Suplemento Digital

February 14, 2019 | Author: Lía Rebolo | Category: Poetry, Slavoj Žižek, Mirror, Essence, Madrid
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Suplemento digital de El sujeto boscoso...

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boscoso Suplemento digital de El sujeto boscoso  Vicente Luis Mora

Me he quedado dormida en el centro de mi  bosque  y ahora yo no soy yo soy tampoco Nuria Ruiz de Viñaspre, La Viñaspre, La zanja Toda la verdad está más allá del bosque humano R. Gómez de de la Serna, Serna, El  El hombre perdido No hay Buda porque no hay yo Jack Kerouac, Libro Kerouac, Libro de Jaikus

Breve nota introductoria Este texto digital complementa a mis ensayos El ensayos  El sujeto su jeto boscoso (2016) y  La literatura egódica (2013), y no es un “libro”, sino un repositorio de citas y ejemplos. En consecuencia, no busque el lector un discurso en las páginas que siguen, puesto que éstas suplementan al discurso de los dos ensayos citados y es en ellos donde encuentran su sentido. El contenido de este “Suplemento”, por tanto, acoge dos tipos de elementos: primero, algunos ejemplos significativos a los que  El sujeto boscoso redirige de modo expreso; en segundo lugar, ofrece centenares de textos que, por razones de extensión o de oportunidad, no han encontrado hueco en los ensayos publicados, pero que contribuyen a ejemplificar algunas aseveraciones contenidas en los mismos. Además, se incluyen citas de pensadores que apoyan lo expuesto en ambos libros, capítulo a capítulo. He pensado que era una lástima que la ingente investigación sobre el sujeto literario que he llevado a cabo durante quince años duerma lánguidamente en mis archivos. Aquí, puesta a disposición de otros investigadores o de curiosos, quizá puede tener alguna utilidad. Los textos se citan por sus títulos o por las primeras palabras de los mismos, y los números entre paréntesis son las páginas de donde están

extraídos. Si no hay mención al título es porque en la bibliografía sólo hay una obra de ese autor. Se han incluido varias citas de libros aparecidos con posterioridad al cierre de la edición del ensayo, para mantener este recuento de casos y ejemplos lo más actualizado posible.  VLM, octubre de 2016

El espejo como objeto though the mirrors are tired of our faces  Veronica Forrest-Thompson (20) nací en un espejo donde cualquier “objeto” era accesible, salvo la distancia Osvaldo Lamborghini

… el hiriente azogue Lorenzo García Vega

Savonarola, el fraile dominico que sembró el terror en Florencia entre 1494 y 1497, ordenó requisas indiscriminadas en toda la urbe de “instrumentos de frivolidad”, sobre todo de espejos (Séneca decía que “no hay vicio alguno” para el que el espejo “no sea imprescindible”), que después fueron quemados en la plaza pública. A juicio de Lewis Mumford, la aparición y popularización del espejo como objeto cotidiano a partir del d el siglo XVI tuvo como consecuencia el principio de la biografía introspectiva en el estilo moderno (...) el yo en el espejo corresponde al mundo físico que fue expuesto a la luz por las ciencias naturales en la misma época; era el yo in abstracto, abstracto, sólo una parte del yo real, la parte que uno puede separar del fondo de la naturaleza y de la presencia influyente de los demás hombres. (Técnica y civilización 147) civilización  147)

Citamos esta curiosa anécdota, recogida por Séneca en sus Cuestiones naturales, naturales, en las cuales, como vamos viendo, hay un profundo tratamiento del espejo:

Hubo un tal Hostio Quadra cuya obscenidad ha sido llevada a escena. Rico, avaro, esclavo él de sus cien millones de sestercios, fue asesinado por sus propios esclavos (...) No era él libertino de un solo sexo; su avidez fue tanto de varones como de mujeres, y se hizo construir espejos de las propiedades que dije, que agrandaban las imágenes enormemente; en ellos, un dedo excedía de la longitud y el grosor de un dedo. Y de tal manera disponía estos espejos, que cuando sucumbía a un varón, podía ver todos los movimientos del cómplice que tenía detrás de sí y gozábase con la falsa grandeza de su mismo miembro como si fuera real. (...) Anda ahora y di que el espejo se inventó por razones de aseo (...) no contentándose con ver su propio pecado se rodeaba de espejos por multiplicar en distribuir en sus diversas fases sus operaciones vergonzosas. Y porque no podía contemplarlas con insana curiosidad cuando tenía su cabeza hundida y pegada en las partes verecundas de sus compañeros de libertinaje, regalábase a sí mismo con el espectáculo de su obra. 1

El espejo de Domiciano: “tempore uero suspecti periculi appropinquante sollicitior in dies porticuum, in quibus spatiari consuerat, parietes phengite lapide distinxit, e cuius splendore per imagines quidquid a tergo fieret prouideret”; José Luís Brandão, “Páginas de Suetonio: a morte anunciada de Domiciano”; Boletim Domiciano”; Boletim de Estudios Clássicos, Clássicos, nº 58, Coimbra, 2013, [pp. 135-45], p. 138. 138. Esta es la cita exacta de Poe: “el espejo [...] produce una monstruosa y odiosa uniformidad (...) Una habitación con cuatro o cinco espejos, distribuidos a diestro y siniestro es, desde un punto de vista artístico, una habitación sin forma alguna. Si a este defecto añadimos la repercusión de la reverberación, obtenemos un perfecto caos de efectos discordantes y desagradables”; Edgar  Allan Poe, “The philosophy of furniture”,  Burton's Gentleman's Magazine and   American Monthly Review (1839-1840), Philadelphia; Mayo 1840; vol. 6; pp. 243-246. Cf. Ugo Rubeo, “The “ The philosophy of decomposition: decomposition: per un’analisi dello specchio in E. A. Poe”; en Agostino Lombardo (ed.), Gioco di Specchi. Saggi  sull’uso letterario dell’immagine dello specchio; specchio ; Bulzoni Editore, Roma, 1999, pp. 177-192. “Al fin y al cabo el espejo es una utopía, puesto que es un lugar sin lugar. En el espejo me veo donde no estoy, en un espacio irreal que se abre virtualmente tras la superficie; estoy allá lejos, allí donde no estoy, soy una especie de sombra que me da mi propia visibilidad, que me permite mirarme allí donde estoy ausente: utopía del espejo”; Michel Foucault, “Espacios diferentes”, Obras esenciales. Volumen III: Ética, estética y hermenéutica (435). hermenéutica  (435). “Y a quién diré, y cómo y cuándo, / la alquimia que el espejo revela”; Rikardo  Arregi, “Papeles caídos en la calle”, Cartografía; Cartografía; Bassarai, Vitoria, 2000, p. 17.  Véase F. Schlegel,  Athenäum Fragmente, Fragmente, en Characteristiken und Kritiken (1796-1801), (1796-1801), Zurich, 1967, citado por L. Dällenbach,  El relato especular (204). especular (204). En el mismo sentido, y recordando a Ernst Gombrich, escribe Jacques Aumont: “lo que dice Gombrich, en estos términos tan coloristas, tomados de su artículo  Mirror and Map (1974), es que siempre hay un mapa en el espejo: sólo los espejos naturales son puros espejos. Por el contrario, la imitación deliberada, 1 Séneca,

Cuestiones naturales, naturales , Libro I, XVI. L. M. Ruiz recuerda este pasaje de Séneca en su novela La novela La habitación de cristal ; Suma de Letras, Madrid, 2005, p. 48.

humana, de la naturaleza, implica siempre un deseo de creación concomitante con el deseo de reproducción (y que, a menudo, lo precede), y esta imitación pasa siempre por un vocabulario de la pintura (...) que es relativamente autónomo” (J. Aumont, La Aumont, La imagen; imagen; Paidós Comunicación, Barcelona, 1992, pp. 209-210). Dentro del esoterismo, son célebres los espejos negros de obsidiana que utilizaba el nigromante John Dee. Germán Sierra se refiere a ellos en su novela  El espacio aparentemente perdido (67). perdido (67). “El corazón del espejo / desvelará sus misterios”; Clara Janés, Rosas Janés, Rosas de fuego; fuego; Cátedra, Madrid, 1996, p. 26. “Los espejos nos fascinan porque alivian a las cosas de su materia y nos las proponen tal como pasan por nuestros ojos”; Bernard Nöel,  Diario de la mirada; mirada; Libros de la resistencia, Madrid, 2015, p. 104. Ramón Gómez de la Serna, en su novela El novela  El hombre perdido (1947) perdido  (1947) define a los espejos, por su capacidad multiplicadora, como “depósitos parientes de los que guardan los objetos perdidos” (95). “(…) fon la gràcia / de perdurar en l’instant i allò que fou predit / en el mirall ja no s’endevindrà”, Susanna Rofart (en López Vilar, 72). La cita de Pablo en la carta a los corintios es recreada por Rafael Reig en su novela Señales novela Señales de humo. Manual de literatura para caníbales I  (113).  (113). “Y vienen, siempre vienen, se nos ponen delante / como la imagen que desde el espejo / en silencio nos pide que la amemos, / que la arranquemos de su gesto inútil”; Luis Feria, Conciencia (48). “el espejo que ya no duda de nuestra mueca”; Julio César Galán,  El primer día (80). “Una porción de vidrio / lo mismo te da un rostro que te corta.”; Andrés Neuman, Mundo Neuman, Mundo mar (en Década (en Década 239). “Y la soledad del hombre es una soledad de espejo”; Jean-Marie Le Clézio,  El  éxtasis material  (99).  (99). “Los espejos, preludio de una incomodidad por lo físico. Me veo demasiado flaco. O demasiado desgarbado. Desarreglado. Sin afeitar. El pelo. Las gafas. Pero en el fondo sé que nada de eso corresponde a la realidad, son visiones embrujadas, las alucinaciones de la depresión”; Ernesto Hernández Busto,  La ruta natural  (20).  (20). “Pero Bouvard se examinaba en el espejo. Sus mejillas conservaban sus colores, sus cabellos seguían rizados como en otros tiempos, no tenía ni un diente flojo;  y la idea de que aún podía gustar, fue como un rejuvenecimiento”; Gustave Flaubert, Bouvard Flaubert, Bouvard y Pécuchet  (164).  (164). James A. Joyce en el Ulises: Ulises: “Después que pasó Conmee ella lazó una ojeada a su delicioso eco en ese espejito que lleva consigo” (490). “Mirror makers know the secret -one does not make a mirror to resemble a person, one brings a person to the mirror”; Jack Spicer,  Admonitions (1958), citado en Rivera Garza, Los Garza, Los muertos (59). “Como dijo el divino Sócrates a sus discípulos: ‘tened cuidado de aquel a quien  vuestros corazones odian, porque porqu e el corazón es como c omo un espejo’. Y algo parecido

dice el sabio: ‘como el rostro se refleja en el agua, así el hombre en su corazón’ ( Proverbios,  Proverbios, 27, 19). Así son las almas”, Ibn Gabirol ( La ( La corrección de los caracteres 1045) caracteres 1045) Guillermo Carnero: “y puedo ver mi rostro en la paz de tu espejo / con mayor nitidez y certidumbre” (Guillermo Carnero, “Retorno a Greenwich Park”, Verano inglés 55). inglés 55). Como ha señalado Germán Labrador, en un artículo donde comentan  Dominios de matiz (2010) de Juan Pastor, Juan Pastor no se inventa esta técnica de comenzar un poema  frente al espejo, espejo, como excusa narrativa para desplegar la temporalidad del poema como movimiento corporal hacia el pasado, que retorna y se fractura sobre la superficie de ese espejo, convertido en presente. En el espacio de la poesía menor transicional, cabe mencionar un libro fascinante, que carece hoy de una inscripción nítida en el archivo poético del periodo. Se trata del texto de Javier  Villán,  El rostro en el espejo. espejo.  Poema 1976-1977 , obra de este poeta militante, quien, en 1977, desde Rimbaud, Pasolini y Gramsci, propone una historia de la derrota de las aspiraciones utópicas de la izquierda política que es, en realidad, una memoria de la educación sentimental bajo el franquismo; su técnica narrativa presenta una figura frente al espejo (del pasado) que no se reconoce en él y que abre sobre su superficie (en el poema) la posibilidad de recomponer un nosotros expropiado por la historia. Otro autor que ha explorado este desdoblamiento especular como inicio narrativo, que comporta una ética y una memoria también de la transición española, es Pere Gimferrer en  Mascarada,  Mascarada, ahora desde Aragon y cierta poesía francesa (Labrador, “Hartos de mirar sin  ver”, 114)

Para Eduardo Moga: Los espejos no devuelven / nuestra imagen: la esconden en su azogue / y la besan con labios sublevados. / [...] Los nombres envejecen, / Arrían la piel, beben en corruptos / cálices, y los rostros no recuerdan / ya quién habita en el espejo. Sigue / en su cápsula el  yo –vuelto otro, vuelto / quién, nunca, en el extremo de las formas– ( El  El barro en la mirada 13-17)

“y con luz apagada me miro en los espejos”; Gloria Fuertes, “Escrito”,  Poesía incompleta; incompleta; Cátedra, Madrid, 1984, p. 77. “Me he mirado en el espejo / y ahora me vuelvo de espaldas. / Sé que el otro, también vuelto, / ve agua adentro lo que calla”; Gabriel Celaya, “Como si nada”,  Itinerario poético; poético; ed. del autor, Cátedra, Madrid, 1977, p. 83. Pelayo Fueyo estableció en algún momento las relaciones que, a su juicio, pueden establecerse entre la identidad y el tema del espejo: “La perspectiva que adopto es la de la mirada, que nada tiene que ver con el impresionismo, impresionismo, se trata de una visión de la trascendencia de los objetos en un hábitat propicio, donde los símbolos fundacionales son el espejo, espejo, como reduplicación de la realidad, y la ventana como huida [...] Es, pues, una poesía de indagación en el fenómeno de la alteridad : que parte del extrañamiento del sujeto que, no obstante se abre – no se explicita– a un exterior interiorizado por medio de imágenes analógicas y

recreando un objeto poético al modo de una pintura metafísica” (en Villena,  La lógica 134); de hecho, el primer libro de Fueyo se llama Memoria llama  Memoria de un espejo (1990), y contiene poemas como “La dama en el espejo”, “El espejo arrugado” o este “Delación”: DELACION De pronto, en el espejo / la imagen de la vida de mi olvido / es una puerta abierta y un pasillo / que se cruza con todos los sucesos, / a ciegas por los gritos, y mis manos / arrancan la materia / de una celda, y disputo por mi cuerpo, / y me alzo a la luz: / ¿Soy un momento / de vida en el reflejo de esos nombres / sin marco? ¿O el retrato / anónimo de un hombre que ahora fui?

En uno de sus diarios, Fueyo escribe: “conservo un espejo amaestrado que tiene más de cien años. Cuando se cumple al aniversario de mi muerte, me enfrento a él con gran esfuerzo, y siempre veo la imagen de un joven adulto que tiene cuarenta años. Aunque pase el tiempo siempre me quedaré fascinado por ese rostro, y mi envidia no es la de un esqueleto, porque soy una momia”; Pelayo Fueyo, “Diario de una momia”, Clarín. Revista de nueva literatura, literatura , nº 77, septiembre-octubre 2008, p. 20. El espejo como mito y como símbolo receptor Jean Paris escribió que “la frontera que una placa de vidrio o de metal erige entre lo real y lo ficticio vale por la que separa la existencia de lo absoluto” (294). Para el teórico de la literatura Frank Kermode, “la relación entre la esencia y su representación como sombra, reflejo o aparición siempre es difícil y [...] puede tentar al poeta o a su crítico en las complejidades teológicas y filosóficas” ( Formas ( Formas de atención  atención  66). Ejemplo de esa visión filosófica en un poema contemporáneo serían estos versos de la poeta colombiana Lauren Mendinueta (Barranquilla, 1977), correspondientes a su poema “Bogotá, perros , después de una visita a Helena Iriarte” (publicado en El en  El coloquio de los perros, nº 21, julio 2008, accesible en http://www.elcoloquiodelosperros.net/canum21la.htm): “No hay relación entre las cosas / y aquello que las encarna. / La realidad acaso es un vacío / y el reflejo en los espejos / la evidencia de su precariedad”. El potencial metafórico del espejo traspasa épocas, culturas, conceptos y ramas artísticas. Recientemente se ha expuesto la metáfora del “espejo embrujado” para explicar algunas singularidades de la representación del mundo en el teatro: véase al efecto Helena Buffery, “Espejos embrujados: lecturas metateatrales de  Romeo y Julieta”, Julieta”, en Derek W. Flitter, Trevor J. Dadson y Patricia Odber de Baubeta (eds.),  Actas del XII Congreso de la Asociación  Internacional de Hispanistas (1995); (1995); vol. 5, The University of Birmingham, Edgbaston, Birmingham, 1998, pp. 41-48. PARIS, Jean: El Jean: El espacio y la mirada, mirada, Taurus, Madrid, 1967.

Chetana Nagavajara ha escrito que “it must be observed that a number of leading poets live with such a divided identity, even nurture it, for a conflict  which has been reflected upon and internalized can become a source of intellectual and spiritual strength”; Chetana Nagavajara, “Contemporary Poetry  As a Global Dialogue”; en Suthira Duangsamosorn (et al.),  Re-imagining  Language and Literature for the 21st   Century; Century; Editions Rodopi, AmsterdamNew York, 2005, p. 308. “David dijo, ‘Oh, Señor, puesto que no tienes necesidad de nosotros, di, entonces, ¿qué sabiduría había en crear los dos mundos?’ / Dios le dijo: ‘Oh hombre temporal, yo era un tesoro oculto; quise que este tesoro de amor y munificiencia fuera revelado. / Presenté un espejo –su cara el corazón, su dorso el mundo– su dorso es mejor que su cara, si desconoces su cara’. / Cuando la paja está mezclada con la arcilla, ¿cómo tendrá éxito el espejo? Cuando separas la paja de la arcilla, el espejo se vuelve claro”; Rumí,  Poemas sufíes; sufíes; Hiperión, Madrid, 1997, pp. 43-44. José Luis Sampedro alude a estos poemas de Rumí y a sus teorías en su novela Octubre, octubre; octubre; Alfaguara, Madrid, 1981, p. 448. Diego de Covarrubias, sobre el espejo, decía que “consultado, nos responde  verdad”. “Dios ha creado este universo y a Adán e hizo de ellos Sus espejos. Esto es importante; en el espejo del universo ve Su reflejo y en el espejo de Adán Se contempla y Se ve a Sí mismo. (...) Lo que quiere decir que El creó el universo y a Adán y los hizo espejos de Su Ser es que El se manifestó como una imagen... Representó Su Aseidad en el espejo como Su Belleza. Haciendo esto, se convirtió en El que ve. Por otro lado, se convirtió en el Amado y se puso por encima del capricho. Volvió a presentarse a Sí mismo Su Belleza y se reveló a Sí Mismo: el que ve, lo visto, el hecho de ver y el espejo son lo mismo (...) Hace falta poner un ejemplo (...) Si estuviésemos mirando a la amada y se colocasen 100.000 espejos alrededor de ella, se verían 100.000 amadas; pero en realidad sólo habría una. A pesar de ser todas la misma, aparecería en unos espejos radiante; en otros, triste, derecha, encorvada, según el espejo en que la viésemos. De igual forma, si un hombre viese la cara de su amada en un espejo y negase todos los demás, no sería un gnóstico. Un gnóstico reconocería todas. La afirmaría en cualquier espejo en que le viese y, tal vez, hasta la viese sin espejo.”; Ibn Arabí,  El núcleo del núcleo (75ss). núcleo (75ss). El espejo como engaño Cf. Helena Percas de Ponseti, Cervantes y su concepto del arte; arte ; Gredos, Madrid, 1975. Escribe Luis Manuel Ruiz, en un sentido similar: “Muchos eruditos del pasado han sostenido que el espejo es instrumento de demonios, sortilegios y maldades. Marsilio Ficino escribe que los demonios fabrican imágenes fantásticas y perversas para confundir a los hombres, como las que se general mediante el juego de espejos. Ronsard, que el espejo es recipiente y residencia

natural de los espíritus maléficos. Juan de Salisbury nos recomienda que  velemos los espejos después de utilizarlos para no atraer las maldiciones del otro lado. Y según Collin de Plancy, el espejo sirve para recabar los servicios de demonios que nos ayuden a buscar objetos perdidos”; L. M. Ruiz, La Ruiz, La habitación de cristal  (133).  (133). “Nunca se ve uno, los espejos engañan ‘que es una barbaridad’”; Max Aub,  La gallina ciega. Diario español ; ed. de Manuel Aznar Soler, Alba, Madrid, 1995, p. 137. “El espejo (y) su costumbre de falsificar cuerpos protege el intento / de salvar a la tormenta del relámpago de reproducir una posible / certidumbre en nuestras manos”; José Landa, “La casa de los espejos”,  La confusión de las avispas, avispas, Fondo Editorial Tierra Adentro, México D.F., 1997, p. 10. César Aira escribe en  El llanto (1992): “los espejos mismos engañan; igual que las ventanas, vistas desde el interior a cierta distancia, por ejemplo desde nuestro sillón favorito en el living, agrandan muchísimo el fragmento de paisaje que muestran” (26).

La disolución del sujeto como arquetipo cultural y dialéctica histórica del sujeto Una mañana estaba yo, un niño muy tierno,  bajo la puerta de entrada y mirada hacia la izquierda, a la leñera, cuando de repente la  visión interior: yo soy un yo, cayó ante mí como un rayo del cielo y se mantuvo desde entonces  brillante; ahora millón serio por primera vez a sí mismo y para la eternidad. Jean Paul (en Ory, Diario Ory, Diario 87) que golpeen el Yo, ese largo infortunio Jesús Aguado

“En contraposición al mandala de Boehme el moderno aspira a la unidad, es decir, representa una compensación de la escisión, o una superación anticipada de la misma. Dado que este proceso tiene lugar en el inconsciente colectivo, se manifiesta en todas partes”; Carl G. Jung,  Recuerdos, sueños, pensamientos (339). Según Derrida, la presencia del espejo, como la del Tú, implica la imposibilidad de una unidad a solas: “de un espejo que viene a ser, a pesar de la imposibilidad antes planteada, su fuente, como un eco que precedería de alguna manera al origen al que parece responder, no estando constituidos ‘lo real’, lo ‘originario’, lo ‘verdadero’, el ‘presente’ más que de vuelta a partir de la duplicación en la que sólo pueden surgir. Por eso [...] el efecto se convierte en la causa. Una palabra que no se repitiese, un signo único, por ejemplo, no sería uno”; uno”; J. Derrida, La Derrida,  La diseminación; diseminación; Fundamentos, Madrid, 2007, p. 483.

Mark Pendergrast asocia a la visión de Pablo esta del  Popol Vuh: Vuh: “los cuatro primeros humanos lo sabían y veían todo, cosa que alarmó a los dioses. ‘¿Qué haremos ahora con ellos? –preguntó uno–. Deberían ver al menos de cerca [...]’ Otro sugirió: ‘Deberíamos separarlos sólo un poco; es lo único que necesitan.’ Y eso es precisamente lo que hicieron los dioses a los cuatro ancestros: ‘los cegaron, dejándoles los ojos como un espejo empañado por el aliento. Su visión se nubló. Ahora sólo veían con claridad las cosas cercanas’”;  Historia de los espejos; espejos; Ediciones B., Barcelona, 2003, p. 44. Sobre el espejo empañado, es relevante también el final de  La cólera de Aquiles (1981), de Luis Goytisolo: “luego, un prolongado y espléndido baño [...] el vaho del agua caliente velando los espejos, a modo de réplica o resonancia del frío vaso empañado por los trozos de hielo, vaso y espejos que se empañan como se empaña la mirada serena de unos ojos con lágrimas”; Alfaguara, Madrid, 1981, p. 271. Otra versión de las posibilidades difractoras del cristal por su capacidad de acercamiento, y su efecto en la percepción intelectual podemos encontrarla en la Carta a Lord Chandos, Chandos, de Hugo von Hofmannsthal: “mi espíritu me obligaba a ver en una cercanía inquietante todas las cosas que aparecían en un diálogo: así como una  vez yo había visto con un cristal de aumento un trozo troz o de la piel de mi meñique, que parecía un campo raso con surcos y hoyos, así me pasaba ahora con las personas y las acciones”; en  Prose;  Prose; t. II, Rischer Verlag, Francfort, 1951, p. 7; traducción de José María Valverde. En la tradición hindú el elemento no es extraño; el poeta Kabir (aprox. 14401512) escribe: Todo gurú es un barnizador. Oblígale a que pula tu mente sin descanso. des canso. Restriégala, restriégala, con su palabra. Hasta que tu conciencia sea un espejo. ( Poemas breves 49). breves 49). “Y no está de más rebajar el tono, si decimos que la escritura es el sujeto, el actor determinante del conocimiento, y no lo es el autor”; M. Casado, “Apuntes del exterior: poesía y pensamiento”,  Deseo de realidad ; Ediciones Universidad de Oviedo, Servicio de Publicaciones, Oviedo, 2006, p. 27. “Yo es una propiedad de lo que soy”; Paul Valéry, Cuadernos (1894-1945 ); ); edición de Andrés Sánchez Robayna, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007, p. 65. Hoy se utiliza también el concepto de sujeto posmoderno referido a la disolución de la identidad en el ciberespacio, como han hecho Allucquere Rosseane Stone o Sherry Turkle; como resume Zizek: “jugar en Espacios  Virtuales me permite descubrir otros aspectos de mí mismo, todo un mundo m undo de identidades cambiantes, de máscaras sin ninguna persona ‘real’ detrás, y experimentar de este modo el mecanismo ideológico de la producción del Yo, la  violencia inmanente y la arbitrariedad de su producción/construcción”; S. Zizek,  Lacrimae rerum; rerum; Debate, Barcelona, 2006, p. 222.

Los espejos y la disolución psiquiátrica y psicológica “Cuando a un niño de cuatro o cinco meses se le coloca ante un espejo, lo que hace es tratar de jugar con el otro niño que está frente a él y vocaliza, gesticula e intenta tocar al ‘otro’, pero no alcanza a reconocer que ese niño del espejo es él mismo [...] Ya alrededor del año [...] mira con más atención los movimientos de ‘su amigo’ e incluso avanza hacia los bordes del espejo y echa una mirada por detrás de él buscándolo para ver, de verdad, dónde está físicamente. Pero sigue sin reconocerse a sí mismo. Y así continúa hasta bien entrado el año y medio”; clonado  (67-68). Un poco más adelante cita Mora al Francisco Mora,  El yo clonado  profesor de biología del comportamiento Daniel Povinelli, que incluso alarga el plazo del reconocimiento: “nuestras investigaciones sugieren que el autorreconocimiento en chimpancés y niños de año y medio o dos años está  basado en el reconocimiento de la propia conducta, co nducta, no de un estado psicológico ps icológico del ‘yo’” (75). En su  Diario,  Diario, Carlos Edmundo de Ory cuenta cómo a finales de los años 40 conoció al dramaturgo Francisco Nieva, quien le contó sobre una tía suya con problemas mentales: “En vida solía mirarse al espejo con un sombrero rarísimo sobre la cabeza y diciendo: ‘¿Qué haces tú aquí? ¿Quién eres? ¡No te conozco! ¡Ve en seguida de aquí!’” ( Diario ( Diario 46). Merece la pena reproducir el poema “Oliver Sacks” de David Huerta, dedicado al célebre neurólogo, donde se unen la enfermedad mental (en este caso, el Parkinson) y la identidad: Resiste el yo las andanadas / y las punzadas, el tibio hervor / de la enfermedad. Se asoma / y boquea como un pez, / dice Ricardo Yáñez, “al que no hubiera afectado / las inundaciones”. Una gasa de brillos afilados / es el yo en el viento huracanado / de la enfermedad, / una lámpara en medio / del frío. Oliver Sacks observa / todo eso y ofrece una mano, / un medicamento, una conversación. / Luego escribe. Más tarde vuelve al pabellón / de los parkinsonianos, de los sobrevivientes / de la Gran Epidemia. Mira el despliegue aterido / de la encefalitis letárgica. Y escribe. / Recoge una mónada allí, un mecate / de metafísica allá, en esa lluvia / de “confeti fisiológico”. / Y escribe, resiste. Le arde la cabeza / como si estuviera en medio / del desierto monoteísta. El hospital / se enfría y se calienta. Oliver Sacks / habla, intenta curar, alivia, escribe. / Vuelve al pabellón de los parkinsonianos… ( La ( La música 16)

El horror a los espejos En el Apéndice final se recoge un estudio específico de esta cuestión en la obra de Jorge Luis Borges.

“Sin embargo, el motivo principal de su aversión hacia el príncipe era que  Vronski hallaba en su persona como un reflejo de sí mismo, y lo que veía en ese espejo no tenía nada de halagador”; Lev Tolstoi, Anna Tolstoi,  Anna Karénina (473). Karénina (473).  Agustín Caballero, el personaje de Tormento de Galdós: “Pásmate de lo que te digo: he vivido quince años sin ver un espejo, o lo que es lo mismo, sin verme la fisonomía y sin saber cómo soy” (42). El propio Galdós, en  Marianela,  Marianela, se sirve de un recurso similar: “Diciendo esto, la Nela, rebuscando en su faltriquera, sacó un pedazo de cristal azogado, resto inútil y borroso de un fementido espejo que se rompiera en casa de la Señana la semana anterior. Mirose en él; mas por causa de la pequeñez del vidrio érale forzoso mirarse por partes, sucesiva y gradualmente, primero un ojo, después la nariz. Alejándolo, pudo abarcar la mitad del conjunto. ¡Ay! ¡Cuán triste fue el resultado de su examen! Guardo el espejillo, y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos” (82). Escribe Roland Barthes: “Las imágenes de las que estoy excluido me son crueles [...] Esta imagen, en la que mi ausencia es aprisionada como en un espejo, es una imagen triste”; triste”; Fragmentos  Fragmentos de un discurso amoroso; amoroso; op. cit., p. 198. Mario Bellatin también u la imagen: “Margo glantz se puso de pie. Se miró en el espejo de cuerpo entero que hay en su habitación y horrorizada se acostó nuevamente”; Lecciones nuevamente”;  Lecciones para una liebre muerta; muerta; Anagrama, Barcelona, 2005, p. 81. 81. “Aquello nos mira / nos hace retroceder / en nosotros mismos / ahí siembra pánico / con nuestro corazón”; Bernard Nöel, La Nöel, La sombra del doble do ble;; Pre-Textos,  Valencia, 1998. “Oh tenebroso, horrible, espejo, / poseído de orgullo para desagradar a los mundanos, / espectáculo horrible, imagen detestable, / visión orgullosa, objeto temible / mortal espectáculo, ejemplar tan vivo / eres un monstruo imposible y  enemigo”; Jean Moliner, Le Moliner, Le miroir de vie, vie, 1937. Miguel Veyrat escribe: “aquél horror al espejo / de un ser que se borra”; Miguel  Veyrat, El  Veyrat, El hacha de plata (37) plata (37) “La criada era una mujer de unos 40 años [...] Tenía muy poco pelo, y siempre se levantaba medianoche, con el camisón y una palmatoria, para mirarse al espejo. Y como se veía siempre tan fea extendía los brazos y lo arañaba.”; Rafael Sánchez Ferlosio, Industrias Ferlosio, Industrias y andanzas de Alfanhuí  (91).  (91). “Mi rostro en el espejo. El pelo deshecho. El tiempo subió sus hilos a tu pelo, dice el poeta. Canas, hilvanes blancos por donde nos vamos deshilvanando, deshilachando, y se ve lo mal hechos que estábamos, lo de prisa que nos cosieron las costureras.”; Francisco Umbral, Mortal Umbral, Mortal y rosa (11); rosa (11); y, más adelante: “Miedo de mí mismo, ese ser cruel y lírico, implacable y violento que asoma a los espejos cuando los espejos tienen detrás la luz negra del día” (159). “(…) evito mirarme en los espejos”; Remedios Rem edios Zafra, Los Zafra, Los que miran (60). miran (60). “Y luego alzo la vista y sorprendo mi rostro en el espejo: esas arrugas cada vez más mías; el cansancio en la mirada; los ojos, levemente humedecidos, tras las  volutas del humo que se va.”; Roger Wolfe, “Mundo en retirada”, revista  Estación Poesía nº7, mayo 2016, p. 58.

estos espejos, / estos curvos y rotos espejos / con su torcido y sucio azogue fantasmal de veneno León Felipe “Después siento hastío de mí: retrocedo ante los espejos, viendo mi faz degradada y apagada”; Stéphane Mallarmé, Fragmentos Mallarmé, Fragmentos sobre el libro (64). libro (64). “En general, rehúyo los espejos. / Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal / y que hago el ridículo / cuando pretendo coquetear con alguien.”; Rosario Castellanos, “Autorretrato”, Poesía “Autorretrato”, Poesía no eres tú (2014). tú (2014). “[...] más que correr hacia algún sitio huye de los espejos, lo sé porque yo también huyo”; Belén Gopegui, El Gopegui, El comité de la noche (19). noche (19). “Un rostro cansado me aguarda en el espejo. No rehúyo su mirada. Cansado pero demasiado dócil lo veo ahí, clavado en el cristal”; Noelia Pena,  El agua que  falta (30).  falta (30). Jesús Urceloy ha poetizado como amargo ese efecto desagradable del espejo: “Amargo, entre los dientes, el espejo / te despierta y el sueño te acompaña”; Jesús Urceloy, “Insomnio”, Berenice “Insomnio”, Berenice (12).  (12). “Sólo al ver los espejos pierden su gravedad / y algunos lloran”; Aníbal Núñez, Obra poética I ; Hiperión, Madrid, 1995, p. 137. “He aprendido / a evitar su mirada en el espejo”; Jordi Doce, “La imagen”, Anatomía imagen”, Anatomía del miedo (50). miedo (50). “O con los ojos prendidos del ventanuco por donde se airea o de la cortina ennegrecida de la ducha, con tal de evitar la mirada del espejo”; José Ángel Cilleruelo, Vitrina de charcos; charcos; Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2014, p. 40. “Mas, una vez y otra nombro la muerte para ver a mi hermano. Para ver, en un espejo imposible, el instante de su vida”; Ernesto Suárez, La Suárez, La casa transparente; transparente ; Cajacanarias, Tenerife, 2007, p. 49.

Otredad. El tema del otro en la literatura española actual ¿Crees que con el tiempo puedes llegar a ser otro? Max Frisch, No Frisch, No soy Stiller En un escaparate conmigo mismo me encontré de pronto:  vi asomarse mi rostro y mi figura reflejados al fondo de un espejo. Era el otro, que andaba al mismo tiempo que yo la misma calle, y allí mismo nos encontramos y reconocimos.  A. Sánchez Robayna, El Robayna, El libro tras la duna

Como hemos dicho en los dos ensayos, hay clara conciencia en toda la literatura occidental de que el que escribe es otro, otro, ya desde Keats y Rimbaud (luego ahondaremos en este caso), pasando por Proust y hasta llegar a nuestros días en poéticas no incluibles dentro de la experiencial. Por poner dos ejemplos, uno de Jordi Doce y otro de Roger Wolfe: “Escribir significa conectar con cierta longitud de onda que emana de uno mismo. Hay que apartarse un poco del yo y orientar la antena en su dirección. Por eso el que escribe no es yo, sino quien le escucha, y por eso lo escrito no es el relato del yo, yo, sino del otro, de ese tú que lo transcribe, que escribe al dictado en medio del tumulto cotidiano”; Jordi Doce,  La puerta del año. Diario (enero-febrero 2004); 2004); Centro Cultural Generación del 27, Málaga, 2007, p. 12. El de Roger Wolfe: “Estaba tumbado en la cama pensando en la muerte. En cómo sería morirse. Como sería de verdad. Mi cadáver encontrado en un hotel, a cientos de kilómetros de cualquier persona que me conociera [...] ¿Dónde estaría, entonces, el ‘yo’ que llamo ‘yo’? Mi mente se disoció de pronto de mi cuerpo y me vi a mi mismo tumbado allí en la cama”; Roger Wolfe, Vela en este entierro (32 poemas en forma de prosa) (11). prosa)  (11). Santiago Alba Rico: “en la época de la reproductibilidad técnica del yo, el ‘individuo’ se forja contra el cuerpo en el consumo y asimilación de copias repetidas al infinito, entre las cuales él mismo no es más que la repetición de su propia copia. [...] los individuos capitalistas consisten en un puro reflejo sin correspondiente corporal, se han soltado [...] en una pura imagen desprovista de cuerpo, han sido succionados, al menos virtualmente, en el azogue del espejo” (160). José María Pérez Álvarez escribe: “sólo se es feliz cuando se tiene un nombre inventado, cuando uno se llama franz dertod, cuando uno es otro, cuando uno es otro ya no tiene que reparar el error de nacer y puede morir con cierta decencia, ¿me entiende?, hay que ser siempre otro para ser feliz” ( La ( La soledad de las vocales; vocales; Bruguera, Barcelona, 2008, pp. 34-35). “Gracias a Dios estoy dentro de mí y sé que nadie más es yo. Da miedo pensar que yo pudiera ser otro, alguien que me mirara sin saber cómo soy”; Slawomir Mrozek, La Mrozek, La vida para principiantes. Un diccionario intemporal  (58).  (58). María Zambrano habla de “otreidad”2, aunque la forma general de referirse a la alteridad subjetiva suele ser otredad . Formas de otredad poética: el poema “Trámites de paso”, de Álvaro Muñoz Robledano 22; Fonollosa,  La destrucción 21; José Ramón Ripoll 124-25; Francisco Gálvez, Tránsito 46, Abel Murcia 27; Elena Medel 46-47). Así lo ve Antonio Lucas en su “Ahora que te ven desde el espejo”:  Yo no soy el que digo, / aquel que viene y luego / da un grito enterrado, / o dice una palabra palabra / consonante consonante en la tarde, tarde, / o lleva en la hornacina hornacina / una muerte festiva, / una pura fogata, / un amor que no ha sido / ni un muerto arrogante. // Soy aquel que nunca más he visto, / que cierta frente clara contagió de nombres / sin emoción ni hambre, / cantando 2 María Zambrano, Notas Zambrano, Notas

de un método; método; Mondadori, Madrid, 1989, p. 62.

como arde la luz equivocada, / amando con los dedos / un cuerpo y su agua inmensa. / Cuando estamos frente a frente / (tú y yo como la fiebre misma, / como piedra o signo sólo), / el mundo es más de anís y desvarío, / la tarde es un abismo/ de amor y labio en punta; / y todo gira entorno ardiendo sin saberlo, / golpeando a saco el pecho / donde has vivido siempre, / [...] Qué fleco de silencio, / qué tiempo sin estrías /se abraza a los espejos... // Qué fría flor de azogue / nos crece en la garganta / cuando uno se pregunta / en qué respiración o enigma insobornable / halló el vaivén bestial de la existencia: / / Ya sabes. Que nunca va contigo / aquel que te acompaña. (en Josep M. Rodríguez, Yo es otro 27-28) “Aquí hay alguien / que se ha ido y que ha dejado / esta succión imantada / y que piensa por nosotros / desde el fondo de un espejo”; Mario Montalbetti, Fin Montalbetti, Fin desierto (1995), en Lejos en Lejos de mí decirles (74). decirles (74). O, como podía verse antes en “Espejo”, de Luis Feria en Cuchillo casi flor (1989): “Si me ausculto, no existo / al mirarte, me creo. / Tú eras el principio / anterior a mi cuerpo / antes de mi nacer me conocías, / ya estaba en ti, el espejo” (489). La otredad es evidente en el Leopoldo de Luis de “El espejo”, con guiño final a Rimbaud, de quien pronto hablaremos: “Y cuando volví a verme en el espejo / comprobé con asombro que el reflejo / de mi rostro era otro diferente. // ¿Cuál de los dos seré? ¿O será acaso / que somos otro siempre, a cada paso, / y el verdadero yo siempre está ausente?” (“Casisonetos”). También está presente en Jesús Urceloy (“acuérdate del muerto que ahora pisas, / que te acompaña y miente por tu boca, / que te persigue y no besarás nunca”,  Berenice 12); Ignacio Abad (“el enemigo ya está adentro, [...] está en mí quien ha de matarme, / mi asesino”, Comunicado  Comunicado  44); Juan Vicente Piqueras (sobre un tema de Eliot: “Vaya donde vaya, / allá donde yo llegue será aquí / y estaré ya esperándome a mí mismo / con un ramo de rosas iguales en la mano”, en  Aguado, Fugitivos  Aguado, Fugitivos,, 45), y en estos otros poemas: [...] Una noche de invierno me fugué de mi casa. / Durante algunas horas tuve el mundo en la mano: / Quebraría el destino como el vaso caliente / que recibe un embate de agua fría. / Duró poco y no tuvo consecuencias; / son cosas de la edad, dijo mi madre. / Pero fue una experiencia extraordinaria. / Probé por vez primera el tamaño de las cosas, / y por eso aprendí mi verdadero tamaño. / Ya de vuelta, en la cama humillada por la huida, / en mi cuerpo dormía otra persona. / El que había probado para siempre / la fruta del dolor, la miel amarga. Juan Manuel Villalba, “El otro”, Todo lo contrario  Y de pronto una voz, mirada, un gesto / tropieza con mi idea de mí mismo // y me veo aparecer en el espejo / a un ser inesperado, insospechado, / que me mira con ojos que son míos. // Ese desconocido

que yo soy. / Ese al que los demás se dirigían / al dirigirse a mí, sin yo saberlo. / Ese irreconocible ser inmóvil / que inspecciona mis rasgos hoscamente. // En vano apremio al otro, el verdadero, / a aquel que unos segundos antes yo era. / Sólo está frente a mí, con ceño adusto, / ese desconocido inesperado / que me mira con ojos que son míos. José María Fonollosa, La Fonollosa,  La destrucción de la mañana  y a quien la luz ha de traer t raer / ya lo conoces. / Si vuelves vu elves hacia casa, con tus pasos / volverán sus pasos. Y a tu fatiga / su fatiga habrá de acompañar. Carlos Marzal, El Marzal, El último de la fiesta cuando escribo en el hueco sombrío de la espesura / sostengo / que no soy yo el que escribe // cuando escribo en el hueco exterior de la claridad / sostengo / que no soy yo el que escribe Eladio Orta, Tácito Escribir es ser otro / […] [ …] Soy lo que creen que soy / aquellos aquello s que no son fuera de mí. Ernesto Frattarola, Uno [...] Soy yo mismo dentro / de veinte años o hace cien. Me lleva, / me acaricia, me somete. M. Peyrou Peyrou,, Niños enamorados Más ejemplos: Ángel García López: “ya ves que no soy yo. No soy el mismo. /  Aquel que fui no está. Se fue. No existe. / Soy otro. Soy mi sombra. Un espejismo. / Soy un dolor con el pijama triste”, (Trasmundo ( Trasmundo;; Oriens, Madrid, 1980); Juan Vicente Piqueras, “Poema que es otro” (en  La lentitud de los caballos  caballos  53); Pablo Antón Marín Estrada (“Retrato de encargo”, en Josep M. Rodríguez [ed.], Yo es otro 66), otro 66), o Manuel Lara Cantizani: “yo / soy el otro, / el que no arriesga”, El arriesga”, El invernadero de nieve (79). nieve (79). En un sentido negativo, pero que muestra la influencia, Toni Montesinos: “Yo soy el mismo que lleva los mismos zapatos / durante todo el invierno [...] / El mismo que transporta su cara de  buen niño / y que esconde un demonio en la mirada que piensa: / no soy yo, no soy otro, soy el mismo de siempre, / de nunca, del tiempo que no permite soñar” (“Sorda compañía”,  La muerte escondida; escondida; El toro de granito, Ávila, 2004, p. 43). Ver también Raúl Quinto, “Alquimia”, La “Alquimia”,  La flor de la tortura; tortura; Renacimiento, Sevilla, 2008, p. 14; dentro del mismo poemario, en “Cámara oscura”, leemos: “pero tú eres otro. / En la frontera de ti mismo / te acercas y me dices” (ibídem, p. 34). “Yo y el absurdo de querer / ser siempre otra cosa / que no soy yo”, Pilar González España (en  Aguado,  Fugitivos   Fugitivos  34). Ver también Antonio Rivero Taravillo, “Otro”, en El en El bosque sin regreso (30). regreso (30). Poema de Josep María Rodríguez:

 YO, O MI IDEA DE YO Tengo tendencia a generalizar: por eso escribo “bosque” aunque sé que no hay dos árboles iguales, por eso escribo “yo”.  Y sin embargo a ratos me construyo.  Y sin embargo a ratos me derribo. O incluso las dos cosas: como un niño que nace en un barco que se hund e. (en Aguado, Fugitivos Aguado, Fugitivos 294) Más ejemplos de la “poesía del otro” en nuestra lírica: Me miro en el espejo, y en sus aguas me pregunto por qué le he dado a la muerte los labios que me salvan, la pulpa hialina del amor. Del rostro con que ese espejo me responde –que es mío y no lo es, que reconozco y execro, que se transfigura como el rostro de una llama– brota la ceniza que se deposita en la claridad. Eduardo Moga ( Las horas y los labios) labios) En el espejo sin azogue / la imagen de mi rostro aparece / y se esconde / el perfil de los pasos / al final de la calle / el eco dibujado, el deseo, / el deseo / tu deseo de querer olvidarme  Vicente Molina Foix el espejo tiene algún tipo de validez invertida / de la que carece la verdad Inger Christiansen ( Eso ( Eso 87)  87) ni este profundo asco –que siento injusto y excesivo– / cuando me veo al espejo David Huerta, Versión, 2005 Hay un excelente tratamiento en este soneto del poeta cubano Ángel Augier: EL ROSTRO EN EL ESPEJO Me encuentro con mi rostro en el espejo, / ese otro yo que nunca soy yo mismo, / imagen que parece, en su mutismo, / no resignarse a ser fugaz reflejo. // De pronto siento que un inmenso abismo / existe entre mi yo y

el rostro añejo / que extrañado me observa. Si me alejo / es de la falsa copia de mí mismo. // Lejos del falso yo, quedo confuso. / ¿No será que esta brusca despedida / es de mí mismo, no de un rostro intruso, / y que es de miedo la cobarde huida / para ignorar la imagen, pobre iluso, / del  yo mismo a esta altura de mi vida?3 siempre queremos ser otro / cuando nos enamoramos Diego Medrano, El Medrano, El viento muerde (81) muerde (81)  Yo quisiera / ser otro. / No el viejo que soy. / El otro ot ro / quedó allá, quedó, atrás, / en el fondo de los espejos / donde me palpo extraño, / triste y remoto.  Antonio Tovar Bobillo María Rosa Lojo decía en su poemario Visiones: Visiones: “El otro exhibe su lengua de áspero cristal / rugoso y frío. Tú también estás a las puertas / con tu mirada de mundo rescatado, ofrecido / para que alguien lo reconozca. El otro está / solo y oye sus propias quejas, sus insolubles / cárceles hirientes” (Visiones ( Visiones,, Exposición Feria Internacional, Buenos Aires, 1984). “-Buda. -¿Qué? -Preferiría ser otro. -A todos nos pasa.” (Fernanda García Lao, Fuera Lao, Fuera de la jaula 151) “Pero, de todos modos, en el estudioso que he sido de lo que únicamente se alcanza y demuestra por medio de experimentos de fiscalización severa, el otro, el que anda en lo más íntimo de mi naturaleza, pugnó de continuo por asomar y  muchas, muchas veces se me escapó y me arrastró con él”; Manuel Mújica Lainez, Los Lainez, Los ídolos; ídolos; Edhasa, Barcelona, 1970, p. 191. Sobre el sosias, Francisco Umbral,  Mortal y rosa; rosa; Destino, Barcelona, 1975, p. 149. “El hombre dice que ya no la ama, pero también nos asegura que amó tanto a esa persona hace diez años. ¿Miente? Yo le creo: ni él es el mismo, ni lo es ella. Entonces ella era joven y él era joven. Ella es otra.”; Blaise Pascal, Pensées Pascal,  Pensées (en  (en B. Pascal, Tratados de la desesperación; desesperación; Hermida Editores, Madrid, 2016, edición de Gonzalo Torné, p. 41).

Tapar el espejo Más bien, en la etapa actual la publicidad es el centro de la comprensión esencial de lo jerárquico, la apariencia juvenil según los comerciales es el estanque del Narciso individual  y colectivo, y la ilusión del deseo satisfecho, de la 3 Publicado

en Unión, Revista de literatura y arte nº 35, 1999, y reproducido en Jesús Munárriz (ed.), Un siglo de sonetos en español ; Hiperión, Madrid, 2000, p. 205.

masculinidad y la feminidad perfectas, del cuerpo como sensualidad tecnológica, es indispensable para sentirse pertenecientes a lo contemporáneo. Carlos Monsiváis ( Aires de familia 228)

El protagonista de la novela de Gregor von Rezzori  La muerte de mi hermano  Abel  escribe   escribe con los espejos tapados (19 y 330). En la página 496 hay una larga descripción del personaje ante el espejo del cuarto c uarto de baño. También cubren los espejos, además de los casos vistos en  La literatura egódica, egódica, personajes de Nere Basabe 4  y de Cristina Morales ( Malas ( Malas palabras 22). La literatura escrita por mujeres, ya sea por acusar la perpetuación de los roles tradicionales en unos casos, ya sea por combatirlos en otros, es sensible al paso del tiempo sobre la belleza, preocupación que por lo común late tras el hecho de tapar los espejos. Pero no está sola en esa preocupación: algún relato masculino, como “Escabeche”, de Sergi Pamiès, utiliza la visión de los michelines en michelines en el espejo para aclimatar el declive físico de un hombre en la edad madura ( Si te comes un limón sin hacer muecas 113). muecas 113).

Identidad en el lenguaje y a través de las ideas del arte “La palabra de algún modo espejea. Hay filósofos que concibieron el lenguaje como una ‘pintura’ del mundo: cada término tendría como correlato esencial o convencional una cosa existente. Pero, sin necesidad de adherir a una hipótesis cosmológica, las palabras, el habla particular de una persona o de un pueblo es, sin duda, reflejo de su modo de hacer específico. [...] La palabra dice lo que el espejo calla o, a veces, el espejo muestra lo que la palabra no dice”; Pedro Gandolfo, “La palabra a través del espejo”, en Jaime Valdivieso,  El espejo y la  palabra (13-14).  palabra (13-14).  A veces, todo se concentra y forma “yo”  A través de este “yo”: yo veo  y él da su forma al mundo, que se convierte en su figura óptica. (Noël,  Diario de la mirada 64) mirada 64) Desde la crítica de arte, estos conceptos son claros: véase María Elena Úbeda Fernández,  La mirada desbordada: el espesor de la experiencia del sujeto estético en el marco de la crisis del régimen escópico ; (tesis doctoral), Universidad de Granada, 2006, pp. 178ss. Juan Carlos Meana escribe: “ver y ser  visto significa tomar conciencia de nociones como identidad y la propia idea de sujeto, pero al mismo tiempo, la conciencia sobre estos términos nos llevan a pensar en los semejantes y los vínculos que con ellos se establecen”; J. C. 4  “[...]

esa mañana sintió tanto horror de sí misma que decidió alejarse lo más no posible y no  volverse a mirar la cara. Y literalmente cumplió su promesa: en los dos primeros años de su estancia en La Solana Brigitte vivió en un apartamento sin espejos”; Nere Basabe, El Basabe, El límite inferior; inferior; Salto de Página, Madrid, 2015, p. 225.

Meana, “Después de Narciso…”, en Loreto Blanco Salgueiro, Jesús Hernández y Juan Carlos Meana et. alii :  Sentidos del mirar; mirar; Universidad de Vigo, Departamento de Pintura, Vigo, 2001, p. 63.

Correspondencias: cambios en el sujeto / cambios en la elocución “¿Quién es? ¿Quién es es(e)? ¿Quién es el que es? ¿Quién es ése que es el que es  yo? Si no se circunscribe a un determinado discurso, nadie. Sólo si asume alguna función verbal es alguien que es. En tanto que concepto el yo no existe. El yo no tiene existencia más allá de los límites del discurso. ‘El yo afirma Benveniste- no puede ser identificado sino por la instancia del discurso que lo contiene’. Por sí mismo carece de valor fuera de esa instancia. [...] Yo es, entonces, ése que es el que es Yo en el discurso, en el poema”, Salvador Tenreiro,  El poema plural. Notas sobre poesía contemporánea  contemporánea  (101-102). Benveniste escribió al respecto: “El yo no puede ser definitivo más que en términos de locución, no en términos de objetos, como lo es un signo nominal. Yo significa la persona que enuncia la presente instancia de discurso que contiene yo”; Émile Benveniste,  Problemas de lingüística general   (175-76). Al respecto ha escrito Henri Meschonic: “reconocer el yo ( je)  je) aparece como la cuestión misma de la modernidad. El yo sólo pasa por estar libre de todo referente, palabra vacía, como lo mostró Benveniste, colmado solamente cada  vez de aquel que lo enuncia, que se enuncia. Es el lazo sorprendente pero cierto entre la subjetividad (en el sentido lingüístico primero, poético después) y la modernidad”; Henri Meschonic, “Leer la poesía hoy”,  La poética como crítica del sentido (166-67). sentido (166-67). Sobre este tema, si hubiéramos tenido espacio, hubiéramos hecho un recorrido histórico que pasaría por los trabajos de Goethe ( Poesía ( Poesía y verdad , 1811-1822), Margerete Susman ( La esencia de la lírica moderna alemana, alemana, 1910), Oskar  Wazel (Vida, experiencia y poesía, poesía, 1912), Benjamin (“ Las (“ Las afinidades electivas de Goethe”, 1922), Dilthey (Vida (Vida y poesía, poesía, FCE, 1945), Benn (“El problema de la lírica”, 1956) y, sobre todo, Hugo Friedrich, La Friedrich,  La estructura de la lírica moderna.  De Baudelaire hasta nuestros días (1956). Una rigurosa lectura de todos estos libros y estudios puede encontrarse en Dominique Combe, “La referencia desdoblada: el sujeto lírico entre la ficción y la autobiografía”, en VV.AA., Teorías sobre la lírica; lírica; compilación de Fernando Cabo Aseguinolaza,  Arco/Libros S.L., Madrid, 1999, pp. 127-155. También es interesante el trabajo de Luis Martín-Estudillo que luego citaremos. Como dice Charles Simic en sus memorias, “el poema es el lugar donde el ‘Yo’ del poeta, por cortesía de una alquimia visionaria, se convierte en el espejo de todos nosotros” (Una (Una mosca en la sopa 215). “las implicaciones de esa estructura pronominal son mucho más profundas y duraderas y están

relacionadas con el concepto de ‘acto de habla’ formulado por J. L. Austin y J. R. Searle, del cual Elizabeth Bruss extrajo su modelo de ‘acto autobiográfico’”;  Anna Caballé, Narcisos Caballé,  Narcisos de tinta. Ensayo sobre la literatura autobiográfica en lengua castellana (37-38). La relación entre el yo lírico y el poema lírico lír ico es como la relación entre una estrella y la luz de las estrellas. El poema y el yo no son jamás idénticos, y su s u distancia puede medirse en tiempo.  Algunos poemas líricos se hacen visibles mucho después de que deja de existir lo que los originó. (Ben Lerner 61) POSTMODERNIDAD  A veces soy un hombre postmoderno. Dudo de las palabras engañosas  y de las verdaderas. Si dudar es un hecho, dudo que dude tanto. El paisaje de mis antepasados es un estado de ánimo en funciones. Mi infancia es una casa sin fantasmas. Mi ventana, un espejo. Mi hora, azar. (…) (Miguel Muñoz, Cómo  perder 37) Otro ejemplo, posterior al período en estudio y no exento de sorna, es este “Poesía” de Javier Vázquez Losada: “Un día cualquiera // Por lo demás / ensaya en este poema / cierta heterodoxia formal / en una primera persona, / la confesionalidad del agnóstico / con libertad / sinónima de irreverencia / disimulada / por el lenguaje lírico / novedad casi absoluta / en el panorama poético. / Son los signos del cambio / la ruptura del estereotipo lírico / que toma un rumbo opuesto / al del sentimiento // amanece.” (J. Vázquez Losada, “Poesía”, Casi sin querer 21). querer 21). “podríamos seguir utilizando / la palabra hogar / en nuestras frases sin sujeto”; Cristian Alcaraz, “Factores comunes”, Turismo de interior (17). interior (17).  Al comparar De comparar De Bello Gallico de Julio César y Facundo y Facundo o civilización o barbarie de Domingo Faustino Sarmiento, escribe Flawiá de Fernández sobre el primer texto: “César construye una biografía, a pesar de que somos conscientes de que su texto es una autobiografía enmascarada por la estrategia discursiva a la que apela: focalizarse desde afuera [...] Sin duda que también incide en este concepto el hecho de que la biografía en la antigüedad haya estado vinculada a la historiografía y compartido muchas de sus estrategias lo que permitía plantearla como veraz además de verosímil”; Nilda Mª Flawiá de Fernández,  Itinerarios literarios (42).

“[...] el yo lírico se mueve en círculos a la manera pugilística / tiende a desdoblarse tras cada revuelvo // acumula mutismo en la faltriquera / toma en préstamo –hace suyos– los gestos reglados del neófito / ahuecado se balancea si el lastre son te quieros”; Ángel Cerviño, Impersonal  Cerviño,  Impersonal ; Amargord, Madrid, 2015, p. 36. “Ella “Ella leía siempre siempre mis poemas [...] [...] aunque en general general no le gustaban, siempre me decía que ‘ese’ no era yo, y ese desplazamiento o enmascaramiento le producía cierta desazón. Mis poemas eran vagamente herméticos y   vagamente metafísicos, inmaduros. Meras tentativas de encontrarme, de probarme ropa nueva y mirarme en el espejo para ver qué tal me quedaba”; escribe el poeta Miguel Serrano Larraz en su novela  Autopsia;  Autopsia; Candaya, Barcelona, 2014, p. 34.

 Alteridad Poema de Pedro Salinas, “Amiga”: Para cristal te quiero, / nítida y clara eres. / Para mirar el mundo, / a través de ti, puro, / de hollín o de belleza, / como lo invente el día. / Tu presencia aquí, sí, / delante de mí, m í, siempre, / pero invisible siempre, / sin  verte y verdadera. / Cristal. ¡Espejo, nunca! De Seguro De Seguro azar, azar, 1929

“los ojos de los otros son los únicos espejos de los nuestros”; Aliocha Coll, Vitam venturi saeculi ; Alfaguara, Madrid, 1982, p. 27.

El Doble “el artista sólo lo es a condición de ser doble y de no ignorar ningún fenómeno de su doble naturaleza”; Charles Baudelaire, citado en Gilbert Durand,  De la mitocrítica al mitoanálisis. Figuras míticas y aspectos de la obra (283). obra  (283). En el mismo lugar se cita el artículo “Asselineau”, del poeta francés: “¿Quién, entre nosotros, no es  Homo duplex [...] lugar de contradicción radical e insubsanable?”. “La lección anti-leibizniana de la lógica del significante en Lacan es que puesto que una cosa no «se parece a ella misma», la semejanza es, por el contrario, la garante de la no identidad   (Esta paradoja explica el efecto siniestro que produce encontrar a un doble: cuanto más se me parece, más claramente se manifiesta el abismo de su otredad)”, Zizek, El Zizek, El frágil absoluto (69). absoluto (69).  A cuenta de una discusión dis cusión sobre el alma, Bouvard y Pécuchet se enzarzan en los siguientes y significativos términos: -Sin embargo -Pécuchet- hay algo en mí superior a mi cuerpo, y que a veces le contradice.

-¿Un ser en el ser? ¡El homo dúplex ! ¡Vamos, hombre! Tendencias diferentes revelan motivos opuestos. Eso es todo. -Pero ese algo, esta alma, permanece idéntica aún con los cambios del exterior. ¡Por tanto, es simple, indivisible y por ello espiritual! -Si el alma fuera simple -replicó Bouvard- el recién nacido recordaría, imaginaría como el adulto. (Flaubert, Bouvard (Flaubert, Bouvard y Pécuchet 191)

Doble en narrativa. Amén de lo ya expuesto en La en  La literatura egódica, uno de los mejores relatos recientes sobre la división esquizoide del yo es “Fin del mundo”, de Pilar Fraile Amador,  Los nuevos pobladores; pobladores; Traspiés, Granada, 2014, pp. 25ss. Maxim Biller, en su novela breve  En la cabeza de Bruno Schulz  (Minúscula, Barcelona, 2015, traducción de Paula Kuffer), imagina el encuentro del escritor polaco con un doble de Thomas Mann. William T. Vollmann, en  La  familia real  (2000):  (2000): “Cuando se giró para lavarse la sangre incrustada del amor, su rostro le reconoció en el espejo y, por primera vez, sintió que podía verse como una imagen sagrada; ahora era amigo de sí mismo. Juntos vigilarían, atacarían, se harían con el botín carmesí. Se sonrieron, y el doble alargó la palma para que él tocase la frialdad del espejo, la dureza del cristal” (523). “El doble es siempre el trastorno necesario e inconsciente de toda identidad”; José Luis Molinuevo,  Magnífica miseria (209). Juan Bonilla hace una revisitación irónica del tema en “La necesidad del doble” ( El ( El arte del yo-yo 165ss), y Braulio Ortiz Poole otra más onírica en La en La fórmula Miralbes (11-15). “De una parte, los desdoblamientos internos del sujeto, el llamado divided self , de la otra, los externos, que pueden consistir en “proyecciones” u objetivaciones de elementos anímicos del sujeto, en influjos, influencias o coincidencias”;  Víctor Herrera,  La sombra en el espejo. Un estudio de los mecanismos de desdoblamiento en la edad moderna y en la obra de Jorge Luis Borges . México: CONACULTA, 1997, p. 60. “no creemos que la extrañeza de lo ajeno actúe como terror severo [...] si no es sobre el fondo de ‘lo semejante’; de eso que se siente como común y propio, pero que se ha desplazado de lugar, y se ha sublevado: sublevado: que se ha vuelto contrario y enemigo, precisamente en razón de su semejanza [...] siendo idéntico a mí, no soy yo, no actúa como ‘yo’”, Isabel Escudero (112) Hay un interesante poema de la poeta norteamericana Siri Hustvedt que dice: “Enredada y replegada, / Una de dos en el sortilegio de gemelas, / Divididas por el deletreo de nimiedades. / Las caras fotografiadas tras el cristal azul / Se multiplicaban, de modo que las hermanas eran espejos / De acoplamiento genético / (Grabado en la simetría de las cuatro estrellas de Caelum), / Descubiertas las dos en un abrazo sin aliento, / Un par de pequeños brazos / Duplicado en el otro” (43). Diego Medrano escribe en  El viento muerde: muerde: “los espectros se miran unos a otros / en los espejos sin sombras” (129) Poema “El doble”, de Miguel Muñoz: Me veo vivir. No vivo yo, por tanto, / sino ese otro más contemplativo / y educado, ese abstracto decadente / de costumbres fugaces, siempre

ufano/ de su modo de pertenecerse. / Ese hombre que añora los jardines / abandonados, la falsa modestia / con que sucede todo lo importante. / Me ve vivir y no soy yo quien vive / ni él, es algo que pasa sin nosotros, / al otro lado de nuestro desdén. / Hoy es para todos. La ciudad / es desapasionada como un cuerpo / atendido por médicos de urgencias. / En los cibercafés hay enfermeras / y asesores fiscales que consultan / páginas de contactos. Las aceras / ofrecen religiones monoteístas / y porcentajes de caducidad. / La luz del sol no sabe que no vive. / Sólo él y  yo, la multitud que somos / cuando negamos la fecundidad / de todo lo que simplemente es / sin que nada ni nadie nad ie lo formule. (41) Juan Gil-Albert, “Consigo mismo”: Cuando el sol tan potente / veo brillar, la llama de los mares / tan azul, y a lo lejos / las motas cuán oscuras de los bosques / sobre la alta montaña, ¡Qué grandeza / de todo un mundo adverso me conmueve, / soledad mía! Entonces me apercibo / que una sombra me sigue, silenciosa, / cual si otro yo más leve recorriera / este mismo camino. Al lado, muda, / no sé qué dialogar inextinguible / confiéreme y se alarga con el día / como si adelantárase a decirme / lo que ha visto. Más tarde, en lontananza / surge la oscuridad, todas sus luces / cuán misteriosamente uniformadas de quietud, de bondad indiferente. / Pero ya está mi sombra refundida / con mi cuerpo: no estoy, me digo, solo. / No estoy solo, este tacto es el reflejo / de otra presencia: soy, soy algo, un mundo. / Llevo conmigo el mundo, un ser me aprieta. / No soy la soledad, llevo este peso / que me desdobla el día y en la noche / abrázame secretamente sólo / fiando en mí. (552-53)  Agustín Fernández Mallo presenta otra versión en un poema en prosa: Si como dice María Zambrano, ‘toda belleza tiende a la esfericidad’, esta casa ya no contiene esferas, hasta la imagen de tu recuerdo va aristándose, hasta la mía cuando me miro en los espejos [que por los pasos saben muy bien qué peripecia ha conducido hasta allí a quien se les aproxima] [...] Me hubiera gustado [...] vestirnos de blanco, y mirarnos en el espejo de la entrada para reconocernos esféricamente exactos antes de salir. (yo (yo siempre 19) Rafael Espinosa,  Amados transformadores de corriente (2010), en  La regata de las comisuras: comisuras: Cuando despierto, en realidad, mi mente es un rifle de repetición [...] Sólo por disparar, invento mi doble  y para asesinarlo le apunto mis conceptos balísticos; el doble que fui en un cíclico marzo  y el doble que nunca seré en el sueño

de una Vía Láctea comunista. (Rafael Espinosa 51) Poema de José María Micó: HERMANOS Qué oscuridad debajo de ese sueño. Puedo oler el sudor de mi hermano y oír su placidez desesperante. Pero no alcanzo a verlo. Hoy no ha hecho nada para ganarse el sueño. Tampoco lo hizo ayer. Vive de gracia, sin pensar, contento. Se despierta feliz, se levanta para asearse y aseado llega el primero a la mesa. Desayuna sin penas, sin dudas, sin angustias. Su tostada es hermosa y la muerte con gusto y la mastica con un placer surgido de la calma. Yo apenas he dormido, me he levantado hastiado, he comido sin hambre y ya tengo encima el horror de otro día nacido para nada. (Caleidoscopio (Caleidoscopio 43) “Hay cierta indignidad en el hecho de constituir, para otros, nada más que una sombra de otra persona ausente a la que en tu desesperación te abrazas [...] Es la indignidad del doble. Pero no te sientes sucio. Construimos a la persona que deseamos”; Mario Cuenca,  Los hemisferios  hemisferios  (243). También Lur Sotuela, “La máscara” (en Alucinario (en Alucinario 177-186).  177-186). Una visión del poeta y el lector como entidades reversibles está reversibles está en el excelente poema “Pieles reversibles”, de Julio César Galán: “excepto tu contorno / que amolda la confluencia de lector / y creador en que reversibles / aparecéis”; Julio César Galán (Tres (Tres veces la luz  53).  53). No hay mucha poesía sobre clonación, de momento; apenas hemos encontrado el motivo en estos versos: “Amigo, deberás cuidar tu pluma, / le dije a mi clonado en el espejo”, Francisco Aguilar Piñal, “A mi clon”,  Sonetos de otoño; otoño;  Alfar, Sevilla, 1990, reeditado en 2007, p. 23. Para César Aira, el problema de la clonación parece estar referido a la falta de variedad genética: “es como si la naturaleza tuviera una cantidad limitada de moldes, y cuando se le terminan empieza a repetir”; César Aira, La Aira,  La serpiente; serpiente; LOM, Santiago de Chile, 2001, p. 48. “Habrán pensado que todo lo que habita el mundo es un doble. / Un doble que nunca sale en las fotografías”; Marta del Pozo, Pozo , Hambre de imágenes (13). imágenes (13). Otros poemas sobre el doble: Sonia Román, “Mi secretaria y yo”; Pan yo”;  Pan con pan (42). Lionel Kearns tiene un divertido poema, titulado “Personalidad”, del que rescato un fragmento: “Sucedió hace años, les cuento: bajé / tambaleándome del tren luego de trabajar / tres días sin dormir, y como siempre / me encontré a mí mismo vagando / por el culo del pueblo. / ‘Escucha’, me dije, / ‘espérame aquí afuera / en esta casa de empeños. / Volveré en unos minutos’. Luego me di / media vuelta y no volví más. No sé / cuánto tiempo se habrá quedado ahí. Me / propuse sacarlo de mi cabeza y poco / a poco le perdí la pista por completo.” (37-38). Juan Gelman y Osvaldo Bayer, en Exilio en Exilio:: Un hombre dividido por dos no da dos hombres.

[¿]Quién carajo se atreve, en estas circunstancias, a mult iplicar mi alma por uno[?] (31) “‘Conozco –dijo- ratos / de claridad y ratos de derribo. / Cíclicos, sucesivos, // se buscan como hermanos / que nunca llegan a encontrarse: / el uno viene cuando // se va el otro, o están, / sin saberlo, en la misma habitación. O son un único / individuo que cambia de disfraz, // y nunca vemos juntos a los dos / personajes: es imposible / que una persona esté dos veces // simultáneamente en el mismo sitio, / aunque use dos disfraces, / dos personajes’”; Justo Navarro, “Mi doble habla”, Mi habla”, Mi vida social  (56).  (56). “Mientras se miraba desnuda en el espejo, Lizzie Cox había sido sustituida por su propia belleza”; Germán Sierra, Standards Sierra, Standards (62).  (62). “Extraña y enemiga es esta piel que miro / diariamente, cuido, me ciñe y me refleja, / los otoños azotan y dice de mí misma / exterminando en dos el cristal del espejo”; María Victoria Atencia, “Temporal de levante”, La levante”,  La señal  (245).  (245). Rafael Alberti en El en El adefesio (1944): ¿Quién está dentro de ti? ¿Que me devuelves, cristal? Devuélveme lo que fui. Lo que ayer tu cristal vio -¿qué me devuelves, cristal? en tu cristal se perdió¿Quién está dentro de ti, muerta, cristal, sino yo? Otros ejemplos: “–Pero siempre en posiciones simétricas –dijo Oliveira–. Como dos mellizos que juegan en sube y baja, o simplemente como cualquiera delante del espejo. ¿No te llama la atención doppelgänger?– doppelgänger?– Sin contestar, Traveler sacó un cigarrillo del bolsillo del pijama y lo encendió, mientras Oliveira sacaba otro y lo encendía casi al mismo tiempo. Se miraron y se pusieron a reír al mismo tiempo”; Julio Cortázar, Rayuela Cortázar, Rayuela;; Bruguera, Barcelona, 1980, p. 393. “Para las imagos, imagos, en efecto –respecto de las cuales es nuestro privilegio el ver perfilarse, en nuestra experiencia cotidiana y en la penumbra de la eficacia simbólica, sus rostros velados–, la imagen especular parece ser el umbral del mundo visible, si hemos de dar crédito a la disposición en espejo que presenta en la alucinación y en el sueño la imago del cuerpo propio, propio, ya se trate de sus rasgos individuales, incluso de sus mutilaciones, o de sus proyecciones objetuales, o si nos fijamos en el papel del aparato del espejo en las apariciones del doble en que se manifiestan realidades psíquicas, por lo demás heterogéneas.”; J. Lacan, ibídem, ibídem, p. 88. Jorge Volpi ha recreado narrativamente la experiencia descrita por Lacan en El en  El fin de la locura; locura; Seix Barral, Barcelona, 2003, pp. 33-34. El metro es un lugar propicio para la aparición del doble a través del reflejo de los viajeros en los cristales, cuando se pasa por las zonas oscuras. Véase el poema de Graciela Baquero “Trayectos”, incluido en Oficio de frontera (2006), frontera (2006),  y esta frase del narrador Nicolás Mellini: “En el vagón hay sólo tres personas. El

reflejo de Ángel en el cristal mira a un lado y a otro. Y por fin se mira a sí violoncelo; Bandini Asociación Literaria, Madrid, mismo”; La mismo”;  La sangre, la luz, el violoncelo; 2005, p. 30. “En El “En  El misterio Vallota, Vallota, una extraña y original variación del tema del doble, el ‘otro’ es en ese caso el ‘yo mediático’, el que sale en los periódicos y en la televisión. La idea no es tan extraña como podría parecer a primera vista: en una reciente entrevista, Norman Mailer confesaba tener una sensación parecida con su ‘yo mediático’, especie de apéndice vasto y en parte desconocido, muy débilmente unido a su propio ‘yo’ personal”; Andrés Ibáñez, “La imaginación, instrucciones de uso”,  Revista de Libros, Libros, nº 29, mayo 1999, p. 45. Eloy Fernández Porta ha escrito que “el efecto de los medios de comunicación masivos queda relativizado por el auge de los metamedios interactivos y el broadcast yourself , que hacen posible una proyección catódica o digital del Afterpop; Anagrama, sujeto”;  Homo sampler. Tiempo y consumo en la Era Afterpop; Barcelona, 2008, p. 9.

Sujetos negativos. Variantes negativas de la otredad: ajenidad, el intruso, yo negativo, sombra, demonio El extraño Hay un desconocido que me habita / y habla como si no fuera yo mismo. Gabriel Celaya, La Celaya, La soledad cerrada Se levanta temprano. Está solo en la casa / y en él vive un extraño que no es él / y es él mismo. Reinaldo Jiménez, “La jornada” Un extraño me habita. En los espejos veo / la mirada perpleja, interrogante, / de un rostro ajeno, de alguien que en nada se parece / al que fui alguna vez Eloy Sánchez Rosillo, La Rosillo, La vida Nada sé de la sombra / que hacia dentro se alarga / proyectando la imagen del extraño que busco / pero intento adoptar una escasa distancia / y que un mínimo azar haga al cabo posible / que yo sea ese otro.  Álvaro Valverde, A Valverde, A la debida distancia Más allá de este cuarto, en el límite gris de tu mirada, / camina el hombre oscuro, el desconocido, la sombra / –quizá por ti habitada–. Manuel Rico, De Rico, De viejas estaciones invernales

Un desconocido habita en mí.  Antonio Gamoneda, Canción errónea La noche se me parece / porque soy el más oscuro. / La cueva se te parece / por ser tú la más oscura. / Un desconocido oscuro / corre por mi calle en sombra. Ernesto Pérez Zúñiga, “Canción de mercante” Oigo unos pasos en el porche. / Me pregunto pregu nto si seré yo. León Molina (57) Este es el “Autorretrato”, del poeta granadino Álvaro Salvador:  Ayer, me tropecé conmigo mismo / al cruzar un semáforo. / Quizá os parezca extraño, / pero no hubo sorpresa. / Esperaba este encuentro / por razones que ahora no sabría explicarme- / con alguna impaciencia / desde hace algún tiempo. // Pude verme de lejos / y observarme con calma / en los gestos más míos que conozco. / Me incomodó -al mirarme/ ese ademán nervioso hacia los ojos, / la inclinación de los hombros bajo un peso invisible / cuando aguardaba, inquieto, otro cambio de luz. // Y al contemplarme, a salvo, / en mi estudiado desaliño indumentario / o en la manera triste y resignada / de encender el cigarro, / no pude reprimir una sonrisa / cargada de cinismo. // Durante unos instantes, / al cruzar esa calle que me trajo hasta mí, / pude verme de lejos como a un desconocido: / alguien que sólo es rastro de lo que fue algún día. ( Ahora ( Ahora 59-60) El tema del intruso La idea del yo que está disfrazado en quien lucha contra él puede verse en el poema de Roberto Bolaño “En el acantilado” (65-66), y en estas otras obras: Salgo de Roma y mi fantasma / asustado se alza y me despide / desde las azoteas. Y soy yo / –tal vez de luego, de los años / que no he de ver– o era / el que vivió batallas / que pienso no haber visto.  Ángel Crespo, “Claro: Oscuro”; Oscuro”; Docena Florentina Me mezclo entre la gente avergonzado / de la identidad falsa que conllevo. / Temiendo que averigüen que un intruso, / otro cuerpo, ahora ocupa el que era mío. José María Fonollosa, Destrucción Fonollosa,  Destrucción de la mañana

Te miras esta tarde en el espejo / y surge un rostro extraño... ¿Eres, fuiste / así, sin otra máscara? Pedro Rodríguez Pacheco, De Pacheco, De libre edad  Ese extraño al que yo miro / sólo parece que ve: / simula al simulador simulad or / que le mira y nada ve. Francisco Brines, “Espejo en Elca” Estoy al otro lado del espejo, / contemplándolo todo. Mi figura / prosigue en este lado su aventura / y en nada me distingo ni asemejo. // Quién sabe si me acerco o si me alejo. / La pared de cristal es tan oscura / que ninguna evidencia es ya segura. / Por ello ni me alegro ni me quejo. // Deseas que del todo se borrara / esa figura que usurpó tu nombre / y que el espejo mismo se quebrara. // Que ni rastro quedara de ese hombre. / Sólo así la visión podrá ser clara / y que nadie se espante ni se asombre. José Corredor-Matheos, “Estoy al otro lado del d el espejo”  Alguien viene. // Desgraciadamente alguien viene / soportando a solas su caminar extraño; / amenazando con su rostro en ruinas / el sendero que lo empuja al vacío; / hablando al aire que ni lo envuelve. [...] / Se acerca solo / hasta tropezar con mi piel abierta. / Hasta esconder su desgarrado aliento / en mi interior oscuro y pasajero. Toni Montesinos, El Montesinos, El atlas de la memoria Todo esto ya ha ocurrido, o volverá a ocurrir, / la noria gira al paso de una sombra / y esa sombra soy yo, tiene mi nombre, / me esconde o me suplanta. Jordi Doce, “Albada”, Gran angular No muy adentro, un individuo se extravía y es intruso de sí mismo. Joan de la Vega, Ladino Vega, Ladino Una forma contemporánea de intrusión sería la del foráneo del  foráneo:: el sentimiento de extranjería es una demanda metafísica, un signo de nuestros tiempos de nomadismo globalizado; conclusión a la que apunta la hiperpoblación de menciones a este tema, no ya literarias sino incluso en las más variadas formas de la cultura popular, anima a pensar que algo de extrañamiento estructural anida en el inconsciente colectivo: “Ver y alejarse con la mirada / hasta perderse  y sentirse no uno sino otro, / parecido al diferente, / extraño de sí mismo, / extranjero en propia casa”; A. Saldaña,  Humus;  Humus; Eclipsados, Zaragoza, 2008, p. 36.

El sujeto hueco o “yo vacío” Claude Lévi-Strauss escribió: “Nunca tuve, tampoco ahora, la percepción del sentimiento de mi identidad personal. Yo mismo aparezco como el lugar por cuyo intermedio suceden cosas, pero el ‘yo’ ( je ( je)) no existe, no existe el ‘yo’ (moi  ( moi ). ). Cada uno de nosotros es una especie de encrucijada donde suceden cosas, encrucijadas que son puramente pasivas: algo sucede en ese lugar. Otras cosas igualmente válidas suceden en otros puntos. No existe opción: es una cuestión de probabilidades” (en Ernesto García López 45). Esa calidad intersticial del yo la iremos viendo en multitud de ejemplos en nuestro periplo, como en la novela de Álvaro Pombo  La cuadratura del círculo (23) o en Iñaki Echarte Vidarte (“me quedo / con la piel / nada más / para seguir caminando por las calles / y parecer presente / cuando soy ausente” (23). Y según la poeta cubana Legna Rodríguez Iglesias, “abrí el cántaro y le quité su interior / porque estoy más  vacía que la música escarlata, / mucho más que lo cántaros de Ítaca” (46). “Si estoy fuera de mí, ¿qué me sostiene? / ¿Qué jauría interior corre y boquea / para erguir este torpe mecanismo / de huesos y de músculos?”; José María Micó, “Fuera de mí”, Caleidoscopio; Caleidoscopio; Visor, Madrid, 2013, p. 19. Del mismo modo, el prosista Pedro Ugarte recoge en un relato de  Materiales  para una expedición (15-16) el yo como un palacio de infinitas habitaciones, por el que se puede discurrir toda una vida (sobre la base, quizá, del  palacio de la memoria de los sabios mnemónicos antiguos); y Andrés Ibáñez, en El en  El mundo en la era de Varick (1999) escribe que Marcelo “se sintió interiormente hermoso, reconoció en un instante los miles de delicadas sensaciones que construían su persona interior” (295). “En nuestro interior viven inquilinos de los que apenas sabemos nada. Escribir es una manera de darles voz, de hacer que se manifiesten.”; Javier Moreno, Click (15-16). Click (15-16). Estas visiones tienen relación con la consideración teresiana del castillo interior que, curiosamente, recoge Lacan: “Correlativamente, la formación del yo se simboliza oníricamente por un campo fortificado, o hasta un estadio, distribuyendo desde el ruedo interior hasta su recinto, hasta su contorno de cascajos y pantanos, dos campos de lucha opuestos donde el sujeto se empecina en la búsqueda del lejano y altivo castillo interior, en cuya forma [...] simboliza el ello de ello de manera sobrecogedora”; Jacques Lacan, “El estadio del espejo como formador de la función del yo tal como se revela en la experiencia psicoanalítica”,  Escritos (90).  Escritos (90). En cualquier caso, tanto el yo psíquico como el cuerpo físico son entendidos, bajo este prisma observador, como elementos proteicos en vía de transformación, de metamorfosis, a partir de su característica fluencia: “Intransitiva / raíz, pero que fluye / como licuado el cuerpo fluye / del caracol sin movimiento / que alimenta a la quieta luciérnaga”; Olvido García Valdés, Y todos estábamos vivos (27). vivos (27).

Sujeto desfigurado, turbio o borroso Como Till Eulenspiegel, “necesitaba desfigurarse un poco para sentirse bien entre los hombres”; Max Frisch, No Frisch, No soy Stiller (1954) (459]. El tropo de la turbiedad del espejo, que hemos visto antes en un poema de  Alberto Tesán, es tocado también por Manuel Ruiz Amezcua, en “Arrogancia agradecida”, Sobre agradecida”, Sobre la herida (Ayuntamiento herida (Ayuntamiento de Granada, Delegación de Cultura  y Patrimonio, Granada, 2006, p. 49), por el Neuman de  El jugador de billar (2001) y por el Agustín Fernández Mallo de Creta lateral travelling (2004). Una variante sería el espejo borroso: borroso: “Todo lo mío / se va volviendo así, un sueño frío / y un borroso cristal que lo refleja”; Conrado Nalé Roxlo (Argentina, 1898-1972),  Nadie Parecía  Parecía  8/9, Renacimiento, Sevilla, otoño 2001; “quizá entonces un espejo borroso / o una hoja de álamo / retengan tu juventud dormida”; Rafael Adolfo Téllez, “Mueres y estás ya lejos junto a un lago”, en Medina et alii  (eds.): Poesía  (eds.): Poesía viva de Andalucía (640). Andalucía (640). El yo enemigo Poema de Justo Navarro en Mi en Mi vida social :  ÁNGEL DE LA GUARDA Diría que he tenido siempre cerca de mí (dentro de mí, sería más exacto) un individuo vigilante, que en los momentos más impropios tomaba la palabra en mi contra, o tiraba un vaso al suelo, o derribaba al anfitrión o una pared, o se callaba  y era peor. Sería mejor que se durmiera alguna vez el yo en el yo. (48) ( 48) La sombra Ser la sombra de una sombra es de una pobreza extrema.  Víctor Hugo, El Hugo, El hombre que ríe (369)

El motivo de la sombra es una tradición que se ha mantenido incólume a lo largo de todas las literaturas: “Cuando tú, que eres sombra, / pues la santa  verdad ansí te nombra, / como la sombra suya, peregrino, / desde un número en otro tu camino / corres, y pasajero, / te aguarda sombra el número postrero”, decía Quevedo en “Reloj de sol”; o Bergamín: “Sombra profunda somos / dijo Giordano Bruno: / una sombra que sueña / con un sueño profundo” ( Duendecitos y coplas, coplas, 1963). Por poner ejemplos narrativos, Gómez de la Serna

hace decir a un personaje de  El hombre perdido (1947): “Amor, sombra de mi sombra” (37). En este párrafo del mexicano Emiliano Monge se unen al tema de la sombra el de la descomposición fragmentaria del sujeto y el horror al reflejo: “En el cubo de la escalera se multiplica la sombra del hombre, se fragmenta su figura. Escala los peldaños que baja una silueta que ataca los peldaños que trepa una sombra que desciende el escalón que sube su reflejo. Se sienta el hombre en el descanso, respira agitado, ha sido una larga caminata [...] Recupera el aire y se levanta. Evita el reflejo en las islas de acero, revela la pintura carcomida un tubo plateado, revela el tubo la silueta deformada”; Emiliano Monge,  Arrastrar esa sombra  sombra  (117). León Molina escribe: “Eres una sombra que pasa / por los sitios que te olvidaron”; León Molina, Un hombre sentado en una piedra (24). “(…) sombra propia para olvidar muy dentro el amor de los espejos”, Juan  Antonio González Fuentes ( Memoria 184). “La simetría absoluta pertenece sólo a la geometría y a sus formas ideales, que afirman lo absoluto allí donde la forma humana dice sí a la relatividad. De este modo si miramos fotografías de poetas y con un eje imaginario cortamos en dos el rostro, distinguimos dos mitades que tienen cada una su propia expresión, a  veces tan diferente la una de la otra como si pertenecieran a personas distintas, como si cada una tuviera su propia vida. El poeta con su propia figura in-scribe  y pro-clama la división presente en todos y la ilustra en su rostro. La cara oscura osc ura del alma también tiene su representante en la tierra. Sencillamente, los poetas conceden a ese demonio la parte que le corresponde de expresión del rostro [...] La óptica del mundo descansa igualmente en su propia división y manifiesta su doble procedencia”; Zanasis Jatsópulos, “Las dos mitades”, Verbos para la rosa.  Esbozo de poética (35-36). poética (35-36). Poema de Ángel González, “Una sombra”: La madre que me parió, / en el momento de alumbrarme, / no sabía que daba a luz un pedazo de sombra. // Como era de esperar, creció esa sombra, / se hizo / más grande y más oscura, / negra, negra. // Y acabó ensombreciendo cuanto la rodeaba. // En su ámbito sombrío, / ya no tiene perfiles esa sombra: / confundida en lo oscuro con lo oscuro, / sombra / en pena de sí misma o / (no lo sabe) /en el dolor de todo lo que había ensombrecido. ( Nada ( Nada grave 33) Destacamos el excelente poema de Víctor Botas, “Yo”: Este asombro de ser apenas una / parte del universo, y ser sin duda / tan  vasto como el orbe, y ser gemido, / e instante, y eco, ec o, y dardo sin destino / ni otra cosa que un rumbo me depare. / Este ser una sombra que no sabe / ni puede comprender, que olvida acaso / porque es su condición. Este atareado / afán, que no concibo, del complejo / mundo por explicar las causas, cierto / de que no hay explicación o hay tantas / que es vano todo empeño. Esta insensata / costumbre de mirarte en la secreta / certeza de saber que no hay respuesta... ( Las ( Las cosas que me acechan, acechan, 1979)

Una variante del tema de la sombra, en sentido figurado, podría latir en este poema de Andrés Neuman en Mística en Mística abajo (17): abajo (17): ORACIÓN DEL ESPEJO Espejos anteriores, recibidme sin causar una herida, como el agua que nos refleja el rostro al zambullirnos. Quiero saber quién va conmigo a cuestas  y temblar al revés de la corriente igual que alguna vez entre las olas mi padre ahogaba todos mis temores adentrándose más, alzándome en sus hombros. Noto cómo bucean los ancestros que se me adelantaron y que iban a consumirse frente al horizonte.  Así nada la sangre, errática, incompleta manoteando al borde de los cuellos. Sobre tu cuello me elevaste, padre,  yo me aferraba a ti sin darme cuenta de cuántos más nadaban estirando los brazos con nosotros. Padre, dame un espejo paro no los reflejos conocidos sino su voz ausente, obtengamos a flote una memoria, tú ve delante  y yo te alcanzaré, sé que avanzas y nos consumiremos,  vecino de la tierra, ancestro, padre mío.

 A través del espejo. Los espejos fantásticos “[...] y, no encontrando ya cómo mezclarse con las colgaduras saturadas y recargadas, colmar de tedio un espejo donde, sofocado y asfixiado, yo imploraba seguir siendo una incierta figura que desapareciese completamente fundida en el espejo”; Stéphane Mallarmé, “Igitur o la locura de Elbehnon”, Cien años de  Mallarmé;  Mallarmé; Igitur, Barcelona 1998, p. 50. “Un espejo pequeño, descarado, que miraba los transeúntes con su brillo  blanco, insultante. Las gentes de Moraleja se lavaban con agua turbia, tur bia, y por eso tenían la cara borrosa y las facciones esfumadas.”; Rafael Sánchez Ferlosio,  Industrias y andanzas de Alfanhuí ; DeBolsillo, Barcelona, 2015, p. 126. Pérez Estrada escribió, dentro de La de  La sombra del obelisco (1993), un relato muy  breve, planteado como un duelo de western o como una pieza de serie negra,

donde alguien se enfrenta al “duplicador”; al final del relato entendemos la alusión: “El salón retenía las últimas luces. Un espejo de aguas transparentes decoraba el final como un friso de infinitas posibilidades. Había calculado con la precisión de un teólogo [...] el lugar del ángel. Sabía que no podía errar. El disparo destruyó imagen e infinito, y el espejo se hizo parte de las sombras. Después vino el silencio, y luego, mucho más tarde, supo al fin la sequedad de lo solo”; Rafael Pérez Estrada,  El coleccionista. Narraciones escogidas (19682000); 2000); Fundación Málaga, Málaga, 2005, pp. 115-16. “Sueño que estoy ‘casada’ conmigo. Yo soy la esposa, no me veo la cara pero soy ella, y mi marido yo también, un tipo con mi cara y mi cuerpo que no se comporta de modo distinto a mí, quizá un poco más refinado. Siendo los dos, el sueño lo vivo como esposa”; Luis Rodríguez, Novienvre Rodríguez, Novienvre (150).  (150). “[...] ser humano no consiste más que en estas incesantes transformaciones. Estas metamorfosis”; José Óscar López, Los López, Los monos insomnes in somnes;; Chiado Editorial, Madrid, 2013, p. 100. “el espejo es un viejo acusado que se resigna a su suerte”, Víctor Hugo,  El hombre que ríe (860). “[...] esta tarde, / en que veo a una yo dentro de otra yo sentada en la butaca”; Julia Uceda, “Recuerdo de una calle”, Hablando calle”, Hablando con un haya (58-59). haya (58-59). En Viento de tramontana (2014), de Sergio Gaspar, el personaje de Helena Detroya se “trifragmenta” en tres Helenas sin la menor explicación, dentro del hilo surrealista de la novela (202). ( 202). Chejov, en su relato “En el espejo”, describe cómo una joven se queda dormida y  ve a través del espejo su futuro. Stephen R. Donaldson, en Espejo en  Espejo de sus sueños (1986), desarrolla el siguiente argumento: una mujer de noche, en su habitación, contempla desolada su vida y se acerca al espejo. Al mirarse, no se  ve, sino que la imagen es de un joven muy apuesto, que en realidad está al otro otr o lado. Al romperse el cristal, conoce a éste y accede a un mundo llamado Mordant, donde debe llevar a cabo una misión fundamental para su pervivencia  y la del Bien. Los espejos en esta novela de Donaldson son un canal entre ese mundo y el nuestro, y la imagen reflejada un peligro. Una variante original del tema está recogida en el relato de H.G. Wells “El caso Plattner”; según Borges, que lo resume, “un hombre es arrebatado a un mundo de espantos; al regresar, advierten que es zurdo y que tiene el corazón del lado derecho. En otra dimensión lo habían invertido íntegramente, igual que en los espejos” ( Textos cautivos 277; la inversión es un tema recurrente al hablar de espejos: luego  veremos un ejemplo en Gabriel Celaya, y Villoro escribe en El en El disparo de argón: argón : “en las mañanas me asomaba a un espejo roto hacía más de siete años pero que seguía esparciendo su hálito dañino: el desagradable zurdo del otro lado nunca amaneció con gran mostacho” 74-75; también Ángel Zapata: “el espejo que nos devolvía, invertida, la imagen de lo que no éramos”, La éramos”,  La vida 17, vida 17, y David Huerta,  Historia 65). Para Logan Pearsall Smith ( Afterthoughts,  Afterthoughts, 1931), “todos los espejos son espejos mágicos, y nosotros nunca vemos nuestras caras en ellos” (apud Gassner y Mantle xii); una idea similar parece latir en un texto de Don

DeLillo (72). Para terminar, recordamos que también utiliza el motivo Mircea Cărtărescu ( El Levante 64-65), y que es un tema común en la literatura china, como puede verse en El en  El sueño del aposento rojo de rojo  de Tsao Hsue-Kin (1719-1764): “empuñó el espejo y miró: desde su fondo, la señora Fénix, espléndidamente  vestida, le hacía señas. Kia Yui se sintió arrebatado por el espejo y atravesó el metal y cumplió el acto de amor. Después, Fénix lo acompañó hasta la salida”. Más tarde repitió el acto unas veces más. “La última, dos hombres lo apresaron al salir y lo encadenaron. 'Los seguiré', murmuró, 'pero déjenme llevar el espejo'. Fueron sus últimas palabras. Lo hallaron muerto, sobre la sábana manchada” (en Borges, Ocampo y Bioy 199). Manuel Talens escribe en un relato: “se quedó dormido entre sudores fríos. Soñó que corría junto a Alicia y que los dos cruzaban del otro lado del espejo”; Manuel Talens, “La venganza de don Quijote”, en Dante Medina, José Brú y Raúl Bañuelos (eds.), Cuento vivo de  Andalucía;  Andalucía; op. cit., p. 585. “(…) en la habitación donde se mató el Gonzaguita,  viejo dandi, politoxicómano, había un espejo isabelino, enorme, como de burdel de lujo o de salón de respeto. Luego no quería meterse nadie allí porque se corrió que el fantasma de Gonzaguita (…) se había quedado atrapado en el espejo”; Miguel Sánchez-Ostiz, Perorata Sánchez-Ostiz,  Perorata del insensato 55; insensato 55; ver también 92. Una  variante del espejo mágico es el espejo trucado, truca do, del que se ofrece un ejemplo en  El juego del ángel , de Ruiz Zafón: “estaba buscando mi rostro en un espejo en el que se reflejaba toda la tienda excepto yo [...] Me llegó hace un par de días de un fabricante de espejos trucados de Estanbul. El creador lo llama inversión refractaria” (421). Creo que el autor intenta decir Estambul  decir  Estambul .  Adolfo Bioy Casares incluye en Una magia modesta una escena interesante: El personaje, tras la muerte de su amada, que compartía con otro hombre, Moreno, queda a solas en su cuarto, donde hay un gran armario con un espejo de luna. Dice el relato: Una tarde en que yo estaba, como de costumbre, sentado frente al espejo, levanté distraídamente los ojos, y vi mi imagen reflejada. De pronto, muy sorprendido, advertí que otra imagen se asomaba detrás de la mía. Era el queridísimo rostro de Aurora. Con una sonrisa triste, ella dijo: - No basta que que uno quiera. quiera. Hay que probarlo. probarlo. - Yo te adoro adoro -protesté. -protesté. - Si fuera así, vendrías acá para para estar conmigo. conmigo. - ¿Dentro del espejo? -pregunté asustado. - Dentro Dentro del espejo. espejo. Lastimosamente dije: - No sé cómo cómo entrar. entrar. - Eso es muy fácil. -exclamó -exclamó una desagradable voz voz de mascarita, que por cierto cierto no era la de Aurora; se asomaba sonriente la cara de Paul Moreno, ese personaje ridículo al que en alguna época tuve por rival. - ¿Qué ¿Qué hago? hago? - Entre por aquí -Moreno indicó el centro centro del espejo-. De una vez por todas, anímese.  Aurora dijo: - No me hagas hagas esperar esperar..

 Al oír su voz comprobé con angustia que el centro del espejo cedía a mi presión  y que no era impenetrable.5

“Los espejos están hechos para recibir y eternizar las imágenes de los objetos, como tú sabes. Se reflejan también los hombres y las mujeres, pero es un extra que no tiene importancia. En cuanto un objeto se refleja en el espejo, la cosa está hecha: su imagen se queda dentro y se pone a caminar y llega en seguida aquí, a este lugar elevado, donde se hace inmortal. En cambio, las imágenes de las personas, como no tienen importancia, se quedan abajo, en la región inferior, por la que debes haber pasado. Este sitio de aquí no saben siquiera que existe. (...) Y solamente las imágenes de los objetos, criaturas superiores, pueden subir. Las de los hombres, almas chatas, no pueden”; Massimo Bontempelli, El Bontempelli, El tablero ante el espejo; espejo; Siruela, Madrid, 1993, p. 65.  Los mundos a través del espejo en la poesía reciente En ocasiones, como en algún poema del mexicano David Huerta ( La ( La música 16), se puede utilizar el poder comunicador del espejo para hablar con otras dimensiones del propio yo. César Antonio Molina aborda el motivo dos veces; en Derivas en  Derivas:: “y los biseles de los espejos / como caminos que se pierden en otro continente / poblado de falsos países” ( El ( El rumor del tiempo  tiempo  95) y en  La estancia saqueada: saqueada: [...] Y el reflejo del faro / en la ventana familiar vela la estratagema de la noche, / se habita, es un espejo empañado por el valor feliz / de ser un náufrago asaltado por las olas, por el aliento / que hace brillar el yelmo en el cielo raso. / Y en el espejo vacío de las épocas caen los pomos, / el espacio se suspende en el hervidero del reflejo. ( El rumor 66)  Veamos otros casos: “[...] puerta para cruzar / al otro lado –negro– del espejo /  y encontrar la verdad del propio rostro” (F. Ruiz Noguera, La Noguera,  La gruta 53); “Hoy quiero comprender el por qué vago ausente / y quiero paladear quizá algún nuevo vicio, / tal vez que aquel espejo se me abra y en su fuente / me muestre una salida, un cuerno o un abismo” (May Serrano Mulet 46); Olga Bernad habla de “El mismo abismo enfrente del espejo” ( Perros ( Perros de noviembre 50); para terminar, “al fondo del espejo, donde siempre es verano”; José Luis Rey,  Las visiones (11). visiones (11). En cuanto a la dimensión más sobrenatural o fantástica, la encontramos en la lírica borgiana de Los de Los mapas interiores (1998), de Juan Van Halen: En un remoto tiempo, los espejos / tuvieron vida, fueron habitados / por unos seres nunca descifrados, / monarcas del país de los reflejos. / Una noche, tan raras criaturas / rompieron la prisión de sus cristales. / 5 A.

Bioy Casares, Una magia modesta; modesta ; Tusquets, Barcelona, 1998.

Quisieron ser efigies desiguales / y no duplicidad de las figuras. / Invadieron la tierra, y tan sangrienta / fue su lucha, y tan fiera su memoria, / que en un espejo se escribió la Historia / tan doble y tan infiel (Borges lo cuenta). / El Tigre del Espejo fue vencido / y sus hordas  volvieron a la nada, / condenadas por siempre s iempre a la ignorada / hondura hondur a de su mundo repetido. / Pervive en el azogue la derrota / de aquellos seres, su fugaz porfía, / y su venganza vela en la falsía / de cada imagen engañosa y rota. / Pinta el espejo su doblez, y miente. / Nos devuelve una sombra sin retorno, / una horma helada, y hurta en su contorno / la distinta verdad superviviente. / Tras el cristal -cebado en el despecho- / un tigre sin edad vive al acecho. (30) No existirán ni el fuera ni el dentro: solamente / la convulsión del miedo en un espejo, / las estancias desiertas viendo su propio pánico / en la luz del jardín devorador. / Voracidad y pánico: así el dentro / y el fuera se contemplan, en una abolición / el espacio pensado en la distancia, / porque ahora tendremos que verlo en el reflejo. / ¿Depredaré el jardín? ¿Depredado, el jardín / depredará la casa? En un mundo de imágenes / no hay más ley que la de los reflejos: / mirar es devorar y ser mirado, / ser devorado. Mira tu reflejo: / devórate en un acto compulsivo, / en el hambre insaciada de la imagen / que devora a la imagen. A ti mismo, / para existir, para decir: “Yo soy”, / ¿no te hace falta estar viendo tu imagen / en los ojos? Reflejos te devoran. Pere Gimferrer, de “VII”, Aparicions “VII”, Aparicions Convertimos entonces la mirada en deseo / y su imagen da forma a una oscura presencia; / no por cierta, sabida. / Somos otros; los mismos. Lo que ahora nos pasa / pudo habernos pasado. Confusión / o condena del que mira -ignorando- / a través de d e un espejo.  Álvaro Valverde, “Fuente de Yuste” En el espejo de tus sueños una mujer / atraviesa la puerta / que anuncia su descensus ad ínferos Goya Gutiérrez, Ánforas Gutiérrez, Ánforas Ecos de Alicia de Alicia a través del espejo: espejo:  Alicia de los espejos, no vayas a creerles, y tiéndenos tus ojos para ir al otro lado. / Cada cual, coloso de sí mismo. Aunque esto dure menos. / Y aunque no haya tiempo ni espejo en que salvarse. (Julieta Valero,  Altar de los días parados 30)

imaginas que hay otros mundos tras el espejo / pero que a ti pobre de ti te ha tocado / ser esclava o demonio en el otro lado / contando calorías y haciendo del tiempo / conejos que llegan tarde a sus citas / se ha podrido el té y los pasteles / feliz no_cumpleaños Alicia (Cristian Alcaraz, “A través del espejo”, Turismo de interior 39)  Aquí lo legendario y lo real / Nuestra Nuestr a historia resulta semejante sem ejante / A la de esa muchacha maravillosa que penetró en el espejo / Estuvo siempre a punto de desaparecer / Pero ninguno pronunció la fórmula que la devolviera al polvo / Ni Tweedledum ni Tweedledee ni la Reina ni el Rey Rojo / Que lo único que tenía que hacer era despertarse / Tal vez somos un cuento / Tal vez sin que nunca nos percatemos / La nave de Ulises / O el ruiseñor de Keats / (Ese pájaro no destinado a la muerte) / Digamos entonces que lo que ha sido un canto de la Odisea / Continuará siendo nosotros / Sin dejar de ser por eso el país de las maravillas / Y alguien podrá reconocemos / Al escuchar la historia no escrita todavía / En la historia castillo la historia luna múltiple / En la historia juguete destruido /La historia en fin cuando pasó una nube sobre Alicia // Tal vez somos la sombra de ese azul en su mano. (Giovanni Quessep, “Poema para recordar a Alicia en el espejo”, Érase espejo”,  Érase 40) Todo espejo es una puerta, / igual que toda puerta es un espejo. / Ambos nos invitan a cruzar / a un país de maravillas / en el que todo es posible /  y donde, lo más probable, / es que todo siga siendo igual. (Alfonso Brezmes 78) Una vez, como Alicia, / crucé, del otro lado del espejo, / a un mundo sin razón; / que en vez de luz tenía / luciérnagas azules y doradas / ensartando diamantes en la noche. // Una vez, como Alicia, / saltándome de otoño a primavera, / vinieron a mi paso /centinelas de oro y de mercurio / a llenarme de estrellas la memoria. // Y os juro que retuve / rosas azules en enormes ramos; / que bebí en un estanque todo lleno de lágrimas / y que crecí de pronto / hasta alcanzar a Venus / en su lecho de nubes. // Segura estoy ahora / de que no creeréis ni una palabra / sobre el periplo aquel y aquel ensueño / que convirtió en vergel un cuarto oscuro / e hizo de mí una nueva / mujer. // Yo sé que estuve allí / mas por si acaso / no volváis a dejarme / sola frente a un espejo. (Teresa Barbero 15) Egodismo Es interesante la antología editada por Fabio Betancour,  Diva de mierda. Una antología alrededor del ego  ego  (2015), en la que se recogen poemas contra el exceso de ego y divismo en la poesía.

“¿Qué fiebre ególatra lastra esta época y produce materia prima con la vida estática de quien escribe, del que cree que cualquier ocurrencia es una gota para sus libros-ríos?”; Doménico Chiappe, Tiempo de encierro; encierro; Lengua de Trapo, Madrid, 2013, p. 77. “tan egocéntrico como sólo puede serlo un escritor”; Rodrigo Fresán, La Fresán,  La parte inventada (258). inventada (258). Sobre el yo absoluto es curioso este texto de Mario Merlino: “un yo que ya no es  yo / un yo ichtérico, eufónico, iodado, un I / y entonces la personalidad deja caer una a una todas sus máscaras / el Yo absoluto se derrumba / y no hay  Verdad Mayúscula que se sostenga / [aunque se crea dueña del mundo y sus rebaños]”; Mario Merlino, “Cuando el pronombre yo no designa a nadie en particular”, Vasos comunicantes, comunicantes, nº 40, otoño 2008, p. 8.  Yoes extremadamente egódicos En un poema irónico titulado “Yoear”, escribe Juan Hidalgo: “La fundación 286-15 encomendó a varios sabios y artistas la tarea de individuar el sonido más característico emitido por el hombre / [...] finalizado el plazo y congregada de nuevo una sesión extraordinaria, el presidente dijo: escuchamos. // y el sabio más anciano respondió: estadísticamente el sonido más característico emitido por el hombre es YO. // Y el más anciano de los artistas continuó: el león ruge, el gato maúlla, el perro ladra, el asno rebuzna y el hombre YOEA, sí señores,  YOEA, YO-E-A. // A la fundación 28-6-15 deberemos siempre este gran descubrimiento” [incluido en José María Parreño y José Luis Gallero (eds.), Ocho poetas raros (conversaciones y poemas) 163]. poemas)  163]. Julio César Galán escribe en  El primer día: día: “Soy Yooooooooooooooooooooooooooooooooooooo” (93).  Véase también t ambién el poema de Pilar Adón “Yo”, en VV.AA.: VV .AA.: Todo es poesía menos la poesía. 22 poetas desde Madrid ; Ediciones Eneida, Madrid, 2004, p. 20. En  Antibiótico (2012) escribe Agustín Fernández Mallo: “Bendito yo-yo, ego-ego, ego-ego,  yo-yo”, en Ya nadie se llamará como yo + Poesía reunida (1998-2012) (560). (1998-2012) (560). “[...] se promete ahora un libro póstumo en vida. Una memoir zombi [...] y  autocaníbal y hambrienta sólo de su propio cerebro. Una especie de autobiografía autista: una autibiografía que se concentre [...] en un detalle aparentemente nimio pero original y fundante. [...] No literatura del Yo sino Literatura del Quién Soy Yo. O Literatura del Yo Qué Sé. O Literatura del Ex Yo, de ese Yo que pudo haber sido pero que no fue”; Rodrigo Fresán,  La parte inventada (543-44). inventada (543-44). Incluido en la antes citada antología  Diva de mierda, mierda, este poema irónico de Sergio R. Franco insiste en la figura:  YO  yo a borbotones

 yo todo el rato  yo dos por uno  yo sin ton ni son  yo de soslayo  yo sin perspectiva  yo en desbandada  yo a bocajarro  yo qué palabra tan corta para tanto desastre (en Betancour 63)

El espejo del amante En realidad, como le ocurre a todo el mundo, era incapaz de verse a sí mismo; sólo veía el reflejo de su personalidad y de sus actos en los demás y de ahí extraía de sí mismo un concepto erróneo. Eduardo Mendoza ( La ( La ciudad 192)

George Steiner: “Sólo en el amor nos miramos en el espejo y hallamos una imagen que no es la nuestra, que es más que la nuestra” ( Fragmentos 22).  Veamos hasta qué punto esta imagen tiene presencia en la poesía española contemporánea: Lo mismo que la imagen se funde en el espejo / sólo soy cristal tuyo cuando estás junto a mí. Luis Rosales Quiere el amante a sí reconocerse / en el amor, igual que en un espejo, / sin saber que él es otro espejo en manos / de otro amante, que a sí mismo se busca.  Antonio Gala, Enemigo Gala, Enemigo íntimo, íntimo, 1960 Luego saldrá la luna / y yo la miraré con la certeza (con la inútil certeza) / de estar viendo un espejo en el que va / tu imagen reflejándose  Víctor Botas, de “El mar como de seda”, Retórica seda”, Retórica,, 1992 Que ni el recuerdo de unas manos blancas / Ni el espejo turbado de unos ojos / Alientan ya a seguir con esta farsa.  Alberto Tesán, El Tesán, El mismo hombre, hombre, 1996

la trampa saducea del amor [...] que nos lleva a olvidar lo pasado, a perdonar lo imperdonable, a obsesionarnos con el reflejo mejorado de uno mismo en otra persona.  Alfredo Taján, El Taján, El pasajero, pasajero, 1997 No hay espejo en el mundo / tan cálido que pueda compararse a tu mirada, / no hay espejo / que tan bien conozca las fronteras del contorno de mis ojos / como tus ojos, / como el espejo miel y bronce de tus pequeños ojos. / Y de pronto / la angustia de ser reflejo me viene como náusea a la garganta. José Manuel Lucía Megías, Libro Megías, Libro de horas, horas, 2001 En el fondo del fondo de tus ojos / miro cómo te miro, / y es tan t an bello. Jesús Aguado, La Aguado, La astucia del vacío, vacío, 2005 Otro ejemplo está contenido en el Amor el Amor en vilo (2006) de Pere Gimferrer: el lampadario al fondo de tus ojos, este reflejo al fondo de tus ojos, este espejeo al fondo de mis ojos, al fondo de mí mismo, el deslumbrado. (209) Como anécdota reproducimos estos versos de Ramón de Campoamor, pertenecientes a  Doloras (1846), con plena conciencia de que pueden ser los peores que hemos leído a lo largo de esta investigación: “Sé que corriendo, Lucía, / tras criminales antojos, / has escrito el otro día / una carta que decía / ‘Al espejo de mis ojos’”. Terminamos apuntando que el espejo puede tener también otra relación con la relación amorosa a través de su relación con el deseo sexual: “En efecto, el rostro humano es, antes que nada, el instrumento que sirve para seducir. Mirándose, el hombre prepara, aguza, acicala ese rostro, esa mirada, todos los instrumentos de seducción. El espejo es el  Kriegspiel del amor ofensivo”; G. Bachelard,  El agua y los sueños  sueños  (39). Francisco Umbral, en  Los helechos arborescentes (1980), arborescentes (1980), escribe: “Y subíamos a su habitación abuhardillada, que antes había sido la de Clara y antes la de Infanta, y allí se multiplicaba el desnudo destruido de nuestros cuerpos casi infantiles [...] Era una habitación con espejos” (89). “Pero resulta / que amar una cosa implica odiar otra, / que nunca es gratis. A mí me pasa / cuando me miro al espejo / y noto el desequilibrio, el vaso / que se vacía sobre otro / que ya estaba lleno”; José Daniel Espejo, “Tú contra los Beatles”, Quemando a los idiotas en las plazas. plazas. No pocas veces se practica el sexo frente al espejo para aumentar la excitación: además de en la película Eyes película  Eyes wide Shut (1999), de Stanley Kubrick, véase A. T. Blandina, Carolina Otero, Sergio Velasco y Maxi Villarroya,  Hotelº

 Postmoderno (115);  Postmoderno (115); Mercedes Soriano, Contra vosotros (51) vosotros (51) y Fernanda García Lao, Fuera Lao, Fuera de la jaula (209-10). jaula (209-10).

El espejo en el arte Este apartado no se corresponde con ninguno de los dos ensayos, pero he pensado que éste es el lugar ideal para anotar algunos ejemplos de espejos en el arte que he ido recopilando. Sobre el mitema de La de  La Venus del Espejo y Espejo y sus cuadros homónimos han hecho poemas Manuel Mantero, Aníbal Núñez en Cuarzo (1988) y Guillermo Díaz Plaja, “La Venus del Espejo”, en J. Munárriz (ed.), Un siglo de sonetos en español   (199). Francisco Calvo Serraller ha escrito al respecto que “la representación de las Venus, con o sin espejo, ha sido asimismo objeto de múltiples y fascinantes investigaciones. En cualquier caso, el espejo posee, por su parte, muchísima enjundia, porque, con la ventana, no sólo es una de las metáforas básicas para explicar la representación pictórica a partir del renacimiento, sino una imagen clave para ahondar en la identidad psicológica y moral de la cultura occidental moderna” (“Los reflejos de Venus”, Babelia Venus”, Babelia de El de  El  País,  País, 21/09/2002, p. 20). El artista ruso de vanguardia Ilya Kabakov decía en una entrevista estas significativas palabras: “El mundo a donde vine y mi figura, en la que fui parido, no me satisfacen nada. No me gusta mi aspecto y no me identifico con él. Todavía recuerdo que, cuando vi mi hechura por primera vez en el espejo, gemí de dolor: no podía concebir que yo fuera ése. Ése es el deseo de largarme de mi cuerpo, de mis cosas, de mi casa (...)”; citado por Peter Sloterdijk en  Extrañamiento del mundo, mundo , Pre-Textos, Valencia, 2001, p. 120. Sin salir del arte, la escultora Louise Bourgeois ha creado piezas como  I Do (1999), una instalación consistente en una torre donde unos gigantescos espejos sobrecogían a los espectadores al reflejarse en ellos; confróntese el relato del pavor sentido por el crítico Jan Garden Castro en su artículo “Louise Bourgeois. Turning myths inside out”,  Sculpture,  Sculpture, vol. 20, nº 1, January-February 2001. Otros ejemplos de artistas para los que los espejos tienen un lugar primordial en la construcción tanto de texturas como de efectos son Rebecca Horn y Dan Graham. La artista Tracey Emin se hace eco de esta visión: “Cuando el dentista me quitó el último diente muerto sentí que me extirpaban por fin años de dolor. Pensé que toda mi tristeza desaparecería. Pero me miré en el espejo y sólo vi un agujero más”, en Elsa Fernández Santos, “En la cama con Tracey Emin”, El Emin”,  El País, 28/08/2008. A modo de ejemplo, véase el catálogo  Máscaras. Camuflaje y exhibición, exhibición, de la exposición homónima organizada por la Diputación de Córdoba en 2003, con obras de Christian Boltanski, Chema Cobo, Pepe Espaliú, Leonel Moura, Georges Rousse y Cindy Sherman. En su texto para el catálogo escriben Jesús Alcaide y Óscar Fernández: “en un territorio tan

desacomplejadamente complejo como el del arte actual, la máscara es hoy el rostro de nuestros días, el lugar en que los conflictos se visibilizan paradójicamente a través de la ocultación, de la mascarada, del camuflaje, del no ser visto, de la trinchera” (“Estrategias de ocultación: secretos, engaños y mentiras”; VV.AA., Máscaras. VV.AA., Máscaras. Camuflaje y exhibición; exhibición; Diputación Provincial de Córdoba / Fundación El Monte, Córdoba, 2003, pp. 23-24). En su exposición  Playing with myself (galería Espacio Sin Título, junio de 2008), el artista Juan Zamora (Madrid, 1982) mostraba una serie de dibujos de gran relación con la identidad. En unas declaraciones, aclaraba: “se trata también de jugar con el dentro y fuera, con la máscara, con la relación con el otro. Algunos [dibujos] emiten sonidos, que es mi voz. Desde ellos, hablo; mi voz me rebota; tú entiendes el mensaje y yo me entiendo a mí mismo”; citado en ABCD en  ABCD las Artes y las Letras, Letras, 21/06/2008, p. 34. El artista conceptual Dan Graham ideó una habitación, denominada “Presente continuo pasado(s)” (1974), formada por espejos que además eran pantallas de  vídeo. Según la descripción, la idea era que junto a los espejos reales, donde el  visitante contemplaría su presente su presente,, se proyectaran en otros espejos las imágenes del visitante grabadas ocho segundos antes. “An infinite regress of time continuums within time continuums (always separated by eight-second intervals) within time continuums is created”; Doug Hall y Sally Jo Fifer,  Illuminating Video. An Essential Guide to Video Art ; Aperture Press, New York, 1990, p. 186. También dentro del arte contemporáneo, la fotógrafa norteamericana Cindy Sherman se hizo famosa fotografiándose infinitamente a sí misma, en diversos disfraces y situaciones, de formas tan convincentes que logra sacar afuera miles de sus personalidades interiores. También el artista Kolkoz y la fotógrafa Rachel Baran se dedican a hacerse autorretratos, en las situaciones más diversas, el primero siempre en actitudes cotidianas y la segunda más bien en ambientes oníricos. Esta tradición es muy corriente en el cine, donde las películas de terror se alimentan siempre de los espejos, bien sea porque en ellos aparece otro personaje en vez del reflejado o una versión deforme del mismo. Un ejemplo claro es  Reflejos (Alexander Aja, 2008), cuyo título original es  Mirrors (espejos), y en la que toda la trama se sustenta en la reflexión impropia en los azogues. Comentando la película de R. W. Fassbinder Miedo Fassbinder  Miedo al miedo (1975), miedo (1975), y citando a Heidegger, escribe José Luis Molinuevo acerca del descubrimiento del uno en el espejo, “como enseñó el maestro de la Selva Negra, el miedo es siempre por algo, mientras que la angustia es por todo y por nada. Cada vez que Margot se mira al espejo su yo se licua y las cosas se estremecen, se desvanecen. Busca en vano apoyatura en ellas y en los demás. La angustia sobreviene mostrando las arenas movedizas de una sociedad estable. Y se ceba en una  víctima inocente que sólo quiere ser ‘normal’. Las mayores tragedias del yo se incuban sin un porqué en el ámbito de lo cotidiano, de lo humano demasiado humano. No dan para un arte poshumano de estética retro e ideología caducada,

con tintes de género pero sin pasarse, que entonces no entra en el museo”; Molinuevo, “Angustia (no poshumana) de la angustia”, accesible el 26/01/2009 en  Pensamiento en imágenes, imágenes, http://joseluismolinuevo.blogspot.com/2009/01/angustia-no-poshumana-dela-angustia.html.

Ejemplos de “yo dramático” o enmascarado. Identidades y máscaras Una vez nos pongamos esas máscaras  ya no habrá marcha atrás. R. Menéndez Menéndez Salmón, Salmón, Derrumbe  Derrumbe

 Amén de los vistos en nuestros dos ensayos, otros ejemplos de uso poético del yo dramático  dramático  podemos encontrarlos autores como Octavio Paz (“Máscara de Tláloc grabada en cuarzo transparente” o “Máscaras del alba”, Poesía alba”, Poesía Completa 139 y 197), Enrique Badosa (“Busco el espejo… / ¡Y me arranco el mirar y la careta, / al verme de mí mismo disfrazado” 34), Concha Lagos (“Máscaras” 35), Manuel Álvarez Ortega (Cenizas (Cenizas 28), Jenaro Talens (“Un mundo hecho de máscaras, es decir, de palabras”, Un largo 22), Lola Velasco y Amalia Iglesias Serna (11), Agustín Fernández Mallo (“Debajo de esta piel hay otra piel, / y debajo de ésa otra, y debajo otra, y otra, / y así cuantas capas quieras hasta un n→Nɛ∞ / antecentro del centro que es finito. / Ese centro es la máscara”, Joan máscara”,  Joan  Fontaine 22), Yolanda Castaño (“Sí, esa es mi casa. Esos teatros concéntricos, donde habito”,  La egoísta 75; también 83ss), Manuel Moya (Taller ( Taller de máscaras, máscaras, 2002), Javier Rodríguez Marcos (56), Rafael Guillén (“Máscaras”,  Los dominios 19-20), Carlos Marzal ( Metales ( Metales 32), Agustín García Calvo ( Libro de conjuros 71), conjuros 71), Álvaro Valverde ( A ( A la debida distancia 30, distancia 30, “Para, contempla: / este espejo revela al fin tu máscara”,  Desde fuera  fuera  26), David Huerta (Versión (Versión 11), Diego Doncel ( En ( En ningún 16-17), Pablo Fidalgo Lareo ( La ( La educación física, física, 2010), Olvido García Valdés (“si me / miraras, viva / máscara / que vi”; Y todos 101), Jordi Doce (“Máscaras”, Anatomía (“Máscaras”, Anatomía del miedo, miedo , 64), Joaquín Pérez Azaústre (“Somos el intercambio de unas máscaras", El máscaras", El jersey rojo 43) Luis Bagué Quílez  y Joaquín Juan Penalva ( Babilonia, mon amour, 2005), y Antonio Enrique (Cisne 35). “[...] cada hombre está formado por un yo y una persona. La persona incluye el  yo y lo trasciende, pues el yo es vigilia, atención; inmóvil es una especie de guardián. La persona, como su propio nombre indica, es una forma, una máscara con la cual afrontamos la vida, la relación y el trato con los demás, con las cosas divinas y humanas. Esta persona es moral, verdaderamente humana, cuando porta dentro de sí la conciencia, el pensamiento, un cierto conocimiento de sí mismo y un cierto orden, cuando se sitúa, previamente a todo trato y a toda acción, en un orden; cuando recoge lo más íntimo del sentir, la esperanza. Mas podemos forjarnos una imagen de nosotros mismos, una imagen ficticia,

máscara de una pasión, sea la de endiosarse, sea otra cualquiera y, al actuar, hacerlo desde ella”; María Zambrano,  Persona y democracia  democracia  (1958), en  La razón en la sombra. Antología crítica; crítica ; edición de Jesús Moreno Sanz, Siruela, Madrid, 2004, pp. 399-400. En otro libro, Zambrano dice: “El sujeto se inventa a sí mismo, inventa una máscara, un tipo, un personaje”; María Zambrano,  Notas de un método; método; Mondadori, Madrid, 1989, p. 61. En su completo estudio sobre la máscara, Allard y Lefort, hablando del mito detrás de la Gorgona, el Gorgo, escriben: “Gorgo es una potencia de terror y de espanto [...] es el terror en estado puro, el terror como dimensión de lo sobrenatural [...] el rostro de Gorgo es una máscara; pero en lugar de que se le lleve para imitar al dios, esa figura produce el efecto de mascara que simplemente nos mira a los ojos; es nuestra mirada la que cae presa de la máscara. El rostro de Gorgo es el otro, el doble de nosotros mismos, o el Extranjero, en reciprocidad con nuestro rostro como una imagen en el espejo, pero una imagen que sería, a la vez, menos y más que nosotros mismos: simple efecto y realidad del Más Allá”; Geneviève Allard y Pierre Lefort, La Lefort,  La máscara másca ra;; Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1988, p. 109. 109. Véas Véasee Pablo Pablo Naca Nacach ch,,  Máscaras sociales  sociales  (Debate, Barcelona, 2008) y   William T. Vollmann,  Kissing the Mask (2010). Iris Murdoch, en  Bajo la red  (1954), hace decir a Jake que las máscaras que contempla son “alarmantes, y las  volví a dejar al instante donde estaban” (Iris Murdoch, Bajo Murdoch,  Bajo la red ; traducción de María Consuelo Gironés, Círculo de Lectores, Barcelona, 1971, p. 56). “Resulta irónico que esa máscara, que viene en tu ayuda, destinada a velar por tu integridad, a preservarte tal como eres, resulte un método como otro cualquiera para cambiar de personalidad”; Agustín Fernández Mallo,  Limbo (17). Robert Bringhurst tiene un poema onírico, “Su sueño”, donde se lee: “Llama a su hermana / para que le ayude. Ella arroja / la caña con el cebo / de plumas, y los rostros / surgen del agua / temblando. De los fragmentos / rotos de los rostros / ella conforma / la máscara. Cuando él se la pone / sus manos se agitan en un cascabeleo”; Robert Bringhurst, La Bringhurst, La belleza de las armas (201-202). armas (201-202).  Véase los estudios de William Egginton, citados y aplicados por L. MartínEstudillo, “El sujeto (a)lírico en la poesía española y su trasfondo barroco”,  Hispanic Review, Review, vol. 73, n. 3, Summer 2005, [pp. 351-370], p. 363. “Lo que nos aterra de la calavera es descubrir que es también una máscara, la máscara que se pone en la nada, el disfraz con que nos mira nadie.”; Francisco Umbral,  Mortal y rosa  rosa  (15). Entre el homenaje y la parodia hallamos este texto de Bellatin: “el analista [...] dijo que deseaba evitar la interferencia que producía el traslado del analizado al gabinete. En ese desplazamiento está la trampa, señaló. El paciente, en el tiempo que mediaba entre su espacio habitual y el lugar de la consulta, contaba con un tiempo precioso para ir colocando una serie de máscaras a su condición real”; M. Bellatin, La Bellatin,  La jornada de la mona y el paciente (10). “El rostro”, escribe Rodrigo Fresán, “no es el espejo del alma; el rostro es la máscara que se pone el alma cada vez que tiene que mirarse al espejo”; Rodrigo Fresán, La Fresán, La parte inventada in ventada (179).  (179). “Sé que soy una máscara. Hay quien duda de

esa verdad absoluta. Todos vestimos disfraces: ¿quién seré yo?”; P. Pujante,  El absurdo fin de la realidad  (52).  (52). Otros poemas con referencia a la máscara: Federico García Lorca, “Mascarada” (Obras 985). “Y sé que debajo de / la máscara del sueño lo que se ve / es una máscara y que siempre / tras de la verdad la verdad se esconde”; Agustín García Calvo, Libro Calvo,  Libro de conjuros (71). conjuros (71). Valverde toca el tema varias veces: “todos huyen de alguien, / a todos les persigue sigilosa / la sombra del que fueron / y temen, como a nada, / la máscara furtiva / que apenas les dibuja / su rostro en el espejo”; Álvaro Valverde, A Valverde,  A la debida de bida distancia; distancia; Hiperión, Madrid, 1993, p. 30; “Para, contempla: / este espejo revela al fin tu máscara”; Álvaro Valverde, “Una  visión”, Desde  visión”, Desde fuera (26). “Pasar es mi disfraz. No conoceré nada en ti o en el otro / si no tengo la boca de una máscara; / o bien, bajo la tinta de lo que restituye, la hoja de arena / que me cubre con sus distribuciones inmóviles: / colocado en mi existir, disfrazado en mi apenas, apenas, paso [...] / Mi disfraz es la debilidad. El otro es un imposible / para mi sustraída mano: sostengo en su rostro / la llama que nos separa –pero en este sopor yo mismo / no puedo sostenerme”; David Huerta (Versión (Versión 11). “[...] Y me da una risa amarga / esta máscara que paseo por Lower East Side / [...] siento cómo dentro de mí despiertan / voces o almas que me hablan / como un teatro de sombras. / Soy el escenario y la niebla / que ellas han creado”; D. Doncel ( En ningún paraíso 16-17). paraíso 16-17). En su libro  La educación física  física  (Pre-Textos, Valencia, 2010), Pablo Fidalgo Lareo representa a un sujeto escenificado, escenificado, que muchas veces aparece incluso encima de un escenario, dialogando con la figura del amante. Olvido García Valdés: “te recordó / la cara de tu hijo y cómo a veces / la sientes lejana y desconocida / como una máscara”; El máscara”; El tercer jardín; jardín ; Ediciones del Faro,  Valladolid, 1986; “si me / miraras, viva / máscara / que vi”; vi” ; Y todos estábamos vivos; vivos; op. cit., p. 101. Ver también Jordi Doce, “Máscaras” ( Anatomía del miedo 64). En un poema incluido en  El viento de los náufragos (Plural, México D.F., 2005), la poeta mexicana Mónica Velászquez Guzmán une los topos de la cara y la máscara, el doble gemelar (es un poema sobre dos gemelas idénticas) y el espejo: “Están hechas / de voces infinitas que multiplican / lo que son y lo que no son / siguen el camino del oído / dominan el límite impreciso / entre la máscara y la cara. / ellas / se miran, se oyen, se siguen / un día de repente / se confunden / un día de repente / se desconocen / en un espejo de ida y vuelta / fundan los extremos del hilo / se cuentan la vida en dos versiones”; Poema publicado en  PRL. Primera Revista Latinoamericana de Libros; Libros; septiembre / noviembre 2007, p. 26). “Dices Uno / y huye el ser / a su muchedumbre como ante Juliano / se esfuminaron los dioses/ en un verso de Kavafis / Te quedas solo entonces / sobre la escena, desde el fondo / contemplado / por una máscara vacía”; Javier Moreno,  La imagen y su semejanza ( 218). 218). En el mismo libro tiene un poema

titulado “Incitación a la máscara”, que incluye la frase: “no dudes en ser otro” (233). Tato, “Poema de las máscaras”: Todas las máscaras bailan contra este mundo, / conspiran contra el rostro de lo igual a sí mismo, / zapan el acueducto de la vida a la muerte, / de la muerte mu erte a la vida. / Abrazan a los nombres, / pronuncian a los cuerpos, / derrocan la verdad. Porque yo soy otro, / porque soy tú y por tanto tú eres otro, / por eso el mundo ya no es este mundo / ni este rostro el nuestro / y la muerte no existe. / [...] Porque eres otro, / porque eres yo y escribo tu poema, / porque somos nosotros y cualquiera, / por eso el mundo gira y está quieto / y la muerte no existe. (Cara (Cara máscara) máscara) “Tres máscaras llevo como tres llagas sobre el rostro”; Miguel Veyrat, “Con tres máscaras yo…” ( El hacha de plata 56). plata 56).

 Yo es otra. La subjetividad femenina en la poesía contemporánea Biruté Ciplijauskaité, “Desde la marginalidad hacia el centro a través de la palabra”, en Mª. Á. Hermosilla y Amalia Pulgarín Cuadrado,  Identidades culturales; culturales; Universidad de Córdoba, 2001, p. 214. Tras citar interesantes usos del espejo en la prosa de Helena Parente Cunha, Josefina Aldecoa y Martín Gaite, la profesora Ciplijauskaité establece una tesis interesante: “Más de un crítico ha afirmado que la mujer escribe siempre la misma novela, buscándose [...] la cuestión de la identidad en formación está siempre presente, ya que la mujer no ha tenido todos los siglos de experimentación y ejercicio que han conferido seguridad al hombre, más capaz de establecer distancia entre el yo que escribe y los personajes que crea. Lo confirman varios estudios de psicología, entre ellos los de Carol Gilligan” (215). Olga Bernad describe el modo en que se “ha convertido en otra. La última vez que vi con ojos de gitana / me acercaba a un espejo y, al mirarme, encontré una pupila azul tan fría / que comenzó a nevar sobre las horas. / Es más fácil quererme siendo otra” ( Perros de noviembre 17). Quizá el motivo es “que me salve de este yo / que ya me cansa”, Ana Pérez Cañamares ( Alfabeto ( Alfabeto de cicatrices  cicatrices  16). “la otra opción sería corer / o volverme otra”, Fernanda García Lao (Carnívora (Carnívora 36) Escribe Danielle Régnier-Bohler: “if the mirror could be used to reveal imperfections of dress and hairdo, it also served, even more effectively, to bare moral imperfections and narcissistic excesses. In many texts the mirror appears as an instrument of edification. [...] In John of Condé’s  Dit du miroir, miroir, for example, a man insists on having a double mirror so he can look at himself ‘inside and out’; indeed, there exists a mirror ‘à belle gent’ which must be present night and day, a mirror whose observe is ‘obscure and diverse’”; Danielle Régnier-Bohler, “Imagining the Self”, en Georges Duby, Philippe Ariès

 y Arthur Goldhammer (eds.), A History of Private Life: Revelations of the Medieval World; Harvard University Press, 1988, pp. 391-92. La misma autora cita varios textos muy significativos al respecto. Entre ellos este de Olivier de la Marche, del siglo XVI, incluido en Le en  Le parement des dames en vers: vers : “una mujer debe mirarse en un espejo por dos razones: para ver su cara y para ver su conciencia”). Otra autora que ha reescrito mitos tradicionales femeninos adaptándolos a una realidad no heteropatriarcal es la argentina Cristina Peri Rossi; véase su “Afrodita” (en Caballé, La Caballé, La vida 400).  Woolf tiene un u n relato interesante sobre la feminidad fe minidad y el azogue: “La mujer del espejo: un reflejo”, incluido en  Relatos completos  completos  (traducción de Catalina Martínez Muñoz); Alianza, Madrid, 1994. Véase Paula Parroni, “Cuadros, espejos y fantasmas: imaginación y memoria en los cuentos de Virginia Woolf”, Turia, Turia, nº 81-82, mayo 2007, pp. 215ss. “[...] frente a la exclusión patriarcal que relegó a la mujer a una cosificación, al menos las últimas décadas han sido sensibles a una liberación que tiene todavía mucho que andar, pero que al menos ha puesto las condiciones para un cambio progresivo [...] Es el momento en el que la mujer se ha mirado al espejo y ha comenzado a deshilacharse la lengua, a contar su intimidad sin tapujos, a narrar su percepción de la realidad sin mayores tamices mediadores, a instaurar un sujeto femenino seguro y en condiciones de –al menos- una mayor igualdad” (“Imaginario y realidad ante el siglo XXI. ¿El mejor de los escenarios posibles?”,  Virgilio Tortosa (ed.):  Escrituras del desconcierto. El imaginario creativo del siglo XXI ; Universidad de Alicante, Servicio de Publicaciones, Alicante, 2006, p. 49. “Ser tantas contigo / y bailar los pasos / que conducen a la cueva / donde recuerdo mi rostro”; Concha García, Lo García, Lo de ella; ella; Icaria, Barcelona, 2003, p. 22

Otros ejemplos de “yo líquido” Sebastian: Well, I am standing water.  Antonio: I’ll teach you how to flow.  William Shakespeare, The Tempest

De esta figura encontramos un ejemplo literario notable en la ya citada novela de Italo Calvino El Calvino  El caballero inexistente, inexistente, donde el autor presenta a Gurdulú, un modelo de yo líquido, líquido, que es así descrito: “Según los países que atraviesa –dijo el sabio hortelano– y los ejércitos cristianos o infieles a los que va a la zaga, lo llaman Gurludú o Gudi-Ussuf o Ben-Va-Ussuf o Ben-Stabul o Pestanzul o Bertinzul o Martibón u Homobón u Homobestia, o bien el Adefesio del Valle, o Juan Payaso, o Per Pachugo. Puede ocurrir que en una alquería perdida le den un nombre completamente distinto de los otros; también he observado que en todas partes sus nombres cambian de una estación a otra” (31).

“[...] yo era todo versátil y flexible, y sencillamente me sentía como si fuera líquido: adaptable, adimensional, fluyendo hacia donde hiciese falta algo, proporcionando la necesaria vaselina para, a continuación, fluir hacia la siguiente situación de necesidad…”; Evan Dara,  El cuaderno perdido; perdido; Pálido Fuego, Málaga, 2015, p. 236, traducción de José Luis Amores. Podíamos leer en Juan Bernier: “En el pozo del yo, hundirme quiero, / buscar el agua, el agua escondida, el suelo / más hondo” ( Poesía ( Poesía completa 195), y en David Leo García: “esperando, no ya ser hasta siempre, sino haber sido desde siempre, agua” (en Villena, La Villena,  La inteligencia 513). Juan Vicente Piqueras: Entro despacio en mí. Abro y admiro / mi colección de fósiles, de espacio, / de errores y de adverbios de lugar. / Le quito el polvo a aquí. Les pongo nombre. / Acaricio sus formas caprichosas / como el agua de azar que las labró. / Pienso en el poco esfuerzo y mucho mar / que me ha costado hacerme con tan rara, / preciada colección / de heridas heredadas y de miedos / que ya son míos, de dolor, de errores. / Despacio hoy entro en mí / y me siento orgulloso de estar muerto. (32) “Autorretrato desnudo”, de Vinyet Panyella: El barreño de cinc / aquí es un recipiente de plástico que uso / a idénticos efectos. / Su habitación, semiazulada a contraluz, / la otra mitad cálida de ocres y rosados, / es aquí la frialdad aséptica / de la baldosa blanca en la pared / y pavimento rojizo años cincuenta. // Tras el baño alza su cuerpo en triunfo y desafío, / en éxtasis de espera. / Lengüetazos de humedad descienden por ingles / y costados / hasta la toalla inútil a mis pies. // Al centro del espejo, su desnudo pletórico. / Me reconozco en las novedades de mi / topografía. / Todo es cuerpo, / materia transmutada en la sonrisa sardónica / carnal. / Esta línea sitúa los límites del antes y del / después / en medio de un trayecto franqueado por vías de / artificio / por donde fluyen sangre y agua / entre dos lances. / Horizonte partido del mismo territorio. // Fuera de cuadro, él / ha perfilado el trazo y la penumbra / de su esmeradísima toilette. toilette. // Tú no estás aquí. / No verás el desnudo hendido por la sonrisa / magenta de la carne. // Yo no soy ella. / Nos separan la distancia y la mirada / que va de un Pierre Bonnard a un Lucien Freud. (37) Para Aguado es un tema muy querido, como puede verse en este poema: “Mi vida tiene un centro cuyo nombre es naufragio. / Isla rodeada de tierra, / ese centro me pide que a sus olas arroje cada cosa que miro, / lo que pesa y gravita, las rocas y los astros, todo yo, / que me asomo al centro para verme / y sólo veo la ceguera. / Pero también mi centro tiene un centro: se llama luz ardiente. / Remolino de fuego circundado de agua, / el centro de mi centro aguarda la total extenuación, / el naufragio

absoluto de todo lo que he sido, / para entonces devolverme los ojos, que  verán sin dejar de estar ciegos. // Mas me asusta no ver desde el fondo del agua / y me aterra mirar lo que el fuego consume. / ¿Cómo podré alcanzar el centro de mi centro / si estoy encadenado al cuerpo de mi amada, a los bosques / y al aire que respiro? // Mi vida es un nombre cuyo centro es tristeza”; Jesús Aguado, “Variaciones sobre la tristeza,  VII”,  Mendigo. Antología poética 1985-2007 ; Renacimiento, Sevilla, 2008, pp. 152-53. “Bienvenido; soy yo; me dejo entrar”, escribe Neuman; v. también v. también Pilar Blanco (33); “por espejos de agua, donde el mirar / se recreaba virgen de preguntas” (Concha Lagos 241); “Y en el espejo del agua / invertidas las isletas verdes” (Cardenal 87). Un último ejemplo de tratamiento de la condición fluida del sujeto es “Desdoblamientos” de Felipe Benítez Reyes: “Toda conciencia es / un fluido sin norma, / de manera / que puedo ser de ti / o no ser nadie, / o ser incluso tú, para no ser / al instante siguiente / quien te dio lo que era” ( La ( La misma luna 54). Ejemplo de “yo prisionero” Para el personaje de Ampliación de  Ampliación del campo de batalla, batalla, de Michel Houellebecq, la prisión es corporal: “Siento la piel como una frontera, y el mundo exterior como un aplastamiento, la sensación de separación es total; desde ahora estoy prisionero en mí mismo” (174). El agua como espejo Muestra: “Detrás de mí y reflejándose en el río, caminan, mientras yo les miro en el espejo del agua” (Miguel Ángel Bernat 16); “el sol se refleja en la superficie del agua como en un espejo de plata sucia” (Gorostiza 47); “Mira el agua, cuando está tranquila, / aquí, en este remanso / y puedes inspeccionar su alma. / Ves en ella tu rostro reflejado, / el sauce y luego el lecho de rodados, / morenos cantos” (Jiménez Lozano 16); “Antes de ser yo por completo / (porque sólo al final / es uno totalmente / el que de verdad era) / en el río me miro preguntando / por aquel que ahora soy: // ¿de quién será ese rostro / que entre las aguas veo / que ya tomó la forma / de la palabra tierra?” (Rafael Ballesteros 346); “esta página / que habla de un árbol / y del espejo de un charco donde en realidad // tú no estás” (Dolan Mor Nabokov’s Mor Nabokov’s 42). “Dentro de la segunda línea, de aguas figuradas, podemos apuntar: “En el espejo falso / de mi deseo igual, pulido [...] apareció la imagen impostora / que copió de mi anhelo tu armonía. // Y el agua en pie / de su bruñida luna, / reflejó inútilmente / tu gallardía robada” (Emilio Prados, Tiempo 187); “bajo el agua lunar de los espejos” (David

Huerta El Huerta  El correo 175); “Me miro en el espejo, y en sus aguas me pregunto por qué le he dado a la muerte los labios que me salvan” (Moga,  Las horas 78).

Identidad y memoria, el tiempo como espejo  Así lo explica Juan Benet en Volverás a Región: Región: La conciencia y la realidad se compenetran entre sí: no se aíslan pero tampoco se identifican [...] Raras veces un suceso no habitual logra impresionar la conciencia del adulto sin duda porque su conocimiento la ha revestido de una película protectora [...] Pero en ocasiones algo atraviesa esa delicada gelatina que la memoria extiende por doquier [...] Hay una palabra para cada uno de esos instantes que, aunque el entendimiento reconoce, la memoria no recuerda jamás; no se transmiten en el tiempo ni siquiera se reproducen porque algo –la costumbre, el instinto, quizá– se preocupará de silenciar de silenciar y relegar a un tiempo de ficción. (92-93)  y este semblante joven se ha fundido un instante, se ha fundido tal máscara de cera, y me ha hecho ver el rostro ineluctable del viejo que se esconde  y sabe que le odiamos. Gabriel Ferrater, “La cara”  Veamos cómo frecuenta Hermann Broch en La en  La muerte de Virgilio (1945) este tópico de la edad vista a través del espejo en un párrafo magistral:  Y cuando cu ando le fue alcanzado el espejo, y la imagen familiar y extraña extrañ a de su propio rostro le miró desde él severamente reservado y al mismo tiempo imperioso [...] cuando se fijó en este rostro hueco que miraba, que llevaba en sí mismo como sumiso todos los rostros de la vida, el abismo de rostros del pasado en que se había precipitado un rostro tras otro, para sin embargo ser conservado allí eternamente, reflejado el rostro de la madre en el del niño, aunque éste no hubiese recibido la gracia de sus ojos claros, oh, cuando miró esta cadena de rostros, vio el último rostro, que aún debía agregarse y que ya se dibujaba, el rostro de su esperanza, el rostro en el que había querido transformarse por su enfermedad, y era el rostro del padre en la muerte, el rostro del alfarero moribundo colocando aquella mano que sabía dar forma, sobre la cabeza del hijo, el

rostro que pronunciaba su nombre; una rara tranquilidad salía de ese rostro, los demás rostros palidecían detrás de él, y [...] era casi indiferente a estas alturas (368) Una versión especialmente coherente con el resto de la clásica novela, en la que Broch considera que, del mismo modo que el cuerpo humano es una serie de miembros independientes pero relacionados (214), la identidad es también la suma disgregada (299) de distintas partes y elementos unidos por una multiplicidad nuclear amalgamada por el paso del tiempo, idea asimismo muy presente en otra gran novela del XX, La XX,  La muerte de mi hermano Abel (1976), de Gregor von Rezzori. Por su parte, Peter Handke escribe en  Ensayo sobre el lugar silencioso sobre silencioso sobre sí, mirando hacia el pasado, en estos términos: “y yo, o ‘el  yo de entonces’” (29). [...] un día te miras al espejo y te das cuenta / de que la fiesta se ha terminado para ti [...] / de que, sencillamente, amigo, la vida / [...] te ha pasado por encima, / y tú sin enterarte. Karmelo Iribarren, Desde Iribarren, Desde el fondo de la barra Espejos son los años que se llevan / todos mis ojos, los de ayer mirándote / y aquellos más lejanos que poseerán un día / mi difuso recuerdo, cuando sólo convoque / algún poema o quede en la leyenda oscura /de lo que aún no soy. Justo Jorge Padrón, “Trasmundo del ojo”  Aquella eterna gota que caía / enfrente del espejo y que era el tiempo, / empapado, que entraba a resguardarse. / Y aquel muchacho, en fin, como una isla, / viendo, triste, caer agua y más agua / de los cielos, del techo, de sus ojos. Lorenzo Oliván, Único norte estos años no van a repetirse. / Vivirás su carencia irremediable, / se llenará de sombras tu mirada, / te habitará el vacío y, con el tiempo, / se destruirá tu imagen del espejo. Luis Muñoz, “Fábula del tiempo”, Septiembre tiempo”, Septiembre [...] Luego, / encaramándose al espejo, / constata el deterioro. d eterioro. Chantal Maillard, Hilos Maillard, Hilos En el espejo / los bordados, las sillas, / la inútil chimenea, las naranjas / amarilleando, la camomila, / el libro. En la hipérbole del espejo / el extraviado, ella, los dos / marinos, la anciana, Pinemía, el gran gato. / Todo: la miel, el pan y la pimienta, / las baldosas etílicas, los cuchillos, la tarde / que se viene; el espejo así inmovilizado / por la vida y sus

innumerables / puntos de fuga, espontáneamente / dispuesto por la mano / meticulosa de la belleza. Carmen Pallarés, Pallarés, Antología (1979-1986) [...] que tus manos / son de un hombre que acude / con pesadez de mano enflaquecida. / Ahora y aquí, / en la espesa vigilia, / hundido ante el espejo, me contemplas. José María Micó, La Micó, La sangre de los fósiles, fósiles, 2005 En su poemario  Lo solo del animal (2012) Olvido García Valdés incluye un hermoso poema donde examina la carcasa o camisa abandonada por una larva tras su conversión en adulto. La libélula o reptil que lo dejó no se divisa alrededor, pero esos restos de piel abandonada le sirven a la poeta para una aguda reflexión sobre lo que es permanente perm anente y lo que no en el sujeto: [...] camisa delicada abandonada en el balcón, durando lluvia y viento, lo leve permanece y no lo vivo (87)

Vide también Enrique Cabezón (17) y Delibes apud Flor,  Biblioclasmo (197). “De vita beata (Café Dólar, Oviedo)”, de Gabriel Insausti: “Estar en el café, junto a una mesa / donde humea el rescoldo / de una taza caliente [...] Ver cómo se  van yendo, sin motivo, / las horas resumidas / en el cielo cuadrado / del espejo” es pejo” (s/p). Es también interesante “Juego de espejos” de Ramón Bascuñana: Una tristeza cómplice en la lluvia / en un café con mesas de fórmica, / frente a una taza de café con leche. / Observas las aceras de la calle. / A través de la luna del espejo / yo miro cómo observas las aceras / mojadas de la calle desierta / frente a una taza de café con leche. / Y, mientras reflexiono sobre el hecho / descubro en una punta de la barra / un hombre que mira cómo yo miro / a través de la luna del espejo / tu forma tan curiosa de observar / frente a una taza de café con leche / las aceras mojadas de la calle. / ¿Te has parado a pensar si alguien contempla / al hombre que en la punta de la barra / observa cómo miro la forma / tan curiosa que tienes de mirar / las desiertas aceras de la calle / frente a una taza de café con leche? ( La ( La piel 89) En términos claros, ha expuesto la difícil supervivencia subjetiva Germán Gullón: Sí puedo afirmar que el yo, el individuo, al que venimos construyendo, cuidando, [...] aparece más frágil con el paso del tiempo. Esas acciones ocurridas en la sombra, en el frío de lo inhumano, al menos deben cuestionar el concepto estereotípico de individuo. De hecho, la literatura moderna rebosa de obras donde el hombre es retratado en esa penumbra, o al menos en el borde de la misma, sea el nihilismo humano en  El proceso, proceso ,

de Kafka, o la fuerza del destino trágico en “El sur”, de Jorge Luis Borges, o el asesino irredento en La en  La familia de Pascual Duarte, Duarte , de Camilo José Cela. Si bien, los escritores en última instancia salvan al hombre, como que le insuflan la esperanza de que exista un espíritu humano benigno. (68)

Una muestra de trabajo poético de relación entre los temas del espejo y la muerte es este poema sin título de Teresa Barbero: Cuando me quedo detenida y muda / frente al espejo, asombro a mis propias pupilas, / porque detrás de esta imagen que repite / mi mismo  yo, te encuentro detenido en el aire. / No son figuraciones, es tu presencia exacta / cuando sólo tenías treinta años escasos. / Detenido en el tiempo del espejo dorado / me devuelves sonrisas, me ocultas los reproches. / A veces, el espejo juega con mi conciencia, / trata de devolverme la belleza perdida / y pesa tu sonrisa como tierra arrasada / que espera sepultarme en un pozo infinito. / Pero tú me sonríes, perdonas mi pasado; / mi presente te cubre como un blanco sudario / y mi frente se perla de la angustiosa espera / de que me digas algo. //  Apartaré el espejo para no ver tus ojos, / apartaré el espejo, lo cubriré con ramos, / rosas recién cortadas o sábanas nocturnas. // Cuando pasen los años, silencios abismales / dejarán mi memoria dormida para siempre; / entonces el espejo se romperá en pedazos / de mil estrellas rojas y mil sonrisas tuyas. (13) La retrovisión y el espejo retrovisor Paralizada en capas infinitas, transparentes, la imagen de un hombre  joven que [...] mira sus propios ojos en el espejo, esp ejo, tiene algo de anticuado, de legendario, recuerda a una estampa antigua. Mircea Cărtărescu, Lulu Cărtărescu, Lulu Está la suerte echada: / como en retrovisor de un automóvil / tu realidad se esfuma en la distancia / en tanto la memoria / tiende a cuartearse como cordobán / que nadie incluiría en una manda / de las cosas que lega / y, de hacerlo, ninguno aceptaría. // El viento que se cuela por los filos, / como lo que acarrea, es ponzoñoso: / ese mundo de espejos insondables, / prendidos día y noche, / crepúsculo y aurora, / donde la redundancia se guarece y celebra, / sin festejar más nada que el puro redundar.  Antonio Martínez Sarrión, Última Sarrión, Última fe 325 El espejo es el alma gemela de la estancia, / todo allí reverbera en cómplice himeneo. / Silencioso lagarto bebe la sombra solar. / En su marco dorado sufre por la inactiva existencia / mientras el último reflejo

sigue en él su caída / como voluble fuego de nómadas. // [...] Los faros de niebla resbalan por el cuero húmedo. / La esquiva forma en el retrovisor, en el parabrisas / pone ese vaho que nos recuerda la inmensidad de las sombras. [...] mientras el último reflejo seguía en el marco dorado su caída / como emasculado músculo sobre la tela de araña / que hay en el interior de todos los espejos. César Antonio Molina, El Molina, El rumor 74 Otros poetas como Félix Grande ( Biografía 150), Francisco Cenamor (8), Mercedes Díaz Villarías (This (This is 24), is 24), Lucía de Fraga (en López Vilar, 2016: 324), Javier Moreno (Cortes (Cortes 18), Andrés Fisher y Carmen Jodra (ambos en Rico,  Diálogos),  Diálogos), Diego Vaya (Circuito (Circuito cerrado 21), Andrés Neuman (“Persecución. / En el retrovisor / la luna llena”, Década llena”,  Década 320), o Eduardo García ( Horizonte ( Horizonte 30), han utilizado este elemento. “Emociones de cuarenta y cinco grados en los espejos retrovisores donde se proyecta un final de película”; Juan Carlos Mestre (Veinte euros de gelatina de calabaza 37) calabaza 37) Aborda el asunto, si bien uniéndolo a la identificación con el desgaste, Agustín Fernández Mallo: “el fuego, / como el retrovisor, / todo lo iguala” ( Joan Fontaine Odisea, Odisea, 2005). José Manuel Lucía Megías, en su Libro su  Libro de horas, horas, escribe: “Cada coche inicia entonces su particular danza de inútil apareamiento, / y desde los espejos retrovisores hilos de deseos enlazan sus telarañas” (18), y Pablo García Casado plantea la revisitación en “C121 revisited”: “apagas las luces circulas despacio miras por el espejo / retrovisor las cosas no han cambiado mucho // desde entonces” ( Las ( Las afueras 74). Que recuerda una visión similar, temporal estricta, de Luis García Montero: Mientras la niebla del camino borra / los límites del mundo, / hay luces que se acercan por el retrovisor / como un recuerdo / y me adelantan rápidas / en busca del futuro. ( Poesía 418) Esta es la perspectiva de José Manuel Cumbreño Cumbre ño Espada en “El retrovisor”:  A pesar de su tamaño, es el más cruel de los espejos. O el más sincero, según se mire. Su principal utilidad no es reflejar el rostro de quien lo contempla, sino mostrarle insistentemente, al tiempo que cree que avanza, lo que ha dejado atrás. (4) También podría citarse “Los ojos del retrovisor” de Joan Margarit, en Joana en Joana..

La construcción de la identidad a través del tema del espejo en la obra poética de Antonio Gamoneda Traducción del Herodías del Herodías de Mallarmé realizada por Gamoneda:

¡Basta! Sostén ante mí este espejo / ¡Oh espejo!, / agua helada por la melancolía en un charco, / cuántas veces y durantes horas, desolada por los sueños, / buscando mis recuerdos en el hielo de tu oquedad profunda, / aparecí en ti como una sombra lejana. / Pero, ¡horror!, algunas noches, en tu severa fuente, / he conocido la desnudez de mi confuso sueño. // Nodriza, ¿soy bella? (Gamoneda, Esta (Gamoneda, Esta luz 561)  Amén de los recogidos en  El espejo boscoso, boscoso, hay más ejemplos de uso del motivo del espejo en la obra de Gamoneda: Gamon eda: “La deserción sobre la boca que yo amaba (grandes banderas ante los espejos del suicidio)”, en Descripción en Descripción de la mentira ( Edad  262);  262); “Como a espejos exhaustos, nos acercábamos y nuestros rostros se revelaban al desaparecer”, en  Descripción de la mentira ( Edad   268); “y tu pensamiento / no es espejo que calla”, en Blues en Blues castellano ( Edad  193);  193); “y me busco en las aguas y las sombras”, en  Exentos II  ( Esta luz   153); “Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas húmedas. Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad”, en  Libro del frío ( frío ( Esta  Esta luz  346);  346); “Eso queda de ti, un espesor viviente. // Ves el espejo sin mercurio. Es sólo vidrio sumergido en sombra y dentro de él está tu rostro. Así // estás tú dentro de ti mismo”, en Libro en  Libro del frío ( frío ( Esta  Esta luz   392); “TU ROSTRO sale del espejo como un ala que abandona el instante. Yo amo tu rostro en el espejo; yo / amo cuanto me está abandonando”, en Cecilia ( Esta luz 493); “¿Soy yo quien mira con mis ojos?”, en Arden en  Arden las pérdidas ( pérdidas ( Esta  Esta luz  470);  470); “Ahora, / no sé por qué, he de cantar rodeado de espejos”, en Canción errónea (24).

El espejo y el sueño: onirismo y espejos enfrentados  Ver un cristal es ver en verdad, porque la mirada aspira a ver al mismo tiempo fuera y dentro, quiere la pura manifestación. María Zambrano, “Fragmentos”

Uno enfrente del otro, dos espejos / te vigilan de frente y por la espalda; / sucesiones de ti se hacen guirnalda / en fuga interminable de reflejos. // Paseo por la tienda, no muy lejos, / mirando prendas que el verano salda. / Te multiplicarán ahí sin falda / en su impotencia de mirones viejos. // Entre tú y yo tan sólo la cortina / se agita con el roce de tu giro: / tu cuerpo que se mueve al otro lado, // el golpe de tu codo. Se adivina / tu cuerpo sometido. Si abro y miro / me mirará un espejo importunado. (Álvaro García, Ser García, Ser sin sitio 45)

 Antonio Alcaide, en  Los premios perdidos (2005), escribe: “Siempre hemos estado juntos, / como dos espejos enfrentando / su vacío” (s/p). Alejandro Céspedes, en Topología de una página en blanco (2012), incluye estos versos: “hay que ser cautos al ubicarse entre los dos espejos / que cada vez que se abre un libro aparecen colocados frente a frente” (en Óscar de la Torre,  Limados 120).

El espejo roto: la multiplicidad. Sujeto múltiple y transformismo ¡Oh, qué cosa es el hombre, qué alejado del poder, de la paz y del reposo! ¡En cada hora distinta es, por lo menos,  veinte hombres diferentes! George Herbert Cada día, Wendell es menos él mismo y se vuelve más genérico. Entra en una reunión de profesores y súbitamente la habitación se llena de gente. Thomas Pynchon, The Crying of Lot 49

Son interesantes las reflexiones de Jacques Derrida sobre el término nosotros en relación con la primera persona en su ensayo Resistencias ensayo  Resistencias del de l psicoanálisis; psicoanálisis ; ahí podemos leer: “esta modalidad lógico-gramatical parece interesante, entre otras cosas, porque soy siempre yo quien dice ‘nosotros’, es siempre un ‘yo’ el que enuncia el ‘nosotros’, lo cual supone en suma, en la estructura disimétrica de la enunciación, al otro ausente o muerto, o en todo caso incompetente, o que incluso llega demasiado tarde para objetar. Uno firma por otro” (Paidós, Buenos  Aires, 1977, p. 68). La poeta Ana Pérez Cañamares, repitiendo una idea que han dicho otros vates como Chantal Maillard, sintetiza: “la poesía consiste en ensanchar el yo hasta que se convierte en nosotros” (Ana Pérez Cañamares, Ley Cañamares,  Ley de conservación del momento; momento ; La Isla de Siltolá, Sevilla, 2016, p. 41). Sin embargo, no todo en este tema es visto positivamente; el crítico Víctor Moreno le reprochaba a Muñoz Molina lo siguiente: “Si usted deplora el narcisismo suicida de una sociedad o un autor autocomplaciente, sea coherente con ello: abandone, en consecuencia, la identidad de lo individual por la identidad colectiva. [...] Si usted ha renunciado a su propia identidad para convertirse en alegoría o en modelo colectivo, está en su derecho de hacerlo, pero no estaría de más recordar que, como dice Piera (1993), ésa fue la actitud de la estética política del nazismo y del franquismo” (V. Moreno,  De brumas y de veras. La crítica literaria en los periódicos; periódicos; Pamiela, Pamplona, 1994, p. 61). El libro de Piera al que Moreno hace referencia es Contrariedades del sujeto  sujeto  (Visor Distribuciones, Madrid, 1993), citado varias veces en nuestro trabajo.

 Alrededor de 1931, Larrea apuntaba en sus cuadernos de notas: “no hay que olvidar que el yo personal es en el fondo un yo plural, constituido por la concurrencia ordenada de tantos microorganismos” (Orbe (Orbe 53-54). Según Rafael Cadenas, “Uno no es uno, uno es muchos, uno apenas existe en medio de tantos huéspedes”, R. Cadenas, “Otros dichos”, Cuadernos Hispanoamericanos, Hispanoamericanos, nº 690, diciembre 2007, p. 73. Daniel Bellón recuerda a Mahmoud Darwish (“yo soy el múltiple. Soy mi otro en una dualidad armoniosa de palabra y signo”), antes de escribir: “que me habitan tus dedos que me hacen otro. Una identidad más a la lista de los que soy”, D. Bellón, “Cerval (fragmentos)”,  La hamaca de lona, lona, nº 23, Madrid, noviembre 2008, p. 8. Felipe Bollaín: “y yo muero de ruido: soy enjambre” (“Acúfenos”,  Nayagua nº 24, julio 2016, p. 118). Un aforismo de Ana Pérez Cañamares: “Hay tantas en mí que puedo estar feliz en muchos sitios, satisfecha en ninguno” ( Ley ( Ley de conservación del momento 11). momento 11). “Conforme a nuestra cultura, los poetas tendemos a contemplar nuestro yo como fuente principal (aunque no única) del poema. La intimidad, de hecho, me parece un territorio de reflexión imprescindible en una sociedad que masifica a sus miembros fingiendo individualizarlos. Pero una cosa es el punto de partida íntimo de un poema, y otra muy distinta el lugar de llegada. Creo que, una vez pronunciadas, sus palabras evolucionan de modo horizontal hacia identidades desconocidas. Hacia un prójimo latente que multiplica las caras del personaje poético.”; Andrés Neuman, “El prójimo latente” ( Década ( Década 18). “Romper el yo en pedazos. El moi haïssable de Pascal”; Carlos Edmundo de Ory ( Diario 25). “Yo vivo en el no ser y tú en el ser”; Álvaro García, Canción en blanco; blanco; Visor, Madrid, 2012, p. 19. “la prisa me desdobla, / me vuelve un batallón de identidades”; Álvaro García, Canción en blanco; blanco; Visor, Madrid, 2012, p. 37. “Soy pedazos de un yo que se pierde”, Ana Franco Ortuño, “Sueño”, en Paraíso en  Paraíso,, n. 8, año 2012, p. 59. “Óyeme bien, yo estaba partido en mil pedazos como un silencio de barcas arrojadas por la galerna al baldío de las ingeniosidades”; Juan Carlos Mestre (Veinte euros de gelatina de calabaza 31).  A este respecto señala César Moreno Márquez: La intersubjetividad postmoderna maffesoliana se caracteriza, a grandes rasgos, por la potenciación, en cada “persona” (que no ya en el “individuo” homogéneo, unitario y cerrado en sí mismo) de sus “distintas facetas”, de la multiplicidad que la habita o del conjunto multiforme o polimorfo de sus máscaras en –esto es importante– la “teatralidad social urbana”. La intersubjetividad postmoderna depende, entonces, de una porosidad gracias a la cual el individuo explota sus múltiples potencialidades [...] La persona postmoderna se pluraliza, es “varias” y en permanente modalidad. De aquí que –concluye Maffesoli– la vida del hombre no pueda resumirse en una sola función, una sola ideología o un sexo único. (45)

También se ha ocupado de las teorías de Maffesoli Rosa Mª Rodríguez Magda en “Transmodernidad, neotribalismo y postpolítica”, en R. M. Rodíguez Magda  y María del Carmen África Vidal (eds.), Y después del posmodernismo, ¿qué? ;  Anthropos, Barcelona, 1998, pp. 52ss. En el mismo volumen, el ensayo de Manuel Ángel Vázquez Medel incide en ideas parecidas: “sin embargo, el sujeto que la vez se constituye y muere en la modernidad, convive en los procesos de resubjetivación que se recomponen en los intersticios de una totalidad rota, en los fragmentos” (“El proceso de subjetivación en la crisis de la modernidad”, en Juan Bargalló [ed.] 56). Ver el relato de Calvino “En una red de líneas que se intersecan”, en  Si una noche de invierno un viajero  viajero  (1979). La personalidad múltiple, difundida por los cineastas como elemento útil para hacer complejas las tramas de los thrillers, thrillers, se ha hecho común en nuestra literatura: “para él, será como abrir un armario y, en lugar de chaquetas, tener personalidades”; Óscar Gual, Cut and roll  (101).  (101). Eduardo García, en Una poética del límite (2005) eleva hasta el rango de necesidad de la poética actual el reconocimiento de ese resquebrajamiento: El hombre actual vive una existencia escindida, una identidad fracturada en múltiples vertientes. Al asomarnos al espejo de la página encontramos un espejo roto. Olvidemos la fantasía racionalista de un yo único, coherente, de una pieza. Tengamos el valor de mirar al fondo del espejo con honestidad y atrevimiento. Pongamos en escena ese paisaje plural, desenfocado. […]  Introspección es el camino de la íntima libertad, la senda que conduce al Otro. (257) casi soy una grieta, pero voy hacia mí. (Julio César Galán,  El primer día 80) He aquí, pues, todo lo queda de alguien… unas piezas desparejadas, unos fragmentos de gestos fijados y de objetos sin continuación [...] La muerte es eso… Construir un relato, por consiguiente, sería… pretender luchar contra ella. Todo el sistema novelesco del pasado siglo, con su pesado aparato de continuidad, de cronología lineal, de causalidad, de nocontradicción era, en efecto, como un último intento para olvidar el desintegrado estado en que nos ha dejado Dios al retirarse de nuestra alma. (Alain Robbe-Grillet 23) Jorge Eduardo Eielson escribe: “Me miro en el espejo y veo un gorila solitario / que devora terciopelo. Veo también millares y millares de d e personas” (72). “La extrema carencia de su situación, ahora multiplicada en el espejo desolador de la casona [...]”; Luis Mateo Díez, Apócrifo Díez,  Apócrifo del clavel y la espina; espina; Consejería de Castilla y León, Valladolid, 2006, p. 188. La condición esencial de los espejos como multiplicadores parece latir en esta reflexión de Mariano Peyrou: “Donde no se puede negociar con ninguna

síntesis, en el terreno de lo concreto e irrepetible, no caben los espejos. No hay nada que se pueda reflejar”; M. Peyrou, “Ecos de Aníbal Núñez”, en Miguel Casado (ed.), Mecánica (ed.),  Mecánica del vuelo. En torno al poeta Aníbal Núñez ; Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2008, p. 96. Tendemos a evitar la multiplicidad, incluso como lectores: “A veces, en una obra de teatro, varios actores interpretan un solo papel. En esos casos, la disonancia cognitiva suscitada por la presencia de múltiples actores es evidente para el espectador. En cambio, después de leer una novela, recordamos a sus personajes como si cada uno fuera interpretado por un solo actor” (Mendelsund 62). “Monólogo Frankenstein”, de Jenaro Talens: Esta luz que viene hasta nosotros / del fondo mismo de la noche / quizá resulta demasiado grande / para beberla al despertar. No sé / qué extraña suerte me condujo aquí. / Hecho con los pedazos de otros hombres / tan condenados como yo, me veo / frente a esa luz y a solas, / como si un alba ajena me arrojase / sobre un lecho de plumas / demasiado pequeño para tanto amor. / Conozco ahora las dificultades / de huir remando al viento. Sobre el agua / no quedan flores que me cubran, ni / es mi rostro el que flota en la corriente. / Tal vez si el mundo un día / deja de odiar su imagen, lo que soy / cuando se mira en mí, pueda yacer / junto a un cuerpo desnudo, como un túnel / por donde atravesar la madrugada / y  ya no importe ni me duela / que este paseo por el lago dure una eternidad. (Cantos (Cantos 486)  Ana Pérez Cañamares reflexiona sobre su “Personalidad múltiple” ( Alfabeto  Alfabeto de cicatrices 41-42). Juan Bonilla describe en “Policía antidisturbios” al agente del orden que mantiene controlados a sus numerosos y delincuenciales yoes internos ( Poemas pequeñoburgueses 12-13). Manuel Vilas escribe: “Cuántos tipos viven en mí. Cien. Dos. Uno. Dios” ( España ( España 196);  196); y Juan Francisco Ferré: “descubres una vez más el exacto significado de la palabra plural, multiplicidad ese nombre le das ahora a tu vivencia descentrada” ( La ( La vuelta  vuelta  90). Tienen también interés estos poemas de Aurora Luque y María do Cebreiro:  Ya sólo soy fragmentos, piezas sueltas de mí, / pero no soy la mano que las une. / En la pantalla el mundo / me grita cuarteado, / feliz, amargamente, / cítricamente luminoso / con su necia alegría de refresco. / Sólo soy mis fisuras. / También el mundo es sólo sus fisuras (Aurora Luque, Camaradas 49; al reproducir este poema en la antología de Domingo Sánchez-Mesa Cambio de siglo, siglo, el segundo verso apareció con una ligera variación, que afecta al sujeto elocutorio: “pero no soy la mano que me une” me une” Sánchez Mesa 160, subrayado nuestro).

Buscamos a unidade como se fose a única / forma do amor, a única forma da sabedoría. / Pero ao principio non era o un, senón o dous, / e ao dous regresarán todas as cousas. / Desde antes do comezo, o mundo sabe / que foi enxendrado polo múltiple. (María do Cebreiro, O deserto 27)  Y estos versos de Juan Luis Panero: Frente al espejo dormido de la abuela Bergnes, / ensayando el nudo de una corbata de seda, / un sorprendido adolescente te saluda y recuerda, /  y, con gastadas frases, habláis de viejos tiempos, / de resacas, r esacas, de sueños, de borrosas ciudades. / Al despediros, intentáis abrazaros, / compartir una imagen que el espejo refleje, / pero es tarde, y a oscuras, en el cuarto cerrado, / vuestras sombras tropiezan sin poder encontrarse, / fantasmas en la noche frente a un espejo roto, / hace años perdido, donde nadie se mira. (35) En estos y otros poemas es apreciable la fantasmización la  fantasmización del yo, apuntada por Juan José Lanz en un texto sobre Machado (2003).  El tema del sujeto roto: Como hormigas en fila: / un yo que se disgrega / necesita encontrar un agujero / una envoltura / un nombre, / eso que tan ufanos denominamos mundo. / / Vikram Babu pregunta: / ¿tú también? Jesús Aguado, Los Aguado, Los poemas de Vikram Babu, Babu, 2000  Aceptar que somos fragmentos cambio constante const ante [...] / liberarnos de la ilusión del yo / la trampa del libre albedrío / y los engaños de la moral [...] Jorge Riechmann, Anciano Riechmann, Anciano ya y nonato todavía, todavía, 2003 [..] Todo se rompe. El predicado rompe al sujeto y miren si al mundo lo habitan sujetos. Todo se rompe. […] Nuria Ruiz de Viñaspre, El Viñaspre, El temblor y la ráfaga, ráfaga, 2016 es una plaza más en la que he estado / sentado preguntándome y mirando / mi vida en el espejo de la mente. // Pero no es sólo / una plaza cualquiera, es una plaza / que contiene fragmentos numerosos / de quien fui y ya no soy y sigo siendo. Rafael-José Díaz, Antes Díaz, Antes del eclipse, eclipse, 2007 Quiero que mis palabras / rompan el mundo / porque el mundo me ha roto. // Construiré con cristales / un crepúsculo al borde de mi mesa.

Lorenzo Plana, “Canción de la madera” En el espejo / se ha mirado el espejo. es pejo. / ¿Quién soy de tantos? José Ángel Cilleruelo, Tapia con mirlo, mirlo, 2014  Ahora que puedo ya saber que está mi vida hecha, / en la penumbra de esta dormida habitación [...] / la miro reflejada / en los fragmentos rotos de este espejo / que no ha sobrevivido a su pasar pausado y velocísimo; / se muestran las imágenes sin voz / y el estaño perdido las extraña // ¿Y es lo que veo ahora todo cuanto viví? / Debo robar palabras, o inventarlas, y concederle al mundo / aquel fulgor que tuvo, / pues todo se me acaba, en esta habitación, / al ver mi rostro roto en todos los pedazos de este espejo ahora roto. / [...] y ni siquiera el sueño / será capaz de hilar la imagen fantasmal, que el día desvanece? / ¿La salvaréis vosotros, / que  veis lo que ahora miro, en este texto roto [...] Francisco Brines, Poesía Brines, Poesía completa (499) No es fácil responderse / y escucharse al mismo tiempo / el azogue no resiste / se hincha y quiebra la imagen / constelándola de estigmas. Blanca Varela, Ejercicios Varela, Ejercicios materiales (1978-1993) Si pudiera se algo más que una encrucijada, que un lugar donde imágenes  y tiempos se encuentran [...] / sin hondura, sin partes, sin células, sin átomos, sin conexiones múltiples de neurona a neurona, sin percepciones fragmentarias ni puzzles que encajar, / si pudiera ser yo y yo solamente, y  yo sin nada dentro, sin límites difusos, / sin fugas, sin derrames, filtraciones ni pérdidas  Ana Isabel Conejo, Atlas Conejo, Atlas (2005) inútil riqueza / de algo que desconoce de sí mismo / y teme perder sin llegar a reunirlo / en una nítida imagen, fragmentos / de su roto espejo interior. José Luis Amaro, Poemas Amaro, Poemas sacramentales (1986) Esperanzado, les envío / sondas que cruzan los espacios, / que tal vez logran suficiente / proximidad, aunque tan sólo / retornan una misma imagen: / la única imagen que conozco, / pero que ahora llega rota, / como devuelta a sus orígenes / por un espejo fragmentado. Rafael Guillén, Los Guillén, Los dominios del cóndor (2007) cóndor (2007) el habla hostil / de los otros que viven / en mí. Eduardo Moga, Cuerpo sin mí  (2007)  (2007)

porque eso somos todos, / aparecidos y desaparecidos y vueltos a aparecer / para buscarnos en los otros / los pedazos que fuimos / y tratar –vana ilusión– de recomponer en lo múltiple / el paisaje completo de lo que una vez fuimos  Antonio Orihuela (en Naz 46) inútil riqueza / de algo que desconoce de sí mismo / y teme perder sin llegar a reunirlo / en una nítida imagen, fragmentos / de su roto espejo interior. José Luis Amaro, Poemas Amaro, Poemas sacramentales recolectando esos minúsculos y dichosos pedacitos de espejo roto que soy.  Yolanda Castaño, La Castaño, La egoísta Somos difíciles de entender / cuando nos quitamos los pantalones / y nos arrojamos / con los puños cerrados al espejo. / Los trozos quedan desparramados por el suelo / y busco entonces / el cuerpo el hombre el  verdadero yo / que permanece oculto / como la voz / de una película muda. Pedro del Pozo (en Brú et alii  627)  627) Cómo recomponer el vidrio roto / Cómo obtener la imagen intacta / de lo sucedido / día a día / o sueño a sueño / o tal vez no fue así / error habrá, pero jamás mentira / jamás gloria F. García-Ramos, García-Ramos, Roto  Roto espejo de la memoria Hoy, en la edad de Cristo, / quiero coger mi verso / como un canto rodado, / firme y duro en el cuenco / de mi mano y estrellarlo / contra ese turbio espejo / a ver si ya hecho añicos, / espedazado y roto, ya indefenso, / siento latir el pulso de los míos, / el pulso tuyo y mío, el pulso nuestro. Nuria Parés (apud (apud Barral, Observaciones 331) Observaciones 331)

Muestra de poemas que reconocen la influencia de Pessoa  y heterónimos La influencia del poeta portugués es clara en clara en Leopoldo María Panero (que tituló un poema “Imitación de Pessoa” en Last en Last river 23), Antonio Martínez Sarrión (“Crónica fabulosa de Fernando Pessoa”, El Pessoa”,  El centro 101), Ada Salas (que cita a Ricardo Reis en un poema de  Arte y memoria del inocente y inocente  y a Caeiro en  Esto no es silencio), silencio), Felipe Benítez Reyes (“no Fernando Pessoa, sino ese /

agente de seguros que, con su gabardina / y su maleta de cuero, recorre las tabernas / con suelos de serrín / y va pensando / en la fragilidad de todas nuestras vidas”,  Escaparate   Escaparate  287), Eduardo García (que denominó “Personae”, con una cita de Álvaro de Campos, a una de las secciones de  Las cartas marcadas), marcadas), Rikardo Arregi (“Este autobús [...] /me ha ofrecido esta pausa, / este juego pessoano”, Debe pessoano”,  Debe decirse decirs e 56), José M. Benítez Ariza (“A la manera de Ricardo Reis”,  Nosotros   Nosotros  120), Felipe Bueno Maqueda (Como (Como usos del poeta  fingido,  fingido, 1993), Enrique García-Máiquez (“El lector es un fingidor”, en Naz 327), Mercedes Escolano (“F.P.”, en Brú et alii , 597), Jenaro Talens (“Me inventé una ciudad. Yo fui Lisboa, / y di nombre a una máscara: Pessoa”, Viaje 62), Ramón Bascuñana (“o ciertos versos soñados por Pessoa: / no quiero rosas mientras haya rosas”, rosas”,  Impostura   Impostura  10) así como en José Luis García Martín (dice José Luna Borge, hablando de García Martín: “sólo bajo este prisma se pueden explicar figuras como Pessoa o Borges, no en vano nuestro autor tiene muchos puntos en común con ambos maestros”,  Bazar 71) y en poetas asturianos  jóvenes bajo su égida como Martín López-Vega, Javier Almuzara, Xuan Bello o Pelayo Fueyo. Cerrado el ensayo, encuentro el poema de Miguel Veyrat, “El intervalo” ( El hacha de plata 69). plata 69). Destacamos también el poema “Heterónomos”, de José Luis Morante: HETERÓNOMOS Dentro de mí conviven, abocados / a una inmensa rutina sedentaria, / el  yo que pienso y otro, el que parezco. / Un pacto, que firmaran con los ojos, / les conmina / a respirarse en cierta tolerancia, / y ambos han sido absueltos / de mencionar, siquiera, / cuál fue la última causa / que les diera la vida. // Cada uno tiene ya su enclave exacto: / el yo que pienso / habita, día y noche, / la intimidad de estas cuatro paredes. / Es semejante a un niño que olvidara crecer, / y por lo mismo / nada en el mar de una sabia ignorancia. / (“Acaso sea el invierno… / es razón suficiente para explicar el cosmos.”) / Y balbucea. Ríe. / Se pierde en los espejos. Gesticula. / Colecciona recuerdos como si fueran conchas / que ha enterrado el olvido. / A veces llora, y viste el jersey gris / de la melancolía; / entonces toma un folio, / donde inicia el galope un sentimiento // y se hace reo de pertinaz tristeza, / hasta que traspapela la mirada / y descubre, cansado, / que afuera cae la lluvia / y mojan su perfil / unas livianas gotas de mi nube. // El que parezco / está en la calle de continuo. / Todos le conocéis / pues con todos comparte ese pan y esta sal / que, bajo el brazo, trae / la vida; / las cotidianas dosis / de angustia existencial, trabajo y ruido. / Con él tropiezo, / una tarde cualquiera, al doblar una esquina, / y tras justificarme torpemente: / “Hallé la puerta abierta / y me aburría…” / me despido, gozoso, y luego marcho / -el paso

lento, sepultadas / las manos en los amplios bolsillos / del vaquero– / a  ver, sin más, el mundo por mis ojos. (en Brú et alii  416-17)  416-17) La experiencia del heterónimo es similar a la que siente el escritor de discursos, que debe meterse en la piel de otras personas. En una novela sobre el tema,  Palacio Quemado (2008), Edmundo Paz Soldán describe la sensación de esa experiencia heteronómica, que no por casualidad caracteriza como un buceo en diferentes partes del yo: yo: “Gozaba trabajando para Canedo y el Coyote a la vez, en ocasiones vistiéndome diferentes trajes en una misma sentada. Sólo debía cuidarme de no mezclar las características que había desarrollado para los discursos de Canedo con las que creaba para el Coyote. No era difícil. Cuando escribía para Canedo buceaba en mi lado compasivo y utilizaba un lenguaje metafórico que ablandaba las verdades o al menos las disfrazaba o dotaba de una ambigüedad que se prestaba a interpretaciones múltiples, mientras que cuando se trataba del Coyote apelaba a la firmeza y mi lenguaje era seco, carente de florituras”;  Palacio Quemado; Quemado; Alfaguara, Madrid, 2008, p. 101. En una novela posterior, escribe: “extraviar el yo qué maravilla”; Edmundo Paz Soldán,  Iris;  Iris; Alfaguara, Madrid, 2014, p. 158. Es necesario recordar que los seudónimos y heterónomos no son sólo una cuestión identitaria, sino que también generan cuestiones de campo literario. Marc Fumaroli recuerda cómo en el Renacimiento italiano eran frecuentes los cambios de nombre, que no sólo indicaban la voluntad libresca sino, también, un nuevo contrato social del humanista: Coluccio Salutati adopa el seudónimo de Pierius [...] Pomponio Leto se siente tan identificado con su seudónimo de factura romana que se ignora su propio nombre. Estas denominaciones ficticias, muy a menudo neogriegas, son originalmente nombres de pluma de escritores modernos. Simbolizaban entonces un auténtico cambio de identidad, acompañaban una especi de rito de paso en una sociedad superior a la normal y corriente: atestiguaban el abandono del viejo hombre, gobernado por las pasiones de la vita activa, activa, y el revestimiento de otra  persona,  persona, cuyo sentido venía dado por otra sociedad, gobernada por las leyes elegidas libremente de la vita contemplativa filosófica y poética [...] señalaba a la vez una conversión personal, la entrada en una sociedad contractual y la aceptación de las convenciones literarias y morales, unas reglas de conducta que ese contrato arcadiano y académico comportaba. (Fumaroli 89) Otras veces las convenciones sociales movían al cambio de nombre, como en los casos de George Eliot / Mary Ann Evans o Cecilia Böhl de Faber / Fernán Caballero. En la actualidad, el contrato social de quien usa seudónimo o heterónimo puede materializarse de diversas formas: autores que para poder colaborar en varios medios a la vez, eligen nombres diferentes al suyo, como apuntó alguna vez Carlos Monsiváis; autores que para practicar géneros en

principio menores utilizan un heterónimo (como John Banville y su Benjamin Black o Gonzalo Torné y su Álvaro Abad); personas que por el contenido de la obra prefieren mantener sigilosa su identidad real; o personas que, en última instancia, prefieren que el texto viaje solo, sin atribución de autor, como explicó de hermosa forma Adolfo Bioy Casares: Cuando firma Y, X ya no es el pequeño dios, infalible e inobjetable, a quien la vanidad reduce a la impotencia; ya no es el pequeño caballero a quien todos ponderamos; ya no es el autor cuidadoso de su prestigio; es un pensamiento sin más amo que la verdad, es un texto solo. ( La ( La otra 6869)

La metamorfosis Un poema que marca el modo de hacer poesía metanoica es “Metempsicosis” (1898), de Rubén Darío, que puede estar detrás de algunas reencarnaciones ficticias de Borges en sus poemas.  Así reza el poema “Yo no desdice sus metáforas” de Jenaro Talens: “mi presencia persiste tras el fatigoso / juego de las opacidades, reaviva mi / textura ebria de reconversiones, de / oscuridades sucesivas, me inaugura sin / su irrevocable savia, me devuelve adonde / el presente es  visible, como cuerpo, con / la extrema coherencia de su incredulidad” ( Proximidad 87). Leire Bilbao dice en su “Poema dialogado I”: “-¿Es lo que crees? He retenido mi sangre durante cuarenta semanas, nada más. Volveré a derramar, volveré a fluir, a manar… Volveré. -¿A dónde? ¿A qué? ¿A lo que eras? -A esta nueva yo” ¿Y ya la conoces? -Está en obras y mantenimiento, como tú y siempre.” (en López Vilar, 2016: 271). Destacamos este poema de José Luis Giménez Frontín, “Autorretrato”, en el que se aprecia la recurrencia al espejo presente en muchas transformaciones: Me coloco enfrente del espejo y en seguida / me crece mucho pelo. ¡Bienvenido / hombrelobo! / Desaparece el marco del espejo / y veo un tótem señor de las tinieblas / con tres cabezas fundidas por la nuca. / Se mueve el tótem, elástico se acerca. / Pantera negra es y me miro con odio. / Sólo los ojos amarillos brillan / y escapan vahos y rugidos sordos / de mi boca maligna y peligrosa. / ¡Me tengo miedo, dios, aparta el cáliz / que el veneno rezuma y no es un juego! / Mas ahora soy un viejo que me mira / tan entrañablemente que adivino / intenta darme ánimos desde una geografía / que un día alcanzaré si aún estoy vivo. / El viejo es una vieja. La vieja es un risueño / muchacho que ahora empieza / a reír sin motivo

de sí mismo. / Muchacha que sonríe sin motivo / o que encierra un secreto hermafrodita. / No es muchacha, que es príncipe valiente / cubierto las pieles de su caza. / Cubierto con su manta de colores / se convierte en un indio de mirada / sosegada y serena, frente altiva / en cuyas sienes palpita el universo. / Pero no, sus plumas se retuercen / en renegridas greñas que resaltan / la frente roma y la bestial quijada / de un origen lacustre y cavernario. / Mas todo era una broma, una careta / infantil de cartón para unos juegos / peligrosos al alma timorata. / ¿No más que una careta? Pero ahora / quizá va a desvelarse una respuesta: / es el desierto en esa hora incierta / en que las sombras reviven a la Esfinge. / La Esfinge que sonríe levemente / ironías de piedra frente al tiempo. / La Esfinge que insinúa: “Lo que has visto / y muchísimo más, ésa soy yo, / somos tú y yo, tú si lo prefieres, / preguntó José Luis ante el espejo”. (Giménez Frontín en Moral y Pereda 138-39) “Nos conocemos tan mal que nuestro mejor autorretrato siempre lo hace otro”; Pedro Casariego Córdoba, Cuadernos amarillo, rojo, verde y azul  (76). El mito de Narciso Una bibliografía básica para el estudio del mito de Narciso en la literatura áurea sería la citada por Marcial Rubio Árquez: “pueden consultarse los trabajos de R. Schevill, Ovid and the Renaissance in Spain, Berkeley, University of California Press, 1913; F. Cannona Fernández, ‘Narciso: mito y complejo literario’, en  Estudios dedicados al profesor Mariano Baquero Goyanes, ed. V. Polo García, Murcia, Universidad de Murcia, 1974, pp. 31-47; R. Lapesa, ‘Sobre el mito de Narciso en la lírica medieval y renacentista’,  Epos, IV (1988), pp. 9-20; Y. Ruiz Esteban,  El mito de Narciso en la literatura española, Madrid, Universidad Complutense (Colección Tesis Doctorales, n2 238/90), 1990, pp. 94-118. Una perspectiva más general la proporciona el trabajo de L. Vinge, The Narcissus Theme in Western European Literature up to the Early Nineteenth Century, Lund, Gleerups, 1967”; Marcial Rubio Árquez, “El tópico del agua como espejo en Garcilaso y sus continuadores”, en Antonella Cancellier y Renata Londero (eds.),  Le arti figurative nelle letterature iberiche e iberoamericane; iberoamericane; Atti del XIX Convegno, Roma 16-18 settembre 1999; vol. II, Unipress, Padova, 2001, p. 26. A ella pueden añadirse también: Frederick Goldin, The Mirror of Narcissus in the Courtly Love Lyric; Lyric ; Cornell University Press, Ithaca, 1967; E. L. Rivers, “Albanio as Narcissus in Garcilaso's Second Eclogue”,  Hispanic Review, 41 (1973), pp. 297-304; y Merri Torras, “Bellas, sabias, narcisistas, prudentes y   vanidosas: feminidades especuladas. Una aproximación al motivo de la mujer ante el espejo”,  Extravío. Revista electrónica de literatura comparada, comparada, 2007, nº 2, 5-19, accesible en http://www.uv.es/extravio http://www.uv.es/extravio..

 Adam Bede (1859), de George Eliot: “she [...] could see a reflection of herself in the old-fashioned looking-glass, quite as distinct as was needful, considering that she had only to brush her hair and put on her nightcap. [...] Even the old mottled glass couldn’t help sending back a lovely image… Oh, yes! she was very pretty…” (Collins, London, 1952, pp. 139-140). Lolita Bosch: “tú todavía estás salvada porque tú sabes que tu rostro no es tu reflejo porque reconociste en el mar indio las mismas aguas que las que había en el lago en el que se zambulló za mbulló Narciso”; L. Bosch, Esto Bosch, Esto que ves es un rostro (27). rostro (27). Según Inés Alberdi, Las mujeres se cuidan más porque se valoran más y encuentran un placer narcisista en el cultivo de su imagen. La idea de querer ser bella y seductora no tiene porqué significar una limitación sino una dimensión creativa de la personalidad femenina, una forma de lanzar una imagen positiva de sí mismas. (33) Pero, como decimos en el ensayo, la mirada de la mujer al espejo no tiene que ser positiva, y de hecho muchas veces no lo es. Como ejemplo reciente, tenemos este poema de Elsa López:  Al pasar por delante del espejo se vio de perfil, caídos los pechos, la barriga hinchada, la cara enrojecida, enrojecidas la frente y las mejillas, los ojos enrojecidos más aún que la frente o la barbilla.  Y se odió a sí misma. O no. No lo supo muy bien. (Viaje ( Viaje a la nada 12) Tomo la información de un artículo de Brandee Strickland: “Como se puede ver al leer este resumen del mito, la tragedia de Narciso no se trata necesariamente del ‘narcisismo’ en el sentido moderno de la palabra. El ‘crimen’ para el cual Narciso es castigado no es el de quererse demasiado, sino el de rechazar a los demás. Cuando se enamora de su reflejo, es bajo influencia divina. El psicólogo  Arash Javanbakht, en un ensayo crítico del año a ño 2006, argumenta que el mito ha sido mal interpretado desde hace siglos, ya que el error auténtico de Narciso no era el del amor propio, sino el de rechazar las oportunidades de amor que se le ofrecían. Su castigo, cuando se enamoró de su reflejo, fue obra de los dioses y no el resultado del ‘narcisismo’ como se suele definir, ya que Narciso no sabía que lo que veía era su propio reflejo”; Brandee Strickland, “El mito de Narciso en la poesía española de los Siglos de Oro: la reescritura del mito y la búsqueda de la  voz femenina”;  Espéculo. Revista de Estudios Literarios, Literarios, nº 40, nov. 2008enero 2009, accesible en http://www.ucm.es/info/especulo/numero40/narciso.html. La cita del estudio

de Javanbakht es: “Was the myth of narcissus misinterpreted by freud? Narcissus, a model for schizoid-histrionic, not narcissistic, personality disorder”, American disorder”, American Journal of Psychoanalysis, Psychoanalysis, 2006, 66, 63-71.  A finales del siglo XIII se encuentra citado el mito en la colección de cuentos llamada Novellino llamada Novellino;; a principios del XIV, Dante lo cita en su  Divina comedia comedi a: es el “de quien su amor cambió a la fuente” ( Paraíso,  Paraíso, III, 18). Un notable antecedente medieval es esta canción de Ferrán Pérez, incluida en el Cancionero de Baena, Baena, del siglo XV: El gentil niño Narçiso / en una fuente engañado, / de si mesmo enamorado, / muy esquiva muerte priso. / Señora de noble riso, / e de muy graçioso brío, / a mirar fuente nin río / non se atreva vuestro viso. / Deseando vuestra vida, / aun vos dó otro cosejo: / que non se mire en espejo / vuestra faz clara e garrida. / ¿Quién sabe si la partida / vos será dende tan fuerte, / por qué fuesse en vos la muerte / de Narçiso repetida? (en Dutton y González Cuenca 422-423)

Garcilaso, Égloga I: No soy, pues, bien mirado, / tan disforme ni feo; / que aún agora me veo / en esta agua que corre clara y pura, / y cierto no trocara mi figura / con ese que de mí s’está reyendo; / ¡trocara mi ventura! / Salid sin duelo, lágrimas, corrie ndo. (129)

Teniendo en cuenta que el autoanálisis petrarquista (Petrarca dedicará al tema de Narciso el soneto XLV) es habitual en los poetas que continúan esa línea (cf. Mainer, Historia Mainer, Historia mínima 68), es lógico que la poesía renacentista se poblara de Narcisos, mito donde el autoanálisis es esencial y característico. Y no solamente en poesía: Baltasar Gracián, en  El criticón (I, 9º), hace hablar de este modo a uno de sus protagonistas, Andrenio, sobre su propio nacimiento, en un pasaje que recuerda por su tono al de Milton: “A los principios rudamente me reconocía; pero, cuando pude verme a toda luz y por extraña suerte acabé de contemplarme en los reflejos de una fuente, cuando advertí que era yo mismo el que creí otro, no podré explicarte la admiración y gusto que allí tuve; remirábame, no tanto necio, cuanto contemplativo” (103). El propio Gracián nos traslada en Agudeza en Agudeza y arte de d e ingenio el ingenio el epigrama de Pentadio, poeta latino del IV, a Narciso: “Hic est ille, suis nimium qui credidit undis, / Narcissus, vero dignus amore puer. / Cernis ab irriguo repetentem gramine ripam, / Ut per quas perut, crescere possit aquis”, que tradujo de este modo Manuel de Salinas y Lizana: “Este es el bello Narciso, / que al agua tanto creyó, / que en su cristal se abrasó, / y morir de amarse quiso. / De su engaño saca aviso / para volver a  vivir; / Mírale flor repetir / sitio en que perdió su ser, / porque le ayude a crecer / la que le ayudó a morir” (139). Dentro del Barroco seleccionamos algunas menciones destacadas al mitema:

como consulta la dama / en el espejo su tez, / ¿no consultará una vez / con la honestidad su fama? Góngora ¡Oh cuánto lisonjea el propio espejo! Lope Goza tu hermosura, / antes que en el espejo, / con unos mismos ojos, tu figura, / Casilina, la mires y la llores, / debiéndoles el fruto a tantas flores Quevedo (también en Buscón en Buscón 19) Crece el insano amor, crece el engaño / del que en las aguas vio su imagen bella Juan de Arguijo quiero que a Filis se entregue / un espejo por que tenga en qué se mire y contemple Lope de Vega ¡Encanto del sentido que me abrasa, / acaba con el mal que me traspasa, / reduce en humo lo que todo es fuego, / bórrese mi retrato, / pues cuando más me miro, más me mato! Miguel de Barrios

Como explicamos en El en  El sujeto boscoso, boscoso, el mito no pierde vigencia con la llegada de la modernidad: “La mística moderna parece nacer de una fuente enturbiada, donde un Narciso intenta contemplar su rota imagen”; María Zambrano, Hacia Zambrano,  Hacia un saber sobre el alma (1950), alma (1950), en La en  La razón 432. “Todo narcisismo es un juego con la muerte. La poesía puede caer en él”; María Zambrano,  La confesión: género literario (1943), en  La razón 374. Sobre Narciso, v. también Juan Manuel Cuartas Restrepo, Autobiografías Restrepo,  Autobiografías de filósofos y poetas; poetas; Universidad de Caldas, Manizales, 2004, pp. 22ss. “Un pequeño enfado de E. porque yo me miro mucho al espejo”; Carlos Edmundo de Ory, Diario Ory, Diario (73). En el siglo XIX, María de Zayas incluye un poema sobre Narciso (“Claras fuentecillas, / pues murmurais, / murmurad a Narciso, / que no sabe amar.”) en sus Novelas sus Novelas exemplares y amorosas (62) amorosas (62) de 1814. En el siglo XX, algunos ejemplos amén de los recogidos en  El yo boscoso: boscoso: Luis Cernuda en  Perfil del aire  aire  (“Se goza en sueño encantado, / Tras espacio infranqueable, / Su belleza irreparable / El Narciso enamorado. / Ya diamante azogado / O agua helada, allá desata / Humanas rosas, dilata / Tanto inmóvil paroxismo. / Mas queda sólo en su abismo / Fugaz memoria de plata”,  Poesía completa  completa  115-16) y Pedro Salinas en Todo más claro (“Tiende / su estancada negrura, charco mudo / a mis pies. Y en su orilla / -Narciso extraño de mi propia sombra- / con la mirada a mi mejor me busco, / al que tanto se niega, a mi inocente”, Poesías inocente”, Poesías 38). El citado Cernuda repitió en “Memoria del cielo”: La noche de airosa tersura a la ventana y el deseo erguido sobre la pereza del cuerpo. Veo la noche pero la noche no me ve. Narciso sin moralidad –

su belleza–, siempre orillas de mí, sólo dejaré la memoria de una imagen contemplada en el espejo. [...] Además la eternidad es para los mayores con experiencia. Sólo queda el presente, nada despreciable: amor como sentimiento individual, músicas acordadas. Pero este presente no los tiene y cierro los ojos buscándolos en mí, de nuevo contemplándome orillas de mi hastío [...] Seré un ángel, vocación impuesta y no electiva; pero los demás nunca verán mis alas y sólo sabré alisarlas reflejadas en el agua que engañe mi nostalgia de cielo. ( Prosa ( Prosa 1143-44) Podemos citar más ejemplos: Me miro en el espejo y no veo mi rostro. / He desaparecido: el espejo es mi rostro. / Me he desaparecido; / porque de tanto verme en este espejo roto / he perdido el sentido de mi rostro / o, de tanto contarlo, se me ha  vuelto infinito (o la nada que con él, como en todas las cosas, / se ocultaba, lo oculta, / la nada que está en todo como el sol en la noche / y soy mi propia ausencia frente a un espejo roto. Enrique Lihn, “La vejez de Narciso” Hay un excelente poema de José Manuel Caballero Bonald, “Frontera de Narciso”: Hacia una pasión desconocida voy. / No sé cómo alcanzarla, de qué forma vivirla. / Terribles por oscuras, sus señales / se vaticinan con mudable engaño /cuando a su encuentro mi esperanza guío. // Herméticos, tenaces, corrosivos, / vienen y van sus rastros por mi cuerpo. / Su mismo nombre de pasión me llena / de afán contradictorio y de ansiedad. / Sé que jamás podré rendirla / porque está rebasando las fronteras del tiempo / porque no existe amor que la vislumbre. // Lejos de mí, poblando / sueños que no conozco, innominadas vidas, / deseos sin posible valimiento, / anuncia la pasión sus turbulentas fases, / y me invade, me tienta, me seduce, / me miente con su máscara impasible, / y  voy a ella exento y la doblego / y falazmente me cautiva caut iva siempre / porque porqu e es mentira el cuerpo en que se entrega. // Incorporado a ella, me es extraño / su posesivo rostro y soy yo quien suma / desconcierto a sus sombras. Interminablemente / la buscaré sabiendo que me busco a mí mismo. (Obra (Obra poética 94-95) Para Francisco Ruiz Noguera: Símbolo de la muerte prematura, / seré la flor primera / que engalane los campos tras el hielo. / Mas hoy todo lo diera por rescatar la vida. // Consumido en mi fuego me aniquilo. / Si estuve ayer ungido de hermosura, / hoy sólo queda de ello / la limpia transparencia de mis ojos.

/ Nada queda de mí. / En pétalos mi cuerpo se convierte. // El eco de estas rocas me acusa vengativo / y maldice mi nombre; / yo sigo pregonando mi inocencia, / jamás la fatuidad vivió en mi pecho. / Contra mí las dos flechas se lanzaron, / y no se nos permite /ser víctima y  verdugo al mismo tiempo. (Francisco Ruiz Noguera, Memoria Noguera, Memoria 39)  Vale la pena recoger parte del poema de Antonio Carvajal “Siesta en el mirador”: Mi rostro era un tormento. / Nube. Gajos de sol. Rompí el espejo. / Un rostro fragmentado. Y todo el cielo. / Dormir. Pasar. No desear. ¡Deseos, / ya para qué! Mis labios. Y el silencio. / Dormido entre los muros de este huerto. // [...] Ángeles, no de llamas, sí de yeso. / Latir. Urgente azul. Estoy despierto. / Mi torre tiene un mirador y espejos. / Desde aquí miro  y toco y gozo y siento. // Su voz no amó Narciso. Amaba el eco. (Una  perdida 177-78)  Aurora Luque recupera la Narcisia la  Narcisia de Juana Castro, de la que hablamos en el ensayo, para reescribir dentro del poema “Cicladia” una parte titulada “La espalda de Narcisia”. Otros ejemplos de empleo del mito en la poesía reciente: no te inquietan / preguntas, no te duele la memoria / del ser que frente a ti se desenreda / torpemente de otros pasados cuerpos. / Ni te hieren los nombres que no oíste, / sus sílabas de hielo rompiéndose en tus besos. / Como una isla, tu contorno esquivo, / sin señas de recuerdo, sin contactos, sin puentes, / se perfecciona a solas. Josefa Parra, “Al fin y al cabo, Narciso” Si te acercas al lago o al cristal / con el rumor apenas de tu trote / pisando / sobre el oro primero perdido por Octubre, / y a la serenidad de las aguas te inclinas, / hallarás asombrado / al efebo de intonsa suavidad que se yergue / sobre un potro de nieve enfebrecida [...] J. A. González Iglesias, “Canción para el centauro adolescente”  A la dudosa luz del alba / las tres diosas se s e contonean / recién lavadas y peinadas, / cada una con un espejo / que dice: “Tú eres más hermosa” hermos a” Luis Alberto de Cuenca, “El juicio de Paris”, El Paris”,  El hacha y la rosa No conocía espejos / pero amaba las sendas / solitarias, besando las aguas cristalinas, / entre los verdes sauces y los chopos. / Allí se contemplaba, / y crecía su dicha, pues su amor era cierto / como su imagen: / fiel para siempre. // Porque amó la belleza de su rostro / y los miembros radiantes como acero, / fue tachado de impuro por los jueces /  y desterrado lejos de las fuentes. / Despreciado de todos, moriría en el

desierto. / Luego el hombre inventó bellas historias / para ocultar la  verdad del profano. // Así la muerte es precio a la belleza. José Gutiérrez, Narciso Gutiérrez, Narciso Un espejo / Trizado, casi escarcha, / Multiplica / El orgullo en las pupilas: / A imagen / Y semejanza no. Conciencia / De ser uno, diferente  y tan bello. // Si ante la rebelión dudase, ofendería / Tanto como el vacío purísimo del sexo. Juan Cobos Wilkins, “No serviré”, Espejo serviré”, Espejo de príncipes rebeldes No le faltan al lago / visitantes narcisos que se acercan / a contemplar su imagen sobre el agua. Elena Felíu Arquiola (en Sanz Villanueva 337) Donde Narciso mira / está el presente, / porque Narciso atiende a un agua / quieta como espejo de Luz /entre los árboles… // A un silencio sin fin, / sin tregua alguna, sin posible / parada sobre el tiempo. / Todo es calma a esta hora / y el ánimo está ausente: / no hay brevedad en las hojas / ni el leve descanso de las aves; / no hay extraño rumor / ni secreto en el aire vanamente / latiendo. / Silencio todo, / hasta esas bellas ninfas que observan / detrás de la espesura / quedan quietas de asombro: / Narciso mira el agua / tristemente, como la flor / que pronto ha de cerrarse, / pero no hay ademán / de molestia o cansancio, / su frente es solo blanca, / y no se enturbia el sueño / apenas comenzado. [...] José Lupiáñez, Ladrón Lupiáñez, Ladrón de fuego ella frente al espejo / parece joven y retoca sus labios y mejillas / como si fueran ajenas / mientras su imagen desde otro mundo / sencillamente le sonríe Blanca Varela, Concierto animal  Siempre protagonista del elogio / a sí misma, su conducta se atiene / a enumerar los frutos sazonados / de un árbol singular y favorable / que el azogue refleja y nunca agota. / Pelea sin cuartel. Arroja arena / contra los ojos del anonimato. / En el banquete de sus soliloquios / la forja cenital es plato único: / en todas partes amanece el yo. J.L. Morante, “A su imagen”, Largo imagen”, Largo recorrido Hoy, ¿quién se mira en ti? ¿Qué nueva niña / danza ante ti vestida de princesa / preguntándote cómo es su hermosura? Teresa Barbero, Prisión Barbero, Prisión de los espejos (…) me retuerzo al ver el miedo en mi propia cara. / Narciso se ama en el agua sucia de los lavabos públicos.

Lucía de Fraga, “El gorjeo”, en Marta López Vilar, (Tras)lúcidas 325 Se te apoyan las aguas en la mano y la oprimen, / y te puedes sentir en suspenso a ti misma, / saberte al otro lado del espejo, velando / un aliento que empaña tu corazón de pronto. María Victoria Atencia, Paulina Atencia, Paulina o el libro de las aguas Entre todos pasas Narciso para ti tan solo desconocido En tu orilla arrojado a tu pupila atónica te haces mortal azogue Fuera no lo sabes tu ojo te contempla en lo vivo Javier Moreno La Moreno La imagen y su semejanza (198) Narciso: Aquí Narciso: Aquí y ahora  Mentira, responde Eco que así lo salva del espejo Javier Moreno, La Moreno, La imagen y su semejanza (214) Transcribimos el poema de Andrés Neuman, “Narciso frente al WC”: ¿No es hermosa la imagen de Narciso / que se conserva intacta en estas ondas / de formas reposadas o redondas / en la taza de claro mármol liso? // Acércate, Narciso, no te escondas / que ha llegado el momento del aviso: / aunque parezca tarde, el hado quiso / que se acaben tus poses  y respondas. // Será mejor soltar esa premura, prem ura, / que no se impongan las coqueterías / al deber de los hombres con Natura. // Caerá una lluvia fina en aguas frías / y admirarás la auténtica figura / de ese rostro que tanto protegías. ( Sonetos 39) “Narciso / sólo puede esperar la muerte como destino pues queda / atrapado en su imagen, en el espejo. / Solo se tiene a sí mismo como sujeto en goce fratricida”, Miguel Veyrat, El Veyrat, El hacha de plata (100). plata (100). Otros poetas que han abordado el tema de Narciso: María Lluisa Pazos (“Balada para la paz de Penélope”), María Victoria Atencia, Julio César Galán (“Las razones de Narciso [autoplagios]” y “Imaginaba la teta de la metafísica”,  El

 primer día 81 y 127), Miriam Jurado (66), Rodolfo Häsler ( Elleife ( Elleife), ), Gioconda Belli ( Fuego ( Fuego soy 33), José Carlos Cataño (“Ni Li Po ni Narciso mueren en el espejo. Es el espejo el que muere en sus rostros”,  Aurora 218), Javier Moreno ( Acabado en diamante), diamante), Lucas Rodríguez ( Narciso en Sodoma), Sodoma), Agustín Fernández Mallo (Ya (Ya nadie 395), Ada Salas (“Narciso muerto / abrió pausadamente sus ojos de mercurio”,  No duerme 33), Ángel Cerviño ( Impersonal 84), Ricardo Domeneck (Ciclo (Ciclo 167), Rubén Martín (114), ó Juan Meseguer (“Narciso en el gineceo”, Un secreto temblor), temblor), entre muchos otros. Como contrapunto positivo, uno de los personajes del novelista Andrés Ibáñez defiende que el narcisismo puede ser un arma de autodefensa del creador contra la presión de su medio: “Los que no conocen el mundo artístico no pueden imaginar lo feroz y despiadado que puede llegar a ser. El formidable ego que tienen a menudo los artistas no es sino el escudo necesario para resistir los golpes brutales a los que han de enfrentarse”; Andrés Ibáñez,  Brilla, mar del  Edén   Edén  (239). También parece de la misma opinión Blanca Riestra: “Se pone a pensar y piensa que el ego apesta, pero que, sin él, no es posible escribir”;  Pregúntale al bosque (97). bosque (97).

Espejos en la obra de Gabriel Celaya EL DOBLE Iba muy de prisa. Me habían citado. / Un desconocido me detuvo y me dijo… / No recuerdo qué dijo, ante mí, apresurado, / aquel hombre sonriente, gordo, rubio, un tanto calvo. / Yo quería acabar. Me habían citado. / Y él me hablaba de cosas que sólo a él le importaban / y que no sé por qué me estaba a mí contando. / Yo le dije: “Perdón. Tengo un poco de prisa”. / Y le tendí la mano. Y él la retuvo un poco. / Y entonces me di cuenta –gordo, rubio, un tanto calvo– / que estaba ante mí mismo sin espejos. / Pues yo creía que iba, pero estaba volviendo. (Celaya,  Los espejos transparentes 14) LA PUERTA Me he parado, pequeño, ante la enorme puerta / de madera oscura, con  bronces historiados. /¿Debo llamar? ¿Debo esperar? ¿Debo algo? / Parece que sí. No sé. Quizá recuerdo / al niño que trataba de llegar a la aldaba. / Yo tampoco llego, de puntillas, ni en sueños. / Y de pronto la puerta se abre lentamente, / despacio, con el leve chirrido de cien siglos, / y muestra ante mí, ansioso, de par en par, cuadrado, / un espejo de planta, y en él, quien no conozco. (Celaya, Los (Celaya,  Los espejos transparentes 15) transparentes 15)

El tema del vampiro Jesús Aguado escribe en “Película de terror”: “Al cruzar por delante del espejo creyeron / que no me reflejaba [la tensión / nos hace ver visiones y se inventa demonios] / y huyeron de la mano dando gritos”,  Mendigo 67; véanse también José Ignacio Montoto,  Estamos todos 67; Jesús Jiménez Domínguez, “Advertencia y consejos del doctor Van Helsing contra la especie depredadora de los espejos” 24, y “Súplica del vampiro”, de Jorge Riechmann, en Futuralgia en  Futuralgia 47), así como en la hispanoamericana (cf. “El vampiro”, de Delmira Agustini, o el poema “Post data”, de Enrique Lihn, en  Al bello aparecer de este lucero, lucero, 1983: “Leo estos versos como si fueran de otro / que nació y murió en mí por unos meses / de eso ya tan poco tiempo. / Pudo ser un vampiro y escribirlos con sangre / no porque haya cicatrizado la letra en el papel / ni porque aún me duelan, pero estoy agotado. / Sufro, seguramente, de anemia perniciosa”, apud Noguerol,  Enrique 101). “Recorro la casa con la levedad inconsistente de mi estado actual, y me siento finalmente en el tocador, a mirar cómo no me reflejo”; Fernanda García Lao, Fuera Lao,  Fuera de la jaula; jaula ; Emecé, Buenos Aires, 2014, p. 24. Dos vates han tratado en particular la relación entre el vampiro y el espejo; el primero es Jenaro Talens: Todo es posible aquí. Tan sólo yo / soy imposible, un rostro / sin color ni  volumen / por estas galerías donde se repiten / espejos en espejos. e spejos. Todos están deshabitados. / Nada devuelve su espesor, salvo una luz confusa, / dibujando mi ausencia entre los vidrios rotos. / Narciso fui cuando vivía. (“El testamento de Drácula”, Cantos 450) El segundo es Francisco Ruiz Noguera, quien incluye en La en  La gruta y la luz (2014) el poema “El vampiro incierto”: Mira la superficie lisa y clara / y tan solo recibe / la imagen del vacío. // ¿Por qué, si se alimenta / del aire y de las sombras, / de la noche y lo oscuro, / pero nunca de santre, / su cara está borrada / de todos los espejos? // Mira por la ventana / y un rayo luminoso / le anuncia el nuevo día. // Nada en él se deshace / cuando la luz del sol / baña todo su cuerpo. // Mas siente, sin embargo, / entre dulce y violenta, / la estaca redentora / que atraviesa su pecho. ( La gruta 23) 23)

El temor al reconocimiento y ejemplos de falta de reconocimiento subjetivo ante el espejo No sé quién soy. Sé quién no soy no soy yo. Tadeusz Dąbrowski (11)

 Amén de lo visto en la parte relativa al terror provocado por los espejos, es natural que esta tensión permanente con el no reconocimiento presida la relación con los espejos y los convierta en objetos incómodos. En el poema “Jaula de los espejos”, incluido en  Las Jaulas (1998), el poeta chileno Javier Bello se sitúa en una habitación llena de espejos. “En esta habitación viven los males” / “Ese Espejo es mi Espejo”. El resultado no parece muy satisfactorio para el personaje: “Abro los ojos / y en esta habitación miro mis males”. Microcuento de la escritora argentina Ana María Shua: “Mi cara en los sueños no coincide con mi cara en el espejo. Mi cara en el espejo no coincide con mi cara en las fotografías. Mi cara en las fotografías no coincide con mi cara en movimiento. Mi cara, decididamente, no coincide” (en Caballé, La Caballé,  La vida 345). El poeta Diego Vaya une en un poema de Un canto a ras de tierra (2006) a esta imagen la del Hamlet shakesperiano, siempre en proceso de reconocimiento a través de la vista: Pero hay algo del sueño que continúa durante el día Voy con la calavera de  Yorick en las manos ma nos Nada más que esto soy y no quiero ser soy alguien que se mira m ira en un espejo y cree estar seguro de que vive mientras la habitación vacía a la deriva atraviesa la imagen y deja en el espejo su opaca soledad Despertar es llegar a aquello que no quiero de la forma más simple.

 Andrés Catalán: “el espejo, lo que qu e el espejo / te hace elegir de tu propio rostro” ros tro” ( Ahora solo bebo té 48) té 48) Lorenzo García Vega, en “Baladas que terminan en entierro de paisano”, habla sobre “el hiriente azogue.” ( Lo que voy siendo. Antología poética 47). “I also have a tin mirror over the sink and I look into it so that someone is there  beside me. I have done don e this because Wittgenstein Wittg enstein did it. He who understood so  well the deceptions of the thinking brain. But it is dangerous to stare into  yourself. You pass through endless mirrors of self-estrangement. self-estr angement. This too is the  brain’s cunning, that you are not to know yourself”; E. L. Doctorow, Andrew’s Doctorow,  Andrew’s  Brain,  Brain, posición 1238/1679, 75%, en Kindle. “Desde el espejo me miraba el rostro; y aunque lo veía todas las mañanas de mi  vida, no conseguía acostumbrarme acostum brarme a su fealdad extraña, de igual manera que no podía acostumbrarme a la mirada huraña y ajena de mis propios ojos. [...] allí donde empezaba el rostro había una transformación hacia algo tan opuesto a lo que debería ser, que apartaba del espejo la mirada de esos ojos extraños y procuraba no pensar en ello”; Gaito Gazdánov, El Gazdánov,  El espectro de Aleksandr Wolf ;  Acantilado, Barcelona, 2015, pp. 132-33, traducción de María García Barris.

El poeta Rosendo Palma abundaba en el extrañamiento provocado por la contemplación excesiva: “Mirarnos al espejo finamente repitiendo nuestro nombre, es un ejercicio que nos confiere –además de un punto de locura– la extrañación total de nuestra propia condición primero de individuo, y luego incluso de ser humano”; “Poesía somos todos”, Némesis todos”, Némesis,, nº 6, 2002. Lo que llamaríamos la salida al exterior de uno mismo, para verse mejor, o para contemplarse, es otro tópico habitual; lo ha citado en su poética Ruth Toledano6, y es claramente visible en este poema de Antonio Hernández: Medio dormido, tras de los cristales /en cuyo fondo se instala el secreto / de una luz mortecina, en esta urna / que nos transporta como un mausoleo / hacia quién sabe dónde, o hasta quién, / que escapa para hacer fugaz lo eterno / o para descubrir que en lo fugaz / hay señales de lo imperecedero, / alguien me mira, al par de quien me vea, / con mi mismo perfil, igual cabello, / idéntica sorpresa por los ojos, / doble de un rostro que la luna ha puesto / al otro lado del cristal. Y le hablo / como si en la versión de ese reflejo, / que no pinta la luna y sí la luz / mortecina de este departamento, / fuera a darme la clave desde fuera, / como si me mirara desde un tiempo / que no es el mío igual que si alguien mira / desde los campos, ve pasar los muertos. “13”, Sagrada “13”, Sagrada forma, forma, 1994 Un poema en prosa sobre el reflejo en los escaparates está contenido en Agustín Fernández Mallo, yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del tractatus: tractatus : “Llueve, hay calles, el silencio de los escaparates saquea la acera y el rostro si me detengo y miro al través. Nunca me detengo. Cómo soportar el vértigo horizontal de los pasillos, la resonante burla de las estanterías vacías, de los maniquíes vacíos, la imparcialidad de los espejos [copia de la de los ahogados] [...] A veces me sorprende un hombre que va creciendo conmigo hasta reconocerme en el escaparate” (50). Idea Vilariño (Uruguay, 1920) en esta línea: “ve en el espejo / una cabeza rubia –no– dorada / el pelo blandamente recogido / en un lánguido moño como si / fueran la cara el cuello la cabeza / de alguna delicada bailarina”; “El espejo”,  Poemas de amor (1962); amor (1962); Lumen, Barcelona, 1984. “Aún no me da vértigo la cara en el espejo”, dice un verso de Mariano Peyrou ( La ( La voluntad de equilibrio 41), equilibrio 41), sin aclarar a qué espejo se refiere. “Al pasar delante de un espejo, vio reflejado en él un rostro tan desfigurado que pensó en consolar a aquella infeliz, pero demasiado tarde”; Lev Tolstoi,  Anna  Karénina (918);  Karénina (918); y, un poco más adelante: “¿Qué es esto? –se preguntó–. ¡Pero si soy yo!”, comprendió de repente” (923). ( 923).  Miss Dalloway (1925): “¡Cuántos millones de veces había visto su cara, y  siempre con la misma imperceptible contracción! Oprimía los labios, cuando se 6 R.

516.

Toledano, “Dudosa poética en mayo de 1996”, en Noni Benegas y Jesús Munárriz, op. cit .,., p.

miraba al espejo. Lo hacía para dar a su cara aquella forma puntiaguda. Así era ella: puntiaguda, aguzada, definida. Así era ella, cuando un esfuerzo, una invitación a ser ella misma, juntaba las diferentes partes –sólo ella sabía cuán diferentes, cuán incompatibles–, y quedaban componiendo ante el mundo un centro”; Virginia Woolf, La Woolf, La señora Dalloway (43). Dalloway (43). cuando llegas, borracho, / y te paras a verte en el espejo / la cara destruida, / con ojos todavía violentos / que no quieres cerrar. Y si te increpo, / te ríes, me recuerdas el pasado / y dices que envejezco. Jaime Gil de Biedma, “Contra Jaime Gil de Biedma”, 1968  Al pasar no te identificas en el espejo del fondo José Ángel Cilleruelo, El Cilleruelo, El don impuro, impuro, 1989  Al llegar a tu casa él ya cruza el umbral. / Imágenes gemelas, os contempláis en el espejo. / Como todos los días, / ninguno de los dos se reconoce. / Tan cerca y sin embargo / ninguno de los dos sospecha nada. Eduardo García, “En otra ciudad”, Horizonte ciudad”, Horizonte o frontera, frontera, 2003 Se ha enfriado su piel y se ha empapado / de una melancolía que no sabe que es suya, / ni de dónde le viene, ni reconoce en el espejo / cada mañana, al afeitarse. Julia Uceda, Hablando Uceda, Hablando con un haya, haya, 2010 [...] esa persona, también desconocida, con la que me cruzo en los espejos [...] Eduardo Moga, Bajo Moga, Bajo la piel, los días, días, 2010  Voy al pasado [...] Porque tal vez allí sea posible que me mire en el espejo  y vea mi rostro. Diego Doncel, Porno Doncel, Porno ficción, ficción, 2011 Rasgar el azogue del espejo para convertirlo en simple cristal transparente. El miedo a reconocerse. José Ignacio Montoto, La Montoto, La cuerda rota, rota, 2014  Al verte reflejada en el cristal / te da miedo la niebla que eres. Diego Vaya, Game Over, Over, 2015 (31) Toni Montesinos en La en La muerte escondida (2004):  A veces ocurre. Uno se mira al espejo / y parece no reconocerse, comprueba que es otro / a quien no ve hace muchos espejos. / A este

rostro le han pasado mis cosas, / este rostro es el que han visto los demás, / piensa uno, detenido en el espacio de la imagen. / Y entonces no hay palabras que decirse, / (el espejo va más deprisa que los años) / y el reflejo del tiempo responde: ese no soy yo. (49) Pero es más refinada mi duda / que la de saber de quién es este rostro / que si es mío, mío fue otro. Santiago Echandi, Emblemas Echandi, Emblemas,, “13”, 1985 Porque tal es el rostro del fracaso / que el espejo devuelve ciegamente / aun antes de llegar, dulce y demente, / el último rescoldo del ocaso. Cintio Vitier, Poemas Vitier, Poemas de mayo y junio, junio, 1988 porque yo, en realidad, no tengo nada / que ver conmigo mismo Rafael Espejo, El Espejo, El vino de los amantes, amantes, 2001 Busco mi alma en el espejo, / y encuentro solo y casi perplejo / una severa cara / con la mirada muerta” José Manuel Sánchez Vital Ante Vital Ante el espejo, espejo, 1992 En este desamparo, que es su alma, / busca la compañía de un espejo / donde, en sórdida espuma, / fija su faz, / y absorto mira un rostro semejante / que, transformado en monstruo y en muerte, / desaparece al fin. Francisco Brines, Oculta escena Te apetece quizá despertar su cuerpo y besarlo / Pero fumas lento y te miras en el espejo del fondo / Y tu rostro apenas te dice nada. / Una mañana agradeces el frescor / Que la ventana cuela, apagas el cigarrillo en el suelo, / Te acercas al baño por un vaso de agua, / Y oyes que te dice algo desde el sueño. / Al pasar no te identificas en el espejo del fondo José Ángel Cilleruelo, Cilleruelo, “Hotel Casa de mar”, de El de  El don impuro (1989) Me desnudo ante el espejo, / que devuelve, doble y frío, / un andrógino reflejo. Manuel Mantero Cómo te sientes, / dime, / ante ese rostro impuesto / que todavía no logras descifrar. Carmen Rubio, Jardín Rubio, Jardín con interior y otras penumbras, 1998

Después, frente al espejo, acariciada / por el suave tacto de tu ropa, / a solas un instante, de puntillas, / recuerdo que la vida, / desde dentro / de la camisa azul de tu pijama, / se hizo de pronto clara, llena de sol, radiante, / impúdica y terrible / como nunca, / y me sentí más cerca que nunca de mí misma. Inmaculada Mengíbar, Los Mengíbar, Los días laborables, 1988  Y en la oscura ansiedad del espejo / en lugar de columnas o restos de ánfora / alguien ha escrito en mi nombre / para ver si existía.  Antonio Lucas, Antes Lucas, Antes del mundo, mundo, 1996 Luego, frente al espejo / en la noche del día o de los siglos, / el agua clara resbalando en las manos, / el temor de no ser nada en la mirada, / la soledad, la desnudez, el llanto. Juan Lamillar, Las Lamillar, Las lecciones del tiempo, tiempo, 1998 Tras el cristal, se desconoce / el cuerpo, como un hijo / que crece, como si  jugara / y de pronto fuera desconocido. Olvido García Valdés, Ella, Valdés, Ella, los pájaros, pájaros, 1994. [...] nos hemos despertado en una habitación de hotel, a solas con un espejo cuyo reflejo tampoco sabemos si es nuestro.  A. Fernández Mallo, yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del  tractatus, tractatus, 2001 […] cuando aparece mi rostro reflejado en alguna superficie, casi no me conozco. Remedios Zafra, Los Zafra, Los que miran, miran, 2016 Un caso narrativo: “Mi desintegración llegó después [...] Supe que no podía permanecer demasiado tiempo así porque corría el riesgo de que incluso mi conciencia, esa parte de mi mente capaz de darse cuenta de que me estaba desintegrando, desapareciese en la nada. No es que no me viese en el espejo o que no vives en mis manos al mirarme en las que cerca, sino que el espacio que había entre mi propia imagen de recepción cerebral iba aumentando. El significado de mi imagen, en todos los sentidos, se perdía en esa distancia y cada  vez me resultaba más incomprensible”; Juan Trejo, La Trejo,  La máquina del porvenir (17).

La herencia de Rimbaud Cerrado ya el original de  El sujeto boscoso  boscoso  llegan a mis manos  Memoria (antología poética, 1989-2015), 1989-2015) , de Juan Antonio González Fuentes, donde se lee: “esa simetría exacta del ‘todo ha pasado’ europeo que a monsieur Rimbaud maestro de lo desierto- le hizo posible saludar a la belleza, esa calidad extrema de la utopía” (188), y Contra las cosas redondas (2016), de Jesús Jiménez Domínguez, que contiene el poema “Rimbaud regresa a casa” (17). Lawrence Durrel, “Je est un autre”: [...] El encuentro en la oscura escalera / donde la marea corría libre como un telar: / la traición de ella, él había sido testigo / de todos sus besos: a menudo / le oigo riéndose en el otro cuarto. / Ahora me vigila, cuando tarde trabajo, / dando un poema a la vida, / sus ojos reflejan la dolencia de nerval; / Oh en esta vieja casa es inútil preguntar / a los espejos, impenetrable disfraz suyo. (32-33)

Metafísica cotidiana del espejo del baño Los poetas utilizan la imagen mañanera y cotidiana del examen ante el espejo con alguno de estos tres fines: 1) Denunci Denunciar ar la crude crudeza za de la la experi experienc encia: ia: “Pero es en el baño / donde los espejos no disimulan, / escupen” (Ana Merino,  Preparativos para un viaje, viaje, 1995); “Emergemos del sueño. Suena el alba. / [...] / luego los cóndilos, las vértebras, / y las marimbas de los metatarsos / trasladan sus sonidos al aseo, / en donde la conciencia, en pie, / muda y atenta frente al azogue / emite el vaho de la soledad / y distorsiona al yo del otro lado. / La imagen turbia escucha el sufrimiento / del agua prisionera en la cisterna, / la angustia del goteo, el latigazo / del chorro…, su estrangulamiento. / El grifo chilla brillando por el níquel, / hermano de metal de la navaja / que rasura la faz contempladora; el agua en espirales se escabulle / por la calamidad del sumidero…” (Manuel Romero Romero 87-88); “Ante el espejo / me saco la cáscara de realidad / que me aísla” (Julio Espinosa,  NN , 2007); “Esta cara, la mía, recoge las señales / de secretas batallas con sonoros fracasos” (Francisco Díaz de Castro, Utilidad 78); “Sonó la alarma. Fui al cuarto de baño. / Acaricié los átomos de acero / en la hoja de afeitar. // Me miré en el espejo: estaba ausente. (José Daniel García, Coma 47); “[...] que me lave los dientes / delante del espejo donde olvido los sueños” (Diego Sánchez Aguilar 24); “Ciegos, contra el espejo, al día siguiente, /

reconstruir la noche, paso a paso, / para ver si hemos hecho una vez más / algo ya irreparable” (José Luis Piquero,  Autopsia 65); “Porque uno, a  veces, mira en la mañana / el rostro del dolor ante el espejo, / surcado por la angustia, castigado, / perdidos los encantos y el cabello / del solitario rostro: la tristeza / como una madreselva invadiéndolo todo” (Álvaro Salvador en Brú et alii 55); “Me afeito ante el espejo sin mirar / muy a fondo el azogue” (Eduardo García,  Las cartas 39); “Copié de un libro de versos / el albornoz abierto / y el llanto desesperado frente al espejo del baño” (Brenda Ascoz Carrió, en Escuín, Ocultación 43). 2) O para utilizar utilizar el espejo espejo del baño baño para indagar indagar en el sujeto sobre sobre el que el poema explora: “pero eso no resuelve gran cosa pues los críos de la india / se apagarían lo mismo aunque no soportara yo el espejo / cosa por lo demás muy literaria pues ni siquiera me sonrojo / y hasta me encanta peinarme pensando en las mujeres” (Félix Grande, Biografía Grande,  Biografía 227); “El hombre que no sabe morir / se levanta tembloroso por las mañanas. / Comprueba que cada objeto sigue en su lugar [...] / Luego, meticulosamente, ensaya con paciencia, / una vez y otra vez, los gestos cotidianos. / Frente al espejo trocea, con énfasis, su pequeña porción de intimidad [...] Concluso el ritual, sale a la calle sin temor” (Jenaro Talens, Cantos 467); “Me levanté. Tenía la cabeza / inmersa en un atasco de camiones. / Fui al espejo. Mi rostro parecía el de siempre / desde que estoy aquí: el de un tipo / que acepta sin reproches que su novia / se vaya con su amigo” (Javier Cánaves, Al Cánaves, Al sur de todo mapa, mapa, 2001); “a mí mismo me cuesta / mirarme en el espejo del lavabo / cuando cierro la puerta, / me veo feo / y al quitarme la ropa / se me arrugan los años, / se me caen los portales, / los  besos” (Jorge Díaz Martínez, La Martínez,  La piel de la memoria, memoria, 2005); “Ya corre el agua del grifo. Me lavo los dientes. ¿También yo he de vivir, como esa paloma que atraviesa las micas del aire, bajo el sol oblicuo que dora en el espejo el rostro de que carezco?” (Eduardo Moga en Naz 73). 3) O, en otros casos, casos, plantean plantean el ya estudiado estudiado no reconocimiento: reconocimiento: “Hace frío / Son las siete treinta de la mañana / De pie frente a mi espejo / pongo la radio / saco la toalla la espuma la wilkinson / y miro / esa naranja turbia que el insomnio / ha dejado en mis ojos [...] la doble hoja sigue deslizándose / continúa su camino / la hoja doble / la puta vida / con pelos y señales / frente al espejo / herida por dentro / allí donde no llega nadie” (Miguel Ángel Arcas en Brú et alii 599-600); “Y lavabos de lujo con toallas de verdad y grifos gigantescos / imitando a los grifos antiguos. / Y cuando estás allí, ¿en qué piensas? / En qué piensas en esos tres minutos en que te vence ese silencio / y queda suspendida la vida social, la alegría y los chistes, / la máscara y la risa de los bares y de los

restaurantes / y te metes allí, y coincides allí con un desconocido / que te dice / “bienvenido a la oscuridad” (Manuel Vilas,  Resurrección 39-40). “Me miro en los espejos / y no me reconozco: tras todos los que he sido, / tras todo lo que soy aquí y ahora debajo de mis propias adicciones, / tras los ríos de fuego abriéndose por la muchedumbre de mi cuerpo, / miro mi rostro y ya no encuentro nada” (Diego Vaya, Circuito cerrado  cerrado  20). “Toda experiencia trae cambios de cara / cuando el yo tiene gajos”,  Andrés Neuman ( No sé por qué 20). Otros ejemplos: “Cuando se afeitaba por las mañanas frente al espejo del lavabo, a veces Schmidt en su calidad de señor B. examinaba las suaves líneas que empezaban a aparecerle y a conectar las diversas pecas pálidas creando diseños carentes de significado sobre su cara, y se podía imaginar perfectamente las líneas más profundas y las bolsas y las ojeras amoratadas del futuro predecible de su cara y prever los ligeros cambios necesarios para afeitar sus mejillas”; David Foster  Wallace, “Señor Blandito”, Extinción Blandito”, Extinción;; Mondadori, Barcelona, 2005, p. 62. “Me levanté de la cama y corrí al espejo de encima del lavabo porque los ojos se me habían inundado de lágrimas y quería verme llorar [...] me vi pequeño, moreno, con la cara delgada y sin pizca de espiritualidad en la mirada. Empañé mi imagen con el aliento y escribí sobre el espejo, con el dedo, tal y como escribía cada día, como en un diario sin memoria:  DESAPARECE .”; .”; Mircea Cărtărescu,  Lulu;  Lulu; Impedimenta, Madrid, 2013, p. 38, traducción de Marian Ochoa de Eribe.

El otro como ficción parabólica Olvido García Valdés: Otro país, otro paisaje, / otra ciudad. / Un lugar desconocido / y un cuerpo desconocido, / tu propio cuerpo, extraño / camino que conduce / directamente al miedo. / El cuerpo como otro, / y otro paisaje, otra ciudad; / atardecer ante las piedras / más dulcemente hermosas / que has visto, / piedras de miel como luz. // También un gesto inexplicable, / díscolo para los ojos, desafío, / erizado. Cuerpo es lo otro. / Irreconocible. Dolor. / Sólo cuerpo. Cuerpo es no yo. / No yo. ( Esa ( Esa polilla que delante de mí revolotea 35) Eduardo García, “El que cruza la calle”: Despacio. Que la música / no ahogue el sonsonete de la lluvia. / Escucha. Es el momento: / el aletazo ardiente en el papel. / Eres el que camina por la calle, / embozado hasta los huesos, / con una pena oculta en la chaqueta / y un verso por decir. / Saludas la mañana con la tos / de

siempre, con la misma prisa / con la que apartas los paraguas / o agitas el café en la oscuridad. // Pero ahora estás de nuevo entre los faros. / Algo anda mal. Te espían los anuncios. / De pronto el coche negro y el frenazo. / El impacto. Tu cuerpo despedido. / Las sirenas. Los gritos. Esa angustia / del tamaño de un hombre. / Ahora cesa, / pues sólo eres un hombre que imagina / que es otro que ahora mismo cruza en rojo, / blasfema un verso roto y cae al suelo. ( No se trata de un juego 11) “Un poema apócrifo” de José Miguel Arnal: Tumbado en la penumbra me imagino / en una habitación desconocida / de una ciudad cualquiera. No conozco ninguna / ciudad lo suficiente para perderme en ella. / Imagino la calle inquietante y desierta / y su nombre que ignoro / y su silencio roto por el eco / de unos pasos que, anónimos, se alejan. // Regreso entonces a mi mesa / con el vano propósito de atrapar esas sombras, / de fijar su misterio, y su improbable / destino, entre las trampas / verbales de un poema que imagino ya escrito. / Sobre el papel en blanco al que me enfrento / soy reflejo de otro que soñó / hace siglos el mundo y su escritura / bajo la forma de un oscuro / e ilegible poema interminable. / Sin nombre y al dudoso amparo / de aquél que fue a su vez reflejo de otro nombre, / escribir el anhelo de saberse / al fin en un lugar desconocido. / Un lugar lu gar donde, al fin, desconocerse. (65-66) Cuando muera, ¿por qué / mi esqueleto, / plantado / en tierra, / no podría / ser la semilla de otro / yo mismo igual a mí / que crezca en otra parte? (Lorenzo Oliván, Visiones 14) Sé que hay más yo fuera de mí: pasea por la ciudad con el cuerpo de otro, con la geografía de otro, nutrido por humores ajenos, electrizado por fogonazos anónimos, sintiendo el pulso luctuoso de las horas. (Eduardo Moga, Bajo Moga, Bajo la piel 53) […] Mi otro yo sale a la calle paralela de la irrealidad en su ciudad de azogue. Acude a clase de interpretación y mimo en un barrio que parece el mío: el mismo verde humeante en los árboles, los mismos charcos de piel de calco, los mismos pisos, pequeños y apilados como nichos. Hace algunas compras (pocas), almuerza solo, habla en la fila del desempleo con otros como él, aunque más tristes y borrosos: murieron sus originales  y, acostumbrados a ellos, ya no saben dónde ir, qué hacer, a quién aparecerse. […] (Jesús Jiménez Domínguez, Contra las cosas redondas 78)  Y otra muestra, donde además del propio sujeto está enunciada a la persona amada, es el nostálgico “Nuestras sombras”, de Joan Margarit:

En nuestra ausencia puedo imaginarlos / en el Louvre. Son esta parte de nosotros / que permanecerá siempre en París. / En algún gran café nos despedimos. / Recordamos los viajes del pasado, / brindamos por la  vuelta. Gris, noviembre / pone en el ventanal una hoja muerta. / Y cuando nuestro viaje sea el último, / ellos, débiles sombras de nosotros, / hechos con nuestros sueños y recuerdos, quedarán solos. Jóvenes o viejos / según en qué París de todos estos / París de nuestro amor / serán nosotros en algún bistrot . ( Aguafuertes 89) Pueden citarse también como ejemplos el poema “La noche en que me dolieron las ventanas”, de Francisco Javier Irazoki ( Los ( Los hombres 80); “Matusalén”, de Francisco Ferrer Lerín y “Calle de Amsterdam”, del mexicano David Huerta ( La ( La música 16), haciendo notar que hay alguna  breve mención en textos de Agustín Fernández Mallo ( Joan  Joan Fontaine 114) y Lucas Lucas Rodríguez Rodríguez (Ciudad  294-295).  294-295).

La metáfora del individuo como ciudad: el centro y las afueras  Álvaro García:  y la propia ciudad, como un río debajo, / a veinticinco metros de indiferencia y pisos. / No hay nada que no sean letreros luminosos / o el mismo rostro de él, / que se refleja / en el cristal de otra ventana, enfrente. ( Intemperie 33-34) Pilar Verdú del Campo, “Ciudad”: Creías que habitabas la ciudad. / Tú nunca lo notaste, / pero cuando caminas / se derrite el cemento / y trepa por tus venas como sangre / y llena el corazón y te endurece. // Quizás no te des cuenta, pero el humo, / se cuela por tus poros. // Ni siquiera sopechas / que cuando ves un edificio, / brota un ladrillo en ti / y crece el rascacielos que tapará tu  boca. // Y no podrás cantar, / y no podrás reír, / y no podrás besar aunque lo intentes / porque serás de piedra; / una vulgar estatua sin peana / cubierta de excrementos de paloma. ( Axis 51) “Centro”, de Lorenzo Oliván en Puntos en Puntos de fuga (35). fuga (35). Tocar tu mano y no sentir el hueso / frío que desde dentro ahora la mueve, / sólo la piel caliente, el roce leve / de una carne hecha espíritu, sin peso; / morder luego tus labios, y en el beso / quitarle al cráneo que hay detrás relieve, / y a la nuca dureza, y que la breve / vida parezca eterna en el proceso. / Cerrarte en un paréntesis de brazos / donde no cabe el mundo, ver que rota / mi ser alrededor de tus caderas, / romper

con lo exterior todos los lazos, / y entrar en una realidad ignota, / que es sólo un centro en donde no hay afueras. (35) La llegada a esas afueras (es decir, a la perplejidad del vacío interno) se logra una vez terminada la infancia: Es el Momento Cero. / Y ya has entrado, ya estás dentro. / Sin culpa ni perdón / ya estás en tus afueras, muy lejos de ti mismo; / estás al otro lado, donde el suelo resbala / por una lluvia nueva que no huele, / y el niño que creíste tener dentro / escapa tras un seto, entre risas y rasguños, / para no volver nunca; / y lo ves, y no puedes hacer nada.

“Camino por la calle de Amsterdam / y no sé si estoy en un sueño / o si se trata de la prosa indistinta de los días [...] Quizás es una pesadilla que se introdujo / en la realidad. Veo fluir sobre mi cabeza / una bocanada de aire negro –es el smog / que en estos días alcanza una densidad / sin precedentes. A mi lado alguien grita, / se oye un disparo, un niño cae de una bicicleta / y sangra, dos automóviles que chocan [...] La locura queda ahí, / el miedo permanece, el asombro teñido de angustia / dura y se endurece. ¿Qué importa si es un sueño, / una pesadilla dentro de la realidad / o la realidad misma, con sus erizamientos, / miserias, embrutecimientos y dolores? / Yo no tengo amigos. ¿Tengo amigos? / ¿He tenido o tendré amigos alguna vez? / No me importa dónde los encuentre, / con tal de que no llegue a verlos, aquí, / en este sueño o pesadilla, o allá, en este aquí / que puede ser la realidad de la calle de Amsterdam, / en una Ciudad Irreal o en la Dimensión Desconocida”; David Huerta,  La música de lo que  pasa;  pasa; Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México D.F., 1997, p. 16. “El paseo por Londres, el primer paseo solos, libre y alegramente en una gran ciudad. Los grandes espejos de ‘Burton’, mirando a la calle, nos permitieron  vernos del brazo por primera vez”; José Luis Sampedro, Octubre, octubre; octubre;  Alfaguara, Madrid, 1981, p. 413. Dentro de la pérdida de referencias general, la inclusión del sujeto (poético, personal y también del sujeto lector) en la ciudad contemporánea disuelve aún más su identidad, perdido su núcleo estructural en la selva de símbolos que le rodea. En un texto escrito, no por casualidad, sobre Luis García Montero, expone Antonio Muñoz Molina lo siguiente: Tan duro oficio (la poesía) [...] también depara malas tardes de soledad y duelos de silencio con los espejos de los lavabos de los cines y las esquinas de citas fracasadas. En días así, cuando no hay nada que mitigue su discordia con la ciudad y el mundo, a Robinson le da miedo mirarse en los escaparates. Encrucijada de espejos y maniquíes, los escaparates entreabren para él la puerta de otras vidas, pues puede encontrar en ellos un boceto apresurado de la mujer que aliviaría su destierro, vestida con las ropas del inmediato porvenir, pero también, en un instante, puede encontrarse frente a frente con su propia imagen y no reconocerla, volviéndose extranjero hasta de su figura y favoreciendo un desdoblamiento de la conciencia y la mirada que lo convierten en testigo y perseguidor de sí mismo. Entonces, cuando camina ensimismado por la calle y encuentra en un espejo súbito la cara de alguien que durante cinco segundos es un extranjero temible o un emisario de sueños olvidados, se inicia un juego de máscaras

iguales que puede terminar ante el espejo donde el doctor Jeckyll encuentra los rasgos atroces de Mr. Hyde. 7

Esta visión de la ciudad como espejo se encuentra en el fragmento de Sánchez Robayna citado más arriba, en algún relato de Sergi Pàmies8 y en estos versos de J. Á. Cilleruelo: Cilleruelo:  Ante la luna de los bares más olvidadizos, / En el escaparate de los comercios, / Donde te detienes a contemplar fruslerías, / Como un rito, / En el agua embalsada de las fuentes, / Siempre añagaza: / Tu consentida figura se refleja siempre / En los espejos, son otras ropas, otro el deseo, / Sólo tuyos quedan los oscuros ojos. (J.Á. Cilleruelo, Cilleruelo,  “Una aventura posterior de Mariana Alcoforado”, El Alcoforado”, El don impuro) impuro) Recordando a Bonnefoy, escribe Ana Merino en La en La voz de los relojes: relojes: Mi otro yo se refleja en el escaparate de una ciudad vacía

La notredad “no sé quién soy. Nadie es nadie”; Gabriel Celaya,  Itinerario poético; poético; ed. del autor, Cátedra, Madrid, 1977, p. 134. José Manuel Cuesta Abad sobre Hölderlin: “Yo no soy el que soy, Pausanias, / y mi permanencia no se cuenta en años, / apenas sólo un resplandor que pronto ha de pasar, / una nota en la lira”. [...] estos versos reconducen a uno de los fragmentos filosóficos de Hölderlin más conocidos y comentados, “Juicio y Ser” (Urtheil (Urtheil und  Sein),  Sein), donde se lee esto: “Cuando digo Yo soy Yo entonces el sujeto (Yo) y el objeto (Yo) no están unidos de tal manera que ninguna separación pueda ser efectuada sin preterir la esencia de aquello que debe ser separado; por el contrario, el yo sólo es posible mediante esta separación del yo frente al yo. ¿Cómo puedo decir ¡Yo! Sin conciencia de mí mismo?, pero ¿cómo es posible la conciencia de mí mismo?; es posible porque yo me pongo enfrente, frente a mí mismo, me separo de mí mismo y, pese a esta separación, en lo puesto enfrente me reconozco como lo mismo [...]. Por lo tanto, la identidad no es una unión del objeto y el sujeto que 7 Antonio

Muñoz Molina, “El jardín extranjero”, en VV.AA., Complicidades; Complicidades; número especial de la revista Litoral  revista Litoral , Málaga, 1998, p. 45. Pablo Antón Marín Estrada escribe: “la vida es ese rostro que el espejo nos pilla / apenas un instante, y el volverlo a soltar” (“Retrato de encargo”, op. cit., p. 68). 8 S. Pàmies, “La otra vida”, Si vida”,  Si te comes un limón sin hacer muecas; muecas; Anagrama, Barcelona, 2007, p. 21.

tuviera lugar pura y simplemente; por lo tanto, la identidad no es = el ser absoluto”. ( La escritura 97) Pessoa: “Y yo, verdaderamente yo, soy el centro que no existe en esto sino mediante una geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este movimiento, sin que ese centro exista sólo porque todo círculo lo tiene”; F. Pessoa,  Libro del desasosiego de Bernardo Soares; Soares; Seix Barral, Barcelona, 1994, p. 48. Ejemplos narrativos: Salvador Elizondo, “La puerta” (1966), Narda (1966),  Narda o el verano (94). M. Moyano, “Querida Sharon”,  El oro celeste. celeste. M. Cărtărescu señala “la misma sensación violenta y difícil de definir que sentirías si te miraras al espejo  y no vieras a nadie”;  Lulu   Lulu  (124). “Porque nada hay más espantoso que lo que carece de identidad”; Mario Cuenca, Los Cuenca,  Los hemisferios (122). hemisferios  (122). Véase el interesante ensayo de Borges “De alguien a nadie” sobre el tema, dentro de Otras inquisiciones  inquisiciones  (en Obras completas; completas; op. cit., pp. 737ss), donde recoge formas literarias de Nada aplicadas al sujeto. “El momento de aceptación de la nadiedad: origen y punto de partida del poema”; Zanasis Jatsópulos, “Walkman”, Verbos para la rosa. Esbozo de  poética (72).  poética (72). Obras donde se aprecia la crisis existencial de la mediana edad: con cuarenta y cuatro años, publica Ramón Bascuñana Donde Bascuñana  Donde ya nunca nadie (2007), nadie (2007), un libro en verso libre dedicado a la notredad. “Mirarse en el espejo / tal vez aburra al cincuentón, pero el adolescente / no ve sino la mueca del fracaso, sin fondos, sin amante, / sin voz propia”, escribe W. H. Auden ( Los ( Los señores 333; v. también ejemplos en Luis Landero 12, Bernard Wolfe 126; Miguel Sánchez Robles 7677). Caben más ejemplos: “Durante / cuarenta años he crecido / y ahora debo menguar. / [...] Durante cuarenta años me he defendido / y ahora debo luchar contra mí” (Parreño,  Pornografía 64). Con treinta y seis años publica Felipe Benítez Reyes  El equipaje abierto (1996), que tras una significativa cita de apertura (“and the hours falling faster”, P. B.), habla precisamente de esa percepción dubitativa del tiempo vivido: “De todo comienza a hacer bastante tiempo” (Trama (Trama 165). La primera frase de la novela de José María Pérez Álvarez  Nembrot (2002) es ésta: “Los pasajeros más próximos miraron sorprendidos porque cualquiera puede sufrir una crisis de identidad, más aún si ronda los cuarenta, edad que aparentaba el que había hablado” (7). Un poema de Manuel  Vilas, llamado “Treinta y seis años”, reza de este modo: “Qué discreta es la edad mediana, qué mendaz / mesura nos da el tiempo, qué vana es la sangre mortal” ( El cielo 32). Itziar Mínguez Arnáiz escibe: “mucha gente que conoces / ha perecido allí // bienvenido a los 40” (Que ( Que viene el lobo 20) Cyril Conolly sentenciaba en The unquiet Grave: Grave: “cuarenta años, sombrío aniversario para el hedonista; para buscadores de la verdad, como Buda, Mahoma, Mencio, san Ignacio, es el momento crucial de la existencia” (418). Joseph Brodsky, en su poema “Intervención en la Sorbona”, retrasa algo la edad: “Esto es lo que la

gente sabe / después de los cincuenta. Y es la razón por la que, / al verse en el espejo, mezcla metafísica y estética” (212; v. Rodrigo Fresán,  La parte inventada 338). inventada 338). “En el atardecer de su vida, que comenzaba en la edad media al acercarse a los cuarenta (ad (ad quadragesimun aetatis annum appropinquans)”; appropinquans)”; Rafael Reig, Señales Reig, Señales de humo (203).  Referencias poéticas actuales a la notredad: María Victoria Atencia, “Nadie”: Me asomo hasta tu hondura, centro y brocal / de pozo sin respuesta, / con el recurso azul que va enseñándome / a hablarle a tu silencio. De qué me sirve ser / tu persona interpuesta aunque sepa entre quiénes, / con este modo hecho a tener hambre tuya, / alta ausencia que así me desamparas / sin que ya ni siquiera quieras llamarme nadie. ( El ( El umbral 41) Otras referencias: “ Nadie es un sitio donde lo asombroso / se vuelve carne / y donde se aniña mi, tu, su, rostro”, Julio César Galán ( El ( El primer día  día  32). “He logrado ser nadie. // Al fin logré ser nadie, y mi canción, / enferma, atañe a todos”; José Óscar López, Vigilia del asesino (46). asesino (46). “La sombra de tu pasado, / desvestida de mujer, / se descuidó de volver, / y el adiós, brújula loca, / te ha dibujado en la boca / el dolor de ya no ser” ser ” (José María Micó, “Glosa para Tango”); “Mirar y desaparecer tras la mirada vacía / disolverse, verse reflejado en la propia disolución, / sentirse fuera de lugar, extranjero en propia casa, / irse incluso de uno mismo, dejar de ser, dejarse, / abandonarse, perderse como en la distancia, / se pierde el deportado, ser una pérdida, una fuga, / alma o pájaro de luz, palabra arrastrada por el viento, / aire confundido en el aire, ser  ya nadie entre todos, / ser ya nada para volver entonces a serlo todo” (Alfredo Saldaña,  Humus 50); “Uno es nadie” (Antonio Méndez Rubio,  Para no ver el  fondo,  fondo, 2007); “Me llamo Nadie, como Ulises. / ¿Y quién responde? / Nadie: / una pared vacía, una página en blanco” (José Manuel Caballero Bonald,  La noche 15); “una ciudad inmensa [...] donde todos somos Nadie” (María Gómez Lara, Contratono, Contratono, 2015); “No tener sueños, ni lugar, ni nombre, / y allí ser nadie, sin buscar refugio / ni pretender un aire que no llega” (Talens, Cantos 469). “Nadie sabe quién es, Nadie lo sabe. / Todos saben quién es pero al saberlo / se convierten en nadie” (Jesús Aguado La Aguado La astucia 52); “[...] un espejo / que responda eres Nadie o no eres nadie / o te devuelva el testimonio pericial de las heridas / cuyos labios confirman que el exangüe forastero / que depone el chaquetón en el vestíbulo, / en efecto, / eres tú. // Qué anagnórisis de saldo” (Juan Carlos Gea 46); “Puedes llamarme nadie” (Rubén Martín,  Radiografía 11). Américo Ferrari: “Nadie cuántos nadies / nos acechan desde el silencio / agazapado / en toda voz” (“Nadie dice nada”). José Cereijo: “El hombre nace, / crece, / se reproduce –esto, –esto, sólo algunos–, algunos–, / envejece y enferma / –no – no sin

alguna angustia, incluso metafísica–, metafísica–, / y, finalmente, muere. // (En tercera  persona, lo tengo comprobado, comprobado, / resulta mucho menos melancólico)” melancólico)” (en Morante, Entonces Morante, Entonces). ).  Referencias a la identidad o a la notredad a partir de Ulises: Ulises :  Augusto Monterroso, “La tela te la de Penélope”; Hugo H ugo Hiriart, La Hiriart, La torre del caimán; caimán ;  Ángela Vallvey,  Los estados carenciales; carenciales; Manuel Rivas,  Llamadas perdidas; perdidas; Miguel Sánchez-Ostiz, Perorata Sánchez-Ostiz,  Perorata del insensato; insensato; Manuel Vilas,  España;  España; William Bedel Stanford, El Stanford, El tema de Ulises; Ulises ; Piero Boitani, L’ombra Boitani, L’ombra di Ulisse: figuri de un mito; mito; J. Choza y P. Choza, Ulises, un arquetipo de la existencia humana; humana ;  Vincenzo Consolo, El Consolo,  El olivo y el acebuche ac ebuche;; y Edith Hall The Return of Ulysses. A Cultural History of Homer’s Odyssey. Odyssey . Dentro de la poesía española han dedicado textos a Ulises, entre otros: Luis Cernuda (“Peregrino” y “Las sirenas”), Luis Alberto de Cuenca (“Nausicaa”), Jenaro Talens (“La mirada de Ulises”), José Ángel Valente (“Reaparición de lo heroico”), María Victoria Atencia (“Ulises”), David Huerta (“Ítaca”), Ángela Reyes (Carta (Carta de Ulises a una mujer que vive sola, sola , 1991), Juana Castro ( El ( El extranjero, extranjero, 2000), Joseba Sarrionandía (“Ulises vuelve a Itaca”), Luis Rogelio Nogueras (“Ulises”), Silvia Ugidos (“Circe esgrime un argumento”), Pablo García Casado (“Ithaca”), Inmaculada Mengíbar (“Karma”), Josefa Parra (“Y de repente, Ítaca”), Ana Socía Pérez-Bustamante (“Lira de Apolo”, en Moya Reinas Moya  Reinas 92), Pedro Hores (“Sin más me despido”), José Rodríguez Campos ( Mi ( Mi nombre es nadie, nadie, 1999), José Antonio Martínez Muñoz ( Nada, ( Nada, nadie, nadie, 2002), Manuel García (“Mi nombre es nadie”), José Luis Rey (“El ruido que hacen los vecinos”), José Luis Morante (“Penélope”), Ioana Gruia (“El viaje de Penélope”), Manuel Lara Cantizani (“Carta de Penélope a Ulises”) y Luis Muñoz (“De Ítaca”). “Y éramos Ulises camino a Ítaca / Y éramos Penélope tejiendo el tiempo”, Marta López-Luaces ( Después de la oscuridad osc uridad 17). Antonio Manilla, “Ulises” ( En ( En caso de duda y otros poemas de casi amor 53-54). amor  53-54).

Conclusiones Con “mirarse al espejo” no se resuelve el problema de la identidad, sólo se plantea. El espejo, ¿qué muestra? Julián Rodríguez, Lo Rodríguez, Lo improbable En un cierto sentido, el campo de batalla ha sido traspasado al fuero interno del hombre. Es ahí donde tendrá que vérselas con una parte de las tensiones y pasiones que se exteriorizaban antes en el cuerpo a cuerpo en el que los hombres se

enfrentaban directamente [...] Esta lucha a medias automática del hombre consigo mismo no conoce aún una salida dichosa. Norbert Elias, El Elias, El proceso de civilización civilización

Comentando una cita de Foucault, escribe Agamben: “Puede sin duda significar que, desde el momento en que un sujeto no nos está dado de antemano, podemos construirlo como un artista construye su obra de arte.” ( El ( El fuego y el relato 105). relato 105). “Así el ser en espiral, que se designa exteriormente como un centro bien investigo, no llegará nunca a su centro. El ser del hombre es un ser desfijado”; Gaston Bachelard, La Bachelard, La poética del espacio; espacio; FCE, México, 2000, p. 253. “Yo es literalmente cualquiera [...] Podemos decir: ‘la realidad es falsa’, por supuesto, constitutivamente falsa. Pero no está nunca bien hecha del todo [...] Es constitutivamente falsa, pero por otro lado nunca acabo de estar bien hecho del todo, nunca acabo de ser el que soy. Entonces podemos decir que en el momento trágico la verdad incide sobre la realidad, aprovechando justamente sus roturas, sus resquebrajaduras”; A. García Calvo, “La rotura del sujeto.  Acerca de la tragedia”, Archipiélago tragedia”, Archipiélago nº  nº 42, 2000, p. 53. “De ahí que el yo, más que una entidad, sea en realidad una rasgadura”; Cristina Rivera Garza, Los Garza, Los muertos indóciles; indóciles; Tusquets, México D.F., 2013, p. 64. Hay un poema del poeta cubano Manuel Díaz Martínez que dialoga con la pregunta (“¿Quién será ése?”) del poema de González, en una denodada cadena de cuestiones sobre la propia identidad, titulado “Quién”, e incluido en  Mientras traza su curva el pez de fuego (1984): cf. Jesús Munárriz (ed.), Un siglo de sonetos en español ; Hiperión, Madrid, 2000, p. 333. Algo más tarde, parecidas preguntas perplejas destila Pilar Blanco: “¿Quién vive en mí? / ¿Quién escribe mi nombre con mi letra y me oprime? / ¿Quién respira en mis labios?” ( El jardín invisible; invisible; Rialp, Madrid, 2006, p. 19). Como decíamos en  La literatura egódica, egódica, los sujetos hoy se “rehacen”, y se reinventan a sí mismos libre y continuamente como ficciones. “El arte de ‘rehacer’ prácticas y sujetos, necesariamente está del lado de la mirada: aquella mirada que se ‘antropologiza’ en la tematización de determinados tópicos que constituyen ejes. Tal vez sería mejor hacer referencia a la identidad de la disciplina, a un corpus o tradición que se va conformando a través de determinadas prácticas -discursivas y no discursivas- y que posee topos que trabajan en la constante ‘antropologización’ de la antropología como tal. [...] A la crítica al sujeto clásico y al individuo moderno debe corresponder una perspectiva antisustancialista del sujeto. Este antisustancialismo ha poseído diversas características por lo menos en las líneas teóricas esbozadas: disolución del sujeto, constitución del mismo a través de modalidades de poder, transformación en agente o desdoblamiento en prácticas táctiles y operativas”; L. Nicolás Guigou, “Rehaciendo miradas antropológicas. Acerca de prácticas y  sujetos”; Gazeta de antropología, antropología, nº 20, Granada, 2004.

El yo como ficción es una tesis bastante difundida, que viene a defender una supervivencia fantasmática o ficcional de la identidad unitaria. En este sentido, Fredric Jameson decía, hablando del videoarte, que “la subjetividad del espectador, aun estando despersonalizada, tiene a la vez una fuerte motivación para restablecer las falsas homogeneidades del ego y de la representación”; Teoría de la postmodernidad  (104).  (104).

 APÉNDICE

El horror de Jorge Luis Borges a los espejos como hipotexto constante en la literatura última en castellano9 Borges interroga a los espejos y contempla el paulatino desvanecimiento de las imágenes. Octavio Paz, El Paz, El signo y el garabato deformada en espejos de pesadilla J. L. Borg Borges es10

La herencia literaria de Borges ha sido tan extensa, universal y fructífera que Rodrigo Fresán ha podido escribir, sin pizca de exageración, que “Borges es un  virus”11. Si nos centramos en el sistema literario español, se da la curiosa paradoja de que la importancia del legado borgiano es indiscutida, frente al debate sobre la huella que la literatura peninsular dejó en él 12, con la excepción de Francisco de Quevedo y algunos otros autores. Del magisterio de Borges, a mi  juicio, vienen directamente muchos relatos y poemas escritos en España durante los últimos 30 años, sobre todo aquellos que tienen como temas el doble, las paradojas temporales, el ajedrez, los mapas, el espejo o aquellos en los que aparece, de forma más o menos velada, el miedo al azogue. A esta larga descendencia se suma la que tiene el aleph  aleph  como tema borgiano que, en sí 9 Publicado

parcialmente en V. L. Mora, “El aleph en el espejo y el espejo como aleph: hacia una lectura transatlántica de Borges”, en Julio Ortega (ed.),  Nuevos Hispanismos; Hispanismos; Iberoamericana  Vervuert, Madrid, pp. 267-87. 10 J. L. Borges, “El mapa secreto”, Textos recobrados 1956-1986; 1956-1986 ; Emecé, Buenos Aires, 2003, p. 27. 11 R. Fresán, “No-Ficciones”, Letras “No-Ficciones”, Letras libres nº libres nº 42, marzo 2005, p. 71. 12 Nada menos que “hijo airado y parricida hacia el centro de la tradición” le denomina DomingoLuis Hernández en “Borges y la paradoja de la centralidad”, Centro Virtual Cervantes. Volumen  Borges, Argentina y España 1899-1999, 1899-1999, 1999, http://cvc.cervantes.es/ACTCULT/borges/espaarge/05e2.htm.

mismo, se ha tomado en cuentos y poemas españoles y latinoamericanos como punto de partida. En España la recepción de Borges fue más temprana de lo que suele pensarse. En 1955 Juan Ramón Jiménez declaró con su habitual contundencia que Borges era “el escritor hispanoamericano más importante”13. En 1961 recibe en Mallorca el Premio Internacional Formentor (hay muchos despistados que piensan que este fue un premio francés), y poco después, en 1964, Leopoldo Azancot escribía en una nota titulada “Borges en Madrid” estas significativas palabras: “desde nuestro Siglo de Oro, ningún escritor de lengua castellana ha tenido tanta proyección universal como Borges. [...] el único hombre de nuestro tiempo que ha sido capaz de crear un pensamiento mítico”14. El hecho de que Borges estuviera mucho tiempo ausente de los libros de texto o de los manuales académicos españoles no es un dato de relieve, teniendo en cuenta que también otros muchos escritores –bastantes españoles entre ellos– quedaban sistemáticamente fuera de tales recuentos, ya fuese por razones ideológicas, estilísticas o de simple desconocimiento. Más importante me parece otro hecho: desde que la lectura de Borges se vuelve habitual en España, primero entre un sector de lectores cultos, de manera más generalizada después, los efectos literarios del imaginario del autor argentino comienzan a advertirse, indisimuladamente, en las obras de los escritores españoles. La presencia de Borges en los libros de otros autores atiende a distintas formas; puede ser explícita, diluida o en fantasma. fantasma. Justo en estos días ha aparecido un libro de relatos del mallorquín José Vidal Valicourt,  El hombre que vio caer a  Deleuze,  Deleuze, que contiene un relato titulado “Francotirador o cómo leer literalmente a Borges”. En él se describe a un psicópata que comete un crimen “azuzado” por un párrafo de Borges que repite obsesivamente: “Es el crematorio. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó…” 15, sin aclarar a qué obra del corpus  borgiano pertenece. El cuento de Vidal Valicourt resulta en una primera lectura un poco hermético, pero si el lector sabe que esas frases de Borges se incluyen en el relato titulado “Utopía de un hombre que está cansado” ( El libro de arena), arena), las cosas se aclaran un poco. De este modo, el conocimiento de la obra de Borges funciona como un hipotexto general, un imaginario de conjurados que ven el mundo, escriben y leen desde la obra borgiana, con independencia de su origen geográfico. La literatura borgiana se constituye, de esta forma, como un espacio transatlántico en sí misma, un campo cultural de juegos y referencias

13 Citado

en Ricardo Gullón, Conversaciones con Juan Ramón Jiménez ; Sibila / Fundación BBVA, Sevilla, 2008, p. 62. 14 L. Azancot, “Borges en Madrid”, en Jordi Gracia y Joaquín Marco, La Marco,  La llegada de los bárbaros. La recepción de la literatura hispanoamericana en España , 1960-1981; 1960-1981; Barcelona, Edhasa, 2004, p. 317. 15 J. Vidal Valicourt, El Valicourt,  El hombre que vio caer a Deleuze; Deleuze; Editorial Sloper, Palma de Mallorca, 2009, p. 19. 19.

cruzadas donde los símbolos borgianos establecen de manera natural un lugar de diálogo. Los procesos de aparición del legado de Borges pueden ser, y la mayoría de las  veces son, más elocuentes. De hecho, las propias editoriales, al publicar a un cuentista joven, se encargan de declarar inmediatamente su adscripción  borgiana. En el mercado literario español, se tiene la extraña –y no poco injusta– sensación de que un escritor escritor de relatos actual actual tiene que decantarse o  bien por la línea “clara” y realista del estilo carveriano, o bien por la metaliteraria y fantástica de Borges. No se busquen aquí tanto criterios artísticos como mercadotécnicos. Cada elección hace surgir de forma instantánea un sector de lectores y hasta de críticos. Cuando la editorial, por lo común con la conformidad orgullosa del autor, opta por declarar la “borgianidad” o “borgesianidad” del lanzamiento, conoce a la perfección los efectos inconscientes que producirá en su público lector: esa rúbrica presentará al joven autor como un buen conocedor de la tradición en la propia lengua, como un aspirante que demuestra su sprezzatura técnica o su virtuosismo (según el grado de retórica comercial) prosístico, como un enamorado de la literatura (en parcial detrimento de la preocupación por la realidad social – repito que todas estas consideraciones son injustas y relacionadas con el mercado y no con la cultura ni con Borges–), y como un precoz conocedor de las  bondades de la metanarración y el “escapismo” histórico o fantástico. A juicio de lo habitual de las referencias publicitaria de contraportada, parece que el etiquetado borgiano funciona, vende y emplaza automáticamente al escritor en un lugar muy concreto, y en apariencia favorable, del espectro narrativo.  Veámoslo con ejemplos: el excelente libro de cuentos de Juan Bonilla Tanta gente sola (2009) sola (2009) se presenta así por Seix Barral: “Hay en este libro una mirada que sólo con cierta ironía podría definirse como metaliteraria. Uno de sus personajes trata de llevar a la realidad un relato de Borges”. El protagonista de la novela de Diego Medrano Una puta albina colgada del brazo de Francisco Umbral (2008), según la editorial Nawtilus, “empieza su trepidante búsqueda, literaria, vital, en donde él como narrador con un amplio registro literario (Borges, Kafka, Gómez de la Serna, etc.)”. Alfaqueque Ediciones aclara en su nota de solapa que “con ecos de Borges [...], en las historias que componen Comunión [2009] Comunión [2009] Eloy M. Cebrián exprime hasta el límite las posibilidades del cuento literario…”. La “voz en off” de Hipálague apunta que en La en  La venganza de  Evaristo Cubista (2009) el escritor Antonio Zamora, “en la línea de Paul Auster  y Cortázar, del relato borgesiano y con un suave aroma tolstoiano [...] hará las delicias de todos los lectores”. En el caso del narrador Antonio Bordón, el título que él mismo elige,  Muchachos, maten a Borges (Ediciones Escalera, 2009), creo que habla por sí solo. Obsérvese que no me he remontado más allá de 2008.

De una manera u otra, estética o comercial, oblicua o explícita, la presencia de Borges en la literatura española me parece un fenómeno muy positivo en sí mismo, precisamente por su significación transatlántica. La lectura de Borges no sólo conecta a los lectores y escritores españoles con una obra literaria concreta; los envuelve en la literatura argentina primero y latinoamericana después, les invita a conocer a poetas o narradores no demasiado difundidos en la Península, como los argentinos Macedonio Fernández, Leopoldo Lugones, Enrique Banchs, José Hernández y Evaristo Carriego, o el polígrafo mexicano  Alfonso Reyes, entre otros. Les abre las puertas de parte de la historia y la geografía del Cono Sur, les sitúa en otros modos de ver, en otras perspectivas y laderas del idioma. Borges vuelve cosmopolita al lector, algo muy importante para un escritor en ciernes. Pero donde mejor se ve la huella de un autor en otra literatura y, en consecuencia, el potencial impacto transatlántico de su obra, es en los ejemplos concretos. Así, un tema y motivo universal, el del espejo, se convierte tras la obra borgiana en un nuevo topoi lírico refundado para lo libresco  libresco  y lo referencial. Por su interés en sí mismo como escritor, por su evidente influencia en los poetas y prosistas españoles que comienzan a publicar pasado 1970, por su peculiarísima relación con los espejos y por la profundidad y variedad con la que abordó el tema, es necesario partir de un somero análisis de la relación de Borges con el azogue. Según él mismo explica en “Los espejos velados”, dentro de El de El hacedor (1960):  Yo conocí de chico ese horror de una duplicación o multiplicación espectral de la realidad, pero ante los grandes espejos. Su infalible y continuo funcionamiento, su persecución de mis actos, su pantomima cósmica, eran sobrenaturales entonces, desde que anochecía. Uno de mis ruegos a Dios y al ángel de mi guardia era el de no soñar con espejos. Yo sé que los vigilaba con inquietud. Temí, unas veces, que empezaran a divergir de la realidad; otras, ver desfigurado en ellos mi rostro por adversidades extrañas.16

 Alicia Jurado hace notar cómo Borges y su hermana se horrorizaron con una imagen de su fantasía que les afectó hasta tal punto que creyeron ver a un asesino reflejado en uno de “esos terribles espejos de ropero. Era, asegura Norah, borroso y de color verde”17. La definición colorista de su hermana pintora pudo dejar a Borges un recuerdo verde sobre el fondo del espejo, cuyo rastro

16 J.

L. Borges, “Los espejos velados”,  El hacedor; hacedor; Alianza, Madrid, 1975, p. 22. En otro lugar escribe: “Yo que sentí el horror de los espejos / no sólo ante el cristal impenetrable / donde acaba y empieza, inhabitable / un imposible espacio de reflejos [...] Dios ha creado las noches que se arman / de sueños y las formas del espejo / para que el hombre sienta que es reflejo / y  vanidad. Por eso nos alarman”; J. L. Borges, “Los espejos”, El espejos”, El hacedor (Ibíd., hacedor (Ibíd., pp. 814-15). 17 Cf. María Esther Vázquez, Borges. Vázquez, Borges. Esplendor y derrota derrota;; Tusquets, Barcelona, 1996, p. 36.

terrible le dejaría marcas toda la vida18. Para Marcos Ricardo Barnatán, Borges “asocia la idea del espejo a la de la vanidad y también a la mentira”19, y en su tratamiento literario del tema se rastrean precedentes gnósticos20. Didier  Anzieu, en su estudio estud io psicoanalítico sobre Borges, concluye que su evolución fue contraria a la habitual positiva de cualquier niño, porque no se veía en él como quería ser, sino como él era, sin acompañamiento materno. Según Rodríguez Monegal, uno de los mejores biógrafos del autor, el bilingüismo pudo agravar esa difracción. El propio Rodríguez Monegal aventura una visión del espejo en Borges como metáfora de la cópula, algo forzada a pesar de su aparente sustentación en textos como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, y otros relatos y poemas. El hecho de que en alguna ocasión fueran para él semejantes (en algún momento habla de espejos “generadores”), no autoriza una extrapolación a la generalidad de la obra del argentino, sobre todo en su última parte, algo que también ha apuntado, examinando el mismo relato citado, Juan Carlos Rodríguez21. Todas las opiniones de Borges sobre espejos han sido muy reproducidas, y son hoy una especie de koinée retórica para referirse al objeto. Pero los varios poemas que Borges dedicó al azogue han generado en la poesía española contemporánea una auténtica cascada de descendientes directos, al convertir al espejo en el catalizador perfecto del “giro subjetivo”22  que la lírica española estaba tomando a finales del siglo XX y principios del XXI. Entre otros textos que se han escrito, a mi juicio con clara inspiración borgiana, podríamos citar “Los tigres de los espejos”, de Juan Van Halen; “Los espejos” y “Oráculo matinal”, de Felipe Benítez Reyes; “Los espejos”, de Luis García Montero, incluido en Habitaciones en Habitaciones separadas (1994); “Ficciones, dos poemas borgianos”, 18 

Cf. Javier García Méndez,  Espejos abominables. A propósito de la escritura de Borges; Borges; Universidad Autónoma de Querétaro, Querétaro, 1984. 19 M. R. Barnatán, Borges, Barnatán, Borges, biografía total ; Temas de Hoy, Madrid, 1995. 20  Así lo dice Margo Glantz examinando  Historia universal de la infamia: infamia: “la famosa frase que convoca a Tlön aparece ya aquí, la subrayo: ‘la tierra que habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la paternidad son abominables, porque la multiplican y afirman’. La cosmología gnóstica así enunciada se guarda en el relato. El velado rostro del profeta huye de los espejos y de su reflejo; su invulnerabilidad es una parodia que enmascara, oculta y sus artes mágicas derivan de la alquimia”; M. Glantz, “Borges: ficción e intertextualidad”, en John S. Brushwood et al., al.,  Ensayo literario mexicano; mexicano; Aldus / UNAM / Universidad Veracruzana, México D.F., 2001, p. 186. Sobre el espejo en Ficciones y, sobre todo, en “Examen de la obra de Herbert Quain”, véase Eduardo Ramos-Izquierdo, Contrapuntos analíticos a “Examen de la obra de  Herbert Quain” Op. 2; 2; Rilma 2 y ADEHL, México D.F., 2006, p. 34. 21  Juan Carlos Rodríguez,  La norma literaria; literaria; Debate, Barcelona, 2001, p. 400. “Es cierto que Borges [...] ha resaltado siempre esa fascinación literaturizada por los espejos no tanto como reduplicación de la propia imagen (...) y ni siquiera como ajenidad o alienación; sino explícitamente como vacío, hueco de la propia imagen, su nada, precisamente [...] por su posibilidad infinita de reduplicación, de reproducción. El espejo como exceso de sentido, como capacidad infinita de imágenes” ( Ibíd., ( Ibíd., pp. 406-07). 22  Tomo la expresión “giro subjetivo” de Beatriz Sarlo: “El yo está de regreso y, entre otras tendencias, lo habilita la moda. Un giro subjetivo atraviesa no sólo la literatura culta sino el testimonio, los programas de televisión, las plataformas de Internet”; “Literatura sentimental”,  Perfil , 27/07/2008. La autora tiene un ensayo sobre este tema titulado Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión ; Siglo XXI, Buenos Aires, 2005.

en  Impostura (2006), de Ramón Bascuñana; “Fervor de Buenos Aires” de Rikardo Arregi23  o en algunos poemas de  Nadie (2002), de Bruno Mesa. Especialmente visible fue el eco en el grupo de poetas llamado novísimos (reunidos por J. M. Castellet, en su conocida antología  Nueve novísimos poetas españoles, españoles, de 1970), calificados como “borgianos hasta en esto”24 por Alejandro Duque Amusco, al referirse a las alusiones al “otro” en la poesía novísima. Del influjo de Borges en la poesía española hablan también otros muchos textos, relacionados o no con el motivo del espejo, como los poemas “Los aristócratas”, de Gabriel Ferrater; “Razones de Ariosto”, de Antonio Cáceres; “Aún otros dones (J. L. B.)”, de Luis Martínez de Merlo; “El otro laberinto (J.L.B.)”, de  Antonio Jiménez Millán; “Noche de luna llena”, de Víctor Botas, en  Retórica (1992); “Recaída” y “Debajo de la piel”, de Luis Alberto de Cuenca o “El genio de la especie”, de Carlos Marzal, en La en  La vida vid a de frontera (1991)25. A ello habría que sumar las continuas citas, más o menos ocultas, en diversos poemarios de autores como Vicente Núñez, Jaime Siles, Álvaro Valverde, Juan Manuel Barrado o María Teresa Cervantes26. También, desde luego, su ascendencia puede notarse en numerosas obras narrativas, entre las que pueden citarse, por constituirse como un declarado homenaje, las novelas Quién (Destino, Barcelona, 1997), de Carlos Cañeque;  El sueño de Borges  Borges  (Algaida, Sevilla, 2005), de Blanca Riestra, y El y  El suplicio de las moscas (Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994), de Luis Manuel Ruiz. Asimismo hay varios relatos de Andrés Neuman, Manuel Talens, Rodolfo Martínez, Enrique Prochazka, Edmundo Paz Soldán, Javier Moreno o Juan Bonilla 27, y algunos fragmentos de Mario 23 “Terribles

los espejos”; Rikardo Arregi, Debe Arregi,  Debe decirse dos veces; veces; Salto de Página, Madrid, 2014 p.

22. 24  Alejandro Duque Amusco, “El valor de la palabra”, en Biruté Ciplijauskaité,  Novísimos,  postnovísimos, clásicos. clásicos. La poesía de los 80 en España España;; Orígenes, Madrid, 1990, p. 68. 25  Origen de los poemas citados: Juan Van Halen,  Los mapas interiores; interiores; Renacimiento, Sevilla, 1998, p. 30. F. Benítez Reyes tiene dos poemas titulados “Los espejos”; el primero fue publicado en  La mala compañía (1987) y el segundo en  Escaparte de venenos (2000); “Oráculo matinal” pertenece a  La misma luna (2006). G. Ferrater,  Mujeres y días; días; Seix Barral, Barcelona, 1979, p. 257. Antonio Antonio Cáceres, Cáceres, Vuelta de hoja; hoja ; Esquío, La Coruña, 1992. El poema de L. Martínez de Merlo fue incluido en Jesús Munárriz (ed.), Un siglo de sonetos en español ; Hiperión, Madrid, 2000, p. 406. El texto de Antonio Antonio Jiménez Millán Millán se encuentra encuentra en Dante Medina, Medina, José Brú, Ramsés Figueroa y Raúl Bañuelos (eds.):  Poesía viva de Andalucía; Andalucía; Universidad de Guadalajara, Jalisco, 2006, p. 100. Luis Alberto de Cuenca, Por Cuenca, Por fuertes y fronteras; fronteras; Visor, Madrid, 1996, pp. 30 y 59. 26 V. Núñez, “Borges y Abelardo Linares en el Arenal de Sevilla”,  Plaza octogonal. Poesía reunida (1951-2002); (1951-2002); Ayuntamiento de Málaga, Col. Ciudad del Paraíso, Málaga, 2007, p. 331. Dentro del poema de Siles “Partida de ajedrez” ( Estado ( Estado nunca fijo [Antología] ; Ayuntamiento de Málaga, Málaga, 2004, p. 135), encontramos versos como: “[...] Nunca se sabe / qué es lo que mueve a quién”, que apelan, desde luego, al conocido soneto borgiano sobre el ajedrez. Á. Valverde, “Borgeana”,  Desde fuera; fuera; Tusquets, Barcelona, 2008, p. 155. J. M. Barrado, “Panorama”, en Medina, Brú, Figueroa y Bañuelos (eds.):  Poesía viva de Andalucía; Andalucía; op. cit., p. 487. María Teresa Cervantes escribe: “como en los sueños, / detrás del rostro que nos mira no hay nadie”, El nadie”, El tiempo es todo mío. Antología; Antología ; Vitruvio, Madrid, 2006, p. 116. 27 Ver relato de A. Neuman, “El oro de los ciegos”, Alumbramientos ciegos”,  Alumbramientos;; Páginas de Espuma, Madrid, 2006, p. 123ss. La profesora Francisca Noguerol tiene antologados, preparando una antología inédita, 56 relatos hispanoamericanos en los que Borges es protagonista del relato. Manuel Talens, “La venganza de don Quijote”, en Medina, Brú y Bañuelos (eds.), Cuento vivo de Andalucía; Andalucía ; op. cit., pp. 578ss. R. Martínez, “El hijo de la noche”, en Laberinto en Laberinto de espejos; espejos; Berenice, Córdoba, 2006, pp. 11ss. Véase también “Los otros libros”, del joven Ramiro Sanchiz, en  Narrativas,  Narrativas, nº 15, oct.-dic.

Bellatin28, José María Pérez Zúñiga 29  y Germán Sierra30. También han sido  varios los escritores que han tomado el tema del relato de Borges “El otro” (el encuentro de un personaje con su yo unos años mayor, que Borges tomó a su vez de Giovanni Papini 31), como Ricardo Menéndez Salmón32. Y de su influencia hay testimonios y reconocimientos explícitos en autores tan diferentes como Ángela  Vallvey, Jorge Volpi y Jordi Doce33, así como ensayos dedicados al autor argentino de Francisco Ayala, Jaime Siles, Luis Antonio de Villena, Juan Bonilla, Luis Alberto de Cuenca, Pere Gimferrer, Carlos Meneses, José María Micó, Pedro Sorela, Eduardo García de Enterría, José María Conget o Victorino Polo, entre muchos otros. Del impacto que la obra del argentino ha tenido en nuestro país habla por sí solo un dato: una búsqueda en la base de datos Dialnet, de la Universidad de la Rioja, arroja un resultado de 2.206 artículos de investigación con la palabra “Borges” en el título, incluyendo varias tesis doctorales. La primera consulta fue realizada en marzo de 2009. En agosto del mismo año la suma ha subido a 2.508 documentos encontrados, con más de trescientas entradas nuevas en tres meses, lo que da prueba de que el interés investigador sobre el escritor argentino no sólo no decrece con el tiempo, sino que se intensifica. 2009, pp. 50ss. La obra de Borges y especialmente el relato “El inmortal” es una constante en la obra narrativa de Prochazka, de lo que pueden dar cuenta varios relatos de Único desierto; desierto ;  Australis, Lima, 1987, que cuenta con una introducción apócrifa titulada “Orbis tertius”. Edmundo Paz Soldán, “Un pasatiempo sin sentido”, Simulacros sentido”, Simulacros;; Biblioteca Boliviana Santillana, La Paz, 1999, p. 109. Javier Javier Moren Moreno, o, “Cervantes, “Cervantes, autor autor del del  Pierre Menard, autor del Quijote”, Quijote”,  Atractores extraños; extraños; Inéditor, A Coruña, 2009, pp. 96ss. J. Bonilla, “Matilde Urbach”,  El arte del yo-yo; yo-yo; PreTextos, Valencia, 1996, p. 113. 28  “el poeta ciego (...) cuando cumplió los nueve años dictó su primer poema. Hizo que lo escribieran con letras grandes en la pared principal de la casa donde creció. El poema se refería a los reflejos y a cómo se hacían inciertos en los espejos y en el tiempo”;  Lecciones para una liebre muerta; muerta; Anagrama, Barcelona, 2005, p. 23. 29 J. M. Pérez Zúñiga, Grismalrisk o bien El Juego de los Espejos; Espejos; Ediciones Dauro, Granada, 2002, p. 226. Seguramente influido por Borges, Borges, en un momento anterior de la misma novela había escrito Pérez Zúñiga: “los espejos tienen algo terrible, y nos acercamos a ellos con temor. Hay quien dice que es porque muestran la dualidad intrínseca de todo ser humano, porque la hacen visible. Pero eso no quita que no podamos resistirnos a hacerlo” (p. 81). 30 “Me siento como un príncipe de los sueños exiliado en un mundo casi real, o al menos eso es lo que veo cuando me miro al espejo, como diría Borges, detrás del rostro que me mira”; Germán Sierra, El Sierra, El espacio aparentemente aparentemente perdido; perdido; Debate, Madrid, 1996, p. 66. 31  El argumento está desarrollado en “Dos imágenes en un estanque”, de Papini, incluido en  El   piloto ciego (1907). En el prólogo que escribió para este libro Borges reconoció que “el olvido bien puede ser una forma profunda de la memoria. Hacia 1969, compuse en Cambrigde la historia fantástica ‘El otro’. Atónito y agradecido, compruebo ahora que esa historia repite el argumento de ‘Dos imágenes en un estanque’, fábula que incluye este libro”; J. L. Borges, Obras completas, completas, tomo IV; Emecé, Buenos Aires, 1996, p. 473. 32  Ricardo Menéndez Salmón, “Hablemos de Joyce si quiere”; Gritar; Gritar; Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 33 “No es casual que don Quijote creyese hallar su fin al enfrentarse con el Caballero de los Espejos; tampoco que Borges odiase los espejos tanto como la cópula”; Jorge Volpi,  Mentiras contagiosas; contagiosas ; Páginas de Espuma, Madrid, 2008, p. 85. “durante mi estancia en Ginebra, Borges ha sido mi mejor amigo [...] Los dos estábamos igual de solos. Y a lo mejor es verdad que, debido a su influencia, pienso que la mejor novela de hoy día es la que puede hacerse con cuentos”; Ángela  Vallvey, citada por Félix Romeo en “La X de la Generación X”; Siglo X”;  Siglo XXI. Literatura y cultura españolas, españolas, nº 002, noviembre 2004, p. 36. Ver también Jordi Doce, La Doce, La vibración del hielo (Diario 1998); 1998); Littera Libros, Villanueva de la Serena, 2008, p. 43.

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 YO Me siento atravesado por la grave Y griega (bieldo de académicos, toro del alfabeto)  y la O cual corona de tinta en mis pies. Federico García Lorca

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