Tellez Hernando - Cenizas Para El Viento Y Otras Historias Doc

September 11, 2017 | Author: Sebastian Cruz | Category: Beard, Shaving, Hair, Sun, Nature
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HERNANDO TÉLLEZ CENIZAS PARA EL VIENTO Y OTRAS HISTORIAS El Áncora Editores. Bogotá, 1984. A Beatriz “No puedo encontrar ni discurrir nada para agradarte: Todo es siempre lo mismo.” Lucrecio, III, 898. ESPUMA Y NADA MÁS No saludó al entrar. Yo estaba repasando sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero él no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja. La probé luego contra la yema del dedo gordo y volví a mirarla, contra la luz. En ese instante se quitaba el cinturón ribeteado de balas de donde pendía la funda de la pistola. Lo colgó de uno de los clavos del ropero y encima colocó el kepis. Volvió completamente EL cuerpo para hablarme y deshaciendo el nudo de la corbata, me dijo: "Hace un calor de iodos los demonios, Afeíteme". Y se sentó en la silla. Le calculé cuatro días de barba. Los cuatro días de la última excursión en busca de los nuestros, El rostro aparecía quemado, curtido por el sol. Me puse a preparar minuciosamente el jabón. Corté unas rebanadas de la pasta, dejándolas caer en el recipiente, mezclé un poco de agua tibia y con la brocha empecé a revolver. Pronto subió la espuma. "Los muchachos de la tropa deben tener tanta barba como yo". Seguí batiendo la espuma. "Pero nos fue bien, ¿sabe? Pescamos a los principales. Unos vienen muertos y otros todavía viven. Pero pronto estarán todos muertos". ¿Cuántos cogieron?", pregunté. "Catorce. Tuvimos que internarnos bastante para dar con ellos. Pero ya la están pagando. Y no se salvará ni uno, ni uno". Se echó para atrás en la silla al verme con la brocha en la mano, rebosante de espuma. Faltaba ponerle la sábana. Ciertamente yo estaba aturdido. Extraje del cajón una sábana y la anudé al cuello de mi cliente. El no cesaba de hablar. Suponía que yo era uno de los partidarios del orden. "El pueblo habrá escarmentado con lo del otro día", dijo. "Sí", repuse mientras concluía de hacer el nudo sobre la oscura nuca, olorosa a sudor. "¿Estuvo bueno, verdad?". "Muy bueno", contesté mientras regresaba a la brocha. El hombre cerró los ojos con un gesto de fatiga y esperó así la fresca caricia del jabón. Jamás lo había tenido tan cerca de mí. El día en que ordenó que el pueblo desfilara por el patio de la Escuela para ver a los cuatro rebeldes allí colgados, me crucé con él un instante. Pero el espectáculo de los cuerpos mutilados me impedía fijarme en el rostro del hombre que lo dirigía todo y que ahora iba a tomar en mis manos. No era un rostro desagradable, ciertamente. Y la barba, envejeciéndolo un poco, no le caía mal. Se llamaba Torres. El capitán Torres. Un hombre con imaginación, porque ¿a quién se le había ocurrido antes colgar a los rebeldes desnudos y luego ensayar sobre determinados sitios del cuerpo una mutilación a bala? Empecé a extender la primera capa de jabón. El seguía con los ojos cerrados. "De buena gana me iría a dormir un poco", dijo, "pero esta tarde hay mucho que hacer". Retiré la brocha y pregunté con aire falsamente desinteresado: "¿Fusilamiento?". "Algo por el estilo, pero más lento", respondió. "¿Todos?". "No. Unos cuantos apenas".

Reanudé, de nuevo, la tarea de enjabonarle la barba. Otra vez me temblaban las manos. El hombre no podía darse cuenta de ello y esa era mi ventaja. Pero yo hubiera querido que él no viniera. Probablemente muchos de los nuestros lo habrían visto entrar. Y el enemigo en la casa impone condiciones. Yo tendría que afeitar esa barba como cualquiera otra, con cuidado, con esmero, como la de un buen parroquiano, cuidando de que ni por un solo poro fuese a brotar una gota de sangre. Cuidando de que en los pequeños remolinos no se desviara la hoja. Cuidando de que la piel quedara limpia, templada, pulida, y de que al pasar el dorso de mi mano por ella, sintiera la superficie sin un pelo. Sí. Yo era un revolucionario clandestino, pero era también un barbero de conciencia, orgulloso de la pulcritud en su ofició. Y esa barba de cuatro días se prestaba para una buena faena. Tomé la navaja, levanté en ángulo oblicuo las dos cachas, dejé libre la hoja y empecé la tarea, de una de las patillas hacia abajo. La hoja respondía a la perfección. El pelo se presentaba indócil y duro, no muy crecido, pero compacto. La piel iba apareciendo poco a poco. Sonaba la hoja con su ruido característico, y sobre ella crecían los grumos de jabón mezclados con trocitos de pelo. Hice una pausa para limpiarla, tomé la badana de nuevo y me puse a asentar el acero, porque yo soy un barbero que hace bien sus cosas. El hombre que había mantenido los ojos cerrados, los abrió, sacó una de las manos por encima de la sábana, se palpó la zona del rostro que empezaba a quedar libre de jabón, y me dijo: "Venga usted a las seis, esta tarde, a la escuela". "¿Lo mismo del otro día?", le pregunté horrorizado. "Puede que resulte mejor", respondió. "¿Qué piensa usted hacer?". No sé todavía. Pero nos divertiremos". Otra vez se echó hacia atrás y cerró los ojos. Yo me acerqué con la navaja en alto. "¿Piensa castigarlos a todos?, aventuré tímidamente. "A todos". El jabón se secaba sobre la cara. Debía apresurarme. Por el espejo, miré hacia la calle. Lo mismo de siempre: la tienda de víveres y en ella dos o tres compradores. Luego miré el reloj: las dos y veinte de la tarde. La navaja seguía descendiendo. Ahora de la otra patilla hacia abajo. Una barba azul, cerrada. Debía dejársela crecer como algunos poetas o como algunos sacerdotes. Le quedaría bien. Muchos no lo reconocerían. Y mejor para él, pensé, mientras trataba de pulir suavemente todo el sector del cuello. Porque allí sí que debía manejar con habilidad la hoja, pues el pelo, aunque en agraz, se enredaba en pequeños remolinos. Una barba crespa. Los poros podían abrirse, diminutos, y soltar su perla de sangre. Un buen barbero como yo finca su orgullo en que eso no ocurra a ningún cliente. Y este era un cliente de calidad. ¿A cuántos de los nuestros había ordenado matar? ¿A cuántos de los nuestros había ordenado que los mutilaran?... Mejor no pensarlo. Torres no sabía que yo era su enemigo. No lo sabía él ni lo sabían los demás. Se trataba de un secreto entre muy pocos, precisamente para que yo pudiese informara los revolucionarios de lo que Torres estaba haciendo en el pueblo y de lo que proyectaba hacer cada vez que emprendía una excursión para cazar revolucionarios. Iba a ser, pues, muy difícil explicar que yo lo tuve entre mis manos y lo dejé ir tranquilamente, vivo y afeitado. La barba le había desaparecido casi completamente. Parecía más joven, con menos años de los que llevaba a cuestas cuando entró. Yo supongo que eso ocurre siempre con los hombres que entran y salen de las peluquerías. Bajo el golpe de mi navaja Torres rejuvenecía, sí, porque yo soy un buen barbero, el mejor de este pueblo, lo digo sin vanidad. Un poco más de jabón, aquí, bajo la barbilla, sobre la manzana, sobre esta gran vena. ¡Qué calor! Torres debe estar sudando como yo. Pero é! no tiene miedo. Es un hombre sereno, que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros. En cambio yo, con esta navaja entre las manos, puliendo y puliendo esta piel, evitando que brote sangre de estos poros, cuidando todo golpe, no puedo pensar serenamente. Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario pero no soy

un asesino. Y tan fácil como resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? ¡No, qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué se gana con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y éstos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre. Yo podría cortar este cuello, así, ¡zas, zas! No le daría tiempo de quejarse y como tiene los ojos cerrados no vería ni el brillo de la navaja ni el brillo de mis ojos. Pero estoy temblando como un verdadero asesino. De ese cuello brotaría un chorro de sangre sobre la sábana, sobre la silla, sobre mis manos, sobre el suelo. Tendría que cerrar la puerta. Y la sangre seguiría corriendo por el piso, tibia, imborrable, incontenible, hasta la calle, como un pequeño arroyo escarlata. Estoy seguro de que un golpe fuerte, una honda incisión, le evitaría todo dolor. No sufriría. ¿Y qué hacer con el cuerpo? ¿Dónde ocultarlo? Yo tendría que huir, dejar estas cosas, refugiarme lejos, bien lejos. Pero me perseguirían hasta dar conmigo. "El asesino del capitán Torres. Lo degolló mientras le afeitaba la barba. Una cobardía". Y por otro lado: "El vengador de los nuestros. Un nombre para recordar (aquí mi nombre). Era el barbero del pueblo. Nadie sabía que él defendía nuestra causa...". ¿Y qué? ¿Asesino o héroe? Del filo de esta navaja depende mi destino. Puedo inclinar un poco más la mano, apoyar un poco más la hoja, y hundirla. La piel cederá como la seda, como el caucho, como la badana. No hay nada más tierno que la piel del hombre y la sangre siempre está ahí, lista a brotar. Una navaja como ésta no traiciona. Es la mejor de mis navajas. Pero yo no quiero ser un asesino, no señor. Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo honradamente con mi trabajo... No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada más. Usted es un verdugo y yo no soy más que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto. La barba había quedado limpia, pulida y templada. El hombre se incorporó para mirarse en el espejo. Se pasó las manos por la piel y la sintió fresca y nuevecita. "Gracias", dijo. Se dirigió al ropero en busca del cinturón, de la pistola y del kepis. Yo debía estar muy pálido y sentía la camisa empapada. Torres concluyó de ajustar la hebilla, rectificó la posición de la pistola en la funda y luego de alisarse maquinalmente los cabellos, se puso el kepis. Del bolsillo del pantalón extrajo unas monedas para pagarme el importe del servicio. Y empezó a caminar hacia la puerta. En el umbral se detuvo un segundo y volviéndose me dijo: "Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo digo". Y siguió calle abajo. CENIZAS PARA EL VIENTO El hombre tenía un aire cordialmente siniestro. Hacía por lo menos un cuarto de hora que trataba de explicarse, sin conseguirlo. Estaba sentado sobre un gran tronco de árbol, a la entrada de la casa. No se había quitado el sucio sombrero, un fieltro barato de color carmelita, y mantenía los ojos bajos, al hablar. Juan lo conocía bien. Era el hijo de Simón Arévalo y de la señora Laura. Un chico muy inquieto desde el comienzo. Pero no tanto como para suponer lo que se decía que estaba haciendo en la región, con viejos y buenos amigos de sus padres. Juan no lo creía, pero ahora... "Es mejor que se vayan", repitió el hombre, con la mirada en el suelo, sin levantar la cabeza. Juan no respondió. Se hallaba de pie, a un metro de distancia del visitante. El día se presentaba hosco, con nubes de plomo y una evidente amenaza de lluvias. Hacía bochorno. Juan miraba los campos por encima, más allá del sombrero del visitante: verdes, amarillos, pajizos, otra vez verdes, un verde más intenso que los otros, y luego un verde desleído. El valle se veía bien desde ese sitio. Era un buen sitio para verlo ondeante, verdeante con todas sus espigas, cuando el viento soplaba. "¿Quién está ahí?". La voz de su mujer, lanzada

desde la cocina le llegó aguda y clara. No respondió. El visitante seguía con la cabeza baja. Y con uno de los pies, forrado en un zapato polvoriento, amontonaba contra el otro un poco de tierra fina, hasta formar un montoncito que luego apisonaba con la suela cuidadosamente. "Lo mejor es que se vayan", repitió, levantando esta vez la cara. Juan lo miró. Y pensó que, sin duda, se parecía mucho al padre, salvo los ojos, olor de hoja de tabaco, iguales a los de Laura. "¿Quién está ahí?", repitió la voz, ya más cercana. Y, en i puerta que daba al corredor de entrada, apareció Carien con el chiquillo en los brazos. El hombre se levantó el tronco del árbol y maquinalmente se pasó una de las manos por las asentaderas. Luego se quitó el fieltro, salieron a relucir unos cabellos negros, espesos y alborotados. Parecía como si el peine no hubiera pasado por ahí n mucho tiempo. "Buenos días señora Carmen", dijo. El hiquillo jugaba con el cuello de la madre, tratando de hundir los dedos en esa blandura. Era una criatura de meses que olía fuertemente a leche de mujer y a pañal sucio. Juan no decía nada. Y el hombre se hallaba visiblemente desconcertado. Por unos segundos se pudo oír, perfecto, el silencio de los campos y en medio de ese silencio, los ruidos, siempre confusos, siempre latentes de la naturaleza. El valle palpitaba, intacto, bajo la hosca mañana. Pero ya vendrá el sol", pensaba Juan. "Bueno, ya me voy", dijo el visitante. Se despidieron. Carmen quedó silenciosa, mirando a su marido. El hombre se puso otra vez el fieltro, les volvió la espalda, caminó sin prisa y, al legar a la puerta de talanquera - diez, quince metros más allá de la casa -, la abrió con cuidado, produciendo a pesar de todo, el quejido característico de los goznes sin aceitar. Unos goznes ordinarios hechos en la herrería del pueblo. "Debían irse". ¿Por qué? El hijo de Simón Arévalo y de difunta Laura había gastado casi media hora, tratando de explicarlo. Pero qué confuso había estado. Esas cosas de la autoridad y de la política siempre eran complicadas. Y el hijo de Simón Arévalo tampoco las sabía bien a pesar de que ahora andaba en tratos con los de la autoridad, haciéndole mandados a la autoridad. "El muy bellaco", pensó Juan. "Dijo que si no nos íbamos antes de una semana vendrían para echarnos". "Tendrán que matarnos", respondió Carmen. "Eso le dije", remató Juan, completamente sombrío. No hablaron más. Carmen se fue para la cocina, siempre con el chiquillo en los brazos, y Juan quedó otra vez solo, plantado como un árbol, frente a su casa. La vereda era pobre y la casa de Juan y el campo que la rodeaba no valían ciertamente la pena de que las autoridades se ocuparan de ella. No les iban a servir para nada: unos cuadros de maíz, unas manchitas de papa, un cuadrilátero de legumbres y un chorro de agua que bajaba, a Dios gracias, decía Carmen, desde la propiedad, esa sí grande y rica, de los señores Hurtado. ¡Y la casa! Mitad rancho y mitad casa. Juan pensaba que si se la quitaban la autoridad tendría que acabar de pagar la deuda de los pesos que le prestaron años atrás para hacer la cocina y el pozo séptico. ¿Pero, sí era cierto como lo dijo el hijo de Simón Arévalo, que ellos tenían que irse de allí? Claro que él había votado en las últimas elecciones. ¿Y qué? ¿No habían votado también los demás? Los unos de un lado. Los otros del otro. Y todos en paz. El que gana, gana. Y el que pierde, pierde. Juan soltó una carcajada. "Este quería asustarme". Pero no. Recordó que una semana antes había estado en el pueblo. Una cosa le llamó la atención: algunos guardias, además del fusil, llevaban en la mano un rebenque. ¿El fusil?, vaya. ¿Pero el látigo? Juan cavilaba. La autoridad con el látigo en la mano le daba miedo. Además él notaba en las gentes algo extraño. En la tienda de don Rómulo Linares no le quisieron vender aceite. Le dijeron que se había acabado. Pero el aceite estaba ahí, goteando, espeso, brillante, de la negra caneca al embudo y del embudo a una botella, detrás del mostrador. No dijo nada porque don Rómulo le hizo una cara terrible y a él no le gustaba andar de pendencia con

nadie. Por el mercado se paseaban cuatro guardias. Pero no había mucha gente. El compró algunas cosillas: una olla de barro, un pan de jabón y unas alpargatas. Luego entró a la farmacia por una caja de vaselina perfumada y un paquete de algodón. El señor Benavides, muy amable pero con cierto aire de misterio le preguntó: "¿por allá no ha pasado nada todavía?". Y cuando Juan iba a responderle, el señor Benavides le hizo señas de que se callara. Entró un guardia y detrás, precisamente, el hijo de Simón Arévalo. El guardia golpeó con el rebenque la madera del mostrador. El señor Benavides se puso un poco pálido y envolvió de prisa la compra de Juan. "¿Qué hay por aquí?", dijo el guardia. Arévalo reconoció a Juan. Pero lo miró como si no lo conociera. El guardia no le dio tiempo al señor Benavides para contestar. Se volvió a Juan, y haciendo sonar el látigo contra sus propios pantalones le dijo: "¿Y usted también es de los que están resistiendo?". Juan debió de haber palidecido como Benavides porque sentía que el corazón le saltaba en el pecho. Hubiera querido abofetear al guardia, pues no era cosa de que un guardia, sin más ni más, hablara así a un hombre pacífico, que estaba comprando, sin molestar a nadie, una caja de vaselina y un paquete de algodón donde el señor Benavides. Arévalo intervino: "Sí, es de los rojos, de aquí cerca, de la vereda de las Tres Espigas". Juan parecía como clavado al piso y miraba, sin poder apartar los ojos, el pequeño trozo de guayacán perforado en uno de los extremos, por donde pasaban los ramales del látigo. El guayacán parecía un largo dedo con las coyunturas abultadas por el reumatismo, Y el látigo seguía sonando contra la tela basta, color de cobre, de los pantalones del uniforme. "Aja, aja", gruñó insidioso el guardia. "Pero es de los tranquilos, yo lo conozco", cortó Arévalo, El rebenque dejó de frotar la tela. "Ya veremos. Ya veremos, porque todos son unos hijoe... madres", y se le abrió al guardia en la mitad de la cara una risa sardónica. "Aquí se acabaron las carcajadas, ¿oyó, Benavides? Y usted también...". Salieron. Juan sentía seca la boca. Tomó el paquete de encima del mostrador, buscó las monedas en el bolsillo para pagar cuarenta y cinco centavos, y se despidió del señor Benavides, a quien todavía le temblaban las manos y seguía pálido como un hombre atacado súbitamente por un calambre en el estómago. Pero ahora la amenaza tomaba cuerpo en la persona del hijo de Simón Arévalo. Y Juan recordaba que Simón Arévalo había sido su amigo. Y que este mismo muchacho no parecía tan malo. Sólo que le gustaba andar discutiendo aquí valla, por todas partes, de esas cosas tan enredadas y difíciles de la política. ¿Pero en qué estaba ahora? Si se hubiera metido a guardia, muy bien. Pero no llevaba uniforme. Desde cuando se pusieron tan mal las cosas, Arévalo era el gran amigo de la autoridad. En el pueblo le dijeron que no salía de donde el alcalde y que con los guardias trasegaba, mano a mano, las copas. Un sostén de la autoridad. Eso seguramente era Arévalo. Un sostén que tenía la ventaja de conocer a todo el mundo, en cinco, tal vez en diez leguas a la redonda. ¡Qué gracia! Si Arévalo había nacido allí como Simón, su padre y como el padre de Simón, su abuelo. Qué gracia, si había ido a la escuela del pueblo, con la pata al suelo, como él mismo, y con la pata al suelo, también como él, había corrido por todos esos campos, aprendiendo el nombre de todos los dueños y arrendatarios y aparceros y peones, trabajando aquí, trabajando allá hasta cuando estuvo crecidito y se hizo hombre de zapatos y de sombrero de fieltro y se quedó a vivir en la localidad. Los disparos despertaron primero a Carmen, luego a Juan y, finalmente, el niño se echó a llorar. Estaba amaneciendo, porque las cosas en la habitación se distinguían muy bien. Juan, al saltar de la cama calculó la hora: tas cinco de la mañana. Los disparos volvieron a oírse, pero más próximos. Terminó de ponerse los pantalones, apretó la hebilla del cinturón y se precipitó a la puerta. Había calculado bien la hora: una claridad lechosa caía del cielo sobre los campos. "Sí, son las cinco. Hará un buen día" pensó, sin darse

cuenta. La puerta de talanquera anunció con sus goznes que alguien entraba. Pasaron dos hombres. Juan los reconoció desde lejos: uno, Arévalo, y, el otro, el guardia del rebenque, el que lo había encarado en la botica del señor Benavides. ¿Entonces resultaba cierta la amenaza de Arévalo? Doce días habían pasado desde la visita. Y Juan pensaba que todo estaba en orden. "Una semana, váyanse dentro de una semana. Es mejor para ustedes. De lo contrario...". Y ahí llegaba otra vez Arévalo, pero ahora acompañado de la autoridad. El guardia echó otro tiro al aire, al acercarse a Juan. "¿Suena bien, no?", dijo, "y sonarán mañana muchos más, si a esta hora no se han largado de aquí. ¿Entienden?". Rastrilló de nuevo la pistola y apuntó a lo lejos, hacia las esbeltas espigas de maíz, por divertirse, por puro juego. Arévalo estaba cabizbajo. No miraba a Juan, ni a Carmen quien había salido corriendo para ver qué pasaba. "Ya lo saben, a largarse, a largarse pronto". Acomodó la pistola entre la cartuchera, cogió del brazo a Arévalo y volteó la espalda. Hasta ese momento Juan comprendió que el aliento del guardia apestaba a aguardiente. Todos cumplieron: Arévalo y la autoridad, Juan y Carmen y el niño. La casa ardió fácilmente, con alegre chisporroteo de paja seca, de leña bien curada, de trastos viejos. Tal vez durante dos horas. Acaso tres. Y como un vientecillo fresco se había levantado del norte y acuciaba las llamas, aquello parecía una fiesta de feria, en la plaza del pueblo. Una gigantesca vaca-loca. El guardia del rebenque saltaba de gozo, mucho más entusiasmado, desde luego, que sus cuatro compañeros y que Arévalo, venidos para constatar si Juan Martínez se había ido o si oponía resistencia. Cuando regresaron al pueblo, se detuvieron en la tienda de Linares. Ahí estaba el alcalde recostado deliciosamente contra los bultos de maíz. "¿Cómo les fue?". "Bien señor alcalde", respondió Arévalo, taciturno. "¿Martínez se había ido?". "No", dijo el del rebenque, "cometieron la estupidez de trancar las puertas y quedarse adentro, y, usted comprende, no había tiempo qué perder...". El aceite seguía goteando de la caneca al embudo y del embudo a la botella. LECCIÓN DE DOMINGO Los tres hombres entraron como una tromba al pequeño salón de clases donde la señorita Marta Amaya, nuestra maestra, leía el texto: "Plantó un hombre una viña, y la cercó con seto, y cavó un lagar y edificó una torre, y la arrendó a labradores y se partió lejos...". La voz cadenciosa y monótona se quebró súbitamente. "¿Qué quieren ustedes?", dijo intensamente pálida. Yo comprendí que ella estaba a punto de llorar. Pero ya uno de nosotros - éramos en total once rapaces - estaba llorando: Pablito Mancera, una criatura de nueve años, de cabellos color de melcocha, de rostro pecoso e invariablemente sucio. Uno de los hombres se quedó vigilando a la puerta. Los otros dos nos miraban un poco desconcertados. Vestían trajes claros, y debajo de los sacos de tela liviana - el clima era, por esos meses, sofocante - brillaban las hebillas de los cinturones y asomaban las cachas de los revólveres. ¿Revolucionarios? ¿Gobiernistas? ¡Quién iba a saberlo! La señorita Marta había tratado de explicárnoslo, a su manera. "Debemos confiar en Dios", decía, "para que esto acabe pronto". Pero no acababa. Tan mal iban las cosas de la revolución y de la paz, que al mayor de nosotros, los colegiales, Juan Felipe Gutiérrez, le habían matado ya al padre, y la señorita Marta no podía darnos clase sino los domingos por la tarde. Y solamente de doctrina cristiana. Por eso estaba leyéndonos el evangelio de San Marcos - "plantó un hombre una viña, etc." - en el momento de entrar los hombres. "Queremos conversar con usted", dijo uno dirigiéndose

a la señora Marta. "Y sin perder tiempo", remató con voz sorda uno de los otros dos, el que estaba a la puerta. Debo advertirles que todo esto pasó hace muchos años, pues ya soy un viejo, y no voy a la escuela. De la significación de lo acontecido esa tarde de domingo, fuera del salón de clases, no me di cuenta sino transcurrida una buena porción de tiempo. Creo que cuando ya me había convertido en eso que llaman un hombre. Y lo habría olvidado por completo si hoy, al abrir incidentalmente una Biblia, no hubiera tropezado con las palabras de San Marcos en el Capítulo 12. "Pero si estas eran las palabras de la señorita Marta", me dije. Y, al punto, la vi salir del salón, con el rostro demudado, acompañada de dos de los hombres. Echó sobre nosotros una angustiosa mirada y nos dijo: "Permanezcan juiciosos y tranquilos. Yo volveré pronto". Salieron. El hombre apostado a la puerta la cerró cuidadosamente como quien cierra un libro, y avanzó hacia el centro del salón. Vaciló un poco ante las dos gradas de la tarima donde se hallaban, como en un trono, el asiento de la señorita Marta y su mesa de trabajo. Nosotros estábamos muy quietecitos en los bancos, repartidos de dos en dos. Yo no tenía compañero, pues éramos once y once es un número impar. El hombre no se atrevía a ocupar el asiento de la señorita Marta. Eso se veía. Por lo menos así lo pensé. Supongo que le daba vergüenza por timidez o por temor al ridículo. De pie, examinó los papeles y cuadernos - nuestros cuadernos - que se hallaban sobre la mesa. Tomó uno, lo hojeó y, al detenerse en una página, trató de sonreír. Debió leer el nombre del dueño, escrito en la cubierta, con la linda y cuidadosa letra de la señorita Marta. "¿Quién es Roberto Collazos?", preguntó, todavía con el cuaderno entre las manos. Todos volvimos a mirar a Collazos. Y Collazos se levantó del banco. "Yo", dijo. La raya de sol que entraba por una de las ventanas y caía sobre la negra cabeza de Collazos, me permitió calcular que serían aproximadamente las cuatro de la tarde, pues yo había notado que a esa hora, siempre, en los días de buen sol, aparecía una franja de luz y de polvo, proyectada desde el cielo como un reflector. "¿Con que usted es Collazos?". "Sí señor". "Está bien. Siéntese". El hombre siguió mirando los cuadernos. "¿Y quién es Cepeda?". Y Cepeda se levantó, como lo había hecho Collazos. "Y ¿quién es Gregorio Villarreal?". Y Gregorio hizo lo mismo que Cepeda y Collazos. "Y ¿quién es Inocencio Cifuentes?". Me incorporé. Y sentí que la cara se me llenaba de calor. No dije nada. No dije como los demás: "yo, señor". El hombre se quedó mirándome con simpatía. "Yo también soy Cifuentes", dijo. Todos reímos, inclusive el pequeño Pablito Mancera a quien, tal vez, le había pasado ya el miedo. El hombre continuó su juego. Y se divertía evidentemente. Y nosotros empezamos a divertirnos también. Uno a uno fuimos respondiendo al llamado que se nos hacía. Se oyeron de nuevo algunas risas cuando le tocó el turno a Benito Díaz quien tartamudeaba un poco. Y el hombre rió a su vez, jovialmente. Empezábamos a olvidar a la señorita Marta. Empezábamos a olvidar que se la habían llevado los otros dos. Y que los tres entraron, bueno, como ladrones. Empezábamos a olvidar que debajo de los sacos, colgados del cinturón, estaban los revólveres. Empezábamos a olvidar la guerra entre revolucionarios y gobiernistas. Cuando el hombre decidió sentarse en el asiento de la señorita Marta ya tenía ganada nuestra confianza. Nadie murmuró nada. Nadie disimuló ninguna sonrisa. Nos pareció completamente natural que ocupara ese sitio. Hasta ese momento llevaba la cabeza cubierta con el sombrero. Al sentarse se lo quitó y colocó el fieltro sobre la mesa. Parecía cansado y bueno. Un rostro común y corriente. La piel, amarillenta como la de todos nosotros. Y el pelo, en desorden. Hubo una larga pausa de silencio. El hombre se pasó las manos por la barba y se quedó mirando, durante unos minutos, al vacío. Collazos se levantó. "Señor, ¿podría irme para mi casa?". El hombre pareció sorprendido. "¿Qué dice? Nadie saldrá de aquí todavía. ¿Entiende? ¿Entienden todos?".

Collazos se sentó de nuevo. Silencio absoluto. El miedo había regresado a la clase y entraba, de lleno, a nuestros pechos. Un casi imperceptible hilo de llanto sonaba a mi espalda. Era, claro está, Pablito Mancera. No sé cuánto duramos así: el hombre en la tarima, mirándonos, mirando, a veces, el limpio cielo de verano que se trasparentaba a través de los cristales de la ventana y nosotros mudos, quietos, amedrentados, mirándonos los unos a los otros o mirándolo a él. No sé cuánto tiempo. Pero era absurdo estar así. Yo traté de contar hasta ciento para acabar con el malestar que sentía. (Mamá me decía que era un buen recurso para que llegara pronto, por las noches, el sueño). Empecé: uno, dos, tres, cuatro... ¿Pero qué querían esos hombres? Cinco, seis, siete... ¿Iban a tenernos así, hasta la noche? Pronto serían las cinco de la tarde, la hora en que la señorita Marta colocaba cuidadosamente entre las páginas de su Biblia un pedacito de papel como señal para continuar al domingo siguiente, y también como señal de que, por el momento, todo había concluido, de que podríamos levantarnos de nuestros bancos y salir, en tropel, calle abajo, y luego dispersarnos a campo traviesa. Detrás de esa ventana, más allá de ese muro de cal, por detrás de la espalda del hombre sentado en la silla de la señorita Marta, estaba el campo, y el olor del campo, y nuestras casas y mamá esperándome: "Venancio, ¿aprendiste mucho...?"'. ¿En qué iba? Siete, ocho, nueve, diez, once, doce... De pronto la atmósfera se rompió con un grito. Con dos gritos. Con tres gritos. Era la señorita Marta. "Auxilio". "Auxilio". "Auxilio". Les confieso que las lágrimas me empezaron a brotar de los ojos. Y recuerdo que hubo un estremecimiento en los bancos. El hombre se puso en pie, eléctricamente, y una máscara de ferocidad cayó sobre su rostro hasta entonces apacible, casi amigo. "Quietos", dijo, y con un gesto veloz, automático, desenfundó el revólver. Se detuvo, sin embargo, a medio camino de su impulso y, sin levantar el arma, sin apuntar hacia nosotros, la colocó sobre la mesa. "El que diga una palabra...". No concluyó, porque un nuevo grito, esta vez sofocado, llegó en el aire. No puedo referirles qué hicieron entonces mis compañeros, porque yo agaché la cabeza y me tapé el rostro con las manos. Sentía húmedas las mejillas y la frente. Y entre las comisuras de los labios el sabor de mis lágrimas. Un desagradable sabor a sal. Además, estaba temblando, como si tuviera fiebre. Y la saliva se me había acabado. Los sollozos de Pablito Mancera me llegaban claros, continuos y desesperados. ¿Ustedes desean saber cuánto tiempo pasó hasta cuando los otros dos hombres se presentaron otra vez a la puerta del salón? Pero eso es exigirme demasiado. Y estoy seguro de que si ustedes se encuentran alguna vez con Collazos, con Villarreal o con Cepeda o con Pablito Mancera, no conseguirían saber más de lo que yo les cuento. El tiempo es una cosa vaga e imprecisa, una cosa que a veces se detiene como un tren que falla y otras sigue raudo, como un río impetuoso. Lo único que puedo decirles es que en medio de ese trozo de tiempo yo quedé sumergido, con el corazón palpitante de miedo. Pensé que si me movía, el hombre podía matarme. Le bastaría con levantar el arma y apuntar. Algo muy sencillo, muy fácil. ¿No es cierto? Mejor quedarme quieto. Me dolían las manos por la presión de los músculos. "Puede matarnos, matarnos a todos", pensaba yo. Y rectificaba: "No, a todos no, porque le faltarían en el revólver cinco cápsulas". "¿Son cinco o seis las que lleva el tambor?". Y luego volvía el miedo, como en oleadas, a golpear en mi pecho. Pablito Mancera seguía llorando, débilmente, tenuemente, como si se hallara en trance de morir. Y no se oía nada más que ese susurro de pena en todo el silencio de la clase, en todo el silencio de la casa, probablemente en todo el silencio del pueblo y de los campos. El estrépito de la puerta, al entrar los dos hombres, me obligó a levantar la cabeza. El que estaba en la tarima descendió las gradas con el arma en las manos. "Vamos, vamos", dijo uno. El que nos había acompañado colocó el revólver en el cinturón y

preguntó, bajando la voz: "¿Y yo qué voy a hacer?". "Cállate. Hablaremos afuera. No es necesario que los muchachos se enteren". "¿Muy difícil?". El interrogado sonrió siniestramente, se acercó a la oreja de su compañero y debió decirle algo muy gracioso porque ambos estallaron en carcajadas. El otro volvió a mirarnos, paseó los ojos por toda la clase, intentó hablarnos, pero tal vez no encontró las palabras que buscaba y, dándonos la espalda, salió primero que sus compañeros. Yo seguí el ruido de los pasos hasta que se perdieron en el final del corredor, entre la yerba de la calle, entre el pesado silencio de esa hora luminosa e inolvidable de domingo por la tarde, la hora de la lección de doctrina cristiana que nos daba a los once rapaces de nuestro pueblecito, nuestra maestra, la señorita Marta Amaya. Las dos habitaciones, vecinas del salón de clase estaban destinadas una para comedor y la otra para alcoba de la maestra. Después había una pequeña cocina. Y después, la huerta. Nada más. Nuestra escuela era pobre, como el pueblo, como nosotros, como la señorita Marta Amaya que allí había llegado, nombrada por el gobernador, hacía dos años, sola, con su sombrero de paja, su falda de tela clara y su maleta de cuero que podía abrirse como un fuelle. Era realmente bonita la señorita Marta. Y a mí siempre me pareció buena. Y ahora, ahora la señorita Marta estaba como muerta, pero no estaba muerta, entre su cama, con la blusa desgarrada y los senos al aire y la falda tirada sobre el piso, y una de las piernas colgando, como un péndulo, del borde del lecho. No debía estar muerta, a pesar de que tenía los ojos cerrados, porque yo veía cómo ondulaba y ondulaba ese pecho desnudo... SANGRE EN LOS JAZMINES Cuando los guardias rurales llegaron a la granja de mamá Rosa, hacía ya una semana que Pedrillo estaba tirado en la cama, hecho una miseria de dolor y de ira. Las heridas del brazo habían tomado una escandalosa coloración de tomate maduro y el brazo abultaba hasta reventar. La infección y la fiebre devoraban a Pedrillo. Esos malditos hombres de la guardia, si lo encontraban, no lo dejarían con vida. Esto era lo de menos. ¡Si sólo lo mataran! Pero Pedrillo sabía que antes de que con él acabaran como un perro, de un disparo o de un machetazo en la nuca, bien medido, para que los huesos se quebraran y la cabeza quedara bamboleándose y fuera fácil desprenderla y ensartarla luego en un palo para llevarla a la alcaldía del pueblo como trofeo, antes de que eso ocurriera, Pedrillo sabía que ocurrirían otras cosas con el, pues ya estaban ocurriendo con los otros. Sabía que lo torturarían en la cárcel. Y también lo sabía mamá Rosa, su mamá. Esto lo atormentaba más que todo y se le aparecía como una anticipación de las torturas que, de seguro, iban a ensayar otra vez esos bárbaros si lograban pillarlo. Primero le cortarían los dedos de los pies, como a Saulo Gómez y luego lo pondrían a caminar sobre las piedras del patio; y después, quién sabe, lo colgarían de las manos para azotarlo desnudo, mientras con las puntas de las bayonetas esos salvajes se divertirían abriéndole surcos en la carne. Y, Dios santo, pobre mamá Rosa si la obligaban a la fuerza, a puntapiés, a presenciar el espectáculo, como a la desgraciada María del Carmen Vargas, quien se había vuelto loca ahí mismo, y tuvieron que sacarla del pueblo para el manicomio. No. El no se dejaría pillar. El era una presa difícil. Pero los guardias llegaron. Mamá Rosa los divisó desde la pequeña colina que daba sombra, en la tarde, a uno de los costados de la casa. Bajó corriendo para avisar a Pedrillo. El rostro de la mujer se había vuelto de ceniza, del color de ese polvillo volandero que deja el carbón de palo, ya apagado y a medio quemar, sobre los ladrillos del fogón. "Ahí vienen, ahí vienen", dijo. Pedrillo tambaleó para levantarse de la cama. La fiebre, como un mal enemigo, trataba de doblegarlo. Pero él era un mocetón de veinticinco años, lo que se llama un mocetón, bronco y fuerte, a quien le decían Pedrillo

por puro chiste, por pura gracia del contraste entre su vigor campesino y el diminutivo con que, desde siempre, lo nombraba su madre. El sucio .trozo de tela que le servía de cabestrillo para el brazo herido, cayó al suelo, y el brazo, al perder ese apoyo, se convirtió en una masa de dolor, inverosímilmente pesada. La cara se le contrajo en una expresión de martirio. Soltó una espantosa grosería, y mamá Rosa, con las manos temblorosas, ató de nuevo el trapo por detrás del cuello. "Aprisa, mamá, dame uno de los fusiles". Había dos, cargados, debajo de la cama. Ella extrajo uno, lo colgó al hombre del brazo bueno de su hijo, y abrió la puerta. Entró, sin obstáculos, la claridad de la tarde y con ella, traído en el viento, el delicioso olor de los cañaverales, pues esa era una tierra de caña-dulce y de cafetos, de naranjos y de jazmines, de los candidos jazmines que mamá Rosa cultivaba. Pedrillo salió apoyándose en el muro de tapia pisada. Hizo un violento esfuerzo para enderezar el torso y, poco a poco, fue apresurando el paso. Mamá Rosa se quedó parada a la puerta. El sol le daba sobre los ojos de pupilas dilatadas. Parecía un personaje de cuadro al óleo, con su negra mata de pelo, partida en dos, el busto alto y palpitante bajo la tosca blusa, las manos sobre las anchas caderas, y el miedo y la amargura distribuidos sobre el rostro. Lo vio desaparecer más allá de las cañas, más allá de los cafetos, más allá de la última mancha de hierba. Pero los guardias llegaron. Del punto en donde los vio mamá Rosa a la casa, había que contar entre cinco y ocho minutos de tiempo. Pasaron probablemente diez antes de que los tuviera a la vista, a un metro de distancia entre la puerta y la boca de los tres fusiles tendidos contra ella. Mamá Rosa alcanzó, pues, a poner todo en orden: la cama y la cocina. No movió el fusil que le había dejado Pedrillo. Apenas hizo caer un poco más contra el suelo, para disimular el arma, la descolorida manta del lecho. Lo hizo sin saber por qué, pues ella no pensaba oponer ninguna resistencia. "Si me matan, que me maten. Dios sabrá". Tantas otras mamas Rosas habían muerto así en los últimos meses que ella no iba a ser ciertamente una novedad. Muertas estaban Carmen y la niña Luisa y la anciana Rosario, su comadre, la madrina de Pedrillo. ¿Qué importaba, pues? Y otra ventaja: mientras la mataban, los guardias le darían un poco más de tiempo a Pedrillo para huir. La muerte andaba ahora por toda la comarca con uniforme del gobierno, unas veces, y otras sin uniforme. Se mataban los unos a los otros desde hacía meses y meses. Pedrillo, como los demás, había entrado a la fiesta. Y de seguro que Pedrillo debía también unas cuantas vidas de esas con uniforme color de tierra pardusca y cinturón con balas y machete al cinto. Aquello parecía a mamá Rosa una maldición del cielo. Pero, qué diablos, nada se sacaba con lamentaciones. Ella no sabía nada de la política y cuando Pedrillo quiso explicárselo, Mamá Rosa le dijo que él anduviera bien con Dios y no se metiera en nada. Pero Pedrillo ya estaba en la danza. "Si uno no se apresura a matar, lo matan". Algo así le dijo él. Y mamá Rosa se resignó. Ahora ya no había nada qué hacer. Ahí estaban los guardias. "¿Pedrillo podría seguir caminando?". "¿El dolor no terminaría por echarlo a tierra?". "¿Y estos hombres darían con él?". Mamá Rosa los miraba y sentía que empezaba a desfallecer. "¿Por qué no disparan?". "Yo debía estar ya muerta". "¡Santo Dios! ¡Santo Dios!". Nada. Ella seguía extrañamente viva frente a las bocas de los fusiles y frente a esas tres caras nada siniestras. "Son como Pedrillo". "Tan jóvenes como Pedrillo". Avanzaron. "Ahora dispararán". "Perdóname, Dios bendito". Uno de ellos le gritó: "Vieja inmunda", y enderezando el fusil que tomó en una mano, con la otra le golpeó el rostro. Mamá Rosa se llevó las manos a la cara y las retiró manchadas de sangre. Después sintió que sobre el costado caía, de plano, la culata del fusil. Rodó sobre el suelo y ahí contra el piso de greda, que le pareció tibio y húmedo, se le clavó, al lado del seno, la punta de una bota, una, dos, tres veces. ¡Pobre Mamá Rosa! El prodigioso dolor que se apoderó de todo su

cuerpo, no le impidió recordar que así había visto maltratar muchas veces por los gañanes de la comarca, a los cerdos y a los perros. Ella no era ahora más ni mejor que los cerdos o los perros. Los tres hombres se detuvieron en el marco de la puerta. Uno de ellos gritó: "So hijo e perra, entréguese o lo matamos". Tenían miedo de penetrar a la habitación. Pasaron unos segundos y luego se oyó una descarga. "No hay nadie, no hay nadie", les gritó Mamá Rosa, "mátenme, mátenme". Los hombres entraron. Y Mamá Rosa arrastrándose, los siguió. Se volvieron para mirarla. Y el que parecía más enardecido apuntó al cuerpo de Mamá Rosa. "Cuidado con la vieja. Ella sabe para dónde se ha ido", dijo otro. Y entonces, se oyó, afuera, a la distancia, un tiro de fusil. Los tres guardas se precipitaron fuera de la habitación, con el arma al brazo. Mamá Rosa empezaba a desvanecerse, pero entre la niebla de la conciencia le pareció que una nueva detonación sonaba, más próxima, menos distante. "Es Pedrillo", pensó. Y la cabeza, con su negra mata de pelo partida en dos y ahora ensangrentada, se doblegó sobre el suelo. Pero los guardias volvieron. Cuando Mamá Rosa recuperó el sentido y pudo otra vez incorporarse, le pareció que Dios no era completamente justo con ella, pues le permitía vivir para ver lo que estaba viendo: Pedrillo había sido cazado por los guardias - él debía haber disparado al aire para llamarles la atención y salvarla a ella - y ahí, en el naranjo que adornaba la minúscula huerta, fronteriza a la puerta de entrada, estaba colgado de las manos, como un cuero de res, las espaldas desnudas, desgarradas y sanguinolentas. El grito de Mamá Rosa hizo volver la cara a los tres guardias. "Esto era lo que se merecía el hijo e perra. Y todavía falta, vieja p...", aulló el que estaba restregando contra la rala hierba el cinturón manchado de rojo. Mamá Rosa veía brillar al sol de media tarde, como una llaga, esa dura espalda maciza del gigante Pedrillo que de su vientre había salido una noche, frágil y pequeñito. Ahí estaba Pedrillo, peor que un perro apaleado. "Y que Dios me perdone: como Cristo". Sus propios dolores se le olvidaron a Mamá Rosa. Ya no sentía su cuerpo, sino el cuerpo de Pedrillo. Era como si esa espalda fuera su propia carne. No. no eran sus dolores sino los dolores de Pedrillo que en ella resonaban, repercutían y el desollaban la carne y el alma. Pobre Mamá Rosa con su linda mata de pelo oscuro, partida en dos, con su cabeza bíblica de madre campesina donde ahora se hundían unas manos desesperadas y trágicas. "Y todavía falta vieja p…", volvió a aullar la voz del guardia, quien, al mismo tiempo, arranco al aire una queja con el látigo antes de dejarlo caer una y otra vez sobre la espalda. Se oyó un quejido como de animal a punto de morir, un lamento sordo y elemental que parecía llegar desde el fondo último de la Vida, desde el abismo visceral de la existencia. "Y todavía falta...", rugió de nuevo la voz. Mamá Rosa comprendió que ella también, como Pe-arillo, estaba muñéndose. Y que iba a caer de nuevo, sobre el suelo. "Virgen de los Dolores, ayúdame". El pecho se le rompió en sollozos. Otra vez sonaban los latigazos. "Miserables, miserables, debían matarlo más bien". Y Mamá Rosa recordó entonces que allí, debajo de la cama, estaba el otro fusil de Pedrillo. Sí. La Virgen de los Dolores la había oído. El primer disparo hizo un impacto imperfecto y levantó un trozo de corteza del árbol. Pero el segundo penetró en la carne martirizada y sangrante de la espalda, ahuyentando para siempre el dolor y la vida. Mamá Rosa se desplomó sobre el piso con el fusil entre las manos. Ahí quedaba con la cabeza sobre la tierra. Una cabeza como para un cuadro, con su mata de pelo negro, partida en dos. EL REGALO

"¿Por qué corres tanto?", le gritaron cuando pasó frente a la venta de la señora Petra, en la primera vuelta del camino. "Voy para el pueblo a vera papá", respondió sofocado. Llevaba los cabellos al aire, y los pies descalzos. El sudor le humedecía la frente y la camisa y todo el cuerpo. "Si corres tanto no llegarás pronto pues te cansarás y tendrás que echarte por ahí. Vete despacio y llegarás antes de lo que supones". "No", respondió, "hoy es domingo, el día de ver a papá. Los demás días no dejan ver a los presos". "Corre, corre entonces", le gritó la señora Petra, a la puerta de la venta, mientras las ágiles piernas del niño Diomedes iniciaban, otra vez, la febril carrera. Pero el camino es largo. Polvo y piedras bajo los pies. Sol picante sobre la cabeza. Calor. Y, después de media hora de camino, un poco de cansancio. El pequeño canasto con los regalos de mamá - unos bollos blancos, un trozo de cerdo - no pesa, es cierto, pero embaraza un poco la marcha. El niño Diomedes hubiera preferido no traerlo. Pero entonces, ¿qué le habría dicho a papá? Sí. Mamá estaba enferma. No podía ir hasta el pueblo para visitarlo en la cárcel. Algo, en el estómago, algo como u puñalada, la tenía tirada en el suelo, sobre la estera. Levantándose trabajosamente, pálida, con el pelo revuelto, con las manos temblorosas, había prensado el maíz contra la piedra, había adelgazado la masa, la había humedecido y luego esas mismas manos amarillentas y enflaquecidas la enrollaron en pequeños y simétricos trozos que ella puso al fuego para que se transformaran en auténticos bollos. "Mañana llevas esto a Rogelio". Sí. No podía abandonar el canasto. Seis bollos y un pedazo de cerdo, no pesan nada. Adelante, pues, adelante. El camino, además de largo, es estrecho. "De herradura" lo llaman. Y hay, en efecto, huellas de herradura que quedan impresas en el polvo blando y caliente. Huellas de muías, con su carga de panela, huellas de caballo, con su carga humana, huellas de asno, con su carga de miel. El niño Diomedes va desflorando con sus pies el dibujo en relieve, de las herraduras. En su reemplazo queda la huella propia, la de su paso, la de sus cinco, la de sus diez dedos y, un poco fugaz, la de sus plantas. Corriendo como va, no es mucho lo que queda, pero algo queda. Sus pies han perdido la curva. Están casi planos. Desde siempre tomaron contacto directo con la tierra, con el polvo, con las piedras, con los espinos, con las zarzas. Debieron ser suaves como una mejilla, alguna vez. Diomedes no lo recuerda. Siempre se ha visto así, sin alpargatas, y siempre ha sentido bajo sus plantas de niño la caricia áspera o la caricia blanda. A veces duelen los pies, como ahora al aumentar el calor. Se cuartea la dura piel del calcañal, y se abren pequeñas grietas en las junturas de los dedos, y por ellas brota, con el hilo del dolor, un poquito de sangre. Caminar así es como ascender todos los días a un Calvario. Pero, a pesar de todo, los pies de Diomedes que son pies de once años de edad, parecen ya de bronce, como si con ellos hubiera caminado por sobre la tierra durante once siglos: dura planta, curada, probada contra la corteza de la tierra. Planta caminera y resistente contra la cual se embota la fiereza de la zarzamora y casi se hace inútil la asechanza sutil de la espina. Diomedes va corriendo. "¿A dónde vas tan aprisa?", le pregunta, al pasar, montado en su bello zaino el mayordomo de "Las Tres Colinas", don Urías Gutiérrez. "Voy al pueblo, a ver a papá", responde deteniéndose Diomedes. “¿Qué llevas ahí?". "Un encargo de mamá". Don Urías mira al niño Diomedes, quiere decirle algo, pero se arrepiente, aprieta con los talones el vientre de su cabalgadura y sigue al trote. Diomedes ve alejarse el caballo y el caballero como en los cuentos: entre una nube de polvo. ¡Si tuviera un caballo! Ya estaría en el pueblo, habría amarrado la bestia al palo de la plaza, en el sitio que él conoce tan bien, y estaría esperando que el guardia lo dejara pasar al patio de la cárcel... "Papá, aquí están los bollos. Mamá está un poco enferma. No pudo venir...". No. Hay que seguir corriendo, corriendo. Diomedes piensa

que es mejor descansar un poco. No. Tampoco. Seguir a buen paso. La señora Petra tenía razón: ya está fatigado. Siente sed. El calor crece. Está bañado en sudor. Le arden los pies. En la próxima venta, la del señor Ramírez, seguramente le regalarán una totuma de agua, acaso un poco de guarapo. ¿Por qué no? Así ocurren, a veces, las cosas. A buen paso sigue, pues, Diomedes. Es su paso de niño, un pasitrote. Menudo, ágil, veloz, como el de su padre, como el de su madre, como el de todos los campesinos que van para el pueblo, que vuelven del pueblo, que van a misa, que vuelven del mercado. Como el de las mamas que cargan a la espalda los chicuelos recién nacidos, como el de los papas que cargan a la espalda el bulto de naranjas recién cogidas. Diomedes conoce bien este camino. Es el camino de su vida. Arbolas, piedras, recodos, ventas, sembrados, el manantial del kilómetro 29, la Cruz del Diablo en la colina de "Las Acacias", la fritanga en la tienda de Ramírez, el olor de la caña molida en el trapiche de los señores González, y la sombra al lado derecho, en la mañana, y al lado izquierdo, en la tarde. Sabe dónde se pueden cortar ramas para prender fuego en la cocina del rancho, dónde se puede coger una fruta, sin peligro, dónde se puede mirar, también sin peligro, el trabajo de las abejas y la paciente tarea de las hormigas. Diomedes sigue caminando, caminando. Ya no corre, pero sigue ligero, veloz punteando con los pies una secreta urgencia que él mismo no comprende. El pequeño canasto colgado al brazo le golpea por instantes la cadera. El sol lo sofoca. Con la mano que lleva libre se limpia el sudor de la cara. ¿Cuánto falta para llegar al pueblo? Diomedes mira el sitio por donde pasó y calcula la distancia por recorrer. Ya está próxima la venta del señor Ramírez. Una vuelta más y "¿niña Carmen, me da un poco de agua?". "¿Para dónde vas Diomedes?". Diomedes no responde. Coloca el canasto en el suelo cerca de un trozo de árbol que sirve de banco a la entrada de la tienda. Hay adentro varios campesinos que conversan, que comen, que beben. El se sienta en el trozo de árbol. ¿Le traerá agua la niña Carmen? Mejor ir por el agua. Entra. Huele a alpargatas, a sudor de campesinos, a queso agrio, a cerdo frito y, dominándolo todo, a guarapo. Ese olor supremo le acrecienta la sed. "¿Niña Carmen, me da un poco de agua?". Ella está del otro lado del mostrador y sin decirle palabra, hunde una taza en la gran olla de guarapo y con la mano húmeda se la pasa. "Así son las cosas", piensa Diomedes mientras bebe a grandes sorbos. Una frescura, una alegría, un bienestar delicioso le desciende por su garganta hasta el alma. "Gracias, niña Carmen". Sale. Toma el canasto y, "¿para dónde vas Diomedes?", le grita desde adentro la niña Carmen. "Para el pueblo", y echa a andar otra vez. Árboles, polvo, piedras, calor. El camino de su vida. Bien lo conoce Diomedes. Podría recorrerlo con los ojos cerrados. Y llegar, como llega ahora, a las primeras casas del pueblo. Por Dios, que ha ido muy lentamente en esta última etapa. Y Diomedes ya va corriendo, calle abajo-camino de la plaza. El canasto le golpea la cadera, pero él no se da cuenta. "Oiga, oiga", le dice un campesino tratando de detenerlo. Pero él sigue veloz. "Cuidado, cuidado", le grita una mujer, tratando de agarrarlo por el brazo. Pero él se desprende con violencia. "Voy a la cárcel a ver a papá", responde orgulloso. El canasto oscila sobre su brazo al impulso de la carrera. Diomedes se siente feliz. Ha olvidado todo, todo, para recordar únicamente a papá que está en la cárcel. Por eso corre, vuela como un endemoniado, para llevar el regalo de los seis bollos blancos y del trozo de cerdo. Nadie podría detenerlo. ¿Nadie? El brazo del guardia ha caído como una viga sobre su espalda. Diomedes trata de escapar a la dura presión que lo ha parado en seco. El corazón le salta en el pecho como un caballo desbocado. "Nadie puede entrar a la plaza", oye que le grita el guardia, mientras lo zarandea con una mano y con la otra sostiene el fusil. Pero en la plaza, al otro extremo, está la cárcel, y en la cárcel está papá. Con el grito del guardia las gentes se han arremolinado en torno de Diomedes. Hay un

principio de tumulto. El niño mira a la plaza. Se halla sola. En sus cuatro ángulos ve guardias apostados. Diomedes no entiende por qué no podría pasar él para entregarle a papá el regalo que lleva en el canasto. El guardia discute con las gentes. Las amenaza. Las gentes murmuran y el guardia se impacienta. Y se olvida, por un momento de Diomedes. Este se desliza, se escurre, y a carrera tendida entra a la plaza. En una fracción de segundo un silencio mortal se apodera de la atmósfera. Sobre el polvo de la plaza desierta, los pies del muchacho van dejando una efímera huella. "Aprisa, aprisa", se dice para sí el pequeño Diomedes. "Papá debe estar esperándome". Y sus piernas vuelan. "Aprisa, aprisa... Ya voy a llegar. El guardia no me hará nada. Y me dejaran entrar... apri...". El niño Diomedes se desploma, se desgaja, como una fruta. Y la detonación del fusil repercute maravillosamente en el silencio que llena la plaza. El canasto ha rodado un poco y ha dejado sobre el polvo seis miserables bollos de maíz, un trozo de cerdo y un proyecto de hombre. PRELUDIO Primero fue un grito. Después miles de gritos. Después un tumulto. Después la revolución. A mí me entregaron un machete, grande y nuevecito. Brillaba la hoja contra la pálida luz, al voltearla. - Oiga, usted, joven, aquí tiene el arma. - Gracias. Pesaba el machete. En la empuñadura de madera podían descansar con amplitud mis cinco dedos, colocados allí en la forma que ustedes saben: la forma del puño cerrado, pero con el trozo de madera entre la mano. - ¿Y qué hago con el machete? El grupo se alejaba. Y el hombre que me lo había dado ya iba calle arriba, a la cabeza de sus amigos. - Señor, ¿qué hago con el machete?, pregunté desesperado. Ni él ni los demás me oyeron. Todos gritaban, energúmenos, violentos. Mi grito se perdió así en el aire. La gente llevaba superpuesto sobre su rostro, el rostro de la revolución: ira y miedo, rojo y blanco. A mí me había cogido la revolución en plena calle, cuando estaba parado frente a la vitrina de una bizcochería, en la Gran Avenida. Un minuto antes yo me hallaba con las manos desnudas, en la actitud del desamparado, del que no tiene empleo, del que tiene un poco de hambre, imaginando la posibilidad de que algún día yo pudiera entrar a esa tienda y comerme, minuciosamente, uno después de otro, todos los bizcochos de la vitrina. Un minuto después la revolución me hacía el obsequio de un machete. ¿Para qué? Yo no sabía para qué. Debía ser en el sur donde la revolución había brotado como una gigantesca flor de llamas, pues en esa dirección y a pesar de la distancia, un resplandor rojizo alcanzaba a penetrar el plomo del cielo, dorándolo a trechos, como un cobre. Lejanas, imprecisas detonaciones de fusil, llegaban en el aire. Con el machete entre las manos me puse a pensar en la revolución. ¿Contra quién era la revolución? ¿En favor de quién? - Dígame, señor, ¿qué ha ocurrido? El viejecito me miró a las manos, y empalidecido, inició una cómica carrera. Pero seguían desfilando gentes y gentes. La calle era un río de agua que arrastraba, a su vez, un río humano. - Señorita, le dije tomándola por el brazo, ¿quiere usted decirme qué ha pasado? Se desprendió de mí en un gesto nervioso y me respondió con la voz temblorosa: - No sé, no sé, no me detenga, por favor. Yo voy para mi casa. - ¿Pero qué ha pasado?

La muchacha ya se había ido. El machete era, pues, un inconveniente. Con él en las manos yo debía parecer un revolucionario de verdad. Pero yo no era un revoluciona-no. Yo era un pobre diablo que andaba por ahí sin rumbo fijo, con diez centavos entre el bolsillo, y que se había parado frente a una vitrina. En el cristal busqué mi propia imagen: el machete caía paralelo al raído pantalón, del lado derecho. No resultaba del todo mal el conjunto. El machete me daba cierta prestancia. Pero ¿qué iba a hacer con el machete? La revolución no se equivoca, pensé. Pues si están repartiendo machetes algo habrá que cortar, algo habrá que defender, y a alguien habrá que matar. Solté una carcajada y di media vuelta. Una lluvia inmisericorde empezaba a caer. Pasó otro grupo de energúmenos y varios de ellos me miraron, primero, con hostilidad, con odio, pero al descubrir que de mi mano derecha pendía el arma, sonrieron siniestramente. Y uno, encarándose conmigo, rugió: - ¡Viva la revolución! Yo respondí automáticamente: - ¡Qué viva! y, sin saber cómo, me encontré blandiendo el arma poseído de insólita ira. Pero siguieron. El aguacero arreciaba su ímpetu, y bajo el aguacero, las gentes seguían corriendo o gritando, enloquecidas, atemorizadas, iracundas unas, desafiantes otras, muchas huidizas, todas marcadas ya con el extraño sello de esa cosa grande y terrible que había nacido, súbitamente, en algún lugar de la ciudad. Yo me guarecí en la puerta de la tienda y sólo entonces me di cuenta de que estaba cerrada. La hora no dejaba dudas: las dos y ocho minutos de la tarde. Pronto llegarían los dueños. ¿Pero llegarían? ¡Quién sabe! Salí del dintel. El agua me empapaba el vestido, chorreaba por el ala del sombrero, y sentía que su humedad llegaba, a través de las suelas de los zapatos, a las medias rotas ya los pies. Un camión, lleno de hombres, que portaban una bandera, pasó a grandes velocidades. Y el abanico de lodo que levantaron las ruedas me dio en pleno rostro. Por un instante quedé ciego. Tiré el machete al suelo mientras me limpiaba la cara y el vestido. - ¡Recoja el machete, miserable!, ordenó a mi espalda una voz autoritaria. - Recójalo o si no yo le enseño a obedecer, insistió la voz. Lo recogí y me volví para ver quién me amenazaba. El rostro no decía gran cosa: cenizo, mofletudo, los ojos con los párpados enrojecidos, los labios abultados. Un hombre como tantos. Como tantos que pasaban y pasaban V corrían y amenazaban y gritaban. Un producto de la serie, creada instantáneamente por la revolución. Se quedó mirándome. En la mano él también tenía un machete. El agua le caía sobre los hombros, le mojaba, como a mí, toda la ropa. - ¡Viva la revolución!, gritó con el machete en alto. Yo respondí: - ¡Viva! Sin decirme nada, tornó a gritar: - ¡Abajo los asesinos! Yo respondí: - ¡Abajo! El hombre quedó satisfecho. Me echó una última mirada en la cual se transparentaba el deseo de adivinar mis intenciones. Luego se echó a andar sobre el lodo que se desleía en la acera. Regresé a la vitrina. Detrás de los grandes vidrios estaban, intactos, los bizcochos. Y otra vez me asaltó la idea de que alguna vez tendría que saciarme hasta el hartazgo. "Es hambre", me dije. "Claro que es hambre", me respondí. Levanté entonces el machete para romper el vidrio. Un intenso griterío llenó el ámbito y vi cómo las gentes corrían en busca de refugio. Bajé la mano sin golpear el vidrio y apenas tuve tiempo de

arrojarme al suelo, de pegarme al lodo y al agua, mientras pasaba, como una exhalación, otro camión, desde el cual graneaban los disparos. Cuando me incorporé, con el machete goteando agua, alguien había ocupado mi puesto frente a la vitrina. Era otro hombre cualquiera de la misma serie que estaba emitiendo para la calle, desde hacía una hora, la revolución. No llevaba consigo ninguna arma. Un rostro gris, inexpresivo. Un vestido insignificante. Una mueca común sobre los labios. Un sombrero destilando agua. Unos zapatos enlodados. Quedamos el uno cerca del otro, de espaldas a la calle, mirando el interior de la vitrina. - Podemos romperla, propuso con absoluta frialdad. Présteme el machete. Me sentí iracundo. ¿Por qué diablos debía compartir con ese hombre una acción que a mi solo me correspondía? - La revolución no es para robar, le dije saboreando interiormente el placer de la hipocresía. - Si usted no rompe el vidrio, yo sí lo rompo, dijo sombríamente. Nuevos disparos en la lejanía. El desconocido y yo seguimos el uno al lado del otro, pero como enemigos. La lluvia no cesaba. El distante resplandor de los incendios hacía clarear, por instantes, la hosquedad del cielo. Una sorda indignación me ganaba el ánimo. El hombre me parecía odioso, repugnante como un usurpador. Al fin y al cabo, la revolución me había encontrado allí y allí me había dejado Esa vitrina era mi territorio. Cuanto hubiera adentro a mí me pertenecía. El hombre seguía mirándome en silencio, con ojos burlones. - ¿Y con qué va a romperlo?, le dije en tono desafiante. - Con las manos. - Si usted toca ese vidrio lo mato, dije llevado de un impulso extraño, de una fuerza secreta que parecía estar en mi interior, pero que yo comprendía que estaba también en la calle, en la atmósfera. Y levanté la mano con el machete en señal de amenaza. El desconocido no se inmutó. Vi cómo cerraba el puño y lo descargaba sobre el vidrio que saltó en pedazos, y cómo abría luego la mano ensangrentada para apoderarse de los bizcochos. Pero la mano se detuvo a medio camino y el cuerpo tambaleó hacia un lado antes de desplomarse sobre la acera, con un ruido de chapoteo. En la nuca había caído el tajo certero, y a mí me pareció que al descargarlo, una cosa dura y sonora se rompía bajo mis manos, exactamente como ocurre al partir un delgado trozo de leña contra la rodilla. El lodo y el agua se tiñeron fugitivamente de sangre. La vitrina estaba, por fin, abierta. Pero una sensación de náusea me había quitado el hambre y con el hambre el deseo de saciarme, hasta el hartazgo. LIBERTAD INCONDICIONAL El juez leyó el veredicto. Los cinco jurados permanecimos de pie y el acusado también, pero entre dos guardias. No había público, a excepción del que formaban algunos parientes del "asesino" y de la víctima. En total, unas veinte personas. El veredicto era absolutorio: "no es responsable", "no es responsable" y "no es responsable", estaba escrito con mi letra, en el papel que el juez tenía entre las manos, como respuesta a las tres preguntas del cuestionario. Yo miré al acusado. Inalterable. Inconmovible. Con las manos, le daba vuelta al sombrero. Tenía ligeramente inclinada la cabeza sobre el pecho. Hubo un momento de amable desorden mientras el juez, los abogados, el fiscal y los jurados, nos despedíamos. Al pasar cerca del ex-acusado, volví a mirarlo. "Venancio Ramírez. Ojalá no se me olvide este nombre", pensé. Y salí a la calle.

La noche bogotana estaba yerta y una ligera humedad se palpaba en el ambiente. Del cielo plomizo bajaba, como cernida, una garúa interminable. Calculé las dos de la madrugada. Miré en mi reloj de pulsera, las dos y diez minutos. "Pero adelanta. Mañana iré al relojero". Sonreí ante esa promesa siempre incumplida. De lejos me llegó el quejido metálico de un tranvía al frenar sobre los rieles. "El tranvía de las 2", afirmé, para mí, categórico. Seguí andando. En la Plaza de Bolívar el viento peinaba, como a una cabeza de mujer, las sucias aguas de los estanques. "Ondulado permanente". Rectifiqué: "ondulado provisional". Los invisibles dardos del frío estaban en la atmósfera, en el aire. Pero yo me sentía extrañamente satisfecho. Extrañamente feliz. Venancio Ramírez había sido absuelto. Pronto estaría en la calle, se iría para su pueblo, regresaría a su trabajo de miserable campesino. Yo había dado la batalla. Los cuatro jurados restantes se mostraban indecisos y perplejos. Yo logré convencerlos. Bien estudiadas las cosas, lo que yo sentía era la paz de la conciencia. De la razón y de la conciencia. "Excelente batalla". Pero, ¿por qué vacilaban ellos? ¿No quedó demostrada,' técnicamente, la imposibilidad de que el grito de la mujer de Venancio Ramírez, lanzado desde el fondo de la cañada, pudiera oírse en la colina donde se encontraban la casa y el declarante que dijo haberlo oído? ¿No fuimos allá mismo los jurados para hacer la prueba y yo no representé, acaso, el papel de la víctima, y en el sitio donde aparecieron las manchas de sangre sobre la piedra, a la orilla del riachuelo no grité con todas mis fuerzas "me mata. Venancio me mata" y ninguno de los que se hallaban en la eminencia pudo oírme? ¿No quedó comprobado que Ramírez regresaba de la población, camino de su casa a la hora más probable del crimen y que en ese camino fue visto y oído por varios testigos? ¿Y que en la tarde de ese mismo día penetró, rumbo a su parcela, a las dos ventas que sirven de hitos en el trayecto? Además, Venancio no iba solo. Iba acompañado de un hermano de su mujer. Y los dos llegaron a la casa y no encontraron a María del Carmen y se pusieron a dar voces, precisamente desde la colina. Y nadie les respondió. Y descendieron, con el alma en un hilo, al fondo del vallecito por entre las espigas de maíz y las zarzas de los matorrales. "Debe estar lavando los trapos", dice el expediente que dijo Venancio. Y el cuñado lo corrobora. Entonces, ¿qué? Pero María del Carmen no apareció inclinada sobre la piedra, a la orilla del agua, golpeando la ropa. En la piedra descubrieron frescas manchas de sangre, y tras del rastro, unos metros más allá, boca arriba, fijos los ojos en el cielo, el cadáver de María del Carmen. El cuchillo debió penetrar muy hondo en la garganta, a la altura de la clavícula izquierda para dar paso a la muerte y a una súbita cascada de sangre que ya no manaba y empezaba a secarse bajo el sol. ¿Venancio y su cuñado no regresaron al pueblo para dar aviso a la autoridad? Entonces, ¿qué? Las sospechas sobre Venancio provenían del padre y de una de las dos hermanas de María del Carmen. Pero se referían a una tradición de la conducta de Venancio, con relación a su mujer, no al acto mismo del crimen. ¿Y qué importaba la tradición? Venancio maltrataba a su mujer y la hacía trabajar como a una bestia. Eso declaraban ellos, para quienes resultaba seguro, "por lo menos ante Dios", decían, que el asesino no podía ser sino Venancio. Pero la otra hermana, la menor de las tres - María del Carmen era la mayor - afirmaba no haber sabido nada de las querellas entre su cuñado y su hermana. Y aun había llegado a declarar que Venancio era un hombre bueno. ¿Quién pudo, pues, matar a María del Carmen? Esta fue la pregunta que yo hice, una y otra vez, a mis compañeros de jurado. No lo sabíamos. Todos estábamos de acuerdo en ese punto. Pero alguien mató a María del Carmen. ¿Quién? La tradición de golpear a la mujer, inclusive de odiarla aun en el momento de poseerla, y de hacerla trabajar como se hace trabajar a una muía o a un buey, no demostraba nada contra Venancio porque Venancio no había inventado esa

tradición. Esa tradición estaba ahí, envolviendo su vida, desde mucho antes de que él cayera sobre la tierra, desprendido de la matriz de su madre. Como una muía o un buey debieron ser tratadas la madre y la abuela, y la madre de la abuela, y la abuela de la abuela de Venancio. ¿Entonces qué? Podíamos garantizar que existía un criminal: el asesino de María del Carmen. Pero no podíamos garantizar que ese asesino fuera Venancio. ¿Podíamos garantizar que Venancio era un mal hombre, sólo porque golpeara a su mujer? ¿Podíamos, por ello mismo, suponer que no la amara? El mismo Venancio, ¿qué sabía de todo esto? Cuando el juez le dijo que existían testimonios de los malos tratos que él daba a María del Carmen y le preguntó, en seguida, con el ánimo de aniquilarlo, si había querido o no a su mujer, Ramírez respondió: "yo le pegaba a veces, pero yo sí la quería". El fiscal, por otra parte, no tenía más base para su argumentación acusadora que la historia del grito, referida por el declarante, un labriego, que pasaba por las cercanías de la casa. ¿Y qué era ese grito en el caso de que hubiera podido oírse? "Me mata, Venancio me mata". Una estupidez. Porque bastaba alterar el sitio de la coma, para que de acusación se convirtiera en llamamiento de auxilio. No sé por qué tomé con tanto entusiasmo la defensa del acusado ante mis compañeros en el juicio de conciencia. Llevábamos cuatro horas de sesión, con leves interrupciones. Y cuando la defensa terminó, por última vez, de hablar, y pudimos incorporarnos un momento de las sillas en que nos hallábamos sentados, me propuse ahuyentar la fatiga y el sueño que trataban de ganarme arteramente, promoviendo, a fondo, una revisión completa de los hechos. Los jurados no se opusieron. Se les notaba el tedio y hubieran deseado terminar cuanto antes adoptando la solución intermedia propuesta por uno de ellos: "culpable, pero sin premeditación". Nadie, fuera del acusado, podía considerarse como enemigo o malqueriente de María del Carmen. Nadie aparecía con ese carácter en el expediente. Era una mujer sin enemigos, laboriosa y tranquila. Yo me enardecí un poco. ¿De manera que íbamos a condenar a un hombre sin poder demostrar su culpabilidad? ¿En dónde estaba la prueba? ¿La vida conyugal de cuántos campesinos colombianos difería de la que llevaron Ramírez y su mujer? ¡Si hubiera tan sólo un indicio de confesión o una sospecha bien fundada! Pero Ramírez no se había contradicho jamás en la negativa absoluta de la culpabilidad que se le atribuía ni tampoco en la relación de las circunstancias que escalonaron su jornada el día del crimen. Campesino y todo, la lógica de su relato resplandecía como una obra maestra de sencillez y de veracidad. Ni un escape, ni una falla en la demostración de esos hechos. Se le vio donde él dijo y a las horas que él dijo y durante el tiempo que él dijo. No pudo ser rectificado. En sus manos, en su vestido, ni una gota de sangre. Llegó a la casa con el cuñado. Llamaron a María del Carmen a gritos, la buscaron, etc. Los jurados bostezaban de cansancio y de sueño. Y aceptaron mis tesis. Yo escribí, por tres veces, la frase consabida: "no es responsable". Una victoria de la Conciencia y de la Razón... La llovizna seguía cayendo, con injusta tenacidad, desde un sórdido cielo de plomo. Pero yo me sentía extrañamente satisfecho, extrañamente feliz. *** Y poco a poco me fui olvidando de Venancio Ramírez. A veces pensaba en él y me acosaban los deseos de ir a donde el juez para preguntarle si el veredicto del jurado había tenido plena confirmación, como yo lo deseaba. Pero la imagen de ese hombrecillo sin corbata, sentado entre dos fusiles y dos guardias, modesto, simple, color de tierra, inmóvil, inalterable en su banco, se me fue borrando de la memoria. Al cabo de unos cuantos meses ya no me acordaba de él, sino del acto de liberación cumplido

por mí, ante el jurado. "Ramírez debe ser ahora un hombre libre". Eso es. La Libertad tenía algo que agradecerme por haber trabajado eficazmente en su servicio. De no explicar como expliqué los hechos, el jurado hubiera tomado otra decisión y la Libertad, acaso, perdido un inocente para que la Autoridad ganara un criminal. No fui nunca a visitar al juez. Y el perfil humano de Ramírez y el recuerdo de esa helada noche, con su triste garúa, su lamento metálico y el gentil capricho del viento sobre el agua de los grandes estanques, se disolvieron, se perdieron en el abismo de la conciencia. Por eso mismo, cuando mucho más lejos de todo esto en el tiempo, me fue anunciada la visita de un hombre que decía llamarse Venancio Ramírez, tuve que hacer un esfuerzo de buzo para extraer del fondo submarino de mis olvidos, y devolverla a la tierra firme del recuerdo, la estampa del hombrecillo de marras. Entró sin mucha timidez. Había engordado y envejecido un poco. "Es la oportunidad de la gratitud", pensé. Y lo miré a los ojos. "Color de tabaco". Sí. "Y la piel terrosa". Lo hice sentar frente a mí. "Como en el banquillo". Imaginé los dos guardias y los dos fusiles. No. "Ahora Ramírez es un hombre libre". En verdad, no me había equivocado. Era la visita de la gratitud. El se enteró, por otro de los jurados, de mi alegato ante ellos. A mí, a nadie más que a mí, decía, debía la libertad. Gracias a mí, podía trabajar como un hombre honrado, allá mismo en su parcela. "¿Solo?", pregunté. "No señor, con mi esposa". Lancé una exclamación de sorpresa, y Ramírez, muy azorado aclaró: "Volví a casarme". "¿Con quién?". "Con la hermana menor de la difunta". Solté una carcajada para disimular el malestar interior que sentía nacer como si alguien estuviera amenazándome. "Está bien", dije, saboreando con plenitud la idiotez de mi propio concepto: "está bien, porque eso demuestra una vez más su inocencia". Ramírez se quedó mudo y se puso a mirar con obstinación al suelo. Mi propio malestar creció como una marea en esos segundos de silencio. "Voy a despedirle, es fastidioso todo esto", pensé. El hombre levantó la cabeza y sin vacilar, cándidamente, me dijo: "No señor, porque yo no soy inocente. Yo la maté. He venido para decírselo a usted que es mi salvador. No tengo otra manera de agradecerle cuanto hizo por mí. La maté no sé por qué, señor. Tal vez porque yo quería vivir con la otra, con Sabina...". EL ÚLTIMO DIÁLOGO Lo habían dejado solo unos instantes, en la creencia de que dormía profundamente. Pero no dormía. La fiebre, muy alta, lo hacía navegar en una atmósfera de suave y deliciosa fatiga, como si estuviera reposando en el lecho después de una agitada tarde de ejercicios deportivos. Le parecía hallarse un poco embriagado, con una embriaguez deliciosa, semejante a la que le produjera el gran vaso de vino tomado a hurtadillas de la vigilancia materna, la noche en que se celebraba el cumpleaños de su hermana menor. Sí. Recordaba el colegio, los compañeros de juego, los camaradas de la clase, la cara del profesor de inglés. Pero no sólo recordaba, sino que veía todo con nitidez. No era cierto que la fiebre alterara las imágenes, como le habían dicho que ocurría. Ciertamente, esas figuras se desvanecían, se perdían de pronto en una especie de humo, de agua, de burbujas, de olas multicolores. Entonces comprendía que se iba a quedar dormido, profundamente dormido, y se entregaba sin angustia, más bien con cierto placer, a esa fuerza extraña, silenciosa y superior, que lo iba balanceando, acunando, dulce, suavemente... El lecho parecía un gran barco de papel agitado por el viento y el agua, con un ritmo igual y sonoro que repercutía en las sienes… Sí, ahora mismo, empezaba a borrarse, a desvanecerse entre leves cortinas de humo y de agua, la forma del gran patio de recreo y comenzaban a perderse, a silenciarse, a no oírse más las voces de los compañeros que lo estaban llamando un minuto antes, que seguían llamándolo desde

lejos, desde muy lejos, ya quienes él se esforzaba inútilmente por responder. "Aquí r estoy", "aquí estoy", trataba de gritarles, pero no podía, no podía porque ya todo estaba oscuro, gris, como de plomo. Olas y olas de agua, luego nubes, luego burbujas de colores, luego una catástrofe: grandes colinas que se deshacían, que se derrumbaban, que quedaban reducidas a un montoncito de tierra roja, donde saltaba, horrible, un pequeño lagarto verde, el mismo lagarto verde que había visto entre las yerbas, una cálida tarde de verano, ¿dónde, dónde? Ahora todo tornaba a oscurecerse, a r cerrarse, a convertirse en algo definitivamente negro; no, no definitivamente negro porque ya cambiaba también, y le parecía que era de un color metálico, como el color de las pesadas tijeras que le daba mamá para cortar las figuras de cartón... Un corte aquí, otro allá, despacio, despacio, para no estropear el dibujo ni hacer saltar pequeñas partículas de color. Ya va saliendo la imagen. Poco a poco, otro esfuerzo de la mano, un poco más, para redondear la silueta de la cara. Cuidado con la nariz, cuidado con el cabello, con las manos y el cuerpo y los pies. Duele, duele la mano, allí donde cae la curva de las tijeras sobre el nacimiento del dedo. Pero ya está. Sí, ya está. Es la imagen de una bella muchacha: cabeza de oro, falda azul que cae en largos pliegues sobre los zapatos, ojos ¿de qué color son los ojos?, ¿verdes, grises, pardos? - y las manos son blancas y finas. Está sonriendo, sí, sonríe y camina y se acerca y habla. ¿Quién es usted?, dice Pablo. Qué voz más extraña la suya; no suena, no se oye, pero la muchacha ha comprendido. Y sigue sonriendo. - He oído lo que preguntas. Quieres saber quién soy. Me has visto tañías veces, y, sin embargo, no te acuerdas. Yo soy tu amiga, tu compañera de estudios, la camarada de tus juegos. Fíjate bien, entreabre un poco los ojos. Pero no, no podrías. Sigue así, con los ojos cerrados, y acaso, veas mejor. Soy Carmen o Leonor o Consuelo. Me parezco a todas. Y también a tu madre. Si pudieras despertar dentro de un momento, si consiguieras despertar mañana, tal vez a ella le dirías que la has visto en sueños, pero que al mismo tiempo era ella y no era ella. - Sí. Te pareces a mamá. Pero tu pelo es de otro color, es el color del pelo de Carmen, mi compañera de banco en el Liceo. Pero tienes los ojos de Laura, y tu cara, por momentos, es la de la profesora del Tercer Curso de -Historia. ¿Cómo entraste a la casa, a mi alcoba? - ¡Qué curioso eres! Deseas como siempre, saberlo todo, conocerlo todo, averiguar la verdad de todo. Y no obstante, he salido de tus propias manos. Poco a poco me ibas formando. A cada golpe de tijera sobre el cartón del cuaderno de figuras iluminadas, salía un trozo de mi cuerpo, un pedazo de mi vestido, un poco de mi cabello. Y así, he podido llegar hasta ti, al lado de tu lecho, aprovechando este único instante, en que tu madre ha salido. ¿La oyes? ¿Puedes oírla? No está muy lejos; está en el fondo de la casa hablando en voz alta con la mujer del servicio. ¿No percibes el ruido del plato golpeado contra la mesa, y la voz de tu madre? Habla de ti. Dice algo que no entiendo bien, sobre tu fiebre de estos días. Yo he estado observándola desde aquella tarde en que llegaste del colegio transido de frío y de fatiga. Cuando te acercaste para besarla advertí el gesto de zozobra en su rostro: tu frente, tus mejillas ardían. Y, sin embargo, temblabas de frío. Te llevó al lecho, te abrigó, te hizo reposar sobre la frescura de los almohadones. Comprendí, entonces, que tal vez podría llegar para mí el instante de hacerme presente en tus sueños, yo, que nunca había tenido sitio en ellos. Siempre estabas soñando con otras cosas, con tus amigos, con tus amigas, con tus juegos, con tus viajes. En mí, es cierto, no podrías pensar. En mí no piensan los hombrecitos como tu. Se necesita que el tiempo pase largamente para que me dediquen un recuerdo. Tú ni siquiera sospechabas la posibilidad de mi existencia. En algunos de tus libros de estudio, se habla un poco de mí. Pero no se habla bien ni con exactitud. Ya ves que no soy así como se dice en los

textos. Mi presencia no te ha sobresaltado, ni mi voz te ha dado miedo, ni mis manos te han horrorizado. No llevo nada en ellas. Están desnudas. Mentira lo que te han dicho de que yo debía llegar siempre, siempre, trayendo en ellas un gran juguete metálico; mentira que debía presentarme envuelta en algo así como la sábana de tu lecho; mentira que el sitio de mis ojos estuviera vacío de luz, mentira que no pudiera hablarte con dulzura para decirte que también deseo estar para siempre contigo. - Sí. No me das miedo, porque te pareces a Carmen, porque te pareces a todas mis compañeras, porque hay algo en ti que me recuerda a mamá. No tengo miedo. Pareces buena. Hablas de muchas cosas que sólo mamá sabe. ¿Pero a dónde me llevarías? Yo he querido ir a muchas partes, regresar a algunos sitios que me encantan. Pero no quiero ir sin mamá, sin papá, sin mis hermanos. Siempre hemos viajado juntos. - No es posible, Pablo. Esta vez será preciso que los dejes. Te irás conmigo. Ellos vendrán más tarde, no temas. La espera no será larga. Unos minutos, unos pocos instantes, nada más. Creerán que han pasado años y años. Pero es una ilusión. Podrás esperarlos tranquilo. Un día volverán a estar cerca de ti. - No quiero ir sin ellos. Me harían falta. No podría vivir sin ellos. Mamá espera todas las tardes mi regreso del colegio, y cuando demoro en la calle, jugando, me recibe angustiada. Si ahora volviera y no me encontrara, si yo me hubiera ido, le daría un gran disgusto. Me llamaría y no podría responderle. Me buscaría por toda la casa y no me encontraría. No sabría a dónde habría ido ni con quién. Además, no podría llevar todas mis cosas, mis cuadernos de tareas, mis libros de estudio, mis cajas de lápices, mis guantes de boxeo... - Nada de eso te hará falta. Serás feliz, Pablo. Mucho más feliz de lo que has sido hasta ahora. ¿No recuerdas que también has sufrido? Muchas noches he seguido tu angustia, cuando en medio de la sombra de tu habitación y acostado como ahora te encuentras, no podías dormir. Querías levantarte, llamar a tu madre. Pero te retenía la vergüenza de no saber explicarle lo que te pasaba. Te revolvías inquieto entre las sábanas. Te parecía que algo iba á llegar en la oscuridad, que algo avanzaba sigilosamente hacia ti. Era mi sombra. Pero yo no debía aún presentarme ante ti, porque no había llegado el instante en que pudiera reclamar tu compañía. Te veía, te oía sollozar y observaba cómo hundías tu cabeza en las almohadas. Hubiera querido consolarte. Pero no podía. Tu vida estaba intacta. Tu corazón, acelerado por la angustia, sostenía el ritmo de tu sangre; tus músculos, en el reposo de la vigilia, conservaban su agilidad y su vigor. Bien sabía yo que podías vivir, incorporarte, saltar del lecho, correr a la alcoba de tus padres y desplomar sobre el pecho de mamá, en largos sollozos, la angustia que te poseía. Eras el dueño de tu vida. Y de regreso del llanto, el sueño descendería tranquilo sobre tu rostro, sobre tu cuerpo, y cerraría tus párpados, hasta la mañana siguiente, en que la vida estaría esperándote para despertarte. Pero ahora no. Tu madre ha salido por un instante y pronto regresará a tu lado. Oigo sus pasos en las habitaciones interiores. Llegará y no podrá verme, no podrá oírme, no podría oírte tampoco. Tu corazón no alcanza a sostener ya el ritmo de tu sangre. Tus músculos se han sosegado. El verdadero sueño ahora sí baja sobre tus ojos. No temas. Todo será como un juego. Un poco más y empezaremos el viaje. No temas. En el minuto exacto, te tomaré de la mano, y me iré contigo. Cuando vengan tus amigos, ya te habrás ido. - No quiero irme todavía. Mis cuadernos están en desorden y no he podido terminar el dibujo encargado por la maestra. En la semana próxima debo jugar con el equipo de mi curso, la última vuelta para el campeonato. El guante de béisbol está roto, y papá dijo que hoy me compraría otro. Si no estoy aquí cuando él llegue, se enfadará. ¿Por qué no esperamos? No quiero irme todavía. Quiero ver a mamá, quiero levantarme, quiero volver a correr, quiero gritar. No, no quiero irme, no quiero irme.

- No llores, Pablo. Tu madre va a llegar, viene hacia aquí. Que no te vea con lágrimas en los ojos. Tú has sido siempre un pequeño hombre valiente. ¿Lo ves? Ya empiezas a serenarte. Tu pecho se aquieta. Tus brazos caen a lo largo de tu cuerpo. ¡Qué honda paz sobre tu rostro! ¿Estás listo? Apresúrate que tu madre ha llegado a la puerta. Dame la mano, levántate. Sonríe. ¿Ves cómo era de fácil? TIEMPO DE VERANO Cuando llegamos a la orilla del río, Roberto me dijo: - Quítese el vestido. Nadaremos en la parte menos honda. Recuerdo - de esto hace veinte años - que el calor era sofocante, y que el aire brillaba, estremecido, a través de los arbustos. Yo estaba empapada en sudor, pues habíamos corrido los últimos cien metros del camino. Roberto era un muchacho terco y dominante, de grandes ojos misteriosos, de fuertes manos, de cabellos oscuros que le caían, en mechones, sobre la frente. Volvió a decirme: - Desvístase. Si nos demoramos, se hará tarde, y papá dijo esta mañana que regresaría temprano del pueblo. Se miró la muñeca, donde faltaba el pequeño reloj de pulsera que había olvidado, dijo una grosería para lamentar ese olvido, y soltó con un gesto nervioso la hebilla del cinturón que le ceñía el cuerpo. Luego empezó a quitarse los pantalones que, a poco, cayeron, hechos un lío, sobre 'a hierba húmeda. El calor aumentaba. Yo quería refrescarme, miraba el agua con deseo de zambullirme, de sentir un poco de frescura en la piel que ardía y estaba como sedienta. Pero, a pesar del afán de Roberto, y de su voz imperiosa, no me atrevía a quitarme el vestido. Me daba un poco de miedo y de vergüenza. - Marta, ¿qué hubo? Volvió a decir, fastidiado. Yo seguía sentado en el suelo, mirándolo desnudarse. Le faltaba tan sólo desanudar los zapatos, que usaba, como yo, sin medias. Era hermoso Roberto. Y desnudo, parecía muy alto. Teníamos, sin embargo, la misma edad: doce años. - Olvidamos los vestidos de baño, dije. - No importa. Mamá no me habría dejado venir, si le hubiera dicho que llegaríamos hasta el río. Pero dése prisa, Marta. No respondí. No sabía qué decirle. Pero una secreta angustia me invadía. - Échese al agua, le dije. Roberto obedeció. Lo vi avanzar unos pocos metros, y luego detenerse un instante al borde de la corriente. Hizo una ágil flexión y oí, con incomparable sensación de frescura, que caía al agua. Seguí oyendo después el rítmico, el acompasado golpe de las manos y de los pies. Empecé a desnudarme. Sentía el aire tibio más cerca de mí. Al quitarme el vestido, miré al sitio donde nadaba Roberto. Venía en dirección a la orilla. - Ya voy, le grité, para que no saliera aún. Y corrí hacia el agua. Recuerdo que un espino, al pasar, me hizo daño y que la sombra de mi cuerpo se proyectaba muy bien sobre la hierba. Caí cerca de Roberto, quien se había parado sobre el lecho de la corriente, para verme avanzar. El agua estaba tibia, pero a su delicioso contacto, el cuerpo probaba un exquisito placer. Roberto empezó, de nuevo, a nadar cerca de mí. - Está deliciosa, ¿no es cierto?, dijo. Le respondí que sí, y seguimos braceando casi paralelamente. El sol, ya oblicuo en el horizonte, alcanzaba a tocarnos en la espalda y en la cabeza, al deslizamos sobre el agua.

Diez minutos, un cuarto de hora pasaron así. No sentía ya temor ni vergüenza. Es cierto que en las pausas del ejercicio, Roberto se quedaba, por instantes, mirándome el pecho. Y a mí me parecía que de pronto iba a tocarme con las manos húmedas. Sin embargo, resistía a sus miradas y, ahora lo comprendo, deseaba que me tocara. Vamos a descansar un instante, dijo, y yo asentí. Salimos del agua. Aquí hay un buen sitio, Marta, dijo Roberto, señalando con la mano un lugar en la sombra. Fuimos allá. Roberto se extendió en el suelo. Había poca hierba, y el piso estaba ligeramente húmedo. Me tendí a su lado. El silencio era completo. No, no era completo. En su seno caliginoso resonaba la invisible orquesta de los insectos y se percibía el paso cauteloso de los lagartos por entre los rastrojos. Además, el río seguía descendiendo y descendiendo, sonoro, por entre las piedras. - Papá dice que es peligroso venir por este lado porque hay culebras, dijo Roberto, sentándose. - Entonces, vámonos ya, le respondí, sentándome también. - ¡Boberías!, dijo Roberto. Aquí no hay culebras. Y me puso la mano en la cara, para obligarme a que me extendiera de nuevo. Tenía ya seca y caliente la mano. Traté de resistir, pero, con más fuerza, insistió. Cedí al impulso y entonces vi sobre mi cara la cara de Roberto. Le caían los mechones del cabello, aún húmedos, sobre la frente y los ojos, sobre sus misteriosos ojos. La dura y caliente mano seguía oprimiéndome la cara. - Suélteme, Roberto, que me hace daño. La presión cesó un instante. Pero la mano empezó a descender, sin prisa, suave, fina, deliciosamente, por el cuello, por el pecho, por el vientre. Sin ningún esfuerzo yo me había quedado inmóvil, quieta, muda; había cerrado los ojos. La mano seguía un viaje maravilloso por el continente de mi piel. Y Roberto no decía nada. Yo oía, con perfecta claridad, el cauteloso deslizarse de los lagartos entre los rastrojos y la orquesta invisible de los insectos. Oía pasar el viento, cálido, ardiente, por encima de mi cabeza... Roberto me dijo cuando regresábamos: - Marta, ¿venimos mañana otra vez? No le respondí. Estaba confusa, avergonzada y satisfecha al mismo tiempo. Pero una vaga congoja me aquietaba. ¿Diría Roberto a alguien que su mano había pasado sobre mi cuerpo desnudo? ¿Y yo confesaría a alguien que el paso de esa mano había despertado en mí una extraña sensación de miedo y de placer? - Marta, dijo Roberto, cogiéndome del brazo, ¿podríamos venir todos los días? Papá sale temprano para el pueblo. Seguí callando. - ¿Podríamos besarnos, Marta? - Sí, tal vez. - ¿Ahora? - Ahora no. - ¿Mañana? - Sí. Mañana. La ruta desembocaba por fin en la carretera. Roberto había arrancado una rama y con ella golpeaba las zarzas y las hierbas que crecían en los bordes. Se divisaba la casa entre los árboles. Debíamos separarnos. Se hacía tarde. El calor disminuía con las primeras sombras. - Bueno, adiós, Marta. - Adiós.

Echó a correr. Vi cómo saltaba por encima de la pequeña puerta pintaba de verde, cómo atravesaba a saltos el gran prado gritando: ¡Mamá, Mamá! Empecé a andar, camino de mi casa. Y súbitamente sentí deseos de llorar. LA PRIMERA BATALLA El gato llegó pequeñito, friolento, a la casa. Venía hambreado y quejumbroso. Evidentemente había sido abandonado por la madre antes de tiempo. Cabía en una mano y miraba con ojos tristes y brillantes el mundo. Pablo oyó las quejas del animal y corrió al jardín. Allí estaba. El niño dio un rodeo para caer por detrás. Pero su maniobra era inútil. El gato se hubiera dejado atrapar de todos modos. Desfallecía de inanición, y desde luego, su deseo era probar algo y calentarse. Pablo lo agarró por el vientre, le pasó la suave mano con exquisita ternura por el lomo donde se sentía, bajo la piel, la dureza del hueso. Estaba dichoso. Tenía, por fin, entre sus manos, esa cosa blanda y tibia, aterciopelada y ronroneante que tanto deseaba poseer. Desde el jardín llamó a papá, a mamá, a gritos, comunicándoles el hallazgo. Luego fue a la cocina. Un alegre fuego doraba las planchas metálicas de la estufa y dejaba escapar su caliente vaho. Pablo pidió a la cocinera un poco de leche en un plato, unas migajas de pan y colocó al animal con gran cuidado en el suelo, bien cerca del calor. Temía que el gato se escapara al sentirse libre de la presión de sus manos. Pero la frágil bestezuela no guardaba ánimos ni fuerzas para escapar. Se desentumeció, estremecida, ante el fuego, y empezó a comer ruidosamente, con perfecta maestría. La diminuta lengua daba dos compases irreprochables al caer durante una porción de segundo sobre el líquido y retirar del plato unas gotas de leche y unas briznas de pan. Pablo miraba y oía extasiado. Le resultaba un espectáculo divino, que le producía intenso goce, este de ver y de oír comer al gato. Porque jamás había tenido un gato y por consiguiente, jamás había visto a derechas, tranquila y sosegadamente, comerá los gatos. Verdad que de prisa, cuando iba por la calle colgado del brazo de papá o mamá, pudo algunas veces mirar un instante en el sucio interior de alguna carbonería, esos gatos grandes, de vida alegre y airada, de vientre redondo, fieros y vanidosos, que devoraban majestuosamente en un inmenso plato, y miraban despreciativos y magníficos a los transeúntes. Pero esa visión pasajera, lo dejó siempre insatisfecho. El pedía siempre a papá y a mamá un gato. Pero papá y mamá se negaban a acceder a ese ruego. - Los gatos, decía mamá, son ingratos. No quieren la casa ni quieren a los amos. Viven en los tejados, en continua pelea. No son fieles ni buenos, como los perros. Papá estaba de acuerdo. Pablo insistía, pero sin éxito. No tenía aún razones para oponer a las de sus padres. Sólo sabía que hubiera sido dichoso, hondamente dichoso, poseyendo un gato, pudiendo acariciarlo, darle un nombre, dormirlo entre su cama, jugar con él, verlo saltar, caminar, sentirlo cómo se deslizaba entre sus piernas, tirarle pedazos de pan... Ahora precisamente, en este instante, mientras crepitaba el fuego de la estufa y sonaba, rítmico, el golpe de la lengua del gato contra la glotis y contra el líquido disperso en el plato, Pablo se sentía el niño más feliz de la tierra. Papá y mamá no podrían decir que había traído el gato, no podrían echar el animal a la calle, no podrían dejarlo morir de hambre. Este gato había caído del cielo, sí, del cielo, pensaba Pablo. Y un animal que cae desde tan alto, como regalo de Dios, no puede ser abandonado. Ha de ser aceptado, respetado, consentido y amado. ¿Pero si sus padres, a pesar de todo, resolvían lo contrario? Mejor aclarar, desde ahora, la difícil situación. Con el animal entre las manos, Pablo va, pues, a donde sus padres y encara valerosamente el problema. Renacen, con más ímpetu que nunca, las antiguas razones. Mamá dice que el gato puede ser regalado a una vecina. Papá habla, siempre

desconfiado, sobre la mala, la pérfida condición de los gatos. Pablo siente una tremenda angustia que le sofoca las palabras. Aprieta contra el pecho a la débil bestia y la acaricia, la acaricia con desesperada ternura. Hay un momento en que ya no puede oponer nada a las palabras de papá y mamá. Comprende que está a punto de ser derrotado, que es muy pequeño, que nada, absolutamente nada podría hacer ni decir para convencer a sus padres. Piensa que es una injusticia, una horrible injusticia, arrebatarle el gato, arrojarlo a la calle para que muera de hambre cuando él podría cuidarlo, enseñarlo a ser juicioso, a hacerse querer de todos. Del fondo de su angustia, Pablo no puede sacar una palabra, pero siente que algo en su interior va subiendo hasta la garganta, hasta los ojos. Quiere disimular; pero no puede. Intenta decir algo y no puede. Estalla en sollozos. Las lágrimas ruedan de las mejillas sobre el lomo calientito del gato. Mamá y papá callan. Están vencidos. - Bueno, si es para tanto, dice papá, quédate con el gato. Mamá vuelve los ojos a donde se halla papá y le agradece, sin palabras, con una mirada, esa declaración de derrota. *** Los días van pasando en el aro invisible del tiempo. Hay días soleados y días grises, días de generosa luz y días oscuros. Noches de frío tenaz, cerradas, de absoluta tiniebla y noches de altos resplandores de plata en el cielo. En el tránsito de esos días y de esas noches, Pablo y el gato han unido estrechamente sus destinos. El tiempo, la sucesión del tiempo es, en verdad, lo mejor para estas vidas que empiezan, para estas amistades que se inician, para estos amores en agraz. Si el tiempo se detuviera, ni el amor, ni la amistad, ni la vida podrían avanzar, progresar, convertirse en algo estable, duradero y bello. Gracias a que el tiempo se desliza callada, imperceptiblemente, el niño y el animal han podido realizar notables progresos en sus relaciones. Desde aquel lejano día, cuando apareció en la casa la bestezuela friolenta y Pablo lloró con desgarradora amargura por ella y por él, ante un destino que parecía y no fue irrevocable, el tiempo ha pasado y repasado su eterna corriente. Pablo ha crecido un poco, y el animal también. El gato lleva una vida feliz. Papá y mamá han terminado por quererlo. En rigor, este gato es una excelente prueba de lo que pueden el amor y la comodidad en el orden de la buena crianza. El animal parecía destinado por la Providencia de los gatos al vagabundaje absoluto, a la miseria sistemática, a la gitanería más completa y arbitraria, al hurto y al asalto. Las manos de un niño, y las lágrimas, cambiaron la ruta de ese destino miserable y libérrimo. El gato se transformó en un auténtico gato de casa, mejor, en un gato con casa, con hogar fijo, al cual se puede regresar y al cual es grato regresar después de todas las peripecias sangrientas, de todas las excursiones tempestuosas por el mundo del amor, de las fechorías y del hambre. Este gato no ha sido ese desolador ejemplo de infidelidad, ingratitud y desprecio que papá y mamá aseguraban a Pablo que sería, dada su condición de gato. El muchacho, es verdad, sufre con t las ausencias del animal, pero las disimula ante sus padres. Y los días en que aquél está más modoso, tranquilo y sosegado que nunca, el niño se envanece y se pasea por toda la casa, seguido de la suave felpa ambulante que le frota las piernas. - Mamá, fíjate cómo es de juicioso. Mamá mira al gato, que sigue fiel a Pablo, o lo ve tendido, enroscado a los pies del niño, roncando sonora y pausadamente, mientras sobre la piel del vientre que se j hincha a intervalos regulares cae una dorada franja de sol, en la que viajan millones de átomos rubios. Cuando Pablo trabaja en sus cuadernos de escolar, el gato empieza su excursión circular, llena de deliciosos estremecimientos, entre los tobillos del niño. Esto distrae a

Pablo de sus abstracciones de colegial, y por momentos, no resiste al deseo de levantar el animal para acariciarlo. Pero el gato insiste hasta el momento en que cansado o satisfecho, se tiende nuevamente entre las lanas del tapete y empieza a soñar... Esta amistad progresa, se hace más honda y firme con la complicidad milagrosa del tiempo. Mientras Pablo va al colegio, el gato se adormece, largas horas, en la cama del niño. Allí lo descubre mamá, hecho un grueso ovillo de piel, el hociquillo pegado contra la cola, imitando ladinamente con su postura a los auténticos gatos de porcelana que duermen para siempre en esa deliciosa actitud. Mamá lo observa en silencio y se queda, por momentos, pensando vagamente en la extraña ley sentimental que preside el amor de los niños para los animales. ¿Son crueles los niños con los animales? ¿Son por el ^ contrario, bondadosos y comprensivos? No sabría decirlo. Pablo adora a este animal, pero a veces lo maltrata inconscientemente, lo persigue, lo intranquiliza, lo enardece. Un día se empeñó en recortarle los bigotes. El animal se defendía con ferocidad, batallaba, acorralado, y la ira del muchacho crecía avasalladora. Por fortuna papá llegó a tiempo y libertó al animal del suplicio. Otro día el gato languideció melancólicamente. Estaba enfermo. Inapetente y triste deambulaba quejándose como un .chiquillo, por todos los corredores. En el jardín se echaba por ahí, como una bestia abandonada de Dios y de los hombres. La angustia, el afán de Pablo, fueron extremos. Creía que el gato iba a morir y lloraba con evidente anticipación e imaginaba ya lo que sería su pequeña vida sin ese compañero. "Estaré solo, mamá. No tendré con quién jugar". "No hijo. Los gatos mueren difícilmente". Y el gato sanó. Otra vez tornó a ser elástico, gracioso, ágil, soñador y vagabundo. Y otra vez Pablo fue dichoso. En la alcoba están solos Pablo y el gato, aquella luminosa tarde de sábado. El sol se extiende sobre la cama del niño y allí reposa de su largo viaje de las alturas a la tierra. Calienta al animal adormecido, hace resplandecer alegremente el tono vivo de la madera, ilumina el cristal de un vaso en que queda un residuo de agua y detiene el regalo de su limpia luz en la cabeza de Pablo, despeinada y oscura. Hay un hondo silencio en la atmósfera, en la casa, en el jardín, en la calle, casi podría decirse que en toda la extensión de la tierra. Este sol, esta paz, este silencio, esta candida escena doméstica de un niño que vigila amorosamente el sueño de un gato, parecen el preludio de un verano tranquilo, de una dicha sin par en un mundo sin crueldad y sin penas. No hay casi viento, apenas una leve brisa se lleva tras de sí las hojas secas y agita sutilmente los pliegues de las cortinas. Pablo sueña con los ojos abiertos, echa a volar la imaginación por cosmos insondables y maravillosos, mientras pasa sus manos sobre el cuerpo del animal que se despereza. En un instante renace el antiguo juego de las caricias suaves y duras, de los golpes, los esguinces, los saltos, la persecución mutua y el mutuo buscarse. Es, en verdad, un prodigio de gracia peligrosa el que mantiene el inestable equilibrio de las relaciones entre el diestro felino y el muchacho. El gato salta a las rodillas de Pablo y éste lo aprisiona allí, con suavidad inicial que va transformándose poco a poco en una intolerable opresión hasta cuando el gato, chillando de rabia logra salir de ese cepo asfixiante. Se aleja mohíno, airado, y entonces Pablo lo llama cariñosamente, lo invita a reanudar el juego, y el animal vuelve otra vez. Las manos del niño acarician con mimosa ternura la cabeza, el cuello, el lomo, la cola del gato, estremecido de placer. Pablo se echa en la cama, con el animal encima. Una de sus manos atrae la cabeza de animal hacia sus mejillas y en ellas siente, dichoso, la tácita caricia de la piel, lisa y caliente. "Es como la lana", piensa Pablo mientras va estrechando más y más al animal contra su rostro. El calor y la suavidad de la bestia incitan al niño a presionar con más fuerza el cuello del gato. Este se inquieta y trata de libertarse. Pero Pablo insiste, tenaz y entusiasmado. El animal se enfurece. Pablo lo coge con ambas manos y trata de

dominarlo, pero la posición en que se encuentra no es la más propicia para ello. Ya está rota la amistad entre los dos. Ya son enemigos. Ya son adversarios. El hombrecillo que duerme agazapado en el alma, en el cuerpo de Pablo, empieza a hacer sus primeras armas contra la pobre bestia que se debate furiosamente. Quiere dominarla, esclavizarla, someterla a su placer, torturarla sin objeto. La feral batalla se halla en pleno desarrollo, frente a este cielo impasible, a esta paz intachable de la naturaleza. En un minuto de descuido, sobre la mejilla de Pablo cae exactamente la garra del felino. Pablo siente la carne desgarrada y la sangre que brota. El odio, la enemistad, la ira, invaden su pura alma de niño. Y con las dos pequeñas manos en las cuales se ha concentrado súbitamente una extraña fuerza, va apretando, apretando, apretando el cuello del animal, que tiembla, se estremece, maúlla y, de pronto, calla, se aquieta, se inmoviliza entre esas manos. El gato ha caído, por fin sobre el cuello, como un saco vacío. Del húmedo hocico se escapa, casi imperceptible, un delgado hilo rojo. Pablo tiene los ojos desmesuradamente abiertos, tiembla de miedo y empieza a llorar, a llorar como lloran los niños. VISITA AL JUEZ SUPREMO La explosión fue terrible. Exactamente como había sido prevista por la Gran Central de Control. Las ondas letales se difundieron sin obstáculo por todo el haz de la tierra. Eva Rodríguez - lo refirió a Dios un poco más tarde - se encontraba lista para salir a la calle. En el saloncito del pequeño departamento que ocupaba en la planta baja de un moderno edificio del centro de la ciudad, la esperaba su amante, el bueno, el simpático Adán. Adán Martínez. Cuando se oyó el escalofriante estrépito, -Eva ajustaba a su muñeca el diminuto reloj de pulsera, regalo de Adán. Tenía puesto el sombrero - un gracioso círculo de paja adornado de una flor malva - y el abrigo. Gracias a su invariable costumbre de dejar para lo último la postura del reloj y de mirar las manecillas, pudo responder con exactitud, cuando, allá arriba, fue interrogada: - Señor, eran las 6 y 12 minutos de la tarde. Faltaban 3 para que comenzara la función vespertina del cine a donde nos disponíamos a ir. Adán corroboró con un gesto de la cabeza la precisión del testimonio, que garantizaba la buena memoria de su mujer y justificaba el pecado de su propia impaciencia. Sobre los labios del Juez Supremo se entreabrió, sin completarse, una sonrisa. - Increíble, dijo. No deberíais hallaros aquí. - Señor, se atrevió a decir Adán, la culpa no es nuestra. - Lo sé, respondió. Pero el asunto es bien curioso. El plan acordado allá abajo no excluía a nadie. No me explico como... - Probablemente fue el amor, insinuó Eva. - ¿El amor?, dijo el Juez Supremo notoriamente escandalizado. - Deseábamos no morir porque nos amábamos, agregó Adán con toda sencillez. - Porque nos amamos, corrigió Eva. - Sí, añadió otra vez Adán, nos abrazamos, echados sobre el suelo y dijimos al mismo tiempo: "Sálvanos, Señor, ¡no queremos morir!". El Juez Supremo entrecerró los ojos, y recordó. Efectivamente, ese tenue hilo de súplica, a dos voces, había ascendido hasta El, claro, distinto e intacto, en medio del apocalíptico estruendo. ¿Su voluntad había condescendido? Era lo probable, según el resultado. Un escape imperceptible de su bondad, en medio de la catástrofe, alteró así todo el final previsto. - Íbamos, por fin, a casarnos una semana más tarde, dijo Eva, ligeramente ruborizada. - Todo estaba listo, corroboró Adán.

- Sí, dijo el Juez Supremo, pasándose una de sus dos bellas manos sobre la frente, con gesto de fatiga. Todo, inclusive el amor. - Todo, señor, insistió Eva. El último plazo del mobiliario vencía en octubre. Había una linda mesa de comedor y un aparador, con espejo, para la vajilla. - Y un estante de madera oscura para mis libros. - La ropa cabía íntegramente en el armario de tres cuerpos. - ¿Pero estabais seguros de vuestro amor?, preguntó gravemente el Juez Supremo. - Sí, respondieron al tiempo Adán y Eva. - ¿Por qué? Y Eva, la primera, dijo: - No sabría responderos, Señor. Pero amo a Adán más que a todas las cosas y que a todos los seres de la tierra... Y Adán, añadió: - Yo tampoco, Señor, podría explicarlo. Pero vos, Señor, que veis en el fondo de los corazones, podéis ver en el mío reflejada la imagen de Eva. Dios volvió a sonreír, compasivamente. - La tierra ha sido destruida por los hombres, dijo. No queda en ella sino el polvo que la cubre. Ni una planta, ni una flor, ni un animal, ni una criatura. Un olvido de la Bondad Infinita permitió que vuestra súplica no fuera rechazada. Después, ya era tarde. La muerte os había respetado, pendiente de mi decisión. Casi una contrariedad, añadió. Habéis llegado aquí sin necesidad de morir. Casi una infracción a la ley. Pero se os admitirá... - ¿Señor, dijo Eva, sin disimular su angustia, aquí estaremos separados Adán y yo? - No es posible revelación alguna sobre vuestro próximo destino. - Señor, perdonadme, pero debo confesaros que tengo horror a la ausencia, al olvido y a la separación. - ¿No nos permitiréis regresar a la tierra?, preguntó Adán. - La tierra ya no existe, repitió suavemente el Juez Supremo. Adán y Eva quedaron en silencio. Estaban cogidos de la mano, como dos colegiales. Y el corazón les trepidaba. - La tierra ya no existe, tornó a decir el Juez Supremo. El experimento humano ha terminado. No tuvo éxito. El margen de error establecido para que los hombres encontraran por su propio esfuerzo el camino de la felicidad, resultó excesivo para tan débiles y torpes voluntades. - Señor, dijo Eva, nosotros habíamos hecho planes como para vivir treinta, tal vez cuarenta años más. - Sí, eso por lo menos, añadió Adán tímidamente. - ¿Es demasiado, Señor?, preguntó Eva. El Juez Supremo miró con indulgente curiosidad a esa frágil criatura femenina que le pedía, en el umbral de la eternidad, una parcela más de tiempo para su amor y para su vida. - No sabéis lo que decís. En el mundo no queda ni siquiera una diminuta brizna de amor. Todo ha sido exterminado. Todo ha sido arrasado. Todo ha concluido. - ¿Y nosotros dos?, dijo Eva modulando con cuidadoso respeto la peligrosa pregunta. - Un descuido, un pequeño error, fácilmente reparable, respondió el Juez Supremo. Eva y Adán sintieron entonces un inmenso desconsuelo, una grande y mortal pesadumbre. El Juez Supremo tenía la cabeza inclinada. Parecía misericordioso e implacable al mismo tiempo. Con una de las manos golpeaba nerviosamente en el brazo de su hermosa silla, forrada en cuero resplandeciente. Eva se aventuró a decir:

- Permitidnos regresar a la tierra, ya que nos fue dado el privilegio de venir hasta aquí, sin morir, y a pesar de que la muerte estaba sobre nosotros, y nos cercaba por todas partes. Cuando cayeron los primeros maderos del techo de nuestra habitación, quedamos aparentemente sin vida, sumidos en una vaga inconsciencia. Algo como una inmensa sombra trataba de apoderarse de nuestros cuerpos y de nuestras almas. Pero yo sentía latir mi pulso y oía la respiración de Adán, a mi lado. Ya habíamos invocado vuestra bondad, solicitando un poco de vida para nuestro amor. Después vino una gran claridad, y, súbitamente, nos hallamos en vuestra presencia. No somos infractores, Señor. Nos oíste por descuido de Vuestra Bondad. Si no morimos como los demás - oh, perdonadme, Señor - no fue por resistencia a vuestros designios. Y os prometemos amarnos hasta la muerte, concluyó Eva con femenina desesperación. - Y os prometemos, dijo Adán, tratando de disimular el aspecto personal que Eva daba al problema, reconstruir todo lo perdido, el amor, la familia, el honor, la bondad, la ternura, la equidad y la justicia. Volvednos a la tierra, y con una hoja que nos deis, formaremos los bosques; y con una gota de agua, los océanos; y con un puñado de polvo y un trozo de piedra, las ciudades para los hombres y para los hijos de los hombres... - Yo seré fiel, dijo Eva. - Yo seré bondadoso, dijo Adán. - Yo callaré cuando él llegué cansado. - Yo seré paciente cuando ella cante. - Dormiré siempre del lado izquierdo del lecho. - No volveré jamás a encender la lámpara, en medio de la noche, para mirar la fecha del periódico. - Me pondré, sin protestar, esa camisa a la cual falta, siempre, siempre, el primer botón. - Soportaré sin amargura el sombrero verde que a él gusta. El Juez Supremo sonreía lleno de conmiseración. - En verdad, en verdad os digo que merecíais ser, otra vez, los padres del género humano. Pero la cuenta ya va muy larga. Por un amor como el vuestro hubo millones de seres que se odiaron, y el caudal de la perfidia humana ahoga, en esa cuenta, vuestra pureza y vuestra simplicidad. Adán llevará, sin un reproche, la camisa que Eva ha olvidado componer, y Eva sin amargura, el sombrero verde... Sois una insólita excepción. - Gracias, Señor, dijo Eva conmovida. - Pero, continuó el Juez Supremo, vuestro regreso a la tierra carecería de objeto. Los hombres no merecen siquiera el sacrificio del sombrero de Eva ni el de la camisa de Adán. Os quedaréis aquí para la eternidad... Eva estalló en sollozos. Adán, pleno de temor y de confusión, avanzó un paso hacia la silla del Juez Supremo y en tono de confidencia le dijo: - Perdonadla, Señor. Estos accesos de llanto son más frecuentes en ella desde hace algún tiempo. Eva lloraba con honda, con irreparable desolación. - Todo, siguió diciendo Adán, la afecta ahora con especial intensidad. En estos últimos meses, ya no podía soportar, allá en la tierra, estar sola a una determinada hora del día. Yo debía regresar a casa antes del crepúsculo para acompañarla. Y aún así, a veces, rompía a llorar... - ¿Esperáis, entonces, un hijo?, preguntó, sin sorpresa, el Juez Supremo. Esa es la verdad, Señor. El cochecito iba a ser regalado por el padrino. Eva se había serenado un poco. En la mirada del Juez Supremo brillaba ahora una luz de ternura.

- ¿Cuánto tiempo falta?, preguntó con divina cortesía. - Seis meses, respondió Adán. - Cinco, corrigió Eva. - En los labios del Juez Supremo se insinuó otra vez, una leve sonrisa. - Además, dijo Eva, aquí no será posible que nuestro hijo nazca. No queremos causar tantas molestias. En la tierra podríamos... - Ciertamente, un caso como el vuestro no se había presentado en este Supremo Tribunal. Es, lo reconozco, un caso excepcional. Habéis llegado aquí sin la escolta de la muerte, y con una vida más oculta en el vientre de Eva. La coincidencia de vuestra súplica con la atención que demandaba el espectáculo del fin de la tierra, ha producido este impase. Pero a pesar de hallaros vivos en este lugar y en mi presencia, os digo que la tarea de volver a crear vuestro mundo no debe realizarse. - Será un mundo excelente, os lo prometemos, Señor, dijo Adán. Os ofrecemos la garantía de nuestro amor. - Un mundo excelente, repitió Eva como un eco. Nuestro hijo nacerá pobre y humilde, puesto que todo en la tierra ha concluido. El Juez Supremo se levantó de su silla. Ya una señal de su mano, fueron entrando los Grandes Consejeros. Uno de ellos condujo a Eva y Adán fuera del salón, dejándolos en un tranquilo y solitario lugar, en espera de la última decisión. El Juez Supremo expuso el caso. ¿Debía aceptarse la propuesta de reconstruir la tierra y de rehacer el género humano, aprovechando el amor de Eva y de Adán y la pequeña vida que en el vientre de la última mujer Prolongaba todavía el milagro de la existencia? El Juez Supremo oyó todos los pareceres. Pero la Asamblea estaba visiblemente impresionada por la última y más grande de las estupideces humanas. Y la decisión fue desfavorable. Disuelto el Consejo, Adán y Eva se vieron de nuevo conducidos a la presencia del Juez Supremo. - Podéis regresar a la tierra, dijo disimulando la amargura que atravesaba, como un agudo dardo, su magnánimo corazón. Y antes de que Eva pudiera darle las gracias, había desaparecido. Y Eva y Adán se encontraron, otra vez, echados sobre el suelo de su habitación, en el minuto exacto de la tragedia, mientras en torno suyo se hundía el mundo de los hombres. No recordaban nada de su visita al Juez Supremo. La tierra se estremecía y una nube de polvo y de ceniza empezaba a asfixiarlos. Los maderos del techo caían con estrépito. "Sálvanos, Señor, no queremos morir", decía Eva entre sollozos, abrazada al cuerpo de su amante. Pero esta vez, la Bondad Infinita no oyó el desesperado ruego. El hilo de la comunicación con el Juez estaba roto. El mundo era ya una tolvanera de polvo, cuando se detuvo el pulso de Adán. Un segundo después cesó de latir el otro impetuoso y jovial corazón. DEBAJO DE LAS ESTRELLAS Se acercó lentamente. Como yo estaba tirado en el suelo, bajo el camión, ocupado en reparar el daño, no podía ver sino sus pies sin medias, metidos entre un par de zapatillas de baño, y una parte de sus piernas que la bata de delgada, casi transparente tela, descubría a cada paso. Solté la llave inglesa que tenía entre las manos y me puse a mirar, a mirar. Avanzaba lentamente, cadenciosamente. De la casa al sitio donde yo me encontraba la distancia sería de ochenta, tal vez de cien metros. Ella atravesó el porche y después de bajar los tres escalones de la entrada se dirigió hacia la mole del camión. - ¿Comenzó temprano? - Sí señora. - Mi marido no podrá levantarse. ¿Qué horas son?

Hice un rápido cálculo, de acuerdo con el sol que apenas iniciaba su faena esa mañana. - Tal vez las siete. Las piernas iban de un lado al otro, en un trayecto de un metro, y la abertura de la bata me revelaba la carne Pálida y hermosa que, con el ritmo del paso, quedaba, de Pronto, a la vista, de la rodilla hacia arriba. Se paró cerca de mi cabeza. Golpeó el suelo con el tacón de las sucias y envejecidas zapatillas de baño, e inclinándose un poco (debía estar apoyada en el chasis) me dijo: - ¿El daño es muy grave? Al inclinarse, el borde de la bata le cubrió casi los pies. Pero sin esperar la respuesta, volvió a erguirse, pues la bata subió de nuevo unos centímetros y dejó a la vista otra vez la carne pálida y hermosa. - No es grave, señora, dije. Tornó a inclinarse. Pero no podía verme. El camión era demasiado ancho. Entonces se echó al suelo, arrodillada. Bajó la cabeza y así vi, mucho antes que su rostro, sus senos que desbordaban por entre la abertura de la bata. - ¿Qué quiere usted?, le dije tomando en mis manos la llave inglesa para reanudar mi faena. Comprendió mi turbación y debió leer en mis ojos el terrible deseo que me asaltaba, pues sonriendo con la malicia de quien sabe que es dueño de la situación, respondió: - Nada. ¿Por qué? Pero no movía una mano para cerrar el cuello de la bata y los senos seguían palpitantes, casi completamente desnudos, a mi alcance. Me hubiera bastado con tirar la llave inglesa y alargar el brazo... Ella continuaba mirándome con extraños ojos. Era una mujer completa. Una hembra, como decimos nosotros, los hombres ordinarios, los hombres a quienes el sistema social arroja debajo de un camión, para engrasar los ejes y reponer las llantas picadas y vigilar los resortes. Me hubiera bastado con alargar la mano. Y la alargué. Una tibieza, una suavidad de terciopelo. Mis manos son grandes y toscas. Están llenas de callosidades. Entre ellas cabían, con plenitud, esa suavidad y esa tibieza. Atraje la cabeza hacia mí y nos besamos. Bajo el camión y echados sobre la tierra como estábamos, el calor del día que empezaba, se sentía directo como una caricia impalpable. Se incorporó nerviosamente. Yo me deslicé al otro lado y me puse en pie. Di la vuelta para volverla a encontrar. Tenía cierto aire de arrepentimiento, pero, al mismo tiempo, de satisfacción. Me miró con sus extraños ojos sensuales. - Mi marido está enfermo, dijo tranquilamente. Yo seguía mirándola con terrible deseo, casi sin entender sus palabras. - Pasó una mala noche, agregó. Mis ojos buscaban la curva de su pecho, de sus caderas, la línea de su cuerpo, insidiosamente dibujado en la tela, levísima, de la bata. - Tendrá que ir al pueblo en busca del médico. Es el corazón otra vez. Informaba con una asombrosa imparcialidad de mujer acostumbrada, por años, a esos accidentes. Había no se qué de inhumano en la precisión de su informe y de sus órdenes. Hablaba con un desinterés de enfermera, con una falta absoluta de patetismo. - Esta vez puede ser grave, añadió sin afán, con la misma voz de siempre, y me pareció que, al fijar los ojos en mí, trataba de sonreír. Me dio la espalda y, lentamente, como había llegado, regresó a la casa. ***

Entre la cama, el hombre parecía de cera amarillenta. O de marfil envejecido. Como ese marfil que yo vi alguna vez en las puntas de un libro de misa que llevaba una señora los domingos a la iglesia de mi pueblo. O de pergamino, aun cuando el pergamino no le he visto jamás. Pero dicen, quienes lo conocen, que se necesita que la muerte haga su trabajo para que los seres y las cosas se parezcan al pergamino. Buen trabajo acababa de hacerla muerte en ese rostro con una barba de veinte días, entrecana y no muy tupida; sobre esos hombros, esos brazos y esas manos. En las uñas descubrí unas manchitas amoratadas, como si la muerte hubiera golpeado, uno a uno, con martillo, los diez dedos de las manos. - Ciérrele los ojos, ordenó ella con el tono neutro e imparcial de quien dice "cierra esa puerta". Obedecí. Los Parpados no estaban fríos, y el débil saldo de calor que en ellos encontré, me sobresaltó. "Puede estar vivo", pensé. Y me incliné sobre la franela que le cubría el pecho, como había visto hacer al médico, para oír el corazón. - ¿Qué hace usted?, preguntó ella. - Por si acaso, le respondí. - ¿Pero no ve que está muerto? Yo pegué la oreja sobre el lado izquierdo del pecho y, a través del tejido de algodón, sentí el pequeño nudo de carne de la tetilla. Suspendí, durante unos segundos, mi respiración. Me pareció oír algo distante, casi imperceptible, algo como el frote de un papel de seda entre los dedos de un niño. Seguí oyendo. Nada. Era el roce de mi oreja sobre la franela. - ¿Se convenció?, dijo la mujer. - Sí, le respondí incorporándome. - Ahora vaya al pueblo por el cajón, y arreglé con el señor cura. Salí. Prendí el camión y tomé la ruta del pueblo... Regresé, dos horas después, con el cajón y cuatro amigos, entre ellos, una mujer, conocida de la patrona. Por la noche, en el velorio, aumentó la concurrencia: seis mujeres y ocho hombres en total. Doña Paula - así le decían a una de las mujeres parecía la más enterada de las ceremonias con la muerte. Sabía de sábanas, de cirios y de rezos. Desnudó el cadáver y con la ayuda de dos de nosotros, lo envolvió en la misma sábana nada limpia que cubría el colchón de la cama. Como la quijada del muerto había quedado entreabierta, en algo que parecía un principio de carcajada o de grito, ella pidió un pañuelo grande - le dieron uno de colores - y con impávida destreza lo anudó, pasándolo por la cabeza, de manera que mi patrón parecía así un cadáver con reuma. Doña Paula ordenó el traslado al cajón, faena que cumplimos los hombres, sin que ella tocara nada, indicándonos los movimientos precisos con la certidumbre de un buen jefe militar en operaciones de campaña: "cuidado", "así no", "por aquí", "despacio, despacio", "cuidado con la cabeza", "así, así", hasta cuando la pesada masa inerte quedó incrustada, sin un solo maltrato, entre las tablas. Luego dispuso la colocación del ataúd sobre la mesa de la plancha, hizo prender los cuatro cirios que yo había comprado en la funeraria y, obligándonos a todos a ponernos de rodillas, comenzó a rezar: "Padre nuestro que estás en los cielos", etc. etc. La noche seguía indiferente su milenario curso por entre las estrellas, los corazones y las cosas. Salí al corredor, pues, adentro, el calor y la fatiga me invitaban al sueño. No había mucha claridad a pesar de todo, a pesar de las estrellas distantes. Era, sin duda una noche de verano, más o menos igual a todas las noches de esta tierra eternamente cálida como una fragua de herrería. La temporada de las lluvias había pasado, pero algo pesado, húmedo, sofocante, algo semejante al aliento de una boca humana con fiebre, se sentía flotar en la atmósfera.

Descendí los tres escalones de la entrada y me dirigí a donde estaba el camión. Y a su sombra, de espaldas a la casa, me tendí sobre la yerba y el polvo, poseído de un desaliento infinito. Cerré los ojos y me pareció que el mundo era una cosa absurda y que lo único que valía la pena era descansar así, como los muertos. Como mi patrón, que ahora descansaba para siempre. No la sentí llegar. Debí dormir unos minutos. Pero ahí estaba ella, ahora con su traje negro de viuda, las piernas sin medias y las feas zapatillas de baño. - Se quedaron rezando, me dijo. Y sin más, se sentó a mi lado, sobre la tierra, protegida, como lo estaba yo, por la sombra del camión. Yo veía la carne pálida y hermosa de sus piernas y me sabía de memoria la diminuta, casi invisible vegetación de vello que, a trechos, cubría esa misma carne. - ¡Qué cansancio!, dijo, a tiempo que echaba hacia atrás todo su cuerpo. De inmediato, al extenderse en el suelo, se precisó la curva de los senos, la línea del vientre, el arco de las caderas. La miré al rostro. Y en los ojos, en 'a boca, descubrí no sé qué terrible y misteriosa correspondencia con la llamarada interior que me estaba quemando los riñones, que me hacía temblar las manos, que me sofocaba el aliento, que me hacía trepidar el corazón. Y, entonces, caí sobre ella sin decirle nada, y sin que ella dijera nada, como una ciega fuerza y con una urgencia vital en que me parecía probar un secreto rencor y una suprema alegría. Mientras el placer parecía vengarnos provisionalmente del mundo y nos otorgaba el olvido de todo, la noche seguía sobre nuestras cabezas, sobre nuestros cuerpos, con su carga de estrellas y de silencio. Más allá de nosotros, en la casa, seguía el velorio, con la muerte instalada en su trono de madera, como un huésped privilegiado. VICTORIA AL ATARDECER Había llegado a ese tranquilo país, como uno de tantos náufragos de la tragedia bélica. Era un país de sol y de lluvias, helado y triste en las cumbres, ardiente, sofocante en las llanuras. No se parecía al suyo. Hablaban otro idioma. Las costumbres eran distintas. Pero se gozaba todavía de libertad, de paz. La civilización y la cultura no llegaban allí a esa envidiable forma de plenitud, alcanzada en su buena y dulce tierra martirizada. Halló una acogida cordial y tranquila. En la aduana le preguntaron: - ¿Es usted extranjero? Respondió afirmativamente con la cabeza, mientras miraba distraídamente a las nuevas gentes y el insólito paisaje abierto ante sus ojos. - ¿De qué nacionalidad? - Soy francés, dijo, tratando de eliminar de la letra r el acento nativo y buscando en la garganta y en el paladar un poco de énfasis a la manera española. - Muy bien, le respondieron. Y se le señaló el sitio entre quienes hacían cola en espera de las últimas formalidades. En aquella ciudad era difícil conseguir trabajo. Pero en todas partes encontraba una atmósfera de viva simpatía por su patria humillada e invadida. Empezaba a entender y hablar mejor la lengua extraña, sonora y teatralmente marcial, que escuchaba desde la mañana hasta la noche. Las gentes adivinaban, sin necesidad de oírlo, que era un hombre de fuera, de muy lejos. Muchas veces cogía al vuelo el comentario que suscitaba su presencia en los sitios públicos muy concurridos. "Debe ser un nazi", "es un polaco", "parece un inglés". Pocas veces acertaban con su nacionalidad. Había razón, por lo demás, para el equívoco. Tenía los cabellos lacios, color de oro puro, y era alto, ligeramente desgarbado. Los ojos, de azul intenso. Las espaldas, anchas y bien

formadas; el pecho, de atleta. Se explicaba, pues, sin esfuerzo, el error que suscitaba su persona, al paso por las calles y en los restaurantes y salones de cine. Y cuando recordaba que había nacido en una de las disputadas provincias de Alsacia, en la cual la sangre y el idioma alemanes corrieron con ímpetu soberbio para confundirse con la sangre y el idioma franceses, se daba cuenta de que el diagnóstico popular de aquellas gentes ofrecía una cierta base para justificar el desacierto que las llevaba a juzgarlo como lo que no era. Algunas veces se indignaba y resolvía encarar al desconocido para decirle con desapacible cortesía: - Perdón, señor. Le he oído decir que soy alemán. Soy francés y he combatido en la guerra. Si usted quiere... El desconocido quedaba sorprendido unos segundos. Pero luego sonreía y presentaba excusas. - ¿Francés? Magnífico. Aquí admiramos mucho a su patria. Todavía le quedaba algún dinero del que recibiera, en un puerto del Perú, de manos de un comisionista con el cual la antigua casa de negocios de su padre mantuvo, hasta los primeros meses de la guerra, magníficas relaciones comerciales. Pero le parecía evidente que de no hallar oficio, su situación se tornaría desesperada. Había visitado ya aquellos lugares que inicialmente le fueron indicados como los más propicios a la satisfacción de su deseo de encontrar trabajo, de organizar su vida discretamente, con modestia, mientras llegaba el final de la bárbara contienda de la cual él mismo era un despojo humano, milagrosamente salvado. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de su familia ni de sus amigos. Su familia quedaba por ahí en un pueblecito del sur de Francia, en la zona administrada por funcionarios y soldados italianos, estos últimos llenos de vistosas plumas sobre el casco militar, paseándose con vanidosa actitud por las calles. Pensaba en su mujer, pero no con dolor. Resultaba curioso el sentimiento especial que en su espíritu desataba el recuerdo de su mujer. En ese sentimiento, nuevo para él, se mezclaba una especie de serena, casi de biológica conformidad con el destino que había separado sus cuerpos en el espacio y en el i tiempo, interponiendo entre los dos el océano, los países, las ciudades, los idiomas, el fragor de la guerra, la infinita angustia de los vencidos, la cruel satisfacción de los vencedores. A veces, de noche, en su lecho de inquilino del modesto hotelito en que se albergaba desde su llegada a la ciudad, le desazonaba, hasta hacérsele intolerable, la ausencia de ese cuerpo distante, lejano, cuyas pequeñas colinas y curvas exactas y graciosas habían remontado sus manos todas las noches en el gran viaje nocturno del amor. Pensaba, tratando de dominar la interna desesperación de su ánimo y de acallar la angustia de su sensualidad contrariada: "¿Cómo era, cómo es mi mujer?". Y buscaba en su imaginación el recuerdo preciso, que se le desvanecía en un brumoso horizonte de la conciencia, en el cual aparecía ella desdibujada, esfumada y vaga. "Los ojos son azules", repetía una y otra vez, aferrándose a esta definición como si en el abismo del olvido en que se precipitaba, no le quedara otra luz de la antigua y esbelta verdad compendiada en ese cuerpo. "Y la sonrisa y los brazos y las manos, ¿cómo eran?". "Qué infamia esta guerra", exclamaba en voz alta, en su idioma, moviéndose entre las sábanas para buscar y encender la lámpara de la mesita. "¿Y mis hijos, qué será de mis hijos?". Y se levantaba del lecho para buscar en su maleta la fotografía, la única que había podido traer consigo, en que aparecían dos niños a la orilla del mar, los torsos desnudos, goteando agua, los cabellos pegados a las sienes y en los rostros una expresión de bestezuelas felices. Al fondo, vagamente, se advertían otras siluetas imprecisas y la línea ondulada del agua. Encontró oficio en una grande industria de productos derivados de la leche. El sabía algo de eso. Una parte de su niñez y de su primera juventud transcurrió en Normandía y

en Bretaña, donde parientes de la familia de su madre labraban su prosperidad de pequeños burgueses, entregados a esta clase de trabajos, en los cuales, por lo demás, conservaban una tradición legada de padres a hijos, durante varios siglos. En su caso, esa tradición se había interrumpido circunstancialmente por la insistencia del padre en imponer otro rumbo a su vida. Lo enviaron a París a estudiar, primero en el Liceo y más tarde en la universidad. Querían que fuera médico. Su primer año de medicina resultó un completo fracaso, y, entonces se retiró de la facultad para ayudar a su padre en la casa de negocios que éste había fundado y sostenido con éxito en la capital de Francia. Casi todas las relaciones comerciales de su padre eran con gentes de América. Argentina, Chile, Perú, Bolivia, fueron, durante los últimos quince años que antecedieron a la guerra, nombres de países que pronunciaba a cada rato en la correspondencia dirigida a lejanos comisionistas. Y esos nombres se llenaron, poco a poco, en su imaginación, de un contenido especial, fruto de desordenadas lecturas de catálogos de precios y de folletos ilustrados para el turismo internacional. Soñaba con esos países y, al hacerlo, probaba una sensación de lejanía en tierras ardientes, y entre hombres sofocados por un bárbaro calor, sudorosos y jadeantes bajo copiosas palmeras. Ahora estaba en el trópico, y en la ciudad tropical en que se hallaba no había sino frío, lluvia tenaz y melancolía. Le dijeron que se pensaba aprovechar su condición de francés que hablaba y escribía, además, en inglés y entendía el alemán, para trabajar en una sección de la empresa que hasta el momento había estado en manos extranjeras. No averiguó nada más y aceptó entusiasmado. Momentos después supo que debía desarrollar su trabajo con un ciudadano alemán, residente desde hacía varios años en el país y vinculado estrechamente a la casa. Disimuló su contrariedad y la tormenta interior de odio que le invadió el alma cuando le presentaron a quien iba a ser, en adelante, su compañero, su camarada. Dijo su nombre y extendió cortésmente la mano al enemigo. Sintió el apretón duro, enérgico, prusiano, de la mano adversaria entre su propia mano de combatiente derrotado. En un minuto, frente a esa cabeza ancha y cuadrada, meticulosamente rasurada, y frente a esos ojos candidos, y a esa piel salpicada de diminutas manchas rubias, y a ese tórax de acero, blindado por una brillante camisa almidonada, lo abrumaron los recuerdos de la vida que había abandonado al venirse para América. La estampa física del alemán que le estaba hablando ya sobre los detalles de su trabajo, resucitaba el inmediato pasado, su pasado de soldado francés, de desesperado combatiente en la batalla de Flandes, con la cartuchera vacía, el fusil inútil al hombro, el casco despedazado, las botas destrozadas y llenas de fango, la chaqueta desgarrada, rendido de sueño y de hambre, fugitivo por los bosques y los caminos, mientras arriba en la límpida atmósfera del cielo cruzaban los aviones alemanes, dejando caer incansablemente una lluvia de fuego. Recordó a los compañeros caídos, a aquel muchacho enloquecido que levantaba los brazos entre la floresta, al paso de los bombarderos, gritando que se le matara para no ver la derrota de su patria, ya los soldados llegando, transidos de fatiga, a las grandes barcazas que los esperaban en Dunkerque. - Decía usted... - Sí, el trabajo le parecerá un poco complicado al principio, pero después se acostumbrará... Fueron dos meses de tortura callada, sistemática, recóndita. El alemán era serio, áspero y cortés al mismo tiempo, con esa cortesía desesperante de quien se considera y se siente cómplice lejano pero condueño indudable de una gran victoria colectiva. La guerra pasaba a la sazón por la faz más sombría para los aliados. En los periódicos locales se hablaba todos los días de la humillación de Francia, de las monstruosas

debilidades del gobierno instalado en Vichy y de los crecientes éxitos de los ejércitos alemanes. Las noticias sobre el sabotaje y la resistencia civil de los franceses ante las autoridades de ocupación, eran comentadas por el alemán en un tono de intolerable conciliación: " - Qué error el de sus compatriotas hacerse matar sin necesidad, después de firmado el armisticio. ¿Tiene algún objeto esa actitud, cuando ya no es posible dudar del éxito completo de Alemania? La grande Alemania es dueña del continente. El francés respondía con vaguedad, esquivando hasta donde le era posible ese diálogo 'torturante. De vez en cuando se permitía glosar las vanidosas profecías del nazi. Pero era indudable que aquello no podría prolongarse por más tiempo. Su situación se hacía intolerable. El alemán le había tomado confianza, lo trataba como si realmente fuese prisionero suyo. Durante las primeras semanas habló con cautela de la conducta política de Francia y de sus errores militares. Después fue la crítica desnuda, despiadada, inexorablemente objetiva y tremenda. "Su país no sirve para la guerra moderna". "Esta derrota le conviene". "Había mucha podredumbre". "Nuestra quinta columna trabajaba en favor de una Francia cuyo destino podría unirse al destino del pueblo alemán". El francés se esforzaba por conservar la serenidad. A veces se sentía literalmente vencido en esa nueva y diaria lucha que le promovía en tierra extraña, a muchos miles de kilómetros de los campos de batalla, el enemigo, el grande y poderoso enemigo, para huir del cual había atravesado el océano y los países, esperando encontraren América un poco de paz. Pero el enemigo estaba también ahí, lo tenía en frente, obstinado, parsimonioso, eficaz, influyente, un poco dueño - aquí también - de su destino humano, de su residencia en la tierra. "Es igual, pensaba, a estar allá. De nada me ha servido abandonara mi país, para venir a dar, al cabo del mundo, con el enemigo". En medio de su desesperación, de la angustia interior que lo poseía, pensaba muchas veces en no regresar jamás al trabajo y volverá vagar por las calles de la extraña ciudad. "Pero ¿y por qué? ¿Por qué va a derrotarme también en esta batalla por el pan y por el techo, como sus compatriotas han derrotado a los míos en mi propia tierra? ¡Ah!, eso no, eso no debe ser así. No me dejaré vencer. Pero qué difícil será esa victoria. El es antiguo empleado, goza de simpatías y está arraigado por una tradición de muchos años de buenos servicios. Yo soy, en cambio, un recién llegado, un aparecido. Si resolviera callar su vanidad, la vanidad que lo lleva a decir esas cosas que no puedo oír sin que me obsesione el deseo de saltarle al cuello... Pero de ninguna manera callará. Ama a su patria, como yo amo a la mía, y se considera, además, victorioso, responsable entre ochenta millones de nazis, de una gloria formidable y abrumadora... No hay duda de que, transformado en soldado, al encontrarme en Europa, me habría asesinado sin vacilación, con soberbio júbilo. Bajo su traje de hombre civil y apacible está el nazi orgulloso, el soldado dispuesto a matar, a torturar, a invadir, a flagelar. La victoria de los suyos no se detiene en las fronteras de los países conquistados sino que llega a todos los rincones del mundo. Ahora mismo yo soy-prisionero, en un país libre, de su vanidad, de su influencia, de su posición. No puedo, pues, considerarme más afortunado que mis compatriotas, sino tan infortunado como ellos... ¿Qué podría hacer? Ofrecerle la fácil victoria - ¡una victoria más! - de abandonar mi sitio al lado suyo y encontrarme con la miseria en la calle. Ese sería su triunfo, su victoria personal sobre Francia, conseguida sin esfuerzo, sin sangre, sin violencia física, sin necesidad de arriesgar nada suyo en la batalla cotidiana trabada entre los dos desde el primer día, al estrecharnos las manos. Quiere, busca, desea verme derrotado por sus palabras, por su actitud, por su gesto de intolerable superioridad... La sucesión de los días fue acumulando lenta y persistentemente en el alma del francés un sentimiento total de derrota. La seguridad con que el alemán se movía en esa

atmósfera de los negocios, su pasmosa habilidad para tornarse allí mismo indispensable, y el dominio absoluto que poseía, desde tiempo atrás, de todo cuanto se refería a la psicología de los nativos del país en que se encontraban, ponían a contraluz, mostrándola en toda su inseguridad, la inadaptación del francés a ese cúmulo de circunstancias, todavía y, por mucho tiempo, hostiles a él. "Es lo mismo que estar en territorio ocupado", pensaba. El recuerdo de su mujer, de sus hijos, de sus amigos, de su país, lo obsesionaba con dramática tenacidad, precisamente porque la presencia del alemán desataba en su imaginación el pasado, el pasado que no había podido borrar con la distancia, ni poniendo entre él y su miserable vida actual tantos y tantos paisajes, y sonidos, y nombres, y cosas nuevas, desconcertantes, raras y extrañas como le rodeaban ahora. La idea de que el adversario que se le había señalado como camarada en su oficio habría sido, bajo otros cielos, su propio verdugo y el verdugo de sus gentes, no lo abandonaba. "He aquí a dos pasos de distancia a un enemigo de mi país. No nos separa sino el espacio de una mesa. Si en cambio de encontrarnos aquí nos halláramos en otra parte, seguramente yo lo habría matado, sin pensar en quién era, ni cómo se llamaba, ni qué clase de raíces sentimentales lo ataban al amor, a la vida, a la tierra. Me bastaría con saber que era un enemigo, un invasor, capaz de torturar a mis hijos y de escoger como rehén, para una carnicería posterior, a mi propia mujer. Y sin embargo, aquí estoy, sonriendo, conversando con el enemigo, dependiendo de él. Podría irme y dejarle, como trofeo de su victoria, mi propia ausencia, el recuerdo de un francés más, derrotado y humillado...". Estaban solos en el vasto salón. Por los amplios ventanales que daban a la calle, llegaban las primeras sombras de la tarde. El día había sido luminoso y puro. El imponente edificio se quedaba solo, deshabitado. El portero había ido apagando las luces eléctricas de los demás pisos. Una absoluta paz empezaba a adueñarse de las bulliciosas oficinas en donde, hasta momentos antes, se escuchaban voces, pasos, ruido de maquinillas de escribir, sonidos de timbres eléctricos, y esa marea de fondo, continua, isócrona, de los ascensores que ascienden y descienden con su carga humana de mecanógrafas y directores y visitantes y gentes del servicio. Sobre el escritorio del francés relucían, como nuevecitas, todas las cosas: el cristal del tintero, con su doble depósito rojo y negro, el cenicero de cobre, el fino y agudo cortapapel, la lámpara. En frente trabajaba el alemán, y se veía su ancha cabeza rubia inclinada sobre los papeles. "Aquí estoy con el enemigo a dos pasos", pensaba el francés. "Y qué infinita paz, qué completo bienestar nos rodea. Si alguien nos viera en este momento no dejaría de pensar en la fraternidad de las naciones, en la paz de la tierra, en los hombres de buena voluntad". Tomó entre las manos el cortapapel para entretenerse jugando. "Pero es mi enemigo. Yo bien sé que me habría matado y que ahora está a punto de derrotarme en esta batalla civil en tierra extraña. Me iré, no hay duda. Es dueño de este nuevo territorio al cual llegué suponiendo que el enemigo no se me había adelantado. Una victoria más sobre un francés..." El alemán seguía impasible, hojeando un grueso catálogo. El francés se levantó de su asiento, conservando el fino y hermoso cortapapel entre las manos. "Claro que me habría matado y habría torturado a mis hijos..." Oyó vagamente que el alemán lo llamaba, señalando algo en el libro. Avanzó maquinalmente. Ahora se hallaba al lado del enemigo, rozándolo, sintiendo en su nariz el suave y discreto olor a la loción de buena marca que emanaba sutilmente de la fuerte cabeza. Se encontraba de pie, dominando con sus ojos esa cabeza y esa nuca ancha, blanca, en donde crecía una liliputiense vegetación de pelusillas de oro. "¡Es mi enemigo! ¡Es mi enemigo!", repetía interiormente, mientras el otro explicaba algo sobre el precio de los artículos en venta.

De la calle entraba por las ventanas, amortiguado y lejano, el vago rumor que desataban sobre el asfalto de la vía los neumáticos de los automóviles. "Sin duda me habría matado, y habría torturado a mis hijos..." Se acercó un poco más, y, en un segundo, perdió la conciencia de sus actos. Era como si la vida hubiera acumulado en su mano toda la fuerza vital, todo el proceloso ritmo de sus arterias. El horrible grito del alemán se perdió en los salones del inmenso edificio. - ¿Alguien ha llamado?, preguntó la mujer del portero. - No; creo que no. El cortapapel rodó sobre el escritorio, dejando una huella de sangre en las frágiles hojas blancas allí acumuladas. DIRECCIÓN DESCONOCIDA Esta noche, mientras afuera sopla el viento, el buen Jacques ha tomado una resolución. Hace días viene meditándola y, por fin, se dispone a cumplirla. Escribirá una carta, una larga carta a papá, pues tiene muchas cosas que decirle. Bob y Lissete están dormidos en la pieza contigua. Mamá vela en la alcoba. Jacques se ha acomodado en la silla de papá, frente al viejo escritorio. El papel también es de papá, y la pluma y la tinta. Jacques se siente sutilmente emocionado. ¿Qué le va a contar a papá? Mamá no quiere, no ha permitido que le escriba. Por días y días ha tratado de convencerlo de que no haga tal cosa. "Papá está muy lejos", le ha dicho. "Quién sabe si no llega la carta. Mejor será esperar un poco". Pero Jacques ha vuelto a la carga todos los días, todas las noches. "Mamá: ¿hoy si podré escribir a papá?" Y hoy, por fin, mamá ha callado extrañamente. No ha respondido nada, y cuando Jacques ha preguntado otra vez, se ha ido silenciosa para la alcoba. Jacques interpreta ese silencio de mamá como una tácita autorización. Y se ha puesto a escribir de esta manera: "Querido papá: Sé que te hallas muy lejos, en América, Porque mamá habla siempre del país a donde fuiste. Nos dice que es muy bello, muy grande, que está lleno de sol, de árboles, de flores y de frutas, y que el cielo de ese país es muy azul; mamá dice también que allá no hay guerra, ni soldados. ¿Será cierto? Mis hermanos y yo no le creemos. Pero si tú pudieras escribirnos, aun cuando fuera nada más que una carta pequeñita, muy breve, y mandárnosla con algún buen amigo que no la perdiera, ni la dejara ver de nadie, y nos contaras todo, todo, y dijeras que allá no hay guerra ni soldados, te creería, sí, papá, te juro que creería eso, y lo de los árboles y lo de las frutas y lo del cielo. Porque tú sabes cómo es mamá: vive contándonos cuentos, historias, leyendas, y por lo mismo pienso a veces que tu viaje, y América y ese país en que vives y las maravillas que de él nos refiere, son mentiras. Pero no. Sí creo que son verdad y me da una gran alegría imaginar que existen países distantes, anchos, inmensos, y que en uno de ellos te encuentras, pensando en nosotros, trabajando, esperándonos, comprando cosas para cuando podamos ir a verte. Mamá dice que sí, que iremos a verte. "¿Pero cuándo?", le preguntó el otro día Lissete; mamá no quiso responder, se quedó silenciosa y, de pronto empezó a llorar. A ti no te gusta que mamá llore, ¿verdad papá? Pero Lissete volvió a preguntarle otra vez y mamá no le respondía, y seguía llorando. Yo también, sin saber por qué, estuve a punto de que se me salieran las lágrimas. Pero me acordé de ti, de lo bien que te veías con tu lindo uniforme de oficial, con botones brillantes, el día en que te despediste para ir a la guerra. Me sentí orgulloso, muy contento, y no lloré. Pero dime, papá: ¿por qué no podemos ir pronto a donde estás? Tengo muchos deseos de viajar, y Bob y Lissete también. Además, hace ya cuatro años que no te vemos. La última vez fue cuando regresaste de la batalla, en el hospital; allí estabas en una cama, delgado, pálido, muy cansado, como si hubieras sufrido mucho. Fuimos todos. Mamá te

abrazó, y levantó después en los brazos al pequeño Bob, para que pudiera besarte sin que te movieras. Bob te besó en el único trozo de mejilla que se te veía en medio de las telas blancas de los vendajes. Parecías transformado, igual a esos actores de teatro que allí se ven tan distintos de como aparecen en la calle. Tus manos, tus brazos, estaban inmovilizados sobre las sábanas. En el puño derecho llevabas - ¿todavía la llevas? - tu cadena de combatiente y de la que colgaba la placa de identidad. Me entretuve jugando con la placa y aprendí de memoria la cifra. Te la voy a decir: "1.405". "Clase segunda". Es esa, ¿no es cierto? El número y la frase siguiente los repito todos los días, muchas veces. De pronto se me viene a la memoria, sin saber cómo, y me llegan a los labios, y no resisto el deseo de repetirlos. Una de estas tardes, nos encontrábamos todos en tu despacho alrededor de mamá, porque hacía mucho frío. (La chimenea está dañada, y. además, no hay con qué calentarla). Pensaba en el colegio, a donde no he vuelto; pensaba en el profesor de historia, que era tan serio y tan temido por todos los alumnos. Pero pensaba con cariño en su cara, en sus trajes, en las palabras con que siempre iniciaba las lecciones: "Queridos amigos: la historia es una curiosa aventura de los hombres...". En un instante, se borró la cara del maestro, y desapareció su traje, olvidé sus palabras, y comencé a decir, a cantar, una, dos, tres, muchas veces, con la música del himno de nuestro liceo: "1.405. Clase segunda". Bob se entusiasmó y empezó a cantar lo mismo; y después Lissete. Exactamente como el estribillo del himno. Formamos un coro y en lo mejor de él, cuando ya cantábamos felices, mamá se levantó de la silla, se cubrió la cara con las manos y salió de la habitación. Nos callamos. Yo corrí detrás de ella y la encontré en la cama, tu cama, con el rostro entre los almohadones. El peinado se le había dañado y tenía el pelo en desorden. Bob y Lissete volvían a cantar, y llegaba hasta tu alcoba el sonido de las voces que repetían el número de tu placa de soldado y el de tu clase militar. Mamá levantó la cabeza, se pasó las manos por los ojos y me dijo con una voz que no le conocía: "¡Hazlos callar! ¡Que callen, que callen!". No entiendo por qué mamá se disgustó. No hacíamos nada malo. Te recordábamos, sencillamente, y reíamos de lo bien que sonaban, con la música del himno, las palabras escritas en tu placa. Debe ser por tu ausencia, tan larga, que mamá se pone así. Si no podemos ir pronto a reunimos contigo, ¿por qué no haces un esfuerzo, y vienes por nosotros? Sería lo mejor, que vinieras. Mamá se pondría feliz y nosotros también. Podríamos hacer el viaje de regreso todos juntos, primero en el tren, y después en el barco. Estando contigo, yo no sentiría miedo de la guerra y los pequeños tampoco, te lo aseguro. Dicen que en el tren y en los barcos también hay peligros, y que el mar está lleno de minas y que para llegar a América es necesario dar una gran vuelta alrededor del mundo, pasando por el África, por la India, por muchos de esos países que no conozco, pero que me gustan y con los cuales he soñado tanto, porque los veo pintados en mi libro de geografía, con hermosos colores. La costa del África, debes recordarlo, es azul, azul como el azul de nuestro cielo en la primavera y va angostándose frente a América; no hay más sino la distancia de un dedo de agua, en el mapa, entre ese punto del África y el sitio en que te hallas. De modo que no será difícil dar el salto. Bastará con que al llegar ahí, le digas amablemente al capitán: "Capitán, haga el favor de parar un momento su barco, allá, del otro lado, para que baje mi familia". Y el capitán te atenderá, porque tú eres muy amable con todo el mundo, y tienes muchos amigos y todos te quieren. Yo me encargo de Bob, pues por lo pequeñito, no podrá bajar solo las escaleras. Mamá cogerá de la mano a Lissete, y tú te encargarás de las maletas. Eres el más fuerte y como en las maletas no llevaremos casi nada, porque, según dice mamá, allá se encuentra de todo, juguetes, libros, vestidos, lápices, cuadernos, solamente empacaremos lo necesario, lo que tú digas, lo que tú ordenes, papá. ¿Ves cómo sí es fácil el viaje? Seré muy juicioso, muy serio,

cuidaré a mis hermanos, a mamá, si así lo dispones: los pasearé por el barco, miraremos todo con cuidado, no tocaremos nada sin tu permiso, no nos asomaremos a la baranda sino cuando el mar esté en calma y por el aire no vuelen los aviones. Y allá, volveré a estudiar y no te daré más disgustos porque me aplicaré mucho, especialmente en la aritmética, que tanto trabajo me cuesta entenderla. Ahora no me queda casi tiempo para repasarla: tampoco la gramática y la historia universal, en la cual, ¿recuerdas?, siempre fui el primero del curso. Al principio, naturalmente, no podré ser de los primeros, como tú quisieras. Pero no se te olvide que allá hablan otra lengua y que tendré que aprenderla. I Pero quiero contarte otras cosas. Si no estudio casi nada, no es por pereza. Pero no pierdo el tiempo. Mamá me envía todas las mañanas bien temprano en busca del pan, con un papelito en las manos, porque ahora ya no compramos el pan con monedas, como antes. Me coloco en la fila, a veces muy abajo y espero el turno, una, dos, hasta tres horas. Los pies se me enfrían, y no siento las piernas. Parecen de caucho. Frente a la fila se pasean unos soldados grandes, de botas altas, que resuenan contra el pavimento; tienen casi todos, los ojos azules y el pelo claro, tan claro, tan rubio como el de Bob. (El de Lissete, dice mamá, se ha oscurecido un poco; y el de mamá, te cuento yo, se ha aclarado un poco en las sienes y en la frente). Los soldados hablan muy mal nuestra lengua y se equivocan a cada rato. A mí me da risa, pero como está prohibido reír delante de ellos, cierro con toda mi fuerza los labios. Lentamente avanzo hacia la ventanilla y ocurre, casi siempre que al llegar, el pan se ha acabado. Vuelvo entonces a casa, sin nada, con el papelito entre el bolsillo, para entregarlo a mamá. Bob y Lissete lloran porque no he traído el pan y dicen que yo tengo la culpa. Mamá los calma, les promete que al día siguiente la provisión será mayor. Propone que juguemos un rato, que yo les lea aquel libro de las aventuras de Mickey Mouse con los salvajes, ese libro que leías casi todos los días a Bob y del cual sabías de memoria páginas enteras, y que Bob te hacía repetir y repetir. Pero Bob se enfurece y Lissete también. Al fin se tranquilizan, se callan. Mamá los acaricia, los distrae, les canta unas canciones en que se habla del verano, de las espigas, de las mariposas. En esos momentos, no se oye en la casa sino la voz de mamá. De pronto Lissete la interrumpe para decir: “en la casa del maestro entraron ayer los soldados, y se llevaron todo lo que había". Mamá dice que no hablemos de eso con nadie y que tratemos de olvidarlo. Yo no entiendo la guerra, papá. Si estuvieras aquí, te preguntaría muchas cosas que me parecen tan difíciles. ¿Por qué nos odian los alemanes? ¿Por qué nos quieren los americanos? ¿Por qué no hay pan en el barrio si las batallas ocurren tan lejos? ¿Por qué es tan difícil que nosotros vayamos a buscarte, o que tú vuelvas para llevarnos? Esto, especialmente, no lo comprendo. A un papá bueno, como tú, no tienen por qué impedirle lo que quiera hacer. Yo creía que los papas mandaban en todo el mundo; y que las gentes les obedecían. Porque, ¿no es verdad que si te dejaran, tú volverías? Si no puedes venir pronto, te pido que me envíes un retrato, un retrato tuyo en el cual se vea un pedacito del país en que vives. Tu traje de soldado me encantaba, pero más me gustaba el abrigo y la bufanda que te ponías, en invierno, para salir de casa con mamá cuando ibas al teatro. Recuerdo los colores de la bufanda y los hondos bolsillos del abrigo suaves, calientitos, donde metía yo ambas manos heladas, en el momento en que de mí te despedías. Bueno, papá, no te escribo más tonterías, porque es muy tarde y tengo mucho sueño, y ahora también hace mucho frío. Quiero que se acabe la guerra y que vengas, que vuelvas, que nos lleves pronto, muy pronto, a donde tú te encuentras. Voy a entregar esta carta a mamá, pues ella me ha prometido enviarla con un amigo que se va para América. Te besa mil veces, muchas veces, tu hijo Jacques

P.D. - Papá, no olvides el retrato. - J." La noche de invierno ha sido, como escribe Jacques, muy fría. Mamá está tejiendo silenciosa, triste, en la alcoba. Tres veces ha querido que Jacques vaya al lecho. Pero Jacques ha insistido en concluir la carta para papá. Jacques empieza a ser un hombrecito resuelto. Al terminar la carta, dobla los pliegos cuidadosamente, busca una cubierta y en ella escribe, con su mejor letra: "Teniente Pierre Dubois". Luego se dirige a la alcoba y entrega el pequeño paquete de papel. Besa a mamá y se va al lecho. Mamá tiene en las manos la carta. Está temblando, pero no es por el frío. Oprime contra el pecho, amorosamente, las frágiles hojas de papel, en las cuales Jacques ha escrito a papá. Mamá abre los pliegos y empieza a leer. Pero no puede, no puede seguir porque los ojos se le llenan de lágrimas. ¿Le dirá la verdad a Jacques? ¿Resistirá la verdad Jacques? ¿Qué pensaría de ella, de todo el mundo, si le dijera que lo han engañado, que le han mentido, que papá no se halla en América, que no podrá venir a buscarlos, que del sitio en donde se encuentra, nadie regresa, que está muerto, sí, que está muerto? Mamá llora con desesperación. Quisiera gritar, gritar muy fuerte, muy alto, llamar a Jacques, a Bob, a Lissete y decirles: "Papá no va a volver. Papá no va a volver jamás. Papá está muerto". Pero se domina. Comprende que la ilusión de papá es decisiva para Jacques. Seca las lágrimas que caen por sus mejillas, hace un prodigioso esfuerzo de la voluntad, y empieza a leer con voz entrecortada: "Querido papá: Sé que te hallas muy lejos...". LA CANCIÓN DE MAMÁ ¿Saben ustedes que soy un criminal? No. No es esta la palabra. Soy menos que un criminal: un homicida. Un criminal, un asesino, es diferente. Yo no quería matar a nadie. Pero maté. ¿Para qué negarlo? Por eso soy un hombre desgraciado. ¡Y hace tantos años! ¿Sabían ustedes lo que es un hombre desgraciado? Probablemente hay entre ustedes muchos que no lo saben. Los felicito. Debe ser agradable vivir así. Pero todo esto es muy confuso. Y no encuentro la manera de que resulte más claro. Ustedes perdonen. Pero aquello fue tan absurdo. Tan absurdo y tan sencillo. Y tan fácil. Imagínense ustedes que yo tenía seis años... Pero no, este no es el" orden del relato. Ustedes nada entenderían. ¿Cómo debo comenzar? ¡Ah!, sí señores, por mi madre. Mamá viajaba conmigo y con él, en el barco. Desde luego, yo fui el responsable de todo. No, de todo no, porque mi madre lo había dicho. ¿Conocen ustedes la canción? Seguro que la conocen. Y ahí estaba la amenaza, al final de la canción. Cuando vino el capitán del barco y me dijo que yo había hecho aquello y que no debía haberlo hecho, yo respondí que mamá tenía la culpa. Mamá estaba desvanecida sobre una silla, muy pálida. Me daba horror el mirarla. Y había mucha gente en torno mío. Yo lloraba, y gritaba que ella lo había dicho. Nadie me entendía, nadie quería creerme. Pero es la verdad, señores. Es la verdad. Si mamá no lo hubiera dicho tantas veces, yo no sería un homicida. Un fratricida. Pero quiero confesarles que al hacerlo no sentí miedo, sino una gran alegría porque eso era lo que mamá había dicho que debía hacerse. Y yo lo hice. No puedo negarlo. No lo he negado jamás. Las palabras de mi madre me dieron el impulso, la fuerza necesaria. No se requería mucha. ¡El era tan pequeñito y tan tierno! Y las madres son algo sagrado y misterioso. Y a los seis años uno se halla tan indefenso. Las madres lo toman a uno en sus brazos, a veces, y a veces lo rechazan. Y uno queda mohíno y amargado. Y las madres dicen, a veces, palabras terribles y a veces palabras dulces. Y amenazan. Y se encolerizan. Y lloran. Y nos besan y nos acarician y nos aman y nos odian. Es como andar por un valle ondulado. Aquí, el declive de la ternura; allá, el declive de la cólera; más acá, el del amor; más lejos, el del

odio. ¡Seis miserables años! Un balbuceo de vida. ¿Qué podía yo hacer? Mamá no estaba conmigo en ese instante, Estábamos solos, él y yo, sobre cubierta. El en su cochecito y yo al lado, cerca de la baranda. Recuerdo el día, pleno de sol, sobre el mar. Yo llevaba puesta una gorra de marinero, comprada por mamá en el almacén del barco. Estas cosas no se olvidan, señores. Es inútil que pase el tiempo por encima de ellas. No consigue borrarlas. Otras se pierden, como si fueran a dar realmente al fondo del mar. Pero esto no vale la pena, ¿Qué les importa a ustedes que yo recuerde el color azul de mi gorra y el azul del cielo y el azul del agua? Lo que importa es lo otro. Pero, ¿por qué ocurrió? No sé, no sé. Yo había podido llamar a mamá, llamar a alguien, gritar. Y alguien hubiera venido seguramente. El marinero que pintaba las barras de hierro, estaba del otro lado y tal vez me habría oído. A esa hora, además, siempre paseaba el capitán. Todo esto ha quedado fijo en mi memoria. Durante algún tiempo se esfumó, se iba como perdiendo y borrando. Pero volvió a renacer, intacto: de pronto uno se siente hombre, y una noche en que el sueño no llega, en que la carne y el alma están tristes, retorna súbitamente la hora antigua, la hora que creíamos haber perdido para siempre. Aquello tenía, pues, que renacer. Pero mi madre no ha debido decir esas palabras. Yo no sabía entonces que hay palabras y palabras, que las madres dicen algunas terribles que son pura dulzura vuelta del revés. Yo no lo sabía. Uno no sabe nada hasta cuando está hecho hombre... Sí. Me acerqué al cochecito. El dormía. Un tajo de sombra, proyectado por la capota le defendía la cara de los rayos del sol. "Mamá, ¿debo mecerlo?". Desde lejos y a punto de cruzar el pasillo, camino de su camarote, me respondió con una seña afirmativa y una sonrisa. Lo miré. Seguía con los ojos cerrados. Moví el cochecito y, suavemente, suavemente, le di un impulso de cuna, el impulso del sueño, el impulso del mar en ese día de verano. Olas que se van y que regresan, que no acaban de irse, que no acaban de volver. Como el sueño. Como el vaivén de las cunas. Perdón, esto no debe interesarle a ustedes. Pero el mar es una cosa fascinadora. Yo estaba sobre su corriente, iba también, como el niño dormido, mecido por ella. Uno, dos; uno, dos; uno, dos. La ola va, la ola viene. La ola va, la ola viene. En el columpio de ese ritmo, el sueño se balanceaba. Los resortes del coche sonaban pautadamente. Como las olas. Como el mar. Mis manos seguían acunando, meciendo. La palpitación del barco repercutía en mis sienes, en mi pecho. Un día perfecto bajo un terrible sol. Recuerdo la alegría de esos instantes y la sensación de pegajosa humedad, bajo mi camiseta de colores. Todos en el barco debían estar durmiendo la siesta. Y mamá, desde luego. Por eso me había dejado de guardia, de guardia marino, vigilando el sueño de mi hermano. "Eres un niño mayor y juicioso". Sí. Yo era un niño mayor y juicioso, un marinero que montaba guardia en el país de los sueños. Me sentía grande, importante y un poco dueño de todo: del barco, del sol, del mar, de las olas, de mi pequeño hermano, náufrago entre espumas de lino y de encajes. Las manecitas, de uñas casi azules, resaltaban gordezuelas y sonrosadas, en ese pequeño y frágil mar blanco de los linos y de los encajes. De pronto, estalló en sollozos. Fue algo súbito, sin transición, sin preparativos. Un llanto total y absoluto, rabioso e irremediable. Era como si en el sueño, lo hubieran herido, lo hubieran crucificado, le hubieran mostrado el rostro de la muerte. Yo, entonces, no pensé en estas cosas, que sólo se le ocurren a las gentes mayores y que a mí han venido a fuerza de recordar todo aquello. ¿Han oído ustedes llorar a un niño? Es algo que conturba y enerva más, mucho más que el llanto razonable de los hombres. Ese llanto parece que no va a concluir jamás. Como el llanto del agua en el hontanar de las rocas, el del niño da una sensación de angustioso remordimiento frente a la vida. El llanto del niño brota como un surtidor de dolor, reclamando no sabemos qué piedad, qué amor, qué voluptuosidad o qué misericordia.

Y mi madre había dicho aquello, lo había dicho y cantado tantas veces, para mí, y para mi hermano que ni siquiera podía entender sus palabras. Y el llanto seguía inextinguible, desesperado, llenando el aire con su extremada vibración. Yo mecía y mecía el coche, primero con suavidad, después aligerando el ritmo, después con violencia. Y la criatura no cesaba. Era como una catástrofe, como si todo el mar quisiera desbordarse a través de los ojos infantiles. Sobre la cubierta, nadie. Por debajo del estrépito del llanto, o más allá, o por encima de ese estrépito, yo seguía oyendo la palpitación del barco y el resonar de las olas. El sol continuaba esplendiendo en el ámbito y el calor, la sofocación, el sudor y la angustia empezaban a vencerme. "Debo correr a donde mamá. Despertarla. Decirle que él está llorando". No, Se fastidiará. "Hay que respetar la siesta de mamá, ¿entiendes?". Sí. "Tú eres un niño mayor y juicioso". Sí. "Un guardia marino que cuida el sueño de su hermano". Sí, mamá, sí. Pero él sigue llorando, llora sin remedio. Voy a correr. Voy a despertar a mamá. "Mamá, el niño está llorando". No. Lo tomaría a mal. "Tú no sirves para nada". Me quedaré aquí. Como un guardia marino. Voy a arreglar bien mi gorra. De lado, como los verdaderos marineros. Moveré un poco más el coche. Así, así. Uno, dos, tres; uno, dos, tres; uno, dos, tres. Cállate, cállate, nene. No llores, no llores. Nada. Lo alzaré en mis brazos. Eso es, eso es. Se ha caído la pequeña sábana de lino. No importa. Y él no pesa casi nada. No llores, nene, no llores, por favor. Mira, mira el mar. Fíjate qué lindo es. No pesa casi nada este niño. Pero no llores, por Dios. Mamá va a venir pronto, pronto. ¿Quieres ir a la orilla del mar? Aquí, sobre la baranda. Así, así, sin llorar. ¿Otra vez? No, niño, no llores más. Mamá va a despertar. No pesas nada, hermanito. Eres como una pluma. Silencio, hermanito, silencio. ¿Pero por qué lloras? ¿Por qué? Vamos, vamos un poco más allá, hasta la punta del barco. Cuidado con esa silla. Bien. Ya está. Adelante, adelante. ¡Qué montón de lágrimas! Arrurrú mi niño, arrurrú mi... No. No más, no más hermanito. ¿Ves? Ya llegamos. Aquí termina el barco. Aquí comienza el mar. ¿Pero sigues llorando? Eres un niño malo, un niño malo. Voy a castigarte. Sí, te castigaré. ¿En la mejilla? No, hermanito. Me da lástima. Hay algo mejor. Sí. Ya me acuerdo. ¿Cómo es que lo canta mamá? Fíjate, así: "...los niños que lloran, niño, los arrojan al mar". ¿Me oyes? ¿Me oyes? ¿No quieres callar? Bien. Eres malo. Muy malo. Y mamá lo ha dicho. Te echaré al mar. Te echaré al mar. La baranda es alta, pero aquí, por entre estas barras, pasará el niño malo que se va para el mar. Así, así. Adiós, hermanito, adiós... Cerré los ojos y esperé, esperé en vano para oír el golpe del pequeño cuerpo contra las olas... ¿Comprenden ustedes ahora por qué soy un hombre desgraciado? ROSARIO DIJO QUE SÍ Claro está que Rosario no quería engañara Carlos. Y, desde luego, lo amaba. Verdad, sí, que los años, no muchos pero los suficientes como para que se advirtiera la transformación, lograron alterar, con la insidiosa complicidad del hígado, las líneas de ese rostro. Carlos no era ya, evidentemente, lo que fuera diez, once años atrás: un joven apuesto, sencillo, tímido y hermoso. Rosario encontraba que entonces se parecía a un actor de cine, del cine mudo, desde luego, lo cual iba muy bien con el carácter reservado de Carlos, todo monosílabos esenciales y gestos precisos. Ella se entusiasmó con el parecido y con otras cosas. Por ejemplo: la prematura seriedad de ese rostro y de ese carácter, la destreza de Carlos para barajar los naipes, la siempre correcta línea del pantalón y el ancho, espléndido trazo de los hombros. Además, Carlos era de una corrección íntima, absoluta. En las no muy abundantes escenas clandestinas de amor que tuvieron durante el noviazgo, Carlos procedía con un método, una minuciosidad y una seriedad tales, que Rosario, a veces, se exasperaba, pero terminaba admitiendo y

admirando el buen sentido y la previsión de quien iba a ser su marido. Suponía que ese buen sentido y esa previsión desaparecerían al llegar el matrimonio, y que Carlos se tornaría entonces más apasionado, más imaginativo y mucho menos austero. Esa suposición era falsa. En la base del temperamento de Carlos estaba ser como era, ni más ni menos. Y no podía remediarlo. Mientras sus compañeros de universidad alardeaban del derroche vital que hacían semanalmente en compañía de muchachas alegres y dadivosas, Carlos consideraba un privilegio de su destino, sentir una especie de asco natural a todo eso. A veces, es cierto, se escandalizaba interiormente de su buena reputación y de su buena conducta. "Me estoy convirtiendo en algo así como un puritano", se decía. Pero, reflexionando un poco más, encontraba que no lo era. Ninguna convicción de carácter moral influía en su ánimo para hallar absurdo pasar una noche entera, acostado en una cama extraña en compañía de una abnegada o entusiasta profesional del amor. O llevar el placer áspero y excitante de la bebida, hasta la torpe y ominosa embriaguez. Muchos de sus compañeros y amigos hablaban de él como de El Gran Abstemio a veces, por burla, a veces por elogio. Lo apreciaban y, hasta cierto punto, lo respetaban. Suponían ligeramente maravillosas una rectitud espiritual así de simple y de sencilla y una noción de la vida, así de ventilada y sistemática. Tal vez si Rosario no hubiera puesto tanto empeño en casarse con Carlos, éste habría concluido por quedarse soltero. No tenía ningún afán en cambiar de programa para su existencia. Las rentas de su familia le aseguraban una tranquilidad medianera, pero pasable. En la empresa industrial de su padre - de no continuar una carrera liberal siempre habría un escritorio, una silla y un sueldo para él. ¿A qué complicarse entonces? Pero Rosario era en cierta manera, implacable. A los 17 años hubiera querido ser ya esposa, madre y probablemente viuda. Llevaba, en lo profundo de su ser, una tremenda urgencia vital. Del colegio donde estudiaba fue preciso extraerla discretamente, pretextando un inaplazable viaje de sus padres a otras provincias del país, para evitar así toda suerte de escándalo: la habían sorprendido besándose apasionadamente con una profesora, cuyas sospechosas costumbres llenaban la crónica secreta del establecimiento. Además, entre los efectos personales de Rosario, la inquisitiva inspección de las directoras encontró candidos pero ardientes billetes de amor, provenientes de otros sectores femeninos del colegio. Estos enojosos antecedentes se volatilizaron al aire libre. En la atmósfera de invernadero sexual del internado, hubieran, acaso, proliferado vigorosamente. Pero el contacto obtenido todavía a tiempo, con la vida normal, sin rígidas trabas, orientaron su temperamento por otros cauces. Se convirtió, de manera auténtica, en una joven bestezuela, agresivamente femenina. En pocos meses de libertad olvidó todas las perturbadoras angustias de sus años de clausura. Frente a ella, en su casa, en la calle, estaban esos seres jóvenes que la miraban apasionadamente. Y ella podía mirarlos también, sin reproche. La vida era mucho mejor y más interesante, mucho menos sórdida y absurda de lo que supuso, muchas veces, durante las largas vigilias en el dormitorio común o en medio de los sueños que la asaltaban en el salón de clases. Sí. Lo mejor de la vida podía quedar significado en uno de esos juveniles varones que rondaban en torno de su belleza. En Carlos, ¿por qué no? A los 18 años, ya estaba, pues, lista para casarse. El matrimonio había sido su obsesión, desde la infancia. Y Carlos cedía, poco a poco. La fuerza pasiva, paciente, que él opuso, aplazando fechas y fechas, se desplomó finalmente ante el ímpetu y la insistencia de ella, que no quería llegar a la mayor edad sin un marido y sin un hijo, por lo menos. Su vocación de mujer no admitía espera. Deseaba quemar aprisa, voluptuosamente de preferencia, todas las etapas. Y la frigidez de Carlos, su parsimonia, su curia mental y sensual, resultaban otros tantos obstáculos por vencer, que la entusiasmaban casi hasta

el frenesí. Pensaba transformarlo, amoldarlo a su temperamento, sometiéndolo al riguroso tratamiento de su propio fuego. "No resistirá", se decía, tal vez como debe decirse la llama al acariciar y envolver el rígido trozo de metal. Cuando Rosario conoció a Jaime - en estricto inglés James Thorpen - la vida matrimonial con Carlos le había deparado ya, además de dos chicos, una serie equitativa de satisfacciones y pesares. Carlos, durante los últimos años, logró una buena consolidación de lo que él llamaba estratégicamente, sus posiciones. A la muerte de su padre, ocurrida cuatro años después de su boda, ocupó la silla y el escritorio de su progenitor, en la ya floreciente empresa industrial. Por el momento, pues, ninguna zozobra económica. La ampliación de los negocios, un símbolo de la época en que le correspondió tomar las responsabilidades directivas, determinó el contrato con Jaime, como técnico. Vino de Massachussets, con su llamarada de pelo rubio en la cabeza, los ojos grises de reflejos metálicos, y un bárbaro español sobre la lengua. Parecía, él también, pensó Rosario al conocerlo, otro actor de cine, pero diferente del que le sirvió de modelo en otro tiempo, ya un poco lejano, para escoger marido. Un actor, esta vez, del cine hablado, y sin ninguna reminiscencia latina, como el otro, sino abrumadoramente gringo, abrumadoramente rubio, con esa abrumadora claridad sonrosada sobre la piel, que el ojo diestro de ella podía descubrir por entre la suave maleza del vello en el pecho, en los brazos, en las piernas, cuando, verbi-gratia, iban de paseo, ella, su marido y él, a las tierras bajas y cálidas, en los fines de semana y Jaime se presentaba semidesnudo, como un dios olímpico, en la piscina o bajo el sol. Un balance, nunca suficientemente bien equilibrado, de igualdades y diferencias entre su marido y Jaime, fue el deporte mental favorito de Rosario, por entonces. El saldo le resultaba siempre desfavorable para Carlos. Entre otras razones, porque en el renglón de los entusiasmos sexuales, la partida correspondiente a Carlos lejos de crecer con el matrimonio, como supuso, quedó estacionada, reglamentaria, estrictamente conyugal, sin ninguna posibilidad acumulativa. Suponía, en cambio, una alta cifra, por este concepto, en la cuenta de Jaime. Además, en ese terreno, después de varios años de matrimonio, Rosario empezaba a considerarse, con cierta desolación, totalmente derrotada. Una íntima y tenaz insatisfacción, un poco indescernible, la invadía a veces. Porque, como ella lo repetía para sí todos los días, amaba a Carlos. Lo amaba y lo admiraba. Estaba orgullosa de su inteligencia, de su tranquila bondad, de su paciente destreza para dirigir los negocios, de la honestidad de su criterio, de su indiscutida fidelidad. Pero al aparecer Jaime, la fuerza del contraste precipitó el soterrado caudal de sus inquietudes. Del punto en que la coloración del pelo separaba, con una aguda nota en cada caso, esos dos ejemplares humanos, el uno de oro escandaloso y el otro de ébano apagado, hasta la forma inasible del ademán, incluyendo las diferencias de estatura, del color de los trajes y de la posición ante la vida, las partidas favorables a Carlos en el balance psicológico hecho por Rosario, fueron debilitándose, a tiempo que crecían las correspondientes a Jaime. Y la solidez, siempre cuestionable, siempre en litigio interior, de sus convicciones sobre la fidelidad matrimonial, empezó a agrietarse sutilmente. Carlos, pensaba, es la historia conocida; Jaime puede ser, debe ser, la leyenda, lo desconocido, lo imprevisto. Una leyenda de carne y hueso, alegremente trajeada, que en la primera oportunidad, por ella buscada, la tomó entre sus brazos y la besó, sin una palabra de prólogo, con largueza, con pasión, con denuedo. De ahí en adelante, todo siguió como en las películas, como en los cuentos o como en la vida: clandestinidad, zozobra, sobreentendidos, claves del lenguaje, artificial indiferencia y compostura ante testigos, placer del disimulo, y, en la intimidad, el derroche pasional que ella deseara siempre.

Pero un día, estas cosas ocurren siempre un día cualquiera, sobrevino aquello. Había sido, pensaba ella mientras se dirigía a la piscina, una imprudencia de él, de Jaime. Esa primera tarde del week-end se presentaba esplendorosa y, como de costumbre, los tres viajaron de la ciudad al hotel provinciano, rodeado de pequeñas y lindas casas para los matrimonios felices, para los matrimonios como el de ella. ¿Qué necesidad tenía Jaime de besarla, allí mismo, en los desvestideros de mujeres? Una imprudencia, sí, una grave imprudencia, pues a esas sagradas casetas no llegaban, sino por benévola excepción, los maridos en busca de sus esposas, pero no los amantes en busca de las esposas de sus amigos. Cuando ella salía, casi tan desnuda y, desde luego tan bella como cualquiera Venus, de debajo de la ducha, con el pelo, la cara, los brazos, el sonrosado vientre, el "soutien" y los pantaloncitos del traje de baño completamente empapados, él, ya listo también, esperándola allí mismo a la puerta de la caseta. Y, claro, no pudo reprimirse. Era sexualmente, un energúmeno. El largo corredor se hallaba solitario, esa era la verdad. La miró durante un cuarto de segundo, con ojos terribles y la envolvió, casi asfixiándola, en un abrazo. Y después, la besó tan cinematográfica, tan voluptuosamente como siempre, estrechando contra su cuerpo húmedo y caliente, ese otro cuerpo también húmedo y caliente. Medio minuto, acaso veinticinco miserables segundos de ese maravilloso día. Eso fue todo. Pero en el vertiginoso curso de esos segundos apareció Carlos, al extremo del largo corredor. No lo sintieron llegar, pues la fatalidad se presentaba en traje de baño y con los pies descalzos. Jaime ofrecía sus anchas espaldas a la fatalidad. Pero a Rosario le correspondió verla a lo lejos, de frente, por encima del brazo masculino que, de un lado, pasaba oprimiendo una de las colinas de sus senos, se deslizaba bajo la tibia gruta de una axila y concluía, resolviéndose en los cinco dedos de la mano, a la mitad de su espalda. Un pequeño grito pugnó, con éxito, por escapársele de la garganta. Jaime abandonó nerviosamente, el aire cálido, a la plenitud de la respiración, esos seductores cincuenta y dos kilos de peso. (El dato exacto lo había leído en una tarjetica que ella llevaba en su cartera). Lo que siguió fue un poco absurdo como todos los hechos reales. La fatalidad desapareció, también en una porción de segundo, del extremo del corredor. Y cuando Rosario, por un lado, y Jaime por otro, llegaron minutos después, al borde de la piscina, encontraron que Carlos estaba en medio de ella, desarrollando con precisión ejemplar, un magnífico crawl. Como si nadie hubiera visto, como si nada hubiera pasado. A pesar del intenso calor de la media tarde y del sol, ya oblicuo, que instalaba en el fondo del horizonte con acabada pericia de director de películas, un poderoso reflector cuyos haces de luz plateaban las aguas, Rosario sentía un poco de frío y ese temblor que, a veces, produce la fiebre. "El agua está deliciosa", le gritó Carlos en una de las pausas de su rítmico braceo. Ella oyó la voz, un poco alucinada. Érala voz de siempre, tranquila, casi cariñosa, indiferente, normal. Se esforzó por descubrir en los cuatro sonidos de las cuatro palabras proferidas por su marido, un matiz de rencor, una partícula de ira, un acento de venganza. Nada. Jaime se hallaba cerca de los trampolines, bien lejos de ella, esperando, lleno de inquietud, pero deseándolo, el desenlace. Carlos, entretanto, seguía nadando, imperturbable. Rosario lo veía avanzar, lenta, inexorablemente, hacia los trampolines, hacia el sitio donde se encontraba Jaime. Un brazo, luego otro, en tiempo medido, pautado, musical. El movimiento era perfecto, sincronizado, sin escape, sin desviaciones, sin premura, lleno de elegancia y de técnica sabiduría. Rosario corrió por el borde - hierba y azules baldosas - de la piscina, impulsada por las manos invisibles de la angustia. Ganó en pocos segundos la distancia que la separaba de Jaime. A Carlos le faltaban ya pocos metros para llegar a donde ellos estaban, convertidos de pronto, en dos admirables y vivientes carteles de propaganda de los trajes de baño, del turismo y de los placeres del week-end. Quietos, esculturales, bien diseñados en las líneas vitales,

un poco sombríos y nada más. El dibujante les hubiera exigido, seguramente, una sonrisa. Carlos llegó, por fin al borde, al sitio de las paralelas de hierro. Se agarró a una de ellas, hundió de nuevo todo el cuerpo y, con una ágil flexión, brotó de las aguas y saltó sobre el piso, sacudiéndose como un perro, pero con mucha más elegancia que un perro, el sobrante de agua que traía adherida al cuerpo. Un pozo circular empezó a formarse en torno de sus pies. Se pasó las manos por el cabello, por la cara, por los brazos, por el pecho. Estaba al lado de ellos, todavía sin proferir una sola palabra. La palidez de Rosario resaltaba muy bien en torno de los labios. Jaime miraba, sin ver, pero obstinadamente, al suelo. Entonces a veinte metros de donde se encontraban, apareció algo maravilloso en forma de hombre. Rosario vio, primero, un pantalón de baño, exactamente igual al de su marido y, por arriba del pantalón, un pecho, una cabeza, un color de cabello y, finalmente, un rostro providencial, terrible y deliciosamente semejantes a los de su marido. Estuvo a punto de arrodillarse para besar la tierra y dar gracias a Dios. "Mira, mira", dijo a Jaime, señalando al desconocido. Jaime y Carlos, al mismo tiempo, volvieron la cabeza. Jaime sonrió como un ángel, y Carlos dijo: "Ya lo había visto. Se me parece mucho ciertamente... Debe ser un cliente nuevo, que desconoce el lugar, pues hace poco rondaba por el lado de las casetas de las mujeres. Le indiqué que las duchas de los hombres estaban del otro lado...". UN CORAZÓN FIEL Al morir el escritor Gerardo Salvani, después de casi veinte años de constantes éxitos, su viuda resolvió abandonar la casa en donde vivieran juntos largo tiempo. Esa casa se le aparecía ahora llena de la ausencia de quien le había colmado hasta los últimos rincones, con el prestigio y el atractivo de su presencia. Le resultaba también, demasiado silenciosa, triste y evocadora. Cristina empezaba a envejecer y quería un poco de paz, un poco de olvido, lejos de los recuerdos inmediatos y de los viejos recuerdos, suscitados a cada instante en esa atmósfera. Allí todas las cosas desataban en su espíritu largas y profundas resonancias que llevaban un doloroso acento, pues se referían al abolido tiempo de la dicha y del amor. Súbitamente se había quedado sola. Muchos eran los amigos y los admiradores del escritor, pero comprendía que, dentro de poco, se alejarían paulatinamente, faltándoles el estímulo que para la amistad emanaban de la fama y la gloria del novelista. Nunca supuso seriamente la posibilidad de que su marido muriese antes de ella. Le gustaba pensar, con sutil amargura en su propia desaparición, que debía ocurrir primero, pues se consideraba incapaz de resistir la ausencia definitiva de Gerardo. Y como confiaba con plenitud en la bondad de su Dios, se daba, complacida, la garantía interior de su muerte previa. Muchas veces pensó en la escena final e imaginó la serena desesperación de su marido, a quien veía sollozando sin palabras, sin gritos, al borde de su lecho. Un matiz de coquetería femenina se mezclaba a la emoción dolorosa que le producía pensar en todo esto. Sabía que era amada y, por lo tanto, se complacía en esa demostración final de la ternura, en ese desenlace para su vida. Pero el destino contrarió el designio de su voluntad. La desaparición de Gerardo le demostró que su fe podía ser menos poderosa de lo que suponía para establecer un turno riguroso en la sujeción a la ley de la muerte, y que su creencia respecto de la posibilidad de resistir el golpe que la hería de manera tan honda debía cambiarse por la creencia contraria, puesto que ante el hecho irrevocable, una secreta fuerza vital la mantenía lúcida, clarividente, dueña de su dolor y de su vida. Había afrontado la muerte de

Gerardo dándose cuenta exacta de que en la silenciosa batalla con la adversidad saldría victoriosa y resignada, a pesar de que deseaba, sin lograrlo, desfallecer y morir también. Comprendía la inutilidad de esa especie de apelación desesperada a la supuesta debilidad del corazón humano que hacen todos los que aman para cuando la persona querida sea escogida por la muerte. Completa inutilidad del voto para no resistir, puesto que a pesar de la prodigiosa fuerza psicológica con que se formule, al llegar la muerte, una superior impotencia impide cumplirlo, y seguimos existiendo al lado de los cuerpos inertes, por cuya resurrección quisiéramos dar nuestra propia vida. Cristina tenía la convicción de que había sido completamente dichosa. Y de que Gerardo lo había sido también en la misma proporción y con paralela intensidad a la suya. Su vida de escritor, solicitado y admirado en círculos sociales e intelectuales donde la vanidad resplandecía, no sufrió las alteraciones morales que hubieran podido prosperar si su carácter fuera menos firme y leal. Cristina recordaba cómo su marido defraudaba con exquisita gentileza, el asedio imprudente de las mujeres deseosas de hacer el papel de heroínas eventuales en la vida real del novelista. Y la deliciosa cortesía y el ingenio que usaba para demostrarles la total incapacidad en que se hallaba de complicar innecesariamente su vida. Al verificar el balance de su pasado, no hallaba la manera de acusar de ninguna deslealtad concreta a Gerardo. Recordaba, apenas, miradas, palabras, gestos con los cuales su marido expresó, en determinados momentos, una admiración, un entusiasmo fugaces, en los que pudo adivinar un matiz de atracción carnal, un leve ímpetu sensual, desaparecido o eliminado con ejemplar control. Nada más. Ningún nombre de mujer, fuera del suyo propio, interfería ese balance del pasado. Durante veintidós años de matrimonio, Gerardo aparecía en el recuerdo como un compañero perfecto. Su experiencia intelectual, no obstante, semejaba el fruto de una intensa y contradictoria vida sentimental, que, a juicio de Cristina, no tuvo. Sus novelas, en donde la complicación psicológica, la contraposición de los caracteres, el análisis de las pasiones llegaban a un alto grado de saturación y de pericia, podían tomarse como el testimonio no sólo de la observación del espectáculo humano, sino de una determinada participación en él como actor. Las figuras femeninas de sus novelas, sobre todo, acusaban un sagaz intérprete de los secretos que recelan el temperamento y el corazón de las mujeres. ¿Dónde y cuándo había aprendido Salvani esa maestría psicológica que le permitía desarmar el complicado mecanismo del amor, del dolor, de la ternura, de la infidelidad, de la hipocresía y la crueldad femeninas y fijar sus inestables leyes?, pensaba Cristina, mientras repasaba en su imaginación el elenco de las heroínas de los bellos libros escritos por su marido. ¿De dónde nacía esa extraña fuerza con que Salvani creaba un destino obstinadamente cruel para las criaturas de su imaginación? ¿No era, acaso, un hombre feliz, y, por lo mismo, que hubiera podido reflejar en sus obras esa misma felicidad, ese amable concepto de la vida en que se hallaba sumergido? Ninguna de sus novelas, sin embargo, podía tomarse como expresión de su personal experiencia. Reflejaban, por el contrario, la antítesis, el lado opuesto a su propia vida. Todo en ellas era un poco pérfido, y mostraban, casi como norma incuestionable de las relaciones humanas, un total desequilibrio moral. Jamás había reflexionado Cristina en esa contradicción. Amaba los libros de su marido y, hasta entonces, le parecían un fruto espléndido de su imaginación creadora, un efecto de su extraordinaria fantasía y de la genial capacidad que la crítica le reconocía para suscitar entre los personajes los más desconcertantes antagonismos del temperamento, las creencias y la conducta. Pero a Cristina le parecía bien extraño todo esto. La obra literaria de Gerardo no correspondía a su vida, a la personal experiencia de que ella

había sido, simultáneamente, espectadora y colaboradora. Durante veintidós años de intimidad conyugal, Gerardo se presentaba ante sus ojos como un ser inalterable, sereno, metódico, sin otra pasión que la de su trabajo intelectual, satisfecho de su matrimonio, de la situación económica que disfrutaba y, sobre todo, irrevocablemente curado de todo propósito de aventuras sentimentales. La seguridad moral y psicológica en que se apoyaba Cristina respecto de la fidelidad de Gerardo, encontraba, además, una justificación diaria en la suave ternura y el delicado tacto de su compañero para disolver con adecuadas palabras, o con eficaces silencios, todo principio de querella, de fugaces incomprensiones mutuas. Una maestría sutil y risueña, en la que se adivinaba cierta noción de filosófico escepticismo, cierta pericia intelectual de hombre de letras, hacían de Gerardo un seguro y amable triunfador en esas circunstancias. Cristina no recordaba haberlo derrotado jamás en sus pasajeras disputas. La habilidad para convencer y para disuadir era en Gerardo de una fuerza cautivadora. Sin embargo, los últimos años de su matrimonio no fueron tan explícitamente felices como los anteriores. En rigor, Cristina no podía afirmar en qué consistía el cambio, entre otras razones porque también se sentía inconscientemente culpable de haberse acomodado, sin mayor esfuerzo, a la paulatina transformación de sus relaciones. ¿Qué podía reprocharle a Gerardo, sin que en el reproche no quedara ella también implícita? Tal vez el lento paso de los años había atemperado en ambos, haciéndolo languidecer, aquel ímpetu alegre de la sensualidad y ese despliegue de ternura en que se expresaba su amor. Cristina llegaba a una edad difícil, y la convicción de que su juventud y su belleza habían conseguido ser satisfechas, sin mezquindad sexual le daba suficiente ánimo para aceptar sin amargura el cambio inevitable de su vida. No podía asegurar tampoco que Gerardo se hubiera distanciado de ella, o que se tornara cortésmente indiferente. Pero una leve sombra de preocupación, que él atribuía a las dificultades de la última obra en que se hallaba trabajando, surgía de continuo en medio de su conversación. De pronto, cuando lo creía íntimo, confidencial y atento a sus palabras, los ojos de Gerardo se llenaban de ensueño, se tornaban vagos, lejanos, ajenos al mundo circundante. Cristina callaba entonces. Y el silencio suscitado de esta manera, creado súbitamente en torno suyo, lo hacía volver a la realidad. - ¿No me oyes?, le decía Cristina. ¿En qué piensas? - Sí, te oigo, respondía Gerardo sonriendo. Decías... Cristina reanudaba la conversación y Gerardo seguía por algún tiempo, atento, solícito a las palabras de su mujer. Por aquel tiempo ocurrió uno de esos acontecimientos que en la vida de un escritor sirven para suscitar en torno de su existencia y de su obra, una atmósfera de curiosidad y de interés. Las gentes jóvenes, los literatos de veinte, de veinticinco años, veían en la obra del novelista Salvani un raro ejemplo de habilidad estética y de profundidad psicológica. Los contemporáneos de Gerardo, sus compañeros de generación, proclamaban, con algunas excepciones, que esa obra representaba algo excepcional y la más hermosa expresión del estilo y las tendencias literarias de la escuela a que pertenecía el maestro. Se organizó entonces un gran homenaje público, que tomó como punto de partida la designación del escritor para la Academia. El novelista fue invitado oficialmente a una correría por los principales centros universitarios del país y de algunas naciones vecinas. La prensa mantuvo alerta el interés de los lectores, publicando sus conferencias, sus opiniones, y reseñas de su vida, de sus años de aprendizaje, de sus épocas de trabajo, cuando aún era un desconocido, que luchaba silenciosamente, al lado de su esposa.

Cristina fue entonces totalmente dichosa. Se sentía copartícipe de la gloria de Gerardo, y, en cierta proporción, co-autora de esa gloria. Creía haber contribuido a la felicidad de su esposo, felicidad que consideraba la base esencial y única, sin la cual el trabajo de Gerardo no habría alcanzado el grado de maestría y plenitud que todos reconocían. Se habló y se escribió entonces no sólo a propósito del literato sino del hombre, para señalar como ejemplar esa vida. Cristina recibía satisfecha la confirmación plebiscitaria que le llegaba desde la calle, para la convicción propia que alimentaba con recóndito orgullo. Sí, la vida de Gerardo había sido, era ejemplar. ¿Podía acaso acusarlo de una deslealtad? ¿Podía señalarlo siquiera como un ser difícil, inseguro, inestable? No. Era evidente que Gerardo valoraba con precisión las cualidades y defectos que ella poseía. No la consideraba mejor ni peor de lo que a sí misma se juzgaba. El entendimiento entre ambos, semejaba un pacto suscitado espontáneamente sobre la condición del respeto mutuo y de la ternura. Sí. Cristina se consideraba una mujer feliz. En su casa de campo, la viuda del novelista Salvani recibió, pocos días después del segundo aniversario de la muerte de su marido, una carta que decía: "Durante mucho tiempo fui admirador y circunstancialmente amigo de su esposo. Vino a mi casa una o dos veces, interesado en las investigaciones históricas que yo adelantaba entonces. Hace algún tiempo mi esposa enfermó y murió. Entre las cosas y recuerdos íntimos que dejó en circunstancias que más adelante le explicaré, apareció el manuscrito de un diario íntimo, que, como usted verá, abarca un lapso de ocho a diez años. Además de ese diario, aparecieron las cartas que le remito y que estimo se hallen mejor en su poder que en el mío. Lamento que uno y otras, nos impidan a usted y a mí, conservar intacta la imagen que nos habíamos forjado de sus autores. Usted, me dicen los amigos suyos, tiene para la memoria de su marido un culto casi sagrado. Yo iba camino de tributarle uno semejante a la memoria de mi esposa. Sé que usted se empeña ahora en facilitar los medios para hacer una gran edición completa de las obras del novelista Salvani, edición que llevará un estudio biográfico basado en los datos y opiniones suyos sobre esa vida, ya clásicamente ejemplar para la opinión pública. No crea que me mueve, al dar este paso, un sentimiento de impertinente revancha póstuma, que de nada me serviría. Pero profeso un extraño respeto a la verdad. Su marido fue el amante de mi esposa en circunstancias de que dan minuciosa cuenta ese diario y las cartas. Su marido y mi mujer no eran, desde el punto de vista moral, lo que usted y yo suponíamos. Un prodigio realmente admirable de disimulo y de hipocresía, una desconcertante capacidad de simulación, tal vez estimulada por la pasión que los unía, lograron el milagro de que esas relaciones no pudieran ser puestas en evidencia por gentes deseosas del escándalo. Las cartas de su esposo escritas cuando se hallaba en viaje de conferenciante famoso por otros países, aclaran algunos detalles y jamás habrían llegado a mi poder, puesto que estaban dirigidas a la solitaria casa en donde ellos se veían, si no hubiera sido por la imprudencia inútil del dueño del inmueble. Como a esta casa nadie volvió, después de fallecida mi esposa, y su muerte fue casi repentina, pasado algún tiempo sobrevino lo inevitable: la búsqueda de la persona que figuraba en el registro como inquilino, cuyo nombre no correspondía a nadie, ya que su esposo había dado un nombre supuesto; y más tarde, la discreta investigación de la dama que, periódicamente, durante los dos últimos años, a partir de la muerte de su esposo, pagaba el valor del alquiler. Mi mujer, no quiso abandonar esa casa, donde exactamente como usted en la suya, seguía rindiendo amoroso culto a la memoria de Salvani. Era allí donde se refugiaba para seguir escribiendo su diario, y, como lo dice también en él, donde podía volver a encontrar el recuerdo de la "única gran pasión de su vida".

El resultado de la investigación ha hecho llegar a mis manos, estas cartas y el manuscrito del diario. Hay otras cosas que también me han sido entregadas con la mayor discreción, en mi carácter de lamentable heredero de un pasado que desconocía en absoluto. Entre esas cosas, hay un estilógrafo que lleva las iniciales del nombre de su marido, y una fina pipa de cerezo. No quise recibir los muebles, los tapices, los cuadros, las porcelanas que embellecían ese interior minúsculo y confortable. Decidí que todo eso pasara, como precio tácito del silencio del dueño de la casa, a poder de él, quien lo aceptó encantado. ¿Cuántos años, durante cuánto tiempo fuimos engañados? En el diario aparece una primera fecha reveladora: abril de 1932. Pienso, pues, que por largos años ha durado esta comedia de la fidelidad, de la lealtad, del amor apacible y tranquilo, que no pude adivinar, y me atrevo a pensar que usted tampoco, en medio de una existencia alimentada cotidianamente por la certidumbre de la seguridad. Le confieso que el golpe ha sido rudo y doloroso, por lo imprevisto. Entre las varias imágenes psicológicas que en el curso de los años pude formar con los elementos que me iba ofreciendo la personalidad de mi mujer, no apareció jamás, ni siquiera levemente esbozado, el perfil de la hipocresía. Siempre pensé que en medio del territorio inseguro de su carácter, había, sin embargo, un amplio trozo de tierra firme donde prosperaba la lealtad. Tenía la seguridad, no inconsciente sino revelada en los actos esenciales de su conducta, de que era honesta, franca y leal. Su inteligencia, lo reconozco todavía con orgullo, era superior a la del común de las mujeres de su clase social, y había conseguido afinarse extraordinariamente en los últimos años, gracias a la disciplina intelectual a que se sometía encantada y que, ahora lo comprendo, realizaba bajo la experta dirección de un famoso hombre de letras. Considerándola un ser superior y magnífico, cuya belleza, además, me envanecía, pensé siempre que en el reparto del amor y de la felicidad, el destino había sido de una gran generosidad para conmigo. La certidumbre póstuma de su infidelidad convierte en .cenizas un pasado maravilloso, y aniquila la esencia moral de una imagen de mujer que yo adoraba en el recuerdo, con igual intensidad a como la amé en la realidad. Es doloroso, pero es inevitable. Me consterna pensar hasta qué grado de habilidad extraordinaria puede llegar el amor, servido con eficacia por la inteligencia, y cómo es posible que ofrezca paralelamente, dos rostros, dos imágenes, dos perfiles contradictorios y excluyentes. El amor de Salvani por su amante, y el de ella por él, hubieran podido conducirlos a romper las limitaciones sociales y, desde luego, a crear para usted y para mí, respectivamente, una penosa situación. Sin embargo, esa cautelosa y honda pasión, no rompió ningún prejuicio, no destruyó nada; por el contrario, halló en la clandestinidad y en el peligro continuos, un enérgico estímulo. La imaginación y el temperamento del novelista, encontraron en esa situación falsa, como se deduce de ciertas páginas del diario y de ciertas cartas, un acicate magnífico. Inclusive hay un poco de complacido cinismo en mantenerse por fuera del orden social, más allá de la correcta línea de la existencia a donde regresaban ambos, con otra máscara, con otra personalidad, con otros sentimientos, al retornar hacia nosotros. No sé qué opinión pueda usted conservar de su marido, después de que haya leído los papeles que le envío. He ahí dos seres que hicieron de la hipocresía y de la deslealtad una hábil norma para sus vidas. El portentoso fraude sentimental que realizaron con los dos, y por extensión natural con la sociedad, con la opinión pública y ajena. que considera a uno y a otra como arquetipos de la moral corriente y, a su marido, como a un ejemplar humano de selección, me ha inducido a escribirle estas líneas con el propósito de que, por lo menos, la tremenda verdad sea compartida equitativamente

entre las víctimas. Además, pienso que, acaso, la biografía del novelista Salvani merezca algún retoque...". La firma decía: Jacobo Tudela, y debajo venía la indicación de la calle y el número. Un día más tarde, el autor de la carta recibía intacto, y cuidadosamente cubierto con un papel en que se leían su nombre y sus señas, el envío que había remitido a Cristina de Salvani, acompañado de una carta escrita con letra de mujer: "Su iniciativa que me explico y en cierta manera justifico, no ha conseguido, sin embargo, la totalidad de su efecto. No podría negarle que tiene suficiente poder para abrir en mi vida un secreto cauce de desolación. Pero, no obstante, quiero confesarle que la mitad de esa verdad a la que usted quiere asociarme, no alcanza a golpearme tan directamente como en su caso, pues he sabido resistir el femenino deseo de conocerla en todos sus detalles, negándome a leer una línea siquiera de las cartas de mi esposo o del diario de la que fue su amante. Le devuelvo esos papeles, tal como a mí llegaron. ¿Qué objeto tendría que yo ahondara en mi propia tragedia? Fuera de lo que usted relató imprudentemente en su carta, no deseo saber más. Hubiera preferido no saber nada, pero tal vez resultaba demasiado sacrificio para usted imponerse un silencio absoluto. Su actitud se explica por la humana impaciencia que a todos nos posee, a la hora del infortunio, de buscar equivalencias ajenas, socios y cómplices para nuestro personal dolor. Además, el póstumo rencor que en usted desata la memoria de mi esposo debía buscar un cauce para expresarse y ese cauce iba derecho hacia mí. Pero me niego a servirle adecuadamente de copartícipe de toda la verdad y de todo el infortunio que nace, con soberana fuerza, de los hechos. Ahora sé que una buena parte de mi vida quedó frustrada, pero me obstino en desconocer las circunstancias especiales en que se cumplió esa silenciosa catástrofe que pertenece al pasado irrevocable y de la cual soy una de las víctimas, como usted dice, pero sin presentirlo ni saberlo. Además, se equivoca usted cuando afirma que mi esposo y su mujer fueron además de infieles, desleales. No es cierto. Tal como aparecen relatados los hechos en su carta, queda en claro el heroico propósito que ambos cumplieron ejemplarmente, de someterse, en honor nuestro, en nuestro propio beneficio, a la norma social. ¿Qué los detenía para no romper esa norma? ¿Por qué se sometían al sacrificio diario de la clandestinidad, cuando les hubiera sido fácil proponer abiertamente un rompimiento y llegar a la separación y al divorcio? Usted afirma que las difíciles condiciones de ocultamiento, de hipocresía, en que se desenvolvió el proceso de esa pasión, estimulaban en uno y en otra la supervivencia del amor. No es así tampoco. Perdóneme si le digo que razona con un poco de mezquindad. Esas condiciones lejos de constituir un estímulo para el amor, significaban un obstáculo, aceptado por otras razones. Su esposa y mi marido valoraban con exactitud el afecto, la admiración y la honda confianza que habíamos depositado, respectivamente, en cada uno de ellos. Y se sentían incapaces de defraudarnos, de someternos a la prueba de una crueldad innecesaria. ¿Qué hubieran ganado con ello? ¿Nos hicieron, acaso, infortunados, en el curso de ese amor que desconocíamos, del cual nada supimos y que a pesar de estar vigente al lado nuestro, fue tan cauto y tan leal, sí, tan leal, que jamás alcanzó a herirnos? ¿De qué se queja usted? ¿De qué podría quejarme yo? No, amigo mío, usted y yo fuimos felices, precisamente porque de lo que usted califica como una traición, como una deslealtad, los autores de ella se esforzaron, heroicamente, lo repito, en no dejarnos saber nada. Esa cautela no simbolizaba la hipocresía, ni la perfidia, sino el noble temor a destrozar dos vidas que les eran devotas y para las cuales se creían obligados a cumplir el sacrificio del silencio. Sobre ese amor pesaba, con duro peso, nuestro amor. Probablemente sin amarnos ya, seguían agradeciendo el amor que les tuvimos siempre, que continuaba cercándolos como una muralla, imposible de romper.

Tal vez usted estime que estas razones no valen nada y que mi propósito de negarme a conocer el diario de su esposa y las cartas de mi marido, vela apenas una actitud de cobardía sentimental. Puede que así sea. Pero no creo equivocarme respecto de los móviles que para uno de ellos, con toda certidumbre, lo obligaron a proceder como procedió. Y debo agregarle todavía algo, que, seguramente, usted no acabará jamás de entender: la biografía del novelista Gerardo Salvani, no necesita ningún retoque. Sigo creyendo, con dolorosa fe irrevocable, en su lealtad para conmigo y en su grandeza espiritual; me conmueve y agradezco la heroica decisión moral que lo mantuvo voluntariamente sometido a la jurisdicción de un convenio social que para mí seguía sancionado por el amor, y para él había dejado de tener esa causa y ese estímulo". La biografía del escritor Salvani apareció unos meses más tarde. El autor de ese trabajo literario había escrito en la primera página del libro la siguiente dedicatoria: "A Cristina de Salvan, esposa del novelista para quien el amor y la felicidad estuvieron simbolizados en ese único nombre de mujer". ARCILLA MORTAL "...ese vértigo de la juventud hacia la muerte". Ana de Noailles Hemos vivido juntos 17 años. Nuestro hijo mayor cumplirá dentro de pocos días quince años. Para entonces estaremos solos, él, yo y los dos pequeños. Será una situación extraña y difícil de explicarles, aun cuando el mayor ha entendido algo, ha presentido vagamente los primeros síntomas de la ausencia. "¿Y papá no va a volver?", me preguntó hoy, mientras yo trataba de vencer la obsesión del mismo recuerdo que empezaba a inquietarlo. "Sí, volverá", le he dicho, poniendo en estas dos palabras un énfasis excesivo que me figuro debió parecerle extraordinario y, por lo mismo, sospechoso. Tuve que callar en seguida. Una palabra más y habría llorado, habría gritado para que me oyera él, para que me oyera todo el mundo: “No, no volverá nunca, ¡nunca!". Comprendo que eso me hubiera hecho bien, hubiera aliviado el alma y el cuerpo de la infinita desazón que me posee. No escribo estas líneas para conmoverte eso sería una nueva humillación - sino para tranquilizarme, para quedar en paz conmigo misma. No espero nada, pues bien sé lo pueril que es rebelarse contra lo irrevocable. Tú me enseñaste a aceptar con absoluta lealtad ciertos hechos de la vida, sobre los cuales carecen de poder la voluntad y el deseo de transformarlos y someterlos a la medida de nuestros propósitos. Ahora me hallo en frente de uno de esos hechos, el más grave, el más dramático de mi existencia, y resultaría inferior ala idea que tienes de mí, a la idea que para ti creaste de una mujer razonable y sensata, si pusiera en estas líneas un poco de la angustia, de la tormenta interior que me estremece. Acepto, pues, con lealtad, el hecho irrevocable de tu partida, de nuestra separación. Aun más: lo comprendo y sería capaz de explicarlo, de justificarlo, de defenderlo con vehemencia, con entusiasmo si fuera preciso, ante gentes extrañas que intentaran calificar indebidamente tu conducta. No te culpo, de ninguna manera. Y a la vida, solamente a la vida que es contradictoria y absurda, buena y mala a la vez, pero sobre la cual es muy poco lo que podemos influir con nuestras mezquinas fuerzas, echo toda la responsabilidad de lo que me acontece. La vida, en verdad, nos unió, hizo que nos amáramos, que fuéramos felices, que pudiéramos obtener unos años de dicha en un mundo en el cual abundan el dolor, la crueldad, la ingratitud. Mi aparición en tu existencia fue un suceso sin importancia. Recuerdo tus primeras palabras y la vaga actitud de cortesía con que fueron dichas. En el curso de la conversación me pareció adivinar en ti a un hombre interiormente distante, preocupado

por cosas ajenas a las que se estaban discutiendo en esa alegre reunión de amigos. Algo había de prematuramente severo en tu frente. "¿Qué estará pasando en esa cabeza?", me decía yo con femenina curiosidad. Me había acostumbrado a la espontánea y un poco bárbara franqueza de los demás, a la espléndida alegría de los hombres jóvenes que rodeaban mi vida. La curiosidad me llevó hacia ti revestida de cierta coquetería. Y confieso, sin rubor, la habilidad inconsciente que puse en esa primera escena de nuestro encuentro. Supe entonces cuáles eran tus trabajos, tus deseos, tus ambiciones. Confesaste, con infantil orgullo, tu juventud, tu pobreza, tu actitud ante la vida. El amor, dijiste, era un negocio costoso y difícil: querías coronar una carrera profesional y lograr cierta holgura económica y un adecuado lote de tranquilidad. Te mortificaba haber nacido pobre, y continuar siéndolo. Esa parecía una de las preocupaciones centrales de tu vida en aquel momento. Discutí con vehemencia todas esas opiniones, que creía eran el fruto de un escepticismo artificial y chocante. Mientras hablaba y reía, noté que observabas con cuidado y anhelo, con satisfacción, la línea de mi cuerpo, de mis manos, de mi cabeza. Para no interrumpir esa deliciosa inspección, continué hablando, hablando sin cesar, sin dar tregua a mi imaginación, en voz alta, con calor, con júbilo, con recóndita alegría. Había conseguido que te fijaras en mí, concretamente en mí, en lo que yo era como mujer, en lo que yo representaba como física expresión de belleza. Perdóname el tono de vanidad que pueda haber en estas palabras, pero no encuentro otras para traducir esa antigua sensación de plenitud vital que entonces me daban mi piel y mis músculos y el color de mis ojos y el de mis cabellos, el trazo de mis labios, y la suave dureza de mis senos. Bajo la luz de tus ojos inquisidores, me sentía desnuda, y ofrecía a tu mirada mi cuerpo de animal joven, modelado imperfectamente por el traje. Cuando terminé de hablar todavía estabas acariciándome con los ojos, todavía resbalaba sobre mi cuerpo la luz de tus ojos. Comprendí que de ahí en adelante nuestra intimidad sería fácil, porque tendría como fundamento el atractivo sensual que para ti irradiaba de mi propia juventud. Muchas veces en esta prolongada agonía de tu amor que han constituido los últimos años de nuestro matrimonio, me has dicho de qué manera avasalladora te invadió el deseo en aquel primer encuentro, en aquella primera conversación entre los dos, y cómo la obsesión de mi belleza, de mi cuerpo, te llevó a buscarme de nuevo, una y otra vez; cómo esa misma obsesión se torno tiránica al paso de los días, hasta derivar en cruel angustia. Yo me dejaba invadir por el oleaje de tu pasión y entraba con píe firme en el mar dulce y tormentoso de tu amor. La vida me regalaba todos los días el laurel de una victoria en la amorosa lucha, porque el deseo y mi belleza te ataban a mi vida. Nuestro matrimonio pareció a muchas personas un hecho insólito y absurdo. A pesar de mi juventud física, conservada cuidadosamente, yo resultaba una mujer de más edad que la tuya. Quince años más significaban para el criterio común de los amigos, un exceso de madurez que no armonizaba con tus años, tu incipiente carrera, y tu aspecto de estudiante prematuramente serio. Además, surgía el contraste de tu pobreza y de mi bienestar económico. Y esa fue tu máxima objeción a nuestro enlace. No querías aparecer en calidad de "protegido", decías, de cazador de fortunas. Al casarte, no recibirías nada, no aceptarías nada. Seguirías llevando una modesta vida de estudiante al lado mío, mientras llegaba la hora de coronar tus estudios y comenzar, en serio, tu labor profesional. Fue convenido ese sencillo plan de existencia y un día - hace diez y siete años - nos casamos. Yo tenía treinta y cuatro años: una mujer en plenitud. Adivinaba el anticipado goce de tus manos y de tus ojos, en las suaves caricias y en las cálidas miradas de aquellas vísperas nupciales. El ímpetu de tus veintidós años iba a descansar por fin, en la tierra prometida y, hasta entonces, aplazada, de mi cuerpo. Iba por fin, a reposar tu angustia, a satisfacerse tu anhelo. La embriaguez de aquellos primeros días,

no te apartó, sin embargo, de tus disciplinas. Tu voluntad de éxito, de triunfo personal sobre las contrarias fuerzas de la vida, oponía un límite razonable a todos los excesos, a todas las dulzuras. Trabajabas, investigabas, te desvelabas sobre los libros, con idéntica paciencia a la de tu época de soltería, en el pequeño y modesto hotel a donde apenas una media docena de veces me permitiste ir. Me amabas, me adorabas, me deseabas, pero te torturaba la idea de que pudieras seguir siendo pobre, al lado de una mujer con dinero, de una mujer que recibía renta, que tenía abogado, que podía ensanchar, cuando lo quisiera, las posibilidades y satisfacciones de su propia vida y de la tuya. Querías triunfar sin mi ayuda, equilibrar nuestros destinos, como decías, para no sentirte interiormente vejado. Qué minucioso cuidado ponía yo en disimular mi bienestar económico. Hubiera querido arruinarme, empobrecerme, y, en verdad, así lo quise y traté de conseguirlo, autorizando absurdas inversiones en papeles desprestigiados y en ruinosas empresas que, por desdicha para mí, prosperaban al poco tiempo, y solidificaban y ampliaban mi fortuna. Jamás te hablaba de esas cosas, y la más atroz contrariedad surgía para mí, cuando en presencia tuya se elogiaba mi sentido práctico, mi visión de mujer hábil. Suprimí de mi vida todo símbolo exterior de riqueza, de lujo. Mis trajes eran simples, sencillos, casi ordinarios. Guardados quedaron para siempre aquellos en que la tela y la deliciosa gracia de los adornos podría hacer pensar en un alto precio, en un gusto experimentado, en una marca famosa. Desnudé mis manos en donde hasta entonces la luz rompía sus astillas luminosas sobre la superficie de las piedras. Solamente quedó en ellas el anillo de bodas, testimoniando con su apagado resplandor, la verdad y la dicha de nuestra unión. Y mi cuello no conoció nunca más la caricia de los collares. Quería ser, aparecer como tú, pobre, sencilla, modesta. No supe nunca si llegaste a entender el significado de todas estas cosas que una mujer enamorada hace con el propósito de que se adviertan, pues jamás me dijiste una palabra y seguiste amándome lo mismo, mezclando a ese amor la recelosa idea de tu inferioridad económica. Esa idea ocasionó las primeras disputas, que, naturalmente se resolvieron en escenas de amor, de prolongadas y sabias caricias. La atracción física que ejercía sobre tus instintos, me daba el triunfo, me ganaba tu entusiasmo y tu afecto. Además, yo empezaba a interesarme en tus temas de meditación y durante tu ausencia, repasaba juiciosamente, como una colegiala, tus libros, tus cuadernos de apuntes. Encontrabas así, sorprendente y casi maravilloso que, de pronto, te solicitara una explicación acerca del significado de una palabra, de una afirmación especial, cuyo sentido no podía discernir claramente. Te entusiasmabas tratando de ofrecerme esa explicación y lo hacías con tanta maestría, con tan preciosa claridad, que yo seguía insistiendo sólo por el placer de oírte. Cuando, años más tarde, fuiste llevado a la cátedra, y tu fama de expositor, de maestro, se difundió por todas partes, me sentí orgullosa de haber presentido calladamente todo eso mientras te exaltabas, llevado por el empuje de tu propia palabra, en aquellas primeras lecciones que tu sabiduría destinaba a mi curiosidad. Nuestra vida transcurría así, sosegada y ardiente. Entrabas a la alcoba, ya bien avanzada la noche; habías dejado, encima del escritorio, los libros abiertos y las hojas de papel en desorden. Al día siguiente, en la mañana, yo recogería, con manos diligentes y amorosas, esas huellas tangibles de tu preocupación, de tu laboriosidad, de tu sed de conocimiento, de tu empecinada voluntad de triunfo. Te acostabas lleno de exquisita fatiga y me prodigabas tu amor en palabras y caricias. A veces estabas silencioso y distante, inconscientemente hostil. Me rechazabas con forzada cortesía. Entonces callaba y trataba de dormir, de desaparecer, de hacerme invisible, inencontrable en el naufragio de la oscuridad. Empero tus manos me buscaban en la

sombra, seguras de hallarme intacta, dura, suave, fiel y resuelta bajo aquel clima nocturno de tibia seda, que envolvía mi carne. ¡Voluptuosidad y ternura de aquellos primeros años! Con qué palabras exactas y sencillas, garantizabas, ante el despojo, aún invisible para ti, que el paso del tiempo operaba en mi cuerpo, la eternidad de mi gracia, el triunfo de mi belleza sobre la devastadora corriente de los días. Pero los días y las semanas y los años iban pasando. Y yo envejecía, yo declinaba, al mismo tiempo que ascendía la estrella de tu destino, y la vida traía para ti en su misterioso seno, el éxito, la fama, tan apetecidos, y con ellos, el dinero, la independencia económica que te obsesionaba. El ámbito de tus amistades y de tus influencias fue ampliándose. Tu vida se llenó de deberes, de compromisos. Nuevos nombres de mujeres y de amigos entraron al haber de la amistad, y, por un tiempo largo, disipamos muchas horas en brillantes menesteres de sociedad. Pero yo estaba envejeciendo. Te empeñabas en negarlo ilusionadamente, para ayudar a convencerme de una mentira imposible, contra la cual se alzaba la tremenda verdad de mi cuerpo, que iba perdiendo uno a uno, los signos visibles que proclamaban, hasta entonces, su belleza. En el círculo de los ojos aparecieron unas sombras y por la vertiente de las mejillas se precipitaron hacia abajo, hacia la comisura de los labios, dos trazos profundos; mi frente se presentaba ahora marcada con la huella del tiempo, más tenaz y persistente que nuestro propósito de olvidarlo y de vencerlo. Mis manos no eran ya las bellas manos de la mujer que habías amado, sino las manos toscas de una compañera eficaz y adicta, para quien la doméstica faena representaba una especie de servicio en el culto al esposo. En los músculos de mi cuerpo empezaba a retardarse el antiguo movimiento de la gracia, el ágil ritmo de otros días, y una lenta y persistente fatiga invadía mi pecho al simple ejercicio del paso. En las tardes solitarias, en esas primeras horas de la noche que siempre han traído a mi espíritu una indescifrable congoja, te esperaba con angustia, sintiéndome desfallecer sin saber por qué, pero comprendiendo que algo empezaba a separarnos, a distanciarnos, a crear una atmósfera diferente entre los dos. Para llegar a la cruel certidumbre de que en mi propia decadencia física, en la ruina de mi propia belleza, en la quiebra inexorable de mi juventud se hallaba la clave de tu desvío, de tu amable negligencia que reemplazaba el impetuoso y soberano amor, la antigua pasión fiel y absoluta, me bastó con sorprender una noche la curiosa mirada de tus ojos sobre mi cuerpo desnudo. Ya no había en esa mirada el fulgor pasional de los primeros años de nuestro amor, ni el brillo jubiloso de quien se recrea en el espectáculo de una belleza corporal que sabemos frágil y perecedera, pero que creemos, en esos instantes, eterna e inmutable. La mirada de tus ojos aquella noche, tenía el cansancio cortés de quien ha visto muchas veces un mismo paisaje en el verano y ahora le corresponde observarlo en medio del despojo y la lluvia. Una vaga sombra de conformidad, de tristeza, velaba, entonces, tu mirada. Comprendí que mi juventud se había ido para siempre, que para siempre había muerto y que otras solicitaciones del corazón y de la carne, otros estímulos del mundo, llenaban tus horas, colmaban tu imaginación y tus deseos. Me sentí sola, destronada y vencida. Lo ocurrido después fue menos dramático de cuanto pude suponer. Tu lejanía, tu amable indiferencia avanzó con el mismo ritmo tranquilo de todos los actos de tu vida. No podría acusarte de una sola violencia sentimental, ni siquiera de una amarga palabra. Hubiera deseado unas y otras, para romper así esta larga asfixia espiritual de varios años que sigue y se prolonga en medio de tus éxitos mundanos, de tus triunfos profesionales, de tu fama, de tu renombre. Tu ascenso, tu bienestar, tu felicidad, corresponden exactamente a mi caída, a mi dolorosa inquietud, a mi desdicha. En el vasto círculo de la admiración, el afecto y la amistad que te rodea, yo no significo nada, casi he desaparecido, como absorbida y borrada por tus victorias. Dentro de tu mundo, dentro

del universo que te es propio y en el cual reinas único y solo, yo me encuentro virtualmente desterrada. Una profunda desarmonía interior, velada apenas por las reglas del contrato social, predomina en nuestras relaciones. Te has alejado de mí, como de una tierra arrasada en la cual un día de la vida fuimos eventualmente dichosos. Por eso, cuando llegó el instante definitivo no hubo entre los dos ni palabras, ni actitudes, ni gestos dramáticos. Nada de lo que me confesaste entonces, con varonil sinceridad, podía sorprenderme; y si lloré con desesperación, locamente, al conocer tu voluntad irrevocable de abandonarme y darle a tu vida en ascenso un aspecto de seriedad que juzgabas indispensable con el nuevo matrimonio proyectado; si lloré entonces, te lo confieso, no fue ciertamente por ti, ni por el amor que se extinguía, sino por mí, por mi propio naufragio, por mi propia derrota, por la ruina de mi juventud, por la extinción de mi gracia, por el final de mi belleza... Mi reinado amoroso había incluido para siempre. Entraba de pie firme en la larga noche de la primera vejez, del primer olvido, de la primera soledad. Te he amado con alegría, con placer, con angustia. Te he amado sobre todas las cosas. Te seguiré amando siempre, siempre... GENOVEVA ME ESPERA SIEMPRE "Toujours J´espere quelqu'un". U. M. Aparecía a esa hora del lado oscuro de la calle. ¿Esperas a alguien?, le decía yo. Y ella me respondía: yo siempre espero a alguien. Tenía los cabellos químicamente rubios y los ojos verdaderamente glaucos. ¿Cuál es el color auténtico de tu pelo?, le preguntaba yo. Y ella me respondía: negro. Y yo pensaba siempre que eso era una maravilla - ojos glaucos, pelo negro - y que debía dejar desaparecer la pintura de su cabeza para recuperar la verdad. Alguna vez se lo dije. A los clientes les gusta más así, respondió. De esta suerte, la artificial llamarada de oro brotaba invariablemente con las primeras sombras. Parecía una señal luminosa en el mar de la noche que empezaba a acumular el agua de sus tinieblas sobre aquel rincón de la ciudad. El cuerpo tenía la cintura breve y las caderas de curva graciosa. Además, los senos brotaban por debajo de la blusa sin vanos auxilios. Sí. Una maravilla llamada Genoveva, un poco enigmática nada más. Pero yo no podía ofrecerle dinero. No tenía. Hubiera querido tenerlo para decirle: ¿vamos?, o ¿te parece que podemos estar un rato juntos?, como yo había oído que le decían otros hombres. Con el dinero en el bolsillo me habría bastado hacerle una seña, sin palabras. Ella entendería. Echaría a andar calle arriba con su paso incitante y yo iría detrás, a distancia, aparentando completa indiferencia, pero con el corazón desbordante de ansiedad. Porque muchas veces fui testigo de la escena: un hombre llegaba a la esquina de enfrente y se quedaba mirándola; ella resistía la mirada y luego sonreía con los ojos, con la comisura de los labios; el hombre movía casi imperceptiblemente la cabeza invitándola a seguir adelante, a señalar el rumbo desconocido; entonces el cuerpo de la cintura breve y de las caderas graciosas empezaba a andar, seguro de que el otro iba en su persecución. Al final de la calle, la mujer esperaba en el ángulo que hacía un edificio de apartamentos y una vieja casa, de una sola planta. Era el sitio del pacto. Si el arreglo resultaba satisfactorio, no quedaba sino resolverse a entrar a la casa. Lo demás yo lo imaginaba fácilmente. Y se me convertía en una tortura. ¿Pero qué podía hacer? ¿Qué puede hacer un jovencito de diez y siete años que gana cinco pesos a la semana por cuidar un depósito de cereales al otro extremo de la ciudad? ¿Qué podía hacer si de esos cinco pesos tenía que entregar cuatro para que de ellos dispusiera mamá? Además, a veces conviene ir a donde el peluquero y, los domingos, al cine. Y guardar, poco a poco, para los zapatos. Una miseria. Una infelicidad. Pero a los

muchachos de diez y siete años, tan pobres como yo, no nos pagan más por cuidar un depósito de cereales al otro extremo de la ciudad. Y aun así debemos dar gracias por haber conseguido un trabajo y al fin y al cabo limpio, pues el maíz y el trigo y la cebada no manchan, huelen bien, y es grato cuando el patrón está ausente y los clientes se han ido, acostarse sobre los bultos. Es como acostarse sobre el campo, sobre las cosechas, sobre lo mejor de la tierra. Pero cinco pesos no son nada. Ya lo dije: una miseria. Y una mujer como ésta vale más, mucho más. Yo sabía que valía mucho más porque ella me lo dijo: "Ricardo, cuando tengas veinte pesos, iremos a la casa para divertirnos". ¡Veinte pesos! Todo un mes de trabajo, y sin pensar en mamá, sin ahorrar nada para los zapatos, dejándome crecer el pelo. No. Genoveva no iría jamás conmigo a la casa de la esquina, jamás podría yo cruzar el zaguán oscuro, llegar al misterioso interior donde, por fin, se me entregaría, donde podría verla desnuda y palpar su cintura breve y sus senos erguidos y sus caderas graciosas. La piel se me erizaba y la corriente del deseo parecía que me quemara la sangre. ¡Qué poca cosa era yo en el mundo! Menos que un grano de trigo en la zaranda, menos que un grano de maíz en el bulto. Yo salía, pues, de mi trabajo con la obsesión de encontrarla ahí y con la angustia de no hallarla. De lejos, al cruzar la plaza, divisaba el farol eléctrico, ya encendido, de la acera contraria a aquella donde se apostaba en espera de los clientes. Y, luego, en el sitio tradicional, veía la luz de sus cabellos y la vaga silueta del cuerpo. Yo fingía no tener prisa. Demoraba el paso a pesar de que por dentro me estaba martirizando el deseo. Pero, como no tenía dinero, me estaba vedado el derecho de correr hacia ella o simplemente el de avanzar con la seguridad de quien puede hacer una buena propuesta. "Durante semanas y semanas, si es preciso, años enteros, trabajaré para poder decirle alguna vez: 'vea Genoveva, aquí está el dinero'. Y sacándolo del bolsillo le mostraré los billetes. Y ella se irá conmigo para la vieja casa". El patrón llegó completamente ebrio. Entró al depósito dando traspiés. Era un hombre flaco que a mí parecía envejecido antes de tiempo, no sé por qué, tal vez por el contraste entre su destreza muscular - a veces me ayudaba en el transporte de los bultos - y su pelo grisáceo y el abanico de las arrugas en las sienes. Yo le decía don Ricardo. Don Ricardo Bermúdez. Un sabanero de piel enrojecida, de manos ásperas, de modales sórdidos, de duras palabras. "Usted es un imbécil, un cretino", me decía entre carcajadas, satisfecho de ese rasgo de ingenio en que probaba su poderío, golpeándolo como una moneda contra la piedra de mi humildad. Yo permanecía callado, sintiendo el azote invisible de la ofensa como una invitación a saltarle al cuello. Pero me acordaba de los cinco pesos que los sábados, al caer la tarde, él extraía de un puñado de billetes que llevaba siempre en uno de los bolsillos del pantalón, para entregármelos después de haberse mojado con saliva las yemas de los dedos, al contarlos. Yo resistía. Aceptaba la ofensa. "Usted es un perfecto imbécil", repetía entre carcajadas. De pronto se quedaba muy serio, mirándome fijamente. "Traiga el cuaderno de registro", ordenaba. Era un cuaderno sucio y grande, en el cual yo tenía la obligación de anotar el número de bultos que entraban y salían del depósito, en dos columnas paralelas, con la especificación del nombre del cliente. Yo empezaba a temblar. Y a él se le advertía en los redondos ojos oscuros, una luz de placer al descubrir mi fácil angustia. "Por cada error le cobraré un peso", amenazaba. Un sudor frío me inundaba las axilas y me llegaba a los dedos cuando él iniciaba, en voz alta, la lectura de mis apuntes. "60 bultos de maíz... hacienda de Agua Clara... ¿Cómo, 60?". "120 bultos de cebada... Hacienda de Torrijos...". Y estallaba. Estaba imperialmente seguro de su memoria. Y despreciaba, con indignación, el dato escrito por mí en el sucio cuaderno. "Lo dicho: un imbécil. El sábado

arreglaremos cuentas". Y yo esperaba lo mismo que una maldición, el día terrible. Se le olvidaba la amenaza, unas veces. Otras decía que aplazaba el cumplimiento de ella. Pero gozaba, como se goza una voluptuosidad, al extender sobre mi vida la nube flotante de su crueldad. Entró dando traspiés. Tenía el rostro más enrojecido que nunca. Me miró con esa mirada lejana, vidriosa, cargada de luces extrañas, que ilumina el rostro de la suprema embriaguez. La mirada en que parece abrirse súbitamente al abismo de la "conciencia, el fondo abisal de la vida. Buscó algo, acaso los cigarrillos, en el saco, en los pantalones. Nada. Tambaleaba. Volvió a hurgar con las manos torpes, y del bolsillo derecho del pantalón extrajo la eterna manotada de billetes. Se quedó mirándolos con aire de idiota, y después los guardó, apretándolos, estrujándolos como quien juega con una pelota de papel. Intentó dar un paso hacia adelante, tambaleó de nuevo y, finalmente, se desplomó. La muralla de bultos, próxima al sitio donde se encontraba, disminuyó la fuerza del golpe, y el patrón quedó con medio cuerpo recostado contra esa muralla y las piernas estiradas sobre el piso. Murmuró unas palabras incomprensibles y comprendí, por una especie de ronquido animal que llenaba el aire del depósito, ya viciado con el olor del alcohol proveniente de esa boca, que una invencible somnolencia se apoderaba del cuerpo allí caído. Esperé inmóvil durante unos segundos. Poco a poco el ronquido se hizo regular. La cabeza se doblegó más, llevada de su propio peso en busca de un punto de apoyo. Quedó pegada contra el pecho. Un sueño que parecía pesar muchas invisibles toneladas de bronce descendía sobre esos párpados, sobre ese rostro, sobre todo ese cuerpo. Entonces fue cuando me sobrevino el atroz deseo, mezclado al recuerdo, siempre tácito en mi carne, en mis sentidos, en mi espíritu, de Genoveva: el deseo de robarle al patrón veinte pesos, veinte miserables pesos de ese montón de billetes arrugados que había guardado en el bolsillo del pantalón. Con esos veinte pesos yo sería por una hora, por menos de una hora, el dueño, el poseedor de Genoveva. Yo que contaba en el mundo mucho menos que un grano de trigo en la zaranda, menos que un grano de maíz en el bulto, con esos veinte pesos, sería, por unos instantes, el rey de la vida. Podría llegar a donde Genoveva y decirle: "vamos a la vieja casa". Podría desnudarla, yo mismo, parsimoniosamente, quitándole del cuerpo, una a una, todas las prendas: primero, los zapatos, en seguida, las medias. Aparecerían su piel sonrosada, sus músculos templados... Mis manos tocarían la cosecha del vello en los rincones más secretos... Esperé un poco más y con el oído atento, inclinado sobre el cuerpo de mi patrón, me puse a oír el ronquido. El hálito de alcohol me daba asco. Le toqué el pecho, primero con suavidad, con más fuerza después. No despertaba. Me dirigí a la puerta del depósito y por un momento estuve allí parado mirando a la calle. Por esos extramuros era muy poca la gente que pasaba. Decidí cerrar la puerta. Y regresé al interior. El cuerpo seguía en la misma posición, respirando sucia y sonoramente. ¡Veinte pesos! ¡Veinte pesos! La imagen de Genoveva desnuda llenaba todo el depósito. Me agaché con extremado sigilo y empecé mi faena de ladrón. Mejor arrodillarme. Así sería más fácil mi trabajo. Pasé cerca de la muralla de maíz y de trigo contra la cual había quedado recostado el torso. Aparté un poco la varilla de acero con la cual se punzaban los bultos para extraer muestras y deslicé mi mano sobre la pierna, deteniéndola a la altura de la boca del bolsillo donde se hallaban los billetes. Me detuve. El hombre seguía durmiendo. Podía, pues, seguir. La mano se deslizó por el bolsillo. Un ronquido profundo paralizó mi acción. ¿Iba a despertarse? No. El ritmo del ronquido se reanudó isócrono, bárbaro, constante. Reinicié mi trabajo. ¡Qué martirio! Los billetes estaban prensados entre la curva del vientre y las piernas. Habría que tirar un poco fuerte para sacar algo. Así lo hice, y en mi mano, aparecieron, por fin, unos billetes. Con ellos al fin, en mi poder, me

di cuenta de que no podría, de que no sería capaz de reanudar el latrocinio, pues la profundidad del horror que me poseía, iba a impedírmelo. Así, arrodillado, conté mentalmente la suma extraída: veintidós pesos. ¡Qué descanso! Hice la flexión para incorporarme y, de pronto, un estrépito absurdo despedazó el silencio: uno de mis pies había tropezado con la varilla de acero. El hombre entreabrió los ojos, me vio con los billetes en la mano y debió leer en mi cara todo el proceso. Yo estaba paralizado por el miedo. El se levantó como impulsado por las fuerzas secretas de la avaricia, de la ira, de la crueldad, más poderosas probablemente que la agobiadora fuerza de la embriaguez. Sus redondos ojos oscuros, fijos sobre mí, resplandecían con todo el odio del mundo. "Ratero, ratero inmundo", me gritó. "¡Voy a castigarte, voy a castigarte!", bramaba a tiempo que empezaba a zafar la correa que le sujetaba los pantalones. La correa saltó en el aire con un giro de serpiente y yo sentí que algo como una brasa me caía sobre la cabeza y la oreja. Los billetes rodaron por el suelo. Me agaché haciendo un gesto de instintiva defensa para proteger el rostro, a tiempo que un dolor atroz me invadía la espalda donde otro latigazo acababa de estallar. Mis ojos descubrieron entonces la varilla de acero. La tomé febrilmente con ambas manos y volviéndome hacia el cuerpo que tambaleaba un poco, la descargué sobre la cabeza, todavía tocada con un sombrero fieltro de inolvidable color verde. Vi cómo los pantalones empezaban a descender, a descender, enrollados entre las piernas. El cuerpo cayó más sonoro, mucho más que un bulto de maíz sobre el piso de baldosas. La sangre inició en el acto su delator, su irreparable escape. Tiré la varilla y me incliné sobre el cuerpo. El espectáculo de los pantalones caídos y enrollados me obsesionaba en medio del pavor de que era víctima. Mi patrón parecía haber terminado para siempre de respirar, de vivir. Una prodigiosa paz se apoderaba, ahora sí, de ese rostro enantes siniestro. Recogí los billetes esparcidos y, otra vez, me acordé de Genoveva. Mentalmente los conté de nuevo y salí del depósito. Exactamente como un ladrón. Exactamente como un asesino. Estaba en el lado oscuro de la calle, como siempre. Y como siempre, sus cabellos químicamente rubios devoraban la sombra. Al acercarme comprobé que sus ojos seguían siendo glaucos. Una maravilla si, como yo se lo había dicho, ella resolvía alguna vez recuperar la negra verdad de su pelo. "A los clientes les gusta más así". Mentira. Ahora yo era un cliente. Un cliente que acababa de matar a su patrón para conservar el dinero que ella fijaba como precio para que yo pudiera amarla, siquiera una sola vez, durante una hora. Yo era un cliente y, no obstante, a mí me gustaban más los cabellos negros. Sus cabellos negros. - ¿Esperas a alguien?, le dije por puro automatismo mental. - Yo siempre espero a alguien. - ¿A mí? - ¿Por qué no?, respondió con imprevista ternura. - ¿De veras? - De veras. - Pero no tengo dinero, le dije por primera vez en broma, mientras palpaba entre el bolsillo el pequeño tesoro de los veintidós pesos. - No importa. ¡Eres tan buen amigo! Y empiezo a quererte. Hace tiempo que deseas estar conmigo. Y me gustas, Ricardo. Yo pagaré a la dueña de la casa. Vamos Ricardo, vamos... Jamás necesitarás dinero para pagarme... FIN.

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