Versus

November 26, 2017 | Author: Yes-no Maybe | Category: Edgar Allan Poe, Beat Generation, Novels, Jack Kerouac, Truth
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GABRIEL ÁLVAREZ

VERSUS NOVELA PUNK

BANANA REPUBLIC PRESS

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Índice VERSUS

4 5 39 39 40 43 45 46 48 51 56 57 63 70 79 106 113 124 139 148 149

Prólogo Libelo punk Preludio Inédito Uno Cowboy de la Nada El arroyo y la noria Avisos clasificados Los domingos en el parque Parodia para un desocupado Compañeros de baraja Las insanas fantasías del traidor Vicios líquidos Cucarachas en la tumba del olvido La pesadilla desnuda Sexo canalla Una Barbie entregada al Señor Amor sucio Una humilde ofrenda al Diablo Un gusano en el inodoro de plata Motel, porno, acción Señor Contratos Destino ninguna parte

Dos El enemigo de América

149 I 185 II 254 III

La equivocada teoría de Charles Darwin La acertada profecía de Henry Miller La innata aptitud de Mónica Lewinsky

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272 Tres El gran masturbador 374 Cuatro Retrete sin ventanas 425 Cinco El hijo bastardo del gran dios Mercurio 425 Sucio y delicioso porno 431 La amante perfecta 436 Inocente pero odiosa criatura 440 Epílogo Evangelio punk

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Prólogo Libelo punk

Roger Rodríguez, protagonista de VERSUS, entrevista a Gabriel Álvarez, su autor. Roger Rodríguez: Bueno, antes que nada, establezcamos el porqué de esta suerte de ¿presuntuosa y narcisista? autoentrevista. Gabriel Álvarez: Es sólo un recurso necesario para explicar lo que deseamos explicar. RR: Bien, entonces vayamos al grano. ¿Por qué VERSUS como título para este libro? GA: Porque el protagonista, tú, está en contra de todo lo establecido como políticamente correcto en este país y, por extensión, en el mundo entero, cada día más homogeneizado. RR: O sea que es un libro políticamente incorrecto. GA: Que es sinónimo de libro auténtico, sin autocensura, la cual, dicho sea de paso, es la peor de las censuras. Mas hay que aclarar que por lo mismo, y teniendo en cuenta que nos encontramos en el mundo realmente invertido que Guy Debord describió en su libro La sociedad del espectáculo (1967), «un mundo en el que lo verdadero es un momento de lo falso», VERSUS será calificado y atacado como un extravío que hay que arrojar a la hoguera. RR: ¿Por quiénes? GA: Precisamente por quienes han instaurado lo falso como verdadero y se benefician de ello. RR: ¿Puede entonces afirmarse que se trata de un ajuste de cuentas con la época y sus protagonistas? GA: Es más bien un llamado al individuo para que se haga protagonista de su destino y su época. RR: ¿No suena eso demasiado pretencioso? GA: Digamos entonces que es tan sólo un libelo punk acerca de un tipo resentido: tú. RR: Eso está mejor. Pero a propósito, y ya para terminar, establezcamos qué tanto de ti hay en mí. GA: Digamos lo mismo que alguna vez afirmara Truman Capote acerca de su P.B. Jones de Plegarias atendidas: que yo no soy tú pero te conozco bastante bien.

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Preludio Inédito

Hey, tú. Sí, tú. Deja de hacer lo que estás haciendo en este preciso momento y, aunque haya empezado mi discurso de manera tan poco original, con la frasereclamo o como se llame de un tonto comercial de TV, ponme atención que, lo juro, te conviene si no quieres seguir como hasta ahora, esto es, muriéndote de tedio con el trabajo que precisamente realizas. Sé desde ya que te interesará mi relato, así que no vuelvas a lo tuyo pues sincera aunque, bueno, no tan humildemente, considero que, en efecto, lo mejor es que me escuches, y es que con ello en realidad no pierdes nada, al contrario, ya verás. Bien. A ver, empecemos por el principio. ¿Cuándo se me ocurrió a mí la brillante, loca, insensata, estúpida idea de mostrarle las páginas del libro, de mi libro, a Verónica? Me acuerdo: fue un día, una tarde cualquiera —allá, en Villa de Leyva, blanco y empedrado poblacho del Medio Oriente del país donde ella reside junto con sus padres—, cuando, en un acceso no tanto de vanidad como de desesperación, decidí impresionarla confesándole que acababa de empezar a escribir una historia fantástica. —¿Ah, sí? —bostezó ella, pero en ningún momento agregó: «No sabía que fueras escritor», ni mucho menos: «Y ¿de qué trata la historia?», como en un principio e ingenuamente había imaginado yo que sucedería. Tras estas lánguidas palabras se limitó, en cambio, a escucharme, no, a «oírme» mientras revisaba el estado de sus uñas y, al considerarlo «lamentable», tomó una lima de cartón y comenzó a pulirlas con esmero. —Apuesto a que no lo sabías. ¿Verdad que no? ¿No te impresiona que tu novio escriba? ¿Verdad que sí? ¿O no? ¿Y tampoco te interesa saber de qué trata la historia? ¿No? ¿Sí? ¿Me estás escuchando? Bueno, creo que, antes de continuar y para que todo quede claro, debo comenzar a explicar cómo es eso de que siendo apenas un crío de escasos cinco o seis años de edad empecé a hacerme a la idea de convertirme en escritor. Recuerdo, ¡cómo olvidarlo!, que por aquella época yo vivía en casa de mi abuela materna. En Tuta, hermoso y apacible poblacho agrícola y ganadero que muchos años después llegaría a ser escogido, junto con las ciudades de Paipa y de Duitama como punto de partida de una de las pruebas del único Campeonato Mundial de Ciclismo de Ruta celebrado hasta ahora en el país. Tuta, mi pueblo. En el que algún día a alguien, un ferviente admirador se le ocurrirá la retrógrada pero nobilísima idea de colocar un busto, una gaya efigie

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ojalá plantada en la mismísima Plaza Principal y fraguada en bronce, en honor del por entonces ya insigne, egregio forjador de estas líneas para que las inocentes aves de la región descansen y defequen sobre ella y los desaprensivos borrachos del pueblo escupan, vomiten, meen y caguen su pedestal. ¿Qué mejor tributo para un individuo que se pasó más de media vida aplastado en un escritorio-sanitario expidiendo mierda que entonces nadie —ni siquiera él mismo— tuvo nunca el valor de publicar? Pero bueno, sigamos. Volvamos al grano. Recuerdo que un día, una mañana de sábado o domingo me encontraba en la habitación que mi abuela Susana llamaba «la habitación de los armarios» pues había allí dos armarios fabricados con dura y robusta madera y pegado al exterior de la puerta de uno de ellos había un pequeño espejo cuadrado en el que yo entonces me observaba fatuamente y frente al cual, no sé por qué, me dio por exclamar para mis adentros: «Algún día seré famoso», y como para refrendar tan campanudo propósito, tan macondiana intención le sonreí a mi propio pecoso rostro recién lavado con mi boquita medio desdentada (pues estaba mudando de dientes y los de leche, ennegrecidos por las implacables caries se me caían a pedazos). Bueno, ahora supongo que hice aquello porque no sólo todo chico de cinco o seis años de edad sino también el resto del género humano anhela ser famoso. Famoso, muy famoso, tan famoso como tus ídolos. Claro que por entonces mis ídolos no eran precisamente literarios, no, de ninguna manera, sino televisivos, por supuesto. ¿Mentiría si dijera que acaso mi más profundo deseo de entonces lo constituía el hecho de llegar algún día a convertirme en una estrella de la pantalla chica como Michael Landon en el papel de Joseph Francis de la serie Bonanza que pasaban los domingos por la tarde? Creo que no. Y no sólo porque era el protagonista más guapo sino también el más joven de la serie. Por el resto del elenco principal (Lorne Greene, Pernell Roberts y Dan Blocker) sentía «cariño», como si se trataran de parientes cercanos (algo así como el abuelo Ben y los tíos Adam y «Hoss», respectivamente), mas lo que experimentaba por «Little Joe» era auténtica «admiración». Ésta después pasó a Lee Majors cuando empezaron a transmitir The Six Million Dollar Man. Aunque mi verdadero «primer amor» de la TV fue la maravillosa Linda Carter en su papel —¿qué otro si no?— de Marvel Woman (para el que sólo ella ha nacido). Pero, en fin, ése ya es otro cuento. «Voy a ser famoso.» Todo el tiempo desde entonces me ha perseguido tal pensamiento como una implacable condena «autoinfligida». «Voy a ser famoso.» Resultaría demasiado complejo y engorroso entrar en un autopsicoanálisis que devele el «motivo» de semejante obsesión. Pero digamos que si estás interesado en aproximarte al tema de una forma menos baladí puedes leer lo que la doctora germanoamericana Karen Horney expone a propósito en su libro La Personalidad Neurótica de Nuestro Tiempo, especialmente en el Capítulo X, El Afán de Poderío, Fama y Posesión. «Voy a ser famoso.»

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Nunca en esa época, como digo, se me hubiese ocurrido valerme de las letras para alcanzar semejante meta. ¡Claro, si apenas sabía leer y escribir! Mas debo decir que ya entonces me agradaba leer, que es el primer paso para convertirse en escritor (aunque ya se sabe que no necesariamente todo buen lector se convierte en escritor). ¿Así, pues, era yo un «lector precoz» al estilo, por ejemplo, del gran Borges? No exactamente. Mis lecturas favoritas no se hallaban en libros propiamente dichos sino en la mismísima cartilla de la escuela. Y de las sencillas historias que allí se narraban prefería (como cualquier otro chico de mi edad que hasta ahora empieza a ejercitar su capacidad de imaginación) las que contenían ilustraciones. Puedes llegar a pensar quizá que me chiflaban los cómics, pero no era así, pues para mí los cómics han sido siempre —aun en esa temprana y remota época— «un pasatiempo de críos». Perdona si parezco un tanto sobrado, pero no encuentro otra manera de expresar mi escaso —aunque no nulo— «amor» por los tebeos. Las que sí me chiflan, en cambio, son las caricaturas, sobre todo las de naturaleza política, cuyos autores rayan a veces con la genialidad. En fin. Como decía, los textos sin ilustraciones no despertaban en mí mucho interés. Esto es cierto tanto más cuanto que son las historias que contenían dos o tres estampas las que ahora guardo en mi memoria. No fue sino hasta los trece o catorce años de edad, cuando ya vivía otra vez junto a mi madre y mis hermanos en el barrio Los Muiscas de Tunja y repetía el segundo año de la secundaria (siempre fui un estudiante mediocre) en la Escuela Normal de Varones (en la que curiosamente también estudian chicas), que, tras la obligada lectura escolar de la fantástica novela de Jules Verne Viaje al centro de la Tierra (cuya edición traía asimismo algunas ilustraciones intercaladas entre sus páginas, como suelen hacer los editores —listos que son los mercachifles— con toda literatura considerada infantil y juvenil), decidí convertirme en escritor para así llegar algún día a ser famoso, y no sólo «simplemente» famoso, sino «tan» famoso como un actor de Hollywood. El ingenuo chico que era entonces lo creía perfectamente posible. Ahora trato de recordar qué tenía aquella novela que me hubiese impulsado a tomar tan firme decisión. «Voy a convertirme en escritor.» Y la verdad es que no lo sé con certeza. Pero sencillamente quedé «fascinado». Leer, leer historias como aquélla, era una cosa «fascinante». Quizá aquí esté la clave. Tal vez es que de pronto sentí el deseo tremendo de causar en los demás lo que Jules Verne causara entonces en mí. «Fascinación.» Y tal vez es que ya instintivamente yo sabía que para conseguir aquello debía valerme, no de la belleza o del atractivo físico de los que carecía, sino del talento para forjar historias (historias como las que hasta el momento había leído) que creía poseer. En otras palabras: resultaba más fácil, o mejor, menos inconveniente para mí tomar el camino de la «palabra» que el de la «imagen». Esto acaso se deba también, por otra parte, a que jamás habría podido llegar a convertirme en actor pues siempre me ha gustado ser yo mismo (con todo y mis terribles defectos) y no —ni siquiera temporalmente— otro personaje distinto.

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Habrían de transcurrir otros cinco o seis años para que otro libro no sólo llegara a «fascinarme» (y más, muchísimo más que el de Verne) sino también a «reafirmar» (de modo categórico) en mi vacilante espíritu de adolescente el propósito de hacerme escritor. Se trataba de El túnel del argentino Ernesto Sábato. Siempre he pensado, como muchos otros, que no eres tú quien busca los libros sino que, por el contrario, son los libros los que te buscan a ti. No sé desde cuándo el librito (lo digo por su tamaño mas no por su enorme y profundo contenido filosófico y vital) había estado rodando por nuestra casa. En aquella época aún no poseíamos un mueble que hiciera las veces de biblioteca, así que yo lo había visto por ahí en cualquier sitio (en una mesilla, sobre una cama o un armario, encima de un televisor). Lo cierto es que hasta entonces (tendría 18 o 19 años y repetía el sexto grado de la secundaria en la Sección Nocturna del Colegio de Boyacá) no me había interesado hojearlo siquiera. Suponía que se trataba de una publicación que hablaba de una excavación minera o algo así. Pero durante el día me sobraba el tiempo, de tal manera que una tarde, antes de marcharme —a eso de las cinco y treinta— a clases, cayó por fin en mis ociosas manos. En lo concerniente a la lectura de cualquier texto literario e incluso filosófico, tengo por regla general leer sólo lo que consiga despertar mi interés en las primeras páginas (dando así prioridad al placer antes que al deber. Voy a decir una barbaridad pero es cierto: obras como El Quijote o Ulises —que todo aspirante a escritor debería leer, según el criterio de muchos— me han parecido siempre unos ladrillos y jamás he podido pasar de la primera página). La novela de Sábato logró hacerlo con apenas el epígrafe y la línea inicial (en mi opinión el primer párrafo de cualquier escrito —cuento, novela, ensayo, estudio, tratado— es fundamental para captar el interés del lector). Era una edición vieja, del año 75, con una tirada de 30.000 ejemplares hecha en la mismísima Argentina. El librito de pasta azul petróleo y hojas que estaban ya amarillentas había atravesado toda Sudamérica, desde Buenos Aires hasta esta pequeña y olvidada ciudad del Medio Oriente del país para llegar a mis manos y cambiar para siempre mi vida. Aún conservo aquel libro. De él, físicamente, no queda más que una ruina. La cubierta y las tres primeras hojas han desaparecido y en la que figura el sugestivo epígrafe («…en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío…») está carcomida en los bordes, y eso sin contar que otras muchas se han desprendido del lomo. Jamás supe qué empresa lo editó. Sólo sé que pertenecía al título 127 de la Colección Piragua y que fue impreso en los talleres gráficos Offsetgrama de la capital argentina. Devoré su contenido en un par de horas. «Siempre puede uno contar con un asesino para una prosa fantástica», dice el Humbert Humbert de Nabokov al comienzo de su Lolita y es absolutamente cierto. Sólo hay que leer a Juan Pablo Castel, el asesino de María Iribarne, para corroborarlo. Aunque resultaría más exacto afirmar que la suya (la de su creador) no es «fantástica» sino «fascinante». (Esto nada tiene que ver con la, en mi opinión, inexacta teoría de García Márquez según la cual «la escritura de

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ficción es un acto hipnótico» en el que hay que tener «embrujado» al lector aunque para ello se deba utilizar uno o dos adjetivos que no tienen por qué estar en una frase —en una frase que sin ellos quedaría «coja»— pero que es necesario ponerlos allí con objeto de que «el lector no despierte». Es inexacta por dos razones: en primer lugar porque confunde la literatura con el cine que —éste sí— es «un acto hipnótico en el que se mantiene embrujado al espectador», y, en segundo lugar y sobre todo, porque son precisamente «los adjetivos que no tienen por qué estar allí», en una frase, los que hacen que «el lector despierte» y entonces juzgue el relato —el pasaje o la historia que se cuenta— como «un engaño inaceptable». La clave de la «aceptación» —del «no rechazo»— por parte del lector de una historia —por más «fantástica» o «inverosímil» que ésta parezca ser— está justamente en el «adecuado» —y ojalá «exacto»— empleo por parte del escritor de las palabras —entre ellas los adjetivos—. Si utilizáramos conscientemente palabras o términos «que no tienen por qué estar allí», estaríamos entonces «defraudando» —también conscientemente— al lector. Que es justo lo que hace el alegre autor de semejante teoría. Al menos en mi caso específico, pues García Márquez no ha logrado jamás «activar» mi imaginación con sus historias. Las palabras, «sus» palabras, no dejan nunca de ser simplemente eso: palabras ordenadas en una página. En mi mente no se transforman en imágenes que abran la puerta a «mundos posibles» —y por tanto aceptables— por más «imposibles» que éstos parezcan ser —muy distinto de lo que me sucede al leer a, por ejemplo, Poe, Kafka o Borges, cuyas obras me han abierto siempre la puerta a universos insospechados.) No había leído previamente lo que estaba escrito en la contraportada y sin embargo lo que allí se decía del autor y de su libro estaba exactamente en consonancia con lo que ya pensaba entonces: que aquel relato y su forjador no podría sacármelos de la cabeza mientras viviera (lo cual, creo, es el objetivo al que apunta todo narrador de verdad). Esto es lo que figuraba en la contraportada: Traducido a más de diez lenguas, EL TÚNEL suscitó innumerables elogios, desde los ya muy conocidos de Camus (que lo hizo traducir por Gallimard al francés) y Graham Greene. Obra maestra (SODERHELM, Estocolmo). Esta novela lo consagra como maestro del género (Profesor A. TorresRioseco. HISTORIA DE LA GRAN LITERATURA IBEROAMERICANA). Alucinante lógica (NEW YORK RALD). Castel está ya para siempre en el grupo de los grandes tipos a que los novelistas excepcionales dieron aliento (CUADERNOS HISPANOAMERICANOS, Madrid). Talento único (MORGON, Estocolmo). Fabulosa novela (CORREO LITERARIO, Madrid). Un auténtico neurótico nacido para matar (CHICAGO TRIBUNE).

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Magistral hazaña novelística con un tema que parecía agotado por Tolstoi y Proust (A. Zum Felde. LITERATURA HISPANOAMERICANA). Fascinante novela psicológica (LOS ÁNGELES DAILY NEWS). Horror psicológico que Poe y Maupassant habrían admirado (WASHINGTON STAR). Sólo comparable a Poe y Dostoievski (LEXINGTON HERALD). Extraño y brillante escrito (NEW YORK TELEGRAM). Sensacional (BÜCHERSCHAU, Suiza). El hecho de que el autor —del que hasta entonces nada conocía— fuese comparado con monstruos de la talla de Poe, Maupassant, Dostoievski, Tolstoi y Proust, no hizo más que aumentar mi admiración hacia él y su trabajo. Y entonces me dije para mis adentros que también yo me convertiría en escritor, tanto más cuanto que Sábato había alcanzado lo que todos a esa edad —y gracias a los mass media— anhelamos íntimamente: maravillar al mundo entero. Ha transcurrido más de una década desde entonces y, sin embargo, nunca mis narraciones —que suman el nada despreciable número de veintidós— han maravillado a nadie. * Resulta apenas lógico que, en un mundo que exige y celebra el éxito por encima de todas las cosas en general y del esfuerzo «inútil» (entiéndase: «no redituado ni, por tanto, aplaudido» —como el mío hasta la fecha) en particular, mi trabajo de escritor fuese (¿voluntariamente?) clandestino. Hoy por hoy no existe en el individuo temor más profundo que el temor al fracaso. Vivimos en la «sociedad del espectáculo» descrita por Guy Debord y para encajar adecuadamente en esta sociedad es preciso que tú, como «espectáculo viviente» que eres, no admitas ni toleres fiascos en tu vida. Debes triunfar a toda costa, aun a costa de tus propias cualidades autónomas. Debes convertirte en modelo de identificación, aunque para ello debas resignarte, por ejemplo, a transformarte en un payaso y hacer el ridículo sobre una tarima o en un reality show o, si eres una chica, a que te vejen en una sucia y escabrosa peli triple equis. Debes ser la vedette a la que todo el mundo admira, o mejor, mira. Debes venderte al Sistema o morir. ¿Y por qué razón —me pregunto yo— no he llegado jamás a ser la vedette que debo ser? ¿Acaso porque mis escritos, hasta hoy, no han estado nunca en sintonía con el Espíritu del Tiempo, con La Gran Mentira que machaconamente reproducen y así perpetúan los mass media (pues no es que de tanto repetir una mentira ésta se convierta en verdad sino que, como —por ejemplo— el cristianismo o cualquiera otra religión o creencia basada en mitos —en «cosas inverosímiles», que son, por definición, los mitos—, adquiere para el individuo un «valor de verdad», y no sólo eso,

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termina además cumpliendo con la «función de la verdad», y esto resulta absolutamente pernicioso toda vez que ya se sabe que cuando encontramos o «creemos encontrar» algo dejamos entonces de buscarlo) en beneficio de un Sistema absurdo y represor del que ellos mismos son parte fundamental? En fin. Lo cierto es que, desesperado por mi «insignificancia» como individuo, por mi «fracaso» silencioso aunque no por ello menos intenso y doloroso, tanto más cuanto que Verónica se encargaba de acentuarlo con sus continuos comentarios acerca del evidente «progreso» de algunos miembros de nuestro entorno (X empezó a trabajar para una corporación multinacional, Y cambió su automóvil por un último modelo, Z factura millones y millones en su almacén, etcétera, etcétera), comentarios insidiosos que se clavaban como dardos envenenados en mi hipersensible y vacilante espíritu, me vi forzado a no sólo desembuchar mi terrible secreto sino además a darme bombo para conjurar las no menos terribles consecuencias de tan funesta revelación e intentar así trastocar mi palmaria derrota por exitosa empresa en cierne. —¿Me estás escuchando? Sin apartar un instante la vista de la lima y de sus uñas en proceso de arreglo, contestó como quien bosteza: —¿Hum? Claro. —Sin embargo —inicié mi defensa entonces— no vayas a pensar que es la primera historia que escribo. Como brillaran por su ausencia los «¿Ah, no?» y «¿Cuántas más has escrito?» que yo ilusamente aguardaba, proseguí con el encomiástico alegato en mi favor. —No, no es la primera, ya ves. He compuesto dieciocho relatos y cuatro novelas. Buen número para un tipo que aún no llega a los cuarenta años de edad, ¿no te parece? —Esta vez no esperé respuesta alguna y continué—. Las siete primeras narraciones las reuní bajo el sugestivo título de La fruta apestosa. Son historias en las que, en general, se indaga acerca de las motivaciones que conducen a ciertos individuos o bien al crimen o bien al suicidio. En Belladonna, novela corta que da nombre a la colección de los once relatos siguientes, muestro una pequeña comunidad en la que los jóvenes, influenciados por los mass media en general e Internet en particular, adoptan de manera irreflexiva y mecánica a los íconos fabricados por el star-system como ejemplos a seguir, y así la figura de «Belladonna», estrella porno, se erige como símbolo destacado de una sociedad profundamente enferma que obliga a sus vacilantes miembros a ajustarse a sus tortuosos dictados. —Hice una pausa para tragar saliva. Luego, proseguí—. Ahora bien, el resto de mi producción hasta la fecha lo constituye el cuarteto de novelas protagonizadas por mi alter ego o doppelgänger (como quieras llamarlo) Roger Rodríguez: Cowboy de la Nada, El enemigo de América, El gran masturbador y Retrete sin ventanas. La primera es la crónica de la desoladora época en que el protagonista se encuentra casi siempre en el arroyo y sin un mísero peso en los bolsillos, cabalgando, como un cowboy de la Nada, hacia ninguna parte, esquivando cualquier tipo de compromiso laboral, religioso, afectivo, social, pero

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manteniéndose así fiel a su invariable principio de no dejarse atrapar al fin, de no permitir que lo enganchen a la noria y lo esclavicen, y en ella siento las bases de mi particular mundo narrativo, por el que desfilan toda clase de personajes curiosos, algunos de los cuales aparecerán en mis novelas posteriores como fuente de reflexión acerca de la condición humana. Con la segunda, que es tanto una denuncia acerca de la farsa que representa la inútil lucha antidrogas como una despiadada sátira a la utilización por parte de los Gobiernos de la llamada «Guerra contra el Terrorismo» como pretexto para silenciar a sus contradictores, fundo el «Realismo Chocante», corriente estética que se caracteriza por retratar el mundo contemporáneo enfocando su lente en situaciones lúbricas y amargas, retocadas además con fuertes y corrosivos tintes de humor negro, y cuyos postulados se erigen sobre la premisa formulada por el ruso-americano Vladimir Nabokov en su célebre novela Lolita de que «lo ofensivo no suele ser más que un sinónimo de lo insólito». En la tercera describo, con un lenguaje personalísimo en el que se mezclan retórica y punk, la extraña relación de amor-desprecio que el protagonista sostiene con una joven y alocada drogómana, al término de la cual, tras el malogrado intento de conquista erótica de la muchacha, llega al bukowskiano convencimiento de que «el acto sexual no vale lo que la mujer exige a cambio» y a preferir entonces el onanismo como fuente de satisfacción no sólo venérea sino también emocional. Y la cuarta y última expone la singular visión de un hombre (Roger Rodríguez, por supuesto) que ha perdido toda esperanza de redención del crapuloso mundo en constante y vertiginosa erosión en el que le ha tocado vivir. Asimismo constituye un breve pero apasionado alegato en contra, por un lado, de algunos de los mecanismos de evasión que los sujetos emplean, consciente o inconscientemente, para no enfrentar la monstruosa realidad que los agobia y, por otro lado, de la manipulación mediática de la que son víctimas aquéllos por parte de un Sistema deshumanizado y cruel que impone así sus falsos dictados y obliga a la sociedad en general y al individuo en particular a sucumbir ante ellos. —Volví a tragar saliva antes de concluir—. Y bueno, ya para terminar y a manera de colofón, déjame decirte, aunque está mal que yo mismo lo diga, que me considero un narrador de garra, capaz de manejar historias complicadas donde el sexo, el misterio, la intriga, y sobre todo, la hondura humana de los personajes, son una constante y un distintivo. Verónica quedó de una pieza tras mi sucinta exposición, mas no por ella justamente sino porque, al parecer, acababa de quebrársele una uña de su mano derecha. —Maldita sea. Tendré que cortarla. Mira, mira cómo ha quedado. Se puso en pie, buscó un cortaúñas en un armario que hacía las veces de biblioteca (allí, en aquella vieja sala en la que nos encontrábamos) y, entonces, mutiló el trozo de uña fracturado. —Desentona con las demás —dictaminó uniendo los cinco dedos de su mano y contemplándolos admirativamente—, pero no mucho ¿verdad?

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Yo por mi parte decidí que aún faltaban algunas cosas por decir respecto de mi sorda y ardua tarea de escritor y me dispuse a expresarlas mientras ella volvió a lo suyo con dedicación e ímpetu renovados. —Ahora bien —volví a empezar, como un tonto o un loco que habla para sí mismo mientras recorre las calles—, déjame decirte algo más acerca del «Realismo Chocante». Éste surge como consecuencia del incontrovertible hecho de que la brutalidad del mundo contemporáneo ya no puede ser descrita en los términos del eufemístico y mal llamado «Realismo Mágico», que en este país retrocedió la literatura del Siglo XX al Siglo XIX y aun más atrás, con todo el perjuicio que ello significó para lectores no retrógrados que jamás llegaron a sentirse identificados con situaciones y personajes tan ajenos a su propia realidad y que configuró una de las más deplorables tendencias literarias (la reina de tales bodrios es la fácil y empobrecedora «Narcoliteratura», sí, la que le gusta a tu padre), pues su compromiso con los terribles problemas de la nefasta época actual es prácticamente nulo, consagrándose como una conveniente «moda» que olímpicamente evade los mismos (por ello quizá es que gusta tanto a los miembros de la clase gobernante. ¡Qué bueno es que los «intelectuales» se ocupen del pasado muerto y no se fijen en tus fechorías y canalladas de hoy e incluso se sienten contigo a la mesa para disfrutar del banquete ganado salvajemente en la desigual lucha contra las hordas de desposeídos! ¡Qué bueno que terminen a tu lado justificando lo injustificable!). El mundo en que vivimos ahora es un lugar donde todo huele mal y en el que ni siquiera se tiene la posibilidad de mirar hacia otra parte, hacia otro escenario, hacia otro paisaje, hacia otra realidad menos indigna, menos brutal, menos obscena, menos ofensiva, menos repugnante que la que padecemos a diario y sin tregua y para describirlo se hace necesario entonces un lenguaje análogo, un lenguaje literario comparable con las obras pictóricas de un Lucian Freud maduro. Tal es la propuesta del duro y desafinado «Realismo Chocante» expuesto por quien te habla en toda su obra. —¿Qué obra? —me preguntó ella como despertando súbitamente de un sueño profundo. —Bueno —respondí yo pacientemente—, la que acabo de enumerarte. La fruta apestosa, Belladonna, Cowboy de la Nada, El enemigo de América, El gran masturbador, Retrete sin ventanas. Son todas ficciones neorrealistas —explico ahora, valiéndome para ello de los conceptos que José Antonio Gurpegui de la Universidad de Alcalá y Mar Ramón de la Universidad de Castilla-La Mancha exponen en Ficción Neorrealista, artículo que alguna vez leyera en www.liceus.com—, entendiendo el neorrealismo —digo— como la «tendencia literaria en las que las obras de ficción no renuncian a su relación con el referente externo, no cortan sus lazos con lo real, obras que son un reportaje de la vida contemporánea, pero acercándose al tradicional realismo desde una nueva perspectiva, más escéptica, en gran medida irónica, y con frecuencia marcada por una violencia extrema, y, en definitiva, como un nuevo realismo en el que la realidad misma es una fantasía decadente y absurda, una realidad que tiene la cualidad de un paradigma ficcional, permitiendo al

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mundo que hay dentro de la novela ser descrito o representado como real, en el que realidad y ficción se funden». Ahora bien —continúo, desatado como un loco de atar—, la suerte que hasta el momento han corrido estas obras y su autor puede resumirse en lo que, refiriéndose a Jack Kerouac y su movimiento beat, anotaron Henry Miller, primero, y Fernanda Pivano, después, en el Prólogo y la Introducción, respectivamente, de Los subterráneos. «Suele decirse —apunta Miller— que el poeta, o el genio, se adelanta a su propia época. Es cierto, pero solamente debido a que también es un ser profundamente de su época. ―¡No os detengáis!‖, nos va diciendo. ―Todo esto ya ha ocurrido antes millones de veces.‖ (―Siempre adelante‖, decía Rimbaud.) Pero los que se resisten a cambiar no entienden esta clase de palabras. (Todavía andan rezagados en relación con Isidore Ducasse.) ¿Qué hacen, pues? Le derriban de su alta percha, le matan de hambre, de una patada le hunden los dientes en la garganta. A veces son menos misericordiosos incluso: hacen como si el genio no existiera», y la Pivano: «Estos movimientos han sido siempre aceptados por la crítica con gran lentitud. Los libros de los beat son acogidos con severidad y a menudo con acritud, del mismo modo que, en el primer decenio, fueron acogidos con severidad y acritud los libros de Fitzgerald; como, en general, fueron acogidos con severidad y acritud los primeros intentos de todos los escritores que abrieron una fisura en tradiciones literarias y arraigadas en la historia. La explosión que acogió la aparición de la novela En el camino de Kerouac y el poema Aullido de Ginsberg fue digerida por los críticos como un fenómeno curioso y una cuestión de costumbres; se habló de desgramaticalización y de prosa descompuesta, de verbosidad a lo Thomas Wolfe y de antipoesía; se hicieron las más funestas previsiones sobre el futuro de los dos muchachos, clasificándolos preventivamente de autores de un solo libro. Quien los tomó en serio, al menos como escritores de costumbres, dijo que su tipo de anarquía era un fenómeno antiguo, que los beat no habían descubierto nada nuevo, que no había ninguna diferencia entre su rebelión y la rebelión de la ―generación perdida‖. Luego empezó la nueva confusión entre los beat calientes de principios de la posguerra y los beat fríos de la generación posterior; y cuando Kerouac hizo declarada profesión de budismo Zen, se volvió a decir que estas religiones no presentan ninguna novedad y que todo el asunto de los beat era un fenómeno exclusivamente publicitario: no se acaba de entender si organizado por los editores de Kerouac y Ginsberg para lanzar sus libros o si aprovechado por ellos para este lanzamiento. Entre tanto Kerouac y Ginsberg seguían escribiendo o publicando las cosas que habían escrito en los largos años pasados a la espera de un editor que las publicara. Y sus libros llegaron a Europa, donde los críticos adoptaron por su parte la actitud típica entre nosotros, que es la de juzgar la literatura americana en relación exclusivamente con la literatura europea. Mientras en América se había dicho que no había diferencias entre la beat y la lost generation, entre nosotros se dijo que no había diferencias entre el movimiento de los beat y el existencialismo francés de la segunda posguerra; se dijo que la prosa espontánea de Kerouac no era sino la repetición de cierto

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automatismo surrealista; se dijo naturalmente que la anarquía de los beat era tan vieja como el mundo y se la comparó con la del dadaísmo; se acudió a los expresionistas, y el nombre de Céline, prototipo europeo de las más prohibidas rebeliones, fue aducido con frecuencia para explicar ciertas irreverencias de Kerouac y Ginsberg hacia el conformismo. En ocasiones fueron incluso críticos americanos de derivación dadaísta o en todo caso europea quienes indicaron estas proximidades». Es la época, ya se sabe —digo yo—, como anota más adelante el mismo Henry Miller: «Esta es una época de milagros. Los días del asesino loco han quedado atrás; los maníacos sexuales están ahora en el limbo; los atrevidos artistas del trapecio se han roto el cuello. Estamos en una época de prodigios, en la que los científicos, con la ayuda de los sumos sacerdotes del Pentágono, enseñan gratuitamente las técnicas de la destrucción mutua pero total. ¡Progreso! El que sea capaz, que lo convierta en una novela legible. Pero si eres un comedor de muerte no me vengas con literaturas. No nos vengas con literatura ―limpia‖ y ―sana‖ (¡sin lluvia radioactiva!). Deja que hablen los poetas. Puede que sean beat, pero, como mínimo, no montan a caballo de un monstruo cargado de energía atómica. Creedme; no hay nada limpio, nada saludable, nada prometedor en esta época de prodigios; nada, excepto seguir contando lo que pasa. Kerouac y otros como él serán probablemente los que tengan la última palabra». Así, pues —remato—, mi consagración es sólo cuestión de tiempo. Algún día encontraré un editor valiente que se arriesgue a publicar mis atrevidas obras. —Perfecto —exclamó Verónica, mas no por mi revelador y didáctico discurso sino por el resultado final de su manicura. —Pero oye —intenté sacarla de su ensueño cosmético— ¿no te interesaría leer estas obras mientras termino la historia de que te hablé al principio? Las tengo en formato digital. Si quieres puedo pasártelas en una memoria USB para que las leas en tu PC. —¿Son muy largas? —bostezó ella. —La fruta tiene 37.439 palabras —comencé a recitar de forma aplicada, como dando respuesta precisa a una pregunta de la maestra en la escuela—, Bella 32.631, Cowboy 66.453, Enemigo 57.951, Masturbador 63.185, y Retrete 29.065. Ni siquiera esto, mi a veces prodigiosa memoria para los números y las citas textuales, la maravilló. Hizo la típica mueca de la universitaria de hoy que es obligada a tragarse un ladrillo y explicó, justificándose: —No, entonces no, porque la verdad es que no puedo leer en la pantalla del PC un texto de más de 1.000 palabras sin que se me enrojezcan los ojos y finalmente se me nuble la vista. Tal vez si estuvieran impresas… —Okay —accedí, lleno de júbilo como si Verónica fuese una reconocida agente literaria o una editora célebre—. La próxima vez que venga a visitarte te las traeré impresas. —Como quieras —suspiró ella, volviendo a contemplar admirativamente sus uñas recién limadas.

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* Mientras ese final de la tarde de domingo regresaba en colectivo a la ciudad, bajo una fría lluvia que poco a poco iba adquiriendo proporciones alarmantes, mi cabeza fue poblada de pronto por ciertos recuerdos relacionados con la elaboración de aquel monstruoso corpus inédito de casi 300.000 palabras colmado de ira, semen y vergüenza (ira contra el Imperio agostador que mangonea a su antojo el orbe entero, semen derramado mayoritariamente en sanitarios y lavabos y vergüenza de mi país y de mi raza —país de cafres, raza de cobardes) que, tanto para justificar mi aparente «holgazanería» como para impresionar a mi chica, me disponía a imprimir una vez arribase a la casa de mi madre (en la que aún vivía, arrimado cual «hijo bobo»). Lo primero que viene a mi mente entonces son los cuadernos de blancas hojas cuadriculadas en las que empezara a escribir (nunca me gustaron los de hojas amarillas o rayadas). Cualquiera que los viese pensaría que se trataban de los cuadernos de un loco. Letra minúscula e intrincada (como de fórmula médica), tinta de varios colores (negra, azul, roja, verde), tachaduras y enmendaduras aquí y allá (por todas partes), un sinnúmero de flechas serpenteantes que atravesaban la página entera, anotaciones en las cuatro márgenes: en fin, una enmarañada mezcolanza ininteligible (o en todo caso sólo inteligible por mi propia persona, y a veces ni eso siquiera, porque en ciertas ocasiones sucedía que, cuando retomaba la narración, ni yo mismo entendía lo que estaba allí escrito). De los cuadernos manchados pasé a la vieja máquina de escribir portátil de mi madre que, como toda máquina de escribir (vieja o nueva), hacía un ruido de los mil demonios, por lo que, tanto para no incomodar a mi madre y a mis hermanos como para que no se enteraran abiertamente de mi «vergonzosa tarea solitaria» (tan vergonzosa para mí como si se tratara de la mismísima masturbación o en todo caso de un acto obsceno —pues hoy día toda actividad que no esté destinada por principio a generar lucro en grandes cantidades es considerada poco menos que una suerte de inadmisible «obscenidad»), huía con ella, escondida en una también vieja maleta de cuero, hasta el apartamento de mi hermana María del Pilar en el barrio La Florida, lejos de casa, en el extremo opuesto de la ciudad, donde las tardes enteras de esa época me la pasaba tecleando furiosamente mientras el apartamento permanecía desocupado (mi hermana regresaba del trabajo después de las seis de la tarde). Entonces volvía a casa otra vez con la maleta y su pesado contenido a cuestas. Y al día siguiente nuevamente lo mismo, como un jorobado con su joroba. Hasta que un día me tropecé en una calle del barrio con Joel (conocido más que amigo) y me preguntó a boca de jarro y con maligna socarronería: «¿Qué es lo que carga en esa maleta que parece un bobo de aquí para allá y de allá para acá y a toda hora con ella, ah?» Como me daba pena reconocer que quería ser escritor y que de hecho lo era, seguí de largo sin contestar a su pregunta mas no tardé en abandonar la destartalada y ruidosa Olivetti y volver a utilizar el discreto y silencioso bolígrafo para garrapatear mis historias en hojas de

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cuaderno. Esto duró hasta la compra de una computadora de escritorio y una impresora nuevas que mi madre hizo con el propósito de que ésta y aquélla nos sirvieran de herramientas tecnológicas a nosotros sus hijos en el curso de nuestras respectivas carreras universitarias. Y de estas reminiscencias era entonces inevitable pasar a las vinculadas con la descorazonadora estela dejada por mis narraciones en concursos, agencias de representación y editoriales. Aunque resultara finalista tanto en un premio nacional como en otro internacional de novela, no obtuve por ello ni un mísero e inútil diploma siquiera. Ya no recuerdo ahora ningún otro concurso literario en el que participara, excepto el último, en el que, según me informara el organizador, se presentaron más de 14.500 escritores de 89 países. Es entonces cuando te preguntas: ¡Dios mío, ¿qué posibilidad hay de que te ganes el único premio ofrecido en una contienda semejante?! ¡Es más fácil, menos improbable que te saques el baloto, tanto más si se tiene en cuenta que para ello no es necesario que tu prosa y tu estilo convenza o le agrade a nadie! Y después están las agencias de representación y las editoriales que, en el poco frecuente caso de que se dignen responderte, te despachan con formulismos del tipo «Sentimos comunicarle que actualmente estamos tan saturados que no aceptamos de momento nuevos originales», o: «Lamentablemente nuestro volumen de trabajo no nos permite tomar nuevos compromisos con los que no podríamos cumplir», o: «Lamentamos comunicarle que por el momento nuestro departamento de lectura se encuentra cerrado hasta nuevo aviso», o: «Muy sinceramente le digo que a mí personalmente se me complica bastante leer su original ya que mi trabajo con algunas editoriales es precisamente hacer Hojas de Lectura y corrección de estilo y leerlo implicaría invertir por lo menos cinco o seis días que para mí son fundamentales por el tiempo tan reducido con el que cuento». Las malditas sanguijuelas están al parecer tan ocupadas chupándole la sangre y los tuétanos a otros pobres desgraciados como tú que hasta para eso, para que te expriman hasta la última gota de zumo vital, debes resignarte, no a esperar pacientemente como un santo, sino a insistir, a rogar, a suplicar como un poseso para que por favor te ordeñen los jugos. Y ni siquiera son cuidadosas ni consecuentes con sus embustes, pues hay algunas que el mismo día, a la misma hora, te envían dos e-mails que se rebaten mutuamente, el primero diciéndote: «Sentimos comunicarle que, debido al exceso de títulos contratados, no nos resulta posible incluir su obra El enemigo de América en nuestra programación no obstante su indudable calidad. Confiamos en que no tenga problemas para su publicación en cualquier otra editorial con menos agobio de títulos», mientras el segundo, contradiciendo las justificaciones del primero, anuncia: «Acusamos recibo de su obra El gran masturbador, que pasamos a nuestro departamento de lectura donde será examinada». Claro que también hay algunos raros especimenes no menos contradictorios que te responden alabando tu trabajo pero que al final tampoco salen con nada en concreto, enviando mensajes del tipo «Acabo de leer las primeras páginas de su obra. Tiene, en efecto, garra. Tiene una historia que contar. Así que me pongo a estudiarla arrastrado por la fuerza de la historia. Eso no significa que sea capaz

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de leerla pronto. Esta es una editorial de un solo hombre, así que no llego a todo, y todo se me demora. Pero quiero que sepa que esa prosa y esos personajes y situaciones iniciales me han agarrado del cuello. Si tardo mucho en decir algo, recuérdeme que me he propuesto leerle», o: «Finalmente hemos decidido no representar su obra. Puede sonar a formulismo, pero la decisión la hemos tomado a pesar de que el suyo es uno de los manuscritos más originales, trabajados y ambiciosos que nos han llegado desde hace tiempo. Las razones que tenemos son, pues, meramente editoriales, es decir, comerciales: nos hemos encontrado con muchas dificultades para promover entre los editores determinadas obras, de carácter literario, de autores noveles o desconocidos. No quiero extenderme, pero encuentro muchas razones para pensar que los editores con los que habitualmente hablamos no van a arriesgarse a publicarlo, y en ese contexto nosotros no podemos asumir una representación que, por experiencia y contraste con otras recientes, no ofrece demasiadas perspectivas de éxito, no obstante que, pese a todo, su obra destila literatura, contiene episodios memorables y lo escrito merece la pena». Y entonces, aunque obscuramente te agobies preguntándote de qué te sirven aquellos simples y vanos elogios cuando estás muriéndote de hambre y tu trabajo, tu arduo trabajo no produce ni un mísero cobre siquiera, decides, pese a todo, consolarte diciéndote que vas por buen camino y que debes seguir adelante, ya que, para ti, expresarte, expresarte como tú quieres, no es precisamente una opción sino más bien una necesidad, y tan fundamental como comer o ir al retrete a evacuar. Sí, y luego te pones a pensar que acaso lo mejor sea dejar de golpear puertas aquí y allá (puertas que de todos modos no se han abierto nunca y que posiblemente tampoco nunca se abrirán) y prescindir de los interesados y peseteros intermediarios y autopublicarte y entonces salir a las calles y plazas del mundo entero a ofrecer tu mierda. Y lo digo justamente porque también yo, como muchos otros ingenuos, estuve a punto de sucumbir ante semejante quimera creyendo de manera positiva que ésta era la solución a mis problemas, sí, si no fuera porque la vida misma se encargó de despertarme bruscamente de mi candoroso ensueño editorial poniendo ante mis obnubilados ojos un espejo tan cruel como patético en el que de pronto me vi reflejado. Se trataba de un joven poeta cristiano con el que tropecé por primera vez en la pequeña feria del libro que cada año, durante el Festival Internacional de la Cultura, organiza cierta entidad del gobierno departamental en la plazoleta de la blanca y alta iglesia de San Ignacio. Era un tipo joven, de aproximadamente unos veinticinco años de edad, simpático, alegre, pálido y no muy alto. De pie frente al quiosco que le asignaran, abordaba a los desprevenidos mirones de libros como yo (pues jamás en tales ferias hallé un título que me interesara de verdad) exhibiendo el entusiasmo de un enérgico vendedor de biblias. «Mucho gusto, señor —empezaba—. Soy poeta y hoy me encuentro lanzando en la feria mi más reciente libro titulado Versos para el alma que he editado yo mismo y que usted se puede llevar por la módica suma de diez mil pesos. Bien puede hojearlo sin ningún compromiso.» Como no leo versos de ninguna clase, y todavía menos de tendencia religiosa, lo recibí por

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simple cortesía. Yo estaba familiarizado ya con el librillo (de cuidada edición), pues, desde hacía un par de semanas, todas y cada una de las vidrieras de librerías y papelerías del centro de la ciudad exhibían un ejemplar del mismo con el subtítulo El libro que cambiará su vida como lema publicitario. Pero por lo visto a nadie le interesa que le cambien la vida porque el destino de Versos para el alma y su autor no fue otro que el mío propio y el de mis libros hasta entonces: la indiferencia, el menosprecio y el olvido. Leo uno de los poemas (de una ramplonería abismal) y (asqueado como siempre que termino de hojear las primeras páginas de cualquier obra engendrada por autores nacionales —sufro de la saludable manía de considerarlos pésimos a todos, a todos excepto a Andrés Caicedo, por quien, más que respeto y admiración, he llegado a sentir verdadero cariño, el cariño auténtico que sólo puede nacer de la comprensión) devuelvo el librito. «¿Cómo le parece, señor? —empieza a interrogarme su valiente, alborozado y ciego propietario— ¿Verdad que es una excelente opción a la hora de pensar en un obsequio para un familiar o un amigo? Se nota que un tipo como usted debe de tener muchas amigas y muchos amigos —me adula como lo haría un comerciante de feria—. ¿Cuántos ejemplares le empaco?» El pobre infeliz está tan anublado por su fervor trapichero que no advierte que su libraco no ha logrado interesarme lo más mínimo, que no me produce ni calor ni frío. Miro su cara risueña y llena de entusiasmo (en la que sin embargo se transparentan una avidez y una angustia sin límites) y digo quedamente: «No, gracias, muy amable». Antes de marcharme para la casa de mi madre, permanecí por allí un buen rato observando a lo lejos y con disimulo al singular poeta-mercader y, experimentando una suerte de obscuro regocijo, pude constatar que durante todo ese tiempo no vendió uno solo de los libros que contenían sus pinches versos. Esta misma escena se repitió algunas semanas después, ahora en el elevado portal de entrada al edificio de la Secretaría Departamental de Cultura, en plena Plaza del Libertador, donde había puesto un cartel publicitario de mediano tamaño junto a una mesa de madera con mantel sobre la que se apilaba un considerable número de ejemplares de sus Versos para el alma. También en aquella oportunidad los parroquianos a los que se dirigía tratando en vano de no exteriorizar su rabia y su desesperación (rabia y desesperación derivadas de la insoslayable circunstancia de que el negocio, su negocio, no marchaba sobre ruedas como sin duda era su ferviente deseo —deseo éste no sólo suyo sino también de todo individuo metido a mercachifle, ya sea poeta o no) negaban con la cabeza o pasaban de largo en actitud idéntica a la mía, esto es, como la de quien dice: «No, gracias, no me interesa tu mierda». Y entonces, espiándolo a través del sucio ventanal de una cafetería cercana, yo resoplo para mis adentros: «Pobre pendejo», a un tiempo que termina de recorrer mis entrañas una singular mezcla de gozo maligno y de estimulante alivio al saberme ajeno a una tragedia que ha estado acechándome día y noche y de la que por fortuna (¿por qué más si no?) me he librado. (Rápidamente a partir de entonces los versos del malhadado poeta fueron desapareciendo de las vidrieras, dejando así de obstruirlas y de quitar espacio a algún vano y soso best seller arteramente publicitado por los mass media. Sólo

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un ejemplar se salvó de la retirada total, mas su portada terminó sucumbiendo a los rigurosos embates de la marea de luz solar que día a día debía soportar tras el cristal, y nada más que por algún tiempo, pues finalmente también fue lanzado sin piedad a la tumba del olvido.) A pesar de lo ocurrido con el joven poeta (al que jamás he vuelto a ver), y aunque te parezca extraño, no abandoné del todo la loca idea de prescindir de los intermediarios y por mi cuenta y riesgo dar a conocer mi obra al gran público. Lo haría de manera gratuita, valiéndome de la Internet. Fundé (silenciosamente, sin bombos ni platillos, eso está claro) la editorial virtual Banana Republic Press y puse un anuncio en una página web dedicada a todo tipo de expresiones libertarias. El anuncio rezaba: «Banana Republic Press es una nueva y revolucionaria editorial que surge como respuesta al vacío que hay en la escena literaria nacional en lo referente a autores que den voz al tremendo inconformismo de quienes estamos en contra de todo lo establecido como políticamente correcto en este país, en la banana republic que es ésta nuestra tierra, o mejor, esta tierra de todos menos nuestra. Los interesados en recibir gratuitamente las obras La fruta apestosa, Belladonna, Cowboy de la Nada, El enemigo de América, El gran masturbador y Retrete sin ventanas pueden escribir al correo electrónico [email protected]». Sí, lo sé, no te rías. Mi candor es tan inconmensurable como el del pobre versificador. Sobra reconocer que, hasta la fecha, los únicos e-mails presentes en la bandeja de entrada de la cuenta son los que, de cuando en cuando, yo mismo envío desde mi propio correo electrónico para mantenerla activa. * Un tremendo golpe en el costado derecho del automóvil (es decir, el costado que durante casi todo el camino de regreso a la ciudad da contra la pedregosa montaña verdinegra) me despertó súbitamente de mi amargo y descorazonador ensueño rememorativo. Hacía rato que la lluvia se había transformado en tempestad y el vehículo, atestado de pasajeros, avanzaba lentamente por la angosta y maltrecha carretera. La visibilidad en ese comienzo de la noche cargada de agua era mínima. Tal como resulta frecuente en circunstancias similares, de la inestable superficie de la montaña inclinada se desprendió un alud de rocas sueltas que sepultó por completo la desolada vía de negruzco y cuarteado asfalto pero que a nosotros, gracias tanto a la templanza como a la pericia del chofer, nos afectó apenas tangencialmente. A pesar de todo, no tardé en advertir que, vaya el Diablo a saber cómo, me había lastimado el tobillo de la pierna derecha. El monstruoso derrumbe —un cerrado muro de negro pedernal— estaba ahora delante de nosotros y no podíamos seguir avanzando. Mientras, afuera, la rabiosa tormenta no cesaba y el agua comenzaba ya a anegar el interior de nuestro coche, penetrando a raudales por las ventanas del flanco sacudido, cuyos cristales estallaran en miles de fragmentos con el golpe de las rocas. La

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única posibilidad era dar marcha atrás y regresar al pueblo, en caso de que el motor, en silencio ahora, no se hubiese estropeado. —Vámonos de aquí —dijo el chofer— antes de que nos caigan más piedras encima. Por fortuna el motor se puso de nuevo en marcha, las llantas no dejaron de rodar como antes y entonces, resbalando carretera abajo, pudimos escapar del siniestro paraje mientras el obscuro cielo de la hermética noche se caía a pedazos sobre el podrido y condenado planeta. * No recuerdo ahora cuantos días desde entonces permanecí en el pintoresco villorrio. Lo que sí recuerdo es que, hasta mi apresurada fuga, el cielo no cesó de castigar al mundo. Nuestro regreso no fue nada fácil. Varias veces, en medio de la borrasca, e iluminados apenas por las farolas del vehículo, tuvimos los hombres que apearnos para retirar rocas desprendidas y árboles y postes de luz derribados que se interponían en nuestro camino. Tampoco recuerdo exactamente cómo llegué a casa de Verónica. Me veo frente a su puerta, golpeándola furiosamente, antes de, calado de agua hasta los huesos, muerto de frío y extenuado, caer como un pesado fardo húmedo a los pies de alguien. (Después supe que eran los del señor Gutiérrez —su padre— que había salido a mirar «qué diantres pasaba».) * Desperté espoleado por el punzante dolor de mi tobillo derecho. Comprendí al instante que me habían instalado en una de las pequeñas buhardillas con retrete de la casa. Estaba solo, tumbado de espaldas sobre un cómodo lecho de robusta madera. Por el ventanuco sin cortina del techo bajo, a través del cual se colaba una luz apagada y fría, pude contemplar el obscuro manto de plomo que sepultaba la cúpula celeste y el cerrado velo de agua que caía sobre la tierra. No tardó en venir la señora Clara, madre de Verónica, a traerme algo de comer y a informarme que toda la región había sufrido una especie de inefable cataclismo macondiano. Sin embargo podía decir que, merced a esta suerte de castigo bíblico, la población se encontraba completamente aislada, había derrumbes por todas partes y los servicios de luz eléctrica y telefonía fija y móvil se hallaban suspendidos. —Esto parece el fin del mundo —apostilló. Escuchando la rumorosa lluvia que golpeaba las tejas de arcilla cocida pregunté por Verónica. —Ha ido a la galería a ver qué le ha sucedido —me informó su madre.

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Se refería a la galería de arte ubicada en la famosa Calle Caliente en la que trabajaba. * Verónica no apareció por allí, por mi improvisado refugio de hombre inutilizado (varias veces intenté ponerme en pie, mas el dolor en mi flaco tobillo —tan propenso a los esguinces— terminó desalentándome), hasta una mañana en que sus movimientos por la buhardilla en busca de algo me despertaron. —Perdona que te moleste —dijo, volviendo su cabeza hacia la cama—, pero es que necesito encontrar una capa que creo está en este armario —y reanudó su búsqueda en el interior del viejo mueble de madera ubicado al lado izquierdo de la entrada sin puerta de la estrecha habitación (y sobre el que, dicho sea de paso, descansaban ya las primeras páginas de mi libro). —¿Qué capa? —pregunté al instante, como un sonámbulo. —Juraría que aquí estaba —fue lo que obtuve por respuesta. Y enseguida después—: Pero, no. No la veo. —¿Qué capa? —repetí. —Sigue durmiendo —me ordenó—. Después hablamos. Y rápidamente, como una liebre que se escabulle por un orificio, abandonó el cuarto dejándome solo de nuevo. * Todavía antes la señora Clara me había puesto al tanto de lo ocurrido hasta entonces. La galería en que trabajaba Verónica no sufrió por fortuna mayores daños, mas el comercio de objetos de arte se encontraba asimismo suspendido. Desde el D.C. había llegado al pueblo un grupo de ingenieros del Instituto Nacional de Vías y algunos de ellos —dos o tres— se hallaban alojados en la casa. La señora Clara había decidido ganarse un dinero no sólo alquilándoles cuartos en la primera planta sino además suministrándoles los alimentos de desayuno, almuerzo y cena. Los ingenieros —encargados de dirigir las obras para destaponar las carreteras— eran personas muy especiales. Jocosos, sociables, sanos y bien parecidos. Luego, aquella mañana, cuando subió a traerme el desayuno (acompañado de mi ración diaria de café y cuartillas para escribir), y ante mi pregunta acerca de qué capa era la que buscaba su hija, me informó: —Una capa impermeable. La encontró en el armario de otra habitación. La necesita ahora que los ingenieros le han pedido que los acompañe. —¿Que los acompañe a dónde? —quise saber.

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—A los parajes afectados por estas lluvias —explicó la señora Clara—. Verónica les sirve de guía. Además la pobre se aburre aquí en la casa sin hacer nada. —Podría quedarse cuidando a su novio maltrecho —comenté yo con la falsa picardía que intenta ocultar un despecho profundo. —De eso me encargo yo —la disculpó su madre. * Como ya bien habrás colegido de lo expuesto hasta aquí, había decidido —mientras permanecía allí tumbado en aquella cama como un náufrago del diluvio sin poder incorporarme— empezar a garrapatear en folios sueltos —que me proporcionaba a diario la señora Clara— la historia fantástica que le prometiera a Verónica. Debo confesarte que ya antes —motivado, espoleado, desesperado por mi fracaso hasta la fecha, y acaso porque (al contrario de lo que aún ocurría en la época en que el pensador Herbert Marcuse redactara su célebre ensayo El hombre unidimensional y de algunas de cuyas palabras justamente pero en sentido inverso me valgo en este momento), la dimensión estética ha perdido ahora (gracias al triunfo del Sistema represor sobre las legítimas aunque débiles fuerzas opositoras) la libertad de expresión que le permitía al escritor y al artista llamar a los hombres y las cosas por su nombre, nombrando lo que de otra manera es innombrable—, ya antes, digo, había optado por dar mi brazo a torcer, al menos por una sola vez, y dedicarme a componer un ñoño relato de fantasía, dejando por el momento a un lado el duro «Realismo Chocante» al que en vano dedicara todos mis esfuerzos en los últimos años. Creía, o mejor, «quería creer» que no tanto los lectores de la época actual como más bien los agentes y editores de la misma no estaban «preparados» aún para él (situación análoga a la que en su momento padeciera Jack Kerouac, quien debió esperar casi una década para que le publicaran su novela On the road —la cual, ya se sabe, se convirtió rápidamente en un éxito y hoy día es una de las más famosas de toda la literatura norteamericana— y con quien, a propósito y a manera de vano y estúpido consuelo, me sentía identificado entonces). Asimismo consideraba no sólo que, dándoles a los agentes y editores una historia «más inofensiva», «más inocua», «más digerible», «más comercial» que las que les había enviado hasta entonces, llegarían éstos a publicarme sino además que, precisamente con una historia de tal naturaleza (como la del propio Kerouac), alcanzaría el tan ansiado éxito en ventas que, por otra parte, abriría luego a mis otras obras ya escritas —más, muchísimo más «importantes», más «trascendentales» (si es que hoy día existe en este mundo absolutamente hueco algo que se considere verdaderamente trascendental)— las anquilosadas y ocluidas puertas del circuito editorial. Pero siempre aplazaba su comienzo, al tropezar una y otra vez con el mismo infranqueable obstáculo: mi tremenda aversión a lo sobrenatural, a lo mágico, a lo milagroso, a lo «fantástico no explicado», en fin,

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a la fantasía (aversión que nada tiene que ver con las situaciones «insólitas», «infrecuentes», «extraordinarias», que me apasionan). Y es que mi espíritu en particular se resiente enormemente por el hecho de «tener» que dedicarse a lo que juzga como una suerte de «evasión», de «escapismo» semejante al consumo de drogas (ya lo decía Kurt Cobain —tan conocido por su música como por su dependencia a los fármacos— en sus Diarios: «El consumo de drogas es escapismo, tanto si uno quiere reconocerlo como si no») que no sólo «no enfrenta» la terrible realidad que padecemos a diario y sin tregua sino además la «deforma» («embelleciéndola») en beneficio del Sistema irracional y violento en que vivimos, tanto más si se tiene en cuenta que, al esquivarla o al esperar para ella «soluciones» mágicas o milagrosas (en fin, soluciones irracionales, acordes con el Sistema), estamos así condenados a perpetuar tal realidad y, con ella, al nefasto Sistema que justamente la configura y determina. ¿Y por qué, me pregunto yo, «debemos resignarnos» a sucumbir al escapismo de quienes como Samuel Beckett aconsejan: «No esperes a ser cazado para esconderte»? Y, por otra parte, ¿a cuento de qué malgastar nuestro escaso y valioso tiempo, nuestras escasas y valiosas energías concediéndole una desmesurada importancia a «falsos misterios» cuando tenemos una cantidad enorme de «misterios verdaderos» por resolver? ¿Por qué seguir jugando el juego de la mentira sobre la que hemos fundado el mundo? ¿Acaso no es por ello, por no romper el círculo vicioso de la mentira institucionalizada, que estamos condicionados a aceptar lo inaceptable (como por ejemplo las cruentas guerras emprendidas y justificadas con base en chapuceras escenificaciones prebélicas y palmarios embustes)? Y, ahora como entonces, me pregunto: ¿por qué debo yo hundirme voluntaria y conscientemente como los demás en las cenagosas aguas de la mentira? ¿Por qué debo yo avenirme a componer una historia fantástica —o en todo caso que soslaye o maquille la desastrosa realidad del mundo contemporáneo— sólo para «acomodarme» al Sistema? ¿Por qué debo yo convertirme en otro glorificador de mitos insubstanciales? Mas, también entonces como ahora, resolví no sucumbir a tan, para mí, perniciosa alternativa. ¡Que otros sigan escribiendo intrascendente fantasía —de la que por supuesto no afirmo que deba desaparecer por completo (mucha gente —infantilizada por el Sistema— necesita de ella cual paliativo básico —aunque, en las circunstancias actuales, ¿no resulta la fantasía una especie de opio para las masas, masas a las que aterra la realidad desnuda, sin antifaces ni perifollos?) sino más bien de la que, al igual que Marcuse, considero es preciso que se deje de abusar metódicamente, pues tal abuso ha reducido al mínimo la separación entre la fantasía (grado superior de la imaginación) y la Razón, dando sentido a las tonterías y transformando en tontería lo que tiene sentido, y en definitiva convirtiendo así la ilusión en realidad y la ficción en verdad—, que otros sigan escribiendo fantasía, repito, que yo por mi parte me quedo con el realismo chocante y crítico (aunque éste en últimas termine resultándoles «inadmisible», «invendible» a los señores agentes y editores —quienes en general se adhieren con gusto a lo que se considera políticamente correcto y capean de manera olímpica lo que por el contrario se cree políticamente

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incorrecto. Es curioso: muchos editores han rechazado mis manuscritos con formulismos del tipo «Lamentablemente —¡siempre lo lamentan estas no ciegas sino medrosas criaturas de buen corazón y sanas intenciones a las que generalmente tu mierda (que te ha costado sangre, sudor y lágrimas, por decir lo menos) no les interesa más que como producto de consumo masivo, como un chicle cuyo único destino es ser rumiado y después escupido! (Sólo hay que visitar una feria del libro para verificar la monstruosa cantidad de llamativa basura plastificada que te ofrecen como alimento intelectual. La última vez que estuve en la del D.C. salí de ella literalmente mareado, asqueado, empalagado, ahíto, como quien abandona un abigarrado y lustroso merendero luego de haber probado todos los platos de su extensa pero insípida carta)—, lamentablemente —me contesta el amable editor— su obra no se ajusta al perfil de los textos que estamos editando, y por esta razón, el Comité Editorial no ha considerado oportuna su publicación», o: «Esta no es una editorial que se ocupe de temas políticos», como si la Política fuera un coto de la realidad vedado a la ficción, como si la Política fuera hecha por y para marcianos y no alterara las vidas tanto de los protagonistas de un texto literario como las de sus lectores, como si las cabronadas más increíbles que a diario vemos cometer a nuestros gobernantes no fueran un tema «autorizado» para ser ficcionalizado o narrado y mucho menos aún leído mientras éstos sigan en el poder o incluso vivos, al parecer hay que esperar a que se pudran para expresar lo que hoy piensas de ellos —aunque para entonces muy seguramente tú también ya estarás bajo tierra devorado por morosos pero implacables gusanos—, sin duda con objeto de no afectar negativamente los intereses particulares de los accionistas y propietarios de la industria editorial, intereses que, también sin duda, quedarían expuestos a las impredecibles represalias de aquéllos, pues la Política —no en su acepción enciclopédica: «Arte de gobernar y dar leyes conducentes a asegurar la buena marcha del Estado y la tranquilidad y el bienestar de los ciudadanos», sino en su acepción real: «Astucia para manipular e imponer leyes conducentes a asegurar la buena marcha del enriquecimiento de la clase dirigente y sus socios y el adormecimiento y/o la resignación de los ciudadanos»— abarca todo el espectro de los negocios en particular y de la vida en general)! (Esta resolución mía acaso tenga algo que ver con lo que expresara a propósito el mismo Marcuse: «Cuanto más ostensiblemente irracional se hace la sociedad, mayor es la racionalidad del universo artístico», y: «En vez de ser el criado del aparato establecido, embelleciendo sus negocios y su miseria, el arte llegaría a ser una técnica para destruir estos negocios y esta miseria».) Decidí, pues, permanecer fiel a mis principios. Decidí, pues, prolongar mi desdicha. Decidí, pues, continuar hundido en la pobreza. Decidí, pues, seguir cavando mi propia tumba. *

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De tal manera que, encerrado allí en aquella buharda, me dediqué en cuerpo y alma, como un poseso, a redactar mi nuevo libro de ficción neorrealista. Empezaba con la primera luz de la mañana y terminaba con el último destello de la tarde. A veces, por las noches, Verónica hacía un breve acto de presencia en la buhardilla alumbrada por una vela que se consumía en su candelabro sobre la mesilla de noche. Yo le indicaba entonces los folios sueltos y garrapateados a mano que se apilaban sobre el armario (cada final de la tarde su madre venía y los iba poniendo en ese lugar) para que los tomara y se los llevara y cuando tuviera tiempo les echara una ojeada, pero mi noviecita se desentendía de ellos con un «Sí, sí, luego me los llevo» o con un «No te preocupes, cuando termines por completo lo haré» y todo el tiempo se la pasaba hablándome de sus nuevos amigos los ingenieros, a los que se refería como si se trataran de extraterrestres con superpoderes o algo así. No había conocido ella tipos tan macanudos. Inteligentísimos, divertidos, exitosos, recursivos, y tan guapos que todas las mujeres del pueblo se morían por ellos. Puedo decir, en suma, que Verónica no llegó nunca a leer una sola línea de mi manuscrito, pues una mañana, cuando llevaba compuesto nueve partes del mismo que sobrepasaban ya la cifra de las 10.000 palabras, vino a visitarme una amiga de la señora Clara a la que llamaban con el cariñoso mote de Panchita (diminutivo de Pancha) y a la que me presentaran —para mi mayor desgracia— meses atrás y que finalmente terminó llevándoselo so pretexto de…, pero, bueno, antes de continuar, quizá lo mejor sea explicar quién era la vieja Esperanza (Pancha, Panchita). Era una vieja loca, o casi. Una vieja medio enloquecida por la vejez. Su amantísimo esposo (de origen francés) había muerto algo así como quince años atrás y desde entonces había empezado a buscar entre los visitantes del empedrado villorrio a su sucesor. Los hombres del pueblo le parecían poca cosa. Prefería a los extranjeros, a los que acosaba de forma perentoria y siempre con resultados nulos. Era asimismo famosa en la región por una crema facial contra la edad que ella misma fabricaba con la fórmula que le enseñara en vida su difunto marido franchute y la cual estaba hecha a base de apestoso cebo de cordero. Se decía de la crema que resultaba bastante efectiva contra las arrugas, pero lo más curioso de todo es que a nadie se le ocurría pensar que, si efectivamente era tan buena, ¿por qué su creadora no obtenía beneficio alguno de ella en su propio rostro marchito sobre el que aseguraba usarla? (Situación parecida a la de aquellos brujos desarrapados que dicen adivinar los números ganadores de la lotería pero a los que nunca se les ocurre comprarla para así salir de la mísera olla en que se encuentran metidos hasta el cogote y a los que sin embargo acuden en masa pobres idiotas descerebrados en busca de fortuna.) En efecto, bajo su cabello completamente blanco, su cara se hallaba marcada por pliegues profundos. Lo único joven en ella eran unos ojillos medio bizcos en los que se destacaba un intenso brillo de concupiscencia. Su cetrino rostro me recordaba siempre al de la Gala de Dalí, acaso por la escabrosa leyenda local de la que era protagonista y de la cual te hablaré más adelante.

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Recuerdo la primera vez que la vi, cuando me la presentaran, allí mismo, en casa de Verónica, algo así como dos años atrás, al comienzo de nuestro noviazgo. —Que hombre más simpático —me elogió delante de la señora Clara y su hija, y después agregó—: Te veo bien, muchacha —alzando el pulgar de su mano derecha y dirigiéndose a la chica recién conquistada por mis encantos de ingeniero (sí, yo también alguna vez lo fui, pero no civil sino agrónomo. Ahora soy esto: un contador de historias plausibles —aunque, claro, no aplaudidas, todavía). Después empezó a acosarme a mí también. —¿Cuándo es que va a pasar por mi casa a visitarme, ah? —me susurró una tarde en el portal de la casa de Verónica, donde tropezamos (yo iba de salida y la vieja bruja de entrada)—. ¿No le interesaría conocer el proceso de preparación de mi famosa crema? Su fórmula, que hasta ahora es secreta, vale millones. —Oh, sí, sí, un día de éstos paso por allá —me la quité de encima entonces y proseguí mi camino hacia el terminal de transportes, ya de regreso a la ciudad. Otro día, por la mañana, en una calle cercana al Parque Ricaurte, me detuvo y me pidió que la acompañara a un Café-Internet de la Plaza Principal. —Muchacho, necesito que me ayude a enviar unos correos electrónicos. Lo que pasa es que yo soy muy torpe con eso de la tecnología. Si quiere le pago por ayudarme. —Disculpe, señora —rechacé su oferta—, pero no puedo hacerlo. Me esperan con urgencia en la ciudad. Sin embargo esta vez me espetó con insolencia, como una novia despechada: —Entonces lárguese de una vez. Y ahora estaba allí, en la pequeña habitación, erguida a los pies de la cama, diciéndome inflexible, como una institutriz a su pupilo: —¿Y dónde fue que metió la pata el señor? Apuesto a que por andar tras las muchachas. Mi buena educación me impidió entonces mandarla a aquella maldita bruja al mismísimo Infierno. —Sufrí un accidente, señora. —No me llame «señora» —ordenó con rabia mal contenida— que me hace sentirme vieja. —Okay, doña Pancha. —Tampoco —se opuso al instante—, porque ni soy «doña» ni soy «Pancha», me llamo «Panchita». Aquellas frases suyas se parecían a los ridículos y absurdos reclamos de una niñita malcriada a su muñeco favorito. —A ver ¿dónde está? —empezó ahora—. Quiero verlo. —¿A qué se refiere, su merced?

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—Al libro —explicó—. Clarita me dice que está escribiendo un libro. Y tampoco me diga «su merced» que «su merced» se les dice a las viejas tontas y yo no soy ni tan vieja ni mucho menos tonta. Y cuando ya me disponía a mentirle diciéndole que aún no había empezado, giró su cabeza hacia un lado y su vista se posó en los folios apilados sobre el armario. —Es éste, ¿verdad? —Sí —acepté yo—, pero aún no he terminado. Voy por la mitad, creo. —No importa —aseguró—. Quiero leerlo. Me lo llevo. Desde mi lecho dije atropelladamente, como movido por una azarosa intuición: —No, señora, digo, doña Pancha, doña Panchita, señora Panchita, Panchita, por favor, deje esas hojas ahí quietitas y yo le prometo que cuando acabe le paso a su merced, digo, a usted, gentil dama, una copia del manuscrito entero, ¿sí? Consideró mi propuesta por espacio de apenas un segundo y después declaró: —No. Me las llevo de todos modos. Y además ¿cuál es su desconfianza? Lo que pienso hacer es meterlas en una carpeta para que no se le pierdan o se le refundan por ahí. Mañana se las traigo de nuevo, ya legajadas. Adiós, que se recupere pronto. Y dicho esto se esfumó como un espanto. (Es sólo una manera de hablar, por supuesto, no vayas a pensar que creo en tonterías semejantes.) * Una de las peores pesadillas para un escritor —entre las muchas que lo atormentan— es que se extravíe uno de sus originales, porque en tal caso es como si nunca lo hubiese redactado, como si todo el esfuerzo y toda la dedicación que empleó en él se precipitaran en un abismo insondable. Justamente esto era lo que, días más tarde, quería hacerle entender a Verónica, porque la vieja Esperanza, Pancha, Panchita o como quiera que la llamen, había desaparecido tras el abrupto e impensado secuestro de mi todavía inconcluso librito a manos suyas. —¿Por qué eres tan exagerado? —se quejó ella— Cualquiera pensaría que se trata de un diamante que ha rodado a una cloaca o algo así. —Pues déjame decirte que para mí es justamente algo así, sí. —Deja ya tanta alharaca por tan poca cosa y no te preocupes —me prometió—: yo lo recuperaré. Pero mentía, porque la próxima vez que nos volvimos a ver, en una de sus breves y esporádicas visitas a la buhardilla, y ante mi insistencia por saber cuándo pensaba la señora Esperanza devolver mis folios, me explicó a manera de disculpa:

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—Me dijo que no te los ha traído aún porque, además de legajarlos, piensa leer su contenido. Y en seguida después, con tono desafiante, preguntó: —¿Se puede o no se puede? Guardé silencio al respecto hasta la siguiente entrevista. —¿No ha terminado la señora Pancha de leer mis notas? —quise saber entonces, impaciente. —No, no ha terminado —me increpó Vero—. Pero no te preocupes que Panchita no se va a robar tu medio libro. Y no la llames «Pancha» ni «señora» ni «Esperanza» que a ella no le gusta que la llamen así. Una tarde, por fin, la vieja apareció. —¡Fuih! —silbó, despabilándome— ¿Todavía echado en esa cama? ¡Qué flojos son los hombres, definitivamente! Ahora, de pronto, entendía. Rabiosa porque yo no le llevara el apunte, la vieja loca había decidido vengarse de mí, no sólo tratándome con rudeza sino además mortificándome con la deliberada retención de mi manuscrito, respecto del cual le pedí, justo en ese momento y de la manera más educada y humilde que pude, con las siguientes palabras: —Discúlpeme, Panchita, como veo que no lo tiene en sus manos, quisiera pedirle por favor que traiga mi original cuanto antes pueda. Se volvió hacia mi lecho, furiosa y amenazante como una víbora que se revuelve, pues estaba escudriñando sobre el armario —¿a ver si encontraba allí más folios emborronados por mis manos?— y me espetó, con la ofendida y casi indignada voz de quien es víctima de una propuesta indecente: —¿Y es que no ve que no para de llover a cántaros? ¿No querrá que en estas condiciones climáticas vaya hasta mi casa sólo para traerle sus pinches cuartillas garrapateadas, o sí? —No, Panchita, por supuesto que no insinúo eso… —¿Entonces? —Lo que quiero decir, Panchita, es que no olvide traerlo la próxima vez que venga por aquí. —Sí, sí —pareció transigir, pero luego, en seguida después, advirtió—: Si no se me olvida, claro. Además no he terminado de ojearlas. Escribe usted cada enrevesada tontería… —Por favor, Panchita —rogué—. Se lo recomiendo. —Ya veremos —bufó la maldita bruja antes de largarse de nuevo. * Tras el rapto y posterior embargo de mi librito inacabado, mi capacidad de trabajo se vio reducida de manera drástica. Apenas pude componer otras dos partes que tan sólo sumaban menos de 2.000 palabras (y que por motivos de seguridad escondía bajo mi almohada). Además de la preocupación derivada de aquella circunstancia, lo que me mantenía entonces fuera de foco,

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desconcentrado, era el recuerdo de las reuniones que en las noches, tras la cena y a la luz de las velas, sostenían los guapos, exitosos y divertidos ingenieros y Verónica y su madre en la cocina de ésta. Platicaban y reían sonoramente a un tiempo que consumían licor. —Pero ellos no toman lo que tomamos nosotros —me había chismorreado Vero refiriéndose (¿malignamente?) a ella y a mí y a las habituales bebidas baratas que mis módicos ingresos me permitían sufragar durante nuestras esporádicas salidas nocturnas: cerveza y aguardiente del país—. Ellos sólo toman whisky, y del caro, importado. Lo que durante la mañana y la tarde siguientes me partía el corazón y atormentaba mi espíritu no era precisamente que mi enamorada pareciera ser la que más disfrutaba de esas veladas sino más bien que yo no fuese el causante directo de tal gozo. Me sentía tan impotente, miserable y frustrado «como un burro amarrado —bajo la lluvia— a la puerta de un baile». Mas una noche pude al fin abandonar el desván sin sufrir agudos dolores en mi tobillo lastimado. Fue la última noche que pasé en aquella casa. * Estaban acomodados todos —la señora Clara, Verónica y el par de ingenieros— en torno a la mesa de la cocina, según costumbre. Fui invitado por la madre de Vero a que me sentara junto con ellos y los acompañara. —De manera, pues, que al fin ha decidido usted bajar a cuidar a esta preciosura —fue el saludo con el que me recibió el ingeniero Carlos, un hombracho alto, corpulento, casi gordo, blando y de esplendorosa sonrisa—. Y hace bien, mi amigo —continuó—, porque aquí, donde usted lo ve, con esa carita de mosca muerta, de «yo-no-fui», el ingeniero Hernando está que la convence para que se fugue con él —refiriéndose a su compañero de profesión, un tipo cuya extraña y desproporcionada carota me hizo recordar en seguida a la figura del cuadro titulado Bullfight: Death of the Toreador, de Picasso, pero en la que, por otra parte, sobresalían unos ojos claros y ensoñadores de asimismo rara belleza. Todos rieron de la broma, excepto yo, tanto porque en realidad no me causara mucha —en realidad ninguna— gracia como porque siempre he sido un individuo poco dado a establecer rápidamente lazos de confianza o familiaridad con personas extrañas (por lo que en innumerables ocasiones he sido acusado de pedante y hasta de resentido), y entonces pareció aumentar en el ambiente la súbita tensión que suscitara mi inesperado arribo a aquella festiva velada en la cocina, tensión de la que soy particularmente generador adondequiera que vaya, siempre, pues es como si, al verme, los presentes dijeran para sus capotes: «Aquí viene el aguafiestas», y asistiéndolos para ello, además, toda la razón del mundo, porque mi afición favorita —de la que no me enorgullezco, por cierto, sino que sencillamente me resulta imposible dejar de ponerla en práctica— es evidenciar en los demás integrantes de nuestro alienado entorno

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la futilidad, la mezquindad, la insignificancia, la estolidez, la falsedad, la ilegitimidad que encierran la gran mayoría de nuestros actos, públicos y privados. Pero entonces no dije nada a propósito, acepté el trago que me ofrecieron, pregunté por las obras, asentí en silencio cuando me respondieron los enterados que prácticamente estaban concluidas a pesar de las lluvias que, como podía ver, no cesaban y que a más tardar mañana por la noche serían reestablecidos todos los servicios públicos suspendidos como consecuencia de los daños causados por el apocalíptico temporal. Se sirvieron más tragos, hubo cháchara intrascendente, se contaron sucedidos picantes y hasta chistes pasados de tono, y en un momento dado el ingeniero Carlos ofreció un cigarrillo a Verónica, quien decidió rechazarlo (¿acaso porque el gusto por el tabaco me parece a mí deplorable?). —No entiendo —se burló el hombracho con su potente voz—. ¿No fue sino que apareciera aquí el señor para que se te quitaran de pronto las ganas de fumar? Sin siquiera mirar al intruso (yo), y como para demostrar que era una mujer emancipada, independiente, que tomaba sus propias decisiones y que no había nada ni nadie (otra vez yo) en el mundo que pudiera coartarlas, Verónica transigió: —Bueno, bueno, Carlitos, dame entonces uno —dijo tomando el pitillo que se le ofrecía con una mano en cuya muñeca brilló de pronto un pesado y a todas luces costoso reloj de preciado metal. Fumaron, bebieron, platicaron, rieron y durante todo el tiempo que hicieron esto yo me lo pasé observando a Vero, mi Vero, que, ignorando casi por completo mi presencia, fumaba, bebía, platicaba y reía de buena gana al lado de aquellos ruidosos individuos que se comportaban de manera tan desenvuelta y despreocupada como la de quienes se consideran a sí mismos, con razón o sin ella —y tanto más si se hallan de pronto en compañía de un auténtico don nadie—, los dueños del mundo o poco menos. Pero yo por mi parte no estaba dispuesto a exteriorizar mi desazón, al contrario de lo que, ese mismo día a principios de la tarde, después del almuerzo, sucediera con el señor Gutiérrez, quien había estallado en cólera y marchado hacia la casa de una de sus hermanas que también residía en el enjalbegado poblacho. La señora Clara, riéndose, me había narrado el incidente. Su marido, enfurecido, le había dicho: «Creo que lo mejor es que me vaya para donde Rita, porque aquí últimamente sólo me están dando de comer las sobras», en clara alusión al trato preferencial que tanto su hija como su propia esposa dispensaran día y noche a los ingenieros. Y lo que más le disgustó, según la madre de Vero, fue que ella no intentara retenerlo sino que por el contrario lo reafirmara en su intempestiva resolución con estas displicentes palabras: «Mire a ver, usted verá: es decisión suya porque nadie aquí lo está echando». Así, pues, me dediqué a seguir en silencio, como un mimo inexpresivo, sus relajadas pero monótonas actividades, tomando un trago de vez en cuando y meneando afirmativamente la cabeza, como si estuviera de acuerdo con sus estúpidos comentarios y sus estrechos puntos de vista.

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Sin embargo en mi interior se había anidado una profunda tristeza al comprobar de pronto qué lejos me encontraba de Verónica. O mejor, qué cerca se encontraba ella de esas personas, cuyo atractivo residía no propiamente en su fisonomía ni en su perspicacia sino más bien en su (¿innata?) capacidad para «integrarse sin reparos» al estado actual de cosas. Ni una sola objeción al mismo oí que saliera de sus bocas. El mundo iba bien y los negocios mejor aun. ¿Qué más se le podía pedir a la vida? Mas, por otra parte, no vayas a pensar que no comprendo a Verónica. Claro que sí. No la culpo por ignorarme toda la noche, por demostrarme con ese desdeñoso comportamiento suyo para conmigo que entre individuos mundanos como aquéllos y un bicho raro —y ahora molesto— como yo —que desde hacía dos años, desde que nos conociéramos, no daba golpe (haciendo ¿qué?), tercamente enfrascado como me encontraba tanto en seguir componiendo una suerte de obscena y rabiosa prosa libertaria para un público que se siente no precisamente oprimido por las tenaces cadenas del mentiroso Progreso sino más bien agradecido y satisfecho de encontrarse atado firmemente a ellas como intentando a pesar de todo convencer a los editores (que en general hacen parte asimismo de aquella gran masa que transita por la trillada pero apacible —¿y segura?— senda del conformismo y la resignación) para que publiquen mi obra— no había lugar a dudas a la hora de escoger. Y tampoco resulta para nada curioso que la misma postura de Verónica en la mesa confirmara tal observación mía. Se hallaba muy pegada a los ingenieros Carlos y Hernando, sentada en medio de ellos dos, al parecer de manera tan confortable que nunca pasó por su cabeza la idea de ponerse en pie, acercarse a mi silla, darme un beso o tomarme de la mano y quedarse allí junto a mí. No. Y para colmo ahora, arrojándome el pestífero humo de su cigarrillo a la cara, el ingeniero Carlos estaba diciéndome con sus característicos humor y desenvoltura de pseudo magnate: —Vero me ha comentado que en este momento se encuentra sin trabajo, amigo. Éste es mi correo electrónico, páseme una Hoja de Servicios y ya veremos qué se puede hacer. Pero no crea que le hago este ofrecimiento pensando justamente en usted, no, señor, sino más bien en mi colega aquí presente. Debemos alejarlo a usted de estas tierras para que así pueda él llevar a cabo con mayor tranquilidad y mayor eficacia sus retorcidos planes de raptar a su novia, jejejé. ¿Que cómo me sentí no sólo entonces sino además todo el tiempo que permanecí allí sentado junto a aquellas pragmáticas y avezadas criaturas que saben gozar de la vida? Pues ¿cómo crees? Como un saco de mierda patético. Como el saco de mierda patético que creían ellas que efectivamente y en realidad yo era. *

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Con el corazón desgarrado, hecho jirones y sintiéndome un poco mareado a causa de la bebida, resolví largarme sin ofrecer adioses ni explicaciones inútiles. Dije que iba al retrete a evacuar pero no regresé, abandoné sigilosamente la casa en medio de la noche y bajo una fina lluvia que súbitamente, como por ensalmo, remitió no bien dirigí mis pasos hacia las afueras del pueblo. Hice bien, sin duda, porque así lo confirmaron los hechos subsiguientes. Excepto en una sola ocasión posterior a la noche de mi «fuga» (pues ¿qué tenía que hacer yo —convertido de pronto en una suerte de «colado»— en ese lugar?), y hasta el día de hoy, que te narro esta historia, no he recibido por parte de Verónica llamada telefónica, mensaje de texto o de voz, correo electrónico, comunicación alguna. No he vuelto a saber una sola noticia suya. Todo se acabó, me ha olvidado, como si el amor que sentía por mí se hubiese diluido para siempre bajo aquella prolongada tormenta. * Naturalmente, y pese a la honda tristeza que embargaba mi alma, no pensaba abandonar el pintoresco villorrio sin mi manuscrito. La cúpula celeste fue despejándose con rapidez, barridas por un repentino viento frío las nubes que la sepultaban y la luna y las estrellas, ahora descubiertas, iluminaron la azarosa senda por la que encaminé mis pasos rumbo a la enorme laguna poblada de juncos verdinos en medio de la cual se halla, como un islote siniestro, la destartalada casa de piedra de una sola planta con porche de la vieja arpía. En el pequeño embarcadero de la orilla hallé uno de los dos botes con remos que generalmente permanecen en ese lugar, uno destinado a la propietaria de la casa y el otro a sus eventuales visitantes o huéspedes. Cuenta la leyenda local que en vida del esposo francés ésta solía ponerle los cuernos en sus propias narices con jóvenes del pueblo a los que pagaba más que seducía para que lo hicieran en uno de aquellos botes mientras iban a la deriva sobre las tranquilas aguas de la hermosa laguna (de la misma forma que Gala le era infiel a Dalí allá en Cadaqués, sólo que el genial español, a diferencia del oscuro francés, no se oponía a ello). Remé por entre los juncos verdinegros (que forman una especie de intrincado laberinto —al menos para mí en aquella mi primera y, confiaba, última «visita»), remé hasta el desembarcadero de la casa. No obstante el ruido que hiciera el bote al chocar contra las podridas y desbarajustadas tablas de madera, nadie —ni siquiera el horrible gato sin pelo con el que convive la añosa viuda— salió a mi encuentro. «Mejor así», pensé, pues mi improvisado pero enérgico plan consistía en deslizarme clandestinamente dentro de la casa y buscar por mi cuenta las hojas de papel garrapateadas, seguro como estaba de que la vieja bruja concupiscente no me las devolvería de modo voluntario sin obtener «algo» a cambio de ellas.

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Pero la cosa se complicaba porque en el recinto donde debía quedar el salón brillaba no la débil y apagada luz de las velas sino el poderoso resplandor de una ¿hoguera? De pronto me asaltó la idea de que la vieja se encontraba allí preparando su famosa crema antiedad. La imaginé como la madre de Boffer Bing, protagonista del genial relato de Ambrose Bierce Oil Can, encaramada en una escala y revolviendo con una pala el contenido de un caldero descomunal que bullía sobre la chispeante hoguera a un tiempo que iba arrojando en su interior, además del apestoso cebo de cordero, cadáveres pero no de perros o fetos abortados sino de toda clase de bichos repulsivos: murciélagos, ratas, serpientes, lagartijas, sapos, babosas, lombrices, a modo de necesarios excipientes. Sí, me dije, ¿por qué no? Puede ser. Es posible. Todo es posible en este crapuloso mundo en constante y vertiginosa erosión, tanto más si consideramos la fantasía decadente y absurda en que el aparato establecido y sus inmejorables mass media han convertido la realidad, nuestra realidad. Me acerqué a una ventana para corroborar mis sospechas. No bien lo hice, comprobé que lo que ardía en el interior era el fuego de la chimenea de piedra, sobre la que asimismo refulgían un par de candiles con velas encendidas. Y por supuesto la vieja no atendía caldero alguno sino que, en medio de la habitación recargada de muebles en ruinas, bailaba abrazada a un individuo vestido con un obscuro traje militar de la época de la colonia. Uno de sus amantes comprados, pensé. Mas no me ocupé de su danza silenciosa (pues no se oía música por ningún lado, excepto el fuerte croar de las ranas y el apagado murmullo de los insectos de la laguna) sino en escudriñar el penumbroso recinto en busca de mi manuscrito. Al cabo de un rato me pareció ver las blancas hojas de papel apiladas sobre una mesilla baja de tres patas. Raramente siento lástima por nada o por nadie, salvo por ciertas criaturas desamparadas como niños y animales (aunque sorda, mi rabia contra el mundo en general —derivada sin duda del ostracismo al que éste me ha condenado— es monstruosa). Aquella vez tampoco pude llegar a experimentar compasión por la vieja bruja al advertir de pronto que su compañero de baile no era precisamente un ser humano sino una suerte de liviano y rígido maniquí ya que, en ese justo momento de clarividencia, su mirada fija y vidriosa se clavó en la mía propia y estuvo a punto de hacerme gritar de auténtico terror. Por fortuna logré contenerme tapando mis labios con un rapidísimo movimiento de mi mano derecha y la esperpéntica pareja siguió danzando al ritmo de su inaudible música mental hasta caer rendida sobre la alfombra. Esperé un buen rato hasta cerciorarme de que la vieja, abrazada como aún seguía al tieso muñeco de tamaño natural, se hubiese quedado dormida. O a lo mejor está muerta, me dije con fría malignidad (¿cómo puede un hombre ser bueno cuando el mundo en el que vive no lo es?). A lo mejor ha caído muerta. Bueno, si así era, yo no había tenido nada que ver en ello, por suerte (pues mi despecho era en ese momento tan grande que si hubiese tenido que matar para recuperar mi librito raptado lo habría hecho). Sintiéndome libre de toda culpa, resolví por fin entrar en la casa.

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La puerta principal, que da directamente al salón, estaba entonces sin los cerrojos puestos. Chirrió un poco cuando la abrí. Me dirigí directamente a la mesilla baja de tres patas, pasando a un lado de los extraños amantes unidos en un abrazo exangüe. «Pobre vieja loca», exclamé para mi capote con más desdén que auténtica compasión y me dispuse a tomar entre mis manos lo que había compuesto con ellas mismas y que me pertenecía por derecho propio. Lo demás lo recuerdo como el final de una pesadilla. —¡Ladrón! ¡Ladrón! —oí que comenzaba a chillar a mis espaldas el decrépito basilisco que al parecer había despertado o resucitado (si esto fuera posible)— ¡Deja eso, maldito ladrón! Sentí sus manos como garras clavarse en la parte anterior de mi entrepierna y en algún sitio, acaso debajo de la mesilla se encontraba el maldito gato al que debí pisar o golpear y que maullando horriblemente, cual criatura infernal, me asestó un mordisco feroz en mi tobillo lastimado antes de huir como alma que lleva el Diablo. Caí entonces al suelo, sobre la alfombra, golpeándome la cabeza con algo y agarrada como seguía a mi pantalón la vieja —un saco de huesos— cayó también, encima de las costillas de mi espalda. —¡Has entrado a robarme! —me espetó con furia helada babeándome en la nuca— ¡¿Por qué mejor no me violas?! ¡Te gustaría, ¿verdad?! ¡Hazlo! ¡Hazlo! Tal vez un individuo seriamente trastornado como José Antonio Rodríguez Vega, el célebre asesino en serie español apodado «El Mataviejas», quien afirmara: «Con la mayoría de las ancianas que maté hice el amor con su consentimiento o me incitaron a ello», hubiese aceptado sin miramientos su rabiosa y lúbrica propuesta, mas yo no estaba por la labor, así que, sacando fuerzas de flaquezas y apretando entre los dedos de mi mano izquierda mi preciado —aunque no apreciado— botín, me puse en pie arrojando a un lado a aquella apergaminada furia acosadora y rengueando dolorosamente corrí hasta la puerta entornada, por la que asimismo había huido el diabólico gato calvo, quien, asustado, me aguardaba en el interior del bote. Nos miramos por un instante con alucinada sorpresa y después lo hice saltar al agua batiendo en su flaco hocico uno de los remos. Se hundió tan limpiamente como una piedra. Escapé en el bote por entre los rumorosos juncos sin atreverme a mirar hacia atrás. * Algunas horas después, a la tarde del día siguiente, recibí una llamada al teléfono móvil. Ya me encontraba en la ciudad, en casa, tumbado en la cama de mi habitación, recuperándome no tanto del mordisco de Micifú como de la larga caminata que debiera realizar antes de que un tipo en un vehículo me recogiera en la carretera y me trajera hasta acá. (La pobre de mi madre hubo de pagar al hombre el costoso importe del servicio que me prestara.)

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Observé la pantalla del celular y mi corazón dio un vuelco. Era Verónica, mi Vero, quien me telefoneaba. Sin duda para preguntarme por qué me había marchado de su casa de esa manera, en dónde me encontraba, qué había tenido que hacer para volver a la ciudad, cómo seguía mi pie, cuándo volveríamos a vernos. ¡Oh, Dios mío, qué equivocado estaba yo con respecto a ella y a todo lo que sucedió durante aquella interminable borrasca! Oprimí el botón verde y con tono meloso pregunté: —¿Con quién tengo el gusto? Al otro lado de la línea hubo entonces un silencio, un resoplido, un carraspeo, como si a quien oye le impacientaran no sólo semejantes palabras sino también la voz del que las pronuncia. —¿Gabriel? —Sí, amor, hola, ¿cómo estás? —Pues no muy bien que digamos —contestó con dureza. —¿Y eso? —Fuiste tú el que asaltó la casa de Panchita, ¿verdad? —prosiguió con el mismo tono áspero. —¿Asaltar? —Sí, sí, señor —me increpó—. Entraste como un ladrón a su casa. —No, no precisamente —intenté explicar. —Claro que sí. —Fui a recoger mi manuscrito. —¿Y por qué tenías que ir hasta su casa y deslizarte en su interior como un vil ratero cuando yo te había prometido ya que iría por él? —Pero nunca lo hiciste. —Pero lo iba a hacer. —Bueno, yo no veo cuál es el problema por ir a reclamar lo que es mío. —¿Ah, no? ¿Te parece poco ir a robarle a Panchita? —¿Dices «robar» por «tomar» una cosa que me pertenece? —Claro, porque debiste esperar hasta que ella te entregara el libraco a ti o si no a mí. —Pensé que iba a perderlo. —¡Válgame Dios! ¿De verdad tú crees que Panchita se iba a robar esos pinches folios emborronados tuyos que no valen nada? —Los tenía en el retrete para utilizarlos como papel higiénico. —Mientes. No, no mentía. Cuando tomé las blancas hojas que descansaban sobre la mesilla baja de tres patas advertí en el acto que ésas no eran precisamente mis cuartillas. No sé por qué se me ocurrió la luminosa idea de que la vieja tacaña las había puesto en alguna parte del retrete. Me aproximé a la chimenea, tomé uno de los candiles y con éste en las manos busqué la puerta correspondiente. Y, efectivamente, allí estaban, colgando de la punta de un alambre cuyo otro extremo pendía a su vez del tanque de agua del sanitario, sostenido por la tapa del mismo. Las conté y por fortuna sólo faltaba una, la primera (cuyo contenido

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me sabía entonces y aún hoy me sé de memoria). Ya de vuelta en el salón fue cuando se produjo el altercado con la vieja y su gato. —Mientes. Panchita no haría algo así. —Te lo juro. —En fin, eso es lo que menos importa. Lo que de verdad importa es que el señor tenía que precipitarse e ir a robar, y además, no contento con eso, a atentar contra la vida de un indefenso gatito. Agradece no sólo que Micifú se salvó por un pelo sino además que mi mamá es muy buena amiga de Panchita y que la ha convencido para que no te denuncie ante las autoridades por tus fechorías, incluido, por supuesto, el intento de violación a una no menos indefensa anciana. De haber sabido antes la clase de bárbaro, de bruto que en realidad eres no te habría hecho caso nunca. ¡Qué asco de tipo! Para cuando intenté reaccionar y defenderme hacía ya rato que había colgado. (Lento que soy. Lento que siempre he sido.) * Y bien, eso es todo. O casi. Sólo me restan dos cosas por hacer: en primer lugar, corroborarte —pues supongo que lo has estado sospechando casi desde el principio— que la historia que escribía para Verónica es justamente ésta misma que hoy te cuento a ti, sí, y, en segundo lugar y sobre todo, darte las gracias por haberme escuchado. ¿Ves que como te advertí al comienzo no perdiste nada? ¿Que por el contrario, que de mis experiencias sacaste en limpio algo? ¿Que incluso te divertiste? ¿Que…? ¿Cómo? ¿Que no? ¿Que te he hecho perder el tiempo? ¿Que te aburriste mortalmente con mi…? —Sí, viejo, a nadie hoy en día le gustan esas historias de losers, excepto, claro está, a los propios losers, se consuelan con ellas, como si eso sirviera para algo, mira, precisamente yo mismo soy escritor también y me parece que te equivocas por completo en tus apreciaciones acerca de los agentes, los editores y las editoriales, ¿y sabes por qué te lo digo?, porque esa gente es muy amable y brillante, sabe para dónde va la cosa, para dónde va el negocio, hace poco hicieron una convocatoria por Internet y, tras un reality show relámpago, yo salí elegido, entre miles y miles de chicos de todas partes, para ser el Justin Bieber de las letras, aunque, claro, más por mi apariencia que por mi talento, hay que reconocerlo, pues apenas si sé escribir mi nombre, ¿que cuantos años tengo?, estoy por cumplir los quince, y voy, digo, vamos a empezar con una saga en la que se incluya de todo: pegasos, unicornios, grifos, hidras, esfinges, dragones, equidnas, fénix, gárgolas, vampiros, sirenas, ángeles, fantasmas, minotauros, gorgonas, quimeras, licántropos, elfos, cíclopes, ninfas, centauros, cerberos, dríadas, medusas, ondinas, arpías, faunos, rocs, driders, mantícoras, leviatanes, treants, trols, desuellamentes, contempladores, duendes, acromántulas, ashwinders, basiliscos, crups, escarbatos, genios, gnomos, ogros, orcos, sílfides, sombras, tritones, uros, dioses y alienígenas que nos protegen, reyes que aman y sirven a sus tribus,

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guerreros que luchan por una causa justa y en fin, todos esos bichos fantásticos de la A a la Z, ya tenemos trabajando en ello a un ejército de ghostwriters, oye, a propósito, ¿no te interesaría trabajar para mí, digo, para nosotros?, piénsalo, y mira que aunque no he lanzado uno solo de mis libros el Jefe de Prensa de mi editorial ha hecho circular en los medios el rumor de que he sido catalogado, ¿por quién?, no se sabe, uno de los mejores escritores de la actualidad y que podría en un futuro no muy lejano ganar el Premio Nobel de Literatura, genial, ¿no te parece?, y bueno, ¿ya lo pensaste?, ¿qué dices de mi propuesta? Sí, ya lo pensé, y ¿sabes qué, cacho cabrón?, prefiero morirme de hambre antes que ser uno de tus descerebrados esclavos a sueldo, antes que dar mi brazo a torcer y dedicarme a tan indigna tarea, así que piérdete de mi vista ahora mismo y ve a que te sigan dando por el culo, mariquita de mierda. —Ay, tan grosero, y así quiere que no le vaya mal en la vida… Púdrete.

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Uno Cowboy de la Nada

El arroyo y la noria Por aquella época, todavía antes, mucho antes de marcharme al D.C. a trabajar para el Gobierno en la Dirección Nacional de Estupefacientes, me encontraba en el arroyo y sin un puto peso en los bolsillos, igual que, me gustaba repetirme entonces a manera de vano y estúpido consuelo, igual que basurita blanca de novela contracultural norteamericana escrita por John Fante o Charles Bukowski, que eran, y aún hoy siguen siendo, dos de mis autores favoritos. Llevaba parado algo más de año y medio, periodo en el cual había gastado una pequeña fortuna, sonsacada con poco, casi nulo esfuerzo a mis engaitados parientes, enviando hojas de servicios por correo sin obtener a cambio ninguna respuesta. Un día, de pronto, el agobiante silencio de las empresas cesa al fin. Agobiante sobre todo para mi madre, viuda pero con una pensión, en cuya casa yo vivía arrimado. Me citaron a las nueve. Llegué alrededor de las diez. Me hicieron esperar una hora sentado en una dura silla de plástico. Luego sí, a las once, me hicieron pasar a la oficina de la psicóloga. Me recuerda que he llegado tarde una hora. Comienzo a dar disculpas. La gacela, el autobús, el colectivo, el taxi, todos esos vehículos se retrasaron, haciéndome perder tiempo y por eso. No se preocupe, dice ella. Después de todo yo también lo he hecho esperar una hora. Estábamos a mano. Ojo por ojo, diente por diente. Era justo. Se trataba de una empresa productora de flores de la Sabana y para el cargo que me presenté no se requería experiencia específica, así que la entrevista se centra en mi persona. Descríbase en pocas palabras, dice la psicóloga. Y lo hago como un individuo responsable con ganas de trabajar. Debía de tener unos cincuenta años. Todo en ella era agradable, excepto su mirada. Poseía una mirada penetrante, dura: una mirada de lesbiana. Parecía querer taladrar con ella mi cerebro y llegar hasta mis pensamientos. Y por un momento parece conseguirlo, porque va y me dice: ¿Por qué quiere el empleo, si se ve que a usted no le interesa este tipo de trabajos? Lo que pasa, tartamudeo yo, es que nunca he tenido la oportunidad de trabajar en ninguno semejante, pero sí me interesa el puesto. ¿Por qué?, insiste ella sin apartar ni por un segundo su mirada de taladro. Es un trabajo estable, digo yo, y eso es lo que estoy buscando ahora, en esta etapa de mi vida. Ella sonríe, incrédula. ¿Piensa casarse pronto? No, en realidad. ¿Tiene novia? Sí. ¿La quiere? Por supuesto. ¿Qué tanto? Bastante, creo. Es decir: tanto que no estaría dispuesto a alejarse de ella para venirse a trabajar aquí con nosotros. No hasta ese extremo, desde

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luego. Me mira dubitativamente. No sabe qué pensar acerca de mí. No sabe cómo calificarme. Y, sin embargo, va y me dice: Aquí, en las anotaciones sobre su hoja de vida, he puesto que es usted un tipo serio y responsable, aunque no es casado. Le deseo buena suerte en las otras tres entrevistas. Luego me anuncia: ¿Puede volver el lunes próximo? E inmediatamente explica: El gerente del cultivo y los ingenieros de personal no se encuentran hoy. Tras un breve silencio de estupefacción, yo digo: Claro. No hay problema. Porque ¿cuándo se ha visto que un desempleado pueda darse el lujo de levantar la voz y decir: Si no iban a poder estar, ¡¿PARA QUÉ DIABLOS ME CITARON HOY?!? ¿Cuándo se ha visto que un desempleado ponga condiciones? Un desempleado no está para eso, sino para rogar, para suplicar que lo enganchen a la noria y lo esclavicen. Claro, digo yo. No hay problema. Pero allá se quedaron esperándome el lunes, porque jamás volvieron a verme el pelo por ese lugar. Avisos clasificados Entre semana iba dos o tres veces hasta las oficinas del Servicio Público de Empleo del SENA y consultaba el listado de vacantes que fijaban en una tablilla de madera adosada al muro adyacente a la puerta de entrada. Se necesitan conductores, pasteleros, pizzeros, panaderos, cocineros, meseros, tipos para atender tabernas, promotores de ventas, peluqueros, manicuristas, administradores de fincas ganaderas que, aparte de saber ordeñar, deben ser en realidad simples cuidanderos de las mismas, recolectores de fruta, albañiles, secretarias, auxiliares de enfermería, acompañantes para ancianos enfermos y un sin fin de peones por el estilo, mas la demanda de ingenieros de cualquier ramo es prácticamente inexistente. El domingo consultaba los anuncios clasificados de los periódicos. Ahora recuerdo especialmente dos, a cuyas convocatorias asistí. El primero es de un Parque Ecológico a las afueras del D.C. El anuncio cita, en una dirección del norte de la ciudad, a todo tipo de profesionales, sin discriminación alguna, que deseen cambiar sus vidas. Concurrió una multitud. Una multitud extrañamente elevada en un desmesurado globo de esperanza y entusiasmo. El encargado de explicar de qué se trata el trabajo, un anciano calvo y menudo, de ademanes tímidos e inseguros, correctamente vestido con un traje gris, no tarda mucho tiempo en cañonear el globo y hacer así bajar a los asistentes a la dura tierra de la objetividad. Aunque sin proponérselo, claro está. Hace circular fotografías del Parque Ecológico. Fotografías tomadas por él mismo y en las que no se ve más que una enmarañada vegetación autóctona. ¡Pero si no hay nada!, protesta en voz baja un tipo de rostro pálido y enfermizo que se halla junto a mí. No obstante, el anciano parece tener oído de tísico, porque va y nos dice: Sí, muchachos, está todo por hacer. Pero, precisamente, de eso se trata este asunto. El dueño de esta casa y otras dos personas poseen alrededor de dos mil hectáreas de aquella tierra virgen que desean preservar con la ayuda de

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ustedes, si llegaran a interesarse. El anciano era el portavoz de un rico banquero y la idea de éste y de sus otros dos socios en la empresa, idea fusilada de un magnate europeo, consistía en reunir un grupo de personas inconformes con su estilo de vida actual que estuviesen dispuestas a establecerse definitivamente en el terreno y crear allí, no sólo con sus propias manos sino además con dinero sacado de sus propios bolsillos y pagando a los dueños una onerosa mensualidad por concepto de alquiler del terreno, el dichoso Parque Ecológico. Lo que se ofrece es iniciar un proyecto de vida distinto a cuantos se conocen localmente, dice el anciano. Una nueva forma de vida en una comunidad solidaria y más humana. ¿Qué dicen? ¿Cómo les parece? Todos los que estamos allí reunidos somos unos miserables parados en busca de un puesto con un salario y aquel viejito marica no sólo no nos lo da sino que además nos pide, por el contrario, que, aparte de deslomarnos como mulas simplemente por un dudoso amor a la Naturaleza, nos metamos la mano al dril. No hubo uno solo, desde luego, que no hiciera cara de sacarle el culo a la propuesta. A mí me parece, dice hipócritamente un costeño, que, antes de embarcarnos en una empresa como ésta, los interesados deberíamos conocer personalmente la finca. Todos asentimos. El anciano calvo también estuvo de acuerdo. Nos cita en ese mismo lugar para el día siguiente a las diez de la mañana. La finca queda a tan sólo hora y media de camino partiendo desde allí. Ah, y no olviden, agrega, traer dinero para los pasajes del autobús, para lo que nos cobran por visitar la finca y para el almuerzo. El segundo no resultó ser mejor. Es un anuncio pagado por un famoso sacerdote fundador de unas Granjas Juveniles que acogen a muchachos de la calle adictos a las drogas. Reza: Se necesitan profesores de Matemáticas, Ciencias Sociales, Biología, Inglés y Técnicas Agropecuarias, para trabajar en granja fuera del Departamento. Fuera de Cundinamarca. Las granjas estaban diseminadas por todo el país. No sé por qué supuse que de cualquier forma la granja en mención no debía de quedar muy lejos de Cundinamarca y decidí presentarme en la dirección que ponían. Otra vez en el D.C. Llegué tarde, como siempre. Pero no importaba: en la puerta se aglutinaba una muchedumbre, había que entregar allí la hoja de vida y esperar el llamado. Como hay tanta gente, una abigarrada y ruidosa colmena, la entrevista se hará por grupos y no individualmente. Mientras esperábamos bajo un sol inmisericorde, un tipo entrado en años se puso a platicar conmigo. Estaba en una situación desesperada. Es padre de cinco niños pequeños, pues se ha casado ya mayor y no tiene cómo mantenerlos. No me importa dónde quede la granja, dice. Estoy dispuesto a que me envíen hasta la mismísima Patagonia, si es necesario. Hablaba como si se tratara de una condena, una condena que debía cumplir por sus hijos hambrientos. Al cabo de una larga hora de tediosa y agobiante espera nos hicieron pasar al fin, a mí y al hombre entrado en años y a otros nueve o diez aspirantes más, a una sala no muy amplia con sillas arrimadas contra las paredes, como se hace en las casas de los barrios pobres cuando hay un baile. Comienza a hablar una mujer, que se presenta como socióloga. Dice que no quiere crear falsas expectativas y que por eso nos advierte en primer lugar que

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el trabajo no es nada fácil. Consistía en dictar clases a muchachos menores de edad con problemas de drogadicción en una granja situada en una llanura del Departamento de Vichada, próxima a la frontera con Venezuela. Era además un trabajo que requería personas con vocación de servicio a sus semejantes, personas dispuestas a ayudar a aquellos pobres chicos sacados de las calles. Debíamos ser sinceros no sólo con nosotros mismos sino también con ella y, antes de continuar con el proceso de selección del personal, responderle si efectivamente éramos ése tipo de personas. Todos sin excepción aseguran que lo son y no tengo más remedio que mentir y unírmeles. Bien, dice la socióloga. Entonces ahora podemos pasar a hablar acerca de las condiciones contractuales. Debíamos firmar un contrato cuya duración era de seis meses. Durante todo ese tiempo teníamos que estar recluidos dentro de la granja, aunque teníamos derecho a seis días de descanso, uno por mes. Percibiríamos al mes unos cuantos cientos de miles de pesos, los cuales quedaban libres, pues no teníamos que gastar ni un céntimo en alojamiento ni en comida ya que la misma granja los proveía. Así, al final de su estadía, explica la socióloga, tendrán ahorrados el equivalente a seis salarios mensuales. Lo cual no es malo, dice ella, teniendo en cuenta la situación actual del país. Al cabo de aquellos ciento ochenta días había un periodo de vacaciones de dos semanas, transcurrido el cual los que desearan continuar firmarían un nuevo contrato por otros seis meses. En esto un tipo moreno y joven y de cabellos rebeldes y con unas gafas de lentes tipo culo de botella, pide la palabra para, según dice, explicar mejor las condiciones en que vamos a trabajar. Era profesor de Ciencias Sociales y ya había pasado por aquella experiencia en la granja. Y, en efecto, describió más claramente las dificultades a las que habríamos de enfrentarnos en caso de aceptar el puesto. En primer lugar, estaba el trato con los muchachos. Nada de discusiones, nada de crear conflictos. Si te gritan hijo de puta tienes que aguantarte y ya. No puedes ir a ser un nuevo problema para los chicos, que ya tienen bastantes con los que arrastran de su vida en la calle. Tienes que saber llevarlos con paciencia pero sin perder autoridad, sin que se te salgan de las manos. Tienes que ganártelos. Debes ser, más que su maestro, su amigo. En segundo lugar, estaban las condiciones físicas de la granja. Como queda en una llanura rodeada por la selva, hace un calor infernal. La mayor parte del tiempo la temperatura oscila entre los cuarenta y cinco y los cincuenta grados centígrados a la sombra. Tienes un día libre al mes, pero lo mejor es que ese día permanezcas en la granja, porque si quieres ir a pasarlo a Puerto Carreño, que es el pueblo más cercano, debes primero cruzar el río Orinoco y llegar a Venezuela, tomar luego un todoterreno y por una trocha imposible viajar durante más de cuatro horas hasta cierto punto de la orilla del río, para finalmente volver a cruzarlo y entonces sí llegar al puerto. Además el viaje te cuesta un ojo de la cara, y, para colmo, la vida en el pueblo también es costosísima. El día que yo fui me gasté el equivalente a un salario mensual, así que no se los recomiendo. En tercer lugar, estaba la comida de la granja. Olvídate de la carne y de los huevos, porque allí jamás los comerás. Y si quieres comer pescado, tendrás que pescarlo tú mismo en el río. En cuarto lugar,

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estaba el horario de trabajo. Comienza a las cinco de la mañana y termina a las diez de la noche. Porque, además de maestro, debes ser una especie de vigilante. Después de las ocho, nadie tiene por qué estar fuera de su cama. Como la granja estaba destinada exclusivamente para hombres, debíamos cuidar, en la noche e incluso en el día pero especialmente en la noche, que no se dieran por el culo unos a otros. Eran ochocientos alumnos y más de la mitad de ellos se había prostituido al menos una vez con miembros de su mismo sexo para conseguir el dinero con qué comprar la droga. En quinto lugar, y por último, estaba la convivencia en la granja. Naturalmente, está prohibido tener relaciones íntimas con los alumnos o con los compañeros o compañeras de trabajo e ingerir alcohol, así que debes ir preparado para una larga temporada de abstinencia sexual y etílica. ¡Y todo esto por sólo unos cuantos miles de nuestros míseros y devaluados pesos al mes! La socióloga agradece amablemente la intervención del joven profesor de Ciencias Sociales y, luego, dice: Los que aún estén interesados pueden quedarse, y los que no, pueden reclamar su hoja de servicios en la entrada y marcharse. Pensé que iba a ser el primero en ponerme en pie y largarme, pero no. El hombre entrado en años es más rápido que yo, incluso tuvo tiempo de estrecharle fervorosamente la mano al profesor de Ciencias Sociales antes de llegar a la puerta. ¡Gracias a Dios, me dice a mí, entró con nosotros ese bendito muchacho! Sorprendido, no se me ocurre decirle más que: ¿Y sus hijos? ¿Mis hijos?, responde. ¡Pues que sigan comiendo mierda! En la calle paró un autobús, se subió en él y desapareció entre la multitud que, apretujada y silenciosa, viajaba en su interior. Los domingos en el parque Los domingos no eran solamente días de consulta de los avisos clasificados de los periódicos. No recuerdo desde cuándo Alicia ha decretado unilateralmente que los domingos por la tarde debemos llevar a Johnny al Parque Recreacional del Norte para que el chico se divierta allí. Generalmente yo obedecía sin chistar nada, mas sólo por complacerla a ella, porque semejante plan, el de soportar toda una tarde las majaderías del mocoso, no lograba animarme lo más mínimo. Pero algunas veces, convencido de que ni aun haciendo un esfuerzo sobrehumano conseguiría convertirme en el padre substituto que ella anhelaba que yo fuera para su hijito, me rebelaba inventándome disculpas para sacarle el cuerpo al dichoso programa dominical. ¡Cómo eres tú!, decía entonces Alicia, poniendo en práctica la increíble capacidad que poseen las mujeres para, cuando quieren, hacerlo sentir a uno como una cucaracha. ¡Cómo eres tú! Quedaste de ir con nosotros y ahora sales con que no puedes porque tienes que viajar a Duitama. ¿A qué? No te pongas brava, entiéndeme, digo yo, es un favor que debo hacerle a mi tía Teodosia. Debo acompañarla a que se bañe en las aguas termales de Paipa. Y tu hermano Fran, revira ella, ¿por qué no lo hace él, si vive en la misma ciudad que tu tía? Porque él tiene otras cosas que hacer. ¡Cómo eres tú! Entiéndeme, amor. ¡Tú odias a mi hijo!

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No digas eso, por favor. ¡Te buscas pretextos para no salir con él! Tú sabes que no es cierto. ¡Sí, es cierto, tú no lo soportas! No hacía falta leer la mente para sacar esa conclusión, pero, naturalmente, niego el terrible cargo, porque no hay nada peor que odiar a un niño. No pienses cosas que no son, digo, y quédate tranquila. Apenas regrese, yo te llamo. En tales ocasiones me dejaba ir pero sólo después de que le prometiera por mi santa madre que el domingo siguiente sí iría con ellos. El desmantelado Parque Recreacional del Norte es el sitio elegido por muchos de los habitantes de los barrios más pobres de la ciudad para llevar a sus chicos a pasar la mañana o la tarde del domingo. Siempre, independientemente de la hora del día, sopla allí un viento desapacible, pero aquella era una tarde con algo de sol. Yo me aburría mortalmente al lado de Alicia mientras vigilábamos que Johnny no se cayera del columpio y se partiera la crisma contra el suelo. Míralo. ¿Verdad que es hermoso? ¿El columpio? No. Johnny. Ah. Para Alicia no hay niño más bello que el suyo. Parece un muñequito. En realidad el chico tenía su gracia, especialmente si se comparaba con aquellos rapazuelos de pelos parados y cachetes colorados que lo rodeaban en ese triste parque público, pero si yo fuese su madre y tuviese que escoger entre su facha y que no jodiera tanto, no tendría lugar a dudas. ¡Pobrecillo! ¿Pobrecillo por qué? ¿Le falta una pierna o algo por el estilo? No, pobrecillo porque no tiene padre. Claro que lo tiene, sólo que es un irresponsable. Bueno, no empecemos. Eso te digo yo a ti. Johnny se arroja del columpio y viene hacia nosotros. Mami. ¿Me gastas un helado? Vamos al carrito de paletas y le compramos uno. Le pega apenas unas cuantas chupadas. Toma. No quiero más. ¿Entonces para qué lo hiciste comprar? Cómetelo tú. Corre y se trepa en lo alto de un tobogán. Estuvo deslizándose por él durante unos cuantos minutos. Regresa. Mami. ¿Me compras un refresco? Pero si te lo vas a tomar, si no, no. Está bien. Vamos a la caseta de bebidas y le compramos un refresco. Se bebe la mitad y la otra mitad la arroja al suelo. ¿Por qué hiciste eso? Sabía a feo. No vuelvo a comprarte nada. Aquello fue como si le hubiesen propinado una patada en el culo. Empieza a berrear a todo pulmón. Cállate. ¿No te da pena, tan grande y llorando como un bebé? ¡Pero es que tú dijiste que no me ibas a comprar nada más! Y lo voy a cumplir, si continúas así. Vamos hasta la cafetería a comer algo, pero cállate. Ella pide un pastel de pollo y un jugo de mora y el chico una gaseosa, que ni siquiera prueba. Dame un poco de tu pastel, dice él. Si quieres uno, pídelo, dice ella. No, sólo quiero probar un poco del tuyo, dice él. Pero termina tragándose todo el pastel de su madre. Tómate la gaseosa, dice ella. Ahorita, dice él. Primero déjame probar tu jugo. Y también se lo bebe todo. ¡Ajh! Cuando ella va a tomarse la gaseosa, él se lo impide. ¡No!, dice. Es mía. No sé cómo lo soportas, digo yo. Hay que tener paciencia, dice ella con la abnegación que un rayo me parta si alguna vez llego a tener. Es sólo un niño. Salimos de la cafetería. Me rapa el balón de fútbol que yo sostenía entre las manos. Vamos a jugar. Juega con él, me pide ella. Le hago un gol y se pone a chillar. No le hagas goles, dice ella. No le gusta perder. Intento no hacerle goles, disparando con suavidad extrema, pero a veces el balón se le pasa y entonces comienza de nuevo a chillar. Me siento sobre el

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montículo desde el que Alicia nos ve jugar. Viene hasta nosotros, siempre chillando. Pero, dice ella, ¿cómo quieres que Roger juegue contigo si no haces más que llorar? Comienza a darme puntapiés. ¡No, no lo hagas! Una orden de su madre no era una de las cosas a las que precisamente le tuviese respeto. ¡Que no, te digo! Y aquí estoy yo, todo un profesional, recibiendo patadas del hijo de un latonero. ¡¿Es que no entiendes?! Finalmente me pongo en pie porque ya no aguanto más y digo que voy al retrete, alejándome. Me desabotono la bragueta, esculco entre los calzoncillos y comienzo a mear. Hasta mi nariz sube el olor de mi picha. ¡Ah, qué bien huele! Cada vez que voy al baño a evacuar, ese olor, de manera indefectible, me recuerda a Alicia. Mi picha huele a Alicia. Huele a su delicioso coño, al delicioso flujo de su hiperlubricado coño. Quizá por eso estoy tan enamorado de Alicia. ¡Ah! Apesta a sexo. Estoy enamorado de mi picha. Si alcanzara, haría con ella lo que dicen que hace con la suya el tal Marilyn Manson. Con Alicia me pasaba algo extraño. Objetivamente comprobaba que no era bonita. Al contrario. Pero nada de esto tenía ninguna importancia porque, a la hora de evaluarla subjetivamente, aprobaba, y con sobresaliente. Me gustaban sus labios que eran como de fuego, y su lengua, una llamarada húmeda que me calentaba las entrañas. Me gustaba el olor que despedía su cuerpo, su boca, su sexo. Me gustaba la suavidad y la calidez de su piel. Me gustaban sus senos enormes que parecían hechos de gelatina, las estrías que le quedaron para siempre tras el nacimiento de Johnny y que surcaban como una cordillera toda su barriga, estrías como las que deja el viento en las dunas del desierto, su tremendo trasero afectado por la celulitis. Me gustaba y me excitaba su imperfección hasta el grado que con sólo pensar en su cuerpo desnudo, como ahora, se me ponía dura. Cuando vuelvo al lado de Alicia y de su hijo aún estoy tan furioso que de buena gana me habría largado solo para mi casa, pero, como no tengo ni un céntimo para el pasaje de regreso en colectivo, no tengo más remedio que tragarme mi orgullo y esperarlos. Y así todos, o casi todos los domingos de ese entonces. Parodia para un desocupado Una mañana suena el teléfono. Es Hermam. Necesita mi hoja de vida. Me salió un trabajo en el D.C., dice. Empiezo a final de este año, a mediados de diciembre. Y aquí necesitan ocupar mi vacante. Así que. Pero cuando fui a llevársela, en la tarde, no estaba. El huevón me dice que vaya a su oficina a tal hora y, cuando voy, cumplido, a la hora exacta, no está. Está por el centro, me informa una secretaria, haciendo una vuelta en el banco. Si gusta, puede esperarlo. ¡Esperarlo! ¡Qué esperarlo ni qué ocho cuartos! Salí furioso. Es cierto que soy un maldito desocupado, sí, pero mi tiempo también vale, no puedo pasármelo aplastado en una silla hasta quién sabe cuándo esperando que el Señor Trabajo se digne llegar de quién sabe dónde. Esa misma tarde me lo encontré en una calle del centro, caminando muy campante. Oiga, marica, le espeto con furia helada: lo estuve esperando casi una hora en su oficina,

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mintiéndole para hacerlo sentir culpable. ¿Dónde andaba? En esta parte del país el tutearse entre hombres es cosa de viejos o de costeños o de maricas. En el banco, dice tranquilamente, sin ofrecerme ninguna disculpa. Un pobre diablo como yo no se la merece, por lo visto. ¿La trajo?, dice. Venga, tomémonos algo y le cuento cómo es el asunto. Entramos en una infecta cafetería cercana al conocido salón de juegos Salam. Pedimos un par de agüitas aromáticas. Primero que todo, le digo, dígame sinceramente una cosa: ¿hay posibilidades? Claro que las hay, me dice, con toda certeza usted va a ser mi reemplazo. Hay dos candidatos para el puesto. Una mujer y usted. Nadie más. Pero a mi jefe no le gustan las mujeres, dice que, indefectiblemente, en cualquier momento, resultan embarazadas y después toca pagarles la licencia de maternidad, así que. Me dice que tenga paciencia, porque aún faltan tres meses antes de que él se marche para el D.C. Esté pendiente, dice finalmente, porque en cualquier momento lo van a llamar para la entrevista. Pero nunca me llamaron. Pasaron los tres meses, durante los cuales no hice más que atormentarme cavilando en las posibles preguntas que me harían durante la dichosa entrevista. Cogí todos los libros de mi biblioteca y me la pasaba estudiando por si me hacían preguntas de carácter técnico. Al cabo de dos meses de espera en vano, decido llamarlo. Le pregunto qué ha pasado. ¿Con qué?, dice. Con lo del empleo, le recuerdo. Ah, sí. Es un hecho. Me voy dentro de un mes. No me refiero a eso, digo. Me refiero a mi empleo. Ah, de eso no sé nada, dice. Le pasé su hoja de vida a mi jefe y él es quien decide. Pero usted me recomendó, ¿no? Ah, sí, claro. No se preocupe. Pasó otro mes, Hermam se fue para el D.C. y a mí nunca me llamaron. A la mujer tampoco. El empleo fue para otro, porque cierto día voy y le pregunto a Manuel: Oiga, marica, ¿usted sabe a quién nombraron en reemplazo de Hermam? A Joaquín Ramírez, dice. Y ése ¿quién es? Uno que salía a emborracharse con Hermam todos los días. Nuestras hojas de servicios las necesitaron solamente para hacer la parodia de que habían escogido entre una terna. Compañeros de baraja Orlando habló en la empresa en la que trabajaba para que me dieran una cita con sus jefes. ¿Qué debo decir? Nada en especial. Diga que conoce nuestros productos y mencione algunos de ellos. Sus propiedades y para qué se usan. Es todo. Me citaron en la bodega. Estaban el jefe inmediato de Orlando, un paisa lento que sin embargo se creía súper avispado llamado Gonzalo, a quien ya conocía, el tipo encargado de personal, que había venido expresamente desde el D.C., y el mismísimo dueño del aviso, un viejo gordo de pelo cano y mirada esquiva. A éste también ya lo conocía. Me lo habían presentado el día del matrimonio de Orlando y Violeta. El propio Orlando decía que era un burro cargado con plata. Sin estudio alguno, había empezado desde cero vendiendo venenos gringos, de finca en finca, engañando a campesinos más brutos que él para que se los compraran, porque para lo único que servían era para que los

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insectos hicieran gárgaras con ellos. Hace tiempos, cuando la guerra era a sombrerazos, o casi. Ahora, y desde hace varias décadas, es dueño de su propia empresa distribuidora, la cual factura miles de millones al año. Tiene casa con piscina en Miami, edificios en el norte de Bogotá y una flota particular de seis automóviles de lujo. El día del matrimonio, celebrado en Villa de Leyva, prestó su flamante BMW a los recién casados para que salieran de la iglesia rumbo al lugar donde se llevaría a cabo la fiesta. Tal como me advirtiera Orlando, me preguntan acerca de sus famosos productos. Que si los conozco. A algunos, sí. Que si sé para qué sirven. Más o menos. Que si los he empleado alguna vez en el transcurso de mi profesión. Es posible, no recuerdo. Que cómo me parecen. Buenos, supongo. Pero eso no fue todo. Me interrogaron también acerca de los productos de la competencia, de los que tampoco sabía nada. ¿Por qué nunca le ha interesado conocer los productos de nuestra competencia?, dice el encargado de personal. Bueno, tartamudeo, porque nunca he trabajado en nada parecido. Pero ¿no cree que si va a trabajar con nosotros tiene que enterarse de lo que ofrecen otras empresas? Claro. Pero es sólo cuestión de averiguarlo. ¿Y cuándo piensa hacerlo? Cuando sea necesario. Miré las caras de Gonzalo y del magnate y entonces supe que no había dado las respuestas indicadas. Además mi actitud tampoco era la correcta. No me interesa para nada la venta de agroquímicos. Los distribuidores son unos negreros, exprimen hasta la médula a sus trabajadores. Lo sé porque muchas veces en esa época acompañé a Orlando en sus recorridos. Entonces él me hablaba de las metas que debían cumplir, metas de proporciones tan gigantescas que, naturalmente, son imposibles de alcanzar, pero de las que, constantemente, a diario casi, sus jefes echan mano para amenazar con el despido si no se llega al menos a una aproximación aceptable. Así, pues, el pobre vendedor vive perpetuamente con un pie en la calle, temeroso siempre de que le propinen una patada en el culo, víctima de semejante terrorismo laboral. Es, por otra parte, un trabajo para gente como Orlando, gente con espíritu de esclavo, de soldado, gente que se desloma como un asno sin chistar nada, gente sumisa, resignada. Así que cuando finalmente me preguntan si tengo experiencia en ventas les digo que no pero que, si de algo sirve el dato, en mi época de universidad atendí una caseta estudiantil en la que se vendían empanadas y tintos. ¡¿Empanadas y tintos?!, se ríe el Onassis de los químicos agrícolas. Sí, señor. Empanadas y tintos. ¿Y ésa es toda su experiencia en ventas?, preguntan al unísono sus lameculos. Sí, señores. Se miran entre sí como compañeros de baraja, sonriéndome despectivamente y el encargado de personal me despacha. Bueno, dice, como se podrá imaginar, usted no es el único, tenemos más candidatos que entrevistar. Lo llamaremos luego, en caso de que resulte elegido. Está bien. Salgo firmemente convencido de que lo he estropeado todo y de que afortunadamente no me darán ese maldito trabajo. Orlando, que no estuvo presente ese día pero que debió de enterarse de lo sucedido por boca de sus jefes, jamás volvió a hablarme desde entonces.

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Las insanas fantasías del traidor Contra todo pronóstico, Hermam volvió a telefonearme. Y no en una, ni en dos, ni en tres, sino en muchas ocasiones más. No sé qué motivo de depravada satisfacción hallaba en buscarme y caramelearme siempre, una y otra vez, con la alegre promesa, jamás cumplida en realidad pero indefectiblemente renovada en cada llamada, de haber conseguido para mí un empleo en alguna parte. Ahora pienso que quizá se trataba de algo así como una soterrada venganza. Hermam y yo habíamos sido grandes amigos, primero en la secundaria y luego en la universidad. No obstante, con Hermam siempre me ha pasado lo mismo: por alguna extraña razón siempre he querido acostarme con sus novias. No sé, tal vez es porque entonces pienso que ese larguirucho jorobado de mirada estrábica es más feo que yo y que no se merece que ninguna mujer se fije en él y hasta me sorprende que alguna lo haga. Ya lo había dicho Manuel en alguna oportunidad: Es cierto que yo soy feo, pero, marica, ¡Hermam abusa! Recuerdo una tarde, hace algunos años. Tropiezo en el centro de la ciudad con Constanza. De ella me gustan el color moreno de su piel, su culo redondito, sus ojos grandes y negros y su sonrisa amplia y blanquísima. En ese orden. Va en compañía de dos amigas. Me quedo mirándola, pero como es creída se hace la loca y no me saluda. Lo que más me sacaba la piedra era que me ignorara. Ella sabía perfectamente que yo era el mejor amigo de Hermam y sin embargo ni me determinaba. El encuentro fue en la Plazoleta de San Ignacio. Ella vivía a dos calles de allí, subiendo por donde entonces estaba ubicado el supermercado de la Caja de Compensación Familiar. Me quedo con el saludo en la boca. Pasa de largo, sonriendo, indiferente. Como entonces era un adolescente idiota que vivía de pequeñeces como el simple saludo de una chica bonita, decidí dar la vuelta a la manzana para tropezar de nuevo con ella y decirle adiós, para que ella me viera y también me dijera adiós. ¡Qué bobo, qué estúpido más grande! Doy la vuelta casi corriendo. Cuando vuelvo a cruzarme en su camino, sudaba como un animal. Al verla, mi corazón golpea, me tiemblan las piernas como le temblarían al pintor neurótico de El túnel y lo que hago es atravesar la calle haciéndome el tonto, simulando que tan sólo ha sido una coincidencia el hecho de que en menos de dos minutos volvamos a encontrarnos. A lo mejor ni se dieron cuenta, pienso. Para comprobarlo, me detengo sobre la acera y me agacho. Hago la parodia de que me amarro el cordón de un zapato y volteo la cabeza. Las chicas me están mirando. Me pongo rojo. Los barros de mi cara parecen reventar todos juntos a un tiempo. Y entonces, sin detenerse, sueltan al unísono, como un trío de brujas shakesperianas, una chillona carcajada de burla. ¡Jajajajajajajá! Zulma, su esposa, también estaba buena ¡Tenía un culo, Dios mío, caído del cielo! Aunque no siempre fue así: antes era gorda, una gorda de cara bonita pero nada más. Luego del primer niño que tuvo con Hermam se puso tan buena que muchos tipos empezaron a perseguirla. Incluso la misma Zulma le decía a veces a Hermam: La culpa es tuya, ¿quién te mandó ponerme así de buena? Pero hay que ver lo curioso que es el asunto. Apenas

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ella dejó de ser su mujer, perdí todo el interés en llevármela a la cama. ¿Será por lo que suele decir Pancho: No hay como la cama de uno y la mujer de otro? Alguna vez, luego de la separación, me la encontré en una buseta y lo único que hice entonces fue mirarle la cara. Ni siquiera cuando se puso en pie para bajarse me dieron ganas de ver cómo estaba, de comprobar si aún conservaba su sabroso trasero. También por Marcela, su última conquista, una muchacha de tan sólo diecinueve años de edad, me mantuve interesado todo el tiempo, hasta cuando se marchó junto con Hermam para el D.C. Era coqueta. Parecía comérselo a uno con los ojos. Y no era una impresión sólo mía. No, claro que no. William pensaba al respecto lo mismo que yo. Sí, decía, esa nena lo mira a uno de manera extraña. Mejor dicho: de manera insinuante. Y lo pone a uno todo nervioso, ¿sí o no? Don José, padre de Hermam, compartía con nosotros una opinión semejante acerca de su futura nuera. Cierto día que estamos bebiendo en la sala del apartamento alquilado de Hermam va y le espeta: Oiga, niña. Aquí le tengo un libro que usted debe leer. De su maletín de tinterillo saca un mamotreto de cubierta blanca, y dice: En él se encuentra toda la verdad acerca de ustedes, blandiéndolo desafiante. Era la última novela de Fernando Soto Aparicio. El viejo doctor Martínez era un moralista, y su ídolo literario era ese otro viejo moralista. De cada uno de sus libros extractaba sentencias a las que concedía tanto o más valor que las máximas bíblicas. Soto Aparicio era su Dios sobre la tierra. Se coloca las gafas y pasa rápidamente, ansiosamente las hojas del libraco hasta encontrar lo que desea leer. Fíjense en lo que dice aquí, nos advierte. Repite unas líneas en las que se da a entender que si los hombres somos una porquería, las mujeres son infinitamente peores que nosotros. Óigase bien, enfatiza: son capaces de hacer cosas peores que las que hacen los hombres. Don José se excluía, él ya no era un hombre, era un anciano amargado, era un juez. Y su dictamen acerca de todas las mujeres, de hoy y de ayer y de siempre pero sobre todo de las de hoy, es que son unas putas. Y al parecer Marcela, la equívoca actitud de Marcela, la forma insinuante con que mira Marcela, la ropa provocativa que usa Marcela, la sensual voz de Marcela, la sonrisa de Cicciolina de Marcela, no hacen más que confirmar su juicio. Yo estaba más o menos de acuerdo con el viejo, sólo que me parecía una infamia que se pusiera a escupírselo en la cara a la chica. La pobre se encontraba entonces en desventaja. Porque si el viejo no fuese su suegro, estoy seguro de que no se habría quedado callada sino que por lo menos le habría arreado la madre. Bueno, padre, dice Hermam en tono conciliador, el hecho de que lo diga ese señor no quiere decir que sea verdad. ¡Está escrito!, brama don José. Marcela se para del sillón en que está sentada y huye hacia donde quedan los dormitorios. El día en que Dios creó a los sapos yo estaba en la primera fila y me nombró Rey de los Sapos. Voy tras ella. Berrea como una nena, sentada sobre la cama. Era la primera vez que entraba en ese apartamento y en esa habitación. La cama era nueva o lo parecía. Entonces me acordé de la otra cama, la que habían tenido Zulma y Hermam cuando aún estaban casados, hacía ya algún tiempo. Era blanca. Aquella cama, cierta mañana, Hermam la sacó a la calle, con colchón y todo, para que se la llevara el camión de la basura.

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Pero ¿por qué?, le pregunto un día. ¿Para qué la guardaba?, me contesta él. No valía la pena. Pero pudo regalársela a alguien, argumento yo. Aún estaba buena. Se la regalé a los tipos del camión de la basura, es su respuesta. Luego supe la verdad, y entonces lo comprendí. O mejor dicho: después, atando cabos, comprendí por qué lo había hecho. Hermam era un tipo muy correcto, aunque hablaba mal de todo el mundo jamás hablaría mal de su ex mujer. Pero por chismes todo se llega a saber, tarde o temprano. Al principio de su separación final, pues habían tenido ya unas seis o siete separaciones anteriores y ya nadie les creía que llegaran algún día a abrirse definitivamente, se rumoreaba que la causa eran los cachos que ella le había puesto. O mejor dicho: los cachos que él se dio cuenta le estaban poniendo. Se decía que un día, por la mañana, Hermam salió a trabajar, tenía una reunión en Moniquirá, pero cuando iba a un poco menos de la mitad del camino, llegando a Arcabuco, se acordó de que había olvidado en casa el equipo de carretera del automóvil. Entonces se devolvió. De la ciudad a Arcabuco hay de unos veinte a unos veinticinco minutos en automóvil. Es decir, Hermam tardó de cuarenta a cincuenta minutos en regresar a su casa. Pero la niña, ¡la niña ya tenía dentro del apartamento, y metido bajo sus sábanas, a su amante! ¡Que resultó no ser otro que un simple vendedor de electrodomésticos! ¡Maldita hija de puta, zorra, malparida! Pero esto eran sólo chismes y Hermam, hasta la fecha, jamás se había referido, de manera abierta, a propósito de los motivos de su divorcio. Sin embargo, otro día va y me dice: A pesar de lo que Zulma me hizo, yo jamás la he tratado mal, ni le he dicho al tipo ése que es un hijoeputa. He sido muy decente con ambos. Más claro no puede estar el asunto. No llores, Marce. Me siento en la cama junto a ella. ¿Pero es que no escuchaste lo que dijo don José? Ya estoy cansada de que ese señor y su esposa me traten mal. Se sorbe los mocos. Y continúa: Y lo peor de todo no es eso. Lo peor de todo es que Hermam no es capaz de defenderme ante sus padres. Sigue llorando y sorbiéndose los mocos. Tenía ojos claros de ternera. No puedo decir que fueran bellos, pero tampoco feos. Un instante de silencio durante el cual espío de reojo el escote de Marcela que deja ver parte de sus opulentas tetas. Yo quiero mucho a Hermam, dice, pero cosas como ésta me hacen dudar. Dudar ¿de qué?, digo yo. De mi amor hacia él. No sé si es lo suficientemente fuerte como para continuar con él. Estoy cansada de tantos problemas con su familia. Se queda pensativa, con la vista clavada en el suelo. Ha dejado de llorar, pero de pronto siento deseos de consolarla, de atraerla hacia mí y de besarla. De tragarme su lengua. Y su coño también. Porque toda mujer que duda no es más que una hembra en celo o casi y porque cuando uno está lleno de alcohol no piensa en las consecuencias de sus actos y si piensa en ellas la verdad es que le importan apenas un comino. Ha llegado el momento. Me imagino la escena. Primero la abrazo y le digo no llores, Marce, no llores, luego aparto los rubios mechones de cabello teñido que cubren su rostro congestionado y acerco mi boca a su oído y le susurro mira que eres tan linda y te ves tan fea llorando, bajo mis labios hasta su boca y comienzo a chupar su interior mientras manoseo sus tetas y su coño por encima de la ropa y. De repente entró Hermam por la puerta y estuvo a punto

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de pescarme justo en el momento en que me disponía a dar inicio a mis insanas fantasías. Cierta noche, en la época en que Hermam aún vivía en la ciudad, fuimos los tres a la finca de sus padres. La finca era en realidad un peladero deshabitado. Quedaba en una de las veredas más secas de un pueblo cercano a la ciudad y, si por casualidad algún día llegaba a llover por esos lados, el agua caía en cualquier otra finca menos sobre el polvoriento terreno de la de los padres de Hermam. Era, en definitiva, un lugar maldito. Y hacía allí un frío de los mil demonios. Estuvimos emborrachándonos con aguardiente e hicimos fogata. La sensata voz de mi conciencia empieza a decirme que apenas acabemos con él me largue. No puedes quedarte más tiempo o terminarás de la peor forma, ya conoces las borracheras con don Hermam, no acaban hasta que andas por el suelo y sin un puto peso en los bolsillos. Pero la loca voz de mi bragueta despierta de su breve letargo al echarle una ojeada a la blusa descotada de Marcela y a su equívoca sonrisa y a sus claros ojos de ternera que lo miran a uno de arriba abajo y de abajo arriba como si quisieran adivinar a través de las ropas cómo es el cuerpo desnudo de uno, y me dice: Aún estás bien, quédate, espera, un descuido de Hermam y entonces quizá. Aprovecho que Hermam se para a traer más leña y me quedo mirándole el culo a Marcela y entonces le digo: Con razón que Hermam está tan amañado contigo. A lo que ella me responde con falsa inocencia, con su perpetua sonrisa de niñita recorrida: ¿Por qué dices eso? Porque tienes un culo muy rico, le digo desvergonzadamente, sin apartar mis ojos de su trasero. Pero, agrego cobardemente, no le digas a Hermam que te lo he dicho, es muy celoso y se pone bravo. Ahora pienso que a lo mejor sí le dijo algo, aunque él nunca me reclamó nada. También sospecho que se daba cuenta de que le tenía ganas a Zulma, aunque tampoco nunca me dijo ni pío. Ahora pienso que tal vez entonces terminó percatándose, o convenciéndose definitivamente, de que yo era un traidor y de que no debía confiar tanto en mí como amigo. Ahora pienso que tal vez entonces decidió vengarse de mi falta de consideración hacia su persona y hacia la amistad que sinceramente, supongo, me brindaba, burlándose de mí de aquella retorcida manera. Vicios líquidos Todos tenemos un sueño, y mi sueño era convertirme en novelista, dramaturgo o poeta. ¡Novelista, dramaturgo o poeta en un país en el que nadie lee y a nadie le importa un comino la dramaturgia y muchísimo menos la poesía! ¡En fin, el sueño más loco de todos! Pero estaba casi dispuesto a asegurar que el Universo entero confabulaba para que mi sueño no se cumpliera nunca, porque un día, finalmente, me echaron el guante y me apartaron así, una vez más, de mi auténtica vocación. Había recibido una de las insidiosas llamadas telefónicas que, de cuando en cuando, solía hacerme Hermam. Me dice que, al día siguiente, temprano, debo presentarme en la oficina de un tal doctor Malaver, que es el hombre más rico no sólo de Sutamarchán sino de toda la provincia del

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Alto Ricaurte y al que él, Hermam, ya le ha hablado acerca de mí. Voy a la oficina del doctor Malaver confiado en que va a ser una más de las tantas entrevistas sin resultado a las que ya me tiene acostumbrado Hermam. El doctor Malaver, un hombre bajo y rechoncho con espesa barba negra, me recibe con frialdad. ¿Es usted el amigo de Hermam?, pregunta mirándome de arriba abajo con ojos de hielo. Sí, señor. Siéntese. Me explica en qué consiste la vacante. Supervisor de un cultivo de tomate bajo invernadero. Debía trabajar de domingo a domingo con disponibilidad completa de tiempo las veinticuatro horas del día en caso de que se presentaran problemas en el cultivo fuera de la jornada laborable. Por otra parte, se me pagaría un todavía no determinado salario integral con el que debía cubrir los gastos de afiliación a una empresa prestadora de servicios de salud y los costos relacionados con el seguro de riesgos profesionales y los aportes para pensión y cesantías. Pero antes que nada, dice, siempre serio, quiero saber cuánto me va a cobrar por sus servicios. Hermam me había aconsejado previamente, vía telefónica, que, para asegurarme de que me dieran el trabajo, y ya que el doctor Malaver no era conocido por ser manirroto sino justamente por todo lo contrario, me regalara por cierta cifra que se hallaba muy por debajo de lo que normalmente se pedía para ese tipo de empleos. Así que exijo el triple de lo que me recomendara Hermam. El doctor Malaver esboza una sonrisa despectiva. Me parece que la cantidad es un tanto exagerada, dice, tanto más si se tiene en cuenta que su experiencia laboral es bastante limitada. Lo mejor es que la reconsidere. Me niego a hacerlo. Entonces, empieza el doctor Malaver. Supongo que me va a decir: Entonces no hay nada más de qué hablar, y me levanto de la silla. Entonces, dice, permítame consultarlo con mis socios. Permanezca sentado. Toma su teléfono móvil y efectúa un par de llamadas. Yo estoy seguro de que, sean quienes sean sus socios, no van a aceptar. Finalmente cuelga y, con su característico desapasionamiento, me dice: Lo esperan mañana en el cultivo. Y entonces, súbitamente, me sentí tan desdichado como si me hubiesen informado que al día siguiente se llevaría a cabo mi ejecución. Era justo el 11 de septiembre, cuando las Torres Gemelas de Nueva York fueron atacadas y hechas polvo. Casi al mediodía. Salí de la oficina del doctor Malaver y cogí directamente para la casa de mi madre porque quería ver en la televisión lo que en la calle decían que había pasado en la Gran Manzana. Siempre es consuelo verificar que a otros les está yendo peor que a uno. Llegué en el momento en que estaban repitiendo las imágenes de los famosos rascacielos en llamas. Más tarde vería la retransmisión de cómo se desplomaban igual que un par de castillos de arena reseca aplastados por una poderosa mano invisible. Mientras tanto, una espesa humareda gris sale por las ventanas. Y, en efecto, cuando algunas personas desesperadas, con el fuego a punto de devorarlas empiezan a arrojarse por aquéllas hacia el vacío, me siento mejor. Comprendo que no tengo motivo alguno para sentirme afligido. Después de todo, a mí tan sólo me han enganchado a la noria, mientras que a aquellos pobres infelices los han obligado a matarse de la forma más inhumana y horrible. Almorcé viendo el desastre y luego, menos desanimado, subí a mi dormitorio y comencé a

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empacar. El cultivo quedaba entre Sutamarchán y Villa de Leyva, en medio de una explanada semidesértica. Me siento a esperar a los socios del doctor Malaver bajo el sucio toldo de la miserable tienda rural situada enfrente de los monstruosos invernaderos. Como era de preverse, los magnates se hacen esperar. Luego de dos tediosas horas, aparecen por fin. Se trata de una pareja. Arriban en una camioneta llena de polvo y sus ropas son de trabajo: overol y botas de caucho. El hombre es alto y gordo como un gran oso. La mujer, menuda y rubia, ostenta una sonrisa permanente. El hombre me pregunta si soy casado. ¡Qué va a ser casado!, exclama la mujer. ¿No ves que no tiene cara de casado? Mala cosa, dice el hombre. Necesitamos a un tipo responsable. Entiéndase: casado y necesitado de mantener una familia. Comienza a hojear mi currículum. Luego dice: Nosotros somos los dueños del cultivo, pero quien toma la última decisión es el Gerente Técnico. El Gerente Técnico es, según aclara el hombre, el tipo que más sabe acerca del cultivo de tomate en el país, y no tardará en llegar desde Bogotá. Debíamos esperarlo. Miren, les digo, respirando aliviado y abriendo la puerta de escape, comprendo que, además de la mía, deben evaluar otras hojas de servicios, así que háganlo y cuando estén seguros de que la mía es la que más les conviene, llámenme. La mujer se apresura a decir, con su perpetua sonrisa, que lo mejor que podemos hacer es aguardar la llegada de Eduardo, el Gerente Técnico. El Gerente Técnico era un tipo de mi edad con ínfulas de genio agrícola. De entrada le caí mal. Revisa mi hoja de servicios, me mira de arriba abajo, con gélida superioridad, como un sabio arrogante que contempla a un aprendiz inepto, y después dice: ¿Qué tanto sabe de tomate? Hice entonces un recuento de mi experiencia con dicho cultivo. O sea, prácticamente, nada, sentencia. Pero no importa, interviene la mujer, sonriendo. Se ve que tiene deseos no sólo de aprender sino también de trabajar, ¿no es verdad? Asiento, mas sólo por puro reflejo. Para eso están las universidades, se burla malignamente el sabio. ¿Por qué eres tan desconsiderado, Eduardo?, dice ella. Fue entonces cuando me detuve a examinar detenidamente a la mujer. No está nada pero nada mal. Y de pronto se me quitaron las ganas de largarme. Pensé que con el tiempo acabaría acostándome con ella. Debo hablar con Miguel, dice Eduardo. Miguel era el doctor Malaver. Toma su teléfono móvil y lo llama. Hablan durante un par de minutos. Me dice Miguel, comenta al cabo dirigiéndose a mí, que sus pretensiones económicas son bastante elevadas no obstante su escasa y limitada experiencia en trabajos semejantes. Eso no es problema, digo yo. Estoy dispuesto a rebajarlas hasta la tercera parte de lo planteado en un principio, dado que vengo a aprender. ¿Lo ves?, dice triunfalmente la mujer dirigiéndose al joven sabio, que no sabe qué responder. Muy bien, dice Gran Oso soltando un sonoro pedo sin turbarse en lo más mínimo. ¡Las licencias que se permiten los ricos delante de un pobre! Entonces no se diga más. Mostrémosle ahora los cultivos. Las naves de polipropileno, además de tomate, contenían pimentón y habichuela. Las recorrimos una por una. Gran Oso debe de estar enfermo, pues durante todo el recorrido no hace más que soltar sus ruidosas flatulencias como si se trataran de simples palabras, y en cierta forma

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lo son: su culo está manifestándose. Los otros dos no chistan nada, acaso porque ya están acostumbrados a semejante comportamiento o porque no quieren avergonzar al amo delante del peón. Una vez concluida la visita de campo, durante la cual además soy presentado al personal que tendré a mi cargo, la mujer me pregunta, tuteándome: Y ¿dónde piensas alojarte? ¿En Sutamarchán o en Villa de Leyva? Aún no lo sé, respondo. Pensé que ustedes tendrían aquí un albergue para mí. No, pero te recomiendo uno en Villa de Leyva. En ese momento sonó el teléfono móvil de Eduardo. Es Plinio, informa. Dice que tiene un par de candidatos más. Dile que se despreocupe, asegura la mujer, que ya hemos encontrado a la persona indicada. Muy bien, dice finalmente Gran Oso. Lo esperamos mañana temprano, antes de las seis, para que comience con sus labores. Y estrechándome la mano, suelta una larga serie de sus desvergonzados pedos de multimillonario. Hice caso a Vilma, así se llama mi risueña patrona, y me subí en un colectivo que se dirigía a Villa de Leyva. El albergue que me recomendara estaba ubicado sobre la vía que conduce a Santa Sofía. Pero no me instalé allí. Decidí hacerlo en el otro extremo de la villa, en una posada que era en realidad una especie de pequeño motel. Esa noche, tras la cena en un restaurante de la empedrada Plaza Principal, se me quitaron de pronto, como por ensalmo, las ganas de algún día tirarme a Vilma y convencí a Evelyn, la camarera del restaurante, para que saliera conmigo esa misma noche a tomarnos unos tragos. La jovencísima, carcajeante, azabachada y menuda Evelyn acepta pero con la condición de que no me ponga pesado. No soporto que me estén acosando, ¿entendido?, aclara. Aunque su primer nombre sea gringo, nada en la apariencia de Evelyn resulta extranjero. Incluso su segundo nombre, Yentizet, es, según sus propias palabras, el de una princesa indígena. Su largo y lacio cabello, así como su piel, son del color del azabache. En el pueblo es conocida justamente como la Negra y sus amigos casi nunca la llaman por su primer nombre sino que para hacerlo utilizan generalmente los motes de Negra o Negrita o, menos frecuentemente, un apócope de su segundo nombre: Yen. Su dentadura, enmarcada por unos labios un tanto delgados pero sensuales, resulta sorprendentemente blanca, no obstante su afición al café negro y a ciertos apestosos cigarrillos sin filtro. Y tanto como sus dientes perfectos, sorprenden sus enormes y chispeantes ojos negros con unas pestañas tan largas y curvadas que parecen postizas, semejantes a las de un anuncio de una revista. Su cuerpo, extremamente delgado aunque no sin curvas, parece el de una modelo de pasarela. Y bien podía llegar a serlo, excepto que sus ilusiones no pasaban por ello. Así me lo hizo saber cuando, aquella noche, le expuse tal posibilidad. No, chino, no me venga con esos cuentos. ¿Ya está borracho, o qué? No veo por qué no, digo yo. Eres joven, delgada y bonita. Vas a una escuela de modelaje, te inscribes y a ver qué pasa. No se pierde nada con ello. Sí, sí, cómo no, se burla ella. ¿Cómo es que te llamas? ¿Roger? Gracias por las flores, Roger, pero no me interesan esas historias. Aquí, a este pueblo, vienen una cantidad de personajes, no sólo de todo el país sino también y más que nada extranjeros, con cuentos como ése, y lo único que buscan es acostarse con Yen. No me comprendes. No te estoy

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diciendo que yo soy agente de modelos y que si te acuestas conmigo voy a ayudarte, sino simplemente que. Bueno, bueno, dejémoslo de ese tamaño entonces. Ahora, más bien, diga qué va a gastar, chino, porque, si no, me voy a dormir. Estamos en la discoteca-bar, ¡vaya nombre!, El bostezo del burro, adonde ella me ha llevado. No pongas esa cara, hombre. Unas veces me tutea, otras me trata de usted. Que las muchachas de este pueblo estamos entrenadas para exprimir al turista, jajajá, así que. Pero yo no soy turista, vengo a. Lo mismo da, no eres de aquí y por lo tanto estás expuesto a que te tratemos como al resto del mundo, como a un extranjero, ¿me entiendes? Está bien, ¿qué quieres? No pidas nada más todavía. Espera a que vuelva. Pero ¿adónde vas? ¿Qué es lo que haces que ya has salido un par de veces? Asuntos míos, chino. No me demoro. Aunque ya lo intuía por el olor, decidí corroborar mis sospechas, así que pagué la cuenta y salí tras ella. En una calle obscura y solitaria, la encuentro liando entre sus dedos un cigarrillo de marihuana. Y su merced, me dice a manera de tibio reproche, ¿así de entrometido es para todo? No, pero lo que pasa es que ya me tenías mareado con tantas salidas a la calle. Pues sí, chino, este es mi secreto. ¿Algún problema? Claro que no, es tu decisión. Eso me gusta, Roger, que no seas un santurrón que se escandaliza por todo y por nada. ¿Quieres? No. Ni siquiera fumo tabaco. Sólo vicios líquidos, ¿verdad? Así es. ¡Qué lástima! ¿Por qué? Porque para que alguien me interese tiene que por lo menos pegarse una trabadita de vez en cuando, ¡jajajá! Y bueno, ahora que ya estoy carburada una vez más, ¿qué hacemos? Tú dirás. Llévame a bailar. No volvemos a El bostezo del burro sino que Yen me lleva a La cava, una discoteca ubicada en un sótano de la famosa Calle Caliente. Descendemos las escaleras dando tumbos. ¡Quieto, mundo!, grita Yen a nuestro ingreso en aquella especie de ruidosa caverna atestada de gente. Bailamos y bebimos durante toda la noche y parte de la madrugada. La mayoría de los chicos que se encontraban en ese sitio eran del pueblo. Gran parte de ellos me miraban como a un bicho raro, algunos sonriendo maliciosamente y otros con una especie de aversión, la aversión, lo comprendí entonces, que genera en los que se creen los dueños del pueblo el extraño que se toma el atrevimiento de cortejar a sus mujeres. Incluso un muchacho moreno y delgado, al que Yen me ha presentado, me llama a su mesa y me dice en tono amenazante: Oiga, señor, mucho cuidado con la Negra. Ella es mi amiga, ha sufrido mucho por un hijoeputa y no vaya a ser usted otro aprovechado que crea que puede venir a lastimarla. No se ría, que es en serio. Tómese un trago a mi nombre y deje de preocuparse, respondo yo para tranquilizarlo, mas cuando su protegida y yo salimos de la discoteca lo primero que hago es decirle a ésta que se venga conmigo a pasar la noche en mi hotel. ¿Qué le dije, hermano, desde el principio? Que me raya que me estén acosando, ¿si o no? Así que no lo haga más. Yo me voy para mi casita y usted para su hotel. O ¿qué creyó? ¿Que porque le acepté unos tragos tengo que dárselo? No, señor. Conmigo se equivocó. El hecho de que esté borracha no quiere decir que vaya a acostarme con el primero que me lo pide. Entonces, mañana, cuando estemos en sano juicio. Menos todavía, porque a mi me gusta hacerlo estando

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borracha o trabada, pero con alguien que a mí me guste. Pero, yo ¿no te gusto? Para nada. Mientes. No. Sí, porque si no te gustara, al menos un poco, no habrías salido conmigo. El hecho de que salga contigo nada quiere decir, al menos para mí. He salido incluso con tipos más viejos que tú, viejos que creen que pueden con el voltaje de esta negrita, viejos que no me gustan para nada pero a los que, al igual que a ti, les hago creer que sí pero sólo para explotarlos. Además eso de tirar por tirar, sólo por placer, eso no va conmigo, ¿me entiende? Pues, la verdad, no. Pues sí, así es. Yo tiro por amor. Yo también. Uh, sí. Se nota. Con la primera que tiene a la mano o se le pone a tiro. Y ¿qué tiene eso de malo? Pues todo. Bah. ¿Tiene novia? Sí. Y ¿no piensa en ella cada vez que se lo pide a otra? Procuro no hacerlo. Pues los cachos tampoco van conmigo. Ven, quédate en mi hotel. No. No insista. Adiós. Gracias por la invitación. Que pases buena noche. Al menos dame un beso. Que se lo dé su novia. Adiós. Y allí me quedé yo, en medio de la empedrada Plaza Principal, viendo cómo la muchacha partía rumbo a su casa lanzando bocanadas de espeso humo blanco tras chupar un pestilente cigarrillo Pielroja. Permanecí en el pueblo algo menos de una semana, recorriendo junto con mi improvisada y alocada guía cuantas tabernas y discotecas existían allí, hasta cuando el dinero sonsacado a mi madre y a mi tía Teodosia y a Alicia con el pretexto del trabajo se hubo hecho humo por completo. Evelyn desaparece entonces. Si se exceptúan algunas pequeñas variaciones, el resto del tiempo que permanecí en el pueblo fue una copia casi exacta de aquella primera noche, esto es, una repetición del fracaso: ni un beso siquiera conseguí por parte de aquella especie de salvaje. Quien posee dinero es rey. Mi reinado, pues, había concluido. Debí hacer autostop para regresar a la ciudad. Cuando arribo es de noche y llueve a cántaros. Aunque no tengo ni un níquel, tomo un taxi. Estoy seguro de que mi madre lo pagará una vez llegue a casa. Y mientras el automóvil se deslizaba por las húmedas y brillantes calles, yo iba pensando qué les diría a ella y a Alicia a propósito del empleo rechazado. Hasta entonces no se me había ocurrido nada. Cucarachas en la tumba del olvido Todas, o casi todas las mañanas de aquel período que siguió inmediatamente después a mi aventura por Villa de Leyva, me quedaba en mi cama haraganeando, inmerso en mi fantástico mundo interior, un mundo en el que hago cuanto me da la gana sin tener que preocuparme por el maldito trabajo ni por el puto dinero, pero ¿es que acaso no es éste el sueño de todo el mundo?, hasta casi llegado el mediodía. Porque ¿a qué me paraba de ella tan temprano? ¿A continuar con la farsa de conseguir un trabajo que en realidad no quería? Cogía el control remoto y encendía el televisor para ver las noticias de CNN en español, aunque de antemano sabía ya que sería lo mismo de siempre. Masacres aquí y allá, por todo el podrido y condenado planeta. Muertos y más muertos que pronto serían echados como cucarachas en la tumba del olvido. Lo cual, empero, no hace más que reconfortarme, pues, a diferencia de aquéllos,

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yo sigo con vida. A veces pasaban informes especiales acerca de las tremendas peripecias que los inmigrantes ilegales sudamericanos y sobre todo centroamericanos debían sortear para, a través de México, llegar a los Estados Unidos en busca del Sueño Americano de lavar platos y limpiar retretes. A un salvadoreño y a un guatemalteco, agentes de la Policía Fronteriza mexicana los habían arrojado del tren en que viajaban. El primero queda lisiado de la pierna izquierda y el segundo pierde ambas extremidades inferiores. Y aunque no dejo de experimentar verdadera pena por aquellos dos infelices, a un tiempo un obscuro demonio me hace exclamar canallescamente para mis adentros: ¡Bien hecho! ¡Eso les pasa por huevones! ¡Eso les pasa por resignarse a sepultar su orgullo en el fondo del inodoro en el que cagan los mantecosos culos yanquis y comerse su mierda por un mísero puñado de dólares! ¡Bien hecho! A mediodía, a la hora del almuerzo, mi madre empezaba con su perorata acerca de los hijos de sus antiguas compañeras de trabajo. Ya todos tienen un empleo estable, ya todos son casados, ya todos tienen casa y carro y niños propios. En fin, ya todos se han independizado de la casa de sus padres, e incluso les ayudan a éstos económicamente. Igual que sus hermanos, decía. Yo la escuchaba en silencio y la comprendía. Mientras sus antiguas compañeras de trabajo se la pasan viajando por el mundo en excursiones para pensionados, ella aún debe mantener a su hijo profesional. ¿Por qué? A veces me daba un billete y me decía: Tome y váyase para el centro a ver qué vida encuentra. Era su típica manera de advertirme que lo mejor era que fuera pensando qué camino cogía porque ya estaba harta de mí. La pesadilla desnuda Convencí a Alicia para que montáramos un bar. O mejor dicho: los dos nos convencimos mutuamente de que la única forma de salir de la maldita olla en la que andábamos metidos juntos, pero sobre todo yo en aquel momento, era abrir un sitio como ése. Partimos de la certeza de que ésta es una ciudad de borrachos y vagos y que, por tanto, al igual que muchos otros, nos íbamos a tapar de plata vendiéndoles cerveza, licores y cigarrillos. Ella hizo un préstamo a su padre y yo a mi tía Teodosia y conseguimos un local sobre la Avenida del Norte, en medio de una ferretería y una funeraria. En ese lugar estuvimos tres meses. Contratamos a un gamincito llamado Peter, su verdadero nombre es Pedro, pero todos los que lo conocemos lo llamamos Peter, para que reparta volantes publicitarios por las calles y en las universidades y pegue anuncios en los postes del alumbrado público de la ciudad. Las primeras dos semanas abrimos todos los días, excepto los domingos. Pero como al cabo nos damos cuenta que de lunes a miércoles la cosa no es buena, decidimos atender solamente de jueves a sábado, pues el bar anda más movido, entiéndase: menos muerto, en esos días. Ofrecíamos la cerveza más barata de toda la ciudad y aun así no tuvo éxito. Nuestra clientela la constituyen los chicos y las chicas underground de la ciudad, que, por cierto, andan peor que nosotros, con

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los bolsillos vueltos del revés. Es decir, los mismos asiduos de Sabbath. Sabbath era el peor antro que un tipo chapado a la antigua pudiera llegar a imaginarse. Allí entraban sólo aquellos que gustaban del metal. Tipos y tipas con pintas estrafalarias. Unos y otras usaban sacos, gorras y bufandas de lana virgen, mochilas de marihuaneros, pantalones y chaquetas de cuero, botas frankenstein, piercings hasta en el coño, ropa negra, vestidos largos, larguísimos, hasta el tobillo, como los que usan las evangélicas. Gente rara, como un viejo de barba que traía su tablero de ajedrez para que un melenudo jovencito que llevaba gafas negras hasta en la noche lo humillara delante de todo el mundo en medio de aquella música del Diablo con movimientos que dejaban callado y rascándose la cabeza al pobre viejo. El local poseía tres divisiones. En la primera estaba la barra y unas cinco mesas con sillas plásticas, en la segunda un par de sillones de sala con el cuero desgarrado y otro par de mesas, y la tercera era un cuartito oscuro con las paredes descascaradas por la humedad que servía como pista de pogo. Vienen sólo por ver los videos de música pesada que colocamos. Duran horas enteras con una cerveza en la mano, con los ojos fijos en el telón sobre el que se proyectan aquéllos, fumando pitillos que, para colmo, traen de afuera porque les salen más baratos. Había días en que incluso no se aparecía nadie por allí. Entonces cerramos temprano y, para no perder del todo la noche, nos echamos un polvete sobre una de las mesas, antes de largarnos, sin pensar en que con ello estamos de paso salando el negocio. Pero durante el trayecto a casa discutíamos acaloradamente. Esta mierda no está funcionando. Hay que tener un poco de paciencia. ¡Pero es que estamos perdiendo dinero! No podemos desanimarnos, apenas llevamos dos meses con el negocio. Y nada que despega. Poco a poco nos van conociendo. Sí, y mientras tanto, rápidamente, nos vamos arruinando. ¿Por qué eres tan pesimista? Pesimista, no: realista. Yo ya debo hasta la gorra. Es que ni siquiera tenemos la plata del arriendo del próximo mes. No te preocupes. Le voy a decir a mi papá que nos la preste. No. Mañana hablaré con el señor Piñeros para que nos dé un plazo. El señor Piñeros era una sanguijuela dispuesta a chuparlo a uno sin importar que uno ya estuviese seco. Cuando viene por lo del tercer mes de alquiler del local, se queda muy asombrado de que no cuente con la plata. Le pido me conceda un plazo, señor Piñeros. Me mira tras sus grandes lentes de búho y, después de un brevísimo lapso de duda, dice: Está bien. Paso mañana. ¿Mañana? Sí. Yo me refería a un plazo más largo. Está bien. Entonces pasado mañana. Mire, señor Piñeros, voy y le digo, jugándome el todo por el todo, dispuesto a que el viejo no acepte y me mande para el carajo y me obligue a entregar el local y así termine de una vez esta maldita aventura en la que me he embarcado y que ya me tiene con los pelos de punta: mi propuesta es ésta: pagarle el alquiler una vez se cumpla el mes. ¡Eso no es posible!, chilla el viejo, indignado. ¡Usted sabe que los arriendos se pagan por anticipado! Pero ésa es mi propuesta, digo yo, porque en este momento no tengo con qué pagarle. Usted verá si la acepta o no. ¿Y aceptó?, me pregunta Alicia cuando voy a su casa a contarle lo sucedido. No tenía otra opción. Mejor tarde que nunca. Pero te advierto, le digo a manera de ultimátum, que si este mes no reunimos al

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menos lo del arriendo, cerramos el bar. La cosa no cambió y tuvimos que cerrarlo. Pero habíamos firmado el contrato de arrendamiento por un año y, como era de suponerse, el viejo avaro quería hacer efectiva la cláusula de cesación unilateral del contrato, estipulada en una suma que ascendía a más de tres veces la cantidad que pagábamos por el arriendo mensual. Pero entiéndanos, señor Piñeros, digo yo, que si apenas logramos conseguir la plata del arriendo, ¿de dónde vamos a sacar para pagarle lo que reza esa cláusula? No hay ningún problema, dice el viejo. Estoy dispuesto a darles un placito para que lo hagan. ¿Qué les parece un mes? Yo no estaba dispuesto a pagarle ni un centavo de esa plata, no tanto porque no pudiera conseguirla de alguna manera, sino porque me parecía injusto, como se dice, tener que pagar por algo que no me había comido. Pero existía un problema. En el contrato aparecían como codeudores, respaldándolo con sus firmas, el papá de Alicia y mi mamá, a quienes el señor Piñeros, valiéndose de la ley, podía obligar a pagar. Lo mejor es que le paguemos, dice Alicia. Para evitarnos problemas. De ninguna manera, digo yo. Entonces ¿vas dejar que demande a nuestros padres? Claro que no. Déjame a mí solucionar este problema. Fui hasta la casa del señor Piñeros. Vivía solo en una enorme pensión de su propiedad, en el sur. A mí se me hace que el anciano es marica porque se tintura el pelo para ocultar las canas y tiene ademanes de pura vieja. Cometió la ingenuidad de aceptar mi propuesta. Como usted comprenderá, digo yo, dos documentos no pueden respaldar la misma deuda, así que yo le firmo una letra de cambio por la suma de la cláusula, fechada para hacerse efectiva al cabo de un mes y usted me devuelve el contrato. Le pareció legal, estuvo de acuerdo. Me extendió el formato de la letra de cambio. Rellénela usted mismo, dice. Después la tomó y la observó por un rato. Pensé que iba a notar que el número de mi documento de identidad que aparecía bajo el garabato de la firma no correspondía al del contrato. Había cambiado la secuencia del número para, si se le ocurría demandarme en un juzgado, poder allí alegar que todo era una sucia y burda trama del viejo, como lo demostraba el hecho de que aquél no era el número de mi cédula de ciudadanía. Hay un problema, dice. Y entonces se me hiela la sangre. ¡Estoy perdido, lo ha notado! Pero, no. Dice: Nos hace falta la firma de un fiador que la respalde. Ah, sí. Lo había olvidado. ¿Qué hacemos? No sé. Qué tal si llama a su mamá o al papá de su socia para que venga y firme. ¿Ahora mismo? Sí. Lo que pasa, miento, es que en este momento ellos no se encuentran en casa. Y propongo ingenuamente: ¿Qué le parece si les digo que pasen esta tarde por aquí? Pero por alguna razón, acaso porque yo le gusto, el viejo maricón cree en mí, confía en mi buena voluntad, y va y me dice: Está bien, entregándome el contrato y quedándose con aquella letra de cambio con la que lo único que puede hacer es limpiarse el culo. No te preocupes, le respondo a Alicia cuando me pregunta qué he hecho. Todo está solucionado. Le he firmado una letra de cambio, por lo que tu padre y mi madre ya no tienen nada que ver en el asunto. ¿Y se la vas a pagar? Claro que no. Eres un tramposo. Somos, mi amor, porque me parece que la deuda también es tuya, ¿o no? Pero claro que si tienes tanta plata, puedes ir a pagársela tú sola. Cuando la consiga, dice, lo haré, sí, señor.

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Pero en realidad tampoco tenía verdadera intención de hacerlo, pues nunca más volvió a mencionar nada acerca de ese dinero. El señor Piñeros debió conformarse con el documento tal como quedara, porque no volví a saber de él sino hasta la culminación del plazo fijado en el mismo. La mañana del día siguiente me llama por teléfono. ¿A qué hora puedo pasar por su casa para recoger la plata, señor Rodríguez? No se preocupe. Esta misma tarde paso yo por la suya. Ah, bueno, mejor, festeja el viejo gay. Pero la alegría no debe durarle mucho, porque, como yo no me acercara por allá, me llama una vez más al día siguiente. Me quedé esperándolo, señor Rodríguez. Ayer no pude, señor Piñeros, pero tenga la seguridad de que hoy sí. Naturalmente, volví a fallarle. Y al tercer día, muy temprano, el viejo se presenta en casa hecho una fiera. ¿Qué te dijo?, quiere saber Alicia. Estaba furioso y amenazó con demandarme. Yo te lo advertí. Pero no lo hará. Y no lo hizo. Porque ¿de qué le servía una letra de cambio sin fiador y con un número de cédula de ciudadanía falso? Debió resignarse. Nunca más volvimos a saber de él. Pero quien no estaba dispuesta a hacerlo era Alicia. Me convenció para que lo montáramos en otro sitio. Conseguimos un local en el corazón de la ciudad, a una cuadra de distancia del Cementerio Central, en el barrio Las Nieves. Era bastante más pequeño que el anterior, pero asimismo el alquiler costaba muchísimo menos. Ya no necesitábamos el proyector ni el telón para los videos, con un televisor de veinte pulgadas bastaba. Volvimos a contratar a Peter. Subimos el precio de la cerveza y los cigarrillos y comenzamos a vender vino caliente con un precio irrisorio, a manera de gancho. Y funcionó. Tanto, que ahora abríamos prácticamente toda la semana, de lunes a sábado. Vienen todos los días y, aunque cada dos o tres montan su numerito, son nuestros mejores clientes. Se llaman Juliana y Rafael. Son novios pero no demuestran serlo. Excepto cuando pelean. Entonces no hay lugar a dudas. Casi nunca llegan juntos. Generalmente Juliana es la primera. Rafael es hosco y de pocas palabras, por lo que con quien hablamos es con Juliana. ¿Qué hace Rafael? Nada, responde ella con un cigarrillo pegado a sus labios desmesurados, a lo Courtney Love. ¿Nada? Sí. Nada. ¿No estudia ni trabaja? No. Toca la guitarra. Tiene una banda cuyos miembros sólo tocan para ellos mismos. O sea, se entiende, que no hace nada. ¿Y tú? Yo ¿qué? ¿Qué haces? Estudio. ¿En la UPTC? Claro. ¿O acaso me ven cara de gomela de la Fundación o de la Santo Tomás o qué? Se veía que Rafael andaba sin un peso en los bolsillos porque cuando llegaba, Juliana decía: Bueno, chicos, denme una cerveza para mí y otra para este man. Y era ella quien siempre sacaba la plata para pagar cada ronda. Se echaban veinte cervezas entre pecho y espalda y se fumaban dos cajetillas de cigarrillos por noche. Ocupaban la mesa del fondo, pero nunca los vimos darse un beso ni concederse ninguna otra muestra de cariño. Lo que sí advertíamos desde nuestro sitio en la barra eran sus discusiones. El uno atacaba, la otra se defendía. Al parecer Rafael la celaba. La acusaba de coquetear. Pero debería de estar tranquilo, decía yo. ¿Por qué?, preguntaba Alicia. Porque ¿quién va a fijarse en una vieja como ella, si parece una lechuza? Pues otro tipo como Rafael. Eso es imposible. ¿Y por qué? Porque no existe en el mundo otro tipo

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como Rafael que se parezca tanto a un mono, ni siquiera un negro. Generalmente, Rafael salía el primero, huía como alma que lleva el Diablo, con la piedra afuera. Juliana se quedaba un rato más, pedía otra cerveza para ella y miraba un par de videos antes de marcharse. Bueno, hasta luego, chicos, decía y se perdía en medio de la obscuridad de la noche. Yo no sería capaz de irme sola a estas horas, decía Alicia. ¿Te da miedo? Claro. Me da miedo de que alguien me viole. Pero ya ves que ella es tan fea que está muy segura de que nadie se atreverá a hacerlo. ¿Por qué eres tan? ¡Jajajaja! Al día siguiente volvían a encontrarse, como si no hubiera pasado nada. Y, como siempre, terminaban bebiendo y fumando juntos. Era una especie de vicio, no podían vivir unidos pero tampoco separados. Una noche es Juliana la que sale la primera. Rafael corre tras ella. La muchacha vuelve al rato, llorando. El bar ya estaba sólo y nos disponíamos a cerrar. Se tira sobre la barra, ocultando su cabeza entre los brazos, sollozando como una niña obscena. ¡Hijoeputa! ¡Lo odio! ¿Qué pasó? ¡Ese man es un cerdo! Le ofrecemos un vino caliente y parece tranquilizarse. ¿Qué pasó? ¡Intentó pegarme, y entonces lo mandé para la mierda! ¡Que se joda! Se seca las lágrimas. Denme una cerveza, chicos. Pero se las pago mañana, ¿okay? Accedemos, aunque ya se sabe que la ruina de este tipo de negocios es ponerse a dar crédito. Nos encargamos de tranquilizarla y de dirigir la conversación hacia otros temas. Juliana se calma rápidamente y comienza a reír con nosotros. Cuando el motivo de su llanto parece olvidado ya y su risa es más sonora, en la puerta surge Rafael hecho un demonio. Su mirada parece despedir rayos y centellas. Se queda parado en el umbral, como si no se atreviera a cruzarlo y desde allí llama a Juliana. Ella hace como que no lo escucha. Venga, que tengo que decirle una cosa aquí afuera, exige Rafael con furia helada. Juliana termina accediendo a salir a la calle. Alicia me informa: Hace rato que estaba allí afuera escuchando lo que nosotros hablábamos. ¿Sí? Sí. Se escuchan increpaciones seguidas por un forcejeo y unos gemidos de mujer. ¿Escuchas lo que le está diciendo? No, ¿qué? Le está diciendo: ¡Maldita perra, me echa y luego se viene a cagarse de la risa al lado de ese hijoeputa! Entonces comprendí que Rafael sentía celos por mi causa. Alicia continúa: Le está pidiendo que la suelte. Se escuchan golpes contra la pared y nuevos gemidos. ¡Sal, Roger! ¡Le está pegando! Por mí, puede matarla, si quiere. ¡¿Cómo puedes ser tan cruel?! No es asunto mío. Ni tuyo, me parece. En la calle, frente al bar, se detiene un camión de trasteos. Se oye la voz de un hombre: ¡Cobarde! ¡Pegándole a una mujer! Es el chofer que se ha bajado a defenderla a Juliana, quien aprovecha tal circunstancia para escapar de los brazos de Rafael y entra de nuevo al bar. ¡Está loco!, chilla. ¡Me ha cascado, el hijoeputa me ha cascado! De su nariz brota sangre. Sólo entonces salí a ver qué pasaba. El hombre del camión, alto y corpulento, está a punto de asestar un puñetazo en la cara de mono de Rafael. Pero al verme se contiene. No sé por qué, pues habría podido conmigo, con Rafael y con diez más. Por otra parte yo tampoco tenía intención de interceder en la pelea. Suelta a Rafael y se encamina hacia el camión. ¡Bastardo!, aúlla Rafael. ¡Bastardo! El camión arranca. ¡Bastardo! ¡Bastardo! Rafael se queda mirándome, su pecho a punto

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de estallar. Cálmese, hombre, digo yo. Avergonzado por el numerito que acaba de protagonizar, se da la vuelta y huye. Tranquila. Se ha marchado. ¿Por dónde? Cogió hacia el Parque Pinzón. La muchacha toma su morral de estudiante y también huye, pero en sentido contrario al de Rafael. Vaya show, digo yo. Alicia guarda un resentimiento mudo, no me habla mientras cerramos el bar. Mira. Te voy a explicar por qué no intervine. ¿Sabes por qué no? Porque, con los celos patológicos que sufre Rafael, si me hubiese metido en la pelea, aquello habría sido para él, para su mente enferma, algo así como la confirmación de que a mí me interesa Juliana y que por eso salto a defenderla, que yo soy algo así como su amante. ¿Entiendes? Pero permitiste que la golpeara, dice, que le reventara la nariz. Mira. Uno nunca debe entrometerse en peleas de enamorados. ¿Y sabes por qué no? Porque al final terminan reconciliándose y aquí no ha pasado nada. Por eso hay que dejarlos que se insulten, se escupan, se golpeen, se maten. Es un asunto privado, entre ellos dos, del que uno debe apartarse, quedarse al margen. Te lo digo por experiencia propia. Una vez cierto amigo de la Universidad, Carlitos, viene a mi casa. Me invita a un bar y bebemos un par de cervezas. Comienza a quejarse de su novia Claudia. Me cuenta que están peleando. Ella no lo comprende y se porta muy mal con él. Me jura que no volverá con esa maldita zorra, según sus propias palabras y yo cometo el error de aconsejarlo. Sí, es una zorra, le digo yo, y lo mejor es que la deje porque en verdad no lo quiere a usted ni un poquito, todo lo cual es absolutamente cierto, pues la vieja le ha puesto los cuernos hasta conmigo. Al día siguiente Claudia vino hasta donde yo me encontraba, en la cafetería de la Universidad y me abofeteó delante de todo el mundo. Más tarde los vi cogidos de la mano por el patio central y a partir de entonces Carlitos dejó de dirigirme la palabra. Jalan más los pelos de un coño que los mismísimos cables de acero, diría Pancho. Apenas dos días después Alicia pudo comprobar que mi teoría era cierta. ¿Qué tal, chicos?, dice Juliana. Una cerveza para mí y otra para este man. Van hasta la mesa del fondo. Esa noche cada uno se bebe diez frascos y entre ambos se fuman cuarenta cigarrillos. Como de costumbre. ¿Te das cuenta? Pero, en definitiva, y al final de cuentas, allí tampoco nos iba bien. También en ese lugar duramos apenas tres meses. En el primero no ganamos ni un centavo. En el segundo, después de pagar las deudas, nos quedaron unos cuantos miserables miles de pesos para repartirlos entre ambos. Cada uno hemos invertido millones y éstos son nuestros primeros, y a la postre también últimos, dividendos. Lo que hace la puta más barata de la ciudad por cinco minutos de jodienda nosotros lo hacemos en treinta días de idas y venidas a los depósitos de cerveza y a las licoreras, treinta días de escoba, bayeta, balde y trapero, treinta días de duras trasnochadas hasta las dos y media de la madrugada atendiendo borrachos. Además yo no tengo paciencia para eso, yo no he estudiado más de cinco años en una universidad sólo para aguantarme a una parranda de sucios y greñudos renegados que vienen a fastidiarme con sus peticiones y sus historias. Hay uno llamado Daniel y es no de los que más me joroba el rato, y eso que rara vez se aparece por allí. Llega siempre en plan chistoso. Quiere, pretende, exige un

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trato especial. ¿Por qué? Simplemente por ser él. No entiende por qué yo no le cobro la cerveza a un precio inferior al establecido, por qué no se la regalo. A veces trae a su novia y aún así se comporta de la misma forma que si estuviese con sus amigotes. Con cada sorbo de cerveza lanza un húmedo y sonoro eructo contra el rostro de su compañera. La muchacha, de cabello rapado a lo Sinead O’Connor y pinta hippie, ni se inmuta. Nosotros, Alicia y yo, no comprendemos cómo la muy bruta soporta a semejante cerdo. Otro es Valentín. Un tipo de buena familia, uno de sus tíos es Senador, al que la droga ha jodido. Había estudiado guitarra clásica en España. Había llegado a ser un virtuoso. Casi un Paco de Lucía. Pero pudieron más los fármacos que el talento. Ahora arrastra su vida por los cafés, los bares y las tabernas de la ciudad rasgando penosamente una vieja guitarra con la caja estropeada y un par de cuerdas rotas a cambio de insignificantes calderillas. Viene casi a diario. A punta de ruegos nos sonsaca copitas de vino caliente y cigarrillos. Un día me hace salir a la calle. Tiene algo que proponerme. Mire, hermano, dice, usted sabe que yo soy un drogo de siete suelas. Resulta que me ofrecieron un paquete enorme de marihuana, me lo regalaron, y yo no sé qué hacer con él, yo no la uso, a mí me gustan vainas más fuertes, como la perica y el bazuco, ¿me entiende? Así que hagamos una cosa. Cómpremela, ofrézcame algo, lo que sea, por ella. Queda muy sorprendido al saber que yo no me drogo. Abre desmesuradamente los ojos, mirándome a la cara. Debe de ser usted la única persona en el mundo que no lo hace. ¡Si hasta el Papa se da por la cabeza! Una noche se aparece por allí Hermam. Viene con Marcela. Se sientan en la barra, piden una cerveza y se ponen a contemplar alternativamente los afiches y los cuadros de las estrellas de rock y de metal que decoran los muros, las imágenes que aparecen en el televisor y las pintas de los asistentes, quienes agitan furiosamente sus larguísimas cabelleras de cavernícolas, más, muchísimo más largas que la de la propia Marcela, mientras que de las torres de sonido emergen mensajes obscuros y rabiosos. No dicen nada al respecto, pero tampoco es necesario que lo hagan para que yo comprenda lo que están pensando. Acaban la cerveza y se largan horrorizados. Después supe que le habían preguntado a Manuel si yo andaba metido en las drogas o qué. Así que cuando, al final del tercer mes, la dueña nos pidió el local, no pude menos que sentirme aliviado, como quien es despertado de un sueño horrible, de una pesadilla. De mutuo acuerdo decidimos acabar definitivamente con el bar. También Alicia estaba cansada del esfuerzo sin recompensa. Vendimos lo que pudimos y lo escasamente recuperado lo dividimos en cantidades iguales. La mayor parte del dinero que a mí me correspondió fue diluyéndose poco a poco en borracheras y en una que otra mujer. Sexo canalla Nunca había sido lo que se dice un vago de verdad, mas, a pesar de ello, mi alma se rebelaba al cabo de cierto tiempo. No es que entonces deseara

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precipitarme en el foso de los malditos, no, pero, transcurridos algunos meses, durante los cuales cumplía cabalmente la promesa de portarme decentemente, tanta dignidad autoimpuesta terminaba por asfixiarme y finalmente volvía a las andadas. Y así, no obstante la oposición de Alicia, me las arreglaba para, ciertas noches, irme de copas. La primera luego de aquellos seis meses de casi absoluta abstinencia, salgo de su casa a emborracharme en las tabernas del barrio. Me meto en Monasterio, ¡vaya nombre para un bar!, y me hago en la barra. Lucio, el encargado, me alcanza una Águila. Miro a través del lechoso humo del cigarrillo a ver qué conocido encuentro por allí. Al parecer ninguno, excepto Yuri, el hermano borracho de Isolda. Se está torciendo con el de siempre, Fermín, y un par de bobas que se han levantado en alguna parte. Los nenés no perdían el tiempo, al menor descuido asaltaban los bolsos de sus acompañantes y les sacaban la plata que llevaban encima. Yuri viene a saludarme. Usted llegó como caído del cielo. ¿Por qué? Porque así tuve una buena disculpa para pararme de la mesa y acercarme a la salida. Cuidado. Ahorita se viene Fermín. Usted es la disculpa. Voy a saludar a ese amigo que está en la barra, les digo. Y le guiño el ojo a Fermín. Lo que pasa es que nos vamos a escapar. Nosotros no tenemos plata. Claro que les dijimos que sí antes de meternos aquí. Si uno entra solo o con tipos los meseros cobran por adelantado. Pobres burras, no saben con quiénes se han metido. Fermín viene y me saluda. Apenas las dos muchachas se descuidan el dúo dinámico de los bares desaparece tras la puerta a medio abrir. El apestoso olor a humo de cigarrillo lo envuelve todo, pero no logra tapar los demás olores del bar, el olor a sudor, el olor a pecueca, el olor a trago, el olor a orines, el olor a vómito, el olor a pedo, el olor a mierda. Detengo la vista a dos metros de mi silla, donde hay una muchachita con una cara divina. Justo ahora se para a bailar. Con un patán. Las muchachas engañadas vienen a protestar a la barra. ¿Cómo vamos a pagar quince, si sólo nos tomamos una cada una? Sí, pero los tipos con los que ustedes estaban se tomaron el resto. Pero ¿acaso ellos no pagaron, antes de irse? No, se fueron sin pagar. Pero, entonces, eso ya no es culpa nuestra. El alegato dura unos minutos más y al final las muchachas no tienen más remedio que pagar lo que no se han tomado porque de lo contrario no las dejaran salir. Lleva unos blue jeans ceñidos y una camiseta ombliguera. Es una auténtica Barbie. Debe tener unos quince o dieciséis años de edad y baila como no he visto bailar a nadie en mi vida. Baila como la esclava de un sultán. No puedo apartar la mirada de los cadenciosos movimientos de su cuerpo perfecto. Aunque no supiera bailar, seguiría siendo hermosa. ¡Dios mío, ¿cómo pueden un padre y una madre dejar salir a una niñita tan linda, tan delicada, tan frágil, tan preciosa, a un antro de perdición como éste, donde sólo entran gañanes sin escrúpulos de ninguna clase?! En una mesa del fondo, junto con un alegre grupito, está Angélica, mi antigua supervisora en la última empresa en que he estado trabajando. Fue ella la encargada de darme la noticia cuando me quitaron la silla de debajo del culo. Era mediodía. Mira, Rogercito, dice entonces. Esta mañana llamaron del D.C. y ordenaron que el Departamento de Facturación y Estadística fuera enviado hoy mismo para allá, así que. ¡Hasta la vista, compadre! ¡A la cochina calle! Pero

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era mentira, sólo un pretexto para quedar bien, porque después me enteré que nunca se lo llevaron para ninguna parte, siguió aquí mismo, en la ciudad y una de las hermanas de Angélica ocupó mi puesto. O sea que no tengo que volver esta tarde. No, no tienes que volver. Pasa tu cuenta de cobro y en los próximos días te estaremos llamando para pagarte. Fui hasta mi escritorio, rellené la plantilla, hice los cálculos y anoté la cifra de lo que me debían: una auténtica miseria. Recuerdo que lo que hacía en la oficina la verdad era muy poco. Se la pasaba hojeando revistas, tomando café y fumando pitillos. Algunas veces sostenía reuniones con nuestros proveedores, otras salía para no se sabía dónde. O mejor dicho sí se sabía para dónde, pero lo que pasaba era que estas salidas no tenían una justificación oficial. Se sabía que salía a sostener encuentros clandestinos con su novio, que era un tipo casado y con dos hijas. En esa época yo lo había visto un par de veces. Era delgado, de mediana estatura, con cara de niño bueno. Un solapado, un taimado, un tipo de esos que en apariencia no quiebran un plato pero que en realidad son capaces de acabar con toda la vajilla, como se dice. Al parecer Angélica lo adoraba, a pesar de todo, porque fue el primero en demostrarle lo que su antiguo novio, el amor de su vida, se empeñaba sádicamente en negar: que ella era una mujer deseable. La relación con el novio anterior duró más de cuatro años, en el transcurso de los cuales éste jamás manifestó el deseo de tirársela. Al contrario. Era ella, muerta de las ganas, la que se esforzaba para animar al tipo a que lo hiciera. La historia la supe por boca de la propia Angélica, cierta noche que salimos los de la oficina a tomarnos unos tragos juntos. Fuimos al bar Mileto. Pedimos unos cuantos cócteles hasta que nos pusimos happies. Pero en los grandes y claros ojos de Angélica se transparentaba una honda tristeza. Y no sólo eso, bebía de buena gana, y hasta exageradamente, como un tipo, como el borracho de Frankie. Quizá para ahogar sus penas. Se me ocurrió preguntarle qué le pasaba, por qué lo hacía, y entonces me relató cuáles fueron los inicios de su trauma. Felipe, mi primer novio, era un tipo bien parecido. Muchas de mis amigas decían que su cara era divina. Me envidiaban. Decían que yo era afortunada, no sólo porque él era guapo sino porque además tenía dinero. Lo conocí mientras yo estudiaba en Bogotá. Cada vez que salíamos llegaba a recogerme a mi casa en un carro distinto, y no cualquier carro, en un Mercedes, o en un BMW, o en un Honda, o en un Audi, automóviles carísimos. Me llevaba a los mejores sitios, a comer, a bailar, a rumbear, a pasear, pero no me creerás, Rogercito, que en todo el tiempo que anduvimos juntos, jamás quiso acostarse conmigo. ¿Por qué no? No sé por qué, o mejor dicho sí lo sé, pero es que, es difícil decirlo. ¿Era gay? No, o no sé, la verdad. Aunque si lo fuera yo lo hubiese descubierto, tarde o temprano. Pero, no. ¿Entonces? Su problema era otro. ¿Impotencia? Sí. Y si ése era el problema ¿por qué no te conseguías otro? No, Rogercito, el problema era que yo estaba enamorada de Felipe, ese tipo para mí era el amor de mi vida, lo era todo, y yo, naturalmente, quería estar con él, y sólo con él, ¿me entiendes? Claro, pero ¿nunca lo intentaron? Por supuesto que sí, muchas veces, pero todo era tan atroz que al final yo me di por vencida. ¿Cómo así? Sí, nos acostábamos y yo hacía todo lo posible para que él me

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penetrara, pero nunca lo conseguía. Era horrible. ¿No se le ponía dura? No. ¿Nunca? Nunca. Y ¿entonces? Entonces, nada. ¿Nunca te folló? No, nunca. El hombre que yo amaba y el que supuestamente me adoraba, no era capaz de hacerme el amor. Y ¿siempre fue así? Sí, siempre, desde el principio. Y entonces ¿por qué duraron tanto? Porque yo guardaba la esperanza de que todo cambiara algún día, yo le insistía para que fuéramos juntos a un médico, pero él siempre se negaba, decía, ¡oh, Dios mío!, agacha la cabeza y comienza a lloriquear, luego se toma otro trago, como para darse valor y afirma: Decía que la culpa no era de él, sino mía. ¿Cómo así? Sí, que su impotencia no era culpa de él sino mía. Pero ¿por qué? Pues porque, según él, yo era una mujer tan fea, tan poco deseable, que a él no le entraban ganas de estar conmigo, que yo, que mi cuerpo no lo excitaba. ¡Dios mío, ese tipo debe de estar loco!, porque tú estás más que buena, tienes buen culo, y ni se diga nada acerca de tus tetas. Sí, pero en esa época yo estaba convencida, gracias a él, de que lo que decía era verdad. ¿Y cómo no iba a creerle, si él era un tipo tan hermoso y para mí la medida de todas las cosas? Su palabra era ley. Yo me sentía como la mujer más horrible y asquerosa de este mundo sólo porque él lo decía. Me zampé otro trago, como para digerir la historia. Y bueno, al fin, ¿cómo terminaste con él? Terminé con él gracias a Juan Carlos. Yo acabé la universidad y me vine a trabajar a Cómbita. Allá conocí a Juan Carlos, aún estando cuadrada con Felipe. Juan Carlos ha sido una persona muy especial para mí, él ha restaurado mi confianza en mí misma, él me ha hecho sentir la mujer más excitante del mundo. Yo no sabía lo que era el sexo hasta que lo conocí a él, yo perdí mi virginidad con él. Pero, bueno, ahora eres feliz. Sí y no. Juan Carlos es casado y dice que no puede dejar a su esposa porque le da lástima. Además él no podría vivir sin sus hijas. Así que mientras tanto, yo seguiré siendo su amante, mientras encuentro a alguien que me guste tanto como me gusta él. Esa noche Angélica se emborrachó y pareció encontrar, al menos por esa ocasión, a un par de nosotros que le gustamos, pero como ninguno de los cuales era yo, ¡maldita sea si llego alguna vez a entender por qué no, si me parece que era menos feo que todos los demás!, me encargué de aguarles la fiesta y de mandarla en un taxi para su casa antes de que cualquiera se aprovechara de su despecho y se la llevara para un motel y le pegara su buena revolcada. Aunque yo creo que después no tardaron en hacerlo, porque, a partir de aquel día, volvieron a salir a tomar muchas otras veces, pero sin mí. Sentada a otra mesa veo a Karen, la hija de Policarpa. Fran decía, medio en broma, medio en serio, que si le poníamos unas gafas, quedaba igualita a Betty La Fea. Pero la verdad es que no es fea. Al contrario. Tiene bonito cuerpo. El mismo Fran lo reconocía. Me acerco y la saco a bailar. ¿Cómo van las cosas? ¿Ya tienes los papeles listos? Sí. ¿Cuándo te vas? En un mes, aproximadamente. Karen había conocido a un tipo por Internet. Trabajaba en no sé qué cosa en Estados Unidos, pero era colombiano. De Santander, me parece. Se mandaron cosas por Internet: ella una foto de cuerpo entero en traje de baño de dos piezas y él una copia del último extracto de su cuenta bancaria. Se gustaron, se cuadraron. El tipo le dice que si se quiere casar con él y ella responde ¡por supuesto! El tipo vino desde

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los Estados Unidos y se casaron aquí, en el país, en la ciudad, en la iglesia del barrio. Después tuvo que devolverse. Y ahora Karen iba a viajar a Gringolandia para reunirse para siempre con su flamante marido. Decían que el tipo era veterano, gordo, bajo y casi negro. Quizá Karen quiera divertirse un poco por acá antes de irse a entregarse a semejante galán, pienso. Le digo: Mira, estoy solo en casa. Mi mamá no está. ¿Quieres venir conmigo? Regreso a la barra con el rabo entre las piernas. No quiso, desde luego, y no porque en realidad sea una santa, sino porque la verdad yo nunca le he gustado mucho que digamos. Me paro de la silla porque ya no aguanto más. Voy al retrete, me desabotono la bragueta, esculco entre los calzoncillos y comienzo a mear. Vuelvo a la barra. El local se encuentra lleno. Sudor, alcohol y humo. En la pista bailan al ritmo de música salsa, y todo el que se encuentra sentado fuma sin parar. Siento escozor en mis ojos, por el humo. Uno de los que atienden junto con Lucio, un negro simpático que es amigo de Alicia, me saluda mostrándome sus blancos dientes en una agradable sonrisa. ¿De qué se ríe?, diría Camilo Ernesto, medio hermano de Boris. ¿Es que acaso no se ha mirado en un espejo y dado cuenta de que es negro? Le pido una Águila. No veo a nadie más conocido. Sólo a Gilma y sus dos amigas, una rubia, falsa como Gilma, aunque no tan peliteñida como ella y una morena. Son bonitas, pero nadie las saca a bailar, y no porque no sepan hacerlo, sino porque son unas gorreras. La mayoría de los tipos que vienen a estos antros de perdición las conocen y ni se fijan en ellas, saben que lo único que buscan es que las llenen gratis. Están sentadas a una mesa esperando como buitres a ver cuál idiota que no las conozca venga y caiga. Idiota que, sin embargo, no tardará en llegar. Me tomo la cerveza y salgo a la calle. Afuera, donde el frío abofetea mi cara, me tropiezo con Alexia. Va de camino para su apartamento. Me ofrezco a acompañarla. Préstame el baño. Tengo una cagada horrible. Oye, alcánzame papel higiénico, que aquí no hay. Me limpio el culo y salgo. Alexia está sentada sobre la cama de su habitación cogiéndose con ambas manos la cabeza como si le doliera. Las paredes están llenas de tarjetas y de afiches de amor que le han regalado sus pretendientes y sus novios. Cierro la puerta y me acerco. Estoy muy borracha. Ese estoy muy borracha es como una incitación a que yo me aproveche de que está muy borracha y comience ahora. La arrojo sobre la cama y empiezo a quitarle las botas y el pantalón. Ella se resiste. Me le echo encima y le quito la blusa. Le cojo los brazos por las muñecas. Sigue resistiéndose. Me araña las manos con sus largas uñas cuando intento besarle sus opulentas tetas por encima de la franela que no ha dejado quitarse. Lo raro es que no dice nada, se limita a mirarme con rabia y a jadear y a resistirse con todas sus fuerzas. ¿No quieres? Tengo mucho sueño. Está bien, duerme. La tapo con las cobijas. Ha quedado desnuda, o casi, porque lo único que tiene puesto es la franelita que trae debajo de la blusa. Me quito la ropa y me acuesto sobre la cama, a su lado. Despacio, empiezo a deslizarme hacia abajo, empiezo a bajar al pozo. A lo mejor lo que le gusta es eso. Intento besar su coño, pero aprieta las piernas como unas tenazas y no se deja. Beso sus pelos, la carne que los rodea. De nuevo intento clavar mi lengua en su concha que, extrañamente, no huele a nada, señal de que no está

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excitada. Dice algo, se queja entre dientes, y sigue apretando las piernas como si de ello dependiera su vida. Le doy vuelta y beso su culo, que es pequeño, como el de una niña pero que no está nada mal. Mis labios suben por su espalda y noto que la resistencia empieza a disminuir. Llego hasta su nuca. Aprieto mi verga erecta y caliente contra su culito blando y frío. Retiro un poco las cobijas para ver mejor. La cojo con mi mano izquierda e intento enchufársela, pero no entra porque ella mantiene las piernas cerradas, nada que las afloja. Empujo una y otra vez, pero no logro metérsela ni un solo centímetro. Me aparto un poco y le meto un dedo. ¡Qué estrecha es! Intento masturbarla, pero no reacciona. ¡Qué mujer más fría! No hay modo, se lo saco, y me quedo quieto, oliéndolo, junto a su cuerpo encogido como el de un bebé en el vientre de su madre. Duerme. Lo raro es que su respiración es normal, no se escucha, es como si contuviera el aire y no como si al menos fingiera dormir. Vuelvo a empujar mi picha erecta contra su culo tenso recordando imágenes de una película pornográfica de sexo anal entre un blanco y una formidable negra. ¡Sí, ábrelas, por favor! ¡Toma, toma, toma! ¡Toma! ¡¿No te gusta?! ¡Ábrelas, por favor! ¡Toma! ¡Toma, toma, toma! Le doy golpes de pelvis cada vez más fuertes, pero sin conseguir nada, ni siquiera masturbarme. ¡Ábrelas, por favor! La volteo y le doy un beso en la boca. Ella se deja besar. Sigo besándola, pero, abriendo los ojos, se resiste de nuevo a mis intentos por quitarle la franela y chuparle sus monumentales pechos. Dime de una vez: ¿me vas a dejar así? Así ¿cómo? Me paro y le muestro la entrepierna. La mira, pero no dice nada. Vuelvo a echarme encima de ella, pero nada, no responde a mis estímulos, se resiste a mi manoseo. Bueno, me voy. Chao. Adiós, me deja ir ella. Me largo de su apartamento. Oye, me dice de pronto antes de que cruce el hueco de la puerta. ¿Qué? Llámame. Otro día. ¿Sí? Salgo de allí pensando: ¡Loca! ¡Está loca! Recorro un par de cuadras, diciéndome: ¡Y ahora ¿qué hago con esta tremenda erección?! En la esquina me paro y espero un taxi. Ésta debe de ser la ciudad con más taxis por habitante de todo el mundo, porque no demora en pasar uno. Era como si me estuviera esperando el cómplice de un robo en el sitio señalado a la hora señalada. Le hago la parada, me subo en él y le doy al chofer la dirección de Sonia. Antes de bajarme le digo al taxista: Espere un momento. Golpeo el cristal de la ventana de su cuarto. Sonia se asoma al cabo de varios minutos y me dice con una seña de la mano que espere. Le digo al taxista que se vaya. Me acerco a la puerta. Sonia me abre. Entra. Está tan borracha como yo, sólo que ya tiene puesta la piyama. Nos desnudamos rápidamente. A ella le gustaba el sexo oral. No, todavía no. Primero besa mis pechitos. Realmente eran pequeños, como limones. En eso se parecía a Yanira. Hago lo que me pide. Sé muy bien la rutina. Primero chupaba sus senos y después su concha hasta que alcanzara el orgasmo. Nunca llegaba a él cuando la penetraban. Ya, no más, no me chupes más. Y se da la vuelta porque sabe que la posición que más me gusta es la penetración vaginal por detrás. Empiezo. Y sigo. Sin parar. Entra y sale, entra y sale, entra y sale. Pero no siento nada, y eso que Sonia tenía el mejor culo que me hubiese comido nunca. Es como si me estuviese comiendo a una de esas muñecas de látex que usan los

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gringos solitarios y neuróticos para hacerse la paja. Sonia no gemía ni se movía, se quedaba callada y quieta hasta que terminaba. Siempre había sido así. Nada que ver, ni remotamente parecido, con lo que hacía Alicia. Ella sí sabía lo que era follar. Acabo y me echo de espaldas sobre la cama. No ha sido nada, en realidad no he sentido nada, sólo un pequeño, pequeñísimo, mezquino placer de un par de segundos. Me siento vacío. ¡No debí venir! ¡No debí venir! Afuera, por la carretera, pasa un auto. Se detiene cerca. Alguien se baja y toca el timbre. ¿Quién es? No sé. Se queda callada, escuchando. La última vez que vine pasó lo mismo. Un tipo, llamado Ricardo, llegó en taxi y se puso a timbrar. Lógicamente Sonia no le abrió porque estaba conmigo. Timbró por espacio de casi media hora hasta que se cansó de hacerlo y pensamos que se había largado, a pie porque el taxi en el que llegó hacía rato que se había ido. Pero, no. Resultó que cuando salí a la madrugada del día siguiente el tipo estaba sentado con la espalda recargada contra la pared, junto a la puerta, durmiendo. De la perra en que venía se había quedado dormido como un vil borracho, ni siquiera se despertó cuando salí y pasé a su lado, rozándolo un poco porque obstruía la salida. Vuelven a timbrar. ¿Quién es, el tal Ricardo? No, no creo. Con ese tipo hace rato que no nos hablamos. Además después de ese día que vino borracho yo le dije que no volviera a hacerme semejante espectáculo. El tipo, quienquiera que sea, insiste. ¿Vas a abrir? No, ¿cómo se te ocurre? Sólo hay que esperar hasta que se canse y finalmente se vaya. Esperamos, el tipo se cansa y se va. Eso creemos, pero a lo mejor también se ha quedado a dormir junto a la puerta como un perro. Cuando me despierto miro mi reloj de pulsera. Son las cinco y diez minutos de la madrugada. A obscuras, con la escasa luz que de la calle entra por la ventana, busco mi ropa, diseminada sobre la alfombra. Me visto rápidamente. Sonia parece dormir. Debo aprovechar para irme ahora. Rodeo la cama, despacio para que no me escuche, pensando en Alicia y diciéndome para mis adentros: ¡No debí venir! ¡No debí venir!, lleno de arrepentimiento. Pero ella no está dormida, porque desde la cama, sin incorporarse, con la cabeza hundida sobre la almohada, me dice: No te vayas, con voz somnolienta. Tengo que irme. No te vayas todavía, quédate otro poquito. ¿Para qué? Más bien duerme y descansa. Otro poquito. No, no puedo, tengo que irme. Por favor. Seguro que no puedo. Sí puedes, lo que pasa es que no quieres. Quédate. Hablemos un poquito. De nuestras vidas. Está bien, accedo, porque no quiero que piense que he venido a buscarla sólo para comérmela y nada más. Pero entonces comienza con lo de siempre. Tú arruinaste mi vida. No empieces, por favor. Sí, porque tú lo eras todo para mí, contigo me sentía segura, y después de que me dejaste todo eso se acabó, ahora soy la mujer más vulnerable del mundo. Antes yo era una mujer dura, nada me afectaba, pero ahora soy una tonta que no es capaz de nada, y todo por tu culpa. Yo ya sabía que aquello iba a pasar, pasaba siempre. Nos veíamos, terminábamos follando, y después venían los reproches de su parte. Perdí los mejores años de mi vida a tu lado, sigue, como si fuera una veterana, una anciana. Y todo ¿para qué? Para que te fueras con esa campesinita idiota. Sí, la culpa fue sólo tuya. Yo ¿qué hice? ¡Nada! Yo no te puse los cachos, nunca, en

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cambio tú sí. No era cierto. Jamás, en la época que anduvimos juntos, toqué a otra mujer distinta a ella, aunque, naturalmente, ganas e intenciones de hacerlo no me faltaron. Eres un mentiroso. Bueno, me voy, no quiero pelear contigo. Claro, ahora sí te vas, después de, comienza a lloriquear. ¿No te das cuenta de lo sucia que me siento, de lo utilizada? Me siento como una puta a la que se comen y ya, ¡hasta luego! Ven, abrázame, no te vayas aún. Me echo sobre la cama y la abrazo, disimulando para que no advierta que lo hago de mala gana. ¿No te das cuenta? Me siento muy sola. Pero es por lo que te digo, porque ahora soy débil y necesito el apoyo de alguien, sea quien sea. Porque cuando tú te fuiste yo no sabía qué hacer, me la pasaba llorando en la oficina, desesperada. Mi mundo eras tú, y de un momento a otro ese mundo se derrumbó. Yo no lo podía creer. ¿Qué había pasado? Estamos tan bien y de pronto, ¡puf!, ya no hay nada. ¿O sea que todo fue una mentira? Y por eso me cambiaste por otra. ¿No? Y esa Yanira ¿qué fue entonces? Lo que tú querías era vivir sin responsabilidades, eras un niño, no querías madurar, y aún lo sigues siendo, un niño, un inmaduro. Sí, tal vez es así, digo yo porque no quiero discutir con ella. Además ella tiene razón. Pero es que en esta época todos lo somos. Ahora nadie quiere responsabilidades, nadie quiere crecer. Todos queremos seguir siendo niños o a lo sumo adolescentes. ¡Ja!, dice ella con amargura. ¡Y a la hora que me lo vienes a decir! Mira, Sonia, no discutamos más. Más bien descansa porque mañana tienes que trabajar. Duerme otro poco. Adiós. Oye. ¿Qué? Prométeme que no te vas a olvidar de mí, que por lo menos me vas a volver a llamar. Claro, digo yo. Pero juré para mis adentros que aquélla era la última vez que venía a su apartamento. Aunque en el fondo, y en realidad no tan en el fondo, sabía que no era verdad. Una Barbie entregada al Señor Era una noche de finales de diciembre, lo recuerdo muy bien, cuando Manuel me llamó por teléfono para invitarme a salir junto con una noviecita suya que tenía en Paipa llamada Luz y un par de primas de ella. Telefoneo a casa de Alicia para pedirle permiso. Le digo que esa noche voy a salir con Gustavo a tomarnos unos tragos. ¿Y con quiénes más van a salir?, pregunta ella. Con nadie más, respondo yo. Solos los dos. Mentí a Alicia pues consideraba que Manuel, alcohólico y mujeriego, era una mala influencia para mí. Manuel pasó a eso de las diez y me recogió. Y las primas ¿qué tal están? No sé, no las conozco. Pero, como son dos, tiene de dónde escoger. La verdad es que yo iba con el pensamiento de desordenarme, en caso de que se pudiera, pues, como hacía mucho que no lo hacía, lo de Sonia no había sido nada, ya empezaba a agobiarme como un peso insoportable tanta seriedad. Pero nada de eso ocurrió. Al contrario. Por poco acabo convertido en un auténtico santón. Fuimos hasta Paipa en el carro de Manuel y recogimos a Luz y sus primas. Camino de la plaza principal, adonde habíamos decidido ir para ver el paso de un desfile de carrozas, pues estaban en las fiestas navideñas de la ciudad, noté cierto raro

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acento en la forma de hablar de las primas. Discúlpenme, ¿son ustedes del Llano? No, responde la morena. Somos de Venezuela, explica con orgullo la otra chica. No parecían hermanas, pero lo eran. La morena se llamaba Astrid y la otra, Susane. Astrid era la menor y la más risueña, pero también la más fea. Así que me decidí por Susane. ¿De qué parte de Venezuela? De Valencia. ¿Qué es eso, una ciudad, una provincia, un Departamento? Una ciudad, capital del Estado de Carabobo. Y tú ¿qué haces allá? Trabajo. ¿En qué? En una escuela. Dicto clases. ¿Tú? Pero si eres muy joven para ser maestra, pareces más bien una alumna. ¿Cuántos años tienes? Veintiuno. Revelaba menos, unos dieciocho. Según me contó, su madre era colombiana y su padre venezolano. ¿Es el señor que nos abrió la puerta? No, él es mi tío, hermano de mi mamá, es el padre de Luz. Mis padres están separados. Estaban de visita en el país con ocasión de las fiestas de Navidad. Vimos desfilar unas cuantas carrozas. Luego Manuel, que no puede pasarse mucho tiempo sin un trago, dice que vayamos a una taberna. Luz y Astrid estuvieron de acuerdo, pero noté que Susane dudaba. Vamos a tomarnos algo y a bailar, propone Manuel. Fuimos y nos metimos en la taberna más barata pero también más triste de la pequeña ciudad. ¿Cerveza o aguardiente?, dice Manuel. Yo, cerveza, dice Luz. Yo, lo mismo, dice Astrid. Susane permanecía callada. Para mí, una cerveza también, dice Manuel. Yo quiero una Águila, digo yo. Y tú, Susane, ¿qué quieres? Yo no quiero nada, dice ella. ¿Nada?, digo yo. Está bien, dice ella. Una gaseosa. ¿Una gaseosa?, dice Manuel. Sí, dice ella. Yo no bebo. Fue entonces cuando pensé que había elegido mal, porque ¿qué iba yo a hacer con una abstemia? Vamos, Susane, tómate una cerveza, digo yo. No, dice ella. Vecino, se burla Manuel, olvídese de la gaseosa y tráigale a la niña un biberón con leche tibia. Susane se puso muy rígida y su mirada se clavó con odio en el rostro carcajeante de Manuel. Tráiganos otra cerveza, vecino, digo yo. ¿De cuál quieres, Susane? Me miró como decepcionada, parecía como si en cualquier momento fuese a soltar el llanto. He dicho que no quiero nada, dice. Se paró y salió casi corriendo de la taberna. No le hagan caso, dice Astrid. Mi hermana es una loca. Por un instante estuve a punto de quedarme allí sentado. Miré la cara de Astrid y vertiginosamente pasaron por mi mente las más torcidas imágenes de su cuerpo y del mío entreverados en una cama. Pero ni aun así logré animarme. No era lo suficientemente agraciada para mi gusto. Así que salí tras Susane. La alcancé en la primera esquina. ¿Qué pasa? ¿Por qué te pones así? No te preocupes por mí, devuélvete, ve con ellos. ¿Adónde vas? A casa. Déjame acompañarte. Caminamos en silencio un par de cuadras. Discúlpame, debes pensar que soy una loca. No, sólo que eres un poco rara. Lo que pasa es que no me gusta que me obliguen a hacer cosas que no quiero hacer. ¿Qué hay de malo en tomarse una cerveza? Simplemente no quiero hacerlo. ¿Por qué no? Tengo mis razones. No insistí. Caminábamos juntos, en silencio, como un par de novios que se han peleado y cada uno considera que todo está dicho ya, que las palabras sobran. Perdóname, no quise obligarte a hacer nada. Pero lo intentaste. Perdóname. Me quedé mirándola. Perdóname, digo por tercera vez. Me detuve. Ella también se detuvo, y alzó su mirada. Está bien, dice, pero no lo vuelvas a hacer.

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Te lo prometo. Sus ojos duros se ablandaron. ¿Otra vez amigos? Está bien. La convencí para que no se marchara para su casa. Fuimos hasta la Concha Acústica. Había un grupo de músicos negros animando la noche. Las gradas estaban llenas de gente que bailaba, pero conseguimos un sitio. ¿Te gusta esta música? No me agrada, pero tampoco me desagrada. ¿Bailamos? Hace mucho que no lo hago. No importa. Mejor, no. No quiero pisarte. Nos quedamos sentados. ¿Por qué eres tan misteriosa? No lo soy. Pero lo pareces. Lo que pasa es que tú no me conoces y no sabes por qué actúo así. ¿Por qué? ¿De veras quieres saberlo? Claro. Esto explica: Hasta los diecisiete años ella fue una niñita tonta, como todas las demás, que hacía todo lo que sus amigas le decían que hiciera. No tenía carácter. Por temor al rechazo de sus compañeras, les obedecía sin oponerse, ayudándolas a ejecutar sus insanas ocurrencias. En esa época, tuve una amiga que me obligaba a hacer cosas de las que después me arrepentía. Quiero saber qué cosas. No puedo decírtelas. ¿Tan terribles son?, pienso, pero sólo digo: ¿Por qué no? Porque aún no te tengo tanta confianza. Quizá después te cuente qué cosas. Luego de unos minutos de silencio, hago la pregunta del millón: ¿Tienes novio? No. No te creo. ¿Por qué no? Es imposible que no tengas novio, allá, en Venezuela. Tengo muchos amigos, pero novio no. Me contó que todos sus amigos, sin excepción, eran más viejos que yo. Entonces son bastante viejos. No tanto, un poquito más que tú. Pero es que tú no tienes cara de mayor. Ella decía mayor en lugar de viejo. Tú pareces un chico de unos veinticinco años. Le pregunto por qué no tiene amigos de su misma edad. No sé, lo que pasa es que no me llevo muy bien con ellos. ¿Por qué no? Son demasiado tontos, se parecen a tu amigo Manuel. ¿Qué quieres decir? Son bromistas, se burlan de la gente, y eso a mí no me gusta. Entonces son iguales a mí. No, tú eres más sensible. ¿Te parece? Sí. Entonces no tienes novio, ¿verdad? ¿No me crees? Sí, te creo. Pero alguien debe de molestarte. No, nadie. ¿Nadie? Bueno. Aceptó que tenía un amigo especial que se preocupaba bastante por ella. ¿Cómo se llama? Roberto. ¿Y también es mayor? Sí, un poco. En su casa, y en su vecindario incluso, creían que era su enamorado. ¿Y no lo es? No. ¿Jamás se te ha declarado? No, es mi mejor amigo. ¿Pero tú has tenido novios, antes? Claro. Muchos, me imagino. No, no muchos. Y ahora estás sola, ¿verdad? No exactamente. Ahora estoy con Jesucristo. Él es quién me acompaña y guía mi vida. ¿Eres evangélica o algo así? Sí, soy evangélica. ¡No, no puede ser! ¡Las evangélicas no fuman, no toman, no bailan, no se burlan de sus semejantes, no follan más que con su marido, y eso con la venia del Altísimo! ¡Y lo peor de todo es que, por venirme tras esta aburrida candidata a santa, he dejado en la taberna a una alegre pecadora! Y ahora ¿qué? Nada que hacer, hermano, diría Pancho. Una vez el ojo afuera, no hay Santa Lucía que valga. Yo jamás había salido con una evangélica, Pancho sí, y Fran trabajaba con una. La de Pancho era la mujer más hermosa que había visto en su vida. Rubia, alta, delgada, bien formada, y con unos enormes ojos azules. Una Barbie entregada al Señor. Lástima que usara faldas hasta los tobillos, se lamentaba Pancho. Además era loca. Para acostarse con ella, explicaba, sólo había que cumplir una condición. Naturalmente, para un tipo como Pancho, llegarse

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hasta el altar, para así al fin obtener un polvo, no era una propuesta que pudiera aceptarse. Ni porque la vieja fuera tan buena y ni porque yo estuviera tan tragado, decía. La rubia continuó su, al parecer, afanosa búsqueda, y con óptimos resultados, porque, a escasos meses de su alejamiento del irresoluto Pancho, halló a uno, en opinión de Pancho, más pendejo que él. La vio por el centro de la ciudad cogida de la mano con otro tipo, y mostrando señales evidentes de embarazo. La de Fran era una farisea. Iba al culto todos los días, entregaba religiosamente su diezmo, alababa sin cesar la Grandeza del Señor, oraba por la paz, el perdón y la reconciliación de todos los pueblos del mundo, pero no servía ni para hacer el más mínimo favor como no fuera a cambio de algo. Además se zampaba sus agrias cada vez que la invitaban sus compañeros de trabajo, lo cual sucedía regularmente durante la semana, e incluso se iba al culto sin chuparse una menta para tapar el nauseabundo tufo. Fui por lana y salí trasquilado. Boris, que por esos días había llegado de Medellín a la ciudad, me escuchaba. Estábamos en el bar de Papi Mauro, adonde habíamos ido a tomarnos una sola cerveza pero al final resultó que salimos llenos de la perra. Por fortuna no empieza a hablarme de Dios ni de la salvación por Jesucristo ni de nada más por el estilo, simplemente me dice: Tú no eres creyente, ¿verdad? ¿Se me nota mucho? ¿No crees en nada? Sí, sí creo. En mí mismo. ¿No es eso demasiado arrogante? Sólo lo digo en broma. ¿Nunca hablas en serio? A veces. ¿Como cuándo? Como ahora mismo. La verdad es que no soy creyente, pero me parece que para ser una buena persona no es absolutamente necesario creer en Dios. Incluso yo me considero mejor individuo que muchos de aquellos que se dicen Servidores Suyos. ¿O tú crees que soy mala gente? No te conozco lo suficiente, pero espero que no. Jamás llegué a pensar, dice Boris, que un tipo ateo como usted resultara metido con una evangélica. Ni yo mismo, dése cuenta, digo yo. Ya lo veré dentro de poco entregando usted también el diezmo, se burla él. Camino de la casa de su tío volví a preguntarle por qué se la pasaba metida con personas mayores. Ya te dije. Porque estando con los jóvenes no me siento bien. Pero ¿por qué no, si tú también eres joven? No me acomodo a ellos, a su manera de ser, de hablar, de actuar. Ellos son muy distintos a como soy yo. ¿Qué quieres decir? Ellos sólo piensan en la diversión a cualquier precio, incluso a costa de la propia dignidad personal. Me parece que no se valoran lo suficiente como personas. ¿Pero no crees que lo que estás haciendo es marginarte de la vida? No te entiendo. Sí, es como si pretendieras sepultarte en vida. Se la pasa sólo con viejos, le explico a Boris, en un grupo de oración y de interpretación de la Biblia del que ella ha sido elegida como directora. Sólo vive en función de ese grupúsculo, que, excepto por ella, es como una secta de ancianos temerosos del Poder de Dios. Sin que ella parezca notarlo, esa secta decrépita consume sus energías y su vida entera en el desarrollo de obscuras actividades de un inframundo fanático. Sigo sin entenderte. Voy a contarte una cosa. Aunque no lo creas, hace algunos años, cuando tenía más o menos tu misma edad, yo era igual a ti. ¿En qué sentido? Fíjate. En el último grado de secundaria, sufrí una transformación asombrosa. Cambié del cielo a la tierra, como se dice. No salía de casa como no fuera para lo estrictamente necesario,

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como ir a clases. Duré ese año encerrado en casa, abandoné a mis amigos, dejé de practicar deportes. Algo había pasado en mi interior, nada me gustaba, todo me producía un fastidio insoportable, mi vida no tenía sentido. ¿Y sabes por qué? ¿Por qué? Porque, al igual que tú, yo me creía mejor que los demás. Para mí la única manera válida de ver el mundo era como yo mismo lo veía. Y sigue siendo así, se burla Boris. ¿Y cómo lo veías? Para mí entonces, al igual que para ti ahora, el mundo estaba dividido en dos partes. En una estaba yo, el poseedor de la verdad absoluta, el poseedor de la razón, y en la otra estaban los demás, ignorantes y obtusos que vivían una vida equivocada. Había dos realidades, una la mía, la genuina, y otra la de los demás, la falsa, la errónea. Y lo que más me amargaba la vida era que al parecer nadie, excepto yo mismo, se percataba de ello. El mundo seguía girando estúpidamente, ajeno a mi verdad, es decir, a la Verdad. Mi soledad era inconmensurable. Tal vez tengas razón, acepta Susane, tal vez es cierto, a lo mejor es así. Es cierto, porque tú crees tener la razón y piensas que el mundo está completamente equivocado, que va por mal camino. Muchas veces he querido cambiar, ser como los demás, dejar mis preocupaciones a un lado y vivir como viven los demás. Pero nunca he podido hacerlo. ¿Por qué no? No lo sé, quizá porque todo me parece tan atroz. Te parece atroz simplemente porque te conviertes en juez del mundo. Tú divides el mundo en buenos y malos, y ahí está el error, causante de sufrimiento. El mundo es mucho más que eso, y así debes aceptarlo. Es difícil hacerlo. Claro que lo es. Es más fácil decir: Esto me gusta, esto no me gusta. Es más fácil decir: Odio al asesino, amo a la víctima. Lo difícil es aceptar, digo recordando la cita a André Gide que hace Charles Bukowski al comienzo de su novela Factótum, que un mismo Dios creó al lobo y al cordero, y luego sonrió, viendo que su trabajo estaba bien hecho. Si sigue saliendo con esa vieja, dice Boris con sorna, además de filósofo, va a resultar santo salvador de los que sufren, pues. También yo, dice Susane como una sonámbula que hablara en sueños, también yo, a veces, me siento sola y desesperada. A veces pienso que el mundo es horrible y que nunca dejará de serlo y que nada tiene sentido, ni siquiera mi propia vida. ¿Sabes cómo salí de ese pozo en que estaba hundido, digo yo como para despertarla, de ese pozo lleno de arrogancia tan semejante al que has descendido tú? Pero entonces acudo a Dios, y Él me fortalece para que no desfallezca y siga adelante. Fíjate. Él, y sólo Él, da sentido a mi vida. Me di cuenta que, si continuaba así, juzgando al mundo, terminaría solo y loco. Vivo por y para Él. Además ¿quién soy yo para juzgarlo? No sé qué sería de mi vida sin Su Palabra. Lo mejor, para sobrevivir en él, es acomodarse a él. Estoy entregada a Su Mandato Divino. ¿Qué gano yo, aparte de amargura y soledad, yendo en su contra? La labor que realizo en el Grupo ilumina mi vida. ¿Vale la pena luchar contra semejante monstruo? Ellos confían en mí. Después de un penoso año de distanciamiento, volví al execrable mundo, regresé a la maravillosa vida. Y no voy a decepcionarlos. Susane. Hemos llegado, dice como despertando. Adiós. Fue un gusto conocerte, pero no quiero volver a verte nunca más. ¡¿Lo echó?!, dice Boris riéndose. Casi, digo yo. Lo que pasa es que se dio cuenta que mis palabras estaban resquebrajando su fe y sus creencias.

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¿Qué pasó entonces? La invité a almorzar mañana. ¿En dónde? Allá, en Paipa. ¿Y aceptó? No quiero volver a verte, dice ella. ¿Por qué no?, digo yo. Tú no crees en Dios. ¿Y? Según lo que has dicho, tú crees que el mundo es horrible, pero que, a pesar de ello, hay que resignarse a vivir lo más tranquila y placenteramente posible en él. Más o menos, sí. Pensarías muy distinto si creyeras en Dios. ¿Por qué? Porque sólo Él puede cambiar al mundo, sólo Él puede iluminarlo. Yo creo que los Hombres podemos cambiar el mundo, si quisiéramos. Pero sin Él no podemos hacerlo. ¿Por qué no? Porque necesitamos de Su Luz. ¡Está bien, está bien, me rindo!, me digo para mis adentros. ¡Pero deberías saber que es más divertido ser un pecador que ser un santo! ¡O mejor: deberías saber que ningún Hombre puede ser una cosa o la otra, exclusivamente, porque cada Hombre es ambas cosas a la vez! Y usted, dice Boris, ¿para qué la invitó a almorzar? ¿Por qué se expone a que Alicia lo pesque? ¿O es que acaso usted cree que esa relación va para algún lado, que tiene futuro? Y Alicia ¿qué va a pasar con ella? No lo sé, no sé qué pueda pasar. Y no me importa. Lo único que sé es que algo cambió en mí. Fíjese que ayer yo me fui hasta allá con la depravada idea de levantarme una tipa y acostarme con ella y nada más, pero resultó que el Destino o lo que sea tenía preparada otra cosa para mí. ¿Por qué, Boris, uno es tan torcido? ¿Por qué sólo pensamos en satisfacer los impulsos de nuestro mezquino cuerpo y no más allá? No me diga más, dice Boris. A mí se me hace que a usted lo que le está pasando es que se está enamorando de esa vieja. No discutamos más, digo yo. Independientemente de mis ideas, dame la oportunidad de demostrarte que una persona como yo no es tan mala como parece. Sus ojos duros volvieron a ablandarse, me miraron fijamente y una chispa de dulzura asomó en ellos. No quiero arriesgarme, dice ella, no quiero sufrir. Te prometo que no sufrirás. Nos despedimos en la puerta de la casa de su tío. Adiós. Adiós. Pasado mañana pasó por ti a eso de las doce, ¿te parece bien? Está bien, dice ella. Y agrega: Pero lo mejor es que no vengas. Al día siguiente de haber conversado con Boris, con un tufo de los mil demonios debido a la tremenda borrachera que nos pegamos la noche anterior, me presenté en la casa de su tío. Abrió la puerta una señora con cara de revólver. Pregunté por ella. Disculpe, señor, dice la señora mirándome de arriba abajo, mirándome como se mira a un zapato viejo, que en realidad era como me sentía en ese momento, pero ¿quién es usted? Soy un amigo suyo. Susane no tiene amigos aquí. Nos conocimos la otra noche. En ese momento Astrid salió del fondo de la casa. Llevaba en brazos a un niño, el cual resultó ser hijo suyo. Hola, cuñado, me dice en son de mofa. Mamá, vaya y llame a Susane y dígale que ya llegaron por ella. Estaba que me moría de la resaca y no quería saber nada de invitaciones a almorzar ni de nada más. Pero tampoco podía dejar de ser caballero y desentenderme de la cita. Guardaba la esperanza de que la que no cumpliera fuese ella. Al fin y al cabo anteayer había dicho: Lo mejor es que no vengas. Pero por lo visto estaba ya condenado a seguir apretando la soga que yo mismo me había puesto al cuello. La señora volvió con su hija mayor. Mire, mamá, dice Susane. Le presento a Roger, de quien le hablé ayer. Volvió a mirarme con una mezcla de antipatía y de desconfianza. ¿Y

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adónde piensan ir?, pregunta. Al restaurante que se encuentra aquí abajo, digo yo, yendo hacia las piscinas municipales. ¿Cuál?, dice la madre. No recuerdo su nombre, explico yo, pero su fachada está pintada de color blanco. La señora frunció el ceño, denotando extrañeza. No queda lejos, digo como para tranquilizarla. Y usted, quiere saber de pronto, ¿a qué se dedica? Soy ingeniero. ¿Y en qué trabaja? En nada, por ahora. ¿Es casado? ¡Mamá!, la interrumpe Astrid. Deje tantas preguntas, mire que se les va a hacer tarde. La señora miró a su hija mayor de tal manera que parecía querer decirle: ¿Está segura, mi hijita, de lo que va a hacer? Si no quiere ir no tiene que hacerlo. Pero Susane quería ir, porque se había puesto un llamativo traje azul con grandes flores multicolores, zapatillas blancas de tacón alto y se había maquillado y peinado. Dice: Adiós, mamá. No tardamos. Adiós, dice secamente la señora. Y vuelve a mirar a Susane, esta vez como con intención de querer advertirle: Usted verá, pero de todas maneras cuídese. Yo me sentía como el Lobo Feroz que astutamente consigue llevarse a Caperucita Roja para comérsela. La mamá de Susane me hizo recordar entonces a la mamá de una antigua novia de Leonardo Ramírez, que no sólo era el más irresponsable sino también el más chiflado de los amigos que tenía Manuel. Cierta noche la señora, en camisón de dormir, despeinada como una loca, baja de su habitación a la sala y le dice a Leonardo: Antes de que Catalina baje y se vayan, los dos tenemos que conversar. Ni más faltaba, mi señora, dice Leo. Dígame. Mire, Leonardo, yo estoy muy preocupada. ¿Por qué, mi señora? Porque todo el mundo, es decir, los amigos de mi hija, me dicen que usted no hace nada. ¿Es eso verdad? Es verdad, mi señora. O sea que ¿no estudia ni trabaja? Sí, señora. No estudio ni trabajo. ¿Y por qué no, si puede saberse, joven? No tengo necesidad de hacer ni lo uno ni lo otro. Entonces ¿a qué se dedica? Mire, mi señora, espere y le explico. Lo que pasa es que yo recibí una herencia por parte de mi padre, y por tal motivo no tengo necesidad ni de estudiar ni de trabajar. Me dedico a administrar la fortuna que mi padre me dejó. Ah, ya veo, dice la madre de Catalina, llenándose de más dudas de las que ya tenía al principio. Leo, que, aparte de todo, es asimismo un tipo inteligente, parece notarlo, y se apresura a decir: Pero si a usted eso no le parece bien, yo, con mucho gusto, para tranquilizarla, estoy dispuesto a abrir una oficina en el centro, ir a ese lugar y sentarme a leer los periódicos todos los días y así hacer la parodia de que cumplo un horario y de que tengo un trabajo. Y ahora, si me hace usted el favor, vaya y le dice a Catalina que se apresure a bajar porque se nos está haciendo tarde para ir a la fiesta. Gracias. ¿Dónde es la fiesta? ¿Qué fiesta? A la que tú vas y no me invitas. A ninguna, ¿por qué? Porque estás vestida como si fueras para una fiesta de gala. ¿Te parece? Claro. De haber sabido que ibas a estar vestida así, yo no me habría venido con esta pinta tan informal. Así estás bien. Pero tú estás mejor. Era verdad, no lo decía sólo por cortesía o por halagarla. Lucía muchísimo mejor que la noche en que nos conociéramos. Y eso me agradaba, tanto más cuanto que entonces comprendí que ella se había arreglado para mí. Quería impresionarme y lo consiguió. Lo que más me extrañaba era que una mujer como ella, que decía estar entregada totalmente a

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complacer a Dios, se esforzara también por complacer a un hombre, a un hombre que, para colmo, no creía en el buen Dios en el que ella creía ciegamente. ¿Conclusión? Era evangélica pero no por ello dejaba de ser mujer. Estábamos en el mismo restaurante en el que se le declarara a Isolda uno de sus tantos pretendientes rechazados. Fue ella quien me lo recomendó. Dijo que era carísimo y muy elegante. Pero acertó en lo primero y se equivocó en lo segundo. De distinguido tiene muy poco, la misma Susane anota: Este es un restaurante que pretende ser refinado pero que en realidad no lo es. A lo mejor lo dice por la camisa del mesero que nos atendió, cuyos puños y cuello estaban visiblemente raídos. Tengo algo para ti. Gracias, dice Susane recibiendo la tarjeta. Ábrela. En su interior, entre otras muchas cosas más, decía: Aunque te parezca extraño, creo que estoy empezando a enamorarme de ti. ¿Y sabes por qué? Porque desde la noche que te conocí, no he podido sacarte de mi mente. No he hecho otra cosa que pensar en tu cara, en tus ojos, en tu sonrisa, en tu forma de hablar. Eres hermosa, no sólo por fuera, sino también por dentro. Sonrió. Exageras, dice, sobre todo cuando dices que serías capaz de seguirme hasta Venezuela. No me crees, lo sé. Es difícil hacerlo. Tú no me conoces. ¿Cómo puedes, entonces, amarme? Amo lo que sé de ti. Tú no sabes nada acerca de mí. Cuando acabamos de almorzar eran apenas las dos de la tarde. ¿Qué quieres hacer ahora? Caminar, responde ella. Demos un paseo hasta el lago. Fuimos andando lentamente por la carretera que conducía a las piscinas municipales. La brisa agitaba su vestido y su cabello rojizo, que parecía lanzar destellos dorados. Estaba realmente hermosa. Y no era sólo impresión mía, porque cuando pasábamos por delante de algún comercio para turistas, no sólo los hombres sino también las mujeres se quedaban mirándola con una mezcla de curiosidad y de admiración. Ella parecía no darse cuenta. Cuéntame algo, dice de pronto. ¿Como qué? Lo que tú quieras. Está bien. Me imaginé que querría saber algo acerca de mi vida. Llegamos hasta el lago, por cuya orilla transitaban algunos turistas, unos en bicicleta y otros montados en caballos. Nos sentamos sobre la hierba húmeda. Me quité el saco y nos acomodamos sobre él para que nuestras ropas no se mancharan. Así que tienes novia, dice ella como desencantada. Te dije que iba a ser sincero contigo, explico yo, y que no te iba a ocultar nada. Cometí el error, garrafal cuando se trata de mujeres, de decir lo que ella no quería escuchar. Pero para remediarlo decidí utilizar el viejo truco que me enseñara Manuel para minimizar la importancia de una relación semejante. Digo: Pero la verdad es que no nos llevamos muy bien. Y surte efecto, porque entonces parece olvidar su terrible desilusión y me dice: ¿Por qué no?, con el tono de quien le agrada lo que acaba de escuchar. Porque peleamos mucho. ¿Y por qué pelean? Bueno, por todo y por nada. ¿Pero tú la quieres a ella? Desde luego, no iba a volver a ser tan bruto de embarrarla diciendo lo que ella de ninguna manera quería escuchar. Así que hago de tripas corazón y digo: La quise, pero, ahora, no sé. Y agrego: Además tú has llegado a mi vida. ¿No crees que el Destino quiso unirnos? ¿Y qué piensas hacer ahora? ¿A qué te refieres? ¿Piensas seguir con ella? Digo lo que ella quiere oír de mis labios: No sé, creo que no. Y explico a fin de complacerla aún más, miento,

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aseguro: La verdad es que estoy esperando que regrese de vacaciones, está con su familia en la Costa, para acabar nuestra relación. Susane dice: A mí me parece, después de lo que me has dicho, que es lo mejor para ti. En el cielo, azul y con pocas nubes, brillaba un sol espléndido, suave sol de diciembre que iluminaba el blanco rostro de Susane, quien sonreía al paso de una lancha de motor cargada con turistas. Agitamos las manos para saludarlos, los turistas gritaron con alborozo y yo me sentí feliz. ¡Qué bello era el lago! ¡Qué hermosa era Susane! ¿Puedo darte un beso? Me miró ruborizándose. Tal vez. Me acerqué. Pero ahí no, dice apartando su boca y ofreciendo su mejilla. Su piel era de terciopelo. Volvimos a la casa a eso de las cuatro y media. Abrió la puerta el padre de Luz. ¿Dónde han estado? En el lago. Su mamá ha salido a buscarla. Me reí. Debe de creer que te rapté o algo por el estilo. Mi mamá se preocupa mucho por mí. ¿Hasta ese extremo? No quiere que nadie me haga daño. ¿Y tú crees que yo voy a hacerte daño? Espero que no. Bueno, me voy. ¿Cuándo podemos volver a vernos? Quizá mañana, si aceptas mi invitación. ¿A qué? Mañana lo verás. Cuando Susane dijo que no sabía nada acerca de ella, tenía toda la razón. Me citó al día siguiente a las dos de la tarde, después del almuerzo. Era domingo y debí sospecharlo. Fuimos con su madre, su hermana, el hijo de su hermana, su abuela y una vecina de su abuela hasta el Coliseo de la ciudad. Ya vas a ver, dice entusiasmada Susane, que hoy tu vida va a cambiar. Pero no fue así. Lo que Susane consiguió en realidad fue confirmar mi absoluta aversión a todo lo relacionado con ritos religiosos. El Coliseo se llenó de fanáticos como ella, que cantaban, oraban, batían palmas, reían, lloraban, gritaban, se desmayaban, comían, bebían, iban al baño, conversaban. Semejante circo parecía todo menos una de esas misas a las que acostumbraba asistir cuando era más ingenuo. Había incluso pancartas y banderas, como si se tratara de un partido de fútbol o un evento por el estilo. Cuando salimos, después de ¡cinco insoportables horas!, me pregunta: ¿Cómo te pareció la celebración? Muy alegre. ¿Verdad que sí? Pero lo que no entiendo es por qué llorabas. Lloraba de gozo, de felicidad por encontrarme en comunión con el Señor. Levanté mis súplicas a Él y sentí que me escuchaba. Oh. Ya vas a ver, el próximo año, cuando vayas a Venezuela. Te voy a llevar a otra de nuestras celebraciones. Son muy parecidas a las de acá. Yo sé que poco a poco, con mi ayuda, vas a ir cambiando, y pronto seguirás la Senda del Señor. ¡Dios mío, ¿en qué estaba pensando cuando me metí con esta loca sectaria?! ¡¿Abandonar a Alicia, irme tras ella hasta Venezuela, cuadrármela, casarnos, ingresar a su grupo de ancianos religiosos?! ¡Ni muerto! Dos días después, la llamo por teléfono para despedirme. ¿Cuándo te regresas? Pasado mañana. Te deseo mucha suerte. Y no cambies. Eres una mujer maravillosa. Te voy a extrañar. No digas eso. Piensa en que nos veremos pronto. ¿Ya hablaste con Alicia? No, todavía no ha llegado. ¿Cuándo llega? En una semana. ¿Y aún estás decidido a dejarla? Claro, claro. Pero piénsalo bien. ¿Por qué? Porque no quiero que otra persona sufra por mi culpa. No te preocupes. Era una decisión que ya había tomado antes de conocerte. Adiós. Te mando un beso. Llámame. Me tomó por sorpresa, no pensé que fuera a hacerlo tan rápido. Dejó transcurrir apenas una

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semana, tiempo que, sin embargo, bastó para que yo me olvidara completamente de ella y de mis absurdas promesas. ¡Ah, hola, Susane!, digo atropelladamente, perdido el control. ¿Cómo estás? ¿Qué has hecho? ¿Cómo te van las cosas por allá? ¿Bien? Me alegro. ¿Cómo? ¡Ah! No sabría decirte. En cualquier momento. Sí. El día menos esperado te caigo por allá. ¿Cómo? ¿Que si aún sigo con Alicia? Sí, claro, por supuesto. No, no, ya no peleamos tanto. Además hemos. De pronto un fuerte chasquido golpea mi oído: ¡TRASSSSS! Y luego: ¡TÚÚÚÚÚÚÚÚÚÚÚ! ¡¿Aló?! ¡¿Aló?! Nunca más volvió a telefonearme. Gracias a Dios. Amor sucio Contrariamente a lo que pudiera llegar a pensar Alicia debido a aventuras como aquélla con Susane, yo la amaba, la amaba de verdad. Aunque, claro, ella jamás, ni por un instante, dejaba de dudar acerca de la sinceridad de mi amor por su persona. Constantemente me reprochaba: Cuando vamos juntos por la calle, tú no haces más que mirar a las viejas que pasan por tu lado. Disimulas, decía con acritud, te haces el loco, pero yo me doy cuenta, yo te vigilo, yo te he pescado muchas veces viéndoles el culo y las tetas, porque tú no haces más que pensar en culos y tetas. Era cierto, era verdad que miraba a ciertas mujeres, a ver cómo estaban. Pero no es por lo que pensaba Alicia. Ella pensaba que por hacerlo dejaba de quererla un poco. Si mi vista se detenía por un momento en alguna mujer, aquello constituía para ella una suerte de traición y quería decir que obscuramente yo deseaba conseguirme otra mujer. En tales ocasiones dudaba seriamente de la veracidad de mi amor por ella. Cuando admiraba un afiche de una modelo que me gustaba y decía: ¡Uf, qué buena que está!, ella creía firmemente que yo ansiaba tener como novia a una mujer que fuese por lo menos una buena copia de la modelo. Pero se equivocaba. Realmente estaba enamorado de ella. Y entonces estaba dispuesto a jurar que podía venir la mujer más buena del mundo, la modelo mejor cotizada del mundo con sus tetas redondas y perfectas como melones y su culo suave y provocativo como un melocotón, que podía venir a dármelo gratis Elle McPherson y estaba seguro de que ni aun siendo mi sueño hecho realidad se me pararía de la misma forma que se me paraba ante la vista de los defectos de Alicia. Se dice que no hay mayor afrodisiaco que el amor, pero no era sólo el amor lo que hacía que el cuerpo de Alicia me excitara de aquella manera. No. Había algo más. Porque aun estando enamorado de Sonia o de Yanira como lo estuve, con ninguna de ellas dos alcancé nunca las cimas de pasión que había llegado a alcanzar con Alicia. En otras palabras, y en definitiva: los mejores polvos me los había echado con Alicia. Todo lo cual no significaba, claro está, que fuera a renunciar a cualquiera de los placeres de la carne que eventualmente pudiese llegar a brindarme la vida. ¡Oh, Alicia, qué cruel fui contigo! Recuerdo aquella vez que le puse los cuernos con Yanira. Semanas atrás me había telefoneado. Me cuenta que ahora está radicada aquí mismo, en la ciudad, que estudia en un

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colegio nocturno, que tiene novio y que vive en casa de éste, en el sur. Pero quería que nos viéramos pronto. Quedamos, pues, de encontrarnos cierto día, pero la fecha señalada la dejé plantada. No voluntariamente, porque yo más que nadie deseaba volver a verla, saber cómo estaba, acaso reanudar de alguna forma nuestra relación truncada por las circunstancias, sino porque entonces debí viajar fuera de la ciudad a cumplir una de las tantas citas de trabajo que Hermam arreglaba para mí y que al final no resultaban en nada y yo no tenía un número telefónico adonde avisarla. Luego fue ella quien me buscó de nuevo y volvimos a citarnos. Me llama un jueves y quedamos de vernos el sábado por la tarde. Pero no me vaya a fallar como la vez pasada. Yo le aseguro que no, pese al riesgo que implica vernos en la entrada del edificio de Telecom, en plena Plaza del Libertador, donde justamente se pone cita media ciudad. Llego puntual, y espero por espacio de media hora, pero ella no aparece. Dado el carácter vengativo de ciertas mujeres, si mujer se puede llamar en este caso a una muchachita de escasos dieciocho años de edad, pienso que me ha hecho ir sólo con el fin de dejarme plantado, tal como yo lo hiciera semanas atrás. Pienso también que está en todo su derecho y sin rencor decido irme. Me pongo a dar vueltas por el centro, a mirar vitrinas y luego de alejarme de una de ellas me da por bajar nuevamente hasta la esquina de Telecom, acaso haya llegado tarde y esté por allí esperándome, que es exactamente lo que ocurrió. Hacía un par de años que no la veía y me pareció que había envejecido prematuramente. Sigues igual de bonita. ¿Le parece? Claro. Yo lo tenía todo preparado de antemano. Había ido hasta Duitama y vuelto ese mismo día. ¿Adónde quieres que vayamos? No sé, a una cafetería. ¿Qué te parece si vamos a otro sitio? ¿Cómo cuál? No sé, un sitio donde podamos hablar más en privado, ¿me entiendes? ¿Y acaso de qué vamos a hablar que no sea lo corriente, de lo que hablan un par de viejos amigos que hace algún tiempo que no se ven? Precisamente eso es lo que no quiero. ¿Qué te parece si? Mira, te voy a hacer una propuesta, pero no sé cómo la tomes. A ver, ¿cuál es? Respiro hondo, como un chico cuando se decide por fin a pedirle a su chica que se echen un polvo. ¿Conoces La mansión? Ingenuamente pensé que me diría que no y que mi propuesta iba a ser tomada como la de quien invita a otro a conocer un paraíso desconocido, pero. Claro, responde ella con toda naturalidad. ¿La conoces? Por supuesto. ¿Ya has ido? Sí. ¿Con quién? ¿Con tu novio? No, con un grupo de amigos y amigas. ¿Fueron a? Sí, a divertirnos un poco. ¿Qué significa esto? ¿Una orgía, acaso? ¡Vaya con estas provincianas! ¿Qué te parece si vamos allá un ratito? Sonríe, pero no dice nada. Tengo una motocicleta en un parqueadero, podemos ir en ella. ¿Es suya?, pregunta la muy interesada. No, mi hermano que vive en Duitama me la prestó. Vuelve a callarse, aún no se decide. ¿Qué dices? No sé, me da miedo. Miedo ¿de qué? De caer en la tentación. La carne es débil, dice sonriendo maliciosamente. Mi corazón golpeó, sabía que sólo tenía que insistir un poco más para convencerla, y así fue. Se trepó junto conmigo en la motocicleta y nos dirigimos al motel. Necesariamente debíamos cruzar por ciertas calles del centro antes de salir de la ciudad y aunque también había tomado la precaución de pedirle prestado a

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mi hermano el casco de motociclista que impedía que alguien, una amiga de Alicia, viera mi cara y dijera: Allá va el novio de Alicia en esa motocicleta junto con otra vieja, y corriera a contárselo a ella, me sentía nervioso, como si todo el mundo que nos observaba al pasar supiera no sólo quién era yo sino también hacia dónde íbamos. Cuando entramos a la cabaña que nos asignan, que, curiosamente, resulta ser la misma que nos asignaran la primera vez que fui con Alicia, Yanira me advierte: Pero no vamos a hacer nada, claro está. Solamente conversar. Lo que tú digas. Y eso hicimos por espacio de un par de horas. Mutuamente nos dijimos mentiras para fabricar la ilusión de que aún quedaba algo de nuestro amor, porque la verdad es que un abismo nos separaba. Ella amaba a su novio, un tal Agapito y yo amaba a Alicia, pero mentíamos sólo para justificar el que nos encontráramos en ese sitio, donde difícilmente podría ocurrir el milagro de no tocarnos, tanto más cuanto que ella y yo lo deseábamos, ella por lo que fuera y yo por satisfacer un anhelo experimentado ardientemente durante un pasado que ahora se me antojaba remotísimo. Siempre te voy a querer, juro yo, porque tú cambiaste mi vida. Lo que yo sentí por usted, afirma ella, no lo he vuelto a sentir de la misma forma por nadie más. Intenté besarla. No, por favor. Simuló oponer cierta resistencia, pero luego, en seguida después, me dejó quitarle el sostén y lametearle sus pequeños senos de adolescente. Espere. ¿Qué quiere de mí, Roger? ¡Vaya pregunta! Sabes lo que quiero, quiero hacerte el amor. ¿Sí? Sí. ¿Y su novia? ¿No piensa en ella? ¡Válgame Dios! Sí, pero yo te amo y no puedo evitar el deseo de hacerte el amor. Yo también lo amo, a pesar de que nuestras vidas van por caminos distintos. Además, tú eres joven y tienes que vivir. Sí, es verdad. Aún me faltan por vivir muchas experiencias nuevas. Ven, déjame quitarte los blue jeans. No, aún no. Primero tomemos algo. Está bien. ¿Quieres ron? No, algo más suave. Vino, entonces. Vino está bien. Llamé al 101 y ordené una botella. A diferencia del de Alicia el de Yanira era un cuerpo duro, joven, delgado, sin una sola estría. Pero entonces me pareció que sus coños olían casi a lo mismo. Además compartían ambas la predilección por cabalgar en lugar de ser montadas. Aunque sólo quiso que nos echáramos un polvo, salimos tarde del motel. Ya era de noche cuando lo hicimos. ¿Y qué pasó después?, quiere saber Manuel, a quien no tardo en contarle ésta, una de mis, comparada con la cantidad de las suyas, escasas aventuras. Cogí y la llevé adonde vivía. Mejor dicho: a una cuadra de distancia de la casa en que vivía, no fuera a ser que el novio la viera bajándose de la motocicleta. Después me fui para el barrio y me presenté donde Alicia. Me recibió con cierto recelo. ¿Dónde andabas? Como habíamos quedado de vernos a eso de las cinco, le explico a Manuel, pues la verdad no pensaba demorarme mucho con Yanira, y claro, no aparecí y además me perdí gran parte de la noche, llegué casi a las diez, alcanzó a sospechar algo. ¿Dónde andabas? Le di una cantidad de disculpas, y ya se sabe que el que da demasiadas explicaciones es porque esconde algo. ¿Qué le dijo?, quiere saber Manuel, acaso con el propósito de aprender alguna nueva treta, aunque él mismo era un consagrado maestro de la mentira, sólo había que ver lo que ya duraba la farsa que era su matrimonio con Amanda: más de cuatro años. Mi

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amor, como ya sabías, digo yo, tenía que ir a hacer revisar la motocicleta, porque los cambios no le estaban entrando bien. La dejé en el taller, y mientras me la arreglaban, explico, atando mentiras con verdades, me fui hasta el centro a buscar los zapatos tenis que necesito. Busqué en todos los almacenes y no encontré ninguno que me convenciera. Después, sigo en la misma tónica, a fin de cubrirme las espaldas en caso de que alguna amiga suya me haya visto en el centro cuando caminaba por allí con Yanira, después me encontré con la hija de doña Fernanda, ah, cierto que tú no la conoces, doña Fernanda es una señora que trabajó con mi mamá y que vive en el centro y su hija es una muchachita rubia y delgada. Me la encontré frente a Telecom y nos pusimos a hablar un rato, luego me fui para el taller a ver si ya me la tenían, pero, no. Me tocó esperar una hora más. Ya eran casi las seis, me la entregaron a eso de las siete y por lo que me aseguraron los mecánicos salí del taller convencido de que había quedado bien, pero, ¡qué va! Me tocó devolverme y decirles que había quedado mal, y los tipos querían que yo la dejara en el taller y me dijeron que tranquilo, que ellos me la arreglaban, ¡pero hasta el lunes! Y yo les dije que no, que cómo se les ocurría, que yo la necesitaba para mañana, no podía quedar mal contigo, después de hacerte la promesa de sacarte a pasear mañana, por eso me fui hasta Duitama a pedírsela prestada a Fran, y hasta que al fin los convencí porque ya estaban que se iban para sus casas, y volvieron a revisarla y finalmente me la entregaron medio buena. Pero eso no es nada: cuando ya venía para acá, se me pinchó una llanta y tuve que buscar un garaje cerca al terminal de transportes, uno de esos garajes que atienden las veinticuatro horas, para que me la repararan. Y por eso, mi amor, me demoré tanto. Curiosamente, cuando más reforzadas eran las explicaciones que le daba, era cuando más llegaba a creerme. Igual sucedió entonces. Sí, corrobora Manuel, pregúntemelo a mí, que me toca inventarle tantas disculpas absurdas a mi mujer cuando me le escapo. Según Manuel, cuando uno cometía una falta en el campo amoroso, uno tendía, consciente o inconscientemente, a aplicar una especie de ley de la compensación, para de algún modo, de un modo secreto, resarcir a nuestra pareja engañada. Por ejemplo, teorizaba Manuel, si usted una noche se gasta cierta cantidad de dinero con su moza, al día siguiente va y se gasta el doble de esa suma con su mujer, y entonces como que se siente más tranquilo, menos culpable, menos canalla. Eso fue exactamente lo que hice, digo yo, corroborando su teoría. Al día siguiente la llevé hasta Villa de Leyva, la invité a almorzar, le gasté un paseo en caballo y un helado. Aunque teníamos la costumbre de confesarnos mutuamente todas y cada una de las cochinadas de las que éramos protagonistas, no fui capaz de contarle la que terminé haciendo esa misma noche. Subimos hasta su cuarto. Johnny ya dormía plácidamente en su lecho. Y a una hora escasa de haber estado con Yanira, ¡qué diablos!, también estuve con Alicia. Aunque no fue del todo mi culpa, porque ella insistió en que lo hiciéramos y yo ¿qué más podía hacer? No tuve más remedio que sacrificarme. Usted está peor que yo, dice Manuel. Lo dice porque le confieso que, extrañamente, no he sentido ningún remordimiento al ponerle los cuernos con Yanira. Yo duro con el sentimiento de culpa toda la semana, dice. Me río.

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En serio, dice él, toda la semana. Y cuando volvemos a vernos, no soy capaz de mirarla fijamente a la cara. Sigo riéndome. Bueno, hijoeputa, está bien, no me crea. Yo no soy su cuñado ni su suegro para que me venga con esos cuentos, le digo. No podía parar de reír al ver la cara de indignación de Manuel. Y es que, a veces, Manuel le echaba a uno unas historias llenas de escrúpulos que ni él mismo se las creía. Recuerdo ahora la primera vez que probé sus grandes pechos. Era una tarde cualquiera. Estábamos en el salón-comedor de la casa de mi madre. Llevábamos varias semanas de cuadrados y aquélla era la primera vez que intentaba hacerle algo. No tanto por respeto ni por que me faltaran ganas como porque entonces me encontraba tranquilo, relajado, sin demasiadas preocupaciones a ese respecto. Cada vez que me enamoraba de verdad, el sexo quedaba relegado a un segundo plano, no pensaba en él en primer lugar, y todo, creo, en beneficio del amor. El sexo pasaba entonces a ser complemento del amor, venía como por añadidura, como algo que sucedería tarde o temprano, naturalmente, sin tener que forzar las cosas y por lo que no había que preocuparse más de lo necesario. Así me había ocurrido primero con Sonia y luego con Yanira, y ahora volvía a ocurrirme con Alicia. Estábamos de pie y comenzamos a besarnos en la boca, a chuparnos, primero tímidamente y luego sin freno. Su pecho empezó a subir y bajar y mi picha se llenó de sangre. Subía y bajaba, subía y bajaba y su respiración se volvió espesa, sonora. Me senté en una silla del comedor mientras ella permaneció de pie. Liberé su blusa de sus apretados blue jeans y comencé a besar su barriga surcada por estrías. Con mi nariz pegada a su tibio cuerpo pude oler el delicioso perfume de su piel. Besé su ombligo. Más arriba su piel era suave y fresca. Antes de subirle el sujetador hasta el cuello le pregunto: ¿Puedo?, deteniéndome y mirándola a la cara. La tiene roja, congestionada. Dice: ¡Sí, hazlo!, pero no como una concesión, sino como una súplica. ¡Qué distinta de Sonia! A la hora de hacerle uno algo, ponía tal cantidad de objeciones que al final, cuando cedía, paradójicamente uno se sentía como si ella le estuviese haciendo un favor a uno, el favor de dejarse hacer el amor, como si el que gozara con ello solamente fuera uno y no también ella, como si para ella eso fuera un abominable, repugnante sacrificio que sólo hacía por amor, por amor a uno. Así era Sonia. Sus senos quedaron descubiertos. ¡Dios mío, qué portentosos! ¡Eran como montes! ¡Como los de las protagonistas de las películas de Russ Meyer! ¡Como los de Aretha Franklin! O al menos así me lo pareció al principio. Y todos para mí, pienso. Los chupé alternativamente y con avidez, como si la materia fuese excesiva y el tiempo escaso. Hay mujeres que tienen los pezones tan largos y duros como el timbre de una buseta, suele decir Pancho, pezones capaces de pincharle a uno un ojo si uno se descuida. Y aunque los suyos no eran así de largos y duros, también estaban buenos. Eran excitantes a pesar de todo. A pesar incluso de los negros y más o menos largos pelillos que los circundaban. Levanté los ojos para mirarla a la cara. Respiraba fuerte y mantenía sus ojos cerrados, el ceño fruncido de placer, inmersa en él. ¡Ay, cuántas veces en el futuro vería repetirse ese rostro suyo arrebatado por un indescriptible orgasmo! Con sus manos apretaba mi cabeza contra su opulento y fragante

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pecho. De pronto dejó de atraerme hacia ella e hizo que me detuviera. ¿Qué pasa? Tu mamá, ¿dónde está? En el centro. Subamos. ¿Se refería a mi pieza? Aunque era ella quien lo pedía, y a pesar de mi picha erecta, tuve miedo. Miedo de ir demasiado rápido. No estaba psicológicamente preparado. Tanto más si se tiene en cuenta que con Sonia tardé más de dos años en conseguir que se acostara conmigo y con Alicia llevábamos apenas unas cuantas semanas. Pero no tarda en llegar, digo yo. ¿Sí?, dice ella como desinflándose. Sí, corroboro yo con firmeza. Y estaba en lo cierto, porque diez minutos después, cuando Alicia ya se había ido, llegó mi madre. Alicia se fue sin protestar, aparentemente conforme con la situación. Si así era la cosa, no había nada que hacer. Sin embargo luego, algún tiempo después, me confesó, pero sin culparme, a diferencia de Sonia, que era una profesional a la hora de hacerme sentir como la más vil de las criaturas que pisan la faz de la Tierra, me confesó que esa tarde yo la había dejado insatisfecha, con unas ganas tremendas de que se la metiera. No volví a tocarla sino hasta algo así como cinco días después, una noche que salimos juntos. No recuerdo si era un jueves o un viernes. La llevé a La barca. Sólo hasta entonces, después de unas cuantas cervezas, me atreví a mencionarle lo que había ocurrido la vez pasada. Y ¿cómo te pareció? Súper. Tienes unas tetas deliciosas. ¿Sí? Sí. ¿Sí? Claro. Y me gustaría volver a chupártelas. Se quedó mirándome y sonrió. La besé y después me tomé un trago de cerveza. Tú me gustas mucho y tengo unas ganas enormes de hacerte el amor. Por un momento olvidé el incidente anterior en casa y llegué a pensar que, como Sonia o incluso Yanira, iba a decirme que iba demasiado rápido. Pero, no. Sí, dice, pero ¿en dónde? Confieso que llegué a asustarme. ¡Había sido tan fácil! Ella también quería y, a diferencia de otras chicas decentes, aceptaba sin tantas trabas, sin más ni más. Pensé rápido. No sé. ¿Qué te parece en un motel? Ella dice en seguida: Pero ¿en cuál? Aunque hasta entonces yo no había ido a ninguno el primero que pasó por mi cabeza fue La mansión. Me parecía que era el menos malo de todos, no obstante mi ignorancia al respecto. Y mi intuición no me falló, porque después, comparando aquél con el resto de moteles que lograría llegar a conocer, pude sacar la conclusión de que efectivamente era el mejor. Dado que había tenido muchos novios y que, al igual que yo, aún vivía en casa de sus padres, me sorprendió que me dijera que ella tampoco había entrado nunca en un motel. No quise preguntarle dónde follaba con ellos, no me interesaba. Pero si a ella le era difícil creerme a este respecto, pues pensaba que yo era una especie de gigoló, pues solía decir: Todos los hombres, sin excepción, son unos perros. Unos más que otros, pero ninguno deja de serlo en alguna medida, a mí no me resultaba menos complicado creerle a ella. Compramos una botella de vino en una cigarrería y nos la fuimos tomando por el camino, en el taxi. Hasta entonces mi experiencia sexual se había limitado a Sonia y a un par de putas, que no contaban, como tampoco contaban mi vecina Andrea y Yanira porque con ellas dicha experiencia tan sólo había consistido en manoseos y besos en los pechos, nada más. Así que, ante la proximidad, ante la inminencia de este contacto sexual, me encontraba tenso y nervioso, tanto más si se tiene en cuenta que con Sonia

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hubo un largo proceso previo de conocimiento mutuo y ahora con Alicia los hechos se precipitaban, incontenibles. Miré su rostro y me di cuenta de que ella también estaba nerviosa. Pequeñas gotitas de sudor cubrían su frente, y reía sin ton ni son. La abracé, la atraje hacia mí. Te amo. Ella no dice nada. Aquella primera vez. Aunque desde hacía mucho tiempo mi única compañera era Manuela, supe responder, no estuve mal. Mejor dicho no tan mal, aceptable, nada del otro mundo. Y así fue aquel primer polvo, rápido y flojo. Y desmoralizante. Cuando me bajo recuerdo que pienso: ¿Y esto es todo? Pero la culpa no era sólo de Alicia. Lo que sucedía era que yo acababa de regresar de Coper y me encontraba en mala forma. Durante un año en ese pueblo olvidado de los hombres mi organismo sólo había recibido como alimento bazofia y alcohol. Por otro lado mi picha no sólo estaba acostumbrada a la fuerte presión de mi puño cuando me hacía la paja sino además había olvidado lo que es un tibio y húmedo receptáculo de pollas denominado coño. Me hago a un lado, pensando: ¿Y esto es todo? Le había rogado a Alicia para que nos cuadráramos y ¿era éste el premio a mi insistencia? ¿Cómo te pareció?, quiere saber ella. ¡Uf! Súper. ¿Sí? Sí. Permanecí tumbado sobre la ancha cama del motel con los ojos cerrados. ¿Esto es todo? No, no lo era, porque en el aire, sobre nuestros lamentables cuerpos desnudos, envolviéndolo todo, flotaba un olor persistente. No era el olor del sexo consumado, no, era el olor del hiperlubricado coño de Alicia, un olor que, para cualquier otro, resultaría repugnante por lo excesivo, pero que para mí actuaba como una especie de narcótico. ¡Hum! ¡Qué aroma inefable! Tu coño huele rico. ¿Te parece? Encendí el televisor y me puse a ver porno. Quita eso, es asqueroso. El segundo round estuvo mejor. ¿Me hago encima? Claro, si quieres. Se trepó sobre mí como una amazona y tomándola entre sus manos me ayudó a metérsela. Empezó a cabalgar, y mientras cabalgaba parecía querer ahogar sus gemidos. ¡Ujh! ¡Ujh! ¡Ujh! De pronto se dobla sobre mi pecho, como si se dispusiera a comenzar un largo galope y con voz cavernosa y llena de ansia dice: ¡Chúpame las tetas! Y mientras yo se las chupaba, lamía, mordisqueaba, ella decía: ¡Sí, así, así, qué rico!, con los ojos cerrados y su frente arrugada de placer. Continuó galopando sobre mí y yo alcanzaba a ver cómo mi picha entraba y salía, entraba y salía del tremendo agujero negro de la mitad de su cuerpo mientras gemía excitada. Cuando llegaba a alguno de los muchos orgasmos que tuvo gritaba: ¡Ah, ah, ah, ah!, y luego volvía a los gemidos regulares: ¡Oh, oh, oh, oh! Por fin, luego de quince o veinte minutos de duro y jadeante galope, derramé mi polen sobre su cáliz y mi picha se dobló impotente, flácida, moribunda. Quedé exprimido, sin una gota de semen en mis pelotas. ¿Sabes una cosa? ¿Qué? Eres un polvazo. Ahora no mentía, este segundo polvo me devolvió la moral, porque con el primero había llegado a pensar que había cometido el peor error de mi vida al cuadrármela. Dios mío, debo de estar como una loca. No, ¿por qué? Debo de tener el pelo todo revuelto. Es cierto, su negra y abundante cabellera luce desordenada como por una lucha feroz, pero yo digo: No mucho, no te preocupes. Cogí el teléfono y marqué el 101 y ordené una botella de aguardiente. Mientras nos la traen Alicia quiere saber: ¿Qué piensas de mí? ¿En qué sentido? Ahora que lo

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hicimos. Ah, entiendo. Hay tres categorías de mujeres, le explico, recitando el viejo cuento: las que se lo dan al novio, que son del putas, las que se lo dan a todo el mundo, que son unas putas, y las que no se lo dan a nadie, que son unas pobres hijas de puta. Me parece que no hace falta que te diga a cuál de las categorías perteneces. Y tu familia ¿qué piensa de mí? Nada. ¿Nada? Nada. ¿Por qué? Bueno, tú sabes. En casa de Juan Martín tuve problemas, su mamá no estaba de acuerdo con que él tuviese una novia con un hijo, esa señora no me podía ver. Naturalmente no era verdad, en mi caso sucedía casi lo mismo, nadie me lo decía abiertamente, pero indirectamente sí. Ninguno, excepto quizá Fran y eso porque el rara vez exteriorizaba sus opiniones acerca de nada relacionado con la familia, estaba de acuerdo. Por ejemplo José Joaquín, cuando lo supo le dice a mi mamá con preocupación, casi alarma: ¿Usted cree que lo de Roger con Alicia vaya en serio? Y de vez en cuando Paula le echaba a uno sus afiladas pullas: Yo no entiendo por qué habiendo tantas mujeres en este mundo tienen que conseguirse precisamente a las que ya andan con una maleta colgada a las espaldas. No te preocupes por los de mi familia, la tranquilizo, ellos no dicen nada. Encendimos la radio y nos tomamos un par de tragos. Sonaba un merengue. Ea, venga, vamos a bailar. ¿Qué? Levántate, vamos a bailar. ¡Loco! Bailamos completamente desnudos como estábamos sobre la roja alfombra del motel más caro de la ciudad. ¡Eres un loco, Roger! Desde entonces aquel sitio se convirtió para nosotros en algo así como un segundo hogar. No recuerdo exactamente cuántas veces entramos en él, pero sí sé que fueron muchas. Pasó a ser para nosotros una especie de oasis. Nos encerrábamos allí por horas, lejos de nuestras vidas familiares, de nuestros amigos, del mundo entero, aislados como unos náufragos en una isla maravillosa. Follábamos, ordenábamos trago y comida, veíamos películas, dormíamos, follábamos de nuevo y finalmente salíamos, pero sólo para volver a encerrarnos allí a los pocos días. No tardé en notar que Alicia era una especie de non stop sex machine, por expresarlo de alguna manera. Y eso, por un lado, me alegraba, pero, por otro lado, me atemorizaba. Un día, tumbados boca arriba después de una extenuante faena, me dice: Eres un flojo. ¿Por qué?, digo yo, extrañado, pues, como buen latinoamericano, no puedo dejar de creerme el más macho de los hombres. Ya no aguantas nada. Nos echábamos tres polvos, cada uno de quince minutos en promedio y aún así no estaba contenta, por lo visto. ¿A qué te refieres? A que antes aguantabas más. ¿Cómo así? Sí, antes lo hacíamos más veces. Se refería especialmente a cierta vez que salimos juntos de la ciudad. Estuvimos en Villa de Leyva y pernoctamos allí. Esa noche fueron, mal contados, ocho polvos seguidos, uno tras otro. Yo siempre he creído que no hay que hacerles demasiado caso a las mujeres porque de lo contrario uno se vuelve loco, pero entonces todavía no había llegado a esa conclusión fundamental, así que, con mi orgullo resentido, decidí tomar cartas en el asunto, como se dice. Comencé a agenciarme unas píldoras. Naturalmente, no iba a ir hasta la farmacia a poner la cara y decir: Oiga, señor, ¿tiene unas pastas para la impotencia?, tanto más cuanto que la ciudad es pequeña, un pueblo casi y todo el mundo lo conoce a uno. No quería que después el droguista me viera

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por la calle y dijera, aunque sólo fuera para sus adentros: Allá va el tipo ése que, pese a su juventud, tiene que ingerirlas. Lo que hacía era llamar por teléfono a una empresa de entregas a domicilio. La primera vez que vino el mensajero en su motocicleta con mi encargo, se quedó mirándome fijamente a la cara, como diciéndose para sí mismo: Así que éste es el tipo que las necesita. Mire, hermano, no es que yo las necesite en realidad. Lo que pasa es que las empleo únicamente para satisfacer a más de cinco mujeres a un tiempo. Una orgía. ¿Me entiende? Aunque toda esta retahíla pasó vertiginosamente por mi cabeza, desde luego no dije nada porque, después de todo, al tipo ése y a quien sea qué les importaba si las tomaba o no, solamente era asunto mío y ya estaba. De cualquier manera la siguiente ocasión que me vi obligado a hacerlo ordené de una vez cinco cajas, así debía soportar la cara maliciosa del mensajero en una sola oportunidad y no en cinco. Por supuesto Alicia nunca llegó a saberlo pese a que mi desempeño en la cama mejoró notablemente, no volví a recibir de su parte queja alguna durante mucho tiempo. Yo tampoco tenía de qué quejarme. Alicia pertenecía al signo Piscis y, según supe por Zoraida, una de mis compañeras en mi último trabajo, quien alguna vez tuvo un novio de ese mismo signo zodiacal, las personas que pertenecen a él son bastante dóciles. Hacen todo lo que uno les pida, recuerdo que dijo. Y tenía razón. Rara vez, y eso por fuerza mayor, Alicia se negaba cuando le proponía que fuéramos al motel. Asimismo, en la cama, se mostraba complaciente hasta con mis más extravagantes deseos. Hagámoslo de esta forma. De esta otra. Practiquemos esta posición. Acoplémonos así. A todo decía: Está bien. Jamás protestaba. ¡Qué mujer maravillosa! Ni siquiera cuando me vi obligado a renunciar a volver a llevarla a ese sitio se desanimó. Los costos me dejaron en la ruina. En Coper había logrado amasar una pequeña fortuna de algunos millones, fortuna que desde luego no pudo menos que esfumarse en escasos meses con semejante ritmo de vida. No sólo los gastos de las entradas al motel, las bebidas y las comidas que allí ingeríamos, más el elevado precio de mis píldoras, y eso que yo compraba de las más baratas que los droguistas me ofrecían, sino además las invitaciones a almorzar, a cenar, a ver cine, a pasear por los pueblos cercanos, acabaron por dejarme los bolsillos vueltos del revés. Empezamos a frecuentar los moteles que se alineaban uno tras otro sobre las aceras de ciertas calles próximas a la espalda de la Catedral. Éstos eran más baratos, pero asimismo más simples, más modestos, y, desde luego, menos cómodos. Pero a Alicia le daba igual, a ella no le importaba, con tal que lo hiciéramos más de tres veces por noche. Pero si Alicia era tolerante y comprensiva, su madre no. Justamente por esa época pasó a ser el principal obstáculo a la hora de salir juntos para efectuar nuestras orgías privadas. Hoy no puedo. ¿Por qué no? Mi mamá está enferma. Otra vez lo mismo. ¿No te has dado cuenta? ¿De qué? Cada vez que tú vas a salir conmigo a tu mamá empieza a dolerle todo. Sea como sea, dice que está enferma y que esta noche no puede cuidar a Johnny. Entonces ¿cuándo? Mañana. Está bien. Pero al día siguiente se inventaba otro pretexto para no dejarla salir. Hoy tampoco puedo. ¿Por qué no? Mi mamá va a salir con sus amigas para celebrarle el cumpleaños a una de ellas y yo no tengo

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con quién dejar a Johnny. ¿Y tu papá? Tú sabes que él llega tarde. ¿Y tu hermano? Esta noche tiene turno en la clínica. ¿Y tu abuelito? Pero ¿qué dices? ¿No ves que él tiene noventa años? ¿Y entonces? La próxima semana. ¿La próxima semana? Sí. ¿O sea que tengo que aguantarme ocho días más? Y quizá más, porque no es seguro. Sí, pienso yo, porque entonces a lo mejor su mamá vuelve a enfermarse o a salir para una fiesta de cumpleaños, que para el caso es lo mismo. Yo ya no sé qué hacer, me dice un día. ¿Por qué? Porque mi mamá no hace más que controlarme. ¿A qué te refieres? Sí, si voy para algún lado, me dice: ¿Y para dónde va? ¿Y qué va a hacer a ese lugar? ¿Y cuánto cree que va a demorarse? ¿Y es necesario que vaya precisamente hoy? ¿No puede ir otro día? ¿Por qué no espera y va mañana?, y cosas por el estilo. ¿Te das cuenta? Yo siempre te lo he dicho: tú mamá quiere tenerte debajo de sus enaguas y así sí es feliz. Y si salgo contigo y me demoro un poquito es peor. Al día siguiente está que me traga, de un genio de los mil demonios que no se lo aguanta nadie. Yo ya no sé qué hacer. Pero sí supo, porque, después de eso, un sábado por la mañana, me telefoneó a la oficina. Entonces trabajaba en una pequeña empresa comercializadora de hortalizas, en la que, por otra parte, duré apenas unos cuantos meses antes de que yo mismo me hiciera echar por bajo rendimiento. ¿Tienes mucho trabajo? Sí, un poco. ¿Por qué? No, por nada. Pero entonces no sé por qué supe que esa llamada no era del todo gratuita. ¿Desde dónde me llamas? Desde mi casa. Y ¿con quién estás? Con nadie. Había dado en el blanco. ¿Por dónde andan? Se fueron todos para Sogamoso. ¿Y Johnny? Mi mamá se lo llevó con ella. Perfecto, voy para allá. No te demores. Y aunque eran las diez, dos horas antes de la culminación de mi jornada laboral de ese día, dejé todo a un lado y salí disparado para su casa. Por una extraña perversión en la que no quise profundizar, Alicia me propuso que lo hiciéramos en la cama de sus padres. ¿Qué te pasa?, dice ante una breve indecisión de mi parte. Nada. ¿Te da corte? No. No te preocupes, llegarán hasta la noche. Eso esperaba, porque no quería yo pasar por las mismas de una vez anterior, hacía algunos años, cuando mi hermana Paula me pescó en su apartamento tirando de lo lindo con Sonia. Como había asegurado Alicia, se demoraron todo el resto de la mañana y toda la tarde, con lo que la cama de sus padres fue visitada regularmente hasta el inicio de la noche. ¡¿Por qué tienes unas tetas tan ricas, gorda preciosa?! ¡Para ti, mi amor! ¡Me encanta tu culo, bebé! ¡Es para ti, sólo para ti, mi amor! ¡Ah, qué coño más bueno el tuyo, mi perrita! ¡Es tuyo, para que me la metas, mi amor! Cuando acababa me ponía en pie y me vestía apresuradamente. Pero ¿qué haces? Tengo miedo de que alguien llegue de improviso. Qué tonto eres. Pero Alicia hacía lo mismo y cuando nos entraban de nuevo las ganas volvíamos a desnudarnos y a utilizar impunemente la cama de sus incautos padres. Luego, desde entonces, nos fuimos volviendo más arriesgados. Primero empezamos a utilizar la casa de su abuelo. Era ésta una casa antigua y en ruinas ubicada en el centro de la ciudad. Las paredes fueron hechas con barro apisonado y los techos estaban cubiertos con rojas tejas españolas ennegrecidas por las lluvias. El cielo raso de algunos cuartos se había venido al piso. Durante el día el anciano, de una vitalidad increíble, se pasaba

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el tiempo metido allá, dedicado a la crianza de gallinas, de patos y de conejos que mantenía en el amplio pero descuidado solar. Durante la noche, por el contrario, el sitio permanecía completamente solo. Alicia robaba las llaves y corríamos hacia la casa, entonces silenciosa y fría. Nos tumbábamos sobre un catre infecto, de cobijas pringosas y polvorientas, en una habitación saturada de olor a humedad y a muerte. Pero no nos importaba nada todo esto, con tal que pudiéramos echarnos un buen polvo, en paz y gratis, sin tener que gastarnos la plata, mi plata, aunque a veces Alicia me colaboraba, en un motel de bajo presupuesto. Después fue en su casa, pero ya no vacía, sino con todos adentro: padres, abuelo, hijo, hermano, e inquilino, un muchacho del campo, estudiante de la UPTC, que había tomado en arriendo una de las habitaciones de la segunda planta. Algunas noches durante ese periodo, nos subíamos al altillo, que era su dormitorio y el de Johnny, a ver la televisión. Mejor dicho subíamos so pretexto de ver la televisión. Por un buen rato el chiquillo nos jorobaba la vida, a los dos en general pero sobre todo a mí en particular, con sus caprichos infantiles. Debía jugar con él al parqués, a los carritos, al voleibol con un viejo globo de piñata, armar y desarmar y luego volver a armar y a desarmar rompecabezas incompletos, y, en fin, hacer lo que cruzara por su inquieta cabecita. Finalmente, luego de interminables horas, se cansaba, cuando se cansaba, que no era siempre, o mejor, que era casi nunca y se quedaba dormido, como un ángel. Parece un muñequito, decía Alicia con el inconmensurable amor que toda madre soltera siente hacia su hijo abandonado por su padre. Esperábamos a que cayera rendido. Alicia lo arropaba con las cobijas y lo acomodaba en el lecho en la posición exacta a fin de que no roncara, porque sí, con tan sólo seis años y ya roncaba como un viejo barrigón, como su abuelo, que roncaba como Homero Simpson. Entonces follábamos a palo seco, sin besos, ni caricias, ni frases obscenas, muy lentamente, para que la cama no chirriara, y calladitos para que nadie, abajo, llegara a escucharnos. ¡Te amo, mi amor!, susurraba Alicia llena de gozo. Y yo me decía para mis adentros: ¡Dios mío, cuánto me ama esta mujer, se arriesga por mí sin importarle las consecuencias! Escenas parecidas se repitieron luego, pero ya no en la suya, sino en mi propia casa, en la de mi madre. Algunas noches subíamos hasta mi cuarto, que no quedaba a más de dos metros de distancia del de mi madre. Subíamos cuando mi madre se encontraba en el suyo viendo las novelas de la tele. Otras nos quedábamos abajo, en el salón-comedor, charlando y escuchando música. Empezábamos besándonos en la boca, después yo la calentaba chupándole los senos. Le gustaba que le lamiera los pezones y decía: ¡Sí, mi amor, así! ¡Qué rico! ¡Me gusta que me hagas así, suavecito! Pero también le gustaba que se los chupara. ¡Ah, qué rico, mi amor!, gemía. ¡Todo lo que tú me haces es rico! Pero lo que más le gustaba era que se la metiera. Besaba su boca, chupaba su lengua y le daba lametazos a sus senos, y cuando ya estaba bien excitada, lo que la verdad no era difícil lograr con ella, ya que era puro fuego, me decía: ¡Métemela, mi amor!, como una súplica. Abría la cremallera de una de sus botas y se la quitaba antes de bajar sus pantalones y liberar una pernera, ella nunca usaba faldas, lo que, en situaciones como

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aquéllas, hubiera sido más práctico, de modo que si escuchábamos que a alguien, mi madre, se le ocurría descender al primer piso a lo que fuera, a ella, Alicia, le resultara más fácil, más rápido acomodarse nuevamente sus ropas. Yo, por mi parte, me limitaba a desabrochar los botones de la bragueta y sacar mi picha erecta, sólo para guardársela en su cálido e hiperlubricado coño. Se la metía y entonces ella empezaba a moverse como una anguila recién sacada del agua. ¡¿Te hago así?! ¡¿Te gusta, mi amor?! ¡¿Cómo quieres que te haga?! ¡Dímelo! ¡Ah, qué rico, mi amor! ¡Me gusta que me la metas! ¡Sí, así! ¡Duro, mi amor! ¡Sí, así! ¡Dale! ¡Ah, ah, ah, ah! En cierta ocasión quiso saber cuándo había sido la vez que yo había sentido más placer de todas las veces que habíamos estado juntos. Yo no tenía ninguna en especial, porque no había sido una sola, sino habían sido muchas. Pero ella sí. La vez que lo hacemos en tu cuarto mientras tu mamá mira la televisión, me confiesa. Es entonces cuando más siento placer. ¿Por qué? No lo sé. Tal vez porque entonces me encuentro tensa y nerviosa. Quizá por el miedo a que tu mamá nos pesque, por la excitación que produce el riesgo. Era esto lo que desencadenaba en ella un orgasmo irrepetible. ¡Qué extrañas son las mujeres! No obstante, yo había notado que cuando más rápidamente se excitaba era cuando bebíamos. Entonces no era yo quien la acosaba, sino era ella quien me exigía que le hiciera el amor. Una noche en casa de sus padres. Nos encontrábamos reunidos en la sala. Excepto por mi presencia, podría decirse que era algo así como una reunión familiar. Por esos días había llegado de visita el tío Gonzalo, q.e.p.d. Enfermo de leucemia sin saberlo, su familia había decidido ocultarle la grave enfermedad con el propósito de que no sufriera más de lo necesario, pues ya era del todo inevitable su deceso, tomaba aguardiente a la par con nosotros, los sanos. Festejaban el que se encontrara junto a ellos, acaso fuera, me imagino que pensaban, la última vez. Y luego no tardaron en comprobar que así resultó ser. El anciano murió pocos meses después. No me acuerdo cuántas botellas se gastaron, pero sí me acuerdo que duramos hasta casi la madrugada chupando semejante veneno. Lo cierto es que todos cayeron noqueados, excepto Alicia y yo, quienes permanecimos en la sala luego de que los demás subieran casi a rastras por la escalera hacia los dormitorios, borrachos hasta el delirio. Al día siguiente estaban que no se podían ni parar debido a la resaca tan tremenda. Sólo lo hacían para correr al baño a vomitar una y otra vez. Quiero que me lo hagas, me ordena Alicia. ¿Ahora? Sí, ahora. Pero ¿dónde? No sé. Metámonos en el baño entonces. Me refería al baño del primer piso, aunque yo ya sabía, por una experiencia pasada, que a Alicia la desanimaban las posturas incómodas que, para hacerlo, debíamos adoptar sobre el sanitario. No, mejor vayamos hasta tu casa. ¿Y con qué disculpa vas a salir de aquí a esta hora? Ya me inventaré algo. Si los demás estaban llenos como una cuba, yo debía de estarlo igual, porque no me negué, aun a sabiendas de que en casa se encontraba entonces no sólo mi madre sino también mi hermana Paula que había llegado de visita desde el D.C. y que tan sólo un delgado muro dividía nuestros cuartos. Y eso sin contar que era ella, Paula, quien de todos nosotros los de la familia tenía el sueño más liviano. Cochino, me regaña a la mañana

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siguiente. Anoche llegó borracho y mire, dice señalando el piso de madera: se vomitó. Mire a ver si se levanta y limpia esa porquería. ¿No le da pena con mi mamá? Los que son creyentes dicen que mi Dios es muy grande, y yo, aunque no lo soy, estoy sin embargo casi dispuesto a aceptarlo, porque me parece increíble que ni ella ni mi madre nos hubiesen pescado, no obstante lo ocurrido. El vómito no era mío, pero agradezco a la Fortuna que me lo hayan achacado a mí. A obscuras entramos y subimos la escalera procurando hacer el menor ruido posible. Nos metimos en mi cuarto. Puse el seguro a la puerta. Nos desnudamos rápidamente y follamos como dos locos. ¡Déjame hacerme encima! Alicia se trepó sobre mí y comenzó a cabalgar como una amazona. La cama chirriaba por el jaleo. También me había confesado que, en esa posición, era cuando normalmente más gozaba. Ella gemía de placer, y yo, de dolor. Parecía como si con sus rabiosos movimientos quisiera arrancarme la picha o partírmela en dos. ¡Suave, suave, mi amor! ¡¿Te gusta?! ¡¿Te gusta?! Yo decía que sí, pero en realidad no, no me gustaba para nada, me dolían las pelotas. ¡¿Así?! ¡¿Continúo o paro?! ¡Dime! ¡¿Qué quieres que te haga?! ¡¿Te la chupo?! Lo único que quería en ese momento era que terminara de una vez y me dejara en paz. Por fin acabó y se hizo a un lado. Ahora es mi turno. La cojo por detrás. ¡Qué culo más rico tienes! ¡Toma, mi amor, toma! ¡Ah! ¡Quién te manda tener un culo tan bueno! ¡Ah! Le di lo más duro que pude hasta alcanzar mi recompensa. El pito me ardía. Me puse los calzoncillos y bajé hasta el baño del primer piso, ya que para ir al del segundo debía pasar por el cuarto de Paula, donde cogí un poco de papel higiénico. Subí para dárselo a Alicia para que se limpiara. Cuando entré ya había vomitado. ¿Por qué no me dijiste que te sentías mal? No lo estaba. No sé qué me ocurrió. Nunca me había pasado esto, ni siquiera otras veces en las que he bebido más de lo que bebí hoy. Vístete que nos vamos. Cuando volví para acostarme, ya había olvidado lo del vómito de Alicia, por eso no me acordé de limpiarlo y me tiré sobre la cama y dormí como un lirón en invierno. Afortunadamente ninguna de las dos se dio cuenta y al otro día terminaron por echarme a mí la culpa, que, desde luego, acepté en silencio, gustosamente, sin protestar. Pero no todo en nuestra apasionada relación era bueno. También había cosas malas que me sacaban de quicio. Una de ellas era que solamente cuando teníamos sexo decía que me amaba, sólo cuando se la tenía adentro exclamaba: ¡Oh, mi amor, te amo, cuánto te amo!, y como para corroborarlo me atacaba con húmedos y salvajes besos. Porque en otras circunstancias jamás lo mencionaba, ni siquiera por accidente o por conveniencia. Alicia no sólo era la causa de alegría y placeres inmensos, sino también la causa de terribles sospechas e insana desconfianza. Yo sospechaba que ella aún seguía enamorada del padre de su hijo, a pesar de lo mal que en su momento se portó el tipo. Pero es que algunas mujeres son así, cuando peor las tratan es cuando más corren detrás de quienes las menosprecian. Cabía dentro de las posibilidades, tanto más si se tiene en cuenta que yo había notado que Alicia acostumbraba defenderlo cuando en algunas de nuestras conversaciones salía a relucir el perro ése. Lo que no entiendo es cómo pudiste fijarte en alguien así, le decía. ¿Por qué? ¿Por qué es un latonero? No sólo por eso,

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aunque también es importante, pues tú estabas estudiando una carrera, mientras el tipo no hacía nada por superarse, sino que se la pasaba llenándose de alcohol en los bares y puteando. También por lo cafre que fue contigo, pese a lo cual decidiste quedar preñada de él. Pobrecito, me da lástima por él, nunca quiso estudiar, a pesar de que yo lo animaba para que lo hiciera. ¿Pobrecito? Sí, pobre, porque desperdició su vida y ojalá el día de mañana su hijo no vaya a rechazarlo por lo que es. Me parece que eres demasiado considerada con una persona que te hizo sufrir mucho, ¿no crees? No pienses que Júnior fuera tan malo. ¡Pero si tú misma me has dicho que te ponía los cuernos en tus propias narices! Sí, pero, aparte de eso, él era comprensivo y cariñoso, y ahora es un buen amigo. Sí, tan buen amigo que no te da ni un centavo para la manutención de Johnny, pero para pasarse las noches metido con sus noviecitas en las tabernas y las discotecas de la ciudad sí tiene toda la plata del mundo. Lo mejor, me cortaba ella, es que no hablemos de él, porque veo que te alteras más de la cuenta. En fin, lo cierto es que cuando le preguntaba que quién era la persona a la que hasta la fecha había querido más en su vida, cuando inocentemente esperanzado en que, al menos por cortesía, me eligiera a mí, yo le hacía esa pregunta fundamental, fundamental para mí, claro está, ella respondía: No sabría decirte. ¿Por qué no? Porque han sido varias. Nómbrame algunas. Y relacionaba entonces a algunos de sus anteriores novios: un policía, un vendedor de cigarrillos y dulces, un taxista. Pero, ¡qué diablos!, nunca al profesional que por entonces la hacía aullar de placer en la cama. Ésa, justamente, era la otra cosa que me alteraba. No me cabía en la cabeza que una mujer como ella, educándose en una universidad para obtener un título profesional, hubiese aceptado mantener amoríos con hombres de semejante categoría. Date cuenta de que hay que tener un poquito de amor propio. Es lo mismo que si yo me consiguiera de novia a una empleada del servicio doméstico. ¿Entiendes? Ya estás igual que Júnior, criticando a todo el mundo. También para él todos mis ex novios y amigos eran unos gañanes. Un momentito, no me compares con ese patán. En primer lugar yo soy un profesional y ese granuja es apenas un latonero, y en segundo lugar, sí es cierto que todos tus amigos y ex novios, excepto quizá el tal Juan Martín, son unos gañanes, pero el gañán ése no tiene ningún derecho para menospreciarlos, porque él es igual o aun más gañán que los demás, o es que ¿qué se cree, el latonero gomelo de la ciudad? En cambio tú sí, ¿no es cierto? Por lo menos yo sí tengo de qué dármelas, en caso de que quisiera hacerlo, pero el tipo ése. ¿De qué se las viene a dar si no es más que? Eso no importa, también es un ser humano, un ser humano con valores, al igual que todo el mundo. ¿Qué valores? Se llena como una cuba, te pone los cachos cada vez que puede, luego te abandona y abandona a tu hijo, claro que ¿qué más se podía esperar de semejante tipejo, qué más se podía esperar de un latonero?, ¿y aun así hablas de valores? Sí, porque a pesar de todo él nunca me trató mal. ¿A qué te refieres con eso? ¿A que nunca te golpeó? ¡Faltaba más! Fue quizá lo único que no se le ocurrió hacerte. Mejor no hablemos más, tú no entiendes, tú te crees superior a todo el mundo. No, no era eso, lo que pasaba era que Alicia carecía del más

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mínimo sentido crítico, al comparar a esos tipos conmigo resultaba que. Mejor dicho, no había punto de comparación entre ellos y yo, era como comparar a un vulgar lacayo con un refinado príncipe y sin embargo ella se empecinaba en calificarme a mí del mismo modo que calificaba a los demás, sin tener en cuenta el abismo que nos separaba. Incluso, algunas veces, hasta tenía la osadía de afirmar que ellos eran, o habían sido, mejores de lo que era yo, cometiendo con esto una soberana injusticia. Fíjate, por ejemplo, que con Juan Martín nunca peleábamos. Tampoco con Óscar. Ellos dos eran más comprensivos y cariñosos de lo que eres tú. Ellos, por ejemplo, nunca criticaban mi manera de educar a Johnny, jamás me regañaban, en cambio tú no haces más que. Y dime una cosa: si así eran las cosas cuando estabas con ellos, ¿entonces por qué no sigues ahora con ninguno de los dos? ¿Por qué estás conmigo? ¿Si yo soy tan malo, por qué no vuelves con el tal Juan Martín o con el tal Óscar? Aún estás a tiempo. ¿Qué esperas? Me refiero a que ellos no se tomaban las cosas tan a pecho como lo haces tú. Ellos no se alteraban, por ejemplo, porque a veces Johnny es desobediente y no me hace caso y me responde de mala manera. ¿Sabes por qué no? Porque en el fondo les importaba un pepino lo que sucediera contigo y con tu hijo, porque lo único que les interesaba era otra cosa. En cambio yo pienso seriamente en ti. Pienso en qué va a ser de ti el día de mañana si sigues permitiendo que tu hijo te trate como te trata ahora, si no lo corriges, si no lo educas en el respeto hacia ti y hacia las personas que lo rodean, porque ¿sabes qué pasa con tu hijo?, tu hijo es un malcriado, está demasiado consentido, tanto por ti como por tus padres, lo complacen en todo lo que pide, y resulta que el niño piensa, erróneamente, que el mundo gira alrededor de él y que quienes viven en su entorno viven únicamente para complacerlo a él, y es por eso que cuando tú o alguien de tu familia se niega a hacerlo, arma semejante escándalo que no se lo aguanta nadie, y si tú no haces nada al respecto, ahora que estás a tiempo de hacerlo, mañana, cuando tenga quince, no vengas a quejarte porque tu hijo es un drogadicto o un delincuente, o en todo caso un inadaptado que piensa que el mundo debe acoplarse a él y no, como debe ser, a la inversa, que él es quien debe acoplarse al mundo. Exageras, dice. Pero ¿a qué te refieres con que lo único que les interesaba era otra cosa? Sí, pasar el rato contigo y nada más. ¿Te refieres a que estaban conmigo sólo por sexo y nada más? Dime, si no, ¿por qué te abandonaron al cabo de pocos meses? Bueno, porque las cosas no funcionaron. ¿Y por qué no funcionaron, si eran tan comprensivos y cariñosos contigo? Con Óscar lo que pasó fue que Júnior empezó a interferir con nuestra relación. Sí, ya lo sé. No nos dejaba en paz, nos perseguía y entonces él se aburrió. ¡Qué amor tan fuerte el que sentía por ti! ¡Con la primera tempestad abandona el barco! Alicia siempre había hecho oídos sordos a mis ironías. Y en el caso de Juan Martín la que empezó a acosarlo para que volvieran fue su ex novia, Regina. ¡Pobrecillo! También esa historia ya me la conocía, y no podía ser menos patética que la otra. El acoso de Regina dio sus frutos, el desventurado Juan Martín no tuvo más remedio que ceder y volver con ella, y aún hoy, después de la reconciliación, seguían juntos y ya habían fijado fecha para matrimonio, ¡y lo

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peor de todo es que aun así Alicia se compadecía del supuesto acoso a que entonces se vio sometido el tipo! O sea que tú ¿qué viniste siendo del tal Juan Martín? ¿Una sombrilla mientras pasaba la tormenta para luego salir a reconciliarse con su ex novia? No, una buena amiga. Ojalá, cuando peleemos los dos, yo también corra con la misma suerte de encontrarme una buena amiga, como tú, que me sirva de entretenimiento mientras vuelvo contigo. Contigo no se puede, lo que pasa es que tú no entiendes. Claro que no entiendo, le decía yo a Manuel, quien a veces me servía de paño de lágrimas, no entiendo cómo puede ella valorar por encima de mí a tipos que solamente la han utilizado como entretención, que solamente la han tenido para pasar el rato y nada más, que se la han gozado y luego la han desechado. En cambio yo, yo le propongo cosas serias, como que sea mi esposa, sin importarme que tenga un muchachito que no es mío sino de un patán. Ella no sabe, pero me imagino que supondrá, la cantidad de problemas que por eso mismo he tenido en mi casa con mi familia, las críticas y todo lo demás. ¿Y qué, hermano, decía Manuel, haciendo el papel de abogado del Diablo, entonces por eso quiere que Alicia se arrodille a sus pies y se los bese? No, no es eso. ¿Entonces? Lo que quiero es que ella se dé cuenta de lo que tiene ahora, que me valore en la justa medida, que no me compare con semejantes gañanes que lo único que han hecho es comérsela y hasta luego. ¿Es mucho pedir? Acuérdese, dice, que la mujer es el animal más extraño que existe, acuérdese del cuento de la perra en celo y los dos mastines que se pelean por ella. Claro que me acordaba, era un cuento más que vulgar, pero, según Manuel, bastante ilustrativo acerca del absurdo comportamiento del sexo femenino. Un cuento, además, no inventado sino sacado de la vida real, porque Manuel fue testigo directo de los hechos. En el polvoriento parque central de uno de los muchos pueblitos del Departamento, una desmedrada perra en celo, sentada sobre sus patas traseras, permanecía rodeada por un numeroso grupo de canes que la acosaban para ganar sus favores. De entre éstos, cada uno de los dos de mejor tamaño y aspecto quería ser el primero de ese día. Como ninguno se resignara a un segundo lugar, armaron combate, el cual se tornó feroz, agresivo, rabioso. Levantaron sobre el parque una asfixiante nube de reseco polvo amarillo que por unos minutos cubrió parte del escenario y la totalidad del grupo de ansiosos perros. Cuando la encarnizada lucha entre los dos mastines acabó, dejó como resultado no sólo las hondas heridas que uno y otro se infligieron mutuamente. Los furiosos ladridos cesaron, la nube de polvo se disipó y entonces ambos combatientes se supieron perdedores. Vieron, delante de sus propios hocicos, no sólo cómo la perra en disputa estaba ya pegada a otro chucho, ¡al peor, al más chiroso de sus congéneres del pueblo!, sino además cómo era dolorosamente arrastrada por éste, en su intento de huida, temeroso de las represalias de los que, como ellos, fallaron en la tentativa de acoplamiento. Pero eso no era consuelo. Ese injusto menosprecio suyo hacía que a veces yo me vengara secretamente poniéndole los cuernos con Sonia, incluso aquella vez con Yanira, y hasta con las putas de Tranvía o Le champagne. Por mi cabeza pasaban entonces pensamientos del siguiente estilo: ¿Por qué serle fiel si en el fondo no me ama a mí, si no me ama

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tanto como a sus parejas del pasado? Y, por esto mismo, invariablemente me entraba la duda de si era sensato confiar en su propia lealtad hacia mí. Una vez me dice, como corroborando mis sospechas: El amor más excitante es el amor prohibido. ¿Qué quieres decir con eso? Quiero decir que un amor así se vive más intensamente, porque es oculto y, por tanto, uno corre riesgos que de lo contrario no correría. Me imagino que lo dices por experiencia propia. Claro. Me indigné. ¿Y tienes el descaro de decírmelo así, sin más ni más? No seas bobito. Quiero decir que lo sé porque nuestra relación con Óscar fue una especie de amor prohibido, tuvimos que vernos a escondidas y cosas por el estilo. O sea que nuestro amor es aburrido. No, ¿por qué? Porque no tenemos que vernos a escondidas. Se quedó callada. O sea que, para ti, es más divertido tener una relación clandestina. Lo que pasa es que, como te digo, un amor así se vive con mayor intensidad, un amor así no se olvida. ¿Entonces por qué estás conmigo? ¿Por qué no vuelves a tu amor a escondidas con el tal Óscar? No seas tonto. Nosotros, Óscar y yo, ya vivimos lo que teníamos que vivir. ¿Entonces por qué sientes nostalgia de una relación así? Mejor dicho, dice al verse acorralada, no me hagas caso a lo que digo, son sólo locas ideas mías. Con soberano esfuerzo eso traté de hacer entonces. Y también otras muchas veces después. Y con el tiempo lo logré casi totalmente, porque, de lo contrario, habría llegado a chiflarme. Y es que, como digo siempre: No hay que prestarle demasiada atención a lo que una mujer dice, ya que ni ella misma sabe lo que dice, es decir, no calcula las terribles consecuencias de lo que dice. Y el que no atienda este sabio consejo, prepárese para lo peor: atravesar las puertas de un manicomio, de una cárcel o del mismísimo Infierno. En el umbral de una de ellas alcancé a estar, pero, como diría alguien devoto, quiso la Divina Providencia salvaguardarme de semejante desgracia y depararme otro destino. Aunque yo soy de los que para nada creen en protecciones sobrenaturales ni patrañas de ese estilo. Porque durante un largo tiempo sus palabras machacaron como un martillo mi cerebro. Me martilleaban una y otra vez, día y noche, sin parar, como una diabólica tonadilla repetida interminablemente: Un amor así nunca se olvida. Era esta frase la que más me mortificaba. Un amor así nunca se olvida. Como la gota de agua que taladraba el cráneo de los desventurados prisioneros de cierta época de la historia humana. Porque me la imaginaba poniéndome los cuernos, no sólo con el tal Óscar, sino con cualquier otro patán de este mundo con el que quisiera mantener una excitante relación clandestina, porque me la imaginaba entregándose sin reservas a los sórdidos deseos de una caterva impura. Y es que tenía, o creía tener, sobrados motivos para pensar de esta manera. En primer lugar su lista de noviazgos era bastante extensa, lo cual demostraba su facilidad para socializar con los miembros del sexo opuesto y enredarse, también fácilmente, con algunos de ellos. En segundo lugar parecía tener cierta rara predilección por las relaciones complicadas y obscuras. En tercer lugar alcanzaba rápidamente grados de excitación elevadísimos que la impulsaban a correr riesgos sin calcular las consecuencias sólo a fin de satisfacer sus impulsos sexuales. Y finalmente, nunca se había negado a complacer ninguna de mis proposiciones de esta

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misma índole, lo que evidenciaba rasgos marcadamente dúctiles en su carácter. Además, y para colmo, había otra causa de preocupación por mi parte. Aquella primera vez que tuvimos sexo, en el motel. Voy a coger el condón que está dentro de un cenicero sobre la mesita de noche adosada a la cama, pero ella me detiene, dice: No es necesario. Como en ese momento no entiendo nada, continuo, trato de abrir la bolsita. Ella insiste: No te lo pongas. ¿Por qué no? No me gusta hacerlo con condón. Pero ¿entonces? Además te repito que no es necesario. Mi cara de tonto la hace sonreír. No te preocupes. No te entiendo. Tengo puesto el dispositivo. Tras un breve instante de vacilación, yo digo: No importa, y rasgo la bolsita. ¿No confías en mí? Sí, pero. Por favor, no te lo pongas, que no me gusta, me suplica ella. Y agrega, como para tranquilizarme: Además lo tengo puesto desde que nació Johnny y nunca ha pasado nada, ni un susto siquiera. Está bien. Sí, ella tenía puesto el DIU. Al comienzo, y pese a mis reticencias acerca de la verdadera efectividad de su funcionamiento, me pareció que mandárselo colocar era la mejor cosa que podía haber hecho, porque así podíamos tirar, tirar como conejos, sin el temor de que volviera a quedar embarazada. Aunque nunca lo expresara, yo creo que ella compartía mis ideas al respecto: con el gamincito de Johnny era suficiente y no había por qué complicarse más la vida. Y de hecho eso hacíamos: follar como locos, libres de inquietud, desazón, nerviosismo o angustia. ¡Qué soberanos polvos los que nos echábamos entonces! Pero lo que al comienzo me pareció como una bendición caída del cielo, luego, abruptamente, dejó de serlo, y pasó a convertirse en mi peor mortificación, pues me dio por pensar que si el dispositivo nos libraba casi completamente de todo riesgo cuando ella y yo lo hacíamos, también, y he aquí la razón de mi desasosiego, la libraba a ella de mostrarse cautelosa en caso de querer hacerlo con uno de sus eventuales amantes. Me desesperaba, por ejemplo, cuando llamaba por teléfono a su casa y no la encontraba. Debe de estar en la Universidad, decía su madre. Pero si ella me dijo que a esta hora podía encontrarla en casa. Entonces debió ser que se le presentó algo inesperado y por eso aún no ha llegado. Si con estas palabras su madre intentaba tranquilizarme, lo que en realidad conseguía era totalmente lo contrario, pues comenzaba entonces a imaginármela escondida quién sabe dónde, en un cuarto de baño o en un salón de clases de la Universidad, o fuera de ella, en una residencia estudiantil, en un motel, ¡qué sé yo!, entregándose sin reparos a otro hombre, porque para ser infiel sólo hace falta el deseo, el tiempo y las ocasiones sobran, y además ella no tenía nada más que hacer que bajarse un poco los pantalones y ya estaba. A veces me daban ganas de salir a buscarla, e incluso llegaba a hacerlo. Me acercaba hasta los bares próximos a la Universidad con la certeza casi absoluta de encontrármela en uno de ellos emborrachándose, lo que, teniendo en cuenta su personalidad, significaba para mí algo así como a punto de irse a la cama con alguien, cosa que, extrañamente, nunca sucedía. O me ponía en la frustrante tarea de telefonear a sus condiscípulas y amigas a fin de que me dieran información acerca de su paradero, ¡como si éstas, en caso de que lo supieran, fueran a delatarla! Mi sufrimiento era insoportable. Cálmese, solía decirme

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Manuel al verme en ese estado de excitación, no sea paranoico. Paranoico, no: realista. Yo siempre me he preguntado: ¿Por qué todas las mujeres son putas, menos la mía? Porque, póngale cuidado, usted mismo puede dar fe de esto: una fulana puede estar casada o tener novio, y amar a uno o a otro, quererlo de verdad, pero eso no significa que no pueda llegar a acostarse con el vecino, o con el compañero de trabajo, que son más simpáticos, o que ella cree que son más simpáticos o interesantes que el bobo del marido o el bobo del novio, ¿sí o no? Acuérdese de la vieja casada a la que usted se tiraba. Era ésta una tipa a la que Manuel telefoneaba sólo cada vez que se encontraba desprogramado, sin nada más que hacer. Pero, siempre y cuando estuviese disponible, nunca le decía que no. Salían a bailar y a tomar trago. Luego, naturalmente, se iban a la cama. Lo hacían en el propio lecho nupcial. Y detalle curioso, del que el propio Manuel se reía a carcajadas contándome: antes de tenderse desnuda a su lado, la mujer ponía boca abajo el portarretratos con la foto del pobre marido cornudo que sonreía junto a ella sobre una de las mesitas de noche. Para así sentirse menos culpable y poder gozar mejor la revolcada que le iban a pegar. Es verdad, las mujeres son terribles. Y eso mismo puede estar sucediendo ahora mismo con su propia mujer. Un momentito, marica, con Amanda no se meta. Sin ofender, pero ¿quién le asegura a usted que lo que hacen otras mujeres no lo hace también la suya? Maldito cizañero, ¿me quiere sembrar la duda? No, claro que no. Sólo quiero que me comprenda. Vuelvo a mi pregunta del principio: ¿Por qué todas las mujeres son putas, a usted más que a nadie le consta que es cierto, menos la mujer de uno? Bueno, está bien. Y ¿cuál es su respuesta? Porque sencillamente es una ilusión. Y uno vive, quiere vivir, con esa ilusión. Porque no quiere aceptar que es mentira, que todas son iguales. Porque ¿a quién le gustaría vivir al lado de una mujer que uno sabe que se acuesta con otra persona que no es uno? A nadie. Excepto, quizá, porque no la quiera y le importe un comino lo que haga o deje de hacer. Pero, en tal caso, ¿a cuento de qué sostener una relación semejante? Bueno, supongamos que es cierto lo que dice. Es que es cierto. Pero ¿adónde quiere llegar? A que lo aceptemos, nos guste o no: uno vive engañado, siempre. Las mujeres, la suya y la mía y todas las demás, dicen: No, ¡qué va!, nosotras somos distintas a ustedes, nosotras no somos así. Y lo peor de todo es que uno mismo se engaña creyéndoles, porque, si fuera verdad lo que ellas dicen, entonces uno les sería infiel no con otras mujeres sino con hombres. ¿Me entiende? Pero es que de eso mismo se trata. Si, como sabemos, ellas son iguales a nosotros, que somos una porquería, e incluso peores que ellas, entonces ¿de qué nos quejamos? No tenemos derecho a hacerlo. Sí, pero hay una gran diferencia: en este medio machista en el que vivimos el hecho de que un hombre sea infiel es casi una cosa normal, es de esperarse, pero no es lo mismo cuando una mujer hace algo parecido. Casi podría decirse que socialmente al hombre se lo alaba, pero, por el contrario, a la mujer se la rebaja. Al hombre se lo llama entonces perro, que en el fondo no es un adjetivo peyorativo porque significa algo así como conquistador, triunfador con las mujeres, mientras que a la mujer se la llama perra, zorra, puta, que son calificativos absolutamente negativos. Entonces

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¿por qué se mortifica pensando en, y renegando de, lo inevitable? Por esto mismo que le acabo de explicar. Porque es difícil para uno como hombre resignarse a que un idiota que no le da a uno ni en los tobillos tenga el gusto de decir, aunque sea sólo para sí mismo: Yo me estoy comiendo, o me comí, a la mujer de ese bobo que va caminando por la otra acera. ¿O no? ¿Acaso no es lo que uno siempre anhela como macho latinoamericano, que la mujer de uno sólo sea para uno y para nadie más? O sea que, en definitiva, para no sufrir por estas cosas, lo mejor es no tener una sola mujer, sino pasársela con amiguitas, con amiguitas complacientes como las que tengo yo. Lo que hay que hacer, concluía yo, es abandonar aquella tonta y equivocada idea nuestra de considerar a la esposa o novia de uno como una especie de criatura celestial e incorruptible, una criatura ajena al Mal y libre, por tanto, de toda culpa. Finalmente, con el tiempo, logré que mi mente se mantuviera casi por completo salvaguardada de los embates de la locura de los celos poniendo en práctica mis propias teorías. Por ejemplo la de los cuernos. Aunque, a pesar de sus locas ideas, como ella misma expresaba, que me hacían poner en duda su lealtad hacia mí, nunca la había pescado mal parqueada en ninguna parte, la duda continuaba, porque el hecho de que no la hubiese pillado in fraganti en una falta grave no quería decir de ningún modo que efectivamente me fuese fiel, de manera que, cuando le ponía los cuernos, el sentimiento de culpa que eventualmente pudiera llegar a experimentar por tal acto, era abolido, casi completamente, por una suerte de satisfacción, la satisfacción de no ser el bobo del paseo, como se dice. Entonces me asaltaba el pensamiento, casi dichoso, de que si Alicia se había atrevido a serme infiel, aunque de hecho yo nunca hubiese comprobado tal infidelidad, por lo menos quedábamos a mano. Ojo por ojo, diente por diente. Era una especie de mecanismo de compensación, de paliativo contra el sufrimiento generado por la perpetua duda. Todo lo cual no significaba, desde luego, que me hubiese convertido en un cínico. A pesar de todo, de mis sospechas y mi recelo, la seguía amando y bajo ningún pretexto, por ninguna razón, habría permitido que alguno, cualquiera de mis actos llegase a causarle dolor, auténtico dolor. El día después de mis escapadas debía enfrentarme a sus más o menos airados reclamos. Entonces, para calmarla, utilizaba una técnica aprendida de Manuel. Le relataba la versión inocente de las cosas, ardid que consistía, por un lado, en contar lo que se podía contar y, por otro lado, en concentrarse en las generalidades de los hechos y omitir los detalles de los mismos. Así, por ejemplo, le decía: Anoche estuve en tal sitio, me encontré con tu amiga Zutana o Mengana, nos tomamos un trago juntos, hablamos de esto y de lo otro y luego, finalmente, después de un par de horas, me fui a dormir a mi casa, todo lo cual era absolutamente cierto, sólo que, en el transcurso de aquellas dos horas, habíamos estado, su amiga y yo, revolcándonos en la cama de un motel. Aunque se mostraba agria por un rato, mis explicaciones terminaban por vencer su débil resistencia y al final volvía a ofrecerme el mejor de sus talantes. Mis escapadas tan sólo le producían disgusto, disgusto que al final, e invariablemente, era disipado por mis explicaciones, reforzadas o no, y mis verdades a medias. Mentimos a los que

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más amamos, dice Anaïs Nin en el primer tomo de su extenso Diario citando a Proust. Por otra parte mi comportamiento habitual no resultaba para nada censurable. Podría decirse que consuetudinariamente seguía el camino trazado por la mesura y que sólo en raras ocasiones, como entonces, cuando me iba de copas y buscaba otras mujeres, transgredía sus límites. Luego, el día después, con mi cuerpo atormentado por la resaca, prometía enmendarme. Y de hecho, a partir de ese momento, volvía a encarrilar mi vida por la trillada pero segura senda del Bien. Por un tiempo dejaba las andadas y me concentraba en mi ardua labor de obscuro plumífero. Y entonces ¿por qué, casi en seguida después de mi aventura con Susane, decidí acabar con nuestra relación y con ella los soberanos polvos que nos echábamos juntos? Pues simplemente porque no todo en la vida es sexo. Además Alicia tampoco hizo ningún esfuerzo por retenerme cuando encontré un pretexto para liquidarla. Por lo visto también ella tenía sus motivos para estar hastiada de mí. Constantemente me reprochaba mi falta de empuje. Lo que pasa contigo, me decía, es que tú no eres echado para adelante. ¿A qué te refieres? A que no te decides a iniciar ninguna empresa. Eres igual que mi tío Miguel. Si se le propone cualquier negocio, le busca todos los inconvenientes posibles hasta convencerse de que no vale la pena el iniciarlo siquiera, y al final termina no haciendo nada. Por eso es que, al igual que tú, anda en la olla. Ella tenía razón, y estaba equivocada a la vez. Toda mi existencia, desde mi primera juventud, había sido una farsa, una pantomima, un engaño. Y aún hoy seguía siéndolo. Ostentaba un título universitario que tan sólo era la fachada de una casa desierta. Me habían concedido el diploma de ingeniero agrónomo pero no sabía nada, o casi nada, de agronomía, pues nunca había querido aprender de verdad tal ciencia. Buscaba trabajos relacionados con mi profesión, trabajos que, desde luego, no me interesaban en lo más mínimo, pero secretamente rogaba para que no me eligieran, para que me rechazaran y al final, cuando efectivamente, y quizá gracias a esa especie de hechizo generado por mis inaudibles súplicas, mi currículum vitae era desechado, arrojado para siempre al bendito trasto de la basura y así me veía absuelto de desempeñarme en aquellos oficios necesarios pero abominados, quedaba infinitamente agradecido con mi suerte. Públicamente renegaba de la derrota, pero íntimamente la celebraba. Y es que mis verdaderas esperanzas de independencia, de libertad y de triunfo, estaban cifradas, no en los frutos de la tierra, sino en los de mi talento. Recuerdo que cuando yo era chico mi abuela materna solía referirse con sorna a mi difunto padre como un bueno para nada, como un don nadie, e incluso hasta como un loco. Mi madre, a veces, le hacía eco, corroboraba su apreciación, comentaba desaprobadoramente: Él vivía en las nubes, ideaba una cantidad de proyectos que jamás llevaba a término. Voy a hacer esto o lo otro, aseguraba, pero nunca emprendía nada. Y proseguía con su diatriba: Nunca se lo notaba conforme con los trabajos que le ofrecían y, si por necesidad debía tomar alguno, muy pronto resultaba lamentándose y al final acababa dejándolo, sólo para volver a quedarse con los brazos cruzados. Entonces yo juraba para mis adentros que jamás sería igual que mi padre, que iba a ser el orgullo de mi abuela y de mi

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madre y de toda mi familia, que iba a deslomarme como una mula trabajando de sol a sol sin chistar ni pío, que me convertiría en una abejita humana laboriosa e incansable. ¡Qué memos somos cuando niños! Ahora, aunque no he llegado nunca a saber cuáles fueron sus sueños, comprendo que yo soy una copia de mi padre, q.e.p.d. A la tierna edad de los trece años, luego de verme obligado en el colegio por el maestro de Religión a deglutir la Biblia Latinoamericana y de no obstante quedar maravillado con la extraordinaria imaginación de quienes dieran aliento a tan vesánico folletín, decidí que me convertiría en escritor. Deseo febril que ni siquiera la exclamación burlona de mi madre cuando corrí a comunicarle mi propósito logró apagar. Entonces ¿piensa morirse de hambre, mi hijito?, dice ella, sonriéndose. Pero no la culpo. En primer lugar porque hasta ahora ha tenido toda la razón al respecto, y en segundo lugar porque si yo tuviese una hija que un buen día me viniera con el cuentito de que desea ser actriz o una cosa parecida, cantante, bailarina, modelo, protagonista de un reality show, o cualquiera de esos espantajos de la farándula, me sentiría igual de decepcionado y alarmado que si me comunicara que pretende ganarse la vida en un lupanar y actuaría ahora de forma semejante a como entonces lo hiciera mi madre. Ese mismo año, en segundo grado de bachillerato, escribí una pieza teatral que algunos de mis compañeros y yo representamos en clase. Tampoco en esa ocasión me desanimó la cara de alegre desprecio con que el tarugo maestro presenciaba el espectáculo cuyo argumento he olvidado por completo no obstante que entonces suponía que el mismo era sencillamente magistral. Después, participé en el concurso de cuento del colegio, con una trama de horror digna de los más taquilleros filmes norteamericanos del género, en la que un muerto con tendencias vampirescas se levanta de su féretro y masacra a cuchillazos a toda su familia y con la sangre de cada uno de sus miembros prepara su plato favorito: trama expuesta bajo el culinario título, a lo Laura Esquivel, de Sangre para morcillas, y con la que entonces diera inicio a una larga serie de tentativas que al final terminaban siempre en dolorosas frustraciones, tentativas incomprendidas y que de modo invariable seguían una descendente espiral hacia el infierno del olvido. Aquella vez cometieron la soberana injusticia de no concederme siquiera el pobre consuelo que da una inútil mención de honor. Tardaría cientos de días relatando los pormenores de mis aventuras literarias, de mi solitaria lucha, no tanto con las palabras como con los jueces encargados de cribar el material que finalmente debe llegar al público lector. Sin embargo espero baste la condensación de esa infructuosa y desalentadora lucha en las siguientes líneas. Como en un principio, y de forma esporádica, participara en concursos literarios sin obtener en definitiva ningún reconocimiento, ni pequeño ni grande, y luego intentara muchas veces y con resultado siempre nulo que mis historias fueran publicadas directamente por casas editoriales, por revistas y hasta por periódicos, finalmente llegué a la conclusión de que la única esperanza que poseía de aceptación y difusión de mis fantasías radicaba de todos modos en los certámenes literarios, y es así como opté por dedicarme enteramente, en cuerpo y alma, de manera obsesiva, a ellos, y siempre, cada

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vez, con la dichosa perspectiva de que en uno, al menos en uno, descubrieran, si no el genio que era, sí por lo menos los notables atributos que mi obra poseía para convertirme en un autor de éxito, que no es lo mismo, desde luego, como no es lo mismo Andrés Caicedo que García Márquez. Iba a la oficina de Correos y depositaba en la urna el sobre o el paquete con todas mis ilusiones metidas en él, y entonces comenzaba un auténtico suplicio: era como si ataran mi espíritu al potro de los tormentos y empezaran lentamente a desgarrarlo y desmembrarlo. Me desesperaba porque el tiempo no pasaba vertiginosamente, porque no llegaba pronto el día del fallo, del bendito fallo que necesariamente iba a ser favorable a mis intereses, que me sacaría del anonimato y, sobre todo, de la mísera condición de arrimado en casa de mi madre. Cada mañana consultaba el calendario y hacía la cuenta de los días que debía esperar antes de recibir alguna noticia, como el condenado a muerte que, con su espíritu lleno de desasosiego, aguarda la fecha en que se sabrá si es indultado o debe cumplirse la sentencia. Pero el plazo fijado expiraba al fin y sin embargo mi angustia no cesaba, seguía siendo la misma e incluso se hacía rápidamente más intensa. ¡Malditos sean, ¿por qué diablos no se comunican conmigo?!, me decía para mis adentros con una mezcla de rabia y de impaciencia, al cabo de unos cuantos días. Luego, en seguida después, procuraba tranquilizarme pensando que tal vez, por algún inconveniente no previsto, como por ejemplo la tremenda cantidad de manuscritos enviados al concurso, pues hoy día cualquier analfabeta se cree un Céline, el fallo había sido pospuesto. Esta idea se reafirmaba en mi mente al consultar regularmente los periódicos y no encontrar ninguna noticia relacionada con el mismo. Y entonces renacía en mí la jubilosa esperanza de que, a pesar del aplazamiento, iba a triunfar, porque no todo estaba perdido aún, porque no había fracasado aún. Renacía en mí aquella esperanza de salvación del condenado al que se le comunica que la decisión de la que depende su vida ha sido postergada hasta un nuevo término. De muchos, de la gran mayoría, no llegaba nunca a saber nada. De otros, de muy pocos, me enteraba por fin, semanas e incluso meses después del fallo, qué había sido de ellos. Y entonces, invariablemente, no podía dejar de someter a examen, a juicio, el relato favorecido con el premio y de compararlo, a un tiempo, con el que yo enviara. Y al final surgía siempre el mismo interrogante colmado de una especie de indignado asombro: ¡¿Cómo era posible que los jurados hubiesen desechado mi extraordinaria narración y en cambio hubiesen premiado semejante fárrago de idioteces y lugares comunes que era la del ganador?! En uno terminaron galardonando, ¡lo juro!, un cuento que era un grosero plagio de una de las archiconocidas historias de Poe, lo que puede considerarse como terrible agravante, en la que el protagonista de la misma era un gato negro, y con mi espíritu atacado por una casi insuperable desesperación pese a no haber participado en ese malhadado concurso, me preguntaba cómo era posible tanta estupidez, tanta ceguera, tanta ignorancia por parte de los jurados. Me parecía desde todo punto de vista inconcebible que mis ficciones fracasaran. Pero ¿por qué?, me preguntaba con amargura, ¿por qué?, y no hallaba respuesta verosímil. Tampoco creía que se tratara

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simplemente de mala suerte. A veces me daba por pensar que el hecho de que ni una sola de mis obras consiguiera nunca alcanzar el más mínimo de los aplausos obedecía simple y llanamente a que tampoco nunca terminaban en su lugar de destino y que entonces las únicas responsables de mi continuo fracaso eran las empresas de correos que yo utilizaba, las cuales, por motivos deshonestos, debían de estar embolsándose mi dinero sin cumplir la misión para la cual habían sido creadas. Esto, por absurdo que parezca, era de hecho perfectamente posible en un gran porcentaje de los casos, pues generalmente no había manera de comprobar que mis envíos hubiesen llegado efectivamente a su destino, toda vez que los certámenes literarios tenían establecidas por normas capitales no remitir acuse de recibo del material ni mantener ninguna clase de correspondencia con los participantes. Mas la totalidad de semejantes figuraciones se borraba de mi cabeza cuando esporádicamente, de tiempo en tiempo, llegaban por correo a la casa de mi madre amables invitaciones de los organizadores de ciertos concursos para que interviniera de nuevo en éstos la próxima vez, al año siguiente. Pero además de todo esto, y entretanto, sufría lo indecible por otras cosas. Por una tilde o una coma omitida o mal utilizada en el texto enviado. Por un error gramatical o de ortografía presente en el mismo. Indefectiblemente, como víctima de una especie de maldición, advertía la falta o las faltas demasiado tarde, uno o dos días después de haber colocado los pies fuera de la oficina del Correo. Recuerdo que en cierta ocasión puse equivocadamente ventiuno, en lugar de veintiuno. Y en ocasiones como ésa me torturaba durante semanas enteras pensando en lo descuidado, por no decir en lo bestia, que había sido. Me lo reprochaba como una falla imperdonable, indigna del enorme talento del que era depositario, y experimentaba tal sentimiento de culpabilidad que parecía como si hubiese cometido un horrendo crimen o algo por el estilo. Entonces como después, en circunstancias semejantes, lograba al fin deshacerme un poco, la porción suficiente como para que mi vida no resultase intolerable, de aquellas ideas de absoluta incapacidad diciéndome para mis adentros que después de todo había sido tan sólo un pequeño, pequeñísimo, ínfimo error, ¡¿qué era en últimas una simple letra, una miserable i?!, que bien podría atribuirse a un lapso durante el proceso de digitación del texto y por el que no debía ser tan severo conmigo mismo hasta el punto de flagelar mi espíritu con ominosas imprecaciones. A pesar de lo cual no quedaba enteramente satisfecho, porque, de cualquier manera, un genio debía ser perfecto y yo, como tal, aspiraba a serlo. Era un genio incomprendido, lo sabía, pero también sabía que lo era sólo por el momento, y debido a ello, y pese al subsiguiente fracaso, continuaba escribiendo a destajo, silenciosa, clandestinamente. Estaba seguro de que un día alguien me descubriría y entonces, y solamente entonces, pues a nadie interesa el proceso tanto como el resultado, a nadie seduce los intentos fallidos tanto como el éxito al fin alcanzado tras éstos, podría confesarme escritor ante el mundo entero y vanagloriarme del fruto de mi grave y solitaria tarea y escupirles por fin a la cara a quienes alguna vez menospreciaron y desecharon ese fruto: ¡Malditos bastardos ciegos! Entonces me regodearía con mi triunfo, largamente esperado

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pero merecido. Entonces sabría verdaderamente lo que era la felicidad. Ahora bien: aunque yo creía ocultar a Alicia mi ardua y seria labor con las palabras, no ocurría así en realidad, pues un día va y me dice: ¿Qué es lo que tanto escribes en tu máquina? Me helé como si se me acusara de un hecho indecente. ¿A qué te refieres? A lo que dejas de hacer apenas llego a tu casa. Algunas veces Alicia me había pescado absorto ante la vetusta Olivetti de mi madre y entonces yo interrumpía mi trabajo con movimientos precipitados que en seguida despertaban en ella mudas sospechas. Tú piensas, continúa, que, si antes no te he dicho nada, es porque entonces no he llegado a darme cuenta, pero te equivocas. Yo sé que me engañas con otra mujer. ¿A quién le escribes en esa cuartilla que te apresuras a ocultar? Alicia poseía el carácter más afable y despreocupado que yo jamás había visto en mujer alguna. Reía constantemente, por todo y por nada, como una chiquilla ajena a la amargura. En contraposición a mi naturaleza a veces dura e intemperante, la suya era tierna y flexible siempre. Se compadecía del dolor ajeno, era solidaria con los que sufren. Nunca la había escuchado referirse negativa o peyorativamente acerca de una persona. Al contrario de la mayoría de mujeres que conozco, sabía perdonar y olvidaba con una facilidad extrema. Su alma no guardaba rencor alguno, ni siquiera para con quienes injustamente la habían menospreciado y la habían hecho padecer sinsabores y tristezas. Pero había llegado a sospechar que yo llevaba algo así como una vida paralela, otra vida, una vida oculta, una doble vida. O mejor, más exactamente: presentía que una parte de mi vida estaba vedada para ella, que yo escondía un gran secreto, lo que, de alguna forma, representaba para su corazón, más que para su mente, una traición incomprensible, pues entre los amantes no debía haber secretos. Y aquello, más que ninguna otra cosa, parecía transformarla. A veces, en ciertas ocasiones, notaba que me encontraba como ausente y me decía: ¿Qué te pasa? ¿En qué piensas? ¿En quién piensas? Cuando, algunas otras, me marchaba de su casa más temprano que de costumbre, preguntaba: ¿Cuál es tu prisa? ¿Adónde vas? ¿Qué tienes que hacer?, perpleja y enfadada porque hacía años que me hallaba en el arroyo, porque era un mísero desenganchado que, no sabía ella por qué maldita razón, huía de su lado como si debiera cumplir un trabajo inaplazable. Mis lacónicas respuestas, nada, en nada, en nadie, ninguna, a casa, nada en especial, no la satisfacían y entonces creía corroborar sus negras prefiguraciones, que invariablemente asociaba con otra persona, con otra mujer. Pero se equivocaba. Y estaba en lo cierto a la vez. ¿A quién?, insiste entonces. A nadie, me defiendo yo. ¿Entonces? Entonces, nada. ¿Cómo que nada? ¿Por qué no me explicas lo que haces? Si no son cartas para nadie, ¿por qué no me muestras lo que escribes? Yo era un escritor maldito. Los protagonistas de mis historias eran auténticos monstruos, curas polígamos, monjas ninfómanas, monaguillos viciosos, sacristanes ladrones, seminaristas beodos, frailes psicópatas, abadesas regentes de lupanares, vicarios traficantes de armas y de drogas, obispos pedófilos, santones soberbios, beatas torturadoras de ancianos enfermos, y toda una fauna de bichos semejantes, y estaba completamente seguro de que repugnarían a Alicia, arrojando de paso,

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ante los ojos de ella, una tenebrosa, siniestra luz sobre su creador. ¿Cómo, pues, iba a enseñárselas? Mira, le respondo entonces, son simplemente cosas mías, que por el momento pertenecen a mi vida privada y que tú y todos los demás sabrán sólo a su debido tiempo. O sea que es verdad que me engañas. No, de ninguna manera. Sólo que ¿por qué he de contarte todo acerca de mí? Está bien, de acuerdo, acepta ella, llena de resentimiento y de dudas. Jamás volveré a molestarte con mis preguntas a propósito de lo que haces en esa vieja máquina de escribir, pero después no me vengas a exigir que no te pague con la misma moneda. A pesar de sus sentidas admoniciones, para mí la cosa estaba perfectamente clara: sabía que cuando me arropara el éxito con él llegaría su aceptación y la del mundo entero, mas por ahora no sacaba ganando nada en absoluto al mostrarle mi trabajo a Alicia o a cualquiera otra persona de mi entorno, pues ¿de qué forma podían ellas ayudarme a alcanzar mis metas, si éstas dependían exclusivamente de mí mismo y de un grupúsculo de jurados imbéciles en un raro trance de inspiración? Buscaba la gloria, sí, pero gloria sólo como sinónimo de fortuna, íntimamente ligada una a la otra, tanto que sin fortuna no había gloria. Porque ¿de qué me servía ser un Van Gogh torturado y pobre, un artista sin par que de su enorme talento no obtuvo para sí ni una perra? No quería ser un Raúl Gómez Jattin, mendigo de arenales y plazas públicas, andrajoso y miserable, alcohólico y drogadicto, melenudo y sucio, flaco y completamente desdentado como un Antonin Artaud en sus últimos días. No quería ser alguien así. Me agobiaba la sola posibilidad de llegar a serlo. Y no estaba dispuesto a resignarme, a entregarme, a dejarme arrastrar a la pobreza o a la miseria absolutas, tanto más cuanto que consideraba que a otros que, sin esforzarse demasiado, sin padecer la terrible angustia que yo padecía incesantemente, la angustia que consume segundo a segundo, minuto a minuto, día tras día al creador ignorado, se los recompensaba exageradamente, se les pagaba hasta la risa que esbozaban mientras llevaban a cabo su sencilla, o en todo caso no tan ardua, labor. Había que ver nada más lo que ganaban, por ejemplo, simples pateadores de pelotas como Maradona y todos esos greñudos émulos suyos. Porque ¿acaso no era una soberana injusticia verse debilitado por el hambre, por la estrechez, por la necesidad cuando se trabajaba tan duramente y sin más aliento que el propio? Y era por eso que, mientras llegaba el día de mi consagración, no podía hacer más que seguir siendo el pegote en la casa de mi madre y continuar con la farsa de intentar conseguir un trabajo que en realidad no quería. Alicia, pues, me agobiaba con sus continuas exigencias para que yo me decidiera por una de las innumerables posibilidades de trabajo que había en el mundo y que, según ella, con mi inteligencia y todo lo demás tenía a mi alcance, como si los empleos se hallaran en el estante de un supermercado y no fuese necesario más que escoger el mejor y alargar la mano y tomarlo entre los dedos de ésta, y yo me desesperaba en silencio al no lograr quitarme la mordaza autoimpuesta y explicarle, confesarle que la triste y mezquina existencia de empleaducho, de peón no me interesaba en absoluto porque lo mío era el arte, la literatura, la creación, tanto más cuanto que ya me anticipaba a su lógica e incontrovertible réplica: Pero es

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que de eso nadie vive. No seas ingenuo, me escupiría a la cara, como sí yo no fuese consciente más que nadie de que por cada maldito García Márquez que come caviar y bebe champaña existen millones de benditos Bukowskis que se mueren de hambre. Así que, colmado hasta la coronilla con su optimista cantaleta de Ministro del Trabajo, aproveché un nuevo desplante suyo para mandarla a la porra a freír espárragos. La cosa ocurrió, como digo, casi en seguida después de mi aventura con Susane. Por entonces Alicia acababa de graduarse en la universidad y había conseguido, gracias a influencias políticas de su familia, un modesto empleo en la alcaldía de Motavita como auxiliar del gerente de la empresa de servicios públicos del pequeño municipio. No había día que no me nombrara a su jefe por cualquier motivo. Era, según pude colegir por sus comentarios llenos de entusiasmo, el hombre más guapo, brillante y gracioso del villorrio. Su único defecto era ser un recién casado. Para colmo de males su mujer estaba preñada de su primer hijo. Pero la verdad, explicaba Alicia, como disculpándolo, es que justamente ese muchachito que viene en camino fue el único motivo por el cual se casó con la que ahora es su esposa. Aquella era la misma técnica, con exactamente el mismo falso argumento, que empleaba Manuel para conquistarse a sus noviecitas. Dicha técnica consistía en no cometer el error, garrafal cuando se trata de mujeres, de decir lo que ellas no quieren escuchar, esto es, la verdad. En utilizar el viejo truco de minimizar la importancia de una relación formal con insidiosos comentarios del tipo: Aunque estamos casados y tenemos un hijo, en realidad no nos llevamos muy bien. Peleamos continuamente, por todo y por nada, dejando de este modo abierta la puerta del inicio de un eventual episodio amoroso, sexual, en realidad, a aquella mujer dispuesta a enredarse con un tipo insatisfecho, deseoso de alcanzar para sí una armonía supuestamente perdida pero al mismo tiempo irremediablemente comprometido de manera seria como él, cuando la verdad es que amaba a su esposa y a su hijo mas no por ello iba a renunciar a cualquiera de los placeres de la carne que de modo eventual pudiera llegar a agenciarse precisamente por cuenta del sistemático empleo de su capciosa técnica. La propia Alicia consideraba que Manuel era una mala influencia para mí, porque, aunque era feo, y él mismo reconocía serlo, se parecía a Woody Allen, poseía una facilidad impresionante para levantarse tipas, de cualquier índole: casadas, solteras, concubinas, separadas, viudas, amas de casa, camareras, ejecutivas, secretarias, profesionales, universitarias, niñas de colegio, y ella temía que yo siguiera sus pasos. Por otra parte, era afortunado no sólo con el sexo opuesto: entonces se daba el lujo de tener dos trabajos. Dinero y mujeres, todo cuanto yo anhelaba y no poseía. Lo único que no envidiaba eran sus gafas de intelectual, aunque de intelectual no tenía nada, excepto, justamente, sus gafas, y su nariz de buitre y sus dientes cariados y dispares. ¡Y la boba de mi mujer dejándose engatusar precisamente de un tipejo semejante a Manuel, al que critica pues su conducta le parece inaceptable ya que no hace más que engañar una y otra y otra vez a la pobrecita que es su esposa Amanda! Cierto día, sin previo aviso, me fui hasta el pueblo a visitarla en su oficina. Pero no estaba. ¿Quién la busca?, me pregunta la secretaria. Su novio. ¡¿Su novio?!,

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exclama la taquimecanógrafa con tanta extrañeza que entonces intuí que en la oficina Alicia pasaba por ser una mujer libre, sin compromisos de ninguna clase. Me niega, me digo para mis adentros con una especie de regocijada rabia. Y con alegre rencor pensé que indudablemente lo hacía para de esta manera tener más posibilidades de ligar con cualquier pelmazo, incluido su jefe, que a ella le pareciera más simpático o interesante que el vago que tenía por novio. Naturalmente, yo no me consideraba a mí mismo como un vago, sino como un artista incomprendido que, para no entrar en incómodas e inútiles explicaciones ante los cortos miembros del medio pequeñoburgués en que vivía, pasaba por ser simplemente un profesional con mala suerte a la hora de conseguir un buen trabajo. ¿Puede decirme dónde se encuentra? La verdad, no, señor. La ingeniera salió con el doctor, pero no me dijeron para dónde. Si uno abandona su lugar de trabajo y no le advierte a sus subalternos a qué ha salido y en qué lugar se encuentra, ¿no quiere esto decir que a lo que uno ha salido no es un asunto precisamente relacionado con el trabajo? Comprendo, digo con jubilosa amargura, y me despido sin dejarle ningún recado. Pienso que esa chismosa que tienen por secretaria se encargará de contarle que yo estuve allí. Y en efecto, así ocurre, porque, en la noche, cuando nos vemos, me reprocha: ¿Por qué no me dijiste que ibas a ir? No sabía que tenía que hacerlo. Pues sí, para. ¿Para ese día no escaparte de lo oficina al motel más cercano a acostarte con tu jefe? ¿Qué? ¿De qué hablas? De lo que todo el mundo sabe que haces con tu jefe en horas de trabajo. ¿Qué te dijo esa chismosa? Despreocúpate. De hoy en adelante puedes hacer lo que se te venga en gana porque hasta aquí llegamos los dos. Y tras una acalorada discusión durante la cual Alicia intentó sin ningún éxito justificarse, salí para siempre de su casa hacia la casa de mi madre experimentando la indescriptible sensación de alivio que debe de experimentar un condenado a la horca en el momento en que, la causa no importa, lo bajan del cadalso luego de liberarlo de la soga que ya tenía alrededor del pescuezo. Cosa curiosa, y que reafirmó mi convencimiento de que había obrado bien: durante un par de semanas, Alicia estuvo rogándome por vía telefónica para que volviéramos, pero sólo porque el niño, su hijo, Johnny, me extrañaba. Una humilde ofrenda al Diablo Cierta mañana de aquella época, en mi cuarto en la casa de mi madre. Con sólo mirar hacia la ventana se sabe que no puede haber amanecido más podrido aquel día. No hace falta pararse de la cama y acercarse y abrir la cortina para darse cuenta de que el cielo está gris porque, al contrario de los días anteriores, la luz del sol que entra al cuarto a través de aquélla es opaca y fría. Ni siquiera dan ganas de levantarse. Volví a cerrar los ojos y me arrugué debajo de las cobijas. Un día podrido es uno de esos días en que no sale el sol pero tampoco llueve. En que todo el tiempo se lo pasa con el cielo toldado y hace un frío de los mil demonios. Un día en el que todas las horas son iguales. En el que el

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clima no cambia para nada, ni siquiera para empeorar. En el que a uno no le dan ganas de hacer nada. Un día triste e inútil. Un día que no debería existir nunca. Pero hoy, por desgracia, es uno de esos malditos días. Intenté dormir otro poco. Pero no pude. Siempre había sido así. Me despertaba y no volvía a cogerme el sueño. Era una especie de maldición. Tenía los ojos cerrados, pero estaba despierto, bien despierto. Oía los ruidos de la calle, la gente que pasaba. Los estudiantes de la Fundación Universitaria, las mujeres del Puesto de Salud que quedaba enfrente, los chicos que vivían por allí cerca y que iban para el colegio, la gente que tenía que entrar a trabajar temprano en el centro. De pronto advertí que mi vejiga estaba a punto de reventar, la pobre. Me paré y fui hasta el cuarto de baño, rengueando. Comencé a orinar. Mientras, me miraba la cara en el espejo de la pared. Era la cara de alguien que se había despertado con un dolor de cabeza violento. ¡Dios mío, prometo que no vuelvo a tomar! Siempre digo lo mismo y hay que ver en las que termino. Y lo peor de todo es que yo sé que el trago me sienta muy mal, y sin embargo a veces vuelvo y caigo en la tentación de tomarme semejante veneno. Como la noche anterior. Y siempre que me tuerzo es seguro que termino cagándola. Y si no la cago, de todos modos me siento igual que si la hubiese cagado. Como ahora. Sentía que el cuerpo me hervía por dentro, las manos me sudaban, las venas se me pronunciaban como si estuviese haciendo un gran esfuerzo físico, y lo peor de todo es que me sentía como si hubiese matado a alguien. Me sentía como un asesino o como alguien que es perseguido. E indefectiblemente me pongo en un estado paranoico insoportable. Presiento que algo malo me va a suceder. Ya, ahora, en ese justo instante. Borges dice en uno de sus maravillosos cuentos que cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que cada cual sabe para siempre quién es. Para mí ese momento supremo había llegado hoy, porque sabía quién era. Era un completo idiota. Un idiota de esos que sabe que la va a cagar y sin embargo no se detiene sino que va y la caga a pesar de todo, a pesar de lo que sabe. Solamente por bestia. Porque yo sabía que yendo a emborracharme y a conseguirme una mujer no iba a ganar nada más que problemas, pero mi loca bragueta, que, cada vez que se excita, automáticamente se desconecta de mi cerebro, había logrado convencerme. Como siempre, pues ya se sabe que cuando el pene está erecto, la razón importa un comino. Y ahora me arrepentía de haberlo hecho. Porque con Isolda nunca habíamos tenido nada más allá de una simple amistad, aunque ganas no me habían faltado de traspasar ese límite, y creo que a ella tampoco, pero ninguno de los dos habíamos sido capaces de arriesgarnos y sin embargo aquella noche bajo borracho desde las tabernas del barrio, ubicadas sobre la carretera Panamericana, hasta la esquina del almacén Familiar, hasta los teléfonos públicos y marco su número. Después de mi separación de Sonia y de mi fracaso con Yanira, Isolda pasó a ser algo así como mi mejor amiga. Hablábamos y nos reíamos durante horas. Pero luego, poco a poco, nuestras conversaciones fueron ocupándose casi exclusivamente de sus problemas y yo me convertí en su paño de lágrimas. Isolda era la personificación misma del pesimismo. Todo lo veía negro. El pasado, el

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presente y el futuro. Según ella, su pasado había sido desastroso, su presente no lo era menos y su futuro lo sería aún peor. Creía en una lógica de merecimientos. Creía que si ella era buena sería premiada, recompensada por ser buena y si era mala sería castigada por ser mala. En fin, creía en Dios y la justicia divina. Y sin embargo se preguntaba por qué Dios era tan cruel, por qué se empeñaba en darle una vida miserable, con una madre insensible que sólo pensaba en la plata y un padre y un hermano borrachos y problemáticos, siendo ella una mujer juiciosa que lo menos que se merecía era que a su vida llegara un hombre, no importaba que fuese feo pero que la respetara y la quisiera mucho y le propusiera matrimonio y la sacara del infierno que era su casa. Y es que tenía muchos pretendientes, y buenos pretendientes, pero ninguno la satisfacía. A todos les ponía reparos, muchos más de los que les ponía a sus ex novios. Se aferraba a esas relaciones del pasado, a las que les concedía mayor importancia de la que realmente tenían, porque sus ex novios jamás la tomaron en serio. Y ahora todavía menos. No hacían más que llamarla, pero sólo cuando estaban borrachos y con ganas de pegarle a ella su buena revolcada. Y lo peor de todo es que ella misma lo sabía y sin embargo no hacía nada para que las cosas cambiaran. Se quejaba, por ejemplo, de Darío. Sólo cuando estaba borracho le decía que la quería, que volvieran, que empezaran de nuevo, pero apenas se le pasaba la borrachera se le olvidaban todas las cosas que le había prometido debajo de las sábanas. Siempre iba a su casa a las horas de la madrugada, reventado de la perra y le botaba piedritas al cristal de la ventana para que ella le abriera. Y lo peor de todo es que la boba le abría, sabiendo de antemano que lo único que buscaba el otro era echarle un polvo y nada más. Le pasaban las que le pasaban y sin embargo volvía y caía en las mismas. A pesar de todo, había algo que me gustaba de ella, quizás su cuerpo que aún no había probado. Isolda era como una fruta apestosa, es decir, algo que deseamos por lo que es pero que al mismo tiempo repelemos por lo que no es. Sé que, a pesar de la hora que es, ella me va a contestar. Otro de sus ex novios tenía la costumbre de telefonearle a horas parecidas a aquéllas para decirle lo que le decían todos, que la quería mucho y de paso citarla al día siguiente en una taberna de las afueras de la ciudad, cerca a un motel. Además la boba se sentía feliz de que el tipo la llamara a esas horas. Incluso dormía con el teléfono debajo de su almohada. Debe de pensar que es el tipo ése y contesta, ¡al primer timbrazo!: ¿Aló?, con voz entre ronca, somnolienta, y alarmada. Hola, mona. Ah, hola, Rogercito. ¿Qué haces?, digo estúpidamente. Pues dormir. Claro. Mira: te llamo para saber si puedo pasar ahorita por tu casa. Isolda vivía solamente con su padre, que dormía como una foca. Su hermano vivía con su madre, en otra casa. No, Rogercito, ¡mira las horas que son! Entonces ¿no me vas a abrir? No, Roger, me da pena contigo, pero, no. Me rechaza. Y entonces algo estalló dentro de mí. Me enfurecí. Me enfurecí porque todos sus ex novios eran unos auténticos patanes, uno era el barman de un prostíbulo, otro conductor de tractomula, otro, Darío, dependiente en un taller de mecánica automotriz y ahora ella, que tampoco era la gran cosa, una flaca peliteñida con ínfulas de quién sabe qué se daba el lujo de rechazarme, ¡a mí,

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todo un profesional!, y voy y le digo: A mí no me abres, ¿verdad?, pero si yo fuera un hijoeputa como el tal Darío entonces sí lo harías, ¿no? Si yo fuera. Me colgó el teléfono. ¡Ya va a ver! Metí otra moneda al aparato y volví y marqué su número. Pero sabe que soy yo y esta vez no me contesta. Insisto. Nada. ¡Tiene que abrirme! ¡Tiene que abrirme! ¡Y váyase olvidando de que me voy a ir a dormir dejando las cosas así! La casa de Isolda quedaba a unas cinco cuadras de la esquina del almacén Familiar, atravesando el parque del barrio. Me puse en marcha. En la esquina del parque una ráfaga helada me golpeó la cara y comencé a sentirme mal. Iba a vomitar. Me acerqué a un poste del alumbrado público y me recosté contra él. Vomité hasta las tripas. Me acuerdo entonces del propio padre de Isolda, quien suele decir: Me comí un chicharrón y vomité un marrano. Me limpié la boca con la manga de la camisa y escupí la amarga saliva que me quedó después de devolver. Llegué hasta la ventana de su casa y empecé a tirarle piedritas al cristal. Esperaba que al menos abriera un poco la cortina y se asomara. La cortina permanecía quieta. Arrojé otras piedritas, esta vez más grandes y ruidosas. Era imposible que no me oyera. Me oye, pero se hace la sorda, se hace la dormida. Tiré más piedras contra el vidrio, que no sé por qué no se rompió. Quería que al menos saliera y me dijera que me largara. ¡Vamos, Isolda, ábreme! Pero vi que no, que no iba a abrir. Me quedé parado, quieto, bajo su ventana, como un burro bajo la lluvia. Al lado derecho de su casa, que era de dos pisos con azotea, había otra casa, más baja. Tenía una ventana pequeñita con reja. Me trepé por la reja al tejado del primer piso de la casa de al lado. Y empecé a subir. Las tejas eran de barro, españolas y empezaron a quebrarse bajo mis pisadas. Crujían como hojuelas de papas fritas. Llegué hasta el tejado del segundo piso y seguí trepando hasta alcanzar el muro bajo de la azotea. Brinqué y me colgué del muro. Ya estaba arriba. De las cuerdas de nylon que habían colocado allí para sacar a secar la ropa, colgaban las bragas manchadas de Isolda. Cogí una y la olí. Hay gente que se excita haciendo cosas como ésa. Pero no huele a nada, sólo a tela lavada. Busqué la puerta de la azotea, que esperaba estuviese abierta. La empujé. Pero, no, estaba cerrada, y trancada por dentro. Me senté junto a la puerta, con la esperanza de que Isolda me hubiese escuchado cuando trepé por el techo de tejas de barro y ahora viniese a abrirme la puerta, como lo haría, pienso, en caso de que yo fuera el tal Darío. Esperé. No oía nada, excepto un silencio estremecedor. Miré el cielo tachonado de estrellas. ¡Qué pequeño y mezquino me sentí de pronto! ¿Qué hacía allí, trepado en aquella azotea como un ladrón? Debía huir. De repente oigo voces abajo, en la otra casa. Salté de nuevo al techo del segundo piso. Quebré más tejas. Me sorprende que no haya roto el tejado y caído luego sobre la cama de alguno de los que dormían allí abajo. Salté al techo del primer piso y corrí hacia abajo, sobre las tejas que se deshacían bajo mis pies. Por fin me arrojé a la calle, pero caí mal. Y justo en el momento que caí escuché un disparo. Instintivamente, como un animal perseguido, corrí callejuela abajo, hasta la esquina. La doblé y empecé a caminar normalmente, como si tal cosa. Empecé a caminar bajo la luz azul de la madrugada. La casa de mi madre y la de Isolda estaban separadas por un largo y ancho potrero que

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algún día desaparecería bajo los edificios de apartamentos que poco a poco iban construyendo sobre él. Mis zapatos pisaban pasto y barro mojados por el rocío. Me di cuenta de lo borracho que aún estaba porque llegué a casa con los zapatos y las perneras del pantalón llenos de barro. Durante el trayecto no había sabido colocar bien los pies. Además ¿para qué atravesaba el potrero si había una carretera pavimentada que me habría traído limpio? Abrí la puerta. Me quité los zapatos y el pantalón y fui y los dejé en el patio de ropas. Subí en calzoncillos y en calcetines las escaleras. Entré a mi cuarto. Terminé de quitarme la ropa y me eché sobre la cama. Caí pronto en brazos de un sueño profundo e inocente. Borracho que no la caga, pierde la plata, suele decir Miguelito. Pero eso no es consuelo. ¡Dios mío, ¿por qué tenía que haberme emborrachado?! Isolda debe de estar que me mata. Y con toda la razón. ¿Qué estará pensando? Seguramente que no quiere verme ni en pintura. ¿Le habrá contado a su padre? ¿O a su hermano? ¿O a su mamá, que me considera un santo? ¡Claro, ya les habrá contado y todos en esa casa deben de estar que me matan! Fui hasta el cuarto de mi madre, cogí el teléfono y marqué su número. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces timbra el teléfono pero nadie responde. ¡A lo mejor ya están en la Inspección de Policía o en la Fiscalía poniendo la denuncia! Volví y marqué. A la tercera timbrada responde alguien, pero no es la voz de Isolda, sino la de su padre. Colgué. Dejé pasar los minutos, que parecían avanzar hacia atrás. Volví a marcar. Otra vez la quebrada voz del viejo. ¿Dónde andará Isolda? Marco por cuarta vez y una vez más contesta el señor Gutiérrez: ¡¿Aló?! ¡¿Aló?! ¡¿Aló?!, desesperado porque no le hablan. Hasta que: ¡Riiinnnggg!, suena mi propio teléfono al cabo de un rato. ¡La policía! ¡La Fiscalía! ¡Me llaman para citarme! ¡Para que me presente en sus oficinas y declare en mi propia defensa contra las acusaciones de Isolda y toda su familia! Lo descolgué sintiendo que las pelotas se me subían a la garganta. ¿A-aló? Silencio. ¿A-aló? Sí, ¿aló?, dice la voz de Isolda, dubitativa ¿Roger? Sí, sí, soy yo. Perdóname. No reconocí tu voz. No, Isolda, me apresuro a decir yo. Perdóname tú a mí. Discúlpame por lo de anoche, se me cae la cara de la vergüenza, te lo juro, no sé qué me pasó. Al otro lado de la línea escucho una carcajada ahogada. No te preocupes, Rogercito. Pero ¿qué te dio? ¿Por qué hiciste esa locura, si tú no eres así? Tú eres un tipo muy reflexivo y centrado. ¡Dios mío, eso le he hecho creer yo! ¿Desde qué horas estabas tomando? Sus palabras tranquilas, sin rencor, me devuelven el alma al cuerpo. No sé. Como desde las seis de la tarde. Perdóname, mona. No te preocupes. Pero tú sí eres loco, ¿no? ¿Cómo se te ocurrió llamarme a esas horas, decirme lo que me dijiste, venir hasta acá y encaramarte sobre el techo de la casa de mis vecinos? Ríe, despreocupada. ¡Y todas las tejas que rompiste! No sé, no sé, no sé qué me pasó. ¿Y qué pretendías hacer, Rogercito, subiéndote hasta la azotea de mi casa, ah? Perdóname, mona, perdóname, te juro que no sé por qué hice semejante cosa. Y agradece que mi papá no se dio cuenta, porque si se hubiese dado cuenta, ese señor se habría enloquecido. Precisamente ahorita acabó de irse y pude llamarte. Sí, menos mal que no. Te llamo porque estaba preocupada por ti. ¿Por mí? Sí. Es que tú no sabes lo que pasó después. Todo el vecindario

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se despertó. Por lo del disparo, ¿te acuerdas? Menos mal no te dieron. Sus vecinos, los de la casa de al lado en cuyo techo me había trepado, salieron alarmados, el señor con una escopeta en la mano. Todo el mundo se levantó de sus camas. ¡Un ladrón!, gritaban unos y otros. ¡Un ladrón! Y entonces empezaron a preguntarme, también a gritos, que si yo no lo había escuchado, porque se había subido a mi techo y yo les dije que no, claro. Después llamaron a la Policía. ¡Imagínate! Llegaron cinco minutos después de que yo saltara del techo. La chica del frente dijo que te había visto. Declaró que era un muchacho alto y delgado que llevaba puesta una chaqueta azul y que había corrido callejuela abajo. Y los primeros policías, que venían en una motocicleta, salieron a perseguirte. Después llegaron otros en una patrulla. Y los de la motocicleta volvieron al cabo de diez minutos. Y yo pensé que te habían agarrado. Si me hubiesen atrapado esos tipos ¿qué explicación habría dado? Habría quedado como un ladrón o algo así. Claro que si te hubiesen agarrado yo no habría permitido que te llevaran a la cárcel, yo habría dicho que tú eras un amigo mío que había venido a visitarme. Lo habría dicho por salvarte. Claro que por la hora que era y por la manera como entraste a mi casa, yo habría quedado ni más ni menos que como una puta. Pero no importa. Lo importante es que tú estás bien, que no pasó nada. No sabía qué decir, sólo: Gracias, gracias, mona. Y perdóname. Te juro que no volverá a pasar. Eso espero. Me alegra que estés bien. Y no te preocupes. Es tan sólo una de esas historias locas que le pasan a uno en la vida, una de esas historias de las que uno se acuerda después y simplemente se ríe. Isolda está loca. ¡Yo muriéndome de la pena y ella cagada de la risa! Pero en el fondo no me sorprendía, porque es que todas las mujeres constituyen una raza especial. Hay que ver nada más lo que me pasaba a mí con Andrea. Andrea era una de mis vecinas. No era bonita, aunque tampoco fea. Digamos que poseía una belleza común, nada especial, nada del otro mundo. Pero era bien coqueta. Tanto como Marcela, la última mujer de Hermam. Pero era una de esas muchachas a las que uno sólo mira como un posible polvo y nada más. No era una de las que uno quiera tener como novia. Por lo menos a mí me parecía tonta, siempre hablaba de lo mismo, babosadas de adolescente aunque ya no lo era, y pese a la esperanza, siempre renovada en cada encuentro, de tirármela algún día, me aburría mortalmente. En fin, la historia es ésta. Cada vez que tropezaba con ella, indefectiblemente terminaba pidiéndoselo. Pero, aunque tenía novio y entonces debiera mandarme a comer mierda, bueno, eso es lo que uno piensa que debiera hacer una chica decente en una situación semejante, no lo hacía, no me decía nada siquiera remotamente parecido, al contrario, se reía, parecía como si le agradaran mis cochinas propuestas. Como tenía miedo de quedar embarazada, pues decía aborrecer el uso del condón, le proponía mi lengua como substituto de mi pene, pero decía que no, que lo que le gustaba era que se lo metieran y no el sexo oral. Entonces le decía que fuéramos a un motel, pero en seguida también respondía que no, ¿por qué?, porque tenía miedo de quedar embarazada. Siempre, a todo, me decía que no. Y sin embargo alimentaba mis esperanzas de follármela algún día, dejándose besar por mí en la boca, dejándose coger por mí el culo. Incluso

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una tarde, hacía ya algún tiempo, había logrado convencerla y me había obsequiado entonces una breve chupada de sus deliciosas tetas. Pero ¿qué hiciste, dónde te escondiste para que no te vieran? No hice nada. Simplemente me fui para mi casa, caminando. Eso fue todo. ¡Eres un loco, Roger!, dice ella riéndose, perdonando con su risa lo imperdonable. Pero aquella noche no había salido de la casa de mi madre a embriagarme sólo por embriagarme y a conseguirme una mujer sólo porque se me había puesto tiesa la picha, sino que entonces creía tener un motivo aún más importante para irme de juerga, aunque no tuviera con quién hacerlo más que los borrachos, los vagos y las putas del barrio que eventualmente me encontrara por ahí, mientras iba de taberna en taberna: aquella noche había terminado mi primera novela desde mi último fracaso en un concurso literario. Luego de haberme liberado tanto del hechizo atormentador como del influjo pernicioso de Alicia, pude concentrarme en ella, encerrado en la casa de mi madre y acabarla. La había titulado Porquería de mundo en honor a ese tremendo escritor borracho llamado Charles Bukowski y a la mañana siguiente, luego de haber recibido la impensada absolución de mis pecados por parte de Isolda y con una resaca de los mil demonios, salí rumbo al centro de la ciudad para enviarla al Premio Nacional de Novela. Fui hasta la oficina de Correos y deposité en su urna el paquete con todas mis ilusiones metidas en él, como siempre, sólo que ahora me embargaba el inquebrantable convencimiento de que esta vez sí había hecho un buen trabajo y de que por tanto era imposible que no me llevara, y de forma unánime, los aplausos del jurado calificador. Mientras caminaba por las calles, y ya sin rumbo definido, experimentaba una especie de euforia: por primera vez en mi vida sentía de verdad que había hecho algo importante y que mi vida iba a cambiar a partir de entonces. Feliz y relajado, se me ocurrió de pronto entrar a la pequeña iglesia de Santa Clara a encender un cirio por mi novela. Y aunque era como para morirse de risa o de vergüenza, ¡un ateo convencido e irredento encendiendo una velita en una iglesia!, no me importaba en absoluto traicionar mis arraigadas ideas antirreligiosas. Tal era en ese momento mi estado de entusiasmo y satisfacción. Era una capilla sombría y helada como una caverna. Un par de viejecitas decrépitas oraban por separado arrodilladas entre las bancas vacías. Me aproximé al atril metálico que, precedido por un pequeño crucifijo de unos cincuenta centímetros con la flagelada y ensangrentada figura de Cristo, sostenía unas cuantas hileras de pequeñas bombillas eléctricas de color rojo a manera de cirios, las cuales funcionaban introduciendo una moneda de 500 pesos por la correspondiente ranura que se abría a los pies de cada una de ellas. Y aunque un obscuro demonio me hizo exclamar rabiosamente para mis adentros ¡malditos curas peseteros!, me tiré 2.000 pesos encendiendo cuatro de aquellos falsos cirios a favor de mi novela para que ganara el concurso al que acababa de enviarla con la certeza del que entrega un hijo a la guerra convencido de que de ésta no sólo regresará vivo sino además lleno de gloria. ¡Y hasta recé un padrenuestro y una avemaría allí de pie ante el atril y el Cristo martirizado! Pero entonces, casi en seguida después, y no sin sorpresa y con algo de sorna, advertí lo absurdo de mi

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conducta. Porquería de mundo era una suerte de enconada blasfemia en contra del mundo y, si efectivamente Dios existía, no iba a gustarle para nada que ofendieran Su Obra y desde luego tampoco iba a mover uno solo de Sus Todopoderosos Dedos para favorecer justamente al que lo hacía y con saña. Así que de pronto se me ocurrió la idea de que quizá más me valía hacer todo lo contrario a lo que estaba haciendo, esto es, ofrendarle algo a Su Enemigo el Diablo para que éste me ayudara con mi novela. Y fue entonces cuando me decidí a hacerlo. Pero una de las ancianitas santurronas me pesca y empieza a chillar luego de incorporarse de su sitio en medio de las bancas vacías. ¡Miserable! ¡Más que miserable! Huyo corriendo de la capilla antes de que la viejecita devota me alcance y me lastime de alguna forma con sus raquíticas manos que parecen garras. ¡Miserable! ¡Más que miserable! ¡Escupiéndole a la cara a Nuestro Señor Jesucristo! Y dejando atrás los indignados aullidos de la ancianita, escapo a la calle diciéndome que, en caso de que exista, el Diablo no puede haber quedado más contento. Afuera el día seguía igual de podrido. Un gusano en el inodoro de plata Debajo de la ventana de mi cuarto en la casa de mi madre, en el tapiado y exiguo jardín que encerraba una glauca y heterogénea selva domesticada, crecía desde el mismo suelo una monstruosa buganvilla de atrayentes florecitas rojas, monstruosa debido no a su tamaño sino a su deformidad, cuyas ramas más largas, sacudidas por el viento, arañaban los sucios cristales de ese hueco de la planta alta, especialmente en noches borrascosas, cuando entonces no había más remedio que resignarse a quedarse metido debajo de las cobijas de la cama viendo la televisión, tanto más si se tiene en cuenta que, por otra parte, la sola perspectiva de andar a aquellas horas por las calles del barrio o de la ciudad soportando temporales semejantes me desanimaba mortalmente, incluso cuando, en tales circunstancias, parecían flotar en el aire o existían realmente las condiciones propicias para pegarme una buena borrachera gratis. Y lo digo justamente porque aquella tormentosa noche de viernes, a eso de las ocho u ocho y cuarto, me había telefoneado Nicasio con voz ansiosa para invitarme a salir junto con él a tomarnos unos tragos y me negué a aceptar su aparentemente alegre insinuación, aún a sabiendas de que al hacerlo no volvería a buscarme en mucho tiempo. A Nicasio le agradaban los días fríos y lúgubres, y todavía más y en especial si para colmo llovía de la manera tempestuosa en que ahora estaba lloviendo, y pretendía que yo compartiera, o al menos padeciera estoicamente en honor a nuestra reciente amistad, semejante gusto suyo. Al preguntarle, primero desde dónde me llama y luego con quién anda bajo aquella condenada lluvia, me dice: Desde el centro. Solo. Me apresuré entonces a decirle a manera de disculpa, pues generalmente era por completo incapaz de negarme a cualquier proposición de los amigos, y aun de los menos amigos, que si su invitación hubiese venido acompañada de un par de viejas no lo habría dudado ni un segundo. A lo que raudamente me

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contesta: ¡Pues nos las conseguimos!, como si se tratara de la cosa más fácil de hacer en esta ciudad. Pero no logró entusiasmarme en absoluto, ya que ninguno de los dos era lo que se dice un galán, un gigoló, un tumbalocas, y él todavía menos, pues en toda su vida apenas se había levantado dos mujeres y al final resultó no sólo casado con una y otra sino además siendo el padre de tres criaturas que le engendrara ¡a cada una de ellas!, pues era tan condenadamente fértil que hasta con uno de sus escupitajos habría sido capaz de preñar incluso a una mula, como se dice. Sí, contaba tan sólo treinta y dos años de edad pero ya registraba en su marcador una estadística adversa de seis tantos, seis autogoles: tres adolescentes, un varón y dos muchachitas, y tres niñas, preciosas, eso sí. De pronto se cortó la comunicación y entonces me asaltó el miedo de que pensara que le había colgado a propósito, aunque en realidad no era tan susceptible a pesar de su situación de hombre desesperado. Cuando vuelve a comunicarse, me pregunta por última vez, entre risitas nerviosas, con tono desolado: Entonces ¿no se le mide al plan? A Nicasio lo había conocido por Boris. Cierto día que viajábamos juntos en un pequeño colectivo hacia Villa de Leyva, hacia la casa de campo que mi hermana Paula recientemente había comprado allí. Debido a la insana, ¿o acaso debiera decir más bien saludable?, manía que poseemos todos de murmurar de nuestros amigos y conocidos que se encuentran en una situación más difícil que la nuestra con el único objeto de sentirnos mejor, es decir, menos apesadumbrados y miserables, como cuando vemos en la televisión aquellas imágenes de las terribles hambrunas en el África y entonces, obscuramente, nos alegramos por el hecho de no hacer parte de la sufrida población de ese continente tan necesitado, Boris me reconfortaba y se reconfortaba a sí mismo narrándome, a grandes rasgos pues no la conocía en detalle, la folletinesca historia de su malaventurado amigo Nicasio: una adolescencia rebelde, cercana a la delincuencia, en compañía de una muchacha igualmente díscola, niños engendrados a temprana edad como consecuencia directa de folladas sin control y a pelo limpio, discusiones, peleas, reconciliaciones, nuevas discusiones, nuevas peleas, la ruptura definitiva, la fuga de la joven e indócil madre, y entonces solo, abandonado, con las tremendas responsabilidades de criar y de mantener a un trío de inquietos y hambrientos rapazuelos, pero casi en seguida después otra chica, una nueva historia de amor, otra vez sexo a lo bestia, más criaturas y ahora una vida de perros como reparador a domicilio de electrodomésticos averiados, yendo de aquí para allá y de allá para acá por toda la ciudad, partiéndose el lomo de sol a sol para así lograr medio sostener a su numerosa prole. ¡Y nosotros quejándonos de nuestra situación! ¡Siendo solteros y sin descendencia! ¡Nosotros éramos libres de hacer lo que se nos viniera en gana, como ahora, que íbamos de paseo, pero el pobre Nicasio! Y he aquí que estábamos congratulándonos mutuamente de nuestra buena suerte, o mejor, de la ausencia de tan mala suerte en nuestras vidas, cuando Boris va y se da cuenta de que el objeto de nuestros comentarios viene viajando en ese mismo colectivo, en la parte delantera, junto al chofer. ¿Nos habrá escuchado?, me dice Boris al oído, intranquilo, con verdadero susto, como una lengüilarga vieja

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chismosa que es pillada in fraganti descuerando a su prójimo más cercano. Pero si lo hizo, no pareció molestarse en absoluto, pues cuando nos apeamos en el terminal de transportes del pueblo, y en seguida después del saludo y la presentación consiguientes, nos invitó a que entráramos en una tienda para refrescarnos con una cerveza. Nicasio era un tipo pequeño, ni gordo ni flaco, con grandes y melancólicos ojos obscuros que contrastaban con una blanca y amplia sonrisa fácil. Como muchos de los miembros de nuestra generación, su aspecto físico no revelaba su verdadera edad, parecía un chico de unos veinticinco años o menos, pero, a diferencia de algunos de nosotros, Manuel, Boris, Pancho, yo mismo, que aprovechábamos tal circunstancia para usar ropas menos formales, él lucía un serio traje a cuadros de grueso paño color café obscuro con camisa también obscura aunque sin corbata. Había venido al pueblo a hacer el mantenimiento a las computadoras del asilo de ancianos, traía consigo su valija de trabajo. Me ofrece una tarjeta con su dirección y el número de su teléfono móvil y me dice que cuando necesite de sus servicios no dude en llamarlo. Luego que hubo pagado la cuenta y se hubo marchado Boris le hizo propaganda gratuita diciendo que cobraba los precios más bajos de la ciudad y que no era ladrón ni tramposo como sus compañeros de profesión. Me pareció curioso, por considerarlo de alguna manera fuera de lugar, el que un asilo de ancianos, y para colmo de un pueblo, contara con ordenadores. ¿Por qué?, quiere saber Boris. No sé, digo, tal vez porque me parece más indicado que los haya en una escuela de chiquillos inquietos y curiosos que en un sitio donde el interés por aparatos como ésos debe de ser mínimo. Boris, según inveterada manía, rechazaba enérgicamente mis prejuicios, a él le parecía bien. Así, si tienen servicio de Internet, los viejitos verdes pueden ver todo el porno que quieran, se burla. Sin embargo, a mí me seguían pareciendo tan fuera de lugar como cierto mueble que los monjes del Monasterio de La Candelaria, en Ráquira, pensaban instalar en uno de sus salones. La historia es ésta: en un recorrido pagado por algunas de las instalaciones del Monasterio, nuestro guía, un monje de los de allí, nada serio y sí por el contrario bastante mundano, nos muestra las celdas desnudas, con apenas un catre de madera con listas de cuero que hacen las veces no sólo de tablas sino también de colchón y un crucifijo en la cabecera de aquél, en que pasaban la mayor parte de su ascética existencia los monjes fundadores, mientras a un tiempo, y para alivio y satisfacción de las muchachas presentes, aclara que en la actualidad la vida de sus sucesores, como él, por fortuna no es tan dura ni tan triste, y entonces, ya en el patio interior de esa parte de la edificación, señala con una de sus delicadas y blancas manos hacia arriba, hacia un salón situado en la planta alta, y suelta regocijado a manera de alegre comentario: Esa parte se está adecuando para una Sala de Juegos, con mesa de billar y todo. ¡Una mesa de billar en un monasterio! ¡Esos curas maricas piensan en todo!, se maravilla con sorna Boris. Dos juegos en uno: de día juegan a la carambola, y por la noche cogen los tacos y con ellos se dan por el culo unos a otros. Después de aquel encuentro, empezamos a vernos con cierta regularidad, ya que en casa mi madre hubo de necesitar sus servicios. Mandó componer el equipo de sonido, revisar los motores de la

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nevera y de la lavadora, y efectuar otros pequeños arreglos eléctricos de los que ahora ya no tengo memoria. Además, por iniciativa propia, yo me fui convirtiendo en una especie de representante suyo en mi barrio, especialmente en lo concerniente a la reparación de los eventuales daños en los aparatos de televisión de nuestros vecinos. A éstos les explicaba que conocía a cierto tipo, amigo mío, que los componía bien, y sin cobrar demasiado, y lo hacía desinteresadamente, de ningún modo por ganarme una posible comisión como intermediario, cosa que no me habría caído nada mal, dada mi triste condición de parado, sino por ayudar a aquel pobre infeliz esclavo de sus tremendos errores, errores que yo había tenido no tanto la inteligencia como la bendita fortuna de no haber llegado a cometer nunca. Siempre somos más benévolos y solidarios con aquellos que se encuentran peor de jodidos que nosotros mismos. Y no sólo eso: nuestra bondad y nuestra generosidad hacia los demás están condicionadas, más que nada, por el grado de simpatía que nuestros semejantes sean capaces de generar, consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente, natural o artificialmente, en nuestro espíritu. Esto es tan cierto como que si Nicasio no me hubiese caído bien desde el principio, indudablemente yo no habría movido ni un dedo en favor de él, por más hundido en la negra mierda de la desesperación que se hallara. Lo que me agradaba de Nicasio es que se tomaba filosóficamente las cosas y sabía escuchar, era receptivo a maneras de ver el mundo distintas a la suya y, para mí esto es lo más importante, jamás intentaba de una forma agresiva imponer su punto de vista, en eso se parecía a Boris, a diferencia de algunos otros amigos y conocidos de los que me desesperaba su ansia neurótica por ganarte para su feudo esgrimiendo argumentos rígidos, carentes de cualquier indicio de duda cuando se trataba de reflexionar acerca de lo divino y lo humano, como aquellos sectarios que creen firme y positivamente que quien no está con ellos está en su contra. Pero ya se sabe que quien se mete a redentor termina crucificado. Las eventuales revisiones por parte de Nicasio de los aparatos de televisión de nuestros vecinos nunca se llevaban a cabo in situ, por lo que me veía obligado a transportarlos en taxi hasta su taller ubicado en una habitación de la primera planta de la casa de sus padres, en el barrio Maldonado, justo sobre la avenida del mismo nombre. La cosa se desarrolla invariablemente así: nuestro vecino, o nuestra vecina, afectado, afectada, por tan horrible tragedia, la tragedia de que se le descompusiera el dichoso artefacto, me comenta compungido, compungida: Imagínese que se me dañó la televisión y ahora yo no sé qué hacer, si mandarla a arreglar o comprarme una nueva. Aunque yo creo que lo mejor es mandarla a arreglar, ¡porque con esta escasez de plata! Pero ¿dónde, si todos los técnicos electrónicos son tan ladrones?, entonces yo abro mi bocota para decir que conozco a cierto tipo, amigo mío, que las compone bien, y sin cobrar demasiado, en seguida después soy yo mismo quien telefonea a Nicasio para comunicarle: A uno, una, de mis vecinos, vecinas, se le ha descompuesto el televisor, ¿tiene tiempo para revisárselo?, Nicasio siempre tiene tiempo y me contesta: Sí, no hay problema, tráigamelo hoy mismo al taller, y entonces es cuando este servidor, metido a Sor Teresa de Calcuta, se

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encarga de hacerle el favor al vecino, a la vecina, de llevar la máquina estropeada al taller de su amigo que las arregla como Dios manda y a bajo costo. No recuerdo, sin embargo, que Nicasio me hubiese agradecido de una manera particularmente efusiva lo que hacía por él, conseguirle clientes. Casi con frialdad, casi con indiferencia me pide que deje el trasto en algún sitio por ahí del taller y a manera de recompensa me invita a que nos tomemos un tinto en la cafetería de enfrente, cruzando la avenida Maldonado, tintos que no obstante, y por lo general, termino pagando yo, pues Nicasio suele decirme: Présteme por hoy, que luego le pago. Por mi parte lo hacía casi con gusto, justamente porque el pobre Nicasio era un espejo en el que yo, obscuramente reconfortado y ufano, no me reflejaba. En otras palabras: el pobre Nicasio era la viva estampa de un infortunio que a mí no me había alcanzado. Solemos decir que cada cual se labra su suerte, y puede que sea verdad, pero ¿hasta qué punto nuestra estrella particular ilumina nuestro camino? Yo esperaba entonces que lo hiciera, y sigo esperando ahora que lo haga, hasta el último de mis días. Y algunas veces, mientras estaba junto a Nicasio, me decía para lo más profundo de mis adentros: ¡Dios mío, que nunca llegue a cagarla como la ha cagado Nicasio! En realidad no era una cafetería sino una panadería, que, como casi todas las de la ciudad, ofrecía además el servicio de cafetería, y en realidad no todas las veces bebíamos tinto o agüita aromática, a veces tomábamos gaseosas o jugos, y acompañábamos unas u otros con un bizcocho o un croissant o ambas cosas a la vez, con lo cual la cuenta terminaba costándome un ojo de la cara, dados mis pírricos ingresos como factótum en la casa de mi madre. La atendía una muchachita alta y morena, de ojos vivos aunque un tanto seria, que sin embargo no dejaba de estar de muy buen ver. Y era allí, por lo general, donde sosteníamos nuestras conversaciones más interesantes. Debido a su apurada situación económica Nicasio pensaba aventurarse hasta el país del Tío Sam en busca del Sueño Americano. Creía que allá, en la esplendente Tierra de las Oportunidades, le iría mejor que aquí, en esta guarida de cafres. No creo, Nicasio, le digo, que esté usted dispuesto a comerse la mierda de los gringos, es usted demasiado orgulloso como para aceptar doblar el lomo ante nadie. Claro que soy orgulloso, pero, en este momento, lo que quiero es salirme de esta vida aburrida y sin perspectivas, aunque me toque comer mucha. ¿Y por qué en lugar de comer mierda por allá no come pan por aquí? Porque el pan de acá es duro y amargo. Pero no deja de ser curioso que esté dispuesto a arriesgarse a irse por el Hueco invirtiendo un dinero con el cual podría salir adelante de manera segura en este lugar. Usted no me entiende. Claro que lo entendía. Cuando consideraba tal posibilidad, no pensaba en el bienestar de su numerosa familia sino en su propia libertad prematuramente perdida. Lo que pasaba con Nicasio, lo intuí entonces, era que estaba harto de sí mismo, harto de sus tremendos errores, harto de una vida gris al servicio de otros y anhelaba escapar, huir a un sitio donde no pudiera ser alcanzado por aquellas sanguijuelas, donde pudiera volver a comenzar, donde pudiera volver a cometer errores, donde pudiera tener una existencia distinta, donde pudiera ser un hombre nuevo, aunque para ello debiera arrastrarse

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como un gusano en el fondo de un inodoro de reluciente plata pero colmado de infectas y nauseabundas heces. Otro de los temas recurrentes en nuestras conversaciones de entonces era el de la muerte, o mejor, el de la vida después de la muerte. Yo no creía en ninguna de aquellas pavadas como la reencarnación y un más allá colmado de espíritus y fantasmas que penan por toda la eternidad y que a veces se comunican con los seres de este lado por intermediación de mediums o espantajos por el estilo, pero para Nicasio era inconcebible el hecho de que después de nuestro deceso pasásemos a convertirnos en simple guano. No puede ser. ¿Por qué no? Porque tiene que haber algo más. ¿El cielo? ¿El infierno? ¿Qué? No lo sé, algo, un estadio superior a la existencia terrenal. ¿Por qué? Porque el hombre es más que materia, es espíritu. ¿Quién lo dice? A Nicasio no le desesperaba mi descreimiento de todo cuanto sea especulaciones y creencias sin fundamento científico, como la religión, la astrología, el feng shui, la quiromancia, etcétera, etcétera, pero tampoco dejaba de notar tal particularidad como si se tratara de una especie de defecto que debía corregir. Cierto que usted no cree en nada. No tengo por qué hacerlo, no pertenezco a ninguna cofradía. Yo soy de los que, como Kurt Vonnegut, considera que quien nos diga algo distinto a que hemos venido al mundo a tirarnos pedos nos está mintiendo o nos quiere engañar. Sí, ya me he dado cuenta de que para usted no somos otra cosa que materia destinada, como todo lo demás, a convertirse en nada distinto a abono. En el mejor de los casos. Pero eso es minimizar las cosas. No, simplemente verlas como en realidad son. No estoy de acuerdo. Yo también quisiera que las cosas no fueran así, pero ¿no le parece a usted, Nicasio, que es una absoluta arrogancia creer que nosotros, los hombres, estamos por encima de las rocas, los animales y las plantas? Por encima, no, pero sí que somos distintos. ¿Porque razonamos? ¡Mire para lo que nos ha servido el raciocinio! No, quiero decir que, para diferenciarse, el hombre debe trascender a un plano más elevado. Y ¿cuál es ése? No lo sé, es difícil de explicar. Lo que quiero decir es que no me resigno a creer que el hombre esté condenado simplemente a un efímero paso por este mundo mezquino. ¡Oh, Nicasio, disculpa que te tutee, le digo telepáticamente, pero qué candidez la tuya, qué fácil resulta comprenderte! A lo que aspiraba nuestro desventurado amigo Nicasio era a no otra cosa distinta que una suerte de premio, de compensación post mortem por la vida miserable que como un injusto castigo llevaba sobre la Tierra, algo por lo que valiera la pena seguir luchando en este mundo de mierda para no desesperarse y terminar de una buena vez descerrajándose un pistoletazo en la mollera. ¡Una vida después de la vida! ¡Un plano más elevado, un estadio superior a aquella sofocante, insoportable vida de perros suya! Y bueno, era así como yo no había tardado en advertir que todas las concepciones de Nicasio referentes a este y el otro mundo estaban condicionadas, o mejor, dictadas por sus circunstancias particulares. En otras palabras: las teorías de Nicasio habían sido elaboradas no sólo a partir de su situación específica sino además para estar de acuerdo con ella con el único propósito de no desquiciarse. Algo semejante a lo que ocurre con la fábula de la zorra y las uvas. Como la zorra

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nota que las uvas son inalcanzables para ella, se consuela diciéndose para sí que están demasiado verdes y que no vale la pena el seguir intentando bajarlas de la planta. Así, por ejemplo, Nicasio, que, dada su posición, había decidido resignarse al hecho de que nunca llegaría a ser un hombre rico, consideraba casi como una aberración el que la gente adinerada gastara su pasta en cosas innecesarias como ropas y comidas caras. Y ¿qué tiene de malo darse gusto en caso de que se pueda hacerlo? Si yo fuera rico, tampoco me cohibiría, haría lo mismo. Es un exceso que corrompe al espíritu, el hombre debe vivir sólo con lo que necesita, porque si no lo hace siempre querrá más y más de lo que ya tiene, con lo cual desarrollará un apetito insaciable que lo conducirá irremediablemente al envilecimiento. Puede ser, aunque ya se sabe, como dijo William Blake, que por el sendero del exceso se llega a la torre de la sabiduría. Usted siempre tiene algo con qué replicar, ¿no? Pero sus argumentos no me convencen. Me parece que lo mejor que puede hacer un hombre sensato es controlarse, no dejarse llevar por la intemperancia. ¡Está bien, está bien, me digo para mis adentros, pero que lo diga un tipo podrido en plata y no un pobre diablo que no tiene otra opción! Unas ideas similares a éstas poseía con relación a las mujeres. Eran un lujo que él no podía permitirse. El poseer amantes implicaba gastos adicionales a los ya contraídos con su numerosa prole y por tanto lo más sano era abstenerse de ellas. Sin saberlo, parecía darle la razón a cierto famoso y rico torero español, Curro Romero, si no estoy mal, que una vez descubierta su relación extramarital argumentó que él bien podía permitírsela ya que la fidelidad es para los pobres. Mas las justificaciones de Nicasio para no fijarse en otra mujer distinta a su actual compañera partían de la profunda convicción suya de que Laura, así se llamaba la pobre, había demostrado ser la única mujer en el mundo que podía soportarlo a él, hasta el punto de aguantarse las eventuales palizas que le propinaba de cuando en cuando y generalmente por llevarle la contraria en asuntos de índole doméstica como la alimentación de sus hijitas o la limpieza de la casa. También, y a propósito de este comportamiento suyo para con Laura, había notado yo que en Nicasio palpitaba una tremenda ira que sólo con grandísimos esfuerzos lograba refrenar. Tras numerosas conversaciones, no sólo en aquella cafetería sino además en tiendas de barrio a las que en ciertas noches entrábamos para zamparnos unas cervezas entre pecho y espalda, pude llegar a conocer su origen. Nicasio era el mayor de los hijos de la familia, sus hermanos menores eran tres, su madre era maestra, su padre un desempleado alcohólico. El propio Nicasio responsabilizaba a éste como el causante directo de las malas decisiones que lo condujeron a aquella existencia de penuria y sacrificio. Por hacerle caso al borracho de mi padre me tiré la vida, solía decir con odio helado. Para Nicasio el momento clave en que comenzó su desgracia fue aquel en que empezó a salir a beber junto con su padre. Cuando era apenas un chico de trece años, hasta entonces había sido siempre el preferido de su madre, a partir de entonces dejó de serlo. Poco a poco, paulatinamente, su madre comenzó a prestarles más y más atención a sus hijos menores, relegando a un segundo plano a Nicasio, quien rápidamente se había convertido en la sombra

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de su alcoholizado padre. Nicasio no pudo dejar de notar semejante cambio y, en lugar de decidirse a recuperar el amor de su madre, optó, a manera de venganza, por tornarse en un chico rebelde y desafiante, hasta el punto de llevar una existencia problemática, casi delincuencial, en compañía de su primera novia, Lucinda, una muchachita hermosa pero díscola con la que sostuvo una apasionada, tormentosa relación de unos cuantos años, al cabo de los cuales se encontró abandonado por ésta y a cargo de las tres criaturas que le engendrara. Nicasio a veces recordaba algunos aspectos de su vida al lado de Lucinda. Era realmente bonita, pero, o justamente debido a ello, tenía sus cuentos con otros tipos. Ella nunca se ocupaba de nuestros hijos, que vivían conmigo, en casa de mi madre, mi padre nunca ha tenido nada, ni siquiera un catre en qué caerse muerto, siempre mantenido por mi madre. Y luego, riéndose con una especie de tristeza a un tiempo que meneaba la cabeza: Y yo, yo era un tonto. Ella también vivía junto con sus padres, en el barrio El Dorado, más allá del Batallón Simón Bolívar, e imagínese, Roger, que yo me pegaba las tremendas caminatas desde mi casa hasta allá para visitarla. Recuerdo la última vez que fui. Era una noche de noviembre, me acuerdo muy bien. Llegué y no estaba. Iba a quedarme para esperarla cuando entonces su padre va y me dice: Mire, Nicasio, no se torture más por esa niña, que no vale la pena. Lo mejor que puede hacer es dejarla. Su padre, su propio padre me lo decía. Yo me devolví para mi casa con aquellas palabras suyas retumbándome en la cabeza. Cuando iba a la altura del Estadio de la Independencia me detuve y me senté sobre una piedra enorme que había al lado del camino. Pensé en aquellas palabras: no se torture, no vale la pena, déjela, y entonces lloré como un niño. Pero aquel día no concluyó todo entre él y Lucinda, sino un poco más tarde, sólo hasta cuando ella decidió marcharse de la ciudad, presumiblemente en compañía de otro hombre. Casi por aquella misma época, recordaba, conocí a Laura y entonces ella terminó de ayudarme a cagarla dejándose llenar de más chinos. Su madre siempre había cuidado de sus hijos, pero, a cambio, Nicasio no recibió nunca el mismo tipo de educación que sus hermanos menores. Uno era abogado, otro ingeniero civil y el tercero odontólogo. En cuanto a él, su madre no hizo ningún esfuerzo por ayudarlo a convertirse en un profesional, según sus propias palabras. Él mismo había tenido que costearse su carrerita de técnico electrónico con el fruto de su trabajo como mensajero. Esto lo llenaba de intensa amargura. Sé que por todos mis errores mi madre ha llegado a odiarme, y lo decía de tal manera que semejante odio parecía recíproco. Entonces ¿no se le mide al plan? Vertiginosamente cruzaron por mi cabeza los pormenores del último encuentro de características similares que se había producido entre ambos hacía algunos meses. Era por Navidad, en la época en que yo andaba aún con Alicia. Entonces como ahora, me telefoneó a la casa de mi madre en horas de la noche para invitarme a salir a tomarnos unos tragos. A diferencia de ahora, entonces acepté, a condición de que no nos demoráramos más de un par de horas pues con anterioridad había acordado una cita con Alicia para esa misma noche y, cuando nos reunimos en la entrada del cinema Suárez Rendón en el costado sur de la Plaza del Libertador, donde habíamos

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convenido por vía telefónica, le dije que primero comiéramos algo pues no había cenado aún y tanta era el hambre que tenía que podría comerme una vaca o un caballo enteros. Está bien, no se opone, y agrega: Pero yo pago esta vez. Fuimos a comer pollo con papas a uno de los muchos asaderos que abren sus puertas a escasas calles de la Plaza del Libertador. Acompañamos el pedido con un par de cervezas frías, aun a pesar de la llovizna helada, idéntica, sin embargo, a todas las demás lloviznas locales, que entonces caía sobre la ciudad. Pero como cuando entramos el establecimiento estaba a medio llenar con otros parroquianos hambrientos como nosotros, era comprensible que tardara algún tiempo en llegar a nuestra mesa. Comprensible para todo el mundo, excepto para Nicasio, quien incomprensiblemente se apresuró a mostrarse indignado por semejante retraso. Empezó a comportarse como si se tratara de nada más y nada menos que alguien así como el sultán de Brunei, o el rey de España, o el presidente de los Estados Unidos, o la última celebridad de Hollywood, o alguno de esos granujas por el estilo, sí, granujas, porque en el fondo todos, incluso el Papa o el Dalai Lama, lo somos, unos en mayor medida, otros en menor medida, pero al fin y al cabo granujas, diciéndome con grandes aspavientos, el rostro ceñudo y manoteando, que nunca antes lo habían atendido tan mal, pues la moza que acababa de tomarnos el pedido no nos había traído inmediatamente ni siquiera el par de cervezas. En fin, su actitud era la de quien espera que se le dé un trato especial solamente por el hecho de ser él el cliente, como si fuese un personaje de relevancia, semejante a, digamos, por ejemplo, el Alcalde u otro tipejo de gran influencia en el ámbito social y comercial de la ciudad y al que por ello hay que servir de manera prioritaria olvidándose de cualquiera otro que se halle en la línea de espera so pena, en caso de no hacerlo, de ganarse no sólo la mala voluntad de aquél sino además las consecuencias adversas de ésta. ¿Qué tanto es destapar un par de botellas y disponer su contenido en unos vasos?, se queja. No joda, si esto es el colmo de la negligencia y el mal servicio. Algo le pasaba, lo intuí entonces. Más tarde llegaría a entender de qué se trataba. Mientras tanto, intento calmarlo pronosticando que la chica no demorará más en aparecer, trayendo consigo todo el pedido o las cervezas al menos. Pero Nicasio no dejó transcurrir más de un par de minutos antes de ponerse en pie y ordenarme: Vámonos. Siéntese, hombre. No, vámonos ahora mismo. Esperemos otro poco, además acabamos de entrar. No soporto, nunca lo he hecho, este tipo de atención. Mire, Nicasio, en primer lugar ya hicimos un pedido que nos lo están preparando y en segundo lugar afuera está lloviendo. ¿Qué importa? Salgamos de aquí. Que se queden con su pollo y sus papas listos, para que aprendan a no ser tan descomedidos con sus clientes. Aquella actitud suya me dio mala espina, pensé que había cometido un error al aceptar su invitación y luego pude comprobar que no me equivocaba. Aquello tan sólo fue el principio. No hubo poder humano que lo convenciera de permanecer en ese lugar. Salimos a la calle, donde una fina pero gélida garúa nos abofeteó la cara. Me hizo bajar caminando por toda la Carrera Décima hasta la Plazoleta Muisca, en uno de cuyos costados se alineaban locales de comidas rápidas. Durante el trayecto,

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estuvo a punto de liarse a puños con un par de tipos que se cruzaron en nuestro camino y de manera accidental, en parte debido a la estrechez de la acera, uno de ellos tocó su hombro izquierdo con el hombro izquierdo de Nicasio. Luego, ya en el establecimiento que escogimos y mientras comíamos hamburguesas con papas fritas y bebíamos cerveza, noté que Nicasio miraba en silencio pero de mala manera, con una especie de asco, de repugnancia no sólo al personal que allí trabajaba sino además a sus clientes. Y en eso no paraba todo. También la comida parecía ser víctima de su intenso desagrado. Atacaba su hamburguesa con furia, como si quisiera, no calmar con rapidez su hambre sino más bien tragar lo antes posible el alimento pero sólo con el propósito de regurgitarlo en seguida después sobre la mesa, hecho una pasta asquerosa y así poder entonces admirar su obra de destrucción, no de la hamburguesa en sí sino de este mundo colmado de fealdad y miseria del cual la hamburguesa era tan sólo una de sus partes menos significativas pero igual de aborrecible a las demás. Bueno, al menos esa fue la impresión que tuve entonces. Nicasio no vomitó la comida pero sí, luego de otro par de cervezas, una serie de sentencias rabiosas en contra de las mujeres en general y de la suya en particular. Son unas traidoras, y no sólo eso, no tienen el sentido de la dignidad, del respeto por sí mismas. Le pregunto por qué lo decía, creyendo que quizá lo hace porque ha pescado recientemente a Laura poniéndole los cuernos tal como alguna vez lo hiciera también Lucinda, y acaso con un tipo que Nicasio considerase inferior suyo, porque no es lo mismo que te sean infiel con el gerente de un banco que con el celador del mismo, de igual modo que, en nuestro caso, no es lo mismo que nuestra amante sea la mejor amiga de nuestra mujer que nuestra empleada del servicio doméstico, porque el hecho de enredarnos afectiva o sexualmente con mujeres que nuestra pareja juzga como personas de unos niveles social y cultural inferiores al suyo parece ser, para ella como víctima, un agravante de la traición, y, desde luego, en nuestro caso ocurre otro tanto, y de manera más acentuada aun, debido a nuestro arraigado y recalcitrante machismo latinoamericano. Pero, no, no es eso, o por lo menos no ese tipo de deslealtad. Me cuenta lo siguiente: En nuestra familia tenemos, o mejor, teníamos la costumbre, pues fui yo quien esta vez decidió abolirla, teníamos la costumbre de reunirnos todos, con nuestras novias o esposas y nuestros hijos, luego de las doce de la noche del 24 de diciembre, para tomarnos unos tragos, escuchar música y bailar. Generalmente lo hacíamos en casa de mi hermano Carlos, que queda en el barrio Santa Inés. Era una especie de tradición familiar, pero, este año, yo me di el lujo de acabarla. ¿Por qué lo hice? Pues sencillamente porque se me dio la gana. Estaba harto de ese tipo de reuniones familiares en las que mis hermanos alardean de todo lo que tienen, de sus casas, de sus autos, de sus negocios. Es como una competencia de egos, a ver cuál resulta ganador, y yo ya me aburrí de eso, y este 24 decidí que nos quedáramos en casa, pero como mi mujercita no se pierde ni el vuelo de una mosca, ella sí fue, la muy estúpida, se llevó a las niñas y. ¿Quiere decir que usted pasó la noche del 24 solo, encerrado en su casa? Sí, se me dio la gana acabar con la tradición y lo hice, porque puedo hacerlo y. ¿En serio se quedó

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guardado como una güeva en el apartamento? ¡Pues claro! Y ¿haciendo qué? Nada, durmiendo. ¡Qué Navidad más triste!, pienso, y me lo imagino tendido, solo, en su cama, intentando dormir, pensando en su mujer, que a esas horas estará bebiendo licor y en brazos de sus hermanos bailando un merengue o una salsa. Pero es que el orgullo, su enorme orgullo, no lo ha dejado ir a la reunión navideña, pues obviamente él, Nicasio, Nicasio el pobre, el jodido, no tiene de qué alardear, ni siquiera de su capacidad como semental, pues en este tiempo lo que hay que producir no son mocosos sino plata y más plata, tal como lo están haciendo sus hermanos menores que, si bien tienen hijos, no pasan de dos, pues ellos sí no han sido brutos como él, el mayor, el que debiera dar ejemplo, el que debiera marcar el camino correcto, ellos sí han sabido cuidarse y dedicar sus energías a amasar dinero y no a preñar una y otra vez a las primeras dos bobas que les hicieran caso. Ahora yo comprendía su rabioso comportamiento de ese día, su obscuro y absurdo deseo de que, ya que en casa y en su entorno familiar no era más que una especie de lacayo, fuera de aquélla y de éste se le tratara como a un príncipe. Pero ¿sabe qué es lo que más me duele, Roger? Que yo esperaba que Laura se solidarizara conmigo y no fuera. En otras palabras, que ella y sus niñas ese día se aburrieran a su lado. No, no, que nos inventáramos otra cosa pero que no fuéramos a casa de mi hermano. Pero no, claro, ella prefiere humillarse delante de ellos, mendigarles su pavo y su whisky antes que permanecer al lado de su marido. Pero si ella puede hacerlo, si ella puede largarse adonde sea cuando se le dé la gana, yo también puedo hacerlo. Hoy, esta noche, ella está en el apartamento esperándome porque Laurita, la menor, está enferma y quiere que yo le ayude a cuidarla o que incluso, si se agrava, la acompañe a llevarla al hospital. Lo sé. Pero que se joda, porque no lo pienso hacer. Nicasio quiere vengarse de Laura, hacerla sufrir, hacerle ver que cuando él la necesitaba a su lado ella no quiso acompañarlo y ahora él le va a pagar con la misma moneda, para que aprenda. Usted también, me dice, usted también olvídese por hoy de su novia y vayámonos a emborracharnos hasta que nos dé la madrugada, yo invito, yo gasto, yo hoy tengo plata. Mas entonces como ahora, me negué a llevarle la corriente, hastiado de lidiar con su negra desesperación y sus instintos autodestructivos. Le saqué el culo pero decentemente, entonces con el pretexto de la cita inaplazable con Alicia y ahora, ahora ¿qué disculpa le invento? No, hombre, no me le mido al plan. Pero ¿por qué no? Porque mañana sábado, temprano, me excuso, súbitamente iluminado, debo acompañar a mi madre que viaja en autobús hasta Duitama, hasta donde mi tía Teodosia que se encuentra enferma y no quiero hacerlo soportando una resaca. Sí, dice él con tono comprensivo pero lastimero, es mejor dejarlo entonces para otro día. Y agrega a manera de colofón: Nos vemos un día de éstos. Y yo digo tratando de que mi voz suene lo más persuasiva posible: Claro, claro. Adiós, dice él, y aunque ese Adiós suena como la triste y lacónica despedida de un hombre en el trance de morir, no permito una vez más que mi corazón se encoja por la tremenda desolación de Nicasio. Suena mezquino y duro, pero ya se sabe que cuando alguien empieza a desmoronarse irremediablemente a tu lado lo mejor

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que puedes hacer es apartarte para que no te caiga encima y te aplaste. Adiós, digo yo, y cuelgo, y vuelvo entonces a escuchar el temporal que cae afuera, y al viento que mece las ramas más largas de la buganvilla monstruosa, asimétrica, disforme, y a los arañazos inquietantes que aquéllas propinan a los sucios cristales de la ventana de mi cuarto en la casa de mi madre, y finalmente me convenzo de que va a llover toda la noche y de que, como en noches similares, lo mejor es resignarse a quedarse metido debajo de las cobijas de la cama viendo la televisión. Me imaginé a Nicasio caminando solo y triste y rabioso y hecho una mierda bajo la borrasca que azotaba las calles de la ciudad y la verdad es que no pude conseguir que me importara ni un comino. Que Dios me perdone, me digo para mis adentros, olvidándome entonces de que desde que tengo uso de razón he sido ateo. Motel, porno, acción Otra noche de aquéllas. Estamos en el bar Mileto, sentados a una de sus pequeñas mesas de madera, en compañía de Rafael, hermano mayor de Manuel que vive en Inglaterra y de dos muchachas, una rubia peliteñida, rubia de coño negro, diría Pancho, delgadita pero buena y una gorda horrible de cabello negro y de un chico melenudo con lentes estilo John Lennon, que es el novio de la falsa rubia. Pero Manuel y yo no participamos en la conversación que mantienen los demás. Por el momento sólo nos interesan nuestras historias. Y es que con Manuel sosteníamos el pacto tácito de contarnos mutuamente cada una de las aventuras, especialmente de índole sexual, de las que hubiésemos sido protagonistas durante los periodos en que dejábamos de vernos. Hoy me relataba lo que había sucedido cuando metió a escondidas en su cuarto de la casa de su madre a una de sus habituales conquistas. Se llama Patricia y vive en mi barrio, dice. Tiene un niño, pero a mí siempre me ha gustado por su cuerpo y su cara. Es preciosa, es un bizcocho. Eso dice él, pero yo no me lo creo del todo, hay que verla para comprobarlo, porque Manuel es uno de aquellos tipos que ven un chulo y aseguran que es una paloma. En fin, el cuarto de Manuel, en la casa de su madre, quedaba justo debajo de la sala en que se recibían las visitas, tras el mueble del bar. Se abría una especie de escotilla, como la de un barco, que estaba en el suelo de madera y se bajaba por una angosta escalera también de madera, y en dicho cuarto había que agacharse porque el techo no pasaba del metro con setenta de altura y apenas cabía en él una cama sencilla. Manuel lo llama El Desnucadero y, según sus propias palabras, allí ha sacrificado a más de una. Pues resulta, continúa con su relato, que llegamos tempranísimo, a eso de las nueve y veníamos prácticamente sobrios, con apenas un par de tragos en la cabeza. Pero de alguna forma logré bajarla hasta mi cuartito sin que mi mamá se diera cuenta, porque, claro, aún estaba despierta viendo en la tele sus novelas y usted ya sabe cómo es ella, con su manía religiosa y que uno debe respetar a la mujer con que uno se casó y todo eso. Coloqué música y saqué una botella de vino, para irnos

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calentando. Serví una copa para cada uno y empecé a molestarla, a decirle que estaba muy linda, a manosearla pero, ¡marica!, la nena se me adelanta y entonces me dice que qué era lo que yo quería, y, naturalmente, yo le digo que lo que deseaba era hacer el amor con ella, y va y me dice: Bueno, está bien, y, sin más ni más, empezó a quitarse la ropa. Yo quedé como boquiabierto. Jamás pensé que resultara tan fácil, yo ya me había hecho a la idea de que, como es tan buena, se iba a hacer la difícil, como todas las viejas buenas, que por mucho se iba a dejar besar y manosear, pero nada más y que, en definitiva, no me lo iba a dar. Manuel no esperaba que semejante cosa sucediera y se asustó. Tanto, hermano, que no supe qué hacer. Y lo peor de todo es que, ¡marica!, la herramienta no me funcionó. Es, según él, la primera y única vez que le ha pasado. Imagínese la situación, la nena en pelota esperando que yo se la metiera y esa cosa ahí como sin vida. Qué pena con Patricia. ¡Qué oso el que hice! Pero eso no es todo, el colmo de todo aquello fue que me desesperé, empecé a frotármela, a tomar más trago, a echarme encima de la muchacha a ver si con eso conseguía que se me parara y, claro, nada, porque en tales percances cuanto más se esfuerza uno, menos consigue, ni un poquito dura, nada, flácida, como muerta. ¡Dios mío, qué agonía! ¿Que qué pasó al final? Pues ¿qué iba a pasar? A la nena le tocó vestirse y largarse con las ganas. Y por supuesto, desde entonces no ha querido volver a salir conmigo. Su hermano, entretanto, mantiene embobados a las dos muchachas y al tipo con sus historias acerca de la salvaje vida en la civilizada, vieja, retorcida e hipócrita Europa. Yo, por mi parte, no tengo más que contar que mis aburridos intentos por conseguirme un trabajo, así que dejo que Manuel comience otro relato luego de echarse una cerveza entre pecho y espalda. El lunes pasado, dice, venía de Sogamoso, vuelto nada, con los pantalones sucios y las botas llenas de barro y cansado, tan cansado que me quedé dormido por un buen rato. Cuando me desperté me di cuenta que la que estaba sentada a mi lado, junto a la ventana, era una muchacha rubia y con minifalda. Tenía buenas piernas, pero, le juro, que yo venía tan chupado y sin ánimo de nada que en lo que menos pensé fue en ponerme en plan de conquista. Fue ella quien comenzó todo, dice. En Paipa se subió un vendedor de baratijas, de joyas, de anillos y collares de plata falsificada. Cuando el tipo llega a nuestro puesto, ella me dice: Permiso, y prácticamente se echa sobre mis piernas para ver lo que el tipo vende. Miró unos anillos. Yo le digo: Ése te queda bien. ¿Te parece?, me contesta. Y yo le digo: Sí, muy bien. Ahí comenzó todo. Se compró el anillo y empezamos a hablar, de su vida y de la mía, de lo que ella hacía y de lo que yo hacía. Me da el número de su teléfono móvil para que la llame y salgamos algún día y yo le digo que bueno. ¿Que cómo estaba? Buena, buena. Y simpática. Pero póngale cuidado a lo que me dice antes de que me bajara en la Glorieta del Norte, me dice que por qué no salíamos esa misma noche. Aunque la verdad es que yo quería llegar a casa y echarme a dormir de tan cansado que estaba le digo que por mí no hay ningún problema. ¿Cómo le parece?, me pregunta mirándome a través de sus gafas de intelectual. Dígame si eso no confirma una vez más la teoría de que los de nuestra generación fuimos muy mal educados con respecto

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a las mujeres. Porque a nosotros nos enseñaron que todas las mujeres son nada más que pureza y candor, que por sus cabezas no pasan malos pensamientos, que ellas jamás piensan en sexo, o por lo menos no tanto como nosotros los hombres, en fin, que ellas son completamente distintas a nosotros los perversos y cochinos hombres. Pero todo eso queda reducido a pura mierda cuando nos damos cuenta que a ellas también les gusta que se las follen, que les den por el culo, a ellas también les gusta emborracharse con sus amigos y amigas, salir solas y coquetear y ponerle los cuernos al novio o al marido, en fin, que ellas son exactamente iguales a nosotros. Porque, si cosas como ésa las hacen con un tipo feo, flaco, narizón y con gafas como yo, imagínese, dice, que no harán con un tipo guapo. ¡Se la sacan y se la chupan ahí mismo, en la silla de la gacela! Bueno, continúa, fui a la casa de mi mamá, me duché, me puse presentable, comí algo, saqué el carro y me fui para el centro a recogerla. Nos metimos en La barca, dice. Pero allí nos encontramos con la gorda Lida. ¡Qué fastidio tener que aguantársela! Sin que la invitáramos vino y se sentó en nuestra mesa y empezó a hablar mierda. ¡Y me tocó gastarle una cerveza! Me tocó, dice, porque yo no quería pero usted sabe, hermano, que yo soy una de esas personas que no es capaz de cortarle la cara a nadie. Pero lo peor de todo es que empezó a decirme: Tu amiga Nohora está muy linda, ¿dónde se conocieron?, y a mirarla de arriba abajo y después a preguntarme por Amanda y por Juancho. Menos mal que yo ya le había dicho a Nohora que era casado y que tenía un niño. Es una táctica que siempre emplea Manuel con sus conquistas con el fin de que éstas sepan cómo son las cosas y de comunicarles tácitamente que él es un tipo comprometido y que lo único que busca enredándose con ellas es una relación pasajera, nada serio, una simple aventura, de manera que las que aceptan salir con él saben de antemano a qué atenerse. Después, dice bajando considerablemente la voz, después se metió con Nohora. Como la gorda Lida es una de las amiguillas que Rafael se ha levantado aquí en el país para estos días que está de vacaciones, empezó a joderla preguntándole si a Nohora le parecía chévere salir con tipos como nosotros, Rafael y yo, aunque seamos casados, porque a ella sí le parecía chévere. ¡Qué tal las preguntas de la gorda hija de puta! ¿Que qué hace Nohora? Dice: Claro. Pero después se paró furiosa y se fue para el baño. Entonces la gorda Lida aprovecha para decirme lo que yo ya sé, que Nohora había sido la moza de un médico veterano, junto con el cual incluso alcanzó a vivir en un apartamento del centro, y además que me cuidara porque es superinteresada, se mete con tipos sólo para sacarles plata. Pero, como yo no tengo plata, a mí ¿qué me importa que lo sea? Cuando vuelve del baño, prosigue, me dice al oído: Tu amiga me cae mal. Y yo le digo: Si quieres nos vamos a otro sitio. Me despedí de Hugo y de Marthica y bajamos hasta Caramelo. Nos tomamos media botella de roncito y luego, nada, para la casa. Me dejó su número del teléfono móvil para que la llamara, le iba a dar el mío pero me dice que no porque ella no se iba a poner en el trabajo de llamarme, que si yo no la llamaba ella no lo haría aunque tuviera mi número de teléfono. Y usted ¿la ha llamado? No. La nena está buena, pero ¿para qué, si esa noche

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no quiso darme nada? No voy a ponerme ahora a rogarle. Manuel era un Woody Allen soberbio. Desde las otras mesas miran a Rafael con una mezcla de disgusto y de envidia porque habla disparatadamente, gesticula como un mimo, manotea a diestra y siniestra, ríe a carcajadas. Está borracho, Manuel me ha dicho que habían empezado a tomar aguardiente desde el comienzo de la tarde y se siente feliz de estar en su tierra al lado de la gente que tan bien conoce, de la gente que es igual a él, de la gente que no lo discrimina por ser extranjero. Se siente tan feliz que es él quien pide las cervezas, y ya se sabe que el que pide, paga. Dice que quiere mucho a la rubia peliteñida, la novia del melenudo, porque la conoce desde que era una chinita, y la rodea con su brazo izquierdo y la atrae hacia él y la estruja como lo haría un tío depravado que le tiene ganas a su sobrina y aprovecha su condición de tío para manosearla descaradamente. La quiere tanto que cuando el novio llama al mesero y pide una ronda de cervezas y está a punto de entregar a éste la plata, Rafael lo detiene. ¿Cómo se le ocurre, hermano?, dice. Yo pago. Más bien con esa plata cómprele algo a la mona. Sí, hombre, vaya a algún lado y cómprele algo que le guste a ella, dice. El melenudo no sabe qué hacer, si aceptar la propuesta de ese borracho imbécil que le ha dado por dárselas de platudo benefactor de los pobres o de yo no sé qué o arrearle la madre. Podría ser el hermano de Manuel y podría querer mucho por los motivos que fueran a la muchachita, pero, si yo hubiese sido el novio, no lo habría dudado ni un segundo: se la habría arreado sin contemplaciones. Mire, hijoeputa: nadie viene a decirme lo que debo o no debo hacer con mi plata y con mi novia, yo veré si con ella le compro algo o si me la tiro toda en trago o en lo que sea. Además ¡como si con lo de seis cervezas alcanzara para algo! Sí, otro en su lugar habría mandado a comer mierda a Rafaelito el Inglés, pero el melenudo es noble y se mete su orgullo en forma de billete en el bolsillo de su camisa a cuadros y deja las cosas tranquilas. Dejamos a John Lennon y a su novia en Mileto y salimos los cuatro hacia Salamandra. Me quedo mirando a la gorda, que camina adelante, cogida del brazo de Rafael. Y esta vieja ¿de dónde salió? Se llama Dora, y es otra de las amiguillas de mi hermano. Pero su hermano tiene huevo. ¿Por qué? ¿Cómo que por qué? ¿No se da cuenta? Sí, está como feíta, ¿no? Feíta, no: ¡horrible! ¿Se vino desde Inglaterra sólo para salir con una vieja como ésta? Sí, es verdad. Fíjese que ni siquiera tiene buena ropa. La gorda Lida tampoco es una belleza, pero al menos se sabe vestir. Manuel el plástico. Su hermano está como el tipo ése del chiste, digo yo, que tiene una moza tan fea que todo el mundo piensa que la vieja es, no la moza, sino la esposa del tipo. Pero a Rafael no parece importarle en lo mas mínimo lo que podamos pensar nosotros con respecto a su conquista, si es que así puede llamarse a semejante feto. Entramos, nos sentamos, pedimos cervezas, y por debajo de la mesa empiezan a manosearse. La gorda está encantada. Claro, cualquiera en su lugar, cualquiera parecida a ella, lo estaría. Se ha ganado la lotería, y no todos los días se gana uno la lotería. El local está lleno, y lleno de chicas verdaderamente lindas. La mayoría son niñitas de colegio de unos quince o dieciséis años. Pero hay una que sobresale de entre las demás. Es una veterana de unos veinticinco años que baila sobre una mesa al

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ritmo de Ojos así de Shakira. Lo hace verdaderamente bien, aparte que su cuerpo le ayuda a llamar la atención. Manuel y yo acomodamos nuestras sillas para contemplar el panorama. Mire a esa que está sentada allá en el fondo, tiene una carita preciosa. No, fíjese en las de la pista, son mucho mejores. Parecemos unos viejitos verdes. Somos unos viejitos verdes. Unos viejitos verdes de treinta años. Rafael saca a bailar a Dora. La gorda se mueve tímidamente pero con cadencia mientras Rafael parece un mono excitado. Da brincos incomprensibles alrededor de su pareja. Detrás de nosotros escucho risas. Ya vengo, voy al baño. Está ocupado, así que debo esperar delante de la puerta. Desde allí puedo ver bien la grotesca escena que está protagonizando el hermano de Manuel. Detrás de nuestra mesa hay un grupito de unas cinco o seis sardinas, bonitas todas, que se burlan de la manera como bailaba Rafael. Comienzan a aplaudir. Aplauden por el espectáculo que se les está brindando gratis. Rafael se da cuenta, pero, en medio de su borrachera, debe pensar que las chicas lo hacen en serio porque pide a Manuel que baile con la gorda y se acerca al grupito de chinitas y estira la mano para que una de ellas se pare a bailar con él. La ofendida hace una cara como diciendo ¡uy, ¿cómo se le ocurre?!, y dice que no con la cabeza. Rafael, desairado, se da la vuelta, pero no como un perro apaleado con el rabo entre las piernas sino igual de feliz, y regresa a seguir haciendo el oso al lado de Dora y de Manuel, quienes, bailando juntos, no lo hacen tan mal. Lo más gracioso de todo esto es que paradójicamente Rafael se ganaba la vida en Inglaterra como profesor de bailes caribeños. Bueno, lo siento infinitamente, me da pena con Manuel y con su hermano, pero la verdad es que no estoy dispuesto a exponerme al ridículo, por más ebrio que esté. Entro al baño, orino, y luego, esquivando mesas llenas de trago y cigarrillos, me les escapo sin despedirme. Afuera, en la calle, sobre la acera, me encuentro con Sandy. Ando de cacería, Rogercito, dice mostrándome cada una de las piezas de su extraordinaria dentadura. Sandy era pequeñito, casi un enano, pero poseía los dientes más poderosos del barrio. Una vez, en una pelea, casi le arranca un pedazo de carne de un brazo a uno de los tipos que quiso armarle problema. De un mordisco. También era famoso por bruto. En cierta ocasión, una noche, salió con un par de chicas y un amigo a una cotizada discoteca. Entran y un mesero se les acerca y les pregunta qué desean tomar. Las chicas piden Tom Collins y el amigo dice que también desea un Tom Collins. Sandy, que quiere impresionar a una de las muchachas, va y le dice al mesero: ¿Sabe qué? Tráiganos media botella de Tom Collins. El mesero se queda mirándolo, y le dice: Disculpe, caballero, pero de esa bebida no vendemos por medias botellas. Ah, no importa, dice Sandy. Entonces tráiganos una entera. Y así, era protagonista de algunos cuentos parecidos, por el estilo de los del célebre ex Presidente Turbay. Claro que era pura fama, propagada por sus propios amigos, los más cercanos, porque de bruto no tenía ni un pelo. Lo que pasa es que Sandy es una madre y por eso es que se la montan, inventándole ese tipo de historias. Traía metida en su chaqueta de cuero una botella de aguardiente entera, sin empezar. Venía del baby shower del hijo de Guillermo. Como de los treinta o cuarenta invitados sólo fueron Hermes y

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Sandy, y eso porque Sandy era primo, en segundo grado pero al fin y al cabo primo de Guillermo, y Hermes su mejor amigo, sobró trago. Entre los tres se zamparon todo el cóctel que tenían preparado más dos botellas de vino y una de aguardiente y les quedó sobrando otra, que era la que traía Sandy, regalo de su primo. Ando de cacería, Rogercito. Tengo esta botella de aguardiente y mi casa está sola, hoy no hay nadie en ella. Así que levantémonos un par de viejas, llevémoslas allá y nos las follamos. Vamos donde Mauro, dice, que allá se la pasa lleno de burras. Se refería al cuchitril de Papi Mauro. ¡Pobre idiota! Se creía divino, un galán de Hollywood, pero ni siquiera se preocupaba por andar limpio, con su pelo mantecoso y lleno de caspa y su camisa empapada de sudor en los sobacos. El antro está atestado. Entre el tumulto me encuentro con Carlo. Era éste otro curioso espécimen de la fauna local. En su cara no le cabía un chichón más. Se hartaba de trago y después no hacía más que buscar problemas. Decían que tenía la mano pesada, pero lo raro es que siempre resultaba con la cara lacrada, llena de moretones, rasguños y chichones. Parecía ya la cara de uno de esos monstruos de fábula, como la del Jorobado de Notre Dame que salía en las caricaturas de la televisión o de algún otro bicho parecido. Le digo: Levántenos dos viejas que tenemos una casa sola. Usted lleve a la dama. Dice: Bueno. Espérenme un ratito. Se fue junto con su pareja, desapareció en el fondo de la taberna. Pero, claro, no regresó. Y es que se me está pegando lo bruto de Sandy, porque ese man, con esa cara, ¿a quién se va a levantar? Ya era un milagro que aquella anciana con la que estaba le prestara atención. Aunque la verdad es que, a pesar de su terrible apariencia, muchas veces lo había visto en el centro saludando de besito en la mejilla a niñitas muy lindas, niñitas del Colegio de La Presentación o del Colegio de Nuestra Señora del Rosario. No es una disculpa, pero, quizá por eso. Bueno, lo cierto es que se perdió y no volvió. ¿Qué hacemos?, me pregunta Sandy, mirándome sin dejar de mostrar sus dientes de asno. Pero él mismo se contesta: Vayamos a Pecados. En la barra se encontró a una amiga. Al parecer sola. Era una rubia peliteñida con una cara de prosti que no podía con ella. La música no me dejaba oír lo que se decían. Además Sandy tenía la boca pegada al oído de la mujer. La mujer sonreía complacida. Fui al baño y cuando regresé, junto a Sandy y la mujer, había ahora un tipo. Sandy me lo presentó. Era un indio grandísimo. Debe ser algo de la mujer, porque Sandy ya no está tan pegado y meloso, ahora es el tipo el que está más cerca de ella. Sandy hablaba con ambos. El grandulón y la mujer salieron a bailar a la pista. Aprovecho entonces para decirle a Sandy: Y ese tipo ¿de dónde salió? Es un amigo de Marcela, esta noche salió con él. Y la vieja ¿qué le dijo a usted? Fresco, esa nena se va con nosotros. Pero ¿usted ya le dijo algo, ya la concretó? No, pero yo sé que esa nena se va conmigo, para donde sea. ¿Y el tipo? El tipo no es nada de Marcela, sólo un amigo. Fresco. Sí, pero me imagino que la vieja no lo irá a dejar botado sólo por irse con nosotros. Que sí, hombre. La pareja volvió y les ofrecimos un trago. Sandy es un ingenuo, porque Marcela tiene más ganas de irse conmigo que no me conoce que dejar botado al grandulón éste. Podrá tener cara de lo que sea, pero no creo que vaya a cambiarlo alegremente sólo por irse con el enano de Sandy. Además si lo que

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quiere es que esta noche le den una buena revolcada, ya tiene su candidato, ¡y qué candidato!, para que lo haga. ¿A cuento de qué se va a escapar del tipo, y con par de borrachos como nosotros? Desde luego pasó lo que ya se sabía de antemano que iba a pasar: Marcela se quedó, no le hizo caso a Sandy. El frío de la calle golpea nuestros rostros calientes. Sandy está rojo como un tomate. Me imagino que yo debo de estar igual. Venga. ¿Adónde vamos? Cojamos este taxi. Súbase. Pero ¿adónde vamos? A Tranvía. Pero, marica, yo no tengo plata. Fresco. Sandy era asimismo conocido en el barrio por su gran afición a los burdeles. Se decía que su preferido era uno que quedaba al norte, a las afueras de la ciudad, cerca a su casa, pues era donde mejor lo atendían y donde más amigas había conseguido. Se decía que le ponían falla el día de la semana que no iba, como si fuera un niño desaplicado que hace novillos. Y el día que iba, lo trataban como a un rey. Sandy, mi amor, ¿dónde andabas? Sandy, cariño, ¿por qué no habías venido? Sandy, querido, ¿estás bravo con nosotras? Sandy, corazón, ven, siéntate acá conmigo. No, Sandy, precioso, mejor ven conmigo. Sandy, bizcocho, ¿qué quieres tomar? Mejor dicho, que en ese lugar lo querían como a un hijo bobo. En la entrada nos requisan, pero el bobo que lo hace no nos pesca la media botella de aguardiente que aún nos queda y que Sandy trae oculta en el bolsillo interior de su chaqueta. El burdel está lleno. Hay un cuento del señor Pedraza, el papá de Wilson, a propósito de las entradas a Tranvía, un cuento que un día el propio Wilson nos echó a sus amigos del barrio. El señor Pedraza era un señor muy correcto, muy pulcro, todo un gentleman, y nadie, ninguno de nosotros, se imaginaría encontrárselo en semejante lugar. Pero. Un día que estábamos tomando con unos amigos de la universidad, empieza a contar Wilson, se les dio por que fuéramos a Tranvía. Entramos y ¿a quién me voy encontrando sentado a una mesa con otros veteranos? Pues sí, al señor. Me le acerco por la espalda y le digo: ¿Cómo está, señor Pedraza? ¿Cómo le va? Mi papá se voltea y me dice: Ah, ¿qué hubo, mi hijito? Aquí tomándome un traguito. Siéntese. Pero fresco, tranquilo, como si nada. Claro, porque no estaba haciendo nada malo, aún. Pero lo peor de todo es que los hijoeputas con los que yo había ido me la montaron todo el resto de la noche. Me decían que esa noche yo le había dañado el polvo con una niña a mi papá y que pobrecita mi mamá porque con ella era con quien el viejo iba a desquitarse más tarde en casa. ¡Jajajajajá! Y se reía de buena gana contándonos. Ya no hay respeto, señores, diría Pancho. Inspeccionamos el material. Decían en el barrio que todas las niñas de Tranvía estaban buenas, pero entonces vi que sólo se destacaban una negra y otra muchacha, de piel blanca, blanquísima, y cabello color castaño. Lo raro es que, a diferencia de las otras, no tiene pinta de puta, no es negra ni peliteñida ni se maquilla. Llevaba puestos unos blue jeans apretados y una camisetita ajustada al cuerpo. Sólo le faltaba el morral de los libros y bien podría pasar por una universitaria de la Santo Tomás. Era la gomela del prostíbulo. Quizá por eso es que era la que tenía más caimanes detrás de ella. Quedamos boquiabiertos mirándola. Acababa de sentarse en la mesa de unos tipos que tenían cara y pinta de ser esmeralderos de Muzo o traficantes de drogas de Miraflores, con sombreros de ala ancha y curvada

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hacia arriba, chaquetas de cuero, camisas estampadas con figuras inverosímiles y colores chillones, gruesas cadenas y pulseras de oro, grandes anillos, también de oro, adornando sus bastas y morenas manos, y para rematar botas texanas de piel de culebra. Sandy me dice que escoja una. Lo que pasa, digo yo, es que la que me gusta está ocupada, esperemos a ver si más tarde queda libre. La negra parecía una mariposa, volando de mesa en mesa. Por lo visto nadie se animaba a pagar lo que cobraba, o a lo mejor a ninguno le gustaban las negras. A Sandy, en cambio, sí. Apenas se acerca a la barra, donde estábamos, de pie, porque las sillas están ocupadas por otras putas, le dice: ¿Cuánto? Cuarenta mil. Listo. Espera, dice la negra, ya vengo. Y volvió a revolotear entre las mesas como una mariposa sobre un jardín, indecisa sobre cuál flor posarse finalmente para chupar su néctar. La negra volvió al cabo de un buen rato. ¿Vamos? Ahorita. Esto es, precisamente, me dice Sandy, lo que me enfurece de la gran mayoría de los puteaderos de la ciudad. Llega uno, dice, y las indias son indiferentes, frías, lo miran a uno de arriba abajo, como si uno fuera un bicho raro, y se hacen las rogadas, toca suplicarles para que se acuesten con uno, como si no se les fuera a pagar. En cambio, en Bogotá. ¡Allá le toca a uno quitárselas de encima! Además que allá sí hay indias buenas. ¡Allá lo que hay son unas reinas, dice, entusiasmado, que si quisieran podrían mandarlo a uno a comer mierda y decirle ¡lárguese de aquí que usted está muy feo y ni por toda la plata del mundo se lo voy a dar!!Bueno, le dice a la negra, que anda aquí y allá, ¿sí o no? Está bien, bajemos. El tipo del bar, al que llaman Lucho, me dice: Esta noche va a estar ocupada todo el tiempo con esos tipos, lo mejor es que la busque mañana. Mire, me da una tarjeta, llame a este número mañana, después de las doce y pregunte por Vanessa, ése es su nombre. Hace shows privados, con striptease, a domicilio. Está linda, ¿no? Y lo mejor es que no parece que sea una de éstas, podría uno salir a pasear con ella por el centro, cogidos de la mano y nadie se daría cuenta de que es una puta. Sandy subió bufando como un toro de lidia, como un Miura. ¡Negra hija de puta! Jamás, en toda mi vida, voy a volver a entrar en este cuchitril de porquería. He sido engañado vilmente, me han engañado como a un chiquillo, como a un idiota. He botado a la basura cuarenta y cinco mil pesos y ni siquiera me han hecho la paja. Pero ¡bien hecho! Eso me pasa por huevón. Además yo lo sé: los puteaderos son unos exprimidores de plata. Y ahora, a quejarse al Mono de la Pila. ¡Por pendejo! Salimos y cogimos un taxi. Sandy dice: Vayamos a mi casa y allá nos terminamos este trago que nos queda porque por lo visto esta noche no estamos para levantarnos a nadie, ni siquiera a un par de putas. Durante el trayecto le pregunto qué fue lo que sucedió. Bajamos a los cuartos, empieza, que en realidad son unos pequeños cubículos hechos con delgadas láminas de madera en los que apenas cabe una cama sencilla. Abajo, en la galería de cubículos, hay una especie de mostrador de motel, y detrás del mostrador está una puta embarazada que es la encargada de entregar la llave del cubículo después de que se ha pagado. Adicionalmente a los cuarenta mil, debo dar otros cinco mil por concepto de uso del cubículo. Pero habíamos quedado, le reclamo a la negra, en que los cuarenta mil incluían todo. No, mi amor, dice

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ella. Los cuarenta mil son para mí, libres de todo. El arriendo de la pieza lo pagas tú. Antes de entrar le pregunto de cuánto tiempo dispongo. Veinte minutos, ni un segundo más ni un segundo menos, dice la perra. Me desnudo, y la negra hace lo mismo. Pero, por un extraño pudor, se deja puesto el sostén. Coge un condón del dispensador que está pegado a la pared y me dice: A ver, y me lo coloca con mucho cuidado como si yo no supiera hacerlo con mis propias manos. Me trata como a un niño inexperto. Listo, mi amor, dice con cariño, y apaga la luz. A ver, empieza, dice atrayéndome hacia ella y ayudando con su mano a meter mi picha entre su coño. Pero ¡¿cómo, si no veo nada?!, digo yo. A mí me gusta hacerlo con la luz apagada, dice ella. ¡Dios mío, como si lo que importara es cómo le gusta a ella y no cómo me gusta a mí! No, enciéndela, le ordeno. Yo quiero ver lo que me estoy comiendo. La negra accede, ni de buena ni de mala gana, simplemente dice: Okay. Pero ya se sabe que no hay felicidad completa. La bombilla posee un botón que gradúa la intensidad de luz. La negra la deja en el mínimo, con una luz mortecina de color rojo. Alumbra más una vela, pienso. Quiero que me la chupes, le digo. ¡Ah, no!, pone el grito en el cielo. ¡Yo no hago esas cosas! ¿Entonces?, digo yo. Pues de la manera normal, dice ella. Por delante todo lo que tú quieras. No, voltéate, le ordeno. Me encanta el culo de las negras. Por fortuna no protesta, obedece. Le habrá gustado el piropo, me imagino. Empiezo a darle. Pero ni siquiera gime, simplemente espera en silencio, como una burra, a que acabe lo más rápido posible. Pero yo no estoy lo suficientemente excitado ni concentrado en lo que estoy haciendo como para venirme pronto, así que me voy a demorar. De repente la negra dice: Ya, no más, se acabó. Tu tiempo ha terminado. Y se aparta rápidamente de mí y empieza, también rápidamente, a vestirse. La maldita negra debe de pensar que yo estoy más borracho de lo que en realidad estoy y quiere robarme, así, alegremente. Miro mi reloj. ¡Pero si sólo llevamos diez minutitos aquí metidos!, le digo. No, dice ella, muy segura de sí misma. Ya han pasado veinticinco. Incluso te regalé cinco de más. Espera, espera un ratito, déjame al menos terminar, le suplico. No, mi amor, se niega la desgraciada, inflexible. Arriba me están esperando. Abre la puerta. Más bien apúrate y vístete, me dice, que tengo que cerrar con candado la habitación. Sale al corredor y le grita a un tipo para que venga. Ya acabó, dice. Toma, ciérrala. Y eso fue todo. La casa de los padres de Sandy era una mansión que quedaba a las afueras del barrio. Incluso, hacía algún tiempo, poseía un estanque propio, donde iban a bañarse Fran y Pancho. Nos sentamos en una salita que hay a la entrada. Sandy saca la botella de aguardiente de su chaqueta y la deja sobre la mesita de centro. Coloca en el equipo de sonido un viejo disco de vinilo de rancheras. Borracho yo he nacido, borracho yo he crecido, y sé sinceramente, que borracho he de morir. No culpo yo al Destino, que me marcó un camino, que irremediablemente, yo tengo que seguir. Tome. No, creo que no quiero más. Tengo sueño. Si quiere dormir, váyase para mi cuarto. Sí, creo que me voy a dormir. Me paro y lo dejo solo, en compañía de la voz del charro. Mi vida es un abismo, igual como otras vidas, tragedias y comedias, ¿qué más puede existir? Todos gozan lo mismo, todos sufren lo mismo, es una ley eterna, de

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llorar y reír. ¿Qué culpa tengo yo, porque me gusta el vino, si encuentro en la embriaguez, dicha y dulzura? ¿Qué culpa tengo yo, si me brindó el Destino, el bálsamo que alivia, mi amargura? Me desperté asustado. ¿Qué hora es? No habían pasado ni treinta minutos pero entonces sentí como si hubiera dormido días enteros. Me levanté y dejé la cama sin hacer. En la salita de la entrada ya no está Sandy, se habrá ido a dormir al cuarto de su mamá. Por fortuna la cerradura del portón estaba sin seguros y pude salir sin tener que ir a buscarlo para pedirle las llaves. Dejé la mansión atrás, en medio de la oscuridad. Sólo espero que el vigilante de las casas que hay por aquí no vaya a pensar que soy un ladrón, porque si lo hace, bien puede estar pegándome un tiro. Con la perra aún viva, cogí el camino polvoriento que conducía a la carretera Panamericana y a las tabernas del barrio. Manuel detuvo en seco su automóvil sobre la cuneta. Venía solo. ¿Qué hace por aquí? Voy para mi casa, digo yo, azorado porque no esperaba volver a encontrármelo esta noche. Me hizo subir y allí, con el carro detenido, nos pusimos a beber de las latas de cerveza que traía consigo. ¿Qué pasó? ¿Por qué se fue? ¿Por qué nos dejó botados? Era lo mejor. Tanto usted como yo sobrábamos. ¿No le parece? Y, a propósito, su hermano, ¿qué se hizo? Me pidió que lo llevara a un motel y de allá vengo. Está con la gorda ésa. Ese man sí es peor que yo, ese man sí es enfermo, ¿no ve las viejas que se come? Acabamos las latas. Vamos al Surtidor a tomarnos un trago, dice Manuel. Pero antes, acompáñeme a sacar a Liliana. ¿Aguardiente o ron?, dice Manuel, bajándose del automóvil junto con Liliana. Ron, digo yo. Manuel vuelve solo. Trae además una botella de gaseosa. Para resbalar. Debía irme. Ésta y me les pierdo, me digo para mis adentros, porque la perra no va a ser cualquier cosa, nunca era cualquier cosa cuando se estaba con Manuel. ¿Y Liliana? Mírela, allá está hablando con una amiga. Desde allí dentro no era mucho lo que se podía ver, excepto que llevaba puesto algo rojo y que era bajita y morenita. Me recordó a Sonia. Volví a mirar para afuera. ¿Y quién es esa vieja? Se llama Leila. Es del pueblo de Liliana. Trabaja aquí, en la Gobernación. Es secretaria. Una secretaria puta de la Gobernación. Liliana se la trajo y yo me froté las manos. La trepó al carro. Atrás. Junto a mí. Hola. Mucho gusto. Llevaba puesto un pantalón rojo y se le veía el culo bien apretado. Además de cara no estaba nada mal. Aunque, como diría Leonel, mejores se me han caído de la cama. ¿A que no adivinan?, anuncia Liliana. Mi amiga Leila está de cumpleaños. Qué bien, entonces brindemos por Leila, a ver. No puedo beber, me frena, estoy tomando medicamentos. El viejo truco para negarse a beber. Vamos, uno solo. Ni uno, se niega, y al parecer rotundamente. Uno solo no te hace daño, me ayuda Manuel. No puedo. Mejor dicho, la verdad es que no quiero. Se acercó uno de esos gamincitos que venden rosas. Hey, déme una. A mil, vecino. Tome, mi hijo, sólo tengo setecientos. Leila la recibió con una sonrisa. Tenía una sonrisa bonita, fulgurante, gracias al contraste entre el color de su piel y el de sus dientes. Gracias. ¿Cuantos años cumples? Eso no se le pregunta a una dama, protesta Liliana. Pero como ella no es una dama. Ay, cómo eres de malo, dice Liliana. Manuel ríe. Quiero decir, explico yo, que Leila no es una de esas viejas que ocultan sus años, es una sardina, así que no hay nada de malo en que

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diga su edad. Me quedo mirándola a la cara hasta que contesta: Veinte. Te voy a dar un beso por cada uno de los años que tienes. Tomé su cara y, al contrario de lo que supuse antes de hacerlo, ya que me acababa de conocer y aún no habíamos entrado en confianza, se dejó besar. En la mejilla. En la comisura de los labios. Casi en la boca. Veinte veces. Oí las risas cómplices de Manuel y de Liliana. Y de pronto veo la cara de Alicia. ¡Dios mío, si entonces me viera! Todos los hombres son iguales, aseguraba, y con razón, aunque yo, como buen fariseo, le dijera que no, que yo era la excepción. Todos, repetía ella categóricamente. No desaprovechan ninguna ocasión, cualquier oportunidad que se les presente en el camino, decía. ¡Ay, Alicia, cuánta razón tienes!, porque ya estaba pensando en eso mismo, en no desaprovecharla si se me presentaba esa noche. Vecino, ¿me presta el baño? El viejo del Surtidor de Licores me deja pasar al pequeño e infecto retrete que hay detrás del mostrador. Yo siempre he asegurado que las mujeres son una raza especial, porque dicen una cosa y al final terminan haciendo otra, ¡y si por lo menos fueran similares entre sí!, pero no, diametralmente opuesta la primera con respecto de la segunda. No son consecuentes. Y para la muestra un botón. Ahí está Leila, que no quería beber y sin embargo, al regresar del orinal, la encuentro pegada a la botella de ron. Desde luego, no digo nada, porque es buena señal: mejor borracha y dispuesta a todo que sobria y dispuesta a nada. Además corrobora mi convicción. Pasé mi brazo izquierdo por su espalda y comencé a acariciarle la nuca con mis dedos por debajo de su abundante cabello negro. A ver qué dice. Nada, ni una palabra de reproche o de objeción. Le agrada. O por lo menos no le desagrada. Continúo. Qué suave es su nuca. Y sí, le gusta. Tanto como a una gatita. En cualquier momento va a empezar a ronronear. ¿Qué hiciste la rosa? Aquí la tengo, me la muestra. ¿De verdad estás cumpliendo años o es sólo una broma de Liliana? Es en serio. Hoy estoy cumpliendo años. ¿Tú también eres de Sutamarchán? Sí. Entonces interviene Liliana: Con Leila nos conocimos en el cultivo de flores. Y tu niña, dice, ¿cómo está? Bien, gracias. ¿Tienes una hija? Sí, de cinco años. Leila, al igual que Liliana, había sido, pues, una de aquellas chiquillas que saltan de la cuna a la cama doble. Y ella ¿dónde está ahora? Con mi madre, en el pueblo. Qué bien, digo yo, no sólo porque Leila es ya una chica con experiencia, que sabe qué le corre pierna arriba sino también porque entonces no tiene ninguna prisa por volver a casa para cuidar a su niñita. ¿A dónde vamos? Al norte, a los bares del norte. Manuel conducía como un loco cuando estaba borracho, pero cuando estaba borracho era cuando mejor lo hacía. En un suspiro bajamos a la Glorieta. Hizo chirriar las llantas cuando empezamos a rodearla para tomar hacia el norte. Potentes luces amarillas iluminaban las estatuas de la pareja indígena que, según decían, representaba la raza local, mientras los chorros de agua de la fuente que la circundaba mojaban sus colosales cuerpos de piedra. ¿Saben ustedes la historia de estas estatuas? No hubo respuesta. El carro zigzagueaba bruscamente entre automóviles y taxis por la recta que conducía hacia el semáforo que hay en la entrada del barrio Mesopotamia. Me quedo callado hasta que Liliana dice que no y me pide explicaciones. Resulta que cuando colocaron esas estatuas hubo

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una polémica en la ciudad. El carro se detiene en el semáforo, vuelvo a callarme, Manuel y Leila no dicen nada, Liliana es al parecer la única interesada, pregunta qué es polémica. Una discusión entre unos que las defendían y otros que las atacaban, explico, porque supuestamente esas dos estatuas representan la raza local, y fíjate la posición en la que está el indio, y cómo se encuentra la india. Entonces hubo algunos chistosos que se burlaron de las estatuas diciendo que, efectivamente, allí estaba representada la raza local: el hombre echado, descansando, y la mujer parada, trabajando. Ay, qué malos, dice Liliana. Eso, dice Leila, no hay que dudarlo. Pues claro, dice Manuel, así deben ser las cosas. Arrancamos de nuevo. Cruzamos frente a los bares de la UPTC pero seguimos de largo. Tardamos escasos diez minutos en llegar, y eso que debimos parar en todos los semáforos que hay en el camino. Estacionamos la nave y nos arrojamos al piso. Me nombraron guía porque yo era de allí, de aquel barrio y suponían que yo me la pasaba metido en esos antros. En el primero que entramos sonaba un merengue, que es lo único que sé medio bailar. De inmediato nos pusimos a dar vueltas con Leila, junto a otras parejas cuyas figuras apenas si lograba distinguir en medio de la penumbra. ¿Te gusta bailar? Claro, me encanta. ¿Qué más te gusta hacer, cuando sales? Bailar. Y ¿qué más? Nada más, sólo bailar. Entonces es que no salía mucho, porque la verdad yo no era un virtuoso del baile, ningún Chayanne ni muchísimo menos, pero podía decir que no bailaba muy bien que digamos, no se dejaba llevar, era un poco rígida, le hacía falta soltura y cadencia. ¿Y Liliana y Manuel, dónde andaban? No los veía por ninguna parte. Manuel aparece al fin, después de un buen rato. Nos dice que salgamos. Habían comprado afuera, en la calle, una botella de aguardiente, porque adentro, en el bar, era muchísimo más cara. Leila, la remilgada, se zampa un trago largo. Liliana me ofrece uno a mí también. Luego entramos a la iluminada tienda de las comidas rápidas. Manuel y Liliana tenían hambre. Pidan lo que quieran. Para mí una hamburguesa de pollo, y una porción de papas a la francesa. Yo ordeno un perro caliente, Liliana un chorizo y Leila nada, sólo papas a la francesa. Nos comimos eso y nos tomamos algunos tragos más. Leila se fue para el baño. ¿Qué hacemos?, dice Liliana. Vamos a tu apartamento, propone Manuel. No. ¿Por qué no? Porque allá está Mateo. Mateo es su hijito de cinco años, al que ha dejado dormido y solo en el apartamento, antes de salir con Manuel y conmigo. Y ¿qué pasa? Puede despertarse con el jaleo. Pues cerramos las puertas. No, allá se escucha todo de un cuarto a otro, las paredes son muy delgadas. Era cierto. Liliana vivía en una de esas lamentables urbanizaciones de interés social. ¿Entonces? Yo me voy, digo yo. ¿Qué le pasa?, dice Manuel. ¿Y Leila? Esa nena no quiere saber nada de nada. Claro que sí. ¡Qué va! No hace más que hablar de su novio. Espere, dice Manuel. Mi amor, ve y habla con ella. Liliana obedeció. Y yo crucé los dedos. ¿Usted cree que la convenza? Claro. Espere y verá: esa vieja se lo da a usted esta noche. ¿En serio? Por supuesto. Pasándonos la botella de aguardiente de unos a otros, salimos de la ciudad, dejamos atrás el Cementerio del Norte, las tabernas para jefes y secretarias que hay más allá, las casas del barrio Las acacias. Justo cuando cruzábamos frente

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a la entrada de El paraíso, Manuel frena violentamente y nos mete en él. Leila no dice nada. ¿Está dispuesta a acostarse conmigo? Por lo visto sí. Ni siquiera se turba. ¿Está acostumbrada a situaciones semejantes? Nada raro, si se tiene en cuenta que este mundo está lleno de zorras que lo dan gratis. Aunque no dejaba de sorprenderme. Sería la primera vez que me acostara con una mujer el mismo día que me la presentaban. El hombre encargado, que parecía un guerrillero del páramo con sus botas de caucho y su ruana y su bufanda y su cachucha, abrió uno de los garajes. Nos bajamos. ¿Van a entrar todos a la cabaña? Sí, dice Manuel, y sólo hasta entonces me doy cuenta de lo borracho que está, incluso aún más de lo que estoy yo. ¿Cómo se le ocurre decir que sí? Leila, alarmada, dice que no. Liliana, acostumbrada ya a las locuras de Manuel, se caga de la risa. ¿Por qué no, dice Manuel, si todos vamos a hacer lo mismo? ¿Cuánto vale?, dice Liliana. Doce mil, dice el encargado. Pero si van a entrar todos, me pagan veinticuatro mil. Pero ¿por qué, brinca Manuel, si sólo vamos a utilizar una cabaña? No importa, dice el hombre, inflexible, con su pinta de guerrillero extorsionador que parece hacerlo aún más inflexible. Entremos, dice Manuel, y acabémonos el aguardiente adentro. Si van a entrar, dice el encargado, cancelenme primero. Leila se niega. Yo no voy a entrar. Ven, la tomo de la mano, entonces entremos los dos en la cabaña de al lado. Se deja llevar. Me sorprende su docilidad. ¿Es posible que yo le guste? Le pago al hombre, un polvo por doce mil pesos no es caro y nos abre la puerta. Era la primera vez que entraba allí, pese a que era uno de los moteles más antiguos de la ciudad. Uno siempre se hace ideas exageradas de lo que no conoce, o algo por el estilo, dice el Meursault de Albert Camus en El extranjero. Yo me lo imaginaba distinto, algo menos simple, menos triste, menos pobre, algo parecido a La mansión. Pero, claro, ¿qué más se podía esperar por tan sólo doce mil pesos? Sé que le gusto a Leila y que me lo va a dar y lo primero que hago es decirle: ¿Qué quieres que te haga? ¿Sexo oral, sexo anal, sexo normal? Dime, que yo estoy dispuesto a hacerte lo que tú quieras. Me quité los pantalones, me tiré sobre la cama, cogí el control remoto y encendí el televisor. Estaba justo en el canal porno y salía un tipo dándole por delante a una vieja. Uy, qué rico. ¡Uych! Quita eso. ¿Qué pasa? ¿No te gusta? Mejor escuchemos música. Está bien. Apagué la tele y encendí la radiograbadora que estaba sobre la mesita de noche. Ven, acuéstate conmigo. Se quitó las botas, nada más, ni siquiera la chaqueta que llevaba encima, y se acostó a mi lado. Empecé a magrearla pero no se dejaba besar en la boca, ni siquiera en el cuello, sólo en la mejilla. Intenté desabrocharle la blusa pero tampoco me lo permitió, le cogí el culo, y entonces se levantó histérica de la cama. ¡Si vas a seguir así, mejor me quedo acá parada! Fue y se sentó sobre la mesita de noche, junto a la radiograbadora encendida. Está bien, está bien. Encendí de nuevo la tele. Una pelirroja se está dando dedo en una ducha. Se me ocurre una idea fantástica. Henry MiIller dice en uno de sus libros que no hay mujer que se resista a una picha erecta. Me bajé los calzoncillos y cogí la mía y comencé a frotármela hasta que se me puso dura. De reojo espiaba la reacción de Leila. Permanecía con la vista aparentemente fija en la pantalla, viendo cómo la mujer se

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masturbaba metiéndose los dedos bajo la lluvia de la ducha. Seguí frotándomela a ver si se excitaba. Pero, nada de nada. Se resistía, dispuesta sin saberlo a hacer quedar mal al gringo. Tragaba saliva pero nada más. Ahora un tipo castiga por detrás a una negra. ¡Bah! ¡A la mierda con Leila! Me concentré en la imagen y me la froté con más fuerza, viendo cómo entraba la tremenda verga del tipo en el soberbio culo de la negra y cómo luego salía y volvía a entrar. Entra y sale, entra y sale, entra y sale. ¡Sí, qué rico! Cerré los ojos en el momento que me vine. Mi semen brotó y cayó sobre la colcha. ¡Qué alivio! ¡Qué descanso! Sequé el extremo de mi pene flácido con una punta de la colcha, con la que luego, como un gato, tapé el caldo derramado. El tipo de la tele sigue dale que dale y la cara de la mujer expresa, o simula expresar, un placer indecible. Pero luego de un pajazo ¿quién puede mantener el interés en una imagen semejante? Cambié de canal. Ven, le digo a Leila mientras me subo los calzoncillos, ven para acá. Te prometo, miento, que no vuelvo a molestarte. Siempre me ha sorprendido cómo una mujer puede creer en las palabras de un tipo, y ahora me sorprendía todavía más, cuando nos encontrábamos en semejante situación y en semejante lugar. Por favor apaga el televisor. Escuchemos música. Obedecí. Se acostó junto a mí. Pasé mi brazo derecho por su estómago extrañamente plano. Bueno, bueno, no empecemos. No te preocupes, no te voy a hacer nada. Le di un besito en la mejilla. Perdóname, me dice, la he enternecido, pero lo que pasa es que yo solamente he estado con Ronny, y con él es algo especial, algo maravilloso, y no soy capaz de estar con otro hombre que no sea él. Ronny era el padre de su hija. Está bien, digo yo, no te preocupes, pero la verdad es que no te entiendo, le aseguro, porque ¿cómo era posible que lo siguiera queriendo al tal Ronny y le siguiera siendo fiel después de lo que le había hecho, después de dejarla embarazada y de marcharse con otra? Lo que pasa, me explica Leila, es que él tiene otros dos niños con esa muchacha. O sea que Ronny es casado. No, solamente vive con la muchacha. Pero, si él te quiere y tú lo quieres, ¿por qué no están juntos? Por mi familia. No nos dejan. Pero ¿ustedes se ven? Claro. A escondidas. ¿Y hasta cuando van a seguir así? Pronto nos escaparemos. Nos iremos a vivir a otro lado. Él me lo ha prometido. Pero dime una cosa: los hijos que él tiene con la otra muchacha ¿los tuvo antes o después de haber tenido contigo la niña? Y va y me dice que después. O sea que el man le hace la niña, se le abre, se cuadra con otra, se la come y le hace no uno, sino dos chinos, y todavía continúa viéndose con esta vieja estúpida y de paso comiéndosela a ella también mientras vive con la otra. ¡Un campeón, el hijoeputa! ¡Y esta idiota tragándose el cuento ése de que se van a escapar para vivir los dos juntos y felices en otra parte! ¡Con razón que la familia de Leila no lo puede ver ni en foto al tipo! ¡Ahí están pintadas las mujeres! Pero la culpa no es de él, lo defiende Leila. Él se metió con esa muchacha porque ella no hacía más que perseguirlo, se le metió por los ojos. ¡Pobrecillo! ¡Había que comprenderlo! ¡Él, en realidad, no tenía la culpa! ¡Definitivamente hay mujeres que son unas mulas! Me saca la piedra, no insisto más, me pongo a escuchar la música que ponen en la radio. Alguien me ha dicho, que la soledad, se esconde tras tus ojos, y que tu blusa, adora

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sentimientos, que respiras. Tenés que comprender, que no puse tus miedos, donde están guardados, y que no podré, quitártelos, si al hacerlo me desgarras. No quiero soñar mil veces las mismas cosas, ni contemplarlas, sabiamente, quiero que me trates, suavemente. Te comportas de acuerdo, con lo que te dicta, cada momento, y esta inconstancia, no es algo heroico, es más bien algo enfermo. No quiero soñar mil veces las mismas cosas, ni contemplarlas, sabiamente, quiero que me trates, suavemente. Poseía la tendencia suicida, heredada, por lo que sé, de mi difunto padre, de entregarme a la melancolía. Aquella canción, que alguna vez dediqué a Yanira, me recordaba siempre nuestro amor frustrado. Así que para un tipo como yo, lo mejor es estar ocupado, no pensar. Me eché sobre el cuerpo duro de Leila, forcejeamos. ¡Me lo prometiste! Me detuve y me paré de la cama. Pero, entonces, ¿qué hacemos mientras tanto? Esperar. ¡Sí, digo con rabia, esperar a que ellos acaben! ¡Dios mío, ¿qué olor es ése?! Mi semen, lo comprendo al instante. Se ha secado y ahora empieza a oler a inmundo. Me puse el pantalón y los zapatos y la chaqueta. Salgamos, no soporto este olor. Y me acerqué a la puerta. Estaba cerrada por fuera. Le grito al encargado para que venga y nos abra. ¿No han salido? No, señor. ¿Podemos entrar? Sí, quiten el candado y entren. Gracias. Quité el candado que cerraba la puerta de la cabaña y entré en ella. Leila se quedó afuera. Pasé junto al carro y me acerqué a la puerta de la habitación. Adentro Liliana aún gime como si la estuvieran partiendo en dos. ¡Oh, oh, oh!, chilla. ¡Oh, oh, oh! Y Manuel gimotea, haciéndole el coro: ¡Ah, ah, ah, ah, ah, ah!. Parece la banda sonora de una película pornográfica. Traté de mirar a través de una ranura que tenía la puerta con la esperanza de ver en pelota a Liliana. Pero no se veía nada, sólo un pedazo de cama. Ven, le digo a Leila, que está parada detrás del carro, junto a la puerta del garaje. Se acercó. Ven, le digo, y hago que pegue su oreja a la puerta de la habitación. Escucha esto. ¡OhAh! ¡Oh-Ah! ¡Oh-Ah! ¡Oh-Ah! ¡Oh-Ah! ¡Oh-Ah! ¿Te das cuenta? Ellos sí no perdieron el tiempo. Frunció los hombros e hizo una mueca como la de quien dice: Me importa un comino lo que hagan los demás, y volvió a salir. Abrí la portezuela del carro y me metí en él. En la parte trasera. Dejé la portezuela abierta para oír lo que pasaba adentro. El jaleo continúa por un buen rato hasta que Manuel suelta el estallido final: ¡Aaaahhhhhh!. Liliana deja de gemir. Qué bien, han acabado, pronto saldrán. Me estiré y encendí la radio, oí sus voces relajadas, estaban hablando pero no alcancé a entender de qué, comenzaron a reírse. Cinco minutos, diez minutos, quince minutos y siguen hablando y riéndose. ¡Por lo visto no tienen ningún apuro por salir! Me estiré otra vez e hice sonar el pito del carro. Nada. Volví y pité. Nada. Pité por tercera vez y al fin se les dio la gana salir. ¿Y Leila?, pregunta Liliana. Afuera. ¿Qué pasó?, dice Manuel. Nada. ¿Nada? ¿Cómo que nada? Después le cuento. Ahora vámonos. Nos trepamos al automóvil, salimos del motel, y mientras regresábamos a la ciudad nos chupamos las escurriduras de las botellas de ron y de aguardiente que habíamos dejado olvidadas en el piso del carro.

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Señor Contratos Cierto día, como tantos otros muchos días de aquella época y a lo largo de un periodo de tiempo que no sabría calcular, se presentó Gustavo en casa de mi madre a la hora del almuerzo, según una maldita y absurda costumbre suya. Llegó en su automóvil, se apeó y oprimió el blanco botón del timbre que sobresalía en el muro de ladrillos rojos, a un lado de la esquelética y negra puerta de barras de fierro del jardín. ¿Quién es?, me pregunta ella en un susurro, acercándose a mi espalda desde la cocina con su delantal y con un plato en una de sus manos y una cuchara de palo en la otra, pues justo en ese momento se disponía a servirlo. Gustavo, digo yo, en el mismo tono, mirando a través de la raída cortina de la ventana del estudio, del sucio cristal de ésta y por entre las ramas más bajas de la buganvilla monstruosa, torcida, irregular, que crecía enfrente, en el suelo del tapiado y exiguo jardín que encerraba una glauca y heterogénea selva domesticada. ¡Qué maña tan fea, se queja entonces mi madre, venir a poner lata a esta hora! Y con toda la razón del mundo, pues mi amigo tenía la maldita y absurda manía de aparecerse por aquí el día menos pensado, pero siempre a la hora del almuerzo, como Henry Miller, sólo que Henry Miller era un artista y Gustavo un parado, como yo, sólo que yo era hijo de mi madre y él no. En otras palabras: la pobre de mi madre ya tenía suficiente con aguantarse a su hijo arrimado como para que para colmo se le pegara otro parásito que ni siquiera era de su misma carne ni de su misma sangre. Y digo maldita porque con su llegada debíamos aplazar no sólo la sagrada obligación que tenemos para con nuestros cuerpos de alimentarlos regularmente sino además el regio deleite que representa hacerlo cuando el hambre acosa, y absurda porque, si lo que se proponía con ello era que lo invitásemos a que se quedara a comer con nosotros, nunca en aquella época llegábamos a complacerlo en esta obscura intención suya, aunque en el pasado sí hubo un tiempo en el que, en situaciones idénticas o similares, se nos ablandaba el corazón y lo convidábamos a que se sentara a nuestra mesa. ¡Y ahora tendremos que invitarlo a que se quede a almorzar!, se lamenta mi madre. ¡Y con lo escogido que es! De ninguna manera, la tranquilizo yo, acordándome entonces, vertiginosamente, de aquel tiempo en el que, en situaciones idénticas o similares, se nos ablandaba el corazón y lo convidábamos a que se sentara a nuestra mesa pero veíamos casi con asombro cómo la manera de agradecérnoslo era una especie de reparo a lo que le ofrecíamos pues se daba el lujo de dejar en el plato lo que para nosotros eran saludables manjares como las verduras y el pescado explicándonos que desde pequeño aborrecía unas y otro mientras nosotros nos decíamos para nuestro capote con una suerte de rabiosa indignación que al menos por decencia, por cortesía, debía obligarse a sí mismo a hacer el sacrificio de ingerirlos so pena, en caso de no realizarlo efectivamente, de verse privado en el futuro de atenciones semejantes, con verduras y pescado o sin las unas ni el otro. De ninguna manera, continúo con la misma susurrante voz de mi madre, hágame el favor de decirle que no estoy, que me encuentro por el centro. Con eso nos lo

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quitamos de encima. Y, en efecto, con eso nos lo quitamos de encima. Bueno, al menos por entonces, porque más tarde, casi en seguida después del almuerzo, volvió a aparecer montado en su auto y haciendo sonar el claxon mientras de los parlantes del estéreo en el interior del mismo surgía una canción de música pesada, tan pesada como la que en otra época, en la época en que aún andaba con Alicia, hacíamos sonar ella y yo en el bar que a mala hora se nos ocurrió abrir para sucios y greñudos renegados de la ciudad amantes de ese rugido del Diablo. Sólo que Gustavo no era ni sucio ni greñudo, sino todo lo contrario, aseado y calvo. Y por el momento sin otra ocupación que venir a la casa de mi madre a jorobarme el rato haciendo sonar el claxon una y otra vez para que, cual marica enamorado de él, yo saliera corriendo a su encuentro, como en una cinta juvenil de esa fábrica de estiércol llamada Hollywood. ¡Qué intensidad!, susurra mi madre espiando hacia afuera a través de la cortina de la ventana ubicada en lo alto de la escalera, luego de incorporarse de su cama, desde la cual veía la televisión y de abandonar su cuarto, situado justo enfrente de aquella ventana. ¿Y es que ese muchacho no tiene nada más que hacer? Lo de muchacho era tan sólo una expresión de mi madre, pues ella sabía muy bien que Gustavo era incluso más viejo que yo. ¿Qué le digo? ¿Qué aún no ha llegado del centro? No, señora, tranquila, digo yo incorporándome de mi cama, desde la cual veía la televisión y abandonando mi cuarto, situado justo al lado de aquella ventana. Ya salgo, porque, pienso, ya tiene suficiente mi pobre madre con tener que lidiar conmigo como para que además deba lidiar con aquel pelmazo. Pero ya antes de decidirme a bajar y salir estaba arrepentido de hacerlo porque de antemano sabía perfectamente lo que iba a suceder, pues tratándose de Gustavo siempre sucedía lo mismo y como es lógico, después de cierto tiempo, a cualquiera, aun al menos impaciente, lo aburre mortalmente la predecible monotonía. La cosa se desarrollaba invariablemente así: tras un breve saludo Gustavo me preguntaba: ¿Qué hay que hacer?, y ante mi inevitable y abúlico encogimiento de hombros, proponía en seguida después: ¿Vamos adonde el sargento a echarnos un chico de billar? Entonces, más que aceptando no negándome a su propuesta, yo me subía en su automóvil en el que tronaba aquella música del Diablo que a ambos nos gustaba, mas, a pesar de todo, lo hacía de mala gana, porque me reventaba que viniera a la casa de mi madre, con el pretexto de sacarme a jugar billar adonde el sargento, a escupirme a la cara lo bien que le iba en su profesión, pues, durante el trayecto desde la casa de mi madre hasta la sala de billar del sargento, la más conocida y concurrida del barrio y aun ya dentro de ella agachados sobre una mesa de billar pool, me enumeraba cada uno de la asombrosa cantidad de contratos de obras, era ingeniero civil, que tenía por ejecutar no sólo en la ciudad sino fuera de ella, en los municipios circundantes y aun en otros más lejanos de nuestro Departamento, y lo hacía de tal manera, con todo detalle, que cualquiera que no lo conociera se tragaría sus cuentos y creería que lo que decía era completamente cierto, cuando todos, o casi todos en el barrio sabíamos que lo que hablaba a propósito era pura mierda. Desde pequeño Gustavo había sido siempre un tipejo extraño, dueño de raros complejos y autor de

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comportamientos desconcertantes. Por ejemplo, cuando adolescente, negaba olímpicamente a sus conocidos como yo que tuviese hermanas, pues se avergonzaba de una de ellas, Emilia, que no sólo tenía el tamaño de un hipopótamo sino que además padecía de problemas mentales que la hacían exhibir en público un comportamiento grotesco. Con su gorda y sonriente carota de payaso alegre, sus tetas astronómicas y su abdomen jupiteriano, perseguía a cuanto bicho joven del sexo opuesto se le atravesara en el camino con el propósito de que le diera un beso en su abultado hocico de babosos y repugnantes labios. Como era de esperarse, los muchachos víctimas de sus lujuriosos ataques callejeros nos burlábamos cruelmente de ella y la teníamos por la loca o la boba del barrio. Emilia, ¿sabes quién está enamorado de ti?, le gritábamos. ¿Quién?, preguntaba ingenuamente ella. Mira, él. Se llama Carlos. Y quiere darte un beso, pero sólo si lo alcanzas. Y entonces el pobre Carlos, o cualquier otro desprevenido víctima de la pesada chanza de nosotros sus amigotes no tenía más remedio que desaparecer de su alcance, tomando presuroso una calle adyacente o trepándose a un colectivo o incluso a un taxi para así huir de su trompa de subnormal que se estiraba hacia delante como la de un oso hormiguero con la absurda pero inquebrantable esperanza de recibir efectivamente un lametazo sobre ella. El final de Emilia no pudo ser más triste. Algún desaprensivo carente del sentido del asco, o algún borracho, o algún degenerado, resultó nadie sabe cómo preñando a la loca-boba del barrio. Al cabo de seis o siete meses, Emilia parió un niño muerto y terminó de enloquecerse. Diariamente se la veía deambular por las calles del barrio, pero ya no persiguiendo a los chicos, sino entonando a todo pulmón canciones de alabanza a Jesucristo. Murió un día de noviembre a causa de un paro cardiorespiratorio. Durante el sepelio el sacerdote dice: ¡Que Dios la acoja en Su Reino!, y yo pienso entonces: ¡Sí, ojalá, porque en vida el Hijo de Puta nunca se acordó de ella! No hace falta, por otra parte, decir que Gustavo debió entonces de tener motivos suficientes para respirar más a gusto. Y a semejanza de lo que ocurría con su hermana Emilia en el plano sentimental, a Gustavo nadie jamás le había conocido una novia o una relación amorosa con una mujer, por lo que no faltaban los y las que lo tenían por marica, aunque tampoco nadie podía afirmar que lo hubiesen visto alguna vez en situaciones comprometidas con un tipo ni nada por el estilo, como sí ocurría, de cuando en cuando, con uno que otro de nuestros vecinos, aun con los que hasta entonces aparentaban ser los más machos. Pero bueno, volvamos a la secuencia que llevábamos. Como decía, tras un breve saludo, Gustavo me preguntaba: ¿Qué hay que hacer?, y ante mi inevitable y abúlico encogimiento de hombros, proponía en seguida después: ¿Vamos adonde el sargento a echarnos un chico de billar?, y entonces, más que aceptando no negándome a su propuesta, yo me subía en su automóvil en el que tronaba aquella música del Diablo que a ambos nos gustaba, aunque ya antes de hacerlo estaba arrepentido porque de antemano sabía perfectamente lo que iba a suceder, pues tratándose de Gustavo siempre sucedía lo mismo y como es lógico, después de cierto tiempo, a cualquiera, aun al menos impaciente, lo aburre mortalmente la predecible monotonía. Sí sabe, ¿no?,

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empezaba mientras nos dirigíamos en su automóvil al salón de billar del sargento. Me adjudicaron otros tres contratos. ¿Dónde?, preguntaba yo, más por seguir la conversación que por verdadero interés en el asunto, pues yo sabía que lo que hablaba a propósito era pura mierda. Uno en Muzo, otro en Soatá y el tercero en Garagoa. Y ¿qué le toca hacer en cada pueblo? En Garagoa un acueducto veredal, en Soatá una planta de tratamiento de residuos sólidos, y en Muzo las unidades sanitarias de cinco escuelas. Qué bien. Sí, decía, me voy a ganar mis buenos millones, y cuando me paguen pienso cambiar de carro, comprarme uno mejorcito que éste. Con ese cuentito, el cuentito del cambio de carro, llevaba ya más de un año sin que efectivamente se hiciera realidad y, no obstante, seguía repitiéndolo como una lora mojada cada vez que nos encontrábamos para jugar un chico de billar. Lo decía porque lo había comprado usado, de segunda mano y constantemente andaba varándose, debido al mal trato que le habían dado sus antiguos dueños. En pocas palabras: se pasaba más tiempo parado en el taller que rodando en las calles y por eso deseaba cambiarlo por uno más moderno, que no jodiera tanto. Pero a pesar de los millones que supuestamente ganaba con sus múltiples contratos no había cambiado nunca esa cafetera en la que andaba. Y luego, ya en la sala de billar del sargento, mientras dábamos vueltas alrededor y agachados sobre la mesa de billar pool, empezaba a describirme en detalle cómo sería el automóvil que compraría una vez le cancelaran la plata que le debían de sus innumerables contratos de obras. También pensaba cambiar de equipo de sonido, de televisor, de computador, de teléfono móvil, porque los que tenía, aunque funcionaban perfectamente, no eran lo suficientemente actuales para su antojadizo gusto de profesional de éxito. Y esto duraba hasta que, de pronto, recibía una llamada a su celular. Entonces, apresuradamente, como asustado, lo tomaba entre los dedos de una de sus huesudas manos y salía, también apresuradamente, de la sala de billar para contestarla afuera, en la calle, donde ni yo ni nadie pudiéramos escuchar lo que decía. Luego regresaba y se disculpaba conmigo: Oiga, hermano, qué pena con usted, pero debo ir hasta la casa un momentito, espéreme aquí, voy en el carro, no me demoro, ya vengo, ¿sí? Y luego ¿qué tiene que hacer?, le preguntaba yo, con malignidad, pues sabía perfectamente a qué iba a su casa. Debo atender urgentemente un asunto, ya vengo, ¿me espera? Está bien. Cuando digo que desde pequeño Gustavo había sido siempre un tipejo extraño, dueño de raros complejos y autor de comportamientos desconcertantes, no lo hago gratuitamente. Para la muestra este otro botón. Al cabo de quince o veinte minutos regresaba precipitadamente y me anunciaba: Listo, ya está todo arreglado, continuemos. Y sin ninguna otra explicación volvíamos al juego, reanudándolo. El maldito tenía una habilidad impresionante y siempre, o casi siempre, terminaba venciéndome y, como se dice en el fútbol, por goleada. Esto parecía llenarlo de una extraña satisfacción, como si se tratara de la única que tuviera en su vida, la satisfacción de vencerme una y otra vez en el juego del billar pool. Y ahora que lo pienso, tal vez sí, así era, no tenía otra, porque, bien mirada, su vida era la de un auténtico fracasado. Al término del juego, pagábamos ambos la cuenta.

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Yo buscaba entre mis bolsillos y a duras penas lograba reunir las monedas correspondientes a mi parte, mientras él sacaba de su cartera atiborrada un grueso billete para pagar la suya. Pero en el fondo yo no me sentía mal, porque sabía perfectamente de dónde salía toda esa plata que cargaba encima. Abandonábamos el salón de billar del sargento, nos trepábamos en su automóvil y me llevaba nuevamente hasta la casa de mi madre. Hasta luego, me decía ante la esquelética y negra puerta de barras de fierro del jardín. Gracias. Mañana nos vemos. Bueno, decía yo, pero ¿acaso no tiene que viajar mañana a alguno de los pueblos que me dijo?, no sin malignidad, pues sabía perfectamente que nunca, o casi nunca, salía de la ciudad, como no fuera para visitar a su madre en Paipa, donde la anciana profesora, viuda y pensionada, disfrutaba en soledad de sus últimos días en uno de los grandes hoteles de aquella pequeña localidad, famosa por sus aguas termales. Ah, sí, es verdad, simulaba caer en la cuenta. Gracias por recordármelo. Es que tengo tantas cosas en la cabeza, de uno y otro contrato, que a veces me bloqueo y olvido todo. Claro, decía yo, es normal. Bueno, remataba, entonces otro día, ¿sí? Y a ver si también nos echamos unas cervecitas. Y sin embargo, a pesar de esta conversación, al día siguiente aparecía como si nada por la casa de mi madre haciendo sonar una y otra vez el claxon de su automóvil para que, cual marica enamorado de él, yo saliera corriendo a su encuentro y, una vez tras la esquelética y negra puerta de barras de fierro del jardín, escuchara su sempiterno ofrecimiento: ¿Qué hay que hacer? ¿Vamos adonde el sargento a echarnos un chico de billar?, y luego, en seguida después de haberme trepado en su auto, la consabida retahíla de siempre acerca de la cantidad de contratos de obras que le llovían de aquí y de allá como una especie de inagotable maná caído del cielo. Algunas veces, luego de que me dejara, volvía a salir de la casa de mi madre y me iba caminando hasta la casa de Javier con el único propósito de ponerme a rajar junto con él acerca de Gustavo y así desintoxicarme un poco de toda la mierda que había intentado hacerme tragar ese día. ¿Qué le dijo hoy?, me picaba la lengua Javier, y entonces yo, con la indignación propia del que se siente de alguna manera ofendido por ser considerado un pelmazo de menos de dos dedos de frente, le relataba justamente cómo ese día había intentado hacerme tragar otra de sus historias fabricadas a base de puros embustes. Javier me escuchaba esbozando una sardónica sonrisa y meneando lenta y negativamente la cabeza, como quien se dice para sí mismo: Definitivamente ese tipo no tiene remedio, pues también él, como yo y muchos otros en el barrio, sabía que Gustavo era un auténtico caso perdido. Pero aquel día, cuando bajo y salgo y estoy tras la puerta de barras de fierro del jardín, extrañamente no dice: ¿Qué hay que hacer? ¿Vamos adonde el sargento a echarnos un chico de billar?, sino que se baja del coche y, en medio de los demoledores acordes de aquella música del Diablo, me espeta: Hermano, necesito urgentemente que me haga un pequeño favor. Tras una breve pausa yo digo: Y ¿cuál sería? Necesito, hermano, que me preste unos pesos. Y ante la hipócrita cara de asombro que pongo y que no puedo dejar de notar, explica de manera rápida y ansiosa: Hermano, me he quedado sin efectivo en este

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momento y necesito pagar hoy mismo una de las pólizas de cumplimiento de uno de mis contratos, ¿me entiende? Pero, fresco, hermano, que apenas me den el primer adelanto de uno de ellos yo vengo y le pago. Sí, señores, allí estaba el Señor Contratos, al que le llovían éstos de aquí y de allá como una especie de inagotable maná caído del cielo, el que ganaba millones y millones de pesos en utilidades derivadas de aquéllos, rogándome, suplicándome, a mí, un miserable desempleado, que le prestara unos míseros cobres para pagar una póliza de cumplimiento. Pero, Gustavo, hermano, empiezo yo, usted conoce mi situación actual. No duda un segundo, sin embargo, en replicar, pues sin duda ya ha previsto mi evasiva respuesta: Sí, lo sé, pero yo había pensado que tal vez doña Martha. Claro, digo yo, pero habría que preguntarle. Y ¿cuánto es? Me dice la suma, que resulta casi irrisoria. ¿Nada más?, me asombro yo. Sí, explica, lo que pasa es que ya tengo el resto y sólo me hace falta esa pequeña parte, ¿me entiende? Subí entonces y hablé con mi madre. Como era tan poco dinero lo que nos pedía, prácticamente resultaba increíble afirmar que mi madre no tuviese esa cantidad. Así que le digo a ella que me colabore con aquel pequeño préstamo para Gustavo. No se preocupe, madre, le digo, que si él no se lo paga se lo pago yo, hasta tal punto es tan insignificante la suma. Bajé luego y, a través de la reja, le entregué el billete. Gracias, hermano, me ha sacado de un aprieto, nos vemos luego. Mas a partir de entonces no lo volví a ver más. O bueno, mejor dicho, desapareció de mi vida por un largo tiempo. No volvió a frecuentarme. Pero esto, en lugar de alegrarme o tranquilizarme, extrañamente me llenó de una especie de rabiosa indignación. Aunque la cantidad de dinero prestada no era como para preocuparse demasiado en caso de perderla, empecé a sentirme como Wilson cuando cayó en la trampa de César Romero. César Romero era un amigo suyo de toda la vida, con el que al final de la semana salían a recorrer los bares y las discotecas de la ciudad en busca de muchachitas incautas a las que pudieran no sólo tirarse sino además robarles el contenido de sus carteras. En pocas palabras, eran uña y mugre, como se dice. O al menos lo fueron hasta el día en que César decidió que más valía tener efectivo en sus bolsillos que perder un buen amigo, en palabras de Wilson, claro está. Una tarde en que fui al centro a visitarlo en su local de venta de pollos, huevos y productos lácteos, va y me dice: Oiga, marica, ¿no ha visto usted por ahí al hijoeputa del César Romero? Sí. ¿Cuándo? El otro día. Anteayer, creo. ¿Dónde? En una calle del barrio, iba cagado de la risa en compañía de una vieja. ¡Hijoeputa! ¿Por qué? Es que imagínese las que va y me hace el muy cabrón. Se acuerda que ese hijoeputa estaba trabajando en la Gobernación como almacenista, ¿sí?, bueno, pues resulta que lo echaron, ¿por qué?, pues porque allá descubrieron que el niño se había sacado de la bodega del sótano un computador portátil nuevecito, y lo peor de todo es que no pudieron recuperarlo, y ¿sabe por qué no?, pues porque la abeja ésa se lo llevó al barrio y se lo vendió al primero que le ofreció la mitad de lo que valía y después se fue para el banco y metió una parte de la plata en su cuenta para no gastársela toda porque esa misma noche se fue solo para donde las putas y se puso a emborracharse allá, ¡y con lo caro que es el trago en esos antros!,

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aunque ya se sabe que lo que no nos cuesta, hagámoslo fiesta. Pues bueno, estando allá el muy ratero, acostado con una india de ésas, y como quisiera echarse otro polvo pero se le acabara la plata que tenía en la cartera, no se le ocurrió mejor idea que decirle a la puta que llamara a uno de los camareros para que éste le hiciera el favor de salir del puteadero, tomar un taxi e ir hasta un cajero electrónico de la ciudad a sacarle cierta cantidad de plata y así poder continuar la juerga con aquella misma puta. ¿Será mula? En lugar de hacerlo él mismo y volver luego. Pero, no. Como si la puta fuera a escapársele, mandó a un camarero, le dio la clave de la tarjeta, y pues claro, el camarero fue y le desocupó la cuenta, le trajo luego la plata al pendejo éste, la cantidad que le dijera, y el resto se lo guardó para él mismo, ni bruto que fuera, y como el niño andaba en semejante perra, ni se acuerda de quién era la puta ni cuál de los camareros fue al que le dio la tarjeta, y así ni modos de reclamar, y aunque fuera y reclamara, ¿usted cree que esa plaga le va a decir: Sí, sí señor, yo fui el que le robé la plata, tómela? ¡No seamos tan huevones! Después de eso resultó viniendo por acá casi todos los días, venía a visitarme y cada vez me traía algo de comer, empanadas, gaseosa, sándwiches, jugos, galletas. En fin, me cebó antes de mandarme el sablazo. Me dijo que le prestara trescientos mil pesos y que me los pagaba apenas le dieran la plata de la liquidación de su trabajo en la Gobernación, y yo, confiando en su palabra, voy y se los presto. ¿Que por qué lo hice sabiendo la rata que es? Pues por lo mismo que le acabo de decir, porque me cebó, y además porque cada vez que venía me suplicaba casi llorando: Hágame el favor, hermano, que yo no le quedo mal. Así que voy y se los presto pero entonces el hijoeputa desaparece completamente de mi vista, no volví a verlo por ninguna parte, dejó de venir, dejó de telefonearme, y cuando yo lo buscaba, ya fuera por teléfono o yendo hasta su casa, se me mandaba negar. Una vez lo vi por un costado de la Plaza de Bolívar, iba con un par de viejas cagado de la risa, lo llamé, le silbé, le grité, volví a silbarle, pero se hizo el loco y siguió de largo, escabulléndose como la rata que es por el Pasaje de Vargas. Pero eso no es nada, hace como un mes tuvo el descaro de presentarse otra vez aquí, en el local, para pedirme prestados otros cien mil pesos. Sí, pero esta vez traía consigo una cadena de oro para dejármela como prenda. Me imagino que se la robó a alguna de esas viejas bobas con las que anda. Me dice: Vale como un millón, así que si dentro de un mes no le traigo toda la plata que le debo más los otros cien mil pesos que va a prestarme, se puede quedar con ella o venderla. Y yo como una güeva voy y acepto. Sí, lo sé, no hace falta que me lo diga, soy el pendejo más grande de este mundo. Pero es que la cadena brillaba de tal manera que ¿quién iba a imaginarse que no fuera de oro? Se llegó el día en que se cumplía el plazo fijado y claro, el malparido no se apareció por aquí. A la mañana del día siguiente yo me digo: Coma mierda, que se joda, ahora mismo me voy para una compraventa de joyas y la vendo. Y así lo hice, fui hasta la de un marica de la Carrera Doce. El tipo la examinó, metiéndola en esa especie de ácido que usan esos tipos para comprobar si es o no de oro. Pues el tipo la sacó del líquido ése y me la arrojó con furia por la cara. Tome su cochina cadena, me espeta de mala manera. Vaya a tratar de engañar a otro más

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pendejo. La cadena ahora no brillaba porque debido al ácido había perdido su color dorado. Oiga, hermano, voy y le digo, yo le entregué una cadena de oro y usted me devuelve una de latón. Por lo menos hágame el favor de devolvérmela tal y como estaba, vuelva a pintármela de color dorado. El tipo suelta una especie de bufido despectivo y me contesta: Dorada o del color del latón, lo mismo da: esa mierda no vale nada. Y ahora, lárguese, si no quiere que le dé una buena trompada en la jeta. ¡Y todo por culpa del hijoeputa del César!, remata. ¡¿Qué tal esos amigos de uno?! Pues yo comencé a sentirme de la misma forma que Wilson cuando cayó en la trampa de César Romero, igual de indignado y rabioso. Aunque hubo luego un tiempo en que, como un tonto, dejé de mortificarme porque el Gordo Noguera me telefoneó y entonces supe que yo no era la única persona a la que Gustavo había sonsacado plata. De casualidad, me dice, ¿sabe usted cuál es el número del celular de Gustavo Flores? Lo he perdido. Claro, digo yo. Necesito llamarlo, explica, porque no he vuelto a encontrármelo y necesito que me pague una plata que le presté. No me diga que a usted también le debe. Sí, y desde hace rato. No es mucha, pero. Después terminé de tranquilizarme al pensar que no tenía ningún motivo para sentirme defraudado, al fin y al cabo Gustavo no era en realidad un amigo, como sí lo era Boris, quien jamás me ocultaba nada de su vida, de sus ideas y de sus sentimientos, sino simplemente un conocido que no hacía otra cosa que mentirme y fastidiarme, y lo mejor de todo es que me lo había quitado de encima de una buena vez, pues estaba seguro de que, para evitar que yo le cobrara la deuda contraída conmigo, no volvería nunca más a aparecer por la casa de mi madre a buscarme. Esta certeza se basaba además en una especie de intuición. Para casi nadie era un secreto que Gustavo en realidad vivía mantenido por su madre pensionada y por una hermana solterona llamada Ruby que trabajaba en la Costa Atlántica. Su automóvil no era realmente suyo sino de su hermana Ruby, quien se lo había dado a cuidar a él mientras regresaba a la ciudad, era abogada de la Fiscalía y había sido trasladada a la Costa Atlántica hacía dos años, pero su aspiración era regresar, para lo cual adelantaba las gestiones necesarias, ya que no había logrado habituarse no sólo al caluroso clima sino a la gente de esa región del país, y era ella quien desde Montería le enviaba el dinero no sólo para la gasolina y el aceite sino además para pagar el arreglo de las continuas averías del automóvil, ya que lo había comprado usado y en no muy buenas condiciones. Y los contratos, los contratos no eran más que una mentira para intentar ocultar, para intentar tapar ante sus amigos y conocidos su cómoda pero criticable existencia de mantenido. También yo era un mantenido, sólo que, a diferencia de Gustavo, yo no trataba de ocultarlo, de taparlo, y para colmo con aquellas inútiles mentiras suyas, pues ni siquiera se tomaba la molestia de hacer lo necesario para que resultaran creíbles ante los demás. Su atiborrada cartera era sólo el producto del dinero que cada mes le entregaba su madre cuando sagradamente Gustavo iba a visitarla al hotel en que residía en Paipa. De tal manera que yo comencé a pensar con la seguridad de un clarividente, ya que los hechos así parecían confirmarlo, que lo más probable era que tanto su hermana solterona como su

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madre pensionada se habían cansado de mantenerlo, a él, y no sólo a él, sino además a su propia familia, conformada por la antigua empleada del servicio doméstico de su madre y por la hija que Gustavo había procreado con aquélla y con las que convivía de manera subrepticia, pues para él y para su familia constituía una vergüenza no sólo el hecho de que hubiese preñado a la empleada del servicio doméstico sino que además tuviese que convivir con ésta y el producto de su desliz, en un apartamento alquilado en un edificio ubicado tras la iglesia del barrio, y le habían cortado el chorro, como se dice, dejándolo sin sus entradas y por esto era que Gustavo se había dedicado a la nada difícil tarea de embaucar a unos cuantos pencos con el cuento de contratos adjudicados, adelantos por venir y pólizas de cumplimiento por pagar para sonsacarnos dinero con el cual poder seguir por el momento con su regalada vida de haragán. Y yo estaba tan seguro de ello que me decía para mis adentros con una especie de rabiosa alegría: ¡Bien hecho! ¡Eso le pasa por hablar tanta basura! ¡Ya se sabe que el culo castiga a la lengua! ¡Bien hecho! ¡A ver si por fin se pone a trabajar, a comer mierda que es lo que le hace falta y me deja en paz! Pero cuando más tranquilo y relajado me encuentro, hasta el punto de que me siento liberado definitivamente de sus latosas e insidiosas invitaciones a jugar al billar, aparece una noche por la casa de mi madre trayendo consigo la plata adeudada y preguntándome como siempre: ¿Qué hay que hacer? ¿Vamos adonde el sargento a echarnos un chico de billar?, destruyendo así en mil pedazos mis certeras suposiciones y en consecuencia mi férrea y alegre convicción de una existencia libre de aquel maldito pelmazo mitómano y gandul. Y, entonces, todo volvió a ser como antes. Mi felicidad duró apenas algo así como unos cuantos meses. Dada mi consabida incapacidad de negarme a cualquier proposición de los amigos, y aun de los menos amigos, trepo una vez más a su automóvil, y también una vez más, mientras nos dirigimos al salón de billar del sargento, comienza a escupirme a la cara lo bien que le va en su profesión, enumerándome cada uno de los contratos de obras que en días recientes le han adjudicado los alcaldes de algunos municipios de nuestro Departamento. Otra vez su cartera atiborrada de billetes. Otra vez la súbita llamada a su celular mientras permanecíamos agachados sobre la mesa de billar pool. Otra vez, apresuradamente y como atemorizado, abandona la sala de billar para contestarla afuera, en la calle, donde ni yo ni nadie podamos escuchar lo que dice. Otra vez regresa y se disculpa conmigo: Oiga, hermano, qué pena con usted, pero debo ir hasta la casa un momentito, espéreme aquí, voy en el carro, no me demoro, ya vengo, ¿sí? Pero esta vez no le pregunto yo, con malignidad: Y luego ¿qué tiene que hacer?, sino que lo dejo marcharse en silencio después de asentir con un leve movimiento de la cabeza. ¡Pobre marica!, me digo entonces para mis adentros, pues sé perfectamente a qué va a su casa. Allí está la hija de diez años de la antigua empleada del servicio doméstico de su madre, su hija, quien por vía telefónica le reclama a su pequeño y flaco y calvo padre la satisfacción del más reciente de sus caprichos, y entonces el intimidado Gustavo corre presuroso en su automóvil, ya a la heladería a por una paleta de leche con chocolate o una ensalada de frutas con

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crema batida, ya a la tienda de comidas rápidas a por una hamburguesa o un perro caliente o una pizza de tamaño personal con gaseosa enlatada, ya a la cigarrería a por finas galletas o chocolatinas importadas, ya a donde se le ocurra a la inquieta cabecita de aquella pequeña bruja fruto de su improcedente ayuntamiento con la antigua empleada del servicio doméstico de su madre porque, de no hacerlo, de no cumplir a cabalidad con sus veleidosas exigencias, Gustavo tendrá que atenerse a las consecuencias de su venganza, consistente en hacerle saber de manera oficial al barrio entero quién es su padre, el ingeniero Gustavo Flores, quien no por otra cosa sino por pura vergüenza ha mantenido oculta su paternidad durante los últimos diez años. ¡Pobre marica!, me digo para mis adentros, alegrándome de que su hija no reconocida lo tenga como su esclavo personal. Y así todo volvió a ser como antes. Pido una cerveza a su cuenta y me siento en una silla a esperarlo. El maldito va ganándome, y por goleada, como siempre. Destino ninguna parte Y entonces, fue por entonces, precisamente, que, dando término a aquel periodo, me atraparon al fin. Me engancharon una vez más a la noria. Hube de marcharme al D.C. a trabajar para el Gobierno en la Dirección Nacional de Estupefacientes. En cuanto al resto, a lo que sucedió en seguida después y durante cinco meses, ya se sabe. Inadaptación y discordia. ¿Resultado? Vuelta al principio. Otra vez en el arroyo y sin un puto peso en los bolsillos. Otra vez cabalgando, como un cowboy de la Nada, hacia ninguna parte.

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Dos El enemigo de América

I La equivocada teoría de Charles Darwin 1 A la tierna edad de los treinta y seis años —tierna si se tiene en cuenta que los hombres de hoy somos, desde los cero hasta los dieciocho, unos niños, desde los dieciocho hasta los cuarenta, unos adolescentes, y, a partir de los cuarenta, otra vez unos niños: o sea, se entiende, que en esa época yo era un adolescente de treinta y seis años—, abandoné definitivamente —o eso intentaba creer entonces— la casa de mi madre. Una soleada tarde de mediados de diciembre crucé la esquelética y negra puerta de barras de fierro de su tapiado y exiguo jardín que encerraba una glauca y heterogénea selva domesticada y me marché con mi morral de excursionista cargado a la espalda y agitando la mano en señal de despedida mientras ella permanecía sonriente asomada a la ventana de mi cuarto tras las ramas más largas de la monstruosa buganvilla de atrayentes florecitas rojas que, agitadas por el viento, arañaban los sucios cristales de ese hueco de la planta alta. Abandoné la ciudad. Viajé por espacio de algo menos de una hora en un pequeño colectivo rumbo a Villa de Leyva. Me instalé allí, en la casa de campo que mi hermana Paula había comprado a las afueras del empedrado villorrio. Y —sí— de ser el pegote de mi madre pasé a ser entonces el de mi hermana. 2 Pero todavía antes de comenzar a serlo, casi seis meses atrás, a finales de junio, había abandonado ya la ciudad y entonces con la misma vaga certeza de ahora de que no regresaría a ella en general ni a la casa de mi madre en particular. Por intermediación de Hermam había conseguido un empleo en el D.C. Me telefoneó desde allí para indicarme que había una vacante en la Dirección

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Nacional de Estupefacientes y que debía presentar mi hoja de servicios a un tal doctor Huertas al que él, Hermam, ya le había hablado acerca de mí. (Tuve entonces la impresión de que ese episodio había ocurrido ya muchas veces en el pasado y de que la vida no era más que la monótona repetición de escenas de una pésima cinta made in Hollywood.) Por lo visto había olvidado ya, o le importaba un comino, el desplante que les hiciera al barbudo y enano doctor Malaver y a sus socios Gran Oso y la risueña Vilma Cara de Gata de Chinchilla en su Antepenúltimo Celo. Pero cuando fui a llevarla, hasta las mismísimas oficinas de la DNE, el doctor Huertas no estaba. Hermam me había advertido vía telefónica que, en caso de que no lo encontrara, preguntara por la doctora Elisa y se la entregara a ella. La doctora Elisa era una mujer menuda y flaca, un poco encorvada, más bien fea, de mediana edad. —No se preocupe —me dijo con amabilidad—, yo se la entrego. Y él después lo llamará. Tardó casi un mes en hacerlo. Y mientras tanto yo lo maldecía para mis adentros a Hermam, aun a pesar de que no tenía ningunas ganas de trabajar en nada que no fuese la cimentación de mi propia gloria literaria. «El hijoeputa ha vuelto a hacérmela una vez más», me decía con una especie de rencorosa indignación (la indignación propia del que se siente no sólo menospreciado sino además utilizado). Y cada vez que mi madre me preguntaba por este trabajo, yo le respondía: «El marica de Hermam no salió con nada, como siempre». A lo que ella anotaba entre resoplidos de descalificación: «Para eso es lo que sirven los amigos. Para nada.» Mas al parecer nos equivocábamos, pues casi un mes después recibí una llamada telefónica del doctor Huertas para citarme en su oficina. —¡Bendito sea mi Dios! —se emocionó entonces mi madre— Hay que telefonear a Hermam para darle las gracias. —Es solo una entrevista —dije yo—. No hay que ensillar el caballo antes de traerlo. Me atendieron en el despacho del doctor Huertas éste y la doctora Elisa, que —lo intuí aquella vez— era algo así como su «mano derecha» al frente de la Subdirección de Asuntos Regionales y Erradicación (SARE), de la que era el director. La caprina mirada del doctor Huertas me hizo recordar la mirada de taladro de la psicóloga lesbiana de la empresa productora de flores de la Sabana, sólo que la del doctor Publio Albino (ése era su nombre de pila) resultaba más dura si cabe, una mirada de despiadado asesino a sueldo, fija y sin brillo, turbia, que a duras penas logré sostener a intervalos durante la entrevista. (Luego, al enterarme por boca de mis nuevos compañeros de trabajo que antes de ingresar a la DNE había sido militar, pensé que aquella primera impresión mía era esencialmente correcta, pues entre el primero y el segundo no hay mucha diferencia que digamos.)

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Y cuando finalmente me dieron el empleo, después de recibir la aprobación definitiva por parte del Gran Jefe Pluma Blanca (que era otro militar retirado, tristemente célebre por haber sofocado —con la cobarde y feroz valentía del que dispone de poderosas armas para matar— cierta incendiaria toma guerrillera de necias pretensiones de un movimiento insurgente ya extinto), pude comprobar no sin algo de amargura que mi «amigo» Hermam no daba ni un peso por mí. Fui hasta su oficina del Instituto Colombiano Agropecuario no sólo para informarle la «buena nueva» sino además para agradecerle sus «buenos oficios» para que finalmente me otorgaran el trabajo, pero el maldito se sorprendió tanto de que me hubiesen escogido a mí entre la terna de facultativos que él mismo propusiera, que comprendí entonces no había movido ni una sola de sus influencias para ayudarme. —¡Ah, ¿sí?, qué bien! ¡Lo felicito entonces! —me dijo, sin poder ocultar su extrañeza. Y en seguida después (pero sólo por enmascarar su asombro) agregó—: Para cualquier cosa relacionada con el tema que va a manejar que necesite, cuente conmigo. Mi madre me había dado cierta cantidad de dinero para que lo invitara a almorzar en señal de agradecimiento por el favor recibido, y así lo hice, a pesar de todo (aunque la plata no era mía, me dolió en el alma tirármela en ese perro —y en Marcela, su mujer, que trabajaba cerca y se nos pegó—, tan indignado me sentía entonces, pese a que obscuramente sospechaba que su desconcierto se debía a que en su fuero interno consideraba —y asistiéndolo para ello toda la razón del mundo— que yo, su «amigo», era el menos apto para desempeñarme en el cargo vacante, sea el que fuere, ya por mis notas mediocres en la universidad, ya por mi congénita y manifiesta falta de interés para desempeñarme no sólo en empleos relacionados con mi profesión sino también en cualquier tipo de actividad laboral.) 3 Conseguí una habitación en una casa de familia en el otrora aristocrático barrio Teusaquillo, por el centro. Era una construcción enorme, deslustrada y vieja, con la pintura de la fachada que se caía a pedazos, ubicada en una de las esquinas que formaban la Calle 39 con la Carrera 16. La habitaban un hombre y una mujer que se acercaban ya a la ancianidad y que sin embargo eran padres de un muchachito tan joven que parecía, no su hijo, sino su nieto. Pensé que podría ser adoptado, pero la extraña semejanza con uno y otro era tan evidente que no dejaba lugar a dudas acerca de su consanguinidad. Mis caseros poseían además otra curiosa particularidad: cualquiera que los veía por primera vez no podía dejar de sorprenderse cuando afirmaban ser marido y mujer pues de tan parecidos que eran se esperaba que se presentaran como hermanos mellizos. Una pareja de hermanos incestuosos, pensé. Podía ser. Quién sabe. Además procedían, al igual que yo, de los fecundos campos de Boyacá, donde no son

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infrecuentes los casos de ayuntamiento entre familiares cercanos. (Durante mi estancia en Coper conocí a cierto hombre con apariencia de gnomo viejo del que se decía no sólo que era padre de cinco criaturas que le engendrara a una de sus propias hijas sino además que convivía con la menor de aquéllas, una muchachita albina de trece años de edad con retraso mental, a la que el anciano degenerado hacía referencia cuando respondía a sus vecinos que le reprochaban semejante conducta: «¿Y quién es el que cría una pollita para que se la coma otro?») El hecho de ser paisano suyo, aunado a mi ocupación actual, me abrieron las puertas de su herrumbrosa y decadente mansión. —Porque no crea que aquí admitimos a cualquiera, no, señor, y menos todavía a uno de esos que no se sabe a qué vienen a la ciudad ni cómo se manejan con sus semejantes —dijo la cuasi anciana—, como aquellos costeños a los que tuvimos un tiempo y no hacían más que organizar parrandas día y noche y no se sabía qué hacían ni de qué vivían. Pero usted, usted, jovencito, se ve que es de buena familia, como lo somos todos los de nuestra tierrita. Además va a trabajar para el Gobierno, con su buen salario y todo, ¿no es verdad? Mi habitación quedaba en la planta alta, junto a un baño que debería compartir con una joven estudiante de la Universidad Nacional que había tomado el otro cuarto disponible, al final del pasillo. 4 El primer día. Telefoneó a casa de la señora Blanca la secretaria del director del Grupo de Talento Humano para comunicarle que hoy mismo su querido inquilino debía hacer acto de presencia en las oficinas de la Dirección Nacional de Estupefacientes para recibir de manos del mismísimo Gran Jefe Pluma Blanca la resolución por la cual se ordenaba su (mi) nombramiento provisional como Profesional Universitario código 3020 grado 06 de la Planta Oficial de Cargos de la DNE. Mi casera subió hasta mi cuarto llena de júbilo a darme la «dichosa» noticia. (Si el cuasi vejestorio hubiese llegado a saber entonces que el grado 06 superaba en honorarios solamente a las empleadas del aseo y de la cafetería, creo que su sonrisa de oreja a oreja y el brillo de sus ojos apagados habrían desaparecido como por ensalmo: nunca es bueno para nadie alojar en su casa a un huésped que soporta penurias —aunque trabaje para el Gobierno, garantía de cierta estabilidad laboral y nada más y nada menos que en la todopoderosa y rimbombante Dirección Nacional de Estupefacientes.) La frangollona taquimecanógrafa del director del Grupo de Talento Humano, Bertulfa Billafañe (una morocha gruesa con cara de bulldog), me miró de arriba abajo y de abajo arriba cuando me presenté en el despacho de su jefe con la mejor ropa que tenía para echarme encima. Otro tanto hizo éste, Atilio Bandi Doménech, un hombre bajo y moreno, de mediana edad, que

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ostentaba una prominente panza, como de cervecero alemán y un espeso bigote de chofer de tractocamión. —Hay un pequeño problema, ingeniero —me dijo una vez terminó de repasar reprobadoramente mi facha—. El coronel no lo va a recibir estando usted vestido de esa manera. Por favor consígase un traje con corbata. Él es muy estricto en lo concerniente a ese asunto. Nunca ha posesionado a nadie (¡pero lo que se dice a nadie!) que no traiga puesto un traje con corbata, y no creo que ahora empiece a hacer excepciones. Así que… ¿Me entiende usted? Mientras no luciera un traje con corbata la posesión del cargo quedaba suspendida de manera indefinida, así que lo mejor era que saliera disparado a donde fuera a conseguirlo. —Vaya y levánteselo con un amigo, un familiar, un vecino, qué sé yo —me aconsejó casi con impaciencia—, y luego regrese aquí. Cogí un autobús articulado de Transmilenio en la estación más cercana (Los Héroes) luego de telefonear a casa de Eva María (una amiga de mi madre que desde hacía algunos años residía en el D.C.) para pedirle prestado uno de los trajes con corbata que poseyera alguno de sus dos hijitos (uno tenía casi treinta años y el otro veinticinco —es decir, apenas unos bebés). —En caso de que esto sea posible, claro está… —me disculpé. —Por supuesto, mi hijito, no hay ningún problema —chilló calurosamente la amiga de mi madre—. Véngase ya mismo para acá. Vivía en el barrio La Soledad, en un edificio de diminutos apartamentos ubicado justo al final del Park Way, a casi sesenta cuadras de la DNE y a veinte de mi domicilio. Pese a la buena voluntad de Eva María, había un problema, y éste consistía en que ninguno de sus dos hijos poseía un traje completo. Es más, entre las ropas de los dos se armaba apenas uno solo. Así que hubo de acomodarme el saco y el pantalón de Julián, el menor, y la camisa y la corbata de Federico, el mayor. El inconveniente radicaba en que Federico medía cinco centímetros más que yo y me sobrepasaba en peso en unos cuantos kilos y que otro tanto, pero a la inversa, ocurría tratándose de Julián, yo lo superaba en estatura y en peso en una proporción similar, de tal manera que quedé vestido ni más ni menos que como un espantapájaros. El saco y el pantalón me quedaban cortos y estrechos y la camisa y la corbata largas y holgadas. Por otra parte los colores de unos y otras no rimaban mucho entre sí. Y todo esto era tan evidentemente grotesco que los tres —Eva María, Federico y Julián (los cuales se hallaban presentes mientras su madre me acomodaba las ropas)— soltaron al unísono una estridente carcajada de sádico regocijo al ver concluida su obra, digna de la más esperpéntica fantasía de una diseñadora loca. Y así, como el más estrafalario payaso, debí regresar a la oficina. Y todo ¿para qué? ¡Para nada! Ni ése ni ningún otro día en el futuro me recibió el Gran Jefe Pluma Blanca. La posesión (que al fin y al cabo era sólo una formalidad) nunca se llevó a cabo, pero como la resolución por la cual se ordenaba el nombramiento ya se había hecho comencé a trabajar desde entonces, luciendo aquel adefesio de traje, cuyo pantalón a cada paso o

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movimiento me estrangulaba dolorosamente las pelotas. ¡Los sacrificios que debe hacer un pobre para ganarse unos míseros pesos! (Lamenté entonces no ser mujer, porque, de serlo y de llevar puesto aquel mismo pantalón tan metido entre el coño, que me parta un rayo si con cada paso que diera o con cada movimiento que hiciera no sintiera en mi irritado clítoris el soberbio placer de un insospechado orgasmo…) 5 Como buen déspota, desde su llegada como Director de tan campanuda institución el Gran Jefe Pluma Blanca había decretado unilateralmente —además de otras disposiciones asimismo inquebrantables, propias del régimen y la disciplina militares— que todos y cada uno de sus lacayos debían lucir impecables trajes con corbata durante la jornada laborable, sin exceptuar ninguno de los cinco días de la semana que se trabajaba, desde el lunes hasta el viernes. Y como el único traje que yo poseía era el que había comprado hacía casi un lustro para asistir al matrimonio de Orlando y Violeta celebrado en Villa de Leyva, tuve que acudir a Pancho para que, en tanto me fuera posible hacerme a mis propios trajes, me alquilara los suyos. Estuvo de acuerdo, e incluso me alquiló asimismo sus camisas y sus zapatos. (Por fortuna para mí, él recién comenzaba un periodo de involuntaria, obligada inactividad laboral: acababan de ponerlo de patitas en la calle como consecuencia de su carácter soberbio e indócil.) Toda mi indumentaria —trajes, camisas, zapatos— me apretaba en alguna parte, ya fuera en la entrepierna, en el cuello, en los talones, en los pies. Pero ¿qué más podía hacer? No contaba con el dinero suficiente para hacerme a un ajuar a mi medida. Por lo menos —me decía a manera de consuelo— los trajes, las camisas y las corbatas no estaban ni tan sobados ni tan raídas y los zapatos ni tan gastados ni tan deformes. Como ya no podía acudir a mi tía Teodosia (pues jamás le devolví ni siquiera una fracción del dinero que me prestara para abrir el bar), hice un préstamo a una de las amigas de mi madre y con parte de él pagué el primer mes de alquiler de la habitación en la casa de la señora Blanca, otra parte la destiné para ir cubriendo los gastos de alimentación y de transporte de aquel primer mes de trabajo y con el resto, además de implementos de aseo (jabón, desodorante, cuchillas de afeitar, dentífrico, seda dental), compré calzoncillos, franelas y calcetines, de todo lo cual andaba escaso entonces. Y aunque así representara perfectamente la parodia de estar en realidad dispuesto a enfrentarme al exigente reto laboral que significaba pertenecer a la excelsa nómina de tamaña organización estatal como la DNE, mentalmente no dejaba de rogar para que en los días venideros, tras el plazo fijado, el grupúsculo de jurados imbéciles del Premio Nacional de Novela sufriera un raro trance de inspiración y le concediera a mi obra «Porquería de mundo» el primer puesto —de manera unánime o dividida, me importaba un

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bledo, con tal que de cualquier forma resultara ganadora— para entonces —sólo entonces, con el cheque del premio en mis manos— poder mandar a la mierda a ése y a todos los malditos empleos del mundo, con todo y los Grandes Jefes Plumas Blancas y sus séquitos de chupapollas y lameculos. 6 Durante los primeros días tomé el desayuno en una pequeña cafetería próxima a mi habitación, sobre la Avenida Caracas. Invariablemente pedía una taza de chocolate o de café acompañada con huevos y pan. Pero una mañana la patrona me convenció para que variara mi menú. Me sirvió uno de los tamales que ella misma preparaba asegurándome que le quedaban sencillamente deliciosos. Fue el peor error que pudo llegar a cometer porque después no volví a pisar su infecta cafetería. ¡Por poco y me mata! Su dichoso tamal me produjo náuseas y me pasé el día entero visitando el excusado de la oficina. Desde entonces me hice cliente de un restaurante cercano a ésta. Allí también vendían tamales, pero volví a lo de siempre, sólo que ahora el chocolate o el café, los huevos y el pan los acompañaba con un plato de sabroso arroz del día anterior. Llevaría un par de meses trabajando en la DNE cuando, una mañana, al salir de aquel restaurante en que regularmente tomaba el desayuno (a la hora del almuerzo —luego de un periodo en que probé cuanto comedor próximo a la oficina se ajustara a mi exiguo presupuesto de empleado público mal remunerado— normalmente optaba por caminar desde allí —Calle 79— hasta cierto establecimiento de la Calle 100, donde servían un buen filete de carne de res con papas fritas y ensalada a un precio, si no de oferta, sí por lo menos asequible a mi humilde bolsillo —además el agradable paseo de vuelta por la Carrera 15 me ayudaba a hacer la digestión), pues bueno, aquella mañana, al salir del restaurante, tropecé, casi de manos a bruces, con Víctor Flores, uno de los hermanos mayores del pelmazo de Gustavo. También calvo, era éste un personaje célebre en el barrio, primero por tener una aflautada voz de marica (aunque aparentemente no lo era, pues tenía esposa), segundo por ser un charlatán presuntuoso y tercero, y sobre todo, por dar sablazos a diestra y siniestra, a familiares, a amigos, a vecinos, a compañeros de trabajo, a simples conocidos, sablazos con los que se daba una auténtica vida de príncipe. Al igual que yo, era ingeniero agrónomo. Hacía por lo menos un par de años que no lo veía, aunque, en realidad, no había cambiado mucho, incluso su vocecita de rosquete permanecía idéntica. —¡Hola, Rodríguez! —me saludó efusivamente, estrechándome la mano— ¡Qué milagro es verlo! De inmediato advertí que, como no sólo traía puestos el mejor vestido, la mejor camisa, la mejor corbata y los mejores zapatos que me alquilara Pancho sino además cargaba en mi mano derecha un maletín negro que contenía el computador personal que mi hermana Paula se aviniera a prestarme, mi facha

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le impresionó, pues se le abrieron los ojos como platos y, mirándome de arriba abajo cual si acabara de tropezarse con alguien así como el mismísimo gerente de una empresa trasnacional, me preguntó asombrado: —¡Y eso ¿qué hace por aquí?! —Trabajando —respondí con la calma y la despreocupación de quien tiene su futuro asegurado. Y luego de la esperada frase suya: —¿Ah, sí? Y ¿en dónde? —tuve entonces la oportunidad de que se me llenara la boca diciendo: —En la Dirección Nacional de Estupefacientes. Casi se va de culo al oír esto, fue como si le hubiese propinado un guantazo en la cara. Luego se puso más pálido aún cuando, para fastidiarlo, le espeté: —Y usted, hermanito, aparte de perder el tiempo paseándose por estos lados, ¿a qué se dedica? —A-a lo mismo —tartamudeó. —Qué curioso —comenté—. No recuerdo haberlo visto por las oficinas de la Dirección. —Me refiero —explicó, con los humos por el piso— a que yo también trabajo aquí, en Bogotá. Pero sin siquiera molestarme por averiguar en qué o dónde lo hacía, me despedí prescindiendo deliberadamente del cortés apretón de manos: —Bueno, viejito, hasta luego. Debo irme. —Y con afectada voz de superioridad, como si dijera ¡Permiso, señores, abran paso, quítense de en medio que aquí voy yo, nada más y nada menos que Roger Rodríguez, un tipo realmente importante!, puntualicé—: Cité en mi oficina para una reunión de trabajo a algunos funcionarios de la Embajada de los Estados Unidos, de la ONU y de la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional —dejándolo boquiabierto. O ¿qué creyó, maricón, que estaba hablando con cualquier pelagatos del barrio, o qué? ¡No, señor! ¡Si es que soy un profesional muy ocupado, con grandes responsabilidades públicas a mi cargo! ¡Y yo aquí parado en esta esquina malgastando mi precioso tiempo con un empleaducho de quién sabe qué empresita anodina, como si no tuviera nada más que hacer! ¡Hasta la vista, calvete! ¡No, qué tal! ¡Hasta nunca, perdedor! 7 Por buscar un sitio en dónde tomar la cena no debía preocuparme, pues Eva María se ofreció a preparármela en su casa por un valor equivalente al que debiera pagar en cualquier restaurante de medio pelo de la calle. Yo me hice el rogado y le dije que no tenía por qué molestarse.

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—No es ninguna molestia —explicó—. De todos modos tengo que hacer la cena para Federico, Julián y Lolita. Así que tan sólo es cuestión de preparar un plato más. (Lolita era su otra hija, nacida después de Federico y antes de Julián —una muchacha hermosa que, por otra parte, siempre me había gustado pero que nunca había hecho caso a mis tímidas y veladas insinuaciones para que fuésemos algo más que simples amigos.) Eva María era una excelente cocinera. Pero estaba cansada de serlo. No para mí (pues al fin y al cabo por mi plato recibía dinero) sino para los parásitos que eran sus hijos (los cuales no le daban por ello más que un estéril agradecimiento, y a veces ni eso siquiera). Eva María se desempeñaba como secretaria en cierta división de la Contraloría General de la Nación. Había logrado «enganchar» a Lolita (que era abogada) allí mismo. Federico se había graduado —sin honores y a duras penas— de Médico Veterinario de una universidad de los Llanos Orientales, pero se negaba a trabajar para otros por un salario (fuese el que fuese) por considerar aquello como una suerte de inadmisible esclavitud, así que prefería «malvivir» a costa de su madre y de algunos pesos que de cuando en cuando ganaba por lavar o tratar en «sus» domicilios a perros sucios o enfermos. Julián, quien no se aviniera sino a estudiar Cine y Fotografía en un instituto de garaje, era la tapa de la olla: un vago de siete suelas que, como Federico, fumaba hierba y además «invertía» todo su tiempo actuando como comparsa de un grupo de músicos bohemios y fracasados que una noche sí y la otra también organizaban «lunadas» en parques públicos durante las cuales, entre cánticos y poesías que clamaban por un mundo menos injusto y menos cruel, corrían ríos de vino barato y se consumían «mochiladas» de marihuana. Una noche, al final de la cena, Eva María decidió cogerme a mí como su paño de lágrimas. —Yo ya no se qué hacer, Rogercito —empezó—. Estos dos muchachos no quieren hacer nada por sus propias vidas. A Lolita, que de lo que gana apenas me pasa una pequeña cuota que sin embargo no alcanza a cubrir lo que ella se gasta y se come aquí (y eso que gracias a Dios es bien flaquita), se le abona que por lo menos está haciendo algo, pero estos dos… Mírelos, ahí sentados engordando a costa de la mamá, y ni eso siquiera, porque mire cómo están de flacos, no se les ve lo que se tragan, les pasa derecho, ¡quién sabe adónde va a parar! Federico y Julián soltaron al unísono una carcajada preñada de obscura y perversa satisfacción, como si lo que acababan de oír de labios de su madre no fuese un reproche directo sino por el contrario una clara alabanza de su comportamiento o de su carácter. Lolita les hizo el coro. Eva María continuó: —Eso, ríanse, ríanse ahora todo lo que quieran, porque después ya van a ver, cuando yo decida largarme o cuando me muera, a ver si también entonces se ríen al quedarse sin quien los mantenga, partida de holgazanes. Lolita intercedió: —¿No le da pena, mamá, hablar así delante de Roger?

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—¿Y por qué habría de darme pena? —respondió su madre— ¿Acaso lo que estoy diciendo no es la verdad? —No se queje tanto, mamá —argumentó Federico—, porque me parece que justamente ninguno de nosotros la mandó a usted a que nos engendrara… Ahora quién rió fue Julián. Pero «Mejor no empiece, Quico», le aconsejó a su hermano mayor. Luego se puso en pie al oír cierto silbido que provenía de abajo, de la acera y se abalanzó hacia la alta y angosta puerta del exiguo balconcito que daba a la calle, la abrió y salió al frío aire de la noche. Le oímos cómo decía: «Espérenme, me pongo una chaqueta y ya bajo», que fue lo que exactamente hizo. Lolita, como una criaturilla de la selva cuyo hipersensible hocico tiene la cualidad de presagiar las tormentas, aprovechó entonces para marcharse del pequeñísimo salón-comedor y meterse en su también pequeñísimo cuarto, a un tiempo que su madre redargüía: —El hecho de que haya cometido el error de engendrarlos —escupió con rabia helada—, no quiere decir que deba mantenerlos hasta que me muera. ¿O es que acaso le parece poquito lo que he hecho y lo que sigo haciendo por ustedes? Con mi único esfuerzo (ya que al borracho de su papá no se le ocurrió mejor idea que morirse prematuramente y dejarme a mí sola con semejante carga) conseguí darles los estudios que cada uno quiso para que tuviesen con qué defenderse en la vida, y sin embargo parece que aun así les salgo a deber. Pero un buen día de éstos me voy a largar porque ya estoy harta no sólo de trabajar como una mula para ustedes, para pagar las facturas del teléfono, del agua, de la electricidad, del tevecable, de los alimentos, de la ropa, sino además de tener para colmo que arreglarles sus cuartos, lavarles sus trapos, prepararles lo que se han de engullir… —¡Jum! —resopló Federico al concluir su madre— ¡Qué flojera! 8 Federico era todo un personaje. Odiaba a su madre no sólo por haberlo traído al mundo («a un mundo dominado por el capitalismo salvaje que imponían y lideraban los gringos hijos de puta») sino además y sobre todo por dos cosas: primero, por preferir a su hermano menor y segundo, por haber hecho de su adolescencia una especie de infierno. A veces, después de la cena, yo lo invitaba hasta la panadería de la esquina a que nos echáramos un par de cervezas entre pecho y espalda y entonces, casi siempre, mientras coqueteábamos con Zully y Dolly, las dos jóvenes dependientas, terminaba intentando explicarme su postura frente a Eva María y su predilecto. La situación era ésta: por culpa de su madre (quien, debido a extrañas e ineluctables razones, se mostrara inflexible siempre, mas sólo con relación a él), Federico «no tuvo adolescencia» (según sus propias palabras), ya que entonces jamás le permitió que saliera de excursión con sus amigos, que asistiera a fiestas, que tuviese novias, que consumiera alcohol y drogas

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(convirtiéndolo así en un muchacho constreñido e insatisfecho y lleno de resentimientos, contra ella, contra su hermano menor, contra el mundo entero), y por ello era que su madre «tenía ahora que aguantarse», pues lo que no le permitió hacer a los quince años de edad él lo estaba haciendo justamente en esa etapa de su vida, a los treinta. En cuanto a lo de Julián, la cosa podría resumirse de la siguiente manera: como su madre no lo obligaba (a Julián) a conseguir trabajo, pues él (Federico) tampoco tenía por qué estar obligado a conseguirlo. Como su madre no lo obligaba a arreglar su cuarto, pues él tampoco tenía por qué estar obligado a arreglar el suyo. Como su madre no lo obligaba a lavar su ropa, pues él tampoco tenía por qué estar obligado a lavar la suya. Como su madre no lo obligaba a colaborar en la preparación de los alimentos, pues él tampoco tenía por qué estar obligado a colaborar en esa tarea. Como su madre no lo obligaba a lavar los platos, pues él tampoco tenía por qué estar obligado a lavarlos. Etcétera, etcétera. Y esto iba a durar de forma invariable hasta cuando Eva María («la culpable de todo») decidiera «curarse de la enfermiza predilección» que sentía por su hijo menor. Yo lo escuchaba con fastidio, arrepentido de haberlo invitado, a un tiempo que le guiñaba un ojo a la boba de la Dolly y exclamaba para mis adentros: «¡Dios me libre de ocurrírseme algún maldito día la estúpida idea de tener hijos!» 9 Sí, Dolly era más bien tonta (o mejor: sin mucha gracia), pero, a diferencia de la parlanchina y risueña Zully, tenía un par de tetas y un culo soberbios, así que no había lugar a dudas a la hora de elegir a una de las dos. Me gustaba y ella lo sabía. Cuando entraba al local, solo o en compañía del amargado Federico, instantáneamente se le ponía roja la cara, y esto no hacía más que llenarme de jubilosas esperanzas pues pensaba que algún día, pronto, llegaría a tirármela. Me decía para mi capote: «Pobrecilla. Le gusto». Pero me equivocaba, porque cuando una noche la invité al fin a que saliéramos juntos a un bar a bebernos algo, se negó, no quiso. Por la expresión de su cara enrojecida llegué a comprender que yo no le gustaba en absoluto sino más bien que la intimidaba. Sí, la propuesta de un tipo con un traje elegante que trabajaba para el Estado a una humilde dependienta de una panadería de un barrio popular no podía tomarse en serio. Sin duda el tipo estaba burlándose de ella. O en otras palabras: las intenciones del tipo no eran «formales» y esto era una cosa que Dolly —por más boba que fuera— no estaba dispuesta a aguantarse pues sin duda debía de estar harta ya de ser únicamente el pasatiempo sexual de bastardos —como yo— que se creían más listos que ella por el simple hecho de ocupar un peldaño —¡sólo uno, y para colmo no muy alto!— por encima del que ocupaba ella en la escala social. Debo confesar que en un principio su negativa llegó a ofenderme —pues me parecía desde todo punto de vista inadmisible que una «sirvientita» como ella

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se diera el «gustazo» de rechazar a todo un profesional, y además «bien colocado» como yo—, pero luego, mientras, en medio de la noche, bajo la negra cúpula celeste tachonada por lejanas, frías e indiferentes estrellas, marchaba cabizbajo y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón rumbo a mi cuarto de alquiler, me consolé diciéndome que no tenía por qué estar triste pues, después de todo, Dolly, con su «repulsa», me había hecho comprender lo bajo que estaba intentando caer al tratar de relacionarme con «gentecita» de su calaña. Sí, Roger, me decía, ¿qué te pasa? ¡Ubícate, viejo! ¡Piensa en tu familia y en tus amigos! ¡¿Qué pensarían ellos al verte en compañía de semejante «manteca»?! ¡A ti, un importante funcionario de la Dirección Nacional de Estupefacientes! ¡Fíjate más bien en alguien de tu misma altura! Y entonces, alentado por estas luminosas reflexiones, prometí hacerlo. A partir del día siguiente, empecé a echarle el ojo a la bigotuda y veterana propietaria de la lavandería a la que llevaba mis trajes. 10 Mientras, en medio de la noche, me dirigía a mi habitación, mis pasos solitarios y taciturnos retumbaban sobre el cemento desportillado de las aceras. Calles penumbrosas y desiertas; enormes y obscuras mansiones en decadencia; altas y carcomidas tapias de ladrillos rojos; aquí y allá, dentro o fuera de los enmarañados jardines que protegían éstas, gigantescos árboles a través de los cuales brillaba a veces una fría luna de plata: el sombrío decorado para una película de terror o de misterio. Aún me asombra que durante todo ese tiempo no hubiese sufrido ni un susto siquiera, tanto más si se pone uno a pensar en la clase de gente que transitaba entonces por allí. Una noche uno de esos mierdas a los que el abuso de las drogas ha convertido en un guiñapo humano, arrancó de cuajo una canastilla metálica elevada que servía como receptáculo provisional para disponer las bolsas negras con los desechos domésticos de ciertas casas y, mirándome a mí con ojos desesperados y ansiosos como único testigo de su temeraria e incivil acción, se la echó a la espalda y comenzó a andar en sentido contrario al que yo llevaba por la acera de enfrente. En alguna parte de la ciudad la canjearía por unas cuantas monedas que le ayudaran a alimentar su vicio. Si yo fuese un «ciudadano modelo», no habría permitido que el «degenerado» se saliese impunemente con la suya tal como lo hizo. Lo habría detenido y reconvenido con palabras razonables y habría recuperado la canastilla a cualquier precio. Pero como no lo era, lo dejé cometer sin oposición alguna su «fechoría». Además ese sucio y greñudo «salvaje» hecho un auténtico desperdicio humano no tenía nada que perder en caso de un altercado. Por el contrario, yo sí, y mucho: un sobado pero fino traje que no era mío y mi insoslayable apostura de facultativo mal remunerado.

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11 Debo confesar que, tratándose de aquel recorrido nocturno de casi veinte calles hasta mi habitación, no era muy imaginativo que digamos: siempre hacía el mismo trayecto de regreso. Por otra parte, me asustaba un poco el hecho de explorar nuevas y desconocidas rutas que eventualmente pudiesen ofrecerme sorpresas desagradables (desde chico me inculcaron en casa que en el D.C. los atracos a mano armada son el amargo pan que cada día deben tragar sus habitantes menos indignos —reducido gremio en el que, desde luego, ya me incluía yo mismo). Y lo digo porque cierta noche que me desvié de mi camino habitual, se me cruzó por delante una mujer que, al parecer borracha o drogada, trastabillaba continuamente a medida que avanzaba, no por una de las aceras sino por el mismo centro de la lóbrega y solitaria callejuela, trepada en unos zapatos de elevadísimos tacones. La mujer parecía joven, con una larga cabellera en desorden y echada hacia delante que no me permitía ver su rostro. Cubría su esbelto cuerpo con un pesado gabán negro y de su hombro izquierdo colgaba precariamente un bolso de mujer. Su estado era (en apariencia) tan lamentable que —he de confesarlo no sin algo de auténtica vergüenza— lo primero que pasó por mi mente fue aprovecharme de la situación (tal como lo habrían hecho sin dudarlo ciertas ratas del barrio que conozco, tal como lo harían muchos de ustedes —¡no me digan que no!— si, por ejemplo, tras un accidente de tráfico del que resultaran ser testigos, corrieran a auxiliar a las víctimas y las encontraran desmayadas e incapaces por tanto de salvaguardar sus objetos de valor). Pensé no sólo en asaltarla y quitarle lo que de dinero llevara encima sino además arrinconarla hasta un todavía más obscuro portal y convencerla por las malas de que se dejara penetrar por mi picha erecta. La seguí durante algunos minutos, viendo cómo cada dos o tres pasos perdía uno de sus zapatos. Entonces se detenía por unos segundos para recuperarlo y luego continuaba con su zigzagueante marcha por toda la mitad de la calle hacia quién sabe dónde. Como siempre, no me resultó difícil imaginarme la escena. Corro tras ella, la alcanzo y caballerosamente le pregunto entonces: «Disculpe, señorita: ¿se siente mal?», y rodeando sus hombros con uno de mis brazos la atraigo hacia mí y le susurro: «Permítame ayudarla. No tema: trabajo para el Gobierno». Pero entonces, como una víbora que se revuelve, la mujer, que en realidad no es una mujer sino un hombre disfrazado con peluca, bolso, zapatos de tacón alto y todo lo demás, aplica sobre mi rostro un pulverizado líquido paralizante cuyo atomizador lleva oculto, sin que yo lo note, en la bolsa interna del gabán. ¡El asaltante asaltado! ¡El violador violado! El resto no me lo quise ni imaginar siquiera porque, súbitamente arrepentido de mis insanas fantasías, me escabullí como un chacal asustado por una calle adyacente y seguí mi camino. ¡Allá ella y sus dificultades! ¡Que la ayudara otro! ¡Que se aprovechara otro!

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12 Ahora recuerdo otro personaje de las calles con el que entonces tropezaba continuamente, en medio de la fría noche. Era éste un negro, cubierto con sucios harapos, que vendía rosas. Y aunque las rosas, a veces amarillas, a veces rojas, envueltas cada una en delicado papel de celofán, eran las más bellas y frescas flores que vendedor ambulante alguno ofreciera por toda la ciudad, yo me decía piadosamente para mi capote que el pobre negro debía pasarse la vida entera sin blanca porque no creía que existiera nadie en el mundo capaz de acercársele a esas horas y comprarle nada a semejante piltrafa humana que además y para colmo cantaba a pulmón herido disonantes arias ininteligibles mientras recorría presurosamente aquellas calles desiertas. Y hubiera seguido creyéndolo per saecula saeculorum si no fuese porque un día, tras un candoroso comentario mío a propósito de la locura del negro y de su necio comercio, Federico me explicó: —No es así. Las rosas son a un mismo tiempo un parapeto y un distintivo. Tras ellas se oculta la verdadera venta: marihuana, bazuco, perica, éxtasis… —sacándome así, abruptamente, de la cerrada nebulosa de ingenuidad en que me hallaba con respecto al negocio del maldito negro. ¡Estos mierdas del D.C. se las saben todas! 13 A tres cuadras de mi casa, en una de las sombrías esquinas que formaban la Carrera 16 con la Calle 36, abría sus puertas al público (al escaso público que a esas horas transitaba por allí) un diminuto restaurante italiano con necias pretensiones de suntuosidad. Ostentaba en su fachada un pequeño letrero con luces de neón y al frente de ésta poseía una bahía de estacionamiento en la que cabrían, apretadamente y a lo sumo, unos cinco o seis automóviles. Pero allí nunca había más que uno solo: una potente y cromada camioneta americana que cuidaba con celo el gorila que además hacía las veces de portero del restaurante. Cada vez que pasaba por allí yo me preguntaba qué clase de negocio era éste y qué rentabilidad obtendría teniendo en cuenta no sólo su reducido tamaño sino además y sobre todo que se hallaba ubicado de forma no muy conveniente en una zona venida a menos y casi exclusivamente residencial, no comercial y en el que para colmo no se veía entrar ni un alma siquiera, excepto, a veces, el enano y peludo propietario de la lujosa camioneta, quien debía de ser el chef, o el administrador, o el mismísimo dueño del aviso, o todas estas cosas a la vez. Sin duda debía tratarse de uno de esos negocios que la mafia emplea para lavar dinero sucio, negocios que en realidad venden muy poco pero en cuyas cuentas bancarias se manejan sumas millonarias. Y lo digo porque una noche me dio por acercarme hasta el penumbroso zaguán para consultar la lista de precios que aparecía adherida sobre un tablero que colgaba

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de uno de los muros de aquél y entonces el portero-guardián, abandonando presuroso su rutinaria órbita en torno a la resplandeciente camioneta y volando como un rayo hasta donde yo me encontraba de pie, la boca abierta y los ojos como platos observando incrédulo el dineral que cobraban por comidas tan simples como unos espaguetis con salsa napolitana, se plantó junto a mí y, en lugar de invitarme amablemente a pasar al interior del restaurante (como cabía esperarse que lo hiciera, dada la función que al parecer cumplía) me espetó con una voz insidiosamente fría y cortés pero a un tiempo cargada de recelo: —¿Se le ofrece algo, caballero? —como si yo no fuese un posible cliente sino más bien algo así como un inoportuno fisgón al que hay que confrontar e incluso amedrentar. —No, nada —respondí con bien fingida naturalidad, ocultando mi nerviosismo—. Sólo consultaba la carta. —Y, girándome sobre mis talones, continué con mi solitaria marcha hacia casa. De ahí en adelante, cada vez que cruzaba por allí, tenía la impresión de que el gorila me miraba con dureza y como si quisiera advertirme telepáticamente: «Nosotros ya sabemos quién eres, perro: eres tú uno de los sapos del Gobierno». Acaso la chismosa de mi casera le hubiese comunicado ufana que el alto, flaco y elegante caballero que cada noche pasaba por la acera de enfrente del restaurante y que con un brillo de suspicacia en sus ojos escudriñaba su interior siempre vacío era uno de sus distinguidos inquilinos y que trabajaba para el Gobierno en nada más y nada menos que la renombrada y temible Dirección Nacional de Estupefacientes. Era posible. 14 Mis caseros me habían proporcionado una llave de la puerta principal, así que no tenía que utilizar el aldabón ni el timbre para que alguien de adentro viniese a abrirme. Al empujar el pesado portalón de madera (que amenazaba con desprenderse de uno de sus goznes y que muy seguramente por tal motivo chirriaba de manera terrorífica cada vez que se abría o se cerraba), generalmente no encontraba a nadie en el amplio y muy bien aseado recibidor (cuyo piso, también de madera, relucía de un modo que uno no podía dejar de sentirse reconfortado al poner los pies sobre él, casi tanto como cuando tras una gran ausencia se regresa a la propia casa). Entonces la antigua mansión se mostraba silenciosa y envuelta en penumbras y mis pasos comenzaban a atravesar el recibidor hacia la también chirriante escalera de madera que me conduciría a mi alto y espacioso cuarto. Pero ciertas noches (tres o cuatro quizás) hube de ser testigo de curiosas escenas que se desarrollaban o bien en el salón principal, situado al costado derecho del recibidor o bien en la «oficina privada» del esposo de la señora Blanca, ubicada al lado izquierdo de aquél. Sea cual fuese el lugar, los protagonistas y sus acciones eran las mismas siempre: la señora Blanca, su esposo y su hijo y una veintena de muchachos y muchachas (compañeros y compañeras de estudio de éste, me imagino) que,

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como los inquietos miembros de una ruidosa y excitada colmena, se arremolinaban en torno a aquéllos, quienes, no menos excitados —los ojos surrealistamente, dalinianamente desorbitados—, se afanaban entre risitas nerviosas, inseguras, por atender a todos y cada uno de los comentarios de sus jovencísimos contertulios. Lo raro es que no se trataba de fiestas o algo así, pues no había música ni se bailaba ni se ingería alcohol ni se fumaban cigarrillos. Eran reuniones. Extrañas reuniones que absorbían a sus asistentes hasta el punto de que nadie, absolutamente nadie prestaba atención a mi arribo ni se preocupaba por mi franca curiosidad y de las que nunca llegué a saber su objeto. 15 No sé por qué, pero siempre que empezaba a subir por las escaleras lo hacía con la jubilosa esperanza de tropezarme en ella con la inquilina de la otra habitación disponible, la joven estudiante de la Universidad Nacional, a quien aún no conocía. O mejor dicho, y para ser franco, sí sabía por qué anhelaba de manera ardiente este cruce: porque me la imaginaba a la muchacha, si no realmente hermosa, sí por lo menos «razonablemente atractiva», y, además, accesible, y entonces fraguaba toda una trama que comenzaba justamente con el encuentro casual y la subsiguiente presentación («Buenas noches, vecina. ¿Cómo está? Mucho gusto de conocerla. Soy el inquilino del otro cuarto, con quien debe compartir el baño. Mi nombre es Roger Rodríguez. Trabajo para el Gobierno.»), pasando luego (en los días venideros) por invitaciones a salir juntos (a caminar, al cine, a comer, a bailar, a beber, qué sé yo), y que finalmente (y de modo triunfal) concluía con citas clandestinas en su habitación (o en la mía), donde, entreverados sobre la cama, follaríamos silenciosamente pero de lo lindo (silenciosamente porque, además de las nuestras, había otras dos habitaciones en la planta alta: la de nuestros caseros y la de su hijo). ¡Ay, qué tontos eran mis impúdicos sueños de entonces! Porque nada de esto ocurrió nunca. Lo que sí sucedió fue que una noche, al volver del trabajo, mis desprevenidos ojos tropezaron con la contrahecha figura de una muchachita que caminaba delante, por la misma acera por la que mis pasos, algunos metros atrás, se enfilaban directamente hacia la casa de la señora Blanca. Lo que primero llamó mi atención fue el desmesurado tamaño de sus caderas y sus piernas, tamaño privado de toda armonía con el de su tronco y su cabeza. Eran algo así como las ancas y las patas de una elefanta incrustadas en el talle de una sirena. No tardé en alcanzarla y rebasarla, pues se desplazaba con dificultad, ya que sus abultadas extremidades inferiores parecían estorbarse entre sí. A ello contribuía además un pesado y también voluminoso morral que, como una monstruosa joroba, cargaba en su delicada espalda de adolescente. Y sí, señores, tal como lo están pensando: justamente esa muchachita disforme resultó ser mi compañera de pensión porque, en el

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preciso instante en que me disponía a cerrar el desajustado portón de entrada, escucho a mis espaldas que va y me dice con fina voz de niña consentida: —No la cierres, por favor, que yo también vivo aquí. ¡Maldita sea mi suerte! ¿Por qué diablos se le ocurrió a la señora Blanca alquilarle el cuarto a esta criaturilla desproporcionada y ñoña y no a la enloquecedora sílfide de dudosa reputación que yo tanto anhelaba por vecina? —Ah, hola. ¿Cómo estás? Mucho gusto de conocerte. Soy tu vecino, inquilino del otro cuarto, con quien debes compartir el baño. Mi nombre es Roger Rodríguez. Trabajo para el Gobierno. ¿Te gustaría que un día de estos nos bañára… saliéramos juntos? —Tengo novio, gracias. ¡Vaya, vaya! Y para colmo no solamente fea sino además rogada y mentirosa, porque que me parta un rayo si existe en toda la maldita ciudad un descocado que le lleve el apunte a este muévedo. —De cualquier manera, piénsalo. —Ahórrese sus invitaciones, señor. Claro que lo haré, pequeño fenómeno, porque, aunque no te parecieras a la gorda y horrible vieja solterona que es mi tía Teodosia, no saldría contigo ni a la esquina. Comenzó a mover su astronómico y repugnante trasero por la escalera mientras yo la seguía de cerca, como un perro que olisquea el rabo de una perra en celo. —No deberías cargar un morral tan pesado. ¿Quieres que te ayude con él? —Eso es asunto mío. Y no, gracias, yo puedo sola. Y por favor apártese, si no quiere que me queje con la señora Blanca. Está bien, está bien. Tú te lo has perdido. Allá tú. Estaba dispuesto a sacrificarme por ti, pero si eso es lo que quieres…, entonces, púdrete, porque no te volveré a dar otra oportunidad, salvo que me supliques para que lo haga, y aun así lo pensaré, y con calma, con muchísima calma… —Buenas noches, linda. Que descanses. Cualquier cosa que se te ofrezca, ya sabes dónde encontrarme. —¡Púag! ¡Qué asco! No digas «de esta agua no beberé», zorra. Tras este inopinado y singular encuentro, no volví a verla nunca más. Cierto día, por la mañana, antes de que me marchara para el trabajo, la señora Blanca me invitó a un café en su cocina y me informó que se llamaba Laura, que tenía tan sólo diecisiete años de edad, que provenía del Cauca, que era hija única, que sufría de cierta rara anomalía en su cadera y que por eso caminaba con dificultad, que pronto sería operada para corregirle dicha malformación, etcétera. Luego, un par de meses después, supe, otra vez por boca de mi lengüisuelta casera, que su madre había decidido retirarla de la universidad y regresarla para Popayán porque allí en el D.C. la nena se había enviciado a la marihuana y quién sabe en qué malos pasos andaba porque incluso había noches que no se quedaba a dormir en casa de la señora Blanca.

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—No tuve más remedio que denunciarla —me dijo, como disculpándose—. Después de todo su madre me la había recomendado y estaba bajo mi custodia. Pierda cuidado, señora Blanca. Hizo bien. Muy bien. No se imagina cuánto se lo agradezco. Pero ya se sabe que no hay dicha completa. A la anciana no se le ocurrió mejor idea que reemplazar a la desagraciada pero esquiva ninfa no por una díscola y alegre putilla sino —¡válgame Dios, qué falta de conmiseración para con este pobre macho joven necesitado de buenos polvos con una indulgente vecina que se los diera gratis!— por un calvete solterón entrado en años… 16 Por la mañana, a eso de las siete, tomaba un autobús articulado de Transmilenio en la estación de la Calle 39 rumbo al trabajo, hacia el norte. Generalmente, y a pesar de la temprana hora, ya venía atestado, con gente en el pasillo colgando de las altas varillas como monos de zoológico. A veces sucedían hechos que para un tipo como yo (atento observador y juicioso compilador de las conductas humanas negativas —tarea, empero, nada difícil, pues son éstas las que más abundan) no podían pasar inadvertidos. El que mejor recuerdo ahora es el protagonizado por un anciano decrépito que, a pesar no sólo de su avanzada edad sino además del hecho de ir de pie y apretujado hasta la asfixia entre una multitud concentrada e indiferente, prefirió continuar padeciendo esta agobiante situación antes que compartir la banca con cierto hombre, pues, cuando en la estación de Flores una parte de aquélla quedó libre, hizo el rápido ademán de sentarse en ella pero, al advertir que su compañero de asiento sería ¡un negro!, reculó (¡reculó, señoras y señores, y fue esto lo que más me indignó, pues pensé que si de hecho era racista por lo menos debía tener la elegancia de disimularlo tal como lo hacía yo!), reculó como horrorizado y permitió que uno más joven pero menos aprensivo que él ocupara el que iba a ser su sitio mientras volvía a ser engullido por la multitud, la nueva multitud que, no menos concentrada e indiferente que la anterior, asaltó el pasillo del autobús y comenzó a oprimir sus mezquinos huesitos de viejo y su apergaminada carne blanca. 17 Disponía del tiempo suficiente —una hora— para llegar hasta la estación de Los Héroes y apearme, salir del sistema de transporte masivo, caminar hacia el restaurante, desayunar y luego dirigirme a «mi» oficina. Una vez allí, y luego de marcar tarjeta en el reloj del segundo piso, subía hasta el quinto y me metía al retrete de hombres ubicado en el pasillo, entre la puerta del ascensor y la del de mujeres, a fin de asearme los dientes. Estos cagaderos —pequeños, obscuros, sin ventanas ni conductos de aireación— debíamos compartirlos con

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los miembros de otras dos dependencias: con los del Departamento de Talento Humano y con los del de Recursos Financieros. Una mañana debí sentarme en una banca del pasillo a esperar que «el nuestro» fuese desocupado, pues al parecer alguien se me había adelantado. Quienquiera que se encontrara allí encerrado, debía de estar evacuando la mierda de una semana por lo menos, pues tardó más de media hora en salir. Pero al final resultó que no era un hombre, sino una morocha gruesa con cara de bulldog. —Buenos días, ingeniero —me saludó con el mismo gesto en su rostro con el que debió despedir a lo que acababa de arrojar en la taza del retrete. —Le recomiendo que no entre —debió asimismo indicarme, pero no lo hizo y yo cometí el error de apresurarme a entrar sin antes esperar un siglo por lo menos a que la nauseabunda hediondez dejada por la maldita cagona se disipara finalmente. ¿Qué comía Bertulfa Billafañe? ¿Sopa de buitres? ¡Dios mío —me dije para mis adentros tapándome a un tiempo la nariz y la boca con una mano para no vomitarme—, si el Infierno existe, éste debe de ser su olor! No sólo me quedé sin cepillarme los dientes esa mañana sino que además no pude volver a entrar en el retrete para hombres durante todo el día. 18 Mis nuevos compañeros de trabajo eran 7: Elisa Ramírez, Rafaela Fonseca, Roger González, Amalia Chaparro, Lucila Ferreira, Arturo Roncancio y León Francisco Pérez. Todos unas nulidades tan perfectas como yo. Profesionales mediocres y abúlicos al servicio de un Estado subdesarrollado e ineficaz y de un Gobierno corrupto y por tanto débil. 19 El primer día de trabajo, luego de la presentación, el viejo zorro taimado que era Roger me previno con estas anfibológicas palabras: —Ojalá te amañes, tocayo. Yo había sido nombrado (provisionalmente) en la DNE para reemplazar a cierta mujer que por obscuras razones había decidido renunciar a su cargo como integrante del Grupo de Atención de Quejas (¡lujo incomprensible en estos tiempos tan difíciles a la hora de conseguir incluso el trabajo más mierdoso e insignificante del mundo!). Este Grupo estaba conformado no sólo por miembros de la SARE de la DNE sino también por efectivos del Área de Erradicación de Cultivos Ilícitos (ARECI) de la Dirección Antinarcóticos (DIRAN) de la Policía Nacional. Nuestro trabajo conjunto consistía en estudiar y dar respuesta a las reclamaciones hechas por labriegos por presuntos daños a cultivos lícitos efectuados por o derivados de las acciones del Programa de Erradicación de Cultivos Ilícitos con el Herbicida Glifosato (PECIG), tarea que debíamos realizar siguiendo el procedimiento establecido justamente para tal

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fin por la Resolución 0017 del 04 de octubre de 2001 del Consejo Nacional de Estupefacientes (CNE). Mi compañero de la DNE en el Grupo era Arturo (Arturito). Ese mismo día le pregunté por qué había renunciado la mujer, a lo que me respondió con terrible lenguaje: —Durante una comisión de verificación en Norte de Santander, le dispararon al helicóptero en que volábamos, la vieja hijoeputa se cagó del susto y juró que nunca más volvería a salir de la oficina, el viejo comemierda le dijo entonces que, en tal caso, lo mejor era que se largara, y así lo hizo. Ojalá te amañes… ¡Nuestro trabajo era entonces muy peligroso!, comenté alarmado. —¡Qué va! —replicó Arturito— Los helicópteros en que efectuamos las visitas de verificación son artillados. Más tarde, algún tiempo después, llegaría a comprender que las aparentemente candorosas palabras del viejo zorro taimado (que quedaron retumbando una y otra vez entre los muros de mi cerebro como una insidiosa cancioncilla que se repetía cual eco interminable: ojaláteamañes, ojaláteamañes, ojaláteamañes…) se referían a otras eventuales causas de defección distintas a los inconvenientes de seguridad. 20 Me asignaron un cubículo con escritorio y computadora, como a todos los demás. Después de una semana de aleccionamiento bajo la tutela de Arturito (quien había sido comisionado para tal fin por nuestro jefe), era ya todo un experto en el PECIG y pasé entonces a engrosar la lista de sus defensores. A diario debía proyectar contestaciones a cartas enviadas por Organizaciones No Gubernamentales, políticos, abogados, ciudadanos de a pie y, en fin, cualquier otro bicho viviente o institución sin oficio ni beneficio que tuviese alguna duda acerca de la efectividad y/o del desarrollo del programa. Las contestaciones eran revisadas, corregidas, aprobadas y finalmente firmadas por nuestro jefe. No era, desde luego, un trabajo difícil. Después de todo, era algo así como aplicar el resobado truco de relatar «la versión inocente de las cosas». 21 El clima que se respiraba en la oficina era distendido y cordial, pero tan sólo en apariencia, pues no tardé en advertir que en el fondo ninguno de sus integrantes se sentía a gusto no sólo con su trabajo sino también con sus compañeros. Nadie quería estar allí y en cierta forma todos se odiaban entre sí. El círculo de odio se rompió con mi llegada, pues todos, o casi todos, empezaron a amarme, especialmente los miembros del sindicato femenino encabezado por Amalia, quien, con cincuenta y cuatro años de edad y la nada deseable apariencia física de cierta veterana maestra de escuela de mi infancia,

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trató de adoptarme, mas no como su hijo, sino como su posible amante. Desde el principio comenzó a perseguirme. —Oye, chico —me dijo un día—. ¿Tú dónde almuerzas? Se lo dije. —Me han dicho que hay por aquí cerca un sitio estupendo, y no muy caro. ¿Qué te parece si vamos hoy al mediodía? Sólo por probar, ¿eh? Ese día se había arreglado de manera especial, tanto que, en la mañana, mientras marcábamos las tarjetas en el reloj del segundo piso, una de sus amigas de la oficina de Recursos Financieros se había sorprendido al encontrarla menos descachalandrada que de costumbre y entonces exclamó con sorna: —¡Uy, Amalia, por fin te veo vestida de mujer! A partir de aquella tarde comenzamos a salir a almorzar juntos. Cada vez íbamos a un restaurante distinto, siempre escogido por Amalia, pues paradójicamente nunca quedaba satisfecha con ninguno. A todos les ponía objeciones. Era al respecto una profesional. Había sido la mujer de un sacerdote jesuita que, según ella, se desvivía por complacerla en todo pero especialmente en lo relacionado con la comida. —Siempre íbamos a los mejores restaurantes de la ciudad en que nos encontráramos. Habían vivido en el extranjero, en Haití, en Bangladesh, en Etiopía… Era, pues, una mujer de mundo que no se conformaba con cualquier cosa. Tanto que, después de unos cuantos años, el sacerdote se cansó de tener que soportar sus veleidosas exigencias de amante cosmopolita y entonces la mandó a la porra a freír espárragos. (Su indefectible reemplazo resultó ser nada más y nada menos que una «auténtica indiecita tuneba» —una indiecita zarrapastrosa e inculta, sí, pero, por lo visto, menos complicada que ella, que la civilizada e insufrible Amalia.) Pero yo no me había percatado de sus negras, lúbricas intenciones hasta cierto día que, a la salida de un restaurante, tropezamos con una de sus amigas del barrio, quien, tras la subsiguiente presentación, comentó: —Vaya, de manera que éste es el muchacho de que tanto hablas… Luego, en seguida después, la invitó a un cóctel que se llevaría a cabo esa misma noche en la Embajada de Brasil. —¿Me acompañas, chico? —me preguntó entonces Amalia tomándome del brazo, mas, sin dar tiempo a una posible contestación, exclamó luego dirigiéndose a su amiga y convecina—: ¡Te imaginas, Conny, entrando yo así a la Embajada, del brazo de este hombre! ¡Válgame Dios! Tras este incidente comencé a pagar escondederos a peso a la hora del almuerzo y a inventarme excusas para no salir con Amalia, pues, al percatarse de mi súbito distanciamiento y de mis reticencias, cambió su estrategia para tenerme a su lado fuera de la oficina. Se puso agresiva.

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—Oye, chico, ya que ahora no sé por qué te haces el loco a la hora del almuerzo, por lo menos acompáñame esta tarde a una vuelta que tengo que hacer en el banco —decía. O: —Oye, chico, ya que ayer no quisiste acompañarme a la vuelta que tenía que hacer en el banco, por lo menos acompáñame a la cita médica que me programaron para hoy en la tarde… Yo le sacaba el cuerpo, naturalmente. —Lo siento, Amalia, pero no puedo. Ella insistía, sin embargo. —Y ¿por qué no? —Bueno, yo también tengo cosas que hacer. —¿Dónde? —Aquí, en la oficina. —¡Ja! —Sí, ya ves… —Pero si no nos vamos a demorar… —Lo siento. —No acepto negativas, chico. Yo te aviso. Escondido en el retrete justamente a la hora en que se disponía a salir, yo la escuchaba cacarear como una vieja gallina clueca por toda la oficina: —Muchachos ¿han visto a este chico…? ¿A dónde se habrá ido? Preciso se me pierde cuando necesito que me acompañe… Luego regresaba de la calle hecha una fiera. —Hola, mal amigo, ¿cómo te va? No creí que fueras tan mala persona. ¡Y quién te ve! —¡Ayúdame, tocayo! —le supliqué un día a Roger, a quien mis desventuras con Amalia no hacían más que divertirlo hasta arrancarle sonoras carcajadas de satisfacción. —Pero ¿cómo, tocayo? —me dijo aún entre risitas preñadas de gozo. —No sé. Acuéstate con ella que yo creo que eso es lo que le hace falta. —Sí, sí, tocayo, naturalmente. Pero, y tú ¿por qué no le haces el favor? —A mí no me gustan las cuchas… Y a ti ¿tampoco? —Bueno, no estoy en edad para ser tan escogido… —¡Hazle, entonces! —Lo haría, tocayito, de mil amores, lo juro. Pero lo que pasa es que yo pienso en el «después de». ¿Me entiendes? Sí, lo entendía. ¡Claro que lo entendía! Si así nada más se mostraba tan intensa, ¿cómo sería «después de»? No habría poder humano, ni divino, ni satánico, ni extraterrestre, que pudiera quitársela a uno de encima. ¡Ah viejo zorro taimado, qué astuto, qué inteligente, qué sensato eres! Afortunadamente, con el tiempo y la cantidad de desplantes que me vi obligado por su conducta misma a hacerle, Amalia entendió el mensaje. Conmigo no había caso. Debió, pues, resignarse a la derrota (y agenciarse un

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consolador, eléctrico y de los buenos, me imagino) porque no volvió a molestarme. También lo intentó Rafaela, que no era tan vieja como Amalia, pero sí incluso más fea, pues se asemejaba —al menos para mí— a algo así como el resultado del improcedente ayuntamiento entre un ser humano y un jabalí. —No te preocupes —me tranquilizó tras invitarme a almorzar a un restaurante del centro donde preparaban, en su opinión, el mejor pescado frito de la ciudad—, no te preocupes, flaco, que yo no te voy a acosar como lo hace Amalia, es sólo que me desanima ir sola hasta allá. Pero mintió, y no sólo eso, sino que además resultó incluso más agresiva y directa que Amalia. —Oye, flaco —me espetó apuntando sus ojos turbios hacia mi entonces desprevenida entrepierna mientras despachábamos unas mojarras fritas en el dichoso restaurante—, no es mucho lo que se te ve allí… Claro que habría que ponerlo en acción… A lo mejor estoy equivocada… No hice, desde luego, ningún esfuerzo, ni el más mínimo siquiera, por sacarla de sus dudas al respecto. Elisa no se les quedó a la zaga, pero lo hacía de una forma más discreta, más femenina, menos cruda, menos bizarra, a la antigua, vendiéndome el fantástico cuento de su inquebrantable fidelidad conyugal (de las mujeres de la oficina era en la actualidad la única casada), pero invitándome al final de la jornada a que nos tomáramos algo (siempre un café o un capuchino o una gaseosa, nunca bebidas que contuviesen alcohol) o a que la acompañara a hacer una vuelta por allí cerca o hasta el paradero donde tomaba su autobús (vivía, junto con su esposo y sus dos hijos, a las afueras de la ciudad), esperando que finalmente yo me decidiera y se lo pidiera (el polvo) de la misma forma velada en que ella me lo estaba ofreciendo, esperando que insistiera, que la acosara, como si ella, con su apariencia de gallina joven pero clueca, fuese digna de mi insistencia, de mi acoso… Sin embargo, y muy a su pesar, yo no era el gallito caliente pero gentil que ella necesitaba. Así que… Y en cuanto a Lucila, finalmente, nada hay que decir, excepto que se consideraba a sí misma como el premio mayor en lo más alto de una larguísima, muy bien aceitada y resbalosa cucaña y que, naturalmente, creía tener destinado su elevadísimo coño para la verga de oro de un príncipe azul y no para la miserable picha de un pobre diablo como yo. Nunca me dio ni la hora siquiera. (Me cuentan que aún hoy sigue soltera y virgen a la espera de ganarse el esquivo baloto sentimental y, aunque no es mi tipo, yo pienso entonces todo rabón: «¡Bien hecho! Eso les pasa a todas las que me hacen el feo…».) 22 A las seis de la tarde, al final de la jornada, huía de mis desagraciadas perseguidoras rumbo a mi altiva soledad. Después de algún tiempo, acabé por

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hastiarme del aire tenso y enfermo que saturaba la casa de Eva María y decidí renunciar a sus magníficas cenas. Ahora tomaba mi último alimento del día cerca a casa, en la panadería San Marcos de la Carrera 13: a veces un café con leche y pan, a veces un pedazo de pizza con gaseosa, a veces unos espaguetis o unos raviolis con salsa napolitana y pan francés tajado y una copa de vino tinto. Una noche particularmente fría salí de la panadería sintiéndome como el hombre más solitario y desdichado del planeta y pensando que hacía mucho tiempo que no follaba y que esa noche necesitaba, pues, un coño. Dirigí entonces mis pasos hacia cierto lugar de la Calle 45. Era una casa de dos pisos ubicada al frente de una gasolinera. No tenía aviso alguno pero funcionaba allí un burdel. Lo conocía porque Federico me lo había recomendado. —Tienen allí a una negra con un culo más soberbio que el de Naomi Campbell —me había dicho un día. Y como yo no le creyera, decidimos ir juntos para comprobarlo. Pero no contamos con suerte aquella vez porque justo entonces estaba prestando «un servicio». —¿Se da cuenta? —argumentó Federico— Está tan buena que no la dejan descansar ni un minuto. Esa noche debimos contentarnos con un par de furcias blancas que no eran nada del otro mundo. Pero quizás hoy yo estuviera de buenas, me decía mientras caminaba con paso decidido hacia el clandestino puticlub en medio de la noche helada. Cuando estuve enfrente de su fachada no sé por qué me sentí de pronto como un delincuente bisoño que lo asalta el miedo justo en el momento en que va a cometer su primera fechoría. Me metí entonces en el sucio y obscuro bar de al lado para chuparme una buena dosis de alcohol y así con ella recuperar un poco el valor que tan súbitamente había perdido. No recuerdo ahora cuantas cervezas me zampé entre pecho y espalda, pero debieron ser muchas, porque ya adentro del folladero, en una habitación de la planta alta, sobre el cuerpo desnudo y firme de la jovencísima y fabulosa negra (que en verdad no tenía nada que envidiarle a la Campbell), me dio por ponerme cariñoso y tierno con ella mientras la clavaba por delante luego de haberlo hecho por detrás y voy y le digo: —Oyeeeh Naaoomii ¿tee gustaría seer mii esspoossaa? Lo decía en serio, tanto porque me sentía terriblemente solo como porque me gustaba enormemente la negra. Pero por lo visto no hay cosa más absurda en el mundo que pedirle a una puta que sea tu mujer justamente cuando está trabajando, cuando te lo está haciendo por dinero, pues la morocha debió pensar que mi proposición se sustentaba no en un repentino pero sincero sentimiento de amor hacia su persona sino únicamente en los fenomenales polvos gratuitos que en el futuro ella debería obsequiarme siendo como sería mi compañera y de hecho se sintió ofendida de tal manera por tan inadmisible propuesta que minaría considerablemente sus intereses económicos que no esperó como una buena profesional a que yo acabara sino que se puso en pie

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como una furiosa pantera y, desnuda como estaba, salió al pasillo cerrando con un tremendo golpe la puerta de la habitación. —¡Cerdo! ¡Hijo de puta! —me había gritado, con furia helada, todavía antes. —¡Noo mee llaamees ceerdoo nii hiijoo dee puutaa —alcancé a advertirle, recordando súbitamente, y deformándola, cierta parte del prólogo que «Hank» hace a la novela «Pregúntale al polvo» de John Fante—, lláámaamee Buukoowsskii yy eesscuuchaa, zoorraa, mii ssuuciiaa caanciióónn! Casi en el acto apareció el administrador (un chico apenas, hijo de la dueña) seguido de un corro de putillas blancas. —¿Sucede algo, señor Bukowski? —Noo, naadaa —respondí. —¿Qué le dijiste a la negra? —preguntó una de aquéllas. —Naadaa. Se quedó la que había preguntado y el resto desapareció tras la puerta. —¿Qué le dijiste a la negra, ah? Volví a decir que naadaa. —Sea lo que haya sido —dijo su colega complacida—, hiciste bien. Esa negra se cree mejor que todas nosotras juntas. ¡Y lo era, célula por célula, átomo por átomo! Pero —lo comprendí entonces— jamás regresaría a la habitación ni por todo el oro del mundo. Hasta las putas tienen su orgullo y su dignidad. Así que… —Y túú ¿quieres foollaarr coonmiigoo? Dijo algo así como: «¿Y a qué crees que me quedé entonces?». Lo hicimos y al final me senté un rato en un sillón que había junto a la cama mientras ella sacaba de su pequeña cartera una libretita de apuntes y escribía algo. —¿Quéé hacess? —Mis cuentas. Para que después no me roben. Una ejecutiva del sexo, pensé. Se lo haría descontar el polvo a la negra, estaba seguro, y me alegré. Se me había pasado un poco la borrachera. —Estáss muy lindaa. —¡Uy, sí, cómo no! No insistí. Las putas han aprendido a ser tan desconfiadas que no creen ni en su propia madre. Y hacen bien (¡oh, sí que sí!). 23 Dos veces a la semana debíamos presentarnos mi compañero y yo en la Base Aérea de la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional (ubicada junto al aeropuerto internacional El Dorado), en cuyas instalaciones reposaban los expedientes de las reclamaciones interpuestas por labriegos en contra del PECIG, a fin de estudiarlos y emitir un concepto previo a la visita de campo. En la mañana nos encontrábamos allí mismo, en la Entrada 6, donde

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mostrábamos a los miembros del retén de guardia los carnés que nos acreditaban como funcionarios de la DNE para que entonces, una vez identificados, pudiéramos subir al colectivo que, luego de recorrer algo así como kilómetro y medio por una vía paralela a una de las pistas de aterrizaje, nos dejaba en el interior de la Base (el pasaje corría por cuenta nuestra, cosa que irritaba sobremanera a mi compañero), en la portería de cuyo edificio éramos exhaustivamente requisados (hecho que terminaba de encolerizarlo aún más si cabe) antes de que finalmente nos permitieran entrar. Arturito era una suerte de pequeño simio grotesco. Dos enormes defectos constituían los rasgos más sobresalientes de su personalidad: la tacañería y la iracundia. En cuanto al primero, Roger había comentado una vez: —Imagínate, tocayito, que este personajillo es tan agarrado que una noche invitó a una muchacha a ver una película en cierto cinematógrafo, pero, para salvarse de pagar la boleta de ella, va y le dice: «Nos encontramos adentro, ¿sí?». La historia, por exagerada que parezca, era sin duda cierta, puesto que el propio aludido estuvo presente cuando fue relatada por nuestro compañero de oficina y, aunque no la desmintió con palabras, pareció corroborarla con una franca carcajada preñada de obscuro regocijo, como si semejante conducta suya, en lugar de degradarlo, fuese por el contrario un auténtico motivo de honra para su persona. Respecto al segundo, bien puede decirse que partía de un profundo resentimiento hacia la humanidad en general y hacia los miembros de la milicia en particular. Él mismo había dedicado, «perdido» más de doce años de su vida sirviéndole al Ejército Nacional, del que había sido «echado como un perro y sin un mísero peso en los bolsillos» luego de que un artefacto explosivo hubiese saltado entre sus manos al intentar en vano desactivarlo. Sus pequeñas e inquietas manos mutiladas y reconstruidas mediante cirugía, eran ahora un lamentable recordatorio de aquella desgracia. Desgracia de la que, ante sus ojos de maniático, resultábamos enteramente culpables el mismísimo Cosmos, Dios, sus padres, su ex esposa, su hijo, sus compañeros de trabajo, los miembros del Ejército, de la Policía, los quejosos, tú, el mundo entero, y hasta la fauna y la flora de tierra, mar y aire. Todos éramos, por tanto, unos hijos de puta, los hijos de puta responsables de su tragedia. Tal actitud suya se asemejaba a la de ciertas comunidades indígenas americanas que tienen la creencia milenaria de que los verdugos en un sueño son asimismo verdugos en la vigilia y entonces, por consiguiente, merecen algún tipo de castigo. El nuestro consistía en su más absoluto desprecio. —Dígame usted, maricón—decía mientras viajábamos en el colectivo—, ¿por qué putas debemos sacar de nuestros propios bolsillos para pagar los pasajes de entrada y de salida de la Base, si a lo que vamos es a trabajar y no a pasear? Es un gasto adicional. Esos pasajes debería reconocérnoslos la DNE, ¿no le parece, huevón? Yo se lo he dicho al viejo comemierda, pero lo único que me contesta es que yo soy un quejica. Y luego de pasar por la portería del edificio principal de la Base:

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—¿Se da cuenta? A nosotros sí nos revisan hasta las huevas, pero a los gringos hijos de puta, que se creen los dueños de este país de mierda, los dejan pasar muy orondos sin esculcarles las maletas que llevan de aquí y que luego traen de la selva cargadas de quién sabe qué más mierdas, hasta armas llevarán y coca traerán los malparidos. Se refería a los miembros de la Embajada Estadounidense en general y a los pilotos de las avionetas de fumigación en particular. —Ahorita —me dijo el primer día que fuimos juntos a la Base—, ahorita le voy a presentar a los tombos degenerados, comemierdas, soplapollas y lameculos con que tenemos que trabajar. Y a Marthica, su abogada, que está buena, pero la muy zorra ya se cree más gringa que los mismos gringos. Como todo espíritu antigregario e insumiso, yo he detestado siempre a esa raza infame de despreciables hombres que componen el putrefacto y nauseabundo cuerpo policial, por lo que no voy a hablar aquí de ninguno de sus integrantes con los que debí tener trato, y no por miedo a las represalias, sino porque físicamente no podría hacerlo, pues terminaría ahogándome en un interminable vómito de asco e indignación. Y en cuanto a la abogada, debo decir que la apreciación de Arturo era correcta. Rubia de coño negro a la que, gracias a su delicioso culo de campesina (pues, como yo, provenía de cierto poblado del Medio Oriente del país), todos en la Base querían montar, sabía sin embargo con quién meterse y con quién no. —Jamás me ha aceptado ninguna de las invitaciones a almorzar que le he hecho —rezongaba mi compañero—. La muy puta no se rebaja a salir con ninguno de nosotros sino que lo hace solamente con los tombos de alto rango y con los gringos hijos de puta de la Embajada. No tenía ni uno solo de sus teñidos pelos de tonta, sabía muy bien dónde pisaba. La Base había sido construida con dinero del Gobierno de los Estados Unidos y quien la regentaba era la Policía Antinarcóticos. Nosotros, los de la DNE, éramos apenas unos visitantes incómodos —pues sin nosotros harían mejor, a sus anchas, su trabajo de porquería— a los que tenían que soportar sólo un par de días a la semana. (Aunque la verdad es que no debería hablar en plural, pues mi compañero, a pesar de su exacerbado odio hacia la milicia, resultó ser —junto con el «viejo comemierda»— un cómplice fundamental de sus cochinadas.) Era, pues, lo suficientemente inteligente como para no gastar pólvora en gallinazos. Debo añadir que, por mi parte, no hice el menor esfuerzo por conquistármela a mi paisana. Nunca me han gustado las de su clase: putas interesadas. 24 Yo había aceptado el empleo en la DNE sólo por distraerme y pasar el tiempo mientras llegaba el gran día en que los jurados del Premio Nacional de Novela le otorgaran a mi obra «Porquería de mundo» el primer puesto. Pero llegó aquel día y no fue tan grande como yo esperaba. Según inveterada manía, se

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negaron una vez más a concederme el galardón. Resulté finalista entre más de cien participantes (otros tantos fracasados como yo, me imagino), lo cual es lo mismo que nada, pues, como en el juego de la ruleta, todo va para el ganador: dinero y publicación de la obra. Eran los últimos días del mes de noviembre. Por la noche llegué a mi habitación y me tendí sobre la cama experimentando una rabiosa sensación de absoluta impotencia. ¿Hasta cuándo debía esperar para que mis historias tuviesen éxito? ¿Hasta la vejez, tal como le sucediera a mi admirado Bukowski? ¿O acaso hasta después de la propia muerte, tal como le pasara al pobre Fante? ¿Hasta cuándo, ah, malditos hijos de puta? 25 Lo peor de todo es que, para sobrevivir, tenía que seguir con aquel miserable trabajo de burócrata, de gilipollas, de comemierda, tanto más cuanto que el día de mi consagración literaria había sido aplazado una vez más hasta una fecha indeterminada. A la mitad de cierta mañana, a principios de diciembre, mientras nos tomábamos un tinto en una cafetería de la Carrera 15, Roger, quien me había sacado de la oficina, me dijo: —¿Qué te pasa, tocayito, que desde hace varios días te noto como desanimado? —¿Te parece? Roger, al igual que Rafaela, era psicólogo, pero no hacía falta serlo para darse cuenta de que no había logrado amañarme y que mis días en la DNE estaban contados. —Mira, yo sé muy bien lo que te pasa —afirmó—. Es tu trabajo. —Así es —corroboré yo, mintiendo, pues lo que me tenía apesadumbrado constantemente no era tanto la rutina laboral con aquellos delincuentes como mi último fracaso literario. —Te entiendo. Ellos necesitan un firmón, pero ese trabajito no vale la miseria que te están pagando sino cinco veces más. ¿Por qué no hablas con el viejo marica y le planteas un aumento de salario? En lugar de convertirme en un cómplice mejor remunerado, lo que hice, por el contrario, fue ponerme un afilado cuchillo sobre mi delgado pescuezo. Elaboré para el jefe un minucioso informe de 30 páginas que comenzaba así: «Para los fines que estime pertinentes, pongo en conocimiento de usted algunas de las serias irregularidades que, durante el escaso tiempo que este profesional lleva desempeñándose como funcionario de la DNE, se vienen presentando al interior del Grupo de Atención de Quejas del Área de Erradicación de Cultivos Ilícitos de la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional, con relación al procedimiento establecido por la Resolución 0017 del 04 de octubre de 2001 del Consejo Nacional de Estupefacientes para la atención de quejas por presuntos daños a cultivos lícitos por acciones del PECIG». Y terminaba de la siguiente manera:

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«Por todo lo expuesto con antelación, este funcionario, no ya sólo como profesional, sino también como sujeto moral, ético y espiritual, considera que el manejo que se está dando por parte del Grupo de Atención de Quejas de DIRAN-ARECI al procedimiento establecido por la Resolución 0017 de 2001, no se ajusta al cumplimiento, ni siquiera aproximado y razonable, de los objetivos para la cual fue creada. Asimismo, en su criterio particular, no duda en sostener que, actualmente, el procedimiento de atención de quejas se encuentra sumido en la esterilidad, merced a acciones y omisiones de los miembros del Grupo de Atención de Quejas de DIRAN-ARECI y que, mientras las irregularidades expuestas en el presente informe persistan sin dárseles la solución que ameritan, su concurso en las visitas de campo programadas no contribuye, desde un punto de vista profesional y técnico, ni a subsanar los desaciertos develados (de los que, por lo demás, no es de forma alguna responsable) ni a determinar si las reclamaciones poseen o no fundamento». —Muy bien, tocayito —me dijo Roger cuando, la tarde del 5 de diciembre, se lo mostré antes de entregárselo al jefe—. Si ésa es tu decisión… Pero date cuenta de una cosa —prosiguió—: me imagino que sabes lo que estás haciendo, porque esto implica ciertas consecuencias, consecuencias que, te guste o no, debes asumir. La noticia del informe se regó como pólvora encendida por toda la oficina. El jefe se encargó de ponerlos al tanto a Elisa (su soplapollas y lameculos) y a Arturo (su compinche), y Roger a Rafaela y a Amalia. Lucila ni se enteró, pues le importaba un bledo lo que sucediera en la oficina en general y lo que yo hiciera o dejara de hacer en particular. Otro tanto sucedió con León Francisco Pérez, pero no porque no le importara, sino porque pasaba la mayor parte del tiempo en la sede del SIMCI (Sistema Integrado de Monitoreo a Cultivos Ilícitos) como delegado de la DNE. No obstante, de haberse enterado, estoy seguro de que se habría puesto de mi parte, pues él mismo, un par de meses atrás, me había confiado: —Mire lo que están haciendo estos hijos de puta —refiriéndome luego la última de las ya incontables demostraciones de insensatez de aquellos auténticos vulgares mercenarios que eran los pilotos de las avionetas de fumigación—. Y les importa un comino —remató. A la mañana siguiente, reinaba en la oficina un silencio tenso. Me había cagado en el pastel. El «viejo comemierda» (como lo llamaba Arturo), el «viejo marica» (como lo llamaba Roger), me llamó a su despacho a la mitad de la mañana. Sus claros e inmutables ojos de asesino (¡oh, aquellos ojos que no demostraban ahora la más mínima condescendencia hacia mi persona!) me recibieron con la frialdad que era de temerse. Ya desde el principio, hacía cinco meses, había intentado, como buen arrodillado que él mismo era, aleccionarme, había intentado ponerme a favor de nuestros taimados esclavizadores, utilizando el manido recurso de chirles tebeos como los diarios de circulación nacional, de pintarlos como «los mejores amigos del país».

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—Como tú comprenderás, Roger, la Dirección no posee los medios necesarios para luchar contra semejante monstruo —se refería, naturalmente, a la industriosa producción y el dinámico tráfico de potingues y no al Imperio agostador que soterradamente auspicia aquélla y estotro—. Es el Gobierno Americano, por intermediación de su Embajada, el que provee los recursos empleados en el Programa. Por ello no es de extrañar que sean ellos mismos quienes lo manejen. Están en todo su derecho. —Y remató con esta hierática prosternación—: Sin su decidido apoyo estaríamos bajo el ignominioso Señorío del Mal. —¡Jajajajaja! —¿De qué te ríes, hombre? —De alegría, doctor. No todo el mundo cuenta con tamaña suerte. —Es verdad… Pero no me trates de usted, trátame de tú. Mis adeptos, y espero que tú llegues a ser uno de ellos, me llaman Publi o Albi. (Valga aclarar que hice oídos sordos a su insinuación de convertirme en uno más de sus íntimos. ¡Primero calvo que con trenzas! Seguí, pues, tratándolo de usted.) —Siéntese, Rodríguez —me espetó, ahora sin tutearme—. Déjeme decirle cuán decepcionado estoy —comenzó, pasando una a una las hojas de mi reveladora reseña—. Yo pensé que usted era un tipo inteligente, que sabía que, en este país, uno más uno no son dos sino lo que digan nuestros amigos de la Embajada Americana. Si usted quiere malquistarse con ellos, conmigo o con los de la Policía, allá usted. Pero le advierto que si decide hacerlo, lo mejor es que busque dónde esconderse, y no lo digo por mí, sino porque no hay peor enemigo que un policía. Y ahora, lárguese, lárguese a redactar su renuncia que la necesito para hoy mismo. En ese momento sonó su teléfono móvil. —¿Qué hubo, Rommel, cómo va? —saludó, y todavía antes de cerrar la puerta a mis espaldas pude oír cómo peroraba con el mayor de los descaros—: Despreocúpese. Ya le mando a Arturo para que le firme el concepto técnico con la fecha que se ajuste a los términos de la Resolución. Sí, hoy mismo. All right, captain. ¿Cómo? No, no es una ofensa. ¡Deje ya la inveterada paranoia de los de su cuerpo! En inglés es el término para señalar que todo está bien. ¡Me extraña, mi amigo Tamalquemado, que, cooperando con los gringos, no se le haya pegado alguito del idioma! ¡Oh, sí, discúlpeme, Rommel! ¡Tamalameque, claro! ¡Ay, es que esos apellidos autóctonos siempre me confunden! —¿Cómo te fue, tocayito? —me preguntó el viejo zorro al salir de la oficina del jefe. —Bien. Hasta hoy trabajo aquí. —No haces mal. De todos modos no te estás perdiendo de nada. Al contrario. Al día siguiente, fui invitado por mis compañeros (es decir, Roger, Rafaela, Amalia y Elisa) a un almuerzo de despedida en un restaurante mexicano. Había fotos en blanco y negro de Pancho Villa (con su poderosa entrepierna) y de la Revolución Mexicana colgando por todos los muros.

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Para distender un poco el ambiente, me burlé de Amalia. —¿Qué es lo que tanto miras de Pancho Villa, ah? Todos voltearon a mirar la fotografía del mítico revolucionario y comprendieron al instante mis insidiosas palabras. Reímos, maliciosos. —Pues, sí, chicos, que Pancho no estaba nada pero nada mal. Me felicitaron por mi osadía, acotando a un tiempo que sólo yo, un tipo soltero y, sobre todo, sin hijos, podía «darme el lujo» de hacer lo que hice, al contrario de ellos, que no tenían más remedio que «mirar para otro lado» si no querían que les pasara lo que me había pasado a mí, verse de patitas en la calle, sin trabajo, trabajo que les era absolutamente necesario dadas sus insoslayables obligaciones filiales. —Pero —quiso saber Elisa— me imagino que ya antes de pasar tu informe tenías asegurado otro empleo en otro lugar… No le cabía en la cabeza que no. Entonces —me preguntaba ahora yo mismo para mi capote— ¿por qué lo había hecho? ¿Acaso solamente para demostrarles a mis compañeros mi superioridad moral con respecto a ellos? No, desde luego que no. Simplemente porque aquél no era un sitio para un tipo como yo. Y eso era todo. Después del almuerzo Roger me invitó a que nos tomáramos un café a solas. Tenía algo que decirme. —La verdad —me confesó— es que yo siempre he querido que al viejo marica le peguen un buen susto. ¿Por qué no vas a la Corporación Colectivo de Abogados Jaime Atehortúa Ramírez y les pasas una copia de tu informe a ver si ellos pueden hacer algo? Se refería a cierta ONG preocupada, entre otras cosas, por la efectividad y el desarrollo del tan criticado PECIG. —No es mala idea —convine—. Déjame pensarlo. Pero no lo hice. ¿Por qué? En primer lugar porque de ninguna manera me correspondía a mí asumir las funciones de control de los delegados de la Procuraduría y la Contraloría, en segundo lugar porque en realidad me importaba un bledo lo que estaba pasando, y finalmente, en tercer lugar y sobre todo, porque ¡¿CUÁNDO SE HA VISTO QUE A UN SAPO LE VAYA BIEN?! 26 Abandoné el D.C. luego de haberme despedido de la señora Blanca, quien no pudo dejar de regar algunas lágrimas por mí y por mi suerte. Volví entonces a la ciudad y con la mísera liquidación que me dieron apenas si alcancé a pagarle a la amiga de mi madre el dinero que hacía cinco meses me prestara. Y así, una vez más, volví a encontrarme como casi siempre me había encontrado durante gran parte de mi vida: en el arroyo y sin un puto peso en los bolsillos.

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27 Habrían transcurrido algo así como dos días desde mi arribo a la ciudad, cuando, una tarde, en una calle cercana a la Plaza del Libertador, delante de la iglesia de Santo Domingo, me tropecé con una pareja de colegas: Camila y su esposo Humberto. Los acompañaban sus dos hijas de 8 y 6 años. En la época de la universidad, Camila siempre estuvo interesada por mí, pero como yo no le prestara atención (y no porque no fuera bonita, sino porque entonces estaba comprometido con Sonia), se ligó con Humberto y después terminó casándose con él. Debido a ello, a mi rechazo, había desarrollado cierta velada manía hacía mi persona. Pero aquella tarde tuvo la oportunidad de desquitarse. Luego del saludo de rigor y de una breve conversación intrascendente acerca de lo grandes que estaban sus hijas, me preguntó a qué me dedicaba en la actualidad. Iba a empezar a informar a la interesada acerca de mi última ocupación (pues ahora me encontraba vacante), diciéndole, con la boca llena, que recientemente había estado trabajando nada más y nada menos que para la Dirección Nacional de Estupefacientes pero que, debido a la tremenda corrupción que imperaba allí, había decidido renunciar a mi cargo. Mas casi en seguida después, sin darme tiempo a expresar nada de aquello, anotó con un gesto de absoluto desdén: —Ah, cierto que a usted no le gusta trabajar… Y luego, sin más, ella y su marido se despidieron de mí, alejándose junto con sus niñitas como quienes se alejan de un leproso. Aquello no me habría afectado tanto si, por un lado, en casa mi madre no me hubiese escupido a la cara algo semejante pero más duro aun. —Es que usted no sabe trabajar. No se aguanta nada. Igual que su papá. ¿Cómo a mí si me tocó soportar muchas cosas que no me gustaban sólo por sacarlos a ustedes adelante? Y si, por otro lado, tampoco hubiese sostenido con Boris una larga conferencia telefónica en la que manifestara su aplastante, descorazonadora incredulidad ante mis detalladas explicaciones. —No me venga, hermano, con esos cuentos. Si, como he logrado entender, lo que usted pretende es justificar su inveterada, palmaria e inexcusable pereza para el trabajo, le advierto que se idee una salida menos reforzada, menos increíble que ese maratónico embrollo antinorteamericano, porque, sinceramente, no creo que su mamá le vaya a coger la cuerda a esas retorcidas argumentaciones que ha fraguado contra medio mundo como excusa, solamente para tirarse a la mísera calle a hacer nada, dándose el lujo de arrojar al trasto de la basura lo que en estos tiempos tan difíciles es como el oro, un oficio desahogado, con ingresos seguros y afiliación a la protección social, amén de las entradas extras por concepto de viáticos, bonificaciones y primas. Mire a ver qué se pone a hacer, marica, porque lo peor de todo es que un día de éstos su pobre mamá va a terminar por fin cansándose de mantenerlo y echándolo de su casa.

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Así que, antes de que esto pase, decido marcharme de la ciudad. Convengo con mi hermana Paula en que yo cuidaré de su casa de campo de Villa de Leyva a cambio de una bicicleta para mi movilización y de víveres para mi sostenimiento en ese lugar de las afueras del empedrado villorrio. Pienso instalarme allí y, a pesar de todo, a pesar de la estupidez y la ceguera del mundo entero, dedicarme a escribir un nuevo libro, aunque éste, como todos los demás que ya antes he garrapateado, no le guste a nadie. Me importa un bledo. ¡Que se pudran todos los habitantes del condenado planeta con todo y sus malditos cerebros de mierda! 28 Para, desde el pequeño terminal de transportes de Villa de Leyva, llegar hasta la amable casa de campo que mi hermana Paula poseía a las afueras del empedrado villorrio, había tres alternativas, cada una de ellas, según el blando criterio de un tipo «pobre pero de buena familia» como el que garrapatea estas líneas, a cual más de desalentadora: primera, tomar un taxi cuya carrera valía un ojo de la cara; segunda, subirse a uno de los baratos pero atestados y malolientes colectivos que de cuando en cuando salían para los cercanos poblados de Gachantivá y de Arcabuco; y tercera, hacer todo el camino, cinco kilómetros, y en ascenso, a pie. Aquella soleada tarde de mediados de diciembre, día de mi arribo, opté por resignarme a ésta última: prefería caminar los cinco kilómetros en ascenso, y cargando a las espaldas mi pesado morral de excursionista, a gastar en pasajes el poco dinero que llevaba encima o a viajar por unas cuantas monedas pero teniendo que soportar las incomodidades causadas por una tribu de desaseados catetos que eran los usuarios habituales de los estrechos colectivos. Entonces no se me ocurrió que había una cuarta, acaso porque resultaba menos incitante y aun más problemática e ingrata, al menos para mí, que las demás: hacer autostop. (¿He de recordar que a mí me pasa lo mismo que le pasaba a Céline y a Bukowski: que la gente, en general, me parece desagradable?) No obstante, un tipo paró su «cafetera», un destartalado Susuki LJ410 y, por voluntad propia, sin que yo se lo pidiera, se ofreció a recogerme. Había llegado a la Plaza Principal y atravesado luego Calle Caliente hasta el Parque Ricaurte, donde terminaba el empedrado y comenzaba una vía pavimentada que ascendía hacia la Estación de los Bomberos, casi un kilómetro más arriba, justamente en el lugar que se detuvo aquel representante de las buenas gentes (si las hay, cosa de la que he dudado siempre, y no sin razón) y me preguntó: —¿Hacia dónde se dirige, joven? ¿Hacia el Hipódromo? ¿Más arriba? Déjeme y lo acerco. Yo voy aun más lejos, más allá del Alto del Espino. Aunque la apariencia del tipo, de unos cuarenta y tantos años de edad, no movía de manera especial a la desconfianza, debo admitir que en un principio dudé si debía aceptar su aparentemente desinteresada ayuda: el mundo está

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lleno de pervertidos, y aunque yo jamás había sido víctima de uno, lo mejor era andarse con cuidado. En cierta ocasión, cuando Sandy era apenas un jovencito y se dirigía caminando por la carretera Panamericana hacia la mansión de las afueras de la ciudad en que vivía junto con sus padres, un tipo de un BMW se detuvo en seco a su lado y, saboreando descaradamente con la mirada el tremendo culo de Sandy enfundado en unos apretados shorts, en unos «pantaloncitos calientes» de cuadros rojos y líneas color crema, va y le dice: —Oiga, chino. ¿Es usted arriesgado? ¿Sí? Entonces súbase al carro. —Me tocó mandarlo a comer mierda —terminó de contarnos Sandy. Pero nosotros, sus amigos del barrio, comenzamos a burlarnos de él diciéndole entre sonoras carcajadas, ¡jajajajaja!, que la culpa era de los ajustados «pantaloncitos calientes», que no volviera a usarlos, porque si lo seguía haciendo, hasta nosotros, que no éramos maricas, íbamos a empezar a hacerle propuestas indecentes, parecidas a las del tipo del BMW y concluimos: —Y agradezca, huevón, que no le pasó nada, que el marica ése, provocado por semejante trasero suyo, no se bajó del carro, le destrozó los shorts y lo violó ahí mismo, en la cuneta de la carretera, ¡jajajajaja! Algo parecido, pero más desagradable aun, le ocurrió a Cindy, hermana menor de Sonia, en la época en que se encontraba con más de siete meses de embarazo de su primera hija: dirigiéndose para la universidad, aceptó el aventón de un tipo de un Mercedes Benz, quien no sólo pasó de largo al llegar a la entrada de la universidad sino que además, y al parecer morbosamente excitado por el estado de gravidez de la muchacha, empezó a insinuarle cochinadas a un tiempo que la manoseaba. —¡Oiga, ¿qué le pasa?! —le reclamó Cindy— ¡¿Qué hace?! ¡No sea cerdo! ¡Deténgase o salto del carro! El tipo, un hombre de mediana edad, correctamente vestido y con apariencia de absoluta respetabilidad, no detuvo el automóvil sino, por el contrario, lo aceleró aun más; Cindy, en un acto reflejo provocado por el espanto, abrió la portezuela y entonces el respetable degenerado, creyendo que la chica efectivamente iba a cumplir su desesperada amenaza, se asustó, frenó el carro y permitió que su preñada víctima escapara. —Bien hecho —le recriminó su hermana mayor—; eso le pasa no sólo por bruta y confiada sino también por tacaña: ¿acaso no tenía plata para el pasaje del autobús o del colectivo? —Claro —se defendió Cindy—, pero ¿quién iba a imaginarse que eso ocurriría? Sí, alcancé a dudar, a diferencia de mi ex cuñada, pero casi en seguida después pensé que después de todo yo no era tan joven como el tipo creía y que no tenía el culazo de Sandy ni la barrigota de Cindy y que por tanto no me iba a pasar nada y finalmente acepté, trepándome al mísero y desvalijado coche. Además estaba este otro hecho que me permitía sentirme tranquilo: parece ser que en este país los degenerados de la carretera viajan en autos caros.

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* El automóvil, de color amarillo quemado, estaba que se caía a pedazos, pero andaba, que era lo importante. El hombre, con la barba y la cabellera crecidas y canosas y un sombrero a lo Indiana Jones, era uno de esos individuos excesivamente sociables, que no se encuentran a gusto estando solos, que no pueden quedarse callados nunca y hablan y hablan todo el tiempo y con todo el mundo, hasta con el perro. Me preguntó de dónde venía. Se lo dije. Creía que lo hacía desde más lejos. Acaso pensó que era una especie de Salvatore Paradise, que recorría el país de extremo a extremo. Pero, no, no lo era, nunca lo había sido y nunca lo sería. No me gustaba de manera especial el viajar, y si lo hacía, era siempre por necesidad o conveniencia. Me fastidiaban los rigores propios de cualquier desplazamiento. Era no tanto un sedentario como un comodón. Además yo soy de los que consideran que con viajar no se gana nada, pues en ningún lugar del condenado planeta se libra uno de la molesta presencia de los obtusos y mezquinos seres humanos. —¿Qué está estudiando usted, amigo? —continuó— ¡Ah, ya es egresado! ¿De Agronomía? ¡Qué bien! ¡Lastima que no lo conocí antes, entonces quizá me hubiese dado un buen consejo y no hubiese perdido tanta plata! Lo decía, me explicó, porque recientemente había cometido el tremendo error de dejarse embaucar por los ineptos ingenieros de la Corporación Autónoma Regional del Departamento para implementar una nueva tecnología en el cultivo de papas que sembrara en su finca y al final, por causa de aquella misma equivocada tecnología que resultó ser un auténtico fracaso, terminó perdiendo una millonaria suma de dinero, «dinero que —según dijo— hubiera debido invertir más bien en algo así como una rubiecita del D.C., una de esas graciosas muñequitas universitarias que se prostituyen no tanto para pagar sus caros estudios como para mantener sus aun más costosos vicios». —¿No cree que habría sido algo más sensato? Por lo menos lo habría perdido con gusto y no estaría ahora tan arrepentido ni quejándome tanto. Sí, estaba de acuerdo: era mejor tirarse la plata en culos, tetas y coños que en una labor de la que uno nada sabía, pues, según pude comprender entonces, el tipo no era ni había sido nunca un agricultor sino uno de aquellos metropolitanos insatisfechos que íntimamente se sienten asqueados de la ciudad y un «buen día» deciden (alocada, irreflexivamente) «abandonarlo todo» y comenzar una «nueva vida» en el campo, una vida, creen (ingenuamente), «menos agitada», «más simple», «más saludable», «más plena», «más satisfactoria» que la que hasta ahora llevan, pero al cabo de cierto tiempo descubren no sólo que esa dulce y cándida fantasía agraria que se han forjado en sus confundidas mentes citadinas no es más que un puro cuento para bobos porque la vida en el campo es tan complicada, ingrata e infecta como en la ciudad, sino además que lo mejor habría sido haberse quedado allí, donde estaban, porque después de todo nada ha cambiado, todo sigue igual, igual de mal, porque la vida, gracias a la repulsiva raza humana, es tan

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miserable en Nueva York como en la Patagonia, en París como en Siberia, en el D.C. como en Villa de Leyva. —Piense más bien una cosa —lo consolé—: que pudo haber sido peor: de haberme conocido antes y solicitado mi consejo, hubiese perdido quizá aun más plata. —…Bromea, ¿verdad? —Déjeme por aquí, gracias. —Oiga, amigo: ¿no tiene por ahí unos pesitos con los que me colabore para la gasolina que hoy día está tan cara? Lo dicho: las buenas gentes no existen, sólo una pandilla de despreciables simios parlantes que no pueden ofrecer nada, absolutamente nada sin exigir algo a cambio. (A propósito: ¡qué equivocado estaba Darwin! ¡No somos nosotros los que descendemos del mono sino al revés! Algún día se comprobará que los monos fueron en el pasado hombres que, ahítos de ruindad, conocieron por fin la inocencia y entonces, dando un paso adelante en la escala zoológica, dejaron de parlotear y de depilarse el cuerpo y se treparon a los árboles para comerse tranquilamente sus propios piojos.) Hice como que no había entendido y, saltando del carro, me despedí: —Gracias, gracias, señor. Muy amable. Adiós. El tipo debió de arrearme mentalmente la madre. Y no lo culpo. Yo, en su lugar, habría hecho lo mismo. * La casa de campo de mi hermana Paula era una sólida y joven construcción de viejo estilo colonial, muy similar a las del pueblo, excepto que, a diferencia de éstas, su fachada no estaba pintada con los colores oficiales blanco y verde obscuro, sino con amarillo quemado (sobre los muros) y marrón obscuro (en las puertas y ventanas de madera). Poseía dos plantas; en la primera estaban el salón, dos alcobas, un cuarto de baño en medio de éstas, el comedor y la cocina; en la segunda, una especie de estudio o cuarto de estar y el dormitorio principal con retrete privado y un balcón. La circundaba un amplio terreno de verde césped de unos tres mil metros cuadrados aproximadamente, en el que había no sólo un pequeño y florido jardín colmado de plantas ornamentales sino también un gran estanque de agua amarilla con peces deformes. Lo primero que hice después de abrir la puerta principal y descargar mi pesado morral de excursionista fue desplegar las pesadas cortinas de los altos ventanales del salón para que entrara la maravillosa luz del sol de aquella tibia y clara tarde de mediados de diciembre. Luego me tumbé en el sofá forrado en cuero y lancé un gran suspiro, pensando en mi morral lleno de víveres y contemplando a través del sucio cristal de uno de los ventanales los prominentes árboles, pinos, acacias y alisos que rodeaban el terreno y la majestuosa montaña verdinegra que se alzaba por encima de sus copas y el evanescente cielo azul. ¡Bien! ¡Aquí estaba, en esta especie de paraíso! ¿Qué

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más podía pedir para que germinara por fin el gran libro lleno de rabia, rabia contra el podrido mundo, que cargaba en mis entrañas? Nada. O, bueno, casi nada. Solamente quizá dos cosillas: un poco de alcohol y un coño. Para emborracharme y follar de vez en cuando…

II La acertada profecía de Henry Miller 1 Y hallándome así, cómodamente instalado en la hermosa y segura casa de campo que mi hermana Paula poseía a las afueras del singular poblacho de Villa de Leyva, me fueron asaltando lentamente, progresivamente, como viles y sigilosas ponzoñas que actuaran sin precipitación pero de manera inevitable, las más abyectas ansias de venganza. Y no sólo eso, aun más que eso: las no menos infames ilusiones de obtener además «buen provecho» de aquélla mi venganza por venir. (Sí, ya lo ves, mi desprevenido y oligofrénico lector: ¡resulta que soy como tú, no mejor ni peor que tú, sino EXACTAMENTE COMO TÚ!) Y aunque yo era el desconocido autor de la célebre frase «¡¿CUÁNDO SE HA VISTO QUE A UN SAPO LE VAYA BIEN?!», corrí al D.C. como un tonto (como el Rey de los Alcornoques que siempre he sido —pues, aunque todos somos unos pencos, no falta el zopenco que se cree el menos penco de los zopencos, y resulta que yo soy justamente ese penco, esto es, el más zopenco de los pencos) a dármelas de Bond, de James Bond, del Agente 007 al servicio de Su Majestad la Reina, que no es otra que la mismísima ESTUPIDEZ HUMANA. El asunto de transformarme en un miserable y repulsivo soplón (que es el peldaño más bajo en nuestra particular escala zoológica) comenzó primero con ciertos amargos recuerdos que, desde mi llegada al pintoresco y adoquinado villorrio, se empeñaron sordamente, sin tregua, en atormentar el enorme orgullo de mi espíritu de artista («Todo artista es orgulloso», dice Anaïs Nin en su Diario a propósito del angustiado Antonin Artaud) hasta el punto de no dejarme trabajar en mi nuevo libro y en seguida después con la vaga, confusa, disparatada idea de que acaso mi reciente experiencia en la Dirección Nacional de Estupefacientes no era ciertamente una «bagatela» sino más bien un «obscuro filón» del que, como cualquier pobre diablo eternamente preocupado por su futuro económico, debía sacar el mayor beneficio posible, y concluyó al fin cuando, una tibia mañana de mediados de febrero, y luego de darle muchas vueltas, decidí, en un súbito arranque de locura, de desvarío, de estolidez,

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utilizar la tarjetita verde que me entregara mi tocayo Roger con el número telefónico de la Corporación Colectivo de Abogados Jaime Atehortúa Ramírez. Yo me pregunto ahora: ¿De qué nos sirve la lógica, si nos hace actuar como verdaderos zampatortas? Los abogados de aquella ONG nos «bombardeaban» sistemáticamente con dos o tres Derechos de Petición a la semana para que les informáramos acerca de tal o cual aspecto relacionado con la efectividad y/o el desarrollo del tan criticado Programa de Erradicación de Cultivos Ilícitos con el herbicida Glifosato. Las respuestas oficiales —con la adecuada y conveniente dosis de la «versión inocente de las cosas»— eran firmadas por el Gran Jefe Pluma Blanca, luego de ser elaboradas por mí o por Arturito o por alguno de nuestros compañeros de oficina y revisadas, corregidas y finalmente aprobadas por nuestro jefe inmediato, el doctor Publio Albino Huertas. Resultaba obvio que la Corporación, como muchas otras ONGs, era alentada (y acaso patrocinada) por ciertos miembros de la clase dirigente de Izquierda (situada como siempre en la «Oposición») para, según las reglas del nauseabundo juego político, «establecer control sobre las acciones del Gobierno» (históricamente de Derecha y ahora, últimamente, de Ultraderecha). Por supuesto yo no era tan ingenuo como para creer que una de las funciones primordiales de dicha organización era «salvaguardar» de alguna forma los Derechos Ciudadanos (tal como suelen pregonar quienes trabajan en «empresas» semejantes) sino más bien la de «patearles el culo a aquellos malditos hijos de puta fascistas que creían tener la sartén por el mango y hacían cuanto se les daba la gana a expensas del pueblo ignorante». En otras palabras: estaba seguro de que su verdadera meta consistía en rastrear y luego publicar ciertas «cagadas» del Gobierno para así desprestigiarlo y debilitarlo ante la adormilada, obtusa, resentida y voluble Opinión Pública con la firme esperanza de que en futuras elecciones ésta le diera por fin la espalda a la inconmovible y corrupta oligarquía pro yanqui que aquél representaba. Y razonando de tal modo fue como, esa luminosa y suave mañana de mediados de febrero, terminé convenciéndome definitivamente de que no resultaría para nada descabellado el ir a ofrecerles «por un buen precio» a aquellos buitres la valiosísima información que yo poseía. Entonces, volando alegremente en mi bicicleta azul, descendí hasta la Plaza Principal del enjalbegado poblacho en busca de una cabina telefónica. 2 Recuerdo ahora, como en un comienzo de pesadilla, mi primera visita a la Base Aérea de la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional (ubicada junto al aeropuerto internacional El Dorado), durante la cual conociera al abominable capitán Rommel Tamalameque. Era su edificio principal una moderna y amplia construcción de tres pisos, con parqueadero subterráneo y ascensor.

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—Ahorita —me dijo entonces, en su terrible lenguaje de ex militar, mi compañero de la DNE, Arturito el Amargado, mientras subíamos en aquel artefacto—, ahorita le voy a presentar a los tombos degenerados, comemierdas, soplapollas y lameculos con que tenemos que trabajar. Y a Marthica, su abogada, que está buena, pero la muy zorra ya se cree más gringa que los mismos gringos. Todavía antes me había informado que aquella base aérea había sido construida enteramente con dinero del Gobierno Estadounidense y que por ello «los gringos hijos de puta —refiriéndose en especial a los pilotos de las avionetas de fumigación, a los que calificaba como unos auténticos mercenarios sin escrúpulo alguno— entraban y salían de ella como Pedro por su casa», sin que ninguno de los miembros de la guardia nacional requisara sus maletas, en las que, si lo hicieran, «seguramente se encontrarían cosas non sanctas como armas y drogas» llevadas a y traídas de la selva, respectivamente. Descendimos en el tercer piso, en el Área de Erradicación de Cultivos Ilícitos. Ingresamos en una sala dividida en cubículos, cada uno de ellos con un escritorio y un ordenador. La mayoría de los uniformados que ocupaban éstos eran jóvenes, jóvenes sonrientes y amables a los que fui presentado por Arturito como «el nuevo miembro del Grupo de Atención de Quejas». Los muchachos, cinco en total (Molina, Llanos, Ramírez, Bengoechea y Cáceres), me dieron la bienvenida. —¿Y Tamalameque? —preguntó Arturito. —Mi capitán está en estos momentos en una reunión en la oficina de al lado —respondió el pequeño, rubio y rechoncho Molina—. Pero ya viene, no demora, doctor Arturo. —¿Y mi doctora Marthica? —Aquí estoy, Arturito —respondió una coqueta voz de mujer desde el fondo. Nos acercamos hasta una oficina cuya ubicación al final de la sala, junto a los ventanales, en la parte mejor iluminada y decorada de ésta, denotaba la importancia del cargo de quien la ocupaba. Poseía además una salida a un estrecho mirador que daba justo sobre el más o menos amplio patio de desembarque y estacionamiento de ciertas pequeñas aeronaves de transporte de materiales y pasajeros de la Policía. Mi amargo compañero me había puesto al tanto acerca del carácter de la abogada, advirtiéndome entre una suerte de bufidos de indignación: —Es una zorra interesada. Jamás me ha aceptado ninguna de las invitaciones a almorzar que le he hecho. La muy puta no se rebaja a salir con ninguno de nosotros sino que lo hace solamente con los tombos de alto rango y con los gringos hijos de puta de la Embajada. La doctora Martha, de unos treinta y cinco años de edad muy bien llevados, era una rubia peliteñida, una rubia de coño negro con un apretado y sabroso culo de campesina, las manos llenas de anillos de oro y plata y su cuerpo rezumando un almibarado perfume con cada uno de sus pausados movimientos de sofisticada y veterana pitonisa.

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—Hola, Roger. Mucho gusto —me saludó extendiéndome una de sus enjoyadas manos y sonriendo con una especie de satisfacción, de suficiencia, a un tiempo que me examinaba de arriba abajo y de abajo arriba, como si buscara alguna falta en mi traje, mi camisa y mi corbata de burócrata mal remunerado—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te va? Por alguna razón me chocó que ya desde el principio se tomara las libertades no sólo de tutearme sino además de llamarme por mi nombre de pila y no, como habían hecho respetuosamente los jóvenes agentes, por mi título universitario («Bienvenido, ingeniero»), acaso porque tal actitud denotaba un velado sentimiento de superioridad hacia nosotros los de la DNE, sentimiento derivado, por un lado, de su mayor grado de confianza, intimidad y compromiso tanto con los «dueños» de la Base como con los regentes de la misma y, por otro lado, de nuestra condición de intrusos o, en todo caso, de visitantes incómodos y, por tanto, no deseados (me pareció entonces que lo que ocurría era algo sutilmente análogo al tratamiento despectivo que se da a los inmigrantes por parte de los nacionalistas). Transcurrida la presentación, Arturito, a quien la sola visión de «su» Marthica convertía en todo un caballero galante, se deshizo en elogios hacia la facha de aquella perra vanidosa y creída. Era patéticamente enternecedor ver cómo el duro gruñón, los ojos llenos de codicia, se ablandaba como una gelatina ante la alegre y segura de sí misma bruja, quien parecía comunicarle telepáticamente y entre perversas risitas de satisfacción: «No, Arturito, no insistas, por favor. Tú ya bien lo sabes: NUNCA SERÉ TUYA. Este culo, este coño, estas tetas y esta boca chupapollas jamás serán para ti sino para, ¡oh, maldito perdedor!, quienes tanto odias». Lo que ocurría entre aquellos dos era algo así como un insano y grotesco flirteo entre un anhelante, rastrero y a la vez resignado al fracaso don nadie sin mujer (Arturito era divorciado) y una esplendorosa y altiva diosa del celuloide o del espectáculo (que era lo que se creía Marthica, ni más ni menos) entregada a toscos pero ricos príncipes del hampa. —¿Cierto que está buena la piruja? —quiso saber Arturito cuando salimos de la oficina de la abogada. —Mejores se me han caído de la cama —fue mi respuesta. —¡Uy, qué pena, don Hugh Hefner! —se burló mi compañero. —Está bien, está bien —acepté yo—. Sí, sí, está buena, muy buena. Aquella declaración lo puso contento porque confirmaba el buen gusto que él tenía a la hora de fijarse en una mujer, aunque ésta no hiciese más que reírse descaradamente de sus necias pretensiones de eunuco. (Las mujeres de la oficina, en la DNE, se burlaban clandestina e impunemente de él afirmando con risueña crueldad que el artefacto explosivo que le saltara en las manos y se las estropeara había hecho algo más y aun peor que eso, porque, ahora, Arturito era uno de aquellos pobres hombres baldados que no podían orinar sino en cuclillas, ¡jajajaja! Acaso el truculento chiste llegara hasta oídos de la deseada y a la vez vituperada Marthica, o acaso a ella misma, por su propia cuenta, se le ocurriera también una fantasía semejante a la de aquellas

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compañeras suyas del sindicato femenino y por ello pareciera enrostrarle mentalmente a su indigno admirador: «Pero ¿para qué insistes, Arturito, si de todos modos no puedes? Tú crees que puedes, pero, sinceramente, LO DUDO». Lo más curioso de todo es que, ante estas puyas inaudibles pero manifiestas bajo la superficie de una insidiosa cháchara de doble sentido, el afectado adoptaba una nerviosa, rastrera y patética actitud de «Es cierto, tienes razón, Marthica rica: no puedo como debiera, jejeje. ¡PERO, POR DIOS, DÉJAME INTENTARLO AL MENOS CON LA LENGUA!».) El capitán Tamalameque había regresado y nos esperaba en su oficina, sentado ante su escritorio y su PC abierto. —Tomen asiento, caballeros —nos pidió educadamente luego de extendernos la mano derecha, en uno de cuyos dedos ostentaba su dorado anillo de casado. «Tamalameque es un indio sacado con espejo de la selva —había comentado días antes el agrio Arturito— que sin embargo se las pica de refinado gentleman.» De mediana estatura, delgado y moreno, con una blanca y sana sonrisa de indígena masticador de hoja de coca y una turbia mirada de cacique sanguinario, el capitán Tamalameque poseía, en efecto, unos rebuscados ademanes de individuo elegante y conspicuo. —Les ruego me disculpen un momento mientras cierro este archivo, señores —nos dijo mientras oprimía delicadamente el teclado de su ordenador personal con la envanecida satisfacción de un experto en sistemas—. Ya. Ahora sí, caballeros, soy todo oídos. Fuimos presentados. —Mucho gusto, ingeniero. Bienvenido. Me preguntó en seguida después si tenía alguna duda acerca de la labor que yo debía desempeñar en el Grupo de Atención de Quejas. Yo había sido nombrado en la DNE para reemplazar a cierta mujer que por obscuras razones había decidido renunciar a su cargo como integrante de este grupo, el cual estaba conformado no sólo por miembros de la Subdirección de Asuntos Regionales y Erradicación (SARE) de la DNE sino también por efectivos del Área de Erradicación de Cultivos Ilícitos (ARECI) de la Dirección Antinarcóticos (DIRAN) de la Policía Nacional. El capitán Tamalameque era el Coordinador del grupo y nuestro trabajo conjunto consistía en estudiar y dar respuesta a las reclamaciones hechas por labriegos por presuntos daños a cultivos lícitos efectuados por o derivados de las acciones del Programa de Erradicación de Cultivos Ilícitos con el Herbicida Glifosato (PECIG), tarea que debíamos realizar siguiendo el procedimiento establecido justamente para tal fin por la Resolución 0017 del 04 de octubre de 2001 del Consejo Nacional de Estupefacientes (CNE). —Creo que no, capitán —dije yo. —Bien… —Sólo una inquietud, capitán: la Resolución 0017 establece un procedimiento para atender las quejas, pero aquí, en la Policía Antinarcóticos,

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¿cuál es específicamente el manejo que se da a los expedientes con dichas quejas? Mi inquietud no era del todo gratuita. Durante la semana de aleccionamiento en la DNE bajo la tutela de Arturito (quien había sido comisionado para tal fin por nuestro jefe inmediato), yo había estudiado concienzudamente, leyendo y releyendo, la Resolución 0017 del CNE. En el Artículo Sexto del Capítulo Primero se establece que el Personero Municipal, a quien en primera instancia se presenta la queja, debe remitir simultáneamente la queja y un acta de verificación preliminar de los hechos objeto de la misma (acta elaborada por el propio Personero y un funcionario del Instituto Colombiano Agropecuario, ICA, y/o de la Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria, UMATA, de la localidad, luego de realizada una visita de campo al lugar señalado en la queja) a la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional y copia de la queja a la DNE. Asimismo, en el Artículo Decimosexto del Capítulo Tercero, se puede leer: «…se formará, tanto en la Dirección Nacional de Estupefacientes como en la Policía Nacional – Dirección Antinarcóticos, un archivo de los expedientes que constituirá la memoria documental y probatoria del trámite surtido a las quejas.» Quise entonces echar un vistazo a estas copias de las quejas para hacerme una idea más clara del material con el cual debía trabajar, pues, durante mi primera entrevista con el doctor Huertas, me había advertido: «Lo que necesitamos de usted, como profesional del agro que es, es que sea capaz de establecer, primero valiéndose de las pruebas aportadas por los quejosos a los expedientes y luego ya in situ, si efectivamente los cultivos lícitos han sido afectados de alguna forma por el glifosato que se emplea en la fumigación aérea contra los cultivos ilícitos. ¿Se cree usted con capacidad para ello?». Dije que sí, por supuesto, aunque, como es natural, tenía mis dudas, teniendo en cuenta mi reconocida mediocridad facultativa. Luego supe por boca de mi lengüisuelto tutor que la mayoría de las quejas venían acompañadas de imágenes fotográficas e incluso, aunque muy pocas, con imágenes de video y que, tal como señalara el doctor Huertas, una de nuestras labores conjuntas con el capitán Tamalameque («titulado de Ingeniero Agrícola en una universidad de garaje o algo por el estilo», según lo que me asegurara aquél) era estudiar dichas imágenes y dar un concepto preliminar basado en ellas; en otras palabras: proveer un juicio temporal acerca de posibles daños en cultivos lícitos efectuados por o derivados de las acciones del PECIG. Por otra parte, y asimismo, quería chequear dentro de los expedientes el trabajo realizado por mi antecesora tanto para así evitarme sorpresas desagradables frente a mis compañeros de labor como para del mismo modo adquirir entonces ciertas bases a fin de imitarlo de allí en adelante y cubrir de esta manera mi absoluta impericia al respecto. Pero, para mi gran sorpresa y disgusto, Arturito explicó: «La DNE no guarda las copias de las quejas; todas las que llegan aquí se remiten inmediatamente a la DIRAN, donde reposan hasta el momento en que se decide dárseles respuesta». Y luego, en cuanto a mi pregunta de que si al menos se archivaba una copia de los conceptos técnicos de mi colega: «No, tampoco». Y en seguida después,

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respecto al paradero de éstos: «¡¿Jum?! No lo sé. Me imagino que por allá en la casa de esa vieja deben de estar». Y fue así como semejantes respuestas no hicieron más que prevenirme, a propósito del manejo de los expedientes de las quejas, que no era precisamente el más indicado ni el más diáfano. Y lo que sucedió a continuación pareció ser una revalidación de esta obscura sospecha, pues aquella franca demanda borró como por ensalmo su blanca y amplia sonrisa y pareció enturbiar aun más el brillo maligno de sus ojos de psicópata. —Yo creí que el doctor Arturo ya se lo había explicado —dijo con súbita dureza echando su cuerpo hacia atrás en su abollonada silla giratoria, a un tiempo que, con un rápido movimiento, colocaba el pie izquierdo sobre la rodilla derecha y entrecruzaba los dedos de sus huesudas y obscuras manos de indio sobre su plano y duro abdomen de joven oficial acostumbrado al ejercicio diario, exactamente como lo haría el creador de un emporio industrial, un Carlos Ardila Lülle o un Julio Mario Santodomingo: con la arrogante superioridad del rico y versado patrón que escucha con fastidio a un miserable e iletrado empleadillo que viene a importunarlo con absurdas recomendaciones acerca de la forma como se debiera manejar el negocio. Arturito me miró entre sorprendido y furioso a la vez y se apresuró a explicar a nuestro interlocutor, quien repentinamente había adoptado una enfurruñada expresión de impenetrable máscara tolteca: —Claro, claro que lo he hecho. El procedimiento es el mismo que establece la Resolución. No se por qué… —Okay, okay —cortó el capitán Tamalameque con la relajada voz del cruel tirano que en un precipitado e inexplicable arranque de benevolencia perdona la inminente ejecución de un mísero traidor—. No se diga más, entonces. A trabajar, pues. Llamó al agente Molina y le ordenó: —Muéstrele al ingeniero su sitio de trabajo. Más tarde, algún tiempo después, creí comprender por qué había actuado de esa manera: porque acaso no hay situación más desagradable e irritante para un policía de mediano rango (como él) que escuchar a un civil sin escalafón y para colmo de otro organismo (como yo) pedirle cuentas acerca de cómo se hacen las cosas al interior de la división a su cargo en el cuerpo policial. Lo que yo debía hacer, según la rígida manera de entender el mundo por parte de aquel miembro superior de una institución jerarquizada como la Policía, era estar dispuesto en todo momento y sin protestar a recibir y cumplir órdenes suyas, tal como de hecho y por obligación lo hacían quienes se encontraban directamente bajo su mando. Así, de acuerdo a su inflexible criterio de déspota, no era de mi incumbencia el modo como él manejaba los expedientes de las quejas. Yo era, o debía ser, en definitiva, otro simple y mudo peón a su servicio. En otras palabras, el sordo mensaje que entonces y aún después pretendió que yo captara fue el siguiente: «Usted, señor, limítese a hacer lo que le ordenen y despreocúpese de lo demás. ¡NO SEA LAMBÓN!»

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Aquella actitud de Tamalameque me dio mala espina. En la noche, tumbado boca arriba en la cama de mi habitación de alquiler, llegué a la reveladora conclusión de que era justamente la del rabioso autócrata que esconde alguna falta. * Arturito el Agrio me había advertido días antes: «Allá, en la DIRAN, no vamos a contar con lo que contamos aquí, en la DNE. Hay cubículos libres para nosotros, sí, pero, computadores, no, de ninguna manera. Debemos rogarle a alguno de esos hijoeputicas —a Molina el Pornógrafo, a Llanos el Gordo Lameculos (cuidado con él, es el segundón de Tamalameque), a Ramírez el Susurros, a Bengoechea el Sonrisas o a Cáceres el Fresco— para que nos permitan usar uno de los suyos y así poder realizar nuestra labor». Y tenía razón, en efecto. Pero yo me había anticipado ya a esta circunstancia y solicitado a mi hermana Paula en calidad de préstamo su viejo pero aún útil PC. Cuando, después de que Molina el Pornógrafo me señalara mi lugar de trabajo (un más o menos amplio y luminoso cubículo situado al lado izquierdo de la entrada de la oficina de la abogada), extrajera del maletín mi aparato, aquél interpeló a mi amargado compañero: —Doctor Arturo: ¿por qué no hace usted lo mismo que el ingeniero, trae su computador personal y así deja de molestarnos cada ratico para que le permitamos usar uno de los nuestros? Arturito, mosqueado tanto por la abierta ironía como por la sutil animosidad que entrañaba la pregunta, respondió al instante: —Porque el ingeniero es rico y yo en cambio soy pobre y no tengo plata para comprarme un PC. —¿Con semejante sueldazo que le pagan en la DNE y no tiene para comprarse uno? —Eso es lo que usted cree, agente. Además no tengo por qué hacerlo, pues es la DNE o la DIRAN la que tiene que proveérmelo. —Cierto que el doctor es más amarrado que cabeza de beduino. —Bueno, jalémosle al respetico, agente Molina. —Claro, capitán, digo, doctor, ni más faltaba. Qué pena con usted. Una vez instalado, vino hasta mi escritorio Ramírez el Susurros con una serie de expedientes. —Necesitamos, ingeniero, que examine las fotografías de estas quejas y nos dé un concepto preliminar. Ramírez era el encargado del Archivo de Quejas, una pequeña habitación guardada bajo llave y ubicada entre la oficina del capitán Tamalameque y mi cubículo. —Okay. Llevaba apenas una hora en ese lugar y ya estaba volviéndome gringo.

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3 No tardé en advertir que lo que me había confiado Arturito cierto día a la hora del almuerzo acerca de que, pese al terrible y molesto inconveniente de verse obligado a sacar de su propio bolsillo para sufragar el nimio valor de los pasajes de entrada y de salida de la Base Aérea, prefería trabajar en las dependencias de la DIRAN a tener que hacerlo en las de la DNE (pues detestaba a todos sus empleados en general y a los de nuestra oficina en particular), era cierto, pues, mientras yo me aplicaba a estudiar las imágenes aportadas por los quejosos a los expedientes, Arturito se pasaba casi todo el tiempo revoloteando de manera despreocupada y alegre por entre los cubículos de los sin embargo también aborrecidos agentes. A veces venía hasta mi escritorio y consultaba: «¿Cómo vamos? ¿Bien?» Y luego volvía a saltar de uno a otro como una sórdida mariposa sobre las hediondas flores de un uniformado jardín. Yo los oía perorar y carcajearse complacidos. —¡Bueno, bueno —protestaba en ciertas ocasiones, cuando se encontraba en la oficina, el capitán Tamalameque, llamando al orden—, ¿por qué tanta rochela, agentes, doctor Arturo?¡ ¡A trabajar, señores! ¡Produzcan que para eso se les paga! Arturito era el hazmerreír de la oficina de ARECI. Los agentes lo batían de forma despiadada, burlándose de su mezquindad, adjudicándole motes y conductas indignas de un hombre, menospreciando y tergiversando sus sueños. «Gasta más una marrana en cosméticos que lo que gasta el doctor —aseguraba Bengoechea el Sonrisas—. Nunca nos invita a nada. Ojalá que el ingeniero no nos salga igual de agarrado.» «¿Sabe usted, ingeniero, cómo llamamos aquí al doctor Arturo? —me preguntaba Molina el Pornógrafo— Capitán Garfio», refiriéndose a sus destrozadas manos, tan semejantes ahora a las pinzas de un crustáceo. Como aborreciera su trabajo actual y pensara retirarse algún día a la pequeña y templada ciudad de Melgar (frecuentada durante los fines de semana por las locas del D.C.) y abrir allí una heladería, Cáceres el Fresco gritaba a pulmón herido desde su cubículo donde operaba la fotocopiadora: «Doctor Arturo: ¿cuándo y dónde es que usted y su novio van abrir el Salón de Belleza?» Pero lo más curioso de todo es que, contrario a lo que pudiera esperarse, el agraviado parecía hallarse completamente a gusto siendo el blanco constante de chanzas e invectivas crueles. Lo que ocurría, al parecer, es que disfrutaba como un loco de ser el centro de atención, aunque para ello debiera representar el mísero e indigno papel de bufón. (Esto era, para mí, una señal inequívoca de que, no obstante sus continuas muestras de bravuconería, su amor propio se encontraba por los suelos.) El de Molina era el cubículo que visitaba con mayor asiduidad, pues éste guardaba allí, en su ordenador, numerosos archivos digitales con fotografías y películas pornográficas descargadas en línea desde la Internet. Cierta mañana en la que se encontraban ausentes tanto el capitán Tamalameque como la

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abogada, fuimos invitados, Arturito y yo, a la proyección del último corto bajado de la red por el acucioso Pornógrafo. —¿Quieren ver a la doctora Marthica en acción? Mírenla. Se trataba de una furcia norteamericana con cierta similitud a la aludida que, de rodillas en el aparcamiento de una deprimida zona residencial de Los Ángeles, California, y a plena luz del día, se las mamaba alternativamente a tres tipos que, de pie, sacaban sus pichas erectas por entre las braguetas de sus deslucidos pantalones. —¡Qué hijos de puta! —se maravilló Arturito—. ¡Cómo lo tienen de grande! —¿Le parece, doctor? —empezó Molina— ¿Luego usted no lo tiene así de ese tamaño? ¿No? Yo sí. —¡¿Qué haremos, pues, con don John Curtis Holmes?! —se burló Arturito. —Éste —continuó Molina señalando con un dedo—, el más grande, es el mío, este otro menos grande es el del ingeniero y el de acá, el arrugado, al que casi no le presta atención la doctora Marthica, es el del doctor Arturito. ¡Jajajajaja! En ese momento, de improviso, apareció a nuestras espaldas la abogada. Camino de su oficina, encaramada en sus altos tacones, y sin detenerse, nos preguntó con su almibarada voz de vampiresa: —¿Qué es lo que tanto miran en ese monitor los caballeros, ah? Sorprendidos in fraganti, dimos los tres una especie de brinco simultáneo. —Nada, nada en especial, doctora Marthica —respondió apresuradamente Molina a un tiempo que cerraba de igual forma el archivo—. Un video de supuestos daños en una platanera. —¿Y qué han dictaminado los expertos? ¿Que sí o que no? —En eso estamos, Marthica —puntualizó Arturito. Y, tras una relampagueante mirada de complicidad, los tres al unísono nos desternillamos mentalmente de la risa. —¡Jajajajajajajajajaja! * Al principio yo me extendía en la argumentación de los conceptos preliminares, analizaba concienzudamente fotografías e imágenes de video y elaboraba luego un informe pormenorizado de las conclusiones que extrajera de unas y otras, informes de varias páginas por cada uno de los expedientes que me pasara Ramírez el Susurros. Después, sin embargo, fui conminado por mi compañero para que dejara de hacerlo. —No es preciso, hombre —dijo con claras muestras de fastidio—, que escriba un mamotreto a propósito de cada queja. Es suficiente con media cuartilla apenas. Así lo estábamos haciendo Tamalameque y yo antes de que usted, todo regalado como es, llegara dándoselas de sabihondo agrícola. Yo había ojeado algunos de sus conceptos preliminares y, en efecto, parecían éstos más bien unos telegramas. En la mayoría de ellos empleaban

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una suerte de fórmula que rezaba algo así como: «Las fotografías —y/o imágenes de video— aportadas por el quejoso al expediente no muestran evidencia de daños causados en el cultivo por el herbicida glifosato sino los derivados de posibles ataques de plagas y enfermedades». Mas no especificaban qué plagas o qué enfermedades podrían ser eventualmente las responsables del daño en las plantas, cosa que, por el contrario, yo sí me cuidaba de exponer en los míos, movido por un elemental sentido de consideración para con el quejoso, a quien, suponía, debía entregársele una respuesta minuciosa y clara, una respuesta soportada asimismo por conocimientos científicos rotundos. Mas como indudablemente aquella desabrida y hostil invitación de Arturito terminaría a la postre ahorrándome una gran cantidad de trabajo en fatigosas consultas —«Okay. Okay»— acepté sin reticencias. * Ahora, al igual que Arturito el Amargado, tenía mucho tiempo libre, que, como éste, empleaba revoloteando por toda la oficina, deteniéndome especialmente en el cubículo de Molina el Pornógrafo. En la DNE no podía consultar las páginas Triple X de la Internet porque se me había advertido por parte de mi tocayo Roger que nuestros ordenadores eran continuamente monitoreados por el Departamento de Sistemas al mando de un ingeniero del ramo al que llamaban burlonamente Bill Gates o de modo aun más jocoso y frecuente «Vil Gay», quien al parecer realizaba informes para el energúmeno y dictatorial Gran Jefe Pluma Blanca acerca del empleo por parte de sus subalternos de aquella herramienta electrónica, con el único propósito de reprender e incluso despachar a los eventuales elementos indeseables que se la pasaran utilizándola de forma inútil o perniciosa. Así que, cada vez que me lo permitieran Molina y mi hosco compañero, satisfacía mi coartada y por ello mismo aun más acentuada hambre de porno gratuito atiborrándome de cochinas imágenes de fuerte contenido sexual descargadas de la Red, siendo mis favoritos los website que mostraran «en acción» a la extrema y guarra Belladonna. * Cierto día, recordando que en alguna parte de la Resolución 0017 (en el Artículo Séptimo del Capítulo Primero, me parece) se expresa que, dentro de los 5 días siguientes al recibo de la queja, la DIRAN deberá certificar si hubo o no aspersiones aéreas en la zona materia de la misma, me acerqué al cubículo de Bengoechea el Sonrisas para que me explicara cómo funcionaba aquello. —Mire, ingeniero —puntualizó, mostrándome en su ordenador un complejo mapa digital del país elaborado por los gringos—, en este mapa, por medio de

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las coordenadas aportadas al expediente, bien sea por el quejoso mismo o por el Personero o el funcionario del ICA o de la UMATA, yo busco el sitio en cuestión y, observando si hay o no líneas de aspersión aérea sobre la zona, puedo saber, en principio, si verdaderamente el quejoso tiene o no fundamento. Me explico —continuó, señalando unas cortas e irregulares líneas rojas, como hechas por un marcador de punta delgada con una mano un tanto nerviosa—. ¿Ve estas líneas aquí, en este lugar? Son las líneas de aspersión hechas por las avionetas de fumigación. Se colocan aquí sobre el mapa valiéndose de la información relacionada con los reportes de vuelo de localización satelital y con los registros y poligramas de aspersión. Si estas líneas se cortan, aunque no sea de manera exacta sino aproximada, con las coordenadas del sitio relacionado en la queja, ésta sigue su trámite, pero si no, en este punto concluye definitivamente. ¿Me entiende? En otras palabras: si no hubo aspersión aérea en la zona, no prospera la queja. En ambos casos la DIRAN debe informar de manera inmediata al Personero (quien a su vez informará al quejoso) y a la DNE. —En conclusión —acoté yo—: esta Certificación de Aspersión dada por la DIRAN es, en caso afirmativo, un requisito previo tanto a la elaboración de los conceptos preliminares y a la realización de la visita de campo por parte de los miembros del Grupo de Atención de Quejas como, por último, a la respuesta definitiva que se proporciona al quejoso. —Así es. —Ya. Me quedé un rato observando con detenimiento los minuciosos detalles que ofrecía el mapa digital. Bengoechea, advirtiendo mi interés, comentó: —Estos mapas elaborados por los gringos son muy buenos. Tan buenos que, a diferencia de los del Instituto Geográfico Agustín Codazzi, cada novedad se actualiza constantemente. Por ejemplo: si determinado lugar cambia de nombre o si el curso de un río es desviado, ya sea de modo natural o artificial, ellos no tardan en colocar aquí el nombre actual del paraje o el nuevo recorrido del río. Ellos conocen mejor la topografía de nuestro país de lo que la conocemos nosotros mismos. Otro tanto ocurre con los cultivos de coca. Ellos saben, gracias a las imágenes aportadas por sus satélites, qué cantidad de coca existe en el territorio nacional y en qué lugar de éste se halla exactamente. Sí, esto último ya lo sabía: es algo similar —y valga la comparación— a lo que sucede con un hacendado que conoce perfectamente su hato lechero y domina al dedillo las cifras relacionadas con el ordeño diario del mismo. —Gracias, agente. —Para eso estamos, ingeniero: para servirle. Volví a donde Molina el Pornógrafo. Había visto ya un video de la sucia Belladonna y el matador Nacho Vidal y ahora quería disfrutar de otro de la misma desinhibida zorra y el más «talentoso» y renombrado Rey del Porno: el espaguetini Rocco Siffredi.

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* Y así me la pasaba yo, trabajando descansadamente, hasta que llegó el día en que empecé a comprender la clase de asunto en que me había metido y a repetirme entonces para mi capote, a manera de vano y estúpido consuelo, que, a diferencia de todos los demás implicados en aquél, menos mal aún no tenía ni un hijo siquiera al que debiera rendir cuentas o darle un poco de ejemplo. 4 A pesar no sólo de que recién llegado a la DNE fui informado por Arturito acerca de que en el Archivo de la DIRAN se acumulaban más de mil expedientes de quejas que esperaban una pronta respuesta y de que día a día este número aumentaba pues no cesaban nunca de afluir merced a la ininterrumpida acción del PECIG en toda la nación sino asimismo de que ahora yo contaba más de un mes en las filas del Grupo de Atención de Quejas de ARECI y siempre sin realizar mayor cosa, no se me ocurrió pensar que «algo no marchaba bien» (sin duda mi entonces desmedida afición al porno me estaba sancochando la nimia porción de cerebro que aún me quedaba funcionando con cierta eficacia) sino hasta cuando el capitán Tamalameque, Coordinador del Grupo, decidió programar una visita de campo al Departamento del Tolima para el día 30 de julio con el propósito de «resolver» cierta cantidad de quejas cuyos expedientes, extrañamente, Ramírez el Susurros había mantenido totalmente ajenos a mi conocimiento. Hasta entonces el único hecho de relevancia que había desempeñado como «experto» de la DNE había sido la visita de campo a cierta vereda del poblado de Mercaderes, Cauca, para atender la queja de una señora llamada Leonor Monsalve, quien alegaba daños absolutos en sus cultivos de plátano (6 hectáreas) y cacao (2 hectáreas) y quien junto con su abogado había estado presionando a la DIRAN con objeto de que «de acuerdo a la ley se le pagara por dichos daños». Aquella fue la primera vez que me subí en una avioneta monomotor y que, colgado allí sobre las nubes dentro de ese inestable aparato volador, experimentara una vez más la cobardía y la insignificancia de todo ser humano. Viajé cagado del susto y diciéndome para mis adentros todo el tiempo: «¿Cuándo se irá a caer esta mierda al suelo?», mientras tembloroso y con los huevos subidos hasta la garganta observaba hacia abajo, hacia el paisaje entonces minúsculo, por una de las pequeñas ventanas, en un arrebato masoquista. Y cuando aterrizamos por fin, sin un solo contratiempo, en la pista del aeropuerto de Popayán, a poco estuve de aplaudir ruidosa y vehementemente, igual que un chico idiota o un adulto con retraso mental tras la forzada culminación de un arriesgado lance del héroe en una de aquellas disparatadas, inverosímiles películas de aventuras hechas por pelmazos como Steven Spielberg y sus émulos en esa fábrica de engendros que es Hollywood, aliviado y feliz. (Ya preveo, despistado lector mío, tu insensata y a la vez lógica

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—¡qué paradoja!— admonición: «Si Steven Spielberg es un idiota, ¿POR QUÉ ENTONCES HA GANADO TANTO DINERO CON SUS FILMS?». A la que replico categóricamente y sin ambages: «En primer lugar: si la inteligencia de un individuo se mide por su capacidad para acumular dinero, entonces Albert Einstein es en la Historia de la Humanidad uno de los tipos más brutos que han existido. Y en segundo lugar: si Steven Spielberg ha ganado mucho dinero con sus películas, es por la única y sencilla razón de que ha contado con la suerte de que el público que las ve es TANTO O MÁS IDIOTA QUE ÉL».) —Por esta vez, por ser la primera —me había informado mi huraño tutor—, voy a ir con usted, pero las próximas veces tendrá que hacerlo solo, en compañía de Tamalameque, ¿entendido? Nos acompañó entonces un gringo rubio y delgado, de mediana estatura, más o menos de mi edad, que no sé qué obscura labor cumplía en la Embajada Estadounidense. El tipo era conocido de Tamalameque, lo llamaba familiarmente por su nombre, David, y no era al parecer la primera vez que viajaban juntos. Hablaba bastante bien el español y su actitud era la de quien es comisionado por el patrón «para que le dé una vuelta a la finca»: una prueba de ello era que hacía preguntas a Tamalameque de una forma que recordaba la altanería y suficiencia de un capataz frente a un jornalero. —Y esa vieja ¿quién es? —preguntó a éste cuando, ya dentro de la cafetería del aeropuerto, nos dirigíamos hacia la mesa a la que se encontraban sentados la señora y su abogado. Yo, entonces, me indigné: «Y este hijoeputica ¿con qué derecho se atreve a llamar de esa forma tan despectiva a la señora? ¿Quién se cree que es? ¿Por qué más bien no se devuelve para su puta tierra y trata mal a las perras soplapollas que son su madre y sus hermanas?». Pero, como buen cobardica, me quedé callado y no dije nada. La señora Leonor era una mujer de mediana edad, de piel morena, cabello negrísimo, mirada un tanto esquiva y estatura más bien baja. Poseía unos ademanes tímidos y sonreía nerviosamente, sin ton ni son. Comprendí entonces que nuestra presencia la intimidaba. Había escuchado en silencio y condescendientemente los nombres de los miembros de las ilustres y rimbombantes entidades que conformaban aquella «comisión de verificación de daños» —capitán Rommel Tamalameque y agente Miguel Ramírez, de la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional, mister David Tombs, de la Embajada de los Estados Unidos de América, y doctor Arturo Roncancio e ingeniero Roger Rodríguez, de la Dirección Nacional de Estupefacientes— y había quedado mentalmente boquiabierta, maravillada de que a su caso (el ridículo caso de una insignificante provinciana) se le concediera tanta importancia y se le prestara tanta atención, porque ahora Tamalameque le estaba explicando que habíamos viajado desde el lejano D.C. hasta allí con el único y exclusivo propósito de constatar in situ si efectivamente tenían fundamento las reclamaciones de ella y su abogado. (Era éste un hombre de cierta edad, como lo evidenciaban su cabello cano y su también obscura piel un tanto arrugada, profesional de medio pelo ataviado con ropas humildes y tan

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tímido, callado, deferente y respetuoso como la mujer a quien representaba.) (¡Ah, pobres infelices!, no pude dejar de compadecerme entonces.) Antes de partir hacia Mercaderes decidimos almorzar fuera del aeropuerto en un restaurante cercano mientras los encargados de la pequeña aeronave la preparaban para volar de nuevo. El restaurante, que era más bien un asadero, se encontraba casi lleno y sus empleados demoraron en traer a la mesa nuestros pedidos, tanto que, a una llamada al teléfono móvil de Tamalameque por parte de sus colegas de la avioneta informándole que ésta ya se encontraba lista, debimos ponernos en pie y, sin haber probado un solo bocado de comida, solicitarle al conserje que empacaran nuestros almuerzos en recipientes desechables ya que nos marchábamos de inmediato. Cada cual pagó su orden. Tamalameque se burló de mí porque había pedido una bandeja paisa sin fríjoles. —¿Qué es, señores, una bandeja paisa sin los fríjoles? —se rió con su magnífica dentadura de chacal y Arturito le hizo el coro. Todos comimos en la aeronave durante el viaje, excepto Ramírez el Susurros, a quien lo había atacado de pronto un fuerte dolor de estómago (después, ya de vuelta en Bogotá, se supo que padecía apendicitis). Tras algo así como quince minutos de suave y sereno vuelo estuvimos en Mercaderes y al cabo de otros cinco empezamos a sobrevolar la finca de la señora Leonor, ubicada con las coordenadas proporcionadas por ella y su abogado al expediente, que Ramírez había sacado del Archivo y traído consigo por órdenes de Tamalameque. El piloto dio varias vueltas en redondo a ésta para que pudiéramos observar los supuestos daños en los cultivos de plátano y cacao, afectados según la quejosa por la deriva o efecto de arrastre (desplazamiento del agroquímico ocasionado por el viento) resultante de la aspersión aérea hecha con el herbicida glifosato en desarrollo del PECIG el día 12 de febrero a un cultivo de coca instalado vaya el Diablo a saber por quién en un despoblado terreno cercano. Vimos cómo algunos chiquillos salían corriendo de las viviendas del lugar y se detenían en medio del campo a contemplar aquel aparato volador que hacía sobre sus cabecitas un ruido de mil demonios, preguntándose acaso si no sería una avioneta de la Policía Antinarcóticos que regresaba a echar una vez más aquel veneno sobre las plantas proscritas. Posibilidad nada descabellada si se tenía en cuenta que, no obstante la reciente aspersión, el cultivo de coca aparecía prácticamente intacto, mientras en las plantas de la señora Leonor los daños eran evidentes. —¿Qué opina usted, ingeniero? —me preguntó de súbito, a bocajarro. Hermam me había recomendado que en tales visitas de verificación de daños me abstuviera de dar a los quejosos la más mínima respuesta u opinión comprometedora, que la evadiera explicándoles que los fallos a sus solicitudes de reposición de cultivos no sólo no dependían únicamente de mi concepto sino también del de cada uno de los miembros de la comisión (también conformada, algunas veces, por un funcionario del ICA), sino que aquéllos eran sellados de manera conjunta por el Jefe del Área de Erradicación de Cultivos Ilícitos ARECI de la DIRAN y el Director de la Subdirección de Asuntos Regionales y

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Erradicación SARE de la DNE durante un Comité de Quejas que se celebraba cada cierto tiempo. Así que, hieráticamente, yo contesté: —A su debido tiempo se le informará cuáles fueron las conclusiones de esta visita de verificación de daños. Cuando, transcurridos algunos minutos, decidimos regresar a Popayán, la señora Leonor, mareada por las bruscas maniobras que tuvimos que hacer sobre su finca, empezó a vomitar en una bolsa plástica y no paró de hacerlo hasta nuestro arribo a la ciudad, donde descendió de la aeronave limpiándose la boca con un pañuelo blanco y mostrando en su rostro una sudorosa palidez de cadáver. Arturito, morbosamente complacido con el percance de la dama, reía por lo bajito. —¡Jijiji! ¡Pobre vieja hija de puta! Y cuando, ya de regreso al D.C., se comentó en la avioneta lo sucedido a aquélla, Tamalameque sentenció: —Eso le pasa por andar quejándose. Y todos soltamos al unísono una tremenda carcajada de gozo despreciativo, pues hasta el gringo sabía que en este país no hay personas más aborrecidas e insultadas que el sapo y el que se queja. —¿Y cuánto es lo que la vieja pide? —preguntó. —Algo así como sesenta millones —respondió Tamalameque. —Está loca —bufó el gringo— si cree que le vamos a pagar toda esa plata. Ya que tanto el financiamiento como la ejecución del PECIG estaban en general a cargo del Gobierno Estadounidense por intermediación de su embajada en el país, era éste el que asimismo proveía los recursos necesarios para la reposición de cultivos lícitos de labriegos locales que se vieran eventualmente afectados como consecuencia directa de las acciones de aquél. Al día siguiente fui requerido por el doctor Huertas en su oficina. Quería saber qué pensaba del caso. —¿Hay o no fundamento para pagarle a la señora? —De acuerdo a las pruebas fotográficas y a la visita de verificación de daños, que no son del todo concluyentes debido tanto a la no muy buena calidad de las imágenes como a las condiciones en que se efectuó la visita pero que permiten más que un atisbo de duda y ya que la duda favorece al quejoso, yo creo que sí. —Pero es que esa señora está pidiendo demasiado… Comprendí entonces, cabalmente, por dónde iba la cosa. Mi jefe esperaba que yo, su subalterno «cualificado», le proveyera cualquier hecho atenuante que mitigara de manera ostensible las pretensiones de la quejosa. Y eso hice. Para eso estaba, ¿no? Para defender la causa. Por suerte no debía para ello valerme de falsedades sino de hechos ciertos sacados del simple estudio del expediente. —Sí —corroboré yo—. Tanto más si se tiene en cuenta que, por ejemplo, el cultivo de plátano presenta además síntomas de enfermedades como Sigatoca Negra y Mal de Cigarro y otras causadas por deficiencias nutricionales severas. A esto se une el hecho de que la señora reclama el pago de la reposición de un

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cultivo completamente tecnificado cuando en la realidad hay evidencias de que se trata de una plantación con mínima inversión en este rubro. Por otra parte, en el caso del cacao, ocurre otro tanto. El informe de la UMATA señala que no se aplican insecticidas ni fungicidas ni otro agroquímico, excepto abono Triple 15 en cantidades de 300 gramos por planta al año. A mi jefe le brillaban los ojos de satisfacción. Durante el próximo Comité de Atención de Quejas, me instó, debía exponer semejantes conclusiones. —Sí, señor. —Muy bien, Roger, muy bien. Es todo por el momento. * El día 29 de julio llegamos, no directamente a Tolima, sino a Huila, y aterrizamos en lo que a todas luces era una pista militar a las afueras de la ciudad de Neiva. Esto se debía a que la base de operación del PECIG de aquella zona se encontraba precisamente en Neiva. Las otras, distribuidas por todo el país, eran las siguientes: en el Norte, Valledupar (Cesar), Cúcuta (Norte de Santander) y Caucasia (Antioquia), en el Occidente, Popayán (Cauca) y Tumaco (Nariño), y en el Oriente, Tame (Arauca), Apiay (Meta), Larandia (Caquetá) y San José del Guaviare (Guaviare). Entonces había viajado en compañía de Tamalameque y su segundón, Llanos el Gordo Lameculos. Era un tipo tan moreno como su jefe y con una mirada tan matrera como la de éste pero, como su apodo lo indicaba, muchísimo más gordo que cualquiera de los otros agentes. En realidad parecía un batracio obeso, ni más ni menos. Tamalameque, que desde que salimos del D.C. había dado muestras de un silencioso malhumor, me hizo entrar en una habitación de un pequeño edificio situado a algunos metros de distancia de la pista y luego se marchó, dejándome solo. Descargué mi maleta, sin saber qué hacer. Había allí una mesa y unas sillas y pegados en las paredes algunos mapas de la zona. Me senté a esperar. Era una tarde calurosa. Al fin, luego de un rato, apareció Tamalameque. Tamalameque El Flaco acompañado por Llanos El Gordo. Laurel y Hardy. Sólo que morochos. Y aindiados. Y, sobre todo, nada divertidos. —¿Cuál es el plan a seguir ahora, capitán? —pregunté ingenuamente yo. —¿Qué plan? —contestó casi de mala manera, como si se tratara de una pregunta estúpida o algo así— ¿De qué habla? Ya desde el primer día, el día que nos conocimos, noté que yo no le había caído bien a Tamalameque y luego, durante el tiempo que siguió a partir de entonces hasta hoy, que, como se dice vulgarmente, «me mascaba pero no me tragaba». ¿A qué se debía esto? Pues simplemente a una razón: a que yo no le inspiraba ninguna confianza. Al igual que nunca había inspirado ninguna confianza a aquellas personas revestidas de cualquier tipo de autoridad, pues

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éstas, más pronto que tarde y de forma certera pese a mi natural circunspección, terminaban descubriendo en mí a una especie de contradictor silencioso, de callado enemigo de la obediencia. Tal vez fuera que yo no me preocupaba lo suficiente por ocultar en el espejo de mis ojos el brillo enorme de mi alma insumisa y antigregaria y que por ello fuese rápida y oportunamente desenmascarado y repudiado por el «sátrapa» de turno. En fin, lo cierto es que ahora yo estaba en el sitio equivocado al lado de la gente equivocada y que de aquello no podría salir nada bueno sino discordia. —Me refiero, capitán, al plan de trabajo. Aún no lo conozco. —Hoy, más tarde, lo instalaremos a usted en un hotel de la ciudad, y mañana saldremos a terreno. ¿Okay? —Muy bien. Mientras tanto, ¿podría revisar los expedientes de las quejas que mañana vamos a verificar? —Llanos… —¿Sí, señor? —Déjele ver al ingeniero los expedientes. Llanos los sacó de su alargada y verde tula de viaje y los desparramó sobre la mesa. Al cabo de un minuto volví a encontrarme solo en la habitación, sentado a la mesa, tomando apuntes con un esfero Kilométrico de tinta negra en mi manoseada libreta de amarillas hojas con cuadrícula y soportando, sin ventilador ni refresco a la vista, el opresivo calor de la tarde veraniega. Y entonces, mientras estudiaba rápidamente cada uno de los expedientes, creí comprender por qué Tamalameque había decidido adoptar frente a mí durante esta comisión una actitud a todas luces pendenciera. Su comportamiento se asemejaba al del chico que es descubierto por su hermano menor en alguna falta y para evitar que éste le exija molestas explicaciones, asume una intimidante postura de rajabroqueles, como si le advirtiera telepáticamente: «No te atrevas a decirme nada, renacuajo, porque entonces te parto la cara». En otras palabras: la misma intemperante actitud del poderoso y equipado déspota frente al desguarnecido e inerme defensor de los derechos humanos. 5 Para los fines que estime pertinentes, pongo en conocimiento de usted algunas de las serias irregularidades que se vienen presentando al interior del Grupo de Atención de Quejas del Área de Erradicación de Cultivos Ilícitos de la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional, con relación al Procedimiento establecido por la Resolución 0017 del 4 de octubre de 2001 del Consejo Nacional de Estupefacientes para la atención de quejas por presuntos daños a cultivos lícitos por acciones del Programa de Erradicación de Cultivos Ilícitos con el Herbicida Glifosato.

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En primer término, cabe señalar que, hasta el envío del Oficio SARE 405 del 12 de octubre de 2004 al Jefe de ARECI, en el que se solicita que el funcionario de la DNE (este facultativo) conozca a su debido tiempo los antecedentes de las quejas que se pretenden verificar, a fin de estudiarlos con el debido rigor profesional, era práctica consuetudinaria del Coordinador del Grupo de Atención de Quejas de ARECI (capitán Rommel Tamalameque) hacer entrega de los expedientes a este funcionario solamente hasta cuando se encontraba ya en el sitio objeto de la visita de campo. Tal situación, que implícitamente altera el adecuado desarrollo de una tarea tan importante, ocurrió en las visitas efectuadas al Departamento de Tolima el 30 de julio de 2004 y al Departamento de Norte de Santander el 9 de septiembre de 2004, y sólo comenzó a corregirse (por iniciativa de este funcionario y no del Coordinador del Grupo de Atención de Quejas, en quien recae totalmente la responsabilidad de dirigir el proceso de coordinación) con motivo de la visita de campo programada para el presente mes de diciembre al Departamento de Putumayo. Ahora bien, luego de revisar los doscientos ochenta y cuatro (284) expedientes (resumidos en el Anexo 1 del presente informe) de las quejas que se pretenden verificar en dicho Departamento (procedimiento previo a la visita de campo que este funcionario logró realizar por primera vez y sólo gracias —itero— al Oficio SARE 405 del 12 de octubre de 2004 dirigido al Jefe de ARECI), se pudo constatar la serie de desproporciones que se reseñan a continuación: 1) Como es bien sabido, la Resolución 0017 del 4 de octubre de 2001 en su Artículo Séptimo señala que cinco (5) días después de recibida la queja por parte de la DIRAN, se debe expedir una Certificación de Aspersión en la zona materia de la queja, para así dar comienzo al trámite de la misma. En el caso de las quejas de Putumayo, estas certificaciones se expidieron entre el 29 de mayo de 2004 y el 26 de octubre de 2004 (como consta en los expedientes), es decir, entre 150 días (5 meses) y 990 días (33 meses) después de ocurridas las supuestas aspersiones, las cuales se presentaron entre el 24 de noviembre de 2001 y el 11 de junio de 2004 (ver Anexo 1). Lo anterior significa, en primer lugar, que no se dio cumplimiento, ni siquiera de una forma aproximada, al mencionado artículo de la Resolución, y, en segundo lugar, que el trámite de las quejas sólo comenzó hasta después de expedidas las certificaciones de aspersión, viciando por completo el normal desarrollo del mismo y haciéndolo ineficaz por la no observancia de los términos dictaminados por la norma, pues, en la casi totalidad de los casos, sólo hasta el día 23 de junio de 2004 se expidieron los Autos de Admisión de las quejas, lo que denota, por un lado, que sólo hasta esa fecha se les reconoce a la gran mayoría de los quejosos que sus reclamaciones van a ser investigadas y, por otro lado, que el trámite de las mismas se ha postergado inexplicablemente hasta un término en que las afectaciones denunciadas en sus cultivos lícitos ya no son comprobables. 2) Es así como en doscientas cuarenta y ocho (248) quejas (equivalentes al 87,32%) hay una diferencia entre la fecha de la supuesta aspersión y la

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fecha de la visita de verificación programada por la DIRAN, de entre quince (15) y treinta y cinco (35) meses, por lo cual este profesional conceptúa que es imposible determinar si hubo o no daños en cultivos lícitos por acción del herbicida glifosato empleado en el PECIG y que, desde el punto de vista técnico, la visita de campo resulta inoficiosa, toda vez que tampoco cumple, ni siquiera de una forma aproximada, con el objetivo del Artículo Octavo de la Resolución 0017. 3) En el Anexo 2, se relacionan las quejas del Departamento de Putumayo en las que se aportan pruebas fotográficas que, en criterio de este funcionario, muestran daños en pastos por efecto de herbicida, posiblemente derivados de las acciones del PECIG en la zona certificadas por la DIRAN, pero por el tiempo transcurrido entre la fecha de la supuesta aspersión y la fecha de la visita de campo programada, resulta imposible determinar si las quejas poseen o no fundamento, haciendo, como ya se ha dicho, técnicamente ineficaz la inspección proyectada. 4) En consonancia con lo expuesto en el acápite anterior, y dado que, por una parte, las fotografías aportadas al expediente por los quejosos no constituyen una prueba definitiva y concluyente y que, por otra parte, las mismas pueden prestarse para equívocos de carácter técnico, se hace necesario, justamente, que la visita de verificación de las quejas se haga en el plazo establecido por la Resolución 0017 a fin de poder comprobar, al menos con meridiana precisión y basándose en parámetros de orden técnico y no presuntivo o especulativo, si hay o no fundamento en las reclamaciones de los ciudadanos supuestamente afectados en sus cultivos lícitos. En segundo término, es preciso subrayar que similares anomalías a las reseñadas hasta aquí, y con similares consecuencias, se presentaron anteriormente en las quejas de los Departamentos de Tolima (Anexo 3) y de Norte de Santander (Anexo 4), lo cual demuestra que la falta de rigor en el desarrollo y acatamiento del Procedimiento establecido por la Resolución 0017, ha sido, durante el escaso tiempo que este profesional lleva desempeñándose como funcionario de la DNE, una lamentable constante al interior del Grupo de Atención de Quejas de DIRAN-ARECI. Por todo lo expuesto con antelación, este funcionario, no ya sólo como profesional, sino también como sujeto moral, ético y espiritual, considera que el manejo que se está dando por parte del Grupo de Atención de Quejas de la DIRAN-ARECI al procedimiento establecido por la Resolución 0017, no se ajusta al cumplimiento, ni siquiera aproximado y razonable, de los objetivos para la cual fue creada. Asimismo, en su criterio particular, no duda en sostener que, actualmente, el procedimiento de atención de quejas se encuentra sumido en la esterilidad, merced a las acciones y omisiones de los miembros del Grupo de Atención de Quejas de DIRAN-ARECI, y que, mientras las irregularidades expuestas en el presente informe persistan sin dárseles la solución que ameritan, su concurso en las visitas de campo programadas, no contribuye, desde un punto de vista profesional y técnico, ni a subsanar los desaciertos develados (de los que, por

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lo demás, no es de forma alguna responsable) ni a determinar si las reclamaciones poseen o no fundamento. Anexo: Lo enunciado en 30 folios.

* Alcahuete como de hecho lo era el maldito de los obscuros y sucios tejemanejes expuestos en este informe (que yo habría de entregarle en sus propias manos, aunque no precisamente ahora sino al final del año y con el cual habría de terminar limpiándose el culo), Huertas se encontraba, a mi regreso al D.C., ostensiblemente preocupado por lo que pudiera pensar a propósito, pues, a primera hora de la mañana de aquel lunes, me citó en su oficina con objeto de sondear el terreno y saber dónde pisaba y a qué atenerse con respecto a mi persona. —¿Cómo te fue por Neiva, Roger? —Bien, doctor. —Todo bien, pues. —Sí, señor. —¿Fueron hasta Chaparral y San Antonio? —Sí, señor. —Y ¿qué encontraron? —Algunos lotes siguen cultivados con amapola. Otros están completamente abandonados. —¿Algo más? —No, señor. Omití entonces el altercado con Tamalameque, quien, tras un nuevo regreso a la habitación, permanecía fiel a su pueril estrategia de mostrarse todo el tiempo con «cara de no muy buenos amigos», con «cara de bulldog», estrategia que en lugar de mantenerme a raya y en silencio, como sin duda pretendía ser su objeto, terminó paradójicamente por llenar mi espíritu de una acusada sensación de hartazgo que concluyó al fin tras el súbito quebrantamiento de mi cobarde mutismo. —¿Puedo saber una cosa, capitán? —le pregunté de pronto, a bocajarro. —¿Ah? ¿Qué? —¿A qué hemos venido a Neiva? —¿A qué se refiere? —Me refiero a que esta visita de verificación de daños al Departamento del Tolima se realiza 20 meses después de haberse efectuado la aspersión aérea en la zona y que ahora, en este momento, obviamente no podremos constatar nada de lo que reclaman los quejosos. Acostumbrado como estaba en su cuerpo a defender lo indefendible, valiéndose para ello de lo que fuera, hasta del argumento más absurdo, exclamó de inmediato:

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—Si a usted le parece inútil su presencia aquí, ingeniero, lo mejor entonces es que se devuelva para Bogotá. Lento como soy para reaccionar a un contraataque, no supe qué decir, pues, la verdad, no me esperaba semejante respuesta. Guardé un penoso silencio y no se dijo nada más hasta algo así como una hora antes de que finalizara la tarde, cuando, no obstante lo ocurrido y de forma igualmente inesperada, Tamalameque me invitó a que diéramos una vuelta por las instalaciones de la base aérea «para que yo conociera las avionetas de fumigación». Ahora, en este momento, y visto lo visto, pienso que tal invitación fue hecha adrede con el único y malicioso fin de ponerme a prueba y estudiar mi reacción. Huertas prosiguió con su insidiosa pesquisa. —Y bueno, Roger, ¿de casualidad viste, no sé, algo que te llamara la atención? Estaba claro que Tamalameque y Huertas se habían comunicado telefónicamente al término o en el transcurso de la visita de campo, porque esta pregunta no era en modo alguno gratuita. —No, doctor. No. Nada en especial —negué con bien calculada indiferencia, como si yo no barruntara siquiera las connotaciones de aquella aparentemente inocua consulta con lo sucedido al final de la tarde durante el impensado «paseo didáctico» que sospechosamente me ofreciera Tamalameque por las instalaciones de la base aérea donde se hallaban no sólo estacionadas algunas de las avionetas de fumigación sino además ubicado el tanque donde se preparaba la mezcla empleada en la aspersión área. Precisamente junto a éste, en una suerte de pequeño depósito de materiales desechables cuya puerta hecha apenas con delgadas barras de hierro se encontraba inconvenientemente descubierta, podían verse numerosos recipientes de plástico vacíos de un litro de capacidad de un herbicida QUE NO ERA JUSTAMENTE GLIFOSATO. —Y esto —inquirió Tamalameque, tomando con una de sus huesudas manos uno de los tarros desocupados en cuya etiqueta se podía leer claramente palabras como «CONTROL», «herbicida de contacto», «categoría toxicológica II»— ¿qué es? ¿Y qué hace aquí? Como eran preguntas que más bien debiera responder él mismo, yo me hice el loco, encogiéndome de hombros y desentendiéndome por completo del asunto, aunque sin conseguir dejar de exclamar fríamente para mis adentros: «¡Qué malditos hijos de puta!», porque hasta para un tipo como yo, un facultativo mediocre como yo, resultaba evidente lo que estaban haciendo. —Muy bien —concluyó Huertas, aliviado de saber que, si bien yo no era uno de los «suyos» como Arturito, por lo menos tampoco era uno de aquellos «insufribles quijotes sin seso que andan metiendo sus narices donde nadie los llama»—. Espero tu informe. —Sí, señor. *

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El viejo zorro taimado me quería casi como a un hijo y la añosa dama necesitada de amor y hasta de sexo como a un hombre, y ambos, cada cual a su manera, se preocupaban por mí. Acaso tanto como el padre y la viuda tía enamorada de un chico perteneciente a una bárbara tribu del África que conmovidos se acercan a hurtadillas a la estera ensangrentada para ver cómo se encuentra aquél después de la trascendental ceremonia en que se le ha practicado la circuncisión y ha dejado así de ser un niño para convertirse en un hombre. Indudablemente sospechaban que en esta salida yo había sido «desvirgado» y como los espoleara el morboso pero también natural anhelo humano de conocer tanto los pormenores del suceso como las consecuencias del mismo, me invitaron a almorzar lejos de la oficina, en un restaurante costeño próximo a la Universidad Nacional. Fuimos en el viejo y desvencijado carro de Amalia. —Y bueno, chico, ¿cómo te fue por allá por Neiva? Mientras nos echábamos entre pecho y espalda el sencillo plato del día (mojarra frita acompañada de ensalada de verduras, arroz y patacones), satisfice de buen agrado sus deseos relatando en primer lugar lo sucedido con Tamalameque y los expedientes. —Supongo que esta mañana cuando te llamó a su oficina no le comentaste nada al respecto al doctor Huertas… —me previno Amalia—. ¿No? Bien. Hiciste bien. Porque ya te imaginarás que el Arturo ése y el doctor Huertas son cómplices de Tamalameque. ¿Sí? Claro. Ni bobito que fueras. Y todo por no crearse problemas con los gringos de la Embajada, por llevarse bien con ellos. Además para el doctor Huertas los quejosos son algo así como ciudadanos de quinta categoría, míseros provincianos a los que se les puede tomar el pelo, y hasta se ha atrevido a decir que son, al igual que los cultivadores de coca y de amapola, unos delincuentes porque, a pesar de conocer las actividades ilegales de éstos, no se atreven a denunciarlos. ¡Como si fuera tan fácil hacerlo! Algunas veces, en el pasado, tuve fuertes discusiones con él justamente por eso, porque yo, sin tener nada que ver en el asunto, le hacía una que otra observación acerca del manejo de las quejas. Pero ¿sabes lo que casi siempre me respondía? Me respondía que lo mejor que podía hacer era preocuparme por mí misma y mi familia y dejar que los demás se jodieran. ¿Ves, chico? Y eso que ahora yo no sé de qué se las viene a dar, porque recién llegado aquí, a Bogotá, ¿te acuerdas, Rogercito?, el doctor Huertas era apenas otro provinciano originario de la Costa Atlántica, y para colmo mal hablado y aun peor vestido. ¿Te acuerdas, Rogercito, de esos trajes pasados de moda y de colores chillones con los que llegó y que a todos nos causaban tanta risa? ¡Jajajaja! ¿Y sus zapatos? Unos zapatones rojos como estas mojarras y tan viejos que se caían a pedazos. Pero eso ya lo ha olvidado y ahora que se le ha subido el cargo a la cabeza se las pica de quién sabe qué cosa. Luego pasé al asunto del herbicida. Amalia comenzó entonces a menear negativamente la cabeza, como indignada, pero Roger, más reflexivo que emotivo, tenía sus dudas.

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—Déjame, tocayito, ser abogado del Diablo. ¿No será que, contrario a lo que tú dices, no están reemplazando el glifosato por otro herbicida de mayor toxicidad, sino más bien revolviendo éste con aquél para que el efecto de la mezcla sea mayor? —No, desde luego que no. Y te voy a indicar por qué no es posible lo que tú dices. En primer lugar, déjame exponerte cómo funciona el glifosato. El glifosato es un herbicida sistémico. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que actúa en toda la planta, al contrario de un herbicida de contacto, que actúa sólo donde cae. Me explico. El glifosato, una vez aplicado sobre la planta, es absorbido por hojas y tallos verdes (sanos, no atacados por plagas o enfermedades o deficiencias nutricionales o sequía) a través de una especie de poros denominados estomas y mediante el proceso de difusión (que es pasivo, es decir, durante el cual no hay gasto de energía por parte de la planta), y luego translocado (transladado y localizado) por la savia elaborada o descendente hacia las raíces y órganos vegetativos subterráneos, ocasionando finalmente, al cabo de 15 a 20 días, la muerte total de la planta. Ahora bien: ¿qué hace el herbicida de contacto? El herbicida de contacto cae sobre la planta y donde cae empieza inmediatamente a actuar, destruyendo (quemando como se dice vulgarmente) las estructuras aéreas (hojas y tallos) de la planta. De tal manera que si tú revuelves un herbicida de contacto con uno sistémico estás cometiendo una verdadera estupidez, porque el herbicida de contacto está quemando el follaje y con él los estomas y por tanto afectando la penetración y la acción del herbicida sistémico. En otras palabras, estarías botando plata a la basura, la plata que inviertes en el herbicida sistémico. ¿Me entiendes? —Bueno, más o menos. —Despreocúpate, tocayo. Te lo explico de otra forma. Para que un herbicida sistémico como el glifosato actúe eficientemente sobre una planta (en este caso ya sea de coca o de amapola), necesita ciertas condiciones especiales directamente relacionadas con el follaje de ésta, que son: primera, que no esté mojado o cubierto con polvo o tierra, es decir, que esté limpio; segunda, que no esté afectado por plagas (insectos comedores de follaje, chupadores de savia) o enfermedades (roya, gota, fumagina); y tercera, que no se encuentre clorótico (amarillento) debido a sequía o deficiencias nutricionales o a la acción de un herbicida de contacto que lo haya quemado. ¿Y por qué? Pues sencillamente porque en todos estos casos los estomas por donde debiera penetrar normalmente el glifosato se encuentran, o bien sellados, o bien funcionando de manera precaria, o bien destruidos. —Este chico es una enciclopedia, Rogercito —se maravilló Amalia. —No, no, para nada, Amalia —me apresuré a corregir yo no sin falsa modestia, pues me hallaba más que complacido de poder ostentar, aunque tan sólo fuera delante de un auditorio lego, mis limitados conocimientos agronómicos—. Pero ahora sí, tocayo, ¿me entendiste por qué no es posible que estén mezclando uno con otro? —Claro, claro, tocayito. Pero, bueno, dime ahora una cosa: ¿por qué crees tú que reemplazan el herbicida sistémico por el de contacto?

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—Supongo que por conveniencia. La ley señala que la aspersión aérea contra cultivos ilícitos como la coca y la amapola debe hacerse con una mezcla de glifosato, un coadyuvante y agua, pero, aparte de los condicionamientos a que está expuesto el uso del glifosato como herbicida sistémico que es y que ya te enumeré anteriormente, hay otros que asimismo limitan de manera ostensible su acción eficaz. Pongamos como ejemplo el caso de la aplicación de este producto en las plantas de coca. Tú aplicas glifosato a la planta de coca y es estrictamente necesario que no llueva durante las 6 horas posteriores a la aplicación. ¿Por qué? Pues porque entonces el producto es lavado por la lluvia y no tiene así ningún efecto adverso sobre la planta. Ahora bien: si tenemos en cuenta que los cultivos de coca se encuentran sembrados mayoritariamente en zonas selváticas o semiselváticas donde la pluviosidad es alta, es entonces bastante factible que el glifosato no funcione como debiera y sería más recomendable el uso de un producto que una vez caiga sobre el follaje de la planta empiece INMEDIATAMENTE a actuar sobre él, quemándolo, tal como sucede con un herbicida de contacto. Por otro lado, la acción del glifosato es lenta, pues asimismo es necesario esperar de 4 a 5 días (en el caso de malezas perennes como la coca) para asegurar la completa translocación del producto a todos los órganos vegetativos de la planta (hojas, tallos, raíces). A partir de ahí, y como ya te expliqué, pasan de 10 a 15 días más para que la planta muera totalmente. ¿Esto qué representa en un sentido práctico? Pues que si tú eres el dueño de un cultivo de coca asperjada con glifosato y quieres salvarlo de una muerte lenta pero segura, lo que tienes que hacer es una cosa muy sencilla: adelantar la cosecha, el mismo día de la aspersión pones a tus «raspachines» a quitarle las hojas a las plantas para así sabotear la acción del herbicida en el resto de las mismas. Es algo así como tapiarle la única puerta de acceso al enemigo. De tal manera que tu cultivo permanece incólume y, al cabo de tres o cuatro meses, ya tienes una nueva cosecha de hojas salvas y sanas y listas para el procesamiento. Fíjate que los gringos no son bobos y necesariamente tuvieron que prever semejante posibilidad, así que… —Vaya, chico —suspiró Amalia—, qué cosas. —A mí la verdad es que no me sorprenden —comentó Roger—. Todo esto es una prueba de que, aunque ella nunca dijera nada, Marina, a quien tú reemplazaste, debió renunciar a su cargo motivada justamente por cosas similares a las que nos has relatado hoy. —Sí —corroboró Amalia—, yo creo que sí. Lo que pasa es que ella era bastante reservada y no nos contaba mucho acerca de su trabajo con la Policía. —Bueno —concluí yo, respirando satisfecho tras haber logrado complacer la insana pero muy humana curiosidad de mis avezados amigos acerca de mi obscura experiencia—, esperemos a ver qué pasa. Y éstos, columbrando por su rostro sereno que el chico había superado sin mayores estragos la importante prueba, se alejaron de la estera manchada de sangre apaciguados y en silencio y diciéndose animadamente para sus adentros que, después de todo, no había ocurrido nada grave y que el mundo, al menos

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por ahora, continuaba girando suave, inalterable, tranquilamente alrededor del sol. * Otro que al parecer deseaba saber cómo me había ido por la capital del Huila, era Hermam, pues, a mediados del día siguiente, la tarde del martes, me llamó al teléfono móvil y me dijo que, después del trabajo, pasara a recogerlo a su oficina. ¿Querría, por pedido de Huertas o de Tamalameque, interrogarme acerca del desarrollo de la comisión de verificación de daños y de paso hacerse una idea de lo que yo pensaba al respecto para así terminar de prevenir a aquellos granujas? Era posible. Pero entonces, al principio, creí que no y que sólo pretendía que nos bebiéramos juntos unos tragos, «como en los viejos tiempos», ya que eso precisamente fue lo que nos pusimos a hacer, tras nuestro programado encuentro al comienzo de la noche, en un bar cercano a las instalaciones del ICA, sobre la Calle 37. Marcela se nos unió. Parecía triste. Y cuando Hermam recibió una llamada a su teléfono móvil y se puso en pie y salió del bar para contestarla en la acera de enfrente, donde ninguno de los dos alcanzábamos a oírlo, pude comprobar que no me equivocaba. Se echó un largo trago de aguardiente entre pecho y espalda y comenzó a gimotear como para sí misma, con la mirada fija en la mesa. No pude dejar de preguntarle qué le pasaba. —¡Hermam Morales es un hijo de puta! —¿Por qué dices eso? —¡No, no, no debes hablar de esa manera, Marcela Contreras! —se aleccionó a sí misma limpiándose con una servilleta de papel las gruesas lágrimas que habían empezado a resbalar por sus blancas mejillas—. No es tu estilo. Tú no utilizas ese lenguaje. Y luego se levantó de la silla y se refugió en el baño para damas que teníamos a escasos pasos de nuestra mesa. —¿Y Marcela? —preguntó Hermam a su regreso de la calle. —En el baño. Pareció tranquilizado y se bebió un trago de aguardiente. —¿Qué le pasa a Marcela? —dije yo. —¿Por qué? —Estaba llorando. —¿Sí? —¿No será —lo previne yo— que alguien le ha llevado chismes acerca de su relación con «la Lewinsky»? —No, no creo —dijo Hermam muy seguro de sí mismo, zampándose otro trago de licor. «La Lewinsky» era una estudiante universitaria que hacia un par de meses había llegado al ICA a efectuar una pasantía de medio año de duración y con la cual Hermam había terminado enredándose sentimentalmente, muy al estilo

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de lo que, guardadas las proporciones, sucediera en la Casa Blanca con el presidente Bill Clinton y la becaria Mónica Lewinsky. Cierto día que fui al ICA la había visto. Era alta, delgada y pálida. Usaba unas gafas de montura más o menos gruesa que le daban una apariencia de secretaria o de maestra de escuela. No hablaba mucho y cuando lo hacía su voz era apenas audible. «Una taimada», pensé. «¡Que Dios nos libre de las aguas mansas!», exclamaba santiguándose mi difunta abuela. Y cuando entonces Hermam me confió los detalles de la relación, no pude por menos que estar íntimamente de acuerdo con ella. Pues, según me explicara mi amigo, había terminado por encapricharse de su joven amante, hasta el extremo de llegar un día a considerar seriamente no sólo la posibilidad de separarse de modo definitivo y tajante de Marcela sino además la de iniciar en seguida después un compromiso «menos informal» con aquélla. Pero todo eso se vino abajo como un castillo de naipes cierta tarde que, encontrándose los dos «en plena acción» en uno de los económicos moteles cercanos a la Universidad Javeriana, la muchacha recibió en su teléfono móvil una llamada de su novio. —Hola, cariño, ¿cómo estás? Hermam, entonces más resignado que razonable, se detuvo en un principio, pero como la nena le susurrara en el acto al oído: —¡No te detengas, bobo! ¡Sigue follándome! —continuó clavándola porque, indudablemente, aquella estrambótica situación la excitaba aún más, tanto que se dedicó perversamente a sostener y dilatar como mejor pudo la cháchara telefónica con el pobre enamorado cornudo. —¿Te pasa algo, amor? Te noto como agitada. —Es que voy corriendo para una reunión con mi jefe, el ingeniero Hermam Morales. Pero no te preocupes, cariño, sigamos hablando. —Okay. Como te venía diciendo… —¡Oh! ¡Ah! —¿Qué te pasa, linda? —No, nada, que casi me tuerzo un tobillo subiendo las escaleras… —Ten cuidado, corazón… Y así durante no menos de un cuarto de hora, hasta cuando Hermam se vino por fin, descargando el espeso contenido de su taco sobre la mismísima cara de «la Lewinsky», como en una ramplona y chapucera película pornográfica estelarizada por la guarra Belladonna. —Como puede ver, hermano —terminó de confiarme—, es una vieja que no vale la pena. Es mejor tenerla solamente como la escupesemen que es. Al perro no lo capan sino una sola vez. La señora Zulma me hizo comer mucha mierda y sería un verdadero estúpido si algún día permito que otra vuelva a hacerme lo mismo. Me tomé un sorbo de aquel veneno que tanto le agradaba a mi amigo y luego expuse en voz baja: —Pero piense en una cosa: usted me ha contado que muchas veces han ido a las discotecas y los bares del Parque de la 93, y fíjese que es muy probable que

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al menos en una ocasión alguien conocido, un compañero de estudios de Marcela, por ejemplo, los haya visto juntos por allí. —Bueno —respondió pausadamente—, si es así, que se aguante entonces, porque ya se sabe que quien tiene la plata es quien en últimas pone las condiciones. En palabras más vulgares pero no menos ciertas: el que tiene plata, marranea. Y esto sin duda lo decía porque él ganaba mucho más en el ICA como subdirector de una de sus dependencias que lo que percibía Marcela como simple secretaria de una obscura ONG norteamericana que trabajaba de la mano con el Ministerio de Agricultura. Y supongo que tenía razón. Como muchas cosas en la vida, una relación amorosa es una relación de poder en la que generalmente uno domina y otro se doblega. Y la actitud de Marcela, después de salir del retrete tras un prolongado lapso, pareció corroborar esta idea. Había secado sus lágrimas y retocado el maquillaje de su rostro y se mostraba despreocupada, casi alegre, de una forma si no natural sí por lo menos bastante convincente. —¿No hay trago para mí, Morales? Y Hermam le sirvió uno al mismo tiempo que le respondía atropelladamente y no sin auténtico alivio: «Claro, claro, Contreras, ni más faltaba, ni que estuviéramos bravos.» En el cuarto de baño Marcela debió serenarse y ponerse entonces a reflexionar y luego, como Hillary, la esposa engañada, tomar al fin la sensata decisión de no agrandar aún más el oprobioso escándalo con patéticas actitudes revanchistas que no conducirían a nada más que a la pérdida de los caros privilegios obtenidos al lado del cerdo que era su influyente marido y, adoptando la falsa pero asimismo rentable postura de quien noblemente concede tácita indulgencia a las tremendas debilidades humanas, dejar sin más que las cosas siguieran marchando como hasta entonces, como si no hubiese ocurrido nada, o, bueno, casi nada. —Amor, recuerda que tengo clase a las ocho. Hermam había matriculado a Marcela en la Fundación Universitaria San Martín para que algún día dejara de ser la taquimecanógrafa que era (aunque usara ordenador) y se convirtiera en una profesional de Contaduría Pública. —Salgo a las diez —anunció cuando saltó del auto de su esposo en Los Héroes, a un par de calles de distancia de la universidad—. ¿Me esperas? —Claro, te esperamos. Estacionamos el automóvil delante de una licorera del sector y, acomodados en el interior de éste, comenzamos a zamparnos la otra botella de aguardiente que habíamos comprado en aquélla. «Ya sospechaba yo que esta invitación tenía gato encerrado», me ufané para mis adentros cuando, tras una insulsa cháchara de borrachos, Hermam empezó, con apenas velada intención de aleccionamiento, a perorar acerca de lo afortunado que yo era, «pues no cualquiera hacía parte de la nómina de la DNE». Debía, pues, sentirme «agradecido y orgulloso» de pertenecer a ella. Además contaba con un jefe «razonable y colaborador» como lo era el doctor

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Huertas. Y eso sin hablar del capitán Tamalameque, «un tipo macanudo a pesar de su impetuoso carácter». Debí hacer entonces, involuntariamente, una de aquellas despreciativas muecas mías que tantos problemas me han creado y que parecen querer escupir a la cara de mi interlocutor: «¡Me cago en lo que usted dice!», porque Hermam exclamó: —¡Hey, hey! ¿Qué le pasa, hermano? ¿Por qué hace esa cara? —Lo que pasa —me expliqué yo— es que por mi propia cuenta he podido constatar la clase de granujas que son esos dos a los que usted tanto alaba. —¿Acaba de llegar al D.C. y ya se está poniendo a criticar a los demás? ¿Qué se cree, hermano? ¿La verga herida, o qué? —No, desde luego que no, pero por lo menos no me la paso haciendo o encubriendo cochinadas. Y fue entonces cuando Hermam me espetó estas reveladoras palabras que quedaron retumbando en mi cerebro como un prolongado y amenazante eco: —Cuidado, Roger Rodríguez, con lo que hace. Si pretende durar un tiempo por estos lados, lo mejor es que no se le vaya a ocurrir la estúpida idea de ponerse a echar al agua a alguno de los de por aquí, porque esta gente es capaz de crear informes y documentos que desmientan absolutamente todo lo relacionado con lo que usted la acuse para así hacerlo quedar mal. Yo, que ya llevo mi tiempito por aquí, sé por qué se lo digo. Me quedé callado un momento, considerando su sabia advertencia y luego de echarme un largo trago de aguardiente gaznate abajo, puntualicé: —No me haga caso. Estoy borracho. Mejor hablemos de otra cosa. Y eso hicimos, hasta cuando cinco minutos después de las diez regresó Hillary y entonces ella y Bill me llevaron en su auto a la casa de la señora Blanca. ¡Hic! * Como quizá no podía ser de otra manera, aquella noche tuve un sueño con Bill Clinton y Mónica Lewinsky. El verdadero Bill Clinton y la auténtica Mónica Lewinsky. Por esas cosas tan raras e inevitables que pasan en los sueños, yo soy ella. El escenario es el mismísimo Salón Oval de la Casa Blanca, en Washington D.C. Mortalmente ávida de la picha erecta del hombre más poderoso del mundo, estoy arrodillada, a gatas, debajo del escritorio de éste, pero un gran número de hombrecitos desnudos se encuentra allí mismo, al parecer con deseo idéntico al mío y me cierra el paso. Cuando la anhelante, risueña y gruesa becaria que soy yo intenta abrirse camino a través de aquella especie de repulsiva tribu de pigmeos soplapollas y lameculos, uno de éstos se da la vuelta y me dice telepáticamente y con grande agitación: «¡Espere su turno, señorita Lewinsky!». «Okay, okay», respondo yo silenciosa y condescendientemente. Y en seguida después me asalta la sensación de que he debido esperar una

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eternidad antes de tener en mis manos y a punto de meterme entre los voluptuosos labios de mi boca la roja y tiesa verga del astronómico tamaño de la de John Curtis Holmes del que considero el hombre más apuesto que haya conocido nunca jamás. Pero justo entonces, y con enorme sorpresa y aun mayor disgusto de mi parte, alguien me detiene, palmeando mi espalda. Me doy la vuelta y veo allí, detrás de mí, una hambrienta y tumultuosa fila de nuevos enanos en pelotas. El primero de esta fila, apartándome con brusquedad y decisión, me advierte sin separar sus labios: «¡Es mi turno, señorita Lewinsky!». Al despertar en la madrugada del miércoles comprendí de inmediato que los pigmeos eran un símbolo y, aunque la resaca estaba a punto de hacerme estallar la cabeza, respiré aliviado al comprobar que afortunadamente todo aquello no había sido más que un sueño horrible y que en realidad yo no era ni la traidora zorra comepollas ni tampoco y mucho menos uno de los brutales capataces besaculos de la grandiosa colonia pseudodemocrática y pseudorepublicana que es este condenado territorio de cafres, aliviado de comprobar que seguía siendo el mismo Roger Rodríguez de siempre, un don nadie, sí, un don nadie con su orgullo pisoteado pero INTACTO. 6 A pesar de las altivas y censuradoras palabras que le escupiera en la cara a Hermam, empecé a partir de entonces a convertirme en una suerte de «resignado colaborador de la causa». Como el duro y firme filósofo que justifica con blandos e indulgentes argumentos sus propias debilidades, me repetía para mi capote que, en últimas y después de todo, la culpa no era mía, sino del curso fatal de la maldita época que me había tocado vivir y del que no tenía escapatoria. Y para ello me apoyaba en lo que, hacía algo así como setenta años, expresara con acierto Henry Miller en una de sus novelas: «Naturalmente, el joven hindú es optimista. Ha estado en América y se le ha contagiado el idealismo barato de los americanos, se ha contagiado con las omnipresentes bañeras, las tiendas, los almacenes en que venden toda clase de chucherías, el alboroto, la eficacia, la maquinaria, los sueldos altos, las bibliotecas gratuitas, etc., etc. Su ideal sería americanizar la India. No le gusta en absoluto la manía retrógrada de Gandhi. Adelante, dice, como un miembro de la YMCA. Mientras escucho lo que cuenta de América, comprendo lo absurdo que es esperar de Gandhi el milagro que desvíe el rumbo del destino. El enemigo de la India no es Inglaterra, sino América. El enemigo de la India es el espíritu del tiempo, la manecilla que no se puede volver hacia atrás. Nada podrá contrapesar ese virus que está envenenando el mundo entero. América es la encarnación misma de la perdición. Va a arrastrar al mundo entero hasta el abismo sin fondo». No había manera, pues, de oponerse a, de luchar contra, o de detener lo inevitable. Y lo inevitable era ir a favor de la maldita corriente.

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* Aquella mañana del miércoles fui llamado por Huertas a su oficina. —Roger, quiero que le colabores a Elisa con un informe que está preparando. Habla con ella para que te explique de qué se trata. —Sí, señor. —Se trata —me explicó ella acomodada en la silla de su cubículo, delante de su ordenador— de un informe que debemos entregar en estos días al Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial acerca de la eficiencia agronómica del glifosato en cultivos de coca. Habla con tu amigo Hermam Morales, del ICA, para que te facilite una copia del estudio que a propósito elaboró el Departamento Técnico de la Sociedad Las Palmas Limitada. Lee hoy mismo el informe final que éste entregó y luego me dices qué te parece. ¿Okay? —Okay. —Es éste —me dijo Hermam cuando al principio de la tarde, después del almuerzo, me acerqué hasta el ICA para recoger el informe. —¿Puedo sacarle una copia? —Claro —aceptó—. Pero… —me advirtió en seguida después, poniéndose el dedo índice de su mano derecha sobre sus labios, como un personaje de Marcel Marceau expresando en silencio: «…¡cuidadito con hablar!»—. Ya sabe que todo esto es top secret, ¿no? —Por supuesto. En realidad yo había ido hasta su oficina absolutamente desprevenido, creyendo que aquel informe no contenía más que los resultados de un experimento inocuo, pero sus misteriosas palabras me pusieron de inmediato sobre aviso de que en él se hallaba algo no sólo de MUCHA IMPORTANCIA sino además de POCA CONVENIENCIA. Y así, en efecto, resultó ser. Luego de sacar una copia del informe en una pequeña papelería de la Carrera 15 y de devolver el original a las oficinas del ICA (donde me lo recibió la mismísima «Lewinsky», pues Hermam había salido), no regresé a la sede de la DNE sino que me encerré en mi habitación de alquiler en la casa de la señora Blanca a estudiar el documento (de escasas 101 páginas de extensión, incluidos en él gráficos y fotografías) con la morbosa devoción que un creyente de Satán estudiaría la Biblia Satánica de Anton Szandor LaVey. * El título del informe era, en español, «Protocolo para una Prueba de Eficacia Agronómica de unas Mezclas con Glifosato (10.4 L/Ha) y Tres Coadyuvantes para el Control de Cultivos Ilícitos de Coca, Erytroxilum, spp», y en inglés «Agronomy Efficacy Test of the Doses of Glyphosate in Illicit Crops».

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La oficina de la Sección de Asuntos Narcóticos (NAS) de la Embajada de Estados Unidos en el país, contrató con el Departamento Técnico de la Sociedad Las Palmas Limitada la conducción y el seguimiento de las pruebas de eficacia agronómica del glifosato en cultivos ilícitos de coca, utilizando la dosis de 10,4 litros/hectárea establecida para el PECIG, con objeto de dar cumplimiento a los requerimientos normativos de las autoridades ambientales del territorio nacional. El objetivo general del estudio era medir la efectividad, en términos de muerte real de las plantas de coca, de una dosis de 10,4 litros/hectárea de una formulación comercial del herbicida glifosato adicionada con 3 diferentes coadyuvantes (aunque en realidad fueron 4), al cabo de treinta (30), sesenta (60), noventa (90) y ciento ochenta (180) días después de realizadas las aspersiones aéreas sobre cultivos ilícitos de coca. Las pruebas se realizaron en el Departamento de Guaviare, en cercanías del municipio San José del Guaviare, durante el año 2003. El informe final se entregó en junio de 2004. Para el estudio se emplearon: 1) Lotes de coca correspondientes a las siguientes variedades: a) Erythroxilum coca variedad coca y b) Erythroxilum coca variedad Ipadú. 2) Cuatro (4) mezclas para cuatro (4) tratamientos, así: Tratamiento

Mezcla

A B C D

Glifosato + Coadyuvante A + Agua Glifosato + Coadyuvante B + Agua Glifosato + Coadyuvante C + Agua Glifosato + Coadyuvante D + Agua

Ahora bien: los resultados esperados (los más relevantes) eran los siguientes: 1) Que la descarga prevista fuese de 23,5 litros de mezcla de uso por hectárea, esto es (según datos del informe), 0,250 microgramos de mezcla por cada centímetro cuadrado de follaje. 2) Que el depósito foliar deseable no fuese inferior al 70 % del material descargado (lo cual implica pérdidas aceptables del 30 %). 3) Que la erradicación efectiva del cultivo no fuese inferior al 60 %. (Es importante advertir que hay una coincidencia o correlación entre depósito foliar y erradicación efectiva.) Los resultados obtenidos se pueden apreciar condensados como siguen: Tratamient Descarga Efectiva o (mg/cm2) A

0,06397

Depósito Foliar (%)

Erradicación Efectiva (%)

27,33

87,55

217

B C D

0,15747 0,11837 0,07034

67,31 50,58 30,05

83,09 96,96 79,72

En primer lugar, se obtuvo la erradicación esperada de más del 60% en todos los tratamientos. En segundo lugar, con ninguno de los tratamientos se obtuvo la descarga teórica esperada de 0,250 microgramos por centímetro cuadrado, por lo tanto todos lo tratamientos arrojaron pérdida de mezcla. En tercer lugar, el porcentaje de pérdida de mezcla para cada tratamiento es el siguiente: Tratamiento A B C D

Pérdidas (%) 72,67 32,69 49,42 69,95

En cuarto lugar, si se considera que la descarga de mezcla en todos los tratamientos es de 23,5 litros/hectárea, la cantidad de mezcla por hectárea que se pierde en cada tratamiento es como sigue: Tratamiento

Descarga (litros/hectárea)

Pérdidas (litros/hectárea)

A B C D

23,5 23,5 23,5 23,5

17,08 7,68 11,61 16,44

Ahora bien: si se tiene en cuenta que la cantidad de glifosato de la mezcla de todos los tratamientos es de 10,4 litros/hectárea, y que el ingrediente activo (I.A.) de ese volumen del herbicida equivale a 4.992,00 gramos, las pérdidas de cada tratamiento son las siguientes: Tratamiento A B C D

Descarga (g I.A./Ha)

Depósito Foliar (g I.A./Ha)

Pérdidas (g I.A./Ha)

4.992,00 4.992,00 4.992,00 4.992,00

1.364,00 3.360,00 2.525,00 1.500,00

3.628,00 1.632,00 2.467,00 3.492,00

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De todo lo anterior, podemos inferir: 1) Todos los tratamientos cumplieron con el objetivo de una erradicación superior al 60 % del cultivo de coca, pero asimismo todos arrojaron pérdidas de mezcla en porcentajes que oscilan entre 32,69 % y 72,67 %. 2) El tratamiento que más arrojó pérdidas fue el A con un 72,67 %. 3) Ninguno de los tratamientos cumplió con el resultado esperado de un depósito foliar no inferior al 70 %, pues éste osciló entre 27,33 % (Tratamiento A) y 67,31 % (Tratamiento B). Ahora bien: el Tratamiento A (Glifosato + Coadyuvante A + Agua) del test, ERA EL MISMO EMPLEADO EN EL PECIG, es decir, Glifosato (10,4 litros/hectárea) + Cosmoflux 411 F (0,23 litros/hectárea) + Agua (12,87 litros/hectárea) = 23,5 litros de mezcla por hectárea, mezcla que, en el test, fue, justamente, la que ARROJÓ LA CIFRA DE PÉRDIDAS MÁS ALTA (72,67 %). Hasta un rezagado como yo comprendía que lo anterior significaba que por cada hectárea de coca asperjada se empleaban 10,4 litros de glifosato (o sea, 4.992,00 gramos de su ingrediente activo), PERO SE PERDÍAN DOS TERCERAS PARTES (2/3) del mismo (7,56 litros/hectárea, o, 3.628,00 gramos/hectárea). Estas pérdidas iban directamente al ambiente (por evaporación) y a la vegetación circundante (por deriva, esto es, por arrastre del viento). El estudio efectuado por el Departamento Técnico de la Sociedad Las Palmas Limitada demostraba, en definitiva, que, debido a la alarmante magnitud de las pérdidas de la mezcla empleada en el Programa, éste efectivamente estaba ocasionando daños considerables en la vegetación cercana a las plantaciones de cultivos ilícitos, tal como lo denunciaban en sus quejas los presuntos afectados. El estudio en mención implicaba además un grave interrogante relacionado con la mismísima Política Antidrogas. Si, como se cacareaba a los cuatro vientos en cada espiche de aquí y de allá, se quería acabar con el «abominable» negocio de las drogas, ¿por qué entonces para hacerlo se usaba una mezcla volátil (que se evaporaba) e insegura (que era arrastrada por el viento fuera de su objetivo) cuya mayor virtud era arrojar enormes pérdidas con incalculables consecuencias adversas tanto en lo económico como en lo ambiental? * —Sí, tienes razón —corroboró Elisa a la mañana del día siguiente, jueves, cuando nos juntamos para comentar las conclusiones del informe—, no sirve, es inconveniente. —¿Entonces?

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—Hoy, precisamente, tenemos una reunión en el ICA con los encargados de la Embajada Estadounidense para hablar al respecto. Asistirán también delegados de la DIRAN. De parte de los gringos había uno que sobresalía por su inocultable arrogancia. —Se llama Roberto Rubiano —me explicó Hermam—. Es biólogo y se cree la verga herida porque trabaja para NAS como asesor. Sí, es un hijoeputica. Pero hay que tener cuidado con él. Dicho y hecho: ante nuestra postura (la de los miembros de la DNE, pues nuestros compadres de la DIRAN —entre los cuales extrañamente no se hallaba Tamalameque— guardaron un clamoroso silencio, acaso quizá porque —al igual que el ausente— nunca entendieron el informe) de que éste era más perjudicial que beneficioso para la causa, el biólogo se opuso a ella exponiendo la engañosa fábula de que la mezcla empleada por el PECIG alcanzó en el estudio (Tratamiento A) una erradicación efectiva del 87,55 % de las plantas de coca, superior incluso a la del Tratamiento B (erradicación efectiva del 83,09 %) que logró el mayor depósito foliar (67,31 %). Entonces, con hieráticas palabras, intervine yo. —Discúlpeme, doctor Rubiano, pero me parece que es muy arriesgado para todos los aquí presentes no sólo obviar lo obvio: primero, un deposito foliar de apenas 27,33 % y, segundo, la correlación existente entre depósito foliar y erradicación efectiva, sino además y sobre todo confiar ciegamente en lo escrito en el pergamino, que, como bien se sabe, lo aguanta todo, porque para cualquiera con dos dedos de frente no es un secreto que, en la práctica, los hechos patentizan que no es con menos que se consigue más. El biólogo, que enrojeció violentamente a causa de mi diatriba, iba a chistar esgrimiendo quién sabe qué babosada cuando mi amigo Hermam se apresuró a apaciguar los egos encontrados puntualizando a manera de sensato comentario de enflautador: —Bueno, no es necesario entrar en polémicas cuando lo que se busca es hallar puntos comunes entre las partes. Pero no los había. Ni uno. Para la DNE el informe no servía y para NAS sí, a pesar de todo, pues no estaban dispuestos a aceptar que se habían gastado inútilmente sus buenos miles de dólares en un estudio que no sólo no avalaba las aspersiones aéreas con glifosato sino que además y por el contrario las ponía en tela de juicio como mecanismo eficaz a favor de la lucha de erradicación de cultivos ilícitos, aunque para ello debieran empecinarse, como lo hiciera el biólogo, en acreditar cifras contradictorias y dudosas y por lo tanto susceptibles de ser refutadas. Se llegó al final, luego de una no muy extensa pero acalorada discusión, al forzado acuerdo de que no se presentaría el informe del Departamento Técnico de la Sociedad Las Palmas Limitada ante el Ministerio, debido a las inconvenientes cifras de pérdida de mezcla, «si bien, y a pesar de las también inconvenientes cifras de depósito foliar, las cifras de erradicación de plantas eran muy buenas».

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Elisa me felicitó. Habíamos ganado. —Pero, entonces, ¿qué se va a llevar al Ministerio? —quise saber yo mientras bajábamos en el ascensor. —No hay por qué preocuparse. Yo ya tengo preparado otro informe. Se trataba, me explicó, de un informe titulado «Estudio de la Evaluación de la Eficiencia de la Aplicación de Glifosato y la Residualidad del mismo y su Metabolito AMPA (Ácido Aminometilfosfónico) en Suelos», que ella había elaborado —obviamente sin menoscabo para la causa— tomando los datos estadísticos de los amañados informes aportados por la Auditoría Ambiental Externa contratada por la misma DNE. —Y te pido el favor, Roger, que mañana vengas aquí mismo, a las instalaciones del Ministerio que quedan justo enfrente, y lo traigas y lo entregues en la ventanilla de Correspondencia. Y, como el buen colaborador en que me había convertido, eso hice. Venía acompañado de un oficio remisorio, el oficio SARE-284 del 4 de agosto de 2004, dirigido a la Directora de Desarrollo Sectorial Sostenible del Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, con la referencia «Entrega del informe solicitado en las Resoluciones 509 del 6 de mayo de 2004 y 099 del 31 de enero de 2003», y firmado por el Subdirector de Asuntos Regionales y Erradicación de la DNE, nuestro jefe inmediato. * Dos meses después llegaría a comprender cabalmente las advertencias de Hermam acerca de que aquel informe debía mantenerse como «Alto Secreto», pues el día 5 de octubre, en la versión electrónica del diario El Tiempo, aparecería la siguiente nota bajo el encabezado «Consejo de Estado avaló fumigaciones contra los cultivos ilícitos»: «Durante 15 meses estuvo en vilo la erradicación aérea de hoja de coca y amapola. Magistrados advirtieron, no obstante, que le pondrán condiciones. Una de las principales estrategias del Gobierno en su lucha contra el narcotráfico, y pieza indispensable del Plan Colombia, recibió ayer un impulso definitivo en el Consejo de Estado. Los magistrados revocaron un fallo del Tribunal Administrativo de Cundinamarca que ordenó hace 15 meses suspender las fumigaciones con glifosato de cultivos ilícitos. Todas las evidencias muestran que fue difícil para los magistrados llegar a una decisión. No sólo por los meses que se tomaron para llegar a ella —incluso la jornada de debate de ayer fue de ocho horas— sino también si se tiene en cuenta que la ponencia que se discutió, que avalaba suspender este tipo de erradicación, fue derrotada por 12 votos contra 7. El magistrado ponente respaldaba la decisión del Tribunal de Cundinamarca y ordenaba dejar de fumigar por seis meses, con el argumento de que afectaba la salud de los colombianos y el medio ambiente y era

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necesario que el Gobierno pusiera en práctica un plan especial para evitar esos efectos. Doce de sus compañeros consideraron que los estudios que se adjuntaron al expediente muestran en unos casos que la fumigación afecta el medio ambiente, pero en otros análisis se demuestra que ese impacto no es tan grave. El presidente del Consejo de Estado, aunque no quiso dar declaraciones a los medios, se limitó a señalar que la posición mayoritaria de la sala era negar la suspensión de las fumigaciones y advirtió que la nueva ponencia señalará las razones exactas por las cuales se respalda el mecanismo de erradicación. La fumigación con glifosato había sido suspendida por el Tribunal Administrativo de Cundinamarca en junio de 2003 al resolver una acción popular interpuesta por dos ciudadanos colombianos. La acción judicial fue respaldada además por la Corporación Colectivo de Abogados Jaime Atehortúa Ramírez, un Representante a la Cámara y seis personas más. Según la demanda, la fumigación aérea se estaba haciendo sin un plan ambiental que mitigara sus efectos, lo cual vulneraría los derechos colectivos a gozar de un ambiente sano, la seguridad y la salubridad pública y la conservación de especies animales y vegetales. En su momento, la decisión del Tribunal de Cundinamarca también dispuso hacer estudios médicos científicos para determinar el grado de afectación del glifosato sobre las personas en zonas de cultivo de hoja de coca y amapola. Esa decisión que se basó en al menos 20 estudios científicos y técnicos también ordenó a la Dirección Nacional de Estupefacientes que identificara los daños ocasionados por la fumigación y adoptara medidas de corrección, mitigación y compensación en especial en los Parques Nacionales, Resguardos Indígenas y otras áreas protegidas. De acuerdo con el Tribunal de Cundinamarca, las fumigaciones con glifosato son un riesgo para la salud humana, en especial para los niños y adultos, que pueden llegar a ser graves de acuerdo con el grado de exposición y condiciones biológicas en que se encuentran. Según el último informe del Gobierno y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, gracias a las fumigaciones han disminuido los cultivos ilícitos un 47 % entre el año 2000 y el año 2003 y un 16 % entre el año 2002 y el año 2003 (de 102.000 a 82.000 sembradas). Redacción Justicia.» Ahora, leyendo esta nota, comprendía que, si el informe del Departamento Técnico de la Sociedad Las Palmas Limitada hubiese llegado a manos de los miembros del Consejo de Estado, tal vez —y sólo cabe decir «tal vez»— la decisión tomada habría sido otra.

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7 La Auditoría Ambiental Externa contratada por la DNE estaba a cargo de un Ingeniero Forestal llamado Rodolfo Jerez. Era un individuo bajo, de piel morena y grandes dientes de asno que, aunque quisiera, no lograba ocultarlos entre sus más o menos gruesos labios de indígena. Un individuo alegre y simpático al que le iban bien las cosas. Tanto, que no dejaba de suscitar la envidia de tipos infelices y resentidos como Arturito, quien intentaba cada vez que podía aleccionarme contra él. —La DNE le paga una millonada por lo poco que hace —decía con acritud—, y más encima no debe gastar un culo en ello, pues los tombos lo llevan para todos los lados donde tenga que ir y vuelven y lo traen. Apenas si gastará en hospedaje y comida. Y ni eso siquiera, porque es el niño mimado de la DIRAN. ¡Vida hija de puta, ¿por qué no me das a mí un empleo de ésos?! Para colmo de la buena suerte, estaba casado con una mujer que no sólo era un «auténtico bizcocho» (en opinión de toda la oficina) sino además a la que «había logrado clavarle dos chinos» (en codiciosas palabras de Arturito). La función principal de Rodolfo era presentar periódicamente a la DNE informes relacionados con su gestión de auditoría, la cual consistía esencialmente en verificar que el Plan de Manejo Ambiental del PECIG se llevara a cabo según los lineamientos formulados por el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, por parte de las entidades encargadas de realizar las actividades prescritas en cada una de las 8 fichas que conformaban el Plan. El último informe presentado por Rodolfo había sido el correspondiente al periodo comprendido entre septiembre de 2003 y marzo de 2004. La comisionada por nuestro jefe inmediato para revisar tales informes era Elisa. Pero como por aquellos días la autorizaran a tomarse su reglamentario tiempo de vacaciones, el encargado esta vez fui yo. Antes de que se marchara, le pedí una copia de uno de aquellos exámenes suyos con el propósito de guiarme. El informe describía las actividades realizadas en el lapso transcurrido entre abril y septiembre de 2004. A diferencia de Elisa, quien al parecer, según el reporte que se aviniera a facilitarme, no encontrara ninguna falta en los extensos informes de Rodolfo, yo subrayé más de 40 inconsistencias en este último. Como buen chismoso, corrí con mi obscuro descubrimiento hasta el cubículo de Roger. —Y entonces —me preguntó— ¿qué es lo que tanto dice que hace? —¡¿Jum?! Dímelo tú. —Sí, tocayito, yo sí sé qué es lo que hace. Alcahuetearle a Rodolfo todas las mentiras encubridoras que pone en esos informes amañados e inútiles.

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Todavía antes, en una cafetería de la Carrera 15 a la que solíamos ir los de la oficina, había tenido una conversación con León Francisco Pérez (delegado de la DNE en la sede del Sistema Integrado de Monitoreo a Cultivos Ilícitos – SIMCI) a propósito de las aspersiones aéreas, durante la cual me había confiado: —Como los cultivadores de coca no son bobos ni mucho menos, han adoptado la estrategia de no sembrar grandes extensiones de tierra que sean susceptibles al control químico aéreo, sino más bien plantar pequeñas superficies de menos de 1 hectárea, aquí y allá, entre el bosque nativo, para que así la tarea de erradicación aérea de las autoridades se haga mucho más difícil. Pero mire lo que están haciendo estos hijos de puta —refiriéndome luego la última de las ya incontables demostraciones de insensatez de aquellos auténticos vulgares mercenarios que eran los pilotos de las avionetas de fumigación. Su queja se fundamentaba en el hecho de que, en las áreas de terreno cultivado con coca y fraccionado mediante barreras vivas de bosque nativo, los pilotos se negaban sistemáticamente a cerrar las boquillas de aspersión cuando bajo las alas de sus aeronaves se encontraba precisamente éste y no aquélla. —Asperjan de corrido, coca y bosque nativo. —Pero ¿por qué? —Pues simplemente porque les da pereza cerrar las boquillas y siguen de largo, como si la superficie a asperjar fuera solamente de coca. Y les importa un comino —remató. Sin embargo, había otro hecho aún peor. —El dumping consiste en la descarga de la mezcla con el producto herbicida (ya sea glifosato o el que a ellos se les dé la gana utilizar) sobre zonas desprovistas de cultivos de coca o amapola. El dumping se efectúa en situaciones de emergencia, cuando, por ejemplo, las aeronaves de fumigación son atacadas por grupos armados al margen de la ley, o cuando éstas presentan fallas mecánicas, y entonces es preciso desplazarse lo más rápido posible, sin peso que estorbe, hasta la base de operaciones a fin de evaluar y reparar los daños. Lo que ocurre frecuentemente es que esas descargas incontroladas de mezcla con el producto herbicida caen sobre potreros, cuerpos de agua, cultivos lícitos, viviendas, etcétera, comprometiendo vidas humanas y el entorno natural. La falla más protuberante del informe de Rodolfo estaba relacionada justamente con esta contingencia. —¿Y vas a echarlo al agua delante de Huertas? —me preguntó Roger. Envenenado por los reprobadores argumentos de Arturito, yo respondí, casi como el canalla que éste era: —Claro. No hay que ponerle las cosas tan fáciles como lo hace Elisa. Es preciso hacerlo sudar un poquito, ¿no crees? Cuando presenté mi reporte a Huertas, éste fingió alarmarse y exclamó: —Esto es grave. Hay que llamar a Rodolfo inmediatamente.

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El Plan de Manejo Ambiental del PECIG estaba compuesto por 8 fichas, tituladas así: Programa de Manejo de las Operaciones de Aspersión (Ficha Nº 1), Programa de Seguridad Industrial en las Bases de Operación (Ficha Nº 2), Programa de Manejo de Residuos Sólidos (Ficha Nº 3), Programa de Manejo de Aguas Residuales en las Bases del PECIG (Ficha Nº 4), Programa de Monitoreo Ambiental (Ficha Nº 5), Programa de Comunicación y Gestión Social (Ficha Nº 6), Programa de Salud Pública (Ficha Nº 7) y Plan de Contingencia (Ficha Nº 8). Y en el informe de Rodolfo aparecían reseñadas las actividades que la DIRAN, como entidad directamente responsable de 6 de las 8 fichas del PMA (todas excepto las fichas Nº 6 y Nº 7, la primera a cargo de la DNE y la segunda a cargo del Ministerio de Protección Social y sus dependencias), había efectuado en el periodo de abril a septiembre de 2004. Lo «curioso» es que en la Ficha Nº 8 no aparecían reportadas ni las descargas hechas fuera de los límites de los cultivos ilícitos ni mucho menos las acciones supuestamente adelantadas a fin de corregir o disminuir el impacto negativo de dichas descargas en la zona afectada. —¿Cómo te fue en la reunión con Huertas y Rodolfo? —quiso saber Roger al final de ésta. —Sucedió lo que cabía esperarse: nada —fue mi desenfadada respuesta. Huertas había mandado llamar a Rodolfo y nos había sentado frente al escritorio de su oficina para que uno aclarara las dudas que el otro tenía con respecto al informe. —Todo se saldó —expliqué a mi tocayo— con un chorro de babas, como se dice. Las numerosas inconsistencias del informe, se disculpó Rodolfo, se debían sin duda a imperdonables errores, pero no suyos, sino de su secretaría, a la que reprendería por ello, nos prometió entre despreocupadas risitas de asno, para que no volviera a repetirlos en el futuro. —¿Y Huertas quedó contento con eso nada más? —¿Tú qué crees? —Y entonces ¿no hubo derrames de producto en todo este periodo? —Claro que sí. Seis. En distintas partes. —¿Y entonces por qué no los reportó? —Sí lo hizo, sólo que los escondió bajo el inofensivo subtítulo de «Observaciones» al final de la ficha Nº 6. —Donde nada tienen que hacer, donde se hacen casi invisibles… —Ajá. —Como si todo marchara bien, sin contratiempos… —Bueno, al fin y al cabo eso es lo que se pretende que la gente crea, ¿no? —Claro, tocayito. Para acallar reclamos y, sobre todo, ahorrarse los costos derivados de la responsabilidad civil ante los daños. *

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Pero el informe de Rodolfo daba aún para más cosas «curiosas». Otra reveladora conversación con León Francisco Pérez, esta vez en mi cubículo, luego de estudiar un cuadro comparativo entre las cifras aportadas por la DIRAN y las cifras recabadas por la Auditoría Ambiental de la DNE del área total de coca asperjada durante el periodo comprendido entre enero y septiembre de 2004. El cuadro mostraba las cifras de las hectáreas asperjadas en cada uno de los municipios de los 16 Departamentos en que operaba el PECIG (Antioquia, Arauca, Bolívar, Caldas, Cauca, Caquetá, Córdoba, Guaviare, Guajira, Nariño, Norte de Santander, Meta, Magdalena, Putumayo, Santander y Vichada). Como era de preverse, las cifras de la DIRAN y las de la Auditoría Ambiental de la DNE diferían apenas, eran prácticamente las mismas (98.411,87 hectáreas de la DIRAN y 98.141,74 hectáreas de la Auditoría). —Ojo con esas cifras —me previno en voz baja el pequeño, rechoncho y afable León Francisco, mirándome a través de los lentes correctivos de sus gafas. —¿Por qué? —Porque no son reales. —¿Cómo así? Había que recordar, me dijo, los resultados del estudio hecho por el Departamento Técnico de la Sociedad Las Palmas Limitada. —Las pérdidas son enormes —fue la conclusión que en principio vino a mi mente. —Justamente por eso —me explicó— los verdaderos operadores del PECIG han notado que es necesario hacer no UNA sino TRES aspersiones a cada lote de coca para que las plantas de éste mueran efectivamente. Sonaba lógico, a la luz de los resultados del estudio, porque, si se tiene en cuenta que hay una correlación entre depósito foliar y erradicación efectiva, con cada aspersión se estaría depositando en el lote más o menos el 30% de la descarga, y si se hacían 3 aspersiones por lote, se obtendría, por un lado, una cobertura aproximada del 90% del lote y, por otro lado, un porcentaje de muerte efectiva de plantas cercano a esta misma cifra. —Pero recuerde una cosa, León Francisco: que este estudio fue hecho para el glifosato y no para otros productos como el que yo vi en la base de operaciones de Neiva, que era un herbicida de contacto. —No importa. Es lo mismo. Las pérdidas serían idénticas, porque el sistema de aspersión para un herbicida sistémico es igual que para un herbicida de contacto. Lo que sucede es que, debido a las condiciones en que se encuentra sembrada la coca, el método de erradicación aérea (ya sea con glifosato u otro herbicida) no funciona como debiera. Me explico. El método de erradicación aérea funcionaría si los cultivos de coca se encontraran sembrados en grandes superficies y sin barreras vivas, tal como se siembran cultivos lícitos de sorgo, arroz, algodón, etcétera. Entonces las avionetas de fumigación podrían hacer mejor su trabajo, pudiendo descender a menor altura y logrando un depósito foliar mayor al actual y, por tanto y asimismo, una mayor

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erradicación efectiva de las plantas. Pero debido a que los cultivos de coca se encuentran no sólo sembrados en pequeñas superficies de no más de 1 hectárea sino además fraccionados mediante barreras vivas de bosque nativo o mezclados con cultivos lícitos, el trabajo de erradicación aérea resulta inútil, siendo como es poco menos que una quijotada. Y eso, fíjese, que no hemos tenido en cuenta otros factores de riesgo a los que está sometido el programa en sí, tales como los grupos armados al margen de la ley, las fallas mecánicas de las aeronaves, aspectos ambientales como la velocidad del viento, las lluvias, etcétera, que lo hacen todavía más inconveniente e ineficaz. —En pocas palabras: prácticamente no se está haciendo nada. —Así es. Pero hay que mostrar resultados para la galería. Por eso es, ponga cuidado, que los señores de la DIRAN-ARECI y de la Embajada Estadounidense y de DynCorp hacen unas cuentas muy particulares. DynCorp era la empresa norteamericana encargada de las aspersiones aéreas del PECIG en todo el país. («Es una de las siete ―empresas militares‖ norteamericanas contratadas por el Departamento de Estado de EE.UU. para la guerra antinarcóticos. La DynCorp se presentó en Colombia como una Sociedad Británica, con sede en Aldershot Hampshire. En los contratos con el Departamento de Estado de los Estados Unidos de América aparece como una empresa estadounidense que tiene su Casa Matriz en Reston, Virginia, y su Base de Operaciones en Cocoa Beach, Florida. La empresa fue creada en 1946, un año después del fin de la II Guerra Mundial, por un grupo de pilotos norteamericanos que pensaban dedicarse al transporte de carga. Al principio se llamó California Easter Airways Inc. Desde 1987 lleva el nombre de DynCorp. En la gran línea de trabajo que hoy desarrollan se iniciaron en la Guerra de Corea, de 1950 a 1953. Más tarde participaron en Viet-Nam, de 1960 a 1975. Prestaron sus servicios en las guerras del Golfo Pérsico. Trabajaron en la guerra contrainsurgente en El Salvador. Operaron en Bosnia y, en la actualidad, participan en la implementación del Plan Colombia, entre otras actividades. DynCorp es una de las grandes empresas privadas del mundo que se ocupan de la seguridad y la defensa. Tiene unos 20.000 empleados que trabajan en unos 50 países del mundo y sus ingresos superan los 400.000 millones de dólares. Esta empresa contrata mercenarios para la guerra y aparece como una empresa muy versátil que presta múltiples servicios a los militares norteamericanos repartidos en unas 1.500 bases alrededor del mundo, pero, en esencia, se trata de una Compañía que recluta y contrata mercenarios para el desarrollo de operaciones de guerra que, por diversas circunstancias, no pueden o no deben ser ejecutadas por las fuerzas regulares de los Estados Unidos. Por ejemplo, en Colombia, los Estados Unidos impulsan oficialmente la guerra contra el narcotráfico, pero niegan la guerra contra la insurgencia. Sin embargo la guerra existe y de ella se ocupa DynCorp, fundamentalmente

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entrenando y dirigiendo a los batallones contrainsurgentes y a las fuerzas paramilitares. En julio de 1999, estalló el primer escándalo cuando un avión espía de la Armada de los Estados Unidos, piloteado por Jennifer Odom, se estrelló en la frontera entre Ecuador y Colombia. Perecieron 5 soldados norteamericanos y 2 colombianos. La Embajada Norteamericana habló de un accidente, pero el esposo de la piloto del avión, el coronel retirado norteamericano Charles Odom, señaló que su esposa había sido derribada por un operativo de las FARC mientras cumplía una misión de inteligencia para el gobierno norteamericano. Esta narcoempresa tiene un contrato firmado por 600 millones de dólares anuales para operar en Bolivia, Perú y Colombia, y cuenta con mercenarios expertos en combate (fuerzas delta) y pilotos veteranos que participaron en las guerras de agresión del imperialismo contra los pueblos de Viet-Nam, Granada, Panamá, Irak, El Salvador y Haití. Las incursiones aéreas destinadas a la erradicación de la coca, la amapola y la marihuana por medio de fumigación en Colombia son realizadas por DynCorp, la empresa militar que Oliver North, según lo revelado por el escándalo Irán-Contras, 3 de noviembre de 1986, bajo ordenes directas del Pentágono, utilizó para suministrarle armas a la contra nicaragüense y transportar cocaína para el financiamiento de las operaciones terroristas de los mercenarios antisandinistas. Los aviones y los mercenarios de la DynCorp que operan en coordinación con la Brigada Aérea del Ejercito Nacional, entran y salen de Colombia sin ningún tipo de control por parte de las autoridades colombianas, situación que se explica por las condiciones impuestas al gobierno colombiano por el Departamento de Estado de EE.UU. El Gobierno de Estados Unidos condicionó el otorgamiento de los 1.600 millones de dólares iniciales del Plan Colombia a que las autoridades colombianas no se inmiscuyeran en los operativos estadounidenses. Por esta razón, no es casualidad que el general de la Policía Antinarcóticos que dirigió el operativo que resultó en el hallazgo del cargamento de cocaína perteneciente a la DynCorp en mayo de 2000, fuera destituido.» Obtenido de: «http://www.terrorfileonline.org/es/index.php/DYNCORP».) —Veamos. Según esos datos recabados por la Auditoría Ambiental contratada por la DNE, desde el mes de enero hasta el mes de septiembre del año en curso se llevaban asperjadas 98.141,74 hectáreas de cultivos ilícitos de coca en nuestro territorio. ¿Estamos de acuerdo? Bien. Ahora ponga atención a lo que sigue: dicha cifra no significa que efectivamente se hayan erradicado 98.141,74 hectáreas de coca. No, por supuesto que no. Y ¿por qué no? Porque los señores de la DIRAN-ARECI (auspiciados, asesorados y apremiados por los que sabemos) hacen, como le digo, unas cuentas muy particulares relacionadas con las áreas objeto de la aspersión. Como ya se sabe, por cada hectárea asperjada se pierde (aproximadamente) el 70 % de mezcla, quedando apenas

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(también aproximadamente) un 30 % de ésta en el terreno (es decir, sobre las hojas de las plantas), por lo cual, en la práctica, a la misma hectárea sembrada con coca se le efectúan otras 2 aspersiones más, completando 3, para así lograr, primero, un depósito foliar cercano al menos al 90% y, segundo, una erradicación efectiva cuyo valor debe estar muy próximo al del primero (pues, como ya sabemos, existe una coincidencia o correlación entre ésta y aquél), sólo que, mi querido Roger, los señores de la DIRAN-ARECI efectúan el torpe cambullón de contabilizar 1 hectárea asperjada 3 veces como nada más y nada menos que 3 hectáreas asperjadas. ¿Comprende? ¿No? Bueno, no importa. Le pongo la cosa más fácil. Se tiene 1 hectárea de cultivo ilícito de coca, la cual es asperjada 3 veces con la mezcla (cuyas tremendas pérdidas hacen que esto sea necesario) y ¿qué se tiene como resultado? Pues la misma hectárea cubierta en un 90 % con la mezcla (aunque para ello se deba sacrificar un 210 % de la misma) y no las 3 hectáreas que, engañosamente, aparecen en las arteras estadísticas de aspersión que ofrece DIRAN-ARECI y DynCorp. Así, pues, en resumen, las hectáreas realmente asperjadas son la TERCERA PARTE de las que muestra el informe de Auditoría Ambiental de la DNE (esto es, 32.713,91). Usted se preguntará por qué razón se efectúa tan perverso cómputo. Sencillo: porque los responsables del Programa asumen (o prefieren asumir) como cierto que existe una correlación entre aspersión y erradicación (erróneamente, pues, aunque lo parezca, dicha correlación no tiene nada que ver con la coincidencia que sí existe entre depósito foliar y erradicación efectiva, aquélla es sólo aparente, ya que, como sabemos, el hecho de que se asperje no significa en absoluto que efectivamente se esté erradicando) y así lo manifiestan entre cacareos a la miope cuando no indolente Opinión Pública del chiste flojo que es nuestro país, pues, como es natural, al momento de mostrar a aquélla el saldo del Programa, resulta más conveniente afirmar que se han asperjado (y por lo tanto erradicado, según sus falsas suposiciones) 98.141,74 hectáreas de coca y no apenas 32.713,91 (que es la cifra real). Lo anterior explica por qué razón, no obstante las bondades del Programa, el área de coca sembrada en el territorio nacional en lugar de disminuir aumenta incontroladamente día a día. »Ahora bien: de todo esto se desprende finalmente otra seria cuestión: ¿por qué los responsables del Programa se empeñan en seguir utilizando una mezcla prácticamente inútil, derrochando así de forma ingente los limitados y siempre escasos recursos en metálico asignados para la batalla en contra de los cultivos «malditos», amén de los tremendos perjuicios que dicho menjurje está ocasionando a los sembradíos legales? (Considere que por cada 100 de los verdes que gastan en glifosato están arrojando al caño, ¡sin experimentar la menor de las grimas siquiera!, 70 de los mismos.) ¿No será acaso porque todo obedece en realidad a una farsa demagógica orquestada por nuestros hipócritas amigachos del Norte? ¡Pues claro, mi amigo! ¡Sólo unos pazguatos querrían acabar con la empresa tan beneficiosa y pujante que es el trapicheo de potingues!

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Casi un par de años después, el 16 de abril de 2006, un artículo de prensa en la sección Opinión del diario El Tiempo titulado «Resultados de la Fumigación de Cultivos Ilícitos. ¿Quién asume el fracaso?», subtitulado «Un urgente y verdadero debate está pendiente», y firmado por Alberto Rueda, corroboraría el ardoroso monólogo de León Francisco Pérez. Tal artículo aparecería como sigue: «Los recientes anuncios de las autoridades estadounidenses sobre el aumento de la producción de cocaína y la incapacidad de reducir los cultivos ilícitos en el país, confirman el más estrepitoso fracaso de la actual guerra contra las drogas. No sorprende que los gobiernos de Colombia y Estados Unidos mantengan las cifras oficiales en gran secreto, mientras definen cómo hacerlas públicas, sin que esta caja de Pandora llegue al debate electoral y conmocione la apacible reelección del Presidente. Para diluir el impacto de esta noticia, el Departamento de Estado y el Gobierno de Colombia han adoptado una estrategia que maquilla los más decepcionantes resultados en la guerra contra las drogas durante los últimos años, y que constituyen el sello definitivo del fracaso del Plan Colombia, que culmina este año. Por ahora, la contraparte norteamericana revelaría las cifras de la CIA, aprovechando el temor reverencial que ha sabido posicionar en la opinión pública colombiana, para luego constituirse estratégicamente en jefe de debate en defensa del Gobierno con todo tipo de justificaciones: que los cultivadores han mejorado las técnicas de resiembra y protección de los cultivos bañándolos con agua de panela o podando la mata; que siembran en áreas más remotas; que lo hacen en pequeñas parcelas difíciles de detectar. Y, por otro lado, expondrán lo que denominarían resultados positivos: que la fumigación ha evitado que billones de dólares en cocaína lleguen a las calles de Estados Unidos; que este ha sido un año récord con la extradición de 134 personas y que se han confiscado 223 toneladas de cocaína; que la interdicción aérea está en pleno funcionamiento y cubrimiento del país. Argumentos que no controvierten la ineficiencia de la columna vertebral y más costosa del Plan Colombia, la fumigación. Al Gobierno de Colombia le corresponderá hacerle eco a dichas argumentaciones en el tono usual del Presidente y la conocida impulsividad del Vicepresidente, mientras el Ministro del Interior tratará de evitar que la Oficina de Drogas de las Naciones Unidas (UNODOC) publique sus cifras antes de las elecciones. Así, se refrenaría el segundo golpe a esta política, con los agudos datos del SIMCI, cuyos resultados generarán, además, un verdadero efecto tsunami en cuanto a las revelaciones sobre el aumento de la producción de cocaína, que la Policía Antinarcóticos ya reconoció. No hay cómo justificar que en el año récord de erradicación —138.775 hectáreas en fumigación aérea y 31.285 en erradicación manual— no se haya reducido una sola hectárea de coca en el país. Ya en junio del 2004, cuando me desempeñaba como asesor del Ministro del Interior y de Justicia en asuntos de drogas, acudí a indicadores de gestión

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para evidenciarle la irracionalidad económica de la estrategia de la fumigación aérea como instrumento para combatir el narcotráfico. Le advertía al Ministro que los datos del 2003 ya reportaban ―los peores resultados en la reducción de los cultivos de coca‖ desde el inicio del Plan Colombia en el 2000. Entonces, reducir 15.000 hectáreas luego de fumigar 132.000 costó 82 millones de dólares, es decir, más de 12 millones de pesos por hectárea fumigada. En el 2004, la tendencia se agudizó con apenas 6.000 hectáreas reducidas versus 136.000 fumigadas, desbordando el costo de erradicación a 32 millones de pesos por hectárea reducida. Ahora llegamos a la exorbitante cifra de 122 millones de dólares gastados en fumigación, para no reducir una sola hectárea. Semejante despilfarro económico sólo es sostenible por el bolsillo de los contribuyentes estadounidenses. El Presidente no puede pasar en blanco sin afrontar un debate serio sobre el fracaso más monumental en la lucha contra las drogas en el país, más aún si aspira a ser reelegido.» Y a poco más de dos años de haber visto la luz este artículo, el 18 de mayo de 2008, otra nota de prensa en la sección Opinión, ahora del diario El Espectador, titulada «Las astucias del Presidente», y firmada por Cristina de la Torre, reseñaría en unos de sus apartes que, tal como se infería de las palabras de León Francisco, el negocio de las drogas ilícitas no era precisamente «nuestro» sino de «los mandarines del Norte» y que acabarlo, incluso mediante la legalización, era una verdadera utopía de necios. Allí se podría leer: «Más que una embestida contra el narcotráfico, la extradición de la cúpula paramilitar es un golpe de opinión. Acosado contra las cuerdas de la ilegitimidad por un voto comprado para aprobar su reelección y por tolerar el apoyo político de delincuentes, el Presidente pretende desmarcarse de aliados que hoy le resultan incómodos. Pero no toca el poder de aquellas mafias incrustadas en el Estado, ni su organización militar, ni sus negocios. Se habló primero de disolver los partidos creados para darle soporte político y legislativo, con la misma perfidia con que el Primer Mandatario pone en jaque a sus ministros en público, a fin de endilgarles a otros sus errores y pecados. Y ahora extradita a quienes pugnó siempre por presentar como políticos, siendo, como queda demostrado, capos del narcotráfico. Suma así puntos a su popularidad el día mismo en que principia la recolección de firmas para la segunda reelección. Y cuando los máximos jefes de los escuadrones de la muerte se preparaban para despacharse a fondo contra políticos, empresarios y militares enredados en la parapolítica. Con la cúpula paramilitar se van los secretos supremos de sus tenebrosas andanzas en nuestro país. En Estados Unidos los juzgarán por tráfico de drogas, no por el reguero de muertos que nos dejan. Metalizada como es, esa justicia aplicará la nueva noción de extradición. No siendo ya castigo, como en tiempos de Pablo Escobar, sino pretexto de negociación, los reos verán reducirse sus penas significativamente, a cambio de dólares contados por millones. Allá se quedarán esos recursos, y aquí seguiremos poniendo la

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sangre y los 7 billones de pesos para resarcir a las víctimas. De 670 extraditados, 281 negociaron así, pagaron dos o tres años de cárcel y volvieron, felices, a lo suyo. Pero no se contentan los gringos con esta tajada. Ellos se quedan con el grueso del negocio del narcotráfico, que viene de la comercialización. La exportación mundial de cocaína y heroína vale cada año, en el mercado minorista, 307 mil millones de dólares. Colombia sólo participa en el mercado mayorista, y ello le reporta 15 mil millones de dólares y 3 mil millones por repatriaciones… Ni hablar de los paraísos fiscales, banca internacional que capta, sin preguntar mucho y garantizando confidencialidad, el producto astronómico del narcotráfico: 246 mil millones de dólares al año. Mafias de cuello blanco canalizan por Internet todos los días el producido colosal de este negocio, sin que nadie ose siquiera exigir control. ¿Cómo hacerlo, si entre los 73 paraísos fiscales se cuentan lo mismo las Islas Caimán que la civilizadísima Suiza? ¿Cómo proponer la legalización de la droga, si con ella desaparece el negocio, caen en desgracia los jíbaros de las calles de Nueva York y Londres y sufre golpe mortal el sistema financiero internacional? Si renunciara el Presidente a andar de golpe en golpe de opinión y cogiera el toro por los cuernos, propondría una estrategia que lo consagrara como líder verdadero: más allá de tanta vanidad mediática, de tanta astucia de ocasión, se aplicaría a desmontar el aparato de poder de las mafias del narcotráfico en Colombia. Con sustitución de cultivos ilícitos por cultivos rentables, mediante planificación y ordenamiento territorial. Peleando en todos los foros internacionales por la legalización de la droga. Y ahorrándose galanterías a los paramilitares, como aquella de proclamarlos rebeldes con causa y víctimas de un Estado ausente.» Y ahora, tras todos estos años, aún recuerdo que, al término de semejantes confidencias, León Francisco enarcó sus cejas por encima de sus gafas y frunció sus labios en una aburrida mueca que parecía expresar en silencio: «Y esto, mi amigo, es lo que hay». «Sí, lo sé —contesté yo de la misma forma, telepáticamente y con un gesto de alegre resignación—. Pero ¿qué le vamos a hacer?». —Y así vamos —concluyó audiblemente él—. ¡A ver hasta dónde nos lleva el barco! 8 El modo de vengarse Tamalameque de mi «osadía» al enrostrarle la inutilidad de la visita de verificación de daños al Departamento del Tolima fue adelantar en quince minutos la partida de la avioneta de la Policía Nacional que, la mañana del día 8 de septiembre, habría de llevarnos, junto con Rodolfo Jerez y Álvaro Rosado, funcionario del ICA, hasta la ciudad de Cúcuta (Norte de Santander), desde donde partiríamos ese día y el siguiente a efectuar una

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inspección de terrenos presuntamente afectados, algunos en el municipio de Sardinata y, los más, en un poblado perteneciente a la conflictiva zona de La Gabarra, al norte del Departamento y cuyo solo nombre producía escalofríos a quien lo oyera: Tibú. Supongo que sabía que, si yo no me desplazaba al lugar de la inspección, asimismo no recibiría por parte de la DNE los viáticos correspondientes, que, aunque no eran gran cosa, de algo le servirían a un pobre diablo necesitado como yo (al menos para emborracharme un poco o ir donde las putas baratas de la ciudad). —¿Qué pasó, Roger? ¿Por qué te devolviste? —fue la pregunta de Huertas cuando a mitad de la mañana aparecí con cara de circunstancia por la oficina. —Tamalameque no me esperó. Sonrió de una manera particular, como un padre indulgente que escucha divertido las pueriles quejas de su hijo enfurruñado y anotó: —Ese Tamalquemado es jodido, ¿no? Pero despreocúpate, ya veremos qué se hace. A eso del mediodía, me anunció casi con júbilo: —Vete para la base. Ya hablé con el teniente coronel Gama —jefe de ARECI—. Te esperan. Una avioneta de la Policía sale para Cúcuta a la 1:00 p.m. Apúrate. Y dile a Tamalquemado que no se las dé de mucho porque tu jefe también tiene sus contactos. ¿Okay? Asentí en silencio y sin ninguna muestra de efusividad. Mis viáticos no eran lo suficientemente altos como para darle las gracias siquiera. * Tamalameque no pudo ocultar su sorpresa al verme descender de la avioneta, a eso de las tres de la tarde, en la pista militar del aeropuerto de Cúcuta. Pero, como cabía esperarse, no se disculpó. Al contrario. Me responsabilizó a mí de la precipitada partida de la comisión. —Lo esperamos lo más que pudimos, ingeniero. Pero como no apareció al fin, decidimos venirnos sin usted. ¿No es así, ingeniero Rodolfo, ingeniero Álvaro? Estos dos asintieron como perros amaestrados. Yo guardé silencio. Mi cara de bulldog lo decía todo. Cuando estuve a solas con Rodolfo, me confirmó lo que yo ya sabía, explicándome entre risitas nerviosas, a manera de excusa (pues al fin y al cabo él también pertenecía a la DNE y en cierta forma yo era su compañero): —Je, je. No es mi culpa, Roger. Yo le dije a Tamalameque que lo esperáramos a usted otros quince minutos. Je, je. Pero él no quiso. Dio la orden para que nos viniéramos. Je, je. ¿Ve? Lo que me tenía lleno de mudo enfado era el hecho de que Tamalameque sabía que yo había descubierto (pues resultaba imposible no hacerlo) que las visitas de verificación de daños no eran más que una farsa (esta vez, como antes en el Departamento del Tolima, se realizaban entre 11 y 29 meses después

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de haberse efectuado la aspersión aérea en la zona e igualmente, como entonces, no íbamos a poder constatar nada de lo que reclamaban los presuntos afectados) y que por consiguiente, si un día, cualquier día, un día como hoy, durante el cual me había sacado la piedra, se me daba la gana correr a los organismos de control a «aventarlo», muy bien podría hacerlo, y sin embargo, sabiendo esto perfectamente, «se daba el lujo» de exponerse a ello asumiendo semejante conducta para con mi persona, que, hasta entonces, e igual que un cómplice más, había sabido guardar silencio. (Ahora pienso que sin duda lo hacía porque estaba seguro de que politizadas e inoperantes instituciones como lo son nuestros organismos de control carecen de la potestad de levantar la voz contra los secuaces, aun de medio pelo como el propio Tamalameque, del todopoderoso Imperio que, lo creamos o no, nos guste o no, estemos a favor o en contra o nos importe un pito, igual no deja de mangonear al orbe entero en general y al territorio nuestro en particular.) En otras palabras: teniendo rabo de paja, no se cuidaba del fuego, del fuego que era yo, del fuego posible pero cobarde que orondo —y he aquí el motivo de mi sordo despecho— consideraba —aunque no sin acierto— era yo. * Y hablando de perros amaestrados: por allí, en torno a las destartaladas instalaciones próximas a la pista militar del aeropuerto en que nos encontrábamos a la espera de las disposiciones de Tamalameque, rondaba otro. Se trataba de un coronel retirado de la Policía Nacional que ahora trabajaba como asesor de «un duro» de la Embajada Estadounidense que supervisaba asuntos como el PECIG. Era un individuo que, a primera vista, parecía un militar gringo: cortos cabellos de color castaño claro correctamente peinados, piel rosada, dentadura blanca y perfecta, cuerpo aún atlético. —Mejía es su apellido —me explicó Rodolfo—. El otro, el gringo gordo, peludo, de barba, con overall y sombrero, se llama Jeronimus. El coronel Mejía no se despegaba de Jeronimus, igual que, ni más ni menos, el perrito faldero de una solterona. Mientras caminaban juntos de un lado para el otro, bajo el achicharrante sol de aquella ciudad, le hablaba al oído, señalando aquí y allá, como un juicioso capataz que rindiera un pormenorizado informe al exigente dueño de la hacienda. —Mejía es otro vendido —sentenciaría Arturito con su despectivo lenguaje a mi regreso al D.C.—, igual que ese indio sacado con espejo de la manigua que es Tamalameque, cuyo sueño dorado es hacer un tour en familia por Disney World pagado por la Embajada… No se ría, maricón, que es cierto. Huertas me llamó entonces a su oficina para saber cómo había terminado el asunto. —Bien, doctor. Gracias. Por la mañana la comisión había estado en Sardinata. Al final de la tarde fuimos hasta el centro de la ciudad a buscar un hotel. Yo decidí quedarme en

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uno distinto al que propusiera Tamalameque. Al día siguiente, en helicópteros artillados, sobrevolamos Tibú. Al contrario de lo que ocurriera la primera vez en Tolima, yo ya sabía que a lo que entonces íbamos era a pasear. Una vez en el aire, Álvaro Rosado, con quien compartía la silla en el helicóptero, junto a la ametralladora, me preguntó, extrañado, al ver que no llevaba nada en mis manos, ni libreta de apuntes ni estilográfica: —¿No va usted a tomar nota de lo que vinimos a verificar? Estuve a punto de soltar una carcajada, maravillado de tanto cinismo. El astuto Rosado, en su calidad de simple comparsa de la comisión, y parapetado en el hecho real de que como funcionario subalterno del ICA no tenía acceso directo a los expedientes de los quejosos, pretendía así, con esta patidifusa interpelación, hacerme creer que desconocía lo que eran en realidad —UNA PANTOMIMA— las visitas de verificación de daños como aquélla y otras más. —No —respondí con la tranquilidad del avezado compinche—. Yo confío en las observaciones que haga en cada sitio el capitán Tamalameque. —Me alegro —festejó Huertas. Pero su satisfacción no habría de durarle mucho tiempo. Un nuevo y más grave incidente estaba por producirse. 9 El día 11 de octubre entregué a Huertas una detallada, ampulosa y corrosiva reseña acerca de tal incidente. Para su conocimiento y los fines que estime pertinentes, a continuación rindo informe de la Visita de Campo en que participé como funcionario del Grupo de Atención de Quejas de la Dirección Nacional de Estupefacientes a la ciudad de Valledupar (Cesar) durante los días 6 a 9 de octubre del año en curso, en cumplimiento de la Comisión de Verificación de quejas derivadas de acciones del Programa de Erradicación de Cultivos Ilícitos con el herbicida Glifosato PECIG. Con el propósito de asegurar la claridad del presente informe, el mismo está dividido en los siguientes ítems: 1) Hechos preliminares, 2) Desarrollo de la Visita de Campo, y 3) Conclusiones. 1) Hechos preliminares. El día 4 de octubre fui informado por el capitán Rommel Tamalameque, Coordinador del Grupo de Atención de Quejas de la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional, que durante los días 6 a 9 del presente mes se llevaría a cabo la Visita de Campo a los predios supuestamente afectados en cultivos lícitos por acciones derivadas del PECIG, ubicados en las veredas Cominos de Tamacal, El Palmar, Azúcar Buena y La Mesa de la ciudad de Valledupar (Cesar). Tal visita, se me dijo en primer término, se realizaría desplazándose desde el D.C. hasta la ciudad de Valledupar en vuelo comercial, toda vez que la Policía Nacional no contaba con los medios necesarios para cubrir ese

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desplazamiento en particular, y, en segundo término, se me informó que el acceso a los predios en mención se efectuaría por tierra, ya que, al no haber sido nunca detectados allí cultivos ilícitos de coca, amapola o marihuana, se consideraba un área segura. Cabe anotar que en ningún momento se me comunicó que dicha zona se hallaba bajo la influencia y el control de los grupos denominados ―Autodefensas Unidas de Colombia‖, quizás —y sólo cabe decir ―quizás‖— porque el propio capitán Tamalameque desconocía a cabalidad tal situación. No obstante, fui advertido por el capitán Tamalameque de que, por motivos de seguridad, la visita se realizaría de manera secreta. Por otra parte, no se me hizo entrega del listado de quejas ni de los expedientes de las mismas para ser previamente considerados y evaluados. Tampoco se realizó por parte del Coordinador del Grupo de Atención de Quejas de la DIRAN un Plan de Trabajo en Campo. 2) Desarrollo de la Visita de Campo. Día 6 de octubre. En horas de la mañana me desplacé a la ciudad de Valledupar junto con el capitán Tamalameque de la DIRAN y el ingeniero Álvaro Rosado del ICA. Al encontrarnos en una sala de espera del aeropuerto El Dorado, no pude dejar de sorprenderme, de escandalizarme casi, al comprobar que la ponzoñosa crítica de Arturito a propósito de la cambiante apariencia de Tamalameque no resultaba de ningún modo exagerada sino, por el contrario, perfectamente ajustada a la verdad. —Mírelo usted vestido con su uniforme de policía —había dicho en cierta ocasión con su venenosa lengua—. Mírelo y verá que es pasable, que aguanta, que se ve más o menos decente. Pero mírelo un día de éstos que esté trajeado de civil, y verá que parece UN VERDADERO GAMÍN. Ante su deslucida, deslucidísima facha experimenté lo que se suele llamar «vergüenza ajena». Era difícil creer que, en efecto, una persona pudiera cambiar tanto en su apariencia a causa de las ropas que llevaba encima. ¿Qué había pasado con el elegante oficial que ostentaba siempre un uniforme impecable? Ahora, en cambio, se presentaba ante mis inquisidores ojos un tipo aún más morocho y aindiado y vestido con prendas no sólo baratas y envejecidas sino además plagadas de arrugas y de manchas. Parecía, en verdad, un indigente venido directamente de la calle. ¿Debo señalar que, a partir de entonces, empezó a disminuir de manera ostensible no tanto el respeto —que jamás había sentido hacia Tamalameque ni hacia ninguno de los miembros de las fuerzas del orden— como el vago temor que su posición había sabido infundir en mi ya de por sí insegura persona? En horas del mediodía, nos presentamos en el Comando Departamental de la Policía Nacional al mando del coronel Molina con el propósito de ponerlo al tanto del motivo de nuestra visita a la ciudad. Fuimos recibidos por un Oficial de Guardia que nos advirtió, en primer término, que la zona a la que íbamos era ―delicada‖ en cuanto a orden público por la presencia en ella

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de grupos paramilitares y, en segundo término, que el ingreso a la misma era restringido. Nos presentamos luego ante el coronel Molina, quien se mostró poco amable hacia la Comisión encabezada por el capitán Tamalameque, debido, sin duda, a que, el día 23 de septiembre, éste mismo y efectivos de la Dirección Antinarcóticos realizaron un vuelo de verificación sobre la zona supuestamente afectada sin previo aviso al Comando Departamental de Policía y sin autorización expresa del coronel Molina. El capitán Tamalameque pidió al coronel Molina informes acerca de la situación de orden público en la zona motivo de la visita y éste se comprometió a suministrárselos más adelante en la tarde, informes de los que nada se supo, no tanto porque el coronel Molina no llegara a proveerlos como porque el capitán Tamalameque se apresuró a abandonar el Comando Departamental, limitándose a anotar en el Libro Diario de la Guardia que el coronel Molina había sido efectivamente notificado acerca de la visita de la Comisión. En horas del final de la tarde, sostuvimos una entrevista con el Personero Municipal de Valledupar, doctor Wilson Hernández Clavel, quien consintió acompañarnos a la Visita de Campo junto con el doctor Jaime Coelho, director de la Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria y nos afirmó que, aunque la zona supuestamente afectada se encontraba bajo la influencia y el control de los paramilitares, era una zona en la que no corría ningún riesgo nuestra integridad personal. Como muchos otros que ante la sola mención de tan campanudas instituciones como el ICA, la DIRAN y la DNE creen equivocadamente que sus miembros gozan de una remuneración especial, el Personero debió considerar que nuestros viáticos eran lo suficientemente altos como para sufragar los gastos de hospedaje en uno de los más conocidos y lujosos hoteles de Valledupar situado en el centro de la ciudad, adonde amablemente, luego de la entrevista, nos hizo llevar por el chofer de la camioneta oficial de la Personería. Nos apeamos sobre la acera y la sola visión de la fachada del hotel nos convenció para tomar un taxi hacia otro menos costoso. Terminamos alojándonos al fin en un pequeño motel de las afueras que nos recomendara el taxista. Quien resultó ser además un chulo. —Hey, compadre, ¿de dónde vienen ustedes? —me preguntó a mí, pues yo ocupaba el asiento delantero, junto a él. Era un negro delgado, sonriente y más o menos joven, con la cara picada y una pequeña nube blanca en uno de sus ojos. Algo en su semblante me decía que alimentaba un vicio, aunque no podría precisar si éste se hallaba relacionado con alcoholismo, drogadicción, lascivia o la combinación de uno y otro o todos juntos a la vez. Se lo dije. —¿Y no piensan salir a divertirse por ahí esta noche? Yo los puedo llevar adonde ustedes quieran. Clubes, bares, discotecas. Lo que sea, compadre. Yo los conozco todos. Me di la vuelta para interrogar a mis acompañantes.

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—Ustedes ¿qué dicen? Ambos negaron con la cabeza. Y yo entonces pensé: «Mejor». Y dije: —Venga por mí a las siete. —Okay, compadre. Ya vas a ver cómo la vamos a pasar… Yo, por mi parte, la pasé bien. Muy bien. Fue una noche de putas. Luego de una reconfortante ducha de agua fría en el motel y de la cena —carne de res a la plancha, papas fritas y ensalada de verduras— acompañada con una cerveza helada en un restaurante próximo a éste, salté al interior del desvencijado vehículo conducido por aquel negro y risueño y medio tuerto ángel de la perdición. —Hey, ingeniero —escuché a mis espaldas—. Espérenos, por favor. Eran Tamalameque y Rosado, que a última hora habían decidido «pegarse» a mi libidinoso programa nocturno. —Ustedes lo que buscan es nenas, ¿no es así? —Si —confirmé yo, otra vez en el asiento delantero, ante el tenso mutismo de mis improvisados y nerviosos acompañantes—. Pero baratas. —No te preocupes, compadre, que Randy sabe dónde encontrarlas. El primer sitio al que nos llevó en la calurosa noche costeña fue un lupanar de furcias gordas, morochas y peliteñidas que se exhibían en el iluminado pero sucio porche delantero de una destartalada casa de una sola planta. Una de ellas se apresuró a acercarse al auto, a mi ventanilla abierta y, adelantando hacia mi rostro turbado su astronómico pecho, ofreció escupiéndome su apestoso aliento: —Quédate aquí, flaquito, y podrás venirte sobre mis tetas. Yo giré mi cabeza hacia la risueña y complacida cara de nuestro guía. —Le dijimos baratas, marica —protesté—, PERO NO TANTO. —Okay, okay —aceptó poniendo en marcha el automóvil—. Ustedes lo que quieren es un término medio, ni muy caras ni muy baratas, ¿verdad? Los voy a llevar al sitio indicado. Era una casa de citas ubicada, no en la sórdida «zona de tolerancia» de la ciudad, sino en un digno barrio de clase media y exclusivamente residencial. —Chicas limpias, decentes, bonitas y no muy costosas —anunció Randy. Y, en efecto, así resultaron ser. Sólo que ¿a qué género de hombres los excita unas putas melindrosas como aquellas, tan parecidas a las hijas casaderas de tus vecinos? Sucedieron además hechos curiosos y absolutamente inconvenientes que dañaron la transacción. En primer lugar, después de hacernos pasar a la reducida e hiperiluminada sala de la casa, uno de los dos hombres que se encontraban en ella junto con «la Mami» del clandestino y mal situado burdel le dio por abrir de par en par las cortinas del ventanal enrejado que daba directamente a la calle, desde donde los transeúntes y los vecinos empezaron a observarnos como fenómenos de feria expuestos en una refulgente vitrina de centro comercial. «¡Vean, damas y caballeros, vean a los estupefactos, turbados, pálidos y sudorosos Puteros, venidos directa y exclusivamente desde

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la capital del país!», parecía gritar aquel inusitado hecho, hecho que, desde luego, no hizo más que avergonzarnos hasta la médula como si hubiésemos sido pillados in fraganti cometiendo la peor de las faltas. —¡¿Por qué hacen eso?! —le pregunté disgustado a Randy cuando salimos pitando de aquella especie de manicomio. Y nuestro no menos chalado guía respondió entre carcajadas de satisfacción: —¡Para sacarles la piedra a los de la casa de enfrente, jajajajaja, que son Testigos de Jehová! «La Mami» aclaró entonces que allí no se vendía ni se ingería alcohol y empezó luego a recitar las tarifas del «servicio» según el tiempo que estuviésemos dispuestos a permanecer en la «suite» con la muchacha elegida. Y no eran precisamente tan baratas como había dicho Randy. —¿Quieren ver a las «niñas»? —Claro —dije yo, porque quería al menos comprobar si lo que se pagaba por ellas se correspondía con su belleza. Desfilaron seis o siete ex doncellas que por su aspecto parecían en verdad ser las hijas o las sobrinas de «la Mami», cuya insipidez al parecer habían heredado. —¿Y bien? —apremió la dueña de casa. Eché una rápida ojeada a mis nada lúbricos acompañantes. Ambos lucían un semblante palidísimo y mostraban palmarias señales de hallarse mortalmente cortados. Se asemejaban a dos muchachitos temerosos ante el inminente contacto sexual que fueran a experimentar por primera vez con una chica. ¿Dónde había ido a parar la arrogancia y el arrojo militares de Tamalameque?, ¿por qué se les había ocurrido a ambos, a él y a Rosado, «pegárseme» si iban a comportarse como un par de inexpertos y timoratos críos o como un par de mariquitas asustados?, ¿por qué no se habían quedado en el motel masturbándose mutuamente o dándose por el culo uno al otro?, me preguntaba vertiginosamente y colmado de una súbita y poderosa rabia. —Yo paso —dijo por fin Tamalameque con voz ronca. El ñoño Rosado le hizo eco: —Yo también, gracias. Y, en cuanto a mí, logré escapar esgrimiendo esta ridícula frase: —Yo sólo venía a acompañarlos. Gracias de todos modos, señora. Permiso. «La tercera es la vencida», nos prometió Randy mientras en su «cafetera» volábamos hacia «el sitio preciso» de la ciudad, «donde incluso le conocían». Resultó ser un lugar que tenía más pinta de taller de reparación automotriz que de otra cosa y que acaso lo fuera durante las horas del día para luego, durante la noche, dejar paso al serrallo de medio pelo que teníamos ante nuestros ojos. Como cabía esperarse, el único que pidió que le trajeran una «niña» fui yo. Tamalameque y su novio se dedicaron a beber cerveza mientras Randy se olvidó de su trabajo de taxista y se sentó a nuestra mesa a «mamar ron», a expensas de sus incautos clientes, por supuesto.

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La mujer era una rubia peliteñida, fría y de mal carácter, que, en un momento dado, se puso en pie y se marchó vociferando obscenidades. Alcancé a escuchar que decía a sus compañeras: —¡A este marica no le gustan las mujeres! —Y a esta loca —le pregunté a Randy— ¿qué le pasa? —Es que ustedes los cachacos son un chiste —me explicó—. Aquí, en Valledupar, una puta está acostumbrada a que la vayas calentando cogiéndole el culo, las tetas, el coño, pero tú, mi doctor, te pones con esas delicadezas de tomarle una mano y ponerte a hablarle, a preguntarle de su vida. ¡Así no se puede, compadre! Pero por más inconvenientes que se presentaran esa noche yo estaba decidido a follar a como diera lugar, así que hice llamar entonces a una nueva furcia, que invité a la pista de baile con el propósito de empezar a magrearla, según las sabias indicaciones de mi experto alcahuete. Tamalameque y compañía decidieron POR FIN marcharse y regresar al motel. «Ya era hora», suspiré yo para mi capote. —¿Cómo le acabó de ir anoche, ingeniero? —me preguntó a la mañana siguiente cuando nos reunimos para desayunar. Noté entonces cierto tonillo en su voz que me previno para no relatarle la verdad so pena de generar en su mezquino espíritu una rencorosa envidia. Así que dije: —Mal. La que saqué a bailar resultó ser más complicada que la mona y al fin no hicimos nada. —Lo siento por usted, ingeniero —comentó satisfecho de mi supuesto fiasco—, porque estaba buena. Su nombre era Mireya y es la puta más alegre, noble y afectuosa que haya conocido en mi vida, cosa que se agradece, porque las putas suelen ser criaturas tristes, frías, odiosas y peseteras. Mientras bailábamos me contó que procedía de Barranquilla y que tenía una niñita de diez años, a la que cuidaba su madre. —Como ambas viven en Barranquilla, ninguna de las dos sabe que me dedico a esto. Decidí luego pagar la multa que «la Mami» del lugar cobraba por sacarla de su improvisado cuchitril y ordené a Randy que nos llevara al motel, cuyo encargado nocturno olvidó facturarme el recargo que me había dicho exigía por cada «acompañante ocasional». De lo alcoholizado que estaba, no recuerdo ahora cuántos polvos le eché, pero debieron ser muchos, porque en la madrugada, cuando la saqué a hurtadillas hacia la calle, me dijo entre risitas de satisfacción: —Eres un cachaquito inquieto, ¿no? No me dejaste descansar en toda la noche. Lo que sí recuerdo es que era dueña de una curiosa particularidad. Cuando estuvimos desnudos en la cama y empecé a calentarla, me pidió: —No me beses los pechos que en ellos no siento nada. Lo que me excita es que me besen el culo.

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Era cierto. Manoseé, besé, lamí y chupé sus pezones y éstos no reaccionaron a ninguno de mis estímulos. Estaban flácidos y como muertos. —¿Ves? Cuando, algunos meses después, le confiara lo sucedido a Boris, habría de burlarse de mí, según inveterada costumbre suya, diciéndome «que lo que me había comido no era precisamente una vieja sino UN TRANSEXUAL». —Pero estaba rico —me defendí. Día 7 de octubre. En horas de la mañana la Comisión de Verificación partió hacia la zona supuestamente afectada. La Comisión estaba integrada por: Wilson Hernández Clavel, Personero Municipal de la ciudad de Valledupar. Jaime Coelho, director de la UMATA de Valledupar. León Ernesto Arango, delegado de la comunidad de Cominos de Tamacal y El Palmar y fiscal de la Asociación de Juntas de Acción Comunal del Corregimiento La Mesa. Álvaro Rosado, ingeniero agrónomo del ICA. Rommel Tamalameque, capitán de la DIRAN-PONAL, y Roger Rodríguez, ingeniero agrónomo de la DNE. A aproximadamente 2 kilómetros de distancia de la ciudad de Valledupar, a la altura de la ―Hacienda Villa Mery‖, fuimos detenidos por un retén militar conformado por efectivos del Batallón ―La Popa‖. Se nos pidió de modo cortés que descendiéramos de la camioneta (contratada por el Personero) y mostráramos nuestros documentos. Un soldado fue comisionado por su superior —un tipo de mediana estatura, fornido, con ojos claros de astuto zorro y rostro coloradote marcado por las profundas secuelas que le dejara un acné severo— para que efectuara una requisa a la camioneta. Se nos comunicó que, ese día, miembros del Ejército Nacional se encontraban en la zona motivo de la visita de campo realizando un operativo en contra del grupo ilegal ―Autodefensas Unidas de Colombia‖ que la controlan. Tamalameque, enfundado en sus míseras y descuidadas ropas de civil, de repente se mostró nervioso y preocupado. Después entenderíamos por qué. Se nos impidió el paso y se retuvo al capitán Tamalameque, pues portaba consigo un arma de fuego (una pistola) sin la documentación legal necesaria. El sargento al mando de los efectivos del retén militar le advirtió al capitán Tamalameque que el hecho de portar un arma en esta zona de influencia paramilitar implicaba consecuencias imprevisibles y que, unido a la circunstancia de ser miembro de la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional, ponía en riesgo no sólo su propia integridad personal sino lo de quienes lo acompañábamos. El capitán Tamalameque fue detenido en el Batallón ―La Popa‖ a fin de investigar la veracidad de sus argumentos y de clarificar su misión en la zona

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y los demás miembros de la Comisión de Verificación fuimos invitados a abandonarla por el momento. —Ingeniero —me rogó Tamalameque con la voz quebrada mientras se lo llevaban—, le pido el favor que busque en mi maleta los documentos del arma y me los traiga hasta acá. Se lo agradezco —concluyó con humildad, entregándome la llave de su habitación del motel. —Y tú —quiso saber Roger cuando a mi regreso al D.C. le narré lo sucedido— ¿le hiciste el favor a ese personajillo? —Me tocó —admití. Entonces tuvo ocasión de burlarse a sus expensas parafraseando al Libertador con voz de falsete: —¡Ingeniero, ingeniero: salve usted la patria! ¡Jajajajaja! En horas del final de la tarde, luego de ser liberado el capitán Tamalameque y de clarificarse su situación, el doctor Wilson Hernández Clavel, el ingeniero Álvaro Rosado y este funcionario sostuvimos en las instalaciones de la Gobernación del Cesar una reunión con el coronel Gutiérrez, Jefe de Seguridad de la Gobernación, en la que se le planteó la posibilidad de desplazarnos a la zona presuntamente afectada el día siguiente, 8 de octubre. El coronel Gutiérrez afirmó que se nos prestaría toda la colaboración necesaria en cuanto a seguridad para que pudiésemos realizar nuestra tarea en tal fecha. —¡Malditos hijos de puta! —bramaba indignado Tamalameque en la salita de espera del motel, tras su liberación— Los voy a demandar. Ya van a ver. Cuento con ustedes dos, ingenieros, para que testifiquen a mi favor. Y, en efecto, lo hizo, porque, algo así como un año después, recibí una citación de un juzgado penal militar de la ciudad para que me presentara a declarar y diera mi versión de los hechos. Desmentí entonces a Tamalameque, quien alegaba «abuso de autoridad», «malos tratos» y «detención indebida», y concedí la razón a los miembros del Ejército, calificando sus actos de «sensatos y correctamente ajustados a las riesgosas circunstancias del momento». Lo que le dolía a Tamalameque era su orgullo herido, pues había sido tratado no como el importante oficial de mediano rango que creía ser sino como un vil infractor de la calle. Y lo peor de todo es que él mismo había dado pie para que eso ocurriera, tanto más si se tiene en cuenta que, por más que de labios para afuera digan lo contrario, Ejército y Policía se detestan mutua y ferozmente. Día 8 de octubre. En horas de la mañana, nos presentamos el capitán Tamalameque, el ingeniero Álvaro Rosado y este funcionario en las oficinas del Personero Municipal con el propósito de intentar nuevamente desplazarnos la zona de verificación de presuntos daños. El doctor Hernández Clavel nos informó que aquello tampoco sería posible ese día, pues había recibido información acerca de que, desde las veredas supuestamente afectadas, se iban a desplazar alrededor de 300 campesinos hacia la ciudad de Valledupar a fin de protestar ante el Gobernador por las acciones del Ejército Nacional el día anterior,

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cuando supuestamente se presentaron varios atropellos contra la población civil, entre los cuales los más relevantes eran agresiones y detenciones injustificadas. Se programó con el Personero Municipal un último intento de verificación para la mañana del día siguiente, 9 de octubre. Entre tanto, en las horas posteriores, se efectuaron dos visitas para allegar información al expediente general de las quejas, una a las instalaciones de la Regional del ICA y otra a las del Comité Regional de Cafeteros. En el ICA, se entrevistó a los funcionarios Leonardo Daza y Juan Eladio Antiguo, ambos técnicos agrícolas, quienes realizaron visita de campo a la zona supuestamente afectada los días 2 y 3 de septiembre del año en curso y cuyas conclusiones del correspondiente informe se pueden resumir así: a) Detención del crecimiento de algunos cultivos como tomate. b) Daños notorios en cultivos, especialmente en papaya. c) Presencia de desórdenes fisiológicos. d) Se descarta la acción de plagas y de enfermedades sobre los cultivos y se verifica un daño generalizado del que no se conoce una causa distinta a la que manifiestan los labriegos, que es la aspersión aérea de un producto de color rosado sobre la zona por parte de las avionetas de la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional. En el Comité Regional de Cafeteros, el doctor Gustavo Morales Paternina, Jefe de la Subdirección de Sanidad Vegetal, afirmó: a) Muchos de los labriegos de la zona supuestamente afectada denunciaron el daño de sus cultivos por aspersiones aéreas de la DIRAN y exigieron se realizara una visita de campo para verificar lo manifestado. b) En días pasados el doctor Morales había ordenado se efectuara por parte de 12 funcionarios del Comité Regional de Cafeteros un ―barrido‖ de la zona durante 1 semana para verificar posibles afectaciones distintas a las que normalmente presentan las plantaciones de café. c) Tal ―barrido‖ fue imposible de realizar por inconvenientes de orden público. d) Así, pues, no hay certeza de afectaciones por supuestas aspersiones aéreas sobre la zona debido a la imposibilidad de la necesaria verificación ―in situ‖. El técnico del Comité Regional de Cafeteros Eduardo Jaimes realizó el día 3 de agosto una visita a la finca ―Santo Domingo‖, propiedad del quejoso Edilberto Villamizar, donde observó árboles cloróticos y defoliación de plantas, defoliación nada común en época anterior a la cosecha, la cual aún no ha comenzado. Asimismo, observó marchitamiento de hojas en la zona apical de las plantas. Todos estos funcionarios coincidieron, por otra parte, en que la zona supuestamente afectada está bajo la influencia y el control de grupos paramilitares y que el acceso a la misma es restringido, previa autorización de tales grupos.

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—A mí me parece, capitán —observé inocentemente una vez estuvimos fuera de las oficinas del Comité Regional de Cafeteros—, a mí me parece que, dadas las circunstancias actuales, lo mejor que podemos hacer es no insistir en la realización de la visita de verificación. Aquello fue si como le hubiese arreado la madre o algo por el estilo. Se volvió hacía mí, amenazante como una víbora que se revuelve para defenderse de un ataque y me espetó casi gritando: —Mire, ingeniero, lo que a usted le parezca me tiene sin cuidado, porque, como líder de esta Comisión, quien decide si cancelamos la visita o miramos a ver qué hacemos soy yo. Aun sin asimilar del todo su intempestiva y violenta reacción, porfié en mi punto de vista: —Las condiciones de orden público… Se apresuró entonces a interrumpirme, continuando con su virulenta andanada: —Este no es un trabajo para miedosos, ingeniero. Y si a usted le han enseñado en la DNE un método más eficaz para adelantar este tipo de investigaciones, aplíquelo entonces, pero no cuente con nosotros, o por lo menos conmigo, porque no sé qué piense al respecto el ingeniero Álvaro. Rosado guardó un temeroso silencio cómplice. ¿Debo señalar que no supe entonces qué decir o hacer, de lo apabullado que me sentí de pronto? —Nos vemos en el motel —dije al cabo de un rato, durante el cual estuvimos caminando en silencio por las soleadas calles de la ciudad con dirección a ninguna parte en especial, pues ya nada teníamos que hacer excepto esperar hasta el día siguiente. Telefoneé al D.C. y expliqué la situación a Elisa, quien por entonces ya había regresado de sus vacaciones y se encontraba encargada de la dirección de SARE ante la ausencia por un par de días de Huertas, quien se hallaba de comisión en alguna parte. —No te preocupes —me tranquilizó vía telefónica—. Yo apoyo irrestrictamente la decisión que tomes. Ante los hechos de orden público ya mencionados, este funcionario habló con el Personero Municipal y concluyó que las condiciones no eran las adecuadas para llevar a cabo con garantías de seguridad personal el proceso de verificación de las quejas en fecha presente, mas dejó constancia ante el mismo funcionario que dicho proceso se efectuaría en el momento más oportuno y en fecha futura aún por determinarse y de acuerdo al procedimiento adoptado para tal fin por el Concejo Nacional de Estupefacientes según Resolución 0017 del 4 de octubre de 2001 y si las condiciones de orden público de entonces llegaren a permitirlo. Copia de la Constancia se anexa al presente informe. A eso de las seis de la tarde regresé al motel para recoger mi maleta y largarme. Pagué la cuenta, salí a la calle y tomé un taxi hasta el terminal de transportes. Compré un pasaje de autobús para Santa Marta, donde, luego de

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un tedioso viaje de más de cuatro horas, pasé la noche en un cuartucho de un sórdido hostal de putas drogadictas (¿cuáles no lo son?) cercano al puerto. Mis recursos escaseaban. La noche con la fantástica Mireya me había dejado apenas lo necesario para pagar el excedente que la aerolínea me cobraba por cambiar Valledupar por Santa Marta como ciudad de partida para mi regreso al D.C. Una vez allí, ya de vuelta en la oficina, comencé a armar en mi ordenador el informe de la fallida visita de campo, haciéndolo de tal manera que Tamalameque quedara en él mal parado, con la negra pero ingenua intención de vengarme así del maldito perro desagradecido y traicionero. * Al terminar de leerlo, Huertas puso el grito en el cielo (entiéndase: simuló poner el grito en el cielo). —O sea que el Tamalquemado ése está haciendo lo que se le da la gana. No podemos, de ninguna forma, permitirlo. Me pidió que elaborara un oficio dirigido al Jefe de ARECI, el teniente coronel Gama, explicando de manera sucinta las fallas evidenciadas durante la visita de verificación a Valledupar y solicitando para el futuro se aplicaran los correctivos pertinentes. Este oficio (el ya mencionado Oficio SARE 405 del 12 de octubre), firmado por Huertas, quedó como sigue: En la visita de campo para la verificación de quejas derivadas del PECIG efectuada al Departamento del Cesar, los días 6 a 9 de octubre del año en curso, a la que asistió un funcionario del Grupo de Atención de Quejas de la DNE, se pudo constatar por nuestra parte, con verdadera preocupación, los desaciertos que se relacionan en seguida. (En este punto corté el numeral 3 de la reseña del incidente —«Conclusiones»— y lo pegué al oficio, pues unas y otros —conclusiones y desaciertos— coincidían.) 1) La visita de campo se realizó con notorias deficiencias en cuanto a planeación y programación y sin que el funcionario que asistió por parte de esta Entidad conociera a su debido tiempo los antecedentes de las quejas que se pretendían verificar, a fin de ser considerados y evaluados preliminarmente. 2) No se realizó una coordinación previa con el Comando Departamental de Policía del Cesar ni con el Batallón ―La Popa‖ del Ejército Nacional para que la visita de campo fuese realmente efectiva. 3) Merced al alto grado de improvisación y al afán de realizar la visita de campo con inusitada premura, se dejaron de tener en cuenta aspectos de suma relevancia como la seguridad personal de los asistentes. 4) Aunque por fortuna no acaecieron hechos que lamentar, la temeridad del Oficial de la Policía Nacional de portar un arma de fuego en una zona controlada por fuerzas armadas al margen de la ley puso en riesgo no sólo su

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propia integridad personal sino también la de quienes lo acompañaban, funcionarios públicos que desconocían tan imprudente hecho. Tanta resultó la gravedad del suceso que el Oficial fue puesto en custodia por efectivos del Ejército Nacional en el Batallón ―La Popa‖ con el propósito de clarificar su situación y la legalidad del porte de su arma, de la que además no poseía documentación alguna. 5) La visita de verificación a la zona supuestamente afectada no se pudo llevar a cabo por condiciones de orden público (presencia de grupos armados al margen de la ley, operativo del Ejército Nacional en contra de los mismos, movilizaciones campesinas de protesta) que, con mayor planeación y coordinación desde Bogotá con las entidades pertinentes, se habrían conocido previamente y así se hubiesen tomado decisiones acertadas que minimizaran el menoscabo de los recursos públicos gastados inútilmente en ella y del tiempo de los servidores públicos que asistieron infructuosamente a tal visita, además de prever y evitar los riesgos personales durante la misma. 6) Cabe por otra parte anotar que el día 23 de septiembre efectivos de la DIRAN realizaron un vuelo de verificación en helicóptero sobre la zona supuestamente afectada y se tomaron registros fotográficos de la misma, por lo que no se entiende por qué razón y con qué propósito se programó una comisión de verificación posterior y por vía terrestre, sin tener en cuenta las condiciones de orden público y de seguridad de los asistentes. Por todo lo anterior, queremos comunicarle que ningún funcionario de la DNE puede asistir a estas visitas de campo sin que se realice previamente una reunión de planeación y preparación del trabajo a realizar en campo, así como un proceso de coordinación previa con las instituciones pertinentes como Comandos Departamentales de Policía y Brigadas del Ejército Nacional que garanticen la seguridad del personal que se desplaza para tales visitas e informen sobre la situación de orden público y operativos que eventualmente impidan el normal desarrollo de la visita. Esperamos que la presente solicitud sea tenida en cuenta para el buen desempeño de nuestras labores conjuntas. * Ingenuamente confiado creí que, tras semejante oficio, su superior iba a «jalarle las orejas» o «patearle el culo», como se dice. Pero si lo hizo (cosa que dudo, excepto quizá para advertirle que no volviera a ser tan estúpido de «ganarse» no sólo los ultrajes de «hijos de puta» como los miembros del Ejército sino también las necias pero molestas críticas de «inútiles burócratas» como nosotros), de ello nada supimos en la DNE, porque el Jefe de ARECI no se tomó la molestia de contestarlo. Debieron ponerlo sobre la taza de algún retrete luego de mostrárselo al coronel Mejía, quien, la mañana que me tocó regresar a la Base Aérea de la DIRAN a elaborar algunos conceptos técnicos preliminares, se encontraba reunido con Tamalameque en la oficina de éste

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releyéndolo y desde allí se despachó indignado y gritando para que todos en general y el «quejica» en particular le oyéramos: —¡¿Cuál «menoscabo de los recursos públicos», si todo lo paga la Embajada?! Se hizo entonces un breve silencio, durante el cual Tamalameque debió aclararle rápidamente y por lo bajo que esta vez tanto el desplazamiento al lugar de la verificación de daños como el regreso al D.C. se habían efectuado en vuelos comerciales pagados por cada una de las instituciones estatales involucradas. —¡¿Y cuál fue el maldito llorón que proyectó semejantes pendejadas de mierda?! —continuó al cabo, mas, percibiendo en el acto, vertiginosamente, la espesa y tirante atmósfera que se respiraba ese día al interior de la Base, yo ya había decidido dar marcha atrás y largarme de allí lo antes posible, por lo que prácticamente lo dejé con sus sucias y rabiosas palabras en la boca. «Evitar no es cobardía», me había enseñado mi abuela. Bajé por el ascensor y abandoné la maldita Base donde desaprensivos hombres como Mejía y Tamalameque contribuían alegremente a que los arteros hijos del Tío Sam decidieran el destino de millones de pobres diablos compatriotas suyos como yo. 10 De tal manera se planteó entre Tamalameque y yo una especie de «guerra silenciosa», una «guerra no declarada» en la que ninguno estaba dispuesto a aceptar abiertamente que tal confrontación existía pero en la que subrepticiamente cada cual utilizaría todos los medios posibles que tuviese a su alcance para ganarla. Una guerra semejante a la ideológica que existe entre derechistas e izquierdistas, en la que unos y otros buscan a como dé lugar que sus puntos de vista prevalezcan sobre los del contrario. Tamalameque dejó de dirigirme de modo directo la palabra y yo hice otro tanto. Cuando llegaba a la Base, ofrecía un saludo general: «Buenos días, señores», y Tamalameque respondía con los dientes apretados y sin mirarme siquiera, como quien saluda a un intruso molesto (al intruso molesto en el que en realidad me había convertido yo): «Buenos días». Pero cuando, al final de la tarde, me despedía antes de marcharme: «Hasta luego, señores», no se preocupaba por contestar sino que, por lo general, se apresuraba a llamar de forma perentoria a alguno de sus subalternos: «Ramírez, acérquese a mi oficina, por favor», como un importante y atafagado ejecutivo cuyas trascendentales obligaciones no le conceden siquiera el nimio tiempo necesario para despedirse de la insignificante mujer que hace el aseo en su oficina. Cierto día Rodolfo Jerez vino hasta mi cubículo y me invitó a almorzar a un restaurante próximo a las instalaciones de la DNE, tras el Centro Comercial Unilago. —¿Qué pasa con Tamalameque? —me preguntó mientras masticaba la ensalada con sus dientes de asno.

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—Nada —respondí yo—. ¿Por qué? —No sé, noto un clima tenso entre ustedes dos. —¿Le parece? Y al final del almuerzo comentó como quien no quiere la cosa: —Tamalameque es un buen tipo. Hice una de mis conocidas muecas de escepticismo que algunos confunden con desprecio. Rodolfo sonrió. —No le cae bien, ¿verdad? —Lo que pasa con Tamalameque —le expliqué— es que está convencido de que los de la DNE somos sus subalternos y pretende tratarnos como tal y en este punto es donde para su disgusto termina estrellándose conmigo, que no estoy de acuerdo con semejante equivocada pretensión suya. —Pero hablando todo se puede arreglar. —Lo dudo. Lo único que satisfaría a Tamalameque sería que yo agachara la cabeza. —No entiendo por qué se complican así las cosas, si estábamos trabajando tan bien hasta… —¿Hasta mi llegada? —No, no. Hasta, bueno, hasta hace poco. —Por eso. —Lo que digo es que no deberíamos pisarnos la manguera entre nosotros mismos. —La culpa no ha sido mía. Yo he intentado colaborar, pero en lugar de agradecimiento he recibido agresiones injustificadas. —Tal vez si yo propiciara una reunión informal entre usted y él… —No pierda su tiempo, Rodolfo. Yo no confío en Tamalameque. Es un hipócrita. Yo sé que hay algo en mí que no le agrada. Tal vez sea mi propio orgullo. Mi propio orgullo que choca contra el suyo. Y como este improvisado pacificador con cara de simpático borrico fracasara en su tibio intento, la batalla de egos siguió su implacable curso. * Por aquellos días hubo en la Base una reunión del Comité de Atención de Quejas en la que, como anfitriones, estuvieron presentes Jeronimus, Mejía, Gama, Marthica y Tamalameque, y por parte de la DNE asistimos Huertas, Rodolfo, Arturito y yo. Todos se saludaron de manera cordial y hasta afectuosa, estrechándose enérgicas manos y ofreciéndose amplias sonrisas. Como cabía esperarse, a mí me ignoraron por completo tanto los representantes de la Embajada Estadounidense como los de la DIRAN, quienes me observaron solo de pasada y como se observa a un insignificante bicho raro, a una miserable alimaña, esto es, con una mezcla de desprecio y de repugnancia. ¿Cabe señalar que me sentí entonces como un torpe y necio infiltrado que, aun a sabiendas de

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que hace mucho ha sido descubierto, se empeña todavía en colarse a una clandestina reunión de ya prevenidos gangsters que lo escrutan ahora con la helada displicencia de orgullosos psicópatas? Luego, una vez instalado el Comité en una pequeña Sala de Juntas, Tamalameque presentó en diapositivas los informes correspondientes a las visitas de verificación de daños de los Departamentos de Tolima y de Norte de Santander, aclarando durante la exposición de este último que, la mañana del día 8 de septiembre, el funcionario de la DNE no se personó en la Base Aérea a la hora previamente fijada para la salida, por lo cual la Comisión debió partir no sólo sin él sino además con retraso a causa de una espera inútil y que por lo tanto y asimismo no prestó su concurso en el posterior sobrevuelo de peritaje a los lotes supuestamente afectados del municipio de Sardinata, hechos que se ponían de manifiesto en la reunión actual con los únicos propósitos de «hacer honor a la verdad» y de «pedir respetuosamente a su superior que aplicara a aquél las sanciones a que hubiera lugar por tan irresponsable e improcedente conducta.» Entonces me asaltó de pronto la certeza paralizante de que al vengativo y ruin Tamalameque le iba a dar por seguir censurando mi comportamiento ante mi jefe y mis compañeros, revelando ahora mis andanzas nocturnas durante la fallida visita a la capital de Cesar con duras frases de un estilo similar a «Y lo que se la pasó haciendo en Valledupar (hoy y en este sitio les informo para que lo sepan, señores de la DNE) fue entrar a cuanto PROSTÍBULO de la ciudad se le atravesara, aquí y allá, en su camino». ¡Dios mío, llegué incluso a pensar, ESTOY PERDIDO! Mas también de pronto, viendo el inmutable rostro caprino de Huertas que pareció no concederle a su «aclaración» ninguna especial trascendencia (acaso porque ya había sido suficientemente informado de tales acontecimientos por parte de su subalterno ahora señalado), me tranquilicé pensando que si al maldito bastardo se le ocurría poner en práctica tamaña maniobra de desprestigio en contra de mi persona, yo no me quedaría atrás asegurando entonces y a mi vez que si efectivamente lo había hecho todo se debía a que el propio Tamalameque me indujera a ello tras rogarme de manera insistente para que lo acompañara a tales sitios con el irreprochable propósito de «saludar a una querida pariente suya». Pero por fortuna nada de esto ocurrió y Tamalameque prosiguió en seguida después con su desvergonzada exposición. Era casi para morirse de la risa la forma en que mostraba las imágenes fotográficas de los sitios sobrevolados y señalaba con suficiencia cómo no se habían encontrado cultivos lícitos afectados por el PECIG y sí, en cambio, lotes abandonados o cultivados ahora con coca o amapola, por lo que se concluía que todas las quejas de esos dos Departamentos no poseían fundamento y debían ser entonces rechazadas. —Con todo respeto —preguntó de pronto el expositor— ¿se puede saber cuál es el motivo de discusión entre nuestros amigos de la DNE? Yo me había acercado a Huertas para decirle al oído que era lógico que no se hallaran cultivos lícitos afectados por acciones derivadas del PECIG justamente por el prolongado lapso que mediaba entre la supuesta aspersión

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aérea con glifosato y la visita de verificación de daños y debido al cual resultaba imposible comprobar si las quejas poseían o no fundamento y Huertas se hacía el sordo y el desentendido soltando monosílabos como: «¿Ah?», «¿Cómo?», «¿Sí?». —Lo que pasa, Rommel —hubo de responder al fin, pero sólo de tal manera que quedara como recién enterado y no como el cauteloso encubridor que en realidad era—, es que el ingeniero Roger me ha hecho caer en cuenta que las visitas de verificación de daños se están efectuando con bastante retraso. —Sí, es verdad —se le soltó a Mejía—. Y si llegan a darse cuenta, NOS JODEN. Se nos viene encima todo el mundo. —Hay que procurar —intervino Gama— que eso no suceda. Jeronimus asintió en silencio con un pausado movimiento de cabeza. —Okay —aceptó Tamalameque—. Pero, en caso de que suceda, para eso tenemos a la doctora Marthica. Ésta sonrió, complacida. Y, luego, dijo: —Bueno, sigamos, capitán —dando por terminado el asunto. Tamalameque expuso entonces el caso de la señora Leonor Monsalve, de Mercaderes, Cauca. Se llegó al acuerdo de que las pretensiones económicas de la quejosa eran demasiado elevadas y de que, si bien había pruebas reales de afectaciones causadas por el PECIG en sus cultivos lícitos, éstas no eran tan graves y se le debía compensar, no por las 6 hectáreas de plátano y las 2 hectáreas de cacao que exigía, sino apenas por media (½) hectárea del primero. Otro tanto se dispuso para 4 quejosos del municipio de La Paz, Cesar, a quienes se admitió a cada uno una compensación de ½ hectárea por sus cultivos de mora (2), yuca (1) y fríjol (1). Y, por último, se ordenó a los miembros del Grupo de Atención de Quejas de la DIRAN-ARECI y la DNE calcular, para uno y otro caso, el valor a pagar según los lineamientos que para tal fin disponía la Resolución 0017 del 4 de octubre de 2001 del Consejo Nacional de Estupefacientes (CNE). Entonces se dio por terminada la junta y cada miembro de la organización partió hacia su refugio. * Juro que, a pesar de todo, a pesar de que, como he señalado, mis «socios» empezaron a tratarme como a una especie de «maldito apestado», mis cálculos fueron hechos a conciencia, sin marrullería y con intención, no de fastidiar a nadie, sino de hacer un poco —tan sólo un poco— de justicia a los quejosos mediante la simple aplicación de la norma. Pero por lo visto eso, la concesión de justicia, era precisamente lo que se intentaba a toda costa evitar que ocurriera. Recapitulemos.

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Comencemos recordando que el tan aludido PECIG es, en el papel y ante la nación y el orbe entero, responsabilidad de la DNE, pero en realidad quienes lo operan, con la asistencia copartícipe de la DIRAN-ARECI, son nuestros mandarines del Norte. Son ellos, alegres patrocinadores de nuestra pseudo República, quienes a diario, con sus chatarras aladas, surcan nuestras límpidas bóvedas celestes y descienden a nuestros agobiados y menesterosos campos para, so pretexto de hacernos el más encomiable de los favores, regar aquí, sin escrúpulo alguno, su insidiosa ponzoña… Ya desde el principio el arrodillado Huertas había intentado aleccionarme a propósito. —Como tú comprenderás, Roger, la Dirección no posee los medios necesarios para luchar contra semejante monstruo —se refería, naturalmente, a la industriosa producción y el dinámico tráfico de potingues y no al Imperio agostador que soterradamente auspicia aquélla y estotro—. Es el Gobierno Americano, por intermediación de su Embajada, el que provee los recursos empleados en el Programa. Por ello no es de extrañar que sean ellos mismos quienes lo manejen. Están en todo su derecho. —Y remató con esta hierática prosternación—: Sin su decidido apoyo estaríamos bajo el ignominioso Señorío del Mal. La longanimidad de nuestros amigachos los gringos no termina allí. Como quiera que son ellos los ejecutores reales del PECIG, también son ellos los que, auxiliando a nuestro pobre y maltrecho Estado, cubren los gastos de la reposición de cultivos lícitos afectados por las acciones del Programa de que habla el Capítulo Segundo de la Resolución 0017 del 4 de octubre de 2001 del CNE. Sólo que tal reposición es, en consonancia con el desarrollo del procedimiento establecido para la atención de quejas, una auténtica patraña. Según reporte de DIRAN-ARECI de las 8 horas y 52 minutos del día 29 de octubre de 2004, la sumatoria de quejas recibidas hasta esa fecha era de cinco mil cuarenta y cuatro (5.044), de las cuales se habían compensado (pagado) apenas doce (12), equivalentes (según el mismo reporte) al 0.2% del total (100%), equivalentes, en otras palabras, a cuatro (4) por año de las mil seiscientas ochenta y una (1.681) recibidas en promedio cada año, equivalentes, en definitiva, a NADA. Mentes cándidas y torpes creerán a pie juntillas lo que los arteros hijos del Tío Sam, convenientemente parapetados en sus desaprensivos compinches nacionales, exponen, por intermediación de éstos últimos, a propósito de la mezquina cifra: que el número tan exiguo de quejas pagadas se debe, en primer término, a que solamente en esos pocos casos se demostró efectivamente algún daño colateral en cultivos lícitos relacionado con las acciones del Programa y, en segundo término, a que éste se encuentra tan bien llevado, manejado y ejecutado que aquellos perjuicios secundarios son mínimos, como precisamente lo demuestran las estadísticas de quejas compensadas. Por supuesto, no hay tales, como lo indican perfectamente los resultados del estudio hecho por el Departamento Técnico de la Sociedad Las Palmas Limitada.

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Ahora bien: no contentos con ello, pretendían minimizar además los gastos de las escasas reposiciones concedidas, pues, luego de entregar a Tamalameque por intermediación de Arturito los cálculos hechos por mí, no tardaron en telefonear a Huertas para quejarse y oponerse a lo que consideraban una suerte de inadmisible triquiñuela de su insumiso subalterno. —Roger —me dijo con una expresión de absoluto fastidio—, ¿qué es lo que pasa con los cálculos que tú hiciste para la reposición del cultivo de mora? —Nada, doctor. ¿Por qué? —Porque se la han pasado llamándome de la DIRAN para decirme que están mal, que tú le has puesto unas cifras que no son reales. Mira, me han mandado vía fax tus cálculos. ¿Son éstos? Tomé la hoja y revisé su contenido. —Así es, sí, señor. —Tamalameque me dice que el precio del kilogramo de mora en un supermercado próximo a su casa es de apenas 700,00 pesos y no los 1.808,00 que tú colocas en los cálculos. No pude dejar de esbozar un sonrisita de desdén. —A ver le explico, doctor. Lo que pasa es que el cálculo de la reposición de cultivos se hace, no con los precios del supermercado próximo a la casa del capitán Tamalameque, o al de la mía, o al de la suya, doctor, sino con la tabla de precios de CORABASTOS, tal como lo establece la Resolución 0017 en su Artículo Undécimo, y resulta que el precio actual de mercado del kilogramo de mora según esa tabla es PRECISAMENTE de 1.808,00 pesos. Estudió brevemente, una vez más, mi hoja de cálculos y, luego, preguntó: —Pero entonces ¿por qué la cifra de reposición del cultivo de mora es tan elevada y la de fríjol y de yuca no? De eso, justamente, es lo que se quejan en la DIRAN, pues no parecen estar en desacuerdo con los cálculos para fríjol y para yuca. —Por una sencilla razón, doctor. La yuca y el fríjol son cultivos TRANSITORIOS y la Resolución establece que para tales cultivos la reposición comprenderá EXCLUSIVAMENTE el valor de la cosecha perjudicada, mientras que el cultivo de mora es PERMANENTE y la Resolución establece que para tales cultivos la reposición comprenderá, PRIMERO, el valor de la inversión en la instalación del cultivo, SEGUNDO, el valor de la cosecha ACTUAL perjudicada, TERCERO, el valor de la REINSTALACIÓN del cultivo y, CUARTO, el valor de las cosechas FUTURAS calculadas hasta la fecha en que la nueva plantación entre en PLENA PRODUCCIÓN. Así que… Lo que pasa es que, al parecer, los señores de la DIRAN quieren tratar al cultivo de mora como transitorio para ahorrarle así a la Embajada unos cuantos millones de pesos… Huertas me miró de forma extraña, como si acabara de descubrir que su subalterno no era precisamente un individuo inofensivo. —Cuidado con lo que dices, Roger. Pero, bueno, explícame ahora por qué, siendo el plátano un cultivo permanente, los de la DIRAN no han protestado esta vez por tus cálculos de reposición de ese cultivo.

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—No sé. Tal vez porque quedaron satisfechos de que las pretensiones de la quejosa hubiesen sido rebajadas ostensiblemente durante la reunión del Comité. —¿A qué te refieres? —A que la señora exige que se le compensen 6 hectáreas de plátano y 2 hectáreas de cacao y el Comité aprobó el pago de apenas media hectárea de plátano. Si yo perteneciera a la Embajada también estaría contento, me daría por bien servido, pues no es lo mismo pagar 276 millones de pesos que aproximadamente vale la reposición de las 6 hectáreas a pagar solamente algo más de 23 millones de pesos que es lo que vale la de media hectárea. Volvió a mirarme de esa forma extraña, como diciéndose para sí mismo: «¡Vaya, vaya, no es tan menso como parece el maldito!». Luego volvió a posar sus caprinos y despiadados ojos de psicópata en las cifras que mostraba la hoja y exclamó con sorna: —¡Entonces es un buen negocio dedicarse a cultivar mora! —No tanto, doctor. ¿Por qué? —¡Porque si me van a pagar toda esa plata por tan solo media hectárea, entonces yo me voy a poner a sembrar moras! —Hágalo, doctor —lo animé yo, esbozando una sonrisita socarrona—, pero asegúrese de que le paguen la totalidad de los daños y que los cálculos de reposición no los haga el capitán Tamalameque. Pero aunque mi desenfadada recomendación lo pareciera no era en verdad un chiste, porque al final Tamalameque desechó por completo mis cálculos e impuso los suyos, rebajando un 80 % la cifra estimada concienzudamente por mí. * El día 5 de diciembre, coincidiendo con el informe acerca de las quejas del Departamento del Putumayo que le entregara ese mismo día a Huertas, llegaron a la DNE y la DIRAN sendos Recursos de Tutela de los señores Bonifacio Mosso Playas y Alberico Rosas Luengas del municipio Belén de los Andaquíes (Caquetá). Por tales recursos el Tribunal Departamental de Caquetá ordenaba a la Auditoría Ambiental de la DNE y al Grupo de Atención de Quejas de la DNE y de la DIRAN-ARECI explicar qué se había hecho hasta el momento por resolver las quejas interpuestas por los precitados ciudadanos. Como se podrá columbrar, a la fecha no se había hecho nada en absoluto, justamente por la «inexplicable» ineficiencia que señalaba mi informe. Pero como en semejantes circunstancias era preciso «moverse con rapidez» para tapar tal ineficiencia, fui urgido por Marthica vía telefónica para que me presentara cuanto antes en la Base Aérea y emitiera de inmediato un concepto del análisis de unas fotografías que los mencionados quejosos aportaran a los respectivos expedientes.

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Una vez allí, me pidió con dulzura que el concepto fuese firmado con fecha anterior al 5 de diciembre. —Hazlo preferiblemente con fecha del 19 de noviembre —me aconsejó, con el único propósito, claro está, de demostrar ante el Tribunal que aceptara los Recursos de Tutela, que el procedimiento marchaba según los términos de la norma. Refractario a sus encantos de astuta y emperifollada zorra, me negué de forma rotunda a hacerlo tal como ella me lo pedía. —Espero que comprenda, doctora —le espeté con acritud—, que no es que me considere un adalid de la moral y la ética, sino que mi responsabilidad como representante de la DNE en el Grupo de Atención de Quejas es cumplir con lo consagrado en la Resolución 0017. Así, pues, el asunto no es esencialmente de moral o ética, sino de legalidad. Tanto usted como yo y los demás miembros del Grupo de Atención de Quejas estamos, no tanto en el deber moral o ético de cumplir con la norma, sino sobre todo en el deber constitucional de hacerlo. Pues la norma fue promulgada con el fin de garantizar la protección de los derechos fundamentales de los ciudadanos presuntamente afectados, y nos obliga a todos nosotros, como funcionarios públicos que estamos al servicio de la comunidad, a cumplirla tal como fue promulgada, siguiendo sus lineamientos y sus términos, independientemente de cualquier consideración de índole personal. Así que lo haré poniendo en él la fecha actual. —Está bien, ingeniero —me escupió a la cara como una serpiente que arroja su veneno y dejando bruscamente de tutearme—, entonces hágalo poniendo la fecha que se le dé la gana, PERO HÁGALO. Y se marchó hacia su cubículo hecha una furia. * A la mañana siguiente, reinaba en la oficina un silencio casi mortal. Huertas me llamó a su despacho a la mitad de la mañana. Sus claros e inmutables ojos de asesino me recibieron con la frialdad que era de temerse. —Siéntese, Rodríguez —me espetó, ahora sin tutearme—. Déjeme decirle cuán decepcionado estoy —comenzó, pasando una a una las hojas de mi reveladora reseña—. Yo pensé que usted era un tipo inteligente, que sabía que, en este país, uno más uno no son dos sino lo que digan nuestros amigos de la Embajada Americana. Si usted quiere malquistarse con ellos, conmigo o con los de la Policía, allá usted. Pero le advierto que si decide hacerlo, lo mejor es que busque dónde esconderse, y no lo digo por mí, sino porque no hay peor enemigo que un policía. Y ahora, lárguese, lárguese a redactar su renuncia que la necesito para hoy mismo. En ese momento sonó su teléfono móvil.

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—¿Qué hubo, Rommel, cómo va? —saludó, y todavía antes de cerrar la puerta a mis espaldas pude oír cómo peroraba con el mayor de los descaros—: Despreocúpese. Ya le mando a Arturo para que le firme el concepto técnico con la fecha que se ajuste a los términos de la Resolución. Sí, hoy mismo. All right, captain. ¿Cómo? No, no es una ofensa. ¡Deje ya la inveterada paranoia de los de su cuerpo! En inglés es el término para señalar que todo está bien. ¡Me extraña, mi amigo Tamalquemado, que, cooperando con los gringos, no se le haya pegado alguito del idioma! ¡Oh, sí, discúlpeme, Rommel! ¡Tamalameque, claro! ¡Ay, es que esos apellidos autóctonos siempre me confunden! Y entonces, con mi enorme orgullo herido y mi rencoroso espíritu colmado de amargura, comprendí que el abominable capitán Rommel Tamalameque me había ganado finalmente la silenciosa partida. 11 Pero ahora, esa tibia mañana de mediados de febrero, mientras descendía volando en mi bicicleta azul a la Plaza Principal del enjalbegado poblacho en busca de una cabina telefónica, me decía jubilosamente para mis adentros que, después de todo, aquélla no había terminado aún sino que tan sólo había sido aplazada hasta el día de hoy y que la victoria final estaba todavía no solamente por definirse sino además a mi alcance. ¡Ya iba a ver ese maldito tombo envanecido con cara de indio quién reía de último!

III La innata aptitud de Mónica Lewinsky 1 Ya antes de decidirme por fin a acudir a la Corporación Colectivo de Abogados Jaime Atehortúa Ramírez, había fantaseado con la posibilidad de hacerlo a los medios de comunicación escritos. Imaginaba el escandaloso titular: «LUCHA DE ERRADICACIÓN DE CULTIVOS ILÍCITOS: ¡UNA FARSA!», y el no menos asombroso subtítulo: «¡ES LO QUE ASEGURA EX FUNCIONARIO DE LA DIRECCIÓN NACIONAL DE ESTUPEFACIENTES!». Pero una nota aparecida el día 26 de diciembre en la sección Gente del semanario El Capitalino que providencialmente y por casualidad cayera en mis manos algo así como un mes después, mientras me tomaba un tinto en una cafetería de la Plaza Principal de Villa de Leyva, me hizo desistir de mi candoroso ensueño. La breve nota rezaba:

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PERIODISTA, A DISNEYLAND PREMIADO. Gumersindo Páez Jinetes, de esta Casa Editorial, irá al reconocido parque temático. Como un reconocimiento a su encomiable y aplaudida labor de oportuno y preciso informante, la Embajada Norteamericana invitó al redactor en jefe (e) de este semanario don Gumersindo Páez Jinetes a pasar el Año Nuevo próximo en Disneyland (Estados Unidos). Junto con él, 19 informantes de países como Venezuela, Cuba, China, Corea del Norte, Afganistán, Iraq, Irán, Siria y el Estado Palestino compartirán la experiencia en Orlando, Florida (E.U.). Sus compañeros y colaboradores de la sala de redacción, le deseamos una feliz estadía en el exterior y un pronto regreso al país. Enhorabuena. Páez Jinetes era un famoso limpiabotas metido, con resonante suceso, a periodista. Su columna «La Ratonera» que publicaba en aquel semanario era una de las más leídas de toda la prensa escrita nacional. Su celebridad había comenzado a mediados de 2004, gracias a la transcripción que hiciera para la revista cultural de distribución gratuita «Páginas de Teusaquillo» del panfleto firmado por el controversial implantólogo y no menos discutible modisto Américo Estrella, a quien, en el ahora popular barrio Teusaquillo, del que era vecino, mejor se le conocía por el significativo mote de «El Bagrero». Como quizá no podía ser de otra manera, había titulado dicha transcripción como «El panfleto del bagrero». Lo recuerdo muy bien porque la señora Blanca, mi casera, hablaba constantemente y siempre con admiración del singular gacetillero y hasta me regaló el número de la revista —el 12, que aún conservo— en que apareciera, rescatado de las calles del D.C., el heteróclito y no por ello menos interesante escrito. Y lo transcribo a continuación porque entonces, mientras en la cafetería de Yolandita (Yoli) repasaba la nota del semanario, me pareció reconocer en la suerte de Américo Estrella un vislumbre de la mía propia si ahora se me ocurría la estúpida idea de confiar mis obscuros secretos a individuos del talante de Páez Jinetes. EL PANFLETO DEL BAGRERO Injustamente desestimados, sin duda nunca bien apreciados conciudadanos, anónimos pero no por ello menos respetables miembros de la opinión pública capitalina: Expido impaciente estas necesarias líneas con el único y rotundo propósito de ofrecer a ustedes, vulgo ingenuo y dúctil, las explicaciones pertinentes al vano pero muy publicitado escándalo que suscitó mi dinámica y sin embargo mal interpretada colaboración como integrante del jurado en el último torneo de belleza femenina realizado en el país. Con ello espero no sólo dejar en claro mi postura frente al malhadado hecho, sino además limpiar mi nombre de las patibularias e infundadas acusaciones de que

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últimamente ha sido objeto por parte de elementos sin escrúpulos o, en todo caso, carentes de rigor; acusaciones multiplicadas hasta la náusea por tabloides y revistas sensacionalistas que se han obstinado, con desusada inquina y mediante intrincadas tergiversaciones de las circunstancias, en presentarme a los ojos de la masa impresionable y de la denterosa y fementida elite local, indistintamente, como una especie de gangster de las pasarelas, tratando así de vilipendiar mis públicos y reconocidos oficios, tan especialmente considerados y aplaudidos, si no aquí, a este lado del Atlántico, en el exclusivo ámbito de la high life internacional europea donde ahora me refugio en calidad de chambermaid (pues, en beneficio de mi propia seguridad personal, he debido camuflarme cual lagartija), sí allá, en la ofuscada patria, en el lugar que más importa. Ya se verá hasta qué punto obré de buena fe, no sólo entonces, en aquella oportunidad, sino cada vez que fui requerido para tan arduos pero a un tiempo gratificantes ministerios de enjuiciamiento de la estética femenil, pues, aunque bien puede señalárseme con razón como poco y hasta nada creyente, la temprana conciencia de ser una criatura especialmente socorrida por la Fortuna (ya que no por la Providencia, de la que, reitero, mi aguda perspicacia no me ha permitido nunca ser devoto) no sólo con una envidiable apariencia física sino además con una no menos codiciada posición social, marcó rápidamente la senda de mi carácter e hizo de mí al fin, si no el cristiano probo, arrodillado y camandulero que los más ortodoxos habrían querido, sí al menos el hidalgo sesudo, altruista y justiciero como hay pocos que no hesito en certificar que soy. Como venía diciendo, no era ésta la primera vez que se demandaban mis señeras prestaciones como miembro del jurado para un desafío semejante. El nuestro es el país de los duelos de belleza, y, hasta el comienzo de mi ilegítima persecución, yo presté gustoso mi necesario concurso en casi todos, ya en las menesterosas provincias, ya en las muníficas metrópolis. En el transcurso del último año desfilé (generalmente sin alboroto pero a veces víctima de la cerrazón de los mass media territoriales, hay que decirlo) por el del Turismo, el de la Juventud, el del Café, el de la Papa, el del Arroz, el de la Yuca, el del Coco, el del Algodón, el del Tabaco, el del Banano, el de la Cebolla, el del Chorizo, la Longaniza y la Morcilla, el del Guarapo, el de la Chicha, el de la Leche, el de la Chirimoya, el de la Pitahaya, el de la Piña, el del Borojó y el de la Pita, y coadyuvé asimismo a elegir a las Miss Tanga, Miss Wondercul, Miss Wonderbra, Miss Sardina, Miss Festival de Verano y, en fin, un largo etcétera de otras Misses que en este justo momento escapan de mi atribulada memoria. Como primera demostración de mi talante longánimo y condescendiente, debo admitir, con el fortalecido orgullo de un magno resarcidor, que, en todas y cada una de estas trifulcas, mi actitud fue siempre la de proteger y defender —por una especie de mandato o imperativo moral— a aquellas criaturas menos favorecidas por la Naturaleza, que reparte gracias y máculas de forma caprichosa y por tanto inmerecida. (Fue así como en Miss Wondercul y Miss Wonderbra —por sólo nombrar algunas— se produjeron, gracias a mi piadoso laudo, verdaderas sorpresas, o «palos»,

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como entonces afirmaron en su confuso argot los equívocos medios de comunicación, y no titubeo en decir acusadoramente equívocos porque, no obstante, y después de todo, jamás debieron considerarlos como tales, pues, al fin y al cabo, traspontines y mogotes, respectivamente, era lo que se estaba catando en dichas justas y, puesto que su opinión era la única autorizada gracias a su mayor experiencia en el vasto universo de los sabios y honorables matasanos, un servidor no dudó, mediante una loable táctica de intimidación psicológica basada justamente en su cacareada mayor escuela, en hacer ver a los demás integrantes del comité que sin lugar a dudas aquellas dos heteróclitas beldades poseían los más restaurados —innecesario resultó entonces ponerlos al tanto de que los favoritos de quien ahora compone estas líneas vindicatorias habían sido moldeados por su propio y experto bisturí de Pigmalión de la carne y que por tanto merecían resultar vencedores—, aunque a la atolondrada concurrencia desagradó el veredicto por ser bisoja la primera y patizamba la segunda.) Mi proceder correspondía, en suma, a una suerte de epanortosis humana de la arbitrariedad naturalística. (No por nada elegí, como vocaciones aunadas, aquellas dos nobles disciplinas que algún día volverán a enaltecer mi prolijo y rico currículum vitae). Además, nunca he condescendido, por considerarlo segregacionista y carente de toda humanidad, con el inveterado aforismo de nuestros antecesores: Al pobre y al feo, todo se le va en deseo. ¡Como si solamente la minoría que constituimos la estirpe de los gratos y lautos poseyésemos a manera de monopolio el inalienable derecho de soñar! ¡Faltaba más! Haciendo gala de la coherencia que me caracteriza, no otra fue mi actitud de cara al último encargo confiado a mi calibrado y docto criterio en el desconocido Reinado de la Subienda de Paracuandó, remoto y caluroso poblacho de la Costa Atlántica, a orillas del río Atrato, adonde me desplacé por el bárbaro pero sabio ultimátum de cierto comandante paramilitar cuya identidad el sentido común recomienda prudente mantener en el debido y respetuoso secreto ya que, ahora como entonces, representa a la más poderosa germanía del heterogéneo catálogo de masters de la República que con un solo chasquido de los dedos puede hacerte pasar a engrosar las frías estadísticas de mortalidad incidental, allá o en cualquiera otra parte del mundo. Fui escoltado por un par de sus torvos y silenciosos esbirros desde mi reputada clínica-taller-residencia del centro de la capital, pasando por el aeropuerto de Acandí, hasta el recóndito y húmedo villorrio caribeño. No se vaya a creer que, por tratarse de un reinadito de medio pelo en un olvidado paraje chocoano que una vez al año —poco antes de la Semana Mayor— rinde agradecido tributo a la abundancia de pescado fluvial, resultaran presentándose a contienda grotescas sirenas semejantes a bagres o pirañas; no, aunque debo admitir que en un principio así lo malicié yo frotándome de entusiasmo y de fruición las manos, calculando las mayores posibilidades de ligar que entonces tendría. Pero rápidamente advertí, con súbita y honda desolación, que me equivocaba, pues hicieron concurrir al

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evento a auténticas sílfides —sílfides envanecidas que a pesar de tu insoslayable atractivo físico, tus prendas de marca, tu cartera atiborrada de monises y tu renombre, no sé por qué vesánica causa no te lanzan nunca ni un dos de bastos siquiera— e incluso todas, excepto una, eran importadas. Para quienes no lo sepan permítanme explicarles (ya que entonces el Destino me deparó la revelación del secreto) que, con ocasión del Reinado de la Subienda, la aldea de Paracuandó se convierte, por tácito y misterioso acuerdo entre las partes, en una suerte de «Zona de Distensión» —una de las tantas que en los últimos años se han instaurado a expensas de los Gobiernos y por obscuras conveniencias de los mismos— en la que cada uno de los protagonistas del conflicto de marras que desangra la nación, envía a su inerme combatiente a la batalla planteada. Así, pues, cierto representante del omnímodo poder norteamericano, ordenó registrar a su querida del vecino país del Canal; otro tanto hizo el Canciller de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, pero la suya, aunque igual de despampanante, resultó ser paisana del Libertador; el que sabemos no sólo decidió mostrarse fiel a su quinta y jovencísima esposa barranquillera sino que además la ofreció como aspirante de su colectividad; el patrón de los Carteles locales hizo fletar desde Miami a una de las tantas top models paisas que mantiene en dicha metrópoli; y el General (r) Roa Bastos, segundo al frente de la Cartera de Defensa, no pudo dejar de guardar las apariencias y mandó arrimar desde el Eje Cafetero a una ninfa que sus segundos introdujeron no sólo como la elegida del Gobierno sino también como su prometida, no obstante su resobada proclividad por los robustos efebos de las guarniciones de la que, según se murmura en los corredores de Palacio, hasta el mismísimo Presidente suele hacer mofa. (Este ramillete de ex doncellas —todas con el pelo teñido, todas agringadas— fue recibido por el pueblo mulato con las piernas abiertas, como se recibe siempre al forastero en nuestro querido terruño, independientemente de si se trata de un cultivado gentleman como este pecho o de fámulas cerriles como aquellas percantas.) En cuanto a los aborígenes, estaban dignamente representados por el muévedo cimarrón que era la concubina del señor Alcalde (a la que éstos llamaban por el mote familiar de «La Rompecatres» —más tarde yo mismo llegaría a confirmar el por qué del seudónimo), inesperada circunstancia ésta que a poco estuvo de arrancarme lágrimas de alegría y de reconocimiento a la diosa Fortuna. (Bien dicen los creyentes que Dios aprieta pero no ahorca; y yo, aunque no lo soy, estuve entonces casi dispuesto a creerlo; y, si no fuera por mi fundado agnosticismo, también casi podría haber afirmado como aquéllos: El Señor nunca desampara a quien bien lo ha servido.) Ahora bien: mi preclara inteligencia me advierte en este punto que los cortos lectores de estas páginas vindicatorias deben de estarse preguntando, in this just moment, por qué mi actuación en una contienda semejante causó tanto revuelo; y ya la misma se anticipa a dar la debida y lógica respuesta. Sencillo: porque un artista de sustancia como el que habla, que, por el mérito de sus obras y creaciones, goza del reconocimiento público en toda nuestra

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pseudo República, termina convirtiéndose, más temprano que tarde, en jugosa presa de los insidiosos aunque necesarios medios de comunicación y cualquiera de sus actos, quiéralo o no, siempre es noticia. A esto hay que agregar por otra parte que, dominados por malos presagios o simplemente por un miedo acogotador, los demás miembros del jurado rehusaron, de hecho ya que no de palabra, la conminación a participar en el austero festival, pues, a pesar de las reiteradas promesas de asistencia, no se les vio nunca el pelo por aquella manigua y quien ahora escribe desde su mal remunerado escondite de inmigrante indocumentado debió echarse al lomo, cual abnegado Atlas, todo el peso de la grande responsabilidad que implicaba el mismo y así también las infaustas consecuencias del magnánimo pero incomprendido veredicto, entre las que se destaca la campaña de desprestigio personal y profesional emprendida en su contra en la prensa escrita, de la que —¡quién no lo sabe!— los afectados son sus mayores accionistas. Porque, como era de esperarse, el que sabemos no era el único que anhelaba agasajar a su querida de turno con el cetro y la corona; y si, para satisfacer su legítimo y comprensible deseo, acudió a insolentes advertencias proferidas por intermediación de sus secuaces, los otros no se quedaron atrás, sólo que optaron por la más civilizada forma de persuasión, haciéndome llegar clandestinamente las respectivas coimas, que simulé aceptar con el único propósito de, como suele decirse, engañar al enemigo, pues mi tan aludida vocación de justiciero me ordenaba cumplir con la estimable misión que tan valientemente había sabido autoimponerme; además estaba el asunto de las promesas formuladas la víspera de la gala de coronación en una ansiada y buscada noche de fuego, que por más desatinadas que sean un verdadero caballero no puede dejar de atender. Barruntando la oleada de rabioso inconformismo que desataría un fallo inadecuado, como un lince resolví que no habría ni aspirantes perdedoras ni por tanto padrinos vencidos; rodeado por la azabachada y ruidosa multitud, al lado de las sudorosas y expectantes pretendientes, adopté impertérrito el serio rol de elástico demagogo que las circunstancias ameritaban y, desde la improvisada tarima de tablas de palo, pronuncié mi bien razonado laudo: —Es para los aquí aglutinados una auténtica distinción contar con la presencia de un conspicuo aunque deferente servidor, que no ha hesitado un solo segundo en satisfacer el llamado retador de las fuerzas intemperantes que aherrojan la patria, a fin de prestar sus señeras dotes en el singularísimo evento que se finiquita esta noche de luminosas teas, bravíos tripudios y azarosas trancas, con la prudente y equitativa resolución del expectable comité unipersonal que tiene el inmenso orgullo de representar en este basto confín del mundo civilizado, de declarar, merced a un empate técnico, la división del lapsus decretado para portar el cetro y la corona del Reinado de la Subienda de Paracuandó en cantidad igual al guarismo de aspirantes, de tal manera que a cada una de ellas corresponda un periodo exento de desproporción como soberana absoluta, para el primero de los cuales se

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designa, en reconocimiento a la contristada comarca que lo ha sabido acoger con paradójica euforia, a su popularísima reina hospedera. Como mis hieráticas palabras no fuesen captadas por la refractaria azafata encargada de la vara y la pancarpia, yo mismo hube de imponérselas a la anfitriona. Abajo, entre la hiperpigmentada muchedumbre, alguien publicó anfibológicamente: —¡Ha ganado la Rompecatres! A pesar de lo cual se escuchó entonces una ovación general de consentimiento, tal como en insomnes elucubraciones de la noche inmediatamente anterior llegué a anticipar. Pensé que resultaba pedante que yo mismo lo dijera, pero ¡qué triunfo de la intuición!, reconocí para mi capote. Una lucífera lluvia de antorchas cayó muy cerca de las nereidas, desfallecientes por la tremenda emoción. —¡Corra, maricón, que nos van a linchar! —me gritó de pronto el lengüilargo patrocinador de la recién aureolada, al que (entonces lo supe) el pueblo odiaba. Lo demás lo recuerdo como un vertiginoso sueño estigio: el flamígero acoso de la piarada de energúmenos; la precipitada hégira en el poderoso todoterreno del burgomaestre por la trocha que serpentea a través de la tupida manigua luego de haber presenciado cómo el Palacio Municipal comenzaba a arder en llamas; el arribo al aeropuerto de Acandí; la expatriación aérea pagada por mi compañero de diáspora hasta Colón, Panamá, donde entonces, para mi asombro, estrechó complacido mi mano y espetó sin más: —Sepa que le agradezco en el alma, cachaco, lo que cándidamente y sin proponerse ha hecho por mí. Con su interesada ayuda todo salió según lo planeado. Conozco a mi gente. Ahora soy una víctima de la conmoción que no tardarán en achacar a usted. Me refugiaré tranquilo aquí en el exilio, pretextando el estado de ingobernabilidad en que se encuentra el pueblo, hasta cuando las acusaciones por malversación de fondos públicos hechas en mi contra por los envidiosos opositores pierdan vigencia. Sí, tiene razón: ¡nadie sabe para quién trabaja! Lamento con sinceridad la pérdida de sus pertenencias y de su recaudo, pero, como le consta, su habitación en la Alcaldía fue atacada y no pudimos sacar nada de ella. Y ahora lo único que me queda por decirle es que si, como estoy seguro, también aceptó el soborno de los otros, lo mejor es que no regrese al país y se refunda donde mejor le parezca, porque esa gente, tan orgullosa y violenta, no dudará en masacrarlo a la primera oportunidad que a usted mal se le ocurra darles. Adiós. Con una mano adelante y con la otra atrás, como vulgarmente se dice, y haciendo caso a las axiomáticas palabras del incivil ex mandatario, logré escabullirme dentro de las bodegas del Haarlem que partía hacia Amsterdam. Ahora me encuentro en un lugar que, por obvias razones, no puedo revelar, y en el cual compongo esta exégesis de los hechos destinada, vía e-mail, a mis incondicionales en la capital de la patria, que me han mantenido al tanto de todo y los que estoy seguro cumplirán con mi impaciente indicación de colmar

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sus bulevares más importantes con reproducciones de esta intitulada Carta abierta a mis paisanos engatusados. Sólo me queda esperar que, con el paso de los meses, los ánimos vengadores se decanten y la cordura salga a flote y se imponga por sobre éstos. Entonces regresaré a ocupar el sitial de privilegio que, como ya bien se ha aludido, la severa intolerancia de unos pocos me obligó a desalojar con presteza. AMÉRICO ESTRELLA Médico Cirujano Plástico-Diseñador de Modas Desde alguna parte en el United Kingdom, 12 de mayo de 2004. (1) (1) Incomprensible y nefasto descuido del autor y de sus incondicionales fue proporcionar y luego dejar, respectivamente, pistas del domicilio del primero a sus obcecados rastreadores. El cuerpo de Américo Estrella apareció flotando sobre las gélidas aguas del río Támesis, exactamente bajo el puente que lleva el nombre de la capital británica, treinta días después de la fecha que aparece en el panfleto. A pesar de las evidentes muestras de tortura que poseía el cadáver, el hecho fue catalogado por las autoridades del Reino simplemente como «muerte por ahogamiento de un travestido latinoamericano dedicado a la siempre riesgosa prostitución callejera». (Nota del transcriptor, Gumersindo Páez Jinetes.) Y entonces, a partir de la lectura de la nota de prensa, y sin duda influenciado por el curioso estilo del pasquín firmado por el relamido modisto, se establece en mi ahora espoleada imaginación una especie de contrapunteo epistolar con el laureado revistero, quien, como es de temerse, comparte con mi mejor amigo Boris una incredulidad a prueba de balas a propósito de mis denuncias revanchistas. Yo: «Estólido y lamentable señor lustrabotas metido a inepto corresponsal de tan pavisoso folletín (porque ni creas que has conseguido ganar lustre ante mi aguda inteligencia simplemente por el hecho de firmar tus vanos artículos con ese fútil rótulo de ―redactor en jefe‖): Sin el menor de los pasmos compruebo que perteneces a aquella generalizada y asfixiante raza nacional de los zotes que al guipar un repugnante gallinazo certifican impertérritos que no se trata de otra cosa que una pulcra paloma, y es que ya se sabe que no hay peor retrasado que el que no quiere taladrar. Sin embargo, confío en que tu rebencuda incredulidad pierda en el acto pie de apoyo cuando termines de repasar el duplicado del informe final del Departamento Técnico de la Sociedad Las Palmas Limitada que, justamente por tu aludido escepticismo de cernícalo, me veo hoy en la necesidad de adjuntar a la presente misiva». Él: «Amigo Rodríguez: A pesar de los asuntos de importancia que me atafagan a diario y sin tregua y de los que dada la alta responsabilidad que

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me ha sido encomendada debo ocuparme de continuo en la oficina e incluso fuera de ésta en horas no laborables, a pesar de todo ello, en la fecha de hoy día me he tomado la soberana molestia de, vía telefónica, importunar a las sólidas y reputadas instituciones que usted, sólo por disculpar su incalificable cachaza y su pasible manía al trabajo, se ha aventurado a calumniar; he telefoneado, pues, al Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, al Instituto Colombiano Agropecuario, a la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional, a la Dirección Nacional de Estupefacientes, a la Sociedad Las Palmas Limitada y a nuestros grandes amigos y colaboradores de la Embajada Estadounidense. Como era de esperarse, en ninguna de estas entidades se tiene el más mínimo conocimiento acerca del alarmante estudio que sólo una mente desquiciada como la suya en mala hora se le ocurrió fraguar. Le ruego por tanto que no insista en baldonear lo elogiable y que, por su propio bien, y como se dice vulgarmente, coja oficio. Posdata: No vaya usted a creer, amigo Rodríguez, que mi intención es afanarlo solamente por afanarlo, pero déjeme advertirle que en la DIRAN, en la DNE y, sobre todo, en la oficina de NAS, se pusieron muy serios al saber por esta boca de sus infundios y no hesitaron en manifestar que su inconcebible osadía traerá para usted y sus posibles cómplices las consecuencias del caso. Creyendo sin duda que este humilde servidor se hallaba entre éstos últimos, le cacarearon en aquéllas y en estotra más o menos con las mismas palabras y el mismo tono de preocupada indignación: ―¡Es que usted, señor redactor, bien sabe que con cosas como ésas no se juega, máxime cuando de lo que se trata es de nada más y nada menos que no sólo la Seguridad Nacional sino incluso la de todo el Hemisferio!‖ Como usted sabrá entender ya que se ufana en vano de poseer una mollera privilegiada, este pecho hubo de negar cualquier tipo de relación tanto con semejante heterodoxia como con su malaventurado forjador; y, para terminar de convencer a todas las partes de que cometían el más craso de los errores, hasta se ofreció a entregar a unas u otra los documentos que reposan en su poder; obviamente, la propuesta causó la más grata de las impresiones, desvaneciendo de paso cualquier tipo de suspicacia con respecto a su inocente persona.» Yo: «Maldito Judas: ¡Amén de traidor, bruto! Sólo a un animal como tú se le pasa por la cabezota llena de humo correr hasta donde taimados y encanallados impenitentes a obsecrarles que emitan un sincero mea culpa con todo y golpes de pecho. ¡Por supuesto que no lo harán, ni ahora ni en el futuro, tanto más cuanto que, como te lo he sabido demostrar hasta la saciedad y a pesar de tu inconmensurable estolidez, su norma capital es la misma que la de los morrongos: tapar con subterfugios sus propias cagadas! Y ahora que por tu soberana majadería he quedado en evidencia, no me queda otro camino a seguir que el del destierro, porque no soy lo suficientemente melón como tú para quedarme cruzado de brazos esperando a los esbirros del Imperio en tanto recito para mis adentros como una plegaria salvadora el manido axioma de que ―el que nada debe, nada teme‖,

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que en este país hace siglos perdió vigencia pues, merced a las chapuceras escenificaciones de órganos del Estado como la Fiscalía, sucede justamente todo lo contrario: ¡AY DEL QUE NADA DEBE!» Y ahora, después de este probable contrapunteo epistolar que sin embargo nunca se llevará a cabo, resulta fácil imaginarse una publicación que, por el contrario, y teniendo en cuenta el paranoico clima de terror creado artificiosamente por y tras los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York (¿es necesario decir por quién y con qué propósito?), puede aparecer cualquiera de estos días y en cualquier diario del mundo sin causar la menor de las extrañezas. Pero imaginemos que tal publicación aparece en el semanario El Capitalino y que quien la firma no es otro que el destacado articulista Gumersindo Páez Jinetes en su no menos célebre columna «La Ratonera». Sería, sin duda, algo más o menos de la siguiente naturaleza: LA ÚLTIMA, LA MÁS SOFISTICADA Y LA MÁS PELIGROSA FORMA DE TERRORISMO Cuán equivocados estábamos quienes creíamos que ya lo habíamos visto todo, o casi todo (pues ya se sabe que la imaginación, y especialmente la criminal, carece de límites), en cuanto a las formas en que se manifiesta el abominable flagelo del terrorismo no sólo en nuestra sufrida patria sino en el orbe entero. Como si no fueran suficientes los ataques aleves con bombas adosadas a automotores, a velocípedos, jumentos y equinos, a bípedos antropomorfos, a obsequios de cualquier género; con efluvios tóxicos, con aeroplanos tripulados y zapatos malolientes a manera de proyectiles, etcétera, etcétera, ahora surge un nuevo método menos prosaico, menos bárbaro y más sofisticado, pero no por ello mucho menos peligroso sino todo lo contrario, de fundar la incertidumbre, el miedo y, en fin, el caos generalizado. Se trata del TERRORISMO INTELECTUAL. Pero ¿en qué consiste dicha práctica? En palabras de un destacado miembro del cuerpo diplomático del Gobierno Norteamericano en nuestro país, el terrorismo intelectual «es la última y más compleja apuesta de malvados grupos desestabilizadores por minar el sólido sistema democrático mundial que lidera los Estados Unidos, y consiste en valerse de información privilegiada (información secreta que pertenece a los Gobiernos y cuya circulación está completamente vedada a la Opinión Pública —aunque sólo por motivos de seguridad de los Estados) para crear pruebas falsas en su contra y así, con tales infundios como combustible, promover y dar comienzo a incendiarias revueltas populares que subviertan el orden establecido». Tan reciente es su aparición, que hasta la fecha sólo se conoce un caso relacionado con el superferolítico procedimiento, el cual ha surgido justamente en nuestro quebrantado territorio de la aviesa mente de un ácrata que se logró colar en las filas del Gobierno como funcionario público de la Dirección Nacional de Estupefacientes (DNE), cargo en el que permaneció durante cierto tiempo. Por motivos de seguridad, y hasta que las

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investigaciones concluyan, no nos es permitido revelar su identidad, aunque sí podemos utilizar el código que las autoridades le han asignado, RR, para mencionarlo de aquí en adelante, cuando nos aprestamos a dar inicio a la sucinta descripción de su tamaña felonía. Durante el breve lapso en que usufructuó su privilegiada posición oficial en la DNE (cinco meses, desde finales de junio hasta principios de diciembre), RR recabó la información necesaria para elaborar un pseudo estudio científico que supuestamente demuestra la completa esterilidad del Programa de Erradicación de Cultivos Ilícitos con el herbicida Glifosato (PECIG) que adelantan conjuntamente y con el mayor de los éxitos los gobiernos nacional y estadounidense a lo largo y ancho de nuestra querida República. Luego, valiéndose de sus contactos en el medio periodístico, intentó promover la elaboración y puesta en circulación de una reseña de prensa que describiera en detalle las alarmantes conclusiones del precitado estudio, amén de otras temerarias falacias, justamente por intermediación de nuestro reputado semanario. Mas la sabia negativa del redactor en jefe (e) no se hizo esperar. Y merced a la información suministrada por éste mismo a las autoridades colombo-norteamericanas, se pudo dar captura al osado terrorista intelectual en las primeras horas del pasado día 25 de enero en momentos en que, previendo las consecuencias de aquella sensata repulsa, escapaba de la ciudad en un autobús de servicio público que se dirigía al Departamento de Norte de Santander (camino, presumiblemente, de la frontera con Venezuela). El supracitado miembro del cuerpo diplomático de la Embajada Estadounidense señaló que «mientras se desarrollan las pesquisas tendientes a establecer los más que seguros vínculos de RR no sólo con regímenes de este hemisferio contrarios al imperio de la Libertad y de la Democracia como lo son los de Venezuela y Cuba, sino además con grupos armados de Izquierda que operan en el país y en las comarcas menos civilizadas del continente americano, e incluso con extremistas islámicos de Oriente, el día de ayer (sábado 29 de enero) ha sido trasladado por avión desde la Base Aérea de la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional del Aeropuerto Internacional El Dorado hasta la Base Naval Norteamericana en Guantánamo (Cuba), donde será recluido al lado de otros altamente peligrosos integrantes del Terrorismo Transnacional, contra el que, dicho sea de paso, seguiremos luchando de forma incansable y decidida alrededor de todo el planeta y aun más allá, si es necesario, justamente como los guardianes de la Libertad y la Democracia que Dios Todopoderoso nos ha encomendado ser». Y finalmente, desanimado por tan grotescas PERO PERFECTAMENTE POSIBLES imaginaciones mías, empiezo a contemplar de forma seria la posibilidad real de ofrecer por un buen precio la valiosísima información que yo poseo a aquellos buitres de la Corporación. Pido a Yoli otro tinto y comienzo a paladearlo sorbo a sorbo, pensando alegremente en la gran cantidad de billetes que tendré pronto si por fin me decido a hacer a un lado mi arraigada repulsa a convertirme en un despreciable soplón y diciéndome lleno de

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entusiasmo que en tal caso podré no sólo desquitarme del maldito Tamalameque sino además dejar de ser el pegote de mi madre o de mi hermana e independizarme y dedicarme plena y descansadamente a mi interrumpida carrera de escritor maldito. A la luz de esta maravillosa perspectiva, la nauseabunda idea empieza a gustarme de verdad. 2 Cuando tienes la ocasión de robar sin que nadie te descubra pero entonces te acobardas y finalmente no lo haces te sientes luego como un maldito tonto que no ha sabido tener el valor suficiente para aprovechar semejante oportunidad que le brinda la vida, no me digas que no, lector mío. Pues bien, así me sentía yo entonces, como un cobarde infeliz que no terminaba de convencerlo de modo definitivo la idea de que su reciente experiencia en la Dirección Nacional de Estupefacientes no era ciertamente una «bagatela» sino más bien un «obscuro filón» del que DEBÍA sacar el mayor beneficio posible. Y es que en este caso no se trataba simplemente de robar teniendo asegurada por completo la impunidad del hecho (como hacen los gobernantes del mundo entero en general y de este país en particular), sino del complicado asunto de vender una obscura mercancía sin contar tanto con la capacidad y la experiencia verdaderas para hacerlo como con un comprador seguro que pagara bien por ella. En otras palabras: la cuestión resultaba tan incierta como si un pescador adormilado y bisoño arrojara un pequeño anzuelo a un mar contaminado con la cándida esperanza de que entonces llegara a picar un pez no sólo enorme sino además saludable y apetecido en el mercado. Pero toda esta incertidumbre concluyó al fin cuando, aquella tibia mañana de mediados de febrero, y luego de darle muchas vueltas al asunto, decidí, en un súbito arranque de locura, de desvarío, de estolidez derivado del no menos estúpido aforismo popular que enseña que «el que piensa, pierde», utilizar la tarjetita verde que me entregara mi tocayo Roger con el número telefónico de la Corporación Colectivo de Abogados Jaime Atehortúa Ramírez. Estuve a punto de colgar el teléfono pues demoraron más de tres o cuatro timbrazos en contestar. Me temblaban las piernas, como a un criminal inexperto ante la inminencia de su primera fechoría, cuando al cabo oí la voz de una mujer joven que decía con diligencia: —Corporación Colectivo de Abogados Jaime Atehortúa Ramírez, habla con Mónica, ¿en qué puedo ayudarle? Silencio. —¿Sí? ¿Aló? —Mire, señorita… —tartamudeé. —Buenos días, señor. —Buenos días, señorita. —¿En qué puedo ayudarle? —Bueno, es que…

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—¿Sí? —Busco, ejem, a la doctora Sandra Patricia Molano. Era ésta una de los miembros de la Corporación que más asiduamente firmaba los requerimientos escritos que hacían de continuo a la DNE pidiendo explicaciones acerca de la efectividad y el desarrollo del tan criticado PECIG —La doctora Sandra Patricia no se encuentra por el momento en el país. —¿No? —No, señor. Pero, dígame, ¿en qué podemos colaborarle? —Bueno, lo que pasa es que yo poseo una información relacionada con el PECIG y no sé si… —¿Con qué, perdón? —Con el PECIG, el Programa de Erradicación de Cultivos Ilícitos con el herbicida Glifosato que adelanta el gobierno norteamericano en territorio colombiano… —Ah, sí, claro. Cuénteme. —Pues bien, yo poseo una información relacionada con el Programa y quisiera saber si a ustedes les interesa. —¿Qué tipo de información, señor? —Bueno, no creo que sea conveniente hablar de eso por teléfono… —Entiendo. Mire, hagamos lo siguiente: déjeme su nombre y su número de teléfono móvil o fijo y nosotros lo llamaremos luego para concertar una cita. ¿Le parece? —Claro, claro. La amable y tranquila voz de la joven mujer consiguió que mis piernas dejaran de temblar. A lo mejor no eran tan malas personas como de manera prejuiciosa había creído al principio. * No demoraron en telefonearme. La cita se concertó para dos días después, en sus oficinas del D.C., ubicadas en pleno centro de la ciudad. Eran éstas unas dependencias que inmediatamente hacían recordar las desmanteladas instalaciones en que funciona como puede el sistema judicial. Me recibieron dos mujeres de unos treinta años de edad, una rubia y otra morena, ni bonitas ni feas, que vestían ropas informales y un tanto desaliñadas que me hicieron pensar en ellas como en un par de despreocupadas chicas hippies. «Esta gente no tiene plata», me dije en un principio, entre decepcionado y ansioso. ¿CÓMO DIABLOS IBAN A PAGARME ENTONCES? Mas casi en seguida después recordé que su compañera Sandra Patricia se encontraba en el extranjero y me dije entonces que no cualquiera en este país cuenta con los medios necesarios para viajar fuera de sus fronteras, serenándome. Por otra parte, yo había acudido a la Corporación no con la improbable perspectiva de que efectivamente ésta «se metiera la mano al dril», como se dice, sino más bien con la menos disparatada y más sensata de que,

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luego de mi denuncia, se decidiera a contactarme con sus aliados del Senado o la Cámara de Representantes que no dudaban en armar debates en contra del Gobierno empleando una información tan confidencial como la que yo poseía y por la cual (era de suponerse) tenían que desembolsar «sus buenos pesos». La rubia era Mónica y la morena se llamaba Claudia. —¿Por qué acude a nosotros, señor Rodríguez? —me preguntó la primera. Se lo dije. —Poseo una información relacionada con el PECIG que tal vez les interese a ustedes. —Ya nos lo había dicho por teléfono, señor Rodríguez —intervino Claudia, quien, a diferencia de la irisada Mónica, utilizaba desteñidas ropas negras—. Pero ¿qué tipo de información? —Información que pone en tela de juicio la efectividad y la transparencia del PECIG. Las dos mujeres se miraron de una forma extraña, por un segundo, como dos compañeras de baraja. —¿Y qué le hace pensar —volvió a intervenir la obscura Claudia— que la Corporación esté interesada ESPECIALMENTE en ese tema? Decidí entonces ponerme duro. —Perdón —dije levantándome de mi silla—. Tal vez me he equivocado. Hubo una especie de pequeño revuelo durante el cual la rubia y delgada Mónica me pidió que volviera a tomar asiento y le expresó por lo bajo a la morena y rechoncha Claudia que ella se encargaría de la entrevista, ante lo cual ésta decidió marcharse de la más o menos espaciosa Sala de Juntas en que nos encontrábamos, manifestando, con cara de niña regañada, que iría a ocuparse de otro asunto más importante en otra oficina. —Lo que pasa —explicó la menuda abogada— es que el tema del PECIG es tan sólo uno de los muchos temas en que está involucrada la Corporación. Sin embargo, no crea usted que no es uno de los más importantes y prioritarios, junto con las violaciones de derechos humanos y con la persecución de periodistas. Ahora bien, del tema del PECIG, que es, como le digo, una de nuestras grandes preocupaciones, se encarga específicamente la doctora Sandra Patricia Molano, quien, como usted sabe, no se encuentra en este momento en el país. De cualquier manera, si usted lo desea y está de acuerdo, yo puedo recibir la información que en su criterio particular a bien tenga suministrarnos para luego transmitírsela a la doctora Molano. —Bueno, no sé, la verdad. —O hay otra opción posible —remató—: que usted vuelva a visitarnos cuando la doctora regrese del extranjero y entonces hable del tema con ella. Al final estuve de acuerdo con esta última alternativa. —Y ¿cuándo más o menos regresa la doctora Molano? —quise saber. —No sabría decirle con certeza, señor Rodríguez —me tranquilizó—, pero no se preocupe que nosotros estaremos oportunamente en contacto con usted. Esté pendiente. —Okay —acepté por fin.

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Y así lo hice. * Estuve pendiente de la llamada telefónica de aquellos mis posibles intermediarios durante algo así como un mes, al cabo del cual fui citado a su refugio por la mismísima doctora Molano quien, vía telefónica, me expresara antes de hacerlo: —Discúlpeme usted, señor Rodríguez, que lo llame hasta ahora, pero es que hasta hace pocos días me encontraba fuera del país. Cuando acudí a la cita, al día siguiente, lo primero que escuché de sus labios fue casi exactamente lo mismo, cual fastidioso y retardado eco. —Discúlpeme usted, señor Rodríguez, que lo haya atendido hasta ahora, pero es que hasta hace pocos días me encontraba fuera del país. Me asaltó entonces la firme impresión de que le hubiese gustado, y acaso hasta en efecto esperaba, que le preguntara en qué sitio fuera del país había estado, pues parecía tratarse para ella de la gran hazaña personal de toda su vida el haber logrado poner pie en tierras extranjeras. Pero no le di gusto, pues para mí no significa demasiado aquel —en palabras de Rubem Fonseca— «ejercicio inútil en el que conoces a una gran cantidad de gente idiota que habla en otros idiomas» que es viajar lejos de tu terruño. Era una mujer vulgar y un poco, sólo un poco mayor que sus compañeras Mónica y Claudia, de unos treinta a treinta y cinco años de edad y como éstas dos, no sobresalía demasiado ni por su apostura ni tampoco por su forma de vestir. Lo que sí llamaba inmediatamente la atención eran sus aires de suficiencia, pues parecía encontrarse ahora muy satisfecha de su vida y de su persona, como si acabara de pasar por una experiencia extraordinaria y reservada sólo para criaturas especiales y elegidas por la diosa Fortuna como ella misma. La acompañaba un hombre gordo y calvo que me fue presentado como el doctor Felisberto no sé qué. —Lo escuchamos, señor Rodríguez —dijo éste sin mirarme y examinando en cambio el estado actual de las uñas de sus peludas y regordetas manos, como todo un curtido hombre de mundo que se apresta a escuchar las pueriles babosadas de un pelmazo bisoño que apenas si conoce la mísera calle en que vive. No hace falta decir que esto terminó de convencerme por completo de que había cometido un tremendo e imperdonable error al acudir a semejante guarida de envanecidos e inútiles picapleitos. A pesar de todo, y espoleado por una suerte de amor propio herido mezclado con una rabia infinita contra la despreciable raza humana en general y contra estos dos insufribles especimenes de la misma en particular, comencé a perorar atropelladamente acerca de los motivos que me tenían allí sentado en calidad de miserable y repulsivo soplón.

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—Un momento, señor Rodríguez —dijo la abogada trotamundos en cierto punto de mi reveladora exposición—. Quiere usted decir que la Resolución 0017 del 4 de octubre de 2001 no se está cumpliendo a cabalidad y ni siquiera de forma aproximada por parte de la DIRAN y la DNE, ¿verdad? Así es, corroboré yo, pensando ingenuamente que ella y su compinche, como profesionales de la Jurisprudencia que eran, iban a poner el grito en el cielo, colmados de una soberana indignación. —Pero eso no es nada nuevo, señor Rodríguez —declaró la togada con displicencia, mandando para la porra mi incauta suposición—. Todo el mundo sabe perfectamente que algunas leyes FUERON CREADAS JUSTAMENTE PARA NO SER CUMPLIDAS. Claro, claro, dije yo, tratando de disimular mi estupor de provinciano. —Pero lo que no se puede permitir —agregué cual hipócrita defensor de los desheredados de la Fortuna— es que se BURLEN de esa manera tan chapucera y descarada de nuestros pobres agricultores. Sí, sí, por supuesto que no, estuvo de acuerdo la abogada. —Pero —me interpeló— ¿qué propone usted para que eso no siga sucediendo? No sé, tanteé, acudir a organizaciones de derechos humanos, a los medios de comunicación, a tribunales internacionales, qué sé yo, ustedes saben mejor que nadie lo que hay que hacer en estos casos, ¿no? —Nosotros no podemos hacer nada —aclaró el doctor Felisberto no sé cuántos—, excepto ofrecerle a usted asesoría jurídica para que presente una denuncia por este hecho ante la Procuraduría General de la Nación y luego hacer seguimiento a la misma. Pero entonces van a empezar a perseguirme, le advertí alarmado. —Sí —aceptó el maldito con frescura, como si tal cosa—, muy probablemente ocurra eso. Pero eso es lo que justamente no deseo que pase, le expliqué con ímpetu, y no precisamente porque a mí me dé miedo presentar la denuncia, sino porque no quiero exponer a ningún peligro a mi familia. —Sí, lo entiendo —concedió volviendo a examinar sus uñas—. Es el mismo problema con que tropezamos continuamente. Todos al principio quieren denunciar, pero al final desisten de hacerlo porque primero está la seguridad de cada uno de los miembros de sus familias. Pero ¿qué me dicen del estudio contratado por la Embajada?, les recordé. Yo puedo conseguir una copia. Con él ustedes podrían hacer muchas cosas. —La verdad —se sinceró el granuja— estaríamos más interesados en que nos suministrara información acerca de, digamos, por ejemplo, algún caso de corrupción en el que estuviese involucrado el Director de la DNE. No, de eso no sé nada, confesé. —Qué pena —se lamentó—, porque tenemos una cuenta pendiente con ese señor. Alguna vez llegó a acusarnos de guerrilleros pertenecientes a las FARC. ¿Cómo le parece?

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Insistí en lo del estudio, en que yo conocía a ciertas personas que podrían conseguirlo y… —Le agradecemos su interés, señor Rodríguez —me interrumpió la mujer—, y el que se haya tomado la molestia de venir nuevamente hasta acá para hablar con nosotros. Puede estar seguro de que sus inquietudes relacionadas con el PECIG no caerán en saco roto. Vamos a ver qué podemos hacer. Cualquier cosa que sepamos, se la comunicaremos. Estaremos en contacto con usted. ¡Buen chiste, porque nunca más volvieron a llamarme y jamás volví a saber nada de ellos! Y aquel día terminaron de despacharme de su guarida sin antes haberme ofrecido un mísero tinto siquiera. 3 ¿Hace falta señalar que regreso a Villa de Leyva en un estado de indecible postración? He vuelto CON LAS MANOS VACIAS. ¿Por qué, Roger, me recrimino de forma quejumbrosa mientras recorro como un sonámbulo las adoquinadas calles del pintoresco poblado rumbo a su Plaza Principal en este tibio comienzo de la noche, por qué eres un estúpido que no sabe vender su valiosa mercancía? Pues, sencillamente, me respondo, porque nunca nadie me enseñó a ser un comerciante y ahora es demasiado tarde ya para comenzar a aprender a serlo. No soy más que un mísero garrapateador de palabras, y para colmo fracasado. Y todo justamente por la misma razón, por no llevar en mi sangre, en mi carne, en mis huesos, en mis vísceras, en mis genes, la abominable pero necesaria aptitud natural de prostituirse, de saber entregar el alma y el culo a cambio de un puñado de dólares con la que han nacido todos los demás, el Presidente y sus secuaces, Huertas, Tamalameque, Belladonna, Mónica Lewinsky. Soy, como Bukowski, un animal incompleto y por tanto inútil. Antes de ir a reclamar mi bicicleta azul donde la dejé a guardar y de regresar montado en ella a la casa de campo de mi hermana Paula quiero tomarme una cerveza. No me dirijo a la cafetería de Yoli porque hoy es lunes y los lunes ella descansa y no la abre, así que atravieso la plaza hasta la esquina noroccidental y entro en la tienda de la rocola electrónica, desde donde sale hasta la calle una música vulgar que últimamente se ha puesto de moda. He revisado mis bolsillos y no me queda ni un cobre, pero eso no lo sabe la dueña y dependienta del comercio, a quien le pido una Águila fría, que comienzo a beber fuera, sentado en uno de los largos y angostos troncos de madera que se encuentran tumbados a manera de improvisadas bancas a cada uno de los lados de la entrada. En el interior todas las mesas están ocupadas por los miembros de una ruidosa tribu de desastrados obreros que son los habituales clientes de la tienda.

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Los altavoces de la rocola, ubicada junto a la puerta, escupen una balada obscena. Voy a darte un vergazo en la cara para que se te quite lo puta para que ya no andes dando las nalgas al primer buey que a ti se te cruza Voy a darte un vergazo en la cara esta vez sí te tumbo los dientes para que ya no andes dando mamadas ni sonrías cuando te la meten ¡Jujuyyyyyyy!, aúllan complacidos los picapiedra y se escucha el claro, nítido entrechocar de las obscuras botellas de cerveza que sostienen entre sus duras y curtidas manos. Son felices. Y entonces no puedo dejar de sentir una rencorosa envidia por su gozo. Pero al parecer la madura patrona se siente ofendida por la letra de la canción y, aunque son apenas las ocho u ocho y treinta de la noche, les advierte con un grito a sus bulliciosos compradores: —¡No, no le metan más monedas porque después de esta grosera cantiga la voy a desconectar! ¡Eeeehhhhhhhh!, protestan al unísono los peones, mas la dueña se mantiene en sus trece. —¡Por hoy, no más, ni una más! Yo, por mi parte, me zampo la cerveza de tres largos sorbos. Pido otra y vuelvo a salir. —Ya se las pago, vecina —fanfarroneo. De pronto me siento infinitamente solo y triste y no me consuela pensamiento alguno. Una honda amargura consume mi alma, porque mientras los obreros se divierten bebiendo y escuchando la última melodía sucia de la noche yo me encuentro aquí sentado sin un coño a mi lado ni un puto peso en los bolsillos y hecho una mierda en este olvidado rincón del podrido y condenado planeta. Amargura de perdedor. Ya ni siquiera experimento el deseo de beber. Me quedo mirando el negro cielo tachonado de distantes y luminosas estrellas… Estrellas que parecen transmitir el sordo mensaje de la Muerte… Estrellas de un Cosmos indiferente que se expande de manera ineluctable hacia la Nada y el Olvido…

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Tres El gran masturbador

A mí siempre me ha desanimado todo lo que hay que sufrir, y sé muy bien de lo que hablo, ya verás, para conseguirse un polvo con una muchacha decente, o por lo menos no puta de este barrio, de esta ciudad, de cualquier parte. Los polvos fáciles con muchachas decentes sólo ocurren, al menos para mí, en los sueños. He llegado casi al convencimiento del malvado Martin Blanchard de Charles Bukowski de que el acto sexual no vale lo que la mujer exige a cambio, por eso quizá es que, generalmente y como aquel personaje prefiero meterme al retrete y cascármela, y así el Alexander Portnoy adolescente de Philip Roth no me da ni a los tobillos a la hora de comparaciones relacionadas con jalarse el putz, pues con todo el esperma que he arrojado por el water se poblaría una galaxia entera. La verdad es que ahora me harto pronto, demasiado pronto de andar detrás de estas chicas melindrosas, mojigatas, remilgadas que, de cuando en cuando se cruzan en mi camino. Pero antes no era así. Fueron muchas a las que perseguí, y como si se trataran de nada más y nada menos que la última Coca-Cola del desierto y de las que sin embargo no obtuve más que, por expresar de alguna manera mi fracaso, mi rotundo fracaso, un desabrido chorro de babas. Pero a la que mejor recuerdo es a Evelyn Yentizet, Yen, y justamente por lo mucho que me hizo padecer. En vano, claro. Y no obstante lo tantísimo que hiciera por ella. O al menos eso creo. Todo empezó cuando aún vivía en Villa de Leyva, en la casa de campo de mi hermana Paula, un día, una tarde que me hallaba sentado a una mesa de uno de los restaurantes que se alinean bajo los arcos de piedra que soportan el balcón del edificio de la Alcaldía, en la Plaza Principal, tomándome, justamente, una gaseosa, aunque no precisamente una Coca-Cola. El restaurante era el mismo en que, hacía algún tiempo, la conociera trabajando como camarera. Había ido a preguntarla. Necesitaba un pedazo de coño para follar de vez en cuando. Como cualquier hombre. Pero me dicen que ya no trabaja allí. Hacía un par de meses la habían echado por desobediente y respondona. Yen la atravesada. Aquí, en Villa de Leyva, recuerdo que me había dicho todavía antes, en la aún no tan lejana época en que nos conociéramos, todos somos iguales, patrones y empleados, si el patrón come salmón el empleado también, aquí nadie se deja de nadie. Pero aquellas palabras suyas eran sólo pajazos mentales que ella se hacía, porque el patrón siempre gana, si no, aún estaría aquí, atendiendo con palabras amables, bienvenido, caballero, lo invito a que consulte nuestra carta, ¿puedo tomar ya su pedido?, a la orden, es un gusto, que vuelva pronto pero en el fondo de mala gana porque, en

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primer lugar, ¿a qué chica le gusta joderse como camarera? y, en segundo lugar y sobre todo porque, aunque no hubiese ni un solo cliente en el restaurante su patrona quería que siempre estuviera haciendo algo en la cocina, picando cebolla, pelando papas, lavando platos, que no perdiera ni un minuto del tiempo que ella le pagaba y se enrabonaba cada vez que Yen decidía tomarse un respiro y sin autorización alguna salía a la Plaza Principal a fumarse un cigarrillo, de preferencia Pielroja, apestoso tabaco sin filtro que era lo más cercano a su amada diosa la marihuana, de la cual se hiciera adepta siendo apenas una niña. O por lo menos eso era lo que afirmaba. Y quizá debía creerle. Como también que estuvo ligada a cierto tipo del pueblo, un tipo mayor, un tipo casado, por espacio de casi ocho años. Pero ¿cómo así, si apenas tienes 19, entonces quieres decir que? Sí. ¿A los 11? Sí. ¿Desde los 11? Sí. Vaya. Y parecía estar orgullosa de ello. Bueno, al fin y al cabo ya lo dice Milan Kundera en su novela La inmortalidad: ése es nuestro único deseo profundo en la vida: ¡que todos nos consideren grandes pecadores! ¡Que nuestros vicios sean comparados con los chaparrones, las tormentas, los huracanes! Era al parecer una gran pecadora. Drogómana y zorra. ¿Por qué crees, si no, que fui a buscarla entonces? Pero no estaba. Pido una gaseosa. Una 7-Up. Y me siento en una silla a tomármela mientras contemplo la empedrada plaza vacía. ¿Qué día es hoy? Miércoles. Los turistas empiezan a llegar generalmente a partir del jueves. Y mira que encontrándome allí bajo los arcos va y en un parpadeo aparece de pronto ante mis ojos la chica. ¿Como si mi pensamiento la hubiese llamado y ella, gracias a aquella comunicación telepática hubiese acudido a la cita? No exactamente, porque atravesaba la plaza caminando con dirección a la pequeña fuente de piedra del centro sin percatarse de que yo la observaba acomodado en una silla del restaurante en que la conociera. De aquello hacía algo así como poco más de un año y la verdad es que la imagen de ella que yo guardaba en mi memoria resultó ser muy distinta, o entonces me lo pareció así, de la que ahora tenía ante mis desencantados ojos de duro inquisidor. Era la nada exquisita estampa de una joven provinciana de piel morena, mal nutrida y peor vestida que usaba ropas desgastadas y sucias y lucía un pelo descuidado y sin brillo, que con una mano sostenía el deshilachado bolsito de lana negro que colgaba de su raquítico hombro y con la otra llevaba a sus delgados labios un, me imagino, pestilente cigarrillo Pielroja encendido. Yen. ¡Qué fea y loba le pareció entonces al snob que se anida en este mezquino pecho de hombre! Bajaba feliz, sonriendo, acaso debido al recuerdo de quién sabe qué picardía suya, lejana o reciente, hacia quién sabe dónde y yo, súbitamente desinflado por su impresentable aspecto me abstuve de llamarla, sigue tu camino, ya veré cómo hago para conseguirme a otra menos dejada que tú y justo cuando estaba diciéndome para mis adentros estas sensatas palabras va y voltea a mirar hacia los arcos y me reconoce en seguida y detiene en seco su alegre tránsito por la adoquinada plaza y con una amplia y blanca sonrisa y un ademán de grata sorpresa me incita a que me ponga en pie y me le acerque pues, supongo, no desea de ningún modo acercarse a los dominios de su enemiga la exigente patrona del restaurante. Y eso hice, esbozando una hipócrita sonrisita de

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complacencia copiada de su propio semblante. ¡Hola, chino!, me dice con voz animada y dándome un beso en la mejilla. Hasta mi nariz sube entonces la fuerte mezcla de olores a mugre y a humo de cigarrillo que despide su moreno y delgado cuerpo y sus desastradas ropas de tela de blue jeans. ¿Por qué todos los mariguaneros son cochinos? ¿Que no? Fíjate nada más en la facha de Bob Marley, el mariguanero por excelencia y dime si parece muy pulcro. Pero de nuevo y vertiginosamente caigo en el embrujo de sus grandes ojos negros y su blanca sonrisa fácil que me miran y me sonríen con desvergonzada coquetería. ¡¿Y ese milagrazo?! Le explico que ahora estoy viviendo por aquí. ¡¿Ah, sí?! Sí. ¿En la Villa? Sí. ¿Y eso en dónde? En la casa de campo de mi hermana. O sea, chino, que ya tenemos adónde ir a hacer un asado. Claro. Con carne, carne grasosita y papas y plátanos y pola y guaro y yerba y hasta de pronto, de postre, sexo, jajajá. Cuando tú quieras, Yen. Un día de éstos porque ahí donde me ves ando como veraneada. ¿Se me nota mucho? Para nada. Es que, tú sabes, hay que disimular, porque ya se sabe que el que muestra el hambre no come, jajajá. Me preguntó entonces que qué iba a hacer más tarde. Nada, nada en especial. ¿Por qué? Para que nos viéramos luego porque ella tenía ahora que hacer una vuelta, tú sabes, conseguir con qué carburarme y nos tomáramos algo. Okay. Nos pusimos cita en la cafetería de Yolandita, Yolita, Yoli. ¿En media hora? Está bien. ¿Llegó puntual? Sí, pero con afanes. Ya conseguí lo mío, me dice en voz baja y quiero echarme unos plones ahora mismo. ¿Te quedas o me acompañas? No alcancé a responderle porque un par de muchachos sentados en las butacas de la mesa contigua la saludaron, ¿entonces qué, Negra, dice uno de ellos, muy ocupada que no saluda?, ¡hola chinos!, responde Yen, ¿echándose una o qué?, sí, dice el otro, una para la sed, ¿qué te tomas?, y entonces yo le ordeno a la sonriente y tierna Yoli dos Águilas frías, Yoli, por favor. Yen decide sentarse, pero no nos presenta. El primero que habló era un chico alto y flaco, huesudo, de pómulos salientes y párpados como adormilados que cubrían unos ojos enormes y sonrisa amplia pero desigual, ataviado con ropas holgadas que le iban exageradamente grandes, como las de un cantante de rap o de hip hop. El otro no era tan alto pero igualmente delgado. De él sobresalían sus rasgos faciales, que eran verdaderamente atractivos sin ser del todo hermosos. El primero se llamaba Guillermo, Guille, y el segundo Valentino y más adelante habrían de convertirse en amigos míos. Yo con esta china he vivido cosas muy locas, dice Guille, ¿sí o no, Negra? Yo no tantas, aclara Valentino y Yen replica: Por lo que usted es todo rayado, si no. Yen la recorrida. Una chica de muchos amantes. Qué bien. O eso es lo que yo pensaba mas, según ella, de manera errónea porque, una vez que estuvimos solos de nuevo, cuando salimos de la cafetería de Yoli tras una más o menos larga conversación con sus amigos en la que se habló de un viaje que éstos hicieran recientemente a Simijaca, Cundinamarca, en busca de cierta chica y durante la cual se pegaran una borrachera monumental, va y mientras, en una calle solitaria arma un cacho de marihuana, me dice: Si por lo que Guille dijo fuiste y pensaste: Uy, ese man ya se la comió, igual que si hubiese leído mi mente, estás muy equivocado. Con Guille, y con Valentino también, somos apenas amigos, buenos amigos. Más

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aun: somos como hermanos. Eso es todo y nunca ha pasado nada. Lo que ocurre es que a veces hablamos de cierta forma que se presta para equívocos. A mí, la verdad y como ya habrás sospechado, no me importaba un comino que se acostara con otros, sino simplemente que me lo diera a mí. Lo que hiciera con su coño era asunto suyo y ya estaba. Lejos de mí semejantes pensamientos, le aseguro hieráticamente yo. Sí, se reafirma ella en su postura, porque ni creas que no soy una chica decente. Un poco loca, sí, pero decente. Y yo entonces debí haberla dejado allí plantada y largarme en busca de otra menos, mucho menos escrupulosa e hipócrita porque, de haberlo hecho, no sólo me habría ahorrado un montón de amarguras ulteriores sino que además, y como afirma el protagonista de Unos amores de Swan de Proust en la última línea, no habría malgastado mi tiempo en una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo. Pero ella ya volvía a enredarme, a aturdirme con la vaga promesa de que, a pesar de todo, de su incorruptible recato y todo lo demás podría ocurrir que se decidiera a darme algo si, como sus amigos Guille y Valentino nos escapábamos esa misma tarde a divertirnos, a loquiar juntos en otra parte porque lo que pasa es que en este pueblo la gente es muy chismosa y no puede uno hacer nada sin que la plaga ya se esté inventando cosas que no son, ¿entiendes? Entendía. Y ¿qué propones? Fuimos al pequeño Terminal de Transportes y cogimos un taxi hacia Sáchica. Allí vivía una amiga suya tan loca como ella misma a la que pensaba llamar por teléfono para que nos acompañara, acaso yo le gustara y, y lo demás corría por mi cuenta. ¿Tú nos tienes la ropa o qué? Claro, y hasta puede que también participe, jajajá. Nos apeamos justo en la entrada del pueblo, sobre la carretera y mi acompañante propuso: Entremos aquí. Era un parador con muros de ladrillo y madera y techo de paja en el que, durante el día se ofrecían comidas y bebidas a los turistas que eventualmente se detuvieran allí y durante la noche hacía además las veces de bar y discoteca. Llamó a su amiga desde el teléfono público pegado al muro de la entrada pero la nena, fuera quien fuera estaba al parecer ocupada con su novio o marido o mozo o macho y no aceptó la invitación. Ley de Murphy: A uno lo llaman a vagabundear solamente cuando uno está o anda ocupado. Nos sentamos en la barra. En este sitio aúllan. No había nadie a la vista. ¿Qué quieres? ¿Una cerveza para empezar? No, ¿por qué no mejor chorro? Chorro era el término que ella y sus amigos, marihuaneros o no, utilizaban para llamar al aguardiente. Se quiere embrutecer, pienso, y me alegro, porque, como digo siempre, mejor borracha dispuesta a todo que sobria dispuesta a nada. Buenas. Nada. Buenas otra vez. Nada otra vez. ¿Quién despacha? Al fin aparece una mujer desde el cuarto que hay detrás de la barra y cuya entrada la cubre apenas una tela de color azul claro, y no muy limpia que digamos. Ay, discúlpenme, dice, pasándose la mano por la frente y echándose un largo mechón de cabello teñido de rubio hacia un lado, sobre la oreja, es que tengo un niño recién nacido allá atrás. Tranquila, vecina. ¿Suyo?, pregunta Yen. Sí. Tiene apenas una semanita. ¿Y dónde está el marido que no le ayuda a atender el local?, nos decimos telepáticamente Yen y yo. ¿Y su esposo? ¡¿Jum?! Por ahí anda. En fin, no es asunto nuestro. Le preguntamos por el valor de una

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botella de aguardiente, mas resulta ser tan cara que le espetamos: Pero, su merced, entienda que ese precio es para los turistas y nosotros no somos turistas, venimos de allí nomás, de Villa de Leyva. Sin embargo aquel es el precio que ha fijado su esposo, dueño del local y ella no puede cambiarlo. ¿Por qué no? Porque a lo mejor la muele a palos si a ella se le ocurre desobedecerlo. Bueno. Entonces pidamos un par de cervezas. Un momentito, dice la patrona, ya vuelvo. El chino ha empezado a berrear. Debe de haberse cagado o si no tiene hambre y quiere teta. Y desaparece tras la sucia cortina. Afuera empieza de repente a llover. ¿Ya tomó la foto, chino?, me dice entonces Yen. Tomar la foto, en su jerga particular, significaba darse uno cuenta de algo, y ese algo era casi siempre un hecho curioso, extraño, fuera de lo común. No. ¿Qué pasa? Me señaló su entrepierna, sonriendo con picardía y entonces pude ver allí, apretada contra su bragueta una botella de aguardiente de yerbas. La había tomado de una bandeja de licores, entre ellos ron y whisky que permanecía a manera de muestrario sobre la barra pero ¿en qué momento? ¡Ah, Yen, qué rápida eres! Pero de pronto me entró un nerviosismo atroz. ¡Oh, qué cobarde soy! ¿Te la vas a llevar?, le susurro. Claro, dice ella. No, déjala donde estaba. No seas miedoso. ¿Y si nos pescan? La vecina ni se ha dado cuenta. Devuélvela, por favor. No. Más bien préstame tu chaqueta. La voy a encaletar en el baño. Obedezco. Y ahora, para despistar, pide dos cervezas. Okay. Me tranquilizo. Ella sabe lo que hace. Me imagino que lo habrá hecho ya muchas otras veces. La vecina regresó y ni por enterada se dio, a pesar de que para mí la ausencia de la botella de guaro era evidente, pues la bandeja sin ella se encontraba en sus propias narices. Dos cervezas, vecina, por favor. ¿Y su amiga? En el baño. ¿De cuál? Águila, dos Águilas frías. Yen volvió con un cigarrillo en la boca, en esa época aún no imperaba la ley que prohíbe fumar en establecimientos públicos cerrados y nos bebimos parsimoniosamente las birras mientras afuera la lluvia comenzaba a arreciar. Es hora de irnos. Ya vuelvo. Fue al baño a por la botella de chorro. Nos despedimos de la vecina, gracias, su merced, de nada, que vuelvan pronto y salimos a la carretera. La lluvia nos proporcionó un pretexto para empezar a correr hacia el otro lado, hacia la gasolinera de la entrada. ¿No te da pena?, le digo socarronamente a Yen mientras huimos corriendo hacia el pueblo, excitados por nuestra fechoría, tan excitados, pienso, como la Holly Golightly y el Buster de Breakfast at Tiffany’s de Truman Capote tras el robo de una máscara de Halloween en uno de los almacenes Woolworth de Nueva York. ¿No te da pena? ¿Qué? Robarle el pan de la boca a ese recién nacido. No. No porque no es mi culpa que se pongan a traer mocosos hambrientos y cagones a este mundo. Jajajajá. Yen compartía mi idea de que somos absolutamente irresponsables hacia una sociedad que se erige sobre bases completamente erróneas. Sí, Yen, tienes razón: ¡a la mierda con nuestro prójimo y sus necesidades!, porque ¿acaso tú o yo le importamos un comino? Aquí vivimos en la tierra de ¡sálvese quien pueda! ¿O no? En fin. Nos pegamos la lavada del siglo mientras corríamos felices con nuestro preciado botín hacia el Parque Principal del pueblo. Sáchica. Capital departamental, y acaso también nacional, de la cebolla, de la cebolla cabezona, en cuyo honor se

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celebra incluso un reinado de belleza. Nos metimos en la primera tienda que encontramos abierta. Pensábamos descampar allí y bebernos en ese lugar la botella de trago robada y en efecto eso fue lo que hicimos en tanto el cielo se caía a pedazos sobre la tierra. La atendía una viejita risueña y amable que a un tiempo se dedicaba a vigilar a un chico y a una chica, ambos nietos suyos que realizaban las tareas de la escuela sentados a una mesa de su negocio, mezcla de tienda de comestibles y papelería. Yen me preguntó si alguna vez había tomado aguardiente de yerbas. No, nunca. Pero en Coper tomé aguardiente de frutas. No era lo mismo, sin embargo. El aguardiente de frutas de Coper poseía el color y el sabor del whisky mientras que el de yerbas de Sáchica era ligeramente verde y seguía sabiendo a aguardiente pero con un acentuado regusto a las hierbas que se empleaban para aromatizarlo: romero, limonaria, yerbabuena, menta, laurel, qué sé yo. Pedimos a la alegre anciana dos polas, no sólo para hacerle el gasto por emplear una de las mesas de su miscelánea mientras nos bebíamos el guaro hurtado sino también para matizar el fuerte sabor de éste. Los chicos nos miraban con ojos brillantes y nos sonreían. Tal vez pensaban que éramos novios. Y es que nos portábamos como tales, excepto que no nos prodigábamos besos ni arrumacos. Hablábamos y reíamos como si lleváramos una relación amorosa de años, había química, como se dice, entre ambos. Además nos habíamos convertido en cómplices de un robo, lo cual estrechaba aún más nuestra relación de amigos, de eventuales amantes, porque yo no me resignaba a que no llegáramos a serlo algún día, acaso hoy mismo y Yen no hacía más que alimentar mis esperanzas al respecto con alegres comentarios subidos de tono o de doble sentido. Cuando al fin descampó y salimos de aquella tienda, ya era de noche. Alrededor de las seis y media o siete. Salimos porque ella quiere fumarse otro cacho de marihuana. Los fumetas arman demasiado alboroto con su jodida yerba, dice Bukowski y es cierto, porque Yen quiere liar el porro lejos del Parque Principal, le pone bastante misterio al asunto, como si se dispusiera a cometer el Crimen del Siglo y debiera tomar todas las precauciones del caso para no ser pescada in fraganti ni por un ciudadano de a pie ni mucho menos por la Policía, a pesar de que yo le recuerdo que es de noche, que está demasiado obscuro aquí afuera y que como acaba de parar de llover no hay gente a la vista que esté pendiente de nuestros actos y que además en estos días fumarse un porro es como chuparse un dulce, a nadie le importa que lo hagas o no, allá tú y tus jodidos o estúpidos gustos, pues la marihuana es un gusto estúpido porque, según William Burroughs, y él sí que sabía de estas cosas relacionadas con las sustancias psicoactivas, produce justamente eso: estupidez, pero Yen, que, a propósito de Burroughs y sus enseñanzas, quiere decir opio en chino, no está de acuerdo conmigo y me arrastra hacia una calle lateral diciendo: Sea como sea, no quiero darles papaya a los tombitos para que me cojan con las manos en la masa y me encarcelen. El gran juego de la yerba, relato de Bukowski que te lo recomiendo como todos los demás recopilados en La máquina de follar. Lo que pasaba con Yen es que se creía especial, distinta, por el solo estúpido hecho de meter marihuana, hasta el punto de que cuando algún tiempo después se vino a vivir

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a la ciudad pues se había matriculado en Psicología en la UPTC quedó muy sorprendida al descubrir durante una fiesta que 3 de los 4 estudiantes con los que compartía la casa de universitarios en el barrio Las Nieves, sobre la cabecera del recién construido viaducto, también le pegaran al perejil salvaje y me lo contó con tal aspaviento de cosa extraordinaria que cualquiera diría que me estaba confiando la revelación de un inusitado secreto criminal. Lo que más le extrañaba era que esos compañeros suyos no parecieran adictos pues, a diferencia de ella misma y su propio aspecto que no dejaba lugar a dudas, cuidaban su apariencia personal, parecían, según sus mismas palabras, gente normal, como tú, como yo, como si para ser marihuanero de verdad tocara asemejarse de una u otra forma a un cantante de reggae o a un sujeto por el estilo de Jimmi Hendrix. Pero si es que hoy día hasta el Papa y el Dalai Lama se dan por la torre porque cuando después de que se echara unos cuantos plones nos metiéramos a la sombría y roñosa tienda de la esquina a tomarnos otras polas apareció de pronto por allí un amigo suyo y vino y le susurró al oído con su boca medio desdentada bajo un cuidado bigotito rubio que si tenía un poco de orégano que le agenciara, fresca, china, que después yo se lo devuelvo, es que el mío ya se me acabó y ella aceptó y salieron a torcerse al Parque o a no sé dónde pero en todo caso no se demoraron. Cuando regresaron ella me lo presentó. No recuerdo ahora su nombre. Era ruso mas como el trabajo de la construcción se había puesto entonces tan malo se empleaba ahora en una cantera. Lo que sí recuerdo es que en un momento dado, mientras bebíamos me preguntó si yo le jalaba al asunto pues quería saber si contaba con mercancía de aquélla pues la que le ofreciera su amiga no resultó ser más que la cantidad necesaria para trabar a un recién nacido y entonces Yen se apresura a responder por mí: No, chino, él no le jala a esas cosas. Él es adicto, pero al sexo. Y dijo esto de forma tal que sonó como si quisiera enrostrarme que las drogas eran un asunto de adultos curtidos como ella misma y su amigo y el sexo un jueguito de mocosos ingenuos como yo y otros pelmazos, o al menos eso fue lo que me pareció entonces. Quizá lo que consciente o inconscientemente quería era desanimarme para que esa noche no la acosara con las lujuriosas peticiones que le hiciera cuando salimos aquella primera vez hace poco más de un año. Pero ¿entonces para qué había aceptado venir hasta aquí con ella? ¿Para qué me estaba tirando plata en trago con ella? ¡No iba a ser para regresar a Villa de Leyva con las manos vacías! ¿O sí? No, claro que no. Y no precisamente porque, como decía ella, yo fuera un adicto al sexo, sino porque justamente lo que pasaba era que tenía muy poco sexo, y ahora menos, ya que desde que había mandado para la porra a freír espárragos a Alicia no había sido capaz de levantarme ni a una sirvientita boba siquiera, y además hacía tiempos que había dejado de ir donde las putas, porque las putas no cuentan a la hora de efectuar el cómputo de mujeres que han pasado por nuestra vida, porque comerse a una puta es como masturbarse, y peor aun, porque para masturbarte no tienes que pagar ni un cobre, en tanto que para follarte a una puta no sólo tienes que deshacerte de tu valioso dinero sino además tienes que aguantarte su frialdad de reptil, su amargura de buitre, su

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mal corazón de brujo, su desafecto de sirviente, su codicia de sacerdote, en fin, todo el atroz horror en que viven esas criaturas de repulsiva belleza. Y me alegro entonces cuando su amigo el ruso pregunta que dónde nos vamos a quedar porque a esta hora, serían alrededor de las ocho u ocho y treinta, ya no encontrábamos transporte hacia Villa de Leyva. ¿No? No. El último colectivo, explica, pasa a las siete o siete y media. ¿Sí? Sí. ¡Qué bien!, pienso yo. Le pregunto si en este pueblo hay hoteles y me responde que no pero que en la otra esquina del Parque hay una vivienda donde dan hospedaje. ¿Sí viste?, me pregunta Yen cuando nos hubimos separado de su amigo, que se marchó para su casa, ubicada a las afueras del pueblo, sobre la carretera Panamericana, con dirección a Sutamarchán. ¿Qué? La cara de Pablo. Yen era, o creía ser, una excelente observadora, escrutadora de rostros ajenos, una rápida y acertada adivina de las emociones e incluso los pensamientos que, según ella, se reflejan en los rostros de nuestro prójimo en determinadas circunstancias. ¿Qué cara puso? Puso la cara de quien piensa: Uy, ese man, o sea tú, le va a dar bote a la Negrita. Y justamente eso mismo alcancé a pensar yo también, imaginándome su delgado y moreno y pequeño cuerpo entreverado con el mío, también delgado pero muchísimo más largo y blanco bajo las, me imagino, pringosas mantas del viejísimo lecho de la posada local. ¿Y no está en lo cierto? Pues no. Se equivoca, porque ahorita mismo nos vamos para la entrada del pueblo a ver si encontramos transporte hacia la Villa y si no lo encontramos, pues entonces nos vamos echando pata. ¿Hasta allá? Sí. ¿Y con este frío? Pues había empezado a lloviznar de nuevo. Sí. ¡Válgame Dios! Pero como siempre he sido un individuo al que por regla general, en cuestiones de sexo, no le gusta forzar las cosas, obedecí sin chistar nada. Paciencia. Tiempo al tiempo. El que sabe esperar gana. Filosofía sexual de zorro viejo. Y mira que mi tolerancia fructificó rápidamente, esa misma noche. Aunque, claro está, no del todo. Como no consiguiéramos transporte, y según lo decretado por mi decidida compañera, empezamos a echar pata hacia la Villa por la carretera, mas con la perra que llevábamos no lo hacíamos por la orilla sino zigzagueando por todo el centro de aquélla. Afortunadamente ese día y a esa hora el tráfico vehicular era escaso. La abracé, la atraje hacia mí, intenté besarla y, cosa rara, no se opuso. Las cosas que hace la borrachera. Ya lo decía Manuel cuando a veces yo le preguntaba si había conseguido comerse a tal o cual chica con la que saliera la noche anterior: No, marica, explicaba. No alcancé. Me hizo falta embutirle más trago. El ablandapiernas, el quiebrarodillas, el abrecoños. ¡Schlurp, schlurp, schlurp! Su lengua sabía no sólo a una fuerte mezcla de humo de cigarrillo y alcohol baratos sino también a algo más que sin embargo me resultaba indefinible. Asimismo el olor que de su boca emanaba sólo atinaba a relacionarlo no tanto con el mal aliento en sí que con el olor a mugre que despedían su cuerpo y sus ropas. Un olor que, curiosamente, no me resultaba desagradable entonces. ¡Schlurp, schlurp, schlurp! Algo parecido a lo que le sucediera a Boris con cierta chica, de cuya boca dimanaba un olor a podredumbre que, sin embargo, hacía que mi amigo experimentara, en principio, el inusitado y corrompido deseo de besarla y luego, al hacerlo efectivamente, ¡schlurp, schlurp, schlurp!,

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el no menos extraño y depravado de seguir chupando su nauseabunda lengua, ¡schlurp, schlurp, schlurp! Mucho tendrá que ver con ello, me imagino, el perfume bestial de las feromonas. El ser humano, por más que intente, no ha logrado aún, y quizás nunca llegue a conseguirlo de manera efectiva, a pesar de la cantidad de metrosexuales y Barbies que pululan ahora por doquier, desprenderse de su condición animal. Que baste un ejemplo para confirmar esta teoría. Una amiga mía, médica de profesión, le pregunta, no sin extrañeza y cierto mal humor a una de sus habituales pacientes por qué no se aseaba al menos cada vez que venía a la consulta y ésta le responde que no lo hacía comúnmente porque a su esposo le gustaba sobremanera, lo volvía loco la rancia sobaquina de su cuerpo y que, cada vez que a ella se le ocurría la necia idea de asearse, la noche de aquel infausto día resolvía castigarla con el frío látigo de la indiferencia, de la indiferencia sexual, dándole de manera brusca la espalda y canturreando sonoramente: ¡Porque no engraso los ejes, me llaman abandonado! ¡Si a mí me gusta que suenen, ¿para qué los quiero engrasados?! Sí, así somos los seres humanos. Yo me pregunto entonces: ¿Cómo puede alguien tomarse en serio a criaturas semejantes? Yo, por lo menos, no. ¿Y qué pasa entonces con la dignidad humana?, me preguntarás ahora. ¿No existe? ¡Claro que no! Dignidad es una palabra demasiado hermosa para concedérsela a tan grotescas criaturas. Porque tanto que jodía que no la acosaran y mira que ni siquiera sabía besar. ¡Schlurp, schlurp, schlurp! ¡Quiero que me la chupes! ¡¿Qué?! Que allá viene un carro. Cuidado. Orillémonos. El automóvil, un sedán, se detuvo. ¿A Villa de Leyva? Súbanse. Y el resto de esa noche fue más trago y cigarrillos en la cafetería de Yoli y Yen está tan borracha que a cada nada se la pasa regando el aguardiente sobre la mesa, cuidado, china, ¿estás mal?, no, no, y con lo caro que me salió y cuando Yoli dice que ya no atiende más, que hasta mañana, que pasen buena noche, gracias Yoli, nos salimos a la Plaza desierta sobre la que aún llueve de manera cansina y nos refugiamos debajo de los arcos del balcón de la Alcaldía, de donde ya han levantado los muebles de los restaurantes y los han guardado en su interior y nos sentamos sobre una solitaria banca de madera y comienzo a magrearla mientras ella se fuma un pitillo y desabrocho su sostén y ella me dice no, no, chino, no lo hagas, pero sin oponerse y subo hasta su mentón el suéter de lana que lleva puesto bajo la delgada y desteñida chaqueta y comienzo a dar salvajes lametadas a sus diminutos y morenos y olorosos pechos y me excito de tal manera porque sus pezoncitos se han puesto duros que la apremio para que nos vayamos a otro sitio, a la Plazoleta de los Pintores, al Parque Nariño, al Parque Ricaurte y lo hagamos allá, vamos, Negra, ahora, pero ella no acepta, dice no, chino, no, mejor llévame a mi casa y yo ¿pero me vas a dejar así? y ella pues échese agua fría hermano, según su inveterada costumbre de hablarme unas veces de usted y otras de tú y yo Negra, no seas así, yo sé que tú también quieres y ella sí, pero no quiero arrepentirme mañana y yo no te arrepentirás y ella bueno, vamos y yo sí, eso, ya vas a ver que y ella pero cada cual para su casa porque mi papá debe de estar que me mata por llegar tarde y yo, mamado de rogarle, está bien, está bien, acepto de mala gana y pienso lleva las cosas con calma, Roger, no te

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apresures, como un viejo zorro taimado y la acompaño hasta su casa, una humilde pensión y en el umbral del portón nos detenemos y nos besamos otra vez y ella, separándose me dice: Chao, chino, gracias por todo, mañana nos vemos pero antes de desaparecer tras la puerta de madera me advierte: No vayas a pensar que mañana me portaré igual que hoy, no, señor y yo hasta mañana entonces, que descanses y comienzo a alejarme por la empedrada calle, feliz y esperanzado a pesar de todo en medio de la fría y lluviosa noche de aquel lejano rincón del podrido y condenado planeta. A partir de entonces se forja en mi cabezota llena de humo una recurrente y depravada fantasía en la que me veo a mí mismo follándome por el traste a una Yen completamente desnuda y en cuatro, estrujando salvajemente por detrás su menudo y moreno y delgado y oloroso cuerpo mientras ella, la cara vuelta hacía mí y deformada por una mueca en la que se mezclan de modo inextricable el placer y el dolor y un encendido cigarrillo Pielroja tacado con marihuana entre sus lisos labios me anima a que continúe mis sádicos embates, ¡dale, macho, dale!, cual rutinaria escena de un filme porno protagonizado por el majo Nacho Vidal y la guarra Belladonna. ¡Lo que le enseñan a uno en esas sucias pelis triple X! Fantasía que habría de asaltar intermitentemente mis pensamientos hasta el abrupto final de nuestra relación y de la que echaba mano en los solitarios y desesperados momentos en que, colmado de ganas, decidía aliviarme sobre la taza del John. Fantasía que ahora es un sueño imposible de realizarse pero que entonces, desde el principio constituyó una suerte de acicate que me empujaba a insistir una y otra vez en mi necio acoso a la esquiva y a la vez accesible muchacha. ¿Quizá por ello es que, la próxima vez que nos vemos, un par de días después o así, le propongo que sea mi novia, aun a sabiendas de que su corazón pertenece al por ahora desaparecido Charly? Puede ser. Pero en esto había además, aparte de cualquier deseo sexual, otra motivación acaso no menos importante, al menos para entonces. Tras nuestra inopinada aventurilla en Sáchica yo me quedé pensando que Yen era una especie de arriesgada criatura a la que el mundo le resultaba pequeño y que si ella y yo nos cuadrábamos íbamos a conformar una pareja de película, tan espectacular como la que conformaran nada más y nada menos que Bonnie Elizabeth Parker y Clyde Chestnut Barrow allá en USA por 1931 durante la Gran Depresión y de la que desde entonces no se ha dejado de hablar. ¡Qué soberanos pencos ha fabricado Hollywood con sus costosos pero estúpidos filmes! ¿Que no? Mírame a mí nada más, porque entonces me dio por imaginarme a mí mismo y a mi joven acompañante asaltando tiendas, supermercados, gasolineras, bancos de pueblos y ciudades y luego de cada golpe huyendo de la Policía en una potente y cromada motocicleta Harley Davidson por polvorientas carreteras secundarias y una vez fuera de su alcance despilfarrando nuestro botín en drogas y alcohol y comilonas y, ¿por qué no?, putas alquiladas para efectuar orgías que durarían semanas enteras, hasta cuando el dinero robado se hubiera hecho humo por completo y entonces debiéramos volver a las andadas y así hasta que, a diferencia de los míticos Bonnie y Clyde pero igual de famosos a éstos ya que, en palabras del

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historiador Jonathan Davis según Wikipedia, cualquier personaje que robe bancos o luche contra la ley, suple una serie de fantasías secretas de gran parte del público y así hasta que, como vengo diciendo, muriéramos de muerte natural, ya viejitos y arrugados como uvas pasas, acaso aquí mismo, en Villa de Leyva, cuyo nombre se haría muy famoso gracias a nuestras excéntricas y osadas personalidades y a nuestros impunes crímenes en contra del sistema y a las tremendas aventuras por las que debiéramos pasar como fugitivos de la ley. A veces pasa por tu vida un ser fuerte que sabe lo que quiere y aparentemente jamás lo acosa duda alguna y entonces tú, débil criatura de carácter blando y colmada de incertidumbre crees ver en aquél a tu salvador, al líder que marcará el sendero hacia la esquiva felicidad y al que necesariamente debes seguir como un manso borrego tras su pastor rumbo al matadero porque no has logrado comprender que en tu existencia en realidad no hay maestros ni discípulos, que tú eres a la vez el que enseña y el que aprende, que tú eres a un mismo tiempo el camino y el caminante. Todo esto, que ya lo sabía íntimamente pero que me fuera confirmado por ciertos escritos del gran Krishnamurti sólo para decirte que, en aquella época de abatimiento y desesperanza quise, en un impulso masoquista y suicida dejarme arrastrar como una insignificante ramita por el voraginoso torrente que entonces supuse era la salvaje Yen barruntando, ¿cómo no?, que iba a sufrir mucho pero sin importarme demasiado pues estaba harto de mí mismo y de mi fracaso y lo único que anhelaba hacer era fundir mi angustiado yo en el de mi futura y todopoderosa atormentadora. ¿Quieres ser mi novia? Estamos en la cafetería de Yoli, yo tomándome un tinto y ella fumando, según, al menos para mí, inútil y deplorable costumbre. Recuerdo que era viernes o sábado por la tarde. Yo me disponía a viajar a la ciudad y llevaba a cuestas mi morral de excursionista. Al día siguiente, temprano, tenía un partido de fútbol. Yen me mira con sus ojos turbios, enrojecidos, acaso no hace mucho se haya pegado una trabadita y me dice ¿qué? sin dejar de sonreír pero arrugando la frente en señal de extrañeza. Que si quieres ser mi novia. A Yen la acompañaba una amiga suya con pinta de chica punk que, como muchos otros venía del D.C. a pasar el fin de semana en la Villa. Cabello corto, rapado en algunos sitios y negro por completo excepto por unos mechones de rojo fluorescente y rubio platinado, ropas fúnebres, botas frankenstein, maquillaje gótico, un piercing en la nariz y otro, me imagino, en el coño y las uñas de las manos pintadas con esmalte negro. La chica rebelde que todo padre conservador, chapado a la antigua teme llegar a tener por hija y aunque yo no soy de su generación y tampoco uso pintas estrafalarias como la suya se queda mirando a su amiga con cara de ¡uy, marica, dígale que sí, que el mancito no está tan mal!, tanto más si se tiene en cuenta que cuando llegué a su mesa en la cafetería de Yoli estaba contándole a aquélla que el cabrón de su novio, otro punkero, sin duda, la había echado después de haberla tratado como un culo y de hacerla sufrir lo indecible y acaso pensara que después de todo lo mejor era andar de ahora en adelante con tipos normales como este pecho y no con cerdos como su ya ex, que son la cagada. Pero a Yen el mensaje telepático de su singular acompañante la tiene sin cuidado porque va y me dice: ¡Y yo que

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pensaba que el loco era uno! ¿Qué sustancias está tomando, chino? ¿Cómo se le ocurre que una pelada loca como yo se vaya a cuadrar con un tipo sano como usted, que ni toma ni fuma ni baila apretado, ah? No creas que soy tan santo como tú piensas, es mi ñoña respuesta. Pero ¿qué dices? Es que no, chino, dice ella haciendo una mueca de ¿para qué la cagamos?, mejor sigamos siendo amigos. Está bien, digo yo. No me digas nada ahora, sólo piénsalo y cuando vuelva hablamos, ¿okay? Okay, pero no se haga ilusiones y me pongo en pie para marcharme y su amiga punkera, que es gruesita y medio machorra contesta a mi despedida, adiós, que estés bien, con una sonrisa fea, sus dientes son desiguales y amarillentos y el siguiente mensaje en su obscura y triste mirada: Si me lo pidieras a mí, yo no pondría tantos reparos como la boba de La Negra. Ese fin de semana me la pasé llamándola a su celular para saber qué había decidido a propósito de mi insinuación, pero cada vez que lo hacía me contestaba riéndose a carcajadas por nada, como si se encontrara borracha o drogada y no había manera de entablar una conversación más o menos congruente, ¿dónde estás que te escucho como si te encontraras en una caverna o algo así?, en un punto, chino, sí, pero ¿en dónde?, es que estamos abriendo un túnel, ¿con quién?, con mi tía Tula, ¿y para qué?, para bajar al cielo, chino, jajajajá, y diálogos por el estilo que me sacaban de quicio no tanto por lo incomprensibles sino más bien porque ellos demostraban que Yen no me tomaba en serio en una cuestión que para mí era muy seria y es que sí, creía estar enamorándome de semejante loba porque entonces estuve todo el tiempo pensando en ella y en lo que habíamos vivido aquella noche cargada de agua y no podía sacármela de la cabeza y me desesperaba la sola idea de no tenerla a mi lado, ¿para qué?, para que me arrastrara por el mundo e hiciera conmigo lo que quisiera, ya ves lo que es haber sido criado por mujeres. Así que a mi regreso al pueblo lo primero que hago es buscarla. La invito a tomarnos unos tragos en una taberna de la Plaza Principal llamada La cava de don Fernando, que la atiende precisamente el apuesto Valentino. A la nena le gusta el chorro, el venenoso chorro, pero aquí es demasiado caro no obstante su condición de licor plebeyo y yo no dispongo de mucho dinero, por lo que debe contentarse con cerveza, cerveza nacional y en botella, que es más barata, brebaje para peones y es que después de todo no es la gran cosa como para venir uno a dárselas de caballero galante y tirar por ella la casa por la ventana. Al término del fin de semana he comprendido que mi estrategia de conquista debe de ser menos agresiva, menos directa, menos impaciente, dejar que las cosas sucedan espontáneamente, sin forzarlas, así que no vuelvo a referirle ni a insinuarle nada concerniente a mi, si la miramos bien, insensata propuesta. O, bueno, al menos por el momento, mientras nos encontramos allí bebiendo y fumando y hablando acerca de cosillas intrascendentes, babosadas de adolescentes, pavadas de adultos, Yen no es lo que se dice un interlocutor demasiado versado en los temas que a un individuo medianamente culto, ejem, le interesan, historia, política, economía, ciencia, tecnología, filosofía, literatura, artes plásticas, música, cine, sus temas favoritos son las rumbas y los

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viajes y la gente loca de este mundo, a la que admira y de la que dice hacer parte, una especie de Emy Winehouse criolla, sólo que sin tatuajes ni talento para cantar ni para nada distinto a chupar pitillos de mariguana y rumbiar. Porque después, cuando, esa misma noche los invito a ella y a Valentino y a su novia Dinara a la casa de campo de mi hermana Paula vuelvo a precipitarme. Nos hemos traído una botella de guaro y ahora no recuerdo de qué hablamos, excepto de dos cosas, la primera que, según Yen, Villa de Leyva es el pueblo donde vienen a parar todos los locos no sólo de Colombia sino además del mundo entero, exageras, o, bueno, si no es así, por lo menos aquí es donde, vaya el Diablo a saber por qué, al que llega se le despierta la locura que lleva dentro, ¿sí o no?, sí, sí, están de acuerdo Dinara y Valentino, porque ellos dos y también Yen han vivido junto a innumerables personajes foráneos situaciones completamente absurdas y la segunda que, debido sin duda a su atrayente aspecto no tanto corporal, pues es delgado y más bien bajo como facial, a Valentino le llueven las más insólitas propuestas de los maricas de todas las edades que visitan el pueblo, sí, dice, me habría ido mejor en la vida si fuera gay, porque había tenido que rechazar muchas, muchísimas veces los gruesos fajos de billetes que le ponían ante sus enormes y bellos ojos de halcón, ¿y todo por qué?, por dárselas uno de macho, ¡jajajajá! Lo cierto es que, al momento de marcharse mis invitados, a la madrugada, voy y le propongo a Yen en la puerta que se quede conmigo, no, chino, yo me voy con ellos, déjalos que se vayan solos, insisto, tú quédate, no, yo también me voy, quédate, por favor, suplico, no, déjame salir y entonces va y se me salta la piedra, ¡y esta boba ¿qué se cree?!, me digo y con voz alcoholizada le espeto ¡entonces coma mierda hijadeputa y lárguese! mientras corre a reunirse con sus amigos que ya van caminando por el sendero de grava rumbo a la carretera que conduce al pueblo y bufando como un toro de lidia, como un Miura doy un furioso portazo que sella mi incuestionable fracaso por esa noche. ¿Usted por qué es así, chino?, son las palabras de reproche que de modo lastimero Yen me escupe a la cara al principio de nuestra siguiente cita, otra vez en La cava de don Fernando, que, dicho sea de paso, es el antro de diversión del pueblo al que prefiero entrar porque allí ponen sólo rockcito, nada de esas cochinadas pop estilo Juanes o Shakira ni mucho menos esa porquería que es el vallenato. ¡Semejante forma en que me trató la otra noche!, se queja. ¡Con puteada y todo! Acodado sobre la mesa yo sonreía cínicamente, sin pedir disculpas, considerando por sobreentendido que cuando uno está borracho y la caga no vale, no sirve de nada que le reclamen a uno la guachada, ya que el alcohol lo transforma a uno en otra persona, en una bestia, en un cerdo dice mi hermana Paula y uno no es completamente responsable de las muladas que entonces hace, jijijí, mientras me chupaba el frío contenido de la botella. No peleemos esta noche, sugiero después de un largo trago de zupia. Pasémosla bien, ¿vale? ¡A jartar, digo, y a follar, pienso, que el mundo se va a acabar! Y Yen, no obstante su tibio resentimiento, estuvo de acuerdo, pero hasta la cuarta o quinta birra nomás, pues entonces le dio por pararse de la mesa y comenzar a socializar con la pareja de turistas, uno rubio y delgado y el

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otro moreno y grueso que se hallaban en la barra, atendidos por el serio, serísimo y rayado Valentino. Y no habría ocurrido nada si hubiese vuelto pronto, pero como no lo hiciera me pongo en pie y me acerco a la barra y me meto detrás de ésta y todo rabón le anuncio a Valentino de tal manera que ella, parada junto a los tipos al otro lado, escuche: Lo que Yen se ha tomado lo paga ella. ¿Sí, Negra?, quiere corroborar Valentino. Yen deja de sonreír y me mira como diciéndome ¿pero qué le pasa, marica, si usted fue el que me invitó a tomar? y esto es justamente lo que me dice poniendo cara de extrañeza y de súbito disgusto. Además yo no tengo plata, aclara. Yo me encojo de hombros por toda respuesta, como quien dice ése no es problema mío. Ah, no, protesta ella, yo no pago nada. Y se viene a hacerme el reclamo. ¿Por qué es así de rabón, hermano? Y yo te pregunto, le respondo cogiéndola de uno de sus delgadísimos brazos, ¿con quién saliste a jartar, con ellos o conmigo? Y como entonces ella piensa que el motivo de mi actitud es que me he puesto celoso va y se me acerca y me dice en voz baja ¿pero es que no te has dado cuenta de que son maricas? Me importa un culo si son o no son maricas, le explico apretándole el brazo y dejándola de tutear, lo que me emputa es que me deje sentado solo como un huevón en la mesa. ¡Suélteme, Roger!, me exige. ¡¿Qué se cree, mi marido o qué?! A Valentino le divierte nuestro show gratuito. ¡Eso, eso, se burla dirigiéndose a mí, llévesela para la casa, que aprenda quién manda, jajajá!, exactamente como si fuéramos marido y mujer. Comprendo que estoy haciendo el oso, un oso peludo, peludísimo como diría mi hermana Paula y aun así me niego a soltar a mi presa. ¡No, le escupo a la cara, sólo soy el idiota que está pagando los tragos! ¡Que me suelte, dice y amenaza, ¿o quiere que le haga un escándalo?! Le permito liberarse de la pinza que es mi mano y la dejo marcharse al lado de sus nuevos amigotes, maricas o no y pido al carcajeante y divertido Valentino otra cerveza. ¿Para ambos?, se mofa. Sí, acepto a pesar de todo, para ambos. Acerca la botella de licor por encima de la barra hasta el rostro de Yen, quien me mira malhumorada con sus enormes ojos negros. ¿Pero me la brinda, quiere saber, resentida, o después me toca pagarla a mí? Te toca pagarla a ti, contesto todo rabón. Me mira fijamente para saber si estoy hablando en serio o mamando gallo. No sabe qué pensar. Pero yo la saco de dudas. Tienes que pagar ésa y las tuyas, digo para sacarle la piedra y las que yo me he bebido también porque yo tampoco tengo plata. Y entonces, salta como un gallito fino, ¿para qué se pone a pedir si no tiene plata, ah? Aquí fían, expongo. Será a usted, se defiende, porque a mí no. Entonces, concluyo, tendremos que parar conejo y salir corriendo. Se encoge de hombros mientras se echa entre pecho y espalda un largo trago de la pola recién ofrecida. Sus nuevos amigotes parecen susurrarle ¿quién es ese tipo, tu novio o tu esposo? porque ella les contesta de manera que yo, junto a Valentino al otro lado, escuche: No, sólo un amigo fastidioso. Los dos tipos resultaron ser dizque un conocido director de cine, el mono delgado y su novio, el moreno grueso. Tipos interesantes, por lo visto, o al menos para Yen. Y entonces yo ¿qué era? ¿Sólo un don nadie que ni siquiera es capaz de mantener el interés de una simple camarera? No, claro que no. Yo era el aún no famoso autor de sucias pero

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genuinas historias como Sin un puto peso en los bolsillos, El padre de los niños comemierda, Estrías en la barriga y celulitis en el culo que me la ponen dura, A la mierda tu escritura telegráfica de la que tanto te jactas, James Ellroy, y ¿He ofendido a alguien, damas y caballeros? ¿Sí? ¡Pues me importa un bledo!, entre otras muchas que, sin embargo, algún día llegarían hasta el último rincón del podrido y condenado planeta y por las que mis entonces incontables admiradores de ambos sexos me besarían literalmente el culo, ¡muáh, muáh, muáh, qué bien escribes, genio, menos mal que llegaste a salvarnos de todos esos malhadados cagatintas que ganan premios pero que no tienen nada que decir y que harían bien y mejor en enterrar para siempre su pluma inane y dejar que tu rabiosa pero legítima voz de águila del pantano cante a los cuatro vientos, muáh, muáh, muáh! Y entonces, espoleado por tan rimbombantes pensamientos voy y la cojo otra vez de su frágil brazo y le ordeno ¡vámonos ya! Pero ¡ay, no joda, Roger, se resiste, zafándose de mi presión, no se ponga mamón, ¿sí?!, y se aparta y se mete detrás de la barra, junto a Valentino, ¿a qué, a darle quejas, a decirle que estoy muy bebido y que ya no me aguanta nadie y que me saque del local? Oiga, amigo, me dice el rubio. No se meta, lo tranco, que no es con usted. Lo que es con mi amiga es conmigo, me reta como si se tratara de Rambo, de Durodematar, de Armamortal, de Triple X, de JeanClaude Van Damme, de Steven Seagal o de cualquiera de esos ridículos bravucones del celuloide. Uy, qué miedo, me le enfrento, dispuesto a que se arme la chupamelasuvas y no precisamente porque yo sea un valiente sino porque hace rato que me he pillado que el tipo es más chico y más flaco que yo y en caso de pelea no creo que vaya a darme más duro de lo que yo le pueda dar a él mismo, a menos que sea un Jet Li o alguien por el estilo, claro, aunque, la verdad, no lo creo, porque si lo creyera o lo sospechara al menos no me habría puesto en ese papel de rajabroqueles, de perdonavidas que, en sano juicio, no ha ido conmigo nunca. ¿Usted no sabe quién soy yo?, me pregunta estúpidamente. Claro que lo sé, le advierto inteligentemente. ¡Ah, ¿sí?!, exclama, como alegrándose del reconocimiento por mi parte de su valor, de su importancia, como si yo fuese a contestarle usted es el famoso director de cine tal. Sí, afirmo y explico de forma grandilocuente, a lo García Márquez, letra por letra, o mejor, sílaba por sílaba: Un-po-bre-ma-ri-ca. El tipo se queda de una pieza, sin saber qué decir o hacer, como alguien que es desenmascarado de repente, sin haber barruntado siquiera que eso podría ocurrir y el pobre sólo atina a, ¿a qué?, pues a tragar saliva. Ha quedado petrificado como por ensalmo y su amiguito, el amante anónimo del gran director de cine, decide no apoyarlo, menos mal, porque entre ambos me habrían hecho naco y dándose la vuelta sale del bar a la Plaza Principal so pretexto de contestar una inesperada llamada a su celular. Pero en seguida todo se distiende y se arregla cuando Yen regresa a mi lado y con sensatez y en un susurro suplicante me aconseja chino, no la cague así, mire que estábamos tan bien y. Está bien, está bien, acepto, no jodo más y voy y le pido disculpas al estupefacto filmmaker gay, perdóneme, hermano, es que hoy estoy como susceptible, debe de ser el cambio de Luna, o la conjunción entre Marte y Saturno, que resulta ser todo un bacán, fresco,

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fresco, no ha pasado nada, tomémonos un trago, ¿sí?, y lo último que recuerdo de aquel borracherón es que no sé cómo estoy parado, otra vez, enfrente a la pensión de Yen besándola, chupando su lengua apestosa y metiéndole mano por la espalda y bajando por entre el flojo, flojísimo pantalón de tela de bluyín hasta su traserito frío y blando y luego, finalmente, hasta su cálida y mojada, mojadísima concha, cuyo tamaño me sorprende, pues gracias a mi manoseo de pulpo la presiento enorme y lo más raro de todo es que Yen parece encontrarse feliz a pesar de ella misma y yo le digo entonces telepáticamente ¿ves que después de todo sí te gusta?, pero enseguida después, y como para contradecirme de la misma manera ella se separa, movida acaso por una suerte de piloto automático que le ordena ¡ya no más porque si no mañana te arrepentirás! y me manda a dormir de nuevo con las manos vacías, o casi, porque al final yo me fui para la casa de mi hermana Paula, bajo la estrellada y clarísima noche, no sólo diciéndome para mis alcoholizados adentros a manera de vano y estúpido consuelo que al menos en esta ocasión, y a pesar de la pelea, había logrado excitarla y mucho sino además olisqueando mis dedos saturados del fuerte pero estimulante caldo que éstos lograran recoger en aquella hiperlubricada puerta a sus ignotas entrañas. Pero, como diría Pancho, ya se sabe que el caballo calienta para el burro, pues por aquellos días en que al parecer Yen comenzaba a flaquear en su ambigua resistencia arribó de pronto a la Villa el perdido Charly e irremediablemente tuve que hacerme a un lado, con todo y mis bestiales e insatisfechas ganas. Charly es el tipo al que cierto muchacho moreno y delgado que me presentara Yen durante nuestra primera salida nocturna hace referencia cuando, en la discoteca La cava ubicada en un sótano de la famosa Calle Caliente me llama a su mesa y me dice en tono amenazante: Oiga, señor, mucho cuidado con la Negra. Ella es mi amiga, ha sufrido mucho por un hijoeputa y no vaya a ser usted otro aprovechado que crea que puede venir a lastimarla. Sí, aquel HP no es otro que el tal Charly, un drogo de siete suelas, hermano de la chica, amante de Guille y amiga de Valentino, que estos dos recientemente fueran a visitar a Simijaca. La historia de amor entre Charly, al que asimismo llamaban Negro y Yen es, por lo que sé, algo truculenta. Sé que originalmente el Negro era novio de cierta muchacha del pueblo llamada Violeta, amiga de Yen y ahora pareja de Guille y no es que Yen haya cometido la osadía o la canallada de tumbarle el novio a su amiga sino que ésta, no sé por qué, mamada acaso de sus excesos con las drogas, pues al parecer el muchacho, que no era tan muchacho pues ya había pasado de los treinta, metía dentro de su cuerpecito cuanta basura farmacológica se le atravesara en el camino, lo mandó para la porra a freír espárragos y entonces el mancito empezó a fijarse en la Negra y finalmente terminaron cuadrándose. Aunque en realidad la que le tenía el ojo echado desde antes era la misma Negra porque cuando en cierta ocasión, movido por la curiosidad que me causaba el hecho de que una chica aparentemente fuerte y decidida como Yen llegara según sus amigos a sufrir lo indecible por la ausencia de un tipo que en el fondo no la quería más que a las drogas, que la menospreciaba, que no se había portado muy bien que digamos

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con ella, se me ocurrió preguntarle qué había visto en Charly para que se enamorara de semejante garufla, va y me responde: Me mató cuando una noche en una fiesta se acerca a donde yo me encontraba solita y apartada trabándome y va y me reclama todo dolido, como si lo estuviese traicionando: ¿Y es que no vas a darme a mí un cacho, Negrita? ¡Qué argumento! Y es que ¿a quién se le ocurre que una frase así pueda llegar a determinar el inicio de una historia de amor? Ni a Corin Tellado ni a su colega el autor de El amor en los tiempos del cólera y de Del amor y otros demonios. Y sin embargo ya se sabe que la Mujer es el animal más raro que camina sobre la faz de la Tierra y que su rara psicología no la entiende ni ella misma pues además, y por lo visto, Yen se asemejaba a Heather Locklear en su gusto por los tipos bizarros como Tommy Lee, quien, en versión de la propia estrella de TV americana, el baterista de la banda de rock californiana Mötley Crüe la conquistó apagándose un cigarrillo en la lengua, ¡auch!, durante su primera cita. Pero tenía que haber algo más. A lo que me refiero, le explico, es ¿qué te gustó de él? Ah, dice, chupando su sempiterno y maloliente cigarro y dado que la misma pregunta se la hiciera años atrás a Alicia a propósito de Júnior, padre de su hijo Johnny y me respondiera entonces: Las chaquetas que usaba, sí, ríete, y aguardo ahora de parte de Yen una contestación por el estilo de aquélla, me sorprendo cuando afirma no sin coherencia: La manera en que trataba a Violeta. Era tan cariñoso, tan especial con ella, dice suspirando, que yo me decía para mis adentros: Ojalá yo tuviese un novio así. Y terminó teniéndolo, en efecto, pero no así. O por lo menos no así al final, porque al principio todo parecía marchar sobre ruedas, se entendían a la perfección, el Negro respetaba el hecho de que, a diferencia de él, la Negra se conformara con la blanda y casi inofensiva tila y la Negra que, a diferencia de ella, el Negro le jalara a todas las drogas, incluidas las duras, y eso sin contar que además se echaban sus buenos polvos. Sé también que vivieron juntos, pero no en casa aparte sino en el apartamentito rentado de la Negra y su padre, quien cierta noche que llovía sobre el enjalbegado poblacho cometió el error, en palabras de la propia Yen, de permitir que el Negro se quedara, extiéndale un colchón en el piso de su cuarto, mihija, que ya es muy tarde para que se vaya a su casa y además está que llueve a cántaros, pobre muchacho y a partir de entonces se quedó allí permanentemente. Fue una etapa muy feliz para Yen. El Negro trabajaba de camarero y cuando tenía plata la invitaba a ella a loquiar hasta que sus bolsillos quedaban completamente vacíos, vueltos del revés. Así era mi Negro, no le preocupaba el dinero, sólo la rumba, pasarla bien. ¿Cómo ahorrar además, si lo escasamente ganado se iba en vicio, comilonas y alcohol? Pero ¿qué importa? ¿Quién nos quita lo bailao? Mas ya se sabe que no hay dicha eterna. Todo esto se acabó cuando les dio a ambos, aunque más a él que a ella, por irse para Cali, Valle del Cauca, city que Andresito Caicedo mitificara, y ¿a qué?, pregunto yo, pues a aventurar, responde ella, y mira que a los pocos días de estar por allá el Negro se desaparece llevado por una traba tenaz y la deja botada a su suerte en tierra tan lejana pero Leo, Leíto, su padre, tan lindo como siempre, me envió un giro, dice, con la plata para su regreso a la Villa después de un telefonazo

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desesperado y urgente y desde entonces el Negro anda perdido, quién sabe por dónde, qué será la vida de mi Negro, ojalá esté bien, su mamá y la vieja con la que tiene un hijo, allá, en Simijaca, se la pasan llamándome a cada ratico a ver si se ha comunicado conmigo, a ver si yo sé algo de su paradero, de su suerte, si aún vive o si ya nos lo mataron, dice. Hasta ahora que se le ocurre aparecer por aquí, interrumpiendo mi fatigosa e irreflexiva empresa de conquista del cuerpo de Yen. La primera vez que los vi juntos fue en la Plaza Principal. A eso de las cinco o cinco y treinta de la tarde. Yo bajaba desde las escalinatas del atrio de la iglesia con dirección a La cava de don Fernando y ellos venían atravesando la plaza desde la esquina noroccidental, la esquina de la tienda de la rocola electrónica. Con el rabillo del ojo los vi venir mientras caminaban decididamente sobre la irregular alfombra de piedras y cuando estuvieron cerca giré mi cabeza porque sentí que Yen y su acompañante, un tipo más o menos alto y delgado y moreno y con un largo y colorido gorro de lana cubriéndole la cabeza me observaban. Hola, Yen, digo sin detenerme y ella me saluda con la frialdad de quien saluda a un simple conocido, ¿cómo está, Roger?, y siguen de largo. En La cava de don Fernando me tomé una cerveza fría mientras Valentino terminaba de hacer aseo al local antes de abrirlo al público a las seis. ¿Y la Negra?, me dice, más por decir algo que por verdadero interés, simplemente por hablar de un tema que nos resulte conocido a ambos. Acabo de verla, digo. Iba con el que me imagino es el Negro. Sí, corrobora. Ha llegado en estos días. Y añade: ¡Esa Negra sí es boba, ¿no?! ¿Por qué?, pregunto yo. Porque nosotros le dijimos que lo mejor era que se cuadrara con usted, explica, pero no, que no, después de todas las marranadas que le hizo ese Negro hijodeputa va y sin embargo se la pasa esperando a que regrese y preciso ahora viene y vuelve y aparece por aquí y entonces ¿qué?, pues echarle tierrita al asunto, hermana, porque ¿quién la manda dejar pasar el tren?, ¿no? Estas indignadas palabras de Valentino me hacen recordar que, unos cuantos pasos más adelante, a la altura de la fuente central de la plaza me volví para observarlos mejor. Yen le hablaba de forma animada a Charly, éste la escuchaba sonriendo, y literalmente daba alegres brinquitos de satisfacción alrededor de su Negro, exactamente igual, ni más ni menos que el perrito que ha estado perdido por algún tiempo y de pronto encuentra a su amo manifiesta de este modo su tremenda felicidad. Sí, acepto sin tristeza ni rencor y me zampo un largo sorbo de aquella zupia helada que refresca mis ardorosos hígados. Justamente por aquellos días acabo cuadrado con la rubia, rubísima Laura María, y es que no vayas a creer que entonces me pasaba el tiempo perdiéndolo tras un único y excluyente objetivo. No. Por aquella época yo era uno de los necios que creía firmemente que, cual macho alfa, podía, y hasta debía, aparearme con cuantas hembras tuviese a mano. En fin, y para resumir y no extenderse yéndose por las ramas, resulta que, en el transcurso de mi entonces cansado e insaciable papel de mariposón o émulo de Porfirio Rubirosa, termino enamorándome de aquella soberbia criatura de esplendentes cabellos dorados y noble carácter como hay pocos en este planeta de granujas y putas

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interesadas. Desde luego no voy a hablarte de algo tan sagrado para mí como lo es mi historia de amor con la Mona, excepto que, gracias a ella, pude desistir, por un tiempo, de mi improcedente y abstruso capricho. Y es que, como buen snob, me decía para mis adentros que teniendo literalmente rendida a mis pies a una auténtica joya como Laura María cómo se me ocurría siquiera la insana y hasta estúpida idea de seguir persiguiendo a una devaluada baratija como la Negra. Incluso la propia Laura María lo entendía así. Yo soy la de mostrar, me dice entre risitas, sin tomarse demasiado en serio a sí misma, oh maravillosa mujer, cuando le comento que: He debido aclarar a muchas personas del pueblo que mi novia eres tú y no Yen, dando a entender con aquellas encantadoras palabras suyas que si es cierto que a un tiempo sostengo una relación amorosa o sexual con la otra muchacha no es ésta precisamente digna de reconocerse de manera abierta. Sí, Yen era la de esconder, como se esconde la más abyecta de las pasiones. Charly se instaló en un cuarto de pensión del barrio El Carmen y consiguió trabajo rápidamente como mesero en el restaurante de la señora Cathy, que era tía de Laura María. Recuerdo que cuando en la cafetería de Yoli le comento a Yen que esa mañana he conocido a su Negro, va y me dice: ¿Cómo te pareció? ¿Cierto que es simpático? ¡Es que mi Negro vaya donde vaya cae bien! ¡Dios mío, qué ciegos nos hace el amor! Porque, en primer lugar, a mí no me pareció un individuo que se destacara por nada especial excepto por su resobada y en mi concepto completamente vulgar adicción a las drogas y, en segundo lugar y sobre todo porque, en el círculo de amistades de Laura María, que lo conocían mejor gracias a su anterior estadía en el pueblo, no pasaba por ser justamente un personaje brillante sino más bien alguien que se creía encantador sin llegar a serlo en realidad. ¡Este Charly sí es un cuento!, expresaba burlonamente su mejor amiga, Loris, a quien apodaban La Flaca. ¿Sí se han fijado que es un perfecto Asesino de Chistes? Y la propia Laura María comentaba que un día, en un colectivo rumbo a la ciudad, se le había insinuado, apostrofando con un ¡qué tal, ah! y rematando con un ¡qué asco! En fin, que Yen vivía engañada, la pobre. O bueno, no tanto, porque cuando, metiéndome de lambón con el insidioso propósito de que supuestamente abriera los ojos con respecto a su admirado y amado Charly voy y le digo que hacía poco Laura María había escuchado en el restaurante de su tía una conversación entre el Negro y un conocido suyo en la que el primero aseguraba que estaba consiguiendo novia y ante la pregunta del otro ¿y luego la Negra qué es entonces? respondiera no sin displicencia ¡a esa vieja la tengo es sólo por sexo!, me responde sin más, como quien oye llover: Sí, ya lo sé. Él siempre dice lo mismo, como si aquello fuese un simple e insignificante defectillo indigno de censura alguna y acreedor más bien de piadoso perdón o de obsecuente olvido. Y entonces no puedo dejar de experimentar un agudo sentimiento de envidia y rabia ponzoñosas no sólo hacia el objeto sino también hacia la fuente de amor tan incondicional como inmerecido. ¡Maldito Negro! ¡Estúpida Yen! Aunque, claro, las cosas no se merecen al fin y al cabo, sino que simple y llanamente ocurren. Como la dicha y el infortunio. Y tal como cabía esperarse, el Negro volvió a las mismas de antes,

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a las mismas de siempre. Empezó a llegar tarde e incluso a faltar al restaurante de la señora Cathy. La rumba, expresión que para Yen significaba o drogas o alcohol, o drogas y alcohol, o drogas y sexo, o alcohol y sexo, o drogas y alcohol y sexo a la vez, se lo llevaba por delante. Al final de una mañana, casi al mediodía, lo vi caminando por los lados del Hospital, llevaba puesto el delantal de mesero e iba en una traba que no sabía de dónde era vecino, con el rostro todo sudado y la mirada perdida en quién sabe qué dimensión burroughsiana. Otra vez, pero de noche, nos encontramos en La cava de don Fernando. Yo estaba sentado en la barra chupando pola y él bajaba desde el penumbroso mezanine donde había estado emborrachándose y, según Valentino, toqueteándose y besándose con una pelada que no era propiamente la Negra sino cierta muchacha del D.C. con problemas psicológicos y de drogadicción cuyos desaprensivos padres habían dejado al cuidado de la señora Cathy. ¿Y Yen?, voy y le pregunto, todo sapo, cuando pasa a mi lado. ¡¿Jum?!, dice con su eterna sonrisita de tipo desenvuelto y divertido. En su casa, me imagino. Y como seguramente no podía ser de otra manera, la señora Cathy terminó echándolo, aunque no precisamente porque llegara tarde o no se presentara una que otra vez al trabajo sino porque un día el muy fresco va y le pide una quincena adelantada y no regresa al pueblo sino hasta cuando ha hecho humo por completo el dinero entonces ingenuamente anticipado en las peores ollas de la ciudad. Eso me pasa, se queja la señora Cathy, por ser boba y creerle. Le había pedido el dinero prestado para enviárselo a la madre de su hijito que se encontraba enfermo. Las abejas vuelan, señora Cathy, y en este mundo el que menos corre lleva un motorcito pegado al culo. Sí ¿no? Después, al poco tiempo de esto, me enteré por boca de Valentino que del cuarto de pensión del barrio El Carmen también lo echaron pues el dinero que le prestara la Negra para pagar el arriendo asimismo se lo sopló en perica y en quién sabe qué más mierdas. Y el guache no invita, digo yo, pero sólo por mamar gallo. Pero ya se sabe que todo gamín es de buenas. A Leo le dio entonces por pasar las noches en casa de su madura enamorada y el Negro terminó quedándose de nuevo en el apartamentito de Yen, lloviera o no y además consiguió trabajo como ayudante en una carpintería de las afueras del pueblo. Sin embargo las cosas para su incondicional benefactora no parecían ir bien, porque cierto día un conocido mío va y me dice: Oiga, su amiga la Negrita sí es loca, ¿no? ¿Por qué? Porque ayer la vi en la ciudad, atravesaba corriendo la Avenida del Norte, cerca de la Glorieta y casi la atropella uno de los carros que cruzaban a toda pastilla por allí. Iba llorando. ¿Debo confesarte que me alegro entonces de que le esté yendo mal? Eso le pasaba por boba. Me imagino que lloraba por el Negro. Y, en efecto, no me equivoqué. Había ido a rescatarlo de la olla y el indio sin embargo la trató remal. Eran ambos casos perdidos. O bueno, Charly por lo menos, pues cuando voy a visitarla a su humilde guarida en la pensión Yen me asegura: Que se joda, no vuelvo a buscarlo. Todavía antes Valentino me había advertido: Esa Negra es una tonta, se las tira de fuerte pero vaya y mire que sigue sufriendo por ese cabrón del Charly e informado que éste le había robado ciertas cosas. Sí, confirma Yen. Lo chistoso del asunto es que yo no me había dado cuenta

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hasta que Leo me dice una mañana cuando llega de la casa de Lucrecia: Mihija, pláncheme una camisa, y voy y veo que la plancha ha desaparecido. ¡Tan lindo mi Negro!, me burlo, echando sal en la herida. Y ¿qué más?, añado, ávido de chismes porque me imagino que no sólo fue la plancha. No, dice, también la licuadora y nos damos cuenta de la misma forma, cuando Leo me pide: Mihija, hágame un juguito. ¡Jajajajá! Y tu papá ¿qué dice? Nada, sólo tranquila, mihija, en estos días compramos las cosas. Tu padre es un santo. Sí. Pero lo que más me da piedra no es que me haya robado, sino que se hubiera puesto a prometerme cosas que nunca cumplió. Tanta mierda que habló acerca de dejar las drogas y yo como una güevona creyéndole. ¡Si hasta yo misma me cohibía de chupar mariguana para ayudarlo en su supuesta rehabilitación, para que no cayera de nuevo y mira! ¡Puras mentiras! Y eso sin contar, apostillo yo, que te ponía los cachos. Llevo tres semanas sin trabarme en forma, dice, arrojando el pestífero humo de su Pielroja sin filtro por nariz y boca y todo por estúpida. Y eso sin contar que. Eso es lo de menos. Esas penas no son tristezas. Ojalá todas las mujeres pensaran como tú. Pero bueno, china, ¿qué vas a hacer ahora? Pues nada, volver a lo de antes, seguir con mi vida. Y lo hizo, a pesar de que el Negro regresó al pueblo, aunque nadie sabía a ciencia cierta dónde paraba y qué hacía ahora. Por ahí en un pastal y trabándose como siempre, dice Valentino. No hable así de mi otro cuñado, por favor, se mofa Guille. Yo, por mi parte, apuesto a que no tardará en caer de nuevo bajo el influjo pernicioso de Charly. ¿No? No, chino, te equivocas, dice ella, muy segura de sí misma. En estos días ha estado llamándome para que nos veamos y le he sacado el cuerpo. ¿Y eso? Ya ves. Además vino a visitarme un amigo. ¿Qué amigo? Un amigo, chino. Un amigo que tú no conoces. ¿Quién es? Después te lo presento. Vino a visitarme y me sacó a pasear por toda la Villa en un convertible rojo y la pasé refull y por eso es que el Negro sabe que me le estoy abriendo y le ha dado por llamarme a cada ratico pero. ¿Pero qué? Pero nada, yo no he ido y mi amigo nos invitó a Dalila y a John y a mí a piscina a Moniquirá y nos vamos este fin de semana, cuando él venga de Bogotá tacado de plata. Aquel fin de semana la pasaron muy bien. Tú sabes que Dalila es una caspa, me cuenta entusiasmada a su regreso del balneario y que John no se le queda atrás, dice, Dalila es la hermana de Guille y John su novio y padre de su hijita Susana y entre todos le hicimos gastar a mi amigo toda la comida y todo el trago que quisimos y nos enrumbamos hasta la madrugada y Charlycito llámeme al celular y yo le contestaba pero no le hablaba, dejaba el aparato encendido sobre la mesa para que escuchara la música de la discoteca a todo volumen y que la estaba pasando del putas y sin él, de las que se perdió, continúa, por dárselas de abeja conmigo, lástima, se lamenta, si no, habría sido chévere que él también hubiese disfrutado con nosotros de la tremenda marraneada que le pegamos a mi amigo Comando. ¿Quién? El amigo que te digo, Marcos, lo que pasa es que lo llamamos Comando porque estuvo hace poco trabajando por allá en Corea y en Irak con el ejército gringo. Ah. Pero en eso no terminaba todo. Marcos la había invitado a ella a pasar unos cuantos días en la Costa Atlántica. Con todos los gastos pagos, claro. Y ese Marcos, pregunto yo, ¿de dónde salió? Yen me

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explica: Es un tipo que conocí hace algún tiempo en una fiesta en el restaurante de Salvatore. Salvatore era el propietario y chef de un restaurante de comida italiana en el que ella trabajara hasta que aquél un buen día decidió marcharse definitivamente para el D.C. Salvatore era de rumba pesada y constante y celebraba fiestas ácidas en su negocio después del cierre en las que abundaban el licor, la perica, las pepas y la marihuana. En fin, lo de ley. Aquella vez Marcos había quedado al parecer prendado de Yen y había mantenido contacto con ella a través de Internet mientras permanecía en Corea del Sur e Irak. ¿Y qué hacía por allá? Trabajaba con el ejército gringo. Sí, pero haciendo qué. No sé exactamente, pero me imagino que en algo que tenga que ver con sistemas y computación porque Marcos sabe mucho de eso. Entiendo. Y ahora, ahora se encontraba por aquí tras la menuda y esquiva Yen. Quien tuvo que mentirle a su padre para poder irse a la costa con su amigo. No recuerdo ahora qué embustes le metió, pero lo único cierto es que Leo jamás llegó a saber que su querida hijita pasó casi una semana en Santa Marta en compañía de un desconocido, y la pasamos del putas, chino, aunque para el pueblo entero semejante escapada era vox populi, hasta el punto de que Loris, que no era amiga de Yen, comentaba reprobadoramente entre sus conocidos, incluido yo mismo: ¡Qué tal la manera de venderse de la Evelyn ésa! Pero a su regreso, y ante mi directa e indiscreta pregunta de si había tenido que pagar en especie por el paseíto, Yen asegura: No, el hombre no me cobró. No te creo. Es verdad. ¿O sea que ni un piquito? Besitos sí, pero nada más, con decirte que ni siquiera una bluyiniada. ¿Y eso? El mancito está enamorado de mí y me respeta mucho. Pero, y en el hotel, ¿dormían en camas separadas? No, en la misma cama. ¿Y el man no te hacía el atentado? ¡Qué va, si Marquitos dormía con un pantalón de sudadera como piyama! ¡No jodás! O sea que el man es gay. No, no creo. ¿Entonces? No sé, debe ser que le pasa algo. No se le para. Puede ser. Pero si el man te lo hubiera pedido ¿se lo habrías dado? Me hubiera tocado, ¡jajajá!, porque con toda esa plata que se tiró. En hoteles, en comida, en trago, en yerba, en excursiones. Pobre man. Pero ¿por qué pobre, si cuando estuvimos en Moniquirá yo prácticamente le insinué que estaba dispuesta a dárselo? ¿Sí? Sí, pero el man no supo cómo responder. ¿Cómo así? Pues estábamos con Dalila y John tomando en la discoteca, yo ya estaba troncha y como ese día era el día de mi cumpleaños quería celebrarlo y qué mejor que el día de tu cumpleaños te echen un polvo bien echado, ¿no?, y literalmente le di a entender que eso quería pero el man se quedó como tieso, sin saber qué hacer, todo cortado. Lo asustaste. Puede ser. Pero el man ya no es un adolescente virgen como para que se ponga así. A lo mejor todavía es virgen. No creo. ¿Entonces? ¡Jum! Mas tarde llegaría a saber que lo que pasaba era que el man andaba tostado, retostado por las drogas. Como Elvis. ¿Y el Negro? ¿Dónde andaba? ¿Qué había pasado con él? Por lo que ella había llegado últimamente a saber, en la ciudad, de olla en olla. Perdido, una vez más, en el vicio, en su vicio. ¡Lástima mi Negro! Pero es que Yen tenía un imán para atraer a tipos con esa clase de problemitas. Marcos había decidido pasar unos días en la Villa, pero lo que ocurre, me dice Yen, es que no desea quedarse en un hotel, por eso yo pensé en

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ti, a ver si tú le puedes dar posada en la cabaña de tu hermana. Él me pagaría, claro, lo que yo dijera. ¿Y por qué no en un hotel? No sé. Tú sabes que Marcos es todo raro. Los gringos son así. ¿Cómo así, es que Marcos es gringo? Casi. Vive desde hace como 20 años en Estados Unidos. ¿En dónde? En Nueva York, creo. Pero dile que la cabaña no queda muy cerca al pueblo que digamos y, o ¿tiene carro?, no, el convertible era de un amigo y que le tocaría echar pata o pagar taxi de aquí para allá y de allá para acá. No te preocupes, él tiene plata, lo que quiere es un lugar tranquilo donde nadie lo moleste. ¿Qué le digo? Dile que bueno. ¿Y dónde anda? En Bogotá, visitando a la mamá. ¿Cuándo llega entonces? Mañana. Marcos resultó ser un tipo delgado, más bien flaco y de mediana estatura cuyo apergaminado y anguloso rostro parecía haber sido tallado en madera por un hábil escultor que se especializara en plasmar en tres dimensiones los cuadros del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. Sus ojillos negros, fríos e inexpresivos, te miraban fijamente como si quisieran taladrar tu cerebro y llegar hasta tus pensamientos. Mucho gusto, dice tras bajarse del taxi en el sendero de grava en compañía de Yen y extendiéndome su mano derecha, Marcos Bravo. Su voz tenía un marcado acento chicano. ¿Lo echaron de la casa o qué?, le susurro a Yen cuando estuvimos solos en la salida luego de haberlo instalado en el dormitorio principal, en el segundo piso, que poseía baño privado y daba al balcón. No, ¿por qué? ¿No viste la tremenda maleta que trajo? ¿Es que piensa quedarse muchos días? No, no que yo sepa. Lo que pasa es que en ella carga su PC y otras cosas aparte de la ropa. ¿Qué cosas? No sé exactamente, comida me imagino, porque eso sí, a pesar de lo flaco que es ¡traga, Virgen Santísima, que no te lo puedes imaginar! Sobre todo dulces. Luego me enteraría, por boca de la misma Yen, que en esa maleta cargaba una sofisticada máquina de vidrio que lo trasportaba a otro planeta. ¿Bravo, no?, me dice riéndose bajito. Sí, un poco, acepto. Allá en Santa Marta, una de las camareras del hotel me dice que mi acompañante hace honor a su apellido, señor Bravo, ¿por qué?, porque una noche se puso a discutir acaloradamente con ella acerca de la calidad del servicio, que para un tipo recorrido por el mundo como él resultaba deficiente. Comando es una lata, dice, pero tiene plata. Uy, me salió en verso, ¡jajajá! Y tú ¿te vas a quedar? No. ¿Qué diría mi papi? Desde que el Negro se largó, ha vuelto a quedarse en casa. Cuando volvió, yo voy y le digo: Oiga, papi, ¿es que se cansó de tener sexo? ¡Jajajajá! La embarré, lo sé, porque Leo es muy reservado en ese aspecto. ¿Qué me contesta? Nada, se hace el loco. Los días siguientes se la pasaron juntos, yendo y viniendo de aquí para allá y de allá para acá, pero al parecer las cosas no iban bien entre ambos. Una tarde, al llegar solo, Marcos va y me espeta a bocajarro: Evelyn está perdiendo una buena oportunidad. Me está perdiendo a mí. Si no se pone las pilas conmigo, voy a empezar a fijarme en otras chicas. Ella me está obligando a hacerlo. Hoy por ejemplo unas muchachas de un carro que se detuvieron a hacerme una pregunta, fueron muy receptivas a mis miradas. Sí, creo que más tarde voy a salir a buscarlas. Pero no lo hizo, porque Yen vino algo así como una hora después y estuvieron otras dos horas encerrados en su dormitorio. Y cuando al fin sale y yo voy hasta el borde de la

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carretera a acompañarla a esperar el taxi va y me dice luego de que le preguntara que cómo van las cosas: Ay, mal. Marquitos ya me tiene mamada. ¿Y por qué? Porque se la pasa imaginándose cosas y no hace más que interrogarme por todo y por nada. El man vive con una paranoia tenaz. No descansa espiando mis reacciones. Si por ejemplo mi vista se cruza con la de Dalila o con la de John mientras comemos o tomamos algo, después me pregunta que por qué los he mirado a ellos de esa manera. Piensa que nosotros nos comunicamos con los ojos, que tenemos un código secreto para comunicarnos en silencio con la mirada, ¿ah? ¿Y no? Pues no. Además cree que entre Dalila y John y yo hay algo más que simple amistad. ¿Y no? No. Lo que sucede es que como ese man lleva tanto tiempo por allá en Gringolandia ya se siente extranjero, se siente fuera de lugar, no entiende nuestros chistes, para él es sospechosa nuestra camaradería, y en todos nuestros actos, hasta en los más simples ve intenciones ocultas. ¿Y no? No. Sí es cierto que nos lo estamos marraneando, pero nada más. A veces parece como si el man se sintiera constantemente amenazado. Paranoia. Sí. Pero ¿por qué? El ejército gringo, me imagino, que les enseña a sospechar de todo el mundo, a ver en todo el mundo un enemigo del que hay que recelar y con el cual hay que estar alerta, siempre, siempre, a toda hora, estudiando sus miradas, sus sonrisas, sus palabras, sus silencios, sus ademanes. Si hasta cuando John me da un bocadito de lo que él pidió en el restaurante, porque lo hemos obligado a que nos lleve a los mejores restaurantes de Villa y hemos comido como reyes, me arma después lío diciéndome que por qué acepto bocaditos de John y de él en cambio no. ¿No será, pregunto yo, que el man está metiendo algo que lo pone así? Pues el man mete yerba conmigo y perica con John y. ¿Y? Bueno, chino, le voy a confesar una cosa de la que acabo de enterarme. Ahorita, cuando entré a su habitación, el man estaba sacando de la maleta una vaina toda rara. ¿Qué vaina? Es como un aparato de vidrio. Una pipa de vidrio empleada para aspirar cierto tipo de drogas. Sí. Pero cuando yo le pregunto que qué es esa vaina, me contesta: La máquina más maravillosa que el hombre haya inventado nunca. Yo me asusté. Era como un artefacto de otro planeta. Y el man empezó a armarlo con mucho cuidado, con mucha concentración, como si se tratara de uno de esos complicados y delicados aparatos de laboratorio. Y al final el resultado fue un auténtico monstruo como de este tamaño. ¿Y qué mete en él? No sé si decírtelo. Dímelo, no puede ser nada distinto a lo que yo ya no sepa, ¿o sí? No, el man es adicto al crack, imagínate, claro que por aquí no lo consigue, aquí le toca conformarse con el bazuco. Eso es la misma vaina, sólo cambia el nombre. Bueno, sí, pero imagínate mi sorpresa al descubrir semejantes mañas de Marquitos. Pero así es como te gustan, ¿no? No, hermano, qué va, por eso fue que terminamos peleando con Charly, por no saber controlar su adicción a las sustancias y ahora, al ver a este man con tamaño aparatejo para soplar bazuco, yo me digo para mis adentros que no salí de Guatemala para venir a meterme de cabeza en Guatepior, no, chino, yo con mi marihuanita y hasta ahí nomás, a mí me da miedo experimentar con cosas más duras, aunque no lo creas el Negro es un espejo para mí y además al Negro yo lo quería y aun así no me dejé

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arrastrar por él a vicios más fuertes y con este man menos porque ni siquiera me gusta, yo ando con él es para explotarlo y él lo sabe y además yo qué voy a hacer en la vida al lado de un man que tiene semejantes problemas, porque el bazuco es lo más bajo, chino, de ahí al Infierno no hay distancias. Yen me dejó preocupado y para colmo al día siguiente Marcos casi no se levanta y llegué a imaginarme lo peor, sobredosis, muerte súbita y yo envainado con un fiambre y no cualquier fiambre, el fiambre de un drogo de siete suelas con una monstruosa máquina para soplar en la casa de campo de mi hermana Paula y con lo delicada que es ella y la Policía y las preguntas y las habladurías y las tergiversaciones con semejante pueblo de malditos chismosos pero me serené pensando que no podía ser tan de malas, ¿o sí?, hasta que a eso de las dos de la tarde me dio por acercarme a la puerta de su dormitorio y sorprenderme de que se encontrara a medio abrir y entonces doy unos golpecitos en ella, toc, toc, toc, antes de entrar y descubrir a mi huésped empiyamado y tumbado sobre la cama, muerto, muerto de sueño, anestesiado de la tremenda traba, me imagino, porque debió aspirarse todo el crack, metérselo todo en su cuerpecito valiéndose de la máquina más maravillosa que el hombre haya inventado nunca que por otra parte no vi por ningún lado porque la habitación no olía a nada raro, ni siquiera a carne humana sudada de tanto dormir ya que Marcos parecía una rígida e inanimada e inodora estatua de palo tumbada sobre el lecho en desorden, Marcos, Marcos, Marcos y entonces sale de su letargo de siglos y me clava con la dureza y la frialdad de un puñal su mirada obscura e inexpresiva y dice: Sí, sí, voy a quedarme otro día más, adelantándose a mi pregunta, como si hubiera leído mi mente y yo lo despacho advirtiéndole que no puedo alojarlo un día más porque hoy mismo tengo que viajar a la ciudad, okay, no problem, déjame hacer entonces una llamada y a eso de las cuatro o cuatro y treinta, ya bañado y vestido con sus holgadas ropas que parecen de otra persona menos huesuda se marcha en un taxi que ha venido a recogerlo después de ofrecerme que cuando vaya al D.C. lo llame a su móvil para que nos veamos y nos tomemos algo porque todos los amigos de Yen son también mis amigos y además porque Yen le ha contado que yo escribo y él también está escribiendo una novela, ¿ah, sí?, ¿y de qué trata?, es una novela de ciencia ficción y yo pienso entonces otro Philip K. Dick pero no logro imaginarme a Marcos hilando una palabra con otra y además ¿para qué ciencia ficción?, ¿para evadir la monstruosa realidad en la que vivimos?, ¿por qué mejor no dejar la flojera y la pusilanimidad a un lado y enfrentarla?, y ahora, a la luz de estos pensamientos entiendo por qué las adicciones de Yen, del Negro, de Marcos, de John, de todo el mundo, malditos cagones, malditos gilipollas, por eso es que estamos como estamos y le prometo está bien, gracias, un día de éstos pero diciéndome para mis adentros ya voy Toño, mirame el pique y cierro la puerta y hasta la vista, baby, si te vi no me acuerdo. Sin embargo tardaría algún tiempo aún en desaparecer definitivamente. Lo siguiente que supe, por boca de Yen, es que le había propuesto que se fueran a vivir juntos a los Estados Unidos. ¿Cómo te parece? Por sus servicios al USA Army en Corea del Sur e Irak Comando iba a recibir una buena plata para que montara, aquí o

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allá, donde quisiera, su propia empresa, pero él prefería su tierra adoptiva a este paisito subdesarrollado y carente de orden del que ya no se sentía hijo. ¿Te imaginas? ¡Yo por allá en Gringolandia! ¡Quién se lo hubiera imaginado! Sin embargo y en realidad no le entusiasmaba para nada la idea de marcharse del país al lado de semejante psicópata. ¿Sabes por qué quiere llevarme con él para Estados Unidos? Para vengarse de todo lo que le hemos hecho aquí, es que hemos sido muy descarados, cada vez que viene a Tunja que es donde ahora nos vemos porque Dalila y John y su hijita se han ido a vivir allá, el pobre tiene que gastarnos de todo lo que se nos antoje, para tenerme bajo su control porque él estaría en su elemento y yo fuera del mío, desprotegida e incomunicada y a merced de su voluntad. Pero ¿qué has pensado? ¿No crees que sería una buena forma de alejarte y de olvidarte de Charly? Pero es que tú sabes que ese man a mí no me gusta ni siquiera un poquito, no me inspira nada más que asco. Sigues enamorada de Charly. No, ya no, pero tampoco voy a arrojarme a los brazos de un tipo que me quiere tener como prisionera, controlándome a toda hora. Sí, es verdad. Además con tipos como ése que han estado en una guerra uno nunca sabe qué pueda estar pasándoles por la cabeza, a lo mejor un día le da por descuartizarte con una motosierra y meterte luego a la nevera para después irte sacando por pedacitos y ¡a la sartén! ¿Tú crees? Y ¡humm, qué rica que está mi Negrita! ¡Ay, no sea así, chino, que me está asustando! ¡Jajajajá! Lo mejor es que, fuera de chistes, te alejes de ese man. Sí, no necesitas ni decírmelo. ¿Y cómo logró al fin quitárselo de encima? Pues tocó a las malas, hermano, porque no se pudo de otra manera, la obligan a una a ser grosera. Cierta noche que como de costumbre lo estaban explotando se armó un lío tremendo a causa de John y sus incontrolables arrebatos de misoginia en contra de las mujeres en general y de Dalila en particular. Estábamos buenamente los cuatro en compañía de un amigo de John bebiendo en una taberna del centro cuando de pronto va y empieza a insultarla a ella y de paso a mí. ¡Perras, dice, son unas perras! ¿Y por qué? ¿Acaso las pescó coqueteando con el amigo o con alguien de la taberna? No. Nada. ¿Entonces? Lo que pasa es que ese man es así, a veces se le corre la teja y luego ordena ¡vámonos, vámonos de aquí ya! y sigue diciendo que somos unas perras. ¿Pero por qué motivo? Bueno, a mí se me hace que John estaba ansioso y malhumorado ya desde antes de ir a la taberna. ¿Por qué? Lo que pasa es que el man quería pegarse unos pases de perica y como fue y no encontró a su jíbaro de confianza y se quedó sin soplar eso lo pone a volar de la ansiedad y de la rabia y luego con el chorro en la cabeza se aloca y empieza a desquitarse con Dalila y conmigo y Marquitos y el amigo tranquilícese hermano le dicen y John ustedes no se metan y cuando salimos de la taberna empieza en la calle a darle puñetazos a un muro de ladrillos descubiertos hasta sacarse sangre en ambas manos mientras masculla ¡perras!, ¡perras malparidas!, ¡son unas perras! y entonces el amigo, que es tan grande como John va a detenerlo y también Marquitos pero a ambos se los quita de encima de un manazo y los manda al suelo, y si hubieras visto cómo cayeron, sobre todo Marquitos que, como dice Jorge, un amigo de Villa que tú no conoces refiriéndose a sí mismo, no es peso pluma

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sino peso lástima, ¡jajajá!, como una plasta, ¡plash!, es que Johncito es una bestiecita y entonces el amigo se para y se larga echando madres y de pronto se aparecen dos tombos en una motocicleta y ¿qué pasa aquí, señores?, nada, nada, señores agentes, dice Dalila, una pelea de enamorados pero ya está todo solucionado, ¿y Marquitos?, Marquitos nos dice cojan un taxi mientras los policías requisan a John y en el apartamento nos vemos y Dalila para un taxi y nos metemos en él y dice ¡marica, tenemos que llegar a esconder los cuchillos!, ¿por qué?, porque el John es capaz de venir y matarnos con uno de ellos, ¡qué!, sí, el hijodeputa es un peligro cuando se pone así y llegamos al apartamento, que queda frente a Centro Norte y nos ponemos a buscar, a recoger todos los cuchillos de la casa, los del comedor y los de la cocina y los escondemos y al rato llega el John todo emputado y gritando ¡perras!, ¡abran, perras hijasdeputa! y yo ¡no, Dalila, no abras! y Dalila ¡sí, sí, porque después es peor! y es cuando el John le da una tremenda patada a la puerta y le abre un agujero y Comando todo sapo va y llama a la Policía mientras John grita ¡perras!, ¡perras hijasdeputa! y entonces los vecinos salen a mirar qué pasa y llegan unos policías traídos por Comando y al final abrimos y Dalila les dice a los tombos que no se preocupen, que todo está en orden, que es una pelea de casados, que ya pasó, que no hay ningún problema, que ya nos vamos a dormir y los tombos entonces se van y salgo yo al corredor y trato remal a Comando por sapo, para qué traía a esos tombos hijosdeputa, quién lo había mandado, ábrase y cerramos la puerta de un golpazo y el resto no es más que la culminación de una auténtica pesadilla, esa noche terminan acostados los tres con la ropa puesta y sin poder pegar ojo en el lecho nupcial porque no hay más camas ni un sofá ni una colchoneta para la Negra mientras John no deja de mascullar como un poseso ¡perras!, ¡son unas perras!, ¡perras malparidas!, ¡perras hijasdeputa! y es difícil creerlo pero son cosas que suceden regularmente, es el pan de cada día entre esos dos, las sustancias, chino, o la falta de ellas, hermano, ¿y la niña?, Susanita en casa de la mamá de John, que vive en La María, menos mal que la dejan allá cuando salen de rumba y si no, aunque la chinita ha tenido que presenciar unas y lo peor de todo no es eso, chino, sino que a la mañana siguiente Dalila como si nada, marica, se levanta y hace tinto y nos fumamos un cigarrillo y ¿qué vas a desayunar, papi? le pregunta al cabrón de John y Johncito como si tal cosa, como si no hubiera pasado nada, ¿no sobró chorro de ayer? y Dalila no, papi, no y así es siempre, siempre, esos dos van a terminar matándose un día, pobre Susanita con esos papás, yo no sé para que se ponen a traer chinos a este mundo. ¿Y Marcos? Desde esa noche no volvió, pero se la pasa mandándome correos por Internet, dice, con fotos de apartamentos en Nueva York, de automóviles, de playas y con mensajes del tipo todo esto puede ser tuyo si te decides o de lo que te estás perdiendo por no hacerme caso, pura mentalidad gringa, como si a mí me importara más toda la plata que tiene que lo que yo siento por él, que no es más que asco y es que no me imagino yo al lado de un tipo así, ¡guácale!, compartiendo cama, comedor, baño, no, no, qué tal, ni loca, ni por todo el oro del mundo y hoy me tocó mandarle un mensaje insultándolo, diciéndole que no me jodiera más y que desapareciera para

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siempre de mi vida, que entendiera que lo aborrecía con toda mi alma y que lo nuestro había sido un error y sanseacabó. Pobre Comando, pero él mismo se lo buscó, ¿o no?, por andar insistiéndole a una nena como yo. ¿Y el Negro? Ay, no me hable de ese man que me saca la piedra. ¿O es que piensas que todavía sufro por él? No, sólo preguntaba. Él allá con su vida y yo aquí con la mía. Y entonces fue como si aquellas palabras suyas también valieran para nosotros dos, porque en seguida después sobrevino un período en el que nos distanciamos, ella permaneció en el pueblo y yo regresé nuevamente a la casa de mi madre en la ciudad, como un perro con el rabo entre las piernas, tras una fuerte discusión con mi hermana Paula que derivara en la ruptura definitiva de nuestro trato, el cual consistía en que yo cuidara su casa de campo a cambio de una bicicleta para mi movilización y de víveres para mi sostenimiento en ese lugar de las afueras del empedrado villorrio. A mi regreso encontré el potrero de enfrente sembrado de bloques de edificios de apartamentos. Féretros cuadrados y grises que se alineaban justamente tras la pequeña y blanca edificación del Puesto de Salud del barrio. Aún estaban en construcción. Un día, a través de la ventana de mi cuarto y de las ramas más largas de la buganvilla monstruosa que llegaban hasta allí y arañaban el sucio cristal, me puse a mirar cómo los hacían. Tardaban apenas una semana en levantar una pequeña y raquítica torre de 5 pisos en la que se distribuían 10 apartamentos diminutos. Eran edificios prefabricados. Construcciones de las llamadas oficialmente de interés social, o sea construcciones hechas a los madrazos, chapuceramente, a toda pastilla y con materiales de dudosa calidad porque los pobres no necesitamos una vivienda digna sino simplemente un hueco dónde meter la cabeza, gracias. Como las ratas. Y es que en efecto, una vez terminadas, los pobres corremos como ratas agradecidas, sin chistar nada, a meternos en semejantes madrigueras donde los tubos de desagüe del retrete y de la cocina del piso superior son visibles en el techo del piso inferior, donde los muros son tan delgados que jaladas de cadena, meadas, orgasmos, pisadas, estornudos, pedos, eructos, sonadas de nariz, carraspeos, toses, esputos, susurros, gemidos, resuellos, chillidos, llantos, gritos, maldiciones, ladridos, maullidos se escuchan de arriba abajo y de abajo arriba en todo el maldito edificio y aun fuera de él, como en un embotellado infierno sin tapón. Los pobres somos gente sencilla y resignada. Aceptamos cualquier cosa. Peor es nada es nuestro lema. Que en realidad significa: Tranquilos, chicos listos de allá arriba: sigan jodiéndonos. Era una de aquellas frías y lluviosas noches en las que no puedes hacer otra cosa que quedarte en casa metido debajo de las cobijas de la cama viendo la tele. Mi madre y yo éramos pobres, pero no tanto. En mi cuarto y en el suyo había un televisor. La caja boba. ¿Cómo pretenden que algún día tú y yo lleguemos por fin a madurar si lo que nos embuten por ojos y oídos no es más que basura para adolescentes idiotas? Y no sólo en la televisión, también en el cine. Échale una ojeada nomás a los filmes de ahora. Todos sacados de las tiras cómicas. Ya no es solamente Superman y Batman, sino también Hulk, X-Men, Watchmen, Los Cuatro Fantásticos, El Hombre Araña, Catwoman, Hellboy,

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Meteoro, Daredevil, Transformers, G.I. Joe, etcétera, etcétera, etcétera. ¿Pero es que acaso no es justamente eso lo que quieren, que seamos por siempre adolescentes idiotas que no saben en qué maldito planeta están parados? Las dos últimas películas decentes que vi fueron Eyes Wide Shut de Stanley Kubrick y American Beauty de Sam Mendes. Hasta Tom Cruise estuvo más o menos bien, aunque tal vez su rol lo hubiese desempeñado mejor un Johnny Depp o un Christian Bale, ¿no crees? En fin. Cogí el control remoto y me puse a saltar de canal en canal mientras afuera las ramas más largas de la buganvilla disforme, sacudidas por el viento borrascoso, arañaban el sucio cristal de la ventana de mi cuarto. En el 44 pasaban las noticias locales. Un policía del Comando Local, de apellidos Castro y Castañeda, al que los de su propio cuerpo llamaban con el ofensivo mote de Tomboloco, le descerrajó, con su arma de dotación y la templada sangre de frío psicópata y arrebatado energúmeno que corre por las venas de algunos agentes del orden, un plomazo en la mollera a Filomeno Jiménez, pobre infeliz que tuvo la mala fortuna de pisar por accidente uno de los callosos y apenas enchancletados cascos de una empleada del servicio doméstico apodada La Guerrillera y cortejada apremiantemente por el primero de los supracitados, que a las seis y media de la mañana, al igual que la malograda víctima, hacía la cola de todos los días en la lechería rodante de doña Facunda Quevedo, estacionada justo enfrente del Comando de Policía Local. Se asegura no sin razón que la nuestra es la Tierra del Olvido, pero nunca, hasta ahora, se ha dado una explicación rotunda del por qué, no obstante que la misma resulta evidente. En nuestra memoria colectiva, la atrocidad de hoy es borrada y reemplazada inmediatamente por la de mañana y ésta por la de pasado mañana y así ocurrirá sucesivamente hasta el final de nuestros días, en virtud a la gradación de la barbarie que se registra en nuestro ofuscado suelo. Para la muestra un botón: el inaudito acto del policía Castro Castañeda será completamente olvidado a la mañana siguiente, nadie en la ciudad recordará el sucedido, como resulta apenas natural, pues la memoria colectiva local ya se entretendrá con un hecho aún más atroz. Bueno, por lo menos allí estaba Joel McHale, en el 45, burlándose de sus descerebrados compatriotas que protagonizan todo tipo de absurdas producciones para la televisión. Lástima que su show durara tan poco. Seguí. Canal 46, CNN en español. Canal 47, CNN en inglés. Canal 48, TVE Internacional. En éste me detuve. Ponían un programa científico. Una rareza, una diminuta perla en un vasto océano de mierda. En el momento de mi llegada estaban preguntando a la gente en la calle, allá, en España, si sabía qué era el fototropismo. Me sorprendió no sólo que ninguno de los encuestados, jóvenes y adultos lo supiera con exactitud sino que además dieran respuestas totalmente equivocadas. Aquello resultaría comprensible en un paisito subdesarrollado, tercermundista como éste pero no en una de las más importantes economías del planeta. Gente bien vestida, bien alimentada, bella y con medios, que sin embargo no sabe qué coño es una cosa tan sencilla como el fototropismo. ¿Y así cómo esperamos que no nos metan los dedos a la boca y nos engatusen con burdas patrañas si ni siquiera nos interesa conocer lo más elemental? Lo que al

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parecer nos importa es vestir a la última moda, comer y beber de lo mejor, lucir cuerpo de atleta y semblante de anuncio comercial para que nos consideren sexys y divertidos, que cuando nos miremos al espejo veamos reflejado no al mono ignorante y perezoso que somos sino al Adonis o a la Venus que pretendemos ser. Me enfurecí, me indigné tanto por lo que acababa de descubrir que de un salto me puse en pie y corrí a la calle a despejarme y lo que finalmente conseguí fue pegarme una soberana lavada. Qué idiota, ¿no? Y a propósito ¿sabes tú qué es el fototropismo? ¿No? Ya me lo imaginaba. Cuando esa misma noche, más tarde, volví a encender la tele, en Canal Alfa estaban entrevistando a cierta modelo de Cali, Valle del Cauca, llamada Elisabetta Góngora. La entrevista se suscitó por unas fotografías eróticas aparecidas en una publicación relacionada con el variopinto mundillo local del espectáculo, en la que la voluptuosa y rubia modelo de ropa interior y alguna vez portada del magazín PLAYBOY manifestaba además que su sueño había sido siempre, desde chiquita, cuando ojeaba a escondidas las revistas pornográficas de su hermano mayor, llegar a convertirse algún día en una porn star de leyenda como Jenna Jameson y que tal sueño estaba por concretarse en los meses venideros, tras su primer viaje a Los Ángeles, California, capital mundial de la industria porno, donde su contacto había logrado conseguir una cita en ciertas empresas del ramo para realizar algunas pruebas de casting y de culeo, las cuales estaba segura, segurísima aprobaría gracias a su innegable y ya comprobado talento. Morbosos como eran los presentadores del telemagazín, tan morbosos como éramos sus videoescuchas, y dado que semejantes anhelos confesados podrían esperarse de cualquier miembro femenino de sociedades más liberales como la americana y la europea pero no de uno de la, en su inexpresada opinión, aún pacata y conservadora comunidad nuestra, contactaron entonces, vía telefónica, a la sicalíptica celebridad en ciernes. No tardaron en demostrar que lo hacían con el sensato y saludable propósito de recordarle los peligros a que se verían expuestos tanto su espíritu como su culo si no cejaba en su libidinoso empeño de convertirse en una puttana del celuloide. Pero a la nena, de 28 años, edad a la que cualquier porn star de renombre como la mismísima Belladonna, hastiada ya de que se la follen por todos los agujeros posibles, está pensando en el retiro, no la atemorizaba riesgo alguno ya que se trataba precisamente de cumplir nada más y nada menos que el sueño profesional de toda su vida. No hubo manera, pues, de desalentarla. A todos los razonables interrogantes de sus incrédulos y escandalizados interlocutores masculinos de la radio ofrecía animadas respuestas afirmativas. ¿Está usted segura de que eso es en realidad lo que desea? Por supuesto. ¿No será más bien un capricho pasajero? De ninguna manera. Es una decisión tomada con cabeza fría. ¿Cabeza fría o coño ardiente? Risas. Cabeza fría. ¿Comprende usted que una vez ingrese en ese mundo no hay vuelta atrás? Desde luego. ¿Es decir: que su paso por el mundo del porno la marcará para siempre a lo largo del resto de su vida? Naturalmente. Y asumo, como mujer adulta que soy, las consecuencias de ello. Y su familia ¿qué piensa de todo esto? Me apoya. ¿Su mamá la apoya? Sí. Ella siempre ha estado orgullosa de mí. ¿Y

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sus hermanas y su hermano? Igualmente. ¿Y su padre? No hay problema. Murió en el 2005. ¿O sea que usted no había tomado esta decisión sino hasta ahora porque su padre aún vivía? No. Yo estoy segura de que, de estar todavía vivo mi padre, también él me apoyaría. ¿Tiene usted novio o esposo? Novio. Y él ¿qué piensa de su decisión? La respeta. Pero ¿está de acuerdo? Absolutamente. ¿Tiene hijos? No. Pero ¿no ha pensado que cuando algún día los tenga ellos van a saber, tarde o temprano, que su madre trabajaba en la escabrosa industria del porno y que muy seguramente se lo van a reprochar de manera dura? En realidad no pienso tener hijos. ¿Es usted una mujer sexualmente satisfecha? Muy satisfecha. He contado con novios maravillosos que me han hecho de todo. ¿Cuántos novios ha tenido? De manera seria, tres. ¿Con cuántos hombres se ha acostado en su vida? Oh, muchos. ¿Cuántos, más o menos? No sabría decir. He perdido la cuenta. ¿Lo ha hecho por dinero? No. Lo he hecho porque esos hombres me gustaban. ¿O sea que le ha puesto los cuernos a su novio? Soy una mujer bastante liberada. ¿Y él? También. Me cuenta todos los pormenores de sus aventuras sexuales. E incluso hemos hecho tríos con amigos suyos y míos. ¿Está usted dispuesta a hacerlo con mujeres? Ya lo he hecho. ¿Con cuántas? Un par de ellas. ¿Es bisexual? No. ¿Entonces? Personalmente no me gusta hacerlo con mujeres. Adoro la penetración de los hombres. Pero si me toca hacerlo con mujeres, estoy dispuesta a ello. ¿Y con animales o enanos? Risas. De ninguna manera. ¿Pero si el director de la película se lo exige? Espero que tengan en cuenta mi opinión al respecto. Así como también mis aportes a los guiones. ¿Y es que esas películas cuentan con un guión? Risas. Claro. Carcajadas. ¿Realmente está usted segura de lo que le espera? Segurísima. ¿No la atemorizan las miles de penes enormes que van a taladrar sus orificios? ¡Qué rico! ¿Y el dolor, los desgarramientos, las vejaciones, el SIDA? Soy fuerte y la gente que trabaja en eso es la más sana del mundo. Carcajadas. ¿No sabe que muchas estrellas del porno, tanto hombres como mujeres, han muerto a causa del SIDA? Por descuidados o drogadictos. Y yo no soy ni una ni otra cosa. Ni tomo, ni fumo, ni me drogo. Pero ¿no ha pensado que al cabo de solo un año en este oficio deja usted de ser la porn star de la que todo el mundo habla para pasar simplemente a engrosar las largas filas de chicas viejas y vejadas que son rápidamente desplazadas por los cientos, los miles, los millones de muchachitas cada vez más jóvenes que ingresan en esta sucia industria dispuestas a ganarse un sitio en ella dejándose arrastrar a excesos degradantes? Bueno, si es así, estoy dispuesta a gozarme ese año. Aunque en realidad mi sueño es llegar a convertirme en lo que aún hoy, a su edad, es Jenna Jameson: toda una institución. Su insano y bizarro empeño resultaba, pues, indestructible. Bueno, siendo así, concluyó uno de los presentadores, dándose finalmente por vencido, le deseamos buena suerte en su nueva vida y estaremos atentos a la aparición de su primera película. ¡Sí, sí!, gritaron al unísono sus compañeros de set y con ese jubiloso y expectante clamor, del que asimismo me hice partícipe un par de días después, cuando al fin logré conseguir la revista chismográfica en que aparecían tres espectaculares fotografías de la hermosa y sensual modelo de ropa interior y

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futura estrella del cine porno trajeada apenas con un diminuto bikini de color rosa, terminó la entrevista. Mi madre, que desde su cuarto había asimismo estado atenta a las respuestas de la interrogada, vino hasta mi cuarto donde yo me encontraba morbosamente pegado a la tele y exclamó: ¡Mucha puta! ¡Querer que se le encarame todo el mundo! Ahora, ojeando una vez más las tres espectaculares fotografías de la hermosa y sensual modelo de ropa interior trajeada apenas con un diminuto bikini de color rosa que aparecen en la revista chismográfica, no me atrevo en este caso a preguntarme siquiera qué clase de pensamientos pasan por la cabecita de la agraciada Elisabetta Góngora para llegar a ocurrírsele semejante idea de marcharse a engrosar las filas de la escabrosa industria del cine porno norteamericano, pues, como se dice por ahí, al fin y al cabo la cabra tira para el monte, hay cosas que son inevitables y criaturas que sólo obedecen a su propia retorcida naturaleza, aunque, para ser sincero y no obstante mi morbosa curiosidad por cierta clase de pornografía, debo confesar sin ambages que tampoco estoy dispuesto a perdonarle su absoluta falta de talento para hacerse famosa de otro modo menos indigno. Confío, a pesar de todo, en que por lo menos no llegue nunca, con el paso de los años, a convertirse en esa especie de esperpéntico travesti que es hoy su ídolo la otrora hermosísima Jenna Jameson. Gracias a aquella entrevista nocturna de Canal Alfa, mi entonces adormilada memoria, tan adormilada como la de todos los pencos que nos arrastramos como gusanos ciegos y mudos sobre la pisoteada faz de este podrido y condenado planeta, fue espoleada por el inquietante recuerdo de Paola, cierta putilla de Sogamoso que un día, hace muchos años, no menos de quince, apareció por el barrio repartiendo su coño y su culo a diestra y siniestra como una perra en celo. Paola llegó al barrio como una más de las tantas muchachitas provincianas recién graduadas de la secundaria que venían a la ciudad a estudiar en la Fundación Universitaria de Boyacá. Se matriculó en Derecho y pronto, demasiado pronto, empezó a llamar la atención, mas no precisamente entre sus condiscípulos ni mucho menos por su rendimiento académico sino entre las ratas del barrio y por su alocada conducta fuera de las aulas. El primero de los de aquí en follársela fue Ricky, quien no sólo se apresuró a alardear entre sus amigos, incluido yo mismo, acerca de lo fácil que le había resultado hacerlo sino que además nos ofreció detalles curiosos acerca del suceso, como que todavía antes de llegar a consumarlo plenamente en un motel del centro, la desinhibida chica se la sacó y se la chupó en una banqueta pública de la calle 20 con carrera Décima, delante del bar al que la invitara a beber el mismo día que la conociera. Ninguno de nosotros llegó a creerle. ¡Ninguna universitaria, ni siquiera de la Fundación y por más puta que sea o borracha que se encuentre hace eso durante la primera cita! Bueno, esto era lo que ingenuamente creíamos entonces. Hasta que el afortunado Ricky, un crapulilla en todo el sentido de la palabra, nos explicó que, para evitar las miradas fisgonas y los reclamos airados de los envidiosos transeúntes nocturnos, tuvo la sensata precaución de quitarse su chaqueta de cuero y cubrir con ella no sólo la cabeza sino también parte del pequeño tronco de la menuda

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soplapollas mientras hacía lo suyo. Ella sube por la calle principal a eso de las cinco de la tarde arrastrando una pesada maleta con ruedecillas, nos relata Ricky, quien aquel viernes se encuentra parado en cierta esquina de esa calle del barrio viendo pasar el ganado nuevo de la Fundación, arraigada costumbre nuestra consistente en apostarnos estratégicamente y como buitres al acecho en las breves escalinatas de la fachada del almacén Familiar al principio de cada semestre académico para desde allí evaluar y luego ponderar o denostar el material de tacón alto que recientemente ha llegado a engrosar las filas de la institución educativa establecida desde hace algunos años en la parte baja del barrio, él se queda mirándola y ella le sonríe, entonces se le ocurre ponerse en plan caballero preguntándole si quiere que la ayude con la maleta y ella dice al principio con sorpresa y luego con entusiasmo ¿ah?, ¿qué dices?, ¡oh, bueno!, ¡está bien!, ¡gracias!, se presentan y mientras suben hacia la carretera Panamericana, la cual cruza justo por el frente del barrio, que entonces es aún un suburbio, un abigarrado islote de concreto rodeado de un mar de potreros yermos, le cuenta que vive aquí mismo, en una habitación alquilada y que es de Sogamoso, adonde viaja los viernes no tanto para pasar allí junto con su madre el fin de semana como para que ésta le lave sus ropas pero que la verdad hoy no tiene todavía ningunas ganas de marcharse sino más bien de que alguien la invite a algún sitio por ahí a rumbear y, y lo demás es correr a su casa a guardar la maleta y a robar plata a sus padres y luego salir a la calle y telefonear desde una cabina de monedas a la incauta y abnegada mamá de la muchacha e inventar una disculpa increíble pero aceptada y tragada sin reservas para no viajar esa tarde y entonces coger un taxi e irse juntos al centro de la ciudad y meterse en una taberna de la calle 20 con carrera Décima y durante unas cuantas horas dedicarse a bailar y a beber como bestias y luego salir afuera hechos una cuba y conseguir allí mismo en la banqueta pública de enfrente que la pequeña y desvergonzada zorra le pegue una soberana mamada y finalmente arrastrarla hasta uno de los modestos y baratos moteles de mala muerte que se alinean uno tras otro sobre las aceras de ciertas calles próximas a la espalda de la Catedral y echarle allí tres buenos polvos ¡y todo como por ensalmo, como por arte de magia que es como para no creerlo! Y terminó de advertir a la concurrencia, media docena de ansiosos tarambanas colmados hasta la coronilla de sedientas hormonas que especialmente en las noches nos apretábamos unos con otros en aquella esquina de la calle principal del barrio con el único propósito de rajar de medio mundo, que, siendo como era la muchacha más fácil que la tabla de multiplicar del número 1, el que, a diferencia de él, no llegara algún día, pronto, a comérsela era porque se trataba sin duda de un pelmazo o de un marica. Comenzó entonces la cruenta cacería de la dócil presa. Perros salvajes y hambrientos tras una mansa y desprotegida liebre. ¿Debo señalarte que, por mi parte y aun a pesar de la temible amenaza de ingresar para siempre al deshonroso club de los zopencos y los rosquetes, no tardé mucho tiempo, en realidad nada de tiempo, en desanimarme? Bastó con verla por primera vez. Mírela, me dice Gilberto con su metálica voz al comienzo de cierta noche de lunes, señalando desde nuestra esquina de la calle principal

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del barrio, el iluminado ventanal de una cafetería ubicada justo, o casi justo enfrente de aquélla: Ésa es la tal Paola. ¿Cuál?, quiero que me especifique, pues en el interior de la misma, sentadas a una mesa o paradas ante el mostrador, hay más de media docena de burras. Pues ¿cuál será?, responde con impaciencia. La burra que está besuqueando al enano Ricky. La que estaba besuqueando al enano Ricky, a quien burlonamente llamábamos Chucky por su extraordinario parecido físico con el grotesco Muñeco Diabólico de esa agotada fábrica de engendros que es Hollywood, era una burra de unos 16 a 18 años de edad, luego resultó que tenía 19, delgada, esmirriada, paliducha y con una abundante y lisa y descuidada cabellera negra que le llegaba hasta la mitad de la breve espalda y que ahora cubría parte del bronceado rostro del rubio RickyChucky de chispeantes ojos azules, pues la nena, de pie junto a la mesa a la que se sentaba el granuja amigo nuestro, se hallaba prácticamente encima de él, rodeando su cuello con sus delgados y menudos y blancos brazos. Ahora la recuerdo como una especie de Amy Winehouse sin moño ni tatuajes, desmejorada y fea como un pez. ¡Jajajajá, mire la cara que pone Chucky!, se burla Gilberto en seguida después con su latosa y ofensiva risa. Le divertía que, ante el encarnizado ataque amoroso de la tal Paola, nuestro cinematográfico amigo se mostrara visiblemente incómodo y fastidiado. Lo cual era comprensible, al menos para mí. En primer lugar porque ya se sabe que no llegamos a valorar ni un ápice lo que no nos ha costado nada, ningún esfuerzo, y en segundo lugar porque la nenorra, mezcla de nena y zorra en nuestro argot particular estaba más bien para esconder que para mostrar. Miren, nos confía cuando pudo verse libre al fin de su melosa embestida de abrazos y besuqueos y escapar fuera de la iluminada cafetería, entregándonos una pequeña y blanca servilleta de papel en la que pueden verse garrapateadas en caligrafía de párvulo apasionadas declaraciones de amor eterno y dibujados, aquí y allá sobre la delicada superficie, corazones atravesados y unidos por una flecha. ¡Está loca! No pudimos contener explosivas carcajadas de burla. ¡Jajajajajajajajajá! Paola, mujeruca de culo irresponsable y sentimientos abaratados, el amor es un tesoro demasiado precioso como para irlo dilapidando cual insignificante calderilla, no merecía ser tomada en serio. Tras nuestro impensado encuentro callejero, Gilberto me había explicado que Chucky y él se hallaban parados en ese lugar cuando divisaron a la muchacha en compañía de una amiga o condiscípula que no tardó en marcharse dejándola sola en el interior de la cafetería. Espéreme aquí, ya vuelvo, le había dicho Chucky. Voy a ver si la convenzo para que salgamos hoy. Ya la noche de ayer domingo nuestro perverso amiguete había propuesto la estrategia a seguir para favorecer el logro de nuestro lujurioso deseo de follarnos en grupo a la recién descubierta putilla. En realidad yo no participaba de semejante anhelo general, debido a ciertas razones personales que resultaría demasiado arduo exponer aquí pero principalmente porque era lo suficientemente individualista y orgulloso como para no estar dispuesto a compartir el banquete ni mucho menos a comerme las sobras que dejaran los demás. En otras palabras: en mi fuero interno me creía tan singular y tan distinto a aquellos zoquetes

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incontinentes que no estaba dispuesto a igualarme de ningún modo con ellos ni mucho menos a rebajarme a participar activamente en sus sórdidas orgías sexuales sino acaso como simple espectador. Al fin y al cabo, y en definitiva, yo era entonces nada más que un acechador de comportamientos humanos negativos, un minucioso recolector de pruebas en contra de la infame y nauseabunda humanidad que me rodeaba y de la que hacía parte no tanto como actor que justamente como testigo. Ya vendría luego el tiempo en que llegara a convertirme en un animador más de la jarana indigna que es la vida de los hombres. Era la misma que empleara unos cuantos años atrás en su época de colegial del INEM Carlos Arturo Torres, al que asistían principalmente encanallados rapazuelos de apuradas familias de clase baja, entre los cuales se hallaba la morocha y gruesa primogénita de un mecánico o albañil o alguien así llamada Clara o Claudia, a quien cierta tarde de un día martes o miércoles el avispado y bizarro Chucky trajera al barrio y junto con algunos de sus desaprensivos amigachos se merendaran en un seco potrero del extenso campo cercano, campo que ha ido desapareciendo luego, paulatinamente, bajo casas y edificios de apartamentos, dejando así de ser el escenario frecuente no sólo de picnics sexuales y no sexuales, sino también de vertiginosos paseos galácticos auspiciados por substancias psicoactivas y de serenos vuelos de cándidas y coloridas cometas infantiles durante el agitado mes de los vientos. Todo está preparado ya, ha convencido a la desagraciada muchacha para que aquel día haga novillos y lo acompañe hasta su casa, en la que supuestamente no se encuentra nadie, ni padres ni hermanos, ¿y qué van a hacer allí solos sino follar?, está claro, clarísimo, es una foxy, siempre lo supo, desde que la vio por primera vez, llegan a la casa pero surge un problema: su madre, que es modista y tiene allí mismo su taller, no ha salido para el centro como había dicho sino que todavía se encuentra en ella cosiendo un traje, ¿qué hacer entonces?, dejar los morrales allí e irse a un potrero, okay, sus ganas de que se la follen deben de ser muy fuertes como para aceptar semejante propuesta de hacerlo en un incómodo descampado y a plena luz del día, frente a los ojos de eventuales fisgones, ¿está borracha?, ¿le ha dado a beber algo, algún tónico afrodisíaco?, no, nada, definitivamente es una bitch y hay que aprovecharse, hizo bien en planearlo todo tal cual está sucediendo, desde su llegada al barrio sus amigos enterados acechan cada uno de sus movimientos parapetados tras los altos y bajos muros de casas y jardines, Gilberto a la cabeza, Ariel y Sandy e Iván, q.e.p.d., en el medio, Hernán en la cola, ¿y Roger?, ¿por qué no le avisaron a Roger?, pero ¿para qué, si ese man no se le mide a vainas como ésta?, parece marica, parece bobo, además se las pica de quién sabe qué cosa, que se joda, que siga pajeándose, ¿quién lo manda tenerle asco a las sirvientas?, ¿y sí han visto que nunca habla de viejas?, yo creo que no se ha comido ni una y todavía es virgen, abandonan el suburbio, descienden hasta una angosta quebrada de aguas verdinegras, la saltan sin dificultad, no se toman de la mano, ni que fuéramos novios, la trata como lo que es: una putilla a la que va a cepillarle el coño, y el culo, si se deja, apúrese, por aquí, suben hasta una meseta, son las cuatro o cuatro y media de la tarde, el sol ya ha

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empezado a caer hacia el fin del mundo pero aún es fuerte, lo sienten sobre sus cuerpos como una carga de plomo, estoy cansada, ¿no quiere culear?, sí, sí, la sola palabra la excita, pero, ya, aquí puede ser, tras la sombra de un matorral, ella se tumba sobre el pasto reseco, amarillo, él permanece de pie, lo saca por entre su bragueta, chúpemelo primero, ¡y lo hace!, obedece sin chistar nada, ¡qué puta es!, al otro lado del matorral, agazapados y silenciosos, sus perseguidores contemplan la escena, ¡quién lo ve al enano!, ¡tiene su buena tranca!, ven cómo lo hacen luego con las ropas puestas, es gorda y negra y fea y con granos en la cara pero ¿qué importa si lo sopla y se deja follar sin hacerse la decente o la difícil?, un polvo rápido que no debe de haberle hecho ni cosquillas, no hay otra explicación, porque cuando abandonan su escondite y Chucky le ordena ahora quiero que lo haga con mis amigos, no se turba ni se opone, incluso se los saca y se los chupa a cada uno, como en una película porno antes de que empiece Gilberto el primero, por alguna extraña y pervertida razón le gusta ver llorar a las mujeres, su novia incluida, quiere golpearla pero no es conveniente porque les dañaría el polvo a los demás, le da violentos golpes de pelvis para arrancarle un gemido al menos pero no logra más que resoplidos casi inaudibles, sigue Ariel, apenas si se baja los pantalones, como si le diera pena de que le miren la pinga, tiene el culo blanco, blanquísimo, y sin un pelo, como el de una vieja, liso, lisitito, mejor que el de la zorra, ¿no será marica, con ese culito de niña?, antes de comenzar Sandy va y le pregunta ¿cómo te llamas?, tuteándola, ¡qué fino!, ¡qué caballero!, Clara o Claudia, no recuerdo, mucho gusto, mi nombre es y ¿te duele?, ¿te duele el chochito?, no, no le dolía, ah, qué bien, entonces, ¡jum!, ¡jum!, ¡jum!, ¡aaahhh!, gracias, gracias, linda, ¡linda!, disculpa si he sido brusco, ¡qué considerado, qué decente el hijo de puta!, ¡jajajajá!, pero eso no es nada, a Iván quién sabe qué le da y cuando le toca su turno y mientras lo hace se pone a besarla en la boca, ¡en la mismísima boca!, ¡qué cochino!, ¡después de habérselo mamado a todos!, ¡está loco!, en fin, el último es Hernán, tal como se había convenido con anterioridad, desde el principio, yo me la como primero y después ustedes, miren a ver cómo se organizan, está bien, dése la vuelta, ¿qué le pasa?, ¿qué me va a hacer?, debe de creer que le voy a romper el culo y se niega, okay, no hay problema, entonces quédese así, tal como está, y empieza, dale que dale, sin parar, una prolongada cabalgata a todo galope, cuando acaban Chucky quiere comenzar una segunda ronda pero no, dice ella, tiene que llegar a su casa a la hora de siempre y prepararle la cena a su padre porque, si no, éste la mata a palos, quizá otro día, promete, y con un par de amigas suyas, dice que conoce a otras como ella, ¿es esto posible?, puede ser, quién sabe, a lo mejor, pero me imagino que lo dice porque deben de ser tan horribles como ella misma, unas indias a las que no se come nadie, ni el René, quien asegura que no hay mejor polvo que el de una vieja fea, ¿por qué?, porque le pone toda su energía no vaya a ser que resulte ser el último que le echen durante el resto de su vida, ¡jajajajá!, y además no son como las bonitas que toca gastarles todo, trago, comida, motel, taxis y llevarlas a los mejores sitios, en cambio las feas son agradecidas, ayudan con la cuenta, se sienten en deuda, lo malo es que, dice,

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hay que ser un gamín para quitárselas de encima, y ni aun así, porque cuanto más gamín, más se apegan, toca es dejarlas plantadas y si te vi no me acuerdo, hasta la vista, baby, el sol ya se ha ocultado tras la montaña pero no ha oscurecido aún, empieza a hacer frío, regresan al barrio, recogen el morral de la muchacha, entre todos juntan monedas para pagarle el pasaje en colectivo de vuelta a la ciudad, mi papá me mata si no le tengo lista la comida a las siete de la noche, fresca, va con tiempo de sobra, además yo no me preocuparía por eso, le dice telepáticamente, sino más bien porque ojalá nunca llegue a enterarse de que nos la hemos culeado seis tipos, en un pastizal, ¡y con mamada y todo!, al día siguiente, miércoles o jueves, la busca en el colegio, no es de su misma clase, va hasta su salón, al final de la jornada, me acompañan Iván y Hernán, la encuentran, está sola, sentada en su pupitre, sus compañeros se han marchado ya, Chucky está loco, quiere que nos lo sople ahora y allí mismo, se niega, le coge una teta, ¿con qué propósito?, ¿calentarla?, aparta con brusquedad su mano, vuelve a decir que no, que cómo se le ocurre y entonces me enfurezco, ¡la hija de puta se niega a una mamada, después de todo lo que ha hecho tan sólo el día anterior!, comienza a golpearla, enceguecido por la rabia, alguien, un sapo, ha visto toda la escena a través del sucio cristal de una ventana, fuera, y corre a avisar a los porteros mientras la muchacha grita ¡auxilio!, ¡me están violando!, ¡vámonos! dice Hernán y rompe a correr, sale del aula al pasillo, miro hacia atrás y veo que Iván no me acompaña, de malas, no es mi culpa, allá él si se queda a acompañar a ese maldito psicópata, abandona el edificio pero evita la portería, atraviesa el campo de fútbol y escapa saltando el muro que da a una calle lateral, me salvo por un pelo, a los otros dos los atrapan, por huevones, llaman a la Policía y son conducidos en el carro patrulla a la Cárcel Municipal, pasan allí la noche, en una obscura e infecta celda atestada de ladrones y desechables, el frío es mortal, alguien se ha meado contra uno de los muros y como la meada ha llegado hasta el piso de cemento no se puede uno ni sentar allí a descansar un poco, tienen que permanecer de pie, pasan la noche en vela, pero lo peor aún está por venir, ¡policías hijos de puta!, en la madrugada del jueves o viernes nos sacan al patio de la cárcel, que es una casona vieja, viejísima, de estilo colonial que se está cayendo a pedazos y en el centro del patio hay una alberca, ¡¿conque violadores, eh?!, ¡tan chiquitos y ya tan mañosos, ¿ah?!, y nos desnudan y nos ponen a dar vueltas alrededor de la alberca, corriendo y cada vez que pasamos por una de sus esquinas uno de los tombos nos da un fuetazo con un cinturón de cuero que moja con el agua de la alberca, ¡para que aprendan a respetar a las mujeres, cabrones de mierda!, ¡rápido!, ¡rápido!, ¿se quiere hacer el avispado, enano marica?, ¿sí?, no, no, señor, ya le voy a enseñar yo quién es el avispado, los obligan a meterse al interior de la alberca, cuya agua parece traída del mismísimo Polo Norte, tan helada que quema, las reglas son las siguientes, pongan atención malparidos, debíamos sumergirnos en el agua y aguantar lo más que pudiéramos porque al salir a la superficie recibíamos un cuerazo en la cabeza, el pobre Iván es el que lleva la peor parte, no aguanta nada, después de una hora nos dejan en paz, y ahorita cuando lleguen sus papás ocúrraseles contarles algo para que vean,

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maricones, los aíslan en una pieza con piso de madera mientras se define su situación, sus madres han sido avisadas y llegan con gaseosas y papas fritas y sánduches, ¡pobrecitos nuestros angelitos!, ¿angelitos?, violadores es lo que son, mentira, ya saben ustedes cómo son de ofrecidas las chinas de hoy, los incitan y después se están quejando, pero no, la muchacha se ha negado a poner una denuncia, ¿se da cuenta?, sabe que la única culpable es ella misma, por zorra y nos liberan al final de la tarde de aquel día, sin cargos, como a cualquier político, tramposo o ladrón, ¡qué hijos de puta tan de buenas!, ni mucho, el lunes fuimos expulsados del colegio y aunque les pasan las que les pasan no cogen escarmiento, porque Chucky, al regresar de la cafetería y ante la pregunta de Gilberto sobre qué ha dicho la puta, va y dice: Que esta noche no porque tiene que estudiar para un examen pero, fresco, que mañana sí. En aquella época los edificios de enfrente no existían aún y la noche del martes, a eso de las ocho u ocho y treinta, voy y me tropiezo en la esquina de mi calle, casi de manos a bruces, con Herdinando, alias Peko, quien me espeta todo ansioso: ¿Qué hubo? ¿Dónde están? A lo que replico completamente desorientado: ¿Qué? ¿Quiénes? ¡Pues ¿quiénes van a ser?! Chucky y Gilberto. Y yo ¿qué voy a saber? ¿Cómo? ¿Usted no estaba con ellos? No. Pero ¿no los ha visto por aquí? No, yo acabo de salir de mi casa. Entonces aún era mi casa, ya no. Es que me dijeron que los habían visto por estos lados. Con la tal Paola. ¡Jum! Me encogí de hombros. Si así era, yo no les había visto el pelo entonces. A lo mejor ya estaban por allá detrás del Puesto de Salud comiéndosela. ¡No puede ser!, exclama Peko como desesperado ¡Si me acaban de decir que los vieron pasar hace apenas un minutito! ¡¿Para dónde habrán cogido esos hijos de puta?! ¡Yo también tengo que culeármela! ¡Pero si yo la vi ayer y es requetecontrafea, marica! ¡Qué importa, huevón! ¡El todo es echarse un polvo, puede que malo, pero gratis! Después, por boca del propio Chucky, supe que Herdinando no los había encontrado esa noche y que quienes se la follaron por turno entonces, además de Chucky y Gilberto, fueron Eddie y William Lizcano, perro de siete suelas que tras la llamada telefónica de Chucky se aviniera sin reticencias a prestar su apartamento para efectuar la faena. A Chucky no le cabía en la cabeza que, teniendo una novia como la que tenía, Eddie fuese capaz de comerse a una vieja como Paola. Teniendo a mi disposición a semejante bombón, dice, a mí no me darían ganas de culearme a nadie más que a ella. Puede ser, expongo, que la nena lo tenga a pan y agua y nada más, sin nadita de carne. Puede ser, acepta, y en seguida después comenta: Además con esa verga tan fea que tiene. ¿Cómo así? Sí, es toda extraña, torcida, combada hacia arriba, como una hoz, y llena de venas. A lo mejor ya se la vio y se asustó y por eso aún no se decide a dárselo. No es que dé miedo, sino asco. Claro que Paolita se la comió enterita y sin hacer caras. Habrá visto muchas como ésa. Yo sí creo. Pero si no las había visto, las vería. El amor que sentía por Chucky se le pasaría pronto, vaya el Diablo a saber por qué. Quizá su incipiente y voluble cerebrito, después de aquella primera orgía, llegara a la equivocada conclusión de que el sexo supera al amor, de que es mejor tener pichas erectas entre coño y culo y hocico que recibir un abrazo preñado de afecto y comprensión y respeto.

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Pero hay que entenderla, porque ya se sabe que el caldero de hormonas que durante nuestra primera juventud hierve a borbotones dentro de nuestro mezquino pecho de Hombres no hace más entonces que mamarnos gallo y confundirnos y llevarnos a pensar sólo en follar, follar, follar y follar, como si se tratara de la Experiencia Suprema de toda existencia humana. A partir de entonces la menuda y díscola Paola empezó a convertirse en una especie de leyenda. Al parecer todos los de nuestra pandilla se la habían merendado ya, excepto Herdinando y yo, él porque no había contado con la buena suerte de tropezarse con la perra cuando se hallaba dispuesta y yo porque carecía de interés en hacerlo. Cierta noche vinieron hasta nuestra esquina del almacén Familiar Joel y Carlitos, miembros de otra pandilla del barrio, a preguntarnos si era verdad que esa vieja se lo daba a todo el mundo. A todo el mundo no, aclara Gilberto, solamente a los que se lo piden. ¡Jajajajajajá! Transcurrido apenas un mes desde su aparición, Paola se había labrado ya una fama de puta fácil que ni aun con la práctica de un exorcismo y el posterior ingreso en una venerable orden religiosa, si las hay, se conseguiría limpiar su rebajado nombre. Era la zorra de la que, aquí y allá, todo el mundo hablaba entonces. Miembros de otras pandillas del barrio, y aun de fuera de éste, así como también estudiantes de la mismísima Fundación, aseguraban haber gozado de sus favores. A ver, propone Gilberto cierta noche, contemos cuántos han sido. Hemos, corrige Chucky. Bueno, hemos, acepta el primero. Sí, explica el segundo, porque ahora, después de que le hizo de todo, no venga como Roger a dárselas de santo. La cifra resultó siendo astronómica para una mujer que no era una puta, es decir para alguien que como ella no cobraba ni un céntimo por sus servicios: alrededor de 50 tipos. Mis respetos, se burla Chucky. Y en seguida después lo hace Gilberto: Garosa la niña ¿no? Su apetito sexual, como el de la legendaria Lucrecia Borgia, parecía insaciable. Tanto que, cierta noche de aquella época, alguien, no recuerdo quién, vino hasta nuestra esquina a avisarnos que Paola andaba ahora mismo buscando machos porque entonces la había visto por allí cerca perseguida, acosada como una perra en celo por un ansioso grupo de chuchos subnormales liderado por el baboso de Lenny. Era éste un chico de gran apariencia física cuyo retraso mental le impedía dejar de sonreír un solo segundo cual perfecto imbécil actor adolescente de Hollywood. Como habíamos estado bebiendo y de tanto hablar de coños y culos y tetas nos encontrábamos tan excitados que de ser necesario se lo habríamos metido sin dudar a un ventilador prendido, decidimos entonces unirnos a la infame cacería. Pero otras tropas del barrio, incluida la del bobo y risueño Lenny, se nos habían adelantado ya. No lejos de allí, en la plazoleta que se extiende a los pies del atrio de la iglesia local del Espíritu Santo, la encontramos atareada volando como una mariposa nocturna de uno a otro de los grupitos de tarambanas que, aquí y allá, apuraban botellas de aguardiente o de ron mientras algunos de sus miembros le hacían por turno insidiosas proposiciones para que dejara de hablar con semejantes idiotas que eran los de las otras pandillas y se marchara junto con ellos a cierto lugar donde la pasaría muchísimo mejor de lo que la estaba pasando allí, ya iba a ver, un sitio donde

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se celebraba una fiesta, donde había comida y más trago y hasta quizá ciertas sustancias que lo ponían a uno a volar, ¿qué dices?, ¿vamos?, a lo que la indecisa zorrilla respondía con un sí, sí, pero espera un minutito y volvía a saltar a otro rebaño de exacerbados beodos como una rana inquieta en un estanque moteado de nenúfares. Ahora recuerdo que, en determinado momento, Paola se acercó para dialogar conmigo y nos sentamos en una de las breves escalinatas del atrio de la iglesia, en medio del frío de la noche, mientras los demás aguardaban su oportunidad como perros al acecho. Entonces mi mirada chocó de lleno con los extraviados ojos de una criaturilla entre asustada y ansiosa y, en lugar de sentir deseo como los otros, no pude por el contrario más que experimentar una suerte de conmiseración. No obstante, al cabo de sólo unos cuantos minutos, la muchacha se aparta de mi lado hecha un mar de lágrimas y comienza a huir con rumbo desconocido a través del parque principal del barrio, en tanto Lenny y sus secuaces le preguntan ¿qué pasa, linda?, ¿por qué lloras?, ¿adónde vas?, espéranos que nosotros te acompañamos a un tiempo que se lanzan como perros de caza en pos suya. Marica, me increpa entonces Peko, ¿qué le dijo que la puso así? Le dije, contesto, que las putas no tienen derecho a enamorarse. ¡Jajajajajajá!, festeja Gilberto con su escandalosa risa mi ocurrencia. ¿Y para qué, huevón, aúlla mi amiguete, si no ve que nos dañó el polvo a todos? ¡¿Jum?!, respondo frunciéndome de hombros pues no quiero dar ninguna explicación. ¡Maldito envidioso aguafiestas impotente!, me escupe con una mezcla de odio y de aflicción. Lo que sucedió fue lo siguiente. Por alguna extraña razón yo siempre he inspirado confianza a aquellas personas que me desconocen, debido a lo cual Paola, a la que acababan de presentarme, se me acercó para preguntarme si conocía a Patricio, también allí presente. Patricio pertenecía a la pandilla de Joel y Carlitos y era un muchacho de una belleza clásica pero no por ello menos llamativa. Casi podría decirse de él que era la réplica humana del mismísimo David de Miguel Ángel. Sí. ¿Por qué?, respondo, y el diálogo continúa como sigue. ¿Tú qué sabes de él? ¿A qué te refieres? A que si tiene novia. No sé, la verdad. ¿O será gay? No, que yo sepa. ¿Por qué? ¿Te gusta? Sí. Mucho. Nunca había visto un hombre tan lindo. Creo que me he enamorado de verdad. ¿Quieres que lo llame y te lo presente? No, no. Ya me lo presentaron hace un rato y ya he hablado un poco con él. Pero no me hizo mucho caso, no sé por qué. Y eso que le propuse que, si quería, podíamos irnos los dos juntos a otro lugar. Debe ser que no le gustan las chicas fáciles. ¿Cómo dices? Que a lo mejor es un chico difícil. Ese guapo me gusta mucho y haría cualquier cosa por conquistármelo, para que sea mi novio. ¿Hablas en serio? Claro. Bueno, sinceramente no creo que él, ni ningún otro de los que nos encontramos aquí, te tome muy en serio. ¿Y por qué no? Porque, bueno, tú ya sabes. No. ¿Qué quieres decir? En fin, ninguno de nosotros te ve como una chica a la que coja uno de la mano sin avergonzarse ante los demás sino simplemente como una personita que, por el contrario, hay que mantener en la sombra. ¿Me entiendes? ¿Y por qué? ¿Y es que te parece poca la mala fama que tienes? ¿Mala fama? ¿Yo? Pero si yo. Vamos. ¿Quién te manda? Se lo das a todo el

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mundo y ahora quieres que Patricio se enamore de ti, como si nada. Eso es imposible. No existe en todo el mundo un solo hombre que respete y ame verdaderamente a una puta y eso debiste pensarlo antes de ponerte a repartirlo a diestra y siniestra. Se quedó mirándome por un instante con una súbita expresión de desamparo y terror, acaso como la de quien comprende por primera vez que ese impenetrable muro ante el cual se halla es el Universo y luego, poniéndose en pie, comenzó a gemir a un tiempo que murmuraba algo así como ¡pero si yo!, ¡pero si yo!, ¡pero si yo!, ¡pero si yo!, igual que un disco rayado y finalmente escapó a través de los obscuros árboles del parque principal del barrio, cual entristecida y vulnerable Caperucita Roja de película porno que huye en medio del acuciante aullido de excitados y salvajes hombres lobos dispuestos a darle caza y devorarla. Fracasé entonces en mi necio intento por hacerle comprender ciertas verdades fundamentales acerca del infame corazón y la retorcida mente de los hombres porque mis sabias palabras cayeron en saco roto. Paola siguió en las mismas. Y aun peor. Y es aquí donde entra en escena cierto vago amigo nuestro, estudiante de la Fundación, al que todos en el barrio llamaban Cachalote. Y no era difícil adivinar por qué. De baja estatura y piel blanca, poseía una prominente cabezota de mamífero cetáceo en la que sobresalían asimismo una amplia, demasiado amplia frente, una frente como de ballena que contrastaba con unos diminutos aunque chispeantes ojos negros y una extraña pero fulgurante sonrisita de dientes cónicos. Era un crápula en todo el sentido de la palabra. Provenía de la Costa Atlántica, de la ciudad de Barranquilla. En realidad había sido expulsado de la Fundación hacía más de un año, los motivos no importan, pero hacía creer a sus incautos padres que seguía estudiando allí valiéndose para ello de reportes de calificaciones falsificados. El dinero que éstos le enviaban desde Barranquilla para sufragar no sólo sus onerosos costos universitarios sino además su también onerosa manutención en la ciudad, los empleaba para satisfacer sus vicios, que eran principalmente líquidos. Un día, por la mañana, temprano, a eso de las siete o siete y treinta, lo vi zigzagueando por la calle principal y entonces voy y le grito desde la puerta de la panadería en que me hallaba comprando el pan del desayuno: ¿Qué, Cachalote, borracho ya?, a lo que va y me responde al instante y sonriendo sin empacho alguno: ¡Ajá, claro, ¿o es que tú crees que uno se la pasa perdiendo el tiempo o qué?, jajajajá! Yo lo odiaba. Yo lo envidiaba. ¡Qué maldito cabrón! ¡Ojalá te pesquen y te den por el culo! Y entonces pasa que un buen día mis ponzoñosos deseos van y se hacen realidad, al parecer. Cachalote se esfuma del barrio y de nuestras vidas. O, bueno, de la mía por lo menos. No volví a saber nada de él hasta muchos años después, cuando se me ocurrió preguntarle a Ricky qué había sido de ese tipo y me contó la siguiente historia: ¡¿Jum?! No sé, responde entonces. Lo único que sé es que un día, cuando yo estudiaba en Bogotá, me llama por teléfono y me pregunta que si puedo dejarlo quedarse en mi casa esa noche. Yo le digo que sí y le doy la dirección. Yo vivía en el apartamento de mi hermana y el Cachalote viene y se queda pero no sólo esa noche sino quince días más, hasta que me toca echarlo diciéndole que mi hermana ya está cabreada de tenerlo allí de gratis todo ese

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tiempo y sólo así termina largándose y desde ahí no he vuelto a saber nada más de él. Pero eso no es todo, apostilla. A mi hermana le tocó pagar entonces una millonada por la factura del teléfono para que no le cortaran la línea, porque ella se iba para el trabajo y yo para la universidad y resultó que por lo visto don Cachalote no sólo se quedaba allí echado en la cama tomando el desayuno que por otra parte le preparaba mi hermana sino que además se la pasaba mientras tanto haciendo llamadas a líneas calientes de quién sabe qué putas que en últimas terminaban prolongándose durante horas enteras, así que. Pero antes de hacerlo habría de protagonizar, y precisamente junto con Paola, uno de los escándalos más sonados y comentados tanto en nuestro barrio como en toda la ciudad. En cada pandilla del barrio uno de sus miembros solía destacarse de los demás por ocurrírsele de continuo las más retorcidas ideas. En la de Joel y Carlitos, a la que se había adherido Cachalote desde un principio, lo hacía Julián, a quien llamaban El Destornillado y no precisamente porque le faltara un tornillo en la cabeza, sino más bien muchos en el cuerpo, pues caminaba de una forma tan extraña que parecía como si fuera a desarmarse con cada paso que daba. Pues bien, a El Destornillado no se le ocurrió mejor idea que aprovecharse en beneficio propio de la incapacidad de Paola para negarse a cualquier petición de índole sexual que le hiciera cualquier desaprensivo del barrio o de la ciudad. Oculto en el closet, y valiéndose de una pequeña cámara de video portátil, filmó a Paola mientras Cachalote se la follaba de todas las formas posibles sobre la cama de la habitación alquilada de éste, quien sirvió de cómplice, esperando recibir luego, tras su memorable actuación digna de un John Curtis Holmes, parte de la suma de dinero que aquél pensaba sonsacarle a Paola a modo de extorsión si no quería que el video fuese conocido por su madre o por las directivas de la Fundación. Por extraño que parezca, Paola no sólo se negó a pagar un solo peso sino que además dio aviso a las autoridades, quienes negociaron con el Tinto Brass local para que les entregara el video a cambio de eximirlo de una acusación formal por pornografía con fines extorsivos. No obstante, la singular aventura comercial de El Destornillado fue conocida en la ciudad entera. Al parecer las directivas de la Fundación tuvieron acceso al pornovideo y decidieron entonces expulsar de sus filas a la protagonista del mismo, de la que hasta la fecha no se ha vuelto a saber nada en el barrio, pero cuyo recuerdo aún perdura de forma inquietante entre quienes la conocimos. En cuanto a Cachalote, el Diablo sabrá. Recuerdo que por aquella época yo me preguntaba no sin asombro cómo era posible que una chica de por aquí actuara de semejante forma. E intentaba en vano comprenderla. Un día, al fin, decidí que la única explicación probable para su sicalíptico comportamiento era acaso un retorcido anhelo de venganza en contra del género masculino en general. Paola debía tener SIDA, pensaba yo, y como muy seguramente un hombre era quien la había contagiado, mientras viviera ella iba a condenar al abismo sin fondo de la muerte a cuanto maldito con un cochino pito entre las piernas se encontrara en su camino. Sí, me decía para mi capote muy seguro y con una especie de canallesco júbilo por no ser yo uno de los posibles contagiados por la vindicativa Paola, ya los veré

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arrepentidos de habérsela comido, esperando que todos mis cínicos amigos fueran cayendo, uno a uno, como ratas envenenadas. Pero han transcurrido desde entonces más de quince años y, a despecho de mis innobles previsiones, todos siguen con salud y vida. El único del grupo que ha muerto es Iván, q.e.p.d., y eso porque él mismo decidió pegarse un escopetazo en la mollera aun cuando no lo aquejaba enfermedad alguna sino, dicen, una desesperada situación económica por falta absoluta de medios. Pronto las circunstancias hicieron que me olvidara de la hermosa Laura María y empezara a fijarme en Nina, que también era alta, delgada, rubia y de ojos claros. Tenía 17 años de edad y estudiaba en la UPTC. Venía generalmente los viernes por la tarde, que era cuando le quedaba tiempo. Ella es Nina, me dice mi madre la primera vez que la veo por aquí. Viene a hacer el aseo de la casa. La había contratado todavía antes, durante mi permanencia en Villa de Leyva. Nuestros ojos se encuentran y entonces contemplo animado la ardiente llama del deseo que desprenden como un brillo enorme los suyos, grandes y del dulce color de la miel. Le he gustado inmediatamente, pienso aquella primera vez. Y, en efecto, no me equivocaba, porque a la primera oportunidad que estuvimos solos, un viernes por la tarde que mi madre se hallaba por el centro visitando a una de sus amigas también pensionada va y me dice, tuteándome: Oye, Roger, ¿me haces un favor? Claro, claro, ni que estuviésemos bravos. Ráscame aquí, en la espalda, que yo no alcanzo. Usa para cubrirse el torso apenas una franelita con sostén. ¿Dónde? Aquí. ¿Aquí? Sí, gracias. Oh, sí, gracias, Roger. ¡Qué rico! Estamos en la cocina. Mientras rasco su espalda miro hacia abajo y advierto que el comienzo de la raja de su duro trasero de adolescente sobresale de su pantalón descaderado porque éste, aunque ciñe la mitad inferior del esbelto cuerpo de la chica, se le ha escurrido un poco. ¡Dios mío! ¡Este es el verdadero camino al cielo! Y me empalmo en el acto. Oye, le digo, ¿tú no usas bragas? ¿Cómo lo sabes?, redarguye ella. Bueno, soy buen observador. Me descubriste. No las uso porque uno nunca sabe, puede presentarse de improviso una buena oportunidad para, bueno, tú sabes. ¿Como cuándo? Como ahorita. Entonces, instigado por su manifiesta desvergüenza, le digo imperiosamente: ¡Ven, vamos al cuarto de baño! No, no, que tal que llegue tu mamá. Por eso vamos al WC, pues en caso de que llegue y te pregunte yo desde allí le diré que saliste a hacer una llamada telefónica a la tienda de la esquina y cuando ella se suba para su cuarto entonces tú sales y dices que ya regresaste. ¡Ah, qué pícaro eres! Entramos y de un tirón termino de bajarle sus blue jeans. ¡No, no, aún no estoy preparada! Pero yo ya he sacado mi picha erecta por entre la bragueta y, de pie, empiezo a restregársela contra su culito tenso. ¡Cuidado, que hace mucho que no lo hago y me duele un poco! Es verdad. Su coño, aunque lubricado, se siente apretado. ¡Suave, suave, eso, así! Fue un polvo lento, flojo. Los polvos buenos son los violentos durante los cuales se dicen cochinadas. Pero no importaba, ya llegarían. Y llegaron, efectivamente. A partir de entonces empezamos a ingeniárnoslas para hacerlo aún cuando mi madre se encontrara en casa. A ella le encantaba chupármela y me complacía sin exigir retribuciones inmediatas. Ya cuando pudiera la

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compensaría. Me gusta mamar tu verga, me decía y yo entonces me la sacaba y dejaba que ella hiciera lo suyo, en la cocina, en los retretes, en el patio de ropas, en el salón-comedor, en el estudio, en los dormitorios, en el altillo. Lo hacía como una profesional de películas pornográficas, como una tragasables de circo. Otra cosa que la excitaba sobremanera era que la insultara mientras yo le daba duros golpes de pelvis. ¡Dime perra! me exigía y yo, claro, ¡perra, perra deliciosa, que coño más rico tienes! y ella ¡para ti, corazón! y yo ¡me gusta comerme tu coño, mona preciosa! y ella ¡cómetelo entonces! y yo ¡pero lo que más me gusta es culearte! y ella ¡sí, sí, me gusta que me culees, que me la metas, dale, dale, más duro, sí, así, más duro, aaaahhh, qué rico, dale, dale, no me dejes con ganitas, méteme los dedos! Y parecía tan insaciable que yo pensaba ¿me va a tocar volver a usar píldoras como cuando andaba con Alicia? Mas si piensas que tuve que hacerlo, estás completamente equivocado. Y no porque yo sea un supermacho sino porque sencillamente estoy mintiendo. Sí. Miento. Nada de esto ocurrió. O por lo menos no en la realidad, sino en mi afiebrada mente cada vez que me entraban ganas de comerme a Nina y como no me daba ni la hora me metía en el retrete a jalarme el putz. Algo hay que hacer, ¿no?, para alimentar al animal que llevamos dentro. Y no era rubia, ni un poquito rubia, pero yo la hice rubia para mí porque, por mi reciente experiencia con Laura María, sabía que las rubias, no las rubias de coño negro, las peliteñidas sino las verdaderas rubias, las rubias de nacimiento lo hacen mejor. Nina era morena pero eso sí no mentí en aquello de alta, delgada y de ojos claros ni tampoco en lo de que tenía 17 años de edad y que estudiaba en la UPTC. Y por supuesto que no era coqueta. Al contrario. Amargada como una puta. Detestaba su trabajo y sólo lo hacía, y de mala gana, para ayudarle a su zafio padre, papero oriundo de Cómbita, a pagar sus estudios superiores de ella. Tampoco le gustaba hablar, y menos conmigo. Yo intentaba armarle conversación, ¿cómo va esa universidad?, y ella me respondía casi siempre de forma seca y con monosílabos, bien, ¿sales a bailar con tus compañeros?, no, ¿por qué no?, porque era menor de edad y no la dejaban entrar en bares o discotecas, como si aquello fuera un impedimento real, entonces tendremos que falsificar tu cédula, ¿para qué?, para salir a bailar juntos, no sabía bailar, yo te enseñaré, la verdad es que no le gustaba ni bailar ni beber, ¿ah, no?, no, qué aburrida, ¡señora Martha, dígale a su hijo que no me haga perder el tiempo!, okay, okay, ¡shshsh!, no grites, ya me voy. No tardé mucho en convencer a mi madre de que la labor de Nina era deficiente y de que sería mejor conseguirse a otra persona. Qué rabón, ¿no? Pero sé sincero y dime una cosa: ¿Es que acaso tú no has echado mano nunca de las cochinas influencias y de la cizaña? Si contestas que no eres un mentiroso. ¿No? Mentiroso. Bueno, en fin, ahora de lo que hay que hablar es de MÍTICA. Así se llamaba la revistita literaria punk que un día de aquéllos se me ocurrió inventarme para dar a conocer al Gran Público mis sucias pero genuinas historias. ¡Envíciate a la lectura con la poderosa narrativa de MÍTICA! Ése era el magnífico lema publicitario de mi autofinanciada publicación. Mi madre, la pobre, me consiguió el dinero con una prestamista amiga suya. El que no roba en esta

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ciudad, en este país, en este mundo, es un maldito pelmazo. Como yo. Aunque en honor a la verdad la señora no era tan agalluda en cuanto a eso de los intereses. La muy ratera cobraba apenas, ese apenas entre comillas, el 5 por ciento mensual. Pero con buenos modales y sonriendo. Mortalmente desesperado por el perpetuo rechazo de aquellos incapaces y taponados seres que son sin excepción los editores comerciales en este planeta de gilipollas devoradores de engañosos best sellers tipo El peregrino de Compostela o El código Da Vinci, decidí lanzarme entonces, bajo mi riesgo y costo propios y con material exclusivamente de mi autoría, y además completamente inédito, por supuesto, a la aventura editorial. Para el primer número de mi revistilla underground escogí el más escandaloso de mis sicalípticos relatos, titulado provocadoramente Te quiero puta e inspirado en la canción del mismo nombre de la banda de rock alemana Rammstein. Relataba la escabrosa y singular historia de amor y odio entre un joven y superdotado actor porno costeño y una también joven, jovencísima y además frígida prostituta prepago paisa. A la muchacha le desesperaba la ansiosa brutalidad sexual del macho, de cualquier macho y al chico que ella no gozara con su extraordinaria herramienta, comparable a la del mítico John Curtis Holmes, la cual no le hacía ni cosquillas por ninguna parte. Pero se lo aguantaba sólo porque en Kamasutra, el canal porno en el que trabajaba y en el que era conocido como La Máquina, ganaba bien, casi tanto como ella y no debía mantenerlo, a diferencia de otros novios conchudos, modelitos principiantes, futbolistas fracasados que había tenido en el pasado reciente. Además él la quería de verdad y toda mujer necesitaba un hombre a su lado, aunque no lo amara, aunque lo odiara. Era triste reconocerlo pero al fin y al cabo con el paso del tiempo todo amor terminaba en eso: en un aborrecimiento mutuo. Sólo había que ver los índices cada vez más crecientes de violencia de género. Hombres y mujeres que, luego de que asesinaban al amor, acababan matándose ellos mismos. La gente debería comprender, piensa ella, que, en esta sociedad materialista e inhumana en la que vivimos, el amor tiene caducidad como un tarro de guisantes de un supermercado: una vez que se vence, no puedes consumirlo porque te intoxicas. Mas a ella no le afectaba el amor, podía vivir sin él. Sólo le interesaban la seguridad y el placer. Y como éste último no podía obtenerlo con el sexo, lo adquiría por medio de las drogas. ¡Benditas sean! ¿Qué sería de criaturas como yo sin ellas? A veces permitía que se la comiera, para no perderlo, para que no terminara aburriéndose y yéndose detrás de otra. Mas la actitud de la muchacha no hacía más que desanimar al chico, que veía cómo, al término de cada polvo, ella, si bien no bostezaba, ponía tal cara de mortal aburrimiento que sin embargo era como si efectivamente lo hiciera. Él, pensando: Si por lo menos fingiera como seguramente lo hace con sus clientes. Ella, pensando: Ya está otra vez con esa cara de limón agrio que ¿para qué me jode tanto si al final no queda contento nunca con nada? Y así iban juntos por la vida, amándose y odiándose, insatisfechos siempre uno del otro. Su historia acaba al fin cuando, como John Curtis Holmes, el muchacho se vuelve adicto a la heroína pues, de tanto tirar, el placer del sexo ha dejado de interesarle y la chica logra descansar así de su fastidioso acoso pues a él ya no

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se le pone dura. Lo malo de todo es que, al irse al trasto su carrera cinematográfica, ella sola debe mantener el hogar. Junto con su propio vicio y el de su compañero, claro. Y ahora, sin embargo, las peleas no tienen como origen el sexo sino las dosis de droga no compartidas. Los diálogos que sostenían entonces no podían ser más obscenos y chocantes. Como sacados de la teleserie South Park. Ella, cuando lo pesca a él chutándose en uno de sus párpados un chorrito de heroína: No podés esperar hasta que yo llegue, ¿no?, comemierda. Él, con un hilillo de voz: Vete al diablo, zorra. Tú me metiste en esto y ahora no vengas a quejarte. Ella: Pero ¿me guardaste un poco al menos o debo volver a salir a comprar la mía? Él: Sólo había para mí. Ella: Pero hoy no gané nada. Tú sabes que el Ministro nunca paga por adelantado. Él: Me importa un comino. Mira a ver qué haces. Ella: ¿Y acaso no te la pasás gritando que me querés, güevón? Él: Claro, bitch. Ella: Se nota, marica. Él: No me jodas más, zángana. ¿Quién te manda meterte con esos rateros y bandidos sinvergüenzas del Gobierno? Además yo ya te lo he advertido muchas veces. No te metas con políticos, porque al final terminas culeada y sin un puto peso en los bolsillos. Ella: Vete a la mierda. Él: Hace rato que estamos hundidos en un mar de ella, mi pez. Y bien abajo, por si aún no te has dado cuenta. Tan abajo que es imposible salir a flote. Ella: Lo que faltaba, pues. Que además de impotente, drogo y mantenido, te hayás vuelto izquierdista. Él: Cómprame entonces un AK47 para montársela a los pobres. Ella: Definitivamente, como todos los hombres, vos hablás mucha paja. Yo en cambio actúo. Me voy, pues, a conseguir lo mío. Él: Okay, okay. Buena suerte. Ah, y eso sí: no lo des gratis a nadie. THE END. Yo mismo diseñé la portada y la contraportada de la maqueta y especifiqué su tamaño, que era de 15 cm de largo x 10 cm de ancho. Para la primera plagié una cochina imagen de la guarra y desmejorada Belladonna teniendo sexo oral con el dotado y majo Nacho Vidal en la que éste se viene en la cara de aquélla. Descargada del Gran Basurero, claro. Cuando fui a llevársela a los bobos de la Imprenta Latina, donde conseguí el precio más bajo, se quedaron mirándome como si se tratara de un insulto a la respetable y trabajadora sociedad de la que ellos hacían parte. Eso es lo que hoy en día está de moda, chicos, les explico: el escándalo. Si no escandalizas no vendes. ¿Cómo creen ustedes que Madonna se hizo millonaria entonces? Pero, ojo, si escandalizas demasiado, te encierran en el manicomio como a Amy Winehouse. Mandé imprimir mil ejemplares. Lo curioso de todo es que, cuando me los entregaron, no experimenté ninguna clase de alegría o entusiasmo. Era mi revista, creada y diseñada por mí mismo, una especie de Hugh Hefner local y sin embargo me sentía como un estúpido fracasado que debía sacar la plata de su propio bolsillo para conseguir que lo publicaran. Una sensación de derrota tan parecida a la que se tiene cuando se va al burdel. No has sido capaz de levantarte a una chavala limpia que te dé un polvo gratis y por eso, maldito gilipollas, te ves obligado a comprar una sucia puta para que simplemente te la menee de forma rápida e incluso de mala gana con su apestoso coño muerto. ¡Uf, qué asco! No las putas, claro, sino mi fracaso. El fracaso apesta. El fracaso sólo es tolerable si luego llegas a triunfar. Como le pasara a Bukowski. Que ha

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triunfado y seguirá triunfando por encima de todos los malditos Premios Nobel de Literatura, Garcías Márquez y Faulkners que están llenos de esa mierda rancia y seca que es justamente la Literatura, la Gran Literatura que no tiene nada que ver con la Verdadera Literatura, escrita por los Céline, los Henry Miller, los Fante, los Bukowski, los Kurt Vonnegut, los William Burroughs, los Kerouac, los Philip Roth, los Truman Capote, las Carson McCullers, los Nabokov, los Borges, los Cabrera Infante, los Andrés Caicedo. Me sentí entonces tan miserable, tan triste, tan apabullado por una aguda percepción de derrota, que mandé para la porra mis sueños de grandeza editorial a lo Hugh Hefner o Larry Flint y guardé, escondí como si se tratara de la prueba de un hecho infame el millar de ejemplares de mi gaceta en el fondo de un viejo armario que se pudría en el altillo de la casa de mi madre. No sé cuánto tiempo transcurrió desde entonces hasta que un día ella va y me dice: Y bueno ¿cuándo es que va a empezar a vender su revista? Porque los intereses van corriendo y hay que pagarle cuanto antes a Amirita que nos hizo el favor de prestarnos la plata. ¡Oh, Dios mío, salir a la calle a ofrecer mi mierda por un puñado de calderillas! ¿Para eso había estudiado más de cinco años en la Universidad? ¿Para convertirme en vendedor ambulante de basura? Debí pensarlo mejor antes de embarcarme en semejante lío. ¡Maldito sea mi fatuo ego! Pero ya estaba hecho y no podía dar marcha atrás. No había otro remedio. Tenía que hacerlo. Había cometido el tremendo error de contraer una deuda. Y ahora debía pagarla. ¿Con qué? Con mi propia humillación. Todo artista es orgulloso, dice Anaïs Nin en su Diario refiriéndose al atormentado Antonin Artaud. Así que me puse el único traje de paño con corbata que colgaba en mi ropero, mis obscuras gafas de sol y, autosugestionándome con un triunfo rotundo en mi primer día de gacetillero underground, salí de la casa de mi madre con unos cien ejemplares metidos en un morral pequeño rumbo a ¿la ciudad? No, qué tal, rumbo al D.C., donde nadie me conocía y a nadie le importa lo que uno haga, si se para en la cabeza o se caga en la esquina. Una horrible ciudad de locos egocéntricos y maniáticos. En la gacela, durante el viaje, me puse a estudiar cuál iba a ser mi estrategia de ventas. Pensé en un principio ofrecer mi revistita por un valor de 1.000 pesos cada ejemplar. Mil pesos no era mucho, me decía, dándome ánimos, algo así como medio dólar. Pero cuando en Briceño el vendedor de comestibles se subió con su canastilla llena de pasabocas y refrescos y muy pocos le compraron, desistí de esa idea. La gente no se gastaba ni mil pesos en un paquete de papas fritas, en una gaseosa, en un bocadillo luego de un largo viaje de más de 120 kilómetros y ¿sí iba a gastárselos en una revistucha completamente desconocida? No, claro que no. Le bajé el precio a 500 pesos. Un cuarto de dólar. Nada. ¿Quién no cuenta con al menos una moneda de 500 pesos en sus bolsillos? Estaba decidido. Ni un peso menos. Me bajé en la Calle 170, tomé un bus articulado de Transmilenio que se dirigía al centro de la gran ciudad, de la gran cloaca que es el D.C. Pero cuando voy y me bajo en la estación del Museo del Oro, sobre la Carrera Séptima, lo primero que veo es a un cabronzuelo, a un traquetito de unos 25 años de edad o así con cara de aborigen montado en un flamante y enorme auto

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americano pasando por allí, dirigiéndose hacia el Norte. En un auto como en el que seguramente nunca llegaré a montarme excepto, quizá, el día de mi propio entierro. Fue como si me hubiesen escupido a la cara, ni más ni menos. A la edad que tenía yo, con mi tremenda inteligencia y todo lo demás, mi don de gentes, mi educación, mi apostura de individuo civilizado ya debería poseer por lo menos 5 de aquellos malditos lujosos autos aparcados frente a mi también lujosa mansión. Pero, no. Ni uno. ¿Qué tenía en cambio? Un par de zapatos gastados a punto de reventarse por las suelas para echar pata como un miserable enano por aquellas calles de mierda. Pero aquel chico se lo merecía. Merecía tener semejante auto porque había hecho bien las cosas: había robado y hasta matado para conseguírselo y seguía robando y matando para no perderlo. Seguramente venía de cerrar algún tenebroso pero lucrativo trato en la cercana Casa de Nariño. En cambio yo ¿qué había hecho para merecerlo? Nada. Nada en absoluto, excepto vivir soñando con el día que nunca llegaba, el día en que el mundo entero me besaría merecidamente el culo como ahora se lo besaban inmerecidamente a García Márquez o a Paulo Coelho y su agotada y majadera cháchara mágicocristiana. Arrastré mis pasos hasta una cafetería de la Calle 19 y, mientras me tomaba un tinto, carísimo por lo demás, reflexioné sobre el camino a seguir. Se me habían quitado las ganas de acercarme a los apurados y desquiciados transeúntes de nuestra gran metrópoli y decirles: Oiga, ¿me compra la revistita, por sólo 500 pesos, sí? ¿Qué hacer entonces? Un sorbo. Dos sorbos. Tres sorbos. Se acabó. Dame otro, por favor. Estaba en una encrucijada. Vencer o morir. Pero para vencer hay que luchar y luchar y luchar y volver a luchar y luchar y luchar. En cambio para morir sólo tienes que dejarte caer en una alcantarilla o atrapar por algo, un trabajo, el matrimonio, los discursos de los gobernantes y sus secuaces, las novelas de Laura Restrepo o Isabel Allende o Mario Mendoza o Jorge Franco o Héctor Abad Faciolince o William Ospina, las canciones de Britney Spears o The Jonas Brothers o Enrique Iglesias o Juanes o Shakira. Lo mismo da. Muerte. Muerte segura. ¡Eureka! Ya estaba. No había que luchar por nada. Simplemente rogar como un mendigo: Fresco, lo que me quieras dar, no importa cuánto, que Dios te bendiga. ¡Qué sencillo era! Bueno, pensarlo, porque hacerlo ya era otra cosa. Salí de allí, a la rumorosa calle y volví a acojonarme. Definitivamente hay que tener un carácter especial para humillarse de esa manera. Mas quizá para mi propia desgracia yo carecía de él. Caminé algunos metros y casi sin darme cuenta resulté por los lados de la Universidad de Los Andes regalándoles a aquellos chicos ricos mi revista de pacotilla. Toma. Toma. Ni las gracias me daban. Las recibían en silencio, como quien recibe un panfleto publicitario y se pone a examinar de qué rayos se trata. ¿Un nuevo restaurante? ¿Un nuevo bar? ¿Putas? ¡Y allí estaba yo, dando a conocer de manera gratuita al Gran Público una muestrita de mi magnífica obra! Eso me hizo recordar entonces a los poetas de mi ciudad. Todos drogadictos, todos fracasados, todos harapientos y malolientes y desdentados, todos hechos una mierda, entregando en las cafeterías del Pasaje de Vargas sucias y manoseadas fotocopias de sus ininteligibles poemas a cambio de insignificantes calderillas. ¿Para allá iba yo?

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No. Claro que no. Había caído aún más bajo, porque yo era un estúpido que, muriéndose de hambre y todo, regalaba su arte a unos tarados que no dudarían un solo segundo a la hora de limpiarle el culo a su mascota con él. Traté de serenarme pensando absurdamente que si obsequiaba mi obrita de manera exclusiva a las chicas que me encontraba por ahí a lo mejor me levantaba a una de ellas, una muchacha sensible y no tan fea que se interesara por su autor. ¿Qué es esto? Un relato. ¿Tuyo? Sí, mío. Oh, eres escritor. Sí. ¿Y desde cuándo? Desde que leí a García Márquez y vi que no era tan difícil. Y así hasta que termináramos relacionándonos íntimamente. Pero a la primera niña bonita que voy y se la ofrezco, ten, me mira de forma displicente y dice no, gracias. Ten, insisto. No, gracias. Te la regalo, es gratis. Sí, pero, no, gracias. Pero si no sabes de qué se trata. Gracias, no me interesa y sigue de largo, su delicada y graciosa naricilla respingada apuntando hacia el cielo, como quien se cruza con un apestoso indigente. ¡Qué maldito idiota soy yo! Aquello era como darles uvas a los cerdos. Colmado de rabia contra mí mismo por mi soberana estolidez decido no sacar un solo ejemplar más del morral. Y del papelón que me salvo entonces, porque mira que un par de calles más abajo, caminando por la vereda de enfrente, voy y me tropiezo entre toda esa gente con el sobrado de Eddie que por entonces se encuentra haciendo un postgrado de Derecho en la Libre y va y me reconoce a pesar de las gafas obscuras y se queda mirándome y entonces yo, afortunadamente con las manos vacías, le doy la cara para que me salude: Entonces qué, hermano, ¿qué hace por aquí? y sin detenerme respondo a su saludo con la mano izquierda en alto y como un importante empresario que tiene que darse prisa para llegar a determinado sitio a cerrar un importante negocio paso de largo diciendo: Voy de afán, hablamos luego, adiós. ¡Uf! Por poco y me pesca rogándole a aquella maldita zorra presumida para que aceptara mis cuartillas. No, gracias, no me interesa tu mierda. Okay, okay, pero ya tendrás luego que pagar, y bien caro, por ella. Me fui a almorzar. Luego volví a la 170 y me subí a la gacela de regreso a la ciudad. ¿Qué le diría a mi madre? ¿Y cómo pagaría la deuda a su amiga? Ya se me ocurriría algo en uno y otro caso. Lo importante ahora era consolarse pensando que, al fin y al cabo, nada trágico había pasado. El planeta seguía girando y yo me encontraba aún con vida y, a pesar de todo, no sin esperanza. Además había aprendido una lección acerca de mí mismo. Que definitivamente yo no era un hijo, ni siquiera bastardo, del gran dios Mercurio. La aprendí tan bien que los restantes ejemplares de MÍTICA, unos 990, aún hoy siguen abandonados, olvidados en el fondo del armario que se pudre en el altillo de la casa de mi madre. He de nombrar ahora a Ricardo Piglia y su obra Respiración artificial, mas no creas que por simple capricho ni por la inútil vanidad de dármelas de erudito en lo referente a esa novela suya pues la verdad la he leído apenas una sola vez aunque en muchas ocasiones me he prometido hacerlo de nuevo, sino porque en ella aparecen dos personajes, un reconocido poeta hermético y una humilde costurera que escribe relatos perfectos que se me quedaron grabados en la memoria y cuyo recuerdo hoy, cuando fui a casa de Nicasio a visitarlo según costumbre me hizo aceptar sin ambages el célebre aforismo de no me

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acuerdo quién que reza que a veces la vida plagia a la literatura, ya sea ésta buena o mala. A Nicasio no volví a llevarle ningún aparato electrónico para reparación desde cierta oportunidad que una amiga de mi madre necesitaba conseguir un técnico del ramo que revisara un DVD que le enviaran desde USA aparentemente estropeado y yo con mi bocota le dijera que conocía a cierto amigo mío que los arreglaba como Dios manda y sin cobrar demasiado. Es una amiga de mi mamá que se llama Policarpa y es chilena y vive hace muchos años aquí, en la ciudad y su hija mayor Karen que se casó con un colombiano que trabaja en Gringolandia y se la llevó para allá después del matrimonio le envió este DVD que al parecer, por los rigores del viaje y de la manipulación llegó acá estropeado, le explico a Nicasio cuando voy hasta su casa en el barrio Maldonado a llevarle el aparato para que le practique una buena revisada. Okay. Miremos a ver qué le pasa. Todo funcionaba a la perfección, excepto que al parecer y por razones por develar el lector láser no leía el disco. Vamos a destaparlo. Operación sencilla. Y aún más sencilla es la conclusión a la que llega. Una de las patitas de pasta, pues ahora todo es de frágil pasta que soportan la bandeja en la que se introduce el disco está partida, mírela, ¿sí ve?, se ha caído, con lo cual la distancia entre el lector láser y el disco no es la adecuada según el diseño original del aparato y por tal motivo no funciona como debiera. ¿Solución? Pegarla con Superbonder y ya estaba. Eso hizo. Dos gotitas de pegante de acción rápida, volver a cerrar el aparato y listo. ¿Tiempo de trabajo? Diez minutos nada más. ¿Cuánto es? Hum, 30 mil pesos. ¡30 mil pesos! No dije nada pero me pareció un atraco. Era cierto que Nicasio era un tipo necesitado que mantenía a 6 hijos pero tampoco por ello debía cobrar tanto dinero por un arreglo en el que prácticamente no gastó nada de insumos ni de tiempo. En fin. Me sentí robado y eso que yo no era el que debía pagar el arreglo y me prometí no volver a confiar en Nicasio en lo referente a reparación de aparatos electrónicos, tanto más cuanto que yo lo consideraba un tipo más o menos justo y recto y entonces me pareció de pronto, a la luz de aquella circunstancia que era igual, exactamente igual a todos los demás colegas suyos, que son unos auténticos ladrones que se aprovechan de la ignorancia técnica y del escaso sentido común de sus incautos clientes. A propósito, que sirva para mayor ilustración al respecto la siguiente anécdota. En la época que trabajaba para el Gobierno en la Dirección Nacional de Estupefacientes en el D.C., mi compañera Amalia llega una mañana a la oficina y me comenta: ¿Qué hago, Rogercito, que hace una semana estoy sin televisor y mi hijita y yo estamos que nos morimos de aburrimiento por las noches? Mándalo arreglar. No, si ya lo hice, vino a mi apartamento un técnico y después de inspeccionarlo por fuera va y me dice que el arreglo me cuesta trescientos mil pesos, imagínate, y yo no tengo toda esa plata, y además dice que tiene que llevárselo para el taller de él y yo no quiero eso porque fíjate Rogercito que ese televisor me lo trajeron de Estados Unidos y de pronto el tipo ése va y me lo desvalija, le quita las partes importantes y se las reemplaza por nacionales de mala calidad, ¿ves? Y ¿qué le pasa al aparato? No da imagen, la imagen sale con lluvia. Entiendo. Pero lo curioso es que ese televisor viene con un equipo de VHS incorporado en la base

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y cuando ponemos una cinta de VHS la imagen sale perfecta. Sólo falla cuando se trata de la señal de la televisión. ¿Cómo así? Sí. El tipo ése, el técnico dice que la imagen de la televisión no tiene nada que ver con la del equipo de VHS, que la de televisión la controla un aparatito y la del VHS otro distinto y que a lo mejor, lo más seguro es que el de la televisión se quemó o se estropeó y ése es el que hay que cambiar y el que cuesta toda esa plata. Eso no puede ser. Déjame revisarlo a mí. Llévame a tu apartamento esta noche. Oh, sí, Rogercito, te lo agradezco porque yo ya no sé qué hacer. Por la noche fuimos a su apartamento y comprobé que era cierto lo que decía. La imagen de la señal de televisión aparecía con lluvia mientras que la imagen de la cinta de VHS no tenía ningún problema. Pero la explicación de este fenómeno que te da el técnico es absurda. ¿Cierto que sí? Mira, aquí lo que está sucediendo es lo siguiente. Pero antes de que te lo explique, vamos a hacer una prueba. Vamos a conseguirnos prestado por unos minutos el televisor de una de tus vecinas o amigas y lo vamos a traer aquí y a conectar al cable de señal de televisión. ¿Okay? Okay. Fuimos hasta la casa de una de sus amigas y pedimos prestado un aparato de televisión pequeño luego de comprobar allí que éste funcionaba normalmente. ¿Ves? Aquí, en la casa de tu amiga, funciona bien. Ahora vamos a llevarlo a tu apartamento a probarlo allá. ¿Listo? Y así salimos de dudas. El aparato pequeño tampoco funcionó cuando lo conectamos al cable de señal de televisión de su apartamento, la imagen daba también con lluvia. ¿Ves? ¿Entonces? La respuesta es sencilla. El extremo del cable desde donde se toma la señal debe estar desconectado o mal conectado. ¿Dónde se encuentra ese extremo? No sé. Me imagino que en el techo de la torre de apartamentos. Entonces consíguete a alguien que se suba hasta allá y que revise la conexión a ver cómo se encuentra, ¿vale? Vale. Y mañana me cuentas. Okay. Al día siguiente Amalia llegó a la oficina muy alegre, casi exultante. Tenías razón, Rogercito. No hubo necesidad de treparse hasta el techo de la torre de apartamentos. Incrustada en la pared, junto a la puerta de entrada de la casa de Amalia, había una caja de distribución de los cables de señal de televisión de la torre. El portero tenía las llaves y la abrió. Y, efectivamente, el extremo del cable de su apartamento estaba desconectado. Tan sólo fue necesario enroscarlo y listo. Amalia me abrazó. Chico, eres un genio. Un genio no, simplemente un tipo con un poquito de sentido común. Sea como sea me ahorraste 300 mil pesos y voy a premiarte. Me invitó a almorzar huesos de marrano en un restaurante taurino, no lejos de la Casa de España, en el otrora aristocrático barrio Teusaquillo. Estaban deliciosos y de paso conocí a Pacheco, ídolo de mi infancia por su programa Animalandia, del que era uno de los animadores junto con la pecosa pelirroja Yady González y quien asimismo se encontrara entonces en aquel restaurante, justo detrás de nuestra mesa, aunque no precisamente almorzando, sino jugando con unos amigos una partida de naipe, silencioso y viejo. A pesar de todo, de semejante desengaño, seguimos siendo amigos. Es agradable conversar con él porque discutimos de manera reflexiva y crítica acerca de la vida que nos ha tocado vivir y del enrevesado mundo del que hacemos parte. Hoy por ejemplo estábamos

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disertando sobre las tremendas consideraciones del filósofo indio Krishnamurti sobre la brutal, competitiva, infeliz, enferma, desquiciada sociedad humana actual. Hay gente valiosa en este mundo. Sí. Pero ¿por qué no la escuchamos? Porque desde pequeños hemos sido condicionados para escuchar solamente a los idiotas, a los criminales, a los curas, a los políticos, a los militares, a los cantantes, a los deportistas, a las reinas de belleza, a las estrellas de cine y no a quienes verdaderamente tienen algo que decirnos. El Sistema no quiere que pienses sino que te conviertas en un borrego acéfalo. Que solamente comas y cagues y no que comas y cagues y pienses porque si además piensas el Sistema con toda su mierda saltará en mil pedazos. Y de pronto Nicasio va y me dice: Oiga, Roger, quiero que usted que lee tanto me haga un pequeño favor. Claro. O a Flannery, mi hija, que escribió un cuento y necesita que se lo corrijan. Estábamos en el taller y la jovencísima Flannery se encontraba en el cuartito de al lado sentada en el escritorio ante el computador. Flannery, muéstrale a Roger tu cuento. No sabía que escribiera, aunque tiene nombre de escritora. ¿Sí? Sí. Es su primer cuento. Flannery, muéstraselo. Ya va, lo estoy corrigiendo. Okay. Esperamos. ¿Ya? Ya va. Flannery era tímida y le daba pena mostrar su obra, como a todo escritor principiante. Va a participar con él en el concurso de Radio Alfa. Qué bien. Y quiero que usted nos dé su opinión. Bueno, acepté con mi habitual falsa modestia, aunque no me considero un experto. Párate, hija, y déjaselo leer a Roger. ¿Qué nombre tiene? Aún no se lo he puesto. Pero ¿has pensado en uno? No. Es una historia sin nombre. Se puso en pie y se marchó para otra habitación de la lóbrega casa. Ocupé su sitio y comencé a leer esperando encontrarme con el insulso texto de una adolescente de estos tiempos. Cuento de Flannery Ramírez era el sencillo encabezado. Cuando por la noche, a eso de las seis y media o siete, fui hasta la UPTC a recoger a Yen, iba en un estado de completa estupefacción. ¿Qué te pasa? Nada, sólo que hoy una de las hijitas de mi amigo Nicasio, Flannery, me dio a leer un cuento para que yo se lo corrigiera y si vieras con lo que me encontré. ¿Qué tal? Sorprendente. ¿De qué trata? Es difícil decirlo exactamente. Tendrías que leerlo tú también. Sentado en el escritorio ante la pantalla del ordenador, permanecí arrobado por espacio de unos cuantos minutos leyendo la historia sin nombre de Flannery Ramírez. No poseo el talento suficiente para describirla con exactitud y lo mejor sería transcribirla en unas cuantas páginas palabra por palabra, letra por letra tal como es, pero debido a una circunstancia que explicaré más adelante me es imposible llevar a la práctica tal transcripción. ¿Pero más o menos cómo es? Es la historia de dos hermanos, un chico y una chica, el chico se llama Horacio y de la chica no se sabe nunca su nombre que han escapado de la casa paterna y en su huída establecen un diálogo que sólo puedo llamar poético porque la poesía va más allá de la razón, expresa cosas que de otra manera resultarían innombrables con el Sol, la Luna, dos nubes, las estrellas, una hormiga y un par de ardillas. Pero lo importante de la historia es que hay de todo en ella, como en el Aleph de Borges. Hay amargura, hay inteligencia, hay comprensión, hay rabia, hay confusión, hay guerra, hay compasión, hay luz, hay alegría, hay tinieblas, hay amor, hay melancolía, hay frescura, hay

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madurez, hay sabiduría, hay ternura, hay multitud, hay vacío, estás tú y estoy yo, estamos todos y hay un desierto despoblado. Y todo esto concentrado en apenas 6 cuartillas. El mundo entero en la cabeza de un alfiler. Y no sólo eso, china. ¿Ah, no? No. ¿Hay algo más? Sí. Mucho más. Porque fíjate que no se parece a nada de cuanto he leído en toda mi vida. Pero instintivamente uno tiende a desconfiar de tamaña originalidad, por lo que al terminar me puse en pie y pasé a la habitación-taller donde se encontraba Nicasio. ¿Cuántos años tiene Flannery? 14. ¿Y a quién le gusta leer ella? ¿Jum? Hija, ven. La muchachita salió del cuarto en donde apenada había ido a esconderse pero no entró al taller sino que fue a sentarse nuevamente en el escritorio del estudio, ante el ordenador. Desde el umbral de la puerta le pregunto: ¿Has leído a Andrés Caicedo? ¿Has leído a Borges? Porque me pareció que su texto poseía la frescura del primero y la perfección del segundo. Pero ni siquiera sabía quiénes eran. ¿Lees poesía? No, tampoco. Desde el taller Nicasio explica: Lo único que ella ha leído es El retrato de Dorian Gray. Pero definitivamente su cuento no tenía nada que ver con Wilde ni con ningún otro, no se había guiado por nadie, no había tenido maestros, era una obra pura, no contaminada, absolutamente perfecta y sana. ¡Dios mío, y yo me llamaba escritor! ¡Qué farsante me sentí entonces! Aquella chiquilla había creado de la nada y como por arte de magia una auténtica joya, una joya de resplandor insoportable. ¿Y cómo le pareció, Roger?, me pregunta mi amigo, su padre. Y es aquí donde me acuerdo de los personajes de Respiración artificial de Ricardo Piglia. Como todos saben, el poeta Bartolomé Marconi lee los relatos que le envía la mujer humilde que se gana la vida bordando manteles y queda maravillado por su belleza y perfección y cuando un día se entrevistan por fin la convence, con una frialdad que al propio Marconi sorprende, de que es una insensatez que ella pueda sospechar siquiera la posibilidad de dedicarse a la literatura y le aconseja que ponga todo su empeño en el bordado de manteles o en algún otro arte impersonal por el estilo, y lo hace en un estado de extraña exaltación, ayudado sin duda por el clima que le han creado en él los cuartetos de Beethoven que ha estado escuchando antes de que llegara la mujer, sintiendo en el fondo de su ser un sórdido temor, el sórdido temor de que la mujer no se deje convencer, porque si no puede convencerla, piensa, y esta mujer se decide a publicar cualquier cosa que escriba, será él quien tendrá que abandonar por completo la escritura, porque si esa mujer sigue escribiendo, nadie, en el presente ni en los años que siguen, nadie, va nunca a recordar que ha existido un poeta llamado Bartolomé Marconi. Bien, bien, digo yo, parece un poema en prosa, por decir algo no tan canallesco como lo que dijera Marconi y despidiéndome apresuradamente, chao, chao y pretextando cualquier cosa, se me olvidaba que tengo que ir al centro a hacerle una vuelta a mi mamá, nos vemos otro día, ¿vale?, salgo de aquella lóbrega casa antes de que finalmente me venza la irresistible tentación de pedirle una copia de su maravilloso texto a la chiquilla, adiós, Flannery, suerte con tu cuento y llevármelo a casa y devorarlo una y otra vez hasta volverme loco. ¿O sea que es tan bueno, dice Yen, que muy seguramente se va a ganar el concurso? Sí, es posible, acepto yo, y remato con

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un: Ojalá. Mas en realidad espero que no, confiando en la absoluta falta de inspiración de los jurados imbéciles que indefectiblemente ponen en los concursos literarios porque, de lo contrario el tristísimo destino sospechado por el Bartolomé Marconi de Ricardo Piglia se cumplirá en mí y que el viento del olvido arrastre su recuerdo de mi memoria y de la de todos los hombres que lleguen algún día a leerlo. Amén. Por entonces Yen había decidido matricularse en la Facultad de Ciencias de la Salud de la UPTC en el programa de la Escuela de Psicología y ahora y desde hacía poco vivía aquí mismo, en la ciudad, por el Sur, en el apartamento de un tío suyo, hermano de Leo, ubicado en el barrio La Florida. Ya desde el principio empezó a telefonearme al móvil para que nos viéramos en la cafetería de Pedro, Pedrito, situada a escasos pasos de la sede de su escuela, en el antiguo Hospital San Rafael, sobre la cabecera del recién construido viaducto y nos tomáramos allí un tinto y conversáramos. Yen me buscaba pues consideraba, por un lado, que sus compañeros de estudio eran unos pelmas que sólo hablaban babosadas de adolescentes y con los cuales algún tipo de afinidad resultaba prácticamente imposible y, por otro lado, que su propio carácter le granjeaba no sólo la incomprensión sino además el rechazo de los mismos. Debe ser, dice, que les parezco loba o yo no sé qué pero en todo caso yo noto que les inspiro cierta aversión, la aversión que el espíritu snob siente al hallarse obligado a relacionarse con personas socialmente inaceptables y aunque yo también era un verdadero snob acudía entonces y con puntualidad de enamorado a las citas, mas casi siempre después del tinto terminábamos bebiendo o cerveza o aguardiente y fue así como volví de nuevo y poco a poco a caer en las garras de su pernicioso influjo o viceversa. Muchas veces fueron las que estuve en aquel apartamento de su tío a quien jamás conocí pues sólo en escasísimas oportunidades se aparecía por allí, un apartamento descuidado y con poco mobiliario en el que ella ocupaba una habitación tristísima que yo alegraba con mi sola presencia ya que Yen se sentía entonces menos sola y menos deprimida. Casi siempre preparábamos café y una que otra noche, para la cena, espaguetis con huevos duros o papas fritas. Una vez nos emborrachamos con aguardiente y entonces estuve a punto de alcanzar mi aún obscuramente anhelado objetivo, a no ser por mi orgullo y mis escrúpulos que por un lado me ordenaron no le ruegues y mándala al diablo y por otro lado me aconsejaron que no me aprovechara del estado de indefensión de mi presa. Después de que liquidáramos el licor Yen quiso trabarse porque es más fácil y menos riesgoso trabar una borrachera que emborrachar una traba, chino. Tú sabrás. Arma un cacho para ti. No. ¿Te da miedo? ¿Miedo de qué? No sé, de enviciarte o de que la yerba te saque los demonios que llevas dentro. El único demonio que llevo dentro es éste, digo sacándome el pito medio erecto por entre la bragueta y acercándome a su cama donde se encuentra sentada fumando. Chúpamelo, ordeno y pongo la punta entre sus labios. Me dice algo que ahora no recuerdo y empieza a desnudarse, pero no para acostarse conmigo sino para ducharse porque debe de sentirse sucia y huye como una liebre al cuarto de baño y yo me veo a mí mismo desnudándome también a toda prisa y corriendo como un

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galgo tras ella por el pasillo fuera de la habitación que conduce al único WC del apartamento del tío siempre ausente y por fin, pienso, por fin me la voy a comer, imposible que no y nos abrazamos bajo la tibia lluvia de la ducha eléctrica y déjame enjabonarte, ¿sí?, y ay, no, chino, yo puedo sola y ríe y le doy la vuelta y la pongo de espaldas a mí y la tomo con una mano de la cintura y me inclino un poco para meterle con la otra mi picha medio erecta por la ranura, ¿qué hace, chino?, pero no entra y le ordeno chúpamela para que se me ponga lo suficientemente dura y ella ríe y ríe pero no, dice, no me trates así y forcejeamos y forcejeamos y no hay manera y cuando salimos del bath y volvemos al cuarto todavía no se nos ha pasado la borrachera y Yen busca su piyama, una especie de camisón corto de satén blanco de vampiresa y antes de que se lo ponga yo le digo déjame ver y con ambas manos abro sus piernas con la intención de abalanzarme con la lengua afuera y empezar a lamerle con ella su concha desnuda para excitarla y entonces se abre ante mí el coño más monstruoso que haya visto en vivo y en el que sobresale un apéndice carnoso del tamaño y la forma de un moco de pavo gigante que me hace preguntarme asombrado cómo una mujer tan pequeña puede tener un chocho tan grande y en seguida me respondo yo mismo conjeturando que a lo mejor es porque ha iniciado su vida sexual a temprana edad y se lo han agrandado lo suyo recordando que una vez me contara que un camillero del Hospital del pueblo constantemente hacía alarde del tamaño de su herramienta y que sólo para comprobar si era o no cierto lo había hecho con él, venga a ver qué es lo que tanto habla y que en efecto el man, ¡uy, sí, tenía una tranca enorme! y trago saliva y me arrepiento y deje así hermano que esa platica se perdió mientras ella comienza a ponérselo. Sin embargo allí no acabó todo. Ya es muy tarde para que me vaya para mi casa, digo. Las busetas ya no pasan a esta hora y no tengo plata para el taxi. Así que. Me deja quedarme, okay, pero con la condición de que no siga acosándome, chino. No se les puede dar confiancita, oiga. Está bien, digo de labios para afuera pero al rato, tumbado sobre la pequeña cama y apretado junto a ella, ya estoy besándole la espalda descubierta y manoseándola por encima de la parte baja del camisón y colando algunos de mis dedos por entre sus bragas. No me joda, Roger, dice revolviéndose pero insisto y ya, no más, si va a seguir así mejor váyase y entonces se me salta la piedra y ¡pero ¿qué hay de malo en que tú me gustes y yo te quiera echar un polvo?! y como hemos dejado la luz de la pieza encendida veo un rostro crispado y medio aturdido y entonces recuerdo que en alguna parte de Naked Lunch de William Burroughs dice que un aspecto particularmente enervante de la intoxicación con marihuana es la perturbación de la orientación afectiva, que no se sabe si algo gusta o no, si una sensación es agradable o desagradable y entonces, aún furioso a pesar de la súbita comprensión del extraño fenómeno que es su rechazo, me pongo en pie de un salto y voy al water y me pego una soberana cagada y cuando regreso Yen se está fumando un cigarrillo con la cabeza apoyada en la cabecera de la cama y me le acerco sigilosamente, como un gato en celo y ronroneando bajo delicadamente la parte superior de su camisón y empiezo ¿qué hay de malo,

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dime, en chuparse estas teticas tan ricas, ah? lamiéndoselas alternativamente y con suavidad extrema, como si se encontrara dormida o en trance y no quisiera despertarla y ¿qué hay de malo, dime? y estoy seguro de que ha bajado la guardia porque no protesta y se deja lamer en silencio y, de pronto levanto mi vista hacia su rostro y entonces me abofetea como un guantazo el semblante de Paola, la putilla de Sogamoso, una criatura aterrada, muerta del miedo y desamparada a la que están violando y piensa no, no, esto no puede estar pasándome a mí, incrédula a pesar de la realidad que se le impone como una marca de hierro ardiendo al rojo vivo y es cuando desisto, mira lo que estás haciendo, maldito cabrón, maldito imbécil, ¿no ves que lo que ella necesita es un hombre que la ame y no un cerdo que se la folle?, vístete y lárgate, que es lo que hago a pesar de la hora que es y de que me encuentro sin un puto peso en los bolsillos y de que mi casa queda en el otro extremo de la ciudad y mientras ando por las calles heladas y solitarias juro para mis adentros que, no, no jures, que tú ya bien sabes que no vas a cumplir, que nunca cumples, sólo espera a que vuelvas a estar borracho y con ganas y ya verás. Y es aquí donde sin duda resulta necesario hablar de Javier, con quien, todavía antes de marcharme, primero al D.C. a trabajar para el Gobierno en la Dirección Nacional de Estupefacientes y luego a Villa de Leyva a cuidar la casa de campo que mi hermana Paula había comprado a las afueras del empedrado villorrio, solía reunirme en su casa para rajar acerca de Gustavo y su maldita manía de hablar mierda acerca de los contratos multimillonarios que le concedieran ciertos alcaldes de pueblo o el mismísimo Gobernador del Departamento cuando todos, o casi todos en el barrio sabíamos que lo que decía a propósito eran puros embustes porque para casi nadie era un secreto que en realidad no daba golpe y vivía mantenido por su madre pensionada y por una hermana solterona llamada Ruby, ya que justamente por aquella época volví a frecuentar su domicilio. Con Javier no habíamos sido nunca grandes amigos, la verdad. Lo que terminó uniéndonos, creo, fue la circunstancia de que resultamos siendo colegas. Al igual que yo, terminó estudios de Ingeniería Agronómica en la UPTC, aunque yo había salido de la universidad primero que él. Y ahora ambos permanecíamos constantemente en paro. Él porque no lograba engancharse en una empresa del ramo y yo porque no me interesaba nada que no fuera expresarme a través de la literatura, la mala literatura, que hoy por hoy es la única buena. ¿Qué hacemos, Roger?, me decía. ¿Qué nos inventamos para salir de la olla en la que andamos? Era casado, tenía dos niñitas y vivía desesperado por la continua falta de dinero. Yo intentaba tranquilizarlo recitándole una de las incontables e incontrovertibles Leyes de Murphy: Tómese las cosas con calma, porque cuanto más piense en el dinero que no tiene, tanto menos va a conseguirlo. Entonces se enfurecía conmigo porque, al contrario que él, yo no había caído aún en la trampa del matrimonio y de los hijos y no tenía obligaciones para con nadie excepto para conmigo mismo y me escupía a la cara con rabia y como aleccionándome: Eso es muy fácil decirlo para usted, marica, pero, cásese y tenga hijos, para que vea lo que es conseguir algo en la vida. ¡Como si casarse y traer niños al mundo fuese un

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motor de desarrollo personal y no más bien motivo de servidumbre y desasosiego! Lo que en realidad desesperaba a Javier era sentirse solo en su apurada situación. Quería que alguien de su entorno cercano en general y yo en particular compartiera la no tan singular desgracia, pues a otros muchos infelices les ocurría lo mismo, sólo que estaban demasiado lejos de su vida para darle consuelo, de estar unido a una arpía con la que engendrara dos hermosísimas criaturas que reclamaban día a día gastos de manutención insoslayables. Reina, su esposa, trabajaba en la UPTC como docente auxiliar y era, en efecto, una mujer difícil. Constantemente estaba reprochándole a Javier los esfuerzos que ella hacía por sus hijitas. Imagínese, Roger, empezaba a quejarse cuando ciertas noches íbamos los tres a la tienda de la señora de Almeida a tomarnos unas cuantas cervezas, que, aparte de que tengo que trabajar como una mula hasta la una de la tarde dictándoles clase a esos auténticos gamines que son ahora los universitarios, debo además llegar a casa rendida a terminar de hacerles el almuerzo a las niñas porque don Javier yo no sé qué es lo que se la pasa haciendo que no lo tiene a tiempo. Y dígale algo para que vea. Se gasta un genio de los mil demonios. Javier sonreía con sus dientes montados y amarillos sin decir nada y se levantaba de su silla para pedirle a la señora de Almeida que le vendiera un cigarrillo. Fumaba como un presidiario. A pesar de todo, yo entendía a Javier. Lo entendía y lo compadecía. Antes de caer en la trampa del matrimonio y los hijos, Javier era un tipo divertido, alegre, optimista. Bebía. Le ponía los cuernos a su novia Reina. Andaba con una y con otra. Disfrutaba de la vida. De la vida de soltero, que, con perdón de los cornudos maridos, es la mejor que hay, hasta para un viejo. No crezcas, no dejes de ser niño, no contraigas obligaciones, deja que tus padres te mantengan siempre, aconsejaba Andrés Caicedo, el único escritor digno de ser leído que ha dado esta aldea de necios analfabetas admiradores de la grandilocuente e insufrible cháchara macondiana y yo, aunque sin proponérmelo conscientemente, claro está, le hice caso. Cierto día, caminando por una calle cualquiera de la ciudad, vino a mí como una revelación la hasta entonces obscura causa por la cual yo detestaba la obra de García Márquez. Porque toda ella, al contrario de la del autor de ¡Que viva la música!, respira el tufo muerto de lo viejo, de lo caduco, de lo que para los de nuestra generación no es más que un mundo prehistórico del que nada nos interesa. Y eso sin contar la casi total ausencia de humor en ella, que, como la de su maestro el patético y retorcido Faulkner, es el peor defecto que arrastra. Porque ni aun poniéndole por título Historia del hombre que mandó a comer mierda a su propia mujer a El coronel no tiene quien le escriba se conseguiría imprimirle algo de distensión a esa novelita rígida. En fin, que, a pesar de todo, García Márquez me enseñó mucho. Me enseñó lo fundamental. Me enseñó cómo es que no se debe escribir. García Márquez es, pues, mi maestro, mas no por cualidad sino por defecto. Pero un buen día Reina decidió acabar con su alegre vida de obscuro tenorio. Decidió por él. Decidió quedarse embarazada. Decidió que por eso, ¡sólo por eso y porque su padre, un rudo mecánico de tractocamiones, no iba a permitir que su hija mayor resultara siendo una más de tantas madres

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solteras que pululan como moscas por el mundo!, debían casarse. Se casaron. Y a partir de entonces el desenfadado y satisfecho Javier pasó a convertirse en un insolvente y amargado prisionero de aquella obscura celda colmada de obligaciones que es el matrimonio. Casate, mihijo, para que sepás lo que es criar chinos que no son tuyos y mercar sin plata y tirar sin ganas. Sus amantes, sus divertidas y complacientes noviecitas no oficiales, empezaron a esfumarse como por ensalmo. Y con ellas se esfumó también la emoción de su vida. Y para colmo había un maldito desocupado, yo, que venía de cuando en cuando a su propia casa a recordarle, con un comportamiento de insumiso y veleidoso frescales, su ya perdida existencia de embriagado donjuán. Era, en suma, como para pegarse un tiro. Pobre Javier. Y pobrecito yo, que tenía que aguantármelo cuando en accesos de incontenible inverecundia generada por su propia gran frustración me espetaba: Y bueno, marica, ¿cuándo es que usted va a dejar de mamar gallo y a coger juicio? Entiéndase: ¿Cuándo es que va a dejar de divertirse y a atarse por fin a la noria? Porque lo que anhelaba Javier con toda su ennegrecida alma era verme igual o incluso peor de jodido a él. Yo me encogía de hombros y no le respondía nada. A mediados de aquel Año del Diablo, Javier se esfumó de mi vista. ¿Ha habido alguna vez un Año del Señor? ¿Sí? No creo. El Diablo ha sido siempre una realidad cruel, Dios tan sólo una palabra ñoña. Consiguió un trabajo con el DANE en el que debía visitar fincas por todo el Departamento para la Encuesta Nacional Agropecuaria. Duró perdido ejecutando esta labor algo así como dos meses largos. Regresó a finales de septiembre. Entonces, un domingo, me telefoneó a la casa de mi madre para invitarme a que nos tomáramos unas Águilas en la tienda de la señora de Almeida. Pensé que lo iba a encontrar más animado gracias al trabajo conseguido, que, aunque temporal, era mejor que nada. Pero, no. Lo noté como preocupado por algo. ¿Ya terminaron todo el trabajo? No, me dice. Aún faltan varios segmentos, que dan para otro mes o así fuera de casa. Mañana o quizá el martes debemos regresar a terreno. Pero mejor, comento. Así hay más billete. Sí, corrobora con sequedad. ¿Y Reina y las niñas? ¿Luego no sabe? No. ¿Qué? Que me separé de Reina. No jodás. Sí, en serio. Hace ya como dos meses. ¿Y eso? Me separé justo el 20 de julio. ¡El día de la Independencia!, me río debido a semejante casualidad. Sí. Y ¿qué pasó?, insisto. Ese día tuvimos una pelea horrible. Pero ¿cuál fue el motivo? No me lo quiso decir, aunque no resultaba demasiado difícil imaginárselo. Reina era una mujer tremendamente celosa y ejercía sobre su esposo un control férreo, hasta el punto de llegar, nadie sabe cómo, a averiguar no sólo quién del sexo opuesto telefoneaba a Javier a su móvil sino además qué zorras quitamaridos le escribían a su correo electrónico. Cosas que pasan, dice. Lo único que le puedo decir es que ese día ya no aguanté más y me salí de los chiros como tal vez nunca antes lo había hecho. La corrí de la casa y hasta llamé a la Policía. Y ¿para qué? Estaba fuera de mis cabales. El mundo está ahora tan patas arriba que es el hombre quien corre a la mujer del hogar y hasta llama a la Policía. Aunque, bueno, al fin y al cabo, en el caso de Javier y Reina era ella quien salía a la calle a ganar el sustento de su familia y él quien se quedaba en el apartamento haciendo las veces de ama de casa. ¿Y

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entonces?, prosigo con mis averiguaciones. Entonces, nada. Se marchó junto con las niñas. Alquiló una casa aquí mismo, en el barrio. Ayer fui a verlas. Yo estoy viviendo, mientras tanto, donde mi mamá. ¡Qué vaina! Sí. Lo peor de todo son las niñas. Están mal. Les hago falta. A ambas. Pero sobre todo a Luciana, la menor. Me cuentan que, entre las seis y las ocho de la noche, se sienta en el umbral de la puerta principal y se pone a mirar para un lado y para el otro y cuando le preguntan qué hace ahí sentada responde: Esperando a mi papito. Si a mí de solo imaginármela en esa situación a la hermosa y despierta chiquilla de tres añitos de edad estuvieron a punto de saltárseme las lágrimas, ¿qué podía esperarse que sintiera Javier, su padre? Era, sin duda, como para morirse de la tristeza. Y entonces ¿piensa volver con Reina? No sé. Lo estoy pensando. Pero, si lo hace, recuerde esta ecuación que, durante el matrimonio, casi nunca falla: Pelea + Reconciliación = Embarazo, y cuídese. Esperemos a ver qué pasa. Después de todo debo seguir por lo menos otros treinta días fuera de la ciudad. Al cabo de éstos, a finales de octubre, regresó. Y, entonces, dio su brazo a torcer. Volvió con Reina. Y todo volvió a ser como antes. Porque al poco tiempo va y me dice: Oiga, marica, yo no sé cómo lo hace. Resulta que ayer me puse a escribirle a mis amiguitas por el e-mail y cuando llegué por la noche a casa Reina va y me dice: ¿Ya empezó otra vez con sus pendejadas? Debe conocer la clave de su correo. No. Si eso es lo más extraño. Ayer mismo, antes de escribirle a La Bruja y a La Gorda y a otras que conocí en este trabajo, la cambié para evitarme los problemas de antes. Sí, es raro. Pero usted ¿qué le responde? Yo le digo: Se da cuenta, hermana, que por eso fueron los problemas de antes. ¿Y aun así vuelve ahora con lo mismo? Y ¿qué dice ella? Nada. Se queda callada. Su mujer es una bruja de verdad. Cuídese de ella. Acuérdese: Pelea + Reconciliación = Embarazo. No vaya a ser que. Poco después, cuando una noche llego al barrio me entero, por boca de la chismosa y entrometida señora de Almeida, sí sabe la última, ¿no?, que Javier y Reina esperan, para dentro de cinco o seis meses, a su tercera hijita que ya viene en camino. ¿Ah, sí? Sí. Vea usted. Bueno, me digo entonces, la gente no aprende nunca. Una boca más que alimentar, pues. Pero, ¿qué?, dice la señora de Almeida, si cada criatura trae su pan debajo del brazo. Qué va, la contradigo yo. Eso era antes. Ahora no traen nada y sí con lo que vienen es con un hambre atroz que le toca a uno cuidarse porque si no se lo comen a uno mismo y hasta vivo. ¡Cómo es usted, Roger! Menos mal que todavía no tiene esos problemas. Sí, corroboro yo, menos mal que todavía no. Y espero, la diosa Fortuna me oiga, no tenerlos nunca. Y mira que aunque Yen compartía mi absoluta falta de entusiasmo al considerar la sola posibilidad de traer latosos y hambrientos rapazuelos antropófagos a este crapuloso mundo en constante y vertiginosa erosión, no sé por qué la diosa Fortuna no la escuchó a ella también, pues a final de año resultó preñada, y de quien menos se lo esperaba. Ya desde agosto se había pasado a vivir aquí, al barrio, en una habitación del nuevo apartamento alquilado por Dalila y John, quienes en una de sus frecuentes peleas destrozaron literalmente el interior del piso que antes ocupaban por los lados

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de Centro Norte y entonces fueron finalmente desalojados por parte de sus caseros, que ya estaban mamados de tanta peleadera y tanto escándalo y es que a veces Dalila no se deja, chino, se le enfrenta al John y entonces vuela mierda al zarzo. Una mañana de un domingo se aparece por la casa de mi madre, aburrida porque estaba sola en el apartamento y no tenía televisión y no sabía qué hacer. Yo también estoy solo y la invito a que me acompañe a desayunar, aunque la verdad no tenía ni cinco de ganas de estar con ella porque últimamente le ha dado por extrañar a su Negro y dice que ojalá se encontrara en la vida otro tipo tan macanudo como el Negro para cuadrárselo ya que cierto muchacho que no es tan macanudo como el Negro pero que aguantaba ha olvidado que alguna vez quiso ser su novio y no lo aceptaste, le recuerdo y replica pero es que ésos eran otros tiempos y ahora todo ha cambiado y sí, la corto, pero tuviste tu oportunidad y no la aprovechaste y ahora no vengas a quejarte y además los domingos, a eso de las nueve y treinta yo salía a la cancha de básquet a jugar con algunos de mis amigos del barrio y ¿puedo quedarme un rato a verlos jugar?, claro, si no te aburres, no, no, además no importaba porque hoy no tenía nada que hacer y no tenía a donde ir, okay, como quieras, y aun después del juego no se quería largar y yo me pregunto cómo hago para abrirla y tenía una sed horrible y entonces no hay más remedio que invitarla a que nos tomemos una gaseosa donde la señora de Almeida porque allá me fiaban y al final terminamos es bebiendo pola, como siempre y a eso de la una de la tarde va y me dice ¿por qué no vamos al apartamento y hacemos el almuerzo allá, sí? Preparamos espaguetis en salsa de tomate y chorizos fritos. ¡Hum, qué rico estuvo!, dice ella. ¡Cómo me gusta la grasita! Y ahora, para completar y de postre, aventura, no estaría mal un poco de sexo, ¿cierto? Y mira cómo son de absurdas y retorcidas las cosas, me quedo mirándola mientras sentada a la mesa chupa su cigarrillo y compruebo que hoy sí, finalmente, parece estar dispuesta a dejarse pegar por mí una buena zarandeada pero por alguna extraña razón aquel día me sentía particularmente asqueado, ¿acaso por su sórdida apariencia de mariguanera?, ¿acaso por su traserito desmirriado que movía más a la compasión que al deseo?, ¿acaso por el desmoralizante tufo a desamparo y a desesperación que entonces de ella dimanaba?, no sé y lo que hago, después de mascullar sí, resulta agradable pensarlo, a lo personaje duro de Hemingway, es meterme en el retrete y bajarme los pantalones y sacudir una y otra vez mi taco erecto, ¡pum! ¡pum! ¡pum! sobre la taza y arrojar al pestífero fondo acuoso de ésta el espeso contenido de mis pelotas, despreciando así la inopinada entrega final de su repulsivo coño y ¿entonces qué, china?, nos vemos luego, ponte a leer algo, aprovecha constructivamente el tiempo y sí, dice ella, no hay de otra ya que no hay con quién y me largo de allí dejándola sola con todo y sus monstruosas ganas. Y, bueno, de aquella segunda vez que estuve en Santa Marta, Magdalena, precisamente a finales de ese año, nada o casi nada hay que mencionar, excepto tres acontecimientos ordinarios que sin embargo considero dignos de evocación, acaso porque en ellos se cifran, primero, mis desvergonzadas

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tendencias homofóbicas, segundo, mi admiración y mi cariño firmes hacia Andrés Caicedo y tercero y finalmente y sobre todo, mi simpatía por cierto tipo de pureza humana, si es que no me equivoco y aún existe, aunque sólo sea de forma pasajera. El primero fue que, en la víspera de mi regreso a la ciudad me gané un marica cuando me encontraba en la playa pública del puerto contemplando, a manera de silenciosa despedida, y, ahora que lo pienso, igual que una rosada loca, el hermoso atardecer sobre el sucio mar de la bahía. Hola, ¿puedo sentarme aquí, a tu lado? Era un tipo de unos 20 a 22 años de edad que, al verme solo y sin duda con cara de maricón aburrido, decide abordarme. ¿Cómo? Que si puedo sentarme aquí, a tu lado. Ah, sí, claro. Debido a mi carácter a veces timorato y afable, tuve que aguantarme por un rato su cháchara seductora. Mucho gusto, me extiende la mano, me llamo Michael, y ¿tú? Se lo digo. ¿Puedo preguntarte por qué estás como melancólico, Roger? ¿Melancólico? Sí, triste. Sé qué es melancólico y no, no me encuentro precisamente triste. Pero parece. Sólo estoy contemplando el atardecer. ¿De dónde eres? Del D.C., miento. ¿Y es la primera vez que vienes a Santa Marta? No, la segunda. ¿A qué te dedicas? Soy ingeniero agrónomo. Ah. ¿Y qué te trajo por aquí? ¿Turismo? ¿Negocios? ¿Placer? No, trabajo. Oh. ¿Te gustaría ir a mi cuarto, Roger? Me quedo mirándolo. No queda lejos de aquí. Tiene buena pinta pero se nota, por sus deslucidas ropas que es pobre. Estaba haciendo acera, o bueno, playa, para levantarse unos cuántos cobres. Lo siento, digo, soy totalmente impotente cuando se trata de hombres. No importa, me anima él. ¿No te gustaría, ejem, que te diera por el culo? ¿Y cuánto me pagas?, pregunto en el acto yo. Olvídalo, se desinfla él. Lo veo alejarse por el paseo existente entre la sucia y obscura arena de la playa y el sucio y obscuro pavimento de la autovía que pasa por allí. A buscarse otro pendejo, mariconcito. La vida está muy dura como para que te rompan el culo gratis. El segundo acontecimiento sobrevino todavía antes, un sábado por la tarde, en un almacén LEY ubicado a unas cuántas calles del famoso Puente de la Araña. Recuerdo que entonces se encontraba en remodelación. Había ido allí para matar el tiempo, para hojear las revistas chismográficas en las que, como buen snob que soy, aspiro a figurar algún día, cuando finalmente la esquiva fama me arrope, tal como me lo merezco. Y sin embargo me aburrían mortalmente los chismes acerca de los omnipresentes Brad Pitt y Angelina Jolie, que si Angelina se tiró un pedo y Brad se lo olió, que cómo mea Brad, que cómo caga Angelina, que si esto, que si lo otro. Bah, ¿a quién le importaba? Bueno, a todos, porque, gracias a esa monstruosa e imparable máquina de propaganda del american way of life que es Hollywood, este planeta está tan americanizado que hemos llegado no sólo a aceptar como verdad indiscutible que Brad Pitt es el macho más sexy del mundo y Angelina Jolie la zorra más buena de todo el universo sino además a aspirar como anhelo principal y acaso excluyente que en la próxima vida, si en realidad existe, el Todopoderoso, si en realidad existe, se acuerde de nosotros y nos cubra con Su Divina Gracia moldeándonos a imagen y semejanza de tan celestial pareja de monigotes. Y que Madonna ahora era cuentista. ¿Y por qué no, si hasta Mario Mendoza lo era? En fin. Volvamos a hablar de cosas serias.

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Lo cierto es que de pronto sucedió como un milagro. En uno de los estantes de las cajas registradoras voy y veo un librito de Andrés Caicedo recién publicado y sin celofán. Se trataba de El cuento de mi vida, una recopilación de textos dispersos del genio de Cali que se publicaba justo 30 años después de su suicidio. Aquello fue como si hubiese encontrado un tesoro en un basurero. Más aun: como si hubiese hallado agua en un desierto. Miré el precio. No recuerdo cuánto valía, pero en todo caso no podía darme el lujo de comprarlo. Así que, tomándolo en mis manos, decidí no salir del almacén sino hasta que lo hubiese leído y todo allí mismo. Y eso hice, yéndome al fondo del edificio para no estorbar a nadie y viceversa y recargándome contra una de sus columnas. De Andrés Caicedo sólo había leído, y mal, ¡Que viva la música!, pero aun así me había fascinado. Sobre todo el diálogo entre Bárbaro y los gringos a los que roba, que es, en mi digamos humilde opinión, el mejor de las pavisosas y folletinescas letras nacionales. Al fin y al cabo la literatura colombiana del siglo XX comienza y termina con Andrés Caicedo. García Márquez pertenece al siglo XIX. Para que no se me acuse de plagiario, debo decir que Ricardo Piglia en Respiración artificial hace una analogía similar entre Roberto Arlt y Borges. Tardé algo más de una hora. Casi se me saltan las lágrimas con la carta que le escribe el mismo día de su muerte a cierta chica a la que ama y cuyo nombre ahora no recuerdo pero que tal vez, no estoy seguro, era la antigua novia del cineasta Carlos Mayolo a quien se la bajara y sin embargo salí del almacén feliz como una lombriz, contento de haber podido devorar aquel librito revelador sin pagar un solo duro. La vida no era tan mala después de todo. Yo había ido entonces a Santa Marta a trabajar para una empresa que desarrollaba la Encuesta Nacional Agropecuaria en aquella zona de la Costa Atlántica. Había alquilado una habitación en la también famosa Calle del Árbol, en una vieja casa con balcón justo enfrente del gigantesco macizo que, en medio de la autovía, emerge desde el pavimento hacia el cielo. Mi función consistía en digitar la información de los formularios hechos a mano y en el terreno por los encuestadores en un programa especializado y enviar por Internet vía e-mail dicha información digitalizada a las oficinas de la empresa en el D.C., para lo cual había pedido prestado a mi hermana Paula su vetusto pero aún útil PC. El problema era que los formularios diligenciados por mis compañeros de trabajo no eran muchos, la verdad es que los despachaba en apenas un par de horas y entonces me quedaba bastante tiempo libre, que mataba generalmente paseando por las estrechas calles cercanas a la descuidada playa del puerto. No contaba con el dinero suficiente para ir a divertirme, por ejemplo, a El Rodadero o a Taganga. Era un pobre empleaducho en un trabajo miserable, así que a entretenerme con lo que podía. Una vez me metí en la biblioteca pública del Banco de la República, pero de todos los libros que había allí ninguno llegó a interesarme, o mejor, los que me interesaban ya los había leído. Y entonces, un domingo después del almuerzo que indefectiblemente tomaba en una terraza no lejos del puerto, me puse a vagar por ahí, por las calles menos concurridas de aquel sector de la calurosa ciudad tropical. Y he aquí que voy y me tropiezo con una ruidosa y alegre tropa de chicos que juegan al fútbol, en

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realidad al microfútbol pero con una pelota de fútbol en una cancha de microfútbol con piso de cemento liso encerrada por los cuatro costados con altas mallas metálicas que impiden que la pelota se escape de sus reducidos límites. No me preguntes en qué barrio, porque no lo sé. Lo único que puedo decir es que la cancha posee dos gradas para espectadores, de tres o cuatro escalones de concreto, una en el costado oriental y otra en el occidental, tras las mallas protectoras. La del costado occidental está salvaguardada de los fuertes rayos del sol por la fresca sombra de altos árboles de mango pero he de acomodarme en la otra para observarlos con mi deslucido atuendo de turista pobre, viejos zapatos tenis sin calcetines, pantaloneta y camiseta desgastadas, gorra fea y rayadas gafas obscuras porque aquélla se encuentra ocupada por los chicos que aguardan su turno para jugar. Suman 20 distribuidos en 4 equipos de 5 jugadores cada uno y calculo que deben de tener entre 12 y 15 años de edad. Curiosamente, no hay uno solo que sea completamente negro. Juegan a 2 goles y el equipo ganador continúa dentro de la cancha para enfrentar en seguida a uno de los retadores cuyos miembros se apresuran a saltar desde la grada hacia ella tras la obligada pero necesaria espera. Y yo pienso mientras tanto: Estoy aquí, en la tierra del Pibe Valderrama viendo jugar a estos maravillosos chicos. Me quedo un par de horas allí sentado. Extasiado con su juego espontáneo, ruidoso y alegre. Algunos van descalzos y sin franela, con el torso desnudo. Son pobres. Pero se nota que no se sienten pobres ni mucho menos. Todavía no. Luego, cuando el desquiciado mundo de los mayores, de los hombres respetables los obligue a considerar la pobreza como el peor de los pecados que reptan sobre la faz de la Tierra sabrán entonces lo que es la desdicha y la corrupción. Mientras tanto son puros. Feliz y soberbiamente puros. En parte por eso quizás fue que Andrés Caicedo renegó de los adultos y a los escasos 25 años de edad se mató ingiriendo 60 pastillas de Seconal. Quién sabe. Pero hizo bien, de todos modos. Sólo los encanallados cobardes como tú o como yo seguimos vivos. Y como pocos días antes de mi regreso a la ciudad la había llamado al móvil para saber cómo se encontraba en mi ausencia y me dijera mal, remal, estoy metida en un problema que no te puedes imaginar, una vez aquí la cité un viernes por la tarde, a eso de las cinco, en la Plaza del Libertador, en las escalinatas de entrada del edificio de Telecom para que nos viéramos y entonces satisficiera mi morbosa curiosidad al respecto. Y realmente se veía mal, más descuidada y más delgada y más cenizosa que nunca. Vamos a una de las cafeterías del Pasaje de Vargas y nos tomamos un tinto y me cuentas. Es que no sé si contarte. ¿Y por qué no? Es un problema tenaz y no sé qué hacer. Pero todo tiene solución, china. Pero esto no. ¿Por qué no? Pues porque no. ¿Y qué es tan grave que no tiene solución, ah? Ni te lo imaginas. Pero sí me lo imaginaba porque voy y le digo estás embarazada, ¿es eso? Sí, chino, dice, con una mirada de absoluta desesperación. Suelto entonces una risotada incrédula. No te rías. ¿Por qué te ríes? Porque no te creo. O, bueno, es que me parece increíble que a una persona como tú, que ha vivido tanto y tan rápido y sabe tanto de la vida le pueda llegar a pasar una cosa de ésas. Sí, chino, al panadero

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también se le quema el pan. Yo no podía dejar de sonreír, ¿acaso porque en lo profundo de mi ennegrecida alma me alegraba de su desgracia tal como nos alegra y hasta nos consuela verificar que a otros les está yendo peor que a uno? Y ahora ¿qué voy a hacer? Yo no estoy preparada para tener un hijo en esta etapa de mi vida. Y Leo ¿qué va a pensar? ¿Que con todo su sacrificio me manda a estudiar y mira con las que le resulto? Pero sordo a su desesperación yo lo que quería saber es cómo le había ocurrido semejante percance. Pues resulta, empieza ella y yo mentalmente me restriego de fruición las manos, pues resulta que una noche salimos a rumbear Dalila, John y un amigo de John. ¿Qué amigo? Tú no lo conoces. Tomamos, bailamos, con el amigo metimos yerba y después nos fuimos a un motel y pasó lo que tenía que pasar. ¿Y sin condón? ¿Y con un desconocido? No. Al tipo yo lo había visto un par de veces y. Sí, pero es un desconocido, y además amigo de John. Y es que es increíble, no se lo das a nadie que le tengas confianza pero no es sino que surja de pronto un malparido cualquiera y terminas acostándote con él, ¡y para colmo sin condón! No me regañes, porque ya pasó y nada se puede hacer. Además yo tenía mis cuentas, yo había calculado que al día siguiente me llegaba el periodo, ¿entiendes? Pero pasaron los días y nada, marica, se me retrasó y entonces yo me asusté y fui a una droguería y me compré una prueba de embarazo y, ¡pum!, positiva. Yo meneaba la cabeza como diciendo es increíble, no puede ser, qué vieja tan mula. Sí, lo sé, acepta ella, como entendiendo mi telepática desaprobación, la embarré. Pero, y ahora, ¿qué voy a hacer? ¿Y ya hablaste con el tipo? Claro, pero el man está que no me puede ni ver y cada vez que en estos días lo he llamado para lo de la plata de la pastilla no ha hecho más que insultarme. Un momento, ¿qué pastilla? Para abortar, chino. Es una pastilla carísima. Citotec. Vale más de 100 mil pesos y el man ni siquiera fue capaz de entregarme toda la plata, me ayudó con apenas la mitad y además puso al hermano para que me la entregara y el hermano también me trató remal diciéndome vieja marica, ¿para qué no se cuida? Obvio. ¿Cómo que obvio? ¿Y él por qué tampoco se cuidaba? Porque los hombres follamos, china, pero no quedamos embarazados. Sí, pero. Pero nada. En el plano ideal ambos son responsables de lo que hacen, pero en el plano práctico ustedes son las que si no se cuidan como deben quedan con la pesada maleta a la espalda y eso tú y todas las mujeres tienen que entenderlo. Es una visión machista del asunto, lo sé, pero es que la realidad es ésa, china, y no hay otra. Además recuerda que el man no es tu novio ni nada por el estilo sino un medio conocido con el que simplemente una noche de copas y yerba te echaste un polvo y ya está. ¿Qué más querías? Gracias por el apoyo y la comprensión, ¿no? Y bueno, ¿te la tomaste o no? Sí, claro, pero yo creo que no hizo efecto porque me demoré un poco en hacerlo por los inconvenientes que te digo y no me ha llegado el periodo. Y además me compré otra prueba de embarazo y también salió positiva. Estoy embarazada, marica, dice y levantándose la franela agrega mira, para que yo vea su barriguita inflada, como la de un niñito desnutrido de Etiopía, ¿ves? Y yo no me hallo en ese plan de mamá soltera. ¡Tener chinos, ¿para qué?! Y lo peor de todo es que con todas estas vainas que he hecho no sé

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si el chino o la china va a salir bien o quién sabe con qué tipo de problemas. Si hasta he dejado de chupar yerba pensando en eso. ¿Ahora sí me comprendes? Bueno, china, no te desesperes, pensemos con calma. ¿Le has contado a Dalila o a alguna amiga tuya el problema en que estás? No, qué tal, y además ¿para qué? Bueno, a lo mejor una de ellas te acompaña a Bogotá a una de esas clínicas donde hacen abortos. No, chino, eso vale plata y yo no tengo en este momento. Bueno, pero tú tienes servicio de salud en la universidad, ¿no es cierto? Sí, chino, sí, y ya fui al médico y me ordenaron una ecografía y el martes que viene tengo que ir a la clínica de Saludcoop a tomármela pero yo sé que me van a decir que sí, que estoy embarazada. Ah, entonces, digo, todavía hay una pequeña esperanza. No, no, yo sé que el resultado va a ser positivo. No te adelantes a los hechos, esperemos a ver qué sale en la ecografía y luego sí miramos a ver qué hacemos. Los enormes y obscuros y ahora turbios ojos de Yen me miraban con desconsuelo infinito, como una perrilla callejera a la que ha sorprendido y mojado hasta los tuétanos la lluvia y resguardada en un portal levanta sus tristísimos ojillos hacia los transeúntes para que alguno de ellos, el menos indiferente, el menos desalmado, se conduela de su desamparo. ¡Pobrecita la perrilla lloviznada! Hagamos una cosa, digo yo, el martes yo voy y te acompaño a la clínica y ya vas a ver que todo sale bien. ¿Tú crees? Claro, china, ya vas a ver que el martes a esta hora vamos a estar riéndonos como locos de todo esto. ¡Dios te oiga! Y ahora vete para Villa de Leyva, visita a tu padre y desestrésate un poco este fin de semana porque estaba tan vuelta nada que entonces advertí que, aparte de muchos kilos había perdido también algo de cabello. Dime una cosa: ¿por qué las viejas son tan brutas, ah? La cita estaba programada para las ocho y treinta de la mañana pero tuvimos que esperar media hora más sentados en los cómodos sillones de una amplia sala con televisión. Gracias, Roger, gracias por acompañarme. No era nada. Además yo estaba convencido de que todo iba a salir bien. Y, en efecto, no me equivoqué. La llamaron y la acompañé hasta el consultorio, no te preocupes más y permanecí en el pasillo hasta que ella y el médico lo abandonaron, éste con la ecografía en sus manos y mirándome a mí con rostro ceñudo y reprobador, como se mira a un criminal, creyendo sin duda que yo era no sólo el responsable de la improcedente follada a pelo limpio y del subsiguiente embarazo sino también el desaprensivo determinador del intento de aborto y la cara de Yen lo decía todo. ¡No, chino, no estoy embarazada!, dice exultante mientras abandonamos el centro médico. ¿Ves?, digo yo, muy satisfecho de mi predicción de brujo. El diagnóstico fue aborto incompleto. ¡Qué felicidad, chino! Tengo que volver a control en quince días, a ver si ha salido todo de manera natural cuando vuelva a regularizarse el periodo o si no tendrían que practicarle un legrado. Sentí escalofrío al imaginarme semejante operación, pero a Yen la tenía al parecer sin cuidado el que debieran practicársela porque aquello era un mal menor y lo único verdaderamente importante es que ¡definitivamente no estoy embarazada, chino! Literalmente le había vuelto el alma al cuerpo y sus ojos estaban de nuevo libres de angustia y de sombras y desprendían ahora chispas de gozo y de entusiasmo. Tomamos un autobús.

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¡Gracias, Roger, gracias! Y de ahora en adelante, digo yo, a ver si no volvemos a descuidarnos, ¿no? ¡No, qué tal!, dice ella. ¡Nunca más! Y yo me digo entonces para mis adentros bueno, ya has hecho más, mucho más de lo que tenías que hacer y ahora, ahora aléjate para siempre de ella. ¿Qué haces mezclándote y perdiendo tu valioso tiempo con semejante loba, con semejante mariguanera sin seso que lo único que está consiguiendo es manchar tu reputación de individuo civilizado y decente? O dime si no pensarías tú lo mismo. ¿Cierto que sí? Y yo que me las tiraba de macho siempre y mira la que va y me pasa poco después, ¿como para que reflexionara y los entendiera y dejara de joder tanto a los pobres maricas?, durante la última verbena popular del Aguinaldo de aquel año. Habían traído a un famoso enano que cantaba vallenato, pero como yo detesto el vallenato cántelo quien lo cante, ni lo vi ni lo escuché ni le paré un tris de bolas y lo que me puse a hacer fue a beber en forma, como una loca. Bueno, como un loco, porque no vayas a creer que no sigo siendo el mismo macho de siempre después de todo, a pesar de lo que pasó esa noche. Pues resulta que había empezado a chupar pola todavía antes, desde por la tarde junto con Manuel y sus sobrinos Pipe y Charly, en una tiendita próxima a su casa, a la casa de su madre, en el barrio Las Nieves, cerca al Hospital Viejo. A eso de las seis o seis y media me llama al móvil Boris que en esos días había llegado de Medellín y andaba por aquí en la ciudad y me pregunta que dónde estaba, marica, a ver si nos tomamos algo y yo le digo véngase para acá, estoy en tal parte y él se vino y se nos unió. También se aparecieron por allí Leonardo Ramírez y luego Giancarlo Sánchez, que no se lo aguanta nadie con sus niñerías a pesar de su avanzada edad de treinta y pico de años pues se cree todavía un adolescente de 18, como todos nosotros, sólo que nosotros sí sabemos disimular y porque además es una gotera, defecto incluso menos imperdonable. Boris me dice: Federico me llamó esta tarde desde Bogotá y me dijo que esta noche se venía para acá y que nos viéramos durante la verbena en la Plaza de Bolívar. Federico había llegado de Berlín, Alemania y estaba de visita en el país y quería aprovechar la última verbena del Aguinaldo para vernos y estar un rato con nosotros y emborracharnos juntos, como en los viejos tiempos. Okay. Pero ¿traería euros para gastarnos? No sé, espero que sí. Salimos de la tiendita a eso de las ocho u ocho y media porque Federico nos había telefoneado para avisarnos de que ya se encontraba en la ciudad y que nos esperaba en la cigarrería que recientemente había comprado nuestro amigo común Gonzalo Bustos Pereira, a quien simplemente llamamos Pereira, ubicada en la esquina de la carrera Novena con calle 21. Leonardo y Giancarlo, que se detestan mutuamente, se habían ido antes, cada cual por su lado. Manuel y sus sobrinos Pipe y Charly se quedaron esperando a una amiguita de éstos con la que asimismo pensaban subir, más tarde, hasta la plaza, a bailotear un rato, entonces por allá nos vemos. Y efectivamente allí estaba Federico en la cigarrería de Pereira, el mismo de siempre después de 3 años de ausencia, igual de alto pero un poco más flaco, pálido y de ensortijados cabellos negros, sonriente y feliz de vernos, a Boris y a mí, sus amigos del barrio, sus amigos del

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alma. Todos en el barrio poseíamos una historia propia que nos caracterizaba y nos individualizaba y por la cual éramos calificados, ya con comprensión, ya con censura, por los demás. Así, por ejemplo, y de acuerdo a su historia particular, Julián, El Destornillado, era, para unos, un maldito degenerado y, para otros, sólo un chico con ideas raras. La historia de Federico es la siguiente. En ciertas calles de la ciudad hay dos graffitis que dicen ODIO A MI PATRIA y SOCIEDAD DE IGNORANTES y esos graffitis muy bien pudieron haber sido garrapateados por un tipo como Federico. Era izquierdista y antisistema. No tomaba nunca Coca-Cola porque decía que si lo hacía estaba contribuyendo a llenar las arcas de nuestros taimados esclavizadores, pecado del que no quería que se le acusara jamás. Detestaba al país porque era una colonia yanqui y a sus habitantes porque permitían que lo fuera y que lo siguiera siendo. Le gustaba leer las panfletarias novelas de Fernando Vallejo, de quien afirmaba que era el único tipo que decía la verdad. Yo, por mi parte, y con perdón de mi amigo que me prestó el libro y de su autor don Fernando, leí las 30 primeras páginas de El desbarrancadero y la verdad es que no soporté ir más allá, acaso porque en esas 30 primeras páginas el humor brilla por su ausencia, ¿por qué todos los escritores colombianos, excepto Andrés Caicedo son unos comemierdas carentes del más mínimo sentido del humor? y lo abandoné sin pena alguna, diciéndome que definitivamente los jurados del Rómulo Gallegos eran tan cerrados como los de cualquier otro concurso literario. En el D.C. conoció a una muchacha alemana que se encontraba en el país visitando a su padre, un trotamundos alemán que por el momento trabajaba aquí en no sé qué cosa y que, acaso también por el momento estaba unido a una guatemalteca con la que tuviera una niña y a las que se trajera de allá de Guatemala para vivir aquí a su lado en Cocalombia, como acertadamente, y aunque nos ofenda llamó una vez a esta tierra de cafres ese chiflado genial que es Charly García. De Valeria, de la que se enamoró perdidamente porque era bonita y rubia y no se parecía a las feas e interesadas indias de por aquí, o eso creía él, aprendió muchas cosas. Que allá en Alemania también hay pobres y que ella como pobre que era sólo comía carne o pollo o pescado una vez a la semana, y eso, porque esos productos eran muy caros, casi un lujo que ella y su madre y sus 4 hermanas, hijas todas de un padre distinto, qué puta la mamá, ¿no?, ¿y qué tal que la hija salga igual?, con Valeria no se meta, marica, no podían darse de manera más continua. Que su dieta diaria estaba hecha a punta de vegetales, de insípidos vegetales que eran mucho más baratos y por lo tanto asequibles a una familia como la suya. Que su cultura es extremadamente liberal, hasta el punto de que si Valeria sale a una taberna o una discoteca y allí conoce a un chico que le guste lo lleva a casa y le dice a su madre: Mamá, él es Franz y esta noche se va a quedar aquí conmigo, ¿qué le dije, güevón?, las europeas son unas perras y no hay ningún problema, la madre asiente como si nada y dice okay mientras ella y Franz, que debe de tener una polla gigante, no como la suya desaparecen en el cuarto de la chica y entonces ¿qué?, a follar, hermano, a poner a traquetear el catre, ¡jum!, ¿cómo se dice más duro, más duro en alemán?, ¡cállese malparido! Que los alemanes son supremamente

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racistas porque, de estar allá Federico, lo tratarían como a un negro, ¡pero si yo no soy negro!, dice él y ella le aclara: No, pero igual te trataremos como a un negro, pero ¿por qué?, pues sencillamente porque no eres ni alemán ni europeo sino un pinche sudaca, ¿entiendes?, ¡alemanes de mierda! Y sin embargo se le metió en la cabeza que quería salir del país y marcharse ¿adónde?, precisamente a Alemania. Pero Valeria mostró el cobre y se le abrió porque ¿qué iba a hacer ella con un pelagatos tercermundista que vivía de lavar perros? En realidad lo único que lo unía a él era la marihuana que se fumaban juntos. A Federico le dio muy duro la sacada de culo de su chica alemana y sin embargo se aferró a la idea. Además estaba convencido de que a la mujer de su vida la encontraría en el extranjero. Yo en esa época estaba en el D.C. trabajando para el Gobierno en la Dirección Nacional de Estupefacientes y cuando iba a su casa me burlaba de semejantes aspiraciones suyas diciéndole que sí, que la mujer de su vida estaba esperándolo en el extranjero mas no precisamente en Europa, en Alemania sino aquí mismo en Sudamérica, en Bolivia, una coloradota india de ésas del lago Titicaca y entonces Eva María, su mamá, soltaba tremenda carcajada, ¡jajajajajajá, eso sí está bueno! Pero se dio sus mañas y se levantó a otra de esas nazis que viven en el D.C. llamada Kristine. Se la cuadró y, aunque no le gustaba tanto como Valeria, le propuso que se casaran y que se fueran a vivir a Alemania. Kristine, que poseía el mismo sentido práctico de Valeria, tampoco aceptó, pero le prometió que si iba por su xenófoba patria lo recibiría y lo dejaría quedar en su casa mientras él se buscaba un sitio propio, se instalaba y se conseguía un trabajo. Bueno, aquello era mejor que nada. Lo importante era huir como fuera de este cagadero. Se matriculó en un curso de un semestre de alemán en la Universidad Nacional y para que no se le olvidaran el nombre y la pronunciación de los objetos en ese idioma tan difícil, puso en cada uno de ellos, en las sillas, en los cuadros, en las ventanas, en las puertas, en las camas, en la estufa, en la nevera, en la lavadora, en todas partes, un rótulo adhesivo correspondiente y cuando llegaba a casa repasaba su lección. Pero yo entonces lo desanimaba con mis socarronas advertencias. Tranquilo, le decía, lo único que usted tiene que aprender es cómo se dice en alemán escoba, trapero, bayetilla, inodoro, lavamanos, detergente, desinfectante, agua, vómito y mierda, porque a lo que va usted allá es a limpiar retretes, ¡jajajajajá!, y su mamá, ¡jajajajajá!, me hacía el coro. Sin embargo, fue tanto lo que jodió que ésta tuvo que vender la casa que tenía en Facatativá para pagarle no sólo los pasajes, de ida y vuelta aunque no pensaba volver en mucho tiempo sino además la matrícula de un curso de 6 meses de alemán en un instituto de idiomas de Berlín, requisito indispensable para que lo dejaran entrar en la Unión Europea, porque allá sí no reciben vagos, a diferencia de aquí, que nos matamos por recibirlos de piernas abiertas y atenderlos como reyes. Y sueño cumplido, señoras y señores. Y por allá iba a seguir. Lo esperaban otra chica alemana llamada Helga o Hulga o algo así y la pequeña Aniuschka, que era su hija, reconocida legalmente y todo pero que no se parecía en nada a él y sí más bien al ex novio de la tal Helga o Hulga. Eso me había dicho su hermana Lolita todavía antes, que estaba preocupado porque no

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estaba seguro de si la niña era suya o no y que cuando le mandó unas fotos de ella por e-mail lo hizo con el dubitativo mensaje de ¿cierto que se parece a mí?, no mucho, pero sí un poquito, ¿no?, al que ella respondió con un piadoso está muy linda la nena, tan rubia, tan rosada, y sí, se parece un poquito a ti, al menos en el color de los ojos. Después yo vi las fotos en Facebook y no es por ser cizañero pero la chinita no se parecía en ni mierda a Federico. En fin. Como dicen por ahí los cornudos: Papá no es el que los tiene sino el que los cría. Hay que consolarse con algo, ¿no? Pero las expectativas que se había forjado su madre, Eva María, no se cumplieron. Ella aspiraba a que su muchacho se enganchara en alguna importante empresa de Europa, no necesariamente de Alemania y además de pagarle a ella lo que le debía empezara a enviarle mensualmente una remesa en metálico. Cosa que al final resultó imposible, porque Federico vivía de hacer collares, aretes, manillas y llaveros para hippies y gente así en el norte de Italia durante las vacaciones de verano y lo que se vendía allí y entonces apenas si alcanzaba para comer y pagar el alquiler de una cochambrosa cabaña móvil en una itinerante colonia de artistas renegados berlineses. Pero por lo visto Federico había encontrado al fin su lugar en el mundo y se sentía cómodo, o por lo menos menos incómodo que aquí, en él. Al contrario de Robertico Campos, Tico, que cuando volvió de España va y exclama: ¡No, marica, yo no vuelvo por allá! ¡Prefiero ser cabeza de ratón acá y no cola de león allá! Porque lo trataron muy mal y eso que él fue a estudiar, no a trabajar ni a hacer nada malo y que tiene pinta de gringo rubio y ojizarco. Pero esa noche casi no hablamos con Federico porque de la cerveza nos pasamos al aguardiente y una vez prendido con ese veneno a mí me da por telefonear a cuanta boba conozco, ¿o el bobo seré yo?, y en la primera en que voy y pienso es en la remilgada Linda, la única amiga que tiene Yen en la universidad, pero me contesta y dice sí, sí, veámonos, yo estoy por acá en la Plazoleta de San Francisco con unos primos, ven y me recoges, emocionada, creo. Okay. Su novio está por USA, en Las Vegas, va a durar un año por allá y no creo que ella vaya a aguantarse todo ese tiempo sin echarse un polvo. La recojo, nos despedimos de los primos, con los que quedamos de encontrarnos más tarde en la Plaza de Bolívar y vuelvo junto con ella a la cigarrería. Por allí han aparecido de pronto Manuel y sus sobrinos Pipe y Charly y la chica a la que llamaron y otros muchachitos amigos de ésta. ¿Qué hacemos? ¿Nos subimos? Sí, sí, subámonos ya. Estábamos a tan sólo una cuadra de la plaza. Pasamos los controles de la Policía. Y una vez dentro de la plaza acordonada todo se vuelve un despelote. Entramos todos juntos pero en seguida después cada cual coge por su lado, yo el primero, acompáñame a comprar ron, ¿adónde?, a la Maiporé, okay, vamos, ya vengo Boris, ya vengo Federico, ya vengo Gonzalo, ya vengo Manuel, ¿adónde van?, a buscar a los primos de Linda, como hemos entrado por la esquina de Servientrega debemos cruzar en diagonal toda la plaza atestada de gente para llegar hasta la cigarrería, permiso, gracias, permiso, ¿qué hubo, hermano?, ¿y ese milagrazo de verlo?, venga se toma un trago conmigo, gracias, gracias, ¿y esta nena quién es?, la futura madre de mis hijos, ¡jajajá, qué tal!, ¿ah, no?, un trago para ella también, por favor, claro, ni

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más faltaba, y gracias, viejo, ya nos vemos, listo, permiso, permiso, gracias, ole, ¿qué hubo?, ¿para dónde va?, para la Maiporé, eso no vaya por allá que aquí hay trago, tome, ¿y esta señorita?, mi novia, ¡jajajajá!, no te rías, échese otro que estamos en fiestas y en fiestas nadie se niega, ojalá, ¡jajajajajá!, música a todo volumen, confeti, hasta Maizena que está prohibida, risas, el rumor ininteligible de las voces que intentan hacerse claras por encima de la música que revienta desde la tarima que este año ubicaron, por primera vez desde que yo me acuerde delante de la Casa del Fundador y no de los edificios de la Alcaldía o de la Gobernación, ¡Roger, mihijo, ¿qué hace?!, tómese un trago conmigo y dígale a su novia que no sea tan creída, que no seas tan creída, ¿yo?, ¿por qué?, porque no saludas a mis amigos, hola, ¿cómo están?, hola, linda, ¿cómo te llamas?, Linda, ¿y qué haces con el gamín de Roger?, bueno, bueno, a echarle los perros a otra, maricones, pero cuidadito sí, ábranse, chulos, pero no se vayan, tómense un traguito con nosotros, gracias, gracias, y adiós, adiós Linda, ya sabes dónde encontrarnos, una caja de ron Boyacá, vecino, ¿cuánto?, está bien, tome, gracias, ¿tú sabes dónde hay un baño para damas?, sí, allí, en, ¿en el Pasaje de Vargas?, no, no ves que a esta hora ya está cerrado, ¿entonces?, en el zaguán de Foto Nieto, vamos allá, entramos, hay que hacer cola, pero por fortuna no hay muchas viejas, hay que pagar, ¿cuánto?, ochocientos, tenga, Lina entra y yo me siento en la butaca del que cobra que se ha ido a no sé dónde y estiro la mano abierta y a dos viejas les digo que esperen su turno, señoritas, ya salen y cuando Linda sale la cojo del brazo y le digo que huyamos, ¿por qué?, mira, abro la mano, ¿te pagaron a ti?, sí, eres un loco, volvemos a hacer parte de la bulliciosa y repugnante masa alcoholizada, ahora yo soy el que brinda, gulp, gulp, ¿qué es esa vaina?, ¿no ve?, ron, gulp, gulp, pero me responden, aquí y allá, mientras caminamos ¿hacia dónde? con trago fino, mihijo, whisky, vodka, ginebra, no ese veneno que usted está ofreciendo, ¡qué pena!, gulp, gulp, ¿y Linda?, Linda ha desaparecido, ¿me habrá visto demasiado borracho?, ¿o es que yo no le paré bolas cuando ella me dijo: Voy a ir a buscar a mis primos, ya vengo, nos vemos en la esquina de Foto Japón?, peerrmiissoo, peerrmiissoo, graaciiaass, en Foto Japón no hay nadie, se ha abierto, me ha dejado botado, bah, y lo demás es todavía más confuso, ahora me encuentro otra vez en compañía de mis amigos, delante de la antigua cafetería Imperial, hay unas tipas medio veteranas que sólo hacen mala cara, no quieren bailar ni beber, ¿entonces a qué salieron, viejas hijasdeputa?, váyanse para la casa, ¡chito, chito, marica, no las trate mal que son mis amigas!, dice Boris, creo, ¡usted sí es la cagada!, Federico ríe, y ahora me entran ganas de mear y voy hasta los retretes móviles, pero la cola es larguísima y además hay que pagar y entonces me lo saco por entre la bragueta y empiezo a mear por detrás de los cagaderos y se me viene un policía, un patrullero chiquito que me ha visto y acabo justo cuando intenta agarrarme del brazo pero logro escaparme a tiempo, a los hombres chiquitos nadie los respeta, decía mi abuela y vuelvo a donde están mis amigos con las tipas malhumoradas o aburridas, éste plan ya no es para nosotras, vámonos, no las dejan largarse, están locos, déjenlas que se vayan, pero ellos quieren bailar,

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quieren beber, quieren follar, yo también, pero ninguna me para bolas y estoy haciendo el oso, vete, vete a casa, Roger, no la sigas cagando, está bien, me voy, pero no te despidas de nadie porque si no no te dejan ir, espérese hermano que vinimos juntos y nos vamos juntos, ya vengo, voy a traer a una pelada para que baile conmigo porque estas viejas hijasdeputa ¿qué se creen?, bien feas que son y ¿rogadas?, no, hermanos, qué tal, y me escapo por la misma esquina por donde entramos pero por la calle que baja a la Plazoleta del Mono de la Pila y mira que un tipo que ha estado recostado contra un muro como a la espera de algo o de alguien, un tipo bajo y un tanto rechoncho, que es lo único claro que ahora recuerdo de su fisonomía se me abalanza y me toma por la cintura, como alguien que se apresura a rescatar a un amigo que ve borracho, jincho de la perra y trastabillando penosamente, ¿qué pasa, papi?, cuidado que te caes, ven yo te llevo y lo curioso es que me dejo llevar, ¿quién es este tipo?, ahora noto que está en camiseta, ¡con semejante frío que hace!, ven papi te llevo a un sitio, un marica, claro, bajamos hasta la esquina y doblamos hacia la izquierda por la carrera Octava, como quien baja hacia el Parque Pinzón, empieza a cogerme las güevas, quiero mamártela papi, pero debo de estar muy borracho porque me dejo manosear sin chistar nada, me estoy volviendo marica, lo que hace el trago, los hombres son como bestias cuando beben dice mi hermana Paula, ven, bajemos por aquí, ¿hasta el Parque Pinzón?, no, no, más allá, ¿dónde?, a la entrada del cementerio, ¿y por qué allá?, porque yo conozco un sitio donde podemos hacernos papi, donde nadie puede vernos, ¿dónde?, ¿adentro?, ¿no será este marica el sepulturero y me querrá enterrar?, no, afuera, papi, en el patio que hay enfrente, ¿qué estoy haciendo, qué estoy haciendo?, confía en mí papi, no me llames papi ¿sí?, okay papi, es tan bajo que no me alcanza a llegar ni al hombro, ¿cuántos años tienes?, 22, ¿y dónde vives?, por el Sur, sí, se le nota en el hablado barriobajero, de ñero, aquí es papi, ya llegamos, se trata de unas escalinatas que terminan en un parapeto, desde donde supongo el sacerdote despide al muerto con unas últimas oraciones y unas gotas de agua bendita arrojadas al féretro antes de que ingrese definitivamente a la bóveda del cementerio, nos hacemos en la parte obscura, donde no llega la luz de las farolas del alumbrado público, ¿y si nos pescan?, mañana mismo salimos en primera página de El Espacio, maricas profanadores de tumbas, sácala papi, me desabotono la bragueta, quiero mamártela, saco mi picha erecta y, arrodillándose, empieza, ¡schlurp, schlurp!, ¡qué verga más rica!, ¡schlurp, schlurp!, ¡es la verga más rica de la ciudad!, ¡schlurp, schlurp!, ¡ja!, ¡te lo aseguro papi!, ¡schlurp, schlurp!, eso le dirás a todos los que se la chupas, ¡no, papi, no!, ¡schlurp, schlurp!, no sé por qué uno se imagina que la mamada de un hombre tiene que ser muy distinta a la de una mujer, pero no, es lo mismo, o por lo menos eso fue lo que sentí entonces, lo tomo de sus cabellos, que son como los de un negro, escasos y duros y acelero el movimiento de mete y saca de mi picha en su boca, ¡schlurp, schlurp, schlurp, schlurp!, ¡oh, sí, papi, ¿más duro?!, ¡schlurp, schlurp, schlurp, schlurp!, pero nada que llego y mira que de pronto me mando la mano izquierda al bolsillo trasero del pantalón y advierto que está vacío, ¡schlurp, schlurp!, ¡¿qué pasa papi?!, lo jalo brutalmente de sus

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pelos de negro, ¡hijodeputa, me has robado la cartera!, ¡no, papi, no!, ¡devuélvemela o te vas a arrepentir, te mato a patadas aquí mismo!, okay papi, la saca de alguna parte y me la entrega, todo lo que sigue lo recuerdo de una forma aún más borrosa, imprecisa, he revisado el contenido de la cartera y he comprobado que no falta nada, dos billetes de 20 mil y uno de 10 mil, si estás mal de plata, recuerdo que digo o algo así, no tienes que robarme, toma, le entrego un billete de 20 mil, gracias papi, déjame seguir mamándotela, ¿sí?, y ahora que he pagado por sus servicios me vuelvo exigente, no, dame culo, okay papi, se baja los pantalones y alcanzo a ver una verga gruesa pero fláccida antes de que se dé la vuelta y me ofrezca un culo de piel dura, un culo de hombre, intento enchufársela pero no entra y pierdo la erección, ¿quieres que te la mame?, bueno, ¡schlurp, schlurp!, ¡dale, dale!, ¡schlurp, schlurp, schlurp, schlurp!, pero quiero averiguar por qué no le ha entrado si es un marica en todo el sentido de la palabra que se prostituye en el cementerio o eso creo y mientras me la chupa, ¡schlurp, schlurp, schlurp, schlurp!, le meto el dedo medio de mi mano derecha por el ojo del culo, que resulta pequeño, normal y pega un salto que me sorprende, ¡ah, pero nunca te han dado por el culo!, ¡no, papi, no, tú eres el primero!, qué honor, date vuelta, intento otra vez pero nada, es imposible, ¡déjame seguir, papi, quiero que llegues!, ¡schlurp, schlurp, schlurp, schlurp!, ¡dale, dale!, ¡schlurp, schlurp, schlurp, schlurp!, ¿ya casi?, ¡schlurp, schlurp, schlurp, schlurp!, no, no hay caso, hay algo que me bloquea y ahora comprendo que es la falta de la erótica visión de un buen culo de mujer y de su par de tetas, no soy marica, soy hombre, ¡schlurp, schlurp, schlurp, schlurp!, olvídalo, pero quiero pagarte papi, tranquilo, no hay problema, ¿o quieres mamármela tú?, ¡no, no, qué tal!, ¿o que yo te dé por el culo?, ¡no, menos!, dejemos así, salimos de nuestro escondrijo y me toma de nuevo por la cintura y atravesamos el patio y me da un largo beso de lengua en la boca antes de separarnos, adiós, papi, cuídate y entonces me encamino hacia la casa de Manuel, que está cerca, me imagino que ya habrá llegado a ella, pero no, la que sale a abrir es su hermana Claudia, qué pena contigo Claudita venir a timbrar a estas horas, no te preocupes, Roger, Manu no ha llegado pero sigue, sigue y te acuestas en su cama, gracias, gracias, Claudita, hay gente buena en este mundo, aunque sólo sea por momentos, ¡qué perronón, Dios mío!, pero entonces caigo en el largo y plácido sueño de los inocentes, zhzhzhzhzhzhzh, porque después de todo no ha pasado nada, no me he venido en la boca de un marica ni he chupado polla ni me ha roto el culo nadie, o eso creo, zhzhzhzhzhzhzh. Y aunque no me creas he tenido siempre, desde chico, el mismo espíritu de Sor Teresa de Calcuta. Mis odios, especialmente con el género femenino, no duran mucho. Tras las fiestas del Aguinaldo, a principios de enero, Yen me telefoneó a mitad de la tarde de un martes o un miércoles, creo. Se encontraba en la ciudad. ¿Y qué haces por aquí? ¿Acaso no estás en vacaciones? Sí, chino, pero es que he venido a buscar habitación para el próximo semestre. ¿Cómo así? ¿Por qué? Veámonos y te cuento. Nos citamos en la cafetería de Pedrito y con esta voluntad de puta que a veces yo me gasto terminamos chupando chorro y pola, como de costumbre. ¿O sea que te peleaste con Dalila y John? Sí,

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claro. Todo comenzó todavía antes de que salieran de la universidad a vacaciones de final de año. Se le había ocurrido invitar a Villa de Leyva a su amiga Linda y a otra compañera de la U llamada Andrea para que pasaran juntas el fin de semana en su casa. El sábado por la noche se reunieron con Dalila, que se encontraba sola en el pueblo, sin John, visitando a su madre y salieron las cuatro a rumbear. Después de bailotear y beber en La tasca con unos primos de Yen y de acabar de emborracharse en La cava de don Fernando, resultaron trepadas, a eso de las tres de la mañana del domingo, en la camioneta Renault 18 de segunda mano de Saúl, propietario de un restaurante en la Plaza Principal y en compañía de Gilbert Blades, bisutero y Yair, camarero, los tres amigos de Yen y Dalila, con la música del caraudio puesta a todo volumen y pasándose de mano en mano y boca en boca una botella de ron mientras se dirigían camino de ¿qué lugar?, de Santa Sofía, chino, Saulito haciéndole la vuelta a Linda y Yair a Andrea y Gilbert Blades a ninguna pero sólo porque yo no soy de su gusto y porque con Dalila nadie se mete pues todos en el pueblo le tienen miedo a la bestia del John y ningún man quiere tener problemas con él, aunque en el fondo es un verdadero cobarde que sólo le pega a su mujer y eso si ella se deja. Una vez en Santa Sofía, esperan hasta que amanezca para comprar en una tienda del Parque Central otra botella de licor, esta vez aguardiente y Saúl propone que vayan hasta Moniquirá a desayunar. Para Moniquirá, pues, y esa radio a todo volumen y chorro al piso, que viva Villa, que viva el desorden, qué paseo tan del putas y en Moniquirá desayunamos caldo de papa con costilla de res y más chorro, todo subsidiado por Saulito que estaba entusiasmado con Linda, y a Linda parecía agradarle los lances de Saulito y eso que tú ya sabes que Linda se escandaliza por todo y por nada y Andrea ni se diga, se ha tomado demasiado en serio la carrera y se la pasa psicoanalizando a todo el mundo de acuerdo a sus palabras y a sus actos y la conclusión final es que todos los hombres son simple y llanamente unos depredadores sexuales, y la propuesta de Saulito de que vayamos a un hotel de Barbosa a descansar un poco parece ser la confirmación de tales conclusiones y se opone, no, qué tal, estos tipos quieren hacernos algo, Linda, quedémonos aquí las dos y ellos que sigan y entonces la caspa que es Dalila empieza a decirle bajito a Saúl que si van a permitir que se les abran sin darles nada a ellos, a Saúl y a Yair, después de toda la plata que se han tirado en gasolina y trago y comida con ellas, arranca, vamos a Barbosa y Saulito arranca, pone a volar ese cacharro y dice a Bucaramanga, qué Barbosa ni qué nada, vámonos hasta Bucaramanga y la loca de la Dalila sí, sí, a Bucaramanga aunque el John me mate y bueno, viejas hijasdeputa, miren a ver si no les salen con algo a los muchachos y Andrea Linda, esta gente está loca, nos van a violar, bajémonos, pero el carro va a toda pastilla y con la música a todo taco y si se botan se vuelven mierda y Linda para, para Saúl que tengo ganas de ir al baño, de verdad, por favor, estoy que me reviento y cuando estamos más allá de Cite Saulito se detiene al fin y estas viejas saltan del carro y se meten en una tiendita y ya no hay manera de que vuelvan a treparse, no, no, gracias, sigan ustedes, nosotras nos devolvemos y las dejamos allá botadas porque estamos locos y

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queremos llegar a Bucaramanga pase lo que pase, ¡uuuhhh, que se jodan, viejas maricas, sólo los de Villa sabemos lo que es la diversión! Por supuesto, no llegaron a Bucaramanga, ni siquiera a San Gil, en Vadorreal se dieron la vuelta y regresaron al pueblo. Linda y Andrea habían recogido sus cosas de la casa de Yen. Leo se las entregó. ¿Saldo del paseo? Andrea no volvió a hablarle desde entonces y a pesar de todo Linda continuó siendo su amiga, su única amiga de la U. Ella sabe cómo son estas cosas, dice, ella también ha salido a loquiar, por eso es que tiene un chino, ¿no?, aunque le dé pena y casi nadie en la U lo sepa, porque cuando un profe dice a ver, ¿alguien de aquí tiene hijos?, ella nada, calladita. Además la que se tiró todo fue la fastidiosa y amargada de la Andrea, porque Linda ya estaba recostándose en el hombro de Saulito mientras conducía, ella sabe, aunque ande con aspavientos de monja y haciéndose la santa. ¿Y Dalila? ¿Qué pasó con ella? Los chismosos de Villa le corrieron con el chisme al John y a la vuelta se agarraron en el apartamento, y lo peor de todo es que delante de Susanita, se mandaron los celulares, recién comprados, nuevecitos, por la cabeza, se putearon, ¡perra!, ¡maldita perra!, ¡marica!, ¡dándoselas de guapo con una mujer! y puño y patada que va y puño y patada que viene, ¡perra!, ¡marica!, y la chinita de la desesperación golpeándose la cabeza contra las paredes, ¡pum!, ¡pum!, acaso para que le paren bolas y dejen de darse, pero como lo hace en silencio, sin decir nada, sin chillar, éstos nada, en las mismas, ¡perra!, ¡perra su mamá que tiene veinte mozos!, ¡hijadeputa!, ¡marica!, ¡manteca!, ¡hijodeputa!, ¡mi papá sí me dijo que no me metiera con una manteca!, ¡uy, sí, por lo escogido él que se la pasa detrás de las comemierda del aseo! Y como además supo que yo estaba con ella imagínate la que va y me hace. John se consiguió el número del móvil de Leo y fue y lo llamó y le metió chismes, dice, que él no sabía en qué pasos andaba yo, que siempre llegaba tarde en la noche y que a veces ni llegaba, que él le avisaba a Leo pero sólo para salvar responsabilidades, que él no era un alcahuete, ¡qué tal el hijodeputa sapo!, ¡y qué llegaría a pensar mi papito, que yo! Un momento. Yo no entendía la actitud de John hacia Yen. Lo que pasa es que John me odia. Pero ¿por qué? Bueno, por muchas cosas. Como cuáles. En primer lugar por Susanita, yo le digo a Dalila que le pongan atención a esa niña, que la lleven a un especialista, porque esa niña no es normal, con la edad que tiene, cuatro años, no habla, ni juega, ni ríe, tú la ves y esa chinita es callada y como asustada, a esa chinita algo le pasa, qué pecado, y cuando Dalila le dice a John que es cierto lo que aconseja la Negra, que sería bueno que la viera un pediatra John responde ¿ya qué ideas estúpidas se está dejando meter por su amiguita la psicóloga?, Susanita está bien, yo la cuido bien, a ella nada le pasa, ella simplemente es así. También le digo a Dalila que se ponga a estudiar, a por lo menos terminar el bachillerato, que qué hace perdiendo el tiempo, que si quiere seguir trabajando de camarera toda la vida, que piense en su propio futuro, en su hija, que valide el bachillerato y que se ponga a estudiar una carrera técnica. Y ella ¿qué dice? Que no, que no hay plata, pero yo le digo que cómo sí hay plata para la vagancia, para el trago y la perica. ¿Y luego Dalila también le jala? Yo al principio pensaba que no, pero un día que fuimos con un

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amigo de Villa a quedarnos en el apartamento que ocupaban frente a Centro Norte, se destapó, armaron las líneas en la mesita de centro de la sala, mi amigo también participó, yo me sorprendí y Dalila me decía ay, no ponga esa cara, Negra, no sea aburrida, venga, venga, participe también, luego ¿qué tiene?, no tiene nada, hay que ser chéveres en la vida y yo no quise y me fui para el cuarto de la niña y ellos se quedaron soplando y bebiendo quién sabe hasta qué horas. Y entonces el John dice que para qué estudiar, que lo hay que hacer es conseguir plata a como dé lugar, y ahí donde lo ves, con esa carita de yo no fui y modales decentes que pone cuando se trata con gente como tú, lo han pescado varias veces metiéndose para robar en las casas de sus vecinos, allá, en Villa de Leyva. Es una ñaña. Pero seguía sin entender. Sí, para John yo soy la que incita a Dalila a coger por el mal camino, la que le aconsejo que se separe de él, porque yo sé cosas de él, una vez lo acompañé a una olla a comprar perica y después a un prostíbulo, la que le consigo los mozos, la que le traigo razones de éstos. ¿Y no? No. Además nos acusa de ser lesbianas, piensa que cuando él no está nos ponemos a hacer arepas. ¿Y no? No. Pero me imagino, digo, que tendrá algún motivo para pensar de esta manera, ¿o no?, porque yo he notado, explico, que Dalila en el fondo no es muy receptiva a las insinuaciones de los tipos, yo una vez le eché los perros, intenté besarla y no se dejó, y no tanto porque yo no le gustara como porque a mí se me hace que ella es fría con respecto a los hombres, nos coquetea, sí, pero al final termina es jugando con nosotros, burlándose de nosotros y en últimas no pasa nada, ni un piquito siquiera, ésa es la impresión que yo tengo. Bueno, en realidad lo que pasa, dice, es que Dalila, siendo aún más joven, una peladita, tuvo una experiencia con una vieja y esa experiencia la marcó muchísimo, fue muy importante para ella, con Mariana Sepúlveda, ¿te acuerdas?, tú la conociste. Sí. Mariana Sepúlveda era una hermosa empresaria de joyas, casada y con hijos, que poco antes de que yo regresara a la ciudad había muerto de sobredosis de cocaína en la casa de uno de sus amantes. Debe ser por eso, concluye. Sin embargo el motivo de su pelea con Dalila y John no fue ni que éste hubiese llegado a correrla del apartamento como represalia por alcahuetearle a Dalila aquella escapada aparentemente sin consecuencias ni que ella hubiese decidido marcharse debido a los chismes con que la hiciera quedar mal con su padre, menos mal que Leo sabe cómo soy yo y confía en mí, sino el grotesco episodio que terminaría de corromper el ponzoñoso aire que ya se respiraba al interior de semejante jaula de locos. Al comienzo de una tarde, a eso de la una y treinta o dos, llegó al apartamento y no encontró a nadie. Se había venido a pata desde la U hasta el barrio y por abajo, por la Carretera Vieja, donde pasan menos carros y menos gente y uno puede echarse unos plones más tranquilamente que por la Avenida del Norte y aún no había almorzado, por lo que se preparó en la estufa de gas un bistec y unas papas fritas. Luego se encerró en su habitación, costumbre que había adquirido últimamente para no tener que soportar las malas caras que le hacía su casero John, porque el maldito me odia, yo lo sé, y ahora más que nunca. Ah, y es que no te he contado aún lo que pasó una vez, allá, en Villa, cuando éramos más chicos. Resulta que un día a

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Soraya, una amiga mía que trabaja en un autoservicio se le perdió de la cartera cien mil pesos y justo cuando John y yo habíamos estado con ella y la pobre se puso a llorar cuando me contó y yo le digo tranquila, china, que yo sé quién fue, ¡quién más!, y me fui a buscarlo y me lo encontré en la plaza, estaba sentado en las escalinatas de frente a la cafetería de Yolita junto con su padre y un hermano menor comiendo helado y yo me le acerco y le digo vaya y devuélvale a mi amiga la plata que le robó y el mancito ¿qué?, ¿qué plata?, ¿qué le pasa?, y yo, yo sé que fue usted, John, no sea ratero, róbele a quien quiera pero no le robe a los pobres, ¿no ve que la pobre Soraya no tiene papás y se mantiene sola?, y el man yo no me he robado nada y yo está bien, hijodeputa, que le aproveche y el papá y el hermano mirándome como un par de bobos y me fui contenta para mi casa aunque yo sabía que no iba a devolverle la plata a mi amiga, y no se la devolvió, pero por lo menos le había pegado su buena puteada delante de los de su familia. Esta Negrita es candela, esta Negrita es brava. De pronto la puerta principal se abre y se escuchan voces, han vuelto, solos, sin la niña, alístate para un polvo, perra, dice él, espera primero entro al baño, dice ella, y no es sino que el man pase a la cocina para que empiece a vociferar, ¡ahg!, ¡Negra hijadeputa!, ¡mariguanera cochina!, ¿qué pasa?, dice ella saliendo del water, ¡mira, mira!, ¿qué?, ¡mira cómo ha vuelto la estufa!, silencio, ¡¿no ves?!, ¡toda llena de aceite, de grasa, de manteca!, sí, hay que limpiarla, ¡que la limpie esa marrana!, y como mi puerta estaba cerrada y no me podían ver seguramente pensaron que yo no estaba en el apartamento y se ponen a hablar pestes de mí, que yo era una loba, que mire con la gente que andaba allá, en el pueblo, con todos los desechables de Villa, Preciadito, Marcos Gamín, Billy Botitas, El Ovejero, Moco Loco, con el único medio decente que la he visto es con el tal Roger, y ése ¿también le jala?, ¿no?, ¿sólo sexo?, ¡qué gustito el del man!, esto lo decía John y yo de John puedo esperar que diga de mí lo que sea pero, marica, ¿de Dalila?, ¿de mi amiga?, ¿de mi mejor amiga?, ¡no, chino!, yo quedé boquiabierta cuando la escucho decir sí, esa Negra es la cagada y que soy una india asquerosa, sí, sí, papi, es una india asquerosa, que sólo los desechables meten marihuana, sí, sí, qué descrédito, que cómo no si es que no tienen para más, sí, ¿no?, ¿qué más se les puede pedir a esos pobres comemierdas?, que qué facha, sí, sí, que qué degeneración, sí, sí, que qué familia, sí, sí, ¿no has visto a los primos?, todos negritos y cenizosos y desmirriados, sí, sí, como ella, sí, sí, que qué falta de clase, sí, sí, que yo no sé cómo nos la aguantamos, sí, ¿no?, nos estamos desprestigiando y yo calladita, escuchando todas estas barbaridades y otras más que para qué te cuento y después el John se pone en la pieza a darle a Dalila su dosis de miembro y a pesar de todo yo sé que Dalila acepta todo lo que el John diga pero sólo por tenerlo contento a él y no porque ella en realidad piense todas esas cosas acerca de mí y de mis amigos y de mi familia y el man con cada envionzazo, con cada arremetida le grita ¡perra!, ¡perra!, ¡toma, perra!, ¡toma para que aprendas por perra!, ¡perra, perra, perra, perra, aaaaaahhhhhh!, y es que fíjate que ella me ha contado que ya le vale huevo cuando la trata mal y que cuando le grita ¡perra! no le afecta en lo más mínimo, que es como si le dijera hola y entonces,

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al rato, cuando todo está en silencio otra vez, yo salgo y voy a la cocina y cojo un trapo y lo humedezco y me pongo a limpiar la estufa, a quitarle la grasita que le ha salpicado de las frituras y estoy en ésas cuando sale de su pieza Dalila y ay, Negra, ¿qué hubo?, ¿a qué horas llegó?, y yo hola, Dal, y sigo con lo mío y ella deja ya de limpiar, fresca, que yo mañana le hago aseo general a la cocina y ella sabe que yo estaba allí en mi pieza y que he escuchado todo y que la embarró conmigo y que lo mejor es que me vaya del apartamento y por eso es que hoy ando buscando habitación en otra parte para trastearme lo antes posible. ¡Y pensar que en una página literaria de la Red un ingenuo, por no decir más bien estúpido internauta comentaba a propósito de Viaje al fin de la noche de Céline que éste era un resentido y que la vida no era tan horrible como él la pintaba en esa novela! ¡Dios mío, ¿en qué planeta vive ese hombre?! Porque para terminar de completarla yo volví a caer en las falsas suposiciones derivadas de su ambiguo comportamiento y a intentarlo de nuevo al final de esa misma noche. Allá, en su casa de Villa. Todavía antes, aquí, en la ciudad, me había dicho ¿de casualidad no conocerás un sitio donde estén arrendando una pieza barata?, por aquí cerca, para que no me toque pagar transporte. Me acordé entonces de Giancarlo Sánchez, que hacía poco, el día de la última verbena popular del Aguinaldo, cuando estuvimos bebiendo juntos, me había dicho que tenía en su apartamento una habitación libre y que me recomendaba que le ayudara a conseguir un inquilino o una inquilina para ella en caso de que llegara a saber de alguien que la necesitara. Manuel me había contado que malvivía de eso, de arrendar habitaciones a estudiantes de ambos sexos de la UPTC pero que éstos o éstas no le duraban mucho tiempo porque Giancarlo era un tipo latoso e indelicado que terminaba aburriéndolos o aburriéndolas, especialmente si se trataba de chicas, a las que empezaba a acosar sin tregua, pues a Giancarlo le gustan las sardinas, ¿y a quién no?, hasta el punto de que su última novia, su novia actual, es una chinita de colegio a la que sus compañeritos de estudio, cuando Giancarlo va a recogerla, le dicen ingenuamente allá en la puerta está tu papá esperándote. Y aun así no me pareció mala idea decirle que sí, que precisamente un amigo mío arrendaba habitaciones y que si quería podíamos ir ahora mismo a su casa, que quedaba allí nomás, mira, a dos pasos de aquí, cruzando al otro lado del viaducto. ¿Ves que no es mentira ni chiste cuando te digo que siempre, desde chico, he tenido espíritu de Sor Teresa de Calcuta, auxiliadora de los pobres y los desvalidos, de los repudiados y los sin techo? Pero golpeamos y golpeamos y nadie abrió. Le dejamos una nota por debajo de la puerta comunicándole nuestro interés por una de sus habitaciones y de pronto ella va y me dice, fíjate, ¿por qué no te vas conmigo para la Villa y allá la continuamos? Pero tú sabes que ya no tengo dónde quedarme. Pues te quedas en mi casa. ¿Y Leo? Leo aquella noche se quedaba en la casa de su novia. Y entonces es fácil comprender que yo me diga para mis adentros que semejante invitación no se le hace justamente a alguien que en el pasado reciente ha dado muestras de querer pegarte una buena zarandeada si no es porque en realidad estás dispuesta a que en efecto aquello vuelva a ocurrir ahora. Así que luego de aceptar, ¿qué dices, ah?, bueno, vamos,

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de tomar un colectivo hasta el enjalbegado poblacho, de beber más chorro y pola en la tienda de la Plaza Principal donde una rocola electrónica escupe canciones obscenas que últimamente se han puesto de moda, ¡voy a darte un vergazo en la cara, para que se te quite lo puta, para que ya no andes dando las nalgas, al primer buey que a ti se te cruza!, de llegar a su casa llenos como una cuba, de meterme desnudo junto con ella en la cama de su padre ausente y de susurrarle imperiosamente ¡déjame!, ¡déjame hacerte sexo oral que yo estoy dispuesto a hacértelo aunque tengas el gallo más grande que he visto en mi vida! y de que sin embargo ella te espete ¡no joda, Roger, tú eres mi amigo! y se niegue como siempre a darte sexo, ¿tú esperarías otra cosa distinta a que como un niño al que no se ha querido complacer yo me levantara de la cama y me fuera a dormir al sofá tras gritarte furioso ¡¿entonces para qué putas me invitaste?!? ¿No? ¿Verdad que no? Y sin embargo, trayéndome los calzoncillos olvidados al pie de la cama sosteniéndolos con los dedos índice y pulgar de la mano derecha, como se sostiene a un apestoso pescado muerto y arrojándomelos a la cara me jura indignada esta es la última vez que te invito a mi casa, no vuelvo a hacerlo. ¿Ves? Es una cosa de locos, ¿no crees? Yen se pasó a vivir a la habitación del apartamentito de Giancarlo a finales de enero y no tardaron en suscitarse los primeros motivos de discordia. El edificio en que estaba ubicado era de tres pisos, en el segundo vivía un hermano mayor de Giancarlo y su familia y en el tercero su anciano padre. El hermano mayor empezó a quejarse porque Yen fumaba dentro del apartamento y el humo del cigarrillo ascendía hasta los pisos superiores por la caja de la escalera y estaba molestando a sus hijitos y al viejo. De malas, dice ella, yo no voy a dejar de fumar sólo porque a esos cagones y al cucho no les guste. Además para eso pago mi arriendo, para hacer lo que se me dé la gana en mi cuarto. Tienes que entender, digo yo, que estás viviendo en casa ajena y que hay que respetar las reglas de la casa. ¡Bah! También pasó que su casero estaba hospedando de manera gratuita y en su propia habitación a un chileno grandote que en una ocasión trató de sobrepasarse con ella. El chileno era un vago que vivía de gorra y no se sabía qué hacía por aquí. Al principio Yen lo llamaba El Chilenito y decía que estaba bueno porque tenía un empujadero, como llamaba ella al culo de un hombre en su lenguaje particular, respetable, y que era buena gente porque después del trasteo le ayudó a armar el computador con impresora que su padre le había comprado para que haga sus trabajos de la universidad, mihija, y ya no tenga que estar mandándolos a hacer en cualquier parte. Pero El Chilenito empezó a mostrar el cobre cuando una noche le hizo la pregunta del millón. ¿Tenía novio? Sí, sí tenía, miente ella, para que no piense que soy la pelada más fea ni la más de malas que hay en este mundo ni que por eso se encontrara desesperada por levantarme a un man. Ya. ¿Es el flaco alto que viene por aquí? Sí. Y su merced, pregunta por preguntar ella, ¿tiene novia? No, no, aclara él. Además no le interesaba. Lo que él estaba buscando era una muchachita precisamente así como ella, morenita, delgadita, menudita, alegre y de ojos grandes con la que tener sexo, sexo de todas las formas y nada más. Uy, te las botó todas, digo yo. Sí. ¿Y tú qué le dices entonces? Me río pero no

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digo nada, debí haberle dicho buena suerte entonces, porque otra noche vino a su habitación y yo estaba sentada en la cama frente al computador y se sentó a su lado y me puso una mano en el muslo y comenzó a apretárselo y entonces yo pienso ¡y a este abusivo ¿qué le pasa?! y se le salta la piedra y le digo ¿me hace el favor de salir de mi cuarto? y el chileno dice ¿por qué? y yo porque me siento incómoda con usted aquí adentro y el chileno no dice nada y se para y se va y no ha vuelto a molestarla porque se estrelló conmigo, chino. Después fue Giancarlo el que empezó a importunarla apareciéndose en su cuarto a cualquier momento que estuviera dentro de él, y con cualquier pretexto, que cómo estaba, que cómo iban las cosas por la universidad, que qué era lo que estudiaba ella, que de dónde era ella, que si estaba amañada en la ciudad, que si lo podía aconsejar en esto o en lo otro, que si no tendría por ahí unas moneditas que le prestara, y como el inquilino del otro cuarto, un muchacho delgado y con lentes que estudiaba Medicina le aconsejara todavía antes que no le diera confianza a su casero porque el man tenía la maña de meterse a los cuartos de sus arrendatarios y esculcarles a ver qué se podía llevar de ellos, me imagino, Yen tuvo que pararlo un día que voy y le digo hermano, ¿no ve que estoy estudiando y usted cada vez que viene no me deja concentrar?, déjeme sola, por favor. Pero el colmo de todo fue cuando un martes, tras un fin de semana que incluía un lunes festivo y durante el cual estuvo en Villa de Leyva visitando a su padre, llega y se encuentra con que en el transcurso de aquellos tres días don Giancarlo prácticamente había agotado tanto el mercado, arroz, espaguetis, lentejas, plátanos, salchichas, huevos, leche, chocolate, arepas, como el gas de la estufita que aquél le comprara para que haga su desayuno y su almuerzo, mihija, y no se vaya a la universidad sin nada en el estómago. No te preocupes, la tranquiliza él, cuando me pagues el próximo mes de alquiler cruzamos cuentas y yo te pago lo del mercado y lo del gas. Y sin apenarse, fresco como una lechuga, como si tal cosa, ¡qué concha de tipo! Y como sin duda no podía ser de otra manera, a tan sólo dos meses de haber llegado, volvió a alzar sus cosas y se marchó para otro sitio. Durante aquellos dos meses estuvimos viéndonos regularmente. Casi siempre en la cafetería de Pedrito. Oye, Roger, dime, ¿qué debo hacer para conseguirme un novio? Nada. Sólo espera que llegue y ya está. Pero es que ya estoy cansada de esperar y de que no aparezca nadie, ¿es que soy tan fea? Lo que pasa es que aún no has olvidado a Charly y por eso no eres receptiva a nadie más. A propósito ¿sabes algo de él? Bueno, lo último que supe, porque hace unos cuantos días me llamó al celular, es que se iba de paramilitar, que le daban una motocicleta y un fusil y le iban a pagar un millón de pesos. Por cuidar unas cocinas de coca por allá en Miraflores. ¿Sí? Sí. Y cuando se conoció la noticia de los falsos positivos del Ejército, la mamá y la esposa me llamaron para ver si yo sabía algo, si el Negro se había comunicado conmigo, si era uno de los que habían caído. Pero desde esa vez que me llamó yo no he vuelto a saber nada más. A lo mejor lo mataron. A lo mejor está vivo. Quién sabe. En todo caso el Negro no es bobo y se sabe cuidar. Yo creo que debe de andar todavía por allá, y feliz, porque con motocicleta, fusil, plata y hasta perica, ¿qué más le puede pedir a la vida? Linda

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a veces se nos unía y, cuando Yen se para al John o a por un cigarrillo, me comenta en voz baja lo que Yentizet busca no es un amante sino un novio. Pero debe haber alguien que te moleste, digo yo. Sí, acepta ella, pero es un tombito, ¡y con lo que a mí me gustan los agentes del orden! Y lo peor de todo es que a mi papito le cae bien, porque es de Villa, porque es decente, porque no toma ni fuma ni mete ni baila apretao, pero justamente por todo eso es que a mí no me gusta, además lo tiene chiquito. Y tú, pregunto yo, ¿cómo lo sabes? ¿Se lo has visto? Y ella responde simplemente lo tiene chiquito y ya está y agrega a mí el que me gusta de verdad es un mechudito que hay en Villa, un mechudito rico que vuela en parapente y que la otra vez que estuve allá, bebiendo en La cava de don Fernando, me invitó a que saliéramos a echarnos unos plones y luego fuimos a su habitación y, ¡uych!, si vieras los abdominales que tiene, bien formaditos y. ¿Cuántos se echaron? ¿Uno, dos, cuántos? Ay, Roger, eso no se dice. O sea uno, y mal echado, flojo. No, delicioso. Pero ella sabía que lo que aquella vez había pasado con el tipo no iba a volver a pasar porque debe ser que yo soy mal polvo pues el mechudito nunca la llamó, ni la buscó, e incluso otra vez en La cava de don Fernando le sacó el cuerpo de manera descarada y grosera y yo me sentí como un culo, marica, porque el man se fue solo en la motocicleta que tiene y no quiso llevarla a su habitación y. Al mechudito de Yen lo conocí cierto día que fui a Villa de Leyva y Valentino me lo señaló. Era un auténtico gañán, desaliñado como todos los mariguaneros, con ropas viejas y arrugadas y cabellos largos y sucios y un rostro marcado por la mala vida en el que brillaban unos ojos de gato perverso. Pero es que los gustos de Yentizet son así, me confirma Linda. A veces cuando tenemos que ir a la Sede Central y vamos caminando por el bulevar de entrada ella va y dice uy, mire ese chino tan lindo que va allá y uno voltea a mirar a ver qué tal está y entonces resulta ser un tipo feo, horrible, que nada que ver. Claro que entre gustos, matiza. Y si vieras la que me pasó esa misma vez, más tarde, dice. Pero es que no sé si contarte, me da pena. No, mejor no te cuento. Bueno, digo yo, cuéntame porque ya me dejaste con la intriga. ¿Qué hiciste? No te lo puedes imaginar. ¿Por qué no? Porque es algo muy loco. ¿Con quién te rumbeaste? Bueno, de todos modos lo vas a saber. Con Pilar. ¿Cuál Pilar? Pilar, dice, la chinita que parece un chinito. Era esta una muchachita camorrista que desde muy niña había asumido plenamente que le gustaban las mujeres y se vestía con pintas de chico rapero o cantante de hip hop y se mandaba cortar el cabello a la manera de un soldado. Como el mechudito se fue sin mí me puse a recibirle trago a todo el que me ofreciera y al final termina borracha en el interior del único John del bar junto con la chica, quien después de empujarla y cerrar la puerta tras de sí va y le dice ¿muy loquita, Negrita, o qué? y nos pegamos la qué trompeada, la Soberana de las Trompeadas. ¿Con lengua y todo? Con lengua y todo, chino, ¡qué locura!, ¡qué pena! ¿Quién se dio cuenta? Todo el mundo y ahora Yen está tan avergonzada que no quiere volver al pueblo. Fresca, china, la tranquilizo, que eso nos pasa a todos, recordando a mi impensado amante del cementerio. Pero dime una cosa: ¿te gustó? No puedo decir que no. La china besa refull. Lesbiana, me burlo, ahora entiendo. Y otra cosa por la que no

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quiero volver a Villa es porque a la chinita debió quedarle gustando pues todo ese fin de semana se la pasó buscándome, persiguiéndome, qué intensa. Definitivamente te hace falta un novio. Sí, y es que hay uno que estudia conmigo y que me echa los perros, se llama Tirso, pero si lo vieras, es un papero de esos de Toca que tienen los cachetes todos colorados y andan con la camisa abierta mostrando el pecho quemado por el sol y toda su ropa es de dril y no usan medias y es más gil que Jorge Velosa, ¡jajayjajay! Y yo me digo entonces ¡Dios mío, una loba reloba hablando de giles! En fin, se llegó el día del nuevo trasteo y ya vamos acercándonos al momento culminante de esta historia, una historia que mueve tanto a la risa como al asco, que son las dos cosas que más frecuentemente inspiramos tú y yo y todos los demás seres humanos. Yen había conseguido una habitación justo enfrente al apartamentito de Giancarlo, en una casa de una sola planta al otro lado del viaducto. Una tarde me llama y me dice ¿quieres venir a verla? Claro, claro. Tomo mi bicicleta azul, bajo hasta la Avenida Universitaria, llego a la Casa del Gobernador y subo por el viaducto hasta el Hospital Viejo. Ella me espera, ¿qué hubo, chino? y me conduce, es aquí nomás, a un paso de la escuela. Es una casa amplia, con un patio interior, una habitación principal con baño privado, cuatro habitaciones secundarias, un retrete auxiliar, la cocina y un solar cubierto de pasto cuya área resulta mayor a la de la propia casa. ¿No es fantástico? Aquí puedo salir a fumarme mis cachos sin que nadie me joda y sin tener que esconderme, ¡fuiiii! Y mi habitación ¿cómo te parece? ¿Verdad que está mejor, mucho mejor que la del fastidioso y abusivo del Giancarlo, con más luz y con ese closet enorme en el que puedo esconder hasta un novio, jajajá? ¡Estoy feliz, chino! No pude haber encontrado un lugar mejor. Y tú ¿me ayudarás con el trasteo? Claro, claro. Sólo avísame cuándo es. Mañana. Mañana mismo. Empezamos a las nueve de la mañana y terminamos a eso de las siete de la noche, esquivando carros mientras pasábamos sus cosas de una orilla a otra del viaducto y luego armándolas y ordenándolas en el nuevo sitio. Entonces salimos a la cafetería de Pedrito a tomarnos unas cervezas. Te juro sobre la maldita Biblia en la que no creo que tras cinco cervezas que me eché entre pecho y espalda yo ya estaba satisfecho, satisfecho de verdad tanto por la ardua y piadosa labor del día como por la exigua pero reconfortante paga y que pensaba tomar mi bicicleta azul y marcharme viaducto abajo hacia la casa de mi madre a echarme a dormir cuando Yen va y pide media botella de aguardiente y dice vamos y nos la tomamos en mi nueva casa y ponemos música en el computador y celebramos. ¿Por qué no llamas a Linda?, digo yo entonces, a la que desde el principio, desde que la conociera, había empezado con disimulo a echarle los perros. Tal vez si ella hubiese aceptado, si no se hubiese negado porque ya es muy tarde, Yentizet, pero si hasta ahora son las ocho, sí, pero yo ya no puedo salir de mi casa porque debo quedarme con Nicolás a ayudarle a hacer las tareas del colegio, ¿me entiendes?, tal vez si hubiese estado allí mientras escurríamos aquella media botella de chorro y después media botella más que Yen me mandó a comprar antes de que Pedrito cierre, chino, tal vez no me hubiese puesto, como siempre en situaciones similares, a creer estúpidamente que esta

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vez sí Yen iba a dejarse follar por este sicalíptico y anhelante y mezquino pecho de hombre que te habla. Tumbados sobre la cama con la ropa puesta y la luz apagada, empieza el ya clásico forcejeo de déjame culearte y no me molestes y dura hasta que de pronto ella dice en un triste susurro ¿me amas? ¿Me amas?, retumba la pregunta en mi cabezota y comprendo entonces, de manera vertiginosa, que acaso una respuesta afirmativa por mi parte sea al fin el ábrete sésamo de su repulsiva pero ardientemente deseada concha. ¿Me amas? La palabra amar es una palabra peligrosa, una palabra empleada por hombres y mujeres como un potro de los tormentos para joderse mutuamente. ¿Me amas? Iba a responderle que no, que el amarse sólo era posible entre almas que más que considerarse se sintieran no superiores ni inferiores, no dominantes ni dominadas, sino iguales una con respecto de la otra, cuando la que ha formulado tan comprometedora pregunta empieza a vomitarse sobre el tablado recién encerado. Así que me levanto, salgo de la habitación al pasillo, voy al retrete auxiliar, tomo un balde que hay allí en la bañera y el rollo de papel higiénico que descansa sobre el tanque del inodoro, regreso al cuarto y pongo el balde a su alcance para que termine de trasbocar, y todo a la velocidad del atleta dopado Ben Johnson y luego, ya más lenta y paciente y abnegadamente empiezo con el papel higiénico a limpiar el piso salpicado. Disculpa, chino. Qué pena contigo. No te preocupes, descansa. Y a eso de las dos de la mañana salí al patio interior, cogí mi bicicleta azul, abandoné la casa y, aún con la perra viva, bajé por el viaducto hasta la Casa del Gobernador y tomando la Avenida Universitaria me encaminé hacia la casa de mi madre. Había llovido un poco y la carretera estaba mojada y la Luna brillaba sobre ella. ¿Me amas? ¿Me amas? ¿Me amas? Pregúntale a la Luna. Al día siguiente, a mitad de la tarde, subí nuevamente hasta su habitación para saber cómo había amanecido y cómo se encontraba. Yo llevaba puestas las gafas de sol que ella me obsequiara el día anterior como premio por mi ayuda. Eran de hombre y se las había regalado Manolo, un pintor maduro, cercano a los sesenta años de edad, que durante algún tiempo vivió en Villa de Leyva y que ahora se encontraba radicado en San Andrés Islas. Manolo había sido, como yo, uno más de sus muchos amantes rechazados. Es que Manolito aparte de ser viejo tenía sus mañas. Una vez, trabado y borracho, le confiesa que a falta de mujeres y no habiendo con quién más coge a su perro Avatar, un labrador precioso, y le da por el culo. Pobre animal, dice Yen que se lamenta el viejo. Pero a pesar de todo Manolito es un bacán. Estaba en el solar armando un cacho de marihuana y la acompañaba un tipo al que nunca antes había visto. Nos presentó. Resultó ser uno de sus compañeros de estudio, su nombre era Francisco pero lo llamaban Paco, poseía una mirada cetrina y esquiva y hablaba entre las muelas. La primera impresión que me da es la de que es un taimado de los que no puedes fiarte. No me agradó tanto por esto como por su facha. Cabellos largos, negros, opacos y resecos recogidos por una banda elástica a la altura de la nuca, ropas obscuras y gastadas y no muy limpias, pelillos en el mentón y alrededor de la boca. Otro que le jala a la yerba, pienso. Pero la verdad es que en ese momento no le presto mucha atención porque, no bien su compañera termina de armar el

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cacho, el tipo se despide y se va con su astroso morral de estudiante a cuestas. Ella se sentía bien, no obstante su aspecto desaliñado y su cara de trasnocho. Bueno, digo yo, al menos se inauguró la habitación como debía ser, ¿no?, y ahora ¿quién nos quita lo bailao? No, no del todo, me contradice ella chupando su pitillo de hierba, hizo falta una cosa muy importante. Sí, pero como no quisiste. Pero esta noche sí hay que desquitarse porque algunos de mis compañeros van a hacer una fogata bailable aquí, en el solar. ¿A qué hora? No lo sé exactamente, pero yo te llamo y te aviso. Okay. Me quedé esperando su llamada toda la noche. A lo mejor lo que pasó fue que en últimas no hicieron nada. No obstante, para confirmar o rechazar esta sospecha, a la mañana siguiente, temprano, cogí la bici y me llegué hasta su casa. Desde la cigarrería de enfrente, la llamo al celular y le pregunto si puedo pasar ahora, dado que es muy temprano y acaso se encuentre durmiendo todavía. No, no, pasa y te tomas un tinto. Sigue, sigue, me recibe con su sempiterno cigarrillo en la boca, ve y mira cómo quedó la habitación después de lo de anoche mientras yo preparo el tinto en la cocina. Obedecí. Y más me valdría no haberlo hecho, porque fue como si no sólo me hubiesen escupido un hediondo y sanguinolento gargajo a la cara sino además insultado con las más abyectas e infamantes palabras. La habitación que con tanto esfuerzo y dedicación habíamos dejado ella y yo perfectamente aseada y en sublime orden aparecía ahora monstruosamente deformada como una pintura de Francis Bacon por un sórdido caos de botellas de cerveza y de aguardiente vacías, colillas de cigarrillo aplastadas contra el piso de madera cuya capa de cera había quedado sepultada bajo la arena y la tierra y el barro de innumerables huellas de zapatos y papel de confeti y palomitas de maíz, discos compactos de música desparramados sobre el escritorio del computador y hasta sobre el colchón desnudo de la cama, pues de aquél habían quitado ya la sábana y la sobresábana que no se veían por ninguna parte y las cobijas que ahora formaban un montículo informe debajo de la ventana. ¿Ves cómo quedó?, grita ella desde la cocina, al parecer muy satisfecha. Cuando se apagaron los tronquitos de la fogata nos metimos todos allá y nos alocamos escuchando música y bailando y saltando y bajando chorro y pola a la lata. La pasamos del putas. Y mira que entonces voy y lo veo recargado contra el muro, entre los pies de la cama y el closet. Yo había visto ese astroso morral de estudiante el día anterior en la medio gibosa espalda de nadie más y nadie menos que. Lo que sigue a continuación sólo puedo explicarlo de la siguiente manera. Un día, hace algunos años, cierta compañera de trabajo, colega y amiga mía llamada Miriam me mostró unas fotografías en las que aparecían ella misma, su esposo y su pequeña hija. Las fotografías habían sido tomadas con motivo de la ceremonia de bautismo de la pequeña por el rito católico en la Basílica de Nuestra Señora la Santísima Virgen de Chiquinquirá. Yo conocía en persona a su esposo, de cuyo nombre ahora no me acuerdo pero al que llamábamos con el mote de El Churco debido a su ensortijada cabellera. El Churco era el tipo más risueño, agradable y carismático que tú puedas llegar a imaginarte. Parecía un galán de telenovela o de anuncio publicitario, y no tanto por su apariencia física en sí como por su

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innata actitud de seductor. Pero el que posaba para aquellas imágenes al lado de Miriam y con la niñita alzada en sus brazos, imágenes tomadas antes, durante y después de la ceremonia, era literalmente otro hombre. Por alguna extraña razón su rostro había sufrido una transfiguración espantosa. Su habitual y contagiosa sonrisa se había esfumado, el chispeante brillo de sus ojos apagado, y ahora su rostro parecía a punto de estallar a causa de una terrible congestión. Pero, digo yo extrañado, ¿qué le pasaba aquí al Churco? Es que ese día, explica Miriam, yo le había sacado la piedra y estaba que me mataba. Pues ese mismo rostro de El Churco debía tenerlo yo cuando, después de salir al solar por la puerta entornada y saludar a Paco que con una cara de trasnocho horrible y de pie junto a los rescoldos de la fogata está fumándose un pitillo y de entonces descubrir tras éste las sábanas de la cama hechas un sucio revoltijo sobre el lavadero, vuelvo a entrar a la casa para recibir de manos de Yen una taza de café recién preparado. Y es que traté de disimular mis monstruosos sentimientos de rabia y de indignación pero por lo visto no pude. Y además ¿cómo hacerlo, si yo entonces me sentía como el marido cornudo que llega y sorprende in fraganti a su mujer y al amante de ésta tumbados en el lecho nupcial? Yen comenzó entonces a soltar una risita nerviosa. ¿De qué te ríes?, pregunto yo. De nada, ejem, de nada, dice ella. Era la risita del que de pronto advierte que, por falta de sólo una pizca de sensatez, de reflexión, de prudencia, de delicadeza, de sentido común, ha cometido un tremendo y doloroso error en su conducta para con una persona realmente apreciada. Sintiéndome por un lado mortalmente humillado, rebajado, despreciado y por otro lado terriblemente furioso, irritado, crispado por semejante humillación y tratando por orgullo pero sin éxito de no evidenciar tales sentimientos, decido permanecer en el escenario de la traición a ver qué pasa o sigue pasando, como el marido engañado que con ridícula dignidad espera las absurdas explicaciones de su desleal consorte por tan injustificable comportamiento suyo. Y lo más curioso de todo es que Yen actúa como la nerviosa mujer descubierta que no sabe qué decir o hacer tras el ¿impensado? suceso y Paco como el amante avergonzado que considera que en este momento no tiene nada que hacer aquí y por tanto pasa silenciosa y tímidamente a la habitación, como pidiendo un permiso tácito al marido y va y recoge su astroso morral de estudiante y vuelve y se despide en un susurro de la mujer, chao, nos vemos, gracias, y empieza a caminar por el patio interior hacia la salida y yo hago perfectamente el papel del esposo cornudo que intenta de manera ridícula quitarle dramatismo al asunto diciendo ¿y de mí no se despide, Paco? Paco se detiene, se gira sobre sí mismo y sin mirarme a los ojos, justamente como el amante avergonzado que está representando en esta folletinesca historia de vodevil de la que tú debes estar riéndote a mandíbula batiente, dice ah, sí, discúlpeme, es que estoy como distraído, adiós, y yo pienso entonces con toda la rabia que cabe en mi mezquino pecho de macho alfa ¡Dios mío, ella no se acuesta conmigo pero sí con este espantoso gañán que es igualitito al Nelson, jajá, de Los Simpsons! Cuando al fin quedamos solos yo le digo anoche me quedé esperando tu llamada, china, como de pasada pero en realidad a manera

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de obscuro reproche mientras sorbo aquel café que me sabe a hiel. Es que, ejem, dice, se me descargó la batería del celular. ¿Y Linda vino?, sigo, para continuar de alguna manera con mi increíble farsa de no me importa nada que no me hayas llamado. Sí, sí vino, explica, pero se fue temprano. ¿Y Andrea? No, tú sabes que con ella ya no nos hablamos. ¿Y Claudio?, que es uno de sus compañeros que le gusta a ella pero que no le para bolas porque debe ser que le parezco muy loba o yo no sé qué. Sí, también, pero se fue con Linda. Bueno, china, gracias por el tinto. Nos vemos luego, ¿vale?, digo con excesivo entusiasmo y salgo de allí pitando como alma que lleva el mismísimo Diablo. ¡Perra! ¡Maldita perra! ¡Perra malparida! ¡Perra hijadeputa! John tenía razón. ¡Todas son unas perras y se merecen que les partan el culo a patadas! Por increíble que te parezca en los días subsiguientes continué con la insidiosa comedia de aquí no ha pasado nada, china, amigos como siempre, open mind, ¿somos o no somos gente civilizada que comprende cabalmente que hoy día los límites de la decencia y del respeto no existen más que como barreras inútiles a la legítima búsqueda del gozo salvaje de toda bestia humana?, hasta el punto de que casi al mediodía del sábado, a eso de las once u once y treinta, lo recuerdo muy bien porque para ciertas cosas poseo una memoria prodigiosa, mientras que en una sala de la Clínica Los Andes esperaba a que mi madre saliera de un rutinario chequeo médico en el consultorio del doctor Forero, aprovecho para coger de su bolso el celular de ella que tiene carga de minutos disponible y llamo a Yen al suyo para saludarte, china, para ver cómo vas y entonces me contesta la compungida voz de una Yen afectada por algo. ¿Qué tienes que te noto como desanimada? ¿Ha pasado algo? ¿Sí? ¿No? ¿No quieres hablar? Bueno, entonces te llamó más tarde, ¿vale? Vale. Adiós. Cuídate. Aquella actitud suya me dejó intrigado, como siempre. Me alegro entonces de que algo malo le haya pasado, para que aprenda, por zorra, quién la manda, bien hecho, sea lo que sea por lo que me haya contestado con esa voz de abatimiento y disgusto que pone uno cuando íntimamente uno mismo se pregunta ¡Dios mío, ¿por qué putas tenía que haberla cagado así de esa manera tan horrible?!, como cuando uno se jarta y va y hace el oso pidiéndoselo a la que menos tiene que pedírselo. ¿No te ha pasado? ¿Cierto que sí? Y después uno se siente como un soberano culo, ¿sí o no? Así que cuando a mitad de la tarde fui a una droguería del centro a comprar los medicamentos que el doctor Forero le había recetado a mi madre, la llamo desde la Plaza del Libertador y ya con una voz un poco distinta a la de la mañana me dice ven, baja y te tomas un tinto. Y cuál es mi sorpresa cuando me hace pasar a su habitación mientras va a la cocina a preparar el café y en ella voy y encuentro sentado sobre la cama, recargada su espalda contra la pared y sin zapatos, en medias, como un pachá, a un individuo moreno y delgado que deja de mirar la pantalla del computador en la que estaba concentrado para observarme como se observa a un intruso que ha penetrado de pronto en su guarida y entonces yo a mi vez me pregunto y éste man ¿quién es?, ¿qué hace aquí?, ¿y por qué esta vieja estúpida me hace venir hasta acá si está ocupada con este tipo, sea quien sea? Buenas tardes, saludo educadamente

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pero diciéndome para mis adentros con furia helada ¡la maldita ha vuelto a hacérmela! Y me acerco a la cama y le extiendo la mano, qué gentleman, ¿cómo está? Bien, hombre, gracias, responde el intruso al intruso y tras decir permiso me doy la vuelta y voy hasta la cocina y tratando de no estallar de la rabia le pregunto a la desgreñada Yen ¿y quién es ese man? Es el tombito, dice, ven y te lo presento. No, ya nos presentamos. Y además no he venido a hacerle visita social a un desconocido sino a hablar contigo. ¿Por qué la agresividad, hermano? Sólo te estoy explicando que he venido a hablar contigo porque esta mañana noté que algo te pasaba. ¿Qué es? Ven, ven entonces nos hacemos aquí. En el patio interior alguien había dejado extendido en el piso un colchón viejo y el fuerte sol de la tarde entraba a raudales a través de los vidrios de la marquesina y se posaba sobre la manchada y desgarrada tela del colchón. Yen fue a sentarse en él y yo permanecí de pie, con mi taza de café, recargado de espaldas contra un muro, frente a ella. A ver, ¿qué pasó?, cuenta. Atrae sus piernas dobladas hacia su pecho cruzando sus manos sobre las rodillas. ¡Qué desorden, qué promiscuidad, chino! Se sentía abatida porque la noche anterior se había desordenado. Pero ¿qué hiciste? Una locura, chino, tengo que controlarme. Tomo un sorbo de café, impaciente. ¿Qué locura? La noche anterior estaba en compañía de este mancito, del tombito, y a eso de las doce o una me llama un tipo. ¿Qué tipo? Un amigo. ¿Qué amigo? Un man y me dice que me vaya para allá, para su casa. ¿En dónde? Por los lados de Centro Norte. ¿Y a qué? A una fiesta. Sí, me digo con una mezcla de rabia y de amargura, una fiesta entre su culo y con orquesta. ¿Y te fuiste? Sí, claro. ¡Y hasta las seis de la mañana! Y este man ¿qué hace? Nada, le comento lo de la invitación y va y me dice fresca, si quieres ir, ve, yo te espero aquí. Y entonces lo dejo aquí botado y me voy a esas horas, chino, qué locura. No vuelvo a hacerlo, qué desorden, qué promiscuidad. Cualquiera que la escuchara pensaría que había estado en una orgía o en algo parecido y no simplemente, primero, en brazos de un policía y luego en los de ¿quién más sino el mal encarado Paco? y finalmente otra vez en los del mismo policía. ¿Qué voy a hacer, chino? Tengo que controlarme. Bueno, digo yo, ¿para qué haces cosas como ésa si después vas a arrepentirte y a sentirte mal, ah? Sí, no sé por qué lo hice. Pero yo sí sé por qué, me digo para mi capote. Para darme celos. Y lo consiguió, en efecto, sólo que yo no me encontraba dispuesto a reconocer que, si bien no estaba enamorado de ella, su rechazo y sus aventuras con otros hombres habían hecho mella en mi monstruoso orgullo de individuo superior. ¡Maldita estúpida, aúlla el snob que se anida en mi mezquino pecho de hombre, no me lo da a mí, que soy un tipo decente, presentable, atlético, educado y con intereses artísticos, entre otras muchas cualidades más y sí al primer tombo, gamín o mariguanero que se le cruza por delante! ¡Por lo visto hay que ser lo uno o lo otro o lo otro para que entonces sí! Bien, china, digo yo acabando su maldito café, ponte pilas entonces. Sí, sí, dice ella. Eso haré. Y entonces salgo de allí jurando para mis adentros que. Bueno, está bien, no juro, sólo simplemente lo voy a hacer, ¿okay? Y lo hice durante algún tiempo, hasta cuando los obscuros y retorcidos caminos de la vida me pusieron frente a las negras puertas del insondable

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palacio en que habita aquella embriagadora diosa que es la venganza. Ahora que todo esto me tiene sin cuidado y no me afecta, podría llamar a Milan Kundera y proponerle que adicione esta historia a El libro de los amores ridículos, pero entonces sentía tal necesidad de desahogarme con alguien que, considerando que la indicada para hacerlo era su amiga Linda, la invité una noche a que saliéramos juntos. Listo, dice, entusiasmada, no tanto por verme como por saber por qué tan repentinamente me había alejado de su amiga Yentizet, pues para hombres y mujeres el chisme es mejor que la comida. Recógeme en la escuela, ¿sí? No, digo yo, no quiero pasar por allá y encontrarme con. Ya sabes. Okay, entonces veámonos arribita, en el Parque Pinzón. La llevé por allí cerca, al bar Salamandra y pedimos un par de cócteles. Ella piensa, me dice, que el motivo para que tú no hayas vuelto a buscarla es porque un día la encontraste con Paco en su habitación. Mira, comienzo a explicar, con Yen nunca hemos tenido una relación de noviazgo ni hemos tenido nada de nada, han pasado algunas cosas, sí, entre ella y yo, pero realmente nunca hemos tenido sexo, así que ella puede hacer con su vida lo que quiera, incluso ella me cuenta cosas como por ejemplo las que pasaron con el mechudo de Villa y date cuenta de que no hubo por eso ningún reclamo ni ningún problema. El problema, no con Paco, sino con la misma Yen, es que fíjate que el día del trasteo no llamó a Paco para que le ayudara, sino a mí. Y yo me pregunto entonces, ¿si se está acostando con el tal Paco, que no hay ningún problema en que lo haga porque si así lo quiere ¿qué le vamos a hacer?, si se está acostando con Paco por qué no lo llama a él para que al menos le ayude a armar la cama que van a zarandear juntos? ¿Me entiendes? Claro, claro, dice ella riéndose bajito, jijijiji, divertida por mi tremenda indignación, jijijiji. Y eso sin contar que, para poder entrar el escritorio que no cabía, me tocó quitar la puerta, desatornillarla, bajarla, entrar el escritorio a la pieza y luego volver a subir la puerta y atornillarla otra vez. Jijijiji. Te lo explico de esta manera. Yo me sentí entonces como el marido cornudo que le arma el tinglado al amante para que éste le pegue su buena revolcada a la esposa. ¿Ves? Jijijiji. Y si por lo menos el amante fuera un tipo decente y presentable y no el peor gañán que se encontró en el camino. Jijijiji. Sí, corrobora ella, pero tú ya sabes que, después de todo, Dios los cría y ellos se juntan. Jijijiji. Sí, ¿no? En ellos se cumple la regla de, como se dice por ahí, cada tiesto con su arepa. Jijijiji. También es cierto. Sí, y yo te comprendo, Roger, y tanto más cuanto que con Paco ya lleva su tiempo. ¿Sí? Sí, desde el semestre pasado. ¿Sí? Sí. ¡No jodás! Sí. ¡¿Ves?! Lo que pasa, explica, es que es una relación toda rara. ¿Por qué? Porque fíjate que en la U ni se determinan siquiera. Es una relación clandestina, entonces. Sí. Eso quiere decir que tanto a uno como al otro le da pena o vergüenza de que la gente llegue a saber que si bien no son pareja se lo están comiendo juntos. Puede ser. ¡Jum! Y bueno, para rematar, a los pocos días me hace ir hasta su habitación sólo para que yo vea que ahora se encuentra el tombo ése allá. Jijijiji. Quería darte celos. Es posible que en el fondo Yentizet esté enamorada de ti. ¿Tú crees? Es posible. No, no creo. ¿Por qué no? Porque yo tengo otra teoría. Yen lo que buscaba era castigarme por mi superioridad. ¿Tú crees que

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Yentizet se siente inferior a ti? No, soy yo el que me siento superior a ella y eso justamente es lo que ella quería castigar en mí, como si me escupiera a la cara ¡mira que si te crees más que nadie me importa un comino tu superioridad! En el fondo Yen se ha dado cuenta de que somos de mundos totalmente distintos y de que en realidad yo la desprecio, o, bueno, no la aprecio como según ella debería, hasta el punto de que sólo busco establecer con ella un sórdido comercio carnal y no los nobles lazos espirituales del amor. ¿Sí? Sí, yo creo sinceramente que es eso. Si tú lo dices. ¿Quieres otro? Bueno. Señorita, otros dos, por favor. Aquella noche Linda estaba muy buena, como siempre, pero me dio pena después de todo, por considerarlo vulgar y salido de tono ponerme entonces a echarle descaradamente los perros. Gracias por escucharme. No hay de qué. Jijijiji. Te pido que todo esto que hemos hablado hoy quede solamente entre nosotros dos, ¿vale? Vale. No te preocupes. ¡Qué mujer maravillosa! Ahora comprendo que aquel terapéutico ejercicio de desahogo con Linda, si bien no resultó inútil, tampoco sofocó del todo las infernales llamas de mi prodigiosa indignación, pues éstas se avivaron de nuevo con sólo volver a tropezarme en la calle con la ¿inconsciente? generadora de las mismas. Eran más o menos las ocho de la noche de un martes o miércoles y yo iba caminando por el no muy amplio andén que se extiende justo enfrente al Centro Comercial de la Sexta, sobre la Avenida del Norte, cuando la vi venir en sentido contrario por esa misma acera. Venía sin duda de la Sede Central de la UPTC y también sin duda se dirigía a su habitación en el barrio Las Nieves. ¿Es preciso aclararte que la sola visión de mi atormentadora produjo en mi hipersensible espíritu una suerte de repugnancia, de hastío? Mas resultaba inevitable tener que saludarla. Adopté entonces el cínico papel de frescales y ella hizo otro tanto. Saludo y piquito en la mejilla. Hola, muáh, ¿cómo estás? Bien, chino. ¿Vas para tu casa? Sí. ¿Y tú? También. ¿Y no me vas a invitar a un tintico? Claro, claro. Nos hemos detenido justo enfrente de la vieja camioneta Volfswagen amarilla que cada noche ubican tras el paradero de autobuses y que vende comidas rápidas, gaseosas, pasabocas, cigarrillos, agüitas aromáticas y café. Dos tintos, vecina, bien calientes, por favor. Y un vicio, chino, ¿sí? Claro. Y un cigarrillo, veci. Nos habríamos tomado dos sorbos del café cuando suena su celular. Hola. Sí. ¿Dónde estás? Ya. Entonces espérame en el puente de la iglesia de Las Nieves. Sí. Ya subo. Aunque en ningún momento menciona su nombre yo supongo que se trata del maldito Paco. Y lo que sucede en seguida después parece ser la confirmación de mi sospecha, porque sin siquiera tener la delicadeza de acabar tanto de beberse el café como de fumarse el cigarrillo en mi compañía, me deja allí botado, nos vemos, chino, hablamos luego y corre a reunirse con su flamante galán, su galán de Granada, que no es galán ni es nada. ¡Y tú como un pendejo gastándole tinto y cigarrillo! ¿A cuento de qué? ¿De su amistad? ¿Y es que acaso te importa ahora su amistad? A la próxima dile no, china, no tengo plata y nos vemos luego. Lo único que faltó, se mofa aquella recriminadora voz interior, es que te hubiese sacado plata prestada para ir a comprarle los condones al ñero ése del Paco. Te las pisas y piensas que es calambre, ¿no?, Roger. Eres un soberano pelotudo. Sin embargo, no mucho

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después, cierta noche en Villa de Leyva, tuve la oportunidad de desquitarme al menos un poco de ella, haciéndola sentir incómoda al recordarle a su impresentable amante clandestino, del que se avergonzaba. Había ido por invitación de Laura María y nos encontrábamos junto con unos amigos suyos en la tienda de la rocola electrónica de la Plaza Principal. Era un sábado y la población en general y la tienda en particular se hallaban atestadas de parroquianos y de turistas. Música y bailes y voces y risas alcoholizadas por todas partes. A veces hay que emborracharse, hay que drogarse, hay que divertirse y olvidarse así de este monstruoso planeta en que vivimos. Yo me había abierto paso a través de la gente y llegado hasta la rocola para meterle algunas monedas, cuando de pronto hacen su aparición por la puerta Yen y su pretendiente el policía. Los saludo con euforia. Ya ves lo hipócrita que soy. Qué más, hombre, me dice el policía y pasa hacia el mostrador para comprar algo. Cigarrillos. O salchichón. Yen lo sigue. En una de mis manos sostengo una botella de aguardiente y cuando los dos van a abandonar el local los detengo y les digo tómense un trago. El tipo acepta un tanto perplejo pero de buen agrado y Yen con cierto recelo. Gracias, hombre. Gracias, chino. El tipo sale el primero y yo detengo a Yen que lo sigue y le susurro al oído no sin malignidad ¿dónde dejaste a Paquito? ¿Por qué no lo trajiste, ah? Ella se timbra toda, porque indudablemente no esperaba que entonces le nombrara a su descuidado tinieblo simpsoniano. ¿Paco?, dice, azorada por un instante y luego explica precipitadamente no, chino, lo de Paco es una vaina toda rara, hoy estoy con este mancito, chao, nos vemos luego. Chao, digo yo y salúdamelo en todo caso, agrego, por sólo fastidiarla aún más, jijijiji. Mas aquello no era suficiente para saciar mi ¿legítima? sed de venganza. Fíjate que en un librito de cuentos de un tal Gabriel Álvarez que un día cayera en mis ociosas manos se narra una historia parecida. En La fruta apestosa, ficción que da título al libro, el protagonista, Gustavo, acaso alter ego o doppelgänger del autor, termina violando y asesinando a cuchillazos a su joven y desagraciada vecina Anny a modo de irreflexiva y exasperada retaliación por no haber cedido ésta a sus reiterados y obsesivos requerimientos sexuales. Desde luego yo no iba a llegar a semejantes extremos, no obstante que con el protagonista del relato compartía la idea de que, abro comillas, la posesión física de la muchacha no era ya cuestión de satisfacer un deseo absurdo, instintivo y sin duda fundamentalmente perverso, sino de curar el amor propio herido, cierro comillas. Mas como mi deseo sexual por Yen se había esfumado como por ensalmo y el inconsciente es un monstruo que no duerme, que trabaja incesantemente, día y noche, a partir de entonces me dediqué a perseguir a su primita Kiara, quien serviría inocentemente a mis obscuros y retorcidos propósitos a manera de conveniente substituta. A Kiara la había conocido por la misma época en que Yen empezó a vivir en casa de Giancarlo. Era una muchachita tan menuda y morena como su prima mayor, provenía asimismo de Villa de Leyva, acababa de terminar el bachillerato, se había matriculado en un instituto universitario de garaje de la ciudad para seguir una carrerita técnica y ahora vivía en una habitación del mismo apartamento del barrio La

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Florida que antes ocupara Yen y que pertenecía a un tío común. Yo había notado que, cada vez que nos veíamos, lo que por otra parte sucedía en muy raras oportunidades, Kiara me miraba con ojos brillantes y celebraba cada una de mis ocurrencias. Además me llamaba cariñosamente Rogercito con su aflautada y excitante voz de niña-adolescente. Su prima no tarda asimismo en advertir el interés de Kiara por mí y me dice no te metas con mi primita. ¿No ves que sólo tiene 17 añitos? Y bien puestos, digo yo. Cuando no tengo clase, me dice en cierta oportunidad que la acompaño desde la habitación de Yen hasta el paradero de autobuses de la Plazoleta de Las Nieves, cuando no tengo clase yo me la paso sola allá en ese apartamento porque no conozco a nadie de esta ciudad y además porque aquí aún no tengo amigos. ¿No era ésta una velada invitación a que algún día yo la visitara en su domicilio? Puede que alguna vez me pase por allá, digo yo con mi habitual coquetería. Ella ríe y dice me llamas antes al celular. Y entonces lo hice, pese a que en el pasado no se me habría ocurrido hacerlo efectivamente, no tanto porque Kiara no me gustara en realidad sino más bien y sencillamente porque yo tenía la cabeza ocupada en otra cosa. Nos pusimos cita en una cafetería del Pasaje de Vargas. ¿Quieres una cerveza? No, no bebía. Mala cosa. Una gaseosa sí. Bueno. ¿Te has hablado con mi prima?, me pregunta. No, no últimamente, ¿y tú? Tampoco. La verdad es que ahora yo no sé qué le pasa que no se deja ver. A lo mejor consiguió novio, digo yo. No, no creo, porque si no ella me habría contado. Pues no te ha contado precisamente porque no se deja ver. No, lo que pasa es que a veces ella tiende a aislarse. Esa maldita marihuana es la que la pone así. ¿Qué dices? Sí, con tal de andar trabada lo demás le importa muy poco, su presentación personal, el estudio, sus relaciones sociales. ¿Quieres decir, Rogercito, que la Negra? Oh, ¿no lo sabías?, no era mi intención, mejor cambiemos de tema. Hablamos otro rato acerca de sus estudios, de cómo le parecía la ciudad, de si había algún compañero que la molestara, sí, uno, pero hasta ahora nos estamos conociendo, y finalmente salimos de allí y la acompañé a tomar el autobús en el paradero del Edificio Lumol. Mientras caminamos por el centro de la ciudad advierto que Kiara se muestra alegre de encontrarse en mi compañía. Buena señal. Te llamo otro día, le digo antes de que se suba al autobús, a ver si salimos a bailar o qué. Claro, claro, Rogercito, llámame. Adiós. Cuídate. Y en sus negrísimos ojos ardía una refulgente y cálida llamita de ingenua esperanza. ¡Lástima, Kiara, que te haya fallado, habríamos podido pasarla bien juntos, pero mis fenomenales ansias de revancha me precipitaron de cabeza en un negro pozo de bellaquería! ¡Lástima que hayas tenido que ser tú la inocente víctima de mi infame despecho! Una noche, todavía antes de ir a embarrarla portándome como un auténtico gamín en el apartamento de la dulce Kiara, volví a tropezarme con Yen. Era un martes, lo recuerdo muy bien. Yo estaba frente a las tabernas de la UPTC esperando el autobús que me llevaría a la casa de mi madre. Sentado a una de las mesas exteriores, veo de pronto a Gerardo Porras, famoso en el barrio por haber dejado en la calle a sus padres tras convencerlos para que vendieran todos sus activos y permitieran entonces que él tomara íntegro el dinero de la venta y lo arriesgara por su cuenta en una

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pirámide que luego, finalmente, al poco tiempo, se desplomó. En compañía de su amigacho César Romero. Chupando trago. Trago caro. Engatusando bobas. Bobas lindas. ¡Qué envidia! ¡Y yo en cambio juiciosito para mi casa metido en una buseta a las qué, 10 de la noche! En el arroyo y sin un puto peso en los bolsillos, como siempre. ¡¿Ves por no robar como los demás?! ¡Entonces no te quejes! Y fíjate que en seguida después voy y veo a Yen saliendo de aquella taberna en compañía de Guille. Guille viene y me saluda y Yen lo sigue. Y su merced ¿qué hace por aquí?, le pregunto a Guille. Consiguiendo nenas. Ya estoy cansado de las de Villa de Leyva. Pero ¿un martes? Debió venir el jueves, que entonces esto se pone a reventar de burras. Voy a ver qué material me consigue mi amiga Yen. ¿Qué hubo, china? Buenas noches, para participar en el programa. ¿Cómo estás? Bien, chino. Aquí acompañando a mi amigo a ver qué levanta. ¿Y su merced? Bien. ¿Ya para la casita? Sí. Uy, que no se note la vejez, chino. Sonrío como puedo. Ahí viene mi bus. Nos vemos. Sí, dice ella, un día de éstos, y, si no, agrega, pues ¿qué le vamos a hacer?, nadie se va a morir, ¿o sí? No, y yo el que menos, le respondo mentalmente, telepáticamente. No sé si este impensado encuentro o el hecho de que me hallara borracho y caliente fue el que determinó que aquella noche del viernes me decidiera a telefonearle a Kiara para que me recibiera en el apartamento. Todavía antes me había puesto a beber en la tienda de la señora de Almeida en compañía de Javier y de Boris que había llegado desde Medellín el día anterior e iba a permanecer los dos siguientes en la ciudad. Habíamos empezado con cerveza, nos pasamos luego al whisky y terminamos con aguardiente. Boris se marchó para la casa de sus padres, a Javier vino a recogerlo su mujer Reina y yo me quedé más prendido que arbolito de Navidad sin saber qué hacer o para dónde coger, hasta que se me ocurrió telefonearle, pero sin muchas esperanzas y sólo como por no dejar de hacerlo, pues no sabía si se encontraba en la ciudad o había viajado a Villa de Leyva o si, en caso de que se hallara aquí, estuviese dispuesta a recibirme a esas horas de la noche. ¿Estás borrachito?, me pregunta con su almibarada voz de párvula. Sí, un poquito. ¿Puedo ir? Sí, ven y te preparo un café para que se te pase un poco la borrachera, ¿vale? Vale. Ahora comprendo por qué individuos como Ted Bundy y otros carismáticos asesinos en serie llegan a tener éxito en sus crímenes. Porque la gente, en un mundo encandilado por la imagen y las apariencias, no sospecha ni se pregunta siquiera con quién se está metiendo en realidad. Otro tanto ocurre con los políticos, porque, como afirma Milan Kundera en su novela La inmortalidad, de 1989, la imagología ha derrotado a la ideología, pues en verdad poco importa lo que piensen y lo que digan, ya que todos los políticos repiten como loros lo mismo, sino la apariencia que proyecten ante sus obnubilados, irreflexivos y engaitados electores. Me recibió en piyama de dos piezas, pantalón y blusa, sigue, sigue, Rogercito y siéntate mientras yo voy a la cocina y te preparo el café. A pesar de mi borrachera noté que el apartamento había sufrido un cambio drástico. Ya no era el cuchitril de antaño sino un apartamentito decente de clase media, con el piso nuevo y las paredes pintadas en tonos claros y agradables. ¡Qué diferencia!, me digo y de inmediato me

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siento bien en su interior. ¿Con azúcar o sin azúcar?, pregunta ella. No, deja así, no hagas nada, ven. Yo había sacado fiada media botella de aguardiente de la tienda de la señora de Almeida y la había traído conmigo, aun a sabiendas de que Kiara no bebía. Ven y nos tomamos un trago. Pero entonces aceptó. Yo no sé por qué las mujeres le hacen caso a los borrachos. Estábamos sentados a la mesa de un comedorcito de 4 puestos y a medida que conversábamos, ¿de qué?, no lo recuerdo, pendejadas, me imagino, yo iba acercando centímetro a centímetro mi silla a la suya, a ella le brillaban los ojos, como siempre y también como siempre sonreía y festejaba cada una de mis ocurrencias, aunque ahora no recuerdo nada de lo que hablamos y yo espiaba su cuerpo apretado bajo su piyama blanca o rosada y ya estaba más cerca de ella, casi encima de ella, poniendo mi mano izquierda sobre uno de sus duros y excitantes muslos y acercándola a su tapado coño, cuando de pronto va y me pregunta y bueno, Rogercito, ¿cuál es tu cuento con mi primita Evelyn?, ¿no pudiste con ella y ahora lo quieres intentar conmigo?, pero no con un súbito cambio de talante, como una víbora que de pronto se revuelve, sino con la dulce socarronería de quien tan sólo hace una inofensiva chanza. Pero no sé por qué la sola mención del nombre de mi atormentadora hizo que algo en mi interior estallara y me hiciera perder la cabeza, no recuerdo ahora qué digo o hago por espacio de tan sólo unos cuantos segundos, tiempo suficiente, no obstante, para que ocurra una desgracia o un crimen, porque la afable Kiara de pronto ha saltado de su silla y me mira ahora reprobadoramente, como escandalizada mientras yo me pongo en pie hecho una cuba y dando tumbos me dirijo al John. Kiara algo me grita y yo lo único que atino es a arrodillarme sobre el inodoro y empiezo a desocupar mis kishkas por vía oral. ¡Dios mío, ¿qué me ha pasado?, ¿qué he hecho?! ¡La has cagado, huevón! ¡Sí, pero ¿qué dije?, ¿qué hice?, ¿y por qué no lo recuerdo?! Cuando salgo del water, cuya puerta he dejado abierta y por la cual Kiara se ha pateado todo, mi humillante acto de vil borracho que ya no sabe tomar como la gente decente, y como se me ha borrado parte del cassette, quiero que me diga por qué esa cara de limón agrio, ¿qué te hice?, ¿qué te dije? Y ella contesta no sabía que pudieras ser tan gamín, lo mejor es que te vayas, la culpa es tuya, a ti te gusta es que te traten mal. Pero por lo menos dime qué te dije o qué te hice. No deberías tomar tanto si después no te acuerdas de lo que haces y dices. Discúlpame, en todo caso, sea lo que sea que te haya dicho o hecho, ¿sí? No parecía estar dispuesta a hacerlo. Además si hubiera querido me habría podido sacar a patadas de ese sitio, pero ahora comprendo que debido a mi deplorable estado le daba un poco de lástima echarme así de su casa. ¿Tienes para el taxi? No, no tenía. Quédate entonces, pero debes irte antes de las cinco de la mañana. A esa hora pasa por mí el chico con el que estoy saliendo. ¡Oh, Dios mío, ¿por qué tenía que haber decepcionado así a esta maravillosa muchacha?! Gracias, Kiarita, gracias, y perdóname. Como una madre que se encuentra disgustada con su hijo porque éste se ha portado mal, me acompaña hasta su cama y me dice a ver, quítate los zapatos y acuéstate, sí, sólo los zapatos. Obedezco, como un chico que sabe que se ha portado mal. ¿Listo?, dice y se da la vuelta mostrándome ese tremendo culo del que me he

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perdido por idiota, por no haber sabido portarme como debía y anuncia ya vengo, voy a apagar las luces. Y vuelve y se acuesta a mi lado. Me quedo mirándola y no me agrada lo que veo. Es el rostro crispado de un ángel. No intento nada, no quiero seguir embarrándola más de lo que ya lo he hecho hasta ahora. Apenas tardo unos minutos en caer en el apacible sueño de los justos ya que, a pesar de todo, no he conseguido llegar a sentirme realmente culpable por nada, excepto por mi incomprensible laguna. ¿No te ha pasado a ti algo similar en la vida? ¿Sí? Cuidado entonces con el Ted Bundy que llevas dentro. A las cinco en punto de la madrugada la muy desconsiderada me despierta. Ya es hora. Vete. Déjame quedarme otro poquito. No. Vete. Lucho está por llegar. ¿Cuál Lucho? El chico que me molesta. Okay. Era mentira, claro, yo lo sabía, sólo una disculpa para sacarme de allí. Oye, ¿qué te parece si traigo algunas cosas y preparamos el desayuno? No entiendes que no, ¿o es que te parece poco la noche de perros que me has hecho pasar?, no he pegado el ojo de solo pensar que me encontraba a tu lado, pues, por extraño que te parezca, no estoy acostumbrada a dormir con tipos, así que adiós. Okay. Adiós. Había venido donde esta supuesta virgencita a curar mi amor propio herido y lo que finalmente consigo es que ella le clave una puñalada más. Pero, bueno, aparentemente me lo tenía bien merecido. Antes de que sobreviniera nuestra gran pelea final, hubo otro encuentro que resultó ser un preludio de aquélla. Yo sabía que ella iba a terminar buscándome, a pesar de sus palabras de la última vez acerca de que nadie se iba a morir si no nos volvíamos a ver. Lo sabía porque, bueno, estaba seguro de que sus relaciones con Paco y con el tombito acabarían por no satisfacer su tremenda necesidad de apoyo emocional. Paco la negaba y al tombito no lo quería. Aquello no podría dar como resultado otra cosa distinta que un enorme sentimiento de soledad. Yo era para ella algo así como un hermano, un hermano incestuoso, sí, pero al fin y al cabo alguien al que podía acudir cuando lo necesitara. Y en efecto, tal como esperaba, me busca, y fíjate que aunque yo me había prometido no volver a pisar el suelo de su casa no sé cómo resulto acudiendo como un zombi a ésta y después viéndome sentado en una butaca de la cocina mientras ella me pregunta ¿café o gaseosa? Se encontraba con una compañera de estudio a la que anteriormente yo había visto sólo una vez. Se llamaba Lucy. Era pequeñita, de ojos grandes, risueña y callada. Parecía una rosada muñequita de plástico. Bueno, ¿tinto o gaseosa o ambas cosas? Era una tarde cálida, así que gaseosa. ¿Y qué has hecho, chino? ¿Por qué tan perdido? Bueno, he estado trabajando. ¿Conseguiste trabajo al fin? Trabajando en un libro de cuentos que acabo de enviar al D.C. a un concurso. Ah, qué bien. Todo este tiempo me la he pasado encerrado en mi casa escribiendo. Lo que pasa es que uno pierde demasiado tiempo, tú sabes, y lo mejor es aprovecharlo de alguna manera productiva. Debió pensar que este comentario guardaba cierta alusión indirecta a lo ocurrido con ella y mirándome con sus grandes ojos negros y esbozando una sonrisita maliciosa dice sí, chino, se pierde mucho tiempo en cosas improductivas, deberíamos aprovecharlo mejor en cosas reproductivas, jajajajá. Su amiga le hizo el coro, aunque tímidamente. Jijijiji. Por mi parte yo

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no estaba para chistes y entonces me digo para mis adentros ¿qué haces aquí?, ¿a qué viniste, si ahora lo único que sientes hacia ella y hacia todo lo que dice y hace es un fastidio tremendo?, ¿por qué no te paras y te largas?, ¿qué te hace permanecer atornillado a esta silla? Ahora no puedo afirmar que otra cosa distinta a un monstruoso anhelo de revancha. ¿Y cómo van las cosas por aquí?, digo yo. Bien, bien, nos llevamos a las mil maravillas. Hemos hecho una programación y cada uno de los que vivimos aquí prepara los alimentos y arregla la casa el día que le corresponda. Hoy me tocó a mí cocinar. ¿Para todos? Sí, claro, para todos. ¿Y cuando hay invitados? No, nunca hay invitados. Ah, yo pensaba que sí. El único invitado es éste, dice, señalando a un gatito albino que de pronto sale de debajo del lavaplatos. Minino. Pero está muy flaco, digo yo. ¿Es que no le dan de comer? Claro que sí, dice ella. Pero no parece, digo yo. Pobre animal. Por lo menos está más gordo que otros, dice ella. Y a propósito, digo yo, ¿cómo se lleva con tantos perros que entran por aquí? Ya no se siente aludida sino atacada directamente y me mira con ojos de fuego. Bueno, chino, dice, ¿por qué la agresividad? Si tienes algo que decirme, dímelo ya. Sonrío complacido de haberla perturbado y me encojo de hombros. ¿Te das cuenta?, le dice de pronto a su amiga. El man es simpático pero a cada nada se raya conmigo y así no se puede. La rosada muñequita de plástico me lanza una mirada coqueta y sonríe. Chico malo. Bueno, dice Yen, vámonos que tenemos clase en la Sede Central. Y tú ¿nos acompañas? No, digo yo, tengo cosas que hacer. Tengo cita con una amiga en el centro, agrego, para que no piense que es que no tengo nada más que hacer que andar tras ella como un perrito faldero. Pero entonces lanza un bufido de incredulidad que me enfurece, no tanto porque no me crea como porque yo mismo, con mis actitudes y mis palabras no resulto lo suficientemente convincente para lograr precisamente que me crea. Adiós entonces, dice, y suerte en tu cita, jajajajá. Pero habría de llegar el día en que por fin me sacara la dolorosa espina clavada. Nuevamente el escenario es la cafetería de Pedrito, donde ella me ha citado y a donde yo acudo a eso de las seis de la tarde. No teníamos un motivo especial para vernos, pero ahora comprendo que tanto ella como yo sabíamos que había un asunto pendiente entre nosotros dos, un asunto que ella había planteado la última vez con sus palabras si tienes algo que decirme, dímelo ya pero que yo había eludido por considerar que aquel no era el momento indicado para hacerlo, pues debíamos estar solos, como ahora, un asunto que era preciso finiquitar de una vez por todas. Empezamos con un par de cervezas. ¿Y qué cuentas, chino? ¿Qué has hecho? No, nada en especial, lo que te conté la vez pasada. Le pregunto entonces por su padre, bien, él está bien, luego por Charly, ni idea, no ha vuelto a reportarse, después por el tombito, nada, ni más, el mancito sabe que él y yo somos muy distintos y eso sin contar que al man yo lo aprecio pero no lo quiero, ¿y el mechudo de Villa?, uy, ese mechudito cada día está más bueno pero ahora no me bota ni un dos de bastos, a Paco ni lo nombro porque no quiero reconocer abiertamente que el deterioro de nuestra relación ha sido en últimas causado por semejante personajillo insignificante y detestable, bueno, al menos para mí, así que pregunto por Linda, de la que asimismo me he

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alejado tanto por su relación de amistad con Yen como porque su novio ha regresado ya al país y ahora, supongo, ni modo de seguir echándole los perros como antes, incluso borré su número telefónico de mi lista de contactos y ella dice ¿luego no lo sabes?, no, ¿qué?, con Linda nos peleamos, ¿y esa vaina por qué?, porque, bueno, no sé cómo decírtelo, ¿por un man de la U?, no, no, tú sabes que los gustos de ella y los míos son muy distintos, ¿entonces?, bueno, lo que pasa es que ella es demasiado egoísta, siempre quiere estar llamando la atención, ¿y acaso todas las mujeres no son iguales?, no, yo me refiero es en las exposiciones que hacemos en clases, ella se la pasa sacando pecho de todo lo que hacemos juntas, como si la única que trabajara fuera ella y los créditos por lo que hemos hecho las dos juntas sólo se los lleva ella, ¿me entiendes?, claro, no me deja hablar, me interrumpe, mete la cucharada en lo que yo estoy diciendo, me hace quedar mal, en fin, no me considera ni me respeta, y yo me digo entonces para mis adentros ¡pero es que nadie respeta a los marihuaneros, china!, pero ¿sólo por eso?, ¿y es que te parece poco?, bueno, pero yo me imagino que tú le habrás hecho alguna vez el reclamo, ¿no?, no, ¿para qué?, es que es muy evidente lo que pasa, sí, pero para ti, no para ella, ¡pero es que es imposible que no sé dé cuenta!, no lo hace precisamente por lo que tú dices, porque es una persona egocéntrica y lo mejor sería que tú y ella discutieran a propósito de este asunto, ¿no crees?, no, ya es demasiado tarde, ¿por qué?, porque yo la hice quedar mal en la casa de su mamá, ¿cómo así?, lo que pasa es que teníamos que entregar un trabajo de Psicología Industrial este lunes y la nena se desapareció todo el fin de semana y entonces yo la llamo el domingo por la mañana a la casa de su mamá y la pregunto, yo sabía que ella le había dicho mentiras a su mamá para que ésta cuidara a Nicolás y así ella pudiera escaparse desde el viernes y durante todo el fin de semana con Darío, su novio, y la mamá contesta y dice no, ella no está, y yo le digo entonces su merced hágame el favor de decirle que la llamó Yentizet y la mamá va y dice toda sorprendida ¿Yentizet?, ¿no es usted la niña de Villa de Leyva?, y yo digo sí, sí señora y la cucha exclama ¡pero si ella me dijo que este fin de semana se iba para Villa de Leyva a hacer un trabajo con usted!, y yo no, no señora, yo no me he visto con ella desde el jueves pasado y como comprenderás Linda debe estar que me mata por haberla aventado de esa manera delante de su mamá, qué mala eres, ella se lo buscó, jajajá. Pero tiene que haber algo más, no creo que después de ser tan amigas resulten peleando por una cosa que se puede solucionar dialogando, ¿acaso no son psicólogas? Lo que pasa también es que Linda y todos los demás que estudian conmigo son unos mediocres, se la pasan fusilando trabajos de otros estudiantes y presentándolos como si fueran propios y a mí eso no me gusta. Pero es que en este mundo todos somos mediocres, china, unos más que otros, pero al fin y al cabo mediocres todos, porque nos la pasamos criticando a los demás y no nos preguntamos qué hemos hecho nosotros mismos que sea distinto a lo que hacen los demás, tú ya estás como Efraim Medina Reyes que critica a Mario Vargas Llosa y lo llama cagatintas y él ¿qué ha hecho que sea mejor o siquiera igual a lo que ha producido ese mamón hipócrita como él también lo llama?, ¿acaso tú te has

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puesto a reflexionar por tu propia cuenta acerca de algún asunto de importancia en Psicología?, ¿acaso tú lees más de lo que tus maestros te obligan a leer?, ¿acaso tú has cogido siquiera por el forro los libros que te recomendé, El miedo a la libertad de Erich Fromm y la Personalidad neurótica de nuestro tiempo de Karen Horney, que aunque sólo sea por simple cultura general te ayudan a comprender un poquito el maldito planeta de simios enfermos en que vivimos?, ¿acaso tú te enfrentas al mundo, a la realidad de una manera reflexiva y crítica?, ¿acaso tú piensas no sólo en chupar marihuana y en divertirte y en pasarla del putas sino además en poner tu granito de arena para construir un mundo menos indigno que el que heredamos de una manada de encanallados cobardes?, ¿acaso tú te has puesto alguna vez a mirarte a ti misma, a analizarte, a comprender la causa de tus errores, esos errores que te hacen sentirte mal contigo misma, que te hacen sufrir, que te angustian y a buscar la forma de corregirlos?, ¿y cómo piensas ayudar a los demás, a tus pacientes si no te ayudas a ti misma?, ¿si no ves claro dentro de ti misma, cómo vas a ver claro dentro de los demás, ah?, ¿y cómo? ¿Te das cuenta, chino?, dice, cortándome el chorro. Últimamente cada vez que tú vienes a hablar conmigo terminas atacándome. ¿Te parece? Sí, ¿no ves? No, yo lo que busco es que simplemente veas las cosas como en realidad son y no como tú equivocadamente las quieres ver. Espera, ya vengo. Se para a por un cigarrillo y va y se lo fuma fuera del establecimiento. Cuando regresa me dice que vayamos al bar de enfrente, que queda en un segundo piso y pidamos chorro. Vamos, pues. Y chorro, pues. Y ese veneno del Demonio no tarda en ponernos, a ella nostálgica y a mí aún más directo. Espero que, a pesar de todo, no sea ésta la última vez que nos veamos. ¿Por qué lo dices? No sé, es que tú te has alejado mucho de mí. Tú eras mi parcero, mi amigo, mi confidente, mi consejero, contigo yo me sentía apoyada, protegida, tranquila, no sé, me sentía bien estando a tu lado y de pronto algo pasó y tú decidiste alejarte de mí y yo ahora me siento muy sola. ¿Y por qué crees que ha pasado esto? No sé, yo pienso que por lo que ocurrió con Paco. Y no lo entiendo, porque eso no debería importarte. Y no me importa, digo yo, lo que a mí me importa es cómo te portas tú conmigo. ¿Y es que acaso me he portado mal contigo? ¡Vaya pregunta! ¿Te parece poco exigirme a mí que te ame como condición sine qua non para entregarme al fin tu coño, tu repulsivo coño que no vale tanto como para exigir semejante precio mientras que al tal Paco se lo entregas gratis, sin más, de buenas a primeras y peor todavía, aun a sabiendas no sólo de que semejante adefesio se da el lujo de menospreciarte sino además de que se avergüenza de ti? Desde luego yo no voy a decirle abiertamente todo esto, mi monstruoso orgullo me lo impide, así que respondo claro, lo que pasa es que a veces suceden cosas que a uno no le gustan y uno se las aguanta por un tiempo y no dice nada pero llega un momento en que después de tantos desplantes la copa se rebosa y entonces uno dice hasta aquí, ya no más. ¿Qué desplantes? Te voy a nombrar sólo dos para que te des cuenta de que tu comportamiento para conmigo no ha sido del todo correcto. ¿Te acuerdas de la noche cuando aún vivías donde tu tío y yo te llamo y te pregunto si puedo pasar entonces por allá,

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por tu apartamento y me dices bueno y yo voy y le pido plata prestada a un amigo para pagar el taxi y llego y timbro y tú sales por la ventana y me preguntas que qué quiero y yo te digo ábreme, por favor, creyendo que estás bromeando y tú dices mejor nos vemos otro día, ¿sí?, y yo ábreme, por favor y tú mejor otro día y yo ábreme, por favor y déjame por lo menos entrar al baño que tengo una urgencia y tú aquí para arriba hay muchos potreros, jajajá, y yo si no me abres me cago en la entrada y tú pues entonces cágate y cierras la ventana y entonces yo tengo que devolverme para mi casa ¡a pata! porque sólo tenía el dinero exacto, contado para pagar la carrera de venida, porque si no querías que yo pasara o si estabas ocupada con alguien entonces por qué no me lo dices cuando te llamo y así no me haces perder la venida y me habría ahorrado no sólo la plata sino también la tremenda y peligrosa caminata hasta el otro extremo de la ciudad? O éste otro. ¿Te acuerdas de la otra noche que nos encontramos frente al carro de comidas rápidas que cuadran tras el paradero de autobuses del Centro Comercial de la Sexta y me pediste que te gastara un tinto y un cigarrillo y yo voy y te los gasto y de pronto alguien te llama y quedas de verte con esa persona en el puente de la iglesia de Las Nieves y no dudas en largarte precipitadamente y me dejas allí botado sin siquiera terminar de compartir conmigo el tinto y el cigarrillo que yo te he gastado? ¿Ves? Esos son detalles nimios que no obstante importan y lo desaniman y lo ponen a pensar a uno, en cuanto a que te acuestes con X o Y persona eso ya es asunto tuyo, pues no somos novios y tú puedes hacer con tu culo lo que quieras. Me mira enrojeciendo, sin saber qué decir, esbozando una risita nerviosa, sorprendida no tanto de que yo recuerde semejantes episodios anodinos como de que les dé tanta importancia. Parezco un novio hipersensible que le hace reclamos a su desconsiderada chica. Pero ella sabe en el fondo que los verdaderos motivos de mi súbito alejamiento y de mi inconfesado disgusto no son precisamente aquellos sino otros relacionados justamente con su decisión de acostarse con cualquier miembro del sexo opuesto menos conmigo. Y de pronto, acaso confundida por mis impensados reproches me dice ¿tú me quieres? Hago de tripas corazón, trago saliva y miento, sí, yo te quiero, tú lo sabes. ¿Entonces por qué ahora eres tan duro conmigo?, ¿por qué me tratas así?, ¿por qué criticas todo lo que yo digo?, ¿por qué no me comprendes?, ¿por qué fuiste y le dijiste a mi prima Kiara que yo era una cabrona hija de puta?, ¿por qué lo de Paco te puso tan furioso, si mira que ahora con Paco ni nos dirigimos la palabra? Y no fue sino que me nombrara nuevamente al tal Paco para que por fin estallara el furor que se anidaba como un buitre hambriento en el interior de mi arrogante espíritu de ¿macho?, ¿artista?, ¿ambas cosas a la vez?, y le escupiera a la cara atropelladamente y con furia helada y claro, por eso es que ahora sí me buscas, ¿no?, recuerda que entre el caballo y el burro tú escogiste precisamente al burro y fíjate que ahora, cuando el burro terminó portándose contigo como el burro que es, tumbándote y dándote de coces, quieres tener nuevamente el caballo a mano, pero eso ya no es posible, el caballo se ha ido a galopar a otra pradera y con el jinete que se corresponde con su dignidad, así que vuelve y busca a tu maldito burro bastardo para que siga pateándote, porque eso fue lo

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que tú escogiste, porque ése es el precio que debes pagar por tu tremendo error. Me mira demudada y dentro de mí empieza a arder un gozo horrible, el gozo de haber podido desquitarme finalmente. Y a lo único que atina ella es a pararse de la mesita en que estamos sentados y decirme definitivamente lo que pasa contigo es que te crees El Putas, antes de marcharse con el crispado rostro de una insospechada y humillante derrota. Desde entonces no nos hemos vuelto a ver nunca, salvo en una sola oportunidad, allá, en Villa de Leyva, una soleada tarde que recién llegado al pueblo paso por la cafetería de Yoli y antes de entrar la veo sentada junto con dos o tres personas que medio distingo, entre ellas su tía Tula en una de las alargadas bancas de madera que colocan a cada lado de la puerta, afuera, sobre la Plaza Principal y me quedo mirándola a la cara y la saludo al pasar, ¿qué hubo, china?, y ella muy seria y sin siquiera alzar la vista me responde ¿cómo le va, Roger?, con la seca animosidad con que se saluda a un enemigo no declarado pero cierto. Y bueno, ya para terminar y a manera de colofón, déjame decirte que es que a mí a veces me pasan cosas un tanto chocantes como justamente las de esta historia. Por ejemplo, un día, hace muchos años, algo así como veinte que no obstante me parece como si fuera ayer nada más, acaso porque el tiempo corre como loco sin que apenas nos demos cuenta y porque, a pesar de los años transcurridos sigo siendo el mismo necio adolescente de esa época, descubro que con la llave de nuestra casa puedo abrir la puerta principal de la de mi amiga Bibiana. Ella vive en el entonces único barrio contiguo al nuestro, el barrio Suamox, en una de sus más bien pequeñas casas de toscas y obscuras paredes de descubiertos ladrillos rojos. A mí me gusta Bibiana, pero no lo suficiente como para declarármele. Aunque una vez, una tarde, estoy a punto de hacerlo. Le digo que bajemos desde su casa al pequeño puente de madera con techo que cruza una lánguida quebradita que divide a ese barrio en dos partes desiguales porque la alta es mucho, muchísimo más grande que la baja. Pensé que al hacerlo allí, en ese puentecito y acercándose el crepúsculo, sería considerada por ella y sus amigas del colegio como la declaración más romántica del mundo. No recuerdo qué pasa al fin, qué le digo pero en últimas no lo hago y regresamos a su casa. Su madre la está esperando asomada en una ventana del segundo piso, malhumorada y le ordena que se entre inmediatamente. Es una bruja. Una mujer desdichada, amargada por las infidelidades del padre de Bibiana. Lo que sí recuerdo es que tiene una empleada del servicio doméstico medio salvaje, traída de alguna parte de los Llanos Orientales, pequeñita pero buena, culona, tetona y barrigona que se la pasa casi empelota por toda la casa y que me inspira a mí los más retorcidos pensamientos de contenido sexual, pensamientos que no logra nunca inspirármelos la dulce Bibiana, acaso porque tampoco nunca la viera sin su ancho uniforme azul de la Normal Femenina Leonor Álvarez Pinzón. En fin, ésa es otra historia. La llave coincide casi exactamente con el orificio de la cerradura y al girarla dentro de ella no hay ningún problema. No la utilizo jamás para cometer ninguna fechoría. Entrar y violar a la sirvienta. Robarme cualquier cosa del interior de la casa. No poseo una inteligencia

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particularmente criminal. Por ello seguramente es que soy pobre. La utilizo después de que Bibiana y su familia se marchen de la ciudad. Por aquella época todas las casas, en todos los barrios, sufrimos por el deficiente suministro de agua potable. Constantemente hay racionamientos. Y como la casa de Bibiana permanece desocupada durante unos cuantos meses, yo aprovecho entonces, de cuando en cuando, para colarme en ella y pegarme un duchazo en su diminuto cuarto de baño. Hasta que se acaba el agua del tanque de provisión. Ahora ya no sufrimos tanto por su falta. Los hijos de puta nos mandan el verde, lamoso e infecto líquido que sacan con bombas hidráulicas de los depósitos subterráneos. Bibiana. ¿Qué habrá sido de ella? Casada o amancebada y con chinos, me imagino. Aburrida, harta de todo, gorda, vieja, fea. Jodida, en definitiva. Como toda la raza. Más, mucho más recientemente, una noche que salgo de la casa de Manuel en el barrio Las Nieves luego de una corta visita, una muchacha desconocida me obsequia un par de boletas para el partido de baloncesto del Campeonato Profesional Colombiano que tendrá lugar esa misma noche, más tarde, en el coliseo cubierto de la ciudad. Yo he entrado en una tienda de por esos lados, dos cuadras más arriba de la casa de Manuel, para llamar por celular a Alicia y allí se encuentra la chica. Una llamadita, por favor, vecina. Un momentito, vecino, lo tienen ocupado. Okay. Espero. Cosa rara en mí, que soy de una impaciencia insoportable. Pero es que la conversación telefónica que acaba de iniciar la chica me atrapa en el acto. Hola, Roberto, ¿cómo estás?, dice. Con Lucy. Sí. Oye ¿a ti te gusta el basketball? ¿No? Lo que pasa es que yo tengo unas boletas para el partido de esta noche y pensé. ¿Cómo? Sí, esta noche hay un partido de Patriotas contra Búcaros en el coliseo. ¿Ah? A las ocho. Y pensé que a lo mejor a ti te gustaría ir con algunos de tus amigos. ¿No? ¿Te da pereza? Bueno, está bien. Ya al oír estas palabras el tal Roberto me cae mal de plano, porque la muchachita, de unos 16 años o así, delgadita y de larguísimos cabellos negros, bonita pero sin duda tímida, no se merece que el cabrón del tal Roberto se niegue a recibir su obsequio. ¡Cuánto habría dado yo porque en mi época de adolescente una chica como ésta me telefoneara aunque sólo fuera para saludarme y saber cómo estaba! ¡Mis pelotas incluso! Y ahora aquel insensible schmuck se da el lujo de rechazar el regalo de esta muchachita estupenda. Y, oye, continúa ella, para rematar, ¿qué has decidido del concierto en Bogotá? ¿Sí? ¿Seguro? Pero luego no te vayas a arrepentir, porque ya tengo las boletas. VIP. Sí. Además Iron Maiden no viene todos los días a Colombia. Bueno. Entonces chao. Hablamos. Cualquier cambio me avisas. Definitivamente, y como se dice, Dios le da pan al que no tiene dientes. Cuelga y luego entrega el celular a la vecina. Es entonces cuando dice, dirigiéndose a ésta: Y ahora ¿qué hago con esas boletas? Se van a perder. ¿A quién se las regalo?, y entonces yo, recibiendo el celular de manos de la vecina, intervengo: Dámelas a mí. Se queda mirándome con sus nerviosos ojos negros. ¿Sí? ¿Te interesan? Claro. ¿Por qué no? Entonces ven, porque no las tengo aquí conmigo. Salimos de la tienda. Nos presentamos. Caminamos una cuadra con dirección al Cementerio Central, luego doblamos hacia la derecha, por una obscura callecita de deslucidas casas de gente pobre. Aquí es, indica ella. Entra

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en la humilde vivienda de una sola planta, sale con las boletas y me las entrega. Gracias, Lucy. No había de qué. Eran de cortesía. Oye, me atrevo a decirle, si de pronto se da el caso de que no tengas con quién ir al concierto de Iron Maiden, yo quizás pueda acompañarte, si quieres, claro. Oh, me lo agradecía. Mi número de celular es. Se lo doy. ¿Y el tuyo? No, ella no tenía. Bueno, digo, pero por lo menos ya sé dónde queda tu casa. ¿Ésta? Ésta no era su casa. ¿Ah, no? No, no. Claro que no. Era la casa de unos parientes. La suya quedaba en el barrio Mesopotamia. Oh, entendía. Entonces me llamas. A la chica le da pena reconocer que es pobre. Como a todos nosotros. Porque al parecer no hay peor pecado sobre la Tierra. Ojalá algún día lleguemos a exclamar, como el famoso arquitecto brasileño Óscar Niemeyer durante un documental tras la pregunta del realizador de si es rico como se supone que debe serlo por haber diseñado los planos de Brasilia y dirigido luego aquella megaconstrucción: No. No soy rico. Nunca he sido rico. Me daría pena ser rico. Por fin telefoneo a Alicia y la invito al partido. ¿Quién me había dado las boletas? Desde luego no le digo que una chica con la que probablemente iré al concierto de Iron Maiden en el D.C. sino que un amigo que ella no conoce. Perdemos. Búcaros gana. Por un punto apenas. Pero perder es perder, aunque a aquellos tramposos filósofos del fútbol y sus émulos les parezca que perder es ganar un poco sólo para no reconocer que son un fiasco. No es que hayamos perdido, dicen, sino que no hemos ganado. En fin. Y el rogado del tal Roberto debe ir finalmente al concierto con la chica porque ésta nunca me llama. Nada raro, porque jamás he sido muy de buenas con las chicas. Para la muestra este no menos curioso botón. Sara es una de las vecinas de Alicia y cuando terminamos empieza a echarme el ojo. Aunque acaso yo le gustara ya desde antes. Puede ser. Lo cierto es que una tarde de domingo, luego de un partido de fútbol, se me ocurre llamarla al móvil para proponerle que nos veamos esa misma tarde. Acepta. Y nos ponemos cita en la esquina de la Plaza del Libertador donde queda Foto Japón. Después del partido, yo he estado tomándome unas cervezas con Uriel y Pedro, dos de mis compañeros de equipo, en una caseta de la Plazoleta Muisca, lugar en el que entonces se celebran las tradicionales fiestas de Nuestro Señor de la Columna. Cada vez que bebo me pongo caliente. ¿Quién no? Nos vemos, amigos. ¿A dónde va? ¿A la casa? Espérese y tómese otra. No, aquí arriba, al centro. Tengo cita con una nena. Entonces que le vaya bien. Y échese uno por nosotros. Eso es lo que espero hacer. Sara es una gordita de ojos grandes, piel blanquísima y risa fácil. Parece más bien tonta, pero, claro, no lo es, o bueno, no tanto. Hola. Hola. No la desanima el que yo esté no sólo medio borracho sino además vestido con el uniforme del equipo, sudado y con la cara roja, quemada por el sol. ¿Adónde me vas a invitar? No sé, adonde tú digas. ¿Tienes plata? Sí, un poco. Aquí en mi maletín de los guayos. Llévame a bailar. Cruzamos la majestuosa plaza y comenzamos a bajar hacia el Parque Pinzón, hacia la cafetería San Agustín, ubicada en un costado de éste y que no es realmente una cafetería sino más bien una taberna de mala muerte, conocida en la ciudad como El Palacio del Dedo, por lo obscura. No sé cuánto tiempo permanecemos allí, durante el cual bebemos, no mucho y bailamos. Cuando dejamos de bailar

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y nos sentamos a beber, yo intento manosearla, calentarla pero ella no se deja. Estate quieto. Saca la mano de ahí. Que no, te digo. No te pongas cansón. Y así hasta que me mamo porque tampoco es la gran cosa, mejores se me habían caído de la cama y, aprovechando que ella se para para ir al baño a evacuar, pago la cuenta y me largo, dejándola allá botada. Cojo mi maletín y salgo de la cafetería fresco, sin sentimiento de culpa, como si nada. Rodeo la manzana tomando la calle que conduce al Cementerio Central, la misma en que con Alicia tuviéramos el videobar y luego tuerzo a la izquierda y tomo la calle lateral del Colegio Salesiano Maldonado con dirección a la Plazoleta Muisca. La atravieso, en medio de la gente que aún queda por allí y me siento en el paradero de autobuses a esperar mi buseta o mi colectivo. Pasan algunos minutos. Y mira que aparece una buseta nueva, bien iluminada por dentro y le hago la parada y me subo y ¿quién está sentada en una de las dos primeras sillas cercanas a la puerta, las reservadas para los ancianos y las embarazadas? Sí, ella, la mismísima Sara. Me mira con sus ojos de búho muy seria pero, creo, sin odio. La situación es tan cómica que no puedo evitar reírme por lo bajo, jijijiji, y sentarme junto a ella. Parece comprenderme pues va y me dice: Claro, me dejaste botada porque no te di lo que tú querías, ¿no? Jijijijiji. Todo el camino me vengo riendo bajito y ella callada, muy seria, pero no brava. No vuelve a recriminarme nada. Las mujeres son de un aguante sorprendente. La acompaño hasta su casa. Chao. Nos vemos. Adiós. Puede parecer una canallada de mi parte, pero no lo es. O no del todo. Y es que hay personas que no se pueden tomar para nada en serio. Y una de ellas es Sara. Por un hecho específico. Ocurrido la primera vez que salimos. Aquella vez de la cafetería San Agustín resultó ser la segunda y también la última. En realidad no es que saliéramos juntos sino que nos encontramos en cierta tienda del barrio, la tienda de la esquina de su calle y ella, que esa noche viene en plan como de levante, con sus opulentas tetas blancas enfundadas en una blusa de escote amplísimo y sus ojos de lechuza todos pintarrajeados a la manera chillona y extravagante de una drag queen, empieza a molestarme, a decirme que si no la invito a tomarse algo y yo claro, lo que tú quieras y nos sentamos a la única mesa que hay y se pone a chacharear de forma morbosa con insinuaciones subidas de tono, como ofreciéndoseme y dándome a entender que, si quiero, podemos tener nuestro cuento un día de éstos, llámame y salimos a bailar y puede que a algo más, ¡hum!, ahora que no tienes a nadie que te controle. Okay, el día menos pensado te llamo. Vale. También esa noche, luego de zamparnos entre pecho y espalda algo así como cinco o seis cervezas cada uno, la acompaño hasta su casa. Pero que no nos vea Alicia, porque ella es mi amiga y después va a pensar que yo andaba detrás de ti. Claro, claro. Empieza a aporrear la puerta metálica para que le abran porque no ha sacado llaves. Parece impaciente por algo. Después, en seguida después comprendería por qué. Y trata como de hipnotizarme con sus ojos de búho, de lechuza, de drag queen y yo pero ¿qué es eso? Nada, nada, que están arrojando agua caliente desde arriba. ¿De dónde? Del techo. Pues resulta que lo que pasa, y es difícil creerlo, es que no se aguanta las ganas y suelta el cálido y tremendo chorro por

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entre la apretada trusa negra que tiene puesta a manera de pantalón y aquél desciende por una de sus perneras, la derecha como por un canal de desagüe y sale a la acera de cemento mojando, anegando su zapatilla. Piensa que yo estoy tan mareado que no lo he notado o que he aceptado sin más sus absurdas explicaciones. Pero aquello es imposible porque fue una enorme, vaporosa, amarillenta y pestilente meada. ¡Púag! ¡Qué asco! Hasta que por fin una de sus hermanas le abre la puerta. Chao. Llámame. ¿Sí? En definitiva, que al final de cuentas quedamos a mano. Aquella segunda vez no tenía por qué comportarme precisamente como un caballero. Ella también había hecho lo suyo la primera vez, siendo una cochina guarra. No hemos vuelto a salir juntos y ahora cuando nos encontramos por ahí por la calle nos saludamos normalmente, hola, ¿cómo estás?, adiós, que estés bien, como si nada, sin vergüenza. Ella sigue sola y yo, pues ¿qué más?, me masturbo. Unos cuantos fuertes golpes cada vez, ¡pum! ¡pum! ¡pum! y sale. ¿A santo de qué complicarse la vida con mujeres?

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Cuatro Retrete sin ventanas

Aclarémoslo de una vez. ¿Por qué el título de RETRETE SIN VENTANAS para esta historia? Bueno, en primer término, porque un retrete-sin-ventanas es el símbolo que mejor se adecua para describir en pocas palabras el lugar en que vivimos, un lugar donde todo huele mal y en el que ni siquiera se tiene la posibilidad de mirar hacia otra parte, hacia otro escenario, hacia otro paisaje, hacia otra realidad menos indigna, menos brutal, menos obscena, menos ofensiva, menos repugnante que la que padecemos a diario y sin tregua, un lugar cuyo hedor, hedor provocado paradójicamente por nosotros mismos, nos asfixia hasta la náusea y del que sin embargo y al parecer somos unos adictos incurables, pues nos revolcamos como chanchos en nuestra propia bardoma y, aceptémoslo, aceptémoslo sin ambages ni reticencias, ¡CON QUÉ GUSTO LO HACEMOS!, y, en segundo término, porque el escenario de esta historia es ese lugar, esta pequeña ciudad del Medio Oriente del país, una ciudad, un lugar como cualquier otro del podrido y condenado planeta, llámese Bogotá D.C., Mexico City, Nueva York, Los Ángeles, Londres, París, Moscú, Madrid, Ciudad del Vaticano, El Cairo, Jerusalén, Bagdad, Calcuta, Tokio, Beijing, Hong Kong, Sydney, etcétera, etcétera o, en definitiva, cualesquier sea el nombre del maldito vertedero en que tú y yo y todos los demás hijos bastardos del Sistema arrastremos nuestra sórdida existencia de gusanos ciegos y sordomudos. El otro día estaba pensando en eso mismo, en la cantidad de porquería que producimos, desde mierda, orines, sudor, mocos, sarro, caries, cerumen, babas, esputos, gargajos, lagañas, pedos, eructos, caspa, costras, espinillas, barros, coágulos, cálculos, miomas, vómitos, pus, semen, menstruaciones, tumores, humores, placentas, abortos, hasta engendros que asimismo y a su vez producen mierda, orines, sudor, mocos, etcétera, etcétera y así ad infinitum y per saecula saeculorum en un monstruoso e interminable torrente putrefacto que un buen día hará que el maldito globo terráqueo estalle por fin en mil pedazos como una panza de puerco estreñido sobrecargada de inmundicias y finalmente desaparezca en el ilimitado espacio estelar como un mudo e insignificante flato del gélido e impasible Cosmos. Eran alrededor de las seis y treinta de la tarde, al comienzo de la noche y yo me dirigía hacia la biblioteca de la UPTC cuando me asaltó de pronto tal pensamiento al ver cómo en la entrada delantera del campus, sobre la Avenida del Norte, confluían dinámicamente y en masa no sólo los estudiantes de las jornadas diurna y nocturna de la universidad, de la que salían unos y entraban otros sino también los chicos y las chicas de la Escuela Normal de Varones que a esa hora

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terminan sus estudios y que como negras y locas hormigas escapan en medio de chillidos y gritos y risas hacia sus casas a devorarse lo que haya de cena y ver de postre la cada día más descerebrada y alienante tele y a la luz de tal idea, ¡CUÁNTAS FÁBRICAS MÓVILES DE EXCREMENTOS REUNIDAS EN UN SOLO PUNTO!, y aunque yo mismo soy una más de ellas y por otra parte no es la primera vez que esto ocurre, me sobreviene entonces una suerte de vertiginosa náusea, de mareo escatológico que me paraliza por un instante, como si fuese a ser devorado por el negro y corrompido océano de una gigantesca alcantarilla reventada y que como si aquello hubiese ocurrido en realidad me deja con un nauseabundo gustillo a mierda en la boca mientras, tan vertiginosamente recuperado como trastornado, continúo mi camino por entre mis execrables hermanos y compañeros de pesadilla. ¿O acaso semejante sabor lo adquiriera todavía antes, cuando más temprano, a mitad de la tarde, me tropiezo en la Plaza del Libertador con Lalo El Vampiro y lo primero que me dice antes incluso de saludarme es ¿ya vio lo de buenas que es mi compadre Gerardo?, ¿no?, mire, enseñándome el breve artículo del semanario Boyacá 7 Días que informa que la Fiscalía no ha encontrado méritos suficientes para privarlo de la libertad y que se estudian las pruebas de alcoholemia que le practicaran tras su entrega a las autoridades? Tal vez. Aunque concluyan que se hallara borracho en el momento del siniestro, comenta Lalo, es difícil que lo hagan pagar con cárcel. Y ¿por qué no? Mire nada más lo que sucedió con el tipo ése que mató a 6 personas en el D.C. En los noticieros de televisión habían documentado recientemente la noticia. Titular: Camión conducido por un hombre en estado de ebriedad se empotra en una casa del barrio tal causando la muerte a 6 personas que se hallaban en su interior. El proceso en su contra había concluido apenas unos cuantos días atrás. A favor. Manda para el hoyo a media docena de personas a causa de su palmaria y comprobada irresponsabilidad y no obstante ahora se encuentra andando libre y cagado de la risa por las calles. Como tú o como yo, que no hemos matado a nadie. Las leyes humanas sólo sirven para joder a los que no han hecho nada. Sé un criminal y la ley te favorecerá. No lo seas, y ya verás lo que te pasa. Ése es el mensaje que te grita el mundo. Sólo hay que ver, por ejemplo y a propósito, las condenas que recibieron algunos estafadores que aplicaron el Esquema Ponzi y mandaron a la ruina a miles de idiotas. William Miller fue sentenciado en principio a 10 años de cárcel pero luego fue perdonado. Ioan Stoica a 7 años, apeló y la condena fue reducida finalmente a tan sólo 1 año y medio. Etcétera, etcétera. En este caso, y en otros parecidos, afirma Lalo, sin prestar atención a las gorjeantes palomas de la Plaza que picotean sus zapatos, es muy fácil evadir la responsabilidad metiéndose por cualquier resquicio. Además dicen que la familia de Gerardo contrató para su defensa a un magistrado de la Sala Penal del Tribunal Superior de la ciudad. La de Gerardo era una familia como cualquiera otra familia de clase media de nuestro barrio. Una familia compuesta por el señor Porras, el padre, la señora Crisanta, la madre, Gerardo, el hijo medio, Daisy, la hija menor y Jaime Alberto, el hijo mayor y amigo nuestro, es decir, mío y de mis hermanos

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Pancho y Fran. En nuestra época de adolescentes, a Jaime Alberto lo llamábamos Porras El Cabezón, o, simplemente, Cabeza o Cabezón, y tanto por el tamaño anormal de su mollera como por la singular forma de la misma, pues se asemejaba a una ovalada pelota de fútbol americano. Esto lo amargaba, lo irritaba y lo ofendía un poco, hasta el punto de que, cuando lo hacíamos, nos respondía al instante y con aparente rencor: ¡Cabeza su mamá! o ¡Cabezón su papá, malparidos! Pero, en general, no se lo tomaba tan a mal como otros, pues, al final de cada una de estas réplicas, soltaba una sonora carcajada de satisfacción: ¡Jajajajajajajá!, como si con ello quedara saldada la cuenta por nuestra insidiosa befa. Los cuatro hacíamos parte del equipo de fútbol que representaba al barrio en el Campeonato Municipal. Contando de atrás hacia adelante, Pancho ocupaba en la alineación el puesto de portero, Jaime Alberto el de defensa central, Fran el de volante de creación y yo el de delantero centro. Y cada uno era en su posición el mejor del equipo, es decir, titulares indiscutidos, y además, si se me permite decirlo, estrellas inamovibles, excepto, claro está, por lesión. Pero lo que nos diferenciaba a mí y a mis hermanos de Jaime Alberto, era que nosotros no nos jactábamos de nuestras habilidades atléticas en el desempeño de nuestras funciones como miembros del equipo, porque siempre, indefectiblemente, al final de cada partido Jaime Alberto estaba diciéndonos: ¿Se dieron cuenta que si no es por mí nos golean?, o ¿Sí vieron la chilena espectacular que hice?, o ¿Cómo les pareció el golazo que marqué? Y eso que yo soy defensa, etcétera, etcétera. Lo hacía mientras nos cambiábamos en el campo de juego e incluso todavía después, mientras nos dirigíamos a casa en un autobús. Era como si, por alguna extraña razón, Jaime Alberto necesitara de manera imperiosa que se reconociera su valor tanto como jugador que, por extensión, como persona. Acaso esto se debiera a que Jaime Alberto no era muy querido en su propio hogar y requería del aprecio ajeno, como compensación, fuera de éste. Lo sabíamos porque durante el bachillerato Fran había estudiado junto con él en el Colegio Salesiano Maldonado y era incluso su mejor amigo y confidente. Mi mamá es una hija de puta y mi papá un güevón, solía decir Fran que decía Jaime Alberto. ¿Por qué se expresaba de sus padres de esa manera tan dura?, le preguntaba yo a Fran, no sin extrañeza y, hay que decirlo todo, con morbosa curiosidad. Y entonces él me respondía contándome la historia de Jaime Alberto. Todos en el barrio poseíamos una historia propia que nos caracterizaba y nos individualizaba y por la cual éramos calificados, ya con comprensión, ya con censura, por los demás. Así, por ejemplo, y de acuerdo a su historia particular, Julián, El Destornillado, era, para unos, un maldito degenerado y, para otros, sólo un chico con ideas raras. La historia de Jaime Alberto es la siguiente, empezaba. Su madre, la señora Crisanta, era una mujer de carácter dominante. En su casa se hacía lo que ella ordenaba y a su marido, el señor Porras, lo trataba como a un súbdito, ni más ni menos y, lo peor de todo, con la total connivencia del propio afectado. Ambos, ella y él, trabajaban en la UPTC. Se desempeñaban en el sector administrativo de la misma. La señora Crisanta ganaba dos sueldos, el suyo propio y el de su marido, pues éste, al final de cada mes, hacía entrega a su

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esposa del dinero de su salario, en su totalidad, para que ella lo administrara a como bien, o mal, se le antojara. Incluso las tarjetas de crédito que las entidades bancarias concedían al señor Porras eran manejadas por su mujer. El problema era que, vaya el Diablo a saber por qué, la señora Crisanta, como en el caso de Eva María, la madre de Federico, padecía una predilección enfermiza por sus dos hijos menores. Eran éstos los verdaderos amos del hogar, pues siempre, por intermediación de su progenitora, terminaba haciéndose su voluntad. Eran los niños consentidos de su madre. Sus deseos y necesidades se cumplían a rajatabla. Bastaría, a propósito, mencionar tan sólo dos acontecimientos que sustentan la afirmación precedente. Se hubo de gastar sendas fortunas en, primero, sufragar los costos generados por cierto accidente automovilístico en la llamada Carretera Vieja del que fuera protagonista un Gerardo borracho como una cuba y que diera como resultado tanto el volcamiento del carísimo BMW ajeno, prestado, en que viajaba éste y su conquista de turno, cosa grave, como, hecho todavía peor, la desfiguración del bellísimo rostro de la estúpida chica y, segundo, pagar las seis operaciones estéticas a las que fuera sometida la señorita Daisy para cambiar su más o menos aguileña y prominente nariz por un respingado y reducido botoncito nasal a lo Michael Jackson, ¿o tal vez mejor debiera decir a lo Latoya Jackson?, que le ayudara a conseguir novios más fácilmente, pues aquella otra, la natural, no hacía más, al parecer, que espantárselos. Aunque la verdad es que esto no constituiría ningún inconveniente si a Jaime Alberto se le mimara de la misma forma que a sus hermanos menores. Pero, por lo visto, no. Al contrario. Era blanco por parte de su madre de las más severas críticas y del trato más descomedido. Todo empezó, al parecer, en la época inmediatamente posterior a la conclusión de sus estudios secundarios. Jaime Alberto decidió entonces seguir la carrera militar. No lo hizo por convicción propia sino presionado justamente por la señora Crisanta. Los hijos de algunas de sus amigas habían hecho lo mismo y eran ahora no tanto dignos y respetados oficiales, que en esta época poco o nada importa, como individuos millonarios, esto sí, y mucho, gracias a su beneficiosa participación en el tráfico internacional de las drogas, marihuana, cocaína, heroína, que del país salen tanto a calmar los cocos ansiosos de nuestros taimados esclavizadores norteamericanos y europeos como a colmar sus enormes e insaciables bolsillos. Jaime Alberto fue matriculado con bombos y platillos en la Escuela Militar de Cadetes General José María Córdova. En las reuniones con sus amigas la señora Crisanta no hacía más que ponderar entre éstas, cotorras estúpidas e incansables como ella misma, su sabio criterio al obligar a su hijo mayor a comenzar la siempre provechosa carrera militar. Y eso que entonces no habíamos llegado aún a la cumbre del Estado Mundial fascistoide en que nos hallábamos ahora merced al paranoico clima de terror creado artificiosamente en el año 2001 por el gobierno criminal de los Estados Unidos de América y apoyado localmente, ¿cómo no?, por el no menos criminal de su palafrenero de turno para justificar la engañosa y tristemente célebre Guerra contra el Terrorismo. A propósito del carácter delictivo de los gobernantes en general, el director norteamericano de

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cine Woody Allen hace exclamar acertadamente al personaje interpretado por él mismo en cierto film suyo situado en la Rusia de 1812: Que gobierne el Zar o Napoleón, lo mismo da: ambos son unos delincuentes. Y Borges apunta: Algún día mereceremos no tener gobernantes. A lo que yo aclararía: Algún día mereceremos no tener gobernantes delincuentes. ¿Cuándo? Cuando nosotros mismos dejemos de serlo. El pueblo estadounidense que eligió y reeligió a George W. Bush como su líder es tan responsable como éste mismo y sus secuaces de las atrocidades cometidas en su representación en Afganistán, Irak, Guantánamo, so pretexto de la capciosa Guerra contra el Terrorismo (porque si voto y en seguida después me olvido del asunto, entonces ¿para qué voto? De lo anterior no se infiere, por supuesto, que es mejor abstenerse de votar para no contraer así responsabilidades, ya que el irresponsable que no vota es tan responsable de lo que sucede como el que vota irresponsablemente), Guerra contra el Terrorismo cuyo mismo nombre es todo un contrasentido y que en realidad sólo favorece a las Corporaciones Transnacionales gringas a las que con nuestro silencio criminal, con nuestra anuencia cómplice permitimos que mangoneen el orbe entero y nuestro propio destino, pues su monstruosa y bien engrasada maquinaria de la que hacen parte substancial la tenebrosa y temible CIA y sus rapaces y desaprensivos aliados del Primer Mundo no duda ni un segundo en patrocinar Golpes de Estado en Repúblicas Bananeras como las nuestras o emprender guerras injustificadas en contra de naciones petroleras reacias a su infame dominio con tal de que al final de las masacres y los genocidios las utilidades sean cuantiosas y porque frente a esta situación atroz nuestra actitud es la misma del avechucho que sepulta su mollera en el suelo para no ver al cazador que con su poderosa arma de fuego se apresta a escabecharlo, a fulminarlo sin piedad alguna. ¿Y cuándo ocurrirá aquello? Cuando exigir a nuestros gobernantes, que no son otra cosa que simios parlantes como tú o como yo y no criaturas superiores y cuasi celestiales como pretende hacernos creer su infaltable y bien remunerado séquito mediático de aduladores, de soplapollas y lameculos, cuando exigir a nuestros gobernantes JUSTICIA no sólo para nosotros mismos sino también para nuestros semejantes sea para cada individuo libre una necesidad tan natural como comer o ir al retrete a evacuar. O sea NUNCA. ¿Por qué? Porque este planeta y sus habitantes estamos condenados. ¿Por qué o por quiénes? Por nosotros mismos y nuestras ESTOLIDEZ y COBARDÍA soberanas. Yo, por mi parte, que no tengo un concepto muy elevado de la raza humana en general, incluido yo mismo en ella, por supuesto, no movería un solo dedo a su favor o en su beneficio, como no sea, justamente, para enrostrarle su idiotez y su mezquindad, y aun así no estoy muy seguro de que semejante cosa sirva para algo. Sólo hay que ver cómo anda el mundo en general y este país en particular. Por ejemplo, cierto día, en las páginas interiores del diario El Espectador apareció un artículo que se asemejaba más bien al de portada de El Tiempo de esa época. Lo firmaba Héctor Abad Faciolince y, como sucede con el cautivo que espía todos y cada uno de los movimientos de su captor, mi atención fue espoleada entonces por tan poco usual circunstancia, hasta el punto de que

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comencé a devorarlo primero que cualquier otro y experimentando un súbito y agudo sentimiento de desazón, ni más ni menos como el reo que al despertar en la mañana advierte de pronto que durante la noche han reforzado los barrotes de su celda. Decía (los espíritus nobles excusen su, para mí, inexcusable ligereza): «Durante los ocho años abominables de George W. Bush, los peores conceptos y vaticinios del antinorteamericanismo más cerril parecían cumplirse. El Imperio arrogante e insensible, las burdas simplificaciones de lo que es bueno y malo, el mundo en blanco y negro, la cruzada de los puros contra la maldad de los malos. El gran país del Norte parecía desbarrancarse por el precipicio del fanatismo religioso, la intolerancia, el irrespeto por todo aquello que fuera distinto al capitalismo salvaje y a los negocios sin control de una pequeña plutocracia petrolera. Guerras e invasiones justificadas con mentiras, arrogancia sin fin de los banqueros y los yuppies, exportación a la fuerza y con bombardeos indiscriminados de algo que se llamaba ―democracia‖, pero que quería decir más bien libertad sin límites para hacer los negocios que le convenían a una pequeña camarilla de la Casa Blanca, que combinaba discursos de ideología incendiaria con contratos de seguridad en los países invadidos. No obstante, a veces pienso que W. Bush fue ―a blessing in disguise‖, como dirían los gringos. Es decir: un mal que vino por bien o una bendición disfrazada de maldición. Los estadounidenses tuvieron que tomarse hasta la última gota del más venenoso cóctel que subsiste en su propia cultura (racismo, fanatismo religioso, arrogancia capitalista), para darse cuenta donde más les duele, en el bolsillo, de que ese era el camino del infierno, no sólo planetario, sino también local. Durante ocho largos años tuvieron al menos culto, al menos inteligente, al más burdo presidente de su historia, probaron hasta el último sorbo lo que predica y hace la derecha recalcitrante, y al fin se dieron cuenta del resultado: el país quedó con la imagen internacional más maltrecha de su historia, odiado con motivo en muchos lugares del planeta, y con la economía interna vuelta añicos. Obama heredó una economía al borde del desastre. Y Estados Unidos, sin embargo, renace. Los que seguimos sintiendo profunda admiración por el país del Norte, los que incluso durante la era Bush defendimos el espíritu crítico de sus intelectuales, la calidad de su prensa y de sus universidades, la inventiva e inteligencia de un país que ha sabido acoger en su seno a inmigrantes provenientes de todos los países, nos ha tocado por fin ver la dicha de este nuevo despertar estadounidense. Si uno mira a los líderes del continente americano, el mulato Barack Obama es la figura más fascinante, el verdadero líder que uno quisiera como gobernante de cualquier país: pragmático y prudente, mesurado en el discurso, justo en el análisis de las relaciones internacionales, inspirador en todos los sentidos. Defensor de un patriotismo sereno y respetuoso por los demás países, sin el nacionalismo burdo de soldados, banderitas y Hummers. En el sancocho recalentado de Hispanoamérica (quizá con las solas excepciones de Lula y Bachelet), donde montones de presidentes de izquierda y de derecha modifican burdamente las Constituciones para perpetuarse en un poder casi tiránico, emerge esta nueva figura de verdad carismática, capaz de

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hacernos volver a soñar con un futuro mejor, con un planeta menos bárbaro en el que no sea imposible el entendimiento entre los seres humanos. Volvemos a mirar hacia arriba, no con resentimiento y miedo, sino con esperanza. Y estamos pendientes de lo que hará en estos días, que para muchos es ―la hora de la verdad‖. Pese al tono conciliador, tendrá que tomar decisiones que a algunos les van a doler. No será posible apagar el incendio de la recesión, de la salud, de la ecología, sin pisar algunos callos, sin perjudicar intereses creados de grandes industrias y corporaciones de su país. El 4 de julio se celebró en Estados Unidos la Declaración de Independencia con que culminó la Revolución Americana, una revolución que fue fuente de inspiración para el mundo entero, precursora de Francia y de todas las repúblicas americanas. A veces no ha sido fácil unirse a las celebraciones del Norte, pues el aliento que de allí nos llegaba no era el viejo aliento de los Padres Fundadores, sino una traición a aquellos ideales de independencia, libertad, separación de Estado y religión, humanismo. Hoy, en cambio, uno se siente tranquilo de compartir con ellos un mismo anhelo, los mismos ideales que defendieron visionarios como Adams, Franklin, Jefferson, Madison, Hamilton, o precursores como Paine. En el amanecer de este siglo tuve en La Habana una pequeña discusión con Roberto Fernández Retamar, uno de los comisarios de la cultura cubana. Siendo yo jurado del Premio Casa de las Américas, sostenía el director de esta institución habanera que el Imperio Norteamericano estaba al borde de la disolución, y que él no le daba más de 15 o 20 años de vida. Me permití disentir. Le dije que esto sería verdad si el PPG (una droga que se vendía en Cuba como afrodisíaco) funcionara tan bien como el Viagra, si Internet y Google se hubieran inventado en Matanzas, y si García Márquez hubiera ido a tratarse su enfermedad con los médicos cubanos y no con los de Los Ángeles. Podrá sonar cruel, pero es cierto. La fuerza de Estados Unidos sigue estando en su capacidad de inventar, tanto en la técnica como en la literatura, en la biología y en las matemáticas, en la lingüística y en la poesía. Los que siempre hemos admirado la creatividad y la potencia inventiva de Estados Unidos, estuvimos cabizbajos y achantados durante casi un decenio. Ahora no me avergüenza decir, como se pudo decir al final de la Segunda Guerra Mundial, que la fuerza de la libertad y de la liberación del mundo proviene nuevamente de los Estados Unidos.» Cuando terminé, me pareció que el Embajador de USA en el país no podría haberlo escrito mejor, me indigné, corrí hasta la mesa del ordenador, tecleé furiosamente, luego salí de la casa de mi madre y fui al Café Internet de la esquina y envié a la dirección de correo electrónico del periódico una extensa réplica bajo el título EL VERDADERO AMO DE BARACK OBAMA. Decía: «A propósito del artículo del 5 de julio EL RENACIMIENTO DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA firmado por su columnista y miembro de su Consejo Editorial Héctor Abad Faciolince, quisiera poner de manifiesto, de la manera más respetuosa, los tremendos errores en que en mi opinión incurre. En primer lugar, en su defensa de Estados Unidos contra el ―antinorteamericanismo más cerril‖ pone de manera equivocada en el mismo saco a sus gobernantes y a sus ingenieros, biólogos, matemáticos, lingüistas,

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poetas, literatos, intelectuales, diarios, centros educativos superiores, etcétera, y digo de manera equivocada porque lo que se critica del gran país del Norte no es, por supuesto, el significativo aporte que estos segundos efectúan en todos los campos a la humanidad entera sino justamente la errada (por no decir criminal) política que aquellos primeros, como representantes del pueblo estadounidense, desarrollan dentro y fuera de sus fronteras territoriales, lo que necesariamente genera aquí y allá odios no del todo injustificados. Nadie pone en tela de juicio la ―inteligencia e inventiva‖ de aquel país sino la capacidad de sus líderes para encontrar genuinos y duraderos caminos de PAZ y de CONVIVENCIA y sobre todo de JUSTICIA que merezcan el respeto y el respaldo si no unánime sí por lo menos mayoritario tanto de sus compatriotas como del resto de los habitantes del planeta. Tal incapacidad fue puesta al descubierto como nunca antes durante el gobierno terrible de George W. Bush, al que a su favor podemos decir que nos mostró, sin maquillaje alguno, la verdadera cara de una América dominada por ―el fanatismo religioso, la intolerancia, el irrespeto por todo aquello que fuera distinto al capitalismo salvaje y a los negocios sin control de una pequeña plutocracia petrolera‖. En segundo lugar (y lo que es más grave por las implicaciones que tiene en la pobre perspectiva de la Opinión Pública nacional), pone por los aires, fascinado por su imagen de individuo ―pragmático y prudente, mesurado en el discurso, justo en el análisis de las relaciones internacionales, defensor de un patriotismo sereno (como si esto fuera posible en una nación que ha hecho del patriotismo una apasionada y esa sí cerril religión) y respetuoso por los demás países‖, al nuevo inquilino de la Casa Blanca Barack Obama, ―el verdadero líder que uno quisiera como gobernante de cualquier país‖, cual si éste se tratara de una especie de alado Mesías que, gracias a su innegable y ―fascinante‖ carisma, todo lo puede y lo podrá. Es difícil creer que uno de nuestros intelectuales de hoy con mayor renombre profiera una opinión colmada de tanta ingenuidad. Porque es ingenuo pensar que el ciudadano norteamericano Barack Obama vaya a cambiar en esencia el panorama de su país en particular y del mundo en general, tan ingenuo como pensar que George W. Bush tuvo alguna vez el control de cualquier asunto de su incumbencia como ―líder‖ de su nación y del orbe entero. Ingenuo porque el Presidente de los Estados Unidos de América es apenas el representante no declarado de la Corporatocracia gringa (verdadero Emperador del Imperio, verdadero amo del Presidente de turno), de las Corporaciones Trasnacionales (Federal Reserve, International Monetary Found, JP Morgan Chase, World Trade Organization, World Bank, General Motors, Halliburton, Bechtel, etcétera, etcétera) que, al igual que a su predecesor, lo auparon a semejante cargo con la ayuda de enormes aportes económicos a sus campañas y que son las que en realidad dictan a través de su representante así comprado las políticas a seguir dentro y fuera de la esplendente ―Tierra de las Oportunidades‖, tal como lo afirma John Perkins en su libro autobiográfico Confessions of an Economic Hitman (Confesiones de un Sicario Económico). Ingenuo porque a través de la Historia (tal como se referencia en aquel libro) los Estados Unidos de América y sus gigantescas

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corporaciones han erigido un Imperio clandestino e ilegal valiéndose de endeudamiento innecesario de naciones (tal como ocurriera en la Argentina durante la dictadura de Videla), compra de gobernantes para que regalen los recursos naturales de sus países (petróleo, gas, minerales, agua, etcétera, tal como sucede aquí, en Colombia), eliminación de líderes reacios a dejarse comprar (tal como pasara en 1981 con Jaime Roldós de Ecuador y Omar Torrijos de Panamá con apoyo de la temible CIA) y otras prácticas abusivas y criminales y de cuyos beneficios el pueblo norteamericano ha disfrutado por mucho tiempo (¿sin saberlo y sin sospecharlo siquiera o más bien haciendo la vista gorda y mirando para otro lado?) y resultaría poco menos que probable que semejante situación que ha dado tan buenos resultados vaya a cambiar sólo porque a un individuo valiente y justo e ―inspirador en todos los sentidos‖ se le ocurra la insensata idea de traicionar a sus avezados patrocinadores. Así, pues, lo que en realidad sucede con el admirado Obama (que sin duda posee todo el atractivo de una estrella cinematográfica de aquella gran fábrica, más que de sueños, de propaganda ideológica gringa que es Hollywood) es que ha sido puesto allí, en la cúspide del mundo, para hacer borrar, con sus innegables dotes físicas e histriónicas (ya que, como afirma Milan Kundera en su novela La inmortalidad de 1989, ―la imagología ha derrotado a la ideología‖; sólo hay que considerar las declaraciones del Primer Ministro italiano Silvio Berlusconi: ―Obama es joven, guapo y está bronceado‖, pues en verdad poco importa lo que piense Obama, ya que todos los políticos repiten como loros lo mismo, sino la apariencia que proyecte ante un mundo encandilado por la imagen), para hacer borrar, itero, la negra sombra que cayera sobre su enorme y valioso país y que injustamente le achacaran al pobre e inocente George W. Bush (pues, como se colige de todo lo anterior, no es en manera alguna culpable del trágico destino que la Corporatocracia le impusiera ante sus compatriotas y el resto de la humanidad de ser ―el peor presidente de la historia de los Estados Unidos‖). Y hasta el momento parece ir por buen camino, aunque en noviembre pasado y ante la crisis financiera generada de manera irresponsable por las incontroladas organizaciones bancarias dijera para apoyar la ingente ayuda económica que por entonces debía ser aprobada por el Congreso que ―no era momento de buscar responsables sino de colaborar‖ y luego en su discurso de posesión como Presidente afirmara que ―no vamos a pedir disculpas por nuestro estilo de vida‖, hechos relevantes que confirman lo aquí expuesto (pues de ello se desprende que Obama no va a criticar a sus auxiliadores económicos y que tampoco va a poner en tela de juicio la manera derrochadora y poco solidaria con que hasta ahora los norteamericanos han vivido como sociedad, inmersos en una burbuja de riqueza extraída con la sangre, el sudor y las lágrimas de millones y millones de habitantes del planeta) y que sin embargo pasaron al parecer inadvertidos. Y es por eso que hoy nos encontramos aún en la etapa de la ―Obamamanía‖, pues ―esta nueva figura de verdad carismática‖ ha sido ―capaz de hacernos soñar con un futuro mejor, con un planeta menos bárbaro en el que no sea imposible el entendimiento entre los seres humanos‖. Pero si se me permite ser por un lado menos entusiasta (por no decir melón)

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que nuestro aclamado y veterano novelista Héctor Abad Faciolince y por otro lado agorero, diré que, debido a la irrefrenable dinámica imperialista de nuestros mandarines del Norte, vendrá después, para tristeza de muchos, la ―Obamadecepción‖, cuando el ―líder‖, ―a la hora de la verdad‖, no cumpla con las exageradas expectativas que cándidamente se han creado en torno suyo, y quizá más adelante, la diosa Fortuna no lo quiera, el ―Obamagate‖, cuando sus debilidades de ser humano sean expuestas a la luz pública por sus enemigos políticos y personales acaso no tanto para sacarlo del camino como para rebajarlo, tal como le sucediera a su copartidario Bill Clinton, cuyo desprestigio en Estados Unidos es tan grande que, durante la campaña electoral a favor de Obama, en el Daily Show al que fuera invitado por Jon Stewart uno de los miembros del público le gritó desde la platea ¡Imbécil! con sonora rabia (a diferencia de lo que pasa en nuestro país, que lo recibimos con venia y risibles titulares del tipo: ¿Por qué nos gusta tanto Bill Clinton?). Y ya por último, afirmar como lo hace Héctor Abad Faciolince en su artículo que ―la fuerza de la libertad y la liberación del mundo proviene nuevamente de los Estados Unidos‖, es hablar más con la voz del fervoroso deseo o por lo menos de la rendida admiración que, como se ve, con la de la dura e implacable realidad.» Ese mismo día obtuve la siguiente respuesta: SILENCIO. Y después: MÁS SILENCIO. Y finalmente: SILENCIO MORTAL. Tiempo perdido. Un grito en el desierto. Como buen cabezadura decidí entonces poner mi réplica a la consideración de mis contactos en la Red. ¿He de confesar que cándidamente esperé recibir el apoyo irrestricto de todos y cada uno de mis adeptos? No hubo uno solo, sin embargo, ni siquiera Boris, que hiciera eco a mis observaciones, salvo Luis Carlos, quien entonces me escribió un breve mensaje de aliento. Ese único mensaje bastó sin embargo para que como un loco, esto es, como un miserable prisionero que cree ingenuamente, estúpidamente que sus ideas libertarias van a ser tenidas en cuenta precisamente por parte de sus aviesos carceleros, iniciara una febril seguidilla de cartas destinadas al periódico. Seguidilla emprendida con: «LA VIEJA ESTRATEGIA DEL IMPERIO. A propósito del artículo ―Las bases del recelo‖ publicado el 9 de agosto, me permito argumentar sucintamente los motivos por los cuales Estados Unidos no pretende, sino que en efecto y de manera descarada y con la anuencia cómplice de su hombre en la Casa de Nariño va a instalar bases militares suyas en territorio nacional, ya que al insigne autor del mismo, William Ospina, le parece tremendamente extraño que esto pueda llegar a suceder en el gobierno del carismático y para muchos (entre ellos su obnubilado colega Héctor Abad Faciolince) mesiánico Barack Obama, hasta el punto de que declara: ―Es una de las decisiones más misteriosas de la política reciente‖, y en últimas la percepción que deja en sus lectores es que parece hacerse de la vista gorda (raro y sospechoso mal de los encumbrados intelectuales de esta colonia que retozan sobre sus propios laureles, por decir lo menos) con un tema que para quienes incluso no tenemos más que dos dedos de frente no es otra cosa que la repetición de una vieja estrategia del gran país del Norte que ha dado excelentes resultados en beneficio del neocolonialismo taimado, a veces cínico

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pero siempre atroz que viene practicando desde hace mucho tiempo. John Perkins, en una entrevista para Zeitgeist Movement señala la estrategia de dominio de los pueblos a través de sus gobernantes que ha implementado la Corporatocracia gringa (verdadero Emperador del Imperio y cuyo representante no declarado es el presidente norteamericano de turno, sea republicano o demócrata, blanco o negro, verde o fucsia, detestable o encantador, merced a la ingente cantidad de recursos que aporta a sus campañas electorales) en el mundo entero desde la década del 50 del siglo pasado y hasta nuestros días. En primer lugar están los ―Sicarios Económicos‖, que compran gobernantes para que regalen a las Corporaciones Trasnacionales americanas los recursos naturales de sus países como petróleo, gas, minerales, agua, etcétera, etcétera. Después, en caso de fracaso de estos primeros, aparecen los ―Chacales‖, generalmente agentes de la tenebrosa y temible CIA que se encargan de derrocar gobiernos rebeldes como sucediera con el de Mossadegh en Irán en 1953 y el de Arbenz en Guatemala en 1954, así como de eliminar líderes reacios a dejarse comprar por los Sicarios Económicos, tal como pasara en 1981 con Jaime Roldós de Ecuador y Omar Torrijos de Panamá, a quienes intentó sin éxito comprar el citado John Perkins y de lo cual, arrepentido o no, da testimonio. Y por último, cuando los primeros y los segundos han fallado, aparecen Los Militares, propios o comprados, que invaden el país e imponen un gobernante que se pliegue a sus irreductibles exigencias, tal como recientemente sucediera en Afganistán e Irak y ahora, este mismo año, en Honduras. Así, pues, las bases militares gringas en territorio colombiano servirán a esta tenebrosa pero efectiva estrategia militar, paramilitar y de sabotaje en contra de los gobiernos de Latinoamérica cuyas políticas renuentes a la entrega y al dominio (entrega y dominio en que sí se encuentra sumido nuestro país desde hace casi 200 años) no gustan para nada a la todopoderosa nación del admirado Obama.», continuada con: «SAN OBAMA. A propósito de su Editorial del domingo 11 de octubre titulado ―El Premio Nobel de la esperanza‖, quisiera exponer, en primer lugar, que hay que considerar la inmerecida concesión del Premio Nobel de Paz al carismático Presidente Barack Obama (que indudablemente es mejor actor que cualquier estrella hollywoodense) desde la sospecha de qué se esconde detrás de este hecho, que, conociendo los tentaculares alcances de los poderosísimos grupos económicos norteamericanos, no parece ser en modo alguno gratuito. Lo que la Corporatocracia norteamericana busca ahora es posicionar a su representante no declarado como una suerte de ―Santo Sin Mácula‖ ante la engaitada Opinión Pública Mundial con el propósito de que sus acciones de aquí en adelante en contra de los Gobiernos reacios al infame dominio de las Corporaciones Transnacionales gringas sean vistas como acciones ―absolutamente justas y merecidas‖, tanto más si se tiene en cuenta que, a diferencia del mesiánico líder de los Estados Unidos, sus opositores (políticos, no personales), aparecen en el imaginario colectivo, gracias a la campaña mediática de desprestigio emprendida por aquéllas, como verdaderos ―demonios‖ o por lo menos ―locos‖. Así, pues, en este mundo tan retorcido en el que vivimos, en el que el iracundo

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dios MERCADO todo lo puede, no deberíamos ser tan ingenuos como don José Saramago con respecto a las expectativas puestas en un simple mortal encadenado a la monstruosa maquinaria que mangonea al orbe entero y que no duda ni un segundo en patrocinar Golpes de Estado o emprender guerras injustificadas con tal de que al final de las masacres y los genocidios las utilidades sean cuantiosas.», reforzada luego con: «DESDE LA COLONIA. Resulta increíble, por no decir ridículo y hasta delirante, lo que Miguel Ángel Bastenier pretende que creamos después de leer su artículo titulado ―Por el alma de América Latina‖ y que apareciera el 8 de noviembre en la sección Opinión de ese diario: por un lado que la instalación de 7 bases militares estadounidenses en territorio colombiano ―no proyecta amenaza alguna sobre Venezuela‖, y por otro lado que el golpe militar efectuado en Honduras contra Manuel Zelaya no fue una derrota de la democracia del país centroamericano sino más bien una ―derrota del chavismo‖. Al señor Bastenier, que vaya el Diablo a saber por qué cree tener una visión muy clara de Latinoamérica, le haría bien en estudiar los textos que sobre la relación del Imperio Norteamericano con el Tercer Mundo han escrito acertadamente el lingüista Noam Chomsky (que es gringo pero que —a diferencia de muchos pseudo intelectuales a sueldo, como el señor Bastenier, instalados convenientemente en periódicos, revistas, estaciones de radio, canales de televisión y blogs— no come entero) y el uruguayo Eduardo Galeano. ¿Por qué? Porque si el aplaudido columnista lo hiciera vería lo que para ciudadanos con apenas dos dedos de frente resulta imposible no ver. En primer lugar, que la invasión militar a Venezuela ya ha sido decretada por Washington, pues es el último recurso de que dispone el Imperio para sacar del camino a Hugo Chávez (y no porque como persona les caiga mal, sino porque éste es contrario a los intereses económicos de sus avarientas Corporaciones Petroleras, las cuales desean volver a los tiempos de sus predecesores, quienes, como los mandatarios colombianos de entonces y de ahora, les regalaban el preciado líquido combustible a cambio de las consabidas coimas), toda vez que las acciones precedentes de su vieja estrategia neocolonizadora —esto es, la compra en dólares de la conciencia del mandatario a través de los ―Sicarios Económicos‖ y el Golpe de Estado orquestado por los ―Chacales‖ de la temible CIA y fraguado desde la colonia yanqui que lastimosamente es nuestro país— han fallado. Para tal invasión —que es sólo cuestión de tiempo para que finalmente ocurra, aunque, quizá, de manera no tan evidente como las invasiones a Panamá, Grenada, Afganistán o Irak, por sólo nombrar algunas de las más recientes— se ha venido ―preparando‖ a la Opinión Pública Mundial con una feroz campaña mediática no sólo de desprestigio, de satanización del lengüilargo y folclórico líder sudamericano sino además de ensalzamiento, de divinización del ―virtuoso‖, mesurado y carismático líder estadounidense. Mientras que al primero le llueven a diario, como un ruido de fondo, negros epítetos como ―dictador castrista‖, ―loco armamentista‖, ―auxiliador del terrorismo‖, ―asesino de colombianos‖, ―narcotraficante‖, ―amigo de demonios como los presidentes de Irán y de Siria‖, a la ―paloma‖ que es el segundo se le concede, sin haber

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hecho nada loable más que ―gorjear‖ melodiosamente, el ―prestigioso‖ Premio Nobel de la Paz (que se lo ganan hasta terroristas de Estado como Henry Kissinger). Así, pues, dicha campaña no tardará en dar los frutos esperados: tras la bien planeada invasión nadie moverá un dedo por el ―tirano derrocado‖ y Obama pasará a hacer cola tras Juan Pablo II camino de la beatificación ―por sus denodados y valientes esfuerzos por la liberación de los pueblos oprimidos‖, mientras rápidamente se monta en el poder a un gobierno títere como el de Hamid Karzai en Afganistán. (A propósito de las fraudulentas elecciones en este país, los gringos, incluido San Obama, por supuesto, no tardaron en dar su aprobación a la reelección así conseguida, en tanto por el contrario se apresuraron a condenar la de Ahmadineyah en Irán, como hacen siempre con todos aquellos gobernantes refractarios que no se encuentran en la órbita de su infame dominio global.) Ahora bien, qué fácil resulta para la Derecha Radical y sus poderosos y omnipresentes medios de comunicación acusar a mandatarios como Manuel Zelaya de ―chavista‖ (o sea ―seguidor de ese peligroso lunático que —para ellos— es Hugo Chávez‖) con el propósito de deslegitimar el deseo democrático del pueblo hondureño de desmarcarse del keynesiano yugo norteamericano, yugo que en toda Centroamérica produjo en décadas pasadas horrorosas masacres y genocidios por cuenta de militares y paramilitares entrenados y pagados por Washington en beneficio de los inhumanos intereses de sus Corporaciones Trasnacionales, según ha denunciado con ésta sí auténtica valentía Noam Chomsky (masacres y genocidios que por otra parte y no hace mucho hemos visto y aún hoy seguimos viendo replicados con toda su monstruosa barbarie en nuestro ofuscado suelo).», y rematada finalmente con: «CARTA ABIERTA A INTELECTUALES. Ahora que asistimos (impertérritos, sin extrañeza alguna por parte nuestra, pues ya lo veíamos venir como consecuencia de su condición de falso Mesías) al primer acto criminal en Latinoamérica del admirado y aplaudido Premio Nobel de la Paz Año 2009 (digno heredero de su también célebre compatriota Henry Kissinger, otro ―merecedor‖ del ―prestigioso‖ galardón, autor intelectual y responsable, entre otros muchos crímenes a lo largo y ancho del planeta, de la caída y muerte de Salvador Allende, y justo el mismo año, 1973, ¡vaya monstruoso cinismo!, de tan infame acontecimiento), quien asegura sin rubor alguno reconocer las amañadas elecciones del 29 de noviembre en Honduras (tal como hace poco lo hiciera con las también amañadas de Afganistán que convenientemente mantuvieron en el poder a Hamid Karzai, títere corrupto del Imperio), elecciones realizadas para ―LAVAR‖ el Golpe de Estado efectuado por las fuerzas militares entrenadas y pagadas por su propio gobierno con el apoyo de la tenebrosa CIA contra Manuel Zelaya (mandatario elegido democráticamente por los habitantes del país centroamericano) y sin observadores internacionales creíbles (la OEA y la ONU decidieron no legitimar el vil atropello con su participación en la contienda electoral, y eso que, como diría Eduardo Galeano, ―tienen la memoria del burro, pues nunca olvidan dónde comen‖), invito a los también laureados intelectuales Héctor Abad Faciolince y William Ospina a que tengan la hidalguía de explicar a la

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Opinión Pública latinoamericana en general y colombiana en particular (algunos de cuyos miembros no son tan mamertos ni caídos del zarzo como ellos al parecer creen) qué concepto les merecen en este momento las actuaciones de este ―verdadero líder que uno quisiera como gobernante de cualquier país‖, de esta ―figura fascinante, pragmática y prudente, mesurada en el discurso, justa en el análisis de las relaciones internacionales, inspiradora en todos los sentidos, defensora de un patriotismo sereno y respetuoso por los demás países, sin el nacionalismo burdo de soldados, banderitas y Hummers‖ que SIN EMBARGO (en una de las ―decisiones más misteriosas de la política reciente‖) se apresta a instalar en territorio nacional, con la anuencia cómplice y bien remunerada de ―su‖ hombre en el pudridero en que se ha convertido (que ha sido siempre, en realidad) la Casa de Nariño, nada más y nada menos que SIETE BASES MILITARES, a una de las cuales, Palanquero, se le inyectará la friolera de CUARENTA Y SEIS MILLONES DE DÓLARES para adecuarla a las necesidades del todopoderoso Imperio (entre las que, es de presumir, se encuentra sacar del camino al ―molesto‖ Hugo Chávez, tan molesto como el inmolado Salvador Allende, molesto porque no es el Trujillo de República Dominicana, ni el Batista de Cuba, ni los Duvalier de Haití, ni los Somoza de Nicaragua, ni el Rojas Pinilla de Colombia, ni el Odría de Perú, ni el Barrientos de Bolivia, ni el Pinochet de Chile, ni el Stroessner de Paraguay, ni el Videla de Argentina, ni cualquiera de los dictadores latinoamericanos, feroces capataces del Imperio que tan bien le han servido a expensas del sufrimiento y la esclavitud de sus propios pueblos, molesto, en definitiva, porque no es ―su‖ hombre en la rica Venezuela, ya que, de serlo, sus errores, sus desaciertos, sus equivocaciones, sus arbitrariedades, sus medidas represivas, sus actos fuera de la ley, sus compras de armamento no constituirían para el Imperio y su monstruosa máquina de propaganda —que demoniza o santifica según su mezquina y perversa conveniencia— un motivo de crítica y condena sino que, por el contrario, serían racionalizados o minimizados o soslayados olímpicamente). Tienen la palabra. Ojalá no se escuden tras el silencio cobarde de aquellos ―pensadores‖ ligeros de cascos, burócratas de la palabra que no atinan a dar la cara, mas no por vergüenza sino por un inconmensurable orgullo que les impide reconocer que han metido la pata desde el talón hasta la cintura. P.D. ¿Y qué decir de los 30.000 miembros de las tropas guerreristas enviadas por el flamante Premio Nobel de la Paz a la azotada pero indomable Afganistán para intentar sofocar el cruento conflicto bélico iniciado con fantásticas justificaciones por el propio Tío Sam y sus bárbaros e interesados secuaces?». Tales cartas (a las que nunca dejaba de agregar en la parte final, entre paréntesis y a manera de salvaguarda, la siguiente notita aclaratoria: «No sobra recordar que no soy ni guerrillero ni terrorista ni castrista ni chavista ni simpatizante de los enemigos de la verdadera democracia y que mis opiniones son las de un simple ciudadano que asiste con horror a la cruenta pesadilla en que se halla inmersa su aletargada patria»), obtuvieron el mismo reconocimiento, el mismo premio de siempre, UN ESTRUENDOSO SILENCIO, no sólo en el seno del Consejo Editorial del diario sino también, y lo que es aún

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peor, entre mis amigos internautas. Y es que hoy en general nadie ve, nadie oye, nadie habla, nadie piensa (por sí mismo, claro), nadie se opone, la gran masa humana duerme hundida en un negro pozo de euforia hueca repleta de desasosiego e infelicidad latentes llamado PROGRESO. Ya lo dijo Henry Miller en alguna parte: «Estamos en una época de prodigios, en la que los científicos, con la ayuda de los sumos sacerdotes del Pentágono, enseñan gratuitamente las técnicas de la destrucción mutua pero total. ¡Progreso!» ¿PROGRESO? ¡Si aún no hemos logrado superar la sociedad unidimensional, plana, uniforme, conforme, descrita hace medio siglo por Herbert Marcuse! ¡Más bien al contrario! El Sistema ha condicionado perfectamente a los individuos para que nos convirtamos en gusanos ciegos y sordomudos que no hagan otra cosa que arrastrar mansamente su sórdida existencia por el vertedero de oro que es hoy el planeta hasta cuando el mismo Sistema, en caso de ser «necesario» para sus despiadados, inhumanos intereses, decida ocuparse de ellos, de nosotros, destripándolos, destripándonos sin oposición alguna (y también sin remordimiento alguno por su parte, ya que al fin y al cabo se deshace así no de valiosos seres humanos sino precisamente de despreciables gusanos.) No he sido nunca un tipo particularmente violento (por eso soy pobre), mas ahora comprendo por qué Theodore John Kaczynski, el UNABOMBER, argüía que las bombas enviadas por él a universidades y aerolíneas eran «medidas extremadas pero necesarias para atraer la atención sobre la erosión que sufría la libertad humana». Esto concuerda exactamente con lo que Noam Chomsky escribiera en alguna parte: «Cuando la gente se aliena y se queda aislada empieza a desarrollar actitudes irracionales y autodestructivas. Quieren algo en sus vidas. Tienen que identificarse de alguna forma. No quieren estar solamente pegados al televisor. Si se les niegan posibilidades constructivas, volverán sus miradas a otros enfoques.» ¿No es por esto quizá que, por ejemplo, el 13 de diciembre de 2009 Massimo Tartaglia golpeó con una estatuilla de metal al Primer Ministro italiano Silvio Berlusconi, rompiéndole el tabique nasal y partiéndole un par de dientes además de producirle laceraciones en la cara? ¿O que el 19 de febrero de 2010 Joseph Andrew Stack estrelló su avioneta Piper Cherokee PA-28 contra el edificio del Servicio Interno de Rentas, IRS, de los Estados Unidos en la ciudad de Austin, Texas, dejando colgada en la Red una nota en la que decía: «La violencia no solamente es la respuesta, es la única respuesta»? ¿O que los perpetradores de semejantes acciones fueron considerados por innumerables miembros de la Opinión Pública Mundial (que se expresaron a través de Facebook y Twitter) como «auténticos héroes» cuyo ejemplo debíamos imitar? En lo que respecta a mi persona no he alcanzado aún tal grado de perfectamente comprensible enajenación. Y pese a la notita de Luis Carlos que sabiamente puntualizaba: «Un pasquín no sólo escrito sino también audiovisual es lo que recibimos diariamente. Alabo la intención de poner en su sitio a Faciolince pero el pasquín seguirá publicando sus trivialidades y sus fantasías. Seguramente tendremos que ser cada vez más quienes demos vida a la Verdad, aunque sólo sea desmintiendo una y otra vez a los serviles propagadores de la Mentira», no

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he vuelto desde entonces a atentar contra la profunda narcosis de mis adoctrinados, manipulados, engaitados, estupidizados congéneres. ¿Cobardía? ¿Derrotismo? ¿Indiferencia? ¿Conformismo? No. ASCO. REPUGNANCIA. HARTAZGO. Pero con lo que no contaba la señora Crisanta era que el culo indócil de su hijo Jaime Alberto iba a castigar, y pronto, demasiado pronto, su larga y jactanciosa lengua de vieja zorra materialista. Sólo transcurrieron seis meses para que Jaime Alberto, el muy flojo y cobarde, según su madre, se cansara de, en palabras de nuestro amigo, esa vida de perros que les daban a los cadetes en la escuela militar. Entonces desertó. Y aquello fue para su madre la peor ofensa que Jaime Alberto pudiera haberle hecho, acaso tanto como si, ni más ni menos, la hubiese no sólo insultado sino además escupido a la cara. Hablando de caras, ahora se me viene a la memoria lo que decía Fran a propósito de la acusada ojeriza materna de que era víctima su contertulio: Le tiene una bronca tenaz, no sé por qué y eso que él heredó la misma cara de ella. A lo que yo intentaba explicar de manera socarrona: A lo mejor porque, al verlo, le recuerda, como el espejo a la bruja, su propia gran fealdad, en cambio Gerardo y Daisy no, o no tanto. Y entonces, entonces terminó de perderlas, como se dice, con su autoritaria progenitora. Jaime Alberto pasó a ser desde ahora en adelante el irredimible paria de su familia y de su hogar. Debió, como Nicasio, ponerse a trabajar para costear sus estudios, que, también como los de Nicasio, no pudieron ser sino técnicos, no profesionales como en el caso de sus hermanos menores, Gerardo estudió Administración de Empresas y Daisy Contaduría Pública y los de Nicasio, debido al reducido salario que percibía en el banco en que logró emplearse como mensajero tras su abortada aventura militar. Pero todo esto había ocurrido algo así como una década atrás. Ahora, las cosas estaban de la siguiente manera. Empecemos por Jaime Alberto. A pesar de haber concluido estudios de Administración en Salud, lo que lo habilitaba para trabajar en hospitales públicos o clínicas privadas en una mejor posición, continuó en el banco, aunque ya no como simple mensajero, sino como empleado administrativo pero en un cargo sin mayor relevancia. Hacía un año su novia de marras lo había hecho padre de un niño y ahora vivían juntos como familia, aunque sin haber formalizado su situación mediante el matrimonio, en una casa del barrio no muy lejos de las de sus padres. Su situación no era desesperada pero tampoco holgada. La muchacha se desempeñaba en un puesto inferior de una empresa de telecomunicaciones y ambos hacían lo que podían por salir adelante, como se dice. Gerardo, pícaro con suerte que hacía parte, junto con Wilson Pedraza y César Romero, del grupito de bribonzuelos que al final de la semana salían a recorrer los bares y las discotecas de la ciudad en busca de muchachitas incautas a las que pudieran no sólo tirarse sino además robarles el contenido de sus carteras, conoció a una chica decente que lo convenció para que, luego del matrimonio, se fueran a Estados Unidos a cumplir el Sueño Americano de lavar platos y limpiar retretes y ahora y desde hacía tres años se encontraba por allá, en San José, California, prosperando, porque ya no lavaba platos sino autos y ya tampoco limpiaba retretes sino que recolectaba frutas. También su hermanita Daisy contó con

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suerte. Consiguió novio. Un vago de siete suelas, estudiante de Arquitectura de la Fundación, borracho, mujeriego y mangante con el que terminó casándose tras un inopinado embarazo del que naciera una bebita que ya contaba cinco años de edad. Los dos y su hijita vivían en casa de los padres de Daisy, arrimados pero sostenidos con gusto por estos mismos pues los pobrecitos generalmente se mantenían en paro ya que sólo eventualmente conseguían trabajos de muy corta duración y mal remunerados. Y en cuanto a la señora Crisanta y su apocada mancuerna que era el señor Porras, seguían, después de todo ese tiempo, con su rutina habitual, que consistía esencialmente en ir de su casa al trabajo en la Universidad y del trabajo en la Universidad a su casa, ubicada, dicho sea de paso, en la calle principal del barrio. Mas todo esto habría de cambiar a partir de mediados de aquel año, cuando Gerardo y Lucía, su mujer, regresaron, con más pena que gloria, de la esplendente Tierra de las Oportunidades. Reina, mujer de Javier, era muy amiga del maduro señor Porras, quien la apreciaba, pensábamos entonces Javier y yo, como un padre a una hija. Pero luego, al final de aquel año, nos dimos cuenta, cada cual a su tiempo, de que estábamos equivocados. En el corazón del señor Porras se anidaba obscuramente algo más que un sentimiento paternal. Las circunstancias así lo demostraron. Recuerdo ahora que al señor Porras lo veía con frecuencia, a diario casi, por la mañana especialmente, paseando con su perrito fox-terrier tras el potrero que se extendía a espaldas de la pequeña y blanca edificación del Puesto de Salud del barrio. Lo llevaba allí para que evacuara su porquería. Una pequeña radio portátil que apretaba en su mano libre sonaba entonces con música de una estación dedicada a transmitir boleros o tangos. Cuando a veces me tropezaba con él yo lo saludaba: ¿Cómo está, señor Porras?, y el me respondía: ¿Qué tal, amigo? Había algo en su anodina figura de funcionario que me hacía pensar en un carácter blando y entonces, indefectiblemente, recordando las palabras de su hijo Jaime Alberto, no podía por menos que estar de acuerdo con él. El señor Porras, para mí también, debo confesarlo, era un boludo. Pero luego dejé de verlo por esos lados porque, al regresar desde Villa de Leyva a casa de mi madre a principios de aquel año, inmediatamente después de la terrible pelea con mi hermana Paula, encontré el potrero de enfrente sembrado, no ya de las blandas cagarrutas de los perros del barrio, sino de sólidos bloques de edificios de apartamentos. Féretros cuadrados y grises que se alineaban justamente tras la edificación del Puesto de Salud. Por dónde llevar a su chucho a orinar y a cagar no tuvo, me imagino, que preocuparse demasiado, pues el barrio contaba con gran número de parques, desmantelados todos, y zonas verdes, descuidadas todas. Ahora, aunque de manera poco frecuente, sólo ciertas raras noches, lo veía en la tienda de la señora de Almeida en compañía de la esposa de Javier. Se reunían allí para platicar acerca de su trabajo en común en la UPTC mientras se echaban entre pecho y espalda unas cuantas cervezas, no muchas, en realidad, pues a la bruja que era la señora Crisanta no le agradaba que su pelotudo esposo bebiera. Yo, por mi parte, jamás llegué a sospechar que al señor Porras le interesara Reina de forma especial como mujer sino

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simplemente como una agradable compañera de trabajo con la que podía despellejar de modo impune a cuanto bicho viviente de la UPTC le cayera mal por una u otra causa. La llamaba respetuosamente profesora Reina. Reían a carcajadas con sus historias de intrigas laborales, tráfico de influencias, recortes injustificados del presupuesto, malversación de fondos. Se daban un banquete de regocijo con todo ello. Les divertía el caldero de odios, amores, celos, rencillas, indignidades, engaños, trampas que era aquella, nuestra, Universidad y del que ellos dos parecían estar a salvo, como una pareja de afortunados observadores cuya privilegiada posición les permitiera contemplar sin riesgo alguno cómo se destrozaban entre sí los apasionados miembros de una chusma enardecida. Mas semejante complicidad habría de acabarse de manera súbita. Y para siempre. Cierto día, a mediados de noviembre, cuando crucé frente a la casa de los padres de Jaime Alberto ubicada, como ya se ha dicho, en la calle principal del barrio, advertí no sin sorpresa que se hallaba completamente desocupada. Se habían llevado hasta las cortinas y las ventanas aparecían desnudas. Supuse entonces que la habrían vaciado para refaccionarla, pintarla o algo así, pues nunca había visto en ella un aviso de SE VENDE ni nada por el estilo, pero me equivocaba, porque el lengüisuelto de Javier, al calor de unas birras en la tienda de la señora de Almeida, no tarda en informarme que la han vendido hace más de un mes. Y eso ¿qué les dio por venderla? ¿Cómo, no lo sabe? No, ¿qué? Vendieron la casa para invertir la plata de la venta en DMG y la perdieron toda. ¿Toda? Sí, toda. Y ¿cuánta era? 90 millones. ¿En eso la vendieron? Sí. Pero si esa casa valía mucho más. No sólo por lo grande sino también por lo bien ubicada. Vea usted. Lo que hace la avaricia. Y ahora se quedaron sin la casa y sin la plata. Habían sido una de las tantas víctimas, víctimas entre comillas, de la empresa intervenida por el Gobierno a principios de noviembre acusada de actuar bajo un Esquema Ponzi. Y entonces ¿dónde están viviendo ahora? Se fueron a vivir donde están viviendo Gerardo y su mujer, en una casa del barrio Mesopotamia. Pagando arriendo, claro, que en ese barrio les sale por un ojo de la cara cada mes. ¡Qué bestias! Pero eso no era todo. Había más. Mucho más. La situación era aún peor. ¡No jodás! ¿En serio? En serio. Póngale cuidado. Resulta que un día la señora Crisanta, convencida por Gerardito, le llegó a su marido con la fantástica idea. El señor Porras, quizá por primera vez en su anodina existencia, se negó a hacerle caso a su mujer. ¿Cómo iban a desprenderse de todo su patrimonio sólo para arriesgarlo en semejante aventura? ¿Aventura? No. Inversión segura. Al cabo de unos meses iban a recibir el 300 por ciento de la cantidad invertida. Entonces podrían comprarse otra casa en un barrio mejor y hasta un auto. Pero el señor Porras siguió negándose a acceder a la propuesta. Al menos por el principio. Porque luego su mujer lo amenazó con separarse de él si no lo hacía y entonces el viejo, con lo agüevado que era, no fue capaz de mantenerse en sus trece. Y eso que intentó convencerla de no cometer semejante locura recordándole, primero, el famoso caso de Carlo Ponzi, quien en 1920 pasó del anonimato a ser en sólo seis meses un notable millonario de Boston, Massachussets, valiéndose de la trama epónima,

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ofreciendo un 50 por ciento de interés a inversiones de 45 días o duplicando la cantidad invertida al cabo de 90 días y haciéndole, luego, un recuento de otras tramas históricas similares alrededor de todo el mundo, la de William Miller en New York, la de Dona Branca en Portugal, la de Adriaan Nieuwoudt en Sudáfrica, la de Ioan Stoica en Rumania, la de Sergey Mavrodi en Rusia, la de José Cabrera Román en Ecuador, la de Eugenio Curatola en Argentina. En todos esos casos la gente había sido estafada empleando un Esquema Ponzi y la casi totalidad del dinero invertido no había sido devuelto nunca. Su mujer respondió entonces: ¡Brutos! Invirtieron con quienes no debían. Porque en este caso, DMG, era una empresa legal, en la que invertían políticos, militares y sacerdotes. Además su creador era un auténtico genio de las finanzas, tanto que ni necesidad había tenido de estudiarlas. Por otra parte, y en últimas, lo único que importaba era que a ellos sí les cumplieran. Lo que les pasara a los demás no era asunto suyo. Mas el pobre señor Porras aún se resistía, diciendo que si políticos, militares y sacerdotes invertían en ella era una prueba más de que en realidad se trataba de una estafa y que los genios de las finanzas eran precisamente aquellos que ideaban trampas para tumbar a los pobres y que si sólo pensaban en ellos mismos se convertían entonces en cómplices de la perversa trama porque aceptaban entrar en semejante juego aun a sabiendas de que su propia ganancia iba a ser la ruina de la de muchos otros. Entonces hagamos una cosa, le propuso su mujer. Ya que a usted le pueden el miedo y la cobardía pero en cambio a mí no, vendamos la casa y usted coge la mitad que le corresponde y yo la mía y se acaba el problema. El señor Porras podía hacer con su mitad lo que le viniera en gana que la señora Crisanta por su parte sí le iba a hacer caso a su hijo Gerardo y su propia mitad la iba a invertir en DMG. Así estaban, pues, las cosas. Pero la discusión no terminó al fin en nada. No se tomó ninguna determinación conjunta definitiva. Sin embargo, la señora Crisanta, por su lado, autorizó a Gerardo para que se encargara de conseguir el comprador de la vivienda. Una tarde llamaron por teléfono al señor Porras a su lugar de trabajo en la UPTC para que se presentara inmediatamente en la Notaría Primera de la ciudad. Lo esperaban, el comprador y su mujer y su hijo, para que firmara los papeles de la venta del inmueble. Y entonces no tuvo el valor de no presentarse. Se dejó arrastrar a la desgracia como un borrego al matadero. ¡90 millones por una casa que valía el doble! Y ya fueran 90, se burla Javier. Ah, ¿no? Entonces ¿cuánto? 60 millones. No puede ser. Sí, hermano. El viejito decía al principio que la habían vendido en 90 porque le daba pena admitir que tan sólo les habían dado míseros 60, pero cuando, a tan sólo un mes de haber metido la plata en DMG, ésta fue intervenida por el Gobierno y sus amigos más cercanos se enteraron de su pérdida, el viejito, acaso a manera de vano y estúpido consuelo, reconoció que en realidad no se habían perdido 90 sino sólo 60 porque, con el afán de meter la plata en la dichosa empresa, su mujer y su hijo se habían apresurado a aceptar la primera oferta que les hicieran. Definitivamente hay gente bruta en este mundo. Pero aquí no termina todo. Ah, ¿no? No. Aún falta mucho más. Pero ¿qué más? Ni se lo imagina, hermano. A ver. Resulta que. A mediados de aquel año Gerardo y su mujer

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Lucía regresaron a la ciudad con más pena que gloria después de 3 años de un duro trabajo como peones en Gringolandia. Mas no iban a permitir que nadie aquí se percatara de su fracaso. Rentaron una casa en el lujoso barrio Mesopotamia y decidieron invertir todo su dinero, ahorrado con grandes esfuerzos en el extranjero, en una de las tantas pirámides económicas que por entonces, con la anuencia cómplice de las autoridades, pululaban no sólo en la ciudad sino también en el resto del país. Invirtieron todos sus ahorros en la pirámide del Milagroso Divino Niño de Praga, cuya sede estaba convenientemente ubicada en una residencia de aquel mismo barrio. Nadie va adonde viven los pobres. Esperaban ganar mucho dinero con los brazos cruzados, estaban hartos de trabajar como bestias, mas, como era de preverse y no se previó, la pirámide colapsó rápidamente. Cuando acudieron a las autoridades para denunciar la estafa, éstas les advirtieron: No hay nada que hacer. ¿Cómo? ¿Por qué no? Miren. En la margen inferior de los cupones con la efigie del Milagroso Divino Niño de Praga que les entregaran como prueba de su inversión, en letra menudísima, se podía leer: Gracias por su donación al Milagroso Divino Niño de Praga. Pero, entonces, interrumpo yo a Javier, ¿de dónde sacó Gerardo ese Mazda 6 nuevecito en el que anda de aquí para allá por toda la ciudad? A eso voy, explica él. Tras el descalabro de la pirámide, que mantuvo en secreto, Gerardo convenció a sus incautos padres no sólo de que invirtieran el dinero de la venta de su casa en DMG sino además que lo hicieran a nombre de él mismo. Él cuidaría su inversión. Y vaya si lo hizo. Cuando la empresa fue intervenida, a principios de noviembre, el señor Porras tuvo entonces oportunidad de desahogarse con su esposa. ¿Se daba cuenta? Aquello era un fraude, tal como se lo advirtiera. Maldita sea la hora en la que se le había ocurrido hacerle caso. Y ahora ¿quién iba a responderles? ¿El Gobierno? ¡Pero si el Gobierno era cómplice por acción o por omisión o por ambas cosas a la vez! Además ¿a qué Gobierno de cualquier parte del mundo le interesan verdaderamente los ciudadanos como no sea para que se conviertan en víctimas rentables de sus tenebrosas maquinaciones? ¡A ninguno! Y ¿por qué habría de importarles, si también sus miembros están pensando como nosotros mismos en sacar provecho de la infinita estupidez de nuestros semejantes? Hacemos parte de una sociedad consciente y decididamente criminal. Su mujer trató de calmarlo contándole un secretito. No habían perdido todo, porque Gerardito, previendo el inminente desplome del Esquema Ponzi, había tenido el buen juicio de emplear la Prodigy Card, la tarjeta prepago que les entregaran como garantía de su inversión, comprando con ella un automóvil que ahora tenía oculto en el garaje de la casa de un amigo en el D.C. ¿Sí? Sí. Ah, bueno, digo yo, pero por los menos algo se salvó. Sí, eso mismo creyó el señor Porras, dice Javier, pero espere y verá que la cosa no termina allí. ¿No? No. El padre de Jaime Alberto propuso entonces que, con el dinero de la venta del automóvil, dieran la cuota inicial de una casa y que él, con el dinero de su pensión, pues acababa de salir pensionado de la UPTC, se comprometía a sufragar, mes a mes, las cuotas restantes. Pero Gerardo se negó de manera rotunda. ¡No jodás! ¿Y por qué? Porque, según él, los que habían perdido la plata en DMG eran sus

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padres y no él. El automóvil era suyo y no de sus padres, lo había comprado con los dólares que trajera de USA. Pura mierda, claro. Pero eso fue lo que les dijo para escurrir el bulto y quitárselos de encima. Y ahora el viejito anda como loco, trastornado no sólo por todo esto que le cuento, dice Javier, sino además por el comportamiento de Gerardo. Resulta que como, después del colapso de la pirámide, su mujer, Lucía, se fuera a trabajar al D.C. en un instituto en el que dicta Inglés, el hijoeputa, ni corto ni perezoso, se levantó una moza aquí en el barrio. Es apenas una chinita. Estudia allí abajo en la Fundación. Después se la muestro. Y se la pasa de juerga con ella, llevándola de discoteca en discoteca en el Mazda 6 que les robó a sus papás. El desenfreno de Gerardo pareció llegar un día a su límite cuando, una noche, una madrugada, la muchachita en mención llamó al teléfono móvil del señor Porras para comunicarle que su hijo se encontraba tan borracho y alterado que los dependientes del motel a las afueras de la ciudad en que ella y él se hallaban no permitían, por seguridad, dejarlo salir manejando su automóvil en ese estado, por lo que la muchacha le rogaba al padre de Gerardo que viniese hasta el motel a recogerlo a él y al carro. Ella, por su parte, debió tomar un taxi, porque cuando el señor Porras y un amigo suyo, al que debiera telefonear a esas horas para que le ayudara en el percance pues él no sabía conducir auto, llegaron al motel, había desaparecido. Dicen que el pobre viejo anda como un bobo de arriba para abajo en su bicicleta. Sale temprano a montar bicicleta y regresa a desayunar y luego vuelve a coger la bicicleta. A mediodía llega a almorzar y cuando termina otra vez a pedalear. Dizque se la pasa por aquí en el barrio espiando a Gerardo a ver cuál es la moza con la que anda para luego llevarle el chisme a Lucía, quien ya está enterada de las andanzas de su marido. Y para rematar Daisy se había quedado sin su galán. Un buen día decidió abandonar el barco que al parecer empezaba a hacer aguas. Por lo visto no estaba dispuesto a quedarse hasta el final del naufragio. Y, si se considera lo que habría de sobrevenir, hizo bien. Supuse que todo esto lo sabía Javier por boca de Reina. Pero me equivocaba. ¿Ah, no? No. Todo esto es contado por el mejor amigo del señor Porras en la UPTC. ¿Ah, sí? Sí. Ella y el señor Porras ya no se hablan, me informa. ¿Y eso por qué no? Tuvieron una discusión hace como un mes. Pero ¿por qué? Por cosas que pasan, dice, mas no quiere explicarme el motivo de su repentino y extraño distanciamiento. Pero si eran muy buenos amigos, insisto. Sí, pero un día el viejo se sobrepasó. ¿Cómo así? Por la cara que pone advierto entonces que no desea hablar más acerca del asunto. Sin embargo, no era difícil imaginar lo que había pasado. La propia Reina nos había contado que, durante su separación de Javier, ciertos maduros maestros que también venían a beber a la tienda de la señora de Almeida le habían hecho propuestas para que saliera con ellos. En otras palabras: al enterarse por boca, presumiblemente, de la señora de Almeida de su reciente separación, empezaron a echarle los perros. Reina aún era joven y, por tanto, deseable. Además tampoco era tan fea. Incluso con el profesor Rodolfo, maestro del Colegio Emiliani, había sufrido un incidente más o menos desagradable. Una noche la invitó a tomarse una cerveza. Estaban conversando animadamente, el profesor Rodolfo le estaba preguntando si un

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día de éstos podía pasar por su casa cuando de pronto aparece en la puerta de la tienda su mujer. Se quedó mirando al pobre tipo a la cara con rostro ceñudo, una jeta de bagre que ni para qué les cuento y le espetó: Ah, veo que está muy bien acompañado, qué pena interrumpirlo y, girándose sobre sí misma, se marchó furiosa. El maestro, abandonando su botella de Club Colombia a medio empezar, salió tras ella. Me imagino, nos dice Reina, que la señora debió pensar que yo era la moza o algo así del profesor Rodolfo. ¿Si ves, Javier, lo que pasa por dejarme sola? Así, pues, nada de raro tenía que al señor Porras también se le ocurriera durante una noche de copas pedírselo o incluso mandarle la mano al culo o a las tetas a la profesora Reina. Era posible. Más que posible. Tanto que esa noche me fui para mi casa convencido de que justamente eso era lo que había suscitado su distanciamiento definitivo. Pobre viejo güevón. Hay gente que no tiene suerte. Porque allí tampoco termina todo. Las desgracias no vienen solas, dicen, y parece que es verdad. A veces, cuando por la mañana salía a la Avenida Universitaria a montar bicicleta, me acordaba entonces del señor Porras. Me lo imaginaba con su cabello y su bigotito canosos, sus grandes lentes tipo culo de botella, montado a su vez sobre su bici y pedaleando por allí mismo. Nunca nos encontramos. Regresando después a la casa alquilada de su hijo a desayunar. Cuando su mujer ya no estuviese en ella. Rumiando siempre en su desgracia. Silencioso y huraño a la hora del almuerzo. Sin deseos de hablar con nadie. Con nadie en absoluto. Y menos todavía con su mujer, la causante de todo. Bueno, al menos eso era lo que yo me imaginaba. Una especie de Señor Sommer que le huye no a la Muerte sino a la Vida. Yo, por mi parte, de estar en sus zapatos, no habría dudado en alquilar un apartamento y largarme a vivir solo en él con tal de no ver cada mañana a la bruja de mi mujer y al cabrón de mi hijo y a las sanguijuelas de mi hija y de mi nieta. Pobre viejo, me decía para mis adentros, pero no compadeciéndolo, porque nunca he compadecido verdaderamente a nadie, sino con desprecio, con el desprecio que se merecen los que no han sido capaces de amarrarse los pantalones cuando es preciso hacerlo. Mi papá es un güevón, decía Jaime Alberto. Y definitivamente estaba en lo cierto, porque sucede que un día de principios del año siguiente, una fría tarde de febrero que paseaba por una de las alamedas de la Universidad, rumbo a la biblioteca voy y me lo encuentro por allí dejándose coger del brazo, nada compungido y hasta sonriente por aquella auténtica arpía que era su mujer. Quedé muy sorprendido de que aún no la hubiese estrangulado y arrojado luego su fiambre al río Chulo, pero logré saludarlos, adiós señora Crisanta, adiós señor Porras, que estén bien, disimulando perfectamente, creo, mi indignado asombro. El viejo, pensé, se tenía merecida su suerte. Allá él. Desde entonces no volví a verlo. Ni a él ni a su señora. Pero a la joyita de su hijo Gerardo sí. Una noche. ¿Dónde? ¡Pues dónde iba a ser! Sentado a una de las mesas que colocan en las afueras de algunas tabernas y discotecas que se alinean en la vereda de enfrente de la UPTC. En compañía de su amigacho César Romero. Chupando trago. Trago caro. Engatusando bobas. Bobas lindas. ¡Qué envidia! ¡Y yo en cambio juiciosito para mi casa, la casa de mi madre, metido en una buseta a las 10 de la noche! En el

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arroyo y sin un puto peso en los bolsillos, como siempre. Eso fue poco antes de su última gran cagada. Porque ya se ha visto que para cagarla es simplemente un especialista. Porque un día de finales de marzo, Javier va y me dice: Sí sabe la última de don Gerardo Porras, ¿no? No. ¿Cuál? Y ahora ¿qué hizo? ¡Qué no hizo! Fue el que atropelló a la señora en la Avenida Universitaria. Todavía antes, un par de días atrás, mi madre me había dicho: Tenga cuidado, mi hijo, cuando sale a montar en bicicleta por la Avenida Universitaria. ¿Por qué, mami? Acaban de decir en la radio que en esa avenida, justo enfrente del Colegio Cristo Rey, un taxista arrolló y mató a una señora que salía a trotar por allí todas las mañanas y luego huyó. Pero no había sido un taxista, en un taxi, sino Gerardito, en su flamante Mazda 6. Y lo peor de todo es que no sólo la señora no era cualquier aparecida ni mucho menos, era la esposa de un mismísimo Senador de la República por el Departamento de Boyacá, sino además que quien la levantó por los aires y la mandó para el otro lado iba, presumiblemente, borracho, jincho, perdido de la perra en el momento del infausto suceso, acaecido a eso de las cinco de la madrugada. ¡Lo que le faltaba a esa familia, pues! Sí. Ayer se entregó. Entonces lo iban a clavar. Ojalá. Para que aprendiera. Pero ¿realmente aprendemos de nuestros errores?, me pregunto yo. Parece que no, porque salimos de un yerro para caer en otro, y con gusto. ¿Por qué? Porque la vida es un error-caos perpetuo, y, a pesar de ello, o precisamente por ello, nos gusta vivir. Nos gusta equivocarnos, nos gusta vivir en el error-caos. El error-caos nos hace sufrir, pero asimismo nos hace sentirnos vivos, más vivos. La mesura, la sensatez, la prudencia, la armonía es la muerte. O así lo creemos en este planeta de orangutanes parloteadores y dementes. El lamentable suceso pasó a ser entonces la comidilla de toda la ciudad. Y al paso que vamos, sentencio yo, no sería nada raro o de extrañar entonces que Gerardo resulte contrademandando a los deudos de la señora, con Senador y todo, por habérsele atravesado ella en su camino. ¡Vieja bruta, ¿por qué sale a trotar a esas horas de la madrugada?! ¡¿No sabe que hacer deporte es pernicioso para la salud del cuerpo?! ¡¿Y para qué se me cruza por delante justo cuando yo voy que ni sé de dónde soy vecino?! ¡Y mire cómo me volvió el carro! ¡No joda! ¡Sí, sí, acepta Lalo entre risitas socarronas, es posible, es posible! Todo es posible, ya se sabe, en este crapuloso mundo en constante y vertiginosa erosión. Esto me hace recordar, mientras camino por el iluminado bulevar interior, a la rata de Gilberto y al pelotudo de Hernán. Un día me lo encuentro a éste último en una callejuela del barrio y me comenta emocionado que le han ofrecido un negocio espectacular, un negocio de ésos que se presentan sólo un par de veces, como mucho, en la vida. ¿Sí? Sí. A ver, digo yo, escéptico como siempre, pues negocios de tal naturaleza son los que precisamente al final terminan dejando endeudados y aún más pobres a los irreflexivos muertos de hambre que se dejan engaitar con la extraordinaria fábula de ganancias astronómicas partiendo de una inversión insignificante. ¿De qué se trata? Y no fue sino que nombrara como intermediario a su amigazo Gilberto para que yo lo interrumpiera diciéndole no sin cierta impaciencia ¡¿no me diga que es el

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mismo viejo cuento del lote de carros rematado por la DIAN?! Hernán me mira perplejo y bizqueando tras sus gruesos lentes de montura negra y con una risita nerviosa en medio de sus gordos cachetes responde sí, ¿cómo lo sabe? Pues porque con ese mismo cuentito, comienzo a explicarle yo, me vinieron Gilberto y su compinche hace ya como tres meses. ¿Sí? Sí. Yo acababa de regresar a la ciudad desde Coper donde había estado trabajando para la UMATA de la Alcaldía durante el último año y el saldo de mi cuenta bancaria arrojaba números positivos de unos cuantos millones de pesos, producto de ahorros derivados de mi sueldo y, sobre todo, de la liquidación. Estaba recién cuadrado con Alicia y aún no los había despilfarrado con ella por completo. Gilberto me abordó cierto día preguntándome si yo tenía dinero para invertir. Sí, un poco, pero ¿para invertir en qué? Es que un amigo mío, un compañero de la Universidad, dice, tiene un buen negocio entre manos, un negocio que no tiene pierde. Concertamos una cita con el amigo. A diferencia de Gilberto, era un tipo bajo y un tanto rechoncho, y poseía un ojo apagado que de entrada me dio mala espina. Si quieres ser un estafador con éxito debes cuidar tu apariencia y hasta corregir tus defectos físicos. Además le faltaba energía, hablaba como sin ganas, sin el entusiasmo suficiente para generar confianza en su víctima. El amigo me mostró un recorte de periódico, de El Tiempo o El Espectador, no recuerdo bien, en el que la DIAN invitaba a quienes estuvieran interesados a la subasta pública de un parque automotor que habría de realizarse en una fecha próxima, al término de uno o dos meses desde la publicación del anuncio, en el que además aparecía un listado completo de cada uno de los vehículos incautados por no tener los papeles de importación en regla y destinados finalmente, tras un largo proceso, a remate, entre los cuales se encontraban desde volquetas y autobuses hasta camionetas y automóviles tipo sedán. El negocio es el siguiente, interviene Gilberto con su metálica voz para ayudar a su apocada mancuerna. Mi amigo aquí presente va a participar en la puja, pero como hay que comprar todo el lote de carros pues la DIAN no subasta auto por auto y como no cuenta aún con la cantidad completa para la compra que es de unos 300 millones, está buscando personas como usted que estén interesadas en invertir en el negocio. Mire, explica, usted invierte por decir 3 millones y a cambio recibirá, digamos, un carro como el que aparece aquí, éste, un carro un tanto desvalijado que no obstante metiéndole unos 2 o 3 millones más en repuestos y reparaciones terminará como nuevo y valiendo unos 18 millones. ¿Entiende? Pero es una subasta pública, le recuerdo yo, a la que pueden asistir muchos otros eventuales compradores y por tanto ¿cómo sabe usted que efectivamente le adjudicarán el lote a su amigo? Pues porque él, explica muy seguro el maldito, tiene un contacto en la DIAN y ya está todo arreglado para escenificar una farsa en la que el beneficiario de la subasta sea precisamente Jorge y sólo Jorge. Por eso le digo que el negocio no tiene pierde. Y, bueno, ¿cuánto le hace falta para completar los 300 millones? Sólo 3 millones. Okay. Y, ahora, supongamos que yo se los doy, ¿qué recibo a cambio como prenda mientras me entregan el carro? El tal Jorge ya había previsto semejante pregunta y me muestra entonces un documento que es al parecer la Escritura

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Pública de un inmueble. Yo le daría mientras tanto, ofrece, este apartamento del que soy único propietario. Hojeo el documento que no es más que un burdo remedo de Escritura Pública, pues sus folios no son originales sino simples fotocopias. ¡3 millones por un puñado de inútiles hojas de papel! No creí que mi antiguo compañerito de vecindario me considerara tan idiota. No me interesa, digo yo. ¿Por qué no?, brinca Gilberto. Porque según esa Escritura el apartamento está ubicado en Bucaramanga. ¿Y? Pues ¿cómo sé yo que realmente existe? Le puedo traer fotos, dice Jorge, que definitivamente es un estúpido, tanto como Gilberto, al considerar que con tan débil e infantil propuesta yo vaya a caer redondito en su trampa. No, necesito algo más tangible. Mire, insinúa Jorge, cuyo ojo apagado parece muerto mientras el otro brilla con malicia, yo tengo un Chevrolet Sprint que lo he puesto a la venta en un garaje de carros usados de Duitama. Ah, bueno, digo yo, eso ya es otra cosa. Si le parece tráigalo mañana y hacemos los papeles de pignoración a mi nombre. Okay. Le di el número de teléfono fijo de la casa de mi madre y le estreché la mano. Hablamos entonces mañana. El encuentro se había efectuado en una plazoleta del barrio, el tipo se marchó y yo me quedé con Gilberto. ¿Cómo le parece? Bien, pero ¿quién es ese tipo? Un compañero de la Universidad. Sí, pero ¿es de fiar? Sí, sí, claro, o por lo menos conmigo siempre se ha portado bien. El tipo me telefonea al día siguiente, a mitad de la mañana. No, hombre, me dice, no pude sacar el carro del garaje. No pregunté por qué no. Pero, continúa, ¿qué tal si en lugar de los 3 millones sólo me presta uno? Está bien, pero ¿qué me ofrece de garantía? Hum, no sé, ¿qué le parece unos estetoscopios en buen estado que tengo por ahí? Mire, hermano, le espeto sin cordialidad, a mí me interesa el carro, pero si no es posible, entonces dejemos las cosas así. Sí, sí, lo entiendo, voy a ver qué puedo hacer para recuperarlo, lo llamo luego. Y a pesar de lo tajante de mi afirmación, el muy conchudo, el muy caradura insistió. A la mañana siguiente tiene la cachaza de volver a llamarme para proponerme que le acepte una letra de cambio por el préstamo de ya no un millón sino sólo 300 mil pesos. ¡Otro papel inútil! ¡Válgame Dios, ¿en qué planeta de tarados creen que viven tipos como éste?! No hace falta ni decir que lo mandé para la porra. Y Hernán tampoco sabe qué decir al término de mi relato, hasta que le pregunto cuánto dinero le han pedido esta vez a él y va y me dice un millón. Y como veo que ha quedado aún más perplejo que al principio y que no sabe qué hará al respecto de ahora en adelante, voy y le pregunto ¿y va a prestárselos? No, no sé, tartamudea. Lo que lo tiene aturdido más que nada es el descaro de Gilberto, que se ha prestado para auspiciar semejante trama. Le duele porque hasta ahora ha sido su mejor amigo, su amigo de toda la vida, su amigo del alma. A mí no tanto porque yo siempre he considerado a Gilberto como un auténtico fariseo del que se puede esperar cualquier cosa, hasta una puñalada en la espalda, pues sería capaz de feriar a su propia madre con tal de conseguir lo que quiere. Píenselo, le aconsejo. Ya sabe que soldado advertido no muere en guerra. Usted verá, en todo caso. Y si digo que Hernán es un soberano pelotudo no es por simple capricho o por pura ojeriza, sino porque después de una semana o quince días a partir de entonces voy y me lo

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encuentro aquí mismo en el barrio y lo primero que le pregunto es ¿y al fin les prestó la plata? y va y me contesta sí, pero no toda. ¿Cuánta, entonces? 300 mil. ¿Y qué le ofrecieron de garantía? Una letra de cambio. Y ahora ya sé en qué planeta de tarados creen que viven tipos como aquéllos, porque, tal como era de preverse, el Jorge ése, si es que en realidad se llama Jorge, desapareció del mapa llevándose consigo su parte de la plata del boludo Hernán mientras su amigote Gilberto, como el buen Judas que es, se lavó las manos diciendo que quién se iba a imaginar que su compañero de carrera resultara tan torcido, con semejantes mañas, el tipo parecía decente y nunca se portó mal conmigo, remata, haciéndose el inocente, el nada-que-ver. Cada vez que entro a la biblioteca, indefectiblemente recuerdo mi época de estudiante. Ya desde entonces quería ser escritor, por eso iba hasta allí y sacaba prestados los libros que me interesaban. Novelas. De esa época recuerdo cuatro especialmente. La balada del café triste y Reflejos en un ojo dorado, de Carson McCullers, que, por ser tan cortas, venían ambas en un solo y único volumen y Herzog, de Saul Bellow y Lolita, de Nabokov. El día que pedí prestada ésta última tropecé en la puerta con un compañero de carrera, que de inmediato y vaya el Diablo a saber por qué se interesó en ver qué leía. Le mostré el libro y entonces hizo una despectiva mueca de desaprobación, como si con ello quisiera decirme ¡lo que lee este man!, como si yo fuese un tarado que perdía el tiempo leyendo basura en lugar de aprovecharlo, como él, rumiando algún ladrillo científico relacionado con nuestra carrera. Y no pude entonces dejar de sentirme un poco culpable, como si semejante idiota tuviese razón. Y lo peor de todo es que ese sentimiento de culpabilidad persiste aún hasta hoy, pues han transcurrido muchos años desde aquel día y sigo siendo un creador ignorado y es casi como si mi ex compañero me susurrara al oído ¿ve por pasársela dedicado a cosas que no son de provecho, que no dan plata? ¿He errado entonces mi camino? Ésa es una pregunta que algunas, no muchas veces me he hecho y a pesar de todo la respuesta es siempre no. Aunque han habido días de tremenda y negra desesperación. Y lo que precisamente me desespera es tanto que mis sucias pero genuinas historias sigan en el anonimato mientras las de zampatortas merecedores con justicia del Premio Nobel de Literatura (que no es por cierto un premio literario sino político) como Héctor Abad Faciolince o William Ospina o Mario Mendoza o Laura Restrepo o Jorge Franco o Efraim Medina o cualquier otro forjador de vanas e insípidas ficciones de este país de cafres pasan por obras de primera línea como que mi destino esté en manos de los orangutanes enjaulados que son los editores comerciales de este planeta de borregos camino del degolladero. Yo me mataba escribiendo y enviándoles mis historias y sin embargo casi nunca se dignaban contestarme como no fuera para rechazarlas con un simple formulismo y entonces, lleno de una insoportable mezcla de rabia y de impotencia, me preguntaba cuándo iba a llegar el bendito día que encontrara por fin a un tuerto al menos entre esa gavilla de malditos ciegos. Mas ¿cuántos creadores ignorados hay como yo? ¡Millones! Porque lo que realmente se tiene que decir no se dice, porque solamente a muy pocos los han dejado hacerlo. A Céline, a Henry Miller, a

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Bukowski. Y eso después de lograr imponerse a costa de muchos años perdidos en medio de la incomprensión y la penuria. Pero esto, el que mis dioses literarios hubiesen tenido que pasar por lo que yo mismo aún hoy pasaba, no era consuelo para mi espíritu atormentado por la carencia de resultados. Un sinnúmero de relatos y tres novelas que nadie conocía aún. Nadie había escuchado todavía mi rabioso aullido de soberano asco en contra de la execrable raza humana. ¿Hasta cuándo? Aquella incertidumbre era la que me agobiaba y me colmaba de desaliento y desesperanza. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que mi cuerpo se halle en la tumba devorado por hambrientos y procelosos gusanos? A veces, como hace poco, escapaba en mi bicicleta azul de la obscura celda en que se había convertido la casa de mi madre a darme una vuelta por ahí, por la ciudad maldita, a despejar mi mente de los negros pensamientos que revoloteaban como enloquecidos cuervos en su interior. Y aunque después del paseo en bici lograba apenas deshacerme de unos cuantos, aquello era suficiente para desistir de la sensata idea de pegarme un tiro en la mollera y adoptar una vez más la absurda de seguir adelante pese a todo. Absurda, sí, porque, en últimas, ¿qué salía ganando con ello que no fuera un renovado y aun más agudo sentimiento de hartazgo y de desolación? Salgo de la biblioteca, en cuya sala del tercer piso he estado leyendo la inconclusa pero ponzoñosa y genial Plegarias atendidas de Truman Capote. Ahora no puedo pedirla prestada y llevarla a casa porque, según me advirtió el encargado cuando días atrás fui a hacerlo, este semestre no estamos prestando libros a los ex alumnos. Y ¿por qué no? Porque se han portado mal. ¿Cómo así? Sí, no sólo no pagan las multas que se les imponen por traerlos a destiempo sino que además, a veces, terminan quedándose con ellos. ¡Vaya! Esos son los profesionales que hemos formado. Unos malditos conchudos, unos malditos rateros. Y entonces es inevitable, por aquello de la libre asociación de ideas y porque el escenario del incidente es asimismo una biblioteca, que acuda ahora a mi memoria la imborrable imagen de cierta pareja de enamorados que hace algún tiempo solía cruzarse conmigo en las mañanas mientras según costumbre que aún prevalece yo montaba en mi bicicleta azul por la Avenida Universitaria a manera de autoimpuesto ejercicio diario. Se trataba de un hombre mayor y una chica. El hombre era bajo y grueso y en su morena carota medio oculta por unas enormes gafas obscuras sobresalían las cicatrices que le dejara un severo acné juvenil y de la muchacha se puede decir que su estatura resultaba aún más baja que la del hombre y que poseía abundante y descuidado cabello negro, rostro pálido y cuerpo de formas mediocres. Una chica del montón para un hombre asimismo del montón. Pero lo que llamaba la atención de ambos era justamente la palmaria diferencia de edad existente entre uno y otra. El tipo muy bien podría llegar a ser el padre de la muchacha y ésta incluso, si nos ateníamos a las apariencias e íbamos más lejos aún en nuestras consideraciones, la nieta de aquél. Salían en las mañanas a caminar por la Avenida, siempre cogidos de la mano y llevando consigo un paraguas por si, supongo, los sorprendía una lluvia repentina. Y parecían muy felices al hacerlo.

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Como habitualmente en casos similares, yo me preguntaba qué atractivo habría encontrado la chica en ese anciano coloradote y robusto. Y no se podría conjeturar que a lo mejor su cartera porque, al igual que su enamorada, el tipo lucía ropas terriblemente viejas y descuidadas. Fueron éstas, precisamente, las que comenzaron a engendrar en mí una suerte de muda ojeriza hacia la pareja, pues no tardé en notar que casi siempre usaban las mismas desastradas prendas en sus paseos matinales hasta el punto de que pronto llegué a nombrarlos para mi capote como Los Cochinos. Ahí vienen otra vez Los Cochinos, me decía con una mezcla de repulsa y de hartazgo cuando los veía asomar por mi camino, recordando entonces la imperecedera sentencia de mi abuela materna que reza uno tiene derecho a ser pobre, mi hijo, pero no cochino. E incluso alguna que otra vez, por las tardes, me tropezaba en el centro de la ciudad con alguno de los dos y cuán tremenda era mi sorpresa al advertir en uno u otro caso que llevaba puesto encima exactamente las mismas ropas de la mañana, lo cual no hacía más que aumentar mi desprecio hacia cada uno de los miembros de tan singular dúo. Pero tal vez me he equivocado cuando señalé que se trataba de una pareja de enamorados. No, quizá no fueran enamorados, sino más bien amantes, pues, bien mirado, se comportaban como tales. A la Avenida no llegaban juntos nunca sino cada uno por su lado. Unas veces primero él, otras ella. Y el que lo hacía no esperaba a su compañero sino que, desde la Casa del Gobernador, iniciaba solo la caminata, siempre con dirección opuesta a la del Viaducto, y seguía hacia el Norte, pasando por Unicentro, la Universidad Santo Tomás y la Clínica de Saludcoop, hasta llegar al Colegio Cristo Rey, donde generalmente era alcanzado por su cómplice rezagado y, dándose un beso en la boca y cogiéndose de la mano, emprendían ahora juntos el camino de regreso. De nuevo a la altura de la Casa del Gobernador, giraban hacia la derecha, hacia el Estadio de fútbol La Independencia y el Coliseo Cubierto y, luego de dejar atrás estas construcciones, finalmente se despedían una cuadra antes de alcanzar la Glorieta del Norte con un nuevo beso en la boca. Y así todas, o casi todas las mañanas de ese entonces. Era un ritual idiota. Al menos para mí. La teoría de que se trataba de una pareja de amantes está sustentada además por la circunstancia de que yo jamás los vi juntos fuera de aquel escenario pedestre. Era al parecer en toda la ciudad su único punto de encuentro, por hallarse acaso lejos de la vista o el alcance de ¿quién?, ¿la esposa del hombre?, ¿la familia de la chica? En fin. Sólo en una única oportunidad los pillé reunidos en un sitio distinto a la carretera, y fue en la sala de lectura general de la biblioteca del Banco de la República. Yo había ido allí a la mitad de una tarde en busca de El guardián entre el centeno, de Salinger. Lo tomé del estante y me senté a una mesa próxima. No tardo entonces en advertir que quienes se hallan al otro lado de la mesa, sean quienes sean no hacen más que conversar y reír sin tregua y de manera si no escandalosa sí por lo menos audible y quebrando así mi concentración. De las hojas del libro levanto mis ojos con brillo reprobador y cuán grande es mi sorpresa al descubrir que los maleducados usuarios no son precisamente los infaltables chiquillos y adolescentes de escuela de primaria y

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de colegio de bachillerato sino la mismísima curiosa pareja de viejazos que cada mañana pasean por la Avenida Universitaria. Los Cochinos. Mi sorpresa se transforma vertiginosamente en indignación cuando veo que sobre la porción que les corresponde de la mesa no hay libro, revista o publicación alguna. ¿A qué han venido entonces sino a chacharear acerca de sus sórdidos asuntos y así de paso molestar a quienes utilizamos la biblioteca justamente para lo que fue creada? Interrumpo mi lectura y me quedo mirándolos fija y severamente con el mudo propósito de que reparen en mi contrariedad y se callen, pero después de un par de minutos de más charla y de más risa no se han dado ni por aludidos. Hasta que: —Hey —digo juvenilmente, como el chico que soy, como el chico que siempre he sido, ¿como el chico que siempre seré?—, ¿por qué no hacen silencio? Se timbran en el acto y voltean a mirarme, el tipo sonrojándose violentamente, como un peladito inquieto que es reprendido por su necedad y la muchacha palideciendo aún más, pero por lo visto de súbito enfado, porque, moviéndose con agilidad, como una víbora que se revuelve, va y me escupe a la cara en un susurro preñado de repentina animadversión: —¡Pues si le incomoda el ruido váyase para otra mesa! ¡¿Habráse visto, encima de lo hecho, tamaña insolencia?! Pero también es cierto que hace siglos que perdimos la grandeza, la hidalguía de pedir excusas cuando nos equivocamos y cometemos una falta. Nos hemos convertido en unos repugnantes pigmeos de espíritu. —¿Y por qué más bien —reviro en seguida— no se van ustedes a otra parte? ESTO NO ES UNA CAFETERÍA. El tipo no sabe qué hacer, es un pelele, mira para otro lado como pidiendo ayuda, a la cara de su compañera, la joven y pálida bruja, quien adopta ahora una actitud de ¡bah, no te preocupes, mi amor, no le hagamos caso a este tonto chinchoso! y tácitamente, telepáticamente lo invita a que reanuden sus alegres confidencias como si nada. Debí llamar al encargado y quejarme, pero, acaso no tanto por mi sempiterna cobardía como por mi profunda aversión a entrar en abierto conflicto con la despreciable raza a la que pertenezco, conflicto que, de darse, establece una suerte de repulsiva intimidad con ésta, no lo hice y dejé las cosas así, de ese tamaño. Y no me libré al fin de su fastidiosa presencia sino hasta algún tiempo después, cuando la Fortuna quiso que cierta menuda deportista de bigotito negro que por las mañanas practicaba marcha atlética en la Avenida Universitaria terminara prendándose de la noviecita del viejo cara de luna y empezara a acosarla apremiantemente cada vez que la veía sola por allí, y entonces, ante el agresivo ataque lésbico de la bigotudita, no tardaron en botar la toalla y desaparecer para siempre del tinglado en que se desarrollaban sus también alegres paseos matutinos. ¡Aleluya! La hora de cierre de la biblioteca es a las 10 de la noche, pero ya a las 9 y 30 los encargados están pasando por las mesas de lectura advirtiéndote de que debes apresurarte a abandonarla. Casi siempre soy el último en hacerlo.

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A veces, cuando tenía algunas monedas aparte del pasaje del colectivo de regreso a casa, salía de la U e iba hasta la caseta próxima al semáforo de la entrada al barrio Mesopotamia y me compraba un tinto o, más frecuentemente, una agüita aromática. Generalmente me tropezaba por allí con Peter, que de solícito factótum había pasado de forma gradual a convertirse en drogadicto indigente. Antes podías encontrártelo en cualquier parte de la ciudad con la mano extendida, pero ahora su radio de acción se había reducido de manera considerable y arrastraba sus pasos de sucio mendigo por el corto y estrecho corredor que empieza en la Glorieta del Norte y termina en el puente peatonal que une la restaurada estación del ferrocarril con el portalón metálico de la UPTC. Incluso se había construido con materiales de desecho un cambucho del tamaño de una perrera a unos cuantos metros de distancia de la caseta en el cercado potrero que se extiende tras ésta y andaba siempre atento cuidando su improvisada y sórdida morada no fuera a ser que lo desalojara de ella un colega suyo, algún otro miembro de la cada día más numerosa secta de los excluidos, secta a la que estamos siendo arrastrados millones y millones de habitantes del planeta por un puñado de archimillonarios rapaces y sin quejas audibles de nuestra parte, conducidos cual dócil rebaño de corderos mudos camino de los afilados cuchillos del cruento matadero. Pero cierto día que me negué a socorrerlo con una moneda, acabando así con la inveterada costumbre iniciada en tiempos del bar que abriéramos con Alicia, se enfureció de tal manera que, desde entonces, empezó no sólo a dejar de saludarme sino además a hacerme mala cara cuando eventualmente nos encontrábamos por ahí, por la calle. Su indignada actitud resultaba ridícula, pues ¿a qué snob lo aflige el hecho de que un latoso zampalimosnas conocido suyo deje de pronto de fastidiarlo con sus demandas de caridad? Del orgullo del necesitado se ríe el potentado. En la caseta, metálica y de dimensiones notablemente reducidas, trabajan tres personas, dos mujeres y un hombre, amables como nadie unas y otro y allí puedes encontrar hamburguesas, hotdogs, papas fritas, chorizos, empanadas, pizzas, pasabocas, gaseosas, jugos, tintos, aromáticas, cigarrillos, dulces, chicles. Una agüita, vecina, por favor. ¿Con azúcar o sin azúcar, vecino? Mientras me tomo a sorbitos cortos la bebida humeante, parado en el estrecho andén sobre el que, aún a esa hora, transita una rumorosa marea de estudiantes, me quedo contemplando, a través de la avenida por la que circula un todavía más ruidoso torrente de apurados vehículos, autobuses, taxis, motocicletas, bicicletas, el atestado andén del otro lado. Un turbulento y alcoholizado enjambre de chicos y chicas, no sólo de la UPTC sino además de la Fundación, de la Santo Tomás, de la Antonio Nariño, de los institutos de garaje, de colegios, liceos y gimnasios, se aglutina en torno a las tabernas que se alinean sobre la amplia acera desportillada. Hay, como siempre, más gente afuera que adentro y cual abejas borrachas en busca de otro jardín donde libar un poco más de néctar, algunos de sus desordenados miembros vuelan dando tumbos de una taberna a otra. El panorama es casi idéntico toda la semana, de lunes a viernes. ¡Y los padres revienten!, diría entre risitas Pancho. ¡Matándose como hormigas locas para conseguir la plata que estos cabrones dilapidan cada

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noche en los bares! Papi, mami, dice en conferencia telefónica un chico oriundo de los Llanos Orientales que estudia aquí Medicina Veterinaria y Zootecnia, resulta que para la clase de Anatomía Animal nos toca comprar un caballo. ¿Un qué? Un caballo. ¿Un caballo? Sí, un caballo. ¿Un caballo de verdad?, quieren saber los extrañados padres. Pues claro. ¿Y para qué? Pues ¿para qué será?, responde con sangre fría el muchacho, para abrirlo y conocer sus partes internas. Ah. Silencio. ¿Y ya sabe, mihijo, cuánto vale? Y con el dinero que sus pelotudos padres se apresuraran a consignarle en su cuenta de banco personal estuvo de parranda en discotecas y puteaderos junto con sus amigotes de la U durante quince días seguidos. ¡Si viera qué perronones y qué culeadas, mi hermano! Y no es un chiste, aunque lo parezca, es un caso de la puta real life. Que no te pase a ti, ingenuo y abnegado padre de familia, que tus hijitos no te salgan así, es mi deseo de todo corazón. Aunque la verdad es que aunque no críes cuervos de todos modos te sacarán los ojos, ése es el precio que la vida te hace pagar, ¡oh soberano schmuck!, por cometer la tremenda insensatez de acarrearlos a este mundo. Ahora recuerdo a cierto muchachito de colegio, cuerpo delgado y plano, como de niña, rostro finísimo, también como de niña y larga cabellera asimismo como de niña, que empuñando una obscura botella de cerveza se plantó en mitad de uno de los dos carriles del otro lado de la avenida para retar al tráfico nocturno y así de paso impresionar al par de chicas descerebradas que lo acompañaban. El automóvil, un Renault 21, frenó en seco y su conductor, un ángel o un idiota, aguardó pacientemente a que aquellas copias clonadas de la última gran ramera de Hollywood vinieran chillando al rescate del improvisado héroe moderno cuya virilidad estaba muy por debajo de la de sus tiernas y obtusas salvadoras. De haberlo atropellado y mandado para los hirvientes pailones del Infierno, yo abría testificado a su favor. El señor no tuvo la culpa, Excelencia, el muchacho prácticamente se arrojó sobre su carro, fue un suicidio. Y entonces hubiese regresado a casa satisfecho, satisfecho de haber cumplido, al menos por esa vez, con mi buena acción del día. Entre la caseta y el potrero cercado precariamente con decrépitos y semiderruidos postes de concreto y apenas dos o tres líneas de oxidado, negro alambre de púas, dominio exclusivo de Peter y de un par de lanudos y cochambrosos perros callejeros que le sirven tanto de guardas como de cobijas, hay una franja de pasto que es empleada como retrete especialmente por los borrachos que vienen desde el otro lado de la avenida a escupir y a mear y a vomitar y si no fuera porque resulta demasiado evidente y vergonzoso, a cagar sobre su pisoteada y húmeda superficie. Cierta noche de aquéllas en que, según costumbre, me hallaba tomándome una agüita aromática, aparecen por allí, abrazados y ebrios hasta el delirio, un par de muchachitos que se tienden a descansar sobre la nauseabunda alfombra de hierba, a un costado de la concurrida y atareada caseta. En realidad uno estaba más borracho que el otro, el segundo le lidiaba la perra al primero. Y es precisamente este futuro Hombre Respetable, futuro general de 5 soles, futuro Padre de la Patria, futuro Presidente de la República, futuro Premio Nobel de la Paz, futuro Papa, quien,

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en un momento dado, cuando de manera desprevenida giro mi cabeza hacia donde se encuentra tumbado como una hiena exhausta junto con su compañero de juerga, me lanza una horrible, feroz mirada de reto y con el rostro crispado me escupe ¿qué me miras, cabrón? a un tiempo que hace el amague de levantarse para abalanzarse sobre mí, sobre un individuo que, si hubiese sido un maldito idiota incontinente, podría ser nada menos que su mismísimo progenitor. Si yo fuese creyente me habría quejado en seguida ante el Altísimo espetándole indignado ¡¿qué he hecho yo, Señor, para merecer semejante agresión?!, pero como no lo soy y no espero respuesta de nadie en el despoblado cielo, me respondo diciéndome nada, no has hecho nada, excepto estar vivo en un maldito planeta de mandriles violentos y, aunque me asalta de pronto un agudo deseo de estrangular con mis propias manos al osado e irrespetuoso y joven primate, hago como que no he visto lo que de hecho he visto y me retiro cobardemente y asqueado. Generalmente, a esas horas de la noche, prefería no tomar un autobús de regreso a casa sino irme caminando hasta ella, ahorrándome así el poco dinero que cargaba en mis bolsillos. Pero aquella vez crucé hasta el otro lado de la avenida y, tras esperar unos minutos, le hice el alto a una buseta que se dirigía con dirección Norte. No bien me subo al trasto rodante, unos ojos enormes, expectantes, pintarrajeados, bajo unas largas, larguísimas pestañas y sobre una blanca sonrisa coqueta me reciben, me atrapan en el acto, cual invisible red lanzada contra mi timorata persona. Unos y otra pertenecen, lo descubro en seguida, a Carolina, Carolina Castro. Quien, a diferencia de otras veces y para mi gran sorpresa, se apresura no sólo a saludarme, hola, ¿cómo estás?, sino además a invitarme, con un rápido movimiento como de hacerme lugar, a que me siente a su lado, ven, hazte aquí, en la primera banca, justo detrás de la silla del conductor. Acepté, obedecí, me acomodé junto a esta chica, a esta mujer, a esta mujer-chica. Carolina Castro era, o había sido algunos años atrás, un personaje notorio en la ciudad. Yo la conocía desde mis tiempos en la universidad. Era condiscípula y amiga de la gorda Paola Camargo, antigua novia de Boris. Ambas estudiaban Ingeniería de Vías, carrera que ninguna de las dos concluyó. Pero finalmente su amistad sí. ¿Por qué? Porque me di cuenta, me confiesa un día Paola, de que Carolina es muy puta. ¿Cómo así? Sí, mientras yo salgo en plan serio con un tipo, ella termina acostándose a escondidas con él. Carolina tenía éxito con los tipos porque sencillamente era no sólo más buena que Paola sino además una loba. Una astuta cazadora de hombres. Libres o comprometidos. Aunque yo me pregunto si el género masculino puede llegar a comprometerse realmente con otra cosa que no sea su propio pene erecto. Mas la conquista de algunos, muchos de cuantos pertenecieran a aquél no constituía su único interés vital. Carolina hacía parte de la extravagante raza de los que anhelan ser admirados por el mundo entero. Su sueño era, o había sido, convertirse en cantante de fama global. Para ello o por ello había participado en cuanto concurso de talento musical se convocara en la ciudad, en el Departamento, en el país. Sin embargo, y muy a su pesar, nunca fue seleccionada, nunca pasó a las finales y entonces, a manera de

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paliativo para su fracaso, decidió transformarse en locutora de radio y animadora de festivales de rock, por los últimos de los cuales terminó ganándose una respetable cantidad de detractores de todos los sexos, machos, hembras, hermafroditas, gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, eunucos, emos, merced a su irreductible ansia de protagonismo, a sus ínfulas de pin-up, de prima donna, de vedette, de diva local, hasta el extremo de que rápidamente, tan rápidamente como pasa el tiempo, llegó a ser tildada de inmamable y de semejante calificativo no pudo deshacerse nunca, aun a pesar de que hace siglos desapareciera tanto de la escena radial como de los conciertos de rock y ahora, ahora ¿qué sería de su vida? Hacía por los menos un par de años que no la veía. La última vez fue en la discoteca Mandala, ubicada en el segundo piso de un edificio próximo a la salida principal de la UPTC, edificio cuya fachada podíamos divisar iluminada en estos momentos a través de la ventanilla de la buseta, danzando con un estudiante, un chico de unos veinte años de edad o así, colgados sus morenos brazos desnudos del flaco pescuezo blanco de éste, quien le susurraba al oído palabras ininteligibles, ininteligibles para mí pero que lograban que se dibujara en su rostro ya maduro mas aún no marchito el alegre rictus de una sonrisa preñada de gozo. Entonces pensé que, como muchas mujeres de nuestra generación, Carolina se negaba a aceptar que ya no era una adolescente y seguía portándose como tal, saliendo de rumba con muchachos saturados aún de bestiales hormonas juveniles. La verdad es que jamás habíamos llegado a ser nada distinto de un par de conocidos que cuando a veces se tropiezan de modo accidental por ahí, por las calles se saludan simplemente con un hola ¿cómo estás? y chao, hasta luego. Por otra parte su actitud de fachendosa sin seso, de chica ¡wow! no conseguía más que intimidarme y hacerme experimentar una acentuada sensación de individuo ridículo, apocado, fuera de onda que no iba con ella, por lo que ahora, al treparme al cacharro rodante, su invitación a que me siente a su lado, ven, hazte aquí, no puede por menos que sorprenderme, ¡y a ésta ¿qué le dio?! No tardaría, sin embargo, en averiguarlo por su propia boca. Luego de una breve conversación en la que me hace saber que desde hace algunos meses se encuentra viviendo en el barrio Suamox, me pregunta clavando sus ojos enormes en los míos, diminutos: ¿Los viste? Yo ya sé a qué se refiere y por qué utiliza el tiempo pasado, pero me hago el loco, el desentendido y contesto, contrapregunto, frunciendo el ceño en señal de extrañeza: ¿Qué? Los graffitis, dice. Claro que los había visto. Era imposible no hacerlo. Estaban por toda la ciudad, de Norte a Sur, pasando por el centro. Rezaban: CAROLINA CASTRO = SIDA. E incluso a uno de ellos, en una concurrida calle no lejos de la Plaza del Libertador, le habían agregado ME CONSTA a manera no tanto de comentario como de reafirmación. ¿Qué graffitis? ¿De verdad no los has visto? No. Mira uno de ellos. El pequeño autobús transita ahora a la altura del barrio Santa Rita. La tosca superficie del largo y alto muro de contención que se extiende a los pies de la pequeña colina sobre la cual se asienta aquél, al otro lado de la avenida, ha sido tradicionalmente empleada como frontón de expresiones no sólo artísticas sino además publicitarias y difamatorias. ¿Ves?

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Leo lo que ya otras muchas veces he leído, sólo que la palabra SIDA ha sido tachada y reemplazada por GANADORA. CAROLINA CASTRO = GANADORA. ¿Y? Sí, explica ella, pero antes de GANADORA estaba la palabra SIDA. ¿Sí? Sí. ¿En serio? Claro. Vaya. Por supuesto mi extrañeza era completamente falsa, pues Carolina no era precisamente una santa y nada de raro tenía que un tipo eventualmente contagiado por ella con la terrible enfermedad se hubiese puesto en la tarea vengadora de desprestigiarla por toda la ciudad. Si he de morirme por su culpa, por lo menos que todo el mundo lo sepa, ¿no? ¿Y no te imaginas quién pudo hacer eso? No, no lo sé. Pero ¿no sospechas de nadie? Mmmm. Por ejemplo un tipo al que recientemente hayas rechazado y entonces quiera de esa forma vengarse de ti, de tu rechazo. ¿Tú crees? Puede ser, ¿no? Sí, hay uno, pero no creo que sea capaz de semejante canallada. Caras vemos, corazones no sabemos. Porque es que quienquiera que haya sido tiró fue a matar, a acabar no sólo con mi nombre, sino también con mi integridad personal, sexual. Tanto que un tipo que estaba saliendo conmigo y echándome los perros debió ver los graffitis y en seguida después se alejó de mí, no volvió a buscarme ni a llamarme y cuando me lo encuentro por la calle escasamente me saluda, hola ¿cómo estás? y hasta luego, si estuve interesado por ti no me acuerdo. Debe ser alguien que te odia mucho. Sí, pero ¿quién? Media ciudad, mamita, me digo para mis adentros. ¡Casi nada! Puede ser cualquiera. Esa noche me invitó a su casa a comer. Debía de sentirse muy sola para hacerlo, pues en realidad jamás habíamos sido amigos. Hice una sopa de verduras exquisita, ya verás. ¿O a lo mejor hace mucho que no le pegan una buena revolcada y quiere que yo le haga el atentado? Veamos a ver. Nada de eso, nada de nada en realidad, porque yo me la imaginaba viviendo sola en un apartamentito de soltera donde seguramente llevaba a sus eventuales amantes, entre los que, ¡quién sabe!, me podría incluir yo mismo esa misma noche dada su consabida accesibilidad y pese a su posible grave enfermedad cuyo contagio pensaba contrarrestar con el uso de un par de condones y al final resulta que abre la puerta de su casa, ubicada al otro lado del puentecito de madera en el que una ya remota tarde pensé declarármele a Bibiana mas no lo hice y nos recibe una tribu de rapazuelos que la esperan, ¡hola, mami!, ¡hola, chicos!, y mi excitación se esfuma como por ensalmo, ¿ya comieron?, sí, mami, sí, y entonces ¿por qué no están acostados, ah?, lo que pasa es que Manu no se quiere dormir y se la ha pasado llorando, a ver, mi bebé, ya llegó tu mami, no llores. Eran tres muchachitos, uno de unos diez años, otro de ocho y el más pequeño de quizá dos y yo me pregunto entonces, asombrado, mentalmente boquiabierto, y esta vieja ¿en qué momento tuvo toda esta zurria de chinos si nunca la vi embarazada? A ver, niños, saluden a mi amigo. Dijo mi amigo porque estoy seguro de que no recordaba mi nombre. Los dos mayorcitos extienden su mano. Hola, chicos. Y uno de ellos pregunta, quizá leyendo la mente de su madre: ¿Cómo te llamas? Roger. Yo me llamo Alberto y mi hermano Salvador. Alberto y Salvador, ¿cómo están? Bien. Eran unos muchachos bastante educados. Se parecían entre sí. El pequeño, que ahora su madre sostiene en sus brazos, no se asemejaba a sus hermanos mayores. Poseía

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ciertos rasgos negroides, sin duda heredados de su padre, aunque Carolina, sin ser negra, era asimismo bastante morena. Espérame, voy a subir al bebé a su cuarto a ver si logro dormirlo de una vez. Sus otros dos hijos suben tras ella. Hasta mañana, Roger, se despiden formalmente. Esa noche, mientras en el desbarajustado comedor comíamos la sopa de verduras, que en honor a la verdad no estaba para nada exquisita, un desabrido caldo de vegetales bruscamente troceados que Carolina engulló como si se tratara del más excelso manjar en tanto yo no pude tragar sino a duras penas, me enteré de algunas cosillas relacionadas con su, para mí, ignota vida privada. Ahora estudiaba Derecho en la UPTC. El arriendo de la casa lo pagaba su padre. El padre de los dos primeros chicos veía por ellos. Manu, en cambio, era hijo no reconocido de un conocido futbolista negro, antiguo defensa central del Boyacá Chicó Fútbol Club. Es entonces cuando yo me digo para mi capote: ¡Definitivamente esta vieja es una loca! Porque ¿a qué mujer en su sano juicio se le ocurría quedarse preñada de un tipo no sólo adicto empedernido a las juergas y a las putas sino además tan nómada como un beduino? A ella, claro. Me quedo mirando sus pequeños tatuajes de manos y brazos mientras cucharea y explica: No, el maldito lo negó. Se largó, incluso. Pero no importa. Es mi bebé y yo lo adoro. ¿Qué más puede decir, en todo caso? A lo hecho, pecho. Otro bastardo para este planeta de bastardos. ¿Uno más qué importa? Sigamos pariendo hasta cuando empiecen a cobrarnos el aire que respiramos. Gracias por todo, me voy. Pero si no comiste nada, por eso es que estás tan flaco. La próxima vez que nos encontramos, una o dos semanas después, vuelve y me lleva a su casa, pero no para comer. Quiero que me des tu opinión, dice, acerca de una cosa que he descubierto a propósito de los graffitis. Que últimamente habían sido retocados de nuevo y ahora rezaban: CAROLINA CASTRO = GANADORA DE SIDA. Mira, dice, extendiendo sobre la mesa del comedor una fotografía de uno de éstos y una hoja de papel con un manuscrito. ¿Ves que las letras son idénticas? Sí, se parecen bastante. ¿Cierto que sí? Y tú crees que quien escribió este manuscrito es asimismo el autor de los graffitis. LA AUTORA, corrige. Mira quién lo firma. ESPERANZA GÓMEZ. Y ella ¿quién es? Es una vieja horrible que, yo no sé por qué, está empeñada en hacerme la vida imposible. Pero tendrá algún motivo, ¿no? Bueno. La historia es ésta. A la tal Esperanza Gómez Carolina la conoce desde hace mucho tiempo. Siempre ha sido una mujer fea e insignificante, en la que nadie se fija, Rogercito, porque, porque si vieras lo fea que es, y cómo se viste, es que es una pena, yo creo que nunca ha tenido novio ni nadie que se la coma, jajajá, sí, es verdad, por lo menos que yo sepa, y yo me he dado cuenta de que desde siempre, desde que la conozco me ha tenido una rabia terrible, porque, tú sabes, yo siempre me visto bien, me maquillo, me perfumo y no salgo a la calle de cualquier manera y siempre he tenido a muchos hombres detrás de mí, y no hombres como tú, sino tipos con pinta y además plata que se desviven por estar a mi lado, y no es que yo sea interesada, no, sino que en el ámbito en el que yo me muevo los tipos simplemente son así, ¿comprendes? Lo cierto es que todo, el acoso del que era víctima, había comenzado tras uno de los festivales de rock en que ella, Carolina, hizo las

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veces de presentadora, animadora del evento, ya que, claro, por las envidias que me tienen en este maldito pueblo no me dejaron cantar. La tipa ésa se quejó ante el Alcalde diciendo en una carta que los grupos de rock pesado que yo traje eran satánicos y no sé qué más barbaridades y que no sólo transmitían un mensaje negativo acerca de Dios y de la sociedad sino que además influenciaban también de manera negativa a los chicos imberbes que los escuchaban y que, de ahora en adelante, debían prohibirme a mí y a mis amigos satánicos con los que, según ella, efectuaba orgías en parques públicos subirnos a una tarima en cualquier parte de la ciudad. ¿Qué tal, ah? Tras esta carta injuriosa a la que el señor Alcalde no hizo precisamente caso omiso, bruto que es, bruto por dejarse creer de chismes de una resentida, volvió al ataque, ahora presentando una denuncia formal ante el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar acusándola de ser una mala madre, toxicómana, ninfómana, puta sádica, desalmada que castigaba de forma cruel a sus propios hijitos indefensos y solicitando a la entidad estatal que se los arrebatara por vía legal y se hiciera cargo de ellos, pobrecillos. ¡Figúrate la desgraciada lo que es capaz de hacer con tal de joderme! Y lo último, antes de los graffitis, fue exigir al decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la UPTC su inmediata expulsión señalándola de ser una infiltrada en el ente educativo de nada más y nada menos que las milicias urbanas de las FARC. ¡El colmo! ¿No te parece? Tanto odio no puede ser otra cosa que la manifestación neurótica de un ardoroso amor no correspondido. ¡SÍ, exclama ante mi observación, SÍ, ¿CIERTO QUE SÍ?! Puede ser. Según ella, yo he dado en el clavo, en el meollo del intrincado asunto, porque fíjate lo que ocurrió la última vez que nos vimos, cuando hice que la Fiscalía la citara por falsa denuncia y mientras nuestros respectivos abogados firmaban un documento, yo de pie ante el mueble ése que nos separa de las autoridades, perfectamente vestida con un obscuro traje de dos piezas y tacones altísimos que me daban vértigo y divinamente peinada y maquillada, superelegante y lindísima como siempre, y ella ahí, a mi lado, chiquita, gordita, feíta, insignificante y repulsiva como un moco, va y me coge del brazo, Rogercito, ¡QUÉ SUSTO!, va y me coge de una manera toda extraña, ¿cómo describirla?, como un hombre que acaricia a una mujer, que acaricia los senos o el trasero de una mujer, así, exactamente, ¡Dios mío!, casi me desmayo, ¡qué asco!, ¡qué repulsión!, aún me hace estremecer y no, no me dice nada, sólo ese contacto masculino y entonces yo le grito ¡NO ME COJA BRUJA INMUNDA! y ella me suelta, pero, ahora, ¿qué voy a hacer, Rogercito, con esa loca enamorada detrás de mí? Sí, digo yo, no hay nada peor que una lesbiana o un marica detrás de ti, pero no sé qué más decirle aparte de que se cuide y de que debo marcharme ya y justamente eso hice, dejándola con toda su anafrodisiaca personalidad, con todo su monstruoso ego y todos sus malditos problemas que en verdad me importan un soberano bledo y ella no obstante me premia con un ¡GRACIAS POR ESCUCHARME, ROGERCITO! ¡ERES UN ÁNGEL! Ya son casi las diez y a unos pasos de la caseta, de la que me he separado tras tomarme la agüita aromática de costumbre, me tropiezo con Reinaldo,

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quien asimismo prefiere hacer a pie el trayecto desde el centro de la ciudad donde se la pasa todo el día hasta su casa, ubicada en Los Cristales, a medio camino de la de mi madre, situada en Los Muiscas. Era éste hermano de un antiguo compañero de colegio. Hola, Rogercito, ¿cómo estás?, ¿qué cuentas?, ¿cómo van las cosas? A pesar de su apariencia impecable, casi siempre vestido de manera correcta con traje y corbata, uniforme riguroso para los de su profesión, cabellos peinados cuidadosamente hacia atrás, sonrisa amplia y blanca, ademanes elegantes y perfectamente estudiados, tan estudiados que parecen falsos (tan estudiados, tan falsos que invariablemente me hacían recordar a los del relamido Obama), era un tipo un tanto desagradable. ¿Por qué? Porque creía en el dios cristiano y en su madre la Virgen Santísima con tal fanatismo que hasta el mismísimo Papa, a su lado, parecería un hereje y sus conversaciones giraban casi exclusivamente en torno a aquella ingenua y absurda creencia que jamás ha dejado de sacarme de quicio cuando a algún pelmazo como Reinaldo se le ocurre nombrármela no sólo como cosa cierta sino además incuestionable. Nunca deja de sorprenderme cómo, a estas alturas del desarrollo intelectual humano, millones y millones de personas sigan prestándole atención a semejantes disparates sin pies ni cabeza. Tanto más cuanto que Reinaldo no era precisamente un individuo primitivo e inculto que se asustara con truenos y relámpagos y eclipses sino todo un ilustrado profesional del Derecho. Sin embargo su estúpido fanatismo resultaba indestructible, tan indestructible como la misma estupidez humana. Por ejemplo, cuando le preguntaba qué pensaba de los curas pedófilos me respondía que no había que juzgar a Dios por sus servidores, que eran hombres y que como hombres no podían ser sino débiles, a diferencia de Dios, cuya fortaleza debía servir de ejemplo precisamente a los hombres. Claro, claro, pero lo que pasa es que a Dios no se le pone dura. No blasfemes, Rogercito, no blasfemes, que el Señor puede castigarte. Creo que mi caso sale de su competencia. No, los ateos son peor castigados que los pecadores. ¿Quién lo dice? El Santo Papa, la Voz del Altísimo sobre la Tierra. Un granuja como tú o como yo. No hables así, más bien ora para que Nuestro Padre Celestial ilumine su camino. ¿Su tenebroso camino? Su camino lleno de dificultades. No te preocupes, el camino al Infierno está bien iluminado por sus propias llamas. Si tú lo dices. Ahora recuerdo un graffiti que vi escrito sobre la superficie de un muro de un convento de monjas en la ciudad de Duitama y que rezaba: LA ÚNICA IGLESIA QUE ILUMINA ES LA QUE ARDE. Asimismo lo único bueno de Reinaldo es que algunas de mis ocurrencias lo hacían reír de buena gana. A propósito de fanáticos religiosos recuerdo ahora a Lolita, la hermana de Federico. Durante su estancia en la Universidad Libre del D.C., donde estudió asimismo Derecho, resultó cuadrada con un muchacho evangélico que rápidamente la convirtió para su religión. De la chica bonita y saludable que era pasó a, como diría mi madre, estar hecha un esparto, seca y pálida y como deshilachada, porque cada cierto tiempo debía practicar ayuno junto con su novio y los demás miembros de la secta, dos o tres días encerrados en su iglesia y en los que sólo consumían pan y agua y el alimento divino, el maná de la

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oración. Y tan drástico cambio no llegó a ser meramente físico sino también espiritual. No volvió a fumar ni a beber ni a bailar ni a escuchar música profana, incluso se tomó el atrevimiento de destruir con un martillo los discos y cassettes y CDs de rock pesado de sus hermanos Federico y Julián por considerarlos satánicos, y sus palabras de saludo eran invariablemente el Señor esté contigo, hermano, y las de despedida que Dios te bendiga. Pues bien, un día que vino a la ciudad, todavía antes de que su novio terminara no sólo dejándola plantada con todos los preparativos de la boda listos sino además cambiándola por otra compañerita de estudios y entonces ella se convirtiera de nuevo pero a la inversa y volviera así a ser casi la misma de antes, tuvimos una pequeña discusión a propósito de su aún dichosa doctrina. Para ella, todas las religiones distintas a la suya estaban completamente equivocadas, eran erróneas, la única verdadera era la suya. ¿Y qué pasa con esa gente, como yo, digo yo, que no pertenece a tu religión? Pues, si no recapacita, si persiste en su tremendo error, está irremediablemente condenada al Infierno, contesta. Sí, sí, me digo, la vieja máxima gringa de QUIEN NO ESTÁ CONMIGO, ESTÁ EN MI CONTRA. Ya se sabe que Dios regenta no sólo el Vaticano sino también el Pentágono. Pero sólo comento: O sea que el Diablo, Amo y Señor del Averno, es un buen amigo de tu Dios. ¡NO, ¿POR QUÉ?! Porque le hace el tremendo favor de castigar en sus cámaras de tortura eterna, en su GUANTÁNAMO infraterrenal, a aquellos empecinados insensatos que se niegan a seguirlo a Él. No supo qué responder a mi satírico razonamiento. Sin embargo, y por el contrario, muy distinto a éste era el caso de Reinaldo, cuyas dudas se diluían en las más extravagantes argumentaciones contrarias a la dura e implacable realidad expuestas por célebres doctrinarios a favor de la irracional y por consiguiente todopoderosa FE CATÓLICA. Hablar con él era como hacerlo con un caníbal al que intentas convencer de que comer carne humana constituye una práctica perniciosa que bebe abandonar de inmediato y lo único que consigues entonces es que te mire con desorbitados ojos de loco a un tiempo que te responde que definitivamente el que está loco, loco de remate eres tú y que más bien empieces a correr porque acaba de entrarle el hambre. Otro rasgo que lo hacía un tanto desagradable era su evidente misoginia. ¿Sí has visto, Rogercito, cómo venden su alma y su cuerpo al Demonio, cómo se prostituyen, las cosas que hacen, la degradación a la que llegan? ¡Es que lo que provoca es darles en la jeta! No sabía que consumieras pornografía. No, no precisamente, es que tú sabes que al correo electrónico de uno envían muchas porquerías. Su ideal de mujer era la Virgen María. Por su pureza, su abnegación, su santidad. ¡Dios mío, ¿en qué siglo vivía este hombre?! Y como su ideal era semejante mito inalcanzable prefería mantenerse alejado de la inmunda, mezquina, impía mujer terrenal de carne y hueso, aun ante el inminente riesgo de que lo tacharan de maricón. Cierto día, un domingo por la tarde en que casualmente nos encontramos por allí mismo pero ambos caminando en sentido contrario, entonces no hacia el Norte como ahora sino hacia el centro de la ciudad y por la otra acera de la avenida, tuvo la ocasión de corroborar una vez más sus negras ideas acerca del odiado sexo femenino actual, tan distante del ñoño, perdón,

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sublime prototipo de su arcaica religión. Eran alrededor de las tres y en el cielo sin muchas nubes brillaba un tibio sol de primavera. Llevaba puestas ropas informales y cubría su cabeza con una gorra de béisbol. Yo iba para el barrio Maldonado, para la casa de Nicasio y él para más arriba, para el centro, para la casa de las Hermanas Marianas, a las que asesoraba legalmente, sin remuneración alguna, claro, con el propósito de salvaguardar sus posesiones de finca raíz contra posibles reclamaciones y expropiaciones por parte de sus antiguos dueños. La crisis económica de la actualidad hacía a las personas menos generosas. La crisis económica era cosa del Diablo, para torcer las buenas conciencias. El Diablo trabaja día y noche. Y Dios ¿qué se la pasa haciendo entonces, durmiendo? No, no, Él también, porque, si no fuera así, ¿dónde estaríamos? Con Dios o sin Dios el mundo sigue dando vueltas, dijo Cortázar, creo. Por hoy mejor no hablemos de religión. Sí, en estos tiempos hablar de religión es tan inútil, tan estéril como patear a un caballo muerto. Estábamos en esa charla de abogados sordos cuando, al cruzar por delante de uno de los bares que se alinean más allá de la abandonada estación del ferrocarril, se presenta, se representa ante nuestros duros ojos de inquisidores una grotesca escena protagonizada por una pareja de universitarios, borrachos, al parecer. Las puertas del bar se encontraban abiertas de par en par, mas por el momento no para el público, pues sus dueños o empleados, la pareja de universitarios, acababan de concluir la rutinaria limpieza del local. Las sillas se encontraban patas arriba sobre las mesas y desde el embaldosado escurría hacia la amplia acera de cemento un negro riachuelo que alimentaba el aún más negro pozo que se había formado sobre una depresión de aquélla y en el cual el muchacho intentaba hundir a su compañera en medio de bruscos forcejeos y destemplados alaridos de pánico y feroces risas de complacencia. ¿Te das cuenta? ¡Es como para cogerlas a patadas! Pero lo que irritaba y asqueaba a Reinaldo no era precisamente que la muchacha permitiera tan indigno trato sino más bien que gozara con éste, como lo demostraba a las claras el inaudito hecho de que terminara muerta de la risa revolcándose como una marrana en las putrefactas aguas del negrísimo charco. Su boca se crispa en una torva mueca de repugnancia. ¡Qué puercas son! Pero, ¿acaso no son también hijas de Dios? Y ¿acaso el Señor no lo ha hecho todo perfecto? Mas callo mis insidiosos erotemas, mis sardónicas pullas pues no es mi deseo fastidiarlo aún más. Pobre. Ya tiene suficiente con aquella abstrusa doctrina irreal que lo enfrenta al retorcido mundo real causándole honda desazón y terrible sufrimiento. O, bueno, al menos cuando sus consideraciones se centran en el género femenino, porque en cuanto a lo demás su absurdo credo parece aislarlo, evadirlo, salvaguardarlo, galvanizarlo de la monstruosa realidad actual. Ahora, mientras caminamos juntos en la noche hacia nuestras respectivas casas, donde nos aguardan nuestras respectivas madres, me dice de pronto, animado, tras una breve cháchara insubstancial: Oye, Rogercito, ¿qué tienes que hacer mañana? Pajearme, ¿por qué?, pienso decir, mas se me escapa automática, mecánicamente (¡ya ves qué mal mentiroso soy!) un nada, aún a sabiendas de

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que ese nada derivará, por su parte, en una invitación a quién sabe qué chorrada. Nada (bueno, al fin y al cabo yo soy un tipo que no hace nada, o mejor, que no quiere hacer nada, salvo, claro está, escribir, blasfemar, putear al estúpido mundo), nada, ¿por qué? Me invita (¡¿lo ves?!) a una reunión en la casa de las Hermanas Marianas. A las 6 de la tarde. El programa es, será, el siguiente. Primero: rezar el Santo Rosario. Después un intervalo para tomar un pequeño refrigerio. Las hermanas, dice, van a dar unas empanadas deliciosas que ellas mismas hacen. Segundo: escuchar a cierta famosa oradora norteamericana que ha rebatido con éxito las equivocadas teorías evolucionistas de Charles Darwin y ha comprobado de manera científica la creación del mundo por parte de Dios. Tercero y último: preguntas de los asistentes. SI LAS HAY. Que no creo que las haya, dice Reinaldo. Tan clara y convincente es su disertación. ¡Dios mío, hombres y mujeres del siglo XXI viviendo AÚN en plena EDAD MEDIA! Le saco entonces el cuerpo diciéndole que si no es precisamente Sarah Palin de quien está hablando, no me interesa. Me gustaba Sarah Palin. Me parecía hermosa. Y fogosa. Respiraba sexo por todos sus poros. ¡Qué bueno debe ser hacerle el amor a una mujer como ésa, aun a pesar de su soberana estulticia! Y no lo digo en un sentido irónico, no, porque, si he de ser sincero, me excitan más las mujeres hermosas pero no muy listas que las hermosas e inteligentes además. En ese aspecto sigo siendo un orangután, después de todo. Reinaldo se ríe de mi ocurrencia y sin embargo insiste en su invitación. Pero tú sabes que yo soy ateo. Precisamente por eso. Tu vida de empedernido nihilista puede cambiar mañana mismo. No, no lo creo. Tendría que bajar el mismísimo Jesucristo con su melena de hippie y su cutis Palmolive a convencerme mas estoy seguro de que en su agenda de superstar, de ídolo de masas descerebradas no hay tiempo para un tipo como yo, nunca lo ha habido. Claro que sí, lo que pasa es que tú no lo escuchas. No sigamos, por favor, que mi vida es mucho mejor sin Dios que con Dios. ¡Qué equivocado estás! ¡No sabes cuán hermoso es vivir a Su lado! ¿Hermoso o cómodo? ¿Hermoso o adormecedor? ¿Hermoso o ilusorio? ¿Hermoso o cobarde? ¿Hermoso o estupidizante? No, no, nada de eso, hermoso, sublime. Sí, sí, está bien, está bien, pero gástame una cerveza. No tomo. Pero yo sí. ¿Hablas en serio, quieres una? Olvídalo, es sólo un chiste que mi hermano Fran hace cuando la gente empieza a ponerse demasiado ceremoniosa o sentimental en su discurso. Ah. O, más exactamente, cuando empieza a hablar mucha mierda. Oh. Sin ofender, claro. Es increíble la cantidad de gente que, como Reinaldo, se resigna a entregar su cuerpo y su alma a alguna de las muchas formas de evasión de la dura e implacable realidad que te provee el Sistema sólo para encontrarse entonces dentro de una frágil burbuja de existencia cómoda pero falsa. Uno es Nicasio, otro Manuel. Nicasio dejó de creer en el dios cristiano pero empezó a interesarse como un enajenado, enajenándose efectivamente, en los OVNIS. Últimamente cada vez que iba a su casa me recibía con la más reciente prueba de la existencia de estos artefactos supuestamente extraterrestres. Las sacaba, claro, de la omnipresente y ubicua Internet, la última Divinidad creada por el

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Hombre, la nueva herramienta de embrutecimiento y dominación de masas, la ramera barata, gratuita, al alcance de todos, que te amamanta, te arrulla, te mima, te folla, que no te deja pensar, piensa por ti, que te provee toda la maldita ilusión que necesitas, que te aísla del mundo mostrándotelo cuan deformado quieres que sea, alabada sea, bendita sea. Al principio pensé que era una manía pasajera, la suya. Mas no tardé en advertir que se trataba de una especie de iluminación religiosa a la que Nicasio, considerándolo como un deber de camarada, deseaba ardientemente acercarme. ¡Mire, mire, ¿no ve?! ¡¿Por qué no quiere creer que es una realidad?! ¡Usted y su maldito racionalismo que no lo lleva a ninguna parte! ¡Sus tripulantes nos observan, desde hace mucho tiempo, desde la Antigüedad, hace miles de años! ¡No sé de dónde provengan, pero es seguro que no estamos solos! ¡Entienda! Yo sé de dónde vienen, afirmo. ¿De dónde?, quiere saber él. De Tralfamadore. ¿Sí? ¿Y dónde queda eso? ¿En qué galaxia? Sólo mi irónica sonrisa lo persuade de que le estoy tomando el pelo pues nunca ha leído Matadero cinco del viejo Kurt. Se enfurece. Me espeta que el racionalismo no es más que otra suerte de falsa religión que nos impide ver el Universo tal como en realidad es. El racionalismo es la venda que nos tapa la vista, el entendimiento verdadero. Le recito entonces la luminosa frase de Einstein, que me sé de memoria: TODA NUESTRA CIENCIA, COMPARADA CON LA REALIDAD, ES PRIMITIVA E INFANTIL, Y SIN EMBARGO ES LO MÁS PRECIADO QUE TENEMOS. ¿Ve?, me dice triunfalmente, como si el célebre científico alemán le estuviese dando la razón, ¿ve?, lo que conocemos de la realidad es ínfimo, y todo por culpa del racionalismo, que no deja que entren en juego disciplinas menos rígidas, menos cerebrales que contribuyan a explicar más completa y exactamente el Universo. Lo que quiere decir Einstein, lo interrumpo, es que la ciencia, nuestra ciencia, a pesar de su atraso, nos ha mostrado lo poco que sabemos del Universo, nos lo ha iluminado un poquito, y la ciencia, que es como una velita encendida en la vastísima obscuridad, está erigida sobre el pedestal de la razón, dejando de lado el obscurantismo y las creencias irracionales, que no conducen a nada, a nada positivo, porque, por ejemplo, y muy a pesar de Papas, Popes, Santones, Pastores, Ayatollahs, Gurús, Brujos, etcétera, etcétera, un avión vuela no gracias a las oraciones o los amuletos de sus pasajeros sino a la ciencia que lo ha construido basada justamente en la razón. Que la ciencia no tenga aún las respuestas para todos los enigmas que nos plantea el Universo no quiere decir que debamos abrazar teorías puramente especulativas alejadas de la racionalidad. La ciencia es el camino hacia la verdad oculta. Puede ser que no lleguemos nunca a desvelarla completamente, pero por lo menos lo habremos intentado siguiendo la senda correcta. Pero algo debe de haber de cierto, insiste, en la existencia de ovnis y extraterrestres. Hasta el momento, concluyo, la ciencia no ha probado tal eventualidad como cierta. Y la siguiente ocasión en que lo visito le traigo el libro El mundo y sus demonios para que le eche una leída y abandone aquellas fantasías alienígenas. Pero no lo hizo, ni lo hojeó siquiera, a pesar de mi insistencia durante los días subsiguientes. A Nicasio no le gustaba leer porque aquello implicaba para él un esfuerzo

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intelectual mayor que recibir pasivamente, como un ruido de fondo, información audiovisual descargada de la Internet. Su cerebro se había convertido en una esponja, una gran esponja boba, que absorbía toda la información, verdadera o falsa, que le inyectaban los websites. Así, pues, Nicasio carecía ahora de un sentido crítico y reflexivo. Para él todo lo que encontraba colgado en la Red era una verdad revelada que de inmediato empezaba a defender con pasión, circunstancia tanto más lamentable cuanto que hacía muchos, muchísimos años que había dejado de ser un niño. Y lo peor de todo es que seguía tratando de convencerme de la existencia de máquinas y criaturas extraterrestres fundamentándose ahora en la dudosa premisa de que había doctores de las principales universidades del mundo que así lo creían. No puede ser, arguye, que toda esa gente esté equivocada. Es que los testimonios son muchos, muchísimos. Dígame una cosa, Nicasio, digo yo. ¿Usted ha visto un ovni? No. ¿Usted ha visto un extraterrestre? No. ¿Entonces por qué cree en esas cosas? ¿Simplemente porque otros dicen que es cierto? Se queda pensativo por un corto lapso. ¿Usted quiere decir entonces, dice al cabo, que lo que no vemos no existe? No, por supuesto que no. Lo que quiero decir en este caso específico es, en primer lugar, que, tal como afirma Carl Sagan en el libro que le presté y nunca leyó, la ciencia no ha comprobado aún la existencia ni de vida ni de inteligencia extraterrestres, y, en segundo lugar, que, para mí, tal posibilidad sería quizá menos increíble si una persona franca y cuerda como usted me viene con el fantástico cuento de un contacto extraterrestre pero experimentado no ya por unos testigos bastante discutibles pese a su magnífica formación universitaria sino justamente por su propia persona. ¿Me entiende? Otro breve silencio. Pero, entonces, me reta luego, ¿esa gente por qué lo hace, por qué afirma tales cosas si no son ciertas, ah? Bueno, tanteo yo, quizá porque es un producto que, como muchos otros que también se venden, genera cuantiosas ganancias, además de que suple la arcaica pero aún vigente necesidad humana de crear mitos para intentar explicar lo que no entiende. Por otra parte tales teorías son alentadas por el mismo Sistema porque contribuyen de manera satisfactoria a que la gente CREA FIRMEMENTE EN LO QUE NO VE Y DUDE DE LO QUE EFECTIVAMENTE VE, a que ande permanentemente confundida y no sepa al fin en qué creer, si en la realidad o en la ficción, si en la verdad o en la mentira, a las que, a estas alturas, ya no distingue. Calla un momento y luego dice: Sí, ¿sabe que sí? Puede ser. Y desde entonces no ha vuelto a mencionarme nada relacionado con ovnis ni aliens, lo cual, sin embargo, no quiere decir de ningún modo que se haya curado definitivamente de su trastorno evasivo, porque la última vez que lo visité en su casa va y me sale con que hace poco ha bajado un documental en el que se pone en duda la construcción de las pirámides de Egipto por parte de sus habitantes durante la IV Dinastía, alrededor de 4.000 años antes de Jesucristo, pues al parecer en ese tiempo aquellos no poseían aún la tecnología necesaria para lograr semejante hazaña arquitectónica y los genios que montaron el «revelador» documental concluyen, no obstante, QUE SU CONSTRUCCIÓN PUDO SER LLEVADA A CABO POR UNA CIVILIZACIÓN AÚN MÁS

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ANTIGUA PERO MENOS ATRASADA DE LA QUE POR DESGRACIA NADA SE SABE. Y aunque yo sé que Nicasio es uno más de millones y millones de casos perdidos le espeto no sin cierta impaciencia: Pero, Nicasio, ¿no cree que ocuparse de semejantes temas no es más que una forma de evadir la monstruosa realidad que nos atenaza? ¿Qué nos importa a usted o a mí que las pirámides de Egipto hayan sido construidas por hormigas o por pulgas hace miles de años cuando hoy en nuestro propio país se suceden a diario y ante nuestros mismos ojos masacres financiadas por las feroces Corporaciones gringas, de las que somos rehenes? ¿QUÉ?, me dice extrañado, ¿A QUÉ SE REFIERE?, como si yo fuese un loco que dice absurdidades o como si le estuviese hablando en esperanto o de un tema fantástico. De las masacres, digo. ¿No ve las noticias? No, no me interesan, explica con suficiencia, nunca me han interesado, muy complacido de ser un individuo singular que no se preocupa por lo que ocurre en su entorno sino por el desvelamiento de los Grandes Enigmas de la Historia de la Humanidad. Tal vez, pienso, sólo cuando en su presencia le quiten con un machete o una motosierra la cabecita a una de sus hermosas niñas y se pongan luego a jugar con ella al fútbol deje entonces de mirar al frío e indiferente espacio o al remoto y muerto pasado y empiece a preocuparle de verdad, mas prefiero callar y me largo recordando de pronto ciertas palabras de Hunter S. Thompson en Mescalito: «Vivimos en una jungla de desastres inminentes, caminamos perpetuamente por campos minados, pero a nadie le importa un carajo, ¿dónde iremos a parar así?», palabras a las que responde su compatriota Henry Miller: AL ABISMO SIN FONDO, AL ABISMO SIN FONDO, AL ABISMO SIN FONDO, repitiéndose como un eco, como el alegre eco de una carcajada de payaso siniestro rebotando una y otra vez contra los desconchados muros de mi cerebro. A nadie le importa un carajo nada. ¿Por qué coño tiene entonces que importarme a mí cualquier mierda que pase en este podrido y condenado planeta? Bueno, pues solamente porque no quiero ser un pelotudo acéfalo que se deja meter los dedos a la boca como Nicasio ni un hombrecillo esclavizado por su mísero pito como Manuel. Ya he dicho en otra parte que, aunque era feo y él mismo reconocía serlo (se parecía a Woody Allen), poseía una facilidad impresionante para levantarse viejas, de cualquier índole: casadas, solteras, concubinas, separadas, viudas, amas de casa, camareras, ejecutivas, secretarias, profesionales, universitarias, niñas de colegio. A nadie le cabía en la cabeza que un tipo como él, con aquellas gafas de intelectual suyas, aunque de intelectual no tenía nada salvo justamente sus gafas y aquella nariz de buitre suya y aquellos dientes cariados y dispares suyos, tuviese tanta suerte con el sexo opuesto, hasta el punto de que Hermam, escéptico como todos los demás, solía preguntarme: ¿Es verdad que Manuel anda por ahí con otra vieja que se levantó hace poco? ¿Sí? Pero me imagino la vieja, decía: ¡UN CUTRE!, ¿no? ¡¿NO?!, meneando la cabeza en señal de absoluta incredulidad. Lo que no entendían Hermam y los demás es que las mujeres se conquistan por los oídos y que Manuel era un experto embaucador, un habla-mierda profesional. Sin embargo, y según lo que afirmaba su mejor amigo Leonardo Ramírez, no es que las viejas que se levanta

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Manuel sean bonitas o tan bonitas, sino que, al lado de Manuel, CUALQUIER MUJER RESULTA PARECIENDO BONITA, ¡jajajá! Yo, por mi parte, alguna vez en el pasado llegué a envidiar su fortuna en el amor, pero ahora, a esta altura de nuestras vidas, no experimento más que una suerte de fría curiosidad por la maraña de líos, líos con mujeres, claro, que lo agobian. Amanda finalmente lo mandó a freír espárragos tras aguantarle innumerables infidelidades, la última de las cuales colmó su paciencia. La chica era de Paipa y se llamaba Juliana, quedó preñada, Manuel no sólo se hizo el desentendido sino que además la botó, Juliana entonces decidió abortar, y tras el aborto concertó una cita con Amanda para ponerla al tanto de todo, Amanda se vino enterando entonces de que Manuel era una verdadera rata, que hacía más de cinco años que la engañaba con Juliana, practicamente desde la época en que Amanda estaba embarazada de su hijito Julio, que incluso compartían un apartamento amueblado, amueblado a todo dar por el propio Manuel, que todo ese tiempo la mantuvo engatusada, a Juliana, con el cuentito de que se había casado con Amanda solamente porque esperaba un hijo suyo, que en realidad no la amaba, que el padre de Amanda prácticamente lo había obligado a casarse con su hija, y que ahora no se divorciaba de su esposa porque no deseaba que Julio, al que adoraba, creciese sin su padre, quizá más adelante sí, cuando el chico creciera y fuese más grandecito y entendiera, pero, por ahora, no, y, ¡oh maldito desgraciado!, que todos los regalos que le enviaba a Juliana eran exactamente los mismos que le enviara a Amanda, y es que hasta los mensajes de las tarjetas eran idénticos, en los primeros sólo cambiaba el nombre de la destinataria y en las segundas, a veces, el color. ¡Un campeón el hijo de puta! Amanda enloqueció. Luego de la cita regresa a la ciudad y manda a Manuel para la mismísima porra. En los días siguientes nos busca a conocidos y amigos suyos para putearnos. Según ella, todos nosotros no sólo sabíamos lo suyo con la tal Juliana sino que además ayudábamos conscientemente a tapárselo. ¡Claro, entre bomberos no se pisan la maguera! ¡Malditos alcahuetes! ¡Malditos hijos de puta! Yo, por mi parte, y como buen Judas que soy, lo negué, mas no tanto porque no lo supiera como porque sinceramente no creía que aquella relación resultara siendo tan seria, pues para mí, y me imagino que para el resto también, Juliana era apenas una más de tantas y tantas conquistas de nuestro incorregible amigo. Manuel asimismo no tardó en buscarme para saber qué ocurría con Amanda. Se ha patoneado toda la ciudad, le informo, desprestigiándolo a usted aquí y allá, en todas partes y de paso acusándonos a nosotros, sus amigos, de hipócritas, de cómplices de la doble vida que usted llevaba. Me sorprendió no verlo triste. Al contrario, parecía feliz, radiante, como si le hubiesen quitado un peso de encima, o mejor, como si lo hubiesen liberado de una negra celda. Divertido, me cuenta que la ha emprendido en su contra, que se quiere quedar con todo, que no lo deja ver al niño, que lo insulta por teléfono y hasta cuando lo ve por la calle, que, en suma, se ha puesto insoportable. ¡Y con justa razón!, digo yo. Sí, sí, acepta él, está bien, yo soy un hijo de puta, pero ¿ y qué con ello? No puedo remediar lo que pasó. Lo hecho, hecho está y ya nada hay que hacer, sólo seguir adelante.

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Ojalá se consiga otro tipo, un buen tipo, no un canalla como yo. Porque sí, lo reconozco una vez más, soy un canalla, pero no puedo pasarme toda la vida arrodillándome y pidiéndole perdón, aunque ¿sabe una cosa, Roger?, su furia es precisamente por eso, porque finalmente me pescó y entonces me echó y yo en lugar de arrodillarme y rogarle que me perdonara como seguramente ella esperaba que lo hiciera le dije en cambio okay, hermana, adiós entonces y eso es lo que no la deja dormir, lo que la tiene como una fiera recién capturada, enferma de rencor, de odio, de rabiosa impotencia, pero ¿de qué se queja si ella me conoció así como soy?, porque al principio los dos empezamos siendo sólo amantes, acuérdese de que yo en esa época andaba cuadrado con Marthica Escobar y Amanda solamente era una amiguilla, lo que pasa es que su embarazo lo cambió todo y usted sabe que la familia de Amanda no es de las que fuera a permitir que ella resultara siendo otra madre soltera como hay tantas, no, señor, así que ¡al altar, mi hijo, responda!, pero en el fondo ella sabía que yo no soy hombre de una sola mujer, así que. ¿Y Juliana?, pregunto. Esa vieja está peor de loca, reponde, no hace más que enviarme mensajes al correo electrónico pidiéndome perdón por lo que hizo y llamándome por teléfono a las tres de la madrugada, borracha y llorando, para suplicarme que nos veamos, que vuelva con ella. Y usted ¿qué piensa hacer? Nada, sacarla de mi vida, está loca. Pero mentía, porque después, no mucho después, Juliana resultó una vez más embarazada y finalmente tuvo un niño, atrapando a Manuel, saliéndose con la suya, los cinco años de sórdido comercio carnal, durante los cuales llegó a rebajarse como una puta sólo por complacerlo a él, no habían sido en vano. Pero también ella se equivocaba. Manuel no dejó de ser el mismo perro de siete suelas. Su última gran conquista era una chiquilla de 17 años a la que desfloró y convirtió en una ninfómana que, vaya paradoja, no le daba un respiro, acosándolo, agotando sus reservas, exprimiendo sus pelotas, ¡dame!, ¡dame más!, ¡más!, ¡más!, ¡más!, ¡más!, ya no sabía qué hacer, quería dejarla pero no era capaz, le gustaba demasiado, era una bomba en la cama, un solo hombre resultaba demasiado poco para ella, estaba seguro de que si le echaba otro macho encima ella lo aceptaría sin protestar, encantada como una yegua en celo, le daba un poco de miedo, y ahora todavía más, porque lo perseguía, porque no lo dejaba trabajar, porque lo celaba, porque insistía en que dejara a Juliana y entonces, para curarse en salud, para no comprometerse más con ella, se mandó a hacer la vasectomía, ¡zas!, no fuera a ser que se le ocurriera como en su tiempo a Juliana quedarse preñada para presionarlo, para obligarlo a confesar su aventura pedófila y en semejantes angustias andaba todavía la última vez que nos vimos, y eso sin contar que se sentía deprimido porque ya no ligaba tanto como antes, debía conformarse con acostarse con las mismas de siempre, Juliana, la chiquilla de 17 años que se llamaba Tania, Rosario, Manuela, Betty y pare de contar, no había logrado incluir a ninguna otra en su catálogo personal, lo cual no dejaba de ser un triste síntoma de vejez, y es que aparte de todo, dice, no tengo plata, toda se me va en la manutención de mis chicos y en el mantenimiento de mi auto, estoy quebrado, présteme plata que esta noche tengo cita con una pava que conocí

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ayer y no me queda ni para invitarla a una gaseosa, ¿sí? No tiene remedio, para Manuel el Universo entero es el coño de una mujer, no hay otra cosa, porque ni siquiera se detiene a pensar en el alma, en los sentimientos, en el corazón de cada una de las bobas que logra atrapar en la insidiosa telaraña que es su encantadora cháchara de donjuan sin escrúpulos, sin remordimientos, allá ellas si son tan tontas como para creerme, es un egomaníaco, y como todo egomaníaco se odia a sí mismo, su amor propio es minúsculo en extremo, necesita rodearse de una extraordinaria cantidad de mujeres para ser envidiado y así enaltecer su reducido ego ante sus propios ojos, ya que somos lo que creemos que otros creen que somos y efectivamente él es, a nuestros ojos, un perrazo, un experto conquistador de mujeres, un increíble come-coños, tanto más admirado cuando que sus atributos físicos no dan para tanto, para nada, en realidad, y por ello es que su agotadora carrera de empedernido y alocado Casanova resulta interminable y no le deja tiempo para pensar en ninguna otra cosa más. En cuanto a mí, que hace algún tiempo dejé de perseguir a las muchachas en flor, siempre melindrosas, mojigatas, remilgadas que se cruzan en mi camino, no hago más, por el contrario, que pensar en todo menos en cómo lograr acostarme con ellas. Ahora, por ejemplo, mientras paso junto con Reinaldo por un lado de las escalinatas del puente peatonal del barrio Santa Inés, escuchando de su voz el ñoño relato de la vida, obra y milagros de no sé qué hipócrita santo moderno, acaso Juan Pablo II, viene a mi memoria la increíble escena de sublevación que se desarrollara aquí mismo, entre el puente y el móvil 01 del Programa de Zonas Seguras de la Policía, hace apenas 48 horas. Eran alrededor de las 6 de la tarde, había estado en la biblioteca de la UPTC, según costumbre y, al contrario de hoy, había abandonado temprano el recinto y, también según costumbre, comenzado a caminar hacia el Norte, hacia la casa de mi madre. El cielo permanecía despejado y una ligera brisa, no muy fría acariciaba mi flaco y ceñudo rostro. Cuando paso justo por aquí veo a un tipo delgado y más o menos joven de piel morena, cabellera y barba obscuras y un tanto largas y desarregladas, con ropas humildes pero al parecer limpias, gorra de béisbol blanca y mochila indígena negra, de marihuanero, que ha sido detenido por los dos policías que entonces hacen guardia en el móvil 01, que es un pequeño remolque pintado de blanco y verde con puerta y ventanas estacionado sobre la acera, entre el puente peatonal y un lote baldío. El tipo escucha atentamente lo que le está diciendo el policía alto y flaco. Todo normal, pienso yo, una requisa de rutina para ver si el tipo lleva consigo marihuana. Sigo mi camino por entre la gente, estudiantes principalmente, que transita por allí. Pero tan sólo 20 metros más adelante escucho como un forcejeo que se produce a mis espaldas, me vuelvo y sí señores que se ha iniciado una refriega entre los dos policías y el supuesto delincuente, quien ha arrojado al pavimento su gorra de beisbolista, su mochila de marihuanero y su humilde y delgada chaquetita y con la blanca camisa desabrochada hace frente a los intentos de los agentes de la ley por reducirlo, estoy muy cerca para verlo todo pero demasiado lejos para escuchar nada de lo que se dicen, los policías

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no logran atraparlo, pero el sublevado tampoco intenta huir, al contrario, se planta a darles cara, ¡tombos hijos de puta, ¿qué se creen?!, me imagino que dice, indignado, algo ha ocurrido que lo ha hecho reaccionar de esa manera, especialmente contra el policía alto y flaco, pues sus ininteligibles invectivas se dirigen a éste por encima de su compañero, quien se interpone entre los dos y hace ademanes de pedirle calma al sublevado, el cual, inmerso en una gigantesca ola de furor, no escucha razones y, disparado, corre al lote baldío y agarra de allí una piedra más o menos grande que no duda en lanzar contra su repentino enemigo, pero la piedra no alcanza su objetivo y el policía alto y flaco corre al interior del remolque, se refugía en él, pide refuerzos por el aparato de radio mientras su compañero le pide al otro que se sosiegue, hombre, mire que nosotros tenemos los medios para aplastarlo, no sea necio, resígnese, obedezca, ríndase, ¡ni mierda cabrones!, parece contestar el sublevado a la telepática conminación del represor, porque va y recoge la piedra, la misma, y no hay razonamiento humano que lo convenza de soltarla, sin duda espera que salga del remolque su enemigo para volver a lanzársela, entonces llegan los refuerzos, otras dos parejas de policías que surgen de pronto del otro lado del puente peatonal, del interior del barrio Santa Inés, atravesando la avenida velozmente, como flechas verdes disparadas por debajo de aquél y por entre el furioso tráfico, ¿qué es lo que pasa?, ¿cuál es el hijo de puta que se resiste?, ¡¿éste?!, ¡¿y no pudieron con semejante esqueleto?!, lo rodean, ¡suelte esa piedra!, el policía alto y flaco sale de su escondite, el sublevado le arroja la piedra, falla otra vez, se abalanzan entonces sobre él, lo rodean, el policía alto y flaco lo golpea con su largo puño por encima de sus compañeros y por entre ellos mismos le zampa una patada con su larga bota, seis cobardes contra un valiente, me digo, pero en lugar de acojonarse recibe los tremendos golpes como si fueran vitaminas que convierte en empujones, puñetazos y patadas cuando se deciden a reducirlo finalmente, y no pueden, ¡seis contra uno y no pueden!, forcejea, abre el cerco, se les escapa, pero no huye, ¡¿y por qué habría de hacerlo?!, ¡no he hecho nada!, ¡soy inocente!, ¡es sólo que este tombo hijo de puta me la quiso montar y yo no me dejé!, aparece entonces otra pareja de policías en una motocicleta seguidos de un carro celular con las luces blancas, rojas y azules encendidas y haciendo sonar la sirena, se bajan los conductores y sus acompañantes, se unen al grupo y solamente entre los diez, ¡diez contra uno!, logran por fin dominarlo ante las miradas curiosas de quienes nos hemos detenido y, cobardes o apáticos, no hemos hecho nada más que comtemplar la desproporcionada represión en contra de aquel hombre que es también uno de nosotros, ¡Dios nos perdone!, ¡pero si Dios no existe!, ¡entonces que nos perdone ¿quién?!, ¡pues ¿quién va a ser?!, ¡ESE POBRE MUCHACHO! Mientras Reinaldo me cuenta la extraordinaria labor del santón, un cura franciscano o dominico o jesuita, no sé, a favor de las gentes menesterosas de cinco continentes y yo lo escucho como quien oye llover, no puedo dejar de pensar en el hombrecillo linchado por la pandilla de diez policías. ¡Qué bravo! Me recuerda a los derrengados chiquillos palestinos en pie de lucha contra los acorazados soldadotes israelíes, un pueblo no sólo masacrado sino además

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humillado que reacciona como puede contra la tremenda tiranía, porque no hay combustible más poderoso para poner en marcha la sublevación, para hacerse estallar en mil pedazos si es necesario que el indignante e insoportable sentimiento de injusticia. ¿Y cómo no admirarlo si hasta sus represores lo hacen? Porque estoy seguro de que aquella noche cada uno de los policías participantes en la refriega, hasta el mismísimo agente propiciador de ésta llega a su casa y en la mesa, mientras cena, comenta a su esposa o a sus familiares lo sucedido, un pobre diablo que desconoce la autoridad y la fuerza y se enfrenta abiertamente a ellas con apenas una mísera piedra, un pobre diablo cuya insensatez lo ha hecho merecedor de una soberana paliza, ¡pobre pendejo!, dice de labios para afuera, mas al momento de acostarse en el lecho de su dormitorio para descansar no puede hacerlo antes de reconocer silenciosamente para sus adentros, para lo más hondo de su alma de canalla que aquel desgraciado no se dejó, que casi no pueden con él, que fue valiente. El angélico sacerdote aún vive, oigo que me dice Reinaldo, ha fundado una ONG y a través de su página web recauda dinero destinado exclusivamente a obras sociales para gente necesitada y entonces, vertiginosamente, viene a mi memoria la no muy lejana tarde del entierro de la hija menor de Misael. Su muerte fue una verdadera e inesperada tragedia. La chiquilla de trece años de edad empezó de pronto a sufrir intensos dolores de cabeza que le producían desmayos de alarmante asiduidad y entonces sus padres se apresuraron a llevarla al médico, quien tras las pruebas de rigor diagnosticó que en su cerebro se alojaba un pequeño tumor, tumor que sin embargo no revestía mayor gravedad y el cual fue extirpado, aparentemente con éxito, durante una cirugía programada sin contratiempos. La chica, no obstante, sobrevivió apenas quince días luego de ser dada de alta. Durante la misa del sepelio llevada a cabo en la iglesia de San Francisco el sacerdote encargado consoló a nuestro humilde amigo y al resto de sus también humildes familiares y a sus no menos humildes compañeritas del Instituto Integrado Silvino Rodríguez diciéndoles que no debían estar tristes porque, al morir tan joven, el Señor Todopoderoso que la llamaba prematuramente a su Seno le había ahorrado todo el horror de una vida colmada de penurias y corrupción. ¡POBRES MÁS BIEN LOS QUE AÚN SEGUÍAMOS CON VIDA EN ESTE VALLE DE LÁGRIMAS! Pero no fue precisamente este retorcido discurso lo que más me indignó entonces del maldito cura, sino su inexcusable cicatería. Permaneció en la iglesia y no hizo acto de presencia en el Cementerio Central donde la malaventurada chiquilla fue sepultada en una bóveda del panteón de los Nazarenos (congregación laica a la que pertenece Misael desde hace muchos años) y ante una muchedumbre descorazonada y perpleja. Tenía, claro, dos poderosas razones para hacerlo. En primer lugar otro fiambre aguardaba a la salida de la iglesia su turno para ser sacado del coche fúnebre e ingresado a ella y finalmente despedido por sus deudos previo pago al oficiante de la luctuosa ceremonia y en segundo lugar y sobre todo Misael no había abonado el importe de la visita del clérigo al camposanto.

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Y ahora el zopenco de Reinaldo me viene con que anote la dirección electrónica de la ONG para que con los recursos económicos que no tengo ayude en su loable tarea a ese otro maldito cura pesetero. —Más bien —le propongo con sorna y dejando de tutearlo—, más bien anote la dirección de mi domicilio para que le diga a ese señor que me envíe un mercadito —y sin más le extiendo mi mano y me despido cruzando al otro lado de la avenida. ¡Que se pudra la Humanidad entera con todas sus roñosas y falsas necesidades! Las últimas busetas del día pasan a mi lado izquierdo zumbando. El frío de la noche mordisquea mi cara. El ruido de mis pasos, a medida que avanzo, se va haciendo a cada instante más audible. Cuando llego a la altura del depósito de la cervecería Bavaria y me detengo, poco antes de las once, el silencio es casi total. Siempre que cruzaba por allí a estas horas de la noche me paraba sobre la acera a observar la larga hilera de acacias sembradas a manera de cerca viva en el gran terreno baldío del otro lado de la avenida, justo enfrente del depósito. Esas frondosas plantas, de unos cinco o seis metros de altura, adquirían en la noche, por efecto de las poderosas luces del alumbrado público, una extraña personalidad que entonces nunca dejaba de ejercer en mi espíritu una no menos rara fascinación, como si en lugar de simples plantas fuesen silenciosas y serenas criaturas que lo sabían todo acerca del Universo y cuyo conocimiento estaba a mi alcance con sólo detenerme y mirarlas y concentrarme en ellas y aguardar así, plácidamente, la repentina transmisión telepática de un mensaje único que sin embargo contendría entera su milenaria e inabarcable sabiduría. Mas, por lo visto, yo no era un individuo digno de ser depositario de semejante tesoro, pues tan sólo obtuve su vislumbre. Y hoy ya es tarde, demasiado tarde para intentar de nuevo alcanzarlo, porque ahora advierto con una súbita mezcla de sorpresa y de disgusto que los dueños del terreno las han derribado en su totalidad y sus corpachones de amplias y olorosas ramas yacen en el empradizado suelo como cadáveres todavía frescos. ¡Malditos insensatos! ¡¿Por qué lo hicieron?! ¡¿Qué mal les hacían?! Y entonces un amplio y enorme cartel erigido tras ellas, sobre sus restos, da firme contestación a mis ingenuos erotemas y de paso sofoca mi repentina y ardorosa furia, cual baldado de agua fría que baña mi espíritu con la paralizante lluvia de un amargo sentimiento de impotencia. SE VENDE, proclama, y un número telefónico adereza la consigna. Preguntándome para mis adentros qué puedo hacer yo después de todo en contra de otro ataque del iracundo dios MERCADO que todo lo puede y contestándome en el acto nada, nada en absoluto, logro reponerme un poco y entonces, menos resignado que asqueado, lanzo un agrio escupitajo al pavimento y reinicio mi solitario camino a casa. ¡Qué agradable es, pese al frío, caminar de noche por la ciudad dormida, cuando las virulentas y nauseabundas pasiones que se anidan en el mezquino pecho de sus habitantes sucumben al cansancio!

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En la esquina de la calle que baja directamente a la Plaza de Abastos del Norte, acude de pronto a mi mente el recuerdo de ciertas escenas computarizadas de la teleserie LIFE AFTER PEOPLE y, deteniéndome de nuevo, empiezo a mi vez a imaginar aquella calle en acelerado proceso de deterioro por la ausencia total de seres humanos. Vidrios rotos, puertas carcomidas, muros derribados, techos desplomados, embaldosados cuarteados, cortinas raídas, muebles destrozados, automóviles oxidados, pavimentos reventados, y cubriéndolo todo, devorándolo todo, una enmarañada vegetación insaciable. Semejante panorama puede parecer a simple vista desastroso, pero bien mirado ¿no es mejor esto que avenidas y edificios ultramodernos y perfectamente conservados donde unas criaturillas insignificantes pero orgullosas moquean, esputan, mean, cagan, vomitan, eyaculan, abortan, recelan, envidian, engañan, manipulan, ofenden, humillan, mienten, calumnian, esclavizan, corrompen, estafan, roban, violan, sodomizan, prostituyen, torturan, asesinan, masacran, y todo de forma impune bajo un Cosmos colmado no tanto de materia obscura como de la más completa y descorazonadora indiferencia? Tales pensamientos me acompañan el resto del camino hasta mi arribo a la casa de mi madre. Como siempre, abro el portón con sumo cuidado, para no hacer ruido y despertarla. Antes de subir a mi dormitorio entro al baño del primer piso a evacuar. Me bajo los pantalones y me siento en la taza sanitaria. Mientras cago observo los insectos, cochinillas de humedad que en casa siempre hemos llamado «marranitas» y que a aquella hora salen de sus escondites y se pasean por el frío embaldosado, ¿con qué propósito?, no lo sé, pues por aquí no hay rastros de comida ni de nada que se le parezca. Las veo moverse de un lado para otro, como perdidas. Antes solía destriparlas, pobrecillas, pero ahora no. Como yo y como cualquier otro insecto también merecen vivir. A veces, al abrir la puerta de barras de fierro del jardín y entrar en él pisaba por accidente a un caracol que reptaba por allí, por el corredor central. Su delicado caparazón crujía bajo las suelas de mis zapatos y su blando, gelatinoso cuerpecito se extendía por las baldosas como un espeso gargajo. Cada vez que sucedía aquello me sentía como un auténtico criminal y es por eso que ahora, antes de irrumpir en la glauca y heterogénea selva domesticada del jardín, enciendo la linterna de mi teléfono móvil e ilumino el corredor y logro así esquivar a mis posibles e indefensas víctimas, y lo hago no justamente por humanidad sino más bien por todo lo contrario, porque no quiero asemejarme ni siquiera de forma remota a tanta gente que hace lo mismo mas no precisamente con bichitos y de manera accidental sino con seres humanos y de modo consciente y premeditado. Halo la cadena, me limpio el culo, me subo los pantalones y salgo. Subo despacio y a tientas por la escalera a obscuras hasta mi dormitorio. Me desnudo, también a obscuras y me echo sobre la cama. El Rey de los Insectos.

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Si pudiera comunicarme de alguna forma con todos y cada uno de ellos tal vez intentara hacer lo que Marcuse señalara como la solución para acabar con este Sistema enfermo: «Despertar y organizar la solidaridad en tanto que necesidad biológica para mantenerse unidos contra la brutalidad y la explotación humanas». Y entonces se iniciaría la Gran Revolución de los Insectos, una revolución sin amos, sin maestros, sin gurús, sin líderes, en la que cada individuo actuaría por su cuenta pero al unísono con todos los demás miembros de su especie y guiado hacia un único y supremo objetivo: barrer la infame raza humana de la faz de la Tierra, porque, como diría el viejo Buk, si esto ocurriera, NO SE PERDERÍA NADA. Así pensaba cuando una cucaracha que colgaba del techo baja como una araña sosteniéndose con su finísimo hilo y se planta ante mi cara y me escupe en ella telepáticamente: —¡Púdrete, maldito haragán! ¡No escurras el bulto! ¡Y olvídate de nosotros para iniciar tu salvaje carnicería! ¡Y además, no te preocupes, que vosotros solos, sin la ayuda de nadie, vais por buen camino! ¡Y tampoco te desveles por nosotros, que no es necesario! ¡Contigo o sin ti, sobreviviremos, ya verás! Cuando despierto por la mañana busco en el techo a la lengüilarga y arrogante cucaracha-araña del sueño pero no logro encontrarla. Estoy solo. Sí. Siempre lo he estado mas la verdad es que me importa un pepino. Tú tampoco sufras por mí, bicho. Las primeras luces del día entran por la ventana a través de la raída cortina. Comienza una nueva jornada en el planeta de los iracundos simios parlantes. ¡GOOD MORNING, OBAMA PLANET! ¡QUE REINICIE LA MONSTRUOSA FARSA! ¿A QUIÉN LE IMPORTA?

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Cinco El hijo bastardo del gran dios Mercurio

Sucio y delicioso porno Antes de que nos alcance la puta vejez y empecemos entonces a mirar hacia atrás, hacia el tiempo pasado y muerto y estancándonos así en el triste e inútil recuerdo de una vida anterior que vaya a saber el Diablo por qué nos parecerá mejor que la actual lleguemos finalmente a convertirnos en unos pobres e irredimibles individuos nostálgicos con claras tendencias suicidas como las de aquellos precoces ídolos nuestros llamados Andrés Caicedo y Kurt Cobain quienes en últimas fueron vencidos por no otra cosa distinta al presente abominado, sería bueno, ya que todavía somos jóvenes, es decir, todavía interesados en el aquí y el ahora de forma independiente a nuestra edad biológica, que aprovecháramos la regia energía vital de que aún disponemos para seguir adelante y procurarnos una existencia si no pródiga sí al menos alejada de toda miseria material y moral aunque sólo sea por el día de hoy. Esa es la barroca y vertiginosa propuesta que Laura María y yo nos hacemos tácitamente, telepáticamente, al unísono y con entusiasmo mientras cogidos de la mano caminamos presurosos por el centro de la ciudad hacia el apartamentito de Lily la Gorda ubicado en una estrecha callejuela del barrio San Laureano, justo en el costado suroriental del Bosque de la República con el único propósito de utilizar la cama de su cuartito para echarnos unos buenos polvos, aprovechando que ahora y desde las ocho de la mañana se encuentra en su agotador pero necesario trabajo de vendedora en REYCORP, almacén de electrodomésticos y no vuelve sino hasta después del mediodía a tomar el almuerzo que hemos prometido preparar para ella nosotros dos luego de pasar por allí hace apenas unos minutos a recoger las llaves de aquel transitorio paraíso nuestro. Pobre. Es una más de aquellos millones y millones de criaturas cuya extrema necesidad las obliga a agachar la cabeza ante sus aprovechados e inflexibles amos, siempre, y eso que aún no tiene mocosos cagones hambrientos que mantener. Proviene de San Miguel de Sema y desde muy joven, desde la adolescencia ha debido esclavizarse en esta pequeña ciudad del Medio Oriente del país no sólo para mantenerse ella misma sino además para ayudar a su también necesitada madre que reside allá, en aquel olvidado rincón del podrido y condenado planeta. En cambio nosotros dos somos una afortunada pareja de viejazos solteros y sin obligaciones que, cual seguidores de María del Carmen Huerta, protagonista de Que viva la música y alter ego de su joven y suicida autor, aún vivimos en las casas de nuestras madres y nos

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dejamos mantener por ellas. Sin embargo Laura María piensa a veces, cuando le da no sé qué, que no lo somos en absoluto porque todavía no tenemos un sitio propio o arrendado donde llevar a cabo nuestras orgías privadas y porque, ¡vaya desgracia!, debemos acudir precisamente a Lily para que nos preste el suyo. No sé por qué entonces no piensa en los soberanos polvos que nos vamos a echar sino justamente en aquella circunstancia a la que, pese al tiempo transcurrido desde la primera vez, no ha podido o no ha querido acostumbrarse por completo. Y lo más curioso es que cuando vamos a los moteles tampoco está satisfecha del todo. Especialmente por la entrada a éstos, que siempre resulta bochornosa para ella y su irreprochable sensibilidad de mujercita decente. Además, explica, ir a un motel se convierte en una rutina en la que ya sabemos lo que va a pasar. Sí, es cierto. Entrar, follar, salir. Todo programado y a ella lo que la chifla son las situaciones inesperadas, improvisadas, como cuando está lavando los platos en el fregadero de Lily y yo me le acerco por detrás y de un tirón bajo sus ajustados blue jeans y empiezo a besar su blanco y apretado trasero hecho a mi medida y a lamer su sabrosa concha rasurada mientras me voy desabrochando el pantalón y saco mi verga erecta y se la enchufo y entonces lo hacemos allí de pie junto al fregadero a toda máquina a un tiempo que le murmuro en la oreja las sucias palabras que le gusta que le murmuren en situaciones similares, ¡qué culo más rico tienes, bebé!, ¡cómo me gusta follarte, mi amor!, ¡me encanta comerme tu coño, preciosa!, y al terminar ella declara con su sempiterna vocecita de chica adolescente ¡uf, éstos así, vestidos, son los mejores, ¿cierto, mi amor?!, una vocecita que siempre me hace recordar a la Fabienne de Pulp Fiction interpretada magistralmente por María de Medeiros. Pero lo que no me cuadra y que incluso me exaspera un poco es que se ponga tan pudorosa a la hora de pasarla a solas en el apartamentito de su compañera de universidad. Es que es demasiado evidente, dice, que vamos a utilizarlo para, ya sabes, ¿no?, porque incluso la Gorda se burla de nosotros diciéndonos aquí están las llaves, niños, pero, eso sí, no me vayan a salar la cama, por favor, y suelta una risita maliciosa, jijijijí, sabiendo de antemano que semejante advertencia ha sido pronunciada en vano, pues su lecho será visitado, zarandeado, salado una y otra vez durante todo el día hasta que, a eso de las cinco y cuarto o cinco y treinta de la tarde salgamos Laura María y yo rumbo a la Universidad. Entonces yo le digo para que no se desanime o se arrepienta que más bien piense que el asunto es, como se dice, unas por otras y que incluso y aun sin decirlo Lily lo sabe y lo acepta como tal pues nosotros nos beneficiamos pero ella también ya que el día que utilizamos su casa no debe preocuparse por madrugar a preparar con anticipación su almuerzo sino que entonces se queda tranquila porque nosotros se lo hacemos, ¿ves? Y sin embargo hay algo en su rostro, cierto mohín, cierta mirada, que me dice que semejante argumento no termina de convencerla por entero y que lo mejor sería que yo hiciera algo, dejar de soñar en convertirme en escritor, aunque no precisamente de éxito, un saco de mierda patético como García Márquez o Paulo Coelho sino más bien genial como Céline o Henry Miller o Bukowski o Kerouac o Andrés Caicedo,

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desistir de tan insensata empresa y más bien conseguir un maldito trabajo, permitir que los bastardos me enganchen otra vez a la noria, aceptar que vuelvan a esclavizarme para que esta situación cambie para mejor y podamos así tener nuestro propio nido de amor y yo entonces me digo vertiginosamente para mis adentros que aquello tampoco resultaría pues sería, si no como estar malditamente casados sí como si tuviésemos nuestro aburrido motelito particular, un lugar al que ella misma terminaría aborreciendo tanto como a cualquier otro sitio de alquiler destinado a nuestros ejercicios amatorios preconcebidos. Y me choca un poco, sólo un poco porque la adoro que a veces se ponga en ese plan tanto más cuanto que es ella la principal si no única responsable de que no podamos nunca más hacerlo gratis y de la misma forma que donde Lily en casa de mi madre desde el infortunado día, o mejor, la infortunada noche de Halloween del año pasado en que borrachos como estábamos y con lo tremendamente despistada que es va y olvida su bonito brasier de color escarlata justamente debajo del lecho de mi madre y uno o dos días después ella lo encuentra y alzándolo con dos dedos de su mano derecha como un nauseabundo pescado muerto va y me dice ¿y esto de quién es? y yo me quedo lívido de la sorpresa y de la vergüenza y no sé qué decir más que ¡¿jum?! y entonces ella replica sí, ¡¿jum?!, hágase el pendejo y le prohíbo terminantemente que vuelva a aprovecharse de mi ausencia para meter a esa mujer en mi casa, ¿me oyó? Sin embargo hoy está claro que no vamos a discutir a propósito, acaso porque hace mucho tiempo, un mes o así que no tenemos sexo y ella desea que lo tengamos tanto como o mucho más que yo y ahora poco o nada importa dónde lo practiquemos siempre y cuando estemos más o menos tranquilos, libres de ansiedad. ¡Mona preciosa, cómo te quiero! ¡Y qué hermosa eres, de sólo imaginar tu cuerpo desnudo se me pone dura! Mientras caminamos por la acera desportillada del viejo pero relativamente bien conservado edificio de la Curia Arzobispal se me ocurre de pronto pensar que en esta luminosa mañana la ciudad no se parece a ninguna otra sino a sí misma (que es tanto como decir que se parece a cualesquier paraje expuesto al rampante proceso de norteamericanización en que desde hace mucho tiempo se encuentra sumido el planeta entero. Ya lo había dicho Henry Miller durante el primer tercio del siglo pasado: «Estás metido en la máquina de hacer salchichas y no tienes manera de salir; a menos que tomes un barco y vayas a cualquier otro lugar. Aun entonces no puedes estar seguro de que todo el asqueroso mundo no se norteamericanice al cien por ciento. Es una enfermedad.» Tal cual. Sólo hay que ver el satírico videoclip Amerika de la banda de rock alemana Rammstein. ¡WE’RE-ALL-LIVING-IN-AMERIKA! ¡AMERIKA! ¡AMERIKA! Por ello sin duda es que nunca he sentido grandes deseos de viajar a ninguna parte. ¿Para qué? ¿Sólo para comprobar con tus propios ojos que el retorcido y avariento Tío Sam es el dueño no sólo del orbe entero sino también de las almas de sus descerebrados y engaitados habitantes? Para eso está la televisión que te lo muestra en tu propia casa y gratis. ¿Que no? ¿Que no es así? Por lo menos por estos lares sí. Hace poco Laura María escuchó en Villa de Leyva a un chico del colegio Antonio Nariño

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gritándole, por la causa que fuera, a uno de sus condiscípulos: «¡ARE YOU CRAZY, GONORREA?!», y yo mismo, también en el empedrado villorrio, presencié cuando un chiquillo de una escuelita del centro le preguntaba a uno de sus compañeritos: «WHAT IS YOUR NAME? —Silencio— ¡PIST! WHAT IS YOUR NAME? —Más silencio— ¡HEY! WHAT IS YOUR NAME? —Y entonces, como el otro, asimismo por la razón que fuese no se dignara a contestarle al fin—: ¡QUE WHAT IS YOUR NAME?, MALPARIDO!» Y no, no es un chiste, aunque lo parezca. ¡Hay que ver cómo progresan nuestros kids de hoy en día! Pronto dominarán el idioma del insulto universal. Pronto llegará el día en que las primeras palabras de tu hijo sean: ¡FUCK YOU, MOTHERFUCKER!). Y lo digo porque es que a veces la ciudad, en mi imaginación, se asemeja a la San Petesburgo de Dostoievski, a la Vigny-sur-Seine de Céline, a la París y a la Nueva York de Henry Miller, a la Argel de Camus, a la San Francisco de Kerouac y Philip K. Dick, a la Mexico City de Burroughs, a la Los Ángeles de Bukowski y Quentin Tarantino, otra vez a la Nueva York pero ahora de Truman Capote y Jerome David Salinger (que, obviamente, no es la misma del autor de los Trópicos), a la Newark de Philip Roth, a la Buenos Aires de Sábato y Borges, a la Lima de Vargas Llosa, a la La Habana de Cabrera Infante, a la Cali de Andrés Caicedo, a la Lumberton de David Lynch y a otras tantas ciudades protagonistas y escenarios de mis libros y films favoritos (que sin embargo y lastimosamente no son muchos). Pero hoy no. Hoy sólo se asemeja a la pequeña ciudad del Medio Oriente del país de mi propia existencia y de mis propias historias (que, dicho sea de paso, nadie aquí, en esta republiquita bananera, quiere publicar, pues en ellas, entre otras cosas, pateo el trasero a todos los editorzuelos del indigno remedo yanqui que es este país de cafres y eso no me lo perdonan. Bien por ellos, que sigan revolcándose a sus anchas, como una manada de chanchos repugnantes, en su propia pestífera bardoma de libritos «limpios» y «sanos» que no dicen nada, que hablan pasito, que no levantan nunca la voz, que maquillan la cruenta y agusanada realidad que padecemos a diario y sin tregua bajo una cobarde máscara inocua, que tratan, en fin, de todo menos de lo que nos está matando. Y no es que estos cabronazos collones zampatortas comemierdas soplapollas lameculos hijos bastardos del gran dios Mercurio —regente exclusivo de esta desastrosa época anegada en la brutalidad— no hayan escuchado jamás las palabras del gran Krishnamurti que dice: «NO ES SALUDABLE ESTAR BIEN AJUSTADO A UNA SOCIEDAD PROFUNDAMENTE ENFERMA», sino que de manera abyecta se regocijan haciendo caso omiso de ellas y así, cómodamente instalados en el pesimismo postmoderno «QUE HA DECRETADO LA MUERTE DE TODA TENTACIÓN DE CAMBIO SOCIAL, DE LA IDEA MISMA DE PROGRESO» —en palabras de Adolfo Vásquez Rocca en Edward Hopper y el ocaso del sueño americano—, se inclinan servilmente a los ensangrentados pies de nuestro todopoderoso amo para besárselos. La indignidad campea, señores. En definitiva, lo de siempre. ¿Para qué, entonces, seguir pateando al caballo muerto? No insistamos, pues. Además ¿a quién le importa? ¿Acaso no nos interesan más los besos lésbicos de Madonna durante un concierto o las mostradas de coño de Britney Spears al

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bajarse de un automóvil o las chupadas de polla de Paris Hilton en un video casero —y eso por nombrar sólo una ínfima, vil, despreciable parte del monstruosamente inabarcable mazacote de fruslerías que a diario nos embuten los mass media a manera de alimento cultural básico—, acaso no nos interesa más todo aquello que nuestro propio destino? Es la época. Somos nosotros. Ya lo dijo Umberto Eco en su artículo EL ENEMIGO DE LA PRENSA: «Será el pesimismo de la edad tardía, será la lucidez que la edad conlleva, la cuestión es que siento cierta perplejidad, mezclada con escepticismo, a la hora de intervenir para defender la libertad de prensa acogiendo la invitación del semanario L’Espresso. Lo que quiero decir es que cuando alguien tiene que intervenir para defender la libertad de prensa eso entraña que la sociedad, y con ella gran parte de la prensa, están enfermas. En las democracias que definiríamos ―vigorosas‖ no hay necesidad de defender la libertad de prensa porque a nadie se le ocurre limitarla. Esta es la primera razón de mi escepticismo, de la que desciende un corolario. El problema italiano no es Silvio Berlusconi. La historia —me gustaría decir de Catilina en adelante— está llena de hombres atrevidos y carismáticos, con escaso sentido del Estado y altísimo sentido de sus propios intereses, que han deseado instaurar un poder personal, desbancando parlamentos, magistraturas y constituciones, distribuyendo favores a los propios cortesanos y —a veces— a las propias cortesanas, identificando el placer personal con el interés de la comunidad. No siempre estos hombres han conquistado el poder al que aspiraban porque la sociedad no se lo ha permitido. Cuando la sociedad se lo ha permitido, ¿por qué tomársela con estos hombres y no con la sociedad que les ha dado carta blanca? Recordaré siempre una historia que contaba mi madre: cuando tenía veinte años, encontró un buen empleo como secretaria y dactilógrafa de un diputado liberal, y digo liberal. Al día siguiente al ascenso de Mussolini al poder, este hombre dijo: ―En el fondo, vista la situación en que se encuentra Italia, quizá este hombre encuentre la manera de poner un poco de orden‖. Así pues, lo que instauró el fascismo no fue la energía de Mussolini —ocasión y pretexto— sino la indulgencia y relajación de este diputado liberal —representante ejemplar de un país en crisis—. Por lo tanto, es inútil tomársela con Berlusconi puesto que hace, por decirlo de alguna manera, su propio trabajo. Es la mayoría de los italianos la que ha aceptado el conflicto de intereses, la que acepta las patrullas ciudadanas, la que acepta la Ley Alfano con su garantía de inmunidad para el primer ministro, y la que ahora aceptaría con bastante tranquilidad si el Presidente de la República no hubiera movido una ceja la mordaza colocada — por ahora experimentalmente— a la prensa. La nación misma aceptaría sin dudarlo —y es más, con cierta maliciosa complicidad— que Berlusconi fuera de velinas, si ahora no interviniera para turbar la pública conciencia una cauta censura de la Iglesia —que se superará muy pronto porque desde que el mundo es mundo los italianos, y los cristianos en general, van de putas aunque el párroco diga que no se debería—. Entonces ¿por qué dedicar a estas alarmas un número de L’Espresso, si sabemos que esta revista llegará a quienes ya están convencidos de estos riesgos para la democracia, y no lo leerán quienes están

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dispuestos a aceptarlos con tal de que no les falte su ración de Gran Hermano y que, además, en el fondo saben poquísimo de muchos asuntos político-sexuales porque una información mayoritariamente bajo control ni siquiera los menciona? Ya, ¿por qué hacerlo? El porqué es muy sencillo. En 1931, el fascismo impuso a los profesores universitarios, que entonces eran 1.200, un juramento de fidelidad al régimen. Sólo 12 —un 1 por ciento— se negaron y perdieron su plaza. Algunos dicen que fueron 14, pero esto nos confirma hasta qué punto el fenómeno pasó inobservado en aquel entonces, dejando recuerdos vagos. Muchos, que posteriormente serían personajes eminentes del antifascismo post-bélico, aconsejados incluso por Palmiro Togliatti o Benedetto Croce, juraron fidelidad para poder seguir difundiendo sus enseñanzas. Quizá los 1.118 que se quedaron tenían razón, por motivos diferentes y todos respetables. Ahora bien, aquellos 12 que dijeron que no salvaron el honor de la Universidad y, en definitiva, el honor del país. Este es el motivo por el que a veces hay que decir que no aunque, con pesimismo, se sepa que no servirá para nada. Que por lo menos, algún día, se pueda decir que lo hemos dicho.» Sí, tiene razón: soy yo, eres tú, somos todos responsables de lo que pasa, de lo que nos pasa. Y sin embargo ¿qué hacemos unos y otros para asumir tal responsabilidad? Nada, salvo justamente lo contrario: negarla de manera olímpica como los críos que somos, ¿que seremos siempre? LOS CULPABLES SON LOS OTROS. «Yo no quería hacerlo. Fui obligado. Eran órdenes superiores. ¿Cómo iba a rebelarme contra los de mi cuerpo?», son las pueriles disculpas de los torturadores de los prisioneros de Bagram, Abu Ghraib, Guantánamo. Qué extremadamente fácil resulta escurrir el bulto, lavarse las manos de esta manera. En fin, ¿no es acaso ésta la Era de la Gran Evasión? ¡Hey, Madonna, Britney, Paris: gracias, guapas, por vuestra magnífica labor! ¡Gracias, no por sazonar sino por llenar a tope de picantes trivias el magullado fiambre de nuestra dura existencia camino del horno crematorio! ¡Nos ahorráis la amarga y enojosa tarea de reflexionar mientras tanto! ¡¿Qué sería de nosotros, vulgo ingenuo y dúctil, sin criaturillas celestiales como vosotras?! ¡¿Cuándo os pasáis por la villa de Il Cavaliere?! ¡No todo puede ser trabajo! ¡Cerdeña os espera con los brazos abiertos, bellissimas cicciolinas!) Cuando pasamos junto a la vieja, viejísima cerca de deslucida y gastada piedra y oxidadas barras de hierro del costado oriental del Bosque de la República (cuyo andén exterior han reconstruido recientemente), le explico a Laura María que antes, hace años, el parque era un sencillo pero activo centro de recreo de las gentes pobres de la ciudad (durante los fines de semana especialmente) y no el sombrío y abandonado paraje que (a pesar de las lentas y chapuceras obras de remodelación a cargo de la Alcaldía) vemos ahora. Y no sólo eso. También servía de escenario, cual ring de boxeo, para las riñas que, por el motivo que fuera (el amor de una chica, animadversión mutua, deudas, arrogancia propia o ajena, etcétera, etcétera), protagonizaban los «chachos», los «guapos» de la época. Una vez vi a uno de nuestros vecinos (de unos veintitantos años de edad) pelearse allí (era cuando vivíamos en el barrio Las Nieves). Lo llamaban El gato (debido a su cara) y recuerdo que a partir de

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aquel día que, camino a casa luego del colegio (yo hacía entonces cuarto o quinto de primaria en el Instituto Integrado Silvino Rodríguez), me detuve, justo en este mismo sitio y a eso de las cinco o cinco y treinta de la tarde a verlo sin camisa y dándose de trompadas con otro tipo (cuya fisonomía no recuerdo ahora) en medio de un círculo de agitados partidarios y detractores y silenciosos mirones como yo mismo, dejé de considerarlo como un típico vecino de nuestro decente barrio de clase media y, asqueado, empecé a verlo como el patán que sin duda y en realidad era. Mas no sin justicia, me apresuro a aclararle a Laura María, pues muchos años después, alguien me contaría que recientemente, durante una acalorada discusión callejera con una mujer, El gato había llegado a espetarle a ésta: «Mire, señora, no se meta conmigo, porque yo antes de ser abogado fui gamín y ahora aspiro a ser juez, magistrado o notario». A La Mona, mi Mona, le divierte mi historia. Su boquita de nínfula se abre mostrándome sus dientecitos blancos y separados y entonces me dan ganas de besarla y la beso. Y sigo besándola con intermitencias hasta que llegamos al apartamentito de Lily y chupándonos ahora con desenfreno corremos a su cuartito y nos despojamos de nuestras ropas y nos tumbamos sobre su cama (que es doble a pesar de que duerme sola y de que apenas cabe entre las cuatro paredes) y, bueno, el resto es sucio y delicioso porno ante el espejo de cuerpo entero de su tocador. ¡Si ese espejo hablara!, le digo a Laura María y ella, cómplice, suelta una risita juvenil y picarona. ¡Qué mujer maravillosa! La amante perfecta Mientras descansamos, los cuerpos aún calientes, medio sudorosos sobre la cama de Lily, luego del almuerzo que a ella (a Lily) le ha encantado tal como yo lo pronosticara y del segundo round ante el espejo cómplice, empiezo a hablar, atropellada y desordenadamente según costumbre, o mejor, manía de la que Laura María, remedio para todos mis males no ha podido curarme aún, acerca de mis amigos Javier y Manuel y del giro que ha dado la vida de uno y de otro porque El Desnucadero, el cuarto de Manuel en la casa de su madre fue ampliado, convertido en un apartamentito de cinco diminutas secciones, salóncomedor, cocina, dos habitaciones y un W.C. tanto con el lujurioso propósito de hospedar por algunas horas y con menor incomodidad a sus eventuales amantes como con la simple intención de alojar a sus hijitos Julio y José Jacinto y la madre de éste último, Juliana, cuando esporádicamente, casi siempre los fines de semana vienen a la ciudad a visitarlo, Julio vive en el D.C. junto con su madre Amanda y Juliana y su crío deben desplazarse desde Paipa, dejó de ser una especie de sótano, la escotilla semejante a la de un barco fue sellada y la angosta escalera de madera desmontada para convertirse en un pisito bajo la casa, con dos ventanas más o menos amplias y una puerta algo estrecha que dan a la cochera descubierta, sin techo y entonces, casi sin darme cuenta salto de aquí a allá como una rana en un estanque moteado de

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nenúfares y mientras acaricio su cadera empiezo ahora con fíjate que cierta noche, luego de dejarte en la U llegué al barrio y me encontré a Javier tomando, solo, en la tienda de la señora de Almeida, estaba recostado contra el marco de la puerta con una botella de Poker en una mano y un cigarrillo encendido en la otra y botando el blanco y oloroso humo hacia afuera, hacia la calle en penumbras, tras el saludo de rigor me pregunta si quiero una, bueno, gracias, tomamos allí, en la breve escalinata de entrada durante un rato hablando de las preocupaciones de siempre, la eterna crisis, la falta de oportunidades, los hijos que te chupan hasta el alma pero ya desde el principio yo había notado que algo le pasaba, sus ojos claros transparentaban una angustia contenida hasta que al fin, en voz baja para que la señora de Almeida, muy amiga, amiguísima de Reina y la chismosa de siete suelas que es no lo escuche va y me dice: Marica, estoy metido en un problema ni el hijoeputa, trago saliva y prosigo, pero fíjate que todavía antes de que Juliana no sólo se viniera a vivir a la ciudad sino además se instalara allí mismo y lo convirtiera entonces en La Tumba del Deseo Manuel me había explicado en detalle la maquiavélica técnica que empleaba cuando alguna mosca muerta, o mejor, mosca boba, boba pero reacia a ser devorada caía en su trampa, la invitaba a su apartamentito diciéndole que tenía allí media botellita de aguardiente frío, helado, delicioso, nos la tomamos mientras escuchamos musiquita, rockcito en español del bueno, Charly, Soda, Gustavito Cerati, Vilma Palma, Héroes, Bunbury y después te llevo a tu casa, ¿qué dices?, pero la media botellita se convertía en una botellota, la sacaba de la neverita y la víctima de turno ¡no, Manu, olvídalo, ¿cómo se te ocurre que nos vamos a tomar todo eso nosotros dos solos?!, no te preocupes, la tranquilizaba, pues se tomaban unos traguitos nomás, ¡pero seguro, Manu!, seguro, tan seguro como que, casi nunca, Manuel perdía su tiempo, y su plata, bebiendo con hombres y paso una vez más mi mano izquierda por su cadera desnuda y digo: A mí me encanta la gente con problemas, o mejor, me encanta oír los problemas de la gente, así que me animo porque, como digo siempre, siempre es consuelo verificar que a otros les está yendo peor que a uno y con la folletinesca historia que me cuenta Javier podría escribirse toda una novela que llevase por título La amante perfecta y carraspeo, me aclaro la voz y luego vuelvo a hablar, siempre acariciando la suave curva de su cadera y la desprevenida víctima tomaba asiento en el diminuto sofá del saloncito mientras Manuel, que junto con la botella de aguardiente había traído de la cocina dos copitas servía el licor en ellas y comenzaba a apretarse a la muchacha, las copitas no eran transparentes sino obscuras, de tal manera que la inminente sacrificada no advirtiera que su dosis de alcohol era siempre superior a la del anfitrión, que, tras los primeros tragos destinados a romper el hielo empezaba un lúbrico manichochiculiteteo acosador, quieto, Manu, quédate tranquilo, ya me habían dicho que no te hiciera caso porque eres terrible, pero ¡qué calor que hace aquí, ¿no?!, sí, un poquito y es que el mañoso sátiro empedernido que es Manuel se había conseguido no sé dónde una especie de calentador eléctrico, pequeño pero potente que, camuflado en alguna parte del saloncito, acaso bajo el sofá y

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enchufado en un descuido de la chica convertía aquella habitacioncita en una alcoholizada caldera rezumante de lujuria, ¡uf, qué bochorno, no me lo aguanto, no, no sigas, Manu, por favor!, fresca, quítate la chaqueta, o el suéter, quítatela o quítatelo que no va a pasar nada, nada que tú no quieras que pase, el sempiterno abracadabra y lo único cierto es que el truco funcionaba tan bien que después de la chaqueta o el suéter y con la inestimable ayuda del ablandapiernas-quiebrarodillas-abrecoños servido rápidamente en dosis brutales venía lo demás, blusa, brasier, falda o pantalón, bragas, zapatos, medias y acababan por fin empelotos y claro, follando como locos en el sofá, por el suelo, sobre la mesita del comedor, contra el fregadero, ¡qué rico!, exclamaba Manuel al recordarlo, pues todo eso terminó (¿para siempre?) con el arribo de Juliana y el pequeño José Jacinto y fíjate que con Javier estuvimos hablando y desocupando botellas hasta que la señora de Almeida cerró la tienda, entonces nos despedimos, ya medio jartos, nos apartamos en mitad de la fría noche, él se fue para su casa, en la que lo esperaban su mujer y sus tres niñitas y el insomnio de quien se siente no tanto infinitamente culpable como infinitamente desgraciado y yo para la mía donde me esperaban mi madre ya dormida y mi camita vacía, yo tampoco pude dormir esa noche, pensando alegre, contento de no ser él en su tremenda desgracia, eso le pasa por güevón, me decía, envuelto como una momia en las cobijas, por ponerse a tirar a pelo limpio pero, claro, ¿quién iba a imaginarse que la vieja fuera a resultar haciendo semejante bestialidad?, y sin embargo yo le he dicho muchas veces que precisamente hay que cuidarse de las viejas porque las viejas piensan al revés, sí, marica, acepta hoy, es cierto, cuando ya para qué, echándose un sorbo de cerveza entre pecho y espalda y vuelta al chicote que lo va a matar. —Y luego ¿qué hizo la vieja? —me pregunta la Mona. —Adivina —la reto, dándole un beso en su boquita de muñeca. (En su casa, allá en Villa de Leyva donde vive junto con su madre, hay una foto de cuando era una niñita de colegio en el D.C., con jardinera de tela escocesa, blusita y medias blancas y todo lo demás y su boquita, un botoncillo rojo, apenas si ha crecido desde entonces.) Su nombre es Ángela y también es mona, pero no tan mona como tú, mi Mona. La conoció durante las encuestas del DANE y ya desde aquella época se hicieron amantes. Era, como digo, la amante perfecta. Las condiciones que, en nuestra opinión (la de los tres: Manuel, Javier y yo mismo), debe reunir una amante perfecta, son: 1) que esté casada, 2) que tenga hijos a los que quiera mucho y 3) que, sea por lo que sea, no quiera ni piense separarse de su cornudo esposo. Pero sólo hasta ahora se viene a saber que Ángela reunía únicamente las dos primeras. —Pero, en definitiva, ¿qué fue lo que hizo? —quiere saber mi Mona, impaciente que se pone a veces. —Déjame primero terminar la historia de Manuel —le digo, socarrón. —¡No seas así, Roger! —me recrimina con dulzura porque ella también sabe que, y está de acuerdo en que, el chisme es mejor que la comida.

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—Está bien, está bien —me rindo, como siempre ante cualquier pedido suyo. Pues resulta que no bien se conocieron empezaron a pegarse tremendas borracheras que indefectiblemente terminaban en la cama de hotel de uno o de otro. Ya a la mitad de la encuesta se descararon y cuando llegaban a alguno de los pueblos que debían visitar buscaban no un par de habitaciones como al principio sino una sola con cama doble para ellos dos. Al terminar la encuesta siguieron viéndose no obstante que Ángela vivía en Duitama junto con su esposo y sus tres niños pequeños. Ella venía a la ciudad pero no siempre se veían en algún motel sino incluso en la casa de la mamá de Javier ubicada frente a la tienda de la señora de Almeida y a escasas dos cuadras de la suya. Y hasta aquí, sexo de puta madre con la amante perfecta, la que tiene su vida hecha y no pretende cambiarla, la que no te jode ni te hace reclamos, la que cuando la llamas acude presurosa y puntual, la que quiere sexo y más sexo y nada más que sexo. En fin, sexo de puta madre con una criatura fantástica porque, al fin y al cabo, la amante perfecta no existe. Y es que Javier empezó a notarlo cuando, encontrándose un domingo en la Plaza de Los Libertadores de Duitama (pues Reina y sus padres son asimismo de aquella ciudad y cada cierto tiempo suelen ir hasta allá a visitarlos) junto con su mujer y sus tres niñitas comiendo helado, la vio haciendo lo mismo con su familia y como entonces se hiciera el loco, el que no la había visto, Ángela le envió a su celular un mensaje de texto entre sarcástico y recriminatorio y Javier supo entonces, instintivamente, que debía alejarse de ella pues a una amante le permitimos todo menos que nos cele con nuestra propia mujer. Y sin embargo Javier no es un hijo de puta insensible porque, arrojando una bocanada de humo va y me dice: «¿Qué más podía hacer con Reina ahí a mi lado? Pero yo sentía que su mirada buscaba la mía todo el tiempo. Todo el tiempo. Pobrecilla. Como una adolescente enamorada». Pese a todo, volvieron a encontrarse, esta vez en Paipa, punto intermedio, sitio neutral. Un polvo rápido y después la noticia bomba: «Estoy embarazada». —Y-yo —logra articular Javier a través de sus testículos que han hecho un vertiginoso viaje desde el escroto hasta la garganta— ¿qué-tengo-que-ver-en-elasunto? —No te preocupes —lo tranquiliza Ángela la Enamorada. Iba a achacárselo al marido. Perfecto, piensa Javier, y hasta nunca. Pero con lo que no contaban era que la inocente víctima había sido vasectomizada meses atrás en la clínica de Saludcoop o de Profamilia y cuando le vino Ángela con el cuentito del embarazo comenzó a presionarla para que le confesara la verdad pese a que existía una remota, remotísima posibilidad de que el responsable fuese el propio marido y aferrándose a aquel improbable evento como un náufrago a un trozo de madera podrida Ángela negó y negó su amorío hasta que no pudo más con la tenacísima presión de su ahora implacable verdugo y en un ataque de sinceridad le contó todos y cada uno de

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los detalles del mismo: cuándo había comenzado, cuándo y dónde se veían, cuántos polvos se echaban cada vez, qué tiempo duraron con aquello. Lo más curioso de todo pero asimismo lo peor de todo es que el cornudo, enamorado como estaba de su esposa debió de hacerse un tremendo pajazo mental para no echarle a ésta la culpa de lo ocurrido sino al miserable bastardo que la había no sólo encampanado sino además preñado y quién sabe cómo diablos se consiguió el número del celular de Reina y la llamó para advertirle que su esposo era un maldito hijo de puta aprovechado que había engañado a la bobita que era su mujer y que le dijera a ese cabrón de mierda que se cuidara las espaldas porque el día menos pensado iba a ir hasta su casa porque Ángela le había dicho hasta cuántos lunares y verrugas tenía en todo el cuerpo y en qué lugar vivía exactamente y lo iba a matar, téngalo por seguro, señora. —Y el tipo —averiguo yo para después contárselo a mi Mona— ¿qué hace? —Es conductor de tractocamión —me informa Javier—. Y si usted lo viera, hermano. Un tipo chiquito, gordo, basto, mal vestido, ordinario y usted sabe que esa gente es capaz de todo. —Creo que lo mejor es que me vaya —bromeo— porque, si no, mañana aparezco en El Espacio bajo el encabezado Masacre en barrio popular y el subtítulo Muere inocente por lío de faldas de su amigo. —No se burle, marica —me dice Javier—, porque esta vaina es seria y estoy asustado. ¿Qué tal que el gañán ése cumpla su promesa y venga y me mate? —Perro que ladra no muerde —sentencio yo. —Sin embargo —aclara Javier— lo que más me preocupa no es eso sino la criatura. ¡Qué tal que de verdad sea mía! A veces me despierto en las noches como asustado y me pongo a pensar por qué a esta vieja estúpida se le ocurrió quedarse embarazada. ¿Para qué botar más chinos a este mundo? ¿No le parecen suficientes los que ya tiene? Yo sospecho que Ángela decidió tener un hijo de Javier, le explico a Laura María, para que ese hijo quedara como prueba o recuerdo de su amor imposible. —O tal vez —aventura ella— sólo fue un accidente. Y sin embargo has dado justo en el blanco, corazón hermoso. Todos los que poblamos este planeta no somos más que meros accidentes. Y peor aun: meros accidentes de otros accidentes. Fíjate nada más en los hijos de Manuel. Accidentes que han venido sólo para complicar aún más su vida de irredimible tenorio. Yo le había advertido antes: Me parece que es el peor error, marica, teniendo en cuenta que usted prácticamente ha vivido siempre solo y no creo que ahora pueda llegar a aguantarse la vida de casado. «Vamos a ver cómo me va —me responde entonces—. Pero lo único cierto es que yo lo hago no tanto por Juliana como por mi niño. Paipa es un pueblo y los colegios de allá son muy malos. Mi chiquito se merece algo mejor.» De Manuel se puede decir cualquier cosa menos que sea un mal padre. Al contrario. Pero mi amigo debería saber o al menos sospechar que la amante convertida en esposa se porta no como la amante que era sino como la esposa que ahora es o pretende ser. Celos, discusiones, malas caras, indirectas, silencios autoimpuestos,

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tensión reinante a toda hora. En fin, un infierno. Y a veces todo comienza por un simple descuido. Un descuido suyo. En cierta ocasión en que había estado con una vieja en un barato motel del Norte echándose un polvo rápido olvidó el paquete de condones abierto en una bolsa de su chaqueta y por la noche Juliana lo encuentra ¿casualmente? ¿Y qué pasó?, quiero saber yo. Pues ¿qué iba a pasar? Le tocó inventarse una historia. Resulta que en alguna parte, en la calle, estaban en una campaña de salud sexual y regalaban a los transeúntes un paquetito de preservativos. De esos que traen 3. Pero ¿que por qué este se encuentra abierto y falta uno? Pues porque justamente antes de llegar a casa se había encontrado con su sobrino Pipe y entonces le pregunta si no tendrá por ahí un cauchito que necesita para esta misma noche y Manuel sí, toma, le da uno. ¿Y Juliana le creyó? Claro que no, ni boba que fuera. ¿Entonces? Está que no le habla. Emputada. («Encolmillada» es la palabra que usa Javier para cuando Reina se pone brava, que es un día sí y el otro también.) Ése es ahora su estado natural, remata Manuel. Y así más o menos todos los días. Peleas por todo y por nada hasta el extremo de que ya ni sexo tienen. Siglos atrás han quedado las locuras que hacían cuando eran amantes. Como por ejemplo las soberbias mamadas que ella le pegaba mientras él conducía el auto. ¡Qué delicia! Definitivamente el mejor sexo es el que se tiene fuera de la cama. Pero es que ahora Juliana no es una de sus amiguillas complacientes sino la severa madre de su retoño, y eso es lo que lo ha cambiado todo entre ellos dos. Por otra parte, los gastos escolares que antes sólo generaba Julio se han duplicado ahora con la entrada al colegio de José Jacinto. «Estoy reventado económicamente», suele quejarse. Y lo peor de todo es que por esto debe abstenerse de continuar con su vida de empedernido donjuán al acelerado ritmo de antes. No hay manera de hacerlo. Y para que el panorama no llegue algún malhadado día a ponerse aún más sombrío, ha decidido mandarse a castrar. O casi. Como el marido de Ángela. ¡Y a follar tranquilo en los moteles! Siempre y cuando las malditas deudas se lo permitan, por supuesto. Si no fuera por mis hijos, concluye, nostálgico, en estos momentos yo estaría recorriendo el mundo con una mochila a las espaldas. Pobres, ¿no? Pobrecitas ellas, rectifica mi Mona preciosa, enfática y solidaria como siempre con su género. Inocente pero odiosa criatura Ahora pienso que el hecho de que me diera por parlotear acerca de Javier y Manuel y sus desgracias filiales mientras me viene otra erección potente no es del todo gratuito. Y es que quizá en el fondo lo que busco con ello es minar, socavar la (para mí) insana idea de Laura María de, algún día, no ahora mismo sino más adelante, cuando termine mi carrera universitaria, llegar a quedarse embarazada y tener un bebé, su bebé, porque tú sabes que a toda mujer en alguna etapa de su vida le entran ganas de tener un bebé, ¿no? (insana porque

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yo estoy absolutamente de acuerdo con el poeta alemán Stefan George que —citado por Herbert Marcuse en El hombre unidimensional— espeta altivo a, supongo, las obtusas y prolíficas masas: ¡Ya vuestro número es un crimen!). Y ella es lo suficientemente perspicaz como para advertir mis insidiosas pretensiones porque va y me dice: —A ti nunca te ha interesado tener hijos, ¿verdad? Entonces cruza de manera vertiginosa por mi mente la imagen de mi hipotético vástago, un chiquitín de cabello rubio y piel blanca (tan semejante a su madre, porque si algún día llego a tener un niño será de mi Mona hermosa y de nadie más) al que llevo cogido de la mano mientras atravesamos todo el lustroso piso de Unicentro camino de Cinemark, en una de cuyas penumbrosas y acogedoras salas lo llevaré a ver Lluvia de hamburguesas 3, o Toy Story 7, o Imparable 5, o El avispón verde 4, o Infierno al volante 2 con un Nicholas Cage decrépito pero siempre reconocible por aquella cara de idiota suya que lo ha hecho tan famoso en toda la megaaldea porque no quiero «matarle la ilusión» a mi chiquitín, porque tengo que ir preparándolo para La Gran Mentira en la que estará inmerso toda su vida, porque no quiero que sea o llegue a ser como su padre, un fracasado cuyo fracaso se funda en El Gran Rechazo a dejarse arrastrar por las podridas aguas del mainstream, en su negativa rotunda a jugar El Gran Juego que le propone la sociedad opulenta, una sociedad deshumanizada y cruel que está engendrando verdaderos psicópatas dispuestos a descuartizar a su propia madre por un mísero puñado de dólares, un amargado al que no le gusta nada y está en contra de todo lo que existe en este irredimible mundo patas arriba, «un mundo que se celebra a sí mismo a través de guerras en vivo por TV, desencantamiento económico rampante y cambios nanosegundo de identidad» (como bien señala Mark Amerika en su Manifiesto Avant-Pop), lo llevaré de la mano a ver aquellas baratas y demagógicas fábulas made in Hollywood para que vaya acostumbrándose a este mundo, para que vaya acomodándose a él y llegue al fin a convertirse en otro ciudadano de bien, otro borrego, otro lobo, otro descerebrado y agresivo hijo bastardo del gran dios Mercurio y entonces, ante semejante perspectiva que me desalienta hasta la médula, intento evadirme con las hieráticas palabrejas siguientes: —En este momento no es una de mis prioridades. Digamos que mi libro es mi hijo y que aún no he terminado de parirlo. He llegado a comprender que a Laura María le importa un comino el mamotrético y escéptico, sarcástico, nihilista, pesimista, ponzoñoso libelo punk que estoy dando a luz y que por eso se pone a hablar ahora acerca de lo bueno que sería viajar, conocer otros sitios, otra gente, aunque para ello deba resignarse a desempeñar el vil trabajo de camarera o baby sitter en el extranjero (vil para mí, por supuesto, que soy tan pobre como mi Mona pero asimismo tan orgulloso como un rey). Pese a que conoce mis opiniones acerca de la absoluta inutilidad de los viajes en un mundo homogeneizado por la estolidez y la avaricia y de lo idéntica que es nuestra gente a la «gente idiota que habla en otros idiomas», no lo dice por fastidiarme, sino porque en verdad

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es uno de sus sueños dorados, ingenua y dulce que por fortuna aún no ha dejado de ser. Como ya en otras oportunidades hemos discutido acerca de lo mismo y mis altivas pero vanas frases del tipo Prefiero ser cabeza de ratón aquí que cola de león allá no la han desanimado en lo más mínimo, me abstengo de replicar nada a propósito e inicio el sicalíptico juego del masajista que tanto nos gusta, buenas tardes, señorita, mi nombre es Roger y seré yo quien la atienda durante esta sesión, le doy la vuelta y la pongo boca abajo sobre la cama, cubro su trasero como he visto en TV que lo cubren con una toalla las profesionales de la fricción cosmética y empiezo a sobar su espalda con mis manos huesudas mientras pregunto ¿le parece bien así, señorita? y Laura María, que de pronto y por ahora ha dejado de soñar con aquel improbable viaje a fascinantes tierras lejanas, acepta el juego con un ¡hum, sí, así, qué rico! y entonces prosigo con la friega, arriba y abajo, ¡hum!, desde los hombros hasta la cintura, ¡ah!, y después de un ratito aparto la toalla y ataco los glúteos, ¡hum!, y mis movimientos circulares hacen aparecer su apretado ojete y los afeitados labios de su coño rosado y entonces me empalmo y como en una mala película porno digo ¿le gustaría, señorita, un masaje vaginal? y sin esperar respuesta alguna escupo toscamente entre su ano y su concha, ¡oh, me excitas cuando me escupes! y sumerjo mi cara entre aquellos dos montículos de carne aterciopelada y, ¡ah!, comienzo a lamer aquellas olorosas puertas de acceso a sus entrañas, ¡hum!, ¡ah!, ¡oh!, y vuelvo a escupir y ya sin poder contenerme le pido ¡déjame metértelo por el culo ¿sí, mi amor?! y ella, inflexible como siempre que se trata de esta ardorosa y necia súplica mía, se niega rotundamente, ¡no, Roger, no insistas, ya hemos hablado acerca de ello y no, no, por favor! y yo, respetuoso de sus gustos y decisiones, obedezco y comienzo a hundirla entre su lubricado coño una y otra vez, ¡ah, qué rico, dale, dale, mi amor! y sigo, ¡flop, flop, flop, flop, flop!, ¡cómo me gusta follarte, perra!, ¡flop, flop, flop, flop, flop! por un lapso de diez a quince minutos y animado por sus ruegos, ¡no pares, mi amor, no pares, dale, dale, duro, duro, así, dale duro, ah, y dime más cosas sucias, mi vida, ah!, ¡flop, flop, flop, flop, flop!, ¡cómo me gusta clavártela!, ¡flop, flop, flop, flop, flop!, ¡qué culo tan rico tienes!, ¡flop, flop, flop, flop, flop!, hasta que ya no puedo contenerme más, ¡flop, flop, flop, flop, flop! y le advierto ¡voy a venirme, amor!, ¡flop, flop, flop, flop, flop! y cuando siento que el chorro va a subir vertiginosamente desde los huevos hasta la punta del glande me aparto de manera brusca de su cuerpo sudoroso y ella, tan diligente y ágil como una estrella porno se da la vuelta mientras yo permanezco de rodillas sobre la cama y la toma con su delicada mano derecha y se la mete en la boca y la chupa, ¡shlurp, shlurp, shlurp, shlurp, shlurp!, hasta recibir allí dentro, con gusto y sin asco alguno la tremenda descarga a un tiempo que yo grito ¡aaaggghhhhhh! y cuando me tumbo a su lado la abrazo y meto mi babosa lengua entre sus dientecitos blancos, ¡shlurp, shlurp, shlurp, shlurp, shlurp!, para saborear mi propio amargo semen que algún día, lo sé porque la adoro y para mí sus deseos son órdenes, recorrerá sus entrañas y se depositará en ellas y engendrará a aquella inocente pero odiosa criaturilla que vendrá a convertirme en otro asno resignado de buena o mala

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gana, lo mismo da, a engancharse a través de y gracias a ella a la implacable y demoledora noria del inhumano y demencial Sistema, pero hoy no, hoy no, por suerte, y es que ha sido un polvo de puta madre y sin consecuencias, gracias mi vida, gracias mi amor, gracias preciosa, cómo te amo y hundo mi nariz en su larga y ondulada cabellera rubia y aspiró el olor profundo de una dicha que sé pasajera mientras el podrido y condenado planeta sigue girando sordo a mi inminente desgracia futura porque, como diría Andresito Caicedo, Clarisolcita, María del Carmen Huerta, NINGÚN BERRIDO DE NINGÚN DESGRACIADO DETIENE UN DÍA.

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Epílogo Evangelio punk

Ya antes de comenzar a escribir Inédito sabía yo que los cuatro libros de Roger Rodríguez eran en realidad cuatro partes de uno solo al que le hacía falta una quinta para quedar completo. Incluso ya antes de comenzar a escribir Inédito (que originalmente iba a llamarse Banana Republic Press) esa quinta parte ya poseía título (que no ha sido modificado) y las primeras 3.611 palabras que la componen. Lo que entonces pasó fue que me apresuré a enviar por e-mail aquellas cuatro partes reunidas bajo el nombre de Cuarteto punk a agentes y editores de América y España y pronto fui desanimado —temporalmente, claro está— por uno de ellos, un agente de la península ibérica que me respondió más o menos con las siguientes palabras: «El texto es largo y sus cuatro partes, aunque conectadas claramente, no acaban de constituir una ―novela‖. Sin embargo, y si me lo permite, yo casi lo animaría a hacer un ejercicio de reducción o esencialismo y podar tanto como pueda la historia, a centrarla y depurarla, tanto como pueda». El resultado de semejante consejo (basado como siempre en criterios puramente editoriales, es decir, comerciales —pues el maldito gran dios Mercurio está presente en todo siempre) fue justamente Inédito, narración destinada a abrir las puertas del considerable corpus de VERSUS, cuya quinta parte, y en contraposición a los sabios criterios del pesetero español, intenté reanudar no bien concluí aquella suerte de ¿necesario? preludio. Pero es aquí cuando aparece mi sobrinita preciosa Karen Eliana Álvarez Bernal de ocho años de edad y, como tantas otras veces, me pregunta: —¿Qué haces, Gabo? —metiendo inocentemente sus naricillas en mi mamotreto obsceno, en mi libro inmundo (tan obsceno, tan inmundo como el mezquino universo que expone). —Escribo un libro, mi amor. —¿Puedo leerlo? —No, porque es para gente grande. —¿Cuando crezca, podré leerlo? —Sí, mi amor —le prometo, mas ruego para mis adentros que ojalá nunca llegue a hacerlo y me pongo en pie, me acerco a la biblioteca y sacando de ella La historia del señor Sommer de Patrick Süskind le digo: «Mientras tanto, léete éste que es más apropiado para tu edad». —Gracias, Gabo —lo acepta y me deja tranquilo por el momento. Pero entonces me da por pensar que escribir un relato infantil sería un bonito regalo no sólo para la pequeña Karen Eliana sino también para su primita Paula Camila Álvarez Pinzón de trece años de edad y me pongo a ello,

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abandonando El hijo bastardo y concentrándome en El fantástico chico número diecisiete, que es como decido nombrar mi historia pueril. Es la historia de un chico excepcional al que, entre otras cosas, no asustan ni la oscuridad ni las niñas ni los vampiros ni los monstruos pues ha sido dotado con superpoderes. La cosa, lamentablemente, dejó de fluir después de 2.801 palabras (que a pesar de todo disfruté escribir), y es que para un tipo que durante largos años y sorteando enormes dificultades de toda naturaleza ha estado componiendo un evangelio apócrifo que no establece diferencia alguna entre Dios, Cristo y la mierda, resulta perfectamente comprensible que en un momento dado se detenga para preguntarse con la mano en el corazón qué clase de idea tonta, o mejor, cándida, lo ha apartado de su senda y de su tarea ¿reveladora?, no, de Perogrullo. ¡Un cuentito para niños! ¿Acaso mis sobrinitas se merecen semejante engaño de su propio tío Gabo? ¿Acaso ya no son suficientes los innumerables cuentitos para niños que a diario nos hacen tragar a todos, chicos y grandes, los mass media? No, lo siento, muñecas hermosas, pero creo que, por ahora, yo no ando por la labor. Lo siento de veras. No está en mí. Simplemente no está en mí y ante ello tampoco hay nada que hacer. Abandoné el barco de la insidiosa fantasía a las primeras de cambio y fue así como con El hijo bastardo del gran dios Mercurio cerré, por fin, VERSUS, este libro que en determinados momentos críticos de rabia y desesperación llegó a parecerme interminable. Pero, en fin, lo he acabado y, como se dice, ya puedo morirme tranquilo: dejo obra. Sólo me resta por decir dos cosas: que VERSUS está dedicado a la memoria de Andrés Caicedo y su obrita imperfecta, villana, plebeya y sin embargo la más viva, poderosa y estimulante de toda la literatura colombiana y que, aunque no aparecen en el libro, las citas y sus autores que transcribo a continuación contribuyeron asimismo a inspirarlo o justificarlo. * Éste no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza… a lo que os parezca. Cantaré para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras la palmáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver… Ahora sólo hay una cosa que me interesa vitalmente, y es consignar todo lo que se omite en los libros. HENRY MILLER Trópico de Cáncer

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* La gran derrota, en todo, es olvidar, y sobre todo lo que te ha matado, y diñarla sin comprender nunca hasta qué punto son hijoputas los hombres. Cuando estemos al borde del hoyo, no habrá que hacerse el listo, pero tampoco olvidar, habrá que contar todo sin cambiar una palabra, todas las cabronadas más increíbles que hayamos visto en los hombres y después hincar el pico y bajar. Es trabajo de sobra para toda una vida. CÉLINE Viaje al fin de la noche * Ya sabe Diddy que el mundo está fundado sobre la mentira. SUSAN SONTAG Estuche de muerte * Casi imperceptiblemente, Sachs llegó a ser considerado un caso atávico, alguien en discordia con el espíritu de la época. El mundo había cambiado a su alrededor y en el actual clima de egoísmo e intolerancia, de golpes de pecho, de americanismo imbécil, sus opiniones sonaban curiosamente duras y moralistas. Ya era bastante malo que la derecha estuviese en ascenso en todas partes, pero para él aún era más perturbador el colapso de cualquier oposición efectiva. El Partido Demócrata se había hundido; la izquierda prácticamente había desaparecido; la prensa estaba muda. De repente el bando contrario se había apropiado de todos los argumentos y levantar la voz contra él era considerado de mala educación. PAUL AUSTER Leviathan * La historia se hunde y sólo unos pocos parecen oscuramente conscientes de que las cosas van mal. BRET EASTON ELLIS

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American Psycho * Yo era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor. Casi todos los libros que leía pertenecían a la Biblioteca Municipal del centro de Los Ángeles, pero nada de cuanto me caía en las manos tenía que ver conmigo, con las calles, ni con las personas que me rodeaban. Me daba la sensación de que todos se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con las palabras, que aquellos que no tenían prácticamente nada que decir pasaban por escritores de primera línea. Sus libros eran una mezcla de sutileza, artesanía y formalismo, y era esto lo que se leía, se enseñaba en las escuelas, se digería y se transmitía. Era un invento cómodo, una Logocultura ingeniosa y prudente. ¿Por qué nadie decía nada? ¿Por qué no alzaba nadie la voz por encima de la de los demás? CHARLES BUKOWSKI Prólogo a Pregúntale al polvo de John Fante * Que muera hoy o mañana carece de importancia para mí, nunca la ha tenido, pero que ni siquiera hoy, tras años de esfuerzo, pueda decir lo que pienso y siento… eso sí que me preocupa, me irrita. Desde la infancia me veo tras la pista de ese espectro, sin disfrutar de nada, sin desear otra cosa que ese poder, esa capacidad. Todo lo demás es mentira: todo lo que haya hecho o dicho en cualquier época que no tuviera relación con eso. Y ésa es, en gran medida, la mayor parte de mi vida. HENRY MILLER Trópico de Capricornio * El arte es expresión, y para expresarse uno necesita el 100% de libertad y la libertad que tenemos para expresar nuestro arte se encuentra en una situación muy jodida. KURT COBAIN Diarios

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* En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil. ERNESTO SÁBATO El túnel * Todo estaba innovado cuando aparecimos. No fue difícil, entonces, averiguar que nuestra misión era no retroceder por el camino hollado, jamás evitar un reto, que nuestra actividad, como la de las hormigas, llegara a minar cada uno de los cimientos de esta sociedad, hasta los cimientos que recién excavan los que hablan de construir una sociedad nueva sobre las ruinas que nosotros dejemos. ANDRÉS CAICEDO Que viva la música * Putos fracasados en un país de fracasados. De nada sirve echarles la culpa a los ingleses por habernos colonizado. Yo no odio a los ingleses. No son más que unos gilipollas. Estamos colonizados por gilipollas. Ni siquiera somos capaces de escoger una cultura decente, vibrante y saludable por la que hacernos colonizar. No. Estamos gobernados por unos gilipollas decadentes. ¿En qué nos convierte eso a nosotros? En lo más bajo de entre lo más bajo, la escoria de la tierra. La basura más desgraciada, servil, miserable y lamentable jamás salida del culo del Creador. Yo no odio a los ingleses. No hacen más que apañarse con la mierda que les ha tocado. Yo odio a los escoceses. IRVINE WELSH Trainspotting * Este libro se compuso en el barrio Los Muiscas de Tunja, Boyacá, Colombia, Sudamérica, desde finales del año 2oo1 hasta mediados del año 2011.

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