Punto y Aparte - Los Libros Del Sabado

September 24, 2017 | Author: SirfitNaho | Category: Truth, Spain, Hair, Mobile Telephony, Wedding
Share Embed Donate


Short Description

Descripción: punto...

Description

© Mercedes Guillamón © Los libros del sábado Primera edición en esta editorial: Diciembre de 2012 Los libros del sábado es un sello editorial de: Diseño de la cubierta: Cristina Chávez Tipografía de la cubierta: Begonya Molina

Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial

de esta obra por ningún medio sin el permiso previo de los titulares del copyright. www.loslibrosdelsabado.com “A quien supo ir más allá de la portada y ha decidido explorar cada capítulo… Espero que resulte un viaje interesante” Capítulo 1 –Te llamaré en cuanto esté instalada, mamá. Lucy sabía que la decisión de cambiar de país supondría una difícil adaptación para ambas pero, al fin y al cabo, eso era lo mejor. El pueblo donde se crió, en Dakota del Sur, le aportó una infancia extraña debido al incidente ocurrido cuando ella tenía seis años. Para ella sólo fue un suceso escabroso en su vida, casi un relato de miedo, en el que perdió a su padre el día de su cumpleaños. Se juró a sí misma que, cuando fuera mayor,

encontraría la forma de traerle de vuelta. De eso ya habían pasado algo más de veinte años. Supo al acabar el instituto que aquel lugar no tenía nada más que ofrecerle. No quería convertirse en una ermitaña más y acabar de camarera, en el bar de la única gasolinera del pueblo, casada y con dos hijos. Quizá esa era la única salida para las chicas de su edad pero Lucy necesitaba espacio para volar. Pensaba trabajar unos años y así ahorraría algo de dinero para cumplir uno de sus sueños: estudiar en España. Su madre lo sabía, por eso nunca trató de disuadirla y, en cierta manera, se sentía culpable por no haber podido sacarla antes de allí, pero la precaria situación en la que se encontraron tras la muerte de su padre les hizo vender su casa y trasladarse a vivir

con los abuelos. Era inevitable que aquel día llegara. Antes de ir al aeropuerto, Lucy le pidió al taxista que hiciera una parada en el cementerio. Su ubicación junto al río, con la sombra de una iglesia medio derruida de fondo, lo convertía en un lugar lleno de misterio y de tranquilidad al que Lucy acudía cada vez que necesitaba buscarle sentido a su vida. No había muchas tumbas, así que era fácil encontrar la de su padre. No podía irse sin decirle adiós. Tras unos minutos de silencio, mientras depositaba junto a su fotografía la rosa que había recogido en la puerta de casa, le dio su palabra de que volvería para encontrarse de nuevo con él y poder celebrar aquel cumpleaños que quedó truncado. De camino al taxi, corriendo hacia ella, vio a la que durante tantos años había sido su amiga, su confidente, la mujer a la que jamás olvidaría por mucho que quisiera. Sintió que el corazón se le aceleraba en cuestión de segundos. Temía enfrentarse a ella porque sabía que no

sería capaz de mirarla a los ojos y decirle que se marchaba. Sarah siempre había sido la más fuerte de las dos, la que se crecía ante las adversidades, la que nunca derramaba una lágrima porque decía que eso era de débiles. ¿Cómo decirle que la historia de ambas tenía un punto y aparte...? ¿Quién podía saber si no era un final? ¿Cómo confesarle que no podía soportar la idea de verla en brazos de aquel hombre, que pretendía ser su marido en unos meses, y que ése era uno de los motivos por los que, en cierta manera, huía de aquel lugar? –¿Una nota? ¿Eso es lo que significo para ti? ¡Me he tenido que enterar por la cajera del supermercado de que te ibas hoy! –la voz de Sarah iba cargada de ira y desaliento. –Sarah..., yo... –Sarah yo... ¿Qué? –No sabía de qué manera decírtelo... No era capaz de mirarte a la cara y decirte que me largaba de este pueblo. Tú

ya sabías que esto pasaría algún día... –Claro que lo sabía, joder. Lo que pasa es que esperaba un poco de sutileza por tu parte y no un “te llamaré cuando esté instalada”. Al menos podías haber puesto “besos” o “no te olvidaré”. –No me lo pongas más difícil. –¿Difícil? ¿Cómo crees que me lo estás poniendo tú? ¡Maldita sea, Lucy! ¿Nos conocemos desde hace cuánto? ¿Diez..., doce años? –Quince años y seis meses. Lucy jamás olvidaría esa fecha. Fue un trabajo de Historia el que las unió en el instituto y les hizo pasar tantas horas juntas. Sarah le confesó que apenas hacía un año que había emigrado con su madre y su padrastro desde Méjico, y que aún le costaba entender el inglés. Fue por eso por lo que Lucy le propuso un trato: ella la ayudaría con esa tarea pero, a cambio, ellas dos hablarían en español para no perder sus orígenes. Hasta entonces nunca había hablado con aquella muchacha de aspecto frágil y

de ojos verdes que, casi siempre, andaba sola, ensimismada, y que no quedaba nunca al salir de clase porque tenía que ayudar a su madre en el supermercado. Era imposible olvidar lo que Sarah le hacía sentir cada vez que la miraba o la rozaba de la manera más inocente. –Habíamos planeado esto juntas un millón de veces –la voz de Sarah se entrecortó. –Pues vente conmigo. –Sabes que eso es imposible. No puedo dejar a mi madre sola con el supermercado y, por si no te acordabas, me caso en julio. Aunque parece que eso tampoco es motivo para que no te vayas; pero tranquila, seguro que alguien ocupará tu silla sin problemas –sabía que aquello no era juego limpio pero, en ese momento, hubiera hecho cualquier cosa por retener a Lucy. –Eso no es justo, Sarah. –¿Y qué es lo justo? ¿Que mi mejor amiga no esté en el día más importante de mi vida porque de pronto ha decidido

vivir una aventura? –Bien sabes lo mucho que me ha costado tomar esta decisión. –Lucy se sentía herida. Sarah exhaló un suspiro de derrota, no podía seguir atacándola. Sabía que su amiga no daría marcha atrás y no quería que aquél fuera el último recuerdo que tuviera de ella. –Lo peor de todo es que no puedo enfadarme contigo por hacer lo que siempre has querido. Ambas se quedaron en silencio, sin apartar las miradas. En el interior de Lucy ardía el deseo de confesarle todo lo que sentía pero sabía que lo único que conseguiría con eso sería perderla para siempre. No podía creer que aquello estuviera pasando. Por un instante vaciló y se planteó la posibilidad de quedarse, posibilidad que se desvaneció cuando vio salir una lágrima en el rostro de la mujer a la que había amado en secreto tantos años. Sabía que si se quedaba todo sería mucho más complicado y que el deseo que

invadía cada centímetro de su piel la acabaría matando al no poder ni rozar sus labios. –Sarah... ¿estás llorando? –Lucy se acercó y le acarició suavemente la mejilla–. No quería que esto pasara –dijo Lucy mientras la abrazaba–. No te imaginas lo mucho que te quiero. Fundidas en aquel abrazo, Lucy sintió las manos de su amiga deslizándose hacia sus caderas. La única intención de Sarah era apartarse porque aquella situación la superaba, no le gustaba que nadie la viera así de vulnerable, y menos Lucy, pero lo único que consiguió fue que el cuerpo de su amiga se estremeciera hasta el último poro. La tenía allí, a escasos milímetros, sintiendo el calor de sus manos, con el corazón a punto de estallar y no pudo evitar dar el siguiente paso. Deslizó sus labios hacia la mejilla de Sarah y la besó. Sarah no podía pensar, sólo dejarse llevar. Lo que parecía un simple gesto de amistad cobraba una nueva dimensión y,

por muy extraño que pareciera, el deseo de alejarse de Lucy se convirtió en un irrefrenable deseo de besarla. Deslizó una de sus manos hasta los labios de Lucy y los acarició, sin desviar su mirada. La lucha entre lo que le decía su cabeza y lo que su corazón pedía a gritos tuvo un claro vencedor y, por una milésima de segundo, sus labios se encontraron... Pero algo llamó su atención. –¡¡¡Píííííííí!!! –el claxon del taxi las hizo volver a la realidad. Sarah no entendía muy bien lo que había estado a punto de pasar. Lucy y ella... Imaginó que era producto de la emoción del momento, aunque se sorprendió a sí misma maldiciendo al taxista por haberlas interrumpido. Ahora era el rostro de Lucy el que se había llenado de lágrimas. Estuvo tan cerca... Tocó la felicidad con la yema de

sus dedos y lo único que acertó a decir fue “lo siento” mientras se alejaba de Sarah. Capítulo 2 Salamanca, España Cada vez que hablaba con su madre la invadía un sentimiento de melancolía. Le hubiera gustado hacer las cosas de otra manera pero sentía que debía ser así. De su correo electrónico, en el que le hablaba a Sarah de cómo fue su llegada y lo emocionada que estaba por empezar una nueva etapa en su vida, no había obtenido respuesta, aunque seguía teniendo noticias de ella a través de su madre. Una boda en el pueblo era algo sonado; hablar del vestido de la novia, de quiénes serían los afortunados en asistir al enlace, era el tema preferido en la peluquería. Porque si había algún lugar en el pueblo donde ponerse al tanto de la vida de los demás, era la peluquería de la señora Sullivan. Lucy lo sufrió en primera persona después de la muerte de su padre y de sobra sabía que, tras su repentina “huida”

del pueblo, sería la comidilla de aquellas tertulias durante al menos una semana. Pero todo eso ya formaba parte del pasado. Ahora estaba en otro país a punto de empezar una carrera en una de las universidades con más prestigio de España y reconocida a nivel internacional. Estaba cumpliendo su sueño y no podía permitir que los fantasmas del pasado la atormentaran. Lo primero que hizo cuando llegó a España fue buscar piso. Su apartamento estaba situado en la calle Santiago, junto a una pequeña iglesia levantada en honor al apóstol y a escasos metros del puente romano, sobre el río Tormes. Y, aunque vivía en apenas 45 metros cuadrados, ella no necesitaba más. Por otra parte, la idea de compartir espacio vital con otra persona estaba totalmente descartada. La casa contaba con un salón que tenía

un balcón con vistas al puente, cocina americana con lo estrictamente necesario y una habitación, con un pequeño armario empotrado y su propio baño, que era el único de la casa. La mesa donde comía hacía las veces de escritorio y el sofá, que se convertía en cama, haría del salón una improvisada habitación de invitados. Tuvo la suerte de encontrar aquel anuncio en el periódico: “Se alquila apartamento con vistas al río, cerca de la Universidad y amueblado. Precio a negociar”. Al teléfono que llamó contestó un hombre de mediana edad que resultó ser el hijo del dueño. Al parecer su padre no era muy amante de las tecnologías y prefería que llamaran a su hijo al móvil. Lucy quedaría con el padre en la puerta del piso para verlo al día siguiente. Manuel, que así se llamaba el dueño, tenía sesenta y cuatro años, era viudo desde hacía dos y vivía en un pueblo, cerca de Salamanca. En menos de cinco minutos la puso al día de su vida, de lo mucho que echaba de menos a su mujer

desde que el cáncer acabó con ella, lo poco que veía a su hijo porque era un hombre muy ocupado con un trabajo de abogado en uno de los bufetes más prestigiosos de Madrid y que apenas conocía a su nieto que ahora tenía tres años. –Pero no te aburro más con mis problemas... Además es posible que no hayas entendido nada de lo que te he dicho porque le dijiste a mi hijo que eres americana ¿no? Tú... ¿americana? ¿Sí? A Lucy se le escapó una sonrisa al ver el énfasis con el que aquel hombre trataba de comunicarse con ella. –He vivido en América desde los tres años pero nací en España. Mi padre era madrileño y me enseñó a hablar español. –Perdona, hija, habrás pensado que soy idiota por hablarte así. –No se preocupe. –No estoy acostumbrado a

relacionarme con gente de fuera. A mi edad uno ya no piensa en avanzar y aprender cosas nuevas, ¿sabes?. Mi vecino Paco está como loco con eso del Internet. Dice que ha conocido a mucha gente pero yo nunca le veo salir, siempre está metido en casa. Yo le digo que se le va a quemar el cerebro. Si yo hubiera nacido en tu época habría aprendido inglés y habría viajado por todo el mundo... En fin, cada uno vive la vida que le toca. Lucy sintió pena por aquel hombre de mirada triste y envejecida. Cuando vio el piso supo que era lo que quería y no lo dudó. Además el precio no era excesivo y la verdad que Manuel se portó muy bien con ella al no pedirle ni siquiera aval. Dijo que tenía cara de buena persona y que se fiaba de ella. Lucy sintió que aquello era una señal y que la suerte le estaba sonriendo. Aquella tarde, tras colocar la compra del supermercado, salió de nuevo a buscar trabajo.

Aún no conocía muy bien la ciudad, pero sabía que por los restaurantes de la Plaza Mayor era muy posible que necesitaran camareros. No era el trabajo de su vida pero al menos sería una oportunidad para conocer gente y reportarle algunos ingresos. Después de intentarlo en un par de sitios sin más respuesta que un “ya te llamaremos”, se dirigió a una de las salidas de la plaza que se encontraba en el lado opuesto de la fachada principal. Tras caminar unos cinco minutos, encontró un restaurante que le llamó la atención porque parecía que el tiempo se hubiera detenido a finales del siglo XIX en aquel rincón de la calle Espoz y Mina. Lucy se alegró mucho al ver un cartel de “se necesita camarero/a”. Retratos antiguos colgaban de las paredes entre grandes cortinas de tonos

rojizos que apenas dejaban penetrar la luz del exterior. La única iluminación de la estancia procedía de unos farolillos y de las velas, ya medio derretidas, que acompañaban cada mesa, haciendo de aquel lugar un espacio íntimo y acogedor. Las sillas parecían sacadas de algún palacio con su aspecto señorial, de madera tallada y respaldo elevado, para poder disfrutar cómodamente de una buena comida o de una tarde de agradable conversación con los amigos. Tomó la carta que estaba situada sobre la mesa y ante ella se presentó tal variedad de cafés, tés, infusiones y demás bebidas, que le era difícil decidirse. También se ofrecía un menú del día con sus postres caseros pero de eso ya daría buena cuenta en otra ocasión. El camarero se acercó al cabo de un rato y, viendo su indecisión, le recomendó un té con limón y especias. Lucy aceptó encantada y agradecida por sacarla de aquella encrucijada. Mientras disfrutaba de su infusión

pensó que sería agradable trabajar en aquel ambiente. No estaba lejos de casa ni de la universidad aunque, la verdad, en esa ciudad nada parecía estar lejos. Cuando le pidió al camarero la cuenta, aprovechó para preguntarle por el puesto de trabajo que ofrecía. –Buscamos a alguien para que sirva las mesas por la tarde, de cuatro a ocho, y los martes por la noche porque organizamos tertulias. –Y ¿cuándo podría empezar? –Pues decirte que te pongas un delantal y que empieces ahora mismo sería un poco precipitado, así que dejaré que te lo pienses esta semana. Hablaron del sueldo y, aunque no era una maravilla, a Lucy no le importaba. Le gustaba el lugar y tendría tiempo para compaginarlo con las clases. Además, aún le quedaba dinero de lo que había ahorrado y estaba a la espera de que le concedieran la beca. –No tengo mucho que pensar. Déjame estos dos días para terminar de solucionar

unos asuntos que tengo con la universidad y el lunes estaré aquí sin falta. –Perfecto, pues entonces nos vemos el lunes. El té corre por cuenta de la casa. Por cierto, me llamo Carlos. –Yo Lucy. –Un placer, Lucy. Capítulo 3 Dakota del Sur, EE.UU. –No pienso invitar a la tía Clarisse, mamá. –Pero hija, por muy mal que se haya portado sigue siendo la hermana de tu padre. –Te fastidia tanto como a mí que esté en mi boda. No sé por qué te empeñas en que vaya. ¿Te preocupa que hablen de ti en el pueblo porque no la has invitado? –No sabes lo mala que puede ser la gente. Prefiero evitarme el mal trago de ser la comidilla de ese puñado de lobas en la peluquería. –¿Sabes lo que te digo? Que hagas lo que quieras. Yo ya no pienso discutirlo más. Estoy deseando que pase todo este

lío. –Sarah sabía que no tenía nada que hacer y se dio por vencida; se bajó de la silla en la que estaba de pie con el traje de novia mientras su madre lo terminaba de retocar. –Pero hija, si es el día más importante de tu vida. Has esperado esto tanto tiempo... –Yo ya no sé ni lo que quiero, mamá – se dejó caer en el sofá emitiendo un suspiro. Su madre la miraba preocupada. No entendía por qué había dicho aquello. Sabía que desde que Lucy se fue, Sarah no había vuelto a ser la misma. Pero de eso ya había pasado un mes. –Sarah, ¿qué pasa? ¿No te estarás arrepintiendo? Ya sé que una boda es un acontecimiento muy frenético pero se supone que tiene que ser el día más feliz de tu vida y que lo tienes que afrontar con ilusión. –No sé. No dejo de pensar en si me estaré equivocando. –Mira, te contaré un secreto que jamás

le he contado a nadie, ni siquiera a tu abuela. –Lo sabía; ¡Soy la hija del frutero! – Sarah trataba de desviar la atención de su madre porque no se sentía cómoda compartiendo con ella aquellas confidencias–. ¿Y ese hombre al que he estado llamando papá todos estos años? –No seas tonta. Siempre te pones cínica cuando hablamos de cosas serias – Helen respiró profundamente para comenzar su relato–. Verás, tu padre y yo llevábamos saliendo juntos cinco años cuando me pidió matrimonio. Yo estaba muy emocionada pero muy nerviosa a la vez. Antes no era como ahora, que ya no hay respeto por los padres y se hace todo a la ligera. Antes había un protocolo que seguir y, si queríamos casarnos, tu padre

tendría que pedirle mi mano a tu abuelo. ¡Qué momento más incómodo! Ya te puedes imaginar a tu abuelo sentado en su sillón de piel, sin levantarse si quiera para saludarle y con Spencer, aquel pastor alemán gigante, sentado a su lado. Tu padre no dejaba de temblar y de tocarse el pelo. Yo pensé que iba a desmayarse de un momento a otro. –Mamá, ¿podemos ir al grano? No quisiera hacerme vieja con este vestido puesto. –Perdona. Verás, lo que te quería contar es que, una vez pasado ese mal trago, llegó el día de nuestra boda. Yo andaba un poco insegura. Sentía que todo me quedaba grande. No quería tomar la decisión equivocada. Yo quería a tu padre pero me daba miedo dar ese paso tan importante. Y en medio de ese mar de dudas apareció él. –¿Quién? ¿El frutero? Su madre se levantó y la miró enfadada. –Si vas a seguir con eso me marcho

ahora mismo y te dejo aquí sola con tus paranoias. –Perdona, mamá. Lo siento. Sarah la cogió de la mano y la volvió a sentar junto a ella en el sillón. Se había dado cuenta de que su madre estaba hablando de algo muy importante para ella y que posiblemente fuera la primera vez que lo sacaba a la luz. –Soy una idiota. Por favor, sigue contando. –Está bien. Pero no te paso ni una más... –cogió aire para continuar–. El caso es que tu padre decidió celebrar la despedida de soltero la noche antes, así que me quedé sola en casa de los abuelos. Cuando me acomodé en el sofá para ver la televisión un rato, sonó el timbre. Me levanté, abrí la puerta… pero allí no había nadie. Lo único que encontré, tirada en el suelo, era una carta a mi nombre y, al ver quién era el remitente, me quedé helada. –Pero ¿quién era? Me tienes en ascuas, mamá.

–Era José. Mi primer novio con el que creí que me casaría. El hombre al que me entregué en cuerpo y alma antes de tu padre, claro, y que un día, simplemente, desapareció. –¿Desapareció? –Se esfumó. Un viernes después de ir a cenar, me dejó en casa. Habíamos quedado en llamarnos al día siguiente. Nos despedimos con un beso, igual que siempre. Lo que yo no pensaba es que ése sería el último. A las tres de la mañana me despertó el teléfono. Mi padre vino a mi cuarto y me dijo que la policía había encontrado el coche de José en el arcén de la carretera estatal y que no había rastro de él. Ése fue el primer día de un largo calvario. No había nada que indicara qué le podía haber pasado. Estuvimos buscándole durante semanas, temiendo que su cuerpo apareciera tirado por algún lugar. Llegué a preferir encontrarle muerto a soportar aquella incertidumbre. Sarah advirtió que por el rostro de su

madre resbalaba una lágrima. –No sigas si no quieres, mamá. Ya me lo contarás otro día. –Estoy bien. Además, quiero y necesito contártelo –la voz de Helen sonaba temblorosa pero decidida–. El día antes de mi boda, allí tenía la carta en la que me decía que me echaba de menos, que sentía mucho lo que me hizo pero que aún seguía enamorado de mí. Que se había enterado de que me iba a casar y tenía que intentarlo una última vez. Me explicaba por qué desapareció y que siempre quiso llamarme pero que algo le impedía marcar mi número. Fue como si no hubiera pasado el tiempo. Mi corazón se desbordó. Al final de la carta me pedía que nos viéramos esa noche en el parque que había frente al instituto. Él estaría allí, esperándome. –Y ¿qué hiciste? –Estuve una hora dando vueltas por la casa, nerviosa, releyendo aquella carta una y otra vez, pensando cuál sería mi siguiente paso. Cuando llegaron los

abuelos, yo salía por la puerta. Les mentí. Les dije que iba a casa de mi amiga María. –¿Te presentaste en el parque? –Lo hice, hija. Y no me arrepiento. Él ya estaba allí cuando llegué. Al verme, se levantó y nos quedamos durante unos segundos sin decir nada. Pensé que me iba a poner más nerviosa pero estaba segura de lo que quería. Tanto tiempo repasando cómo sería ese momento y lo único que le dije fue que me casaba y que no quería volver a saber nada de él. Ni siquiera le di tiempo a que abriera la boca. Fue al darme la vuelta para irme cuando se apresuró a decir: “Helen, mi avión sale mañana a las doce de la mañana. Sé que lo que te pido no es fácil y que no me lo merezco pero, si cambias de opinión, estoy en el hotel que hay frente a la biblioteca. Estaré allí hasta las diez” No contesté, ni siquiera me giré, simplemente me subí al coche y me fui. Quemé la carta cuando llegué a casa y nunca le conté a nadie lo que pasó. El

resto de la historia ya la conoces. Sarah jamás había visto a su madre hablar con tanto dolor. Helen se levantó del sofá y se dirigió hacia la ventana del salón tratando de ocultar las lágrimas. Sarah se quedó allí sentada, mirando al vacío, sin poder evitar que todo lo que su madre le había contado le recordara a Lucy. Se sentía mal por no contestar a sus correos electrónicos. Quiso convencerse de que lo mejor era cortar por lo sano. Además ella quería a Joseph, de eso estaba segura. Lo que ocurrió aquel día con Lucy sólo fue el resultado de todas las emociones contenidas. Ahora iba a empezar una nueva vida al lado de un hombre que la amaba y no quería que eso se estropeara. Estaba decidida a cambiar de actitud. Se levantó y se dirigió a su madre. –Mamá, siento haber estado un poco deprimida estos días. Estoy muy nerviosa por la boda y quiero que todo salga perfecto. Te necesito más que nunca. –Hija, sabes que siempre vas a poder

contar conmigo. Estoy muy orgullosa de ti, te mereces ser feliz. –Gracias, mamá –le dio un beso y le limpió las lágrimas de la cara–. Venga, deja ya de llorar y ayúdame a quitarme este vestido. Capítulo 4 Salamanca, España Lucy tenía grabada la fecha de la boda de Sarah en su cabeza. Además, había hablado con su madre el día anterior y ya sabía quién iba a llevar a la novia a la iglesia, el color del traje del novio, el restaurante en el que celebrarían el enlace y dónde se iban de luna de miel. Tuvo la tentación de escribirle otro correo a su amiga para desearle un feliz día y decirle lo mucho que se alegraba por ella, pero no lo hizo. En lugar de eso, cogió su ipod y se fue a correr por la zona del río. Treinta minutos de carrera la dejarían exhausta, sin fuerzas para pensar en nada más que en una larga ducha. Sentía la respiración al compás de la música y el aire rozando su cara. Sin

duda, aquélla era la mejor terapia para ponerle freno a los recuerdos. Ya estaba de vuelta a casa cuando, al esquivar un bache, una bicicleta se le echó encima y acabaron en el suelo. –¿Estás bien? –la ciclista se dirigió a Lucy. –Joder ¿es que no ves por dónde vas? –no pudo evitar enfadarse. –Perdona, pero has sido tú la que ha cambiado de dirección de forma repentina. Por cierto, estoy bien, no me he roto nada, gracias por preocuparte –la chica se dirigió a su bicicleta. –Lo siento, espera un momento –Lucy se sintió avergonzada. No pudo evitar quedarse parada al ver a aquella chica de ojos oscuros y pelo negro, corto y

peinado con aire desenfadado. –¿Seguro que estás bien? Te sangra la rodilla. La chica se miró y vio la sangre resbalando por su pierna. –¡Mierda! Lo que me faltaba. –Oye, vivo ahí mismo –dijo señalando hacia la Iglesia–. ¿Por qué no subes a curarte esa herida tan fea? Y ya de paso, te dejo una camiseta porque no creo que quieras ir por ahí enseñando el sujetador. Lucy no pudo evitar que se le escapara una sonrisa. La misma que le salió a aquella chica cuando vio cómo había quedado su ropa. –Pues la verdad es que te lo agradecería. –Me llamo Lucy. –Y yo Sofía. Dejaron la bicicleta atada a la farola que había junto a la puerta del edificio y subieron al piso.

–Perdona el desorden pero aún no he podido terminar de instalarme. –No te preocupes. Yo acabo de irme de casa y sé lo que es eso. –¿Por qué no te sientas? Iré a por algo para curarte esa herida y a por una camiseta. A Lucy le resultaba extraño tener a alguien en casa pero aquella chica le parecía agradable y, en cierta manera, se sentía culpable por lo que había pasado. –Espero que sea tu talla. –Seguro que sí. –El cuarto de baño está en la habitación, si quieres usarlo... –se detuvo al ver que Sofía ya se había quitado la camiseta rota. –No te preocupes. Aquí mismo me vale. Lucy no pudo evitar fijarse en ella. Su piel morena, aún estaba algo húmeda por el sudor. El sujetador le marcaba el pecho y no dejaba mucho lugar a la imaginación. Lucy tuvo que mirar a otro lado para evitar que Sofía la viera sonrojarse.

–Ya puedes mirar –Sofía sabía el efecto que había causado en aquella mujer y no pudo evitar sonreír. Lucy se acercó a ella con una gasa, agua oxigenada y alcohol. –Levántate el pantalón. Te limpiaré esa herida. De ésta no te mueres, tranquila –le dijo mientras le echaba un poco de alcohol. –¡¡Ays!! Cuidado... –Sofía no estaba preparada. –Lo siento. Trato de ser suave. –¡Dios!, me duele todo el cuerpo. Creo que me he hecho daño en el hombro con la caída. En fin, te pasaré la factura del fisioterapeuta. –No me hagas sentir más culpable. A ver, déjame ver ese hombro. No soy fisio pero quizá te pueda aliviar. Sofía se acercó y dejó el hombro al descubierto. Lucy comprobó que estaba fuerte y que, como imaginó, su piel era firme y suave. Comenzó a darle un pequeño masaje en la parte dolorida y siguió subiendo hacia el cuello.

–Pues que sepas que se te da muy bien –comentó Sofía mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar por aquella agradable sensación. –Me alegro de que te sientas mejor. En la mente de Lucy empezaron a dibujarse las líneas casi perfectas de aquel cuerpo que estaba a tan sólo unos centímetros de ella. Sintió la necesidad de deslizar las manos por su espalda y acariciar a la mujer como si de una escultura de arcilla se tratase. Sofía parecía estar en trance, sin preguntarse, quizá, el sentido de aquellas caricias. Simplemente, disfrutaba. Lucy se imaginó besando el cuello de Sofía pero algo la sacó de su fantasía. –¡Vaya, es mi móvil! –Sofía se levantó del sofá y contestó– “¿Sí?.... ¡Ah!, hola Jesús. Dime.... ¿Tan tarde? Perdona, no me había fijado en la hora... Sí, sí, todo bien. Ya te contaré. Ahora nos vemos. Ciao.” Lucy, me tengo que ir. Se me ha ido el santo al cielo. No me acordaba de que había quedado.

–Tranquila. Además creo que ya he cumplido con mi responsabilidad. Te vas curada y con una camiseta nueva. –Cierto. La lavaré y te la devolveré. Ya sé dónde vives y por dónde sueles tirarte encima de la gente que va en bicicleta. –Espero que ésa no sea la impresión que te hayas llevado hoy de mí. Y por la camiseta no te preocupes, te la puedes quedar. Digamos que es una compensación por los daños ocasionados. –Bueno, ha sido un placer. Seguro que nos veremos otro día –Sofía ya estaba en la puerta de la casa cuando se despidió de Lucy. –Lo mismo digo. Lucy cerró la puerta y no pudo evitar echar un vistazo por la mirilla. Cuando la perdió de vista se giró, apoyó la espalda en la puerta y, con un suspiro, exclamó:

“una ducha bien fría”. Aquella noche durmió de un tirón, aunque los sueños fueron de lo más sugerentes. Sabía que la reacción que tuvo con Sofía era fruto de su situación con Sarah. Había estado demasiado tiempo esperando algo que jamás pasaría y, ahora que estaba en España, era como si sus sentimientos estuvieran desbocados. En ese momento, Sofía suponía una excitante alternativa para dejar de pensar en lo que había dejado atrás, pero tenía que calmar aquella revolución hormonal. Estaba segura de que la universidad la centraría; además, su beca dependía de ello. Esa misma mañana iba a reunirse con el vicerrector de relaciones

internacionales para recoger una información que le había pedido. La verdad es que, desde que llegó a Salamanca, Javier se había portado muy bien con ella. Lucy sabía que ése era su trabajo pero siempre se agradece que te echen una mano cuando eres nueva en un lugar. Le encantaba recorrer el camino hacia la universidad y, desde luego, era parada obligada su fachada, cargada de detalles, en la que, según la tradición, tenías que buscar la famosa rana sentada sobre una calavera. Fue Javier quien le explicó el significado de encontrar esas dos figuras. Al parecer, y siempre sobre teorías muy poco fundadas, si antes de los exámenes eras capaz de encontrarlas, no necesitabas estudiar para aprobar. Lo que comenzó siendo un grito desesperado de quienes no habían estudiado durante el año, se convirtió en

una tradición para los miles de turistas y estudiantes que pasaban por la ciudad. Lucy encontró la rana sin ayuda y con mucha paciencia. Lo hacía cada vez que pasaba por allí y ese día, justo antes de entrar al despacho del vicerrector, no iba a ser menos. Javier era un hombre de unos cincuenta años, de pelo canoso con entradas y nariz un poco aguileña. Sus ojos, de color castaño, denotaban cansancio aunque le daban expresividad a ese rostro dañado por los años y el interminable humo de su cigarro. Cuando Lucy le vio estaba sentado tras una pila de formularios y papeles oficiales que apenas le dejaban espacio para colocar su portátil. Sin levantar la mirada del monitor y sin sacarse el cigarrillo de la boca murmuró “adelante”, o al menos eso le pareció a Lucy. Ella se sentó frente al escritorio y se quedó allí, sin decir nada. No quería interrumpir lo que estuviera haciendo y tampoco le gustaba ser la primera en

iniciar una conversación. El primer día que apareció en aquel despacho intentó contar los libros que había en las estanterías pero llegó a la conclusión de que necesitaría toda una mañana. Se sentía cómoda rodeada de libros, por eso eligió la carrera de Biblioteconomía. Pero, más allá del contenido, lo que a ella le intrigaba era la historia que rodeaba cada ejemplar; cómo vivía el autor cuando lo escribió, qué le motivó a escribirlo, dónde y en qué época se encuadernó. Sus preferidos eran los libros antiguos. Aquellos de los que sólo existían unos cuantos ejemplares porque habían sido escritos a mano y con pluma. La Biblioteca antigua le ofrecería la posibilidad de sentarse frente a más de 65.000 volúmenes de manuscritos y libros

impresos entre los siglos XVI y XVIII. Sabía que no iba a ser fácil trabajar con esos ejemplares. De hecho, existía un reglamento de la Universidad de Salamanca que recogía las normas de obligado cumplimiento para quienes quisieran acceder a la misma. Acceso que quedaba restringido a investigadores, personal del archivo y, excepcionalmente, estudiantes en prácticas. Pero Javier le dijo que intentaría colarla en las prácticas de los alumnos de tercero. Lucy no sabía cuánto tiempo llevaba allí sentada pero se vio casi obligada a toser levemente para llamar la atención del vicerrector. –Perdona, cuando empiezo a escribir soy incapaz de dejarlo. La inspiración es algo que, cuando te llega, hay que aprovecharla –Javier le habló sin mover la cabeza. La miraba por encima de sus

gafas sin perder de vista la pantalla del ordenador y sin dejar de golpear el teclado–.Ya está. Basta por hoy... Cerró su portátil y se levantó para coger una carpeta que había sobre una mesa junto a la ventana, momento que aprovechó para apagar el cigarro y tirarlo a la papelera. –Lucy ¿verdad? –Sí. –Perdona mi despiste pero es que sois muchos los que pasáis cada día por mi despacho y cada uno con una historia diferente. Bueno, aquí tengo la información que me pediste. Todo lo relacionado con las asignaturas de tu carrera, la guía de acogida de la universidad donde, por cierto, te he subrayado algunos puntos interesantes, y una copia del reglamento de la biblioteca antigua. ¿Me dijiste que buscabas piso?

–No, ya he alquilado uno. –Vaya, sería otra alumna. En fin. Si puedo hacer algo más por ti... –Pues sólo quisiera saber cuándo empiezan las clases. –¡Ah! Sí, mira –Javier le extendió un papel que sacó de debajo de una pila de documentos–. Éste es el programa de bienvenida. Aquí te viene el horario de las clases y los teléfonos de secretaría y del despacho del decano de tu facultad. ¿Ya sabes dónde está? –Sí, ya me he pasado por allí para familiarizarme un poco con el edificio. –Perfecto. Y respecto a lo que me preguntaste sobre si podías tener acceso a la biblioteca antigua con los alumnos de tercer curso, aún no te lo he podido mirar. La profesora que se encarga de eso está de baja por maternidad y aún no se sabe quién va a sustituirla. –No importa. Si no puede ser, esperaré otro año –Lucy se levantó de la silla–. Muchas gracias por todo, Javier. –De nada. Y ya sabes dónde estoy si

tuvieras algún problema. Casi era la hora de comer y, puesto que entraba a trabajar a las cuatro, decidió irse directamente al restaurante, así, mientras comía, le daba tiempo a echarle un vistazo a toda aquella información que tenía entre sus manos. Disfrutó del paseo hasta la Plaza Mayor y se paró a contemplarla una vez más como quien la ve por primera vez. Hoy no podía sentarse en uno de sus bancos y dejar que el sol le dorara la piel. Pero sabía que tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo. Estaría allí unos años y quién sabe si no se quedaría en España para siempre. Eso era algo que se vería con el tiempo. Ahora su destino más inmediato era El Cisne Negro. –¿Qué haces aquí tan pronto, niña? – Carlos llevaba puesto el delantal negro con una pajarita dibujada que tanto le gustaba. –Vengo de la Universidad y no me apetecía volver a mi casa. ¿Me das algo de comer?

–Eso pregúntaselo a la jefa de cocina – Carlos se acercó a Lucy y le susurró–, aunque te digo que vayas con cuidado porque hoy viene de mala uva. Creo que es por la menopausia. A Lucy se le escapó una sonrisa. –Gracias por avisarme. Dejó los papeles en la mesa que había junto a la máquina de tabaco y cogió una servilleta blanca que había tras el mostrador. Al llegar a la puerta de la cocina, asomó la servilleta y la agitó. –Vengo en son de paz. –¿Qué te ha dicho ya ese loco de Carlos? Un día de éstos dimito y le dejo plantado. Te juro que no lo hago por el respeto y el cariño que le tengo a su padre –alzó la voz lo suficiente para que Carlos la oyera. María llevaba de cocinera prácticamente desde que se abrió el restaurante. Había vivido toda su vida en

Salamanca y conocía al padre de Carlos, que fue quien montó el negocio. Estaba casada con Benito, que muy de vez en cuando se dejaba ver por allí; como decía su mujer, él era más de los bares de viejos. Tenía dos hijas, ya casadas, que le habían traído un par de nietos. Para ella, sus nietos eran su vida y si seguía trabajando allí era para poder comprarles regalos. De estatura más bien baja, María llenaba toda la cocina con sus medidas “extradimensionales”, así la describía Carlos, que era el único capaz de sacarla de sus casillas. Porque si había una cualidad a destacar en ella, ésa era su bondad y su paciencia; siempre estaba risueña y dispuesta. –No le hagas caso, María. En el fondo te adora y no podría vivir sin ti. –Pues poco demuestra su devoción. –Te lo digo yo, que se le nota. –Ya le doy por perdido. Dime, Lucía, ¿qué haces tan pronto por aquí? María decía que qué nombre era ese de Lucy, que si estábamos en España ella era

Lucía y punto. A Lucy no le importó en absoluto. Aquella mujer le resultaba entrañable y le permitía tomarse esas licencias. –Pues venía a degustar una de tus formidables tortillas. ¿Crees que tendrás un hueco para dar de comer a una hambrienta? –Lucy acompañó su petición con un gesto de pena y con un abrazo. –Tú sí que sabes pedir las cosas y no ese proyecto de hombre que vaga por el bar. Siéntate y ahora te mando a mi lacayo –se le escapó una sonrisa. –Muchas gracias, eres genial. Lucy disfrutó de la comida y repasó uno a uno los documentos que Javier le había facilitado. El resto de la tarde transcurrió muy tranquila y pudo irse a casa antes de las ocho. –No olvides que mañana tenemos noche de tertulia. –Tranquilo Carlos, lo tengo grabado aquí –dijo Lucy señalando su cabeza–. Te veo mañana. Cómo olvidar ese día. Sabía que

mientras estuviera trabajando, Sarah estaría llegando a la iglesia para convertirse en la señora Collins. Necesitaba llegar a casa y pegarse una buena ducha antes de meterse en la cama. Aunque algo le decía que esa noche le sería complicado conciliar el sueño. Capítulo 5 Dakota del Sur, EE.UU. –Sarah, la señora Sullivan ya está aquí. Te va a peinar a ti primero. –Ya voy mamá, estoy buscando mis zapatillas. Aquella había sido sin duda la peor noche que había pasado en mucho tiempo. Apenas logró dar una cabezada de veinte minutos porque no dejaba de darle vueltas a la cabeza, convenciéndose de que estaba haciendo lo correcto. Estuvo tentada de escribirle un mail a Lucy, pidiéndole perdón por no haberle

respondido antes y diciéndole lo mucho que se alegraba de que estuviera realizando su sueño. Reescribió aquel correo unas diez veces hasta que al final desistió. Lo que realmente quería decirle era bastante diferente. Estaba enfadada por lo que ocurrió aquel día y sobre todo por no compartir con ella el que, se supone, sería el momento más feliz de su vida. Sentía un vacío que ni siquiera Joseph podía llenar. Le prometió a su madre que estaría bien y que afrontaría su boda con toda la ilusión del mundo y estaba dispuesta a cumplirlo. –Perdone, señora Sullivan. Hoy es de esos días en que no encuentras nada de lo que buscas. Sarah sabía el calvario que tendría que soportar al ponerse en manos de la peluquera. Cada vez que la veía no podía evitar que se le escapara una sonrisa porque se acordaba del apodo que Lucy le puso. La llamaba

“remolacha parlanchina”. Una vez casi estuvo a punto de llamarla señora Remolacha. –No te preocupes, no tengo más compromisos. Me reservé el día para vosotras. ¿Empezamos? ¿Quién inventaría las bodas? Sarah odiaba toda aquella parafernalia de peinados, cogidos, adornos en el pelo, el vestido de las damas de honor, el traje de los niños, las flores de la iglesia, la colocación de los invitados en el restaurante. Ella no había nacido para eso. Siempre quiso una boda íntima, con su familia y amigos más allegados y no una fiesta por todo lo alto, con banda de música incluida. Extrañamente Joseph sí era amante de los grandes acontecimientos, así que se confabuló con su madre para celebrar aquel esperado enlace. Por suerte, ella no intervino en

nada. Joseph decía que no quería que se agobiase y que lo dejara todo en sus manos. La verdad que era un buen hombre, lo que la señora Sullivan llamaba “un buen partido”. –Yo ya se lo dije a tu madre cuando me enteré. Le dije: Helen, tu hija sí que sabe elegir. Un hombre bueno, guapo, atractivo y con su propia empresa. A la madre la conocí un día que vino a mi peluquería a que le hiciera un peinado especial porque tenía una gala benéfica. ¡Qué elegancia y qué saber estar! Muy educada, sí señor, y me dejó cinco dólares de propina. No dejaba de hablar de Joseph y lo orgullosa que estaba de él. Se lamentaba de que siguiera soltero –hizo una breve pausa y se centró en un mechón de pelo rebelde que no se dejaba dominar–. Recuerdo que cuando nos enteramos de que se casaba, hicimos una apuesta para ver quién sería la afortunada. Ganó la señora Dillbecker. La verdad es que yo no pensaba en ti como candidata, no te ofendas. Como estabas todo el día con esa amiga tuya

pues no creí que pensaras en chicos todavía. –Tranquila, señora Sullivan –su cara reflejaba cierta desesperación. –Yo aposté por la hija de los Harrison, ¿cómo se llama? –Rachel –contestó Sarah con desgana. –Sí, eso, Rachel. Qué muchacha más guapa ¿verdad?.... Mejorando lo presente, claro. –No se preocupe. La verdad que yo tampoco hubiera apostado por mí. Pero ya ve cómo son las cosas. La vida da muchas vueltas. –Tienes razón. Y yo me alegro de que hayas sido tú. Hacéis tan buena pareja. Estáis hechos el uno para el otro. Lo que tenéis que hacer es traerle un nieto a tu madre enseguida, que eso le va a dar mucha alegría. Sarah no aguantaba más aquella tortura. La cabeza le iba a estallar de un momento a otro entre la señora Sullivan y las horquillas que llevaba en el pelo. –Ha terminado ya, ¿verdad? –comenzó

a quitarse la toalla que cubría sus hombros y se levantó de la silla. –Sí, hija, perdona. Seguro que tienes muchas cosas que hacer. Justo en ese momento, la madre entró al salón. –Pero mírate, estás preciosa –Helen reflejaba orgullo en sus ojos. –Gracias, mamá, y gracias, señora Sullivan, por hacer milagros. –De nada. Ahora vamos con tu madre. –Mamá, estaré arriba en mi cuarto. Voy a ver si descanso media hora porque no he dormido nada esta noche. –Vale, pero lleva cuidado con el peinado. Cuando acabe conmigo, subiré a ayudarte con el vestido. –¡Ay! mamá, eres un encanto, no sé qué haría sin ti –le dio un abrazo y se perdió por las escaleras. Iba decidida a echarse un rato pero algo llamó su atención. Al mirar el monitor de su ordenador se fijó en que tenía un nuevo correo. A medida que se iba acercando a la pantalla, los latidos de

su corazón se iban acelerando. Una parte de ella necesitaba que ese mensaje fuera de Lucy pero, por otro lado, se negaba a dar marcha atrás y dejarse llevar por los recuerdos. Se sentó en la silla y con su mano derecha tomó el ratón y pinchó sobre la bandeja de entrada de su correo. Allí estaba Lucy, desde el otro lado del océano, escribiéndole el día de su boda. En el asunto del mensaje le decía: “No me olvido de ti. Disfruta de tu día”. Se le formó tal nudo en el estómago que no fue capaz de mover ni un dedo para abrir aquel mensaje. Simplemente se quedó allí, con todos los músculos de su cuerpo en tensión, como si el tiempo se hubiera detenido en aquel cuarto y nada ni nadie pudiera atravesar la barrera que la separaba del mundo real. Se armó de valor y empezó a leer: “Hola Sarah. Éste es el tercer correo que te mando y aún sigo con la esperanza de que un día contestes. No sé cómo hemos podido llegar a esta situación de

incomunicación total, pero ya no puedo más. Dudaba si escribirte o no, pero quería que supieras que te deseo lo mejor en esta nueva etapa que vas a comenzar hoy. Sé que es mucha la distancia que nos separa pero no pasa un solo día sin que me acuerde de ti. Quise hacer las cosas de otra manera para no herirte pero creo que conseguí todo lo contrario. No sé si habrás leído mis correos anteriores, quiero pensar que sí. En ninguno de ellos te hablaba de lo que te voy a hablar ahora. ¿Recuerdas nuestra despedida? Yo no puedo olvidarla y sé que tú tampoco. Aún hoy no puedo explicar qué pasó pero sólo puedo decirte que maldije el momento en que el taxista nos interrumpió. Posiblemente tendrás la cabeza hecha un lío porque no entenderás nada. Sé que ésta no es la forma pero es mi última oportunidad antes de saber que te he

perdido para siempre...” Sarah no pudo seguir leyendo. El corazón se le aceleró tanto que comenzó a sentirse mal, todo le daba vueltas y no pudo evitar que su cuerpo cayera al suelo como si se tratase de una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. –¿Hija, estás bien? –Helen estaba sentada en la cama sujetando una toalla mojada sobre la frente de su hija, cuando ésta abrió los ojos. –Perdone doctor pero ha despertado… Descuide, la llevaré a su consulta. Gracias de todas formas –Joseph colgó el teléfono y se acercó a la cama a darle un beso en la mejilla a su futura mujer. –Joseph, ¿qué haces aquí? Se supone que no puedes ver a la novia justo antes de la boda –apenas tenía fuerza para hablar y le costaba mantener los ojos abiertos. –Tu madre me llamó. Subió a ayudarte con el vestido y te encontró en el suelo. Le has dado un susto de muerte. ¿Cómo te sientes?

–Ahora mejor, pero me duele mucho la cabeza –fijó su mirada en el ordenador y se dio cuenta de que estaba apagado. Aquello la desconcertó aunque prefirió no hacer ningún comentario al respecto. –Bueno, pues prepárate que nos vamos a ver al doctor ahora mismo –le dijo Joseph con voz firme mientras recogía algo de ropa para que se pusiera. –No hace falta, en serio. Sólo necesito descansar un poco. Y, por favor, vete porque me tengo que poner el vestido y no puedes verlo hasta dentro de... –Sarah miró su reloj mientras se levantaba de la cama– exactamente dos horas y veinte minutos. –Cariño, podemos ir al doctor y estar aquí de vuelta en una hora –Joseph ya estaba en la puerta del cuarto empujado por Sarah–. Helen, ayúdeme a convencerla –imploraba ayuda con la

mirada. –Dios sabe que en eso ha salido a su padre, así que ni lo intento –dijo Helen con la voz todavía temblorosa por el susto, mientras se llevaba el vaso de tila a la boca. –De verdad que no es necesario –Sarah ya había conseguido que su prometido estuviera al otro lado de la puerta. Se acercó a él y, con una sonrisa burlona, le besó y le prometió que en dos horas estaría en la iglesia. –Vale, pero si vuelves a notar mareos, avisa a tu madre. –Sí, doctor. –Te veré en la iglesia y no espero más de veinte minutos. –Ni un minuto más. Sarah le pidió a su madre que la dejara descansar un rato. Su madre accedió y Sarah por fin pudo quedarse a solas para terminar de leer el mail de Lucy. Puso en marcha el ordenador y en menos de un minuto logró acceder a su correo. Pero algo no marchaba bien. El

mensaje que estaba leyendo justo antes del desmayo había desaparecido. Era como si nunca lo hubiera recibido. Desconcertada, se rindió al hecho de que necesitaba un descanso y se tumbó en la cama deseando que aquel horrible dolor de cabeza desapareciera. Capítulo 6 Salamanca, España Lucy aún no era consciente de lo que acababa de hacer al enviar ese mail, pero ya no había marcha atrás. Lo dio todo, jugó la última carta sabiendo que las posibilidades de ganar la partida eran casi inexistentes. Ahora le tocaba a Sarah dar el siguiente paso, aunque algo le decía que tampoco iba a recibir respuesta de ese último correo. Miró la hora y se dio cuenta de que llegaba tarde a trabajar. Agradeció estar ocupada esa noche. Además, el tema que se iba a tratar en la tertulia, a manos de una de las profesoras de la universidad, le resultaba bastante interesante. “Salamanca y la historia de sus calles y monumentos”.

Salió literalmente corriendo de su edificio y se dispuso a recorrer el camino hacia El Cisne Negro. Al doblar la última esquina no se dio cuenta de que otra persona se encontraba parada mirando su móvil e, inevitablemente, chocó con ella con tan mala suerte que aquel teléfono salió por los aires y aterrizó en el suelo hecho mil pedazos. Sin levantar la mirada del móvil, Lucy comenzó a disculparse y a intentar recomponer aquel puzzle de piezas y botones. –¡Dios, no sabes cuánto lo siento! Te compraré uno. Mira, trabajo... –cuando Lucy levantó por fin la mirada para indicarle dónde trabajaba, se quedó muda. –Vaya, parece que no sabemos encontrarnos de otra manera. –Eh..., yo..., Sofía, de verdad que yo no... –Lucy se rindió–. No sé qué decir. Menudo concepto tendrás de mí... –Tranquila, lo de “hola, ¿qué tal?, ¿cómo te van las cosas?”, ya está pasado de moda. Prefiero esta manera de saludarnos, aunque a mi móvil creo que

no le ha hecho mucha gracia. –En serio, te compraré uno. –No te preocupes, además pensaba cambiarlo. En realidad me has hecho un favor. –Oye, me tengo que ir. ¿Por qué no te pasas por el bar donde trabajo y te invito a tomar algo? Está ahí mismo. –Mmm..., interesante oferta pero ya he quedado. –Vaya. Entonces creo que lo dejamos para otro día. Lucy se había dado cuenta de que, cada vez que tenía cerca a aquella mujer, se le aceleraba el pulso. –Acepto... Te daría mi número de teléfono pero creo que te va a salir apagado. –Bueno, ya sabes dónde vivo y dónde trabajo. Localízame cuando quieras, ¿vale? –Hecho. Lucy desapareció casi con la misma rapidez con la que apareció tras aquella esquina.

Entró en el restaurante como alma que lleva el diablo. –Carlos, lo siento mucho –la cara de su jefe lo decía todo. No necesitaba preguntarle para saber que estaba enfadado pero Lucy sabía que aquello no duraría mucho–. Deja que te explique lo que me ha pasado. –No te molestes, no hay tiempo. Hay mesas que están sin servir. Ya pensaré a lo largo de la noche cuál será tu castigo. Ahora ponte el delantal y haz algo útil. Carlos no podía estar enfadado más de un minuto y cambió su expresión de perro rabioso por una leve mueca de resignación. Lucy le devolvió una sonrisa de complicidad que llevaba implícita la palabra gracias. Se dirigió a una de las mesas, les tomó nota y voló a la cocina para darle a María el pedido. Le dio un

beso en la mejilla y la abrazó por la espalda. –¡Eh!, niña, tan impuntual como siempre –María siempre tenía una sonrisa para regalarle. –Ya sabes que si no, no sería yo. Lucy ya salía de la cocina directa a otras dos mesas. En el rato que estaba allí no se dio ni cuenta de que la tertulia ya había comenzado. Mientras apuntaba el pedido de la última mesa que quedaba, echó un vistazo fugaz hacia la mujer que se encontraba tras el micrófono sin poder retener mucha información. Pensó que lo primero era el trabajo y que, después, ya tendría tiempo para centrarse en ella. Además, como Carlos la viera parada se le caería el pelo. Sea como fuere, no pudo prestar demasiada atención a la tertulia, que terminó antes de que Lucy hubiera puesto las copas en las dos últimas mesas. Se le pasó el tiempo volando. Fue al recoger unos platos cuando se percató de que la mujer que había estado

tras el micrófono ahora estaba sentada mirando la carta de bebidas. Carlos se dirigió a Lucy y, refiriéndose a la profesora, le dijo que estaba invitada a lo que pidiera. Lucy asintió y se dirigió a tomarle nota. –¿Sabe ya lo que va a tomar? –a Lucy le gustó cómo la mujer se mordía el labio mientras estudiaba la carta; le resultó un gesto de lo más sexy. –Uf..., ¡cómo decidirme ante semejante variedad! –Lo mismo dije yo el primer día que vine aquí. –¿Y qué hiciste? –Pues fiarme de Carlos. Me hizo una sugerencia y acepté. –Entiendo –la profesora había cerrado la carta de cócteles y bebidas espirituosas y clavó su mirada en los ojos de Lucy–. Entonces creo que yo haré lo mismo y me fiaré de ti, porque esto es muy difícil. –No se arrepentirá. –Por favor, tutéame. Nos vamos a ver más veces por aquí. Me llamo Marta –la

profesora le tendió la mano. –Y yo Lucy –dijo apretando con firmeza. La mirada de Marta era penetrante y dulce a la vez, hasta el punto de ponerla nerviosa. –Le trai..., perdón, te traigo ahora mismo tu copa –Lucy separó su mano sin poder evitar que le temblara. –Gracias –Marta sonrió al ver el efecto que había causado en aquella chica. Lucy entró en la cocina tratando de tranquilizarse. Apenas hacía unas horas que le había confesado a Sarah todo lo que sentía por ella y, sin embargo, no podía frenar aquel impulso. El hecho de haber soltado ese peso emocional hizo que se sintiera liberada. Además, había algo en Marta que le atraía: quizá la formalidad a la hora de vestir mezclada con la sensualidad, posiblemente involuntaria, de sus gestos, o sería el tono

de su voz, cálido y sugerente. El caso es que le gustaba la idea de que aquélla no fuera la última vez que la viera por el bar. Le preparó un gin tonic con trozos de fresa natural y se lo llevó a la mesa. María salía de la cocina en ese momento. –Hasta mañana, niña. Creo que hoy no me voy a poner ni el pijama para meterme en la cama. –Hasta mañana, María. Que descanses. –Carlos, te veo mañana –María tuvo que levantar un poco la voz para que su jefe la oyera desde el otro lado del bar. –Vale María. Descansa, anda, que hoy te lo has ganado. Cuando salió, Carlos cerró la puerta tras ella. Ya sólo quedaban los tres en el local. –Carlos, si queréis cerrar me voy ya – Marta hizo ademán de levantarse pero Carlos la interrumpió enseguida. –Tranquila. Todavía me queda por hacer la caja. Disfruta de esa copa. Por cierto, ha estado muy bien la tertulia.

Seguro que Lucy estará impaciente por hacerte preguntas. La chica miró a su jefe boquiabierta y éste, que se encontraba de espaldas a Marta, le devolvió una sonrisa acompañada de un guiño. Nunca había hablado abiertamente con Carlos pero sabía que entre ellos había tal complicidad que no necesitaban decirse nada. Él sabía que Lucy nunca aparecería por allí de la mano de un joven apuesto y ella agradecía su discreción a la hora de tratar el tema. –Bueno Lucy, creo que te lo debo por tu estupenda elección con la bebida. Pregunta lo que quieras. ¿Hay algún tema

concreto de los que he tratado en la tertulia que te interese comentar? –Sí, bueno... –Lucy siguió a Carlos con la mirada mientras se sentaba junto a la profesora. Quería hacerle saber a su amigo que aquello había sido una encerrona, pero le perdió de vista–. Verás, creo que voy a quedar fatal pero no he podido estar atenta a tu exposición – hizo un gesto que imploraba perdón. –No pasa nada. Es normal, habéis tenido mucho trabajo. –Me hubiera encantado poder disfrutar de tus historias. Llevo en esta ciudad sólo unos meses pero hay algo en ella que me ha enganchado. –Yo nací aquí y, aunque he estado fuera unos años, siento que no ha pasado el tiempo. Fue mi abuelo el que me enseñó a mirar Salamanca con otros ojos. La Historia es así, según quién te la cuente te gustará o la odiarás. Tuve suerte de tener a mi lado un gran maestro. –Pues creo que has aprendido muy bien. Sabes cómo llegar al público y se

nota que te encanta lo que haces. En serio, tenías a todo el mundo cautivado. –A todo el mundo menos a ti –Marta desvió su mirada hacia su vaso. No entendía muy bien lo que acababa de hacer. Es más, se arrepintió nada más decirlo. En su mente sonaba diferente pero al ver el gesto de Lucy se dio cuenta de que quizá el comentario estaba fuera de lugar. Intentó arreglarlo–. Quiero decir que, con el trabajo que habéis tenido, pues no he podido cautivarte... Vamos que..., que no te ha sido posible disfrutar de la tertulia –tierra, trágame, pensó para sí misma. La cara de Lucy parecía una encrucijada. Ahora era Marta la que estaba nerviosa y a cada frase que decía lo empeoraba. Así que decidió callarse y entregarse a su gin tonic.

Lucy no supo asimilar la información que le acababa de llegar. Sin entrar a analizar mucho, parecía casi evidente que aquella mujer estaba intentando ligar con ella pero descartó de inmediato esa idea. ¿Qué posibilidades había de que una profesora de universidad tan sofisticada e inteligente tuviera el más mínimo interés en una chica como ella? –El problema es que, según me ha dicho Carlos, cada vez que vienes aquí se llena el local, lo que significa más trabajo para mí. Así que no sé cómo podríamos hacerlo. Y no me digas que la solución es que me despida porque necesito el dinero. Además aquí me dan de comer gratis – Lucy consiguió arrancarle una sonrisa, logrando romper la tensión que se había creado hacía tan sólo unos segundos. –Créeme, no voy a ser yo la causante de tu despido. Carlos me mataría. Además tengo una solución mejor. –Me dejas más tranquila. –¿Tienes algo que hacer el sábado por la noche?

–Lamentablemente, mi vida social ahora mismo se limita a Carlos, María y una chica con la que no dejo de tropezarme... –¿Con la que no dejas de tropezarte? –Es igual, déjalo, es una historia algo complicada –Lucy se arrepintió de haber dicho aquello. –Bueno, ¿qué me dices? ¿Quedamos el sábado por la noche a eso de las nueve y media? –Vale, si me dices el sitio, allí estaré puntual. –Nos veremos en la puerta del Ayuntamiento. –Y ¿no me vas a decir qué es lo que vamos a hacer? –Ya te enterarás. Desde luego Lucy estaba disfrutando con aquel juego. Marta había despertado en ella tal curiosidad que ya estaba deseando que fuera fin de semana para verla de nuevo. Observaba la manera en que la profesora estudiaba lo que le quedaba de bebida y cómo sus manos

acariciaban el vaso. Definitivamente resultaba una mujer de lo más interesante y sensual. El tiempo le diría si aquella mujer iba a ser una persona importante en su vida o simplemente otro capítulo más. –¡Vaya, mira qué hora es! Alicia me va a matar –Marta apuró el último trago y se dispuso a pagar pero Lucy la paró. –Deja, esto corre a cuenta de la casa. –Pues muchas gracias –ya se había levantado y cogido su bolso cuando se despidió de Carlos con dos besos. –¿Te veré la semana que viene? – interrogó su amigo. –Si no hay ningún contratiempo, dalo por hecho –Marta echó una mirada a Lucy que hasta Carlos supo interpretar. –Bueno, pues, como siempre, será un placer... para todos. ¿Verdad Lucy? –en ese momento ella estaba limpiando la mesa que Marta acababa de dejar. –Perdona Carlos, no te he escuchado – se disculpó Lucy. –Nada, sólo te decía que nos encantará que vuelva otra vez –la sonrisa de medio

lado de su jefe le delataba, y a Lucy la sacaba de quicio ver que siempre iba unos pasos por delante de ella. –Por supuesto –esta vez su mirada se cruzó con la de Marta y de no ser por Carlos aquel momento hubiera durado una eternidad–. Bueno..., tengo que terminar de limpiar así que... –Sí, perdona, ya me voy –Marta se dirigía a la puerta cuando Lucy se ofreció a acompañarla y así dejaba cerrado el local pero, de nuevo, Carlos se adelantó. –Oye Lucy, ya te puedes ir a casa. No queda nada por hacer y seguro que estás agotada. –No te preocupes, no quiero dejarte solo. –Sé arreglármelas, de verdad. Ya soy mayorcito. Pero tú tranquila que si aparece el hombre del saco te llamaré para que vengas a salvarme. –Seguro que lo harás... –Ya en serio. Así acompañas a Marta a casa.... o donde quiera que vaya –la profesora le miró con extrañeza.

Lucy sabía muy bien lo que pretendía pero no pudo rechazar la oferta. Estaba agotada. Las dos mujeres salieron del local y empezaron a caminar disfrutando del paseo. Después de llevar un rato andando, Lucy decidió romper aquel incómodo silencio. –Y ¿cuál es tu plan para esta noche? –Pues he quedado con una amiga a la que no veo desde hace tres meses. Tiene un restaurante cerca de la catedral. Si se entera de que he vuelto a Salamanca y no he ido a verla me va a matar. Pero no hace falta que me acompañes... No me interpretes mal. Agradezco tu compañía pero quizá te estés desviando de tu camino. –Tranquila, vivo cerca de la catedral. ¿Conoces la iglesia de Santiago? –Sí, claro. La que está junto al puente romano. –Pues yo vivo en el edificio que hay justo detrás de la iglesia. –Vaya, pues seguro que tienes unas vistas privilegiadas.

–La verdad que estoy encantada. Tuve mucha suerte al encontrar ese piso. En cuanto lo vi, supe que era para mí. Tiene un balcón que da al río y es una pasada cuando llega el atardecer. Tienes que venir un día y así lo compruebas por ti misma, ¿qué me dices? –Me encantaría. De nuevo sus ojos se volvieron a encontrar y el silencio se hizo entre ambas. Tras unos segundos, Marta se volvió hacia el edificio que tenía detrás. Sin saber cómo, habían llegado al restaurante que estaba en el patio interior de un hotel parador. El enclave era único, con la catedral de fondo y rodeado por los restos de lo que parecía una muralla romana. Parte de la terraza la ocupaban algunos sillones blancos y la iluminación corría a cargo de varias lámparas de ambiente que se encontraban estratégicamente colocadas, permitiendo

así dar intimidad a cada una de las mesas. –Bueno, es aquí. ¿No quieres entrar y tomar algo? –le ofreció Marta. Lucy estaba deseando decirle que sí pero sabía que si se quedaba y tomaba alguna copa, pronto empezaría a decir cosas de las que seguro se arrepentiría. –No, de verdad. Mañana tengo que terminar el papeleo de la universidad y tengo que ver al vicerrector antes de las once –había sonado bastante creíble, al menos fue la impresión que tuvo al ver la cara, casi de compasión, de Marta–. Además, seguro que tu amiga y tú os tenéis que poner al día. –Está bien. Bueno, pues espero verte el sábado. No me falles –aquello había sonado casi como una súplica. –No faltaré. Marta se metió en el restaurante y Lucy continuó su camino sin dejar de darle vueltas a la cabeza y repasar una y otra vez todo lo que le había pasado en las últimas horas. Lo único que quería era darse una ducha y dejarse caer en la cama.

Entró en su edificio y, con las llaves en la mano, subió al ascensor. Mientras abría la puerta de su casa, imaginaba el agua caliente cayendo sobre ella y lo bien que iba a dormir esa noche. Cerró la puerta y casi se muere del susto cuando, al encender la luz, vio a Sofía sentada en su sofá. –¡Joder! –exclamó Lucy mientras lanzaba al aire las llaves que llevaba en la mano. La respiración se le aceleró y el corazón le latía a marchas forzadas. Sofía se levantó del sofá al verla tan alterada y se acercó a ella. –Lucy, ¿estás bien? No quería asustarte. Lucy seguía con las manos apoyadas en las rodillas tratando de recuperar la respiración. Fue en ese momento cuando ambas vieron las llaves que estaban en el suelo y se agacharon a la vez a recogerlas

con tan mala suerte que sus cabezas se encontraron. –¡Mierda! –el choque fue irremediable–. En serio ¿crees que esto va a ser así de por vida? –Sofía la miraba con la mano en la cabeza intentando detener el inminente crecimiento del chichón que seguro iba a salirle. –No sé qué me pasa contigo, de verdad. Esto no es normal. ¿Estás bien? –Creo que sobreviviré. ¿No tendrás hielo? No quiero que esto se haga muy grande –dijo señalándose el chichón. –Sí, claro. Y ya puedes ir pensando en la historia que me vas a contar para explicarme cómo has entrado en mi piso sin llaves. Sofía se dejó caer en el sofá mientras Lucy sacaba del congelador un par de cubitos y dos cervezas. Cerró de una patada el frigorífico y fue al encuentro de aquella muchacha que, de nuevo, se

encontraba malherida en su salón. –Lamento lo del chichón –le dijo mientras le alcanzaba los hielos envueltos en un paño de cocina. –Supongo que me lo merecía, aunque desde que te conozco mi integridad física está en peligro. Lucy le ofreció una cerveza a modo de tregua. –Toma, nos vendrá bien una de éstas – dieron su primer sorbo antes de continuar con la conversación–. Y ahora me gustaría que me explicaras cómo has entrado en mi casa –Lucy la miraba desde el otro extremo del sofá, con el corazón aún acelerado por el susto, a la espera de una respuesta que la convenciera lo suficiente como para no llamar a la policía. –Hay muchas cosas que no sabes de mí. –Explícamelas. Tengo toda la noche. –Dejémoslo en que no estoy muy orgullosa de mi pasado. Antes solía frecuentar amistades,

no del todo recomendables, que me han hecho visitar los calabozos de la comisaría más de lo que me hubiera gustado. Lo único que saqué de bueno de aquella época fueron unas cuantas “habilidades” que de vez en cuando sigo practicando. Así que si alguna vez necesitas hacer algo de dudosa legalidad, no dudes en llamarme. –No sé si eso me tranquiliza demasiado. –Te prometo que no volveré a entrar así en tu casa. Es sólo que te estaba esperando en el portal y como tardabas demasiado... –Decidiste que era buena idea colarte en mi casa sin invitación. –Venía a decirte que ya he cambiado de móvil pero no te preocupes que ya me voy. –Dime que no has infringido la ley sólo para decirme eso. –La verdad que no... –Sofía se acercó a

Lucy y la miró fijamente a los ojos–, lo cierto es que tenía muchas ganas de verte otra vez. Lucy casi se atragantó con su cerveza al oír aquello. –¿Estás bien? –Sofía le cogió la mano. –Sí, no te preocupes –Lucy seguía tosiendo aunque ya no sabía si era por la cerveza o por tener a Sofía tan cerca–. Sólo necesito un poco de aire. Casi esquivando a la chica, Lucy se levantó del sofá y se fue al balcón para sofocar el calor que sintió de pronto. Estaba de pie, mirando al cielo y tratando de calmar sus impulsos cuando sintió una mano rozando su brazo y la voz de Sofía casi en susurros. –Lucy, si me dices que no quieres pasar conmigo esta noche me iré de aquí ahora mismo pero creo que tú sientes lo mismo que yo. No me había pasado esto nunca pero desde que nos conocimos no dejo de pensar en ti y, cada vez que lo hago, siento cómo mi cuerpo me pide a gritos que te haga el amor.

Lucy tenía el corazón a mil por hora y su respiración se iba acelerando por segundos. Cerró sus ojos y se abandonó a aquellas caricias y palabras que la hicieron estremecerse. No dijo nada, no hizo nada, simplemente se quedó ahí parada, sintiendo, disfrutando, deseando... hasta que Sofía dejó de acariciarla y la cogió del brazo para girarla y poder ver así sus ojos. La mirada de Sofía ardía en deseo y Lucy no pudo evitar que una punzada le recorriera el cuerpo activando todas sus terminaciones nerviosas hasta llegar a su clítoris y dejó escapar un gemido. –¿No dices nada?... En fin, creo que será mejor que me vaya. Sofía se giró para volver al salón a recoger sus cosas pero esta vez fue Lucy la que la sujetó por el brazo y la atrajo hacia ella hasta que sus labios se encontraron. Sabía que aquello ya no tendría freno. Ahora ya no, no después de haber probado el sabor de sus labios, no después de estremecerse con cada beso,

no después de casi tener un orgasmo con sólo sentir el tacto de Sofía bajo la camisa, acariciando sus senos. Lucy la guiaba por la casa sin dejar de besarla y tocarla y, a medida que avanzaban, fueron desprendiéndose de la ropa hasta que se encontraron en la habitación prácticamente desnudas. Fue Sofía la que empujó a Lucy a la cama y se echó encima de ella, metiendo su pierna entre las de Lucy sin dejar de moverse a la vez que recorría con su lengua cada centímetro de su piel. La sujetó por las muñecas muy suavemente y comenzó a besarla con tal pasión que Lucy no pudo evitar tener un pequeño orgasmo. Llegó a los senos, firmes y duros, y sintió sus gemidos cada vez más continuos. Lucy necesitaba tocar a aquella mujer que la estaba llevando al mismo cielo pero estaba prisionera y eso la ponía aún más caliente si cabía. Sofía siguió

bajando por su vientre pero esta vez sus manos acompañaban cada beso con caricias y estuvo tan cerca de su sexo que Lucy creyó que iba a tener otro orgasmo, pero Sofía jugaba al límite y frenó en el momento justo para quitarle la braga, que era la última prenda que le quedaba puesta, arrancándole de nuevo un gemido que Lucy tuvo que ahogar con la almohada. Ya no había nada que se interpusiera entre ambas. Cuando Sofía volvió a colocarse y puso su pierna entre las de Lucy, sintió lo húmeda que estaba. Sabía que la tenía a punto y eso le encantaba. La ponía a cien oír los gemidos de aquella mujer que se estremecía cada vez que su pierna le rozaba el clítoris con cada movimiento de pelvis. Sin dejar de besarla ni de moverse encima de ella, bajó su mano hasta introducirle uno de sus dedos en la vagina. Lucy arqueó la espalda y comenzó a jadear con cada embestida. Abrazó a Sofía y sin dejar de mirarla a los ojos le susurró que estaba a punto de tener otro

orgasmo. Fue entonces cuando Sofía le dijo que quería tenerlo a la vez. En cuestión de segundos, ambas se habían entregado por completo al placer, y los jadeos de una se confundían con los gemidos de la otra. Sin dejar de mirarse a los ojos, supieron el momento exacto en el que el orgasmo llegó para ambas. Disfrutaron de aquel instante como si fuera el último y, tras alcanzar el clímax, se quedaron allí tumbadas, sin separar sus cuerpos desnudos y regalándose caricias. Ahora lo único que Lucy quería era descansar. Capítulo 7 Dakota del Sur, EE.UU. Sarah se levantó de la cama de la suite especial para recién casados del Hotel Saint Gregory. Casi pisó el vestido de novia que estaba tendido en el suelo. Cuando se agachó para recogerlo sintió un terrible dolor de cabeza que la hizo sentarse de nuevo en la cama. Definitivamente la noche había sido movida. Lo último que

recordaba era a su madre bailando con un hombre que llevaba la corbata puesta en la cabeza y que había dado buena cuenta de la barra libre. Con mucha calma y sin hacer ruido para no despertar a Joseph, se levantó – esta vez pasó del vestido, ya lo recogería más tarde– y se fue al baño. Llenó la bañera y se relajó durante casi media hora, sin duda uno de los mejores remedios contra la resaca. Por fin había pasado todo y ahora llegaba lo mejor, quince días perdidos en una isla paradisíaca sin más ocupación que la de beber margaritas tumbados en una hamaca. Ya habría tiempo para preocuparse por la mudanza y por los últimos retoques que le quedaban a la casa en la que iban a vivir. Con el albornoz puesto y una toalla liada en la cabeza, llamó al servicio de habitaciones para que les trajeran el desayuno. Poco a poco, fue abriendo las cortinas para que el sol inundara la estancia. Joseph no tuvo más remedio que

despertarse de su plácido sueño al notar la luz entrando por las ventanas. –Sutil manera de decirme que me levante –se dio la vuelta y plantó la almohada sobre su cabeza. –Vamos, cariño, ya es muy tarde. Además el desayuno tiene que estar a punto de llegar. –¿Has dicho desayuno? Eso ya es otra cosa. Me muero de hambre –se levantó de la cama de un salto, besó a su mujer y se metió en la ducha. Sarah se quedó tumbada y aprovechó para encender el televisor. Nada nuevo en las noticias. Que si tal país quiere invadir a tal otro, que si han demostrado la existencia de armas de destrucción masiva y, por supuesto, alguna catástrofe natural asolando pueblos en alguna parte del planeta. Definitivamente el mundo se había vuelto loco, aunque en ese momento lo único que le preocupaba era el tiempo que iba a hacer la semana siguiente en el Caribe. Julio era una buena época para viajar allí pero, aún así, quería estar

segura de que ningún contratiempo climatológico les iba a fastidiar su luna de miel. Alguien llamó a la puerta; era el camarero con su desayuno. Sarah le dio propina al chico y preparó la mesa que había en la terraza de la suite. Era su primer desayuno como casados y, aunque esa idea unos días antes le hubiera provocado un estado de ansiedad, la verdad era que, en ese momento, se sintió muy feliz. Quería a ese hombre y estaba dispuesta a pasar el resto de su vida a su lado. –¿Te queda mucho? –Sarah se acercó a la puerta del baño. –Salgo enseguida. ¿Ha llegado ya el desayuno? –Sí. Te estoy esperando en la terraza. –Dame cinco minutos y estaré contigo. –Vale, pues aprovecharé para hablar con mi madre mientras sales. –Dale un beso de mi parte. Sarah fue a coger su móvil pero no pudo llamar porque estaba sin batería, así

que buscó el de Joseph en su chaqueta del traje de novio. Ni rastro del móvil. Seguramente lo guardó en la mochila donde llevaba la ropa que se iba a poner ese día. Sacó la camisa pero no había nada en sus bolsillos. Fue al sacar el pantalón cuando algo llamó su atención. Un papel doblado cayó al suelo. Sarah lo cogió y, aunque lo correcto hubiera sido dejarlo en el mismo sitio que lo encontró sin mirar lo que llevaba escrito, la verdad es que su curiosidad pudo mucho más. Cuál fue su sorpresa cuando la primera frase que iba escrita en aquel papel era “Hola Sarah. Éste es el tercer correo que te mando y aún sigo con la esperanza de que un día contestes...”. No podía ser cierto. El hombre en el que había confiado todos esos años le estaba ocultando algo tan importante para ella. Sabía que no eran imaginaciones, que el ordenador estaba encendido antes de tener el desmayo y alguien lo apagó. Ahora ya sabía quién había sido. –¿Vienes? –la voz de su marido venía

ahora de la terraza. –Sí –Sarah trató de dejarlo todo como estaba y se apresuró a calmarse. Necesitaba reflexionar sobre lo que iba a hacer. Por lo pronto esa misma tarde salían de viaje y no quería estropear algo que habían estado planeando tanto tiempo. Seguro que Joseph tenía una respuesta para su comportamiento pero podría esperar hasta después de la luna de miel. –¿Estás bien, Sarah? Te veo un poco pálida –Joseph la ayudó a sentarse en la mesa. –No es nada, sólo cansancio mezclado con resaca. Ya sabes, un cóctel explosivo –Sarah tomó un trago de su zumo de naranja. –Bueno, ya verás lo bien que nos van a venir estas dos semanas de total y absoluta relajación. Volverás como nueva. Joseph parecía de lo más ilusionado.

No dejaba de hablar de lo que iban a hacer en el viaje y de lo feliz que estaba por vivir con ella. Sarah hacía como que escuchaba pero en realidad no podía dejar de darle vueltas a lo que había pasado y se preguntaba qué fue lo que Lucy dijo en esa carta para que su marido actuara de esa manera. –Sarah, ¿has escuchado algo de lo que te he dicho? –Joseph dejó la taza de café que tenía entre las manos sobre la mesa, con un golpe seco. –Perdona, tengo la cabeza en otro sitio. –Y ¿puedo saber qué es lo que te tiene tan preocupada? –Nada, estaba pensando en la ropa que tenemos que coger para el viaje y dónde dejé los pasaportes. –En el cajón del escritorio ¿te acuerdas? Y las maletas ya están hechas. –Sí, es cierto. Perdona, sigo un poco alterada con todo lo de la boda. –No pasa nada –Joseph le acarició el pelo y le habló con tal ternura que parecía casi como si se estuviese compadeciendo

de ella y eso era algo que Sarah no soportaba–. Termínate el desayuno que nos vamos a casa, venga. Sarah no abrió la boca en todo el trayecto en coche. La mañana anterior, cuando ese correo desapareció de forma más que misteriosa, lo entendió como una señal del destino. Esas cosas pasan, los ordenadores son máquinas muy complejas y no era la primera vez que desaparecían archivos sin saber muy bien cómo. Quizá un virus informático. Y que ocurriera en ese preciso momento y con aquel correo le indicaba que, quizá, debía pasar página y afrontar una nueva etapa en su vida con un hombre maravilloso que la convertiría en la mujer más feliz del mundo, o al menos eso quería pensar. Por un instante, mientras entregaba su mano frente al altar para que Joseph la convirtiera en su mujer, sintió felicidad, una felicidad tan plena que llegó incluso a asustarla. Eso era lo que significaba el matrimonio. Vértigo, pánico, felicidad, todo a la vez, una montaña rusa de

emociones y sentimientos que te hacen sentir vivo. Durante ese minuto desaparecieron sus dudas. Se entregó y ya no había vuelta atrás. Pero ahora nada de lo que pasó durante ese breve espacio de tiempo tenía sentido. La única verdad era que esa carta existía, le gustase o no; la única verdad era que aquel hombre, al que ella había elegido para hacerla sentir completa, la había engañado. –Cariño..., Sarah.... –de nuevo la voz de Joseph la devolvió al mundo real. –Perdona... –Sarah se dio cuenta de que ya habían llegado a casa. –No pasa nada. Oye, ¿por qué no vas entrando y yo llevo los trajes a la tintorería? Aprovecharé para saludar a mis padres y pedirles que nos acerquen esta tarde al aeropuerto –su mujer ya había bajado del coche y le miraba desde

la ventanilla del lado del acompañante. –Vale, pero acuérdate de que comemos en mi casa. –Seré puntual, como siempre. Sarah se quedó mirando el coche mientras se alejaba. Le vendría bien estar sola un rato. Podría pensar con claridad sin tener a Joseph preguntándole a cada instante qué le preocupaba tanto. Además la excusa de la boda le había servido para esquivar sus preguntas esa mañana durante el desayuno pero no serviría por mucho tiempo más. Tenía que tomar una decisión. Lo peor de todo era que la imagen de Lucy montando en aquel taxi no desaparecía de su mente. No dejaba de andar por su cuarto ordenando las ideas, planteando posibles soluciones que, al final, se quedaban en nada porque en todas ellas alguna de las personas implicadas sufriría. ¿Y si lo mejor fuera no decir nada? ¿Y si lo único sensato fuera hacer como si esa carta en realidad nunca hubiera

existido? Desde luego esa parecía la única salida sin más daños colaterales que los que ya existían y que seguro desaparecerían con el tiempo. Decidido. Ahora sólo tenía que olvidar algo que la hacía sufrir. No era la primera vez que lo hacía. Sarah era una persona que odiaba la compasión de los demás y por eso muchas veces tenía que levantar un muro frente a determinados hechos que la podían hacer vulnerable. “La vida no está hecha para los débiles”, su padre se lo dijo la primera vez que Sarah se peleó en el instituto porque un compañero de clase, al saber que la madre de la chica era mejicana, la llamó literalmente “frijolera de mierda”. Se juró a sí misma que nadie la volvería a intimidar y que mucho menos iba a volver a llorar por alguien que no merecía la pena. Tenía la solución: olvidar que aquella carta existía y seguir con su feliz vida de casada. Sabía que aquello no iba a ser fácil pero al menos estaba dispuesta a

intentarlo. Capítulo 8 Salamanca, España El olor a café recién hecho la despertó de su letargo. Estaba desnuda y sola en la cama, y aunque aquello era algo que no había planeado, tenía que reconocer que le gustaba tener a Sofía merodeando por la casa. Miró el reloj que estaba en el suelo junto a su ropa y vio que eran las diez y media. No había dormido muchas horas pero se sentía más relajada que nunca. Estaba claro que el sexo había sido algo reconfortante y que, por qué no

decirlo, era algo que necesitaba desde hacía tiempo. Se incorporó en la cama, apoyando la espalda en la pared, y se quedó mirando el día tan estupendo que se dibujaba por la ventana de su cuarto. Tras unos minutos, oyó los pasos de Sofía entrando en la habitación con una bandeja en la que venía ese café que olía tan bien, además de un zumo de naranja recién exprimido, una tostada y unos trozos de bizcocho. Lucy no pudo evitar taparse con la sábana al verla entrar. Sofía colocó la bandeja sobre la cama y se sentó junto a Lucy para disfrutar de aquel pequeño festín. –Creo que es la primera vez que alguien me trae el desayuno a la cama. No sé qué decir. Esto es... –Lucy cogió un trozo de bizcocho y se lo llevó a la boca– ...está buenísimo. ¿Lo has hecho tú esta mañana? Sofía sonrió. –No soy tan rápida ni tan buena cocinera. Bajé a la panadería que hay en

la esquina al ver que no había nada decente para desayunar. –Lo siento. Tengo que hacer la compra. Se me había ido totalmente de la cabeza. –Disculpas aceptadas. Por cierto ¿sabes qué hora es? –Las diez y media ¿Por qué? –¿En serio? –Sofía apuró su zumo y se levantó de la cama. –Tengo que irme. –Lucy seguía con la mirada a aquella chica que corría por el cuarto recogiendo sus cosas. –¿Me vas a dejar aquí sola con este increíble desayuno? –De verdad que lo siento pero es que he quedado con Jesús. –¿Crees que podremos quedar alguna vez sin que nada ni nadie nos interrumpa? Sofía se sentó en la cama junto a ella y la miró con sonrisa picarona. –Primero, tú y yo no quedamos, nos encontramos y, segundo, me parece a mí que la de anoche fue una cita sin interrupciones, ¿no crees? –antes de que Lucy pudiera abrir la boca, Sofía se

abalanzó sobre ella y la besó. Lucy se quedó en la cama viendo cómo Sofía desaparecía de nuevo. Tenía la sensación de que las cosas con ella siempre iban a ser así y la verdad era que no le importaba que aquella mujer irrumpiera en su vida de la manera que lo hacía. Una de las cosas que odiaba de Dakota era que la vida allí era muy previsible. Lo único que la motivaba era saber que iba a ver a Sarah cada día, lo demás se convirtió en un mero decorado que siempre seguía la misma rutina; como si el mismo día se repitiera una y otra vez. La iglesia junto al cementerio se convirtió en su lugar de escape. Las leyendas del pueblo sobre aquel lugar le permitían una absoluta soledad, ya que nadie se atrevía a pisar lo que, según los más ancianos, había sido un centro de rituales religiosos y en el

que, supuestamente, fueron quemados vivos niños que aseguraban estar poseídos por el mismísimo diablo. Ella nunca creyó esas historias pero agradecía que la gente del pueblo sí lo hiciera, así podía estar segura de que nadie la interrumpiría. Nadie excepto Sarah. Ella era la única que sabía dónde se escondía Lucy cuando quería escapar de la rutina y, en más de una ocasión, la había acompañado. Pero desde que llegó a España todo era diferente. Ya no necesitaba ese rincón porque no tenía que huir de nada, es más, deseaba formar parte de esta nueva realidad, su trabajo, Marta, la universidad y por supuesto Sofía, un golpe de aire fresco que aparecía en los momentos más oportunos descolocando su mundo y haciendo que todo fuera imprevisible. Aquella muchacha inquieta había hecho que Lucy volviera a tener ese brillo en la mirada que murió cuando se despidió de Sarah. Recordaba la manera de tocarla la noche anterior en su cama y se le erizaba

la piel. No podía contar las horas que faltaban para verla porque con Sofía eso no servía. Sabía que cualquier día, al volver una esquina o al salir de alguna cafetería, se tropezaría de nuevo con ella. Salió del baño y decidió llamar a su madre aún sabiendo que le iba a hablar de la boda de Sarah. De hecho quería saber que ese enlace se había celebrado porque así, por fin, podría cerrar otro capítulo de su vida, quizá el más importante. Y, aunque deseaba escuchar que Sarah no había ido a la Iglesia y que lo último que se sabía de ella era que había cogido un avión con destino a España, lo que su madre le contó era bien diferente. No sólo se había casado sino que además ya estaban de camino al Caribe para pasar su luna de miel. Lucy se quedó callada durante unos segundos... –¿Lucy? ¿Sigues ahí? –su madre le habló preocupada. –Sí, mamá. Perdona, pensé que alguien llamaba a la puerta –una lágrima resbalaba por la mejilla de Lucy y el nudo

que tenía en la garganta apenas la dejaba hablar. –Fui con Margaret a la iglesia a ver a la novia. Si la hubieras visto, Lucy, iba preciosa. Lucy no podía seguir con la conversación y tuvo que mentir a su madre y decirle que le estaban llamando al timbre. Cuando colgó el teléfono trató de contener el llanto. Sabía que aquello iba a pasar, cualquier otro final sólo existía en su mente, incluso en sus sueños, pero ahora ya había terminado. Con el corazón hecho mil pedazos se prometió a sí misma que nunca más volvería a pensar en aquella mujer. Sarah ya había tomado una de las decisiones más importantes de su vida y Lucy no formaba parte de ella. Rabia, dolor, impotencia... demasiadas

emociones a las que tenía que dar salida o la matarían. Sintió que su respiración se aceleraba por segundos y que el corazón le latía demasiado rápido. Tenía que salir de allí y pensó que si se iba a trabajar su mente se despejaría o, al menos, la tendría ocupada. Entró en el Cisne Negro y saludó a Carlos con desgana. –Hola. –Llegas un poco pronto ¿no? –Carlos fue hacia ella casi dando saltos. Estaba impaciente porque Lucy le pusiera al día sobre el encuentro de la noche anterior pero, cuando vio la mirada perdida de la chica, dejó a un lado su efusividad. –¡Hey! niña –su mano acariciaba suavemente el brazo de Lucy– ¿va todo bien? Lucy no pudo contener una lágrima que recorrió su cara hasta perderse en sus labios. Se sentó en la mesa de siempre y Carlos le pidió a María que hiciera una tila.

–A ver, respira hondo –Carlos cogió sus manos– ¿Te ha pasado algo? –la chica negó con la cabeza–. Y tu familia ¿está bien? –ahora Lucy asintió. –Bueno, pues entonces no puede ser tan malo. Ya lo decía mi abuela, en esta vida todo tiene solución menos la muerte. –Ay mi niña, qué mala cara tienes. ¿Estás bien? –María apareció con la tila. –María, no preguntes y deja la taza en la mesa, que Lucy y yo tenemos cosas de qué hablar –Contestó Carlos antes de que Lucy pudiera abrir la boca. –Bueno, os dejo tranquilos pero ya sabes que si este espécimen no te sirve – dijo señalando a su jefe con la cabeza– me tienes ahí dentro. Lucy no pudo evitar que se le escapara una sonrisa, sobre todo al ver la cara que puso Carlos. –Gracias María, eres un encanto. Se llevó la tila a los labios y se perdió en su aroma. Él la miraba, atento a cada gesto, intentando adivinar qué era lo que estaba pasando por la mente de aquella

mujer que parecía perdida. No quiso hablar primero; esperó a que ella estuviera preparada para iniciar la conversación. Tras un tiempo disfrutando su infusión, logró decir la primera palabra. –¡Joder! –no parecía enfadada, más bien dolida. –Bien, es un comienzo. No dices mucho pero ya es algo. Pensé que te habías quedado muda. Ahora me gustaría conocer algún detalle más, si crees que tu vocabulario es lo suficientemente extenso como para explicar el motivo de tu estado de shock –el sarcasmo de Carlos hizo que Lucy le mandara una mirada un tanto amenazadora. –¿Por una sola vez podrías dejar de ser tú? –casi le imploró Lucy. –Sólo quería que reaccionaras y lo has hecho. Misión cumplida. ¿Vas a contarme ahora lo que te ha pasado? –su voz reflejaba amabilidad y preocupación. – ¿Por dónde empiezo?... Estuvieron hablando durante casi una

hora, en realidad la única que hablaba era Lucy, Carlos se limitaba a asentir y a hacer algún apunte. María salió de la cocina en un par de ocasiones para ver si necesitaban algo. Llegó la hora de abrir y, aunque no había terminado de contarle lo sucedido con Sofía, Carlos ya tenía información más que suficiente para entender un poco mejor a su amiga. –¿Quieres irte a casa? No creo que haya mucho lío hoy por aquí –Carlos se había levantado para atender la primera mesa. –Gracias, pero la verdad es que lo que menos me apetece ahora es estar sola. Necesito trabajar. –Vale, pues te dejo que termines tu segunda tila de la tarde. Tómate todo el tiempo que quieras. A Lucy le sentó bien aquella charla. Al menos ya no tenía toda esa angustia acumulada dentro. Carlos se había portado como un buen amigo y eso no lo olvidaría. Respiró profundamente y se

metió en la cocina para ponerse el delantal y aprovechó para darle un abrazo a María en agradecimiento por su preocupación. La tarde transcurrió muy tranquila como había augurado Carlos. Después de que el último cliente saliera y de que María se despidiera de ellos, Carlos preparó un par de licores y puso música para ambientar el momento. Sentados en su rincón exclusivo, disfrutaron de aquellas bebidas y continuaron con la conversación que había quedado pendiente. Carlos se limitaba a escucharla y aconsejarla en la medida de lo posible. De Marta poco pudieron hablar porque tampoco pasó nada extraordinario, salvo aquel juego de miradas y seducción que acabó sin pena ni gloria, a la espera de ver lo que sucedía en el próximo encuentro. –...Y luego está Sofía. Esa mujer a la

que no dejo de encontrarme por sorpresa y que esta mañana, después de pasar la noche juntas, estaba haciéndome un súper desayuno, y créeme que no es lo único que sabe hacer bien. Carlos se detuvo antes de tomar un trago de su licor y la miró con la boca abierta. –¿Cómo?... Niña lo tuyo es muy fuerte. ¿Me estás diciendo que con el cacao que tienes en la cabeza por lo de Sarah, vas y te acuestas con esa chica? Creo que es demasiada información para mi única neurona y más a estas alturas de la noche, que ya la tengo fuera de servicio. –Lo de Sarah tiene que acabar. Jamás voy a estar con ella, así que lo mejor es que me haga a la idea. No puedo esperarla eternamente. –De acuerdo...Y ¿qué piensas hacer? –¿Qué pienso hacer con qué? –La pregunta es “¿con quién?”. ¿Qué vas a hacer con Sofía? –No lo sé. Estoy muy a gusto con ella aunque, la verdad, no hemos pasado

mucho tiempo juntas, al menos hablando.... –Ya está bien ¿no? Si quisiera saber qué tal es la chica en la cama te hubiera preguntado más detalladamente. Esa conversación la dejaremos para otro momento. –Mira, a Sarah ya la he perdido. Jugué mi última carta con aquel mail y aún así, se casó con Joseph. Creo que el mensaje que me ha enviado está más que claro. Va siendo hora de seguir adelante y Sofía ha aparecido en el momento oportuno. –Me parece estupendo. Tenemos claro que lo que había con Sarah está muerto, caput, fiambre, finiquitado. Ahora, y perdón por la expresión, no seas gilipollas y dejes escapar algo bueno. Aunque, sinceramente, yo te imaginaba de la mano con Marta recorriendo las calles de esta maravillosa ciudad y con vuestros

vástagos corriendo a vuestro lado... –Carlos, por favor. –Perdona hija, cuando me pongo a imaginar no hay quien me pare. –Marta es una mujer interesante y atractiva pero dudo mucho de que se haya fijado en mí. –Pues eso no es lo que vi anoche. No sé, a mi me dio la impresión de que el interés que tenía por ti era algo más que amistoso. –Tú la conoces mejor que yo. Se supone que eres su amigo. –Si quieres que te diga la verdad, no sé mucho de ella. Nos conocimos a través de un amigo común y ella accedió a colaborar en las tertulias. De eso hace dos años. –En cualquier caso, lo de anoche fue un simple juego. A muchas mujeres heterosexuales les gusta probar alguna vez

en su vida. Ya sabes, aquello de experimentar. –Quizá tengas razón y ella no sea rara como tú y yo... –era la primera vez que Carlos le decía abiertamente a Lucy que era gay– además, como dice una prima mía, cada uno es cada uno y cada seis... media docena. –¿Ein? –Nada hija, que nunca se sabe cómo va a actuar una persona por mucho que la conozcas. De todas formas tú ya tienes una candidata a ocupar tu corazón. –Brindemos por eso –Lucy alzó su vaso y Carlos la acompañó. Capítulo 9 Dakota del Sur, EE.UU. –Gracias por la comida mamá. Te llamaré en cuanto estemos en el hotel – Sarah abrazó a su madre–. Y despídeme de papá, estaba durmiendo cuando he entrado al cuarto y no he querido despertarle. –Descuida. Le diré que has estado aquí –Helen sabía que por mucho que le dijera

que Sarah había ido a verle, él no se enteraría de nada. Ni siquiera reconocía a su mujer. Vivía en una realidad paralela desde que tuvo aquel accidente y algo cambió dentro de su cabeza. –Cariño, llegaremos tarde –Joseph llevaba las maletas hacia el coche donde sus padres esperaban con el motor en marcha. Sarah tenía dos semanas por delante en las que poder desconectar, abandonarse al relax más absoluto disfrutando de su marido y de las paradisíacas playas del Caribe. En su cabeza no dejaba de repetirse que aquello era lo mejor. Eran una pareja de recién casados, felices, dispuestos a pasar el resto de la vida juntos, esquivando los obstáculos del día a día con el apoyo mutuo y el amor que sentían el uno por el otro... Pero ¿a quién quería engañar? Estaba repitiendo mentalmente el sermón que dijo el

párroco en su boda. Desde que Lucy se marchó, todo había ido de mal en peor. Si se hubiera quedado a su lado, se hubiera casado con Joseph sin dudarlo y seguirían siendo las mejores amigas del mundo. Todo sería más fácil. Pero tuvo que abandonarla cuando estaba a punto de dar el paso más importante de su vida. Y, además, estaba la carta... Vio el aeropuerto desde la ventana del coche. Miró su reloj y se dio cuenta de que tendrían que darse prisa para facturar las maletas. Se despidieron de los padres de Joseph y, tras dejar su equipaje, se dirigieron a una de las cafeterías que había en la zona de embarque, a la espera de que les llamaran para subir a su avión. El silencio que había entre ambos llegó a resultar incómodo hasta el punto de que Joseph tuvo que hablar para normalizar un poco la situación. –¿Estás nerviosa? –¿Por qué tenías el mail que Lucy me mandó ayer? –Sarah miraba fijamente su taza de café con semblante serio.

–¿Cómo dices? –la expresión de Joseph era de auténtico desconcierto– ¿De qué estás hablando, Sarah? –Sabes perfectamente de lo que estoy hablando –el tono de su voz era cada vez más frío. –Perdona pero no entiendo nada. –Sólo quiero que me digas por qué demonios tenías tú el mail que Lucy me mandó y que, por arte de magia, desapareció de mi ordenador cuando me desmayé –ahora sus ojos estaban clavados en los de Joseph y su voz seguía firme, sin titubear. –¿Cómo has encontrado esa carta? –su marido estaba empezando a bajar la guardia. Había sido descubierto y ahora tenía que tratar de salir lo más ileso posible. –Esa no es la cuestión, Joseph. ¿De quién fue la idea? ¿Tuya o de mi madre? ¿O quizá lo planeasteis juntos? –Sarah, no creo que éste sea el momento ni el lugar para hablar de eso – se dio cuenta de que había varias

personas mirando. –Y ¿cuándo se supone que me lo ibas a contar? Oh, ya sé, cuando estuviéramos en casa, después de nuestra maravillosa y cara luna de miel, sentados frente a la chimenea con una copa de vino. O mejor aún, ¿qué tal si nunca le decimos a Sarah que su mejor amiga le ha enviado un mail el día de su boda para desearle suerte? ¿Qué hay de malo en eso, Joseph? –¿Y en qué crees que hubiera ayudado que supieras lo que decía esa carta? – Joseph tuvo que contenerse si no quería montar un espectáculo. –Por dios santo, ¡es mi vida! Yo decido lo que me conviene. Ni siquiera sabes qué es lo que yo siento, ¿de qué tienes miedo, Joseph? Estuve en la iglesia como tú querías. Soy tu mujer ¿ves este anillo? Se supone que implica sinceridad, amor, confianza plena y absoluta en la persona con la que has decidido pasar el resto de tu vida. Me hicisteis creer que eran paranoias mías, que esa carta no existía.

–De acuerdo, Sarah, tienes razón. Pero tu madre no tiene nada que ver. Cuando llegué a casa de tus padres, ella estaba demasiado nerviosa para fijarse en lo que había escrito en el ordenador. Le pedí que fuera a por el teléfono para llamar al doctor y, como no me daba tiempo a leerlo, lo imprimí y después lo borré. No la culpes a ella. –Y ¿se supone que eso me tiene que hacer sentir mejor? –Sarah, me equivoqué. Estabas tan dolida por la marcha de Lucy que no se me ocurrió otra forma de evitarte otro disgusto. Pensé que estaba haciendo lo correcto. Sarah trató de calmarse. Todo el mundo podía decidir lo que era mejor para ella. –¿Y no crees que ya soy mayor para saber lo que me conviene? No necesito otra madre, ya tengo una, gracias. –Cariño, ¿por qué no lo dejamos estar y disfrutamos de este viaje? Lucy ya forma parte del pasado.

–Pero es mi pasado, Joseph. Te guste o no, Lucy ha sido una persona muy importante para mí. No puedo creer que me mintieras con algo así. Tienes que darme ese mail. –¿Y eso de qué serviría? –Joseph comenzó a enfurecerse– ¿Quieres hablar del mail? Bien. Hablemos del mail. Hablemos de cuando fuiste a recriminarle a tu amiga que se marchaba sin despedirse de ti, hablemos del abrazo que os disteis y de cómo el taxista evitó que tú la besaras. ¿Quieres seguir hablando? Vale, porque quizá puedas explicarme por qué has recibido más correos de Lucy y no me has dicho nada. –No había leído ninguno de esos correos salvo el que me mandó ayer... –de pronto reflexionó en lo que Joseph acababa de decir– ¿Has estado mirando mis cosas? –¿Y eso ahora qué importa? ¿Cómo quieres que me sienta después de saber que mi novia se abalanzó a besar a su mejor amiga? ¿Qué hubiera pasado si ese

taxista no os hubiera interrumpido? ¡Dime! –No hubiera pasado nada, Joseph. Lucy se marchó y tú y yo nos hemos casado. –¿Y quieres que te crea? Por favor, Sarah. Era cuestión de tiempo, sobre todo sabiendo que Lucy estaba enamorada de ti. La cara de Sarah estaba desencajada y tuvo que sentarse para asimilar la información que acababa de recibir. –¿Cómo?... ¿Qué acabas de decir Joseph? –Venga Sarah, como si no lo supieras. Está todo en la carta –se dio cuenta de que había metido la pata. –No pude seguir leyendo, me desmayé al poco de empezar –Sarah tenía la mirada perdida y movía la cabeza tratando de poner orden en su mente. ¿Cómo pudo no darse cuenta? De entre todos los pensamientos que agolpaban su mente, sólo uno necesitaba respuesta urgente: saber si Lucy se había marchado porque estaba enamorada de ella. Respiró

profundamente pensando que quizá el oxígeno la dejaría pensar con claridad. Su marido se dio por vencido. Exhaló todo el aire de su cuerpo y se dejó caer en la silla junto a ella. –Sarah, tengo ese mail en casa y seguirá allí cuando volvamos. Nos merecemos estas vacaciones. Empezaremos de cero y solucionaremos todo esto cuando hayamos regresado –su voz sonaba a derrota y a súplica. –No lo entiendes Joseph –el altavoz del aeropuerto anunciaba que los pasajeros del vuelo ya podían embarcar–, no sé si puedo volver a confiar en ti. –Sarah, sigo aquí. A pesar de lo que leí en esa carta, sigo a tu lado. Nada de eso ha cambiado lo que siento por ti. Actué mal y lo siento. Oye, salgamos de aquí.

Nos vendrá bien a los dos cambiar de aires. Hablaremos estas dos semanas y haremos que esto funcione. ¿Qué me dices? –Perdonen, son los últimos pasajeros – la azafata de tierra comenzó a impacientarse–, ¿van a subir? Joseph miraba a su mujer esperando alguna respuesta mientras ella seguía sentada dándole vueltas a los billetes que tenía en sus manos. Pasados unos segundos, se levantó de la silla y se los entregó a la señorita del mostrador. –Que tengan un buen viaje –la azafata comunicó por el teléfono que ya habían embarcado todos los pasajeros. Se dirigieron a la zona reservada para los pasajeros de primera clase y una azafata les acompañó a sus asientos. Tras colocar su equipaje de mano, ambos se

acomodaron. Pasillo para él y ventana para ella. Sarah tenía que ir mirando por la ventana para disipar su no reconocido miedo a volar. Siempre que Joseph le decía que tenía que curarse esa fobia, ella le decía que lo que la agobiaba era estar encerrada en aquellos aparatos más de dos horas sin poder tomar el aire, no el hecho de que estuvieran a miles de metros del suelo. Sarah se giró hacia la puerta del avión y vio que aún seguía abierta. Un pensamiento pasó por su cabeza y, sin analizarlo demasiado, se levantó. A su marido le puso la excusa de que iba al baño. –Vale, pero no tardes que esto se va a poner en marcha enseguida –seguía concentrado en las páginas de la última novela de Dan Brown. Pasaron algunos minutos y Joseph empezó a impacientarse. El avión ya estaba cerrado y se dirigía hacia la pista de despegue mientras las azafatas se estaban preparando para hacer el recuento de pasajeros y asegurarse de que todos

los maleteros superiores estaban bien cerrados. La voz del comandante sonó por el altavoz dándoles la bienvenida e informándoles de cuál sería la duración del vuelo y la hora aproximada de llegada, teniendo en cuenta que las condiciones meteorológicas eran más que favorables. Joseph se levantó del asiento buscando a su mujer. Pensó que estaría en el baño pero la única persona que salió de él era un hombre. –Disculpe, señor, pero tiene que volver a su asiento –le dijo la azafata que les recibió a bordo. –Verá, mi mujer fue al baño y no ha vuelto. –Pues ahora mismo los dos baños que hay en el avión están vacíos y hemos hecho el recuento de pasajeros y, quitando a la mujer que acaba de desembarcar, todo está correcto. –¿Ha desembarcado una mujer? No sabrá por casualidad cómo se llama ¿verdad? –Espere que le traeré a la persona con

la que habló. Joseph no podía creerlo ¿sería Sarah capaz de dejarle tirado en su luna de miel? –¿Está preguntando por la señora Sarah Anderson? –Collins, Sarah Collins. Nos casamos ayer. –Verá, aunque no podemos permitir que nadie baje del avión una vez cerrado el embarque, la señora... Collins, nos dijo que su padre acababa de tener un accidente de tráfico y estaba muy grave. Estaba tan angustiada que el comandante del vuelo autorizó su desembarque. ¿Hay algún problema? No sabíamos que venía con usted. –No se preocupe. Todo está bien – Joseph no supo cómo actuar pero prefirió no decirle que su mujer les había engañado. Entraba dentro de las

posibilidades que, después de lo sucedido, Sarah se enfadara pero nunca pensó que iba a reaccionar de aquella manera. –¿Quiere que hablemos con el comandante para ver qué podemos hacer? Si quiere usted llamar por teléfono a alguien... –No será necesario, muchas gracias. Joseph volvió a su asiento decidido a continuar el viaje sin Sarah, aunque no sabía si sería capaz de aguantar allí tanto tiempo sin ella. Amaba a su mujer y sabía que estaba pasando por un momento muy difícil, además él sentía que la había traicionado y darle un tiempo quizá fuera la solución para aclarar todo lo sucedido.

La luz de los cinturones se encendió y Joseph se apretó el suyo dispuesto a hacer uno de los viajes más complicados de su vida. Capítulo 10 Salamanca, España Llegaba tarde aunque sólo por unos minutos. Estaba algo nerviosa porque Marta no le había dicho en qué iba a consistir la cita, ni siquiera sabía si aquello se podría definir como tal. A medida que se iba acercando a la puerta del Ayuntamiento se dio cuenta de que le iba a costar trabajo encontrarla entre tanta gente. Tardó unos minutos en averiguar que la profesora era el centro de atención de un grupo de turistas y prefirió quedarse al margen. Cuando Marta se percató de su presencia, se acercó a saludarla. –Pensé que ya no venías. Íbamos a empezar sin ti –Marta le dio dos besos y le acarició levemente el brazo. –¿Íbamos? –Lucy estaba un poco perpleja.

–Te dije que sería una sorpresa. Pues bien, vas a formar parte de un grupo de visitantes y yo seré vuestra guía por esta maravillosa ciudad. ¿Qué te parece? Lucy no esperaba que su primera “cita” fuera tan multitudinaria pero le gustó la idea de recorrer las calles de Salamanca escuchando sus historias de boca de aquella mujer. –Creo que esto va a ser interesante –la mirada de la joven estaba cargada de entusiasmo y eso provocó una sonrisa en la profesora. –Perdone, ¿vamos a empezar ya? –uno de los hombres del grupo con acento inglés se dirigió a Marta. –Sí. Creo que ya estamos todos, así que comenzaremos la visita –levantó un poco la voz para dirigirse a todo el grupo–. Antes de nada, me presentaré. Mi nombre es Marta y seré su guía durante la próxima hora y media, que es lo que dura aproximadamente el recorrido. En ese tiempo veremos los edificios más significativos y emblemáticos de esta

ciudad y podremos admirar el interior de las dos catedrales, así como la Biblioteca antigua y la Universidad, para finalizar con la Casa de las Conchas. Si durante la visita tienen alguna duda, por favor, que no les dé miedo preguntarme cualquier cosa; no muerdo..., bueno, depende de la pregunta –la risa de la gente hizo que Marta se relajara un poco antes de continuar–. He elegido este lugar para empezar porque, aparte de ser el centro neurálgico de la ciudad, la Plaza Mayor es considerada como la más bella de España y una de las más hermosas de Europa. Se mandó construir durante el reinado de Felipe V y su proyecto fue encargado a Alberto Churriguera que, junto con sus sobrinos, también intervino en su construcción. A lo largo de nuestra visita oirán más veces este apellido y es que, hasta tal punto fue importante la familia Churriguera que hoy en día podemos hablar del estilo churrigueresco para definir el Barroco español del primer tercio del siglo XVIII.

Lucy no dejaba de observarla desde una posición algo distante. No quería que Marta la viera en primera fila, disfrutaba cuando sus miradas se encontraban después de que la profesora la buscara entre la gente. Le divertía verla en acción, siendo el centro de atención de nuevo, como días atrás ocurría en el restaurante, sólo que ahora Lucy tenía tiempo para deleitarse con cada movimiento y cada palabra de la profesora. No se le ocurría nadie mejor que ella para que le enseñara los entresijos de aquella ciudad que, a cada paso, le parecía más interesante e inquietante. Adornaba la historia con alguna que otra anécdota y leyenda, metiéndose en el bolsillo a todos sus espectadores. Apenas pudieron hablar porque siempre había alguien que quería satisfacer su curiosidad y no dejaban a la profesora sola ni un minuto. Lucy también tenía preguntas o más bien inquietudes, pero esperaría a que la visita acabara.

Quizá después pudieran cenar juntas o tomar un café y resolver así algunas dudas. Las catedrales, sus fachadas, las Escuelas Mayores, la Universidad y, cómo no, la Casa de las Conchas, fueron los monumentos que acompañaron a los turistas durante aquella hora y media. Fue en ésta última donde Marta se despidió del grupo agradeciendo su atención y deseándoles que pasaran una agradable estancia en la ciudad. Lucy esperó a que los últimos se despidieran de la profesora para acercarse a ella. –¿Has disfrutado? –le preguntó Marta expectante. –Como una niña –su boca dibujó una sonrisa a la que Marta respondió con una leve inclinación de cabeza. –Pues tú y yo no hemos terminado. –¿Aún hay más?

–Por supuesto, sólo que esta visita te costará un poco más cara. Así que ve pensando cómo me pagarás –la profesora estaba jugando de nuevo con ella. Lucy se alegraba de haber ido aunque, en cierta manera, sentía que estaba traicionando a Sofía..., y por qué no, a Sarah, aunque la verdad es que con ninguna de las dos tenía ningún compromiso. –Se me ocurre que una cena sería una buena forma de pagarte, ¿qué me dices? –Mmm... no sé yo. Quizá no sea suficiente. Haremos una cosa, primero ves lo que te quiero enseñar y luego hablamos de la forma de pago. –De acuerdo, me parece justo. –Pues entonces sígueme. El recorrido que hicieron ya le sonaba a Lucy, de hecho acababan de pasar por

allí hacía tan sólo unos minutos. Volvían a tomar la calle de los Libreros hasta parar frente a la fachada de la Universidad. Fue entonces cuando Marta sacó su teléfono y marcó un número. –¡Hola, Santiago!... Sí, en la puerta principal...Vale. –Oye, mira, me caes bien, en serio, pero no me va ese rollo de rituales satánicos ni sectas religiosas... Será mejor que me vaya antes de que salga el tal Santiago y me mate porque no sepa la contraseña secreta... –Lucy estaba bromeando con la profesora aunque la verdad es que aquello era un poco raro. –¿Nunca te han dicho que tienes una imaginación desbordante? Te aseguro que saldrás de aquí sin ningún rasguño. El resorte de la puerta sonó con fuerza. Del otro lado, apareció una figura de baja estatura algo aquejada por los años. –Tan puntual y guapísima como

siempre –su voz era grave y firme. –Siempre sabes cómo hacer sonreír a una mujer –Marta le dio dos besos. –A las mujeres hay que tratarlas como se merecen. Sois el tesoro más preciado que tenemos los hombres. Además ¿tú te imaginas un mundo sin vosotras? Estaríamos todo el día tirados en el sofá viendo la tele. –¿Y eso no lo haces ya? –Sólo cuando mi Antonia me deja. Ya la conoces. No puede verme tranquilo ni un segundo, siempre está liándome para que la lleve de compras o para ir a ver a los nietos... El único momento de paz lo tengo cuando estoy aquí, porque a ella le da miedo este sitio de noche y nunca viene a verme. Le pedí a la universidad que me dejara un par de años más. Pero no se lo digas a ella, le dije que me lo habían pedido ellos. Si se entera me mata. Pero

dejemos de hablar de mí y preséntame a tu amiga. Lucy sonrió al ver la curiosidad que despertaba en aquel hombre. –Por supuesto. Santiago, ella es Lucy, trabaja en el Cisne Negro, el restaurante de Carlos. –Y yo que pensé que ya no iba a ver nada hermoso hoy y fíjate qué sorpresa. Lucy le contestó con una sonrisa y dos besos. –Vas a hacer que se sonroje, Santiago. –Demasiado tarde, Marta, debo de estar como un tomate, lo que pasa es que, como no hay mucha luz, no se me nota... –Me gusta esta chica, sí señor. ¿De dónde la has sacado? –Santiago ¿qué pensaría Antonia si te oyera? –¡Que no tengo mal gusto con las mujeres! –hizo una leve pausa– bueno, y después me mataría, claro. Las dos chicas se echaron a reír. Hablar con aquel hombre resultaba agradable. Marta le contó a Lucy que le

conoció cuando ella era una niña. Su abuelo y Santiago eran muy amigos y muchas veces se acercaban a hacerle una visita y les dejaba mirar los libros o subirse al púlpito desde donde Fray Luis de León dio sus primeras clases. A Marta le encantaban aquellas visitas nocturnas y procuraba de vez en cuando pasarse a ver a aquel viejo amigo. –Bueno, seguidme. Ya sabes las normas, Marta y, por supuesto, nadie tiene que saber que habéis estado aquí. –Tranquilo, tu secreto irá con nosotras a la tumba. Lucy seguía sin entender de qué iba todo aquello pero no quería preguntar nada. Esperaría hasta el final, así todo sería más divertido. Entraron en un despacho situado junto a la Biblioteca y, de uno de los cajones del escritorio, el hombre sacó otra llave que entregó a Marta. A lo lejos se oyeron golpes en el portón de la entrada. Santiago se extrañó pero tampoco

le dio demasiada importancia. –Seguro que es algún mendigo pidiendo o mi Antonia que al final ha sucumbido a su deseo de verme. Voy a cerrar el despacho, no quiero que sepan que estáis aquí. Cuando terminéis, me llamas desde ese teléfono –Santiago señaló un terminal que se encontraba encima del escritorio–. Sólo tienes que marcar la extensión 2106 y vendré a por vosotras. –Muchas gracias Santiago. Te doy mi palabra de que no haremos ruido. –De nada, mujer. Cuando quieras... El hombrecillo salió del despacho y ambas oyeron cómo cerraba la puerta con llave desde fuera. –Bueno, ¿estás preparada?

–Sea lo que sea lo que me vas a enseñar, por favor, hazlo ya. La curiosidad me está matando. Marta se dirigió a una de las paredes con la llave en la mano. A simple vista, la estancia no tenía más entrada y salida que la que ellos mismos habían utilizado pero había que fijarse muy bien para ver que una de esas paredes tenía cerradura. En la época en la que se construyó aquel edificio, era normal que las estancias tuvieran entradas secretas que comunicaran varias habitaciones, incluso puertas que llevaban a refugios. La excitación crecía por momentos. ¿Qué se ocultaba tras esa puerta? –Verás, uno de los edificios que teníamos que visitar esta tarde era éste, pero lo están reformando. Son las Escuelas Mayores y aquí se encuentran las primeras aulas de la Universidad. Aulas que posteriormente se dedicaron a

personajes tan ilustres como Fray Luis de León o Miguel de Unamuno que en su día dieron clase en ellas. Pero aparte de esas aulas, aquí también está... –...La Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca –la cara de Lucy lo decía todo. No podía creer que pudiera entrar en esa biblioteca. –Exacto, actualmente cerrada incluso a los profesores porque están trayendo unos manuscritos que han encontrado en una antigua iglesia de un pueblo de Salamanca, pero nosotras tenemos pases especiales. Verás, ya sabes que doy clases en la Universidad. Lo que no sabías era que yo soy la persona que va a sustituir a la profesora que ha dado a luz y que impartía clases en segundo y tercero de Biblioteconomía. –No me lo puedo creer...

–Javier me llamó el otro día al saber que yo era la suplente y me comentó que una alumna americana de primero había solicitado poder ir de oyente a las prácticas con los de tercero… –Marta abrió la puerta y tras ella descubrió un mundo donde los libros eran los únicos protagonistas– ...pensé que te gustaría venir aquí. Lucy seguía como en estado de shock mientras entraba lentamente al interior de aquella magnífica biblioteca. Se paró un instante para abarcar con la mirada toda aquella colección de libros cargados de historia. La Biblioteca contaba con una única sala alargada y de techo alto y abovedado que daba a la estancia un aspecto majestuoso. Todos los libros y manuscritos se encontraban dentro de armarios y estanterías de madera tallada

de forma muy recargada siguiendo el estilo de la fachada gótica de acceso a la sala principal. –Esto es increíble, Marta. Había leído sobre este lugar, incluso lo había visto en fotos pero estar aquí... no sé cómo describir la sensación... Te parecerá una exageración pero esto es lo más maravilloso que han hecho nunca por mí. Marta seguía tras ella mientras Lucy recorría con sus ojos cada rincón. –La primera vez que vine aquí tenía ocho años. Estaba muy nerviosa porque mi abuelo me contaba que por las noches los personajes de los libros cobraban vida pero que, si intuían que había alguien más en la sala, no salían. Yo siempre me quedaba en un rincón esperando, callada, pero nunca pude verles –Marta sonrió levemente–. Quién sabe, quizá ésta sea la noche. Lucy siguió callada y se giró hacia la profesora. –¿Por qué lo haces, Marta? Me conoces desde hace poco y ésta es la

segunda vez que nos vemos y, sin embargo, me permites compartir contigo este lugar que significa tanto para ti. –Si quieres que te sea sincera, nunca me había pasado esto con nadie y es cierto que este lugar es especial, de hecho tú eres la única persona que ha venido aquí fuera del horario de visita. No sé qué es, pero hay algo que me une a ti... Aquellas declaraciones no dejaron indiferente a Lucy, que no supo qué decir. Marta era consciente de que sus palabras habían descolocado a la joven y trató de quitarle hierro al asunto. –¿Qué te parece si les echas un vistazo a esos libros? No podemos estar mucho tiempo aquí, no quiero abusar de la hospitalidad de Santiago. Mientras Lucy terminaba de digerir lo que Marta acababa de confesarle, la profesora se dirigió a una de las estanterías. Era tal la cantidad de volúmenes que la altura de esos armarios superaba los cuatro metros, haciendo necesaria la

existencia de un segundo nivel en cuya barandilla, y repartidos por varios escudos, se encontraban los nombres de las materias en las que se clasificaban los libros. Completaban la decoración varias mesas y vitrinas situadas justo en el centro de la sala y algunos sillones y esferas del Mundo Antiguo, que se repartían por ambos lados de la habitación. Lucy se acercó a la zona de historia y estudió con detalle alguno de los libros expuestos que databan de finales del siglo XVI. Era increíble poder tener entre sus manos un ejemplar de aquella antigüedad. Marta la observaba como quien mira a través de un cristal y es que Lucy parecía estar completamente aislada del mundo, incluso de ella. Pero tenían que marcharse si no querían causarle problemas a Santiago. –Tenemos que irnos. –¿Tan pronto?... Dios, me pasaría aquí horas. ¿Y no puedo llevarme ninguno a casa? –Lucy puso cara de pena. –Tranquila porque volveremos y, la

próxima vez, estaremos más tiempo. Además, creo que a Santiago le has caído bien. –Quién sabe... quizá le pida salir un día –su sonrisa picarona despertó una carcajada en Marta. Salieron de la Biblioteca, apagando las luces y cerraron la puerta con llave guardándola de nuevo en el cajón de donde la sacó Santiago. Marta cogió el teléfono para llamarle y, después de tres tonos, alguien descolgó. –¿Santiago? –al otro lado nadie contestaba; dejó pasar unos segundos antes de volver a preguntar– ¿va todo bien? Oyó a Santiago pero él no era el que estaba al otro lado del teléfono. Su voz sonaba a lo lejos y Marta comprendió entonces que algo iba mal. No conseguía entender lo que estaba pasando pero de pronto escuchó claramente a su amigo decir: “sal de ahí”. Acto seguido, el sonido de un disparo apagado hizo que la profesora soltara de golpe el auricular

quedándose unos segundos completamente paralizada. –Tenemos que salir de aquí –la profesora estaba nerviosa y de sus ojos resbalaban lágrimas. Apagó las luces del despacho y se quedó mirando por la ventana que daba al patio mientras su respiración se aceleraba a cada segundo. –Pero, ¿qué es lo que ocurre? Marta, ¿estás llorando? –Lucy comenzó a preocuparse. –Creo que alguien ha disparado a Santiago. –¿Cómo que han disparado a Santiago? –Lucy sabía que Marta no estaba bromeando porque tenía el rostro desencajado– Marta... –Saben que estamos aquí –respiró profundamente y se secó las lágrimas tomando ahora una actitud de absoluto

control de la situación–. Tenemos que irnos antes de que ellos nos encuentren – la profesora señaló por la ventana. Cuando Lucy se asomó a mirar, dos hombres con máscaras blancas se acercaban hacia ese punto. La poca luz que había fuera no le permitió verles bien pero Lucy advirtió que uno de ellos tenía una leve cojera y llevaba un arma en su cintura. –Saldremos por la Biblioteca. Vamos – Marta sintió que la vida de Lucy estaba en sus manos, por eso no podía venirse abajo a pesar de que la incertidumbre de no saber si Santiago estaba vivo, le puso un nudo en el estómago que casi no le permitía respirar. Entraron de nuevo en la sala cerrando la puerta a su paso. Permanecieron unos segundos en silencio y no tardaron en escuchar cómo la llave del despacho giraba. Estaba claro que tenían que continuar su huida. Marta le pidió a Lucy que la siguiera al otro extremo de la sala. La profesora se paró junto a la última

mesa y sacó de un cajón oculto una llave dorada y antigua. Se acercó a una de las estanterías y levantó una pieza metálica ovalada situada junto a la cerradura que abría la vitrina. La pieza, que era algo más grande que una moneda, tenía tallada una calavera y lo que ocultaba debajo era otra cerradura. Marta introdujo la llave y la giró. Toda la estantería se movió aquejada por los años, dejando al descubierto una escalera de caracol que parecía morir en un sótano al que apenas llegaban la luz y el oxígeno. Cerraron de nuevo aquella puerta de entrada a la cripta y la oscuridad llenó todo el espacio. Lucy sintió cómo la humedad del lugar se metía en sus pulmones y empezó a respirar con dificultad. –Trata de calmarte, te adaptarás enseguida –la voz de Marta a escasos centímetros la tranquilizó. Se quedaron así unos segundos mientras sus ojos se acostumbraban a

tanta oscuridad. –¿Puedes continuar? –Marta le cogió su mano. –Sí, tranquila. Ya estoy mejor. –Bueno, pues no me sueltes ¿de acuerdo? Te prometo que te sacaré de aquí. –¿Sueles cumplir tus promesas? –Eso me lo dirás tú cuando estemos fuera –aquel comentario hizo sonreír a Lucy, consiguiendo recuperar algo de normalidad en aquella situación de tensión. La escalera moría en un pasillo de unos diez metros de largo con paredes de piedra, iluminado por varias luces de emergencia. Lucy creyó estar justo debajo de la Biblioteca, casi a la altura del despacho donde Santiago las había dejado. Al final de aquel pasillo sólo había una puerta de hierro oxidada que parecía estar cerrada con llave. –Dime que puedes abrirla. –No te iba a traer hasta aquí de no ser así –Marta se quitó entonces la llave que

llevaba colgada al cuello y abrió aquella puerta. –Creo que después de esta noche me vas a tener que explicar unas cuantas cosas. Un golpe seco justo encima de sus cabezas las devolvió a la difícil realidad. Los que habían disparado a Santiago sabían que estaban allí, así que el tiempo corría en su contra y, aunque era difícil dar con aquel escondite, Marta no sabía de cuánta información disponían. Con algo de dificultad, aquella puerta que parecía llevar cerrada siglos, dio paso a una sala algo más pequeña que el despacho de la planta superior. Marta accionó un interruptor que estaba en la pared junto a la puerta y una débil luz, algo parpadeante al principio, dio un poco de claridad al lugar. Las paredes de cemento hacían de la sala un lugar frío que invitaba a salir de allí cuanto antes. Un armario y un escritorio de metal eran los únicos muebles de la estancia. En una de las

paredes había una puerta con tres cerraduras y se preguntó si Marta tendría todas las llaves para abrirla y poder escapar. Junto a la puerta misteriosa colgaban fotografías antiguas. Lucy se acercó a una de ellas. La imagen reflejaba a tres hombres frente a lo que parecía un altar, aunque en la imagen no se apreciaba ningún símbolo cristiano. Lo que le llamó la atención fue que los tres llevaban colgada a su cuello otra llave similar a la que Marta había usado para entrar allí. El resto de fotografías tenían también como protagonistas a los mismos hombres pero esta vez en contextos más sociales como una entrega de premios, la inauguración de un hospital o junto a un grupo de monjas delante de una pequeña iglesia. –¿Dónde estamos? –Lucy no pudo evitar preguntarle a Marta. –Detrás de esa puerta se encuentra la Sala de los Libros Prohibidos –dijo la profesora señalando la puerta con tres cerraduras–. Muy poca gente conoce su

ubicación; de hecho, la mayoría piensa que no existe, que es otra de las leyendas que rodean a este edificio, pero ya ves que es bastante real. –Yo era de esas personas. Pensaba que todos esos libros habían desaparecido. –Tenían que haber sido quemados por la Inquisición pero alguien los rescató y los guardó aquí abajo. Dante, Voltaire, Montesquieu..., incluso el mismo Cervantes con obras como “El Quijote”, fueron autores prohibidos y censurados por el Santo Oficio. Si eras sorprendido leyendo a alguno de esos autores, se te aplicaban castigos severos e incluso podías ser condenado a pena de muerte. –¿Y esos libros están ahí detrás? –Lucy no podía creer estar formando parte de la historia de aquellos manuscritos. –Hay ejemplares realmente antiguos y con gran valor histórico. Pero los que más incomodaban a la Iglesia eran los que

hablaban de brujería y esoterismo. Marta seguía hablando mientras se dirigía a la estantería que estaba en el fondo de la sala. –Sólo en Salamanca, en el año 1490, se quemaron seis mil volúmenes sobre magia y hechicería –la profesora se puso a empujar la estantería–. Lucy, ayúdame. Tenemos que moverla para poder salir de aquí. Empujaron con toda su fuerza y, en su cuarto intento, consiguieron descubrir otro pasillo. Dejaron la sala como la encontraron y se dirigieron a la puerta que había al final del pasillo. De nuevo aquella llave maestra las sacó de allí. Aparecieron en una pequeña capilla; la puerta por la que acababan de salir se encontraba camuflada tras un cuadro. Lucy se detuvo un segundo a observar aquella pintura. La escena representaba a cuatro jinetes subidos sobre sus caballos. El primer jinete, con un caballo blanco, llevaba en sus manos un arco; el segundo, sobre un

caballo rojo, blandía una gran espada; un tercero, que montaba un caballo negro, llevaba una balanza y el último jinete, que era un esqueleto vestido con una túnica blanca, cabalgaba sobre un caballo escuálido y en sus manos llevaba una guadaña. Bajo ellos yacían los cuerpos inertes de algunos guerreros y reyes, mientras otros, moribundos, imploraban perdón. Y sobre sus cabezas, camuflados entre las nubes, los ángeles observaban la escena mientras en un nivel superior y presidiendo la batalla junto a un libro abierto, un cordero sangraba por el cuello. A Lucy la recorrió un escalofrío al ver aquella escena. Aquel último jinete era sin duda La Muerte y junto a él, la Peste, el Hambre y la Guerra. Los cuatro jinetes del Apocalipsis. No creyó que la presencia de aquel cuadro fuera producto de la casualidad. Salieron de la capilla tratando de hacer el menor ruido posible. Debían llegar a la planta superior si querían salir de allí,

aunque eso implicaba pasar frente al despacho de Santiago. La luz aún estaba encendida. Marta quiso comprobar si su amigo se encontraba bien pero lo único que alcanzó a ver fueron sus pies tras el escritorio. La respiración se le aceleró hasta tal punto que Lucy tuvo que intervenir para que no las descubrieran por los ruidos. –Marta, mírame... –la profesora no podía dejar de mirar hacia la oficina casi en estado de shock– mírame... –Lucy trató de desviar su atención poniéndose frente a ella y mirándola a los ojos–. Tienes que calmarte. Sé que es muy difícil pero no podemos llamar la atención de esos hombres o acabaremos como él. Una lágrima resbalaba por la cara de Marta y trató de respirar profundamente para calmar los nervios. –Necesito saber si está bien. No podemos dejarle ahí tirado. –Haremos una cosa. Ve a la puerta de entrada y llama a la policía. Espérame y saldremos juntas. No tardaré.

Marta sabía que si entraba en esa oficina se derrumbaría y eso las pondría en peligro, así que le hizo caso y se fue de allí. Lucy tuvo que prepararse antes de entrar. El único cadáver que había visto en su vida era el de su padre y apenas lo recordaba porque era una niña. Sintió que los nervios le taponaban el estómago y pensó que debía hacer aquello cuanto antes. Santiago se encontraba boca abajo y la sangre que había en el suelo parecía venir de un único sitio. El disparo que Marta oyó a través del teléfono entró por la espalda del hombre y el proyectil salió por el pecho ocasionando aquella hemorragia. Pero había algo raro. El cuerpo había sido desplazado dejando un rastro de sangre en dirección al escritorio donde finalmente se encontraba el cadáver. Se dispuso a dejar la habitación pero algo la detuvo. Vio a los dos hombres dirigirse a la salida, así que volvió a entrar en el despacho y mientras trataba de ocultarse sacó su móvil.

Tenía que avisar a Marta antes de que la encontraran pero, al marcar, su teléfono aparecía comunicando. No podía ser. Si algo iba mal siempre era susceptible de empeorar y aquél era el mejor ejemplo. Marcó de nuevo su número en un último intento de localizarla y confió en que esta vez sí contestara. Al primer tono descolgó y no le dio tiempo ni a decir la primera palabra. –Lucy, tuve que salir de ahí porque les oí. La policía está de camino. ¿Dónde estás tú? –Sigo en el despacho de Santiago. Les vi dirigiéndose hacia la entrada y tuve que esconderme. Dime que ya han salido del edificio –imploró Lucy. –Aún no pero, por favor, quédate quieta y no hagas nada. No podría soportarlo si te pasara algo. –No me moveré de aquí. No tengo nada mejor que... Algo ocurrió porque la comunicación se cortó sin más. Marta intentó contactar de nuevo con ella pero fue imposible. Su móvil estaba

apagado. Si los asesinos se dirigían a la puerta principal, deberían haber salido ya... Eso era lo que Lucy esperaba sentada en el suelo del despacho pero todo se complicó cuando oyó las voces de aquellos hombres acercándose a su posición. Apagó el móvil y, arrastrándose, llegó hasta el escritorio y se metió debajo, quedándose inmóvil casi sin respirar junto al cuerpo inerte de Santiago que la miraba fijamente y que parecía señalarle algo con su mano derecha. Ahora sólo le quedaba rezar, si es que alguna vez había creído en eso. Que aquel hombre la encontrara era cuestión de tiempo. Confió en que hiciera rápido lo que tuviera que hacer y no se percatara de su presencia. Pero algo alertó a su compañero que estaba junto a la entrada porque entró hasta la puerta del despacho para avisarle. Le habló en una

lengua que a Lucy le pareció ruso y, acto seguido, se marcharon los dos de allí, no sin antes coger de la mesa lo que por el ruido parecía un juego de llaves. Lucy soltó todo el aire de su cuerpo y no pudo evitar que una lágrima resbalara por su mejilla. Mientras, en la calle, Marta observaba desde la distancia cómo los dos hombres salían del edificio y se dirigían corriendo hacia un callejón. Estaba demasiado lejos para poder identificarles, así que se limitó a esperar a que sus siluetas desaparecieran en la noche para acercarse a la puerta y encontrarse con Lucy. Estaba a punto de golpear aquel portón cuando la chica apareció. La profesora se abalanzó sobre ella y la abrazó con tal fuerza que Lucy pensó que se iba a quedar sin respiración.

–Pensaba que te habían hecho algo –la voz le temblaba y Lucy pudo darse cuenta de que estaba llorando. –Tranquila –trató de calmarla– estoy bien. Sólo necesito irme a casa y descansar. Aquel intenso abrazo sólo fue interrumpido por las luces y sirenas de los coches patrulla que llegaron a la zona. Los dos agentes del primer vehículo se acercaron a ambas y fue el más alto el que se dirigió a ellas. El otro policía parecía sentirse más cómodo en un segundo plano. –Buenas noches. Creo que una de ustedes ha llamado a la Sala del 091 por un posible homicidio. –Sí, he sido yo –Marta acabó de secarse las lágrimas con un pañuelo que encontró en su bolso. –Necesito que me explique lo que ha pasado. ¿Hay algún herido?

–Sí, está dentro de las Escuelas, en uno de los despachos. Se llama Santiago. Creo que le han disparado. –¿Podría decirme dónde está? –Sí, por supuesto –Marta se dirigía al portón de entrada. –Espere un segundo –el oficial de policía se dirigió a su compañero–. Llama a la Sala y dile que manden una ambulancia –acto seguido se dirigió de nuevo a las dos mujeres–. Necesitaría que una de ustedes se quedara con mis compañeros para poder facilitar algún dato sobre los agresores. Cualquier información que nos den será de gran ayuda –la forma de hablar de aquel agente era pausada y firme. –Yo me quedaré –se ofreció Lucy– ¿Estarás bien? –le preguntó a la profesora. Sabía que si llegaba a ver a Santiago, se vendría abajo. –Tranquila –intervino el agente– no es necesario que entre conmigo hasta el final. Basta con que me indique el lugar. Saldrá

con usted enseguida. García –le dijo a otro de los policías del segundo vehículo– coge un par de linternas y vente conmigo. Los tres se adentraron de nuevo en el edificio mientras Lucy se quedó relatando lo ocurrido. Cuando acabó, uno de los agentes cogió su equipo y dio el comunicado a Sala. Marta apareció en ese momento por la puerta y Lucy se acercó a ella. –¿Estás bien? –echó su brazo por encima de la profesora y le acarició el hombro. –Necesito que esto pase lo antes posible. La ambulancia se oía a lo lejos y los equipos no dejaban de emitir comunicados. Un accidente de tráfico en el otro extremo de la ciudad ocasionó un incendio y tres heridos graves. Entre comunicado y comunicado, una voz les

resultó familiar a las dos mujeres. “–H50 para Zeta 17. –Adelante Zeta 17. –Sí, para comunicarle sobre el incidente ocurrido en las Escuelas Mayores. –Adelante. –Le informo de que tenemos un finado. La ambulancia está en camino pero necesitaríamos que se personara la autoridad judicial para el levantamiento del cadáver. –De acuerdo. Voy a informar al juez de guardia. Vuelva a contactar conmigo cuando haya llegado la ambulancia. – Recibido.” Marta tuvo que sentarse en el suelo. Hasta ese momento no terminaba de creerse que Santiago estuviera muerto pero aquel comunicado le cayó como un jarro de agua fría. Los agentes se acercaron a la mujer para preguntar si estaba bien, al ver que no dejaba de temblar. –La ambulancia ya está aquí, quizá

puedan darle algún calmante –el chico más joven, que antes prefería estar en segundo plano, ahora era el que manejaba la situación allí fuera. –Vamos Marta, deja que te examinen – Lucy la ayudó a levantarse. Aquella sería sin duda una larga noche. Capítulo 11 Dakota del Sur, EE.UU. Sarah no quería pensar en lo que acababa de pasar. Si lo hubiera meditado no habría dejado a su marido en un avión rumbo al Caribe, pero necesitaba hacer aquello. Por primera vez se sentía dueña de su vida y esa sensación le encantaba. ¿Para qué negar lo evidente? Estaba disfrutando. La adrenalina recorría cada centímetro de su cuerpo y estaba segura de que si volviera atrás, hubiera actuado de la misma manera. El recorrido de vuelta a casa, le sirvió para ordenar las ideas que se agolpaban en su mente y establecer prioridades. Tenía claro que lo principal era encontrar ese correo y terminar de leerlo, lo que

sucediera después aún estaba por determinar. Pagó al taxista y respiró hondo antes de entrar. Tenía que evitar que nadie la viera porque no quería dar explicaciones de lo que había pasado. La verdad era que tampoco sabría qué decirle a la gente. Necesitaba que, por un solo día, el tiempo se parara y el mundo dejara de existir. Sólo así podría concentrarse en ella misma y decidir cuál sería su siguiente paso sin que nada ni nadie influyera en su decisión. Entró en la casa y, tras dejar las llaves sobre el mueble del recibidor, se dispuso a buscar la mochila que su marido llevaba en el hotel. Consiguió encontrarla en el cuarto de baño de su dormitorio y se la llevó sobre la cama para estar más cómoda. Sólo encontró una toalla y un par de jabones, algo habitual cada vez que dormían en

hoteles, pero ni rastro de la carta. En los armarios tampoco localizó el pantalón que se puso esa mañana y en cuyo bolsillo encontró el mail. Por un instante pensó que lo había destruido y que jamás podría leer todo lo que Lucy le decía, pero no podía rendirse tan pronto. Rebuscó en los cajones de la cómoda, en los de su mesita de noche, en el escritorio donde tenían el ordenador..., nada. Pero entonces recordó que Joseph guardaba en una caja metálica todas las cartas que ella le había escrito durante años y también las de sus ex parejas. Era de esa clase de personas que no tiran nada y piensan que todo lo que te ha pasado en la vida merece la pena recordarlo, incluso lo malo. Sarah nunca estuvo de acuerdo con eso. Para ella no tenía sentido guardar cosas de personas que en su momento te hicieron daño. ¿De qué te sirve leer cartas de tus ex en las que te profesaban amor eterno si después de escribirlas se acostaban con tu mejor amigo? Dedujo que si la carta de Lucy aún

estaba en la casa, estaría en esa caja, a la que le gustaba llamar “la caja de Pandora” porque cada vez que Joseph la sacaba, acababan discutiendo. Abrió el altillo del armario, sacó la caja y la abrió. Tal y como imaginó, allí estaba. Pensó en lo predecible que era su marido y se dio cuenta de que, a pesar de que eso era algo que llegaba a sacarla de quicio, en aquel momento le sirvió de mucha ayuda. Se puso cómoda en la cama y comenzó a leer con mucho detenimiento: “Hola Sarah. Éste es el tercer correo que te mando y aún sigo con la esperanza de que un día contestes. No sé cómo hemos podido llegar a esta situación de incomunicación total pero ya no puedo más. Dudaba si escribirte o no, pero quería que supieras que te deseo todo lo mejor en esta nueva etapa que vas a comenzar hoy. Sé que es mucha la distancia que nos separa pero no pasa un solo día sin que me acuerde de ti. Quise hacer las cosas de otra manera para no herirte pero creo que conseguí todo lo

contrario. No sé si habrás leído mis correos anteriores, quiero pensar que sí. En ninguno de ellos te hablaba de lo que te voy a hablar ahora. ¿Recuerdas nuestra despedida? Yo no puedo olvidarla y sé que tú tampoco. Aún hoy, no puedo explicar qué pasó, pero sólo puedo decirte que maldije el momento en que el taxista nos interrumpió. Posiblemente tendrás la cabeza hecha un lío porque no entenderás nada. Sé que ésta no es la forma pero es mi última oportunidad antes de saber que te he perdido para siempre. Te quiero, Sarah. Me enamoré de ti hace tanto tiempo que ya ni lo recuerdo. No imaginas lo que he sufrido al tenerte cerca y no poder acariciarte, no poder besarte..., no poder amarte. Nunca fui capaz de decirte lo que sentía porque pensaba que me dejarías de lado y prefería tenerte como amiga a no tenerte. Pero apareció Joseph y aquello se convirtió en angustia. Saber que él sí podía hacer las cosas que yo tan sólo imaginaba en sueños, lo complicaba todo. Traté de llevarlo lo

mejor posible pero el día que me dijiste que te casabas..., ese día, Sarah, algo murió en mí. Ya habías elegido y no te culpo. Tienes la vida que siempre has deseado y está claro que yo no tengo lugar en ella. Pero aquel instante en el cementerio existió. No ha sido otro de mis sueños. Te tuve en mis brazos y casi me besaste. Quizá fue una reacción desesperada para que no me fuera o quizá lo sentiste de verdad y hubieras llegado hasta el final de no ser por el taxista. No lo sé, pero ese pequeño instante me dio la fuerza para escribirte esto. No sé cuál será tu respuesta pero hagas lo que hagas, respetaré tu decisión. Te quiero, Sarah.” Una lágrima resbalaba por su rostro... Si Lucy la viera... Pero ¿qué se supone que debía hacer después de leer aquella declaración? Releyó la carta una y otra vez pensando que, quizá así, le llegaría la

inspiración y la solución aparecería por arte de magia frente a ella, pero se dio cuenta de que lo único que consiguió fue liarse aún más. Había dejado a su marido plantado antes de su luna de miel y ahora se encontraba en una encrucijada de la que no sabía cómo salir. Se sentó frente al ordenador para tratar de contestar a Lucy pero sus dedos no eran capaces de teclear ni una sola palabra. ¿Qué iba a decirle si ni siquiera ella sabía qué decirse a sí misma? Estaba claro que aquella no era la mejor forma de solucionar las cosas entre Lucy y ella, no por mail, no sin mirarla a los ojos. Necesitaba tenerla cerca para saber qué era lo que sentía de verdad. Cerró la página de su correo y entró en una de viajes: lo tenía decidido, se iba a España. Pasó la noche en el sofá disfrutando de una botella de vino mientras en su mano sujetaba aquellas palabras que

la emocionaron tanto y que sólo cobrarían vida cuando las oyera de boca de Lucy. Se sorprendió imaginándose allí tumbada junto a ella, abrazadas. Algo estaba cambiando en ella y no quería ponerle freno. Aquel momento sólo fue interrumpido por el sonido del teléfono. Sabía que era Joseph así que dejó que saltara el contestador pero no hubo mensaje y casi lo prefirió así. Tomó la determinación de descolgarlo, así nadie podría intentar disuadirla de coger ese vuelo a la mañana siguiente. Jamás pensó que sería capaz de hacer algo tan irracional pero allí estaba, a punto de cruzar el Atlántico para encontrarse con la mujer que tanto había significado para ella. España Sarah pasó la noche en un hotel de

Madrid cercano a la estación de Atocha porque su tren no salía hasta la mañana siguiente. Tenía ganas de conocer la ciudad pero estaba demasiado cansada para hacer turismo así que prefirió quedarse en el hotel, darse un baño y meterse en la cama. Quizá a la vuelta tuviera algo más de tiempo. Con fuerzas renovadas después de casi diez horas de sueño, dejó el hotel para dirigirse a la estación. Su tren salió puntual y en cuestión de dos horas y media se plantó en Salamanca. Tomó un taxi y a su conductor le dio la dirección de El Cisne Negro que buscó la noche anterior en el hotel. Supuso que ese sería el lugar donde tendría más probabilidades de encontrar a Lucy. A Sarah le llamó la atención aquella ciudad. Era tan diferente al lugar de donde ella venía que entendió por qué Lucy quiso vivir allí. Tardaron poco en llegar al restaurante y, después de pagarle al taxista, Sarah sacó su maleta y se dispuso a entrar en el local, no sin antes coger una buena bocanada de aire.

El restaurante no era muy grande pero sí acogedor. Carlos, tras tomar nota en una de las mesas, fue al encuentro de la muchacha. –Hola ¿vas a comer? Sarah dudó la respuesta y es que, aunque quería encontrarse con Lucy cuanto antes, la verdad era que no había probado bocado desde la noche anterior. –Sí, me gustaría –dijo en español con su acento mejicano. –Vale, pues sígueme. Si quieres puedes dejar la maleta ahí en ese hueco. Es un lugar seguro. –Gracias. Eres muy amable. –Tú no eres de por aquí, ¿verdad? ¿Mejicana, tal vez? –Nací en Méjico pero vivo en Estados Unidos. –¡Vaya! Qué casualidad, como una de mis camareras. Si sigues por aquí luego, te la presentaré. Siempre da gusto encontrarse con gente de tu país cuando viajas. Sarah sabía que estaba hablando de

Lucy pero no quiso decirle nada aún. –Me encantará conocerla, seguro. –Bien, vayamos a la mesa. Tras haber disfrutado de la comida y del ambiente, Carlos se acercó para retirarle el último plato de la mesa. –¿Qué tal has comido? –Demasiado bien. Ha sido mi primera comida en España y tengo que decirte que has puesto el listón muy alto. –Vaya, siempre se agradece un cumplido aunque la verdad que es cosa de la cocinera. María es una cocinera de excepción. –Dale mi felicitación, en serio. –Descuida. Bueno, ¿café, infusión, copa...? –Estoy demasiado nerviosa para un café y es demasiado pronto para la copa, creo que me decidiré por una infusión. –¿Alguna en especial? –Pues creo que una tila me vendría bien. –Perfecto. Pues vuelvo enseguida. Sarah contemplaba por la ventana las

gotas de lluvia que estaban empezando a caer. Parecía una de esas tormentas de verano y se maldijo por no haber cogido su paraguas. Odiaba la lluvia. No soportaba la sensación de la ropa mojada. Definitivamente prefería los días de sol. –Espero que lo disfrutes –Carlos le dejó la infusión acompañada de unas galletas de canela. –Seguro que sí. Oye, y ¿me podrías decir cómo se llama esa camarera de la que me has hablado? –Se llama Lucy. Aunque María prefiere llamarla Lucía. Sarah sintió un nudo en la garganta. Era ella, sin duda. –Y ¿a qué hora llegará? –Pues no creo que tarde. ¿Por? –Por nada. Sólo dile que Sarah pregunta por ella. Carlos se quedó mudo. No podía ser esa Sarah. –¿Sarah? ¿La Sarah de Dakota del Sur que se acaba de casar? –la perplejidad en el rostro de Carlos dejó extrañada a la

chica. –¿Me conoces? –No..., bueno... Lucy me ha hablado de ti. –¿De mí? –sentía mucha curiosidad por saber qué le había dicho pero tampoco era el momento de hacerle un interrogatorio. –Sí, pero no mucho, la verdad. Sólo me contó que erais amigas y que sentía haberse venido porque perdió el contacto contigo. Bueno, eso y que te casabas. Carlos no le dio más información porque sabía que Lucy no se lo había dicho a nadie más y no iba a traicionar su confianza y menos con la mujer que, en cierta manera, motivó su viaje a España. –Ya..., espero que no se haya olvidado de mí –la voz de Sarah sonaba a derrota y tristeza. –No lo creo, Sarah... –dijo Carlos con sinceridad–. Descuida que en cuanto llegue le digo que estás aquí. –Te lo agradezco. Veinte minutos después de que Carlos descubriera que aquella mujer era Sarah,

Lucy hizo aparición en el restaurante. Tenía cara de no haber dormido ni dos horas seguidas. Entró directa a la cocina sin mirar. Sarah no pudo verla porque tenía la puerta a sus espaldas pero Carlos sí que la vio y, antes de decirle nada a la chica, se fue a hablar con Lucy. –Lucy... –Carlos, tengo un día pésimo. No he dormido nada. Me acosté a las cinco de la mañana... –Lucy, es importante que... –la muchacha no le dejaba hablar. –...después de estar en la comisaría durante más de dos horas para que nos tomaran declaración y encima hace cosa de media hora me llama un inspector de homicidios para decirme si podía pasarme por allí para hablar con él del caso... –¿Comisaría? ¿Homicidios? ¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo? –A mí no, Carlos. Ya te contaré más detenidamente. Sólo quiero empezar a trabajar para despejarme un rato. Te

prometo que después hablamos –Lucy estaba terminando de ponerse el delantal cuando salió de la cocina– ¿qué me decías que era importa... –se quedó muda. No lo podía creer. Sarah, su Sarah, estaba allí de pie, mirándola. –Eso era lo importante –Carlos le susurró–. Sarah ha volado hasta aquí para verte. Lucy no podía hablar, simplemente se limitó a salir del restaurante y Sarah la siguió. Anduvieron durante al menos cinco minutos. Lucy caminaba cada vez más rápido mientras su amiga intentaba mojarse lo menos posible, tratando de refugiarse bajo los balcones de las casas y los toldos de las tiendas. –Lucy..., esto es absurdo. He venido desde América para hablar contigo y ¡¿ahora huyes de mí?! ¡No lo entiendo! – dijo en español, respetando el pacto que hicieron cuando se conocieron. Lucy paró en seco en mitad de la calle. La gente la miraba porque estaba

empapada. –¡Yo no te pedí que vinieras! –ni siquiera se giró para hablarle– se suponía que debías estar en tu luna de miel. –Pues no... Estoy aquí, gritándote en medio de la calle mientras la gente nos mira porque parecemos dos locas. –¿Te has casado con Joseph? –era lo único que le importaba y, aunque ya sabía la respuesta, necesitaba oírlo de su boca. Sarah titubeó pero por fin contestó –Sí, Lucy. Me casé con Joseph. De nuevo la muchacha se puso en movimiento pero esta vez corría con los dientes apretados y los puños cerrados. No llevaba rumbo fijo, sólo quería irse de allí, alejarse de aquella mujer. –Dios... –Sarah no podía creer lo que estaba pasando, pero se armó de valor y salió corriendo detrás de su amiga mientras el agua caía cada vez con más fuerza. Llegaron a la vereda del río, junto al puente romano, y Lucy se resbaló y cayó encima de la hierba mojada. Se quedó

allí, tumbada boca arriba, mientras Sarah trataba de esquivar los coches que pasaban por la calle. Cuando llegó al río, la encontró en el suelo llorando, derrotada. –Nunca me has puesto las cosas fáciles, Lucy –Sarah trataba de respirar y recuperar el oxígeno que había perdido en los últimos metros. –Te has casado. No deberías estar aquí. –Sí, me he casado pero he dejado a mi marido plantado en nuestra luna de miel, me he tragado más de diez horas de viaje para estar aquí contigo y ahora estoy completamente empapada porque quiero oír de tu boca todo lo que me decías en esta carta –Sarah sacó los folios del bolsillo de su pantalón y se los mostró. Su voz denotaba la rabia contenida todos esos meses. Lucy la miraba desde el suelo. Estaba preciosa y más aún cuando se enfadaba. La ropa empapada por la lluvia marcaba toda su figura y su pelo mojado caía sobre

sus labios dándole una sensualidad que despertó en Lucy sentimientos que pensaba que habían muerto. Sarah se derrumbó y se tumbó en el suelo junto a ella. –No puedo más, Lucy. Me agotas. Pensé que tendríamos una charla tranquila, sentadas en el sofá de tu casa pero veo que sigues siendo una chica complicada. Dios..., ¡cómo te echaba de menos! –En serio, dime, ¿qué has venido a hacer aquí? Sarah se puso encima de ella, a horcajadas, y la miró a los ojos mientras le sujetaba las manos. La excitación era máxima y lo que vino a continuación era algo inevitable. –Lucy, no sé qué pasará y ni siquiera sé si lo que estoy a punto de hacer solucionará las cosas, de hecho, creo que

las complicará aún más. Pero he venido a decirte que sí recuerdo aquella despedida, sí recuerdo haber estado a punto de besarte y créeme si te digo que no he dejado de pensar en ese instante ni un solo día. He recorrido demasiados kilómetros y quiero terminar lo que empecé en el cementerio... Se acercó lentamente a los labios de Lucy, que temblaba como una niña, y la besó como jamás nadie la había besado, haciendo que cada pelo de su cuerpo se erizara, consiguiendo que su estómago se cerrara y que todo su organismo se concentrara en un único momento, en ese increíble momento en el que sus labios, después de tantos años, se encontraron. Lucy respondió a ese beso con todo su ser, memorizando cada milímetro de su boca, sintiendo que el tiempo se había detenido para ellas. Cuando Sarah se alejó para mirarla a los ojos, se dio cuenta de que Lucy estaba llorando. –No llores, tampoco ha estado tan

mal... –consiguió arrancarle una sonrisa. –He soñado con este momento tantas veces que no me creo que esté pasando de verdad. –¿Sabes una cosa? Me alegro de haber cometido esta locura –la volvió a besar y sintió que aquello podría gustarle demasiado. Ninguno de los besos de Joseph le hacían sentir tanto–. Creo que es hora de irnos a un lugar menos húmedo, ¿no crees? –Dios, perdona. Vas a caer enferma como no te quites esa ropa enseguida. Con lo poco que te gusta a ti la lluvia. Se levantaron del suelo y Lucy llamó a Carlos para decirle que llegaría tarde. Él no puso objeción. –Vivo ahí mismo. Te dejaré en casa. Yo tengo que volver al trabajo, además así te traigo la maleta que imagino que habrás dejado allí. –Vale. Espero que tengas algo de mi talla porque necesito darme una ducha. –Seguro que encuentras algo en el armario.

Llegaron a casa y Lucy se cambió de ropa antes de irse. –Si pasara algo, llámame, llevaré el móvil encima. Tienes el número apuntado en un papel en el frigorífico –con la puerta abierta, se abalanzó sobre Sarah y la volvió a besar– y me voy ya porque si no, no sé cómo va a terminar esto... –No trabajes mucho. Trataré de esperarte despierta aunque estoy muy cansada, la verdad. Lucy salió corriendo de allí para regresar lo antes posible. Su jefe la esperaba impaciente cuando entró como un torbellino por la puerta del restaurante. –Voy a cobrar las dos mesas que me quedan y me cuentas. Y antes de que me lo pidas, por supuesto que te puedes ir a casa. –Gracias Carlos. Iré a por las maletas de Sarah mientras terminas. Capítulo 12 Salamanca, España Cuando Lucy abrió los ojos y la vio allí tumbada, tuvo que tocarla para

comprobar que era real. Al llegar a casa tras hablar brevemente con Carlos, la encontró dormida encima del sofá con la televisión encendida. Sarah estaba tan cansada que ni se percató de que la había metido en la cama. Tenía que ir a la comisaría porque había quedado con el Inspector de Homicidios y con Marta, y ya llegaba tarde. Lamentaba no poder estar con Sarah esa mañana pero no podía faltar a su cita. Desde que apareció en el Cisne Negro, todo lo demás había pasado a un segundo plano y sabía que tenía que centrarse porque aquello era algo importante. Un hombre había muerto y sus asesinos seguían en la calle. Le dejó una nota en la mesita de noche y salió del cuarto sin hacer apenas ruido. Cuando llegó a la comisaría preguntó en el mostrador por el inspector de Homicidios. El agente que la atendió cogió el teléfono y comunicó su llegada. Tras colgar le dijo que esperara en la sala que había justo enfrente y que en breve bajarían a por ella. Pasaron unos veinte

minutos hasta que una voz familiar le llamó la atención al otro lado del cristal de la sala. Marta bajaba las escaleras en compañía de un hombre y al verla en la sala de espera, se acercó a saludarla. –Hola, Lucy –le cogió de la mano y le dio dos besos– perdona que no te haya esperado pero el inspector me pidió que subiera para ir adelantando trabajo. –Al contrario. Soy yo la que tengo que pedirte disculpas porque he llegado tarde. ¿Qué tal ha ido todo? –Bien. Ya sabes cómo van estas cosas. Tienes que contar lo mismo una y otra vez –Marta tenía voz de cansada–. Me hubiera gustado quedar contigo ayer pero me fue imposible. –No te preocupes, yo también tuve un día algo complicado. ¿Te parece si tomamos un café cuando termine?

–Vale. Tengo que ir a ver a una amiga que trabaja en la cafetería de aquí al lado. Te esperaré allí, ¿de acuerdo? –Perfecto. –Ven, te presentaré al inspector que lleva el caso de Santiago. Las dos mujeres se acercaron al agente que se había quedado hablando con el policía del mostrador. –Raúl... –el hombre se giró al oír su nombre– te presento a Lucy. –Encantado, Lucy. –Lo mismo digo –su apretón de manos tenía la intensidad justa. Pensó que aquel muchacho joven no era el tipo de policía que esperaba ver y menos como inspector. Era alto, atlético y de piel morena, y con una de esas sonrisas propias de los anuncios de dentífrico. Lucy no le echó más de treinta y cinco años. –Me gustaría que me contaras lo que viste y que le echaras un vistazo a unas fotografías por si tuviéramos suerte y reconocieras a alguno de los hombres que le hicieron eso a Santiago.

–No pude verles bien pero haré lo que pueda. –Cualquier detalle que recuerdes, por muy pequeño que sea, nos puede servir – giró la cabeza hacia la profesora–. Oye Marta, si recordaras algo más o simplemente quieres saber cómo va el caso y charlar un rato, no dudes en llamarme –el interés de Raúl parecía ir más allá de lo profesional. –Lo haré –se despidieron con un hasta pronto que sonaba muy real y que a Lucy le llamó la atención–. Lucy, te veo luego – Marta se despidió. La chica asintió con la cabeza. –Vamos, Lucy –le dijo el inspector mientras le indicaba las escaleras– hablaremos en mi despacho. Siguió a Raúl hasta la primera planta y entraron en una sala en cuya puerta se podían leer las siglas U.D.E.V., que correspondían a la Unidad

de Delincuencia Especializada y Violenta. La estancia no era muy grande y la montaña de papeles apilada en una de las mesas le recordó al despacho del vicerrector de la Universidad. –Por favor, siéntate –dijo señalando una de las sillas que había frente al escritorio principal. Hablaron durante hora y media mientras miraba fotografías de hombres fichados. Lucy le contó todo lo que recordaba de aquella noche sin mencionar nada sobre la Sala de los Libros Prohibidos, como había prometido a Marta. –Siento no haber podido ser de más ayuda. –No pasa nada. Es normal dada la situación que viviste. Te apuntaré mi teléfono y el de la unidad por si recordaras algo nuevo –el inspector se levantó de su silla y le extendió el papel con los números. Lucy se despidió con un apretón de

manos y salió de la Comisaría en dirección a la cafetería. Cuando sacó su móvil para llamar a Sarah y decirle que tardaría un poco más, se dio cuenta de que tenía un mensaje de Sofía. No habían vuelto a verse desde aquella mañana en que salió disparada de su casa y la verdad, que aquel era el momento más inoportuno que podía haber elegido para dar señales de vida. En el mensaje le decía que la chica que había en su piso era muy guapa y agradable pero que esperaba haberla visto a ella. Sofía había conocido a Sarah y eso no le parecía una idea demasiado buena. Ahora que por fin tenía a la mujer de su vida, todo se podía ir al traste por lo que pasó aquella noche, a pesar de que no se arrepentía de nada. Llamó a su piso pero Sarah no contestó. Supuso que estaría durmiendo, así que optó por dejarle un mensaje en el contestador explicándole que iría a casa después de ver a una amiga. Entró a la cafetería y vio a Marta en

una mesa acompañada de una mujer que se levantó al verla para ocupar su lugar detrás de la barra. –Hola Lucy, ¿qué tal ha ido todo con Raúl? –Si te soy sincera, no creo que sean capaces de encontrar a esos tipos. No he podido aportar nada nuevo. –Oye, deja esas cosas a los profesionales. Seguro que lo conseguirán, pero mientras, tú y yo tenemos otras cosas por las que preocuparnos. –Supongo que tienes razón –Lucy hizo una breve pausa–. Perdona, pero con todo este lío no te he preguntado qué tal estás. Tienes cara de no haber dormido en toda la noche. –Pues la verdad es que no he pegado ojo. Ayer acompañé a la mujer de Santiago al Anatómico Forense para

recoger las pertenencias de su marido –la profesora tenía la mirada perdida. –Imagino que ha tenido que ser difícil –Lucy le acarició la mano. –Lucy, algo no va bien –dijo la profesora tras una leve pausa. –¿Qué ocurre? –la chica se extrañó de aquel comentario– ¿Te ha pasado algo? –¿Le has contado a Raúl algo sobre la Sala de los Libros Prohibidos? Por favor, dime que no. –Tranquila. Te di mi palabra. La profesora se acercó a la muchacha y le habló casi en susurros. –¿Recuerdas la llave que llevo colgada al cuello? –Sí, claro –cómo olvidarla si gracias a ella seguían vivas. –Mi abuelo me la dio antes de morir. Sólo dos personas más poseen una llave parecida a ésta. Desconozco la identidad del tercero pero si sé que Santiago tenía la otra. Mi llave es la única con la que se puede acceder a la antesala pero se necesitan las tres para abrir la puerta que

lleva a la Sala de los Libros Prohibidos. –¿A dónde quieres ir a parar? –Cuando recogimos las cosas de Santiago la llave no estaba.

–Seguramente la tendrá guardada en su despacho o en casa. –Lucy, Santiago nunca se la quitaba de encima. ¿No lo entiendes? Quien le mató se llevó la llave. Y si sabe que se necesitan las tres, estoy en peligro. –Seguro que es una coincidencia que la llave no haya aparecido. Habla con su mujer. Quizá ella sepa algo. El móvil de Lucy sonó. Era Sarah. –Oye, no me puedo quedar más tiempo. Ha venido una amiga de Estados Unidos y está sola en casa, pero te doy mi palabra de que, en cuanto se vaya, solucionaremos todo esto. –Eso espero. –Te llamaré mañana para ver qué tal estás. –Gracias, Lucy –la profesora se despidió de ella con un beso en la mejilla. Lucy llamó a Sarah camino de su casa y le dijo que pasaría a por algo de comida por el Cisne Negro. Aprovechó el trayecto a pie para intentar poner orden en su cabeza y pensar en cómo le iba a

explicar lo de Sofía y todo lo ocurrido desde que llegó a España, aunque lo más sensato sería no hablarle de la muerte de Santiago. Sería preocuparla demasiado y ella ya tenía bastantes problemas en Dakota como para cargar también con los suyos. Tuvieron una comida de lo más tranquila. Sarah la puso al día sobre lo que pasaba por su pueblo y también con Joseph. Se disculpó por no haberle contestado los anteriores correos electrónicos pero le confesó que estaba muy enfadada con ella, además de que lo que sucedió en el cementerio la descolocó por completo. –Lucy, no puedo explicar lo que pasó por mi cabeza. Tú huías de mí porque me amabas y yo sentí que perdía a la persona más importante de mi vida. No sabes la de vueltas que le he dado a la cabeza, intentando comprender qué fue lo que me

impulsó a querer besarte... Lucy seguía atenta a cada palabra que salía de sus labios. Estaba allí, mirándola, casi sin parpadear, contemplando lo hermosa que estaba aquella tarde. –...Y ahora estoy aquí. Nunca había hecho algo así por nadie, ni siquiera por Joseph. No sé qué va a pasar con él pero sí sé que no quiero perderte de nuevo. Me he sentido tan vacía sin ti que pensé que si me casaba mi marido llenaría ese hueco. Por un instante, frente al altar, fui feliz, pero cuando te busqué entre la gente y no te encontré, supe que esa sensación había sido pasajera y que sólo volvería el día que te tuviera de nuevo frente a mi –Sarah estaba abriendo su corazón como jamás lo había hecho antes y Lucy sintió que debía contarle todo lo que pasó desde que llegó a Salamanca. Antes de comenzar, Lucy escogió muy bien las palabras para hablarle de Sofía. Estaba claro que aquello iba a dolerle pero quería ser sincera con ella. –Sé que has conocido a Sofía.

–Sí, estuvo aquí esta mañana y me preguntó por ti. Tenía que darte una camiseta tuya que, por lo visto, le dejaste después de sufrir un leve accidente. –Verás, Sofía y yo... –Lucy no sabía cómo seguir. –¿Qué vas a decirme? ¿Que te has acostado con ella? –Lucy no daba crédito a lo que estaba oyendo–. No tienes que darme explicaciones de lo que has hecho. Es más, si yo hubiese estado en su lugar y tuviera la oportunidad de estar contigo a solas, no la desaprovecharía. Definitivamente a Lucy se le iba a salir el corazón de lo fuerte que bombeaba. Sarah se levantó y se acercó peligrosamente a sus labios. –No voy a montarte ninguna escena porque no tengo ningún derecho a reprocharte nada. Eres libre, Lucy. Sólo

espero que lo que pasó con ella no te impida estar conmigo ahora mismo, porque no hay nada que desee más en este mundo que acabar en esa cama contigo desnuda a mi lado. Lucy estaba perpleja. Jamás pensó que Sarah pudiera ser tan directa pero eso le encantaba. Algo había cambiado en aquella mujer y ahora sus ojos la miraban con deseo. Un deseo que no tardó en liberarse con el primer beso. –Tendrás que ayudarme porque es la primera vez que hago esto con una mujer. –Tranquila, iré muy despacio. No podían dejar de besarse. Estaba claro que ya no había marcha atrás. Nada de lo que pasara fuera de aquellas cuatro paredes tenía importancia en ese momento. Sólo estaban ellas y la necesidad de amarse hasta quedar exhaustas.

Lucy la cogió de la mano y la guió hasta el cuarto. Le pidió que se tumbara y encendió las velas que rodeaban su cama. Sarah parecía nerviosa pero segura de lo que iba a hacer. Sabía que Lucy la iba a tratar con mucha dulzura y eso le hacía no tener ninguna duda. Conectó su Ipod a los altavoces y dejó que la música las envolviera. –¿Me permites hacer una cosa? –Lucy estaba jugando pero sabía que iba a disfrutar muchísimo. –Promete que no me va a doler. –En absoluto. Lucy se puso encima de ella y la besó con tanta pasión que sintió un gemido de Sarah. Alargó su mano hasta la mesita y cogió un pañuelo de seda negro que había en el primer cajón. Le pidió a Sarah que se sentara en la cama y le vendó los ojos con el pañuelo. Ahora no sabía por dónde vendrían las caricias ni los besos y eso la excitó muchísimo. Estaba totalmente entregada a su juego. El primer ataque fue a su cuello. Su

lengua lo recorrió centímetro a centímetro mientras sus manos iban desabrochando uno a uno los botones de la camisa. Acarició sus pechos y la besó de nuevo en la boca para continuar por su vientre, por el que se abrió paso hasta llegar al límite de su pantalón. Retrocedió hasta volver a sus senos pero esta vez sería su lengua la que jugaría con ellos consiguiendo de forma casi inmediata la erección de sus pezones. La respiración de Sarah se fue agravando hasta convertirse en suaves jadeos que aumentaban con la intensidad de los besos de Lucy. Estaba disfrutando con aquello y así se lo hizo saber. –No quiero que pares... Y eso hizo. Continuó con su juego y esta vez su objetivo sería la espalda. Se deshizo del sujetador y comenzó a besarla recorriendo un camino imaginario entre su nuca y la parte baja de su espalda. Lucy se entregaba en cada beso memorizando con sus labios cada parte de su anatomía. Sarah trataba de tocarla pero el placer

que le estaba provocando aquella mujer hizo que sujetara las sábanas con fuerza porque estaba a punto de tener un orgasmo. Lucy se dio cuenta y ayudó a que llegara. La rodeó por la espalda e introdujo su mano por debajo del pantalón mientras con la otra le acariciaba los senos que estaban completamente duros por la excitación. Su clítoris estaba preparado para la primera embestida y no hizo falta más que un roce para que Sarah tuviera su primer orgasmo con ella. Fue tal explosión de placer que sus gemidos hicieron que Lucy casi tuviera otro pequeño orgasmo. Acto seguido, la tumbó en la cama y le quitó el pantalón y la braga. Ya nada la separaba de la mujer a la que tanto deseaba. La tenía en su cama, desnuda, como tantas veces había soñado, sólo que esta vez sería diferente porque no era un sueño. Todo era real, sus besos, sus gemidos, sus caricias... Se quitó su propia ropa y dejó que Sarah la sintiera. Ahora estaban una sobre

la otra y las manos de Sarah no dejaban de recorrer cada curva de aquel hermoso cuerpo. Sus besos hacían crecer la excitación de ambas y Lucy lo notó cuando bajó su mano y sintió que su sexo estaba húmedo, consiguiendo que se le escapara un gemido más fuerte que los anteriores, que ahogó en sus labios. Sarah se quitó la venda de los ojos al sentir que estaba preparada para un segundo orgasmo, pero esta vez no iba a permitir que fuera la única en llegar al clímax. Lucy estaba disfrutando como nunca, ni siquiera Sofía la hizo sentir así. Tantos años amando en silencio a aquella mujer y ahora le estaba dando lo que siempre había querido. Sarah bajó su mano y comenzó a frotar el clítoris de Lucy a la vez que ésta acariciaba el suyo. Los jadeos se acoplaban y subían de intensidad a medida que se movían la una sobre la otra, cada vez más rápido pero con una intensidad que pronto las hizo estremecer de placer.

El orgasmo llegó casi a la vez para ambas y no dejaron de mirarse y besarse durante los segundos que duró el éxtasis. Fue en ese momento cuando Sarah miró a Lucy y le dijo que la quería, mientras una lágrima resbalaba por su mejilla. Sus cuerpos quedaron completamente exhaustos tras la sacudida. Lucy la besó y le dijo que ella también la quería. Era la primera vez que se lo decían mirándose a los ojos. El resto de la tarde la pasaron tumbadas en la cama, abrazadas, disfrutando de su piel y de más momentos como el que acababan de tener. Capítulo 13 Salamanca, España Pasaron tres días amándose sin descanso. Deseaban que el tiempo se hubiera parado pero la realidad era bien diferente. Sarah tenía que volver. Ahora su prioridad era aclarar las cosas con Joseph. Sería duro estar sin Lucy y más después de todo lo que habían vivido pero

por una vez iba a hacer las cosas bien. Le dio su palabra de que volvería, sólo le pedía paciencia. Esta vez nadie interrumpió su despedida. Aquel beso tan dulce que marcaba un momento tan difícil como era su separación, se quedó grabado en la memoria de Lucy como tantos otros que Sarah le había regalado esos días. La dejó en el autobús y se fue al trabajo. Cabizbaja y pensativa, no se dio cuenta de que, al girar la esquina de su trabajo, alguien la estaba esperando. Era Sofía y de no ser porque la llamó, se hubieran chocado como tantas otras veces. –¿Qué haces aquí, Sofía? –Lucy no se encontraba con fuerzas de hablar con ella. –No sé, esperaba que pudiéramos tomar un café y me contaras por qué no me has contestado a ninguno de los mensajes que te he enviado –la voz de la mujer

sonaba a decepción. –Lo siento pero ahora mismo no puedo hablar. Tengo que ir a trabajar. –Vale, vendré a buscarte cuando salgas. –Como quieras. Me parece bien. –Que tengas una buena tarde –Sofía la besó en los labios. Lucy no le respondió al beso aunque tampoco lo evitó, pensó que ya hablaría con ella después. Entró en el restaurante completamente derrumbada y Carlos, al verla, cambió el gesto de su cara. María también se dio cuenta y, antes de que abriera la boca, le dio un abrazo. –Gracias, María. –De nada, niña. Piensa que si ha venido desde tan lejos para estar contigo, volverá a tu lado. Si es lista no dejará escapar a una mujer como tú. –Pero ¿cómo puedes ser tan

increíblemente maravillosa? –¡Ah! Eso es cosa de mi madre. Ella era así. Y la mala leche que me entra con Carlos, eso... ¡eso es de mi padre! Lucy no pudo evitar sonreír con aquel comentario. Era una suerte haber encontrado a María y a Carlos. Ellos eran su familia en España y eso no lo olvidaría jamás. Le dio un abrazo a la cocinera y no pudo controlar que una lágrima se le escapara. –No llores, mujer. –Tranquila, estoy bien. Carlos apareció en la cocina con un pañuelo y le preguntó si estaba bien para trabajar. Lucy le dijo que sí, que tenía que seguir con su vida y así hizo. –Pues prepárate que hoy va a ser un día movido. Tenemos el concierto dentro de una hora y la gente ya está viniendo. Esa noche tocaban en la sala los

Riverboat Rats. Venían de Madrid para el festival de jazz que se estaba celebrando por toda la ciudad. Pensó que le vendría bien tener algo de distracción y siempre se agradecía escuchar buena música en directo. Era algo más de la una cuando se despidió de Carlos. Tenía ganas de llegar a casa pero algo la detuvo. –Dios, me había olvidado –con todo lo de Sarah y el trabajo, se había olvidado completamente de Sofía. –No pasa nada. Acabas de salir, ¿no? – la chica estaba sentada en uno de los escaparates de la calle. –Sí, claro. Hemos tenido una noche bastante movida. ¿Llevas mucho tiempo esperando? –A ver... déjame que piense... una hora y media. No está mal ¿eh? –Oye, lo siento, de verdad, pero estoy muy cansada y quería irme a casa. –No importa, te acompaño. Lucy no quería hacerle daño, pero tenía que contarle lo de Sarah; era lo menos que

podía hacer después del tiempo que estuvo esperando. Estuvieron hablando del concierto y de lo que habían estado haciendo esos días hasta que en un punto de la conversación, cerca ya de casa de Lucy, Sofía sacó el tema de Sarah. –Y, cuéntame, esa amiga tuya ¿se ha ido ya? –sabía que no era sólo su amiga pero quería ver la reacción de Lucy. –Sí, se fue esta tarde –Lucy se paró en seco y la miró a los ojos–. Mira, Sofía, Sarah es... –...Sarah es tu novia –de nuevo una mujer la dejaba con la boca abierta–. Oye, yo no pretendo meterme en medio de nada y menos de algo tan complicado. Sólo quería saber por qué no me contestabas a los mensajes. Estaba preocupada. Supongo que a Sarah no le importará que tengas amigas aquí en España ¿no? –Sofía, tú y yo tenemos algo más que una amistad. Me atraes mucho y lo de la

otra noche estuvo genial pero eso tiene que acabar. –¡Vaya! Pues eso sí que puede ser un problema porque tú también me pones a cien. –Y ¿qué podemos hacer? –Si te sientes más tranquila, prometo controlarme y no tirarme encima de ti, a menos que tú me des pie ¿trato hecho? –le extendió la mano. –De acuerdo –Lucy selló el pacto con un apretón. –Me alegra haber aclarado las cosas contigo. –A mí también. Bueno, creo que me quedo aquí –habían llegado a la puerta de su casa. –No te pregunto si quieres que suba porque creo que me costaría horrores cumplir el trato que acabamos de cerrar, así que me iré por donde he venido. –Será lo mejor. Te llamaré para ir al cine ¿te parece bien? –Bueno... tú llámame y ya veremos lo que hacemos. Que descanses –le dio un

beso pero esta vez fue en la mejilla rozando levemente la comisura de los labios. Aquello iba a ser más difícil de lo que pensaba. Subió corriendo a casa y escuchó los mensajes de su contestador. Tenía tres mensajes nuevos. El primero era de su madre contándole que Sarah había abandonado a Joseph y que nadie en el pueblo sabía dónde podía estar. Lucy lo borró y pensó que por el momento no hablaría con ella. Dejaría que Sarah volviera y solucionara las cosas. El segundo era de Sarah. Ya había llegado al hotel y estaba deseando volver a verla. Le dijo que le mandaría un mail al llegar a Dakota y que la quería. Ese mensaje no lo borró. De hecho, lo volvió a escuchar varias veces antes de pasar al último. El tercero se había grabado hacía tan sólo unos minutos. Era de Marta. Por la voz, parecía muy asustada. Le pedía por favor que la llamara al llegar a casa que tenía algo importante que contarle. Cogió su móvil y la llamó.

–¿Marta? ¿Estás bien? –Sí. ¿Estás en tu casa? –Acabo de llegar. He oído tu mensaje, ¿pasa algo? –Oye, espero que no te importe pero voy para allá. No me puedo quedar en casa. –¿Ha pasado algo? –Prefiero hablarlo en persona. Llegaré en cinco minutos. –Aquí estaré. Cuando sonó el timbre, Lucy ya se había puesto cómoda. Abrió la puerta y encontró a Marta algo nerviosa. La profesora besó a la chica en la mejilla y fue directa al sofá. –Te he preparado una infusión –Lucy cerró la puerta–. Voy a por ella para que te la tomes y después me cuentas lo que ha ocurrido. –Gracias Lucy, no sabía a quién acudir –buscó a la amiga de Estados Unidos pero en la casa sólo estaban ellas dos–. Espero no haberte causado ningún problema. Lucy sabía exactamente a qué se

refería. –De ninguna manera –le dijo mientras se dirigía a la cocina–. Sarah se fue esta mañana, pero de eso ya hablaremos. Ahora hay cosas más importantes en las que pensar. Anda, tómate esto –le pasó la taza humeante. Le dejó tiempo para que ordenara su cabeza y se repusiera de lo que fuera que le había provocado aquel estado de tensión. Después de un rato y tras haberse tomado prácticamente toda la taza, la miró a los ojos y le habló. –Lucy... han estado en mi casa. –¿De qué estás hablando? ¿A quién te refieres? –Los que mataron a Santiago. Llegué a casa después de cenar con unos amigos. Abrí la puerta y vi que el salón estaba revuelto. –Y ¿cómo sabes que eran ellos, Marta? Puede haber sido cualquier ladrón. –Han cogido las fotos que tenía con mi abuelo y con Santiago. Las tenía colgadas en la pared y me he encontrado con los

marcos vacíos en el suelo. –Pero ¿te fijaste si se llevaron algo más? –No pude. Cuando fui a entrar en mi cuarto, oí un ruido y me di cuenta de que uno de ellos me estaba esperando detrás de la puerta. Salí de allí antes de que me vieran y vine directa a tu casa. –¿Recuerdas cómo era? su pelo, su ropa... –Nada, sólo pude ver su sombra. –Está bien. Llamaremos a la policía y mañana iremos a tu casa. –Quieren mi llave, Lucy. Estoy segura. Es lo único que se me ocurre, si no ¿para qué llevarse esas fotos? Hay algo en esa sala por lo que vale la pena matar y me necesitan para conseguirlo. –Y ¿tienes idea de lo que puede ser? –Ahora mismo se están trasladando documentos y libros que se

han encontrado en una iglesia a las afueras de Salamanca. Santiago me pidió la llave la semana anterior a su asesinato. Yo nunca he preguntado. Mi abuelo me dijo que, mientras Santiago viviera, confiara en él y así lo hice. –Pero ahora Santiago está muerto y si no queremos correr la misma suerte que él, tendremos que averiguar qué es lo que hay en esa Sala –Lucy se dio cuenta de que había sido algo brusca– perdona... –No pasa nada. Tienes razón. Ya sabes que siento mucho lo de Santiago pero eso ya no lo puedo cambiar. Ahora han estado en mi casa, tocando mis cosas. Lo único que tenemos es esta llave –Marta tocó la cadena que llevaba colgada al cuello–. Necesitamos encontrar las otras dos para ver lo que Santiago guardó en esa habitación. El problema es que no sé cómo lo vamos a hacer –la desesperación de la profesora era más que evidente. –Iremos paso a paso ¿vale? Lucy cogió el teléfono y llamó a la

policía. Les dijo que era una vecina que había visto movimiento en casa de Marta y sabía que la dueña estaba de viaje. –Ya está. Irán a tu casa y seguramente te llamen por teléfono para comunicarte lo del robo. ¿Algún vecino tiene copia de tus llaves? –Sí... Le dejé una copia a mi tía. Vive justo encima. –Pues llámala y dile que estás fuera y que la policía te ha avisado. Y después, apaga el móvil si quieres descansar. Mañana, después de ver si se han llevado algo más de tu casa, iremos a esa iglesia, a ver qué podemos averiguar –Lucy se levantó del sofá–. Iré a preparar la cama. –Lucy, no te preocupes. De verdad que te agradezco todo lo que estás haciendo por mí, pero me quedaré en el sofá. –De eso nada. Te buscaré algo de ropa y te vendrás conmigo a mi cama. Es bastante grande, así que no notarás que estoy allí. Además, es bastante más cómoda que el sofá. La profesora la miró y suspiró.

–Siento haberte metido en este lío. No debería haber venido a tu casa, quizá te esté poniendo en peligro. –Oye, yo también estuve allí aquella noche ¿recuerdas? Tengo tantas ganas como tú de encerrar a esos tíos. Así que estamos juntas en esto hasta el final –Lucy se dirigió al dormitorio–. Y ahora es momento de descansar ¿no te parece? –Creo que tienes razón. Mañana será un día largo. Capítulo 14 Dakota del Sur, EE.UU. Sabía que aquello no sería fácil, que no se solucionaría con un “lo siento”, pero había tomado una decisión y llegaría hasta el final. Los días que había pasado en España con Lucy habían sido increíbles y eso le dio fuerzas para dar aquel gran paso. Llamó al timbre y su madre tardó unos segundos en abrir. Cuando apareció frente a ella, llevaba una de esas rejillas de peluquería en la cabeza y el batín que Sarah le regaló el cumpleaños pasado.

–Sarah... por el amor de Dios, ¿dónde has estado metida? La voz de la madre denotaba desesperación y auténtica preocupación. Abrazó a su hija como si acabara de verla después de años y no pudo evitar soltar alguna lágrima, claro que eso nunca lo iba a reconocer. –Está bien, mamá –trataba de consolarla–. Te dejé un mensaje en el contestador. –¿Cuál? ¿Ese en el que me decías que te habías ido a España a ver a una vieja amiga? –ahora su voz sonaba a enfado. –Vale, mamá. Pasemos dentro –le habló en susurros porque se dio cuenta de que la vecina estaba barriendo demasiado cerca de ellas– ¿Qué hay, señora McDorman? –Sarah sabía que en cuestión de horas Joseph se habría enterado de que estaba en el pueblo.

–Hola, Sarah ¿qué tal la luna de miel? Os habéis venido antes ¿no? Vi a tu marido en el supermercado ayer y, la verdad, me pareció algo decaído. –Todo está bien. Gracias por preguntar –empujó a su madre al interior de la casa mientras que la vecina se dejaba el cuello intentando mirar dentro de la vivienda. Dejó la maleta en la entrada y se dirigió al cuarto donde estaba su padre. –¿Qué tal está? –se acercó a la cama y le dio un beso en la mejilla con mucha suavidad para no despertarle. –Como siempre. No ha habido novedades desde que te fuiste. –¡Hey, papá!, vendré luego a charlar contigo... Te quiero –le susurró al oído. Salieron de la habitación y se dirigieron al salón. –Necesito hablar

contigo, mamá. Supongo que querrás saber qué ha pasado con Joseph y dónde me he metido estos días. –Sería todo un detalle por tu parte – Helen estaba siendo sarcástica para cambiar después a un tono más serio–. Sarah, no sabes el miedo que pasé cuando supe que no estabas con tu marido. Espero que tengas una excusa muy buena por la que haya merecido la pena sacrificar tu matrimonio. –No sé por dónde empezar. –¿Qué te parece si empiezas por contarme por qué dejaste a Joseph colgado en vuestra luna de miel? ¡En pleno avión, por el amor de Dios! Sarah respiró profundamente y trató de ordenar las palabras en su mente para no complicar la historia más de lo que ya era. –Joseph me engañó, mamá. –¿Se ha acostado con otra mujer? –la expresión de Helen cambió de repente a

sorpresa y desaprobación–. En ese caso me parece estupendo que le hayas dejado. –No, mamá, no me ha engañado con otra. Me ha mentido y ha traicionado mi confianza. –Pero ¿tan grave ha sido? –A ver cómo te lo explico... –Sarah quería que aquella tortura acabara cuanto antes–. Tú sabes la relación que yo tenía con Lucy. –Era tu mejor amiga y sé que lo pasaste muy mal cuando se marchó. Lo sentí por su madre porque es una buena mujer y no se merece sufrir tanto. Ya tuvo bastante con lo de su marido. Pero no entiendo qué tiene que ver Lucy con todo esto. –Mamá, Lucy se fue porque estaba enamorada de mí. Sarah sabía que aquello había sido una manera quizá demasiado brusca para decírselo pero necesitaba sacar pronto todo lo que sentía. Su madre se quedó completamente alucinada. No pudo articular palabra, sabía que Lucy no era de ésas que les

gustaba ir con chicos pero de ahí a pensar que le gustaran las chicas... Y no cualquier chica. Le gustaba su hija... ¡¿cuánto tiempo había pasado con ella?! ¡¿Cuántas veces habían dormido juntas?! No quería pensar en aquello pero no podía evitar que las imágenes se agolparan en su mente. –Mamá... –Helen no reaccionaba– ¡mamá!... Oye, di algo que me estás preocupando. –Voy a hacerme una tila ¿quieres una tila? Necesito tomarme una tila, sí, será lo mejor. ¿Te hago una a ti? –No, mamá, no quiero una tila. La vio salir del salón a toda prisa sin dejar de tocarse la rejilla del pelo. Si se había puesto así con sólo decirle que Lucy se había enamorado de ella, no imaginaba cuál iba a ser su reacción cuando le contara que ella estaba sintiendo lo mismo. Sarah se levantó del sofá para caminar por la estancia y así ordenar sus ideas cuando sonó su teléfono móvil. Tal y como imaginó, la señora McDorman se

había encargado de propagar a los cuatro vientos que había llegado a casa de sus padres, aunque la verdad fue que se sorprendió de la rapidez con la que la información le había llegado al que oficialmente era su marido. –Dime, Joseph... La conversación fue breve. Sarah le dijo que estaba cansada y que hablarían al día siguiente. Pensó que se iba a poner más nerviosa al oírle pero estaba extrañamente calmada. Algo había cambiado en ella, ya no era la chica indecisa que se casó con Joseph. Ahora era Sarah, controlaba su vida, era fuerte y quería ser consecuente con lo que sentía. Su madre volvió con una taza de la que salía humo. Se sentó frente a ella, en aquel sillón que había estado en casa de sus abuelos y que su padre tanto odiaba. Le decía a su mujer que no quería el trono de un dictador en su casa y es que, cada vez

que lo veía, no podía evitar que le viniera a la cabeza la imagen de su suegro allí sentado y con aquel furioso perro a sus pies. Tomadas las posiciones, Sarah fue la primera en romper aquel silencio incómodo. –Mamá, he estado en España... con Lucy –trató de hablar de la forma más pausada posible para que su madre pudiera asimilar cada palabra y no hubiera lugar a interpretaciones erróneas. La cara de su madre era toda una encrucijada, ninguna emoción, ningún gesto, nada, totalmente impasible. –¿Has oído lo que te he dicho? –Sarah se extrañó de que su madre no le dijera nada al respecto. Tras una breve pausa, después de dejar la taza sobre la mesita del salón, Helen la miró a los ojos y le dijo muy calmada…

–Sarah, me da la impresión de que lo que me vas a contar va a ser muy difícil de asimilar. Así que, si no te importa y por respeto a tu madre, que soy yo, permite que guarde mi opinión para el final. Aunque le extrañaba aquella postura, casi prefirió que fuera así porque de esa manera no la interrumpiría. –Está bien, como hija tuya que soy, respetaré tu decisión pero sólo te pido que trates de ponerte en mi lugar –su madre asintió con la cabeza y Sarah sintió que estaba a punto de defraudarla profundamente–. No sé por dónde empezar... En los últimos días han pasado muchas cosas y sé que lo que ocurra a partir de ahora va a complicar sobremanera la situación pero, de verdad, necesito hacer esto. Por una vez en mucho

tiempo, siento que soy yo la que decido cada paso que doy. A medida que avanzaba en su relato se sentía más libre pero, a la vez, aumentaba su grado de culpabilidad porque sabía que no podría evitarle el sufrimiento a su madre. Después de casi una hora, Sarah terminó de hablar. Por fin, era sincera consigo misma y con su madre, a pesar del precio que suponía que iba a pagar por ello. –Bueno mamá, he respetado tu silencio como me pediste pero ahora necesito saber qué piensas de todo lo que te acabo de contar –Sarah miraba atentamente a su madre tratando de adivinar cuál sería el siguiente paso. –Uf... No creo que tenga palabras para definir todo lo que siento –los nervios eran más que evidentes–. No sé qué te puedo decir, no tengo ni idea de qué es lo que te está pasando –se levantó y se acercó a la chimenea sin dejar de mover las manos. Su voz temblaba cada vez más–. Es posible que todo esto de la

boda, la marcha de tu amiga... te hayan hecho comportarte de esa manera. Mira – ahora estaba frente a ella y le cogía las manos que seguían temblando–, creo que necesitabas vivir una aventura y ya la has vivido, te has divertido, has sido un poco alocada y has viajado. Pero has vuelto y ahora tienes que ser responsable con la decisión que tomaste. –Mamá... –Sarah no pudo decir nada más. Su angustia no le permitió replicarle. –Joseph es un buen hombre. Comprenderá lo que ha pasado y te perdonará –jamás había visto a su madre tan fría–. Seguro que volverás a quererle y un día vendrás a decirme que tenía razón. Tomaste una decisión y te convertiste en su esposa, nadie te obligó. A veces hay que hacer lo correcto y dejar que el tiempo vuelva a poner las cosas en su lugar porque si no, podemos hacer

daño a las personas que nos quieren. Tenía la batalla perdida. Helen se había cerrado en banda y supo que nada la haría cambiar de actitud, al menos ese día. –Siento mucho que pienses así pero esto no es pasajero. Sólo espero que algún día puedas comprender lo que siento por Lucy porque ese día mamá, harás que mi felicidad sea completa. –Por favor, no sigas diciendo esas cosas. Aquello iba a ser más difícil de lo que esperaba y lo sentía muchísimo porque notaba el dolor en la voz de su madre. Estaba claro que no era el mejor momento para decirle que había tomado la decisión de irse a España con Lucy. –Está bien. Sólo una cosa más. Necesito saber si podré quedarme aquí con vosotros. No voy a volver con Joseph. –Ésta es tu casa, Sarah. Tu cuarto está tal y como lo dejaste. Además, seguro que tu padre se alegrará de tenerte de nuevo

por aquí... Y en cuanto a mí, dame tiempo. –Tienes todo el tiempo del mundo mamá –Sarah se levantó del sofá y le dio un beso antes de subir a su habitación. Se sentó frente al ordenador para escribirle un mail a Lucy y contarle todo lo ocurrido hasta ese momento. Ojalá la tuviera allí mismo para poder sentir su abrazo consolándola y darle fuerzas para seguir enfrentándose al mundo, pero por el momento Internet era lo único que tenían. Pulsó el botón de enviar y se tumbó en la cama. Aprovecharía el tiempo que tenía hasta la hora de la comida para dormir un poco. Capítulo 15 Salamanca, España Apenas durmieron unas horas antes de que apareciera el primer rayo de sol por la ventana. Tenían que pasar por casa de la profesora para comprobar si se habían llevado algo aparte de las fotos y después, por la comisaría para denunciar el robo. Tras acabar todos los trámites, emprendieron su viaje que duraría poco

más de una hora hasta llegar a la ermita que se encontraba situada en un pueblo al norte de la provincia. Marta puso al tanto a Lucy sobre el lugar que iban a visitar y lo que había averiguado. –Estuve en el despacho de Santiago hace un par de días. Pensé que en el registro de la Biblioteca estarían inscritos los libros que se trasladaron desde la ermita y así tendríamos alguna pista de lo que buscaban esos asesinos. –¿Y? –Nada –lanzó un suspiro de desesperación–. La última entrada del registro es sobre unos libros de biología y astronomía. Cinco ejemplares que datan de los siglos XV y XVI. Por lo visto la ermita va a ser rehabilitada porque está en muy mal estado. En fin, nada digno de ocultar en la Sala. –Algo está claro. Lo que buscaban

tenía que ser importante porque si no, Santiago no hubiera arriesgado su vida ¿no crees? Seguro que guardaba un registro paralelo donde apuntaba esos libros “más especiales”, si es que fue por eso por lo que murió. –Supongo que sí pero ¿dónde está? Estuve buscando en el despacho y en su casa y no encontré nada. –En cualquier caso, estamos en el mismo punto que al principio porque, aunque supiéramos lo que se guardó en esa Sala, no podríamos abrirla sin el juego de llaves completo. –Por eso vamos a la ermita. Al ver el nombre de la iglesia en el registro recordé que yo ya había estado allí con mi abuelo y con Santiago. Íbamos una vez al mes a visitar a Don Mateo, que era el párroco – Marta hizo una leve pausa–. Lucy, en una de las fotos que se llevaron de mi casa, aparecíamos los cuatro frente a la fachada de esa ermita. –Quizá sea una coincidencia. –No creo en las coincidencias y menos

cuando dos de los tres hombres de la foto están muertos. Piénsalo: el único nexo que nos unía a Santiago y a mí era esta llave, y si cogieron esa foto supongo que será porque Don Mateo puede tener la tercera –Marta trató de ordenar sus pensamientos–. Además, en este momento es lo único que tenemos. Marta miraba la carretera pero su mente parecía estar en otra parte. Lucy no quiso interrumpir ese momento y simplemente disfrutó del paisaje y de la música, tanto que casi estuvo a punto de quedarse dormida. Llevaban una hora de viaje cuando, antes de entrar al pueblo, se desviaron por un camino de tierra. Tras pasar varios campos cubiertos de

hierba, apareció de fondo la silueta de una pequeña edificación coronada por un campanario y cubierta de zarzas por los laterales. Lucy se sintió por un breve instante como en casa y es que aquel lugar, con el riachuelo corriendo tras la ermita y en un enclave tan solitario, le hizo recordar su escondite junto al cementerio. La ermita estaba construida completamente en piedra y su fachada la componían dos pequeñas ventanas, por las que apenas penetraba la luz, situadas a ambos lados de la puerta con forma de arco y un rosetón con vidrieras de colores en la parte superior de la fachada. Bajaron del coche y se dirigieron a la puerta principal. Marta hizo sonar el portón pero la única respuesta que encontró fue su propio eco y, al mirar por una de las ventanas, no advirtió movimiento alguno en el interior.

–Quizá haya otra puerta –Lucy se dirigió a la parte de atrás y encontró otra entrada. –¿Nada por ahí tampoco? –Marta esperaba una buena noticia pero por la cara de Lucy supo que habían hecho el viaje en balde. –Me temo que hoy no es nuestro día – se dio cuenta de que la profesora estaba desalentada y no quiso preocuparla más– ¿Por qué no buscamos a Don Mateo? Seguro que él podrá decirnos algo. –Supongo que no perdemos nada con intentarlo. Caminaban hacia el coche cuando se dieron cuenta de que un rebaño de ovejas les impedía el paso. –En seguida os las quito –el hombre, de unos cincuenta años, tenía la piel castigada por el clima de aquel lugar y lucía una barba gris desarreglada. A pesar de que su mirada era algo melancólica, parecía estar disfrutando con lo que hacía. –No se preocupe –Marta le quitó importancia.

–¿Han venido a ver a Don Cristóbal? – sus ojos apenas se dejaban ver debajo de su boina– el pobre ha caído enfermo y lleva un mes sin levantarse de la cama. Mi Manoli reza por él todas las tardes pero me parece que Dios anda demasiado ocupado –las chicas le miraban atentas–. Perdonen mi falta de educación, me llamo Manolo. ¿Parece un chiste verdad? Lo digo porque mi mujer se llama Manoli –el hombre les tendió la mano a ambas con una sonrisa en los labios. –Encantada, Manolo. Mi nombre es Marta y ella es Lucy. –¿Lucy? Ese no parece un nombre muy español, aunque la verdad que hoy en día se han perdido las tradiciones y ya le llaman a uno de cualquier manera. Fíjense que hay un muchacho en el pueblo que se llama Jonathan Jesús. ¡Por el amor de Dios! ¿A quién se le habrá ocurrido? El mundo está loco. Las dos mujeres no quitaban ojo a aquel curioso y dicharachero hombre que más parecía mantener un monólogo que

una conversación con ellas. –Y ¿sabría decirnos dónde vive Don Cristóbal? –Sí, hombre. Perdónenme, cuando empiezo a hablar no hay quien me pare. Es por mi trabajo, ¿saben? las ovejas no dan mucha conversación y cuando me cruzo con alguien puedo tirarme horas charlando. Pero bueno, a lo que íbamos. ¿Conocen algo del pueblo? –Algo, aunque hace mucho que no venía. De hecho yo conocía al anterior párroco. ¿Sabe si sigue vivo? –¿Don Mateo? –Sí. ¿Le conoce? –Ya lo creo que le conocía. Un buen hombre pero el Alzheimer acabó con él hace diez años. Fue una lástima, la verdad... En fin, el señor nos reclama a todos tarde o temprano. Marta lamentó oír aquello. Con Don Mateo muerto, habían llegado a un callejón sin salida. –¿Recuerda dónde vivía? –Si no me equivoco, era junto al

Ayuntamiento. –Eso es. Pues allí es donde vive ahora Don Cristóbal. El portal es el número ocho. No sé si las podrá recibir pero su hermana no se va de su lado, así que al menos podrán hablar con ella. –Pues muchísimas gracias, Manolo. Ha sido un placer. –El placer ha sido mío. No todos los días se conoce a dos muchachas tan guapas sin salir del pueblo. Aquel comentario arrancó una sonrisa en las mujeres, que ya estaban montando en el coche tras apartar a la última oveja que había quedado rezagada. –¿Y ahora qué hacemos? Si no podemos hablar con Don Mateo, no se me ocurre cuál puede ser el siguiente paso – comentó Lucy mientras se ponía el cinturón de seguridad. –De momento, averiguar si Don Cristóbal o su hermana saben algo de los libros que se están trasladando desde la ermita –Marta hablaba sin convencerse a sí misma de que eso sirviera de mucho.

No tardaron en llegar a la casa. El pueblo apenas contaba con una calle principal y el edificio más emblemático, que era al que llamaban Ayuntamiento, no era ni más ni menos que un centro de mayores al que, de vez en cuando, iba el alcalde pedáneo. La casa de Don Cristóbal estaba abierta y tenía un par de sillas en la puerta. Las chicas se bajaron del vehículo y llamaron al timbre sin atreverse a entrar en el interior. Al poco, salió en su busca una mujer de unos sesenta años, pequeña y arrugada pero que andaba con un nervio poco usual para su edad. –Hola... –la voz de la mujer era aguda y alegre a la vez. –Hola, venimos a ver a Don Cristóbal –Marta seguía al pie de la puerta. –¿Ustedes son del Ayuntamiento? Mire, ya les dije a sus compañeros que no nos interesa vender la parcela. –No, tranquila. No venimos del Ayuntamiento. Verá, me llamo Marta y ella es Lucy. Queríamos ver a Don Mateo

pero un vecino nos dijo que había fallecido. –¡Ay va! ¿Al párroco? Perdona hija, es que llevamos una lucha desde que mi hermano se puso enfermo... Pero pasad, pasad, no os quedéis en la puerta. Mi nombre es Carmen. –Gracias, Carmen. –¿Queréis tomar un café? Aunque la verdad que a esta hora apetece más algo sólido. –No se preocupe, estamos bien –Marta habló por las dos sabiendo que Lucy, por educación o más bien por vergüenza, declinaría la oferta de aquella mujer. –Sentaos, por favor. En seguida estoy con vosotras. Estaba terminando de darle la comida a mi hermano. La casa era acogedora y gran parte de ello se debía a la chimenea que presidía el salón. Sus paredes eran blancas y varios cuadros con imágenes religiosas colgaban de ellas. Por los muebles, repartidos en varias estanterías, algunos marcos con fotos mostraban tiempos

pasados en los que sus protagonistas parecían ser felices. Una de esas fotos estaba hecha frente a la ermita que acababan de visitar y Marta se dio cuenta de que Don Mateo aparecía en ella junto a Carmen y otro cura que, supuso, sería Don Cristóbal. Se fijó en que Don Mateo llevaba colgado al cuello algo parecido a una llave. Instintivamente, echó mano a la suya para comprobar que la tenía y suspiró de alivio al encontrarla bajo su camisa. Se levantó para examinar la foto con más detenimiento. Lucy la siguió. –¿Qué ocurre? –¿Ves esta foto? –la profesora le señaló la imagen. –Sí, aunque sólo reconozco a Carmen. –El que está a su izquierda es Don Mateo. Se parece mucho a la foto que se llevaron de mi casa. ¿No ves algo familiar en el cura? Fíjate bien. –De acuerdo... –Lucy entornó los ojos para concentrarse y estudió al hombre de arriba a abajo. Después de un rato,

desistió–. Está bien, ¿qué es lo que tengo que buscar? Cuando miró a Marta, ésta tenía entre sus manos aquella llave que las salvó la noche de la biblioteca. Volvió a mirar la foto y allí estaba, colgada de su cuello, una llave muy similar. –¿Es posible? –La tercera llave que nos faltaba – Marta se quedó pensativa durante unos segundos–, al menos teóricamente. –Pero, con Don Mateo muerto, entonces sólo hay dos posibilidades: una, que Santiago tuviera las dos llaves, lo cual nos deja en una clara situación de desventaja frente a los asesinos porque pueden tenerlas en su poder, o dos, que una cuarta persona supiera de la existencia de esa Sala –de nuevo otra encrucijada. –Pero mi abuelo nunca me habló de una cuarta persona. –Ya, pero si lo piensas tampoco te había hablado de Don Mateo. Y si hay alguien más metido en esto, creo que ya se

complica demasiado. Carmen apareció con una taza de café en la mano. –Se ha quedado dormido –la mujer dejó la taza sobre la mesa camilla y se puso con las chicas a mirar la fotografía–. Ha cambiado mucho desde esa foto. En ese momento pesaba poco más de cien kilos, su peso ideal decía. Ahora no es ni su sombra. –No sabe cuánto lo siento –Marta trató de consolar a la mujer. –Gracias, hija –hizo una breve pausa para controlar el llanto–. Es la ley del Señor. Lo único que siento es verle sufrir de esta manera pero seguimos adelante. Él no tiene ganas de dejar este mundo todavía y yo seguiré a su lado mientras pueda –se giró hacia el sofá y se sentó. –Y ¿quién se encarga ahora de la ermita? –Pues la verdad que no tengo ni idea. Desde que Cristóbal enfermó no he vuelto a ir. Creo que la están rehabilitando. Además, ya no se celebran misas allí

desde que construyeron la iglesia nueva en la plaza del pueblo. Marta sintió que la única posibilidad de encontrar alguna información que les sirviera, se le esfumó delante de sus narices. –Así que me decía que conoció usted a Don Mateo. –Sí, y supongo que usted conocería a mi abuelo. Se llamaba Rafael. –¿No me digas que tú eres aquella niña que corría por los alrededores de la iglesia? –la mujer sonrió sorprendida. –¿Se acuerda de mí? –Claro que me acuerdo. Hay que ver cómo pasa el tiempo. Una no lo nota aquí metida en casa pero los años pasan, sí señor. ¿Cuánto hace de aquello? –Algo más de veinte años. –¿¡Veinte años!? Madre mía. –La verdad que he echado de menos esas tardes de otoño. –Y ¿qué te trae por aquí? ¿Tienes familia en el pueblo? Tu abuelo nunca nos dijo nada.

–No, toda mi familia vive en Salamanca. Le estaba enseñando a mi amiga los lugares que frecuentaba de niña y se me ocurrió pasar a saludar a Don Mateo. –Hace diez años que nos dejó. El pobre lo pasó muy mal. Siento que te hayas enterado de esta manera. –La verdad es que apenas le recuerdo. Y lo cierto es que también venía a darle una mala noticia. Un amigo suyo y de mi abuelo murió la semana pasada. –Vaya, es una pena. –Supuse que le gustaría saberlo pero creo que he llegado tarde. Quizá su hermano le conocía. Se llamaba Santiago. Los ojos de la mujer enmudecieron al oír aquel nombre. –Santiago... –Carmen suspiró su nombre. –¿Usted le conocía? –Claro que le conocía –una sonrisa

escapó de su boca en medio de algunas lágrimas. Se tomó su tiempo para escoger las palabras con las que iba a comenzar su relato–. Él y mi hermano iban juntos a la misma clase y cuando salían del colegio se pasaban horas jugando. Cristóbal no me dejaba acompañarles porque decía que yo tenía que hacer cosas de niñas pero, a veces, Santiago hablaba con él y le convencía. Los años pasaron y Santiago y yo nos hicimos inseparables. –¿Fueron novios? –Marta estaba sorprendida. No podía imaginarse a Santiago con otra mujer que no fuera Antonia. –Bueno, eso suena muy serio. Digamos que éramos pretendientes –la sonrisa pícara de Carmen dejó ver que aún recordaba perfectamente a aquel hombre–. El primer amor nunca se olvida. Claro que entonces las cosas no eran como ahora. ¿Os podéis creer que tardó un año

en darme el primer beso? Pero qué beso, desde luego mereció la pena la espera. Pero ya se sabe que la felicidad no es algo eterno. –¿Le dejó? –No hija. Nos queríamos mucho pero su padre era militar y le destinaron a Sevilla. No pudimos hacer nada salvo escribirnos cartas. Pero un día, esas cartas dejaron de llegar. –¿Y no volvió a saber nada de él? – Marta preguntó interesada en conocer el final de aquella historia de amor. –Un buen día, después de treinta años desde nuestra despedida, apareció frente a mi puerta. Había cambiado, como es lógico, pero le reconocí al instante. Como he dicho antes, el primer amor nunca se olvida. Poco quedaba de aquellos muchachos que corrían por las calles del pueblo. Nos pusimos al día de nuestras vidas y desde entonces, ha venido a vernos en varias ocasiones pero hace más de seis años que no sabíamos de él. Ni siquiera supo que mi hermano enfermó.

Marta y Lucy prefirieron ocultar el hecho de que había sido asesinado. –Carmen, siento mucho todo esto pero necesitamos que nos haga un favor –Marta estaba a punto de mentir a aquella buena mujer pero la única manera de irse de allí sin las manos vacías era accediendo a la ermita y probar suerte. La mujer se secó las lágrimas con un pañuelo y respiró profundamente. –Si está en mi mano, dalo por hecho. –Verá, el día antes de que Santiago muriera, me dijo que Don Mateo tenía una cosa para mí. Algo que había pertenecido a mi abuelo y que debía recuperar. No supo decirme de qué se trataba. Y ahora usted es la única persona que puede ayudarme. La mujer se levantó del sofá y se dirigió a uno de los armarios. Abrió un cajón y sacó una caja de madera. –Lo único que guardamos de Don Mateo son las cosas que llevaba encima – Carmen le hizo entrega de la caja a Marta. Cuando la abrió sólo encontró su

cartera, un reloj de pulsera que no funcionaba, un pañuelo con sus iniciales bordadas y un colgante con una cruz de oro. –No sé si te servirá de algo. Quizá en el despacho de la ermita guarde algo más. Cristóbal me habló de un cajón del escritorio de la sacristía que estaba cerrado con llave y pensaba que dentro había cosas de Don Mateo. –Y ¿habría alguna posibilidad de que pudiéramos entrar en la ermita? Carmen no parecía muy convencida pero finalmente les entregó un juego de llaves. –No debería hacer esto pero se lo debo a Santiago y a tu abuelo –la mujer sacó de un cajón un juego de llaves antiguasMirad, ésta es la llave de la puerta lateral, entrad por ella para no llamar la atención. Sólo os pido que lo hagáis cuando oscurezca. Si alguien se entera de que os he dejado las llaves, se me cae el pelo. Me pasaré más tarde por allí para recogerlas pero, si no puedo ir, dejadlas

debajo de la maceta que hay junto a la entrada principal. Marta se abalanzó sobre la mujer y le dio dos besos. –Muchísimas gracias, Carmen. Volveremos a verla otro día y aceptaremos de buen agrado ese café. Lucy, que durante toda la conversación se había quedado al margen, se despidió de la mujer con un abrazo y le deseó que se mejorara su hermano. Ahora sólo tenían que esperar a que bajara el sol... Capítulo 16 Dakota del Sur, EE.UU. Se le hizo extraño despertar en aquella cama. Por un segundo creyó que, si extendía su mano, encontraría el cuerpo de Lucy, pero la realidad era bien

diferente. No estaba en España, estaba en casa de sus padres y tenía que enfrentarse al mundo porque allí, al otro lado del océano, las cosas no eran tan sencillas, principalmente porque nada de lo que había pasado cambiaba el hecho de que seguía casada. Cuando bajó las escaleras, oyó a su madre enredando en la cocina y se preparó antes de darle los buenos días. Supuso que después de la conversación que mantuvieron, la actitud de su madre sería esquiva y no se equivocó. Apenas susurró un hola al ver a su hija sentarse en la mesa y ni siquiera la miró cuando le puso el café. Estaba claro que aquello iba a ser muy difícil pero, al menos, lo peor ya había pasado. –Ha llamado Joseph –Helen seguía dándole la espalda. –Y ¿qué te ha dicho? –Me ha preguntado si estabas en casa y le he dicho que sí. Quiere verte. –¿Va a venir? –a Sarah no le gustaba la idea de que su madre fuera testigo de la

conversación y mucho menos de que interviniera en ella. –No, me ha dicho que te espera en vuestra casa. Sarah apuró su café y se levantó de la mesa, no sin antes dirigirle unas palabras a su madre. –Gracias por todo, mamá –dijo esperando una respuesta, un gesto, una reconciliación... que nunca llegó. Mientras subía las escaleras, se repetía una y otra vez que era cuestión de tiempo. Antes de salir le dio un beso a su padre. Desde que se marchó las cosas no hicieron sino empeorar y la persona que estaba tumbada en aquella cama apenas reflejaba lo que en su día fue. Sarah había rezado alguna vez a escondidas para que todo acabara y se maldecía cuando le veía retorcerse de dolor. Si de verdad existiera un Dios, no haría sufrir de esa manera tan inhumana a las personas buenas como él.

Una lágrima resbaló por su mejilla y fue a morir a la mano de su padre que, instintivamente, movió uno de sus dedos para acariciarle la cara. Cuando Sarah levantó la mirada, se dio cuenta de que la estaba mirando y sonriendo. –No llores, mi pequeña. Papá te comprará otra bicicleta nueva –su voz, casi inapreciable, temblaba por el esfuerzo que le suponía articular cada palabra. Sarah supo en ese preciso instante que todo acabaría muy pronto y pidió de nuevo, a ese Dios que llevaba tanto tiempo sin hacerle caso, que fuera rápido y sin sufrimiento. –Gracias papá –esta vez era ella la que sonreía. Le dejó dormido cuando salió de casa para encontrarse con Joseph. Apenas había quinientos metros de distancia entre las dos casas pero a Sarah le parecieron kilómetros y por fin, cuando llegó frente al número 12 de High Street, se detuvo y respiró profundamente antes

de introducir la llave en la cerradura. Si volver a dormir en su anterior cama fue extraño, el encontrarse con Joseph de nuevo no lo era menos. –¿Joseph? –Sarah le llamó desde la entrada. –Ahora mismo estoy contigo. Pasa y siéntate, estás en tu casa –la voz venía de la cocina. –“Estás en tu casa” –repitió Sarah en su cabeza mientras se acomodaba en el sofá. Si eso era cierto ¿cómo es posible que se sintiera completamente fuera de lugar? Su marido apareció en el salón y se sentó a su lado. –Estás preciosa. Te ha venido bien el sol de España –hizo una leve pausa–. Menos mal que no viniste al viaje. Nos timaron con el hotel y cuando llegué no había habitaciones donde habíamos reservado –Joseph habló con excesiva

normalidad, como si nada hubiera pasado. –Joseph, yo... –Tranquila. Sé que tengo la culpa de todo lo que ha pasado. –No se trata de eso. –Sí, Sarah. Te mentí, te oculté algo que para ti era importante y no supe respetar ese espacio. Entiendo que me dejaras colgado en el viaje y entiendo que te hayas tomado este tiempo de reflexión. Si te soy sincero, a mí también me ha venido bien pensar en todo aquello. Sarah estaba viendo a un hombre derrotado, dolido y arrepentido, pero sus sentimientos habían cambiado. Se dio cuenta, al tenerle delante, de que no podría sentir por él nada más que cariño por haber compartido tantos años. Continuó callada, escuchando lo que tenía que decirle. –Sarah, no quiero perderte y estaré dispuesto a hacer lo que sea para que vuelvas a casa. Ni siquiera me he atrevido a dormir en nuestra cama. –Joseph, me gustaría decirte que todo

sigue igual que antes de la boda, que lo que pasó con esas cartas está olvidado y que seguiremos con nuestra vida juntos, pero entonces te estaría diciendo lo que tú quieres oír y no lo que siento realmente. Todo ha cambiado. Yo ya no soy la misma Sarah y no quiero volver contigo. Las palabras eran duras y Joseph encajaba los golpes, rendido al hecho de que aquella mujer tenía las cosas muy claras y que no le daría otra oportunidad. Pero algo en su rostro cambió cuando Sarah le contó lo que había pasado en España, claro está, sin darle demasiados detalles. Ahora el hombre herido que casi daba lástima, parecía enfurecido y listo para atacar. Aquella visión puso a Sarah en alerta. –Joseph, ¿estás bien? Su marido no contestaba, sólo

respiraba profundamente y algo acelerado, mientras su mirada enfocaba al vacío. –Oye, deberíamos hablar de esto en otro momento. Sólo he venido porque quería recoger algo de ropa. Ya vendré a por el resto otro día. –De acuerdo –por fin habló– todo está tal y como lo dejaste –Joseph ni siquiera la miró. Sarah se levantó del sillón y subió las escaleras que la llevaban a su cuarto. Sintió como él subía tras ella sin hacer el menor comentario. Sacó del armario una mochila y la llenó de ropa. Cuando terminó y se dispuso a salir del cuarto, Joseph estaba allí, de pie, mirándola con cara de furia. –¡Dios, Joseph! Me has asustado – Sarah se echó mano al corazón para tratar de controlar las pulsaciones–. Ya llevo ropa para unos días. Vendré con mi madre

para acabar de llevarme lo que queda – inclinó la cabeza en sentido de despedida y salió del cuarto. Fue entonces cuando notó la mano de Joseph agarrando su brazo con fuerza. –Joseph, ¿qué quieres? Me estás haciendo daño. Por favor, suéltame el brazo –nunca le había visto así y no le gustaba el giro que estaba dando aquella situación. –Te he pedido perdón, te he dado tiempo para que recapacites y tengas tu espacio –el tono cada vez era más elevado–, y ahora me vienes diciendo que ya no sientes lo mismo por mí. ¡Que te has enamorado de tu amiga bollera! –Joseph estaba fuera de sí. –¡Suéltame, me estás haciendo mucho daño! –Ya me has humillado bastante ¿no crees? ¡O eres mía o no eres de nadie y mucho menos de esa puta! La empujó hacia la cama y comenzó a besarla mientras ella trataba de zafarse sin éxito alguno.

–¡¿Quieres renunciar a esto?! Sarah tenía la camisa rota y el pantalón desabrochado cuando consiguió morderle la mano con la que le tapaba la boca. –¡Joder! –gritó Joseph, y antes de que pudiera verse la herida de la mano, Sarah ya había conseguido alcanzar una de las lámparas de noche y le golpeó en la cabeza haciendo que cayera al suelo. Ni siquiera cogió la mochila. Salió del cuarto corriendo pero a mitad de las escaleras su marido logró alcanzarla. –¿Dónde crees que vas, zorra? Con el forcejeo, Sarah cayó rodando hasta aterrizar en el suelo del salón. Joseph se sentó en las escaleras, completamente ido, con un hilo de sangre corriéndole desde la frente mientras observaba el cuerpo inerte de su mujer. Oyó el ruido de llaves y vio a su madre entrar en la vivienda con una bolsa que dejó caer al suelo al ver a Sarah. –Dios mío, Joseph ¿qué ha pasado? Capítulo 17 Salamanca, España

Cuando por fin cayó la noche, Marta y Lucy cogieron un par de linternas y se dirigieron a la puerta lateral de la ermita. –Y ¿qué se supone que vamos a encontrar aquí? –Lucy sentía que aquella intromisión nocturna a la ermita iba a resultar inútil.– Si ya sabemos que Santiago tuvo acceso a la llave de Don Mateo la semana anterior a su asesinato, dudo mucho que la encontremos aquí. –Lo sé, pero es lo único que tenemos. Quizá dentro encontremos algo que nos ayude a saber por qué mataron a Santiago. Cerraron de nuevo con llave la puerta que acababan de abrir y encendieron sus linternas. La habitación en la que habían aparecido era de unos seis metros cuadrados. Tenía algunas imágenes religiosas colgadas de sus paredes y una virgen de madera sobre una mesa. Toda la estancia estaba cubierta de una espesa capa de polvo y aunque buscaron a

conciencia, allí no parecía haber nada de interés. Continuaron su camino hacia el altar y observaron que, justo al otro lado, había otra habitación cerrada con llave. Eran las dos únicas estancias de la ermita, aparte de la nave central en la que se repartían una docena de bancos. Llegaron hasta el otro cuarto y abrieron la puerta con una de las llaves que les dejó Carmen. Sin duda, aquello era el despacho del que habló la mujer. Frente a la puerta había un escritorio acompañado por una silla y un archivador metálico y justo encima del escritorio, en la pared, la foto del Papa Juan Pablo II. Marta se fue directa a los cajones mientras Lucy revisaba el archivador. –Aquí está –Marta localizó el cajón de Don Mateo–, necesito algo para romper este candado. –Espera, en el altar he visto algo que servirá. Al cabo de unos segundos, Lucy volvió con un candelabro macizo y atizó un buen

golpe al candado que saltó en dos pedazos. Papeles sin interés, algún bolígrafo.... pero nada que les sirviera. Marta vació el cajón y fue al sacarlo cuando Lucy advirtió algo en la parte de abajo. –Marta, mira. La profesora puso boca abajo el cajón y encontró una llave pegada con cinta adhesiva. La cogió y la observó con detenimiento. –¿Crees que esa es la llave que utilizó Santiago para abrir la Sala? –preguntó Lucy. –No lo creo. Debería ser muy similar a la mía pero no se parecen en nada, ¿ves? –dijo Marta comparando las dos llaves. –Y ¿por qué estaba escondida si no es “la llave”? –Lucy se quedó mirando a la profesora que parecía estar buscando algo por el despacho. Marta se levantó de la silla y comenzó a examinar las paredes y el suelo. –¿Qué haces?–

Lucy la miraba extrañada. –Mi abuelo me contó una vez que las ermitas e iglesias tienen una sala secreta en la que guardan los objetos más valiosos para que nadie pueda encontrarlos en caso de robo. Si Don Mateo tenía algo importante que no quería que nadie viera, seguro que lo guardó en esa sala y que ésta es la llave que la abre. Sólo hay que buscar la puerta de acceso. –Vale... –dijo Lucy resignada– yo miraré por el altar. La búsqueda fue infructuosa al menos durante la primera media hora.

Desesperada, Lucy se sentó en uno de los bancos y sintió una corriente de aire bajo sus pies. Llamó a Marta y se levantó de su asiento para comprobar que al golpear las tablas del suelo, sonaba a hueco. –Ayúdame, Marta. Ambas cogieron el banco y lo movieron lo suficiente para dejar ver el portón que había justo debajo. –¡Eureka! –Lucy se alegró por el hallazgo. Consiguieron abrir la trampilla con la llave que encontraron bajo el cajón y se introdujeron en aquel sótano oscuro. –Esto me resulta familiar... –Lucy enfocó con su linterna al suelo de la habitación. La escalera moría en el centro de una sala de no más de cinco metros cuadrados y lo único que encontraron fue un mueble antiguo, lleno de cajones que contenían documentos perfectamente clasificados por orden alfabético. –¿Ya está? ¿Para esto tanto misterio? – Lucy parecía decepcionada.

–No entiendo nada. Tiene que haber algo que se nos escapa –Marta se resistía a rendirse. Enfocó con la linterna al resto de la sala. Las paredes pintadas con cal blanca ofrecían un aspecto bastante deteriorado y lo único que colgaba de ellas, aparte de telarañas, era un cuadro. Fue entonces cuando Lucy se puso en alerta. –Marta –Lucy se dirigía al cuadro mientras lo enfocaba con su linterna– yo he visto esta pintura antes. –¿Dónde? –En la capilla de la Universidad. Tapaba la salida de la Sala de los libros Prohibidos. Lucy se acordaba de aquella escena perfectamente. Los Jinetes del Apocalipsis seguidos por la muerte. –Tiene que significar algo. Ayúdame a descolgarlo. El cuadro tenía un doble fondo que no

tardaron en romper. Al examinar el marco vieron que en uno de los laterales había una hendidura que contenía un objeto en su interior. Marta sacó su navaja y extrajo del marco una llave parecida a la que llevaba colgada. –Necesito tu llave para compararla –le pidió Lucy. Marta sacó la suya del colgante y se la dejó mientras seguía examinando el cuadro y aquel sótano. –Después de todo, parece que a Santiago le dio tiempo a devolver la llave a su lugar –dijo Lucy después de examinarlas y ver que eran prácticamente idénticas–. Y ahora, sin querer amargar la fiesta, tenemos que salir de aquí. –Pero... no es posible –se quedó pensativa mientras volvía a ponerse la llave de nuevo al cuello. –¿Cómo que no es posible? Es como la tuya Marta –Lucy estaba perpleja. –Sí, pero mira el cuadro –la profesora cogió el marco que acababan de examinar–. Lucy, si Santiago hubiera

venido a por ella hace dos semanas el doble fondo hubiera estado roto o tendría otro nuevo y habría señales de pisadas en los escalones como las que hemos dejado nosotras ¿no crees? Hace mucho tiempo que aquí no baja nadie. –Entonces ¿qué se supone que abre esta llave? –No tengo la menor idea. –Vale, pues como tampoco lo vamos a averiguar aquí abajo, voto por salir a un espacio abierto y con algo de oxígeno. Lucy se dirigió a las escaleras y comenzó a subir. Estaba abriendo la trampilla para acceder de nuevo a la nave central cuando algo la detuvo. –¡Quieta! –Lucy le susurró a la profesora mientras le tapaba la boca con su mano y bajaba de nuevo el portón. La puerta por la que habían accedido a la ermita se estaba abriendo. Nadie sabía que estaban allí, salvo Carmen. Lucy sintió su corazón acelerado al recordar lo vivido días antes en la biblioteca. Allí estaban, de nuevo en las

entrañas de la tierra, presas del pánico ante la posibilidad de que los que acababan de entrar en la iglesia fueran los asesinos de Santiago. Sintieron los pasos de al menos dos personas diferentes y su miedo se confirmó cuando el teléfono de uno de ellos sonó y le oyeron hablar. Lucy reconoció perfectamente su voz, sólo que esta vez hablaba en español bastante fluido. –“... su coche está fuera, no deben andar muy lejos.... te dije que lo haría... ¡Hey! Calma esos ánimos. Soy el primero que quiere acabar con esto ¿o se te ha olvidado ya que fueron testigos de lo que le hicimos a ese viejo?... Ya sé que no nos vieron, pero estaban allí... Vale, pasaremos esta semana a recogerlo... Tranquilo que no se me olvida, nadie nos reconocerá...” Sin despedirse, colgó el teléfono y se

puso a hablar en ruso con su compañero. Las dos mujeres aguantaron en silencio, escuchando y suplicando que se marcharan pero, en lugar de sus pasos alejándose, sintieron la puerta de la calle abriéndose de nuevo. Fuera, un coche esperaba con el motor en marcha. La sorpresa fue máxima cuando oyeron la voz de Carmen. Lucy dudaba que aquellos asesinos se la jugaran con una mujer que nada tenía que ver con todo aquello y más sabiendo que alguien la esperaba en el coche y podría dar la voz de alarma. Si las cosas se pusieran complicadas, saldrían de su escondite. Carmen encendió las luces del altar y se tropezó con los asesinos de Santiago. –¿Quiénes son ustedes? El que había hablado por teléfono le contestó. –Somos de la policía. Un vecino nos

avisó de que había ruido en la ermita que lleva cerrada tiempo y hemos venido a echar un vistazo. –¿Puedo ver su identificación? –Por supuesto –el hombre le enseñó una placa de policía– ¿Y usted es...? –La hermana del párroco y la única que tiene las llaves de esta ermita. Díganme ¿han encontrado a alguien? –La verdad que no, pero ese coche de ahí fuera nos hace pensar que siguen por aquí. –¿Ese coche dicen? No creo. Lleva ahí tres días. A mi hermano se le estropeó y no se lo puede llevar porque está enfermo. Lucy agradeció aquel gesto aunque estaba claro que el hombre sabía perfectamente que la mujer mentía. –Bueno, entonces creo que hemos llegado tarde. Tendrá que poner una cerradura nueva si no quiere que vuelvan a entrar. –Mañana mismo la encargaré. –No dude en llamarnos si se repite. Acabaremos pillando a esos ladrones –

subió el tono de su voz, consciente de que las dos mujeres estaban escuchando en alguna parte. –Descuiden. Es una tranquilidad saber que velan por nuestra seguridad, señores agentes. Ahora los pasos se iban alejando y Carmen, junto con ellos, abandonó el lugar para dar más credibilidad a la historia. Cuando todo se quedó en silencio, salieron del sótano y, sin apenas decir palabra, se montaron en el coche rumbo a Salamanca, asegurándose de que nadie las seguía. Capítulo 18 Dakota del Sur, EE.UU. La luz del sol entraba por la ventana de la habitación 323 del Hospital Saint Mary iluminando el rostro de Sarah, que se encontraba tumbada en una de esas camas articuladas. Trató de abrir los ojos, pero la claridad la obligó a cerrarlos al cabo de un par de segundos, los suficientes para ver a su madre durmiendo en la silla que había a su lado.

–Mamá... –la voz apenas le salía del cuerpo– mamá... La mujer no daba crédito a lo que estaba viendo. Se quedó parada durante un segundo hasta que por fin reaccionó. –¡Sarah! –se levantó de la silla de un salto y se abalanzó sobre su hija sin dejar de darle besos y de abrazarla. –Me haces daño, mamá... –Perdona, hija –se separó levemente y Sarah se dio cuenta de que estaba llorando–, no sabes la alegría que me da verte despierta. Los médicos nos dijeron que era una semana crítica y que, si no salías del coma en unos días, sería casi imposible la recuperación. Voy a llamar a Joseph, está muy preocupado por ti. –Mamá, no... –cuando Sarah quiso advertir a su madre, ésta ya había salido de la habitación para hablar con él. Observó aquellas máquinas a las que estaba conectada y se fijó en que, aparentemente, los daños físicos no eran demasiado graves. Una escayola en su brazo izquierdo, el collarín y un ojo

hinchado, podría decirse que era un balance positivo para lo que podía haber pasado. Lo que no sabía era la repercusión que tendría el tiempo que había estado en coma, el cual desconocía. Su madre entró de nuevo a la habitación y se acercó a la cama. –Ya le he dicho que has despertado del coma y viene para acá. No sabes lo mal que lo ha pasado, Sarah. Se ha quedado contigo cada noche. No sé qué hubiera pasado si él no llega a estar allí. ¿Recuerdas lo que pasó? Se dio cuenta de que Joseph no le había contado la verdad y que, si él se enteraba de que recordaba lo ocurrido, estaría en peligro. –La verdad es que desde que he despertado todo es confuso en mi mente. Trato de recordar pero la última imagen que tengo en mi cabeza es la de tu desayuno antes de ir a mi casa. ¿Cuánto tiempo llevo en coma, mamá? –Dos días, hija. Los más largos de mi vida –Helen le cogía la mano y no podía

dejar de llorar. –Tranquila que ya estoy aquí de nuevo. – Lo sé, cariño. –¿Te contó Joseph qué fue lo que pasó? –Me dijo que estuvisteis hablando y que antes de irte subiste a coger algo de ropa. Lo siguiente que recuerda es el ruido cuando caísteis rodando por las escaleras. –¿Te contó que caímos los dos? – interrogó extrañada. –Parece ser que Joseph bajaba delante de ti y que te desmayaste y le caíste encima, haciendo que perdiera el equilibrio. El pobre acabó con una brecha en la cabeza y un corte en la mano. Cuando llegó la ambulancia estabas viva pero tu pulso era muy débil. Entraste en coma en el trayecto al hospital. La puerta de la habitación se abrió y un hombre con bata blanca saludó a su madre

como si la conociera de toda la vida. –Hola Helen, vengo a ver a tu hija. Me ha dicho una enfermera que había salido del coma. –Sí, doctor, hace más o menos diez minutos. El doctor Sloam, al menos eso ponía en su placa, se acercó a ella con una de esas linternas que parecen un bolígrafo y le enfocó directamente a los ojos. –Hola, Sarah. ¿Qué tal te encuentras? –Me duele todo el cuerpo –le costaba mucho trabajo hablar. –Fue un buen golpe y tardarás en recuperarte. –Doctor, dice que no se acuerda de nada de lo que pasó antes del accidente – como siempre, su madre se adelantaba como si su hija aún fuera una niña y no pudiera hablar por sí sola. –Eso es normal –el doctor miraba ahora a Sarah–. Has estado dos días en coma y no sabremos qué alcance ha tenido la lesión hasta que no pase algo de tiempo. La pérdida de memoria es algo

que esperábamos pero estoy seguro de que la recuperarás. Ahora tienes que descansar. Estarás aquí al menos otros tres días. Tenemos que controlar tu evolución. –Muchas gracias doctor. Sólo una cosa, ¿puedo levantarme y caminar? Lo necesito de verdad. –Sí puedes, pero procura que siempre haya alguien contigo. No sabemos qué causó el desmayo y hasta que lo descubramos, será mejor que estés acompañada. Su madre y el doctor salieron del cuarto mientras continuaban hablando. –Su marido vendrá enseguida. Seguro que le apetecerá dar un paseo con mi hija, aunque sólo sea por el pasillo. A Sarah se le erizó la piel cuando oyó aquello. Joseph seguía siendo su marido y eso tenía que cambiar. Quería bajar de aquella cama pero lo único que consiguió fue quedarse sentada a un lado y así fue como su madre la encontró cuando entró de nuevo a la habitación.

–Hija, ¿por qué no has esperado a que entrara? –Quería intentarlo sola, pero creo que aún necesito ayuda. –Por eso he hablado con Joseph y se ha ofrecido a estar contigo mientras terminan su nuevo despacho. Serán un par de semanas. Me ha dicho que, si no te importa, podrías mudarte a vuestra casa, al menos hasta que te encuentres mejor. Te ha habilitado la habitación de invitados que tenéis en la planta baja. Estaba claro lo que su madre pretendía y Sarah no estaba dispuesta a quedarse de nuevo a solas en esa casa con Joseph. –Mamá, me voy a quedar contigo. Siempre y cuando no me eches, claro. –Sarah ¿cómo puedes decir eso? –No sé mamá, dímelo tú porque parece que ya lo tienes todo hablado con Joseph y yo no puedo opinar. –Sólo trato de hacer lo mejor para ti. –Y te lo agradezco pero lo que ahora necesito es alejarme un tiempo de Joseph. –No te entiendo. Con lo bien que se ha

portado contigo y tú no eres capaz de perdonarle. –Déjalo, mamá. Cuando salga del hospital iré a casa con papá y contigo – Sarah no quiso continuar con la conversación. El gesto de descontento en la cara de su madre la cabreó sobremanera, aunque sabía que no era justo porque Helen no conocía toda la verdad. Al fin y al cabo lo único que quería su madre era verla feliz y Joseph era el candidato perfecto para darle esa felicidad. –Tu marido llegará en cualquier momento. –Por favor, te pido que dejes de llamarle así. –¿Acaso no seguís casados? Era imposible que esa dulzura con la que le había hablado al despertar del coma, durara demasiado tiempo. De nuevo tenía que luchar con su madre y eso la agotaba. Aguantó diez segundos antes de abrir la boca. –Tienes razón.

–Lo sé –el rostro de Helen, no mostraba sentimiento alguno, ni siquiera de rabia o desaprobación–. Vendré a verte mañana. Sarah la vio salir disparada por la puerta y pensó que se le pasaría el enfado en cuanto se cruzara con alguna vecina y pudiera desahogarse. No había terminado de tumbarse cuando alguien llamó a la puerta. –¿Se puede? –Joseph apareció con un ramo de flores. –Pasa... –se le puso un nudo en la garganta al verle, pero tuvo que disimular. –Me he cruzado con tu madre en el pasillo. ¿Qué le has hecho? –Ya la conoces. Si no haces lo que ella dice, monta en cólera. Se le pasará. –Supongo que sí. Por cierto, te he traído la mochila con tu ropa. Pensé que la necesitarías. –Gracias, Joseph. Controlaba su respiración para poder calmar los latidos de su corazón. Si Joseph sospechaba lo más mínimo, estaría

en peligro. Quién sabe de qué hubiera sido capaz aquel día. –Me ha dicho tu madre que no recuerdas nada de lo que ocurrió antes del accidente –su cara era de preocupación. –Lo he intentado pero nada. –Y ¿sabe el médico si recuperarás la memoria algún día? –Dice que tardaré un tiempo aunque es posible que nunca lo recuerde. Por lo visto, el cerebro es capaz de olvidar situaciones que han resultado traumáticas para la persona –esperaba que Joseph se creyera todo lo que le estaba contando porque de eso dependía su seguridad–. Mi madre me ha dicho que fuiste tú quien llamó a la ambulancia y que, de no ser por ti, es posible que hubiera muerto. Parece ser que fuiste mi colchón. ¿Qué tal tu cabeza y tu mano? –Bien. Sólo son un par de cortes. Tu madre es una exagerada. –En eso te doy la razón. Joseph sonrió con aquel comentario. Ya le tenía donde quería. Se había tragado

lo de la amnesia y ahora estaba relajado. –¿Qué te parece lo de venir a casa conmigo? Puedo cuidar de ti mientras acaban mi oficina y así tu madre irá un poco más relajada. –No te lo tomes a mal, Joseph, pero no me parece una buena idea. Además imagino que en cuestión de días podré hacer una vida normal. Aquello le cayó como un jarro de agua fría pero tuvo que tragarse su decepción y hacer como que no pasaba nada. –Tranquila, lo entiendo. Al fin y al cabo viniste a casa a recoger tu ropa. Es normal que no quieras estar allí. –Mira Joseph, hablaremos de eso cuando me haya recuperado ¿vale? Sólo quiero descansar y dejar que el tiempo pase. –De acuerdo, pero ya sabes que si cambias de idea, aquella sigue siendo tu casa. Se acercó y le dio un beso en la frente para despedirse de ella. Sarah se puso a temblar al sentirle tan cerca. El pánico

invadía su cuerpo y Joseph se dio cuenta. Se miraron a los ojos y vio que por la cara de Sarah resbalaba una lágrima. Era demasiada tensión la que estaba conteniendo y aquella situación iba a estallar antes o después, pero Joseph no dijo nada. Simplemente la miró con el ceño fruncido y los ojos entornados. Algo no andaba bien. –No puedo venir mañana porque tengo que ir a ver a los obreros. Tu madre me pondrá al tanto de tu evolución. Nos veremos el jueves. –Gracias, Joseph... –el hombre se quedó extrañado– ...por la ropa, digo, y por preocuparte por mí. –De nada, Sarah. Estoy encantado. Por fin cerró la puerta y Sarah pudo desahogarse y echar toda aquella tensión. Tenía que estar fuera del hospital en dos

días. Capítulo 19 Salamanca, España Tres días sin saber nada de Sarah la hacía estar nerviosa y preocupada aunque quisiera convencerse de que todo andaba bien. Aquella mañana Lucy se levantó temprano porque tenía que pasar por el banco a comprobar que la beca le había sido ingresada y quería ir a hablar con Javier para terminar de concretar lo de sus prácticas en la biblioteca con Marta, a la que no veía desde su aventura en la ermita, y de eso ya hacía ocho días. Lucy necesitaba un poco de tranquilidad, reponer fuerzas para seguir al pie del cañón y esperaba que aquel paseo hasta la Universidad, disfrutando del sol y las calles de Salamanca, la hicieran evadirse al menos durante los veinte minutos que duraba el trayecto. Llegó a la fachada de la rana y no pudo evitar dirigir su mirada hacia aquel recóndito rincón donde se escondía ese animalito sobre la calavera.

–¿La has encontrado? –la voz de Sofía la sorprendió. –Vaya, qué raro encontrarnos así. ¿No me estarás siguiendo, verdad? –¿Y si así fuera, te molestaría? –de nuevo aquella mirada de picardía. –Más bien me daría algo de miedo. –Pues quédate tranquila. Lo nuestro es producto del azar. ¿Qué haces por aquí? –Tengo que ver al vicerrector para concretar unos temas. ¿Y tú?... No, déjalo, no quiero saberlo. Lo prefiero así. –Ahora eres tú la que me das miedo a mí. Algún día te darás cuenta de que soy una buena persona. –¿En serio? Eso me gustaría verlo. –Venga, que te acompaño a ver a tu vice... lo que sea. –Vale, acepto tu compañía –Lucy accedió– pero te quedas fuera del despacho. –Trato hecho. Caminaron hasta el interior del edificio y una vez en él, Sofía tuvo que parar en una de las fuentes que había repartidas a

lo largo del pasillo. –Espera, tengo una sed que me muero. La imagen de la chica tratando de atrapar el agua con sus labios era divertida. Pero algo desvió la atención de Lucy. Del despacho de Javier salían dos hombres y, a pesar de que no reconocía sus caras, su sangre se quedó helada al fijarse en que uno de ellos cojeaba. Los dos individuos venían hacia donde ellas estaban y el más alto llevaba un maletín de ordenador colgado en el hombro. De su cuello colgaba una tarjeta con el sello de la Universidad. Lucy cogió a Sofía y la empujó al interior del baño de chicas para evitar que la vieran. Sofía se quedó perpleja cuando sintió el tirón de su brazo y miró a Lucy con cara de expectación, esperando una respuesta. –Perdona –Lucy se dio cuenta de que había sido un poco brusca. –Lucy, no sé qué o a quién has visto pero la próxima vez podrías ser más suave o al menos avisarme. ¿Puedo saber

qué pasa? –Nada. He visto a una chica con la que me enrollé al llegar a Salamanca y no quiero hablar con ella. –Y ¿está buena? –Sofía trató de salir para averiguarlo pero Lucy se interpuso–. Está bien. Era broma. De todas formas, estaría bien que me pusieras al tanto de esas cosas. –Tranquila, no volverá a pasar. Oye, acabo de recordar que había quedado con mi casero para pagarle el alquiler y no puedo faltar. Me tengo que ir a casa. –Qué raro suena todo esto, no obstante no haré preguntas. Bueno sí, sólo una ¿Te apetece que nos veamos en el río esta tarde? Podríamos dar un paseo y chocarnos con los ciclistas ¿qué me dices? –Parece un plan genial –Lucy ya salía del cuarto de baño– nos vemos a las siete en el puente romano. –De acuerdo. Hasta lu...ego –Sofía se quedó hablando sola–. Siempre con prisas.

Lucy marcó el teléfono de Marta de camino a su casa. Tenía que hablar con ella urgentemente. Dejó que sonaran diez tonos antes de colgar y marcar de nuevo el número. –Venga, Marta... cógelo... –de nuevo otro tono– ¿Marta? –¡Lucy! Dime, ¿va todo bien? –Tengo que hablar contigo. ¿Puedes venir a casa? –Pues ahora mismo estoy reunida con Javier en su despacho. Podría estar en tu casa a eso de las doce. Lucy se paró en seco y no pudo articular palabra. ¿Qué hacía Marta en esa reunión? Trató de calmarse y no sacar las cosas de contexto. Seguro que todo aquello tenía una explicación y quería saberla. –¿Lucy? ¿Sigues ahí? –Sí, perdona. –Te decía que puedo estar en tu casa sobre las doce. –Mejor nos vemos en El Cisne Negro. –Vale. ¿Seguro que va todo bien?

–Luego te cuento. Adiós. Cuando la profesora entró por la puerta del Cisne Negro, Carlos salió inmediatamente a su encuentro para saludarla. –Hola, guapa. ¿Qué haces tú por aquí? –Hola, Carlos –le dio dos besos–. Pues había quedado aquí con Lucy. –Así que era eso por lo que mi chica tiene la cara tan mustia. ¿Qué le has hecho? –Eso quisiera yo saber. –Bueno, espero que la animes un poco. La tienes allí sentada, en la mesa de las lamentaciones. ¿Vas a querer algo? –Una cerveza, Carlos. Muchas gracias. –Enseguida te la llevo. Lucy volvió al mundo real cuando vio a Marta dirigiéndose a su mesa. No podía creer que estuviera involucrada en toda aquella trama. Estaba claro que tendría

que haber una buena explicación para estar presente en esa reunión. –Hola, Lucy. Voy un momento al baño

y enseguida estoy contigo –dijo mientras dejaba el bolso junto a la silla en la que estaba sentada su amiga. –Te esperaré. Marta volvió a los pocos minutos y se sentó junto a Lucy. –Me has dejado preocupada por teléfono. ¿Qué pasa? –Es una tontería. ¿Qué tal la reunión? –Bueno, bien. Javier quería hablarme del nuevo plan de estudios y organizar un poco cómo van a ser las prácticas en la biblioteca, cosa que te afecta a ti. Se ha alargado la reunión porque han venido los de la editorial del libro que está escribiendo para la Universidad y he tenido que dejarles un rato para que charlaran. –¿Editorial? No sabía que Javier estuviera escribiendo ningún libro. –Pues al parecer sí. Ni siquiera les he visto porque he salido por la otra puerta. Bueno, pero no nos desviemos del tema. ¿Qué era eso que tenías que contarme? Lucy respiró de alivio porque creyó en

lo que la profesora le estaba contando. Si ella estuviera involucrada no le habría contado lo de la visita que tuvo Javier. Además, Santiago era su amigo. Estaba claro que confiaba en ella e incluso se sintió mal por haber dudado. –¿Lucy?... –Perdona. Estaba pensando cómo decírtelo. –¿Tan grave es? Lucy le contó lo que ocurrió en la Universidad. Estaba completamente segura de que aquellos hombres eran los asesinos de Santiago y no sólo eso, sino que pensaba que el vicerrector era el artífice de toda aquella historia. –No puedo creerlo, Lucy. No imagino a Javier detrás de todo esto y menos de la muerte de Santiago. Seguro que los nervios te han jugado una mala pasada y has visto fantasmas donde no los hay. –Marta, sé que no les vimos las caras, pero el hombre que cojeaba ha estado en

el despacho del vicerrector esta mañana. –Lucy hablaba muy segura. –Digamos que Javier está involucrado. Entonces, ya sabrá que yo tengo una de las llaves porque mandó a esos matones a mi casa –Marta seguía dándole vueltas a la teoría de su amiga. –Supongo que sí. –Y ¿por qué sigo con vida? –Porque te necesita. Estoy segura de que aún le falta la tercera llave y sabe que tú le llevarás a ella tarde o temprano. Es más, seguramente piense que ya la tenemos, después de habernos seguido hasta la ermita. –¿Y se va a arriesgar a quedar con los asesinos en la Universidad el mismo día que se reúne conmigo? –Sabe de sobra que no les podemos identificar. Por eso Javier no toma precauciones y queda con ellos a plena luz del día. Es lo mejor para pasar inadvertidos. Es más, si tienen placas de policía falsas, qué no podrán falsificar para

mantener su tapadera de representantes de una editorial. Lucy sabía que era de locos pero, aún así, estaba segura de lo que había visto y confiaba plenamente en su intuición. –Marta, sólo te pido que confíes en mí. No sé cómo explicarlo, pero sé que Javier está detrás de todo esto. La profesora, reacia al principio, tuvo que reconocer que no le parecía tan descabellada la idea de Lucy. Carlos apareció entonces con la cerveza y, sin mediar palabra, la dejó sobre la mesa y se volvió a la cocina. Sabía que aquél no era el momento para interrumpir la conversación. –Vale, de acuerdo. Supongamos que todo lo que dices es cierto. Que esos hombres han sido contratados por Javier para conseguir las tres llaves sin importar el cómo. Lucy –la profesora la miró fijamente a los ojos–, estamos hablando

de asesinato. Mataron a sangre fría a Santiago y no dudarán en hacer lo mismo con nosotras. Así que, tú me dirás dónde nos coloca eso– la profesora la miraba con cara de desesperación, casi implorando una respuesta. –En un callejón sin salida. –Me alegra saber que al menos somos conscientes de ese hecho. –Mira, no sé cómo lo vamos a hacer pero te doy mi palabra de que todo acabará bien. Lo primero es pensar cómo librarnos de esos matones. –Sí, claro. La verdad que no parece complicado si obviamos el hecho de que ellos van armados y son profesionales. Pero tranquila, que a nosotras las balas nos rebotan –el sarcasmo de Marta hizo sonreír a Lucy. –Está bien.

Quizá juguemos en desventaja física y armamentística –ahora era la profesora la que le respondió con una sonrisa de medio lado– pero tenemos algo que ellos no tienen. Conoces esa biblioteca como la palma de tu mano. Sólo tendremos una oportunidad si les llevamos a nuestro terreno. –Esto no es un juego, Lucy, y no quiero que nadie más salga herido. No me lo perdonaría si te pasara algo. –¿Y qué hacemos? Yo no quiero vivir el resto de mi vida pensando que, en cualquier momento, uno de esos asesinos va a entrar en mi casa y me va a pegar un tiro en la nuca. –Sabes que pienso lo mismo, pero esto nos queda muy grande. Está claro que tenemos que llamar a la policía. El teléfono de Lucy sonó. –Ya pensaremos en algo –Lucy se levantó de la mesa–. Tengo que irme, Marta. Te llamaré dentro de un par de

días y hablaremos. –¿Es Sarah la de la llamada? Lucy la miró con los ojos húmedos. –Perdona, quizá me he metido donde no me llaman –la profesora se sintió un poco avergonzada por su actitud. –No pasa nada, Marta. En serio. De Sarah no sé nada desde hace una semana. La que llamaba era mi madre aunque eso tampoco me tranquiliza. –¿Por? Imagino que querrá saber cómo estás. –Le dije que me llamara al móvil sólo cuando hubiera pasado algo grave –una lágrima resbaló por su cara hasta morir en sus labios. –¿Quieres que te acompañe a casa? –Gracias, pero prefiero estar sola. Me voy a llamarla. Marta se levantó y la abrazó. –Te llamaré esta tarde para ver qué tal estás. Sin soltarse de ella, Lucy soltó un pensamiento que la atormentaba. –Si le hubiese pasado algo a Sarah, no

lo soportaría. –Lucy, Sarah estará bien, ya lo verás. Anda, vete a casa. –Gracias –Lucy la miraba a los ojos. –Venga, luego te llamo. Salió del restaurante sin decirle nada a Carlos. Sería Marta la que después le explicaría a su amigo el porqué de aquella fuga repentina. Cuando Lucy llegó a su piso y cogió el teléfono para hablar con su madre, se fijó en que tenía un nuevo correo electrónico de Sarah. La fecha era de ese mismo día. Dejó el auricular en su sitio y respiró hondo sin dejar de llorar por la tensión. Pensar en que a Sarah le había pasado algo la mataba por dentro. Necesitaba leer aquel mail antes de hablar con su madre, así que se sentó en la silla y comenzó. Capítulo 20 Dakota del Sur, EE.UU. Sarah cerró su ordenador portátil y lo dejó sobre la mesita. Se fijó en que estaba amaneciendo y sintió alivio porque, si todo salía tal y como el médico le dijo el

día anterior, esa misma mañana podría irse a casa después de la primera ronda. No soportaba estar encerrada de esa manera y, sobre todo, sin poder hablar con Lucy. En su mail le decía que la llamaría en cuanto llegara a casa. Por supuesto le había dicho que estaba en el hospital, pero no el motivo. Sabía que si le contaba lo ocurrido con Joseph cogería el primer avión que saliera para Estados Unidos y, a pesar de que era lo que más le apetecía, sabía que no era el momento de que Lucy apareciera. Quizá algún día, cuando estuvieran de nuevo juntas, podrían hablarlo. El ruido de la puerta la puso en alerta aunque la persona que apareció no era precisamente la que esperaba. –Hola hija, ¿qué haces despierta tan temprano? –se acercó a ella y la besó en la mejilla. –No podía dormir, mamá. Tengo ganas de salir de aquí. Pensé que eras el médico que venía ya a liberarme. –Bueno, ya no queda nada. He

preguntado a la enfermera y me ha dicho que sobre las nueve pasará tu doctor. ¿Quieres un poco de chocolate? –No, gracias. No me entra nada en el estómago. –Oye, no quiero ser pesada pero ¿te has pensado bien lo de Joseph? –Mamá, por favor, no empieces otra vez. Si no quieres que vuelva a casa dímelo y punto –Sarah estaba a la defensiva porque sabía lo que su madre pretendía y ya estaba cansada de aquella situación. –Pero si a mí no me importa que estés en casa pero hija, él es tu marido. Tuvo que controlarse para no contarle cómo había acabado inconsciente en su propia casa y que así se diera cuenta de qué clase de persona era “su marido”. –Tranquila, que en cuanto me recupere me iré de casa y no te molestaré más. –No sé por qué te tienes que poner así. Sólo quiero lo mejor para ti. Me preocupa que te quedes sola. –No estoy sola. Tengo a Lucy.

–Te pedí que no me hablaras de eso – Helen se puso nerviosa hasta el punto de tener que sentarse en la silla que había junto a la cama de su hija. –Lo siento, mamá, pero es lo que hay. Además, aunque no existiera Lucy, no volvería jamás con Joseph. –Te has propuesto matarme de un infarto y lo vas a conseguir –tuvo que desabrocharse un par de botones de la camisa para respirar mejor. Sarah se dio cuenta de que quizá, y sólo quizá, estaba siendo un poco dura con ella. –Mira, haremos una tregua. Prometo no hablarte de Lu..., bueno, de quien tú ya sabes, a cambio de que dejes de meterte en mis cosas. ¿Crees que podrás hacerlo? –Pero si yo sólo lo hago por tu.... –¡Mamá! –Bueno, vale. Tampoco hace falta que te pongas agresiva conmigo. Está bien, prometo no meterme. Si quieres, lo juro sobre la Biblia. Sarah respondió al comentario con una

sonrisa irónica. Los minutos pasaban como si fueran horas y Sarah ya estaba histérica. Por fin, con cuarenta minutos de retraso sobre la hora prevista, apareció su médico y, de su mano, la llave a su libertad. –Bueno, Sarah, aquí tienes el alta. Puedes irte a casa pero ya sabes que la semana que viene tienes que venir a que te quiten la escayola y para verte la lesión del cuello. Por ahora seguirás con el collarín hasta que el traumatólogo te lo diga. –Muchas gracias, doctor. Espero no tener que verle en mucho tiempo, al menos aquí dentro. –¿Y lo de su amnesia? –Helen estaba preocupada. –No hay nada que nos lleve a pensar que la amnesia haya sido provocada por algún problema neurológico. El scanner y la resonancia que le hicimos no muestran ninguna lesión ni daño, así que es cuestión de tiempo. Lo único bueno es que apenas son unos minutos los que se han borrado.

Hay veces que nuestro cerebro elimina recuerdos que para nosotros han sido traumáticos, una especie de mecanismo de defensa psicológico –miró a Sarah para despedirse de ella–. Espero que te mejores y que pronto puedas hacer vida normal. Antes de que su cirujano saliera por la puerta, Sarah ya estaba de pie junto al armario sacando su mochila. Tardó cinco minutos en llenarla y en sentarse en la silla de ruedas para que su madre la sacara de una vez por todas de aquel cuarto. Cuando salió a la puerta principal del hospital, tuvo que ponerse las gafas de sol para poder soportar tanta claridad. Había pasado demasiado tiempo encerrada entre cuatro paredes y esclava de una cama. El coche estaba justo en la puerta y, antes de subir, su madre se apartó de ella para contestar al teléfono. Sabía que la

llamada era de Joseph. Sólo esperó que su madre no le invitara a ir a su casa. Habían hecho un trato y confiaba en que lo mantuviera. –Bueno, ¿nos vamos a casa? Seguro que tienes ganas de ver a papá –Helen no quería hablar de la llamada. –Era Joseph, ¿verdad? –Helen la miró con cara de asombro pero no pudo mentirle. –Sí, era él. Le he dicho que te han dado el alta y que vamos para casa. –¿No le habrás invitado? –Sarah esperaba que la respuesta fuera no. –Hemos hecho un trato, ¿no? Pues eso. –Pues eso... ¿qué? –Que yo no le he invitado. Le he dicho que estabas bien y que necesitabas tranquilidad. –Gracias, mamá. Sabía que podía confiar en ti. –Por supuesto que sí. Helen arrancó el coche y concentró su mirada en la carretera. Aquel trayecto estaba siendo liberador para Sarah, que

sentía que dejaba atrás otra vida de la que poco quería saber. Capítulo 21 Salamanca, España Lucy se maldijo por no haber estado con Sarah en esos momentos, aunque se quedó algo más tranquila al saber que ya salía del hospital con sólo un pie vendado y algunos hematomas. Le contestó al correo sin hablarle de lo sucedido en los últimos días. Tenía claro que si no lo hizo en su momento cuando la tenía allí con ella, aquella tampoco sería la manera de contarle algo tan complicado. Apagó el portátil y llamó a su madre. Por supuesto, la noticia que tanto urgía era la reciente caída de Sarah por las escaleras de su casa. Al parecer, la hija de Helen perdió la consciencia con el golpe y había sufrido, como consecuencia, pérdida de memoria temporal. Lucy se extrañó porque Sarah no le había contado nada de eso. Cabía la posibilidad de que la información que le llegó a su madre no fuera del todo fiel a la

realidad pero, por otro lado, si ella misma le había omitido a Sarah determinados aspectos de su vida en España, por qué no iba Sarah a hacer lo mismo para no dañarla. Casi prefería no pensar en ello. Tuvo que interrumpir la conversación con su madre porque miró el reloj y se dio cuenta de que ya llegaba quince minutos tarde a la cita con Sofía. Bajó corriendo las escaleras de su edificio y, casi llevándose por delante al cartero, salió por la puerta como si se la llevaran los demonios. Cuando llegó al puente, Sofía se encontraba ensimismada mirando al río y escuchando música con su mp3. Miraba su reloj justo cuando Lucy se le echó encima para saludarla. –¡Hey! Ya pensaba que me habías dejado plantada –Sofía se quitó los auriculares para darle dos besos. –Siento haber llegado tarde pero tengo una buena excusa. ¿Podemos hablar en un lugar algo más apartado? Lo que te voy a contar me va a llevar algo de tiempo y

necesito que estemos tranquilas. –¿Va todo bien? Me estás asustando, Lucy –Sofía se mostró preocupada ante tanta incertidumbre. –Cuando hablemos lo comprenderás todo y podrás juzgar por ti misma. Se alejaron del concurrido puente y se sentaron bajo un árbol junto al río. Algo más de hora y media necesitó Lucy para ponerla al día sobre lo ocurrido desde que llegó a España. Ahora, tras conocer que Sarah se encontraba bien, podría centrarse en Javier y sus matones y Sofía jugaba un papel principal en aquel escenario final. –Sofía, es muy importante que entiendas la gravedad del asunto. Sé que no será fácil conseguir lo que te he pedido pero eres la única persona que conozco que puede hacerlo –Lucy se mostraba nerviosa y preocupada.

–Tranquila, Lucy. Ya veo que no es un juego pero sigo diciendo que deberías poner al tanto de todo a la policía. –Todo a su debido tiempo. Además, no quiero que anden metiendo las narices por ahí. Lo único que conseguirían sería espantarlos y necesito que todo esto termine bien. Sofía tenía sobre ella un peso enorme pero le prometió que no diría nada y que la ayudaría. –Sabes que puedes contar conmigo. No hay nada como una buena dosis de adrenalina para sentirte viva –miró a Lucy a los ojos y la abrazó. –Bueno, tengo que irme. Por favor, no olvides nada de lo que te he dicho. Y lleva mucho cuidado. Llámame en cuanto hayas conseguido lo que te he pedido. Sofía afirmó con la cabeza y, haciéndole un guiño, se despidió de ella. –La próxima vez que nos veamos nos reiremos de todo esto con un par de cervezas en la mano. –Eso espero –Lucy parecía cansada.

Su cabeza no dejaba de trabajar. Buscar la manera de salir lo menos afectada posible de aquel entramado era ahora su tarea principal aunque, por la suerte que había corrido Santiago, lo veía casi imposible. Se sentó junto al balcón siguiendo segundo a segundo el atardecer que aquel día parecía irse teñido de sangre. Aún tenía que contarle a Marta su plan y poner en movimiento todas las piezas del engranaje. Pero eso ya sería otro día. Ahora tenía otra cosa que hacer. Miró su reloj y pensó que era un buen momento para llamar a Sarah. Necesitaba oír su voz diciéndole que todo iba bien. Marcó el número de casa de sus padres y esperó a que alguien al otro lado descolgara. Estaba a punto de dejarlo cuando oyó la voz de Sarah. –¿Diga? –¿Sarah? –¡Oh, Dios! ¡No me lo puedo creer! Pero ¿cómo me llamas? Te va a salir muy caro, Lucy. –No me importa. Quería oírte y que me

contaras cómo estás –el corazón se le salía del pecho. –Eres un encanto. ¡Dios, cuánto me cuesta estar lejos de ti! –Ya somos dos. Pero cuéntame qué te ha pasado. Mi madre me contó una versión algo más complicada de los hechos. Sarah se puso nerviosa. No quería que Lucy se preocupara pero estaba claro que no había contado con que hablaría con su madre tarde o temprano. –Lucy, no ha sido nada, de verdad. No quise preocuparte. –Sarah, por favor, cuéntame qué pasó y no me mientas. No a mí –su tono era directo y serio. Lucy la estaba poniendo entre la espada y la pared. Era su mejor amiga y ahora su pareja, aunque hubiera un océano entre ambas. –Es cierto que me caí por las escaleras, pero la cosa fue un poco más grave de lo que te conté en el mail. –Dime que estás bien ahora.

–Sí, cariño. Sólo fue pérdida de consciencia por el golpe en la cabeza pero Joseph estaba conmigo y avisó a la ambulancia a tiempo. –¿Y lo de la pérdida de memoria? –Dios, ya veo que la información que le llegó a tu madre era bastante completa. –Sarah, te he pedido que no me mientas. –Lucy, no he tenido pérdida de memoria. Recuerdo cada segundo de lo que pasó antes de golpearme la cabeza. –¿Entonces? ¿A qué viene eso? Se hizo un silencio incómodo, roto solamente por el sonido del timbre de la puerta de la casa de Sarah. –Oye, tengo que dejarte. Están llamando a la puerta. Te prometo que te lo contaré todo cuando estemos juntas. El timbre volvía a sonar de fondo. –¿Y cuándo será eso, Sarah?

–Pronto, muy pronto. Te quiero... Un pitido continuo se adueñó del teléfono que Lucy era incapaz de soltar. ¿Qué había querido decir con lo de “muy pronto”? No podía quedarse así. Necesitaba que Sarah le explicara lo que significaban esas palabras y por qué había mentido con lo de la amnesia, así que volvió a marcar el número y esperó impaciente. Dakota del Sur, EE.UU. Lejos de la puerta el teléfono no dejaba de sonar y aunque Sarah sabía perfectamente que era Lucy, no podía darle con la puerta en las narices a Joseph.

–¿No vas a coger el teléfono? –Joseph miraba al interior de la casa. –Son unos pesados que quieren hacerme una encuesta –Sarah se mantenía alerta procurando no cederle terreno con una de sus muletas atrancando la puerta. –Bueno ¿no me vas a dejar pasar? Tu madre me dijo que estarías sola esta tarde porque ella se iba con tu padre al médico. Pensé que te gustaría tener compañía. Sarah no podía creer que su madre le hubiera hecho aquello. Se lo prometió y había faltado a su palabra. –No sé si será buena idea, Joseph. La verdad que no me encuentro muy bien y me gustaría acostarme un rato. De nuevo el teléfono volvió a interrumpir la conversación. –Qué pesados esos tipos ¿no? –ambos se quedaron en silencio esperando que cesaran los timbres pero lo que vino después hizo que a Joseph le cambiara la expresión de la cara. ...[En este momento no estamos, así que deja tu mensaje cuando suene la señal:

Piiiiiiiiiiii.... Sarah, no puedes dejarme así. Sé que ha pasado algo más porque si no, no te hubieras inventado lo de la amnesia. Por favor, llámame. Estoy preocupada por ti... Por cierto, yo también te quiero.] Sarah cerró los ojos con expresión de desesperación porque sabía que aquel mensaje enfurecería a su todavía marido. –Mira, Joseph.... Ahora no puedo hablar contigo ¿vale? –su voz salía temblorosa de su garganta. –¿Qué es eso tan importante que tienes que hacer para que no puedas hablar con tu marido? – su mirada helada hizo que a Sarah la recorriera un escalofrío. –No es nada. Sólo quiero descansar. –¿Y llamar a la puta de tu novia? Dime, Sarah. La situación se estaba poniendo demasiado tensa y ella tenía que ponerle fin. –Adiós, Joseph –intentó cerrar la puerta pero él metió su pie. El empujón que vino después para

abrirse camino hasta el interior hizo que Sarah perdiera el equilibrio y acabase en el suelo con las muletas a escasos metros de ella. El portazo que dio se le clavó en la cabeza y se maldijo por haberle abierto la puerta estando sola en casa. Pero lo que más sintió fue que su madre la hubiera traicionado de esa manera. Ahora ya no había forma de arreglarlo. Tenía que controlar a Joseph pero el miedo no la dejaba pensar con claridad. –Me has mentido, Sarah. No tienes amnesia. La mujer no dejaba de temblar y apenas podía articular una palabra. Pensaba en Lucy, en lo feliz que había sido a su lado aquellos días, en lo mucho que la quería y en que, posiblemente, ya nunca volvería a verla. Si salió airosa la última vez fue por la oportuna visita de la madre de Joseph pero ahora estaban completamente solos y, hasta pasadas un par de horas, Helen no regresaría del hospital con su padre. El hombre se acercó a ella con paso

decidido y la levantó del suelo sin apenas hacer esfuerzo. La cargó a su espalda y la subió a la planta de arriba. De un portazo abrió la puerta del dormitorio de Sarah y la lanzó sobre la cama. –Joseph, por favor. No te he mentido. –¿Ah, no? ¿Y por qué esa puta te ha preguntado eso en el mensaje del contestador? No me tomes por idiota, Sarah –Joseph hablaba mientras paseaba de un lado a otro de la habitación con la mirada perdida, tratando de ordenar sus ideas. –No le he dicho nada, Joseph, por favor. Se enteró de lo de la amnesia por su madre porque yo se lo oculté y por eso piensa que le he mentido –su llanto no le permitía hablar con demasiada fluidez. De pronto Joseph se paró en seco en medio de la habitación y la miró fijamente. Sarah supo entonces que lo peor estaba por llegar. –No puedo permitir que salgas de esta casa. Sé que recuerdas todo lo que pasó el día que caíste por las escaleras.

Sarah trató de tranquilizarse. Tenía que dominar la situación como fuera porque no estaba dispuesta a morir a manos de aquel hombre. Si seguía llevándole la contraria, seguramente se enfurecería aún más, así que cambió de estrategia. –Joseph, piénsalo. No vas a poder salvarte esta vez. Si me matas, tarde o temprano descubrirán que has sido tú. Mi madre sabe que estás aquí y tus huellas están por todas partes. ¿De verdad quieres echar a perder toda tu vida por alguien como yo? No sabía si haría efecto pero al menos hizo que Joseph recapacitara. El hombre que ahora estaba parado en medio de la habitación se sentó junto a ella en la cama. –Sarah, yo te amo más que a nada en este mundo. No puedo vivir sin ti –la miró con los ojos cargados de ira y dolor–. Sólo quiero que vuelvas a casa conmigo – le cogió la mano, que le seguía temblando–. Estoy dispuesto a perdonar tu infidelidad... Además yo también tengo

que pedirte perdón por lo que ocurrió. De verdad que yo no quería hacerte daño pero es que no me has dejado otra salida, Sarah. Lo único que quiero es empezar de nuevo. Sarah tenía claro que si tenía una posibilidad de salir de allí con vida era aquella y, a pesar de que no sentía nada de lo que le iba a decir, estaba dispuesta a arriesgarse. –Joseph, tú siempre has estado a mi lado en los peores momentos y eso hizo que me enamorara de ti –se acercó y le acarició la cara con el temblor aún metido en el cuerpo–. Siento muchísimo todo lo que ha pasado. Creo que los dos tenemos cosas que perdonarnos pero superaremos todo esto. Parecía que aquellas palabras estaban dando el resultado esperado. Joseph bajó la guardia y cerró los ojos con una leve sonrisa en los labios. –No sabes cuánto he deseado oír eso. Pero algo falló. Cuando abrió de nuevo los ojos y se giró a mirarla, se dio cuenta

de que el móvil de Sarah asomaba bajo la almohada. Lo cogió rápidamente y se fijó que la última llamada era al 911. –¡Maldita puta! –la bofetada que le dio lanzó a Sarah a la alfombra, salpicándola de sangre– ¿A qué estás jugando? Se acercó a ella mientras ésta trataba de buscar una posición de defensa. Fue inútil. La siguiente patada le fracturó dos costillas. Los gritos enfurecían aún más a Joseph que estaba totalmente fuera de sí. –¡Dime ahora que quieres otra oportunidad! La cogió del pelo y la arrastró hasta la cama. Sarah trataba de zafarse de su agresor pero la superioridad de éste era clara. Sus golpes apenas rozaban a Joseph, y el dolor no le permitía sacar más fuerzas. Pensó que iba a desmayarse cuando recibió un tercer golpe en la cara que le partió el labio. Quiso gritar, pelear,

hacerle pagar a aquel monstruo por todo lo que le había hecho.... Cuando se abalanzó sobre ella para quitarle el pantalón, se sintió como una muñeca de trapo. Aquel animal podría hacer con ella lo que le diera la gana. –Te lo dije, Sarah. O eras mía o no eras de nadie –no dejaba de besarla y manosearla. Consiguió arrancarle la braga y la camiseta. –Lucy... Lucy... –Sarah susurró su nombre mientras con su mano intentaba acariciarla como si la tuviera delante. Joseph no se dio cuenta de que su mujer ya no estaba en aquel cuarto con él. Se desnudó para penetrarla pero justo cuando se colocó encima de Sarah, sintió un dolor agudo que le atravesaba el pecho. Su respiración se aceleró tratando de meterle oxígeno al corazón pero sentía que, a cada exhalación, su vida se le escapaba. Su último suspiro llegó mientras trataba de besar a su mujer. Helen, derrotada, dejó caer la pistola

al suelo y se apresuró a atender a su hija. Llamó a una ambulancia tras confirmar que seguía con vida y la vistió para que no la vieran así. Trajo del cuarto de baño una toalla mojada para limpiarle la sangre de la cara y de pronto, al verla con la cara desfigurada, sintió que todo aquello había sido culpa suya. No dejaba de llorar mientras la abrazaba y le pedía perdón. –¡Lo siento tanto, Sarah! ¿Cómo he podido hacerte esto? –Me has salvado la vida, mamá – consiguió balbucear antes de desmayarse. Capítulo 22 Salamanca, España Ajena a lo que sucedía al otro lado del Atlántico, Lucy no dejaba de repasar mentalmente cada palabra de su conversación con Sarah y seguía sin poder darle otra

explicación a aquellas palabras: “estaremos juntas muy pronto”. Sarah pensaba irse a España con ella pero ¿cuándo lo había decidido? ¿Qué la había hecho cambiar de idea tan pronto? Lucy sabía que antes de plantearse algo tan importante tendría que solventar algunos asuntos en casa, especialmente con Joseph, y eso le llevaría algunos meses. Y luego, estaba la enfermedad de su padre y el dejar sola a su madre con el supermercado. Eran demasiados obstáculos para que Sarah decidiera de buenas a primeras dejarlo todo. Además, ella nunca tomaba una decisión a la ligera y eso fue lo que más extrañó a Lucy. Si Sarah quería irse de su ciudad tendría un buen motivo para hacerlo. Dejando a un lado a Sarah, de la que no había vuelto a tener noticias desde que le dejó el mensaje en el contestador, trató

de recomponer en su mente cuáles serían los siguientes pasos que daría con Javier. El único punto que tenía claro era que el vicerrector estaba metido en aquel asunto pero desconocía el motivo. Si Marta estaba en lo cierto, el contenido de la Sala bajo la biblioteca era la clave para resolver aquel misterio. Sofía la llamó dos días después de su charla en el puente. Todo había salido según lo previsto y debían seguir con el plan. Con la primera luz del día cogió su mochila y salió en dirección a casa de Marta. Supuso que estaría levantada. Llamó al timbre y, después de un par de minutos, una mujer adormilada envuelta en una sábana se asomó por el hueco de la puerta. –¿Lucy?.. ¿Va todo bien? –Perdona que haya venido tan temprano pero no he podido dormir y

necesitaba hablar con alguien. –No pasa nada. Pero ¿qué ha pasado? ¿Sarah está bien? Lucy le contestó con un gesto de preocupación. –¿Me preparas un café? –Eso está hecho. Ponte cómoda en el sofá que vuelvo enseguida. Lucy estaba sentada cuando se percató de que alguien bajaba las escaleras. Sólo pudo ver la espalda de una mujer delgada, de pelo ondulado castaño y piel morena, que vestía un pantalón de pijama amplio y una camiseta de tirantes. La mujer, que entraba en la cocina, no se percató de su presencia. Marta sintió los brazos de Ruth rodeándole la cintura. –Mmm... ¡Qué bien huele ese café! –Siento que te haya despertado el timbre. ¿Por qué no tratas de dormir otro rato? –¿No me vas a decir quién ha llamado? –Es Lucy. Pensé que la habías visto en el salón.

–Vaya, creo que voy demasiado dormida. Va a pensar que soy una maleducada. Será mejor que vuelva a la cama –Ruth besó a Marta en el cuello– pero que sepas que me debes un desayuno –le dijo mientras lograba alcanzar un bollo de la bandeja que ésta llevaba en las manos. –Te doy mi palabra de que te lo subiré en cuanto Lucy se vaya –ahora fue Marta la que se despidió de ella con un beso en los labios. Mientras Marta dejaba la bandeja sobre la mesita del salón, Ruth salía de la cocina y, desde el inicio de la escalera, saludó a Lucy al ver que ésta la miraba. Lucy le respondió con una sonrisa de complicidad. –Oye, siento si he interrumpido algo – Lucy se sentía mal por haber aparecido de aquella manera en su casa. –Tranquila. Estaba a punto

de levantarme –Marta no quiso hablar sobre Ruth, pensó que aquél no era el momento–. Bueno, cuéntame qué es eso que no te ha dejado dormir. Lucy la puso al tanto de la conversación que tuvo con Sarah y de la sensación que tenía de que algo no marchaba bien. Pero tampoco quiso darle demasiadas vueltas. Pensó que ahora había un tema más importante que tratar. –...pero será mejor que solucionemos primero el problema que tenemos entre manos –Lucy quiso centrarse en Javier. –¿Y qué es lo que propones? –Mostrar nuestras cartas. –Tú dirás... –Marta escuchaba atenta. –Ahora mismo no puedo contártelo todo, pero te aseguro que mañana a esta hora todo habrá terminado. –¿Qué vas a hacer, Lucy? Esos tíos son profesionales y no dudarán en matarnos si tienen la más mínima oportunidad. –Tranquila que no la van a tener. ¿Aún conservas las llaves de la biblioteca y del

despacho de Santiago, verdad? –Sí. Las llevo en mi bolso. –Pues necesito que las traigas esta noche y la que llevas al cuello también. –Sabes que siempre la llevo conmigo pero ¿qué vas a hacer? Sólo tenemos mi llave y la que encontramos en la ermita, que tú guardaste, pero sé que esa llave no abrirá la Sala. No podemos ofrecerle nada a Javier. –Pero eso él no lo sabe. Quedaremos a las doce en la plaza de la Universidad. –No cometas ninguna locura, Lucy. Podemos llamar a Raúl y que él nos diga qué hacer. –Marta, sabes tan bien como yo que la policía lo único que hace es joderlo todo, y lo que aquí está en juego es demasiado importante. –Sólo quiero que me prometas que no correrás ningún peligro. –Descuida –Lucy sabía que la estaba engañando pero no quería darle más información para poder seguir adelante con el plan–, te veré esta noche –Lucy se

levantó y se despidió de ella con un par de besos antes de salir de allí. De camino a casa recibió un mensaje de Sofía donde le decía que en media hora estaría en su casa. Ya no había marcha atrás. Había llegado al punto de no retorno y eso significaba que seguir viva al día siguiente dependería de cómo se desarrollaran los acontecimientos aquella noche. Eran las doce menos cinco cuando Marta apareció en el lugar indicado y se encontró con Lucy. Apenas deambulaban por la calle algunas parejas paseando. De forma más que discreta, Marta abrió una de las puertas de la fachada de la Universidad y ambas se introdujeron en el interior. Cuando fue a cerrarla con llave por dentro, Lucy le advirtió que no lo hiciera porque esperaban visita.

–Vamos al despacho de Santiago y te lo explicaré. –No sé por qué intuyo que ésta no va a ser una noche muy tranquila –Marta se dirigió al despacho y abrió la puerta. Respiró profundamente antes de entrar. –Sé que te cuesta estar aquí pero no se me ocurrió un lugar mejor. –¿Se puede saber a quién esperamos? –A Javier… –¿Cómo que a Javier? ¿Te has vuelto loca? No sé a ti, pero a mí no me apetece que me peguen un tiro esta noche –la expresión de Marta era de absoluto desconcierto. –Si todo sale según lo planeado, nadie saldrá herido. –¡Joder, Lucy! No estamos hablando de delincuentes normales. Esa gente mata por dinero –los nervios de Marta le hacían levantar la voz. –Marta, por favor, cálmate. Te doy mi palabra de que todo acabará muy pronto. –Ya, ¿pero a qué precio, Lucy? –Javier quiere lo que tenemos y esa es

nuestra mejor baza. –Se acercó a ella y le habló muy serena para tranquilizarla–. Confía en mí, Marta. La conversación fue interrumpida por el sonido del portón. –Debe de ser él. Lucy se giró para ir hacia la puerta pero Marta le cogió la mano. –Ten cuidado –no pudo evitar que su mirada reflejara el miedo que sentía. Lucy la observó durante un breve segundo y se dio cuenta de la enorme responsabilidad que tenía encima. Le acarició la mejilla y, sin decir nada, se marchó a abrir la puerta. Aquellos veinte segundos fueron los más largos de su vida. Pensar en lo que ocurriría a partir de aquel instante en el que dejara entrar a Javier no la tranquilizó en absoluto. Sabía que todo estaba organizado pero la sensación de que algo iba a salir mal no la abandonó en todo el día. Tal y como imaginó, no apareció solo. Le acompañaban sus dos esbirros a modo de protección. Lucy sabía que con ellos

dentro, no tendría ninguna posibilidad. Divide y vencerás, esa era la clave. –El trato es sólo contigo. Javier sonrió levemente y con un movimiento de cabeza hizo que sus acompañantes retrocedieran. Cerró la puerta con llave y suspiró antes de llevar a Javier hasta la oficina de Santiago. –Lucy, ninguno queremos que esto salga mal. Si me das lo que quiero, me iré por donde he venido y no volverás a verme. Tengo intención de irme de España y lo que hay en esa Sala me va a ayudar a hacerlo. –Nada de esto tiene que ver conmigo y créeme que soy la primera que quiere que acabe –no quiso mirar a Javier para no parecer insegura. Tenía que seguir controlando la situación. Por fin llegaron al despacho donde Marta les esperaba con una actitud nerviosa sin dejar de pasear por la habitación. –Marta,

será mejor que nos acompañes. El gesto de la profesora fue de absoluto desprecio al ver a Javier. Se acercó a escasos centímetros de su rostro y le dijo entre susurros–: ¡vas a pagar por lo que has hecho, hijo de puta! La tensión de su mandíbula, la furia de sus ojos y su serenidad en la voz, hizo que Lucy, por un momento, pensara que podría cumplir su promesa. Nunca había visto así a la profesora pero estaba claro que aquella situación la había desbordado. –Marta –le dijo Lucy mientras la asía por el brazo para desviar su atención– terminemos con esto de una vez. Se miraron a los ojos y la profesora asintió con la cabeza. Rodeó la mesa y, de un cajón de la mesa de Santiago, sacó una llave. Los tres, con Javier a la retaguardia para poder controlar en todo momento sus movimientos, llegaron al despacho que

había junto a la biblioteca. Marta lo cerró por dentro y volvió a sacar la llave que les llevaría a la nave central. Javier no apartaba la vista de cada paso que daba la profesora. Abrieron el portón y accedieron a la biblioteca. El vicerrector sabía que estaban muy cerca y cuando Marta terminó de cerrar con llave aquella entrada, se dio cuenta de que las cosas se habían complicado. Javier cogía a Lucy por un brazo mientras con una pistola le apuntaba a la cabeza. –¡Basta ya, Javier! Esto no es necesario. ¿No ves que no va armada? Algo no marchaba bien. Marta ya no era la mujer nerviosa y enfurecida que había visto en el despacho. –No me la voy a jugar. Llevamos mucho tiempo detrás de esto y una yankee de mierda no lo va a joder ahora. La cara de Lucy era de auténtico desconcierto. Miró a Marta pero ésta agachó la cabeza. –Marta, mírame –la profesora no

respondía a su petición y eso no era buena señal–. ¡Joder, Marta! ¿qué significa “llevamos”? Dime que no estás metida en esto, por favor. –Vaya, parece que has hecho demasiado bien tu papel. La verdad que ahí fuera yo mismo creí que serías capaz de matarme –Javier sonreía con sarcasmo. –Cierra la boca. Además dudo mucho de que esta noche podamos llevarnos nada. Sólo he conseguido dos llaves. –Tranquila, que de eso me encargo yo –Javier sacó de su bolsillo una llave idéntica a la de la profesora. –¿Cómo es posible? –Digamos que mi tío “Don Mateo” confiaba demasiado en mí. Fue muy fácil engañarle. Él me contaba las historias de esos libros y yo hacía como que me interesaba. Necesitaba a alguien que siguiera con su misión cuando él faltara y,

por supuesto, su queridísimo sobrino se había ganado toda su confianza. Lo que no se imaginaba es que mi única intención era hacerme rico algún día gracias a esos viejos libros. –Entonces ¿para qué me necesitas? –Nunca he visto esa Sala. Santiago nunca me lo ha permitido. Encontrarte fue una casualidad y una suerte. –Genial..., pues acabemos con esto cuanto antes –Marta miró a Lucy tratando de pedirle perdón con la mirada. –Dime que no es verdad –Lucy miró a Marta y supo que todo había dado un giro inesperado–. Lo imaginé el día que hablé contigo y me dijiste que estabas en su despacho. ¡Joder! ¿Cómo pude ser tan imbécil y creer que no tenías nada que ver? –Lucy, no sigas –la profesora se sentía avergonzada. –¡Hija de puta! Has jugado conmigo y lo peor es que has permitido que mataran a una persona. –Aquello fue un gran error. Yo no tenía

ni idea de que iban a venir a por Santiago ni que entrarían en mi casa –ahora Marta miraba a Javier con odio. –¡Hey!, oye, ya te dije que se les fue de las manos –Javier trataba de justificarse. –¿Y qué vas a hacer ahora? –dijo Lucy sin dejar de mirar a la profesora– ¿Vas a dejar que este cerdo me pegue un tiro? O mejor aún ¿por qué no me matas tú misma? –ahora era el odio el que hablaba por ella. –Lucy, no quería que las cosas salieran así pero no tuvimos otra opción –Marta quería que aquello terminara. Sin esperarlo, Lucy la abofeteó dejando marcada su cara. Fue Javier el que frustró el segundo intento. –De verdad que nada me gustaría más que ver a dos mujeres peleándose, pero lo cierto es que quisiera salir de aquí cuanto antes y, a poder ser, con esos manuscritos –el vicerrector parecía estar disfrutando con aquella escena. Marta se tocaba la cara para tratar de aliviar el dolor mientras se dirigía a la

puerta de entrada al sótano. Sacó un par de linternas de un armario de la biblioteca y se dirigieron a la escalera que les llevaría a la habitación de los Libros Prohibidos. –Vamos, Lucy. Tú irás la primera – Javier la apuntaba con el arma. Por fin llegaron a la última puerta y Marta se quitó la llave que llevaba colgada al cuello para abrir el portón de hierro. Entraron en la sala y la cerró por dentro. –Bueno, creo que es hora de hacernos ricos. ¿No te parece? –Javier miraba a Marta con una alegría desorbitada en su rostro–. Tú, ¡abre esa puerta de una vez! – le dijo a Lucy mientras la seguía apuntando con el arma, a la vez que con la otra mano le daba su llave. –Necesitaré también la de Marta – ahora Lucy miraba a la profesora. –Y la de Santiago, ¿no? –Marta sabía que la llave que se suponía que era de su amigo, y que encontraron en la ermita, no

abriría aquella puerta. –Por supuesto. La de Santiago también –le dijo mientras Marta se las entregaba. Lucy se acercó a la puerta con las tres llaves y las introdujo en sus correspondientes cerraduras. La profesora miraba incrédula los movimientos de la joven porque estaba convencida de que no se abriría la puerta pero cuál fue su asombro cuando oyó cómo los resortes de las tres cerraduras desbloquearon aquella entrada. Javier empujó a Lucy para que se quitara de su camino. –Por fin, después de tanto tiempo... – respiró profundamente antes de abrir las puertas e introducirse en

aquel habitáculo– pero... ¿qué coño significa esto? –Javier estaba muy cabreado– ¡No puede ser! –gritaba mientras caminaba por aquella Sala repleta de estanterías vacías. El vicerrector salió de la Sala de los Libros Prohibidos y se dirigió a Marta. –¿Quieres explicarme qué mierda está pasando aquí? –dijo mientras la apuntaba con la pistola. –No tengo ni idea –la profesora parecía nerviosa y su cara era de auténtico desconcierto. Javier amartilló su pistola y posó el cañón sobre la cabeza de la profesora. –¿Qué coño haces? –el miedo de la mujer hizo que su voz temblara. –Tienes diez segundos para decirme dónde has metido esos libros o saldrás de aquí con los pies por delante. –Ella no tiene nada que ver –soltó Lucy desde la otra punta de la salita. Los dos se giraron y la miraban con expectación. –¿Cómo es posible? –Marta no entendía cómo podía haberlo hecho.

–¿Y eso qué más da? Sabía que, si llegábamos aquí, Javier acabaría con las dos. Nunca ha tenido intención de dejarnos escapar. Y ahora que sé que estás con él –dijo mirando a Marta–, está claro que las posibilidades de salir de aquí por mi propio pie se han esfumado por completo. Si tengo que morir esta noche, no va a ser en este agujero. Así que, si queréis esos libros, aceptaréis mis condiciones. Javier se acercó a ella lleno de ira y la encañonó, haciendo una leve presión con su dedo índice sobre el gatillo. Fue Marta la que se interpuso entre ambos e intentó separarles. –Javier, por mucho que nos joda, tiene razón y si queremos lo que hemos venido a buscar, será mejor que le sigamos el juego –Marta no sabía dónde quería llegar pero parecía la única salida. Lucy era una chica muy lista y lo estaba demostrando. Pero algo extraño pasó en ese instante, algo que Marta no supo bien cómo interpretar. Al colocarse entre Lucy y

Javier para separarles, apoyó una de sus manos sobre la cintura de la chica mientras trataba de calmar a Javier. Fue entonces cuando notó la mano de Lucy acariciándole la muñeca. Javier trató de respirar durante unos segundos antes de bajar el arma. –Está bien –le dijo a Marta– pero esa puta acabará pagándolo –ahora miraba a Lucy–. Esta bromita te va a costar muy cara. –De acuerdo. Tú dirás qué quieres que hagamos –Marta se giró para verle los ojos e intentar descifrar en su mirada algún mensaje que le explicara el significado de aquella caricia, pero la chica seguía con su rostro impasible. –Tú te quedarás aquí encerrada y sólo me acompañará Javier. Dame todas tus llaves –Lucy extendió la mano a la espera de que la profesora se las entregara. Marta pensó que aquello no tenía sentido. Si quería salir con vida estaba claro que debía ser Javier quien se quedara en aquel cuarto y no ella. Algo

estaba tramando. –Y ¿cómo sé que volveréis a por mí? – preguntó Marta. –Tranquila. Cuando esto haya acabado, le daré las llaves a Javier. De él dependerá que salgas de este agujero – dijo Lucy mirando al vicerrector. –¿Javier? –la profesora interrogó esperando respuesta. –¡Oh!, vamos... Claro que vendré a por ti. No tengo elección. Estamos juntos en esto desde el principio –el tono de su voz dejaba claro que no volvería a por ella. Se dirigieron a la última puerta que les conduciría al pasillo que había tras el cuadro de los Jinetes del Apocalipsis y Lucy salió primera. Javier salía por la puerta cuando de pronto se detuvo y se giró hacia la profesora. –Por cierto, Marta. Gracias por tu inestimable colaboración. Apenas en unas décimas de segundo, levantó el arma y disparó dos veces sin que Lucy pudiera hacer nada por impedirlo. Lo único que pudo ver fue a

Marta desplomándose en el suelo antes de que aquella puerta se cerrara. –¡Hijo de puta! –se abalanzó sobre él para golpearle pero fue inútil. –Relájate si no quieres acabar como ella. Además, qué más te da, si te ha estado engañando todo este tiempo. –No era necesario que muriera nadie más. –Déjate de melodramas y camina que no tengo todo el día. Capítulo 23 Salamanca, España Sofía vio cómo Lucy y Javier salían de la Universidad y se reunían con los dos hombres que se encontraban junto a un coche negro, del que ya anotó la matrícula. Cuando abandonaron el lugar, se dirigió a la puerta por donde habían salido y con un juego de llaves que sacó de su mochila, la abrió. Tal y como le había pedido Lucy, se dirigió a la ermita y localizó la entrada a la Sala de los Libros Prohibidos. Sabía que Marta estaría al otro lado, lo que no esperaba era

encontrarla en esas condiciones. –¡Joder, te han disparado! Sofía vio sangre pero no demasiada, así que imaginó que la profesora seguiría viva. Se acercó a su nariz para sentir su respiración a la vez que, con sus dedos índice y corazón, le tomaba el pulso en la muñeca. El latido era leve pero al menos existía. De pronto balbuceó algo que al principio era incomprensible. –Soy....... cía.... Sofía no entendía lo que quería decir hasta que aquella mujer sacó de uno de los bolsillos de su pantalón vaquero una placa de policía. –Tranquila, estoy al tanto de todo. – ...vier...t...ene...ucy. –Ahora hablaremos de Lucy. Lo primero es ver si tienes heridas graves. Aquí hay una entrada de bala pero no veo sangre ni el proyectil. Marta consiguió levantarse la camiseta y dejar al descubierto parte de un chaleco antibalas. –Chica lista –dijo Sofía y le dejó un

tiempo para que se incorporara–. ¿Puedes andar? Porque tenemos que salir de aquí cuanto antes. Marta asintió con la cabeza y se apoyó en ella para ponerse de pie. Cuando llegaron a la ermita, Marta se sentó en uno de los bancos para examinarse la herida en el hombro que le había producido el otro disparo. –Eso tiene que doler –dijo Sofía señalando la herida del brazo. –No es nada. Por suerte sólo me rozó – su lenguaje ya era fluido y podía mantener una conversación normal–. Tienes que decirme dónde ha ido Lucy. –A una ermita de un pueblo que está a una hora de camino más o menos. Por la carretera norte. –¿Qué vas a hacer, Lucy? Esos tíos te van a matar.... –Marta pensaba en voz alta mientras sacaba su móvil y marcaba el número de su compañero– “Raúl... sí, estoy bien...., ya te lo explicaré. Se han ido de la Universidad y van camino de la ermita. Tienes la dirección en la carpeta

que hay sobre mi escritorio. Espera....” – dirigió su mirada a Sofía mientras tapaba el micrófono del móvil– ¿tienes coche? – Sofía le enseñó la llave de su Mini Couper y Marta volvió a su conversación telefónica– “...no te preocupes, nos vemos allí. Y Raúl, esos tíos van armados y no dudarán en matar a la chica cuando les dé lo que quieren...” –colgó su teléfono y se dirigió a Sofía para cogerle la llave que tenía en la mano, pero la chica la apartó. –¿Qué significa lo de que van a matar a Lucy? –Sofía se estaba poniendo cada vez más nerviosa. –Si llego a tiempo no le va a pasar nada, te lo garantizo. Pero tengo que irme ya.... –Marta seguía con la mano extendida para que Sofía le prestara la llave. –De eso nada, yo iré contigo. Si no voy yo, no hay coche. Marta se resignó. –De acuerdo, pero te quedarás en el coche esperando. Ambas salieron del edificio y se montaron en el Mini de color rojo que

había aparcado en una calle perpendicular a la Universidad. –¿Sabes ir?– preguntó Marta. –¿Quién crees que llevó allí esos manuscritos? –No sé por qué no me sorprende. Recuérdame que hablemos cuando todo esto acabe. Marta sacó de su bolso un equipo de transmisiones y lo encendió. A los pocos segundos alguien intentaba localizarla. –“Cobra 60 para Cobra 62. ¿Estás por este medio?” –Adelante para Cobra 60 –contestó la inspectora. –“Los objetivos circulan por la Nacional 630. La última localización, de hace unos cuatro minutos, es a unos 70 kilómetros de nuestra ermita” –Recibido. Yo ya voy de camino. Nos vemos allí –Marta cortó la comunicación y se dirigió a la conductora–. Por cierto, me llamo Marta. –Y yo Sofía. –Un placer conocerte. Y... gracias por

sacarme de allí. –De nada. Digamos que cumplía órdenes –Sofía sonrió con ironía. Las únicas luces que se veían en las inmediaciones de la ermita de Don Mateo eran las del vehículo Mercedes de color negro que conducía uno de los asesinos de Santiago y que se detuvo a escasos metros de la entrada principal. Javier bajó con Lucy y les indicó a sus cómplices que se mantuvieran a la espera. Caminaron hacia la puerta lateral que se encontraba abierta tal y como Sofía la había dejado. Fue Lucy la primera que entró, seguida del vicerrector, que no dejaba de apuntarla con su pistola. El interruptor de la luz se encontraba en la nave principal. Cuando Lucy lo accionó, el altar se iluminó dejando ver el cuarto que había al otro lado. –Hay unas cajas en ese despacho. Es todo lo que encontré en la Sala de Los Libros Prohibidos –Lucy señaló al otro extremo de la sala–. Espero que encuentres lo que buscas.

–Vamos –le indicó con la pistola– no pienso perderte de vista hasta que lo vea con mis propios ojos. Entraron en el despacho y, efectivamente, allí estaban las cinco cajas llenas de libros y manuscritos. Javier empezó a buscar y no fue hasta su tercera caja cuando encontró lo que con tanto anhelo había buscado. –Aquí están –su cara era de auténtica felicidad e incluso no pudo evitar soltar una carcajada–. Por fin los tengo en mis manos. Sabía que se estaban trasladando todos los ejemplares de la Sala para devolverlos a El Escorial, por eso sólo encontraste estas cajas, pero a estos libros –dijo señalando los dos que tenía en su mano– les espera un futuro más prometedor. –¿De verdad merece la pena matar por ellos? –Lucy le miraba con rabia e

impotencia. –No tienes ni idea de lo que son ¿verdad? –Javier la miraba orgulloso de su hallazgo–. Pero claro, tú que vas a saber –ahora su gesto era de desprecio–. Estos manuscritos esconden un secreto por el que la propia Iglesia está dispuesta a pagar tres millones de euros. –¿La Iglesia? –Lucy se sorprendió al oír aquella revelación. –Digamos que hay una parte de esa respetuosa Institución que no dejaría que determinados “conocimientos” vieran la luz del día. Mi tío me habló de estos dos ejemplares, que pertenecieron a la colección particular de Felipe II, y me dijo que algún día volverían a ocupar los estantes de la Bibliotheca Abscondita de El Escorial. Un lugar que, a fecha de hoy, sólo unos pocos afortunados conocen y, por desgracia, yo no soy uno de ellos. Así que éste era el momento para conseguirlos y he de decir que vosotras y ese viejo me habéis sido de gran ayuda. –Nada vale tanto como dos vidas

humanas. –Qué bonito te ha quedado eso –Javier la miraba con cierta lástima–. No, en serio, podrías dedicarte a la poesía si no fuera porque vas a morir esta misma noche. Disfruta de tus últimos minutos mientras cargamos el coche. Javier llamó con su teléfono a sus hombres y, en cuestión de segundos, ambos entraron en la ermita directos al despacho a cargar con las cajas. –Cuando dejes esa caja, quédate fuera vigilando que no viene nadie y que esta niñata no sale por esa puerta –Javier se dirigió al más alto de los dos. Lucy aprovechó el primer viaje que hicieron al coche para confirmar que la trampilla del sótano que había en un lateral de la nave escondida tras uno de los bancos, estaba al descubierto. Fue cuando transportaron las dos últimas cajas y se quedó sola en la nave, cuando la abrió y accedió al sótano, no sin antes atascar el portón con una palanqueta que Sofía le había dejado. Su corazón le iba a

estallar. Era cuestión de tiempo que la policía apareciera pero, mientras, tenía que tratar de seguir viva y aquella le pareció la mejor opción. Esperó en silencio intentando adivinar qué estaba ocurriendo en la sala de arriba y, como supuso, las voces no tardaron en aparecer. –Bueno, señorita –Javier se estaba poniendo unos guantes mientras caminaba hacia la zona de bancos– ha llegado... –no la vio en la sala y tampoco en el despacho– ¡Joder, Estefan! –el grito hizo retumbar toda la estancia y los dos matones hicieron su aparición–. Te dije que vigilaras la jodida puerta ¿tan complicado resulta? –Javier estaba furioso. –¿Qué coño estás diciendo? Por esa puerta no ha salido nadie, gilipollas. Y más te vale que controles tu forma de hablarme– la actitud de aquel hombre era

desafiante. –Perdone, señorita, no sabía que era usted tan sensible. Fue el hombre más bajito el que tuvo que intermediar para que los ánimos se calmasen. –Creo que avanzaremos más si la buscamos por aquí dentro ¿no os parece? No puede haber ido muy lejos. Lucy rezaba porque no la descubriesen. Jamás en su vida había pasado tanto miedo y aquél era real, del que te paraliza todo el cuerpo porque sabes que todo acabará en unos minutos y no hay manera de evitarlo. –Joder, Sofía, ¿dónde te has metido...? –Lucy estaba empezando a impacientarse. Fue Javier el que, tras tropezar en la alfombra, se dio cuenta de que lo que había debajo era la entrada a un sótano. Se puso el dedo índice en la boca mientras señalaba el suelo para indicarles a sus compañeros que no dijeran nada. –Tendremos que buscarla fuera –sabía que

Lucy estaría escuchando y posiblemente eso la haría subir–. Ya lo hemos registrado todo aquí dentro, ha tenido que escapar por algún sitio. Esa zorra no puede estar muy lejos –con gestos, les indicó a sus hombres que se marcharan al coche. Lucy sintió que algo no iba bien. Demasiado silencio de golpe. Había oído pasos saliendo de la ermita pero aquel silencio la desconcertaba. Se acercó a la escalera que la llevaría a su libertad cuando de pronto un zumbido le pasó rozando la oreja. Cayó al suelo de espaldas con un pitido ensordecedor que no le permitía oír nada de lo que estaba ocurriendo allí arriba. Notó un segundo disparo incrustándose en su pierna y sintió la sangre saliendo por la herida. El grito de dolor que soltó se oyó en la sala y Javier supo que la había alcanzado. Aquello iba a ser más

fácil de lo que había pensado porque sería cuestión de tiempo que muriera allí abajo. Pero algo llamó la atención del vicerrector. Ahora los disparos venían de fuera. Al mirar por la ventana no daba crédito a lo que veían sus ojos. La mujer que acababa de matar de un disparo a Estefan y había herido a Dimitri, era Marta. –Javier... la poli... ¡joder, esa puta me ha dado! ¡Dijiste que la habías matado! Mierda, estoy perdiendo mucha sangre... ¡Aggggggg! –Dimitri entraba por la puerta lateral huyendo de la mujer armada pero se desplomó cuando llegó a la trampilla. Javier no intentó ayudarle. Sabía que iba a morir irremediablemente porque el proyectil le había alcanzado la arteria femoral y era prácticamente imposible detener aquella hemorragia. Ahora tenía otra preocupación. Marta le había engañado también a él y sabía que no estaría dispuesta a dejarle salir de allí con vida, sobre todo después de que él hubiera intentado matarla.

Preparó su cargador y se colocó tras la puerta para salir. Contó hasta tres y puso su primer pie en la calle cuando se tropezó de lleno con Marta, que le asestó el primer golpe en la muñeca haciéndole perder el arma. Javier respondió con un puñetazo que alcanzó la mandíbula de la inspectora, haciéndola caer al suelo y fue en busca de su arma pero, cuando estaba a punto de cogerla, Marta ya se había levantado y le apuntaba con su revólver. –¡Ni se te ocurra, Javier! –Marta sentía la sangre saliendo por su labio. –Vaya. Esto sí que no me lo esperaba. Tú, ¿policía? –No, Javier. Yo, inspectora. –Y ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Matarme? –el vicerrector hizo ademán de agacharse pero ella disparó a escasos centímetros. –Vaya, parece que tienes agallas. –Sobre todo después de que me dejaras en aquel cuarto dándome por muerta. Te hubiera gustado ¿verdad? –No quería dejar cabos sueltos. Además, prefiero no repartir el dinero. En

realidad, me has hecho un favor matando a esos dos gilipollas. Pero a mí no me matarás. –¿Y eso por qué? –Me necesitas para encontrar a tu amiguita. Marta sabía que tenía razón y que no podía hacer nada contra eso por más que quisiera meterle un tiro entre ceja y ceja a aquel cerdo. –¿Qué has hecho con ella? –Haremos un trato. Yo te la devuelvo y tú me dejas marchar. –Tengo uno mejor –Marta sacó de su bolsillo unos grilletes y le esposó por delante–. Tú me dices dónde está Lucy y yo no te mato ¿cómo lo ves? Javier accedió a lo que le decía y se dirigió al interior de la ermita, delante de ella. Llegaron a la altura de la trampilla y señaló hacia abajo. Javier, sin que Marta se diera cuenta, cubrió con la alfombra la pistola que Dimitri –cuyo cuerpo sin vida se encontraba junto a la trampilla– tenía en su mano derecha.

–Ahí la tienes, si la quieres. Marta vio los agujeros de bala en el portón de entrada y no pudo evitar ponerse nerviosa. –¿Lucy? –la llamó sin recibir respuesta– ¿Lucy, estás bien? –todo seguía en silencio– ¡Maldito cabrón! ¿Qué le has hecho? –la furia de Marta era más que evidente. Se abalanzó sobre él tirándole al suelo y le golpeó con todas sus fuerzas mientras le tenía inmovilizado con sus piernas. Sólo paró cuando se dio cuenta de que otro golpe más acabaría con su vida. Le dejó allí tirado, con la cara irreconocible por los golpes, mientras buscaba algo para abrir aquella trampilla. Pero su obsesión por encontrar a Lucy le hizo desatender a su agresor que, arrastrándose casi sin fuerzas, llegó hasta Dimitri y le arrebató la pistola. Se puso

de rodillas y levantó el arma amartillándola mientras apuntaba a la espalda de Marta dispuesto a disparar. –¡Al suelo! –la voz de Raúl alertó a la mujer que de inmediato se tiró tras uno de los bancos mientras el inspector disparaba su arma. Cuando Marta se levantó vio el cuerpo sin vida de Javier, con una bala en la cabeza. –Mira que siempre te ha gustado hacer las entradas a lo grande –Marta se alegraba de ver a su amigo. –¡De nada, eh!

–contestó su compañero. –Gracias Raúl, no esperaba menos de ti. Anda, ayúdame a abrir esa trampilla. La chica está ahí abajo y no sé lo que le ha hecho ese cabrón. –Tranquila, la ambulancia está al llegar. Bajó por las escaleras y con la linterna pudo ver a Lucy tumbada en el suelo, temblando de frío, junto a un charco de sangre. Seguía con vida pero Marta sabía que de un momento a otro podría perder el conocimiento. Le hizo un torniquete en la pierna con su cinturón mientras le hablaba para que no se durmiera. –Lucy... Lucy. Vamos niña, tienes que seguir despierta. Aquella voz la descolocó. –¿Marta?... No puede ser. Te vi morir –Lucy no daba crédito a lo que veía. –Esto te va a doler –apretó el cinturón para detener la hemorragia.

–¡Joder! –su cara era de verdadera angustia y a punto estuvo de desmayarse. –Ya está –la abrazó para que entrara en calor mientras esperaban la ambulancia. –Te disparó... –Lucy apenas podía hablar. –Los policías somos inmortales ¿no lo sabías? –Marta le enseñó el chaleco. –Oye... –Lucy quiso sincerarse con ella– siento mucho haberte dejado allí abajo pero no tenía otra opción... –Da igual. Ya hablaremos más tranquilamente cuando todo esto haya pasado ¿vale? Ahora lo importante es que estás viva. Por un momento pensé que ese hijo de puta te había matado. –Marta la abrazaba para que dejara de temblar. –Sabía que podía confiar en Sofía y que llegaríais a tiempo con toda la caballería. Sólo era cuestión de tiempo. Ambas se quedaron en silencio, mirándose con complicidad y

comprendieron que todo había terminado y que lo que habían pasado juntas sería algo que las uniría de por vida. –¿Sabes una cosa? Necesito unas largas vacaciones –Marta sonreía. –Creo que yo también. Tres ambulancias llegaron a la zona para atender a los heridos aunque, en este caso, lo único que pudieron hacer los sanitarios fue certificar la muerte de tres hombres. A Lucy la atendieron en el mismo sótano antes de sacarla de allí en camilla. Una vez en la calle, la inspectora se acercó a su compañero que estaba sacando las cajas con libros del maletero del Mercedes. –¡Hey, Raúl! –antes de que Marta le dijera nada más, su compañero se acercó a ella con una mochila. –Toma, te la dejabas en mi coche –le señaló el interior de la bolsa. –Pero si yo no llevaba... –Marta vio los dos ejemplares que Javier estaba buscando– ...gracias, no me acordaba de

la mochila –le dijo con una sonrisa de complicidad en los labios. –Te veré mañana. Será mejor que vayas al hospital a que te curen esas heridas –le dijo mientras se subía a su coche. –Voy ahora mismo. Gracias de nuevo. Marta sabía que esos libros no eran como los demás y por eso no podían acabar en el mismo sitio. A ella también le contó su abuelo la historia de Felipe II y lo que aquellos ejemplares significaban para la Iglesia. Raúl no sabía exactamente de qué trataban, de hecho no quería saberlo; confiaba en ella. Su compañera le había pedido que nadie conociera de su existencia y que se los entregara en cuanto los viera. Dicho y hecho. De camino a la ambulancia, desde la camilla, Lucy pudo ver a Sofía corriendo hacia ella con cara de preocupación. –Hola, preciosa. No sabes lo que hacer para llamar la atención, ¿eh? –Siento todo esto, Sofía. No tenía que haberte metido en este lío.

–Tranquila. Ahora lo importante es que te pongas bien. Además, si he de serte sincera, necesitaba un poco de emoción en mi vida y tú me la has dado. –Perdona, pero tenemos que irnos –el enfermero tuvo que interrumpir la conversación. –Estaré en el hospital cuando llegues – Sofía se abalanzó sobre ella y le dio un beso en la frente, antes de montarse en su coche. Marta se acercó al Mini y se sentó en el asiento del copiloto. –¿Te importa si te acompaño al hospital? –le dijo mientras se ponía el cinturón de seguridad. –No me vas a leer mis derechos ni nada de eso, ¿verdad? –Por lo pronto, de camino a Salamanca me vas a contar, sin dejarte ningún detalle, cómo has logrado hacerte con la llave de Javier y llevarte de la biblioteca aquellos manuscritos sin levantar ninguna sospecha. –¿Y qué gano yo con eso?

–Haremos un trato. Sé que has ayudado a Lucy y que si no hubiera sido por eso seguramente ella estaría muerta y yo también, así que yo pasaré por alto los delitos de robo y allanamiento y tú, por supuesto, olvidarás todo este asunto. –¿Qué asunto? –Sofía sonreía. –Chica lista –le respondió la inspectora. Capítulo 24 Salamanca, España Tres semanas después de lo ocurrido, Lucy ya había sido dada de alta en el hospital y se encontraba en su piso haciendo las maletas cuando alguien llamó a la puerta. Abrió y una sonrisa se dibujó en su rostro cuando vio a la inspectora. –Ya pensaba que me iría de España sin verte –le dijo Lucy mientras la abrazaba. –Te dije que vendría. Tenemos una

conversación pendiente. Sólo espero no haber llegado demasiado tarde. –Tranquila. Me voy mañana por la mañana. Sofía me lleva a Madrid a coger el avión. –Venía a ofrecerme pero veo que se me han adelantado. –Gracias de todas formas. Además, seguro que tienes cosas que hacer. –Sí..., pero siempre tengo tiempo para una buena amiga –Marta le lanzó una mirada de complicidad. –¿Qué te parece si nos sentamos y te preparo un café? –Lucy cerró la puerta y se dirigió a la cocina. –Mejor que sea una cerveza. –Hecho. Marta se puso cómoda en el sofá y se fijó en que Lucy estaba llenando dos maletas grandes. Pensó que aquello iba a ser un hasta siempre y eso la entristeció. –Bueno, ¿y qué has estado haciendo estas semanas? –le preguntó Lucy desde la cocina. –Terminando las diligencias de la

investigación, hablando con jueces, abogados... Un rollo, la verdad. Lucy apareció con un par de cervezas muy frías. –Siento no haber podido ir a verte la semana pasada al hospital. –No pasa nada. He estado acompañada. Carlos y María se han portado de maravilla. Además, Sofía también ha estado muy pendiente de mí. No me puedo quejar. –Ha sido todo tan... caótico... –¿Cómo empezó toda esta historia de Javier? –interrogó Lucy mientras se sentaba junto a su amiga en el sofá. –Pues verás, hará cosa de un año detuvimos en Madrid a una banda de rumanos que había saqueado varias

iglesias llevándose cuadros y reliquias por valor de unos 300.000 euros. Uno de ellos, cuando le ofrecimos un trato, nos dijo que tenían pendiente otro trabajo para un tal Roberto y que, esta vez, el botín sería mucho mayor, unos tres millones de euros. Sólo teníamos un nombre y sabíamos que era falso. Así que dejamos marchar a nuestro confidente y a su amigo –Marta bebió de su botellín mientras organizaba las ideas en su mente–. Mantuvimos el contacto con nuestro confidente y un día, después de un par de meses, me telefoneó y me dijo que estaban en Salamanca. El tal Roberto ya había contactado con ellos pero desde que su amigo Pavlov se citó con él, no había vuelto a verle. –¿Desapareció sin más?– preguntó Lucy. –Era lógico pensar que a Pavlov se lo habían quitado de en medio porque estuvo detenido y pensarían que había hablado. Lo único que nos pudo decir nuestro confidente era que la cita de su amigo con

Roberto había sido cerca del puente romano junto al río. –Que casualidad... –La verdad es que me sorprendí cuando me dijiste dónde vivías. El caso es que mandamos a nuestro confidente a su país para que no corriera la misma suerte que su amigo y nos pusimos a buscar a Pavlov. –¿Apareció? –Lo encontró un pescador a unos tres kilómetros río abajo. Había muerto de un disparo en la cabeza. –Y ¿cómo supisteis que Javier había sido el asesino? –Pavlov llevaba una tarjeta en uno de los bolsillos del pantalón. No pudimos saber a quién pertenecía porque estaba muy estropeada pero sí sabíamos que era de la Universidad porque en una de las esquinas había parte de su escudo y descubrimos una extensión de teléfono, la 1510. –El despacho de Javier –Lucy conocía de sobra aquellas cuatro cifras.

–Exacto. Lo siguiente que hice fue infiltrarme como profesora sustituta y ganarme su confianza. No teníamos ni idea de qué era lo que tenía planeado robar pero un día ocurrió algo inesperado. Mientras hablábamos de los horarios de las clases, empecé a jugar con mi llave y cuál fue mi sorpresa cuando Javier se quedó helado al verla. De inmediato, empezó a hacerme preguntas para saber de dónde la había sacado, si conocía la leyenda de la Sala de los Libros Prohibidos... –¿Y qué le dijiste? –Decidí contarle todo lo que sé, bueno, casi todo. Le hablé de mi abuelo, de quién creía que tenía otra de las llaves, de que yo había estado en esa Sala. Le dije que alguno de esos Libros podría alcanzar precios astronómicos en el mercado negro. –Le pusiste la miel en los labios. –Ya lo creo. Incluso le dije que algo de ese dinero no me hubiera venido mal porque tenía a mi madre en el hospital y el

tratamiento de su enfermedad era muy costoso porque tenían que tratarla médicos privados. Recuerdo que solté alguna lágrima. –¿Y se lo tragó? –Pensé que no porque esa vez no me dijo nada, pero a los pocos días me citó en su casa y fue allí donde me habló de todo lo que pensaba hacer. Él ya tenía desde hacía tiempo un comprador muy generoso del que jamás habló, y yo le vine como anillo al dedo. Me ofreció ser su socia y acepté. Lo primero que necesitábamos era un chivo expiatorio a quien cargarle el robo y desviar así la atención de la policía. –Y aparecí yo. –Sí –Marta se sentía culpable por todo lo que le hizo pasar– Eras perfecta: extranjera, sola en España y te interesaste

desde el primer momento por la biblioteca. Lo cierto es que fue una casualidad que nos conociéramos en el Cisne Negro. –Pensé que estabas interesada en mí, ¿sabes? –La verdad es que me gustó mucho conocerte y a medida que intimábamos, más difícil se me hacía seguir con esa mentira. –¿Carlos también estaba metido en todo este teatro? –En absoluto. Sabe que soy policía pero no sabe exactamente qué es lo que hago. –Pero él me dijo que eras profesora y que dabas charlas allí a menudo. –Le pedí que no te contara en qué trabajaba porque no me gusta que la gente que no conozco lo sepa. Quedamos en decir que era profesora y él siguió el juego. Además, también sabía que daba clases en la Universidad. Soy licenciada en Historia del Arte y de vez en cuando doy clases.

–Guau... –Lucy estaba alucinando con toda aquella información pero había algo que no llegaba a entender–. Esto es demasiado ¿sabes? Cuando me vine de Dakota, buscaba salir de la monotonía, conocer gente, ver sitios diferentes, incluso vivir alguna aventura, pero esto supera todas las expectativas. Ojalá se me diera bien escribir porque te juro que tendría material de sobra para hacer mi primer best seller –Lucy hizo una breve pausa–. Lo que no entiendo es una cosa: ¿por qué matar a Santiago? No suponía ningún obstáculo insalvable. Marta sabía que llegaría ese momento y, aunque le dolía volver a hablar de aquello porque se sentía culpable, pensó que era lo mínimo que podía hacer por aquella mujer que había arriesgado su vida por ella. –Se suponía que yo iba a enseñarte la biblioteca en esa primera visita y que después, en otra ocasión, le pediría la llave a Santiago para enseñarte la Sala de los Libros Prohibidos. Haría un molde de

la llave y podríamos sacar una copia. Al menos ese era el plan inicial. Que aparecieran esos dos matones fue una sorpresa... –Marta paró su relato para tomar aire y poder seguir sin derramar ni una lágrima–. Yo no llevaba mi arma y además, estabas tú. No podía permitir que te pasara nada. Cuando fui a pedirle explicaciones a Javier, me dijo que no tenía ni idea de quiénes eran. Me juró que él no había contratado a nadie y me dijo que, seguramente, alguien más estaba interesado es esa Sala y que debíamos acelerarlo todo. Estaba claro que mentía pero no podía hacer nada. Habíamos llegado demasiado lejos y además no podíamos relacionar a Javier con Dimitri y Estefan. –¿Y el robo en tu casa? –Javier quería asegurarse de que hacía mi trabajo... –Encontrar las llaves... –Exacto. Después de eso volví a hablar con él, el día que me llamaste y te dije que estaba en su despacho. Y en mitad de

nuestra acalorada conversación aparecieron Dimitri y Pavlov. Ya no podía mentirme y me dijo que lo de Santiago fue un accidente. Acepté seguir con nuestro plan y buscar las otras dos llaves. No supe que Javier tenía una de ellas hasta que nos lo dijo en la biblioteca. Y la de Santiago... sinceramente, pensaba que ya la tenía él en su poder. Fue una sorpresa cuando la sacaste allí abajo –ahora era Marta la que esperaba una respuesta– ¿cómo la conseguiste? –El día que mataron a tu amigo hubo algo que me llamó la atención. El cuerpo había sido movido. Al esconderme para que los asesinos no me vieran, me di cuenta de que había sido el propio Santiago el que había intentado llegar al

escritorio. Cuando descubrimos la llave en la ermita de Don Mateo, bajo uno de sus cajones, caí en la cuenta de que lo que intentaba Santiago era coger su llave. –Y ahí es donde entra Sofía... –Ella se coló en el despacho, no me preguntes cómo, y encontró la llave de Santiago escondida en el interior de uno de los listones de la mesa. Pero aún no me ha contado cómo consiguió la de Javier. –¿Y por qué no me dijiste nada? –Quise contártelo el día que hablé contigo en el Cisne Negro, después de ver a los matones saliendo del despacho del vicerrector. Pero entonces, cuando me dijiste que estabas reunida con Javier, me eché atrás. Pensé que estabas involucrada.... –Y no te equivocaste. –Supongo que no. La sorpresa vino después. Cuando estábamos en el bar de

Carlos y, aprovechando que fuiste al baño, busqué en tu bolso las llaves de la Universidad y del despacho de Santiago. Sabía que las tenías porque me dijiste que conseguiste la copia que tenía la viuda de tu amigo. El caso es que me tropecé con tu placa y todas las piezas empezaron a encajar. –Sigo sin entender cómo Sofía logró sacar los Libros de la Sala. Aunque consiguiera la llave de Santiago y la de Javier, necesitaba la mía para acceder a ella. –Consiguió la de Santiago y la de Javier.... y también tenía la tuya. –Eso no es posible. No me he quitado esta llave de encima– Marta la agarró con fuerza. –Tú no lo sabes pero la llave que llevabas colgada al cuello después de nuestra visita a la ermita de Don Mateo, no era la tuya. –¿Cómo? –la inspectora se quedó sorprendida. –Cuando

me la dejaste para compararla con la que apareció tras el cuadro, la cambié. –Cómo pude no darme cuenta... –Porque confiabas en mí... Y eso era lo que necesitaba para seguir adelante con mi plan. Necesitaba que siguieras haciendo tu papel para que Javier no sospechara nada. –Está claro que eres una mujer muy inteligente –Marta hablaba con total admiración–. No sabes lo mucho que lamento haberte utilizado. Ojalá pudiera volver atrás y hacer las cosas de otra manera. –Oye, yo quise que las cosas acabaran así. Sabía perfectamente lo que me jugaba y decidí seguir adelante. Pero ¿sabes lo mejor? Que todo ha terminado bien. Ahora lo único que quiero es dejar atrás todo lo que ha pasado y enfrentarme a lo que viene...

–Imagino que hablas de Sarah... –Marta sabía que su amiga tenía que prepararse ahora para otra batalla. –Estoy deseando verla y abrazarla. Quiero estar con ella, necesito saber que está bien y si sigo aquí me voy a acabar volviendo loca. –Pero.... ¿volverás? –Marta pensaba que aquello iba a ser una despedida y que no volvería a ver a su amiga nunca más. –¿Quieres que te diga una cosa? A pesar de que me han perseguido, me han encerrado en un sótano sin apenas luz ni aire e incluso me han disparado dos veces, de hecho, sigo queriendo estar aquí. Además, tú y yo tenemos pendiente otra investigación ¿o se te ha olvidado que tenemos una cuarta llave? –Lucy miraba a la inspectora con una sonrisa en la boca–. Por cierto– acababa de caer en la cuenta de que se le había olvidado un tema–, ¿y los libros que buscaba Javier? Me contó algo sobre Felipe II y que la Iglesia estaba detrás de esos ejemplares... –Ufff..... Lucy, creo que es hora de que

termines de hacer las maletas –estaba claro que Marta no quería hablar, al menos no en ese momento. –Vale, recibido. Ni cuarta llave ni libros de Felipe II. –No hasta que vuelvas de tu aventura por América, lo cual espero que sea muy pronto y con Sarah del brazo. Hasta entonces, tendrás que esperar. –No sé yo si podré soportarlo –Lucy le sonrió. –Seguro que sí –le dijo Marta mientras se levantaba. –¿Te vas? –preguntó Lucy. –Me están esperando en casa y además tú tienes que terminar de hacer las maletas. Lucy se levantó y la abrazó. –Nada de lo que ha pasado ha sido culpa tuya –Lucy quiso liberarla del enorme peso que llevaba sobre sus hombros. –Eres un cielo –Marta la miró a los ojos y le dio un beso en los labios sabiendo que aquel gesto Lucy lo

interpretaría como lo que era, una muestra de amistad sincera–. Cuídate ¿vale? y cuida de Sarah. Ella te necesita ahora. –Te mandaré un mail cuando llegue a Dakota. Dale un beso de mi parte a esa morena que te espera en casa –Lucy la miró con una sonrisa burlona. –¡Qué mala eres! –Marta ya estaba cerca de la puerta–. Que tengas un buen viaje. Te veré pronto –cerró de un portazo. –Seguro que sí. Capítulo 25 Dakota del Sur, EE.UU. Sarah ya no tenía ningún cable saliendo de sus brazos. La última resonancia había salido perfectamente y apenas le quedaban secuelas de la brutal paliza que Joseph le había dado. Cinco semanas en el hospital habían sido suficientes para que se sintiera con fuerzas, al menos

físicas, de seguir adelante con su vida. Esa mañana se había quedado dormida después de que las enfermeras hicieran la ronda de desayunos. Eran las doce y media cuando comenzó a abrir los ojos. Le costó unos segundos adaptarse a la luz de la habitación pero cuando pudo por fin ser consciente de todo lo que la rodeaba, su corazón le dio un vuelco. Dormida sobre la silla, acompañada de dos maletas, estaba Lucy. Había soñado con aquel momento tantas veces desde que la ingresaron que ya no sabía si seguía durmiendo o su visión era real. Se levantó de la cama con algo de dificultad y se acercó a la silla. –Eres tú... Estás aquí... –susurró mientras le acariciaba la cara. Lucy abrió lentamente los ojos y sonrió. –Claro que estoy aquí. Se besaron como si fuera la última vez y se fundieron en un abrazo del que ninguna quería soltarse. –Lo siento, Sarah –dijo Lucy entre

sollozos. –No llores, por favor. Tú no tienes la culpa de nada. –Tenía que haberte dejado tranquila y no haberte mandado aquella carta. Ahora estarías viviendo con Joseph y nada de esto hubiera pasado. Sarah le cogió la cara con ambas manos y la miró fijamente a los ojos. –Estoy enamorada de ti, Lucy. Lo supe en el momento en que subiste a aquel taxi. A tu lado he sabido lo que significa amar a otra persona hasta dolerte el corazón, y si para defender eso tengo que pelearme con el resto del mundo, lo haré. No quiero que vuelvas a sentirte culpable porque si de algo lo eres, es de hacerme la mujer más feliz del mundo. Lucy no podía dejar de llorar, quizá por toda la emoción contenida durante tantos días y el estrés acumulado. Estar allí, juntas, después de todo lo que habían pasado, era una señal de que la vida les había concedido una segunda oportunidad que ninguna de las dos iba a dejar pasar.

Document Outline Portada Dedicatoria

View more...

Comments

Copyright ©2017 KUPDF Inc.
SUPPORT KUPDF