Platcha Gabriel - Andres

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Descripción: Platcha Gabriel - Andres...

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Portadilla Legales Agradecimientos Prólogo M i encuentro con la PNL Introducción. ¿Quién dirige nuestro barco?? Primera parte. La cartografía de la PNL Capítulo 1 ¿Qué es la PNL? Capítulo 2. Los orígenes de la PNL Capítulo 3. Recursos para el cambio Capítulo 4. Estados perceptuales asociado y disociado Capítulo 5. Los estados internos en la PNL Capítulo 6. Los objetivos Segunda parte. M apas para la mente Capítulo 7. M odelos del mundo Capítulo 8. Cómo construimos los modelos del mundo Capítulo 9. Cambios en el modelo del mundo Capítulo 10. La intención positiva del síntoma Capítulo 11. El inconsciente y la PNL Capítulo 12. El conflicto interior Tercera parte. M apas para los vínculos Capítulo 13. La trama que conecta: comunicación y PNL Capítulo 14. Los sistemas de representación Capítulo 15. Pistas de acceso ocular Capítulo 16. El arte de entrar en contacto Capítulo 17. Sanar los vínculos Cuarta parte. M apas para el cuerpo Capítulo 18. Cartografiar lo corporal Capítulo 19. El cuerpo que habla Capítulo 20. Reencuadre Capítulo 21. Diálogos con el cuerpo Capítulo 22. Submodalidades Quinta parte. M apas para el espíritu Capítulo 23. PNL y espiritualidad Capítulo 24. Los niveles de la experiencia Epílogo. El territorio más allá de los mapas Bibliografía

Plachta, Gabriel PNL mapas para el cambio. - 1a ed. - Buenos Aires : Alhue, 2013. - (Caminos de transformación; 0) E-Book. ISBN 978-987-1260-29-4 1. Programación Neurolingüística. I. Título CDD 158.1

© 2009, Gabriel Plachta Los contenidos vertidos en este libro son de exclusiva responsabilidad del autor. Queda totalmente excluida la responsabilidad de la editorial por daños físicos, materiales o patrimoniales. Alhué es una marca registrada de Editorial Albatros PNL mapas para el cambio Copyright © 2009 by EDITORIAL ALBATROS SACI J. Salguero 2745 5º - 51 (1425) Buenos Aires - República Argentina E-mail: [email protected] www.albatros.com.ar Primera edición en formato digital: marzo 2013 No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446. ISBN edición digital (ePub): 978-987-1260-29-4

Gabriel Plachta

PNL Mapas para el cambio

A Angie y a Paloma, sobre sus alas aprendí a volar por encima de mis limitaciones.

Agradecimientos Quiero expresar mi más profundo agradecimiento a mis maestras en el arte y la ciencia de la PNL: Lidia Estrin y Lidia M uradep, ambas se brindaron con una generosidad y una entrega iluminadoras. Particularmente, a Lidia M uradep, por enseñarme a confiar en el gigantesco poder para cambiar y sanar que alberga el corazón de los seres humanos. A mis colegas durante los primeros años del Centro Terapéutico de la Escuela de PNL: Fabián Flaiszman, Graciela M oncarz, Adriana M oldován, M ónica Lewin, M iguel Vayo, y a la memoria de Guillermo Figueroa. A mis maestros de la Asociación Gestáltica de Buenos Aires, del Grof Transpersonal Training, a mis compañeros de ruta, colegas, amigos, terapeutas: todos ellos me han abierto la cabeza y el corazón de mil maneras diferentes. A todos los pacientes que a lo largo de veinte años se entregaron, confiaron y me honraron permitiéndome acompañarlos durante un tramo de sus propios caminos. A Eduardo di Chiazza, por pedirme que escribiera este libro, y por un millón de cosas más.

PRÓLOGO Es un placer para mí escribir este prólogo ya que Gabriel Plachta, con su talento, ha realizado un excelente trabajo presentando los principios fundamentales de la PNL y sus herramientas orientadas a la salud de un modo sumamente accesible. Es también una gran satisfacción ver plasmada en este libro parte de la extraordinaria experiencia que vivimos juntos. El Lic. Plachta fue uno de los primeros terapeutas que formó parte del Centro de Excelencia Terapéutica de la Escuela. Hicimos un trabajo de investigación muy profundo sobre la aplicación concreta de la PNL en esa área. Trabajamos intensamente, investigando y descubriendo los mapas del mundo que tienen las personas y la manera de aplicarles este modelo terapéutico. Su aporte y su entrega fueron de gran estímulo para la labor compartida. La confianza y la apertura de creer que el cambio es posible en tiempos más breves, comprometiendo más al paciente en su propio proceso de transformación, le permitió iniciar el camino que hoy vemos desarrollado en esta obra. La historia del sabio capitán del barco que Gabriel nos ofrece al comienzo es una hermosa metáfora, un mapa claro y preciso para guiarnos hacia una vida llena de posibilidades, una clave mágica en la búsqueda de recursos para mejorar nuestra calidad de vida. Asimismo, considero de enorme valor la habilidad con que Gabriel nos muestra tan claramente la diferencia entre “mapa” y “territorio” en todas las dimensiones de la vida del ser humano como “hacedor de modelos”, aporte fundamental de la PNL en la comprensión de la experiencia humana subjetiva. Gabriel presenta aquí, por otra parte, herramientas específicas que pueden ser aplicadas efectivamente con uno mismo y en cualquier interacción humana, para organizar y reorganizar de manera eficaz nuestra propia experiencia y la de los otros. Deseo fervientemente que, así como él se sintió atraído hacia la PNL por el prólogo que Gregory Bateson escribió para La estructura de la magia I, de John Grinder y Richard Bandler, las palabras de Gabriel también puedan inspirar a sus lectores a poner en práctica estas enseñanzas consigo mismos y con otros, vivenciando la magia de la PNL. Lidia M uradep

Directora y fundadora de la Escuela Argentina de PNL y Coaching

MI ENCUENTRO CON LA PNL… Los últimos cincuenta años han visto un enorme aumento en el entendimiento que el hombre tiene de sí mismo, sin embargo no hemos visto un cambio correspondiente en nuestra capacidad de disfrutar la vida, en el expandir y ensanchar nuestro sentido de vitalidad y crecimiento. Mi credo es que el hombre puede vivir una vida más plena y más rica que la que la mayoría de nosotros vivimos en la actualidad. Fritz Perls …pareció fortuito, pero como descubriría más tarde, no tuvo nada de azaroso. Una tenue línea iba hilvanando los sucesos de mi vida y —aunque yo no pudiera escucharla— la misma vocecita interior que me susurraba “por este camino sí, por ese no”, hizo que me detuviera en un anaquel particular de aquella librería y que tomase un extraño libro que llamó mi atención por dos motivos diferentes. La estructura de la magia Volumen I - Lenguaje y terapia

Primero, algo del título me atrapó: la magia. La magia siempre había despertado en mí evocaciones de lo misterioso, lo oculto, lo no revelado. Desde niño, había comprendido que, bajo la realidad aparente que el mago mostraba, se escondía un truco. Intuía que la vida misma funcionaba de esa manera: mecanismos desconocidos operan bajo nuestras narices sin que los veamos produciendo efectos sorprendentes. Descubrir los mecanismos ocultos se convirtió en uno de los motores de mi vida. Así como algunos amigos desarmaban relojes y máquinas tratando de entender su funcionamiento, y otros miraban por telescopios o microscopios animados por los enigmas del macro y el microcosmos, yo me incliné por los misterios del alma y por el comportamiento humano. Y el libro que sostenía en mis manos decía que la magia tenía una estructura. ¡Y el conocimiento de esa estructura parecía tener que ver con el lenguaje y la terapia! Como psicólogo y terapeuta que estaba dando sus primeros pasos, escéptico frente a casi todo lo que había estudiado en la universidad, y sin más compromiso que el de seguir aprendiendo, me di cuenta al instante de que el libro que sostenía ofrecía, por lo menos, algo nuevo, diferente. Luego, en letras grandes, seguía el nombre de los autores. Richard Bandler y John Grinder

Ignotos para mí, no significaban nada. Pero a continuación, en letras pequeñas, decía: Prólogo Gregory Bateson

Y ese nombre fue el segundo motivo por el cual el libro llamó mi atención. Bateson era un gigante. En aquella época yo no había profundizado todavía demasiado en su obra, pero maestros y autores que respetaba, se referían a él con profunda admiración. Pensador y científico lúcido, en su afanosa búsqueda por develar el funcionamiento de la comunicación, los patrones de interacción que sostienen a los sistemas vivos —descubrir, en fin, la “pauta que conecta” a todas las cosas—, había abarcado campos del conocimiento tan disímiles como la antropología, la biología, la psiquiatría y la etología. Yo me preguntaba si esa “pauta que conecta” tendría que ver con aquellos mecanismos desconocidos y ocultos que tanto me intrigaban. Además, Gregory Bateson había inspirado el trabajo de Paul Watzlawick, Janet Beavin y Don Jackson — miembros del famoso equipo de investigadores del Mental Research Institute de Palo Alto, California— que

pocos años atrás habían revolucionado mi cabeza con su obra Teoría de la comunicación humana. Mis manos volaron hacia el prólogo del libro. Allí, Bateson decía (1): Es un extraño placer escribir un prólogo en este libro, porque John Grinder y Richard Bandler han hecho algo como aquello que mis colegas y yo intentamos hacer hace quince años (…) La tarea era fácil de definir: crear los inicios de una base teórica adecuada para la descripción de la interacción humana (…) Grinder y Bandler se han enfrentado a los problemas que nosotros tuvimos, y esta serie de libros es el resultado. Ellos tienen herramientas que nosotros no tuvimos o que no sabíamos usar. Han logrado obtener de la lingüística una base teórica y simultáneamente una herramienta terapéutica (…) han logrado explicitar la sintaxis sobre cómo la gente evita el cambio, y por lo tanto, cómo ayudarlos a cambiar (…) Pero, indudablemente, lo que era muy difícil de decir en 1955, es sorprendentemente más fácil decirlo en 1975. ¡Ojalá que sea escuchado!

¡Por supuesto que iba a escucharlo! Mi cabeza galopaba y un estremecimiento de regocijo recorrió mi cuerpo cuando salí de la librería. Promediaba el año 1988, pocos meses después comenzaba mis estudios de PNL en uno de los primeros grupos de formación que se abrieron en Buenos Aires conducidos por Lidia Muradep y Lidia Estrin.

1 Bandler, R y Grinder, J. La estructura de la magia I. Cuatro Vientos, 1980. Santiago de Chile.

INTRODUCCIÓN ¿QUIÉN DIRIGE NUESTRO BARCO?

REFLEXIONES ACERCA DEL PODER PERSONAL Algunas personas transitan por la vida como víctimas de sus circunstancias. Se ven a sí mismas como hojas arrastradas por el viento, incapaces de decidir sobre su destino. Abrumadas por un mundo que las precede, las condiciona y les pesa sobre los hombros, sólo pueden reaccionar a lo que la vida les presenta. No eligen, no reconocen tener algún poder sobre sí mismas. Experimentan la existencia como resultado de las influencias externas: la suerte, el destino, la educación que han recibido, la familia, las instituciones, la sociedad. No son ellas mismas las que generan los resultados en sus vidas. Son sus jefes, sus familias, sus maridos o sus esposas los responsables de que sean felices o desdichadas. Es el gobierno, el mercado, la sociedad o el ministro de economía quienes determinan su pasar económico. Son los genes, el clima, la suerte o la mala suerte los que establecen su salud o su enfermedad. Consideran a la vida, al mundo y a sí mismas como impredecibles e ingobernables. No es infrecuente que se sientan desesperadas, pequeñas, desprotegidas, impotentes frente a un mundo inmanejable y hostil. Como barquitos de papel lanzados a un océano infinito, sólo les queda dejarse llevar, cerrar los ojos y apretar los puños rogando que la película termine pronto. Por otro lado, hay personas que viven como si fueran los capitanes que dirigen su propio barco. Dueñas de los resortes que dan forma a su destino, planifican, controlan y organizan su propia vida como si de ellas dependiera que el sol salga cada mañana y se ponga al anochecer. En la certeza de que “lo pueden todo”, consideran que nada está fuera de su alcance. Seguras, poderosas, invencibles, están convencidas de que los resultados que obtienen en la vida dependen exclusivamente de ellas mismas. Estas personas consideran que tienen el poder para controlar su existencia: manejan su vida, su cuerpo, su mente y sus vínculos según su propio antojo. Son ellas las que toman o dejan, las que eligen, las que deciden. No aceptan otro rol que el de protagonistas de la película de sus vidas. Y, como si eso no fuese suficiente, también se comportan como sus directores, sus productores y sus guionistas. Son los reyes del optimismo, del pensamiento positivo y del control mental. Si observamos a estos dos grupos de personas, vemos que las primeras renuncian al poder sobre sí mismas con idéntica intensidad con la que las segundas lo detentan. Así como unas creen no poder nada, las otras creen poderlo todo. Como polos opuestos, unas se achican demasiado frente a la existencia, y las otras se le agrandan. Ambos grupos tensan la cuerda hacia los extremos, exagerando o minimizando la capacidad de influir en los resultados que los seres humanos obtenemos en la vida. A uno de estos polos lo llamamos omnipotencia; al otro, impotencia.

LA OMNIPOTENCIA Y LA IMPOTENCIA INTERIOR Lo interesante es que ambas modalidades no se refieren solamente a dos tipos distintos de personas, sino que también se corresponden con aspectos interiores de nosotros mismos: en mayor o en menor medida, todos tenemos dentro de nosotros esos dos aspectos. Adquieren la forma de personajes que nos habitan y nos hablan desde adentro. Uno nos dice que no

podemos, que la vida es demasiado ingobernable, que la buena o mala fortuna depende de factores externos; mientras que el otro nos tienta con la creencia de que lo podemos todo. No necesariamente uno de ellos nos domina por completo. Si nos observamos con atención, podremos descubrir en qué áreas de nuestra vida uno de ellos prevalece sobre el otro. Por ejemplo, hay personas que se consideran capitanes de barco en el trabajo, mientras que con sus vínculos y sus afectos se sienten como hojas llevadas por el viento. Otras confían en que lo controlan todo dentro de su casa, pero se sienten inseguras y vulnerables cuando se trata de salir al mundo. Hay quienes creen que pueden dominar su mente, pero no pueden con su cuerpo. Y quienes controlan su cuerpo, pero se sienten impotentes frente al funcionamiento de su mente. A esta incongruencia interior se debe el hecho de que, a veces, eludamos hacernos responsables por cosas que están a nuestro alcance, mientras que otras veces nos frustramos y afligimos por situaciones que no podemos manejar aun cuando están por fuera de nuestras posibilidades. Sin embargo, entre uno y otro extremo, en un espacio interior alejado tanto de la impotencia como de la omnipotencia, puede surgir una conciencia de nuestra genuina potencialidad. Un conocimiento del auténtico poder personal que todos los seres humanos disponemos para darle forma a nuestro vivir. No estamos absolutamente condicionados, pero tampoco somos absolutamente libres. Entre ambos polos se abre un arco iris de elecciones, de aprendizajes, de desarrollo de capacidades y de transformaciones posibles. Cuando trascendemos el falso estado de “no poder nada”, y renunciamos al ilusorio “poderlo todo”, desembarcamos en un territorio amplio y fértil, el de descubrir lo que realmente podemos. Conectarnos con el estado de auténtica potencia requiere de un trabajo interno tan delicado como fructífero. Esta idea la expresa bellamente una plegaria que utilizan los grupos de Alcohólicos Anónimos y que dice: Señor, dame coraje para cambiar las cosas que puedo cambiar, serenidad para aceptar las que no puedo cambiar, y sabiduría para distinguir la diferencia.

PODER PERSONAL Un sabio capitán de barco —con la barba encrespada de sal y el rostro curtido de tormentas—, no se comporta como si lo pudiese todo ni como si no pudiese nada. En primer lugar, conoce su buque: sabe de su envergadura, la carga que puede llevar, la potencia de sus motores, la destreza de su tripulación. Dispone de instrumentos y cartas de navegación. Cuenta con su instinto y su experiencia. No controla las mareas y los vientos, pero sabe dejarse llevar por ellos. No tiene potestad sobre las tormentas, pero aprendió cómo conducir su nave a través de ellas. No tiene el poder para hacer desaparecer arrecifes ni bancos de arena, pero sí está a su alcance evitarlos y conducir su barco a buen puerto. Ese capitán se hace cargo de su verdadero poder personal. Sabe que no lo controla todo y también sabe que está muy lejos de no poder controlar nada. No lucha contra la corriente, pero tampoco se deja arrastrar por ella de cualquier modo. Aprendió el delicado equilibrio entre fluir y controlar, dejarse llevar y dirigir. Es tan absolutamente responsable por lo que está a su alcance como profundamente respetuoso y humilde frente al misterio de lo ingobernable. Ha logrado trascender el conflicto entre la impotencia y la omnipotencia para acceder a un estado interior de auténtica potencia. A dicho estado interior, lo llamamos “poder personal”. Este “poder” no es un poder sobre otros, no pertenece a ninguna jerarquía de dominio ni se impone por la fuerza sometiendo a uno mismo ni a los demás. Es un poder en el sentido de potencia: la capacidad de desplegar en el mundo las posibilidades de crecimiento y de maduración que están latentes y pertenecen por derecho propio a cada ser humano. Es la posibilidad de ser lo que auténticamente somos, y de hacer en la vida lo que nuestro ser necesite para expresarse en plenitud. Es el motor que nos impulsa a realizarnos, a responder al llamado de nuestra vocación,

a plasmar una vida plena de sentido. Es el poder de amar, gozar, construir, servir y trascender. Este espacio de auténticas posibilidades es el que comenzó a explorar y cartografiar la PNL hace poco más de treinta años, y del cual nos ocuparemos en este libro.

PRIMERA PARTE LA CARTOGRAFÍA DE LA PNL

Hay un modo completamente distinto de enfocar el cambio que nosotros denominamos enfoque generativo o de enriquecimiento. En lugar de buscar qué anda mal y arreglarlo, es posible pensar sencillamente acerca del modo en que podría enriquecerse la vida.

Richard Bandler y John Grinder

CAPÍTULO 1 ¿QUÉ ES LA PNL?

UN MODELO PRAGMÁTICO La PNL es un modelo pragmático que brinda herramientas experimentales y cognitivas que facilitan los procesos de comunicación y cambio personal. Es utilizada ampliamente por terapeutas profesionales, coaches, asesores, mediadores, entrenadores, y por otros profesionales que saben que la comunicación es su principal herramienta de trabajo: gerentes, vendedores, abogados, periodistas, educadores. Aunque muchas veces se la presente como un conjunto de técnicas poderosas sobre la comunicación, el cambio y el crecimiento personal, la PNL en realidad es un rico modelo sobre la experiencia humana que va más allá de sus técnicas. Es un modelo en tanto representa de una manera clara y simple una realidad infinitamente compleja: la subjetividad y el comportamiento de los seres humanos. Y decimos que es “pragmático” porque no pretende explicar lo que los seres humanos “realmente somos” en toda nuestra profundidad, sino que se propone develar un conjunto de patrones que dan cuenta de la manera en que las personas funcionamos. A la PNL le interesa que sus modelos acerca de la comunicación, el cambio y el crecimiento personal funcionen, no se ocupa de formular teorías ni explicaciones acerca de lo que las personas en realidad somos. La PNL estudia la experiencia humana subjetiva. Esto significa que investiga la manera en que nos representamos internamente la realidad y nos movemos en el mundo para lograr los resultados que deseamos. Richard Bandler y John Grinder, los creadores de la PNL, no se propusieron fundar una nueva escuela de psicoterapia. En principio, buscaron modelar comportamientos de excelencia, es decir, se propusieron investigar cómo ciertas personas notables hacían lo que hacían para obtener resultados excelentes. Pensaban que cualquier comportamiento —por más misterioso, intuitivo, complejo o genial que parezca—, tiene una estructura, y si lograban descifrar esa estructura, podrían construir un modelo de ese comportamiento. Cuando contaran con un modelo de ese comportamiento, podrían no sólo aprenderlo, sino también transmitirlo para que pudiese ser aprendido por otras personas. Y eso es lo que efectivamente hicieron. La “construcción de modelos” es el campo de trabajo de la PNL. El método que desarrollaron se llama “modelar”. Los primeros personajes notables con los que comenzaron sus investigaciones de modelado fueron tres extraordinarios terapeutas que por aquellos años se destacaban en el campo de la práctica clínica en Estados Unidos: Virginia Satir, Fritz Perls y Milton Erickson. El conjunto de patrones y técnicas de comunicación y cambio personal obtenidos a partir del modelado de esos tres terapeutas constituye la base y el origen de lo que luego se dio en llamar PNL. En un principio, quienes se nutrieron con estos nuevos conocimientos fueron los terapeutas: la PNL les brindaba un conjunto de herramientas muy poderosas con las que podían ayudar a sus pacientes. Luego, las técnicas de PNL se fueron difundiendo en los ámbitos más variados. Cuando conocí a la PNL, transitaba los comienzos de mi camino como terapeuta. Realmente tenía muy poca idea acerca de qué hacer con un paciente cuando se sentaba frente a mí en el consultorio. Los años de universidad me habían llenado la cabeza con toneladas de información y teorías, pero mi caja de herramientas prácticas era bastante pobre. Los largos años de análisis personal como paciente, si bien me habían ayudado en muchos sentidos, tampoco me estimulaban demasiado a querer seguir el modelo terapéutico tradicional. Imaginaba que debía existir una forma de trabajar que resultara más eficaz, que permitiera obtener resultados en tiempos más breves, que promoviera una relación más informal e igualitaria entre terapeuta y paciente, que

generara un vínculo de mayor independencia y que permitiese al paciente tomar un rol activo en su proceso. Imaginaba una terapia que no se centrara exclusivamente en el análisis y la comprensión racional de los problemas. A mí no me hacían ninguna gracia los chistes sobre psicólogos cuyos pacientes decían: “Gracias al análisis ahora entiendo todo lo que me pasa… ¡pero no puedo resolverlo!”. Me interesaba una terapia que ayudara a las personas a cambiar, no a entender. Encontré esto y más en la PNL. Durante los primeros años apliqué este método como exclusivo método terapéutico, luego, enriquecieron mi trabajo la Gestalt, la Respiración Holotrópica y una mirada transpersonal-integral del ser humano.

Como terapia, la PNL puede ser considerada como un método en sí mismo. Sin embargo, muchos terapeutas provenientes de otras escuelas, encontraron en ella modelos y estrategias que les permitieron acrecentar sus habilidades clínicas integrando elementos de la PNL a sus enfoques originales.

¿QUÉ QUIERE DECIR “PROGRAMACIÓN NEUROLINGÜÍSTICA”? Si me propusiera definir lo que es un caramelo de frutillas enunciando la fórmula química de sus componentes, obtendría una definición totalmente correcta y al mismo tiempo profundamente desabrida: no me daría ninguna información acerca de lo que el caramelo es en la experiencia sensorial de comerlo. Algo parecido sucede con el nombre “PNL”. Es un tanto complejo, tan correcto como alejado de la experiencia de lo que es “hacer” PNL en la práctica, y además, se presta a algunas interpretaciones confusas que me gustaría despejar. Me he encontrado con que la palabra “programación” despierta el rechazo de muchas personas que no se sienten cómodas con el hecho de pretender “programar” a los seres humanos. De hecho, yo mismo fui una de esas personas hasta que comprendí que no era ese el sentido que dicho concepto tiene en este modelo. En la PNL, se entiende la “programación” en un sentido estricto y técnico, como “el proceso de organizar los componentes de un sistema para conseguir resultados específicos”. Cuando Bandler y Grinder estudiaban un comportamiento para modelar (por ejemplo, la manera en que Fritz Perls trabajaba con una persona promoviendo un diálogo entre su paciente y un personaje imaginario ubicado en una silla vacía frente a él), ellos consideraban al comportamiento del psiquiatra como un programa: una secuencia de pasos organizados de una manera específica con el fin de obtener un resultado. Lo que ellos buscaban era comprender dicho programa —la manera en que Perls guiaba al paciente durante esa experiencia— a fin de construir un modelo del mismo. Por otro lado, la palabra compuesta “neurolingüística”, se puede confundir con el campo en el que neurólogos y psicólogos estudian y tratan ciertas patologías de la comunicación causadas por lesiones en el sistema nervioso. Tampoco es ese el sentido de dicho término para la PNL. En nuestro contexto, “neuro” refiere al hecho de que todo comportamiento es el resultado de procesos neurológicos, y “lingüística” a que los procesos neurológicos se nos representan en nuestra experiencia subjetiva a través del lenguaje. De esta manera, podríamos definir a la PNL como un modelo que da cuenta de: • Cómo las personas organizamos nuestros procesos mentales con el objeto de obtener ciertos resultados específicos. • Cómo esos procesos están basados en el funcionamiento de nuestro sistema nervioso. • Cómo traducimos esos procesos construyendo modelos del mundo a partir del lenguaje. • Cómo podemos cambiar modelos limitantes o patológicos por otros más posibilitadores o saludables. Y aún cuando hemos definido qué es la PNL, todavía no hemos probado su sabor.

CAPÍTULO 2 LOS ORÍGENES DE LA PNL

MODELO REMEDIAL Y GENERATIVO EN PSICOTERAPIA Desde sus orígenes, la psicoterapia se abocó a tratar con la psicopatología. Este enfoque, al que podemos llamar “remedial”, se centró en el estudio de la persona enferma, y su propósito consistió en buscar los métodos más apropiados para curarla. Muchas de las corrientes psicológicas más importantes que hoy conocemos pueden ser incluidas en este modelo. Un cambio de perspectiva interesante comenzó a desarrollarse hacia mediados del siglo XX con el surgimiento del Movimiento del Potencial Humano, que empezó a estudiar a la persona sana y se centró en buscar métodos que apuntaran al desarrollo de las capacidades y al despliegue de las potencialidades de crecimiento que todos los individuos tenemos. Dentro de este enfoque, al que denominamos “generativo”, el rol del psicoterapeuta ya no estaba restringido al de curar lo psicopatológico, sino que se ampliaba al de ser un facilitador de los procesos de desarrollo de las personas. Conceptos tales como “evolución”, “maduración”, “crecimiento personal”, “autorrealización”, comenzaron a ganar un espacio antes ocupado por palabras como neurosis, psicopatología y enfermedad. En este escenario, con un pie en el modelo remedial y otro en el generativo, surgió la PNL a comienzos de 1970. Si bien, como veremos más adelante, la PNL no reconoce fundamentos teóricos en ninguna escuela psicológica, y se define más bien como un modelo pragmático que como una teoría; nace en un momento y en un lugar en que nuevas ideas y perspectivas bullían con efervescencia y generaban un terreno propicio que sin duda influyeron sobre su desarrollo. En el campo de la psicoterapia se estaban consolidando dos importantes movimientos: la llamada Tercera Fuerza en Psicología o Movimiento del Potencial Humano por un lado —entre cuyos referentes incluimos a Abraham Maslow, Carl Rogers y Fritz Perls—, y cuyo centro se sitúa en el Instituto Esalen (Big Sur, California), fundado en 1962 por Michael Murphy y Richard Price; y por otro, el de la Psicoterapia Sistémica, que giraba en torno al Mental Research Institute de Palo Alto (California), cuyos referentes más notorios fueron Gregory Bateson, Don Jackson, Virginia Satir, Jay Haley, Paul Watzlawick e indirectamente Milton Erickson. Aun con sus múltiples diferencias, estos movimientos buscaban desarrollarse por caminos distintos al de las dos escuelas psicoterapéuticas que habían dominado el campo de la psicología durante años: el psicoanálisis y el conductismo. Descreían tanto de las complejas teorías formuladas por Sigmund Freud como de la excesiva simplificación que proponían los psicólogos conductistas. No consideraban fructífero el camino de adentrarse en las profundidades del inconsciente —y menos interpretándolo desde la sesgada visión de un autor particular—, como tampoco restringirse a la mecánica modificación de la conducta de un individuo aislado que apenas respondía a premios y castigos. No compartían los métodos terapéuticos basados en el análisis de la transferencia y la interpretación del inconsciente, como tampoco los del condicionamiento operante. Estos nuevos enfoques diferían mucho entre sí en tanto se sustentaban en distintas teorías y filosofías — tales como la fenomenología, el existencialismo, la cibernética, la teoría de sistemas, las tradiciones de sabiduría de Oriente, la bioenergética, el psicodrama de J. L. Moreno, la psicología de Carl G. Jung—; pero,

aun a riesgo de generalizar demasiado, podríamos decir que por otro lado también compartían ciertas visiones comunes: • un enfoque centrado en el presente; • una orientación hacia la resolución de problemas; • una visión evolutiva, teleológica, dirigida al crecimiento y al desarrollo personal; • una preferencia por métodos experienciales más que intelectuales; • un enfoque que consideraba a la persona no como un sujeto aislado sino como parte de un sistema de interacciones; • una mirada holística, totalizadora, que pretendía integrar tanto la dimensión psicológica, como la corporal, la social, y en algunos casos, la espiritual o trascendente. Estas visiones comunes a los nuevos enfoques surgidos en la segunda mitad del siglo XX también son compartidas por la PNL. Conforman el escenario en el que nuestro modelo hace su aparición. Como veremos más adelante, este escenario fue tan sólo un punto de partida, una plataforma de lanzamiento… la PNL va todavía más allá. FRITZ PERLS En 1973, la editorial Science and Behavior Books de Palo Alto, California, publicó un libro llamado El enfoque gestáltico y testimonios de terapia. En realidad son dos obras distintas publicadas en un mismo volumen. El enfoque gestáltico fue el último libro que escribió Fritz Perls poco antes de su muerte en 1970; en él desarrolló de manera clara y al mismo tiempo contundente, los fundamentos conceptuales y la particular forma de entender el proceso terapéutico, según el enfoque gestáltico qué él mismo había creado. La segunda parte del libro, en cambio, no fue escrita directamente por Perls. Esta obra es fruto de transcripciones de sesiones de grupos de terapia y de formación que Perls había dirigido y que habían sido filmadas en cinta cinematográfica. Robert Spitzer, editor en jefe de la editorial, había encargado la tarea de revisar las películas y de seleccionar el material que serviría de base para la edición del libro, a quien por ese entonces era un joven estudiante que tomaba cursos de psicología en la Universidad de California. Este estudiante era Richard Bandler, el mismo que tiempo más tarde crearía junto a John Grinder la PNL. Spitzer escribió en una nota introductoria a Testimonios de terapia (1): “(Fritz Perls) no consideraba que su trabajo fuera enigmático ni milagroso. Creía que una vez que se comprendiera realmente el proceso gestáltico, estos milagros aislados encontrarían su lugar. Tenía la esperanza de que estas películas y estos libros contribuirían a deshacer el mito del culto a Fritz Perls”. Pocos años después, un concepto similar iba a ser expresado en el capítulo inicial del primer libro de PNL, La estructura de la magia, escrito por Richard Bandler y John Grinder, y publicado en 1975 por la misma editorial que dos años antes había publicado el libro de Perls. Allí, los creadores de la PNL afirman (2): De las filas de la psicoterapia moderna han surgido una serie de superestrellas carismáticas. Estas personas, al parecer, realizan la tarea de la psicología clínica con la facilidad prodigiosa de un mago terapéutico.... Nuestro deseo al hacer este libro no es poner en tela de juicio la cualidad mágica de nuestra experiencia ante estos terapeutas, sino mostrar que la magia que ellos realizan (…) tiene una estructura, y por ende se puede aprender, siempre que se den los recursos apropiados.

En este último párrafo, Bandler y Grinder expresan su propósito y con esta idea dan el puntapié inicial a lo que tiempo después denominarían PNL. “La magia que ellos realizan tiene una estructura y por ende se puede aprender” es la idea clave que inspiró sus investigaciones. La “gramática transformacional” —especialidad de Grinder en el campo de la lingüística— fue la primera

herramienta de la que dispusieron para realizar dicha tarea. La “magia” que tanto había impresionado a Bandler era la forma en que Fritz Perls trabajaba con sus pacientes. Quienes lo conocieron personalmente y tuvieron la oportunidad de observarlo dirigir un grupo de terapia, coincidían en destacar su poderosa habilidad para hacer contacto con las personas y su genial intuición terapéutica. Lo rodeaba un halo de autoridad y sabiduría, aun cuando él mismo se mostraba espontáneo e irreverente. Frecuentemente lo calificaban como un genio capaz de obrar maravillas terapéuticas. Cuando algún paciente en un grupo se disponía a trabajar con él, como dice Sheldon Kopp en su libro Gurú (3): “Lo sentaba en la ‘silla caliente’ y luego hacía su magia. Si el individuo estaba dispuesto a trabajar, era como si le abriesen un cierre hermético a su caparazón y tirasen tan fuerte de él, que el alma torturada caía al suelo”. El interés que despertó en Bandler la magia terapéutica de Perls lo llevó a proponerle a Grinder, que en ese momento era profesor de lingüística en la misma universidad, un experimento. Bandler se reuniría con un grupo de personas —los martes a la noche a 5 dólares la sesión— a practicar el mismo tipo de cosas que había visto hacer a Perls. Grinder observaría desde fuera y, a partir de la gramática transformacional, realizaría una descripción sistemática de lo que allí sucedía con el objetivo de construir un modelo que diera cuenta de las intervenciones que Bandler realizaba. Luego de dos meses, John no sólo ya tenía un modelo explícito de lo que Richard hacía, sino que había aprendido a utilizarlo y realizaba con otro grupo —los días jueves, al que llamaron grupo de “repetición de milagros”— lo mismo que Richard hacía con el suyo. VIRGINIA SATIR De la misma forma trabajaron luego con Virginia Satir. Joseph O’Connor y John Seymour en su obra Introducción a la PNL, lo cuentan de la siguiente manera (4): Richard se dedicó entonces a observar y a grabar en video un curso de un mes de duración a cargo de Virginia Satir en Canadá para terapeutas de familia (…) Durante el programa, Richard estaba aislado en su pequeña sala de grabación, unido solamente por los micrófonos que estaban en la sala de clase. Tenía auriculares separados, mientras que por el de una oreja atendía los niveles de grabación, con el otro escuchaba música de Pink Floyd. En la última semana, Virginia propuso una situación y preguntó a los participantes cómo podían tratarla según el material que ella les había dado durante el curso. Los asistentes parecían atascados, Richard irrumpió en la clase y solucionó el problema con éxito. Virginia dijo: “Esto es, exactamente”. Richard se encontró en la extraña situación de saber más sobre los modelos terapéuticos de Virginia que cualquier otra persona sin haber tratado concientemente de aprenderlos.

Este tipo de aprendizaje “no del todo conciente”, a diferencia del aprendizaje conciente y voluntario de tipo escolar, es propio del modelado. Si bien la educación formal no le asigna mucha importancia, la psicoterapia lo considera muy poderoso. De hecho, la mayor parte de las habilidades —y ciertas actitudes, creencias y valores— que los seres humanos desarrollamos en nuestra primera infancia las hemos aprendido de este modo. Al cabo de un tiempo, Bandler y Grinder lograron formular un modelo que explicitaba la forma de trabajar de Virginia Satir. En cierta oportunidad ella se refirió a dicho modelo de la siguiente manera: “Yo hago algo, lo siento, lo veo, mis tripas, por así decir, responden a ello; esa es la experiencia subjetiva (…) Lo que han hecho Richard Bandler y John Grinder es observar el proceso de cambio por un período y destilar de él las configuraciones del proceso cómo”. MILTON ERICKSON Animados por Gregory Bateson modelaron posteriormente al hipnoterapeuta Milton Erickson, visitándolo y compartiendo un período con él en su casa de Phoenix, Arizona.

De ese trabajo surgió el libro The patterns of the hypnotic techniques of Milton Erickson. En el prefacio de dicha obra, Erickson escribió (5): “Aunque este libro de Richard Bandler y John Grinder, para el que estoy escribiendo este prefacio, está lejos de ser una descripción completa de mi metodología, como ellos mismos lo explicitan claramente, es una explicación mucho mejor de cómo trabajo que la que yo mismo puedo dar. Yo sé lo que hago, pero explicar cómo lo hago es muy difícil para mí”. FRITZ, VIRGINIA Y MILTON ¿Por qué estos tres terapeutas? ¿Qué llevó a Bandler y a Grinder a elegirlos para modelarlos? En principio, observamos que se trataba de tres terapeutas maduros y ampliamente reconocidos en su medio, cada uno a su manera y según su propia trayectoria habían desarrollado escuela y fama de verdaderos “magos terapéuticos”. Si reunimos el proyecto de modelar individuos con habilidades sobresalientes, con la fascinación que Perls había despertado en Bandler, es comprensible que se decidiesen por comenzar su trabajo modelando a Fritz. Fue Gregory Bateson quien los estimuló para que trabajaran con Erickson. El psiquiatra de Phoenix se destacaba por su peculiar —algunos dirían muy extravagante— estilo terapéutico al utilizar la hipnoterapia. No es pura coincidencia que el equipo del Mental Research Institute de Palo Alto —en particular, Watzlawick y Haley, quienes escribieron importantes trabajos dando cuenta de los patrones que utilizaba Milton—, también se interesara por él. Los hilos invisibles que todo lo conectan dan cuenta de otras coincidencias significativas: Virginia Satir fue la primera psicóloga que integró el equipo del MRI desde 1959, año de su fundación, y luego, años más tarde, fue la primera directora del Instituto Esalen, el mismo que albergó como profesores residentes a Bateson y a Perls. Estos tres grandes terapeutas tenían otra cosa en común: ninguno se destacó por ser un gran teórico; su interés principal siempre fue fundamentalmente práctico, clínico. Lo que hacían era poderoso, pero su propia forma de explicar cómo lo hacían no era tan clara. Los tres ponían el acento en buscar cambios en sus pacientes, y los tres eran brillantes en eso. Bandler y Grinder expresaron que esos tres terapeutas (6) “llegan hasta el sufrimiento, el dolor y la falta de vitalidad de los demás, transformando su desesperanza en alegría, vida y esperanzas recobradas. A pesar de que los diversos métodos que emplean son variados y tan diferentes como el día de la noche, todos parecen compartir una capacidad portentosa además de un poder único y peculiar”. En la práctica, ¿en qué consistía ese poder y esa peculiaridad? ¿Cómo es que ellos hacían lo que hacían? Interesante desafío para comenzar a investigar.

1 Perls, F. El enfoque guestaltico y testimonios de terapia. Cuatro Vientos, 1976. Santiago de Chile. 2 Op. cit. 3 Kopp, S. Guru. Science and Behavior Books, 1971. California. 4 O‘Connor, J., y Seymour, J. Introducción a la Programación Neurolingüística. Urano,1992. Barcelona. 5 Bandler, R y Ginder, J. The patterns of the hypnotic techniques of Milton Erickson. M eta Publications, 1976. California. 6 Op. cit.

CAPÍTULO 3 RECURSOS PARA EL CAMBIO

EL PROPÓSITO DE LA PNL El propósito de la PNL consiste en facilitar los procesos de cambio personal. Ya sea superar una fobia, aprender a comunicarnos más eficazmente, lograr una meta, mejorar una relación, concretar un negocio, elaborar un proceso de duelo, elevar la autoestima, sanarnos de una dolencia; todos los objetivos que las personas nos proponemos implican un cambio. El cambio se manifiesta de múltiples formas y podemos describirlo con distintas palabras: desarrollo, transformación, aprendizaje, sanación, adquisición de habilidades, maduración. Estas palabras expresan diferentes matices de significado y al mismo tiempo, suponen un proceso común: el de pasar de un estado presente a otro estado deseado. El estado presente consiste en la configuración actual de la experiencia, el punto de partida, la situación a ser modificada por el proceso de cambio. El estado deseado representa la meta, el objetivo, el punto de llegada, la configuración de la experiencia al momento de concretar el cambio. La PNL define al cambio con una sencilla fórmula: estado presente + recursos = estado deseado

Los recursos son aquellos agregados que necesitamos para pasar de un estado al otro. Por ejemplo, si me encuentro incómodo sentado en la silla y decido cambiar mis piernas de posición con el objetivo de sentirme más cómodo, necesitaré de mi voluntad y de una cantidad de energía física para realizar dicha acción. Aquí, la voluntad y la energía son los recursos necesarios para pasar del estado presente al estado deseado. Los recursos son necesarios para poder lograr nuestros objetivos. Cuando nos hacemos la pregunta: ¿qué necesito para lograr mi objetivo?, la respuesta consistirá en uno o más recursos.

RECURSOS EXTERNOS E INTERNOS Los recursos pueden ser externos o internos. Los primeros son bien conocidos por todos, en general pensamos en ellos cuando nos preguntamos qué necesitamos para lograr algo. En esta categoría incluimos a los recursos materiales, los económicos, los técnicos, el tiempo, los conocimientos o las habilidades que necesitemos adquirir, la ayuda de otras personas (empleados, amigos, servicios profesionales, socios, etc.). Los recursos internos, por otro lado, son todos los estados interiores a los que necesitamos acceder para poder pasar del estado presente al deseado. Algunos de ellos son fáciles de descubrir, y a otros debemos considerarlos con mayor atención: no siempre somos conscientes de nuestros recursos internos. En esta categoría incluimos a la confianza, la seguridad, el coraje, la tranquilidad, la inteligencia, la voluntad, la fe, la paciencia, la perseverancia, la alegría, el autoapoyo, las capacidades o las habilidades propias, y todas las experiencias de vida que nos hayan dejado algún tipo de aprendizaje. Más allá de lo fácil o difícil que resulte obtener los recursos externos —y a veces, por supuesto, son muy difíciles de conseguir—, lo cierto es que por lo general no constituyen el verdadero obstáculo para el cambio. Muchas veces lo que dificulta acceder a un recurso externo, es un problema con uno interno. Por ejemplo:

• Creo que me falta tiempo (recurso externo), cuando en realidad necesito organizarme mejor (recurso interno). • Pienso que me falta dinero (recurso externo), cuando lo que me falta es confianza en mi capacidad para conseguirlo (recurso interno). Son los recursos internos los que nos posibilitan o dificultan acceder a los externos. O dicho de otro modo, para obtener un recurso externo necesitamos la colaboración de nuestros recursos internos. Aun en las situaciones más cotidianas, en las que resulta evidente que el recurso necesario es externo (por ejemplo, necesito ir al supermercado a comprar leche con el objetivo de preparar una torta), es un recurso interno el que me permite o no me permite obtenerlo (puedo tener ganas o no de ir al supermercado, puedo pasar a la acción ahora mismo o postergarla indefinidamente). La leche y el supermercado son los recursos externos, pero lo que hace que me levante de la cama para bajar a hacer las compras es un recurso interno. Necesito de ambos para lograr mi objetivo, para cambiar de mi estado presente al estado deseado. Un supuesto facilitador que propone la PNL consiste en considerar que todas las personas tenemos los recursos internos que necesitamos para cambiar. Si hemos vivido, si hemos atravesado situaciones difíciles y sobrevivido a ellas, si hemos pasado por situaciones felices y nos alegramos con ellas, si tuvimos experiencias y aprendimos algo a lo largo del camino, entonces tenemos los recursos. Y si a veces creemos que no los tenemos —dados los límites de nuestras experiencias personales—, podemos acceder a ellos de distintas maneras. A continuación le presento un ejemplo: Una vez, trabajando con una paciente sobre su autoconfianza, sucedió que se dio cuenta de que necesitaba conectarse con un recurso que no poseía, lo expresó con una imagen rotunda: un profundo abrazo de madre que le transmitiera confianza y amor incondicional. Se sentía desilusionada y perdida. Por las diversas circunstancias de su vida, ella nunca había recibido un abrazo así. ¡Cómo iba a poder conectarse con un recurso interno que nunca había tenido! Sin embargo, conocía personas que habían pasado por esa experiencia, había visto abrazos así en películas. Era una mujer creyente y podía conectarse con el amor incondicional en la figura de la Virgen María. Ella misma era mamá y había abrazado así a su hija en más de una oportunidad. Poco a poco la fui guiando para que se conectase con todos esos personajes: • se puso en el lugar de su hija y recibió sus propios abrazos de madre; • se vio en la película y se conectó con el personaje en el momento de recibir el abrazo; • revivió una experiencia en una iglesia en la que, mientras oraba, sintió el amor incondicional de la Virgen María. Así pudo ir construyendo en su interior esa experiencia, la pudo vivenciar en su cuerpo y alcanzó a sentir en plenitud esa confianza y ese amor incondicional. Ella no había recibido nunca un abrazo así en su propia vida, pero como miembro de la especie humana, descubrió que esa experiencia estaba siempre disponible.

La PNL sostiene que, en tanto seres humanos, nuestros sistemas nerviosos se parecen. Todos venimos dotados con un equipamiento similar. Por lo tanto, si una persona puede lograr algo, potencialmente, las demás también tenemos los recursos para poder hacerlo. Esto no quiere decir que voy a jugar al fútbol como Diego Maradona, ni a tocar el piano como W. A. Mozart, pero me conviene recordar que Maradona no tenía más que dos piernas y que Mozart tocaba el piano tan sólo con los diez dedos de sus manos. Si Maradona hubiese logrado sus proezas con tres piernas, o Mozart con catorce dedos, sus experiencias serían inaccesibles para el resto de los mortales, no podríamos aprender de ellas, no nos servirían como fuente de inspiración. Los logros extraordinarios de personajes extraordinarios son sugerentes para nosotros porque en última instancia, nosotros somos tan humanos como ellos. Podemos elegir nuestros modelos y aprender de ellos —es lo que hicieron Bandler y Grinder con Perls,

Satir y Erickson—, y también podemos aprender de nosotros mismos: convertirnos en nuestra propia fuente de inspiración. ¿Quién no ha tenido alguna vez un momento “brillante”? ¿Quién no ha experimentado en algún período de su vida un estado interno pleno de recursos, de confianza, de poder, de alegría, de fe, de lucidez, de “mira de lo que soy capaz”? No importa qué tan grande o pequeña haya sido la experiencia. No importa si esos estados son habituales o excepcionales. No importa si sucedieron hace poco o hace una eternidad. Lo cierto es que en nuestra caja de herramientas atesoramos —a veces perdidos u olvidados por desuso—, estados internos plenos de recursos que bien podríamos tener a nuestra disposición para cuando los necesitemos.

CÓMO ACCEDER A LOS RECURSOS INTERNOS Le propongo un experimento: 1. Piense en una situación presente para la cual necesite algún recurso interno. Haga una imagen de dicha situación, véase a usted mismo allí, y pregúntese qué necesitaría. 2. Una vez identificado el recurso necesario, piense en alguna otra situación de su vida en que experimentó ese recurso. 3. Reviva esa situación de recurso como si ahora mismo usted estuviese allí. Mire lo que mira como protagonista de esa situación, escuche lo que escucha, piense lo que piensa y sienta lo que siente. Permita que esa sensación aflore en plenitud. 4. Conserve esa sensación en el cuerpo mientras deja la situación de recurso y vuelve a pensar en la situación presente. Observe qué cambia en la imagen. 5. Traiga la imagen hacia usted, o imagine que se dirige hacia esa imagen llevando consigo el estado interno de recurso. Ingrese a esa situación en el estado de recurso y observe qué cambia. Le presento un ejemplo personal de este ejercicio para que usted comprenda la secuencia paso por paso. 1. Pienso en una clase que deberé dar mañana en la universidad. Me veo a mí mismo sentado en el escritorio frente a los alumnos. Los estudiantes conversan animadamente entre sí y parece que no me prestan atención. Me veo empequeñecido. No me animo a comenzar la clase. Cuando le pregunto al Gabriel de la imagen qué necesitaría, me responde sin dudar: “confianza y seguridad en mí mismo”. 2. Recuerdo una experiencia maravillosa que tuve hace unos meses dando un taller de PNL en Ecuador. 3. Revivo un momento particular de ese taller en que me sentí muy seguro. Camino con soltura por la sala dando las consignas de trabajo y me siento confiado y en conexión con los participantes. 4. Internamente me despido del recuerdo de Ecuador y todavía con esa sensación de seguridad y confianza, pienso en la imagen de la clase de mañana en la universidad. De pronto veo que ya no estoy sentado en el escritorio: me imagino hablando y caminando frente a los alumnos. 5. En mi mente me voy acercando a la imagen hasta entrar en ella. Ahora estoy caminando en la clase. Siento la fuerza de mi cuerpo mientras me muevo y la intensidad de mis gestos cuando hablo. La mirada atenta de los estudiantes me estimula. Me siento seguro y confiado.

Siempre podemos recuperar un estado interno de recurso cuando lo necesitemos para afrontar una situación. En otro contexto, cuando necesitamos dinero en efectivo (recurso), vamos al cajero automático de un banco y, con la clave correspondiente, podemos acceder a los fondos que tengamos depositados en nuestra cuenta. De la misma manera podemos recurrir a nuestra experiencia de vida y “con la clave correspondiente”, acceder a un estado de recurso. Nuestra “cuenta” en la vida siempre tiene “fondos”, está plena de experiencias que podemos utilizar como recursos.

La “clave correspondiente” quiere decir que no basta con pensar en la situación de recurso para que el recurso se materialice. Una vez seleccionada la experiencia, hay que ingresar la clave, es decir, acceder a ella de una manera particular. En PNL, a esta manera particular la llamamos “estado asociado de la percepción”.

CAPÍTULO 4 ESTADOS PERCEPTUALES ASOCIADO Y DISOCIADO

RECORDAR O REVIVIR Cuando pensamos en una situación pasada, podemos hacerlo de dos maneras distintas: o bien la recordamos viendo una imagen desde afuera (como si estuviésemos observándonos en una foto o en una película), o bien la revivimos como si la estuviésemos experimentando en el presente (desde adentro, metidos en la piel del protagonista). El primer estado perceptual —al que coloquialmente denomino “recordar”— es disociado. El segundo — al que llamo “revivir”— es asociado. Cuando estoy disociado me veo desde afuera. Cuando estoy asociado me experimento desde adentro. Haga la prueba usted mismo: piense en alguna situación agradable que haya vivido durante la última semana. • Primero, recuérdela disociado: véase a usted mismo en esa situación. Obsérvese desde fuera, como si mirara una foto. • Después, revívala asociado: experimente como si ahora mismo usted estuviese dentro de esa situación. • ¿Nota la diferencia? La gran mayoría de las personas experimentamos sensaciones más intensas cuando estamos asociados. Cuando pensamos en una situación de manera disociada, accedemos con toda facilidad a la información sobre esa experiencia, pero las sensaciones surgen más atenuadas. Ahora podemos comprender porqué la clave de acceso a nuestro estado de recurso pasa por revivir de manera asociada. Cuando así lo hacemos, estamos recreando en nuestra experiencia el estado interno de la manera más completa posible. La fórmula que utilizamos para inducir estados asociados —“…mire lo que mira, escuche lo que escucha, piense lo que piensa, sienta lo que siente”…—, nos permite acceder a un estado interno de recursos a partir de reconstruir las percepciones, los pensamientos y la fisiología que lo generan. Si pensáramos en una situación de recursos de manera disociada, no lograríamos el mismo resultado.

ESTADOS PERCEPTUALES Y CALIDAD DE VIDA Por lo general, las personas tendemos a clasificar las experiencias en positivas o negativas, agradables o desagradables, placenteras o dolorosas. Cuando nos conectamos con experiencias agradables nos sentimos bien; cuando lo hacemos con experiencias desagradables, nos sentimos mal. Si a lo largo del tiempo nos conectamos principalmente con experiencias del primer tipo, percibimos en nuestro interior que nuestra calidad de vida es buena. Si lo hacemos con experiencias del segundo tipo, no. Cuando evaluamos una experiencia como positiva o negativa, podemos hacerlo desde tres perspectivas distintas:

• Perspectiva sensorial: emitimos juicios basados en la percepción de los aspectos sensoriales de la experiencia. Decimos que una experiencia fue agradable, linda, aburrida, divertida, placentera, dolorosa, etc. • Perspectiva existencial: emitimos juicios apoyados en el significado existencial que le otorgamos a la experiencia. Decimos que una experiencia nos sirvió para crecer, para madurar, que nos cambió, que aprendimos de ella, que equivocamos el camino, etc. • Perspectiva espiritual o trascendente: inscribe la experiencia en un contexto mayor cuyo sentido a veces desconocemos. Desde esta perspectiva, nos sentimos inclinados a abstenernos de emitir juicios. En esta sección, decimos que una experiencia es positiva o negativa según la perspectiva sensorial. Positivas son las experiencias que al evocarlas nos generan sensaciones agradables, y negativas son aquellas que producen sensaciones desagradables. En el modelo que presentaré a continuación, entrecruzamos estos dos tipos de experiencias —las positivas y las negativas desde la perspectiva sensorial— con los dos estados perceptuales —el asociado y el disociado —, y arribamos a una tipificación que tal vez lo sorprenda. Lo invito a que se descubra dentro de uno de los cuatro grupos siguientes. 1. Los que viven asociados… … tienden a acceder a sus recuerdos de manera asociada: reviven el pasado con gran intensidad. Esta tendencia se correlaciona con la manera en que viven sus vidas: comprometidos emocionalmente, se implican tanto en las situaciones positivas como negativas, todo les llega y les toca personalmente: lo placentero y lo doloroso. Tienden a ser muy emocionales y expresivos, les cuesta ver las cosas en perspectiva y pensar desapasionadamente. Se toman muy a pecho tanto lo agradable como lo desagradable. 2. Los que viven disociados… … tienden a acceder a sus recuerdos de forma disociada: recuerdan el pasado como si lo observaran sin que les impacte emocionalmente. También viven su vida de esa manera: son distantes con relación a las experiencias positivas y a las negativas, no se implican con frecuencia, pueden mirar las cosas con perspectiva y observarlas con desapego. Tienden a ser más racionales que emocionales y se distancian tanto de lo placentero como de lo doloroso. 3. Los que se asocian a lo negativo y se disocian de lo positivo… … tienden a revivir con intensidad las experiencias displacenteras y a recordar con distancia emocional las placenteras. Sufren con fuerza y gozan de manera atenuada. Pueden conectarse con las experiencias negativas y revivir los sentimientos dolorosos en toda su magnitud, y minimizan su conexión emocional con las experiencias positivas. 4. Los que se asocian a lo positivo y se disocian de lo negativo… … tienden a acceder vívidamente a las experiencias positivas y a recordar con distancia emocional las negativas. Vivencian con plenitud las experiencias agradables o placenteras y atenúan las displacenteras. Les resulta fácil conectarse y reexperimentar situaciones positivas, y pueden pensar con perspectiva sobre las negativas. Si bien los seres humanos, con toda nuestra maravillosa complejidad, nunca encajamos completamente en un tipo “puro”, nos acercamos en nuestra forma de experimentar la vida a uno de estos cuatro grupos. ¿A cuál pertenece usted? Yo he vivido gran parte de mi vida como fiel exponente del tercer grupo, y puedo contarle que mi calidad de vida, experimentada

desde esa perspectiva, no ha sido nada agradable. Cada vez que pensaba en alguna situación difícil de mi pasado, me embargaban las sensaciones que venían pegadas a ese recuerdo. No podía pensar en dichas situaciones sin sentirme mal por ello. Por otro lado, las experiencias positivas de mi vida surgían atenuadas y descoloridas: sí las recordaba, pero su carga emocional no se asemejaba en intensidad a la de mis recuerdos negativos. Lo cierto es que no tenía ninguna forma de sostener que mis recuerdos displacenteros fueran más importantes que los otros como para tener que revivirlos de esa manera, sin embargo, al pensar en ellos, surgían con abrumadora intensidad. Creo que las experiencias dolorosas del pasado han sido sin duda alguna importantes en mi vida: me han marcado. Me han dejado importantes enseñanzas, me han fortalecido y también sensibilizado. Me han ayudado a abrir mi corazón y me han hecho un poco más humilde. Me han enseñado que he cometido errores que no quiero volver a cometer. Me han mostrado peligros que hoy quiero evitar. Las experiencias difíciles de mi pasado han sido eslabones en una cadena infinita de aprendizajes, pruebas que he tenido que superar para crecer. Sin embargo, las experiencias dolorosas de mi historia personal han cumplido ya su función en mi vida y son definitivamente experiencias del pasado. Puedo quedarme con lo aprendido, pero ya he pagado el precio emocional por esos aprendizajes. ¿Cuál es el sentido de volver a sufrir cada día por aquello por lo que ya he sufrido en su momento? Lo que necesito ahora es recordar mis experiencias. No necesito revivir el dolor cada vez que pienso en ellas.

LOS DOS COMPONENTES DEL RECUERDO Nuestros recuerdos se componen de dos elementos: la información acerca de lo sucedido, y el estado emocional que experimentamos a partir de lo sucedido. Por ejemplo, si pienso en la primera vez que visité el consultorio del dentista puedo recordar varias cosas, entre ellas, cuantos años tenía yo en aquel momento, la decoración de la sala de espera, el rostro del odontólogo, el motivo de dicha visita, e incluso puedo ver cómo estaba vestida mi mamá en esa ocasión. Todo lo anterior es información acerca de lo sucedido. Accedo a dicha información cuando recuerdo de manera disociada, es decir, viéndome a mí mismo desde fuera, como quien observa viejas fotos. Pero también puedo acceder al miedo que sentí cuando entré y vi por primera vez todos esos extraños aparatos, y el dolor que experimenté cuando el odontólogo me inyectaba anestesia, y el enojo con mi mamá por haberme llevado allí. Estas son las emociones ligadas a dicho recuerdo. Accedo a las emociones reviviendo de manera asociada, como si ahora mismo yo estuviese nuevamente en aquél consultorio. El episodio es el mismo: mi primera visita al dentista, sin embargo mi recuerdo puede surgir en dos modalidades distintas: asociada o disociada. Si el recuerdo surge de manera disociada, puedo tener toda la información disponible frente a mis ojos y conservar una cierta distancia emocional. Pero si el recuerdo brota de manera asociada, volveré a asustarme y a enojarme como aquella primera vez. La mayor parte de las personas recordamos las experiencias sin pensar demasiado en la forma en la que lo hacemos. Creemos que la acción de recordar es una función natural y espontánea de nuestra mente sobre la cual no tenemos ninguna injerencia. Pero esto no es así. El patrón asociado-disociado es un hábito mental que funciona como un automatismo. Como cualquier hábito mental, con un poco de conciencia y otro poco de tecnología psicológica, puede ser transformado. Lo cierto es que cuando pienso en mi primera visita al dentista, quisiera poder recordarla de manera disociada. No necesito acceder al miedo, al dolor y al enojo cada vez que pienso en ello. EL MINUTO DIARIO QUE PUEDE AYUDAR A TRANSMUTAR SU VIDA Como cualquier programa en funcionamiento, el patrón asociado-disociado corre en piloto automático. Lo más probables es que siga funcionando de esa forma hasta que no lo interrumpamos de manera consciente e instalemos otro en su lugar. Lo cierto es que si queremos pensar de una manera distinta, tenemos que enseñarle a nuestra mente cómo hacerlo.

Este pequeño gran ejercicio puede ayudarlo a modificar la percepción subjetiva de sus experiencias de manera tal que pueda conectarse intensamente con los aspectos positivos de aquellas, atenuando la vivencia de los negativos. Se trata de una meditación de menos de un minuto que le sugiero que practique todas las noches en la cama antes de dormirse. Como el objetivo consiste en instalar un nuevo hábito de pensamiento, deberá practicarlo con continuidad durante un tiempo prolongado para empezar a notar los resultados. • Piense en una situación agradable y en otra desagradable que haya vivido ese día. Pueden ser situaciones pequeñas y cotidianas. • Primero recuerde de manera disociada la situación desagradable: haga una imagen de esa situación observándola desde fuera, como si estuviera viendo una foto o una película. • Luego, reviva de manera asociada la situación agradable: experimente como si ahora mismo usted estuviese allí mirando lo que mira, escuchando lo que escucha, pensando lo que piensa y sintiendo lo que siente en ese momento.

Eso es todo. Sólo un minuto. Con el paso de los días su mente irá aprendiendo a asociarse a lo positivo y a disociarse de lo negativo. De más esta decir que dormirá mucho mejor si lo hace conectado con sensaciones agradables. Si usted es de esas personas que tienen dificultades para conciliar el sueño porque no logran despegarse de los problemas y preocupaciones de la vida cotidiana, comprobará cómo esas dificultades desaparecen al practicar esta meditación. Con el paso del tiempo, recogerá los frutos de la práctica. Los recuerdos de su pasado continuarán allí. Las experiencias positivas y negativas de su vida seguirán ahí. Las situaciones favorables o limitadoras de su presente seguirán formando parte de su vivir. Pero en tanto su mente se vaya habituando a asociarse a unas y a disociarse de las otras, la cualidad emocional que impregne su manera de experimentar la realidad se irá transformando progresivamente.

CAPÍTULO 5 LOS ESTADOS INTERNOS EN LA PNL

EL TRABAJO CON LOS ESTADOS INTERNOS Cuando nos preguntamos qué metas queremos alcanzar en la vida, muchos de nosotros pensamos en cosas externas: pareja, dinero, hijos, amigos, vivir en un lugar hermoso, logros profesionales. Sin embargo, cuando exploramos nuestros deseos con mayor detenimiento, observamos que esos logros, más que un fin en sí mismos, son medios que nos permiten llegar a ciertos estados internos, como pueden ser la felicidad, la paz interior, el estado de plenitud, el sentimiento de realización personal. De la misma manera, cuando nos preguntamos por el sufrimiento, solemos pensar en eventos del mundo externo como la falta de dinero, de trabajo, la enfermedad, las pérdidas, las peleas, los accidentes, los desencuentros amorosos. Pero el sufrimiento en sí no sucede en el mundo externo sino en nuestro interior: la pena, el dolor, el sentimiento de abandono, la frustración, la angustia, la rabia, la infelicidad, son estados internos. La PNL trabaja fundamentalmente con los estados internos. Un estado interno está configurado por la totalidad de la experiencia en un momento determinado. Es el resultado psicofísico de la particular manera en que nos representamos la realidad en nuestro interior. Si pudiéramos obtener una especie de “radiografía” de nuestro ser en un momento específico, el estado interno resultaría de la particular forma en que se constelan en nuestra experiencia los procesos fisiológicos, los pensamientos, los sentimientos, las sensaciones y demás percepciones. La pregunta: “¿cómo estás?”, refiere a nuestro estado interno. Y los estados internos se ven afectados tanto por los pensamientos como por la fisiología.

LOS PENSAMIENTOS En una primera aproximación, podemos llamar “pensamientos” a toda actividad mental de tipo cognitivo: la forma que tenemos de interpretar la realidad, nuestras creencias y valores, es decir, todo lo que pensamos acerca de las cosas. También a las imágenes mentales con las que nos representamos la realidad en nuestro interior. Por ejemplo, si un estudiante aprueba un examen con un siete, su estado interno será bien distinto: • si cree que es un estudiante mediocre y esa nota es la más alta que aspira a obtener; • si piensa que es un estudiante excelente y considera que siete es la nota más baja que se puede permitir. Para el que piensa de una manera, siete es un triunfo; para el que piensa de la otra, siete puede ser un fracaso. Los pensamientos optimistas generan un estado interno distinto a los pensamientos pesimistas. Si pienso de mí mismo que soy un buen estudiante —y creo que me va a ir bien y me veo a mí mismo pasándolo con éxito—, mi estado interno a la hora de rendir el examen será bien diferente que si pienso que soy un mal estudiante —y me digo que soy poco capaz y creo que me va a ir mal y me imagino fracasando. Mis pensamientos me predisponen de una manera tal que condicionan mi estado interno. De la misma forma, los pensamientos posibilitadores generan estados internos distintos a los pensamientos

limitantes. Los posibilitadores generan estados internos de confianza, seguridad, optimismo, alegría y logro. Los limitadores pueden generar inhibición, parálisis, temor, desconfianza e inseguridad. Observemos por ahora que los pensamientos no están recluidos en nuestra mente como en un compartimiento estanco, sino que influyen directamente en la manera en que experimentamos las cosas. Afectan nuestros estados internos, y desde allí condicionan tanto nuestros sentimientos, como nuestras percepciones y nuestras acciones.

LA FISIOLOGÍA La PNL entiende por “fisiología” a todo lo que sucede en el cuerpo. La manera en que respiramos, nos movemos, comemos o dormimos afecta directamente nuestros estados internos. ¿Cómo es nuestro estado interno luego de una comilona? ¿Cuál es el estado interno si estamos en cama con gripe? ¿Afectan dichos eventos del cuerpo a nuestros sentimientos y pensamientos? Por supuesto que sí: muchas veces después de una comilona mi estado interno es de fatiga, desgano o abatimiento; mientras que luego de comer en forma saludable, mi estado interno es de disponibilidad, energía y entusiasmo. Cuando estoy en cama con gripe, me puedo sentir débil, frustrado y desanimado; y sentirme así condiciona mis pensamientos, que entonces pueden ser más sombríos y pesimistas que de costumbre. Tampoco nuestro cuerpo es un compartimiento estanco sin vínculo con nuestros sentimientos y pensamientos. Le propongo este experimento: • Siéntese en un sillón o en una silla y adopte una postura encorvada, hunda los hombros, baje la cabeza, entrecierre los ojos, afloje su mandíbula de manera que la boca se abra. Ablande la lengua, permítale flotar en la boca; luego, afloje los músculos del estómago, saque la panza. Tómese un tiempo para registrar cómo se siente. Observe qué pensamientos rondan por su cabeza. • Ahora párese, enderece su columna y levante la cabeza, lleve su mirada hacia arriba. Respire profundamente. • Registre qué siente y observe sus pensamientos. ¿Nota la diferencia? ¿Observa cómo una postura corporal facilita ciertas sensaciones, sentimientos y pensamientos, mientras que la otra genera otros bien distintos? En mi experiencia, en el primer caso noto cómo se incrementan mis sensaciones corporales, me siento pesado, laxo, aparece un atisbo de tristeza, de desgano, mis pensamientos parecen perder lucidez. Cuando cambio la postura en el segundo momento, cambian mis sensaciones, me siento con más energía, más vital, la tristeza y el desgano desaparecen. Mis pensamientos se activan, parecen más claros. Por supuesto que su experiencia puede ser distinta a la mía, pero me interesa que note los cambios que registra en sí mismo. Imagine que estas posturas, en lugar de practicarlas por unos segundos, se extendieran en el tiempo. ¿Cómo experimentaría usted su vida si permaneciera en la primera postura durante días, semanas, años? ¿Cómo la experimentaría en el segundo caso? El sentido común y la psicología tradicional siempre creyeron que primero venía el estado interno y, como consecuencia, la postura corporal que lo acompañaba. Que uno era la causa del otro. Primero, la depresión, luego la postura encorvada. Primero la alegría, luego la postura correspondiente. Pero… ¿no acabamos de experimentar algo distinto? ¿No fue su postura corporal la que influyó sobre su estado interno? Lo cierto es que las posturas corporales influyen sobre el estado interno tanto como el estado interno influye sobre las posturas corporales. Es un camino de ida y vuelta. Ese es uno de los motivos por los cuales médicos y psicólogos aconsejan salir a caminar como una de las

medidas terapéuticas para tratar la depresión. Más allá de sus “causas neurofisiológicas” o de sus “causas psicológicas”, lo cierto es que la experiencia clínica mostró empíricamente que esa actividad corporal influía positivamente sobre el estado interno deprimido. Muchas veces, los psicólogos pecan de “psicologismo” tanto como los médicos pecan de “corporalismo”. Para unos, la causa de todos los males está en la mente. Para otros, en el cuerpo. Unos buscarán las causas psicológicas de la depresión examinando el mundo psíquico del paciente, sus vínculos, su historia personal; y otros buscarán las causas físicas examinando sus neurotransmisores. Las dos son miradas parciales: recortan un aspecto del ser humano (la mente o el cuerpo) y desde esa parcialidad intentan explicar la totalidad. No se puede comprender una totalidad solamente desde una de sus partes. Tal vez los dos tengan algo de razón. Y tal vez los dos estén algo equivocados. Profundizaremos en esta cuestión en la cuarta parte del libro: “Mapas para el cuerpo”. Lo cierto parece ser que los pensamientos —entre los que incluimos a las imágenes mentales y otras formas de representarnos la realidad en nuestro interior—, y la fisiología —que incluye a los sentimientos y a las emociones experimentados corporalmente—, no son aspectos tan separados e independientes. En realidad, podemos considerarlos como distintas manifestaciones de la misma totalidad que somos. Las múltiples dimensiones en las que se expresa nuestro ser. La experiencia nos muestra que están profundamente interrelacionados y se influyen permanentemente entre sí a la hora de producir los estados internos. Desde el punto de vista terapéutico y del cambio personal, esto tiene enormes implicancias, ya que nos permite contar con varias puertas de entrada distintas para trabajar sobre los estados internos: podemos entrar por la puerta de los pensamientos, por la puerta de las imágenes mentales, por la puerta de los sentimientos, y por la puerta de la fisiología. A diferencia de otros enfoques psicológicos que se centran principalmente en el trabajo verbal enfocado en los pensamientos, la PNL brinda recursos para facilitar el cambio a partir de cualquiera de las cuatro puertas de entrada antes mencionadas.

CAPÍTULO 6 LOS OBJETIVOS

LA IMPORTANCIA DE LOS OBJETIVOS Para la PNL, cualquier comportamiento tiene un propósito; si acontece, lo hace con alguna finalidad. Pero muchas veces esa finalidad no es consciente. De hecho, sólo una ínfima parte de nuestros comportamientos tiene un propósito consciente y voluntario. Los procesos de cambio evolutivo, tales como los procesos de maduración o crecimiento físico y psicológico, se desarrollan siguiendo un patrón que no es azaroso, pero tampoco es consciente y voluntario. Y es natural que suceda de ese modo. Sin embargo, los procesos de transformación consciente —es decir, aquellos cambios que buscamos de manera deliberada— deben comenzar con la formulación de un objetivo. La pregunta: ¿qué es lo que usted desea lograr?, invita a las personas a plantearse objetivos. Si definimos al “cambio” como el pasaje de un estado presente a un estado deseado, ese estado deseado es el objetivo al que deseamos llegar. Cuando nos movemos por la vida sin objetivos, somos como el arquero que va disparando sus flechas al aire sin ton ni son: nunca podemos saber si dimos en el blanco. No podemos evaluar el resultado de nuestras acciones porque no tenemos ningún parámetro en función del cual evaluar. No podemos aprender de nuestros errores ni corregir nuestro comportamiento para que se acerque más la meta porque no tenemos meta. Es difícil ir a algún lugar si no sabemos a qué lugar queremos ir. Por supuesto tiene su encanto vagar por un rato sin rumbo fijo dejando que el camino nos sorprenda — algunas de las experiencias más maravillosas de la vida suceden de esa manera—, pero esa no es la estrategia más adecuada cuando de lo que se trata es de lograr una meta que nos proponemos. La PNL le da mucha importancia a los objetivos: sostiene que para considerar o evaluar cualquier comportamiento es necesario saber a qué objetivo está dirigido. Cuando en un curso de PNL un participante me pide que le recomiende un libro, me es imposible responderle sin conocer qué es lo que busca específicamente (su objetivo), ¿es un especialista que necesita profundizar una temática particular, o un principiante que se beneficiaría con un libro introductorio? Si alguien me pregunta qué camino tomar para llegar a un determinado sitio, mi respuesta no será la misma si su objetivo es llegar lo antes posible (en cuyo caso, le mostraré el camino más corto), que si su objetivo consiste en disfrutar del paisaje (entonces le indicaré el camino más bello). Ningún comportamiento, ninguna decisión, tiene pleno sentido si no es en función de un objetivo. El problema es que a veces no tenemos muy en claro los objetivos por los cuales nos movemos. Entonces nos quejamos por los resultados obtenidos: no disfrutamos del paisaje porque tomamos el camino largo sin darnos cuenta de que lo que queríamos en realidad era llegar lo antes posible. O llegamos pronto y nos aburrimos y nos lamentamos por no haber tomado el camino bello. Cuando nos movemos a tientas, por ensayo y error, la cantidad de tiempo y energía que invertimos en nuestras acciones no se ve recompensada por los resultados. En ocasiones, logramos cosas pero luego nos percatamos de que no era eso lo que, de hecho, queríamos. La frustración, el autorreproche y la insatisfacción son los estados internos que obtenemos cuando no nos tomamos el tiempo necesario para indagar en nuestras metas. Dicha indagación no siempre resulta fácil; a veces, las personas parecemos funcionar en piloto automático,

como si nuestros objetivos hubiesen sido preconfigurados de fábrica: seguimos mandatos familiares o sociales sin cuestionarnos acerca de ellos. A mis veinte años, promediando mis estudios de psicología, me preguntaron si cursar una carrera universitaria formaba parte de mis objetivos de vida. No supe qué contestar. Lo cierto fue que empezar la universidad era un mandato familiar tan instalado e inconsciente que jamás me lo había cuestionado: era tan «natural» la universidad como antes lo habían sido la secundaria, la primaria y el jardín de infantes. Por supuesto de «natural» no tenía nada. Había sido programado para ello y el programa funcionaba en automático.

Algunos de esos mandatos pueden convertirse en objetivos propios luego de una reflexión consciente. El que hayan surgido como mandatos no los descalifican por sí. La conciencia nos permite examinarlos y elegir cuáles queremos para nuestra vida y cuáles no. Una vez elegidos, los hacemos propios y se transforman en objetivos. Trabajar con los objetivos es una tarea interesante y enriquecedora. Explorar los deseos, definir las prioridades, establecer los recursos y las limitaciones, imaginar hacia dónde dirigimos nuestra vida, nos invita a conocernos en profundidad y a hacernos cargo de nuestras elecciones. Y si le damos un espacio a la creatividad y al espíritu de juego, experimentaremos la alegría de descubrir de qué manera participamos como cocreadores de nuestro universo. La PNL sostiene que un objetivo bien planteado facilita el camino hacia la meta. El modelo que utiliza para lograr objetivos bien formulados se denomina “Las condiciones de la buena forma”.

LAS CONDICIONES DE LA BUENA FORMA A veces nos formulamos objetivos que no son tales. Otras nos planteamos metas que de por sí son imposibles de lograr. Hay objetivos tan amplios que necesitaríamos más de una vida para lograrlos, y otros tan pequeños que apenas alcanzados ya nos resultan insatisfactorios. La PNL plantea que un objetivo bien formulado es aquel que cumple con las siguientes cinco condiciones: 1. El objetivo debe ser expresado de manera positiva. Un objetivo necesita plantear qué es lo que quiero; no lo que no quiero. Si me propongo objetivos tales como “quiero dejar de estar triste”, o “no quiero comer compulsivamente”, puede suceder que, aunque los logre, no me sienta satisfecho. Puedo dejar de estar triste, y empezar a sentirme profundamente angustiado, o puedo lograr no comer compulsivamente, pero seguir comiendo de una forma que no es la que realmente deseo. Abandonar un comportamiento no deseado no garantiza necesariamente lograr el comportamiento deseado. Un objetivo bien formulado plantea lo que sí quiero más que lo que ya no quiero. Esta condición se fundamenta, además, en una particularidad adicional: nuestra mente no procesa de manera directa las proposiciones negativas. Si le pido “no piense en un cigarrillo”, su mente no tendrá más remedio que pensar en un cigarrillo para luego intentar negarlo, es decir, seguirá pensando en el cigarrillo aun cuando su deseo sea no pensar en él. En cambio, si le pido por la afirmativa “piense en salir a caminar por las mañanas tres veces por semana”, su mente rápidamente podrá representarse dicho comportamiento. Es mejor ocupar nuestra mente pensando e imaginando lo que sí queremos, que llenarla de toda clase de pensamientos e imágenes desagradables de todo aquello que ya no queremos más. 2. El objetivo debe ser demostrable en forma sensorial. Necesito poder representarme el objetivo de una manera concreta, brindando indicadores sensoriales que me

permitan identificar cuál es específicamente el estado deseado. Una precisa descripción del estado deseado implicado en el objetivo, me posibilitará evaluar luego su grado de concreción. Si mi meta es “tener éxito”, pero no especifico qué es el “éxito” para mí, ni logro imaginarme a mí mismo habiéndolo alcanzado, ¿cómo sabré cuando lo alcance?, ¿cómo sabré si los pasos que voy dando por la vida me acercan o me alejan de dicha meta? En cambio, si me propongo “comprar una casa”, o conseguir “un trabajo que me guste y me deje tiempo libre para pintar”, puedo representarme imágenes sensoriales que me permitan evaluar si lo he logrado o no. Hay personas que, habiendo concretado realizaciones maravillosas, no tienen manera alguna de evaluar si han alcanzado o no su objetivo. Imaginar con lujo de detalles el estado deseado —cómo me vería, cómo me escucharía, cómo me sentiría habiéndolo logrado— facilita la consecución del objetivo. 3. El objetivo debe estar ubicado en un contexto adecuado. Hay objetivos que son deseables en un contexto, pero no en otros. Hay metas que tienen sentido en un marco temporal, pero no en otro. Si me propongo vender mi casa, este objetivo puede ser deseable si lo logro en los próximos dos años, pero deja de tener sentido si sucede dentro de veinte años. Puede ser que me interese superar mis miedos y actuar con valentía en algunas situaciones de mi vida personal, pero no en otras: de hecho no me interesa superar el miedo a lanzarme en paracaídas. Puedo proponerme el objetivo de ser más comprensivo y amoroso con mi familia y mis amigos, pero no me interesa ser más comprensivo y amoroso con los empleados ineficientes de mi empresa. Cuando me planteo un objetivo, necesito explicitar cuándo, con quién, dónde y en qué contextos lo quiero. No cualquier objetivo puede ser deseable en toda circunstancia. 4. Las acciones que lleven a la consecución del objetivo deben depender de mí. Lograr la paz en el mundo, terminar con el hambre en África, que mi vecino sea más simpático o que el dentista concluya los arreglos de mi boca en una sola consulta, pueden ser situaciones deseables, pero no tienen sentido como objetivos: ninguna de esas situaciones depende de mí. Muchas personas se fijan objetivos de esa clase y luego se frustran por no poder lograrlos. Un objetivo bien formulado es aquel en el que depende de mí realizar las acciones necesarias para alcanzarlo. Cuando fijo objetivos para mí mismo, su realización depende exclusivamente de mí —hacer una dieta, organizar mi agenda de trabajo, ir al gimnasio—, pero cuando planteo objetivos que involucran a otras personas o necesitan de otros factores, dependen de mí de manera parcial: puedo planear una fiesta al aire libre, pero no está a mi alcance hacer que llueva o que salga el sol. Puedo preparar una excelente presentación para potenciales clientes, pero no hacer que ellos compren mi producto. La acción de vender depende de mí, la acción de comprar depende del cliente. En estos casos, siempre es conveniente diferenciar qué aspectos dependen de mí y cuáles no. Cuantas más variables estén a mi alcance, más poder tiene el objetivo y más me compromete a realizarlo. 5. El objetivo debe ser ecológico. Si para lograr una meta necesito dañar de alguna manera a mis seres queridos, ir en contra de mis valores o pagar un precio excesivamente alto, es probable que tal objetivo no sea adecuado para mí. Las personas vivimos en un sistema que tiene una ecología particular que necesita ser respetada. Esa ecología puede ser externa (por ejemplo las personas que me rodean) o interna (como mis valores o creencias). Un objetivo bien planteado necesita tener en cuenta dicha ecología.

Muchas veces este aspecto no es considerado a la hora de plantearnos un objetivo y esto puede generar obstáculos para el logro del mismo. Una joven me consultó una vez porque había fallado en tres oportunidades al rendir el examen final de su carrera universitaria. No entendía qué le pasaba ya que siempre había sido una estudiante excelente. Cuando le pregunté qué consecuencias tendría aprobar dicho examen, me dijo: “Me recibiría, me casaría y me iría a vivir al extranjero; hace más de un año que mi novio me espera para realizar ese plan”. Pensé que el escenario resultante de lograr su objetivo (aprobar el examen final), implicaba alguna dificultad con su ecología personal. Aprobar un examen no consistía por sí mismo una dificultad, de hecho ya había aprobado muchos exámenes previamente, pero ¿qué pasaba con recibirse, casarse o emigrar? Cualquier duda, temor o inseguridad con respecto a esas tres cuestiones podía funcionar como un obstáculo a la hora de rendir ese examen. Por una circunstancia particular, yo disponía de una sola entrevista para trabajar con esta mujer, así que no tenía tiempo para abrir y desarrollar cada uno de esos temas vitales. Decidí ir al grano y le comenté mi observación, le dije: “Estoy seguro de que aprobar un examen más, después de todos los que ya pasaste con éxito, no debe ser una dificultad para vos, pero me pregunto qué te pasa con el hecho de recibirte, de casarte y de irte a vivir a otro país. Observá que encadenás todas esas situaciones como si una te llevara directamente a la otra y eso le agrega un peso enorme al simple hecho de rendir un examen. Te propongo que separes esas situaciones como si desengancharas los vagones de un tren. Primero, aprobá el examen; después, tomate un tiempo para pensar si te querés casar, y recién después decidí si deseás ir a vivir a otro país. No necesariamente aprobar tu examen tiene que obligarte a dar todos los pasos siguientes en los plazos que te habías propuesto”. Unos meses más tarde, me llamó por teléfono para agradecer mi consejo: finalmente había aprobado su examen y se había recibido. Poco después comenzó a convivir con su novio y planeaban la boda para el año siguiente. El proyecto de emigrar había quedado postergado porque los dos habían recibido propuestas de trabajo muy atractivas en su ciudad.

LAS PREGUNTAS De “Las condiciones de la buena forma” para la formulación de objetivos se desprende una serie de preguntas clave que le propongo realizar cada vez que piense en sus objetivos o que asista a otras personas en la formulación de los suyos. Estas preguntas también son necesarias frente a cada trabajo terapéutico que se proponga realizar para lograr alguna meta personal. De las cinco condiciones surgen los siguientes cinco tipos de preguntas: • ¿Qué es lo que usted concretamente quiere lograr? • ¿Cómo se vería, escucharía y sentiría de alcanzar su objetivo? ¿Cómo se daría cuenta de que lo logró? ¿Cómo me daría cuenta yo de que usted logró su objetivo? • ¿Cuándo, con quién, dónde, en qué contextos usted quiere obtener ese objetivo? • ¿De qué o de quién depende lograr el objetivo? ¿Qué necesitaría para lograrlo? ¿Qué se lo impide? • ¿Qué pasaría si lo logra? ¿Cómo influiría en su vida realizar ese objetivo? Detenernos el tiempo que sea necesario para responder estas preguntas facilitará en gran medida el logro de nuestras metas. Considerar con detenimiento las respuestas obtenidas nos permitirá establecer un diagnóstico adecuado acerca de los posibles obstáculos que se puedan presentar con relación a los objetivos, y nos permitirá evaluar el impacto del objetivo en la ecología personal. Lo invito a formularse estas preguntas. Piense en sus objetivos y tómese su tiempo. Recuerde que un objetivo bien formulado facilita el logro de la meta.

SUEÑOS, INSPIRACIONES, ILUSIONES, DESEOS Vivir hasta los 120 años plenos de salud, rodeados del amor de nuestra familia y amigos puede ser un maravilloso deseo, pero para la PNL, no es un objetivo. Crear un mundo donde reine el amor y la paz es una hermosa ilusión, pero no es un objetivo. Tener una vida plena en la cual podamos desarrollar todas nuestras

potencialidades en sintonía con nuestra alma es una maravillosa inspiración, pero no es un objetivo. Podemos tener metas inspiradoras que iluminen nuestro camino, que actúen como faros que den luz a nuestra vida, sueños que expresen nuestras intuiciones más profundas y den sentido a la vida. Las metas inspiradoras son muy valiosas en tanto orientan nuestras acciones en función de nuestros valores y creencias más preciadas. Son el contexto mayor que cobija a nuestros objetivos. Constituyen el alma de los objetivos, les proporciona su sentido más profundo y trascendente. Pero tenemos que diferenciarlas de los objetivos. Los objetivos son, por definición, concretos y específicos, nos compelen a actuar, tienen plazos de realización. Podemos quedarnos acostados soñando con las metas inspiradoras, pero los objetivos nos mueven a levantarnos de la cama y pasar a la acción. Ambos son necesarios, bellos y poderosos. Formular y realizar los objetivos nos acerca a nuestros sueños. Los objetivos sin metas inspiradoras nos llevan a un mundo vacío de sentido. Las metas inspiradoras que no se concretan en objetivos corren el riesgo de permanecer para siempre en el mundo intangible de los sueños.

EL LOGRO DE OBJETIVOS Considere esta sencilla fórmula: 1. Plantee un objetivo. 2. Pase a la acción. 3. Evalúe el resultado de sus comportamientos: a) Si lo acercan a la meta, continúe por ese camino. b) Si lo alejan de la meta, cambie de comportamiento. 4. Repita los pasos 2 y 3 hasta alcanzar su objetivo.

Este modelo representa una estrategia poderosa. A simple vista, parece superficial y de sentido común. Le aseguro que no lo es. He visto a muchas personas fallar de muy distintas maneras en cada uno de estos sencillos pasos. Esta estrategia supone poner en práctica cuatro tipos de habilidades: a) formular objetivos, b) pasar a la acción, c) evaluar los resultados de las acciones y d) cambiar, de ser necesario.

Ya hemos hablado de “Las condiciones de la buena forma” para la formulación de objetivos, y de cómo, a diferencia de las metas inspiradoras, los objetivos comprometen a pasar a la acción. Detengámonos por un momento en el tercer paso de esta estrategia: evaluar los resultados de nuestras acciones. Imagine las siguientes situaciones: • Se propone regar las plantas de su jardín (primer paso: formula su objetivo), conecta la manguera a la canilla, busca la regadera, se pone los guantes de jardinero, comienza a regar las plantas (segundo paso: pasa a la acción). Mientras usted prepara sus herramientas y se pone los guantes, no repara en que se desata una lluvia torrencial. Ahora usted está parado bajo la lluvia, regadera en mano, abocado a la consecución de su objetivo. Usted no es de aquellos que pierden tiempo en evaluar los resultados de sus acciones. Usted se propuso regar las plantas y lo hace. A usted no le importa que su jardín esté inundándose bajo el aguacero. Usted es de aquellos que cumplen sus objetivos. Absurdo, ¿no le parece? • Se propone tejer un suéter para su bebé (primer paso: fija su objetivo), toma sus medidas, busca las agujas y comienza a tejer (segundo paso: pasa a la acción). Usted teje en sus momentos libres. Usted es una mujer muy ocupada, madre de tres niños y trabaja también fuera de casa. Su tiempo libre es

muy limitado. Cuatro meses después, apenas ha terminado de tejer el torso, le faltan el cuello y las mangas. Se siente muy contenta, mira el tejido con orgullo y emoción. A usted nadie le ha enseñado el paso tres y por lo tanto, no evalúa el resultado de las acciones que está desarrollando. Usted se propuso un objetivo, pasó a la acción y persistirá hasta lograr su cometido. Dos meses más tarde, cumple con su objetivo: el suéter está terminado. Quedó precioso, sus ojos brillan de emoción anticipada. Busca a su bebé para ponerle la prenda. La cabeza del niño no entra por la abertura correspondiente. Las mangas apenas alcanzan los codos. Usted no entiende: ¡si se ha asegurado de tomarle correctamente las medidas! Le cuento: en seis meses su bebé ha crecido. El clima cambia, los niños crecen. Pocas cosas permanecen invariables en el tiempo. Los precios suben, los estados anímicos fluctúan, el tránsito se mueve. ¡Todo se mueve! ¡La vida entera se mueve! Entre el momento inicial de fijar un objetivo y el momento final de consecución del mismo, siempre hay un lapso de tiempo en el que las condiciones iniciales pueden variar. Un plan de acción bien formulado necesita ajustes en función de los cambios que se van produciendo durante el proceso. Los cambios pueden ser tanto externos como internos. Más aún, nuestras mismas acciones en pos de un objetivo van generando condiciones variables imposibles de preveer desde el principio. Sin ajustes, difícilmente lleguemos a la meta. Evaluar a lo largo del camino los resultados de las acciones que emprendimos nos proporciona la información necesaria para decidir esos ajustes. Los ajustes son los cambios de aquellos comportamientos que nos alejan de la meta. Así llegamos al siguiente paso de nuestra estrategia: los cambios. ¿Qué tan fácil nos resulta cambiar una vez emprendida la acción? La flexibilidad de comportamiento es una de las características adaptativas distintivas de los seres humanos. Los vegetales la tienen en grado mínimo: su repertorio de conductas es muy limitado. A medida que los seres vivos van ascendiendo por la escala evolutiva, aumenta progresivamente su flexibilidad de comportamiento, lo cual representa una enorme ventaja adaptativa. Los seres humanos poseemos el repertorio de conductas más variado y flexible de todos los seres vivos. ¡El problema es que no siempre utilizamos dicho potencial! Cuando algo no funciona, lo intentamos con más fuerza todavía. Pensamos que no lo hemos hecho lo suficientemente bien, e insistimos. Nos volvemos rígidos, ciegos y testarudos. ¡Cuántas veces me he encontrado presionando con furia un botón del teclado de la computadora cuando un programa no respondía como esperaba! Y me daba perfecta cuenta de mi comportamiento, e igual insistía. ¡Tenemos el desafortunado hábito de persistir en el error! La buena noticia es que todo “hábito desafortunado” puede cambiarse. Si uno quiere. El primer paso es ser conciente de ello. La PNL nos dice que si un comportamiento no funciona… sencillamente intentemos uno diferente. Tan simple y complicado como eso.

SEGUNDA PARTE MAPAS PARA LA MENTE

Cualquier sistema de creencias es tanto un conjunto de recursos para hacer una determinada cosa como un conjunto de limitaciones severas para hacer cualquier otra cosa.

Richard Bandler y John Grinder

CAPÍTULO 7 MODELOS DEL MUNDO

LAS PALABRAS Las palabras no significan lo mismo para cada uno de nosotros. Y no me estoy refiriendo a las palabras que los lingüistas denominan “polisémicas”; es decir, aquellas que tienen más de un significado, como por ejemplo la palabra “llama”, que puede referirse tanto a la luminiscencia emitida por una antorcha, a un mamífero sudamericano, como también a una conjugación del verbo “llamar”. O la palabra “cresta”, como la cresta del gallo o la cresta de una ola. Me refiero a “todas” las palabras: las palabras comunes, las que utilizamos todos los días. Las palabras con las que nos comunicamos con los otros, las que nos permiten entendernos. Las palabras que decimos asumiendo que los demás van a significar de la misma manera que nosotros. Aunque así lo parezca, lo cierto es que lo que yo tengo en mi cabeza cuando pienso en una palabra y la pronuncio no es igual a lo que otra persona se representa en su cabeza cuando me escucha. Muchas veces, al inicio de un curso de PNL, suelo realizar el siguiente experimento. Entrego al grupo un cuestionario con seis preguntas, informo que voy a decir una palabra, y luego los participantes, de manera individual, deben completar el cuestionario. Las preguntas son las siguientes: 1. ¿Cuál es la imagen que aparece en su cabeza cuando piensa en esa palabra? 2. ¿Qué sonidos surgen? 3. ¿Qué sensaciones corporales o sentimientos evoca esa palabra? 4. ¿Qué recuerdos afloran cuando piensa en esa palabra? 5. ¿Qué asociaciones con experiencias reales o de ficción (películas, libros, televisión) conecta con esa palabra? 6. En función de las respuestas anteriores, construya una definición de esa palabra. Luego de leído el cuestionario, digo por ejemplo la palabra “tigresa”. Los participantes se miran como diciendo: ¿Qué hay de raro en esa palabra?, ¿acaso no sabemos todos lo que significa “tigresa”? Las caras de sorpresa que ponen cuando leen en voz alta sus respuestas, muestran que en realidad sí hay algo raro en este asunto. Creían estar pensando todos lo mismo; sin embargo, las definiciones que dan son diferentes. Cuando evocan una imagen, algunos ven al animal (en una jaula, en la selva, en la foto de un libro) y otros ven a una mujer con ciertas características particulares. Unos oyen un rugido estremecedor y otros un ronroneo suave y tierno, o tal vez, seductor. En algunos surgen sentimientos de miedo; en otros, sensaciones de fuerza y potencia; hay quienes evocan seguridad y protección, mientras otros experimentan sensualidad. Los recuerdos van desde visitas al zoológico, hasta programas de televisión en que aparecen bailarinas exóticas. Estos recuerdos a su vez conectan con situaciones ligadas a todo tipo de vivencias personales (placenteras, traumáticas, tiernas, violentas, excitantes): excursiones familiares, lecturas solitarias, fantasías infantiles,

experiencias sexuales. Cuando finalmente cada uno brinda su propia definición, no es de extrañar que todas ellas sean, por lo menos en algún matiz, distintas. Y lo cierto es que, en mayor o en menor medida, lo mismo sucede con todas las palabras, aun las aparentemente más neutras como “mesa” o “silla”. (Porque todos nosotros conocemos y hemos tenido experiencias relacionadas con distintas mesas o sillas). Podríamos recurrir a una imagen metafórica para comprender este fenómeno. Para interpretar el significado de las palabras que utilizamos, nuestra mente recurre al diccionario interno que todos tenemos instalado al igual que lo tienen los procesadores de texto de nuestras computadoras. Pero a diferencia de aquellas —que están programadas de la misma manera—, nuestros diccionarios son todos, al menos parcialmente, distintos. Frente a cada palabra, en fracción de segundo, nuestra mente realiza una cantidad enorme de operaciones: evoca imágenes, sonidos, sensaciones y sentimientos, procesa recuerdos, realiza asociaciones entre distintas experiencias reales o fantaseadas, etc. Y en fracción de segundo, envía a la conciencia una definición a partir de la cual reconocemos el significado de esa palabra. Como las personas, aún compartiendo un mismo idioma y una misma cultura, tenemos experiencias subjetivas distintas —porque tenemos diferentes historias, recuerdos, vivencias, conocimientos—, la programación de nuestros diccionarios internos también será diferente.

EL MALENTENDIDO Pensemos en las siguientes situaciones de la vida cotidiana: • El jefe pide a su secretaria que transcriba con rapidez unos documentos. Dos horas más tarde, la secretaria le entrega el trabajo solicitado obteniendo a cambio una reprimenda por parte de su jefe. La secretaria, sintiéndose frustrada y dolida, no comprende la injustificada reprimenda. El jefe, contrariado, no comprende la injustificada demora de su empleada. • La mujer le pide a su marido que compre flores para engalanar la mesa para la cena de Navidad. El marido aparece con un ramo de flores silvestres deliciosamente ornamentadas. Al verlo, la mujer rompe a llorar desconsolada. El marido tira el ramo sobre la mesa y se encierra a masticar su bronca en su escritorio. Nosotros ahora sabemos que la frase “con rapidez” puede significar algo muy distinto en la cabeza del jefe o de la empleada. Él puede entender que “con rapidez” es “ya mismo”, mientras que para ella puede significar “antes de que termine el día”. Para el marido, las flores silvestres son “flores”, mientras que cuando su mujer dice “flores” piensa en un ramo de rosas rojas. Tal vez siempre lo supimos, pero recién cuando tomamos conciencia de que las palabras no significan lo mismo para cada uno de nosotros, podemos comprender el origen de muchos malentendidos que pueblan nuestra vida cotidiana. Y este es sólo el comienzo.

LA VISIÓN INGENUA DEL MUNDO: EL MODELO REPRESENTACIONAL Cuando la mujer pide “flores”, asume que esa palabra es una representación fiel del objeto real que espera que su marido compre en la florería (rosas rojas). Al ver las flores silvestres, solamente puede pensar en una de tres opciones: o bien su marido se equivocó, o está loco, o actuó de mala fe. Entonces rompe a llorar. Y él la mira sin entender. El error consiste en creer que las palabras son una representación fiel del objeto que nombran. Que las representaciones mentales que tenemos en nuestra cabeza se corresponden de una manera directa con el

mundo real y que lo representan con exactitud, como si de una fotografía se tratara. Lo cierto es que las representaciones mentales que tenemos acerca de las cosas son tan diferentes de los objetos reales como los mapas son diferentes de los territorios que representan. Por más correspondencia que exista entre ambos, un mapa es un mapa y un territorio es un territorio. Y la diferencia entre ellos es abismal e inabarcable. A nadie se le ocurriría comerse un menú de un restaurante sólo porque leyó allí “milanesa con papas fritas”. Lo que ese alimento sea en sí mismo es bien distinto de la manera que tenemos para representarlo. Los seres humanos vivimos en un mundo que tiene más de representación mental que de realidad. Nuestro pensamiento discurre en un universo de representaciones mentales (mapas), y no de objetos reales (territorio). No entramos en contacto con el mundo sino a través de las representaciones que tenemos acerca de él. Nuestra relación con el mundo “real” no es directa sino que está mediatizada por el pensamiento, por las representaciones que tenemos en nuestra mente acerca de lo real. La visión ingenua del mundo consiste en creer que hay una correspondencia directa entre mi representación mental (que sólo existe dentro de mi cabeza) y el objeto que representa (que sólo existe en el mundo real). Esta visión ingenua surge de manera espontánea y en cierto sentido es inocente: las personas de verdad están convencidas de que su percepción de la realidad “es” la realidad misma, y no pueden comprender que otra persona tenga una percepción distinta. Desde esta visión ingenua —que es la visión de la ciencia moderna, el paradigma de la ilustración o de la representación— cuando nos comunicamos, creemos estar transmitiendo información de manera objetiva: lo que digo representa de manera exacta aquello que nombro (no importa si lo nombrado es una cosa o un evento del mundo externo; o un sentimiento o un pensamiento del mundo interno); por lo tanto, espero que mi interlocutor decodifique con la misma exactitud y represente en su cabeza lo mismo que yo tengo en la mía. Lamentablemente (o afortunadamente) las cosas no funcionan así.

LA VISIÓN POSMODERNA: EL CONSTRUCTIVISMO RADICAL El lenguaje no es una simple representación del mundo; el lenguaje, de alguna manera, crea al mundo. Lo va construyendo a través del relato. Más que decodificar con exactitud, interpretamos con subjetividad. Si mi mundo interior —que es propio, único— es diferente al de otras personas, es entendible que, cuando digo “tigresa”, “flores“ o “con rapidez”, represento en mi interior algo que será distinto a lo que las otras personas representarán dentro de sí mismas. De hecho, algunos filósofos llanamente sostienen que no existe el “mundo real”, un mundo más allá de nuestro pensamiento. Consideran que es el pensamiento el que crea al mundo y que este no tiene existencia por sí mismo. Otros, en cambio, plantean que de haber un mundo real allá afuera, este es inaprensible de manera directa, por lo que nunca podremos llegar a conocerlo. Ambas posturas —de raíces antiguas y hoy propias de una visión posmoderna radical— plantean que no se puede hablar de realidades objetivas y que todo es interpretación. Según estas teorías, como las demás personas son siempre ajenas a nuestra interioridad y pertenecen al mundo externo, real —que o no existe o bien, de existir, no lo podemos aprehender de manera directa—, la comunicación pareciera resultar imposible. ¿Cómo conectar, cómo calzar entonces mi interpretación del mundo con las interpretaciones de otras personas si no existiera una realidad compartida en la que mi interpretación y la de los demás se pudieran encontrar? Los enfoques radicales —nacidos como reacción frente a la visión ingenua del mundo— se contraponen con una realidad evidente a nuestra experiencia inmediata que nos dice que la comunicación efectivamente sí es posible. Por lo tanto, necesitamos de un enfoque más moderado, ni tan ingenuo como el modelo representacional ni

tan extremo como los posmodernistas radicales. Un modelo que incluya tanto las verdades enunciadas por el constructivismo, como la evidencia experiencial que nos dice que la comunicación es realmente posible en algún tipo de realidad compartida.

PNL Y MODELOS DEL MUNDO El mapa no es el territorio que representa. Mapa y territorio pertenecen a dos categorías distintas y pronto veremos lo peligroso de confundir ambas dimensiones. Pero lo cierto es que los mapas pretenden hacer referencia a un territorio y que distintos viajeros pueden coincidir en que algunos mapas les resultaron más útiles que otros para llegar a su destino. Podemos dejar de lado la discusión teórica acera de si el territorio tiene existencia real por fuera de nuestra mente, o si puede, en todo caso, llegar a ser conocido; o más aún, si los mapas pueden representarlo fielmente o no. Más allá de esa polémica filosófica, nos encontramos con que: • hay una diferencia entre mapa y territorio; • puede haber distintos mapas acerca de un mismo territorio, y • hay mapas que nos resultan, en algún sentido, mejores que otros. Cuando todavía nada sabía acerca de la existencia de la PNL (de hecho la PNL estaba todavía en pañales, y yo con dieciocho años cursaba mi primer año en la universidad), un profesor de psicología planteó a la clase la siguiente situación que me dejó pensando durante años. Dijo algo así como: “Tenemos un hecho: una mujer joven, a la que llamaremos ‘mamá’, y un niño, al que llamaremos ‘hijo’, interactúan. Un buen día aparece un señor, al que llamaremos Sigmund Freud, que observa el comportamiento de la mamá y del hijo, y concluye que lo que está sucediendo allí es el Complejo de Edipo y que las energías que se mueven en dicha situación son indudablemente de tipo sexual. Pero luego aparece otro señor, al que llamaremos Alfred Adler, que observando los mismos fenómenos entre la mujer y el niño, concluye que estamos en presencia del Complejo de Inferioridad y que los impulsos que se mueven allí tienen que ver con la lucha por el poder. Como no podía ser de otro modo, un día aparece otro señor, al que llamaremos Carl Gustav Jung —Adler y Jung son considerados importantísimos discípulos disidentes del creador del psicoanálisis, Freud (todavía permanece la disputa entre quienes los consideran discípulos y quienes sólo colegas)—, quien estudiando a la misma mujer y al mismo niño, elabora la teoría del Inconsciente Colectivo y señala la presencia del Complejo Materno”. Todavía recuerdo a mi profesor —un hombre alto, imponente, trajeado a la antigua— parado frente a la clase con una sonrisa socarrona. Luego de un silencio teatral que me pareció interminable, lanzó la pregunta que sonó como un trueno: “¿Complejo de Edipo? ¿Complejo de Inferioridad? ¿Complejo Materno?... ¿Y ustedes qué dicen a eso?”. Por supuesto nadie dijo nada (aunque en aquella época todos hubiéramos apostado con los ojos cerrados por el Complejo de Edipo, ¿cómo no hacerlo si el 99% de nuestros profesores eran psicoanalistas freudianos?).

Aquel interrogante quedó dando vueltas en mi cabeza: ¿cómo era posible que frente a un mismo fenómeno tres escuelas teóricas pudieran dar tres explicaciones radicalmente distintas, y además —y esto era lo realmente sorprendente—, los psicólogos partidarios de cada escuela estuviesen totalmente convencidos de que la suya era la única correcta? Por supuesto, el problema no radicaba en que diferentes teorías pudieran dar distintas explicaciones acerca de un fenómeno. El problema consistía en la cerrazón de miras, en la obtusa perspectiva de quienes defendían a una por sobre la otra en la creencia de que la suya era la correcta y las otras, equivocadas. Cuando no distinguimos la diferencia entre mapa y territorio, caemos en el error de considerar a nuestro mapa comos si fuera el territorio mismo. Si nuestro mapa —nuestra visión o modelo del mundo— “es” el territorio, todo mapa diferente al nuestro “no es” el territorio, y quienes planteen esos otros mapas están equivocados, o locos, o actúan de mala fe. Esta postura existencial —esta profunda ignorancia existencial—, heredera de la visión ingenua del mundo, es la responsable de una importante cantidad de conflictos interpersonales, así como de las proverbiales luchas entre distintas escuelas psicológicas. (Por no mencionar las guerras, las inquisiciones y las matanzas más crueles por las que atravesó la humanidad a lo largo de toda su historia).

Para muchos psicólogos, el inconciente, el Edipo, los mecanismos de defensa, las neurosis, son entidades que poseen existencia real. No las ven como mapas (representaciones mentales que hacen referencia a un territorio) sino como el territorio mismo.

TEORÍAS PSICOLÓGICAS Y VISIÓN PRAGMÁTICA La PNL considera toda teoría como si fuese un mapa. Toda teoría supone una particular visión o modelo del mundo, pero no “es” el mundo. Es más, las teorías psicológicas dan cuenta más del modelo del mundo de sus creadores, que del mundo en sí que pretenden explicar. La PNL nunca se interesó demasiado por la teoría. Los creadores de la PNL solían plantear en sus primeros seminarios que todo lo que ellos decían no tenía pretensión de ser “verdad”. Lo que esperaban era que los modelos que ellos presentaban “funcionasen”, es decir, que cumplieran el objetivo para el cual habían sido diseñados. Si el objetivo era curar una fobia, el modelo funcionaba si lograba curarla. No importaba generar una teoría explicativa acerca de la “verdadera naturaleza de las fobias”, ni de por qué funcionaba el modelo. Si el objetivo era resolver un conflicto vincular entre dos personas (dos amantes, dos gerentes, madre e hijo), importaba contar con un modelo eficaz para resolver el conflicto. No les interesaba contar con una teoría explicativa acerca del conflicto, sino con un modelo que permitiese resolverlo. Esta visión —a la que denominamos “pragmática”— es la que sostiene la PNL.

¿CREAMOS NUESTRO MUNDO? Por otro lado, observemos que las teorías psicológicas no son patrimonio de los psicólogos sino que también las utilizamos las personas como una forma de justificar nuestros padecimientos; y por lo tanto, de no cambiar en el sentido deseado. Las teorías, las explicaciones que damos acerca de las cosas desafortunadas que nos suceden en la vida, también pueden generar sufrimiento y evitar que cambiemos. “Lo que pasa es que” —mi madre, mi padre, mi historia, mi accidente, mi cuerpo, mis pérdidas—, es la expresión favorita de quienes permanecen atados al padecimiento porque… si “lo que pasa es que” (y aquí cada uno complete con su teoría favorita), entonces ¿qué puedo hacer al respecto? La PNL sostiene que no son las cosas en sí mismas las que nos afectan, sino las representaciones que nos hacemos sobre las cosas. No es tanto la realidad, sino el modelo del mundo que construimos acerca de la realidad el que nos enferma. ¿Cuál es la diferencia entre un hombre que sufre una parálisis como consecuencia de un accidente, y luego de reponerse vive una vida fructífera y juega al básquet y compite en las olimpíadas especiales, y otro que sufre el mismo accidente y se hunde en una depresión y se atiborra de drogas y alcohol? ¿Cuál es la diferencia entre una mujer joven que es madre en los comienzos de una prometedora carrera profesional, y que logra integrar su maternidad con su carrera, y otra que frente a la misma situación vital decide abandonar su profesión y se lamenta el resto de su vida por esa decisión? Evidentemente, no son las cosas en sí (el territorio) —que fueron las mismas en los dos ejemplos— sino más bien los modelos del mundo (mapas), que en un caso permitieron encontrar soluciones, opciones facilitadoras, y en otro caso no lo permitieron. Las teorías, entonces —tanto las de los psicólogos como las de todos en general—, son en sí mismas modelos del mundo y no el mundo real; son mapas y no territorios. Y en tanto modelos del mundo pueden ser más restringidos o más facilitadores, más ricos o más pobres, pueden brindarnos más o menos opciones, pueden mostrarnos una salida hacia el bienestar o atraparnos en la oscuridad, pueden hacer que veamos el vaso medio vacío o medio lleno, pueden encontrar la salida del laberinto o encerrarnos allí para siempre. Muchas veces nos encontramos con que no podemos cambiar la realidad. Hay situaciones objetivas que

son inmodificables e influir sobre ellas está por fuera de nuestro alcance. Pero siempre podemos hacer algo con nuestras representaciones mentales. Son nuestros modelos del mundo los que nos curan o nos enferman. Mi abuela paterna vivió hasta los 95 años. Murió literalmente de vieja. Nunca se enfermaba. Nunca iba al médico. Cuando quería, comía como si se fuese a acabar el mundo —nunca supo nada de dietas, de colesterol o de hipertensión, esas palabras no figuraban en su diccionario—, otras veces sobrevivía con una frugalidad de monje. Salía a hacer sus propias compras. Se levantaba al amanecer y se retiraba con la puesta del sol. Hacía su gimnasia todas las mañanas. Parecía una viejita frágil, pero era fuerte como un roble. A veces —con 50 años menos sobre mis espaldas— yo me levanto cansado a la mañana, y pensar en el gimnasio me da una terrible pereza. Me pregunto cómo lo hacía ella. En qué mundo vivía.

Se puede definir a la PNL como “el estudio de la experiencia humana subjetiva”. Su principal objetivo consiste en explorar cómo las personas construimos nuestros mapas del mundo y cómo podemos cambiarlos.

CAPÍTULO 8 CÓMO CONSTRUIMOS LOS MODELOS DEL MUNDO

FILTROS NEUROLÓGICOS, SOCIALES E INDIVIDUALES Desde antes de nacer ya nos relacionamos con el mundo. Experimentamos la realidad a través de los sentidos: vemos, oímos, tocamos, olemos y gustamos. Nos representamos en nuestra cabeza imágenes visuales, sonidos y sensaciones corporales. Esas representaciones son la materia prima a partir de la cual vamos construyendo nuestra experiencia. Bandler y Grinder señalan que hay tres tipos de filtros principales que van modelando nuestros mapas y diferenciándolos del territorio en sí: neurológicos, sociales e individuales.

FILTROS NEUROLÓGICOS En primer lugar, consideremos a las limitantes neurológicas que se manifiestan en el particular diseño biológico y el funcionamiento del sistema nervioso. Los órganos de la percepción no están diseñados para percibirlo “todo”: la cantidad de estímulos potenciales del ambiente es infinita y el sistema se saturaría al instante si tuviese que procesar una cantidad tan abrumadora de información. Más que receptores pasivos, los sistemas sensoriales son filtros activos. Realice el siguiente experimento: 1. Mientras lee estas palabras, observe conscientemente qué tipo de datos percibe del ambiente. Seguro son unos pocos: verá la forma de las letras, el dibujo que crea el diseño de la página, verá los colores, tal vez el borde del libro y su mano. Se dará cuenta de que si quiere seguir leyendo y no perder el hilo, no podrá percibir mucho más. 2. Ahora, lea lo que sigue y luego deje el libro por un momento para realizar el experimento. 3. Continúe llevando su conciencia hacia otras cosas que ve: observe la habitación en la que se encuentra, deténgase en los detalles. Pretenda ir más allá todavía con su visión. Mientras se enfoca en lo que mira, preste atención a los sonidos. Los del ambiente externo. También a los sonidos internos de su cuerpo. Se complica, ¿verdad? La cantidad de cosas a percibir comienza a ser excesiva. 4. Propóngase ahora sentir sus sensaciones corporales. La postura de su cuerpo. El ritmo de su respiración. Registre alguna incomodidad en el cuerpo. Perciba el peso de su cuerpo sostenido por la silla o el sillón en que se encuentra. Lleve conciencia a sus manos, fíjese dónde están apoyadas, registre la textura, la temperatura de lo que sus manos tocan. 5. A esta altura ya le resultará imposible mantener en su conciencia todo lo que está percibiendo simultáneamente. Es demasiado. Se le escapa. La conciencia no puede albergar cantidad tal de información. 6. Pero ahora relájese un poco más y siga percibiendo. Ábrase a la experiencia. Un poco más todavía.

Llegan nuevas imágenes (seguramente hay cosas que antes no había visto), nuevos sonidos (fíjese que hay sonidos que antes no había escuchado), nuevas sensaciones (¿había percibido antes olores, el gusto en su boca, las pulsaciones sutiles de los órganos internos?). Siempre hay más. Mucho más. Y todavía más. Fin del experimento. Percibirlo todo es imposible. Nuestro sistema biológico no está preparado para eso. Si dos personas en la misma sala realizaran este experimento y luego tuvieran que listar lo que vieron, las dos listas no serían iguales. Esas dos personas podrían comenzar a discutir: “Yo vi un libro azul en la biblioteca” “No, está equivocado, no había ningún libro azul en la biblioteca”. “Perdón, pero el equivocado es usted” “¿Quién se cree usted para tacharme de equivocado?”. Más todavía. Nuestros ojos y nuestros oídos están diseñados para percibir fenómenos físicos dentro de una frecuencia limitada de longitudes de onda. Por encima y por debajo de ese rango, no vemos ni oímos nada aun cuando los estímulos físicos están realmente allí. Sin el auxilio de instrumentos tecnológicos somos incapaces de ver los infrarrojos o los ultravioletas ni de escuchar sonidos que vibran por debajo o por encima de una determinada frecuencia. Hay animales que sí los perciben: escuchan sonidos y ven cosas que nosotros no podemos. Si nuestros órganos de la percepción no lo perciben “todo”, ¿cómo podríamos representarnos con exactitud al territorio? Siempre habrá elementos que filtramos dejándolos afuera. Nuestra experiencia del mundo y los mapas que nos hacemos de él ya vienen recortados de fábrica por los condicionamientos biológicos de nuestro aparato perceptivo.

FILTROS SOCIALES Por otro lado, hay condicionamientos de tipo social y cultural que también influyen sobre la manera en que vamos modelando nuestros mapas. Nuestra forma de percibir y el tipo de distinciones que somos capaces de hacer dependen de otros factores además de los biológicos. Un bombero ve al fuego de una forma distinta de la que lo vemos nosotros. Un esquiador distingue tipos de nieve que los no esquiadores no distinguimos. Un catador de vinos percibe aromas que otras personas jamás dirían que están allí. Un psicólogo experimentado detecta secuencias de comportamientos que pasan inadvertidas para los demás. Todos vemos, escuchamos, sentimos y pensamos cosas diferentes, condicionados por la profesión, la clase social, la cultura y la educación. Esas percepciones van configurando nuestra experiencia de lo real y nuestros diferentes modelos del mundo.

FILTROS INDIVIDUALES Un conocido dicho popular dice que “el que se quemó con leche ve una vaca y llora”. No todos nos hemos quemado con leche. Para unos, entonces, las vacas serán peligrosas, para otros no. Nuestras particulares experiencias en la vida van generando distintos modelos del mundo. Como todas las experiencias son diferentes, nuestros modelos del mundo también lo serán. Aun cuando como seres humanos tengamos idénticos filtros biológicos, y como miembros de un determinado grupo o cultura, compartamos los mismos filtros sociales, los individuales serán únicos para cada persona. Distintas observaciones mostraron que, aun entre hermanos gemelos —con la misma dotación genética y criados en la misma familia—, la particular manera de experimentar la realidad de cada uno de ellos iba constelando modelos del mundo distintos.

CAPÍTULO 9 CAMBIOS EN EL MODELO DEL MUNDO

ENRIQUECER EL MODELO DEL MUNDO Las personas no sufrimos porque tenemos ganas. No producimos síntomas ni vivimos vidas insatisfactorias porque sí. Los seres humanos nos comportamos en cada situación eligiendo la mejor opción entre las que tengamos disponibles en nuestros mapas. No transitamos senderos que no figuren en ellos. Cuando, según observadores externos, hacemos algo “dañino” para nosotros mismos, cuando no nos damos cuenta de algo obvio, o tomamos decisiones desacertadas, o no nos comportamos de manera “saludable” y la vida no marcha en la dirección “correcta”; lo primero que podríamos preguntarnos es si esas opciones —tan obvias, tan claras, tan fáciles para los demás— están disponibles en nuestro modelo del mundo. Un modelo restringido ofrece opciones restringidas. Un modelo fatalista ofrece opciones fatalistas. Un modelo enroscado propone opciones enroscadas. Si bien todos los mapas son limitados, disponer de más opciones a la hora de elegir un camino parece lo más adecuado. El modelo del mundo siempre se puede enriquecer, ampliar o modificar si descubrimos que nos resulta limitante. Leer, ver películas, participar de un grupo, conversar con otras personas, estudiar, viajar, abrirnos a nuevas experiencias, son algunas de las formas en que espontáneamente las personas enriquecemos nuestros modelos del mundo. Estas actividades nos permiten agregar opciones en nuestros modelos: aprendemos cosas que no sabíamos, nos enteramos de qué manera otras personas resolvieron situaciones que nosotros no sabíamos cómo resolver, las nuevas experiencias nos permiten conectarnos con recursos que desconocíamos tener. Una vez le sugerí a un amigo que sufría por su timidez, que participara en un taller de teatro que dirigía otro amigo mío. La nueva experiencia realizada en un entorno contenedor, y conducida por un profesor que yo sabía era por demás cálido y respetuoso, obró milagros. Poco a poco, mi amigo fue atravesando experiencias que le permitieron conectarse con nuevos personajes internos que él desconocía poseer. Así actuó de ejecutivo exitoso, de payaso de circo, de machote mexicano; y sus compañeros de grupo reían a carcajadas enviándole feedback positivo por sus dramatizaciones. Pocos meses después, lo encontré en una reunión social. Cuando me vio, se acercó sonriente para agradecer mi sugerencia. Para mi sorpresa, a pocos pasos de distancia, hizo un cómico saludo de bailarín, y me preguntó con voz chillona: «¿Era tímido yo?».

Muchas veces ese tipo de actividades no son suficientes. La acumulación de experiencias traumáticas, pequeñas o grandes —el abuso, el abandono, el maltrato, las enfermedades, la distancia emocional, la falta de contención— a lo largo de nuestra vida, van configurando un modelo del mundo lleno de cicatrices que no nos ofrece las mejores opciones para el desarrollo de nuestro potencial. Si bien hemos podido sobrevivir adaptándonos de la mejor manera posible a las circunstancias por las que nos tocó atravesar, las huellas de nuestras experiencias fueron modelando mapas que muchas veces no nos permiten vivir la vida en toda su plenitud.

LA RESIGNIFICACIÓN El primer paso que podemos dar, si estamos interesados en transitar un camino de sanación y crecimiento

personal, es comprender que no es la realidad la que produce nuestro padecimiento, sino la forma en que interpretamos la realidad en nuestro modelo del mundo. Aun cuando la realidad no siempre puede ser modificada, la buena noticia es que nuestra interpretación de la realidad sí puede serlo. Una manera de producir cambios en el modelo del mundo consiste en encontrar nuevos significados para las experiencias, darles otra interpretación, es decir, resignificarlas. Cuando tenía veintitrés años llevaba ya cinco trabajando en una organización dedicada a la educación no formal con niños y adolescentes. Un día, el director de esa organización me propuso un interesantísimo desafío: dirigir un área de una institución amiga en la ciudad capital de un país vecino por dos años. La propuesta significaba un ascenso importante, un aumento de sueldo extremadamente significativo, y la promesa de una carrera en ascenso a mi regreso… pero tenía que dejar mi ciudad y mi país, interrumpir el último año de la universidad (me estaba por recibir de psicólogo), ¡y dejar a mi novia con la que había comenzado una relación pocos meses antes y de la que estaba muy enamorado! Luego de algunos días de tortuosa indecisión, le anuncié al director que no aceptaba su generosa oferta. Ni él ni muchos de mis compañeros de trabajo comprendieron los motivos de mi elección, considerando que estaba rechazando una inigualable propuesta de desarrollo profesional. Como a veces sucede en estos casos, se me cerraron las puertas y la promesa de una carrera en ascenso quedó truncada. Un año después, no tenía ni trabajo ni novia. Me sentí el más insignificante de los seres: angustiado, fracasado y con la autoestima por el piso... Pero concluí los estudios en la universidad y me recibí de psicólogo, y hojeando libros en una librería conocí la PNL… y comprobé que aquellos “desafortunados” sucesos me habían permitido tomar un camino en mi vida que veinte años después me trajeron al lugar en el que hoy estoy. Lo que allá y entonces consideré el suceso más negativo de mi vida profesional, hoy, con agradecimiento, lo experimento como lo mejor que me pudo haber sucedido: gracias a aquella experiencia es que hoy puedo ser lo que soy.

Le propongo un ejercicio: 1. Piense en un acontecimiento que en el pasado experimentó como algo “negativo”. 2. Considere todo lo que aprendió a partir de aquella experiencia. 3. Reflexione acerca de cómo eso que aprendió lo llevó a enriquecer su vida de modo de llegar a ser lo que actualmente usted es. 4. Imagine cómo hubiera sido su vida si aquel episodio «negativo» no hubiese sucedido y usted no hubiera aprendido todo lo que aprendió. 5. Vuelva a pensar en aquel episodio y compruebe cómo cambia la manera en que ahora lo experimenta. Lo que en algún momento vivimos como algo negativo, puede ser considerado de manera bien distinta algún tiempo después. La interpretación que le dimos a un suceso allá y entonces puede ser distinta a la interpretación que le damos hoy. El acontecimiento es el mismo, pero los significados que le otorgamos son diferentes. El acontecimiento puede ser el mismo, pero nosotros somos distintos: hemos crecido, hemos madurado, hemos aprendido, y por eso podemos darle un nuevo significado.

RESIGNIFICAR EL CONTENIDO Una mujer de 35 años, casada desde hacía ocho con un hombre con el que mantenía una buena relación, vino a consultarme por su dificultad para quedar embarazada. Durante un tiempo prudencial había intentado concebir con su marido de forma natural, y como no lograba el embarazo, había comenzado un tratamiento en un centro de fertilización asistida. A lo largo de tres años probó todo tipo de tratamientos, desde el más simple hasta el más complejo, sin obtener ningún resultado. Se sentía frustrada, dolida y ya no confiaba en los médicos como para volver a intentar una nueva intervención. Su manotazo de ahogado fue ver “si hay algo en mi cabeza que me impida tener hijos”. Cuando exploramos su modelo del mundo para descubrir qué significaba para ella ser mamá, la mujer se quedó helada: aparecieron todo tipo de imágenes e ideas “negativas” de las cuales hasta ese momento ella no se había percatado conscientemente.

Abogada de profesión, llevaba adelante un estudio jurídico al que se dedicaba con todo su empeño. Ser mamá, para ella implicaba tener que sacrificar su carrera, le aparecían imágenes de ella misma abandonada, encerrada en su casa, gorda y descuidada. Se imaginaba a sí misma dependiendo económicamente de su marido y eso la hacía sentir vulnerable. En su modelo del mundo asociaba la maternidad con un prototipo de mujer que ella detestaba: débil, sometida, dependiente, vulnerable y abandonada. Las sirenas de “peligro” sonaban por todos lados. “¡Yo no quiero eso para mí! —exclamó horrorizada—. ¿Cómo voy a poder ser mamá con todos esos pensamientos en mi cabeza?”. Para ella, esos pensamientos constituían la realidad, no diferenciaba el mapa del territorio. Conscientemente, tenía poderosos deseos de ser madre, pero algo en su interior lo rechazaba con todas sus fuerzas. Luego de identificar sus representaciones mentales acerca de la maternidad, dedicamos tres sesiones más a cuestionar esos pensamientos. Buscamos ejemplos de mujeres en los que esos pensamientos limitantes no se aplicaban, de hecho conocía amigas y colegas que habían sido madres y seguían adelante con sus actividades profesionales. La paciente descubrió que sus ideas eran más acordes a la experiencia de vida de su madre (y aun a la de sus abuelas) que a la de ella misma, y empezó a diferenciarse de ellas. Se dio cuenta de que no tenía por qué sacrificar su carrera, y pudo construir imágenes en las que se vio atendiendo a su bebé y trabajando en su estudio. Pudo encontrar nuevos significados para las palabras “débil” y “vulnerable”, las asoció con aspectos que ella aceptaba de la feminidad, tales como el cuidado, la ternura y la sensibilidad. Aceptó que su seguridad interior y su independencia no necesariamente dependían de su rol profesional y que no eran incompatibles con la maternidad. Trabajamos sobre su mapa personal acerca de ser mamá —diferenciándolo del territorio, cuestionando los pensamientos limitantes, buscando contraejemplos y modelos posibles, encontrando nuevos sentidos a palabras “negativas”— hasta que logró enriquecerlo con nuevas opciones que no sólo no rechazaban la maternidad sino que le daban otros significados más aceptables, posibles y deseables. Ser mamá empezó a significar otra cosa. Luego de la cuarta sesión debimos interrumpir ya que ella debía viajar por trabajo, y conectaba ese viaje con sus vacaciones de verano. Dos meses después me contó que estaba embarazada. Tuvo un hijo precioso. Dos años más tarde, tuvo una niña. Su carrera profesional marcha viento en popa. Parece magia. No lo es. Por cada caso como este tengo muchos otros en que las cosas no funcionan tan fácilmente. Pero este me resulta particularmente hermoso. Es complejo y al mismo tiempo claro y simple. Y el cambio se produjo a partir de un sólo tipo de intervención: la resignificación de la “maternidad” en el modelo del mundo de la paciente.

La resignificación de contenido consiste en encontrar nuevos significados para las palabras. Significados posibilitadores en lugar de significados limitantes. Todas las palabras importantes en términos humanos pueden ser resignificadas. • El ocio puede significar “pereza” o “merecido descanso”. • El placer puede significar “pecado” o una “legítima experiencia vital”. • El compromiso puede significar una “pesada atadura” o “alegría de compartir”. La independencia puede significar “egoísmo”, “desatención de las necesidades del otro”, o una “auténtica manifestación del ser individual”. Del significado que le demos en nuestro modelo del mundo a una experiencia, dependerá el tipo de resultado que obtendremos en nuestra vida. El ejemplo siguiente —una intervención breve, una sola sesión— lo muestra con claridad. Un psicólogo dedicado a la capacitación en empresas me consultó preocupado porque creía estar padeciendo de una fobia o un ataque de pánico. Siempre había trabajado con pequeñas organizaciones y su tarea de capacitación la realizaba con grupos de no más de quince personas. Recientemente, lo habían promovido y le habían asignado una cuenta de una empresa muy importante. El nuevo trabajo implicaba un desafío, y en breve, debía hacer una presentación para un auditorio de doscientos participantes. Al principio se había sentido contento, pero luego le habían aparecido temores, sensaciones de miedo, y cada vez que pensaba en su próxima presentación, padecía ciertas sensaciones corporales a las que denominaba “pánico de escena”. No me cerraban las palabras que utilizaba para describir su experiencia: en su relato y en la expresión que mostraba su cuerpo cuando hablaba, yo leía algo diferente. —Descríbame cómo es la sensación que experimenta cuando piensa en la presentación. Sus ojos se iluminaron y una breve sonrisa afloró en sus labios. —Es una sensación en el estómago, una opresión, como un temblor… —Mientras hablaba, agitaba sus manos con un movimiento ascendente, como un director de orquesta que indica un crescendo—. No sé, es miedo. —Y ¿cómo es ese miedo? —Me agito…, es algo en el estómago, como una gran tensión, una excitación…

—Una excitación, se agita, una sensación en el estómago… Sabe que me hace acordar a cuando a un niño le hacen un regalo… esa excitación, esa impaciencia mientras rompe el envoltorio… —Sí, es como una excitación, parece una excitación muy fuerte... —La verdad, parece un nene con chiche nuevo. —Sí, nene con chiche nuevo… —se ríe y asiente con la cabeza. —¿Está contento con la presentación? —Sí, estoy contento. —Y está impaciente. —Sí, estoy impaciente —sonríe ampliamente—, y me siento excitado, como nene con chiche nuevo…, es verdad. Excitado, ansioso, contento e impaciente por un nuevo desafío no es lo mismo que fobia o pánico de escena. Un mismo territorio y distintos mapas. Un significado limitante, resignificado por otro posibilitador.

RESIGNIFICAR EL CONTEXTO Una manera muy común en que las personas limitan su modelo del mundo consiste en otorgar significados universales a ciertos fenómenos. De esa forma, limitan sus opciones ya que en sus mapas realizar ciertos comportamientos sencillamente “está mal”. Mi padre es un hombre un tanto “chapado a la antigua”. Él se define a sí mismo como una persona honesta. En su modelo del mundo, las personas honestas no tienen deudas. Mi padre, por lo tanto, no tiene tarjetas de crédito. Comprar algo y no pagarlo al instante implica contraer una deuda. Las personas honestas no tienen deudas. Ni aun con el banco. Ni aunque el banco lucre con él. Ni aunque no perjudique a nadie. Él es una persona honesta, por lo tanto no tiene tarjetas de crédito. Si tiene dinero encima y puede pagar, compra. Si no, no. Fin de la historia. ¿Le parece una locura? Le aseguro que en el modelo del mundo de mi padre no lo es. ¿Le parece que su modelo del mundo le impone ciertas limitaciones? Sin duda. ¿A quién no? Si mi padre quisiera utilizar tarjetas de crédito sin sentir que deja de ser por ello una persona honesta, necesitaría hacer una resignificación de contexto de lo que significa “contraer una deuda”. En algunos contextos, podría no ser honesto contraerla, pero en otros, podría hacerlo sin inconvenientes.

Resignificar el contexto es una estrategia especialmente indicada para las personas que se culpabilizan, o se sienten indignas, o se censuran por tener alguna característica que en su modelo del mundo consideran “negativa”. Les ayudaría a comprender que esa característica que tanto censuran puede ser negativa en ciertos contextos, pero que no lo es en otros. Otorgar significados universales a las experiencias limita nuestro modelo del mundo. Una lluvia puede ser catastrófica si estoy preparando un asado en el jardín de mi casa, pero es una bendición para el hombre de campo en tiempos de sequía. Pegarle en la mano a un niño puede no ser un comportamiento adecuado, pero la cosa cambia si de esa manera evité que tocara un enchufe con las manos mojadas. En el modelo de la PNL, nada es bueno o malo en sí mismo. El significado de una experiencia también esta dado por el contexto en que la experiencia ocurre. Resignificar es una herramienta poderosa. Con ella podemos ayudar a expandir nuestro modelo del mundo y el de las personas con las que trabajamos. Nos permite incorporar nuevas opciones de comportamiento en un modelo que antes las restringía. Ver las cosas de otra manera encontrándoles significados posibilitadores. Los terapeutas, los maestros, las personas que trabajan con personas no operan directamente sobre el mundo, pero pueden influir creativamente en la manera en que las personas se representan el mundo. Un conocido dicho que algunos le atribuyen al psicólogo Abraham Maslow dice que si nuestra única herramienta es un martillo, trataremos a todos como si fueran clavos. Un modelo del mundo rico y flexible es como una caja de herramientas abundante y variada. No todos somos clavos. Siempre es mejor tener más herramientas. Es mejor disponer de más opciones.

CAPÍTULO 10 LA INTENCIÓN POSITIVA DEL SÍNTOMA

TODO SÍNTOMA ENCIERRA UNA INTENCIÓN POSITIVA Tal vez una de las herramientas conceptuales más trascendentes de la PNL es la idea de que todo síntoma, todo comportamiento disfuncional, todo aquello que en nuestra vida consideramos como “negativo”, encierra en su interior una intención positiva. Si bien esta es una forma particular de resignificación de contenido, merece que le demos un tratamiento muy especial. La “intención positiva del síntoma” es una idea muy bella y una herramienta muy sanadora. Cuando pensamos que la vida lleva millones de años evolucionando en nuestro planeta, vemos que los seres humanos —con todas nuestras imperfecciones y grandezas— somos el resultado de un gigantesco proceso de evolución que nos llevó de la materia a la vida, de la vida a la mente y de la mente a la conciencia. No importa si a la inteligencia que desplegó este proceso la llamamos “dios”, “espíritu”, “naturaleza” o “selección natural”; lo cierto es que hemos atravesado un largo camino en el cual generamos formas extremadamente eficaces de adaptación al medio en el cual vivimos. Como resultado de ese maravilloso proceso, los seres humanos hemos desarrollado un nivel tan enorme de complejidad y sofisticación que podemos afirmar que no hay nada en nosotros que no esté cumpliendo alguna función, no hay nada que no sirva para algo. Hasta podríamos pensar que tal vez nuestras dificultades o nuestros síntomas, o todo aquello que por algún motivo rechazamos en nosotros, esté allí “sirviendo” para algo. Los síntomas aparecen en nuestra experiencia como algo negativo. Es comprensible que queramos cambiar, eliminar, combatir ese aspecto que nos hace sufrir. Sin embargo, aquel síntoma que en su manifestación exterior se nos aparece como negativo está cumpliendo alguna función que es ecológica a la totalidad del sistema que somos. Por ejemplo, cuando tenemos fiebre, tendemos a considerar a ese síntoma como algo molesto, negativo, que nos hace sentir mal y nos impide continuar con nuestras tareas diarias. Es comprensible que queramos eliminarla recurriendo a una medicación antitérmica. Pero la fiebre es una forma que el cuerpo tiene de defenderse, de sanarse frente a la presencia dañina de ciertos microorganismos. Desde hace ya varios años, los médicos recomiendan no recurrir a la medicación si la fiebre no asciende a más de 38,5 °C. El motivo es que a los 38 °C, la mayoría de los microorganismos dañinos mueren. Por lo tanto, la fiebre constituye un mecanismo exitoso de autosanación. Aparece como negativa a nuestra conciencia, pero cumple una función positiva para nuestro organismo. Los síntomas aparecen como negativos en su manifestación externa, pero la intención de esa sabiduría organísmica —de ese aspecto interior, profundo, inconsciente que los genera—, es positiva a la totalidad del sistema. Aunque a veces resulte difícil comprenderlo de esta manera, sucede lo mismo con los síntomas psicológicos: si están allí, están cumpliendo alguna función. Algo nos quieren decir. Algo necesario para la totalidad que somos. Desde el modelo de la PNL, no es necesario recurrir a creencias tales como el instinto de muerte (tánatos), o las “tendencias autodestructivas” para explicar los comportamientos negativos o dañinos. La novedad que propone la PNL consiste en realizar una distinción clave entre el aspecto manifiesto del

síntoma (que sin duda es “negativo”, doloroso, perjudicial, dañino), y el aspecto interior que genera el síntoma. Este aspecto interior tiene una intención y cumple una función que es “positiva”, es decir, ecológica a la totalidad del sistema que somos. El síntoma es un medio para cumplir con una finalidad necesaria. ¿Y por qué si el fin es positivo, habríamos de recurrir a medios negativos para cumplirlo? Porque no sabemos hacerlo de otra manera. Porque en nuestro modelo del mundo no contamos con otras opciones disponibles. Porque el síntoma o comportamiento negativo parece ser la mejor opción —muchas veces, lamentablemente, es la única— con que contamos para cumplir con esa finalidad positiva. Un hombre joven me consultó una vez por una fobia a volar en avión. Casado hacía pocos años y con dos hijos muy pequeños, trabajaba como ejecutivo en una empresa con filiales en el exterior del país. Debido a su posición, debía viajar a menudo. De un día para el otro, y sin que registrara ningún motivo para ello, pocos meses antes de la consulta, apareció la fobia. Estaba muy preocupado ya que veía peligrar su trabajo si no lograba eliminar ese síntoma. Cuando exploramos la intención del aspecto interior responsable de crear la fobia, se sorprendió de su propia respuesta. (El proceso detallado y completo para obtener una intención positiva lo encontrará en el capítulo 20). Ese aspecto estaba representado por una imagen visual en la que se veía a sí mismo abrazando a su esposa y a sus hijos. Cuando habló desde ese lugar dijo: “La fobia me sirve para proteger a mi familia. Lo más importante para mí es mi familia. Si sigo con este trabajo, voy a descuidar a mis hijos. No quiero viajar tanto. No quiero eso para mí”. Su fobia a volar en avión tenía una intención positiva: estar cerca de sus hijos y cuidar a su familia.

Veamos esta otra situación: Una mujer obesa, casada desde hacía muchos años y madre de cuatro hijos, me consultó porque decía: «Hace años que pruebo todo tipo de tratamientos para adelgazar y ninguno me funciona». Cuando exploramos a través del trabajo de reencuadre la intención de la parte interior responsable de producir su gordura, ella misma se dijo: “Te dejo gorda para que no se te acerquen los hombres. Así de gorda ningún hombre te va a mirar. Vos no sabrías qué hacer si un hombre se te acercara con una propuesta sexual”. La obesidad de esta mujer tenía la intención positiva de protegerla de encuentros con hombres que creía no poder manejar.

Y esta otra: Un abogado consultó porque quería dejar de fumar. Trabajaba 14 horas por día sin descanso. “Te hago fumar para salvarte la vida”, le dijo la parte responsable de su adicción. Todavía confundido por su descubrimiento, entre risas nerviosas, me explicó: “Yo sé que parece muy loco. Nadie entendería si le digo que fumo para salvar mi vida. Pero la verdad es que de hecho sólo descanso cuando fumo, me relajo únicamente cuando prendo un cigarrillo, ¡solamente paro para fumar! Nunca paro yo. Sin el cigarrillo, ya estaría muerto hace rato. La verdad es que me gustaría aprender a parar un poco, aprender a cuidarme y a descansar de otra manera. ¡Tiene que haber otra manera!”.

Por supuesto hay otras maneras. Hay otras maneras de descansar, hay otras maneras de poder manejarse frente a los acercamientos sexuales y hay otras maneras de cuidar a la familia. No son necesarias ni la fobia ni la obesidad ni la adicción de estas tres personas. Pero por algún motivo, esas otras maneras no estaban disponibles en los modelos del mundo de estos pacientes. Cada uno a su manera había desarrollado un síntoma que, con todo lo negativo que pudiera ser en sí mismo, estaba cumpliendo con una intención positiva muy poderosa. Las intenciones positivas no se pueden generalizar, no podemos hacer una teoría que diga “la intención positiva de fumar es…, la de la fobia a volar es…, etc.”. La intención positiva es siempre particular para cada persona y para cada síntoma en un momento determinado. Es sutil, inconsciente, y tiene sentido solamente en el modelo del mundo propio de cada persona. La descubrimos explorando delicadamente en nuestro interior, y la PNL cuenta con algunos procedimientos especiales para poder hacerlo, tales como el “Reencuadre en seis pasos” que presentaremos en la cuarta parte del libro: “Mapas para el cuerpo”, en el capítulo 20, y “La integración de partes”, que desarrollaremos en breve en el capítulo 12. Cuando descubrimos la intención positiva de un síntoma, automáticamente cambia nuestra perspectiva hacia él. Dejamos de verlo como algo absolutamente negativo que quisiéramos erradicar de nuestras vidas, y empezamos a mirarnos a nosotros mismos de una manera más amorosa. Entonces se genera un espacio para hacernos la siguiente pregunta: ¿habrá alguna otra forma de cumplir con esa intención positiva que no sea el

síntoma? La buena noticia es que siempre hay otra opción. Y ese es el comienzo del cambio.

CAPÍTULO 11 EL INCONSCIENTE Y LA PNL

QUÉ ES EL INCONSCIENTE PARA LA PNL Para la PNL, “inconsciente” es todo aquello que no está en nuestra conciencia en un momento determinado. Incluye tanto contenidos (por ejemplo, recuerdos) como procesos, estrategias o mecanismos. La PNL no cuenta con una teoría explicativa acerca de los contenidos o mecanismos del inconsciente; sin embargo, sostiene algunos supuestos que se basan en su visión pragmática: hay formas de pensar y de relacionarse con el inconsciente que facilitan los procesos de desarrollo y cambio. Según esta noción, podemos proponer que el inconsciente: • es una fuente inagotable de recursos; • cuando estamos en sintonía con él, colabora con nuestro proceso de desarrollo y crecimiento; • sabe (a veces mejor que el aspecto consciente de nuestro ser) lo que verdaderamente necesitamos y es bueno para nosotros; • gestiona una cantidad inconmensurable de información y de procesos que hacen a nuestra autorregulación organísmica; • es una fuente de sabiduría interior que nos llama a estar más cerca de nuestra alma, de lo que somos en esencia. A la manera de Milton Erickson, para la PNL el inconsciente es un aliado al cual, más que temerle o cuidarnos de él, buscamos acercarnos con respeto. Reconocemos su energía, su potencia a veces arrolladora y también lo vemos actuar con sabiduría sistémica, aunque esta sea difícil de comprender desde el limitado punto de vista de nuestro ego. No podemos afirmar que todo esto sea cierto (en el sentido de la ciencia convencional), pero en nuestra experiencia comprobamos que estas creencias son facilitadoras, sanadoras y colaboran con nuestro proceso de evolución generando una visión amorosa, de aceptación hacia nosotros mismos. Imagine su mundo interior como un escenario a oscuras. De pronto se enciende un foco de luz que ilumina un círculo pequeño en el centro del escenario. Ese círculo está iluminado por la “luz de la conciencia”. Todo lo que podemos ver se encuentra dentro de ese círculo iluminado. Lo que accede a nuestra experiencia, lo que pensamos, sentimos y sabemos acerca de nosotros en un momento determinado está dentro de ese círculo. Ese es nuestro aspecto consciente. Lo que queda por fuera de él es inconsciente. Todo el tiempo vemos cosas entrando y saliendo del círculo de la conciencia. Por momentos, cuando experimentamos un repentino «darnos cuenta», el círculo iluminado se agranda, se enriquece, somos más conscientes de nosotros mismos. Pero el círculo nunca llega a agrandarse lo suficiente como para abarcar todo el escenario. Tal vez el foco de luz no sea tan potente. Tal vez el escenario es inconmensurablemente grande. A veces podemos tener súbitos atisbos de la totalidad y en estados no ordinarios de conciencia —en experiencias cumbres, de iluminación— el círculo parece agrandarse como para cubrir todo el escenario. Los que lo experimentan lo describen como una experiencia espiritual: una visión de la divinidad, una comunión con el Todo. Pero no es la experiencia más común para la mayoría de nosotros. Podemos creer que cuanto mayor sea el círculo de la conciencia, cuanto más espacio del escenario esté iluminado por esa luz, mejor podremos experimentar los dramas o las comedias que cobran vida sobre el escenario. Muchas terapias y caminos de crecimiento apuntan a ese fin: expandir el campo de la conciencia, ser cada vez más conscientes de nosotros mismos. Eso está muy bien. Podemos creer que un objetivo mejor que agrandar el círculo iluminado y expandir los límites de la conciencia es lograr que estos

límites sean más permeables, es decir, que haya más fluidez y comunicación entre lo que está dentro del círculo y lo que está por fuera de él. Eso también está muy bien.

Lo consciente y lo inconsciente son dos aspectos de la misma totalidad que somos. Son opuestos que no son enemigos. Como la cara iluminada y la cara oscura de la luna. Como el dorso y la palma de la mano, van siempre juntos. Uno es enorme y desconocido. El otro es pequeño y conocido. El pequeño es tan inteligente como soberbio. Si se enfrentan, el grande tiene las de ganar. Si se reconcilian, ganan los dos. Creemos que somos el pequeño… y estamos equivocados. Como el día y la noche. Somos los dos. Si observamos el párrafo precedente y el anterior (en el que recurrimos a la imagen del escenario), notamos que el lenguaje utilizado es distinto del lenguaje que empleamos en otras secciones de este libro: en estos recurrimos a imágenes, analogías y metáforas. Son fragmentos que, semejantes al lenguaje de la poesía, evocan y sugieren más que lo que explícitamente dicen. Es un lenguaje que utilizamos para mostrar lo que no se puede (o no es tan simple) explicar racionalmente. Como veremos a continuación, es una forma de expresión más afín a la manera en que se expresa el inconsciente.

EL IDIOMA DEL INCONSCIENTE Le propongo el siguiente experimento en dos etapas: 1. Ordénese a usted mismo segregar saliva. Dígase algo así como: “Debo segregar saliva ahora mismo”. ¿Qué sucede? Lo más probable es que no suceda nada. Al parecer, su cuerpo —o aquel aspecto que está fuera de su conciencia y que se encarga de controlar sus glándulas salivales—, no comprendió su mensaje. Ahora pruebe lo siguiente: 2. Cierre los ojos e imagine —sobre un fondo negro, iluminado por un haz de luz potente y brillante— un jugoso limón. Imagine que con un cuchillo corta el limón por la mitad y observe las minúsculas gotitas de jugo que se desprenden de él. ¿Qué sucede ahora? Lo más probable es que ya esté segregando saliva. Tal vez en gran cantidad. Ahora, su aspecto no consciente encargado de controlar a sus glándulas salivales comprendió el mensaje. Y respondió. Usted le habló en su propio idioma. El lenguaje del inconsciente está conformado por imágenes, metáforas, analogías y acciones. No es un lenguaje racional, lógico, bien estructurado semántica ni gramaticalmente. El inconsciente se expresa a través de los sueños, los olvidos, y los lapsus linguae (tal como lo planteó acertadamente Freud hace cien años). También a través de las fantasías, las ensoñaciones diurnas, las intuiciones, los accidentes, los síntomas y el arte. Todas estas son manifestaciones del inconsciente. El inconsciente, desde el lado oscuro del escenario, irrumpe en el círculo iluminado de la conciencia de múltiples formas. No nos habla con frases bien ordenadas que puedan comprenderse desde la mente racional. Su aparición comunica por su misma presencia en un lenguaje que parece no tener sentido si lo examinamos bajo la lupa de la razón. Si queremos comunicarnos con aspectos inconscientes, necesitamos hacerlo en su mismo idioma. El idioma del inconsciente es el lenguaje del cuerpo, de las imágenes, de las metáforas, de las analogías y de las acciones. Algunas corrientes psicológicas tradicionales entienden que el inconsciente se expresa a través de símbolos. Esos símbolos deben ser descifrados para comprender su significado. La PNL acuerda con que las imágenes

que aparecen en el sueño, o los síntomas, son simbólicas —es decir, expresan su sentido de una manera indirecta, encubierta, mediatizada—, pero difiere con la idea de que esos símbolos tengan un significado único o universal que pueda ser estudiado y analizado en términos racionales a la manera de un diccionario que indique que tal símbolo significa tal o cual cosa. En el modelo de la PNL, los símbolos, o mejor dicho, las formas en que se expresa el inconsciente, son individuales, personales, y cobran sentido sólo en el particular modelo del mundo de cada persona. La mejor manera de comprenderlos no es el análisis racional, sino la comunicación con el propio inconsciente en el aquí y ahora de la experiencia. Podemos comunicarnos con nuestros aspectos inconscientes si les hablamos en su mismo idioma.

CAPÍTULO 12 EL CONFLICTO INTERIOR

QUIERO..., PERO... Un conflicto interior se plantea cuando una parte de nosotros quiere una cosa y otra parte se opone. • Quiero comer una torta… pero otra parte de mí se opone, ya que estoy a dieta. • Quiero sostener mi dieta… pero me tiento y quiero comer la torta. • Quiero comprarme una nueva computadora… pero por otro lado quiero ahorrar dinero para mis vacaciones. • Quiero cambiar… pero no puedo, me resisto, me boicoteo. • Quiero dejar de drogarme… pero la adicción no me lo permite. Los conflictos pueden ser pequeños e inofensivos, o enormes y desgarradores. Algunos afectan un área particular de nuestra vida mientras que otros la involucran por completo. Unos nos generan una leve incomodidad y otros pueden ser terriblemente dolorosos. Cuando estamos en conflicto con nosotros mismos experimentamos una división interna, tironeados por fuerzas que nos llevan en direcciones contrarias, peleamos contra nosotros mismos. Cuando hay conflicto, no podemos resolver, no podemos decidir. Hagamos lo que hagamos, percibimos que hay algo que no está bien.

DOS TIPOS DE CONFLICTO A veces, el conflicto interno se manifiesta frente a una elección. El camino se bifurca y debemos decidir cuál tomar. Una parte de nuestro ser se inclina por un sendero y otra parte, por el otro. Ambos pueden ser deseables en algún sentido y ser objetables desde otro punto de vista. Otras veces, el conflicto no aparece de entrada como tal: nos proponemos una meta, realizar un cambio, y sencillamente no podemos hacerlo, no nos sale, como si algo adentro nuestro nos lo estuviera impidiendo. Nos identificamos con la parte que quiere el cambio, y no reconocemos que el aspecto interior que no nos permite lograrlo también forma parte de nosotros mismos. Así, podemos decir que hay dos clases de conflictos internos: los que se manifiestan conscientemente, en los que las partes oponentes muestran su cara; y los conflictos en los que una de las partes oponentes permanece inconsciente, peleando desde la sombra. a. Cuando el conflicto interno es entre dos partes conscientes y antagónicas —por ejemplo: quiero aceptar una propuesta de trabajo, pero por otro lado no quiero hacerlo— muchas veces intentamos resolverlo argumentando a favor de una u otra de las partes esperando que la argumentación más sólida incline el platillo de la balanza en un sentido u otro. Un conocido cuento acerca de los abogados sostiene que esos profesionales tienen la extraña capacidad de plantear una afirmación y luego fundamentarla rigurosamente con la mitad de su biblioteca. ¡Pero también pueden plantear una afirmación totalmente opuesta a la anterior, y fundamentarla con igual rigurosidad con la otra mitad de su biblioteca!

De la misma manera funciona nuestra mente: tomamos una postura y la defendemos, y luego nos planteamos la postura contraria… la cual también sostenemos con argumentos convincentes. Nuestra mente es una máquina de argumentar. Cuanto más inteligentes somos, más argumentos se nos ocurren. A un argumento a favor sigue otro en contra. A uno en contra sigue otro a favor. La mente racional experta en argumentaciones lógicas, es incapaz de dirimir un conflicto en cuestiones humanas que muchas veces son de una naturaleza que excede lo racional. Recordemos que la razón es apenas una de las dimensiones en que se expresa nuestro ser. A la totalidad que somos, al ser que experimenta el conflicto —que es mente y cuerpo, y sentimientos y vínculos y espíritu— no le alcanza que una de sus partes (la razón) pretenda decidir por el conjunto. Ni elegir entre un helado de frutilla y otro de chocolate ni resolver un conflicto existencial de vital importancia, son cuestiones que se remedien con la razón. Sin embargo, muchas veces las personas nos paralizamos sin poder tomar partido esperando infructuosamente que la mente resuelva lo que no está preparada para resolver. b. Cuando el conflicto interior es entre un aspecto consciente al que reconocemos como propio, y uno inconsciente al que no reconocemos y rechazamos, frecuentemente intentamos resolverlo de una manera que resulta todavía más dolorosa e inadecuada que cuando intentamos dirimirlo recurriendo a la mente racional. Si yo soy uno, Gabriel, ¿cómo puedo querer y no querer algo al mismo tiempo? ¿Cómo puedo decidir alimentarme saludablemente y encontrarme un rato después atiborrándome de dulces? Si yo soy el que decide alimentarse saludablemente, entonces el que se atiborra de dulces no soy yo. Es algo ajeno a mí. Es algo inconsciente que me boicotea. Es algo que debo combatir. Sin darme demasiada cuenta tomo partido por una de las partes en conflicto, y me convenzo a mí mismo de que yo soy esa parte: por supuesto me identifico con la que considero positiva, por lo tanto la negativa no soy yo. Entonces la combato. Lucho denodadamente contra eso que no soy… y me descubro perdiendo la batalla. Lejos de resolver el conflicto combatiendo contra una de las partes, la oposición interior aumenta. El aspecto rechazado parece agigantarse cuanto más lo peleo. Pienso que me falta voluntad. Me hago más fuerte todavía. Combato con mayor tesón. Por momentos creo que gano la lucha, pero no puedo mantener la fuerza de voluntad eternamente, en algún instante flaqueo… pierdo nuevamente. Y el conflicto sigue. Las guerras interiores suelen ser muy cruentas. El autorreproche, la culpa, el castigo, la exigencia desmedida generan un círculo vicioso del que es muy difícil salir. El estado de guerra interior no es un estado en el quiera vivir permanentemente. Además, las guerras interiores presentan una trágica condición: si finalmente yo gano la guerra, ¿el que pierde no soy también yo mismo?

Hay personas que se desconciertan frente al conflicto interior. Viven en la ilusión de que su yo, su ego, presenta tan sólo una faceta. Sin embargo, observamos que en nuestro interior coexisten distintos aspectos: nos constituyen diferentes tipos de necesidades, sentimientos y valores que conviven de una manera que a veces puede ser armónica y otras no serlo. Deben cohabitar aspectos maduros con otros infantiles, sentimientos cambiantes y a veces contradictorios, necesidades del cuerpo que se contraponen con la necesidad de ajustarnos a normas de convivencia social que se contraponen con criterios racionales que se contraponen con anhelos del alma… y así sucesivamente. No tenemos una sola faceta sino muchas. Estamos poblados por personajes interiores que nos habitan y nos reclaman movernos en una dirección o en otra. Personajes que asumen y defienden esos distintos sentimientos, necesidades y valores. Y nosotros somos todos los personajes. Tanto los que nos gustan como los que nos desagradan. La PNL nos propone imaginar al ego como la instancia organizadora de una multiplicidad de partes que nos conforman más que como a una parte en sí misma. Nuestro yo es como el director de teatro que debe coordinar un grupo de actores que encarnan distintos personajes. El moderador de una mesa redonda. El administrador de un consorcio cuya responsabilidad consiste en velar por el bien común de todos los

propietarios. Considerar al ego como una instancia reguladora de nuestros aspectos internos más que como a un aspecto en sí mismo, es una cualidad de conciencia que se va cultivando lentamente a lo largo de nuestro camino de desarrollo personal. Algunos consideran que es el estado de madurez del ego: desapegado de la multiplicidad de partes que lo conforman, no toma partido ni se identifica con los aspectos parciales, por lo tanto es capaz de alinearse con las verdades más profundas y esenciales del ser. El moderador, el director, el administrador no toman partido por una parte. Reconocen que a todas les asiste el legítimo derecho de estar allí. Todas conforman la totalidad que somos. Aunque a veces las partes estén en conflicto, el ego coordinador sabe que cada parte cumple una función, defiende una necesidad, tiene un interés propio y sostiene su particular punto de vista. Comprende que no les queda más opción que convivir. En el lenguaje de la PNL decimos que cada parte tiene una intención positiva que es ecológica a la totalidad del sistema. Todos y cada uno de nuestros aspectos interiores están en nosotros cumpliendo una función. Puede ser que nos desagrade profundamente la manera en que se manifiestan dichos aspectos. De hecho muchos aparecen en nuestra vida como comportamientos dañinos que rechazamos con justa razón. Pero cuando consideramos a esas manifestaciones como medios para satisfacer intenciones positivas más que como fines en sí mismos, nuestra comprensión puede cambiar. Recordemos que para la PNL cada comportamiento es la mejor elección posible que realizamos dentro de un modelo del mundo limitado. Resolver un conflicto interior —lejos de argumentar en favor de una u otra de las partes, o de eliminar la que menos nos guste— implicará encontrar una manera de enriquecer nuestro modelo del mundo. Una oposición irreconciliable dentro de un modelo restringido tendrá que ser resuelta en una instancia superadora. Vislumbrar la insuficiencia de la mente racional para resolver el problema y considerar las “intenciones positivas” de las partes en disputa son recursos facilitadores que la PNL propone para trabajar sobre el conflicto interior. El modelo que le voy a proponer para explorar y resolver el conflicto interior se denomina “La integración de partes”.

LA INTEGRACIÓN DE PARTES La estrategia para la integración de partes en conflicto es una de las herramientas mayores dentro de la PNL. Su objetivo consiste en facilitar el proceso de acercamiento entre los aspectos antagónicos con el fin de desactivar la paralizante, y a veces dolorosa, lucha interior. El proceso se desarrolla a través de una serie de pasos que le propongo explorar primero en usted mismo. El modelo que presentaré a continuación se dirige principalmente a trabajar con el conflicto interior; sin embargo, la secuencia de pasos involucrada también puede adaptarse para trabajar en la resolución de distintos tipos de conflictos interpersonales y organizacionales. Lo invito a realizar la experiencia. 1. Identifique las partes en conflicto. Piense en un conflicto interior que desee explorar. Es importante que distinga con precisión a las dos partes en oposición. 2. Coloque cada parte en cada una de sus manos. Si tuviera que poner a cada una de esas partes en sus manos, ¿en qué mano pondría a cada una? (No lo piense, no tiene sentido si lo piensa, déjese llevar y responda lo primero que se le ocurra. Confíe en su

inconsciente). 3. Proyecte una imagen que represente a cada parte en cada una de sus manos. Utilizando cada palma como si fuese una pantalla, visualice allí una imagen que exprese a cada parte. La imagen puede ser de usted mismo, un símbolo o cualquier imagen que aparezca. 4. Permita que el conflicto se exprese y asuma el lugar de testigo. Poniendo sus palmas frente a frente, deje que sus partes interiores allí proyectadas se observen. ¿Qué piensa y qué siente una acerca de la otra? ¿Qué le diría una a la otra? Sea usted testigo de este diálogo imaginario. 5. Obtenga las intenciones positivas de cada parte. Conéctese con una de sus partes (si le ayuda, cierre los ojos) y pregúntele internamente a esa parte: ¿Para qué estás allí? ¿Qué tratás de hacer por mí? ¿Cuál es la intención que tenés al hacer lo que estás haciendo? ¿Cuál es el valor que estás sosteniendo? Formule la pregunta en silencio y permita que la respuesta venga desde su interior. No piense la respuesta desde su mente racional. Deje que esa parte se exprese. Sea usted testigo de esa respuesta. Repita luego el mismo procedimiento con la otra parte. 6. Describa los recursos de cada parte. Desde el lugar de testigo, observando primero una mano y luego la otra, describa en profundidad cómo es cada una de sus partes, qué características tienen, con qué recursos cuenta cada una para satisfacer su intención positiva. 7. Reflexione sobre la ineficacia de la lucha para resolver el conflicto y explore su disposición para llegar a un acuerdo entre las partes. Una vez obtenidas las intenciones positivas y los recursos de las dos partes en conflicto, realice la siguiente reflexión. Note que lo que resultaba incompatible en los comportamientos manifiestos (usted no puede hacer lo que quiere una parte y lo que quiere la otra al mismo tiempo), tal vez no sea incompatible en el nivel de las intenciones positivas. Recuerde que los comportamientos son medios para satisfacer intenciones positivas (que son los verdaderos fines). Los comportamientos no son fines en sí mismos. Pregúntese internamente si ambas intenciones positivas son compatibles. Pregúntese si su vida se vería enriquecida si usted pudiera satisfacer ambas intenciones positivas sin tener que excluir a ninguna de ellas. Si la respuesta es positiva, comience la fase de negociación. 8. Facilite la negociación consciente entre las partes. Desde su posición de testigo, observe a ambas partes y piense qué le podría enseñar una a la otra. Qué recursos propios de cada parte le podrían servir a la otra alcanzar su propia intención positiva con mayor eficacia. Si llegado a este punto usted cree que ambas partes podrían salir beneficiadas con esta negociación, dé el paso siguiente. 9. Permita que se exprese su inconsciente. Ritual de acercamiento e integración. Para dar este paso, debe poner entre paréntesis a su mente racional. Va a realizar un ritual de integración en el que necesitará estar abierto y sensible a las manifestaciones de su inconsciente que en este caso se expresará a través de sensaciones corporales o imágenes. No sólo su mente sino todo su ser deberá estar de acuerdo en completar el proceso de integración. Con los ojos cerrados, las manos mirando la una a la otra, va a percibir las sensaciones en sus palmas (tensión, cosquilleo, electricidad, frío, calor) y, poco a poco, va a ir dejando que sus manos se acerquen la una a la otra. Lentamente. Mientras sus manos se acercan, sus partes en conflicto se van a ir acercando también. Si aparece

alguna sensación de incomodidad, resistencia u objeción, o alguna imagen perturbadora, deténgase. Si no, continúe este proceso hasta que las palmas se toquen entre sí. 10. Integración y superación del conflicto. Si sus manos se juntaron, permita que aparezca una nueva imagen que represente a esta unión. 11. Chequeo ecológico. Pregúntese a usted mismo si hay algún otro aspecto que se oponga a esta unión. No lo piense racionalmente. Formule la pregunta y espere alguna señal interna. 12. Anclaje de la integración. Una vez que tenga la nueva imagen, va a llevar lentamente sus manos hacia su pecho y va a guardar en su interior esta nueva integración. En el paso 8, existe la posibilidad de que sienta que algo se opone a que continúe acercando sus manos, de ser así, deténgase. Conéctese con aquello que se opone, identifíquelo y pregúntele que necesitaría para continuar con el proceso. Toda la información que obtenga es preciosa. No se impaciente. No está haciendo mal el ejercicio. Es vital que sea sincero, y si surge alguna oposición, trabaje delicadamente con ella. Si puede continuar, hágalo. Si no, deje a las partes en estado de negociación. De hecho ya ha dado un gran paso: las partes se miran de frente, se conocen más que antes, y ha detectado sus intenciones positivas. Es un gran avance. Si ha necesitado interrumpir el proceso en el paso 9, o aparece una objeción en el paso 10, sepa que podrá continuar con el trabajo en otra oportunidad. Podrá colocar a las dos partes con las que comenzó a trabajar en una mano y a la nueva parte que se opone en la otra, y repetir la experiencia. Tenga en cuenta que la integración del paso 9 no es necesariamente la meta. Si se produce, es maravilloso y lo comprobará por su propia cuenta —muchos experimentan gran alivio, una naciente paz interior, un hermoso estado de reconciliación con ellos mismos—; pero hay veces en que un acercamiento entre las partes, que son distintas y lo seguirán siendo, es la mejor opción posible, la meta más deseable. En ocasiones, la oposición entre las partes se resuelve integrándolas en una instancia superior; en otras, la resolución consiste en un acercamiento y una convivencia armónica entre aspectos que seguirán siendo diferentes. La integración de partes es un bello instrumento. Facilita la reconciliación interior, la armonización de aspectos en pugna. Nos ayuda a desarmar las peleas internas mostrándonos su ineficacia para resolver las situaciones conflictivas. No siempre un solo trabajo alcanza para resolver un conflicto interno, pero muchas veces, descubrir las intenciones positivas de las partes resulta revelador, y plantea el antagonismo en un escenario distinto. Los opuestos no siempre son conciliables, pero si los iluminamos con la luz de la conciencia, podrán convivir en nuestro interior de una manera más armónica.

TERCERA PARTE MAPAS PARA LOS VÍNCULOS

El Amor es el significado último de todo lo que nos rodea. No es un simple sentimiento, es la verdad, es la alegría que está en el origen de toda creación. Rabindranath Tagore (1861-1941)

Filósofo y escritor indio.

CAPÍTULO 13 LA TRAMA QUE CONECTA: COMUNICACIÓN Y PNL

LA COMUNICACIÓN La comunicación es el puente que permite el encuentro entre las personas, la maravillosa trama que todo lo conecta. Es tan imprescindible para vivir como lo es el oxígeno que respiramos: no podemos imaginar lo humano por fuera del entretejido comunicacional. Watzlawick, Beavin y Jackson, en su revolucionaria obra Teoría de la comunicación humana, plantean que es imposible no comunicar: todo comportamiento de un ser humano en presencia de otro —aun cuando ese comportamiento consista en el intento de evitar toda comunicación—, es leído por ese otro como pleno de significado. Ellos equiparan comunicación con conducta. Así como no podemos evitar comportarnos de alguna manera, no podemos evitar comunicarnos. Aun el autista, encerrado en su mundo resguardado por un muro de silencio, no deja de comunicarnos algo con su quietud o sus movimientos repetitivos. En el entramado de la comunicación sucede la vida, allí satisfacemos nuestras necesidades más primarias y encontramos significado y valor a nuestra existencia. El fenómeno de la comunicación es tan universal, lo hemos desarrollado desde una edad tan temprana y es una experiencia tan inmediata que pocas veces reparamos en su complejidad y sus misterios. Como a veces nos pasa con nuestro cuerpo —no le prestamos atención a un órgano hasta que nos duele—, lo mismo sucede con la capacidad de comunicarnos: recién se hace figura en nuestra conciencia cuando nos topamos con un obstáculo, cuando queremos hablar en otro idioma, cuando participamos de un malentendido, cuando la misma comunicación se resiente. Su trama es tan delicada, tan infinitamente compleja, los hilos invisibles que nos conectan son a veces tan sutiles, que a veces nos maravilla el sólo hecho de que la comunicación suceda. Una de las primeras enseñanzas que me ofreció la PNL consistió en definir a la comunicación como un acto de amor. Me tomó pocos segundos entender racionalmente el significado de esa frase y diez años encarnar su profundo sentido. Comunicarse es verdaderamente tender un puente en el que el encuentro con el otro pueda ser posible, implica una profunda aceptación del otro como otro legítimo, honrando su derecho a ser diferente y aceptándolo en su alteridad tal como es. Ese amor no es solamente un sentimiento, no es una cualidad escurridiza que surge y se desvanece siguiendo el ritmo de nuestra vida afectiva. El amor al que nos referimos es una práctica de aceptación y respeto que se manifiesta en nuestros comportamientos, en la manera en que nos relacionamos con los demás. Como en el saludo hindú del Namasté —que consiste en juntar las manos a la altura del pecho, inclinar levemente la cabeza, y con ese gesto reconocer y reverenciar la dimensión sagrada que se encuentra presente en el otro—, reconocemos a nuestro interlocutor como un ser humano y no como mero instrumento para satisfacer nuestras necesidades. Para la PNL, esto va más allá de una declaración de principios: nos enseña cómo hacerlo, nos muestra paso a paso las actitudes y los comportamientos necesarios para transformar ese respeto en acción.

LA COMUNICACIÓN COMO ARTE La comunicación también es un arte. Como en todo arte, tal vez haya algunos más dotados que otros, pero siempre hay habilidades que se pueden aprender, desarrollar y entrenar. A un músico con un instrumento desafinado le resultará muy difícil ejecutar una bella melodía. La música no

es el instrumento que le da vida, pero necesita de él para brotar. Los músicos lo saben y por eso se dedican con esmero al cuidado y al aprendizaje de los secretos de su instrumento. Los deportistas entrenan y cuidan su alimentación y su cuerpo. Los artesanos adquieren destreza en el uso y el buen mantenimiento de sus herramientas de trabajo. ¿Cuáles son los instrumentos que requiere el arte de la comunicación? Son varios, y los iremos viendo en detalle, pero en esencia podemos resumir diciendo que somos nosotros mismos: nuestras palabras, nuestros gestos, nuestros pensamientos. Surgen en nuestra experiencia de una manera tan inmediata, tan automática, tan inconsciente, que los tomamos como algo dado y, en general, no los vemos como herramientas que debamos atender y cuidar. Y mucho menos desarrollar y entrenar. Los trabajadores manuales tienen una conciencia muy desarrollada acerca del cuidado de sus instrumentos. Herederos de una tradición de milenios, saben de la vital importancia que tiene para su trabajo y su subsistencia el mantenimiento en buen estado de sus instrumentos de trabajo. Tiempo atrás, tal vez la principal lección que un aprendiz recibía de su maestro artesano consistía en el cuidado y buen mantenimiento de las herramientas. Sin duda, la subsistencia y la propia vida iban en ello. Las herramientas eran onerosas y muy difíciles de obtener. Muchas veces los hijos las recibían en herencia de sus padres y las legaban, a su vez, a sus propios hijos. Hoy en día muchos cuidan sus computadoras, sus automóviles y sus teléfonos celulares con más esmero que con el que se cuidan a sí mismos. Invierten más tiempo y dedicación en aprender cómo funcionan sus máquinas y sus nuevos programas de software, que en aprender cómo funcionan ellos mismos. Es un fenómeno comprensible: nadie nació sabiendo operar una computadora, pero casi todos nacimos dotados con un cuerpo y una mente que funcionan, al parecer, solos. Mal o bien, todos nos comunicamos. Llegamos a la vida adulta con palabras, gestos y pensamientos que nos acompañan y funcionan en piloto automático desde hace años. Pero ese modo de funcionar está muy lejos de constituir un arte. Por el contrario, nuestra manera de comunicarnos está marcada por lo que los psicólogos llaman «neurosis», y ese puente que permite el encuentro entre las personas tiene muchos más pozos y escollos que los que nos gustaría que tuviese. Si queremos que la comunicación sea como una danza, un acompasarse con los demás —en nuestros vínculos íntimos, en el trabajo, con nuestros amigos o clientes— en una coreografía que facilite el entendimiento, el respeto y la consecución de nuestros objetivos, podemos proponernos trabajar con nosotros mismos, entrenarnos y afinarnos tal como el músico lo hace con su instrumento. De alguna manera, adentrarnos en el mundo de la PNL es adentrarnos en el mundo de la comunicación. Los seres humanos vivimos en una dimensión relacional: nada está aislado dentro de la trama de la que formamos parte. Nos relacionamos con los demás, con nosotros mismos, con nuestro cuerpo y con lo trascendente. La comunicación es el escenario en el que ello sucede, el puente que todo lo conecta. De la forma en que nos comuniquemos con los demás, dependerá la riqueza de nuestros vínculos. De la manera en que nos comuniquemos con nosotros mismos, dependerá nuestro bienestar psicológico. De la manera en que nos comuniquemos con nuestro cuerpo, dependerá el goce y la salud física. De la manera en que nos comuniquemos con lo trascendente, dependerá el sentido que encontremos para nuestra existencia. Si la comunicación es el vehículo en el que fluye la vida, la PNL propone los mapas para el viaje. En los capítulos siguientes, exploraremos esos mapas.

CAPÍTULO 14 LOS SISTEMAS DE REPRESENTACIÓN

CADA UNO CONSTRUYE SU PROPIO MAPA Si a un grupo de amigos les pidiera que me contasen acerca de sus últimas vacaciones compartidas en la playa, podría recibir relatos como los que siguen: Te cuento: cuando salgo a correr a la mañana por la playa, el silencio es lo primero que llama mi atención, después el murmullo del mar me deja sin palabras, el graznido de las gaviotas que pasan cerca de mí… puedo sentarme y quedarme escuchando por horas… Me gusta leer también, o simplemente conversar con mis amigos. La tarde es el momento perfecto, las charlas alrededor del mate duran horas…, nos conocemos mucho, escucho cómo hablan, su tono de voz y ya sé cómo están, no necesitamos decir muchas palabras para entendernos. En la playa me siento bien, tranquilo, en calma… me encanta dejarme flotar en el mar y sentir en mi cuerpo el agua fresca y salada… Cuando salgo a correr a la mañana, me siento lleno de vida, es como una energía poderosa que recorre mis piernas y mis brazos y me hace vibrar de emoción… y cuando a la tarde nos sentamos a conversar con los amigos, me siento muy unido a ellos, es una sensación de confianza y pertenencia que me hace sentir muy bien. ¡Qué lástima que no traje las fotos para mostrarte!... Imaginate a la mañana bien temprano, la playa desierta, no se veía nadie más que las gaviotas revoloteando sobre el mar… y el sol, y los destellos de luz como chispitas sobre las olas… Yo soy muy observador y me gusta andar mirando aquí y allá… Cuando a la tarde nos sentamos a conversar, miro las caras de mis amigos y ya me doy cuenta de cómo están, no necesitamos ni hablar. ¡Qué lastima las fotos, una imagen vale más que mil palabras!.

Las mismas vacaciones, la misma playa, los mismos amigos, las mismas conversaciones por las tardes… y tres relatos distintos. A esta altura ya no nos sorprende: cada uno construye su propio mapa sobre la realidad y tiene su propio modelo del mundo debido a sus filtros individuales. Sumemos ahora una nueva distinción. Si ponemos atención a las palabras utilizadas para describir su experiencia, notaremos que el primero de los amigos utiliza términos principalmente auditivos (te cuento, murmullo, graznido de las gaviotas, escuchando, leer, silencio, tono de voz); el segundo representa su experiencia con palabras que expresan sensaciones (me siento, tranquilo, calma, sentir, flotar, vibrar, emoción, sensación de confianza), y el tercero se sirve de imágenes visuales (mostrarte, fotos, imaginate, destellos de luz, observador, mirando, miro las caras, una imagen vale más…). En el lenguaje de la PNL, a esas palabras las llamamos “predicados”, y dan cuenta de los distintos “sistemas representacionales”: visual, auditivo y kinestésico. Estas distinciones, surgidas de la observación empírica, permitieron a los creadores de la PNL construir un modelo comunicacional poderoso que presentaremos en breve. Por el momento, le propongo examinar en detalle estas nuevas distinciones. Los sistemas representacionales son aquellos filtros relacionados con la percepción a través de los cuales las personas representamos las experiencias en nuestro interior. Considerémoslo en detalle: la playa está ahí afuera, es el territorio. Cuando pienso en la playa me estoy representando en mi mente ese territorio. Esas representaciones mentales constituyen los mapas. Para representar la playa en mi mente, puedo valerme de imágenes visuales, sonidos, o sensaciones. Las imágenes, los sonidos y las sensaciones constituyen, entre otros, la materia prima a partir de la cual se elabora nuestro pensamiento. En principio, configuramos nuestro pensamiento a partir de dichas representaciones que luego se van

articulando y sofisticando de una manera muy compleja. Aunque un pensamiento pueda formularse de manera abstracta —un concepto teórico, una fórmula matemática—, la forma particular en que cada persona se lo representa, le otorga significado, y lo comunica, involucra a sus sistemas representacionales. Los tres amigos estaban de vacaciones, podían percibir a través de sus cinco sentidos (la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato). Todos los sentidos estaban potencialmente disponibles para ese fin. Pero cuando tuvieron que “pensar” en las vacaciones para relatar sus experiencias, utilizaron distintos sistemas representacionales. Nuestra experiencia puede representarse, entonces, con imágenes visuales, con sonidos (que escuchamos o pensamos con palabras que nos decimos en silencio en nuestro interior), o con sentimientos o sensaciones que percibimos en el cuerpo. Este último sistema, el kinestésico, incluye los sentimientos y las emociones (alegría, tristeza, cólera), el sentido del tacto, el olfato y el gusto, y también las percepciones propioceptivas (cuyos receptores nerviosos ubicados en los músculos nos informan sobre el estado del cuerpo en términos de movimiento o equilibrio), y a las percepciones interoceptivas (cuyos receptores inervan los órganos internos). Si bien la mayoría de las personas disponemos de los cinco sentidos y podemos representarnos las experiencias en cualquiera de ellos, lo cierto es que por algún motivo aún desconocido, en mayor o en menor medida, utilizamos uno de ellos con preferencia por sobre los demás para representarnos la realidad. Este es el sistema representacional dominante. Así, podríamos decir que las personas somos —según cuál sea nuestro sistema representacional dominante — visuales, auditivas o kinestésicas. Que un sistema representacional sea el dominante, no está relacionado directamente con nuestros intereses o con las actividades que prefiramos. No debe entenderse que visual es aquella persona que aprecia, disfruta o tiene un talento especial para el cine, un auditivo para la música o un kinestésico para la danza. Lo relevante de esta distinción es el hecho de que luego de presenciar una misma función de cine, un mismo concierto, o luego de participar de la misma clase de danza, el visual representará su experiencia en términos visuales, el auditivo en términos auditivos, y el kinestésico en términos kinestésicos. Frente a una misma situación, las personas podemos dar cuenta de nuestra experiencia en tres idiomas distintos. Y esos tres idiomas, como veremos a continuación, suponen procesos de pensamiento y se expresan con actitudes corporales diferentes. LOS VISUALES El proceso de pensamiento visual es veloz. A la manea de los videoclips, los visuales pueden procesar distintas imágenes mentales simultáneamente e ir saltando de una a otra. Tienen facilidad para pensar varias cosas al mismo tiempo. Las imágenes pueden representar ideas o conceptos que se mueven en el espacio como si fueran gráficos imaginarios. A veces estas ideas no son lo suficientemente completas y lo que se gana en velocidad, se pierde en precisión o profundidad. El pensamiento visual es flexible, disociado, y puede ser tan creativo como caótico. Los visuales tienden a hablar rápido, y generalmente su tono de voz asciende hacia los agudos, gesticulan mucho con las manos a la altura de su cabeza y por encima de ella, su respiración puede ser un tanto superficial. Si están sentados, suelen inclinarse con frecuencia hacia delante; si están parados, apoyan el peso corporal en la punta de los pies. Muchas veces inclinan su cabeza hacia adelante como para ver mejor. Su distancia óptima (su área de comodidad) puede ser lejana, la suficiente como para mirar y ser mirados. LOS AUDITIVOS

El proceso de pensamiento auditivo es ordenado y secuencial. Sigue un curso lineal y coherente. Es preciso y detallista. Los auditivos seleccionan las palabras para expresar sus ideas con meticulosidad. Tienen facilidad para el razonamiento lógico, y sus pensamientos se despliegan paso a paso hasta completarse. Los auditivos se expresan en un ritmo medido y cadencioso, su respiración suele ser diafragmática y su postura corporal está equilibrada en su eje central. Gesticulan menos que los visuales y lo hacen en la zona de su cabeza, cerca de sus oídos; a veces suelen tomarse de la barbilla e inclinan su cabeza para prestar oído a su interlocutor. Su distancia óptima es media, tal vez el largo de un brazo. Necesitan escuchar y ser escuchados. LOS KINESTÉSICOS El proceso de pensamiento kinestésico es lento y profundo. Los kinestésicos perciben con facilidad sus estados internos por lo que en general su percepción es asociada. Pasan su pensamiento por el cuerpo. Sus palabras son sentidas y se comprometen emocionalmente con sus pensamientos. No se distraen fácilmente. Tienen facilidad para elaborar pensamientos profundos que los expresan y los involucran. Los kinestésicos suelen hablar con un tono grave, de manera lenta, pausada, sentida. Su respiración es baja y profunda. Gesticulan alrededor de su abdomen inclinados sobre sí mismos. Su distancia óptima es cercana. Necesitan tocar y ser tocados. La observación empírica mostró que el sistema representacional dominante es muy marcado en algunas personas y no tanto en otras. Es inconsciente, por lo que no es una preferencia voluntaria, sino que es un fenómeno que actúa sin que reparemos en él. Como filtro que modela la representación de la realidad que hacemos en nuestro modelo del mundo tiene un papel muy relevante, y como veremos luego, tiene especial importancia en la comunicación.

EL VENDEDOR DE AUTOS Imagine que usted quiere comprar un auto. Preste atención a las siguientes descripciones de estos tres vendedores: 1. Observe con atención este maravilloso automóvil que le voy a mostrar. Vea su línea estilizada y esbelta. Fíjese en su interior: el color del tapizado es muy especial, es de un tono que aumenta la luminosidad interna de la cabina. El tablero está diseñado de manera tal que le permita observar los indicadores desde una perspectiva justa y precisa. El parabrisas y las ventanas, de un cristal de excelente calidad, han sido diseñados para darle una máxima visibilidad panorámica. Imagínese mirando el paisaje cuando viaje por las rutas. ¡Véase conduciendo este auto y disfrute por anticipado! 2. Escuche lo que tengo para contarle acerca de este automóvil. Sin dudas es el auto apropiado para el ritmo de vida de hoy. Seguro, veloz, confortable, su andar es muy suave y armonioso. Quisiera que usted escuche el sonido del motor en marcha, usted mismo me va a decir que se sorprende por su sutileza. Si cierra las puertas comprobará que la cabina es absolutamente silenciosa. En fin, soy todo oídos para las preguntas que quiera hacerme. 3. Sienta la impresionante sensación de sólo pararse frente a este automóvil. Tóquelo con sus propias manos y compruebe la calidad de los materiales. Usted se sentiría realmente seguro en un auto así. Cuando lo maneje, experimentará que tiene un andar firme y a la vez fluido. Las butacas son sumamente confortables y mullidas, y se ajustan a su cuerpo a la perfección. El tapizado es muy agradable al tacto. La verdad es que uno se siente muy cómodo porque el diseño interior es cálido y acogedor. Venga, siéntese y experiméntelo usted mismo.

¿Qué auto elegiría usted? Cuando leo estas tres descripciones en un grupo, un tercio de los participantes usualmente eligen el primero, un tercio el segundo y otro tanto el tercero. No hace falta que le diga que perfectamente podría tratarse del mismo automóvil descrito en tres idiomas diferentes: visual, auditivo y kinestésico. Los que no comparten el mismo sistema representacional dominante por supuesto pueden comprender el significado de las distintas descripciones. Estrictamente no se trata de idiomas sino de diferentes modalidades en que representamos la realidad en nuestro interior y la expresamos a otras personas. Las diferencias son sutiles. El contenido de la comunicación se comprende, pero no “llega” al interlocutor con la misma intensidad. No genera esa sintonía especial que comparten quienes tienen el mismo sistema representacional dominante. Y si usted fuese un vendedor, quisiera lograr esa sintonía especial con sus clientes, ¿verdad? Estoy seguro de que no le gustaría perderse al 66% de sus potenciales clientes por no hablarles en su mismo idioma y ni siquiera darse cuenta de ello. Si usted fuese un maestro o un conferenciante, sin duda le interesaría lograr esa sintonía con su auditorio. Como marido o mujer, le vendría de maravilla saber cuál es la modalidad dominante en que su cónyuge se representa la realidad. ¡Con cuánta frecuencia esposas kinestésicas reclaman a sus maridos visuales mayor cercanía corporal y ser tocadas al hablar mientras que ellos se alejan y las consideran unas cargosas! “¡Pero si ya te lo expliqué mil veces!”, es la protesta de quienes explicaron, sí, pero tal vez no con las palabras ni los gestos adecuados, no de una manera que de verdad “llegara” a su interlocutor.

CÓMO DESCUBRIR EL SISTEMA REPRESENTACIONAL DOMINANTE Seguramente a esta altura usted ya se habrá reconocido en alguno de estos tres tipos. Recuerde que en la vida real las personas de carne y hueso raramente somos un tipo puro. Las clasificaciones son modelos, mapas, y los tipos puros solamente viven en las páginas de los libros de texto. Pero es muy probable que ya comience a percibir algunas distinciones en usted mismo o en otras personas. Aquellas en que su sistema representacional dominante es muy pronunciado son fáciles de identificar. Cuando no es tan pronunciado, las distinciones se hacen más sutiles. ¿Usted ha escrito cartas, e-mails, cuentos, relatos de experiencias en alguna oportunidad? ¿Se ha grabado teniendo una conversación telefónica, dando una clase o conferencia? Lea sus escritos, escúchese en las grabaciones. Contabilice los predicados visuales, auditivos y kinestésicos (cuente las palabras de cada clase) y tendrá una pista segura para identificar cuál es su sistema dominante. Si quiere, puede utilizar esta guía:

Predicados visuales

Predicados auditivos

Predicados kinestésicos

ver, mirar, observar, imaginar, distinguir, divisar, punto de vista, perspectiva, luminoso, oscuro, claro, brillante, opaco, mostrar, enfocar, panorama, nítido, etc.

escuchar, oír, ruidoso, silencio, decir, hablar, mencionar, sonoro, estridente, “me suena”, “me hizo clic”, afinado, monocorde, pausado, ritmo, relatar, etc.

sentir, rudo, áspero, suave, mullido, rugoso, incómodo, cómodo, confortable, cálido, firme, blando, presionar, pesado, liviano, cálido, “me cae”, “me pega”, “me impacta”, “me conmueve”, “me huele bien”, etc.

Las palabras —los predicados— que utilizamos para describir nuestra experiencia son una buena pista para detectar nuestro sistema representacional dominante. Recuerde que cuenta también con otros indicadores: los procesos de pensamiento, la fisiología, el ritmo, el “tempo” personal y la distancia óptima.

COMUNICACIÓN Y SISTEMAS REPRESENTACIONALES Usted ya lo puede adivinar: los visuales tienden a experimentar comodidad con los otros visuales, los auditivos con los auditivos, y los kinestésicos con los kinestésicos. Hablan el mismo idioma, su distancia óptima es parecida, gesticulan, se mueven y piensan de manera afín. Su comunicación circula con fluidez por la puerta principal como si estuviesen funcionando con una sintonía similar. Independientemente de los contenidos de su comunicación, la forma en que se representan la realidad en su interior es la misma. Las condiciones que facilitan el mutuo entendimiento ya están naturalmente dadas. Pero ¿qué es lo que pasa entre unos y otros? ¿Qué es lo que sucede cuando se comunican personas con distintos sistemas representacionales dominantes? Cuando la preponderancia de un sistema sobre los otros no es muy marcada, no sucede nada especialmente relevante, pero si el sistema dominante es muy notorio, pueden aparecer dificultades. La comunicación no fluye, genera cortocircuitos, distancias no queridas, incomodidades y frustración. Facilita malos entendidos difíciles de detectar, ya que es la forma (y no el contenido) en que un mensaje es expresado, la que no calza con la forma en que la otra persona lo recibe. Las metáforas, los giros lingüísticos, las descripciones que tienen sentido para un visual, no tienen igual sentido para un auditivo o un kinestésico. Expresar una idea clara para un kinestésico puede llevarle un tiempo que exaspere a un visual. Un visual puede expresarse con una lógica que le resulte insuficiente a un auditivo. Un kinestésico puede juzgar de frío y distante a un visual por más que este haga su mejor esfuerzo por expresarse. EL ARTE DE TRADUCIR En una entrevista de terapia de pareja, la mujer kinestésica se lamenta: —Nunca podemos tener con mi marido una conversación profunda… El marido visual, interrumpe: —¡Pero si hablamos cada vez que ella quiere! Ella no ve que yo llego cansado del trabajo y que hago mil cosas al mismo tiempo. Ella no lo ve… —Yo siento que me evitás. Te espero para charlar sentada en el sillón y vos te la pasás dando vueltas por la casa como si fueras un león enjaulado. —Yo puedo hablar parado, desde la cocina te puedo ver lo más bien, no necesito sentarme… —¿Te das cuenta? Me evitás. ¡Si estás más con tu computadora que conmigo! —No te evito, no entiendo qué querés demostrarle a Gabriel con eso. —No quiero demostrar nada. Quiero expresar lo que siento. Que no me entendés. Si yo te interesara más que la computadora, te sentarías al lado mío para hablar. —Ahora te la agarrás con la computadora. Yo puedo prestarte atención a vos y a la computadora al mismo tiempo. Con una neurona miro la pantalla y con el resto te presto atención a vos. ¡Si vos tenés solamente una neurona no es problema mío! —Encima me agredís, te ponés violento… —¡Vos me ponés violento! ¡Me sacás de mis casillas! ¡Hablás y hablás, pero no decís nada! Yo no veo cuál es tu problema conmigo. ¿Qué más querés que haga? ¿Nada te alcanza a vos?

En terapia, podemos mostrar a las personas con un sistema representacional dominante muy marcado, cómo su manera de representarse la realidad difiere de la de otros. A la pareja del ejemplo le sirvió comprender sus mutuas diferencias, y con el tiempo, logaron ir acercando posiciones. Por supuesto, las diferencias derivadas de la manera en que los miembros de esta pareja se representaban la realidad, no constituía el meollo del problema, pero allanar el camino descubriendo sus distintas modalidades de representación les permitió dejar de pelear por malentendidos insustanciales y abordar luego sus verdaderos conflictos. La función del terapeuta, en estos casos, consiste en traducir de un sistema a otro.

Una “sensación vaga” de la mujer puede traducirse para el marido en una “imagen confusa”. Una catarata de descripciones visuales más o menos abstractas —que para él resumen su “clarísima perspectiva de los hechos”— tal vez pueda traducirse para ella en términos de sensaciones y sentimientos más cercanos a su forma de comprender. El propósito de estas intervenciones es lograr que las personas puedan aprender a traducir ellas mismas, dejando de interpretar las comunicaciones de los demás desde los límites impuestos por su propio sistema representacional. La habilidad implicada es la flexibilidad para pasar de un sistema a otro.

CAPÍTULO 15 PISTAS DE ACCESO OCULAR

MOVIMIENTOS OCULARES Cuando pensamos, estamos representando la realidad en nuestra mente. El proceso de pensamiento que una persona tiene en un momento determinado puede ser detectado a través del movimiento espontáneo de sus ojos. Sin necesidad de que hable y nos cuente nada, observando con atención los movimientos oculares, podemos saber cuándo una persona está viendo imágenes visuales, cuándo está conectada con sensaciones corporales o sentimientos, cuándo está enfrascada en un diálogo interno, o cuándo está accediendo a representaciones auditivas. No podemos adivinar el contenido de sus pensamientos, pero sí la forma en que dichos pensamientos son representados en su interior. Más aún, con cierto margen de seguridad, podemos descubrir si las imágenes que está viendo o los sonidos que está escuchando son recordados, o los está inventando o construyendo en ese momento. Esta posibilidad de detección de los procesos de pensamiento a través de los accesos oculares descubierta por Bandler y Grinder, es tal vez uno de los elementos de la PNL que más se ha popularizado. Despierta el interés y la curiosidad de los principiantes, estimula a desarrollar la agudeza sensorial necesaria para percibir con eficacia, y brinda herramientas que favorecen los procesos de comunicación. Además, estimula el espíritu lúdico dirigido hacia la investigación de los procesos mentales, nos muestra cuánto hay todavía por descubrir con relación a la forma en que las personas pensamos. Veamos de qué se trata. Si le pido a usted que recuerde la mesa del comedor de su casa de la infancia, lo más probable es que de manera automática sus ojos se disparen hacia arriba y hacia la izquierda. Es lo que la mayoría de las personas hacemos cuando accedemos a una imagen visual recordada. Por otro lado, si le pido que piense en cómo se siente un trozo de hielo derritiéndose en su mano, es muy probable que sus ojos se dirijan hacia abajo y a la derecha, que es lo que la mayoría hacemos cuando nos conectamos con sensaciones kinestésicas. Los movimientos oculares involuntarios responden a procesos neurofisiológicos ligados al funcionamiento de nuestro sistema nervioso. • A partir de la observación empírica, se ha detectado que cuando las personas pensamos accediendo a imágenes visuales, los ojos se mueven hacia arriba. • Cuando pensamos accediendo a registros auditivos, los ojos se mueven en la línea del horizonte, mientras que cuando nos conectamos con sensaciones o sentimientos, los ojos miran hacia abajo y a la derecha. • Si estamos compenetrados en un diálogo interno, dándole vueltas a un pensamiento, rumiando o teniendo un “rollo”, usualmente los ojos permanecen mirando hacia abajo y a la izquierda. • Por lo general, cuando las imágenes visuales o auditivas son recordadas, es decir, cuando nuestra mente busca la información en el pasado, los ojos miran hacia la izquierda; mientras que cuando son construidas o inventadas, los ojos van hacia la derecha.

Aproximadamente el 80% de las personas sigue este patrón, mientras que el 20% lo tiene invertido. No hay evidencia contundente con relación a si este patrón varía entre las personas zurdas o diestras. Lo interesante es que cuando el patrón está invertido, lo está consistentemente, es decir, si una persona recuerda visualmente moviendo los ojos hacia la derecha en vez de hacia la izquierda, siempre el pasado se encontrará a su derecha, no variará de manera azarosa. Hasta aquí la información. A continuación, le propongo un experimento. Busque un compañero para este ejercicio. Lo necesitará para poder realizarle una serie de preguntas que le permitan observar sus pistas de acceso ocular con el objetivo de detectar su proceso de pensamiento. Pídale a su compañero que piense la respuesta a sus preguntas, pero que no las responda verbalmente. ¡Ni falta que hace!, usted adivinará el rumbo de sus pensamientos sin que él abra la boca. La PNL nos dice que las personas respondemos con nuestra fisiología antes de hacerlo verbalmente. La parte de la fisiología que usted observará en este ejercicio son los movimientos involuntarios de los ojos de su compañero. 1. En primer lugar, le sugiero relajarse y entregarse a la experiencia de abrir su percepción. A veces los movimientos oculares de su compañero serán muy veloces y necesitará desarrollar su agudeza sensorial para percibirlos. 2. Cuando esté dispuesto a comenzar, le propongo que memorice la pregunta que va a hacer, y al formularla, mire directamente a los ojos de su interlocutor. 3. Cuaderno en mano registre sus observaciones, es decir, anote o dibuje la dirección de los movimientos de los ojos. Finalmente, comparta sus registros. Tómelo como un juego: es tan importante “adivinar” como descubrir cuál fue el proceso de pensamiento de su compañero en el caso de que no se corresponda con lo que “se supone” que debía ocurrir. Por ejemplo, en la pregunta acerca de sentir el hielo derritiéndose, algunas personas no acceden directamente a su registro kinestésico bajando los ojos hacia la derecha. Si su compañero lleva los ojos hacia arriba y a la izquierda, pregúntele qué sucedió, lo más probable es que haya necesitado “ver” primero el hielo para después “sentirlo”. De hecho, si observa que la persona mueve los ojos en distintas direcciones, apunte la secuencia y después pídale a su compañero que describa cómo fue su proceso de pensamiento. Finalmente, compruebe si la secuencia observada se corresponde con dicho proceso. Guía para detectar accesos oculares Memoria visual (pasado) 1.- ¿Cuáles son los colores de la bandera? 2.- ¿Dónde guarda el dentífrico en su casa? 3.- ¿Cuál es la cosa más alta que ha visto? 4.- ¿Cuál es la forma de la mesa en la que usted come? 5.- ¿De qué color son los ojos de su madre? Memoria auditiva (pasado) 1.- Escuche a alguien especial susurrando su nombre. 2.- Escúchese a usted mismo cantar silenciosamente el Himno Nacional. 3.- ¿Cuál es su canción favorita? 4.- Oiga la voz de su madre llamándole. 5.- Escuche el sonido de las olas del mar. Memoria kinestésica

1.- ¿Qué siente al zambullirse en el agua muy fría? 2.- ¿Qué siente al tocar un perro lanoso? 3.- ¿Cómo se siente la gelatina? 4.- ¿Qué se siente al estar feliz? 5.- ¿Qué siente cuando el jabón se le mete en los ojos? Construcción visual (futuro) 1.- ¿Cómo se vería si tuviese dos narices? 2.- Imagine cómo se vería si tuviera el pelo verde. 3.- Visualice cómo se vería aquí sentado con un pañal. 4.- Imagine una casa del futuro lejano. 5.- Imagine el mapa de su país al revés: ¿qué ciudad quedó más al Norte? Construcción auditiva (futuro) 1.- ¿Cómo sonaría un fantasma? 2.- Escuche hablar a un perro. 3.- Oiga el océano en una lata. 4.- Escuche a un marciano hablando. 5.- Oiga el sonido de su voz en una cueva. Diálogo interno 1.- ¿Qué se dice para darse ánimo? 2.- ¿Qué piensa cuando lo agreden? 3.- ¿Qué se dice frente a una tarea muy difícil? 4.- ¿Qué piensa frente a una persona del otro sexo que le atrae? 5.- ¿Qué se dice frente a una propuesta novedosa?

ACCESOS OCULARES EN SITUACIONES La PNL invita a jugar, a experimentar de qué manera creativa podemos utilizar la información y las herramientas que nos brinda. Si bien hay ejercicios sumamente estructurados, con una secuencia de pasos que es necesario seguir para lograr resultados específicos —como “La integración de partes”, que ya hemos presentado—, también nos brinda recursos que podemos explorar con espíritu lúdico tanto en la vida cotidiana como en el consultorio. Aquí va un ejemplo: Llego corriendo a mi casa, mi hija de tres años se me tira encima para que la alce, tiene las manos y la cara cubiertas de pegajosa mermelada. “¡Lavame, papi!”. Corro al baño. En el camino encuentro a mi esposa que me muestra un artículo en una revista. Antes de entrar al baño —mi hija en brazos jugando a posar sus pringosas manitas sobre mi camisa blanca—, me saco los zapatos y los empujo hacia la puerta del dormitorio. Lavo las manos y la cara de mi hija, y entonces me abraza y llena mi cara de besos. Me siento feliz. Sonrío. En medio del alegre terremoto cotidiano, me doy cuenta de que mi saco, el portafolio, el celular y las llaves han debido quedar en algún sitio que no alcanzo a identificar. Dos horas más tarde debo salir. Encuentro mi saco y el portafolios apoyados en una silla del living. Las llaves y el celular no aparecen por ningún lado. Me empiezo a sentir ansioso. Se me hace tarde. Necesito recordar dónde dejé las llaves y el celular. Nada. Más ansioso todavía. Me dejo caer en un sillón. “¡No!”, dice una vocecita interna. “¡Kinestésico no!”. Enseguida me acuerdo de un pequeño truco de PNL. Necesito recordar visualmente. Pasar la película de mi llegada a casa para poder ver dónde dejé las cosas sin pensar mientras llevaba a mi hija al baño. Dejo la mirada perdida en la pared para no distraerme, llevo los ojos hacia arriba y a la izquierda. Intento recordar como si me estuviese viendo en una película. Paso la película. “¡Ahí está!”. Lo veo claramente, en el momento no le presté atención, pero mis ojos lo registraron y ahora lo veo. Cuando en el pasillo se me acercó mi esposa para mostrarme la revista, puse en una de sus manos el celular y las llaves. Corro al dormitorio. “Amor, ¿dónde pusiste el celular y las llaves que te di?”. “En el estante de la cocina”. Agradezco con un beso. Recojo mis cosas y salgo apurado. Se me hace tarde.

Si necesito recordar visualmente, puedo ayudarme colocando mis ojos en una posición que facilite la tarea. Lo mismo vale cuando necesito conectarme con un sentimiento, o cuando quiera desapegarme de él, o cuando desee interrumpir un “rollo interno”. Podemos entrar a cada experiencia por distintas puertas. Los accesos oculares, ligados a la fisiología, son una de ellas. Recuerde que pensamiento, sentimiento y fisiología van juntos. Como sostuvimos en el capítulo 5 “Los estados internos”, son distintas dimensiones de la misma totalidad

que somos. Cuando pensamos en imágenes, nos distanciamos del sentimiento, y los ojos acompañan espontáneamente moviéndose hacia arriba. ¿Resulta extraño, entonces, plantear que si movemos los ojos hacia arriba, el pensamiento acompañará con imágenes visuales? Si cuando estamos conectados con sensaciones y sentimientos, los ojos, de forma espontánea, se dirigen hacia abajo y a la derecha, ¿es posible pensar que llevarlos en esa dirección de manera voluntaria facilitará el acceso a las sensaciones y sentimientos? Este recurso es de especial importancia en terapia, en sesiones de coaching, o en cualquier contexto en que esté asistiendo a otra persona. Le sugiero explorarlo en los siguientes escenarios. • Cuando una persona habla y habla acerca de una situación, intelectualiza sin llegar a ningún lado como si pedaleara dando vueltas en una bicicleta fija y no llega al punto porque no logra conectarse con sus sentimientos o sensaciones corporales —técnicamente decimos que “está disociada”—; pruebe indicarle que se siente en una postura corporal kinestésica, y que lleve sus ojos hacia abajo y a la derecha, y que hable desde allí. Observe los resultados de esta intervención. Es muy probable que esto la ayude a conectarse con sus sensaciones y sentimientos, y que el trabajo sea entonces más productivo. Le recomiendo encarecidamente que sea cuidadoso y delicado con este tipo de intervenciones. Nunca fuerce. Respete la ecología de la persona. Tenga en cuenta que la disociación es una defensa psicológica y que las defensas están cumpliendo una función. • Cuando una persona está tomada por una emoción —técnicamente decimos que “está asociada”—, y eso le dificulta tomar distancia de la situación para poder reflexionar con mayor claridad, pruebe indicarle que adopte una postura corporal visual, y que lleve los ojos hacia arriba. Observe qué sucede. Es muy probable que esta intervención la ayude a disociarse y a tener otra perspectiva acerca de la situación. También le ruego ser cuidadoso. Tenga en cuenta que hay momentos en que es deseable disociarse, y otros en que es natural permanecer asociado experimentando sentimientos dolorosos que no tienen porqué ser interrumpidos. Una extraordinaria situación ocurrió en mi consultorio en los comienzos de mi práctica terapéutica utilizando PNL. Me enseñó muchísimo acerca de dos cuestiones: el poder de los accesos oculares, y los diferentes mapas que hacemos sobre una misma realidad los terapeutas y los pacientes. Un hombre de unos cuarenta años entró al consultorio y comenzó a llorar. Lloraba como cataratas inagotables. Lloraba y no paraba de llorar. Entre maremotos de llanto sólo atinó a decir un par de frases que apenas logré descifrar entrecortadas por el llanto: “Hace una semana que mi mujer me abandonó”. “Hace una semana que no puedo parar de llorar”. Nunca había visto algo así. Conocía en carne propia el dolor y el llanto, también lo había experimentado trabajando con muchas otras personas. Pero nunca un llanto interminable como aquel. No sabía qué hacer. Durante los primeros minutos esperé y acompañé sin decir nada esperando que la intensidad del llanto disminuyera como para poder empezar a hablar. Era la primera sesión, no conocía a ese hombre ni la situación que estaba atravesando, así que no tenía ninguna información que me permitiera decirle algo. Es más, frente a ese llanto, todas las palabras que se me ocurrían sonaban huecas. Los minutos pasaban y literalmente no sabía qué hacer. Me sentí absolutamente impotente, falto de recursos, el peor terapeuta del mundo. Analicé qué me estaba comunicando con el llanto, interpreté la contratransferencia, me pregunté si la impotencia que yo sentía era su propia impotencia, si su mujer lo habría dejado por impotente, por falto de recursos, por ser el peor marido del mundo. Mis pensamientos eran tan ingeniosos como huecos. Hacía ya media hora que el hombre lloraba sin parar. Treinta minutos que me parecían un siglo. La situación era insostenible… pero de pronto comprendí que yo la estaba sosteniendo… impasible frente a su llanto ya no sabía qué cara poner, pero la seguía sosteniendo… En un momento me dejé llevar por un impulso —con los años aprendí a dejarme llevar por la sabiduría inconsciente del terapeuta —, y me paré. Con palabras y con gestos le indiqué que se parase él también. Casi no podía sostenerse en pie así que tuve que ayudarlo con mis brazos. Le pedí que levantara la cabeza. El llanto le tiraba la cabeza hacia abajo así que se la levanté con mis propias manos. Sostuve su mentón hacia arriba impidiendo que bajara la cabeza hasta que logró sostenerla por sí mismo. Le pedí que llevara sus ojos hacia arriba —en ese instante recordé conscientemente haber leído en algún lugar que es imposible llorar mirando hacia arriba, y al mismo tiempo pensé que si el hombre estaba completamente asociado, mi trabajo era ayudar a que pudiera disociarse—. No podía cumplir con mi consigna. Le insistí. Le ordené que lo hiciera. Se lo pedí imperativamente muchas veces hasta que finalmente lo logró… Y paró de llorar. Se sonó los mocos y se secó la cara con una montaña de pañuelos de papel y se sentó. En los minutos de sesión que nos quedaban se disculpó por su llanto y yo le dije que no tenía porqué disculparse. Me relató

brevemente su situación y nos despedimos hasta la siguiente sesión. La terapia había comenzado. Traté a este hombre durante un año y medio. Trabajamos mucho sobre distintos aspectos de su vida. Hizo enormes progresos en varias áreas: cambió su antiguo trabajo por otro mucho más satisfactorio, comenzó una nueva relación amorosa con la que se sentía muy feliz, resolvió una situación conflictiva de larga data con un familiar. El motivo de consulta original —el abandono de su mujer— había pasado a ser apenas un distante aunque amargo recuerdo. Antes de finalizar la terapia, le propuse hacer una evaluación de su proceso. En ese contexto le pregunté cuál había sido a su juicio la sesión más importante que recordaba. En mi interior yo había seleccionado dos o tres sesiones especialmente interesantes y poderosas en las que la riqueza de los contenidos trabajados había resultado ser clave para su progreso terapéutico. Nada de eso. Mi sorpresa fue mayúscula cuando dijo que la sesión absolutamente trascendente para él, la que había marcado un punto de inflexión, había sido la primera: “Cuando me hiciste parar de llorar, sentí por primera vez que tenía alguna esperanza —dijo con una sonrisa—, sentí que empezaba a tener un poco de poder sobre mí mismo, un poco de poder como para recuperarme, para rescatarme. Estaba completamente perdido, sentía que no podía enfrentar la vida, me sentía impotente, y en esa sesión experimenté que eso no era cierto. Pude parar de llorar. ¡Si podía parar de llorar iba a poder con el resto! Ese instante en que me ayudaste a parar de llorar lo cambió todo”.

Un año y medio de terapia compartida y dos mapas completamente distintos. Un pequeño recurso de PNL —los accesos oculares, apenas un simple truco— que utilizado en el momento preciso había cambiado la vida de un ser humano. Había recibido una importantísima lección.

CAPÍTULO 16 EL ARTE DE ENTRAR EN CONTACTO

LA COMUNICACIÓN COMO DANZA Si observa con atención a dos personas profundamente conectadas en un diálogo —por ejemplo, una pareja de enamorados conversando en la mesa de un restaurante—, notará algo curioso: sus cuerpos espontáneamente tienden a adoptar posturas similares, a veces, prácticamente idénticas. Es probable que ellos no se den cuenta de lo que están haciendo, pero lo hacen. Los veo ahora sentados inclinados el uno hacia el otro, mirándose a los ojos con intensidad; ambos apoyan los codos de sus brazos derechos sobre la mesa y mueven las manos mientras hablan; cada tanto, sus manos se rozan, se encuentran y se entrelazan. Hasta pareciera que gesticulan al unísono: ella se toca el pelo, y pocos segundos después, él hace otro tanto. Luego, él cambia de postura y ella lo sigue. Más aún, si se acercara a escucharlos, comprobaría que hablan con un tono, una cadencia y un volumen de voz similar. Los enamorados parecen entrelazados por un hilo invisible: como en una danza, sus cuerpos se mueven acompasados vibrando en una misma frecuencia. Pero si observa a dos muchachos involucrados en una pelea callejera a la salida de la escuela, notará algo más curioso todavía… comprobará que ocurre el mismo fenómeno: también ellos adoptan posturas corporales similares. Ambos lanzan puñetazos y gritan por igual. La tensión corporal, el ritmo de sus movimientos, sus asaltos y sus golpes parecen pasos de una misma coreografía. Esta danza es distinta a la anterior, la música que los acompaña es otra, pero también los contrincantes vibran en la misma frecuencia. Le propongo que haga el siguiente ejercicio de observación: dispóngase a percibir la comunicación de la gente desde esta nueva perspectiva; propóngase descubrir cómo literalmente se mueven en el mundo siguiendo sus propias coreografías. Lleve conciencia a aspectos que antes, tal vez, le resultaban inadvertidos. Registre con renovada atención lo que las personas “hacen” cuando se comunican. Comprobará que la gente, cuando se relaciona, hace mucho más que hablar. Observe a los amantes con sus caricias y sus besos, a los ancianos caminando del brazo y a los niños jugando en las plazas. Descubra la coreografía de los empleados que conversan animadamente en la oficina, la de los científicos intercambiando explicaciones frente a sus microscopios y la de los comerciantes negociando sus precios tras los mostradores. Note la composición de movimientos de las adolescentes saltarinas mientras caminan por la calle, la de las personas que conversan esperando en la cola de un banco, la de las familias cenando alrededor de la mesa. Descubrirá que sus cuerpos se mueven en sintonía produciendo algo parecido a una danza. Las personas que están en contacto parecen seguir una misma e inconsciente composición. Desde esta perspectiva, se revela una dimensión ampliada de la comunicación. El fenómeno comunicacional abarca muchísimo más que las transacciones verbales centradas en el contenido de las palabras. Lo que las personas hacemos cuando nos comunicamos incluye una variada gama de comportamientos, algunos de los cuales son conscientes y voluntarios, y muchos otros son completamente involuntarios e inconscientes. La buena comunicación, vista de esta manera, no se reduce al traspaso exitoso de información entre un

comunicante y otro. El fenómeno de la comunicación excede en mucho a la transmisión de información entre mentes conscientes y racionales. La buena comunicación tampoco requiere —como señala el saber popular— exclusivamente de la simpatía y la amistosa cordialidad. Dos personas discutiendo acaloradamente pueden estar comunicadas con intensidad; en cambio, un vendedor solícito, cargoso, zalamero y en extremo amable puede ser un pésimo comunicador si el resultado que obtiene del cliente es que se sienta incómodo y huya despavorido del comercio. A la comunicación se la juzga por sus resultados. Si me permite una metáfora, la buena comunicación se parece a un baile en el que los participantes tienen la habilidad de danzar aunados la misma música sin pisarse los pies. No importa cuál sea esa música. La clave de la buena comunicación es la sintonía. LA PNL denomina “rapport” al fenómeno de interacción en el que los comunicantes experimentan estar en contacto, en mutua sintonía. A veces, dicha experiencia es percibida como una sensación de mutuo entendimiento, de agradable comodidad, de sentirse comprendido, acompañado por el otro. Cuando las personas están en rapport, las puertas principales de sus mentes parecen abrirse al intercambio comunicacional: las barreras, los obstáculos y las defensas se aflojan; entonces la comunicación fluye. Si bien la danza de la comunicación es una experiencia compartida cuyos resultados dependen de los movimientos de ambos participantes, cuando me comunico es mi deseo y mi responsabilidad contribuir a que el proceso fluya de la mejor manera posible. En tanto comunicador, mi tarea consiste en facilitar el logro del rapport. Como terapeuta, me interesa que mi paciente se abra y confíe; como profesor, pretendo que mis estudiantes comprendan lo que enseño; como esposo, quiero encontrarme con mi mujer en un diálogo profundo; como jefe, requiero que mis empleados cumplan mis indicaciones; como vendedor, busco despertar el interés de mi cliente. En cada contexto en que me relaciono con otras personas, facilitar la comunicación me acerca a lograr los resultados buscados. Un axioma postulado por la PNL sostiene que “la resistencia en el receptor, sólo indica la inflexibilidad comunicativa del emisor”. Esto quiere decir que la responsabilidad por la comunicación radica en el emisor. Sin pretender que esta aseveración sea cierta, la experiencia muestra que es profundamente sabia: si mi paciente no acepta un señalamiento, si mis alumnos no entienden lo que explico, si mi mujer no se conecta conmigo en un diálogo profundo, si mis empleados no siguen mis indicaciones, si mis clientes no perciben interés por mis ofertas, echarle a ellos la culpa no me va a servir de nada. Lo mejor que puedo hacer, entonces, es buscar comunicarme de una manera diferente. (Recuerde el criterio de flexibilidad: cuando algo no funciona… simplemente pruebe otra cosa). Las personas espontáneamente logramos rapport en situaciones de intimidad y de contacto profundo. Los comunicadores profesionales hábiles también lo logran intuitivamente con sus clientes, pacientes, alumnos. La PNL investigó las habilidades comunicacionales de personas excepcionalmente diestras en ese arte, y generó un modelo explícito acerca de cómo practicarlo. Las acciones implicadas en dicho proceso son: 1. calibrar para saber qué acompasar; 2. acompasar para lograr rapport; 3. lograr rapport para liderar, y 4. liderar para producir un resultado. Examinémoslo en detalle.

CALIBRAR

Cuando me comunico, lo hago con alguien: ese alguien importa. Dicha persona no es un objeto a mi servicio sino un ser humano íntegro con el que me dispongo a entrar en relación. Mi comunicación se dirige hacia esa persona particular con la finalidad de lograr un resultado. Mi interlocutor tiene su propio modelo del mundo —ve, escucha, siente y piensa de una manera distinta a la mía—; tiene su propio sistema representacional dominante, por lo que su proceso de pensamiento, su distancia óptima y su fisiología tal vez no coincidan con las mías. No puedo comunicarme entonces con todas las personas por igual. Cada individuo es un mundo, y si quiero comunicarme con esa persona, necesito ingresar a su mundo. Si baila un vals, de nada me servirá acercarme en ritmo de hip hop. Si baila hip hop, no quisiera acercarme en tiempo de vals. Cada persona danza su propia música y se mueve por el mundo a su propia manera. Si deseo entrar en contacto con ella, primero quisiera saber cuál es su danza. Calibrar consiste en observar ciertos indicadores corporales y verbales que me brindarán la información necesaria para ese primer acercamiento. Calibrar es también un proceso continuo de observación que me proporcionará feedback acerca de cómo se está desarrollando la comunicación. A través del calibrado, verificaré los resultados de mis acciones en el transcurso del proceso comunicacional. ¿Qué es importante calibrar? En primer lugar, observaré indicadores gruesos del comportamiento de mi interlocutor: su postura corporal, su gestualidad, sus movimientos, y las palabras y predicados que utiliza (para detectar su sistema representacional dominante). Luego, calibraré indicadores sutiles: los pequeños movimientos involuntarios que realiza, el tiempo y el ritmo personal en que se mueve, gesticula y habla, su respiración, la coloración de su piel, sus movimientos oculares y el tono, cadencia y volumen de su voz.

ACOMPASAR La finalidad de calibrar es disponer de la información necesaria para comenzar a acompasar. Acompasar supone un conjunto de acciones que me permiten acompañar al otro en su modelo del mundo con el objetivo de entrar en sintonía. Hay tres tipos de acompasamiento: 1. El acompasamiento corporal. 2. El acompasamiento paraverbal. 3. El acompasamiento lingüístico. EL ACOMPASAMIENTO CORPORAL El acompasamiento corporal es lo más parecido a una danza. Cuando nos comunicamos «cara a cara» con alguien, es la totalidad que somos y no sólo nuestras computadoras mentales las que entran en contacto. Eso que somos incluye a nuestros cuerpos moviéndose en un espacio físico determinado. La presencia de nuestro cuerpo es contundente, no es una presencia que pueda pasar inadvertida. Nos comunicamos con y a través de nuestros cuerpos. Nos comunicamos “siendo” nuestros cuerpos. Acompasar con el cuerpo implica reconocer la corporalidad del otro y desde esa corporalidad, tender un puente que facilite el contacto. El acompasamiento corporal consiste en adoptar una postura corporal similar a la de nuestro interlocutor. Es la forma más simple, básica y poderosa de facilitar el rapport. Genera una sensación de comodidad instantánea entre los comunicantes. Si la persona con la que estoy conversando está de pie con los brazos cruzados, me pondré de pie con los brazos cruzados; si está sentada en el borde de la silla con el cuerpo inclinado hacia delante gesticulando

rápidamente con ambas manos, adoptaré una postura y una gesticulación similar. Tenga en cuenta que acompasar corporalmente no es lo mismo que imitar. La imitación en espejo es grosera, artificial y llama la atención de la otra persona que puede entonces sentirse tan incómoda como burlada. El acompasamiento es más sutil, no consiste en adoptar exactamente la misma postura del otro, sino una similar, que calce y armonice con la de nuestro interlocutor. EL TEMPO

Todas las personas cuando se mueven, hablan, respiran y gesticulan lo hacen siguiendo un ritmo, una cadencia que les es particular. Si percibimos los movimientos como una danza, el tempo expresaría el pulsar de su música. De la misma manera en que podemos marcar el compás cuando escuchamos una canción, podemos hacerlo con las palabras, los gestos, la respiración y los movimientos: todas actividades rítmicas. Ya hemos hablado de ello cuando mencionamos que, por lo general, los visuales son más rápidos que los kinestésicos. También los niños suelen tener un tempo más acelerado que el de los adultos y estos, a su vez, más veloz que el de los ancianos El acompasamiento del tempo personal es clave para facilitar la sintonía. Primero calibre, y luego acompase el tempo de su interlocutor. Muévase acompañando el ritmo de su danza, hable a su misma velocidad, gesticule siguiendo el compás de sus gestos. ¿ACOMPASAR SIEMPRE? Para la época en que aprendí a acompasar, integraba un equipo de trabajo en una institución educativa. Periódicamente, nos reuníamos a conversar con nuestro director. En esas reuniones grupales decidí practicar mi acompasamiento: adoptaba la misma postura corporal que mi director, lo miraba a los ojos, lo acompañaba sutilmente en su tempo corporal y en su gestualidad. Pocos minutos después, el resultado que obtenía era que él se dirigía exclusivamente a mí cuando hablaba. Repetí la experiencia varias veces con el mismo resultado. Al principio, lograr la atención del director fue muy agradable, pero pronto comencé a sentirme incómodo. Percibí también una incomodidad por parte de mis compañeros. El precio de ese experimento consistió en adquirir un cierto protagonismo que yo no deseaba en esas reuniones. Sin quererlo, estaba aprendiendo una lección importante: hay veces en que es beneficioso acompasar y otras que no. Como con cualquier herramienta poderosa, no estamos obligados a usarla en toda circunstancia. Tan importante como poder acompasar para lograr rapport, es poder desacompasar cuando queremos interrumpir un contacto. El acompasamiento corporal es una herramienta simple y poderosa. Es fácil de aprender y practicar. Logra resultados de forma inmediata. Nos entrena en una habilidad tan rara como esencial a la hora de comunicarnos: ¡prestar atención a la otra persona! EL ACOMPASAMIENTO PARAVERBAL El acompasamiento paraverbal consiste en acompañar la forma sonora en que se expresa verbalmente la otra persona. Cuando decimos algo, desde el punto de vista comunicacional, es tan importante lo que decimos (contenido), como la manera en que lo decimos (la forma). El volumen de la voz, el tono empleado, el timbre, la velocidad, las pausas, el “cantito”, el énfasis que ponemos en determinadas palabras, son las variables paraverbales que calibramos para luego acompasar. Nuevamente recuerde que acompasar no es lo mismo que imitar. Imitar las variables paraverbales se parece a una burla. Acompasarlas, facilita lograr la sintonía con nuestro interlocutor. EL ACOMPASAMIENTO LINGÜÍSTICO

El acompasamiento lingüístico consiste en facilitar la sintonía con el modelo del mundo de la otra persona a través del lenguaje. Acompasamos tanto los predicados (que dan cuenta del sistema representacional dominante), como las palabras en general. Ya hemos visto cómo las personas utilizamos cierto tipo de palabras (predicados), giros y metáforas para representar y expresar las cosas según nuestro sistema representacional dominante. El acompasamiento lingüístico consiste en utilizar los mismos predicados que utiliza nuestro interlocutor con la finalidad de calzar nuestra comunicación verbal con su sistema representacional dominante. Por ejemplo, si la persona con la que conversamos es predominantemente visual, utiliza predicados básicamente visuales y se expresa a través de imágenes y metáforas visuales, acompasarla implicará acomodar nuestra expresión verbal según esos parámetros visuales. La habilidad requerida es la flexibilidad como comunicadores para abandonar nuestras preferencias personales y acomodarnos a las de nuestro interlocutor. Por otro lado, el acompasamiento verbal también incluye el respeto y la adopción de las palabras que dan cuenta del modelo del mundo de la otra persona. Por ejemplo, en español, las palabras “panza”, “abdomen”, “estómago”, “barriga”, “tripa” y “mondongo” son sinónimos según indica el diccionario. Pero no lo son en nuestro modelo del mundo. Para cada uno de nosotros, cada una de estas palabras tiene matices de significado muy diferentes. Cuando dialogamos con alguien que nos acaba de contar que le duele el estómago, no lo estaremos acompasando si le preguntamos cómo es que siente ese dolor de “barriga”. “Barriga” y “estómago” son dos palabras distintas. Lo más probable es que la persona comprenda el significado de nuestra palabra, pero la magia que permite una comunicación cómoda y fluida se habrá resentido. Si de una danza se tratara, sería como si le hubiésemos pisado un pie. Desacompasar las palabras de nuestro interlocutor producirá, en el mejor de los casos, una incomodidad leve, una pequeña lesión en el rapport; pero en el peor de los casos, podría conducir a graves malentendidos. Recordemos que las palabras —más allá de lo que dictamine el diccionario— significan cosas distintas en los distintos modelos del mundo. Acompasar verbalmente implica utilizar las mismas palabras que nuestro interlocutor utiliza para expresar su propia experiencia del mundo.

RAPPORT: ENTRAR EN CONTACTO Cuando acompañamos a otra persona con nuestro cuerpo adoptando su postura, su tempo, sus movimientos y sus gestos, y utilizamos un volumen y un tono de voz similar, y acompasamos sus predicados y sus palabras, estamos creando una experiencia comunicacional muy poderosa. La conjunción de los tres tipos de acompasamiento genera una profunda vivencia de sintonía que denominamos rapport. Si nuestro objetivo consiste simplemente en “estar ahí”, conectados con la otra persona, participando de una comunicación que fluya sin mayores obstáculos, haber alcanzado rapport es más que suficiente. Pero si esa comunicación tiene otros objetivos —pedir, vender, persuadir, enseñar— que apunten a lograr alguna clase de modificación en el comportamiento de la otra persona, entonces, luego de obtenido el rapport, el paso siguiente radica en liderar.

LIDERAR Liderar consiste en facilitar algún tipo de modificación comportamental en la otra persona. Un médico busca con su comunicación alentar a su paciente a que acepte sus prescripciones y siga determinado tratamiento; un vendedor busca vender; un maestro, enseñar. Muchas veces la finalidad de la comunicación no es simplemente “estar allí”, sino lograr un resultado. El

jefe con su empleado, el padre con su hijo, el terapeuta con su paciente, persiguen con su comunicación un objetivo. Liderar es la forma de alcanzar dicho objetivo. Una vez establecido el rapport, liderar hacia el objetivo resulta sencillo, ya que se han superado muchas potenciales barreras. Cuando los comunicantes realmente están en sintonía, los movimientos implicados en el liderar fluyen con suavidad. Ejercido con arte y respeto —lo que no siempre resulta fácil—, el proceso rapport-liderar constituye, en esencia, la no violencia aplicada a la comunicación. Cuando lideramos de esta manera, no estamos imponiendo, ordenando, presionando, convenciendo, sometiendo ni ejerciendo ningún tipo de poder coercitivo sobre la otra persona. De hecho, habiéndonos adentrado en su mundo, el movimiento de la danza compartida fluye hasta permitirnos presentarle a nuestro interlocutor opciones comportamentales potencialmente aceptables. Acompañamos, mostramos, ofrecemos o pedimos desde el respeto. Como en la danza, nuestro movimiento invita, pero no fuerza. Sin embargo, esta profunda delicadeza no debe ser confundida con una blandura superficial. Desde el rapport, es posible liderar un comportamiento con firmeza y autoridad sin ninguna necesidad de violentar a la otra persona. Liderar desde el rapport nos permite poner un límite, presentar opciones o solicitar un comportamiento por parte de nuestro interlocutor, sin romper la sintonía en el proceso de la comunicación EXPERIMENTAR No hay forma de comprender e integrar la información de este capítulo sin experimentar las herramientas por usted mismo. En un curso presencial, estos temas requerirían pocas palabras de mi parte y mucha práctica por parte suya. Lo invito a que practique. Sólo así podrá darse cuenta si estas herramientas le pueden resultar de utilidad. 1. Comience por calibrar. Observe a las personas en su danza en los ambientes en que usted se mueve. ¿Qué le llama la atención? ¿Qué posturas, movimientos y gestos le parecen significativos? ¿Cuál es su tempo? ¿Cuál es su distancia óptima? 2. Preste atención a su interlocutor y calibre. ¿Cómo habla? ¿Qué tono de voz emplea, qué volumen? 3. Continúe calibrando. ¿Qué predicados y qué palabras utiliza? ¿Reconoce su sistema representacional dominante? 4. Ensaye poco a poco acompañarlo en su postura corporal. Siga por los movimientos y los gestos. No imite, acompañe. Imagine la comunicación como una danza. Dispóngase interiormente a lograr sintonía. 5. Acompase la voz. 6. Acompase predicados y palabras. No se desaliente si no lo logra de entrada. Para la mayoría de las personas, el acompasamiento corporal resulta el más sencillo. Luego, viene el paraverbal. El lingüístico es un poco más complejo y requiere de mayor entrenamiento. 7. ¿Estableció rapport? Es una sensación subjetiva, no hay una forma explícita de saberlo, sólo puede sentirlo. ¿Siente que la conversación fluye? ¿Se encuentra cómodo? Si su comunicación fuese una danza, ¿se está moviendo en sintonía o está pisando pies?

8. Intente liderar. Pruebe modificar levemente su postura corporal o realice un pequeño gesto y calibre si su interlocutor lo acompaña. 9. Pídale algo. Sugiera. Proponga y compruebe qué sucede con su interlocutor. ¿Lo acompaña? ¿Se incomoda? Si siente que algo no fluye, no desespere. Tómese su tiempo y continúe acompasando. Experimente.

¿ACOMPASAR ES MANIPULAR? Al principio, cuando comienzan a practicar estos procedimientos, algunas personas experimentan tal poder para influir sutilmente sobre otras, que creen estar manipulando. Algunos lo viven con entusiasmo —ejercer poder sobre otros resulta tentador para muchas personas— y otros, con cierto disgusto, sostenidos en una posición ética, tienden a poner reparos. El problema con la palabra “manipular” consiste en que suscita significados muy diversos en nuestros distintos modelos del mundo. Necesitamos definir esa palabra para saber a qué se refiere en este modelo, y mejor aún, necesitamos comprender en profundidad el proceso al cual nos estamos refiriendo más allá de la palabra que utilicemos para designarlo. Toda comunicación es comportamiento y todo comportamiento tiene un propósito (que puede o no ser consciente y voluntario). Desde este punto de vista, todo comportamiento tiene por objeto la modificación de uno mismo o del ambiente con la finalidad de producir algún resultado. Si definimos “manipular” como “producir un resultado”, vemos que, cuando nos comportamos, siempre producimos resultados o efectos, tanto sobre nosotros mismos, como sobre las cosas y las personas. En este particular sentido podríamos sostener que todo comportamiento implica una manipulación de uno mismo, del ambiente o de otras personas. No hay forma de comportarnos-comunicarnos sin producir efectos sobre nosotros y sobre los otros. Lo que llama la atención en el modelo propuesto por la PNL es que explicita los resultados producidos por nuestro comportamiento comunicativo, los pone en evidencia. De esta manera, lleva conciencia a nuestro comportamiento y a sus efectos, y nos invita a hacernos responsables, lo cual supone una diferencia ética fundamental. Dicha diferencia consiste en pasar del comportamiento “inocente”, en piloto automático, al comportamiento conciente y por lo tanto responsable. No importa qué palabras utilicemos —“manipular”, “modificar”, “producir efectos”— siempre que seamos conscientes de que nuestro comportamiento comunicacional afecta ciertas respuestas en las otras personas. Es imposible no comportarse y que ese comportamiento en presencia de otra persona no la afecte de alguna manera. La cuestión no radica en si influimos o no en otros —siempre influimos— sino en hacernos conscientes de dicha influencia y por lo tanto, responsables por nuestro comportamiento.

EL CORAZÓN DEL ACOMPASAR La esencia del acompasamiento, sin embargo, no radica en modificar a la otra persona sino en modificarnos a nosotros mismos. Cuando acompasamos, de hecho, nos estamos manipulando a nosotros mismos. Modificamos nuestra postura corporal, nuestros gestos, nuestras palabras, y lo hacemos con la finalidad de acompañar a la otra persona en su modelo del mundo porque nos interesa entrar en sintonía. En tanto comunicadores, es nuestra responsabilidad lograr sintonía con la otra persona. Cuando entramos en sintonía, la comunicación fluye. Pensar en que estamos influyendo en nuestro interlocutor es correcto, pero es tan sólo la mitad del cuadro.

Si pretendemos comprender el juego del tenis, es insuficiente observar a un solo jugador moviéndose en su mitad de la cancha. Necesitamos observar el conjunto. Comprobar los efectos de nuestra comunicación en la otra persona es tan sólo verificar la mitad del fenómeno comunicativo. La otra mitad consiste en experimentar qué nos sucede a nosotros cuando nos comunicamos de esta manera particular. Exploremos qué es lo que sucede en la mitad de la cancha de la persona que acompasa a otra. Allí reside el corazón del acompasar. Cuando acompaso a otra persona, me dispongo en mi interior a abandonar lo que la psicología llama “egocentrismo”, para centrarme en el mundo de mi interlocutor. Honro su danza y estoy dispuesto a acompañarlo. Entonces la comunicación fluye. La magia del contacto se produce. Sé quién soy, sé para qué estoy allí, no me pierdo en la danza del otro, pero no fuerzo, no impongo, no resisto. En cambio invito, propongo, acompaño, sugiero y confío. Llevo y me dejo llevar por el movimiento. La transformación que se opera en mí facilita la danza de la comunicación. Dejo de ser un obstáculo para transformarme en un facilitador. Estamos en rapport: somos dos personas, pero la danza es una sola. Cuando afectamos nuestro comportamiento de esta manera, ponemos en acción lo que la comunicación es como acto de amor: un profundo respeto y aceptación del otro como otro legítimo en la interacción.

CAPÍTULO 17 SANAR LOS VÍNCULOS

CONFLICTOS VINCULARES El verdadero problema con los conflictos vinculares no consiste en que uno tenga razón y el otro esté equivocado. De ser así, todo conflicto se resolvería consultando a un tercero objetivo y neutro que dictamine a quién le asiste la razón y a quién no. Las cosas no son tan sencillas en nuestras relaciones. El verdadero problema con los vínculos se suscita cuando, aun desde posiciones encontradas, a ambos miembros de la relación les asiste la razón. Desde su propio modelo del mundo, los dos tienen su particular y legítimo punto de vista. Si actúan de buena fe, sus sentimientos, sus necesidades, sus posiciones y sus intereses tienen sentido «leídos» según sus propios mapas, aunque lo carezcan en el modelo del mundo de la otra persona. Comprender esto intelectualmente no es tan difícil, pero vivir de acuerdo con esta comprensión presenta sus dificultades. Muchas veces las personas tendemos a identificar nuestro particular modelo del mundo con la realidad misma y a considerar a nuestros limitados puntos de vista como la manera más adecuada de abordar la realidad. Si nuestra forma de ver las cosas es la correcta, entonces cualquier otra estará equivocada. Si nuestros pensamientos y nuestros sentimientos son los que mejor reflejan la “verdadera” realidad, los pensamientos y los sentimientos de la otra persona deben tener “algo” errado. Al no ser conscientes de que experimentamos la realidad desde un restringido modelo del mundo, menos podremos comprender el modelo del mundo de la persona con la que estamos en conflicto. Sin esa comprensión, elaborar y trascender las diferencias que alimentan dicho conflicto parece ser una tarea casi imposible. Resguardados en esa ingenua —¿inmadura?— posición existencial, experimentamos con asombro, dolor e indignación las heridas y las ofensas que cometemos y nos cometen sin alcanzar a entender ni las unas ni las otras. Todos los vínculos pueden potencialmente generar fricciones. Pero los que más nos duelen suelen ser los más cercanos. Las personas más queridas son las que más pueden lastimarnos, porque en esas relaciones nos involucramos con mayor intimidad, estamos más abiertos, expuestos y vulnerables. Nos preguntamos con incredulidad cómo las personas que más queremos y nos quieren pueden herirnos con tan poca conciencia. Podríamos también preguntarnos cómo podemos herir a nuestros seres queridos con la misma falta de conciencia. Entonces: • ¿Cómo podríamos comprender el punto de vista de otra persona y llevar mayor sabiduría sanadora a esa relación? • ¿Cómo esta comprensión podría encarnarse en acciones concretas en nuestro diario vivir? La respuesta no deja de asombrarnos por su sencillez: poniéndonos en los zapatos del otro. Cuando nos ubicamos en el lugar de la otra persona, podemos observar la realidad desde el particular punto de enfoque con el que ella se contacta, es decir, podemos ver “su” realidad.

Para eso necesitamos abandonar la posición egocéntrica —en la cual el mundo gira alrededor de nuestro ego que siempre tiene la razón— para aprender a ponernos en el lugar del otro. El modelo que propone la PNL para tal fin es el de las posiciones perceptuales.

POSICIONES PERCEPTUALES Podemos percibir la realidad por lo menos desde tres posiciones distintas. • La primera posición consiste en percibir las cosas desde mi propio punto de vista. • En la segunda posición, puedo percibir las cosas desde el punto de vista de otra persona. • En la tercera posición, puedo ponerme en el lugar de un observador neutral y percibir las cosas desde allí. Si relacionamos las posiciones perceptuales con los estados de la percepción (asociado-disociado), vemos que en la primera posición estoy asociado conmigo mismo y disociado del otro; en la segunda, estoy asociado con el otro y disociado de mí mismo; y en la tercera, estoy asociado con el observador y disociado de mí y del otro. Le sugiero que lo experimente por su cuenta. Piense en alguna relación que quiera sanar, una persona con la que experimente algún tipo de malestar, con la que tenga un vínculo difícil o que simplemente desee comprender o mejorar. Lo más probable es que al hacerlo, usted se encuentre en primera posición completamente asociado con usted mismo y disociado de la otra persona. Esta forma de ubicarse en la vida es la que, al mismo tiempo que le permite ser usted mismo (y tener su propio punto de vista, sus pensamientos y sentimientos), sostiene las diferencias y los conflictos que experimenta con los otros. Cuanto más rígidamente arraigado se encuentre en la primera posición, más complicado le resultará sanar sus relaciones. El objetivo del trabajo que le propongo a continuación consiste en facilitarle un pasaje por las tres posiciones perceptuales a fin de desarrollar una comprensión más integral y transformadora de sus vínculos. Disponga tres sillas colocadas en triángulo: dos enfrentadas (A) y (B) y una tercera (C) equidistante y más alejada. La silla (A) es la primera posición, la (B) es la segunda posición y la (C), la tercera. 1. Siéntese en la silla (A) y cierre los ojos. Imagine a la persona con la que quiere trabajar sentada en la silla (B). Véala sentada allí y registre qué es lo que siente usted mientras la observa. En su interior, exprese lo que siente y su propio punto de vista sobre la relación o situación conflictiva. Háblele como si la otra persona realmente estuviera allí y pudiera escucharlo. Complete la siguiente frase: “Si lo que siento se tradujera en una acción, lo que te haría es…”. Conéctese y permita que la emoción surja. Exprese lo que piensa y siente. 2. Cambie de lugar y siéntese en la silla (B). Desde la segunda posición, póngase en el lugar de la otra persona. Como si fuese un actor que va a asumir un personaje, permita que su cuerpo adopte la postura corporal de la otra persona. Desde este lugar, usted se va a ir convirtiendo en esa persona. Va a comenzar a ver las cosas desde el punto de vista de esa persona y va a sentirse como ella se siente. Experimente la realidad desde el lugar de esa persona y cuando hable comience a expresarse como si fuera ella. No actúe, no finja, “sea” esa persona y confíe en el material que surja de su inconsciente. Entréguese a la experiencia. Desde el lugar de (B), obsérvese a usted mismo sentado en (A) y registre lo que siendo (B) siente. En su interior, dígale a (A) lo que experimenta. Exprese su punto de vista sobre la relación o la situación conflictiva. “Si lo que siento se tradujera en una acción, lo que te haría es…”, complete la frase. 3. Salga de la segunda posición y diríjase a la silla (C). Desde el lugar del observador asuma una

posición objetiva. Dispóngase a comprender a (A) y a (B) desde una posición equidistante y externa al conflicto. Observe a (A) y comprenda su punto de vista. Explore el modelo del mundo de (A). Descubra desde qué lugar, desde qué mapa, desde qué antecedentes históricos, culturales, psicológicos o familiares (A) piensa lo que piensa y siente lo que siente. Luego, observe a (B) y comprenda su distinto punto de vista. Descubra desde qué lugar, desde qué mapa, desde qué antecedentes históricos, culturales, psicológicos o familiares (B) piensa lo que piensa y siente lo que siente. Finalmente reflexione y saque alguna conclusión. 4. Regrese a la silla (A) y asuma su primera posición. Registre qué cambia ahora al observar a (B) luego de haber descubierto lo que haya descubierto. Exprese qué necesitaría de (B) para mejorarenriquecer-transformar la relación. 5. Vaya al lugar de (B) y desde allí registre qué cambia en su percepción sobre (A) luego de haber descubierto lo que haya descubierto. Exprese qué necesitaría de (A) para mejorar la relación. 6. Ocupe el lugar de (C), y desde la posición de observador reflexione acerca del vínculo entre (A) y (B). 7. Repita la ronda pasando por las tres posiciones y continúe el diálogo entre (A) y (B) poniendo atención a qué necesitaría recibir uno del otro para mejorar la relación. Continúe hasta verificar desde la posición (A) que se haya producido algún cambio favorable. Fin del experimento. Para la mayoría de las personas, este ejercicio resulta muy sanador. Ponerse en el lugar del otro y experimentar lo que este siente desde su propio modelo del mundo resulta revelador. En general, pensamos en la otra persona desde nosotros mismos y no desde el lugar de ella. Cuando asumimos su posición, experimentamos “algo” que nunca podríamos percibir desde nuestro lugar. Nuestra conciencia se expande para dejar entrar al otro y comprenderlo desde su particular y distinto modelo del mundo. Este cambio de posición perceptual no sólo afecta nuestras cogniciones sino también nuestras emociones. No comprendemos intelectualmente al otro sino que también nos permitimos “ser” el otro y experimentar desde su lugar lo que él o ella experimenta. Entrar y salir sucesivamente de cada personaje nos va transformando, nos ayuda a salir del egocentrismo inicial para abarcar la relación desde una mirada más inclusiva y amorosa. Comprobamos vivencialmente cómo nuestra forma de comportarnos en la relación afecta a la otra persona y descubrimos, por ejemplo, que lo que muchas veces percibimos como sus “ataques” son las formas que el otro tiene de defenderse de lo que él o ella percibe como nuestros “ataques” (que no son en realidad ataques sino la forma en que nos defendemos de lo que percibimos como sus ataques…). A medida que vamos expresando nuestros sentimientos, puntos de vista y necesidades desde cada uno de los personajes, podemos ir tendiendo puentes de acercamiento facilitando áreas de contacto, acuerdo y comprensión. Tal vez descubra que no siempre es posible ni deseable resolver un conflicto. Muchas veces las distancias y aún las rupturas son inevitables en ciertos tipos de vínculos. Lo que este ejercicio facilita es lograr un grado considerable de comprensión y de aceptación de las diferencias. Incluso en los vínculos que no pueden “mejorarse”, la comprensión y aceptación de las diferencias implica un tipo de sanación.

EL “COMPRENDER” SANADOR No alcanza con leer y reflexionar sobre lo anterior. Aun cuando acuerde con mis palabras, no sabrá

verdaderamente a qué me refiero hasta que no lo experimente por su propia cuenta. Sé que practicar el ejercicio que propongo a algunas personas puede resultarle algo artificioso. Dialogar con una silla vacía no es el comportamiento que habitualmente tenemos. Pero nuestros comportamientos habituales a veces nos meten en problemas también habituales, y encontrar soluciones novedosas requiere practicar comportamientos novedosos. Entender y acordar no es lo mismo que experimentar. Entender a otras personas con nuestra cabeza no es lo mismo que experimentar “ser” las otras personas. Lo invito con amorosa insistencia a que experimente. Literalmente “póngase” en el lugar del otro. Hay vínculos que realmente son importantes para nosotros y que íntimamente sabemos que necesitan ser sanados. Poner el cuerpo (y la mente y las emociones) en los zapatos de la otra persona facilita llevar luz y sanación a ese vínculo preciado. Traspasar las fronteras del ego que nos separa, trascender la «otredad» que nos divide es alcanzar una verdadera comprensión del otro que, en el mejor de los casos, se manifestará en una profunda y genuina aceptación. Recuerde el significado del saludo Namasté que mencionamos anteriormente (“Honro la dimensión sagrada que habita en ti”). “Recordar”, del latín, re-cordis , literalmente significa “pasar por el corazón”. Si se dispone a sanar una relación, “recuerde” el Namasté. Experimentará de esta manera la dimensión más profunda y sanadora que subyace en la esencia misma de la comunicación.

CUARTA PARTE MAPAS PARA EL CUERPO

Usted puede ver a través de la ventana del cuerpo, de la ventana de la mente, de la ventana del comportamiento, de la ventana de los vínculos, de la ventana del espíritu. Todas las ventanas dan a la misma habitación. Ninguna de esas ventanas es más verdadera o importante que las otras. Todas ellas le permiten observar las distintas modalidades en que se manifiesta aquello que yo soy.

CAPÍTULO 18 CARTOGRAFIAR LO CORPORAL

EL LENGUAJE NOS CONDICIONA Los mapas sobre el cuerpo están trazados según antiguas cartografías. De ellas heredamos la lógica que estructura nuestro lenguaje y también nuestro pensamiento. Según esos mapas, el cuerpo es algo que tenemos y no algo que somos. Cuando pienso en mi cuerpo, es el yo (sujeto) el que piensa en mi cuerpo (objeto). Cuando digo: “Me duele la cabeza”, estoy diciendo que a mí (sujeto) me duele “eso” que llamo cabeza (objeto). La cabeza es una cosa que me duele a mí. Puedo apropiarme del cuerpo, pero el cuerpo seguirá siendo una cosa que me pertenece: mi cuerpo. ¿Cómo dice usted cuando le duele algo? ¿Cómo dice cuando algo le da placer? ¿No dice acaso “me duele el estómago” o “siento un calorcito agradable en el pecho”? Si a “usted” es a quien le duele el estómago, ¿entonces el estómago no es usted? ¿A quién se refiere, entonces, cuando habla de “usted”? ¿Qué es ese cuerpo disociado del yo que lo experimenta? ¿Qué es ese yo que experimenta, disociado del cuerpo que duele o que goza? Exploremos los supuestos en que se asienta el lenguaje que utilizamos para modelar nuestros mapas sobre el cuerpo. Cualquier evocación a la cultura judeocristiana, a la lógica aristotélica y a la filosofía cartesiana no será pura coincidencia: • Ese yo es una mente-sujeto que experimenta a un cuerpo-objeto. • El yo se ha identificado con la mente y se ha disociado del cuerpo. • El yo identificado con la mente es de naturaleza superior, elevada, ligada al espíritu. • El cuerpo en tanto materia, es de naturaleza inferior, una máquina, un mal necesario, sede de nuestros impulsos más bajos. • En el mejor de los casos, el cuerpo es apenas un envase imperfecto y transitorio para un alma perfecta y eterna hecha a imagen y semejanza de Dios. No es necesario que creamos en lo anterior de manera consciente —de hecho es probable que algunos de nosotros no estemos de acuerdo con las afirmaciones precedentes—; sin embargo, esas ideas subyacen a nuestro lenguaje y condicionan nuestros modelos del mundo. Aunque hablemos de la unidad que somos, aunque sostengamos una visión holística, el lenguaje y la lógica que estructuran nuestro pensamiento están plagados de divisiones. Es lo que se conoce como “conciencia dual” o “conciencia escindida”: la forma en que experimentamos la realidad en función de nuestro ego limitado. Algunas de esas divisiones a partir de la cual cartografiamos nuestra experiencia son: • Sujeto / objeto. • Mente / cuerpo. • Espíritu / materia.

• Superior / inferior. • Perfecto / imperfecto. • Eterno / transitorio. A través del lenguaje decimos: “Me duele el estómago”. A usted, a mí (al yo que experimenta, al sujeto de la experiencia), nos duele el estómago (la “cosa” devenida en objeto de la experiencia). Pero ¿cómo trascender las limitaciones del lenguaje? ¿Cómo hablar acerca de la dimensión corporal en la que se manifiesta nuestro ser sin distorsionarla con el lenguaje? No es nada sencillo. Es un desafío que es necesario explorar. Necesitamos una nueva cartografía. Porque lo cierto es que no se trata solamente de una cuestión de lenguaje. La manera en que cartografiamos nuestra experiencia de lo corporal condiciona la forma en que nos conectamos con la salud y la enfermedad, con el goce y el dolor, en fin, con el modo en que experimentamos y vivimos nuestra vida. Si mi estómago es una parte de la maquinaria que se ha descompuesto, alcanzará con llevarla al técnico especializado en reparar las máquinas —el médico—, y yo podré continuar mi vida como si nada. Si la hipertensión, el cáncer o cualquier otra enfermedad no son más que un desperfecto del cuerpo material, mi única responsabilidad consiste en llevar mi cuerpo —como quien lleva un electrodoméstico—, al servicio técnico correspondiente. Muchos creemos que las cosas no son así. Por intuición o por algún otro tipo de sabiduría (aunque no sepamos explicarlo desde un punto de vista racional), consideramos que nuestro cuerpo no es solamente un objeto; que cuando algo le pasa a nuestro cuerpo, “algo” nos está pasando también a nosotros. En el capítulo 5, dedicado a los estados internos, sostuvimos que la PNL considera que los pensamientos, las creencias, las imágenes mentales, las emociones y la fisiología forman un todo interrelacionado e interdependiente y que una modificación en uno de estos aspectos puede producir modificaciones en los demás. Planteamos que todos ellos son puertas de entrada que nos permiten acceder a la totalidad que somos. ¿Cómo es que sus glándulas salivales segregan saliva con sólo imaginar un limón? ¿Cómo una imagen mental puede modificar de esa manera al cuerpo físico? ¿Y si una imagen que usted visualiza puede afectar a sus glándulas salivales, no podrían afectarse otras glándulas o partes de su cuerpo con otras visualizaciones? Si como hemos visto, los pensamientos afectan a la fisiología, ¿podrían utilizarse estos procedimientos “mentales” (pensamientos, imágenes) para influir en la sanación de síntomas o enfermedades manifestadas en el cuerpo? Por supuesto que sí. Aunque los mecanismos operantes todavía no han sido lo suficientemente estudiados por la ciencia convencional, tanto la PNL como otros enfoques —el biofeedback, las visualizaciones terapéuticas incluidas en el método Simonton (1)— han desarrollado modelos que evidencian empíricamente que ciertas tecnologías psicológicas pueden ser empleadas para trabajar sobre la dimensión corporal con resultados muy esperanzadores. La psiconeuroendocrinoinmunología es una especialización de la medicina que se ha abocado a estudiar estas interacciones. No hace muchas décadas que los investigadores comenzaron a descubrir la forma específica en que los distintos sistemas se relacionan y afectan entre sí. Aunque la interfase que conecta a los sistemas materiales del cuerpo con aquel fenómeno que conocemos como “conciencia” siga siendo un absoluto misterio, se ha empezado a estudiar con seriedad cómo ciertas prácticas “psicológicas” —como visualizar o meditar— afectan parámetros corporales medibles, como la frecuencia cardíaca o la presión arterial.

Bienvenido sea el “nuevo” descubrimiento. Los científicos documentan lo que la sabiduría ancestral de la humanidad conoce desde hace milenios: la verdadera totalidad-unidad que somos más allá de las disociaciones que produce nuestro pensamiento y nuestro lenguaje.

EL CUERPO QUE SOMOS Considere por un momento que mi ser es una unidad. Imagine que esa unidad que yo soy es como una habitación que tiene muchas ventanas. Cuando usted mire por cada una de esas ventanas, verá cosas distintas, pero sabrá que, aunque vea cosas distintas, todas ellas son aspectos de la unidad que yo soy. Usted puede ver a través de la ventana del cuerpo, de la ventana de la mente, de la ventana del comportamiento, de la ventana de los vínculos, de la ventana del espíritu. Todas las ventanas dan a la misma habitación. Ninguna de esas ventanas es más verdadera o más importante que las otras. Todas ellas le permiten observar las distintas modalidades en que se manifiesta aquello que yo soy. Entonces, si mira por la ventana del cuerpo, usted verá cómo se manifiesta la unidad de mi ser en la dimensión corporal. Y si mira por la ventana de la mente, verá cómo se manifiesta la unidad que soy a través de mis pensamientos. Ninguna ventana le mostrará la totalidad de la habitación. Ninguna le brindará una descripción completa de mi ser. Entonces, ¿qué es lo que en realidad me sucede cuando digo “Me duele el estómago”? Depende de por cuál ventana desee usted mirar. Desde mi propia experiencia, le puedo contar que, cuando me duele el estómago, la totalidad que soy en un aquí y ahora se manifiesta: • en el plano corporal-fisiológico, como un conjunto de procesos físicos de los cuales tengo poca o ninguna conciencia; • en el plano corporal-consciente, como una sensación que experimento como “dolor”; • en el plano emocional, como una emoción que designo como “miedo”; • en el plano cognitivo, como un pensamiento que puedo enunciar como: “Lo que sucede en la oficina violenta mis convicciones”; • en el plano vincular, como una modalidad de relación: “Me siento amenazado, necesito alejarme”; • en el plano espiritual, como un sentido trascendente: “Este no es mi camino”. Cuando digo que “me duele el estómago”, estoy mirando por la ventana de lo corporal-consciente lo que en realidad sucede en la totalidad de mi ser. Es la unidad que soy la que vive una situación estresante y conflictiva en la oficina, la que experimenta miedo, la que siente dolor en el estómago, la que necesita alejarse porque se siente amenazada y la que intuye que ese no es su camino. Esta enunciación no se corresponde con una secuencia lineal de acontecimientos que ocurren uno después del otro, sino que es la expresión de una experiencia vital presente y completa en sí misma. Lo que se manifiesta en cada plano no es ni más ni menos verdadero que lo que se manifiesta en los otros, y todos ellos acontecen simultáneamente en el aquí y ahora de mi experiencia. Ninguno es más importante que el otro y ninguno es la causa del otro.

Pensar en las causas forma parte de la antigua cartografía, supone un proceso lineal y un análisis que escinde artificialmente una experiencia vital que es multidimensional y unitiva. Cuando consideramos las cosas de la manera que proponemos, nos acercamos a una verdadera visión holística y esta visión abre un abanico de opciones terapéuticas que antes permanecía cerrado. Lo que sucede en mi ser cuando me duele el estómago puede ser abordado no sólo por la ventana de lo corporal-fisiológico, sino también por la ventana de mis emociones, de mis pensamientos, de mi trama vincular o desde la dimensión trascendente. Además de “llevar mi cuerpo” al médico, puedo hacer muchas otras cosas. Elegir por cuál ventana abordaré el problema será luego cuestión de estrategia.

1 Creighton, J.; M attheus-Simonton, S.; Simonton, C. Recuperar la salud. Los libros del comienzo, 1998, M adrid.

CAPÍTULO 19 EL CUERPO QUE HABLA

EL CUERPO NO MIENTE Los psicólogos solemos coincidir con la idea de que el cuerpo expresa lo que nos pasa. “El cuerpo no miente” sostenemos cuando queremos decir que el cuerpo nos envía sus mensajes en bruto, eludiendo las barreras que impone nuestro psiquismo. Sin ocultamientos ni adornos ni distorsiones defensivas de ninguna clase. El cuerpo es directo, no tiene necesidad de ser prolijo ni correcto ni tiene buenos modales. Una primera aproximación consiste en considerar a los síntomas como una señal de alarma. A través de esa señal, el ser que somos nos avisa con nuestro cuerpo que algo no está bien. Eliminar el síntoma como única medida terapéutica es tan poco inteligente como apagar una alarma que anuncia un incendio: el síntoma desaparece, pero el incendio avanza y puede destruirlo todo. Considerar a los síntomas corporales como una señal de alarma que da cuenta de un malestar que acontece a la totalidad que somos es un gran paso si lo comparamos con el modelo que los considera tan sólo como un desperfecto de la maquinaria que es necesario reparar. Pero los síntomas son mucho más que una señal de alarma. Cuando el cuerpo enferma, sus síntomas expresan un sentido; y dicho sentido, contiene los elementos que necesitamos revelar para sanarnos. Más todavía, la enfermedad misma puede ser comprendida como un intento fallido del ser que busca sanarse a sí mismo. Si el cuerpo molesta, algo en nuestro ser molesta. Si el cuerpo duele, algo de nuestro ser duele. Dolemos a través de nuestro cuerpo. Con sus síntomas, el cuerpo reclama la atención de alguna de las dimensiones del ser. Tal vez necesitemos trabajar sobre el cuerpo físico mismo, tal vez nos esté llamando a revisar nuestras emociones, quizá demande modificar nuestros pensamientos o creencias, o debamos explorar nuestros vínculos o replantearnos alguna cuestión ligada a lo trascendente. Con su rotunda inmediatez, el cuerpo necesita decirnos algo. Dispongámonos entonces a escucharlo.

CAPÍTULO 20 REENCUADRE

UN MODELO DE PNL El “Reencuadre en seis pasos” es uno de los modelos centrales de la PNL. Si bien nos permite trabajar sobre cualquier aspecto o comportamiento que queramos cambiar y que se resista a nuestros intentos conscientes de hacerlo; es un recurso especialmente indicado para explorar y sanar síntomas que se manifiestan en el cuerpo. El reencuadre se centra en descubrir la intención positiva del síntoma a partir de entrar en contacto con el inconsciente. Recuerde que según el modelo de la PNL, el síntoma —aún con lo negativo que pueda ser en sí mismo— es considerado como la mejor respuesta disponible dentro de un modelo del mundo limitado, y cumple con una finalidad que es ecológica a la totalidad del sistema. Lo invito a explorarlo. Le propongo que se siente de manera cómoda y que cierre los ojos. Piense en algún síntoma corporal con el que desee trabajar. Paso 1. Identifique el síntoma que desee cambiar. Tome contacto con el aspecto interior que produce ese síntoma. Permita que ese aspecto aparezca y se presente de alguna manera. Puede aparecer como una sensación o como una imagen. También puede ser que aparezca como una voz interior. Recuerde que no es con el síntoma con quien le pido que se contacte sino con la parte interna que lo produce. Paso 2. Pregúntele a ese aspecto interno si está dispuesto a contactarse con usted. Hágalo en silencio, como si dialogara con su interior. Puede ser que le conteste directamente “sí” o “no”, o que le envíe alguna señal sutil en el cuerpo (una puntada, un cosquilleo, un cambio de temperatura), o un cambio de imagen (se hace más nítida o más grande, o se esfuma). Si le envía una señal, pídale por favor que la intensifique para estar seguro de que quiere decir “sí”, o que la suavice si es “no”. De esta manera, habrá establecido un código para comunicarse con su inconsciente. Se dará cuenta de que muchas veces es imposible reproducir esas señales a voluntad, lo cual prueba que esa señal la envía una parte suya que usted no controla conscientemente. Si la respuesta es afirmativa, puede seguir avanzando. Si es negativa, asegúrele a ese aspecto que no va a forzar ningún cambio. Que usted ya sabe que ese aspecto debe tener alguna intención positiva para generar ese síntoma y que usted respeta esa intención positiva (aunque no esté conforme con el síntoma). Paso 3. Pregúntele a ese aspecto para qué produce el síntoma y cuál es la intención que tiene. Espere la respuesta. Esto es: no la piense. Relájese, ábrase a su experiencia y espere una respuesta sin preconceptos, tal vez se sorprenda por la información que reciba. Vuelva a preguntar: “¿Para qué lo hace? ¿Con qué intención?” tantas veces como sea necesario hasta que aparezca con claridad la intención positiva. Agradézcale a ese aspecto por la intención positiva. Usted no acuerda con el síntoma, pero sí con la

intención positiva que tiene. Despídase por un momento de ese aspecto y busque contactarse con otra parte suya. Busque a su aspecto creativo —esa parte llena de recursos, que tiene una inteligencia creativa, que puede crear opciones—, o bien a su aspecto sabio, o a su aspecto sanador. Paso 4. Identifique su parte creativa, sabia o sanadora. Permita que aparezca, que se muestre de alguna manera para que usted sepa que está allí. Este aspecto puede manifestarse como una imagen (represéntela de la manera más completa posible), una sensación (describa en detalle cómo se expresa en su cuerpo) o una voz (ubíquela en el espacio, aprecie sus cualidades). Pídale a su parte creativa, sabia o sanadora que genere al menos tres comportamientos alternativos a su síntoma, pero que le permitan satisfacer la intención positiva por lo menos tan bien como hasta ahora lo hacía el síntoma. Reciba las opciones ofrecidas, agradezca y despídase. Paso 5. Vuelva a contactarse con la parte suya que produce el síntoma y pregúntele si estaría dispuesta a cambiar el síntoma por alguna de las posibles alternativas. Dialogue con ella, fíjese qué necesitaría para aceptar, intercambie opciones, pregúntele si requeriría un tiempo de prueba con los nuevos comportamientos, busque llegar a un acuerdo. Comprométase a poner en práctica las nuevas opciones. Agradézcale. Paso 6. Realice un chequeo ecológico. Pregúntese en su interior si hay algún otro aspecto que se oponga al acuerdo logrado. Espere la respuesta, esta puede aparecer como una sensación, una imagen o una voz interior. Asegúrese de comprender la respuesta obtenida. Si es una sensación o una imagen y no está seguro de su significado, pídale a su inconsciente que la intensifique para decir “sí”, o que la disminuya para decir “no”. Si no hay oposición, el trabajo está terminado. Si alguna parte se opone, dialogue con ella. Pregúntele qué necesitaría para acordar, establezca su intención positiva. Propóngase llegar a un acuerdo. Si lo logra, muy bien. Si no lo logra, también está muy bien: habrá obtenido una rica información acerca de usted mismo con la que seguir trabajando luego. Agradézcase por el trabajo realizado. Quédese unos minutos en silencio consigo mismo. Registre lo que siente.

UN EJEMPLO DE REENCUADRE A veces es difícil imaginar cómo se desarrolla un proceso solamente a partir de las instrucciones. Por eso le ofrezco un ejemplo de mi experiencia que tal vez le sirva como modelo. Va a observar que a veces hago cosas un poco raras: hablo con un punto en mi cabeza, le agradezco, le pido “por favor”, dialogo con aspectos internos como si estos tuvieran una existencia real e independiente de mí mismo. En otro contexto, el relato que sigue a continuación podría parecer muy loco. A esta altura es probable que lo considere de manera diferente. Más allá del ejemplo que compartiré, lo invito a animarse y a probar con el reencuadre en usted mismo. Saque sus conclusiones a partir de su propia experiencia. Paso 1 Me propongo trabajar con un dolor de cabeza que aparece súbitamente dos o tres veces por día durante la última semana. En general lo noto cuando estoy en el consultorio trabajando, o en la mañana cuando estoy viajando a la universidad donde doy clases. La molestia —una fuerte presión, como si dos manos me apretaran la cabeza a la altura de las sienes— dura algunos

minutos, y luego desaparece. Cuando me dispongo a hacer el reencuadre y pienso en el dolor de cabeza, surge una sensación atenuada, la misma molestia pero mucho más leve. Busco conectarme con la parte de mi ser que fabrica ese dolor de cabeza: veo la imagen de un punto rojo e incandescente en el centro de mi cabeza que titila o late. Con cada latido, el punto se expande un poco y luego se retrae. Paso 2 Le pregunto si está dispuesto a comunicarse conmigo de manera tal que yo pueda comprenderlo un poco mejor. El punto rojo se hace más grande y la presión en mi cabeza se intensifica. Como no se qué quiere decir esa señal, me propongo establecer un código que me permita comunicarme con mi inconsciente: le pido a ese punto que, si su respuesta es que “sí” está dispuesto a comunicarse conmigo, intensifique la sensación de presión (no le pido al punto que agrande su imagen porque yo ya sé que puedo modificar imágenes a voluntad, pero no podría intensificar conscientemente la sensación). La sensación se intensifica, lo interpreto como un “sí”. Paso 3 Le agradezco su disposición a comunicarse conmigo y le pregunto cuál es la intención que tiene para estar ahí. —Para que te duela la cabeza —me contesta. —Muy bien, pero ¿para que me duela la cabeza con qué intención? —Con la intención de que te duela mucho… —¿Qué buscás haciendo que la cabeza me duela mucho? —insisto. —Busco que pares. —¿Cómo que pare? —Sí, que pares. Que no trabajes tanto. No te estás cuidando. Dormís poco, comés mal, estás poco tiempo con tu hija. ¡Quiero que pares! —¿Querés que pare para qué? —Así no sirve, correr tanto no sirve. Cuidate mejor. Había descubierto la intención positiva de mi dolor de cabeza. Por supuesto que no estoy de acuerdo con que me duela la cabeza, pero debo reconocer que estoy trabajando mucho, que como mal, que duermo poco y que no comparto con mi hija el tiempo que me gustaría. Pienso que en verdad podría cuidarme un poco mejor, y comprendo que una parte mía me lo esté reclamando de esa manera. Me doy cuenta de que el dolor de cabeza es un medio por el cual una parte de mí me quiere obligar a parar. Y también comprendo que parar no es un fin en sí mismo sino que es un medio que me permitiría cuidarme mejor. La verdadera intención positiva de mi dolor de cabeza es cuidarme a mí mismo. Le agradezco a mi parte inconsciente por esa intención positiva, y me despido de ella por un rato. Paso 4 Busco adentro mío a mi aspecto creativo. Rápidamente aparece la imagen de una cascada, un manantial de agua que se vierte en un pequeño lago rodeado de una rica vegetación. Al mismo tiempo aparece un sonido, escucho una voz interna que susurra: “algo que fluye, que fluye, que fluye…”, el sonido repetido y circular de las tres consonantes recuerda al sonido del agua. —Por favor, parte creativa, ¿podrías sugerirme al menos tres formas distintas en que yo pueda darme cuenta de que necesito cuidarme, y que no sean el dolor de cabeza? Espero… sólo escucho el fluir del agua del manantial. De pronto una voz cantarina dice: —Podrías retomar el gimnasio. Pausa. —Podrías ordenar tu agenda para que te queden dos horas al mediodía para almorzar tranquilo. Pausa. —Podrías llevar a tu hija a jugar a la plaza una vez por semana —y continúa—, podrías ser más consciente de tus valores y prioridades en la vida, ¿quién te dijo que tenías que trabajar tanto? —¿Algo más? —le pregunto, ya tenía cuatro alternativas. —Sí, algo más: podrías aprender a decir más veces que «no» cuando te piden determinadas cosas, sesiones, cursos. En ese momento recuerdo algo que Lidia Muradep, mi maestra de PNL, había dicho años antes: “En la vida hay que decir tantas veces que ‘sí’ como que ‘no’. Hay que equilibrar. Muchas personas dicen más veces que sí. Otros dicen más veces que no”. Me doy cuenta de que yo estoy diciendo pocas veces “no” cuando me piden cosas. Este es un descubrimiento del que quiero tomar nota. Le agradezco a mi parte creativa y regreso con la otra. Veo el punto rojo que titila. Paso 5 —¿Escuchaste las propuestas de la parte creativa? —le pregunto. El punto rojo se agranda y vuelve a aparecer la leve presión en la cabeza. —¿Alguna de esas cinco propuestas servirían para cumplir con tu intención positiva de cuidarme, al menos tan bien como el dolor de cabeza? Otra vez se intensifica la presión. —¿El gimnasio? Nada. —¿Ordenar la agenda? Se intensifica la sensación.

—¿Llevar a mi hija a la plaza? Otra vez la sensación de presión. —¿Recordar mis prioridades? —Sí. —¿Decir más veces que “no”? —Sí. —Si me comprometo a llevar a la práctica todas estas cosas, ¿estarías dispuesto a dejar el dolor de cabeza? Esta vez no hay ninguna sensación, pero el punto rojo se infla, se expande, y poco a poco comienza a esfumarse hasta desaparecer. Le agradezco. Me siento relajado y en paz. Íntimamente sé que la última opción, la de aprender a decir más veces que “no”, es especialmente importante para mí en este momento. Paso 6 Así, relajado y tranquilo, pregunto en mi interior si hay alguna parte que se oponga a lo acordado, si alguna otra parte tiene algo para objetar. Espero un momento. La sensación de paz se va intensificando. De hecho, me siento mejor que al comienzo del trabajo. Doy por terminado el ejercicio.

CAPÍTULO 21 DIÁLOGOS CON EL CUERPO

EL REENCUADRE PARA DAR VOZ El reencuadre es una forma de dialogar con el cuerpo. Una manera de darle voz a una dimensión del ser que normalmente no se expresa con palabras que podamos comprender desde nuestra conciencia, sino que lo hace en su particular lenguaje. El cuerpo habla el idioma del inconsciente, se manifiesta a través de sensaciones o de síntomas. También puede hacerlo mediante imágenes, sonidos o metáforas, si creamos el contexto adecuado. Los trabajos interiores como el reencuadre constituyen un contexto adecuado. Otro consiste en desplegar el diálogo en el espacio físico permitiendo que el cuerpo se materialice en un personaje con el que podamos interactuar. Un contexto adecuado es un espacio respetuoso e íntimo, abierto a la exploración interior, sin juicios preconcebidos acerca de lo que “tiene” o “no tiene” que suceder. Un espacio de autocuidado que requiere que nos tratemos con delicadeza y que nos tomemos profundamente en serio. Aun teniendo presente que el cuerpo no es una cosa que yo tengo ni un personaje que pueda externalizar —sino la forma en que se manifiesta en el plano material la totalidad que soy—, la instrumentación terapéutica de estas técnicas facilitará prestarle voz a fin de que se exprese de una manera en que con honesta sinceridad lo podamos escuchar e integrar.

LAS POSICIONES PERCEPTUALES Y EL CUERPO De una forma similar a la que implementamos el trabajo con las posiciones perceptuales para sanar vínculos, podemos trabajar con la primera, segunda y tercera posición de la percepción para sanar nuestra relación con el cuerpo o con un órgano en particular. En primer lugar, desplegaremos en el espacio físico la disociación entre el yo-sujeto / cuerpo-objeto, que se expresa en el lenguaje convencional como: “Me duele la cabeza”. Luego trascenderemos esa disociación, experimentando al propio cuerpo como sujeto y no como objeto de la experiencia. Permitir que el cuerpo hable en primera persona resulta de lo más revelador y facilita una integración profunda con la dimensión corporal de nuestro ser. Le propongo experimentarlo. Disponga tres sillas colocadas en triángulo: dos enfrentadas (A) y (B) y una tercera (C) equidistante y más alejada. La silla (A) es la primera posición, la (B) es la segunda posición y la (C), la tercera. 1. Siéntese en la silla (A) y cierre los ojos. Imagine a su cuerpo o al órgano con el que le interese dialogar sentado en la silla (B). Véalo sentado allí y registre qué es lo que siente usted mientras lo observa. Exprese lo que siente. Háblele como si su cuerpo realmente estuviera allí y pudiera escucharlo. Complete la siguiente frase: “Si lo que siento se tradujera en una acción, lo que te haría es…”. Conéctese y permita que la emoción surja. Exprese lo que piensa y siente. 2. Cambie de lugar y siéntese en la silla (B). Desde la segunda posición póngase en el lugar de su cuerpo o del órgano. Como si fuese un actor que va a asumir un personaje, conviértase en su cuerpo o

en el órgano. Va a comenzar a ver las cosas desde el punto de vista de su cuerpo y va a sentirse como él se siente. Experimente la realidad desde este lugar y, cuando hable, préstele voz a su cuerpo para que se exprese con palabras. No actúe, no finja, “sea” su cuerpo y confíe en lo que surja. Entréguese a la experiencia. Desde el lugar de su cuerpo, obsérvese a usted mismo sentado en (A) y registre lo que siente. Dígale a (A) lo que experimenta. “Si lo que siento se tradujera en una acción, lo que te haría es…”, complete la frase. 3. Salga de la segunda posición y diríjase a la silla (C). Desde el lugar del observador, asuma una posición objetiva. Dispóngase a comprender a (A) y a su cuerpo desde una posición equidistante y externa. Finalmente, reflexione y saque alguna conclusión. 4. Regrese a la silla (A) y asuma su primera posición. Registre qué cambia ahora al observar a su cuerpo luego de haber descubierto lo que haya descubierto. Exprese qué es lo que necesitaría de él. 5. Vaya al lugar de su cuerpo y desde allí registre qué cambia en su percepción sobre (A) luego de haber descubierto lo que haya descubierto. Exprese lo que necesitaría recibir por parte de (A). 6. Ocupe el lugar de (C), y desde la posición de observador reflexione acerca del vínculo entre (A) y (B). 7. Repita la ronda pasando por las tres posiciones y continúe el diálogo entre (A) y (B) poniendo atención a qué necesitaría recibir uno del otro para mejorar la relación. Continúe hasta verificar desde la posición (A) que se haya producido algún cambio favorable. 8. Si considera que puede dar un paso más que facilite la integración, lo invito a que se pare en algún lugar ubicado en el centro del triángulo, en una posición equidistante de (A), (B) y (C). Con los ojos cerrados, imagine que usted es, al mismo tiempo, estos tres personajes. Intégrelos en usted mismo y percíbase como la totalidad que los contiene, los integra y los abraza amorosamente. Fin del experimento.

UN EJEMPLO DE UN DIÁLOGO CON EL CUERPO Alrededor de mis treinta años, padecí una dolorosísima lumbalgia que me acompañó por largo tiempo. El diagnóstico médico fue un principio de hernia de disco presumiblemente debido a una pequeña malformación, una hemisacralización congénita que se observaba en imágenes en la quinta vértebra lumbar. El tratamiento propuesto a lo largo de los distintos episodios agudos consistió en inmovilización con un corsé, medicación analgésica y antiinflamatoria —a veces con infiltraciones—, aplicación de calor (según un médico) y de frío (según otro), y una posible intervención quirúrgica si la condición empeoraba. Con excepción de la cirugía, seguí todas las indicaciones, a las que sumé, entre otras, sesiones de quiropraxia, acupuntura, homeopatía y psicoterapia. En medio de este escenario —dolorido, desanimado y frustrado por los pobres resultados obtenidos con ayudas externas—, decidí realizar un diálogo con mi propio cuerpo. Paso 1 Imaginé a mi cintura adolorida frente a mí, y cuando quise visualizarla me sorprendí por la imagen que apareció: una gigantesca serpiente de afilados colmillos a punto de clavarse en mi zona lumbar. Expresé mi bronca hacia la serpiente y la culpé por mis dolores y por los trastornos que producía en mi vida, en particular por la enorme cantidad de sesiones que había tenido que suspender en mi consultorio y por las otras actividades que mi dolor me impedía realizar. Paso 2 Cuando cambié a la segunda posición y quise personificar a mi adolorida cintura, comprobé que la cintura y la serpiente se habían fundido en un mismo ser: mi cintura y la serpiente eran un mismo y único personaje. Experimenté una sensación de

enorme poder. La cintura-serpiente-poderosa ubicada en (B), veía al Gabriel ubicado en (A) como a un ego exigente, controlador y arbitrario que debía combatir. Por momentos, veía a Gabriel como a una pobre víctima aquejada de dolores; y por otros, como a un cruel victimario que intentaba guiar mi vida de una manera insensible y arbitraria, forzándome por caminos que me producían temor. Cuando lo veía como víctima, aumentaban mis deseos de serpiente de infringirle mayor dolor encarnizándome sobre él. Cuando lo veía como victimario, necesitaba defenderme desesperadamente con todas mis fuerzas. Paso 3 Desde el lugar de observador pude ver cómo la serpiente, a través de los dolores de espalda, buscaba defenderse de un Gabriel controlador que se forzaba a realizar actividades que lo atemorizaban. Frente a un Gabriel insensible a sus temores, la serpiente evitaba esas situaciones inmovilizándolo en la cama. Paso 4 Al regresar al lugar de Gabriel, comprendí la intención positiva de la serpiente. Acepté que había situaciones que me atemorizaban, pero yo creía estar preparado para enfrentarlas y le exigí que me permitiese hacerlo, retirándose y dejando de producir el dolor. Paso 5 Nuevamente como serpiente, acepté el reconocimiento de Gabriel, pero sentí que no podía irme de allí. Había algo que Gabriel todavía no veía y yo, como serpiente, tampoco. Me daba cuenta de que estaba protegiendo algo aunque no sabía qué. En ese momento, mi serpiente comenzó a disolverse y en su lugar fui asumiendo el dolor de cintura. Experimenté el dolor como algo duro y caliente por fuera que escondía algo más blando en su interior… como un caparazón que estaba protegiendo algo muy sensible y delicado. (En una experiencia posterior descubrí que aquello sensible y delicado que protegía era mi médula espinal). Paso 6 Como observador reconocí ese aspecto sensible y delicado de Gabriel y pude ver que él no se hacía mucho cargo. Estaba en una etapa de su vida muy expansiva tanto en lo laboral como en lo personal y avanzaba como una locomotora…, a veces en marcha forzada. Sólo se detenía cuando el dolor lo paralizaba. Me di cuenta de que esa forma de avanzar no era buena para él, y de que esa forma de detenerse forzado por el dolor, tampoco. Paso 7 Como Gabriel, me sentí confundido y conmovido al mismo tiempo. Corporalmente, me relajé y descubrí que ya no experimentaba enojo. Miré a mi espalda con otros ojos. Sentí que era cierto todo lo que estaban expresando la serpiente y el observador. El diálogo siguió por el sendero de tratar de percibir cuál era ese aspecto delicado y sensible que no estaba registrando y de qué manera más ecológica podría cuidarlo. Cambié de posiciones varias veces continuando ese diálogo. La serpiente-espalda también se ablandó y me hizo saber que si yo podía contemplar ese aspecto y cuidarlo de una buena manera, no iba a ser necesario que siguiera clavándome sus colmillos. Paso 8 Me paré en medio de los personajes con los ojos cerrados. Me sentí tranquilo y con una sensación de paz y reconciliación interior. Seguía conmovido y percibía una cierta fragilidad: mi descubrimiento mismo era sensible y delicado, y debía tratarlo con mucho cuidado. No sabía cómo. Intuí que mi descubrimiento era de vital importancia y que debía seguir trabajando sobre ello. Todavía era un asunto no resuelto, pero estaban dadas las condiciones para hacerlo. Parado allí era un Gabriel distinto al de la primera posición ubicado en (A). Extendí un brazo y en mi imaginación abracé a Gabriel. Extendí el otro y abracé a mi espalda-serpiente. Giré sobre mí mismo e incorporé al sabio observador. Llevé los brazos cruzados y con las manos me tomé de los hombros en un abrazo profundo y prolongado…

Los dolores de espalda siguieron por algún tiempo. Cuando eso que somos como totalidad llega a manifestarse en la dimensión corporal y la materialidad de nuestro cuerpo se ve comprometida, no siempre alcanza con este tipo de trabajos para resolver el síntoma. El cuerpo material tiene sus propios tiempos para recuperarse de las dolencias más allá de lo profundos y reveladores que puedan ser nuestros descubrimientos. El trabajo que acabo de compartir fue enormemente sanador para mi ser más allá de que los dolores continuaron un tiempo más. Hoy le puedo contar que ya han pasado más de diez años desde aquel momento y los dolores no han regresado. La hemisacralización congénita de mi quinta vértebra lumbar presumiblemente sigue allí. Pero “algo” en mi ser se ha transformado.

CAPÍTULO 22 SUBMODALIDADES

REPRESENTACIONES SUTILES Las experiencias, como ya hemos compartido, son constituidas en nuestra mente a partir de los sistemas representacionales: visual, auditivo y kinestésico. Lo que vivimos cobra forma en nuestro interior a través de imágenes, sonidos o sensaciones corporales. Los síntomas o enfermedades manifestadas en el cuerpo también son experiencias que se representan en la mente a partir de los sistemas representacionales. Si la mente y el cuerpo son dos de las dimensiones en las que se expresa la totalidad que somos — diferentes puertas o ventanas de acceso a nuestro ser unitivo, no dual—, nos queda por explorar de qué forma, ingresando por la ventana de la mente, podemos afectar nuestra corporalidad en beneficio de nuestra salud.

LAS SUBMODALIDADES DE LA PERCEPCIÓN Las submodalidades son distinciones sutiles que podemos realizar dentro de cada modalidad perceptual. Explorémoslo juntos. Le voy a proponer que tome contacto con una imagen, un sonido y una sensación, y que responda algunas preguntas. 1. Imagine visualmente un momento placentero que haya vivido recientemente. • ¿Lo está viendo de manera asociada (desde adentro) o disociada (desde fuera)? • ¿Lo está viendo como una foto fija o como una película en movimiento? • ¿La imagen es en blanco y negro o en color? ¿Tal vez en sepia? ¿Qué colores predominan? • ¿Cuál es el tamaño de la imagen? ¿Normal, más grande, pequeña? • ¿Cómo es la iluminación? ¿Tiene mucha luz, está poco iluminada? • ¿Cómo es el brillo o contraste? ¿Es nítida, borrosa, tiene mucho o poco brillo? • ¿En qué lugar del espacio está viendo la imagen? Sin pensarlo, con una mano señale el lugar donde ve la imagen. • ¿La imagen está enfocada de cerca o de lejos? ¿Cuál es el ángulo de enfoque? ¿Está enfocada a la altura de sus ojos, desde arriba, desde abajo? Las respuestas a estas preguntas le brindarán información acerca de las distintas submodalidades visuales: • Asociado-disociado. • Foto-película. • Tamaño. • Color. • Iluminación. • Brillo. • Ubicación en el espacio. • Enfoque. 2. Recuerde un comentario agradable que alguien le haya hecho últimamente. Escúchelo en su

interior. •¿Cuál es el volumen de la voz? ¿Alto, bajo, mediano? ¿Es un grito, un susurro? •¿Cuál es el tono? ¿Agudo, grave? •¿Cuál es el timbre? ¿Metálico, suave, cálido, frío, chillido, melodioso? •¿Cuál es el tempo, el ritmo? ¿Lento, veloz? ¿Cuál es el cantito, la tonada, el acento? •¿De dónde le viene la voz? ¿Cuál es el origen de emisión de la voz? ¿Surge de su interior, es externo? ¿Viene de su derecha, de su izquierda, de arriba, de abajo, de enfrente? Las respuestas a estas preguntas le brindarán información acerca de las distintas submodalidades auditivas: • Volumen. • Tono. • Timbre. • Ritmo. • Origen de la emisión. 3. Reviva una sensación placentera que haya experimentado en los últimos días. •¿En qué parte de su cuerpo la siente? •¿La sensación está quieta o se mueve? •¿Cuál es su peso? ¿Es liviana, pesada, intensa, suave? •¿Tiene temperatura? ¿Es cálida, fría? •¿Tiene textura? ¿Es suave, lisa, rugosa, ondulada, dura, blanda? ¿Es como la madera, como el metal, como una tela, como algodón? Las respuestas a estas preguntas le brindarán información acerca de las submodalidades kinestésicas: • Ubicación. • Movimiento. • Peso. • Temperatura. • Textura. Es probable que algunas submodalidades le hayan resultado más sencillas de detectar que otras. Tal vez en su sistema representacional dominante haya identificado mayor número de submodalidades que en los otros sistemas. De todos modos, habrá comprobado que, al representar una experiencia en cada una de las tres modalidades principales, aparecen distinciones más específicas propias de cada sistema representacional.

EXPLORAR LAS SUBMODALIDADES Dos personas pueden tener el mismo sistema representacional dominante y codificar su experiencia con submodalidades distintas. Por ejemplo, dos visuales pueden hacer una imagen mental de una manzana, y uno verla grande, iluminada y brillante, mientras que el otro la ve pequeña, oscura y opaca. Podríamos preguntarle al primero si le agradan las manzanas, y si su respuesta fuese afirmativa, podríamos pedirle que piense en otro alimento que también le agrade y detectar las submodalidades con las que se lo representa en su interior. Si cuando piensa en el nuevo alimento, sus submodalidades también fueran “grande, iluminada y brillante”, habremos detectado un interesante patrón. Con un margen importante de seguridad, podríamos predecir que si pensara en un alimento desagradable, lo codificaría con submodalidades distintas (por ejemplo, pequeño, alejado y opaco). Así tendríamos tres submodalidades claves para los alimentos que le agradan, y otras tres para los que le

desagradan. Si esta persona, por motivos de salud, debiera hacer una dieta sobre la base de pescados y tuviera dificultades porque los pescados le resultan muy desagradables, podríamos sugerirle que piense en el pescado imaginándolo “grande, iluminado y brillante” y de esta manera comenzaría a percibirlo de una forma más atractiva. Este recuso, que en PNL se llama “Traslado de submodalidades”, es un ejemplo de las variadas maneras en que podemos darle usos interesantes y creativos a estas nuevas distinciones. Lo invito a que explore y juegue un poco con estas herramientas. Piense en cosas que le agradan y, luego, en cosas que le desagradan, y detecte sus submodalidades. Intente obtener patrones, e investigue qué cosas podría hacer con ellos. Le ofrezco algunos ejemplos. 1. Una mujer se sentía poco motivada para ir al gimnasio. Le pedí que pensara en el gimnasio y detecté sus submodalidades. Luego le pedí que pensara en otras actividades para las que sí se sintiera motivada y detecté las submodalidades correspondientes. De esta manera, obtuve un patrón de submodalidades clave para la motivación (imagen muy iluminada, ubicada frente a ella, en movimiento, acompañada de una música alegre). Luego le propuse que pensara en el gimnasio incorporando estas nuevas submodalidades. Automáticamente, cambió su percepción y comenzó a pensar en el gimnasio como un lugar más atractivo, experimentando un aumento en su motivación. 2. Un joven obeso tenía dificultades con su dieta porque no “tragaba” los vegetales. Detecté las submodalidades de los alimentos que no “tragaba”, luego los que le resultaban apetecibles, y así obtuve un patrón. Le pedí que imaginara a los vegetales representándoselos según las submodalidades “apetecibles”. Le sugerí que durante una semana, tres veces por día, se tomara un momento para pensar en los vegetales según las nuevas submodalidades. Un mes después me contó que “inexplicablemente” sus gustos estaban cambiando y que ahora podía comer vegetales sin dificultad. 3. Un hombre mayor me consultó por una notoria disminución de su deseo sexual hacia su esposa. Lo cierto era que la amaba profundamente y quería “verla como la veía antes” para poder reconectarse con su deseo. “Ahora no la veo atractiva”, dijo literalmente. “Antes, sí”. Exploramos las submodalidades con las que “veía ahora” a su mujer, y las comparamos con las que la “veía antes”. Detectamos las diferencias claves. Le propuse que, varias veces por día, pensara en ella utilizando las submodalidades correspondientes a cómo la “veía antes”. Este recurso lo ayudó a intensificar su deseo sexual. Tiempo después, compartió conmigo que había conversado con su mujer acerca de este recurso y dijo: “Ahora ambos jugamos en la fantasía con imágenes atractivas de nosotros mismos. Muchas veces, antes de hacer el amor, recordamos los buenos viejos tiempos, y eso nos excita mucho”.

Estos ejemplos de traslados de submodalidades no bastan para producir transformaciones sanadoras profundas. Sin duda, la mujer del gimnasio, el joven obeso y el hombre con disminución del deseo necesitaban trabajar también sobre otros aspectos tal vez más relevantes. Pero en mi experiencia, he aprendido a no desvalorizar la importancia de ciertos trucos o recursos técnicos que utilizados en el momento oportuno pueden resultar de gran ayuda.

EL CUERPO POR LA VENTANA DE LA MENTE Otra estrategia es el “cambio de submodalidades”, especialmente útil para modificar de forma rápida sensaciones de malestar y ciertos síntomas manifestados en el cuerpo. El fundamento de este procedimiento consiste en acceder al cuerpo por la ventana de la mente, y desde allí, realizar ciertas modificaciones específicas que se traducirán instantáneamente en el plano corporal. Cuando experimentamos un dolor en alguna zona del cuerpo, también lo representamos de alguna manera en la mente. Así es como ese dolor aparece en la conciencia, entonces podemos pensarlo, describirlo y comunicarlo a través de los sistemas representacionales con sus respectivas submodalidades. La estrategia de “Cambio de submodalidades” es sencilla: en primer lugar, describiremos sensorialmente al dolor con la mayor cantidad de detalles posible; luego, introduciremos cambios en las submodalidades clave a fin de que el dolor se transforme.

El siguiente diálogo ilustrará el proceso. —Me duele el estómago. —¿Cómo experimentás ese dolor? —Es como un nudo que me aprieta el estómago. —¿El nudo está quieto o tiene algún movimiento? —Está quieto. —¿Tiene temperatura? —Sí, esta muy frío. —¿El nudo es duro, blando…? —Es duro. Como congelado. —¿Duro como qué? ¿De qué material está hecho? —Es como un nudo de acero.

Hasta aquí hemos facilitado la descripción sensorial del dolor de estómago a fin de obtener algunas submodalidades kinestésicas: “nudo que aprieta”, “duro”, “acero”, “congelado”, “frío”, “quieto”. En el siguiente paso, sugeriremos ciertos cambios en las submodalidades y observaremos qué sucede. —Si el nudo fuese de un material más blando en lugar de acero, ¿eso mejoraría o empeoraría el dolor? —Lo mejoraría. —¿Podés imaginar cómo el nudo se va transformando de acero a un material más blando? —No, me resulta muy difícil. Está muy duro. —¿Qué podría ayudar a ablandar ese nudo? —No lo sé… tal vez si se calentara un poco, se ablandaría. —¿Cómo podrías calentar ese nudo? —No sé. —¿Imaginar un líquido caliente ayudaría? —No. —¿Aire caliente? —Aire sí. Puedo respirar más profundamente y llevar aire caliente. —Eso es. Hacelo. (Pausa). ¿El aire caliente lo ablanda? —Sí, se ablanda. —Mientras se va ablandando, ¿podés imaginar cómo el nudo se afloja? —Sí, se va aflojando... el aire caliente llega con más profundidad, puedo respirar mejor. —¿A medida que el nudo se va aflojando y podés respirar mejor, sentís cómo el nudo adquiere cierto movimiento acompañando a la respiración? —Sí, se mueve y se va aflojando… —Eso es. Dejá que el nudo se vaya aflojando… y aflojando… —Sí… ya aflojó. —¿Cómo está ahora tu estómago? —Mejor. Mucho mejor.

Lo que hemos hecho es facilitar cambios en las submodalidades kinestésicas con las que la persona se representaba su dolor: de duro a blando, de apretado a flojo, de frío a caliente, de quietud a movimiento. A medida que la persona puede ir transformando su representación mental, va transformándose también su dolor. Los mecanismos que operan en la interfase cuerpo-mente son desconocidos, pero como metáfora de lo que sucede, recuerde el experimento del limón: las glándulas salivales no obedecen cuando usted les ordena que saliven, pero responden al instante si usted imagina visualmente un limón. El cuerpo parece no hablar el idioma español, pero sin duda comprende el lenguaje que denominamos como el “idioma del inconsciente”. Hemos accedido a la dimensión corporal —que es difícil de modificar de manera voluntaria y consciente— a través de la ventana de la mente, la cual permite introducir modificaciones con más facilidad. Veamos otro ejemplo en el que se involucran otros sistemas representacionales, además del kinestésico. La siguiente es una variante del experimento anterior. —Me duele la cabeza. —¿Cómo es ese dolor de cabeza? —Siento como si algo me apretara las sienes. También siento un peso sobre mi cabeza.

—Muy bien. Te voy a pedir que imagines una pantalla frente a vos, y que en esa pantalla proyectes una imagen visual de tu dolor de cabeza. —Veo un círculo negro, como una mancha borrosa que está aplastada por una montaña de piedras. —¿Esa imagen tiene alguna sensación? —Sí, es muy pesada. —¿Y esa imagen pesada tiene algún sonido? —Sí, un latido. —¿Y cómo es ese latido? —Como un tambor. Es un sonido grave. —¿Cuál es el ritmo en que late ese sonido? —Es un ritmo lento, muy lento. —¿Y cuál es el volumen de ese latido? —Fuerte…, retumba y produce vibraciones dolorosas.

Hasta aquí hemos guiado a la persona, a través de preguntas, con la intención de obtener una descripción sensorial que nos permita detectar submodalidades en los tres sistemas representacionales. En el kinestésico, han aparecido las submodalidades: “apretado”, “pesado”, “aplastado”, “vibraciones dolorosas”. En el visual, “color negro”, “mancha borrosa”. En el auditivo, “latido”, “grave”, “lento”, “fuerte”, “retumba”. Ahora facilitaremos la modificación de algunas o de todas esas submodalidades. —Te voy a pedir ahora que te conectes con ese latido. —Sí. —¿Qué pasaría si redujeras el volumen del latido? ¿Eso mejoraría o intensificaría el dolor de cabeza? —Lo mejoraría. —Bajá el volumen… —Ya no retumba… —Seguí disminuyendo el sonido hasta que desaparezca… —Sí, ahora está mejor. —¿Qué pasaría si cambiaras ahora el color del círculo negro? ¿Lo ves como un círculo o como una mancha borrosa? —Lo veía como una mancha, pero cuando pararon los latidos se hizo más nítido, ahora es un círculo. —¿Y qué color es más liviano que el negro? —El rosa. —Si imaginás ahora el círculo rosa, ¿eso mejora o empeora? —Mejora, pero el negro no se va del todo… quedan algunas manchitas negras sobre el fondo rosa. —¿Podés dejarlo así o te gustaría que las manchitas se fuesen? —Se pueden quedar, pero quisiera que estén más ordenadas… —¿Podrías ordenarlas como querés? —Sí… ya está. —¿Y las piedras que veías antes sobre el círculo? —Ya no están más… creo que los circulitos negros son esa piedras que se acomodaron. —Muy bien. Te voy a pedir ahora que traigas esa imagen de la pantalla hacia vos… que incorpores el círculo rosa con las manchitas negras ordenadas… eso es… ¿Cómo está tu cabeza en este momento? —Bien. —¿Hay alguna sensación de dolor, de molestia? —No, la verdad es que el dolor se me fue… ¡gracias!

FACILITAR UNA EXPERIENCIA Cuando muestro este trabajo en un grupo, lo hago con un participante que se ofrece como voluntario. ¡Siempre hay alguien adolorido o con alguna molestia que se siente dispuesto a experimentar con algo distinto! Los demás miembros del grupo quedan maravillados por la rapidez del cambio obtenido. Los más incrédulos suelen formularse muchas y válidas preguntas acerca de cómo en realidad funciona el ejercicio, pero no pueden dudar de la experiencia que acaba de suceder frente a ellos. Una inquietud que a menudo surge es “Gabriel, decinos cómo lo hacés. ¿Cómo sabés por dónde empezar, cómo sabés qué imagen cambiar y cuál no?”. Lo cierto es que no hay recetas, pero sí hay dos pautas claves que quiero compartir. 1. La fundamental es que siempre estoy en rapport con la persona con la que trabajo.

Al entrar en rapport, sintonizo con su experiencia, y sus imágenes, sus sonidos y sus sensaciones cobran sentido dentro de mí. Que cobren sentido no quiere decir que las comprenda. Observemos este pequeño fragmento del segundo ejemplo: —Si imaginás ahora el círculo rosa, ¿eso mejora o empeora? —Mejora, pero el negro no se va del todo… quedan algunas manchitas negras sobre el fondo rosa. —¿Podés dejarlo así o te gustaría que las manchitas se fuesen? —Se pueden quedar, pero quisiera que estén más ordenadas… —¿Podrías ordenarlas como querés? —Sí… ya está.

De ninguna manera podría yo comprender el significado de las “manchitas negras sobre el fondo rosa”. No tengo forma de saber lo que significan, ni si es “sano” o “patológico” que las manchitas estén allí. Menos aún podría decidir qué hacer con ellas. Pero lo cierto es que cuando trabajamos con alguien no necesitamos entender el “contenido” de un “proceso” para poder facilitarlo. Nuestra función no es la de entender-explicar-interpretar, sino la de acompañar al otro en su experiencia. Estando en sintonía, podremos acompañarlo con total naturalidad. En la danza de la comunicación terapéutica, “ordenar manchitas negras desordenadas” es una acción plena de sentido aunque mi mente racional no alcance a comprender qué es lo que eso quiere decir. 2. La segunda pauta que debe tenerse en cuenta a fin de saber cómo guiar a otra persona en un trabajo de estas características consiste en prestar atención a los “indicadores sutiles” de la comunicación que captamos mediante el calibrado. Cuando usted leyó la transcripción escrita de los diálogos, la información que recibió fue solamente verbal. Pero al guiar el trabajo, tenga presente que yo tenía una rica información no verbal. Mientras la persona iba describiendo sus sensaciones, sonidos o imágenes, a través de la expresión de su rostro, de su respiración o de sus movimientos involuntarios, me iba transmitiendo más información de la que se daba cuenta conscientemente. De esta manera, aun sin entender el “contenido” o el “significado” de su experiencia, yo tenía abundantes elementos para darme cuenta de qué imágenes, sonidos o sensaciones eran más o menos importantes, más o menos intensos, o producían mayor o menor alivio. Para el terapeuta, el facilitador o el coach, el arte de guiar a otra persona a través de un proceso consiste en tener claro el objetivo buscado, tanto como en dejarse guiar por el que está siendo guiado. En la danza de la comunicación, guiar y ser guiado son las dos caras de una misma experiencia.

QUINTA PARTE MAPAS PARA EL ESPÍRITU

Ciencia es el arte de crear ilusiones convenientes, que el necio acepta o disputa, pero de cuyo ingenio goza el estudioso, sin cegarse ante el hecho de que tales ilusiones son otros tantos velos para ocultar las profundas tinieblas de lo insondable. Carl Gustav Jung (1875-1961)

Psicólogo y psiquiatra suizo.

CAPÍTULO 23 LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL

PNL Y ESPIRITUALIDAD En un mundo que considera que la razón es la única forma de acceder al conocimiento, hablar con propiedad acerca de la espiritualidad pareciera no tener sentido. En la actualidad, hay personas que temen, se avergüenzan y ocultan sus experiencias espirituales por miedo a que las consideren locas, irracionales o infantiles. A lo largo de los años, he conocido algunas personas verdaderamente locas, irracionales e infantiles, pero también me he encontrado con muchos más seres humanos cuerdos, racionales y maduros que experimentan fenómenos que la razón no alcanza a explicar. Así como un beso entre amantes es más que un “intercambio de enzimas digestivas y otros microorganismos a través de un medio acuoso” tal como podría definirlo la biología; cierto tipo de percepciones, intuiciones, visiones o experiencias trascendentes van más allá de las explicaciones que puede brindarnos la psicología moderna. Durante miles de años, la dimensión espiritual ha sido considerada como un aspecto propio de la experiencia humana. Si bien se han desarrollado un sinnúmero de mapas —doctrinas, tradiciones, teologías y religiones— para explicarla, nunca hasta el advenimiento de la ciencia moderna se había cuestionado la legitimidad de esa dimensión de la experiencia en tanto territorio. Sin embargo, la psicología académica —basada en creencias propias de su modelo del mundo—, parece haber negado el territorio: no ha aceptado a la dimensión espiritual como un objeto de estudio válido de su disciplina. Las mismas palabras utilizadas para describir las experiencias ligadas a lo espiritual —como “Dios”, “Espíritu”, “Sagrado”, “Trascendente”— parecen resultar extranjeras en un modelo del mundo que se complace en definirse como racional. Por supuesto que no compete a la psicología el estudio de las religiones ni de otras cuestiones más ligadas a los campos de la filosofía, la metafísica, la historia, la sociología o la teología, pero ¿qué sucede con las experiencias espirituales que tienen las personas? ¿Cómo abordar aquellos fenómenos a los que las personas se refieren como “experiencias espirituales”? Por un lado, las psicologías que se ocupan exclusivamente del estudio de la conducta y las interacciones los dejan de lado de la misma manera en que se desinteresan por cualquier otro tipo de experiencia “interior”. Pero, por otro lado, las escuelas que sí se ocupan del estudio de las experiencias internas, las que cuentan con complejos mapas que pretenden describir los contenidos más profundos del psiquismo, tienen una relación conflictiva con las experiencias espirituales. Muchas veces, las patologizan —llegan a diagnosticarlas como alucinaciones o delirios místicos—; otras veces, las consideran como resabios de una condición evolutiva primitiva o infantil —como pensamiento mágico o creencias irracionales—; o, en el mejor de los casos, las interpretan como subproductos derivados de otros contenidos psicológicos aceptados —como sublimaciones de la libido—. En pocos casos se reconoce a la experiencia espiritual como legítima en sí misma. Recién con el surgimiento de la psicología transpersonal, la dimensión del espíritu comenzó a ser considerada como un campo válido de estudio, y autores como Ken Wilber (1) y Stansilav Grof (2) han comenzado a trazar mapas que se proponen cartografiar dicha dimensión.

En este contexto, la PNL —en tanto modelo de la experiencia humana subjetiva—, reconoce un lugar para la dimensión espiritual. Si aquello que designamos como “espiritual” aparece como experiencia en la vida de las personas, no hay ningún motivo que justifique descalificar a priori dicha experiencia. Pero disponer de un mapa para la dimensión espiritual no implica contar con una teoría que explique los contenidos espirituales; de la misma manera en que disponer de un mapa que nos oriente en un camino de montaña no implica que conozcamos de qué minerales se componen sus rocas. A diferencia de las religiones, de las distintas tradiciones espirituales o aun de ciertas escuelas psicológicas transpersonales que afirman positivamente la existencia del espíritu y de sus diversas expresiones, la PNL no se ocupa de afirmar ni de negar la realidad objetiva de tales fenómenos. No tiene ninguna teoría ni explicación acerca de lo que el espíritu verdaderamente es; en cambio, se ocupa de explorar cómo se manifiesta en las experiencias de las personas y cómo dichas experiencias son representadas en sus particulares modelos del mundo. Cuando exploramos de qué manera la dimensión espiritual se manifiesta en la experiencia, observamos uno de estos tres tipos de fenómenos o una combinación de ellos: • La experiencia de contactar con una totalidad mayor de la cual formamos parte. • Una cualidad de experiencia que dota de sentido, finalidad o significado a la vida. • Experiencias en estados no ordinarios de conciencia tales como fenómenos de conciencia expandida, percepción de la dimensión energética del ser humano y el cosmos, y otros fenómenos que trascienden los límites del ego y del espacio y el tiempo convencionales. Cuando desde el modelo de la PNL hablamos de la dimensión espiritual del ser humano, nos referimos a cierto nivel de experiencia interior que puede distinguirse de los fenómenos mentales, corporales, sensoriales, afectivos o vinculares. Por lo general, las personas relacionamos lo espiritual con nuestras creencias. Decimos: “Yo creo en Dios, en Jesús, en el Amor”, o “Creo en la reencarnación del alma, en la Iluminación, en el Tao”, o bien “No creo en ninguno de esos disparates”. La PNL sostiene que las ideas en las que creemos son ni más ni menos que la expresión de nuestro particular modelo del mundo. Son mapas y no territorios. Aquello en lo que creemos o dejamos de creer nos dice más sobre nosotros mismos y los mapas que hemos construido que sobre la realidad en sí. La dimensión espiritual va más allá de las creencias: aflora como una experiencia vivida más allá de las palabras o teorías que tengamos para explicarla. A veces surge de manera suave y espontánea —observando una puesta de sol, escuchando una sinfonía, buceando en la mirada de un ser amado—, a veces se presenta tras una práctica meditativa, y otras se impone irrumpiendo en medio de una crisis existencial (como una enfermedad grave, o una pérdida dolorosa). Cuando esa experiencia sucede, hay quienes la describen como entrar en contacto con “aquella totalidad mayor de la cual formamos parte”. “El territorio más allá de los mapas”. “La pauta que conecta”. “La Gran Mente”. “Dios”. “El Tao”. Pero más allá de las palabras, la dimensión espiritual alude a una experiencia interior. Para comprender el lugar que ocupa el espíritu en el modelo de la PNL, tenemos que ubicarlo en el contexto de los distintos tipos de experiencias a las que podemos acceder los seres humanos.

1 Wilber, K. Breve historia de todas las cosas. Kairós, 1996. Barcelona. 2 Grof, S. La psicología del futuro. La liebre de marzo, 2002. Barcelona.

CAPÍTULO 24 LOS NIVELES DE LA EXPERIENCIA

NIVELES DE DILTS Robert Dilts, basado en ideas de Gregory Bateson, desarrolló un interesante modelo que en el mundo de la PNL se lo conoce con los nombres de “Niveles de aprendizaje y cambio”, “Niveles lógicos”, “Niveles neurológicos” o simplemente “Niveles de Dilts”. Si bien nuestra experiencia de la realidad se nos presenta como un todo más o menos indiferenciado, lo cierto es que no es lo mismo su experiencia de estar ahora leyendo este libro, que el motivo por el cual usted lo está leyendo o la importancia que usted le da en general al hecho de leer libros. Además, y al mismo tiempo, usted lee este libro en algún lugar físico determinado, y el leerlo supone que usted está poniendo en práctica una habilidad de lectura que ya ha desarrollado en algún momento. Todos estos distintos planos confluyen aquí y ahora en la conformación de su experiencia. Algunos hacen referencia a cosas externas, otros a conductas y capacidades, otros a pensamientos y propósitos, y aún hay más, como veremos a continuación. El modelo de niveles permite echar luz sobre estos procesos e identificar los distintos planos en que podemos abordar una experiencia. Los niveles son los siguientes: 1. Entorno. 2. Comportamiento. 3. Capacidades. 4. Creencias. 5. Valores ( 3). 6. Identidad. 7. Espiritual. Le propongo considerarlo de esta manera: 1.º nivel. Entorno Toda experiencia sucede en un espacio físico determinado en el que podemos encontrar objetos inanimados (cosas) o seres vivos (plantas, animales o personas). “Estoy en la cocina”. “Estoy en el estudio de danzas”. “Estoy en la obra”.

2.º nivel. Comportamiento Dentro de ese espacio físico nos movemos y nos comportamos de alguna manera. “Corto vegetales y los vierto en una olla”. “Practico estiramientos”. “Doy indicaciones a los obreros”.

3.º nivel. Capacidades La forma en que podemos comportamos en ese entorno depende de las capacidades o de las habilidades que hayamos desarrollado. “En un curso de cocina naturista aprendí a cocinar comida vegetariana”. “Aprendí estos ejercicios en la escuela de danzas”.

“M e especialicé en la construcción de puentes”.

4.º nivel. Creencias Lo que nos permite desarrollar las habilidades a partir de las cuales nos comportamos en ese entorno son nuestras creencias. Las creencias son aquellos pensamientos y opiniones que tenemos acerca de las cosas y que damos por ciertos en nuestro modelo del mundo. “Pienso que la comida vegetariana es la más saludable”. “La danza tiene vida, tiene movimiento. Para mí bailar es la mejor forma de expresarme”. “Nuestro país necesita desarrollo, como construir puentes, caminos y fábricas”.

5.º nivel. Valores El fundamento de las creencias que nos permiten desarrollar las capacidades a partir de las cuales nos comportamos en ese entorno son nuestros valores. Los valores son las convicciones más íntimas y profundas acerca de lo que realmente consideramos importante. Un mismo valor puede ser expresado con creencias diferentes. “M e importa la salud”. “M e importa lo bello. M e importa expresar lo que soy”. “M e importa erigir obras perdurables. Valoro la trascendencia”.

6.º nivel. Identidad La instancia que sostiene esos valores manifestados en creencias que nos permiten desarrollar las habilidades a partir de las cuales nos comportamos en ese entorno, es nuestra identidad, aquello que somos. La identidad es la forma en que nos definimos a nosotros mismos. “Yo soy una persona sana”. “Soy un artista”. “Soy un ingeniero, un hombre de acción”.

7.º nivel. Espiritual La fuente de la cual emana el sentido para aquello que somos —y que se expresa en valores manifestados en creencias que nos permiten desarrollar las habilidades a partir de las cuales nos comportamos en ese entorno —, constituye la dimensión transpersonal o espiritual. El nivel espiritual puede expresar el significado último, nuestra misión en la vida, o el contacto con un plano de realidad que nos trasciende, difícilmente explicable en términos racionales. “Soy un instrumento para servir con amor a los demás”. “Soy una chispa de gracia y belleza”. “M i misión es construir”.

Así, fuimos configurando una jerarquía de niveles de experiencia partiendo de lo más superficial, externo y alejado del ser, hacia lo más profundo, interno y cercano al ser. Desde este modelo, observamos que los niveles de experiencia superiores infunden significado y sentido a los demás, favoreciendo o inhibiendo su desarrollo. En los relatos que siguen, se observará cómo se relacionan unos con otros. “Siempre me gustó atender y ocuparme de las personas, me considero una persona sana, he dedicado mi vida a cultivar mi salud y a ayudar a los demás. Hice muchos cursos, he aprendido el arte de la cocina vegetariana y además de cocinar para mi familia, pude desarrollar un pequeño emprendimiento que me tiene muy feliz: ¡el único restaurante vegetariano de mi pueblo!”. “Mi alma es una chispa de gracia que refleja la belleza infinita del universo. En esta vida soy un artista que busca expresar esa belleza a través de la danza. La danza me hace feliz. Practicar estiramientos durante horas me cansa, por supuesto, pero lo hago con gusto: mi cuerpo es un instrumento al servicio de la gracia y todo tiene sentido para mí”. “Así, como mi misión en la vida es construir, me he convertido en un hombre de acción: un ingeniero que valora erigir obras perdurables. Ese valor fundamenta ciertas creencias como por ejemplo que el país necesita desarrollo y obras, y esas creencias estimulan que despliegue habilidades, como especializarme en la construcción de puentes. Aquí me ves, estoy en la obra dando indicaciones a los obreros. Las cosas que hago y los lugares donde me muevo están alineados con lo que creo y con lo que soy, y todo tiene un profundo sentido para mí”.

Cuando los distintos niveles de experiencia están alineados, nuestra vida fluye con armonía y el sentido

impregna aquello que hacemos. Los espacios físicos que habitamos, nuestros comportamientos, las habilidades que hemos desarrollado, todo lo que pensamos y en lo cual creemos se asienta en valores que representan aquello que somos. La dimensión trascendente dota de sentido a los demás niveles de nuestra experiencia vital. En cambio, cuando algo en nuestra vida no anda bien, cuando nos sentimos insatisfechos, cuando tenemos dificultades o experimentamos malestar, lo más probable es que nuestros niveles de experiencia no se encuentren alineados y que encontremos incongruencias entre ellos En el trabajo que le presentaré a continuación, le propongo explorar y alinear los distintos niveles de experiencia.

ALINEACIÓN DE NIVELES Disponga en el piso un camino en el cual demarcará siete espacios o estaciones. La primera zona, la más próxima a usted, será el entorno; luego, sucesivamente: comportamiento, capacidades, creencias, valores, identidad y espiritual. En la primera etapa de esta experiencia, el “Viaje de ida”, su tarea consiste en observar y describir. Permanecerá en un estado disociado de la percepción. La finalidad de esta observación es facilitar el darse cuenta de su realidad tal como es. 1. Dé un paso y entre a “Entorno”. Con los ojos cerrados, observe los espacios físicos en los que transcurre su vida, los objetos y las personas que están en esos espacios. Observe, registre, tome nota internamente de lo que ve. Explore su casa, su trabajo, sus relaciones, los lugares en los que transcurre su tiempo libre. 2. Avance otro paso e ingrese a “Comportamiento”. Obsérvese moverse en esos entornos, registre sus conductas en ellos. Detecte las cosas que hace y cómo las hace en cada uno de los contextos en los que transcurre su experiencia. Observe cómo se comporta con las personas con las que se relaciona. 3. Dé un paso más e ingrese a “Capacidades”. Enuncie cuáles son las capacidades y habilidades que pone en juego para realizar los comportamientos en cada uno de los entornos. 4. Ingrese a la estación “Creencias”. Exprese en palabras sus pensamientos, ideas, juicios y opiniones acerca de por qué usted se comporta como se comporta y ha desarrollado sus habilidades con relación a su trabajo, familia, salud o tiempo libre. 5. Dé un paso más y avance hacia “Valores”. Descubra tras sus creencias los valores en los que estas se sustentan. Exprese qué es lo que a usted verdaderamente le importa en su vida. Evalúe si sus valores se encuentran cabalmente representados en sus creencias, habilidades, comportamientos y entornos. 6. Ingrese a “Identidad”. Observe cómo se ve a usted mismo. ¿Quién es usted? ¿Cómo se definiría a sí mismo? ¿Se define por alguna cualidad que le es propia? ¿Por su actividad laboral? ¿Por su pertenencia a algún tipo de grupo o comunidad? ¿Por su rol familiar? 7. Avance hasta el nivel “Espiritual”. Conéctese con aquello que le da sentido a su vida. Con aquella totalidad mayor de la cual usted forma parte. Con su misión. Con aquello que considera más elevado. El nivel espiritual alude a algo mayor que nosotros mismos. También se lo denomina “nivel transpersonal” en el sentido de ir más allá de la persona. La palabra “persona”, etimológicamente viene del latín per sona, que a su vez deriva del etrusco phersu y del griego prospora, que significa “máscara”. En el teatro griego, persona era la máscara que utilizaban los

actores para representar las comedias o las tragedias. Esa máscara tenía a la altura de la boca un agujero por el que el actor emitía la voz. La persona es la máscara que permite que resuene la voz del personaje. Ir más allá de la persona es ir más allá de la máscara, de lo superficial; implica trascender los personajes que representamos —por conveniencia, neurosis o condicionamiento social— para abrirnos camino en la vida. Trascender la persona, acceder a lo transpersonal, entonces, puede tomar dos caminos: • ser lo que auténticamente somos en esencia, nuestro ser más íntimo y real que subyace a los personajes que actuamos; • contactar con la realidad que nos trasciende, que es más amplia que nuestro pequeño ego: la totalidad mayor de la que formamos parte y de la cual emana el significado y el propósito. En cualquiera de estos dos sentidos, es con esa instancia con la que le propongo contactarse, de manera asociada, para realizar la segunda parte de esta experiencia, el “Viaje de regreso”. 7. En el nivel “Espiritual”, con los ojos cerrados, contacte con lo más profundo de su ser. Permita que aflore su cualidad más auténtica, incontaminada, aquello que se esconde tras sus personajes. Tal vez prefiera llamarlo “su alma”, “su sabiduría profunda”, “su aspecto más elevado, más sano”. Desde este lugar, pregúntese en su interior para qué está usted en la vida. Cuál es su sentido, su significado, su misión. No lo piense con su cabeza, piénselo con su corazón. Permita que su ser más íntimo y verdadero le hable en su interior. La respuesta puede surgir en palabras, sonidos, sensaciones o imágenes. No juzgue, no trate de entender. Acepte y agradezca lo que sea que aparezca. Registre su estado interno, permanezca asociado con sus sensaciones durante todo el viaje de regreso. 6. Dé un paso hacia “Identidad”. Redefina su identidad desde su experiencia con el nivel anterior. ¿Quién es usted ahora que ha contactado con su dimensión espiritual? 5. Avance hacia el nivel de “Valores”. ¿Son los mismos que enunció en el viaje de ida? ¿Aparece algún valor nuevo? 4. Entre a “Creencias”. ¿Las creencias que expresó en el viaje de ida son acordes en este momento? Tómese el tiempo necesario para reformular sus creencias de ser necesario. 3. Dé un paso hacia “Capacidades”. ¿Sus capacidades son suficientes y apropiadas desde su estado actual? ¿Percibe que necesita desarrollar nuevas habilidades o darle importancia a alguna capacidad ya desarrollada pero que tenía descuidada? 2. Avance hacia el nivel del “Comportamiento”. ¿Qué comportamientos estarían alineados con sus capacidades, creencias, valores e identidad luego de haber contactado con su ser más auténtico? ¿Considera que es necesario cambiar algunos comportamientos? 1. Ingrese a su “Entorno”. ¿Cómo percibe a su entorno en este momento? ¿Propondría algún cambio? Puede realizar el viaje de ida y de regreso tantas veces como sea necesario hasta comprobar que los niveles están alineados. Sus sensaciones le brindarán pistas valiosas acerca de qué anda «bien» y qué «mal» en cada nivel. Luego, su pensamiento le permitirá obtener las conclusiones necesarias. El trabajo de alineación le facilitará realizar un buen diagnóstico acerca de las cuestiones con las que seguir trabajando más tarde. Todos sus descubrimientos son valiosos aunque todavía no haya encontrado la manera de resolver las dificultades detectadas. Tenga presente que esta experiencia puede ser realizada en unos cuantos minutos, pero a veces, alinear los niveles en nuestra propia vida ¡puede llevarnos unos cuantos años! Téngase paciencia, trátese con aceptación

y respeto. Para muchas personas tomar contacto con su dimensión espiritual resulta revelador en sí mismo más allá de las palabras. Si se conmueve, si aparecen emociones, permita que afloren: la expresión de las lágrimas, la alegría y aun el enojo resultan sanadores. Si surgen sensaciones o imágenes, quédese con ellas aunque no pueda explicarlas, ya llegará el momento de comprender desde la razón. Confíe en su inconsciente. Alinear nuestros niveles de experiencia es un ejercicio psicológicamente poderoso. Facilita el fluir de la experiencia colocándonos en un nivel de profunda sintonía con nosotros mismos. Muchas personas experimentan una profunda paz interior. Reencontrarse con la dimensión del sentido permite nutrir de significado existencial a nuestro entorno, a nuestras relaciones y a nuestro trabajo. Algunos lo definen como haber encontrado su lugar en el mundo.

3 Dilts considera a las creencias y a los valores como un mismo nivel. Dada la importancia de cada uno de ellos y las diferencias que presentan entre sí, prefiero exponerlos como niveles diferentes.

EPÍLOGO EL TERRITORIO MÁS ALLÁ DE LOS MAPAS

UN CAMINO DE DESARROLLO PERSONAL A lo largo del camino de desarrollo personal vamos superando obstáculos y atravesando distintas fases de crecimiento. Trascendemos la visión ingenua del mundo que nos hace creer que la realidad es tal cual nosotros la vemos. Comprendemos nuestro propio modelo del mundo y aprendemos a respetar aquellos que son diferentes. Resolvemos los conflictos interpersonales generados por la cerrazón de miras a la que nos mueve esta posición egocéntrica. Trabajamos sobre los objetivos, nos acercamos y logramos nuestras metas. Desarrollamos la habilidad para modificar los estados internos. Poco a poco vamos dejando atrás los dolores innecesarios y neuróticos. Resolvemos el conflicto interior que nos desgarra o nos inmoviliza aprendiendo a hacer las paces con nosotros mismos, acercando y reconciliando a los personajes antagónicos que nos habitan. Descubrimos el sentido de nuestros síntomas y hábitos dañinos, comprendemos sus intenciones positivas y así vamos transformándolos. Aprendemos a relacionarnos con el cuerpo que somos de una manera más amorosa. Nos vamos aceptando. Recorremos la senda del crecimiento personal sanando nuestros vínculos y nuestra historia. Aprendemos a vivir en sintonía con los dictados del corazón teniendo en cuenta nuestras propias necesidades y al mismo tiempo, las necesidades de los otros. Respetamos nuestra propia ecología personal. Nos vamos integrando. El viaje interior puede resultar maravilloso. Algunos preguntan: ¿y qué sucede después? No hay después. La travesía es un continuo devenir en el que nunca nadie nos entrega el diploma de graduación. Pero… poco a poco, notamos que cada vez hay menos cuestiones neuróticas que sanar, menos habilidades y recursos que nos interesen desarrollar… y, en cambio, comenzamos a descubrir que todavía se abren nuevas zonas a explorar: el profundo y delicado territorio del ser. Algunas visiones espirituales plantean la necesidad de eliminar al ego y a sus apegos, a los que consideran la causa del sufrimiento humano. Sin embargo, desde la PNL observamos que el ego es un buen instrumento para abrirnos camino en la vida de una manera satisfactoria. De la misma forma, ciertas tradiciones nos indican que debemos eliminar nuestra mente —y con ella la función racional—, a la que señalan como el origen de todos los males. Pero probablemente la mente no pueda ser eliminada. De hecho, al principio del camino muchos de nosotros tenemos un ego débil, una razón confusa y una mente limitada, y no por eso somos más felices. El ego, la mente y la razón son instrumentos necesarios. Tal vez la tarea consista en trascenderlos más que eliminarlos. Solamente desarrollando el poder del ego y de la razón, perfeccionándolos, llevándolos hacia su clímax, descubriremos —desde la misma cima de la montaña egoica—, aquellos espacios del espíritu que el ego y la razón no pueden alcanzar. La PNL nos impulsa a fortalecer nuestro ego y nuestra mente con la finalidad de desarrollar recursos para

movernos satisfactoriamente en la vida. Y eso está muy bien. No es andando a tientas, con un ego débil, la mente confusa y asuntos neuróticos sin resolver que podremos abrirnos camino en este mundo. Pero quizá haya otro mundo dentro de este mundo. Al llegar a cierto punto del camino, algunas personas vislumbramos la presencia de un territorio más allá de los mapas. La morada del misterio. El origen y fundamento de la magia más allá de los trucos. Los “mecanismos subyacentes”. La “pauta que conecta”, de la que hablaba Bateson. Einstein lo denominó “el pensamiento de Dios”. Este libro ha tratado sobre los mapas que los seres humanos construimos para cartografiar el territorio. Hasta aquí llegamos. El Territorio con mayúscula, no es otra cosa que el mundo del espíritu.

NOTA FINAL. TRABAJAR CON OTRA PERSONA A lo largo de este libro, los distintos ejercicios han sido presentados de manera tal que usted pueda realizarlos con usted mismo. Solamente el pasar primero por su propia experiencia le permitirá llegar al corazón de las distintas estrategias a fin de comprenderlas integralmente. No alcanza con entender las instrucciones ni con familiarizarse con la teoría. A las instrucciones y a la teoría siempre hay “algo” vital que se les escapa y que podemos percibir con facilidad en la dimensión de la experiencia. El “arte” de aplicar estas estrategias a otra persona supone contar con una serie de habilidades y destrezas que van más allá de lo que puede aprenderse a través de un libro. Si desea trabajar sistemáticamente con la PNL, lo recomendable sería que participara de un curso de formación en PNL, que le permite ir adquiriendo dichas destrezas en un contexto apropiado bajo la supervisión de un profesional competente. Si se siente inclinado, de todas formas, a explorar cómo sería facilitar alguna de las experiencias presentadas en este libro a otra persona, le sugiero que tenga en cuenta las siguientes pautas: • Establezca rapport. La sintonía es la clave del contacto, la comunicación y la confianza. Acompase permanentemente con el cuerpo, con la voz, y con las palabras. Considere siempre con respeto y delicadeza el modelo del mundo de la otra persona. • Usted va a trabajar con algún aspecto del modelo del mundo de la otra persona. Ese modelo del mundo —para mal o para bien, no es su función juzgarlo— es todo lo que ella tiene. Considérese un elefante en una cristalería: su arte consiste en moverse sin romper ni una copa. • Su función es la de guiar. Señale los pasos de cada ejercicio y acompañe a la otra persona hasta donde esta pueda o quiera llegar. • Su objetivo es el de facilitar una experiencia en la otra persona. El protagonista de dicha experiencia es el otro, no usted. • Cualquier experiencia que se produzca es una buena experiencia. No fuerce las cosas en la dirección de lo que usted supone que debiera suceder. El respeto es la amorosa aceptación por la experiencia del otro. Sea cual fuera esa experiencia. • El que realmente sabe lo que sucede es la persona que usted acompaña. No intente entender, explicar o interpretar la experiencia del otro. Mucho menos aconsejar, presionar o insistir. Tenga siempre presente que su función es ni más ni menos que la de facilitar. • Antes de realizar cualquier trabajo, implemente “Las condiciones de la buena forma” para el logro

de objetivos. Realice las preguntas y ponga especial atención al “Chequeo ecológico”. • Si por cualquier motivo surgiera que el cambio deseado no es ecológico para la persona, simplemente no realice el ejercicio planificado. Haber descubierto que no es ecológico en las presentes circunstancias ya es de por sí un descubrimiento lo suficientemente revelador. Acompañar a otro ser humano en su viaje de autodescubrimiento y sanación es una experiencia sagrada. Que esa persona nos honre con su confianza y con su disponibilidad al dejarse acompañar por nosotros merece a su vez que la honremos con todo el respeto, el amor, la aceptación y el cuidado del que seamos capaces.

BIBLIOGRAFÍA Bandler, R. Use su cabeza para variar. Cuatro Vientos, 1988. Santiago de Chile Bandler, R. y Grinder, J. La estructura de la magia I. Cuatro Vientos, 1980. Santiago de Chile. Bandler, R. y Grinder, J. The patterns of the hypnotic techniques of Milton Erickson. Meta Publications, 1976. Creighton, J.; Mattheus-Simonton, S; Simonton, C. Recuperar la salud. Los libros del comienzo, 1998, Madrid. Dilts, R.; McDonald, R. Herramientas del espíritu. Urano, 1999. Barcelona. Grof, S. La psicología del futuro. La liebre de marzo, 2002. Barcelona Kopp, S. Guru. Science and Behavior. Books, 1971. California. O’Connor, J., y Seymour, J. Introducción a la Programación Neurolingüística . Urano, 1992. Barcelona. Perls, F. El enfoque guestáltico y testimonios de terapia. Cuatro Vientos, 1976. Santiago de Chile. Watzlawick, P.; Beavin, J.; Jackson, D. Teoría de la comunicación humana. Tiempo Contemporáneo, 1971. Buenos Aires. Wilber, K. Breve historia de todas las cosas. Kairós, 1996. Barcelona

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