Resumen Cap 6 y 7 Las Formas Element Ales de La Vida Religiosa Durkheim

May 26, 2018 | Author: Ximena Elisa Silva A | Category: Symbols, Morality, Society, Essence, Nature
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Resumen:Las formas elementales elementales de la Vida religiosa re ligiosa (Durkheim) Capítulo Sexto: Origen de estas creencias: La noción de principio o de mana totémico y la idea de fuerza: El totemismo coloca entre las cosas que reconoce como sagradas en primer lugar las representaciones figuradas del tótem, luego los animales o vegetales cuyo nombre lleva el clan y por último, los miembros de dicho clan. El totemismo no es la religión de tales animales, o tales hombres, o tales imágenes, sino de una especie de fuerza anónima e impersonal, que se encuentra en cada uno de estos seres, aunque sin confundirse en ninguno de ellos. Nadie la posee por entero y todos participan de ella. Pasan las generaciones y son sustituidas por otras, pero esa fuerza permanece actual, viva, idéntica a sí misma. Además de las cosas eminentemente santas, todas aquellas atribuidas al tótem como dependientes del tótem principal, tienen el mismo carácter, en alguna medida. También tienen algo de religioso, ya que unas están protegidas por prohibiciones, mientras que otras cumplen determinadas funciones en las ceremonias del culto. Pero para los australianos no se representan esta fuerza impersonal bajo una forma abstracta. Se ven empujados a concebirla bajo la l a especie de un animal o un vegetal, v egetal, en una palabra, de un objeto sensible. En eso consiste consiste realmente el tótem: tótem: no es es sino la forma material

en la que se representa

imaginativamente esa sustancia inmaterial, esa energía difuminada en toda clase de seres heterogéneos y que es el único auténtico objeto de culto. El universo está atravesado por cierto número de fuerzas. Incluso en cierto sentido son fuerzas materiales. Pero además, tienen su carácter moral. El tótem es la fuente de la vida moral del clan. Todos los seres que comulgan en el mismo principio totémico se consideran por ello como moralmente ligados entre sí, tienen determinados deberes recíprocos de ayuda, venganza, etc., y son estos deberes los que constituyen el parentesco. De modo que el principio totémico, al mismo tiempo que una fuerza material, es un poder moral, veremos así que fácilmente se transforma en divinidad propiamente dicha. El principio totémico se localiza en un círculo, sin duda muy extenso, pero más limitado, de seres y cosas de diferente especie. Se trata del mana, pero un poco más especializado, aunque esa especialización resulte bastante relativa. Fletcher: todas las cosas, animadas o inanimadas, están atravesadas por un principio vital común, la segunda que esta vida es continua. Ahora bien, el principio vital común es el wakan. El tótem es el medio por el que el individuo entra en relación con esta fuente de energía; si el tótem tiene poderes es porque es la encarnación del wakan. Por qué en Australia la idea de mana no ha podido alcanzar alcanzar el grado de abstracción y generalidad a que ha llegado en otras sociedades más avanzadas. No es sólo por la falta que pueda tener el australiano de una suficiente aptitud para abstraer y generalizar, es sobre toda la naturaleza del medio social la que ha

impuesto esa particularidad. De hecho, mientras que el totemismo permanece en la base de la organización del culto, el clan conserva una autonomía dentro de la sociedad religiosa, que, aunque no sea absoluta, no deja de ser muy notable. En cierto sentido, se puede decir que cada grupo totémico es sólo una capilla de la iglesia tribal, pero una capilla que goza de amplia independencia. El tótem de un clan sólo es plenamente sagrado para ese clan. El totemismo es esencialmente una religión federativa, que no puede superar cierto grado de centralización sin dejar de existir. Las fuerzas propiamente religiosas, las que son pensadas como tótems no son las únicas con las que tienen que contar los australianos. También existen aquellas de las que dispone más específicamente el hechicero. Mientras que las primeras se consideraban en principio como salutíferas y bienhechoras, las segundas tienen como principal función causar las enfermedades y la muerte. Además de por la naturaleza de sus efectos se diferencian también por las relaciones que tanto unas como otras mantienen con la organización de la sociedad. Un tótem es siempre propio de un clan; en cambio, la magia es una institución tribal o incluso intertribal. Las fuerzas mágicas son fuerzas difusas que no están ligadas a ninguna división social en particular y que pueden extender su acción más allá de la tribu. Así que en todos estos pueblos mientras que las fuerzas propiamente religiosas no llegan a desprenderse de cierta heterogeneidad, las fuerzas mágicas se conciben como compartiendo una misma naturaleza; se representan mentalmente en su unidad genérica. El culto totémico propiamente dicho no se dirige a tales animales o tales plantas determinadas, ni siquiera a una especie vegetal o animal, sino a una especia de vago poder, disperso de las cosas. Esa es la materia primitiva con la que se han construido los seres de todas clases que han consagrado y adorado las religiones de todos los tiempos. El wakan, viene y va por el mundo, y las cosas sagradas son los lugares en los que se ha parado. Lo que encontramos en el origen y en la base del pensamiento religioso no son objetos ni seres determinados y diferenciados que poseen por sí mismos un carácter sagrado; son fuerzas indefinidas, fuerzas anónimas, más o menos numerosas según los pueblos, unificadas a veces y cuya impersonalidad es estrictamente comparable a la de las fuerzas físicas. En cuanto a las cosas sagradas en particular, son sólo formas individualizadas de ese principio esencial. La noción ideal, de la que se habrían derivado las ideas de mana y de wakan: la noción de principio totémico. Esta idea no sólo tiene una importancia primordial por el papel que ha desempeñado en el desarrollo de las ideas religiosas, sino que tiene también un aspecto laico por el que resulta de interés para la historia del pensamiento científico: es la primera forma en que aparece la noción de fuerza. Toda vida es wakan. El wakan es la causa de cualquier movimiento que se produzca en el universo. El mana seria la causa a la que se atribuye especialmente todo lo que sobrepasa el poder del hombre todo lo que se sale del camino ordinario de la naturaleza.

Tanto para el caso del mana como en el del orenda o wakan, se puede afirmar también del principio totémico. Gracias a él se mantienen con vida los miembros del clan, los animales o plantas de la especie totémica y todas las cosas que han sido clasificadas en aquel tótem y que participan de su naturaleza.

Capítulo Séptimo: Origen de estas creencias (Fin): Génesis de la noción de principio o mana totémico No es la naturaleza intrínseca de la cosa cuyo nombre lleva el clan la que la destina a convertirse en objeto de culto. El culto está centrado en otra parte. Son las representaciones figuradas de esa planta o ese animal, son los emblemas y los símbolos totémicos de todo tipo los que poseen el grado máximo de santidad, así que es en ellos donde se encuentra la fuente de la religiosidad, de la que los objetos reales representados por esos emblemas reciben sólo un reflejo. De modo que el tótem es ante todo un símbolo, una expresión material de alguna cosa. Pero ¿de qué?. Expresa y simboliza dos clases de cosas diferentes. Por un lado es la forma exterior y sensible de lo que hemos llamado el principio o el dios totémico. Pero, por otro lado también es el símbolo de esa sociedad concreta que se llama clan. Es su bandera, el signo por el que cada clan se diferencia de los otros, la marca visible de su personalidad, marca que lleva todo lo que forma parte del clan de alguna manera, sea hombre, animal o cosa. Así que si es a la vez el símbolo de dios y la sociedad, ¿no será que el dios y la sociedad son uno solo? ¿Cómo el emblema de un grupo se habría podido convertir en la imagen de esa cuasi divinidad, si el grupo y la divinidad fuesen dos realidades distintas? Por lo tanto, el dios del clan, el principio totémico, no puede ser otra cosa que el clan mismo, pero hipostasiado y representado en la imaginación bajo las especies sensibles del vegetal o el animal que sirve del tótem. Pero ¿cómo ha si do posible esa metamorfosis y por qué ha tenido lugar de esta manera? Un dios es ante todo, un ser que el hombre se representa en algunos aspectos como superior a él mismo y del que cree que depende. El fiel se cree obligado a determinadas formas de actuación que le son impuestas por la naturaleza del principio sagrado con el que se sienten en comunicación. Ahora bien, la sociedad también mantiene en nosotros la sensación de una perpetua dependencia. Exige que, olvidándonos de nuestros propios intereses nos convirtamos en sus servidores y nos obliga a toda clase de molestias, privaciones y sacrificios, sin los que sería imposible la vida social. Pero, en realidad, el imperio que ejerce sobre las conciencias se inclina menos en el sentido de la supremacía física, de cuyo privilegio goza, que de la autoridad moral de la que se está investida (intensidad del estado mental en que ha sido dada la orden: ascendente moral) Un dios no es sólo una autoridad de la que dependemos, también es una fuerza sobre la que se apoya nuestra fuerza. El hombre obedece a su dios y que por lo tanto, cree tenerlo de su parte, aborda el mundo con confianza y con la sensación de una energía redoblada. Del mismo modo la acción social no se limita a reclamarnos sacrificios, privaciones y esfuerzos. La fuerza colectiva no nos es completamente ajena, no nos llega toda de fuera, sino que, como la sociedad sólo puede existir en las conciencias individuales y por ellas, tiene que penetrar y organizarse dentro de nosotros; se convierte en parte integrante de nuestro ser, y por ello mismo, lo ensancha y lo eleva.

Hay

estados más duraderos en los que esa influencia robustecedora de la sociedad se hace sentir con

más continuidad y a menudo con mayor brillantez.

Hay

periodos históricos en los que, por influencia de

alguna gran sacudida colectiva, las interacciones sociales se vuelven mucho más frecuentes y activas. Los individuos se buscan y se reúnen más. Resulta de ello una efervescencia general, característica de las épocas revolucionarias o creadoras. Y esta mayor actividad tiene como efecto un estímulo general de las fuerzas individuales. Se vive más intensamente y de forma distinta que en tiempos normales. Los cambios no son sólo de matiz o de grado, el hombre se hace diferente. Las pasiones que lo agitan son de tal intensidad que sólo pueden satisfacerse mediante actos violentos, desmesurados: actos de heroísmo sobrehumano o barbarie sanguinaria. Pero, esta acción estimulante de la sociedad no sólo se hace sentir en esas circunstancias excepcionales; por así decirlo, no hay un solo instante de nuestra vida en que no recibamos del exterior algún flujo de energía. La imagen que la sociedad tiene del hombre, refuerza la imagen que tiene de sí mismo. Se produce así una especie de constante sostén de nuestro ser moral. No podemos por menos que percibir que ese tonus moral depende de una causa externa, pero no nos damos cuenta de dónde reside esa causa ni de cuál es su naturaleza. Normalmente, la concebimos bajo el aspecto de un poder moral, que, aun siéndonos inmanente, representa en nosotros algo distinto: la conciencia moral, de la que, por otro lado, la mayoría de los hombres no tiene una imagen muy clara si no es con la ayuda de símbolos religiosos. Además de estas fuerzas en estado libre, que renuevan continuamente las nuestras, hay otras que residen en las técnicas y tradiciones de todo tipo que utilizamos. De manera que el medio en que vivimos se nos presenta como poblado de fuerzas, a un tiempo, imperiosas y tranquilizadoras, augustas y bienhechoras, con las que nos relacionamos, cómo ejercen sobre nosotros una presión de la que somos conscientes, necesitamos localizarlas fuera de nosotros, como hacemos con las causas objetivas de nuestras sensaciones. Pero, por otro lado los sentimientos que nos inspiran son de diferente naturaleza de los que experimentamos por las simples cosas sensibles. Mientras que éstas quedan reducidas a sus características empíricas, tal y como se manifiestan en la experiencia normal, en tanto que la imaginación religiosa no viene a metamorfosearlas, no sentimos por ellas nada que se parezca al respeto y ellas carecen de todo lo necesario para elevarnos por encima de nosotros mismos. Así que sus representaciones nos parecen muy distintas a las que despiertan en nosotros las influencias colectivas. Unas y otras forman en nuestra conciencia dos círculos de estados mentales, diferentes y separados como las dos formas de vida a la que corresponden. Por consiguiente, tenemos la impresión de que nos relacionamos con re alidades de dos clases, diferentes entre sí, y de que una línea de demarcación claramente trazada las mantiene separadas: a un lado queda el mundo de las cosas profanas y al otro el de las cosas sagradas. El poder moral que confiere la opinión (pública) y aquel del que están investidos los seres sagrados tienen, en el fondo, el mismo origen, y que están hechos de los mismos elementos. Esto es lo que explica que una misma palabra pueda servir para expresarlos a ambos. Además de hombres, la sociedad consagra cosas, y sobre todo ideas. Basta con que una creencia sea unánimemente compartida por un pueblo para que, por las razones expuestas más arriba, quede

prohibido ya tocarla, es decir, negarla o incluso ponerla en duda. Ahora bien, la prohibición de la crítica es como cualquier otra prohibición, y prueba que nos encontramos ante algo sagrado. Todos estos hechos permiten ya vislumbrar cómo el clan puede sugerir a sus miembros la idea de que existen fuera de ellos fuerzas que los dominan y que al mismo tiempo, los sostienen o sea fuerzas religiosas. No hay forma de sociedad con la que el primitivo se sienta tan directa y estrechamente solidario. Es con los miembros de su clan con los que tiene más cosas en común, la acción de este grupo le concierne de forma más inmediata, así que es ella también la que deberá expresarse en símbolos religiosos, con preferencia a cualquier otro tipo de acción. La vida de las sociedades australianas pasa alternativamente por dos fases diferentes. A veces la población se dispersa en pequeños grupos, cada familia procura su subsistencia, predomina la actividad económica. A veces por el contrario, la población se concentra y se condensa en determinados lugares por un tiempo. Esta concentración tiene lugar cuando un clan o una parte de la tribu es convocada a su sede y entonces se celebra una ceremonia religiosa en la que tiene lugar lo que en el lenguaje normal de la etnografía, se llama una corroboración. Como la emotividad y las pasiones del primitivo están muy poco sometidas al control de su razón y de su voluntad, es muy fácil que deje de ser dueño de sí. El mero hecho de la aglomeración actúa como un excitante extraordinariamente poderoso. Cuando todos los individuos se han reunido, su acercamiento genera una especie de electricidad que los conduce rápidamente a un grado extraordinario de exaltación. Cada sentimiento expresado encuentra un eco sin obstáculos en todas las conciencias, abiertas de par en par a las impresiones externas: cada una hace eco a las otras, y recíprocamente. Pero, aunque adopten una forma regular, no pierden nada de su natural violencia: el tumulto reglamentado sigue siendo tumulto. La efervescencia llega a veces a tal extremo que conduce a acciones inauditas. Las pasiones desencadenadas son tan impetuosas que nada puede contenerlas. Es fácil darse cuenta de que, llegado a este estado de exaltación el hombre ya no se conoce. Le parece haberse convertido en un ser nuevo. Experiencias de este tipo, sobre todo cuando se repiten cada día durante semana ¿cómo no iban a dejarle con la convicción de que existen realmente dos mundos heterogéneos y sin comparación posible? El uno es ese por el que arrastra lánguidamente su vida cotidiana; por el contrario, no puede penetrar en el otro sin entrar inmediatamente en contacto con potencias extraordinarias que lo galvanizan hasta el frenesí. El primero es el mundo profano y el seg undo el de las cosas sagradas. Parece pues que la idea religiosa habría nacido en estos medios sociales efervescentes y de esa misma efervescencia. Y lo que viene a confirmar que tal es su origen ese el hecho de que, en Australia, la actividad propiamente religiosa está casi enteramente concentrada en los momentos en que tienen lugar esas asambleas. El clan por la manera en que actúa sobre sus miembros, despierta en ellos la idea de fuerzas exteriores que los dominan y exaltan, pero nos queda por averiguar cómo es que esas fuerzas ha sido pensadas bajo las especies del tótem, o sea, con la apariencia de un animal o de una planta. Eso se debe a que ese animal o esa planta han dado su nombre al clan y le sirve de emblema. Los sentimientos que despierta en nosotros alguna cosa se comunican espontáneamente al símbolo que la representa. Pero, ese

contagio es mucho más completo y marcado cuando el símbolo es algo sencillo, definido y fácil de representar, mientras que la cosa es, por sus dimensiones, el número de sus partes y la complejidad de su organización, difícil de abarcar por el pensamiento. Entonces, es el signo quien toma su lugar; sobre él se acumulan las emociones suscitadas por la cosa. Es el símbolo el amado, temido o respetado. El tótem es la bandera del clan. Es natural que las impresiones que el clan suscita en las conciencias individuales, impresiones de dependencia y de crecimiento de la vitalidad, estén más unidas a la idea de tótem que a la de clan; pues el clan es una realidad demasiado compleja para que intelectos tan rudimentarios puedan representársela claramente en su unidad concreta. Además, el primitivo no se da cuenta de que esas impresiones proceden de la colectividad. Todo lo que sabe es que ha sido elevado por encima de sí mismo y que vive una vida distinta de la que transcurre ordinariamente. Es inevitable que esas sensaciones las atribuya a algún objeto exterior como a su causa, pero ¿qué ve a su alrededor? Lo que ofrece a sus sentidos y llama su atención por todas partes es una multiplicidad de imágenes del tótem. Colocado así en el centro de la escena, se convierte en representativa. En ella se fijan los sentimientos que se experimentan, pues ella es el único objeto concreto al que pueden referirse. Nada más natural que convertirla en el punto de referencia de dichas emociones, pues como éstas son comunes al grupo, sólo se pueden atribuir a un objeto que le sea igualmente común. Y el emblema totémico es el único que satisface esa condición. Por su definición misma, es común a todos. Durante la ceremonia, es el punto en el que se fijan todas las miradas. Mientras las generaciones se suceden, él permanece idéntico a sí mismo: es el elemento permanente de la vida social. De modo que es el de él de donde parecen emanar las fuerzas misteriosas con la que los hombres se sienten en relación, y así se explica que estos hayan llegado a representarse dichas fuerzas con los rasgos del ser, animado o inanimado, cuyo nombre lleva el clan. Una vez establecido esto, nos hallamos en disposición de entender lo que constituye la esencia de las creencias totémicas. Dado que la fuerza religiosa no es sino la fuerza colectiva y anónima del clan, y dado que ésta sólo puede representarse mentalmente con la forma del tótem, el emblema totémico viene a ser el cuerpo visible del dios. Así que es de él de donde parecen emanar los actos, beneficiosos o perjudiciales, que el culto se propone provocar o prevenir; por eso, los ritos se dirigen especialmente a él. Así se explica que ocupe el primer lugar en la serie de las cosas sagradas. Pero el clan, como cualquier sociedad, sólo vive en y por las conciencias individuales que lo componen. Así que, aunque en cuanto que se concibe como algo incorporado al sistema totémico, la fuerza religiosa nos parece exterior a los individuos y dotada de una especie de trascendencia con respecto a ellos, por otra parte, y como el clan cuyo símbolo es, sólo puede hacerse realidad en ellos y por ellos, en ese sentido es inmanente y es forzoso que se les representen también como tal. La sienten presente y actuante en ellos, pues es la fuerza que los eleva a una vida superior. El emblema es la fuente principal de la vida religiosa, mientras que el hombre sólo participa de ella indirectamente y es consciente de ello; se da cuenta de que la fuerza que le transporta al círculo de las cosas sagradas no le es inherente, sino que le viene de fuera. Aunque el principio totémico no es otra cosa que el clan pensado en un aspecto material figurado por el emblema, esta figura es también la de los seres concretos cuyo nombre lleva el clan. (animales, vegetales).

Aunque el principio totémico tiene sede preferida en determinada especie animal o vegetal, no puede quedar confinado allí. El carácter sagrado es sumamente contagioso, de manera que, a partir de la especie totémica, se extiende a todo aquello que tiene al guna relación con ella aunque sea lejana. Las fuerzas religiosas son a la vez morales y materiales. Gracias precisamente a esta doble naturaleza, la religión ha llegado a ser la matriz en la que se han elaborado los principales gérmenes de la sociedad humana. En la raíz del totemismo hay más sentimientos de alegría confiada que de opresivo terror. Con nuestra teoría desaparecen todas esas dificultades. La religión deja de ser no sé qué inexplicable alucinación para poner los pies en la realidad. No podemos decir que el fiel se engaña cuando cree en la existencia de un poder moral del que depende y que constituye lo mejor de sí mismo: ese poder existe; es la sociedad. La religión es ante todo un sistema de nociones por medio de las cuales los individuos se representan la sociedad de la que son miembros, así como las relaciones, oscuras pero íntimas que mantienen con ella. Las prácticas de culto tienen como función estrechar los lazos que unen al fiel con su dios, pero al mismo tiempo estrechan realmente los lazos que unen al individuo con la sociedad de la que forma parte, pues el dios no es sino la expresión figurada de esa sociedad. La fuerza religiosa es el sentimiento que la conectividad inspira a sus miembros, pero proyectado fuera de las conciencias que lo experimentan y objetivado. El carácter sagrado que reviste una cosa no depende de sus propiedades intrínsecas, es algo añadido. El mundo religioso no es un aspecto particular de la naturaleza empírica: se superpone a ella. Cuando un ser sagrado se subdivide, queda entero e idéntico a sí mismo en cada una de sus partes. El clan es una sociedad que necesita aún más que cualquier otra el emblema y el símbolo, pues quizá no hay ninguna otra tan falta de consistencia. Si le quitas el nombre y el signo que lo materializa, el clan ya no resulta representable. El animal constituye el elemento esencial del medio económico (las plantas en segundo lugar). El animal está estrechamente asociado a la vida del hombre. Son las creencias religiosas las que han sustituido el mundo tal y como lo perciben los sentidos por otro mundo diferente. Lo demuestra el caso del totemismo. Lo fundamental de esta religión es que supone que los miembros del clan, y los diversos seres cuya forma reproduce el emblema totémico, comparten la misma esencia.Las ideas religiosas son producto de determinadas causas sociales. Un sentimiento colectivo no puede tomar conciencia de sí a no ser que se fije sobre un objeto material, pero por esto mismo se hace partícipe de la naturaleza del objeto, y viceversa. El pensamiento colectivo, sólo este podía ser eficaz, porque para crear todo un mundo de ideales, a través del cual el mundo de las realidades sensibles apareciera transfigurado era necesaria una sobreexcitación de las fuerzas intelectuales que sólo puede darse en y por la sociedad.

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