Suplica a favor de los Cristianos

September 13, 2017 | Author: Ivan Sallen | Category: Religion And Belief, Science, Philosophical Science
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Descripción: Hacia 177-178 compuso Atenágoras una Súplica en favor de los cristianos, escrito que envió a los emperadore...

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SUPLICA EN FAVOR DE LOS CRISTIANOS ATENÁGORAS DE ATENAS (SIGLO II) A los emperadores Marco Aurelio Antonino y Lucio Aurelio Cómodo, vencedores de los Armenios y de los Sármatas y, lo que es máximo título, filósofos. Exordio I. Denuncia de la intolerancia y de la suerte peculiar e injusta reservada a los cristianos; primer catálogo de héroes; el nombre de cristiano; las persecuciones 1. En el imperio de ustedes, oh grandes entre los reyes, unos usan de unas costumbres y leyes y otros de otras, y a nadie se le prohíbe, ni por ley ni por miedo a castigo, amar sus tradiciones patrias, por ridículas que sean. Así, el troyano llama dios a Héctor y adora a Helena, a la que cree Adrastea; el lacedemonio da culto a Agamenón, como si fuera Zeus, y a Filonoe, hija de Tíndaro, bajo el nombre de Enodia; el ateniense sacrifica a Erecteo Poseidón; y a Agraulo y Pandroso celebran los atenienses iniciaciones y misterios, aquellas a quienes se tuvo por sacrílegos por haber abierto la caja. Y en una palabra, los hombres, según las naciones y los pueblos, ofrecen los sacrificios y celebran los misterios que les da la gana. En cuanto a los egipcios, tienen por dioses a los gatos, cocodrilos, serpientes, áspides y perros. 2. Todo eso lo toleran ustedes y sus leyes; pues consideran impío y sacrílego no creer en absoluto en Dios; pero necesario, que cada uno tenga los dioses que quiera, a fin de que por el temor de la divinidad se abstenga de cometer impiedades. A nosotros, en cambio, -si bien nos les ofende, como al vulgo, de sólo oírlo-, se nos aborrece por el solo nombre, siendo así que no son los nombres merecedores de odio, sino que la injusticia solamente merece pena y castigo. De ahí que admirando su suavidad y mansedumbre, su amor a la paz y humanidad en todo, los particulares son regidos por leyes iguales, y las ciudades, según su dignidad, participan también de igual honor, y la tierra entera goza, gracias a la sabiduría de ustedes, de una profunda paz 3. Nosotros, en cambio, los que somos llamados cristianos, al no tener también providencia de nosotros, permiten que sin cometer injusticia alguna, antes bien, portándonos, como la continuación de nuestro discurso demostrará, más piadosa y justamente que nadie, no sólo respecto a la divinidad, sino también con relación al imperio de ustedes, permiten, digo, que seamos acosados, maltratados y perseguidos, sin otro motivo para que el vulgo nos combata, sino nuestro solo nombre (cf. Mc 13,13; Mt 10,22). Sin embargo, nos atrevemos a manifestarles nuestra vida y doctrina, y por nuestro discurso de comprenderán que sufrimos sin causa y contra toda ley y razón, y les suplicamos que también sobre nosotros pongan alguna atención, para que dejemos de ser víctimas de los delatores. 4. Porque no es pérdida de dinero lo que nos viene de nuestros perseguidores, no es deshonor en el disfrute de nuestros derechos ciudadanos, no es el daño en alguna de las demás cosas menores; pues todo eso lo menospreciamos, por muy importante que al vulgo le parezca, nosotros que hemos aprendido no sólo a no herir al que nos hiere, sino a no perseguir en justicia a quienes nos roban y saquean; más bien, a quien nos abofetea una mejilla, debemos volverle la otra, y a quien nos quita la túnica, darle el manto (cf. Mt 5,40; Lc 6,29); contra lo que atentan, al renunciar nosotros a las riquezas, es contra nuestros cuerpos y contra nuestras almas, al esparcir muchedumbre de acusaciones, que a nosotros no nos tocan ni por sospecha; sí a los que la propalan y a los de su casta. II. Llamado a la justicia y a la imparcialidad; el nombre de cristiano 1. Si alguno es capaz de convencernos de haber cometido una injusticia pequeña o grande, no rehuimos el castigo, antes pedimos se nos aplique el que hubiere de más áspero y cruel; pero si nuestra acusación no pasa del nombre, y por lo menos hasta el día de hoy lo que sobre nosotros propalan no es sino vulgar y estúpido rumor de las gentes, y ningún cristiano se ha demostrado haya cometido un crimen, asunto de ustedes es ya, como príncipes máximos, humanísimos y amiguísimos del saber, rechazar de nosotros por ley la calumnia, a fin de que como toda la tierra, individuos y ciudades, goza del beneficio de ustedes, también nosotros les podamos dar las gracias, glorificándolos por haber dejado de ser calumniados. 2. En efecto, no dice con su justicia que, cuando se acusa a otros, no se los condena antes de ser convictos; en nosotros, empero, puede más el nombre que las pruebas del juicio, pues los jueces no tratan de averiguar si el acusado cometió crimen alguno, sino que se insolentan, como si fuera un crimen, contra el solo nombre. Ahora bien, un nombre, en sí y por sí, no puede considerarse ni bueno ni malo; sino que parece bueno o malo según sean buenas o malas las acciones que se le supongan. 3. Ustedes saben esto mejor que nadie, como formados que están en la filosofía y en toda cultura. Por eso, incluso los que son juzgados delante de ustedes, aunque se los acuse de los mayores crímenes, están confiados, y, sabiendo que ustedes examinan su vida y no atacan sus nombres, si son vacíos, ni

atienden a las acusaciones, si son falsas, con el mismo ánimo reciben la sentencia absolutoria que la condenatoria. 4. Pues también nosotros reclamamos el derecho común, es decir, que no se nos aborrezca y castigue porque nos llamemos cristianos -¿qué tiene que ver, en definitiva, el nombre con la maldad?-, sino que cada uno sea juzgado por lo que se le acusa, y se nos absuelva, si deshacemos las acusaciones; o se nos castigue, si somos convictos de maldad; que no se nos juzgue, en fin, por el nombre, sino por el delito, pues ningún cristiano es malo, si no es que fingidamente profesa la fe. 5. Así vemos que se procede con los filósofos. Ninguno, antes del juicio, por el solo hecho de su ciencia o profesión, le parece ya al juez ser bueno o malo, sino que, si se le convence de injusto, se le castiga, sin que por ello se haga a la filosofía acusación alguna, pues el malo es el que no la profesa como es de ley; pero la ciencia no tiene culpa; y si se defiende de las acusaciones, se le absuelve. Procédase de igual modo con nosotros. Examínese la vida de los que son acusados y déjese el nombre libre de toda acusación. 6. Necesario me parece, oh máximos emperadores, rogarles al empezar la defensa de nuestra doctrina que se muestren oyentes ecuánimes y no se dejen llevar de prejuicio alguno, arrastrados por los vulgares e irracionales rumores, sino que apliquen también a nuestra doctrina su amor al saber y a la verdad. De este modo, ustedes no pecarán por ignorancia, y nosotros, libres de los estúpidos cuentos del vulgo, dejaremos de ser combatidos.

III. Las tres acusaciones: ateísmo, antropofagia, incesto 1. Tres son las acusaciones que se propalan contra nosotros: el ateísmo, los convites de Tieste y las uniones edípeas. Pues bien, si eso es verdad, no perdonen ninguna familia, castiguen esos crímenes, extermínenos de raíz con nuestras mujeres e hijos, si es que hay entre los hombres quien viva al modo de las bestias. Porque incluso las bestias no atacan a los de su especie, y se unen entre sí por ley de naturaleza, y en solo un tiempo, el de la generación, y no por disolución, y conocen, en fin, a quienes les hace un beneficio. Si alguno, pues, es más feroz que las mismas fieras, ¿qué castigo habrá que corresponda a tantos crímenes? 2. Pero si ello es puro cuento y calumnias vacías, pues es de razón natural que el vicio se oponga a la virtud y de ley divina que los contrarios pugnen entre sí, y ustedes son testigos de que nosotros no cometemos ninguno de esos crímenes, al mandarnos (solamente) no confesar nuestra fe; a ustedes toca ya hacer una investigación sobre nuestra vida y doctrinas, sobre nuestra lealtad y obediencia a su casa y al Imperio, y así concedernos, en fin, a nosotros lo mismo que a los que nos persiguen; porque nosotros los venceremos, dispuestos como estamos a dar intrépidamente hasta nuestras vidas por la verdad. Primera parte: la religión cristiana frente a la pagana IV. Lo absurdo de la acusación de ateísmo; los cristianos confiesan a un solo Dios 1. Ahora bien, que no seamos ateos -voy a entrar en la refutación de cada una de las acusaciones-, mucho me temo que no sea hasta ridículo refutar tal cargo. A Diágoras, sí, le reprochaban con razón los atenienses su ateísmo. Pues no sólo exponía públicamente la doctrina órfica y divulgaba los misterios de Eleusis y de los Cabiros, y hacía pedazos la estatua de madera de Heracles para hacer cocer las astillas, sino que abiertamente afirmaba que dios no existe en absoluto; pero a nosotros, que distinguimos a Dios de la materia y demostramos que una cosa es Dios y otra la materia, y que la diferencia entre uno y otra es inmensa -porque la divinidad es increada, eterna, accesible sólo a la inteligencia y la razón, mientras que la materia es creada y corruptible-, ¿no es absurdo darnos el nombre de ateos? 2. Si, en efecto, pensáramos como Diágoras, teniendo tantos argumentos para venerar a Dios: el perfecto orden del mundo, su perpetua armonía, su grandeza, color, forma y disposición, entonces sí tendríamos con razón reputación de impíos y habría motivos para perseguirnos; pero nuestra doctrina admite a un solo Dios, creador de todo este universo, y Ése no ha sido creado -pues no se crea lo que es, sino lo que no es-, sino creador Él de todas las cosas por medio del Verbo que de Él viene; y, por tanto, ambas cosas padecemos sin razón, la calumnia y la persecución. V. Itinerario común de los poetas, filósofos y cristianos; testimonio de los poetas a favor del monoteísmo; Eurípides y Sófocles 1. Los poetas y filósofos no fueron considerados ateos porque reflexionaron sobre Dios. Así Eurípides, testimonia su confusión respecto de aquellos que, según la opinión común, se llaman inconsideradamente dioses: “Zeus, si es que está en el cielo, no debiera hacerle siempre desgraciado al

hombre mismo” (fragmento de Eurípides, 900 Nauck, conocido sólo por Atenágoras); pero sobre el Ser inteligible que es cognoscible, en quien ve a Dios, dice: “¿Ves en la altura ese éter infinito, que rodea la tierra con sus húmedos brazos? A éste créele Zeus, a éste tenle por dios” (fragmento de Eurípides, 941 Nauck). 2. Porque de los primeros constataba que no había sustancia para proveer un fundamento a los nombres que se les había aplicado fortuitamente: “Porque a Zeus, quién Zeus sea, no lo conozco sino de nombre” (fragmento falsamente atribuido a Sófocles, 1025 Nauck); ni que los nombres se atribuyeran a cosas subsistentes; pues donde no hay esencias subsistentes, ¿qué valor tienen los nombres? Pero a Dios, a quien lo veía a través de sus obras, distinguiendo en las cosas visibles -aire, éter, tierra- aquellas invisibles (cf. Rm 1,20). 3. Así, pues, comprendió que el autor de la creación, quien tiene las riendas por su espíritu, es Dios. Y con él concuerda Sófocles: “Uno en verdad, uno solo es Dios, que fabricó el cielo y la vasta tierra” (fragmento 1025 Nauck, falsamente atribuido a Sófocles); en lo que enseña respecto a la naturaleza de Dios, que llena de su belleza (el universo), no sólo dónde ha de estar Dios, sino que debe ser necesariamente uno. VI. Testimonio de los filósofos: los Pitagóricos; Platón y Aristóteles; los Estoicos 1. También Filolao, al afirmar que “Dios encerró todo como en una cárcel” (fragmento 15 Dielz-Kranz, sólo conocido por Atenágoras), demuestra que Dios es uno y que está por encima de la materia. En cuanto a Lisis y a Opsimo, el uno define a Dios como el número inefable; el otro, como la diferencia entre el número máximo y su inmediato. Ahora bien, el número máximo, según los pitagóricos, es el diez, pues es “tetractus” (suma de los primeros cuatro números: 1+2+3+4=10), que comprende todas las proporciones aritméticas y armónicas, y el inmediato a éste es el nueve; luego Dios es la mónada, es decir, uno, pues en uno supera el número mayor a su inmediato inferior. 2. Platón y Aristóteles -advierto, ante todo, que no es mi intento exponer con absoluto rigor las doctrinas de los filósofos al citar lo que han dicho acerca de Dios; pues sé bien que ustedes sobrepasan a todos por su sabiduría y por el poder de su Imperio, así también les superan por la profundidad y amplitud de su cultura, practicando cada una de las disciplinas con un maestría que no conocen ni siquiera los especialistas de una sola de entre ellas; pero como no era posible, sin citar nombres, demostrar que no somos sólo nosotros los que ponemos a Dios en la unidad, acudí a los florilegios (o colecciones de sentencias)-. Platón, pues, dice así: “El hacedor y padre de todo este universo, no sólo es trabajoso hallarle, sino, una vez hallado, imposible manifestarlo a todos” (Timeo 28c); con lo que da a entender que el Dios increado y eterno es uno. Es cierto que reconoce a otros como el sol, la luna y las estrellas, pero los conoce como creados: “Dioses de dioses de que yo soy el artífice y el padre, criaturas que, si yo no quiero, no son desatables; pues todo lo atado es desatable” (Timeo 41a, incompleto). Si, entonces, Platón no es ateo por entender que el artífice de todas las cosas es un solo Dios increado, tampoco lo somos nosotros porque reconocemos y afirmamos como Dios a aquel por cuyo Verbo todo ha sido creado y por cuyo Espíritu es todo mantenido. 3. Aristóteles y su escuela, que conciben un solo Dios, como una especie de ser viviente compuesto, dicen que Dios está dotado de alma y cuerpo, y tienen por cuerpo suyo el espacio etéreo, las estrellas errantes y la esfera de las estrellas fijas, todo él dotado de un movimiento circular; y por alma, la Razón que dirige el movimiento del cuerpo, sin que ella se mueva, siendo, en cambio, ella causa del movimiento (opinión de Aristóteles conocida sólo por Atenágoras). 4. En cuanto a los estoicos, si bien en los nombres multiplican lo divino en las denominaciones que le dan, según los diferentes estados de la materia que penetra el espíritu divino; sin embargo, en realidad piensan que Dios por uno. Pues si Dios es el fuego artesano que marcha por un camino para la generación del mundo y comprende en sí todas las razones seminales según las cuales todo se produce conforme al destino, y si el espíritu de Dios penetra por todo el mundo, entonces Dios es uno para ellos; que se llama Zeus, si se mira el hervor de la materia, Hera si al aire, y así sucesivamente, conforme a cada parte de la materia por donde atraviesa. VII. Superioridad del pensamiento cristiano sobre el filosófico: conjetura e inspiración divina 1. Como quiera, pues, que en viniendo a tratar de los principios del universo todos, generalmente, lo admitan o no, están de acuerdo en que lo divino es uno, nosotros afirmamos que quien ha ordenado todo este universo, ése es Dios, ¿qué motivo hay para que a unos se les permita decir y escribir libremente sobre Dios lo que les dé la gana, y haya, en cambio, una ley dictada contra nosotros? En tanto que nosotros podemos establecer con pruebas y argumentos de verdad lo que entendemos y rectamente creemos, a saber, la existencia de un Dios único.

2. Porque en este terreno, como así también en otros, los poetas y filósofos, han procedido por conjeturas; movidos cada uno por su propia alma, según su simpatía hacia el soplo de Dios, a buscar si era posible hallar y comprender la verdad, y sólo lograron entender, no hallar el ser, pues no se dignaron aprender de Dios sobre Dios, sino de sí mismo cada uno. De ahí que cada uno dogmatizó a su modo, no sólo acerca de Dios, sino sobre la materia, las formas y el mundo. 3. Nosotros, en cambio, de lo que entendemos y creemos, tenemos por testigos a los profetas, que, movidos por espíritu divino, han hablado acerca de Dios y de las cosas de Dios. Ahora bien, también ustedes, que por su sabiduría y piedad hacia lo de verdad divino sobrepasan a todos, deberían admitir que es absurdo adherirse a opiniones humanas, abandonando la fe en el Espíritu de Dios, que ha movido, como a instrumentos suyos, las bocas de los profetas. VIII. Demostración racional de la existencia de un Dios único: unidad o pluralidad del ser divino 1. La hipótesis que el Dios creador de todo este universo sea desde el principio uno solo, considérenlo del modo siguiente, a fin de que tengan también la comprensión de los fundamentos de nuestra fe. Si, en efecto, hubiera habido desde el principio dos o más dioses, o bien hubieran pertenecido a un solo y mismo ser, o bien cada uno de ellos tendría su propio ser. 2. Pero es imposible que pertenecieran a un solo y mismo ser; porque no serían, por ser dioses, iguales, sino que por ser increados serían necesariamente diferentes. En efecto, lo creado es semejante a un modelo; pero lo increado no es semejante a nada, pues carece de proveniencia y de referencia. 3. Y si esos dioses son uno al modo que la mano, el ojo y el pie son partes constitutivas de un solo cuerpo, pues de todas ellas se completa uno solo, entonces Dios es uno; sin embargo, si Sócrates, en cuanto creado y corruptible, es un ser compuesto y dividido en partes; en cambio, Dios que es increado, impasible e indivisible, Él no es un compuesto de partes. 4. Mas si cada uno de los dioses tiene su propio ser, estando el que creó el mundo más alto que todas las cosas creadas y por encima de lo que Él hizo y ordenó, ¿dónde estará el otro o los otros? Porque si el mundo, que tiene figura esférica perfecta, está limitado por los círculos del cielo, y el creador de ese mismo mundo está más alto que todo lo creado, conservándolo todo por su providencia, ¿qué lugar queda para el otro o para los otros dioses? Porque ni está en el mundo, puesto que pertenece a otro; ni en torno del mundo, pues sobre éste está el Dios creador del mundo. 5. Y si no está en el mundo ni en torno al mundo, pues todo lo que a éste rodea es mantenido por Dios, ¿dónde está? ¿Por encima del mundo y de Dios, en otro mundo y en torno a otro mundo? Pero si está en otro y en torno a otro, ya no está en torno a nosotros, pues no tiene ya poder sobre este mundo, ni es tampoco grande en sí mismo, como quiera que está en un lugar limitado. 6. Si ni está en otro mundo, puesto que todo es llenado por Dios, ni en torno a otro mundo, pues todo es mantenido por Dios; luego, en definitiva, no existe, puesto que no hay lugar en que esté. ¿O qué es lo que hace, habiendo otro de quien depende el mundo y que está por encima del creador del mundo, pero no estando ni en el mundo ni alrededor del mundo? 7. ¿Es que hay otro punto en que se apoye el que ha sido hecho contra el que es? Sin embargo, sobre él está Dios y las obras de Dios. ¿Y cuál será el lugar, siendo así que Dios llena el espacio que está sobre el mundo? 8. Acaso ¿tiene providencia? No, tampoco tiene providencia, puesto que no ha creado nada. En fin, si no creado nada, ni tiene providencia, ni hay otro lugar en que esté, entonces uno y solo es desde el principio el Dios creador del mundo. IX. Testimonio de los profetas 1. Ahora bien, si nos contentáramos con estas consideraciones, pudiera pensarse que nuestra doctrina es humana; pero nuestros razonamientos están confirmados por las palabras de los profetas, y pienso que ustedes que son amiguísimos del saber e instruidísimos, no desconocerán los escritos de Moisés ni los de Isaías y Jeremías y de los otros profetas, que, saliendo de sus propios pensamientos, por moción del Espíritu divino, proclamaron lo que en ellos se obraba, pues el Espíritu se servía de ellos como un flautista que utiliza su flauta. ¿Qué dicen, pues, los profetas? 2. “El Señor es nuestro Dios; no será contado ningún otro con él” (Ba 3,36). Y otra vez: “Yo soy Dios primero y después, fuera de mí, no hay Dios” (Is 44,6). Igualmente: “Antes de mí no hubo otro Dios, y después de mí no habrá otro. Yo soy Dios y no hay otro fuera de mí” (Is 43,10-11). Y acerca de su grandeza: “El cielo es mi trono y la tierra el escabel de mis pies.¿Qué casa me van a edificar, o cuál es el lugar de mi descanso?” (Is 46,1).

3. Dejo para ustedes que, inclinados sobre los libros de ellos, examinen más puntualmente sus profecías, a fin de que, con conveniente razonamiento, rechacen las calumnias lanzadas contra nosotros. X. Exposición sumaria de la teología cristiana: la Trinidad, los ángeles 1. Así, pues, queda suficientemente demostrado que no somos ateos, pues admitimos a un solo Dios, increado, eterno, invisible, impasible, incomprensible e inmenso, sólo por la inteligencia y la razón comprensible, rodeado de luz (cf. 1 Tm 6,16; 1 Jn 1,7), de una belleza, de un espíritu y potencia inenarrables, que ha creado el universo, lo ha ordenado y lo gobierna por medio del Verbo que de Él procede. 2. Reconocemos también un Hijo de Dios. Y que nadie tenga por ridículo que Dios tenga un Hijo. Porque nosotros no pensamos sobre Dios y también Padre, y sobre su Hijo, a la manera como fantasean sus poetas, que en sus fábulas nos muestran dioses que en nada son mejores que los hombres; sino que el Hijo de Dios es el Verbo del Padre en idea y energía, porque por su operación y por su intermedio fue todo hecho, siendo uno solo el Padre y el Hijo. Y estando el Hijo en el Padre y el Padre en el Hijo (cf. Jn 1,1-3; 10,30. 38; 17,21-23), en una unidad y potencia espirituales; el Hijo de Dios es inteligencia y Verbo del Padre. 3. Y si por la grandísima inteligencia de ustedes se les ocurre preguntar qué quiere decir “hijo de Dios”, lo explicaré brevemente: es el primer retoño del Padre (cf. Pr 8,22; Col 1,15; Rm 8,29), no porque haya nacido, puesto que desde el principio, Dios, que es inteligencia eterna, tenía en sí su Verbo, siendo eternamente racional, sino como procediendo de Dios, cuando todas la materia era informe, como una tierra inerte y estaban mezcladas los elementos más gruesos con las más ligeros, para ser sobre ellas idea y operación. 4. Concuerda con nuestra doctrina el Espíritu profético: “El Señor, dice, me estableció principio de sus caminos para sus obras” (Pr 8,22). Y a la verdad, el mismo Espíritu Santo, que obra en los que hablan proféticamente, decimos que es una emanación de Dios (cf. Sb 7,5; Si 43,4), emanando y volviendo a Él, como los rayos del sol. 5. ¿Quién, pues, no se sorprenderá de oír llamar ateos a quienes admiten a un Dios Padre y a un Dios Hijo y un Espíritu Santo, que muestran su potencia en la unidad y su distinción en el orden? Y no se para aquí nuestra doctrina teológica, sino que decimos existir una muchedumbre de ángeles y ministros, a quienes Dios, Creador y Artífice del mundo, por medio del Verbo que de él viene, distribuyó las funciones, confiándoles el cuidado de los elementos, de los cielos, del mundo y lo que en él hay, y de su buen orden. XI. Ideal cristiano y vanidades filosóficas 1. No se maravillen de que exponga tan puntualmente nuestra doctrina, pues todo mi afán de exactitud se endereza a que no se dejen arrastrar por los absurdos prejuicios comunes, sino que tengan medio de conocer la verdad. Y es así que por los mismos preceptos a que nos adherimos y que no provienen de los hombres, sino que son voz y enseñanza de Dios, podemos persuadirlos que no somos ateos. 2. ¿Cuáles son, pues, esas doctrinas de que nos nutrimos? “Yo les digo: Amen a sus enemigos, bendigan a los que les maldicen, rueguen por los que les persiguen, para que vengan a ser hijos de su Padre que está en los cielos, que hace nacer su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5,44-55; Lc 6,27-28). 3. Permítanme ahora, pues este discurso ha sido escuchado con grandes aplausos, que prosiga con confianza, como quien pronuncia su defensa delante de emperadores filósofos. ¿Quiénes, en efecto, de entre los que analizan los silogismos, resuelven los equívocos, aclaran las etimologías, o de los que enseñan los homónimos y sinónimos, los predicados y los axiomas, y qué sea el sujeto, qué el predicado; quiénes, digo, de ésos prometen hacer felices a sus discípulos por esas lecciones? ¿Quiénes tienen almas tan purificadas, que en lugar de odiar a sus enemigos los amen, en lugar de maldecir a quien los maldijo primero, cosa naturalísima, los bendigan, y rueguen por los que atentan contra la propia vida? (cf. Mt 5,39-45; Lc 6,27-30). Ellos que, por lo contrario, se pasan la vida ahondando con mala intención sus propios misterios, que están siempre deseando hacer algún mal, pues profesan no una demostración de obras, sino un arte de palabras (cf. Mt 12,33; Lc 6,43). 4. Entre nosotros, empero, fácil es hallar a gentes sencillas, artesanos y mujeres ancianas, que si de palabra no son capaces de poner de manifiesto la utilidad de su religión, la demuestran por las obras. Porque no se aprenden discursos de memoria, sino que manifiestan acciones buenas: no herir al que los hiere, no perseguir en justicia al que los despoja, dar al que les pide y amar al prójimo como a sí mismos. XII. Las costumbres cristianas y la fe en el juicio

1. Ahora bien, si no creyéramos que Dios existe para cuidar al género humano, ¿podríamos llevar vida tan pura? No es posible decirlo. Pero como estamos persuadidos de que hemos de dar cuenta de toda nuestra vida de aquí abajo a Dios, que nos ha creado a nosotros y al mundo, escogemos una vida moderada, caritativa y humilde; pues creemos que no podemos sufrir aquí mal tan grande, aún cuando se nos quite la vida, cual será la recompensa que allí recibiremos del gran juez por una vida bondadosa, caritativa y modesta (cf. Rm 8,18). 2. Platón, cierto, dijo que Minos y Radamante habían de juzgar y castigar a los malos (Georgias 523c524a; Apología de Sócrates 41a); pero nosotros decimos que ni el mismo Minos ni Radamante ni el padre de ellos ha de escapar al juicio de Dios. 3. Además, hombres que conciben esta vida como: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos” (Is 22,13; 1 Co 15,32), ven la muerte como un sueño y un olvido profundo: “El sueño y la muerte son hermanos gemelos” (Homero, Ilíada XIV, 231; XVI 672), ¡y son tenidos por piadosos! Hay hombres en cambio, que tienen la presente vida en mínima estima, y que se guían por el solo deseo de conocer al Dios verdadero y a su Verbo, por saber cuál sea la comunión del Padre con el Hijo, qué cosa sea el Espíritu, cuál sea la unión y la distinción de las tres personas así unidas, del Espíritu, del Hijo y del Padre; que saben que la vida que esperamos será muy superior a cuanto la palabra puede expresar; si a ella llegamos puros de toda falta; y que practican el amor al prójimo hasta el extremo de amar no sólo a sus amigos, “pues si aman, dice la Escritura, a los que les aman y prestan a los que les prestan, ¿qué recompensa tendrán?” (Mt 5,46; Lc 6,32-34). He aquí lo que somos nosotros, he aquí la vida que vivimos para escapar del Juicio: ¿y no se nos tiene por religiosos? 4. Todo esto son pequeñas muestras de grandes cosas, pocas de entre muchas, a fin de no molestarlos por demasiado tiempo; pues también los que prueban la miel o el suero, por una pequeña parte examinan si el todo es bueno. XIII. Vanidad de los sacrificios 1. La mayoría de quienes nos acusan de ateísmo, que no tienen la más mínima idea de qué cosa es Dios, ignorantes y desconocedores de las ciencias física y teológica, que miden la religión por la observancia de los sacrificios, nos reprochan no tener los mismos dioses que las ciudades; consideren, les ruego, Majestades, lo que hay en estas dos acusaciones, y, ante todo, el reproche de no sacrificar. 2. El Artífice y Padre de todo este universo no tiene necesidad ni de sangre ni del humo de los sacrificios, ni del perfume de flores e inciensos (cf. Sal 40,7), como quiera que Él es perfume perfecto; nada le falta y de nada necesita. Para Él, el máximo sacrificio es que conozcamos quién extendió y dio forma esférica a los cielos, quién asentó la tierra como de centro del mundo, quién congregó las aguas para formar los mares, quién separó la luz de las tinieblas, quién adornó con astros el éter, quién hizo que la tierra produjera toda clase de semillas, quién creó a los animales y plasmó al hombre (cf. Jb 9,8; Sal 104,2. 5. 9; Gn 1,4-5. 14-15). 3. Nosotros reconocemos a un Dios artífice que sostiene todo el universo, y que lo gobierna con esa ciencia y ese arte que manifiesta en la conducción de todas las cosas; y levantando hacia Él nuestras manos puras, ¿qué necesidad tiene ya de hecatombes? 4. “A ellos con sacrificios y suaves plegarias, con libaciones y grasa de víctimas, tratan los hombres de doblegarlos, suplicándoles, cuando alguno comete una trasgresión o después de una falta” (Homero, Ilíada IX, 499-501). ¿Qué falta me hacen a mí los holocaustos de que Dios no necesita? Y ciertamente hay que ofrecerle un sacrificio incruento, rendirle un culto racional (cf. Rm 12,1). XIV. Falta de fundamento de los cultos tradicionales: diversidad de personas divinas según las ciudades; segunda catálogo de héroes 1. También nos reprochan, de manera absurda, que no adoramos ni reconocemos por dioses a los mismos que tienen las ciudades; pero ni los mismos que nos acusan de ateísmo por no tener por dioses a los mismos a quienes ellos reconocen, no se ponen de acuerdo entre sí respecto a identidad de los dioses. Y así, los atenienses asientan como a dioses a Celeo y Metanira; los lacedemonios a Menelao, y a éste sacrifican y celebran fiestas; los troyanos, que no pueden ni oír su nombre, ponen a Héctor; los ceos, a Aristeo, a quien identifican con Zeus y Apolo; los tasios, a Teágenes, que cometió un homicidio en los juegos olímpicos; los samios, a Lisandro, después de tantas muertes y de tantos males; a Medea y Niobe los cilicios; los sículos, a Filipo, hijo de Butácides; los amatusios, a Onesilao; los cartagineses, a Amílcar. ¡El día se me acabaría, si hubiera de enumerar toda la muchedumbre! 2. Como quiera, pues, que ellos entre sí no están de acuerdo sobre sus propios dioses, ¿por qué nos reprochan a nosotros de no compartir sus opiniones? En cuanto a los egipcios, la cosa es hasta ridícula.

En sus grandes ceremonias se golpean los pechos en los templos, como si llorasen por muertos, y les sacrifican como a dioses: Nada tiene entonces de extraño, que consideren como dioses a los animales, se rasuren la cabeza cuando mueren, los entierran en los templos y organizan públicos duelos. 3. Si, pues, nosotros, por no practicar la religión como ellos, somos impíos, todas las ciudades, todos los pueblos son impíos, pues no todos reconocen los mismos dioses. XV. Falsedad de los dioses paganos asimilados a sus representaciones materiales; Dios es diferente de la materia y superior a ella. 1. Pero admitamos que todos reconocen a los mismos dioses. ¿Y qué? Porque el vulgo, incapaz de distinguir entre la materia y Dios, y de comprender la diferencia que va de uno a otra, acuda a los ídolos materiales, ¿acudiremos también nosotros a rendirles culto a las estatuas, influenciados por ellos, nosotros que distinguimos y separamos lo increado de lo creado, el ser del no ser, lo inteligible de lo sensible, y a cada noción de éstas damos su nombre conveniente? 2. Porque si la materia y Dios son una misma cosa, y se trata sólo de dos nombres para una sola realidad, al no tener por dioses a las piedras y leños, al oro y la plata (cf. Dt 4,28; Sal 95,5; Hch 17,29), cometemos una impiedad; pero si distinguimos el uno del otro, como (se distingue) el obrero del material que trabaja, ¿por qué se nos acusa? Pues sucede como con el alfarero y el barro: el barro es la materia, y el alfarero el artista; así Dios es el artífice, y la materia lo que se ofrece a su trabajo. Pero como el barro, sin la acción del artista, no puede por sí mismo convertirse en objetos, tampoco la materia, capaz de toda forma, sin la acción de Dios artífice, hubiera recibido su particularidad, ni su forma, ni su armonía. 3. Ahora bien, nosotros no tenemos el barro por más digno de honor que a su fabricador, ni las copas ni los vasos de oro por más dignas de honor que el orfebre, sino que, si en ellas vemos alguna destreza artística, alabamos al artista y éste es el que recoge el fruto de la gloria por los objetos. Pues del mismo modo, tratándose de Dios y la materia, no es ésta la que recibe la gloria y honor por la ordenación del mundo, sino Dios, su artífice. 4. De modo que, si tuviéramos por dioses las formas de la materia, daríamos prueba de no tener sentido del verdadero Dios, equiparando lo disoluble y corruptible a lo que es eterno. XVI. Desarrollo de la distinción Creador – creado; diferentes comparaciones 1. Bello, ciertamente, es el mundo, remarcable por su grandeza, por la disposición de los astros situados en el círculo de la eclíptica y los del septentrión, y por su figura esférica; pero no es a él, sino a su artífice, a quien se debe adorar (cf. Sb 13,1; Rm 1,25). 2. Porque tampoco sus súbditos que acuden a ustedes, no dejan de rendirles homenaje como a sus dueños y señores, de quienes pueden alcanzar lo que necesitan, y no se dirigen a ustedes para detenerse en la magnificencia de su morada; sino que, una vez introducidos en el imperial palacio, admiran su bella labor; pero el honor y la gloria los tributan por entero a ustedes. 3. Y ustedes, los Príncipes, decoran para ustedes mismos sus regias moradas; pero el mundo no fue creado porque Dios lo necesitara, puesto que Dios lo es todo para sí mismo, luz inaccesible (cf. 1 Tm 6,16), mundo perfecto (cf. Mt 22,29; Mc 12,24), espíritu, potencia, verbo. Si, pues, el mundo es un instrumento armonioso que se mueve según ritmo, yo no adoro al instrumento, sino a quien le da la armonía y le hace emitir los sonidos y entona el canto melodioso; porque tampoco en los públicos certámenes los jueces dejan a un lado a los citaristas y coronan a las cítaras de ellos. Y si el mundo es, como dice Platón, una obra de Dios, admirando su belleza, me dirijo al artista. Y si es sustancia y cuerpo, como quieren los peripatéticos, no vamos a dejar de adorar a Dios, quien es causa del movimiento de ese cuerpo, para caer en los elementos sin fuerza y débiles (cf. Ga 4,9), adorando a la materia pasible y al éter, que según ellos es impasible. Y si hay quien entiende como potencias de Dios las partes del mundo, no nos acercamos a rendir honores a ellas, sino a su Creador y Dueño. 4. No le pido a la materia lo que no tiene, ni abandono a Dios para servir a los elementos, que no pueden sino lo que se les manda. Porque si es cierto que el arte del Demiurgo las ha hecho hermosas a la vista, no por ello dejan de ser perecederas por su naturaleza material. Platón mismo confirma esto: “Porque el que llamamos, dice, cielo y mundo, si bien participan de muchos y bienhadados bienes de parte del Padre, sin embargo, también participan de la naturaleza corporal, por lo que es imposible que estén exentos de todo cambio” (Platón, Política 269d). 5. Ahora bien, si admiro en el cielo y en los elementos el arte de su Creador, no los adoro como a dioses, pues conozco las leyes de la disolución que pesa sobre ellos, ¿cómo voy a llamar dioses a los que sé tienen a los hombres por artífices?

XVII. Los dioses de las ciudades son solamente criaturas materiales; invención del nombre de dioses; breve historia del desarrollo de las artes plásticas 1. Consideren, les ruego, brevemente este punto, y es preciso que, haciendo como estoy nuestra defensa, presente argumentos más precisos, tanto sobre los nombres de los dioses, para demostrar que son recientes, como sobre las imágenes, para ver que proceden, como quien dice, de ayer o de anteayer; pero esto ustedes lo saben mejor que nadie, como quienes están versados en los antiguos y en grado superior a todos. Digo, pues, que Orfeo, Homero y Hesíodo son los que han establecido las genealogías y dado los nombres a los que son por ellos llamados dioses. 2. El mismo Heródoto lo confirma: “Porque Hesíodo y Homero, pienso, que vivieron cuatrocientos años antes que yo y no más; y éstos son los que han establecido para los griegos las genealogía divinas, los que han dado sus denominaciones a los dioses, distribuido sus honores y oficios y explicado sus formas” (Heródoto, Historias II,53). 3. En cuanto a las imágenes de los dioses, mientras no existieron ni la pintura, la plástica, o la escultura, no eran ni concebibles. Fue en tiempos de Saurio de Samos, de Cratón de Sición, de Cleantes de Corinto y de una muchacha corintia, cuando se descubrió la representación de las sombras al delinear Saurio un caballo al sol; y la pintura, al recubrir Cratón de color en una tabla blanca las sombras de un hombre y de una mujer. La fabricación de muñecas fue inventada por la muchacha corintia. Y fue así que, enamorada de un hombre, delineó la sombra de éste en la pared mientras dormía, y luego su padre, complacido por la exacta semejanza, es de saber que trabajaba la arcilla, la esculpió, llenando de barro el contorno. La imagen se conserva todavía en Corinto. A éstos sucedieron Dédalo, Teodoro y Smilis, que inventaron la escultura y la plástica. 4. Tienen en realidad tan poco tiempo las imágenes y fabricación de los ídolos, que es posible indicar el artífice de cada dios. Así, la estatua de Artemis en Éfeso y la de Atenas -o mejor de Atela, pues así la llaman los más notables iniciados, pues ella no fue amamantada-, la vieja estatua de Atenas Protectora y también la de Atenas Sentada, las fabricó Endoio, discípulo de Dédalo; Apolo Pitio es obra de Teodoro y de Telecles, y el Apolo Delio y Artemis, son obras de Tecteo y de Angelión; la Hera de Samos y aquella de Argos salieron de las manos de Smilis, la Afrodita de Gnido, es una obra de Praxíteles, y el Asclepio de Epidauro, obra de Fidias. 5. En una palabra, ninguno de los ídolos ha podido escapar a ser fabricado por hombres. Ahora bien, si son dioses, ¿cómo no existían desde el principio? ¿Cómo son más recientes que quienes los han fabricado? ¿Qué necesidad tenían, para nacer, de los hombres y del arte? Pero es que todo eso no es sino tierra, piedras, materia y el vano producto del arte. XVIII. Respuesta a una primera objeción: los dioses son creados, puesto que han nacido; exposición de la génesis órfica 1. Pero hay quienes dicen que eso son sólo imágenes, pero es a los dioses a quienes ellas están dedicadas, que las procesiones que a ellas se hacen y los sacrificios que se les ofrecen, se dirigen a los dioses y se hacen en su honor, y que no hay, en fin, otro medio de acercarse a los dioses: “la manifestación de los dioses en su esplendor es insostenible” (Homero, Ilíada XX, 131), y de que ello sea así, presentan por prueba las operaciones de algunos ídolos. Pues bien, examinemos el poder que hay en sus nombres. 2. Pero quiero rogarles, oh máximos Príncipes, antes de proseguir mi discurso, me perdonen si sólo presento razonamientos verdaderos. Porque no es mi propósito denigrar a los ídolos, sino, refutando las acusaciones calumniosas contra nosotros, establecer el fundamento de nuestros principios. Ahora bien, ustedes, por ustedes mismos, pueden examinar el reino celestial. Y en efecto, como a ustedes, padre e hijo, les ha sido puesto todo en la mano al recibir el imperio del cielo (cf. Rm 13,1-2), “porque el alma del rey está en la mano de Dios” (Pr 21,1), dice el Espíritu profético, así todo está sometido a un solo Dios y al Verbo, Hijo suyo concebido como inseparable suyo. 3. Consideren, les ruego, ante todo, este punto: los dioses no han existido, como dicen, desde un principio, sino que cada uno de ellos ha nacido del mismo modo que nacemos nosotros. Y en esto concuerdan todos (los poetas), pues Homero dice: “Al Océano, origen de los dioses, y la madre Tethys” (cf. Homero, Ilíada XIV, 201; 392). Y Orfeo, que fue quien inventó primero sus nombres, explicó sus genealogías, y contó las hazañas de cada uno, y se cree entre el vulgo ser el más veraz teólogo, a quien generalmente sigue Homero más que a nadie en materia de dioses; Orfeo, pone también el primer origen de ellos en el agua: “El Océano, que es el origen de todos los seres” (Homero, Ilíada XIV, 246). 4. En efecto, según él, el agua fue principio de todo, y del agua se formó un limo, y de la unión de entrambos nació un animal, una serpiente que tenía una cabeza de león y otra de toro, y entre las dos un rostro de dios, cuyo nombre es Heracles y Crono.

5. Este Heracles engendró un enorme huevo, que, lleno de la fuerza de su padre, se rompió en dos por frotamiento. La parte superior se convirtió en el cielo; la de abajo, en la tierra y salió asimismo un dios de doble cuerpo. 6. Después, el cielo unido con la tierra engendró a Cloto, Láquesis y Atropo, mujeres; y hombres, a los Ecatonquiros: Cloto, Cyges y Briareo, como así también a los Cíclopes: Brontes, Esteropes y Arges. Pero como se enterara que había de ser derribado de su imperio por sus propios hijos, los encadenó y arrojó a lo profundo del Tártaro. Irritada por ello la tierra engendró a los Titanes: “La venerable Tierra engendró del Cielo hijos varones, a los que se les llama Titanes, pues ellos se vengaron del grande Cielo estrellado” (fragmento órfico, 57 Kern).

XIX. Paréntesis: la creación en los filósofos; ser y devenir en Platón; principios activo y pasivo en los Estoicos 1. Tal es el principio de la génesis de sus dioses del universo. ¿Qué pensar de ello? Cada uno de esos a quienes se atribuye la divinidad, como tiene principio, también es forzoso que sea corruptible. Porque si han nacido no siendo, como dicen sus teólogos, entonces no son; porque un ser o es increado y, por ende, eterno; o creado y, por ende, corruptible. 2. No hablo yo así y de otro modo los filósofos: “¿Qué es lo que es siempre y no tiene principio, o qué es lo que empieza y no es nunca?” (Platón, Timeo 27d). En su diálogo sobre lo inteligible y lo sensible, Platón enseña que lo que es siempre, lo inteligible, es increado; y lo que no lo es, lo sensible, creado, que tiene un principio y un fin. 3. Siguiendo este mismo razonamiento, también los estoicos sostienen que todo ha de perecer en una conflagración y después renacerá, y entonces el mundo conocerá un nuevo comienzo. Ahora bien, si, según ellos, existen dos causas, la eficiente y primordial, que es la Providencia, y la pasiva, que es la que cambia, como la materia; y si es imposible que, aun gobernado por la Providencia, permanezca el mundo en un mismo estado, desde el momento que fue creado, ¿cómo se va a mantener constitución de estos seres que no son por naturaleza, sino que nacen? ¿En qué son superiores a la materia unos dioses que reciben su constitución del agua? 4. Pero ni siquiera, según ellos, es el agua principio de todo. ¿Qué podría, en efecto, formarse de elementos simples y uniformes? Y además siempre la materia necesita de artífices y el artífice de la materia. ¿Cómo, en efecto, pudieran hacerse las imágenes sin materia o sin artífice? Ni tiene razón alguna que la materia sea más antigua que Dios, pues es forzoso que la causa eficiente sea anterior a lo que tiene principio. XX. Los dioses son monstruos; retorno a la teología órfica: apariencia de los dioses, gesta de los dioses 1. Ahora bien, si lo absurdo de su teología se parara en afirmar que los dioses nacen y tienen su constitución del agua, una vez que he demostrado que nada hay creado que no sea también disoluble, ¡podría entonces pasar a las otras acusaciones que se nos hacen! 2. Pero, por una parte, han descrito los cuerpos de los dioses: sosteniendo que Heracles es un dios serpiente retorcido sobre sí mismo; que otros dioses tienen cien brazos; que la hija de Zeus, que éste tuvo de su propia madre Rea, llamada también Démeter, y que tenía dos ojos en su lugar natural y otros dos en la frente, más cuernos y la cara de un animal en la parte posterior del cuello, por lo que espantada Rea de aquel monstruo de hija, la abandonó sin darle el pecho. De ahí viene que los iniciados la llamen Atela, a la que comúnmente se le da el nombre de Perséfone y Córe, que no hay que confundir con Atena, que debe su nombre a su virginidad. 3. Por otra parte, también nos han contado exactamente las hazañas de los dioses, según ellos piensan: de Crono que le cortó los testículos a su padre, le arrojó debajo de su carro y mató a sus hijos, comiéndose los varones; de Zeus, que ató a su padre y lo arrojó a lo profundo del Tártaro, como había hecho Urano con sus propios hijos, que luchó contra los Titanes por la supremacía, que persiguió a su madre Rea, que rehusaba unirse con él, pero que convirtiéndose ella en serpiente, él se convirtió en también en serpiente, y atándola con el llamado nudo de Heracles se unió por fin con ella -símbolo de la figura de la unión es el bastón de Hermes-; que luego se unió también con su hija Perséfone, forzándola también en figura de serpiente, unión de la que nació Dionisio. 4. Todo esto me fuerza a decir siquiera lo siguiente: ¿Qué hay de noble o elevado en semejante historia para que creamos que son dioses Crono, Zeus, Core y los demás? ¿Su apariencia física? ¿Qué hombre

de buen sentido y reflexivo puede creer que un dios haya engendrado una víbora? Citemos a Orfeo: “Fanes engendró otro ser monstruoso, procreó de su vientre sacro a Equidna, espantosa a la vista; con su cabeza de largos cabellos y bella es su cara de ver; pero las partes restantes, serpiente espantosa desde la punta del cuello” (fragmento órfico, 58 Kern). ¿O quién podrá admitir que el mismo Fánes, que es el dios primogénito -pues éste es el que salió del huevo-, tenga cuerpo o figura de serpiente, o que fue devorado por Zeus, a fin de que éste llegara a ser infinito? 5. Porque si en nada se diferencian de los más viles animales -y es evidente que la divinidad tiene que diferenciarse de todo lo terreno y derivado de la materia-, ¡no son dioses! ¿Por qué, entonces, vamos a rendir homenaje a los que nacen de forma semejante a las bestias, tienen forma de bestias y son repugnantes? XXI. Los dioses son pasibles; testimonio de los poetas: Homero, Eurípides y Esquilo 1. Si sólo dijeran de sus dioses que son carnales, que tienen sangre, esperma, pasiones, ira y deseo, ya habría bastante para calificar de ridícula charlatanería todos esos relatos; porque en Dios no hay ira, ni deseo, ni instinto, ni semen generador. 2. Sean enhorabuena de carne, pero que dominen sus impulsos y su cólera, que no veamos a Atena “irritada contra su padre Zeus, y arrebata por una cólera feroz” (Homero, Ilíada IV, 23); que no contemplemos a Hera, a quien “no le cabía la cólera en el corazón y con gritos” (Homero, Ilíada IV, 24) que expresaban su tristeza (exclamó): “¡Ay dolor! Hombre de verdad querido, perseguido en torno a la muralla con mis ojos estoy viendo, y mi corazón se contrista” (Homero, Ilíada XXII, 168-169). Por mi parte, tengo por hombres ineducados y torpes a los que ceden a la cólera y tristeza. Pues cuando el “padre de hombres y dioses” (cf. Homero, Ilíada I, 544) se lamenta por su hijo: “¡Ay, ay de mí!, pues Sarpedón, el más querido de los hombres, es decreto del destino que muera a manos de Patroclo, hijo de Menecio” (Homero, Ilíada XVI, 433-434), y es incapaz, con todos sus lamentos, de librarle del peligro: “Sarpedón, es el hijo de Zeus, ¡y éste ni a su hijo le socorre!” (Homero, Ilíada XVI, 522); ¿quién no tachará de ignorantes a quienes se muestran amadores de los dioses con tales fábulas, cuando son en realidad ateos? 3. Sean enhorabuena carnales; pero no sea herida Afrodita en el cuerpo por Diomedes: “Me hirió el hijo de Tideo, el valiente Diomedes” (Homero, Ilíada V, 376), y por Ares en el alma: “Así a mí, por ser rengo, la hija de Zeus, Afrodita, me desprecia siempre y ama al destructor Ares” (Homero, Odisea VIII, 308-309). Y Ares también es herido: “Le desgarró la bella piel” (Homero, Ilíada V, 858). ¡Él, el dios terrible en la batalla, el aliado de Zeus contra los Titanes, aparece más débil que Diodemes! “Iba furioso como cuando Ares blande su lanza” (Homero, Ilíada XV, 605). Cállate, Homero, que Dios no se enfurece; tú eres el que me presentas al dios como manchado en sangre y funesto a los mortales: “Ares, Ares, funesto para los mortales, manchado de sangre” (Homero, Ilíada V, 31), y nos cuentas su adulterio y encadenamiento: “Los dos, subieron al lecho y se acostaron, pero en torno a ellos tendiéronse las hábiles cadenas del ingenioso Hefesto, y ya no había medio de mover los miembros” (Homero, Odisea VIII, 296-298). 4. ¿Cómo no rechazar toda esta interminable charlatanería e impiedades sobre los dioses? Urano es castrado, Crono encadenado y precipitado al Tártaro, se sublevan los Titanes, Estigia muere en el curso de la batalla -¡ya hasta mortales nos muestran a los dioses!-, se enamoran unos de otros, se enamoran de los hombres: “Eneas, a quien en brazos de Asquises concibió la divina Afrodita, en las quebradas del Ida, diosa con mortal acostada” (Homero, Ilíada II, 820-821). Pero los dioses no aman, ni tienen pasiones; porque si son dioses, no les afecta el deseo. Y si Dios toma carne según la divina economía, ¿ya es esclavo del deseo? 5. “Porque jamás así el amor de diosa ni de ninguna mortal llenó mi pecho ni dominó mi corazón, ni cuando amé a la esposa de Ixión, ni cuando a Dánae, la de los bellos tobillos, la hija de Acrisio, ni cuando a la hija del ilustre Fénix, ni cuando a Sémele ni a Alemena en Tebas, ni cuando a Deméter, la reina de bellas trenzas, ni, cuando a la gloriosa Leto, ni a ti misma” (Homero, Ilíada XIV, 315-327). Luego es un ser creado, luego es mortal, ¡y nada tiene de Dios! ¡Pero si llegan a servir a jornal a los hombres!: “Oh palacios de Admeto en que tuve yo que soportar y aceptar la mesa de jornalero, aunque fuese un dios”; y cuidar los rebaños: “Viniendo yo a esta tierra, apacenté los ganados de mi huésped y protegí esta casa” (las dos últimas citas son de: Eurípides, Alcestis 1-2; 8-9). Luego Admeto es superior a los dioses. 6. ¡Oh hábil profeta que a los demás predices lo futuro. Tú no fuiste capaz de predecir la muerte de tu amado, sino que con tu propia mano mataste a tu amigo! Y Esquilo increpa a Apolo como falso adivino: “Yo creía que la boca divina de Fevo era infalible, pues de ella brota el arte de la adivinación; y el mismo, que entonaba el himno, que estaba presente en el convite, que con su propia boca había pronunciado esas palabras, él es el que ha matado a mi hijo” (Esquilo, fragmento 350 Nauck; cf. Platón, República II,383b). XXII. Respuesta a una segunda objeción: crítica de la alegoría física

1. Pero quizás se diga que todo eso son ficciones poéticas y que los mitos contienen un discurso sobre la naturaleza: “Zeus espléndido, como dice Empédocles, y Hera, que da la vida, al igual que Aidoneo, y Nestis, que con sus lágrimas abreva las fuentes de los mortales” (Empédocles, fragmento 6 Diels-Kranz). 2. Si Zeus es el fuego, Hera la tierra, Aidoneo el aire y Nestis el agua, y todo eso son elementos, fuego, agua, aire, ninguno de ellos es Dios, ni Zeus, ni Hera, ni Aidoneo, pues la constitución y el origen de todos viene de la materia separada en sus diferentes elementos por Dios: “El fuego, el agua, la tierra, la benigna altura del aire, y la amistad entre ellos” (Empédocles, fragmento 17, 18-20 Diels-Kranz). 3. Estos elementos sin la amistad no pueden subsistir, pues la discordia los disipa, ¿quién entonces podrá considerarlos como dioses? Según Empédocles, la amistad es lo que manda y los compuestos son lo mandado, y lo que manda es lo principal. De suerte que, si ponemos ser una y la misma la potencia del que manda y del mandado, no nos damos cuenta de estar tributando honor igual a la materia corruptible, precaria y cambiante, y a Dios increado, eterno y siempre acorde consigo mismo. 4. Zeus, según los estoicos, es la sustancia hirviente; Hera, el aire, pues si pronuncia la primera de las dos palabras varias veces seguidas, se confunde con la segunda; y Poseidón, la bebida. Otros dan otras explicaciones naturales. Porque unos dicen que Zeus es el aire de doble naturaleza, a un mismo tiempo hombre y mujer; otros, que es la estación la que cambia el tiempo para equilibrar el clima, y que por eso fue el único que escapó a Crono. 5. Pero contra los estoicos cabe decir: si admiten que el Dios supremo es único, increado y eterno; y por otra parte afirman que existen cuerpos compuestos por los diversos cambios de la materia, y afirman que el Espíritu de Dios, que penetra la materia, recibe un nombre u otro según los diferentes estados; luego, las formas de la materia se convertirán en el cuerpo de Dios, y al corromperse los elementos por la conflagración final, por fuerza han de corromperse también los nombres junto con las formas, quedando sólo el Espíritu de Dios. Ahora bien, ¿quién tendrá por dioses esos cuerpos que los cambios sucesivos de la materia hacen corruptibles? 6. En cuanto a los que dicen que Crono es el tiempo y Rea la tierra, que ésta concibe y a da a luz de Crono, por lo que es llamada la madre de todos; y que engendra hijos y luego los devora; que la mutilación de sus órganos genitales representa la unión del macho y de la hembra, que corta y arroja el semen en la matriz para engendrar al hombre que tiene dentro el deseo, es decir, a Afrodita; que la locura furiosa de Crono representa la sucesión de las estaciones, que consume lo animado y lo inanimado; que su encadenamiento y permanencia en el Tártaro representan las alteraciones del tiempo según las estaciones y su oscurecimiento; contra éstos, pues, decimos: si Crono es el tiempo, está sujeto al cambio; si representa las estaciones, (está sujeto) a las variaciones; si representa la oscuridad, el frío o la humedad, nada de esto perdura; la divinidad, empero, es inmortal, inmutable e inalterable. Luego ni Crono ni el ídolo que lo representa son Dios. 7. En cuanto a Zeus, si es el aire nacido de Crono, cuyo elemento masculino es Zeus y el femenino Hera, de ahí que sea a la vez su esposa y hermana, es mudable; si representa las estaciones, varía; lo divino, empero, ni cambia ni está sujeto a alteraciones. 8. ¿Para qué seguirles molestando con nuevas explicaciones, cuando ustedes saben muy bien cuántas han dado todos los que sobre ello han especulado? ¿Qué han entendido acerca de los dioses los que han escrito, por ejemplo, sobre Atena, que dicen ser la inteligencia que todo lo penetra? ¿O sobre Isis, que llaman naturaleza del Eón, de la que todos los seres nacieron y por la que todos son? ¿O sobre Osiris, que fue asesinado por su hermano Tifón cerca de Pelusio, cuyos miembros va Isis a buscar junto con su hijo Orus y, cuando los halla, los coloca en un sepulcro, que hasta hoy se llama la tumba de Osiríaco? 9. Desarrollando en todas las direcciones sus especulaciones sobre las formas de la materia, lo que hacen es desviarse de Dios, que se contempla por la razón, y divinizar los elementos y sus partes, poniéndoles diversidad de nombres; por ejemplo, a la siembra del trigo, Osiris; por lo que dicen que, en los misterios, para conmemorar la reaparición de los miembros de Osiris, es decir las cosechas, se dirigen a Isis las siguientes palabras: “Hemos hallado, nos alegramos” (cf. Fírmico Materno, De errore II,9). En cuanto al fruto de la viña, Dioniso; a la viña misma, Sémele; y a los rayos del sol, ser consumido. 10. Los que así explican alegóricamente los mitos, divinizando a los elementos, nos dan cualquier otra cosa menos explicaciones de lo divino, pues no se dan cuenta que con lo mismo que intentan defender a sus dioses, confirman más los razonamientos contra ellos. 11. ¿Qué tendrán que ver con la tierra y el aire Europa y el Toro, el Cisne y Leda, para que nos vengan con que la unión impura de Zeus con ellas represente la unión de la tierra y el aire?

12. Y es que, desviándose de la grandeza de Dios, e incapaces de remontarse por el razonamiento, pues no sienten simpatía por el reino celestial, se limitan a las formas de la materia, divinizan los cambios de los elementos, con absurdo semejante al de quien confundiera la nave en que navega con el piloto que la dirige. Pero como nada vale la nave, aun con todos sus aprestos, si no lleva piloto, de nada vale tampoco el orden de los elementos sin la providencia de Dios. Porque ni la nave navegará por sí misma, ni los elementos se pondrán en movimiento sin el demiurgo. XXIII. Respuesta a una tercera objeción: la demonología cristiana; los demonios de los filósofos: Tales, Platón 1. Ustedes, que sobrepasan a todos en inteligencia, podrían objetar: entonces, ¿por qué razón obran algunos de los ídolos, si no son dioses aquellos en cuyo honor levantamos las estatuas? Pues no es verosímil que estatuas inanimadas e inmóviles tengan por sí mismas fuerza alguna sin alguien que las mueva. 2. Desde luego, que en determinados lugares, ciudades y pueblos se den algunas operaciones en nombre de los ídolos, ni nosotros mismos lo negamos; sin embargo, no porque unos hayan recibido provecho y otros daño, vamos a tener por dioses a los que han obrado en uno u otro sentido, sino que hemos investigado cuidadosamente por qué razón ustedes creen que los ídolos tienen alguna fuerza y quiénes son los que obran, usurpando sus nombres. 3. Pero ya que voy a mostrar quiénes son los que obran en nombre de los ídolos y que no son dioses, es preciso traer también por testigos a algunos de los filósofos. 4. Tales, como dicen los que conocen a fondo sus doctrinas, fue el primero que estableció la división entre dioses, demonios y héroes; por Dios entiende la mente del mundo; por demonios, las sustancias psíquicas; y por héroes, las almas separadas de los hombres, buenos si las lamas eran buenas, y malos si eran malas. 5. Platón, que en otros puntos se muestra reservado, distingue también entre el Dios increado y los planetas y los astros fijos, creados por el Dios increado para ornamento del cielo, y por otra parte los demonios. De estos demonios rehúsa él hablar por sí mismo, y prefiere que se preste fe a los que han hablado antes que él: “Hablar de la muchedumbre de demonios y conocer sus orígenes, tarea es que sobrepuja nuestras fuerzas; pero hay que creer a los que han hablado anteriormente, como descendientes que son, a lo que dicen, de los mismos dioses, y es de suponer conocen exactamente a sus ascendientes. Es, pues, imposible no creer a hijos de dioses, aun cuando hablen sin pruebas verosímiles o necesarias, sino que, siguiendo la costumbre, hay que creerles como a quienes nos aseguran estarnos contando la historia de su propia familia. 6. “Así, siguiéndolos a ellos, éste sea también para nosotros y éste repitamos el origen de estos dioses: de la Tierra y del Cielo nacieron dos hijos, el Océano y Tethys; de éstos, Forco, Crono, Rea y todo su séquito; de Crono y Rea, Zeus y Hera y todos los que sabemos que se dicen sus hermanos y hermanas, y, en fin, los otros descendientes de éstos” (Platón, Timeo 40d-e). 7. Ahora bien, Platón, que meditó sobre el Dios eterno, asequible sólo por la inteligencia y la razón; él, que explicó los atributos que le convienen: su ser absoluto, su unidad de naturaleza, el bien que de Él emana, que es la verdad; él, que habló de la primera potencia y dijo: “En torno al Rey de todas las cosas está todo y Él es el fin de todo, es la causa de todo”; y de la segunda y tercera: “Lo segundo en torno a las cosas de segundo rango, y lo tercero en torno a las cosas de tercer rango” (Seudo Platón, Epístola II,312c); Platón, ¿pudo considerar empresa superior a sus fuerzas averiguar la verdad sobre los que se dicen haber nacido de cosas sensibles, del cielo y de la tierra? ¡No puede decirse tal cosa! 8. La verdad es que, como él entendía ser imposible que los dioses engendren y conciban, pues a lo que nace le sigue el fin; y por más imposible todavía cambiar la persuasión del vulgo que acepta sin examen los mitos, por eso dijo que estaba por encima de sus fuerzas conocer y exponer la génesis de los otros demonios, no pudiendo comprender ni explicar cómo los dioses pueden ser engendrados. 9. Y en otro pasaje suyo dice: “El grande Zeus, jefe en el cielo, encabeza la marcha conduciendo su carro alado, ordenando todo y vigilando todo; y en pos de él sigue el ejército de los dioses y de los demonios” (Platón, Fedro 246e); esto no ha de entenderse de Zeus, el llamado hijo de Crono, sino que bajo su nombre se significa al Creador del universo. 10. Y el mismo Platón lo pone de manifiesto. No teniendo otro término para significarlo, usó como pudo del nombre popular, no como propio de Dios, sino por razón de claridad, ya que no era posible adaptar para todos la noción de Dios. Y le añadió el calificativo de “grande”, para diferenciar al Zeus celestial del Zeus terreno, al increado del creado, un ser más joven que el cielo y la tierra, y hasta más joven que los cretenses, que lo robaron para que no fuera devorado por su padre.

XXIV. Ángeles y demonios según los cristianos 1. ¿Qué necesidad hay entre ustedes, que han escudriñado todas las doctrinas, de recordar a los poetas o examinar también otras opiniones? Me basta con añadir esto: aún cuando poetas y filósofos no reconocieran ser Dios uno solo, sino que unos pensaran de los dioses como de demonios, otros como materia, otros como que habían sido hombres, ¿habría razón para perseguirnos a nosotros, que distinguimos en nuestra doctrina a Dios y la materia y las sustancias de uno y otra? 2. Si proclamamos la existencia de Dios y del Hijo, Verbo suyo, y del Espíritu Santo, iguales en poder, pero distintos según el orden: Padre, Hijo y Espíritu; el Hijo es inteligencia, Verbo y Sabiduría del Padre, y el Espíritu, la luz que emana del fuego; también reconocemos que existen otras potencias que rodean la materia y la penetran; una es contraria a Dios (cf. 2 Ts 2,4); no porque haya nada contrario a Dios, al modo como la discordia se opone a la amistad, según Empédocles, o la noche al día en el mundo sensible, pues si algo se enfrentara contra Dios, cesaría al punto de existir, destruida su sustancia por la potencia y fuerza de Dios; pero puesto que a la Bondad de Dios, atributo que le es propio y que es inseparable de él como la carne lo es del cuerpo, y no puede existir sin él -en efecto, sin ser parte suya, es la compañía necesaria, identificada y compenetrada con él, como el color rojo con el fuego o el azul con el éter-, se le opone al Espíritu que rodea la materia, creado por Dios como lo fueron también los demás ángeles, y a quien fue encomendada la administración de la materia y sus diferentes formas. 3. Porque la sustancia de esos ángeles fue creada por Dios para que ejercieran la providencia sobre las cosas por Él ordenadas, de suerte que Dios conservaría la providencia universal y general del universo, pero de la providencia particular se encargarían los ángeles por Él ordenados. 4. Pero a la manera que los hombres tienen libre albedrío y pueden optar por el vicio y la virtud, pues de no estar en su mano la virtud y el vicio, ni honrarías a los buenos ni castigarías a los malos, cuando unos se muestran diligentes en lo que les encomiendan, mientras otros se revelan desleales, así también los ángeles fueron puestos ante idéntica elección. 5. Unos, que fueron desde luego creados libres por Dios, permanecieron en lo que Dios los creó y ordenó; otros ultrajaron tanto el fundamento de su naturaleza como el imperio que ejercían, estos son el que es Príncipe de la materia y de las formas de ella (cf. Jn 12,31; 14,30; 16,11; 2 Co 4,4; Ef 2,2); y los otros encargados de este primer firmamento, y han de saber que nosotros no afirmamos nada sin testimonios; sólo expresamos lo que fue por los profetas proclamado. Éstos ángeles, por haber caído en deseo de vírgenes (cf. Gn 6,1-5) y mostrándose inferiores a la carne; aquél, por haber sido negligente y malo en la administración que se le confiara. 6. Ahora bien, de los que tuvieron comercio con vírgenes, nacieron los llamados gigantes (cf. Gn 6,4). Y si en parte también los poetas hablan de los gigantes, no se asombren, como quiera que la sabiduría profética y la mundana distan entre sí cuanto la verdad de lo verosímil. La una es celestial y la otra terrena, y sometida al Príncipe de la materia “Sabemos decir muchas mentiras que se asemejan a la verdad” (Hesíodo, Teogonía 27). XXV. La acción de los demonios sobre el mundo y los individuos 1. Estos ángeles caídos del cielo que rondan en torno al aire y a la tierra y que ya no son capaces de dominar las regiones supracelestiales, ellos y las almas de los gigantes son los demonios que andan errantes alrededor del mundo y producen movimientos semejantes, los demonios a las sustancias que recibieron; los ángeles, a los deseos que sintieron. En cuanto al Príncipe de la materia, como puede verse por la experiencia, gobierna y adminístrale mundo de modo contrario a la bondad de Dios: “Muchas veces una preocupación atravesó mi espíritu: si es la Fortuna, si es un demonio quien domina la vida de los mortales, pues contra toda esperanza, contra toda justicia, mira como unos caen desde lo alto, y otros permanecen siempre prósperos” (Eurípides, fragmento 901 Nauck, conocido sólo por Atenágoras). 2. Si el ser feliz o desgraciado contra toda esperanza y justicia, deja mudo a un Eurípides, ¿de quién será la administración de las cosas terrenas, ante la que puede decirse: “¿Cómo, viendo todo esto, diremos que la raza de los dioses existe u obedeceremos a las leyes?” (fragmento 99 Nauck, de autor desconocido, y testimoniado sólo por Atenágoras). Esto hizo también decir a Aristóteles que las partes inferiores del cielo no están gobernadas por la providencia. Pero la verdad es que la providencia eterna de Dios permanece para nosotros siempre la misma: “La tierra, quiera o no quiera, por fuerza, produciendo hierba, engorda mis ganados” (Eurípides, El Cíclope 332-333); y la providencia particular llega en verdad y no en apariencia a los seres que son dignos, mientras que los restantes están sometidos a la ley providencial de la razón, según la constitución común. 3. Pero como los movimientos y las energías demoníacos provenientes del Espíritu contrario producen estos desordenados impulsos que vemos arrastran a los hombres, a unos de un modo, a otros de otro; ya

individualmente, ya por naciones; ya aisladamente, ya colectivamente, según la proporción de la influencia material o de la simpatía con el mundo divino; movimientos de lo interior como de lo exterior, que han obligado a algunos cuyas opiniones no son despreciables, a pensar que todo este universo no obedece a ningún orden, sino que está conducido y guiado por un irracional azar; y es que ignoran que, en cuanto a la constitución del universo, nada hay desordenado ni descuidado, sino que cada parte suya ha sido hecha con razón, y por ello, ninguna traspasa el orden que se le ha señalado. 4. En cuanto al hombre, según la voluntad de su Creador, también conoce el mismo ordenamiento: en la naturaleza de su origen, que obedece a una sola y común razón; en su apariencia exterior, que no puede traspasar la ley que la rige; y en el término impuesto a su vida, que permanece igual y común para todos; aunque, según la razón propia de cada uno, como así también por la acción del Príncipe de la materia que domina este mundo y de los demonios que le acompañan, cada uno se dirige y mueve de modo diverso, no obstante tener todos en sí mismos común razonamiento. XXVI. Sobre los ídolos: usurpación de los nombres de pretendidos dioses por los demonios 1. Quienes arrastran los hombres hacia los ídolos son los que precedentemente llamamos demonios, los que andan en torno a la sangre de las víctimas y se la lamen; pero los dioses de que gusta el vulgo y que dan su nombre a las estatuas, han sido meros hombres, como puede averiguarse por las historias que de ellos tratan. 2. Que existen los demonios los que usurpan sus nombres, lo prueba la operación que cada uno ejerce. Porque unos dan culto a Rea, castrándose voluntariamente; otros, los de Artemis, se hacen cortes o incisiones; y la diosa de Tauros hace matar a los extranjeros. Y omito hablar de los fieles que se torturan con puñales y correas de huesos, y cuántas especies hay de demonios. Porque no es propio de un dios incitar a actos contra naturaleza: “Cuando un demonio quiere hacer mal a un hombre, le daña primero la inteligencia” (cita de un trágico anónimo, fragmento 455 Nauck). Pero Dios es absolutamente bueno, es eternamente benéfico. 3. Ahora bien, que son diferentes los que obran (en torno a las estatuas) y aquellos en cuyo honor se levantan las estatuas, tenemos una prueba máxima en las ciudades de Troas y Pario. La primera tiene estatuas de Nerilino, un contemporáneo nuestro, y Pario, de Alejandro y de Proteo. De Alejandro, existe todavía en la plaza pública el sepulcro y la estatua. Pues bien, de las estatuas de Nerilino, las otras sirven de público ornamento, si es que con tales cosas se adorna una ciudad; pero una de ellas se cree da oráculos y opera curaciones, y por ello los de Troas le ofrecen sacrificios, la cubren de oro y la adornan con coronas. 4. Las estatuas de Alejandro y de Proteo, de éste ustedes no ignoran que se arrojó al fuego en Olimpia, de la segunda se dice también que emite oráculos, y aquella en honor de Alejandro: “Paris funesto, hermosura sola, mujeriego” (Homero, Ilíada III, 39), también le ofrecen sacrificios y le celebran fiestas, como a un dios propicio. 5. Ahora bien, ¿son Nerilino, Proteo y Alejandro los que obran estos prodigios en las estatuas o es la constitución de la materia (de las que están hechas)? Pero la materia es puro bronce; y el bronce, ¿qué puede por sí mismo cuando es posible cambiarlo en otra figura, como hizo Amasis, según Herodóto, con la palangana de los pies? (cf. Heródoto, Historias II,172). Y Nerilino, Proteo y Alejandro, ¿qué les aportan a los enfermos? Porque lo que la estatua se dice que obra ahora, ¡lo obraba cuando vivía Nerilino y hasta cuando estaba enfermo!

XVII. Explicación racional de la acción de los ídolos; teoría de la percepción: origen de las imágenes ilusorias 1. ¿Qué hay, pues, que pensar? En primer lugar, los movimientos irracionales y fantasiosos del alma en el campo del juicio hacen surgir, algunas veces, diferentes imágenes tomándolas de la materia, u, otras veces, formándolas y engendrándolas ellos mismos. Este estado lo conoce el alma señaladamente cuando recibe el espíritu material y se compenetra con él, no mirando ya hacia lo celestial y su Creador, sino abajo, hacia lo terreno (cf. Col 3,2) o, para decirlo de modo general, cuando se convierte en pura sangre y carne (cf. Si 14,18, Mt 16,17; 1 Co 15,50) y no en espíritu puro. 2. Estos movimientos irracionales y fantásticos del alma engendran unas imágenes de frenética idolatría; y cuando el alma delicada y dócil, que ni ha oído ni tiene experiencia de sólidas doctrinas, que no ha contemplado la verdad ni comprendido al Padre y Creador del universo, recibe en sí la impronta de estas falsas opiniones, los demonios que rodean la materia, ávidos como son de los olores de la grasa y sangre de las víctimas y engañadores de los hombres, apoderándose de estos movimientos erróneos del alma del vulgo, asedian su pensamiento para infiltrar en ellos imágenes ilusorias, haciéndoles creer que

provienen de los ídolos y de las estatuas; y todos los movimientos que el alma produce por sí misma, inmortal como es y son conformes a la razón, ora para predecir lo por venir, ora para velar sobre lo presente, ¡son los demonios los que cosechan la gloria! XXVIII. El origen de los nombres atribuidos a los ídolos: el testimonio de Heródoto sobre la religión egipcia 1. Tal vez sea necesario, conforme a lo anteriormente indicado, decir algo también acerca de los nombres de los ídolos. Ahora bien, Heródoto y Alejandro, hijo de Filipo, en la “Carta a su madre”, uno y otro se dice que conversaron con los sacerdotes de Heliópolis, Menfis y Tebas, y afirman haber sabido de ellos que los dioses fueron hombres. 2. Heródoto escribe: “Ellos demostraron quiénes eran verdaderamente los personajes que las estatuas representaban, ¡muy diferentes a los dioses! Antes de estos hombres, sí, mandaron en Egipto los dioses, viviendo a par de los humanos, y era siempre uno de ellos el que retenía el poder, y que el último rey fue Orus, hijo de Osiris, a quien los griegos llaman Apolo. Este, habiendo destronado a Tifón, fue el último que reinó en Egipto. Osiris, en griego, es Dioniso” (Historias II,144). 3. Así, pues, tanto los otros como el último, fueron reyes de Egipto, y de los egipcios vinieron a los griegos los nombres de los dioses. Apolo es hijo de Dioniso y de Isis. El mismo Heródoto dice: “De Apolo y de Artemis dicen que son hijos de Dionisio y de Isis, y que Leto fue su nodriza y salvadora” (Historias II,156). 4. Estos seres celestiales que los egipcios tuvieron como primeros reyes, en parte por ignorancia de la verdadera piedad para con la divinidad, en parte por gratitud de su reino, los consideraron dioses junto con sus esposas: “Si en todo Egipto se sacrifican bueyes machos, así como los novillos reconocidos puros; en cambio a las vacas no les es lícito sacrificarlas, sino que están consagradas a Isis, cuyas estatuas la representan bajo la forma de una mujer, con cuernos de vaca, como los griegos representan la Io” (Heródoto, Historias II,41). 5. ¿A quiénes pudiera creérseles mejor al decir esto que a quienes por sucesión de familia, el hijo del padre, heredan el sacerdocio y juntamente la historia? Porque no es verosímil que mientan los sacerdotes (“zacóros”), que tienen interés en exaltar a sus ídolos, al presentarlos como hombres. 6. Si, pues, dijo Heródoto que los egipcios hablan de sus dioses como de seres humanos, cuando él mismo añade: “Los relatos divinos que escuché, no estoy dispuesto a divulgarlos, fuera de los nombres de las divinidades” (Heródoto, Historias II,3), no hay la más ligera razón para no creerle. Pero como Alejandro, el llamado Hermes Trismegisto, e infinitos más, por no hacer la enumeración de todos, enlazaron sus propias familias a los dioses, ya no queda razón para dudar que tuvieron por dioses a los antiguos reyes. 7. Que fueron hombres, lo ponen de manifiesto lo más eruditos de entre los egipcios, quienes, al llamar dioses al éter, tierra, sol y luna, tienen a los demás por hombres mortales, y (consideran) como templos a sus sepulcros; y lo enseña también Apolodoro en su tratado “Sobre los dioses”. 8. Heródoto además llama misterios a los sufrimientos de ellos: “Ya he contado anteriormente cómo celebran en la ciudad de Busiris la fiesta en honor de Isis. Todos se golpean el pecho después del sacrificio, y a fe que hay allí miles y miles de gentes. Ahora, la manera como realizan este gesto de duelo, tengo escrúpulo de decirlo” (Heródoto, Historias II,61). Si son dioses, son inmortales; mas si se golpean el pecho en honor de ellos y sus sufrimientos son el objeto de los misterios, ¡entonces son hombres! 9. El mismo Heródoto (dice): “En Sais, en el templo de Atena, detrás del mismo, y siguiendo todo lo largo de la pared, está el sepulcro del dios, cuyo nombre no considero piadoso pronunciar en la presente ocasión. Allí hay también, contiguo al sepulcro, un lago adornado con un borde de piedra, bien trabajado y de la misma extensión, a lo que me parece, del lago llamado circular de Delos. En este lago, por la noche, se dan las representaciones de la pasión del dios, que los egipcios llaman misterios” (Heródoto, Historias II,170-171). 10. Y no sólo se enseña el sepulcro de Osiris, sino su momia: “Cuando se les lleva un cadáver, se muestra a los portadores unos modelos de cuerpos momificados en madera, pintados con gran fidelidad; y el más exacto de ellos dicen que representa a aquél, cuyo nombre no considero piadoso pronunciar en la presente ocasión” (Heródoto, Historias II,86). XXIX. El testimonio de los poetas; tercer catálogo de héroes 1. También entre los griegos, los poetas e historiadores sabios, comparten estas opiniones; escriben a propósito de Heracles: “¡Cruel!, que no temía el castigo de los dioses, ni la mesa que se le pusiera; y

luego mató a su propio huésped” (Homero, Odisea XXI, 28-29), es decir, a Ifito. Siendo así, natural es que terminara loco; natural que encendiera una pira y se quemara vivo. 2. De Asclepio cuenta Hesíodo: “… el padre de los hombres y de los dioses se irritó, y desde lo alto del Olimpo arrojó su rayo fulminante, y mató al descendiente de Leto, provocando la cólera de Febo” (Hesíodo, fragmento 51, Merkelbach-West); y Píndaro: “…pero la sabiduría es igualmente esclava del lucro. También a él le desvió el oro aparecido en su mano por un noble salario; mas el hijo de Crono, disparando con sus manos, del pecho arrebatóle el aliento velozmente, y el ardiente rayo lo mató” (Píndaro, Pythicas III,96-98 y 100-105). 3. Así, pues, o eran dioses y no se portaban como los hombres respecto al oro: “¡Oro!, la más grande pasión de los mortales, placer cual no da una madre, ni los hijos” (Eurípides, fragmento 324,1-3 Nauck), porque la divinidad no tiene necesidad y está por encima del deseo, y no murieron; o, por ser hombres, fueron malvados por ignorancia y se dejaron dominar por el dinero. 4. ¿A qué hablar, largamente, recordando a Cástor, a Pólux o Anfiareo, los cuales, siendo, como quien dice, hombres de ayer o anteayer, son tenidos por dioses? La misma Ino, después de su locura y lo que en ella sufrió, opinan haberse convertido en diosa: “Los que por el mar errantes van (y la invocan) bajo el nombre de Leucotea” (fragmento anónimo, 100 Nauck), así como al hijo de ésta: “Augusto Palemón por los marinos será llamado” (fragmento anónimo, 100 Nauck). XXX. Otros héroes; conclusión de la primera parte 1. Ahora bien, si personajes tan abominables y odiosos a Dios alcanzaron reputación de ser dioses, y la hija de Derceto, Semíramis, mujer desvergonzada y criminal, fue tenida por diosa siria, y por Derceto dan culto los sirios a los peces y por Semíramis a las palomas, aunque es imposible que una mujer se transforme en paloma -la fábula está en Ctesias-, ¿qué tiene de extraño que quienes ejercieron mando y tiranía fueron llamados dioses por sus súbditos? La Sibila -Platón la recuerda también- lo confirma: “Vendrá entonces la décima generación de hombres mortales, después que el diluvio vino sobre los primeros humanos, y que reinaron Crono, Titán y Yápeto, hijos valerosos de la tierra y del cielo, a los que llamaron los hombres Tierra y Cielo, dándoles nombre, por haber sido los primeros de los hombres mortales” (Oráculos Sybilinos III,108-113); otros por su fuerza, como Heracles y Perseo; o por su arte, como Asclepio. 2. Así, pues, a unos fueron los súbditos quienes tributaron honor divino, a otros los gobernantes, y unos por miedo y otros por respeto, tuvieron parte en el nombre divino -el mismo Antínoo, por benevolencia de los antepasados de ustedes para con sus súbditos, tuvo la fortuna de ser tenido por Dios-; luego, ¡la posteridad los aceptó sin prueba ni examen ninguno! 3. “Cretenses siempre mentirosos; te construyeron un sepulcro, oh rey, pero tú no moriste” (Calímaco, Himno a Zeus 8-9). Tú que crees, Calímaco, en el nacimiento de Zeus, te niegas a creer en su sepultura, y pensando echar una sombra sobre la verdad, no haces sino predicar a quienes no lo conocen que Zeus está bien muerto. Si miras a la cueva (donde nació), te acuerdas del parto de Rea; pero si te fijas en la urna (que contiene sus cenizas), echas un velo sobre su muerte; ¿es que no sabes que sólo es eterno el Dios increado? 4. En conclusión, o son indignos de fe los mitos del vulgo y de los poetas acerca de los dioses, y entonces es superfluo el culto que se les tributa, porque no existen los dioses de quienes se cuentan esas fábulas; o si son verdaderos sus nacimientos, sus amores, crímenes, robos, mutilaciones y fulminaciones, entonces ya no existen más, han dejado de existir, pues han pasado del no ser a la existencia. 5. ¿Qué razón hay para creer unos relatos y no creer otros, cuando todo lo contaron los poetas con el fin de glorificarlos? Porque los que fueron causa de que fueran tenidos por dioses al exaltar sus historias, no iban a mentir contando sus pasiones. 6. Así, pues, nosotros no somos ateos, reconociendo como Dios al Creador de todo este universo y a su Verbo: demostrado queda entonces, según mis fuerzas, si no según la dignidad del asunto. Segunda parte: las acusaciones de incesto y antropofagia XXXI. Preliminar: recuerdo de las acusaciones; el tema del justo perseguido; el argumento del juicio final 1. Nos acusan de comidas y uniones impías, con lo que pretenden hallar alguna razón para odiarnos; y piensan que, por amedrentarnos, nos van a apartar de nuestras reglas de vida, o con lo exorbitante de sus acusaciones exasperar y hacernos inexorables a los gobernantes. Juego puro, para quienes

sabemos que es por una regla inmemorial, no inventada actualmente, y que se cumple por una ley y una razón divina, que el vicio haga siempre la guerra a la virtud. 2. Así, Pitágoras, con trescientos compañeros, fue abrasado por el fuego; Heráclito y Demócrito fueron arrojados el uno de la ciudad de Éfeso y el otro de Abdera, acusados de locura; y a Sócrates le condenaron los atenienses a muerte. Pero si todos éstos no perdieron reputación de virtud por la opinión del vulgo, tampoco sobre nosotros echa sombra alguna en la rectitud de nuestra vida la estúpida calumnia de unos cuantos, pues delante de Dios tenemos buena fama. Sin embargo, también quiero responder a estas acusaciones. 3. Ante ustedes, yo sé muy bien que con lo dicho estoy defendido. Porque superando a todos por su sabiduría, ustedes saben que quienes toman a Dios por regla de su vida, a fin de ser cada uno de nosotros sin culpa y sin tacha a su ojos no pueden tener ni el pensamiento del más leve pecado. 4. Porque si creyéramos que no hemos de vivir más que la vida presente, cabría sospecha que pecáramos sometidos a la servidumbre de la carne y de la sangre, o dominados por el lucro y el deseo; pero como sabemos que Dios vigila nuestros pensamientos y nuestras palabras de noche como de día, y que Él es todo luz y mira aún dentro de nuestro corazón; estando seguros que, salidos de esta vida, viviremos otra mejor, en el cielo no en la tierra, con la condición que permanezcamos junto a Dios y con Dios, liberados de toda debilidad y de toda pasión, y ya no seremos más carnales, aunque conservemos nuestro cuerpo carnal, sino espíritus celestiales; pero si por el contrario, caemos con los demás nos espera una vida peor en el fuego -porque Dios no nos creó como rebaños o bestias de carga, de paso, sólo para morir y desaparecer (cf. Mt 25,31-45)-; no es lógico entonces que nos entreguemos voluntariamente al mal y nos arrojemos a nosotros mismos en manos del Gran Juez para ser castigados. XXXII. Devolución de la acusación de incesto a los dioses paganos: su inmoralidad frente a la castidad cristiana 1. Nada tiene de sorprendente que nos acusen de lo mismo que ellos cuentan de sus dioses, ¿acaso no presentan sus pasiones como misterios? Mas si quieren presentar como un crimen las uniones libres y sin distinciones, entonces deberían empezar o por aborrecer a Zeus, que tuvo hijos de su madre Rea y de su hija Core y tiene por mujer a su hermana; o al inventor de todos estos mitos, Orfeo, que hizo a Zeus más impío y abominable que Tiestes; pues, al cabo, éste se unió con su hija para obedecer al oráculo y por el deseo de llegar a reinar y vengarse. 2. Pero nosotros estamos bien lejos de practicar estas uniones sin distinciones, porque no nos es lícito ni mirar con intención de deseo. Está escrito: “El que mira a una mujer para desearla, ya ha cometido adulterio en su corazón” (Mt 5,28). 3. Quienes nada pueden mirar fuera de aquello para lo que Dios formó los ojos, es decir, para que fueran nuestra luz, y quienes tienen el mirar con complacencia por adulterio, puesto que los ojos fueron creados para otro fin; y quienes han de ser juzgados aun por sus pensamientos, ¿cómo no creer que son castos? 4. Nuestra enseñanza nada tiene que ver con las leyes humanas, que cualquier malvado puede burlar, -y es así que desde el comienzo de mi discurso, oh Soberanos, les aseguré que nuestra doctrina viene de Dios-, sino que tenemos una ley que hace de nuestro prójimo la medida de la justicia (cf. Mt 7,12; 22,39). 5. Por eso, según la edad, a unos los consideramos como hijos e hijas, a otros como hermanos y hermanas, y a los avanzados en edad le tributamos honor de padres y madres. Así, pues, en mucho tenemos que aquellos a quienes damos nombre de hermanos, hermanas y demás calificaciones de familia, permanezcan sin mancha ni corrupción en sus cuerpos, como nos lo enseña también la palabra: “Si alguno por segunda vez da un beso por motivo de haberle gustado...”. Y añade: “Es preciso reglamentar estrictamente el beso, más aún que el saludo”, pues por poco que manchen nuestra mente, nos ponen fuera de la vida eterna. XXXIII. Las leyes cristianas del matrimonio 1. Como tenemos la esperanza de la vida eterna, despreciamos las cosas de la presente e incluso los placeres del alma, teniendo cada uno de nosotros por mujer la que tomó conforme a las leyes que por nosotros han sido establecidas, y con miras a la procreación de los hijos. 2. Porque al modo que el labrador, echada la semilla en la tierra, espera a la cosecha y no sigue sembrando; así, para nosotros, la medida del deseo es la procreación de los hijos. Y hasta es fácil hallar a muchos entre nosotros, hombres y mujeres, que han llegado a la vejez sin casarse, con la esperanza de un más íntimo trato con Dios.

3. Si, pues, el vivir en virginidad y continencia acerca más a Dios, en tanto que los malos pensamientos y el deseo nos aparta; ¿cuántos más no rechazaremos las obras si huimos de los simples pensamientos? 4. Porque nuestra religión no se consiste en el aprendizaje de discursos, sino en el ejemplo y enseñanza de las obras: o permanecer puros como se nació, o no contraer más que un matrimonio, pues el segundo es un decente adulterio (cf. Tt 1,6; 1 Tm 3,2. 12 y 5,9; 1 Co 7,8-9. 39-40). 5. “Cualquiera, dice la Escritura, que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio” (Mt 19,9; Mc 10,11), no permitiendo ni dejar aquella cuya virginidad deshizo, ni casarse nuevamente. 6. Porque quien se separa de su primera mujer, aun cuando haya muerto, es un adúltero disimulado, yendo contra la mano de Dios y deshaciendo, ya que en el principio creó Dios a un solo varón y a una sola mujer, una comunidad fundada sobre la unión de la carne con la carne, para la reproducción sexuada de la especie (cf. Mt 19,6). XXXIV. Paralelo entre las costumbres cristianas y las paganas 1. Pero considerando nuestra conducta -¿por qué tendré yo que hablar de lo que sería mejor callar?-, tenemos que oír el proverbio: “La prostituta (instruye) a la casta”. 2. Porque los que establecen mercado de prostitución y construyen para los jóvenes lugares infames para todo placer vergonzoso; los que no rechazan la prostitución masculina, cometiendo varones con varones actos torpes (cf. Rm 1,27); los que ultrajan de mil modos los cuerpos más respetables y más hermosos, deshonrando la belleza hecha por Dios -pues la belleza no nace espontáneamente de la tierra, sino que es producida por la mano y el designio de Dios-; que nos acusan de actos que tienen (en su misma) conciencia, que afirman también ser (las acciones) de sus propios dioses, que se ufanan como si se tratara de cosas augustas y dignas de los dioses. 3. Son ellos los que nos acusan a nosotros, insultando los adúlteros y pederastas a los célibes y monógamos; ellos que viven a modo de peces (cf. Hesíodo, Los trabajos 277-278) -pues éstos devoran todo lo que cae en su boca, dando caza el más fuerte al más débil-. Esto sí que es alimentarse de carnes humanas, y que, habiendo leyes establecidas, que sus antecesores instituyeron tras maduro examen para toda justicia, se violenta contra ellas a los hombres, de suerte que no bastan los gobernadores por ustedes mandados para llevar adelante los procesos. Y nosotros no podemos apartarnos de quienes nos golpean, ni dejar de bendecir a quienes nos insultan. Porque no nos basta con ser justos, la justicia consiste en dar lo igual a los iguales, sino que se nos pide ser buenos y pacientes (cf. 2 Tm 2,24). XXXV. La acusación de antropofagia. Rechazo de los cristianos a los espectáculos sangrientos y al aborto 1. Ahora bien, ¿quién, en su cabal razón, pudiera decir que, con tales principios, somos asesinos? Porque no es posible saciarse de carne humana, si antes no matamos a alguien. 2. Si, pues, mienten en lo primero, también mienten en lo otro. En efecto, si se les pregunta si han visto lo que propalan, nadie hay tan sinvergüenza que diga que lo ha visto. 3. Sin embargo, también nosotros tenemos esclavos, algunos más otros menos, a quienes no nos es posible ocultarnos. Pues bien, tampoco ninguno de éstos ha llegado ni a calumniarnos en semejantes cosas. 4. Porque los que saben que no soportamos ni la vista de una ejecución en justicia, ¿cómo nos van a acusar de matar y de comernos a los hombres? ¿Quién de ustedes no es aficionadísimo a ver los espectáculos de gladiadores o de fieras, señaladamente los que son por ustedes organizados? 5. Pero nosotros, que consideramos que ver matar está cerca del homicidio mismo, nos abstenemos de tales espectáculos. ¿Cómo, pues, podemos matar los que no queremos ni ver para no contraer mancha ni impureza en nosotros? 6. Nosotros afirmamos que las que intentan el aborto cometen un homicidio y tendrán que dar cuenta a Dios de él; entonces, ¿por qué razón habíamos de matar a nadie? Porque no se puede pensar a la vez que lo que lleva la mujer en el vientre es un ser viviente y por esta razón Dios cuida de él, y matar luego al que ya ha avanzado en la vida; rechazar la exposición de los recién nacidos, por creer que exponer a los hijos equivale a matarlos, y quitar la vida a quienes ya han crecido. No, nosotros somos en todo y siempre iguales y acordes con nosotros mismos, pues servimos a la razón y no la violentamos. XXXVI. Fe cristiana en la resurrección de los cuerpos y el juicio final. Testimonio de Pitágoras y Platón

1. Además, ¿quién que tenga fe en la resurrección, querrá ofrecerse como sepultura de los cuerpos que han de resucitar? Porque no es posible que un mismo sujeto crea que nuestros cuerpos resucitarán y se los coma, como si no hubieran de resucitar; pensar que la tierra devolverá sus propios muertos y que los que él mismo engulló, no se los reclamarán. 2. Lo verosímil, más bien, es lo contrario, que quienes piensan que ni habrá que dar cuenta de esta vida, lo mismo si es buena que mala, y que no habrá resurrección; sino que opinan que con el cuerpo perece también el alma y viene como a apagarse; natural es, decimos, que ésos no se abstengan de atrevimiento alguno; en cambio, los que creen que nada ha de quedar sin examinar delante de Dios y que junto con el alma ha de ser castigado el cuerpo que cooperó a sus apetitos y deseos irracionales, ésos, no hay razón alguna para que cometan el más leve pecado. 3. Y si a alguno le parece pura charlatanería que un cuerpo podrido, deshecho y desaparecido vuelva otra vez a organizarse, no podría por parte de quienes no creen en la resurrección imputársenos maldad, sino simpleza; pues si con estas razones nos engañamos a nosotros mismos, a nadie inferimos agravio. Sin embargo, no somos sólo nosotros los que admitimos la resurrección de los cuerpos, sino también muchos filósofos; pero es inadecuado demostrarlo ahora, no sea que parezca que introducimos razonamientos extraños a nuestro propósito presente, hablando de lo inteligible, de lo sensible, de la constitución de lo uno y de lo otro, (o recordando) que lo incorporal es anterior a los cuerpos, y que lo inteligible prevalece sobre lo sensible, aunque percibimos primero esto último. Porque los cuerpos se constituyen a partir de los elementos incorpóreos por combinación con los sensibles, y los sensibles a partir de los inteligibles. Porque nada impide, según la doctrina de Pitágoras y de Platón, que, cumplida la disolución de los cuerpos, vuelvan luego a organizarse de los mismos elementos de que en un principio se constituyeron. Conclusión XXXVII. Solicitud de la benevolencia imperial y declaración de lealtad 1. Reservemos para otra ocasión el discurso sobre la resurrección. Ustedes, por su parte, que en toda ocasión dan prueba, por naturaleza y educación, de bondad, mesura, humanidad y se muestran dignos del Imperio, inclinen su imperial cabeza a quien ha deshecho todas las acusaciones y demostrado además que somos piadosos, moderados y puros en nuestras almas. 2. ¿Quiénes con más justicia merecen alcanzar lo que piden que quienes rogamos por la salud de su Imperio, para que lo hereden, como es de estricta justicia, de padre a hijo, y que crezca su poder y se extienda hasta que todo se le someta? 3. Lo que también redunda en provecho nuestro, a fin de que, llevando una vida pacífica y tranquila (cf. 1 Tm 2,2), cumplamos animosamente todos los preceptos que nos han sido dados.

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