienen total y absoluto conocimiento el cardenal primado Jorge Mario Bergoglio y algunos de sus pares. Entre ellos hay obispos y conocidos sacerdotes. Sería beneficioso para todos que después de las palabras del Papa referidas a este tema tomaran las debidas cartas en el asunto.

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10 Negocios Celestiales

Corrían los primeros meses de 1996 cuando el viejo capitán visitó a monseñor Antonio Quarracino, arzobispo de Buenos Aires. El hombre no imaginaba ni por asomo, que esa visita iniciaría una de las estafas más escandalosas que involucró directamente al Arzobispado de la ciudad de Buenos Aires, a uno de los purpurados más polémicos de la Iglesia católica argentina, en el que se evaporaron diez millones de dólares y se estafaron a miles de ahorristas, al punto tal, que el Vaticano envió a sus hombres del servicio de Inteligencia a la Argentina para investigar el affaire. A pesar de su fuerte combate público al capitalismo, es sabido que desde tiempos lejanos, los hombres de la Iglesia se han visto metidos en vericuetos financieros de dudoso final. A veces es difícil conciliar la imagen del Papa como representante de Cristo en la Tierra con la de uno de los más grandes financistas del mundo. Es decir, hacer coincidir la definición de la Iglesia católica como la "Iglesia de los Pobres", con los grandes negocios –o negociados– en los que aparece envuelta. Eduardo Trejo Lema, presidente de la Sociedad Militar Seguro de Vida (SMSV), debió esperar aquel día unos pocos minutos en la antesala. Enseguida, la puerta del despacho se abrió y monseñor Roberto Toledo, secretario privado del cardenal primado, lo hizo pasar. Monseñor Quarracino no estaba solo en la sala. Un hombre apuesto, de unos 45 años, impecablemente vestido y de finos modales, lo acompañaba. Se trataba de Francisco Javier Trusso, presidente del Banco de Crédito Provincial (BCP), una suerte de hijo postizo del prelado, cuyo padre, Francisco Paco Trusso, benefactor del Opus Dei, era en esos momentos Embajador argentino en la Santa Sede. La entrevista tenía carácter protocolar, pero a poco de transcurrir Quarracino la orientó hacia la "provechosa vinculación" –según dijo– que podría surgir entre la mutual de los militares y el BCP, donde Francisco Javier Trusso y sus hermanos Pablo Alfredo y Juan Miguel tenían la mayoría accionaria. –Estoy unido a la familia Trusso por una estrecha y antigua amistad, son gente honorable y piadosa, y considero que un banco no puede estar en mejores manos, por eso el BCP es el banco de la Iglesia –le aseguró a Trejo Lema. Conforme fue avanzando la charla, Quarracino insistió en lo bien que haría la Sociedad Militar en depositar su dinero en el banco de los Trusso, para obtener buenos réditos. El capitán no pudo menos que decirle que estudiaría esa posibilidad. El interés del cardenal pasaba por un pedido previo, que le había hecho Francisco Javier. Concretamente, le había pedido que intercediera para que el BCP lograra la cuenta de la SMSV. Ciertamente, el banco estaba altamente calificado por el Banco Central, al mismo nivel que el Río y el Galicia. Para inversiones a corto plazo, calificaba en el nivel 2, en una escala de 1 a 11. La Sociedad Militar hacía inversiones en entidades de nivel 1 a 3, de manera que el BCP cuadraba perfectamente en ese espectro. De todas formas, Trejo Lema instruyó al área gerencial para que hiciera las averiguaciones del caso y solicitara informes de consultoras especializadas en antecedentes de empresas para evaluar tanto al BCP como a sus conductores. Había vivido lo suficiente para ver cómo bancos altamente calificados por el Central habían dejado en la lona, en un pasado reciente, a miles de ahorristas, así que quiso asegurarse con otras fuentes de información. La consultora Dumm & Bradstreet, produjo un informe satisfactorio y así fue como la SMSV comenzó a operar en 1996 con el BCP efectuando depósitos a plazo fijo escalonados en sus vencimientos. La Sociedad Militar Seguros de Vida es una mutual centenaria que agrupa al personal de las tres Fuerzas Armadas, y de la Gendarmería, la Prefectura y el Servicio Penitenciario Federal. Tiene 96.000 socios de clase media y media baja, que aportan una cuota proporcional a su sueldo, y se rige por la

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ley de mutuales para realizarles préstamos familiares a bajo interés y proveerlos de turismo y seguros. Los socios, entre quienes se cuentan conspicuos y tenebrosos personajes, como el ex almirante Eduardo Massera o el general Domingo Bussi, tienen delegados que eligen al directorio, formado por cuatro miembros del Ejército, dos de la Armada y dos de la Fuerza Aérea. El promedio de edad que en ese momento tenían los hombres del directorio era de 76 años. En los primeros meses de 1997, de paso por Roma, Trejo Lema fue invitado por el embajador Francisco Paco Trusso, padre del vicepresidente del BCP, a una misa en el Vaticano celebrada por Juan Pablo II. Terminado el oficio, el viejo capitán fue conducido a un salón donde ingresó el Papa, conducido del brazo por Francisco Javier Trusso, quien realizó las presentaciones. Desde agosto de 1996 el vicepresidente del BCP se desempeñaba como consultor honorario de la Pontificia Comisión para la Ciudad del Vaticano, un órgano consultivo cuyos miembros colaboran con la Comisión de Cardenales, que ayuda al Papa en el gobierno de la ciudad estado. Cuando Francisco Javier Trusso fue designado para tan honroso cargo, la agencia católica AICA explicó que "el nombramiento de un laico de la Arquidiócesis de Buenos Aires, es interpretado como un reconocimiento del Santo padre a Antonio Quarracino y a las actividades profesionales del laico que se ha distinguido por su apoyo a las obras de la Iglesia tanto en la Argentina como en el estado Vaticano... ". El caso es que, al verlo aparecer del brazo de Papa, el viejo capitán quedó más que encantado, encandilado. A finales de junio, quedaría triplemente perplejo: el 23 recibió una carta de Quarracino en la que le insistía que estrechara vínculos comerciales con el BCP y contemporáneamente, otras dos, con membrete del Vaticano, enviadas por un tal monseñor Gianni Danzi, obispo titular Di Castello y secretario para la Pontificia Comisión para la Ciudad del Vaticano. En ellas Danzi avalaba la seriedad de Francisco Javier Trusso, felicitaba a Trejo Lema por su colaboración con el BCP y ponía de manifiesto el agradecimiento del cardenal Quarracino por la ayuda recibida de esa mutual. Al viejo capitán se le dibujó un signo de interrogación en la cabeza: ¿de qué colaboración le hablaban? Había habido alguna falta de timing. Al día siguiente entendió de qué se trataba. Fue cuando recibió la visita de Francisco Javier Trusso, quien en nombre del cardenal Quarracino le solicitó un préstamo de diez millones de dólares para el Arzobispado. Trusso le dijo a Trejo Lema que el BCP no estaba en condiciones de otorgarlo en ese momento, pero que sería fiador de ese préstamo. El encandilado y perplejo capitán no pudo negarse, aunque al hacerlo violara la ley, ya que las mutuales no están autorizadas a prestar dinero más que a sus asociados. Estas entidades gozan de exenciones impositivas con las que no cuentan los bancos, para poder prestarle a sus miembros pequeños montos a tasas más bajas que las del mercado, no en carácter especulativo, sino de ayuda social. Pero ciertamente, el Arzobispado no sólo no era uno de sus socios, sino que tamaño monto escapaba absolutamente a las características contempladas por la ley de mutualidades. De los papeles se ocuparon el contador Pedro Makzimcsuk, gerente financiero de la Sociedad Militar, y Jorge De Simone, gerente del BCP: ambos instrumentaron un préstamo de diez millones de dólares en favor del Arzobispado de Buenos Aires, que sería afianzado por el BCP, por un plazo de seis meses y a una tasa exigua del ocho por ciento anual. Se acordó, en honor a la alta investidura de Quarracino, que los instrumentos del contrato fueran firmados en la sede del purpurado el 26 de junio de 1997. A las 16.30, Makzimcsuk y Omar Menéndez, jefe de relaciones bancarias, concurrieron al edificio de Rivadavia 415, donde los esperaba De Simone. Ya en el segundo piso, el gerente financiero del BCP les presentó a Juan Miguel Trusso, hermano de Francisco Javier, quien además de accionista del banco era vicepresidente de Caritas Argentina. Todos fueron atendidos por monseñor Toledo. Allí, los representantes de la Sociedad Militar explicaron que la mutual sólo contaría con disponibilidad de fondos para el 30 de junio y el 1 de julio, a razón de cinco millones cada vez, y que el sistema que indefectiblemente utilizaba para las operaciones de este tipo era el de la transferencia bancaria a través de un banco de Nueva York. Cabe aclarar que ése es el sistema recomendado por el Banco Central para operaciones de esta clase y que es el que siguen prácticamente la totalidad de las

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instituciones bancarias del país. Se acordó entonces que el contrato sería firmado de todas maneras en ese momento y que luego el Arzobispado remitiría instrucciones a la Sociedad Militar solicitando el depósito de los fondos en las fechas indicadas en una de sus cuentas en el BCP. –Lamentablemente, monseñor Quarracino está reunido con unos obispos por un tema de trascendental importancia y de momento no puede atenderlos como tenía pensado, pero me encareció que le lleve el contrato a su despacho, para firmarlo allí, siempre que ustedes no tengan inconveniente–dijo monseñor Toledo. Todos asintieron. Menéndez le entregó el sobre con los dos ejemplares del contrato y Toledo salió de la habitación junto a Juan Miguel Trusso. Unos minutos después, ambos regresaron con los dos ejemplares firmados. Monseñor Toledo traía además dos imágenes de la Virgen María que entregó como recuerdo a Makzimcsuk y a Menéndez. –Se las envía monseñor Quarracino, están bendecidas por él –les explicó. Luego abrió el sobre, exhibió los dos ejemplares del contrato ya firmados y les entregó uno. Menéndez manifestó que en razón de que el contrato no había sido suscrito en su presencia, la firma de monseñor Quarracino debía ser certificada. Trusso dijo entonces que la certificación se efectuaría en la sucursal del BCP, distante sólo unos metros de allí, donde el Arzobispado tenía, luego se supo, siete cuentas. Hacia allí fueron todos, menos Toledo, y así se hizo. Al día siguiente se recibieron en la sede de la Sociedad Militar la fianza bancaria, cuya firma estaba certificada por escribano, y la carta de instrucciones para el depósito de fondos suscrita por Quarracino. Dos meses después, en agosto de 1997, se produjo la caída del BCP, fiador del crédito, pero la Sociedad Militar no se preocupó demasiado: el préstamo había sido otorgado al Arzobispado de Buenos Aires, ¿cómo pensar en pedirle nuevas garantías tan luego al cardenal primado de la Argentina? ¿En qué cabeza hueca podría caber alguna duda respecto de la moralidad y honorabilidad de la Iglesia? Bastaría con la palabra empeñada. Esperaron a estar sobre la fecha en que operaría el vencimiento del plazo para el pago de la primera cuota. Más por pleitesía que para otra cosa, al despuntar septiembre Makzimcsuk y Menéndez fueron al Arzobispado y se entrevistaron con monseñor Toledo, a quien le llevaron un obsequio, y le pidieron que le recordara al cardenal que se aproximaba el vencimiento y que cualquier problema que hubiera, les avisara. Enorme fue el estupor de ambos cuando escucharon a monseñor Toledo decirles que desconocía esa operación, que las firmas del contrato eran falsas, que él había sido engañado, que pensaba que se trataba de una maniobra urdida entre el BCP y la Sociedad Militar, y que por tanto el Arzobispado no iba a pagar nada. –¿Se puede saber entonces quién va a pagar el préstamo?–preguntó demudado Makzimcsuk. Toledo respondió muy suelto de cuerpo: –Mongo te lo va a pagar. Y ni un músculo se movió en su cara. Ambos bancarios le recordaron que había estado presente cuando Quarracino firmó, que esa firma había sido certificada por el banco y que los fondos habían sido transferidos y acreditados en cuenta del Arzobispado. Monseñor Toledo tomó entonces una voluminosa carpeta y se puso a buscar dentro de ella unos papeles. Mientras lo hacía, repetía que las firmas eran falsas y que aun si fuesen verdaderas tampoco el Arzobispado pagaría nada, pero que él podía gestionar ante el Banco Central el pago de la deuda. Dicho esto, llamó a su secretario y amigo intimísimo, el arquitecto Norbero Silva –con el que iban de vacaciones a Europa, pagadas con dinero del BCP– y le pidió que sacara fotocopias de algunas hojas de la carpeta. –Monseñor Quarracino se reunió con el Presidente Menem y con Roque Fernández para buscar

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una solución –les dijo en tono confidencial. El arquitecto volvió con las fotocopias. Una era un extracto de una cuenta del Arzobispado en el BCP correspondiente a junio de 1997. La otra, una carta fechada el 8 de agosto, firmada por los accionistas del BCP –Francisco Javier y Pablo Trusso, Roberto Dalle Nogare y Jorge Granitto– por la cual comprometían al banco a hacerse cargo de la deuda contraída por el Arzobispado con la Sociedad Militar. Makzimczuk y Menéndez declararon después ante la Justicia que Toledo les había hablado en esa ocasión de otras irregularidades en el BCP por un monto de 3.500.000 dólares y que les había exhibido unos formularios que parecían solicitudes de crédito, todos los cuales lucían firmas que aparentemente eran de Quarracino, pero que a medida que las mostraba, monseñor iba diciéndoles: –Esta es falsa, ésta también, ésta no, ésta es verdadera, ésta es falsa... Según los dos bancarios, Toledo les confió en ese momento que conocía a los Trusso desde hacía más de ocho años porque tenían una relación casi de hijos con varios prelados y especialmente con Quarracino, pero que con el tiempo él se había ido dando cuenta de la verdad: –Pablo Alfredo Trusso es un delincuente, Francisco Javier Trusso es un psicótico con cargo en el Vaticano, ahora lo van a exonerar, y Juan Manuel Trusso es su ladero –definió. Pese al escándalo, Francisco Javier no fue exonerado de aquel cargo de asesor honorario de la Pontificia Comisión para el Estado de la Ciudad del Vaticano –el organismo en el que el Papa delega la administración de la pequeña ciudad– que venía desempeñando desde el 11 de agosto de 1996. La agencia católica AICA informó a mediados de octubre de 1997 que Francisco Javier Trusso había "renunciado" a ese cargo el 27 de agosto anterior. El interés por despegar a la Iglesia de semejante hijo descarriado quedó patentizada. Makzimcsuk y Menéndez se retiraron del despacho de Toledo tremendamente confundidos y con un papel en el bolsillo con su teléfono celular para continuar las conversaciones. Cuando lo hablaron, una voz informó que el número no estaba habilitado por Movicom para recibir llamadas, probablemente porque los Trusso, que le pagaban la línea, habían dejado de hacerlo. Posteriormente, Toledo llamó a Makzimcsuk y le advirtió que el Arzobispado sería representado desde ahí por el estudio jurídico Dromi, Ribera y Archimbal, de modo que no lo llamara más. El viejo capitán Trejo Lema, comprendió recién ahí hasta qué punto había metido la pata y no pudo menos que presentar su renuncia al directorio de la mutual.

Dibujando préstamos El domingo 10 de agosto, en el programa de Jorge Lanata, Día D, Marcelo Zlotogwiazda ventiló la primicia: el affaire de los 20.936 créditos truchos del BCP por un total de 64 millones, que ocultaban el vaciamiento del banco o disimulaban su bancarrota. El periodista fue quien destapó la olla al difundir por televisión el detalle de los préstamos falsos extendidos a nombre de Carlos Menem, el propio Quarracino, Matilde Menéndez, Juan Carlos Calabró, los jugadores de fútbol Gustavo y Guillermo Barros Schelotto, Antonio Gasalla y Federico Storani, entre varios miles de personas que jamás los habían solicitado. Los dueños del BCP negaron la información mediante una solicitada. Pero el lunes 18 comenzó una huida de depósitos y el 20, el BCRA suspendió al BCP. Más de 72.000 ahorristas de sus 68 sucursales, que no pudieron sacar su dinero, se vieron perjudicados en unos 200 millones de dólares; otros 135 millones habían alcanzado a salir en la semana previa. Entre los perjudicados se encontraban algunos clientes eclesiásticos: a Caritas le quedó adentro medio millón, a la Universidad Austral del Opus Dei, casi un millón; y a la Comisión Pro Catedral, cien mil. Como hizo notar Zlotogwiazda, eso fue el colmo de los colmos ya que Juan Miguel Trusso, que tenía el seis por ciento de las acciones del BCP, era vicedirector de Caritas Buenos Aires;

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y toda la familia Trusso, además de ser integrante del Opus Dei, había aportado fondos a la comisión Pro Catedral. El Arzobispado contrató al ex ministro Roberto Dromi también por este asunto y porque sobre los dos millones de aportes de particulares llovieron denuncias de corrupción, dirigidas a Juan Carlos Poli, director de la obra. El rector de la catedral, Ernesto Mai y Quarracino habían tomado además debida nota de las acusaciones que hizo a Poli la museóloga Laura Novak, en una carta de catorce carillas que le dirigió a Mai, respecto de la obra del Sanatorio San Camilo: se descubrió que Poli había recibido 2.882.258 pesos y que subcontrató con la firma Hojibal Construcciones S.R.L por valor de 1.750.000, quedándose con un vuelto de más de un millón. De la cuenta corriente número 1204-2 que Quarracino tenía en el BCP, tampoco se pudieron retirar los fondos. Toledo y Silva, que tenían firma autorizada, pensaban que la cuenta tenía 32.000 pesos, pero había en cambio un saldo en rojo por 478.647,62 a raíz de una extracción de 500.000 pesos hecha el 23 de julio. Toledo juró que el Arzobispado no hizo esa operación. El 23 de agosto, Daniel Hadad puso en marcha una campaña contra Toledo: anunció en su programa Después de Hora que los gastos del secretario de Quarracino eran de 50.000 dólares mensuales, según el resumen de American Express, y que esa tarjeta le había sido otorgada por el BCP. En realidad, el promedio en los últimos cuatro meses de Toledo era de 700 pesos mensuales, pero el que sí tenía esa cifra de gastos era Norberto Silva, el arquitecto amigo de Toledo, quien había sido contratado por Francisco Javier Trusso, para reformar su triplex de la calle Cavia y por la Curia, para refaccionar la Catedral. Silva dijo que tenía todas las facturas que demuestran que las compras fueron hechas para ese departamento. En la revista Noticias del 8 de noviembre de 1997, el periodista Claudio Negrete detalló el curioso mecanismo utilizado para truchar los créditos: "Los hicieron en orden alfabético, el monto aumentaba de 15 pesos en 15 pesos hasta llegar a los 4.000 pesos y después se iba reduciendo de 10 pesos en 10 pesos; una forma de justificarlos en las planillas. Fue tal el dibujo que cualquier ciudadano, sea cliente o no del banco, podía aparecer como "beneficiado" con estos créditos automáticos (...) Por este mecanismo hicieron figurar activos por 64 millones cuando el patrimonio del BCP era de 60 millones. (...) Además, muchos clientes dejaron en custodia títulos públicos que luego fueron vendidos, recaudando con este método otros 100 millones. Pero quizá la maniobra más dolosa, según los investigadores, haya sido la cometida con los depósitos confiados con destino a los paraísos fiscales, por esta vía se calcula que reunieron 200 millones. Con estos artilugios lograron obtener unos 400 millones en total", escribió. También cayó en la rodada del BCP el propio Vaticano: Zlotogwiazda confirmó que su banco oficial, el Istituto per le Opere di Religioni (IOR) fue una de las grandes víctimas de la estafa: "El IOR es uno de los socios del fondo de inversión Fondigest que pocas semanas antes del cierre del BCP había colocado un plazo fijo de 32 millones de dólares. Además, Fondigest, Fininvest (el fondo de Silvio Berlusconi) y el Banco Monti di Paschi habían financiado al BCP suscribiendo obligaciones negociables por otros 40 millones de dólares", explicó. Los Trusso no sólo eran dueños de la mayoría accionaria del BCP, sino también de buena parte de los shoppings, Buenos Aires Design y Alto Palermo, y del ciento por ciento de la empresa administradora de la tarjeta Carta Credencial, de la que el padre de todos ellos, Francisco Paco Trusso, era presidente. Por más que proclamó a todos los vientos y juró sobre los santos evangelios que él no tenía nada que ver con las actividades financieras de "los chicos", cabe señalar que una causa penal paralela por asociación ilícita, estafas reiteradas y adulteración de instrumento público, descubrió que también se habían falsificado saldos de tarjetas de crédito por 16 millones de pesos. Esas falsificaciones involucraban a Carta Credencial. La gran estafa de los créditos truchos del BCP, un banco que había sido fundado en 1971 pero que los Trusso adquirieron en los años noventa, no era ignorada por el Banco Central, sólo que su presidente, el menemista Pedro Pou, faltó a sus deberes y optó por mantener el secreto y negociar con

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la familia Trusso una salida. La defraudación había sido detectada durante una inspección de rutina a finales de mayo de 1997. Las abogadas Beatriz García y María Carmen Urquiza sostuvieron en el dictamen 526 del Banco Central la "no legitimidad" de esos préstamos y prepararon una denuncia penal, pero Pou la archivó y acordó el 7 de agosto un arreglo extrajudicial para zanjar el delito: los Trusso debían reintegrar los 64 millones en cuatro cuotas semanales. Para cubrir las apariencias la operación sería contabilizada como una compra de esos 20.936 créditos. El problema fue que, tres días después, Zlotogwiazda lanzó su primicia en Día D. Primera consecuencia: los ahorristas sacaron al día siguiente treinta millones de dólares del BCP. Segunda: losTrusso se negaron a pagar la primera cuota por falta de fondos. Hubo, sin embargo, otra oportunidad: tras la publicación de una desmentida en los diarios para frenar la fuga de depósitos, la familia Trusso le ofreció al Central suplir la falta de efectivo con la entrega de sus acciones en el shopping Buenos Aires Design y Carta Credencial, logrando de esta forma que Pou volviera a archivar la denuncia penal contra el BCP. Esto no pudo evitar, sin embargo, que en apenas una semana, los aterrorizados clientes retiraran otros cien millones y acabaran con el banco. Con el tiempo, Pou también debió renunciar a la presidencia del Central y hoy afronta una demanda por incumplimiento de los deberes de funcionario público. A principios de 1999, el Arzobispado de Buenos Aires había denunciado a todo el directorio del Banco Central por ese motivo y también por "incumplimiento de su actividad de contralor" respecto a la SMSV, que realizaba "voluminosas operaciones financieras" de carácter "para bancario" sin que al Central se le moviera un pelo porque, ya se sabe, mejor no meterse con los militares... Comprendiendo que ni Mongo le iba a pagar, la Sociedad Militar requirió los servicios del Estudio Spota para ver los pasos a seguir en procura de que el Arzobispado o los Trusso le devolvieran algo. Pero su titular, Alberto Spota, intentó en vano tomar contacto con el nunca bien ponderado Roberto Dromi, autor de las famosas privatizaciones de la era menemista y hombre del Opus Dei, por lo que se decidió a llevar sus problemas a la justicia. El 9 de octubre de 1997 al mediodía, compareció en la sede del Arzobispado el escribano Juan José Guyot, quien por escritura pública número 185, pasada al folio 559 del Registro Notarial 1405, certificó la intimación efectuada por la Sociedad Militar para el cobro de la primera cuota más los intereses vencidos e impagos. Los representantes del Arzobispado negaron en esa ocasión ser deudores de la sociedad. El 23 de octubre de 1997, por escritura pública número 200, pasada al folio 616 del mismo Registro Notarial, el Banco de Crédito Argentino confirmó que los fondos girados por Sociedad Militar –dos giros de cinco millones de dólares cada uno– habían ingresado en la cuenta del Arzobispado de Buenos Aires en la sucursal Capital Federal del BCP. Y luego se "evaporaron". El 20 de noviembre de 1997, Trejo Lema presentó ante el Juzgado en lo Criminal y Correccional 15 de La Plata una declaración relatando los antecedentes de la operación de mutuo oneroso al Arzobispado y de allí en mas se sucedieron otra intimación, con fecha 5 de enero de 1998 y dos mediaciones, el 2 de diciembre de 1997 y el 3 de febrero de 1998, todas con resultado negativo. El 7 de abril de 1998 se presentó una demanda ante el Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Civil número 110, de Miguel Gregorio Lemega; y una querella criminal por estafa contra Francisco Javier Trusso, Pablo Alfredo Trusso, Juan Miguel Trusso, Renato Dalle Nogare, Jorge De Simone y monseñor Roberto Marcial Toledo. Esta causa número 35.881 tramita en el Juzgado Nacional de Instrucción Número 24, Secretaría número 131. El cardenal Antonio Quarracino, enfermo de cáncer, murió en febrero de 1998 jurando que había sido engañado, sin alcanzar a saber que su secretario sería implicado y que terminaría con las esposas puestas, aunque sólo por un día. Lejos de ello, lo nombró su albacea y administrador de sus bienes. –La muerte de Quarracino se parece en mucho a la del Papa Juan Pablo I, se murió "demasiado rápido... mejor no me hagas hablar"– me dijo Dromi, un mediodía de principios del año 2000, en el

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restaurante del hotel Costa Galana, ahondando el misterio. Juan Pablo I murió treinta y tres días después de haber asumido. Al cadáver no se le hizo la autopsia, ni siquiera para acabar con la sospecha de que había sido envenenado. En la semana previa, se le había enfrentado muy duramente al poderoso monseñor Paul Marcinkus, a quien pensaba remover de la presidencia del Istitute per le Opere di Religione (IOR) por sus manejos non santos. Cuando Dromi me dijo aquello, se me cruzó por la cabeza la imagen de monseñor Toledo.

Como Caín y Abel A mediados de 1996, Francisco Javier se estaba separando de su segunda esposa, Elena Chioza, con la que tuvo dos hijos. En esa época comenzó a viajar, a sufrir depresiones y a delegar en su hermano, Pablo Alfredo Trusso, el manejo de BCP. Entre idas y vueltas, Francisco Javier no sólo consiguió el divorcio, sino además una dudosa dispensa otorgada por el Vaticano. Las nulidades matrimoniales religiosas son la especialidad de su padre, Francisco Paco Trusso, quien antes que estallara el escándalo del BCP, fue denunciado por el Tribunal Interdiocesano de Brooklyn, de haber dado información falsa para conseguir la disolución del matrimonio religioso del director del diario La Nación, Bartolomé Mitre, con María Dolores González Álzaga. El periodista Diego Rosemberg contó en Tres puntos, que Trusso –aquel ferviente católico del Opus Dei que había sido elegido por Menem para dirigir la oficina de Etica Pública– adujo en 1988 al presentar el caso "que María Dolores González Álzaga vivía en 3505, 72nd street, Apt. 6A, Jackson Heights, New York 11372", lo que no era cierto, ya que la mujer vivía con su pareja, Rafael Ignacio Herr, desde hacía más de una década, en el quinto piso M de la Avenida del Libertador 450, de Buenos Aires. Como las citaciones para el descargo no fueron atendidas porque la mujer no vivía allí, "el tribunal otorgó la nulidad matrimonial y decidió elevar el fallo a la Corte de Apelación para su confirmación. Fue en ese momento que María Dolores González Álzaga se enteró que su casamiento por la iglesia había sido anulado". En la segunda instancia, González Álzaga apeló y exigió la nulidad de la sentencia aduciendo que nunca había sido informada de ningún proceso de ese tipo y que la dirección dada era absolutamente falsa. "Dijeron cosas inmundas, horribles sobre mí, y nunca tuve posibilidad de defensa alguna", recuerda hoy la perjudicada. Rosemberg añadió que en 1991 "fue la propia Nunciatura apostólica argentina la que le escribió al cardenal John O'Connor, miembro del tribunal de apelación, diciéndole que este caso y otro similar "envuelven a muy conocidos argentinos que viven en Buenos Aires". Finalmente la nulidad de la nulidad matrimonial fue concedida el 16 de marzo de 1992". Y a los pocos días, Bartolomé Mitre se casó con toda pompa en la Iglesia del Socorro con Blanca Álvarez de Toledo. Claro está, el Vaticano pasó por alto este antecedente cuando Menem propuso a Francisco Paco Trusso como embajador ante la Santa Sede, ese mismo año. No sabemos si a Francisco Javier Trusso también le anularon la dispensa, lo que sí sabemos es que una vez divorciado quiso volver a tomar las riendas del banco y que entonces comenzó una guerra entre hermanos. Francisco Javier decía adelante de los gerentes que Pablo lo quería desbancar. Quienes los frecuentaban aseguran que competían permanentemente hasta en el tamaño de las casas y las marcas de los autos. En el banco, había que tomar partido: "o estabas con uno o con el otro, no te daban opción", coinciden muchos ex funcionarios del BCE Según su propio padre, Francisco Javier "es un hombre encantador, generoso, servicial, lo quieren en todas partes", en cambio Pablo "es

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menos espontáneo y más reservado". Cuando la olla estaba a punto de destaparse, Francisco Javier apareció para tratar de tapar el escándalo. El viernes 8 de agosto de 1997 fue a hablar con Quarracino y le pidió que intercediera ante el Presidente Carlos Menem, para que el Banco Central se hiciera cargo. "Si le dio a Beraja, que representa a la comunidad judía, ¿por qué no a nosotros, que somos católicos?", fue el argumento. Pero Toledo se opuso y Quarracino no habló con Menem. Hasta ahí, Francisco Javier había sido como un hijo para Quarracino, pero el contacto terminó de manera abrupta cuando supo que el cardenal no intercedería ante el Presidente y culpó de eso a su secretario, monseñor Toledo. El 2 de octubre de 1997, Francisco Trusso padre le envió una carta personal a Antonio Quarracino pidiéndole disculpas por las responsabilidades de su hijo Francisco Javier en el fraude del BCP. Esa carta terminaba con un ruego: "...le pido que no abandone a mi hijo en estos momentos de prueba... ". Esa carta trascendió a los medios. Ámbito Financiero la reprodujo en su edición del 3 de noviembre y entonces papá Trusso se sintió agraviado. El 11 de noviembre, en La Nación, escribió: "Habiéndose dado a publicidad una carta que fuera confidencial dirigida al cardenal Quarracino, monseñor ha contrariado la norma del articulo 155 del código penal y las más elementales normas éticas que más que ningún otro deben ser respetadas por un obispo". El 12 de noviembre, La Nación se hizo eco de una carta sin firma dirigida a Trusso, que parecía ser remitida por Quarracino. Decía así: "Usted, no sin cierta grosería me achaca haber hecho pública una carta confidencial. No lo hice; y creo no estar muy equivocado si sospecho de un determinado remitente, el cual lo hizo "para embarrar la cancha". También ahora veo con claridad aquello de la sabiduría popular: "de tal palo tal astilla". Esto provocó que ese mismo día 12, desde radio Mitre, Néstor Ibarra entrevistara a Trusso. En ese reportaje dijo sentirse aliviado porque "gracias a Dios, el Señor me ha dado paz, una gran paz a pesar del gran dolor". Pero al momento de hablar sobre la carta confidencial dada a publicidad, fustigó: "Lo considero un delito de extrema gravedad, el doctor Soler, gran jurista y penalista argentino, lo consideraba un delito de extrema gravedad, desde los romanos, porque va en contra de la ética...". Ibarra le preguntó si era cierto que Quarracino se había negado a recibir a su hijo Francisco Javier: "Sí, él era además su director espiritual y como tal tiene que recibirlo... Se negó a recibirme a mí y a mi hermano, el padre Trusso, un sacerdote de una santidad excepcional, una eminencia de la Iglesia... Estoy ofendido pero yo perdono. El debe estar cerca de alguien que no le deja ver la realidad de lo que pasa", sostuvo Trusso, dando entender que ese alguien era monseñor Toledo. "Sé que mi hijo no falsificaría la firma de Quarracino... El caso es una injusticia, una campaña dirigida contra mí y mi familia. Sí, sí, rezo por los ahorristas... ", añadió. El 2 de octubre, en la revista Tres puntos, Marcelo Zlotogwiazda relató en la nota de tapa el último diálogo que mantuvieron Francisco Javier Trusso y monseñor Toledo, en los primeros días de agosto. Decía: "Francisco Trusso y monseñor Toledo discutieron a los gritos en la sede del arzobispado. El principal accionista del BCP, de Carta Credencial e hijo del último embajador argentino ante el Vaticano amenazó al secretario de Quarracino: "–Si yo caigo te voy a arrastrar a vos. Y si yo me pego un tiro me voy a encargar de que antes alguien te pegue un tiro a vos. "Toledo dejó constancia escrita de la extorsión y contó los detalles de la escabrosa relación de la Curia con la familia Trusso. Fue un documento secreto depositado en una escribanía: "–Hay sólo una persona que sabe dónde está el sobre y tiene poder para abrirlo si a mí me pasa algo." La nota desnudaba además la ligazón existente entre los Trusso, los carapintadas y uno de los más sanguinarios miembros de la dictadura militar, a cuyo cargo estuvieron cuarenta centros clandestinos

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de detención. No en vano el título de tapa fue: "Quarracino -Trusso - Suárez Masón: La catedral de la Corrupción". El estratega de Francisco Javier Trusso era el ex mayor Ernesto Nabo Barreiro, aquel carapintada amigo de Aldo Rico, que se negó a presentarse a declarar en los tribunales de Córdoba en 1987 acusado de crímenes de lesa humanidad y al que el país le debe por rebote aquellas "Felices Pascuas" donde parieron las leyes de obediencia debida y de punto final. Diez años después, los carapintada estaban a cargo de la seguridad del BCP y Barreiro era asesor del directorio, con un sueldo de 20.000 pesos. Le aconsejó a Francisco Javier: "Ahora tenes que crear confusión y caos en el banco, y después presentarte como el salvador de mano dura que va a recuperarlo". La caída del BCP no se debió a la falsificación de la firma de monseñor Quarracino ni al mutuo por diez millones de dólares, sino a que el Banco Central "descubrió" aquel listado de 20.936 créditos inexistentes por 64 millones de dólares para inflar el activo de la institución que estaba absolutamente en rojo. Dentro de tamaña estafa, lo de la Sociedad Militar era apenas un detalle, aunque no menor, dado que vestía sotanas. El juez platense Juan Carlos Bruni, a cargo de la causa por la falsificación de los créditos, dictó el viernes 31 de octubre de 1997, dando lugar al pedido del fiscal Octavio Agustín Sequeiros, el auto de detención de Francisco Javier y Pablo Alfredo Trusso, de su primo Renato Della Nogare y su hijo Pablo Tarquino, Jorge Granitto, Sergio De Haro, Daniel Cóccaro, Jorge De Simone, Luis Gamallo, Miguel Panello, Graciela De Biasi, Patricio Mulhaal y María Andrade, bajo los cargos de asociación ilícita en concurso real con estafas reiteradas y tentativa de estafa, falsificación de documento reiterada y balance falso. El 25 de noviembre les dictó la prisión preventiva a los trece imputados. El presidente del BCP, Antonio Ramón Falabella, no apareció en ninguna de las acusaciones. Ese día, monseñor Rey consideró que la relación de Miguel Trusso –hermano de Francisco Javier y Pablo Alfredo– con la Iglesia "le hace daño a Caritas" y aquel debió renunciar. En tanto, el cardenal Quarracino expresaba su preocupación por "Las consecuencias sociales derivadas del caso del BCP". Cuando la policía fue en busca de Francisco Javier Trusso, no lo encontró. El asesor papal había escapado al exterior y se mantuvo prófugo de la Interpol durante dos años, hasta que lo localizaron en Brasil, y luego otros dos años, hasta que lo encontraron en el invierno de 2001, en la Argentina. También fueron declarados prófugos Renato Della Nogare y su hijo Pablo Tarquino. A partir del cierre del BCP, y previo al dictado de prisión, Francisco Javier Trusso había pasado sus días encerrado con los abogados del estudio de Jorge Anzorreguy, hermano del jefe de la Side, quien a lo mejor le aconsejó que pusiera los pies en polvorosa. En ese tiempo, hacía oír su indignación porque las autoridades del Colegio Los Molinos, del Opus Dei, a quien él tanto había ayudado, le habían pedido que retirara a sus hijos de esa institución. Como buen católico debería haberlo previsto, ya que la Biblia enseña que desde los tiempos de Adán y Eva, nos guste o no, los hijos heredan el pecado de sus padres. La revista Urgente y Especial relató que les había contado por esos días a sus abogados que había inaugurado una capilla en Roma donada por él y que sus interlocutores Vaticanos le habían aconsejado tener "prudencia". No obstante, les aseguró que podía demostrar que durante años los Trusso les habían pagado abultadas cuentas a monseñor Quarracino y a sus colaboradores. Y además les aportó documentación probatoria sobre viajes pagados al obispo de Morón, Justo Laguna, con su secretario privado; de la financiación al obispo Casaretto de una publicación llamada Medios del Episcopado; de haber solventado las actividades culturales realizadas por el entonces vicario de Belgrano, Melchor Aguer; y subvencionado proyectos informáticos al obispo de Lomas de Zamora, el ultraconservador, Desiderio Collino. De más está decir que ninguno se cuestionó el origen del dinero. Lo mismo le ocurrió a monseñor Martorell, del arzobispado de Córdoba con Yabrán y al rector de la Universidad Austral, José Luis Gómez López Egea, con Juan Carlos Cassagne, lo cual indica que la Iglesia Católica recibe fondos sin importar su origen y que hasta podría haber colaborado en el lavado de esos recursos.

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Francisco Javier Trusso les contó también a sus abogados que había visitado a monseñor Estanislao Karlic para presentarle documentación que lo exculpaba de las acusaciones de Quarracino y su entorno; y les anunció que viajaría al Brasil "para ver a los más íntimos colaboradores de Juan Pablo II". En octubre, Francisco Javier se entrevistó también con el obispo auxiliar, Jorge Mario Bergoglio: "Trusso cree que Bergoglio no es lo mismo que Quarracino. Durante la entrevista Bergoglio pidió que estuviera presente Toledo. Trusso piensa que Bergoglio grabó esa conversación (entró alguien con el té y dejó una valija)", consignó una fuente. Pablo Trusso fue detenido en Buenos Aires antes de que pudiera embarcarse. Lo indagaron el 2 de noviembre de 1997, y al mejor estilo bíblico, le echó las culpas a su hermano, Francisco Javier, vicepresidente del BCP. Antes de caer preso, Pablo había estado trabajando como si nada con Jackie Finkelstain, en la empresa Antonio Griego, cuyas oficinas están en Santa Fe y Junín. Dios los cría y ellos se juntan: Finkelstain llevó a la quiebra al Central Bank of New York y estuvo preso varios años en los Estados Unidos. Apoyado por su defensor, Alfredo Gascón, Pablo le contó al juez Bruni que fue director ejecutivo del banco desde 1991, que ya para entonces la entidad tenía pérdidas, y que éstas se profundizaron cuando en 1995 el Banco Central presionó para que compraran el Banco de Tandil. "Me opuse a esta operatoria por consejo de la consultora Roland Berger, pero mi hermano Francisco Javier Trusso, Della Nogare y De Simone apoyaron la compra y se realizó ", expresó. Agregó que las presiones de Pedro Pou, titular del Central, para que adquiriesen el Banco Tandil les ocasionó "una pérdida de 5 a 6 millones anuales" y que pagaron "coimas por un millón a través de facturaciones al estudio contable de Hernán del Villar", socio de Deborah Giorgi y Pedro Lacoste, "que figuraron como gastos", según publicó por aquellos días el diario El Cronista Comercial. Admitió que había aceptado que se distorsionara el balance del BCP "pero con la intención de regularizar la situación en el futuro". De esta forma, se operaron 64 millones de dólares con la creación de un listado de casi 21.000 créditos inexistentes. "Distorsionar el balance mientras se busca una solución es una práctica habitual", dijo, con lo que comprometió al Banco Central como cómplice de la maniobra. Contó también que la relación entre el Arzobispado y su familia era fluida a través del tío Alfredo, hermano de su padre, que es sacerdote y que conocía a Antonio Quarracino. "Esa vinculación comenzó en tiempos en que Quarracino era arzobispo de La Plata y se consolidó cuando lo nombraron cardenal primado, en esos tiempos se integra al núcleo monseñor Roberto Toledo ". Añadió que familiares de ambos fueron contratados por el BCP y que el banco los ayudaba mensualmente. "Esta ayuda económica era canalizada a través de la sucursal Buenos Aires, por Graciela De Biassi, secretaria del directorio, quien arreglaba con monseñor Toledo. Yo desconocía el destino de los préstamos y de las donaciones", explicó. Pablo desconoció además los mutuos entre el BCP y el Arzobispado de fecha 30 de mayo de 1997 por cinco millones de dólares cada uno –algo que había sido pergeñado sin duda por sus hermanos Francisco Javier y Juan Miguel– y un depósito de dos millones en la cuenta 250-01175/9. También dijo que no tenía nada que ver con otro mutuo de fecha 20 de junio de 1997 por 400.000 dólares; un descubierto de 700.000 en la cuenta 250-1159-9; otro mutuo de fecha 23 de julio de 1997 por 500.000 dólares con el Arzobispado y una donación de 300.000 dólares al colegio San Patricio, en fecha 7 de abril de 1997, por cheque 19700995- Eso sí, reconoció que el límite crediticio otorgado al Arzobispado con su firma era de 3.500.000 pesos. Respecto del préstamo otorgado por la Sociedad Militar al Arzobispado, sólo admitió que mantuvo una reunión en la sucursal de Buenos Aires con De Simone y el asesor Barreiro, quienes le manifestaron que "iba a entrar el préstamo", y que más tarde "Giralde me manifestó que estaban entrando los cheques para el cobro de los diez millones y que los pagara". Alegó que por la tardanza en acreditarlos, "autoricé a pagarlos en descubierto" aunque reconoció como suya la firma en los cheques 10093340 /4l, por cinco millones de pesos cada uno, dijo no saber por qué faltaban los datos

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sobre quién percibió esa suma. En cuanto a los aportes de capital de un millón y 265.000 pesos acreditados el 26 de junio de 1997 en su cuenta, dijo que fue producto de "un préstamo que me hizo Francisco Javier y no tengo documentación de eso". Respecto a su hermano Juan Miguel, abogado y con una pequeña participación en el BCP, alegó que no tenía nada que ver con el manejo de la entidad y que sólo le daban "algunos juicios". Pese a que el cargo de jefe de una asociación ilícita no contempla excarcelación, Pablo zafó porque no se le pudo probar que la comandaba. Fue excarcelado el 11 de octubre de 1998, pero continúa bajo proceso.

Monseñor marchó preso Un año después, en la mañana del martes 2 de noviembre de 1999, su hermano Juan Miguel Trusso fue detenido en la calle Uruguay y pocas horas después cayó preso monseñor Roberto Toledo quien, a esas alturas, y tras la muerte del cardenal Quarracino, producida en febrero de 1998, había vuelto a la provincia de Buenos Aires y se desempeñaba como vicario general de Avellaneda. Ambos procedimientos fueron ordenados por la jueza de transición platense Marcela Garmendia, a cargo de la causa por el affaire del crédito de la SMSV, sin saber que los unía algo más que eso: Toledo había oficiado la ceremonia de casamiento de Miguel, que incluyó misa de esponsales. Esta vez también hubo misa, no por Trusso, sino por Toledo. Fue el jueves 4 de noviembre, cuando recuperó su libertad. Juan Miguel, en cambio, quedó adentro un tiempo más. El intendente Baldomero Álvarez, y el obispo de Avellaneda, monseñor Rubén Di Monte, estuvieron en aquella iglesia colmada de fieles, que habían sido convocados por diversas asociaciones del apostolado y de laicos, para agradecerle a Dios que Toledo había salido en libertad. Durante el oficio se leyó un comunicado del obispo Di Monte: "Rechazamos con máxima firmeza la detención de monseñor Toledo, que fue privado de su libertad innecesariamente, ya que hubiera prestado su inmediata colaboración si se lo hubiese convocado...". Luego, aclaró: –El comunicado que he dado no me gusta. El que había preparado era mucho más fuerte, pero por consejo de mis abogados lo moderé. El caso es difícil, enredado, porque quienes lo hicieron tejieron durante años la traición y la infamia, sin importarle el daño que le hacían al querido cardenal Quarracino. Ahora es difícil separar la paja del trigo, pero como le digo a monseñor Toledo: "¡Ave María y adelante!". En la homilía, Toledo exclamó: –¡Perdónalos, Señor, porque saben lo que hacen y lo hacen a propósito! Perdónalos porque les gusta un mundo corrupto, donde pueden prender la mediocridad y la bajeza enlodando a cualquiera y de cualquier modo. Emocionado hasta las lágrimas, José Erro, ex rector de la Catedral porteña, se acercó hasta el altar para estrecharlo en un abrazo. Toledo declaró ante la justicia que tanto él como monseñor Quarracino habían sido víctimas del abuso de confianza de los Trusso. Lo que no aclaró y se guardó muy bien de decir, fue que esa confianza le había permitido adquirir un inmueble en el barrio de Caballito valuado en medio millón de dólares, andar en un coche Rover cero kilómetro, vestir trajes de Flamer's y Lacoste, viajar en primera clase a Roma junto a su amigo íntimo, el arquitecto Silva, y hasta alojarse en el departamento 2801-3 del exclusivo edificio neoyorkino The Pierre –lugar preferido de ricos y famosos– que Francisco Javier Trusso compró en marzo de 1997 en 1.250.000 dólares, por recomendación de Amalita Fortabat. Toledo también olvidó señalar que Silva era empleado del BCP, en un cargo que lo habilitaba a leer

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la documentación reservada a los ejecutivos de la institución, y que un sobrino suyo, Juan Carlos Verón, trabajaba en la sección Tarjetas de Crédito y supervisaba las cuentas de su tío, de Silva y de Quarracino, todas religiosamente pagadas por los Trusso. La revista La Maga publicó el 17 de diciembre de 1997 un artículo que se titulaba: "Monseñor Toledo: el López Rega de Quarracino". En letras destacadas se leía: "Toledo es el encargado de los asuntos políticos, comerciales y particulares de Quarracino. Podría ser acusado de haber imitado la firma del cardenal en el escándalo del BCP. Es conocido en el ámbito seglar y político como el "López Rega del cardenal". El artículo explicaba luego por qué se lo había bautizado con ese nombre y contaba cuál era el trato que le dispensaba Toledo a los sacerdotes que concurrían a la Curia para pedir ayuda: "En septiembre de 1995, Quarracino tenía una reunión con Menem y Toledo intentó ingresar con actitud prepotente. Ramón Hernández le dijo que no estaba incluido en la reunión y finalmente intercedió el cardenal y le permitieron el acceso. Por la prepotencia del secretario, comenzaron a llamarlo López Rega. "Semejante a Richelieu o Mazzarino, Toledo ejerce su poder entre las sombras. Tiene una amplia red de contactos financieros, políticos, militares, diplomáticos y eclesiales. Va siempre acompañado por un escudero menor que él, de traje oscuro y aspecto huidizo, el "arquitecto" Norberto Silva. "Luego de un desafortunado episodio de salud de Quarracino en la ciudad de Navarra, el primer rostro que vio al salir de la anestesia fue el de Toledo. De allí en más se transformó en dos ojos y las manos" de Monseñor Quarracino. Apoyándose en la precaria salud de Quarracino, ejercía un poder omnímodo sobre las finanzas y las decisiones políticas del cardenal. Aprovechó la estrecha relación con los Trusso y comenzó un período de cambio en sus condiciones de vida y sus relaciones interpersonales. "Mostró una personalidad cargada de oscuros rencores, actitudes Altisonantes, despóticas, descomedidas y faltas de urbanidad. Los sacerdotes que querían ver a Quarracino esperaban cinco o seis horas siendo atendidos finalmente por un Toledo desganado. De la mano de Silva estableció un sistema de retornos. Los sacerdotes que recibían ayudas económicas para escuelas u hospitales eran obligados a firmar por un monto mayor a riesgo de irse con las manos vacías. " La Maga concluía diciendo: "Curiosamente la justicia liberó de toda responsabilidad a Toledo y procesó a los otros participantes de la reunión. Se sospechan filiaciones nacionalistas católicas entre los magistrados" y remataba el artículo con dos liquidaciones de la tarjeta de crédito de Toledo, tomadas al azar, una correspondiente a noviembre de 1994 y otra a diciembre de 1996, aunque sin especificar si era la de American Express o Carta Credencial. Son las siguientes: Fotocopia Resumen Banco de Crédito Provincial Vto: 11/11/94 Titular: Roberto Toledo Cerrito 1309 4565 7700 0003 6878

Nro. de Cuenta 01 11584416

Kanatu S.A. Flamer's Óptica City

1573,66 dólares 1086,66 2770,00 pesos

Vto 10/12/96 El nochero C 2/3 Multicanal Mar statue Sacre IT L

146,66 31,00 491,33

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Mancinelli IT L Red Blue ITL Neumáticos Camoia Olivos Easy Palermo Carrefour Vte López 1. Antonio Trapani e Hijos C1/2

708,78 277,60 208.00 118,85 630,00 175,00

A Juan Miguel Trusso la jueza no sólo lo indagó por sus vínculos con las maniobras fraudulentas del BCP con el Arzobispado y la SMSV, sino también por la venta de acciones de la firma Inversiones Recoleta, en la que había sido subdirector, por un monto de dos millones de dólares. En este caso se le imputaba haber efectuado esta venta sin el consentimiento de uno de los inversores, la firma Fiorini Investimentt. Según los datos del juzgado, en el momento en que el Banco Central intimó al BCP a aumentar su capital, que tenía un rojo de 64 millones de dólares, derivó al banco el dinero de esa venta de acciones sin aviso a Fiorini Investimenti. Por supuesto, el hombre negó todo.

Los testigos se deschavan Jorge Alejandro De Simone, que estaba en el BCP desde 1987, antes de que los Trusso lo compraran, prestó una primera declaración ante la justicia el 2 de noviembre de 1997 por haber concurrido al Arzopispado en su carácter de gerente financiero, a hacerle firmar a Quarracino el mutuo por los diez millones de dólares. En su declaratoria tomó partido por Francisco Javier y enterró a Pablo Alfredo. Palabras más, palabras menos, dijo: –La línea crediticia ficticia descubierta por el Banco Central me era desconocida y no creo que Francisco Javier Trusso tuviera conocimiento de eso, ya que al enterarse exclamó delante mío muy sorprendido: "¡Qué barbaridad!". No tengo dudas de que Pablo Trusso, como director ejecutivo, fue el inspirador de esa maniobra, consistente en cambiar créditos incobrables por otros buenos. En cuanto al crédito con la Sociedad Militar, refirió: –Francisco Javier Trusso le dio instrucciones a Juan Miguel para instrumentar la operación. Yo consideré que el aval del BCP era riesgoso, no estaba de acuerdo, pero me insistieron en que acompañara a Juan Miguel al Arzobispado. La operación no se instrumentó como una operación normal del banco. Más tarde me enteré por Francisco que el dinero iba a ser prestado a los accionistas del Banco y que de la instrumentación final se encargaría Pablo Trusso. Recuerdo que en esa fecha había que hacer una capitalización de veinte millones y pienso que se instrumentó así porque la Sociedad Militar no haría un préstamo al BCP pero sí al Arzobispado. La relación de los Trusso con el Arzobispado, era muy fluida y exclusiva de Francisco y de Juan Miguel, que no pertenece al banco. Luis Antonio Marrano, empleado del BCP, prestó testimonio el 5 de octubre de 1997 y dijo no recordar haber certificado nunca la firma de Quarracino y tampoco la del mutuo entre el Arzobispado y la Sociedad Militar. Pero admitió, sin embargo, que "muchas veces el Directorio me bajaba documentos para certificar, sin que estuviera presente el firmante y yo lo hacía porque negarse implicaba un cambio de sucursal. No me podía negar a ningún pedido del Directorio". Susana Beatriz Sanmarchi, jefa de Tesorería General del BCP, declaró el 11 de octubre de 1997; cuando en el juzgado le exhibieron los cheques números 10093340, de fecha 26 de junio, y 10093341, de fecha 27 de junio, por cinco millones de pesos cada uno, pertenecientes al BCP y librados a favor del Arzobispado, detalló una complicada maniobra contable mediante la cual parte de esos fondos fueron a dar a manos de los Trusso y el resto a una cuenta corriente cuyo número dijo no recordar. –Los cheques me los pasó el tesorero general, Carlos Alejandro Fúriga. De acuerdo a las

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instrucciones recibidas, ingresé al BCP la suma de 7.325.000 pesos como aporte irrevocable de capital a favor de Francisco Javier, Pablo Alfredo y Juan Miguel Trusso, 300.000 fueron depositados en una cuenta corriente cuyo número no recuerdo y la diferencia, 2.375.000 fue retirada por el Directorio en efectivo a través de Graciela De Biassi. Las cuentas del Arzobispado eran manejadas pura y exclusivamente por el Directorio –contó. Y esos manejos se prestaban a oscuras desviaciones. El 13 de octubre de 1997, Ángela Beatriz Zolezzi, directora del Colegio San Patricio de Sarandí, testimonió en la causa por los créditos truchos, haber solicitado un préstamo en 1994 para obras de construcción del edificio, a través de Horacio Santos, representante legal, el cual nunca le fue otorgado. Añadió, sin embargo, que a principios de 1997, a raíz de la relación de amistad de Santos con Monseñor Toledo, había surgido la posibilidad de una donación por parte del BCP. –Santos me trajo unos papeles: una nota pidiendo la donación y un comprobante de recibo, porque monseñor Toledo le dijo que así se ganaba tiempo. La donación nunca se hizo efectiva. Al mostrarle el cheque número 09951970 a favor del Arzobispado con fecha 7 de abril por 300.000 pesos, dijo que era la primera vez que veía ese cheque. Y desconoció la firma puesta en su endoso. Sus dichos fueron apoyados por los de Horacio Santos, representante legal del colegio Sarandí, quien contó que en 1994 había intentado un préstamo de 100.000 pesos para esa institución, que no fue otorgado por falta de aval. Y que en 1997, sorpresivamente, Francisco Javier Trusso le ofreció por iniciativa propia una donación de 300.000 pesos. –Para esto me pidió una solicitud de donación dirigida al BCP y un comprobante de recibo a nombre de una Fundación del BCP. Extrañado por tanta generosidad, consulté a monseñor Toledo, quien me dijo que Trusso era muy generoso y que le llevara todo lo que me había pedido. –Como el dinero nunca llegaba, le reclamé a Toledo y él me explicó que Trusso estaba de viaje y que ya lo iba a recibir. Nunca supe de ninguna nota por la que monseñor Quarracino solicitaba la donación, ni he visto ningún cheque a favor del Arzobispado–respondió Santos a la requisitoria del juzgado. El martes 30 de septiembre, el tesorero del banco, Carlos Fúriga, declaró ante el juez Bruni que había recibido del directorio órdenes de fraguar el resumen general de caja. Dijo que hizo figurar dos notas de débito inventadas por el retiro de diez millones de pesos y que imputó ese dinero a llenar agujeros del BCP. Luego, el 13 de julio, reemplazó las notas fraguadas por los dos cheques de Toledo que le llegaron en sobre cerrado desde el directorio. Esta declaración demostraría que los diez millones, que fueron ingresados a una cuenta del Arzobispado, en realidad salieron de inmediato en forma de cheques, y que éstos fueron cobrados por ventanilla; pero ¿el Arzobispado fue engañado o estaba al tanto de estas maniobras? La entrega de los cheques en blanco y la falta de control del saldo de la cuenta indicaría que se amparaban ilícitos a cambio de donaciones. Por ejemplo, los Trusso restauraron un valioso cuadro del Vaticano en nombre de Quarracino, quien se enteró cuando recibió una carta de agradecimiento de la Santa Sede. Además, el BCP le pagaba al cardenal primado suscripciones a revistas, compras de computadoras, su viaje y su operación en España, teléfonos celulares y tarjetas American Express para él y sus secretarios. Según Toledo, aquello fue "un pecado que cometimos por debilidad, comodidad o conveniencia". Las aseveraciones de Fúriga sirvieron de paso para aclarar el destino que tuvieron esos 300.000 pesos que el Colegio Sarandí nunca recibió. Luego de reconocer que había autorizado cheques para el Arzobispado y cheques de las cuentas del Arzobispado, y de aclarar que lo hizo siempre a pedido del Directorio, a través de la secretaria de Francisco Javier Trusso, Graciela De Biassi, Fúriga dijo: –El 7 de abril autoricé el cobro de un chequepor 300.000 pesos (Número 00951970) a Graciela De Biassi. Ella me dijo que debía llevar esa donación al Arzobispado para la terminación de un colegio, dado que monseñor Toledo se hallaba de viaje. Exhibió documentación respaldatoria por la que Quarracino solicitaba dicha donación y el Directorio la aprobaba. Recuerdo que le entregué los fajos

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de dinero en pesos en un sobre de papel madera. El 22 de septiembre de 1999, la Sociedad Militar Seguro de Vida y la Arquidiócesis porteña firmaron un acta en la que hicieron constar que ambas fueron "víctimas de las maniobras defraudatorias de los directivos del BCP" y acordaron cooperar en acciones penales contra ellos. En ese acuerdo el Arzobispado se eximió de responsabilidad civil por aquel presunto préstamo de 1997 con la supuesta firma de Quarracino, en el juicio que le había iniciado la SMSV, y a la vez desistió de la querella criminal que había entablado contra esa sociedad. De ahí que la posición de los Trusso, antes tan ligados a la Curia, virara sustancialmente. Por lo demás, las pericias corroboraron que Quarracino nunca había firmado el mutuo por los diez millones.

En nombre del padre A cambio de pagarle los gastos de tarjeta a Quarracino y a Toledo, y de numerosas donaciones a la Iglesia, la familia Trusso obtuvo apoyo del Arzobispado para negocios que se concretaron en la sede de la embajada argentina, en el Vaticano durante la gestión de Francisco Paco Trusso, quien fue designado por Menem en esa función a pedido del cardenal. Uno de esos negocios se hizo en presencia de Quarracino y fue el intercambio de representación con el Banco Monte Paschi di Siena, el más antiguo de Italia, ya que data del siglo XV, que junto con un broker de Estados Unidos le prestaron al BCP setenta millones de dólares. Francisco Paco Trusso también fue elegido por Menem para dirigir la oficina de Etica Pública y, a pedido del Vaticano, fue director de la sucursal local del Banco Ambrosiano, que en Italia manejaba Roberto Calvi, miembro de la temible Logia masónica P2. "No tengo nada que ver con los negocios de los chicos", alegó, pero con semejantes antecedentes, fue difícil creerle. Es cierto que su hijo mayor, Francisco Javier, tenía el 44,8 por ciento de los votos en las asambleas de accionistas del BCP, Pablo el 17,30, Juan Miguel sólo el seis, pero Francisco Paco Trusso era el presidente de Carta Credencial. Un precepto bíblico dice: "Dios ciega a quienes quiere perder". En 1980, el Banco de Intercambio Regional (BIR) quebró y dejó un tendal de 400 millones de dólares. Diez años después, sus ahorristas seguían haciendo manifestaciones frente al Congreso reclamando por su propio error: cegados por tasas desmesuradas, habían depositado allí sus dólares, sin contemplar que cuando la limosna es grande hasta los santos deben desconfiar. Oh, casualidad, la cara visible del BIR era José Rafael Trozzo, un hombre del Opus Dei, que se fugó a México. Y que Francisco Paco Trusso, era asesor de Trozzo en el BIR. Otro de los negocios sucios en los que se vio implicada la Iglesia tuvo lugar al año siguiente y fue el turbio asunto de la herencia del solterón y avaro multimillonario Juan Feliciano Manubens Calvet, a quien la Iglesia de Córdoba seguía de cerca ya que había prometido dejar sus bienes a Villa Dolores, su pueblo cordobés. Manubens tenía 388.000 hectáreas de campos en cinco provincias y bienes del orden de los doscientos millones de dólares, una buena cantidad para repartir en obras de caridad. Pero, de pronto, le salió una hija "trucha" y paraguaya, Juana Carmen González Civibils, quien –según cuenta Rogelio García Lupo en su libro El Paraguay de Stroessner– con un documento adulterado con la ayuda de ese dictador, se hizo llamar Dolores Manubens Calvet y "decidió repartir sus legendarios bienes entre el Obispado de Venado Tuerto, una aldea de 50.000 habitantes en la provincia de Santa Fe; el Papa Juan Pablo II; y dos personas más, de las que una arrastraba cincuenta procesos judiciales". Las cesiones de Dolores a cuenta del patrimonio a heredar, causaron sorpresa: "Al obispo Mario Picchi le dejó el 50 por ciento en forma gratuita, mediante un acta en cuya confección quedó constancia de que el alto prelado había estado presente y había manifestado que la aceptaba. En otra acta

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notarial benefició con otro diez por ciento al mismo obispo y con el 40 por ciento a José Luis Cora, quien le pagó 500.000 dólares. En otra más, y a cambio de otro medio millón de dólares, el 30 por ciento pasó a un empleado de organizaciones católicas, y por fin hubo un diez por ciento para Su Santidad Juan Pablo II. En este último caso, el nuncio apostólico en Buenos Aires, el italiano Ubaldo Calabressi, aceptó la donación en nombre del Papa, en la escribanía de un notario elegido por la Nunciatura. Pero algo había salido mal: la suma de donaciones daba 140 por ciento". "El nudo sucesorio tomaba forma de ajfaire–prosigue García Lupo–. Recién en 1983 la trama comenzó a aclararse para la justicia argentina, que dispuso la detención de Dolores. El juez consideró que las pruebas de la impotencia sexual de Manubens Calvet eran concluyentes. También mencionó, en relación con el ajfaire, a Cora, al obispo Mario Picchi, al nuncio apostólico y al prominente abogado católico Guillermo Borda, ex ministro de una dictadura militar en la década del '60 y jurista del Opus Dei". Por supuesto, la Nunciatura dijo que no haría comentarios. –A Trusso padre lo vi varias veces y hablábamos por teléfono, cuando sorpresivamente llamaba a mi casa a horas insólitas. Siempre en tono intrigante y misterioso me daba información sobre su hijo o me citaba en su casa para darme algún dato, porque tenía miedo de sus teléfonos pinchados. Una de ellas fue el 20 de febrero de 2001, cuando me contó esencialmente de la propuesta de Carlos Menem para que ocupara la Secretaría de Etica Pública, que no pudo ser más inoportuna, ya que se produjo en 1997, cuando estalló el escándalo delBCP. Pero también, de los miembros de la Curia con los que tenía mayor o menor afinidad, y de su paso por el Banco Ambrosiano. –Lo de la Secretaría de Etica fue una propuesta de Menem. Para eso yo debía volver de la embajada del Vaticano, donde estuve desde enero del '92 hasta el '97, pero le contesté: "Ustedes el que ordena". En abril fui operado en Roma por un problema en los intestinos, estuve internado un mes. Según Clarín, yo ya había aceptado el puesto. Es cierto que tuve una reunión con Corach, pero primero debía regresar para despedirme del Papa. Hay que despedirse ante el jefe de Estado, si no la función no termina. Y después, para aceptar, puse una condición: "que sea por un año y me permitan ser inflexible". Y Menem aceptó. A raíz del escándalo, no juré. Me parecía que era un mal para todos. Por suerte tuve algunos amigos que me apoyaron, como Baruk Tenembaun, al que conocí en la embajada. –Usted tenía una buena relación con Esteban Caselli. ¿Qué la rompió? –Cuando Ruckauf visitó Roma con Caselli, me dijo: "Usted es el mejor embajador que tiene Argentina y seguirá siéndolo todo el tiempo que quiera". Con Caselli tenía una buena relación. Iba mucho a Roma y se reunía con Sodano. En la despedida del Papa, lo llamo a Caselli para desearle suerte y agrego que yo lo podía ayudar en cosas de la Iglesia, porque ese tema lo conozco bien. Y me contesta: "Acabo de recibir un fax donde me dicen que dijiste que yo no tengo capacidad, que soy ostentoso, que tengo un Mercedes Benz, etcétera. Voy a destruirte, a vos y a tu familia y voy a ver pasar el cadáver de mi enemigo". El tiene su banda de obispos: Aguer, Collino, Ogñenovich. En Roma, llegaron dos senadores por Córdoba y les conseguí una audiencia en primera fila con el Papa, a Caselli eso no le gustó. En Roma me hice amigo de Monseñor Re, sustituto del secretario de Estado. Y de Martín Elizalde, ahora en Nueve de Julio. –Usted fue director de otro banco envuelto en un gran escándalo, el Ambrosiano. –Yo fui director de la filial local del Banco Ambrosiano durante un año y medio, como una especie de vigilancia. Cuando vi que las cosas no andaban bien, mandé una larga renuncia al Banco Central, fundamentada en la falta de claridad de algunas operaciones. Luego viajé a Roma y hablé con el cardenal Silvestrini que era el que me había nombrado. El Ambrosiano tuvo otros directores locales: Michel Art, Ollatti, el ingeniero Recia, que ya murió, y el almirante Coda. Cuando la Banca de Italia compró el Ambrosiano le hicieron sumario a todos menos a mí. –¿Con qué miembros de la Iglesia tiene más afinidad? –A las reuniones que hacía en Roma concurrían Cassareto, Quarracino, Mejía. Con Aramburu no tenía buena relación. Pío Laghi me invitaba a las reuniones de la Nunciatura; en Roma lo vi sencillo,

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humilde y compartimos el tema de las Universidades. Yo traje al Papa por Malvinas, Calabresi no quería. El cardenal Quarracino era bonachón, confianzudo. Era muy amigo de mi hermano, el padre Alfredo Trusso. Quarracino era compañero del Papa, fue el impulsor de la primera reforma litúrgica y traductor de la Biblia. Es el primero que le hace sacar la sotana a los sacerdotes. ¿ Toledo? Es oscuro, muy callado, duro, no me atraía estar con él. Yo le daba el coche de la embajada. –Usted trabajó junto a uno de los criminales del Proceso: Pajarito Suárez Masón... –Lo he dicho infinidad de veces: fuimos compañeros del colegio La Salle, nada más. Estuve exactamente del otro lado de la escena. –No tanto, usted fue responsable jurídico de YPF, desde el primer día que Suárez Masón puso su pie como presidente, hasta que se fue, en marzo de 1982... –Eso no tiene nada que ver. Lo conocí, no digo que no, pero no tengo nada que ver con el proceso, al contrario, como le dije yo estuve del otro lado. Suárez Masón era débil de carácter, muy influenciable, pobre. Fui a verlo con Facundo Suárez por el secuestro de su hijo. Llamó a Massera y le dijo: "Te doy dos horas para que aparezca". El temible general Carlos Guillermo Pajarito Suárez Masón, desde la poderosa Jefatura II de Inteligencia de Ejército, fue el encargado de establecer los vínculos con la Armada y la Aeronáutica para la feroz represión que se desató en la Argentina a partir de 1976 y que dejó miles de muertos y desaparecidos. En 1980 fue pasado "a retiro" e integró el directorio de Bridas y de YPE Desde este lugar dirigió la venta de naftas adulteradas a través de la empresa Sol Petróleo S A. que sirvió para financiar las operaciones y luchas contra el comunismo en Latinoamérica. Para ello Suárez Masón se asoció con los más poderosos jefes de la droga del hemisferio y realizo fructíferos negocios con ellos en su lucha contra la hoz y el martillo. En 1985 y después de la declaración del ex espía Alejandro Sánchez Reisse ante el senado norteamericano, Estados Unidos declaraba que Suárez Masón era uno de los principales "narcotraficantes latinoamericanos". "Un débil de carácter", según Paco Trusso. Otra entrevista con Trusso padre, efectuada en marzo de 2001, tuvo por objeto develar por qué decía él que se habían "ensañado" con su familia, como si sus hijos hubiesen sido carmelitas descalzas, y su respuesta giró en torno al Istituto Opera di Religioni (IOR), tenido por el banco del Vaticano. Francisco Paco Trusso es un tipo raro: es exageradamente amable, siempre jura y perjura que no tiene nada que ver con nada, aunque a los cinco minutos, si el interlocutor tiene información y la contrasta, acepta la verdad, pero con atenuantes tontos, da a entender que tiene más información, pero al mismo tiempo dice que no puede hablar. Esa tarde, la charla empezó con una pregunta suya, muy sugestiva: –¿Por qué no investigan las cuentas que hay en Roma, en el IOR? Siempre hay algún empleado dispuesto a informar. Piense que en el IOR sólo pueden tener cuenta los dignatarios relacionados con la Iglesia, los obispos o laicos con cargo. ¿Se acuerda que murieron tres miembros de la Guardia Suiza? Son gente correcta con bajos sueldos, quizá sabían algo que no debían saber. A veces el Papa quiere poner en orden las cosas y no lo dejan. Por eso, cuando yo renuncié a mi cargo en el Banco Ambrosiano, además de mi carta al Banco Central, mandé otra a Roma y me pidieron que me quedara un tiempo más. "Sólo si me lo pide el Papa y por escrito", contesté. Allí existe un gran poder detrás del trono. ¿ Usted recuerda que durante las elecciones todas las encuestas le daban el triunfo a Graciela Fernández Meijide? Yo sé que hubo una orden desde Roma para que desde los pulpitos la hundieran. "Atea y abortista", le dijeron y perdió. Subió Ruckauf y ya sabemos con quién atrás. –¿Con quién atrás? –Esteban Caselli, que es apoyado en Roma por monseñor (Angelo) Sodano.

El dinero de la Iglesia Para entender lo que hay detrás de las palabras de Trusso es necesario hacer dos acotaciones:

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explicar qué es el IOR y qué hubo detrás del asesinato de los guardias suizos. Aunque no lo parezca, ambos están relacionados con el devenir de la Iglesia en el mundo y también en nuestro país. Pero también es bueno recordar que en el comienzo de los tiempos del cristianismo, para Cristo, los bienes terrenales no tenían ningún valor. "Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios" (Lucas, XVIII, 25). Cuando un día sus discípulos le preguntaron sobre la posesión de los bienes, dijo: "No toméis nada para el camino, ni báculo, ni alforja, ni dinero, ni llevéis dos túnicas" (Lucas, IX, 13). Pasado el tiempo, cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial del Estado y el obispo de Roma en soberano temporal, la doctrina de austeridad de Cristo fue amoldada a los nuevos tiempos. El Óbolo de San Pedro, fue desde el siglo VIII, una de las fuentes de ingreso de dinero al Vaticano, por lo menos hasta que en tiempos modernos fue suplantado por mecanismos más sofisticados. El óbolo que tiene origen anglosajón, comenzó cuando el Papa San Gregorio Magno envió a San Agustín de Canterbury para que convirtiera a los anglos al cristianismo. Después de la conversión, muchos ingleses iban a Roma en peregrinación y al principio del siglo VIII se impuso un impuesto de un sueldo por año a todas las familias del reino de Wessex, enviando lo recaudado a Roma, para asistir a los peregrinos, siendo éste el origen del óbolo. Este sistema se extendió a otros países del mundo y Carlomagno lo hizo obligatorio para todos los propietarios de casas y terrenos. La Reforma protestante y la secesión anglicana fue un duro golpe a las finanzas vaticanas porque se interrumpió el óbolo en los países donde se manifestaron estos movimientos. A mediados del siglo XIX el óbolo regresó, pero como contribución voluntaria de los fieles. Actualmente, la Iglesia de Estados Unidos, es una de las mayores contribuyentes de dinero al Vaticano, seguida por la alemana, que goza de una situación privilegiada. Como curiosidades de la historia de las finanzas de San Pedro, el periodista italiano Conrado Pallenberg, recopiló unas cuantas en un delicioso libro, Las finanzas del Vaticano, publicado a finales de los años setenta y que ayudan a reconstruir el largo y sinuoso –y absurdo– camino recorrido hasta nuestros tiempos, en que la Iglesia, a través de bancos asociados, compra y vende acciones en la bolsa de Wall Street. "León X impulsó la venta de indulgencias en los territorios de la actual Alemania. Las indulgencias se dividían en dos categorías principales. Una era la indulgencia plenaria de todos los pecados, incluida la expiación en el purgatorio. Se podía obtener visitando después de la confesión en siete iglesias y rezando en cada una cinco Padrenuestros y cinco Avemarias. Además de pagar de uno a 25 florines de oro. La otra indulgencia ofrecía la expiación de todos los pecados de un difunto cuya alma estuviera en el Purgatorio, a cambio de un ofrecimiento monetario. "En el siglo XV, la Iglesia comenzó a vender "oficios". Se llamaban así los cargos de secretarios, nótarios, hujieres y otros, que se inventaban a placer. Tiempos difíciles pasó Inocencio VIII en el año 1500. Tan duros fueron, que el Papa se vio obligado a vender la tiara papal para conseguir dinero fresco. Para superar el trance, inventó un colegio pontificio de veintiséis miembros y vendió los cargos, obteniendo 60.000 escudos." El corazón actual de la economía vaticana es la Administratio Patrimoni Sedis Apostolicae (APSA) que desarrolla funciones de banco central y es reconocida tanto por el Banco de Inglaterra como por la Reserva Federal Americana. LaAPSA surgió en 1929, a través de Pío XI cuando el estado italiano (Mussolini) le pagó a la Iglesia 1.750 millones de liras de la época en cumplimiento de los Pactos Lateralenses y como resarcimiento por la confiscación de bienes eclesiales. Pío XI utilizó 300.000 liras para refaccionar varios palacios vaticanos y el resto lo colocó en rentas: hoy, además de palacios, acciones y títulos, la Iglesia posee en Roma más de mil departamentos alquilados a los empleados de la Ciudad del Vaticano. Se calcula que el patrimonio en inmuebles supera los quince mil millones de dólares y que el capital productivo se aproxima a los cuatro mil quinientos millones. La administración de esta fortuna está en manos de expertos banqueros laicos de diversos países, pero las decisiones de política económica las toma una comisión de cinco cardenales. El IOR o Instituto para las obras de Religión, frecuentemente confundido con un banco es, en

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realidad, una administración fiduciaria que recoge y administra valores por cuenta de terceros. Su función originaria era la de administrar fundaciones, legados y el dinero para la caridad, pero luego recibió también depósitos de institutos y congregaciones religiosas de todo el mundo, de obispos y sacerdotes, de los nuncios apostólicos y las embajadas, de todo el personal eclesiástico y por supuesto del propio Papa, de allí que se lo llame "banco". El IOR coloca esos fondos en cuentas a plazo y en obligaciones en otras instituciones. La ventaja de ser cliente del banco del Vaticano radica en que se está eximido de las leyes monetarias italianas y se puede transferir dinero a cualquier parte del mundo con las máximas facilidades. Entre los laicos famosos que pasaron por el IOR figuran los tres sobrinos de Pío XII, el Papa aristócrata amigo de Hitler, Eugenio Pacelli. Mientras lo dirigía el obispo Paul Marcinkus, buena parte del dinero del IOR fue colocado en el Banco Ambrosiano de Roberto Calvi y a través de éste, en paraísos fiscales, destinados al lavado de dinero, el pago de coimas y el financiamiento de empresas poco dignas. "Sin duda, aquí hace falta, un "glasnost", una profunda operación de transparencia en las finanzas vaticanas", me dijo en el año 2000, en Montevideo, el padre jesuíta Luis Pérez Aguirre, autor de La Iglesia increíble, un libro extraordinario que pone a las finanzas del Vaticano en blanco sobre negro. El sacerdote, graduado en Teología y Filosofía y distinguido a nivel internacional por la defensa de los derechos humanos que realizó en los años setenta contra la dictadura uruguaya, murió tras sufrir un accidente en su bicicleta. Pero su libro queda como testimonio de las enrevesadas cuentas de la Iglesia. En aquel momento Pérez Aguirre me dijo: "El IOR debió vender no hace mucho las acciones que poseía en una industria farmacéutica para evitar que la Iglesia fuera denunciada como fabricante de pildoras anticonceptivas. Pero ya a Pío XII le había pasado algo peor: en plena guerra fría descubrió que el Vaticano poseía acciones en una fábrica que le abastecía armas a Mao Tse-Tung". Por otro lado, las verdaderas causas del triple crimen que en 1998 tuvo lugar en el Vaticano –dos miembros de la Guardia Suiza y la mujer de uno de ellos aparecieron acribillados a balazos– no fueron fruto de un loco arrebato, como intentó vender la Curia, sino que hay que buscarlas en un ajuste de cuentas entre los dos grupos con mayor poder en el seno de la Iglesia –el Opus Dei y la Masonería– que se disputan desde hace décadas el control del dinero Vaticano. Un interesante libro escrito por los Discípulos de la Verdad –es tal el miedo a esa mafia que los prelados de la Santa Sede que lo escribieron se ocultan bajo ese seudónimo– titulado Mentiras y crímenes en el Vaticano, sostiene que el matrimonio constituido –asesinado en 1998– por el comandante del Ejército pontificio, Alois Estermann, y su mujer, Gladys Meza Romero eran miembros del Opus Dei y encargados de la expansión de sus actividades en América latina; en tanto que su supuesto asesino, el cabo segundo Cédric Tornay –que en la versión vaticana aparece como "suicidado"– investigaba por parte de la masonería, encarnada por el obispo y ex titular del IOR, Paul Marcinkus, las verdaderas motivaciones de la pareja. En ese libro se demuestra, por ejemplo, que Tornay no murió después, sino antes que sus supuestas víctimas, por lo que cabe suponer que alguien más fue quien tomó venganza y mató al matrimonio. Lo tremendo es comprobar de qué débil hilo pende la vida del Papa –cualquiera sea éste– en semejante entorno, siendo que el triple crimen fue cometido en uno de los cuerpos de vigilancia mas fiables del mundo y que se ocupa de la seguridad personal del jefe de la Santa Sede. En otra entrevista con Francisco Trusso padre, gran amigo del Opus Dei, le pregunté directamente por los créditos falsos del BCP y la falsificación de la firma de Quarracino en el mutuo, algo que admitió; su único reclamo parecía ser que las culpas se repartieran de manera equitativa. –Vamos al BCP. Hubo créditos falsos. ¿El mutuo también lo es? –Los créditos falsos existieron, el mutuo con el Arzobispado también. ¿Todo eso es mentira? No, en absoluto. Pero había doce directores y sólo fue culpable la familia Trusso. Falabella, DellaNogare, De Simone, Granito... ¿Usted recuerda a alguno? Moneta hizo cosas peores y camina por la calle, lleva caballos a la Rural. El BCP tuvo operaciones off-shore por veinte millones y Moneta por miles

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de millones. Pero había que tapar el asunto Yabrán. Alguien de la Iglesia puso la firma que no debía en el lugar que no debía por un dinero que no debía y se quiso salvar él. –¿Quién cree que operó en contra suya? –Tal vez la Iglesia, por lo que yo sabía, o pensaban que sabía. Yo recién llegaba de Europa... Francisco había estado tres meses afuera... Yo estaba propuesto para la oficina de Etica... Quizá quisieron destruirme por eso. Yo le dije a Menem: "Que el cargo sea ad honorem y que yo pueda ser inflexible". Tal vez yo había visto demasiado. Fue una venganza demasiado fuerte. Ruckauf podrá gobernar una tienda, pero ¿quién es Ruckauf? Apenas lo conozco, no tengo nada contra él, pero atrás suyo hay gente con cosas non sanctas. Recuerde que yo escribía en La Nación, en Clarín. Tenía una cordial relación con Ernestina Herrera de Noble... Nunca más volví a escribir, me lo impidieron. Deben pensar que yo sabía más sobre el tema del IOR... De todas formas, yo tengo una declaración secreta, donde cuento todo lo que sé y vi en estos años, depositada ante escribano, aquí y en Roma. Los únicos que venían a verme eran mis ex alumnos de la facultad. En la UBA, yo di Introducción al Derecho e Historia del Derecho. En la UCA también di clases, pero me fui porque parecía un colegio. No había libertad de espíritu. Ésa era la forma en que veía a la facultad. Se lo decía a mis alumnos y lo escribí en La Nación, en Clarín. –Si usted no sabe nada, ¿qué valor puede tener la declaración que dejó ante escribano? Vamos, Trusso... Una de dos: usted sabe algo muy gordo, o no sabe nada y quiere justificar el escándalo del banco... –Yo sé de nombramientos que se hicieron en el Vaticano por los que hubo que pagar mucho dinero, millones. Piense en lo que le dije del IOR. Hubo muchos cargos conseguidos por dinero. Y yo sé quiénes fueron lo que pagaron, cuánto pagaron y los favorecidos... –Si tiene tantos datos y hubo tanta injusticia con usted, ¿por qué no habla con Bergoglio? –No nos recibe. Yo he pedido audiencia, mi mujer ha pedido audiencia. Mi hijo. Mi hermano. No nos recibe. Lo vi dos veces en mi vida. Era coadjutor de Quarracino. Se escapa, no quiere oír. Debe ser porque no tiene la cola muy limpia. Algo habrá firmado. –¿Quién puede saber eso? –El único que lo puede saber es Francisco Javier.

Los escuchas No todos los hijos de los Trusso salieron delincuentes. Afortunadamente, porque son muchos. Francisco Paco Trusso y María Elisa Mazot se casaron en 1949 y tuvieron once hijos, aunque dos nacieron muertos. Todas las hijas mujeres estudiaron en el Colegio Maylin Cross y todos los varones en el Colegio La Salle. La mayor, María de las Mercedes, es museóloga, trabajó en la Secretaría de Cultura de la Nación y entre otras cosas trajo a Buenos Aires el Museo de Antigüedades de México. Le siguen Francisco Javier; María del Carmen, que es Licenciada en Relaciones Públicas y tiene dos hijos; María Virginia; Pablo Alfredo, economista; María Lujan que vive en Lincoln, está casada y tiene tres chicos; José Manuel, Manolo; Juan Miguel, abogado; y Maximiliano, músico, quien vivió en Inglaterra y en Italia, compone y canta rock, y trajo al conjunto cubano Buena Vista Social Club. Durante mucho tiempo, el teléfono de todos los Trusso estuvo intervenido por orden judicial, para lograr alguna pista que les permitiera dar con el paradero de Francisco Javier, que estaba prófugo. La Policía Federal grabó kilómetros de cintas con conversaciones banales y de las otras. Una de ellas, registrada el 8 de octubre de 1997, reprodujo una conversación algo críptica entre María Elisa y su hija Virginia, en la que se alude a monseñor Antonio Quarracino: "ME: ¿Juan Miguel estuvo en tu casa? "V: Sí, y se fue, y encima tengo que convencerlo a éste, que Carmen no lo puede convencer...

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"ME: Por ahí lo convence, porque el otro tiene interés. ¿A quién le gusta dejar de ser amigo del único rico? "V: Rico que era, porque no es más, mamá... "ME: El cree que es rico. "ME: Para mí, el único rico es el otro, Antonio. " Otra de las conversaciones grabadas fue entre María Elisa y su hijo Maximiliano, el músico, que vivía en Italia. De ella podrían deducirse dos cosas: que buscaban un lugar para Francisco Javier quien, ante la inminencia del pedido de captura, ya había tomado el avión, y que estaban escasos de fondos, hasta el punto de tener que vender el Mercedes Benz, que Paco había dejado en Italia luego de su paso como embajador ante la Santa Sede: "ME: ¿Hablaste con Francesco? "M: No. No lo vi. "ME: El tuyo, tu amigo de Sicilia. "M: Sí, ya encontró un lugar. "ME: ¿Pero él lo va a bancar? "M: Que sé yo, no sé... "ME: Si no, no va a poder ir, ¿a quién vas a poner si no hay nadie para pagar nada? Papá quiere vender el auto: ¿te ocupaste de eso? "M: No es fácil. "ME: Habla con papá." Interviene Trusso padre: "T: ¿Qué me decís de lo del auto? "M: Está en una agencia. "T: ¿No hay interés? "M: Es caro. "T: ¿Cuánto piden? [lo pregunta cinco veces] "M: 97 millones [de liras] "T: Bájalo. "M: Está un poco más bajo. "T: Bájalo más, me tengo que sacar ese auto de encima. Preocúpate y dame una noticia concreta. Siempre decían que el Mercedes se vende enseguida. El otro Mercedes lo vendimos enseguida. "M: Pero era la mitad, otro tipo de auto. " El 9 de octubre de 1997 María Elisa llamó a una tal Amalia. La conversación escuchada arrojó este diálogo: "ME: Hoy fuimos a ver a ese cura, lo demás todo igual. "A: Todo lo que le hacen a Paco no se lo merece, es un martirio... "ME: A esta edad, con todo lo que ha hecho. "A: Todo lo que han hecho por ellos, lo que se han sacrificado... "ME: No sólo todo lo bien que ha hecho por ellos, lo bien que hizo a la embajada, al gobierno. El nombre por el piso, una lucha contra la familia impresionante. " Se escucha de lejos: "¿Leíste Noticias, la viste? "ME: Un horror, peor no podía ser, un desastre, un horror... son unos hijos de puta total. " La edición del 4 de octubre de 1997 de la aludida revista traía en la portada una nota que se titulaba: "Los banqueros que tracionaron a Dios. Pecados capitales". El artículo refería que "un hombre que dijo ser emisario de la familia Trusso deslizó la posibilidad de una recompensa de 100.000 dólares para evitar la publicación de esta nota". Noticias había entrevistado a Quarracino, quien se desligó de cualquier tipo de vínculos con los Trusso. Uno de los párrafos destacados decía: "Quarracino (75) cardenal primado de la Argentina:

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"No hubo ni hay ningún lazo económico con el BCP, ni del Arzobispado, ni el mío personal". Admitió que tenía cuentas personales y que aceptó algunos regalos de los Trusso". Respecto de Francisco Paco Trusso, hacía la siguiente semblanza: "Trusso padre era nacionalista católico, seguidor del padre Julio Menvielle. Durante Onganía, fue secretario de Educación. Asesoró a José Trozzo del OPUS en el BIR. Acompañó en YPF a su compañero del Lasalle, el entonces general Guillermo Suárez Masón. Ofició de director de la filial local del banco Ambrosiano. Récord de vinculación directa o indirecta con la caída de tres bancos relacionados con la Iglesia". Ese 9 de octubre, María Elisa llamó también a una tal Nora y se pusieron a hablar de la energía positiva y del cura Moreno, que al parecer ya los había ayudado con algún tipo de sanación: "N: Decime si hay algún horario, así yo te mando energía... "ME: Te agradezco tanto, le hizo tan bien a Paco y se acordaba mucho de vos. Fuimos a la noche misma. "N: Ojalá vaya, María Elisa, porque tiene buena onda. "ME: Pero está bárbaro Esteban... "N: Por eso te digo, a mí me ayudó mucho. Y Paco fue monaguillo de él. ¿Me das el número que tiene él ahora?, porque yo tenía el de la parroquia. Vos no sabes las cosas que hemos conseguido nosotros... "ME: Le dijo que ya hemos estado bastante callados. "N: Lo bueno es que te da energía. "ME: 4792-6942 "N: ¿Es el de la capilla o el del colegio? "ME: No, el de la casita, al lado del teatro. "N: Es que el padre Moreno te dice lo que tenes que hacer y eso te hace bien... El padre Moreno es muy discutido. "ME: Le dijo a Paco que tenía que hablar, que ya era hora de romper el silencio, para que todos sepan, que se defiendan un poco, hay tantos amigos que están esperando que hablemos... "N: Todo está igual, pero ves otras cosas. En la época de los guerrilleros, los que tenían lavado de cerebro, las madres, no podían hacer nada. Pero vos sí, a nivel subconciente. A las 8, los jueves, hay que unirse al subconciente colectivo. Vos sos muy positiva y podes hacer muchísimo... "ME: Trataremos de irnos un poco... "N: ¿A Lujan? ¿A Lincoln? "ME: Sí. Manolo está mal, muy mal, tan cerrado para dentro... " Otro de los diálogos se produjo entre María Elisa y Laura Cavagña: "ME: Paco está destruido, las reacciones de la gente, no salimos, nos quedamos acá encerrados... "LC: Los chicos los acompañan... "ME: Los que pueden... Además, las notas de la prensa... es tan mala. "LC: Gracias a Dios, a esta altura de mi vida, yo sólo leo La Nación. En fin, esto es archiconocido. "ME: Yo pensaba en Maxi, que lo traté de proteger tanto y ahora... No consiguen trabajos buenos. Las facultades son caras... "LC: Tampoco es tan complicado estudiar en la UBA. Con todos los problemas, sigue siendo buena... "ME: No sé Maxi, tiene terror a volver, no sé cómo está viviendo, qué está haciendo. El es bueno, es buenísimo... "LC: Son buenos los sufrimientos. "ME: En serio, ¿sirven para algo?" Los "escuchas" también registraron la siguiente conversación entre María Elisa y su hija Carmen Trusso: "C: Le pedí a Inés Ordoñez que rece mucho por mí. "ME: Le hubieras dicho que la Iglesia se portó muy mal con nosotros.

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"C: Francisco estuvo afuera, en eso estuvo bien Anzorreguy, en pedir las visas, él no pudo haber falsificado las firmas... " Otro cásete contenía esta charla entre María Elisa y su hijo Juan Miguel, en la que evidentemente se menciona a Quarracino: "ME: ¿Cómo te fue en el almuerzo de hoy? "JM: Bien, que aceptó. "ME: ¿Quién aceptó? "JM: Él aceptó todo. "ME: ¿Quién? ¿El cardenal? "JM: Bueno, mamá [y le corta abruptamente]. " Sin duda, el crecimiento del BCP en los años noventa se debió, en buena parte, a Gustavo Beliz, quien introdujo a varios amigos de los Trusso en el Ministerio del Interior, en la Secretaría de la Función Pública y en la Fiscalía Nacional de Investigaciones. Beliz acercó a Rodolfo Barra al menemismo y éste amplió la cadena. Barra, ministro de Justicia de Menem y como Beliz miembro del Opus Dei, también debió en su momento afrontar su propio escándalo: fue cuando una foto lo mostró en sus años mozos haciendo el saludo nazi como miembro de la organización Tacuara, lo que a la postre le costó el puesto por presión de la comunidad judía. Por su parte, Beliz se fue del gobierno menemista diciendo que había estado en medio de un lodazal lleno de víboras y no se quería enchastrar, lo cual le valió el apodo de "zapatitos blancos". El 14 de octubre de 1997, Página/12 daba cuenta que el escándalo del BCP, más que salpicar, ahora sí enchastraba al "impoluto" Beliz. La información señalaba: "El candidato a legislador por el cavallismo fue denunciado por el uso de una tarjeta de crédito abonada por el BCP. "Octavio Frigerio, primer candidato justicialista a legislador porteño formalizó ayer una denuncia en el Juzgado Criminal del Juez Fernando Larraín por las dádivas recibidas por el actual candidato de Nueva Dirigencia mientras era funcionario del gobierno de Menem. Beliz se negó a responder las acusaciones: "No quiero entrar en la campaña sucia que propone el PJ". "La denuncia por connivencia fraudulenta, mal desempeño e incumplimiento de los deberes de funcionario público se originó en la información brindada por un grupo de ahorristas del BCP. Sostienen que desde el banco fueron a parar fondos para la campaña mediante tarjetas de crédito de uso ilimitado para Beliz, Guillermo Heinsiger, Octavio Pinzón y Diego Blasco. "También Beliz vivió varios años en un departamento alquilado por el BCP..." Precisamente, otra conversación grabada por los "escuchas", esta vez entre Francisco PacoTrusso y su hijo Pablo, fue a propósito de aquella denuncia hecha por Octavio Frigerio en contra de Beliz, no por motivos éticos, sino con el propósito de restarle votos a su candidatura. El siguiente diálogo viene a recordar aquel sabio refrán que dice "el muerto se asusta del degollado": "T: Es un bandido, en Roma me llamaba siempre, me pedía cosas, se las conseguía, lo llevaba en auto... "P: Si tiene un préstamo de 100.000 dólares... "T: Que no pagó nunca. Es un horror, un horror este Frigerio... "P: ¿Dónde está? "T: De candidato a diputado. "P: Todo el mundo recomienda perfil bajo por ahora." Cabe agregar que entre 1989 y enero de 1993 Beliz vivió en un departamento alquilado en la calle Juncal 1760, 6° C, pero que no era él quien figuraba como inquilino. El contrato estaba a nombre de Graciela De Biassi, la secretaria de Francisco Javier Trusso, quien nunca vivió allí, y Trusso firmó como garante. El alquiler era pagado por el BCP por semestre adelantado. Además, "zapatitos blancos", era titular de la tarjeta de crédito Carta Credencial número 5070-3102-1413-6491 emitida por el BCP y sus saldos, de unos 1.500 pesos mensuales, eran pagados muchas veces con cifras

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superiores a las adeudadas, lo que hace pensar que el dinero lo ponía el propio banco. En cuanto a Octavio Frigerio, basta con saber que el BPC le dio un préstamo de 100.000 dólares que, según los Trusso, nunca pagó.

Il signore ambrosiano En el libro La historia del banquero Roberto Calvi. De la presidencia del Ambrosiano al puente de Blackfriars, sus autores, los italianos Gianfranco Piazzesi y Sandra Bonsanti, plasmaron una de las investigaciones más exhaustivas acerca de la Reverenda Logia Masónica Propaganda Due, más conocida como P2, imbricada con la mafia y el fascismo, cuyas ramificaciones e influencias se hicieron sentir en varias partes del mundo, incluida la Argentina, desde Perón a Menem, cuanto menos. ¿Qué es la P2? Una ramificación de la Pl, pero a diferencia de ésta, que se creó a principios del siglo XIX en Turín y que era pública, la segunda –llamada P2 para diferenciarla de la Pl– era de carácter secreto. La creó el gran maestro Giusseppe Mazzoni hacia 1875 y a ella sólo podían ingresar "hermanos" con altísimos cargos públicos, o influyentes hombres de las finanzas, que por esto mismo no podían pertenecer tranquilamente a cualquier logia. Cuando los fascistas llegaron al poder en 1922 declararon ilegal a la masonería y esto fue como un regalo del cielo para la P2: la logia secreta hospedó a todos aquellos "hermanos" que, por sus funciones relevantes en el manejo del Estado, no podían hacer pública su condición de masones. El propio carácter reservado e ilegal de la logia, hizo que ésta desbarrancara: pronto se encargó de poner a resguardo las fortunas mal habidas durante la guerra. Las remesas de dinero que en los años inmediatos a la posguerra llegaron a la Argentina, Brasil, México y Uruguay fueron incalculables, pero también buena parte quedó dentro de los muros del Vaticano, considerado el lugar más seguro de Europa para esconder aquellos bienes. En 1971, Licio Gelli se hizo cargo de la P2. Pero diez años después caía en manos de la justicia. A pesar de eso, la masonería como tal sigue funcionando, eso sí, más moderna y acorde a los tiempos que corren. Y la rivalidad de ésta con el Opus Dei es muy violenta. En 1983, Gelli se encontraba ya en la cárcel de Ginebra a consecuencia del operativo "mani pulite" y no era fácil abordarlo. Pero Humberto Ortolani, su segundo, que vivía en la clandestinidad, se decidió a suministrar un detallado relato sobre la Italia de la posguerra a un escritor de valía, Leonardo Sciascia. Ortolani era sobrino del cardenal Lercaro y secretario privado del cardenal Ottaviani, encargado de las finanzas vaticanas. Su relato destapó los entretelones y las increíbles conexiones que llegaron a existir entre la logia, los políticos, el mundo financiero, generales, periodistas y miembros de la Iglesia católica, que habían sido sus "hermanos". Entre los financistas de la P2 sobresalía Roberto Calvi. Pizzesi y Bonsanti reconstruyeron, en parte sobre el testimonio efectuado por Ortolani a Sciascia, y en parte por lo que ellos mismos investigaron, el viaje del banquero desde la presidencia del Banco Ambrosiano –socio del IOR– hasta el Blackfriars Bridge, o Puente de los Frailes Negros, en Londres, donde apareció ahorcado pendiendo de una viga, con seis kilos de ladrillos en sus bolsillos. ¿Se suicidó o lo mataron? Hasta el puente elegido, dado su nombre, sonó a vendetta... Una apretadísima síntesis, basada en aquel libro, ayudará a entender y dimensionar qué clase de banco fue el Ambrosiano, cuya sucursal en Argentina dirigió Francisco Paco Trusso, a pedido del Papa, según él mismo contó; por qué personajes del poder local, como Juan Domingo Perón, o Carlos Menem, o el ex almirante Emilio Eduardo Massera, o José López Rega, o Raúl Lastiri, o Alberto Vignes, tuvieron contacto con esa logia mafiosa; y hasta qué punto una prestigiosa editorial cayó en esa red.

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Calvi tuvo como maestro a Michele Sindona, estrechamente ligado al Vaticano, quien llegó a amasar una fortuna en el mercado de las inmobiliarias. Compraba bancos pequeños con dificultades, se introducía en las financieras y especulaba en la bolsa. Sumando los pequeños bancos en liquidación, Sindona empezó a convertirse en un banquero privado, y conquistando el paquete accionario de varias financieras, adquinó licencia para invertir. Pero hacían falta grandes capitales, problema que resolvió asociándose en 1962 a los Hambro, una de las familias más ricas de Europa, que controlaban una buena porción del comercio mundial de diamantes y financiaron obras grandiosas como el rascacielos Pan Am, en Nueva York. De esta manera, Sindona se aseguró una capacidad adquisitiva casi ilimitada: compraba sociedades casi quebradas y hacía elevar los precios de los títulos. Y también compró varias financieras, entre ellas la Céntrale, una de las más renombradas. Sindona y Calvi se conocieron en 1968, cuando el primero era ya todo un personaje y el otro tan sólo un subdirector de la Montedison. Don Michele colocó a Calvi como vice del Ambrosiano y luego movilizó a todas sus amistades del Vaticano, en la curia milanesa y en la romana, para que Calvi ascendiera a director, pensando que desde allí lo ayudaría a irrumpir con mayor fuerza, en el mundo financiero. Sin embargo, a partir de 1971, don Michele inició un descenso vertiginoso, en cambio Calvi comenzó una fulgurante carrera. En noviembre de ese año, los Hambro vendieron la Céntrale a una sociedad controlada por el Ambrosiano, y en marzo de 1972, el IOR (Instituto para las Ordenes Religiosas, el banco del Vaticano) vendió a la Céntrale el 37,4 por ciento de la Banca Cattólica del Véneto. Así, mientras Calvi se expandía, Sindona recibía a los inspectores del Bankitalia. En septiembre de 1974, le decretaron la liquidación forzosa y se libró una orden de captura por "falsedad de escrituras contables". Sindona huyó para evitar la extradición. Siete días después, Calvi fue nombrado "cavaliere del lavoro" y, al finalizar el año, presidente del Ambrosiano. Sindona tenía muchos amigos en la "cosa nostra", sin ser un mañoso actuaba como "padrino", consentía que un novato se abriera camino, pero con la condición de que se mantuviera siempre obediente y dispuesto a recibir consejos de aquel que todo lo sabía y debía estar dispuesto a ayudar a su maestro. Nunca perdonó el ascenso de Calvi. En 1977 Sindona comenzó a dar a conocer a la prensa numerosos documentos reservados referentes al borrascoso pasado del "signar ambrosiano". A resultas de esto, en abril de 1978, Paolo Baffi, gobernador de la Banca d'Italia, y Mario Sarcinelli, jefe de la Vigilanza, iniciaron una investigación en la sede del Ambrosiano. En 1974, Sindona había introducido a Calvi en la Reverenda Logia Masónica Propaganda Due, al presentarle a dos de sus más altos miembros: Licio Gelli, el venerable, y a su segundo, Umberto Ortolani, quien sin embargo se hacía ver como un católico practicante. Calvi necesitaba asegurarse una protección poderosa para sus sucios enjuagues y a cambio de esa protección Gelli y Ortolani le pidieron que ingresara a la masonería y Calvi accedió. Se dio así un curioso caso: la Iglesia y la masonería confluyeron, a través de Calvi, y defendieron al unísono los intereses del IOR y del Banco Ambrosiano. En 1975, Calvi asumió la presidencia del Ambrosiano y en 1976 Gelli consiguió el control de la P2 de manos del gran maestro Salvini. La masonería no era, sin embargo, una buena opción para el presidente del banco fundado por un sacerdote y dedicado a San Ambrosio, que reunía los ahorros de los católicos lombardos, y que obligaba a quien lo dirigiera a mantener buenas relaciones con la curia milanesa y la romana. Ortolani, muy católico y con una observancia rayana en el escrúpulo, había asumido en la P2 un papel apenas inferior al de Licio Gelli, y antes de dar este paso había escrito una especie de confesión, que había entregado a un escribano, en un sobre lacrado, encargándole que fuera abierto sólo después de su muerte. En ella había confiado a su hijo: "Estoy seguro de ser sepultado en tierra consagrada". Los curas sabían que en caso de necesidad habrían podido contar con este masón, digamos que

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arrepentido. Pero Calvi, al que sus colegas llamaban "el banquero de Dios" daba la impresión de jugar en todas las mesas. Actuaba por miedo, más que por cálculo, y no podía ser confiable. En agosto 1978 se produjo el viaje de Calvi al Uruguay y a la Argentina. Su mujer, Clara Calvi, testimonió más tarde que la invitación partió de Ortolani, que deseaba presentar a Calvi, entonces en la cúspide, a los personajes uruguayos y argentinos. Ortolani poseía una villa en Montevideo y a Clara le sorprendió que siendo capo de la P2 se hubiera hecho construir en ella una capilla, con altar y crucifijo. Gelli no los acompañó, pero ya había estado más de una vez en Sudamérica. El "venerable" estuvo viviendo en Buenos aires entre 1946 y 1948, años en los que frecuentó a la comunidad de exiliados fascistas y nazis. Frecuentó a Perón en su exilio madrileño y fue quien, a través de Gian Carlo Elía Valori, obtuvo de Pablo VI, el levantamiento de la excomunión del líder justicialista y vino con él, como especialísimo invitado, en el charter que lo trajo por primera vez a la Argentina tras dieciocho años de exilio, en noviembre de 1972. En un pasaje de La novela de Perón (que en parte es ficción y en otra realidad) Tomás Eloy Martínez describe un almuerzo en Puerta de Hierro, a la vuelta de misa, en los días previos a ese viaje, y dice: "En el despacho del general, jugando con los caballos de cerámica que infectan el escritorio, aguarda Giancarlo Elia Valori, gentiluomo di Sua Santitá, consejero de los coroneles griegos, a quien Perón supone amigo íntimo de Paulo VI. En los alrededores de Valori merodea, como siempre, don Licio Gelli: desdeñoso, escarbando en las historias de Bartolomé Mitre que adornan la biblioteca. Todos en esa casa le deben algún favor, suele decir Valori. "Entre la antesala y el comedor se desparrama una filigresía goyesca: campeones de boxeo destronados, cantores de tango, los consabidos jerarcas sindicales y un par de embajadores de trajes a rayas anchas, como los gangters de cine. "En la cocina, doña Pilar–hermana del generalísimo Franco – se afana junto a Isabel friendo buñuelos. Desde los sótanos suben vapores salados. Perón ofrecerá a los huéspedes un puchero argentino. "Sintiéndose otra vez ajeno a todo, Campora vaga por el comedor. Distingue a López Rega tras las mamparas, examinando con afán la ristra de télex que le mandan desde Buenos Aires. A veces, algún despacho inquieta al secretario. Pide un teléfono, entonces, e imparte órdenes. El presidente (Campora) no sabe a quién ni a dónde. Nadie le dice nada. "En la mesa del general coinciden doña Pilar, Valori y Licio Gelli. En la de Campora se instala López Rega con sus matones. Desde el mismo día en que lo eligieron presidente, Campora ha ido sintiendo la hostilidad del secretario. De un momento a otro estallará la guerra entre los dos y supone que el general, obligado a elegir, protegerá a su enemigo. Un periodista español, Emilio Romero, le ha hecho llegar sospechas terribles. López pretende colocar a Isabel en el gobierno, y Campora sería –dice– el único obstáculo. " Para cuando Calvi y Ortolani coincidieron en su viaje al Uruguay, en la Argentina gobernaba la primera junta de la dictadura militar, una de cuyas principales figuras era el ex comandante Eduardo Emilio Massera. De Montevideo, la comitiva cruzó a Buenos Aires especialmente invitada a una reunión con el almirantazgo. Los hombres empezaron a hablar, las mujeres quedaron "relegadas a un rincón", según contó Clara. En el El Dictador, de María Seoane y Vicente Muleiro, dice: "Videla (Jorge Rafael) no ignoraba que Massera prefería tejer sus alianzas con la P2, en el exterior, con Suárez Mason (socio y compañero de Paco Trusso, también de la P2, en cuyos archivos secretos figuraba con el código E 18.77, fascículo 0609), con Saint Jean (Ibérico, general), Menéndez (Luciano Benjamín, general), de Córdoba y Azpitarte (Jorge, general) de Bahía Blanca. (...) Suárez Masón administraba desde el EMGE (Estado Mayor General de Ejército) una "cuenta especial secreta para la lucha antisubversiva". Desde esa cuenta que absorbía partidas de Defensa, oficialmente se compraron cuarteles ensamblables en Estados Unidos. Por cien millones de dólares, en una supuesta compra directa a la firma Corat Internacional. Creada y disuelta al único efecto de

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esta operación, en una orden firmada por Suárez Masón y ratificada por Viola (General). Nunca se pudo confirmar la existencia de esos cuarteles, denominados "material bélico secreto", no sólo porque no hubo registro de aduana que verificara el ingreso del material, sino porque una de las primeras medidas que tomó Suárez Masón al asumir el 14 de febrero de 1979, fue ordenar la incineración de todo el material o actas referidas a los movimientos de dicha cuenta. Como declaró años más tarde Sánchez Reisse, la cuenta no sólo recibía aportes del Tesoro argentino, sino contribuciones de numerosos empresarios privados, a los que les interesaba el país: entre ellos, el empresario azucarero Carlos Pedro Blaquier (Ingenio Ledesma), que aportó 250.000 dólares y Carlos Bulgheroni, de Bridas, un grupo que pasó de siete empresas a controlar 43 entre 1976 y 1983. Ambos empresarios estaban asociados, igual que Massera y Suárez Masón, al onorévole Licio Gelli. " Calvi y Ortolani llegaron a familiarizar. Calvi lo admiraba por la habilidad con la que conseguía tener un pie en la curia romana y otro en la masonería. Por otra parte, Ortolani era un hombre culto, afable, simpático y fiable en caso de necesidad. En cambio, Gelli era reservado. Calvi lo veía en Roma, en el Hotel Excelsior, donde se han alojado prácticamente todos los presidentes argentinos sin distinción de signos políticos, entre ellos Raúl Alfonsín y Carlos Menem. En el departamento de la primera planta, el venerable recibía, uno tras otro, a los "hermanos" de la P2 e iniciaba en los misterios masónicos a los nuevos adeptos. En ese hotel también se alojó Julio Mera Figueroa, ex ministro del Interior de Menem, cuando éste lo envió para pedirle a Gelli –que tenía planeado viajar a la Argentina– que suspendiera su viaje porque estaba por anunciar la primera etapa de los indultos (entre ellos, el de Massera) y no quería que una visita de ese cariz le hiciera el clima más pesado. Menem y Geíli se reunieron en el Excelsior en 1988, cuando el riojano era candidato a presidente por el Partido Justicialista. En aquella primera gira lo acompañó Mario Rotundo, que dirigía la Fundación para la Paz de los Pueblos, quien luego le reclamó a Menem que le devolviera unos cuantos millones de dólares que distintas organizaciones religiosas y Kadhafi, habían puesto para la campaña presidencial. Luego de estar con Gelli, a quien le pidió consejo y protección, Menem fue a Siria y luego a Grecia, donde Amalita Fortabat los recibió en su exclusiva isla. Ortolani era el cerebro financiero de la P2 y sustituyó a Sindona en la misión de transformar a un funcionario hábil y capacitado como Calvi en un gran banquero de negocios, de talla internacional. Sindona había vendido al Ambrosiano a una sociedad suya, luxemburguesa, llamada Compendium, que fue rebautizada como Banco Ambrosiano Holding, que asumiría un papel fundamental en las aventuras financieras de Calvi, quien por consejo de Sindona, fundó además en Nassau, en Las Bahamas, el Cisalpine Overseas Bank, rebautizado Banco Ambrosiano Overseas. El Vaticano tuvo así su propia banca off shore en un paraíso fiscal. Sindona había descubierto América latina a mediados de los años setenta y le pareció "un continente que presenta un notable desarrollo económico" según dijo, y pensó que "una mejora en las condiciones de vida de esos países puede impedir el florecimiento de las dictaduras y la propagación del castrismo". De ahí que le insistiera a Calvi que creara un centro financiero destinado a "ayudar a las sanas empresas privadas". Así fue como en 1976, poco después de ingresar en la P2, Calvi adquirió a través de la Overseas de Nassau, el 5,5 por ciento de las acciones del Banco Financiero Sudamericano, o Bafisud, el instituto de crédito uruguayo cuyo propietario era Ortolani. Luego Calvi dirigió su atención hacia Nicaragua, donde permitió al Vaticano ampliar subvenciones secretas a favor del dictador Somoza. A ningún banquero extranjero se le hubiera ocurrido establecer un banco comercial en Managua en septiembre de 1977, cuando Somoza estaba combatiendo sin posibilidades de éxito a la guerrilla. Pero también en esta ocasión Calvi tuvo suerte, porque cuando los guerrilleros sandinistas conquistaron Managua, el banco comercial siguió abierto y los revolucionarios marxistas, financieramente exhaustos, se contactaron con Calvi y éste les prometió aumentar la exportación de café a Italia. Por consejo de Ortolani, Calvi también incursionó en Perú. En 1979 inauguró en Lima el Banco Andino.

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Nassau, Managua y Lima eran plazas financieras de pésima reputación, servían para quien quisiera asumir rápidamente un riesgo o bien ocultar algún juego sucio. Gelli se sentía a sus anchas con Calvi: éste hacía todo lo que se le pedía y aceptaba con docilidad ser guiado.

Abril, Korn y la P2 Los Rizzoli, los más importantes editores italianos, vincularon a Ortolani a su empresa como asesor en 1975, porque Angelo Rizzoli necesitaba sus consejos. La adquisición del diario Corriere della sera en 1974, había resultado un pésimo negocio: el déficit de gestión llegaba a los doce mil millones de liras y las deudas del grupo alcanzaban los noventa mil. Ortolani presentó a Rizzoli a su amigo Gelli y éste resolvió con rapidez la cuestión. En 1976, en Argentina, Rizzoli adquirió en sociedad con la empresa Celulosa Argentina las editoriales Abril y Julio Korn, dueñas, entre otras, de las revistas Claudia, Anteojito, Radiolandia, Antena, Parabrisas, Corsa, Goles y de las muy prestigiosas Siete Días y Panorama. La editorial así conformada pasó a llamarse CREA (Celulosa, Rizzoli, Empresas Asociadas). Ese año, al estallar en la Argentina la dictadura militar, cada fuerza se repartió su cuota de influencia en los medios periodísticos y no por casualidad, en orden al asesoramiento de Gelli y a aquella reunión de Calvi con el almirantazgo, CREA quedó bajo la órbita de la Armada, en manos de Massera, vinculado a la P2; en tanto que su competidora Atlántida tenía más empatia con la línea del Ejército representada por un lado por Jorge Rafael Videla, y por el otro, por Suárez Masón, el famoso Batallón de Inteligencia 601 y el inolvidable general Ramón Camps. En 1977, Rizzoli no sólo saldó una antigua cuenta con Gianni Agnelli, de la Fiat, sino que anunció un aumento del capital de su sociedad, de cinco a veinticinco mil millones. El pagador oficial fue Roberto Calvi, quien a través de la Céntrale, pasó a tener el 40 por ciento del grupo Rizzoli-Corsera. Pero precisamente con esta operación comenzaron las desdichas para Calvi. Si la opción masónica fue un error, la editorial representó un disparate. Los "financieros laicos" dispuestos a tolerarlo mientras no se mostrara demasiado invasor, no podían aceptar su ingreso en el más poderoso imperio editorial italiano. El grupo Rizzoli - Corsera, era un centro de poder más codiciado y temido que cualquier financiera. Pero él hizo su razonamiento a la inversa, ya que consideró que al subvencionar el diario italiano más importante, afrontaría mejor la guerra que, más tarde, los financieros laicos sin duda desencadenarían contra él. Como "dueño" del Ambrosiano, Calvi disponía de una liquidez prácticamente ilimitada; como dueño de la P2, Gelli dominaba un impresionante centro de poder oculto. Conformaban una pareja formidable, pero con algún enemigo. El primero en caer en apuros fue Gelli: los inspectores de la Banca d'Italia, enviados por Baffi y Sarcinelli, llegaron a Milán a mediados de abril de 1978 y abandonaron esta ciudad seis meses después con un informe de quinientas páginas y una montaña de sospechosos. Los inspectores estaban convencidos de que había sido el propio Calvi quien había adquirido las acciones de su banco para depositarlas después en remotos paraísos fiscales, asegurándose de este modo el control. Pero Calvi hizo emigrar demasiadas veces las acciones de un país a otro y los sabuesos de la Banca d'Italia acabaron por perder la pista. Por lo tanto no había pruebas. Solamente lograron reunir indicios para suponer que Calvi había violado en alguna ocasión la ley sobre transferencia de capitales, promulgada por el gobierno de Giulio Andreotti en 1976, y que preveía sanciones penales de hasta seis años de cárcel. El gobernador Paolo Baffi y el director de la Vigilanza Mario Sarcinelli, enviaron el informe a la Procuración de Milán, donde el banco tenía su sede legal. A mediados de 1980, Hacienda presentó un estudio que dejaba en evidencia que Calvi había cometido delito.

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El juez Mucci se encontró ante una situación delicada: el arresto del banquero más importante habría provocado un terremoto en la bolsa. Decidió que debía reunir más pruebas, y para asegurarse que Calvi no desapareciera, Mucci le pidió preventivamente el pasaporte, pero no lo encarceló. El problema fue que en marzo de 1981 fueron descubiertos en Arezzo los archivos del venerable Gelli, primera causa de todas sus desdichas. La Procuración de Milán examinó los 32 sobres lacrados, secuestrados junto con las listas de la P2 en los archivos aretinos. Los jueces Turone y Colombo encontraron uno en el que se leía "Roberto Calvi - Controversia con la Banca d'Italia". El sobre contenía cuatro carillas mecanografiadas y sin firmar. Empezaba por decir que el Vaticano estaba preocupado porque Calvi, ya banquero de confianza, había efectuado algunas operaciones "no del todo legítimas". Alguien empezaba a temer que tras el clamor suscitado por el caso Sindona, un eventual caso Calvi desgastaría ulteriormente la imagen del Istituto Opere di Religione (IOR), la banca de la Santa Sede. Los juicios sobre Calvi eran dispares "hombre cínico, y sin prejuicio, que sólo perseguía el lucro...". En cambio, los informes de Sindona hablaban de "una mano" que maniobraba los hilos con perfecto dominio y con el solo fin de hacer rodar la cabeza del presidente del Ambrosiano. El procurador general tuvo que ordenar una investigación a fondo y para eso le quitó la causa al juez Mucci y se la encargó al juez Gerardo D'ambrosio. Un mes y medio después, el 20 de mayo de 1981, Calvi estaba en la cárcel. El proceso se celebró en la sala grande del tribunal en lo criminal, donde sólo se juzgan a los terroristas y a los grandes del hampa. Los argumentos de la acusación se basaban en el segundo informe de la Guardia di Finanza: las largas peregrinaciones del paquete de acciones desde la Céntrale al Banco Andino de Perú, de allí a Suiza, y de Suiza a la Céntrale, estaban bien documentadas. Veinticuatro mil millones habían quedado en el extranjero, y por tanto Calvi había violado la ley de transferencia de los capitales. Calvi fue condenado a cuatro años (reducidos a dos por la condonación) y al pago de una multa de 15.000 millones de liras; seis meses más de lo que había pedido el ministerio público. Para Calvi los jueces tuvieron duras palabras: le reprocharon sus conexiones con Gelli y le echaron en cara en pleno proceso una "conducta sin escrúpulos". Calvi tenía a su lado a un joven avispado que le inspiraba confianza y en él creía haber encontrado un protector, llamado Francesco Pazienza, quien decía haber sido agente secreto y haber estado en Beirut, con una misión especialísima, en la que estaban involucrados a la vez el Vaticano y la OLP. Se ufanaba de tener relación con los norteamericanos, con el Sdece (el Servicio Secreto Francés), con Arabia Saudita, con el propio Arafat, e incluso con la Santa Sede. Conocía a monseñor Achule Silvestrini, el ayudante del cardenal Agostino Casaroli (amigo de Perón, Isabel Perón y José López Rega), secretario de esta