Primeras Paginas Mataron Gaitan

August 5, 2017 | Author: caleidociclo | Category: Colombia, Bogotá, Gabriel García Márquez, Politics, Science
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www.puntodelectura.com/co Empieza a leer... Mataron a Gaitán

MATARON A GAITÁN Herbert Braun

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Herbert Braun es profesor de Historia en la Universidad de Virginia de los Estados Unidos y autor de El rescate: diario de una negociación con la guerrilla. Ha escrito, entre otros ensayos, «¿Cómo vivieron los colombianos la Violencia?» y «Aves del corral, toallas, whisky y algo más: Colombia entre el recuerdo y el olvido», publicados en la Revista Número, y «De palabras y distinciones: hacia un entendimiento del comportamiento cotidiano de los colombianos durante la Violencia de los años cincuenta», incluido en La restauración conservadora, 1946-1957 (Rubén Sierra Mejía, editor, Universidad Nacional de Colombia, 2012). Nació en Bogotá cinco meses después del 9 de abril. Ese día su mamá fue sorprendida por la multitud en el centro de la capital cuando se dirigía a una cita con el ginecólogo. Logró huir en un taxi. Su papá mandó bajar las rejas de la Ferretería Vergara en la Avenida Jiménez, entre la novena y la décima, tan pronto oyó que la gente gritaba ¡mataron a Gaitán! Se fue a pie por la carrera séptima hasta llegar a su casa en la calle 70A.

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Título: Mataron a Gaitán Título original: The Assassination of Gaitán. Public Life and Urban Violence in Colombia © 1985, Herbert Braun © Del prólogo: 2008, Herbert Braun © De la traducción: Hernando Valencia Goelkel Primera edición en castellano, 1987 © De esta edición: 2013, Distribuidora y Editora Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S. A. Carrera 11A No. 98-50, oficina 501 Teléfono (571) 7 05 77 77 Bogotá, Colombia Diseño de cubierta: Pauline López Sandoval © Fotografía de cubierta: Sady González, de la colección de libros Memoria fotográfica de Bogotá, Revista Número Ediciones ISBN: 978-958-758-521-6 Printed in Colombia - Impreso en Colombia Primera edición en Colombia, abril de 2013

Todos los derechos reservados. Este libro no puede ser reproducido por ningún medio, ni en todo ni en parte, sin el premiso del editor.

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Contenido

Prólogo a la tercera edición .......................................... 11 Nota del autor .................................................................17 21 23 38 55 68

I.

La dialéctica de la vida pública ......................... El ascenso al poder .............................................. Los ideales de la vida pública............................. La vida pública y el capitalismo ......................... Las controversias del consenso ........................

II.

El hombre de en medio ........................................ 77 Gaitán combativo................................................. 79 Gaitán teórico ..................................................... 91 Gaitán equilibrador ............................................ 98 Gaitán clasista..................................................... 105

III. Experimentos en la vida pública ........................ Gaitán izquierdista ............................................. Gaitán derechista ................................................ Gaitán estadista .................................................. Gaitán jerárquico ................................................

113 115 128 138 150

IV. La ampliación del espacio público ...................... Gaitán ambiguo..................................................... Gaitán corporal ................................................... Gaitán gaitanista ................................................ Gaitán orador ..................................................... Gaitán propagandista..........................................

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V.

Las exigencias del poder .................................... Gaitán convivialista .......................................... Gaitán responsable ............................................. Gaitán irresponsable ......................................... Gaitán peligroso ................................................

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VI.

La muerte de Gaitán ......................................... ¡Mataron a Gaitán! ........................................... ¡A Palacio! ¡A Palacio! ........................................ Reuniones de convivialistas .............................. El país nacional y el país político ....................

261 263 273 281 290

VII. La multitud ......................................................... La multitud y el orden social .......................... El saqueo ............................................................. La multitud por dentro ....................................

305 307 319 325

VIII. El ocaso de la convivencia ................................ Las jerarquías ...................................................... La conversación .................................................. El cuerpo de Gaitán ........................................... El fin ...................................................................

339 341 353 363 378

Conclusión .......................................................... 395 Posdata................................................................. 409 EXPLICACIÓN DEL TEXTO................................................... 417 AGRADECIMIENTOS ........................................................... 433 BIBLIOGRAFÍA .................................................................... 437

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Colombia se divide, por decirlo así, en dos naciones: los bogotanos y los provinciales, siendo los segundos los ilotas de los primeros […] Puesto que aquí han fraguado toda la vida los políticos las guerras que los provinciales hemos debido pelearles para adelantar su fortuna, quedándose ellos divirtiéndose y charlando sabrosamente entre enemigos […] Rafael Uribe Uribe (1898) Ciudad pacata, insular y mediterránea, le ha correspondido [a Bogotá] desde la Colonia la tarea de formar en torno suyo una nación, orientarla, definir su destino, mantenerla unida y compacta […] y ser en todo tiempo la casa solariega donde llegan todos los colombianos de los más remotos lugares del país en busca de una cultura, de un gran prestigio nacional, de la realización de un sueño ambicioso o simplemente de una existencia cómoda y tranquila al amparo de su hospitalidad. Rafael Azula Barrera (1956)

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Prólogo a la tercera edición Tres palabras (2008)

¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! En boca de todos.

Tres palabras. Tres palabras repetidas. Seis. Nueve. Más. Tres palabras en muchas voces. Voces de rabia, de dolor, de rencor, de desolación. Voces con lágrimas, angustia, miedo, inseguridad. Voces de incertidumbre, de alivio, de alegría. Tres palabras; muchas emociones. ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! En la tarde del 9 de abril de 1948, esas tres palabras fueron una afirmación para muchos, un dolor, una expresión espontánea con la cual buscaban con desespero llegarles a otros, tocarlos, decirles que ¡Mataron a Gaitán!, que esa muerte la sentían todos, que era de todos, que era contra todos, tres palabras que salían sin pensarlas de los pulmones para no sentir a solas esa agonía, para convertirse en algo grande, colectivo, una multitud. ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán!

Tres palabras. Una acusación. (¡Ellos!) (¡Ellos!) ¡Mataron a Gaitán! Lo sabían. No era una equivocación. No, no era un accidente. No ocurrió al azar. Fueron ellos. ¡Ellos! No dudaron. No tenían por qué dudar. Algo tan grande, trágico, histórico, fue concebido, organizado, planeado, meticulosamente, por personas importantes, por los que detentaban el poder, por los que tenían los medios de hacerlo, por los de arriba, los que lo odiaban, sus enemigos, nuestros enemigos. ¡Mataron a Gaitán! (¡Ellos!) (¡Ellos!) Esa verdad la vivían por dentro. Les pertenecía. Era suya, subjetiva. Ese día, miles de colombianos actuaron 11

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convencidos de que sabían la verdad. Al volcarse contra la casa del caudillo conservador y contra el periódico conservador, contra los edificios públicos, contra el Ministerio de Justicia, contra al Arzobispado, ellos convirtieron su verdad subjetiva en una realidad histórica. ¿Tenían razón? ¿Fueron ellos? No lo sabemos. Es probable que no fueran ellos. Pero no lo sabemos. Es posible que fueran algunos mandos medios y no los de arriba los que azuzaron a Juan Roa Sierra para que se parara con el Smith & Wesson calibre 32 en el bolsillo, sobre el andén de la séptima, al lado de la oficina del caudillo, para esperar a que saliera a la una de la tarde a almorzar. Pero no lo sabemos. Saber más es importante para la historia del país. No lo es tanto para la historia relatada en este libro. ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! fue un acontecimiento que cogió a todos por sorpresa —quizá a todos menos a unos pocos—, y, sin estar seguros de los hechos, actuaron como si lo estuvieran. Por dentro se llenaron de una verdad histórica. Esa verdad subjetiva fue la que me llevó a escribir este libro. Los hechos del 9 de abril, especialmente en Bogotá, son ampliamente conocidos. Mi intención no era descubrir algo que resultara completamente novedoso sobre lo acaecido en esa fatídica tarde. Sí quise rescatar para la historia a los miles de individuos que se convirtieron, en un instante, en un vendaval enloquecido y destructor. Mi intención no era defender a esa multitud, ni mucho menos celebrarla. Ése habría sido un esfuerzo moralista y político con el que la multitud «nueveabrileña» habría quedado simplificada, convertida en víctima o en héroe de la historia. Quise entenderla. Intenté escribir su historia de tal manera que, ojalá, algunos, o hasta muchos, de los que se sofocaron en esa rabia colectiva, se hubieran entendido meses y años después, recordando lo que habían hecho, justificándose un poco, reviviendo el dolor, la rabia, la borrachera, los robos, la destrucción, y recordando todo con una gran tristeza, seguramente con algo de remordimiento, sintien12

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do esa nostalgia no por esa tarde, sino por los días que se le anticiparon, los días con Gaitán, días en que se sentían acompañados, dirigidos, amparados. Quise escribir desde las emociones que eran de ellos, desde adentro, desde abajo. Ciertamente, esto es una imposibilidad, pero espero haberme aproximado a esa multitud, a esa humanidad enfurecida. Quise entender tres palabras. ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! Quise entender a esa multitud que la sociedad colombiana, casi en su totalidad, desde la derecha hasta la izquierda, condenó. Y quise hacerlo sin condenar a esa sociedad, la mía. ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! Esas palabras me llevaron a Gaitán, a esos días anteriores en que los que gritaban su muerte se habían sentido acompañados, dirigidos y amparados por él. Sin llegar a entender la intimidad pública que ellos sintieron en vida por el caudillo liberal, no iba a lograr comprender las emociones con que ellos llenaban esas palabras. ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! Jorge Eliécer Gaitán no me interesaba mucho. Pensaba que lo entendía, que en él no había mayor misterio que descubrir. Poco a poco, imaginándomelo desde abajo, desde los ojos de sus seguidores, fui descubriendo a un hombre que me sorprendió. Gaitán no era el fascista, el socialista, el populista, el revolucionario, el resentido, el demagogo. Era un hombre fuerte y débil, seguro e inseguro, un idealista, un civilista que creía en las leyes del país, un hombre que valoraba la propiedad privada y temía el poder desestabilizador de los grandes conglomerados, de las fortunas ilimitadas, de lo que hoy en día llamaríamos la privatización de la economía y de la sociedad. Gaitán era un hombre organizado, disciplinado, trabajador y ordenado, un hombre que buscaba el orden social. Y era más que eso, mucho más. Gaitán humano. ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! Jorge Eliécer Gaitán era un político didáctico. En muchos de sus discursos intentaba enseñarles a sus seguidores, al pueblo que lo oía, cómo era que desde adentro funcionaba el bipartidismo, cuáles eran sus ideales y cuáles sus deficiencias. Con 13

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Gaitán a mi lado empecé a indagar de nuevo sobre la vida pública de los jefes del tradicional sistema político. Quedé fascinado. Gaitán admiraba a esos jefes y a esa política, y fue también su crítico más acérrimo. Su ambivalencia me llevó más allá del simple rechazo al sistema, sentimiento que albergábamos los académicos en los sesenta y setenta. Los jefes políticos resultaron ser unos hombres orgullosos pues estaban convencidos de que habían logrado mantener el país en paz desde la Guerra de los Mil Días (1899-1902). Se sentían responsables de la concordia, de lo que ellos llamaban la convivencia. Intenté entenderlos tal como lo hacía con Gaitán y con la multitud del 9 de abril, desde adentro, aproximándome al entendimiento que tenían de sí mismos. A estos hombres los llamé «convivialistas». Hubiera querido que se sintieran reflejados en estas páginas. ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! Son palabras de ellos, de los convivialistas. Palabras en boca de todos. Palabras de miedo, asombro, incertidumbre, tristeza, alivio, alegría. ¿Alegría? No lo sé. Pero algunos odiaban tanto a Gaitán que no podemos esperar que no los embargara esa emoción. La historia es de todos. Espero que el lector logre acercarse al alivio, si no a la alegría, que entonces sintieron algunos colombianos. Y otros que lo odiaban no eran de los de arriba. No era simplemente cuestión de clase o de jerarquía. Entre el pueblo había muchos que lo querían ver muerto. «Ese negro malparido hijueputa se la buscó», me dijo alguno. No lo incluí en el libro. No sé por qué. Me lo dijo en una larga conversación después de que nos habíamos tomado más de un aguardiente. Lo incluyo ahora. La historia es de todos. Pero no de todo. Este libro pretende ser una interpretación vertical que lleve al lector a entender lo que yace en la existencia objetiva y en la profundidad subjetiva de los que son sus protagonistas, Gaitán, los convivialistas, los gaitanistas y la multitud del 9 de abril en Bogotá. No pretende ser una historia horizontal, que abarque el sistema político en esos años, o el gaitanismo como movimiento na14

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cional, o la vida de la masa urbana en Bogotá y en las ciudades y los municipios. El libro ofrece una interpretación de la política, del gaitanismo, de las clases sociales y la cultura política del país, pero no es una historia de cada uno de ellas. Espero que estas páginas contribuyan a que otros lleguen a una comprensión más completa de esos fenómenos. Este libro se publicó por primera vez en 1985 en inglés, con el título The Assassination of Gaitán: Public Life and Urban Violence in Colombia. Gracias a las gestiones de Marco Palacios, y con la traducción magistral de Hernando Valencia Goelkel, salió publicado en Colombia por la Universidad Nacional, en 1987. Propuse entonces como título las tres palabras, ¡Mataron a Gaitán! Seguramente a los editores les pareció demasiado sensacionalista ese título, y quizá no se equivocaron. Se publicó como Mataron a Gaitán, no como una expresión, tres palabras en boca de todos, sino como un hecho. Mataron a Gaitán. Ambos títulos son buenos. Pero el segundo afirma lo que no sabemos, que fueron ellos, los de arriba, los que lo mataron, que fue una conspiración, algo determinado y sabido. Este libro va en dirección contraria, hacia una comprensión de la espontaneidad y la incertidumbre en la historia. En 1998, Editorial Norma publicó una segunda edición, y no cambiamos el título. Comencé la investigación para este libro en 1978, a trein-ta años de los eventos culminantes. Cuando fui a las fuentes e hice las entrevistas orales, sentía que los eventos habían transcurrido hacía ya muchísimos años. Yo tenía treinta. Mi infancia me era lejana. Hoy me acuerdo de 1978, de las entrevistas que hice, como si fuera ayer. Los protagonistas del 9 de abril, que son los protagonistas de este libro, seguramente se sentían entonces mucho más cercanos a esos eventos de lo que yo podía haberme imaginado. Tenían la memoria viva. En 1978 nosotros los escritores y los académicos no pensábamos en la memoria. Hoy muchos de nuestros trabajos la manejan. Espero que mi experiencia sirva de lección. No 15

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sólo debemos, sino que podemos recuperar la experiencia vivida de los colombianos, de los años cincuenta hasta nuestros días. Todos nosotros vivimos nuestro pasado en el presente, especialmente esos recuerdos de momentos traumáticos. Por eso debí haberles hecho más preguntas a los protagonistas sobre estos eventos, muchas más. Sin embargo, con este libro espero haber traído algo del 9 de abril, y de los años treinta y cuarenta, hasta nuestros días. Cuando salió por primera vez, había muchos colombianos que habían vivido el 9 de abril. Esta tercera edición se encuentra con un país en el que para una gran mayoría el 9 de abril no es un recuerdo. Ya es historia lejana. Tres palabras salieron de los pulmones de cientos de miles de colombianos en la carrera séptima con la Jiménez, en la Plaza de Bolívar, al frente del Palacio de la Carrera, en la Perseverancia, en el barrio Egipto, al norte sobre la Avenida Chile, en las ciudades, en los municipios, en las veredas, en los caminos, en ese instante, cuando les sorprendió la noticia, al oírla en boca de todos sin saber bien dónde ni cuándo ni por quién, sin tener la certeza de que Jorge Eliécer Gaitán ya había muerto, pues todavía se decía que en ese cuerpo había aún un respiro. ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! Y minutos después y a la hora y durante esa tarde y al día siguiente, ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! Ya al otro día y al que le seguía, mataron a… Gaitán, … mataron… a... G..a..i..t..á..n… Luego el silencio, y entonces los días, uno tras otro. Querido lector: hagamos historia. Tres palabras. Entendámoslas. La historia que usted encontrará en este libro es una historia narrada*. Es un relato escrito a partir de las fuentes históricas. Espero que su lectura sea amena. ¡Mataron a Gaitán! Acerquémonos a los que gritaron esas tres palabras, a los que las murmuraron. * Herbert Tico Braun: «La historia como relato», reportaje de Guillermo Gonzá-

lez Uribe, revista Número, edición 19, septiembre de 1999.

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Calle 14

Calle 15

Carrera 3

Clínica Central

Carrera 4

Carrera 7

Calle Real

Teatro Nuevo

Sitio del asesinato

Catedral Plaza de Bolívar

Carrera 8

lle Ca

7

Carrera 6

El Tiempo

Calle 8

Calle 9

Calle 10

Calle 11

Calle 12

Calle 13

Carrera 5

Capitolio

Palacio Presidencial

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én

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Tiendas de artículos de metal

aJ

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e Av

Carrera 9

Carrera 10

Centro de Bogotá. 1948. A. Sitio del primer ataque de la Guardia Presidencial a la multitud (o sobre la multitud). B. Sitio del ataque que disparó a la multitud en la Plaza de Bolívar. 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9. 10.

Ministerio del Interior Palacio de la Nunciatura Apostólica Jornada El Espectador Ministerio de Justicia Universidad Javeriana Femenina Palacio Arzobispal Jockey Club Ministerio de Educación Palacio de Justicia

11. Museo Colonial 12. Notarías Públicas Nos.1 y 2 13. Teatro Colón 14. Palacio de San Carlos 15. Gobernación de Cundinamarca 16. Café Windsor 17. Palacio de Comunicaciones 18. Embajada de Estados Unidos 19. Mercado Central 20. Policía

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I LA DIALÉCTICA DE LA VIDA PÚBLICA La vida pública no es sólo política sino, a la par, y aun antes, intelectual, moral, económica, religiosa; comprende todos los usos, todos colectivos, e incluye el modo de vestir y el modo de gozar. José Ortega y Gasset (1930)

Sucede que en nuestro país la sola actividad intelectual es la política. La política es un mínimo intelectual como la ley es un mínimo ético; y a ella vamos todos los que hubiésemos preferido una carrera humanística […] Ni vencedores ni vencidos, los intelectuales colombianos podemos vivir fuera de la política. Juan Lozano y Lozano (1944)

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El ascenso al poder

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entamente, Alfonso López se incorporó. Frente a sus copartidarios liberales, declaró que al cabo de sólo cien días, el 9 de febrero de 1930, uno de ellos sería presidente de Colombia.1 Los viejos estadistas lo contemplaron con algo de escepticismo y seguramente recordaron su propia ingenuidad y los asertos imprudentes de su juventud. Habían estado fuera del poder desde que perdieron la Guerra de los Mil Días (1899-1902), la última de las guerras civiles decimonónicas entre liberales y conservadores, y habían sido incapaces de derrotar a los conservadores en cinco elecciones durante la paz subsiguiente. La república conservadora existía ya desde 1885, antes de que naciera López. Pero los liberales jóvenes escuchaban expectantes. Sentían la marea del cambio. Creían unánimemente que lograrían la primera transferencia política y duradera del poder en la historia del país. Las guerras civiles eran cosa del pasado. Incluso, muchos conservadores jóvenes compartían sus ideales. La generación que no había participado en las guerras

1 Alejandro Vallejo, Políticos en la intimidad (Bogotá: Ediciones Antena, 1936), pág. 36. López consideraba que había seis o siete clases de liberales: reaccionarios, conservadores, liberales progobiernistas, antigobiernistas, socialistas y revolucionarios. No tenía reserva alguna en decirles a sus colegas liberales que él pertenecía a la última categoría. Ver «El liberalismo debe prepararse para asumir el poder», en Alfonso López, Obras selectas (primera parte, 1926-1937) (Bogotá, Cámara de Representantes, Colección Pensadores Políticos Colombianos, 1979), pág. 63.

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creía que finalmente podía implantar el progreso y la democracia en Colombia. Sus ingredientes habrían de servirle a la nación como nadie antes lo había hecho. Ni en la guerra ni en la paz la política había sido democrática. Estaba erigida sobre un enorme abismo cultural entre los jefes y el pueblo. Tradicionalmente había sido una actividad esporádica. Desde los orígenes de los partidos políticos en la primera mitad del siglo xix, los jefes liberales y conservadores sólo habían logrado movilizar grandes contingentes de adeptos durante períodos limitados. Con más frecuencia en el siglo xix que en el siglo xx, estos episodios giraban en torno a campañas militares convocadas por los jefes de un partido contra los jefes del otro. La transitoria resolución de esas guerras, o el agotamiento, traían cierto grado de paz, una atenuación de la mística partidista, ese fervor de las masas del que se alimentaban las guerras, y el regreso a una atmósfera de conciliación responsable entre los dirigentes. Estos intermedios eran decisivos, porque permitían a los jefes medir la distancia que los separaba de sus partidarios y ponerle a cada episodio su punto final. Los períodos de sosiego militar estaban colmados de actividad política. Aunque las campañas electorales, que eran la norma en el siglo xx más de lo que habían sido en el siglo xix, a veces se libraban tan apasionadamente como las guerras, eran menos costosas y menos convulsivas. Tanto en tiempo de guerra como de paz, los partidos incorporaban regiones enteras, pueblos y aldeas a sus redes clientelistas, multiclasistas y tentaculares atrayendo a su seno a colombianos de todas las condiciones. Más que la ideología, estaban en juego la vida y la supervivencia. En la guerra los vencedores encontraban protección, y en la paz, cargos políticos grandes y pequeños, facilidades de crédito, y hasta tierras podían quedar al alcance de los que vivían en zonas defendidas por su partido. El partido que obtenía la Presidencia en Bogotá consolidaba la situación 24

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de sus seguidores en todo el país, ya que para estos resultaba fácil reconocer el acceso al poder de su partido como el momento de obtener el suyo propio. A veces sus jefes los incitaban a eso, pues veían su propia fuerza reflejada en la de sus partidarios.2 López era hijo de un hombre acaudalado, don Pedro A. López, quien había creado un gran emporio comercial en Honda, sobre el río Magdalena, cerca de Bogotá, y era el fundador de uno de los primeros bancos de la nación, el Banco López. Mientras accedía a la riqueza educó a su hijo para que siguiera sus pasos. Algunos de los principales intelectuales conservadores y liberales de la época fueron sus tutores; fue enviado a estudiar a Brighton, en Inglaterra, y después a la Packard School de Nueva York.3

2 Excluidas las guerras de Independencia, Colombia sufrió ocho guerras civiles de

importancia en el siglo xix. Hubo elecciones presidenciales regularmente a lo largo del siglo, y tan sólo una vez, en 1867, se suspendió una elección por causa de violentos conflictos entre los partidos. En el siglo xx, de 1904 a 1949 hubo elecciones presidenciales y para el Congreso ininterrumpidamente. El gobierno de Laureano Gómez y Roberto Urdaneta Arbeláez fue derrocado en medio del primer gran estallido del conflicto del siglo xx conocido como La Violencia; luego de un interludio militar de cuatro años, hubo de nuevo elecciones regularmente después de 1958, si bien la agitación rural se prolongó en la década de los sesenta. En el siglo xix las elecciones de 1857 fueron las únicas decididas popularmente. Las otras fueron determinadas por el Congreso o por un cuerpo electoral. Desde 1914 han estado abiertas al público, si bien no siempre han participado ambos partidos. Malcolm Deas ha escrito un matizado e incitante análisis del impacto de estos dos partidos en la formación de la nación en el siglo xix. Ver su obra «La presencia de la política nacional en la vida provinciana, pueblerina y rural de Colombia en el primer siglo de la república», en Marco Palacios, ed., La unidad nacional en América Latina: del regionalismo a la nacionalidad (México: El Colegio de México, 1983), págs. 149-73. 3 Para biografías de López, ver Hugo Latorre Cabal, Mi novela: apuntes biográficos de Alfonso López (Bogotá: Ediciones Mito, 1961), y Eduardo Zuleta Ángel, El presidente López (Medellín: Ediciones Alba, 1966).

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En 1904, a los dieciocho años, fue nombrado director de Pedro A. López y Cía. Renunció diez años después debido a desavenencias con sus tres hermanos menores. Sin empleo, López se metió a la política y llegó al Congreso en 1915, donde inició una estrecha amistad con una estrella joven del conservatismo llamada Laureano Gómez. También fue nombrado director del Banco Mercantil de las Américas, con base en Nueva York. Sus superiores lo tenían por uno de los banqueros latinoamericanos más capaces, pero se vio obligado a renunciar ante las acusaciones de que había usado su curul en el parlamento para favorecer a sus patronos.4 A medida que decaía su fortuna aumentaba la pasión de López por la vida política. Se volvió célebre en Bogotá. Se le veía en todas partes, en los oscuros cafés a lo largo de la Calle Real, hoy conocida como la carrera séptima, en los clubes privados y en las redacciones de los periódicos. Asistía a innumerables tertulias de intelectuales, siempre para hablar de política. No abordaba otros temas; no se sabe si porque, al no haber frecuentado nunca una universidad, se sintiera inseguro, o porque otros asuntos no le interesaban. Daba la impresión de no trabajar nunca ni de tener un horario fijo, y se aparecía en los momentos más inesperados. Llegó a tener la reputación de ser un bohemio respetable, un maestro del ocio.5 López no propuso que el presidente fuera él. Propugnó en cambio a Enrique Olaya Herrera, una figura consagrada del liberalismo que había sido ministro de Relaciones Exteriores en 1914 y era, desde 1922, embajador en los Estados Unidos. El desafiante joven liberal demostró ser una persona pragmática. Quería que los liberales apoyaran a un individuo «que

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J. J. García, Políticos y amigos (Bogotá: Ediciones Tercer Mundo, 1975), pág. 21. Este aspecto de la personalidad de López está mejor desarrollado por Vallejo, Políticos, págs. 28-29.

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no causara miedo». Confiado y lisonjero, el nuevo jefe del partido rechazó todas las insinuaciones conservadoras en busca de un compromiso.6 Los conservadores se encontraban irrevocablemente divididos entre José Vicente Concha, Guillermo Valencia, el famoso poeta de Popayán, y Alfredo Vázquez Cobo, el aún enérgico general de la Guerra de los Mil Días. Concha había sido presidente recientemente, y los otros dos ya habían sido candidatos a la primera magistratura. Desdichadamente, la Iglesia católica, que tradicionalmente respaldaba al candidato conservador como propio, no fue de mucha ayuda. Ismael Perdomo, nombrado hacía poco arzobispo de Bogotá y primado de Colombia, fue incapaz de decidir cuál de los tres candidatos era el más católico.7 Desesperados, los conservadores acudieron a Mariano Ospina Pérez, un joven ingeniero de Medellín. Era sobrino del anterior presidente, Pedro Nel Ospina, y procedía de una respetadísima familia terrateniente con una larga tradición en la política del partido. Pero ninguno de los candidatos quería inclinarse ante los sectores jóvenes de su colectividad. Los líderes de la nueva generación se hacían oír todos los días. En el decenio anterior a las elecciones de 1930, eran los hombres nuevos de la ciudad, los que pensaban, hablaban y escribían en Bogotá. Se apoderaron de los lóbregos cafés de la ciudad, discutían en voz alta, recitaban versos sensuales, leían obras prohibidas por la Iglesia, escribían prosa y poesía para los diarios e incluso se asomaban a las ideas socialistas.

6

Ibíd., págs. 33-36.

7 Para recuentos de la elección desde la perspectiva conservadora, ver Aquilino Gai-

tán, Por qué cayó el partido conservador (Bogotá: s. e., 1955); José Restrepo Posada, La Iglesia en dos momentos difíciles en la historia patria (Bogotá: s. e., 1935); sobre la visión liberal, ver Luis Eduardo Nieto Caballero, «Cómo llegó el liberalismo al poder», en Plinio Mendoza Neira y Alberto Camacho Angarita, eds., El liberalismo en el gobierno, vol. i (Bogotá: Editorial Antena, 1946), págs. 16-30; Vallejo, Políticos, págs. 39-44.

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Estos jóvenes escandalizaban a la élite tradicional de Bogotá con sus actitudes irrespetuosas y su conducta extravagante. Vestían de colores vivos y se burlaban de los cachacos, esos bogotanos de la clase alta que lentamente paseaban por las calles con traje negro de chaleco, sombrero hongo y clavel rojo en el ojal, al rítmico balanceo de sus paraguas. Se reían de las presentaciones en sociedad y las sesiones de chismes al caer de la tarde, llamadas chocolate santafereño, en los hogares de la élite. La tradición venía desde la época colonial, cuando la ciudad se conocía como Santa Fe de Bogotá.8 Los jóvenes iconoclastas sentían que tenían poco en común con los viejos y estirados políticos que desempeñaban discretamente sus funciones públicas y evitaban en lo posible toda clase de publicidad. Aquellos habían participado en el Quinquenio, el primer gobierno de coalición del siglo. En 1909, asumiendo el nombre de «centenaristas», ya que su actuación se efectuaba cien años después de la proclamación de la independencia, derrocaron discretamente a Rafael Reyes, el general que fue el arquitecto del Quinquenio, porque a su parecer el régimen se había vuelto dictatorial. En 1910 formaron la Unión Republicana, un movimiento bipartidista que aspiraba a reemplazar a los viejos partidos con nuevos ideales republicanos. Estos liberales y conservadores moderados creían en la conciliación. Obtuvieron la mayoría en el Congreso y eligie8 Los jóvenes políticos estaban orgullosos de lo que hacían en calles y salones de Bogotá durante los años veinte y, una vez llegados al poder, rememoraban nostálgicamente sus días «bohemios». Para recuentos de sus vidas durante ese período, hechos por otros que no llegaron a ser tan poderosos, ver Gerardo Molina, Las ideas liberales en Colombia 1915-1934 (Bogotá: Ediciones Tercer Mundo, 1974); Vallejo, Políticos; José Antonio Osorio Lizarazo, Colombia: donde los Andes se disuelven (Santiago: Editorial Universitaria, 1955); J. J. García, Época y gentes (Bogotá: Ediciones Tercer Mundo, 1977); Laureano García Ortiz, «Los cachacos de Bogotá». Boletín de la Academia de Historia (1936): 126-29; y Germán Arciniegas, «La academia, la taberna y la universidad», Revistas de las Indias 58 (octubre 1943): 5-15.

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ron a uno de los suyos a la Presidencia. El movimiento no sobrevivió a la administración de Carlos E. Restrepo. Pero su ideal de compromiso se manifestó en los subsiguientes gobiernos conservadores de José Vicente Concha (1914-1918), Marco Fidel Suárez (1918-1921), Pedro Nel Ospina (1922-1926) y Miguel Abadía Méndez (1926-1930).9 El presidente Suárez era un filólogo renombrado que se pasaba la mayor parte de su tiempo leyendo textos desconocidos. Cuando hacía su diaria caminata matinal a la iglesia, pocos bogotanos reconocían a su presidente. Por su parte, Abadía Méndez, el último presidente de la república conservadora, era experto en los clásicos. Muy rara vez hablaba y pocos lo veían en las calles cuando caminaba hacia la universidad para dictar su curso de derecho público. La generación joven pasaba buena parte de su tiempo en público. El grupo más famoso se congregaba en el café Windsor, de propiedad de dos centenaristas liberales, Agustín y Luis Eduardo Nieto Caballero.10 Estos se denominaban apropiadamente Los Nuevos, tomando el nombre de una revista de corta vida publicada pocos años antes. Eran liberales y conservadores que se enorgullecían de su capacidad para discutir calmosa y racionalmente cuestiones en torno a las cuales habían ido a la guerra las generaciones anteriores. Estos ávidos intelectuales eran un microcosmos de los futuros dirigentes del país. López rara vez se dejaba ver allí, pues era mayor y más serio que los demás. Solía estar en otros lugares, cerciorándose de

9 Para un recuento maravilloso y matizado del desarrollo de la cultura del cachaco y su concomitante mentalidad civilizadora, ver Marco Palacios, «La clase más ruidosa». Eco. No. 254 (diciembre 1982): 113-56; para una visión general del período, ver José Fernando Ocampo, Colombia siglo XX: estudio histórico y antología política, 1886-1934 (Bogotá: Ediciones Tercer Mundo); Álvaro Tirado Mejía y Mario Arrubla, en Mario Arrubla y otros, Colombia hoy (Bogotá: Siglo xxi, 1978). 10 Augusto Ramírez Moreno, Los leopardos (Bogotá: Editorial Santa Fe, 1935), págs. 220-21.

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que no se le escapara el poder. Cuando el gobierno de transición de Olaya Herrera llegó a su fin en 1934, López fue elegido presidente. Sus cuatro años en el timón produjeron las reformas agraria, fiscal, laboral y constitucional más significativas de ese período, las cuales fueron denominadas la Revolución en Marcha. Impedido por la Constitución para ser reelegido en el siguiente período gubernamental, volvió a ser presidente en 1942. Los hermanos Alberto y Felipe Lleras Camargo figuraban entre los miembros principales del grupo del Windsor. Después de 1930 participaron en facciones opuestas del partido liberal. Alberto, el menor, se agarró al faldón de la levita de López y fue presidente durante un año, de 1945 a 1946. Felipe siguió a otro liberal, a Jorge Eliécer Gaitán, pero sentía menos inclinación por la vida pública que su hermano. Gaitán a veces iba al Windsor pero las charlas le parecían frívolas y poco constructivas.11 Algunos de los liberales que frecuentaban el Windsor eran izquierdistas. Gabriel Turbay, por ejemplo, estaba enamorado del comunismo y de los ideales de la revolución rusa. Pero después de 1930 se volvió miembro fiel del partido liberal. Ocupó prácticamente todos los puestos del gabinete, fue nombrado embajador en los Estados Unidos y a mediados de los años cuarenta parecía encaminado a la Presidencia.12 Otros, como José Mar, Luis Tejada y Luis Vidales, viraron a la izquierda, incluso antes de la victoria liberal. Algunos destacados intelectuales conservadores también hacían parte del grupo del Windsor. Cuatro de ellos, Augusto

11 José Antonio Osorio Lizarazo, Gaitán: vida, muerte y permanente presencia (Bogotá: Carlos Valencia Editores, 1979), págs. 66-67. Este libro fue publicado por primera vez por López Negri, en Buenos Aires, en 1952. 12 Ver Agustín Rodríguez Garavito, Gabriel Turbay: un solitario de la grandeza (Bogotá: Ediciones Prócer, 1966).

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Ramírez Moreno, Silvio Villegas, Eliseo Arango y José Camacho Carreño, formaron su propio grupo y agresivamente se denominaron Los Leopardos.13 Los obsesionaba una inquietud intelectual y cristiana ante el creciente auge del materialismo, y después de 1930 se convirtieron en los críticos más acerbos de los liberales en el poder. Tan absorbente como sus estudios y sus charlas en cafés era su devoción a las redacciones de los periódicos. Ya desde 1913 Eduardo Santos, quien se describía como hombre de letras y omnívoro lector, había hipotecado la pequeña casa que heredó para comprar El Tiempo, periódico que estaba dando sus primeros pasos y se hallaba en dificultades económicas, a su cuñado, Alfonso Villegas Restrepo.14 Santos hizo del Periódico un éxito financiero, y a través de sus ecuánimes editoriales se creó una sólida posición que había de llevarlo a la Presidencia en 1938. Alfonso López invirtió también en un periódico nuevo, El Diario Nacional, pero con menos éxito. A comienzos de los años veinte Villegas Restrepo volvió a probar suerte en el periodismo y fundó La República. Los liberales Fidel y Luis Cano llevaron de Medellín a Bogotá el periódico de su familia, El Espectador. En 1929 Los Leopardos fundaron El Debate, un diario católico que apoyaba las aspiraciones presidenciales de Guillermo Valencia. En mayo de ese mismo año José Camacho Carreño rompió con sus amigos y fundó El Fígaro para defender la candidatura de José Vicente Concha. La publicación más importante de la segunda mitad del decenio fue Universidad, dirigida por el intelectual liberal Ger-

13 Ramírez Moreno ofrece un recuento novelado, si bien no es completamente irreal, de sus hazañas en Los leopardos. 14 Tomás Rueda Vargas, «Recuerdos de El Tiempo viejo», en Escritos, 2 vols. (Bogotá: Antares, 1963). 2, págs. 306-11. Para la visión que tenía Santos de sí mismo como intelectual joven, ver sus observaciones durante su ingreso a la Academia Colombiana de la Lengua, julio 20, 1938, en Anuario de la Academia de la Lengua, 7 (1938): 115-16.

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mán Arciniegas. En las animadas páginas del semanario los futuros dirigentes expresaban libremente sus ideas sobre la situación del país, la vida intelectual y cultural, y su responsabilidad propia como futura generación de dirigentes. Alfonso López exigía eficiencia en los cargos públicos. Laureano Gómez se preguntaba si algún día surgiría una cultura colombiana. Carlos Lleras Restrepo, un diminuto estudiante de economía, precozmente calvo e incesante fumador, escribía sobre la necesidad de reestructurar las instituciones financieras del país. Gabriel Turbay y muchos otros se referían a la necesidad de reformar el Congreso. Gaitán escribía sobre derecho penal y les hacía saber a sus contemporáneos que sus ideas no eran ni tan originales ni tan avanzadas como ellos creían.15 La caballeresca controversia bipartidista era alterada a veces por Gómez y Gaitán. Estos introducían temas que obsesionaron a sus colegas durante sus años en el gobierno. Laureano Gómez era el hijo mayor de una familia de modestos recursos que se había trasladado a Bogotá en 1888. En Ocaña, Norte de Santander, eran conocidos como una familia conservadora respetable. Nació un año después del viaje, en el centro de Bogotá, a unas cuadras del Palacio Presidencial y de la Catedral, las dos instituciones que habrían de dominar su vida. Se educó en el Colegio de San Bartolomé, de los jesuitas, y en la Universidad Nacional, donde obtuvo su grado de ingeniero en 1909. Gómez era un estudiante reservado y tímido que sólo asumió su personalidad al entrar a la vida pública. Nunca practicó su profesión. A los dos años de salir de la universidad era ya representante a la Cámara, y en 1915 fue elegido senador por el departamento de Boyacá, sin que tuviera aún la edad legal para ocupar su curul.16 15 Las cáusticas observaciones de Gaitán se hallan en Universidad 81, mayo 12, 1928.

pág. 412. Existen más biografías de Gómez que de cualquier otro miembro de su generación, incluido Gaitán. Ninguna de ellas, sin embargo, llega a ser desapasionada o 16

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Poco después Gómez habría de obtener una reputación en el Congreso por sus dotes de orador. Le complacía decir lo inesperado, y pronto llegó a ser considerado el gran inquisidor de la cosa pública. Amigos y enemigos lo llamaban «el Monstruo» por su lucha implacable contra los presidentes de su propio partido y por sus campañas contra la laxitud, la inmoralidad y la corrupción en las altas esferas del gobierno. En 1921 Eduardo Santos y Fidel Cano fueron llamados al Palacio de la Carrera como mediadores en el conflicto causado por una diatriba oratoria de Gómez contra el presidente Suárez. El conservador acusaba al presidente de haber pedido un pequeño préstamo a unos empresarios extranjeros que lo habían visitado para indagar sobre las posibilidades de su negocio en Colombia. La suma era insignificante, y aparentemente el presidente no había hecho ninguna concesión condicionada al préstamo. Parece que Suárez había contraído algunas deudas y su exiguo salario presidencial era insuficiente incluso para mantener su austero e intelectual estilo de vida. Entristecido y humillado públicamente, Suárez reconoció su culpa, renunció y luego se desmayó en pleno Senado.17 La generación joven organizó conferencias para discutir los problemas que enfrentaba Colombia. López invitó a Gómez a presentar sus puntos de vista en una de ellas. El 8 de junio de 1928, ante la élite cultural y política de la ciudad reuni-

profesional. Ver José Francisco Socarrás, Laureano Gómez: psicoanálisis de un resentido (Bogotá: Editorial abc, 1942); Hugo Velasco, Ecce Homo: biografía de una tempestad (Bogotá: Ediciones argra, 1950); Felipe Antonio Molina, Laureano Gómez: historia de una rebeldía (Bogotá: Editorial Voluntad, 1940); Carlos H. Pareja. El Monstruo (Buenos Aires: Editorial Nuestra América, 1955). James Henderson ha adelantado una muy esperada biografía de este enigmático personaje. 17 El desafortunado incidente es descrito por Molina, Las ideas liberales, págs. 21014. Ver también Carlos Lleras Restrepo, Borradores para una historia de la república liberal (Bogotá: Editorial Nueva Frontera, 1975).

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da en el Teatro Municipal, Gómez escandalizó a sus oyentes al decirles que Colombia tenía pocas probabilidades de llegar a ser una nación civilizada. En su opinión, la mezcla racial de españoles fanáticos, indios salvajes y negros primitivos, junto a las adversidades climáticas y geográficas, había resultado fatal.18 La ciudad lo escuchó con desaliento, aunque Gómez no dijo nada nuevo. Estaba contradiciendo la creciente euforia de Los Nuevos, así como el optimismo que era la razón de ser del ciclo de conferencias. El Tiempo escribió que «las palabras del elocuente tribuno cayeron sobre esta ciudad alegre como una losa funeraria».19 A Eduardo Santos lo torturaba el mensaje del político conservador, porque de ser cierto, la política carecía de sentido. «Cómo decirle al pueblo que es necesario pugnar ardiente, ordenada, inteligentemente por superarse a sí mismo todos los días, por lograr que cada etapa de su vida sea mejor que la anterior, si no se cree en que pueda realizar esta tarea. Sin un pueblo no es posible fabricar siquiera un estado relativo de cultura».20 Las ideas de Gómez fueron ridiculizadas en los cafés y en los salones de la ciudad por simples, acientíficas y pesimistas. El 3 de agosto volvió al Teatro Municipal para responderles a quienes se habían burlado de él. Los políticos colombianos, exclamó, eran como unos peces. Fríos y mudos. «No pueden ejer-

18 Las conferencias de Gómez fueron publicadas como Interrogantes sobre el progreso de Colombia: conferencias dictadas en el Teatro Municipal de Bogotá (Bogotá: Editorial Revista Colombiana, 1929). Fueron reeditadas por Populibro en 1979. Para las opiniones de Gómez sobre otros temas, ver su obra El cuadrilátero (Bogotá: Editorial Centro, 1939); Comentarios a un régimen (Bogotá: Editorial Minerva, 1934) y Discursos (Bogotá: Colección Populibro, No. 1. Editorial Revista Colombiana, 1968). Muchos de sus escritos y discursos han sido reunidos recientemente en Obras selectas (Bogotá: Cámara de Representantes, Colección Pensadores Políticos Colombianos, 1981). 19 El Tiempo, junio 9, 1928, pág. 4. 20 Ibíd., junio 10, 1928, pág. 1.

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cer su resbaladiza agilidad, engordar y multiplicarse sino entre el agua […] Al sol, al aire libre, morirán».21 Esta vez el tono acre de Gómez y su inusitado ataque personal a los dirigentes de la nación fueron los que causaron conmoción entre la élite de la ciudad. Gaitán compartía la preocupación de Gómez por la moralidad en el gobierno. En junio de 1929, junto con el leopardo Silvio Villegas, organizó una manifestación de protesta contra los malos manejos del municipio, con tan inesperado éxito que estuvieron a punto de tumbar al presidente Abadía Méndez.22 Tres meses después Gaitán atacó durante dos semanas al gobierno y al ejército por la matanza de los trabajadores de las bananeras en Ciénaga, en huelga contra la empresa norteamericana United Fruit Company. Los discursos diarios de Gaitán constituyeron la primera defensa del pueblo colombiano desde el recinto del Congreso de que tuvieron memoria los bogotanos.23 El debate puso a Gaitán en primer plano ante la opinión pública y lo convirtió en figura clave de la caída de la república conservadora.

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Gómez, Interrogantes, pág. 71.

22 El relato más completo de este acontecimiento es el de Alejandro Vallejo,

Bogotá: ocho de junio (Bogotá: Publicaciones de la Revista Universidad, 1929); los conservadores también cubrieron los eventos en El Debate, junio 7-9, 1929. 23 Entrevista 49, con Agustín Utrera, barbero de Bogotá y seguidor de Gaitán, diciembre 5, 1979; entrevista 55, con Manuel Jiménez, seguidor de Gaitán, diciembre 7, 1979; entrevista 5, con Pío Nono Barbosa Barbosa, carpintero y albañil, seguidor de Gaitán, abril 8, 1979, y conversaciones subsiguientes. Es esta la masacre de los obreros de las bananeras, cuya fama mundial se debe a Gabriel García Márquez y su Cien años de soledad. Muchos años antes de que García Márquez enfrentara las cuartillas en blanco, Gaitán, el político pragmático, comprobó el error del novelista. García Márquez rodeó en silencio a los muertos de esa masacre. Al haber decretado la historia oficial que los muertos no murieron, no podían, por lo tanto, ser recordados. Pero Gaitán había asegurado que tal cosa no sucedería. Hoy en día, año tras año, se recuerda a los muertos en Colombia no como una fantasía, sino como una realidad. Una relación más completa de las actividades de Gaitán en el caso de los obreros de las bananeras se presenta en el tercer capítulo.

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Olaya Herrera regresó de Washington para efectuar una corta campaña, donde se colmaron las plazas de Bogotá, Medellín y Cali. Los liberales estaban gratamente sorprendidos de la súbita popularidad de su partido, pero los conservadores jóvenes temían que la política estuviese cambiando con demasiada rapidez. Se preguntaban cómo les iría con los liberales en el poder. ¿Los nexos de generación y de estilo les permitirían gobernar juntos? Olaya Herrera triunfó sobre los conservadores divididos con sólo el 44,9% de los votos.24 La jugada les salió bien a los liberales, y el nuevo presidente formó un gabinete de coalición, llamado Concentración Nacional, con conservadores y liberales, viejos y jóvenes.25 Los redactores de El Debate no se inquietaron demasiado por la victoria de Olaya. Lo tenían, como a su propio candidato, Guillermo Valencia, como a un hombre de paz que representaba sus ideales; mientras que el otro candidato conservador, Vázquez Cobo, significaba un retroceso a la época de los caudillos militares. Pensaron que no habría mayores cambios, que la república centralista permanecería intacta, igual que la Constitución y las relaciones entre la Iglesia y el Estado, que nada alteraría el orden, la libertad y la justicia.26 Los conservadores recordaron a sus lectores que Olaya era tan adverso como ellos al tumulto, al desorden y a la licencia.27 Parecía que la generación iba a mantenerse unida.

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Mauricio Solaún. «Colombian Politics: Historical Characteristics and Problems», en R. Albert Berry, Ronald G. Hellman y Mauricio Solaún, eds., Politics of Compromise: Coalition Government in Colombia (New Brunswick, N.J. Transaction Books, 1980), págs. 9-20. 25 Para un estudio profundo de los ministros del gabinete durante el siglo xx, ver John I. Laun, El reclutamiento político en Colombia: los ministros de Estado, 1900-1975 (Bogotá: Universidad de los Andes, 1976). 26 El Debate, febrero 14, 1930, pág. 3. 27 Ibíd., febrero 13, 1930, pág. 3.

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Después del 9 de febrero de 1930, los liberales y conservadores jóvenes iniciaron un largo período de campañas electorales. La paz habría de traer consigo el respeto por la vida y por la Constitución. En el horizonte se atisbaba a largo plazo una movilización sosegada del pueblo. A mediados de los años cuarenta, cuatro elecciones presidenciales y ocho para el Congreso habían alterado dramáticamente la relación entre los políticos y el pueblo. Si un contrato social seguía pareciendo distante, tampoco se trataba de una de esas treguas tradicionales que les permitía a los jefes mantener sus posiciones.

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. Código Penal).

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