Paula Ilabaca - La Perla Suelta

July 4, 2018 | Author: Arnaldo Donoso | Category: Pearl, Nature
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La perla suelta

Paula Ilabaca Núñez.

 A Jonathan, mi perla suelta.

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Nadie me enciende ni una lámpara, nadie es del color del deseo más profundo.  ALEJANDRA PIZARNIK 

 Alrededor del cuerpo, la habitación. Sería su propia habitación. Una mujer, ella, la habita. Usted ya no reconoce la habitación. Ha quedado vacía de vida, está sin usted, sin su semejante. La ocupa únicamente vaciado flexible y largo de la forma ajena a la cama. MARGUERITE DURAS

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¿Era yo? ¿Esa era yo?

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“Feed me when I’m hungry  Drink me till I’m dry The dream of yesterday becomes another lie You feed me lies, distortion, the english disaster   No ones free from love for one master”. Tricky. “Feed me”.

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En un territorio básico, en una cama, en un colchón naranjo, ella sueña con yeguas   blancas que lamen y buscan dónde parir. Pero al despertarse piensa en él, en su amo, en un brusco intento de querer que permanezca. Piensa en él, en un montón de imágenes torpes que irrumpen transmutadas en artefactos sin color sin rabia sin daño ni penetración. Es entonces cuando irrumpen voces, coros, chirridos de cuerdas, óperas y canciones de rock; es entonces cuando su figura o la mujer de la que hablábamos cae rendida a los pies de la cama o podría ser de rodillas en el  baño, murmurando una sola frase una sola oración: “hace un mes que no jodo con nadie”. nad ie”.  Y luego entre el bullicio se escucha la letra de una canción: “this bed has seen it all /   from the first time to the last” . Y ella sigue bajando de peso. Y ella sigue bajando de peso, diciendo, recitando, diciendo: “aunque me coma todo aunque me lo coma”. Las yeguas pastan, patean felices. Las yeguas en la cama naranja, que es el territorio básico, el rictus de su boca cuando se alimenta, que es otro territorio  básico; o la pena, el descalabro, el espanto. Que no son básicos, que no lo son.

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Imagina que caen las cuencas de los ojos en las paredes y las formas. Imagina que de a poco siente que va surgiendo una pereza bélica de la cual no es posible sustraerse. sustraerse. Imagina que se quiere correr con el dorso de la mano. Imagina que le da flojera masturbarse sola. Imagina que camina por el espacio minúsculo del baño, que no hay ventana, que se toma el pelo y se mira al espejo. Se mira el corazón de oro que le cuelga en la mitad del pecho. Las yeguas. Pastan. Eso es. Las yeguas y  esos ojos redondos, el sueño, la canción, la cama naranja, el rezo. Es así. De la manera que tú quieras, de la manera más rota y simple. Imagina que se mira al espejo y pronuncia una oración. Que lentamente se le cae la saliva porque se ha quedado un buen rato con la boca abierta. Piensa en él, en el eunuco, en sus cabellos tiesos, en sus músculos blandos. Luego se la limpia con un gesto meticuloso, con papel higiénico, con la toalla. Está sentada, luego. Está sentada en la taza del baño y vuelve a decir la misma oración, pero esta vez agrega:

“Hace un mes que no jodo con nadie.  Hace un mes que no me salta la liebre, que no se me prenden los cachetes; hace un mes que no veo la luz”.

Lo dice de la manera más rota y simple. Eso es. Un porcentaje breve, tenso de infecciones la ronda. Parece que una de las yeguas parirá esta tarde. Al hacerlo la cama comenzará a crujir, la cama y las formas que se estiran en la pared cuando el sol entra a través de las cortinas, sin que ella lo quiera, por supuesto. El sol molesta en los granos que le han salido esa mañana, unos granos en el coxis. Eso es nefasto, pues cuando los siente en su cuerpo, ella comienza a decir o a balbucear: “feed me when i’m hungry / drink me till i’m dry” . Luego pregunta en voz baja, mirándose en el reflejo del televisor, llevándose a la cara un antifaz: “mi amo, ¿dónde quedó mi amo?” 

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Primera persona singular o La configuración, la voz de la suelta

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“The first cut won't hurt at all  the second only makes you wonder  the third will have you on your knees You start bleeding I start screaming”. Propaganda. “Duel”.

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Es así mismo. Me toman del cuello y observan mi pera. Examinan lo que ya saben, la mueca de la suelta, el sabor de la que ya regresó. Hoy volveré a comer. El amo ya lo sabe. Hoy comienza una nueva tirada, hoy y después, hasta que ya no queden estupideces por recordar. Me veo a mí misma en el polvo del baño, el polvo de la pieza y el polvo que me gustaría en el sillón. Esta casa está llena de desidia, esta casa y la sombra de un miembro perturbándolo todo; esta casa, sus rincones limpios, el ruidito de la canción famosa de los picos gemelos.

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Recuerdo una fotografía, en una revista, luego en mi pared, después en mi cabecera. Recuerdo cuando una de las yeguas me miró en un cruce, recuerdo esa  vez que tomé una decisión, cuando aposté; la vez que fui afortunada, la vez que se me permitió amar. Pero esta vez, solo esta vez, a mí no se me permitió elegir. Esta  vez me quedo en la cama naranja, naranja a como huelo, a como apesta mi cuerpo.   A como hiede la piel que se vuelve blanca, que se vuelve mate, que se torna piel quemada; eso parezco, frente al espejo, cuando todos se han ido, cuando yo comienzo.

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No estoy enamorada. Una yegua no se enamora. Es solo que hay momentos en que una voz que está muy dentro mío y que a veces circula entre los rincones de esta casa, entre la sangre de mi montura blanca, me dice que llame, que busque, que hostigue. Pero luego todo sigue igual, las mismas noches, las mismas batallas, las mismas rutinas, el mismo espejo que me devuelve la imagen de quien soy yo en concreto, de quien soy en la mitad de mi corazón de oro, ese que regaló, ese que no me dejó sacar más. O yo entre el maquillaje que pocas veces uso, para que no se vea el rostro de la enfermedad, el rostro del amor. No estoy enamorada no lo estoy, ya no me enamoro; una yegua no puede estarlo. Entonces pienso en mi amo, en mi señor. Elaboro mi rostro en el espejo, un rostro fiero, terso, de dientes alargados y  amarillos. Pienso cuando como sin lograr saciarme; cuando pasan por esta cama y  no se encuentran, y yo, y yo no. Luego pienso que quizás debiera tener la mitad de un corazón de oro para el reinicio, para intentar olvidar.

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Intoxicada con el veneno que dejó su olvido y su desgano. Intoxicada de mi amo, mi señor, el que se mueve sin mí, el que busca acontecimientos en otros barrios, otros cuerpos, otras latitudes, otras bermas. Intoxicada porque esta es la última gota que se derrama en mi delantal, en mi caricatura, en mi desliz gemelo, en el sonido del color blanco, en el prurito que produce una mota en el ojo, o el sarpullido del cóxis, la sarna que hace poco apareció en la mano que escribe, el vello de una pierna  vuelto blanco, canoso. Todo por un corazón de oro que se quedó sin su mitad.

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Se acaba la fiesta, se acaba, y no importa cuán brilloso era el vestido ni el maquillaje, tampoco cuántos quisieron joder o intentar agarrar, siempre queda el mismo rostro, el mismo desgano y la idea del vacío a un alto voltaje. Es por eso que hay un espejo en la improvisada pista de baile, para que me recuerde la cara de la desidia, lo voluptuosa que puede ser la maldad o mejor aún, lo bella que se ve una mujer cuando ha pasado la noche en la tirantez de los que no conoce, en el hastío de las veces que se pierde y no hay hacia dónde, no hay.

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Cuando el instrumento suyo se volvió flácido y no había cómo empinarlo; cuando una vez la sentí blanda, desanimada, minusválida casi, y lloré y lloré. Cuando no entendía que no quisiera un beso de buenas noches, cuando no tuvo el valor de decirme que no. Cuando engañó, cuando dijo que me amaba, cuando todo lo que quería era salir a agarrar. Ahora todo tiene un sentido, ahora es mucho más simple: debo asumir la resurrección. Y esto es mucho decir, es mucho dedicar líneas a uno que no se le paraba y que había que aguantarlo todo el día toda la noche con sus maneras mustias, su desprecio, su follón triste, sus idas rápidas. Como diciendo, como esa canción: ligero iba de prisa, pensaba solo en llegar. l legar. Porque o si no decaía rápido, y con una mentira daba la vuelta y seguía ordenando.

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Cansada ya de las palabras, me recuesto a pensar en los últimos acontecimientos. acontecimientos. ¿Soy bella?  ¿Se acordará de mí?   Y luego les gritaría a ellos, al amo, a los que saben: nunca más dejaré que me encadenen al amor. Ni que me tengan comiendo de la mano, en esta ciudad de noche, ni en ninguna otra ciudad.

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 Y la perla pensó que podía quedarse con algo, pero lo botaba todo

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El amo ha desaparecido. Se ve en la forma en que se ennegrecen estos papeles, en cómo las quemadas se recomponen, en la aparición del rey. El amo y el eunuco, que son lo mismo, con su estela, su lata, su desprecio, su flacidez, colapsaron en el instante perfecto. Las yeguas ya no pastan. Están tiradas por ahí, con las fauces abiertas y las ancas torcidas entre las madejas de la cama anaranjada hecha hilachas, fragmentos de las partidas, de las aberturas, de las corridas de la mujer que cantaba en un primer momento. Esa que decía algo como hace un mes que no  jodo con nadie o podría haber dicho además estoy hecha pedazos, retazos parezco en esta constelación o cuando cantaba this bed has seen it all o all  o feed me when i’m hungry, hungry, etcétera, etcétera. Ahora, esta mujer adoptó un nombre: la suelta. Y tiene una homóloga, que es ella misma, que es otra, que son todas, que le sigue los  berrinches y las formas que adopta para agarrarse a los que le tincan, para luego deshacerse de ellos: la perla.

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Ya, que venga otra cosa

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“Fate Up against your will  Trough the thick and thin  He will wait until  You give yourself to him”. Echo & the bunymen. “The killing moon”.

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Con una bacteria alojada en la garganta, sin hablar, sin poder decir, sin poder: desamparada. Una infección ha tomado distintos músculos, pliegues y partes. Esta  vez es la garganta. Así es, así será. Como la lengua vuelta un revoltijo de babas que entran y salen. Sin importar el cuerpo, las ganas o el desaliño. Críptica. Críptica. Críptica. sin poder, sin poder decir, sin poder decir lo que más duele, lo que más desea o le revienta, lo que ya sabe, lo que supuso cuando ya nadie quería pararla. Invariablemente unos vienen, otros vendrán. Hubo un polvo, habrá millones. Pero siempre es la misma picazón. El mismo tedio, el mismo ahogo. Y a la suelta nadie la conoce.

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Contando los días que pasan, la suelta se pasea por el territorio básico, murmurando una canción. Mira su cama naranja, piensa en los días en los que el sudor bordaba las sábanas, los besos lo mismo, la pura y santa piedá. Lo mismo y lo mismo. Babear. Hostigar. Correr. Llegar. La cama. Repleta de oraciones. Bajo la almohada hay unas llaves, sujetas por una cadena con un corazón de oro, que la suelta mira arrobada, porque ella no tiene corazón. Más allá, en otro espacio o bajo otro estado, el rey está profundamente dormido. Y no escucha. Y no siente. Y no sabe que la suelta espera y espera el momento justo en el que se hará la linda, para luego escapar. Como siempre lo ha hecho, porque no puede, porque no sabe quedarse o porque simplemente le irrita, le irrita todo lo que parece ir en serio.

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Mientras saca cuentas, la suelta se observa una y otra vez. Entra y sale del baño, mira hacia la calle. Cruza hacia el balcón. Comienza a regar las plantas de la terraza, que ahora se queman con el frío de los últimos días del otoño. Vendrá el invierno, pronto. Y ellas, las quemadas, recuerdan ese día de sol en que la suelta le dijo: son como nuestro amor; han vuelto a nacer. Pero era una pura lata. Y el eunuco lo sabía y calló, con el falo encogido, como siempre. La suelta reconsideró, por ejemplo, cuando se paseaba en pelotas frente a la ventana, o con ropa o con ganas. Y era sólo un ejemplo de todas las maneras con las que inventaba trampas para él. Con el eunuco nada ocurría de todas formas. Nada. O mejor: nada había ocurrido, porque él era un trasto cerrado y terco, un poco torpe, un poco lerdo, cogidas lacias sepultas en la memoria, una estela, un estado al que se podía recurrir.

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La suelta es así. Piensa que las imperfecciones y los disfraces la convierten en insólita. Amo este descuadre, decía cortándose la chasquilla una noche en el baño.  Y se miraba una y otra vez al espejo. Luego, el recorte se hacía impreciso cuando se le iba el ojo hacia la cama naranja. Nadie en casa casa esta noche, decía la suelta, sólo  yo y la crisis. Entonces se empezó a reír. Y entonces comenzó el dolor de estómago  y el prurito en el vientre fue instantáneo. Esa misma noche, se acercó a la ventana pensando: qué ocurrirá con mi eunuco, en qué traslado de secreciones estará. Sospechará de la tiña que me dejó en el vientre, masculla la suelta, con la garganta pelada de tanto decir, de tanto decir en vano. Porque aunque no lo quiera, la palabra le pesa. Y qué hace ahora en la soledad de la palabra, en el malhablar de los días: la suelta espera y espera. Y cuando alguien aparece, ataca. Porque así es la suelta. Cuando algo se le mete en la entrepierna no para hasta que se lo saca y lo  vuelva a poner. Como ella quiera o como ellos lo prefieran. Y nadie la para después. Una vez que la suelta pasa, ninguno la para.

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 Y la perla había pensado que nunca más lloraría por él, por el amo, por el eunuco. No hay manera de singularizarlo, dice la suelta limpiando el ojo lagrimiento, la llaga tiene muchas formas, nombres y recuerdos torcidos, lánguidos. La suelta se persigue todo el día. Exactamente todo el día. Y en la noche se pone peor. Y la perla hace como que no, pero está que se revienta. Mientras la suelta se esmera en complacerlos a todos, pero no basta. Siempre la ahogan. Y ella les repite, arreglándose el corsé: yo no soy esa, ¿cómo no entienden?

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Es así: ambas se juntan y hacen como que no, pero es un sí. La suelta suspira melancólicamente mientras se va en diarreas; la perla hace como que no, como que no le pasa nada. Como que si nada pasara por ella, así, tal cual, con el desparpajo de siempre; luego se miran y cambian papeles, cambian estados y el ánima. Y a una invariablemente le da lo mismo. Lo mismo. Se viene o acaba voluble y cierra los ojos con desidia. Ya, que venga otra cosa, cosa, dice la perla, con la tiña del vientre hirviendo, con el cuello partido, con los ojos resecos de tanto llorar. Y en ese momento, en otra temporalidad, el rey se mueve, se rasca la cabeza, intenta despertar, pero sigue letárgico y bello, anestesiado, en el furor de una noche muda  y clara.

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Sospechosamente, Sospechosamente, después de la tristeza viene el hambre, piensa la suelta, mientras  va jodiendo por la ciudad. Tengo tanta hambre. Tanta. Hambre. Hambre. Hambre.  Y lo dice muchas veces hasta que parece un rezo, una orden, una nueva manera de pedir. Es en ese instante cuando el rey comienza a abrir lentamente los ojos. Y  lanza la mirada. Entonces la suelta murmura: ojalá que caiga. Y que sea pronto. Es lo único que me falta. Lo único. Y la perla hace como que sí, pero sabe que es imposible. Imposible seguir pidiendo. Imposible pensar que algo pase. Pero la suelta le dice que espere, bien quieta y con los sentidos bien abiertos. Con todo bien abierto.

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Mira como la perla se pierde y resiste. Y hace como que no, como que no le importa. Pero la conmueve volver a sentir de eso, de eso que que no sabe pronunciar ni ni pedir. Aunque me la den o no, sigo. Tómame estoy tirada, dice la suelta. Tirada y  nadie me pesca. Nadie que yo quiera, dice y dice la perla, mirando su corazón de oro. O si quieres, déjame ¿Justo ahora que todo comienza a mojarse? piensa en el eunuco. Esto se está acabando, dice la perla. Que pase el siguiente. El rey abre los ojos. O a dúo con la suelta: ya, que venga otra cosa. cosa. Y en ese momento al rey se le para. Y se sabe. Así no más.

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Hipotéticamente el rey ya estaba puesto. En el orden de las cosas, los acontecimientos, la singularidad de su destajo. A fin de cuentas todo era él. Toda la noche era de él, todas las noches, las rajadas, los estilos, el desprecio. Lo que se ponía y lo que se sacaba, lo que se le iba, dónde la metía, hacia dónde apuntaba. Cómo chorreaba, con quién acababa. Así era él. Así y el espacio. Y la música. El sobajeo. El rumor. La oscuridad. El rey. Y no le importaba tanto la complejidad de esa belleza, decía la perla haciendo como que no.

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 Algo tendrá que salir de esto, decía la suelta en una letanía,  y era una orden y era un doler.  Vamos, rájame el corazón, decía la perla, así no más, muy suelta de cuerpo. En eso el rey se la pone.  Y la perla inevitablemente ennegrece. Con todo dentro suyo.

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 Y la perla tomó todos esos polvos viejos  y a la basura los tiró

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¿De qué rey me hablan? decía la perla mientras pensaba y pensaba ya, que venga otra cosa

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 Honey won't you hold me tight  get me trough grey gardens tonight. Rufus Wainwright. “Grey gardens”.

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Se acerca de a poco, pensaba la suelta, se acerca de a poco y se me parte en dos este resquebrajo de golpes al que a todos les ha dado por llamar mi rostro. Se le parte todo, todo, cuando se acuerda de los remilgos lacios de desidia que solía pavonear el eunuco, de su voz, de su piel jodida, de sus toscas enmiendas, de las mentiras con las que ganaba. Pero adentro suyo está la joya, esa que brilla en lo oscuro de sus aposentos, de su vagón poroso que otros ven como su cuerpo; pero que para ella sólo es la perla o ella misma, que no para, que tiene el descaro de echarse a llorar.

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 Ya verán cuando esto se me pase, dice la perla mientras se arregla en secreto, en un ritual repetido, malvado, interno. O en todas esas pajas que se pega a solas, porque lo sabe, porque ya lo descubrió. Mientras tanto, la suelta se acicala y se acicala. Y no pasa nada. Por aquí, por esta cama naranja, por esta casa revuelta, no pasa nada. Y  para qué debería pasar, pronuncia o murmura la suelta en medio de su gesto repetido y constante de mirarse al espejo. Esto es así, recita en un enjambre de palabras mielosas que se le pegan al cuerpo, esto es así, lo dice cuando camina en pelotas, pensando en la perla y en los ojos del rey; inevitablemente arranca. Así es esto, así será. Le dice la suelta a la perla mientras ve cómo la otra se corre.

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 Y aquí estoy todavía, vendiendo la pescá, dice la perla mientras se estira y saborea lo que no tiene, lo que no le toca. Suspira jadeando, evocando el aspecto del rey  arrebujado en su enigma, en su indiferente garbo, en su presumido desprecio. Aún así la suelta pretende seguir jodiendo, aunque le digan que no. No. Se mimetiza en su propia entraña podrida, en la diarrea que pronto saldrá. No. No, me dirá el rey  cuando le diga que me lleve, que me pesque, que me deje, que no importa, se va diciendo la suelta mientras lo mira y lo mira. Y la frialdad de su atractivo le resulta interminable, como si nunca fuera a acabar. Y admira eso; eso y la tozudez de su  belleza.

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Ubicándose en la complejidad de los tejidos, la comezón de los líos de la noche.  Acomodándose cerca de la forma que ese tenía y que le daba ahora por lucir. Los días no habían pasado en vano. La suelta ya estaba sana. Entonces era pura risa de   burla y enorme. Triunfal lo miraba voluntariosa, con lentitud; mientras la perla pretendía salir ganando de todas. Y entre ambas se torcían suspiros y carreras de desgano. Entonces se hizo léxico: ya no, le dijo la perla al rey, porque simplemente  ya no le hacía gracia.

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La suelta consiguió lo que quería. El desprecio del eunuco, del lacio, desapareció para dar entrada a lo que se venía de hace tiempo. Entonces conoció la belleza. Conoció lo que le había negado el tiempo de la catarsis. La perla se calló. La suelta se acomodó en un espacio de la cama naranja, redondo y ágil. Amaneció y había luz. Tan simple como eso. Pura luz. La suelta sonrió y no había desprecio a cambio. La suelta sintió. Destellos verdes. Pestañas negras. La perla se escondió. Enmudeció. Y entonces, hoy, la suelta apuesta a las combinaciones de lo placentero, esta vez sin trastabillar. trastabillar.

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Como si la mejor forma fuera crear y crear un espacio nítido y pleno para el enganche, para la construcción de la joya, el destello de lo inseparable, la fricción del hilo que cose y une, el collar, la perla, el collar. Y los ojos del joyero que pule, los ojos. Casi muerta, casi viva, en un proceso constante, la perla se pierde en todas las aristas de la piedra, del engranaje luminoso, que será joya, que serán las manos del   joyero, que será será vida, que será belleza. Que no no dejará a nadie mirando de pie. A  nadie.

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Nada se le compara. Nada. Piensa la perla mientras suspira un tanto melancólica, sin poder asir todo lo que ve o lo que le suena, cómo huele, hasta dónde llega. Y  todo lo que se le viene es él. Todo eso es él. Sólo él. La manipulación de su elemento la ha vuelto arisca. Por eso ahora la perla se pasea y es como si dijera, mírenme, mírenme, no tendrán nada de mí. Nada conseguirán. Nada. Que venga el rey, que murmure ronquidos el eunuco; no les voy a dar la pasá. No.

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Hasta que lo encontró. Ahora hay que pulir a la perla. Eso es, decía la perla, me tiene que pulir. Y la suelta sentía que por todas partes quedaba de su sabor. Y se chupaba pensando en lo conocido, en cómo saborearse sólo con uno, con la memoria interferida de pensarlo a él haciendo lo mismo, lo mismo que ella hacía por la cama naranja, por la casa pelada sin él; por el lomo de una de las yeguas, por la membrana torcida, por el núcleo. Y esa era la manera en que había que hacerlo, pensaba la perla mientras la pulía y la pulía hasta que brillaba tersa y molida, desparramada y plena. Entonces la suelta le ofrecía la boca, como si fuera un territorio nuevo, como si nunca antes, como si ninguno. Y así mismo él entraba y  salía como quería, por donde se le ocurría podía pasar.

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  Y así se veían los momentos, como por un calidoscopio. Simetría, tonalidades, geometrismo brillante; figuras en distintos acoples, tensionadas o dispersas. La   joya hecha múltiples fragmentos, a veces completa, a veces jerárquicamente desarmada, articulándose, contenida. La joya la suelta la perla en movimientos, en matices, en diversas poses. Todas amadas, todas cálidas, todas tejidas: armando el collar.

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 Aún quedan hábitos de antes. Aún quedan malformaciones, espacios sin rumbo en la quejumbre de la histeria. Aún quedan dando vueltas torsos tétricos, indeseables, característicos de los días en que en la cama naranja se iba y se iba sin saber hacia dónde. Aún quedan espacios en su corazón. Aún quedan espacios temidos, costrosos, coléricos. Aún le quedan risotadas a la perla, aún le pasan por encima esos restregones lejanos, esos llantos por el ojo denso, sin lágrimas. Aunque ella diga, aunque ella no lo diga, aunque camine en pelotas por la casa, mirándose en el espejo disléxico, en las maneras que la han hecho sobreponerse, rígida, regia. Sin embargo, aún se retuerce en el fondo de una madeja de lana negra, en la que la perla se atrapa y no sabe, no sabe cómo poder salir. Sin embargo todos la miran y  dicen, cómo brilla, cómo encandila esta otra.

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  Así es como se repiten los diálogos, las tormentas, los espacios agarrados, los extremos de la nulidad. Así es como la joya la perla la suelta son una en la madeja que recogida se sabe entera y dispersa como las crines de una de las yeguas que  volvieron a parir. Eso es: las yeguas, sus lenguas, el sudor, los pelos por la casa. Eso es: las yeguas chillando en secreto, el atraque violento de los murmullos que se mezclan con el calor de la basura que aún queda. Eso es: la suelta frente al espejo recitando jodiendo pensando por favor no, de nuevo no por favor.

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 Y sí, la suelta cayó redonda en las aristas de la joya, redonda y pensando, no sé qué me pasa, pero algo ando trayendo en la carne, en el cutis antes ajado de tanto chillar. Y eran palabras las que se caían solas entre las crines de las yeguas que ya no parían, que pastaban y meaban miel. Entre la miel y el brillo de la joya, la perla se miró colapsada por lo sereno que tenía el rostro, por la desaparición de la torpe necedad. Y así siguió posando y observándose entre la miel y la joya, posando; porque no sabía hacer otra cosa, porque era lo que más le gustaba hacer.

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 Y mientras tanto lo hacían una y otra vez

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 Sweet caress and tender mouth  Kissed her breast, and then he found, he found   Forty days and forty nights, before this day... da y...  Said that she would always be the man, until she found herself  You can’t stop her now. Esthero. “Lounge”.

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 Y la suelta pensó que venirse era la mejor forma de expulsar a la perla, mientras el   joyero las manipula a ambas como si fueran pedazos regios de su sensualidad alzada, de sus ojos, su canto al oído melindroso, su penetración. Y es así como ambas se relamen pensando en los destellos verdes; a lo lejos unas óperas rechinan aturdidas, repletas de miel, repletas de trastes dislocados por las maneras en que tiran, en que se aplastan y mesan los cabellos o las crines, revueltas, desmayadas, irregulares, irregulares, ajenas. Y se les ocurre que así se debe agarrar, así se debe sentir cuando desean, cuando coagulan, cuando sangran por los labios, por las hendiduras, por la tirantez de la muesca opaca, magna, violácea, por su tirantez.

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Será por constancia o no que la perla jode y jode sin cesar. Será porque le han pasado por encima tantas veces, será porque no puede dejar de ser como sí. Y ahora le ha dado por joder a la suelta, para que esté atenta, para que observe. Y en cada embestida, mientras chillan las yeguas por el traste blanco y terso de la perla, ésta se estira y dice cómo me gusta terminar así, cómo me gusta que me la den. Y la suelta la mira de lejos, con el semblante aterido de tanto llorar. Y por cada lágrima que le cae, se ve en el rostro de la perla, con esa singularidad, con esa misma patudez.

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Si modelar a la joya significa rajar, entonces que raje. Y si luego tiene que beber, limpiar y repartir por lugares líquidos, gemas, aristas, mordiscos y chupones; entonces que beba, que limpie, que reparta. Que no se vaya sin darnos, sin decirnos que somos, repetía la perla entre el broderí de las sábanas de la cama naranja de la suelta, dejándose ir, sólo dejándose. Muérdeme, le decía la perla al joyero y, como ambos sabían, no quedaban marcas. Porque sus dientes eran mielosos. Porque la perla fluctuaba redonda y suelta. Porque la agarraba de las crines. Porque sí.

50

 Y la perla lo quería todo, todo para ella, para su histeria adorada, para su voluntad terca, sus momentos paseándose frente al espejo; ese mismo que la suelta usaba y  usaba sin cesar. Y entonces sus motivaciones perdían lo cuerdo; o el abandono se colaba entre sus calzones, las cogidas y el espacio favorito de la cama naranja en el que solía agarrársela el joyero. El mismo joyero que la pulía y la pulía hasta terminar, hasta terminarla, hasta volverla regular, pero no ordinaria, regular y con un brillo cosido desde adentro a las pupilas. Y entonces se ponía brava, entonces lo quería todo para sí. Y entonces daba miedo, entonces era un lío verla a los ojos.

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 Y si la espalda fuera, por ejemplo, un lugar por donde la miel pudiera decantar, así sería. Y si ese mismo lugar se confabulara con las posaderas de la perla, así sería mejor. El punto es molerla. El punto es que no libre, el punto es que se quede quieta con las pupilas abiertas. Las yeguas ahora cantan. Las yeguas y la suelta, en un rincón. Ahí está acabada la perla, murmura la suelta, ahí está acabada, compleja, exasperada, tirante; amordazada por babas amplias y espesas. Alabada por ser una joya. Prendida por el recto, pulida por dejarse querer.

52

Coincidentes con el tiempo, con la premura de las enmiendas, el trazado de los contornos, el redondeo fantástico de su forma; coincidente. Es el hábito lo que no les acomoda. El hábito de lo pateador. De lo funesto. De la singularidad de la perla. Preciosa. Temible. Maldita. De las marañas prendidas con las que se anda l a suelta,   ya sin evacuarlos, ya sólo apostando por la concha precisa, dominada, a veces áspera, a veces tercas de la perla. Y ahora a todos les da por motivarse con nosotras, nosotras, suspiran, maldicen, las dos. Las que saben hacia dónde van ahora, las que ya no se preguntan, las que vieron el oro y el polvo fundirse juntos, trastocarse, mutar, hervir en las crines pegoteadas, babeadas, jetonas, abiertas. La perla, la suelta. La perla que ahora se queda tranquilita cuando la toman; la suelta que aún no se consuela, pero que siempre pide más. Sin duda enlucidas, sin duda complejas. Y sin pescar a nadie. El medio trabajito; de joyería, dicen por ahí.

53

Esta es la cadena de oro. Y este es mi corazón. Nada más hay en estos caprichos, no encontrarás nada más, decía la suelta mientras se quedaba alimentando a las  yeguas, dándoles leche, manipulando la miel. Estriada, histérica, llena de volutas extraídas de las últimas digestiones, de las últimas arcadas que había ido guardando por ahí. Esta es mi cadena, repetía como en un rezo, esta es mi cadena,  y este es mi corazón.

54

Con una de las yeguas agarrada de una madeja negra, brillante, que la perla llevaba tras de sí, comenzó su tiraje desaforado, calcado en negro, terrible. El primero en caer sería el rey. El rey y su reflujo, su celibato, su denso mantenimiento, su opacidad. Los coros no cesan, no paran su canción. La perla se relame los dientes, aguda, punzante. Tendrá que caer. Las quemadas se retuercen en la ira helada que las vio morir. La suelta no para de llorar desde que vio partir a esta otra. Y la perla recorre la ciudad en su búsqueda. El rey duerme con los ojos abiertos. Se incorpora. Se queda quieto en su noche, pensando en las aristas, en los filos de la joya que  viene por él. Y la perla es una pura forma atosigada de preguntas, de detalles de su parir, del recuerdo de cómo la miraba la suelta cuando se puso en sus dos piernas y  salió de la casa, sin avisos, sin decir nada a nadie.

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Muérdeme, le decía, y era el pecho lo que le marcaba el joyero, vapuleando con su herrumbe preciosa. Y mientras la perla se regocijaba en estos sustentos, estos sustratos que la tenían tomada del pelo, la suelta se perdía en imprecisas, en imperiosas tosquedades de angustia, de pena, declinando en veneno, en torturas, en ella misma. Y el joyero la miraba entre las luces que hacían hervir el torso, los costados, la miel que le corría por los muslos, el pecho, el cuello. Nunca la vio más pulida. Nunca pudo entender qué se traía entre esa redondez, entre esa manera en que lo miraba medio rendida, medio dispuesta a seguir, a seguir por él. Y se entrelazaban en un reguero de saliva y ofrendas. Y se decían de todo al oído entre actos. Y ella le decía estoy a punto, a punto de irme, de irme por ti.

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 Y de esa forma le dio la vida, como si fuera su propia vida. Las yeguas se colocaron en un rincón, corajudas, pendientes, atentas a las estrías de la perla mientras la eyaculaban. Emergió con baches. Fue parida en la misma cama naranja. Al principio caminó por la casa con recelo. Se miró en el espejo de la suelta. Se vio los ojos, sus propios ojos. Tenían la misma tinción. La perla y la suelta. Pero la linda tenía una mirada, una osadía que ya se la quisieran todos, todas, los que se pasean por los antros, los que estuvieron tirando alguna vez, entre las vicisitudes de la cama naranja, los que jodieron, los que suspiraron. Se puso contenta al tiro y quiso comenzar de inmediato. Así fue como la vio partir la suelta. A su propia vida. A su propia alma. Pero más bella, más concreta, más patuda y caprichosa, voraz en su manía de conseguir lo que se le ponía entre ceja y ceja.

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Instalada en el umbral que la lleva hacia sí, instalada en las mareas que le suben la miel y el jugo, hasta terminar en cuatro y rechinando a la par de las yeguas, las que suben sus coros en vigilia, las que pesan y montan papeles, directrices, acciones. Esta perla sabe lo que quiere. Lo sabe y distrae a la suelta, que no ha dejado de lloriquear, plantada en una de las quemadas, en una de las esquinas de su quejumbre añosa, en vano, latera. Estoy harta de ti, le dice la perla, la que fue concebida en una de esas noches, en uno de esos vacíos hambrientos, melosos, en los que la suelta se iba jodiendo por la ciudad. Tuvo que ser penetrada la suelta. Tuvo que serlo. Se la tuvieron que meter para que en una de esas empalagosas tiradas, se constituyera la perla, se redondeara, se hiciera a sí misma, así no más, como las cosas que pasan a veces, como ese joyero que se la pudo con la suelta, el propio que le paró en seco el llanto, el que se internó en ella hasta que juntos en una relamida de gemidos y espasmos la engendraron, a ella, a quién más, a la perla.

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 A Felipe Becerra C.

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