Valencia, Jota Mario - Insúltame Si Puedes

September 2, 2017 | Author: Steven Delvasto Reyes | Category: Anger, Self-Improvement, Emotions, Psychology & Cognitive Science, Cognitive Science
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Jota Mario Valencia

Insúltame Si Puedes El Arte de Defenderse de las Agresiones Verbales

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El Autor

Jota Mario Valencia es uno de los más consagrados profesionales de los medios de comunicación en Colombia. Periodista de la Universidad de la Sabana de Bogotá, especializado en el desarrollo de procesos creativos y procedimientos de comunicación. Asesor empresarial, creador de las conferencias Si no los puedes convencer, confúndelos, El paradigma de la hamburguesa, Ser o no ser es cuestión de actitud y La mejor defensa no es el ataque, que da origen a este libro. Ha sido catedrático universitario, redactor de diversas publicaciones y columnista permanente de importantes diarios nacionales e internacionales. Su hoja de vida incluye destacadas creaciones y realizaciones en la televisión de América Latina. Es también autor, entre otros, de los libros Los grandes juegan heridos, Volver a vivir, El ángel del amor y Correo angelical.

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A Mariajosé, Simón, Neth y Cecilia. Cuatro bendiciones.

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Agradecimientos A Dios por la vida, la salud, la familia, los amigos, el trabajo, los demás y la naturaleza, en cualquier orden. A la psicóloga Lucía Nader por su generosa orientación, su luz y su apoyo. A la psicoanalista María Teresa Graiño desinteresada asesoría y brillantes indicaciones.

por

su

A Santiago Rojas, M.D., por su amistad, sus valiosos consejos, sugerencias y abrazos. A Gonzalo Gallo, conferencista y escritor, por tener siempre la palabra precisa a la hora precisa. A Vladimir Dacol, compañero de trabajo, por asumir la empresa de hacer este libro como si fuera suya. A mis hijos, a mi esposa, a mi mamá, a mis hermanos, a Marcela, a mis maestros y a Manuel, mi padre, que está en el cielo. Todos ellos saben por qué.

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Prólogo En vista de que se acercaba un viernes 13, le pedí a una de las productoras del programa de televisión Muy Buenos Días que invitáramos a alguien con quien pudiéramos hablar sobre temas esotéricos, para ponerle misterio a la fecha, y claro, mantener a los espectadores frente a la pantalla. En el plan de trabajo incluimos los nombres de tres reconocidos adivinos que, sin dudas, nos permitirían cumplir los objetivos. La noche del 12, la productora me informó que no había sido posible concretar a ninguno de los personajes previstos y yo, muy recursivo, le sugerí que, ante la premura del tiempo, buscara en las páginas amarillas a cualquiera que nos pudiera solucionar el problema. A fin de cuentas no se trataba de practicarle una cirugía a corazón abierto a un anciano, sino de ponernos en ambiente de viernes 13, lo que no pasaba de ser un tema liviano e intrascendente. Fue así como a la mañana siguiente en el estudio apareció un señor de unos sesenta años, vestido con un viejo y arrugado traje marrón, de cabello teñido, extraña mirada y pausado al hablar, que se identificaba con un nombre sin apellido y a quien me presentaron minutos antes de salir al aire. Jamás hubiera imaginado que ese "clarividente" me haría pasar el momento más difícil y angustioso que he vivido frente a las cámaras en más de treinta años.

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Como es de entenderse, no les confesé a los televidentes que en vista de que no había podido venir ninguno de los famosos que habíamos previsto, habíamos cometido la brutalidad de sacar uno cualquiera de la guía telefónica. Por el contrario, lo introduje como un "experto" e iniciamos la conversación. Segundos después hablábamos de que la energía de la mente era tan poderosa que con solo escuchar la voz de alguien, él podía saber de quién se trataba, conocer su vida hasta hoy y descifrar su futuro. Aun a sabiendas de que eso es cien por ciento imposible para cualquier ser humano, yo me entusiasmé con la idea del espectáculo y le sugerí que recibiéramos unas cuantas llamadas de los televidentes. A la primera persona que se comunicó el hombre le dijo que hacía seis años había sufrido una gran pérdida de la que aún no se reponía y que todo parecía indicar que moriría pronto y muy trágicamente. Yo sabía que eso era mentira y que todos, si revisamos nuestras vidas, tuvimos alguna pérdida de cualquier índole hace unos años. También sabía que esa es la técnica de una pseudociencia conocida como Cold Reading o Lectura en Frío en la que se dicen cosas ambiguas para atrapar incautos y que utilizan muchas personas, entre ellas los adivinadores en cualquiera de sus modalidades y los políticos para ganar la atención de sus posibles seguidores. A pesar de ello y de la preocupación que me produjo el mensaje tan fuerte que el invitado le había dado al televidente, decidí seguir adelante porque el rating subía. Después de señalar a uno de los camarógrafos y decirle que había sido un hijo no deseado y el fruto de un lamentable accidente, y a uno de los asistentes de audio para llamarlo tramposo, recibimos la segunda llamada. Nuestro personaje le dijo a la señora que se hallaba al otro lado de la línea que su marido le era infiel con una mujer que le estaba haciendo brujería a ella, y que para completar tenía un cáncer en proceso

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que la medicina ahora no podía detectar y que cuando lo hiciera ya sería demasiado tarde. Para la mayoría de los televidentes todo esto es como azúcar para las hormigas. No obstante, a pesar de las cifras de audiencia que de inmediato teníamos en el computador, yo me preocupé y le sugerí al extraño hombre que recibiéramos una última llamada, con la esperanza de que tuviera algo positivo, bueno o agradable que decir. El sujeto se puso muy tenso, pues entendió que enseguida lo sacaríamos del aire, aunque le habíamos dicho que estaría treinta minutos con nosotros y solo llevábamos ocho. Al interlocutor en la línea, el agresivo personaje le aseguró que tenía tendencias homosexuales aunque insistiera en ocultarlas. El televidente se molestó y yo intenté enderezar la situación con alguna frase amable, como que todos los hombres tenemos unos genes femeninos, pero que eso no significaba nada especial. Entonces el invitado la emprendió conmigo y, sin vacilación, me llamó hipócrita. Apoyado en una mirada diabólica aseguró que yo tenía una doble vida: una que mostraba en televisión y otra, muy distinta, que llevaba fuera de ella. La situación se me había salido de las manos. Tantos años frente a las cámaras y un demente charlatán me había destrozado en vivo frente a millones de testigos. Yo no encontraba qué decir. Hacía bromas y él decía que esa era mi cortina de humo para ocultar mi verdadera personalidad y seguía agrediendo y yo en la encrucijada. Cortarlo sería tanto como darle la razón, dejarlo seguir era un suicidio. Estaba tan desesperado y tenía tanta rabia que no hallaba una salida. Finalmente se me ocurrió decir que "lamentablemente" se nos había terminado el tiempo y me fui a un corte de comerciales, que aproveché para, a los gritos, sacar al monstruo del estudio. Entonces sentí que en efecto yo tenía una doble personalidad: por un lado, la del comunicador amable y simpático y, por el

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otro, la de un sanguinario asesino que de buena gana hubiera matado a esa porquería de ser humano. Sin darle importancia a que en los días siguientes el sujeto apareció en un par de diarios amarillistas y en otro programa de televisión en los que decía que yo lo había maltratado, pasé varias semanas de verdadera depresión, destrozado, con el ego herido, muy mortificado, frustrado y lleno de ira. Me habían agredido delante de una millonaria audiencia y yo no había podido hacer nada. Realmente me sentía como un estúpido. Las consecuencias de lo sucedido llegaron a hacerme tanto daño que empecé a ver enemigos por todas partes y terminé enfrentándome por cualquier cosa con el querido cantante de una famosa agrupación musical y con el conductor de un show de otro canal que hizo algún comentario irrelevante. A ambos les pedí perdón en su momento y, si sirve de algo, lo vuelvo a hacer ahora. Realizar un trabajo de cara al público, sumado al hecho de tener un mediano éxito o haber logrado algún reconocimiento, me convierte en un objetivo fácil para las agresiones. La verdad es que las he padecido todas en carne propia y nunca les he dado la más mínima importancia. Entiendo la condición humana y tengo la certeza de que las insolencias que profieran contra mí o el odio que gratuitamente despierte, califican antes a los agresores que a mí. Pero lo que me había sucedido con ese sujeto había sido devastador. A partir de aquel entonces me di a la tarea de investigar sobre el manejo de este tipo de circunstancias. Era increíble que yo hubiera ido a la universidad a estudiar comunicación durante varios años, me hubieran enseñado a hacer una entrevista perfectamente estructurada, pero no me hubieran dicho nada sobre el manejo de las situaciones difíciles. Me imaginaba qué pasaría si a un ortopedista le enseñaran a componer los huesos rotos, pero no supiera qué hacer si en medio de la cirugía al paciente le atacaba un paro cardiaco.

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En fin, empecé a buscar material por todas partes y la verdad fue muy poco lo que encontré. Me introduje entonces en temas como las conductas agresivas, la violencia escolar, social, laboral, de género e intrafamiliar, la resolución de conflictos, la inteligencia emocional, la conducta del acoso, las relaciones tóxicas, la psicología de la intimidación, el gobierno del ego, la conducción de las emociones o la administración de la frustración y la ira. El tema se me convirtió en una obsesión que me llevó a construir un taller que, bajo el nombre de La mejor defensa no es el ataque, les enseñara a otros la forma inmediata de detener cualquier agresión verbal. A nadie le podía suceder lo mismo que me había ocurrido a mí. Atrás quedó el porqué de los ataques de los demás y ahora solo cuenta el para qué. El engendro del viernes 13 me había agredido violenta y dolorosamente para que yo iniciara este camino de investigación, me hiciera mejor persona, aprendiera a encauzar mejor mis emociones, lo compartiera con otros y de paso ganarme un dinero extra dictando el taller. Hoy le agradezco al agresor por su grosería, su insolencia, su arrogancia y su deplorable práctica de unos falsos poderes que afortunadamente no tendrá jamás. ***** Cuentan que en medio de una tensionante aglomeración frente al despacho de una aerolínea que se había visto obligada a cancelar varios vuelos por asuntos del clima, un elegante ejecutivo se abrió paso por entre los demás pasajeros, puso sobre el mostrador su tiquete de viaje y le dijo a la señorita que, fuera como fuera, él tenía que viajar en el próximo avión. Ella, muy cordialmente, le explicó que estaba intentando solucionar la situación de todos los presentes y lo invitó a hacer la fila como los demás. Muy airado, el hombre elevó el tono de su voz y la increpó: —¡¿Usted sabe quién soy yo?!

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Ella lo miró de arriba abajo, tomó el teléfono, oprimió alguna de las teclas y su voz serena se escuchó por todos los altavoces del aeropuerto: —Su atención por favor. Si alguien sabe quién es un hombre de unos cincuenta años, cabello castaño, ojos cafés, vestido con traje de paño azul oscuro, camisa blanca y corbata roja, que usa lentes de aumento, por favor presentarse en el despacho número catorce, para identificarlo. Acto seguido, la amable despachadora se dirigió al arrogante interlocutor: —No se preocupe, señor. En segundos vamos a saber quién es usted. —¡Vaya a que le den por el trasero! —Replicó él, enfurecido. (Realmente utilizó una palabra sinónimo de trasero, pero no la escribo porque aún no hemos entrado en confianza). La señorita sonrió con gran cortesía y le contestó en un tono casi confidente: —Lo siento, caballero, pero para eso también va a tener que hacer la fila. ¿A quién de nosotros no le gustaría tener la capacidad, el talento y la habilidad de esa mujer para responder a un ataque verbal? Son muchas las ocasiones de nuestras vidas en las que nos vemos enfrentados a los insultos, agravios, ofensas, insolencias, provocaciones y humillaciones de los demás y, en medio del aturdimiento, no encontramos la manera de contraatacar correctamente. Responder al instante, con una réplica ingeniosa o certera no resulta fácil. Lo más probable es que en el momento del ataque verbal nos quedemos en blanco y respondamos alguna tontería poco acertada que no alcanza a contrarrestar el daño causado. Con el paso de las horas, a medida que nos vamos tranquilizando, se nos ocurren montones de respuestas que

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pudimos haber dado, pero ya es demasiado tarde. Entonces, la frustración hace que nos sintamos aún peor. No hay de que preocuparse. Eso nos sucede a la inmensa mayoría de los mortales y el fenómeno se conoce como "el ingenio de la escalera". La expresión hace referencia a que la réplica correcta a un insulto llega a la mente de un orador cuando está bajando de la tribuna y ha perdido la oportunidad de defenderse. El ideal sería que si alguien nos ataca verbalmente, pudiéramos responder de tal manera que convirtiéramos al agresor en víctima. Es el caso de una ejecutiva que una mañana llegó a la oficina con un nuevo corte de cabello y un elegante vestido tipo sastre. Al verla, uno de sus compañeros comentó en voz alta: —Pareces un hombre. Y ella, sin más, volteó a mirarlo y le respondió: —Tú también. Hay insultos de todos los estilos, colores, sabores y tamaños. Aunque insultar, según el diccionario, es "Ofender a uno provocándolo e irritándolo con palabras o acciones", el insulto por antonomasia es el verbal. Buena parte de ellos suelen ser diagnósticos psiquiátricos para degradar al ofendido: "bruto", "imbécil", "majadero", "idiota", "bobo", "tonto" o "estúpido". Otros atribuyen ciertos comportamientos sexuales que podrían verse como una desviación anormal: "maricón" o "puta". También están los que pretenden descalificar socialmente, como: "ladrón", "asesino", "sinvergüenza", "pícaro", "bandido" o "hampón", o los que comparan al agredido con algún animal para identificarlo con algún comportamiento indeseable o hacerlo sentir poca cosa: "cerdo", "rata", "burro", "zorra", "mula" o "perra". Se vuelve más doloroso cuando se refiere a seres queridos muy cercanos como la madre, el padre, los hijos o los hermanos, o cuando viene cargado de un alto y

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despectivo contenido racista, xenofóbico o sexista como "negro de mierda", "latino asqueroso" o "mujer tenía que ser". No son pocos los casos en los que el oficio o profesión, pronunciados con un poco de ironía, se convierten en materia de insulto: "taxista", "político", "abogado", "policía", "artista"..., o en los que alguna actitud humana, expresada con cierto tono, se convierte en un delito digno de la silla eléctrica: "vanidoso", "presumido", "ambicioso", "arrogante" o "engreído". En un mundo en el que permanentemente nos están vendiendo un estereotipo de lo que es "ideal", palabras como gordo, calvo, bajito o viejo pueden convertirse en una verdadera humillación. Entonces, si alguien quiere hacer sentir mal a otro, bastará con que le diga: "te ves menos gorda con esa ropa que llevas puesta", "no te ves tan viejo con ese corte de cabello" o "esos zapatos te hacen ver más alta". Los niños y otros que ya no lo son tanto, especialmente crueles y torturadores, son profesionales en estas materias y buena parte del bullying o matoneo escolar se concentra en resaltar los pequeños o grandes "defectos" físicos de sus compañeros. Pero los insultos o agresiones verbales no solo se pasean por las escuelas. Están en las oficinas, en la política, en la calle, en los medios de comunicación, en todas las culturas y estratos sociales, en la universidad, en una conferencia, en el supermercado o en la iglesia, listos para hacer sentir mal a alguien. Muchas veces, para que no se note la intención, el insulto se disfraza de broma, comentario ligero, picardía, agudeza mental, incluso como un cumplido o halago, y se sirve como un delicioso pastelillo cargado de cianuro. Si a todo lo anterior le agregamos las particularidades del tono, el volumen, los gestos, el énfasis y el estado de alteración, nos encontramos frente a un coctel bastante explosivo, que bien podría causar un desastre de grandes proporciones o pasar

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desapercibido, dependiendo de la forma en que lo asuma el interlocutor. Ustedes y yo conocemos a personas altamente susceptibles que descuartizan cada palabra y cada actitud de los demás, para ponerse en el papel de víctimas, hacerse notar y reclamar respeto. La mayoría de las veces ocultan su rabia con la vida y su amargura interior haciendo creer que defienden los derechos de los niños o de los más débiles. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos pasan de sentirse agredidos a convertirse en agresores y antes de arremeter contra el otro, utilizan frases como "sin ánimo de ofender", "con todo respeto", "es mi opinión muy personal", "es solo una sugerencia" o "tengo una crítica constructiva". Por fortuna, no todos los seres humanos andamos siempre en ese plan defensivo, viendo o buscando enemigos por todas partes, ni reaccionamos del mismo modo ante las que podríamos considerar agresiones de los demás. Si no fuera así, este planeta sería inaguantable. El poeta español Ramón de Campoamor escribió por allá a finales del siglo XIX que "nada es verdad ni mentira. Todo es según el color del cristal con que se mira". La contundente frase apunta a que todo criterio, conclusión o veredicto siempre está teñido por nuestra particular manera de ver las cosas. Todas nuestras ideas y juicios siempre estarán filtrados y condicionados por nuestra perspectiva particular. Entonces, mientras para unos resulta una tragedia ser calvos, para otros significa la alegría de no tener que arreglarse el cabello todas las mañanas, o lo que para unos es un divertido chiste, para otros constituye una afrenta imperdonable. De todas maneras, no podemos ir por este mundo pensando que siempre hay alguien al acecho y listo para atacarnos, pero tampoco podemos comernos el cuento de que estamos rodeados de angelitos y que la envidia, el odio, los celos y la antipatía son simplemente una proyección de

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nuestros pensamientos retorcidos. En ambos casos seríamos candidatos a camisa de fuerza y a que nos encerraran en un hospital mental. La mayoría de las agresiones nos toman por sorpresa y quedamos desubicados. Necesitamos entonces un tiempo para organizar una respuesta que nos libere de esa sensación de haber sido parasitados por otro sin esperarlo ni solicitarlo, lo que crea un terrible estado de indefensión. En muy pocos casos sabemos o por lo menos intuimos que nos van a agredir y podremos tener una defensa estructurada, y de acuerdo con la resonancia que tenga el acontecimiento en nuestro mundo interno, será la respuesta. Aquí nos vamos a preparar para ambas situaciones. De acuerdo con la intensidad de la agresión a nuestro carácter y al mundo interno, será la posibilidad y la velocidad de reacción. Pero no hay que olvidar que para pelear se necesitan dos, y que la obligación de tener el poder nos lleva muchas veces a peleas inútiles. A veces es mejor callarse y dejarlo pasar, siempre y cuando eso no comprometa nuestra autoestima ni sea una respuesta constante frente a otro que tiene por manía agredir. Las agresiones verbales están ahí y, aunque seamos pacifistas y no quisiéramos complicarnos la vida, la gran mayoría de las veces nos duelen en lo más profundo de nuestro ser, nos humillan y nos doblegan. Y nos llenamos de ira, y queremos responder, y entre la mente y la garganta se hace un nudo que nos aniquila. Entonces, terminamos sin saber cómo manejar la situación o diciendo o haciendo cosas inauditas que pueden repercutir por el resto de nuestras vidas, o que al mirarlas más serenamente nos llenan de gran frustración y de una rabia peor. Si no estamos preparados, es muy difícil, para no decir que casi imposible, encontrar una respuesta inmediata que

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inmovilice y deje callado a un adversario que busca agredirnos verbalmente. Lo común consiste en encontrar la respuesta correcta cuando ya no sirve para nada. Pero lo más fácil es estar preparados, tener todas las respuestas al alcance de la mano, saber manejar todos nuestros gestos, actitudes y emociones, saber cómo opera la inteligencia emocional, poder quitarle la máscara al enemigo y disponer de todas las estrategias posibles para desarmarlo definitivamente. Este libro, que desde el título podría ser tomado como una provocación, es una provocación. Nació con el propósito de entrenar a los estudiantes de comunicación y periodismo en el manejo de informaciones difíciles, en las que la noticia está en manos de personajes que, al no querer responder, se esconden tras la agresión para desviar el tema. Seguramente usted ha visto al político, al militar, al religioso, al dictador o al presidente de alguna compañía que, al sentirse acorralado por una o varias preguntas, lanza el anzuelo de un ataque, con la ilusión de que el reportero lo muerda, y así zafarse de la difícil situación. Empecé a trabajar sobre la experiencia ya mencionada de un taller que he dictado a centenares de personas para enseñarles a manejar conflictos interpersonales. A partir de allí, el estudio de abundantes documentos, la lectura de otros libros y el contacto con muchos y muy diversos profesionales que debía consultar para hacer que el tema fuera del todo académico, terminó abriendo otras ventanas y ofreciéndome un panorama más amplio que el inicial. Concluimos entonces que no son solo los periodistas o los jefes de prensa los que se ven obligados a manejar a interlocutores agresivos. Sucede a diario en todas partes, en todos los niveles y por las más diversas razones, sin importar el trabajo que desarrollen o el rol social, político, religioso, familiar o empresarial que cumplan. Todos somos vulnerables y, en cualquier momento, estamos expuestos a convertirnos en

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posibles víctimas, bien sea de un atacante solitario o de un auditorio enardecido. El resultado de todo el trabajo que vino después de mucha dedicación de mi parte, se convirtió en la obra que ahora usted tiene entre sus manos, con la advertencia de que no está pensada, escrita o dirigida a alguien en particular. Espero que disfrute el libro y que el entrenamiento sea tan efectivo que la próxima vez que alguien le diga: "¡Váyase a la mierda!", usted le responda: "Estando a su lado, ya estoy en ella".

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1 De agresiones y otros demonios Las agresiones, los insultos o las insolencias de los demás son algo cotidiano y espantoso, capaz de poner al descubierto nuestro lado oscuro y despertar todo lo malo que habita en nosotros. Junto a ellos vienen otros demonios que nos estimulan y terminan de complicar la situación y que será mejor reconocer y aprender a manejar antes de que sea necesario entrar en acción. El estímulo es todo aquello que nos afecta, sea para bien o para mal. Un estímulo puede ser una palabra hiriente o amable, un golpe o una caricia. A partir de allí viene el análisis, es decir, lo que se produce en nuestro razonamiento que hace descifrar y poder entender lo que ocurre. Como resultado del estímulo y del análisis viene la respuesta. La respuesta es el producto que se manifiesta a través de nuestro cuerpo y a su vez es la reacción final al desarrollo de una acción. Como seres pensantes, lo ideal sería que después de recibir el estímulo, pasáramos a analizarlo y luego a responder. Pero entre el ideal y la cruda realidad hay un gran camino, muy tortuoso y complejo, que aquí trataremos de acortar y suavizar.

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La Frustración Cuando alguien tiene un impulso, un deseo de hacer o decir algo, y no puede satisfacer esa necesidad, aparece lo que la psicología llama frustración. Ese es el estado de aquel que está sometido a una situación insoluble, que se ve privado de la satisfacción de un deseo defraudado en sus expectativas de recompensa, o bloqueado en su acción después de haber sido agredido verbalmente o haber sido insultado. La frustración es el sentimiento que fluye cuando no conseguimos alcanzar los objetivos que nos hemos propuesto y que se manifiesta como un estado de enorme vacío interior, produciendo sentimientos y pensamientos autodestructivos como la rabia, la depresión, la angustia y la ira. El proceso de madurez de todos los seres humanos no es más que una larga carrera de obstáculos a lo largo de nuestro desarrollo vital, donde nos encontramos con abundantes barreras que impiden o dificultan la realización de nuestros deseos e impulsos. La madurez se consigue cuando asumimos nuestras limitaciones, cuando sabemos convivir con las frustraciones producidas ante acontecimientos insuperables, cuando nuestras metas y objetivos se asientan sobre un plano real, relegando nuestras fantasías al campo de la ensoñación. Por ejemplo podemos tener el sueño de vivir en una hermosa casa junto a la playa, pero el sueldo que ganamos y algunos gastos extras frustran ese plan. Maduramos cuando entendemos que era solo un sueño que por ahora no se pudo hacer realidad y que podemos seguir viviendo y ser felices aunque no tengamos la casita frente al mar. Muchas de las situaciones que vivimos cotidianamente, vienen del mundo de las frustraciones, que terminan por desencadenar una serie de comportamientos agresivos, exteriores e interiores, que nos convierten en seres antisociales o autodestructivos.

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Todos podemos sufrir heridas psíquicas como consecuencia de un acontecimiento o situación que influye de forma negativa en nuestras vidas. Acontecimientos que por su intensidad pueden marcarnos de manera decisiva. Un desengaño amoroso, por ejemplo, puede hacer que cambiemos de actitud respecto a las personas del sexo opuesto, o puede producir un distanciamiento afectivo o cierta desconfianza a la hora de plantearnos la posibilidad de una nueva relación de pareja. Así mismo, las agresiones, las humillaciones, el abandono o la pérdida producen traumas de manera inevitable. Una misma situación puede influir de manera muy diferente en dos personas distintas. Para un joven, una suspensión escolar puede motivarlo para mejorar en sus estudios y en cambio a otro puede hacerlo perder la confianza en su capacidad para conseguir cosas por sí mismo. A partir de una experiencia dolorosa, unas personas aprenden, reflexionan y obtienen conclusiones positivas que los hacen más flexibles, tolerantes y hasta más fuertes. Otras, sin embargo, se hunden y no ven salida. Frente a la frustración que surge como bloqueo de nuestro ser ante una agresión verbal, la primera idea que se nos viene instintivamente a la cabeza es la de reaccionar con una agresión mayor. En nuestro interior se moviliza una enorme cantidad de energía que nos enfoca en la destrucción inmediata y fulminante del objeto frustrante, es decir, del agresor. No es posible salir de la frustración y de todas sus terribles secuelas hasta que no resolvamos el conflicto, bien sea entendiendo la situación como algo pasajero y sin importancia, entrando en auténtica rivalidad con el agresor, negando el hecho como si nunca hubiera ocurrido, o confrontando la realidad. Si ante un conflicto adoptamos una posición de rivalidad, donde uno debe ganar y otro debe perder, veremos al otro como un enemigo al que hay que derrotar. Desde esta perspectiva, se intentará ganar por cualquier medio y ceder

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significará ser un débil e inseguro. La postura de la negación la adoptan quienes no desean hacer frente a la situación con la falsa esperanza de que desaparezca por sí sola, lo que suele llevar a pérdida de autoestima y de respeto por parte de los demás. Confrontar los hechos es lo que los psicólogos llaman "posición de superación". Desde esta posición se intenta buscar soluciones, habitualmente a través del diálogo. No obstante, ante una agresión que nos duele en lo más profundo de nuestro ser, no es fácil que nos sentemos a expresar nuestros desacuerdos, aceptar las cosas positivas del otro, reconocer metas comunes y ponernos de acuerdo en iniciar las acciones necesarias para conseguir esas metas comunes, como si no hubiera pasado nada. En la vida real queremos actuar ya, en este mismo instante. El diálogo está descartado a no ser que la pelea sea con alguien muy, muy, muy especial y querido, o que estemos adelantando algún proceso de negociación para detener el lanzamiento de una bomba nuclear que destruiría la mitad del planeta. Confrontar los hechos también es demostrarle al otro que no puede humillarnos como le dé la gana, que no podrá usarnos para descargar su basura, que nos hacemos respetar y que tendrá que pensarlo muy bien la próxima vez que lo quiera hacer. El derecho a elegir La existencia no es otra cosa que una prolongación de nuestro pensamiento. Si somos capaces de dominar nuestra mente, habremos logrado dominar nuestra vida. Nuestras experiencias, nuestros éxitos y derrotas tienen lugar en primer y en último término en lo que pensamos. La dificultad radica en que los principios que rigen nuestro pensamiento, el desarrollo de las formas correctas de pensar, no están a la vista, no las enseñan en las escuelas y no las venden en el comercio. Las tenemos que encontrar por nosotros

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mismos. Por fortuna, hay una ley universal que no falla: los pensamientos buenos dan resultados buenos y los pensamientos malos dan resultados malos. Todos vamos por la vida pensando muchas cosas, sin enfocar nuestra mente en los pensamientos que deberán guiarla hacia nuestras metas, sueños, ilusiones, deseos, etc. Habitualmente no usamos el gran don de poder elegir nuestros pensamientos y nos limitamos a reaccionar, la mayoría de las veces, de forma negativa. Los pensamientos negativos comienzan a amontonarse y la existencia termina por convertirse en una experiencia negativa y aburrida. Si todo lo que hacemos es "apagar incendios", vivir será tanto como estar siempre en medio del humo, la destrucción y las cenizas. En determinados momentos tendemos a creer que tenemos "demasiadas cosas en la cabeza" y hasta nos sentimos aprisionados en una cantidad de preocupaciones, responsabilidades, necesidades, angustias o desengaños. Entonces entramos en una especie de estado depresivo que nos resta las fuerzas, el entusiasmo, la energía que necesitamos para realizar las labores diarias. Nos sentimos abrumados por la incertidumbre, el miedo y las inseguridades de tener "demasiadas cosas en la cabeza", cuando en realidad solo podemos tener una sola al mismo tiempo. Estamos inclinados a pensar que tenemos demasiadas cosas en la cabeza porque un pensamiento, y solo uno, es negativo: angustia, tristeza, pesimismo, resentimiento, rabia y hasta falta de seguridad. Son pensamientos paralizantes que crean la sensación de sobrecarga para la mente. Descubrir que solo podemos tener una cosa en la cabeza al mismo tiempo, nos permite tomar conciencia de uno de nuestros mayores dones: el derecho a elegir ese único pensamiento. Ni la serpiente, ni el perro, ni la rana, ni el gato lo pueden hacer. Ellos solo pueden reaccionar. Ese don es nuestro bien más valioso y está por encima de las demás aptitudes, atributos físicos, títulos, honores, riquezas y otros placeres.

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Viktor Frankl, neurólogo y psiquiatra austriaco de origen judío, pasó casi tres años de su vida en varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau, y a partir de esa experiencia escribió el inspirador libro Man’s Search for Meaning, El hombre en busca de sentido. Allí cuenta cómo fue sometido a toda clase de tratos brutales y sobrevivió porque quería vivir a través del ejercicio de escoger cualquier pequeño incidente que tuviera un significado positivo como un mendrugo de pan o un cordón inesperados, y hacía que su mente se aferrara a él, aportándole alegría y significado a sus días. La terrible experiencia de Frankl terminó por revelarle que las cercas eléctricas, las celdas y las cadenas no podían privarlo de su libertad: "La máxima libertad de un individuo consiste en su capacidad para escoger su actitud ante un conjunto cualquiera de circunstancias". Hasta que no aprendamos a utilizar nuestro derecho a elegir, es decir, la capacidad que tenemos para escoger nuestras actitudes, no habremos logrado la libertad de ser nosotros mismos y estaremos a merced de los otros, de esos que andan por ahí, muy cerca, con la ilusión de convertirnos en objeto de sus miserias. Dominio propio Mantener el control frente a una situación inesperada y difícil es muy complejo. Por ello, todos los tests que preguntan cuál sería nuestra reacción en caso de un incendio, si encontramos a la esposa con otro en plena infidelidad, si un avión se nos viene encima, si de repente un desconocido nos pega un puño, o si se nos muere la mamá, no tienen ningún sentido. Uno puede responder cualquier tontería, pero a la hora de la verdad quedamos metidos entre un túnel oscuro en el que lo primero que tenemos que enfrentar es a un monstruo llamado Yo, con todas sus posibilidades y falencias, con sus

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fortalezas y debilidades, con sus miedos y audacias... Del dicho al hecho hay mucho trecho. Al pensar en dominio propio, nos viene a la mente una persona que es controlada y que puede refrenarse a sí misma ante las diferentes situaciones que le presenta la vida. En suma, el dominio propio es la capacidad que nos permite controlarnos a nosotros mismos, nuestras emociones, antes de que estas nos controlen, dándonos la posibilidad de elegir lo que queremos sentir en un momento determinado. Como sujetos activos de todo lo que nos sucede, manejamos nuestra vida dependiendo de la interpretación que hacemos de cada acontecimiento. No nos quepa la menor duda de que somos lo que pensamos, y si somos capaces de controlar nuestros pensamientos, podremos controlar nuestras emociones, sin permitir que los acontecimientos externos manejen nuestra vida. Todas las sensaciones llegan precedidas por un pensamiento que se puede controlar a nuestro antojo, gracias a eso que los especialistas llaman dominio propio o autocontrol. Es normal que cuando somos víctimas de un ataque verbal, insulto o agresión cualquiera, nos llenemos de rabia, hostilidad y hasta de agresividad. Es aquí donde tiene que entrar a trabajar el dominio propio, pues de otra manera quedaremos inmovilizados y sin posibilidades de reacción contra el problema, o reaccionaremos de manera desproporcionada. No es fácil sacar a relucir el dominio propio cuando estamos llenos de ira, por eso debemos ocuparnos en acrecentar lo único que nos permite poner en acción el dominio propio: la autoestima. Todos tenemos el beneficio del dominio propio y somos propietarios de nosotros mismos. Pero el lío está en poder ejercer ese dominio, hacer uso de ese beneficio controlador y aplicar esa autoridad. El verdadero problema radica en no poder manejar nuestros pensamientos, controlar nuestras

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emociones y refrenar nuestros impulsos, porque no tenemos un compromiso con nadie, más allá de nuestra rabia o de la emoción del momento. Si aprendemos a querernos lo suficiente y deseamos ser mejores, mejor dicho, si tuviéramos una mayor autoestima, nos daría vergüenza con nosotros mismos el hecho de no ser capaces de interpretar un acontecimiento en sus debidas proporciones y actuar en consecuencia. El doctor Larry Crabb, Ph. D., psicólogo clínico de la Universidad de Illinois, en su libro Understanding People, Entendiendo a la gente, dice: "Un desagradable evento puede generar emociones desagradables. Sin embargo, este mismo evento puede llevarnos a emociones constructivas o a emociones destructivas. Todo depende de la sabiduría interna". No hay nada malo en enojarse. Tener rabia se considera una reacción emocional y normal frente a algo que nos desagrada o desaprobamos. La gran diferencia está en el control o el descontrol de ese sentimiento. El autocontrol es ejercer dominio sobre las emociones. Una crisis se define como el momento en que la persona pierde el control de la situación. Entonces, controlar la ira es voluntariamente no entrar en crisis y sabiamente manejar esa reacción emocional exagerada y peligrosa. Eso es dominio propio. No nacemos con dominio propio, no lo venden en los supermercados ni en las tiendas naturistas, no es materia en ninguna universidad del mundo, se trata de un hábito adquirido, una disciplina para la que se requiere prepararse. Lo logramos poco a poco, comiéndonos una cucharadita menos del postre que tanto nos gusta, levantándonos cinco minutos antes de lo habitual, no tomándonos uno de los tragos que nos ofrecen en la fiesta, evadiendo alguna pelea doméstica, haciendo a un lado el computador antes de lo previsto, cumpliendo aquella pequeña misión que hemos postergado,

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caminando un poco más, o haciendo la llamada a la que le tenemos tanta pereza. El dominio propio no tiene nada que ver con la voluntad, que es la facultad de decidir, el ánimo o resolución de hacer algo y ordenar la propia conducta. En otras palabras, podemos tener la voluntad de dejar de fumar y hasta reconocer el mal que el tabaquismo produce en nuestro organismo. El dominio propio radica en no prender el próximo cigarrillo. En este punto es importante reconocernos a nosotros mismos con sinceridad y saber cómo reaccionamos y qué tanto nos afectan los diversos acontecimientos que nos presenta la vida. Por esa razón, debemos entendernos y saber por qué razón actuamos como lo hacemos. Sin dudas, conocer nuestros temperamentos nos ayuda a neutralizar nuestras debilidades y a reaccionar más sabiamente frente a estímulos negativos como lo es una agresión. No se puede evitar sentirse desilusionado por la frustración de lo que sucede, ni dejar de sentir rabia o enfado, pero sí evitar que el sentimiento de la ira nos domine y afecte nuestras vidas. La diferencia entre tener un dominio propio y tener una crisis propia, es saber quién está en control, el cuerpo o la mente. En esos lapsos de segundos, cuando se nos ha desafiado, provocado o simplemente hemos llegado a nuestro límite, cuando sentimos que vamos a explotar, ahí es cuando necesitamos la maestría del dominio propio. Una persona que por regla general es controlada en todos los aspectos en que se desenvuelve, cometerá menos errores, vivirá más calmada y sufrirá menos estrés. No así aquella que reacciona con estallidos incontrolables y que deja correr toda su agresividad emocional. Control del pensamiento

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El estado de conciencia que tengamos de nosotros mismos, será el mismo que tendremos en el momento de actuar frente a alguien que pretenda ofendernos. Si entendemos esta afirmación, estaremos en capacidad de predecir lo que ocurrirá en ese instante. Un pensamiento contenido en nuestra mente durante un tiempo, se convierte rápidamente en una actitud y luego se hace parte fundamental de nuestra vida. Los automóviles, los edificios, los puentes, las carreteras empezaron siendo una idea en la mente de alguien. Lo mismo acontece con nuestras vidas. Los pensamientos que tengamos en el presente, serán las realidades de nuestro futuro. No importa si creamos esos pensamientos deliberadamente o llegan a nosotros como reacción a cualquier situación que enfrentemos, la regla siempre funciona. Tenemos el poder de controlar nuestra vida gracias al don de la imaginación, mediante el cual podemos crear las imágenes de lo que queremos ser, de las metas que queremos alcanzar, de la forma en que queremos actuar o reaccionar... No importa cuáles sean esas visiones que tengamos, serán una realidad en el momento oportuno. La vida es una prolongación del pensamiento. Ese constituye el profundo capital de todas las filosofías. El concepto, simple y elemental, se conoce desde siempre y tengo la idea de que se trata del tema sobre el que más se ha escrito y hablado en este mundo. Es justamente por ese motivo por lo que a los seres humanos nos entra por un oído y nos sale por el otro. Es tan elemental que se nos vuelve paisaje. Cuando somos pequeños, la vida es de alguna manera fácil, pero a medida que vamos creciendo pensamos que todo tiene que ser más complicado y nos inventamos las reuniones y los comités y nos llenamos de condiciones y de terapeutas para que nadie nos diga que estamos actuando de manera infantil, como si ser niños fuera un error de la naturaleza humana.

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Los médicos saben que si un paciente los busca con alguna dolencia que el cuerpo podría manejar naturalmente y que pasaría en corto tiempo, deberán escribir en un papel el nombre de alguna medicina extraña que, aunque no haga falta, el enfermo se deberá tomar cumplidamente. Si el doctor no complica un poco más las cosas, el paciente sentirá que el médico no es un buen profesional. No puede ser tan sencillo como que el cuerpo mismo se encargue de solucionar el padecimiento y, por lo tanto, hay que dificultar el asunto con pastillas, exámenes, jarabes, incapacidades laborales y discursos sobre el estrés y las virosis. Cuando decimos que la vida es una prolongación del pensamiento, estamos asegurando que se puede dominar esa energía para llegar a ser lo que deseamos. Es tan simple como retener en nuestra conciencia aquello que queremos ser, en lugar de aquello que somos o que creemos que somos. Alguien podría decir que eso es tanto como soñar despierto, engañarse a sí mismo o alejarse de la realidad. Sin embargo, eso es lo mismo que hace el piloto de un avión que se prepara para terminar el vuelo y debe visualizar todos los pormenores de su aterrizaje antes de tocar el suelo. Nunca podría aterrizar primero y luego analizar las condiciones del tiempo, la visibilidad, el estado de la pista, la capacidad y el peso de la aeronave, la fuerza de los vientos y todo lo demás. Querámoslo o no, los seres humanos tenemos la capacidad única y extraordinaria de imaginar quiénes queremos ser y en qué o en quién somos capaces de convertirnos. En la gran mayoría de nosotros esa capacidad está dormida por la simple razón de que ya somos adultos y de alguna manera nos está vetado actuar como niños. A quienes así piensen les recomiendo que se vayan durante unos tres o cuatro años a un lejano país, a vivir en lo alto de una montaña, comiendo frutas junto a un maestro que los pondrá a caminar descalzos sobre brasas ardientes, sin tener baño ni sexo, con unas piedrecillas que les tallen entre las sandalias, hablando poco y meditando

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mucho sobre todo lo bueno que quieren en la vida para ellos y para los demás, hasta que un día les lloverá una luz que viene de alguna parte y cambiará sus vidas. Es un método un poco más complejo, pero dicen que también funciona. Mientras tanto, los que escogemos la otra técnica, el camino fácil, el de elegir los pensamientos que queremos, vamos avanzando por aquí hacia lo que nos interesa. En lugar de vernos como unos derrotados, concibamos en nuestra mente todos los detalles del éxito que deseamos y pensemos como si ya lo hubiéramos logrado. Dejemos atrás la idea de que somos poca cosa e imaginémonos como personas amorosas y amadas que buscamos a alguien que nos haga felices. Apartemos de nuestra mente el pensamiento de un gordo que pelea inútilmente contra unos kilos de sobra y descubramos la persona esbelta que hay en el interior y que espera salir. Hagamos a un lado la enfermedad y exijamos la salud y la perfección a partir de mañana. Empecemos a ser las personas que queremos ser. ¿Cómo voy a reaccionar cuando alguien me ataque? ¿Voy a permitir que la rabia me bloquee? ¿Me voy a poner a la asquerosa altura del otro? ¿Me voy a dejar humillar por aquello de "pon la otra mejilla"? ¿Voy a hacer que el otro pague con su sangre, por lo de "ojo por ojo"? ¿Voy a responder con un ataque más fuerte? ¿Partiré la cabeza del agresor en miles de pedazos con un bate de béisbol? ¿Haré que la venganza dure como una maldición por la eternidad? Eso solo lo puedo resolver yo. Afortunadamente lo puedo decidir desde antes, como el piloto que planea su aterrizaje, el pintor que concibe su obra de arte, el ingeniero que proyecta su puente, el músico que imagina su canción o el médico que programa su cirugía. Cuestión de ego En la mitología griega, el joven Narciso se enamoró de su propia imagen al mirarse en las aguas de un estanque. No

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siendo consciente de que se trataba de su falsa imagen, pues la real era su auténtico ser, languideció junto al agua, víctima de su admiración. Narciso es un símbolo del sueño de los sentidos en el cual el ego se sumerge e hipnotiza al sujeto, generándole fantasías. De alguna manera, el ego es la personificación de los defectos que nos caracterizan, que fraccionan la conciencia y obstruyen la expresión del ser, adueñándose de casi todos nuestros procesos anímicos. Es el enemigo oculto y manipulador que nubla la razón y el entendimiento, con objeto de obtener reconocimiento, poder, prestigio o aprobación. Él toma el control de buena parte de lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos, generando un sistema de pensamiento en el que surgen la culpa, el miedo y la ira. Gracias al ego, estados como la ira, la ansiedad, el odio, el resentimiento, el descontento, la envidia, los celos y demás, no se ven como negativos sino que se consideran totalmente justificados y además no se perciben como nacidos de nosotros mismos, sino de alguien más o de algún factor externo. Cuanto más fuerte es el ego, mayor será la probabilidad de que pensemos que la fuente principal de nuestros problemas son los demás. También será más probable que les dificultemos la vida a los otros. Pero, como es natural, no podremos reconocer lo que sucede. Solo percibiremos que son los demás los que actúan en nuestra contra, pues al ego le encanta hacer el papel de víctima. Como niños, a través del amor y los cuidados, sentimos que somos valiosos, es decir, que somos importantes para quienes nos rodean. Entonces aparece el ego como un reflejo de la opinión de los demás. No es nuestro verdadero ser. No sabemos quiénes somos y simplemente sabemos lo que los otros piensan de nosotros. Después otros más se le suman a la madre y así vamos creciendo. Y cuanto más crecemos, más complejo se vuelve el ego, porque las opiniones de muchos se van reflejando. El ego es un fenómeno acumulativo que nace

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como subproducto de vivir con otros. Poco a poco nos convencemos de que ese ego que la sociedad nos da, es lo que somos. Cuando nuestra visión del mundo, nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestro ego son el patrón de medida, todo el que no entra en él descalifica y es descalificado. Se trata de un modelo de comportamiento tan riesgoso como extendido ya que al no existir dos personas iguales, los márgenes de aceptación se reducen al mínimo. El ego es una especie de monstruo que habita en nuestro interior, se preocupa por generar juicios condenatorios, pensamientos de ataque y de defensa, preocupaciones ambiguas y ambivalentes respecto a todo e ideas complejas y confusas sobre las cosas más elementales. Su objetivo principal consiste en controlarlo todo y creer que así todo está bien. Y entonces, terminamos por identificarnos con él, a tal punto que creemos tener el control sobre nuestras decisiones, sin darnos cuenta de que es el que decide y sin poder experimentar nuestra verdadera realidad, nuestro yo real. A nivel inconsciente, el ego es una entidad que se va construyendo a lo largo de la vida, a través de la adquisición de conocimientos, creencias, hábitos y experiencias. La falta de conciencia hace pensar que uno es eso que ha venido haciendo y experimentando. El ego es nuestra identidad pública y "oficial", aquello que aspiramos a ser, la imagen que deseamos que los otros tengan de nosotros. ¿Qué hacer, entonces, con nuestros aspectos no deseados? Se los atribuimos a los otros, y cuando los advertimos en ellos, nos volvemos intolerantes con esas personas. Los principios de la educación son aprender a ser, a hacer, a aprender y a convivir. Mientras aprendemos a ser, el ego domina a su antojo a los otros tres y lo que debería ser fácil se convierte en un duro aprendizaje, pues las escuelas, empeñadas

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como están en enseñarnos las guerras púnicas y los logaritmos, se olvidan de la importancia de ayudarnos al autoconocimiento. Desde aquí nacen muchas de las patologías de la personalidad, como no saber lo que somos ni lo que queremos. El ego nos lleva a la desdicha, nos ilusiona con promesas que terminan por defraudarnos, distorsiona la realidad y nos hace identificar con creencias falsas, nos hace sufrir y encuentra excelentes razones y argumentos para justificarse, y se especializa en hacernos víctimas de todas las injusticias. Finalmente, nos identificamos tanto con el ego, con ese yo falso, con lo que creemos que somos, con esa fracción de nosotros mismos, que desconocemos la dependencia a la que nos sometemos y nos sentimos impedidos para potenciar lo que podríamos llegar a ser, que nos convertimos en seres vulnerables, frustrados, dependientes, tensionados, reactivos, adictos a los estímulos y atemorizados. No es tarea fácil desprenderse del ego y dejar de ser sus víctimas, aprender a manejarlo y a prestar atención al diálogo con el cual uno se habla a sí mismo, se explica el mundo e intenta que las cosas encajen en los conceptos con los que acomoda el mundo externo al interno. Pero tendremos que aprenderlo, si es que en realidad deseamos ser mejores personas y poder reaccionar adecuadamente cuando otros ingresen en nuestra frágil condición, nos ataquen y hieran nuestro pobre, tonto e indefenso ego. Intolerancia Una de las características fundamentales del ego es la necesidad de tener siempre la razón. Por eso, muchas personas, al sentirse amenazadas y ante la incapacidad de convivir con ideas u opiniones diferentes de las propias o de las del grupo al que pertenecen, se ponen a la defensiva y se disponen a atacar. La intolerancia es la dura y dolorosa incapacidad de los seres humanos para consentir que exista un pensamiento

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distinto del propio y suele convertirse en odio y rechazo por aquellos que tienen la osadía de pensar o ser diferentes. En consecuencia, la intolerancia se podría definir como el comportamiento, forma de expresión o actitud que viola o denigra de los derechos del prójimo. La intolerancia se fundamenta en el prejuicio, es decir, en un juicio previo que está basado en una generalización defectuosa e inflexible o estereotipo, que puede ser sentida o expresada y puede ser dirigida al grupo como un todo o a un individuo como miembro de dicho grupo. A menudo está ligada a manifestaciones de odio racial, nacional, sexual, étnico, religioso o a otras formas de comportamiento que discriminan a ciertas personas en particular o a colectividades en general. Son muchos los casos en que el ego de las tiranías y las dictaduras levantan las banderas de hacer cumplir las leyes, para aplicar la tenaza de la intolerancia, coartar las libertades y atropellar a los contradictores, pues desconocen que todo ser humano tiene el derecho a la disidencia y a la discrepancia ideológica, sin más deberes que el decoro y la urbanidad para con quienes piensen de manera diferente. La provocación, la incitación al odio, a la violencia o a la discriminación racial, la agresión en cualquiera de sus formas, en contra de personas o de un colectivo, por el solo hecho de pertenencia a una etnia, nación, credo o sexo, no son más que actos de intolerancia. Y si hay algo más estúpido que ser intolerante con quien piensa distinto a nosotros, es no tolerar a alguien "porque sí". Es ese odio sin razón que sentimos por otra persona a la que apenas conocemos, pero a la que detestamos con todo nuestro ser. Dicen los que saben que cuanto más se parece otra persona a lo que somos o a lo que queremos ser, más antipático nos resulta. Pensemos por un momento en aquellas personas que no nos gustan mucho y, si somos honestos, nos daremos cuenta de que tienen muchos rasgos que negamos de nosotros mismos. Por eso dicen que la intolerancia hacia los demás es solo el

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reflejo de baja autoestima y odio por nosotros mismos. La intolerancia consiste en creer que uno es mejor que el otro, cuando en realidad el otro es el reflejo de mí mismo. Las susceptibilidades por culpa de la intolerancia han llegado a tal punto que hay colectivos humanos, razas, sectas o grupos que no se pueden ni mencionar porque sienten que son atacados. Si usted dice que han sufrido mucho, ellos manifiestan que no quieren lástima. Si usted dice que son ejemplo de fortaleza, se está burlando de ellos. Si los trata con cariño, los está engañando, y si cuenta su historia, los está ridiculizando. Peor aún, si los pasa por alto para no meterse en problemas, ellos dirán que los hace a un lado porque es un intolerante que los odia. Todos somos seres imperfectos, tenemos defectos y cometemos errores. Nos diferenciamos de los demás porque algunos deseamos perfeccionarnos. Pero esta voluntad de perfección debe ejercitarse con respeto y tolerancia de las libertades de aquellos que quieren ser como se les antoje o porque así fue como se los enseñaron. Los materiales rígidos, que carecen de elasticidad y flexibilidad, no soportan las tensiones y se rompen con suma facilidad. Las relaciones humanas funcionan igual. Una relación se considera más fuerte, cuanto más flexible y elástica es. Solo podremos resistir los retos de la vida con tolerantes actitudes que nos permitan sobreponernos a las adversidades y tribulaciones, sin quebrantamientos del ánimo, cediendo y restableciendo las tensiones, hasta hacer de la tolerancia nuestra mayor fortaleza. Bajo ninguna circunstancia, ser tolerantes implica aceptación o complicidad con quienes actúan o tienen costumbres reñidas con la ley, la moral, la ética o las buenas costumbres. Significa ajustarse a la diversidad humana y convivir armoniosamente con los demás a pesar de la multiplicidad de creencias, erradicando el mal hábito de

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censurar y prejuzgar a quienes son iguales a nosotros, con los mismos errores y con la misma ansiedad de ser. En una carta enviada a sus discípulos en 1930, mientras estaba encarcelado, el Mahatma Gandhi, líder de la revolución pacífica que encauzó la independencia de la India, escribió: "No me gusta la palabra tolerancia, pero no encuentro otra mejor. La tolerancia puede llevar implícita la suposición injustificada de que la fe de los demás es inferior a la nuestra". Con sutileza, Gandhi daba en un punto sensible de la cuestión. Tolerar conlleva, de alguna manera, cierta idea de superioridad. Hay un tolerante y un tolerado. En la tolerancia queda aún un matiz de juicio que parece decir "soy mejor que tú, por eso te tolero a pesar de tus defectos". En las últimas décadas el pensamiento políticamente correcto, aplicado al trato entre las personas, al uso o no de ciertas palabras y a la defensa de ciertas causas, ha tenido un auge notable. Es por ello por lo que con tanta frecuencia escuchamos a personas repitiendo "Soy una persona tolerante", lo cual se convierte en un juego peligroso. Según el doctor en filosofía francés Vladimir Volkoff, especialista en manipulación informativa, autor de La désinformation par l’image, "lo políticamente correcto consiste en la observación de la sociedad y de la historia en términos maniqueos. Lo políticamente correcto representa el bien y lo políticamente incorrecto representa el mal". Según la reflexión de Volkoff, esta modalidad anula la posibilidad de la discrepancia, exige alinearse en torno de lo que se considera bueno y acarrea el riesgo cierto de crear una nueva intolerancia hacia quienes no se proclamen "tolerantes". Quizás, después de todo, no se trate de ser tolerante, sino de aprender a aceptar. La aceptación, a diferencia de la tolerancia, es una interacción que se da en un nivel de paridad. Aceptar, en el caso de los vínculos humanos, es tomar al otro sin juzgarlo, acercarse a él como quien se interna en un universo que ofrece infinitos misterios y dimensiones,

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escucharlo y mirarlo con la intención de percibir su singularidad. Se trata de aceptar y respetar al otro en su dignidad. En ningún caso eso significa que debemos aceptar o respetar de buenas a primeras "las ideas contrarias", como suelen decir por ahí. Me perdonan pero si alguien me viene con la idea de que hay que matar negros o judíos, o con estupideces por el estilo, tendrá que irse para... muy lejos. Ser tolerantes no significa renunciar a nuestras convicciones personales, sino aceptar el hecho de que los demás están en toda su libertad de ser quienes son. Aceptar es saber que no se puede cambiar al otro, respetar del mismo modo en que aspiramos a ser respetados y tener en cuenta a los demás del mismo modo en que aspiramos a ser tenidos en cuenta. La tolerancia o la aceptación son importantes cualidades para aprender a convivir con quienes nos rodean, entendiendo la diversidad de la naturaleza humana, sin necesidad de entrar en cruzadas de salvación, hogueras o pelotones de fusilamiento. La ira La ira es un mecanismo de defensa del ego. Se trata de una reacción natural que, en condiciones normales y entre límites muy específicos, es sana. Me avergonzaría de mí mismo si no sintiera ira contra aquellos que abusan y maltratan a los más indefensos, esto es, a los niños, los ancianos, los grupos minoritarios o los animales. Sentiría que soy muy poca cosa si no me produjeran ira los políticos corruptos, los dictadores, los gobiernos totalitarios que castran las conciencias y constriñen las libertades. Mentiría si dijera que no me producen ira los chismosos y envidiosos que andan destrozando la vida de los demás. Me consideraría un antisocial si no sintiera ira ante los que de manera infame destruyen la naturaleza. Me parece muy sano sentir ira frente a estas situaciones y más sano aún, levantar mi voz de protesta.

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En términos generales, la ira es una respuesta adaptativa de defensa ante una amenaza. Sin embargo, cuando se sale de control puede llegar a ser destructiva para otras personas y para la que está sintiendo la emoción. En momentos de tensión y peligro inminente, nuestro cuerpo reacciona suministrando adrenalina a la corriente sanguínea, creando una temporal pero eficaz dote de energías fisiológicas. En estas reacciones también se experimentan sentimientos de ira que nos ayudarán a luchar o a escapar. Aunque en estos casos el sistema nervioso funciona de manera instintiva, la mente está en pleno control de nuestras acciones voluntarias, y estas no se pierden aunque el cuerpo se encuentre en estado de alerta. Esto quiere decir que la sensación de ira no es excusa para producir reacciones desbordadas. La ira que surge de una agresión que acabamos de recibir, es una reacción natural ante una circunstancia que nos desborda. Este tipo de enfado es una energía primaria que nos permite defender nuestra individualidad. Por supuesto, aquí volvemos sobre la idea de que es una emoción sana y necesaria para nuestra supervivencia. Podemos equiparar esta ira con un fenómeno natural como un terremoto. Es un acontecimiento violento en el que la naturaleza busca, de algún modo, recuperar un equilibrio perdido y deshacer la tensión estructural en las placas que forman la corteza de la Tierra. Cuando la tensión se libera, todo vuelve a la calma. La ira debe ser de breve duración y ajustada a los hechos que la producen. Una vez liberada, se debe desvanecer. No estamos hablando aquí de otro tipo de ira que está más relacionado con hechos del pasado que con las circunstancias presentes. Aunque este tipo de ira viene también motivado por algo que sucede en este momento, el suceso que desencadena el brote de rabia no es más que la punta de un gran iceberg de rabia acumulada. En este tipo de enfado se da con mucha frecuencia la sobreactuación. Es decir, que ante un suceso menor, la reacción resulta desproporcionada y violenta.

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En la práctica budista se considera que esta rabia es una de las tres raíces que dan origen al sufrimiento, junto con la ignorancia y el egoísmo. Así que el primer paso para trabajar conscientemente con este estado de ánimo consiste en reconocerlo cuando se presenta y entender su naturaleza nociva. Hay por ahí abundantes técnicas para el manejo de la ira, pero la verdad es que no creo que nadie, después de que lo han ofendido en el alma, esté dispuesto a ponerse a realizar ejercicios de respiración controlada para encontrar el yo, meditación trascendental, contar lentamente hasta treinta y siete o elaborar toda una estrategia de empatía para ponerse en la posición del otro. Esas cosas son muy bonitas en la teoría, pero a la hora de enfrentar una situación de violencia verbal contra nosotros, lo único que funciona es detener al agresor de inmediato. No dentro de cinco o diez minutos. El asunto hay que resolverlo ya. Ni siquiera hay tiempo para contar hasta dos. Es necesario utilizar el dominio propio para expresar la ira con tranquilidad y en forma justa, evitando la violencia y la agresividad. Lo ideal consiste en trabajar internamente con ella y canalizarla como algo productivo. La agresividad Si miramos a nuestro alrededor, terminaremos asustándonos por la enorme agresividad física y verbal que nos rodea. Y como es verdad que agresión provoca agresión, resulta que la convivencia, lógicamente, se hace cada vez más molesta y difícil. Nunca funciona responder a la agresividad con agresividad. Es como intentar apagar un incendio con gasolina. La agresividad es básicamente ejercer la fuerza física o verbal con el fin de contrarrestar al oponente. Sin embargo, la agresividad no es necesariamente falta de dominio propio. Hay quienes molestan o desafían a la espera de que explotemos, solo por darse el gusto de sacarnos de casillas. Es lo que muchos

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hacen en el colegio, en la universidad o en el trabajo con sus compañeros, o con los seres queridos en el círculo familiar. En estas circunstancias, tener dominio propio es una forma de responder y desconcertar a los que esperan una reacción violenta. Todos hemos visto o leído en las noticias, historias de crímenes y asesinatos que han tenido su origen en una "simple" e "inocente" palabra ofensiva. Los agresivos se presentan de muchas maneras. Los hay cuya táctica es oponerse siempre a todo y a todos, mofándose e ironizando lo que se le ponga por delante. Hay quienes todo lo convierten en motivo de riña. Si callamos, juzgan que no estamos con ellos. Si discrepamos, nos convierten en enemigos a los que hay que aplastar. Siempre están a la ofensiva. Jamás se muestran serenos y abiertos a los demás. Estos personajes hostiles y disociadores son una epidemia, están por todas partes y se reproducen con una facilidad pasmosa. En todo lo que dicen o hacen hay siempre un alto grado de violencia y agresión maléfica e inadmisible. Son bravucones en el hogar, en el trabajo, en el estadio, en el bar, en la calle, en todos los círculos donde se mueven. Tienen siempre la verdad, hay que oírles sin interrumpir, hay que acatar lo que dicen, no permiten observaciones ni réplicas y no hablan sino que gritan. Eso sí, mientras menos razón tienen los agresivos, más se exaltan y gesticulan, más se acaloran y enardecen, más agreden y mortifican. Y mejor ni hablemos de los de esta especie que andan con un arma entre el bolsillo. Hay agresivos en el pensar, en el sentir y en el hablar, en el mirar, en el ademán y en los gestos, en el reaccionar y en el actuar. Los hay en determinadas circunstancias, contra personas concretas, consigo mismos, con la sociedad, siempre y en todo, y tienen una habilidad extraordinaria para provocarnos y meternos en su espiral de agresividad y obligarnos a defendernos.

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Una sociedad agresiva es la suma de los individuos agresivos que la integran. Así como existen muchos agresivos individuales, los hay colectivos, en los que pesa mucho la premeditación y el adoctrinamiento. En los colectivos agresivos entran ciertos nacionalismos, militarismos, partidos y grupos políticos o sindicales radicalizados que muchas veces actúan como verdaderos energúmenos. Las pequeñas y grandes manifestaciones de violencia social tienen su origen en nuestra propia mente y su particular dinámica de interacción. Por lo mismo, nadie se exime de su cuota de responsabilidad en la violencia del mundo. El yo comprende aspectos biológicos y constitucionales heredados de los padres y otros adquiridos por la educación, por las imitaciones que hacemos, por las manipulaciones de orden social y por las múltiples influencias ambientales. El conjunto de entes que integra la personalidad de un determinado individuo, no coincide nunca con el de otro, así hayan nacido y crecido bajo las mismas condiciones. Cuando los mecanismos de defensa son naturales, hacen parte de los rasgos o formas del carácter, el cual se activa ante situaciones determinadas, llegando a dar forma a la personalidad. Cuando son reactivos, se convierten en verdaderas armas o mecanismos de agresión, muchas veces violentas. Muchos de los denominados mecanismos de defensa son verdaderas armas, usadas sobre todo por personas débiles para escapar a su propia verdad. Prefieren vivir en el engaño a reconocer su limitación. Para salvar su precario prestigio, echan mano de cualquier recurso a fin de hacer creer que nunca tienen la culpa de un fracaso cualquiera. Los mecanismos arrojan fuera de la conciencia aspectos de la realidad, ya sean físicos o psicológicos. Su objetivo último es evitar la angustia o el dolor psíquico, al mismo tiempo que nos ayudan a librarnos del sufrimiento moral o de las neurosis.

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El riesgo no está en defenderse, sino en sentirse agredido, muchas veces por puros delirios del ego, la ira, la falta de dominio propio, la intolerancia y todos los otros demonios que nos habitan, y a partir de allí actuar en consecuencia, desplegando nuevos mecanismos de agresión, convertidos la mayoría de las veces en mecanismos violentos.

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2 Estrategias de defensa Unos cuantos en este mundo poseen un talento natural para salir airosos de las ofensas. A la gran mayoría nos toca aprenderlo. Por lo general, la reacción instintiva es el contraataque inmediato y buscamos la forma de contestar con algún improperio peor que el que nos han proferido, para terminar enredados en una guerra de palabras sin sentido. Otros se quedan mudos y paralizados, sin la fuerza que quisieran para responder y luego se llenan de frustración cuando se imaginan mil cosas que podrían haber dicho. El impacto de algunas de esas agresiones es tan brutal que, en muchos casos, dejan huellas imborrables para el resto de la vida. Lo primero que debemos considerar es que, dentro de nuestro inalienable derecho a elegir, estamos en libertad de entrar o no en el juego. Soy yo quien decide hacer a un lado el comentario insolente o luchar para defenderme. Mientras el otro se empecina en provocarnos y busca la forma de meter el dedo en la herida que más nos duela, nosotros tendremos que decidir si somos capaces de estar por encima de las circunstancias, restarle importancia al hecho y superarlo, o si por el contrario nos dejamos afectar hasta lo más

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profundo de nuestro ser. Al final, el éxito de una provocación depende de nuestra actitud. Bastante bien conocemos la vieja fórmula de la justicia estadounidense que dice: "Tiene derecho a guardar silencio" y acto seguido la sentencia "Todo lo que diga puede ser utilizado en su contra". Mejor dicho, usted decide si se calla o si habla, y se atiene a las consecuencias. En términos de la filosofía aristotélica diríamos que tenemos dos salidas: darle importancia al asunto o hacer caso omiso de él. Es decir, que si alguien nos insulta podemos dejarnos alterar y enfrentarnos con todas sus secuelas o, definitivamente, no darle ninguna importancia ni a la persona, ni al hecho mismo. Pero como la vida real no es tan bipolar como la veía Aristóteles y las relaciones interpersonales no solo se dan entre buenos y malos como en las películas de Hollywood, es necesario considerar otras alternativas que no estén en los extremos. No dar importancia a un insulto puede resultar una buena estrategia de defensa, pero así como puede darle al agresor la idea de haber ganado en el primer golpe, puede excitarlo aún más por sentirse despreciado. Un ataque verbal es una ofensa y, por pura dignidad, que no es lo mismo que orgullo, no la debemos permitir. No se trata de irnos a los golpes, de responder con la misma bajeza del agresor o de enredarnos en discusiones que no conducen a ninguna parte. Se trata de atajar al provocador cuanto antes. El avezado periodista Gustavo Gómez, auténtica figura de la radio en Colombia, suele abrir los teléfonos de su programa radial en la Cadena Caracol para que los escuchantes opinen sobre los más diversos temas de la actualidad. Si bien hay participantes bastante mesurados, hay otros que solo llaman para destilar todo su veneno contra algo o contra alguien. A los primeros, Gómez les hace el juego, les conversa, les pregunta por la suegra, las mascotas o los hijos. A los segundos, a los

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agresores, los escucha sin entablarles diálogo y los remata con un cordial "¡Válido!" con el que expresa, en diferentes tonos, tantas cosas como uno quisiera imaginar. Bien podría ser "su opinión es muy respetable", "lo que dice podría tener alguna validez", "no lo habíamos visto desde esa perspectiva", "qué idiotez la que acaba de expresar", "tiene razón en estar disgustado", "ese no era el tema pero ya dijo qué quería", "todas las opiniones deben escucharse", "no estoy de acuerdo pero dejémoslo así", "alguien debería prestarle atención a lo que usted dice"... Los interlocutores suelen quedar callados al instante y el periodista logra hacer respetar su territorio, mantener la cordialidad, evitar inútiles susceptibilidades, darle gusto al que llama, ahorrar discusiones necias y seguir adelante. Todo, con el adecuado uso de una sola palabra que se convierte en un editorial: "¡Válido!". A eso me refiero cuando digo que debemos atajar al provocador cuanto antes. Para ello puede ser muy útil plantearle dudas sobre su propia violencia: "Me parece que está un poco disgustado", "Lo siento alterado" o "Veo que ha perdido la calma", son expresiones que pueden ayudar a matizar las circunstancias y a frenar la agresión. Otra técnica puede ser unirse de alguna manera a la causa del atacante, al menos en parte. Un comentario general como "No hay nada peor que las injusticias" o "A veces, sin darnos cuenta, hacemos cosas que mortifican a otros", sin entrar en el meollo del insulto, pondrá al otro de nuestra parte. No es fácil agredir a alguien con quien, de alguna manera, estamos de acuerdo. Las condiciones en las que se produce una ofensa, los escenarios, los protagonistas, las palabras o los medios no son siempre los mismos. Finalmente, cada quien deberá evaluar cuál es la mejor estrategia de defensa, analizando rápidamente al agresor y las circunstancias que rodean la situación. Es definitivo decidir a conciencia para evitar las funestas consecuencias que trae consigo una provocación. Si logramos

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mantener la calma, sin creernos el Dalai Lama o la madre Teresa, y adoptamos una posición mental lo suficientemente enérgica, estaremos en condiciones de desafiar con garantías cualquier tipo de ataque. No es lo mismo el ataque de un jefe en la intimidad de su despacho, que la de un desconocido en medio de un auditorio con público. No es lo mismo una agresión de la pareja, que la que proviene de quien nos atiende en el supermercado. Dependiendo del caso, alguna de las técnicas que veremos enseguida nos vendrá como anillo al dedo y otra no. También existe la posibilidad de que nos veamos obligados a mezclar varias de ellas para lograr nuestro objetivo. Todas las técnicas o estrategias expuestas aquí son intercambiables y complementarias, para que las apliquemos adecuándolas a las circunstancias. Lo mejor es conocerlas todas y, a la hora del ataque, considerar cuál es la más oportuna. Nuestra misión es sorprender al agresor, complicarle la existencia, fastidiar sus expectativas y ante todo, detenerlo. La ley del hielo Es indudable que las intenciones primarias de un agresor, cualquiera que sea su naturaleza o condición, es hacerse notar, lucirse, manipular y demostrar que ejerce cierto poder sobre el agredido, aunque en realidad no lo tenga. Tiene por seguro que el universo temblará a su alrededor y eso le provee la energía necesaria para el ataque. En consecuencia, lo peor que le podría suceder es que lo ignoren, que le apliquen la ley del hielo. Muchos especialistas en resolución de conflictos aseguran que la frialdad absoluta se considera el arma más efectiva contra un agresor. Cuando ignoramos a quien nos ataca, lo enfurecemos porque le estamos demostrando que no nos afectan sus agresiones y que no nos interesa tratar con él. Para estas personas, ser ignoradas es una ofensa peor que cualquier otra.

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Por eso, aguarles la fiesta los bloquea, al mismo tiempo que nos ahorramos el disgusto de una confrontación, en la que, independientemente de ganar o perder, habría que invertir demasiada energía inútil. Cuando le damos importancia al contendiente, ya sea para pelear, criticar, contradecir o repudiar, nos exponemos a su influencia, engrandecemos su posición y creamos una especie de alianza, en la que cada quien se mueve por las acciones y reacciones del otro. El adversario mide su poderío de acuerdo con la efectividad de sus ataques y, por lo tanto, cuanto menos parezca que nos afectan, menos poder le damos. Al ignorarlo, lo anulamos y automáticamente nos hacemos dueños del control de la situación. Pero ¿cómo hacer para mostrarse frío y guardar silencio cuando nos han agredido y nos está doliendo hasta en lo más profundo de nuestro ser? ¿Cómo hacer para mantenernos como un iceberg cuando en realidad estamos derretidos de la ira y quisiéramos responder con una agresión verbal peor que la proferida? Eso se soluciona fácilmente cuando interiorizamos que le vamos a dar una lección peor que la que podríamos darle con nuestras más fuertes palabras y argumentos, y comprendamos que el objetivo final es obtener la victoria sin afectar en lo más mínimo la supervivencia personal. Canalizar la rabia, el dolor y el resentimiento es la clave para arrebatar su triunfo al agresor. En la medida en que la ira o la rabia sean una reacción al acoso, el provocador nos tiene a su mandar, puede manipularnos a su voluntad y hacernos sentir cada vez peor, simplemente variando la intensidad o la modalidad de los ataques. Cuando rompemos la cadena que nos lleva a reaccionar con ira, frustramos sus intenciones, salimos de su esfera de control y acabamos el juego. Si entendemos que el agresor vive de nuestras reacciones airadas, también entenderemos que una vez le apliquemos la

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ley del hielo, él ya no tendrá su recompensa o refuerzo y dejaremos de ser vistos como víctimas interesantes. Aquí entre nos, hay muchas situaciones en las que la ira provocada por una agresión, no nos da espacio mental para pensar en otra cosa distinta del contraataque. Es el instinto de supervivencia, la parte más animal de la naturaleza humana. Aceptemos ante nosotros mismos la impotencia que sentimos frente a situaciones sobre las que aparentemente no podemos tener ningún control ni alternativas. Así mismo, aceptemos de una vez que no se puede hacer nada distinto de perdonar para reparar el daño que hemos recibido. Asumamos que no disponemos del poder para transformar el perverso comportamiento del agresor y que por tanto no tenemos la capacidad de eliminar su comportamiento, más allá de protegernos de él. Si creemos aquello de que somos amos y señores de nuestras emociones, deberíamos saber que, si no lo permitimos, ningún ataque nos perturbará. Tenemos claro que el objetivo último del agresor es nuestra destrucción psicológica y que en la medida en que sus ataques dejen de perturbarnos, dejan también de tener efectividad para él. Es por ello por lo que podríamos adoptar la postura o perspectiva de un observador externo que contempla desde afuera la escena del ataque. Visualizar y vivenciar la situación desde este ángulo constituye un método altamente efectivo para desactivar la reacción automática de nuestra ira, a fin de cuentas "no es con nosotros". Los psicólogos definen esta técnica como desactivación emocional y en nuestro caso la utilizamos para retomar el control de la situación. Controlar la ira no quiere decir que no tengamos derecho a enfadarnos. La ira, entendida como un valor de supervivencia, así sea un sentimiento de descontrol anímico y uno de los sentimientos más complejos del ser humano, puede transformarse en algo positivo si es responsable de conducirnos hacia la búsqueda de soluciones.

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En medio de la rabia interior no resulta fácil encontrar la respuesta genial, la palabra cortés, el argumento perfecto, la salida inteligente o el insulto apropiado para lanzar al otro a la lona. Intentar hacerlo es una especie de suicidio. Por eso, los que saben dicen: "¡Quédese callado!". Es la ley del hielo que aplica por igual en las relaciones familiares, laborales, sociales y de pareja, aunque en este último escenario y de acuerdo con los especialistas, las consecuencias para ambos son demoledoras. Son abundantes los casos, especialmente en los que hay de por medio una negociación, en los cuales una de las partes utiliza el ataque verbal, con pocos argumentos, para desubicar al oponente. Es así como empieza a tantear el terreno con indirectas sutiles y, si estas logran su cometido, se dejará venir con agresiones más duras. En consecuencia, la víctima se distrae envuelta en una discusión, abandonando el tema que los ocupa, y el otro hace lo que quiere. Ante una agresión, nuestra actitud y nuestro tono de voz cambian, nos ponemos a la defensiva y hablamos más fuerte, nos desequilibramos y el agresor se hará el inocente, moverá la cabeza como si no entendiera lo que nos ocurre y muy serenamente nos dirá algo así como "intenta ser un poco más equitativo" o "tranquilízate, por favor", lo que es anuncio de que, ya que nosotros hemos perdido los estribos, él ha tomado el control de la situación. Es el preámbulo de que él va a hacer lo que se le antoje. En estos casos hay que aplicar la ley del hielo desde el principio, si deseamos tener el control. La ley del hielo es uno de los procedimientos más utilizados por grandes corporaciones, ejércitos, gobiernos y algunos famosos, para mantener lejos a la opinión pública. Bien recordado es el caso de la muerte de Osama Bin Laden: Casi a la medianoche del primero de mayo de 2011, el presidente estadounidense Barack Obama le anuncia al mundo que un comando de fuerzas especiales eliminó de un tiro al líder de Al Qaeda en una localidad cercana a la capital de Pakistán y ofreció algunos detalles que se fueron cambiando con el paso de

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las horas. Inicialmente se dijo que Bin Laden había utilizado a su esposa como escudo, que había muerto de un disparo a la cabeza cuando se resistía al operativo con un arma automática, que gracias al apoyo del gobierno de Pakistán habían podido llegar hasta el escondite del terrorista, que murieron dos mensajeros y una mujer, sin explicar qué pasó con los otros quince que estaban en el lugar... Luego vino la historia del viaje del cadáver en un barco estadounidense y de la orden que dio el capitán de echar el cuerpo al mar. Entre tanto, el asesor de contrainsurgencia del gobierno, el director de la CIA, el portavoz de prensa de la Casa Blanca y el presidente pakistaní daban declaraciones que se contradecían. Dos semanas después, desde alguna parte se indicó que se aplicara la ley del hielo para no enredar más las cosas y todos se quedaron callados. Del hecho no se volvió a saber nada, salvo dos o tres datos sin mucha importancia que todos ya intuíamos. En todas las situaciones en las que debamos aplicar la ley del hielo, nuestra postura corporal debe ser completamente relajada pero erguida, con las manos y brazos donde quedaron cuando comenzó el ataque y los hombros abajo. Nuestro rostro no debe emitir ninguna otra señal que no sea inexpresividad. Para ello intentaremos mirar al otro, teniendo cuidado de no levantar las cejas, ni dibujar ningún sentimiento con nuestros labios. No son necesarias las palabras. Con nuestra actitud, dependiendo de la situación, le estamos diciendo muchas cosas al otro, como "no me interesa hablar contigo", "termina pronto para poder seguir adelante", "hasta aquí llega esta conversación", "no entiendo a qué viene todo esto", etc. Como los mensajes no son tan claros, el que habla empieza a hacer su propia película y a intentar descubrir en qué estamos pensando que no le prestamos atención y terminará enredado en su propia lengua. Ante su desespero, es posible que busque la manera de sacarnos del mutismo con frases como "el que calla, otorga", "por algo te quedas callado", "el silencio es más elocuente que las palabras", "deberías decir algo", ante lo cual

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nosotros debemos seguir actuando como si no fuera con nosotros, como si nadie nos hablara, como si estuviéramos solos, como Bruce Willis en la película Sexto sentido cuando le pasaban los espíritus a un lado sin que él se diera cuenta. Esta técnica de autodefensa aplica al cien por ciento en los ataques, burlas, comentarios insolentes, sarcasmos y críticas injustificadas que se pueden generar a través de medios como la Internet y todos sus derivados como las redes sociales, los chats y los foros, con la ventaja de que no tendremos que mirar a los ojos, ni cuidar nuestra actitud corporal. El hecho de que hagamos caso omiso de los agresores es su peor y más cruel castigo. Cuando estaba realizando la investigación para escribir este libro, decidí hacer un ejercicio que resultó bastante divertido: A sabiendas de que el agresor no emplea sus provocaciones como un simple pasatiempo inofensivo, conté en mi show de televisión, ante millones de espectadores, que en Facebook había alguien que, en vista de que no tenía personalidad propia —esa era mi "ofensa" para el otro—, pretendía ser yo y se aprovechaba de esos que de buena fe caían en su engaño, para decir y publicar asuntos que yo nunca diría o en los que nunca me metería. En resumidas cuentas, hice lo que él quería que yo hiciera, que le respondiera, que le diera una importancia que nunca ha tenido. Ese mismo día comenzó a publicar cosas más fuertes y terribles y, para completar, aparecieron otros catorce que empezaron a hacer lo mismo. Yo sigo sin ingresar a ninguna red social y todos ellos siguen esperando infructuosamente a que yo les diga algo. El ejercicio ya terminó. Morirán perdidos en este mundo como Bruce Willis en Sexto sentido, o como Leonardo DiCaprio en la película Titanic, congelados por la ley del hielo. El aikido verbal

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Existe, filosóficamente hablando, muy poca diferencia entre un ataque con palabras y un ataque físico. El aikido es un arte marcial que consiste en usar a nuestro favor la fuerza del oponente. Es decir, que al momento del ataque, en lugar de resistirnos, esquivamos el golpe y con la fuerza del otro, le damos un empujón para que se caiga. El aikido verbal es lo mismo, pero en lugar de utilizar la fuerza física, se usan las palabras. Con él aprendemos a reconocer y a armonizar con el ataque del oponente, de tal manera que no resultemos dañados y hasta donde sea posible, evitemos hacerle daño al otro. En esta técnica de autodefensa se busca la armonización y neutralización del contrario, dando lugar a su fracaso sin lastimarlo, encauzando los propios instintos y propiciando la autorreflexión y la evolución del oponente. En ningún caso se trata de destruirlo o humillarlo. Para algunos esto puede no tener sentido, pues la lógica dice que si alguien me ataca, deberá pagar de alguna forma por lo que me ha hecho. Hacer justicia es, además de dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece, imponer una pena o castigo a quien ha cometido algún acto indebido, es decir, al malo, en favor del bueno. En esta segunda acepción todo se reduce a que "el que la hace, la paga". Puede sonar duro, pero este es el mismo principio de la venganza. No obstante, aunque estemos acostumbrados al manejo de términos radicalmente opuestos como bueno y malo, existen muchas áreas donde este método de percibir la realidad resulta inadecuado, ineficiente y causante de tensión. En las relaciones interpersonales, por ejemplo, hay aspectos en los que ver las cosas desde dos polos opuestos puede frustrar la comunicación y perpetuar un conflicto. En la técnica del aikido verbal alguien nos ataca y nosotros utilizamos su ataque para ver las cosas desde su punto de vista, usar su energía para girar con él y ponernos a mirar en la misma dirección. Esto, repito, suena rarísimo en el universo de

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"el que la hace, la paga". Sin embargo, tengo que admitir que, en la gran mayoría de las ocasiones, esta es una magnífica salida a un ataque verbal y una gran ayuda en el cierre de cualquier discusión, de la naturaleza que sea, así no haya agresiones de por medio. Vamos a suponer que nuestro jefe nos dice: "Qué inepto eres. Te comprometiste a hacer esta tarea hace un mes y no has sido capaz de completarla. Un bebé de brazos hubiera hecho esa estupidez en un par de días". La respuesta más asertiva sería: "Tiene toda la razón en estar disgustado. Me comprometí a hacer algo que en efecto no era nada complejo y fallé. Realmente actué como un inepto". ¿Qué más puede decir el jefe? Realmente muy poco. Gracias a que nos pusimos en sus zapatos y vimos las cosas desde su punto de vista, superamos el momento difícil y, lo más importante, nos convencimos a nosotros mismos de que no nos habían atacado. No se trata de estar de acuerdo porque sí o porque es el jefe, sino porque siguiendo la técnica del aikido, utilizamos la fuerza de su impulso para ponernos en su lugar, entender lo que él está sintiendo y buscar un acuerdo. Es entonces cuando debemos tratar de reconducir la situación. Podemos establecer contacto físico, o visual, o acercarnos y proponer una solución. Por supuesto, el aikido funciona mientras queramos solucionar los problemas. Si lo único que buscamos es jugar al despiste, eso es una técnica de distracción y, aunque podría ser válida, no viene al caso dentro del tema que nos ocupa. De acuerdo con esta técnica de defensa, si queremos enfrentar la situación con mayor coherencia, debemos tranquilizarnos frente al ataque y mantener una postura corporal relajada. En el aikido, el maestro se mantiene centrado y en calma, va hacia el ataque sin confrontarlo, toma el centro y desplaza el ataque fuera de la periferia. Debemos interiorizar que no se trata de responder agresión con agresión. Cuando el ataque es personal, nos ponemos a la defensiva y es imposible trabajar en el otro. A la hora de lanzar

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nuestro contraataque debemos tener claro que ello solo conduce a una escalada sobre el problema original. Los maestros del aikido responden cuidadosa y estratégicamente. Nuestra meta consiste en encontrar las maneras más efectivas para comunicarnos y alcanzar resoluciones entre ganadores. Un experto en aikido nunca busca matar la oposición. Es necesario que entablemos un diálogo para encontrar una solución concertada. Debemos sentir al otro como un socio y permitir que esta mentalidad nos guíe. Para esta técnica defensiva, protagonistas y antagonistas son considerados siempre como compañeros. Debemos saber que si le permitimos al otro manifestar sus sentimientos, sin tomarlos a pecho, o por lo menos sin expresarlo, podremos controlar nuestras respuestas. El aikido enseña a desviar la fuerza del oponente y a permitir que esa fuerza vaya más allá de los dos contendientes. Si nos ponemos en el lugar del otro e intentamos entender su dolor, su frustración y sus necesidades, estaremos encontrando un espacio común, utilizaremos su fuerza para remitir la energía en una dirección productiva y buscaremos la forma de responder con la empatía necesaria. El aikido mezcla nuestra energía con la del oponente. Un oyente del agradable programa radial Afectos matinales, que dirige y conduce el talentoso y poco convencional comunicador Jordi Tuñón, a través de la Radio Nacional de España, llamó supuestamente para opinar sobre el tema del día. Una vez al aire destapó sus cartas y arremetió contra Tuñón diciéndole: —¡Usted es un fanfarrón y su programa es una mierda! Con una serenidad pasmosa, el conductor le replicó: —Estoy de acuerdo: este programa es muy malo. Tampoco yo entiendo por qué lo mantienen en antena y cuál es el motivo para que haya alguien escuchándonos. Lo deberían acabar de una buena vez. —Y punto seguido, agregó: —Con lo que tengo

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que disentir, es con las palabras de grueso calibre que usted acaba de utilizar. Estamos en un medio de comunicación que llega a mucha gente y alguien se podría ofender. De inmediato, el interlocutor buscó la manera de justificarse y dijo: —¿Eso qué? Son las cuatro y media del amanecer. El habilidoso Tuñón bajó el tono y, a modo de cordial recomendación, le subrayó: —Tiene razón, pero se puede ser decente las veinticuatro horas del día. Enseguida se escuchó por un par de segundos el sonido ambiente de donde se encontraba el oyente y el ruido de llamada que se corta. Gracias a un genial manejo del aikido verbal, aprendido o no, el agresor había quedado cien por ciento bloqueado. En ningún caso, Tuñón se dejó afectar por el agresivo "fanfarrón" que lo tocaba a él directamente, y utilizó toda la fuerza con que arremetió el otro para hacerlo caer y liquidarlo al instante. Si unimos la técnica del aikido con una correcta expresión de nuestras necesidades, opiniones o reclamos, sin violencia, tendremos un arma muy poderosa para enfrentarnos a esas situaciones incómodas que suelen presentarse con inusitada frecuencia: una discusión de pareja, el comentario de mal gusto de un compañero, el desacuerdo con un cliente, el enfrentamiento con un adolescente, el choque entre un profesor y un alumno..., casi todas las ocasiones son propicias para usar el aikido verbal. Gracias a él, ponemos en perspectiva la idea de que ambos vamos a resultar ganadores y trabajamos en esa dirección. A veces nuestros compañeros o amigos, nuestro vecino, muy rara vez un desconocido, se burlan de nosotros o nos buscan la pelea, en la mayoría de los casos solo por hacerse los graciosos o para ver cómo nos enojamos o pasamos un mal rato. Si reaccionamos como ellos esperan, se divertirán y lo seguirán

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haciendo. Si por el contrario, nos atrevemos a proceder de forma inusitada, se aburrirán, nos dejarán tranquilos y buscarán otro a quien mortificar. La comprobada efectividad del aikido verbal ha hecho carrera en muchos ámbitos y es así como hoy se entrena en esta disciplina a los policías, cuerpos de seguridad y de emergencia de grandes ciudades, para que sean más asertivos a la hora de resolver algún conflicto. Muchos cursos de formación matrimonial enseñan estas fórmulas a las parejas, con objeto de que la convivencia nunca se deteriore en medio de discusiones insignificantes. Destacados ejecutivos, maestros, políticos, deportistas, líderes sociales y religiosos, se entrenan en esta metodología para hacer más fáciles y llevaderas las relaciones interpersonales. Una de las asistentes a uno de mis talleres con un grupo de ejecutivos preguntó qué hacer si no podemos vencer al contrincante con el aikido verbal, porque quiere seguir atacándonos. Entonces, otro de los presentes se adelantó a responder: "¡Saque una pistola y métale cuatro tiros!". Todavía me divierte mucho la situación, pero como dije en aquella oportunidad, aún nos quedan muchas armas para bloquear al agresor, antes de vernos en la obligación de sacar la pistola. La pregunta antídoto En la técnica de la pregunta antídoto, aunque hablemos la misma lengua del agresor y entendamos todas y cada una de sus palabras, actuamos como si no estuviéramos seguros de lo que dice o de lo que quiso decir. Como si nos hablara en un extraño dialecto que no terminamos de comprender. La mayoría de las agresiones contienen términos como estúpido, tonto, torpe, bruto, cretino, lerdo o majadero, calificativos como ladrón, engreído, inculto, pretencioso, fanfarrón, cabeciduro, insolente, arrogante, sin contar las que vienen recargadas con ofensas para algún ser querido o

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palabras de fuerte calibre o expresiones humillantes como tu idea es anticuada, no tienes ni idea, es un proyecto aburrido, no podrás entender nunca o esto es una porquería. No resulta nada agradable que nos traten de esa manera y lo ideal consiste en poner fin a esos términos que nos hacen sentir tan mal, lo que es más fácil de lo que parece. Se trata de devolver los dardos hirientes, las palabras envenenadas, en forma de pregunta, con el ánimo de cuestionar lo que nos causa dolor: ¿A qué te refieres con estúpido?, ¿Para ti qué es ser inculto?, ¿Cómo explicarías eso de fanfarrón?, ¿Qué entiendes por anticuado?, ¿Cómo definirías lo que es tener idea?, ¿Para ti qué es porquería?... Mientras el otro intenta dar sentido a lo que ha expresado, nosotros quedamos en un puesto de doble ventaja: por un lado ponemos al agresor a razonar su comentario, dándole la oportunidad de argumentar para que demuestre si lo que ha dicho tiene algún fundamento objetivo o se trata de una simple provocación, mientras generamos una pausa en la comunicación y ganamos tiempo para poner en orden nuestras ideas y establecer nuestro comportamiento. En ningún caso se trata de agredir con nuestra pregunta. Es por ello por lo que el tono y la actitud general de esta, son los mismos que utilizaríamos para cuestionar a un extranjero que nos encontramos en un aeropuerto, que habla otro idioma, al que se le perdieron sus documentos y equipaje y al que queremos ayudar. En este caso nos hacemos los locos y actuamos como si no comprendiéramos de qué nos habla el agresor. A fin de cuentas quién puede profundizar seriamente en conceptos como fanfarrón, inculto, porquería o anticuado, quién puede explicar conceptos tan vagos como lugar común, el colmo de la estupidez, retrasado mental o mal gusto, o entrar en detalles, con perdón de ustedes, para explicar fuera de contexto lo que es un malparido, un huevón o un hijo de puta. De repente lo pueden hacer un catedrático, un filósofo o un

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académico, pero tendrán que esforzarse demasiado para endilgarnos esas expresiones. Ante una mordedura de serpiente, se aplica un antídoto elaborado con base en el mismo veneno. Ante los dardos de nuestro interlocutor, utilizamos sus palabras envenenadas como antídoto para bloquearlo o por lo menos para contenerlo. El agresor quedará al descubierto si responde a nuestras preguntas con simples generalidades o con argumentos poco concretos y subjetivos. Entonces, podemos seguir aplicando el antídoto sobre cada cosa que vaya diciendo, así ya no sean agresiones, hasta que el otro se mejore de su fatídico mal y podamos seguir adelante con lo que sea, pasando por encima de las objeciones poco oportunas del contrario. Las preguntas reiteradas ayudan a mantener el control de la situación y nos permiten encontrar serenidad en medio de un ambiente hostil. En el juego de hacernos los locos, bloqueamos nuestra capacidad de entendimiento y en consecuencia no es necesario que nos defendamos de nada. Si adoptamos el papel de abogados defensores, le estaremos informando al otro que sus dardos envenenados han hecho efecto y que estamos listos para bailar con él su macabra danza de guerra. Las preguntas antídoto nos permiten salir de la situación de inferioridad y poner nuestras condiciones. Los expertos en manejar conflictos, entrenar personal en las empresas, elevar el nivel de conciencia de una colectividad o tratar a personas con ciertas actitudes y patologías mentales, conocen a la perfección todo lo que pueden lograr solo con preguntas. Hacen desde preguntas fenomenológicas como ¿qué está pasando?, o ¿cómo te sientes?, hasta preguntas más interpretativas como ¿no será que haces esto para pedir que te pongan atención?, o ¿cómo estás agrediendo con eso?... Preguntar es una excelente forma de llevar la atención de la persona a un lugar determinado para la toma de conciencia y

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posterior cambio. Así, los encargados de recoger adeptos para ciertas sectas políticas o religiosas son entrenados en el arte de preguntar para manipular la mente de los posibles sectarios y dominan por completo cualquier conversación con base en cuestionamientos. Nunca responden, solo preguntan. Y cuando se ven sin salida, surge una nueva pregunta que desvía el tema anterior. De esta manera confunden al otro y hacen con el lo que quieran. Porque estas cosas suceden, debemos estar preparados para que nuestro interlocutor, apabullado por el interrogante que le formulamos, intente cambiar el rumbo de la conversación. Entonces le podríamos hacer una nueva pregunta como: ¿No le interesa lo que estábamos hablando?, ¿Acaso mi pregunta le molestó?, o ¿Sabe lo importante que es para mí la pregunta que le hice? Las preguntas antídoto son dardos certeros que llegan al fondo de la otra persona. Después de ellas la reestructuración interna cognitiva, emocional y corporal es inevitable. La técnica tiene fundamento en la mayéutica, un método filosófico puesto en práctica por Sócrates, quien abrumaba al discípulo con preguntas y preguntas hasta que este, muchas veces agotado, encontraba su verdadera solución. No tiene nada de extraño que pidamos explicaciones o que hagamos preguntas, así el atacante disfrace la ironía de su violencia con alguna máscara de amabilidad como "quiero hacerle una sugerencia" o "voy a hacerle una crítica constructiva". Esto solo quiere decir "¡Téngase fuerte porque lo voy a destrozar, imbécil!". La crítica, sin ponerle apellido de constructiva o destructiva, es útil, importante y necesaria. Puede ser una gran ayuda para nuestro crecimiento y aprendizaje. Pero no podemos permitir que se convierta en una herramienta para insultarnos o humillarnos. La crítica se debe referir a un hecho concreto y no a generalidades. Es muy distinto condenar a un niño con la expresión "¡Eres un egoísta!", a detenerse por un momento y explicarle: "Te portaste como un egoísta cuando no le prestaste

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el balón a tu amigo". Uno no es un imbécil porque sí. Lo es porque hizo o dejó de hacer esto o aquello. En consecuencia, el otro tendrá que explicarnos qué entiende por imbécil, cuándo se es y no se es imbécil, quién determina que alguien lo es, dónde radica la imbecilidad, es algo temporal o permanente..., en fin, que se enrede intentando justificar lo que ha dicho o que se quede callado. Hay algunas situaciones en las que es mejor olvidarse de la pregunta antídoto porque el remedio podría resultar peor que la enfermedad. En ciertos eventos públicos, por ejemplo, es muy normal que algún agresor espontáneo quiera llamar la atención de los demás, hacerse el importante o buscar un minuto de fama. A estos individuos no debe hacérseles la corte y hay que sacarlos del juego con un simple "permítame que termine". Allí es muy posible que otros, en su afán morboso de ponerle emoción al momento, se conviertan en defensores del agresor y pidan a gritos que le permitamos hablar a ese pobre sujeto, porque "él también tiene derechos". Entonces deberemos mantenernos en nuestra posición, los miraremos a todos con serenidad y seguridad, y expresaremos un "Estoy de acuerdo con ustedes. Solo le he pedido que me permita terminar. Él podrá hablar más adelante". Y sin más, intentemos seguir en lo nuestro. Si apenas concluyamos nos queremos quedar para escuchar al patán, es problema de cada cual. Yo no lo haría y me escabulliría con cualquier disculpa más o menos creíble como una cita médica, una urgencia estomacal o un compromiso forzoso, aunque en el fondo de mi alma me encantaría decirle, sin ánimo de ofender, que tengo una cita con su querida madrecita. El refrán incoherente Esta es, sin dudas, una de las técnicas más difundidas para defenderse de un ataque verbal. Es muy sencilla y confiable si

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se maneja con cuidado. Se trata de responder a la ofensa con un refrán que está fuera de contexto para obligar al agresor a buscarle un sentido a la respuesta, desconcertarlo y sacarlo del juego. La efectividad de esta técnica radica en un principio básico de la comunicación, que se fundamenta en que todo lo que se dice tiene algún sentido. Cuando alguien nos habla, si nos interesa lo que dice, nuestro cerebro se las arregla para hacer un esfuerzo, darles sentido a las palabras y poder entender el enunciado. La especialista en esta materia Bárbara Berckhan, en su libro Cómo defenderse de los ataques verbales, explica que el agresor espera que respondamos a sus ataques de manera coherente, pero que si lo introducimos en un enigma en el que se ve obligado a indagar el significado de lo dicho, lo habremos mandado al desierto, pues "el automatismo cerebral para buscar el sentido a las palabras es infalible". Asegura Berckhan que "un refrán inadecuado será toda una provocación para la gente que quiere mostrarse lista, lógica y racional. Las respuestas inteligentes necesitan un tiempo de maduración que, en cambio, no se precisa para lanzar un burdo ataque. Por eso el agresor es más rápido y un comentario insolente puede arrollar, literalmente, a las personas reflexivas". Podemos usar el refrán incoherente siempre y cuando, por cualquier motivo, queramos o debamos dejar a un lado la discusión objetiva. En caso contrario, cuando deseamos argumentar, utilizaremos este medio para advertirle al otro que con el ataque no llegará con nosotros a ninguna parte y, aprovechando su confusión, haremos lo que nos provoque. Vamos a suponer que el atacante nos dice: "Usted no es más que un presumido que siempre quiere dárselas de importante". Entonces, lo miraremos con cierto halo de misterio y le responderemos con algo así como: "Más vale pájaro en mano, que cientos volando" u otros menos conocidos como

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"Llover sobre mojado, mil veces ha pasado", "La suerte es loca y a cualquiera le toca", "Comer sin apetito, hace daño y es delito", "Como la noche al día, el pesar a la alegría". El otro quedará despistado por completo. De todas maneras, esta técnica nos expone a dos riesgos: el primero es que no encontremos el refrán incoherente "apropiado" a la velocidad necesaria. El otro es que, habiendo encontrado uno, a este se le pueda dar algún sentido que le proporcione más armas al agresor. Estuve repasando algunos refranes y me encontré que en buena parte de los casos, los refranes se pueden convertir en un bumerán. Expresiones como "A palabras necias, oídos sordos", "Agua que no has de beber, déjala correr" o "Somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras", se podrían entender como "no tengo por qué escucharte, pues todo lo que dices son tonterías". Hay otros como "El ladrón juzga por su condición", "Dios le da pan al que no tiene dientes", "La suerte de la fea, la bonita la desea", "Quien a hierro mata a hierro muere", "Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces", "Perro que ladra no muerde", "De sabio hace gala quien no sabe de nada", "Por la boca muere el pez" o "Del hombre bruto, no sale ningún fruto", que podrían sonar a insulto y nos conducirían a la espantosa guerra que queríamos evitar. Del mismo modo, son muchos los refranes que terminan dándole la razón al antagonista, como "Cada uno puede hacer de su capa un sayo", "No hay mal que por bien no venga", "Cuando el río suena, piedras lleva", "Piensa mal y acertarás", "Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza", "Corazón codicioso, no tiene reposo", "Mala hierba nunca muere" o "Preferible ser cabeza de ratón que cola de león". También los hay que terminan convirtiéndose en un reclamo para el contrincante, como aquello de "A un clavo ardiendo se agarra el que se está hundiendo", "De la abundancia del corazón, habla la boca", "Bien sabe el asno en que casa rebuzna", "Mal de muchos, consuelo de tontos" o "A río revuelto, ganancia de pescadores".

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Otros suenan a disculpa como aquellos de "Nadie es profeta en su tierra" o "Caras vemos, corazones no sabemos"... En fin, la lista es larga. Ante el riesgo, Bárbara Berckhan propone que hagamos el juego de convertir dos refranes en uno: "A Dios rogando, que tengo prisa", "En casa de herrero, cientos volando", "No por mucho madrugar, poco aprieta"... Al parecer, la señora Berckhan nunca oyó hablar del famoso comediante mexicano Roberto Gómez Bolaños, creador e intérprete del genial y popular personaje del Chapulín Colorado, quien solía repetir con mucha gracia y frecuencia estos refranes disparejos. En mi caso personal, como no quiero pasar como simpático ante ningún agresor, prefiero no hacerlo. Estoy seguro de que terminaría siendo el hazmerreír del otro o, dicho de otra forma, sería más grave el remedio que la enfermedad. Dándole vueltas al asunto, he encontrado una salida que, además de divertida, funciona a la perfección a la hora de dejar desarmado a un atacante verbal, en público o en privado. Y ojalá sea en público para que el impacto sea mayor. Para explicarla y ponernos en contexto, permítanme contarles una breve historia: Un día cualquiera de 1929, los geniales Salvador Dalí y Luis Buñuel resolvieron juntar sus talentos para producir, gracias a un presupuesto de 25.000 pesetas que aportó la madre de Buñuel, un cortometraje de diecisiete minutos, mudo, que transgrediera todos los esquemas, agresivo, que expresara muchas cosas y ninguna. Les tomó quince días engendrar Un perro andaluz, considerada la película más significativa del cine surrealista. La trama, que no la hay, nace de un sueño de Dalí en el que veía hormigas que pululaban en sus manos y otro de Buñuel en el que fantaseó con una navaja que seccionaba un ojo humano. Dalí y Buñuel sabían muy bien que la película no pasaba de ser una broma y que no decía nada. Pero tratándose de semejantes figuras, se anunció con bombos y platillos su estreno

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para el 6 de junio de 1929 en el cine Studio des Ursulines de París, Francia, con la presencia de los dos personajes. Temerosos de la reacción del público, ambos convinieron en asistir a la sala con los bolsillos de sus gabardinas repletos de piedras, para defenderse en caso de ser agredidos. Finalizada la proyección, nadie había entendido de qué se trataba, pero ninguno se atrevía a expresarlo para no pasar por ignorante o por bruto. Entonces, para sorpresa de Buñuel y de Dalí, los espectadores se pusieron de pies y ovacionaron la película. A partir de ese momento, los críticos esculcaban el contenido del cortometraje para explicarlo y alabarlo. Un perro andaluz se exhibió durante nueve meses en el Studio 28 de París, con llenos totales, y aún hoy sigue causando el mismo efecto entre los "expertos" del mundo entero, que han gastado mares de tinta para interpretar algo que desde el principio se sabía que no decía nada. Utilizando la técnica del refrán incoherente, usted y yo vamos a obtener los mismos resultados frente a un agresor verbal y ni siquiera tendremos necesidad de llenar nuestros bolsillos de piedras para defendernos. El otro no se expondrá a decir que no entiende para no pasar por mentecato. No obstante, como la ignorancia es atrevida, de repente el otro se atreve a decir algo. No nos preocupemos que también hay salida. Usted puede inventarse sus propios refranes incoherentes. Basta con tomar dos palabras que rimen y armar con ellas unas sentencias cortas que, aun pareciendo que digan algo, en el fondo no digan nada. Es decir, escogemos caprichosamente una palabra como "puertas" y buscamos una que rime con ella. A mí se me ocurre "vueltas". Esto es igual que las hormigas en la mano de Dalí y la navaja en el ojo de Buñuel. Entonces digo alguna tontería como "casa de dos puertas". Luego, con la otra palabra creo aisladamente "nudo con más vueltas". Y acabo de inventar un refrán que es una verdadera genialidad: "Casa con dos puertas, será nudo con más vueltas". Así como este, usted

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puede crear los que quiera y aprenderse uno o dos para utilizarlos a la hora de responderle a un agresor. Yo he "creado" algunos que le podrían servir. Eso sí, por favor, no se pare a aplaudirme. Soy consciente de que, aunque parezcan contener una profundidad filosófica inconmensurable, aquí no dice nada. • Del viento a la ventana, cae el día en la mañana. • Cuando el verano se inicia, tiene el olmo la malicia. • A la hora de la luz, esconde la cabeza el avestruz. • Antes de mil años, verán la luz los castaños. • De gaviota que no vuela, nace el nieto de la abuela. • Si el limonero no florece, la mar de noche se crece. • Lobo ansioso en primavera, viene la luna y espera. • Quien va por agua al río, espera el dulce rocío. • Haciendo y deshaciendo, el otoño va creciendo. • De la miel y la dulzura, el hambre ajena en la basura. • Del oro lo reluciente, lleva en alto la frente. • Queda mucho por hacer, puede el sol amanecer. • De lo que dura y perdura, de las frutas la madura. • Servida está la comida, la víspera ya está dormida. • Cuando el alma no tiene prisa, el hambre se idealiza. • Donde el pie camina, el sauce se inclina. • Cuando todo se hierve, por el monte corre la liebre. • Desde enero hasta febrero, se cuece el tomate entero. • No se muere ni se nace, al saber cómo se hace. • De los niños los juegos, de los viejos los ruegos. • La noche conduce al día, del árbol caído la alegría.

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• Del consejo y el panal, no hay aguja ni dedal. De repente, al agresor solo le quedará una salida: preguntar por el sentido de nuestra respuesta. Allí aprovechamos para acentuar nuestro halo de misterio y animarlo a que lo medite y lo averigüe con tranquilidad. Si el personaje resulta terco, podremos doblarle la dosis y despacharle un segundo refrán que, supuestamente, amplía el concepto del inicial. El agresor se romperá la cabeza buscándole lógica a lo dicho, pues no podrá concebir que ante "su grandeza", le hayamos salido con una sentencia prefabricada y vacía. Un exministro de Estado al que asesoré durante un tiempo en estas lides de la comunicación, fue buscado después de unos días por una universitaria agresora a la que el se quitó de encima con un refrán incoherente. Le explicó que había estado profundizando en lo que él le había contestado y que tenía una serie de conclusiones, las cuales expuso a sus anchas mientras él escuchaba complacido, para deducir que ella había malinterpretado su sentencia y aconsejarle que siguiera recapacitando. La mujer no volvió a aparecer. Ad libitum La expresión en latín ad libitum se traduce como "libremente" y en este caso la usamos para denominar una de las técnicas más demoledoras para detener a un agresor. Se parece bastante a la técnica de la frase incoherente pero tiene la gracia y la ventaja de ser en latín, lo que le da un toque especial de enorme sabiduría, imponente profundidad y gran cultura. La idea consiste en que inmediatamente después de una agresión digamos "libremente" una frase cualquiera en esa lengua muerta, en la certeza de que Quidquid latine dictum sit, altum videtur, es decir, cualquier cosa que se diga en latín, suena más profunda.

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Cuentan que el general y cónsul romano Julio César, en el año 47 a. C., al dirigirse al Senado romano, utilizó la frase Veni, vidi, vici para describir su victoria tras la batalla de Zela, en la que derrotó al rey del Ponto. La simple expresión se traduce como "Llegué, vi y vencí" y hoy por hoy se utiliza para significar la rapidez con la que se hace algo con éxito. Con el perdón de ustedes y del espíritu de Julio César, la única gracia de la frase es que fue dicha en latín. Si un ama de casa regresa del supermercado y le dice a su esposo "fui a hacer las compras y compré", o viene de la iglesia y dice "fui a rezar y recé", el hombre ni le pondrá atención, ni mucho menos la frase será registrada en los libros de historia. La frase Veni, vidi, vici es una tontería tan grande como "fui a la fiesta y me divertí", "fui a trabajar y ya volví" o "almorcé y ya no tengo hambre", pero fue dicha ad libitum por Julio César, en latín, para evitarse un gran discurso y le quedó perfecta. De hecho, aún hoy muchos analizan la frase con lupa, tejiendo la destreza militar de César con la guerra civil contra Pompeyo en la que se encontraba inmerso en ese momento y el desdén con el que el líder veía al Senado, que representaba el grupo más poderoso de la república romana. Nosotros vamos a hacer lo mismo ad libitum, es decir, vamos a utilizar libremente una frase en latín, la que sea, para dejar perdido al enemigo, pensando en lo que significa nuestra profunda reflexión y cómo se relaciona con la ofensa que nos ha hecho. Para tal efecto, he seleccionado algunas expresiones que podrían ser de enorme utilidad a la hora de "ir, decir y vencer". • De nihilo nihilum: "De la nada, nada puede salir". • Et lux in tenebris lucet: "Y la luz brilla en las tinieblas". • Non semper ea sunt quae videntur: "No siempre las cosas son lo que parecen". • Acta est fabula: "La historia se ha terminado" o "Esto fue una fábula".

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• Bene curris, sed extra vium: "Corres bien, pero por el camino equivocado". • Possunt quia posse videntur: "Pueden, porque creen poder" o "Querer es poder". • Homines, dum docent discunt: "Los hombres aprenden mientras enseñan". • Homo homini lupus est: "El hombre es un lobo para el hombre". • Magis esse quam videri oportet: "Mas importa ser que parecer". • Ad astra per aspera: "Hacia los astros a través de lo áspero". Se puede llegar a lo bueno a través de lo desagradable. • Nosce te ipsum: "Conócete a ti mismo". • Veritas odium parit: "La verdad engendra odio". • Operibus credita et non verbis: "Cree en las acciones y no en las palabras". • Post nubila, Phoebus: "Después de las nubes, sale el sol" o "Después de la tempestad, viene la calma". • Quare lumen Dei post materia, non gentes: "Busca la luz de Dios a través de las cosas, no de la gente". • Contraria contrariis curantur: "Las cosas contrarias —las enfermedades— se curan con sus contrarios". • Qui seminat iniquitatem, metet mala: "Quien siembra la iniquidad, recoge calamidades" o "Quien siembra vientos, recoge tempestades". • Sint ut sunt aut non sint: "Que sean como son o que no sean". • Veritas filia temporis: "La verdad es hija del tiempo". • Ex umbra in solem: "De la sombra a la luz".

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• Vanitas vanitatum et omnia vanitas: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad". • De gustibus et coloribus non disputandum: "Los gustos y los colores no se discuten". Google tiene un poderoso traductor al que se accede desde la barra de herramientas de su página principal. Allí podemos seleccionar una increíble variedad de idiomas desde y hacia los cuales traducir lo que se nos antoje. Lo más increíble es que traduce al latín, una lengua llamada "muerta". De manera que podemos escribir la frase que queramos y hacer que Google se encargue del resto. Pero eso no es todo, el traductor incluye la útil posibilidad de escuchar la pronunciación correcta. Todo lo que debemos hacer es aprendernos la frase y tenerla lista para cuando sea necesaria. Más de lo mismo Las intoxicaciones con alcohol metílico suelen contrarrestarse, clínicamente, con alcohol etílico, que disminuye la toxicidad del primero, bloqueando su metabolismo y permitiéndoles a los riñones su eliminación. Certeramente, las agresiones verbales crónicas suelen curarse con una sobredosis procesada de la misma agresión, lo que disminuye el efecto dañino sobre la víctima, inmovilizando al agresor y permitiéndole al intestino que haga su eliminación. La cotidianidad nos pone en contacto permanente con ciertos personajes que tienen la hermosa virtud de mortificar, la agradable cualidad de la imprudencia, el ingenioso talento para irrespetar y la graciosa habilidad para agredir. Basta con cruzarse con ellos para escucharlos decir "te estás como engordando". Si conocen nuestra profesión, sea la que fuere, siempre tendrán una oportunidad para decir con cierta ironía "ustedes los médicos..." y lo dejarán así, como para no mencionar algo vergonzoso que tienen los médicos, o los periodistas, o los policías, o los banqueros, o las modelos, y que

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solo ellos saben. Basta con que consigamos algo, un ascenso, un auto nuevo, una pareja, lo que sea, para que escupan alguna frase que sugiera que lo conseguimos sin ningún esfuerzo: "es que con esas piernas...", "usted con esos amigos...", "lo bueno de tener influencias...". Solucionar el problema con estos sujetos es más fácil de lo que uno se podría imaginar. Basta con decir lo mismo que el otro ha dicho, pero en versión superlativa. Ataque: "te estás como engordando". Respuesta: "voy divinamente hacia la meta de trescientas libras". Ataque: "ustedes los abogados...". Respuesta: "somos unas ratas asquerosas". Ataque: "es que con esas piernas...". Respuesta: "Las tetas y el culo también ayudan"... De esta forma les estaremos dando a los agresores el demoledor mensaje de que sus ataques no surten en nosotros el efecto pretendido y, sin más, tendrán que irse a mortificar a otra parte. Un sorprendente número de escenas que vemos a diario en la televisión o en el cine, que tanto nos entretienen, y que normalmente consideramos tan simpáticas o divertidas, son sutiles formas de ataques o contraataques verbales, insultos, amenazas y, en general, comentarios pesados. Así era antes y así es hoy. Lo hacían los Hermanos Marx y el Gordo y el Flaco y lo seguimos viendo en Seinfeld, Friends y El Chavo del Ocho. No obstante, nos asustamos cuando un niño con unos kilos de más, se convierte en el objetivo de sus compañeros de clase, que le repiten "bola de grasa", "balón de playa", "hijo de Barney" y mil cosas más. Si el niño reacciona con molestia, resistencia, o en son de pelea, los demás se matarán de la risa, como si estuvieran viendo un capítulo de su comedia preferida, habrán conseguido su objetivo y la situación se hará cada vez más insoportable. Lo que debemos enseñarle al niño es a responder con más de lo mismo. Agresión: "Cómo estás de gordo". Respuesta: "Y lo que me falta por engordar". Agresión: "Bola de grasa". Respuesta: "Y de basura". Agresión: "Balón de playa". Respuesta: "Y de campeonato mundial". Agresión: "Hijo de Barney". Respuesta: "Y hermano de los tres cerditos"... Con

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certeza absoluta, el juego para los agresores perderá la gracia, porque no les funciona como en la televisión y, aburridos, se batirán en retirada. Este procedimiento es altamente recomendable para usarlo frente a personas con las que, por cualquier circunstancia, debemos mantener una relación cordial. Un poquito de hipocresía, en aras de una convivencia pacífica, no le hace mal a nadie. Actuar de esta manera, dándole al antagonista más de lo mismo, tiene muchas ventajas. La más importante, sin dudas, es que reaccionamos sin involucrarnos en una pelea estéril, al mismo tiempo que minimizamos el impacto doloroso que los dardos causan en nuestra humanidad. La ejecución es simple, limpia, pacífica, mantiene en armonía nuestro estado emocional y, ante todo, nos ahorra quedarnos con la rabia, simplificando la vida sin trastocar nuestros planes. A fin de cuentas ni usted ni yo tenemos como oficio esperar que alguien nos ofenda para ver cómo le respondemos. Siempre tendremos cosas más importantes que hacer. La técnica es tan efectiva que en alguna oportunidad vi al célebre mago español Juan Tamariz utilizándola por anticipado. En medio de alguna de sus divertidas y sorprendentes rutinas, en las que hablaba a razón de mil palabras por segundo, se le salió alguna tontería de esas que le sirven de punzón a los agresores para destrozar a los demás. De inmediato, Tamariz cambió el tono de su voz y dijo: "¡Qué bruto soy! ¡Cómo dije semejante cosa! Estoy tan mal del cerebro que si este juego llega a salir bien, hasta yo mismo me voy a aplaudir". ¿Si él mismo declaró lo bruto que era y lo mal que estaba del cerebro, qué necesidad tendrían los agresores de llamarlo bruto? Serían muy brutos. El dribling

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El reglamento del baloncesto define el dribling como la acción que realiza un jugador cuando, después de tomar posesión del balón, le da impulso palmeándolo con una mano contra el suelo, antes de que pase a otro jugador o de lanzarlo a la cesta. Para la ejecución de un buen dribling no se debe mirar el balón mientras se bota para poder conocer la ubicación de los contrarios y los compañeros. Como norma general, podemos decir que la posición básica del jugador que ejecuta el dribling consiste en mantener el cuerpo en perfecto equilibrio y control del mismo, para poder hacer con el balón lo que quiera. Algunos otros deportes tienen el dribling como una de sus más emocionantes maniobras. Los fanáticos del fútbol lo consideran la verdadera muestra de las condiciones de un jugador. No solo es una simple maniobra individual, sino que puede ayudar a abrir defensas y atraer marcas rivales para que un compañero se pueda desmarcar. Se considera una muestra de inteligencia y de saber leer las jugadas. Es por ello por lo que algunos llaman "jugadores inteligentes" a aquellos que saben hacerlo. El jugador que domina la técnica del dribling, estará en clara ventaja sobre sus rivales y será muy difícil marcarlo y neutralizarlo ya que posee un gran dominio de la pelota y genera grandes inconvenientes a las defensas adversarias. En el arte de salir airosos de un ataque verbal, saber driblar puede ser de gran importancia. Se trata de recibir la pelota, es decir, la ofensa, y manteniéndonos en equilibrio y control, enviarla a otra parte. Esto es: cambiar de tema olímpicamente. Sea que los estén agrediendo o no, los políticos curtidos son verdaderos maestros en la técnica del dribling o cambio de tema. Lo hacen para evadir los temas que por algún motivo no les interesa tratar y, aunque pareciera que están centrados, en realidad están desviando la atención a otro punto. Los magos profesionales utilizan un procedimiento muy particular llamado misdirection, que no es otra cosa que el arte

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de hacer que el espectador mire a donde ellos quieren, para que veamos lo que ellos quieren que veamos. Es, en suma, la acción de dirigir la atención del público sobre un objeto o evento, para que este se confunda y se pierda, mientras en otro punto se realiza la acción secreta que finalmente nos sorprenderá a todos. Cambiar el tema, hacer dribling, o aplicar la misdirection, resulta una táctica bastante útil cuando no deseamos o no nos conviene entrar en el juego de un agresor verbal. Entonces, una vez recibido el insulto, simplemente hablamos de otra cosa como el estado del tiempo, tal o cual programa de televisión, la noticia de moda o algo que nos sucedió el otro día cuando salimos de casa. Si estamos en medio de una conversación que nos interesa, como una negociación o una junta de trabajo en la que es necesario avanzar en el tratamiento de algún asunto en particular, bastará con regresar al lugar donde la charla perdió su curso, es decir, donde intentaron quitarnos el balón. Sin tener necesidad de centrarnos en el ataque del que hemos sido víctimas, el agresor recibirá muchos mensajes al mismo tiempo: "No me importa lo que dices", "No hay tiempo para perder", "Este no es el momento", "Eres inoportuno", "No me interesa escuchar tus sandeces", "Esa no es la forma de expresar lo que piensas"... y lo más importante: "¡No puedes conmigo!". Al tener la pelota en nuestras manos, cuanto más inesperado sea el rumbo hacia el que la desviemos, mejor. Cuanto más insignificante y trivial sea el tema que escojamos, más emocionante será la jugada. Así le estaremos demostrando al otro que sus palabras no nos afectan en lo más mínimo y que renunciamos irrevocablemente a defendernos, justificarnos o contraatacar. En consecuencia, cualquier tema es válido en el dribling: el costo de la vida, la lluvia, el olor del queso roquefort, los adornos de Navidad, el color de la pared, la repetición de las comedias en televisión, el canto de los pájaros,

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el precio de la gasolina, las bicicletas en China o los huevos del gallo. Nosotros decidimos a donde mandar la pelota. Con todo lo anterior estamos imponiendo un derecho: si el otro puede sugerir un tema, nosotros también. Que yo sepa no existe ninguna ley en el mundo, ni siquiera en los países más totalitarios y sometidos por las más absurdas tiranías, que nos obligue a mantenernos en la conversación que otro sugiere. De manera que usted y yo decidimos de qué nos gustaría hablar. En todo caso, debemos resistir la dulce tentación de responder con una nueva agresión o de escoger el nuevo tema con la idea de ofenderlo. Es decir, no podemos hablar del fastidioso olor del queso roquefort como sugiriendo que el contrincante huele a algo parecido. Ahora bien, el agresor puede insistir en su ataque. Ya sabemos que lo peor que le puede suceder es que lo ignoremos. Entonces, nosotros seguimos en las mismas: la testarudez solo puede ser combatida con testarudez. Podemos proponer un nuevo tema de conversación, sin importar si conecta o no con el anterior. También es factible que el testarudo, al sentirse ignorado, diga algo así como "te estás yendo por la tangente". Es verdad, y estamos en todo nuestro derecho, y no tenemos obligación de justificarnos, y es lo que queremos hacer. Para ciertas personas educadas en lo que es políticamente correcto y que se ciñen a unas rígidas normas de convivencia y comportamiento social, resulta muy difícil hacer el dribling y desviar el tema de conversación, porque les parece poco cortés y nada elegante. Poseen la virtud de saber escuchar, así sean tonterías, tienen la mejor disposición para entender a los demás y piensan que, en todos los casos, resulta preferible un diálogo constructivo. Por ello, son capaces de seguir adelante con una conversación, aun cuando todo parece marchar en su contra, porque es una "grosería" desatender al otro. Si usted pertenece a este grupo de seres humanos maravillosos, ha llegado el momento de hacer valer esa supremacía y, así como el otro,

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hacer respetar el derecho que tiene a cambiar de tema, así sea tan trivial como los que solemos tratar el resto de los mortales. Guarde su elegancia, su ingenio, su cortesía, sus estudios, su glamour, sus razonamientos deductivos y su cultura, para personas y ocasiones que realmente valgan la pena. En el otro extremo de la cuerda se hallan los combativos, que no pasan ni una y que, sea como fuere, están dispuestos a ir hasta las últimas consecuencias. Sienten que no dar la pelea es lo mismo que permitirle al otro que se luzca. Si bien, la gente batalladora y entusiasta es de admirar, resulta importante saber que tenemos el derecho a elegir y que si elegimos exaltarnos por cada comentario, indirecta, broma, impertinencia o agresión de los demás, andaríamos a todo instante de pelea con la vida, lo que no debe ser muy agradable. La única salida es aprender a mirar hacia otro lado y hacer el dribling sin consumir nuestras energías en algo que al final no vale la pena. ¿Y...? Llegamos a uno de los más deliciosos pasatiempos en la habilidad de responder a una agresión verbal. Es fantástico ver la cara de los otros cuando se les desmorona la ofensa y se les acaban los argumentos. Se trata de hacer una gigantesca pregunta, contundente y concluyente, que se reduce a un simple: ¿y...? Usted seguramente habrá conocido a alguien que para cualquier dolencia nos diagnostica un vaso de agua. Si alguien se desmaya, le duele de cabeza, se siente cansado, está angustiado, pasó por un buen susto, tiene un ataque de ira, de celos o de nervios, sufrió un accidente, lo que sea, ese alguien dirá de inmediato: "¡tómate un vaso de agua!". Muchos tienen en el vaso de agua la panacea para todos los males. Es su botiquín básico y primario de primeros auxilios. Pues tengo que decirles que la elemental pregunta ¿y...?, es el vaso de agua para todas las agresiones verbales.

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Ese ¿y...?, dependiendo del tono e inflexión de voz que usemos y de la gestualidad corporal y facial con que lo adornemos, solo tendrá siete maneras de ser interpretado: 1. ¿Y si así fuera a usted qué le importa o en qué lo afecta? 2. ¿Y eso es todo lo que tiene que decir o le falta algo? 3. ¿Y siendo así, no hay nada qué hacer? 4. ¿Y mire quién lo dice? 5. ¿Y usted cree que eso me afecta en lo más mínimo? 6. ¿Y cuál es el motivo para meternos en ese tema? 7. ¿Y a partir de ahora, con todo tan claro, qué vamos a hacer? Las siete se resumen en el simple "¿y qué?", y su uso es devastador cuando lo convertimos en el elocuente ¿y...? A partir de aquí, todo depende de las circunstancias y del interlocutor. Vamos a suponer que el desconocido conductor de un vehículo está muy disgustado porque hemos invadido su carril y nos grita: "¡Fíjese en lo que hace, estúpido!". A lo que podemos responder con un altanero ¿y...?, y seguir de largo sin que medie ninguna otra palabra. Ahora supongamos que nuestro jefe nos dice: "¡Fíjese en lo que hace, estúpido!". Es la misma agresión, pero las circunstancias y el interlocutor son distintos. Después de hacer semejante pregunta, aunque la hagamos en un tono nada retador, no podemos seguir de largo como si no hubiéramos dicho nada. En menos de cinco minutos tendríamos una linda carta con algo así como: "Y está despedido". En este caso, el jefe podría replicar intentando solucionar alguno de los siete interrogantes planteados atrás, con lo que habremos logrado de una nuestro objetivo de atajar la agresión. La otra opción que le queda al jefe es preguntar: "¿Y qué de qué?". Entonces, repetiremos nuestra pregunta como si no hubiéramos entendido el tamaño del despropósito, sin sonar retadores o provocadores. Con el otro entretenido, nos

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tomaremos un aire para ampliar o explicar, si queremos y si sentimos que vale la pena, el sentido de nuestra dura pregunta, con la que habremos dejado claro que no estamos dispuestos a dejarnos ofender. Afortunadamente no todas las circunstancias son tan extremas como la que acabamos de plantear con ese jefe que, dicho sea de paso, se merece algo más que un simple ¿y...?, y debe ser denunciado por trato indebido ante sus superiores, que siempre los hay, o ante los jueces. La mayoría de las veces las agresiones vienen de personas a las que conocemos o que por lo menos logramos identificar. Es el vecino, el compañero de estudios o de trabajo, los amigos, los colegas, los clientes, los socios... En ningún caso, será alguien con quien haya una relación afectiva, como la pareja, los amigos o los hijos. Una agresión que venga de ellos no sería más que el resultado de un momento de irritabilidad o, en el mayor de los casos, una broma intrascendente que para alguien podría sonar humillante. En ambos casos habrá que dejarla pasar y, si es necesario y justo, ya habrá el momento oportuno para hablarlo con calma y expresar nuestros sentimientos. Si usted tiene "amigos" que siempre lo están ofendiendo, considere la opción de hacerlos a un lado. Así mismo, si usted se siente ofendido por cualquier chiste, son ellos los que se irán apartando. No podemos andar por este mundo con un delirio de persecución, a la defensiva, imaginando que todos están contra nosotros y listos para atacarnos. Semejante paranoia no es más que el reflejo de un gran vacío interior que requiere la constante atención y aprobación de los demás. Los que así actúan, son personas que han perdido la capacidad de ponerse en el lugar del otro, desean ser amados pero no aman, ven y analizan todo a su alrededor de forma negativa y pesimista, no aceptan la posibilidad de ser vulnerables y de pedir ayuda, son envidiosos por naturaleza y por proyección están convencidos de que los otros también lo somos, manipulan y mienten con tal de satisfacer sus deseos reprimidos, falsean sus afectos y su capacidad de confianza, buscan irradiar una imagen de

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superioridad y seguridad que en el fondo es muy vulnerable y, para rematar, se ofenden por todo, esperando que el resto de la humanidad adivine la forma en que quieren ser tratados, mirados y atendidos. Así que no quisiera ver a estos personajes amenazando al planeta con su ¿y...?, e intimidándonos a todos con su mente desequilibrada. La ¿y...? es simplemente un procedimiento rápido, fácil y efectivo para contener un ataque y evitar un choque de trenes. No se trata de iniciar la tercera guerra mundial. Cuando seamos cuestionados por lo que significa nuestra ¿y...?, podemos mirar al otro como sugiriéndole, sin expresarlo verbalmente, que su torpeza no le alcanza siquiera para entender una pregunta tan fácil, al mismo tiempo que insistimos en nuestra ¿y...?, con el tonillo y los gestos adecuados. Lo demás, vendrá por añadidura. Al final, la pregunta también aplica para cada uno de nosotros: ¿y...? ¿En qué cambia realmente lo que somos y lo que valemos con lo que digan los demás, así lo hayan dicho de manera impropia? La pantomima La pantomima es el arte de los mimos, es decir, de los intérpretes teatrales que se valen de gestos y movimientos corporales para su actuación. Su fuerza radica en el imponente valor de la gestualidad y el poderío del silencio. En la estrategia de la pantomima no vamos a permitir que nuestro oponente pueda descifrar lo que estamos sintiendo, al mismo tiempo que lo confundimos y lo desactivamos. Nos vamos a convertir en los mejores actores del planeta. Algunos dirán que no tienen talento para ser actores y eso solo será una actuación más. Todos nacemos y morimos actores. Actuamos frente a nuestros padres cuando de niños queríamos conseguir algo de ellos, lo hacemos cuando desplegamos

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nuestras mejores formas para conquistar a alguien que nos atrae, a la hora de cerrar un negocio, lograr un empleo, hacernos los tontos cuando hemos cometido una falta, obtener un aumento de sueldo, captar la atención de otro, o simplemente, cuando sabemos que nos están mirando. Estamos actuando todo el tiempo. Ese talento natural lo vamos a usar para contener al agresor verbal de una manera muy simple y contundente, interpretando un rol cualquiera, el que se nos ocurra. Y cuanto más extraño, mejor. Bárbara Berckhan, en el mencionado libro Cómo defenderse de los ataques verbales, recomienda que "después del comentario insolente mire al agresor con los ojos muy abiertos, como si tuviera delante de usted a un extraterrestre. No pronuncie ni una sola palabra. Salude amablemente con la cabeza como si se cruzara con un viejo conocido. Tómese un respiro y observe al contrario con curiosidad, como si se tratara de un ser raro y exótico. Sonría sabiamente como si hubiera tenido una iluminación. Tome un papel y una lapicera y anote el comentario insolente. Haga sus ejercicios de respiración. Inspire profundo y espire muy lenta y notoriamente". Seguramente no tenemos la menor intención de guardar en nuestro diario el papelito en el que hemos tomado nota de la agresión para mostrársela a nuestros sobrinos. Con toda certeza no vemos al otro como un extraterrestre, sino como un miserable, y por esa misma razón, no quisiéramos saludarlo amablemente..., pero resulta que estamos actuando, nos estamos poniendo una máscara para que el otro no pueda ver lo que realmente sentimos, al mismo tiempo que lo estamos desarmando. Puede ser una actuación de un par de segundos, pero será fulminante, siempre y cuando no respondamos con otras agresiones como el dedo índice dando vueltas alrededor de la oreja para indicar que está loco, o como el puño cerrado mientras levantamos el dedo del medio. Recordemos que no se trata de responder agresión con agresión.

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En ningún caso, así el otro se muestre extrañado o pregunte qué queremos decir con nuestros gestos, tendremos por qué justificarnos o explicar lo que hemos actuado. Simplemente, una vez terminada la actuación, seguimos adelante con lo que hacíamos antes del paréntesis. ¿Cómo va a interpretar el otro nuestros gestos? Eso es problema de él. En psicología hay un efecto que se conoce como Clever Hans, según el cual, cada quien le da una interpretación diferente a los gestos. Clever Hans era el nombre de un caballo, propiedad del profesor de matemáticas alemán Wilhelm von Osten, por allá en el año 1900. El maestro decidió adiestrar el animal para que hiciera funciones matemáticas tales como sumar, restar, multiplicar o dividir. Le enseñó a dar la respuesta a las funciones mediante golpes de patas, de modo que si le preguntaba cuánto eran dos por tres, daba seis golpes con la pata. Pues bien, su adiestramiento fue un éxito, al punto que podía dar la hora, decir la fecha, leer y deletrear, entre otras cosas. En poco tiempo Clever Hans llegó a hacerse realmente famoso. Muchos pensaron que podría tratarse de un fraude y que el entrenador o alguien del público podría estar dándole las respuestas correctas, así que sometieron al caballo a varios experimentos para comprobar su autenticidad, de modo que quitaron al público, aislaron al caballo, reemplazaron al entrenador, cambiaron las preguntas, y sin embargo Clever Hans seguía dando respuestas satisfactorias, al menos hasta cierto momento, cuando una prueba reveló lo que realmente estaba ocurriendo: Clever Hans solo era capaz de dar la respuesta correcta cuando la persona que le hacía la pregunta sabía la respuesta. El caballo se servía del lenguaje corporal de las personas presentes para saber cuándo debía parar de dar golpes con la pata. Mediante la tensión muscular, el sostener el aire en los pulmones unos segundos, el levantar la cabeza, apretar los puños, sonreír, abrir los ojos un poco más de lo

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normal y otros gestos, las personas presentes le "decían" al caballo cuándo parar. El efecto Clever Hans fue probado con otros animales y también en humanos y dio resultados positivos en ambos casos, y lo más curioso es que esos gestos son mayormente involuntarios, algunas pruebas en las que las personas que sabían la respuesta intentaban ocultar o no mostrar gestos cuando la otra persona o animal llegaba a la respuesta correcta, evidenciaron que aun así eran reconocibles en la mayoría de ellos. Hoy se le da el nombre de efecto Clever Hans a la influencia que los gestos de un terapeuta puedan tener sobre las respuestas de su paciente. Ahora, imaginemos a nuestro agresor como Clever Hans, intentando descifrar nuestro comportamiento en la pantomima, perdido en este mundo, queriendo adivinar qué fue lo que allí sucedió... Responder con una pantomima no es más que ignorar al otro, al mismo tiempo que enmascaramos lo que realmente estamos sintiendo, para que el otro no pueda dar sus patadas como Clever Hans. Explican los expertos que una de las principales razones por las que alguien se vuelve un matón verbal es porque disfruta de las reacciones descontroladas de sus víctimas, gracias a que con ellas reafirma el supuesto poder que tiene sobre los demás. Si pasamos por alto a nuestro agresor, además de quitarle su "poder" y de hacerlo sentir muy mal, nos convertimos en objetivos muy aburridos y tendrá que irse a buscar su fuerza en otra caballeriza. La pedrada Todos recordamos seguramente el famoso relato de David y Goliat, según el cual, en medio del fragor de la batalla, de

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entre el ejército de los filisteos apareció Goliat y retó a los israelitas a resolver el conflicto mandando a su mejor hombre para que se enfrentara con él en una lucha de vida o muerte. Goliat, que según cuentas medía casi tres metros, se armó hasta los dientes con su armadura, una jabalina y una espada. Para enfrentarse con él, los israelitas mandaron a David, un joven y pequeño pastor, armado solo con cinco piedras y una honda. Lo demás es historia. Vamos a compartir las cinco pequeñas piedras que lanzaremos, una a una, al Goliat de la agresión. No siempre será necesario gastarlas todas, ni lanzarlas al mismo tiempo porque se pueden perder. Las piedras son: "Ahh", "Mmm", "Jm", "Vea" y "Ajá". Pero como en la historia de David y Goliat, el secreto está en la honda, es decir, en la forma de lanzarlas. La entonación apropiada, que solo podremos definir en el momento mismo del ataque, es lo que nos permitirá ser lo suficientemente cortantes para dar por terminada la contienda. Haga el ensayo de pronunciar estas expresiones: "Ahh", "Mmm", "Jm", "Vea" y "Ajá", en diferentes tonos, velocidades e intenciones y descubrirá el poder del arma que le acabo de entregar. A veces bastará con decir una sola de las cinco, otras se necesitarán dos, o cuatro. Usted podrá encontrar sus propias piedras que, como verá, deben ser muy pequeñas y elementales. Lo cierto es que se considera una herramienta muy poderosa y que no se requiere agregar más palabras ni dar más explicaciones. No se trata de hacer un discurso para el agresor, sino de dejarlo iniciado para que al sentirse perdido, haga como el escorpión y se inyecte su propio veneno. Sea cual fuere la táctica que usemos para ignorar al otro, resultará efectiva. Por un lado lo haremos sentir muy mal y por el otro nos simplificaremos la vida. En ningún caso se trata de reeducar al grosero y sacarlo de la experiencia convertido en san Francisco de Asís.

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Una pedrada bien lanzada nos pondrá en un territorio seguro y de ventaja de una manera fácil y ante todo, rápida. En ningún caso, la intención de este libro apunta a que usted se quede analizando los gestos y las palabras de su adversario durante horas, esperando la forma de cobrar venganza y planeando la estrategia para imponerle un castigo que lo haga llorar. Eso solo significaría que el otro logró atraparlo en su red, que entre ambos se ha establecido una conexión sadomasoquista, y que usted depende completamente de él. Yo no puedo hacer nada para solucionar el problema. Como dicen en televisión: consulte con su médico. Tampoco esperemos a que exista una próxima oportunidad para el desquite. Esta es la única oportunidad que tenemos para lanzar la pedrada, atajar el ataque e irnos a ver otros animales más interesantes en el zoológico. La asertividad Se califica como asertivo todo aquello que se siente, se piensa y se hace en positivo. Así pues, asertividad significa afirmación de la propia personalidad, confianza en sí mismo, autoestima, aplomo, fe en el triunfo de la justicia y la verdad, vitalidad pujante, comunicación segura y eficiente... La teoría es bellísima y tiene mucho sentido. Bajo esta escuela han nacido infinidad de doctrinas de actitud mental que, por exageradas, dejan de ser positivas para convertirse en todo lo contrario. Creo que una buena dosis de optimismo, de creer en las capacidades propias y ajenas, de tener fe, es definitiva en la vida. Pero de ahí a pensar que la muerte de un ser querido, la hambruna en algunos países de África, la pierna que se nos parte, o la dura enfermedad que alguien padece, son acontecimientos positivos o la motivación para aprendizajes extraordinarios, no pasa de ser una exageración digna de mentes enfermas y retorcidas.

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La persona realmente asertiva se reconoce con sus cualidades y defectos, sabe expresar lo que siente, lo que piensa y lo que quiere y, finalmente, toma acción para mejorar todo lo que sea susceptible de ser mejorado. Son muchos los casos en que para no herir susceptibilidades, evitamos llamar a las cosas por su nombre y utilizamos palabras o expresiones cercanas a la realidad. De este modo llamamos afrodescendientes a las personas de raza negra, como si ser negro fuera un pecado o un delito. Hablamos de los individuos de edad avanzada para referirnos a los viejos, como si ser viejo fuera una falta terrible. Así, pretendemos suavizar la pornografía cuando la denominamos entretenimiento para adultos, nos parece que el asesinato es menos fuerte si a la víctima no la mataron sino que le dieron de baja, pensamos que invidente resulta menos cruel que ciego y estamos convencidos de que es mejor decir políticamente correcto que hipócrita. Para convivir de manera armoniosa se necesita manejar este lenguaje. Hace parte de la cotidianidad y, nos guste o no, tenemos que aceptarlo. No podemos andar por ahí haciendo pose de sinceros, hiriendo a los demás y faltándoles al respeto, a sabiendas de que les molesta que llamemos a las cosas como realmente se llaman. La verdadera asertividad constituye una estrategia de comunicación que está en el punto medio entre la agresividad y la pasividad. No todo es positivo, no todo es negativo. Gracias a ella, no agredimos a nadie, pero tampoco nos sometemos a las provocaciones y atrevimientos de los demás, expresamos nuestras convicciones y defendemos nuestros derechos. La asertividad supone, por tanto, expresiones conscientes, directas y equilibradas para comunicar con claridad nuestros sentimientos e ideas, como para defender nuestros derechos con transparencia y sin ánimo de ofender. En contraste con la persona pasiva, que aguarda a que las cosas sucedan, la persona asertiva intenta hacer que las cosas sucedan. Es más proactiva que reactiva. Al comprender que no

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siempre puede ganar, acepta sus limitaciones. Sin embargo, intenta siempre lograr sus objetivos, de modo que sea cual fuere el resultado, conserva su respeto propio y hace valer su dignidad. La estrategia de la asertividad y su éxito radican en que llamemos a las cosas por su nombre y enfrentemos al agresor mirándolo a los ojos para decirle "Me está ofendiendo", "Está siendo grosero conmigo" o "Esa no es la forma de dirigirse a mí". Nada de "Siento que está un poco fuerte su apreciación" o "Sus palabras suenan un tanto impetuosas". Nada de un poco, un tanto o una insignificancia. Digamos lo que sentimos e inmediatamente, como personas asertivas, sin agredir, reclamemos lo que nos merecemos: "¡Me está ofendiendo y espero una disculpa!", "¡Está siendo grosero conmigo y merezco una rectificación!" o "¡Esa no es la forma de dirigirse a mí y por eso le pido que rectifique!"... Y nos quedaremos esperando por un momento esa rectificación o esa disculpa. Si no se da, insistiremos una segunda vez y esperaremos. Si el otro se queda callado habremos ganado, pero si insiste en pelear habrá otras maneras de enfrentarlo, dentro del gran abanico de posibilidades. La respuesta del agresor no tiene tanta importancia como el hecho mismo de dejar muy claro que no estamos dispuestos a dejarnos ofender. Es por ello por lo que al hablar debemos mantener la calma, al mismo tiempo que mostramos toda nuestra autoridad y el dominio de la situación. En muchas oportunidades, hay quienes hacen comentarios desatinados que, sin ser agresiones, nos desvían del tema que estamos tratando. En estos casos también hay que ser asertivos y definir las reglas del juego para poder avanzar: "Quisiera evacuar este asunto lo más pronto posible. Por favor, no nos desviemos del tema". Claro está que no deseamos entrar en una confrontación estéril, pero hay muchos casos en los que es necesario dejar

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claro que no estamos de acuerdo y que así como el otro, tenemos unos derechos. Con la misma asertividad, a la hora de recibir un ataque verbal, le podemos dejar todo el lío al agresor, sin que a nosotros nos afecte en lo más mínimo. Para ello, no nos centramos en lo que ha dicho, sino en la forma en que lo ha hecho. Es aquí donde miramos la actitud y hacemos un diagnóstico del otro: está enojado, escéptico, nervioso, angustiado, frustrado, prevenido, temeroso, incrédulo, a la defensiva, etc. Con ese diagnóstico, objetivamente dejamos en sus manos todo el asunto con solo decirle: "Te ves muy enojado", "Estás nervioso", "Parece que estás prevenido", "Se te nota temeroso", etc. Es como si pusiéramos al otro frente a un espejo, en el que lógicamente no se quiere mirar. Podríamos, incluso, agregar algo más concluyente como: "Te veo muy alterado, cuando te calmes, hablamos". Funciona de una forma muy divertida y a la vez muy curiosa. No es ningún delito enojarse, ser escéptico, estar nervioso, angustiarse, sentirse frustrado, actuar con prevención, etc., pero la gran mayoría de los seres humanos sentimos que ser acusados de esos "crímenes" es lo peor que nos podría pasar. Mejor dicho, nadie se quiere mirar en ese espejo e intentará cambiar el tono y el curso de la conversación. De esta manera nos quedamos al margen del contenido del mensaje, sin que este nos afecte, y le dejamos al otro la tarea de solucionar el problema. Tengo que confesar que en una ocasión, hace muchos años, en la que me enojé y pretendí ofender al vigilante de una de las puertas del aeropuerto de Bogotá, este me dio una lección de asertividad total que yo no olvidaré jamás. Advierto que hubiera podido omitir la historia, o contarla cambiando el protagonista, pero ya lo superé y soy capaz de poner la cara. Pues resulta que yo estaba acostumbrado a que con mi identificación como periodista tenía acceso a muchos lugares públicos, entre ellos los muelles de llegada de los vuelos

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internacionales. Esperaba yo a alguien y al querer entrar, identificación en mano, el vigilante no me lo permitió. Después de pedirle con muchos argumentos que reconsiderara su actitud, el hombre se mantenía firme como una roca y, al verme perdido, solo se me ocurrió ofenderlo en lo más profundo de su ser y le dije: "Con razón no es más que un simple celador". De inmediato, me miró serenamente y sin pensarlo replicó: "¿Y qué? Usted es un periodista". Quedé mudo al instante. Él había ganado. Por supuesto que no es algo vergonzoso ser periodista, ni celador, ni médico, ni sacerdote, ni abogado, ni lustrabotas..., pero eso se escuchó espantoso. Ese que en medio de mi irritación quise ofender con su dignísimo trabajo, me salió adelante, acabó con la agresión, me hizo sentir muy mal y me obligó a esperar afuera. La técnica consiste en dejar a un lado el contenido del mensaje del agresor y hacer una rápida radiografía impersonal y objetiva, sin necesidad de entrar en detalles o de ejecutar un cuidadoso psicoanálisis para determinar cómo fue su infancia y los traumáticos lazos que lo unían a un padre maltratador y a una tía neurótica. No se trata de hacer que el otro encuentre la luz al final del túnel, de ponerlo en contacto con la divinidad, o de hacerle un examen de conciencia, se trata única y exclusivamente de detener una agresión verbal. Y habrá casos en los que para ser asertivos, necesitaremos ser del todo hipócritas, perdón, políticamente correctos. Si nos encontramos en medio de una importante negociación no nos vamos a poner a hacer un diagnóstico de nuestro contrincante, ni a exigirle que se retracte, aunque sí podemos mantener nuestro lugar y hacernos respetar. Esa parte no se rebaja. Entonces, supongamos que el otro nos dice: "¡Usted es un idiota!". No podemos pelear, por el contrario, necesitamos ponernos de su lado, y para ello transigimos: "Tiene razón. Parece una idiotez, pero (e insistimos en lo que nos interesa)", o "En su posición yo pensaría lo mismo que usted, pero (y volvemos a lo que queremos)". También podríamos elogiar al agresor y hasta felicitarlo: "Usted sabe mucho de esto y me

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alegra poderlo tratar con usted. Por eso (y volvemos a lo nuestro)". De inmediato, el otro se dará cuenta de que tenemos bien puestos los pantalones y no vamos a entrar en la pelea. Es más, el otro sería muy torpe si pretendiera seguir agrediendo, después de que le hemos concedido en buena parte la razón y hasta le hemos expresado nuestra admiración. Se cae de su peso que solo hacemos estas concesiones dentro de los términos de la asertividad y siempre y cuando no salgamos perjudicados. Tontos tampoco. La llave maestra Para algunos, la idea de la llave maestra podrá sonar tan absurda como si les estuviera pidiendo que se lancen al vacío, con los ojos vendados, desde el piso cincuenta de un edificio. Pero nada se pierde con escuchar. Es simplemente una propuesta entre muchas otras y cada quien decide si la toma o la deja. Aunque el otro no se lo merezca, aunque desee romperle la cara en mil pedazos, aunque quiera lanzarle una maldición que lo haga estéril hasta la trigésima generación, aunque la rabia le aconseje que debe arrancarle todos sus órganos sexuales, triturarlos en una licuadora y echarle jugo de limón en las heridas, aunque sienta que debe escurrir toda su sangre y pintar con ella el suelo que usted pisa, acérquese y sin decir nada, déle un buen abrazo. Esta es la llave maestra que puede romper los candados más fuertes, domar los temperamentos más indomables, abrir la cárcel más segura y demoler las más vigorosas cadenas, al mismo tiempo que desaparecemos o reducimos significativamente las fricciones y tensiones, fortalecemos las relaciones y nos sentimos mejor con la vida y con nosotros mismos. Para empezar, además de no poder entender lo que sucede, el agresor sentirá que el tiro le salió por la culata. Si está

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en público, le será muy difícil rehusarse, pues no quiere que piensen mal de él. Si el público está de su parte, podrá rehusarse, pero no podrá seguir atacando. Si está en privado, quedará fuera de lugar y definitivamente callado. Si estamos con suerte, la relación con esa persona cambiará y tendremos un enemigo menos. El contacto físico no es solo agradable, sino necesario para nuestro bienestar psicológico, emocional y corporal, acrecienta la alegría y la salud propia y ajena, crea lazos más estrechos entre los individuos, rompe las barreras emocionales, alivia el dolor, la depresión, la ansiedad y la tensión, afirma que somos seres humanos... Es, en definitiva, una de las necesidades fundamentales del ser humano, al igual que el agua y el aire. No importa cuál sea la edad, la cultura, la raza, la religión, ni la posición en la vida, todos necesitamos sentirnos seguros. Si no lo conseguimos, actuamos de forma ineficiente y las relaciones interpersonales pierden su norte. La mayoría de los agresores sufren de terribles desarreglos emocionales y están reclamando ser atendidos. El abrazo puede suplir en buena parte esa necesidad de atención y esa búsqueda de confianza. Y siendo tan maravilloso, es extraño que la mayoría de la gente no sepa abrazar. Un buen abrazo no admite ni la más mínima palmadita en la espalda. Máximo una leve caricia de arriba abajo y se acabó. Las palmotadas y los latigazos con las puntas de los dedos son cosas de gente maleducada que abraza solo para llenar un hipócrita formalismo social, pero que les da lo mismo eso que escupir. Las palmaditas solo se aceptan cuando se trata de ayudarle a sacar los gases a un bebé o de hacerle una terapia respiratoria a un paciente clínico. Un abrazo va desde ponerle al otro una mano en el hombro, hasta rodearlo con ambos brazos. Posar una de nuestras manos sobre la espalda de alguien simboliza apoyo, confianza y guía. Es de esperar que la otra persona extienda su brazo alrededor de nuestra cintura y, si eso sucede, debemos sentirnos confortados, pues nuestro abrazo ha surtido efecto. Si

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no ocurre, no hay que desanimarse, habremos dado un primer paso más que importante. Un amigo odontólogo que hace parte de una organización internacional que se llama Abrazos Gratis y funciona desde la Internet, repite con frecuencia que los abrazos no lastiman el medio ambiente, son ahorradores de energía, son portátiles y no requieren la compra de baterías AA, ni de ningún otro accesorio. En términos generales, el abrazo es una de las formas más puras de manifestar afecto y cariño. Además, estudios científicos determinan que tiene muchos beneficios, como el de acrecentar en los enfermos la voluntad de vivir, hacer que veamos con mejores ojos nuestra propia persona y el entorno, generar un positivo efecto en el desarrollo del lenguaje de los niños, ayudar a los bebés prematuros a crecer y a fortalecerse, minimizar el estrés y mejorar el sueño. El tacto terapéutico, reconocido como una herramienta esencial para la curación, ahora es parte del entrenamiento de enfermeras en grandes centros médicos del mundo. En el simple ejercicio de un abrazo no deben existir las vergüenzas. Aquí le trasmitimos al otro nuestra fuerza interior y alimentamos su energía, dándole el mensaje de que reconocemos su valor y su excelencia. Y tan importante como eso, obtenemos el reconocimiento de nuestro propio valor al haber preferido abrazar a gritar. Las palabras mágicas Alí Babá podía abrir la cueva de los tesoros de los cuarenta ladrones con un simple "ábrete sésamo". Los magos son capaces de poner ante nuestros ojos un elefante de varias toneladas después de un "abracadabra" o pueden desaparecer un tren de pasajeros o recomponer a una mujer partida en pedazos, con solo pronunciar "zim zalabín". ¿Qué poder tienen esas expresiones que logran tales portentos? Solo hay una respuesta:

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son mágicas. Es un secreto que, los que lo conocen, no lo van a compartir porque dejaría de ser un secreto. La verdad es que usted y yo tenemos muy pocas oportunidades en la vida para desaparecer un tigre bengalí, hacer levitar un automóvil o trasladar por el aire un antiguo jarrón chino de un lugar a otro. Lo que sí necesitamos cada día es hacer más fácil la convivencia, la comunicación, solucionar los pequeños y grandes conflictos de la cotidianidad, enfrentar con éxito esta jungla de pensamientos tan diversos, sobrevivir al canibalismo, cubrirnos de los chismes y las injurias, entender a los que son víctimas de la injusticia social o el repudio colectivo, luchar para conservar lo que hemos logrado y, para completar, defendernos de las agresiones de un medio completamente hostil. Afortunadamente, para el manejo de todo eso también existen unas palabras mágicas y lo mejor es que no son un secreto. Cada uno de nosotros sabrá cuál es el mejor momento y la situación más apropiada para utilizar esas palabras mágicas. Cada una de ellas tiene un poder y un significado diferente, y en los labios de cada quien adquieren un valor único y una fuerza particular. Yo voy a decirles las que más me gustan, pero ustedes podrán agregar otras que conozcan y que crean pueden causar el mismo efecto. Su inmensa potencia está dada por una doble fuerza: su significado y el valor que nosotros le damos al pronunciarlas. Esas palabras mágicas son: "lo siento", "te entiendo", "por favor", "perdón" y "gracias". Son muchas las situaciones y las razones por las que nos enfrentamos con otros. A fin de cuentas, cada uno de nosotros tiene percepciones y puntos de vista diferentes acerca de la realidad y no siempre se puede llegar a un acuerdo. Es por ello por lo que la gran mayoría de los conflictos entre los seres

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humanos no pasan de ser desacuerdos sin resolver, asuntos que han quedado pendientes. Lo cierto es que quisiéramos que todos estuvieran siempre de acuerdo con nosotros y no nos detenemos a considerar los argumentos del otro. Entonces, preferimos enojarnos y justificar nuestra ira en la intransigencia del otro. Y es aquí donde aparecen las recriminaciones y las agresiones tan difíciles de detener ya que cada cual adopta una postura que no parece tener retorno, pues para la gran mayoría de los seres humanos resulta muy difícil que reconozcamos nuestros propios errores. En este caso, la única salida es un afectivo "lo siento". Desde luego que no resulta fácil y mucho menos si consideramos que el otro no tiene la razón. Sin embargo, los que por orgullo eligen mantenerse indefinidamente enfurecidos y resentidos por cualquier tontería, pierden de vista lo fundamental y ponen en riesgo una amistad, el trabajo y hasta la familia. Saber decir "lo siento", aunque sintamos que no nos corresponde hacerlo, es demostración de que hemos entendido que lo que está en juego resulta mucho más valioso que nuestra particular manera de ver las cosas o que nuestra rabia, se trata de una forma inteligente de limar asperezas, de ser compasivos con los demás y con nosotros mismos, y, ante todo, es muestra de valor ante las situaciones adversas. Del mismo modo, la expresión "te entiendo" es un acto de tolerancia. Ese mismo que nos gustaría que los demás tuvieran para con nosotros cuando nos equivocamos. Ese "te entiendo" va más allá del hecho de "entender" los motivos y circunstancias que rodean a un hecho. Es la actitud de ser comprensivos ante el error o la palabra hiriente del otro que, de la misma forma que surgió de el, pudo haber surgido de nosotros. En ningún caso "te entiendo" puede entenderse como condescendencia con el error y sus consecuencias. Es

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simplemente el producto de poder ver con naturalidad los actos y sentimientos de los demás, como resultado de la fragilidad humana y la convicción de saber que podemos caer en la misma situación, de cometer los mismos errores y de dejarnos llevar por el mismo arrebato de los sentimientos. Es por ello por lo que ese "te entiendo" se convierte en un atenuante para ver la situación desde otra perspectiva y para proponer, sugerir o establecer los medios que ayuden a solucionar el conflicto y a que, en lo posible, no vuelva a suceder. Una persona desesperada, triste o francamente molesta está sujeta a una emoción momentánea, lo cual reduce su capacidad de reflexión, con la posibilidad latente de hacer o decir cosas que realmente no piensa ni siente. Por eso, cuando declaramos con generosidad la expresión mágica "te entiendo", solo estamos declarando que conocemos y aceptamos la inmensa fragilidad de la condición humana. Ser sensible va más allá de un estado de ánimo. La sensibilidad es interés, preocupación, colaboración y entrega generosa hacia los demás, aunque parezca que ya tenemos suficiente con nuestras propias situaciones como para echarnos encima las ajenas. Muestra de esa sensibilidad consiste en saber expresar con sinceridad, y no como una cosa mecánica que nos ponen a repetir las mamás desde que estamos pequeñitos: "por favor". Ese "por favor" está en el centro de las palabras mágicas y tiene un amplio valor. No es solamente una expresión de buenos modales que denota cierta consideración con otro a quien le hacemos una petición cortés. Pongámosla en un escenario diferente a ese: Alguien nos está agrediendo verbalmente y nosotros tenemos el valor de expresar el "por favor", en el tono que creamos apropiado dentro de los millones posibles. A medida que vayamos bajando la entonación será más una llamada a la reflexión que un reclamo. Saber decir "por favor" fortalece el inmenso valor del respeto, que nos faculta para reconocer, apreciar y valorar a los

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demás, tanto como a nosotros mismos. Ese reconocimiento se manifiesta a través de expresiones tan simples como "por favor", "perdón" o "gracias" y es el foco para lograr que todos nos comprometamos con un propósito más elevado en la vida. El asunto se empieza a complicar cuando llegamos a la palabra "perdón". No es fácil pedirlo y no es fácil darlo. Por encima de él se ponen nuestro orgullo, nuestras vanidades, nuestras falsas ideas de lo que perdonar y ser perdonado implica. En un extremo están los que son incapaces de disculparse, y en el otro, los que no perdonan. Ambos temen que si se disculpan o perdonan se están situando en una posición de debilidad, cuando en realidad son actos de verdadero valor. Si no fuera así, tampoco sería tan difícil lograrlo. Decir que todos los seres humanos cometemos errores es tan obvio como asegurar que el agua moja. Pero muchas veces, eso tan obvio lo perdemos de vista y nos parece extrañísimo y armamos unas tragedias espantosas. Nadie está exento de cometer un error, no importa la edad, el género, la posición social o que obremos de buena fe. En definitiva, la imperfección es una compañera de vida. Sin embargo, algo tan natural resulta muy complejo a la hora de enfrentarlo por una simple razón. Aunque tengamos la valentía y la nobleza suficientes para saber admitir nuestros errores y los de los demás, nos falta coraje para enfrentar el qué dirán. A fin de cuentas, más allá de nuestro orgullo, nos llenará de pánico lo que los otros piensen y comenten sobre nuestra aparente debilidad. Si deseamos que nuestros vínculos afectivos y sociales sean saludables y nos aporten equilibrio y estabilidad, es fundamental que aprendamos a dejar aparte lo que piensen los demás, el qué dirán, e integrar el perdón a nuestras vidas, con todo lo que ello implica: humildad para reconocer que nos hemos equivocado, valor para admitir el error y afrontarlo, y comprensión para saber que eso que nos ha ocurrido a nosotros, también le sucede al resto de los mortales.

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Entonces llegamos a un estadio superior que es el de la gratitud y que se expresa con la elemental palabra mágica "gracias". Desde luego, cada quien tiene su propia manera de expresar la gratitud, de manifestarla con toda su potencialidad. No hay nadie tan desposeído que no tenga algo que agradecer, bien puede ser al aire, al agua, a la tierra o a la luz solar, con lo cual puede cambiar su vibración con el mundo que lo rodea. Las personas agradecidas cambian su forma de ver la vida, de considerarse a sí mismos, crean una mente feliz y hacen felices a los demás. Incluso donde pareciera que no hay nada que agradecer, podemos encontrar montones de motivos. Es muy factible que ese que nos agredió verbalmente nos haya hecho sentir muy mal, pero ¿cuánto aprendimos?... Aunque suene espantoso: le entramos a deber. Aquí entre nos, estoy agradecido con él porque me ha ayudado a ser mejor persona, a entender más a la humanidad, a ser menos irritable, a manejar situaciones difíciles... y no digo más porque viene a insultarme de nuevo. Miremos a nuestro alrededor, nuestras familias, nuestros dones, nuestros amigos, nuestro trabajo, la naturaleza, el firmamento, las palomas en el parque, los árboles con naranjas, los bebés, las flores, los seres queridos que siguen ahí y los que ya se fueron, los maestros, los compañeros de estudio o de trabajo, todos y todas las ex, la música, las esperanzas, los sueños... y siempre encontraremos uno y muchos motivos para decir "gracias". Y como "recibimos de lo que damos", en la misma medida en que expresemos nuestra gratitud por todo lo que nos llega, recibiremos más en cada instante de nuestras vidas. No tengamos miedo de repetir con frecuencia las palabras mágicas "lo siento", "te entiendo", "por favor", "perdón" y "gracias". Lo pueden todo. Si le parece bien, usted podría incluir otras que le gusten mucho como "te admiro", "discúlpame", "te

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amo", "ayúdame", "salud", "te respeto"... No hay ningún problema mientras las usemos para poder levitar. Si se tratara de otro tipo de magia necesitaríamos tres pelos de la cola de un gato negro, tierra de cementerio y unas gotas de veneno de serpiente cascabel. Pero eso lo haremos en otro libro porque en este todavía nos queda mucho por andar. Coincidencialmente, minutos después de haber puesto punto final al párrafo anterior, recibí un correo electrónico de mi hermana Ana Isabel, quien sin saber que ando metido en este trabajo, me hizo llegar el audio de una técnica hawaiana llamada Ho’oponopono, que traduce Causa y Perfección, a través de la cual sus seguidores buscan el equilibrio de su ser, volver al estado de perfección y poner de nuevo su página vivencial en blanco para comenzar de nuevo, pidiéndole a la "divinidad" que aquello que yace en su interior y que ocasiona una división en los pensamientos, venga a la superficie para ser liberado. Todo, a través de cuatro expresiones que se repiten como un mantra y se convierten en una herramienta altamente sanadora. Las voces son: "lo siento", "perdóname", "te amo" y "gracias". Resumiendo, Ho’oponopono consiste en pedir perdón a la divinidad por haber hospedado pensamientos que nos han separado de nuestra unidad con el espíritu, para que el pensamiento pernicioso y recurrente desaparezca. Es un proceso de arrepentimiento, pedido de perdón, transmutación y agradecimiento, para cancelar y reemplazar las energías tóxicas que puedan hallarse en uno mismo. Como verán, hay mucho por explorar. ¡Ánimo!... Esa podría ser otra palabra mágica.

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3 Los rostros del agresor Poner en práctica las estrategias de defensa que acabamos de ver requiere una preparación, ponernos en forma como lo hacen los deportistas antes de cualquier competición. Lanzarnos al ruedo sin estar listos puede resultar muy peligroso y tan absurdo como quitarse los calcetines antes de quitarse los zapatos. El hecho de haber puesto por delante las diversas técnicas tiene como único objetivo que al analizar los contenidos que vienen, los vayamos aplicando a los conocimientos adquiridos. Este capítulo puede resultar especialmente mortificante para aquellos que padecen alguna de las patologías que se describen. Algunos podrán deducir que, con certeza, se trata de un asunto personal contra ellos. En consecuencia, debo recordarles que este libro no está escrito para nadie en particular y advertir que este apartado lo he desarrollado con el soporte de dos psicólogos, uno de ellos clínico, una psicoanalista y un sociólogo, y el apoyo de abundante literatura que se ha escrito sobre el tema. Sin lugar a dudas, para la ciencia médica resulta mucho más fácil combatir una enfermedad si ha logrado identificarla. ¿Cuántas personas mueren cada día en el mundo sin saber el

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mal que les ataca, aun después de haber pasado por centenares de mortificantes exámenes? Del mismo modo, podremos lidiar mucho más fácil, sin morir en el intento, con un agresor al que logramos identificar a plenitud. Puede tratarse de nuestra pareja, nuestro jefe, un compañero de trabajo o un desconocido. No importa. Lo fundamental es que conozcamos sus motivaciones interiores y la forma en que trabaja para alcanzar sus objetivos. La psicología establece que por lo general los agresores, sin relevancia de su naturaleza, intenciones o metodología, tienen en común una baja autoestima que deriva en una gran frustración que buscan aliviar con la agresividad. Todos poseen la idea de que demostrar cierto poder o control sobre los otros, los hace "grandes" y cualquier gesto, comentario o actitud, que según su criterio vaya en detrimento de su autoridad o dignidad, será respondido con violencia. Un alto porcentaje de los agresores busca la pelea aun dudando en conseguir una victoria. La mayoría de las veces lo hacen para demostrarse a sí mismos y de paso a los demás, que no tienen miedo y, por tanto, merecen ser reconocidos y aceptados como "héroes". Por ello, dentro de sus argumentos suelen mostrarse como defensores de los más desprotegidos, los derechos de los niños o las prerrogativas de la comunidad. Cuando lo hacen en privado, exigen respeto y hacen valer "sus derechos", en el afán de mostrar que no son "tan poca cosa" como se sienten y como creen que los ven los demás. En suma, buscan ser "superiores". Algunos estudios denominan a estos personajes "agresores psíquicos" o "acosadores psicológicos" y advierten que tienen pocas posibilidades de cambio, pues en su afanosa búsqueda de notoriedad y reconocimiento, no están dispuestos a reconocer lo que son, ni mucho menos a querer ayuda, ya que consideran sinceramente que son los otros los que tienen problemas.

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Perfiles generales Un grupo de psicólogos de la Universidad de Arkansas, dirigidos por Jeffrey Lohr, dedicados al estudio de la violencia, distingue tres tipos de agresores: aquellos con bastantes características psicopáticas, que muestran una profunda falta de compasión y un escaso control de sus impulsos, que con frecuencia tienen problemas con la ley, tienden a abusar de las drogas y el alcohol y sufrieron abusos en su niñez. En segundo lugar están los que sin padecer desórdenes de personalidad específicos ni tendencias psicópatas, viven en constante estado de enfado e infelicidad. Y el último prototipo se define como alguien que no parece tener ninguna anomalía en su personalidad y que reserva el uso de la agresión para los que tiene más cerca. De acuerdo con los estudios, entre las características más comunes de los agresores podemos citar que son intolerantes con todo y con todos, tienen una fuerte necesidad de controlar a los demás o restringir sus derechos y su libertad, son muy inseguros, excesivamente posesivos y celosos, necesitan de personas sumisas que se sometan a su voluntad, son demandantes y por eso no piden sino que ordenan, tienen una alta capacidad de engañar a los demás y se engañan a sí mismos, culpan a los otros, al mundo, o a la vida, de sus propios problemas, no se hacen cargo del daño que causan, no tienen consideración ni sienten empatía, y finalmente suelen poseer una doble personalidad: pueden ser amables y encantadores por un lado y sumamente crueles y sarcásticos por otro. Recordemos, eso sí, que cada persona es única, como lo han sido sus experiencias de vida, y un agresor puede presentar determinadas características personales que no tenga otro. Los agresores están en cualquier parte y pueden ser hombres o mujeres, padres, hermanos, empleadores, profesores, figuras de autoridad, conocidos, jóvenes, viejos, extraños o amigos.

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La mayoría de las agresiones nacen de la envidia que el agresor siente sobre el agredido. Envidia por los logros sociales, laborales, académicos, sentimentales, económicos, en fin, cualquier cosa que signifique un bien ajeno. Esa envidia se traduce en rabia y la rabia en agresión. A veces, la rabia no es con una persona, sino con una institución que tenga poder y contra la que hay que "luchar": la Policía, la Iglesia, la prensa, el ejército, el Estado... Pero como es muy difícil enfrentar a la Policía o a la prensa como tal, arremete contra las personas que las representan, los policías, los periodistas, los sacerdotes, los políticos... La rabia, nacida de la envidia y convertida finalmente en agresión, ve enemigos en donde haya alguien con algún poder real o supuesto. En su papel de héroes, los agresores tienen otras características que los identifican: hacen que la víctima se sienta responsable de sus sentimientos, en lugar de hacerse responsable de sus propios sentimientos. Amenazan a sus víctimas y las hacen sentir culpables para justificar sus actos de abuso. Necesitan dominar las conversaciones y las ideas, y ser el centro de atención en todo momento. Se rehúsan a disculparse porque siempre tienen la razón. Usan castigos y recompensas para manipular emocionalmente a la víctima, al mismo tiempo que invaden su privacidad. Y que esto quede claro: los agresores suelen tener una aguda percepción natural, por lo general no consciente, de los puntos débiles de la víctima. Trastornos de la personalidad El prestigioso psicólogo estadounidense Joseph M. Carver, Ph. D., explica que los agresores suelen ser personas que padecen un trastorno de la personalidad, es decir, un patrón perdurable de experiencias internas —estado de ánimo, actitud, creencias, valores, etc.— y de conducta —agresividad, inestabilidad, etc.—, que es significativamente diferente de los

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patrones de otras personas que forman parte de su familia o su cultura. Estos patrones disfuncionales son inflexibles e interfieren en casi todos los aspectos de la vida de esa persona, al mismo tiempo que crean importantes problemas en su funcionamiento personal y emocional y, con frecuencia, suelen ser tan severos que llevan a un profundo malestar o a una importante limitación o deficiencia en todas las áreas de sus vidas. (Fuente: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, DSM IV). Los trastornos de la personalidad se dividen en tres grupos o categorías: en la categoría A encontramos a los paranoicos, esquizoides y esquizotípicos. En la categoría B están las personalidades que son altamente dramáticas, tanto en lo emocional como en lo conductual. Aquí se agrupan las personalidades antisociales, limítrofes o de trastorno límite de la personalidad, también llamada personalidad borderline, narcisistas e histriónicas. En la categoría C se reúnen las personalidades ansiosas y miedosas, así como las personalidades por evitación, dependientes y obsesivocompulsivas. Dentro de la categoría B están los agresores, que son aquellos que generan mayor daño en las relaciones sociales y personales. Son manipuladores, controladores y perdedores. En la población general, de acuerdo con el DSM IV, el mayor número de trastornos de la personalidad cae dentro del grupo de la categoría B, que está compartida por cuatro personalidades: La personalidad antisocial comprende un patrón dominante que pasa por alto los derechos de los demás y las reglas de la sociedad. Abarca desde personas que son crónicamente irresponsables, que no brindan apoyo o son embaucadoras o estafadoras, hasta aquellas que tienen una total falta de consideración por los derechos de otras personas y

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cometen delitos, sin cargo de conciencia alguno. Los individuos con una personalidad antisocial presentan un egoísmo casi absoluto y normalmente exhiben un patrón de problemas de índole legal, mentiras y engaños, abusos físicos e intimidación, sin importarles la seguridad de los demás, sin interesarse por cumplir con los estándares normales de trabajo, apoyo o crianza y, como ya hemos dicho, sin dar muestras de remordimiento. La personalidad límite presenta un patrón dominante de estados de ánimo, autopercepción y relaciones intensas e inestables. El control de los impulsos es altamente deficiente. Las características más comunes incluyen el pánico, el miedo al abandono, relaciones sociales inestables, una imagen personal variable, conductas impulsivas a la promiscuidad, el abuso de sustancias tóxicas y el consumo de alcohol, ideas e intentos recurrentes de hacerse daño, sentimientos crónicos de vacío emocional, ira inadecuada e intensa y episodios de paranoia transitoria. La personalidad histriónica tiene un patrón dominante que comprende una demostración emocional excesiva y una necesidad de atención permanente. Los individuos con este tipo de personalidad son en extremo dramáticos. A menudo son sexualmente seductores y muy manipuladores en sus relaciones. La personalidad narcisista presenta una marcada preocupación por la admiración, la concesión de derechos y el egocentrismo. Las personas con este tipo de personalidad exageran sus logros o talentos, tienen un alto sentido del "tener derecho", carecen de empatía, interés o preocupación por los demás y muestran una actitud arrogante. Su sentido de "tener derecho" y su ego no guardan relación con la realidad de sus logros o sus talentos. Sienten que tienen derecho a recibir un tipo de atención especial, ciertos privilegios y consideraciones en los entornos sociales. El "tener derecho" los autoriza a castigar a aquellos quienes no les muestran el respeto, la admiración o la atención que ellos exigen.

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Los profesionales de salud mental han identificado varios tipos de trastornos de la personalidad, cada uno de ellos con su propio patrón de conductas, emocionalidad y síntomas. No obstante, esos mismos expertos han observado que todos los individuos de la categoría B tienen características esenciales que forman la base de su trastorno. Algunas de esas características esenciales son las siguientes: Egocentrismo: una persona con un trastorno de la personalidad solo piensa en sus propias necesidades y preocupaciones, y nunca tiene en cuenta las necesidades y los problemas de los demás. En la mayoría de los casos, si una persona con un trastorno de la personalidad se comunica con nosotros, establece ese contacto para satisfacer sus propósitos, no los nuestros. Irresponsabilidad: las personas con un trastorno de la personalidad casi nunca aceptan la responsabilidad personal de sus conductas. Culpan a los demás, recurren a excusas, alegan malos entendidos y luego se describen como las víctimas. De hecho, los que abusan físicamente de otros culpan a sus víctimas del abuso o del ataque. A menudo, las víctimas oyen cosas como "ha sido tu culpa, porque me has hecho enfadar". Este aspecto de los trastornos de la personalidad resulta muy dañino, especialmente cuando quien lo padece es uno de los padres. Ellos culpan a sus hijos por sus conductas abusivas, de descuido —negligencia o abandono— o disfuncionales. Se les dice a los niños que ellos son responsables por los berrinches, el consumo de alcohol o sustancias tóxicas, la falta de empleo, la pobreza o la infelicidad, etc., de los padres. Autojustificación: las personas con un trastorno de la personalidad parecen no sentir nada y se comportan con normalidad. Sin embargo, habitualmente justifican todas sus conductas. A menudo, su justificación proviene de la idea de que han sido víctimas de la sociedad o de otras personas y, por consiguiente, eso excusa sus conductas manipuladoras, controladoras, delictivas o abusivas. Una defensa común de los

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delincuentes es culpar a la víctima del delito que ellos han cometido: "me obligó a dispararle porque no me quería entregar el dinero", "me tocó decirle las verdades en la cara para que supiera que conmigo no va a hacer lo que le da la gana". Derechos unidireccionales: las personas con un trastorno de la personalidad acusan un fuerte sentido de "tener derecho". Sienten que merecen respeto, dinero, fama, poder, autoridad, atención, etc. Sienten que tienen derecho a ser el centro de atención, y que cuando eso no ocurre, tienen derecho a crear un escándalo o un alboroto para lograr esa atención. Este derecho también genera la justificación de castigar a los demás. Si usted viola alguna de sus reglas o no cumple con alguna de sus demandas, ellos se sienten con derecho a imponer un castigo. Emociones superficiales: las personas saludables siempre se sorprenden y quedan perplejas ante el hecho de que una persona con un trastorno de la personalidad es capaz de desvincularse de una pareja rápidamente, continuar con su vida y mostrar muy pocas emociones, como el remordimiento o la angustia. Una persona con un trastorno de la personalidad puede hallar otra pareja inmediatamente después de una ruptura. Estas mismas personas pueden desvincularse rápidamente del entorno familiar. Pueden enfadarse con sus padres y no comunicarse con ellos durante años o pueden abandonar a sus hijos, culpando a su pareja de falta de apoyo e interés. La inversión emocional que este sujeto hace en los demás es mínima. Moral circunstancial: una persona con un trastorno de la personalidad se enorgullece de ser capaz de "hacer lo que tiene que hacer" para satisfacer sus demandas y sus necesidades. Posee escasos límites personales o sociales y, en los casos más severos, no se siente obligada por la ley y no duda en participar en actividades delictivas, si fuera necesario. No tiene el menor inconveniente en meterse en los foros de Internet para destrozar a otros o en entrar a las redes sociales con el afán de hacer lo mismo, como si se tratara de "el vengador". El lema de

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una persona con un trastorno de la personalidad es "el fin justifica los medios". Para cumplir sus propósitos utiliza con maestría las herramientas de la mentira, la deshonestidad, la intimidación y las confabulaciones. Es un verdadero camaleón social y luego de evaluar a una víctima potencial, modifica su presentación para que resulte más eficaz su acercamiento a ella. Las personas con trastornos de la personalidad severos no dudan ni un instante en lastimarse a sí mismas, tomar sobredosis o amenazar con suicidarse con el fin, por ejemplo, de retener a su pareja a través de la culpa. Con frecuencia llevan una doble vida, una real y otra imaginaria, que presentan a los demás y que están plagadas de excusas, verdades a medias, engaños, decepciones, fantasías e historias preparadas con un propósito específico. En la mayoría de los casos poseen un talento y un potencial increíbles, pero una vida muy pobre en lo que se refiere al éxito social, familiar u ocupacional. Nunca existe una relación tranquila, pacífica o estable cuando nos vinculamos con aquellas personas que sufren algún trastorno de la personalidad de la categoría B. Su necesidad imperiosa de ser el centro de atención y controlar a todos los que le rodean asegura un estado de drama, agitación, discordia y angustia casi permanente. Un individuo con este trastorno crea dramas y alborotos en casi todas las circunstancias sociales: los días festivos, las reuniones familiares, las salidas dentro de la comunidad, el restaurante a donde se va a ir, los viajes y hasta las compras son habitualmente convertidos en una pesadilla. Generan disturbios en su sistema familiar y son el centro de enemistades, rencores, malos sentimientos, celos y otra buena cantidad y variedad de situaciones problemáticas. Para satisfacer nuestras necesidades emocionales, sociales y personales cotidianas, contamos con una diversidad de estrategias como tomar acción personal, solicitar algo a alguien con cortesía, hacer tratos, ser honestos, etc. Las personas sanas también usan la manipulación como una de sus muchas

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habilidades sociales, esto es, comprarle a alguien un presente para que se sienta mejor, hacer comentarios o dar indicios de que se desea algo. En el caso de las personas con un trastorno de la personalidad, a pesar de las diversas estrategias sociales disponibles, la manipulación es su método preferido para obtener lo que desean o necesitan. Las manipulaciones de las personas que padecen el trastorno, combinadas con sus emociones superficiales, su sentido del derecho y su egocentrismo, pueden ser extremas. Para lograr sus metas y objetivos, suelen amenazar, acosar, intimidar y atacar a quienes les rodean. Las personas histriónicas pueden crear situaciones dramáticas, amenazar con dañarse a sí mismas o causar un escándalo social. Las personalidades narcisistas pueden enviar la policía o una ambulancia a su hogar si usted no responde a sus llamadas telefónicas, utilizando el pretexto de que estaban preocupadas por usted. Su verdadero objetivo es el de asegurarle que sus llamadas telefónicas deben ser respondidas o pagará las consecuencias. Debido a las emociones superficiales y la moral circunstancial, que se observan con frecuencia en las personas con un trastorno de la personalidad, la brecha entre lo que dicen y hacen puede ser muy grande. Justamente, conocemos a las personas a través de la congruencia entre lo que dicen y lo que hacen. Una persona honesta expresa cosas que suelen coincidir con sus conductas. Si pide dinero prestado y asegura que lo devolverá el viernes, y luego lo devuelve ese día o por lo menos aparece para decir que no puede pagar y que necesita unos días de plazo adicionales, estamos frente a una persona honesta. En la medida en que observamos estas coincidencias, podemos confiar más en esa persona. Cuanto más grande sea la brecha entre lo que una persona dice o promete y lo que realmente hace, mayores son las posibilidades de considerar a esa persona como deshonesta, no confiable e irresponsable.

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Las personas con un trastorno de la personalidad suelen asegurarles a sus parejas que los aman, mientras mantienen una relación extramatrimonial. Pueden pedir dinero prestado sin intención de devolverlo, prometer cualquier cosa sin ánimo de cumplir y manifestarle que son sus amigos, mientras se dedican a divulgar rumores maliciosos sobre usted. Por regla general hay que juzgar a las personas por su conducta, más que por lo que dice o promete. En el área familiar, los padres con un trastorno de la personalidad controlan a sus hijos por medio de la manipulación, preocupándose muy poco acerca de cómo su método de crianza influirá en la vida y en la personalidad de sus hijos. Estos padres suelen ser hipercríticos, dejando al niño con el sentimiento de que es incompetente o que no tiene valor como persona, que no merece nada. En casos extremos, los padres antisociales cometen delitos como descuidar, abusar o explotar a sus hijos y, por lo general, les enseñan a convertirse en delincuentes. Los cónyuges con un trastorno de la personalidad suelen tener celos de la atención que su pareja les brinda a los hijos y, con frecuencia, los niños son el blanco de abusos verbales debido a sus celos. El narcisismo y las emociones superficiales de un padre con estas características dejan a los niños sintiéndose no amados, no queridos y no merecedores de nada. Relaciones deficientes Las personas con un trastorno de la personalidad desarrollan maneras deficientes de relacionarse con los demás. Algún acontecimiento que tuvo origen en la niñez hace que, en su vida adulta, solo se relacionen a través de la intimidación, las amenazas, la ira, la manipulación y la deshonestidad. Este estilo social defectuoso continúa, incluso cuando quienes le rodean tienen buenas habilidades sociales, son personas que se preocupan por los otros, aceptan a los demás y son afectuosas.

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En realidad, la persona que padece un trastorno de la personalidad exhibe sus conductas, independientemente de que la víctima esté presente o ausente. Las víctimas no provocan ser atacadas, simplemente se han involucrado con una persona agresora. Si la víctima cambia su conducta, la conducta de la persona que sufre un trastorno de la personalidad no varía. Muchas víctimas se vuelven supersticiosas y sienten que pueden controlar la conducta del otro, cambiando su propia conducta. Esta puede ser una solución pasajera, lo que significa que ahora la víctima solo estará satisfaciendo las demandas del enfermo. Cuando la persona que tiene un trastorno de la personalidad se siente justificada, vuelve a su comportamiento habitual sin importarle los cambios de conducta de la víctima. Amar a los tiburones no nos protegerá de ellos si nos encontramos sangrando dentro de un estanque repleto de ellos. Cuando de alguna manera estamos involucrados con una persona que tiene un trastorno de la personalidad, ya sea nuestra pareja, nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros amigos o nuestros compañeros de trabajo, no solo debemos reconocer sus conductas, sino también desarrollar una estrategia para protegernos. Muchas de nuestras estrategias necesitan centrarse en preservar nuestra estabilidad emocional, nuestras finanzas y nuestras demás relaciones. A partir de estas consideraciones generales podemos entrar a individualizar las características de los agresores típicos, es decir, a hacer un retrato hablado de cada uno de ellos, con la advertencia de que los nombres de cada uno de estos personajes los he puesto yo, a mi antojo, pues los profesionales que me han asesorado evitan poner etiquetas que ellos, dentro de la ética, llaman discriminatorias o estigmatizantes. Lo hago para facilitar la clasificación, identificación y lectura de los neófitos, como yo, en estas inconmensurables materias de la mente humana.

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Es muy factible que a medida que vayamos avanzando, usted descubra que cerca de usted hay más de uno de estos sujetos. El vengador Este agresor responde al lamentable hecho de haber sido maltratado, ignorado y/o rechazado cuando niño. Recibió muy pocas muestras de cariño y, por lo tanto, no se siente en la obligación de hacer lo contrario. Es más, los otros deben sentir lo que él ha experimentado en carne propia. Por las mismas circunstancias, busca pasarle factura por la deplorable vida que lleva a quien él considere superior en cualquier aspecto. Como no quiere que se conozca la vergüenza de lo que le aconteció cuando niño, el vengador se comporta habitualmente con una amabilidad hipócrita y una falsa cortesía. Suele explotar inesperadamente, pues en realidad vive en una pelea constante contra todo lo que le rodea. Este es el motivo por el que sus relaciones de pareja son muy inestables y el pretexto para seguir alimentando su rabia. El vengador es visiblemente agresivo, siempre protagoniza pleitos de todo tipo, sean de tránsito, de familia, de bar, de trabajo, y para completar cree que, así como él lo vivió, la ira y el maltrato son lo normal. Los niños maltratados asimilan muy rápidamente la violencia que soportaron, y en algunos casos pueden idealizarla y aplicarla al resto de la vida, al creer que merecían esos castigos y que fueron golpeados por amor. Más adelante, los adultos que fueron niños maltratados expresan violencia sobre los otros. Como adultos, la mayoría de los niños maltratados se convierten en vengadores y querrán hacer pagar a los demás por las humillaciones, golpes, insultos, bofetadas, abusos, burlas y desatenciones de las que fueron objeto, aunque justifiquen a los padres que los maltrataron.

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Los vengadores son individuos a los que les gusta ser admirados, aun cuando esta admiración provenga de un actuar negativo. No tienen empatía y no reconocen el dolor ajeno. El envidioso No hay nada que el envidioso desee más en su vida que ser exitoso y reconocido, pero no hay nada que aborrezca más que a los triunfadores y a los famosos. Inevitablemente, las frustraciones del envidioso se convierten en odio. Detesta al policía porque tiene poder, al médico por su prestigio, al político por sus adeptos, al científico por sus conquistas o al cantante por sus seguidores. Quienes lo rodean crecen en medio de un océano de rencores, pues busca frustrar todos los planes de progreso de sus compañeros, amigos o conocidos. Murmura canalladas ante las habilidades, éxitos o satisfacciones de los otros y no acepta que alguien diferente de él llegue a la cumbre o conquiste, al menos en parte, la esquiva felicidad. Si el vecino se compra un auto último modelo, este personaje se llena de rabia y, además de minimizar el hecho con frases como "leí por ahí que ese auto es de mala calidad" o "seguro que está metido en algún negocio sucio", desea con vehemencia que alguien se lo destroce por accidente. Al envidioso se le reconoce con facilidad porque anda inventando historias asquerosas sobre los que han logrado sobresalir, conseguir algún puesto de importancia u obtener algún bien deseable. Posee un amplio catálogo de amargados calificativos que como dardos envenenados se dirigen hacia quienes han llegado donde él no ha podido. Con gran sencillez convierte al culto conferencista en fanfarrón hablador de basura, a la ejecutiva conquistadora en prostituta a sueldo, al gerente eficaz en fantoche ladrón, al artista suceso en estúpido mediocre o al comerciante fructífero en renombrado estafador.

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Este es un sujeto bastante común. Es aquel que está siempre dispuesto a apostar cualquier cosa para demostrar que tiene la razón y, aunque no la tuviese, haría hasta lo imposible para hundir en los profundos infiernos a quien la tiene. Se rodea de los medios necesarios para ganar en todas las situaciones y se conoce las trampas obligatorias para aparecer como verdadero campeón en inteligencia, fuerza y habilidad. Tiene siempre a flor de labios las palabras exactas para degradar a los demás, dañar la relación de una pareja armoniosa, quitarle la mujer a algún amigo y enlodar la honra del que sea. Por lo general, los envidiosos son personas que fueron sobreprotegidas por uno o ambos padres, que todo les resolvieron, que las hicieron sentir el centro del universo, que todo lo merecían, convirtiéndose en seres con muy baja tolerancia a la frustración. Los padres sobreprotectores "mutilan" la autoestima al no permitirle al niño desarrollar sus capacidades y potencialidades. No los dejan correr riesgos para que no padezcan dolores o inconvenientes, argumentando que no quieren que se lastimen, o que sufran, o que reprueben. Las personalidades de estos niños se desarrollan con profundo disgusto hacia quienes los minimizaron y al haber sido "castrados" en el desarrollo de su persona, tienen a los demás como objeto de su resentimiento. El envidioso es sarcástico en su conversación, busca culpables aun cuando la responsabilidad del evento sea suya y es hábil para generar culpa en los demás y así justificar su comportamiento. El trepador Al precio que sea, sin importar lo que tengan que hacer o a quien tengan que arrollar a su paso, los trepadores están dispuestos a hacer cualquier cosa para conseguir celebridad.

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Los trepadores se caracterizan porque crecieron en medio de grandes limitaciones afectivas y a veces económicas, y buscan con fiereza la notoriedad y el reconocimiento que no les dieron o que no tuvieron. Eso los obliga a fijarse en personas que han obtenido algún prestigio o resonancia en cualquier campo y se convierten en sus fanáticos o en sus detractores, en el afán de demostrar que están a la par de ellos y, de paso, hacerse notar por los demás. Por ejemplo, si un buen novelista ha vendido muchos libros y ha obtenido el reconocimiento general, el trepador se burlará de "esa literatura barata". De esa manera cree que los demás lo verán como alguien que sabe tanto de literatura que puede hacer esos comentarios, trepar a la altura del escritor famoso y estar a la par con él. El trepador suele tener una vida social bastante activa y presentarse como alguien muy simpático, culto y refinado. En el fondo, puede que no sea ninguna de esas cosas, pero él tiene la certeza de que es más importante parecer que ser. Es por ello por lo que conoce el arte de la hipocresía a las mil maravillas y suele hacer el papel de crítico sobre todos los temas, buscando convertirse en el centro de atención. Todos los seres humanos tenemos unas necesidades de reconocimiento, también conocidas como necesidades del ego. De allí se desprenden la autovaloración y el respeto a sí mismo. Si estas necesidades no han sido llenadas satisfactoriamente por nuestro entorno durante la infancia, en el futuro tendremos muchas dificultades para reconocernos a nosotros mismos y relacionarnos a plenitud con los demás. Entonces, se requiere llenar ese vacío, esa necesidad de sentirnos apreciados, de tener algún prestigio y de destacar dentro de un grupo social, y el paso más rápido consiste en tender una escalera, cuyos peldaños no son nuestros logros personales sino los de otros, a través de los cuales pretendemos trepar a ese sitio que anhelamos. El sueño del trepador es tener poder, riqueza, dignidades, fama, en suma, reconocimiento. Entonces se desata la ambición,

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pero no la ambición entendida como el loable deseo de prosperar, ni la inquietud sana por aspirar a un mejor nivel de vida, sino como una conducta enfermiza que convierte la propia existencia en lucha, violencia y actividad febril por el encubrimiento personal, las alabanzas y las admiraciones superficiales. Metido en su universo de ambición, el trepador piensa que le va a ser posible llenar su vacío interior comprando la felicidad, se aferra a un desesperado desasosiego que le incapacita para vivir y disfrutar el presente, en espera de un porvenir que jamás parece llegar. No entiende, y no querrá entender, que la ambición como estilo de vida, no solo es uno de los más graves impedimentos de la felicidad humana, sino que empobrece y destruye el corazón del ser humano y sus más nobles sentimientos. Por ello, por lo regular, el trepador termina por sacrificar a su propia familia, sus amigos, su salud, su trabajo y cualquier otro logro que haya podido alcanzar. Sin dudas, la ambición es el motor de los emprendedores, de las personas de éxito y de quienes han llegado lejos en la vida. La ambición normal o sana, que se encuadra dentro de un proyecto vital coherente y estructurado, con metas lógicas, aceptables y realizables, actúa como estímulo para lograr el fin propuesto. Por su parte, la ambición patológica del trepador sobrepasa los límites de la normalidad, hay un afán desmedido por lograr más y más, generalmente poder, riqueza, dignidades o fama. Ese deseo se convierte en una idea obsesiva que domina la vida del individuo, condicionando su conducta general y deteriorando su relación con los demás. En exclusiva, el trepador plantea su vida según sus objetivos y el resto de las actividades y de las personas quedan relegadas a un segundo plano. Los trepadores aprendieron desde su infancia a ganarse la vida, no a vivir. Esta condición se convierte en una obsesión que los obliga a entrar en una peligrosa dinámica cuyo objetivo es sobresalir, bien sea a través del dinero, el poder, el prestigio

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o la fama, y no importa a quién haya que doblegar o destruir y qué reglas haya que romper. Es fácil descubrir al trepador por su ambición perniciosa. Viene marcada por el egoísmo y el afán desmedido por acaparar honores, poder y riquezas, no importa por qué medios, admitiendo engaños, sobornos, injusticias, haciéndose pasar por crítico de literatura para sentirse a la par del literato, destruyendo la obra de un líder para ubicarse por encima de él, burlándose de los famosos para untarse de sus glorias, difundiendo pornografía o ideas peregrinas para hacerse célebre por su "mentalidad abierta" o destruyendo el trabajo de su compañero o competidor para conseguir que los demás volteen a observar lo que él ha hecho. Estos personajes llegan a ser tan temidos que muchos los aplauden con el único objetivo de hacerles creer que están de su lado, aunque lo único que buscan es evitar caer en sus terribles artimañas. Si usted ha logrado algo, el trepador estará siempre al acecho para agredirlo públicamente, en el afán de ponerse a la par suya. Aprovechará sus logros para buscar el reconocimiento que a él le fue negado cuando niño. El equilibrista Los equilibristas siempre están en la cuerda floja. Tienen algún cargo de mando y, en medio de todos sus sentimientos de inferioridad y sus temores, luchan para no caerse de allí. Ese es el motivo por el que suelen agredir a otros, habitualmente a sus subalternos, en la creencia de que así justifican mantenerse en el poder. El equilibrista es un individuo inseguro, con baja tolerancia a la frustración y muchas carencias afectivas, que pretende depositar en los otros todo lo sufrido por él desde la infancia. De esta manera, cuando agrede, golpea o dice algo sobre otro,

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realmente está atacando a quienes lo hirieron cuando era un niño. La psicología define al equilibrista como un acosador y lo identifica con una serie de conductas generales como no tener sentido de culpa ni conciencia de lo que hace, ser mentalmente inmaduro, controlador y mentiroso compulsivo, actuar con cobardía, ser recursivo a la hora de encontrar una excusa para hostigar a sus víctimas, ser envidioso y egoísta, creerse perfecto en todo lo que hace, buscar ser el centro de atención en todo momento, atribuirse los logros de otros, traspasar a los demás la culpa de sus errores y sentirse inferior a quienes le rodean. Generalmente padece de problemas sexuales y de trastornos mentales de tipo psicótico. El acosador es alguien que no puede autorrealizarse sin rebajar a otros porque tiene la necesidad de demostrar su poder en pos de su propia autoestima. Como es lógico, el equilibrista niega la existencia de cualquier conflicto ante el resto del mundo, pero hay que entender que se trata de una persona con dificultad para relacionarse socialmente, falsa, mentirosa e irritable. Por lo general, es prepotente, suele pensar que es el único válido y que la gente que le rodea no sirve para nada, mientras ataca a los otros para disimular su incompetencia. Hay casos en los que el equilibrista simplemente siente el goce malsano y estúpido de hacer sufrir a un semejante por puro placer. De alguna manera y a veces sin ningún motivo, el equilibrista siente envidia de su víctima, la ve superior, más inteligente, más todo, lo cual le es imposible de soportar, y busca, como única solución, acabar con ella de la forma que sea, rebajándola y anulándola psicológica y, si se puede, físicamente. Estamos hablando de alguien que habitualmente está en nuestro entorno laboral o familiar. Bien puede ser nuestro jefe, nuestro esposo o esposa, nuestros hijos, algún vecino o un

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compañero de trabajo, que se ve satisfecho con sus actitudes y comentarios dañinos. Es aquel que pretende hacernos sentir inútiles, inservibles y buenos para nada. Las reacciones típicas de un equilibrista o acosador psicológico al ser descubierto varían según la relación que se tenga con él. Si es el esposo, por ejemplo, al sentir la amenaza de perder a su pareja, inicia una táctica de palabras de amor, con lágrimas en los ojos jurará cambiar, pedirá perdón por todo el daño que ha hecho e intentará justificar el desconocimiento de la magnitud de los acontecimientos. Le solicitará a su pareja que empiecen de nuevo, "de cero", o sea, que borre como en una pizarra todas las heridas. Hay que saber que lo que dice no es sincero, simplemente, como todo lo que hace, está intentando no caerse de la cuerda floja. Ya tomará un nuevo aire para estabilizarse y seguir en lo que realmente sabe y le complace. No obstante, hay que tener en cuenta que el equilibrista no es muy consciente de lo que hace y minutos después podrá volver sobre su víctima a hablarle de cualquier cosa, como si no hubiera pasado nada. Su preocupación no es el otro, sino él mismo. El hipócrita Los seres humanos somos muy complejos. Desde que existen el consciente y el inconsciente, manifestar directamente los verdaderos pensamientos parece un imposible. Por lo tanto, existe una "hipocresía social", que al contrario de ser considerada como una patología, se le tiene como una cualidad, pues son abundantes los casos en los que decir la verdad está mal visto y por ello es preferible decir lo que los demás esperan escuchar. Unas veces por no hacer daño a los demás y otras por pura conveniencia o comodidad, de manera permanente estamos pensando una cosa y diciendo otra. Es parte del juego de la vida. A fin de cuentas, la mayoría de las veces la gente no

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quiere escuchar la verdad, sino una parte de la misma, aunque si hacemos una encuesta entre la gente nos dirán que lo que más detestan es la mentira y la hipocresía. Eso no es más que otra mentira hipócrita. En aras de una supuesta convivencia armoniosa, parece ser que lo más sensato es maquillar nuestro comportamiento, adecuarlo al contexto, ocultar nuestros verdaderos sentimientos, moderarnos en nuestras respuestas o amordazar nuestra espontaneidad. Así ha funcionado por siempre y así seguirá funcionando. Haciendo a un lado esa "hipocresía social", aparentemente tan necesaria, nos encontramos con la hipocresía que caracteriza a las personas falsas, dedicadas a fingir cualidades o sentimientos que no tienen y que engañan a los otros, no con la idea de evitar un mal, sino con el propósito de sacar algún oculto provecho personal, sin importar las consecuencias. Es por ello por lo que muy comúnmente la práctica de la hipocresía se asocia con el singular arte de la política. Aquí estamos con el que agrede con la intención de crear una cortina de humo sobre sus propias falencias o errores, el que busca intimidar y descalificar a su adversario con la idea de desviar la atención para ocultar sus propias equivocaciones. El hipócrita del que hablamos no es solo aquel que tiene un doble discurso para todo, sino el que tiene algo peor, la doble moral. Este hipócrita, además de falso y mentiroso, es desleal, tramposo, envidioso y rencoroso. Sabe fingir cualidades que no posee, ideas y sentimientos que en realidad no tiene y que son solo imitación de comportamientos y actitudes, que premeditadamente sabe que funcionan para obtener ganancias secundarias. Entonces, se fabrica una personalidad encantadora, servicial, cooperadora y comprensiva, con la que enreda a sus víctimas. Si el vanidoso o el narcisista se conforman con ser admirados, el hipócrita no anhela tanto la admiración como el beneficio, la culminación de un determinado interés. Y si la

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falsedad del vanidoso, o del narcisista, puede desplegarse en una amplísima gama de ámbitos, la del hipócrita se halla anclada por completo en el de la moralidad. La hipocresía consiste, pues, en un procedimiento para conseguir determinados beneficios que de ningún otro modo podrían alcanzarse más que aparentando ser moralmente lo que no se es. Muy frecuentemente, las personas que responden a esta tipología se caracterizan por haber sido sometidos a una educación demasiado autoritaria y haber crecido en medio de abundantes castigos y poco afecto. Su actitud revela el deseo profundo de recibir la estima y el aprecio que les fue negado en su infancia y aunque ya no estén bajo la tutoría de sus padres castigadores y poco afectuosos, tienen miedo a expresarse con naturalidad y sienten que la mejor manera de conseguir lo que quieren es a través del engaño, el fingimiento, la mentira y la trampa, sin importar por encima de quien haya que pasar. El hipócrita no solo quiere aparecer como virtuoso ante los demás, sino que anhela convencerse a sí mismo de que lo es. Cuando un hipócrita simula la virtud desempeña un papel de modo tan consecuente como lo hace un actor de teatro, quien también debe identificarse con el personaje que interpreta a fin de cumplir con las exigencias de la representación. Pero a diferencia del actor que deja de ser el personaje cuando cae el telón, el hipócrita sigue interpretando sus dos roles, habitualmente con el deseo de seducir o dominar. Al final, su duplicidad se vuelve contra él mismo y no es menos víctima de su falsedad que aquellos a quienes engaña. Por tratar de ser quienes realmente no son, los hipócritas carecen de los más elementales principios y terminan por no saber quiénes son en realidad, lo que los convierte en sujetos amargados, resentidos, incapaces de amar, rencorosos y, sobre todo, frágiles. Un rasgo fundamental del carácter de los hipócritas es su debilidad.

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Reconocer a un hipócrita es muy fácil, pues en su necesidad de aparecer como lo que finge ser, suele estar repitiendo lo sincero que es. En la hipocresía intervienen la simulación y el manejo de la información. La primera reside en mostrar una imagen prefabricada de sí mismo, con el fin de agradar, ser aceptado y lograr la confianza de los demás y la segunda en darle cauce a la información a la que tiene acceso, para lograr beneficios e intereses personales. Aunque nunca se alegran por los logros de los demás y viven hablando mal de conocidos y desconocidos, habitualmente los hipócritas son personas muy carismáticas y pueden dar la imagen de ser encantadoras, pues siempre están intentando dar la mejor impresión de sí mismas, aunque sea atropellando a otros. Cuando están con alguien, esa persona es lo mejor, lo máximo, lo más grande. A sus espaldas, destrozarán sin piedad a esa misma persona y envenenarán a otros en su contra. Los hipócritas jamás se equivocan, siempre los otros. Se presentan como seres perfectos y si se ven pillados en una mentira, siempre tendrán la suficiente imaginación para dar una excusa perfecta o inventar una historia que lo explique todo. Este personaje, que es agresor por naturaleza, rápido a la hora de señalar errores en los demás, obsesionado con dañar a quienes le rodean y evasivo a la hora de asumir la responsabilidad sobre sus errores, siempre tratará de hacerles daño a los demás, pero nunca lo hará de frente. De todas maneras, como en esta vida no hay día que no llegue ni plazo que no se cumpla, habrá un momento para enfrentarlo. El mediocre Los mediocres son personas con poca imaginación, pobres de espíritu, sin mayores ilusiones, incapaces de visionar un

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futuro prometedor, muy dadas a la crítica gratuita y fácil, maleables, seguidoras enfermizas de algún rebaño social, o religioso, o deportivo, o político. Personas que hacen lo que ven hacer a otros sin cuestionarse por qué y que hablan muy mal de aquellos que no hacen lo que ellos creen que se debe hacer. Son muchos los mediocres que nos encontramos a diario. Más de los que uno pudiera imaginarse. Personas parásitas que piden y piden, que hablan de derechos y, sin vergüenza, se olvidan de los deberes, personas grises, prejuiciosas, ignorantes, con una resistencia al cambio a prueba de lo que sea. Personas que creen estar en la posesión de la verdad absoluta, de ego delirante, cuyo único estímulo es dificultarles la vida a quienes no son como él. Aquí está, señoras y señores, la "gente promedio", con un conocimiento básico muy similar, haciendo parte de un statu quo en el que todo parece ser correcto, pero en el que no hay espacio para dar respuestas que desafíen la comodidad de aquel "es mejor malo conocido que bueno por conocer" con el que evitan salir de su burbuja de seguridad y alejarse de los estándares establecidos por la mediocridad. Y cuando alguien se atreve a salirse un poco de ese promedio, será juzgado como loco, o por lo menos como traidor. Si un escorpión es atacado, clava su aguja para defenderse. Si es encerrado, se clava a sí mismo el veneno. Si alguien se atreve a salir un poco de la mediocridad, estará atacando a los demás en lo que ellos saben y creen correcto, y estos se defenderán clavándole su veneno. La mediocridad es el atributo de aquellos que aspiran a lo máximo haciendo lo mínimo. Por la falta de confianza en sí mismos, miedo al fracaso, incapacidad mental para aspirar a otro nivel o a la comodidad que da el esperar que otro resuelva sus problemas, se limitan a no hacer nada más o a dar el paso que los conduzca hacia algo mejor.

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Los dueños de la mediocridad tienen la tendencia a sentir y pensar en forma negativa, conviven con un miedo permanente a cometer errores y con una constante frustración por la vida que llevan. Viven a la defensiva y siempre sospechando de los demás, no saben poner límites en sus relaciones porque además del miedo al cambio le tienen pánico a ser abandonados. Los mediocres tienen la tendencia a juzgar constantemente a los demás, en el afán de sentirse superiores a ellos. La baja autoestima hace que las personas se sientan y actúen como víctimas. No creen en ellos mismos y por lo tanto no cumplen acuerdos, son incapaces de ser naturales y de actuar con espontaneidad, les aterra el cambio, exageran y mienten a causa de su inseguridad, se sienten avergonzados de sí mismos, son muy críticos, siempre están buscando la aprobación de los demás, tienen miedo de ser rechazados y son muy vulnerables a la opinión que tengan de ellos. Cuando agreden buscan la manera de hacerse notar, de hacerse visibles. Su vida es tan poco emocionante que quisieran, por lo menos, tener una anécdota para contarles a sus hijos o a sus nietos. El modo en que nos sentimos con respecto a nosotros mismos afecta todos los aspectos de nuestra vida. Nuestras respuestas ante los acontecimientos dependen de quién y qué pensamos que somos y son los reflejos de la visión íntima que poseemos de nosotros mismos. De todos los juicios a los que nos sometemos, ninguno es tan importante como el propio. La autoestima es la suma de la confianza y el respeto por uno mismo. Refleja el juicio implícito que cada uno hace de su habilidad para enfrentar los desafíos de la vida y de su derecho a ser feliz. El mediocre ha perdido esa capacidad. La baja autoestima es un trastorno serio que afecta a millones de personas, destruyendo sus relaciones, paralizándolas por el miedo, y creando vidas que nunca alcanzarán su potencial completo, dejándolas desequilibradas, necesitadas y frustradas.

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Crecidos en hogares disfuncionales y poco estimulantes, muy rara vez los mediocres tienen logros significativos, porque no hacen lo necesario para obtenerlos, pues están convencidos de que van a fracasar y se dan por vencidos con facilidad, en ocasiones incluso antes de empezar. En definitiva, los mediocres no aceptan los cambios porque no se sienten con la capacidad para enfrentarlos y resolver los problemas que surjan. Están a la defensiva, porque todo lo asumen como algo personal en su contra. Les da gusto cuando alguien fracasa o le pasa algo malo, como si esto acortara la distancia con los demás, poniéndolos casi en el mismo nivel, demostrando así, que ellos no están tan mal. Por este motivo tienden a criticar en forma constante a los demás y a ser unos agresores en realidad impetuosos, aunque justamente por mediocres no es difícil contenerlos. El exhibicionista Hay quienes no superan nunca la fase del exhibicionismo propia de la infancia y quieren hacer siempre de la mirada ajena un espejo de su autoimagen. Se sienten poca cosa y necesitan saberse con algún poder. Entonces, como mecanismo de búsqueda y estímulo, unos muestran sus órganos genitales para atemorizar o avergonzar a la víctima seleccionada, y otros muestran su pobreza interior, aprovechando el anonimato que les brindan la Internet, las redes sociales o el teléfono, para agredir a otros, simplemente por la satisfacción interior de sentirse poderosos. En ambos casos es una forma de decir: "Yo existo y poseo el objeto del deseo ajeno". Según la psicología, el exhibicionista es un ser que no se soporta, se cree inferior y por lo tanto necesita transformar la mirada ajena en lente de aumento capaz de ampliar su propia imagen. Él solo se ve en la mirada del otro, pues ante sus propios ojos se siente emocionalmente amputado. De ahí su

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miedo a la soledad, no solo a la soledad física, sino a la soledad del que no es reconocido. En la mayoría de los casos, la desobediencia de los niños, sus necedades, sus travesuras, el gusto en desafiar normas y costumbres o la exposición al peligro físico no son otra cosa que una manera de llamar la atención, de "exhibirse" para suplicar atenciones que compensen la pérdida inconsolable del cuidado materno, que hasta hace poco era permanente. A medida que va creciendo también trata de conseguir la atención de quienes se le acercan, desafían a los profesores y hacen lo indecible por conquistar la admiración de sus compañeros, se meten en líos y peleas y adoptan modas extravagantes, como reivindicando para sí el estatus de héroes que antes fue monopolizado por las figuras materna y paterna. Ese momento, que hace parte del crecimiento, suele quedar atrás cuando el niño y el adolescente afirman su personalidad y descubren que existen otras maneras de conseguir lo que quieren. No obstante, hay quienes no logran salir de allí. En la edad adulta, el exhibicionista se caracteriza por la búsqueda incansable de algo que pueda compensar su castración emocional y tratar de encubrir una personalidad que no consigue afirmarse ante sí misma y que por tanto siempre se mide por la opinión ajena. En otras palabras, sigue siendo un niño que va a la escuela con un reloj nuevo, no para saber la hora sino para que todos queden admirados con su objeto de ostentación. El exhibicionista siempre quiere sorprender, ocupar todos los espacios, contemplarse a sí mismo en una especie de altar imaginario al que los demás deben venir a rendirle culto y venerarlo. En este sentido, en el centro de sus sueños no están los ideales que profesa o el amor que jura, sino su figura misma. Todas las motivaciones de un exhibicionista comienzan y terminan en su ego. Es por ello por lo que encuentra en los chats de Internet y en las redes sociales, en los blogs que el mismo crea y en los mensajes telefónicos que el mismo envía,

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así sea con un nombre falso que le sirve de máscara, la oportunidad maravillosa de decir lo que quiera, en los términos que le provoque, y de verse publicado y de sentirse importante y reconocido. Si alguien le hace el favor de seguirle el juego y contestarle, tendrá el orgasmo que busca. En la vida diaria el exhibicionista no dialoga, simplemente agrede y se impone. Cuando escucha es con la mente centrada en sí mismo y no en los argumentos del otro. Nunca muestra señales de debilidad o tolerancia. Revestido de una supuesta omnipotencia, no actúa movido por principios, no se avergüenza de sus errores, ni se duele del sufrimiento ajeno. En suma, los exhibicionistas son personas crueles, solitarias, derrotadas y necesitadas de reconocimiento y afecto, que procuran superar sus falencias demostrándose que tienen algún poder sobre los demás. Siempre están listos para atacar como las serpientes que se esconden bajo la hojarasca del campo, a la espera de que aparezca la víctima para clavarle sus colmillos envenenados. Ignorar al exhibicionista es su muerte. Lo que sea, menos el anonimato. El iracundo De repente, sin que sea su estado habitual, alguien está pasando por un momento difícil y desfoga toda su rabia arremetiendo contra los demás. De alguna manera, el iracundo considera que el resto de la humanidad debe sentir la pena que a él lo abruma. La ira, para muchos expertos, es una emoción como cualquier otra. Aunque también hay quienes insisten en que se trata de una emoción anormal no controlada por aquel que la padece. La ira se puede considerar como la suma de situaciones que se van acumulando por muchos motivos, hasta un punto en el que sale proyectada en forma de ataque hacia los demás. Estos ataques se pueden manifestar de muchas maneras y

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suelen dirigirse a personas que nada tienen que ver con el motivo de la rabia, especialmente las más cercanas. En este mundo, los ataques de ira podrían ser vistos como normales porque son tan frecuentes como ver a otros hablar por teléfono o a los niños jugando a la pelota en un parque. Lo que no puede ser normal son las consecuencias de aquella explosión desmedida en la que se dicen o hacen cosas que no se desean en realidad. Esos episodios de agresividad impulsiva que son totalmente desproporcionados con la situación son los que hacen muy peligroso al iracundo. Todos sabemos lo que es la ira, pues la hemos experimentado alguna vez. Se trata de un estado emocional que varía en intensidad, yendo de la irritación leve a la furia intensa. Como otras emociones, está acompañada de cambios fisiológicos y biológicos. Es una emoción connatural a la condición humana y los especialistas la consideran algo tan sano como reír o llorar. Pero cuando gracias a ella el sujeto queda fuera de control y se vuelve destructivo, o sea, cuando queda a merced de esta emoción imprevisible y poderosa, puede ser conducido a muy diversos problemas en su calidad general de vida y, especialmente, en las relaciones con los demás. La ira es una respuesta adaptativa ante las amenazas, inspira emociones y comportamientos poderosos y a menudo agresivos, que nos permiten luchar y defendernos cuando somos atacados. Cierta cantidad de ira, por lo tanto, es necesaria para nuestra supervivencia. No obstante, no tiene nada de sano ni de normal que la emprendamos a golpes con cada persona u objeto que nos moleste. Leyes, normas sociales y sentido común ponen límites al alcance de esa ira que puede aparecer contra una persona específica, como un compañero de trabajo, un amigo, el jefe, el esposo, etc., o contra un acontecimiento como un atasco de tráfico, la lluvia, los gritos de unos niños en recreo, la demora para ser atendido en un almacén o un vuelo cancelado.

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La mayoría de los iracundos pierden la proporción de las cosas desde la infancia cuando, por ejemplo, al golpearse contra una mesa, los papás le dan palmadas a la misma y repiten: "mesa tonta". El niño crece pensando que los objetos inanimados, los acontecimientos y las personas que no puede controlar son sus enemigos y que tiene que pelear y descargar su ira contra ellos. Habitualmente, el iracundo es un solitario que no suele realizar ninguna actividad diferente a la de la rutinaria cotidianidad, a través de la cual podría canalizar su dolor y su rabia. Cualquier situación, palabra o suceso lo harán ponerse en acción y en un instante estará listo para responder y, sobre todo, para agredir. El inocente Los que agreden inocentemente, más que malestar producen risa. Están perdidos en el tiempo y en el espacio y no se dan cuenta de lo que dicen ni de lo que hacen. No les dan importancia a las consecuencias de sus actos, pues no están motivados por ninguna intención implícita ni explícita. En esta categoría están los niños, personas con alguna limitación mental, alguien bajo los efectos del alcohol o las drogas, los muy ignorantes o simplemente, los maleducados. El viejo dicho de que "los niños, los locos y los borrachos solo dicen la verdad" no es más que un decir. Ellos expresan lo que se les ocurre porque están desinhibidos. Inocencia equivale a sinceridad y buena fe, realidad en lo que se hace o se dice, sinceridad, sencillez y pureza de ánimo, propiedades que elogiosamente se atribuyen a los niños. No quiere decir esto que un borracho o un drogadicto sean personas agradables o simpáticas. Ni lo uno ni lo otro. Son una verdadera tragedia para la humanidad y especialmente para sus seres queridos y allegados, que tienen que soportarlos y padecerlos a cada instante. Aquí nos referimos a las tonterías

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que suelen decir cuando están bajo los efectos del alcohol o de las drogas. Son tan ilógicos, desatinados, incoherentes, contradictorios e irracionales que sus opiniones no hay que tomarlas en serio. Solo las podemos ver desde el ángulo de la inocencia y, habitualmente, el disparate solo puede causarnos risa. Un niño, un enfermo mental, una persona inculta, un borracho o un drogadicto, aunque en algunos casos podrían resultar muy mortificantes, se definen en principio como faltos de malicia, lo que bien podría ser que son ignorantes de la maldad. Es decir, una persona carece de malicia debido a que no conoce la maldad, al no conocer la maldad es vulnerable a sus efectos. ¿Quiénes son las víctimas favoritas de los estafadores y de los embaucadores? Yo me atrevería a decir que son los inocentes. En algunas culturas y religiones la inocencia es promovida como algo bueno e incluso deseado. Esto está relacionado con el deseo de los padres de que los hijos nunca crezcan y permanezcan a su cuidado para siempre. Por lo tanto cada vez que el niño presenta una manifestación de su inocencia, como esperar con mucha ilusión los regalos de Navidad, los padres lo miran con ternura. Nunca correremos peligro frente a una persona inocente, la que corre peligro es ella. Ya que desconocen la maldad, son incapaces de alejarse de ella para evitar ser dañados o no saben cómo defenderse, los inocentes se convierten en blanco fácil de los depredadores que habitan este mundo. Una epidemia llamada agresión En cualquiera de sus múltiples versiones, los agresores son personas que han interiorizado profundamente un ideal de persona como modelo incuestionable que deben seguir. Entre las características de este ideal están la fortaleza, la autosuficiencia, la racionalidad y el control del entorno que les

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rodea. La violencia supone, en muchos casos, un intento por recuperar el control perdido y demostrar su superioridad. Los agresores tienen un trastorno de personalidad que dificulta su manera de percibir, pensar y relacionarse con los demás y con ellos mismos. Además, presentan una baja tolerancia a la frustración, tienen dificultad para expresar sentimientos, desarrollan actitudes de control y celos irracionales, suelen ser poco asertivos, dependen emocionalmente de los otros y, en definitiva, son incapaces de hacer frente a las situaciones conflictivas de forma adecuada. Es una pérdida de tiempo, para no decir que una tontería, entrar en discusiones con un agresor. Por lo tanto, bastará con dejarles en claro, de una vez y para siempre, que no les vamos a permitir que se salgan con la suya. La galería de personajes que acaban de desfilar frente a nuestros ojos, por la razón que sea, son incapaces de avenirse a un razonamiento elemental, sobre todo en cuestiones que afectan a otros. La mayoría de ellos acostumbran a ser muy mentirosos, parecen muy convincentes y se hacen los ofendidos si no les creen. Tienen mala fe para manipular a la gente, repiten sus errores sin tomar conciencia de que deberían modificar su conducta y usan a los demás todo el tiempo. Tienen intuición para captar los puntos débiles del otro y utilizarlo según sus conveniencias. Viven sin normas morales. No las entienden ni las aceptan. Las emplean porque saben que les convienen. Los agresores están por todas partes y son como una maldición, una epidemia detestable que nos dejaron en esta Tierra para ponernos a prueba.

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4 La inteligencia emocional ¿Alguna vez se ha detenido a pensar por qué algunas personas parecen dotadas de cualidades especiales para entender, razonar o resolver cualquier asunto? ¿Por qué hay personas que, aun cuando no sean las que más se destacan por su "inteligencia", parecerían tener un don especial que les permite vivir mejor que el promedio? ¿Recuerda ese compañero de escuela o de universidad, de apariencia simple y respuestas tontas, que terminó siendo el más exitoso? ¿Por qué unos parecen más capaces que otros para enfrentar contratiempos, superar obstáculos, incluso, ver las dificultades bajo una óptica distinta a los demás?... Pues bien, el secreto ya no lo es más. De acuerdo con la moderna ciencia de la Inteligencia Emocional, todo se limita a una cuestión de emociones y a la buena gestión de las mismas. A lo largo del siglo XX hizo carrera un concepto de inteligencia restringido a las funciones cerebrales y se ideó una herramienta conocida como test de Coeficiente Intelectual, IQ. La prueba se diseñó para medir condiciones cognitivas como vocabulario, razonamiento matemático, verbal y abstracto, conocimiento de datos y memoria a corto y largo plazo.

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De entrada la idea no deja de ser un tanto descabellada, pues no se puede cuantificar o medir lo inmedible. No podemos decir que tenemos 93 de amor, 28 de libertad, 41 de hambre, 23 de fama o 17 de tristeza. Del mismo modo, no deja de ser un absurdo, así esté amparado en muchos nombres ilustres, decir que alguien tiene 110 de inteligencia. Así algunos discutan que hay unos parámetros soportados por el mismo test, ¿quién nos asegura que alguien tiene 2,7 de razonamiento abstracto, cuando al momento del examen estaba distraído en pensar que su mejor amigo se debatía entre la vida y la muerte en la unidad de cuidados intensivos de un hospital? Esas cosas externas no tienen nada que ver con los resultados de un test de Coeficiente Intelectual. Por eso, el sujeto es el poseedor de un lastimoso 2,7 de razonamiento abstracto y, aunque esté lleno de cualidades, como la de conmoverse porque su amigo está enfermo, no sirve para manejar una hoja de cálculo, barrer una bodega o conducir un montacargas. Bajo ese concepto, nacen frases tan deplorables que escuchamos todos los días, como: "no tiene por qué traer sus problemas personales al trabajo". Dichas mediciones se usaron y se siguen usando en distintos ámbitos como la psicología educativa, la orientación escolar y la selección de personal. Gracias a este examen, que intenta medir la inteligencia racional, numerosos seres humanos han sido descalificados para realizar un trabajo y cuantiosos niños han sido sometidos a tortuosos entrenamientos para que eleven sus cifras. Abundantes personas que obtienen bajos puntajes con el famoso test, tienen mucho éxito en la vida, mientras que otros con altas calificaciones no llegan tan lejos. El test de IQ —por las siglas en inglés de Intelligence Quotient— no hace otra cosa que ratificar la vieja idea de que la inteligencia es la capacidad de adquirir nuevos conocimientos para aplicarlos en situaciones nuevas y resolver problemas no programados.

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Un sacerdote católico, profesor de ética en la Universidad Nacional de Colombia, se paró frente a sus alumnos y luego de una importante y atractiva disertación sobre asuntos de la competencia desleal, se dispuso a entrar en materia, pero fue interrumpido por uno de los estudiantes: —Padre, ¿en lugar de hablar de la competencia desleal, por qué no hablamos de las tetas de Megan Fox? El sacerdote lo miró emocionado como si hubiera descubierto el secreto de la eterna juventud y mientras se sentaba en la primera fila, le dijo: —¡Me parece fantástico! Comience usted. El religioso pudo haber reaccionado con rabia porque el joven, además de intentar sabotearlo, utilizó un lenguaje inapropiado para su jerarquía como sacerdote y para su dignidad como profesor de ética. La reacción de la mayoría de los profesores que usted y yo conocemos, hubiera sido pedirle que se retirara del lugar. Eso es lo que le hubiera aconsejado la inteligencia racional, la misma que miden con el test de IQ. No obstante, el sacerdote puso a funcionar su inteligencia emocional, esa que no se mide, tomó conciencia de que nada bueno sacaba con disgustarse, se metió en el juego del adversario, controló la situación y quedó como un verdadero maestro. Gracias a la inteligencia emocional, hoy entendemos que la inteligencia no consiste en conocer muchas cosas, sino en saberse adaptar al entorno. Los científicos dicen que un animal es más evolucionado o más inteligente que otro, en la medida en que se adapta mejor al medio ambiente. Inteligencia emocional es un término acuñado por los psicólogos Peter Salovey y John Mayer, de la Universidad de Yale, Estados Unidos, difundida mundialmente por el psicólogo, filósofo y periodista Daniel Goleman, y se define como la capacidad de sentir, entender, controlar y modificar estados anímicos propios y ajenos. La inteligencia emocional

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nos ayuda a entendernos a nosotros mismos, a ser más conscientes de lo que acontece en nuestro interior, y también a relacionarnos mejor con los demás. Veámoslo desde otro ángulo: tenemos a un hombre que se graduó con las mejores notas en la Escuela de Negocios de Harvard, ha hecho dos doctorados y aparece en los Guinness Records como el hombre que más rápido multiplica dos por dos en el planeta. Por estas razones una importante multinacional le hace el test de Coeficiente Intelectual y obtiene un puntaje de 130. Un superdotado según la tabla. Lo nombran presidente pero la empresa empieza a tambalear porque él no tiene ninguna motivación, ni el don para motivar a otros. Teniendo a semejante lumbrera le asignan la tarea de ser negociador con el sindicato, pero el superdotado no tiene autocontrol y se sale de casillas con facilidad. Entonces, lo convierten en vendedor pero no posee ninguna habilidad para el trato con el público... ¿De qué le sirve su 130, sus títulos, y saber multiplicar tan rápido dos por dos? La inteligencia racional es muy importante, pero de poco o nada sirve sin el apoyo de la inteligencia emocional. El secreto del éxito La inmensa mayoría de las personas concebimos el éxito como el logro de la realización personal, manteniendo el equilibrio entre la salud, lo profesional, lo afectivo, lo familiar y lo social. De alguna manera, el culto al éxito no mide los costos en términos del valor más importante: nuestra propia vida. El éxito que se logra descuidando la salud, las relaciones y la paz de la mente, no vale la pena. ¿Puede considerarse exitoso a alguien que termina con una úlcera, sufriendo del corazón, o divorciado por culpa de las presiones laborales, o que no tenga amigos porque los compañeros se convirtieron en competidores?

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Hoy existe una creciente tendencia a definir el éxito en términos de una vida balanceada, en la cual los objetivos materiales comparten espacio con valores intangibles: relaciones y roles familiares enriquecedores y de apoyo mutuo, un cuerpo saludable que pueda controlar el estrés, gran participación en la vida comunitaria, y oportunidades para satisfacer deseos altruistas y creativos. Una vida balanceada no puede alcanzarse sin inteligencia emocional, un componente que nos permite poner en marcha y sostener lo que hoy se conoce como el sistema del éxito total. Todos pasamos por momentos de crisis en nuestras vidas que, si estamos en capacidad de abordar y reorientar, serán motivo de aprendizaje y crecimiento. Todos hemos estado frente a alguien que nos agrede, pero hemos perdido la capacidad de manejar la situación y reaccionar apropiadamente, porque hemos quedado bloqueados. Si el reto consistiera en multiplicar cinco por ocho o ejecutar una regla de tres, tendríamos muchas salidas: contar con los dedos, hacer unas cuentas en un papel o con unos granos de maíz, buscar una calculadora o hasta preguntarle a alguien. Pero ¿cuál es la calculadora que nos permite resolver un enfrentamiento, o el papel en el que podemos cuantificar o manejar nuestro enojo o dolor ante una ofensa? ¿Con qué regla o lógica matemática podemos salir de un bloqueo mental que han provocado la imprudencia de otro y mi herido amor propio? Es aquí donde aparece al rescate la inteligencia emocional, que pone en marcha nuestra capacidad de controlar nuestras emociones, entender qué está sucediendo en nuestro cuerpo y en nuestra mente, regular las manifestaciones de lo que sentimos y hasta modificar un estado anímico y su exteriorización, hasta el punto de motivarnos a nosotros mismos y a los demás. También en ese punto entran en juego nuestras habilidades necesarias para entender qué están sintiendo los otros, poder ver la situación desde su punto de vista, y otras habilidades

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sociales que tienen que ver con el liderazgo y la eficacia interpersonal, y que pueden ser usadas para persuadir, dirigir, negociar y resolver disputas, así como para la cooperación y el trabajo en equipo. La secuencia es controlar, entender, regular y resolver. De nada sirve saber multiplicar, sumar, dividir y oprimir la tecla enter. Tendría que tener un IQ de 0,3 para desconocer que las matemáticas son una poderosa herramienta de comunicación y que, sin dudas, una buena alfabetización matemática debiera permitirnos analizar y comprender situaciones, organizar la información, describir fenómenos y generalizar procedimientos. Estas capacidades constituyen referencias básicas en el primer paso necesario para la resolución de problemas y para tomar decisiones ante las situaciones de nuestra realidad. Las matemáticas desarrollan el razonamiento lógico y contribuyen a la formación de las personas. Son una ciencia esencial en la vida. No obstante, para que así opere y no se quede en las simples funciones de la calculadora, tiene que ir de la mano con la inteligencia emocional. Nuestras emociones Los seres humanos poco o nada estamos familiarizados con nuestras emociones. Son algo que nos sucede allá adentro y que ya pasará. Tampoco entendemos mucho de la forma en que nos habla nuestro cuerpo y es por ello por lo que requerimos de un gran dolor para acudir al médico. Desconocemos que cualquier emoción tiene una repercusión en nuestro cuerpo y solo lo descubrimos cuando después de un gran susto, por ejemplo, nos falta el aire, tenemos un ataque de diarrea, de sed o de tos. La inteligencia emocional nos exige escucharnos a nosotros mismos para reconocer quiénes somos, qué es lo que nos ocurre o cómo reaccionamos, antes de entrar a relacionarnos con los

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demás, lo que también comienza escuchando, no solo lo que dicen con sus palabras, sino todo lo que expresan con su cuerpo. (Sobre el lenguaje no verbal nos ocuparemos en el siguiente capítulo). No es lo mismo una emoción que un sentimiento. Una emoción es un proceso corporal puro, fisiológico, imposible de ocultar, que afecta los músculos, las hormonas o las vísceras. La expresamos, por ejemplo, con la tensión de nuestro cuello o espalda. Los sentimientos son las percepciones conscientes que tenemos de esos estados corporales. Una de las grandes dificultades de las que partimos es que somos bastante analfabetos para leer las emociones. Muchas veces, detrás de nuestros estados de ira lo que hay es miedo, detrás de nuestro resentimiento lo que hay es tristeza, detrás de una agresión lo que hay es falta de afecto. Esta ignorancia emocional hace que nos sintamos muy inseguros. Si además partimos de ideas como el "pienso, luego existo" de Descartes, en la que se destaca que lo único importante son los procesos intelectuales y que las emociones y todos los procesos del cuerpo son cosas de segundo o tercer nivel, no es de extrañar que a veces nos sintamos tan perdidos como Adán el día de la madre y no entendamos lo que nos sucede. La inteligencia emocional nos invita a entender que el intelecto sin emociones no tiene sentido y que el ser humano es un ser emocional, con sus debilidades y fortalezas. La expresión de las emociones a través de los sentimientos es algo natural. Simplemente hay que aprenderlo a expresar por el canal correcto. La rabia reflejada en forma de violencia, la tristeza en forma de depresión o el amor en forma de sufrimiento, pueden generar un daño terrible. Hay que entender cómo esa potentísima energía de las emociones se puede transformar de manera creativa para que los demás, simplemente, tengan pistas sobre lo que nos pasa y nos ayuden a pasar a emociones más funcionales.

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La búsqueda Si sabemos lo que está pasando dentro de nosotros, de verdad, podemos interactuar con nosotros mismos de una manera mucho más eficiente, lo mismo que si sabemos lo que está sucediendo con las otras personas. Para un médico será más fácil el manejo de una apendicitis ya identificada, que pelear contra lo que parece ser una indigestión. La inteligencia emocional busca el desarrollo armónico y equilibrado de nuestra personalidad, contribuye a moderar o eliminar patrones o hábitos dañinos o destructivos y previniendo enfermedades producidas por desequilibrios emocionales permanentes como la angustia, el miedo, la ansiedad o la ira, favorece nuestro entusiasmo y motivación, y permite un mejor desarrollo de nuestras habilidades para relacionarnos con los demás, en todas las áreas. En este último plano, la inteligencia emocional determina qué tipo de relación mantendremos con nuestros subordinados —el liderazgo—, con nuestros superiores —la adaptabilidad— o con nuestros pares —el trabajo en equipo—. Las emociones determinan cómo respondemos, nos comunicamos, nos comportamos y funcionamos. Ante una agresión verbal, nos enfrentamos al dilema de la decisión: ¿responder o no?, ¿vale o no la pena?, ¿se justifica o no el gasto de energía? Esto implica encontrar una conducta adecuada ante una situación que supuestamente plantea un problema. Hay quienes deciden callar porque no encuentran la salida. Otros, sin entrar en consideraciones, dicen lo primero que se les ocurre. En unos casos el tiempo juega a favor y en otros en contra. Hay, por ejemplo, personalidades dependientes que nunca van a estar seguras de cómo responder y necesitarían escuchar las opiniones de otros. Los hay que responden a un patrón obsesivo y de alguna manera necesitan estar seguros de

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que lo que hacen es lo correcto. También están los que se quedan paralizados por el temor a lo que piensen los demás. Lo cierto es que en multitudes de casos tenemos un abanico de posibilidades y nos veremos en la obligación de escoger la que consideremos más adecuada, sea la que fuere, con la opción de acertar o de equivocarnos. La mayoría de los bloqueos aparecen cuando no somos capaces de poner en marcha nuestra inteligencia emocional por estar pensando, en medio de la rabia, en la forma de agradar o de no decepcionar a los demás. Este es el caso de la mayoría de los políticos que pretenden tener asegurados sus electores por siempre, sin darse cuenta de que los grandes líderes, aun considerando lo que piensan los demás, se arriesgan a tomar una decisión. Antes de llegar a la parte más desarrollada de nuestro cerebro, o sea, donde razonamos o reflexionamos, tenemos dos partes que nos relacionan más con el mundo animal. Una muy instintiva que nos obliga a reaccionar agrediendo o huyendo ante cualquier estímulo exterior. La otra, más emocional, tiene una visión más intuitiva de las cosas y nos permite adaptarnos a un territorio que nos pone en contacto con el mundo que nos rodea. Algunos expertos dicen que el punto común entre esas inteligencias, la racional y la emocional, es la palabra inteligencia. Poder de reacción Minutos antes de terminar una de sus charlas, un afamado conferencista en temas de economía les sugirió a quienes tuvieran alguna pregunta, que la escribieran junto con su nombre en un trozo de papel, lo que ayudaría a agilizar el proceso.

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El orador sacó varios papelitos y fue resolviendo las inquietudes que se le planteaban. De repente sacó uno de los papeles y leyó en voz alta: —Estúpido. Sonrió y le explicó al auditorio: —Por lo general, a la gente se le olvida poner el nombre. Pero es la primera vez que me ocurre que a alguien se le olvida escribir la pregunta. La inteligencia emocional es la capacidad de manejar las emociones propias y ajenas. Es decir, es la facultad de sentir, entender, controlar y modificar estados anímicos propios y ajenos. Según Charles Darwin las emociones se han desarrollado en su origen con el fin de preparar a los animales para la acción, en especial, en una situación de emergencia. Ante el peligro, todos los animales se preparan para reaccionar en centésimas de segundo. Es por ello por lo que las aves levantan vuelo y los mamíferos se mueven con rapidez hacia la lucha o la huida. Son impulsos básicos para la preservación de la vida. Darwin asegura que, como parte del reino animal, la mayoría de nuestras emociones están grabadas en nuestro código genético. De acuerdo con la inteligencia emocional, no existen las emociones negativas. Si estamos en medio de una situación en la que sentimos miedo, enojo, culpa, envidia, tendremos una información maravillosa y precisa sobre la situación que estamos experimentando en ese momento, al igual que si sintiéramos alegría, gratitud, entusiasmo o placer. Ningún sentimiento es malo en sí. Simplemente cumple su función. Ningún sentimiento hace daño si lo sabemos aprovechar. El tablero de un automóvil tiene muchos indicadores y si uno de ellos se enciende en señal de alarma, no podríamos pensar que se trata de una señal negativa. Simplemente es un aviso que nos permitirá tomar unas acciones para resolver la situación, como poner combustible o cambiar el aceite.

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Emociones destructivas son aquellos estados anímicos que nos dañan psicológica o físicamente. Las emociones comunican nuestros estados internos y nuestros deseos a las demás personas. El enojo, por ejemplo, señala que tenemos la intención de proteger nuestros límites. Disgustarse es una reacción natural, pero si ese disgusto no está acompañado de un acto de conciencia, o sea, no es controlado, puede convertirse fácilmente en ira y esta puede degenerar en odio, y el odio ha sido y es la base de los grandes y peores conflictos de la humanidad. No se puede realizar una guerra en la que los soldados no sientan odio por el adversario. Los cinco elementos La inteligencia emocional determina nuestro potencial para aprender y desarrollar las habilidades prácticas que se basan en sus cinco elementos: autoconciencia, autocontrol, motivación, empatía y manejo de las relaciones interpersonales. La autoconciencia es la capacidad de reconocer, con la mayor objetividad posible, nuestros deseos, pensamientos y estados anímicos. Un alto grado de autoconciencia puede ayudarnos en todas las áreas de nuestra vida. Todos los seres humanos tenemos fortalezas y debilidades, pero la diferencia entre nosotros se da en el nivel de autoconciencia que tengamos. Esta incluye la habilidad de escuchar a otras personas que nos reflejan parte de nuestra identidad y de nuestra conducta que no podemos observar. Vamos a suponer que en medio de una reunión alguien nos agrede verbalmente y nosotros, aunque nos dé mucha rabia, decidimos quedarnos callados. Al terminar el encuentro, nos acercamos al otro y le decimos que su agresión nos ha molestado. Entonces el otro contesta: "¿Yo? ¿Yo te agredí?". Esa constituye la fase cero de la autoconciencia. El ideal es ser capaces de contenernos ante las tormentas emocionales a las

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que siempre estamos sometidos. El objetivo es el equilibrio, no la represión. El autocontrol es todo lo contrario de la represión. Si vamos conduciendo un automóvil, podemos decir que lo controlamos, no que lo reprimimos. Reprimir es un hecho generalmente inconsciente y forzado, el control emocional es siempre voluntario y espontáneo. Este no es el encendido y apagado de nuestro equipo de sonido, sino la determinación del volumen al que escuchamos la música. Es decir, el control emocional nos sirve, entre otras cosas, para responder adecuadamente a los cambios del entorno, para mantener armonía en las relaciones interpersonales, para cuidar nuestra salud y para trabajar con mayor eficiencia. La motivación es la conducta dirigida hacia un fin u objetivo y no puede existir si no va de la mano con las emociones. Es el combustible que nos permite movernos hacia los objetivos que nos hemos propuesto. La capacidad de motivarnos se pone especialmente prueba cuando aparecen las dificultades, el cansancio y fracaso. En el ciclo de la motivación, el primer elemento es motivo, luego vendrán la autoconfianza, el optimismo, entusiasmo, la persistencia y la resistencia.

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Los líderes saben muy bien que la motivación es más importante que las destrezas intelectuales o técnicas. La empatía es la cuarta habilidad práctica de la inteligencia emocional y no es otra cosa que tener la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Es del todo independiente de la simpatía o de la antipatía. Si una mujer me parece muy agradable empiezo a proyectar un montón de mensajes y, por simpatía, puedo llegar a pensar que es genial, aunque al final descubra que se trata de una bruja. Por el contrario, una persona que no me cae bien, aunque sea un ser humano maravilloso, puede despertar en mí un sentimiento de antipatía. En la empatía tengo que

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poder, sin dejarme afectar por el impacto emocional que la persona me produce, ponerme en su lugar. Como en la mayoría de las habilidades, no basta con entender al otro, hay que demostrarlo. El otro percibe que lo comprendemos cuando le prestamos atención y no lo juzgamos ni lo descalificamos. La empatía es una capacidad superior que afecta profundamente a todas las otras habilidades, facilitándolas o interfiriéndolas. Las relaciones interpersonales parten del principio de que no estamos solos en este mundo, que somos un ser para otros. A través de la inteligencia emocional terminamos por comprender que la mejor manera de cambiar el rumbo de una relación es cambiando nosotros mismos. La inteligencia racional intentará que la otra persona cambie. Al hacernos conscientes de que lo único que está en nuestras manos para modificar el curso de cualquier relación, somos nosotros mismos, asumimos el control de los acontecimientos y dejamos de depender del otro. Desde la perspectiva de la inteligencia emocional, buscamos lo positivo de cada persona y nos replanteamos los paradigmas que de una u otra manera hemos construido acerca de los demás. Existe una tendencia natural, muy de la inteligencia racional, a derrotar al adversario, a buscar la ganancia propia. Las relaciones interpersonales, asumidas desde la óptica de la inteligencia emocional, nos enseñan que la única actitud y el único comportamiento válido es aquel en el que ambas partes salen ganando. Todo esto se resume en la vieja frase de "trate a los demás como quiere que lo traten a usted". Todos somos vulnerables

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Mujeres y hombres tenemos maneras diferentes de enfrentar las emociones. No hay acuerdos científicos de si esto es plenamente cultural o también tiene un componente biológico. En tiempos pasados el peso cultural era muy grande y poco a poco se fue achicando esa distancia que se pretendía poner entre el hombre y la mujer. Sin embargo, aún hoy, a ambos no se nos educa de la misma manera con respecto a las emociones. A los hombres, cuando somos niños, nos dicen que no debemos llorar, mostrarnos muy sensibles o tener miedo. Cuando pasan los años, las relaciones hombre mujer aparecen distorsionadas gracias a las informaciones equivocadas a las que hemos sido sometidos. Cuando el hombre le pregunta a la mujer "¿Qué te pasa?", ella escucha música en sus oídos: "se interesa por mí" o "me quiere". Es por eso por lo que la mayoría de las veces ellas contestan: "Nada". Primero, porque no quieren que las descubramos y segundo, porque desean que les preguntemos nuevamente para volver a escuchar la música. En cambio, cuando ellas nos preguntan: "¿Qué te pasa?", de alguna manera los hombres nos sentimos amenazados, como si invadieran nuestro territorio o estuvieran cuestionando nuestra vida entera. Y eso es solo una pregunta simple. Imaginémonos ahora las lecturas que ambos pueden hacer de una discusión de diez minutos. Aun diciendo las mismas cosas, pueden estar hablando de temas completamente diferentes. Y si esas cosas suceden en la que podríamos llamar relación básica entre un hombre y una mujer, ¿qué podríamos esperar de la relación con personas más lejanas y hasta desconocidas? ¿A qué extremos podríamos llegar con una persona que nos ha agredido verbalmente? Las emociones nos hacen vulnerables y es por ello por lo que aparecen los mecanismos de defensa y las distorsiones culturales.

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Durante una discusión, las emociones son tan intensas, la perspectiva se hace tan reducida y el pensamiento tan confuso, que no hay muchas esperanzas de alcanzar el punto de vista del otro, ni de resolver las cosas de una manera razonable. A fin de cuentas, el conflicto va de la mano con la existencia y en ninguna parte nos enseñan a solucionarlo. Pasar del conflicto al entendimiento no debería ser tan dramático si no perdiéramos contacto con nosotros, desconociéramos al otro y nos descontroláramos. Las crisis son siempre una oportunidad. Si somos capaces de capitalizar, si podemos aprender, si tenemos la inteligencia emocional para no reprimir, una vez superado el momento de duelo que toda crisis conlleva, estaremos en un punto de partida, no en un punto de llegada. La vida es de alguna manera un conflicto, pero ese conflicto se puede gestionar de muchas maneras. Podríamos hacernos los locos y huir, podríamos tomarlo todo como una agresión y contraatacar, podríamos manipularlo todo para llevar a los demás al terreno que se nos antoje, o bien, podríamos asumir el conflicto, llegar al diálogo y finalmente a un acuerdo que resulte favorable para ambas partes. El peor enemigo No hay peor enemigo que aquel al que desconocemos totalmente. Por desgracia son muchos los que andan por ahí de pelea contra todo y contra todos, como si vivieran en medio de una venganza contra alguien, sin darse cuenta de que el verdadero enemigo lo llevan por dentro. La inteligencia emocional nos invita a que, si queremos ser comprendidos por los demás, nos conozcamos a nosotros mismos. No podemos esperar que los demás nos comprendan y nos acepten, cuando ni siquiera nosotros mismos logramos explicarnos, comprendernos y aceptarnos.

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Ser capaces de establecer unas relaciones cordiales con nosotros mismos, se considera el paso inicial. No es posible encontrar una salida genial, o por lo menos equilibrada, a una agresión de los demás, o a cualquier otra dificultad, cuando ni siquiera hemos sido capaces de descubrir el misterioso personaje que nos habita. De nada nos sirve tener un IQ de 220, o alcanzar 97 de muchas ciencias y artes, si no sabemos nada de nosotros mismos. El principio esencial de todas las sabidurías es el autoconocimiento. De allí se desprenden el control y manejo correcto de nuestras facultades y comportamiento. Revisemos con toda sinceridad nuestras actuaciones y reacciones a eventos pasados y allí empezaremos a descubrir quién es ese que se esconde adentro. Recordemos y analicemos objetivamente las observaciones y críticas que nos hayan hecho los demás sobre nuestra manera de ser e iremos avanzando. Traigamos a primer plano nuestras actitudes más frecuentes alrededor de nuestras relaciones con los demás y nuestras ideas más recurrentes sobre la sociedad, el dinero, los amigos, el matrimonio, la honestidad, la solidaridad... y estaremos cerca de obtener una radiografía de nuestro verdadero ser. De nada sirve que nos engañemos. Si pensamos, por ejemplo, que la mayoría de la gente es deshonesta, al hacer el examen no podemos decir que confiamos en casi todo el mundo. Estaríamos en un lastimoso cero de sinceridad. Obtener una conciencia más amplia de nosotros mismos, nos permite abrir las puertas a los demás, comprendiendo, al menos en parte, algunas de sus actitudes. En otras palabras, solo puedo entender a plenitud la rabia que otro siente por mí, si he tenido la necesidad de aceptar y conducir un sentimiento parecido en contra de alguien. Las emociones son, en esencia, impulsos que nos llevan a actuar, un mecanismo de reacción automática con el que nos ha dotado la evolución y que nos permite afrontar situaciones de muy diversa índole y grado de complejidad, así no tengamos habilidades matemáticas para resolver ecuaciones de tercer

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grado. Este mecanismo se puede comprender fácilmente si imaginamos que somos un barco que se gobierna mediante un piloto automático guiado por una brújula que señala en cada momento el camino que vamos a seguir. El barco siempre obedece a la brújula —emociones—, es decir, va hacia donde señala la brújula, que está especialmente diseñada para conducirnos en la difícil tarea de sobrevivir. Las inteligencias múltiples El psicólogo, investigador y profesor de la Universidad de Harvard Howard Gardner, ampliamente reconocido en el ámbito científico por sus investigaciones en el análisis de las capacidades cognitivas, formuló la teoría de las inteligencias múltiples, basada en que cada persona tiene por lo menos ocho inteligencias u ocho habilidades cognoscitivas que le permiten manejar todas las situaciones que se le presentan en la vida. Gardner amplía el campo de lo que es la inteligencia, que anteriormente solo se basaba en las inteligencias lingüística y matemática, dando una mínima importancia a las otras, reconociendo algo que todos sabíamos intuitivamente, y es que la capacidad para almacenar datos o la brillantez académica no lo es todo. A la hora de desenvolvernos en esta vida no basta con tener unas buenas calificaciones escolares. Hay gente de gran capacidad intelectual pero incapaz de, por ejemplo, elegir bien a sus amigos y, por el contrario, hay gente menos talentosa en la escuela que triunfa en el mundo de los negocios o en su vida personal. Triunfar en los negocios, o en los deportes, requiere ser inteligente, pero en cada campo utilizamos un tipo de inteligencia diferente. No mejor ni peor, pero sí distinto. Dicho de otro modo, Einstein no es más inteligente que Tiger Woods, pero sus inteligencias no pertenecen al mismo campo. Al mismo tiempo, Gardner define la inteligencia como una capacidad. Hasta hace muy poco la inteligencia se consideraba

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algo innato e inamovible. Se nacía inteligente o no, y la educación no podía cambiar ese hecho. Tanto es así que en épocas muy cercanas, a los deficientes psíquicos no se les educaba porque se consideraba un esfuerzo inútil. Al definir la inteligencia como una capacidad, sin negar el componente genético, Gardner la convierte en una destreza que se puede desarrollar. Para él todos nacemos con unas potencialidades que se van a desarrollar de una manera o de otra dependiendo del medio ambiente, de nuestras experiencias personales, de la educación recibida, etc. Ningún deportista de alto rendimiento llega a la cumbre sin entrenar, por buenas que sean sus cualidades innatas. Lo mismo se puede decir de los matemáticos, los escritores, los cocineros o los pintores. Para solucionar problemas en todos los ámbitos de la vida se necesitan las habilidades del pensamiento que están sustentadas en las inteligencias múltiples. Estas son la lingüistica-verbal, la lógico-matemática, la musical, la espacial, la corporal-kinestésica, la interpersonal, la intrapersonal y la naturalística. Gracias a ellas no todos tenemos los mismos intereses y capacidades y no todos aprendemos de la misma manera. La inteligencia lógico-matemática corresponde con el modo de pensamiento del hemisferio racional y con lo que nuestra cultura ha considerado siempre como la única inteligencia. La inteligencia lingüística tiene que ver con ambos hemisferios y es la de los literatos y los buenos conversadores. La inteligencia espacial nos permite formar un modelo mental en tres dimensiones, como lo hacen los marineros, los ingenieros, los cirujanos, los escultores o los arquitectos. La inteligencia musical es la que nos ayuda a movernos con armonía, cantar afinadamente y hasta a componer una canción. Con la inteligencia corporal-kinestésica utilizamos el propio cuerpo para realizar actividades deportivas, labores manuales o resolver problemas. Gracias a la inteligencia intrapersonal nos entendemos a nosotros mismos. Con la interpersonal

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entendemos a los demás y la encontramos en los buenos vendedores, los políticos, los profesores o los terapeutas. Finalmente, la inteligencia naturalista es la que utilizamos cuando observamos y estudiamos la naturaleza y nuestra relación con la misma. La inteligencia intrapersonal y la interpersonal conforman la inteligencia emocional y juntas determinan nuestra capacidad de dirigir nuestra propia vida de manera satisfactoria. Naturalmente todos tenemos las ocho inteligencias en mayor o menor medida. Un ingeniero necesita una inteligencia espacial bien desarrollada, pero también necesita de todas las demás, de la inteligencia lógico-matemática para poder realizar cálculos de estructuras, de la inteligencia interpersonal para poder presentar sus proyectos, de la inteligencia corporalkinestésica para conducir su automóvil hasta la obra, etc. Cada una de esas inteligencias hace parte de nuestro ser, desarrolladas de manera muy particular, producto de la dotación biológica de cada quien, de nuestra propia interacción con el entorno y de la cultura imperante en el momento histórico. Las combinamos y las usamos en diferentes grados, de manera personal y única. Para Gardner es absurdo que, sabiendo lo que ya conocemos sobre modos de aprendizaje, tipos de inteligencia y estilos de enseñanza, sigamos insistiendo en una educación centrada en solo dos tipos de inteligencia. Lo que se está planteando ahora es que, de la misma manera que practicamos y desarrollamos la capacidad de escribir o de resolver problemas de álgebra, podemos desarrollar y practicar el conjunto de capacidades que nos permiten relacionarnos de manera adecuada con el mundo exterior y con nosotros mismos. Estamos hablando de preparar mejor a las nuevas generaciones para que puedan enfrentarse a un mundo cada vez más competitivo y más agresivo. Unas

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nuevas generaciones que puedan enfrentar a un agresor y, sin convertirse también en agresores, puedan expresar con claridad y sin rodeos todo lo que sienten, exigir respeto sin necesidad de amenazas, hacerse valorar sin experimentar el malestar de la humillación y poder seguir felices por la vida sin el ego herido, como en el cuento chino que procedo a transcribirles. Hace muchos años en un remoto rincón de China vivía un matrimonio. Fu-Sing, la esposa, mantenía en perfecto orden los asuntos del hogar y hallaba una solución para cualquier problema. Sian Kiang, el marido, le pedía consejo para todo y se sentía orgulloso de ella. Una vez él enfrentó un serio desacuerdo con un comerciante de caballos y le contó a su esposa. En cuestión de minutos ella dio una respuesta rápida y justa para las dos partes. Feliz por el desenlace, Sian Kiang pintó un hermoso cartel de colores con el retrato de su mujer y escribió con letras grandes: Mi esposa es la mujer más inteligente de China. Cuando vieron el cartel colgado en la puerta de la casa, los vecinos se irritaron porque no podían aceptar la inteligencia femenina. El dueño de las tierras, que pasaba por ahí, se enteró y mandó llamar a Sian Kiang. —Mucha gente está descontenta con ustedes, y te voy a poner a prueba. En caso de no cumplir, tú y tu mujer tendrán que irse. —¿Y en qué consiste la prueba? —preguntó, tembloroso, Sian Kiang. —Más bien son varias —anunció el señor. —Primera: tienes que tejer una tela tan larga como la distancia que hay de aquí al Sol. Segunda: tienes que hacer tanto vino como agua hay en el mar. Tercera: tienes que criar a un cerdo tan pesado como las montañas de la Luna.

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Una vez en casa, Sian Kiang contó llorando a Fu-Sing lo que había ocurrido y ella lo reconfortó. —No te preocupes —le dijo riendo. —Los problemas más complicados se resuelven con las respuestas más sencillas. Duerme tranquilo pues mañana te daré tres objetos y te diré qué hacer con ellos. Al día siguiente, Sian Kiang llegó ante el señor de las tierras llevando consigo una regla, un recipiente medidor y una báscula. —Señor mío —le dijo, —hoy desperté temprano y me di cuenta de que para cumplir las misiones que me encargó, necesito más detalles. Vine a prestarle estos instrumentos para facilitar su tarea. La regla le servirá para medir la distancia que hay hasta el Sol. Así podrá decirme de qué tamaño es la tela que debo tejer. El recipiente le permitirá saber cuánta agua hay en el mar, para que me indique la cantidad de vino que hemos de preparar. Por último, con la báscula usted sabrá lo que pesa una montaña de la Luna y me dirá las dimensiones del cerdo que tenemos que criar. En cuanto me dé esa información, me pondré manos a la obra. Sorprendido por la ingeniosa respuesta, el señor le preguntó cómo se le había ocurrido. —Fue mi mujer quien la pensó —explicó Sian Kang. El señor le ofreció una disculpa y lo dejó ir sin problema. De inmediato ordenó a sus servidores que hicieran un gran cartel y lo colgaran en la plaza de la aldea: "La esposa de Sian Kang es la mujer más inteligente del mundo".

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5 Mil palabras en un gesto Nos estamos preparando para salir airosos y con definitivo éxito de un ataque verbal sin necesidad de entrar en el juego del agresor, pero aniquilándolo por completo. Si el agresor está frente a nosotros, lo primero que quiere ver es "la cara que ponemos", antes que la posible respuesta que le demos. Él quiere vernos descompuestos, liquidados, indispuestos, espantados y bloqueados, lo que le da la certeza de que cualquier cosa que podamos contestarle será un sartal de tonterías, que él podrá utilizar a sus anchas para reforzar sus argumentos y terminarnos de arrinconar. Pero como estamos decididos a que eso no suceda jamás, nos adelantaremos a saber cómo se expresa nuestro cuerpo para poder dominarlo, saber conducirlo, camuflarlo y modificarlo y, en último caso, descubrir todo lo que se esconde en el lenguaje no verbal del otro, para hacernos dueños de la situación y sacar el mayor provecho de ella. Para el caso que nos ocupa, el estudio de la comunicación no verbal es de fundamental importancia para conocer la forma en que el otro nos ve y encontrar la manera de disfrazar nuestras reacciones. No obstante, esta materia no puede verse

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como una unidad aislada, sino como una parte inseparable del proceso global de comunicación. A través de las emociones y las señales que las identifican, podemos contradecir, acentuar, complementar, repetir, sustituir o regular todo el proceso de la comunicación verbal. La comunicación no verbal, nuestra postura corporal y gestual suele expresar mucho más de lo que habitualmente imaginamos. Le damos tanta importancia al lenguaje verbal, a lo que decimos, a la forma en que nos expresamos, que nos olvidamos de lo que estamos proyectando con nuestra imagen, la forma en que nos movemos, la manera en que miramos y el arrebato de nuestras manos. Constantemente, el ser humano, quiéralo o no, está transmitiendo algo con su cuerpo. Cualquier pensamiento que cruza nuestra mente, tiene una respuesta fisiológica inmediata, aunque no se pronuncie palabra. Y aquí viene la buena noticia: cuando hacemos consciente el lenguaje no verbal, que suele ser inconsciente, lo podemos manejar. Aquellos que han tomado conciencia de la comunicación no verbal, especialmente los actores de profesión, los políticos, los psicólogos y los psiquiatras, suelen empoderarse de sus sentimientos y, en la mayoría de los casos, logran engañar a los demás. En nuestro objetivo de desarmar a los agresores verbales, también lo vamos a hacer. Los fundamentos El complejo y misterioso estudio del lenguaje gestual se fundamenta en tres grandes pilares que permiten extraer información muy valiosa, fundamental y definitiva, sobre el estado anímico u otra información contextual sobre el emisor. Estos son la kinesia, la paralingüística y la proxémica. La kinesia se refiere a cualquier movimiento que realiza el cuerpo y que finalmente refleja el estado emocional del

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individuo, descubriendo su forma de ser. En el rostro se muestra la felicidad, la ira, la tristeza, el miedo, la sorpresa, el disgusto o la alegría. Es, sin más, un lenguaje universal, en el que no se necesita saber idiomas. Sustituyendo los fonemas por los kinemas o unidades de movimiento corporal, y las frases por los kinemorfemas o agrupaciones de kinemas que adquieren significado dentro del conjunto de patrones más amplios de la comunicación, la kinesia estudia el lenguaje corporal. La paralingüística define los elementos que acompañan lo que expresamos verbalmente y que constituyen señales e indicios que contextualizan o sugieren interpretaciones particulares de la información propiamente lingüística. Es decir, cuando en medio de una conversación nos referimos al honesto señor Pérez y dibujamos unas comillas en el aire al momento de decir "honesto", terminamos expresando todo lo contrario a lo que han dicho nuestras palabras. Si alguien nos estuviera escuchando a través de la radio, no se daría cuenta de nuestro enorme editorial. Además, la paralingüística analiza otras características que acompañan a la información lingüística, como el volumen y la intensidad de la voz, la velocidad con que nos expresamos, el tono y las variantes de entonación, la duración de las sílabas, el llanto, la risa, el control de órganos respiratorios y articulatorios, las pausas o los silencios, etc. Así, por ejemplo, la poca fluidez al hablar suele denotar nerviosismo o poco conocimiento sobre el tema. El uso adecuado de los elementos paralingüísticos influye definitivamente en la comprensión del mensaje y en la interpretación de los enunciados. El tono es un reflejo emocional a través del cual le damos una adecuación a nuestras palabras para expresar la fuerza de su significado. Los tonos graves van hacia la afectividad y los agudos hacia la agresividad. La excesiva emocionalidad, por ejemplo, ahoga la voz y el tono se hace más agudo. Por lo tanto,

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el deslizamiento hacia los tonos agudos es síntoma de inhibición emocional. El volumen determina el carácter del que habla. Cuando la voz surge en un volumen elevado, es síntoma de querer imponerse en la conversación, además de mostrar autoridad y dominio. El volumen bajo refleja el miedo interior a ser oído, por lo que se asocia a las personas introvertidas. El ritmo se refiere a la fluidez verbal con la que nos expresamos. En la vida cotidiana, el ritmo vivo, modulado, animado, indica que la persona está abierta al contacto y la interacción. A su vez, el ritmo lento o entrecortado produce frialdad en el diálogo, revela el rechazo al contacto y el deseo de mantenerse oculto. La proxémica precisa el espacio físico que cada quien requiere para expresarse con comodidad. Así como un perro marca su territorio, así los seres humanos tenemos una territorialidad. Es, en suma, la orientación espacial personal en el contexto de la distancia conversacional y el uso y percepción del espacio, que puede variar de acuerdo con el sexo, el estatus, los roles o la orientación cultural. El espacio personal se define como el área que nos rodea, a la que no permitimos que otros entren, a no ser que, por circunstancias especiales, les autoricemos el ingreso. Cada uno de nosotros dispone de ese espacio personal e implícito, que cuando es roto por alguien, nos produce incomodidad, tensión o sensación de amenaza, con excepción de circunstancias especiales que justifican una mayor proximidad. Así, en las aglomeraciones terminamos aceptando que se rompa nuestro espacio personal, y los enamorados y las personas que se gustan, aceptan un mayor grado de cercanía. Como dato curioso, la proximidad física tiende a ser menor entre las mujeres que entre los hombres, pero, quizás por un condicionamiento social, el contacto físico suele ser iniciado con más frecuencia por los hombres.

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Por lo general, la persona que en la interacción tiene más estatus o una posición de dominio sobre el otro, suele empezar el contacto físico. Así, lo corriente es que inicie la interacción el jefe hacia su empleado, el médico hacia su paciente o el padre hacia el hijo. Un maestro frente a sus alumnos necesitará por lo menos tres metros de distancia, precisará a lo sumo un metro y medio en una reunión de trabajo, unos ochenta centímetros para relacionarse con sus hijos y ningún espacio si está en la intimidad. Eso sí, todo organismo tiene un límite detectable, que determina en sí mismo su comienzo y su final, pues nadie está limitado por su piel, sino que se desplaza dentro de una especie de burbuja personal para desenvolverse a conveniencia. El mejor ejemplo de cómo funciona la proxémica se escenifica en los ascensores. Si alguien sube en uno de estos aparatos y va solo, se ubicará más o menos en el centro. Pero si sube una segunda persona, ambos se acomodarán en los extremos opuestos del fondo. Un tercer viajero buscará una punta delantera y un cuarto, la esquina contraria. Si el ascensor es pequeño y llega a haber un quinto, que por casualidad tiene una burbuja muy amplia, preferirá no entrar y decir "suban ustedes que no tengo prisa". Revelaciones de nuestro cuerpo Las posiciones corporales definen la disposición que tenemos para aceptar a otros en la interacción. Si mantenemos las manos cruzadas mientras hablamos o saludamos de mano con el codo casi recto, estaremos cerrándole el acceso al otro. Cuanto más de frente nos situemos en relación con el interlocutor, mayor será el nivel de implicación. Si nos sentamos enfrente planteamos una competencia. Uno al lado del otro denota cooperación. Para conversar normalmente lo hacemos en ángulo recto. La inclinación del cuerpo, hacia adelante o hacia atrás, regula el

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grado de intimidad de una conversación. Mostramos una orientación directa hacia el otro cuando más nos agrada, y menos directa cuando la persona nos fastidia o, por lo menos, la percibimos como alguien inferior y tenemos intención de no continuar la interacción. La orientación del cuerpo es bastante expresiva y se suele emplear como barrera para impedir violaciones del espacio personal. Si alguien no deseado intenta violar el espacio de un grupo, los miembros de ese colectivo se apartarán, pero seguirán manteniendo una orientación directa entre sí, como queriendo indicarle que su presencia no resulta grata. Cuando la aglomeración es tan intensa que no se puede voltear el cuerpo, se volverá la cabeza. Para el establecimiento de una comunicación efectiva, los mensajes no verbales, sin dudas, son mucho más importantes y fundamentales que todo lo que podamos expresar con nuestras palabras. Una postura atenta, con el cuerpo recto y los hombros aflojados, mirando a los ojos del interlocutor con el rostro relajado, los labios distendidos, un gesto general de interés, así como otras sensaciones táctiles y olfativas, permiten que el otro sienta que estamos ahí. Solo a principios del siglo XIX se inició una verdadera investigación sobre la comunicación no verbal. Desde 1914 hasta 1940 hubo un considerable interés acerca de cómo se comunica la gente por las expresiones del rostro. Los psicólogos realizaron decenas de experimentos y la conclusión fue que el rostro no expresa los sentimientos de una manera segura e infalible. De hecho, todos hemos sido testigos del momento en que a alguien le comunican una mala noticia y hemos esperado a que esa persona modifique su rostro, como lo hemos visto en las películas o como creemos que debe ser. Sin embargo, no todos reaccionamos de la misma forma a los

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mismos estímulos y la respuesta fisiológica de ese individuo ante una mala noticia, podría darse con cierta debilidad en las piernas o en el temblor de las manos. No obstante, nadie puede negar que todas las emociones entran a través de los ojos (excepto para los ciegos, claro está). Si una persona dice que está muy feliz a tu lado o en algún lugar en particular y simultáneamente está bostezando y mirando el reloj, vale mucho más lo que ves que lo que oyes. Las posiciones corporales se definen como abiertas o cerradas por la disposición del cuerpo a aceptar o no a otros en la interacción. Manos y piernas, ya sea que estén cruzadas, enfrentadas, juntas o separadas, se encargarán de dar esta información. Cuanto más de frente se sitúa una persona hacia los demás, mayor será el nivel de compenetración. Así mismo, el ángulo de orientación puede regular el grado de intimidad de una conversación. El movimiento del cuerpo transmite energía y dinamismo durante la interacción. De esta manera, un exceso de movimiento incongruente puede producir la impresión de inquietud o nerviosismo, mientras que la escasez de movimiento incongruente puede dar la idea de una excesiva formalidad. En la mirada se esconden montones de secretos y allí entran en juego, entre otros aspectos, la dilatación de las pupilas, el número de veces que se parpadea por minuto, el contacto ocular o la forma de mirar. Los gestos son los movimientos propios de las articulaciones, principalmente realizados con las manos, los brazos y la cabeza. Algunos pueden ser producidos intencionalmente, con un significado específico y fácilmente traducible a palabras, como cuando agitamos la mano para despedirnos o levantar el pulgar para indicar que todo está bien o que estamos de acuerdo. Otros sirven para ilustrar, recalcar,

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enfatizar o imponer un ritmo a una palabra que por sí sola no tendría. Ciertos gestos expresan el estado emocional del momento, como la ansiedad o la tensión, mientras otros nos sirven para manejar o adaptarnos a emociones que no queremos expresar con la intensidad con la que realmente las sentimos. Es aquí donde nos rascamos la cabeza cuando las cosas se complican o nos pasamos los dedos por el cuello de la camisa como ahogados por la tensión del instante. Otros gestos serán signos para tomar el relevo en la conversación, para frenar o acelerar al interlocutor, indicarle que debe continuar o darle a entender que debe ceder su turno en el uso de la palabra. Las inclinaciones rápidas de cabeza, como diciendo "sí, sí, sí", llevan el mensaje de apresurarse y terminar, mientras que las lentas denotan interés en lo que el otro dice y son una invitación a que continúe. Expresión facial La expresión facial es el medio más revelador de las emociones y los estados de ánimo. Gracias a ella, usted y yo hemos sentenciado alguna vez, de buenas a primeras, que alguien tiene cara de peligroso, de mala gente, de ladrón, de tonto, de simpático o de poco confiable. Eso sucede porque existe un amplio abanico de interpretaciones para una misma mímica y porque es imposible determinar una manifestación facial correspondiente para cada gesto, cada rasgo o cada palabra del abecedario de los sentimientos. De todas maneras, aunque limitado, hay un número de emociones que la mayoría de nosotros puede reconocer con cierta fiabilidad. La función principal de la semiótica facial es la manifestación de las emociones y la intensidad de las mismas. Es el medio primario de expresión personal, de las actitudes hacia los demás, de la atracción sexual y del atractivo personal.

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Se ha determinado que solo hay seis expresiones faciales universales y que ellas son el tablero indicador de las emociones: la alegría, la tristeza, el enfado, el temor, el interés y el asco. Esto quiere decir que no toda la comunicación que se transmite a través de la expresión facial es susceptible de ser leída conscientemente por el interlocutor. Si bien el cambio de posición de las cejas, de los músculos faciales o de la boca son fácilmente perceptibles, no sucede lo mismo con la contracción pupilar o con una ligera sudoración. Mirada y contacto ocular Aunque es obvio que la mirada está relacionada con la expresión facial, es necesario observar el lenguaje de nuestros ojos como un todo, por la gran importancia que tiene en el marco de la comunicación no verbal. A la mirada se le atribuye un papel fundamental en la percepción y expresión del mundo psicológico. Aquello de que "los ojos son el espejo del alma" no se trata de un simple truco que usamos los hombres para enamorar a las mujeres, sino una imponente y abrumadora verdad. La mirada va mucho más allá de los ojos y su capacidad de proyección es la que confiere su enorme trascendencia. La mirada regula el acto comunicativo en sí, pues con ella podemos indicar que el contenido de una interacción nos interesa, evitando el silencio. Podemos leer el rostro de otra persona sin mirarla a los ojos, pero cuando las miradas entran en contacto, sabemos cómo se siente el otro y conocemos su estado de ánimo. Miramos al otro mientras escuchamos, en el afán de obtener una información visual que complemente la información auditiva. Nuestras pupilas se dilatan cuando estamos frente a algo que nos parece interesante. De esta forma podemos establecer

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la actitud de una persona hacia algo, ya que cuanto mayor es su atracción, mayor será la dilatación de las mismas. A todos nos atraen más las personas que tienen pupilas dilatadas, como los niños, que las que tienen pupilas contraídas. Los especialistas aseguran que es posible evaluar los cambios de actitudes de una persona a través de los intervalos en las respuestas de las pupilas. La fiabilidad de esta medida radica en el hecho de que resulta imposible controlar a voluntad la conducta de nuestras pupilas. Nuestra tranquilidad o nerviosismo se refleja en el número de veces que parpadeamos por minuto. Cuanto más parpadea una persona, más inquieta se siente. Por supuesto, esto excluye a las personas que padecen algún tic nervioso o alguna enfermedad de los ojos o de los lagrimales. Los que hablan necesitan tener la seguridad de que alguien los escucha y los que escuchan necesitan sentir que son tenidos en cuenta y que quien les habla se dirige directamente a cada cual. Ambos requisitos se cumplen con un adecuado uso del contacto ocular. Una persona con disposición a mirar a los ojos suele revelar sus actitudes con respecto a ella misma. Del mismo modo, las personas que se agradan mutuamente mantienen mucho más contacto ocular que las que no se gustan. Por eso, la frecuencia con la que miramos al otro es un indicador de interés, agrado o sinceridad, del mismo modo que la evitación de la mirada, o el mirar fugaz, impiden recibir retroalimentación, reducen la credibilidad y dan lugar a interpretaciones negativas. Cuando se intenta dominar, amenazar, intimidar o influir sobre otros, se usan las miradas prolongadas sin parpadear. También las utilizan las personas que se agradan mucho, pero en este caso la frecuencia de parpadeo es mayor. Un prorrogado contacto ocular se considera generalmente como manifestación real o falsa de superioridad, falta de respeto, amenaza o ganas de insultar. Un contacto ocular poco prolongado suele ser

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interpretado como falta de atención, descortesía, falta de sinceridad, falta de honradez, inseguridad o timidez. El dejar de mirar a los ojos, bajando la vista, suele ser tomado como signo de sumisión. La comunicación entre dos personas será más efectiva cuando su interacción contenga la proporción de contacto ocular que ambos consideren apropiada a la situación. Programación neurolingüística La ciencia de la PNL, Programación Neurolingüística, que se enmarca dentro de la psicología cognitiva, se dedica a explicar cómo funcionamos, tanto en nuestra comunicación hacia afuera como en nuestra comunicación interna, ayudándonos en el proceso de autoconocimiento y a lograr la empatía con los demás. Entre otras cosas, gracias a la PNL aprendemos a calibrar con exactitud el lenguaje no verbal para hacerlo más positivo, otorgándole a lo que dicen nuestro cuerpo y nuestros gestos 55% de la efectividad en lo que expresamos, 38% a la voz con todas sus particularidades como la entonación, la proyección, la resonancia, el tono, etc., y un lánguido 7% a lo que manifestamos con las palabras. Si bien estos datos no tienen que tomarse como algo categórico, pues no alcanzo a entender cuál es el extraño camino metodológico que se sigue para establecer semejantes porcentajes en un tema tan subjetivo, puesto que siempre depende de la expresividad de la persona que se está comunicando, no dejo de admitir la enorme importancia que el lenguaje no verbal tiene dentro del proceso de la comunicación, que es universalmente conocida y reconocida de manera consciente e inconsciente. En referencia a la PNL, lo de programación tiene que ver con que todas las ideas, los recuerdos o pensamientos que pasan por nuestra mente están previamente programados. Neuro quiere decir que toda esa programación opera a través

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de nuestro sistema neurológico, produciendo una serie de movimientos inconscientes en nuestro cuerpo. Lingüística, en este caso, significa que todos esos pensamientos expresados por medio de nuestras actitudes, se registran a través del lenguaje, gracias al cual decimos lo que pensamos. Conociendo la metodología de la PNL, podemos identificar los patrones de pensamiento de nuestro interlocutor. No se trata de analizar el contenido de lo que dice, sino la forma en que se expresa. Los expertos en seleccionar la fuerza de trabajo para ciertas empresas, habitualmente preguntan muy poco y prefieren ver, más que oír. Para empezar, el personaje viene vestido de una manera o de otra, lleva un cabello o unas barbas que denotan un estilo, se sienta de determinada manera, respetando el espacio del entrevistador o invadiéndolo con sus propias cosas, entra correctamente o rumiando goma de mascar... Estos especialistas saben que hacerle preguntas a alguien que aspira a un puesto de trabajo, solo sirve para que el entrevistado responda lo que él cree que el seleccionador quiere escuchar. Por ello, más que hacer largos cuestionarios, los gurús en la materia suelen poner conversación en diferentes asuntos cotidianos, a veces en temas polarizantes, para poder observar las reacciones del individuo. Acostumbran a utilizar una técnica llamada de la Congruencia, que les permite identificar hasta qué punto el sujeto dice la verdad. Si hay congruencia en lo que se dice y lo que manifiesta el cuerpo, está todo bien. Ahora bien, en el momento en que alguien está pensando una cosa y está manifestando otra, su cuerpo se encarga de mostrar lo que piensa. A nuestro favor, la Programación Neurolingüística nos ayuda a eliminar todas aquellas conductas y hábitos que no nos gustan y a crear nuestros propios estados internos, trabajando con nuestras creencias y valores, para llegar a un autoconocimiento profundo que facilita todas nuestras relaciones con el mundo que nos rodea.

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Cuando alguien nos ataque verbalmente, podremos darle cierto manejo a lo que transmite nuestro cuerpo para engañar al agresor, desconcertarlo, e informarle que su idea inicial de ponernos entre la espada y la pared no ha surtido el más mínimo efecto. En este punto es conveniente decir que no se puede establecer una norma general para el lenguaje corporal y gestual apropiado. Todo depende de la persona, el lugar y las costumbres. Un ademán que es inmensamente positivo en una cultura puede resultar muy ofensivo en otra. La coqueta sonrisa que enmarca el momento en el que una mujer y un hombre latinos se conocen, resulta muy atemorizante y hasta demandable para la cultura anglosajona, o muy sospechosa para un francés. Los orientales suelen conservar una prudente distancia de los otros, en cambio los latinoamericanos tienden a acercarse mucho más. En Estados Unidos, si no miras a los ojos no eres persona de confiar, mientras que en el Japón mirar fijamente a los ojos es un desafío. Se trata de una especie de abecedarios codificados muy difíciles de descifrar. Manipulación de los códigos Mientras los animales poseen un comportamiento gestual completamente espontáneo y sincero, los seres humanos podemos ocultar detrás de alguna fachada y hasta cierto punto, lo que no queremos que descubran de nosotros. Los políticos de primer nivel suelen tener como asesores a expertos en comunicación, que los entrenan en estas materias. Unos lo asimilan mejor que otros y bastará con quitarle el volumen al televisor para descubrir en la postura, las miradas, las sonrisas, las muecas o los movimientos de las manos, qué tanto han aprendido y qué tan natural lo hacen.

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Los expertos coinciden al afirmar que es muy difícil que una persona que no domine al cien por ciento el manejo del lenguaje no verbal, pueda mentir sin delatarse. Hay claves que los especialistas describen como obvias, como por ejemplo los movimientos de los ojos. Ellos aseguran que se podrá saber que una persona miente con un simple ejercicio en el que se le pregunta algo sin mayor relevancia como "¿qué almorzaste el viernes pasado?" y se verá hacia dónde mueve ese sujeto sus globos oculares para recordar. Un momento después se le preguntará lo realmente importante, como "¿dónde compraste el reloj que estrenaste hace un mes?". Si la mirada va al lado contrario de la primera pregunta, se puede aseverar que está inventando una respuesta para ocultar que se lo regaló una amiga muy especial o se lo robó. Según los mismos especialistas, esos movimientos no pueden controlarse. Es como estornudar sin cerrar los ojos. La forma más genuina de no producir discrepancias entre el lenguaje verbal y no verbal sería expresarse de acuerdo con los sentimientos internos que, como ha quedado claro, son los que gobiernan el resto de los elementos de la comunicación. Sin embargo, esto no es siempre lo más adecuado. Digámoslo de esta manera: la vida es un gran escenario en el cual nos desenvolvemos y debemos actuar en el sentido amplio de la palabra. Es decir, estamos obligados a interpretar nuestro papel dentro de las diferentes escenas en las que nos toca participar. Imaginémonos lo que sucedería si cada uno de nosotros anduviera por allí diciendo sin filtrar todo lo que piensa. Sería el caos total. Los niños por inocencia, los ancianos porque ya nada les importa y los borrachos porque no se dan cuenta de lo que hacen, son los únicos colectivos que se dan el permiso de decir la verdad sin ningún tamiz. De resto, en la gran comedia de la existencia estamos obligados a interpretar una trama teatral y a aprender a depurar lo que decimos antes de decirlo.

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El peligro que tienen los temperamentos impulsivos, con la disculpa de ser sinceros, es el de terminar expresando cosas innecesarias que les acarrean grandes inconvenientes. La experiencia la vivimos a diario cuando leemos el sartal de tonterías imprudentes que alcanzan a decir algunos a través de las redes sociales, llámense Facebook, Twitter, o como sea. En resumen, como dijo uno de los asistentes a uno de mis seminarios: "debemos ser un poquito hipócritas". Los sajones lo expresan con mayor elegancia cuando aseguran que "hay que ser políticamente correcto". Habrá circunstancias en las que no podemos o no debemos expresarnos según nuestros reales sentimientos, por ejemplo si un jefe desmotivado por completo debe motivar a un grupo de empleados, está obligado a asumir la actitud, el papel, el rol que le corresponde, como el mejor de los actores. Tendrá que meterse en la piel del personaje que debe representar hasta que consiga una interpretación magistral, digna de un Óscar, que le permita enfrentar con éxito la comunicación. No será fácil transmitir seguridad si estamos inseguros, ni tranquilidad si estamos nerviosos. Más a menudo de lo que pensamos estamos sacando conclusiones de los gestos y actitudes de los demás y, sin duda, podemos estar equivocándonos y haciendo deducciones precipitadas y erróneas. Hay personas que por alguna condición física se ríen de forma extraña, poseen un rostro un poco desordenado y misterioso, o tienen los ojos o los párpados dispuestos de tal o cual manera que parecería que están mirando mal o con tristeza. De allí el viejo chiste de que los orientales no es que tengan los ojos rasgados, sino que están sospechando algo. Fuera de bromas, resulta muy peligroso aventurarse a adelantar algún juicio. De manera voluntaria, usted y yo podemos intentar inhibir algún gesto que, de acuerdo con nuestros conocimientos o creencias, es mejor que no se conozca. Lo hacemos por lo general cuando estamos frente a un superior, cuando asistimos

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a una entrevista para conseguir un trabajo o vender algo o, más cotidianamente, en el juego del galanteo para conquistar a alguien. Lo cierto es que, además de establecer comunicaciones poco expresivas, este comportamiento supone una gran tensión y un enorme desgaste. En el caso contrario, en el de dejar fluir todas las emociones y hacerse transparente para los otros, hay una especie de liberación en la que tenemos la certeza de que, intuitivamente, ellos terminan sabiendo más de nosotros mismos que todo lo que puedan expresar nuestras palabras. Tomar conciencia de que es inevitable la comunicación no verbal, nos permite despreocuparnos y dejar que la vida fluya con naturalidad. Postura corporal y postura emocional Si bien es imposible establecer unas afirmaciones o reglas definitivas y contundentes, como decir que uno más uno es dos, que nos permitan la interpretación del lenguaje no verbal y establecer el significado emocional indudable de cada comportamiento, estos sí dan señales inequívocas y son expresión de las intenciones emocionales. Para ello, debemos situar cada comportamiento no verbal en su contexto comunicacional. La comunicación humana es extremadamente compleja, no tiene modelos simples, fijos y determinantes, y siendo así, todos corremos el enorme peligro de fijar nuestra atención solo en lo que nos interesa y de ver únicamente lo que queremos ver. Para el caso que nos ocupa, no es pertinente que nos adentremos en el análisis de cada gesto, ni en la infinita combinación de estos, para aprender a interpretar en toda su extensión la comunicación no verbal. Se trata de tomar conciencia de su importancia en la interacción. De paso, si logramos descubrir los rasgos generales de quien nos habla, sus intenciones o sus debilidades, habremos ganado un enorme terreno. Si no lo logramos, no pasa nada. A nuestro haber

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tendremos las herramientas necesarias para desarmarlo por completo. Por lo general, tendemos a leer entre líneas lo que el otro ha querido realmente decir y cedemos con facilidad a la tentación de interpretar cada gesto de nuestro interlocutor. Dejemos que sea el otro quien pierda el tiempo analizándonos y sacando conclusiones. Para usted y para mí lo realmente importante es ser conscientes de todo lo que le podemos informar al otro a través de nuestra comunicación no verbal, para estar alertas, aprender a controlarnos y, finalmente, defraudarlo y hacer con él lo que se nos antoje. ¿Y eso cómo se logra? Inicialmente no regalándole al adversario más herramientas de las que ya tiene para atenazarnos. Él nos ataca y lo único que espera es nuestra reacción inmediata para poder continuar. Está listo, alerta, preparado, con todo a su favor. Nosotros hemos sido sorprendidos y estamos desconcertados, furiosos, pasmados, con todo en nuestra contra. Se trata entonces de que tengamos dentro del bolsillo las armas secretas para doblegar al otro de inmediato. Hay quienes pensarían que esas armas deberían ser, en primer término, quedarse callado o, en segunda instancia, responder dando explicaciones, insultando o encontrando alguna respuesta ingeniosa. El escenario de guardar silencio tiene sentido cuando este hace parte de una estrategia que ya hemos visto. En el segundo, responder con explicaciones o insultos, no es más que entrar en el juego del agresor y otorgarle una importancia que no tiene. Salir con una respuesta inteligente no es cosa fácil, pues toda nuestra capacidad deductiva resulta bloqueada instantáneamente por el impacto del ataque. Es más, si usted tiene la capacidad de crear una salida genial en medio de una situación tan adversa, con admiración y respeto lo felicito de todo corazón y le agradezco su paciencia al haberme

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acompañado hasta aquí, pero estoy obligado a informarle que está perdiendo su tiempo con este libro. Si no queremos regalarle más artilugios al enemigo para que pueda dominarnos, debemos tener muy claros estos conceptos. Ni usted ni yo podemos permitir que quien nos agrede verbalmente nos descubra o que haga una radiografía instantánea de lo que está sucediendo en nuestro interior. Conociendo todas las revelaciones que de aquí se desprenden, sabremos qué actitudes asumir para complicarle la vida al otro y, finalmente, reducirlo a su más mínima expresión. Regular las emociones Ahora que conocemos cómo reacciona y todo lo que puede expresar nuestro cuerpo ante un estímulo externo, es de fundamental importancia el manejo de nuestras emociones y la regulación de las mismas frente a diferentes impulsos, bien sean negativos o positivos. Las emociones son la columna vertebral de nuestra manera de ser y es por ello por lo que debemos trabajar en las habilidades que necesitamos para manejarlas antes de que ellas lo hagan con nosotros, en aras de reducir nuestra vulnerabilidad. Nuestras emociones cambian a menudo y suelen ser intensas e inestables. Son las encargadas de conducir nuestro comportamiento. Aprender a regularlas no es lo mismo que deshacerse de ellas. Todas las emociones son válidas e importantes. Las negativas no son malas, poco importantes o desechables. Por el contrario, las reconocemos y las aceptamos como reales y significativas. Pero debido a que nos causan algún dolor y a menudo nos hacen sentir fuera de control, debemos aprender cómo se generan y la forma de reducir el sufrimiento.

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Son muchos los aspectos de nuestras vidas que afectan nuestro bienestar físico y mental: la enfermedad, la mala alimentación, el alcohol, las drogas, los desórdenes del sueño y la falta de ejercicio, nos hacen más propensos a las emociones negativas que a las positivas, menos capaces de manejar las situaciones y las interacciones con nuestra mente racional. Lo mismo ocurre si no cumplimos actividades que nos hagan sentir útiles, competentes, reconocidos o avanzando en alguna materia. Está en cada uno de nosotros revisar estos aspectos, hacer los ajustes que sean posibles y tomar las medidas que sean viables para que todo funcione mejor. Hay emociones primarias y secundarias. Existen unas emociones que podríamos llamar básicas y que vienen incorporadas a nuestro ser, ellas son la ira, la tristeza, la alegría, la sorpresa, el miedo, el asco, la culpa, la vergüenza y el interés. Las demás se aprenden en la vida y, por lo general, son una combinación de las anteriores. Una emoción primaria es enojarse, una secundaria es sentir vergüenza por haberse enojado. La emoción secundaria es la que sigue a la primaria. Hay quienes se enojan por estar enojados o se deprimen por estar deprimidos. Por lo general, cuando somos objeto de una agresión verbal, la emoción primaria es la ira, y la secundaria, la venganza. Como veíamos atrás, siempre les estamos comunicando nuestras emociones a los otros a través de nuestros lenguajes verbal y no verbal. Algunas expresiones tienen un efecto automático sobre los demás. Cuando hay una contradicción entre lo que comunicamos verbalmente y lo que expresa nuestro cuerpo, por lo general los otros responden a la expresión no verbal. Así mismo, es muy común que la gente poco gestual, esos que cuentan las cosas con su voz sin dejarse afectar en su rostro, tengan mayores dificultades de comunicación y, en consecuencia, obtienen poca respuesta de los demás. Seguramente usted como yo, frente a un hecho aterrador, nos hemos quedado muchas veces

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esperando la reacción facial del conductor del noticiero de televisión, al que algún antiguo libro de hipocresía le enseñó que los que hacen ese trabajo no pueden expresar ningún sentimiento. Uno de los principales problemas que experimentan las personas con trastornos de la personalidad es que sus expresiones emocionales no verbales no coinciden con sus sentimientos. Por lo tanto, son a menudo malinterpretadas. La gente no entiende lo que están sintiendo. Vamos a suponer que usted ve a su hijo de tres años parado en medio de la calle y que un automóvil viene en dirección contraria. Usted, si es una persona normal (yo creo que lo es y por eso lo pongo como ejemplo), sentirá miedo. Y esa emoción le pedirá que corra a salvar al niño. Usted no se detiene a reflexionar sobre el asunto, simplemente actúa. Su emoción, sin tomarse ningún tiempo para pensar, motiva su comportamiento. Son muchos los casos en que las emociones nos ayudan a superar grandes obstáculos. Todos hemos escuchado la historia de una pequeña mujer que en un momento de emergencia, llena de angustia o de miedo, ha levantado un gran peso o ha derribado a un peligroso delincuente. Personas que por años intentaron infructuosamente dejar de fumar o abandonar el licor, al recibir algún susto relacionado con su salud, dejan el vicio sin el menor inconveniente. Lo mismo le sucede al estudiante que, ante el temor de perder un examen, decide estudiar la materia que le aburre. La culpa es la generadora de la mayoría de las dietas alimentarias y de muchos otros proyectos difíciles. Gracias a ella, muchos seres humanos cambian sus vidas por completo y hasta se someten a las presiones morales y económicas de grupos sociales o religiosos que se encargan de "guiarlos" en sus procesos de cambio.

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El peligro de nuestras emociones radica en que, por norma general, las llevamos al extremo de creer que la emoción misma constituye un hecho. Dicho de otra forma, amamos a otra persona y por ese motivo nos convencemos de que es la mejor sobre el planeta, u odiamos a alguien que no ha hecho nada para ganarse ese odio y decidimos que no hay nadie peor. Nos sentimos estúpidos ante alguna situación y determinamos que somos estúpidos. Si bien nuestras emociones siempre son válidas, no implica necesariamente que la realidad sea como ellas la están dibujando. Hay muchas emociones que surgen de la nada y terminan validándose a sí mismas. Por ejemplo, alguien va a una fiesta y, sin saber por qué, se siente incómodo. Más tarde discute con alguien y confirma así que tenía razón en sentirse fastidiado. Alguien se encuentra en el trabajo y, sin que ocurra nada, hay algo en el ambiente que lo obliga a estar tensionado. En el almuerzo descubre que sus compañeros le tienen una fiesta sorpresa de cumpleaños y, una vez más, la emoción fue válida. Otra persona se halla en su casa y se siente muy sola. Va pasando el tiempo y cada vez se va sintiendo más ansiosa y enojada. Empieza a marcar uno y otro teléfono buscando a alguien con quien conversar y no encuentra a nadie, por lo que la emoción negativa intensa de que está sola y a nadie le importa, es validada como una realidad. Emociones positivas y negativas Es necesario entonces que trabajemos en la técnica de aumentar las emociones positivas para ponerlas en lugar de las negativas o, por lo menos, para que compartan el espacio. Como cualquier otra habilidad humana, requeriremos un poco de práctica antes de que se haga fácil y habitual. No se trata de invalidar las emociones negativas, sino de encontrar alternativas a la hora de manejar nuestros momentos difíciles.

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Podemos construir experiencias emocionales positivas a corto plazo, tomando un baño, viendo un buen programa de televisión, haciendo un paseo por el parque, ir a comer pizza, asistir al cine o hablar por teléfono con un ser querido. La mayoría de nosotros probablemente ya hace algo como esto en la cotidianidad. Sin embargo, aquí se trata de aumentar esas cosas agradables que nos proporcionan con cierta rapidez emociones positivas, con miras a incrementar el hábito de tener sentimientos placenteros. Así como hay experiencias positivas que podemos conseguir a corto plazo, también las hay a largo plazo: tal vez nos gustaría mudarnos a nuestro propio apartamento, asistir a un programa de tratamiento, aprender un oficio o un arte, cambiar a un trabajo mejor remunerado, tomar clases de arte o lecciones de natación, viajar a otro país o comprar un automóvil, las experiencias a largo plazo son infinitas. Las relaciones son otra área vital para trabajar en la tarea de obtener emociones positivas. Esta no es una zona fácil para la mayoría de nosotros, pero podríamos, además de intentar reparar una amistad que se dañó por alguna tontería, crear nuevas relaciones. Para esto podría ser útil elegir una actividad comunitaria, asistir a un bar, hacerse miembro de un club, ir a la iglesia o matricularse en un curso de gastronomía. Ir siempre a las mismas partes y hacer siempre lo mismo no da muchas opciones de conocer gente nueva. Y claro que también hay que trabajar en las relaciones actuales. Esto incluye a nuestra pareja, los hijos, los padres, los hermanos, los amigos y los colegas. Nuestros sentimientos positivos podrían mejorar inmensamente si nos ocupamos en las relaciones actuales. Y no dejemos que nuestra felicidad dependa de una sola persona. Tratemos de cultivar una amplia variedad de relaciones. A partir de aquí, deberemos tener en cuenta las experiencias positivas. Es decir, centrar nuestra atención en las cosas que nos proporcionan placer: una charla con un amigo, un paseo por el parque, un helado de chocolate, una noche de

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sueño reparador... Concentremos nuestra atención en esas cosas, y si la atención se distrae, debemos reorientarla tantas veces como sea necesario. Esto nos ayudará a adquirir el hábito de experimentar placer. Cada vez que en nuestra mente se intente acomodar una emoción negativa, trataremos de poner adelante una positiva, sin pensar que esta terminará, ni cuestionar si merecemos o no ese buen sentimiento o el costo que tendremos que pagar por sentirnos bien. Seguramente usted ha oído gente que cuando le ocurre algo agradable, dice cosas como "eso es que algo malo me va a suceder". Recuerdo que un día invité a una amiga recientemente divorciada, a disfrutar en el teatro de una simpática comedia. Ella reía emocionada con cada ocurrencia. De repente se puso seria y dijo: "Con todos los problemas que tengo y que debo resolver, no debería estar aquí". Si a usted le ocurre algo así, céntrese en lo que está. Lo otro se halla afuera, muy lejos. Piense en lo divertido que está viviendo, repítase el chiste que más risa le ha producido, vuélvase a meter en la trama, observe el talento del actor o de la actriz que le gusta, búsquele parecido a alguno de los personajes con alguien que conoce, etc. Lo importante es mantener atrás los pensamientos negativos y poner adelante los positivos. Si estamos muy acostumbrados a lidiar permanentemente con emociones negativas, es factible que nos tomemos un tiempo para aprender a hacerles un espacio a las emociones positivas. De todas maneras, la experiencia es divertida, reconfortante y vale la pena. De la teoría a la práctica Dejar ir el sufrimiento emocional asociado con las emociones negativas no es lo mismo que dejar ir las emociones, y se considera un proceso que, aunque no resulta fácil si intentamos hacerlo de un momento a otro, lo podemos

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aprender y convertirlo en cotidiano. Debemos practicarlo con frecuencia para que el ejercicio se constituya en una segunda naturaleza. Se trata de ver estas emociones de una manera nueva para aliviar algunos de los sufrimientos que vienen unidos a ellas. Debido a que estamos tratando de cambiar un patrón de pensamiento y de comportamiento que ha estado con nosotros durante muchos años, no esperemos que los resultados se vean mañana por la mañana. Pero la sola idea de que lo podemos hacer, ya es un paso gigantesco. Para empezar, entendamos que no tenemos que aprobar o desaprobar nuestras emociones negativas o positivas, simplemente tenemos que aceptarlas. Cuando aprendemos a aceptar nuestras emociones, comenzamos a dejar a un lado la influencia que tienen sobre nosotros y el sufrimiento que nos causan. Al aceptar que las emociones dolorosas están ahí, se reduce el sufrimiento por la simple razón de que ya no tenemos que huir de ellas. En algunos países hay leyes que permiten el aborto. El hecho de que las mujeres, como ciudadanas, reconozcan la existencia de la ley y convivan con ella, no significa que tengan que aprobarla y salir a abortar. Nuestras emociones negativas son la ley que permite el aborto, reconocemos que están ahí, aunque no las aprobemos ni nos unamos a ellas. Cuando tenemos un resfriado, procuramos seguir nuestra vida normal, a sabiendas de que "ya pasará". Reconocemos y aceptamos el resfriado y hasta tomamos algunos medicamentos para suavizar sus efectos, pero sería absurdo que tuviéramos que "aprobar" un mortificante resfriado. No somos nuestras emociones. Ellas simplemente son parte de nosotros, como el resfriado. Somos mucho más que una rabia, una angustia, una tristeza, o una congestión nasal. Por eso mismo, no perdamos

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tiempo juzgando esas emociones como buenas o malas. Podría haber algunas dolorosas, pero son igualmente válidas. Un amigo dice que frente al resfriado uno puede optar entre dos opciones: en la primera se trata de guardar reposo, tomar muchos líquidos, estar totalmente abrigado, cuidarse de las corrientes de aire, hacer vaporizaciones de menta en agua caliente, ingerir zumos de cítricos, tomar analgésicos, antipiréticos, descongestionantes y vitamina C. En la segunda se trata de no hacer nada. En el primer caso, el resfriado se curará en quince días, en el segundo, en dos semanas. Lo mismo ocurre con nuestras emociones: ellas duran con nosotros lo que tienen que durar y se irán cuando se tengan que ir. Ante el enojo de una agresión, existen muchas acciones que podemos tomar para expresar nuestros sentimientos. Pero si la acción que tomamos es la opuesta a la emoción, como por ejemplo, alejarnos del lugar y ocuparnos en otra cosa para evitar gritarle a alguien, estaremos centrando nuestra energía en algo que finalmente va a hacer que nos sintamos mejor. Las emociones suelen tener efectos posteriores en nuestros pensamientos, nuestras funciones físicas y en nuestro comportamiento. A veces, estos efectos pueden durar bastante tiempo y seguir provocando la misma emoción una y otra vez. La regulación emocional nos ayuda a reducir nuestra vulnerabilidad frente al mundo que nos rodea. Escuchar sin oír El trillado y novelesco "mírame a los ojos y dímelo", o el odioso "cambia la cara que se van a dar cuenta", son algunas de las muchas frases que demuestran, aunque no seamos conscientes, lo trascendente y relevante que es la comunicación no verbal en nuestra vida cotidiana. Básicamente, el secreto es alcanzar un equilibrio entre lo que se dice y lo que se hace.

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La postura, los gestos y los movimientos con las manos, las expresiones faciales, el tono de la voz y la mirada establecen un lenguaje que complementa las palabras, fortalece su significado y le da credibilidad al interlocutor ¿A quién no le gustaría poder desarmar y analizar en profundidad a la persona que nos está hablando? ¿Alguna vez sintieron que tenían el poder de percatarse cuando otra persona mentía? Parece una pseudociencia paranormal, pero no es más que la confirmación de que podemos escuchar sin oír. El afán no es solo quitarle la máscara al otro, sino también incorporar técnicas que beneficien y apoyen el propio discurso o que engañen al contrincante. La desconfianza es la principal motivación para buscar la manera de interpretar al otro. En una entrevista laboral por ejemplo, el empleador quiere saber si lo que dice la hoja de vida del postulante es veraz, y puede descifrarlo mediante la reacción a una pregunta o comentario: "Así que tienes experiencia en ventas". Si el otro jamás ha vendido nada en su vida, tendría que ser muy buen actor para no irse hacia atrás y apretarse contra el espaldar de la silla. Los movimientos son energía y si no se pone al descubierto por un factor, lo hace por otro. Creemos que cuando alguien nos mira a la cara mientras nos habla nos está diciendo la verdad. Aunque la mirada fuerte refleja seguridad y la seguridad, confianza, hay quienes tienen una habilidad pasmosa para mentir. Entonces, la mentira se manifiesta por otro lado. La mirada no es el único factor. Un político que mira a su público y da su discurso sin leerlo y haciendo gestos con las manos que acompañen sus palabras, es seguro de sí mismo. Hay quienes aseguran que mentimos constantemente o que nunca decimos la verdad tal cual es, pero que lo manifestamos inconscientemente con algún gesto. Esconder las

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manos también es una señal de mentira. Por eso, el análisis debe realizarse en función de un conjunto de factores. Como ya vimos, nuestras caras también hablan de la franqueza de lo que transmitimos. Se nota cuando sonreímos falsamente en una foto, pues la alegría tiene muchas otras pequeñas expresiones. Para saber si es real se debe observar la totalidad del rostro: las líneas alrededor de los ojos, los pómulos, la altura de las cejas, etc. También tiene que ver el tiempo que dura esa expresión. La cara de sorpresa, por ejemplo, dura solo unos segundos. Si se pasa de ese tiempo, la persona está actuando. Con la comunicación no verbal se pueden hacer maravillas. Y más, si se es un experto en sincronizar la voz, la mirada, la postura y las manos en la medida justa para no parecer un loco que se mueve de lado a lado por los nervios. Todo se arregla con entrenamiento y autocontrol para tener, finalmente, ese poder que deseamos con ansias cuando necesitamos persuadir al otro o cuando no queremos ser descubiertos en lo que realmente estamos pensando. El escudo Protector Conociendo todo esto, te propongo utilizar tu burbuja, ese espacio personal que nos rodea, que la psicología llama espacio vital y del que hablábamos al comenzar este capítulo, como una barrera invisible, impenetrable y todopoderosa para contener cualquier ataque y repeler todas las fuerzas del mal. Lo propongo como un juego, porque es un juego, igual a todos los que nos sirvieron cuando niños para aprender tantas cosas. Concéntrate en rodear todo tu cuerpo con el Fortis, una energía protectora muy poderosa que proviene del agua y es imperceptible para el ojo humano. Si alguna vez has tomado agua tienes Fortis y cada vez que tomes, tendrás más. Este es un secreto muy antiguo conocido por unos cuantos elegidos, que han jurado ante la misteriosa Doble O, Orden de los Océanos,

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no revelarlo, pues si algún malvado se llega a enterar, podría acabar con el orden universal. Pongo en riesgo mi vida al contarlo. A mí me lo contó Dan Brown, el autor de El código Da Vinci, quien lo descubrió cuando buscaba todo lo del Priorato de Sión. El Pentágono y el Vaticano esconden celosamente los poderes del Fortis o energía protectora del agua. Los estadounidenses la usan, entre otras muchas cosas, para mantener los aviones en el aire y los barcos sobre el agua. En el área 13 del Vaticano se sabe que fue gracias al Fortis que Moisés abrió las aguas del mar Rojo y Jesucristo subió al cielo en cuerpo y alma. Nadie ve esa energía pero es inmensamente potente. La mayoría de los humanos la desperdiciamos y todo ese poder regado por ahí es el que causa tsunamis, huracanes y terremotos. En La guerra de las galaxias, los Jedi dicen "que la fuerza te acompañe", es una de las fórmulas secretas para activar el Fortis. George Lucas, el creador de la saga, es uno de los Caballeros de la Orden de los Océanos, aunque él no hable de ello. Hay otras frases para activar el Fortis como "a luchar por la justicia", "el poder está en mí", "yo puedo" o "amén". Pues bien, como te explicaba, si alguna vez has tomado agua, tienes Fortis y cuando estés en peligro lo puedes activar diciendo alguna de esas expresiones. Sentirás cómo la energía te cubre y rodea la burbuja con un escudo que es 5.411 veces más fuerte que el blindaje más alto de un tanque de guerra. Pero a pesar de todo eso, la mayor ventaja consiste en que nadie lo puede ver. Tú sabes que el Fortis está ahí, pero los demás no tienen ni idea. Entonces, cuando otro te ataque, siente cómo sus palabras se estrellan contra la gran coraza de tu burbuja y se le devuelven golpeándolo muy fuerte. Si alguna de las vibraciones que emana el otro alcanza a tocarte, la sacarás a través de unos potentes rayos que salen de las palmas de tus manos y descargarás la mala energía sobre la

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tierra. A ella no le hace daño porque la naturaleza sabe cómo regenerar la energía negativa. Aunque los demás no pueden ver la burbuja blindada, esta les impedirá ver nuestras reacciones corporales, identificar nuestros verdaderos sentimientos, descifrar nuestros gestos y descubrir nuestras intenciones. Ahora que conoces el secreto para protegerte, puedes usarlo. Eso sí, no le cuentes a nadie que fui yo quien te lo compartió.

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6 Los golpes bajos Hay agresiones y agresiones, pero las peores de todas, las que nos obligan a centrarnos en ellas en un capítulo aparte, son las que llamamos golpes bajos. Nadie está exento de haber cometido un error en la vida: pasarse un semáforo en rojo, realizar trampa en un examen escolar, marcharse de un negocio sin pagar alguna tontería, botar un papel en la vía pública, emborracharse hasta perder la razón, meterse en un lugar sin haber sido invitado, seguir una ideología equivocada, haber sido compañero de alguien que terminó en líos con la justicia, apoyar a alguien a quien creíamos inocente, robarse una naranja del árbol de un vecino o haber intentado quitarle la novia a un amigo. A cualquiera le puede suceder que en su familia haya un alcohólico, un delincuente, un drogadicto, un mentiroso, un ludópata o un ventajoso en los negocios. Uno mismo puede estar pasando o haber pasado por alguna de estas situaciones y, a toda costa, quisiera que nadie se enterara. Por la razón que fuere podemos haber sido acusados de algún delito y haber respondido por él ante los tribunales, sin importar si éramos culpables o inocentes. En algún momento pudimos haber dicho o hecho algo imprudente y fue necesario

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que rectificáramos, por imprudencia y sin desearlo pudimos haber provocado un accidente... En fin, nuestra hoja de vida podría tener alguna "mancha" que, grande o pequeña, justa o injusta, inocente o premeditada, vista en la distancia, resulta vergonzosa. El gran peligro radica en que, en el momento menos pensado, alguien que quiere agredir de verdad saque a relucir uno de estos hechos como argumento para destrozarnos o como simple puñalada para coronar su ataque: "Qué más se podía esperar del hijo de un bandido", "A nadie le sorprenderá que esas cosas las diga un pobre alcohólico", "Si no ha podido manejar a su hijo drogadicto, cómo va a manejar una empresa", "Todo lo suyo es una trampa como las que hacía para ganar los exámenes escolares", "Por algo lo acusaron de robo", "A su hermano lo condenaron por negocios ilícitos y ese debe ser una mal de familia", etc. Y no hablemos de los estigmas que deben llevar los alemanes por el nazismo, buena parte de los africanos por negros, los homosexuales por la ignorancia de algunos, los musulmanes por Osama Bin Laden, los católicos por la Inquisición, los israelitas por su lío con los palestinos, los estadounidenses por algunas de sus políticas internacionales o los rusos por los atropellos de la posguerra. Lógicamente habrá algún "sabio" que se despachará con frases como: "Ya sabemos la clase de asesinos que son los alemanes", "No ha podido definir si es hombre o mujer, cómo va a definir en esta situación", "Como buen negro sabrá cómo es eso de hacerse la víctima", "De los judíos solo se puede esperar que saquen ventaja de todo", "Lo harán a las malas, como todo lo de los estadounidenses", etc. Estos son los que llamamos golpes bajos que, por lo general, se hacen en público para que duelan más y sean más efectivos. Nos atacan donde más nos duele: en nuestros defectos, familia, errores, cultura, religión, historia, secretos, profesión... poniendo a prueba todo nuestro ser.

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Los golpes bajos hacen parte del oscuro mundo de muchos políticos en campaña, que convierten la agresión en un método estratégico, muy bien planeado, para desestabilizar al adversario y hacerlo perder puntos frente a sus electores. Sin embargo, se usa con más frecuencia de lo deseado en otros ámbitos y en otros escenarios, con el ánimo de quitarle piso a alguien a quien se le atribuye algún poder. Con pocas excepciones, entre los que se dedican a los asuntos de la política los golpes bajos son prácticamente una regla, maniobrada y ejecutada a vista y paciencia de amigos que callan lo que saben y enemigos que hablan lo que no saben. Ambos, guiados por la cobardía y el miedo de convertirse en las próximas víctimas de esta terapia de muerte. Su afán es poder y notoriedad, conseguidos sobre el descrédito de terceros, con base en la fabricación y uso del prejuicio sin principios éticos. Se acusa sin opción a defensa, directamente se declara, se condena y se sentencia en contra del agredido, para así ejecutar el "asesinato psíquico" previsto. Cualquier cosa que el agresor conozca o desconozca del agredido, le servirá para estigmatizarlo, humillarlo y doblegarlo. No siempre el ataque tiene que hacerse con base en cosas ciertas. Bastará con sembrar en el aire alguna duda que, supuestamente, debe ser motivo de vergüenza para el agredido: "Habría que ver de dónde sacó el dinero para comprar el auto en el que anda", "Hay ciertos asuntos en su familia de los que es mejor no hablar", "Como abogado debe estar tejiendo alguna trampa", "Todos se llevarían muchas sorpresas si pudieran ver su declaración de impuestos". Los golpes bajos no son otra cosa que una sucia herramienta que se usa contra una persona con la clara conciencia de quebrantarla moral y psicológicamente, para que en un instante se sienta acorralada, bloquear su autoestima y llenarla de malestar y desesperación.

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La primera salida que se le ocurre al agredido es responder con alguna acusación similar, pero ya va a pérdidas gracias a aquel viejo principio de que "el que golpea primero, golpea dos veces". Los espectadores escucharán la respuesta como si la víctima tratara de poner una cortina de humo para cubrir la acusación que le han hecho. La segunda puerta que se abre consiste en decir algo como: "No me haga hablar para no hacerlo quedar mal". Eso es tan tonto como el arrogante "usted no sabe quién soy yo" que suele repetir la gente vacía para darse un toque de importancia, y finalmente no sirve para nada. La vergüenza Los que aplican los golpes bajos a los adversarios atacan uno de los puntos más sensibles y complejos: la vergüenza. ¿Qué puede hacer una persona para librarse de los sentimientos de vergüenza, mezclados con la enorme rabia que causa un golpe bajo? ¿Cómo puede la víctima aliviar su sufrimiento y lograr cambiar el curso de la situación? Una persona con fuertes sentimientos de vergüenza puede llegar a paralizarse, a no poder hacer nada. Desearía poder defenderse de sus agresores, pero ninguna palabra coherente le viene a la cabeza. Si pudiera movilizar su energía trataría de huir. Está bloqueada. Su parálisis intensifica su sentimiento de vergüenza y le da más rabia por no ser lo suficientemente fuerte para defenderse. Lo cierto es que la vergüenza bloquea nuestra energía, al mismo tiempo que disminuye nuestra autoestima y nos desmorona. Quisiéramos tener una máscara a la mano para cubrir nuestro ser verdadero. Ante la vergüenza se nos olvida que somos seres humanos y quedamos atrapados en nuestra propia nada. Los seres humanos cometen errores, pero parecería que nosotros no nos pudiéramos dar ese lujo. La vergüenza nos priva temporalmente de nuestra humanidad, sentimos una tremenda

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soledad en el mismo centro de nuestro ser, perdemos el sentido de comunión con los otros, como también nuestras conexiones con un Poder Superior y terminamos aislados de todas las posibles fuentes de consuelo. En suma, ante la vergüenza nos sentimos como vacíos. Sin embargo, quien tiene el valor de enfrentarse a la vergüenza, se crece por encima de su incomodidad para llegar a una conciencia más rica y significativa de su ser. Los que le prestan atención cuidadosa sin dejarse intimidar por ella, descubrirán el enorme valor de ese estado temporal de desesperación. Aunque parezca contradictorio, podemos sacar algunas cosas buenas de un sentimiento tan fastidioso y avasallador como la vergüenza. Para empezar, adquirimos una aguda conciencia de nuestra condición humana y de los límites entre nosotros y los demás. Sin la vergüenza no existirían la privacidad y la intimidad. Ella promueve la humanidad, la humildad, la autonomía y la competencia. Algunos sentimientos de vergüenza al igual que otros sentimientos dolorosos como la ira, la tristeza y el miedo nos indican que algo muy malo sucede en nuestras vidas, por lo que nos motivan a cambiar. En efecto, la vergüenza es un magnífico indicador de que algo no está bien en nuestras vidas y nos invita a cambiar determinados pensamientos o acciones. La persona que puede escuchar lo que su vergüenza le dice y actuar en consecuencia, en vez de huir de ella, poco a poco se sentirá mejor consigo misma. Frente a los demás Sea cual fuere la agresión, siempre habrá una salida. No obstante, hay situaciones en las que la reacción es muy compleja, pues nuestra vergüenza y nuestro dolor nunca alcanzarán para detener el resentimiento general ni la indignación personal, como cuando por imprudencia,

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negligencia, o bajo los efectos de la ira, las drogas o el alcohol, hemos causado daño físico temporal o permanente a alguien, o cuando por la razón que fuere hayamos provocado un mal a otra persona en estado de indefensión, esto es, a un niño, un limitado físico o mental o la agresión de un hombre contra una mujer, o cuando hayamos abusado de alguien física o sexualmente, cometido alguna acción ilegal que afecta a una comunidad vulnerable, como robar el dinero que estaba destinado a un hospital o a un acueducto. De nada servirá ofrecer disculpas. Que alguien se sienta arrepentido, dolido, avergonzado y abrumado por un hecho, y lo exprese, y pida perdón, y diga que hará lo que esté a su alcance para reparar el daño causado, es muy poco para lo que espera la turba enardecida. Los seres humanos somos vengativos por naturaleza y quisiéramos ver pagar al otro con su propia sangre si fuere necesario. Bajo ese principio nacieron todos los códigos, las guillotinas, las sillas eléctricas y las inyecciones letales. Inclusive, hay muchas personas que asisten como público para disfrutar de algunos de esos espectáculos maravillosos. Hemos cometido un grave error y nadie en esta Tierra nos va a perdonar. Suceda lo que suceda, nadie lo va a olvidar jamás. Podremos pasar años en la cárcel pagando por lo que hicimos, sometidos a trabajos forzados y a torturas, ser mutilados, martirizados y humillados, y nos seguirán señalando y acusando. El único caso que tiene atenuantes es aquel en el que se le causa daño a alguien para defender la propia vida o la de otros, lo que tendrá que ser demostrado de todas las formas posibles. Robarse una caja de chocolates en un supermercado es igualmente grave a malversar fondos públicos o quedarse con el dinero que estaba destinado a construir un hogar para ancianos, pero la gente perdonará lo primero con la disculpa de que los dueños de los supermercados o de los bancos ganan mucho, en cambio, en el segundo caso, los ancianos

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desprotegidos, los niños huérfanos, las madres viudas, despiertan una enorme sensibilidad. Robin Hood era un bandido profesional, pero la historia lo presenta como un fascinante héroe al que vemos como un hombre ejemplar. Son muchas las culturas en este planeta que no le dan gran importancia al hecho de que los policías, los miembros del ejército o los bomberos mueran en el cumplimiento de su deber. Es como si no fueran humanos, o no tuvieran hijos, ni esposas, ni madres, ni hermanos. Se les tiene como unos muñecos de uniforme con licencia para morir en cualquier instante. A fin de cuentas para eso les pagamos con nuestros impuestos: para que protejan nuestras vidas mientras arriesgan las suyas. Son conceptos muy deformados de la humanidad sobre los que, en verdad, nos da mucha pereza reflexionar. No hace mucho un futbolista pateó una lechuza que se posó sobre un campo de juego en Barranquilla, Colombia. El mismo día murieron seis miembros del ejército en enfrentamientos con la guerrilla de las Farc. La noticia y la indignación sobre la historia del futbolista y la lechuza invadieron todos los medios durante casi dos semanas. La dolorosa información sobre los soldados muertos pasó desapercibida. Todo esto para decir que el mundo, aunque diga lo contrario, vive pendiente del escándalo, le encanta ver sufrir al otro, disfruta verlo arrastrado por sus miserias y destrozado por la marea de sus propias culpas. Entonces, ¿qué hacer si alguien aprovecha la oportunidad de darle el golpe bajo y recordar aquel hecho real y desafortunado con el que usted tiene alguna relación? La única salida es, sin mediar la más mínima palabra, bajar la mirada y cerrar los ojos en señal de vergüenza, dolor y arrepentimiento. Y como los otros esperan "algo más", habrá que insistir en eso mismo cuantas veces sea necesario y por el tiempo que exijan las circunstancias.

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Quien ante una situación como estas decida mantenerse con los ojos abiertos y la cabeza erguida, como defendiendo cierta dignidad de "un error lo comete cualquiera", los titulares serán que actuó con una desafiante frialdad, una provocadora indiferencia y una aterradora insensibilidad en la que "demostró que nada le importaba". Otra cosa muy distinta es cuando el responsable, así sea muy cercano, es otro diferente al que recibe el golpe bajo. Si el error lo cometió el hermano, el padre o el hijo, lo cometió el hermano, el padre o el hijo y, así nos avergüence mucho, o en el caso de los hijos menores de edad, en algunas legislaciones, se les asigne a los padres buena parte de la responsabilidad y culpa, siempre habrá posibilidades de responder con éxito al golpe bajo. Eso sí, la reacción nunca podrá ser desafiante ni altanera. El chiste cruel Partamos de la idea de que si no existieran los que nos ponen a prueba a cada instante, no tendríamos manera de saber cuál es nuestra verdadera dimensión. ¿Quién podría conocer los límites de la condición humana si nunca experimentara vergüenza? Podrá ser una sensación espantosa, y mucho más cuando nace de una agresión en la que se está poniendo en juego nuestra dignidad, pero resulta que la vergüenza se encarga de desinflar los egos antes de que se llenen de orgullo y arrogancia hasta el grado de perder el contacto con los demás. Esa desinflada es buena de vez en cuando. Si podemos reírnos de nosotros mismos, podremos sacar ventaja de la vergüenza. Ya nos agredieron, ya nos pusieron entre la espada y la pared. ¿Y entonces qué? ¿Nos vamos a quedar así por el resto de nuestras vidas? De aquí en adelante lo más grave que pudiera suceder está en nuestras manos. No

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seremos el más importante regalo de Dios a la humanidad, pero tampoco lo más bajo que se haya arrastrado sobre la Tierra. Son muchos los que en momentos de gran peligro han experimentado aquello de ver pasar por su mente, en un instante, la película de su vida. En el momento de gran vergüenza e ira, vamos a pensar por un instante que el golpe bajo fue un chiste cruel del que nosotros somos protagonistas. Imaginemos a un importante ejecutivo al que llaman de la universidad para que les dé una charla a los estudiantes. El hombre se viste con su mejor traje y se dirige al lugar de la conferencia. Cuando llega a las escaleras que conducen al salón de reunión, está muy seguro de su propia importancia. Lleno de orgullo, sube corriendo las escaleras esperando que mucha gente se fije en él y lo reconozca. Eleva la cabeza para reflejar su "importancia" y quizá, debido a ello, se tropieza y cae al suelo. Entonces lo primero que viene a su mente es que ojalá nadie lo haya visto. Un momento antes quería que todos lo vieran y, al siguiente, solo desea volverse transparente. Su repentina vergüenza lo hace sentir como el mayor tonto del planeta. Y ¿qué hay de malo en que uno se caiga? Todo el mundo se ha caído alguna vez y muchas veces. Pudo haber sido un chiste cruel para su ego, pero ¿realmente ha sucedido algo que vaya a cambiar la historia de la humanidad o a transformar la vida de alguno de los que presenciaron el hecho? Supongamos que un hermano nuestro, en estado de ebriedad, conducía un automóvil con el que atropelló mortalmente a alguien. Y yo, que no tengo nada que ver con el hecho, además de lamentarme por lo ocurrido y de acompañar a mi hermano, ¿qué más puedo hacer?, ¿me declaro culpable?, ¿le pido al juez que me mande a la cárcel con él?, ¿existe alguna legislación en la que mi hermano se vaya para su casa a cuidar de sus pequeños hijos y yo pague la condena por él?, ¿hasta qué grado de consanguinidad, unos tienen que pagar por las culpas de los otros? Ridículo, ¿verdad? No pasa de ser un chiste cruel.

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En el caso del hermano, o el hijo, o el padre, que bajo los efectos del alcohol ha matado a alguien con su automóvil, o en cualquier caso similar, públicamente no nos podemos echar sobre nuestros hombros la culpa de lo sucedido. Habrá circunstancias, motivos o razones por las que privadamente asumamos alguna responsabilidad y eso pertenece a nuestro fuero íntimo. Lo demás, no pasa de ser la trama de chiste cruel en el que aparecemos como uno de los protagonistas. Entonces, frente al agresor que nos manda ese golpe bajo, solo tendremos que ser asertivos y sin altanería decirle que aunque no entendemos a qué viene el comentario, lamentar el hecho que se sale de nuestras manos, y expresar nuestro acogimiento a la justicia. Si el otro insiste en lo suyo, volveremos a decir que seguimos sin entender a qué viene el comentario, que lamentamos el hecho que se sale de nuestras manos, y que esperamos que la justicia tome las decisiones que considere correctas. No importa si lo tenemos que repetir diez, o quinientas, o mil veces. Los agresores llegan a este punto porque se les acabaron los argumentos y en vista de que no tienen nada más que decir, se vuelven obstinados, persistentes, locuaces y tercos. Lo que el viento se lleva Cuando alguien pone a rodar una bola de nieve, como un golpe bajo, nos enfrentamos a la demoledora fuerza de las palabras que algunos creen "se las lleva el viento". Cuenta la historia que en cierta ocasión, un maestro se dirigía a un atento auditorio dando valiosas lecciones sobre el poder sagrado de la palabra y la influencia que ella ejerce en nuestra vida y la de los demás. De repente fue interrumpido por un hombre que le dijo airado: —¡No engañe a la gente! El poder está en las ideas, no en las palabras. Todos sabemos que las palabras se las lleva el viento. Lo que usted dice no tiene ningún valor.

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El maestro se molestó y le gritó con fuerza: —¡Cállese, estúpido! ¡No tiene ni idea de lo que habla! Ante el asombro de la gente, el aludido se llenó de furia, soltó varias imprecaciones y, cuando ya estaba completamente fuera de sí, el maestro pareció tranquilizarse un poco y le dijo: —Perdone, caballero, lo he ofendido y le pido que me disculpe. Acepte, por favor, mis sinceras excusas y sepa que respeto su opinión, aunque estemos en desacuerdo. El hombre no tuvo más remedio que calmarse, y entonces le dijo al maestro: —Lo entiendo. Yo también le presento mis excusas por mi conducta. Acepto que la diferencia de opiniones no debe servir para pelear sino para mirar otras opciones. El maestro le sonrió y le dijo: —Lamento que haya sido de esta manera, pero así hemos demostrado el gran poder de las palabras. Con unas pocas lo exalté y con otras lo he calmado. Las palabras no se las lleva el viento. Las palabras dejan huella, tienen poder e influyen positiva o negativamente, curan o hieren, animan o desmotivan, reconcilian o enfrentan, iluminan o ensombrecen, dan vida o dan muerte. Con pocas palabras podemos alegrar a alguien y con pocas palabras podemos llevarlo al desaliento y al desespero. Ellas moldean nuestra vida y la de los demás. Por eso mismo, los griegos decían que la palabra era divina y los filósofos elogiaban el silencio. Cuando recibimos una agresión, debemos cuidar nuestros pensamientos porque ellos se convierten en palabras y cuidemos nuestras palabras porque ellas marcan nuestro destino. No podemos ponernos a la altura del agresor, ni actuar con su misma ligereza. Tampoco pretendamos hacernos los sordos

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ante las acusaciones de un golpe bajo. Sería igual a concederle todo el poder a quien nos agrede. Creer que las palabras se las lleva el viento es tanto como no sentir vergüenza y eso se considera un síntoma grave. De una u otra forma todos nos tenemos que enfrentar a ella. No es siempre buena ni siempre mala, lo importante consiste en lo que hacemos con ella. Cuando se reconoce, se acepta y se usa para investigar nuestra relación con nosotros mismos y con los demás, constituye un sentimiento benéfico. La vergüenza moderada promueve la conciencia de uno mismo y un reconocimiento de las relaciones. Puede servirnos como guía para llevar una vida plena y significativa. Y si bien a las palabras no se las lleva el viento, el paso del tiempo suele suavizar sus efectos nocivos. Podríamos decir que al recuerdo se lo lleva el tiempo. Hay sin duda una gran diferencia entre la agresión física y la agresión verbal. Las dos son igualmente dañinas, crueles y detestables, pero las huellas que dejan las palabras hirientes, aunque muy dolorosas, nos obligan a buscar dónde quedó nuestra dignidad, a recuperar el respeto por nosotros mismos, a valorarnos y a dejar de vernos a través de los ojos de los demás. La verdad no cambia Como ha quedado dicho, el golpe bajo es el recurso elegido por quienes no tienen argumentos, a fin de cuentas descalificar al oponente sacándole algún trapo sucio con la intención de desmoralizarlo, es de alguna forma reconocer que el otro tiene la razón. En lugar de intentar bloquear al otro con algún ataque personal, ¿no sería mejor dedicarse a demostrar que las ideas del otro carecen de fundamento? Para el gran público, para ese que no le da ninguna importancia a que maten un policía porque "ese es su trabajo y para eso le pagan", tiene más efecto escuchar que el contrincante ha cometido algún error, cierto o falso, que todo lo

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bueno y extraordinario que puedan mostrar de él las acciones de su vida entera. Los dictadores y los demagogos lo saben muy bien y por siempre han aplicado con gran éxito la táctica de "sembrar la duda" para acabar con el adversario. Así mismo, los defensores de ideologías agresivas y los miembros de movimientos radicales manejan esta arma a las mil maravillas y denigran de sus opositores con una habilidad pasmosa y con mucho éxito entre la gente del común. Otras veces el golpe bajo nace en prejuicios muy arraigados. Basta con saber que el adversario es de una determinada zona geográfica, de una raza, una religión, un partido político o una asociación concreta, para colgarle una serie de etiquetas para avergonzarlo, neutralizarlo y condenarlo antes de que pueda decir o hacer nada en su defensa. Lo que pudiera decir queda en la sombra, bajo una nube de sospechas malignas. Aunque no quisiéramos que fuera así, estos ataques suelen sembrar muchas dudas en la mayoría de la humanidad. Sin embargo, la verdad no deja de ser la verdad. No importa quien la defienda o la ataque. Puede ser un criminal o un santo, un capitalista o un comunista, un negro o un blanco, un cristiano, un musulmán o un ateo... Los argumentos, sean defendidos por quien sea, merecen atención, seriedad, actitudes responsables y abiertas al diálogo. Y a los argumentos se responde con argumentos, no con flechas venenosas para destruir a las personas. Quienes esto hacen, solo están mostrando su ignorancia, su falta de piedad y la envidia. Lastimosamente, quienes creen en estos sujetos tan mediocres, terminan por parecerse a ellos. Los golpes bajos, es cierto, pueden llevar a victorias aparentes y vistosas, porque, de momento, privan a la víctima del respeto que merece. Sin embargo, la verdad y la justicia siempre estarán por encima de la más violenta de las agresiones.

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Las armas del atacante Los individuos que utilizan los golpes bajos suelen planificar sus estrategias y apelan a diferentes recursos para tener éxito. Entre sus armas principales, junto a la sorpresa, está la mentira. Como lo que más le importa es la trama que teje alrededor del agredido, puede decir cualquier falsedad, adornada con visos de verdad y argumentos peregrinos. El golpeador utiliza contra el agredido lo que los profesionales denominan "crueldad mental", es decir, la violencia o ensañamiento que ejerce una persona contra otra sin agresión física, pero sí emocional y psíquica, para conseguir algo contra la voluntad del agredido. Buscará entonces que su víctima se sienta culpable, es decir, que sienta vergüenza. Así sabrá que la ha dominado. Habitualmente los agresores, además de muy fastidiosos, son muy hábiles e intentarán convencer a los testigos, conocedores de su maldad, de que todo son imaginaciones o reacciones desmesuradas e incluso patológicas de su agredido. Adoptarán por tanto una sorprendente posición de víctimas y lo harán a tal punto y con tan fuertes argumentos que conseguirán sembrar cierta duda en los demás. Tal es la magnitud de la habilidad de la mayoría de los agresores para manipular, que llegan a hacer dudar a quienes enjuician sus actividades de violencia, obligándoles a decidir entre la total ausencia de normalidad de su persona o la exageración desmedida del relato de la víctima, y terminan con frecuencia promediando las responsabilidades del acto entre el agresor y la víctima, dando una nueva oportunidad al agresor y evitando condenarlo por el acto de violencia psicológica que ha cometido. El acoso psicológico se ha convertido en el medio de agresión por excelencia de nuestra sociedad civilizada y computarizada. A los que golpean físicamente los graban con la cámara del celular, cuelgan el video en Youtube, los someten al escarnio público y, en algunos casos, hasta los llevan ante los

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tribunales. Los agresores verbales, tan horripilantes como los otros, parecen trasparentes, se confunden con el paisaje, en la errónea creencia generalizada de que al ser los daños psicológicos difícilmente demostrables a primera vista, son más subjetivamente evaluables y por ello no tan graves como pudiera ser un trauma físico cualquiera. Se podría decir que en el fondo se termina premiando a los agresores verbales con la impunidad, mientras la víctima se queda con su lesión y con su vida gravemente trastornada. Los derechos al honor, a la vida privada, a la intimidad y a la propia imagen, deberían ser considerados derechos humanos y estar regulados por las leyes en todos los países del mundo, y mucho más ahora cuando a través de la Internet o los teléfonos celulares se ponen a rodar rumores y agresiones que no son otra cosa que dañinos y delictuosos golpes bajos. Los organismos internacionales y las legislaciones de cada país tendrán que hacer algo cuanto antes para darles a los ciudadanos del mundo una protección acorde con la época que nos ha tocado vivir. No quiero ser ave de mal agüero, pero al paso que vamos, el matoneo a través de medios de comunicación tan maravillosos como la web con sus redes sociales, y los teléfonos móviles con sus sistemas de chat y mensajes de 180 caracteres, terminarán por llevarnos a una guerra atroz. El mundo se llenará de rabia y de odio en un abrir y cerrar de ojos y, sin duda, las dictaduras se harán cargo de esos sistemas tecnológicos que llegamos a considerar un enorme logro de la humanidad. Entonces, se acabará la dicha y nos mataremos luchando para recuperar lo perdido. Es urgente regular en este sentido derechos que son esenciales o fundamentales, innatos, ya que nacen con la persona sin requerir acto jurídico alguno que motive su adquisición, y que atribuyen a su titular un poder de amplia disposición para proteger todo lo que el entiende como

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concerniente a la esencia de su persona y las cualidades que la definen. La personalidad viene determinada por el nacimiento y se extingue con la muerte, porque jurídicamente es una condición o atributo connatural al ser humano. Lastimosamente, gracias a esos grandes logros para la sociedad de la información, también se han potenciado las intromisiones en la vida privada y la intimidad de todos. Hoy por hoy los agresores despliegan con mayor facilidad sus acciones y sus golpes bajos aprovechando en buena parte los medios que la sociedad ha puesto a su servicio. Es así como nos encontramos con agresores que van desde el que se manifiesta como si fuera un grupo que interviene institucionalmente, hasta aquel que se inventa miles de identidades para aprovechar la fiesta del anonimato y hacerse pasar por una colectividad. La responsabilidad de desarmar al agresor, no solo es competencia de la víctima sino también de las leyes. El concepto de bien debe ponerse en relación con la utilidad que representa para la persona en cuanto sirve para satisfacer una necesidad. No se comprende que pueda haber bienes más deseados que la vida, la integridad física, la intimidad, el honor, la libertad, etcétera, por lo que cabe hablar de un patrimonio moral. Las constituciones políticas de muchas naciones hablan de la defensa de esos derechos, pero no existen leyes que determinen o reglamenten su ejecución. Es algo así como tener un hermoso automóvil de última generación pero sin combustible, o como diría un amigo: "eso es como tener mamá, pero muerta". Convivir con la vergüenza La fase de comprensión para acabar con los efectos negativos y paralizantes de la vergüenza se soluciona cuando nos aceptamos como somos. La vergüenza no se desvanecerá a

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causa de nuestro temor, odio o lucha. De hecho, si luchamos contra ella podría hacerse más fuerte. La persona que desprecia su vergüenza se olvida de que en el proceso se está odiando a sí misma. Por ello, debemos aceptar nuestra vergüenza antes de que podamos cambiarla. Esta es la realidad. No podemos desear simplemente que desaparezca porque es dolorosa, como tampoco podemos alejarla a la fuerza. Este período de aumentar la autoconciencia y la aceptación podría requerir unos pocos segundos o meses. Por eso resulta mejor familiarizarnos con nuestra vergüenza que tratarla con miedo o con odio. Ocasionalmente, todos nos hemos sentido avergonzados de nosotros mismos y el único camino que nos queda consiste en tratar de hacer las paces con esa vergüenza, porque realmente es otra parte de nosotros mismos. Hay quienes, debido a la complejidad de los golpes bajos y lo difícil que resulta manejar la vergüenza y la ira, prefieren evitar las situaciones conflictivas o de riesgo. Condenarse voluntariamente al ostracismo no es una buena opción, ni es justo. Evitar o negar una situación como esta, no la hace cambiar ni desaparecer, tan solo la perpetúa. Ha llegado el momento de comprender que la crueldad de los seres humanos sobrepasa la de cualquier otro animal que consideremos violento. De alguna manera, vivimos de la muerte de los otros para satisfacer nuestros más pervertidos y sucios apetitos. Si no fuera así, no habría tantos y tan exitosos shows de chismes en todos los medios de comunicación, ni tantos noticieros sensacionalistas, ni tantas revistas autodenominadas "del espectáculo y el entretenimiento". Buena parte de la historia de las guerras que nos hacen aprender de memoria en las escuelas, no es más que un recuento de asesinatos y torturas de seres humanos contra seres humanos, relatos de orgías de destrucción en las que todo se vale, narraciones de cómo miembros de una misma especie,

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dizque inteligente, se devoran sin piedad. Las guerras, persecuciones y genocidios de los seres humanos no tienen paralelo en el más salvaje escenario animal. Las víctimas de agresiones, presentadas en la forma que fuere, no van a cambiar ese panorama encerrándose en sí mismos, quedándose callados o huyendo. De alguna manera habrá que entrar en el juego. La solución no podrá ser agredir de vuelta, pero sí enfrentar la situación y detener al agresor. La palabra conflicto suele tener una connotación negativa y eso provoca que en muchas ocasiones tratemos de disimularlo o incluso negarlo. Un conflicto no es más que una interacción entre dos o más personas, en la cual cada una de ellas percibe a la otra como una amenaza para conseguir sus objetivos o satisfacer sus necesidades. En cualquier caso, los conflictos se dan porque cada persona tiene su propia idea del mundo y por lo tanto ve las cosas a su manera. Dentro de esa idea personal fundamos nuestros valores, criterios, creencias, la propia identidad, nuestras actitudes, etc. Todo ello nos da un modo determinado de vivir el mundo interno y externo. Delante de un conflicto, cada quien está viendo y viviendo una situación diferente, y cada cual tendrá la tendencia a defender su posición y sentir que tiene más razón que la otra parte. Eso es lo natural. Entonces, frente al conflicto, la agresión o el golpe bajo, hay que reconocer que existe. No podemos arreglar algo si no aceptamos que está dañado. Debemos ser conscientes de que cada quien tiene sus propias ideas y sus propios objetivos, por más oscuros y crueles que sean. Bajo ninguna circunstancia podemos aceptar las afirmaciones del otro como verdad. Se trata solo de su interpretación de la realidad. De alguna manera, frente a la agresión deberíamos poder ver la situación como si fuésemos un observador neutral, para hacer más fácil el proceso.

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7 Duelo de titanes Cuentan que estaba Buda meditando con algunos de sus discípulos, cuando se acercó un detractor espiritual, lo insultó, lo escupió y le arrojó un puñado de arena en la cara. Al instante Buda salió del trance, mientras sus seguidores reaccionaban con mucha rabia, atrapando al hombre y alzando palos y piedras, esperando la orden del líder para darle su merecido. Entonces, él les ordenó que soltaran al sujeto y se dirigió a él con suavidad: —Mire lo que generó en nosotros. Nos expuso como un espejo muestra el verdadero rostro. Desde ahora le pido, por favor, que venga todos los días a probar nuestra verdad o nuestra hipocresía. Estos hombres que hace años me siguen por todos lados meditando y orando, demuestran no entender ni vivir el proceso de la unidad y quisieron responder con una agresión similar o mayor a la recibida. Regrese siempre que desee, usted es mi invitado de honor. Todo insulto suyo será bien recibido, como un estímulo para ver si vibramos alto, o es solo un engaño de la mente esto de ver la unidad en todo. Ante la grandeza del maestro y llenos de culpa, los discípulos y el hombre se retiraron rápidamente.

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A la mañana siguiente, el agresor se presentó ante Buda, se arrojó a sus pies y le dijo en forma muy sentida: —El sentimiento de culpa no me permitió dormir. Le suplico que me perdone y me acepte junto a usted. Buda, con una sonrisa en el rostro, le respondió: —Usted es libre de quedarse con nosotros. Pero no puedo perdonarlo. Muy compungido, el provocador le insistió en que, ya que él era el maestro de la compasión, por favor lo hiciera, a lo que el Buda le manifestó: —Para que alguien perdone, debe haber un ego herido. Solo la falsa creencia del ego herido de que uno es la personalidad, es quien puede perdonar. Después de odiar se pasa a un nivel de cierto avance, con una trampa incluida, que es la necesidad de sentirse espiritualmente superior a aquel que en su bajeza mental nos hirió. Solo alguien que sigue viendo la dualidad y se considera a sí mismo muy sabio, perdona a quien le causó una herida. Yo lo veo a usted como un alma afín. No me siento superior, ni siento que me haya herido. No puedo perdonarlo porque en mi corazón solo tengo amor por usted, y quien ama, no necesita perdonar. El hombre no pudo disimular su desilusión. Ante la mirada de desencanto, con una comprensión infinita, Buda añadió: —Percibo lo que le pasa y vamos a resolverlo: sabemos que para perdonar necesitamos a alguien dispuesto a hacerlo. Vamos a buscar a los discípulos que, en su soberbia, están todavía llenos de rencor. Les va a gustar mucho que usted les pida perdón. En su ignorancia se van a sentir magnánimos por perdonarlo y poderosos por perdonarlo. Usted también va a estar contento y tranquilo por recibirlo. Va a sentir un alivio en su ego culposo. Todos quedarán más o menos contentos y seguiremos meditando como si nada hubiera sucedido.

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Y eso fue exactamente lo que sucedió. El ego en Acción La agresión verbal es cuestión de un instante. Es como si escupieran en nuestra cara y nos echaran un puñado de arena en nuestros ojos. En milésimas de segundo desfilan por nuestra mente todos los aterradores monstruos que nos habitan y se desatan las imágenes de todas las cosas espantosas que podemos llegar a ser. En fracciones de nada han herido nuestro ego y, con la misma velocidad, lanzaremos nuestro dardo para herir el ego del contrario. Entonces, habremos atajado la agresión, pero se habrá desatado una guerra de egos, un duelo de titanes. En el psicoanálisis de Freud el ego es la instancia psíquica que se reconoce como yo, parcialmente consciente, que media entre los instintos del yo, los ideales del superyó y la realidad del mundo exterior. En la vida real es una creatura de muchas cabezas que se alimenta de un violento parásito llamado orgullo, que trabaja a escondidas, como el terrorismo, y que, como él, se manifiesta con violencia, sembrando odio y deseo de venganza. El orgullo actúa y golpea a ciegas, fuera de las reglas con las que la humanidad ha tratado de regular sus conflictos de dientes para afuera. Cuando el orgullo se pone en acción y decimos "el que me la hace me la paga" o "esto no se queda así", estamos anunciando que no vamos a bajar la guardia, ni mucho menos vamos a reconocer que los otros puedan tener alguna importancia, algún valor, ni mucho menos, algo de razón. El orgullo es un exceso de amor propio que hace que nos consideremos superiores a los demás, dificulta la comunicación con el entorno y con nosotros mismos, limita nuestra capacidad creativa porque nos sentimos más que suficientes, nos hace ver

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los logros de los otros con los ojos de la envidia, nos llena de tensiones y ansiedades, nos impide ser porque estamos dependiendo del otro, nos dificulta ver y reconocer nuestros errores porque estamos muy ocupados en los de los demás y nos estimula a disfrutar de una experiencia que nos encamina al fracaso emocional, material y espiritual. Podemos estar seguros de que eso que nos sucede a nosotros, le está sucediendo a nuestro adversario. No vayamos a creer que el otro es el heredero de algún secreto espiritual que lo convierte en un ser superior o que practica una misteriosa técnica oriental de meditación astral que le permite hacer su orgullo a un lado. Ambos estamos enfrentados en este duelo de titanes. La pregunta ahora es: ¿cómo ganar en el enfrentamiento? Para algunos resulta muy fácil decir "respire profundo y tranquilícese". No nos engañemos: Buda, Cristo, Martin Luther King, Gandhi o Mandela son únicos. Seres que recordamos con admiración porque son extraordinarios, dueños de un maravilloso poder interior, a quienes nos gustaría parecernos, pero en la vida real es más fácil pellizcar un vidrio que alcanzar esa meta. Aquí estamos en la calle, viviendo la otra cara de la moneda, la de personas comunes y corrientes, sintiéndonos mortificados, agredidos, deshonrados..., ¿y qué tal si se han metido con nuestro hijo, nuestra madre o nuestro hermano? Podrán decir lo que quieran, pero yo no he llegado a esos grados de evolución, ni creo que me pareceré nunca, ni un poquito, a los personajes mencionados. No tengo vocación de mártir y no voy a permitir que nadie me humille. Yo tengo mi amor propio y me tengo que hacer respetar. El orgullo es una virtud Para la gran mayoría de los seres humanos el orgullo es una virtud gracias al cual engrandecemos nuestras cualidades y empequeñecemos nuestros defectos. Así, si tenemos alguna

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aptitud para cantar, correr, escribir, dibujar o enamorar, nos sentimos orgullosos de eso. Y nos sentimos más orgullosos cuando los demás nos lo reconocen. Pero si alguien se atreve a decirnos que tenemos algún defecto o carencia, cierto o falso, el orgullo herido o lastimado se encargará de encubrir lo que sea y pondrá en marcha todo su espíritu guerrero para cobrar venganza y hacer justicia. Y ni se diga lo que nos sucede cuando descubrimos que cualquiera nos supera en alguna de esas cualidades en las que nos sentimos únicos. La virtud del orgullo nos dará el valor que necesitamos para defendernos, con la fuerza de un tsunami arrasador. Los que aspiran ser como Gandhi o como la madre Teresa, dicen que el amor propio nos convierte en seres imperfectos y que el orgullo es un defecto que entorpece nuestro avance, impulsándonos a asumir conductas que nos impiden alcanzar nuestras metas en la vida. Dibujan al orgulloso como alguien que se cree infalible, convencido de que merece las mejores posiciones y atenciones, mientras levanta barreras que le impiden verse a sí mismo. Todo eso pudiera tener sentido si no estuviera de por medio nuestra dignidad. Nos han ofendido y estamos obligados a reaccionar y dispuestos a hacer justicia. En la historia que narraba al principio, Buda decía que sus discípulos, en su ignorancia, se sentirían magnánimos y poderosos por perdonar. Bueno, algunos orientales tienen una manera muy curiosa y especial de analizar las cosas. Personalmente no creo que se sientan magnánimos y poderosos, es que son prácticos. Si arreglan por las buenas se van a quitar un buen lío de encima, ahorrarán energía, quedarán muy bien ante los demás, le darán una buena lección al otro y, por qué no, tendrán un motivo más para sentirse orgullosos. Todo es ganancia. Por eso, al momento de la rabia, la pregunta que hay que hacerse es ¿qué salgo ganando de todo esto?, e inclinar la balanza hacia el lado que el negocio produzca la mayor rentabilidad.

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¿Nos han atacado y nos sentimos mal? Sí. ¿El otro se merece un buen escarmiento? Sí. ¿Estamos en la obligación de hacernos respetar? Sí. ¿Tenemos nuestro derecho de tomar represalias? Sí. ¿Está el otro en todo su derecho de sentirse igual, así él haya empezado? Sí. Entonces, lejos de toda ironía, la única pregunta lógica que queda es la misma: ¿qué salgo ganando de todo esto? Ningún juez, distinto de nosotros mismos, podrá determinar qué tanto nos deben pagar por nuestros sentimientos. Cada quien, en su fuero interno, sabrá lo que le deben. Un acto egoísta Detener el duelo de titanes, en efecto, trae muchos beneficios para quien da el primer paso. Podemos llamarlo egoísmo, pero en realidad nos quitamos una gran carga de nuestros hombros, nos pondremos por encima del otro, tendremos un gigantesco ahorro de energía que podremos utilizar en otras cosas, creceremos internamente y frente a los demás, les enseñamos algo a quienes nos rodean y, sin dudas, tendremos un motivo adicional para sentirnos orgullosos de nosotros mismos. La única manera de llegar ahí es aprendiendo a perdonar. No es fácil, pero tampoco imposible. Partamos de la base de que perdonar no representa un acto de generosidad o de magnificencia, pues los mayores beneficiados no son los otros, sino nosotros mismos. Es una actitud decisiva para nuestra salud física y mental. Robin S. Sharma, autor del best seller El monje que vendió su Ferrari, señala que "no es inteligente cargar toda la vida con un enemigo a tu espalda. El estatus de enemigo le dará muchas oportunidades en tu mente. Aparecerá en momentos inoportunos, en tu hogar, en tu familia, en tu trabajo, en tus sueños... Fomentará multitud de pensamientos negativos que se recrearán en tu mente".

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Recordemos por un instante a alguien que nos haya hecho mucho daño y que nos haya generado mucha rabia. Pongamos en el presente a esa persona que actuó con mezquindad, se dejó llevar por la envidia o la ira, nos engañó, nos mintió, nos despreció, nos criticó, nos humilló o nos agredió en el amplio sentido de la palabra. Con la tranquilidad que brinda el paso del tiempo, pongámonos en su lugar y preguntémonos qué hubiéramos hecho en su lugar. Es muy probable que, si somos sinceros, tengamos que responder que hubiéramos procedido de igual o de peor forma. ¿Qué los movió a actuar así? Su condición de seres humanos. Una condición que implica unas diferencias, sobre las que no podemos imponer nuestras creencias o convicciones. Los nazis, que llegaron al poder en Alemania en enero de 1933, creían que los arios eran una raza superior y que los judíos, gitanos, comunistas, socialistas, discapacitados, homosexuales, sindicalistas, Testigos de Jehová y algunos pueblos eslavos como los polacos y los rusos, eran inferiores y había que exterminarlos. A medida que la tiranía nazi se propagaba por Europa, los alemanes y sus colaboradores perseguían y asesinaban a millones de personas. Así se escribieron las tristes y dolorosas páginas de una vergonzosa historia que conocemos como el Holocausto. El gobierno nacionalsocialista estableció campos de concentración, guetos y campos de trabajos forzados para encarcelar las víctimas de su odio étnico y racial. A unos noventa kilómetros al norte de Berlín estuvo el campo de concentración de Ravensbrück, el más grande en Alemania, destinado especialmente a mujeres. Al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados liberaron este campo de concentración, se encontró allí un pedazo de papel en el que una prisionera había escrito esta hermosa reflexión: "Señor, no te acuerdes solo de los hombres y mujeres de buena voluntad, sino también de los de mala voluntad. Pero no te acuerdes de todo el sufrimiento que nos

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han ocasionado. Acuérdate de los frutos producidos en nosotros gracias a ese sufrimiento: nuestra confraternidad, nuestra lealtad, nuestra humildad, nuestro valor, nuestra generosidad, la magnanimidad que brotó de nuestro corazón a raíz de todo esto. Y cuando les llegue la hora del juicio, que todos los frutos que dimos sean su perdón". Esta conmovedora historia nos obliga a reflexionar sobre el perdón como una experiencia renovadora, una fuente de paz interior y un canto de liberación. El Holocausto y los hechos que vinieron después están repletos de historias en las que nos podemos mirar para descubrir los beneficios que se obtienen del perdón y de todo lo que perdemos cuando optamos por el odio y la sed de venganza. Cuentan que dos de los sobrevivientes de esos campos de concentración se volvieron a encontrar con el paso de los años y uno le preguntó al otro: —¿Has podido perdonar a los nazis por todas las atrocidades que cometieron contra nosotros? Después de un momento de silencio, el interlocutor suspiró profundamente y le respondió: —Hace tiempo decidí perdonar para hacerme más fácil la vida. Entonces el amigo le replicó: —Yo no puedo olvidar lo que nos hicieron y aún los odio con toda mi alma. El otro lo miró a los ojos y le dijo: —Qué lástima, aún te tienen prisionero. Bajo ninguna circunstancia es buen negocio invertir en el enfado, la venganza o la frustración. Los dividendos nunca son positivos. En cambio, invertir en el perdón y en la tranquilidad se cotiza bastante bien. Si no podemos perdonar al otro, nos

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quedaremos con el mal negocio y tendremos que pagar por la trampa en la que nos han metido nuestros asesores don Ego y don Orgullo. Ellos podrán saber de buenas peleas, vanidades, engaños e hipocresías, pero de negocios no tienen ni la más mínima idea. El perdón es una imperiosa necesidad de la vida y surge del mismo hecho de convivir. Es tan necesario como el aire que respiramos y por eso siempre está en demanda. Ante la incapacidad de perdonar la vida se paraliza y estamos condenados a perpetuar en nosotros mismos y en los demás el daño sufrido. Ese no es un buen negocio. El arte de perdonar Cuando lesionan nuestra integridad física, moral o espiritual, algo sustancial ocurre en nosotros. Buena parte de nuestro ser se ve afectada, lastimada, incluso mancillada, como si la maldad del agresor fuera un virus letal capaz de alcanzar hasta la última de nuestras células. La reacción inmediata, que surge espontáneamente, es la de imitar a nuestro agresor, propinándole un golpe peor. En nuestra ceguera, no nos damos cuenta de que el revanchismo no contribuye en nada para sanar nuestras heridas y que, por el contrario, las agrava. Perdonar es un acto sublime de generosidad, pero eso sí, no puede convertirse en una obligación. El perdón o es libre o no existe. Se perdona porque se desea perdonar y no porque "hay que perdonar". Reducir el perdón a la categoría de compromiso, inhibe el debate interior entre las razones de nuestro dolor y la voluntad de perdonar, y el acto en sí pierde toda su grandeza. Lo mismo ocurre cuando pretendemos unir el perdón al hecho de olvidar, pues lo uno no implica lo otro. Es decir, el perdón no produce amnesia. El perdón ayuda a la memoria a sanar y la herida poco a poco va cicatrizando, hasta un punto en el que el recuerdo de la ofensa ya no causa dolor, curando y liberando la memoria.

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Pero que nadie se llame a engaños. Estamos en todo nuestro derecho a experimentar todas las cosas horribles que fluyen dentro de nosotros a la hora de una agresión y a expresar toda la rabia que nos invade. Eso ni es delito, ni es pecado. El hecho de perdonar no significa darle al otro la autorización para que siga por el camino de los abusos y los atropellos. Al perdonar, por el contrario, estamos asumiendo las riendas de la situación para afianzar nuestra autoestima, exigir respeto y establecer las condiciones que eliminen por completo la conducta agresiva. No podemos permitir que se confunda el perdón con la complicidad o la ingenuidad. Para algunos, la sola idea de perdonar resulta aterradora, pues les preocupa la eventualidad de seguir junto a alguien que les destruye la vida. Entendamos de una vez que perdonar no es hacer el papel de idiotas y que si alguien nos impide ser felices hay que hacerlo a un lado. Si actuamos como mártires, conseguiremos con facilidad quien nos haga daño. Si nos valoramos, nos haremos valorar y nos relacionaremos con personas que nos respeten y nos traten con dignidad. Hay quienes ven el perdón como una fórmula mágica que sirve para resolver todos los conflictos de un modo instantáneo, generando un perdón superficial que se pronuncia con los labios pero que no tiene ninguna motivación interior. Calman su conciencia y disminuyen la ansiedad, pero en el fondo no han hecho nada. Es como tomarse un analgésico para un cáncer. El dolor podrá calmarse por un momento, pero la enfermedad seguirá ahí. El arte de perdonar requiere una multitud de condiciones: tiempo, paciencia, moderación, prudencia y perseverancia en la decisión de llegar hasta el final. Comienza con la decisión de no venganza y exige discreción y humildad. No depende de la sensibilidad ni de la emotividad, sino que emerge de la convicción absoluta de que aquel que nos ha herido o traicionado también tiene una dignidad y unos valores. Por

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consiguiente, perdonar no solo supone liberarse del peso del dolor, sino también liberar al otro del juicio severo que de él nos hemos formado. No es difícil. Es dificilísimo. Toda ofensa nos provoca confusión y pánico, nuestra armonía se ve herida y trastornada, la tranquilidad perturbada y la integridad interior amenazada. Nuestras deficiencias personales afloran de repente, nuestra tolerancia y generosidad se ponen a prueba, las sombras de nuestra personalidad emergen, las emociones enloquecen y se descontrolan. Ante esta confusión, quedamos a merced del rencor, nos convertimos en verdugos, se reduce la escala de valores y nacen los deseos de destruir. Por eso hemos dicho que perdonar es un acto de sublime grandeza. Es bueno que seamos conscientes de todo esto para que no juzguemos a los demás, ni nos juzguemos a nosotros mismos, cuando se dificulte la tarea de perdonar. Cuestión de actitud Son muchos los comerciales de televisión en los que, para vendernos un cereal para el desayuno o un nuevo aceite para la cocina, nos repiten que somos lo que comemos. Podrá ser una frase muy atractiva y muy vendedora pero no es del todo cierta. Eso sería verdad si fuéramos un estómago o un intestino. Por lo tanto, la frase cuenta para lo físico, ¿y lo demás? La condición humana exige algo más que jugos gástricos y procesos digestivos. Los seres humanos, como tales, somos lo que pensamos, es decir, somos los conocimientos adquiridos, las experiencias vividas, las lecciones aprendidas y, ante todo, nuestra actitud frente a la vida. Así como tenemos el derecho a elegir entre un cereal para el desayuno con sabor a fresa o un café con una tostada o unos huevos revueltos con tomate y cebolla, elegimos las cosas buenas o malas que nos suceden. Suena un poco dramático, pero así es. Lo que somos, lo que sentimos, lo que vivimos lo

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hemos elegido nosotros mismos. Lo bueno y lo malo que nos sucede lo hemos elaborado en nuestro interior a través de un complejo proceso que va más allá del sistema digestivo. Si elegimos ser felices, armoniosos, prósperos, amorosos... eso seremos, sin importar las circunstancias exteriores, como en la película italiana La vida es bella que, por una coincidencia, vuelve a situarnos en los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Esta cinta narra la historia de un hombre que es llevado con su hijo de cinco años a uno de esos horrendos centros de reclusión. Allí, con tal de salvar la vida del niño, el hombre se inventa un juego en el que ganará quien consiga esconderse de los antipáticos guardias alemanes, inventándole a cada paso nuevos juegos con los que supuestamente ganan los puntos necesarios para conseguir un tanque de guerra que es el anhelado premio final. Las circunstancias exteriores eran de muerte, angustia y dolor. Las interiores eran de esperanza, ánimo e ilusión. Hubiera sido más fácil aferrarse a la triste realidad, pero Guido, que así se llama el protagonista de la historia, eligió otra cosa. Eso es lo que la filosofía llama el libre albedrío y que no es otra cosa que el derecho a elegir. La más importante decisión que debemos tomar cada día de nuestras vidas es la actitud que debemos asumir. Y aunque esto pueda resultarles chocante a algunos, la actitud es más importante que nuestro pasado, que la instrucción que hemos recibido, que nuestra cuenta bancaria, que nuestros éxitos o fracasos, que la fama o el dolor, que lo que los demás piensen o hablen de nosotros, que nuestras circunstancias, o que la posición en que nos encontremos. La actitud es lo que nos mantiene funcionando o lo que nos impide avanzar. Podemos elegir entre permitir que nuestro orgullo y nuestra ira nos dominen, o en perdonar para seguir adelante.

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Todo lo que estamos viviendo hoy no es más que el resultado de las elecciones que hemos hecho. ¿No nos gustan los resultados? Cambiemos las escogencias. Culpar a los otros de todo lo que nos sucede es jugar a ser víctimas y significa el reconocimiento de nuestra incapacidad para dirigir nuestras propias vidas. Perdonar es una actitud que nos permite tomar el control de nuestras emociones, en lugar de dejar que ellas nos dominen. La única forma de modificar el rumbo de nuestras vidas consiste en asumir nuestro propio liderazgo y cambiar, sin esperar a que cambie el mundo. Hacer las paces Está en nuestras manos que el duelo de titanes avance o se detenga, tenemos el derecho a elegir entre solucionar un conflicto o echarle más leña al fuego. Estamos en posibilidad de cambiar la actitud y controlar el ego y el orgullo para hacer las paces con nosotros y con los demás. Finalmente, podemos encender una luz para no caminar más en medio de la oscuridad. Es definitivo que lleguemos a ser lo que somos capaces de ser, sacando lo mejor de cada uno de nosotros y no conformarnos con lo que efectivamente somos. Si queremos lograr que todo esto suceda, será necesario que entendamos que los seres humanos, tú y yo incluidos, actuamos siempre con buena intención aunque resulte nociva para los demás. Es decir, los amigos abusan de la amistad por su propio bien, no para que nos sintamos mal. Los hijos se enfrentan a sus padres para defender los que ellos creen que son sus derechos, no para hacerles la vida imposible a sus padres. Los borrachos beben en su engaño de sentirse mejor, no para mortificar a sus esposas. Muchos se casan con personas inaceptables porque están enamorados, no para que los padres sufran. Las parejas se separan porque el amor se ha ido, no para lastimar a sus hijos. Los terroristas ponen bombas porque en su

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ignorancia y su rabia creen que esa es la mejor manera de hacerse escuchar y mostrar su poder, no para dejar muchos huérfanos y viudas. Nuestros padres nos dieron lo que dentro de sus limitaciones nos pudieron dar, no buscaban la manera de hacernos infelices. La gente agrede para sentirse grande y omnipotente por un instante, no para animar nuestras miserias... Admitir estas realidades no es lo mismo que justificarlas o aceptarlas, pero es una gran ayuda para poder entender la frágil condición humana y facilitar el perdón. La visión que tenemos del mundo que nos rodea, no es más que una proyección de nuestra propia realidad, de la percepción que asumimos de los acontecimientos. Por ese motivo siempre hay tantas opiniones sobre un mismo asunto. Los masoquistas persiguen a alguien que los maltrate y los humille, mientras que los protectores andan buscando a quien salvar. Comprender esto nos debe estimular a ponernos en el lugar de los otros para intentar entenderlos. Con la excepción de los casos en que actuamos bajo amenaza, bien vale la pena recordar que nadie nos hace nada sin que, de alguna manera, le demos nuestro consentimiento. Si la ofensa de alguien nos hace daño es porque lo permitimos, si el maltrato se queda sin respuesta es porque así lo queremos, si algún conocido nos traiciona fue porque confiamos en él, si la pareja nos engaña fue porque escogimos a la persona equivocada... No se trata de culpar a nadie de nada, la meta es aprender para mejorar y no cometer los mismos errores de cara al futuro. A fin de cuentas estamos en esta vida para aprender y crecer, no para castigarnos y condenarnos. La lección de Mandela El líder sudafricano Nelson Mandela, víctima de las más espantosas humillaciones generadas por el racismo en su país, que pasó 27 años en la cárcel por defender los derechos de igualdad de los negros y que gracias a su humildad, su

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inteligencia y su estilo político conciliador llegó a constituirse en un atractivo ícono mundial, perdonó a sus excarceleros y opresores, mientras guiaba a su país hacia la democracia y se convertía en su primer presidente negro. En su momento, el mundo esperaba que Mandela aplicara como mínimo la Ley del Talión, pero él, a quien le dañaron los ojos en la cárcel poniéndole luces para que no pudiera dormir, entendía la justicia de otra manera y descubrió, en medio de las tinieblas, la verdadera luz que puede iluminar el mundo entero, la única justicia digna de ese nombre, no la venganza desatada, ni la venganza controlada, ni el resentimiento arraigado, sino la justicia del perdón. Pero él no perdonó como se perdona a un culpable, sino que supo mirar con piedad al enemigo y ver en él un pobre hombre herido, y en su carcelero pudo ver a otro pobre prisionero. Y llegó a amar como propia aquella camiseta verde y oro de los Springboks, símbolo del apartheid y de la humillación. "El perdón y la compasión elevan la mirada y se ve más lejos", dice en Invictus, película basada en la vida de Mandela y ambientada durante la Copa Mundial de Rugby de 1995 en Sudáfrica. Durante 27 años interminables, más de 9.000 días de injusticia y de humillación, Nelson Mandela había luchado consigo mismo, había combatido el rencor y la venganza, hasta poder con ellos. Pudo consigo mismo y sacó de sí lo mejor, lo más humano que es lo divino. Nelson Mandela perdonó. Perdonó y venció. Nelson Mandela nos ha enseñado que estamos en la vida para construir puentes y no barreras, hacer amistades y no forjar enemistades, salvar y no eliminar, identificarse con el dolor del otro y no alegrarse, corregir y no criticar, buscar soluciones y no salidas, entender y no juzgar, amar y no odiar, respetar y no imponer, abrir puertas y no encadenarlas, aprender y no envidiar, apoyar y no hundir, iluminar y no ensombrecer, hacer el cierre de situaciones desagradables y no

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convertirlas en lastres de por vida, tomar la iniciativa y no esperar la de los otros, perseverar y no rendirse, construir y no destruir, para perdonar y no para condenar.

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8 El Arte de la Guerra Aún hoy, El Arte de la Guerra, escrito por el general chino Sun Tzu en el siglo IV antes de nuestra era, es la guía estratégica fundamental de muchas de las más grandes corporaciones del mundo, así como dicen que en su momento sirvió de inspiración a reconocidos personajes como Maquiavelo, Napoleón y Mao Tse Tung. La aplicación de su sabiduría va mas allá de la milicia y los negocios y puede ser usada en la "guerra" de la cotidianidad, por el hecho de que a ninguno de sus conceptos les ha llegado su fecha de vencimiento. Esta obra, considerada uno de los más importantes textos clásicos chinos, enseña, en sentencias cortas y sencillas, a utilizar con sapiencia el conocimiento de la naturaleza humana en los momentos de confrontación, comprendiendo el origen de un conflicto y buscando una solución. El pensamiento de Sun Tzu gira alrededor de dos conceptos fundamentales: En primer lugar, el supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar, y en el segundo, el arte de la guerra se basa en el engaño. De alguna manera, todo lo que hemos aprendido en este libro es justamente eso: de un lado nos hemos dedicado a

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estudiar una serie de técnicas y estrategias que nos permitan someter al enemigo sin luchar, es decir, a atajar al agresor y reducirlo a su mínima expresión, sin permitir que la ira nos bloquee y el ego nos domine. De otra parte, hemos profundizado en lo que es políticamente correcto, lo que no es otra cosa que el mismo arte del engaño del que habla Sun Tzu. Aquí hemos visto que somos actores en el gran escenario de la vida y que debemos interpretar de la mejor manera posible el papel que nos corresponda en la comedia, eso si, sin permitir que abusen de nosotros o que nos humillen. Cualquier enfrentamiento, sea el que fuere, implica unos riesgos y debemos estar preparados para enfrentarlos y asumirlos. Al fin de cuentas todo lo que hacemos en esta vida es enfrentar riesgos. Reír o llorar es arriesgarse a parecer tontos o ridículos, buscar compañía o expresar los sentimientos es arriesgarse al compromiso o a ser rechazado, emprender alguna empresa es arriesgarse a fracasar... No obstante, el riesgo mayor es el de no arriesgar nada y quedarse con los brazos cruzados. Para los efectos del tema que nos ocupa, debemos asumir la palabra guerra como un conjunto de mecanismos de defensa que generamos para protegernos de las amenazas internas o externas. Son recursos inconscientes que utilizamos para hacerle frente a las situaciones más o menos difíciles. Cuando nos encontramos ante una situación de miedo, angustia, ansiedad o amenaza, lo habitual es que adoptemos una actitud de defensa para protegernos. Esos mecanismos de defensa podrían confundirse fácilmente con los mecanismos de agresión, gracias a los cuales, algunos recurren a tácticas mentales y conductuales para falsificar la realidad, interpretarla como una amenaza y responder violentamente. Aquí vamos a lo primero, no a lo segundo. Resulta de gran importancia que veamos y analicemos algunos de los postulados de El Arte de la Guerra, a fin de concluir nuestra preparación y estar listos estratégicamente

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para enfrentar a un agresor verbal y, en general, aprender a manejar situaciones de conflicto. Para cumplir nuestros objetivos, he seleccionado con detenimiento lo más relevante de los trece capítulos de El Arte de la Guerra, a fin de que contemos con las destrezas necesarias para lograr nuestros objetivos. —"El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando es capaz de atacar ha de aparentar incapacidad, cuando las tropas se mueven ha de aparentar inactividad. Si está cerca del enemigo ha de hacerle creer que está lejos y si está lejos, aparentar que se está cerca". Cuando nos enfrentamos a una agresión verbal, nuestros gestos, palabras y acciones deberán engañar al otro, haciéndole creer que no nos ha afectado en lo más mínimo. Su triunfo está en vernos destruidos, furiosos, desmoronados y aplastados. Su derrota está en ser ignorados. En los casos en que sea necesario exigir el respeto que nos merecemos, lo haremos con altura, sin salirnos de nuestro puesto y sin hacer palpable el dolor que nos ha causado la herida. —"Hay que golpear al enemigo cuando está desordenado. Prepararse contra él cuando esté seguro en todas partes. Evitarle durante un tiempo cuando es más fuerte. Si tu oponente tiene un temperamento colérico, intenta irritarle. Si es arrogante, trata de fomentar su egoísmo". Ningún agresor, por audaz que sea, espera que estemos preparados para vencerlo. Si lo supiera, no atacaría. Pero la lógica dice que no es necesario buscar la técnica para confrontar a alguien que nos ha hecho una agresión verbal y adicionalmente, trae un arma en sus manos. En este caso, corra y, de ser posible, llame a la policía. Si está vivo, las heridas del alma ya se curarán con el paso del tiempo.

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—"Si estás sitiando una ciudad, agotarás tus fuerzas. Si mantienes a tu ejército durante mucho tiempo en campaña, tus suministros se agotarán". —"He oído hablar de operaciones militares que han sido torpes y repentinas, pero nunca he visto a ningún experto en el arte de la guerra que mantuviese la campaña por mucho tiempo". —"Sé rápido como el trueno que retumba antes de que hayas podido taparte los oídos, veloz como el relámpago que relumbra antes de haber podido pestañear". —"Lo más importante en una operación militar es la victoria y no la persistencia. Esta última no es beneficiosa. Un ejército es como el fuego: si no lo apagas, se consumirá por sí mismo". Contraatacar a un agresor verbal, con cualquiera de las técnicas que ya hemos visto, es cuestión de un momento fulminante, pasajero y efímero. Seguir allí, dándole vueltas al asunto, además de ser inútil, es masoquista y terminará por agotarnos y por dejarnos sin suministros para una próxima oportunidad, si es que la hay. Así estemos muy adoloridos moralmente, aprendamos el inmenso valor de retirarnos del conflicto lo más rápidamente posible. —"Un general inteligente lucha por desproveer al enemigo de sus alimentos. Cada porción de alimentos tomados al enemigo equivale a veinte que te suministras a ti mismo". Utilizando otras palabras, buscar una salida inteligente y pacífica de cara a alguien que nos ha agredido, equivale a darle una gran lección que, de paso, nos permitirá crecer como personas, hacernos mejores seres humanos y menos impulsivos y violentos. No es poca cosa contener la ofuscación de nuestra lengua y el instinto animal que nos mueve a romperle la cara al otro.

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—"Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier lugar a donde vayas". ¿Cuál es el enemigo de nuestro enemigo? Su lengua. Por eso dice el viejo proverbio "eres esclavo de lo que dices y dueño de lo que callas". La mayoría de los seres humanos, no solo los que aquí llamamos agresores verbales, hablamos muchas veces sin pensar y sin ser conscientes de todo lo que pueden desencadenar nuestras palabras. "La palabra es más poderosa que la espada". Ya que nuestro agresor no lo es, nosotros necesitamos ser bien cuidadosos con lo que decimos, cómo lo decimos y la emoción que le ponemos al decirlo. Cuando nuestras palabras buscan hacerle daño a alguien, así sea nuestro agresor, nos estamos haciendo un enorme daño a nosotros mismos, pues todo lo que decimos de otros nos es devuelto por la inexorable ley de causa y efecto, gracias a la cual recogemos de lo que sembramos. Dejemos que la lengua siga siendo el enemigo de nuestro enemigo y no el nuestro. Así seremos poderosos en cualquier momento y en cualquier lugar. —"Es mejor destruirlo".

conservar

a

un

enemigo

intacto

que

Ante una agresión, el primer impulso de nuestro ser será destruir al contrario aplicándole una paliza mayor a la que él nos ha propinado. Nuestra mente vuela a buscar algo que realmente valga la pena para herirlo con mayor contundencia. Es más, en ese primer instante, muchos podríamos tener la tentación de cometer una locura. Entonces tendríamos que preguntarnos: ¿y eso de qué sirve? Ni la más poderosa radiación nuclear ha podido acabar con las cucarachas. Del mismo modo, así matáramos al otro, terminaríamos con las agresiones de los demás y, por el contrario, estaríamos engendrando más violencia.

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Nuestra misión es atajar al provocador, dejarlo sin palabras y hacer que se rinda, lo que lo dejará aniquilado moralmente. Nunca se trata de destruirlo con una agresión mayor, verbal o física. —"Los que consiguen que, impotentes, los ejércitos ajenos se rindan sin luchar son los mejores maestros del arte de la guerra". —"Un verdadero maestro de las artes de guerra vence a otras fuerzas enemigas sin batalla, conquista otras ciudades sin asediarlas y destruye a otros ejércitos sin emplear mucho tiempo". —"La victoria completa se produce cuando el ejército no lucha, la ciudad no es asediada, la destrucción no se prolonga durante mucho tiempo, y en cada caso el enemigo es vencido por el empleo de la estrategia". Los seres humanos solemos darnos demasiada importancia, sentimos que tenemos la razón y andamos por esta vida buscando, a como dé lugar, la manera de defender nuestro territorio y de cambiar todo lo que no nos gusta. Es así como han nacido las leyes que nos rigen, nuestras culturas destructivas, los sistemas políticos que nos gobiernan, la economía que nos subyuga y hasta las guerras para defender la paz. Y aunque nos creamos tan importantes, debemos aceptar que con gran frecuencia perdemos de vista nuestra capacidad de elegir lo correcto y de establecer las estrategias necesarias para cambiar nuestro entorno sin recurrir a esa fuerzas de la beligerancia, la agresividad y el egoísmo, que han convertido buena parte de este mundo en un cementerio repleto de seres con demasiada importancia. —"Si conoces a los demás y a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro. Si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra. Si no conoces a los demás ni a ti mismo, correrás peligro en cada batalla".

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Muy seguramente habrás repetido aquello de que te conoces tanto como a las palmas de tus manos. Te reto a que, sin mirar las palmas de tus manos, intentes describirlas... Pues así como es de limitado nuestro conocimiento de las palmas de nuestras manos, es el conocimiento que tenemos de nosotros mismos y de los demás. Cuando tenemos el valor de aceptarnos como somos, con nuestras cualidades y defectos reales, nuestras virtudes y miserias verdaderas, no necesitamos la aceptación o el reconocimiento de los demás y estaremos dando un paso adelante en el logro de una vida más armoniosa en todos los sentidos y habremos emprendido el camino hacia el conocimiento de los demás, incluso de nuestro enemigo. De otra forma, estaremos corriendo el peligro de perder todas las batallas. —"Ser invencible está en uno mismo, la vulnerabilidad en el adversario". Cuando somos capaces de retener nuestro impulso de responder a una agresión con otra mayor, estamos demostrando nuestro verdadero valor. Ese que necesitamos para vencer a aquel que con su ataque ha dejado al descubierto lo vulnerable que es. Aprender a manejar nuestras emociones, nos permite funcionar más eficientemente y a disfrutar mucho más en todos los aspectos de la vida: laboral, familiar, de salud, creativo, lúdico o cualquier otro. A la larga no es solo una alternativa que podamos elegir o preferir, sino que es un camino que nos ayuda a ser mejores. No se trata de que seamos santos, simplemente mejores. Vale la pena intentarlo porque es posible, es preferible y es viable. —"Mientras no hayas observado vulnerabilidades en el orden de batalla de los adversarios, oculta tu propia formación de ataque y prepárate para ser invencible, con la finalidad de

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preservarte. Cuando los adversarios tienen órdenes de batalla vulnerables, es el momento de salir a atacarlos". Conocernos a nosotros mismos y la naturaleza del agresor, conocer unas estrategias de defensa y la forma de aplicarlas, podrían convertirse en un arma de doble filo. No podemos andar por ahí incitando a los demás para que ataquen y así tener la oportunidad de demostrar de lo que somos capaces a la hora de defendernos. Tampoco podemos vivir con la paranoia de que siempre hay alguien al acecho para agredirnos o convertir la más mínima tontería en una tragedia con la excusa de que nos están atacando. En esos casos seríamos nosotros los verdaderos provocadores y nos mereceríamos una buena lección. Dejemos que el otro se haga vulnerable espontáneamente. Lo demás viene por añadidura. —"La defensa es para tiempos de escasez, el ataque para tiempos de abundancia". Aunque los técnicos de fútbol digan lo contrario, la mejor defensa no siempre es el ataque. No todas las personas son iguales, no todas las situaciones son idénticas, no todas las agresiones poseen la misma gravedad y no con todos tenemos la misma relación. No da lo mismo una discusión con nuestra pareja, que con nuestro compañero de trabajo o que con un desconocido. ¿Cuántas veces nos hemos enfrascado en discusiones en las que perdemos energía y nos dejan en un estado emocional negativo? En muchas ocasiones nos dejamos llevar por el ego y nos lanzamos a enfrentar una pelea con el único propósito de tener la razón. ¿Qué es lo mejor que puede pasar si yo termino teniendo la razón? ¿Qué es lo peor que puede pasar si yo termino sin tener la razón? Y, a menos que haya una consecuencia realmente importante, ¿tiene sentido seguir teniendo el conflicto?

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Focalizarse en resultados a mediano o largo plazo, nos evita la perdida de tiempo y energía a corto plazo. En muchos casos será mejor hacernos los sordos y seguir nuestro camino. —"En situaciones de defensa, acalláis las voces y borráis las huellas, escondidos como fantasmas y espíritus bajo tierra, invisibles para todo el mundo. En situaciones de ataque, vuestro movimiento es rápido y vuestro grito fulgurante, veloz como el trueno y el relámpago, para los que uno no se puede preparar, aunque vengan del cielo". La prudencia es la virtud que nos permite establecer la medida entre el saber, el querer, el arriesgar y el callar, es la facultad para determinar con sabiduría el comportamiento adecuado para cada circunstancia, es la cualidad que nos protege de caer en abismos inútiles y una guía segura para todos nuestros actos. Ser prudentes, que no es lo mismo que ser calculadores, nos permite ganar en todas las situaciones de la vida y hacer más fácil la convivencia. La irreflexión y la temeridad nos obligarán a elegir siempre los caminos equivocados. Estar siempre en una actitud defensiva, lejos de la prudencia, no es una buena táctica y, por lo tanto, nunca produce los resultados esperados. Muchas veces, lo más prudente, aunque algunos piensen que es cobardía, es pasar por alto una agresión. —"Cuando eres capaz de ver lo sutil, es fácil ganar". La convivencia se construye cotidianamente a través de pequeñas experiencias y se manifiesta en la interrelación con los demás. En el arte de la guerra se trata de entender cómo somos y cómo son los demás, para establecer las diferencias y poder buscar las fórmulas que nos permitan alcanzar un consenso. Es necesario que aprendamos a ver lo sutil y a descubrir el valor de las pequeñas cosas en el camino de lograr lo que queremos. No hay que mirar las pequeñas cosas como consuelo de que el resto no nos salga como lo esperamos, sino que

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debemos realizar un cambio de mentalidad y comenzar a ver esas pequeñas cosas justamente como las grandes aspiraciones de nuestra vida, como ese destino tan deseado. Empecemos a valorar desde hoy y como nunca antes las cosas de nuestra vida que parecen obvias: la gente a nuestro lado, la salud, la naturaleza, la posibilidad de ver belleza donde queramos verla, la vida misma... No esperemos a mañana. Todo lo que precisamos ya está aquí. —"Un ejército victorioso gana primero y entabla la batalla después. Un ejército derrotado lucha primero e intenta obtener la victoria después". En varias oportunidades hemos dicho que es necesario detener el ataque y ese hecho, por sí mismo, es obtener una victoria. Cuando los ánimos se hayan calmado, podremos dar la batalla de expresar nuestros sentimientos y de intentar llegar a acuerdos. Dejarnos llevar por la ira del primer momento y descargar toda nuestra furia contra el otro, nos pondrá en la posición de derrotados, desde la cual será muy difícil alcanzar victoria alguna. —"Los expertos son capaces de vencer al enemigo creando una percepción favorable en ellos y así obtener la victoria sin necesidad de ejercer su fuerza". Si a través de alguna o varias de las estrategias que ya hemos visto en este libro, o de alguna otra que se nos ocurra para evitar un conflicto, le damos al otro una lección de entereza, serenidad, equilibrio y hasta de cultura, así él no lo reconozca, se medirá la próxima vez que quiera arremeter contra nosotros. La idea no es que nos tengan miedo, es que nos respeten. —"El desorden nace del orden, la cobardía surge del valor, la debilidad brota de la fuerza".

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Por fortuna, a los seres humanos se nos ha dado la posibilidad de la comunicación para alcanzar acuerdos que nos permitan vivir en armonía. La violencia no es otra cosa que el fin de la comunicación. Recurrir al golpe brutal como única salida, es una muestra de que no tenemos capacidad de diálogo y de que, además de ser débiles, somos incapaces. Un estallido de violencia rompe nuestro equilibrio natural y, en consecuencia, la pérdida de control y el poder sobre nosotros mismos y sobre cualquier situación que nos rodee. Erich Fromm, psicoanalista alemán conocido por aplicar la teoría psicoanalítica a problemas sociales y culturales, dijo que "la violencia es la transformación de la impotencia en la experiencia de la omnipotencia. Es la religión de los lisiados psíquicos". La violencia, en suma, no es otra cosa que la demostración de un miedo aterrador, gracias al cual, el violento es capaz de hacer lo que sea para deshacerse de él. Si eso es lo que le mostramos al adversario, le habremos servido nuestra derrota en bandeja de plata. —"Si quieres fingir desorden para convencer a tus adversarios y distraerlos, primero tienes que organizar el orden, porque solo entonces puedes crear un desorden artificial. Si quieres fingir cobardía para conocer la estrategia de los adversarios, primero tienes que ser extremadamente valiente, porque solo entonces puedes actuar como tímido de manera artificial. Si quieres fingir debilidad para inducir la arrogancia en tus enemigos, primero has de ser extremadamente fuerte, porque solo entonces puedes pretender ser débil". Esto es demasiado contundente. Para ganar en el arte de la guerra no hay necesidad de mostrar todas las cartas, o por lo menos, hay que despistar un poco. No hay que sacar toda la artillería, no hay que decirlo todo, no tenemos necesidad de aflorar nuestra rabia. Al fin de cuentas, nos vamos a defender

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de un ataque verbal, no se trata de salvar el planeta de una invasión alienígena o de una tormenta de ácido sulfúrico. —"Cuando un ejército tiene la fuerza del ímpetu, incluso el tímido se vuelve valiente. Cuando pierde la fuerza del ímpetu, incluso el valiente se convierte en tímido. Nada está fijado en las leyes de la guerra: éstas se desarrollan sobre la base del ímpetu". Cuando adquirimos un seguro de salud, no es para enfermarnos, sino por si se diera la eventualidad de enfermarnos. Está bien que nos preparemos para detener un ataque verbal, un insulto, una insolencia o una humillación, pero no es lógico que vivamos en son de guerra. Estamos adquiriendo nuestro seguro contra las agresiones, lo que no significa que vamos a salir a buscarlas o que, a partir de ahora vamos a ver una agresión en todo lo que suceda a nuestro alrededor. No nos dejemos ganar por la fuerza del ímpetu. Mi buen amigo Choy Wong, creador del exitoso taller de crecimiento personal Caminos, le hace firmar a los asistentes a sus seminarios un documento en el que se comprometen a no tomar ninguna determinación importante para sus vidas, por lo menos en los quince días siguientes a la participación en el evento, para evitar que el ímpetu de un instante cause verdaderos estragos. Habrá que afilar un poco la virtud de la paciencia. —"Los buenos guerreros esperan a que los adversarios vengan a ellos, y de ningún modo se dejan atraer fuera de su fortaleza". Si nos agreden, daremos la guerra, pero no podemos dejarnos sacar de nuestra fortaleza: la prudencia. Nos queda la inmensa tarea de aprender a expresar correctamente lo que queremos decir, teniendo en cuenta a quién le hablamos, en qué momento y en qué escenario. De lo contrario perderemos el control y nos habrán derrotado.

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Así en el primer instante pensemos que quien nos agrede no se merece nada más que un buen castigo, debemos ponernos por encima de las circunstancias y reconocer que el opositor, aunque no lo parezca o aunque él no lo aplique, también merece respeto. No estamos obligados a actuar con la altanería que él lo hace. Es una elección personal. —"Si haces que los adversarios vengan a ti para combatir, su fuerza estará siempre vacía. Si no sales a combatir, tu fuerza estará siempre llena. Este es el arte de vaciar a los demás y de llenarte a ti mismo". Debemos estar preparados para combatir y hacernos respetar hasta dejar al otro vacío, sin argumentos o sin deseos de seguir. Llenarnos a nosotros mismos es descubrir que tenemos el inmenso valor de estar por encima de los acontecimientos y poner fin a un enfrentamiento, sin utilizar las armas sucias del enemigo. Será necesario entonces que nos crezcamos por encima de la rabia del momento y de todos los demás sentimientos negativos. ¿Y eso cómo se hace? Permítanme que les cuente la historia del burro de un campesino que se cayó en un pozo. El animal se quejaba y rebuznaba fuertemente por horas, mientras el campesino trataba de buscar algo que hacer. Finalmente, el campesino decidió que el burro ya estaba viejo, el pozo ya estaba seco y necesitaba ser tapado de todas formas y que realmente no valía la pena sacar al burro del pozo donde se encontraba. Entonces invitó a todos sus vecinos para que vinieran a ayudarle. Cada uno agarró una pala y empezaron a tirarle tierra al pozo. El burro se dio cuenta de lo que sucedía y lloró horriblemente. Luego, para sorpresa de todos, se tranquilizó después de unas cuantas paladas de tierra y empezó a redefinir su presente, a sacudirse la tierra y a dar un paso por encima de ella.

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Muy pronto el burro llegó hasta la boca del pozo, pasó por encima del borde y salió corriendo. La vida va a tirar mucha tierra hacia nuestro sendero. El truco para salir del pozo es sacudírsela y usarla para dar un paso hacia arriba. Cada dificultad, cada situación difícil es un escalón hacia arriba. Usemos esa tierra, las agresiones de cada día, para salir airosos. Sacudirnos la tierra equivale a transformar lo negativo en positivo, a redefinir el presente. —"Aparece en lugares críticos y ataca donde menos se lo esperen, haciendo que tengan que acudir al rescate". Un agresor verbal jamás esperaría que le vayamos a responder con un "gracias", con una frase que él no entiende o con un abrazo. Lo que lo alimenta es vernos a la defensiva, humillados y mortificados. Él quiere seguir porque eso alimenta su ego y si no le damos gusto y nos salimos por donde él no imagina, lo habremos puesto en un lugar crítico. Reconozcamos el valor de expresar lo que sentimos sin salirnos de casillas, teniendo en cuenta que, en más de una ocasión, la mejor respuesta es la que no se da. El otro, sin dudas, quedará fuera de base, y nosotros, incluido nuestro ego, nos sentiremos de maravilla. —"Es necesario ser discreto, hasta el punto de no tener forma, y misterioso y confidencial, hasta el punto de ser silencioso. De esta manera podrás dirigir el destino de tus adversarios". Todo tiene su justa medida. Aunque en muchos casos el silencio pueda ser la mejor alternativa, en otros puede ser del todo inoportuno. Si es necesario responder y aclarar las cosas y tenemos un interlocutor imposible o muy difícil, debemos buscar otros mecanismos como un email. Quedarse callado por principio, acumular siempre nuestra rabia, dejar que todo pase, terminará por hacernos explotar en el momento menos pensado.

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—"Llega como el viento, muévete como el relámpago, y los adversarios no podrán vencerte". Todas las estrategias expuestas aquí nos conducen al final rápido de un ataque verbal. Si la persona con la que discutimos ya dio su brazo a torcer, no sigamos avivando la rabia con discursos interminables. Demos por sentando que el ataque ya pasó y no volvamos a encender los ánimos con cantaletas innecesarias. Tampoco es aconsejable retomar discusiones o hechos del pasado como argumentos de defensa, solo servirá para enviar una señal clara de que el diálogo, como en veces anteriores, no servirá de nada. Dar vueltas y vueltas a un asunto sin ser claro ni concreto, rumorar o hablar entre dientes, hablar con doble intención, solo se prestará para que la otra persona reciba un mensaje erróneo y se rearme para fulminarnos. —"Cuando los adversarios llegan para atacarte, no luchas con ellos, sino que estableces un cambio estratégico para confundirlos y llenarlos de incertidumbre". En la mayoría de los casos, no es necesario que confrontemos al enemigo. Basta con frenar el ataque y se acabó. Él espera que acabemos destrozados y humillados por sus palabras o respondiendo con mayor fuerza para poder seguir adelante con su fiesta. Nuestro cambio estratégico consiste en salir con lo que el ni se imagina. —"Un ejército no tiene formación constante, lo mismo que el agua no tiene forma constante: se llama genio a la capacidad de obtener la victoria cambiando y adaptándose según el enemigo". Creo que ya nos ha quedado claro que no todos los oponentes, los escenarios, las circunstancias, las motivaciones y los términos en los que se da una agresión verbal, son iguales y es por ello que debemos poner a trabajar nuestra inteligencia para escoger debidamente el plan de acción a seguir. La gama de posibilidades es amplia. Sería un grave error intentar

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responder siempre de la misma manera o con la misma fórmula. —"Solo cuando conoces cada detalle de la condición del terreno puedes maniobrar y guerrear". Algunas ofensas habrá que dejarlas pasar, otras tendremos que resolverlas con una simple ¿y...?, en el mejor tono que le salga, y seguir. No podemos detenernos a dar la pelea con todo aquel que nos ofende y mucho menos si se trata de un desconocido ¿Qué objetivo tiene desgastarse y poner en su sitio a alguien que ni siquiera sabemos quién es? Pero lo peor sería que estuviera armado o tuviera cerca a otras personas listas para unírsele y atacarnos como se pueda. Si nos vamos a meter con alguien a quien no conocemos debemos estar seguros de que aún queda la posibilidad de salir corriendo. En muchos casos, la cobardía es una gran solución, buena consejera y muy saludable. Y aprendamos de una vez que es del todo inútil es intentar razonar con quienes están bajo los efectos del alcohol o de las drogas. —"Una fuerza militar se establece mediante la estrategia en el sentido de que distraes al enemigo para que no pueda conocer cuál es tu situación real y no pueda imponer su supremacía". Cuando estudiamos todo lo que revela nuestro cuerpo, es decir, toda la comunicación no verbal, aprendimos a no permitir que nuestro enemigo logre advertir el daño real que sus palabras causan en nosotros. Mira con serenidad hacia el lugar donde está el oponente, pero actúa como si fuera invisible, mantente firme, mete las manos en los bolsillos o ponlas atrás, no aprietes los dientes, mantén recta la comisura de los labios y no agites la cabeza en ningún sentido. Cualquier movimiento tiene que ser lento y pausado, a no ser que tu estrategia sea la de la pantomima, caso en el cual, la actuación se encargará de enmascarar lo que estás sintiendo.

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—"Cuando una fuerza militar se mueve con rapidez es como el viento, cuando va lentamente es como el bosque, es voraz como el fuego e inmóvil como las montañas. Es rápida como el viento en el sentido que llega sin avisar y desaparece como el relámpago. Es como un bosque porque tiene un orden. Es voraz como el fuego que devasta una planicie sin dejar tras de sí ni una brizna de hierba. Es inmóvil como una montaña cuando se acuartela. Es tan difícil de conocer como la oscuridad. Su movimiento es como un trueno que retumba". No hay mucho que decir. De alguna manera es la suma de todo lo que hemos visto y una reflexión que bien vale la pena que la leamos muchas veces. —"No persigas a los enemigos cuando finjan una retirada, ni ataques tropas expertas". Bien sea que los enemigos finjan la retirada o lo hagan en serio, es una tontería seguir disparando. Hay a quienes todo les parece poco y quisieran seguir echando cantaleta por lo menos dos o tres horitas más. Si ya logramos vencer al contrario, no pretendamos que se aguante nuestros discursos de victoria, ni la reiteración en original y tres copias, de nuestros argumentos para derrotarlo. Siete segundos de cantaleta equivalen a trece minutos debajo del agua sin tanque de oxígeno. Yo mismo hice el estudio. —"Hay rutas que no debes usar, ejércitos que no han de ser atacados, ciudades que no deben ser rodeadas, terrenos sobre los que no se debe combatir, y órdenes de gobernantes civiles que no deben ser obedecidas". Mejor dicho, en el arte de la guerra, aunque todo está escrito, nada está definido. Todo depende de miles de variantes y alternativas.

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—"Los generales que conocen las variables posibles para aprovecharse del terreno saben cómo manejar las fuerzas armadas". Conocer todas las estrategias de defensa, sin habernos matriculado con alguna en particular, nos permite tener mayores posibilidades de éxito a la hora de una confrontación. —"Las consideraciones de la persona inteligente siempre incluyen el analizar objetivamente el beneficio y el daño. Cuando considera el beneficio, su acción se expande. Cuando considera el daño, sus problemas pueden resolverse". Empresarialmente, esto es lo que se llama la relación costobeneficio. La pregunta que siempre tendremos que hacernos será ¿vale la pena? Tu no eres Rambo y no estás actuando en una película. Si se tratara de una cinta de Hollywood te diría que siempre hay una salida por las rejillas del aire acondicionado. Esta es la vida real y eres un ser humano común y corriente y en muchos casos tendrás que deponer tus armas. Si existe una manera de pasar desapercibido, evita enfrentamientos innecesarios. De nada nos sirve poner contra las cuerdas a nuestra pareja, a nuestros hijos o a nuestros allegados. Con ellos siempre habrá otros caminos para alcanzar acuerdos positivos. De todas maneras, cada quien es libre de hacer lo que quiera. —"Los buenos generales se comprometen hasta la muerte, sin aferrarse a la esperanza de sobrevivir, y actúan de acuerdo con los acontecimientos, en forma racional y realista, sin dejarse llevar por las emociones ni estar sujetos a quedar confundidos. Cuando ven una buena oportunidad, son como tigres, en caso contrario cierran sus puertas. Su acción y su no acción son cuestiones de estrategia, y no pueden ser complacidos ni enfadados". Esto es lo mismo que "el chimpancé sabe a qué palo trepa". ¿Conocemos bien las características de nuestro oponente? ¿Sabemos realmente cuál es su poder? ¿Sabemos si tiene

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antecedentes judiciales por asesinato a mano armada?... No pregunto nada más porque no quiero ponerlos nerviosos. Por puro sentido común, no debemos meternos en confrontaciones que de entrada sabemos perdidas. Una cosa es ser valientes y otra muy distinta es pasarnos de tontos. Mejor que digan "aquí corrió" que "aquí murió". —"Un ejército prefiere un terreno elevado y evita un terreno bajo, aprecia la luz y detesta la oscuridad". Y volvemos a lo mismo: solo estamos en posición de ganar cuando tenemos la suficiente luz interior para poder ver las cosas con claridad. Solo tenemos expectativas de triunfo cuando podemos verlo todo por encima de la rabia que enceguece. —"Si el enemigo ve una ventaja pero no la aprovecha, es que está cansado". —"Si las tropas enemigas se enfrentan a ti con ardor, pero demoran el momento de entrar en combate sin abandonar el terreno, has de observarlos cuidadosamente. Están preparando un ataque por sorpresa". De todas maneras, a la hora de defendernos de una agresión, no le demos ventajas al adversario. Vayamos en forma directa y rápida al ojo del huracán y salgamos lo más pronto posible de allí, es decir, de la situación mortificante. Darle largas al asunto puede resultar muy peligroso, pues el otro, aunque esté cansado, podría tomar un segundo aire. —"Los emisarios que acuden con actitud conciliatoria indican que el enemigo quiere una tregua". Si después de la confrontación hay posibilidades de una buena conciliación, entonces todo lo que ha sucedido habrá tenido sentido. No desperdiciemos la más mínima oportunidad para limar asperezas, dejar las cosas en claro o llegar a una conciliación.

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No actuemos nunca como ciertos políticos que repican aquello de "yo no vine a hacer amigos", y sin darse cuenta se dedican a hacer enemigos. Cuando por orgullo no permitimos que la otra persona exponga sus argumentos, solo estaremos demostrando lo mucho que logró afectarnos y ese será un triunfo para él. Por eso, mostrémonos siempre abiertos a encontrar salidas, antes de que la situación se nos convierta en una bola de nieve en contra de nosotros mismos. ¿Pero cómo lograr una comunicación asertiva cuando nos sentimos dolidos y enojados? Aunque no sea fácil, borremos de nuestro vocabulario expresiones como "me irritas" o "tú eres el culpable". Eso solo empeora las cosas. Comunicarse asertivamente es decir lo que queremos decir de manera correcta y en el momento correcto. Por tanto, no generalicemos y expresemos puntualmente lo que sucede, cuál es la situación, con razones que no nazcan en las emociones, y propongamos algunas soluciones posibles. —"El enemigo que actúa aisladamente, que carece de estrategia y que toma a la ligera a sus adversarios, inevitablemente acabará siendo derrotado". Esta es ni más ni menos que la radiografía de la mayoría de los agresores verbales. Habitualmente son personas que se dejan llevar por sus impulsos y, en consecuencia, sus palabras no tienen ningún control sobre sí mismas, pues su único fin es el de hacerlas lo más hirientes posibles. En su desespero, no se da cuenta de que va directo a su autodestrucción. Todo lo que tendremos que hacer será aplicar la llave que lo lanzará derrotado a la lona. —"Si tu plan no contiene una estrategia de retirada o posterior al ataque, sino que confías exclusivamente en la fuerza de tus soldados, y tomas a la ligera a tus adversarios sin valorar su condición, con toda seguridad caerás prisionero". A estas alturas, estoy seguro de que todos tenemos claro que nuestra intención es atajar el ataque y pasar a otra cosa.

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Esperar que el otro contraataque y permitirle que encuentre salidas a nuestras estrategias, es lo mismo que caer prisioneros de su diabólico plan. Si nos quedamos en medio de la pelea, esperando a ver qué ocurre o qué se le ocurre al otro, dándole vueltas al asunto, buscando la manera de que nuestra rabia toque al otro hasta su cuarta generación en orden ascendente y descendente, solo significará que el otro ha logrado atraparnos y meternos en su juego. Todas las estrategias explicadas en este libro, traen implícitas sus respectivas estrategias de retirada. —"Los que conocen las artes marciales no pierden el tiempo cuando efectúan sus movimientos, ni se agotan cuando atacan. Debido a esto se dice que cuando te conoces a ti mismo y conoces a los demás, la victoria no es un peligro. Cuando conoces el cielo y la tierra, la victoria es inagotable". ¿Sabemos realmente cuáles son nuestros talentos y capacidades? ¿Nos conocemos realmente a nosotros mismos? Por diferentes razones, la mayoría de los seres humanos vivimos sumergidos en un estado permanente de tensión mental y emocional. Y aunque podamos engañar a los demás, no será fácil engañarnos a nosotros mismos. Sabemos perfectamente si mentimos o decimos la verdad, si lesionamos o no los intereses emocionales de los otros, si nos importa mucho o nada el bienestar ajeno, si satanizamos o endiosamos a los demás, si somos justos al culpar a los demás por todo lo malo que nos pasa o somos capaces de responder por nosotros mismos. Si somos capaces de reconocernos como somos, con todas nuestras cualidades y defectos, con nuestros talentos y falencias, entonces podremos dimensionar nuestros alcances. A partir de allí tendremos que empezar a conocer a los demás. De ellos, así sean nuestros agresores, podemos tener por seguro que buscan ser reconocidos, que se les tenga en cuenta, que los

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abracen con afecto y genuino interés, que sueñan con dejar una huella de su paso por la vida, que esperan que alguien los ame y los extrañe... Al fin de cuentas hay muchas cosas en las que todos los seres humanos somos iguales. Ahora que ya sabemos tanto de nosotros y de los demás, la victoria no será un peligro y será inagotable. —"Una operación militar preparada con pericia debe ser como una serpiente veloz que contraataca con su cola cuando alguien le ataca por la cabeza, contraataca con la cabeza cuando alguien le ataca por la cola y contraataca con cabeza y cola, cuando alguien le ataca por el medio". Al tiempo que profundizamos en las diversas estrategias de respuesta para un agresor verbal, estudiamos la inteligencia emocional y el inmenso valor del lenguaje gestual, así como lo que pueden nuestro ego y nuestra vergüenza. Nos hemos preparado con pericia para ser como la serpiente veloz. En lo único que no nos pareceremos a ella es en su deseo de acabar al contrincante con todo su veneno. A partir de aquí, cada quien deberá tomar las decisiones que considere correctas, a sabiendas de que el conflicto interno, ese que nace de la lucha entre la razón y la pasión, es el primero que habrá que enfrentar. Ese es un desafío personal que solo puede asumir cada quien, del mismo modo que tendrá que afrontar las consecuencias. El que en medio de una pelea saca un arma de fuego está dispuesto a matar o a que lo maten. —"Corresponde al general ser tranquilo, reservado, justo y metódico". En nuestro caso, el general es nuestra mente que, de entrada está herida por una agresión verbal. Todos sabemos que la rabia no es una buena consejera y por lo tanto no podremos tener un general tranquilo, reservado, justo y metódico. Las técnicas de la inteligencia emocional nos serán

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muy útiles para controlarnos y poder ver las situaciones desde nuevas perspectivas. —"La tarea de una operación militar es fingir acomodarse a las intenciones del enemigo. Si te concentras totalmente en este, puedes matar a su general aunque estés a kilómetros de distancia. A esto se llama cumplir el objetivo con pericia". Buena parte del éxito de la respuesta a un ataque verbal es que es sorpresivo. El atacante, enseñado a lanzar sus dardos y a recibir respuestas tan agresivas como sus agresiones, jamás esperará que estemos preparados para detenerlo y dejarle en claro que no estamos dispuestos a apostarle a su aburrido juego. Nuestra respuesta, sin dudas, también resultará tan sorpresiva como eficiente. —"No basta saber cómo atacar a los demás con el fuego, es necesario saber cómo impedir que los demás te ataquen a ti". Si somos capaces de atajar el ataque y de contener la ira que nos impulsa a seguir adelante con la pelea, habremos impedido que el agresor intente hacerlo de nuevo o por lo menos, que la próxima vez lo piense dos veces. —"Un gobierno no debe movilizar un ejército por ira, y los jefes militares no deben provocar la guerra por cólera". Está demostrado que en todas las circunstancias de la vida, la ira es pésima consejera y la peor de las guías. No nos dejemos arrastrar a las embravecidas aguas del revanchismo y la venganza, porque terminaremos ahogados en ellas. Para vivir pacíficamente con los impulsos instintivos propios, se necesita un esfuerzo particular de autoformación. En muchos casos será necesario revisar y organizar actitudes, comportamientos y conductas que permitan a los impulsos instintivos expresarse de manera inofensiva para nosotros mismos y para los demás.

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Intentarlo una y otra vez El escritor irlandés George Bernard Shaw, ganador del Premio Nobel de Literatura, le envió al primer ministro del Reino Unido, Sir Winston Churchill, la siguiente nota: "Estimado señor Churchill: Le adjunto dos entradas para mi nueva obra de teatro, que se inaugura el jueves por la noche. Le ruego venir y traer un amigo, si es que tiene uno". En consecuencia, Churchill le envió la siguiente respuesta: "Estimado señor Shaw: Lo lamento, pero tengo un compromiso previo y no podré concurrir a la inauguración. Sin embargo, iré a la segunda función, si es que hay una". Con esta simpática anécdota de un Bernard Shaw que fue por lana y salió trasquilado por Winston Churchill, nos disponemos a cerrar la deliciosa aventura de prepararnos para el momento en que llegue la agresión verbal que pretenderá hacernos daño. Tengo la certeza de que las herramientas contenidas en este libro le serán de gran utilidad y, a partir de ahora, sin necesidad de estar esperando que lo ataquen para entrar a defenderse, sus relaciones personales serán mucho más fáciles y armoniosas. Por lo menos no estará a la defensiva. Si habitualmente tomamos vitamina C, cuando llegue la gripa, aunque no la esperemos, será más fácil manejarla. De alguna manera le tenemos menos miedo.

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He escrito este libro con la convicción de que no estamos en este mundo para librar una guerra. Vivir es poder percibir la maravilla de la creación que nos rodea, es saber dar lo mejor de nosotros, es desafiarse a sí mismo ante las adversidades, es evolucionar para ser mejores, es sentir, amar y gozar, es observar y superar, es dar y aceptar, es ser y permanecer, y también es perdonar a quienes nos ofenden. Soy consciente de que en algunos apartes he utilizado expresiones tan fuertes y agresivas como las que pretendemos combatir, pero lo he hecho con el deseo de poner cada situación en contextos reales, nunca con el ánimo de ofender. Atacar a un desconocido —como ustedes—, al igual que a un amigo, a una hija, a la pareja o a un compañero, debe de ser una de las cosas más tontas, inútiles y dañinas de nuestra existencia. Sin embargo, sabiendo esto, nos pasamos la vida haciéndolo. Atacando y respondiendo ataques. Confieso aquí que yo también he caído muchas veces en esa trampa y que una de mis grandes tareas diarias conmigo mismo es luchar contra ese defecto personal, tan desagradable para mí como lo puede ser para los demás. Cuando alguien me ataca, inconscientemente, de una manera natural, lo único que me sale es defenderme. Si alguna crítica alguna vez me cambió en algo, lo hizo mucho más tarde, cuando ya estuvo tan procesada que olvidé que una vez aquello fue tomado como una agresión y surge como algo enteramente propio. Las ofensas, las agresiones, los insultos, las críticas solo nos traen frustración. Incluso cuando se entienden y se aceptan, rarísima vez nos cambian. Somos animales de hábitos, y hasta los hábitos que bien sabemos nos llevan solo a nefastas consecuencias, continuamos repitiéndolos. Una relación de cualquier tipo, tal como nuestro propio comportamiento, no tiene nada que ver con la lógica. Tiene que ver con el instinto: impulsos, emociones, estereotipos preconcebidos... Y es en esas áreas donde hemos de buscar las

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soluciones a nuestros problemas de comunicación con los otros. Debemos reconocer cuál es nuestra necesidad emocional insatisfecha e intentar saciarla de una manera que no sea ofensiva para los demás. Si el otro pudiese parar su discusión "racional", escapar de su propia lógica, detener la agresión, y simplemente ambos se diesen la oportunidad de reflexionar sobre lo que en realidad necesitan, hablarlo y escucharlo, quizá se sorprenderían descubriendo lo cerca que las necesidades de uno están de las del otro: sentirse importantes, ser tratados con consideración, tolerancia y respeto. Los profesionales de la psicología dicen que la respuesta está en cultivar todo lo que uno desea para sí mismo en uno mismo, en ser capaces de dar precisamente eso que se anhela. ¿Tienes un problema en la familia, con la pareja, en el trabajo…? Responde con tu trato, busca la solución con tu comportamiento, muestra la sensibilidad con la que te gustaría ser tratado, da para recibir, deja que las emociones positivas que salen de ti resuelvan aquello que tus palabras y tu crítica no pueden. Claro que lo que querrá nuestro ego será que partamos al otro en varios pedazos, que le peguemos un buen grito y le hagamos pasar una enorme vergüenza pública. Sin embargo, hay quienes aseguran que mejor que eso, para salir ganando en una discusión o en una pelea, lo que hay que hacer es evitarla. No es posible que todas las veces tengamos la razón. Cada cuestión tiene tres versiones: la tuya, la mía y la verdad, la cual es muy factible que ni tú ni yo veamos totalmente. Si de entrada admitimos que no lo sabemos todo y existe la posibilidad de que estemos equivocados, podemos estar seguros de que vamos a evitar una confrontación y vamos a motivar al otro a que sea justo, abierto y franco. Haremos que quiera admitir que él también puede estar en un error. Eso es utilizar la inteligencia,

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la consideración y la diplomacia, antes que el grito, la provocación, la revancha y la agresión. Si alguien dice algo que nos parece incorrecto, o que estamos seguros de que lo es, podríamos comenzar diciendo algo así como: "Yo pensaba de otra manera, pero podría estar en un error. Y si es así, quiero que me lo expliques". Nadie en el mundo, por más bruto o bravucón que sea, se va a oponer a semejantes palabras mágicas. Evitemos decirle abiertamente a otra persona que no estamos de acuerdo con ella. En cambio podríamos "sugerir" algo así como: "¿No le parece que tal vez sería mejor hacerlo de esta manera?", o "¿Cree que así se ahorraría más tiempo?"... De esta forma le estaremos expresando cordialmente nuestro pensamiento a la persona, al mismo tiempo que la invitamos a que responda dando su opinión o aportando una idea. Da muchos mejores resultados que el viejo y fastidioso "¡hágalo así y punto!". Decirle a otro brusca y categóricamente que se equivoca, solo servirá para golpear su amor propio, su criterio y su dignidad, pero nunca para que cambie de parecer. Por el contrario, intentará devolver el golpe. Si no tenemos más remedio que señalarle su error a alguien, no dejemos de hacerlo con actitud humilde y buenos modos. Nunca empecemos una discusión proclamando: "Te voy a demostrar que tal y cual". Eso equivaldría a decir "yo soy más listo que tú". Eso es provocar al otro para que empiece a discutir desde antes de entrar en materia. El secreto para evitar las discusiones está en no avergonzar ni ridiculizar a los demás, y en darles siempre el beneficio de la duda. La lengua es un enemigo muy furioso. Por ello, procuremos evitar esas expresiones que suelen originar discusiones: "¿Ah, sí?", "¡Qué ridiculez!", "¿Tú y quién más?", "¡Déjate de tonterías!", "¿De dónde sacaste esa idea tan

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absurda?"... Decir algo así es pedir una discusión. Lo mismo cuando generalizamos: "¡Nunca llegas a tiempo!", "¡Siempre estás diciendo cosas así!", "¡Todas las mujeres se dejan arrastrar por sus sentimientos!", "¡Todo el mundo piensa que eres un tal y cual, y yo también lo creo!"... Desterremos esas expresiones de nuestro vocabulario y no tendremos que perder tanto tiempo discutiendo. A lo largo de este trabajo hemos mencionado muchas veces la variedad de circunstancias y de escenarios en los que se puede dar una pelea, propiciar una agresión o entablar una confrontación. Ninguno tan delicado como el que involucra a los seres queridos. Entiendo que para algunos sea lo mismo una riña con el desconocido conductor de un taxi que con la esposa, los padres o los hijos. Sin embargo, hay quienes advertimos algunas diferencias. Hay peleas y discusiones en las que ponemos en juego algo más que tener la razón o el orgullo de resultar victoriosos frente al contrincante. Es por ello por lo que esas confrontaciones deben hacerse en privado. Cuando hay testigos en la disputa el ego crece y el orgullo se hincha. Lo que se persigue no es la solución de un problema determinado, sino demostrar ante los espectadores quién es más fuerte y dominante. Un testigo físico o mental nos motivará, sin darnos cuenta, a tratar de mantener cierta imagen y eso bloqueará la sencillez y la humildad indispensables para llegar a un acuerdo con quien realmente importa. Si el problema es entre tú y yo, lo arreglamos entre tú y yo. Queda prohibido hacer partícipes a otros o discutir en presencia de otros. En toda relación humana que se pretenda duradera debe haber algo intocable, algo que no puede por ningún motivo entrar a la mesa de discusión: el afecto. La pareja podrá negociar cualquier cosa, pelear encarnizadamente por resolver las diferencias, pero siempre protegiendo bajo una campana de acero blindado el concepto de su amor. Este no se perjudicará con los resultados. Amenazas como "si no cambias me largo" o

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"te advierto que si no accedes, nos divorciaremos" o "lo que dijiste acaba de matar mi cariño por ti", ocasiona que la discusión se torne peligrosamente terminal. Cuando a Einstein le preguntaron si existía algún arma para combatir la mortífera bomba atómica, él contestó que había una muy poderosa e infalible: la paz. Todos los seres humanos poseemos un arsenal de alto calibre que por ningún motivo debe usarse con nuestros seres queridos. Esas armas son: gritar, golpear, insultar, romper cosas, maldecir, injuriar a los familiares del otro, azotar puertas, etc. Estos recursos hieren y hacen perder la visión de lo que se discute. Las partes se concentran en devolver sus lanzas con el único fin de lastimar al contrincante. Las actitudes extremas son como un veneno que daña la relación para siempre. Al enfadarse se pondrá sobre la mesa de combate solamente el asunto que haya causado la emoción negativa. Cuando no se sabe pelear es muy común comenzar reclamando un tema "A" y terminar disputando uno "Z", después de haber pasado por veintisiete incisos, todos ellos sin relación, unos hirientes, otros incoherentes, otros extremadamente añejos, pero todos esgrimidos para lesionar al contrincante y hacerlo sentir culpable de todo lo malo que pasa entre ellos. Una discusión así no tiene ni pies ni cabeza. El asunto inicial se complica y se deforma a tal grado que el pleito no tiene solución. Siempre he compartido la idea de que es mejor un mal arreglo que una buena pelea, pues la vida, así como es de maravillosa es demasiado corta y no vale la pena desperdiciarla en tonterías. La misma idea fue expresada magistralmente por el genial CEO de Apple Computer y de Pixar Animation Studios, Steve Jobs, en la ceremonia de graduación de la Universidad de Stanford a mediados de 2005: "Cuando tenía 17 años, leí una cita que decía algo parecido a: si vives cada día como si fuera el último, es muy probable

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que algún día hagas lo correcto. A mí me impresionó y desde entonces, durante los últimos 33 años, me miro al espejo todas las mañanas y me pregunto: ‘Si hoy fuera el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que estoy a punto de hacer hoy?’. Y cada vez que la respuesta ha sido ‘No’ por varios días seguidos, sé que necesito cambiar algo. "Recordar que moriré pronto constituye la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme a decidir las grandes elecciones de mi vida. Porque casi todo —todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo el temor a la vergüenza o al fracaso— todo eso desaparece a las puertas de la muerte, quedando solamente aquello que es realmente importante. Recordar que van a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que tienen algo que perder. Ya están desnudos. No hay ninguna razón para no seguir a su corazón. "Nadie quiere morir. Incluso la gente que quiere ir al cielo, no quiere morir para llegar allá. La muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y es como debe ser porque la muerte es muy probable que sea la mejor invención de la vida. Es el agente de cambio de la vida. Elimina lo viejo para dejar paso a lo nuevo. Ahora mismo, ustedes son lo nuevo, pero algún día, no muy lejano, gradualmente ustedes serán viejos y serán eliminados. Lamento ser tan trágico, pero es la realidad. "Su tiempo tiene límite, así que no lo pierdan viviendo la vida de otra persona. No se dejen atrapar por dogmas, es decir, vivir con los resultados del pensamiento de otras personas. No permitan que el ruido de las opiniones ajenas silencie su propia voz interior. Y más importante todavía, tengan el valor de seguir su corazón e intuición, que de alguna manera ya saben lo que realmente quieren llegar a ser. Todo lo demás es secundario". Steve Jobs falleció en la tarde del 5 de octubre de 2011, y generó inmensas reacciones de dolor en todo el planeta. En la

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mañana de ese mismo día yo había terminado de escribir este libro en uno de los computadores por él creados. Jobs tenía 56 años, edad que estoy próximo a cumplir. (Este párrafo lo estoy agregando el día 7, aún en medio de la impresión de haberlo tenido tan presente sin saber que agonizaba a miles de kilómetros). Tengamos el valor de seguir nuestro corazón y nuestra intuición, porque no hay duda de que, tal como lo dijo Steve Jobs, "todo lo demás es secundario". La vida es una lucha permanente en la que nos vamos haciendo fuertes ante los contratiempos gracias a nuestra capacidad de intentarlo una y otra vez. Eso sí, sin permitir "que el ruido de las opiniones ajenas silencie la propia voz interior". El objetivo para empezar es que estemos abiertos a nuevos estímulos que nos pueden llevar a vivencias emocionalmente gratificantes, estar siempre receptivos al cambio, ejercitar la flexibilidad al límite y procurarnos emociones positivas que alivien el daño realizado por los acontecimientos del pasado y que ejerzan un efecto preventivo y protector ante situaciones que vendrán después. Nuestras emociones influyen en nuestros estados mentales, afectivos y determinan nuestros comportamientos. Desarrollar emociones positivas nos permitirá elevar nuestro estado de ánimo y cambiar nuestra manera de pensar, impidiéndonos anticipar resultados desfavorables o distorsionar la realidad, consiguiendo así un modo más flexible y efectivo de afrontar la vida. Emociones como la satisfacción, el entusiasmo, el altruismo, la ilusión, etc., generan un abanico de posibilidades de pensamiento y actuación que ayudarán a desarrollar posteriormente nuevos recursos intelectuales, psicológicos y emocionales para protegernos en los momentos de crisis. Potenciar el buen humor, la alegría, la curiosidad, el valor, el civismo, la humildad, la apreciación de la belleza, etc., nos

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hace fuertes ante la adversidad, y genera en nosotros esperanza para desarrollar resistencias ante acontecimientos desagradables. La alegría nos facilita la comprensión, optimiza nuestros vínculos sociales y es la mejor aliada de la creatividad. Está en nuestras manos desarrollar la flexibilidad de pensamiento, el poder del agradecimiento, la energía del reconocimiento, el valor de la compasión, el aliento de la simpatía y la fuerza de la empatía, si en verdad queremos conseguir una vida con un índice más alto de satisfacción y bienestar. ¡Vamos a intentarlo cuantas veces sea necesario!

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Bibliografía Alcalá-Zamora y Castillo, Niceto, Proceso, autocomposición y autodefensa, México, UNAM, 1970. American Psychiatric Association, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 4th ed., DSM IV, www.appi.org, Washington, DC, 2004. Apatow, Robert, El arte del diálogo. La comunicación para el crecimiento personal, las relaciones y la empresa, Madrid, Edaf, 1999. Berckhan, Bárbara, Cómo defenderse de los ataques verbales, Editorial Integral, Barcelona, 2007. Camps, Victoria, Los valores de la educación, Editorial Alauda-Anaya. Madrid, 1994. Cornelius, Helena, Tú ganas yo gano. Cómo resolver conflictos creativamente y disfrutar con las soluciones, Editorial Gaia. Madrid, 1995. Dana, Daniel, Adiós a los conflictos, Editorial McGrawHill, Madrid, 2002. De Cupis, Adriano, I diritti della personalità, editore Giufré, Milano, 1950. Gallo González, Gonzalo, La Corporación Cultural Oasis, Cali, 2002.

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Contenido -Prólogo 1-. De agresiones y otros demonios La frustración El derecho a elegir Dominio propio Control del pensamiento Cuestión de ego Intolerancia La ira La agresividad 2-. Los rostros del agresor Perfiles generales Trastornos de la personalidad Relaciones deficientes El vengador El envidioso El trepador El equilibrista El hipócrita El mediocre El exhibicionista El iracundo El inocente Una epidemia llamada agresión 3-. La inteligencia emocional El secreto del éxito Nuestras emociones La búsqueda Poder de reacción Los cinco elementos Todos somos vulnerables

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El peor enemigo Las inteligencias múltiples 4-. Mil palabras en un gesto Los fundamentos Revelaciones de nuestro cuerpo Expresión facial Mirada y contacto ocular Programación neurolingüística Manipulación de los códigos Postura corporal y postura emocional Regular las emociones Emociones positivas y negativas De la teoría a la práctica Escuchar sin oír El escudo protector 5-. Estrategias de defensa La ley del hielo El aikido verbal La pregunta antídoto El refrán incoherente Ad libitum Más de lo mismo El dribling ¿Y...? La pantomima La pedrada La asertividad La llave maestra Las palabras mágicas 6-. Los golpes bajos La vergüenza Frente a los demás El chiste cruel Lo que el viento se lleva

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La verdad no cambia Las armas del atacante Convivir con la vergüenza 7-. Duelo de titanes El ego en acción El orgullo es una virtud Un acto egoísta El arte de perdonar Cuestión de actitud Hacer las paces La lección de Mandela 8-. El arte de la guerra -Intentarlo una y otra vez -Bibliografía

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