SALA Gabriel - Panfleto Contra La Estupidez Contemporánea

March 8, 2019 | Author: alexusbf4115 | Category: Poverty, Pobreza e indigencia, Capitalism, Slavery, Propaganda
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Este Panfleto contra la estupidez contemporánea está escrito en torno al concepto de entetanimiento o tittytainment, pal...

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Panfleto contra la estupidez contemporánea

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Gabriel Sala

Panfleto contra la estupidez contemporánea Entetanimiento y acción

LAETOLI

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Editorial Laetoli Pamplona 2007

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 A mis padres

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 Advertencia preliminar preliminar Sólo dos cosas son infinitas: el universo u niverso y la estupidez humana...  y no estoy seguro de lo primero.

 Albert Einstein

 El número de necios es infinito.

Eclesiastés, 1, 5

 Vivimos en una una época curiosa, una época época rebosante rebosante de maravillas insólitas. En esta esta advertencia preliminar quisiera llevar al lector a fijarse en una de ellas. Vivimos en una época en que la mera per-tenencia a una serie de grupos, cada vez más numerosos y caracterizados por la actividad, profesión u oficio común de sus miembros, es suficiente para realizar generalizaciones que abarcan a todos y cada uno de esos individuos y son, al mismo tiempo, correctas e informativamente fe nómeno insólito. significativas . Se trata de un fenómeno En el pasado  — y quizá suceda también en el futuro — , cuando alguien era peón, ministro o ladrón, su mera condición de tal no permitía hacer más que vagas generalizaciones, carentes de la menor utilidad práctica, acerca de la naturaleza y las condiciones de ese individuo en particular. Eran precisos más datos si se deseaba saber algo significativo, más allá de su pertenencia a un grupo u otro. Por motivos que alguien, sin duda, elucidará en el futuro, esto hoy no ocurre. Se trata de una feliz circunstancia que facilita ex-

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traordinariamente la tarea de cualquiera que desee comprender el mundo en que  vive y disfrutar, así, de una estancia más satisfactoria durante el tiempo que la providencia le ha asignado para residir en él. Esta peculiar uniformidad grupal, por llamarla de alguna manera, nos será también muy útil a lo largo de este panfleto, en el que haré frecuentemente generalizaciones de este tipo, que, por tanto, deberán entenderse en este contexto. c ontexto. Así, por ejemplo, cuando diga que todos los futbolistas son unos analfabetos funcionales, querré decir precisamente eso: que todos   lo son. Naturalmente, se puede admitir teóricamente la posibilidad de que exista un futbolista solitario, en algún lugar perdido de las antípodas, que se haya extraviado más allá de la página pá gina cuatro de un libro, aunque estas disquisiciones bizantinas las dejo para los abundantes astrólogos, nigromantes, homeópatas y teólogos que pululan por el mundo. Pero no se asuste el amable lector. No voy a hablar de futbolistas, sino de algo mucho peor: del entetanimiento.

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Introducción La falta de opciones aclara maravillosamente la mente.

Henry Kissinger Sin censura, las cosas pueden volverse terriblemente complicadas en la mente del público.

General William Wesmoreland

El método más eficaz de que dispone el poder para controlar a la población no es coaccionarla para que comparta los criterios que el poder tiene sobre las cosas. La forma más efectiva consiste en procurar que esa población sea incapaz de concebir alternativas a los criterios propuestos por el poder. Y para conseguir esto último no existe mejor estratagema que lograr que la gente no sea capaz de diagnosticar qué está ocurriendo: que no disponga de palabras ni conceptos para describirlo. ¿Qué método, por poner un ejemplo, sería más eficaz para alguien que pretendiera la extensión de la pobreza que conseguir que la población no conociera esa misma palabra ni el concepto que designa? ¿Cómo podría una persona honrada protestar o proclamar su indignación si se la ha despojado de la capacidad de formarse una idea del problema? Esto es exactamente lo que está ocurriendo hoy con el entetanimiento: hasta que la gente no conozca el significado de esta palabra, la realidad que representa, y hasta qué punto condiciona su

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propia vida y la de sus semejantes, no será capaz de darse cuenta de cuáles son los  verdaderos problemas que la afectan realmente y se limitará a alimentar una ansiedad e inseguridad crecientes, cuyos motivos no será capaz de discernir y que sólo podrá aliviar recurriendo al consumo compulsivo, el embrutecimiento televisivo o a cualquier otra de las vías de escape que el entetanimiento proporciona en abundancia. En este panfleto pretendo contribuir a desenmascarar el entetanimiento describiéndolo, observando cómo funciona y señalando quiénes se benefician de él y quiénes resultan perjudicados. Para ello me limitaré a exponer hechos y datos incontrovertidos, públicos y notorios, con los que no es posible estar en desacuerdo. Asimismo, ignoraré por completo declaraciones de intenciones o predicciones teóricas y me centraré exclusivamente en la realidad y el aspecto positivo de los episodios tratados. Así, por ejemplo, no me interesará la buena  voluntad de los presupuestos teóricos marxistas ni el propósito constitutivo del Banco Mundial de convertirse en un instrumento de ayuda a los países subdesarrollados; por el contrario, me limitaré a señalar que la aplicación de los primeros ha producido regímenes de terror nunca vistos anteriormente, mientras que las directrices del segundo han sumido, por su parte, pa rte, en la pobreza más abyecta a todos aquellos países obligados a seguirlas.  — o Sólo unas pocas décadas de existencia de lo que se ha llamado nueva economía  —  globalización, ultraliberalism ultraliberalismoo o como se quiera — , han producido una cantidad de hechos y situaciones nuevas tan abundantes que es necesario hacer una pausa y observar con detenimiento el nuevo escenario surgido. Es necesario escuchar atentamente la elocuencia ensordecedora de esta nueva situación. Aquí no se pretende otra cosa que observar este escenario desde una perspectiva distinta de aquella a la que nos tienen acostumbrados nuestros medios de comunicación. Al contrario que éstos, me serviré de una perspectiva que ignora los intereses creados y no permite la distorsión de la verdad para proteger intereses y mantener privilegios; se trata de la perspectiva de la gente normal, de la gente que sólo desea  vivir una vida vida feliz y satisfactoria dentro dentro de

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un mundo en el que el mayor número de personas tengan la oportunidad de compartir esa misma felicidad y satisfacción. Este pequeño ensayo va dirigido, precisamente, a estas personas. No va dirigido a todo el mundo. No va dirigido a los más de 2.800 millones de pobres que viven con menos de dos dólares diarios. Tampoco va dirigido a los individuos que sobreviven en regímenes no democráticos o a las personas cuya preocupación capital es saber qué darán de comer a sus hijos al día siguiente. Este panfleto va dirigido a los habitantes de los países occidentales que viven confortablemente en sus confortables ciudades y cuyas pre-ocupaciones oscilan entre votar a este o aquel candidato, adquirir este o aquel par de zapatos, o contribuir con 15 euros, o quizá 150, a esta o aquella ONG. El lector advertirá, probablemente, que a lo largo del libro, conscientemente y en la medida en que ha sido posible, he evitado identificar a los culpables concretos de los crímenes, estupideces y des-propósitos que comento. Suele ocurrir que, cuando en una reunión de ladrones, se acusa públicamente a sólo uno de ellos, todas las miradas y la atención se dirigen a éste, para alivio general de los demás demá s culpables. No tengo la intención de que este panfleto su-ponga el menor alivio para una muchedumbre de ladrones que nuestros dedos serían incapaces de señalar. Por este motivo, invito al amable lector a que sea él mismo quien  — durante durante la lectura del libro o cuando lo desee — , levante la mano, cierre el puño y extienda el dedo índice hacia adelante.

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1 En un hotel de San Francisco  En todos los lugares y épocas, los detentadores del poder son indiferentes al bienestar o las  penalidades de quienes carecen de él, excepto en la medida en que los refrene el temor. Es  posible que esta afirmación parezca demasiado rigurosa. Podría decirse que las buenas  personas no torturarán a otros más allá de cierto punto. Podría decirse, pero la Historia demuestra que no es cierto. Las buenas personas se las ingenian para no enterarse, o fingen que no se enteran, cuando se causan tormentos para hacerlas felices. Lord Melbourne, el  primero en la serie de primeros ministros que tuvo la reina Victoria, Victoria, fue una de tales  personas buenas. En su vida privada era encantador, culto, leído, humano y liberal. También era rico. Su fortuna provenía de las minas de carbón donde los niños trabajaban largas horas en la oscuridad por una miseria.

Bertrand Russell

 ¿Sabes cual es la única cosa que me proporciona placer? Ver cómo ingresan mis dividendos.

 John D. Rockefeller

En 1995 se reunió en San Francisco, en uno de los hoteles más lujosos del mundo, la élite del poder mundial: banqueros, altos ejecutivos, políticos, intelectuales, multimillonarios, multimillonarios, profetas de la nueva economía, premios Nobel, científicos... Un auténtico quién

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es quién, en definitiva, del poder planetario. El ambicioso objetivo de ese encuentro era diagnosticar el estado del mundo y proponer líneas de actuación de cara al inminente siglo XXI para llevar a buen término los proyectos y sueños comunes de los participantes.  Tras varios días de conferencias y debates, los gurús gurús de nuestra época época constataron orgullosamente un hecho y alumbraron un concepto. El hecho  — entonces entonces una realidad incipiente, y hoy un hecho casi consumado —  es   es el advenimiento de un escenario global en el que el 20% de la población del planeta aportará el trabajo necesario para sostener la totalidad del aparato económico mundial, siendo el 80% restante completamente superfluo en lo que se refiere al mundo de la economía. Es fácil darse cuenta de que en un mundo como el nuestro, dominado de forma absoluta y excluyente por consideraciones eco-nómicas, la pertenencia a ese 80% equivale a una inevitable condena a la miseria, cuando no a destinos des tinos mucho peores. Esta equivalencia fue admitida por los reunidos  — que que expresaron sus lamentos al respecto — , pero concluyeron que era un precio que había que pagar. Ni ellos ni sus hijos forman o formarán parte, naturalmente, de ese 80% de la población mundial al. que condenaron tan alegremente. Esta afortunada circunstancia les ayudó, sin duda, a proclamar con satisfacción el inevitable triunfo, a su juicio, de esta sociedad 20%-80%. No se plantearon alternativas, por supuesto. Como  veremos, ésta es una de las piedras miliares del asunto: tratar de convencer a la opinión pública de que la situación económica y social mundial actual deriva directamente de la propia naturaleza de las cosas y no de la elección voluntaria de los propios seres humanos. No hay alternativas. La cuestión que preocupaba a nuestros distinguidos próceres, que les quitaba realmente el sueño y sobre la que dirigieron la mayor parte de sus deliberaciones era qué hacer con esa masa ingente de miles de millones de personas superfluas que no tendrían ninguna participación en las decisiones que regulasen el mundo. "Es dudoso", cavilaban certeramente, "que ese 80% de la población baje la cabeza sumisamente y acate servilmente todo lo que la pepe -

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queña minoría disponga para ellos". Los peligros de la rebelión les resultaban peligrosamente evidentes. Como no tardaron en comprender, a la gente no le gusta someterse al yugo de los poderosos sin poner algún tipo de objeción. Algo debería hacerse al respecto, pensaron los magnates del mundo reunidos en los elegantes salones del Hotel Fairmont. No tardaron en encontrar ese algo, una solución limpia y eficaz que se resume en una palabra: tittytainment  o  o entetanimiento (es decir, vivir, literalmente, de la leche de los pechos o las tetas de otros). Eso se daría a las masas, eso las mantendría  voluntariamente dóciles dóciles y sometidas. Fue Zbigniew Brzezinski, antiguo asesor del presidente norteamericano Cárter y distinguido especialista en la fabricación de mentiras para manipular a la opinión pública en beneficio del poder, quien ideó esa palabra y el maravilloso concepto que designa. Pero, ¿qué es el entetanimiento? El entetanimiento no es otra cosa que una mezcla de entretenimiento mediocre y  vulgar, bazofia intelectual, propaganda y elementos psicológica y físicamente nutritivos con el fin de satisfacer al ser humano y mantenerle convenientemente sedado, perpetua-mente ansioso, sumiso y servil ante los dictados de la minoría que decide su destino sin permitirle siquiera opinar al respecto. La idea de Brzezinski fue  — huelga huelga decirlo —  efusivamente  efusivamente celebrada, y todos los asistentes, entusiasmados, decidieron ponerse manos a la obra. (Por cierto, en ningún momento se entendió que el entetanimiento  tuviera connotaciones irónicas o humorísticas: fue una idea seria que se consideró seriamente y fue seriamente aplaudida). Uno se imagina a los reunidos saliendo de los lujosos salones y volviendo a sus hogares, en sus aviones privados, sonrientes, orgullosos, satisfechos de haber contribuido, una vez más, al progreso ineluctable del ser humano.

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2 Un viejo problema Siempre el fuerte busca razones con que cohonestar sus violencias, cuando en rigor basta la violencia, que es razón de sí misma, y sobran las razones.

Miguel de Unamuno La propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al sistema totalitario.

Noam Chomsky

En aquel hotel de San Francisco no sucedió nada que no haya ocurrido en centenares de ocasiones a lo largo de la historia de la humanidad. Se trata del viejo problema de someter a los más al dictado de los menos. Esta cuestión ha sido abordada por los poderosos de todas las épocas, y las soluciones dadas han sido diversas: desde la promoción de la guerra o la miseria hasta el siempre popular "pan y circo" romano, pasando por el muy efectivo recurso al fundamentalismo religioso. Nuestros expertos contemporáneos se han dado cuenta de que estos métodos no son ya eficaces, o al menos no lo son tanto como lo fueron antaño y como desearían (aunque, desde luego, se siguen utilizando con frecuencia y se defienden ardientemente desde los pulpitos y los estrados universitarios, disfrazados convenientemente con ropajes más modernos). El principal obstáculo que surge al aplicar estos métodos clásicos   de sometimiento en nuestras sociedades contemporáneas es que resultan difícilmente con-

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ciliables con ciertos derechos que los ciudadanos, al menos nominalmente, se supone que ostentan en los países democráticos. Estos derechos son fruslerías tales como la libertad de expresión, la igualdad ante la ley y el principio de legalidad y en general, todos aquellos que entendemos bajo la expresión "derechos humanos". En nuestras sociedades democráticas, el porcentaje de individuos potencialmente rebelde debe ser controlado y sometido de alguna forma nueva y original que soslaye esas molestas contrariedades. Pero volvamos a San Francisco y a los distinguidos expertos preocupados por el estado del mundo, recordando su alborozo ante la idea del entetanimiento, solución perfecta para todos sus temores.

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3 Entetanimiento  Este es el secreto de la propaganda: saturar completamente con sus ideas a la persona persona a la que se pretende manipular, sin que esta se dé cuenta de que está siendo saturada. Por supuesto que la propaganda tiene un propósito, pero este propósito debe ser disfrazado con tal sagacidad y virtuosismo que aquel a quien le l e incumbe nunca pueda saber qué está ocurriendo.

 Joseph Goebbels Los triunfos más grandes de la propaganda han sido logrados lo grados no haciendo algo, sino absteniéndose de hacerlo. La verdad es poderosa pero, desde un punto de vista práctico, lo es mucho más el silencio acerca de la verdad.

 Aldous Huxley

Pese a la alegría experimentada por nuestros desinteresados líderes ante tamaño descubrimiento, lo único que se hizo fue poner un nombre afortunado a algo que, en cierto sentido, ha existido siempre pero que goza hoy de una salud, fortaleza y éxito más que excelentes, lo que puede verse todos los días paseando simplemente por la calle, leyendo los periódicos o desperezándose frente a la televisión. No se trata de la conocida propaganda. El entetanimiento no es propaganda, o al menos no es sólo eso. Se ha dado un paso más allá: se trata de una especie cualificada de propaganda, distingui-

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da por un fin específico y perfectamente determinado que se aleja, a leja, tanto cualitativa como cuantitativamente, de lo que se entendía tradicionalmente por propaganda. Goebbels, el entregado Ministro de Propaganda nazi, quedaría consternado al comprobar la inocente candidez de sus esfuerzos ministeriales comparados con la abrumadora eficacia de nuestro entetanimiento. Señalaré de paso que los principales responsables de aquel Ministerio disfrutaron, como es sabido, de una envidiable jubilación en los EE UU, adiestrando a sus dóciles discípulos de la CÍA: el entetanimiento es el fruto por excelencia de ese legendario trasvase. El propósito del entetanimiento es diseñar la vida de los seres humanos, facilitarles el camino eliminando todas las dudas y mostrándoles una vía única para desarrollarse como tales: la única vía. El entetanimiento ordena qué debe pensarse, cuándo, durante cuánto tiempo y con que profundidad y honradez. Para comprender su auténtica naturaleza necesitamos saber cuál es su objetivo, qué persigue, qué quiere del ser humano y qué ofrece a cambio de su sometimiento. El objetivo del entetanimiento es fácil de formular: pretende convencer al individuo de que la situación económica y social mundial contemporánea es inevitable, deriva directamente de la naturaleza de las cosas y no es una creación artificial y voluntaria de quienes se benefician de la misma. El entetanimiento busca con-vencer al individuo de que no hay alternativa posible y de que él en particular, el individuo, no puede hacer nada al respecto para cambiar la situación, por lo que lo más razonable y adecuado es sentarse ante la televisión, ganar dinero, consumir y no cuestionarse nada. El entetanimiento es el instrumento utilizado por el sistema político-económicosocial mundial hoy imperante  — que que genera astronómicos beneficios para unos pocos y miseria incalculable para miles de millones de personas —  para  para mantenerse y perpetuarse. El entetanimiento pretende crear un estado de ansiedad perpetua e indefinida en el que no se hacen preguntas ni se cuestiona nada: tan sólo se consume vorazmente y se busca el aislamiento social. El entetanimiento es enemigo de las relaciones interpersona-

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les mantenidas  fuera  de  de las instituciones que se someten a él, y por ello persigue la destrucción de los movimientos populares. Existen muchos tipos de entetanimiento. Desde el más burdo, hecho por y para degenerados, como determinados programas de televisión (que no son otra cosa que pornografía emocional), hasta los pretendidos debates de intelectuales y políticos, en los que se simula independencia y objetividad pero sólo se muestra vil servilismo hacia el adinerado y el poderoso, por no mencionar las crónicas periodísticas, presuntamente divertidas, de escritores de tres al cuarto que se consideran a sí mismos intelectuales valiosos, pero que resultan incapaces del menor compromiso y se limitan a halagar el ego de los lectores y difundir los mitos que perpetúan en el poder a otros imbéciles de quienes esperan recibir una recompensa en su momento.  Y las recompensas no tardan en llegar, pues el entetanimiento es pródigo en recompensas  (por esta razón triunfa sin medida). Son muchos quienes se benefician del entetanimiento, aunque en grados muy distintos. Pero, ¿a quién beneficia concretamente? ¿Quién o quiénes son los interesados en su propagación y supervivencia? ¿A quién le interesa que el individuo no piense y se limite a seguir las consignas que le dicta la autoridad? Estas preguntas son también, en cierto sentido, fáciles de responder: el entetanimiento beneficia al dinero. Nuestros elegantes economistas preferirán posiblemente el término capital, aunque no veo motivos para utilizar lo que no es sino un eufemismo. Repitámoslo: el entetanimiento beneficia al dinero, a todo aquel que tiene dinero y todo lo que el dinero permite comprar . De forma que, cuanto más dinero se posee, más beneficio se obtiene de la vigencia del entetanimiento. Dicho beneficio no es proporcional al dinero que se tenga: el beneficio que proporciona el entetanimiento crece geométricamente según el dinero que se posea. Privilegia a los más ricos; y cuanto más ricos, más los privilegia. La regla también se cumple en el otro extremo: a quienes tienen poco dinero les niega cualquier beneficio, aunque quizá les permita mantenerse. A los pobres los perpetúa en la pobreza y les obliga a la mendicidad y a la

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 violencia entre ellos; y a los que nada tienen, los destina simplemente a ser utilizados como fertilizante. Hay, dos tipos de beneficiarios del entetanimiento, interesados por distintas razones en su vigencia y perpetuación. El primero es el más obvio, mencionado ya en párrafos anteriores: se trata de los multimillonarios y los especuladores, las grandes fortunas y las multinacionales, quienes dirigen las instituciones financieras y los fon-dos privados de pensiones, los que formulan las políticas del FMI, el Banco Mundial y la OMC. El segundo es el más interesante y el más trágico: se trata de aquellas personas que, no siendo poderosas, no teniendo grandes fortunas ni ocupando importantes puestos de poder, aspiran  a  a la fortuna f ortuna y el poder. Son todos aquellos que no forman parte de las élites reguladoras pero contribuyen de forma decisiva al éxito del entetanimiento actuando como auténticos "vigilantes" del mismo. Son los intelectuales que venden su independencia al mejor postor, los políticos que traicionan a sus votantes, los periodistas que miran hacia otro lado, los escritores que prostituyen su talento. Estos "vigilantes" se apuñalan sin reparos unos a otros para conseguir las migajas que caen de las mesas de sus amos, quienes celebran sus trifulcas con sarcasmo siempre, por supuesto, que sus peculios no se vean afectados. Pero de estos patéticos, trágicos y peligrosos títeres hablaré más adelante.

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4 El entetanimiento y el lector  El emperador se incorporó al cortejo, y todos cuantos lo veían desde la calle o desde las ventanas, exclamaban:  —  ¡Qué vestido tan admirable lleva el emperador!¡Qué cola tan larga!¡Qué bien le sienta!  Nadie quería que los demás supieran que no veía nada, para no descubrir su su estupidez o su incapacidad para el cargo que desempeñaba.  —  ¡Pero si no lleva nada puesto! Dijo una niña. [...] Y se produjo un gran rumor, pues todos se decían unos a otros:  —  No lleva nada... ¡Una niña dice que no lleva nada!  —  ¡Va desnudo! Acabó por gritar todo el pueblo. Y el emperador estaba muy disgustado,  porque le parecía que todos tenían razón, pero pensó: "Ahora que ya estamos desfilando, desfilando, sigamos con la función". Y se estiró aún más, y los chambelanes siguieron detrás, tan serios como siempre, aguantando un manto que no existía. existí a.

Hans Christian Andersen

 Es muy difícil pensar con nobleza cuando no se piensa en otra cosa que en ganarse la vida.

 Jean-Jacques Rousseau

Por simple probabilidad matemática, lo más probable es que usted, lector de estas páginas, no forme parte de la élite minoritaria

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que regula el destino de la totalidad de la población. Naturalmente, es posible  —  improbable, pero posible —  que  que sí forme parte de ese escaso 1% de la población mundial que juega con el destino del 99% restante. De ser así, debe abandonar inmediatamente la lectura de este panfleto, que en ningún caso ha sido pensado para usted.  Tampoco es probable que que sea usted uno de los los más de 2.500 millones millones de personas que ni siquiera cuentan para ser manipuladas por el entetanimiento por la simple razón de que no tienen dinero. No es que sean pobres: es que no tienen dinero en el sentido más literal de la palabra, circunstancia que las convierte automáticamente en inadecuadas para ser consideradas receptoras potenciales del entetanimiento, pues pueden ser acalladas más fácilmente (y más económicamente) con los métodos mencionados más arriba, cuya tremenda eficacia ha sido demostrada por la historia: el exterminio mediante la guerra o la explotación despiadada hasta la muerte. El sistema hoy imperante, y que el entetanimiento se empeña en mantener  —   victoriosamente, por ahora —  destina  destina a estos individuos directamente a la fosa, pasando quizá por una breve vida de miserable esclavitud y sufrimiento. Usted forma parte, sin duda, de ese afortunado 20% de la población mundial cuyo trabajo es imprescindible y suficiente para el mantenimiento del sistema que genera y perpetúa esa proporción. Pero, ¿realmente es usted afortunado? Comparativamente, desde luego. Sin embargo, y precisamente por pertenecer pe rtenecer a ese afortunado porcentaje, usted es el destinatario ideal   del entetanimiento. El entetanimiento está pensado específicamente  para   para usted, trabajador probo y útil de nuestras acomodadas sociedades occidentales. Examinemos brevemente nuestras existencias de occidentales blancos privilegiados: nos esforzamos toda la vida en trabajos que apenas nos agradan por sueldos cada vez menores, desconocemos a nuestros hijos puesto que no tenemos tiempo para estar con ellos, nuestras únicas preocupaciones son consumir y trabajar, trabajar y consumir, y todo ello para conseguir, al cabo de algunos años, y con mucha suerte, una pensión insultante... Sin duda, la vida pue-

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de ser de otra manera. El entetanimiento tiene por objetivo fundamental, precisamente, impedir que usted sea consciente de esto. Usted debe trabajar y trabajar y trabajar; y callar. El sistema del entetanimiento necesita que usted lo proteja, que trabaje activamente para mantener la proporción criminal 20/80. Es un hecho obvio  — del del que el entetanimiento pretende que usted no sea consciente —  que   que el cambio del sistema vigente y la destrucción de esa diabólica proporción está en sus manos: usted puede destruirla y contribuir a la construcción de un mundo mejor y más justo. Pero eso es lo que el entetanimiento intentará a toda costa, que usted no comprenda. Con ese objetivo le ofrecerá lo que sea: lo-que-sea. Y cuando usted acepte ese lo-que-sea , se habrá convertido en uno más de sus miles de fieles guardianes vigilantes. Llegados a este punto, me parece escuchar a un lector le ctor que se pregunta si no estoy exagerando las cosas, si no estoy pintando un cuadro con colores falsamente oscuros. "En definitiva", dice este lector, "es cierto que hay mucha porquería en el mundo y que el sistema social y económico mundial imperante es causa de desgracias y miserias vergonzosas, pero también ha creado grandes cosas..." Es una precisión interesante que merece cierta atención. Por eso examinaré someramente cómo es el mundo que protege el entetanimiento. Quizá sea, después de todo, digno de esa protección.

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5 El mundo y el entetanimiento  A través de una propaganda constante y astuta se puede hacer hacer que la gente vea el paraíso como si fuera el infierno; y viceversa, que considere la forma de vida más miserable como el  propio cielo.

 Adolf Hitler

Está demostrado, decía, que las cosas no pueden ser de otra manera: si s i todo tiende hacia un fin, todo ha de tender ten der necesariamente al mejor fin. Advertid que las narices han sido hechas para sostener las gafas, por eso tenemos gafas. [...] Consecuentemente, los que han afirmado que todo está bien han dicho una tontería: habría que decir que todo es del mejor modo posible.  Voltaire

El entetanimiento es el método más eficaz para ocultar una realidad cada vez más insoportable que pugna por abrirse camino en las conciencias de aquellas personas que conservan algo de dignidad, respeto por sí mismas y amor por la humanidad. El entetanimiento como forma de control de los individuos y de perpetuación de una serie de paradigmas que los someten en beneficio de unos pocos es un método que se ha refinado a lo largo del siglo pasado y que hoy, a comienzos del siglo XXI, ha alcanzado una sólida madurez.

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La miseria, la degradación y la proliferación sin medida de los más abyectos crímenes que se han cometido, y se siguen cometiendo cada día en nuestro pequeño mundo, deben ser ocultadas. Los seres humanos no sólo necesitamos no conocer  lo  lo que ocurre realmente en el mundo, sino también coartadas eficaces para utilizarlas ante nuestros hijos y ante nosotros mismos y seguir viviendo despreocupadamente respecto a los problemas reales  que  que infectan nuestra realidad, y continuar sin hacer nada  por   por remediarlos. El entetanimiento es, precisamente, el mejor proveedor de este tipo de coartadas que haya existido, el prisma a través del cual podemos observar el mundo sin sentirnos culpables y sin vernos obligados a asumir la responsabilidad de nuestras acciones. Más de un tercio de la población mundial vive en la pobreza. Casi 3.000 millones de personas sobreviven con menos de dos dólares diarios en un mundo con sobrados recursos para satisfacer ampliamente las necesidades de todos sus habitantes. De entre los cientos de millones de niños que padecen desnutrición, cada día   mueren más de 30.000. Aquellos que sobreviven están condenados a padecer de por vida el retraso mental producido por la des-nutrición grave. Observar el mundo a través del pervertido prisma del entetanimiento nos permite aceptar como naturales estas calamidades. Millones de miserables se incorporan a un mercado que ha sido especialmente diseñado para que no puedan sobrevivir quienes no tienen dinero. Las instituciones del entetanimiento olvidan convenientemente que para participar en cualquier forma de mercado, y para poder disfrutar de una libertad más allá del papel es necesario tener algún poder adquisitivo: la libertad en el mercado la proporciona el dinero, no el mero derecho a participar en él . 250 millones de niños se ven obligados a trabajar para sostener a sus familias. Millones de personas, mujeres y niños fundamentalmente, trabajan en verdaderas condiciones de esclavitud, sujetas a horarios brutales y sin derechos laborales. Sólo en la India hay 60 millones de niños esclavizados trabajando para las compañías occidentales. Esto es previsible dentro de un sistema económico, promovido por el entetanimiento, que tiene como único criterio funcional la consecución de beneficios económicos. Todos estos

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millones de esclavos trabajan fabricando los productos que los occidentales encontraremos más tarde en nuestros lujosos comercios. Adoptar la religión del entetanimiento nos permite entrar en estos comercios alegremente, adquirir tapices fabricados por niños que han quedado ciegos y comprar muebles y ropas elaboradas por niñas que nacieron y morirán en la misma fábrica donde los confeccionaron. El entetanimiento nos permite también no ver contradicción alguna en el hecho de que nuestros medios de comunicación se llenen la boca anunciando que vivimos en la "era de la información" y que formamos parte de la "revolución mundial de Internet", mientras, al mismo tiempo, más de la mitad de la población mundial ni siquiera ha realizado una sola llamada telefónica en su vida. Un millón de niños entran anualmente en el floreciente y muy lucrativo mercado de la prostitución infantil, que cada año se con-solida con más fuerza en los países más pobres del Tercer Mundo. Mientras, en las sociedades occidentales, no sólo se cierran los ojos ante el formidable negocio del turismo sexual creado por estas mismas sociedades, sino que se permanece impasible ante hechos como los ocurridos en Somalia o Kosovo, donde los cascos azules de la ONU se distinguieron como clientes asiduos de miles de niñas obligadas a prostituirse por la miseria. Más de dos millones de niños mueren anualmente por carencia de vacunas y medicamentos básicos. El sarampión, por ejemplo, es responsable de 900.000 defunciones anuales. Sólo en África, las enfermedades infecciosas suponen el 45% de las muertes. La respuesta que los países ricos damos a este problema consiste en proteger y aumentar los privilegios de las grandes compañías farmacéuticas que, al tener como único objetivo el beneficio económico, dirigen todas sus actuaciones a satisfacer las demandas de los países ricos e ignoran las necesidades de los pobres, cuando no los perjudican abiertamente obligando a los gobiernos a establecer sistemas de patentes que impiden a estos países fabricar sus propios medicamentos. El entetanimiento nos ayuda a olvidar que solucionar este problema costaría sólo 350 millones de dólares, poco más de lo que costó la intervención española en Irak en 2004.

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El 60% de la población mundial no dispone de agua potable o tiene dificultades para conseguirla, y miles de personas mueren cada día al verse obligadas a beber agua contaminada. La respuesta que el entetanimiento da a este problema consiste en permitir que poderosas multinacionales se dediquen a privatizar los recursos acuáticos del planeta, sometiéndolos así a un mercado al que sólo pueden acceder quienes tienen dinero. Esto significa muerte para los pobres y campos de golf para los ricos. La actual ubicuidad del entetanimiento permite que salgamos cada día a la calle y acompañemos a nuestros hijos al colegio sabiendo que parte de los impuestos que pagamos al Estado son utilizados para fabricar minas antipersonas, diseñadas con  vivos colores que simulan juguetes con el específico propósito de mutilar los miembros de otros niños que no viven demasiado lejos de nosotros, objetivo que se alcanza 26.000 veces al año. El entetanimiento nos ayuda a observar impasiblemente la destrucción de países tan ricos como Argentina o México, seguidores dóciles de las directrices del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, cuya obediencia ha sido recompensada con el expolio. Observamos también cómo se exige ex ige a los países más necesitados el pago de una deuda criminal que les impide salir de la pobreza, contraída por los dictadores de turno que los propios acreedores colocaron en el poder. Una deuda que no podrán pagar nunca debido al vertiginoso crecimiento de los intereses y que les garantiza que se verán sometidos indefinidamente a las grandes multinacionales. Mientras tanto, los países acreedores que reclaman el pago acogen en sus territorios a aquellos dictadores y les abren las puertas de sus bancos para que ingresen el dinero que robaron a sus pueblos. El entetanimiento nos ayuda asimismo a comprender la necesidad de las políticas presupuestarias que dedican la mayor parte de sus recursos a la fabricación y el tráfico legal de armamento en apoyo de una situación de guerra perpetua, propugnada por los popes del sistema, que asola actualmente Oriente Medio con los resultados conocidos. Nos ayuda a convivir con los más de 50 millones de personas que, sólo en la década de 1990, se vieron obli-

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gadas a abandonar sus hogares a causa de la guerra, y con el incierto destino de más de 10 millones de refugiados. Y nos ayuda a descartar como vanas e ilusorias propuestas como la de dedicar el 0,7% de los presupuestos nacionales a paliar el hambre en el mundo. Pero no es sólo en los países del Tercer Mundo y en los bolsillos de los más pobres y necesitados dónde florecen las miserias sembradas por el entetanimiento. Nuestras opulentas vidas de ciudadanos "afortunados" del Primer Mundo se ven también más afectadas cada día. El entetanimiento nos enseña que la precariedad laboral es buena, que la creciente c reciente incertidumbre en la que se ven obligados a vivir los trabajadores t rabajadores del Primer Mundo es extraordinariamente saludable para la economía, y que en el futuro  — aunque aunque nadie se atreva a pronosticar cuándo —  esa   esa salubridad terminará por favorecer a los trabajadores (el mensaje es idéntico al del extinto comunismo marxista, y también el desarrollo del proceso: un beneficio fabuloso para la "nomenklatura" y nulo para el "proletariado"). Estamos aprendiendo a vivir en una sociedad en la que la depresión y la ansiedad se consideran normales  — si si no saludables —  y  y en la que aumenta el aislamiento de los individuos y, consecuentemente, el número de suicidios (uno cada 42 segundos). Una sociedad que ha entronizado el consumismo, el culto al cuerpo y la superficialidad hasta límites absurdos  —  incomprensibles en un mundo sin entetanimiento —  y   y que trata la salud como si fuera una enfermedad. Una sociedad, en definitiva, que encarna la maravillosa paradoja que supone diagnosticar perfectamente los males que la aquejan y, al mismo tiempo, no hacer nada  para  para remediarlos. Tal es el poder del entetanimiento. Para el entetanimiento y las la s multinacionales que siguen sus directrices, la naturaleza no es otra cosa que un vertedero de capacidad infinita y un proveedor de recursos inagotables. Es innecesario recalcar la peligrosidad de esta idea, pues resulta obvio que actuar conforme a ella derivará, más pronto que tarde, en una ineluctable destrucción del planeta, lo que perjudicará tanto a ricos como a pobres. Al contrario que la dinámica del entetanimiento, los ricos y poderosos no nadan  permanentemente  en  en la estupidez,

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por lo que parece razonable pensar que, tarde o temprano, reconocerán este hecho. La cuestión es si serán capaces de enfrentarse a esa miope dinámica, a la que tan diligentemente han servido durante años y que tantas recompensas les proporciona, y si tendrán capacidad para ponerle freno. Por ahora parece que no es así: el límite de su estupidez todavía no ha sido alcanzado. En la cumbre de Kioto de 1990, casi todos los países del planeta se reunieron para adoptar medidas comunes destinadas a evitar las catástrofes ecológicas que todo el mundo  — ricos ricos y pobres, expertos y profanos —  está  está de acuerdo en que se producirán si las grandes multinacionales y los diversos gobiernos continúan con sus absurdas políticas medioambientales. En Kioto se propusieron una serie de medidas destinadas a proteger la salud ecológica del planeta. La práctica totalidad de los países reunidos aprobó esas medidas y se comprometió a ponerlas en práctica. Diecisiete años después, nadie  las  las ha cumplido en su totalidad. Podría seguir sin dificultades esta relación de catástrofes pero mi propósito no es, ni mucho menos, hacer un catálogo exhaustivo, sino sólo mostrar la realidad encubierta por el entetanimiento. Una vez constatada, surge de inmediato una pregunta cuya respuesta es de importancia fundamental: ¿Hasta que punto el sistema político-económico-social hoy imperante, en cuya defensa trabaja esforzadamente y con éxito indudable el entetanimiento, es responsable de estas calamidades? ¿Hasta que punto son inevitables todas o algunas de estas desgracias? ¿Hasta qué punto pueden aducirse otros factores que han ayudado a producirlas? Responder a estas preguntas no es demasiado difícil puesto que incluso los propios  valedores del del sistema, los beneficiarios beneficiarios del entetanimiento, entetanimiento, no dudan en reconocer que, efectivamente, existe una clara relación causal entre el sistema económicosocial hoy imperante y las miserias apuntadas más arriba. Se trata de un hecho tan obvio y transparente que nadie, ni siquiera ellos, se atreve a cuestionar. Ocurre, sin embargo, que enseguida acuden a la inagotable provisión de coartadas que les ofrece el entetanimiento y aducen, por ejemplo, que es un paso previo a una situación futura mejor, o que se trata de males inevitables inherentes a la perversa

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naturaleza del hombre, o inventan conceptos tales como  pobreza estructural , de una sevicia inigualable. En definitiva, terminan convirtiendo su defensa del entetanimiento en una religión, un sistema de creencias que no sólo no tiene fundamento sino que, como veremos más adelante, sus premisas teóricas han sido abrumadoramente refutadas por los hechos. Si todo esto es cierto, nos encontramos ante una situación moralmente muy problemática y peligrosa . Reconocer la existencia del entetanimiento, que éste existe para ocultar la evidente relación causal entre el actual sistema económico y las catástrofes que asolan el mundo, es muy peligroso, pues, al hacerlo, nos veremos obligados a aceptar que estos problemas tienen solución y, sobre todo, a aceptar algo terrible y magnífico: será terrible constatar que somos los responsables de estos crímenes y miserias innombrables  — que que existen porque los hemos permitido — , y, al mismo tiempo, será magnifico comprender que podemos eliminarlos. Está en nuestras manos remediar esta vileza. Así de simple, así de trágico... y así de esperanzador.

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6 Un pequeño malentendido Hans el astuto dice a su primo Fritz: "¿Cómo te explicas, primo Fritz, que los más ricos del mundo, sean los que tienen más dinero?"

Gottlieb Lessing  Nuestra tarea no es hacer que la sociedad sea más segura segura para la globalización, sino que el sistema global sea más seguro para las sociedades decentes.

 John J. Sweeney

Bajo esta cuestión subyace un pequeño malentendido que las "fuerzas vivas" del entetanimiento se empeñan en perpetuar. La aplicación de los postulados básicos del sistema capitalista y el liberalismo tal como se concibieron en los siglos XVIII y XIX y se pusieron en práctica a lo largo del XX ha demostrado de forma fehaciente que son extraordinariamente eficaces para conseguir algunos de los objetivos que los ideólogos que los diseñaron tenían en mente. Es una virtud indiscutible del capitalismo, por ejemplo, haber demostrado su capacidad para mejorar la vida de los seres humanos de forma abrumadora, sea cual sea la vara que se utilice para medirla. Las prácticas liberalcapitalistas han demostrado que pueden proporcionar a las vidas de muchas personas un bienestar históricamente insólito. Pulverizando todas las visiones marxistas

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y socialistas clásicas de la historia, el sistema capitalista ha conseguido, por ejemplo, que nuestra sociedad sea capaz de producir más del doble del alimento necesario para satisfacer las necesidades de los seres humanos, o aumentar hasta niveles nunca vistos la libertad y seguridad personales, o hacer posible que el acceso a la cultura deje de ser privilegio exclusivo de las élites. El liberal-capitalismo ha demostrado que, en cierto sentido, funciona perfectamente. Esta es la parte que el entetanimiento, los ricos y las clases dominantes se esfuerzan en pregonar. Pero ocultan otros hechos de forma descarada y vergonzosa, demostraciones  fehacientes  que   que no son sino la otra cara de la misma moneda. La aplicación de los presupuestos capitalistas y liberales ha demostrado que la existencia de esos principios y su aplicación no garantizan, por sí mismas, que todas esas bondades evidentes y nunca vistas anteriormente en la historia de la humanidad se repartan de forma equitativa entre los seres humanos. Todo lo contrario. Se ha demostrado, más allá de cualquier duda, que la mera aplicación, sin la intervención de otros factores reguladores  — esos esos factores que el sistema contemporáneo se empeña en eliminar a toda costa — , provoca una distribución de las ventajas y los beneficios absolutamente injusta y claramente viciada y generan enormes desigualdades.  Todos los beneficios producidos terminan por redundar en un un claro claro privilegio privilegio para las clases dominantes y en un perjuicio absoluto para las personas más desfavorecidas. Es más, ha quedado de-mostrado que, cuanto menor es la capacidad económica de las personas, menor es su participación en esos beneficios, y viceversa. También se ha demostrado que esa diferencia de participación en los beneficios indiscutibles que proporciona el capitalismo liberal no se distribuye de forma proporcional entre las personas según sus niveles de renta o su poder adquisitivo. La distribución es geométrica, de forma que quienes nada tienen se  ven reducidos a la nada, a ser ignorados por el sistema de forma absoluta en todos  los sentidos (incluso para ser utilizados como esclavos). Por el contra-rio, quienes más tienen se ven beneficiados hasta extremos inimaginables.

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Una de las características básicas del entetanido, y del propagador de estupideces del entetanimiento, es precisamente ésta: mostrar sólo una cara de la moneda e ignorar de forma absoluta la otra, por estupidez, codicia o cualquier otra razón. El entetanimiento es perfectamente consciente del dicho, atribuido a Goebbels, según el cual "una mentira es tanto más eficaz cuanto más verdad contiene", y, tal como hemos visto, el entetanimiento contiene mucha verdad. ¿Por qué, por ejemplo, no muere la falacia Reagan-Thatcher, a pesar de haberse demostrado absolutamente ineficaz? Sencillamente, porque produce enormes beneficios a los poderosos. Es una historia que se viene repitiendo desde hace más de 25 años, con distintas ejecuciones y en distintos escenarios, pero siempre con idéntico planteamiento, idénticos objetivos e idénticos resultados. ¿Cuál es la historia? En la década de 1980, tanto Ronald Reagan en Estados Unidos como Margaret  Thatcher en el Reino Unido aplicaron unos pro-gramas de naturaleza económica que consistían básicamente en desfiscalizar las rentas del capital y bajar los impuestos a los ricos. Se suponía que estas medidas crearían riqueza, que se transferirían recursos del sector público al privado, que serían utilizados por éste para invertir, que se crearía empleo, etc., etc. Se preveía, naturalmente, que tales medidas enriquecerían enormemente a los más ricos, puesto que se les reducían los impuestos, pero esto no importaba, ya que los menos afortunados serían también amplia-mente beneficiados. Como es sabido, esta política fue un éxito absoluto en el primer aspecto: los ricos se hicieron más ricos y sus fortunas se multiplicaron espectacularmente. espectacularmente. En el otro aspecto fue un perfecto fracaso: los pobres no sólo no se vieron beneficiados por esas medidas sino que su situación empeoró de forma brutal y, de repente, se quedaron sin la mayor parte de los derechos sociales básicos que el sistema les garantizaba, como la educación o la sanidad. Este escenario es típico y se repite constantemente, cientos de veces, en todo el mundo. El entetanimiento aprueba un determinado plan que se supone va a beneficiar tanto a pobres como a ri-

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cos. La teoría es siempre perfecta  — hay hay millones de economistas trabajando febrilmente en el diseño de estas coartadas — , pero ocurre que los únicos beneficiados son los ricos (¡oh, sorprendente paradoja!) mientras que los pobres se hunden cada vez más en la miseria, y las desigualdades entre los niveles de renta se hacen abismales. Cuando esto ocurre, los ideólogos que fabricaron la "fracasada" propuesta se sienten sorprendidos, se llevan las manos a la cabeza y encargan a sus economistas que expliquen lo ocurrido. Estos cumplen su misión con inteligentes y elaborados informes con los cuales consiguen tranquilizar las conciencias de los ideólogos para que puedan volver a hacer otras propuestas... Y esta historia se repite y se repite, día tras día, y los pobres son cada vez más pobres, y los ricos cada vez más ricos. ¿No es obvio que aquí ocurre algo extraño? ¿A qué nivel de estupidez puede llegar a reducirnos el entetanimiento? Para terminar este capítulo me gustaría señalar un interesante paralelismo. En el siglo XVIII, el avance de los principios de la Ilustración parecía presagiar que el hombre se convertiría en más "humano", dejaría de ser un lobo para el hombre y terminaría por re-conocer y abrazar al prójimo como a un hermano. Más tarde, y hasta nuestros días, el liberalismo hacía germinar ilusiones semejantes. Resulta fascinante observar que, a pesar de que estas pre-dicciones han resultado ser quimeras absolutas, refutadas repetidamente por la experiencia y el tiempo, existe todavía una mayoría de personas que creen y fantasean con ellas. Tal es la debilidad de la razón humana y el poder del entetanimiento.

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7 ¿Globalización? ¿Neoliberalismo? ¡Entetanimiento! Un buen equívoco puede oscurecer el análisis durante cincuenta ci ncuenta años.

 Wendell L. Wilkie  — Cuando Cuando yo empleo una palabra  — dijo dijo Humpty Dumpty en tono despectivo —  , significa exactamente lo que yo quiero que signifique: signifiq ue: ni más ni menos. La cuestión es  — dijo dijo Alicia   si puede usted hacer que las palabras signifiquen  — La  —  si tantas cosas distintas. La cuestión es quién manda  — dijo dijo Humpty Dumpty  —  , nada más.  — La

Lewis Carroll

Poner un nombre a las cosas que no lo tienen suele ser un paso adecuado para empezar a comprenderlas. En todas las épocas, las decisiones políticas, sociales y económicas que afectan a los seres humanos han sido tomadas necesariamente dentro de un sistema de  valores e ideas que les han dado forma y sin el cual es imposible entenderlas. Si deseamos saber el porqué, cómo y cuándo de esas decisiones, resulta muy útil, en primer lugar, averiguar cuál es la naturaleza de las cosmovisiones a partir de las cuales se han generado. Este ejercicio resulta relativa-mente sencillo si nuestras pretensiones se centran en épocas pasa-das. Si, por el contrario, ponemos nuestra atención en el presente

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surgen algunas dificultades, la menor de las cuales no es, desde luego, dar un nombre adecuado a esa escala de valores y esa particular visión del mundo de la que se nutren nuestros contemporáneos y que inspira la política, las condiciones y las características de las sociedades en que vivimos. Resulta verdaderamente curioso observar los nombres con los que los seres humanos contemporáneos designamos el sistema político, social y económico en que vivimos y cuya supervivencia es la razón de existir del entetanimiento: todos ellos, sin excepción, son inexactos, cuando no abiertamente absurdos. Una denominación popular es  globalización , fenómeno que tuvo su origen a finales del siglo XIX, pero que sólo en las últimas décadas, cuando sus efectos se han hecho espectaculares, se ha re-conocido como tal. La industria del entetanimiento se preocupa de que los individuos no sean conscientes de que existen innumerables formas de "globalizar" el mundo y de que la elegida por el entetanimiento es sólo una de ellas: una particularmente perversa, si tenemos en cuenta que se globalizan sólo los privilegios de los más ricos  — que que pueden desplazarse, comprar y vender donde y como quieran —  mientras  mientras que los derechos de los pobres no sólo no se globalizan sino que se restringen ferozmente. Vemos así cómo cualquier multinacional puede abrir una fábrica en el más pobre de los países sin el menor contratiempo burocrático y con todas las facilidades f acilidades legales pagando unos salarios  ínfimos, mientras que al pobre trabajador que se ve obligado a aceptar el e l sueldo miserable que se le ofrece en esa misma fabrica, le está completamente vedada  —  tanto por obvias razones económicas como por disposiciones legales —  la posibilidad de emigrar al país del que procede esa multinacional para ganarse la  vida en él. Se utilizan también ampliamente expresiones disparatadas como economía de libre mercado o desregulada  para  para definir un sistema económico en el que todos los países industrializados (sin excepción) no sólo no defienden el libre mercado sino que son partidarios a ultranza del intervencionismo económico más riguroso, y saben perfectamente que la forma para que un país prospere y se enriquezca es precisamente — nada nada más y nada menos —  la  la mis-

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ma que ellos utilizaron para prosperar y enriquecerse: adoptar medidas férreamente proteccionistas que les permitieron crear los sistemas industriales sólidos de los que ahora disfrutan y con los que dominan el mundo. Los países ricos, merced a las coartadas imbéciles pero efectivas ef ectivas que les proporciona el entetanimiento, están consiguiendo que la población mundial consienta que se impida a los países pobres por medio de las disposiciones autoritarias del Banco Mundial, la OCDE o el  — por FMI —   —   utilizar los mismos mecanismos que aquellos países, ahora ricos y poderosos, utilizaron en su día para industrializarse y salir de la pobreza.  A pesar de todo, la denominación denominación que probablemente goza goza de mayor mayor popularidad, popularidad, tanto entre los garantes como entre los de-tractores del sistema, es la de neoliberalismo. Difícilmente podría ser tan equivocada y engañosa otra denominación: se trata de uno de los logros más asombrosos del entetanimiento. Si Adam Smith, Humboldt, Mili o cualquiera de los llamados "padres del liberalismo" levantaran la cabeza, se maravillarían ante la sandez en que incurren nuestros contemporáneos al calificar de liberal   un sistema que desprecia por completo al individuo frente a organizaciones totalitarias, relegándolo al papel de mero instrumento al servicio de éstas. Dicho sea de paso, parece que, a pesar de que son frecuentemente invocados, nadie  ha  ha leído a los viejos liberales y todos han olvidado lo que defendieron realmente. Nadie parece acordarse, por ejemplo, de las furibundas diatribas de Adam Smith contra la codicia de los ricos y poderosos. Se diría que todos hemos olvidado que la lucha de los liberales clásicos tuvo como enemigo principal el poder creciente del Estado y la Iglesia en detrimento del individuo y que, en cierto sentido, vencieron, puesto que hoy, y gracias a ellos, el poder se ha desplazado y ya no pertenece al Estado y la Iglesia. En un sentido más fundamental, sin embargo, el entetanimiento ha convertido aquella victoria en derrota al desplazar el poder despótico de la Iglesia y el Estado a otras organizaciones infinitamente más poderosas y sobre las que la población no tiene ni puede tener el menor control: grandes instituciones financieras, empresas multinacionales y organismos supranacionales  — como como el Banco Mundial, la OCDE,

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la OMC y el FMI —  que   que les sirven y están dirigidos por ellas. Esas instituciones, empresas y organismos son los verdaderos enemigos de cualquier auténtico liberal. Quien se proclame liberal y no comprenda esto, es, llanamente, un patético entetanido. Se olvida también que el liberalismo recalcaba la libertad del in-dividuo, su autonomía y su soberanía absoluta frente a otros poderes ajenos; se refería, por supuesto, a las personas físicas y no a las jurídicas: a los individuos, no a las sociedades. El mal llamado neoliberalismo actual, al proponer que tanto las personas físicas (con potencial y capacidad necesariamente limitados) como las jurídicas (práctica y virtualmente omnipotentes) compitan en un plano de igualdad, está condenando al individuo de forma inevitable, de modo que sea siempre derrotado y termine por concebir su existencia como sometida necesariamente a instancias superiores sobre las que no tiene el menor control. Con el liberalismo ocurre, en definitiva, exactamente lo mismo que sucedió hace algunas décadas con el darwinismo. Los ricos y poderosos emplearon un concepto  valioso en sí mismo  — el el darwinismo —   para justificar sus ambiciones de dominación con una utilización pervertida del mismo. George Bernard Shaw escribió refiriéndose a ellos: Por lo que sabemos, nunca en la historia se ha dado una tentativa tan resuelta, abundantemente subvencionada y políticamente organizada para persuadir a la raza humana de que todo progreso, toda prosperidad y toda salvación, individual y social, dependen de un conflicto desenfrenado entre el dinero y el alimento, de la supresión y eliminación de los débiles por los fuertes, del libre comercio, la libre contratación, la libre competencia, la libertad natural y el laissez-faire : en suma, de "someter al otro" con impunidad, estando toda interferencia gubernamental [...] destinada únicamente a proteger el fraude legalizado de los ataques que pueda recibir, y siendo todas las tentativas para despejar la confusión económica, o para introducir en ella objetivos humanitarios, "contrarias a las leyes de la economía política".

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Sería difícil encontrar mejores palabras para definir el corazón ideológico de nuestros "neoliberales".  Volviendo a nuestra argumentación inicial, ¿por qué nos cuesta tanto encontrar una denominación adecuada? ¿Por qué las que se han propuesto son tan groseramente falaces? ¿Por qué, por ejemplo, no utilizamos la palabra neofeudalismo para designar el sistema que hoy regula el mundo? Parece un término adecuado: nadie pondrá en duda que nuestra época se asemeja sorprendentemente a la primera época feudal, cuando el poder de los Estados se había desintegrado y repartido entre un puñado de individuos  — los los más ricos, poderosos y faltos de escrúpulos —  que  que lo ejercían de forma totalitaria y sin restricciones sobre la mayor parte de la población, cuyo destino se hallaba completamente a su merced.  Asimismo, y tal como ocurre en nuestros días, una minoría podía sobrevivir con algo más de dignidad sometiéndose en vasallaje a aquellos a quellos señores que le ofrecían protección y otros privilegios a cambio de su lealtad. Leer la historia del feudalismo es un curioso ejercicio de recapitulación del presente... Según hemos visto, encontrar un término adecuado, o al menos mejor y más descriptivo que los que se vienen utilizando, no es complicado. ¿Por qué, pues, no se encuentra?: porque no se quiere encontrar; porque hacerlo sería el primer paso en el camino que termina con la destrucción del entetanimiento y el sistema enfermo que sostiene. La denominación que propongo, imperfecta seguramente pero más precisa que las existentes, y que utilizaré a lo largo de este pan-fleto, es entetanimiento económico o, para abreviar, entetanimiento a secas. Así, cuando utilice esta palabra, entetanimiento, el contexto permitirá distinguir fácilmente si me refiero al sistema económico imperante hoy en el mundo o al particular sistema de propaganda destinado a protegerlo y perpetuarlo.

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8  Aburrido paréntesis paréntesis económico "Libre empresa" es una expresión que, en la práctica, se refiere a un sistema de subsidio  público y beneficio privado, con una intervención masiva del gobierno en la economía para mantener un estado de bienestar para los ricos.

Noam Chomsky Los pocos que comprenden el sistema, debido a su interés en los beneficios o favores que éste les proporciona, no presentarán ninguna oposición; por otro lado, la gran masa de la  población, mentalmente incapaz de entender las tremendas ventajas [que obtenemos], obtenemos], soportará su carga sin quejarse, y quizás sin comprender que el sistema es contrario a sus intereses más preciados.

Hermanos Rothchild Si la mayor parte de los recortes impositivos recae sobre los ricos es debido a que la mayoría de la gente que paga impuestos es rica.

George W. Bush

Según hemos visto, llamamos entetanimiento económico a la ideología hoy dominante en el mundo, a la filosofía que diseña y construye nuestra sociedad y proporciona el fundamento ideológico a

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las decisiones de nuestros políticos y de los directivos de las grandes corporaciones y de las instituciones políticas y económicas trans-nacionales. Esta doctrina o nueva fe  — pues, pues, como estamos viendo, no es otra cosa —   determina las políticas internacionales medioambientales, sociales y económicas; y decide qué cosas son justas, qué acciones políticas deben emprenderse, qué es conveniente en el ámbito social, local, nacional e internacional, qué es moral o inmoral, qué es perseguible y qué es delito. En definitiva, configura el sistema de valores morales y legales en el que nos desenvolvemos. En su particular vertiente económica, el entetanimiento se caracteriza por un desprecio fundamental de hecho (no siempre de palabra) hacia las prioridades de los más necesitados, así como por una glorificación cuasi religiosa de las demandas de los poderosos (esta última también de hecho, aunque nunca de palabra). Estas dos características básicas suelen concretarse en una serie de medidas que se observan, con mayor o menor claridad, en todas las economías de los países occidentales y que, a grandes rasgos, son las siguientes: Reducción drástica de los gastos sociales, tales como los relativos a la sanidad, la educación, el acceso a la cultura o la reinserción de la población penitenciaria. • Aumento brutal del porcentaje de los presupuestos destinado a la investigación, fabricación y tráfico legal de armamento. • Aumento de las medidas legislativas represoras en detrimento de las preventivas. Traslado de las decisiones políticas que tradicionalmente se tomaban en los • parlamentos u otros organismos compuestos por representantes del pueblo a organizaciones supranacionales de funcionamiento no democrático y sobre las que la población no puede ejercer ningún tipo de control. • Sustitución de las medidas fiscales progresivas por otras de carácter regresivo. Es decir, se considera obsoleta la idea de que quien tiene más di nero es quien debe pagar más impuestos. •

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Subvenciones a los ricos, tanto mediante medidas fiscales más o menos indirectas como de forma directa, por ejemplo apoyando económicamente a las grandes empresas sin exigir a cambio contrapartida alguna, ni de tipo social ni de ningún otro. • Desregulación de aquellas áreas del mercado que pueden ser dominadas por una pequeña minoría y concesión de libertad legal a esta minoría para que ejerza ese control sin restricciones. Regulación estricta de aquellas áreas del mercado en las que se • podría ejercer una sana competencia y en las que no se prevén posiciones dominantes que favorezcan los intereses de las élites. Desregulación de los derechos de los trabajadores, de las minorías y de las • personas con pocos recursos económicos y establecimiento de medidas tendentes a sustraer competencias, criminalizar y eliminar las organizaciones destinadas a garantizar esos derechos. • Endurecimiento de las medidas legales que impiden la inmigración de ciudadanos de los países pobres. • Mediocrización y estandarización de la cultura. • Desregularización absoluta del mercado del dinero y permisividad total con las transacciones puramente especulativas. •

Estas medidas y otras similares se están aplicando a plicando en todos los países occidentales desarrollados de forma más o menos voluntaria; y de forma involuntaria  — e impuesta por aquéllos (ésta es la función real del Banco Mundial, tal como ha confesado uno de sus ex-presidentes) —   en la mayor parte del resto de naciones.  —  en  A inicios del siglo XXI, la aceptación de los presupuestos enfermizos del entetanimiento se ha hecho prácticamente universal en todas las esferas de poder político, hasta el punto de que en ellas se considera natural e indiscutible la identidad entre entetanimiento y proceso de globalización. Se trata de un fenómeno históricamente insólito: nunca antes una ideología particular había logrado per-mear tan profundamente la totalidad de las capas de la organizaorganiza -

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ción social humana. De igual forma, nunca antes una ideología había tenido un impacto en la realidad y en la conformación física del mundo comparable a la que tiene hoy el entetanimiento. Este éxito arrollador nos permite precisamente conocer cómo es esta ideología, a pesar de que apenas tiene unas décadas de existencia. El entetanimiento económico se basa en el principio siguiente: "la disminución progresiva del poder del Estado, conjuntamente con la liberalización absoluta del mercado y de las fuerzas que actúan en él, redundará, más tarde o más temprano, en un beneficio para el total de la humanidad; este beneficio se concretará en un aumento del bienestar general y de la libertad individual". Esta es la justificación moral del mal llamado neoliberalismo y de todas las políticas que se acometen en su nombre. Suele decirse que el primero que expresó esta teoría de forma distinta y coherente fue Adam Smith, en el siglo XVIII. Adam Smith imaginaba la existencia de una "mano invisible" que actuaba como un dios bondadoso, permitiendo que de la confrontación sin restricciones del interés egoísta y particular de todos los individuos en el mercado, surgiera el bienestar general para todos, incluso para los más pobres y desfavorecidos. El entetanimiento económico se basa asimismo en otros principios que se deducen en mayor o menor medida del que acabo de formular, como el principio que postula que la competencia es el camino mejor y más infalible hacia la excelencia, o que el único factor significativo en la motivación del hombre es el interés egoísta por el propio bienestar y beneficio, o que el aumento de riqueza de los poderosos termina siempre por generar riqueza en los pobres (teoría del "goteo hacia abajo"), etc.  Todos estos principios especulativos han demostrado ser falsos . Tenían, sin duda, cierto sentido en el siglo XVIII, pero sostenerlos hoy en día es  — digámoslo digámoslo francamente —   una manifiesta estupidez. No es cuestión de opinión, sino de observación de los hechos y descripción. Gracias a la experiencia adquirida desde el lejano 1770, cuando Adam Smith publicó La riqueza de las naciones , sabemos en la actualidad que esos principios son erróneos y no funcionan en el mundo real. Esto es algo que se da por senta-

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do y ya ni tan siquiera se discute en las esferas económicas más próximas al entetanimiento; únicamente se utiliza como argumento demagógico ante auditorios que se supone ignorantes, y por ello fácilmente manipulables (por ejemplo, se reconoce generalmente que en un mercado desregulado el conflicto entre el bien privado y el bien social se resuelve siempre en favor del primero). Ni los propios valedores del sistema cuestionan ya que las políticas del entetanimiento han demostrado ser absolutamente ineficaces para lograr los objetivos de bienestar generalizado pretendidos, como tampoco cuestionan el hecho de que aquellas políticas se han puesto en práctica en incontables ocasiones con resultados siempre nefastos. Lo cierto es que las circunstancias económicas en las que se movían tanto Adam Smith como el resto de liberales "clásicos" no tenían absolutamente nada que ver con las actuales. Los conceptos de movilidad del trabajo y del capital, por ejemplo, piedras miliares de aquel liberalismo económico, no sólo han variado desde entonces sino que se han transformado hasta un punto en que serían irreconocibles para aquellos economistas precursores. Esta circunstancia es suficiente para deslegitimar de raíz todos los intentos de d e extrapolar aquellas teorías al presente, así como para demostrar que esas extrapolaciones ex trapolaciones no son más que sandeces carentes del menor fundamento. Si el entetanimiento las sigue difundiendo, se debe únicamente a que proporcionan una coartada magnífica  — con con una agradable apariencia de verosimilitud —  a  a quienes se benefician de él. No es cierto, por ejemplo, que el sector privado sea necesaria-mente más eficaz que el público (si observamos la historia reciente, observamos que ha sido el sector público el que ha reactivado a menudo una economía estancada o ha contribuido decisivamente a generalizar la alfabetización o la sanidad en los países occidentales). Que no haya ninguna prueba de esta supuesta eficacia necesaria  no obsta, sin embargo, para que esta falacia se enseñe desde los pulpitos universitarios y se pregone desde las páginas de economía de los periódicos como si se tratara de un hecho natural, incontestado y evidente por sí mismo.

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 Tampoco es cierto que la competencia genere necesariamente  excelencia.   excelencia. Véase lo ocurrido en España con la multiplicación de televisiones: la única excelencia que se ha logrado ha sido elevar el desprecio al público hasta un nivel inigualable.  Asimismo, como es sabido, no se ha producido una liberalización absoluta y sólo se ha permitido crear televisiones a unos pocos grupos privilegiados. Esto es característico del entetanimiento: sólo se privatiza y desregula aquella parte del mercado que se controla o se puede controlar totalmente. Se considera igualmente un hecho indiscutido que aquel "mercado perfecto" ideal de los teóricos del antiguo liberalismo no es más que una entelequia: el poder (el dinero) no sólo controla y manipula el mercado, sino que lo modela, le da forma y lo reconstruye para que sirva mejor a sus intereses particulares. Si ello es así, y tan incuestionable, ¿por qué se siguen aplicando las doctrinas que dicta el entetanimiento? ¿Por qué todos los organismos nacionales e internacionales con capacidad de acción política aplican ciegamente medidas basadas en esos presupuestos cuya falsedad ha sido demostrada empíricamente? ¿Y por qué no sólo actúan de este modo, sino que cada vez lo hacen con mayor celo? ¿Por qué ocurre esto si se ha probado, más allá de cualquier duda razonable, que la ejecución de este tipo de planes conlleva el aumento de la pobreza, el despojo de las libertades más básicas y una miseria creciente para grandes masas de la población? ¿Por qué se siguen aplicando políticas que conllevan precisamente los efectos contrarios que se declara perseguir? La respuesta a estos porqués es sencilla, y sólo el hecho de estar inmersos en la cultura del entetanimiento explica que ésta no aparezca desenmascarada cada día, para nuestra vergüenza, en los titulares de todos los medios de comunicación: las  políticas del entetanimiento se siguen porque funcionan perfectamente en cierto sentido particular  particular . Observemos qué es lo que ocurre cada vez que los principales esbirros del entetanimiento  — el el FMI, la OMC, el G8, la OCDE, el Banco Mundial, etc. —  utilizan su poder para imponer sus directrices a los países del Tercer Mundo o a colectivos que no pueden enfrentarse a ellos. Tras haberse aplicado las medidas que es-

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tos organismos consideraban necesarias, se producen invariablemente las tres siguientes circunstancias: 1.  Nunca  se   se cumplen los objetivos declarados de aumentar el bienestar y las libertades de los pueblos sujetos a esas medidas, sino todo lo contrario. El efecto es siempre el mismo: aumento de la pobreza, restricción de las libertades y un empeoramiento general de todas las situaciones que se "pretendía" solucionar. Siempre   resultan beneficiados  — extraordinariamente 2. extraordinariamente beneficiados —  aquellos individuos, empresas y organizaciones que han impuesto esas medidas, m edidas, así como las élites, ya ricas y poderosas, de los lugares en los que se han aplicado. 3. Siempre , una vez cumplidos los dos puntos anteriores y transcurrido algún tiempo, quienes han instigado esas medidas se muestran sorprendidísimos por el nefasto resultado y encargan a los fieles sacerdotes del sistema  — los los economistas —   que den una explicación teórica que les exculpe de toda responsabilidad. Estos, naturalmente, la proporcionan, demostrando generalmente con gran lujo de detalles que han sido los propios perjudicados quienes, en definitiva, estropearon un plan originalmente perfecto. Este proceso se ha repetido infinidad de veces. Tómese al azar cualquier país del  Tercer Mundo (o incluso países que, como Argentina, Argentina, habían puesto ya un pie en el primero) y se tendrá un ejemplo que lo corrobore. En el momento de escribir este capítulo (agosto de 2004), el Banco Mundial  —  cuyo presidente fue elegido "a dedo", sin la menor participación democrática, después de que el gobierno del que formaba parte perdiera la confianza de los electores en las urnas y se viera relegado a la oposición —   acaba de emitir un comunicado dirigido a todos los países miembros de la UE urgiéndoles a que den un paso más allá en la flexibilización laboral: es decir, despidos, aumento de la jornada laboral, reducción de los derechos de los trabajadores, etc. Los preclaros intelectos del Banco Mundial

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afirman que esta medida es necesaria para mantener el sistema en funcionamiento. Por supuesto, tienen razón; la cuestión es si la población quiere realmente mantener este sistema o si, por el contrario, preferiría un tipo de sociedad diferente, en la que la política fuese verdaderamente democrática y en la que las consideraciones de carácter económico y el aumento de los privilegios de los poderosos no fueran los únicos criterios que determinan las acciones de los gobiernos y las instituciones supranacionales que afectan a todos los ciudadanos. La cuestión es diáfana. Se ha propuesto una teoría y se han diseñado múltiples y diversos experimentos para validarla. Los experimentos se han llevado a cabo y todos han demostrado la falsedad de la teoría: de forma fehaciente se ha demostrado que la puesta en práctica de los presupuestos del entetanimiento económico conlleva una reducción del bienestar general, un aumento de las desigualdades sociales y una clara disminución de las libertades individuales. Se trata de un hecho incontrovertible. Comprender esto es simple para cualquier individuo que no se empeñe en perseverar en la estupidez. Por esto es necesario el entetanimiento: para que, mientras el individuo se autodegrada con-sumiendo y refocilándose en la basura que se le suministra, no vea lo obvio, no proteste y continúe permitiendo que los ricos y poderosos aumenten su poder y riquezas y los pobres sigan muriendo a millones soportando existencias miserables a costa del bienestar de esos ricos y poderosos.

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9 Economistas y empresarios  Entrad en la Bolsa de Londres [...].. Allí, el judío, el musulmán y el cristiano tratan unos con otros como si fueran de d e la misma religión, y sólo dan el nombre de infieles a quienes caen en la bancarrota.

 Voltaire  En las acciones de todos los hombres, en especial de los Príncipes, donde no hay tribunal al que apelar, se juzga según el resultado. Procure pues pue s el Príncipe vivir y conservar el  Estado: los medios serán siempre juzgados honorables y celebrados por todos.

Nicolás Maquiavelo Un economista es un experto que mañana sabrá por qué las cosas que predijo ayer no se han cumplido hoy.

Lawrence J. Peter

Este es el momento oportuno para que entre en escena uno de los colaboradores estelares del entetanimiento, quien se encarga de elaborar las coartadas y excusas teóricas que justifican los continuos fracasos de sus desquiciadas teorías: el economista. En la cultura del entetanimiento, el economista es el encargado de crear un sistema pseudocientífico tan complicado e impe-

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netrable como sea posible (por motivos obvios) destinado a salvaguardar todas las fantasías sobre las que se asienta el entetanimiento económico. El dogma fundamental de este sistema de creencias es la naturaleza mística del Mercado. De acuerdo con la doctrina del entetanimiento, el Mercado es Dios: quien toma las decisiones y decreta el destino de los individuos en todos los ámbitos, hasta el absurdo extremo de considerar que todo aquello que no pueda circunscribirse dentro de sus parámetros debe ser ignorado y expulsado de esta nueva y excluyente realidad. Por razones obvias, el mercado no puede "comprender", por supuesto, cosas tales como la generosidad, el altruismo, la finitud de los recursos naturales o la no necesaria identidad entre interés público e interés privado, pero esto no preocupa a nuestros sacerdotes economistas, que predican fanáticamente la nueva fe desde los numerosos pulpitos que los medios de entetanimiento ponen a su servicio. Así, el pobre economista hereje que se atreve a poner en duda cualquiera de sus dogmas es expulsado expeditivamente del círculo de los justos y enviado a cualquier otro departamento universitario  — al al de Sociología, por ejemplo — , donde se le permitirá dar rienda suelta a sus heréticos desvaríos. Los economistas son los nuevos sacerdotes de este nuevo Dios e incluso hablan de él é l atribuyéndole cualidades personales: "el Mercado exige...", "el Mercado está nervioso"...  A pesar de que que el carácter científico científico de la economía economía apenas se discute, discute, su capacidad de predicción  — uno uno de los criterios funda-mentales f unda-mentales para discriminar entre ciencia y chaladura —  no  no es precisamente espectacular. Podría decirse a este respecto que su nivel es parejo al de la meteorología: pueden hacerse todo tipo de pro-nósticos teóricos pero, más allá de dos o tres semanas, las probabilidades de que sean acertados son dictadas por el puro azar. La realidad es que la llamada ciencia económica está muy lejos de ofrecer los logros indudables, abundantes y exactos de ciencias tales como la física, las matemáticas o la biología. El economista, por decirlo de alguna manera, está mucho más próximo al antropólogo que al químico; o lo estaba hasta ahora, hasta que el entetanimiento ha mostrado la luz.

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El imperio del entetanimiento, al consagrar los criterios económicos como los únicos a tener en cuenta a la hora de realizar cualquier tipo de análisis social o político, eliminando por definición cualquier motivación distinta de la codicia, ha elevado al economista a una posición con la que éste nunca se habría atrevido a soñar. El entetanimiento  ha convertido al economista en alguien a tener  verdaderamente en cuenta. Han pasado los tiempos en que éste era un mero "científico social"; ahora su ciencia es la nueva Religión Verdadera universalmente  venerada. Por esta razón, no no es sorprendente sorprendente el alborozado alborozado entusiasmo con el que la han abrazado, incorporando a sus cosmovisiones particulares las directrices del entetanimiento como si fueran mandamientos sagrados. Por fin son importantes: ya pueden decir tonterías; ya pueden realizar especulaciones estériles que casi nunca se ven apoyadas por los da-tos y casi siempre son refutadas por los hechos. No importa. Ahora aparecen con la aureola del oráculo en los medios de comunicación, publican sesudos artículos (pagados a precio de oro y refutados a los dos días), o se dedican a predicar desde sus prestigiosas escuelas de negocios  — las las nuevas academias platónicas de nuestro tiempo —  los  los absurdos y obsoletos presupuestos del entetanimiento como si fueran verdades eternas. El entetanimiento, en definitiva, ha convertido al economista en alguien importante. Pero, ¿a qué precio? Al precio de verse reducido a actuar como un astrólogo: a ser un astrólogo. Antes del entetanimiento, el economista precisaba cierto talento, ingenio e intuición económica para destacar y ser respetado: ahora es suficiente con que grazne. Basta con que se limite a repetir los dogmas que afirman las virtudes fabulosas de una realidad que sólo existe en su obsoleta cosmovisión, y que ignore convenientemente los hechos que la cuestionan.  Veamos un ejemplo de de nuestro economista en acción. acción. En 1900, menos menos del 2% de la economía mundial era especulativa; en 2004, menos del 2% es economía real. Esto significa que menos de un 2% de las transacciones económicas que se producen en el planeta pertenecen a la economía real (es decir, a vender productos, bienes o servicios tangibles) y que el resto, el 98%, son transacciones

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de carácter especulativo que tienen como única y exclusiva finalidad obtener un lucro económico para los propios especuladores y no se traducen en la más mínima creación de riqueza para la población. Todo lo contrario: el perjuicio que esta situación económica provoca en la inmensa mayoría de la gente es colosal. El  volumen de dinero de este 98% es de unos 1.500 billones de dólares diarios , una cantidad que supera, por ejemplo, el PIB del Reino Unido. Esta situación proporciona a los especuladores un poder tan enorme que pueden influir decisivamente y a voluntad en cualquier sistema económico nacional, como de hecho está sucediendo. No es necesario ser particularmente sagaz para darse cuenta de que esta nueva circunstancia configura de forma absoluta el panorama económico mundial y de que cualquier análisis del mismo que no la tenga en cuenta estará viciado de raíz. Esto último es precisamente lo que están haciendo actualmente nuestros economistas. Por supuesto, reconocen que esta circunstancia existe y que tiene una importancia decisiva y unos efectos desastrosos para los más desfavorecidos (pueden ser muchas cosas, pero no imbéciles), pero se limitan a considerarla una peculiaridad económica inmutable y tan necesaria e inevitable como la salida del sol cada mañana. No se les ocurre plantearse que esta "peculiaridad" es una creación artificial, el producto de una serie de decisiones económicas tomadas por personas reales, que voluntaria y conscientemente escogieron ese camino en particular en detrimento de muchos otros posibles. Tampoco se les ocurre contemplar soluciones para remediar esta situación  — como como la indicada por el premio Nobel James Tobin — , a no ser de forma superficial. Vemos, así, que el economista descarriado al que se le ocurra tomárselas en serio es tachado rápidamente de optimista o idealista incurable y, tal como apuntaba más arriba, enviado expeditivamente a otro departamento. Las elucubraciones fantásticas de nuestros economistas están logrando que la población no reaccione al darse cuenta de que el entetanimiento está consolidando una dinámica mercantil que da por obsoleta la consideración de la actividad económica como un libre

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intercambio de bienes y servicios y que, por el contrario, afirma que el único motor de esta dinámica es el egoísmo individual, resumido en el lema "apodérate del dinero y recursos del otro sin ningún coste o con el menor coste posible". Están logrando que no se comprenda que esta nueva dinámica basada en la codicia sólo só lo puede sostenerse (además de quebrantando la ley) aprovechando la capacidad que posee el mercado, cuando funciona sin trabas ni regulaciones, para crear situaciones de poder que permiten a quienes las ocupan desposeer impune y legalmente a los menos afortunados. Están logrando que se acepte un sistema económico que ha sido capaz de dar carta de naturaleza a conceptos tan abominables como el de  pobreza estructural  — tan tan sólo comparable en crueldad a la creencia en el infierno — , y que genera una pobreza y unas desigualdades históricamente insólitas. Desde el punto de vista psicológico, el economista del entetanimiento muestra una particularidad muy interesante, que voy a consignar sin más comentarios y dejaré a gusto del lector. El economista tiene una  particular debilidad  por  por argumentar a la menor ocasión que el "Estado de bienestar"  — esa esa estupidez que supone que todo el mundo tiene unos derechos políticos y sociales básicos —  es   es algo obsoleto e inviable, que no funciona y que es imposible que funcione, y lo hace aportando una profusión de datos abrumadores en apoyo de su tesis. Sin embargo, parece ignorar que, si bien es totalmente tota lmente cierto que el "Estado de bienestar" no funciona, ello ocurre porque durante los últimos 30 años los gurús del entetanimiento, con los economistas como abanderados, se han dedicado a desmontar concienzuda e implacablemente los pilares sobre los que se sostenía. No es sorprendente que no funcione. Dicho esto, la solución es obvia para todo el mundo: para todo el mundo excepto para los economistas y demás valedores del entetanimiento. El entetanimiento ha logrado que en nuestras sociedades democráticas de derecho operen impunemente unas organizaciones totalitarias que regulan en la práctica nuestras vidas sin que seamos plenamente conscientes de ello. Estas organizaciones de funcionamiento autoritario  — estatutariamente estatutariamente no  —  no democráticas —   no son

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otras que las grandes empresas multinacionales, todas ellas en manos privadas y por ello ajenas al control de la población. Esta circunstancia no sería dañina en sí misma si esas organizaciones no fueran las que establecen en último término las leyes que todos debemos obedecer y que regulan férreamente nuestras vidas. La realidad es que el entetanimiento ha conseguido co nseguido que el proceso que tuvo lugar a lo largo del siglo XX, mediante el cual las personas jurídicas vieron cómo se acrecentaban sus derechos hasta igualar los de las personas físicas  — y luego superarlos ampliamente — , haya pasado completamente desapercibido, hasta el punto de que se considera algo natural que las sociedades tengan más derechos y menos obligaciones que las personas a las que debieran servir. Parece que nadie percibe que en un mercado como el actual, en el que se obliga a personas físicas y sociedades a competir, la situación de desigualdad es manifiesta en favor de las sociedades, que no pue-den por menos que triunfar sobre los individuos como y cuando quieran. Llegados a este punto, podría parecer que, junto al economista, existe otro tipo profesional  — el el empresario — , cuyas actividades deberían hacerle merecedor de críticas análogas a las que he dedicado a aquél. Esto sería un error, puesto que el empresario ya no existe. El concepto de actividad empresarial se ha modificado de forma sorprendente en las últimas décadas. Si hace treinta años el patrón de una gran empresa ganaba 40  veces más que cada uno de los los empleados que trabajaban para él, hoy esa diferencia en permanente crecimiento supone hasta 1.000 veces más. Los directivos de las grandes multinacionales perciben unos honorarios des-proporcionadamente multimillonarios y se aseguran una serie de privilegios, tales como contratos "blindados" o vergonzosas stock options  que  que les garantizan fortunas sardanapalescas sin asumir el menor riesgo. Por supuesto, este riesgo existe, tal como siempre ha existido en la actividad empresarial; la única diferencia es que ahora son los propios trabajadores quienes lo asumen. Los trabajadores son quienes asumen los riesgos en que incurren los empleadores gracias a unas leyes y disposiciones normativas diseña-

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das con esa específica finalidad. En los últimos años, por ejemplo, y gracias a la impunidad que estas nuevas leyes del entetanimiento garantizan a sus gestores, han proliferado las grandes multinacionales que han quebrado de la noche a la mañana dejando sin sus ahorros a cientos de miles de pequeños inversores que contaban con ellos para paliar la desprotección social (educación de los hijos, pensiones, etc.) instituida por aquellas mismas leyes del entetanimiento. Por supuesto, los empresarios, los funcionarios del entetanimiento que ocupaban los puestos directivos de esas multinacionales, no sólo no se vieron perjudicados  — hace hace apenas unas décadas hubieran sido encarcelados fulminantemente — , sino que aprovecharon la situación para incrementar fabulosamente sus patrimonios a costa de los accionistas a quienes habían arruinado. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que este aumento astronómico de las ganancias de la clase empresarial no incluye a la clase en extinción de los comerciantes independientes y pequeños empresarios, quienes, por el contrario,  ven como cada día sus beneficios son menores y sus probabilidades, no ya de competir sino simplemente de sobrevivir en un mercado diseñado por y para los que más tienen  — las las grandes multinacionales y las concentraciones empresariales —   — , decrecen aceleradamente. Parece que ha desaparecido de forma definitiva aquel empresario que todavía existía a mediados del siglo XX y que, por muchos defectos que tuviera, se preocupaba en cierto modo por otros objetivos distintos de los del lucro personal y el beneficio inmediato. Existen todavía, sin duda, jóvenes idealistas con un concepto equivalente de la actividad empresarial, que acceden a ese mundo con objetivos distintos a los del puro lucro económico o interés por el poder. Pero la omnipresencia del entetanimiento en todos los ámbitos de la actividad empresarial los condena al fracaso: este puñado de individuos o bien termina te rmina integrándose en el sistema y abrazando los principios que antaño aborrecían, o bien son eliminados por la implacabilidad del mismo, construido sobre unas bases que hacen materialmente imposible que una persona sobreviva en su seno manteniéndose honrada.

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Imaginemos, por ejemplo, a un empresario que desea fabricar zapatillas deportivas: se trata de un hombre honrado que cree que sus trabajadores tienen unos derechos mínimos en cuanto al salario y la seguridad laboral. ¿Qué posibilidades de éxito tiene este empresario cuando de repente aparece un competidor con sus mismos objetivos pero que no tiene escrúpulo alguno en instalar su fábrica en un país del  Tercer Mundo, donde verdaderos verdaderos esclavos fabricarán sus zapatillas por salarios salarios de de miseria? Ninguna. Este es sólo un ejemplo de lo que ocurre en un mercado desregulado donde impera la ley del más fuerte y del menos escrupuloso, y donde  valores como la solidaridad o el respeto a la dignidad humana no se contemplan puesto que no pueden traducirse en beneficios económicos. La dinámica del entetanimiento ha terminado por convertir al empresario en un representante o intermediario de sus intereses. El entetanimiento es el que establece las prioridades de este nuevo empresario y determina sus ambiciones y proyectos. El empresario es el gestor del entetanimiento, que lo coloca al frente de sus instituciones comerciales para que siga sus instrucciones al pie de la letra, cosa que no puede dejar de hacer puesto que, en ese caso, corre el riesgo seguro de ser expulsado inmediatamente del sistema.

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10 Políticos y política [En los partidos políticos democráticos] la ortodoxia se valora más que la honradez o la  perspicacia, con el resultado de que a la mayoría de los jóvenes que no son mediocres la  política de partido les parece intolerable y la abandonan antes de tener ocasión de convertirse en dirigentes.

Bertrand Russell  Quienes han sido intoxicados por el poder y han obtenido del mismo cualquier tipo de emolumento, aunque sólo sea durante un año, nunca serán ya capaces de abandonarlo voluntariamente.

Edmund Burke Idiota: del griego idiotas, utilizado para referirse a quien no se metía en política,  preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás.

Fernando Savater

Si es cierto el lugar común que afirma que todos los pueblos tienen los políticos que se merecen, esto significa que no estamos legitimados precisamente para acusar a la caterva de corruptos de-generados que forman nuestra clase política.  Vamos a hacerlo, sin embargo: embargo: en ningún caso caso podremos caer más bajo que ellos.

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No es exagerado decir que toda nuestra clase política está profundamente corrompida, tanto que las generaciones más jóvenes dan por sentado que esta corrupción es inherente a la propia función del político y ni tan siquiera la cuestionan. Quiero hacer aquí una pequeña puntualización y aclarar que cuando hablo de   no me refiero a la corrupción "tradicional", consistente en pervertir el corrupción  no propio cargo para obtener beneficios personales espurios (un tipo de corrupción abundante, por otra parte, y que permea todas las instituciones públicas). No, cuando hablo de corrupción  me  me refiero a la que consiste en pervertir la función más propia y característica del político democrático, que no es otra que la relación de representatividad que éste se ha comprometido a asumir frente al ciudadano: en realidad, la única característica que lo legitima como tal. Una vez más, no se trata de un fenómeno nuevo ni sorprendente. En torno al poder político ha existido siempre la tentación de obviar la voluntad del pueblo, escudándose habitualmente en su supuesta ignorancia e incapacidad natural para determinar sus intereses por sí mismo. Sucumbir a esta tentación ha sido tradicionalmente sencillo en los sistemas de gobierno totalitarios puesto que en estos casos el sometimiento del pueblo es, en mayor o menor grado, una condición inherente al propio sistema. En los regímenes democráticos, resulta más complicado aplicar medidas que signifiquen de hecho una sumisión equivalente a los dictados de una élite privilegiada. La posibilidad está siempre presente, sin embargo, y se precisa una vigilancia constante  para  para que no termine convirtiéndose en realidad (como ocurre indefectiblemente cuando la vigilancia se relaja, tal como nos demuestra la historia). El entetanimiento ha destruido por completo la simple posibilidad de existencia de esta vigilancia. Hace apenas unas décadas era todavía posible encontrar un sólido puñado de políticos honrados que no habían sido corrompidos ni por la codicia ni por la  vanidad ni por la estupidez. Hoy se da la triste circunstancia de que el político honesto no tiene la menor posibilidad de alcanzar una cota de poder significativa (si dejamos a un lado la excepción del colega que lo entroniza de forma

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temporal con fines propagandísticos y de imagen). En la actualidad, el político no muestra escrúpulo alguno a la hora de pervertir la naturaleza más fundamental de su condición y admite abiertamente, cuando su círculo de oyentes no es masivo, que miente y que la manipulación de los ciudadanos es una condición esencial de su actividad. Nuestro político se complace en referirse a la política como "el arte de lo posible", convirtiendo el cinismo en su segunda naturaleza, y respira satisfecho desde su poltrona sabiéndose protegido por la industria del entetanimiento, que obra la sorprendente maravilla de cegar a todos aquellos que, en un pis pas y tan sólo con desearlo, podrían acabar con toda su corrupción y sus gratuitos privilegios. Los políticos se han convertido en los serviles lacayos de las multinacionales y en los vasallos de los poderosos, hasta el extremo de haber terminado por reducir la función política a un mero sistema propagandístico que tiene como fin último lograr que los ciudadanos apoyen las decisiones ya tomadas de forma totalmente unilateral y autoritaria por aquellas instituciones poderosas poderosas a las que sirven (ésta, y no otra, es la razón que motiva las frecuentes encuestas y sondeos de opinión efectuados entre la ciudadanía). El político ya no es el representante del ciudadano sino el de los gestores del entetanimiento (multinacionales, grupos de presión, instituciones financieras, etc.), hasta el punto de que, cuanto mayor es el poder de los organismos que estos gestores representan, mayor es la "representatividad" de que disfrutan en la toma de decisiones políticas. ¿Por qué ha ocurrido esto? ¿Qué le ha sucedido a nuestra clase política para haber degenerado tanto y terminar por hacer de la corrupción y el desprecio al electorado sus enseñas distintivas? Una parte de la respuesta a esta pregunta ya la conocemos. Según hemos visto más arriba, las consideraciones económicas han acabado por suplantar, eliminándolas, el resto de consideraciones  — sociales, sociales, políticas, medioambientales, etc. —   —   que antes se utilizaban para fundamentar las decisiones políticas, culminando un proceso desarrollado a lo largo del siglo XX. Tiempo atrás, las de-cisiones de importancia que afectaban a los ciudadanos eran toma-

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das por sus representantes políticos, quienes, al menos sobre el papel, tenían en cuenta su voluntad y  — esto esto es importante —   acudían únicamente a los economistas, banqueros y grandes propietarios en busca de opinión y consejo, que  podían  o   o no seguir. Hoy son estos últimos quienes toman de hecho y de forma directa las decisiones, habiendo reducido a los políticos a meros instrumentos. En nuestros días, las grandes compañías multinacionales, los grupos de presión y las instituciones supranacionales de carácter económico  — sobre sobre las que los ciudadanos no tienen la menor in-fluencia o posibilidad de control —  son  son los que ordenan a los dóciles políticos qué decisiones deben tomar y cuáles deben ser sus prioridades. La desventaja y el peligro que esto supone para los ciudadanos resulta más que evidente en muchos aspectos, y en particular cuando se constata la falta de transparencia en la gestión in-terna de esos grupos (pues son organismos de carácter privado, autoritarios y no representativos), lo que les permite actuar sin otras restricciones que las que ellos tengan a bien autoimponerse. Las instituciones que en último término toman las decisiones políticas  — el el FMI, la OMC, el Banco Mundial, etc. —   —   son organismos completamente opacos al control de los ciudadanos. La ciudadanía no tiene ni puede tener ningún tipo de control sobre estos grupos, y en la mayoría de los casos ni siquiera se le reconoce el derecho a estar informada de las deliberaciones que han conducido a decisiones que le afectan directamente.  Ahora comprendemos la patética situación de nuestra clase política, reducida por el entetanimiento a una situación en la que sólo se le permite tomar decisiones de importancia secundaria y en la que se ve obligada a ocultar oc ultar al electorado, y a veces también a sí misma, la sumisión humillante a la que se ha sometido de modo  voluntario. Esta sumisión sumisión tiene un precio que el entetanimiento paga, desde luego, con generosidad en forma de elevadísimos honorarios y todo tipo de oportunidades de enriquecimiento (informaciones privilegiadas, nepotismo, etc.), entre las cuales figura la más envidiada de todas las sinecuras: el retiro de un político. En efecto, cuando nuestros políticos son derrotados y se ven apeados del poder, se resienten únicamente en su vanidad pero nunca en

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su bolsillo. El político retirado se cubre de oro recogiendo los frutos producidos por las semillas sembradas durante el tiempo que ocupó la poltrona del poder. Ya sea dando conferencias multimillonarias, ya sea aceptando cargos florero en instituciones oficiales, ya sea "asesorando" a cualquier fundación o empresa privada, el político tiene más que asegurado su futuro en la sociedad del entetanimiento. Lo único que piden nuestros políticos, lo único que necesitan, es que se les vote. Pero, atención, eso es lo único que les interesa de sus electores: que cada cuatro años salgan de sus casas para acudir a las urnas y depositar el voto e, inmediatamente después, volver al letargo político en que se encontraban. Desean conseguir el poder otros cuatro años, u ocho, o veinte. El voto es su obsesión, a pesar de que saben perfectamente que cada vez tiene menos valor en la sociedad que el entetanimiento construye con su ayuda. Imaginemos una sociedad en la que todo está privatizado, en la que toda la riqueza se concentra en unas pocas manos, los medios de comunicación son manejados por unos pocos, los recursos sanitarios están en manos privadas y los gastos sociales los determina el mercado... ¿Qué utilidad real pueden tener los votos de los ciudadanos en semejante sociedad? ¿Cómo pueden las votaciones llegar a incidir de forma efectiva en este sistema? De ninguna manera o, en el mejor de los casos, de manera muy precaria. El voto sólo puede influir en la cosa pública; si desaparece la cosa pública, el voto es fútil. Podrá tratarse nominalmente de una democracia, aunque no será realmente más que una plutocracia: el gobierno de los ricos . El político sabe perfectamente todo esto, al igual que sabe perfectamente que no  va a poder cumplir ninguna de las promesas que hace a sus electores para que le  voten, ya que, como hemos visto, no será a ellos a quienes obedezca. Por esta razón, el político les promete lo que sea, cualquier cosa que crea podrá influir en su in-tención de voto, aun siendo totalmente consciente de que no va a poder hacer honor a su palabra ("político" y "palabra" en una misma frase: no se trata de un chiste). Lo vemos a diario: una vez el político ha conseguido el poder, se considera automática y olím-

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picamente desligado de la voluntad popular: "Ahora haré lo que me dé la gana durante los próximos cuatro años y, cuando falten unos meses para las próximas elecciones, ya se me ocurrirá alguna concesión para recuperar la confianza de mis electores". Nuestro político olvida que el voto en sí mismo no vale nada; que su  valor radica en ser el título de la representatividad que los electores le otorgan. Si no existe esa representatividad, o ésta se ve disminuida, el voto no tiene la menor trascendencia, excepto en un sentido: es el vehículo que utiliza el político para acceder al cargo y justificarse a sí mismo y a los emolumentos y privilegios que percibe. Nada más. Esta verdad evidente, fácil de constatar, es la que el entetanimiento trata de ocultar, por ahora con gran éxito. Nuestros políticos aprenden rápidamente a olvidar que son sólo los representantes del pueblo y que todas sus decisiones deben respetar la voluntad de éste. Así, cada día vemos como nuestros gobiernos occidentales "democráticos" toman decisiones que vulneran la voluntad de las poblaciones que dicen representar, y a las que sólo tienen en cuenta en la medida en que las necesitan para volver a ocupar el poder en las siguientes elecciones. Si actúan de esta forma es debido a una segunda lección que aprenden con igual rapidez, y que consiste en dar por sentado que los electores en su conjunto  — la la masa —  son  son un agregado de imbéciles. "La gente es imbécil": esta frase resume su pensamiento, o mejor, lo describe. Entre nuestros políticos esta forma de pensar no sólo es común, sino unánime. Esta afirmación podría parecer una conjetura gratuita si no fuera porque nuestros políticos la confirman diaria e incesantemente desde todos los medios de comunicación, al insultar sistemática e invariablemente la inteligencia de los destinatarios de sus comunicados. Comparado con sus predecesores, el político actual es un mentiroso refinado. No existe ya el político ingenuo que, por ejemplo, defiende abiertamente la esclavitud diciendo algo así como: "Estoy a favor de la esclavitud. Abajo los moros. ¡Votadme!" No, el lugar de este político ha sido ocupado por otro  — el el nuestro —  que piensa exactamente  lo  lo mismo, pero ha aprendido del entetanimiento que no es conveniente decirlo de la misma  forma;  forma; que se pueden

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conseguir los mismos objetivos aprobando leyes que defienden no-minalmente cualquier objetivo loable (el que se utilizará en la propaganda institucional), pero entre cuyos efectos inevitables  se  se hallarán precisamente los objetivos que se callan. Pero dejemos este asunto por el momento y fijémonos en una circunstancia históricamente insólita. Se trata del sorprendente éxito que está teniendo el e l sistema democrático en todo el mundo. Al revés de lo que ocurría en el pasado reciente, hoy día los dirigentes de numerosos países que no hace mucho apoyaban regímenes violentamente autoritarios, están ansiosos por abrazar los principios democráticos. Parece como si padecieran una especie de "fiebre de democracia" que no se ve alterada por la significativa circunstancia de que todos los países que la han contraído últimamente no sólo no prosperan sino que se hunden cada vez más en la miseria. ¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué de repente el amo decide liberar a su esclavo? ¿Y por qué éste, una vez ha sido liberado, recae siempre  en  en una esclavitud mayor? La explicación no es difícil de hallar y sólo el entetanimiento impide que se reconozca y difunda abiertamente: en una sociedad verdaderamente democrática, en la que todo el mundo es igual ante la ley y en la que la ley refleja la voluntad de la mayoría de los ciudadanos  — y no sólo la de unos pocos — , el tirano y el esclavista no tienen la menor oportunidad de prosperar. Hace veinte años, el déspota abominaba de los sistemas democráticos porque eran fundamentalmente representativos, los políticos hacían su trabajo y éste constituía un freno a sus desmanes. Pero los tiempos han cambiado, y con ellos nuestras democracias, que, de acuerdo con el omnipresente entetanimiento, están perdiendo a marchas forzadas su carácter representativo. Hoy el tirano ya no tiene que someterse a los políticos porque éstos han abdicado de sus responsabilidades, de manera que las únicas reglas que debe respetar no son las que decide democráticamente la mayoría, sino las que ciertos individuos y compañías privadas establecen, que, curiosamente, siempre suelen ser afines a sus intereses. La curiosidad se desvanece, por supuesto, cuando nos damos cuenta de que uno y otros son, en definitiva, los mismos.

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 Al político (el actor por excelencia del entetanimiento) entetanimiento) le interesa que que usted se crea crea representado, que vote y participe en lo que se denomina la "escena política", y que hoy es, por las razones aducidas más arriba, sólo una farsa cruel que se burla de la auténtica democracia y de los derechos de los ciudadanos que se ven obligados a "participar" en ella. La contribución principal de nuestra clase política al triunfo del entetanimiento es lograr que el electorado no se dé cuenta de que ya no le representa, y de que la cadena de representatividad se ha roto por un lado y recompuesto secretamente por el otro.  A la vista de esto, no es sorprendente que el político contemporáneo sea un personaje pequeño y mediocre. ¿Quién sino un in-dividuo pequeño y mediocre permitiría verse convertido en eso? La estupidez y bajeza de nuestra clase política no es legendaria por la sencilla razón de que no ha transcurrido todavía el tiempo suficiente. Pero todo se andará. De lo expuesto hasta aquí, algún lector podría llegar a deducir que estoy realizando una apología del comportamiento apolítico, o que apoyo de alguna manera esa declaración que se oye con frecuencia: "paso de política" o "yo soy apolítico". Nada más lejos de la realidad. De hecho, no existe un entetanido más completo que quien ha sido capaz de pronunciar frases como ésas. Si se desea contribuir a solucionar los problemas que aquejan al mundo, es absolutamente imprescindible comprometerse participando en la vida política, ya que es uno de los pocos medios de influir en el estado del mundo que el entetanimiento no ha destruido todavía. Si el entetanimiento logra convencer a los individuos de que toda acción es fútil, habrá triunfado. Hemos visto más atrás cómo una de las metas fundamentales del entetanimiento económico es criminalizar al Estado privatizando todos los recursos y funciones públicas, excepto las destinadas a proteger los intereses de los ricos (como la policía o el ejército). La industria del entetanimiento insiste obsesivamente en que el Estado es la causa de todos los males y que debería desaparecer pero, al mismo tiempo, se esfuerza por ocultar que, por muy malo que sea y por mal que funcione, la participación política dentro

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de las instituciones públicas es la herramienta fundamental de cualquier sistema democrático y, en el caso que nos ocupa, una herramienta perfectamente legítima y útil para luchar con éxito contra el entetanimiento.

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11 Intelectuales Servir al príncipe es cegarse, pues el orden establecido oculta siempre el movimiento y los dramas de las relaciones sociales. Hay que ser, pues, un intelectual crítico.

 Alain Touraine  El servilismo con el poder es la tradición de nuestra intelectualidad, y si yo no la traicionara me avergonzaría de mí mismo.

Noam Chomsky  Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo.

 Johann Wolfgang von Goethe

En un mundo tan socialmente complejo como en el que vivimos, donde la especialización se ha convertido en regla y es difícil encontrar alguna parcela de la actividad humana que no disponga de un grupo profesional encargado de desarrollarla, no sería extraño que el cometido principal de uno de ellos fuera enfrentarse al entetanimiento. Efectivamente, este grupo existe: se trata de los intelectuales. Cuando se menciona la palabra intelectual  surge   surge siempre algún intelecto preclaro amante de las discusiones estériles que pone en cuestión el significado y alcance de esta palabra. Se trata del inte-

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lectual contemporáneo y una de sus herramientas de trabajo favoritas: el refugio en el relativismo para justificar la inacción (lo cual permite que el entetanimiento siga floreciendo sin contestación). La exactitud práctica de cualquier definición  viene determinada por el uso que que queramos hacer de ella. Así, teniendo en cuenta cuenta nuestro objetivo, puede decirse que el concepto de intelectual se extiende a lo largo de un continuo que va desde la excelente definición de Marcuse ("un intelectual es alguien que rechaza comprometerse con los dominadores") a la concepción popular que hoy se tiene del mismo, que considera intelectual a todo aquél que haya salido por televisión o publicado cualquier cosa en cualquier parte. Si nuestra concepción del intelectual se asemeja a la que he mencionado en primer lugar, no puedo dejar de constatar que ese tipo particular se ha esfumado misteriosamente de la escena cultural c ultural contemporánea. Los únicos intelectuales que podemos encontrar son venerables ancianos de pelo canoso que tuvieron su momento de gloria y que, debido probablemente a que pronto abandonarán este mundo, son tolerados como reliquias o mostrados orgullosamente por los responsables del entetanimiento, que los utilizan como coartadas morales para demostrar al mundo su magnánima tolerancia... siempre, eso sí, que no griten demasiado. La responsabilidad del intelectual en el éxito del entetanimiento es abrumadora, puesto que su función es, precisamente  — o debería serlo, según la definición de Marcuse — , identificarlo con claridad y mostrarlo al mundo en toda su gloriosa desnudez para que pueda ser observado libremente y sus vergüenzas examinadas universalmente (el intelectual es quien posee las herramientas conceptuales idóneas para realizar este cometido, circunstancia que lo convierte en moralmente responsable). ¿Dónde están nuestros Voltaires, nuestros Zolas, nuestros Unamunos? ¡Que fácil resulta responder hoy a esta pregunta! Los intelectuales contemporáneos no sólo son, sin la menor duda, los más entusiastas valedores del entetanimiento, sino también sus principales difusores y los más conspicuos responsables de su

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éxito, pues no sólo no retan al poder y lo ponen en cuestión sino que se prestan servilmente a trabajar para él y lloran de agradecimiento cuando les salpica algún resto de comida caído de las mesas de los poderosos. Como puede comprobarse sin dificultades, ésa es precisamente la tarea a la que el intelectual de nuestro tiempo ha consagrado todas sus energías: el triunfo del entetanimiento. Pero echemos un rápido vistazo, observemos cómo se comportan nuestros queridos intelectuales y cómo demuestran su independencia y su genio. Dependiendo del entusiasmo con que sirven a los intereses del entetanimiento, podemos repartirlos en siete grupos diferentes. En primer lugar tenemos al intelectual de pacotilla , al "intelectual sin intelecto", el que se pasea satisfecho por los platos de tele-visión, las tertulias radiofónicas y las redacciones de los periódicos repitiendo tópicos vacíos que concuerdan con los prejuicios de sus oyentes y sobre los que apenas ha reflexionado. Este tipo de intelectual no es demasiado interesante para el propósito que nos ocupa porque, a pesar de que difunde ciegamente las tonterías que el entetanimiento coloca en sus labios, raras veces es lo bastante sagaz para comprender cuál es el papel que desempeña en su difusión. Se trata de un individuo que dispone de los suficientes recursos intelectuales para dar a sus opiniones una apariencia de relevancia en realidad inexistente, pero con la que logra a menudo engañar a sus oyentes y casi siempre a sí mismo. Más interesante es el intelectual veleta , que ha desarrollado una. prodigiosa habilidad para participar activamente en cualquier ámbito de la escena cultural sin incurrir en el mínimo compromiso, ni tan siquiera poniendo levemente en cuestión los principios del entetanimiento. Si recordamos cual es la función del intelectual, hay que reconocer que se trata de una proeza extraordinaria que requiere necesariamente un intelecto agudo y despierto (aunque no profundo). El intelectual  veleta es capaz de escribir ensayos, pintar cuadros, componer poesías o colaborar en prensa sin compro-meterse nunca, aunque, característicamente, en sus declaraciones públicas no deja pasar jamás la oportunidad de mostrarse indignado ante la miseria del entetanimiento, algo que reconoce pero

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que, por alguna misteriosa razón, apenas aparece reflejado de forma significativa en sus producciones intelectuales. El tercer tipo de intelectual es el intelectual de clausura , que no suele participar en la  vida pública sino esporádicamente esporádicamente y realiza su trabajo en el ámbito universitario universitario o alguna institución similar. Este intelectual se dedica a construir y habitar auténticas torres de marfil en las que desarrolla sistemas teóricos e investigaciones tan alejados de la realidad que no tienen la menor posibilidad práctica de influir en el devenir triunfal del entetanimiento (naturalmente, existen parcelas de la investigación intelectual, como la física o las matemáticas, en las que ese "alejamiento" de la realidad es comprensible, e incluso deseable y necesario, y por supuesto aquí no me refiero a ellas). Ocurre que nuestros intelectuales han generalizado gen eralizado ese proceder extendiéndolo a todas las ciencias, incluidas aquéllas que, como la psicología o la sociología, excluyen casi por definición ese tipo de planteamientos. Por este motivo, las producciones de los intelectuales de clausura son siempre intrascendentes y quedan obsoletas rápidamente para todo el mundo excepto para ellos mismos, que, desde sus cargos universitarios, intentan utilizarlas para fertilizarse mutuamente (por supuesto, en vano). El intelectual de clausura es responsable de una auténtica idolatría de la banalidad, que le mueve necesariamente a convertir lo trivial en complejo y a expresarse con oscuridad en la esperanza de que ésta será tomada por profundidad. El intelectual de izquierdas  ocupa   ocupa el cuarto lugar de la clasificación. Es importante puntualizar que al hablar del intelectual de izquierdas no me estoy refiriendo a los intelectuales realmente   de izquierdas. Desde la caída del bloque soviético, los auténticos intelectuales de izquierdas han ido desvaneciéndose paulatinamente hasta desaparecer por completo presas de una vergüenza insoportable (han sido incapaces de comprender que la identidad entre "ser de izquierdas" y "ser marxistaleninista", causa de su patética angustia existencial, es una estupidez que el entetanimiento ha imbuido en sus atribuladas mentes). Actualmente, el intelectual de izquierdas es un individuo popular que defiende en apariencia   los principios tradicionalmente asignados al pensamiento de izquier-

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das, pero que acepta sin cuestionarlos la retórica, los prejuicios y las recompensas del entetanimiento. El método utilizado por este est e intelectual para compaginar estas dos actitudes claramente contradictorias consiste en criticar abiertamente ciertos subproductos y manifestaciones accesorias de la industria del entetanimiento y prestar, simultáneamente, un cuidado mayúsculo en soslayar cualquier crítica a los pilares fundamentales sobre los que se asienta esa industria, lo que, por tanto, podría ponerla en peligro. Estos intelectuales son, posiblemente, quienes contribuyen con mayor eficacia a la extensión del entetanimiento al crear una apariencia de confrontación  (inexistente  (inexistente en realidad) entre la comunidad intelectual y el entetanimiento, que ofrece una excelente coartada para permanecer con los brazos cruzados con la ilusión de que se está haciendo algo. Al igual que el resto de nuestros intelectuales, el intelectual de izquierdas ha desarrollado una capacidad asombrosa para realizar todas sus actividades ignorando que quien paga sus salarios o financia sus investigaciones suele ser el propio entetanimiento. El quinto lugar de la clasificación pertenece al  gran intelectual . Se trata t rata de individuos que pululan y medran en las cloacas de los ministerios y en la plétora de instituciones (fundaciones, think tanks , etc.) que sirven al entetanimiento y combinan una aguda inteligencia con una no menos asombrosa interiorización de los prejuicios que sostienen a los poderosos. El gran intelectual es el oráculo de nuestro tiempo: aquel cuyos artículos de opinión se disputan los periódicos y cuyos libros son venerados como textos sagrados por la clase política y el resto de la intelectualidad, que encuentran en ellos los sistemas teóricos y las cosmovisiones con los que pueden justificar su actitud servil ante los ricos y privilegiados. Se trata de individuos que inventan cosas tales como el "fin de la historia", el "choque de civilizaciones", el "fin de las ideologías" o el propio concepto de "entetanimiento" y que son, por ello, colmados de títulos y honores y encumbrados hasta los escalones más altos de la jerarquía. No importa que fallen y se equivoquen, no importa que sus predicciones y constructos teóricos se revelen siempre erróneos o sean manifiestamente estúpidos: el

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servicio que proporcionan al entetanimiento es de tal magnitud que es impensable que minucias tales como la verdad o la honradez lleguen nunca a tenerse en cuenta a la hora de valorar sus contribuciones.  A continuación co ntinuación tenemos al intelectual converso. El intelectual converso es el que ha  visto la luz, el que que después de bandear por uno y otro lado lado en el mar de las las teorías económicas y sociales ha sido bendecido con la iluminación y ha comprendido súbitamente que las recetas del entetanimiento económico son la Verdad. Este tipo de intelectual  — como como todos los que se dedican a la prédica tras caerse del caballo —  es  es un necio cuyo fanatismo le permite formular argumentos y opiniones que ignoran y malinterpretan sistemáticamente los hechos sin sentirse estúpido o avergonzado. El intelectual converso es aquel que, junto a una jarra de refrescante limonada, sentado en la terraza de su ático soleado, escribe libros en los que muestra un condescendiente desprecio ante la testarudez de un mundo, en el que más de 1.000 millones de personas carecen de agua potable, incapaz de comprender que la privatización total de los recursos acuíferos del planeta es una medida conveniente y deseable para todos. El intelectual converso se sor-prende, grita y hace aspavientos: es el hazmerreír, el bufón de nuestra época. Para cerrar la clasificación, y aun a riesgo de ofender a los puristas, quiero incluir en ella al aspirante a intelectual . El aspirante a intelectual es un individuo que no posee ninguna de las características atribuidas tradicionalmente a los intelectuales y que en ninguna otra época se habría atrevido a presentarse como tal (pues habría provocado la carcajada general). En la cultura del entetanimiento, sin embargo, esto es diferente. En nuestra época, el término intelectual  conserva  conserva aún un indudable prestigio y atractivo, precisamente el sueño secreto del aspirante a intelectual. Este ha logrado cierta relevancia pública en razón de su oficio u ocupación, pero no está satisfecho y alimenta la vaga sensación de que la sociedad le debe algo más. Se trata de actores, modelos o presenta-dores de televisión que ganan bastante dinero y que por la mañana se hacen budistas, por la tarde participan en una manifestación

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multitudinaria "contra la guerra" y por la noche aparecen en tele-visión te le-visión mostrando lo preocupados que están por el tópico de turno o casándose por el rito javanés. Son esos individuos que contratan a un negro para que les escriba un libro (si esos engendros pueden ser denominados libros), que luego muestran satisfechos al universo como prueba irrefutable de que ellos también son intelectuales merecedores de un respeto que hasta entonces, e injustamente, nuestra inicua sociedad les había negado. Pero olvidemos por el momento estas miserias y prestemos atención a una pequeña particularidad que aleja absolutamente a nuestros intelectuales de quienes les precedieron. Antaño el intelectual podía arriesgar su vida y su libertad al mantener públicamente sus principios y valores morales. Hoy, nuestro intelectual, que adopta fríamente como propios los valores de quien le alimenta, ni siquiera conserva la capacidad de sostener principios: se pliega como una caña ante el viento que más sopla, y si, por alguna casualidad afortunada, el viento deja de soplar y del estiércol de su mente brota un principio, enseguida acude el entetanimiento con su inagotable colección de coartadas para ayudarle a sofocarlo. Todo esto resulta más triste debido a que nuestros intelectuales no se juegan ni la libertad ni la vida: lo que hoy está en juego son sólo las lucrativas recompensas que les proporciona el entetanimiento. Este es el motivo por el que son incapaces de ocultar en los productos que expulsan al mundo el rabioso desprecio que, a causa de la envidia, sienten ante los ilustres colegas que les precedieron y arriesgaron sus vidas para conseguir las libertades y derechos de los que hoy disfrutan y que dilapidan sin miramientos. Nuestros intelectuales no sólo no "rechazan comprometerse con los dominadores" sino que han obrado la maravilla de invertir su función, convirtiéndose en sus más devotos portavoces, interiorizando sus valores y aceptando sin escrúpulos el papel que les han asignado en la dinámica del entetanimiento: en nuestra sociedad, los intelectuales son quienes se ocupan, por acción u omisión, de intoxicar a la población para que ésta no llegue a conocer lo que ocurre en el mundo, lo que se está haciendo y, sobre todo, lo que  podría hacerse .

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12 Periodistas y periodismo  En este país, la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de hacer frente  periodistas y escritores en general. [...] El hecho más lamentable en relación con la censura literaria en nuestro país ha sido principalmente de carácter voluntario. Las ideas impopulares, según se ha visto, pueden ser silenciadas, y los hechos desagradables ocultarse sin necesidad de ninguna prohibición oficial [...], no porque el gobierno las prohíba, sino  porque existe un acuerdo general y tácito sobre ciertos hechos que "no deben" mencionarse. mencionarse.  Esto es fácil de entender mientras la prensa británica siga siendo tal como es: muy centralizada y propiedad, en su mayor parte, de unos pocos hombres adinerados que tienen muchos motivos para no ser demasiado honestos al tratar ci ertos temas importantes. Pero esta misma clase de censura velada actúa también sobre los libros y las publicaciones en  general, así como sobre el cine, el teatro y la radio.

George Orwell Verdaderamente observo con conmiseración a la gran mayoría de mis compatriotas quienes, leyendo los periódicos, viven y mueren en la creencia de que han conocido algo de lo que ha estado ocurriendo en el mundo de su tiempo.

 Thomas Jefferson

Si el compromiso del político en el sistema democrático es respetar la voluntad de sus representados, y el del intelectual poner en

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la picota las desvergüenzas del poder, el compromiso de los periodistas no es otro que proporcionar a la ciudadanía la información necesaria para que pueda actuar dentro de ese sistema con plena conciencia de lo que ocurre. Sin un conocimiento fidedigno de las circunstancias que influyen en una determinada situación, resulta imposible tomar decisiones y actuar con inteligencia y eficacia  dentro  dentro de ella. Sobre el periodista recae la importantísima responsabilidad de informar sobre el estado del mundo, transmitiendo fielmente y con objetividad los hechos de los que tiene conocimiento en razón de su trabajo. En la medida en que ignora esta responsabilidad, el periodista contribuye al éxito del entetanimiento y es culpable de la extensión de sus efectos. Nuestra época es testigo de abundantes y estúpidas discusiones acerca de la verdad y la objetividad, impulsadas desde las universidades por tristes intelectuales que disfrutan perdiendo el tiempo en debates bizantinos y construcciones teóricas estériles (entre las cuales el "relativismo cultural" es la estrella). Un pensamiento favorito del imbécil contemporáneo es éste: "No existe e xiste nada como 'la verdad'; sólo existen verdades particulares. Sólo existe 'mi verdad' y 'tu verdad'". Lamentable. Se trata, en realidad, de una forma simple y cómoda de ver el mundo, que permite a su poseedor hacer y pensar cualquier cosa sin sentirse responsable de nada: puro entetanimiento. El periodista, como decía, está comprometido a mostrar los hechos de los que es testigo con la mayor objetividad posible. En todo suceso susceptible de ser noticia existe un reducto objetivo, que podrá comprenderse y expresarse con mayor o menor exactitud, dependiendo de las capacidades del propio periodista, y que debe ser comunicado con fidelidad. El periodista puede, naturalmente, opinar y contextualizar con absoluta liberalidad la información que proporciona siempre y cuando exprese claramente dónde están los límites que separan los hechos de sus opiniones. Horacio Sáenz Guerrero lo expresó con total claridad: "Hacer periodismo es ex-poner con humildad las cosas como son". Entre los muchos factores que pueden hacer fracasar al periodista en esta tarea, el que se da más a menudo es, probablemente,

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su propia incompetencia. Los medios de comunicación proporcionan diariamente pruebas abundantes de que cualquier cretino que grite lo suficiente, con suficiente seguridad, y en la dirección adecuada, no tendrá excesivas dificultades para ser aceptado en el gremio. Así, es frecuente que el periodista, cuando sigue los dictados del entetanimiento, lo haga por pura y simple estupidez. En este sentido, aventaja moralmente, sin duda, a políticos e intelectuales, quienes, cuando engañan y manipulan, suelen hacerlo con plena conciencia de ello, jadeando por las recompensas que recibirán. Los periodistas que se pliegan al entetanimiento no suelen esperar recompensas, aunque las reciban. Quien no se consuela es porque no quiere. Pero ignoremos púdicamente este último factor y preguntémonos cómo son nuestros periodistas, qué relación mantienen con el entetanimiento y hasta qué punto son sus eficaces propagadores. Cada año egresan de las facultades de periodismo numerosos licenciados llenos de sueños e ideales, convencidos de su capacidad para cambiar el mundo y de la importancia de su trabajo. La triste realidad, sin embargo, es que enseguida se encuentran con los gruesos muros construidos por el entetanimiento y comprueban que sólo pueden franquearlos traicionando aquellos principios. Algún lector objetará que hay caminos alternativos, al ternativos, pocos y dificultosos pero reales, y que es posible entrar en la profesión sin corromperse. Esto es teóricamente cierto y las posibilidades existen, sin duda, pero son mínimas. El periodista honrado, al igual que el político honrado, no tiene oportunidades reales de subsistencia en unos medios de comunicación dominados por completo por la cultura del entetanimiento. En un medio en el que el servilismo, la obediencia y la falta de compromiso se recompensan con generosidad, ¿qué posibilidades de sobrevivir tiene un individuo crítico, independiente y honrado? ¿Pocas? Seamos realistas: ninguna. Aun en el caso de que el periodista realice, por una vez, su trabajo con honradez, la cantidad de filtros y supervisiones que deberá atravesar antes de llegar al público aseguran de hecho la censura del mismo y su modificación hasta adecuarse a los criterios del entetanimiento.

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Podemos comprobar este extremo si observamos a los periodistas "estrella", quienes gozan denominándose a sí mismos "comunicado res" (ser simplemente periodistas no parece suficiente). Todo medio de comunicación tiene uno o varios animales de esta especie. En apariencia son individuos críticos, independientes e incluso contestatarios. Sin embargo, si los observamos con atención vemos que toda su acidez, todo su escepticismo y toda su capacidad ca pacidad contestataria no se dirigen nunca hacia quienes tienen el poder, es decir, quienes les alimentan. Cuando se enfrentan a alguien que no puede defenderse, sea o no culpable, llegan implacablemente hasta el fondo, pero si la persona o institución con la que se encaran es realmente poderosa y puede llegar a perjudicarles, encuentran hábilmente una excusa o coartada para primero dulcificar su acidez y más tarde poner fin a sus investigaciones. Es infrecuente el periodista que se rinde conscientemente, que decide  voluntariamente renunciar a sus principios y seguir los dictados dictados del entetanimiento en busca de sus recompensas tras un análisis de costes y beneficios (nunca mejor dicho). En la abrumadora mayoría de las ocasiones, esta sumisión se produce de forma automática: ocurre simplemente que los principios del entetanimiento están tan interiorizados que, cuando el periodista se comporta de acuerdo con ellos, lo hace inconscientemente y no es capaz de darse cuenta de hasta qué punto ha sido manipulado. Vemos así que los periodistas "estrella", los que están mejor considerados dentro de su profesión y cuyos servicios se disputan los medios, no son otros que quienes han interiorizado con mayor eficacia las lecciones del entetanimiento. Por esta razón enseñan los dientes con fiereza cuando se menciona la palabra censura y no advierten que ésta es tanto más eficaz cuanto uno es menos consciente de ella, cuando son ellos mismos quienes se la autoimponen. ¡Qué ejemplo tan perfecto de entetanimiento en acción! La interiorización inconsciente de los principios del entetanimiento tiene un extraordinario interés. No es, por supuesto, exclusiva de los periodistas. Es una opción que está al alcance de cualquiera, aunque, paradójicamente, no puede elegirse de forma voluntaria. Uno empieza por ceder en extremos insignificantes y, sin

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darse cuenta, poco a poco y al cabo de un tiempo, ya es un miembro honorario honorario de la clase de los entetanidos , listo para recibir los beneficios que conlleva su sometimiento. A los periodistas más ser-viles con el entetanimiento les gusta presumir de independencia y proclamar la libertad de que disfrutan en su trabajo. En su inocencia  — indistinguible, indistinguible, en este caso, de la estupidez — , no comprenden que si han llegado a donde están es porque han sido maestros en la interiorización de los valores de las élites, que les han colocado en los cargos que detentan sólo cuando han demostrado fehacientemente que nunca serán capaces de salirse del marco que les imponen. El caso del "comunicador" es muy frecuente, pero no lo son me-nos los del político, el intelectual, el funcionario... o el dentista. Puede decirse que este ejercicio de prostitución intelectual es el ca-mino más corto y seguro hacia lo que la sociedad del entetanimiento califica como "éxito". Los periodistas que no han llegado todavía a este punto — a interiorizar plenamente las sandeces del entetanimiento —  muestran una preocupación paranoica por la re-percusión de su trabajo en el ánimo de los poderosos. Sin duda es una situación mentalmente agotadora que explica por qué nuestros periodistas se convierten indefectiblemente en consumados mentirosos de limpia conciencia. Sí, el periodista olvida a menudo, tal como recordaba Unamuno, que no decir toda la verdad equivale a mentir; que la selección parcial incluye el germen de la mentira; y que mirar hacia otro lado, recalcar lo accesorio y relegar a un plano secundario lo principal no es otra cosa que mentir. Los mejores amigos del periodista son actualmente los departamentos de relaciones públicas. Si se produce un suceso de importancia, seguro que existe en alguna parte algún departamento de relaciones públicas cuya misión es dar una  versión de lo acaecido favorable a intereses particulares (administración del Estado, em-presas privadas, determinadas personas, etc.). Un auténtico periodista huiría de esas versiones artificiales e interesadas, maquilladas y censuradas, ejemplos quintaesenciados de entetanimiento. Nuestro periodista, sin embargo, considera que hace un magnífico tra-

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bajo cuando se limita a parafrasear lo que se le proporciona ya masticado y digerido y añadir por su cuenta algún detalle accesorio, humorístico o "de interés humano", por completo irrelevante en lo que a la noticia se refiere, pero excelente para darle un tono personal y justificarse ante sí mismo. La figura del periodista dócil con el entetanimiento hasta la náusea ha llegado a su cénit en la figura de un tipo en particular: el periodista de televisión, que realiza su trabajo fundamentalmente en los noticiarios. El periodista de televisión es uno de los ejemplos más puros de perfecto distribuidor del entetanimiento, y resulta realmente arduo encontrar un ejemplo más prístino. No podemos culparle, sin embargo, de haber alcanzado tal grado de maestría, pues hay que reconocer que gran parte de esa responsabilidad recae sobre la especial naturaleza del medio en el que trabaja — un un medio que, pudiendo haber sido muchas cosas, ha terminado por convertirse en mero distribuidor de entetanimiento — . No se concibe una noticia que no vaya acompañada de imágenes, y ya sabemos que los departamentos de relaciones públicas (las denominadas "agencias de prensa" no son otra cosa) las proporcionan rápidamente y en abundancia. El 40% de los espacios informativos está dedicado a publicidad y deporte; el análisis está descartado y es sustituido por el eslogan. El periodista contemporáneo en general, y en particular el de televisión, es la antítesis de un tipo de periodista que, según se cuenta, existió en el pasado y que se dedicaba a algo denominado "periodismo de investigación". Lo más parecido a esa actividad existente en la cultura del entetanimiento consiste en rebuscar en el cubo de basura de algún pobre desgraciado y airear morbosamente sus miserias intrascendentes. Si algún periodista termina por husmear en el cubo inadecuado, guiado quién sabe por qué misteriosas razones, no tardará en recibir una conveniente reprimenda y un alud de coartadas entre las que podrá elegir la que más le satisfaga para justificar ante los demás y ante sí mismo que haya vuelto a poner la tapa en su sitio. Se ha llegado a un punto en el que el entetanimiento ha producido un tipo de periodista de mediocridad inusitada. Su "inge-

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nuidad" no conoce límites. En 2002, el presidente del llamado Foro de Davos, donde se reúnen los más ricos del mundo para decidir que harán con el resto del planeta, se mostraba preocupado por el deterioro de la confianza de las sociedades democráticas en los dirigentes públicos y empresariales, y prometía ponerse manos a la obra para solucionar el desaguisado. Los periodistas reprodujeron la noticia felicitándose porque los poderosos se preocupaban por una vez de los pobres. ¡Qué pertinaz estupidez! Esa preocupación era, efectivamente, auténtica. Tan auténtica como las medidas que se tomaron para paliar el problema, que consistieron, por enésima vez, en perseverar en la aplicación de los absurdos dogmas del entetanimiento todavía con más celo. Pero los periodistas no aprenden. No recuerdan que en años anteriores se produjeron declaraciones idénticas, ni que al año siguiente los acaudalados de Davos mostraron de nuevo su preocupación por el hambre en el mundo... Parece que los periodistas son los únicos que no saben qué está ocurriendo realmente en el planeta. En su inocente beatitud, han interiorizado tan bien el dogma del entetanimiento que no tienen el menor escrúpulo en airear a los cuatro  vientos las frecuentes declaraciones de buena voluntad de las élites dominantes, mientras silencian sistemáticamente que esas declaraciones apenas se traducen en realidades palpables. Cuando el entetanimiento promete es noticia; cuando incumple sus promesas, no. Sin duda, se ganan sus sueldos.

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13 Cómplices involuntarios: las ONG  Algunos de los patrocinadores del denominado Fórum de las Culturas Barcelona 2004, 2004, celebrado bajo el eslogan "En defensa de la paz, la diversidad y la sostenibilidad": Una de las cuatro empresas más contaminantes de Europa en emisiones de C02. Una de las principales multinacionales fabricantes de armas de España. Una de las mayores multinacionales dedicadas a privatizar los recursos de agua en el mundo. Uno de los grupos bancarios más importantes de Europa y primer propietario privado de la industria de armamento española. Uno de los holdings dedicados a la construcción y las infraestructuras de telecomunicaciones más importantes del mundo. Uno de los trece bancos pertenecientes al consorcio empresarial al que en 2004 le fue concedida  por el gobierno norteamericano la gestión del Banco Comercial de Irak. Una de las más grandes multinacionales dedicadas al trabajo temporal.

De los periódicos

El perjuicio que los programas del entetanimiento ocasionan a la mayor parte de la población mundial ha alcanzado unas dimen-

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siones tan colosales que quienes se benefician de esas medidas no pueden ya pretender que sean inexistentes o no significativas. Por esta razón permiten que se articulen iniciativas que, en un principio, y analizadas superficialmente, parecen tener como objetivo poner fin a las calamidades causadas por el entetanimiento, pero que, en realidad, no son sino creaciones complejas de las que el propio entetanimiento extrae eficaces coartadas ideológicas para mantenerse y perpetuarse. Existen muchas clases de esos constructos políticos y sociales cuyos objetivos declarados son realmente loables pero que, básica-mente, se reducen a meros instrumentos al servicio de los intereses del entetanimiento. Las denominadas Organizaciones No Gubernamentales (ONG) son sólo uno de ellos (como el apadrina-miento de niños, las concesiones de microcréditos, los maratones televisivos de beneficencia y las iniciativas "solidarias" en general), y lo que expongo a continuación acerca de las mismas puede extrapolarse fácilmente al resto. En primer lugar, la financiación de estas organizaciones no pro-cede únicamente de individuos comprometidos con los objetivos declarados sino también de los mismos beneficiarios del entetanimiento (gobiernos, empresas multinacionales, bancos, etc.), que les proveen de fondos muy generosamente. Esta circunstancia debería darnos una pista acerca de la realidad que terminaremos por encontrar si escarbamos lo suficiente. Dejemos a un lado las razones de este comportamiento aparentemente paradójico, y, de momento, tengamos en cuenta que raramente se atrapa al reo financiando la cuerda destinada a ahorcarle. Las ONG son criticadas con frecuencia. Se las acusa de crear infraestructuras mastodónticas que consumen la mayor parte de sus recursos, de mantener cargos ejecutivos remunerados obscena-mente, de originar misteriosas desviaciones de fondos y, en general, del tipo de corruptelas en las que nuestros políticos están especializados. Este tipo de acusaciones, muchas veces ciertas y otras falsas, son absolutamente irrelevantes en lo que se refiere al análisis ofrecido aquí. De hecho, son éstas, y sólo éstas, las acusaciones que el entetanimiento tolera, e incluso promueve, con la finalidad

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de evitar que se formulen los cargos correctos y se planteen las preguntas adecuadas. Las preguntas cuyas respuestas tienen una importancia real son: ¿Resultan las ONG realmente eficaces en el cumplimiento de los objetivos últimos que se proponen? ¿Funcionan en su cometido de paliar las desgracias señaladas más arriba? ¿Hasta qué punto modifican las situaciones creadas por la industria del entetanimiento y contribuyen a remediarlas?  Al entetanimiento le horroriza horroriza que la gente llegue a plantearse plantearse estas preguntas por la sencilla razón de que resulta muy fácil obtener las respuestas, y éstas son tremendamente comprometidas para sus valedores: las ONG no solucionan esos problemas y no producen ni siquiera una perceptible disminución de sus efectos. Esto es algo que puede comprobarse fácilmente consultando a las propias ONG, que no cesan de reiterar en todos sus informes que los problemas que pretenden solucionar permanecen a pesar de sus esfuerzos, cuando no aumentan o empeoran. Si alguien es tan ingenuo como para dudar todavía de este he-cho, no tiene más que preguntar a los propios miembros de las ONG, no a sus cargos ejecutivos sino a los miembros de base, a los "trabajadores de campo", a los que curan las heridas, he ridas, consuelan a los moribundos y comprueban por sí mismos con su trabajo cotidiano, más allá de las oscuras estadísticas, la efectividad de las organizaciones a las que pertenecen. Estos voluntarios admirables, que de forma desinteresada dedican sus  vidas a ayudar a sus semejantes, constatan una y otra vez, hasta el punto de que muchos de ellos se desilusionan y terminan por abandonar, que todos sus esfuerzos no sirven lo más mínimo para conseguir los objetivos que sus organizaciones pretenden. Por esta razón, muchos las abandonan desilusionados; quienes no lo hacen, quienes prosiguen con sus actividades altruistas, son quienes asumen este hecho y rebajan sus perspectivas. Se dan cuenta de que la efectividad de su trabajo se reduce al beneficio de la persona concreta a la que están ayudando de forma directa, a un vendaje bien hecho, a una muerte evitada, a unas palabras de consuelo. Esto no es poco, desde luego, y en cierto sentido es infinitamente admirable: no existen pa-

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labras para elogiar suficientemente el valor de estas acciones. Sin embargo, ello no obsta para que sus actividades sean completa-mente inútiles  — cuando cuando no claramente perjudiciales —   para lograr los objetivos generales que las organizaciones para las que trabajan t rabajan dicen perseguir. Los problemas permanecen y los objetivos de las ONG quedan perpetuamente pendientes. Ante este hecho, los ideólogos del entetanimiento quieren hacernos creer que todo ello forma parte del estado natural de las cosas y pretenden convencernos de que se trata de problemas exageradamente complejos cuyas soluciones son todavía más intrincadas y difíciles de determinar. A estas alturas presumo que todos sabemos que esto no es más que una nueva patraña. Si las ONG no funcionan, es debido a que son organizaciones que se han generado en el seno de la cultura del entetanimiento, que únicamente les ha permitido surgir tras someterlas a una serie de filtros (permisos administrativos, licencias, publicidad...) diseñados para eliminar cualquier tipo de organización que pueda cuestionar sus principios. Esta es la única razón por la que el entetanimiento no sólo tolera sino que promueve las ONG: porque no pueden, por su mismo carácter constitutivo, resolver aquellos problemas cuya solución dicen perseguir. Tal como se entienden hoy día, las ONG no son más que organismos impotentes que sólo pueden resolver problemas muy concretos; algo que, por supuesto, trae sin cuidado al entetanimiento porque no amenaza sus beneficios. Las ONG no resuelven los problemas sencillamente porque no se enfrentan  a ellos, nunca cuestionan a los verdaderos responsables ni se encaran con realmente  a las auténticas causas. Todas las ONG tienen que aprender a actuar de esta forma, y el entetanimiento se encarga de que así sea: de que todos los directivos que las integran lleguen a interiorizar los principios de obediencia, sometimiento y ausencia de crítica, de forma que ni siquiera los cuestionen. Iniciativas reaccionarias como la de la madre Teresa de Calcuta, por ejemplo, completamente acríticas y serviles con los privilegiados y los presupuestos del entetanimiento  — ¿ya ¿ya nadie se acuerda del incondicional apoyo que la madre Teresa prestó al sanguinario dic-

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tador haitiano Jean Claude Duvalier o al tirano albanés Enver Hoxha? — , son recompensadas con un tratamiento entusiasta por los medios de comunicación, mientras otras, infinitamente más útiles desde el punto de vista de los necesitados, pero menos atentas a las directrices de los poderosos, tales como los exterminados movimientos populares afines a la teología de la liberación, son relegadas al ostracismo y el público llega a conocerlas sólo marginalmente.  Algún lector tal tal vez se pregunte, teniendo en cuenta todo lo di-cho hasta aquí, por qué existen estas organizaciones, por qué no son sencillamente eliminadas si no sirven para nada. Más atrás he mencionado la opinión de los propios voluntarios que las integran, y su encomiable utilidad en un sentido muy restringido. Existe, sin embargo, otra utilidad mucho más significativa desde el punto de vista del entetanimiento, que es la que explica que éste sea un ar-diente partidario de las mismas e incluso procure su bienestar eco-nómico. La auténtica función de las ONG en nuestra sociedad, muy a pesar de las mismas y quiéranlo o no, no es otra que la creación de una apariencia según la cual nuestra sociedad está poniendo remedio a las calamidades que azotan a la mayoría de los habitantes del planeta. ¿Cuántas veces hemos pronunciado u oído frases como éstas?: "Yo ya colaboro con mi granito de arena", "Hay muchas personas desinteresadas que ayudan a los demás", etc. Las ONG contribuyen a crear esta ficción, alivian nuestra mala conciencia y nos proporcionan a quienes nos beneficiamos en mayor o menor medida del entetanimiento la mejor justificación para seguir sin hacer nada realmente  útil.  A los políticos, por ejemplo, ejemplo, les les encanta repetir la estupidez estupidez de que las las ONG llegan hasta donde no pueden llegar ellos, hasta don-de no puede llegar el Estado. Esto es, por supuesto, una prueba más de su mendacidad, pues resulta obvio que, en un Estado auténticamente democrático, éste llega hasta donde los ciudadanos quieren que llegue. Hay que atreverse a reconocer que la existencia de las ONG y la pertenencia a las mismas son, sin duda, muy elogiables, pero, más allá de la satisfacción personal que produce ayudar puntual-

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mente a quien lo necesita, son perfectamente inútiles. Hay que enfrentarse al hecho de que, si el entetanimiento tolera e incluso financia activamente a las ONG, no es debido a los objetivos que éstas persiguen sino a que, desde su punto de vista, y correctamente, las considera unas aliadas muy valiosas en su tarea permanente de ofuscar el juicio de las personas e impedir que se encaren con la realidad y piensen por sí mismas. Pero hagamos un poco de historia y volvamos a la cuerda de nuestro ahorcado. Si los orígenes de las ONG como tales pueden rastrearse hasta la década de 1960, no es sino hasta 20 años más tarde cuando empiezan a adquirir la importancia de la que hoy disfrutan. Se trata precisamente de la misma época, los años 80, en que las medidas del entetanimiento empezaron a imponerse en todo el mundo a partir de la mano pionera de Margaret Thatcher, con sus históricamente insólitas privatizaciones del sector público (sí, insólitas: contra lo que suele creerse, ni el capitalismo ni el liberalismo habían contemplado nunca las privatizaciones masivas que ahora nos parecen tan naturales). El nacimiento, desarrollo, crecimiento y esplendor de las ONG son totalmente paralelos al nacimiento, desarrollo, crecimiento y esplendor del entetanimiento. Esto no es una casualidad. Cuando empezaron a aplicarse las directrices del entetanimiento económico de forma sistemática en todo el mundo, no tardó en originarse, en el seno de las sociedades occidentales de cuyas élites provenían esas medidas, un movimiento de protesta social que re-chazaba las miserias que causaban entre los más desfavorecidos. Para acallar este incipiente descontento popular, las mismas instituciones que propugnaban el entetanimiento decidieron apoyar económicamente a las por entonces insignificantes, y por ello moldeables, ONG. Comprendieron perfectamente, y antes que nadie, que la propia naturaleza de las ONG era compatible con la ideología del entetanimiento, en tetanimiento, a pesar de que afirmaban luchar en defensa de objetivos opuestos; y que una serie de características de las ONG podían serles muy útiles (desde entonces se obstinan en ocultarlos o, cuando no lo logran, en minimizar su importancia). ¿Cuáles son estas características que hacen a las ONG tan atrac-

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tivas para el entetanimiento y que las convierten en sus trágicos cómplices involuntarios? Son las siguientes: Las ONG no cuestionan nunca el orden social establecido, los estamentos de poder, a quienes los ocupan o cómo lo hacen: dan por sentado que tanto los medios básicos de producción como la riqueza están en manos de quienes deben estar. • Las ONG se declaran no gubernamentales   como si ello fuera signo de independencia. Lo cierto es que dependen absolutamente de donaciones particulares y en muchos casos de los propios gobiernos, lo que de hecho, y en última instancia, permite que siempre puedan llegar a ser controladas por quienes han contribuido a financiarlas. Las ONG apoyan el fanático antiestatalismo del entetanimiento pues actúan • con la presunción tácita de que el bienestar social es responsabilidad exclusiva de las instituciones privadas y de los individuos, y de que el Estado es por definición un proveedor nefasto de bienestar social. • Las ONG desmembran, quitan fuerza y terminan por sustituir a los movimientos populares tradicionales de protesta, sobre los que ni el Estado ni las élites neofeudales tienen con-trol (por ejemplo, mediante el descabezamiento de estos movimientos, tentando a sus líderes con cargos directivos que les proporcionan mucho más prestigio social, reconocimiento público y, por supuesto, dinero). • Las ONG no cuestionan en ningún aspecto los dogmas del entetanimiento económico. Su actitud es considerarlos como no existentes y jamás enfrentarse a ellos, lo que equivale a un apoyo a poyo de hecho (otra forma de decirlo es: "no muerden la mano de quien les da de comer"). Las ONG se desentienden de los problemas generales de las personas  —  • como, por ejemplo, la defensa de los derechos de los trabajadores —  y  y se centran en proyectos reduccionistas y locales, que en ningún caso cuestionan las condiciones estructurales  de  de las sociedades en las que estos proyectos tienen lugar. •

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• Las ONG son inmejorables proveedores de imágenes televisivas, utilizadas como

propaganda por el entetanimiento. En definitiva, las ONG se encargan de encauzar las protestas y el descontento social dentro de un contexto perfectamente controlado por el entetanimiento y, al mismo tiempo, ofrecen una coartada intelectual fabulosa a las élites privilegiadas de Occidente para justificar su inacción y evitar el natural sentimiento de culpabilidad. Esta es la razón por la que los economistas y demás ideólogos del entetanimiento no sienten otra cosa sino un entusiasmo babeante ante las ONG, las cuales, pese a todos los buenos pro-pósitos, constituyen la mejor garantía de que los verdaderos problemas de nuestra época nunca   serán abordados desde posiciones que permitan solucionarlos de forma efectiva.

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14 Excepciones y... publicistas  Me llamo Octave y llevo ropa de APC. Soy publicista: es decir, contamino el universo. Soy el tío que os vende mierda. Que os hace soñar con esas cosas que nunca tendréis. [...]  En mi profesión, nadie desea vuestra felicidad, porque la gente feliz no consume.

Frédéric Beigbeder  Es mejor ser el primero que ser el mejor. [...] El principio más poderoso en marketing es es  poseer una palabra en la mente de los clientes.

 Al Ries y Jack Trout  Ninguna prueba, ninguna rectificación ni desmentido puede anular el efecto de una  publicidad bien hecha.

Hermann Keyserling

Hay que reconocer que en algunos grupos de colaboradores del entetanimiento que nos han entretenido en los capítulos anteriores existen, o podrían existir teóricamente, excepciones a lo que he considerado como regla. Si no les he dedicado la mas pequeña atención se debe al hecho incontrovertible de que son precisamente eso: excepciones . La existencia de excepciones, reales o imaginarias, es por completo irrelevante en el análisis efectuado hasta el mo-

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mento, puesto que su propia naturaleza excepcional les resta cualquier posibilidad práctica de influir en la marcha del entetanimiento. Se trata de una perogrullada pero, en el contexto del entetanimiento, donde hasta lo más obvio es a veces sorprendentemente ignorado, creo que vale la pena puntualizarlo.  Todavía abundan en el sur de EE UU empresas dirigidas por auténticos racistas que se apresuran a contratar a un negro, sólo a uno, y lo colocan en la recepción o cualquier otra parte bien visible de su organización. Este negro (porque es esto: "un negro") es quien les proporciona la coartada perfecta para defenderse de cualquier acusación de racismo. Pues bien, nuestros periódicos, nuestras televisiones, nuestros partidos políticos, nuestros gobiernos, todas las instituciones infectadas por el entetanimiento tienen también   su "negro" y, al igual que el empresario racista, lo muestran y se enorgullecen de él públicamente a la menor oportunidad que se les presente. Por supuesto, ni el "negro" americano ni los nuestros tienen la menor influencia en las organizaciones a las que pertenecen. Son excepciones . Existe, sin embargo, una clase de colaboradores del entetanimiento dentro de la cual no encontramos este tipo de excepciones por mucho que las busquemos. Se trata de los publicistas o, como en su presunción prefieren ser denominados, "creativos publicitarios". La clase de los publicistas es la que encarna más perfectamente, de una forma más pura, el espíritu básicamente mendaz y falso del entetanimiento. Y es, a la vez, la más trágica, puesto que en el publicista confluyen  varias características que lo determinan y que en principio podrían parecer antagónicas pero que son, a la postre, las que, al actuar conjuntamente, le convierten en el pro-pagador más eficaz del entetanimiento. Por una parte, al ser su tarea fundamental manipular las intenciones de los ciudadanos (al menos aparentemente, como veremos más adelante), el publicista debe poseer necesariamente una inteligencia aguda y una no menor penetración psicológica que le permitan comprender los objetos que pretende manipular. Por otra parte, e independientemente de su probada capacidad intelectual, el publicista necesita poseer una personalidad sensible a la belleza y el goce creativo, lo cual

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le permitirá envolver sus mensajes manipulativos en ropajes realmente atractivos y objetivamente "bellos", y darles una forma con la que entregarlos al mundo.  Todas estas circunstancias convierten al publicista en un individuo humanamente muy prometedor, al disponer de un talento potencial enorme gracias al cual pocos ámbitos del intelecto y la creatividad humana están fuera de su alcance. ¿Por qué, pues, prostituye su talento y su excelencia intelectual trabajando como publicista? ¿Qué es lo que mueve a individuos dotados y capaces a convertirse  voluntariamente en esclavos del entetanimiento y trabajar para fines ajenos y adversos a sus auténticas potencialidades? El motivo debe sernos ya familiar: dinero, mucho dinero. En nuestra sociedad, imbuida de los valores del entetanimiento, no nos resulta ya extraño que todo tenga un precio, que todo se  venda y se compre, y que que el publicista publicista sea uno de los objetos objetos más apreciados apreciados y por por el que más se paga. Resulta lógico que el publicista sea tan caro: un verdadero artículo de lujo. Como es posible que sea quien más traiciona, quien más profunda y voluntariamente se aliena, y quien prostituye con total libertad todas sus capacidades, parece justo que sea también quién más reciba (dinero, por supuesto) a cambio de esta sumisión colosal. Pero no voy a ocuparme aquí en husmear ni siquiera por encima en la basura de los publicistas: todos somos auténticos expertos en sus manejos y en su admirable capacidad para embrutecer la existencia de las personas prometiéndoles una felicidad artificial inexistente e inalcanzable que las sume en un proceso de frustración sin fin. El vicio del publicista consiste en la conversión de lo superfluo en necesario; en producir frustración e insatisfacción e, inmediatamente después, ofrecer remedios necesaria y planificadamente ineficaces para estas nuevas condiciones psicológicas (lo que garantiza que el círculo vicioso de frustración y compra compulsiva no se cierre nunca). Mencionaré únicamente un malentendido que la cultura del entetanimiento no sólo tiene interés en que se mantenga sino que alienta a la menor oportunidad. Se trata de la creencia en que la actividad principal del publicista consiste en vender objetos, en

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conseguir manipular la intención de los compradores para que compren cosas. Esto es falso. Desde el punto de vista del entetanimiento, todo el proceso destinado a corromper el juicio de los individuos para que compren un producto determinado es algo completamente secundario. La principal y decisiva contribución del publicista a nuestra sociedad es la creación de un mundo de conceptos y valores afines a los del entetanimiento, así como la proscripción de cualquier otro sistema de valores alternativo. Lo que "venden" los publicistas no son coches, detergentes o tampones: venden un determinado tipo de felicidad, un mundo ficticio en el que el ser humano es esclavo de sí mismo y en el que le resultará imposible, por definición, ser feliz. Un mundo en el que se hallará constantemente insatisfecho, y en el que los únicos caminos que se le ofrecen para aliviar esta insatisfacción son el con-sumo compulsivo y la búsqueda de ideales que sólo existen en la mente enferma de los ideólogos del entetanimiento, y que sirven para que éste engorde y engorde hasta convertirse en el monstruo que hoy entrevemos.

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15 EE UU: un futuro posible Soy el blanco pobre, a quien engañan y marginan, soy el negro con las cicatrices de la l a esclavitud. Soy el piel roja expulsado de su tierra, soy el inmigrante que se aferra a la esperanza que persigue  y que sólo encuentra el mismo plan estúpido de siempre. Donde el lobo es un lobo para el hombre y donde el poderoso aplasta al débil... ¡Oh! Dejad que América sea América de nuevo, la tierra que todavía no ha sido.

Langston Hughes

 Amo a mi presidente. Creo que debemos confiar en él y apoyar cada decisión que tome.

Britney Spears

 No conozco ningún país en el que haya tan poca independencia intelectual y libertad real de discusión como en Estados Unidos.

 Alexis de Tocqueville

En cualquier descripción del panorama del entetanimiento con-temporáneo que pretenda ser exacta no puede dejar de mencionarse el papel que representa EE UU, no sólo por la indiscutible

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importancia geopolítica de ese país, que se ha convertido en el imperio dominante, sino porque es la meca indiscutible del entetanimiento mundial. La penetración de los principios rectores y los supuestos teóricos del entetanimiento en todos los estratos de la sociedad estadounidense ha llegado hasta unos extremos no superados en ninguna otra parte del planeta. Los absurdos dogmas del entetanimiento se enseñan en las escuelas y universidades y son omnipresentes en la vida cotidiana y en todas las actividades sociales y políticas. Los medios de comunicación, con la televisión y el cine en primer lugar, no sólo los defienden y ayudan a su ex-tensión, sino que se ha llegado a un punto en el que ambos forman una unidad indistinguible. El efecto es tan desproporcionado que la mayor parte de la población estadounidense ha interiorizado esos principios de forma natural, proporcionando un patético ejemplo de los extremos a los que puede llegar a rebajarse el ser humano convirtiéndose a sí mismo en un esclavo. La tendencia de los países occidentales a seguir fielmente los pasos de EE UU en todos los terrenos, tendencia que se ha ido con-solidando a lo largo del siglo pasado, nos ha acostumbrado a ver en la sociedad estadounidense del presente el reflejo de nuestro futuro. Los Estados Unidos son los ideólogos del mundo, el escenario donde se estrenan las obras que los dramaturgos del entetanimiento representarán después por todo el planeta. No me detendré aquí en las causas de este fenómeno, que ya nadie discute, y sólo lo utilizaré para preguntar si realmente deseamos que nuestras sociedades se conviertan en trasuntos de la estadounidense. Parece que nuestros dirigentes políticos han tomado ya una de-cisión al respecto. Ignorando la voluntad popular, han llegado a la conclusión de que esa sociedad dominada por el entetanimiento y generadora de desigualdades criminales es la que más nos conviene, y están poniendo manos a la obra. No hay un solo país occidental cuyos políticos, despreciando siempre la voluntad popular, no se hayan alineado con las directrices del entetanimiento propugnadas desde la Casa Blanca; algunos lo han hecho con entusiasmo, otros han mostrado más reticencia, pero todos han terminado por claudicar. Los ciudadanos europeos de hoy no pueden

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por menos de sentirse avergonzados al comprobar la facilidad con que se han prostituido los dirigentes a quienes han colocado a la cabeza de sus instituciones públicas. Se habla a menudo con sobrada razón de EE UU como cuna de las libertades. A lo largo de la historia, pocos países han demostrado un amor por la libertad y un respeto por los derechos del individuo comparables al que han mostrado los ciudadanos de EE UU. Algunas de las grandes batallas por derechos que hoy consideramos básicos  — como como el derecho a la igualdad de sexos o a la libre sindicación de los trabajadores —  se  se han librado en este país. Todavía hoy, y a pesar de estar sumidos en el entetanimiento mas asfixiante, EE UU es el país en que la libertad de expresión, un derecho tradicionalmente utilizado para medir el grado de libertad real de las sociedades, está más cuidadosamente c uidadosamente protegido (aunque no, desde luego, ejercido ). El reconocimiento de todos estos hechos no debe, sin embargo, lograr, tal como pretende el entetanimiento, que ignoremos que hoy EE UU está avanzando rápidamente hacia un estado pre-fascista en el que se recortan las libertades que con gran esfuerzo se conquistaron en el pasado, y en el que los obstáculos para ejercer los derechos fundamentales son cada vez mayores. El atentado terrorista del 11-S fue el catalizador que permitió la explosión de estupidez y tiranía que hoy asola EE UU. La perversa inteligencia del entetanimiento comprendió que podía utilizar esa tragedia en su beneficio y lo hizo con una eficacia sorprendente. Ese día se inició el proceso, hoy en su apogeo, que ha logrado que los ciudadanos estadounidenses hayan permitido que su país, en un tiempo orgullosa "tierra de la libertad y hogar de los valientes", se haya convertido en la "tierra del miedo y hogar de los cobardes". Hoy el miedo se respira por todo EE UU; tanto las instituciones políticas como los medios de comunicación han iniciado una cruzada nunca vista para aterrorizar a la población, que ha convertido el pensamiento paranoide en la norma y ha relegado el pensamiento crítico a la inexistencia.  Tras la caída del telón de acero, las tendencias fascistas siempre presentes en la cúpula del poder estadounidense se encontraron de

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repente huérfanas. No sólo desaparecía la excusa que habían utilizado durante años para justificar la violación sistemática de los derechos humanos en todos los países donde tenían intereses sino que, a partir de entonces, se demostró que la antigua "amenaza soviética" no era tal, sino una mera ficción creada por la propaganda estadounidense para lograr el apoyo de la ciudadanía a las de-cisiones de sus líderes. Cuando la realidad de esta impostura había penetrado de forma decisiva y generalizada en todas las capas de la sociedad norteamericana y parecía que, por fin, ésta iba a reaccionar, tuvo lugar el infausto atentado que destruyó las Torres Gemelas, y con ellas la esperanza de una reacción por parte del pueblo de EE UU. El terrible atentado y la muerte de miles de personas fue un regalo caído del cielo que el entetanimiento nunca dejará de agradecer. En pocos años a partir de entonces, el gobierno estadounidense ha conseguido recrear el estado de miedo paranoico que necesita para justificar la eliminación de una serie de derechos que antes eran considerados incuestionables e imponer al mundo por la fuerza los principios del entetanimiento. Se trata de la maniobra, manida pero no por ello menos eficaz, consistente en construir un enemigo y atribuirle todas las maldades del averno para luego iniciar contra él una "cruzada" por la libertad, la democracia o cualquier otro pretexto. En la sociedad estadounidense esto produce el invariable efecto de silenciar de forma automática cualquier voz opositora, reducida a la inexistencia ante la terrible amenaza de que su autor pueda llegar a ser destinatario del calificativo más despreciable que haya existido nunca en el universo: antiamericano (esta dialéctica americano-antiamericano, juntamente con la devoción a la bandera nacional, ambas omnipresentes en todo los estratos y lugares de la sociedad estadounidense, son, por cierto, típicamente fascistas). Y es un sistema que funciona muy bien. Antes de las últimas invasiones ilegales perpetradas por EE UU en Oriente Medio, un puñado de intelectuales estadounidenses críticos mostraron un feroz rechazo a las mismas; sin embargo, una vez producida la invasión, el talante crítico de todos esos intelectuales se esfumó por arte de magia de la noche a la mañana. El entetanimiento ha penetrado incluso en

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este reducido grupo de individuos y les ha inculcado un absurdo sentido del patriotismo que los ha transformado en obedientes corderitos que toleran sin rechistar las nuevas leyes que recortan los derechos civiles y permiten que en suelo estadounidense se haya construido un campo de concentración en el que se hacinan miles de prisioneros que son torturados sistemáticamente (siguiendo el espíritu y la letra de nuevas leyes que legalizan la tortura) y a quienes no se les reconoce derecho alguno, en violación flagrante no sólo de la propia ley estadounidense sino también de todas las disposiciones internacionales pertinentes a las que EE UU se ha adherido. Hoy, en EE UU, la policía detiene de forma sistemática a personas totalmente inocentes por el simple hecho de bromear o realizar comentarios desenfadados acerca del terrorismo. Hoy, en EE UU, la población ha decidido voluntariamente renunciar a ejercer un derecho tan fundamental en una democracia como es el de la libertad de expresión. Hoy, en EE UU, cualquier crítica a la política de la Casa Blanca es inmediatamente censurada y tratada como un ataque a la integridad del país. Hoy, el turista extranjero que pisa suelo estadounidense es investigado por distintos organismos gubernamentales que emiten una ficha del mismo  — que que luego se cotejará con las bases de datos de los servicios de información de la policía, el Departamento de Estado y la banca —  y   y le asignan un determinado grado de peligrosidad. Los propios estadounidenses también son investigados con el menor pretexto, y las nuevas leyes permiten a las autoridades espiar la correspondencia privada de los ciudadanos, realizar "escuchas telefónicas" y entrar secretamente en sus domicilios sin necesidad de autorización judicial. La libertad de información ha sido legalmente restringida y las bibliotecas están obligadas a informar a los servicios de seguridad sobre qué libros leen sus usuarios. El cénit — o nadir, según se mire —  de  de todos estos despropósitos inequívocamente fascistas es el proyecto que actualmente está elaborando el Pentágono (cuya denominación provisional es TÍA: Total Information Awarenesss  ), que prevé la recopilación de docenas de páginas de información sobre todos y cada uno de los ha-

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bitantes del planeta, que luego serán introducidas en un superordenador para después...  A la vista de todo ello, no es extraño que que los estadounidenses vivan atenazados por el miedo en un estado de permanente paranoia y que aprueben cualquier estupidez que sus pretendidos salvadores les propongan. Así, numerosos congresistas que aprobaron la denominada Patriot Act  — ley ley que ha eliminado buena parte de los derechos democráticos básicos de los ciudadanos de EE UU —  no   no han tenido reparos en admitir que la aprobaron sin siquiera haberla leído.  A lo lo largo de todo todo el siglo XX, Europa Europa ha ha experimentado experimentado repetidamente repetidamente la realidad realidad del fascismo y sufrido sus terribles consecuencias. Las huellas que estas experiencias han dejado en la ciudadanía europea todavía no se han borrado, y las lecciones extraídas permanecen vivas en la memoria hasta el punto de que todavía hoy no es posible ondear una bandera en suelo europeo sin que millones de personas se inquieten. En cierto sentido, y debido a ello, somos afortunados, puesto que no tenemos dificultades para reconocer el germen del fascismo en cuanto aparece. Un europeo no puede vivir hoy en EE UU, ni siquiera visitar el país de vez en cuando, sin verse invadido por la terrible convicción de estar presenciando los últimos estertores de la democracia estadounidense, vencida definitivamente por el entetanimiento. En 1961, al abandonar la presidencia, Einsenhower advirtió a los estadounidenses acerca del peligro que suponía para el futuro de la democracia el "creciente poderío del complejo militar-industrial". La sociedad de EE UU, cómodamente instalada en el liderazgo de los países industrializados, ignoró esa advertencia en una época en la que el "complejo militar-industrial" era ridículamente insignificante comparado con el actual. Y ahora las consecuencias c onsecuencias las sufrimos todos. Hoy, el "complejo militar-industrial" está formado por un pequeño grupo de poderosas empresas transnacionales que se reparten la mayor parte de la riqueza del planeta (recordemos que menos de 300 individuos  — no no sociedades, sino personas físicas —  poseen  poseen tanto dinero como la mitad de la población mundial) y que

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no sólo controlan los centros de poder de EE UU sino que ellas mismas, directamente y sin intermediarios, dirigen los destinos del país, y sus altos ejecutivos ocupan los primeros puestos de la administración norteamericana. El presidente de EE UU, los diversos secretarios de Estado, asesores, consejeros, etc., son o han sido, todos ellos y prácticamente sin excepciones, propietarios o altos ejecutivos de las mayores empresas. Teniendo esto en cuenta, no es sorprendente que la totalidad de las acciones políticas emprendidas desde la Casa Blanca beneficien sin medida a los ricos, que ven cómo su poder y riquezas aumentan espectacularmente, y que la orgullosa clase media estadounidense vaya perdiendo poco a poco sus derechos. Debemos reconocer, sin embargo, que, en cierto sentido, los ciudadanos de EE UU tienen mucha suerte de que su presidente y otros adláteres gubernamentales sean los representantes de unas empresas codiciosas cuyo único y último objetivo es la obtención de beneficios. Si por un azar perverso llegara al poder un individuo cuya codicia sólo fuera superada por sus ansias de poder, EE UU podría verse inmerso de lleno en un Estado abiertamente fascista. Este es un peligro real, pues en EE UU el acceso al primer puesto de responsabilidad del país  — como como se vio con la candidatura del multimillonario Perot en 1992 —  nada  nada tiene que ver con las ideas o programas sino exclusivamente con la posesión de los recursos económicos necesarios (y suficiente inteligencia para leer un  prompter  ).  A pesar de ser el país país más rico del planeta, y el que que tiene más multimillonarios, multimillonarios, EE UU tiene también, según estadísticas oficiales de 2004, a más de 42 millones de personas viviendo por debajo del umbral de la pobreza, a dos millones sin hogar, a 20 millones de parados y a 45 millones sin ningún tipo de seguro o cobertura sanitaria. EE UU es el país que más contamina y el que produce más desperdicios tóxicos; el que tiene un gasto militar más grande; el que se opone de forma más sistemática a todos los acuerdos inter-nacionales tendentes a garantizar los derechos humanos en el mundo; y el que ostenta el récord absoluto de apoyo a regímenes dictatoriales. EE UU es el país que ha permitido que se creara el Tribu-

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nal Penal Internacional sólo después de haber obtenido la garantía de que sus fuerzas militares jamás serán juzgadas por él; el país que más guerras ha promovido en el siglo XX, el que ha bloqueado férreamente todos los intentos de pacificación del conflicto palestino, el que más resoluciones de la ONU ha incumplido... y el único que ha sido condenado por un tribunal internacional por delito de terrorismo. EE UU es uno de los países más fundamentalistas del mundo, en el que más de la mitad de la población cree que el universo tiene menos de 10.000 años y que el Génesis es un relato históricamente fidedigno; un país en el que se consideran normales cosas tales como obligar a los escolares a jurar la bandera cada mañana o que las reuniones del gobierno se inicien con una oración; un país en cuyos supermercados pueden comprarse abiertamente armas semiautomáticas que hieren hi eren cada año a 85.000 personas y provocan 23.000 asesinatos. EE UU es el país en el que una mujer es violada cada 45 segundos y en el que la violencia doméstica, la segunda causa de muerte entre las mujeres, afecta a más de tres millones de personas; el país en el que la capacidad de ascenso de clase social está más sobrevalorada, cuando es inferior a la de cualquier país europeo; el país en el que los pobres se ven obligados a alistarse en el ejército  — y a morir por el petróleo —  como única forma de acceder a una educación de calidad; el país cuya juventud con escasos recursos económicos dispone únicamente de los grandes centros comerciales ( malls   ) como lugares donde socializarse; y el país en el que cada c ada año malls  más de un millón de niños escapan de sus hogares huyendo del abuso y la negligencia, situaciones que, también cada año, provocan daños físicos permanentes a más de 30.000 menores. EE UU es uno de los países más racistas del mundo, en el cual, y a pesar de constituir sólo el 12% de la población, los afroamericanos suponen más del 50% de la población penitenciaria (que se ha incrementado en un 200% desde la década de 1980)...  Así que éstos son nuestros envidiados y temidos Estados Unidos de América: la primera potencia del planeta, el país más rico del mundo y la meca del entetanimiento. ¿Esto es en lo que que-

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remos convertirnos? ¿Vamos a continuar tolerando y sosteniendo a una clase política que nos conduce cada día con renovado entusiasmo hasta la tierra que todavía no ha sido?

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16 Medios de comunicación e información Hay dos formas principales de mentir: por ocultación, oculta ción, ignorando información verdadera; y mediante el falseamiento, presentando información falsa como si fuera cierta. Otras formas de mentir incluyen: la maniobra de diversión, reconociendo una emoción pero identificando incorrectamente su causa; decir la verdad falsamente, admitiendo la verdad pero con una exageración o humor tales que el objetivo permanece impune; la semi-ocultación, o admitir sólo  parte de lo que es cierto, deforma que todo el interés se centra en lo que no es pertinente; y la maniobra de inferencia incorrecta, o decir la verdad pero de forma que se dé por implícitamente cierto lo opuesto de lo que se afirma.

Paul Ekman

Una oligarquía del capital privado no puede ser eficazmente controlada ni siquiera por una sociedad democráticamente organizada, porque bajo tales condiciones los poseedores del capital  privado controlarán, directa o indirectamente, las principales fuentes de información.

 Albert Einstein

 Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro.

Groucho Marx

El grado de profundidad con que el entetanimiento se ha introducido en todas las estructuras de nuestra sociedad, llegando has-

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ta el punto de ser el principal factor que configura sus valores, no habría sido alcanzado nunca de no ser por la entusiasta colaboración proporcionada por los medios de comunicación. En una sociedad verdaderamente libre, la función que deberían cumplir los medios de comunicación es suministrar a la población la información adecuada para que pueda actuar libremente y asumir sus responsabilidades, participando de forma fructífera en el debate democrático. Para que esto suceda no basta con que la ley garantice sobre el papel determinados derechos; es igualmente imprescindible que exista la posibilidad de un acceso real a esa información. Sin informació informaciónn fidedigna, en cualquier ámbito que se considere, no es posible elegir con auténtica libertad. La misión de proporcionar esa información es la que la democracia encomienda a los medios de comunicación; y también es la misión que estos se niegan a asumir, a sumir, optando, en su lugar, por la alternativa mucho más lucrativa de someterse sin condiciones a las directrices del entetanimiento. e ntetanimiento. Hoy, los medios de comunicación no informan: venden e intoxican. Siguiendo uno de los mandamientos básicos del entetanimiento  — desregular desregular cualquier actividad humana de la que pueda extraerse un beneficio económico — , se están derogando en todo el mundo las disposiciones legales que impedían la concentración de los me-dios de comunicación en unas pocas manos. El efecto ha sido el deseado, y cada vez es más reducido el número de personas que se re-parten la totalidad de los medios del planeta. En EE UU, por ejemplo, el 90% de esos medios está controlado por media docena de poderosas empresas. Y la tendencia se acelera a ojos vistas con nuevas fusiones de publicaciones, quiebra y absorción de editoriales, etc. Los medios independientes que quedan, los que respetan criterios tales como la honestidad y valoran el sentido crítico y la independencia, no tienen la menor oportunidad de sobrevivir en un mercado desregulado, en el que actuar con principios distintos al del lucro personal constituye una desventaja decisiva. Se trata de una situación, y esto debería resultarnos ya bastante familiar, en la que se privilegia desproporcionadamente la rentabilidad económica y la comercialidad frente a cualquier c ualquier otra consideración.

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No es necesario detallar hasta qué punto este panorama supone una amenaza para la libertad de prensa, el pluralismo político y la diversidad artística, cultural y de costumbres. Se trata de un sistema en el que se cercena de raíz la posibilidad de contrastar opiniones y obtener una información realmente veraz sobre la que basar el propio comportamiento tomando las decisiones más convenientes. Hoy vemos cómo los medios de comunicación son un calco unos de otros y cómo se copian e imitan entre sí sin el menor escrúpulo, en una endogamia enfermiza, diferenciándose únicamente en matices anecdóticos. ¿Cómo es posible contrastar informaciones si todos los medios la obtienen de los mismos "gabinetes de prensa"? Y no sólo se copian el contenido, sino también los formatos y los tics particulares. ¿Qué periodista que se precie no ha viajado a EE UU para "aprender de los maestros"? Nuestros medios de comunicación se han convertido en competidores de la propaganda hollywoodiense en su carrera por proporcionarnos diversión a cualquier precio. La industria de la comunicación se ha convertido en una nueva industria del espectáculo, donde la información es tratada como cualquier otro producto comercial, y los valores de objetividad y rigor se han convertido en un lastre y un  vestigio obsoleto del pasado. Esta Esta transformación de la información en mercancía se ha descubierto como una maniobra muy apetecible para las grandes empresas ávidas de beneficios. No sólo han advertido que los cos-tes cos- tes de generar y distribuir "información" son muy bajos, sino que el beneficio que se obtiene de traficar con la misma es doble: además del obtenido por la propia venta se obtiene el adicional de extender todavía más el alcance del entetanimiento. Esta circunstancia explica el enorme atractivo que el control de los medios de comunicación suscita en las grandes empresas. Otra ventaja no menor de considerar la información como mera mercancía es comprobar que no hace falta fa lta poseer ningún conocimiento particular de la industria de los medios, por lo que cual-quiera se considera perfectamente cualificado para  vender información del mismo modo que que vende zapatos, misiles misiles o hambur-

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guesas. Han pasado los tiempos en que los monopolios mediáticos, contra los que se crearon aquellas leyes que hoy se derogan, estaban compuestos de forma exclusiva por empresas relacionadas con los medios de comunicación; hoy esos grupos están formados por empresas con intereses en todas partes. El peligro que subyace tras esta diversidad resulta evidente si nos preguntamos con qué objetividad podrá informar sobre determinada guerra un medio de comunicación cuyos accionistas lo son también de la empresa que suministra armas a alguno de los bandos. No es una cuestión teórica, ya que está e stá sucediendo ahora mismo.  Al observar lo que nuestros medios de comunicación entienden por información, información, comprobamos que se trata de pura propaganda en imágenes. No hay análisis, no hay memoria, no hay pensamiento: tan sólo una rápida sucesión de imágenes envueltas en eslóganes sin sentido, tratadas superficialmente y sometidas al principio del espectáculo, según el cual la información debe entretener en tretener por encima de todo. No podría ser de otra forma si consideramos que los medios dependen cada vez más de los intereses publicitarios, los cuales son, a la postre, los que determinan qué es y qué no es noticia, y los que han terminado por reducirlos a meros vehículos al servicio de sus intereses. El entetanimiento pretende ocultar el hecho de que para estar informado se requiere necesariamente un esfuerzo de abstracción y análisis, ahora totalmente ausente en las colecciones arbitrarias de anécdotas en que se han convertido nuestros servicios informativos, útiles para conversaciones de ascensor pero estériles en cualquier otro aspecto, excepto embotar las mentes de los ciudadanos e incapacitarlos para aprehender auténticamente el sentido de lo que ocurre. No debemos olvidar que la inmensa mayoría de la población cuenta con los medios de comunicación de masas, uniformados por las directrices del entetanimiento, como única fuente de in-formación in -formación para construir sus opiniones. Ni la manifiesta indefensión en la que se halla la población frente al entetanimiento, al no tener acerca del mismo otra información que la que el propio entetanimiento le suministra. Las opiniones y puntos de vista alter-

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nativos no se discuten, puesto que los medios se preocupan de que no lleguen a conocerse, lo que lleva a una situación en la que aquello que la mayoría de la gente considera realidad no es otra cosa que una interesada ficción creada para proteger ciertos intereses. Resulta descorazonador observar cómo muchas veces son los pobres, los más perjudicados por la lógica del beneficio a toda costa, quienes con más pasión defienden las desquiciadas teorías del entetanimiento. Es escandaloso  ver cómo las únicas fuentes de información a las que tienen acceso no sólo les suministran información falsa, sino que los humillan y culpabilizan de las situaciones de miseria en que se hallan. Nuestros noticiarios televisivos son el paradigma del medio de comunicación incondicionalmente sometido al entetanimiento: una sarta de breves anécdotas e imágenes tratadas superficialmente y condensadas en 30 minutos, más de la mitad de los cuales son dedicados a la publicidad y a las transcendentales vicisitudes del deporte profesional (léase fútbol). Es una muestra indudable del genio del entetanimiento, que haya sido capaz de producir en la abrumadora mayoría de la población la absurda ilusión de que estos engendros realmente informan. Resulta conmovedor en su candidez el individuo que manifiesta orgullosamente su adicción a los noticiarios televisivos en su afán por estar informado. Por lo dicho hasta aquí podría parecer que mis críticas se centran en el medio televisivo y sólo afectan tangencialmente a otros medios de comunicación no audiovisuales. No es así.  Tradicionalmente se ha considerado c onsiderado a la prensa  — el el "cuarto poder" —  como   como un medio que va más allá del tratamiento superficial propio de la televisión y que proporciona una información más exacta y objetiva; un medio en el que ésta se analiza críticamente y que constituye una fuente informativa mucho más segura y fiable. La realidad, sin embargo, es muy distinta y hoy asistimos al vergonzoso fenómeno de comprobar cómo el denominado "cuarto poder" se ha reconvertido en el comparsa del medio televisivo. Al haber aceptado las recomendaciones del entetanimiento sobre la información, considerándola una mercancía y un entretenimiento destinado al mercado del espectáculo, nuestra prensa se halla in-

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mersa en una ridícula batalla contra la televisión, con la que intenta vanamente competir en un mercado inevitablemente dominado por la imagen. Nuestra prensa ha abandonado por completo la confianza en el poder de la palabra escrita, ha renunciado al análisis pausado y cauto de la información, ha relegado el recuerdo a la inexistencia y se ha vendido a los principios de rapidez y superficialidad del medio televisivo, en el cual una noticia sólo se ha producido si la ha filmado una cámara. Nuestra prensa se ha situado voluntariamente a la zaga de la televisión e intenta vana-mente competir con ella con sus propios medios, imitándola, copiando sus contenidos, etc. Hubo una época en que la prensa podía generar algo como el caso Watergate  — que, que, tristemente, no fue otra cosa que una cortina de humo para sustraer de la atención pública el mucho más grave caso Cointelpro — ; hoy no sería posible. Otro de los factores que han contribuido a la lamentable situación de nuestros medios de comunicación es la censura. En otra parte de este panfleto, y a ella me remito, me he referido a la censura a la que se someten los propios profesionales de los medios, interiorizando inconscientemente los criterios censores. Es muy cierto que la censura, en el sentido en que generalmente se en-tiende, en- tiende, está presente en nuestros medios sólo marginalmente: todo el mundo conoce, por ejemplo, el caso del articulista al que le fue censurado un artículo por no acceder a la petición de su director de eliminar cierta referencia al Ferrari que el hijo de cierto presidente conducía, o el profesional despedido por mencionar a la amante de cierto "intocable"; pero casos como éstos, aunque sean habituales, no son los más preocupantes ni los más significativos desde el punto de vista de la manipulación del público.  Actualmente, las libertades que existen en las sociedades democráticas, que nominalmente ya no se discuten, han obligado a la censura a adoptar medios más refinados, como la eliminación de datos pertinentes, la selección parcial de noticias determinada por ciertos intereses, la fabricación de noticias falsas por las multinacionales de las relaciones públicas o la insistencia en noticias tri-viales en detrimento de las significativas. Existe, sin embargo, una

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forma de censura que resulta muy interesante observar, puesto que es la que más se utiliza actualmente; consiste en censurar por sobreinformación, por saturación, utilizando el inmenso caudal de noticias existente para impedir que la población se haga una idea exacta de la realidad y mantenerla sumida en un estupor ignorante ante la complejidad inabarcable que los medios le muestran. El único medio de comunicación que todavía no se ha visto impregnado totalmente por el entetanimiento es Internet. Esto pre-ocupa enormemente a las empresas multinacionales y a los políticos, quienes, ante las particularidades específicas del medio, tienen dificultades para controlarlo con los métodos que han  venido utilizando con el resto de medios. Sin embargo, si no se hace nada al respecto, es una cuestión de tiempo que Internet termine igual-mente dominada por quienes disponen de fabulosos recursos eco-nómicos, tal como puede verse por las tentativas de control que se manifiestan con nuevas leyes que autorizan a los gobiernos a controlar los contenidos de la Red, como ocurre en España, o con legislaciones que fomentan situaciones monopolísticas o permiten patentar software o aplicaciones consustanciales al medio (lo que supone un control de hecho del mismo). ¿Por cuánto tiempo más seguiremos contemplando pasivamente esta situación, en la que las grandes multinacionales de la "in-formación" (es decir, del entetanimiento) educan a nuestros hijos, les cuentan los cuentos de buenas noches y les proporcionan in-formación acerca del mundo en que viven? ¿Nos sorprenderá que, cuando sean adultos, se conviertan en piezas taylorizadas del engranaje del entetanimiento? ¿Nos escandalizaremos entonces?

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17 La guerra y el entetanimiento e ntetanimiento Por supuesto que la gente común no quiere la l a guerra; ni en Rusia ni en Inglaterra ni en  Estados Unidos ni en Alemania. Eso se sobreentiende. Después de todo, los líderes de cada país son quienes determinan la política, y siempre ha sido fácil arrastrar a la gente, tanto si se trata de una democracia, de una dictadura fascista, de un parlamento, o de una dictadura comunista. Se reconozca o no, siempre se puede atraer a la gente hacia las  propuestas de los líderes. Eso es fácil. Todo lo que tienes que hacer es decirles que están siendo atacados, y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por exponer el país al peligro. Funciona igual en cualquier país.

Hermann Goering

Cada arma que se fabrica, cada barco de guerra botado, cada misil disparado significa, en última instancia, un robo a quienes tienen hambre ha mbre y no comen, a quienes tienen fío y carecen de ropa. Este mundo en armas no está gastando sólo dinero. Está gastando el sudor de sus trabajadores, el genio de sus científicos, científ icos, las esperanzas de sus hijos. Esta no es  forma de vivir en absoluto en ningún sentido auténtico. Bajo las nubes de la guerra, la humanidad está colgada de una cruz de hierro.

Dwight Eisenhower

 Ante las aberraciones y miserias provocadas por el entetanimiento, no es extraño ex traño que sus defensores busquen incansablemente ar-

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gumentos teóricos y métodos para legitimarlo. En este contexto de búsqueda de legitimación, observamos que no hay filósofo o pensador del pasado que el entetanido  no considere susceptible de ser reinterpretado y pervertido hasta conseguir demostrar que el pensador o filósofo en cuestión apoyaba de hecho, y a pesar de las apariencias, los mismos postulados que defiende el propio entetanido. Maquiavelo, Platón, Descartes, Sun-Tzu, Jesucristo, Buda... nadie se libra de este ejercicio de necedad intelectual cuyo éxito popular se debe a la pátina de ignorancia e incultura histórica con la que el entetanimiento recubre todo lo que toca. "La guerra es la continuación de la política por otros medios"; esta conocida cita, salida de la pluma de uno de esos teóricos que el entetanimiento se complace en pervertir, describe con perfecta exactitud y en toda su crueldad el concepto que los líderes del entetanimiento tienen de la guerra. Con su característico y olímpico desprecio por la vida humana, el entetanimiento es incapaz de apreciar diferencia alguna entre las medidas puramente políticas y la violencia organizada. El ser humano se considera un peón que puede sacrificarse sin escrúpulos para conseguir otros intereses juzgados prioritarios; las víctimas, los muertos, son vistos como meras inversiones tácticas. No podría ser de otra forma, pues, según hemos visto, el entetanimiento lo valora todo de acuerdo con su valor de mercado; y dentro del mercado, un individuo pobre, sin recursos y sin capacidad de generar beneficios económicos no vale nada. Esta actitud tampoco representa ninguna novedad. La historia del ser humano muestra que la violencia ha sido el recurso preferido por los poderosos para someter a quienes ponían en peligro sus privilegios. Sólo cuando las circunstancias han impedido que ese recurso se haga efectivo, tal como ocurre hoy en nuestras sociedades democráticas (con sus métodos de control político por parte del pueblo), han renunciado a esos métodos. Las atrocidades cometidas en el siglo XX siglo que se ha denominado justamente como "el siglo de la barbarie" —   — siglo tuvieron la virtud de fortalecer ese control al concienciar a las poblaciones acerca de los peligros de la guerra y de la fuerza como fuente de derecho. Así, por

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primera vez en la historia, la práctica totalidad de las naciones del planeta decidieron moral y legalmente, en forma de tratados y convenios internacionales, restringir la arbitrariedad de los fuertes sobre los débiles proscribiendo cosas tales como las "guerras preventivas", las "invasiones humanitarias", los "bombardeos de objetivos no militares", la piratería de hecho en aguas internacionales, la negación de derechos a los prisioneros de guerra o la legalización de la tortura. Hace sólo veinte años parecía que tales conquistas eran definitivas y se consideraba impensable que fueran revocadas. La realidad es que han bastado unos cuantos años, una abundante dosis de entetanimiento y un atentado terrorista para eliminar de raíz todos esos logros y volver a una situación en que la fuerza es fuente de derecho y cuyos criterios justificarían plenamente crímenes tales como el gulag soviético o el campo de exterminio nazi. Se ha llegado a una situación en la que los países con derecho a veto dentro de la ONU ignoran las disposiciones de este organismo con total impunidad, cuando no se mofan de ellas interpretándolas de las formas más caprichosas y convenientes para sus intereses (no ocurre así con los países menos poderosos, que se ven forzados a acatarlas sin rechistar). Todo ello ante la pasmosa pasividad de los ciudadanos del mundo, que ofrecen una inmunidad insólita a las arbitrariedades bélicas de sus dirigentes. ¿Cómo es posible dudar todavía de la eficacia del entetanimiento? El siglo XXI ha heredado más de un centenar de guerras repartidas por todo el planeta que provocan millones de muertos. Al contrario de lo que ocurría en todas las guerras hasta principios del siglo XX, en los conflictos bélicos actuales nueve de cada diez muertos no son soldados sino civiles, en su mayor parte mujeres y niños (lo que los medios del entetanimiento denominan "daños colaterales" o "víctimas inocentes", dando por supuesto que existe algo así como "víctimas culpables"). Asimismo, los presupuestos militares de los países occidentales se han disparado, con EE UU a la cabeza, por lo que el número y la capacidad destructiva de las armas que circulan legalmente por el mundo ha alcanzado unos extremos absurdamente gigantescos (y la mayoría de las armas que

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terminan en manos "terroristas" provienen de este comercio legal). Con nuestros impuestos se fabrican bombas-trampa con aspecto de juguete destinadas a atraer la atención de los niños con el fin de mutilarlos. Convivimos en este mundo con más de 300.000 niños que son violados y apaleados para convertirlos en eficientes soldados... Si, por ejemplo y en aras de la brevedad, nos centramos únicamente en el continente africano, vemos que éste se desangra irremediablemente corroído por una serie de genocidios y conflictos armados sostenidos activamente por las élites euro-estadounidenses, que los utilizan no sólo como clientes y justificadores de sus industrias armamentistas sino, fundamentalmente, como instrumentos para proveer a los mercados occidentales de los recursos naturales (gas, oro, cobre, diamantes, etc.) que todavía, y a pesar de más de 200 años de expolio continuo, se almacenan en su subsuelo. ¿Cómo reaccionamos en Occidente ante estos hechos? ¿Qué pensamos al abrir la espita del gas? ¿O al admirar un diamante en nuestras joyerías? No hacemos nada. Causa indignación y vergüenza ajena observar nuestros medios de comunicación, que sólo se acuerdan de África Áf rica para señalar  —  eso sí, desolados —   que se trata de un continente olvidado al que nadie presta atención. Y a otra cosa. Obvian voluntariamente la realidad: el hecho de que África, tal como muchas otras zonas del planeta, no es otra cosa que un coto de caza libre en el que la fuerza otorga patente de corso a las multinacionales euroestadounidenses para obrar con absoluta impunidad. En 2003 se reunieron los miembros del G-8, los países más ricos del planeta, para anunciar a bombo y platillo la creación de un nuevo Plan Marshall para el continente africano que se concretaría en una donación de 6.000 millones de dólares, lo que supondría una media de ocho dólares por cada africano, si el plan llegara a ponerse en práctica y concluyera con éxito. Para apreciar la auténtica  voluntad política de esta iniciativa, podemos compararla con el Plan Marshall original, el de 1948-1952, en el que EE UU donó a algunos países europeos 13.000 millones de dólares (básicamente para que pudieran reconstruir sus mercados e impedir

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cualquier posible brote socialista). Al cambio actual supuso más de 338 dólares de media por cada europeo. Comparemos estos 338 dólares con esos ocho dólares mencionados y podremos hacernos una idea aproximada del interés real de los países del G-8 en solucionar los problemas de África. Si existiera una verdadera  voluntad de ayuda por parte del G-8, ésta podría manifestarse fácilmente condonando la deuda ilegítima de los países africanos, contraída no por éstos sino por los dictadores y caciques coloniales colocados en su día por Europa y EE UU, que sólo en 2001 ascendió a más de 14.500 millones de dólares. Esta es una opción que el G-8 ni siquiera contempla. Todo lo contrario: esta deuda es utilizada por los órganos ejecutores del entetanimiento (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, etc.) para chantajear a los países endeudados, obligándoles a adoptar medidas económicas que destruyen sus economías y los empobrecen más aún (abaratamiento de la mano de obra, restricción de derechos sociales, recorte de la soberanía, desmantelamiento de sectores productivos y cultivos tradicionales, etc.). No ofrecen una perspectiva diferente las nuevas guerras propugnadas por EE UU y apoyadas entusiásticamente por las élites del entetanimiento. Desde sus medios de comunicación se especula sin cesar acerca de los motivos que hay tras las mismas, de sus causas y posibles efectos, etc. Se trata de una estupidez manifiesta, una "necedad con capuz", que diría Quevedo. Los mismos individuos que han declarado esas guerras, o que las apoyan y secundan, han dejado constancia por escrito, y con total claridad, de cuáles son sus objetivos, por qué han optado por la guerra y por qué consideran superflua cualquier alternativa pacífica. El lerdo entretanido  que todavía las desconozca, y quiera conocerlas, puede simplemente teclear la palabra "PNAC" en cualquier buscador de Internet, leer un buen libro sobre la guerra de Vietnam V ietnam o prestar atención al último párrafo de cualquier noticia sobre el asunto apare-cida en nuestros periódicos. Los medios del entetanimiento se atreven a hablar de guerras "por la libertad", a pesar de que no hace 20 años informaban sobre cómo Sadam Hussein se paseaba de la mano de Donald Rums

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feld por las ferias de armamento de Londres para comprar, con el dinero proporcionado por éste, las armas que a continuación utilizaría para masacrar a los kurdos y someter a toda su población con el tácito consentimiento de la comunidad internacional. Otros muchos pueblos han sido análogamente "liberados" por los ejércitos occidentales: pregunten a somalíes, timoreses, afganos, congoleños, nicaragüenses, salvadoreños, croatas y a los propios iraquíes... Los medios hablan también de guerras por la "liberación de los pueblos": deben referirse a cosas tales como los brutales bombardeos de Kosovo, que los propios medios presentaron como un instrumento para detener el genocidio serbio y que en realidad no fueron otra cosa que los causantes del mismo, como reconoció el propio comandante de la OTAN. O quizá se refieran a instituciones militares como la Escuela de las Américas, radicada en suelo estadounidense, centro de instrucción por el que han pasado la práctica totalidad de las juntas dictatoriales que han asolado el sur del continente americano durante el siglo XX. Los medios del entetanimiento hablan de guerras "por motivos humanitarios". Se refieren, sin duda, a episodios tales como la generosa financiación del movimiento talibán por parte de EE UU y el apoyo explícito al régimen de terror instaurado por los talibanes; o quizá al error táctico cometido en septiembre de 2001, que provocó que EE UU arrasara por completo Afganistán y dejara el país en una situación mucho peor que antes. O quizá se refieran a la invasión de Irak del verano de 1990, en la que, tras una fulgurante acción bélica, se consideró que una advertencia era suficiente para asegurar la protección de los intereses de las compañías occidentales y se procedió a abandonar el país dejando vendidos a los resistentes iraquíes (que fueron masivamente exterminados) e inaugurando un bloqueo que causó un sufrimiento indecible al pueblo de Irak (y ( y no, por supuesto, a sus líderes). Cuando se le indicó a la ministra estadounidense Madeleine Albright que este bloqueo provocaría la muerte de más de medio millón de niños, ésta respondió que era "un precio que había que pagar". Y el precio se pagó, pues esos 500.000 niños murieron. La señora Albright la-

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mentó seguramente que todo eso no sirviera para nada y que una década después se invadiera de nuevo Irak, esta vez para someterlo de forma definitiva y sin intermediarios a la voluntad de las compañías estadounidenses. También es posible que se refieran al gratuito bombardeo de Sudán de 1998, que destruyó toda la industria farmacéutica del país causando miles de pérdidas. Sin duda, es posible. Los medios del entetanimiento hablan de "guerra contra el terrorismo" para justificar la invasión de Irak, relacionándola con los atentados del 11-S, cuando se ha sabido siempre que Sadam Hussein y Osama Bin Laden eran acérrimos enemigos y que Al Qaeda, la organizadora de los atentados, nada tenía que ver con Irak. ¿Cómo puede hacerse creíble esta supuesta guerra contra el terrorismo cuando fue el propio gobierno de EE UU quien financió, armó y entrenó a Osama Bin Laden? ¿O cuando el reconocido origen del terrorismo mundial son los Emiratos Árabes Unidos, un país tiránico que desprecia los derechos humanos, pero aliado y amigo de EE UU? ¿O cuando todos los analistas no dependientes de la Casa Blanca daban por supuesto que, tal como ha ocurrido, una invasión de Irak no sólo no combatiría el terrorismo sino que, por el contrario, lo azuzaría? ¿O cuando el propio presidente de EE UU mantuvo prósperas relaciones comerciales con la familia Bin Laden antes del 11-S? ¿O cuando, como se pretende ocultar, continuó manteniéndolas después de esa fecha? ¿Cómo puede ser esta excusa creíble siendo EE UU el único país que ha sido condenado por un tribunal internacional por actos de terrorismo? Preguntemos a palestinos, kurdos, colombianos, timoreses, haitianos, sudaneses.... sudaneses.... qué opinan al respecto. Los medios del entetanimiento hablan del peligro de ser atacados por "armas de destrucción masiva" para justificar las invasiones, cuando los únicos que las poseen y utilizan sin escrúpulos son los propios invasores. Los medios obvian  vergonzosamente que se trata de guerras ilegales, de invasiones militares injustificadas que violan de forma directa la legislación internacional y las disposiciones más recientes de Naciones Unidas. Olvidan mencionar que la noción de "guerra preventiva", utilizada para justificar estas gue-

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rras, es la misma que utilizo Hitler en la década de 1930 del siglo pasado, y que los juicios de Núremberg basaron sus conclusiones en la ilegalidad y perversidad intrínseca de este concepto. Olvidan que en suelo estadounidense existe un campo de concentración en el que se hacinan ha cinan cientos de personas a quienes no se reconoce derecho alguno y de cuya situación nada se sabe, excepto que pue-den ser torturados legalmente de acuerdo con las últimas leyes. En realidad, todo esto no es más que palabrería y el asunto es en sí mismo muy sencillo: el entetanimiento ha descubierto que mediante el recurso a la guerra puede lograr sus objetivos de una forma más rápida y efectiva que con los medios utilizados tradicionalmente. El senador y hermano del presidente, Jeb Bush, lo explicó muy claramente cuando prometió al presidente del gobierno español "beneficios inimaginables" a cambio del apoyo de su gabinete a esta serie de invasiones ilegales. Cómo no podría ser de otra forma, los "beneficios inimaginables" se suceden pródigamente. El esquema es conocido: se produce una invasión ilegal de un país indefenso, al que se vence sin dificultades y en el que las fuerzas ofensivas apenas sufren bajas; se destruyen las infraestructuras sociales y se producen miles de muertos entre la población ocupada; el bando vencedor se apodera de todos los órganos de control políticos y los modela a su antojo; la población ocupada exige en vano la retirada de los supuestos "liberadores"; se privatizan los sectores económicos del país que producían beneficios y se da luz verde a las empresas internacionales, petroleras petroleras y constructoras mayoritariamente, para que exploten a su placer los nuevos territorios conquistados..., y todo ello con la servil se rvil colaboración de los medios de comunicación, que se limitan a reproducir la propaganda de los servicios de relaciones públicas del bando invasor. Naturalmente surgen problemas y dificultades pero, por una de esas curiosas casualidades a las que el entetanimiento nos tiene acostumbrados, éstas afectan siempre a los habitantes de los países ocupados, oc upados, que mueren como conejos, o a los contribuyentes de los países ocupantes, a quienes se exige que sufraguen con sus impuestos (y con las vidas de los hijos de los pobres) las veleidades gue-

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rreras de sus dirigentes. En cambio, quienes han instigado la guerra terminan siempre por ver recompensados sus esfuerzos con fabulosos beneficios. En la posguerra de la invasión norteamericana de Irak de 2003, comprobamos cómo las autoridades ocupantes ocultaron, con la complicidad de los medios de comunicación, la muerte diaria de docenas de civiles iraquíes, hombres, mujeres y niños. Constatamos también cómo esas autoridades ignoraron y continúan ignorando las masivas protestas del pueblo iraquí, que exige la retirada del supuesto ejército "liberador" y sufre la indignidad de ver cómo se califica de terroristas a los resistentes (tal como hizo Hitler en su día con las resistencias francesa e italiana).  Todo ello en el marco de unos suculentos contratos firmados entre las nuevas autoridades estadounidenses y las grandes empresas multinacionales del petróleo y la construcción, las cuales, tras haberse repartido los recursos del país, están empezando a generar fabulosos beneficios. Mientras tanto, el presidente Bush ondea la bandera americana, exige a su ciudadanía millones y millones de dólares más para consolidar la ocupación y contempla pasivamente cómo sus soldados mueren cada día en enfrentamientos absurdos en una guerra que sólo tiene sentido para los oligarcas occidentales. Escenario idéntico al de Vietnam, aunque parece que el entetanimiento ha logrado que se olvide la lección allí aprendida.

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18 Nuestros valores y el entetanimiento Habría que matar a todos los efesios mayores de edad [...] por-que expulsaron a Hermódoro, el hombre más digno entre ellos, al proclamar: "Que ninguno de nosotros sobresalga en merecimientos; y si existe ese tal, que se vaya a otra parte con otra gente".

Heráclito  Nada es tan brutal como la indiferencia frente a lo que ocurre en el terreno de lo humano [...]. Comparada con la "neutralidad", la bestialidad es casi un atributo al que se puede calificar de humano. La indiferencia es el enemigo de todos los pueblos.

 Joseph Roth  Ni la mujer es nunca suficientemente delgada, ni el hombre nunca suficientemente rico.

Manuel Pertegaz

En su afán por mantener al mundo en la ignorancia y en un sopor mental que le permitan seguir modelándolo a su antojo, el entetanimiento trabaja incansablemente fabricando valores e ingeniando nuevos métodos para introducirlos en las conciencias de los individuos que podrían llegar a cuestionar sus principios y darse cuen-

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ta de que existen alternativas a lternativas perfectamente viables. Quien asume aquellos valores y se comporta de acuerdo con ellos inicia el camino hacia el "triunfo social", pero quien no los acepta, o simplemente los cuestiona, ve cómo se alzan ante él obstáculos en apariencia insalvables. El entetanimiento recompensa con generosidad la obediencia y la sumisión, y castiga el desafío y la independencia con el ostracismo social y económico; por esta razón nos resulta tan fácil justificarnos cuando nos sometemos a él. No nos gusta reconocer la influencia que tiene en nuestras vidas y hasta qué punto condiciona nuestra libertad, hiriendo nuestro orgullo de hombre libres. Vemos, así, que quienes más se proclaman libres y hacen mayores ostentaciones de independencia son generalmente quienes han interiorizado con más eficacia los valores del entetanimiento; se asemejan a esos individuos que afirman orgullosa-mente que la publicidad no les afecta, o que sostienen que la televisión es informativa. ¡Con qué estruendosas est ruendosas carcajadas se ríen de todos ellos los publicistas y teóricos del entetanimiento, mientras ven cómo sus cuentas corrientes engordan a sus expensas! Pues lo cierto es que el entetanimiento e ntetanimiento se ha imbricado de tal forma en todas las estructuras sociales que nadie puede estar seguro de no haber caído, una vez más, en alguna de sus trampas. El ser humano no es una máquina y no puede permanecer en un constante y neurótico estado de alerta; por ello, no es difícil que a menudo se sorprenda a sí mismo sosteniendo alguna estupidez tan flagrante que haría sonrojarse al individuo con menos  vergüenza.  Vivimos en una sociedad en que se considera perfectamente normal que una persona que ha adquirido cierta notoriedad por cualquier motivo  — sea sea escritor, periodista, actor, cantante o deportista —  se  se enajene a sí mismo y enajene su imagen y prestigio para vender cualquier cosa a cambio de dinero. Existe una palabra bien conocida que designa esta actividad. También existe una palabra que define a las personas que se dedican a ella. Sin embargo, aquí nadie se inmuta, y cuando un cantante rueda un spot  televisivo   televisivo anunciando un reloj que nunca ha llevado o un escritor repite desde las vallas publicitarias los vacíos eslóganes de algún partido político o un presentador canta las excelencias de determinado gru-

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po bancario, a nadie se le ocurre ni por asomo traer a colación esa palabra. Esto no es sorprendente cuando comprobamos que quienes deberían hacerlo son los primeros que están esperando para sumarse, a su vez, al lucrativo circo de las rameras. Difícilmente podría ser de otro modo cuando el entetanimiento ha conseguido la proeza extraordinaria de conseguir que lo que más valoran los pocos que se benefician de sus prédicas  — es es decir, el puro beneficio económico e conómico —  sea  sea también el valor principal de quienes se ven esclavizados por él; y ello a pesar de que esta actitud los sume en la infelicidad y les impide gozar de las cosas verdaderamente  valiosas que proporciona la existencia. Nuestros con-ciudadanos no son capaces de renunciar al dinero como valor supremo al que todos los demás se supeditan. El entetanimiento ha conseguido que las preguntas fundamentales ya no sean ¿por qué?, ¿cómo? o ¿dónde?, sino ¿para qué sirve?, ¿qué voy a sacar de ello? y ¿cuánto me va a costar? No nos causa la más mínima conmoción leer en los periódicos anuncios con títulos como Cómo venderse a sí mismo   ni saber que existen personas que no sólo se autoesclavizan sino que pagan dinero para aprender a hacerlo. No nos extraña, puesto que hemos aprendido que el individuo, en el mercado de trabajo creado por la cultura del entetanimiento, no es otra cosa que una mercancía que carece de cualquier valor que no sea su fungibilidad. Hemos terminado por interiorizar la estupidez de considerarnos a nosotros mismos meras herramientas intercambiables, al servicio de unos fines que nada tienen que ver con co n nosotros, y de suponernos afortunados si se nos permite ganar algo de dinero para gastarlo en un mercado dispuesto en nuestro perjuicio. Se nos permite trabajar todo el año como bestias y se nos recompensa con un par de exiguas semanas de vacaciones en las que depositamos unas vagas esperanzas de felicidad que nunca  se  se cumplen, año tras año, porque no pueden  cumplirse.  cumplirse.  Toleramos alegremente aberraciones tales como el tratamiento que nuestros políticos deparan al problema de la droga o el entusiasta apoyo gubernamental a ese auténtico "impuesto de los pobres" que es la lotería. Nos parece un mero detalle coyuntural que

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convivamos con un sistema legal en el que poseer "sentido de la justicia" es la mejor garantía para impedir que se cumpla la ley y en el que el e l dinero es el abogado más eficaz. Permanecemos impasibles ante la abrumadora basura de mentiras y sinsentidos que nuestros medios de comunicación nos presentan como realidades, hasta el punto de aceptar sin la menor crítica que se conceda el Premio Nobel de la Paz a auténticos criminales de guerra, o que todos los medios de información silencien deliberadamente corrupciones tales como el probado y público fraude electoral cometido por George Bush y sus secuaces para acceder a la presidencia de EE UU, o que el país más poderoso del mundo, una democracia de nombre, haya legalizado la tortura incorporándola explícitamente a sus textos legales.  También nos parece una particularidad inocente de nuestra época observar cómo las aspiraciones de nuestros hijos no son otras que convertirse en futbolistas o cantantes y gozar de fama y dinero conseguido sin esfuerzo. No nos preocupa que los mitos de nuestra juventud, el espejo en el que se miran y que utilizarán para comprender el mundo, sean una panda de analfabetos funcionales o verdaderos criminales de guante blanco. Tampoco esto sorprende si consideramos el ejemplo que les damos al llenar de alabanzas y entronizar como semidioses a individuos cuyas únicas distinciones son su capacidad para ganar dinero y manipular a los demás en beneficio propio.  Asistimos con complicidad impasible al espectáculo de ver cómo son las mismas madres quienes inducen a sus propias hijas a dedicarse al llamado "mundo de la moda", prisioneras de la frustración en la que las ha sumido el entetanimiento. No son capaces de imaginar un futuro mejor para sus hijas que soñarlas convertidas en rameras peripatéticas que participan en esa lamentable entronización de la superficialidad y el elogio monumental de la vulgaridad estética que son los denominados "desfiles de modelos", observadas por babeantes políticos en campaña y representantes de lo más selecto de nuestra morralla cultural. ¡Qué significativo es el culto que los medios del entetanimiento dedican a las modelos! Las modelos, las planiencefalográficas modelos, auténticas ra-

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meras de lujo de nuestra época, que se miran pero no se tocan y no sólo venden su cuerpo, como las prostitutas tradicionales, sino que constituyen el último eslabón de una cadena que sume a millares de adolescentes en la anorexia y utilizan su belleza para vender con convicción un mundo ficticio en el que se fomenta la necedad como virtud suprema y en el que la felicidad es imposible y la angustia permanente. Pero qué otra cosa puede esperarse de una sociedad en la que las publicaciones y los noticiarios televisivos más serios dedican parte de su tiempo a lo que denominan "crónica social" o "crónica rosa", y en la que no se concibe una sala de espera sin una mesa sobre la que se hallen desplegadas diversas revistas destinadas a aliviar la esterilidad de la vida emocional de sus lectores y fomentar sus miedos e inseguridades. Una sociedad que considera saludable que personas adultas e inteligentes sean incapaces de abandonar sus fantasías adolescentes y dediquen su tiempo a identificarse con individuos más fuertes, más altos y más rápidos que se encargan profesionalmente de realizar esas fantasías en su lugar. ¿Cómo es posible que los suplementos dominicales de los periódicos muestren a un niño etíope moribundo devorado por las moscas y a una madre de doce años de Sierra Leona con las manos amputadas por la guerrilla, y en las páginas siguientes se nos canten las excelencias de cierto restaurante de precios prohibitivos, se nos convenza de la conveniencia de someternos a cirugía para modificar el perfil de nuestras narices e hidratar correctamente nuestra piel, y se nos aconseje que gastemos nuestros ahorros en pasar un par de semanas en un balneario de moda? ¿Cómo es posible que todo esto ocurra y que ello no provoque ningún tipo de reacción ? La herramienta más directa y transparente que utiliza el entetanimiento para difundir esos valores que permiten a sus beneficiarios seguir gozando de sus privilegios es la televisión. Dada la simplicidad esencial del propósito del entetanimiento  — que que no es otra que la proscripción del pensamiento libre — , es suficiente ver la televisión durante unos 15 minutos, escogidos al azar, para estar seguro de haber recibido la quintaesencia de su mensaje. Encenda-

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mos la televisión durante 15 minutos y veremos qué tipo de paraíso es el que el entetanimiento nos tiene prometido: la vulgaridad y el comportamiento zafio e irrespetuoso se consideran valores positivos; los insultos pierden toda fuerza expresiva debido a su constante utilización; la sensibilidad se nsibilidad y el amor se consideran sentimientos caducos; se aplaude la perversión sexual y se considera el sexo como un instrumento de poder; el culto al cuerpo y al aspecto exterior se magnifica; se da por evidente que el consumo compulsivo induce a la felicidad; cualquier actividad intelectual que requiera esfuerzo, como la lectura, es presentada como recurso de pe-dantes y objeto de ridículo; el esfuerzo y la cultura son obstáculos mientras que la ignorancia y la superficialidad son fuentes de placer; la pobreza del lenguaje y la torpeza en la expresión son celebradas como ingeniosas virtudes; la agresión, el miedo y la desconfianza son presentadas como estrategias interpersonales valiosas; la madurez se proscribe y los adultos se infantilizan; lo rápido es bueno; lo lento, malo; el pensamiento duele, la obediencia re-conforta; re -conforta; la historia no existe, el futuro no existe: sólo el presente y la satisfacción inmediata. Esta es la razón por la que la cultura del entetanimiento es tan atractiva para los mediocres, los incultos y los incapaces. El entetanimiento pervierte de tal modo el concepto de cultura, extendiendo su definición a cualquier excreción del ser humano, eliminando la necesidad del esfuerzo, la concentración y el estudio, que hasta el más imbécil puede llegar a considerarse un genio y ser celebrado c elebrado como tal mientras se mantenga dentro de su dinámica. No es extraño que proliferen los llamados libros de "autoayuda", auténtica bazofia psicológica, o el misticismo barato "a lo Coelho", o infinitas variantes del clásico Cómo hacerse millonario sin esfuerzo, esta vez disfrazado de libro "de empresa" y protagonizado por vivarachos ratoncitos...  A pesar de lo que podría llegar a deducirse de una primera impresión, impresión, la gravedad de este escenario no radica en la particular naturaleza estúpida, perversa y degradante de estas actitudes, ni tampoco en la necia posición reaccionaria que llora por valores justamente enterrados por el progreso de los tiempos. Lo  verdadera-

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mente grave, el auténtico escándalo que debería hacernos reaccionar, es la actitud de quienes son perfectamente conscientes de esta situación y que, por interés, desidia o mera imbecilidad, callan y permiten que las cosas sigan un curso tan  visiblemente perjudicial perjudicial para la especie humana. humana.

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19 El entetanimiento se defiende de sus críticos La mente del demagogo es un mecanismo maravilloso. Puede pensar cualquier cosa que se le pida que piense [...]. Su vida está consagrada a inventar espantajos contra los que luego se bate [...]. Sus ideas jamás se deben tomar en serio. Su única función visible sobre la Tierra es actuar como ejemplo viviente de que la cultura no es en modo alguno sinónimo de inteligencia.

H. L. Mencken Siempre hay algo sospechoso en un intelectual que está en el bando de los l os vencedores.

 Václav Havel  No se puede discutir con una persona cuya subsistencia depende de no dejarse convencer.

George Bernard Shaw

El entetanimiento no podría haber sobrevivido tanto tiempo ni exhibir una salud tan exuberante si no contara con un eficaz sistema defensivo que le protege de las críticas que recibe. A medida que sus efectos deletéreos se van haciendo más  visibles, se hacen también más frecuentes y certeros los ataques y censuras de sus críticos; por esta razón, ese sistema defensivo necesita aumentar día a

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día su grado de refinamiento para poder seguir atajándolos con igual grado de efectividad. La dificultad fundamental con la que se encuentra el crítico del entetanimiento  —  si dejamos a un lado el control directo que el mismo entetanimiento ejerce sobre los medios de comunicación (con la consiguiente posición de superioridad que este control le proporciona) —  es  es que el objeto de su crítica, el propio entetanimiento, apenas ha sido analizado como un fenómeno en sí, y los únicos precedentes de tales críticas que pueden encontrarse son análisis, comentarios y observaciones esporádicas y puntuales a aspectos particulares del mismo y nunca a la totalidad. En este sentido, y como prueba de lo dicho, es más que significativo que la propia p ropia palabra entetanimiento sea prácticamente desconocida, y que de hecho, y hasta donde llega mi conocimiento, haya sido traducida al español por primera vez en el presente panfleto. En este capítulo me limitaré a echar un rápido vistazo a algunos de los métodos utilizados por el entetanimiento para defenderse de las críticas que consiguen llegar al público, tras haber realizado la proeza de sobrevivir a todos los filtros y obstáculos puestos en su camino. Asimismo, ya que lo he hecho más atrás con cierto detalle, no señalaré aquí cómo se activan esas defensas ni quienes las dirigen; simplemente señalaré la existencia de un tipo de "defensor oficioso" del entetanimiento (individuo que, en una sociedad libre de nuestro cotidiano neolenguaje orwelliano, se denominaría comisario ),  ), que no puede dejar de estar presente en cualquier medio de comunicación que se precie. ¿Qué periódico, por poner un ejemplo, no tiene su elegante economista criado en Harvard, profesor de alguna prestigiosa universidad norteamericana, que una vez al año se codea en Davos con los "amos del mundo" (la expresión no es mía, sino de The Financial  )? ¿O su político político semiretirado, semiretirado, miembro de una una docena de lucrativos lucrativos consejos Times  de administración a los que nunca asiste, que dedica su tiempo a dar una y otra vez la misma conferencia trivial y vive de rentas y favores f avores debidos? El tratamiento estándar que el entetanimiento da a sus críticos es sencillo y se resume en dos palabras: los ignora. El entetani-

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miento, que no se caracteriza precisamente por su miopía, no ha tenido dificultades en comprender que enfrentarse a sus críticos implica introducir la crítica en el ruedo público a la vista de toda la sociedad, lo que significa que ésta podría oír las argumentaciones de las partes, pensar por sí misma y llegar a la espantosa conclusión de que no sólo el entetanimiento es absurdo y criminal sino que existen alternativas al mismo perfectamente viables. Esta es, naturalmente, una perspectiva terrible que el entetanimiento hará lo que sea por evitar. El servilismo de los medios desempeña aquí, como es evidente, un papel decisivo; con su ayuda, el entetanimiento puede lograr cosas tales como que Occidente se levante indignado por el genocidio kosovar mientras permanece seráficamente ignorante de la mucho más grave masacre perpetrada contra los kurdos por el ejército turco, exactamente en las mismas fechas, con la colaboración del ejército norteamericano y de la OTAN. "Lo que no se sabe no perjudica": así discurre la lógica del entetanimiento. Por lo tanto, es mejor que no se sepa nada; y si algo ha de saberse, que sea fútbol, la vida privada de algún pobre desgraciado o cualquier otra circunstancia inane. Sólo cuando el entetanimiento se ve incapaz de seguir ignorando a sus críticos y fracasa en su propósito de reducirlos al ostracismo, es cuando se ve obligado a enfrentarse a ellos y responder a sus acusaciones. En este momento, el defensor del entetanimiento hará cualquier cosa para eludir el debate y la confrontación y no dudará en intentar desviar la atención del meollo de la crítica recurriendo a cualquier estratagema que se le ocurra. De entre ellas, la más popular consiste en atacar personalmente a quien la formula en vez de rebatir sus argumentos. Se trata del viejo recurso retórico del ataque ad hominem , que no por conocido c onocido resulta menos eficaz. En una variación de esta estratagema, en el más puro estilo del neolenguaje orwelliano, y con el único objetivo de hurtar al conocimiento público el fondo de las cuestiones, el defensor del entetanimiento tergiversa sin el menor pudor los argumentos y las intenciones de quienes proponen alternativas a sus dogmas. Así, por ejemplo, se califica a estos críticos de antiliberales y reaccionarios (dando a entender, de paso, que el entetanimiento es libe-

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ral y progresista: necedad supina donde las haya), cuando resulta obvio que no hay actitud más antiliberal y reaccionaria que someterse incondicionalmente al poder autoritario de las élites económicas. Otra defensa realmente popular utilizada por el entetanimiento ent etanimiento es calificar a todos sus críticos de paranoicos o "teóricos de la conspiración". Por supuesto, esta acusación carece de la menor base, lo que resulta obvio cuando observamos que la mayor parte de las críticas que se hacen al entetanimiento, como las que aparecen en este panfleto, lo único que suelen hacer es reproducir los textos que el mismo entetanimiento expulsa al mundo por medio de ciertas instituciones. En realidad, las críticas al entetanimiento están basadas o suelen consistir en extractos de informes públicos de instituciones como el Banco Mundial o la OMC, aunque sin la parafernalia intoxicadora que habitualmente los acompaña. Sin duda, existen reuniones y documentos secretos (pues la mayor parte de esas instituciones funcionan basándose en el secretismo y sus deliberaciones son estatutariamente secretas), pero la relevancia de esas reuniones y documentos es casi nula si tenemos en cuenta que las que son públicas no sólo son muy abundantes sino que, además, proporcionan una cantidad de información mucho más que suficiente para llevar a cabo el propósito crítico más ambicioso. Este tipo de acusaciones "conspirativas" son tanto más ridículas cuando es obvio que nada resulta más útil al entetanimiento que un ciudadano que, en vez de luchar efectivamente contra las cadenas que le someten, se dedica a agotar sus energías críticas y su rebeldía persiguiendo fantasmas y viendo confabulaciones por todas partes. La otra cara de esta misma moneda aparece cuando los propios defensores del entetanimiento son quienes alegan intenciones conspirativas y se defienden de sus críticos arguyendo que están siendo víctimas de algún tipo de campaña orquestada por un oscuro poder misteriosamente oculto en las sombras. Por asombroso que parezca, éste no es un argumento utilizado raramente por las élites entetanidas  sino  sino todo lo contrario: es frecuente ver formulaciones del mismo en los medios de comunicación. Sin embargo, y a

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pesar de ello, es tan visiblemente necio que no creo necesario hacer más comentarios. Si el entetanimiento tuviera corazón se alborozaría, sin duda, cada vez que alguien a lguien se dice a sí mismo que la mejor forma de solucionar las cosas es cambiarlas "desde dentro" e integrarse en el sistema para, una vez cómodamente instalado, proceder a minar sus bases. No se alegraría menos el elefante que se ve retado por una hormiga, ni prorrumpiría en carcajadas menos estruendosas. Sólo la prevalencia del entetanimiento explica que una estupidez de este calibre no sólo no se reconozca como tal sino que se esgrima continuamente, una y otra vez, a pesar de que la experiencia nos muestra que el cambio "desde dentro" es insólito, si no imposible, y que cuando alguien integrado en el sistema ha sido capaz de promover en él alguna modificación ha sido siempre "a pesar" de pertenecer al mismo y nunca gracias a ello. Así que, si queremos participar en los beneficios del entetanimiento, hagámoslo; pero no dejemos que una arrogancia ridícula nos lleve a un engaño tan evidente, y seamos lo suficientemente valientes para asumir las consecuencias de nuestras decisiones. Un reciente ejemplo de este tipo de argumentación lo proporcionó una conocida top model  en  en el denominado d enominado Forum de las Culturas de Barcelona (por otra parte, un paradigmático ejemplo de entetanimiento institucionalizado en acción) al proclamar orgullosamente que ella siempre "pedía explicaciones" cuando le asaltaba la sospecha de que alguno de los individuos para quienes trabajaba fuera un criminal, pero que "nunca se debía boicotearlos". No es difícil entrever la sonrisa de oreja a oreja que este razonamiento debió de provocar en el rostro de sus empleadores, y la alegría en sus departamentos de relaciones públicas. En un intento de deslegitimar a sus atacantes, los mercenarios del entetanimiento les acusan a menudo de ejercer una "crítica estéril no constructiva", de ser "pesimistas incapaces de ver el lado bueno de las cosas" y, en definitiva, de limitarse a criticar sin pro-poner soluciones. Estas acusaciones son, por supuesto, falsas, como no puede dejar de constatar cualquiera c ualquiera que se tome la molestia de comprobar el abrumador número de alternativas que los crí-

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ticos del entetanimiento proponen sin cesar. Ocurre que el entetanimiento ha conseguido que gran parte de la población interiorice un esquema mental absolutamente arbitrario en el que las alternativas son consideradas, por definición y sin análisis previo, como inaplicables o inexistentes. Se ignora el hecho evidente e vidente de que, en ciertas circunstancias, es perfectamente legítimo proponer la destrucción sin aportar al mismo tiempo propuestas reconstructivas: cuando en la Barcelona de la década de 1990 se descubrió que gran cantidad de viviendas sufrían de aluminosis y estaban condenadas inevitablemente a desplomarse en cualquier momento, a nadie se le ocurrió que las familias que las habitaban debían seguir haciéndolo a la espera de que algún arquitecto diseñara viviendas alternativas. Todo lo contrario: lo que se hizo  — o debió hacerse —  fue  fue desalojar de inmediato a esas familias y derruir las edificaciones. Cuando se bebe be be leche agria, lo primero que hay que hacer es escupirla. Que el segundo paso sea discutible no implica, contra lo que desearía que creyéramos el defensor del entetanimiento, que el primero también lo sea. Otra estrategia a la que el defensor del entetanimiento recurre con frecuencia consiste en exigir a quienes atacan sus desquiciadas proposiciones que prueben que, efectivamente, lo son. Cuando el defensor del entetanimiento proclama, por ejemplo, que "bajar los impuestos a los ricos repercutirá necesariamente en un aumento de los ingresos de los pobres", olvida que es él quien tiene que probar que tal afirmación es cierta, y que la carga de la prueba recae siempre sobre el que afirma algo, tanto más cuanto esa afirmación desafía de forma tan flagrante el sentido común y es tan manifiestamente estúpida. Se trata de un principio de lógica elemental. Por último, y para terminar esta muy incompleta exposición de los métodos utilizados por el entetanimiento para intentar defenderse de las acusaciones de las que es objeto, mencionaré el que goza, sin duda, de mayor popularidad. Consiste en calificar a todos los críticos del entetanimiento de demagogos impenitentes. Esta acusación no sólo es interesante porque supone un nuevo intento de eludir el fondo de la cuestión atacando al hombre en vez de a

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sus argumentos, sino porque son precisamente los defensores del entetanimiento maestros indiscutibles del arte de la demagogia. Nadie puede enseñarles nada, y en este terreno podemos estar seguros de que si ellos no han abierto la puerta, nadie lo ha hecho. Exponer este tema en abstracto resulta algo complicado; sin embargo, basta acudir a las publicaciones del entetanimiento para encontrar muestras abundantes que permiten hacernos una idea de la magnitud del espectáculo. e spectáculo. Mencionaré sólo un argumento particularmente repugnante y que aparece recurrentemente en boca de todo entetanido que se precie: en la década de 1990, el público occidental tuvo conocimiento de que una conocida multinacional fabricante de zapatillas deportivas empleaba en sus fábricas del Tercer Mundo a cientos de niños que vivían en condiciones de auténtica esclavitud. El clamor de indignación que se levantó en Occidente fue mayúsculo, por lo que la mencionada multinacional, ante el previsible descenso de las cifras de ventas, se apresuró a echar a la calle a esos cientos de niños, que para sobrevivir se vieron obligados a recurrir a la prostitución. Y aquí entra la perversidad del entetanimiento, que sostuvo, y continúa sosteniendo, que la responsabilidad de toda esta cadena de hechos que culminó con la prostitución de centenares de niños debe recaer sobre las personas que expresaron su indignación contra esa multinacional. En una maniobra de cinismo inigualable, pretenden enturbiar la obviedad de que la única responsable   de que esos niños se vieran obligados a prostituirse es la misma multinacional que en un primer momento los sometió a la esclavitud. Pues aquí no estamos hablando de pequeñas empresas que se aventuran en mercados desconocidos llenos de riesgos de todo tipo. No. Estamos Es tamos hablando de complejas multinacionales que compiten de igual a igual, cuando no en situación de clara superioridad, en recursos y poderío económico, con los países en los que radican sus empresas y que no asumen el menor riesgo económico pues disfrutan de la protección de las grandes instituciones financieras supranacionales, como la OMC o el Banco Mundial, que se aseguran de que los riesgos del posible fracaso sean asumi-

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dos por las poblaciones de los países en los que esas empresas se aventuran. De igual forma, el defensor del entetanimiento quiere hacernos creer que nuestro mundo actual, en el que a miles de niñas de Bangladés no se les ofrece otra alternativa para sobrevivir que la prostitución o la esclavitud, es un mundo al que se ha llegado por casualidad, que no podría haber sido de otra manera y que forma parte del discurrir de la historia. Ese entetanido hará todo lo posible por ocultar algo que conoce perfectamente: que este mundo perverso en el que vivimos es un mundo elegido de forma expresa por quienes se benefician del entetanimiento y que, si han escogido precisamente este mundo es sencillamente porque les proporciona lo que necesitan y del que pueden extraer lo único que les interesa. Se trata sólo de otra tentativa más de confundir a la población y convencerla de que nada puede hacerse; de que el mundo que ha producido el entetanimiento es necesario y tan natural e inevitable como la propia fuerza de la gravedad; de que la indignación ante las calamidades del mundo es legítima, pero que lo único que puede hacerse para remediarlas es continuar ejecutando, con mayor intensidad todavía, las decisiones políticas y sociales que las causaron; y de que cualquier solución a los problemas del mundo distinta a las propuestas por los gurús del entetanimiento no sólo no es eficaz sino que, en definitiva, terminará por empeorar las situaciones que pretende arreglar.

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20  Actitudes posibles ante el entetanimiento  Así también, los tiranos que saquean, exigen, arruinan y destruyen, cuanto más se les entrega y más se les sirve, tanto más se fortalecen y tienen t ienen más ansias de aniquilar y destruir todo; y si no se les entrega nada, si no se les obedece, sin combatir co mbatir y sin luchar, quedan desnudos y derrotados y no son nada, igual que la raíz que, no teniendo sustancia ni alimento, degenera en una rama seca y muerta.

Étienne de La Boétie La mayoría de la gente prefiere creer que sus líderes son justos j ustos e imparciales incluso ante  pruebas de lo contrario, porque una vez que el ciudadano ha reconocido que el gobierno bajo el que vive es mentiroso y corrupto, tiene que decidir qué va a hacer. Emprender acciones contra un gobierno corrupto supone un riesgo para la propia vida y la de las la s  personas queridas. La mayoría de la gente no tiene el valor necesario para afrontar esa elección. De ahí que la mayor parte de la propaganda no esté diseñada para engañar al  pensador crítico sino sólo para dar una excusa a los cobardes morales para no pensar en absoluto.

Michael Rivero  Nunca es demasiado tarde para abandonar los propios pre-juicios.

Henrv David Thoreau

El entetanimiento es un juego que los poderosos del mundo han

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descubierto y que les apasiona: han abierto la caja y se han puesto a jugar. El tablero es el mundo y las piezas son sus habitantes. Por mucho que nos disguste, todos estamos jugando a este juego y resulta una absoluta estupidez negarse a admitir esta evidencia. Quien afirma que el entetanimiento es algo ajeno a su persona, que no le afecta y puede vivir perfectamente ignorando su realidad, está, de hecho, participando activamente al adoptar la actitud que más conviene a quienes lanzan los dados. Todos somos colaboradores del entetanimiento en la medida en que no nos resistimos a él, aceptamos sus dogmas y consumimos la bazofia que expulsa al mundo. La primera de las citas que encabezan este capítulo pertenece a un librito editado en 1548, cuyo autor, amigo de Montaigne, expresaba el estupor que le producía comprobar que la mayor parte de las tiranías perduraban únicamente debido a la aquiescencia de los propios tiranizados. La Boétie estaba convencido de que "quien piense que las alabardas de los guardias y la vigilancia de los espías guarda a los tiranos, se engaña totalmente". Se daba cuenta  —  puesto  puesto que en aquel lejano siglo XVI no era algo menos evidente que en nuestros días —  que  que si la tiranía se sostenía era gracias a unos pocos que se sometían al tirano a cambio de ciertos privilegios, y a los que éste utilizaba para "hacerlos cómplices de sus crueldades, compañeros de sus placeres, alcahuetes de su voluptuosidad y participantes de los frutos de sus pillajes". La Boétie continuaba diciendo: "Estos seis tienen seiscientos, que se aprovechan bajo su protección y hacen de d e los seiscientos lo que los seis hacen del tirano. Estos seiscientos tienen bajo ellos a seis mil, a los que han elevado de posición y a los que han hecho dar el gobierno de una provincia o el manejo del dinero, a fin de que ellos tengan sujeta su avaricia y crueldad y sean sus ejecutores en el momento oportuno". En definitiva, se daba cuenta de que eran los propios súbditos quienes sostenían al tirano y de que, para derrocarlo y obtener la libertad, era suficiente con "no sostenerlo más; y le veréis como un gran coloso al que se ha quitado la base, y por su mismo peso se viene abajo y se rompe". Las circunstancias actuales son idénticas a las descritas por La Boétie. También la tiranía instituida por el entetanimiento se sos-

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tiene exclusivamente entre nosotros sobre el consentimiento de he-cho que los sometidos le proporcionan. El entetanimiento ha lo-grado que el individuo no se atreva a cuestionar esta tiranía y que la única alternativa que se plantea sea escalar hasta el lugar más alto posible en esa jerarquía de esclavos en la que todos actúan como auténticos "vigilantes" unos de los otros y se comportan de acuerdo con el principio entetanido de "someterse al fuerte y esclavizar al débil". ¿Qué puede hacerse ante al entetanimiento? ¿Cómo podemos enfrentarnos a él y lograr desmantelar el enmarañado tapiz de absurdos sinsentidos que ha tejido en los últimos 20 años? La respuesta a estas preguntas es sencilla de formular, aunque difícil de poner en práctica. Se trata de hacer exactamente lo sugerido por La Boétie, es decir: no enfrentarse directamente al entetanimiento y limitarse a no entregarle nada, a no obedecerle ni seguir sus consignas, y a ignorarle en la medida en que uno se vea capacitado para ello. O para decirlo de otra forma, atreverse a ejercer la libertad, responsabilizarse de las propias acciones y decidir por uno mismo. Existe una asimetría fundamental entre remar a favor del entetanimiento o en contra: en el primer caso la travesía es realmente sencilla, pues uno debe limitarse a obedecer las indicaciones que ofrece el entetanimiento en tetanimiento en todas las circunstancias de la vida, evitando así la desagradable manía de pensar. Resistirse al entetanimiento implica, por el contrario, pensar por uno mismo y cuestionarse los dogmas que los publicistas y el resto de colaboradores del entetanimiento nos ofrecen a cada paso. Seguir al entetanimiento es fácil; luchar contra él requiere, necesariamente, un esfuerzo que nadie hará por nosotros. La cultura del entetanimiento promueve un sistema de valores en el que el esfuerzo, la pasión y la tenacidad se han convertido en vicios ridículos y despreciables. Para el entetanimiento todo es sencillo, la vida se reduce a consumir y seguir los dictados de los poderosos sin rechistar a la espera de un futuro paraíso de felicidad sin igual. El entetanimiento oculta cuidadosamente que para conseguir cambios significativos se requieren esfuerzos y sacrificios, y que pocas cosas que los seres humanos consideramos valiosas se

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consiguen sin tenacidad y trabajo. Al enfrentarnos a los chambelanes del entetanimiento debemos ser conscientes de que necesariamente pagaremos un precio, que deberemos esforzarnos y que el esfuerzo no será pequeño. Nos guste o no, la industria del entetanimiento ha creado buena parte de las instituciones sociales y políticas en que nos movemos, y el rechinar del engranaje repercutirá en nuestros oídos cada vez que las desafiemos. Son muchos quienes, reconociendo las perversiones del entetanimiento, son capaces de construirse pequeñas islas e inexpugnables torres de marfil en las que, solos o con unos pocos amigos, pueden vivir parte de sus vidas ajenos a su influencia (al menos aparentemente). Pero estos individuos, por legítima que sea la opción que han tomado, no contribuyen en nada a la lucha contra el entetanimiento; todo lo contrario, pues con su pasividad ayudan a sostenerlo.  Además, también ellos, ellos, tarde tarde o temprano, deberán salir a la calle y decidir entonces entonces hasta qué punto desean enfrentarse a él. Probablemente nadie puede permitirse el lujo de pagar un precio excesivamente alto debido a la muy intrincada red de relaciones sociales, interpersonales y laborales que sujetan a cualquier persona en las sociedades occidentales y le impiden hacer lo que sabe que debería hacer. A pesar de ello, todo el mundo puede pagar algo, aunque sea poco; todo el e l mundo puede realizar algún tipo de sacrificio, aunque sea pequeño y en apariencia insignificante. De-pende de cada uno, y cada uno debe elegir cuánto está dispuesto a esforzarse para contribuir a derrotar al entetanimiento que está corrompiendo el mundo. Es una cuestión ante la que, como en todos los dilemas vitales, estamos solos: deberíamos tener la valentía de decidir qué es lo verdaderamente importante en nuestras vidas y qué es lo superfluo, y comprometernos seriamente a conseguir lo primero y rechazar lo segundo. Para darnos cuenta del esfuerzo que se requiere para enfrentarse al entetanimiento podemos realizar un pequeño experimento que nos mostrará hasta qué punto es eficaz y con qué facilidad somos capaces de encontrar excusas para justificarnos cuando nos sometemos a él. El experimento es el siguiente:

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Mientras estemos ante la televisión, y durante una de las largas pausas publicitarias que han interrumpido el programa que estamos viendo, presionar el botón de mute sound  reduciendo  reduciendo el volumen a cero, y no volver a presionarlo hasta que se reanude el programa que nos interesa, permaneciendo siempre ante el televisor.

Hagamos el experimento. Al cabo de unos minutos lo más probable es que nos encontremos escuchando de nuevo los anuncios. Seguro que habremos sido capaces de encontrar alguna excusa muy inteligente para hacerlo: "vaya tontería", "ya lo haré más tarde", "a mí me gustan los anuncios, son pequeñas obras de arte".  Así funciona el entetanimiento. Démonos cuenta de que, que, si ante un enfrentamiento tan insignificante como éste resultamos vencidos, ¿qué no ocurrirá cuando lo que esté en juego sea algo más valioso que un par de minutos de embrutecimiento, cuando el esfuerzo sea realmente importante y debamos sacrificar, por ejemplo, dinero? Por supuesto, no todo el mundo desea ser libre. Muchos prefieren la incuestionable comodidad de la esclavitud y beben los vientos por las recompensas que el generoso entetanimiento distribuye entre quienes se someten a él. Son aquellos que recurren al número virtualmente infinito de coartadas que el entetanimiento les proporciona para seguir infantilmente pegados a sus tetas. Así, cuando el entetanido compra a sus hijos juguetes fabricados por niñas esclavas, o cuando comprueba que las guerras que sostienen sus privilegios están aniquilando a millones de personas, siempre podrá recurrir a coartadas tales como "el choque de civilizaciones" o "la inevitable pobreza estructural" para justificarse y legitimar su pasividad. Es corriente escuchar, en este mismo sentido, al dócil entetanido  que exclama en su inocente beatitud cosas como: "Es algo muy triste, es cierto; pero siempre ha habido pobres y siempre los habrá. No hay nada que pueda hacer". Si el entetanimiento tuviera laringe, las carcajadas se oirían desde Plutón. Pocos ejemplos muestran con mayor elocuencia la capacidad del entetanimiento para convencer al individuo de que no es más que un ama-

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sijo de aminoácidos, virtualmente impotente para cualquier cosa que no sea consumir compulsivamente y mirar la televisión.  Al entetanimiento le interesa que el individuo no sea consciente del poder que posee como tal individuo; por esta razón no desperdicia la menor ocasión para enfatizar exageradamente el papel que ciertas personas, justamente honradas como héroes y contra cuya popularidad no pueden luchar  — como como Martin Luther King o Ghandi —   — , han tenido en los cambios históricos y, al mismo tiempo, minimizar la importancia de los millones de personas "insignificantes" sobre cuyos hombros se alzaron aquéllos para destruir prejuicios y conseguir las conquistas sociales de las que hoy disfrutamos. Muy a pesar de los teóricos del entetanimiento, la práctica totalidad de los cambios sociales que han redundado en un aumento de bienestar para los seres humanos han sido obra del esfuerzo conjunto de millones de personas anónimas que, la mayor parte de las veces, ni siquiera eran conscientes de los cambios transcendentales que estaban ayudando a generar. He mencionado más atrás que la dificultad al enfrentarse al entetanimiento no radica tanto en saber qué es lo que puede hacerse como en decidirse a hacer algo. No es sorprendente. El entetanimiento es muy ubicuo, y cuánto más toleramos sus estupideces, y más le permitimos que forje las estructuras mentales que utilizamos para movernos por el mundo, más difícil es que lo reconozcamos como tal y, por ello, podamos cuestionarlo efectivamente. La realidad es que, a pesar de todo, sabemos perfectamente cuáles son las cosas que nos proporcionan una auténtica felicidad, y si nos tomamos la molestia de pensar durante unos minutos y reflexionamos sobre nuestro pasado personal, no nos será difícil darnos cuenta de los episodios vitales que nos han hecho sentir bien y vislumbrar esa felicidad que el entetanimiento siempre promete pero nunca proporciona. Casi siempre se trata de cosas simples, sencillas, que conocemos muy bien y que nunca aparecen anunciadas por televisión. No es tan importante hacer algo en particular como adquirir la convicción de que se puede hacer algo, de que se debe hacer algo; de que son los propios ciudadanos quienes tienen en sus manos la

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dirección de su destino, y no misteriosas fuerzas económicas ante las que el hombre nada puede hacer. No voy a dar aquí una lista con instrucciones sobre qué puede hacerse para luchar contra el entetanimiento pues, como hemos visto, todos podemos averiguar, si realmente lo deseamos, qué rumbo debemos seguir. Podríamos empezar por apagar la televisión o volver a aquel libro que queríamos terminar. Cuando estemos disfrutando de cualquier producto de la industria del entetanimiento, podemos preguntarnos hasta qué punto esa experiencia nos ayuda a comprender el mundo, si fomenta la reflexión y contribuye a mantenernos auténticamente informados o si, por el contrario, abotarga nuestra sensibilidad acostumbrándonos a ver la  vulgaridad y la estupidez como cosas normales, normales, pervirtiendo pervirtiendo nuestra nuestra sensibilidad e incapacitándonos para disfrutar de las mejores obras del genio humano. Para saber qué podemos hacer debemos observar el funciona-miento del entetanimiento y averiguar qué es lo que quiere de nosotros y cómo quiere que nos comportemos. A lo largo de nuestra vida cotidiana nos encontramos a cada paso con ocasiones en las que podemos enfrentarnos al entetanimiento: al pasear por la calle, al ir a hacer la compra, en nuestro trabajo, etc. Si uno se toma la molestia (primera dificultad) de estar atento y no dar por sentado todo lo que le rodea, no tardará demasiado en reconocer esas ocasiones cada vez más fácilmente. No se trata de obligarse a vivir en un estado de constante paranoia y pesimismo perpetuo pues, a pesar de lo que al entetanimiento le gustaría que creyésemos, es perfectamente posible llevar una vida feliz y digna y combatir al entetanimiento al mismo tiempo. En un principio nos costará relacionarnos de manera auténtica con los demás y  vencer el aislamiento aislamiento en que nos ha sumido sumido la cultura del entetanimiento, entetanimiento, que casi ha destruido por completo la sociedad civil y sólo permite que la gente se relacione dentro de las estructuras creadas por él mismo mis mo (al entetanimiento le horrorizan las manifestaciones populares espontáneas y la visión de varias personas reunidas sin la tutela de una autoridad constituida). Para vencer al entetanimiento debemos salir a la calle y hablar y co-

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municarnos con la gente fuera de esas estructuras. No es algo complicado. Es lo que hacían nuestros abuelos. Es lo que se ha hecho siempre. Existe, por último, un criterio verdaderamente funcional para saber qué hacer cuando nos enfrentamos a una situación creada por el entetanimiento, o incluso para determinar si una situación dada es, efectivamente, un producto del entetanimiento. Cuando nos asalte alguna duda de este tipo, debemos sencillamente ponernos del lado de quienes sufren esa situación y compartir sus demandas y opiniones, para estar razonablemente seguros de que hacemos lo correcto. En principio éste podría parecer un consejo demagógico pero, si nos fijamos en episodios históricos en los que se han suscitado cuestiones que han provocado convulsiones políticas y sociales, veremos que, de forma casi infalible, el tiempo ha terminado por dar la razón a las opiniones y demandas de quienes sufrían bajo aquellos conflictos, que, significativamente, hoy son universalmente compartidas y de cuyo carácter controvertido ya nadie se acuerda. ¿Qué ocurrió con la lucha por el voto de la mujer, con la jornada de ocho horas, con la abolición a bolición de la esclavitud, con el apartheid ..?. ..?. Tenemos que sospechar de nosotros mismos cuando nos encontremos defendiendo las tesis de los poderosos, de quienes pisan y atropellan y se hacen con fabulosas fortunas a costa de los más pobres. Cuando sucede esto, suele ser un indicio más que seguro de que el entetanimiento, por decirlo de una manera gráfica, nos ha llevado de nuevo al a l huerto.  A Albert Einstein le gustaba gustaba repetir que es de necios complicar complicar los problemas problemas que pueden resolverse sencillamente. En un aspecto fundamental, el dilema de enfrentarse al entetanimiento es diáfano: no existe alternativa razonable. Si permitimos que la industria del entetanimiento continúe modelando el mundo a su antojo, terminará por destruir todo lo que hemos construido de valor. Lo estamos  viendo ya en los millones de desgraciados que confirman cada día la visión de Hobbes de "una vida pobre, desagradable, brutal y corta"; o en los valores de codicia, egoísmo y despreocupación por el prójimo que nuestras sociedades ricas están interiorizando cada día con más facilidad. No se trata de una actitud

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pesimista o paranoica (tal como el entetanimiento se encarga de recordarnos). No. Son los mismos medios del entetanimiento los que no pueden ya evitar mostrarnos todas esas catástrofes — quitándoles quitándoles importancia o dando por supuesto que se trata de males necesarios e inevitables que el futuro se encargará de corregir mágicamente —   y nos detallan cómo los beneficios económicos que el entetanimiento produce recaen sólo en una minoría mientras crecen las desigualdades hasta extremos históricamente nunca vistos. No es una aspiración descabellada desear para nuestros hijos un mundo mejor, una sociedad en la que la gente pueda vivir serena-mente y en paz, libre de ansiedades artificiales, y en la que la vida dominada por la angustia, la inseguridad, el aislamiento, el miedo a los demás y el ansia de dinero sean tan sólo un recuerdo de los tiempos estúpidos en los que los seres humanos permitieron que el entetanimiento dirigiera sus vidas.

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21 Cómo fabricar una bala con revestimiento de titanio y punta de magnesio La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar encubre; por la libertad e, incluso, por la l a honra se puede y se debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

Miguel de Cervantes La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano.

Friedrich Nietzsche Sólo hay un argumento para hacer algo; el resto son argumentos para no hacer nada.

F. M. Comford

Sólo hay un argumento para hacer algo; el resto son argumentos para no hacer nada.

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Índice  Advertencia preliminar  Introducción 

1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9. 10. 11. 12. 13. 14. 15. 16. 17. 18. 19. 20. 21.

En un hotel de San Francisco Un viejo problema Entetanimiento El entetanimiento y el lector El mundo y el entetanimiento Un pequeño malentendido ¿Globalización? ¿Neoliberalismo? ¡Entetanimiento! Aburrido paréntesis económico Economistas y empresarios Políticos y política Intelectuales Periodistas y periodismo Cómplices involuntarios: las ONG Excepciones y... publicistas EE UU: un futuro posible Medios de comunicación e información La guerra y el entetanimiento Nuestros valores y el entetanimiento El entetanimiento se defiende de sus críticos Actitudes posibles ante el entetanimiento Cómo fabricar una bala con revestimiento de titanio y punta de magnesio

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9 11 15 19 21 25 29 37 41 47 55 63 73 81 89 97 101 111 119 129 137 145 155

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