Ombres Contra Hombres (Versión Digital)

July 26, 2019 | Author: ichoto | Category: Guatemala, Hernán Cortés, Verdad, México, España
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Historia de Guatemala, sobre la época de la dictadura del General Jorge Ubico Castañeda (1931-1944). Narra la situación ...

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ERAÍN DE LOS RIOS

Ombres contra Hombres DRAMA DE LA VIDA REAL EFRAIN DE LOS RIOS AÑO 1947

Este es un libro muy personal de Don Efraín De Los Ríos, no fue escrito con los afanes del protagonismo egoísta y sin embargo, ha trascendido con la historia. Existen en este documento narraciones que evocan la dictadura cruenta del General Ubico, personajes que el tiempo no ha borrado de la memoria y lugares como la Penitenciaría Central que fue desde la época de Justo Rufino Barrios (1881) -durante 86 años hasta 1968- un lugar de castigo que los gobernantes de entonces cual furioso Minos señalaban para sus enemigos políticos.

EFRAIN DE LOS RIOS

OMBRES CONTRA HOMBRES DRAMA DE LA VIDA REAL Emocionante y desgarrador relato de los sufrimientos a que fueron sometidos los prisioneros políticos, durante una de las épocas más dolorosas de la historia de Guatemala. Su verismo es conmovedor y su realismo desconcertante. Un aspecto de Guatemala durante catorce años de tiranía. Episodios desconocidos que todo guatemalteco como buen patriota, debe conocer. Una saeta de fuego prendida sobre el corazón palpitante de la tragedia.

TOMO I

SEGUNDA EDICION

GUATEMALA, C.A. -1948

ERAÍN DE LOS RIOS ii Ombres contra Hombres

ES PROPIEDAD. QUEDAN HECHOS EL DEPÓSITO Y LA INSCRIPCIÓN QUE MANDA LA LEY. RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS DE REPRODUCCIÓN O TRADUCCIÓN, TOTAL O PARCIAL.

N° 6003- 4M2C-3-48

IMPRESO N° 2671

ERAÍN DE LOS RIOS iii Ombres contra Hombres

PROLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN  La cálida y general acogida que entre mis ciudadanos tuvo la primera edición de este libro, me induce a dar a la publicidad esta segunda, en la que he introducido muy  pequeñas  pequeñas variaciones, variaciones, tratando siempre de respetar el pasado y de ceñirme fielmente a la verdad. Pocas supresiones y escasos aditamentos, entre los que aparecen, al final de la obra, unos cuantos juicios, no por un alarde de vanidad que repugna a mi temperamento, sino porque lo juzgué necesario, ya que con ello creo agradecer la opinión de quienes se preocuparon de mi modesta obra.  Escribir un libro –ya lo dije en otra parte- no es cosa fácil. Y aún esto puede resultar hacedero, siempre que se cuente con dos factores importantes: tiempo y desahogo económico. La edición es cosa más difícil aún. Está en la conciencia de mis conciudadanos el enorme esfuerzo que para el autor nacional significa la elaboración y la publicación de un libro como este, máxime si contamos con las limitaciones impuestas por las necesidades de la guerra y con el congénito indiferentismo de los hombres- agitado mar en el que se debate horriblemente el productor de substancias intelectuales. Por eso han quedado tantas ilusiones truncas; tantas aspiraciones fallidas; tantos ideales marchitos; tantas esperanzas desvanecidas; tantos esfuerzos inútiles…  El rudo materialismo de nuestro siglo, cada día más acentuado, acentuado, hace que la mayoría del público conceda mayor importancia a un trozo de carne que a un libro; sin comprender que se puede, a un tiempo mismo, engullirse el uno y paladearse el otro: dos placeres distintos, pero que son incompatibles con el sentimiento y con la razón. La frivolidad, el escepticismo, la poca fe, el atolondramiento y la confusión que en sus sentimientos han invadido en nuestros tiempos modernos a una gran parte de la humanidad, es la causa por la que se vea con menosprecio la obra del trabajador intelectual. Centroamérica posee valores potenciales, los ha poseído y los poseerá siempre; pero no logran universalizarse por una razón sencilla: la falta de posibilidades divulgativas y el  poco o ningún apoyo de quienes pueden proporcionárselo. proporcionárselo. Sin estimulo y sin sosiego, la obra raquítica del escritor jamás llegará a ser fecunda. Gómez Carrillo y Rubén Darío, son la excepción que confirma mi aserto. Por eso alguien dijo que publicar en Centroamérica era lo mismo que quedar inédito. Dolorosa verdad, no menos cierta si nos dedicamos a establecer comparaciones. Pero no importa: somos pequeños; materialmente poco pesamos en la balanza del mundo; pero así y todo, con nuestras pocas fuerzas, saltamos por encima de todos los obstáculos; caemos, pero sabemos levantarnos; y con ese gesto de rebeldía contra todos los valladares, aún con las manos sangrantes, tomamos el clásico “grano de arena” y lo agregamos al cimiento sobre el que se construirá el edificio de nuestro porvenir.  Lector: tienes entre tus manos el producto de un gran esfuerzo. Tómalo como una dádiva simple y valorízalo conforme tu sindéresis, tomando en cuenta que si el ilustre manco de

ERAÍN DE LOS RIOS iv Ombres contra Hombres  Lepanto escribió su “Don Quijote” con la intención de ridiculizar y hacer que desaparecieran las costumbres de los andantes caballeros –vengadores de agravios y desfacedores de entuertos-, yo, zorro perdido en este rastrojal de América, escribí OMBRES CONTRA HOMBRES, con la intención de que las nuevas generaciones que  formarán la posteridad, posteridad, abominen de las tiranías, t iranías, odien cualquier forma de despotismo y sepan luchar en defensa de sus libertades.  Mi modestia rechaza indignada el paralelo que pudiera suponerse suponerse en lo dicho anteriormente. Cualquier malicia o suspicacia proveniente de una falsa o mal intencionada interpretación, está ya descontada por mí.  He querido prestar un servicio servicio a mi patria y creo que lo he hecho. Cierto Cierto o equivocado, equivocado, esa creencia me obliga a prometer, para dentro de poco tiempo, la publicación de otro libro, que será como una continuación de éste. Mientras tanto, y agradeciendo profundamente la bondad que mis compatriotas han dispensado a la primera edición, réstame pedirles su indulgencia, si he cometido algún error o si no estoy de acuerdo con su manera de sentir y de pensar.  Hijo legitimo del pueblo, nacido de la entraña de ese pueblo fatalmente castigado por seculares despotismos, a él dedico este libro, con amor y con sinceridad.

EL AUTOR Guatemala, 1947.

ERAÍN DE LOS RIOS v Ombres contra Hombres

OFRENDA A LOS MUERTOS Y A LOS VIVOS. A LA MEMORIA DE LOS QUE, POR UNA U OTRA CAUSA Y EN FORMAS DIVERSAS, PAGARON CON LA VIDA SU AMOR A LA LIBERTAD. RECUERDO DE LOS QUE AUN ALIENTAN Y QUE, PERSEGUIDOS O ENCARCELADOS, ABONARON CON LARGOS AÑOS DE DESTIERRO O DE PRISION, SU AMOR A ESE MISMO IDEAL, EL UNICO QUE DIGNIFICA AL HOMBRE Y POR EL QUE TANTA TINTA Y TANTA SANGRE SE HA DERRAMADO.

ERAÍN DE LOS RIOS vi Ombres contra Hombres

PREFACIO DEL AUTOR  Es cosa grave escribir un libro: impone responsabilidad y abre destino. Máxime si el libro lleva entre sus páginas ese acento agónico, en el sentido que Unamuno atribuye a las  palabras que brotan, inconsistentemente, de los grandes problemas que afligen a la época.  Entonces no se puede errar, mentir, equivocarse; porque el error, la mentira o la equivocación, suponen una complicidad con el crimen. Por eso, al escribir estos renglones, he tenido por guía y norma, nada más que la verdad, ante cuyo altar ofrendo las presentes  páginas. Quien propaga la verdad es un servidor de Dios, de quien viene toda verdad y que es  El mismo la verdad absoluta…  Los hombres de hoy, lo son, pero en pequeñas partes. Ya no vemos, en nuestros planos actuales, a los hombres que en anteriores generaciones, llenaron las páginas de la historia con sus hechos gloriosos y su valor admirable. Hoy, todos están mutilados, truncos, incompletos. Los que tienen ojos no tienen oídos; los que muestran dilatado el arco de la  frente, tienen hundida la bóveda del pecho y curvo el espinazo; los que tienen fuerza de  pensar, no tienen fuerza de querer. Son despojos del hombre, vísceras emancipadas –como dijera Rodó-. Falta entre ellos aquella comunidad espiritual, aquella “alma común, de donde nació siempre cuanto se hizo de duradero y grande”. Su idea del mundo es equivocada; su arte es una contorsión histriónica, un remedo impotente; su norma social es la igualdad, y esto, es imposible; han eliminado de la sabiduría, la belleza; de la pasión, la alegría; de la guerra, el heroísmo; todo su genio tiende hacia un repugnante utilitarismo  y llaman al dogmatismo del sentido vulgar, sabiduría; gravedad, a la mezquina aridez del corazón; criterio sano, a la adaptación perfecta a lo mediocre y despreocupación viril, al mal gusto. Sin embargo, este ser mutilado tiene, en su desenvolvimiento real, un dichoso momento en que culmina; en que sus facultades y potencias llegan a un punto excelsamente equilibrado; y en que la realidad circundante le ofrece como marco la situación capaz de destacar plenamente la fuerza que trae dentro de si y que da el porqué de su existencia. “Si en un momento cualquiera de nuestra vida –dice Rodó- se detuviera para cada uno de nosotros el paso de las horas y quedáramos así eternamente, ¿no valdría esto más que el torbellino de formas sucesivas con que nos precipitamos a la total disolución? Todos merecemos la estatua en alguna ocasión de nuestra vida; todos, hasta los que llevan más hondamente soterrada su chispa celeste bajo la corteza de la vulgaridad, tenemos un instante en que seriamos dignos de quedar encantados en el mármol, con el semblante, con el ademán, con el alma plástica en que volcamos lo más intimo de nosotros y que no  podemos reproducir jamás. Pasado ese instante único de nuestra vida, vértice en que coinciden, como a la luz de un relámpago, la realidad y la idea, tornamos al dominio de las formas borrosas y volvemos a ser hombres vulgares, indiferentes, sencillos, normales…”

ERAÍN DE LOS RIOS vii Ombres contra Hombres  Los hombres poseen el instinto de la defensa; y cuando son acometidos, defiéndense esgrimiendo sus armas favoritas. Yo quise defenderme del horror de una tiranía, blandiendo loca y furiosamente la espada de mi pluma; y fui callado a golpes, silenciado con largos y dolorosos años de prisión. Persigióme el despotismo a dondequiera que fui y más de una década viví en el más deprimente de los anonimatos. Cundo la reacción del  pueblo guatemalteco derrumbó la última dictadura y soplaron sobre la patria aires puros con vagos perfumes de libertad, decidí escribir estos renglones que hoy publíco, con el sano propósito de dar a conocer a mis conciudadanos la forma en que fueron tratados los  prisioneros políticos durante la administración del general Ubico. Con unos pocos recuerdos personales pretendí escribir un simple folleto, pero habiéndome excedido en el relato, he formado el presente volumen, el cual no considero que sea un libro en la plena acepción de la palabra. He suprimido una letra al nombre,  porque he comprendido que hay hombres en la vida a quien debe castigárseles quitándoles una letra. Si yo pudiese, personalmente castigaría a todos los canallas. La imposibilidad de hacerlo, me obliga a castigarles quitándoles una letra. La supresión de ese signo, será  para ellos como una condenación ante la posteridad. Es una de las formas que acostumbro  para devolver el mal. La “H” letra muda, quiero que tenga una significación especial en el criterio del lector. Cualquiera suposición será acertada. La deliberada supresión tiene su razón de ser. El hombre no es hombre por el simple dictamen obstétrico. A lo largo de su vida, tiene que fijarse una condición razonable; una calificación definitiva… “Ser un hombre completo y equilibrado –dice Huxley-, es una empresa difícil, pero es la única que se nos propone. Nadie nos exige que seamos otra cosa que un hombre. Un hombre, es decir, ni un ángel ni un demonio. Un hombre es una criatura que camina delicadamente sobre una cuerda floja, con la inteligencia, la conciencia y todo lo que es espiritual en un extremo de su balancín, y el cuerpo y el instinto y todo lo que es inconsciente, terrestre y misterioso, en el otro extremo. En tal forma debe mantenerse en equilibrio, lo que es terriblemente difícil”  Los efectos de la opresión, donde quiera son los mismos; pues en cualquier lugar la opresión destruye la ética. La cultura moral es resultado de la libertad individual; y donde no hay libertad, se relajan las costumbres y se pervierte el sentido moral. En un país sin libertad, en donde la moral se ha prostituido y el servilismo, la cobardía y la delación imperan con todo su poder, es muy difícil, casi imposible, mantener un equilibrio duradero, en medio de la general confusión, sobre la “cuerda floja” de que habla Huxley. Yo quise mantener ese equilibrio y me caí de la “cuerda floja”. Me hundí en el agua cenagosa y  putrefacta. Fui hasta el fondo por la fuerza de la impulsión; y era porque venía de más arriba… “Caí, no a plomo: mi caída describió una parábola gigante.  Es necesario que el conocimiento de los crímenes que se han perpetrado en este rincón de América, llegue a todos los hombres; hace falta que los horrores cometidos por la

ERAÍN DE LOS RIOS viii Ombres contra Hombres ambición de unos cuantos poderosos, sirvan, al describirse, de reactivo a la sensibilidad de las generaciones venideras.  Mis amigos y conocidos han creído ver en mí un hombre de solida cultura; pero mis amigos y conocidos se han equivocado. Conviene decirlo aquí. Mi sabiduría de la vida es elemental. Espigué en todos los trigales de la ciencia y no pude recoger un solo grano. Siempre que di principio a un trabajo, lo dejé inconcluso. Soñé y poeticé en una época;  pensé y quise ejecutar en otra; vino la dictadura y destruyó todos mis esfuerzos, aniquiló mis afanes, arrasó todas mis sementeras y quedé solo, abandonado, triste, como un naufrago a la orilla de playas inhospitalarias. Mis conocimientos no fueron más allá de la superficie. Pronto mi escasa erudición se agota. No poseo nada. Soy como aquel rey de que habla Papini, que posee un gran reino formado de mapas. Sin embargo, pretendo haber conocido una parte de la vida, en uno de sus aspectos más tristes y miserables: la vida del prisionero político en el interior de la Penitenciaría Central, bajo una de las tiranías más ignominiosas que se han implantado en el continente americano. A ese lugar me arrojó el despotismo, por haber querido mantener una posición perpendicular, en medio de las generales inclinaciones. La verticalidad de mi espinazo ofendió a los  poderosos, cuyo mayor placer radicaba en la contemplación de las curvaturas dorsales: y arrastrado fui a las ergástulas penitenciarias, a vivir y a ver vivir lo que aquí dejo consignado.  No he querido pedir un prólogo prestado, imitando a la mayoría de mis compatriotas.  No por orgullo ni por alardes de independencia literaria. He prescindido de ello por razones especiales: quizá nadie podría hacer consideraciones en torno a hechos que sucedieron en épocas diversas y que únicamente el autor pudo presenciar y vivir. Además, al escribir estos renglones, el autor se formuló el propósito de prescindir radicalmente de toda ayuda o colaboración, y por ello, este volumen es la resultante de sus observaciones y de sus emociones estricta y rigurosamente personales. OMBRES CONTRA HOMBRES no es un libro escrito con pulimentos retóricos. Carece de atildamiento y la pulcritud inherentes a toda obra de ciertos quilates literarios. No hay donosura en él. No puede haber perfección en un libro escrito nerviosamente, a base de recuerdos. La imaginación se esfuerza por revivir escenas que ya el tiempo transcurrido quiere hacer borrosas y que solo el hondo dolor que provocó su acción, puede traer hasta el plano de una realidad presente, dolorosa y palpitante. La fuerza evocativa es agotadora,  física, moral y mentalmente.  En este libro sufren bruscas transformaciones los tiempos del verbo, y los accidentes de la oración abarcan las tres personas, porque de otra manera, palidecería el realismo que he querido imprimir a la obra. A través de estas páginas aparecen los hombres, tal y como  yo los vi actuar en la escena del cautiverio. El más simple detalle es rigurosamente autentico. Nada de imaginación, porque esta no superaría a la realidad. Miseria y sublimidad, nacidas en horas trágicas; el oro y la escoria amalgamados en ese crisol del

ERAÍN DE LOS RIOS ix Ombres contra Hombres dolor, en donde las substancias humanas se depuran o se corrompen. No hay otro dilema: corromperse o perfeccionarse; pudrirse o madurar, como los frutos.  Muchos de los personajes que pasan por estas páginas están vivos; y su propia existencia es un testimonio de veracidad al relato. Habrá en él muchos errores, no los niego ni trato de disculparlos; cualquier rectificación llegaría demasiado tarde. Pero si el error existe y la equivocación aparece a los ojos del lector, no es una acción deliberada y consciente; ya están condenados por mí al principio de este prologo. Todo el contenido de este libro –profundamente humano-, está fielmente ceñido a la verdad, que es la que el autor cree que le han transmitido sus facultades sensoriales.  Escrito en un lenguaje sencillo, he procurado llevar al lector, con la mayor fidelidad, la acción de los personajes que intervienen en este drama y el paisaje que rodea el escenario en que los hechos se verificaron. No pretendo conmover el sentimiento de mis conciudadanos, sino señalar a su atención, simplemente, lo que sufrieron los hombres hostilizados por los ombres, en una época no lejana, estimulados por otro ombre que, creyéndose único e insustituible, señor de vidas y haciendas, segó las unas y se apropió las otras, en un loco alarde de poder y en una extralimitada y condenable megalomanía.  La tragedia de los encarcelados guatemaltecos, es la misma de todos los cautivos, en cualquier rincón del continente. América ha sido el terreno propicio para el florecimiento de toda clase de dictaduras. Y la mártir Centroamérica, constituida por repúblicas  pequeñas, ha sido el campo fecundo para la producción de las típicas tiranías tropicales. OMBRES CONTRA HOMBRES, quisiera ser una especie subordinada para la historia que se escribirá después; una simple contribución a la documentación histórica que se está  formando; una pincelada en el gran cuadro de horror que los hombres actuales están  pintando para exhibir, ante las generaciones venideras, como un ejemplo asombroso y una desconcertante comparación.  Al ofrecer mi obra, simple y sencilla, a la consideración de la opinión pública, quiero  pedir al lector colocarse en el mismo lugar de quien escribió estos renglones y adoptar la decisión, en vista de las crueldades y procedimientos que dejo descritos, de cooperar dentro de sus posibilidades, a la regeneración de la pobre Patria, mancillada y escarnecida por todas las tiranías. Cumple, pues, ciudadano, tu deber. Yo estoy cumpliendo el mio.

Guatemala, 1945.

PRIMERA PARTE

ERAÍN DE LOS RIOS 2 Ombres contra Hombres

CAPITULO I LA PATRIA (Breve recuerdo histórico) ¿Tenemos patria? Si, tenemos patria. Es un territorio comprendido entre los 13° 50’ y 17° 45’ de latitud Norte y 88° 15’ y 92° 30’, longitud Oeste de Greenwich. Constituye un Estado y es una nacionalidad. Estado, en cuanto es una porción de hombres contenida sobre un territorio determinado y sujeta a una ley común: el poder público. Nacionalidad en cuanto formamos una comunidad humana, ligada por concordancias étnicas, idiomáticas, religiosas, culturales… mas teniendo un agregado inalienable y sustancial: la conciencia de la codependencia nacional… Luego, Guatemala es la patria de los guatemaltecos. País de rara belleza, de fauna y flora incomparables, de cielo inmensamente azul que refleja eternamente sus lagos, que son como la sempiterna sonrisa del continente. “Tierra de sol y de montaña”. Bello jardín de América, en donde parece haberse volcado la legendaria cornucopia. Tierra pujante y exúbera de cuyo seno brota lamies, el fruto, la caña, todo lo que el hombre reclama de la naturaleza para satisfacer sus necesidades. Tiene todos los climas. Sus costas, bañadas por los dos océanos, ofrecen lujuriosas vegetaciones. En la paz de la tarde, se oye el crujido fecundo de la savia potente hinchar los tallos de os vegetales. Y en las alturas, a la hora matutina, las crestas de las montañas ostentan su gorro blanco y se piensa, sin querer, en los Alpes legendarios o en los históricos Pirineos. Bello, hermoso, fecundo, interesante país es Guatemala. Es la patria mía, hermosa, pero cruelmente castigada por un capricho del destino. Pongo ante los ojos del lector el trazo de un antitetismo desconcertante, incomprensible, fatal… tres millones de seres humanos viven dentro de la demarcación geográfica ya formulada; y estos son gobernados por un ciudadano que se llama Presidente de la Republica. ¿Qué fuimos? ¿Qué somos? ¿Hacia dónde vamos? Y qué seremos? Estas preguntas no son difíciles. Las respuestas se hallarán en el transcurso de estas páginas.

CAPITULO II EL PASADO El lector y yo, quiero que nos situemos en los albores del siglo XVI. Retrocedamos algunos siglos… volvamos atrás la vista y contemplemos el panorama que nos rodea. La Edad Media aun proyecta su sombra sobre los seres y las cosas. La aventura de Colón dio por resultado el descubrimiento de América, suceso grandioso que preocupó a los sabios de la vieja Europa. La sed de conquista consume a España. Los ambiciosos quieren probar fortuna en América. Se arman expediciones, bajo el amparo de los reyes y la bandera del león rampante surca los mares con rumbo a Occidente. Vienen Cortés y Pizarro. Traen con ellos misioneros de la fe cristiana. El uno marcha al Perú y el otro a México. Este, tras de

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cruentas luchas, como en la famosa batalla de Octumba, decide el sometimiento de las tribus centroamericanas y delega sus poderes en don Pedro de Alvarado para el cumplimiento de esta riesgosa como prometedora misión. Los hábiles consejeros de doña Marina, conocida en la historia como la amiga aborigen predilecta del conquistador, deciden a Cortés a lanzar sus huestes a la conquista de los mames, pocomames, quichés, cakchiqueles y zutuhiles. Cuatrocientos jinetes y mil quinientos infantes, entre españoles y nativos sometidos, forman la expedición. Doña Marina ha decidido a Cortés tentar esta aventura, como lo decidió a la conquista de los aztecas. Esta mujer de singularísima belleza, según la historia, ¿fue una heroína, fervorosa contribuyente al triunfo de las armas españolas sobre las huestes defensoras del imperio azteca, o fue una traidora de su propia raza? ¿Se enamoró del conquistador? ¿El conquistador se enamoró de ella? ¿Su fidelidad hacia Cortés no tendría por móvil la satisfacción que en ella producía la recepción de los ricos presentes que aquél a diario le ofrecía? Amor, interés, celo, pasión, falsía, traición, lealtad, nadie sabe los sentimientos ocultos en el corazón de doña Marina, como nadie sabe lo que siente el corazón ni lo que piensa el cerebro de una mujer… Gallardamente la expedición parte; el tropel de los conquistadores se pierde a lo lejos. Aun destellan los escudos bruñidos y se ha extinguido el piafar de los fogosos corceles. Se ha disipado la nube de polvo que toda cabalgata proyecta. ¡El horizonte se tragó a los conquistadores…!

CAPITULO III LA CONQUISTA Choque de lanzas, gritos guerreros, arcos de flechas tensos y saetas disparadas desde el escondite. Las tribus están en guerra desde hace algún tiempo. El tambor resuena en la llanura y se mete en la montaña, llamando a los hombres a la guerra. Quichés y cakchiqueles se despedazan con la saña propia de las razas primitivas. Quienes llevan la peor parte en la contienda son los cakchiqueles, cuyos dominios se extienden desde Sololá a la frontera salvadoreña. Cuando la guerra estaba en pleno desarrollo, llegan noticias de que hombres blancos invaden el reino quiché por la frontera de Soconusco. Solo se sabe que son rubios –“Hijos del sol” les llaman los indígenas en su dialecto- y que algunos tienen dos cabezas –creían que caballo y jinete formaban un solo cuerpo-; y que traían instrumentos que mataban produciendo un fragor parecido al rayo y que desarrollaban tempestades a su antojo –era el fuego de los arcabuces-. El indio rey quedose pensativo. Su antagonista quiché podía vencerle y como la invasión de los conquistadores venía por esta parte del territorio, su reflexión le llevó a concertar una alianza con el invasor. Envió emisarios que saliesen a su encuentro. Se parlamentó y se llegó al acuerdo de que los cakchiqueles ayudarían a los conquistadores al aniquilamiento de los valerosos quichés que, bajo la jefatura de Tecún Umán, hacían heroica resistencia, a la manera de los griegos contra los persas. Y hubo nuevos Maratones y nuevas Termopilas, Milciades, Temistocles,

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Alcibíades, Epaminondas, Leónidas, revivieron entre los defensores. Y un día, el rio Xequijel 1 se tiñó de sangre, dice la historia. Y fue muerto Tecún a manos de los conquistadores. Y los grandes ejércitos indígenas, desmoralizados sin su jefe, se dieron a la derrota. Doscientos mil indios huían ante el empuje de menos de dos mil españoles. La proporción de cien contra uno es desconcertante. ¿Fue la cobardía de los defensores, la causa del triunfo de los conquistadores? ¿Fue la traición de los cakchiqueles? ¿Fueron ambas cosas? De todos modos, en la sangre del cakchiquel y en la de sus descendientes, circula y germina el virus de la cobardía y de la traición. Y la conquista fue, y las tribus sometidas ofrendaron cuanto de valor poseían a la avaricia del rubio conquistador. Se plantó en tierra el símbolo de la redención cristiana; y en nombre de la cruz y en nombre del rey, se aplicaron los primeros tormentos que registra nuestra historia. Se ignora el nombre y el número de las víctimas; pero aún se recuerda el de los verdugos primeros: Ambrosio Alfinger y Martin de Estete.

CAPITILO IV LA RAZA VENCIDA Nuevas expediciones de aventureros llegaron a tierras de América. Las carabelas surcaban periódicamente los mares occidentales y muchas volvían cargadas de oro, de plata, de especias codiciadas y de frutos desconocidos. El rey protegía las expediciones. Y cuando se hubo asegurado el dominio y la posesión de las tierras vírgenes de América, Carlos V decía que en sus dominios no se ponía el sol. Y se fundaron los virreinatos de México y el Perú. Y entre las capitanías, figuró Guatemala. Sucediéronse los capitanes generales con facultades omnímodas, con poderes ilimitados. Y gobernaron a su antojo, en nombre de Cristo y del Rey. De las ergástulas españolas, fueron extraídos delincuentes de toda laya para venir en ayuda de los conquistadores de América. Pensóse que esa era la forma mejor de deshacerse de ellos; tal como después lo haría Francia deportando a las Guayanas a los criminales irredentos. Y delincuentes españoles fueron los primeros que se mezclaron con las mujeres indígenas de América. Y españoles sanos se mezclaron después con las mestizas y fue surgiendo una raza de clasificación especial. Vino después el asunto de los encomenderos y el español ambicioso y audaz, explotó hasta donde pudo a la raza vencida. Se dominó con toda la fuerza. Los latifundios de una enorme extensión, fueron cultivados y explotados por los brazos de la raza vencida a favor único y exclusivo del rubio conquistador. Y así transcurrieron tres largas y conmovedoras centurias. 2 ………………………………………………………………………………………………

1

Olintepeque es conocido como el lugar donde murió el 18 de febrero de 1524 el rey de los quichés, el leyendario Tecún Umán a manos del conquistador, Pedro de Alvarado. El río Xequijel ("río de sangre" en quiché) debe su nombre a la batalla ensangrentada. 2 Del año de la conquista 1524 hasta 1821, 297 años que marcan el periodo colonial. (N de R)

ERAÍN DE LOS RIOS 5 Ombres contra Hombres

Hasta América habían ya llegado las ideas revolucionarias de los enciclopedistas franceses. Había triunfado ya la gloriosa jornada del 89. Toda Europa estaba contra Francia; y para consolidar los principios de la Revolución, de una manera providencial, surgió el que más tarde fuera llamado el capitán más grande de su siglo: Napoleón. Estamos en 1812. Napoleón invade España. Carlos IV se derrumba. Las intrigas de Godoy trastornan el reino. Mientras tanto, Fernando VII, el legítimo sucesor de Carlos IV, permanece en Valence, en poder de Napoleón. José Bonaparte sube al trono de España por la razón de la fuerza. Todos estos trastornos acaecidos en la Península, son conocidos en América. Ninguna ocasión más propicia para obtener la independencia. Tiempo hacía que algunos patriotas habían soñado con ella. México, en 1810, había dado el primer grito. El sur, también. Solo el centro de América permanecía indeciso. Y comenzaron las juntas de Belén, bien conocidas del lector. Y las ideas de la independencia empezaron a germinar en el corazón de los patriotas y las famosas Juntas de Belén tenían todo el aspecto de una noble conspiración.

CAPITLO V LOS PRIMEROS PASOS Don José de Bustamante y Guerra de La Vega, Rueda, Cobo, Estrada y Solórzano 3, habían venido del sur a hacerse cargo de la Capitanía General de Guatemala. Una ridícula leyenda de sus aventuras amorosas en Lima, había llegado con él y ello sirvió de estimulo a los patriotas insurgentes. Su crueldad era proverbial; y cuando se enteró de los primeros movimientos de independencia, instituyó la primera asociación de espías que hubo en Guatemala. Ya se notaba la existencia de dos bandos antagónicos. Las opiniones estaban divididas. Los unos anhelaban la independencia; los otros preferían dejar las cosas como estaban. Entre los primeros estaban las clases trabajadoras, estudiantes, profesionales, algunos miembros de la burocracia; entre los segundos, los hacendados, el clero, las gentes de palacio y todos los españoles que habían venido con el afán de enriquecerse o a servir puestos en el gobierno. Y hubo dos fuerzas: realistas conservadores y patriotas liberales. Desde entonces, los unos y los otros, siguen prodigándose a través de todos los tiempos. Los dos bandos se turnan en el poder. Y no ha habido, no hay ni habrá posibilidad de poderlos conciliar. Ese antiguo antagonismo surgido a causa de mezquinos intereses terrenales, se proyecta hasta nuestros tiempos modernos, con menoscabo de nuestra paz y peligro de nuestra libertad.

3Capitán General de Guatemala (1811-1818)

En 1810 es destinado a la Capitanía General de Guatemala, en una época de gran actividad independentista; desarrolla una política reformista de corte ilustrado, pero ante la revolución de Hidalgo y Morelos en México preparó tropas en Guatemala y creó el "cuerpo de voluntarios de Fernando VII" y desde su puesto se enfrentó a los constitucionalistas locales, reprimiendo duramente a los insurgentes; se opuso a la constitución liberal de 1812, denunció a su sucesor nombrado Juan Antonio de Tornos, Intendente de Honduras, por supuestas tendencias liberales y así logró su confirmación en su puesto por Fernando VII en 1814. Fue destituido en agosto de 1817 y volvió a España en 1819.

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Don José de Bustamante persigue insistentemente a los patriotas. El cuerpo de espías y delatores creado por él, se mueve con toda actividad. Sin embargo, las juntas de Belén continúan celebrándose. La imposibilidad de caer sobre los insurgentes, enfurece al capitán y se queja a la Corona. Recibe órdenes terminantes que no puede cumplir. Se enfurece y vuelve a quejarse. Un capitán de infantería que forma parte de los insurgentes y que está al tanto de lo que se decide en las juntas secretas de Belén, corre a poner en conocimiento del gobernador el nombre de los coligados y la persecución se inicia contra éstos que huyen y se esconden. Sus nombres son bien conocidos. La delación no surte efectos. El nombre del delator está en la historia. Desde entonces sus imitadores han venido sucediéndose. Por eso, en nuestra patria, ninguna conjuración ha llegado al fin, porque los eternos delatores están en su propio seno. Pero cuando las ideas, sobre todo las de libertad, han germinado en el corazón de los hombres, no pueden ser detenidas, no con la bayoneta ni con el batón.

CAPITLO VI LA INDEPENDENCIA La sociedad humana no es un simple montón de piedras, sin más gobierno que la vieja ley de la gravedad. Todos los hombres tienen un alma y vale más una corriente de pensamientos que de ella parta, una idea que repose en el universal sentimiento de lo verdadero y de lo justo, un hábito de afectos que responda a las voces intimas de los corazones, que no los picos de todas las águilas, las garras de todos los leones, los puños de todos los atletas, las armas de todos los ejércitos. Cuando la noción de lo que es verdadero y justo se arraiga en el corazón del hombre, nada ni nadie se la puede arrancar. Toda la fuerza bruta de los hombres es importante para destruir la fuerza moral de los corazones. Por eso la historia está llena de héroes, de mártires, de santos. Si la historia registra también el nombre de los tiranos y de los verdugos, es solo para hacer más grande su nombre; para que la sombra de éstos proyecte más allá la luz que irradian aquellos. Las ideas, más que por las manifestaciones pacificas, se propagan por batallas; y en el triunfo de las ideas, ¿Qué importan las convulsiones del hombre? Por otra parte, en donde el ángel del mal siembra anapelo y cicuta, el ángel de la luz y el amor hace germinar díctamo y panacea. ………………………………………………………………………………………………... Promedia el año 1821. Don Gabino Gainza ha sido nombrado para la Jefatura de la Capitanía General de Guatemala. Poseedor de una cultura media y sin el carácter de su antecesor, era el hombre llamado para favorecer la independencia. Ambicioso y cobarde, no pensaba en ser leal a la Corona. Su interés personal preocupábale más que los asuntos del Estado. Y así, al amparo de su tolerante gobierno, los patriotas vieron en él un aliado y un cómplice, más que un contendor peligroso. Y las juntas patrióticas se celebraban ya en el salón de sesiones del cabildo. Y así llegó el 14 de septiembre de 1821. Un correo había llegado de Chiapas, trayendo cartas del poeta prócer don Rafael García Goyena, en que

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informaba haberse dado el grito de independencia en aquella región. Ante todos los patriotas, el famoso “Cordovita” dio lectura a las cartas y, encendidos de entusiasmo, los oyentes prorrumpieron en vivas y jubilosas exclamaciones, acordando secundar el grito al día siguiente. Se tomaron todas las precauciones, se designaron comisiones ad hoc y ese día y su noche, la magna sesión del 15 era el tema de todas las conversaciones. En la casa de los próceres, donde primero se supo la grata nueva, prendió la chispa del entusiasmo y circuló por toda la ciudad. Y así, con una mezcla de temor y de alegría, amanecieron los semblantes de los ciudadanos, en la mañana gris y triste del 15 de septiembre de 1821.

CAPITULO VII LA VERDAD

La sala de honor del cabildo titular de Guatemala, está llena de patriotas en traje de etiqueta. Se discuten los últimos puntos del programa y don José Cecilio Del Valle redacta el Acta famosa, de todos conocida. Apenas concluida y cuando iba a leérsela, se oyen en la plaza detonaciones y los patriotas creen que el gobernador ha mandado tropas a disolver la Junta y, pálidos y temblorosos, cada uno busca refugio o medio de escapatoria. Mas un Valente se ha asomado al balcón y ha visto que el pueblo, no muy numeroso por cierto, lanza vivas a la independencia, toca marimbas y quema cohetes, instigado por la heroica doña Dolores Bedoya, esposa del doctor Molina, y sus amigas. Así lo hace ver a los afligidos patriotas. Los ánimos se calman y los semblantes se serenan. Se palpan los bolsillos, nadie tiene un arma. ¿Y si el gobernador dispone lanzar tropas contra la Junta? Nadie sería capaz de defenderse. Deliberan. Al fin deciden invitar al capitán general don Gabino Gainza para que concurra a la sesión y deciden, para no herir su susceptibilidad, ofrecerle la Presidencia de la República. Se nombra una comisión y parte al palacio del gobernador. Este acepta la invitación y, haciéndose acompañar de un numeroso séquito, se presenta en la sesión de los patriotas. Se le ofrece el puesto de honor; se le hace ver de lo que se trata y concluyen ofreciéndole la presidencia de la naciente República. El pundonoroso capitán general no formula objeción alguna, ni siquiera como un principio de sutileza diplomática y acepta inmediatamente la presidencia que se le ofrece. Así nació el continuismo. Y así fue como, sin lucha, sin sangre, se paso del estado colonial al independiente. El último Capitán General fue el primer presidente de la República. No hubo cambio de sistemas, sino de nombres. El amo siguió siendo el mismo. Al pueblo, apenas si llegó un vago rumor de independencia y la vida nacional siguió corriendo por los mismos cauces. El encomendero, explotando al indio. Éste, bajo el yugo del dominador, no supo ni quiso saber lo que habían hecho los blancos en la junta del 15 de septiembre. El nada obtuvo ni esperaba obtener de la independencia. Su actitud pasiva y resignada, no sufrió cambios con el nuevo régimen; la acción de unos pocos romanticones políticos no pudo beneficiarle y, bajo el peso de su degradación y de su miseria, siguió viviendo, porque tenía que vivir.

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CAPITULO VIII LA INICIACIÓN Aquella república, nacida en forma tan inesperada, surgida por un capricho dictado del Destino, se esforzaba por mantener su autonomía. Las fuerzas militares leales al gobierno peninsular, ni siquiera pensaron en recuperar lo que se les arrebataba. Sus miradas se dirigieron a los virreinatos del Perú y México, en donde las luchas fueron cruentas y se derramó mucha sangre por obtener la independencia. Hidalgo, Morelos, Guerrero, en México; Bolívar, San Martín y Sucre, en el Sur. Los Estados Unidos del Norte ya habían dado el paso trascendental. Su actitud fue el paradigma para los demás países del continente. En los países del centro de América, la independencia fue un acto reflejo; no tuvo mayores consecuencias y los patriotas se autodenominaron emancipados, sin el sacrificio de una sola gota de sangre y sin la pérdida del más mínimo de sus tesoros. Vino después la anexión a México, bajo el imperio de Iturbide; la separación y pérdida del estado de Chiapas; la federación de duración efímera; las gloriosas campañas morazánicas y el entronizamiento de Rafael Carrera, cuyo epílogo concluye con el mariscal Vicente Cerna. Ha transcurrido medio siglo. Un paréntesis, como la excepción en toda regla, lo marca el gobierno del doctor Mariano Gálvez. La historia da grandes saltos sobre el tiempo. En pocas páginas hemos vivido siglos. Y estos capítulos no son una historia, ni pretenden serlo. No son siquiera ni un pálido bosquejo histórico; son, simplemente, un recuerdo; algo que se aprende desde las bancas de la escuela elemental; pero que, cuando ya grandes reflexionamos sobre ello, nos ponemos serios. Bien sabida tenemos la verdad del poco aprecio que hacemos de lo que muy poco nos ha costado. Nuestra independencia no fue el producto de un esfuerzo, sino de una imitación; no fue una conquista, sino el aprovechamiento de circunstancias favorables. Fue un acto de astucia, no de valor. Fue así como un vestido nuevo que no cortamos ni cosimos, sino que lo obtuvimos ya hecho y, dada la conformidad de nuestros cuerpos, para unos fue holgado y para los demás estrecho. Nos acomodamos a la nueva modalidad y cambiamos el nombre de colonos por el de ciudadanos. Y así fuimos tirando de la vida, por turnos más o menos prolongados, hasta 1871. Todos los sucesos de estos años están frescos en la memoria del lector. Aún viven protagonistas o espectadores de aquella época. Los hechos son bien conocidos. Sin embargo, demos un rápido vistazo a este episodio de nuestra vida nacional; quizá ello pueda servirnos, si no de orientación, siquiera como razón y fundamento de lo que diremos en el capitulo siguiente.

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CAPITULO IX LA REVOLUCIÓN DE 1871 ¿Fue esta una revolución? Hoy día es más peligroso emitir una opinión que esgrimir un fusil. En todo caso, revolución o simple triunfo partidista, las tropas capitaneadas por Miguel García Granados y Justo Rufino Barrios, hicieron huir al mariscal Vicente Cerna, vivo reflejo de Rafael Carrera y el último gobernante perteneciente al partido conservador. Los nuevos revolucionarios consolidaron su posición el 30 de junio, es decir, entraron a la capital y ocuparon el poder. Se denominaron “liberales”. Desde entonces, son reconocidos dos grupos políticos de tendencias antagónicas: conservadores y liberales. Si fuésemos a analizar la labor que cada grupo ha desarrollado cuando le ha tocado actuar en el poder, tendríamos forzosamente, que formularnos esta pregunta: ¿Cuál de los dos grupos ha reportado mayores beneficios al país? Si preguntáramos por los males, nos engolfaríamos tan profundamente que nos sería imposible salir. No nos entenderíamos. El mal ha sido siempre el patrimonio de los guatemaltecos. Por eso preguntamos por el bien, como una cosa rara y desconocida. Como algo anormal, insólito, inesperado, que es la causa de nuestra admiración y adulación a los gobernantes y que el autor se compromete a analizar en los capítulos siguientes. Conocidas son las peripecias del general García Granados en la presidencia; conocidas son también sus razones para delegar el mando en Justo Rufino Barrios. En 1873 el caudillo de San Lorenzo asumió el poder. ¿Su obra? Todos la conocéis. Se ha pretendido –y con razón- atribuirle la paternidad del liberalismo guatemalteco. Pero se ha negado, sistemáticamente, atribuirle la fundación del garrote, del descuartizamiento, de la prisión y el entierro, a todo aquel que no comulgara con sus ideas o que osara desacatar sus órdenes inapelables. Un balance del bien y del mal, llevaría muchas páginas y el autor no está capacitado para ello, máxime que estos renglones no son una obra de análisis, sino una escueta exposición de hechos vividos intensamente por el autor, como ya lo advirtiera en otra parte de esta obra. La labor progresista emprendida por Barrios, es nacionalmente reconocida y admirada. Así nos lo hacía creer el profesor de Historia. Así lo creíamos siempre y es posible que sigamos creyéndolo. No vivimos en aquella época, pero los abuelitos cuentan de un toro de bronce, vaciado, con enorme puerta de bisagras en el vientre, en el que se encerraba a los enemigos del dictador. Se aplicaba fuego al toro y los desgarradores gritos de la victima fingían los mugidos de la bestia. Los abuelitos cuentan de una enorme plantación de membrillos, de la que se obtenían largas varas que, pulidas y ensebadas, servían para destrozar las carnes desnudas de sus opositores. Los abuelitos cuentan de la forma en que se preparaban las vergas de toro, endurecidas y flexibles, para vapulear a las víctimas. Cada azote, aplicado por un verdugo diestro y fuerte, arrancaba los músculos del cuerpo. Cuentan los abuelitos del tormento del potro y de la rueda; cuentan los abuelitos que, niños curiosos, irrumpieron en la Penitenciaría Central, cuando Manuel Lisandro Barillas ordenó que se

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abrieran las puertas al pueblo y que pudieran apreciar en las bartolinas de los callejones, huellas de sangre manchando las paredes, fragmentos de cuero cabelludo y osamentas de distinto genero dispersas y malolientes; cuentan los abuelitos que el pueblo se llevó los instrumentos de tortura, llaves, tenazas, martillos, clavos, tijeras, cadenas, argollas, garruchas, hierros que, candentes, eran aplicados al cuerpo del desgraciado y todo manchado con la sangre de las víctimas. Y cuando los abuelitos trémulos de emoción, cuentan estas cosas, empezamos a dudar de la grandeza del Reformador. La historia, en nuestros pueblos, no es como quería Cervantes. Esconde la verdad y solo pone de manifiesto lo que conviene a los gobiernos: no lo que conviene a los pueblos. La historia no se atreve a hacer un balance del bien y del mal. Y estos capítulos, cuando historiadores de buena fe se decidan a escribir la historia de Guatemala, al promediar del siglo XX, habrán de servir como una gran contribución histórica documental, que ponga al lado de lo grande, de lo bueno y de lo justo, el antitetismo necesario para el balance definitivo.

CAPITLO X LA HERENCIA Por un fatalismo ineluctable, que no está en las manos del hombre vencer, se transmiten de una época a otra y de generación en generación, los vicios y las virtudes, como una herencia inalienable. En esta trasmisión los vicios generalmente se intensifican y se perfeccionan, mientras las virtudes se desvanecen y concluyen por extinguirse del todo. El mal supera al bien. Ha sido demostrado por la historia. Desde el primer hombre, hasta nuestras complicadísimas sociedades modernas, el mal en un extraño pugilato, domina y vence al bien. Ormuz entre las garras de Calibán; el hombre puro, mancillado por el corrompido; el santo, acosado por el criminal; el bueno perseguido por el malo, y en esta eterna lucha, el hombre convertido en el lobo del hombre. De ningún ser de la creación podría decirse lo mismo: “Ombres contra Hombres”… Es el hombre el más miserable de los seres creados; su ponzoña la transmite a sus descendientes, como una herencia fatal. Un acto crea un hábito; un hábito forma un carácter, un carácter traza todo un destino. Y el hombre –ser oscilante entre una sonrisa y una lágrima- se inclina más a ésta, principalmente cuando brota del dolor y es la resultante de toda la amargura acumulada en el corazón de los hombres, por culpa de los mismos hombres. El sistema implantado por Justo Rufino Barrios –padre de la Reforma y progenitor del liberalismo 4 -, se fue prolongando en los gobiernos que le sucedieron. La intransigencia sobre todo en materia política, el servilismo, la adulación, la persecución, la intolerancia, el flagelamiento, la cárcel, la tortura, son herencia del régimen barrista. Las generaciones 4 Del liberalismo de la segunda época de 1871 en adelante, o el liberalismo después de los 30 años de la era conservadora

que inició con el derrocamiento de Mariano Gálvez en 18 38. El primer liberalismo se marca de la época de la F ederación hasta la caída de Mariano Gálvez.

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copian de las anteriores sus costumbres, sus procedimientos, sus vicios; jamás nobles virtudes fueron heredadas. El vicio se perfecciona, la maldad se refina y al trasmitirse a los hombres nuevos, únicamente el nombre sufre transformación, como en las modas. De 1871 a nuestros días, los principios políticos gubernativos de Justo Rufino Barrios han sido los mismos, con el aditamento de su perfección en cuanto a maldad se refiere. La historia de Manuel Estrada Cabrera durante 22 años de gobierno 5, es bien sabida y otros la han escrito ya. La historia de Jorge Ubico se escribirá después. Hay un curioso parangón entre el régimen de Justo Rufino Barrios y el de Jorge Ubico; casi el mismo tiempo duraron en el poder los dos dictadores 6. Algunos comentaristas opinan que este era hijo de aquel 7. Más se ignora si lo era en cuanto se refiere al caso biológico o en cuanto a la copia de los procedimientos empleados por el Reformador. En todo caso, otros vendrán al análisis concluyente; el autor únicamente se concreta a poner de relieve ante la conciencia de los guatemaltecos, la similitud de los procedimientos empleados en su gobierno por uno y otro de los dictadores nombrados. Lo demás, la historia lo señalará y dará su juicio definitivo. Para juzgar a los hombres, el observador se debe colocar desde un plano especial. Yo tengo la especialidad de mi plano: me coloco abajo, muy abajo, en el plano de los perseguidos, de los hostilizados, de los vigilados, de los torturados, de los encarcelados, de los que escaparon a la muerte, más por un milagro de la Providencia, que por un deseo del dictador. Y así, desde el plano inferior del prisionero, sumido en la lóbrega estrechez de una ergástula penitenciaria, voy a juzgar al déspota opulento, que paseaba su soberbia y estulticia oropelada por las calles de esta sufrida Guatemala, a quien ofendió y vejó en forma tal que la más fecunda imaginación no alcanzará a entender. Comprender, es igualar; el paciente lector, para comprender mejor el fondo y las tendencias de estos renglones, tendrá que caminar conmigo por tortuosos senderos, llevado de la mano, como Dante 8 por Virgilio, en la horripilante narración del poeta florentino.

5

De 1898 a 1920. Estrada Cabrera llegó a la presidencia en el momento que fue asesinado el gen eral José María Reina Barrios (1892-1898) el 8 d e febrero de 1898. Estrada Cabrera, inició de esta for ma una larga dictadura de 22 años. Con fecha 25 de septiembre de 1898, la Asamblea declaró popularmente electo presidente constitucional de la república al Licenciado Manuel Estrada Cabrera, para el periodo que comenzará el 15 de marzo d e 1899 y terminará el 15 d e marzo de 1905. Se recetó un año d e interinato y un primer periodo de 6 años. Pero Estrada cabrera repitió la reelección durante tres periodos consecutivos (1905-1911); (1911-1917) y (1917-1923). El cuarto periodo y tercero de reelección no lo concluyó fue derrocado por el Movimiento Unionista; el 9 de abril de 1920, la Asamblea, lo inhabilitó de ejercer la presidencia, aunque se resistió, presentó su renuncia y salió del poder el 16 de abril de ese mismo año. 6 Justo Rufino Barrios, fue presidente de marzo de 1873, hasta el 2 de abril de 1885 que fue asesinado en Chalchuapa. Gobernó 12 años. 7 Falso. Pero si, Justo Rufino Barrios fue su Padrino de bautismo. Quizá quiera decirse que es hijo de Barrios en cuando a su forma de gobernar. Ubico aplicó y evolucionó los métodos de tortura, persecución, espionaje, delación y todas las formas de opresión que utilizó Justo Rufino Barrios contra quien se suponía o señalaba de enemigo de su régimen. 8   Dante

Alighieri (Florencia, c. 29 de mayo de 1265 – Rávena, 14 de septiembre de 1321) fue un poeta italiano. Su obra maestra, La Divina Comedia, es una de las obras fundamentales de la transición del pensamiento medieval al renacentista. Es considerada la obra maestra de la literatura italiana y una de las cumbres de la literatura universal.1 2 En italiano es conocido como "el Poeta Supremo" (il Sommo Poeta). A Dante también se le llama el "Padre del idioma" italiano. Su primera biografía fue escrita por Giovanni Boccaccio (1313-1375), en Trattatello in laude di Dante.

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CAPITULO XI LA APARICIÓN Estamos en los albores del año 1931. El cuartelazo 9   del general Manuel Orellana, llevado a cabo el 16 de diciembre, del año anterior, rompió la armonía constitucional y abrió una sonrosada puerta a los oportunistas en acecho. Pusiéronse en juego mil intrigas – que muy pronto serán conocidas-, y los intrigantes lograron que en los comicios presidenciales, obtuviera la más abrumadora mayoría de votos que Guatemala haya conocido, el candidato único de aquella época, el Jorge Ubico deseado, el hombre único en quien los guatemaltecos vieron la concreción de todos sus ideales, la realización de todas sus aspiraciones. Y así fue como el 14 de febrero de de 1931, un mes antes de la fecha constitucional, el congreso legislativo daba posesión de la presidencia de la República, al hombre electo por el consentimiento de tres millones de guatemaltecos alucinados, hipnotizados, bajo el maléfico hechizo que sus panegiristas habían infiltrado en el corazón hasta de los más escépticos y razonadores. El ídolo de hoy ya había sido olvidado hasta por sus más fervorosos partidarios de 1926. Hubo varios ocurrentes que fueron a desempolvarlo y esos, son hoy los verdaderos responsables de la nefasta tiranía que Guatemala soportó durante 14 10 años. La aparición en el tinglado político del candidato derrotado en 1926, marca para Guatemala la era de su martirologio, de la que aun no se ha libertado completamente, porque las leyes fatales de la herencia mantienen latente el germen y, de vez en cuando, los brotes se manifiestan, aunque la segadora guadaña revolucionaria se empeñe eficazmente en extinguirlos. Inopinadamente y sin cultivo, la hierba mala brota al menor descuido del horticultor. Zarza de generación espontanea, ortiga de savia letal, maléficas plantas cuya convivencia junto a los lirios y las rosas, es marcadamente perniciosa y fatal, la escuela de corrupción fundada por un déspota cualquiera, envenena a todo un pueblo y se propaga de generación en generación, haciendo lento y trabajoso su aniquilamiento. Labor de siglos requiere la extinción de una escuela de corrupción. Para obtenerla, no basta la profilaxis pedagógica; hay que recurrir a la biología y requerir la colaboración del bisturí. Tenemos, pues, a Jorge Ubico, el heredero de la caja de Pandora, sentado en el solio presidencial de Guatemala.

9 Cuartelazo del 16 de diciembre de 1930

que derrocó al Licenciado Baudilio Palma, quien ocupaba el cargo resignado por el General Lázaro Chacón desde el 12 de diciembre debido a un ataque de apoplejía. El general Manuel María Orellana, gobernó desde el 16 de diciembre de 1930 al 01 de enero de 1931 en que fue obligado a dejar el poder y fue sucedido por el licenciado José María Reina Andrade (01 de enero de 1931-14 de febrero de 1931) quien entregó el poder anticipadamente el 14 de febrero de 1931 al General Jorge Ubico Castañeda. 10 El periodo que gobernó fue del 14 de febrero de 1931 al 01 de julio de 1944. (13 años, 4 meses 17 días), se suele hablar de 14 años, porque aunque dimitió el mando en un triunvirato militar (Buenaventura Pineda, Eduardo Villagrán Ariza y Federico Ponce Vaides) y la Asamblea Legislativa confirmó en la presidencia interina a Federico Ponce Vaides (03 de  julio de 1944 al 19 de octubre de 1944) se afirma que Ubico continuó manejando el poder o al menos la influencia de su dictadura permaneció hasta el momento de la revolución del 20 de octubre de 1944. Unos meses antes de asumir en 1931, también manipulaba las decisiones del gobierno durante el interinato presidencial de Reina Andrade.

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“El que no está conmigo, está contra mí” fue su divisa y se dio a la más ingrata y vil de las tareas humanas: la de esclavizar a un pueblo ya proclive para la esclavitud. Con la aparición de Jorge Ubico, como amo y señor de Guatemala, da principio una era de persecuciones y asesinatos incalificable. Quienes no perdieron la vida en la cárcel – como el autor de estas páginas-, sienten la satisfacción de contar a sus compatriotas, lo que vieron y vivieron en aquel infierno penitenciario, para que sirva de ejemplo y advertencia a las generaciones venideras.

CAPITULO XII LUCES CREPUSCULARES He traído al lector en un paciente recorrido desde la Edad Media hasta nuestros tristes días. No he pretendido hacer una obra de erudición, sino de conciencia. Estos renglones no encierran ninguna enseñanza; pero contienen mucha verdad. Al ser más querido se le azota, no por el placer de hacerle daño, sino para que se corrija y, muchas veces, por el hondo cariño que se le profesa. Cuando los padres toleran y aun celebran las malas ocurrencias de un hijo, están fomentando en él, un vicio y una torcida inclinación; muchas veces, están forjando un delincuente, están haciendo de él un desgraciado. Por eso hay tolerancias criminales. Cosa casi igual sucede con la patria. Cuando los ciudadanos se dedican exclusivamente a alabar y ensalzar los actos de un gobernante, ellos mismos están forjando un tirano. La adulación produce la soberbia en el adulado; despierta en él todos los adormecidos sentimientos de megalomanía que permanecen ocultos en todo ser humano. La creación de obras materiales no puede ser la base del progreso de un país. Un edificio público, un puente, un camino carretero, prestan indiscutiblemente un positivo beneficio a un pueblo; pero no pueden tener equivalencia con la degradación y el relajamiento moral del mismo.la corrupción de una sola alma, no puede equipararse al valor de un puente. Cuando el viajero, contemplando la majestuosidad de las pirámides de Egipto, admira su grandeza y su soberbia, no piensa en los egipcios faraones ni en la fastuosidad de sus palacios; piensa en los sufrimientos de los miles de esclavos que las levantaron, en el dolor que experimentaron aquellas míseras carnes azotadas por el látigo de los cómitres, en el sudor que inundó aquellas frentes envilecidas, en los millones de lagrimas derramadas por el dolor de los esclavos y por el sufrimiento de sus familiares; el viajero comprensivo sabe que aquellos monumentos de piedra, representan el dolor que hace cuarenta siglos vivió una raza humillada y escarnecida. Así podrá pensarse mañana cuando el viajero ilustrado contemple los edificios y los puentes que mandó erigir Ubico, el sombrío dictador cuya similitud con Calígula merece la atención de unas nuevas “vidas paralelas”. Tiempo es ya, lector amable, de dar por concluidas estas simples consideraciones, voy a llevarte por sitios inexplorados o, por lo menos, desconocidos para ti. Necesitas acorazarte de suficiente fuerza moral y abrir tu entendimiento para la recepción de las más fuertes impresiones. Que la emoción no fatigue tu sentimiento y que tu imaginación te permita no

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ir más allá de la realidad. Tiempo atrás yo creía que la imaginación del hombre era capaz de construir lo que en gana le viniera y fingir un mundo de apariencia insospechada; la experiencia de la vida, la cruda y amarga experiencia adquirida en el escenario de la vida real, vino a demostrarme que en una enorme mayoría de casos, la realidad va mucho más allá de cualquier imaginación. Ya juzgarás la certeza de lo que digo cuando estemos juntos en el corazón de la tragedia. Y lo que voy a contarte es tanto más doloroso y cruel, cuanto que ha sucedido en nuestro tiempo, en una época de positiva civilización, en un país que no es agresivo ni conquistador: en tu propia patria, lector; en tu infortunada patria, que es también la mía. Está misericordiosamente acordado que todos los males que hemos sufrido en tiempos pasados, aparezcan borrosos en los campos del recuerdo. Piadosamente está decretado para el hombre, que únicamente conserve el recuerdo de lo bueno que le ha sucedido y que lo malo se disipe en el olvido, como un don misericordioso. Pero hay males tan hondos, golpes tan rudos, que la herida incicatrizable sangra de vez en cuando y esa roja sangre, recogida en estas páginas, constituye el mundo infernal a dónde vas a acompañarme, lector valiente, con la antorcha de tu sindéresis y el broquel de tu cristiana serenidad.

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SEGUNDA PARTE

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CAPITULO I EL ZAGUAN DE LA TRAGEDIA Perdonadme si he tenido que heriros. La verdad no puede decirse a medias: Se la debe decir toda entera, o no decirla. León TOLSTOI

Son las dos de la tarde del lunes 16 de diciembre de 1935; la luz pura de un sol puro baña la ciudad y mientra la vida se desenvuelve con su acostumbrado ritmo, bajo la mecánica organización del régimen militotalitarista, en una paz como la de las piedras de la muralla, los esbirros de la tiranía, a plena luz, persiguen al ciudadano limpio y honrado y lo secuestran de su hogar para conducirlo a las mazmorras peniteciarias. Tal día, a tal hora, se presentó en mi domicilio de la 4ª calle poniente 53, un agente de la tristemente recordada policia de investigación, a notificarme que el “señor director”, general Roderico Anzueto, me necesitaba en su despacho. Le contesté que más tarde me preentaria. A los veinte minutos volvió el agente a reiterrme el llamado y entró hasta el comedor en donde en esos momentos tomaba mis alimentos. Suspendí esta función –una de las más importantes de la vida del hombre-, tomé mi sombero y me dispuse a acompañar al agente . ya en la calle, su actitud, sus movimientos y hasta su semblante, me hicieron conocer lo avieso de las instrucciones que llevaba. Comprendí que era una captura y no un llamado. Ya para llegar al edificio de la Dirección , entonces situado en la esquina de la quinta calle y callejón Manchén, hoy ala oriente del Palacio Nacional, me dijo el agente que, como “ya el señor director no estría en su despacho, que me conduciria al segundo Cuerpo mientras volvia”. Se me condujo a este lugar, del que era jefe el mayor Rubén González, ampliamente conocido por el sobrenombre de “venenito”. Recuerdo que cuando le hablé estaba curandose los ojos con una pomada blanca. El policia que me condujo le presentó un papel que llaman “orden de conducción” y entonces González le respondió que “allí no tenía bartolinas disponibles y que me condujera al primer Cuartel, que era más amplio”. Claramente comprendí que iba preso. Se me condujo al primer Cuartel llevandoseme por corredores lobregos. Llegamos a un pequeño patio, a donde un palido rayo de sol proyectaba en el suelo un rectangulo; se me introdujo por una puerta de hierro y penetramos a un oscuro corerdor, donde se abrian dos celdas con puerta de reja de hierro: dos a la derecha y dos a la izquierda, una de estas últimas mirando hacía el oriente. Se me introdujo en la número 18, diciendome “ que esperara el llamado del señor director”. Esperé con resignación, no comprendiendo hasta ahílas causas de tales procedimientos. Poco a poco mis ojos fueron acostumbrandose a la oscuridad y fui distinguiendo los objetos que me rodeaban. En una esquina de la celda había un abnco de cemento, posible lecho del cautivo. Nada más. Frente a las celdas y al otro lado de la pared, el insistente rumor producido por el chorro de una pila, impedia oir cualquier ruido, voz o señal que indicase la proximidad de personas. Un policia que se denomina “imaginaria”, paseabase por el

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estrecho corerdor. Como a las dos horas de estar en estas condiciones, distinguí en la bartolina que estaba a la izquierda de la mia, tirado boca abajo, en el piso, a Alberto Samayoa Sánchez, quien por señas me pidió un cigarrillo. Saque la mano a través de la reja y se lo lancé. El cigarrillo llegó a su puerta e iba a tomarlo, cuando el viento que siempre se arremolina entre los callejones, empezó a hacerlo rodar; sacó la mano cuanto pudo para atraparlo, pero fue inutil: el viento se lo llevó. En esto llegó el policia que hacia de imaginaria, se enteró de las penas de Samayoa y recogió el cigarrillo entregandoselo. Por mi parte yo le agradecí el favor. Me lanzó una mirada furiosa y, sin contestarme, desapareció. Como es posible que haya ido a avisar al sargento de guardia que yo había cometido el enorme delito de darle un cigarrillo a un compañero de cautiverio, momentos después llegó un sargento acompañado de dos agentes; se me quitaron fosforos y cigarrillos y se me condujo afuera, llevandoseme a encerrar a la bartolina número 5 del callejón de bartolinas que hay en el patio principal del primer cuartel. Eran las seis de la tarde. No había podido sentarme, ni había tomado alimentos. El hombre no necesita d e stas pequeñas comodidades, cuando en su cerebro martillea la duda, y la incertidumbre conmueve su sistema nervioso. Los tres pequeños rombos que se abrian en la gruesa puerta de hierro corrediza, dejaron de filtrar la luz del día. Una espesa capa de sombra lo envolvió todo y yo me senté en el suelo a rumiar el principio de mi desventura.

CAPITULO II LA PRIMERA ATENCIÓN La cabeza me dolia horriblemente. Cuando se me sacó de mi casa yo tenia sintomas de influenza y ahora entre la humedad y la sombra, quizá el mal había encontrado terreno propicio para su desarrollo. Yo seguía meditando sobre la fragilidad de las cosas humanas y, más que todo, sobre el verdadero motivo de mi detención. La hora, los pasos acelerados, las ordenes atropelladas y el confuso rumor de voces que llegaba hasta mi, hacián más desesperados los momentos de angustia que estaba viviendo. El sonar de las llaves sacudidas por el carcelero, tiene una vibracion extraña en el alma del prisionero. Quizá el lector lo haya oido y me comprenderá. Serian las siete de la noche cuando el ruido de llaves se detuvo frente a mi puerta y abrió el candado. Como movido por un resorte me puse de pie. Un policia, con cara de muy pocos amigos, se me encaró: - ¿Trajo pocillo para su café? Ante mi respuesta, naturalmente negativa, extrajo de su bolsillo un libreto y consultó. Yo le miraba con interés. El me miró con idiferencia. - ¡Ah!, usted acaba de venir. - Es el que está por sdición –apuntó otro agente que le acompañaba.

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Fueronse. Poco tiempo después volvieron trayendo uno una jarrilla de lata bastante vieja y deteriorada y el otro, un poco de agua negra con frijoles y dos tortillas gruesas, cuadradas, frias, incomibles… -He tenido que darle mis trastos- dijo el que traia la jarrilla-, desocupelos inmediatamente inmediatamente porque yo no he comido. Hube de agradecerle su atención, esta primera atención, de darme, como a un perro extraño, el necesario alimento para que no muera. Más en mi fuero interno, quedé agradeciendo la indiscresión del otro policia. –Es el que está por sedición –había dicho-. Entonces se me había encarcelado por este delito. ¿Sedición yo? Muchos compañeros habían ya pagado con su vida este delito, tan facilmente atribuible por Ubico, tan rigorosamente sancionado y penado por sus leyes sabias! Y ahora yo estaba entre las garras del sátrapa, es decir, atrapado en aquella celda, acusado de sedición y con centinela de vista a la puerta de la bartolina. Comprendi lo grave de mi situación y no comí la bazofia que se me había arrojado. Carecia de cigarrillos. Cuando llegó el policia le rogué que me consiguiera algunos y accedió. Al entregarme la cajetilla la rompí con avidez y fumé el primero. El cigarrillo tiene una gran importancia para el cautivo. Le consuela y le estimula. A veces es hasta un confidente. En la alegria como en la pena, el cigarrillo es el gran amigo y compañero del hombre. Diganlo quienes hayan vivido los momentos más emocionantes de su vida. Las horas de tragedia, como las de placer, estimuladas por el cigarrillo, tienen matices encantadores y proporccionan al hombre un barato bienestar y placenteros instantes. Soliloquié con él, y a él confié mis penas, mis temores, mis incertidumbres, aquel primer paso en el sendero trágico que de ahí en adelante sería mi vida. Fueron transcurriendo lentamente las horas y, agobiado de pesadumbre –porque la congoja adormece el cuerpo del hombre -, me dormí no se por cuanto tiempo. Bruscamente fui despertado a la media noche. Tres policias, portando sendas lamparas, irrumpieron en mi celda y de un puntapie me despertaron. Reconocí a uno de ellos: el coronel Héctor Orttiz, segundo jefe de la Policia de investigación y encargado de las torturas. -¡Vamos!- fue la órden, seca y breve. Me levanté en un estado de inconsciencia , ese estado peculiar del sueño, no del todo despejado. Dos policias me tomaron por los brazos y atravesando varias puetas y corredores, llegamos a la calle, donde un carro nos esperaba con el motor en marcha. Al introducirseme a él, me encontré con el coronel Rigoberto Arquer que, esposado, ocupaba el asiento trasero. Obedeciendo la órden yo tambien presenté mis manos y los grilletes se ciñeron a mis muñecas por primera vez. Los policias ocuparon los otros asientos y se dio la orden de marcha. El automovil empezó a rodar en el silencio de la noche…

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CAPITULO III LA SEGUNDA ATENCIÓN Estamos frente al portón de la Policia de Hacienda, en el mismo edificio de la Dirección general de Rentas. Es la hora primera del día martes 17 de diciembre de 1935. El carro que nos conduce hace sonar su bocina en forma convenida, porque inmediatamente el portón se abre y el automovil avanza, introduciendose a todo lo largo del callejón que forman las bóvedas de ese inmueble nacionalizado. Cuando ya hemos llegado hasta el interior, se nos ordena bajar y se nos introduce a un cuarto lleno de leña. Es el cuarto de los suplicios. Una vela de sebo lo alumbra con tétricos fulgores. El coronel Arquer, cuando le quitan los grilletes, me mira en forma significativa. Inmediatamente fuimos introducidos a un local contiguo completamente oscuro, pero sin puerta, que nos dejaba ver y oir lo que se hacía en el anterior. El coronel Ortiz pidió examinar los revolveres de los agentes que nos acompañaban. Ante nuestros ojos, sacó, examinó y volvió a colocar los cartuchos en el tambor. Después, entregando los revólveres a los agentes, les dijo: - Apuntenles y al primero que hable o se mueva, disparenle. Permanecimos inmoviles, expectantes, atentos al drama que se iba a desarrollar. Yo pensaba en la clase de tortura que nos irian a aplicar. Faltaba el aire a mis pulmones y la sed, precursora de la angustia, empezaba a devorarme. Quien haya vivido un trance semejante, podrá comprenderme. En el local vecino, que ahora ya podiamos ver a la incierta luz de la vela, fue introducido el señor Alberto Samayoa Sánchez y obligado a leer por si mismo “su declaración de la noche anterior” , según loordenó uno de los verdugos. Arquer y yo no le habiamos visto. El no pudo vernos por estar nosotros en la oscuridad; pero escuchamos distintamente la lectura de su declaración. En ella decia que el coronel Rigoberto Arquer era uno de los cabecillas de un grupo revolucionario organizado para derrocar a Ubico; que estaba introdciendo armas al país por la frontera de Honduras y que el último envío de trescientos rifles lo había ido a recoger a Itzapa. Que yo era el secretario del grupo revolucionario, que tenia en mi poder toda la correspondencia y que estaba en relacion con los emigrados guatemaltecos en México; que además estaba escribiendo un libro contra el gobierno que se llamaba “El Jardín de las Paradojas” y que le había ofrecido, si el movimiento triunfaba, concederle el puesto de cónsul general de Guatemala en Paris. Cuando hubo terminado de leer su declaración, fue sacado del local. Inmediatamente se me llamó y rodeado de seis policias se me conminó a que fuese a entregar la corespondencia a la que había aludido Samayoa. Como intentase negar, inmediatamente se abalanzaron todos sobre mi, me ataron alas manos atrás, con un cinturon de cuero y todos tiraron del cable que, pasando entre una garrucha pendiente del techo, iba a rematar a una gruesa estaca hundida en tierra. Yo no había reparado en estos instrumentos, tal mi azoramiento de los primeros intantes. Mis huesos crujieron y fui

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Coronel Héctor Ortiz Martínez, ex subjefe de la Policía de investigación y ex alcaide de la Penitenciaría Central, quien en el desempeño del primero de los cargos dichos, fungía nocturnamente como jefe de los verdugos encargados de aplicar toda clase de torturas. Sus más eficaces “servicios” los prestó de noche, a la hora en que los gallos cantan. Encarcelado por la misma tiranía a la que sirvió; esta foto fue tomada a su ingreso a la Penitenciaría. Los anteojos oscuros, recuerdan el antifaz que se ponía cuando flagelaba hombres. Siempre el criminal se cubre los ojos para ocultar su delincuencia. Los crímenes cometidos por este sujeto perverso, han quedado impunes; pero su propia conciencia y su mism a vida le están casti ando.

lanzado aun metro de tierra. Como mi cabeza estuviese inclinada, un policia me asestó un fuerte bofetón, ordenandome que la levantase y contestara sus preguntas. Otros tiraron d mis pies y bajo la presión de aquella fuerza enorme y aquel dolor insoportable, ofreci decir verdad y entonces se me bajó. La misma insidiosa pregunta y anye mi negativa, nuevo tirón de la cuerda, otra bofetada y nuevos tirones de pies. Cuatro veces se me sometió a este tormento y, desmayado, con la vista turbía y retorciendome de dolor, fui introducido de nuevo al carro, en cuyo asiento ya no pude sentarme solo. Caí al suelo del vehiculo en estado inconsciente y cuando pude gozar de los primeros destellos de lucidez, estabamos entrando al primerCuartel de la Policia. Recuerdo que alcance a ver el reloj de la Sargentia: marcaba las dos y veinte de la mañana. Era la hora de los suplicios…

CAPITULO IV EL TORMENTO Como un fardo o como una cosa cualquiera fui arrojado al interior de la bartolina número 5, del primer Cuartel. Pasé la noche tendido boca abajo; las sienes me ardían intensamente; mi traje se había roto; el dedo pulgar de la mano derecha se me había casi zafado y me dolía horriblemente; tenía hinchados los hombros y no podía moverme. .

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tendiddo en el suelo como una masa inerte, fui encontrado al día siguiente por el policia que vino a abrir la puerta. Serian las ocho de la mañana, la más triste de mi vida, que recuerdo a través de los tiempos. El policia puso en el suelo un pocillo de agua negra que llaman “café” y un pan duro. Me arrastre como pude y, haciendo un esfuerzo, logré acercar el brebaje a mis labios. El policia, quizá compadecido, puso un cigarrillo entre ellos y me acercó la llama de un fosforo. Después cerró la puertay se fue. Quedé en la oscuridad. Como el dolor que sentia era demasiado intenso, crei encontrar un alivio en el lamento y me quejé toda la mañana y parte de la tarde, sin la esperanza de que nadie se condoliera demi situación. Frente a mi bartolina estaba encerrado el licenciado Ramiro Fonseca; en la contigua el doctor Rafael Sardá. A Samayoa y Arquer no los había vuelto a ver, pero me constaba que estaban presos. Con lentitud desesperante transcurrian las horas. Cuando las sombras de la noche ennegrecieron la bartolina, mi espiritu empezó a langidecer. Pocos hombres, quizá, podrán mantener una serenidad inalterable, a ciertas horas del día y en circunstancias especiales, en que el dolor y la incertidumbre y aun el temor de perder la vida, forman un margo torcedor y martllean cruelmente el cerebro y el corazón del ser viviente. Al filo de la media noche, llegaron a mi celda otros policias de investigacion a repetirme la orden de la noche anterior: -¡Vamos!- Como no podía moverme, me tomaron entre cuatro, dos por los pies y dos por los hombros y me condujeron a una ambulancia cerrada que esperaba a la puerta del edificio. Esta vez no me esposaron y tirado en el piso de la ambulancia me condujeron nuevamente a las bóvedas de la Dirección General de Rentas . fuimos recibidos poe el comandante de la Policia de Hacienda, Teodoro de León. Se me llevó al cuarto de torturas , esta vez alumbrado por tres velas de sebo. El cuadro que a mis ojos se presentó va más allá de cualquier descripción; aún danzan frente a mis ojos sombras macabras; mi imaginación, herida por aquel espectáculo horripilante, hace que hoy se me ericen los cabellos y me invada un frio peculiar: un hombre desnudo, con lass manos atadas alos pies y colgado de la cintura, se balanceaba en la cuerda. Sus organos genitales, bastante visibles a causa de la posición, fueron amarrados con cañamo delgado, de nudo corredizo; un policia tiraba del cañamo hacia arriba y otro, con una pequeña vara, no supe si de hierro o de madera, golpeaba los testiculos de aquel hombre, con una agilidad y una destreza admirables. Los gritos que el desgraciado proferia, son indescriptibles y todavia repercuten en mi cerebro. Hoy comprendo que hay escenas en la vida que ninguna pluma, por diestra y eficiente que sea, es capaz de describir con exactitud. Jamás supe qué confesión querian arrancar de aquel infeliz hombre, porque no le formulaban pregunta alguna, sino solo se dedicaban a martirizarlo. A pesar de mi asombro, pude colegir que el torturado era persona de cierta categoria: me lo estaban diciendo la marca d su sombrero gris tirado a un lado, su calzado y su camisa de seda. No pude verle la cara, primero por la escasa luz y después por tenerla hundida entre las rodillas, sujeta la nuca por una cuerda. Antes de desatar al condenado , fui sacado de la cámara fatal. El coronel Ortiz estaba a la puerta y me dijo: -¡Lo que le espera, sino dice la verdad!

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Momentos después se me introdujo al mismo cuarto en que había estado el desgraciado y cinco policias, arrojandose sobre mí, con furis de lobos hambrientos, me ataron las manos atrás. Inmediatamente tres d e ellos tomaron una punta del cable que pasaba por la garrucha y pusieron frente a mi, una pequeña escalera de cinco peldaños. Me hicieron subir por ella, hasta el último y, cuando menos lo esperaba, un policia le dio un fuerte puntapie y yo, perdido el sosten, quedé en el aire, como los ahorcados. Grite pidiendo que se me matara de una vez. Ofreci declarar lo que quisieran. Entró entonces el jefe de la Policia de Investigación, Ricardo Vitola, y ordenó que me bajaran. Así lo hizo las tres veces que se me izó. Al fin se me depositó en tierra y se me ordenó que firmara una declaración que ya llevaban escrita. Tuve el valor de leerla. En ella decian que el licenciado Gregorio Aguilar Fuentes me había suministrado los datos para escribir el libro “El Jardín de las Pardojas” , el cual había sido entregado aquella mañana por el bachiller José Luis Cifuentes, quien lo guardaba. Bajo la terrible amenaza de ser torturado de nuevo y sintiendo ya flaquear mis humanas fuerzas, firmé la declaración en que comprometia al licenciado Aguilar. Y cuando horas después, tirado en el duro pavimento de la bartolina número 5 del primer Cuartel, me puse a meditar sobre los males que al licenciado Agular podrian sobrevenirle a causa de mi declaración, comprendí la razón que asiste a los degraciados que se hacen responsables de delitos que jamás cometieron, solo por salvarse momentaneamente de los horribles dolores de la tortura. ¡Cuantos infelices aún purgan condenas, por haber “confesado espontaneamente” la conmisión de un crimen imaginario!

CAPITULO V LA RATIFICACION ¡Qué horas más angustiosas las que viví! No pude dormir. El sufrimeinto físico y moral que experimentaba era espantoso. No había tomado ningún alinemto y aquella fria mañana de diciembre me encontró sumido en la más horrible depresión que imaginarse pueda. Ruido de llaves hizo que yo me incorporara. Llegó el carcelero, abrió la puerta de mi celda y puso a mi alcance un vaso de café frio y un pan duro. Acercó ekl vaso a mis labios y, venciendo toda repugnancia, bebí el brebaje que se me ofrecia. Mitigué la sed; el policia me dio un cigarrillo encendido que fumé con avidez y volví a rumiar mi dolor y mi tristeza embrocado sobre el duro y frio pavimento. Así trancurrieron las horas. Poco antes de las dos de la tarde, llegaron varios policias de investigación, me pusieron grilletes y me ordenaron que les siguiera. Esta vez me esposaron por delante. En la calle esperaba una ambulancia. Salí envuelto en una “chamarra” y con la cabeza vendada. Almas compasivas me habían proporcionado aquellas prendas que constituian mi única comodidad. El licenciado Fonseca me había prestado un pequeño cojín, que mucho tiempo después le devolví cuando nos hallamos juntos en la Penitenciaria Central. Me llevaron a presencia del auditor de guerra licenciado, Guillermo Cabrera Martínez, con el objeto de que ratificara mi

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declaración de la noche anterior, es decir, la declaración en que comprometia al licenciado Aguilar Fuentes y que yo había firmado para salvarme del tormento. -Yo no ratifico esa declaración –dije al auditor de guerra- porque fue arrancada a base de torturas. -Mentira –me contesto-, la policia no tortura. -Qué lo diga aquel perro que está allá –le repliqué, señalando con la mano a Ricardo Vitola que permanecia agazapado en un rincón del despacho. -Entonces, ¿No la ratifica? –insistió-. Ya veremos-. Su voz era una amenaza. Salió; a los pocos instantes volvió en compañía de un sargento y un cabo de la guarnición. Me llevaron a la orilla de una pila que hay en eel interior del edificio de la Comandancia de Armas y el auditor les ordenó: -Carguen las armas; que no se mueva ni hable con nadie y si desobecece, metanle un tiro. Fue la primera vez que recibí la caricia de un poco de sol. Allí me vió, al pasar, el coronel Gustavo de León, entonces mayor de plaza departamental. Le saludé con la vista, porque el movimiento de los soldados y el recuerdo de la orden dada por el auditor, paralizaron todos mis movimientos. Varios conocidos pasaron a mi lado, sin hablarme. El sol seguia calentando mis ateridos miembros y, como a la media hora, fui introducido de nuevo al despacho del auditor.

CAPITULO VI EL CAREO Sentado en un escritorio, con aire dictatorial o como un inquisidor nazi de segunda categoria, el auditor de guerra me increpó en esta forma: -¿Por qué se atreve usted a hablar mal del general Ubico? –señalando el retrato del despota, pendiente de la pared-; a mí, si alguien me habla mal del general Ubico, le pego un tiro. -Usted, porque es empleado suyo –le respondí- y además devenga un grueso sueldo del presupuesto. -Ustedes no creen las cosas, sino hasta que tienen las ametralladoras en las manos –me dijo- ; usted hubiera levantado una revolución con este libro. Sobre el cartapacio de su escritorio, golpeó furiosamente la primera parte de “El Jardín de las Paradojas”, que José luis Cifuentes había sido obligado a entregar la noche anterior y por cuyo motivo estuvo durante más de un mes encerrado en las bartolinas del segundo Cuartel de Policia. ………………………………………………………………………………………………... El licenciado Gregorio Aguilar Fuentes había sido mandado a traer a su casa en el momento en que se disponia a almorzar. Su madre, gravemente enferma, empeoró al enterarse de este suceso. Su familia alarmada, quedó esperando el motivo del llamado. Hay

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que colocarse en la época de estos sucesos para comprender lo que significaba un llamado urgente de parte del auditor de guerra. El licenciado Aguilar, en presencia del auditor, fue interrogado en esta forma: -¿Conoce usted “El Jardín de las Paradojas”? –preguntó el auditor. -Algún bonito chalet? -¡No, un libro! -¿Algún libro de versos? -Qué libro de versos ni que nada, un libro que escribió, contra el general Ubico, ese bandido de Efrain de los Rios… El licenciado Aguilar negó rotundamente tener conocimiento de la existencia de tal libro y, a pesar de las afirmaciones del auditor de que yo había confesado que el licenciado Aguilar me había suministrado los datos para escribirlo, mantuvo la firmeza de su negativa. -¡Ahora veremos! –gritó el auditor, y me mandó entrar. El licenciado Aguilar Fuentes y yo, frente a la arrogante figura inquisitorial del auditor, fuimos conminados a decir verdad. Ambos sostuvimos nuestras primeras posiciones. Yo negué siempre la colaboración del licenciado Aguilar y el ratificaba mis afirmaciones. Desesperado el auditor por no poder obtener de nosotros ninguna declaración que nos comprometiera y a él le permitiera significarse por haber descubierto un nuevo par de enemigos del “señor presidente” , dispuso levantar un acta de nuestras exposiciones; acta

José Luis Cifuentes, en cuyo poder se encontraba “El Jardin de las Paradojas” y que, merced a fuertes torturas inflingidas en las bóvedas del edificio de la Centralización de licores, se vió obligado a entregarlo a la policia. Por haber sido depositario de este libro, sufrió varios meses de prisión, habiendosele libertado tras de serias amonestaciones. Fue una singular circunstancia el que no haya corrido la misma suerte del autor, dado lo facil que hubiera sido deducirle una responsabilidad por la custodia de tal documento . La foto fue tomada al día siguiente de su liberación, en 1936.

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milagrosa que, aunque a mí me hundió por varios años en la Penitenciaria, tuvo siquiera el prestigio de salvar al licenciado Aguilar Fuentes, a quien desde un principio comprendí –y después tuve oportunidad de constatar más ampliamente- que se queria dañar con mis imprudentes declaraciones. Terminada el acta, el licenciado Aguilar firmó. Yo no podia tomar la pluma del escritorio del auditor, por tener zafado y sin movimiento el dedo pulgar de la mano derecha. Entonces el licenciado Aguilar se apresuró a ofrecerme su estilográfica, con estas frases que hasta ahora no he olvidado y que muchos años después, siempre recordaba en la Penitenciaria, por su sentido: -Tenga, firme, no se manche… Y salimos. Cuatro años después, nos encontramos con el licenciado Aguilar Fuentes y todavia bajo la sombra tragica de la bota dicctatorial, evocamos nuestro encuentro en la Auditoria de Guerra, la tarde del miercoles 18 de diciembre de 1935. Era el principio de mi cautiverio, el primer eslabón de una larga cadena de martirios. Quedamos separados y entregados a nuestro propio destino. Se cumplia en nosotros la inexorable ley de la existencia…

CAPITULO VII LA OFERTA Volvioseme a introducir a la ambulancia y, esposado torné al Cuartel de Policia. Se me arrojó a la misma bartolina, eran las cuatro de la tarde y la escasa luz que se filtraba por los tres rombos de la puerta, me permitió distinguir una cajetilla de cigarrillos en un angulo de la bartolina. Jamás supé que manos piadosas, durante mi ausencia, depositaron aquella ofrenda, de un valor singular para mi, en aquellas hora de amargura y desesperación. Poco antes de las cinco se me sacó de la bartolina y se me llevó a la sala de visitas. De ese Cuerpo, en donde me esperaba Ricardo Vitola, para darme consejos y formularme ofertas. Comenzó lamentando mi situación y asegurandome que de mi depenía mi liberación. Que ratificara la declaración que había dado la noche anterior, diciendo que el licenciado Gregorio Aguilar Fuentes me había encargado la hechura de “El Jardín de las Paradojas” y que me había suministrado todos los datos; que ninguna importancia tenía el que yo le hubiese afirmado al auditor de guerra que el libro era producto de mis convicciones personales; que me ofrecia dinero y mi inmediata libertad. Que de no acceder, se enojaría el director de la policia, quien ya había ordenado que se me dieran quinientos palos. Esto último no lo cerí; pero en cambio, descubrí que había sido enviado por el propio director para formularme tal oferta, con la intención bien manifiesta de servirse de mi para hundir al licenciado Aguilar Fuentes. No accedí. Vitola se fue y al poco tiempovolvió, insistiendo sobre su anterior propuesta. Llegó la noche y recuerdo que algo se me dio de comer. La lentitud con que las horas trancurrian era desesperante. El espiritú del hombre se acobarda

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en ciertos instantes, principalmente cuando se encuentra a merced de sus peores enemigos y amenazado en su seguridad personal. Las sombras de la noche empavorecen el alma. Todo ruiddo es siniestro. A mis oidos llegaban rumores confusos y extraños; el triste canto de los prisioneros del calabozo general, el monotono silbido de los policias que hacen turno; y, sobre estos lugubres mensajes, el aullido doloroso y tétrico de perros encarcelados y hambrientos. Porque en la era ubico-anzuetista, hasta los perros eran perseguidos y encarcelados. Yo tuve ocasión de ver a muchos de ellos, vagando por los patios de la carcel, comiendo tierra y desmayandose de hambre, sufriendo batonazos y punatapies de los esbirros por el delito de ser perros –juzgo yo-, como los hombres por el delito de ser hombres. ¡Ah!, el hombre contra el hombre. Ningún ser creado, a excepción de éste, se organiza para destruir a los de su especie. Desde el homúnculo, pesa ya una maldición sobre el hombre. En el ambiente de la prisión, el hombre ya medianamente emancipado de prejuicios, empieza a sentir asco por el mismo hombre y a reflexionar sobre la fragilidad de las cosas humanas. Pensando en estas cosas, a pesar del sufrimiento y de la extraña laxitud que invadia todo mi cuerpo, después de tres noches de no dormir y de una inmensa tensión nerviosa, el sueño me fue venciendo y dormí, reclinado contra la pared, no sé por cuanto tiempo. Bruscamente fui despertado de un golpe en los pies. Tres sujetos de semblante poco tranquilizador me dieron la orden ya conocida -¡Vamos! -Me levantaron y, como en la noche anterior, me condujeron a la ambulancia que esperaba a la puerta del cuartel. Me llevaron de nuevo al edificio de la Direccion de Rentas. La ambulancia no entró al portón : yo decendi de ella. Los individuos que me conducian tenian los rostros cubiertos con sendos antifaces. Unicamente reconocí al coronel Héctor Ortiz, a quien me atreví a preguntar lo que de mi se queria. -¡Canalla, bandido, criminal! –me dijo-. Usted va a morir ahora, por haber ofendido al general Ubico. Avanzó sobre mi en actitud amenazante y me puso al pecho el cañón del revolver, cuyo disparador levantó. Su aliento cercano llevó a miolfato el tufo inherente del que ha bebido alcohol. Comprendí que estaba borracho e inmediatanete asocié la facilidad con que el borracho comete un crimen y la situación en que yo me encontraba, frente a aquel esbirro con mando, armado, en un lugar oculto y silencioso, sin más amparo que Dios que dirige la voluntad delos hombres. Rapidamente me encomedndé a El y dejé venir los sucesos. Varias veces, durante el trayecto del prtón al gabinete de los suplicios, el coronel me puso la pistola al pecho y, al fin, llegando que habiamos a la sala del tormento, de un empujón me introdujó a ella. El cuadro que vi fue horroroso. Veré si la pluma se decide y puede describirlo.

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CAPITULO VIII EL SUPLICIO El reducido local cubierto de leña y debilmente iluminado por la llama temblorosa de una vela de sebo, daba cabida a seis policias enmascarados, portando cada uno un grueso batón de hule. Otros dos vinoeron y, tomandome de las manos, me hicieron subir rapidamente las cinco gradas de la escalerilla que ya di a conocer al lector en capitulos anteriores . amarrarónmelas por detrás y, sin pronunciar palabra, obraban con rapidez. Yo fui el primero en romper aquel silencio trágico. No se que dirá el lector de esta prioridad. -Preguntenme lo que quieran –dije-, estoy dispuesto a contestar lo que me pregunten, pero no me torturen ya más, porque siento que voy a morir. -Mejor, es loque queremos –me respondió Ortiz-. Aquí no estamos averiguando nada, sino cumpliendo ordenes. Y ustedes –dijo dirijiendose a los policias que operaban y alos que estaban con los batones en la mano- ya saben: si solo lo quiebran, lo maten en la camilla, y se muere, se lo llevan entre la caja. Señaló a un lado una devencijada parihuela de lona color café, y del otro, una tosca caja de pino mal labrada, con una cruz negra en el fondo. La vista de aquellos aparatos, es capaz de conturbar el espiritu más sereno. El coronel Ortiz salió y los policias ya iban a izarme, cuando volvió y amplió la orden: -Si se muere, cuiden de no echarle cal en la cara. Señaló un canasto con cal que estaba frente a mi y que yo no había visto. Mis ojos han d haberse posado sobre esos objetos con la indescriptible mirada del que ve el mundo por la vez última y se siente rodeado de enemigos acerrimos. Al salir Ortiz, los policias tiraron de la cuerda; la garrucha chirrió, la escaleria vino al suelo y yo fui alzado en un trágico vaiven. Crijieron mis huesos y un dolor inaguantable me abria materialmente el pecho. Vino un policia, rechoncho, de cara patibularia, y se colgó de mi cintura. Su peso enorme, tras de aumentar mi dolor, contribuyó a que el brazo izquierdo se me zafara. Ya no tenia voz para quejarme. Me fueron bajando poco a poco y cuandom ya la punta de mis pies tocaba el suelo, afianzaron la cuerda a una argolla incrustada en el muro. En esta posición que el lector esta viendo –como la veo yo que lo estoy contando-, comenzaron a darme azotes por turnos de veinticinco cada policia, según orden que todavia alcancé a oir. Tuve el diabolismo o el valor, comoquiera llamarse, de ir contando las tandas de golpes que se me aplicaban. Ya me habian golpeado tres policias, lo que equivale a setenta y cinco azotes. Los dos primeros fueron exactos en la cuenta; el tercero me dio veintisiete -¡infame!- y el cuarto empezaba a golpearme con toda la fuerza, cuando perdí el conocimiento.

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CAPITULO IX EL ABANDONO Al día siguiente… amanecí vivo por la gracía de Dios. Era jueves 19 de diciembre de 1935. Un frio intenso invadia la bartolina. Tendido en el pavimento, boca abajo, hice el intento de incorporarme; estaba imposibilitado de todo movimiento. Grité: nadie vino en mia yuda. Arrastrandome llegué a la puerta que el viento hacía moverse; golpeé y llamé; voces lejanas respondían a mis lamentos; los compañeros de prisión se dieron cuenta de mi sufrimiento, entre ellos el licenciado Ramiro Fonseca y el doctor Rafael Sardá, a quien conocí muchos años después y me relató las causas de su desventura. Nuestra primera conversación, algo extraña había tenido lugar de una bartolina a otra, presisamente la que estaba enfrente de la mía. Me dio su nombre y yo le di el mio, unicamente pude verle un ojo a través de los pequeños rombos de la puerta. A consecuencia de que el “imaginaria” había oido nuestra conversación fui sacado de la bartolina y trasladado a otra interior , atrás de la pila, en donde la humedad constante y el ruido del chorro no dejaban oir ningún lamento. Apenas llegaban a mí, apagdos, los tetricos aullidos de los perros prisioneros y, de vez en cuando, las voces de los policias que se turnaban en la guardia. Por la noche, se me llevó un pedazo de brin de dos metros de largo y uno de ancho, obsequio generoso –según se me dijo- de Ricardo Vitola. Fue todo mi lecho durante varios dias y varias noches. Me dolian todos los huesos; los golpes recibidos y la humedad d la celda donde fui abandonado, me proporcionaron fuerte calentura. Temblaba mi cuerpo y la sed me devoraba. El chorro de la pila, hacia más doloroso mi sufrimiento. Era el suplicio de Tántalo. Pedí agua a un agente que se me acercó a mi reja y me contestó que “estaba prohibido darles agua a los enemigos del señor presidente”. Cuando me llevaron el “rancho”, era tal la sed que tenía, que bebí caldo de frijol mezclado con café. Pedí más de este brebaje y el policia me entregó una jarrilla llena. Su generosidad me desconcertó. Siempre hay personas caritativas entre tanto perverso. La mezcla de ambos brebajes, me produjo un vomito horrible. El exceso de bilis me había arruinado comopletamente la digestión. Ensucié el piso y cuando más tarde, tuve urgente necesidad de ejercer otra función fisiológica, pude constatar que mis pantalones estaban completamente deshechos a consecuencia de los numerosos azotes recibidos. Carecia de pañuelo y de papel. Era, según se me informó, terminantemente prohibido que yo poseyese el más minimo pedazo de papel, aunque fuese periodico. Cuando alguien de la calle, me envió una bolsa con panes y cigarrillos, se me entregaron los objetos y se me quitó la bolsa. Recurrí a mi camisa y como era nueva, me costó gran trabajo romperle los faldones. Así obtuve un pañuelo improvisado. Cuando un policia me entregó el cojín que había dejado abandonado en la celda anterior , lo estrujó cien veces a mi presencia para comprobar que no tenía nada de “prohibido”. Una amiga generosa me remitió un colchón de paja nuevo. Su admisión costó insistentes ruegos y cuando fue introducido, la entrega para mí fue causa de un largo expedienteo y de reiteradas “consultas”. Jamás me fue entregado y se “perdió” definitivamente.

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En la más miserable posición que imaginarse pueda, hambriento, con frio y enfermo, me encontró la tarde del sábado 21 de diciembre. Llegó un sargento y abriendo la puerta med dijo que el subdirector de la Policia deseaba verme. Le seguí, tambaleandome y sosteniendome de las paredes. Al pasar por un corredor y al pie de una columna estaba reclinado un colchón. Un barbero que afeitaba policias, al pasar, me indicó que ese colchón había llegado para mí. Me reconfortó la idea de que esa noche pudiera dormir en colchón. Las más leves esperanzas, prenden en el corazón del preso, una llama de alegria, que siempre se apaga al rudo soplo de las consiguientes decepciones. Raramente se cumple una oferta, salvo cuando perjudica; entonces se realiza al momento. Eso me hace comprender que el corazón del hombre está más presto a producir el mal que a dispensar cualquier beneficio. Estamos en el local de la Comandancia del primer Cuartel de Policia. Los coroneles Oscar H. Peralta y Jesús del Cid, están frente a mí…

CAPITULO X EL INTERROGATORIO -¿Cómo te sientes? –fue la pregunta del segundo jefe de la policia. -Como es de suponer –le contesté. -Bájate los pantalones para verte. Cualquier instinto de pudibundez había sido anulado en mí. Obedecí. Oscar H. Peralta y Jesús del Cid se miraron significativamente. Comprendí. -Si te dijera que te fueras a tu casa , ¿Podrías irte? –apuntó Peralta. -No podría –le contesté. -Te vas a ir al hospital –continuó, dando las órdenes pertinentes. Me tomó del brazo el coronel Abraham Galindo y Galindo y me subió por un graderio que queda al fondo del edificio. En lo alto había una camioneta esperandome. Se me introdujo a ella y esperé mientra un policia iba a traer el pedazo de brin y el almohadoncillo que había dejado en la celda recien abandonada. Todo mi ajuar. Tan imposibitado estaba de moverme que permanecí tendiddo en el suerlo de la camioneta, mientra cuatro policias en los asientos, dos a cada lado mio y con los revólveres en la mano, vigilaban mis más pequeños movimientos . la camioneta partió lentamente. Sentí que descendia. Yo no podia explicarme que un vehiculo llegase a la altura de un segundo piso en el interior del Cuartel. Sin embargo, así fue y presumo que debimos haber salido por el callejón “concordia” 11. Como el vehiculo era completamente cerrado no pude ver nada. Se perdió para mí el sentido de la orientación. Como se me había dicho que iba al hospital, pensé que transitábamos por la decima calle. De tal error vino a sacarme el ruido de locomotoras. Detúvose la ambulancia y se me hizo descender. Me encontré frente a la Penitenciaría 11

El Callejón “Concordia” es la 6ª avenida “A” el tramo de la 14 hasta la 18 calle de la zona 1.

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Central. Ese era el hospital que me había ofrecido el coronel Peralta. Por primera vez mis plantas pisaron el umbral de aquel antro fatidico. Se me introdujo a la oficina del alcaide. Lo era el capitán Rodolfo Fuentes. Uno de los policias, el que parecia jefe de ellos, entregó una nota al alcaide. Al trasluz reconocí la firma del general Anzueto. Se tomaron mís generales, señas particulares y demás datos que creyeron necesarios. Se hizo venir a dos presos comunes uniformados: uno de ellos era el inspector general y el otro el “encargado” de los callejones. Entrambos me llevaron al interior. El centinela franqueó la puerta atravesando el arma que tenia calada la bayoneta.

Vista del primer callejón de la Penitenciaria Central, destinado exclusivamente para los politicos, castigados del patio general y condenados a muerte. Este sitio es, indiscutiblemente, el lugar más trágico de América: en él se han cometido todos los crimenes imaginables. Por aquí pasaron miles de prisioneros. Notese, al fondo, parte superior,el borde que quedó de lo que era bóveda corrida y que destruyeron los terremotos de 1917-18. Al entrar la luz a éste lugar, se tapiaron las ventanas que hay en el interior de las bartolinas. Al fondo, parte inferior, el borde a la entrada de las bóvedas subterraneas que constituyen la sexta y septima cuadras. En medio de estas, hay un local independiente, sitio escogido para aplicar los castigos más infamantes. Para bajar a él se pasa sobre 18 gradas, bastante gastadas ya por el paso constante de los condenados. Las flechas marcan las celdas número 1 –a la izquierda- y 23; el autor pasó más de dos años en cada una de ellas. En todos los rincones de este lugar palpita consatntemente la tragedia.

Se me condujo a una galera, donde existen largas mesas y que denominan “boquete”. Se me sometió al más raro registro que he sufrido . como la amyoria de esas pequeñas cosas que el hombre usa diariamente, me había ya sido recogida en el Cuartel, era poco lo que llevaba: dos cajetillas de cigarrillos, una caja de fosforos, y el pedazo de falda de mi camisa que me servia de pañuelo. Todo me fue incautado. Casi se me desnudó. Se palpó el forro de

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mi vestido, el casquillo del sombrero; se me obligó a quitarme los calcetinesy fui minuciosamente registrado hasta en las partes sexuales. Estos dos primeros esbirros, tras de haberme filiado nuevamente, me tomaron de los braazos y me llevaron al departamento celular, conocido en el argot penitenciario con el nombre de “primer callejón”. Es una especie de pasaje con 13 bartolinas a la izquierda y 11 a la derecha. Las últimas seis de la izquierda, son celdas pequeñas de 2 mtros de largo por 1 de ancho. Las demás son dobles, a excepción de la última de la derecha, porque se mandó quitar la pared divisoria. En consecuencia, están formadas por dos pequeñas con un arco medio. La puerta que las cierra es corrediza. Las garruchas que las sostienen corren sobre una vara de hierro y producen un chirrido peculiar, que repercute en el alma del afligido cautivo. Parece –y esta es una personal apreciación mía- que en los años anteriores al terremoto de 1918, este callejón era abovedado y solo era alumbrado por la luz electrica. La luz del día jamás llegaba al interior de las celdas. Ha de haberse derrumbado la bóveda, porque de su existencia hay señales visibles y un resto de ella, corregidos los bordes y recien reparada, cubre la entrada de un subterraneo, en donde se encuentran las llamadas sexta y septima cuadras, nocturno encierro de penados de última categoria. El callejón estaba iluminado escasamente por dos focos de luz atenuada. Se abrió la puerta de la bartolina número 18. Totalmente encandilado, fui empujado a ella de una manera brutal. Cerróse con estrépito, chirrió la llave de la puerta y yo quedé como atontado en medio de aquel silencio torturador. ¡Era el hospital que me había ofrecido el coronel Peralta…!

CAPITULO XI EL PRINCIPIO Estamos en el primer acto del drama penitenciario. Son las cinco de la mañana del día domingo 22 de diciembre de 1935. Abrese la puerta de mi celda y penetra en ella el encargado con las llaves en las manos. Siguenle una especie de ayudante llamado “pasador”, llevando un vaso de peltre con café y dos panes franceses de sabor indescriptible. Me hablan; trabajo inmenso me cuesta contestarles, tal es el estado de postración en que me encuentro. Dejan el café y el pan en un rincón y se retiran. La puerta vuelve a cerrarse y yo, arrastrandome, acerco a mis sedientos labios el café y lo bebo. Aquella bebida cruel tiene la virtud de confortarme. Afuera oigo el paso de otros presos y voces que he creido reconocer. No puedo ver a nadie; la puerta no tiene ni el más leve intersticio. A las ocho, la puerta se abre y soy llamado al exterior. Como no puedo pararme, el encargado y el pasador me sacan en hombros. Un barbero, escogido arbitrariamente entre los presos comunes, espera con la máquina en la manos. Se me indica un tripode rústico para sentarme, más como no puedo y voy al suelo, el barbero se inclina y, sin mayores atenciones, empieza a quitar mi pelo a riguroso rape. Es el reglamento. Cae al suelo mi cabelelra y el viento empieza a hacer rodar los mechones ya encanecidos. Yo los veo ir con tristeza y veo al mismo tiempo las caras de mis compañeros de prisión. Unicamente

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reconocí al coronel Hipólito del Cid. Nadie podia acercarse a donde yo estaba, menos hablarme. Estaba prohibido pasar frente a mi bartolina. Las órdenes eran estrictas y severas. Terminado de trasquilar –no puedo dar otro nombre al acto-, se me introdujo de nuevo ala celda y, en pleno día, a la hora en que el sol sonrie para los seres y las cosas, la noche se hizo sobre mi. A las once se me llevó el rancho: dos tortillas, café y frijoles a medio cocer. A las cuatro, identica operación. Como no comia, los alimentos se almacenaban en un rincón. Así trancurrió el lunes 23 y el martes 24 de diciembre. Por uno de esos desconocidos impulsos de optimismo que el prisionero experimenta en medio de su desgracia, crei que esa noche o al día siguiente se me pondría en libertad como un acto de acción cristiana. Poco antes de las doce de la noche, empecé a oir el estallido de cohetillos y cánticos lejanos. Recordé entonces todas las nochebuenas de mis años juveniles; el árbol de navidad, los pastores, los magos, los cordeles de manzanilla y el clásico tamal para la cena; oia el cascabeleo de risas lejanas, los arpegios de la música, y rostros de mujeres bellas desfilaban frente a mis ojos alucinados. Penosamente me incorporé y fui a reclinar mi frente sobre la puerta cerrada de mi celda. Voló mi pensamiento hasta mi madre muerta y, sintiendome frágil y sencillo como un niño, me eché a llorar incontenible y desoladamente. Fue la única vez que el dolor de mi desgracia me arrancó las primeras lágrimas. Una crisis sentimental hizo presa en mi. No pude dormir. ¿Cómo va a poder hacerlo el hombre cuando una avalancha de sentimientos diversos pone una extraña turbulencia en el espiritu? Al fin conclui de llorar. Cuando sentimientos reprimidos encuentran la válvula del llanto, parece que el alma se alivia de un peso enorme. Desde entonces creo que si algún mérito cabe en el alma de ciertos hombres, es el haber llorado alguna vez. Y si el llanto sobreviene –como en mi caso- la vispera de Navidad, el alma del hombre acongolado siente el impulso indefinido que la eleva hasta la presencia de Dios. Cierto es que el dolor, como el fuego, purifica; máxime cuando se tiene la convicción de que no se ha ofendido, ni a Dios, ni a los hombres…

CAPITULO XII EL HOSPITAL La mañana del 25 de diciembre, me encontró todavia tirado boca abajo, en el mismo rincón a donde había sido arrojado la noche del 21. Mis funciones fisiológicas se habían suspendido. Cuando el encargado, Sebastián Grijalva, acompañado de un pasador, entró a dejarme el rancho, se sorprendió de ver el almacenamiento de alimentos que yo tenía en mi celda. Fue a dar parte a la inspección y su aviso, relativamente, vino a favorecerme. Dijo que “el de la bartolina 18, no había comido en cuatro dias y que parecía muy enfermo porque se quejaba constantemente”. Cuando el encargado volvió, pedile autorización para lavarme la cara y las manos. Hacia nueve días que no veía el agua. Sentía en la cara picazón y una asquerosa pegajosidad en las manos. Todo mi cuerpo experimentaba la peculiar y repugnante

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sensación de la podredumbre. Cuando al cuerpo del hombre se le priva del agua y del jabón por un tiempo de nueve dias, empieza generalmente a corromperse. Yo empezaba a corromperme y sentía repugnancia de mí mismo.parece que el hombre es el único ser que experimenta repulsión por la falta de aseo de sus semejantes. Todos los demás animales se toleran: el hombre, no. Mi solicitud al encargado tuvo la siguiente respuesta desconsoladora: -Chancles babosos, todavia presumen de lavarse; eso ya pasó de moda. Si quieren lavense con saliva o con orines: allí está el bote-. Y soltó una carcajada estripitosa. El sarcasmo de su burlesca risa, afectó profundamente mi sensibilidad, no anquilosada del todo. ¡Yo, que en veinticinco años no había dejado de bañarme diariamente y de mudarme ropa dos veces a la semana, reducido a aquella miserable condición de piltrafa humana! Triste destino el del hombre, verse obligado a llegar a los más bajos fondos de la degradación. El encargado terminó su respuesta, dando un fuerte jalón a la puerta y cerrandola bruscamente. Quedé en la oscuridad rumiando nuevamente mi amargura. Habrían trancurrido diez minutos de esta escena, cuando llegó el alcaide del presidio, Rodolfo Fuentes, acompañado del médico, doctor Ángel Iturbide, profesional sombrio, verdadera Caja de Pandora, de quien me ocuparé más tarde. Pidieron examinarme; les enseñé mis torturas y, sobre todo, la honda huella que en mis manos había dejado la presión de los grilletes. Pediles tambien permiso para lavarme. Me fue concedido. Viles ir como comentando un asunto importante. El encargado me proporcionó una bola de jabón negro llamado “de coche” y me acompañó a la pila, en el segundo callejón, donde estaban los presos politicos sentenciados. Encargado de éste callejón era Roberto Isaac, el famoso criminal conocido por “Tata Dios” y escogido para torturar hombres, por su fuerza y por su vocación. De lejos pude reconocer a Eugenio Trujillo, Francisco Escobar y Rodrigo Robles, con quienes ya tenia amistad desde la calle. No pude hacerles ni una seña: era rigurosamente prohibido.

Doctor Francisco Escobar Pérez, valiente patriota, enemigo del despotismo y cuya participación en los sucesos de 1934, pagó con más de cinco años de prisión, sujeto a trabajos forzados en la Penitenciaría Central.

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Cuando me hube enjabonado la cabeza, el encargado me echaba agua con una palangana: era terminantemente prohibido que yo tocase cualquier objeto de metal, ni siquiera una palangana, no fuese a suceder que con ella pretendiese degollarme. Aun no había concluido la rudimentaria ablución, cuando llegó atropelladamente el alcaide a ordenar que inmediatamente se me subiese al hospital. No se me dio tiempo a secarme, ni tenia con qué hacerlo. Penosamente llegué a mi celda, recogí el almohadoncillo y el pedazo de brin que constituian mi lecho y seguí al enfermero que llegaba por mi.

Eugenio Trujillo Estrada, extesorero de la Loteria Nacional y amigo del licenciado Aguilar Fuentes, fue otra de las victimas del año 1934. Cumplió una condena de cutro años de prisión, sometido a trabajos forzados y vapuleado diariamente durante los primeros meses de cautiverio.

Licenciado Rodrigo Robles Chinchilla, sufrió una condena de más de cinco años, sometido a trabajos forzados en la Penitenciaria Central. Amigo de los licenciados Carlos Pacheco Marroquín y Efrain Aguilar Fuentes y de los estudiantes Jacobo Sánchez y Humberto Molina; participó en los sucesos del año 1934.

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Subí las gradas trabajosamente y desde lo alto divisé los techos y los campanarios de la ciudad. ¡Qué próxima estaba la ciudad y, sin embargo, qué lejos de mi vida! Fui conducido a la segunda sala, la destinada a los tuberculosos, a los sifiliticos, a los leprosos, a todos los desgraciados que padecen enfermedades incurables y contagiosas. Se me despojó de mi traje y se me impuso un camisón de gruesa manta con las letras “H.P.”, cosidas a la espalda. No eran las iniciales conocidas de “caballos de fuerza”, sino significaban “Hospital del Presidio”, según supe después. Se me destinó un camastrón de madera tosca, colocado frente a una de las ventanas, cubiertas de tela metálica, desde donde veia la ciudad y el patio del segundo callejón con un quiosco al centro. Veia bañarse alos recluidos del callejón y moverse a en sus diversos trabajos, a los numerosos presos del patio general. Era tan dura la madera de la cama que se me había señalado, cubierta unicamnte con una sábana de manta, que no pude hacer uso de ella. La almohada semejaba una piedra cualquiera. La única ventaja erá que me permitia librarme de la humedad. Estaba marcada con el número siete.

CAPITULO XIII LA VISITA DE “PAPA” El primer jefe del botiquin que era el capitán Claudio Vásquez, ya fallecido y el señor Emilio Galindo, como segundo, me dispensaron su compasión, gracias a ellos y a sus oprtunas órdenes, me aplicaron fomentos de árnica, ya psrs rebajarme la hinchazón y el morado color de la región glutea. Al día siguiente de mi insatalación en este antro siniestro, pude distinguir al doctor Jorge Zepeda de León, cirujano dental del presidio. A pesaar de las estrechas prevenciones, pude hablarle y a su generosidad –que recalco en estas páginas de una manera singular- debo el que se me haya hecho venir de la calle un colchón de paja, lo que para mi representó una gran comodidad, después de doce días de permanecer tirado en el suelo, con el dolor insoportable de la espalda vapuleada. Marcelino Domingo se llamaba el cautivo enfermo d ela primera sala, quien se jactaba de ser paisano mio y quizá por ello le debo las mayores ingratitudes. Leocadio Peque era el nombre del de la segunda, en donde yo estaba. Era de Escuintla. Me habian contado la historia de su crimen. Fueron los primeros que me dieron a conocer la admiración, el respeto y la consideración que entre los demás recluidos despierta el que llega por hechos de sangre, ya sean homicidas, simples heridores, uxorcídas o agresores. Si el reo es de asesinato la consideración es mayor; la magnitud de su crimen le otorga una personalidad dominante y sus servidcios son inmediatamente aprovechados por las autoridades del presidio, como jefes de pelotones o encargados de secciones, concediendoles todas las facilidades y comodidades para hacerles placentera la vida del penal. Cuanto más repugnante es el crimen y mayor la condena, mayor es la tolerancia y las ventajas que se conceden al delincuente, de donde concluimos que el fin que se persigue al encarcelar al criminal, no es el castigo y la corrección de sus

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faltas mediante procedimientos adecuados, sino el fomento y el premio, permitiendole pasar la vida en el presidio en mejores condiciones que en plena libertad. Habrá excepciones en esta apreciación, pero ellas mismas confirman mi certeza. Un domingo –bien lo recuerdo- me dijo Peque: -Alli viene Papá. -¿Quién es “Papá”? –indagué. -El señor director –me contestó-. Nosotros le llamamos “Papá”, porque es tan bueno con nosotros que hace que le demos este nombre. Parece que viene para acá –continuó; y entró corriendo a poner en orden las viejas sabanas que cubrian los lechos de los enfermos. Yo oculté, bajo el colchón, dos revistas que me habían prestado para distraerme. Efectivamente, Peque no se había engañado. El “señor director” entró en la segunda sala. Todos los enfermos se incorporaron, menos yo que no podia. Se dirigió a mi cama y encarandose conmigo, me dijo con voz ronca: -Ya ve, para qué se mete a babosadas. Bien jodido está en la Auditoria de Guerra. Así lo van a hacer… -y su mano trazaba ene el aire una seña de plebeya obsenidad-; por eso yo, prefiero cortar zacate o cargar leña, antes que ofender al señor presidente. Atengase a su suerte y si sale vivo de aquí, cobre experiencia. Aunque lo dudo, porque asi… -repitió laseña anterior- lo van a hacer en la Auditoria de Guerra… Salió. Aquel hombre había sido mi amigo en la calle. Le tuve aprecio porque estimaba a un hijo suyo. El orgullo de su obesidad uniformada frente a mi cama número siete de las egunda sala, no se ha borrado de mi imaginación. Recuerdo perfectamente su primera y última visita. Es como si en estos instantes le estuviera viendo. Siento una molesta sensación al evocar aquella escena. Su voz y el aspecto protervo de su semblante, son imborrables.si es verdad que la cara es el espejo del alma –como reza la sentencia popular-, la de aquel jefe no se puede calificar de inmaculada. Yo pensaba, en mi ignorancia acerca de la mutabilidad del hombre, que el recuerdo de nuestra amistad, provocaria un gesto de bondad en el director. ¡Quia!, lejos de recibir una frase de consuelo, aunque hubiese sido un ademán compasivo, lo que recibí de él fue una cruda reprimenda, consejos inoportunos, amenazas y miradas iracundas. Vino a aumentar mi amargura el estado casi agonico en que me hallaba. Sin embargo, el hijo borró en parte la conducta de su padre. Un día, burlando la severidad reglamentaria y a escondidas de su padre , llegó hasta mi lecho de dolor en compañía del alcaide y me entregó cigarrilos y fosfororos, como una ofrenda de su amistad en mi desgracia. Se lo agradecí aquel día. Se lo agradezco hoy. Se lo agrdeceré siempre. Porque fue más allá. Traspuso los limites de las circunstancias y fue más noble que su padre. Su gesto de un momento, le ha salvado de mi condenación. En cambio, la posteridad reconocerá, como lo deben reconocer las generaciones actuales, que al pintar con brocha gruesa, al sombrio personaje de este capitulo, me refiero al coronel Julio H. Corzantes.

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CAPITULO XIV EL TRATAMIENTO Mi curación se redujo a tres fomentos con árnica al día. El dolor me fue desapareciendo poco a poco y ya pude acostarme con relativa facilidad. Por consideración del capitán Vásquez se me cocedió al fin bañarme.en “la regadera de los jefes”. La sensación que experimenta quien tiene el hábito de bañarse diariamente, dspues de veinte dias de no poder hacerlo, es, sencillamente inefable. Pasaba las horas sumido en un absoluto marasmo. Tuve ocasión de recorrer todo mi pasado vivido y cuando llegaba al punto de mi encarcelamientoen el Cuartel de Policia, evocaba, con horror, los suplicios que allí había presenciado y los cuales procuraré relatar al lector en los capitulos en los capitulos siguientes. Afortunadamente, “el procedimiento cientifico” que conmigo se empleó , “para descubrir la verdad” –según frases caracteristicas de aquella época no muy lejana-, fue la colgada conocida, con las manos atrás, el vapuleo y tirón de pies que descoyunta. Los otros tormentos, sin embargo, fueron aplicados a compañeros mios de presidio. Yo vi y oi a las victimas retorcerse y gritar. Conozco las contorsiones del hombre cuando siente su carne torturada. Se evocan, sin querer, los movimientos de los muertos cuando son incinerados. La inquisición rediviva en pleno siglo XX. Yo comprendo la razón que asistía a los inquisidores para quemar a los hereticos; comprendo la razón que ha asistido a los negros de Africa para perdeguir a sus semejantes y comerselos crudos o asados; el salvaje tiene sus razones: debe sentirse un placer extraño al comerce 12  a un enemigo asado: se elimina un rival y se saborea un manjar apetitoso; se satisface el hambre y se aparta un peligro. Yo comprendo a los pueblos de organización totalitaria que, en su intransigencia y ofuscación, persiguen y eliminan como alimañas a los hombres que no piensan como ellos. Yo comprendo a los pueblos conquistadores que oprimen y torturan a los vecinos. Todos los crimenes cometidos en seres indefensos por la Alemania nazi y de que tanto nos habla el cine, la radio y la revista, así como la prensa diaría, yo los comprendo y les encuentro siquiera una sencilla explicación. Si no se justifican, se explican. Pero lo que no tiene  justificación,  justificación, explicación, explicación, comprensión comprensión ni perdon, son los crimenes cometidos en Guatemala, país de paz y de trabajo, cuya pequeñez no le permite ser conquistador y cuya cultura le impide parangonarse con los salvajes y antropófagos. Los crimenes de Guatemala, cometidos en tiempos de paz, entre hermanos y a sangre fria, son lo más inicuo e incalificable que puede hallarse entre la historia del Continente americano. Son lo inexplicable. ¿Concluirá algún día tan abyecto, vil y cobarde procedimiento?

12 Se

respeta la escritura del texto original, debe escribirse comerse (N del C)

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CAPITULO XV LA TORTURA El procedimiento de torturar a los hombres, data desde antiguos tiempos. La Edad Media está llena de horrores. La persecusión contra el hombre superior, ha sido un sistema empleado por los que juzgan lesivos para sus intereses los descubrimientos y las ideas capaces de revolucionar el estancamiento del medio en que viven. El descubrimiento cientifico y la idea libertaria, han sido los peores enemigos de los déspotas. Y no se han conformado con matar simplemente a los autores, sino que su mayor contento, radica en hacerles sufrir previamente horribles dolores, empleando diabólicos procedimientos que solo calenturientas imaginaciones pueden concebir. De ahí la existencia de paratos torturadores qwue si en la vieja Europa solo existen en los museos y en la historia, en Gutemala se han usado con lujo de crueldad, con un amplio y refinado sadismo y sin la misma intención con que aplicaron los tormentos lods hombres de otras épocas. De 1871 a 1920, puede decirse que la tortura aplicada a los hombres, era la flagelación con la vara de membrillo. Ocho hombres sujetaban a la victima de manos y pies, tendido boca abajo sobre un petate y completamente desnudo. Si la victima era considerada “enemiga del señor presisente”, se le recetaban quinientos azotes, y si el desgraciado era de menor significación, solo se le aplicaban doscientos. Había verdugos adiestrados. Cuando dejaban de azotar al que había recibido quinientos latigazos , se le veian materialmente los huesos; toda la región glútea había sido deshecha. Había verdugos famosos por su habilidad en pegar: golpeaban con la vara ensebada de ida y vueltay los dos golpes producidos representaban un solo azote. Este procedimiento fue abandonado durante la administración de José María Orellana, sustituyendose por la colgada clasica y conocida, cuyo inventor –se dice- fue el licenciado Ernesto Rivas, motejado por los estudiantes con un nombre repugnante. En una gruesa viga del techo está afirmada una garrucha por la que pasa resistente cable. Se le retuercen los brazos hacia atrás a la victima y se le sujeta de las muñecas, por medio de una especie de gruesas abrazaderas de cuero, de la que prende el cable; se le atan las piernas y, con un fuerte tirón, le levantan a un metro del suelo; el flagelador armado de un batón de hule de diez y ocho pulgadas de largo por dos de grueso, entra inmediatamente en acción, descargando fuertes golpes sobre el colgado. Estando fija la cuerda en un limite determinado , otros verdugos izan a la victima y a cierta altura, lo sueltan de golpe para que el cimbron se verifique al encontrar la resistencia primitiva. Este golpe es tan fuerte que la victima experimenta dolores inenarrables, el dolor del descoyuntamiento, a tal grado, que se olvida de los golpes que está recibiendo. El local en que se aplica este martirio está situado en el segundo piso y al lado poniente del edificio del primer Cuartel; le llaman “La Cocina”; tiene una puerta que ve hacia el oriente y una pequeña ventana al lado norte, a donde se asoma a presenciar el suplicio el propio director de Policia, quien ordena, por señas, la ocasión de subir o bajar al desgraciado. Tienen preparado un canasto con cal viva, para untar a la victima enlas carnes maceradas. Cuando

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han juzgado suficiente el suplicio, le bajan y se presenta el auditor de guerra a indagarle; si se niega a declarar y, sobre todo, a mencionar nombres de personas que el inquisidor tiene marcado interés en perjudicar, se le tortura nuevamente; y si se considera que ya no resiste, se le reserva para el día siguiente. Por la noche vuelven a llevarlo al suplicio. Entra en escena un verdugo feroz, llamado rafael Solis –alias chapulín-, de alta estatura, negro y semijorobado, practico en el vapuleo; se aferra a un brazo de la victima, generalmente el izquierdo de ambos y con elque le queda libre, azota fuertemente; retumba el cuarto, los gritos del azotado se pierden entre las paredes y el coraje de los inquisidores no tiene limite, sobre todo, cuando no han podido arrancar a la victima la confesión que deseaban, para tener cabe de encarcelar o fusilar a los supuestos enemigos del gobierno. Siempre en estos casos hay individuos que sirven de testaferros, para declarar en contra de las victimas. El primer bofetón lo recibe el sindicado en el propio despacho del director de Policia: él no puede concederle a nadie el derecho de prioridad en la humillación y el ultraje; en muchas ocasiones José Bernabé Linares, el jefe de la Gestapo guatemalteca, arrebata el batón flagelador al verdugo, para darse el mismo el gusto de vapulear. A la victima la encierran en la bartolina número 11, conocida con el nombre de la “hielera”. Al otro día lo sacan y lo llevan a un nuevo martirio a “La Cocina”. Como el desgraciado ya no puede andar, lo cargan entre tres policias. Tendido en el suelo lo desnudan. El cuerpo lo tiene morado y en algunas partes la carne se ha abierto y sangre cuagulada mancha los bordes; dos fotografos estan listos para entrar en acción. Elevan a la victima y Solis procede con furor. -Cuando nosotros enfoquemos, usted le da fuerte y ligero –dicen los fotografos a Solis-, para que “el señor” vea que estamos cumpliendo sus ordenes-. Toman la primera fotografia de pies arriba de la victima, para que se vea que está colgado; la segunda por detrás, para que se vean las heridas, y la tercera de frente. Sigue el tormento; al fin, la victima, enloquecida de dolor, concluye por firmar cualquier documento que se le presente, con tal de librarse de la tortura. Si obstinadamente se niega a firmar el documento, el desgraciado, generalmente, desaparece para siempre; y si lo firma, se le aplican los últimos azotes ordenados, se le manda tirar a la bartolina, se ordena al enfermero que proceda a curarle los golpes y al cabo de ocho o diez días, va a dar con sus huesos a las bartolinas del primer callejón de la Penitenciaría Central, donde sus padecimientos se prolongan. Si conviene, se le instruye proceso por el delito de “atentar contra las instituciones sociales” y si no, queda de “orden”, como quedé yo en la primera ocasión, como han quedado miles de guatemaltecos que no he podido olvidar. Este capítulo lo vivió intensamente el viejo patriota guatemalteco, don Silverio Ortiz Rivas, de quien me ocuparé más adelante. Naturalmente, hay alguna diferencia de años, entre lo que yo vi y él vivió después.

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SILVERIO ORTIZ RIVAS Viejo patriota, signatario del acta de los tres dobleces y quien se encontraba preso en el mes de junio de 1944. Presintiendo que la caída de Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador, sería una anticipación a la de Ubico en Guatemala, trató de comunicarse con el doctor Julio Bianchi, a fin de que se se pusiera al habla con Silva Peña, Viteri y Serrano y trabajaran, en unión de los estudiantes, para el derrocamiento de la tiranía. Ortiz trabajaba como peón en la fabricación de tubos de cemento en la Penitenciaria. El encargado de estos trabajos, don Julio Ariza, se prestó gustoso, cuando Ortiz le habló, a llevar el mensaje a Bianchi. Pocos días después llevó la respuesta en que le anunciaban la recordada huelga estudiantil. Vinieron los conocidos sucesos de junio, y Ortiz, en compañía de los estudiantes René Montes y Ramón Cadena, esperaban ansiosamente el desarrollo de los acontecimientos. La rebeldía del pueblo se reflejó, aun en el interior de la Penitenciaria, dando principio con la desobediencia a los encargados. Los estudiantes Montes y Cadena y el obrero Ortiz Rivas, hicieron un pacto de solidaridad, como el que sus compañeros habían hecho en la calle. Al ser libertado Ortiz pasó inmediatamente a formar en las filas del partido Unión Cívica para derrocar a Ponce. En “El Quinto Qu into Jinete del Apocalipsis”, próximo a publicarse, se delineará detenidamente la valiosa actuación de este patriota guatemalteco que ha intervenido en dos gestas heroicas: abril de 1920 y octubre de 1944.

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CAPITULO XVI “EL COFRECITO” La tortura llamada de “El Cofrecito”, es una de las más singulares que se conocen y que solo pudo haber sido producto de una imaginación calenturienta y diabolica. Consiste en una prensa compuesta de tres tapas de hierro. Una va en el suelo y dos a los lados. Amordazan a la victima para impedir que grite y la introducen en la máquina infernal. Este tormento se practica, unas veces parados y otras tendidos en el suelo. Poco a poco van uniendo las dos tapas de los lados por medio de un grueso tornillo al que le dan vuelta con palanca. La víctima, bajo el dolor de una terrible presión, no puede gritar ni moverse. El aplastamiento es perfecto. Arroja los alimentos y las materias fecales. A veces sufre hemorragia por boca, nariz y oídos. Esta forma de tormento fue inventada por uno de los directores de Policía de Ubico, la figura más sombría que ha pasado por el escenario político de Guatemala. Más parece que tal procedimiento no dio el resultado apetecido y fue abandonado, porque las victimas morían pronto.

Coronel Rómulo Barrientos, participante en los sangrientos sucesos de 1934. Se le aplicaron toda clase de torturas para martirizarlo antes de ser ejecutado: el clásico colgamiento, la tortura del agua y del fuego, los grilletes y los golpes en los testículos aplicados con suma destreza. Además, con él se empleó un nuevo procedimiento. Se le introdujeron hierros fríos y calientes entre las uñas de las manos y de los pies, tormento el más horrible que la imaginación más fecunda puede concebir. Convertido por la saña de los verdugos en un verdadero guiñapo, fue fusilado la tarde del 18 de septiembre de 1934.

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Otra forma muy práctica para obtener inmediata confesión de delitos imaginarios, consiste en sujetar los brazos de la víctima con los tobillos. Un policía le toma fuertemente por los hombros y otros dos le amarran. Otro más le golpea con una varita en los testículos que han quedado visibles. A este también le amordazan. El dolor que experimenta el desgraciado debe ser terriblemente espantoso, como que en estos órganos se reconcentra la mayor vitalidad del hombre. La inflamación producida por los golpes, hace que la bolsa que envuelve los testículos se dilate hasta el extremo que llega a las rodillas. Este suplicio se aplica en las bóvedas del primer Cuartel. Hay otro procedimiento que supera a los suplicios de la antigüedad: a la víctima, además de colgada y vapuleada, se le aplica un brasero a los desnudos pies y, suspendida, va dejándosele caer lentamente entre el fuego. Este suplicio le fue aplicado por primera vez al coronel Rómulo Barrientos, en el año 1934. La tortura de la gota de agua, que parece copiada de los chinos, se aplica en las bóvedas del Cuartel. Existen unas bartolinas, de media vara de ancho por tres de alto, donde apenas cabe un hombre parado, en la parte alta hay un caño que deja caer constantemente una gota de agua que la víctima recibe en la cabeza o en los hombros. El sufrimiento que produce es terrible. Si la constancia de una gota de agua horada una peña, con cuanta mayor razón no destruirá los tejidos. La víctima no resiste más allá de quince días. Respecto a la tortura para mujeres, existen formas diferentes: a unas les sujetan las manos a los tobillos y, completamente desnudas, las sumergen en una pila donde previamente han echado unas marquetas de hielo. A otras, colgadas de las manos, les quitan el traje y el pezón de los pechos les es quemado con la brasa de un puro. Otras son desnudadas completamente, vuelven a amarrarles las manos a los tobillos; bajo los pechos les ponen una faja de cuero, esta faja es sujetada por un gancho atado al conocido cable que pasa por la garrucha pendiente del techo y, así, son izadas; después se les deja caer lentamente entre un tonel con agua que hay a los pies de la víctima y por la que pasan alambres eléctricos de alta tensión. Las víctimas no fallecen a consecuencia de estos suplicios, pero padecen lo indecible. Ante semejantes tormentos, la pobre mujer, afligida y llorosa, enloquecida de dolor, concluye por atribuir a su padre, hermano, esposo o hijo, los crímenes que solo existen en la imaginación de sus verdugos. Muchas de estas víctimas están vivas, deambulan por las calles de nuestra ciudad y, si tienen la oportunidad de leer estas páginas, tendrán que reconocer la certeza de mi relación, hecha con la mayor sencillez, pero al mismo tiempo con superlativa veracidad. Yo sé que muchos espíritus se sentirán amargados por la rudeza de este relato; pero a fuer de analista imparcial y de relator veraz, no podía omitir deliberadamente el dolor de la mujer guatemalteca, so pena de una traición conmigo mismo. La mujer guatemalteca ha sido siempre una gran colaboradora del hombre, en las luchas de éste por conquistar la libertad. Loor a ti, mujer guatemalteca, quien quiera que seas, porque llevas sobre tu frente la aureola que siempre da el martirio.

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CAPITULO XVII EL RECUERDO Tendido sobre mi lecho de dolor, en medio de angustias indecibles, iba yo siguiendo con la vista el sinuoso vuelo de las moscas y recordando los episodios que quedan descritos en los capítulos anteriores y que yo había visto vivir a seres humanos como yo. La evocación sobre todo en las horas nocturnas, de estas dantescas escenas, ahuyentaba de mí el sueño y pasaba largas horas con los ojos abiertos y el oído atento, viendo y escuchando lo que en torno mio acontecía. Así tuve ocasión de presenciar escenas funestas. Una noche mi vecino de cama, de nombre florentín, empeoró de su dolencia y atento a sus quejas, le vi volverse hacia el lado de la sombra y morir. Dice que el hombre como los demás animales, busca la sombra para expirar. La oscuridad de un rincón, dicen, es el sitio propicio para entregar el alma al creador. Debe ser cierto. Florentín buscó estar fuera del radio de la luz para morir. Era la media noche. No avisé al enfermero de la sala, porque bien dormía y me había advertido que cuando yo presenciara la muerte de algún compañero, que no le avisara, sino hasta las cuatro y media de la mañana, por no interrumpirle su sueño y no molestar a los jefes con el parte respectivo. A las cinco, llegaron con una caja de madera tosca; metieron dentro al muerto, le rociaron cal, cerraron la caja y se lo llevaron. Sus cosas personales fueron recogidas y llevadas diz que al almacén; pero yo presumo que cuando las pertenencias del muerto tienen algún valor, son repartidas y aprovechadas por los “vivos” que más próximos a él se hallan. Florentín había cumplido el tercer periodo de la tuberculosis. No hubo ninguna desinfección; posiblemente el microbio fatal quedó impregnado en trastos y ropas y estos siguieron sirviendo al próximo enfermo que ocupó el lecho abandonado. Cuando a las dos de la tarde del día en que se llevaron a Florentín, llegaron muchos presidiarios, cargando un herido recién llevado de la calle. Era un jovencito como de 17 años, procedente de Palencia. En una riña había recibido un tremendo machetazo que por poco le cercena una mano ésta pendía únicamente de un sencillo ligamento, un tendón quizá. Ante mí lo vendaron y le aplicaron dos inyecciones. Cuando se fueron los conductores, yo me atreví a hablarle. -¿Te duele la mano? –le dije. -No –me respondió-. Lo que siento es haber perdido mucha sangre. -¿Y no temes que te duela próximamente? –inquirí. -Quizá me duela, pero soy bastante “hombre” para soportar el dolor –me respondió-. Bástame saber que vi volar una mano y la cabeza de mi adversario… La riña había sido en la plaza pública de Palencia. Mi nuevo compañero de desgracia y su adversario, habían reñido disputándose a una mujer. Ahora, ni uno ni otro volverían a verla, ni menos a gozar de su cariño. A lo mejor, ella ignoraba el drama de sus pretendientes. Y cuando lo supiese, sus sonrisas quizá serían para un tercero.

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Fue entonces cuando afirmé mi convicción de que en todos los dramas de la vida del hombre, generalmente de manera directa o indirecta, interviene una mujer. No en balde dice la copla castellana: “Lo menos noventa y nueve de cien que arrastran cadena, andan sufriendo condena por culpa de las mujeres: porque no hay ninguna buena” A eso de las diez de la noche, mi compañero de cama se alborotó dando unos quejidos lastimeros. Sus lamentos fueron creciendo de tono y llegaron los enfermeros. Habían pasado los efectos de la morfina. Aplicaronle más y el desgraciado se calmó. A la mañana siguiente se lo llevaron a la sala de operaciones. Los cirujanos le cosieron la mano. El infeliz, a mi presencia pasó instantes dolorosos. Lo único que le confortaba era el recuerdo del daño que había inferido a su antagonista: -De la cárcel se sale, del cementerio ya no –me decía. Poco después llegó un nuevo enfermo a quien habían traído del primer Cuartel por haber intentado suicidarse con una pequeña navaja. Tuve la oportunidad de verle la herida sobre la tetilla izquierda. Era alto, fornido, hermoso, si cabe el adjetivo. Se llamaba Alberto Cuevas Rogel. Era carpintero naval. Una mañana llegó a verle personalmente el auditor de guerra, licenciado Cabrera Martínez. Entonces supe que era preso político. -Yo creo que no me fusilarán, ¿verdad? –me dijo un día el pobrecillo-, Porque si así fuera no me darían lechita, pan fino, ni me pusieran mis inyecciones. -Es posible que no –le contesté-. ¿Cómo van a matar a un enfermo a quien atienden con tanto esmero? Yo ignoraba el sistema que se acostumbra en la prisión. Me contó su historia. Había estado en los sucesos de 1934 y, habiendo logrado escapar a la masacre de aquel entonces, se hallaba escondido en una casa de la 15 avenida y callejón Variedades 13. Una mujer a quien ahora veía con indiferencia fue a delatarlo y la policía lo sacó. Como se hallaba totalmente desamparado, le obsequié el mismo brin que me había obsequiado Vitola y un par de calcetines. Me lo agradeció en forma conmovedora. Poco faltó para que se arrodillase. Dijo que yo era la primera persona generosa que había hallado en su calvario. Que así, poco a poco iría reuniendo “sus cositas” para vivir en la prisión. Me bendijo. Yo me conmoví y desde entonces le dispense mi apoyo moral y mi cariño. Una mañana, después de la visita del médico, le dieron de alta y lo bajaron. Al día siguiente era domingo y, desde mi ventana, le vi ir a los inodoros del segundo callejón, estrechamente custodiado por un sargento y dos cabos. Me sorprendí. Se lo hice notar a Peque el enfermero y me respondió que por no asustarme, no me había dicho la verdad, pero que la situación de 13  El

callejón de las Variedades corresponde actualmente a la 12 calle “A” que inicia en la 11 avenida (Frente al Salón de Actos del Central de Señoritas Belén) con trazo hasta la 16 avenida de la zona 1. Inmediaciones de la Aduana Central y el Barrio Gerona.

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Cuevas Rogel era grave: que posiblemente al otro día lo fusilarían, en unión de otro que estaba encerrado en las bartolinas del primer callejón. Efectivamente al otro día, fui testigo presencial de la escena que se refiere en el capitulo siguiente.

CAPITULO XVIII EL FUSILAMIENTO A las cinco de la mañana del día lunes, llegó el enfermero de la primera sala trayéndome un uniforme de presidiario hizo que me lo pusiese con la mayor rapidez. Me quedaba corto. Despedía penetrante olor a moho. En la precipitación eché mano a una cajetilla de cigarrillos que tenía en el alfeizar de la ventana, sabedor ya de que el cigarrillo es un gran consuelo en las grandes aflicciones y un sedante para las más fuertes emociones. El mestizo, paisano mio, según me había dicho, me arrebató los cigarrillos y los fósforos, diciéndome que era prohibido fumar. Me sacaron precipitadamente. Fui llevado al primer callejón. A la descolorida luz del foco eléctrico, pues las sombras de la noche aun eran demasiado intensas, pude distinguir a los demás compañeros formados en dos filas. Cada uno de ellos estaba parado en medio de dos cuidadores que llamaban vigilantes, escogidos entre los reos más aviesos y crueles del patio común. El uniforme del presidio tiene la virtud de hacer ver a todos los hombres iguales. Yo no podía distinguir quienes eran mis compañeros, es decir, presos políticos y quiénes eran los “vigilantes”. La agitación, la sorpresa, la hora, el frio de la madrugada, todo me hacia temblar. En la organización de las filas, el coronel Hipólito del Cid que me vio entrar, logró llegarse hasta mí me quedé casi a la cabeza de la columna y me dijo al oído: -“vea, oiga y calle, por favor”-. Yo, asustado, sin saber todavía lo que iba a pasar, ofrecí cumplir fielmente la indicación del compañero. Se abrió la puerta de goznes, con un chirrido fatídico y otro preso nos dio la voz de mando par salir por el portón. Obedecimos. Al salir al patio general, yendo hacia el oriente, nos hicieron girar a la derecha y después hacia el poniente. Hicimos alto y quedamos de cara al norte. Yo fui uno de los más próximos quedó a la pared. Cerca de un árbol que llaman “cush” y que, según leyenda del presidio, florece todo el año alimentado con sangre humana. El presidio, constituido por más de mil quinientos hombres, estaba formado en cuadro. Empezaba a clarear. Se oía el canto lejano de los gallos saludando al nuevo día. Toques de corneta anunciaban la llegada de tropas del fuerte San José. Momentos después entraban las autoridades: el director de Policía, el comandante de armas, el auditor de guerra y muchos jefes, oficiales y civiles. Avanzó la bandera por el centro. Se detuvo como a 30 metros del paredón y fueron traídos los sentenciados. Se les leyó, como es de rigor, los principales pasajes de su proceso. 24 horas antes les había sido notificada la denegatoria del recurso de gracia, interpuesto por el defensor de oficio; era la hora señalada para el cumplimiento de la sentencia fatal. Fueron conducidos por un oficial al fatídico paredón. No quisieron sentarse, ni que les vendaran los ojos. Yo vi a Cuevas Rogel pararse con serenidad y lo compadecí, porque le había tratado en el hospital. Siempre es triste ver morir

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a una persona con quien se ha tenido cierto trato. Son inolvidables para mí, a pesar del tiempo transcurrido, todos los que fueron compañeros míos y perdieron la vida en diversas circunstancias. Algunos de ellos pasaran por estas páginas, como pasaron por la vida, fugazmente, envueltos entre las brumas de mis recuerdos, que hoy quieren ser, como serán, una plegaria. Rápidamente la pequeña escolta ejecutora se formó. Integrada por artilleros hábiles y acostumbrados a ejecutar actos semejantes, que los reclusos denominan los carniceros, obedecían las órdenes que un teniente les daba con voz dulce y melodiosa. Contraste raro formaba la voz suave y acariciadora del teniente con el crujir de muelles peculiar de las armas preparadas para el disparo. Eran dos los ejecutados: Cuevas Rogel y otro cuyo nombre he olvidado. Están parados frente al paredón que constituye la parte posterior de las bartolinas de la izquierda del primer callejón. Frente a ellos, con las armas tendidas, apuntándoles, la escolta compuesta por diez soldados, cinco de pie y cinco con la rodilla en tierra. El teniente de la voz de seda, levanta la espada y al dejarla caer, acompañada de la orden: ¡Fuego!, pronunciada con argentina voz, truena la descarga y los reos se desploman. Cuevas Rogel cae de bruces. Su compañero se dobla sobre las rodillas y cae encogido. Su sombrero hecho de palma, vuela en pedazos. Inmediatamente se aproxima a los ajusticiados me hizo subir las gradas del hospital el teniente de la meliflua voz y va dando a cada uno el tiro de gracia consabido. La escena ha terminado. Era la mañana del 28 de enero de 1936. El desfile de regreso se organiza. Vamos pasando en fila india frente a los cadáveres ensangrentados. Tiene por objeto infundirnos horror como medida ejemplarizante, según afirman las autoridades. Un compañero llevado por un sentimiento de piedad y de respeto, se quita el birrete, lo que le vale un castigo, parándolo toda una mañana al borde de la pila, castigo conocido en el penal con el nombre de la basa. Como las autoridades que asistiesen a la ejecución, entre las que pude distinguir al subdirector de Policía, coronel Oscar H. Peralta, viesen que entre los presos políticos del primer callejón había uno con el pelo y la barba demasiado crecidos, ordenaron que, sin contemplación ni distingos, todos los presos fuesen rapados y rasurados a navaja. Yo, tan pronto como llegué al callejón y un compañero se dispusiese a ofrendarme un cigarrillo, mientras fue a buscarlo, fui extraído del recinto y a empellones se me hizo subir las gradas del hospital en donde se me despojó del sucio uniforme. Dióseme el pan y el brebaje acostumbrados en el hospital. Un pan duro y un cocimiento frio que denominan “atole”. Papas y güisquil cocido, sin sal, constituyen el almuerzo y la comida. Yo estaba “a dieta”, como mi enfermedad proviniese del aparato digestivo y no de los golpes oficiales. Después de tomar este repugnante alimento, quise leer una revista vieja que tenia escondida entre mi cama y que otro enfermo me había proporcionado. Imposible. Por primera vez en la vida no podía concentrar mi atención sobre lo que estaba leyendo. El horrible espectáculo de la mañana me había impresionado profundamente. Escondí de nuevo la revista, me tendí en el lecho y me puse a meditar sobre lo que había presenciado. Al día siguiente, me bajaron del hospital. Había ya transcurrido treinta y tres días. Se cerraba un capitulo de mi vida y se abría otro no menos doloroso.

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Aquel “peludo” que motivó la orden de “rape general”, era yo, que durante más de cuarenta días no se me había permitido afeitarme. Algunos compañeros, cuidadosos de su melena y de su bigote, pretendieron atribuirme culpabilidad. Mas ¿Quién era el verdadero culpable? ¿Yo, o los que me encarcelaron? Se me concedió indulgencia por parte de los compañeros, pero ello no impidió que su inquina de los primeros instantes fuese la primera demostración de odio que se me confiere en el penal, el primer peldaño una larga escala de odios, escala única por la que solo suben los hombres superiores.

CAPITULO XIX EL ENCIERRO Apoyado en el hombro del generoso enfermero Peque, bajé las gradas del hospital. Un “pasador” venía detrás trayendo mi colchón. Abrióse la puerta del departamento celular y fui entregado al Encargado, quien me precedía, haciendo sonar el haz de llaves. Recorrí más de la mitad del callejón. Miraba a todos lados. En las puertas de las bartolinas, los que serían después mis compañeros de infortunio, asomaban sus cabezas curiosas. Algunos ya me eran conocidos. Nadie se atrevía a hablarme. El encargado se detuvo frente a la bartolina número 10, de dos metros de largo por uno de ancho. A ella se introdujo mi colchón y yo después. Cerróse tras de mí. Quedé sumido en la más completa oscuridad. Cuando mis ojos se fueron habituando a ella, pude descubrir que no tenia espacio ni para dar dos pasos. Palpé la puerta y, ¡oh, alegría!, descubrí que en vez de cerrojo, tenía un fuerte candado que permitía se abriera como seis centímetros. Por esa milagrosa abertura se filtraba la luz. Por ella, acercando un ojo, podía yo ver a los compañeros que se paseaban. A las once se me llevó el rancho: un plato de frijol, dos tortillas y un vaso de café. El encargado me advirtió que si yo no tenía trastos o procuraba adquirirlos, ya no tendrían en qué servirme los alimentos al día siguiente. ¿Dónde iba yo a adquirirlos? ¿Cómo? ¿Con qué? Comprendí que mi calvario empezaba. Desde por la mañana carecía de un cigarrillo. Mi desesperación se acentuaba. Mas como en el momento de mi ingreso se me había entregado un paquete que alguien me había remitido de la calle desde hacía algunos días y pude descubrirlo en un rincón, me dispuse a abrirlo y enterarme de su contenido. Era una estera de pita, envolviendo seis cajas de cigarrillos y bastantes fósforos. ¡Y yo padeciendo lo indecible sin un cigarrillo! Fumé el primero y, desde entonces, empecé a notar que la Divina Providencia jamás me abandonó, aun en los trances más difíciles y angustiosos de mi prisión. Por la tarde y, sin duda, con el pretexto de tomar el sol, vino a sentarse encuclillado, frente a mi bartolina, el honrado obrero Max Aldana González, de quien me ocuparé en capítulo especial. A él le debo el primer pañuelo que llegó a mis manos en mucho tiempo. ¡Cuánto se lo agradecí! En un descuido de los vigilantes, me introdujo por la abertura un paquetillo de caramelos, los primeros que endulzaron mis amarguras, la de la boca y la del ama. Mas sin duda, a

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consecuencia de nuestra conversación con Aldana, al día siguiente se me trasladó a la bartolina número 9; después a la número 8 y por último se me encerró en la número 6, en donde permanecí completamente incomunicado los meses de febrero y marzo de 1936. Por súplica que hice al inspector general –reo de delitos comunes-, se permitió que la puerta de mi celda permaneciese entre abierta , habiéndoseme expresa prohibición, bajo severas amenazas, de no hablar con nadie. Obedecí y agradecí aquella gran bondad del inspector que, según me dijo, lo hacía bajo su personal responsabilidad. Sin embargo –y esto lo recuerdo con la tristeza y la emoción que es de suponer-, a la hora del almuerzo y fingiendo pasearse, pasaban los compañeros y me arrojaban cigarrillos, fósforos y panes rellenos, atenciones que yo agradecía con el alma. Los días domingos veía ir a los compañeros de visita conforme los iban llamando. Yo sentía una extraña inquietud. Piensa, lector, en lo que siente un niño que ve repartir juguetes y golosinas a sus compañeros y a él no le dan. Yo no podía llorar ni calmar mi dolor a gritos, como un niño, pero sentía en mi pecho tal confusión de sentimientos y me creía objeto de la más abominable preterición, que en el silencio de la noche, me echaba a llorar,  juzgándome el más desgraciado de los mortales. Y así era en efecto, pero me consolaba pensando en la afirmación de Cervantes, que siempre el Destino deja al hombre una puerta abierta en las desdichas. “Al lado de la desgracia, está la felicidad”, afirma un proverbio musulmán. Estas sentencias me daban valor para sufrir, y fui sufriendo.

CAPITULO XX LA VOZ LEJANA Muchos hombres a quienes yo dijese que he hablado con Dios, me tildarían de loco, cuando no de blasfemo. Muchos otros a quienes yo afirmase mi comunicación con la Divinidad, creerían que tamaño absurdo solo puede provenir de una imaginación enferma o ser causada por el prurito de afirmar una cosa inexistente. Sin embargo, esto es tan cierto y tan positivo, que me empeñaré en demostrarlo. No es una novedad ni con ello persigo un afán de notoriedad. Sencillamente, dos amigas inseparables de mi vida, la experiencia y la observación, me han dado a conocer muchas cosas ignoradas por la mayoría de los hombres; el más insignificante detalle de la vida, tiene, en la generalidad de los casos, una importancia y una trascendencia enormes. Sencillas manifestaciones de la naturaleza, han conducido al hombre de ciencia por el camino de los grandes descubrimientos. Y así, en el hondo silencio de mi celda, sumido en la más profunda oscuridad y en posesión completa de todas mis facultades físicas y morales, yo sentí muchas veces la proximidad de una potencia desconocida, pero poderosamente influyente sobre mi sensibilidad, sobre mi conciencia y sobre mi pensamiento. El análisis introspectivo, producto de la reflexión y de la consideración filosófica sobre la razón de la existencia del hombre, sobre las primeras causas y sobre el origen de la vida, ideas nacidas en la soledad y en el silencio, llevaron mi pensamiento tan lejos, hasta las ignoradas honduras del infinito, que surgió dentro de mi ser

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todo, concreta y firme, como una materialización, la idea clara y precisa de la existencia de un Ser superior, director y organizador de la armonía universal. La realidad de Dios palpitaba dentro de mí de una manera extraordinaria. La fuerza eterna moviendo los mundos, encendiendo los soles y dirigiendo la voluntad de los hombres, era para mí una manifestación real de la existencia de Dios. Y sentí su proximidad y mi espíritu, atormentado por tanto sufrimiento, se fue iluminando con fulgores de una luz demasiado intensa y desconocida. Se abrieron para mí panoramas insospechados y, estando solo, inmensamente solo, entre el frio y el dolor, entre la angustia y la necesidad, entre la duda y el miedo, me sentí acompañado y protegido, reconfortado y tranquilo, convencido y valiente, en medio de aquella desolación en que me había sumido un caprichoso dictado del destino. Y, al dialogar con mi propia conciencia, cuyas repuestas me eran claramente transmitidas, sentí en todo mi ser la completa y definitiva manifestación de Dios; la plenitud de Su grandeza llenó mi vida y me comuniqué con El, en un dialogo extraño, desconocido para una gran parte de los mortales. Convencime de que el menor ruido, al distraer la atención del que lo oye, le quita una parte de su propia personalidad, le arrebata una porción de sus tesoros interiores y le obliga a descentrarse de su misma reconcentración. Esta sensación de proximidad con Dios, creo yo, únicamente puede experimentarse, cuando el espíritu del hombre, más o menos evolucionado, se encuentra propicio para recibir estas manifestaciones extranaturales y cuando las circunstancias que lo rodean, hechas de soledad y de silencio, coadyuvan a que el hombre pueda oir la voz clara y precisa de su propia conciencia, que es, en conclusión, la voz misma de Dios. Se oye el ruido del silencio –porque el silencio también hace ruido- y al sentir la proximidad de una entidad nueva que se introduce dentro del aura de nuestro propio ser –como explica la teogonía hindú-, se palpa y se experimenta la transformación de nuestra alma y diafanidad que invade nuestro pensamiento. Estas sensaciones las comprobé en el apartamiento de mi celda. Quizá el lugar único en que el hombre puede disfrutar de la compañía de si mismo y de la proximidad de Dios. Comprendí entonces, a los eremitas que aman y desean la soledad. Su penitencia en el silencio, les trae como premio o recompensa, sentir la existencia de Dios dentro de su propia alma. Premio el más hermoso, al que solo pueden aspirar las conciencias privilegiadas y los espíritus iniciados en el camino de la perfección.

CAPITULO XXI LA OBSERVACIÓN El nuevo encargado venía a verme a cada instante a mi celda. Era alto, cenceño, de andar lento y voz pausada y seca. Usaba un ancho sombrero de palma que daba a su rostro una sombra que a mí me pareció siniestra. Se llamaba Ignacio Gómez. Su presencia, francamente, me era repulsiva. Todo cautivo sujeto a las ordenes de otro cautivo, no ve en él más que un verdugo y, con mayor razón, en el caso que, como el nuestro, daba lugar a

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que recluidos del orden común, seleccionados entre los más crueles, viniesen a ser jefes del departamento en que nos encontrábamos encerrados. El nuevo encargado me tomó cariño y pasaba horas en mi celda contándome la historia de su crimen: había matado a un hombre de un certero balazo en la frente. Siempre por una mujer. Un día vio el estado lamentable de la única camisa que poseía, la misma a la que le había roto un pedazo de falda para utilizar como pañuelo. Me la pidió insistentemente y se la llevó. Dos días después vino a verme, poco antes del encierro. Su actitud misteriosa y sus pasos mesurados, me infundieron cierta prevención. Sacó la camisa que llevaba oculta debajo de la “chumpa” reglamentaria y me la entregó. Estaba bien limpia y remendada. No quiso aceptar nada por el servicio. Al día siguiente por primera vez en mucho tiempo, mi cuerpo lastimado recibió la caricia de una camisa limpia. Ignacio Gómez fue el primer Encargado que tuvo un gesto de piedad para el desgraciado prisionero. A nadie hostilizaba y mantenía el concepto de que los hombres, cuando están sumidos en el infortunio, deben ayudarse los unos a los otros. Qué razonamiento tan diferente al de los demás Encargados que conocí después. Ignacio Gómez me dio a conocer que a los hombres, cualesquiera que sean, no debe juzgárseles por su aspecto exterior. Muchas veces una fisonomía de rasgos duros, es una máscara que oculta la bondad de un corazón. El aspecto a primera vista repulsivo de Ignacio Gómez, trocóse después para mí en una figura simpática. Si él hubiese tenido dinero habría hecho todo lo posible por proporcionarme alguna comodidad. Si yo lo hubiese tenido, el se habría encargado de adquirirme lo principal, desde trastos para recibir comida, hasta ropa de cama. Sin embargo, le agradezco sus atenciones.

Max Aldana González, competente maestro de mecánica y uno de los obreros más significados de Guatemala. Propulsor entusiasta del juego de base-ball, y fiel amigo del licenciado Efraín Aguilar Fuentes. Cobardemente asesinado la tarde del 3 de julio de 1938, en los barrancos surorientales del Campo de Marte y después de 45 meses de Atribuíasele el autor determinado las bombas movimiento En injusta uno dereclusión. los primeros días de ser la primavera, de incautadas servirse eldurante rancho,elentró a mi revolucionario de 1934 Gómez y con su voz que a mí me parecía misteriosa, me dijo: bartolina Ignacio

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-Ahora ya puede salir y comunicarse con los demás compañeros; pero, eso sí, le recomiendo muy especialmente que no hable con los presos del otro callejón –y su mano señaló el famoso “triangulo”, de donde era encargado el famoso y legendario Roberto Isaac, conocido por “Tata Dios”. Puedo decir que sentí la misma o parecida emoción que experimenta un gallo en corral ajeno, según el proverbio popular. La comparación es absurda, pero estoy seguro que si el gallo hablase y estableciese una escala de comparaciones emotivas, parangonaríase conmigo. Inmediatamente, al saber la nueva de mi desincomunicación 14 , vinieron muchos compañeros a rodearme y dieron principio las presentaciones. Siempre la llegada de un preso nuevo es motivo de novedad en el presidio. Alguien había hecho circular la noticia de que yo era un escritor de combate y poeta por añadidura. Efusivas salutaciones, apretones de mano, abrazos y frases cariñosas de consuelo se prodigaron abundantemente entre nosotros. Max Aldana González me invitó para pasar a su celda a fumar un cigarrillo. Los demás compañeros me rodeaban y, cuando ya me disponía a asistirá la ceremonia para la que había sido invitado, sonaron las sirenas de las fábricas vecinas y entró el Encargado haciendo sonar las llaves y ordenando que cada uno reconociese su respectiva celda. Era la hora clásica del encierro: las cinco de la tarde. Nos separamos. Cuando estuve solo, todavía emocionado, reflexioné sobre la nueva sociedad que me rodeaba. Confié en Dios y procuré dormirme. Imposible. Las últimas emociones habían afectado mis nervios. Quería que llegase pronto el nuevo día para conocer a mis compañeros de infortunio. Era la primera vez que hablaba con hombres. A la mañana siguiente, empezó a desarrollarse un capitulo nuevo del gran drama…

CAPITULO XXII LA SOCIEDAD Amaneció el día siguiente. Era 26 15 de marzo de 1936. Me hallaba en el seno de una sociedad extraña, en un mundo completamente nuevo, en el que todas las costumbres, los hábitos y aún las frases prodigadas de un compañero a otro, eran completamente diferentes de las conocidas. Yo sufrí mucho porque no lograba habituarme a la vida de la prisión. Cuando el guatemalteco pasa por la calle o alguien le habla de la Penitenciaría Central, sencillamente se horroriza; pero no se imagina siquiera la realidad de la vida detrás de los grises muros de todos conocidos. Atrás de esas murallas el hombre se transforma. Toda su estructura, incluso el alma, se modifica. Sus pensamientos y sus sentimientos se metamorfosean ¡Qué vasto campo de experimentación es el presidio! El hombre que cae a él se sumerge en un mundo de extrañas sensaciones y si su naturaleza es fuerte resiste la invasión del cambio y conserva integra su primitiva personalidad; pero si, por el contrario, es emotivo, pusilánime, sensible, sentimental, cobarde y espiritualmente débil, 14  Desincomunicación. 15  Jueves

Se respeta el original. Lo correcto es des incomunicación (N del C) 26 de marzo de 1936.

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inmediatamente se manifiestan en él los síntomas de la transformación y aquella máquina de dolor y de infamia le tritura entre sus sólidos engranajes. Todas las pasiones encerradas en esa caja pandoresca que es el hombre, se despiertan y se ensanchan, coma la simiente en surcos bien abonados. El hombre pasa por un periodo que yo llamaría “la época de la fertilidad de las humanas pasiones”. La envidia, el odio, la ira, la tristeza, la angustia, el recuerdo insistente, las ansias de libertad, la sed de justicia, la nostalgia del hogar, el cariño familiar, el amor erótico y el sentimental, la duda, la intransigencia, el afán del disimulo, la concupiscencia, el deseo de significación, el prurito de la apariencia, la filantropía, la crueldad, el valor, la resignación, el temor, la perfidia, la sinceridad, el heroísmo, la amistad, la gratitud, la admiración, la lealtad, el sentimiento de solidaridad, el desprecio, la pereza, la vanidad y mil sentimientos que escapan a mi análisis, son las más sobresalientes pasiones que se adhieren al alma del cautivo y son lo que regulan su conducta en el encierro. Si es fuerte, resiste; pero si es débil, sucumbe. Como ya dije en otra parte y repito ahora: el que es bueno, madura; y el que es malo, se pudre. El cautiverio es como una gran incubadora. Quizá ningún hombre, en el libre escenario de la vida, tenga la oportunidad, como en la prisión, de dar a conocer a los demás sus virtudes y sus vicios. El hombre a quien inopinadamente se le priva de su libertad, sufre un gran trastorno psicológico y se coloca en un punto-mejor dicho, le colocan-muy próximo a la locura. Su situación es lo contrario del delincuente autentico. El prisionero inocente, tiene como castigo su propia inocencia, lo que hace su dolor más grande. El delincuente convicto de cualquier transgresión a la ley justifica sus padecimientos: tiene el consuelo de su propio crimen. El recuerdo de la comisión de un hecho cualquiera, sancionado por las leyes, tiene la virtud de atenuar la humillación, el insulto, aun el bofetón inferido por el verdugo. Y en este nuevo mundo de pasiones encontradas, disimiles, antitéticas, paradójicas, me hallé colocado una mañana del mes de marzo de 1936. Conocí a muchos hombres, presos como yo, cuyos nombres no he olvidado. Sus gestos, sus ademanes, sus conversaciones, su fisonomía, su tendencia, su cultura, las causas por las que fueron cautivos y su conducta observada en el interior del penal, están vivos dentro de mis recuerdos. Así, en los capítulos siguientes, me ocuparé de los buenos y de los malos, en sus aspectos más sobresalientes. Mi intención no es hacer gala de mis observaciones, sino dar a conocer a los lectores el plano a donde puede llegar el hombre, colocado en circunstancias especiales; mi afán se reduce a exponer lo que es la convivencia en el presidio: uno de los peores castigos para el hombre de elevadas tendencias espirituales, el peor de los martirios para el ser evolucionado, el tormento más grande para el hombre de perfiles superiores, el sufrimiento más horrible para quien, por su elevación cultural, se ve arrastrado a l fondo de la barbarie.

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CAPITULO XXIII PRIMERAS EXPERIENCIAS No cabe dudar que la vida del hombre en el goce pleno de su libertad, es mucho más bella y lisonjera que la del encarcelado. Pero también en la miseria de una cárcel el hombre experimenta placeres especiales. Cuando se eleva el pensamiento hasta Dios, cuando se cree que El está junto a nosotros y que todos los goces del mundo son fugaces y que la única dicha verdadera radica en la conciencia y no en los simples objetos materiales de que solemos rodearnos, se siente con placer la vida y la virtud de una cristiana resignación es un gran consuelo para el alma del encarcelado. A los quince días de contacto diario y convivencia con los demás presos, yo había tomado mi partido, no diré que de una manera positiva y perfecta, pero si en una forma soportable y llevadera. Vi que mi suerte estaba echada y que tenía frente a mí la solución de un dilema trágico: o el patíbulo en cualquier forma de las acostumbradas por el régimen imperante, o la perspectiva de un encierro prolongado. Este dilema m planteé a mí mismo, ante la convicción de que, no habiéndoseme instruido proceso alguno ni motivádoseme auto de prisión, por ningún tribunal, quedaba desde luego sujeto a la voluntad de los poderosos que habían decidido mi encarcelamiento, cuya duración me era desconocida. La incertidumbre de la condena, es un castigo tan especial para el hombre encarcelado, que solo podrán comprenderlo aquellos que hayan vivido en esa situación. El tiempo que pasa carece de importancia. Porque el infortunado pero ignora si se aproxima a la fecha fijada para su liberación. La duda acerca de su situación martiriza constantemente su pensamiento y empieza a sufrir alucinaciones, delirios, amnesia, vértigos y trastornos de toda índole en su mal alimentado organismo. Los súbitos cambios anímicos son demasiado frecuentes en el cautivo. Sometido a esta influencia extraña que afortunadamente pude resistir, me propuse vivir mientras “los otros” me dejasen alentar. –Cuando mi hora sea llegada –resolví- haré como los demás hombres: moriré. Tal aquella resolución, ampliamente varonil, que a mí me pareció estoica. Cuando en mis ratos de soledad había hecho una minuciosa enumeración de los bienes que habían embellecido mi vida, y ahora me veía sumido en la mayor de las desgracias, tuve intenciones de suicidarme. Pero ¿Cómo? Las minuciosas requisas a que había sido sometido, no dejaron en mi poder nada a propósito para tal fin. Ni un trozo de cuerda, ni un clavo. Además, me pareció repugnante, idealmente, el procedimiento. De haberlo realizado, me hubiese destrozado la cabeza contra las paredes. Pero cuando tales ideas me asaltaban, acudía inmediatamente Dios en mi ayuda. Sentía Su presencia y huían rápidamente tan funestos pensamientos, nacidos en los primeros días de mi cautiverio. Mas como tengo sabido que el hombre es un animal mimético, por su índole y por su naturaleza, al poco tiempo estaba casi adaptado al medio en que me tocó vivir. Mi infortunio lo tomé como una disposición de Aquel que todo lo puede. Los hombres fueron para mi, sobre todo, los

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encargados de hostilizarnos y guardarnos celosamente, instrumentos de la voluntad suprema que todo lo rige; y los vi actuar con indiferencia, comprendiéndolos y perdonándolos. Su maldad y su miseria, venían a acrecentar nuestra bondad y ponían en relieve la diferencia entre los presos políticos y los de delitos comunes. Cuando el hombre se encuentra rodeado de peligros, se intensifica en él la sensibilidad de sus sentidos. El hombre que se pierde en una selva desconocida y espesa y el que cae en la estrechez de una cárcel, máxime si se consideran las circunstancias especiales, como las nuestras, a merced de la voluntad de un tirano que a cualquier hora podía decretar nuestra muerte, utilizando infinitos e inagotables medios a su alcance, experimentan ineludiblemente un prodigioso desarrollo de sus facultades. Su mirada se hace más penetrante, su oído más fino, su olfato más sensible, y en el todo de la voz de los que hablan, cree interpretar sus sentimientos. Estos fenómenos son más apreciables en las personas de ciertas facultades perceptivas y sensoriales más o menos desarrolladas. La imaginación del cautivo experimenta una serie de impresiones de diferente clasificación y, cuando ésta posee cierta potencialidad, es un gran coadyuvante para soportar los rigores del cautiverio. Haciéndome estas reflexiones, llegué a comprender que el espíritu puede independizarse del cuerpo y del lugar donde uno esté. Gobernando la imaginación se está bien en cualquier parte. Un día pasa pronto para el hombre de imaginación fecunda; en cambio, es desesperadamente largo para el ser privado de ella. Cuando por la noche se recoge uno a descansar y la imaginación le transporta a las regiones que quiere, ¿Qué puede importarle que el lecho sea duro, o que no lo tenga, que es lo más frecuente y que se halle entre los gruesos muros de una cárcel o entre las paredes de un lujoso palacio? Además, ¿Qué puede importar la miseria que rodea al cautivo, si tiene en su compañía a Homero, Platón, Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Montaigne, Hugo, y otros? ¿Ellos, acaso, no le acompañan en el recuerdo? Mas el dominio de la imaginación, ¿es cosa fácil? Sostuve una lucha tremenda. Probaba mí mente y la sometía a un duro ejercicio y cuando ya creía conseguir mi objeto, la tiránica obsesión de mi infortunio triunfaba entonces y, despechado, maldecía de mi debilidad. Al fin, poco apoco fui dominando mi imaginación y cuando logré relativamente apartar de mí las miserias humanas y la grosera realidad que me rodeaba, me entregué con placer a una vida intensamente imaginativa que contribuyó en gran parte a mitigar mis sufrimientos. Ya que no poseía ningún libro y además la prohibición de no tocar cualquier papel se mantenía estricta y éramos todos objeto de severa vigilancia, la imaginación perfectamente controlada, dominada y dirigida, vino a proporcionarme los libros que quise y prodigarme las enseñanzas que no hubiese podido adquirir en el mundo envidiable de los libros. Realmente, afirmo que la imaginación creadora, es un reflejo del poder de Dios sobre el hombre. Es una de sus grandes manifestaciones.

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CAPITULO XXIV LA ADAPTACIÓN Caído, pues, en aquel rincón de dolor y desventura, tuve, sin embargo, algunos asomos de fortuna que, equilibrando mi situación, me proporcionaron instantes agradables. Está decretado por las inmutables leyes de la naturaleza, que el hombre solo recuerde los instantes agradables de la vida y olvide los pesarosos; de ahí que las coplas de Jorge Manrique sobre considerar todo tiempo pasado como mejor, sean de una honda trascendencia filosófica y tengan por verdad fundamental las incesantes variaciones psicológicas del hombre. No han pasado muchos años en que sucedieron los hechos que hoy estoy relatando; sin embargo, muchos, de ellos se escapan de mi memoria y solo gracias a un poderoso esfuerzo de reconstrucción, logro traerlos hasta el momento presente. Es muy doloroso para el hombre que ha sufrido mucho, recordar los instantes amargos de su existencia; darles vida a esos instantes, para volcarlos en la tristeza de estas páginas, es algo muy superior a la ingénita sensibilidad del corazón del hombre. Sucede en la prisión como en el mundo. Aquellos que no saben lo que es la sabiduría, que ignoran lo que es abrir un libro ya sea para estudio o para deleite y que no logran comprender cuánto hay de puro y sutil en un gesto, en una expresión, se burlan generalmente y creen que es una locura la compasión, el amor y el saber consolarse con bellas fantasías. Mi carcelero no sabía de estas cosas ni las hubiera comprendido aunque yo hubiese tratado de explicárselas. Concréteme, pues, a pedirle informes sobre las costumbres de la prisión. Preguntábale el nombre de algunos compañeros que pasaban junto a nosotros y así fui conociendo a varios. Desde que se me había desincomunicado, yo mantenía cierta inquietud razonable, a consecuencia de haber visto una pizarra en la puerta de la bartolina, que pertenecía al Encargado y que tenía escrito con tiza: “Comunistas en bartolina, 64. – Castigados, 3 –Encargado, 1. –Total: 68”. Yo, estaba, pues, entre los comunistas. Sabedor del odio profundo y la constante persecución que el dictador sentía y desplegaba contra quienes poseyesen tal doctrina, constitutiva de grave delito durante el régimen ubiquista, temí por mi seguridad personal y empecé a recelar. En la débil mentalidad de la gran masa popular, y aun en la opinión de personas al parecer sensatas e ilustradas, priva la errónea creencia de que el comunista es un enemigo de la sociedad, peligroso para la hacienda, trastornador del orden, salteador, ladrón, allanador, sucio, repugnante, violador y no sé cuantas cosas más. Así lo hizo creer al pueblo, el gobernante que se creía su dueño y director de sus ideales. Mas yo sabía lo contrario y bueno es declararlo ahora, anticipándome a lo que diré después, que los llamados comunistas en la Penitenciaría central, fueron las personas más decentes que yo conocí en mi cautiverio. Para ellos, que leerán estas páginas, tengo un recuerdo en los capítulos siguientes.

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Yo sabía perfectamente que mis compañeros, en una u otra forma, eran opositores a la dictadura gobernante, enemigos personales o simples amigos o familiares de los que el déspota calificaba sus enemigos. Yo sabía que en aquel recinto donde nos hacinábamos sesenta y cuatro presos, no había comunistas y que el calificativo aplicado en la pizarra de marras era con el solo hecho de amedrentarnos y de calificarnos de alguna forma; puesto que los delitos –si los había- no estaban clasificados en ninguna legislación, ni penados en nuestros códigos. Una mañana pasó en visita de inspección el alcaide del centro. Yo, arrastrado por un impulso quijotesco inevitable, le hice ver la inconveniencia del letrero, aduciendo la razón de que yo y muchos de mis compañeros no éramos en realidad comunistas. Mi indicación provocó la cólera de aquel jefe y poco faltó para que me abofeteara, según pude colegir por su airada actitud. -Lárguese de aquí de aquí –me dijo-, usted no tiene que meterse en lo que no le importa; si vuelve a hablarme en tal sentido, lo voy a meter a la bartolina quince días a pan y agua por insubordinado y revoltoso. ¡Retírese y ya sabe! Me alejé asustado de mi fracaso y temiendo que cumpliera sus amenazas aquel energúmeno de presidio. Al día siguiente fue domingo, bien lo recuerdo. En un descuido de los vigilantes, vi hacia la puerta en donde estaba la pizarrilla. Habían cambiado la leyenda. Ahora decía simplemente: “En bartolina 64”. Suprimieron el adjetivo “comunistas”. Fue atendida mi protesta. Ello fue para mí una gran satisfacción. Nada me importaba ya ni las frases hirientes ni la actitud amenazadora del alcaide. Ese día es inolvidable para mí, porque fue la primera vez que se me llamó para ir a visita. Era la una de la tarde.

CAPITULO XXV LA VISITA Cuando oí mi nombre pronunciado al otro lado del férreo portón, sentí una emoción extraña. Era la vez primera que se me llamaba después de cien días de absoluto aislamiento. Corrí a la puerta y, al abrirla el portero me encontré frente a otros presos, encargados de registrarnos. Uno de ellos me quitó el saco y dio vuelta a las bolsas; otro hizo que me quitase los zapatos; otro más hizo una requisa minuciosa sobre todo mi cuerpo y me ordenó que abriera la boca, por si ocultaba algún objeto prohibido en ella. Satisfechos de este registro me dejaron ir, pasando en medio de dos filas de presos alineados que denominan “vigilantes”. Inmediatamente dos de ellos se pusieron a mi lado y me condujeron al sitio destinado para la visita, una especie de acera como de treinta metros de largo. Volviendo hacia el poniente, hay una larga tela metálica que separa al preso de sus visitantes, que ocupan lo que se llama “la segunda sala”. Como es la hora destinada para la visita a los “políticos”, todo el presidio ha sido obligado a replegarse bastante lejos del lugar por donde nosotros teníamos que pasar. Es terminantemente prohibido hablarse con los demás presos por delitos comunes. Hacer una señal de saludo o una simple venia a cualquier conocido, es

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motivo para sufrir un cruel castigo. Aun el mismo saludado corre peligro de ser encerrado en bartolina. La reducida urdimbre de tela metálica, conocida con el nombre de “el cedazo”, no permite a primera vista distinguir a los visitantes. Cuando el cautivo a encontrado a su visitante, se saludan poniendo la mano, uno y otro, con los dedos hacia arriba sobre el cedazo, como si dijesen: “¡Espera!”. Los vigilantes que le acompañan han sido destacados con el objeto de escuchar la conversación y tomar nota si en ella no se infiere alguna expresión contra “el señor presidente”, contra “el centro” –así llaman en el caló penitenciario al edificio- o contra alguna de las autoridades penitenciarias. Generalmente se teme que el visitado cuente a sus familiares y amigos, las vicisitudes que sufre en su encierro, los tormentos a que lo someten y las privaciones que padece. En este aspecto de la vida penitenciaria es en donde se manifiesta con más intensidad la política de la farsa y la fuerza, que fue la norma peculiar del régimen durante el cual me tocó vivir los episodios que estoy relatando. ¡Ay del infortunado que olvide la más leve precaución y cometa el error de deslizar en su conversación cualquier palabra conceptuada como mala por los fariseos que le custodian! La represalia es terrible. Si la familia o los amigos, tal vez con la intención de suministrar al preso lo necesario para su comodidad, le preguntan, por ejemplo, si la comida es buena o que si tiene algún libro o revista para distraerse, debe contestar forzosamente que la comida es excelente, abundante, bien sazonada, higiénica y que la biblioteca del presidio le proporciona todos los libros que quiera. Los vigilantes están anotando esta conversación. Es obligatorio que cuando, por la tarde, rindan el informe de lo que han oído, escriban dos hojas de papel tamaño oficio. Si el vigilante recuerda la mayor parte de los asuntos tratados en la conversación, los relata en su informe. Cuando materialmente no tiene con que llenar los dos pliegos, inventa cualquier cosa que, dada su ignorancia, puede redundar en verdadero peligro para el prisionero. Es un caso semejante al de los policías de investigación que tanto daño hicieron a la sociedad de Guatemala. En las horas de visitas ocurren incidentes conmovedores entre las familias. Generalmente la mayoría de unos y otros, llora, suplica, se queja, gime, y escenas que parten el alma tienen lugar en aquel escenario de la desgracia y de la miseria. La primera visita me la proporcionó una comadre mía, doña Piedad Ovalle Contreras de Monroy. Para ella es este recuerdo. Durante cuatro años no faltó ni un solo domingo. ¡Como se lo agradezco! Fue la mujer heroica que en compañía de su hija Zoila Clemencia, supo sobreponerse a todas las infamias, venciendo todos los obstáculos y dominando todos los prejuicios, para llegarse hasta mí. Mario, mi ahijado de confirmación, me visitaba por las mañanas del domingo, a la hora de la visita para hombres. Mis familiares y mis amigos, huyeron de mí, como de un leproso. Hay un ejemplo, así para mí como para muchos. En una de las visitas, rogué a mi comadre pasase donde una tía mía, vecina suya, a exponerle mi situación y a impetrarle una ayuda. Cumplió mi encargo: el domingo siguiente, me trasmitió la respuesta: -¡Jesús! –le dijo en tono sorpresivo esta tía inolvidable-, una verdadera pena he sentido al saber la prisión de Efraín; dígale que lo siento mucho, pero que ahora no puedo ayudarle;

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que en otra ocasión, con mucho gusto. Usted comprenderá –continuó dirigiéndose a mi comadre asombrada- que yo tengo sobrinos grandes y como él es “enemigo del señor presidente…” Así fue como los lazos familiares se rompieron; así fue como concluyeron muchas amistades y se desvanecieron muchos afectos. Yo he perdonado a los amigos indiferentes y cobardes; he perdonado a los familiares lejanos y he perdonado a todos los que, por una u otra causa, no vinieron a mí en una de las épocas más amargas de mi vida; pero lo que no perdono nunca, lo que no debe perdonar tampoco el Supremo Tribunal de la Opinión Pública, es al hombre único, causa de aquella escuela de iniquidades, persecuciones y de crímenes, que trajo por consecuencia, la corrupción y el desquiciamiento de la familia guatemalteca. El déspota, cuyo nombre ofende al oído digno, prostituyó los cuerpos y prostituyó las almas. La mancha de su Escuela negra, costará mucho tiempo y muchos esfuerzos irla desvaneciendo. Su crimen, su gran crimen, le seguirá por donde quiera que vaya, hasta más allá de la tumba…

CAPITULO XXVI EL REGRESO Toques arrebatados de campana, anuncian que la visita ha terminado. El recluso tiene que separarse de sus visitantes y pasa a formar inmediatamente en la fila respectiva. Si tarda, aunque sea breves segundos, haciendo las últimas recomendaciones a sus familiares, de un fuerte empellón le separa el vigilante del cedazo. Durante la media hora que tarda la visita, estos se pasan ufanamente exhibiendo su vanidad de presidiario común ante los visitantes. Al retorno el preso es entregado al encargado del callejón y los vigilantes se retiran a redactar su parte. Cuando yo volví de la primera visita, nervioso y emocionado como es de considerar, fui llevado a mi bartolina y advertido de que me era prohibido relacionarme con los demás compañeros. Es decir, continuaba incomunicado en el interior; y sin embargo, ya había salido a recibir mis visitas. Aún no me era permitido escribir a mis familiares para participarles mi desgracia. Así permanecí durante otros quince días, hasta que al fin se me desincomunicó relativamente y se me permitió recibir las cosas imprescindibles para mi existencia, como alimentos y ropa de cama. Que placer más inefable el que experimenté cuando ya tuve una frazada para protegerme contra el frio y una almohada para reclinar mi cabeza. Permanecía la mayor parte del día tendido boca abajo sobre mi cama y de noche boca arriba. Todo el cuerpo me dolía. No tenía donde sentarme; yo envidiaba la posición del hombre que puede sentarse y tiene en que hacerlo. Me encuclillaba junto a la pared o me tendía en el suelo, pero pronto el dolor producido por tan incómoda postura, me hacia cambiar de posición y me desesperaba. Este es el origen de ciertas deformidades y de males desconocidos. Casi a los tres años logré obtener un banquillo. Cuando me senté sobre él experimente otra muy rara sensación. El placer de sentarse, el más sencillo de los placeres

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que un hombre puede experimentar, me fue imposible durante mucho tiempo. Mis trastos para recibir alimentos los guardaba en el suelo, junto al bote de hojalata que me servía para satisfacer mis necesidades fisiológicas. Frente a mi celda había una reposadera que despedía olores nauseabundos. Por el centro del callejón pasa un desagüe que conduce las aguas negras y cuyas emanaciones pestíferas son insoportables. Un día, el director del penal mandó a abrir la juntura de las piedras que cubren el albañal, para facilitar las emanaciones y hacer más horrible la situación de los reclusos.

Puerta de entrada a las bóvedas al fondo del primer callejón. Por esa puerta desfilaban diariamente más de 500 prisioneros. Es el mismo lugar a donde escondían a los reclusos andrajosos para que no los vieran los visitantes. A la izquierda hay un recodo donde hay construidas sobre un poyo, 4 hornillas que usan los reclusos para cocinar sus alimentos y a la derecha el pasillo para el segundo callejón, hoy tapiado. En el recodo se construyó un baño y un inodoro, de tal manera que los actuales prisioneros, solo ven las baldosas del callejón y el cielo azul y lejano, interceptado de vez en cuando por el paso de un avión o el vuelo de algún sanate. El ruido de las locomotoras del ferrocarril, es lo único que interrumpe aquel silencio tumulario.

Cuando los presos por delitos comunes, cometían alguna infracción al reglamento interior del presidio, eran castigados severamente; y, para castigarlos, los llevaban al departamento donde nosotros vivíamos. Con esto, cualquiera puede comprender nuestra situación. Por las tardes, después del encierro para nosotros, oíamos las carreras y las voces de los encargados, celadores, vigilantes, brigadas y no sé cuantas otras cosas más que llaman “jefes” afanados en hostilizar y martirizar a mis compañeros de desgracia. Triste, muy triste ha sido, en todos los tiempos y en todos los lugares, ver al hombre convertido en verdugo del hombre. Sonar de grilletes, arrastrar de cadenas, golpes de sable de vaquetas o de “vergas” era muy frecuente escuchar después de las cinco de la tarde. Este último

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instrumento consiste en el vergajo, ligamento cervical del toro, que, seco, retorcido, preparado adecuadamente y bien ensebado y pintado, se usa como látigo y cuyos golpes abren materialmente las carnes de los condenados. Yo tuve ocasión de ver actuar a los verdugos en los subterráneos que forman las llamadas sexta y séptima cuadras. La sola descripción de este espectáculo, me horroriza. Solo mi condición insustituible de testigo presencial, puede obligarme a no omitir detalle y a dar al lector un pálido bosquejo de estos dramáticos momentos de la vida del hombre, en los capítulos siguientes. Mi memoria guarda la hora, el lugar, el día, en que los hechos sucedieron; más lo que interesa es el hecho en sí, independientemente de las opiniones humanas sobre el tiempo y el espacio.

CAPITULO XXVII LOS CASTIGOS Se flagelaba a los presos, ora en el propio callejón en que vivíamos, ora en el interior de las bóvedas o dentro de las propias bartolinas. A cada instante, cuando más distraídos nos encontrábamos, quienes conversando, quienes preparando sus alimentos y quienes remendando sus ropas o simplemente asoleándose, se abría precipitadamente el portón y entraba un grupo de verdugos, precedidos por el llamado inspector general del presidio. Cuando el castigo era uno solo, la ceremonia era breve; pero cuando eran varios, la ceremonia era larga e impresionante. Teníamos muchas veces que retirarnos del sitio en que nos encontrábamos para no ser alcanzados por el látigo. Cuando la orden era de flagelar con chicote, el acto no era tan horrible como cuando se ordenaba pegar con verga. Esta comisión era generalmente encomendada a “Tata Dios”, hombre alto, robusto, diestro en el manejo del instrumento y cuya mejor garantía era romper la carne de la victima a cada golpe. -¡Levante las manos! –le ordenaba al castigado. Y comenzaba a llover azotes sobre él. Recuerdo que nunca conté menos de veinticinco. Con el tiempo nos fuimos acostumbrando a ese espectáculo horrible. Recuerdo también, que un día de navidad, antes de las ocho de la mañana, habían aplicado más de trescientos setenta latigazos a diversos cautivos. El 10 de noviembre, el 14 de febrero, el propio jueves santo, el 30 de junio, y el 15 de septiembre, eran los días propicios para la distribución del mayor número de azotes. Las fechas religiosas, sobre todo la Navidad, de resonancia universal, eran escogidas para el tormento; y las cívicas entre las que se incluyó el 10 de noviembre y el 14 de febrero –que eran las fechas máximas del dictador 16-,también se distribuyeron azotes a granel, quizá como un homenaje al fundador y fomentador del sistema. 16

El 10 de noviembre era el día de su cumpleaños y el 14 de febrero el día de la toma de posesión de la presidencia. En ambas fechas se le prodigaba de regalos, galas en su honor, discursos; por parte principalmente de funcionarios de gobierno (Ministros, militares, la asamblea legislativa, comandantes de

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Yo vi pasar frente a mí, arrastrados como inmundas bestias, con la ropa hecha jirones y los golpes sangrándoles, a hombres arrastrados por los ombres; yo vi meterlos después en estrechas celdas llenas de agua, en donde permanecían encerrados por quince días o un mes, alimentándose con un pan duro y un pocillo de agua fría, a miserables seres que después fallecían en el hospital. Sucios y enflaquecidos, cuando eran extraídos de su encierro, presentaban el aspecto más triste y conmovedor que pueda imaginarse. Si los muertos saliendo de sus tumbas son tan horribles, mayor aun lo son los vivos saliendo de sus sepulturas. Aquellos no eran hombres, más que caricaturas de hombres, eran piltrafas humanas, envilecidas, arrastradas al fondo de la peor de las abyecciones. Si hay en el mundo un país tan miserable en que los hombres no pueden vivir sin obrar mal y los ciudadanos sean en su mayoría unos bribones, en el no debe castigarse al malhechor, sino a quien le obliga a que lo sea. La maldad, el odio, la intemperancia, la crueldad, el sadismo, el placer producido por el dolor ajeno, sentimientos degradantes del ser humano, nunca fueron tan protegidos y estimulados, como en los funestos tiempos del general Ubico. La forma de su gobierno se reflejaba, quizá más que en otra parte, en el interior de la Penitenciaria. Los jefes de este centro, en aquellos días, como escapados de una comedia de Mölliere, eran dignos hijos de Tartufo. Cumplían la política llamada de las dos efes: la farsa y la fuerza. Prometían, sonriendo, un bien; y a la vuelta ordenaban, sonriendo, un mal. Recuerdo una mañana que casualmente pasó por el callejón el alcaide. Me atreví a solicitarle, para distraerme, un libro de la biblioteca. -Con mucho gusto –me contestó-, haga un vale y envíelo con el Encargado -Muchas gracias, “señor alcaide –le dije, estúpidamente emocionado. He dicho antes “casualmente” y digo ahora “estúpidamente”; voy a decir por qué. Casualmente, dije, porque, en realidad, era una casualidad que el alcaide llegase por aquel recinto en que nos encontrábamos totalmente abandonados. Si llegaba, era cuando ya todos estábamos encerrados. Las visitas del director eran más raras todavía y cundo se sabía que llegaba, el movimiento y los preparativos que se hacían para que nos encontrara a todos “bien”, eran de lo más singulares. Esto sucedía al cabo de varios meses. Dije “estúpidamente”, porque, ignorante de la falsía de los “jefes”, creí en la oferta del alcaide. Hice el vale por un libro cualquiera y lo envié con el Encargado, que nuevamente era Sebastián Grijalva, a quien ya conocía. Al momento volvió, pálido y tembloroso. -Dice el señor alcaide que lo ponga a botear –me dijo-; así es que coja aquél bote – señalándolo- y vamos a traer agua a la pila para echar en la reposadera. Llevaba cincuenta y dos viajes –bien lo recuerdo- cuando el encargado me dijo: -No llene el bote, con un poco es suficiente; lo que interesa es que lo vean correr con el bote para que sepan que se está cumpliendo. armas, etc.) Para su cumpleaños se instalaba la feria de noviembre que daba inicio con las celebraciones antes del 10 de noviembre y se prolongaba por dos semanas.

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En los corredores del hospital, estaban varios presos reclinados en la baranda, probables vigilantes de que yo estaba cumpliendo la “orden” En el momento en que vaciaba el bote número cincuenta y tres, fue llamado el Encargado con urgencia. Le esperé. Al momento volvió y me dijo: -Vaya a guardar el bote; el castigo a terminado. ¡El castigo! ¿Por qué? Por haber tenido el atrevimiento de solicitar un libro. ¡l libro, elemento de cultura, motivo de delito en el interior de la Penitenciaría Central, durante el régimen de Ubico…! Sentí deseos de llorar, por coraje y por contradicción ¡A que extremos habíamos llegado! Soy, quizá, sin hiperbolismos ni jactancia, el único guatemalteco a quien se le haya impuesto el castigo de botear; por el hecho de haber solicitado un libro. Si me hubiese encontrado en las frecuentes requisas un lápiz o un trozo de papel, quizá se me hubiese fusilado. ¡Qué digo! Se me hubiese envenenado en el silencio de la celda. Tal el furor y el odio que el dictador sentía por los hombres que tuvieran el atrevimiento de pensar. Porque los procedimientos que con nosotros se tenían, era “obedeciendo instrucciones del señor Presidente”. ¡Qué tiempos…! ¡Qué hombres…!

CAPITULO XXVIII DESFILE Van pasando en mis recuerdos, claros, precisos y rotundos, mis compañeros de desgracia. Muchos de ellos no tuvieron o no tienen más intervención en este drama que la que puede proporcionarles la circunstancia imprevista e imprevisible de haber sido únicamente “presos”. Hay seres que pasan por la cárcel, como por la vida, sin hacer ruido. Son como los contrabandistas. Yo respeto su silencio. Sin embargo, voy a sacar a algunos del anonimato en que hubiesen quedado, ya sea porque sus situación era excepcional o porque su conducta tuvo singulares perfiles semejantes con el martirio y con el heroísmo. En primer término, conocí a los hermanos Marco Antonio y Adalberto Cardona, encarcelados injustamente, en calidad de rehenes, porque su hermano, el coronel Pedro, sindicado de capitanear un complot que había abortado años atrás, había logrado escapar del país y ahora estaba fuera del alcance del dictador. Si el prófugo hubiera caído en las garras del tirano, le hubiese fusilado inmediatamente. La represalia fue la de apresar a los hermanos, su crueldad encontraba así una satisfacción. La fuga del coronel Cardona hasta ganar la frontera oriental del país, tuvo todas las características de un episodio inconcebible y truculento. La policía tenía rodeada su casa, en pleno día. Con una serenidad admirable, el coronel Cardona salió y pasó entre ellos sin ser reconocido. Abordó el tren y se bajó en una estación propicia. Caminó a pie. Tuvo un encuentro con un paisano suyo, quien caminó con él un largo trecho. Al despedirse y separarse en el cruce de dos caminos, un pelotón de

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la policía rural, que perseguía a Cardona, preguntó por él al ocasional compañero de viaje, que arriaba una manada de cerdos.

Bachiller Marco Antonio Cardona y Cardona, encarcelado y vejado en dos ocasiones, habiendo pagado con más de seis años de prisión, su actitud rebelde ante la tiranía. Participó activamente en el movimiento revolucionario de 1934. Y a causa de la fuga de su hermano, el coronel Pedro Cardona fue encerrado en unión de sus hermanos Adalberto y Mateo, en calidad de rehenes, durante los años de 1934 a 1939 y libertados un día antes que el autor. Su actitud frente al despotismo y la arbitrariedad queda delineada someramente en los capítulos de este libro. Perdió su juventud en la cárcel y se truncó su porvenir. Fue un valioso elemento que procuró destruir la tiranía.

Ignorante de las condiciones en que Cardona viajaba, Secundido Gudiel, a quien yo conocí en la prisión, señaló la dirección que el otro había tomado, seguro de no haber caminado más de tres cuadras, tal el poco tiempo que había transcurrido desde la separación. El pelotón de jinetes, entre una nube de polvo, corrió tras el fugitivo, de quien Gudiel había hecho una descripción exacta, afirmando que en el cincho llevaba unos instrumentos parecidos a las violinetas (eran tolvas de pistola). La aprehensión era segura. Más por un verdadero milagro el perseguido no apareció. La rural registró todos los lugares, interrogó a todos los transeúntes y vigiló todos los caminos. Los guatemaltecos no ignoran las siniestras actividades de la policía rural y decir que esta iba en persecución del coronel Cardona, es afirmar que su captura y muerte eran seguras. Mas no fue así. Hubo una intervención providencial en la fuga y se salvó. Irritado el tirano ordenó la captura y encarcelamiento de los hermanos del coronel. Dos fueron presos en la ciudad y Adalberto, el más joven, fue traído de Puerto Barrios en donde estaba empleado y acababa de casarse. Un prisionero de guerra, cogido con las armas en la mano, hubiese sido mejor tratado que los hermanos Cardona. Mucho más de cinco años duró su cautiverio. Al fin fueron liberados, casi al mismo tiempo que el autor de estas líneas. 17 17  La

alusión que en estas páginas se hace a Secundido Gudiel, está basada en lo que él mismo contaba en el cautiverio, para demostrar la injusticia de su prisión. Las circunstancias de la época lo justifican. Pero su

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Heme detenido en este caso, no por su singularidad, sino porque es un modelo de casos, el caso típico del régimen ubiquista. Como este, yo vi y traté a muchísimos hombres que habían perdido su libertad por ser parientes o simples amigos o conocidos de las personas no afectas al “señor presidente”. Rodolfo Sandoval, hombre integro, serio y sufrido, pagó con tres años de prisión el delito de haber saludado de lejos al estudiante Manuel Páiz cuando le llevaban preso por las calles de San Pedro Pinula. Habían sido compañeros de colegio y Sandoval volvía de Honduras, en donde permaneció por más de siete años. A Páiz le proporcionó un mozo el coronel Hipólito del Cid para que le encaminara. Motivos de gratitud le obligaron a ello; así lo afirmó al ser indagado. Del Cid era todo un caballero. Del Cid y el guía fueron encarcelados. A Páiz lo mataron a palos en la propia cárcel de Pinula; una muerte similar a la del licenciado José León Castillo. El conductor del tren en que se fugó Cardona, fue también encarcelado, Llamábase Gerardo Cóbar. A estos y mil compañeros más, cuyos casos más o menos iguales fueron de mi conocimiento yo los traté en el interior de la Penitenciaría. Que el comandante local, el intendente o cualquier funcionario, se enamoraba de la esposa de un vecino, de la hija o de la hermana, un sencillo informe a la Dirección de la Policía, afirmando que tal vecino “hablaba mal del señor presidente”, era bastante para que el acusado ya no pudiese obstaculizar las pretensiones del delator; para que este adquiriese relieves de lealtad y el auditor de guerra entrase inmediatamente en funciones, mostrando su celo y su actividad encarcelando a los “enemigos del señor presidente”. Por estos o parecidos motivos se llenaron las cárceles de Guatemala, durante la “proba” administración del general Ubico. Casos hubo en que delator y delatado, fuesen a dar con sus huesos a la cárcel, y conviviendo en la misma celda, el uno fuese como asistente del otro. La fuerza de las circunstancias les obligó a relegar sus desacuerdos mutuos. La sentencia mínima aplicada por la Auditoria de Guerra, era de cinco años de prisión, por “atentar contra las instituciones sociales”. Y a pesar de esta pseudosentencia, una gran mayoría permanecía encarcelada, sin proceso alguno, “de orden”, sumariados, como se dice, y en estas circunstancias, las condiciones eran exactas a las del presunto delincuente recién capturado que aun no ha sido indagado para desincomunicarsele. Así permanecimos por muchos años, sometidos a un régimen carcelario que es la deshonra de un país con pretensiones de civilizado. Horrorizariase el mundo si pudiese constatar fielmente una mínima parte de lo que aquí dejo esbozado. Cualquier descripción que intentase, no podría dar una idea clara y precisa de la realidad. Esta como ya dije, va mucho más allá de cualquier imaginación, por fecunda que sea. Los muchos compañeros, cuyos nombres omito en esta relación, tendrán que convenir en que vieron y vivieron conmigo, los episodios que dejo relatados y tendrán que reconocer, al mismo tiempo, que si he olvidado algunos pasajes, es obedeciendo esa ley eterna que manda olvidar la malo y recordar solo lo bueno. Más mi esfuerzo, al recordar lo malo,

cooperación en la fuga de Cardona fue de primera clase. Véase la verdad en el 2° tomo de esta obra. Únicamente el tiempo aclara los acontecimientos y por eso se hace esta rectificación.-N. del A.

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tiende a buscar la corrección y la mejoría, en todo aquello que, a mi parecer, constituye un borrón en esta hora de rectificaciones y efectiva democracia que empezamos a vivir.

CAPITULO XXIX LA CLAUDICACIÓN Dice San Agustín que el pecado no reside en el hecho, sino en la intención. Siguiendo la tesis de este santo varón, tendríamos que absolver y que condenar a muchísimos hombres que no lo han sido todavía; tendríamos que comenzar por absolver a los propios judíos que crucificaron a Jesucristo. Este sencillo razonamiento puede muy bien ser causa de intrincadas e interminables controversias. Los hombres, al juzgar, jamás suelen ponerse de acuerdo, cada cabeza es un mundo. Nadie sabe lo que se esconde en el cerebro del hombre que pasa. Este va acariciando sueños de gloria; ése va ideando la manera de despojar a su prójimo; aquel planea un asesinato; otro piensa en un matrimonio; otro en un escalamiento; otro en un divorcio; otro en un adulterio; éste piensa en ser rico; ése teme quedarse pobre; aquel, aquellos, todos, piensan en mil diversas cosas y el hombre que observa y ve pasar a su lado a las multitudes abigarradas, ignora siempre lo que éstas esconden en el reducido espacio de su cerebro. Este razonamiento elemental nació en mí cuando veía pasar a mi lado a los compañeros de infortunio; y cuando supe las causas de su prisión y su opinión sobre el porvenir, constaté que entre la clasificación de optimistas y pesimistas que yo había hecho, había una tercera: la de los indiferentes. Hay ciertas naturalezas predispuestas a aceptar resignadamente las vicisitudes de la existencia. Es una especie de atonía general que invade el organismo. Parece que ciertas desgracias irremediables momentáneamente, tienen la virtud de estimular el aparecimiento de esa indiferencia o serenidad que caracteriza a ciertos hombres de aspecto tranquilo e inconmovible, en medio del placer o del dolor. Tal vez haya razón: cuando el alma se ha roto en pedazos y la existencia se ha salvado de una muerte que parecía próxima e inevitable, se experimenta una sensación de indiferencia para todo lo que nos rodea, quizá porque el resto de las emociones, ya no poseen el vibracionismo ni la magnitud de la que experimentamos cuando vemos la muerte cercana. Dije ya en otro lugar, que los sufrimientos intensos tienen la virtud de transformar radicalmente la manera de sentir y de pensar del cautivo. Posiblemente, los compañeros míos de prisión, habían ya pasado por esta cruda prueba y a ello se debía la causa de su tranquilidad aparente. Pero de todos modos, los hombres de distinta naturaleza, de diversos temperamentos, de mentalidades diferentes y de complejos sentimientos, estábamos sometidos a una condición común: el rigor. Ninguno ignoraba que el trato cruel que se nos daba, provenía de instrucciones presidenciales y el núcleo de los presos por delitos comunes que, puede decirse, gozan de libertad comparados con nosotros, y las autoridades del centro, nos demostraban el mayor desprecio y horror, llegando al grado de no atreverse a dirigirnos la palabra, por temor a comprometerse. El propio director temía que hubiese

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presos simulados que solo llegasen a presenciar el tratamiento que se observaba con los otros y de ahí sus ordenes inhumanas y presionantes. El “jefe” inmediato, después del Encargado, a quien necesariamente teníamos que acudir por cualquier necesidad, era el inspector general, un reo común escogido entre lo más abyecto y depravado que guarda una penitenciaria. Generalmente para ocupar los puestos de jefes, encargados, celadores, y vigilantes, se selecciona a aquel cuyo crimen es más horripilante, cuya condena es mayor y cuyos antecedentes de toda inmoralidad son proverbiales. Quien posea estos “dotes”, que esté seguro de ocupar un gran puesto en el penal y gozar de la consideración y confianza del director. Viviendo, pues, bajo este estado de ignominia y de dolor, teniendo por nuestro jefe a un indio analfabeto, grosero, insolente, curtido de todas las maldades y, por ende, corrompido hasta la peor de las abyecciones, llegó a nuestro conocimiento la designación para alcaide del famoso coronel Héctor Ortiz, ya presentado al lector como segundo jefe de la policía de investigación y capitán de los verdugos que me torturaron. Ya se imaginará el estado de ánimo con que recibí tamaña noticia. Efectivamente a la mañana siguiente, tomaba el sol a la puerta de la bartolina número 22, cuando se presentó el famoso esbirro. –“Ya les vino esta fierecita”, -fue su saludo, y pasó de largo. Yo me quedé reflexionando sobre la actitud que habría de observar con respecto a este nuevo carcelero. A nadie consulté mis preocupaciones y me resigné a recibir con calma los acontecimientos futuros. Al otro día, volvió a llegar el nuevo alcaide. Yo me paseaba en un lado del callejón. Lo vi abrir la puerta y entrar. Continué mi paseo con la vista fija en un punto determinado. Todos mis compañeros se pusieron de pie: paráronse los que estaban sentados, y adoptaron la postura de firmes los que se paseaban. Qitáronse los sombreros y saludaron con un respeto que a mí me pareció repulsivo y degradante. Yo seguí mi paseo. ¿Cómo iba a tener valor para ponerme firme, descubrir mi cabeza y hacer una genuflexión a mi verdugo? Todos mis compañeros se inclinaron ante el esbirro. Yo los  juzgué mal en en aquel entonces. entonces. Hasta mucho después después comprendí comprendí que tenían tenían razón. Quizá Quizá por eso, por lo que voy a decir, me decía un amigo más experimentado, pero no más sufrido que yo, que al analizar los hechos humanos, debemos tener en cuenta, como es de imprescindible lógica, la naturaleza del hombre, sujeta al terror, al miedo o al interés personal, antes que al espíritu de sacrificio y al desinterés altruista. Tan pronto como el alcaide desapareció pasando por el otro callejón, fui forzado a lavar yo solo una enorme pila. Me obligaron a desvestirme y en el momento de zambullirme, -“la hidroterapia es buena”-, dije a Tata-Dios, encargado de vigilarme, látigo en mano. Soltó una enorme carcajada y muchos años después me rogaba que le repitiera “la palabrita”, porque le había gustado. Penosamente cumplí el castigo. Con las manos sangrantes por raspar el fondo de la pila con un ladrillo y hacer esfuerzos por arrancar el “tapón”, del desagüe, tembloroso de frio y contrariado regresé a mi celda en donde momentos después me encerraron. Eran las tres de la tarde. Al otro día volvió a llegar el alcaide. Desgraciadamente me encontró en la misma actitud que el día anterior. No le hice ningún

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caso. Pasó. Momentos después fui llevado a lavar los inodoros con mis propias manos. Únicamente se me proporcionó un bote para acarrear el agua. El castigo fue para mí más humillante que el anterior; sobre todo por el hecho de que os inodoros no estaban sucios. Todo había sido con el propósito de fastidiarme o de que yo diera lugar a cualquier acto de rebeldía, de palabra o de hecho, y dar motivo para aplicarme un castigo tremendo. Sufrí con resignación pero padecí lo indecible. Alguien me aconsejó observar una actitud de acatamientos para el alcaide con el objeto de evitar las represalias. Le contesté airado, porque yo todavía poseía principios de dignidad y de delicadeza que creía poder conservar aún en la cárcel. ¡Mentira! En la cárcel desaparecen los más nobles sentimientos y se adquieren otros nuevos.los unos se recuperan después; los otros, perduran para toda la vida. La cárcel, con todas sus ignominias, es la escuela de las transformaciones. El alcaide repitió su fatídica visita. Mi actitud fue idéntica a las anteriores. Esta vez me mandó a barrer el piso del callejón todo el día y a recoger las hojas que caían de las ramas de un árbol, el mismo “cush” de que ya hablé, y que daban sobre el callejón. ¿Qué castigo inventaría para mí al día siguiente aquel esbirro inolvidable? Max Aldana González, quien sintió por mí desde un principio verdadera estimación, con sutiles razonamientos y palabra sincera y clara, me convenció acerca de que yo debía cambiar de actitud con el alcaide, si quería evitarme futuras humillaciones. Hizome ver que, en nuestra situación y en las tristes condiciones en que nos hallábamos encerrados, cualquier gesto de rebeldía era completamente inútil, cualquier asomo de dignidad, completamente estéril. Accedí a sus razones y prométile cambiar mi actitud. Esto iba contra mis propias convicciones: violaba la integridad de mis más fuertes sentimientos. Pero era necesario para evitar las represalias del alcaide. Fue Fue mi primera claudicación. Necesitaba vivir; amaba la vida; la hubiese dado para salvar a mi patria, pero en otras condiciones. Guardé mis ideales, mis convicciones y mis sentimientos y empecé a marchar por una senda nueva, desconocida, extraña: la senda del cautivo que sacrifica una cosa para salvar otra, obedeciendo el instinto poderoso de la propia conservación.

CAPITULO XXX VICTIMAS Y VERDUGOS Si no me hubiese decidido a cumplir los concejos que me había dado Aldana, lo hubiese pasado muy mal, bastante mal; toda vez que los gestos y actitudes dignos del cautivo mueven el odio y la animadversión de los que mandan y, como estos disponen de todos los medios coercitivos necesarios, su ensañamiento ilimitado concluye dominando, o, como se dice en el caló penitenciario “domando” la soberbia del prisionero. Yo estaba colocado en este plano. Se me hacía bastante doloroso, humillante, vergonzoso, ruin, tener que transigir en forma semejante. Pero ¿Qué podía hacer en aquellas circunstancias? A consecuencia de lavar la pila, había sufrido un horrible resfriado; por haber lavado los inodoros, había experimentado un trastorno digestivo que ahora me tenía sin comer; por haber barrido el

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patio todo el día tenía las manos ampolladas y dolorosas. ¿Qué hacer? Seguir adoptando una rígida postura, era insensato. Humillarme en cualquier forma, era degradante. Pedí luz al cielo y quizá me oyó. Un sábado por la mañana, como de costumbre, presos comunes venidos del patio general y llamados “barberos”, estaban cortándonos el cabello. Se nos hacía sentar en unos banquillos incómodos y se nos ponía al cuello un “peinador” de manta grosero y sucio. Esto, a los que pagaban el “servicio”; que a los otros; en el suelo o parados les arrancaban, más que les cortaban, el pelo con aquellos destartalados instrumentos. Este “servicio” era obligatorio, pues a quien a él no se sometía le era quitada la visita para el domingo próximo. El cautivo, durante toda la semana, espera con ansiedad la llegada del domingo para ver a sus familiares; acaricia con fruición esta esperanza y al verse privado de ella, como es natural, experimenta un sufrimiento inenarrable. Por ello es que, resignadamente se somete a las peores humillaciones: por el temor de verse privado de hablar a sus seres más queridos. Recuerdo que el licenciado Ramiro Fonseca estaba a mi lado izquierdo. Inopinadamente llegó el alcaide de marras y dirigió la palabra a Fonseca. -Usted licenciado, ya dentro de poco se va a ir –le dijo-, solo de los Ríos se va a podrir aquí. Al oírme nombrar reí “en amarillo”, como dicen los franceses, es decir, forzadamente y le contesté: -No importa, soy bastante hombre para sufrir; pero tengo el consuelo de que con un alcaide tan “bueno” como usted, la vida se nos hará menos dolorosa. Rió sonoramente. Su entusiasmo fue tal que me brindó un cigarrillo, que acepté con repugnancia interna, pero con una sonrisa exterior. Entre los tres se entabló una conversación sin importancia, pero que había establecido cierta cordialidad y transigencia, una especie de política de buen vecino, o algo así como un pacto de “no agresión” para lo sucesivo; este pacto dichosamente llegó a cumplirse. El alcaide ya no volvió a fastidiarme. En cambio cuando llegaba a nuestro departamento, por los primeros que preguntaba, era por el licenciado Fonseca y por mí. Teníamos que salir inmediatamente para que nos viera y, en ciertas ocasiones, nos llevaba cigarrillos. Sin duda pensaba borrar así el recuerdo de los males que nos había causado. Los consejos del compañero Aldana me fueron favorables. Aunque en un principio me parecieron una cobardía, con el tiempo vine a agradecérselos. Y así, poco a poco, entre dudas y experiencias amargas, entre zozobras y entre penas constantes, fuimos viviendo, mejor dicho, existiendo vivos dentro de aquellas sepulturas, adonde solo llegaba un sol cansado y un aire frio que arrastraba tristes presagios. Nuestro horizonte estaba rodeado de paredes; solo veíamos el cielo y, por las noches, a través de un reducido ventanillo, uno que otro lucero tembloroso. Finalizaba el mes de mayo de 1936. A mi celda y por designación mía, cuya voluntad el nuevo Encargado había tenido la bondad de consultarme, habían venido a vivir el licenciado Fonseca y los hermanos Federico Calderón y José Luis de León Alvarado.

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Nuestra común desgracia estableció entre nosotros ciertos vínculos amistosos y, por las noches, nos entreteníamos relatando historietas, anécdotas, cuentos; declamando versos en voz baja o leyendo pedazos de revistas que durante el día habíamos podido proporcionarnos. Se nos permitió encender luz, hasta las ocho de la noche. Pasada esa hora, era terminantemente prohibido. Recuerdo que una noche, para ocultar la luz, cuando oímos los pasos de los guardias que se acercaban, la cubrimos con un bote; el compañero calderón puso encima un poncho, y cando ya el peligro hubo pasado, notamos que la prenda del compañero ardía activamente. Fue un momento de hilaridad. Procuramos mantener el hecho oculto, pues de haberse sabido, hubieran prohibido la adquisición de velas y, a ser posible, hasta el uso de ropa, por temor de que se quemara y con ella, las gruesas paredes de ladrillo de la bartolina (?). La rudimentaria mentalidad de los “jefes”, les lleva a concebir los hechos más absurdos y a tomar las medidas más estúpidas que imaginarse pueda. Por ejemplo, cierta vez, un compañero estuvo a punto de ahogarse a consecuencia de comerse un jocote. Al día siguiente era prohibida la entrada de toda clase de fruta. Así como este caso, hubo muchos, en que la imbecilidad y el absurdo tuvieron su más genuina manifestación. Un simple hilo se creía podía servir para ahorcarnos. Una aguja, un alfiler, un clavo, podía servir para tomarnos la guarnición. Cómo se hubiesen solazado las autoridades penitenciarias si hubiesen podido fijar cartelones en que se dijese más o menos: “Se prohíbe vivir”. La luz del sol que nos calentaba, el aire que respirábamos, si hubiesen podido evitárnoslo, lo hubieran hecho con el mayor agrado; pero ante semejante imposibilidad, su encono no conocía límites. Conciliar el sueño fue imposible durante los primeros años. Después de las ocho de la noche, el paso de los guardias llamados “rondines”, a cada hora, palpando la seguridad de las puertas, de nuestras celdas, nos hacía despertar sobresaltados. Golpeaban groseramente los enormes candados y, si no los había, por ser de chapa la cerradura, nos despertaban golpeando la puerta con la culata de las armas, hasta que respondíamos diciendo que “no había novedad”. Se retiraban. Al poco tiempo volvían y la operación se repetía hasta el amanecer. Aquel que se halla privado de su libertad, sometido a las peores amenazas, en condiciones difíciles y temeroso de perder la vida de un momento a otro, ¿Podrá tener un momento de reposo? Constantemente le obseden serias preocupaciones que le roban el sueño y cuando logra conciliarlo, hete aquí el rudo golpe contra la puerta que le alarma y le hace su situación desesperada. Las congojas del presidiario comienzan al atardecer, cuando le encierran, ya sea solo o acompañado. Individual o colectivamente su pena es inmensa. Voces roncas, ruidos de pasos, sonar de llaves, cualquier incidente que en el exterior sucede, atrae intensamente su atención. Cuando ya han sido encerrados todos los demás presos, generalmente se suceden dramas espeluznantes. Observando por un pequeño agujero de la puerta, pude contar en diversas ocasiones, más de cuatrocientos individuos que duermen en las bóvedas subterráneas que están al fondo del callejón, hacia el oriente, y los cuales pasan después que ya nosotros hemos sido encerrados. El alcaide de aquella

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época, ebrio habitual y esbirro consumado en plena acción, pasaba dando órdenes terribles que a nosotros, los peor tratados y señalados como enemigos del gobierno, a aquella hora, nos ponían en un estado nervioso y de alarma indescriptible. Todavía ignorantes del sadismo empleado por aquellos jefes y de sus prácticas insidiosas, temblábamos de horror y hasta de miedo oyendo semejantes órdenes. En voz alta y a la puerta de nuestra celda gritaba el alcaide: -Ve vos soldado, cualquiera de estos cabrones que está en el callejón que intente fugarse, con solo una mano que saque, “tronchálo” inmediatamente de un balazo. -Muy bien, mi jefe –contestaba el soldado a quien nosotros oíamos sonar los talones y dar y dar la palmada reglamentaria sobre el arma terciada. Como no veíamos la escena, sino únicamente oíamos el dialogo, nos quedábamos creyendo que el soldado se había quedado a la puerta de nuestra celda y, si éramos varios los encerrados, temíamos hablar y, si uno solo, no se atrevía ni a moverse. ¿Habrase visto en el mundo situación igual? Algunos, los más religiosos, encontraban consuelo en la oración; los demás rumiaban con estoicismo el amargor de sus propias penas. La prisión tiene la virtud de convertir en crédulo al incrédulo; y el religioso apasionado, el tibio y el más recalcitrante escéptico, encuentran en ella, rezando, un camino de salvación.

CAPITULO XXXI LA PETICIÓN Cuando un grupo de compañeros convencido de que nuestra situación era efectivamente desesperada y que la única forma de distraer nuestros sufrimientos, era entregándonos a alguna lectura, dispusimos que en la primera visita que el alcaide efectuara, le hablaríamos para que se nos suministrase algunos libros de la biblioteca. Así lo hicimos y el alcaide nos contestó: “que consultaría nuestra petición”. Este paso trascendental lo habíamos dado por trascendental , porque en la época a que me refiero, el derecho de la mañana. Digo  paso trascendental petición estaba abolido y la circunstancia de haberlo ejercido en número como de seis y estando en el interior de la penitenciaria en calidad de reos políticos, venía a constituir un delito enorme, algo penado sencillamente con el fusilamiento. Nada nos hubiera extrañado si a la mañana siguiente hubiere llegado por los peticionarios el pelotón ejecutor. Fusilar a varios hombres en Guatemala, por el delito de pedir un libro prestado a una biblioteca del Estado, no hubiera sido nada sensacional, en aquellos días dolorosos, cuya evocación entristece mi espíritu. Como a la una de la tarde, llegó el inspector del presidio llevando la respuesta del “señor director” a nuestra suplica. Detrás suyo venían varios presidiarios portando un cargamento de hojas secas de palma que denominan “cojollos”. Esta materia, desprendida de la vena y cortada en debida forma, de un ancho que varía entre tres y nueve milímetros, se utiliza en la fabricación de sombreros, canastas, costureros, paneras y otros utensilios de uso domestico. El cargamento fue botado frente a la bartolina del Encargado y, uno a uno, se nos fue llamando para entregarnos uno o dos cogollos con el objeto de que hiciéramos

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canastas. Así tendríamos un entretenimiento y contribuiríamos al beneficio del centro. Aún tuvimos el valor de esbozar un gesto de protesta, pero se nos amenazó con encerrarnos en bartolina con agua, si no obedecíamos, un compañero, José Rodríguez Medina, se opuso abiertamente a semejante infamia. Fue encerrado en la bartolina número 8 hasta la tarde del día siguiente. La mayoría de los compañeros accedió a la fabricación de canastas sin protestar. Yo lo hice por pura curiosidad. Mi canasta mereció el segundo puesto entre las bien hechas. El primero correspondió al compañero Aldana. Fuimos torpes en esta ocasión. Los demás compañeros obligados, se propusieron hacerlas en la peor forma posible y ello dio lugar, no solo a que no les pagaran su trabajo, sino a perder la visita del domingo siguiente y a que se nos cambiara a todos de ocupación. A los que mejores canastas hicimos se nos pagó la suma de dos centavos, cantidad suficiente, a juicio de las autoridades, para subvenir a nuestras necesidades. El lunes siguiente llegó nuevamente el inspector, acompañado de otros presos, portando gruesos rollos de mimbre y un encargado de enseñarnos la forma de hacer canastas. Hicieron llevar unos aparatos de madera, denominados “burros”, sobre los que se hacía la trama o “principio” de la canasta. Después se iba haciendo el tejido conforme la indicación del Encargado. Pasábamos parados todo el día. Esta vez se nos amenazó más seriamente que la anterior. Como la fibra se humedece antes de emplearla, a mí se me tuvo toda la semana humedeciendo y “rajando” la fibra, lo que me ocasionó una inflamación en los dedos y el aparecimiento de dolorosos sabañones. Se me incorporó al grupo de trabajadores y principié a hacer una canasta que concluí en quince días. Como el trabajo debía ser estrictamente persona, me fue imposible hacer la tapadera de la canasta y, a escondidas, supliqué a un compañero que ya sabía, me hiciese siquiera el principio, pagándole diez centavos. Así fue como al término de quince días pude entregar mi obra para librarme del castigo. Algunos compañeros trabajaban con entusiasmo y hasta con placer. Eran aquellos para quienes el trabajo, ya sea espontaneo o forzoso, es una necesidad. Hacían una canasta diaria y el día del pago percibían diez y doce centavos. Cuando al siguiente sábado, llegaron el inspector y el tesorero haciendo sonar un bolsillo de fichas y se dio la orden: “¡A formar los canasteros!”, tuvo lugar conmigo un incidente que me sirvió mucho para ulteriores circunstancias y que si no es del agrado del lector; le suplico que no lea el capitulo siguiente. Más si lo lee y no le agrada, que se esfuerce por suponer que no lo ha leído.

CAPITULO XXXII EL PAGO Formamos frente a la bartolina del Encargado, fui llamado el primero. El empleado de la tesorería del penal, otro preso, pero por delito común, me habló: -Dice el señor alcaide que, por una consideración y una deferencia especiales hacia usted, se le van a pagar tres centavos por la canasta que hizo. A los demás solo se les pagarán dos.

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Puso frente a mí la exigua cantidad. Yo iba a tomarla, pero por uno de esos impulsos interiores que en determinadas circunstancias pueden salvarnos o perdernos, le repliqué con cierta sorna: -¿Usted se burla de mí? ¿Cómo puedo creer que se me paguen tres centavos por una canasta en cuya hechura he empleado quince días? Yo gano cien dólares trabajando en libertad; preso, supongamos cincuenta y como he tardado quince días en hacer esa canasta, su valor efectivo es de veinticinco dólares. Vea mis manos –le enseñé mis dedos tumefactos y sangrantes- y considere. Mas si esto es una realidad, decido dejar esos tres centavos a beneficio del centro, ya que recibirlos sería una traición para mí mismo.-y acerqué el dinero hacia mi interlocutor. -Miróme con ojos de basilisco. Rojo de ira me increpó: -¡De paso que es vivito! -Si le contesté-. Porque si la desgracia me ha arrastrado a estos lugares, ha sido por excesivo amor a mi patria. Yo no vine aquí por apuñalar cobardemente a una pobre mujer indefensa, ni fingí locura para disimular mi crimen. Yo no he robado ni matado. Repito: si estoy aquí es por amor a mi Guatemala. Cité la hora, el lugar y el día en que aquel individuo había delinquido. Yo sabía la historia de su crimen y, procediendo ya seriamente, le enrostré su falta ante el asombro del Encargado, del inspector y de los otros espectadores. Hice un ceremonioso saludo, volví a retirar los tres centavos y salí orgullosamente del local. Por decir algo, dije a los compañeros que esperaban: -El niño siguiente. Tan pronto como mis nervios se apaciguaron, comprendí que había cometido una imprudencia. Irían con el informe al director, se me calificaría de insubordinado y se me quitaría la visita del domingo. Esto, si no me encerraban de un momento a otro. Me afligí de mi misma actitud. Al día siguiente, cuando se acercaba la hora de la visita, experimenté verdadera ansiedad, ya que ciertos castigos no los notifican previamente, sino que el preso los sabe cuando ya los va a recibir o cuando ya los ha sufrido. La tarde del sábado pasó sin novedad. Me tranquilicé algo, aunque esta tranquilidad no era síntoma de buen agüero. Todo temor desapareció cuando el domingo fui llamado de los primeros y se me entregaron las cositas procedentes de la calle, que en el caló penitenciario llaman “barcos”. El lunes muy de mañana, llegó a buscarme la misma persona a quien creía haber ofendido el sábado anterior. Saludome muy atentamente y me entregó el dinero que me enviaban familiares lejanos, ofreciéndome llevarme inmediatamente la carta respectiva, en cuanto regresase de la censura que ejercía el propio director. Sus zalemas y acatamientos me sorprendieron y de ahí nació para mí la convicción de que, para librarme de cualquier acometida, regaño, insulto o agresión de hecho de cualquier encargado, jefe o vigilante del presidio, nada había más efectivo que recordarle su crimen, enrostrándole su infamia y hacerle una breve comparación entre su delito y el nuestro. La mayoría de los delincuentes

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se desconcierta ante una actitud semejante y, declarado en derrota, opta por retirarse cariacontecido, sin realizar sus malévolas intenciones. Ahora teníamos un nuevo encargado llamado Nicolás González. Un indio de piel blanca, semiletrado, modelo de chismosos, intrigantes, revoltosos, delatores, crueles y entrometidos. Gustaba andar de puntillas para sorprender conversaciones. Se jactaba de ser intimo amigo del director y aceptaba gustosamente los obsequios que le hacían los demás presidiarios. Unos lo hacían por un espíritu de fraternidad espontanea, otros con el fin de congraciarse con él y los demás como un soborno para inclinar hacia ellos la voluntad del verdugo, hubo varios compañeros que jamás claudicamos tratando de adular al encargado, para que nos guardase alguna consideración. Recuerdo a los hermanos Cardona, a José Rodríguez Medina, a Rodolfo Sandoval y a muchos otros, íntegros, incorruptibles, ecuánimes, sentimientos de muy difícil conservación en la cárcel. Nicolás González gustaba de ponernos a correr desde las cinco hasta las siete de la mañana; encerraba a quien quería por la causa más baladí; nos quitaba la visita cuando se le antojaba y leía toda nuestra correspondencia, ya censurada, cuando se la traían para distribuirla. Así estaba al tanto de los asuntos familiares o de las preocupaciones íntimas de todos los prisioneros y gustaba de divulgarlos por todas partes, sembrando en nosotros la zozobra y la intranquilidad. Se introducía en todas las conversaciones y nos imponía castigos arbitrarios siempre que quería. Cierta vez, por no haber querido que me rapara un barbero de mala mano, me encerró en la bartolina número 13 por insubordinado., desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde, en que por casualidad pasó el director y a gritos le hice ver la injusticia de mi encierro. González habíase cuidado de dar aviso y ante mí recibió una reprimenda del director: jamás supe si esto fue cierto o si fue una simple componenda entre ambos, como se acostumbraba en los tiempos de Estrada Cabrera y recuerdan tan claramente mis compatriotas. El hostilizamiento de este encargado duró por espacio de siete meses; nuestra paciencia se había ya agotado y un día, varios compañeros fraguaron un plan para derrocar tan execrable tiranía. Sucedió como en los pueblos con las dictaduras. Hoy, que voy a relatar este episodio, formulo, sin querer; una comparación entre lo que sucedió en el callejón de la Penitenciaria en el año 1937 y lo que acaeció en Guatemala en el año 1944. Un presidio grande no es igual exactamente a un pequeño, pero tiene cierta similitud. En cualquiera de ellos se sufre. El hombre, siempre es el lobo del hombre, en cualquier escenario donde actúe; más la reacción de los unos contra los otros es la misma, no importa el plano donde estén actuando. El fin justifica los medios. Y el hombre que busca su libertad, reconoce como buenos los medios que emplee para conseguirla.

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CAPITULO XXXIII EL GOLPE Un día acercáronse a mí varios compañeros y me enseñaron una carta que iban a dirigir al alcaide. Me aseguraban que en ella se jugaba el todo por el todo: o se lograba que cambiaran al encargado o nos iríamos todos a bartolina. No quisieron darme amplios detalles del plan y solo me recomendaron prudencia y observación. Recuerdo que uno de los párrafos de la carta decía más o menos: “Pasan cosas graves en el callejón y le rogamos su inmediata presencia”. Fue llevada por el propio González. En el sobre se había escrito la hora de remisión, temiendo fuese abierta o demorada por cualquier causa que es de suponer. Pocos minutos después llegaba el alcaide precipitadamente a saber qué eran las “cosas graves” que estaban sucediendo. Recuerdo perfectamente que fui testigo de una escena tragicómica, que si no hubiese sido por el lugar donde nos encontrábamos –y quizá por eso mismo-, cobraría para mí perfiles epopéyicos. De entre el gripo de prisioneros surgió Marco Antonio Cardona y, con gesto digno y voz vibrante, formuló su acusación contra el fatídico encargado. -Señor alcaide –dijo más o menos-: en nombre de mis compañeros de desgracia y en el mío, hago de su conocimiento los vejámenes e iniquidades cometidos contra nosotros por el encargado aquí presente. Durante más de siete meses nos ha venido hostilizando en una forma que usted posiblemente desconoce. Además de los cruentos castigos que nos impone, nos obliga a que le hagamos regalos forzosos bajo las más terribles amenazas. A mí me ha obligado a que le entregue una docena de pañuelos. Los demás compañeros –señalándolospueden decir lo que les ha quitado. -Señor –dijo otro-, a mí me ha obligado a que le dé un par de zapatos. -A mí me ha quitado un par de calcetines –dijo un tercero. Y un cuarto y un quinto compañeros, formularon su querella, señalando cosas que les habían sido quitadas por el encargado: camisas, corbatas, cinchos… El alcaide oía estupefacto. González perdió la voz y temblaba como un azogado. Fue comisionado un pasador llamado Andrés Martínez para que entrase a la bartolina del encargado a sacar las cosas señaladas. Efectivamente, cuando el pasador volvió, trajo “el cuerpo del delito”. Zapatos, pañuelos, calcetines, corbatas, todo nuevo, fueron alineándose  junto a la pared. Un verdadero botín. Para concluir la escena, se destacó del grupo el compañero Carlos Ávila Osoy, gran decidor, espíritu fraternal, a quien la prisión todavía no había arrebatado su buen humor y dijo: -Señor alcaide, a mí, abusivamente, el encargado me quitó un diccionario, el cual, debidamente censurado, me fue remitido de la calle. Mas no necesito extenderme en la descripción de los atropellos: los hechos son más elocuentes que las palabras. –Y señaló con un gesto olímpico, el montón de cosas incautadas. Hasta entonces pudo el encargado articular palabra. -Señor –dijo-, el diccionario yo lo pedí “prestade”, para ver un “palabrite”.

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El alcaide le miró indignado y esbozó el gesto de darle un bofetón. Ordeno que cada uno recogiese las cosas de su pertenencia y se retiró. Una hora después el cambio de encargado se había verificado. Nicolás González, el esbirro que habíamos sufrido durante siete meses, estaba ahora lavando la ropa de los enfermos del hospital. Nosotros le veíamos desde la puerta de comunicación de los dos callejones que en la parte superior ostentaba un letrero que dice “Pasadizo”. Yo quedé asustado de la audacia de los compañeros. Jamás imaginé el plan fraguado y menos que tuviese los resultados que estaba viendo. Hoy, que han pasado varios años, evoco aquella escena en que actuaron como personajes principales, hombres privados de su libertad, sujetos a las más ominosas condiciones, sin derechos y calificados, dentro del recinto penitenciario, como cosas más que como seres humanos, con sentimientos y con razón. Fue, como ya dije una escena que tiene similitud estrecha con lo que sucede en los pueblos donde impera la tiranía. En el fondo, hubo algo inmoral, algo que diríamos “inconstitucional”; pero, dado el fin que se perseguía, todos los medios eran justificables. Hoy que el tiempo aleja de mi memoria aquella heroica escena, absuelvo a mis compañeros y me solidarizo con su actitud, comprendiendo hoy, como lo comprendí entonces, que cualquier medio empleado por el hombre para recobrar su independencia y su libertad, es aceptable, no solo a los ojos de los demás hombres, sino a los de Aquél que mueve los mundos, porque la libertad la libertad de los hombres, hay que reconocer que es un don concedido por el sustentador de las criaturas. Tal fue el fin que tuvo la tiranía del encargado Nicolás González. Vino el nuevo encargado, llamado Tomás J. Vielman, reo de delitos comunes, y quien había desempeñado el cargo de agente de la policía rural de oriente. Cuando todos estábamos formados en el momento de darlo a conocer, se atrevió a dirigirnos la palabra. Recuerdo que dijo, entre otras cosas, que venía animado de las más sanas intenciones; que seria para nosotros, no como un jefe sino como un compañero y que únicamente nos recomendaba disciplina, obediencia, y atención a sus indicaciones, como el medio más eficaz para nuestra tranquilidad. Su arenga, al parecer saturada de buena fe, me pareció algo así como los manifiestos de los candidatos: cargados de promesas para el futuro, pero difíciles de cumplir en la realidad. El tiempo no tardó en demostrar la certeza de mi presunción. Salimos de una tiranía para caer en otra. Vielman era conocido en el patio general, con el mote de “cornada de vaca”, a consecuencia de un movimiento peculiar que hacia con la cabeza a cada medio minuto. Era cenceño, de carnes magras, de rostro enflaquecido, pero de mirada dura. Decía ser militar y haber prestado muy importantes servicios a la Policía rural, esa especie de “mazorca” organizada para la cacería del hombre, tan conocida de los guatemaltecos. Pertenecer o haber pertenecido a esa institución, es poseer el más amplio certificado de criminal nato, de sanguinario irredento, de asesino consumado, de matador a sueldo. Este era el nuevo encargado que había venido a sustituir a González. Nuestro calvario pues, era interminable.

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Una nueva era de sufrimientos se abría ante nosotros. Para preservarnos, ya sabíamos el remedio, por lo demás, Dios iría con su infinita bondad, suavizando nuestras penas.

CAPITULO XXXIV EL CAMBIO Con la obtenida destitución del encargado González, no habíamos, en realidad, adquirido gran cosa, Vielman poseía las mismas características de su antecesor, con la diferencia de que aquél había maleado en sus servicios en el cuartel, y este se había formado un carácter peculiar al servicio de la Policía Rural. Con lo dicho queda sentado que Vielman era un criminal cien por cien. Gustaba de darnos instrucción militar por las mañanas y sus voces de ¡eru!-¡has!, ¡eru!-¡has! , para llevar el paso, ofendían nuestros oídos, porque ya nos había indicado que eran las mismas voces acostumbradas en la rural. Siempre mantuvimos el temor, por lógica deducción, de que cualquier día podía ultimar a cualquiera de nosotros, por ser práctico en esta clase de maniobras. Gustaba de introducirse a nuestras bartolinas y entablar conversación con nosotros. Se jactaba, con un cinismo inconcebible, de haber pertenecido al batallón cazador de hombres. Nos contaba minuciosamente la forma en que los hombres perseguidos eran ultimados. Esos relatos truculentos están vivos en mis recuerdos, pero no los transmito al lector, por no convenir a la índole de este libro, cuyos hechos fueron vistos y vividos por el autor. Sin embargo, no resisto la tentación de bosquejar uno de esos recuerdos, tanto más, cuanto que la noche del día en que Vielman me contó el suceso, no pude dormir tranquilamente. Refirióme que una vez, en una aldea del departamento de Jalapa, cayó en poder de la rural un grupo de perseguidos, entre los que había una familia completa. Fueron amarrados y conducidos a la cabecera; pero en el trayecto, el jefe del pelotón dispuso mejor ultimarlos, para evitarse las molestias de la conducción. Fueron llevados a un lugar apartado del camino, en donde había una especie de grutas. El lugar era apropiado para el crimen. Cayeron sobre los desgraciados, hombres, mujeres y niños; se les amordazó convenientemente y fueron todos pasados a cuchillo. En medio de una carcajada diabólica, contaba Vielman que, cuando salieron de la gruta en donde habían cometido los asesinatos, se resbalaban en el fango los asesinos, humedeciéndose las botas hasta el tobillo. Se había formado el lodo con la sangre de las víctimas. Allí quedaron para siempre, y el escuadrón partió a galope a dar el parte de haber cumplido fielmente la comisión. Mas el alma de los asesinos no recobró jamás su tranquilidad. El criminal conserva activa la tenencia de revivir aquellos actos en los que piensa con extrema insistencia e intensidad. De ahí esas obsesiones regresivas contra las cuales lucha el criminal, aun sabiendo que es en vano. Hay una fuerza suprema que arrastra al delincuente a volver al sitio de su crimen, y cuando le es materialmente imposible –como en el caso de Vielman-, sufre frecuentes alucinaciones y cree ver, en su delirio, que sus víctimas se levantan amenazándolo. Todo delincuente lleva en si el castigo de su propio crimen. Su conciencia

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es su juez y su verdugo. De ello pueden dar fe los delincuentes de toda categoría, que reconocen el peso de su responsabilidad,, pero que, jamás son capaces de expresarla. Mi celda número 23 queda exactamente frente a la del encargado, que era la número 1. El oído del prisionero está siempre atento al menor ruido que se produzca en la noche. Una de tantas, al filo de las dos de la mañana, casualmente estando yo despierto y fumando, oí que Vielman salió corriendo de su bartolina, envuelto en una sabana y dando gritos desesperados. Inmediatamente salté del lecho y me subí sobre un banquillo para ver por una pequeña ventanilla lo que estaba sucediendo. En su carrera, Vielman vino a dar a los brazos del centinela, quien le increpó: -¿Qué le está pasando? Le sacudió fuertemente y Vielman se despertó del todo. El centinela depositó el arma  junto a la pared y vino a dejar a Vielman a su bartolina. Conversaron un rato y se separaron. El silencio volvió a reinar. Yo me quedé pensando sobre lo que acababa de presenciar. Mis conclusiones fueron definitivas. A la mañana siguiente referí el suceso a mis compañeros. Muchos lo habían oído y todos estuvieron de acuerdo en que las alarmas nocturnas de Vielman, eran provocadas por el remordimiento y por la persecución de que creía ser objeto por parte de sus víctimas. Conviene advertir al lector, para la mejor interpretación de este relato, que la bartolina del encargado era la única que permanecía abierta, por tener obligación de ir muy de madrugada a recoger las llaves a la Inspección. Quizá era el único reo del penal a quien se concedía esta gracia, pues a todos, absolutamente a todos, se les encierra bajo llave desde las cinco de la tarde. Al otro día, socarronamente, quise constatar si el encargado me decía la verdad de lo que había ocurrido y que yo había visto. Cuando le formulé la pregunta me respondió: -Figuráte que el centinela se durmió y cuando pasó el rondín lo despertó. Alarmado, se puso a gritar y me llamaron para que les ayudara. -¿Entonces no fuiste tú quien gritó? –le repliqué-, hubiera jurado haber oído tu propia voz y que el centinela dijo: “¿Qué le está pasando?” Miréle profundamente a los ojos y no pudiendo soportar la mirada, cambió rápidamente de postura, encendió un cigarrillo y Salió. Varios compañeros presenciaron la escena. Era una tácita confesión de sus remordimientos. No sé por qué -y no he podido comprenderlo-, siempre en los ojos del delincuente hay una sombra especial que los circunda, una sombra que quizá no todos los hombres podrán ver; pero yo, afortunadamente, en mi trato frecuente con ellos, aprendí a descubrir. Yo viví en el campo y siendo niño alterné con los caballos. Quizá por una precoz inspiración, creí descubrir en los ojos de estos nobles semovientes sus ingénitas cualidades. Acerté la mayoría de las veces: así me lo dijeron los hombres entendidos. Desde entonces, como en la escala psicométrica, aplico el mismo principio a los hombres, con idénticos resultados. Mi “test” es infalible y, aunque la común aplicación pueda ofender a los hombres, ello no niega la certeza de los resultados.

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El cambio de encargado nos había dejado en la misma situación. Salimos de las brasas para caer en las llamas –como dice la sentencia popular-, pero el destino señaló con su dedo inexorable el tiempo que duraría nuestro sufrimiento y el en que llegaría nuestra liberación.

CAPITULO XXXV OBSERVACIONES Casi puedo decir que diariamente entraban y salían presos nuevos, pertenecientes a todas las clases sociales: la mayoría se quedaba por un término más o menos largo y así tuve oportunidad de tratarlos. Durante el año 1937 la afluencia fue más numerosa y variada. Recuerdo al profesor Roberto Mejía Leonardo, traído de Salamá, su tierra natal, por un simple capricho de las autoridades departamentales, quienes creyeron ver en el desempeño de su apostolado actitudes subversivas: fue procesado en la Auditoría de Guerra y sentenciado a cinco años, la tarifa mínima en aquellos recordados tiempos. Al periodista Alberto Hernández Morales, obrero intelectual que siempre ha luchado por la conquista del bienestar para las clases trabajadoras y cuyas ideas de avanzada en el mejoramiento de la clase obrera, le valieron constantes persecuciones de la dictadura. Recuerdo a don Felipe Pérez y a don Gilberto Batres –tal vez en estos momentos ya desencarnados-, el primero traído por cordillera de Malacatán en el departamento de San Marcos, y el segundo extraído de su residencia en el barrio del Guarda Viejo, por el delito de practicar el espiritismo. Los dos ancianos venerables y mayores de 77 años.

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PROFESOR ROBERTO MEJÍA LEONARDO Profesor Roberto Mejía Leonardo, redactor de la página pedagógica que el diario “El Imparcial” publicaba semanalmente en el año 1934. Las opiniones sustentadas por el profesor Mejía, le valieron en un principio la antipatía oficial. El día 3 de mayo de 1934, apareció publicado su artículo intitulado “Los inspectores de oficio y los que la Escuela Normal necesita”. Las ideas sustentadas en esta publicación indignaron al déspota y a sus secuaces, ordenándose su captura ese mismo día, la cual fue efectuada en la ciudad de Salamá, donde este joven profesional desempeñaba el humilde cargo de maestro. Fue traído por cordillera y enviado de alta como soldado al cuartel Guardia de Honor., de donde era jefe el exgeneral Pedro Reyes Reynelas, y segundo, el entonces coronel Sarbelio Castillo González. El servicio militar obligatorio en aquellas circunstancias, era un castigo terrible en tiempos de la dictadura. El profesor Mardoqueo García Asturias, quien había invitado a colaborar a Mejía en la sección pedagógica de “El Imparcial”, había sido remitido también, en iguales condiciones que Mejía, al fuerte de Matamoros. Su delito consistía en haber escrito algunas cortas frases de presentación de Mejía a los lectores de “El Imparcial”. Los pocos conocimientos militares que estos dos abnegados profesores adquirieron a fuerza de golpes en los cuarteles, les sirvieron de mucho en la épica jornada de octubre de 1944. Al recobrar su libertad, es decir, al obtener su baja después de reiteradas gestiones, Mejía volvió a Salamá, con el propósito de trabajar en el magisterio alejado de todo contacto con elementos oficiales. Gobernaba a la sazón aquel departamento en calidad de jefe político, el terrible “jefe político” del despotismo, el coronel Ramón Grotewold, de triste recordación en el lugar. Sus intemperancias y descabellados proyectos, tales como el de desviar el curso del rio que atraviesa la población, con el objeto de reparar un puente que la misma corriente había socavado en sus cimientos y precisamente en la época más lluviosa del año, mereció la crítica más acerba del profesor Mejía. Grotewold empeñóse en realizar una obra inútil a primera vista, primero por la falta de técnicos que la dirigieran, y segundo,   porque obedecía a un alarde de autentica vanidad.

ERAÍN DE LOS RIOS 80 Ombres contra Hombres Categóricamente hizoselo saber así Mejía, y el coronel, aunque indignado porque hubiese quien hiciese censura a sus proyectos, invitó a Mejía a concurrir al sitio de las obras. Estaban presentes el mayor de plaza coronel Flavio Pimentel, el subteniente Isidro Santos, individuos de tropa, reos de la cárcel, Grotewold y Mejía. El jefe político invitó a todos a pasar ante la cámara del fotógrafo, pretendiendo convertir en estampa real lo que en el fondo era una farsa. Reconstruyámosla: Grotewold, con su bastón, aparecía dando instrucciones; el mayor de plaza, aparentando estar ocupado en la obra, a la par de los peones. Quisóse que Mejía apareciera en la foto, con un cuaderno tomando apuntes, como corresponsal del periódico capitalino. Casi se le conminó a que escribiera un reportaje ponderando los meritos de la obra, cosa a la que Mejía se negó, aduciendo pretextos. Esta negativa y otros muchos motivos que mediaron hasta el 2 de septiembre de 1936, fueron las causas por las que l profesor Mejía fue hecho preso nuevamente y remitido “por cordillera” a la capital, acusado de “atentar contra la seguridad de las instituciones sociales”. Una escolta compuesta por un oficial, un sargento, un cabo y cuatro soldados, era la que le conducía. Al pasar al lugar llamado “La Canoa”, supo que le traían preso por “comunista y agitador de masas”. Ingresó a la capital bajo el castigo de una fuerte lluvia el 5 de septiembre de 1936. Heriberto Ponce García le vio pasar por la Avenida de los Arboles y le siguió las huellas hasta constatar su paradero y poder así avisar a la angustiada madre de Mejía. Le llevaron a l a Dirección de Policía y de allí a la bartolina del segundo Cuartel. El 16 de ese mismo mes fue puesto en libertad, sujeto a resultas. Esa libertad fue efímera, ya que el 19 fue extraído de su cuarto en el hotel “Delmónico”, hoy “Regis”. Ricardo Vitola y tres agentes de la policía secreta estaban encargados de su captura. Inmediatamente fue llevado a la Penitenciaria, donde permaneció encerrado hasta el 2 de febrero de 1938. Instruyeronsele dos procesos, sirviendo de base para ellos, un parte contradictorio firmado por dos agentes de investigación, en el que aseguraban haberlo capturado en Salamá, el mismo día que hacía su ingreso a la capital. Cuando Mejía arribó a la Dirección de Policía, enteróse de que su llegada a la ciudad se comentaba con agrado, pues se sabía que la policía rural de oriente había recibido órdenes de salirle al encuentro, con el propósito de aplicarle el tenebroso principio ubiquista de la Ley Fuga. Uno de los agentes de la terrible cabalgata de la muerte, cayó al fondo de un barranco con todo y cabalgadura. Esto retardó la marcha y así no legaron al lugar del encuentro, sino cuando ya el reo había pasado. Fue –podría decirse- una intervención providencial. Mejía Leonardo fue compañero del autor en el recinto penitenciario. Durante largos 16 meses permaneció cautivo. Su modesta cátedra en la escuela de Salamá, cambiaronsela por el trabajo dado a los políticos de la penitenciaria: Batir lodo, hacer adobe, fabricar ladrillo, acarrear arena, rajar leña, cargar y descargar hornos, etcétera. Posteriormente fue designado para enseñar las primeras letras a los eminentes políticos que adversaban al general Ubico; es decir, se le encargó la desanalfabetización de algunos reclusos, un día que se dispuso fundar una escuela para desanalfabetizar a los políticos. Uno de los tantos caprichos ocosos del des otismo…

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ALBERTO HERNÁNDEZ MORALES Periodista del obrerismo guatemalteco y compañero del autor en la prisión. Aunque ha tenido motivos justos para publicar su retrato, su innata modestia se lo ha impedido y su repulsión a toda forma exhibicionista. Es Alberto Hernández, el obrero quizá más perseguido por la tiranía que tuvo su fin el 20 de octubre de 1944. Su actitud franca y definida en oposición al progresismo y a su jefe máximo, le valió el odio constante del dictador. Sin pasión política ni interés personal, ya que nunca ha ambicionado ningún puesto público, Hernández fue fundador y elemento valioso de un partido obrero que, independientemente de los otros partidos chaconistas, luchó por la exaltación del general Chacón en 1926. Animólo un deseo único: el que en Guatemala no se implantara el sistema inquisitorial del general Ubico. En un discurso pronunciado durante la campaña electoral de aquella época, entre otras análogas, Hernández vertió estas proféticas frases: “El general Ubico ni a las plantas ama: En Retalhuleu hizo cortar el frondoso y legendario Amatle que invitaba a descansar bajo su sombra; reliquia retalteca que se contemplaba en la plaza central de la ciudad, frente al edificio de la jefatura política y Comandancia de Armas de aquella cabecera departamental. Y tengan seguro, señores, que si Ubico un día desdichado llega al poder, comenzará por matar las libertades, las de nosotros los trabajadores en primer lugar…” Director del periódico  Labor y Cultura, Alberto Hernández, como lo hiciera antes en honor del presidente Roosevelt, dedicó una de las ediciones de su periódico -la número 35 de enero de 1936- al general Lázaro Cárdenas, a la sazón presidente de la republica mexicana, la que le valió larga reclusión en los nefastos callejones de la Penitenciaria. Encarcelado varias veces y coaccionado para que delatase a sus compañeros, los verdugos no lograron domeñar su carácter. Varias veces burló la vigilancia de la policía anzuetista, la que se vengó en sus familiares y amigos. Sus sufrimientos y su discreción fueronle provechosos, porque se dieron cuenta los profesionales y obreros, ávidos de libertad, que sabían de sus luchas, que en la personalidad de este varón había un hombre. Sin alardes de ostentación y sin ambiciones de recompensa alguna, Hernández a trabajado positivamente por lograr la mejoría de la clase laborante de Guatemala. Es un importante factor del obrerismo y uno de sus dirigentes más capacitados.

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. DON FELIPE N. PEREZ Venerable anciano que en la actualidad ha cumplido 87 años de edad. En 1937 fue encarcelado dos veces en unión de su amigo don Gilberto Batres, por dedicarse a prácticas espiritistas. La furia del dictador, sabiamente secundado por sus esbirros, no respetó la edad del señor Pérez, quien en presencia del autor fue sometido a crueles torturas en el interior de la Penitenciaría Central. Caída en poder del auditor de guerra la carta que de Malacatán dirigió a Batres, en la que le transcribía una comunicación espirita relativa a la interpretación simbólica de una mata de chile con cinco frutos mirando al cielo –como la flor de los hipocastaños-, contestó al interrogatorio del juez: -La mata de chile representa a Centroamérica y si los frutos ven hacia arriba, quiere decir que los hijos de Centroamérica levantan las manos al cielo pidiendo a Dios que cambie los sistemas de gobierno y que les libere de las tiranías. -Eso quiere decir que el general Ubico es tirano –tronó el auditor de guerra. -Eso yo no lo sé –contestó Pérez-, aunque lo diga la comunicación; pero si así lo dice es la verdad. El auditor se confundía. El no entendía. El no entendía del estado de “trance” que suelen vivir los médiums en las sesiones espiritas; y condenó a Pérez a sufrir cinco años de prisión por el delito de “comunista”

Don Felipe Pérez ya había sido encarcelado anteriormente y cuando esta segunda vez el auditor de guerra le indagó llamándole “reincidente”, don Felipe, tranquilamente, le contestó: -El reincidente es usted, señor auditor, porque yo estaba trabajando pacíficamente en mi residencia de Malacatán y usted ha ordenado que se me trajera a pie, sin decirme siquiera el motivo de mí secuestro. La causa del encarcelamiento de aquellos dos ancianos era la siguiente: una noche, en el centro espirita que dirigía en Malacatán el señor Pérez, se presentó el espíritu de Justo Rufino Barrios y por el médium le dirigió un mensaje al dictador Ubico, en que le aconsejaba dejara de estar hostilizando a su pueblo y extorsionándolo con el cobro del

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boleto de vialidad. Don Felipe creyó conveniente hacer del conocimiento de su colega de esta ciudad –el señor Batres- los términos del mensaje de ultratumba y así lo hizo por medio de carta, la que, caída en manos de la policía, dio por resultado el encarcelamiento de los dos ancianos, cuya tranquilidad era envidiable en el presidio. Su serenidad era admirable. Don Gilberto era un hombre alto, de barba y cabellera blancas, de tez rosada y de mirada dulce. Las líneas de su cuerpo contrastaban con las de su compañero, que era de pequeña estatura, magro de carnes, cetrino, de voz suave y acariciadora. Don Felipe, cuando se ponía sus anteojos para leer; hacía pensar en Gandhi, el caudillo hindú, conocido de nosotros por las fotos que nos han traído los periódicos ilustrados. Los dos viejecitos fueron condenados a cinco años de prisión y libertados como a los cinco meses. Un día, por haber escrito un mensaje a una sobrina suya residente en esta ciudad, participándole que ya estaba desincomunicado y que el siguiente día podía llegar a verle, don Felipe fue rudamente castigado, obligándosele a hacer 200 pírricos o sentadillas, en unión del periodista Hernández. Este, después de varios días de sufrido el castigo, andaba dificultosamente. Imagínese el anciano el anciano don Felipe como quedaría, con la debilidad de su cuerpo y sus 77 años de vida. Cuando en un lugar cualquiera no se respeta la ancianidad ni se atiende la razón que por la experiencia adquirida durante largos años vividos casi siempre asiste a las cabezas blancas, no debe ya esperarse nada más de los hombres. Voy ahora a contar al lector, un caso que ilustra toda una serie de atropellos y vejámenes, cometidos por las propias autoridades penitenciarias con las familias de los recluidos. Un domingo a la hora de la visita, un recluso hablaba con su esposa y cuando la hora estaba por terminarse, se cruzaron entre ambos frases llenas de ternura y el cautivo pidió a su compañera le diese un beso, no importaba la obstaculización producida por el cedazo. La esposa accedió y ambos besaron el enrejado. El alcaide alcanzó a ver la escena y se retiró contrariado. El recluso desempeñaba el puesto de Encargado de la primera cuadra y a la hora del encierro se le ordenó hacer entrega del puesto a otro preso y llevar su cama al lugar más incomodo del recinto. A la mañana siguiente, tan pronto como amaneció, se le impuso el castigo de la “basa”, permaneciendo durante más de cuatro horas de plantón a la orilla de la pila, tiempo durante el cual el desgraciado se formuló más de mil conjeturas acerca de las causas de su castigo, pues no recordaba haber cometido ninguna acción en contra del reglamento. Cuando fue retirado del castigo se dio a la tarea de indagar las causas, preguntando a los demás compañeros que creía pudieran saberlas. Cuando llegó al lugar llamado “el boquete”, donde registran los envíos procedentes de la calle, uno de los compañeros le apuntó una noticia singular. -A usted lo castigaron –le dijo- por haber besado a la “casera” 18del alcaide.

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Casera se llama en el caló penitenciario y así también en el lenguaje de la vida libre en determinados sectores sociales, a la amante, a la querida, a la mujer que ha tenido relaciones sexuales con cualquier hombre,

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¿Qué dijo, qué pensó, qué sintió aquel hombre? Cierto, él había besado el día anterior, pero a su mujer, a su legitima esposa, entonces… En la visita del domingo siguiente, el desesperado cautivo rompió definitivamente con su esposa. Su honra era como el agua en el suelo. Yo me explico el sacrificio que puede hacer una pobre mujer, madre hermana, esposa o hija, entregándose a los caprichos de un jefe de prisión con tal de obtener algunas consideraciones para su familiar recluido; pero no me puedo explicar que un alcaide de Penitenciaria, tras de satisfacer sus lúbricos apetitos con la esposa de un presidiario, conquistada con amenazas o con halagos y resignada y resignada ésta a la entrega por necesidad o por capricho, ordene que al dueño de la mujer seducida se le trate desconsideradamente. Como quiera que sea, yo creo que en el seductor, aun suponiéndolo un perfecto sátiro, un sujeto de alma encanallada, queda el recuerdo de un acto de placer y un leve motivo de gratitud por la complacencia de la hembra. En consecuencia, el esposo preso de la mujer seducida, debió merecer algunas consideraciones. En este caso, el procedimiento fue a la inversa, cosa verdaderamente inconcebible, monstruosa incalificable. Este hecho pasó con un prisionero por delitos comunes. Nada puede hacer creer que no hubiese podido suceder con cualquiera de los políticos

CAPITULO XXXVI EL TIFUS Nuestra existencia siguió discurriendo en un ambiente hostil y preñado de constantes amenazas. Promediaba el año 1937, y una terrible epidemia azotó en el penal. Se decía que era “tifus” y para prevenirnos se nos obligó a vacunarnos. Cuando se nos llevó al botiquín, observé que el procedimiento era por medio de inyecciones. Algunos de nosotros, que ya sabíamos las tretas de que se valían en la cárcel para exterminar a los hombres, empezamos a temer por nuestra suerte. A consecuencia de inyecciones, aplicadas con cualquier pretexto, habíamos visto enloquecer y desaparecer a muchos. Presente teníamos el caso de Oscar Alvarado Martínez, quezalteco, y que, en los momentos de escribir estas líneas, aun se encuentra recluido en el manicomio y a quien le fueron aplicadas inyecciones especiales con el fin de que declarara lo que el auditor de guerra desease; el desgraciado, con las facultades mentales seriamente perturbadas, fue sentenciado a cinco años de prisión, cumpliólos y en vez de habérsele libertado, se le trasladó al asilo de alienados. Un hombre inutilizado para toda su vida. Fresco teníamos el caso del señor José Félix Gil, un señor muy culto, de más de medio siglo de edad, recluido sin proceso, por el delito de haber escrito una carta a un hermano suyo en el que le encarecía tener resignación frente a los abusos de los poderosos y que confiara en que los “fetiches” serian pronto derrumbados. ya sea voluntariamente o por necesidad. Con el mismo nombre, se designa también a la novia. Pero la interpretación más generalizada es la de barragana o concubina, sobre todo en el argot de los cautivos.

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La carta fue abierta en el correo, como toda la correspondencia que circulaba en aquel entonces, y remitente y destinatario fueron conducidos a la Penitenciaria. Yo conocí personalmente a estos dos respetables señores: a don José Félix y a don Ramón Gil. Un primo de ambos, don Felipe Gil Mazariegos, fue preso también, purgando cinco años de prisión; don Ramón cumplió una condena de dos y don José Félix fue envenenado el día 2 de junio de 1937. Yo lo vi retorcerse de dolor frente a la pila del segundo callejón. Cuando, para disimular el hecho, fingieron atenderlo en el hospital y fue llevado en hombros de dos enfermeros, dejó dicho a los compañeros que se quedaban: -Compañeros: siento que voy a morir. Ojalá que mi muerte sirva de algo a Guatemala y porque algún día ustedes alcancen la libertad. Su mano trazó en el vacio el ademán de la despedida y desapareció. Ya no le volvimos a ver. Al otro día supimos su muerte y vimos salir su cadáver, en tosca caja, de la primera sala del hospital y desaparecer por los corredores. Su muerte nos llenó de consternación. Fue, además, un aviso siniestro para nosotros. El recuerdo de todas estas infamias, vino a nuestra mente, cuando se nos llevó al botiquín para inyectarnos. Pasamos la prueba. Y poco a poco, nuestra aprensión fue desapareciendo. No era posible que nos envenenaran colectivamente. Y si así fuese, todos seriamos libres. Así reaccionó nuestra sensibilidad. Pocas horas después de la aplicación preventiva, una fuerte calentura nos invadió a todos; los más fuertes resistieron y la mayoría cayó en postración. A los ocho días volvió a vacunársenos. A las tres vacunas se decía que estábamos completamente inmunizados. Quizá. Lo cierto es que casi ninguno de nosotros llegó a enfermarse. En cambio, entre los demás presos, el tifus llegó a desarrollarse. Los enfermos más graves que eran bajados del hospital, venían a alojarse a las bartolinas desocupadas que había en el callejón. Todos los enfermos de males contagiosos, como el tifus, el sarampión, la tuberculosis, la disentería, eran remitidos al departamento en que nosotros vivíamos. La mira del procedimiento era bien clara: procurar que los políticos fuesen contagiados para obtener su liquidación. Mas una Providencia divina velaba por nosotros. Sin embargo… Una mañana amanecí con el cuerpo lleno de sarampión. Al darse cuenta el encargado, inmediatamente dio parte y sin darme tiempo para nada, me condujeron al “triangulo”, una bartolina pequeña, triangular, húmeda, oscura, que hay en la unión de los dos callejones y que últimamente se ha convertido en capilla para los condenados a muerte. Allí permanecí completamente aislado durante veinte días, tomando como único alimento agua de cebada. Cuando al fin el médico vino a verme, yo ya me había curado solo. La naturaleza había vencido al mal. Para distraer el ocio del encierro obligatorio y del aislamiento desesperante, un cautivo mulato, Martín Moreira, me trajo subrepticiamente, una revista vieja para entretenerme. Contenía la novela “Sangre y Arena” de Blasco Ibáñez. ¡Como reconfortó mi espíritu aquella primera lectura! Hay que imaginarse el placer que debe experimentar un hombre solo, abandonado, enfermo, aislado del resto del mundo y que sabe leer, cuando tiene la posibilidad de poseer un libro, una revista, un periódico, por viejo y ruin que sea,

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para entretenerse. Hay que imaginarse las penas y los sobresaltos que sufre para ocultar lo que lee cuando oye la aproximación de los pasos y la poca atención que presta a la lectura, temeroso de ser sorprendido de un momento a otro, y castigado severamente por tal causa. No cabe duda que el propósito perseguido para prohibirnos la lectura, era embrutecernos totalmente y hacer que nuestras mentes anquilosadas ya no pudiesen pensar ni reaccionar después. Sabido es que el hombre que piensa es el peor enemigo de los dictadores; mejor dicho, ellos, en su ignorancia, creen que el pensador, con sus ideas, puede fácilmente minar su pedestal y derrumbar su soberbia. ¡Quizá tengan razón! ¡Cómo gozarían si pudiesen dictar una ley que dijese: “Se prohíbe pensar”! Un día la víspera de haber sido dado de “alta”, llegó conmigo el encargado del segundo callejón, Roberto Isaac, alias “Tata Dios”, a decirme que el encargado del primer callejón había sido cambiado. Sentí un pacer interior. El funesto Vielman había desaparecido. Cuando pregunté por las condiciones del sustituto, Isaac me contestó: -Es un “buen muchacho”, se llama Bonifacio Cruz Carrera. Le conocí cuando llegó a traerme. Me saludó con mucha cortesía. Me miró largamente, como para grabarse mi fisonomía. Yo le miré también. Sus ojos tenían la sombra funesta que ya dejo explicada anteriormente. No me equivoque. Era un canalla diferente de los otros, pero un canalla al fin. Al recordarlo, siento la necesidad de retratarlo en el capitulo siguiente, para que el mundo conozca a los ombres que martirizan a los hombres.

CAPITULO XXXVII EL “BUEN MUCHACHO” Este que vais a ver aquí, lector, es el tipo clásico del “encargado” perfecto. Es el gran contribuyente, el ayudante, el cooperador eficaz de las autoridades penitenciarias para convertir en un infierno la vida del cautivo. Era reo de asesinato. La historia de su crimen me la contó un pasador. Asesinó a un hombre porque tenía amores con una hermana suya. Oculto entre matorrales, esperó el regreso de su víctima. Anochecía. La calma y el silencio del campo parecían inviolables. De pronto una detonación rompió el silencio y un hombre cayó atravesado el pecho por una certera bala de escopeta. Cruz Carrera había disparado, con mampuesta, contra el amante de su hermana. No era este su único crimen; los libros penitenciarios tenían su nombre registrado en diferentes fechas y por diversos hechos. Ahora, era jefe del departamento destinado para los políticos, o sea el encargado del primer callejón. Fue el creador de un nuevo sistema de hostilizamiento. Comenzó prohibiéndonos la entrada a nuestras bartolinas después de las cinco de la mañana, hora en que se nos abría. De seis a siete recibíamos instrucción militar. De esa hora hasta las ocho, algunos compañeros hacían fuego para cocer sus alimentos. Al fondo del callejón, hacia la izquierda, había un pequeño poyo con cuatro hornillas. Recuerdo que el más activo, entusiasta y generoso compañero en asuntos culinarios era Higinio Letona Paz, cuyo nombre, al escribirlo hoy, me hace volver a vivir aquellos instantes ya lejanos, pero no

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menos tristes y emotivos. En torno a él nos congregábamos varios cautivos, quizá seis u ocho y a todos nos distribuía equitativamente nuestra ración de alimentos. Cuando nuestras posibilidades lo permitían contribuíamos con alguna cosa condimentable: quien con cebollas, quien con un tomate, quien con dos huevos, o un pedazo de carne; pero generalmente el mérito mayor que tenía nuestro cocinero improvisado, era que la propia comida del rancho la transformaba en algo más apetecible. Sabía preparar el caldo y la carne en una forma tal, que durante tres días a la semana, nos servía verdaderos banquetes. Algunos nos sentábamos en banquillos, otros encuclillados en cualquier rincón y los más de pie o en el borde de las gradas que conducen a las bóvedas, tomábamos nuestros alimentos preparados por “Letonita”, como le llamábamos familiarmente a este compañero, cuyo recuerdo evoco en estos renglones con verdadera gratitud. A él le debo la primera taza de café caliente y el primer plato de comida que saboreé en mucho tiempo. Los grupos de cautivos organizados para la hechura de los alimentos que denominan “calientas”, recibieron el nombre de “sociedades”. Cada quien excepto los que recibían alimentos de la calle a horas fijas, pertenecíamos a alguna sociedad. Yo pertenecía a la sociedad “Letonita”; una sociedad en la que todos los socios éramos sumamente pobres, pero, puedo decir, hermanados en la desgracia. A Letonita debo el haber aprendido a hacer fuego. Las primeras quemadas que mis manos sufrieron, me arrancaron una fuerte interjección, pero me proporcionaron una gran enseñanza; a él le debo también el haber aprendido a preparar los frijoles, colarlos y freírlos; y aún más: le debo el conocimiento para preparar los alimentos y al mismo tiempo, el placer de las comidas hechas por uno mismo. Me detengo en este relato, por haber sido la sociedad de “Letonita” la que tuvo mayor duración y la que reunió mayor número de asociados. Las horas de comer fueron quizá las únicas en que experimentamos una mediana tranquilidad; fuera de ellas, la marcada hostilidad del encargado contra nosotros, nos hacía las horas insufribles. Los días sábados, nos obligaba a sacar nuestras cosas al sol y a lavar el piso de las bartolinas que, naturalmente, tardaba mucho tiempo en secarse. Era un espectáculo triste contemplar el hacinamiento de ropas y trastos tirados en el suelo. Todos nuestros haberes eran miserables.los que tenían colchón, ya estaba podrido, y los que no, su equipaje consistía en un simple brin, una frazada raída, y una almohada dura llena de remiendos y de suciedad. El equipaje todo de los presos políticos de Guatemala, era una cosa conmovedora. Parecía un equipaje de náufragos, cuando los náufragos logran tenerlo. Como todos dormíamos en el suelo raso y se nos obligaba a entrar nuestras cosas antes de que el piso se secara, el calor de nuestros cuerpos concluía esta operación y el malestar que experimentábamos en aquella forzosa promiscuidad, hacia nuestras noches insoportables. En un espacio no mayor de seis metros cuadrados, teníamos forzosamente que convivir cuatro, cinco y hasta seis reclusos. Jamás de quiso proporcionarnos una cama, ni menos recibirla de nuestras casas. La comida, que se nos servía en botes de lata, debíamos recibirla frente a una reposadera que despedía emanaciones pestilentes. La menor insinuación, no se diga protesta, por tan infames medidas, daba lugar, no solo a una grave reprimenda del encargado, sino a un “parte” por

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insubordinación y protesta; los famosos partes de los encargados, bien conocidos de los que hayan estado presos, lo que daba lugar a la imposición de castigos múltiples como detallaré en capítulos sucesivos. Nuestra correspondencia pasaba por la censura. Cuando escribíamos a nuestros familiares, era el encargado analfabeto el primer censor, quien nos ponía una interminable serie de obstáculos para admitir nuestras cartas. Ya se comprenderá nuestra situación en semejantes casos. Cruz Carrera nos prohibió el baño. Impidió nuestros paseos ordinarios a lo largo de todo el callejón. No dejaba que los que vivíamos en una bartolina, pasásemos a la del compañero. Impidió la formación de grupos y llegó hasta el extremo de que, durante el día, únicamente nos juntásemos los que vivíamos en la misma celda. A él debíamos el que se nos haya sometido a trabajos forzados en el mismo departamento. Se nos obligó nuevamente a hacer canastas de mimbre y palma. Como era terminantemente prohibido tener cualquier instrumento cortante, por pequeño que fuese, nos suministraron, previo rígido control, unas pequeñas cuchillas para el trabajo, las cuales debíamos devolver a las cuatro de la tarde. Un día, al compañero Ávila Osoy se le extravió una de las cuchillas que era precisamente la más grande. Todos contribuimos a su búsqueda con resultados infructuosos. No hubo otro remedio que avisar de lo sucedido al encargado. Aquello fue un escándalo. Se pensó en mil cosas. Inmediatamente llegó un escuadrón de registradores del patio general y a todos se nos sometió a una minuciosa requisa, así en nuestras celdas como en nuestras personas. La cuchilla no apreció. Como ya era la hora del encierro, se suspendió el registro para continuarlo a la mañana siguiente. Aun las primeras horas del día no habían vencido a las sombras de la noche, cuando ya el pelotón de aviesos registradores irrumpió en nuestras celdas y procedió al registro, atropellando sobre todas nuestras cosas. Los resultados otra vez fueron infructuosos. Entonces se nos conminó con que si no aparecía la cuchilla, todos nos quedaríamos sin visita el próximo domingo. Efectivamente, la cuchilla jamás apareció. Ello dio por resultado que se nos quitase la visita; pero en cambio, obtuvimos que se nos suspendieran los trabajos forzados. Entre algunos compañeros y aun entre el encargado y demás autoridades, privó la creencia de que el coronel Julio Barrios o el autor de estas líneas habían hecho desaparecer el maldito instrumento que tantas amarguras nos había proporcionado.. y ello dio lugar a que la saña del encargado se cebase en nosotros. Estos incidentes son frecuentes en la cárcel. Cierta vez, un compañero, Antonio Murga Ávila, en combinación con el encargado, hizo la alarma de que se le había desaparecido de su saco cierta cantidad de dinero, atribuyéndome el robo. Se formuló un parte que llegó hasta el alcaide. Este funcionario, comprendiendo la mala fe del parte y reconociendo, a pesar de todo, la inocencia del acusado y la insidia de los quejosos que únicamente buscaban un castigo para mí, no hizo caso del parte. El mismo me lo contó después. La envidia, ese sentimiento mezquino, signo inconfundible de inferioridad, grillete de fracaso que arrastran vilmente muchos hombres, prende fácilmente en el corazón de los reclusos. Sin ninguna  jactancia puedo afirmar que fui, quizá, el recluido más envidiado por muchos de mis propios compañeros durante los años 1935 a 1935. Creo no haber poseído ningún mérito

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para despertar este sentimiento, a no ser por mi hombría y la serenidad ante los peligros. Hubo excepciones entre los envidiosos, como es natural en toda regla; y ellos, cuando lean estos renglones, convendrán en que tengo razón en lo que digo. El despotismo del encargado contra nosotros, seguía persiguiéndonos como una maldición. Todos los días inventaba una nueva forma de opresión. Sus instintos criminales encontraban en nosotros campo propicio para desarrollarse. Mas a la primera ocasión, tuve una oportunidad soberbia para domeñar sus instintos. Un día, tuve necesidad de pasar a la pila a lavar un pañuelo sin avisarle y sin que nadie me fuese a cuidar. Cuando se enteró del hecho, corrió hacia mí y con las frases más soeces que imaginarse pueda, me reprendió. Inmediatamente, por una repentina inspiración, recordé la historia de su crimen y le repliqué, encendido de coraje y temblando de indignación: -Usted no debe permitirse hablarme en forma descomedida; recuerde que yo no soy ningún preso sentenciado y que si me hallo sin libertad es por amor a mi patria. Yo no he velado a nadie agazapado tras los cercos de Pinula, ni le he descargado a nadie ningún escopetazo asesino oculto tras los matochos, con mampuesta y amparado por la oscuridad. Comprenda que un asesino de tal naturaleza no tiene derecho para hostilizar a un hombre honrado. Más o menos fue lo que dije. El verdugo al oír mi admonición, rió estúpidamente. Dio media vuelta y se alejó. Creí que iba a dar parte contra mí por insubordinado. Seguí lavando mi pañuelo y esperando de un momento a otro que a latigazos me llevasen a encerrar. Concluí mi faena y me dirigí a mi celda. Puse mi pañuelo a secar sobre una piedra y me senté en el suelo a esperar el resultado de mi arrebato. Mis nervios ya se habían calmado y mi excitación momentánea se había transformado en un estado de temerosa laxitud. Casi una hora había transcurrido. El encargado se paseaba frente a su bartolina fumando golosamente y de vez en cuando me lanzaba miradas furiosas. De repente me llamó y me introdujo a su celda. -Don Efraín –me dijo-, le suplico que en lo sucesivo no vuelva a ser tan grosero conmigo. Lo que me dijo me ha herido profundamente. Usted tiene razón y, como hombre, debe ponerse en nuestro lugar. Las órdenes, son órdenes y nosotros no hacemos más que cumplirlas. Procuraré no molestarle, pero, por favor, no vuelva a decirme lo que me dijo, porque me mata. -Está bien –le contesté, saliendo de la celda y volviendo a recoger mi pañuelo ya seco. Comprendí que el incidente no había trascendido y que la forma empleada por mí para detener las agresiones del encargado, había sido de resultados eficaces. Prometí usarla siempre que las circunstancias lo exigiesen.

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CAPITULO XXXVIII LA LEY FUGA El domingo 1° de mayo de 1938, a las 6 de la tarde, con el compañero Marco Antonio Cardona, hacíamos comentarios acerca de nuestras visitas de ese día, tendidos indolentemente sobre nuestros míseros lechos. De pronto fuimos interrumpidos por numerosas voces, entre las que sobresalía la del inspector general y se abrió la puerta de nuestra celda. –“¡Efraín de los Ríos y Marco Antonio Cardona, afuera!” –Fue la orden. -“Adalberto Cardona y Max Aldana –continuó-, saquen sus maletas, porque van a pasar al otro callejón.”- Era el lugar señalado para los sentenciados. Inmediatamente, azorados y nerviosos, recogimos nuestras ropas y cosas más indispensables y seguimos a los verdugos. Como las únicas dos pequeñas cuadras de que se compone el segundo callejón estaban totalmente llenas de presos, nuestros míseros colchones fueron colocados en medio de dos camas, es decir, en el suelo, puesto que los compañeros de este recinto poseían sus respectivas tarimas para dormir. Marco Antonio Cardona y yo, fuimos llevados a la segunda cuadra y Adalberto Cardona y Max Aldana, a la primera. Como a las siete d la noche llegó Roberto Isaac, el encargado, a entregarnos un uniforme nuevo y un sombrero de palma, llamado de “tortuga”, a cada uno y a participarnos que al día siguiente iríamos al trabajo. El trabajo en el presidio, sobre todo para los presos políticos, es de lo más duro que se puede experimentar. Quizá no haya ninguna diferencia con el que ejecutaban en las canteras de los campos de concentración de Alemania los infelices prisioneros de guerra. El trabajo es uno de los castigos más crueles que se aplican en la Penitenciaria. Permite, además, matar a algunos reclusos, sin responsabilidad. “Ir al trabajo” equivale a ir al matadero. Efectivamente, al otro día, a las cinco de la mañana, se nos sacó a trabajara ultima hora fueron exceptuados los hermanos Cardona, sustituyéndolos Juan Reyes Cumes y Felicito Zacarías, pertenecientes a nuestro departamento. Fuimos incorporados al pelotón de trabajadores de La Arenera del Campo de Marte. A Felicito Juárez se le hizo cargar un tercio de leña y a mí se me obligó a llevar un enorme cajón, conteniendo trastos de cocina, frijol, dulce y café, para el rancho de ese día. El peso del cajón era materialmente superior a mis fuerzas. Fue la primera vez que mi frente sintió la dura caricia del mecapal, ese instrumento que usan los cargadores para hacer fuerza con la cabeza; y, aún así, el peso era enorme para mis posibilidades. En medio de dos filas de soldados, salimos a la calle y tomamos el paseo de La Reforma. Las seis de la mañana era cuando pasábamos frente a la capilla de Las Angustias. Penosamente alcé los ojos a la iglesia y vi el reloj. Hice notar al compañero Aldana la angustiosa situación en que nos encontrábamos. Fatigado y sudoroso, agobiado bajo el peso del cajón, alguien se compadeció de mí y me ayudó a subirme el cajón que se me caía. Así atravesamos el Campo de Marte, hasta parar frente a las tribunas. Allí se me ordenó depositar el cajón en tierra. Vino un preso que hacia las veces de jefe de pelotón y comenzó a dar órdenes para la distribución del trabajo. La mitad del pelotón,

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compuesta como de cincuenta reclusos por delitos comunes, fue designada para regar arena y apisonarla frente a las tribunas; la otra mitad entre la que quedamos Aldana, los otros compañeros nombrados y yo, fuimos conducidos al propio lugar de La Arenera, frente al polígono de tiro con revólver, en donde se estaba excavando un cerro para abrir un camino carretero. Descendimos la pendiente por el lado oriental del Campo y una vez en el lugar del trabajo, se nos dio a cada uno una pala para llenar de arena un camión que esperaba. Cuando, como a eso de las diez de la mañana, habíamos concluido de transportar la arena, se nos dieron picos para perforar el paredón. Al poco rato llegó el entonces ministro de guerra, general José Reyes, montado a caballo con sus ayudantes, a dar órdenes que no alcanzamos a oír. Reía y su risa me pareció una burla sangrienta para nuestra desgracia. Este funcionario, según supe, era propietario de una hortaliza vecina y en ella se hacia trabajar intensamente a los recluidos. A la hora del almuerzo, se nos llevó hacia arriba y los medio cocidos frijoles, el café amargo y las tortillas frías que constituían nuestro almuerzo, hubimos de tomarlos con el compañero Aldana entre el estiércol de las bestias en las caballerizas del Campo. Nuestros estómagos pronto experimentaron síntomas de náusea. Tres sargentos de aspecto sospechoso, vigilaban nuestros movimientos. Por la tarde continuamos el trabajo forzoso y, a las cuatro, nos formaron para regresar a la Penitenciaria. Volví a cargar el mismo cajón que había soportado por la mañana y esta vez con mayores dificultades, no obstante estar ya casi vacío. Vielman, el verdugo ya pintado en capítulos anteriores, era ahora uno de los encargados del pelotón de La Arenera y a golpes, empujones y puntapiés, me obligaba a soportar la carga. Su actitud llenó de consternación a unos y de indignación a otros; pero así y todo, nadie osaba protestar y menos a proporcionarme ayuda, porque habría sido exponerse a serios castigos. Cuando llegamos al centro, ya nos esperaban los registradores y fuimos sometidos a la más estricta requisa. Se nos obligó a quitarnos los zapatos y a sacudir la tierra que traían dentro. Se comprobó si no tenían doble ensueladura que pudiese ocultar algún papel. Casi se nos desnudo para registrarnos. Después se nos llevó a las cuadras, en donde habíamos pasado la noche anterior, tirados en el suelo en medio de dos camas. Todos los compañeros que se quedaron, nos preguntaban sobre las condiciones en que habíamos sido obligados a trabajar; y ya sea por temor o por un delicado sentimiento de pudor no dijimos la verdad exacta de nuestros padecimientos. Toda la noche la pasamos de “claro en claro” con el compañero Cardona, haciendo conjeturas acerca del motivo de tan rigurosa medida y jamás llegamos a comprender las causas que motivaron tales ordenes contra nosotros. Recuerdo que excitados y nerviosos, fumamos una caja completa de cigarrillos y así nos sorprendió la aurora del nuevo día. Al toque de diana nos levantamos y cuando ya yo provisto de un plato, un pocillo y una pequeña bolsa de brin al hombro, me disponía a volver a la faena, al salir por la puerta del callejón, Vielman el fatídico, me detuvo diciéndome: -Usted retírese por inútil –y me hizo retroceder de un fuerte empellón. Ese día no fui al trabajo. Otro compañero me sustituyó. A los dos días, o sea el 5 de mayo, fui llevado nuevamente y al día siguiente también se me suspendió. Así permanecí

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hasta el día 25 en que nuevamente volvió a llevárseme, a causa de que el compañero Aldana había sufrido un fuerte cólico en el trabajo y el director, creyendo que sus dolores eran fingidos, ordenó que se le bajase inmediatamente del hospital, adonde había sido conducido y examinado por el entonces practicante, hoy doctor Ángel Coronado, quien le había prescrito reposo y tratamiento por 15 días. Para esta fecha, ya habíamos sido trasladados a nuestras celdas del primer callejón. A mí algunas veces me incorporaban al pelotón de los políticos sentenciados para ir a los trabajos de la ladrillera y adobera, y otras se me enviaba al Campo de Marte, en donde había permanecido Aldana. En este estado de cosas, llegó el día viernes 3 de junio de 1938, fecha inolvidable en que por primera vez fui testigo presencial de la forma y el modo en que se aplicaba la famosa “Ley fuga” a los hombres señalados por el dedo inmisericorde del dictador. Eran las dos de la tarde y el jefe de la escolta, de acuerdo con el reo encargado d los trabajos, Eusebio Zepeda, dispusieron que Aldana y yo fuésemos a acarrear arena, con unos botes, para llevarla de la orilla del rio que pasa por los baños de Ciudad Vieja, al pie de unos blancos colocados como a trescientos metros de distancia. En uno de los viajes Aldana, que caminaba casi a la par mía, recibió inopinadamente una descarga de tercerola, que le hicieron detrás de unas matas de zacatón. Yo vi a los que dispararon y el humo de las explosiones tardó en disolverse a causa de lo tranquilo de la atmosfera. Aldana, tambaleóse, hizo como que volvía sobre sus pasos, alcanzó a dar dos o tres y exclamó: -“Ay, ya me mataron!”. Cayó de bruces. Yo hice lo posible por retroceder, espantado. Tropecé con unos terrones y caí. Creí que yo también había sido asesinado. Me palpé el cuerpo y no acababa de convencerme de mi integridad. Se me ordenó volver inmediatamente para incorporarme al pelotón que había quedado a más de cien metros del lugar de la tragedia. Un sargento subió corriendo la vereda que conducía al campo y fue a dar parte de lo sucedido; mas como a los pocos instantes apareció la ambulancia de la Penitenciaria y el auditor de guerra acompañado de su secretario, me hizo pensar que todo había sido preparado previamente, cosa que pude constatar después. La ambulancia de la Penitenciaria hacia ya tiempo que esperaba la realización del hecho y los encargados de la ejecución habían sido conminados a que si esa misma tarde no cumplían las ordenes, se sujetarían a graves y crueles represalias. Recuerdo perfectamente que la mañana del día fatal en que Aldana perdió la vida, al pasar bajo los arcos del puente de la Penitenciaria, en medio de la escolta que nos custodiaba, la anciana madre de Aldana, que esperaba el paso de su hijo desde hacía rato, nos saludó con la mano, envuelta en su manto negro. Una hora después, la anciana mujer hizo el sacrificio de llegar hasta el sitio en que estábamos trabajando y llevaba para su hijo una jarrilla de café caliente y una bolsita con dulces, testimonio del amor materno, tanto más emotivo y conmovedor cuanto que era prodigado en circunstancias especialísimas. No se permitió a la buena señora acercarse hasta su hijo. Como a cuarenta metros de distancia, vimos a la pobre mujer, llorosa y compungida, sentarse a la orilla del camino a esperar la devolución de la jarrilla que un soldado había traído generosamente hasta el hijo que sufría.

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Yo mismo bebí un trago de aquél café que me supo a gloria y comí uno de los dulces que la madre de Aldana había traído. Recuerdo que de lejos Aldana gritó a su madre: -“No tenga pena por mí, madre mía; ya sabe que yo soy digno hijo suyo”.-Oyó sus palabras aquella mujer y, con su mano temblorosa, trazó en el aire la señal de la cruz y bendijo a su hijo. Aquella bendición ha de haberme alcanzado a mí también. El jefe de la escolta, el encargado del pelotón y todos los que hacían el papel de verdugos, se enojaron por las frases que Aldana dirigió a su madre y esa mañana le obligaron a ejecutar un trabajo más penoso que el que hasta entonces estaba haciendo. Se le impuso llenar solo los camiones de arena y a mí se me mandó a romper el paredón a golpees de piocha. Mis manos sangraban; tenía seca la garganta y adolorido todo el cuerpo. El sol caía a plomo sobre nosotros y la gran transparencia de la mañana, el verdor de los campos, y la belleza del paisaje, eran como una burla sangrienta a nuestros padecimientos. Nunca pude imaginarme que ese día sería uno de los más hondamente grabados en mi memoria y que, al evocarlo hoy por la fuerza del recuerdo, todavía me haga estremecer de horror. Levantóse el acta de rigor, confeccionada al capricho del auditor de guerra; trajeron una tosca caja de pino, metieron dentro el cuerpo ensangrentado de Aldana, le introdujeron a la ambulancia penitenciaria y se lo llevaron. Una oleada de consternación general pasó sobre los seres y las cosas; esa tarde inolvidable, hasta los hombres más crueles y sanguinarios se emocionaron. Los autores materiales del hecho, teniente Pedro José Retana y subteniente Manuel Alfredo Pedroza, fueron procesados por el delito de homicidio, pieza número 39 del año 1938 y declarados exentos de responsabilidad con fecha 5 de agosto del mismo año. Como cumplieron con su deber   y prestaron un servicio importante al dictador, el 30 de  junio del mismo año, aún en trámite el proceso falso, fueron ascendidos en su carrera militar.

Este era el sitio escogido por los verdugos para la aplicación de la “Ley Fuga”. Exactamente al centro, en el fondo de esta perspectiva, puede distinguirse, aunque borrosamente, la tribuna del Campo de Marte. La situación exacta de este sitio trágico, queda al sureste del mencionado campo. La foto fue tomada desde el propio lugar donde cayó Aldana. Cerca de allí, cayó también José Luis Sánchez Batten, de quien se hace alusión en los capítulos siguientes. Este campo silencioso, bello, florido, ha sido mudo testigo de los dramas más espeluznantes.

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Así eran aquellos tiempos: un asesinato individual perpetrado en las sombras de la noche o a la clara luz del día mediante el conocido procedimiento de la “Ley fuga”, daba lugar a una recompensa, a un premio en dinero efectivo o un ascenso; un asesinato colectivo, en masa, mediante el conocido truco de “complot para derrocar al señor presidente”, daba ocasión de obtener un gran premio, una finca, una condecoración pública, una declaración de mérito por haber prestado importantes servicios a la patria… Fue tan conocido el procedimiento ubiquista de liquidar a los hombres en los trabajos del Campo de Marte que cuando un recluso quería fastidiar a otro, le endilgaba la siguiente amenaza: -“Si me sigues molestando voy a ver que te lleven a acarrear arena”. Esto me recuerda una anécdota que me contaba un vecino de Retalhuleu, cuando Ubico fue jefe político de aquel departamento. La sentencia en boga por aquel entonces, decía: -“Te voy a mandar a apagar el farolito”. Reconstruyamos, lector, la historia del farolito que te contaré brevemente en el capítulo que sigue.

CAPITULO XXXIX “APAGAR EL FAROLITO” Está plenamente demostrado que la historia se repite. Con el tiempo la denominación de ciertos hechos varía, pero el procedimiento de su ejecución es el mismo y, aunque con ligeras variaciones, en el fondo los resultados y los fines que se persiguen son idénticos. Las órdenes de “apagar el farolito” y la de “acarrear arena”, tenían un solo lema: la aplicación de la “Ley fuga”, la máxima creación de Ubico, mantenida a través de todo el tiempo que le tocó actuar. Todos los guatemaltecos saben que esta famosa ley tuvo su más extensa aplicación cuando este general fue jefe político del departamento de Retalhuleu y se dio a la tarea de perseguir y extinguir a todos los mexicanos que radicaban en aquella zona. Existía en la cárcel de aquella cabecera, una muralla que rodeaba la prisión y que daba frente a un sitio que ahora ocupa el mercado municipal, murallón que estaba constantemente alumbrado por un farolito de escasa luz, pero que permitía distinguir claramente una gran parte del murallón. Cerca de este farol existía una garita, en la que se guarecía un centinela con órdenes expresas de hacer fuego contra cualquiera que después de las ocho de la noche, se acercase a inmediaciones del farol. Cuando el general ubico disponía asesinar a cualquier recluso, ya fuese por conveniencia personal o por simple capricho de matar, ordenaba al jefe de la guarnición, que al designado para la muerte, se le mandase a apagar el farolito a hora determinada. El jefe daba las órdenes correspondientes y a la hora convenida, llegaba un sargento a abrir la reja de la cárcel, llamaba a la víctima y le ordenaba, de parte del señor comandante, que hiciera el favor de ir a pagar el farolito. El desgraciado obedecía sin chistar, subía las gradas y cuando su mano se extendía para apagar la llama del farol, recibía un tiro en la cabeza. Como el cuerpo, en el momento de recibir el disparo, estaba bastante inclinado hacia la parte de afuera, caía a la calle. Los

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soldados ya prevenidos, salían corriendo y dando voces de alarma. Hacían circular la especie de que un recluso había intentado fugarse, saltando la muralla y que el centinela, “cumpliendo con su deber”, le había hecho fuego. Iban a llamar al juez de paz, se levantaba el acta de rigor y los propios vecinos que tenían ocasión de presenciar el hecho, creían inocentemente que se había tratado en realidad de una fuga frustrada, porque habían visto apagado el farolito y la victima caía del lado de afuera, señales que justificaban una evasión. El fondo, la realidad, eran muy distintos. El general Ubico reía socarronamente y en su interior ha de haberse sentido halagado de que el truco de su invención le diese resultados satisfactorios. Era lo mismo que la ley fuga que en años posteriores le permitiría aniquilar tranquilamente a sus opositores. Conocido el sistema en el presidio, se tomaba como sentencia de muerte el hecho de “ir a apagar el farolito”. El traslado de un preso de una cárcel a otra, sin motivo suficiente, era con el objeto de tener ocasión de aplicarle la “Ley fuga”. Quizá ningún gobernante de Guatemala, mandó a asesinar tantos hombres en tan poco tiempo, como el general Ubico; y su actuación se explicaría, aunque no se  justificaría nunca, siempre que los asesinados hubiesen sido verdaderos enemigos suyos y hubiesen sido autores de hechos verdaderamente peligrosos para la seguridad del Estado y de la persona del gobernante. De ser así, las leyes se hubiesen encargado de castigarlos; pero como eran personas inocentes y el dictador tenía necesidad de eliminarlos, por satisfacer una personal sed de sangre, echaba mano de procedimientos inicuos, inhumanos, crueles, sanguinarios, y siempre alevosos; circunstancia que basta para desvirtuar cualquier beneficio que l dictador hubiese podido hacer a favor de Guatemala y cuyo balance, imparcial y sereno, se encargarán de hacer los historiadores ecuánimes y justicieros. El autor, comprometido ante la humanidad y responsable, por su profesión y por su fe, a decir verdad y a señalar lo bueno y lo malo, contribuye en esta forma sencilla a documentar a los hombres de mañana, a los que regirán los destinos de la patria y a los que escribirán su historia.

CAPITULO XL TODO UN HOMBRE No puedo pasar adelante en el relato de esta dolorosa y verídica historia, sin detenerme, aunque sea brevemente, a reseñar la actitud de un compañero inolvidable que vivió conmigo y con todos los demás, los momentos tristes y angustiosos que estoy evocando: José Rodríguez Medina. Compañero y amigo, como hubo pocos, supo sobrellevar su martirio con hombría y dignidad. Jamás se doblegó ante las infamias que con él se cometieron, ni claudicó de sus principios. Recuerdo su voz sonora, su gesto airado y su risa franca y burlona que, a veces, me parecía tener sonoridades homéricas. Fuimos grandes amigos. Las amistades nacidas en la desgracia de la prisión, se tornan inextinguibles. La nuestra fue una de esas. Solo la muerte pudo habernos separado, como efectivamente, al parecer, nos separó en la existencia terrenal, pero nuestros espíritus aunque en planos diferentes, mantienen una estrecha comunicación. “Los muertos no están ausentes:

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únicamente son invisibles”. Ahora mismo, por la fuerza de la imaginación creadora, por el impulso de la acción evocativa, tengo frente a mí la figura de Rodríguez Medina y, volviendo los ojos al pasado, recuerdo la mañana del 7 de octubre de 1937, mañana dominical que no se ha borrado de mis recuerdos. Pocos días antes, había yo obsequiado al compañero Aldana una Oración a la Divina Providencia que me había sido remitida por una tía mía y la cual ya sabía de memoria. Al compañero Aldana le sedujo la plegaria y me aseguró que ese mismo día se la remitiría a su esposa. Así lo hizo, enviándosela junto con la portavianda que devolvía diariamente. El envío pasó por la comisión de censura integrada generalmente por varios presos analfabetos y de perversas intenciones. Momentos después llegó a nuestro departamento el inspector general, acompañado de dos esbirros más, a conminar a Aldana para que entregara la máquina en que había escrito la oración. La estupidez les llevaba a suponer que en aquel recinto, en donde no se nos permitía tener ni un clavo, pudiese existir una máquina de escribir. Aldana declaró que un compañero se la había obsequiado y fue a buscar al bote de la basura el fragmento de papel que había quitado, en donde estaba la dedicatoria a mi nombre. Fui llamado también a declarar; y el simple hecho de haber enviado una oración a su hogar, por poco degenera en causa de graves castigos para nosotros. Pasó este incidente y poco después, Rodríguez Medina sostuvo un fuerte altercado con el encargado, por causas completamente baladís, toda vez que el verdugo se torturaba el magín buscando formas para hostilizarnos y, sobre todo, para dar lugar a controversias y tener ocasión de rendir partes acusándonos de insubordinados, calificativo que siempre tienen en los labios los encargados de hostilizar a los cautivos. Rodríguez Medina ofreció quejarse al alcaide y al día siguiente lo hizo por escrito, formulando seria acusación contra el encargado por los vejámenes y humillaciones de que nos hacia objeto. Llegó el alcaide y fue entrando a cada una de las celdas a interrogar a los reclusos acerca del comportamiento del encargado. Todos, o casi todos, informaron que el encargado era una excelente persona, principalmente unos cautivos que había de El Rancho, departamento de El Progreso. Recabadas estas informaciones, salió el alcaide de la bartolina N° 6 y dijo: -¿Tiene alguno de ustedes algo que sentir contra el encargado? Yo aproveché ese momento para formular mi acusación contra el verdugo. -Retírese de aquí –me dijo el alcaide-, a usted no le creo, pues está descalificado. Mohíno retiréme y en ese momento, José Rodríguez Medina avanzó con paso firme, que a mí me pareció solemne en aquellos instantes. -Ya ve, señor Rodríguez –dijole el alcaide-, que todos sus compañeros están de acuerdo en reconocer que el encargado no les molesta para nada. -Señor –dijo Rodríguez Medina-, usted ignora el estado moral bajo el que mis compañeros declaran; ellos temen las represalias ulteriores del encargado y si han declarado en su favor es por miedo, porque mis compañeros son todos unos cobardes… Su mano temblorosa de coraje, trazó un semicírculo en el aire y nos señaló a todos. Cabezas curiosas y atemorizadas se asomaban a las puertas de las celdas. Rodríguez

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Medina, con voz vibrante y clara, hizo una larga y minuciosa descripción de todos los malos tratos padecidos por nosotros y concluyó anatemizando a los malos encargados y a las autoridades penitenciarias, cómplices y tolerantes de aquel estado de soberana arbitrariedad. El alcaide le oyó con calma, cosa inusitada, puesto que se negaba a oírnos, principalmente cuando de formular alguna queja se trataba. El alcaide se retiró y yo, ya repuesto del “descalificamiento alcaidil”, pensé en la razón que asiste a aquél que dijo que hay momentos en la existencia del hombre en que el curso de la vida debía detenerse y el hombre quedar como petrificado, plasmado en un gesto, en una actitud, en un ademán, que lo inmortalice.

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José Rodríguez Medina, “todo un hombre”, tanto en la vida del hombre libre, como en el aplanador ambiente de la cárcel. Se diría fue uno de los personajes creados por Unamuno. Autentico opositor al despotismo, soporto con valor toda clase de vejámenes y murió anatemizando al tirano.

Si el tiempo pudiera detener su marcha y el hombre, súbitamente pudiera convertirse en una estatua, en un momento único de su vida, Rodríguez Medina debió haber quedado eternizado –como lo está en mis recuerdos- en aquel momento en que su mano señaló a sus

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compañeros y su boca les acusó de cobardes. Debió haber quedado inmortalizado en el instante aquel en que su cólera, como un divino reflejo de la verdad inmutable, le llevó a proferir contra las autoridades penitenciarias acusaciones que ningún recluso se hubiese atrevido a formular, no solo por temor a los castigos, sino por carencia de impulsivismo moral y rigidez mental. Para él, que murió envenenado, es esta elégia heroica escrita en mala prosa. Su libertad la obtuvo cuando ya los efectos del toxico de acción lenta que se le suministró, había destrozado completamente su organismo. Acusado de haber ofendido al “señor presidente”, fue cateada su casa, recogida y rota su máquina de escribir y condenado a sufrir ocho meses de arresto por un juzgado de primera instancia. La Sala de Apelaciones modificó la sentencia reduciéndola a seis meses. Hoy, ya iba a cumplir seis años. En camilla fue conducido del hospital de la Penitenciaria a su casa. El tirano ordenó su libertad, sin duda ya satisfecho de su venganza y, sobre todo, seguro de que ya no podría vivir más. Contaban los oficiales de la guarnición que cuando la camilla en que lo llevaban traspuso la puerta del penal, Rodríguez Medina dijo: -Al fin se acordó ese bandido de mí –se refería a Ubico-, una y mil veces maldito sea. Cuando los oficiales que le conducían llegaron a su casa y en el momento en que se tocaban la puerta, tuvo el valor de gritar a su esposa: -Hija, aquí te traen un cadáver. Su naturaleza se extinguía lentamente. Su mal fue incurable y expiró el 1° de noviembre de 1940. Yo tuve la triste oportunidad de haber llevado en hombros su cadáver, desde su lecho mortuorio hasta su definitiva residencia en el Cementerio General. Cumplí mi deber de amigo. Algún día habremos de reunirnos en la Eternidad y para mientras esa ocasión llega –como habrá de llegar para todos-, sirvan estos renglones de plegaria para todos aquellos amigos y compañeros que, en una u otra forma, perdieron la vida encarcelados y perseguidos por la tiranía.

CAPITULO XLI EL SACERDOCIO Promediaba el año 1939. Como los reos condenados a la pena capital en primera instancia, eran llevados inmediatamente a convivir con nosotros en cuanto se les notificaba la sentencia. Llegó a ser nuestro compañero de desgracia David Cruz Ríos, un muchacho inteligente, telegrafista de profesión y que había ultimado al secretario de San José del Golfo. Los condenados en esta forma, llevados a permanecer en nuestro departamento, esperaban meses y años, la resolución definitiva de su causa. Apelaciones y recursos eran excesivamente tardíos, principalmente el recurso de gracia interpuesto por el defensor de oficio. Como jamás la gracia fue concedida por el dictador, único facultado por nuestras leyes deficientes para concederla, el condenado vivía en un estado de incertidumbre e inseguridad horrible, desesperante y espantoso.

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David Cruz Ríos –con cuyo pseudónimo “Dacrios” yo amistosamente le llamaba-, hizo amistad con los hermanos Cardona y conmigo y gustaba de pasar largas horas en nuestra compañía, oyendo anécdotas o conversaciones amenas, que tenían la virtud –según nos manifestaba- de disipar en parte sus tormentos morales y sus acerbas preocupaciones familiares. Un día fue llamado para irse a confesar con el sacerdote que regularmente visitaba el presidio los días miércoles de cada semana. Casualmente, con el compañero Marco Antonio Cardona, le vimos por un hoyito del portón, despedirse del sacerdote al bajar las gradas que conducen al hospital, a donde había ido a confesar enfermos el ministro de la iglesia. Le vimos arrodillarse respetuosamente y besar con unción el anillo sacerdotal. Vimos al religioso trazar sobre la cabeza del condenado la señal de la cruz y prestamente nos retiramos para que entrase Cruz Ríos. Estábamos con el compañero Cardona leyendo en la celda número uno, nuestra habitación por espacio de más de dos años, cuando llegó Cruz Ríos a darnos una noticia desconcertante. Con aire de misterio sentóse encuclillado junto a nosotros y nos dijo: -¿A que no saben, ni se imaginan, una de las tantas preguntas que me hizo el cura ahora que fue a confesarme? Al manifestarle nuestra imposibilidad de acertar, continuó diciendo: -Pues me dijo que le dijera que decían ustedes del señor Presidente; puesto que, como políticos enemigos suyos, algo debían de decir contra él. Como le dijera que nada había oído, me recomendó que tratase de averiguar algo y que se lo dijese la próxima vez que volviera. Nos miramos sorprendidos de semejante noticia. ¿Iba un sacerdote a violar el sagrado misterio de la confesión? ¿Sería posible que el general Ubico se valiese de los ministros de Dios, para saber lo que de él pensaban sus enemigos? ¿Llegaría a tanto la corrupción y la arbitrariedad? Guardamos silencio y únicamente agradecimos a Cruz Ríos sus desinteresados informes. Falso o positivo lo que el compañero nos dijo, ello es para mí nada más que un misterio. Entre el autor y unos, hay el respeto. Entre el autor y otros, hay la distancia de una tumba. Las dos barreras son infranqueables y misteriosas. Un día llegóse por la Penitenciaria el señor arzobispo metropolitano 19. Iba de visita y las autoridades tomaron todas las medidas que juzgaron necesarias para su recepción. Como en casos similares, tienen la constante preocupación de ocultar al visitante todo lo que pueda causar a la visita repugnancia, que, en cuanto al fondo, si pudiese ser observado, no tendría calificativo adecuado. Más de seiscientos hombres andrajosos, sucios, totalmente arruinados y cuya vista producía asombro, fueron previamente encerrados en las bóvedas que están al fondo del primer callejón, con el objeto de que las autoridades eclesiásticas no se dieran cuenta del estado miserable y angustioso en que se encuentran los reos de la penitenciaria. Se regó pino en algunas partes y en una galera rustica que hay frente a la pila del patio principal que generalmente ocupa una barbería, se improvisó un altar y se designó 19

Monseñor Mariano Rossell y Arellano  (1938-1964).

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al coronel Carlos H. Martínez para que, en nombre del presidio, pronunciase el discurso de recepción para el señor arzobispo. Nosotros, los políticos, fuimos designados para que, vistiendo nuestro traje particular de calle que siempre habíamos conservado para el día de nuestra liberación, formásemos una valla de dos filas por cuyo centro tenía que pasar el jefe de la iglesia. Era la primera vez en muchos años que se nos concedía participación en los festejos penitenciarios. Muchísimo tiempo permanecimos totalmente abandonados, sin que nadie supiese que existía un departamento celular con hombres encerrados. Cuando se sabía que algún funcionario iba a llegar, generalmente el ministro de Gobernación, entre cuyas atribuciones está la de visitar periódicamente la Penitenciaria, se nos encerraba previamente, a efecto de que no viéramos a los visitantes o de que estos no nos vieran a nosotros. Sin embargo, nosotros si le veíamos, cuando alguna hendidura de la puerta nos lo permitía, y nada más. En el lugar de la barbería, adornado con cordeles y banderolas de papel y frente al altar improvisado, en cuyo centro se erguía la macilenta figura de un Cristo crucificado, fue celebrada una misa que a mí me pareció solemnísima, no solo por el lugar donde se verificaba y la asistencia de los altos prelados de la Iglesia, sino porque era la primera que oía después de muchos años y había sido, sin duda, la causa de que se nos permitiese ver la luz del patio general y respirar un poco de aire. Recibimos la bendición sacerdotal y se repartieron libros religiosos. A mí me tocó el que contiene el evangelio de los cuatro apóstoles y que aún conservo como recuerdo. En un momento oportuno, David Cruz Ríos se acercó al arzobispo a confesarle su delito y a pedirle su intercesión para que se le conmutara la sentencia de muerte. El jefe de la iglesia prometió interesarse por él, ordenó a uno de los sacerdotes acompañantes que tomase nota de la petición de Cruz Ríos y éste, arrodillado a los pies del prelado, recibió la bendición. Fue un momento conmovedor y solemne. Concluida la ceremonia retirarónse los visitantes y nosotros, formados en dos filas, inmóviles y respetuosos, recibimos la bendición del arzobispo que se alejaba. Inmediatamente se nos regresó a nuestro departamento y tuvimos la oportunidad de presenciar la salida de seiscientos hombres que durante las tres horas que duró la ceremonia, permanecieron hacinados en las bóvedas, ocultos, escondidos, apartados de sus compañeros de prisión, en la más repugnante promiscuidad, por el hecho de no poder disimular su miseria y su suciedad. Nosotros creímos, tuvimos fe, de que el arzobispo, dada su autoridad y su fuerza moral sobre los hombres, lograría lo que Cruz Ríos le había impetrado con lagrimas en los ojos. Sin embargo, pocos días después, una tarde, terminado nuestro encierro, oímos con Marco Antonio Cardona que le sacaban de la bartolina número 24 que estaba frente a la nuestra y se lo llevaban. Nos asomamos a un ventanillo y le vimos ir. Todavía gritó diciendo adiós a Marco Antonio y a mí. Al día siguiente supimos que, habiendo sigo denegado –como siempre- el recurso de gracia interpuesto por su defensor, había sido llevado al mismo lugar de su crimen, para recibir la sentencia de muerte, con tal suerte que, habiéndose descompuesto la ambulancia que le conducía, tuvo que hacer el

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resto del camino a pie. Un verdadero calvario. Cruz Ríos fue fusilado en San José del Golfo la mañana del 3 de junio de 1939. Tuve para él una plegaria, como en esta ocasión, un recuerdo.

CAPITULO XLII NUESTRA SITUACIÓN Acostumbrados ya a largos años de encierro y a sufrir todos los días una nueva vejación, nuestra primitiva sensibilidad, totalmente embotada, casi desaparecida, anulada, nos tenia sumidos en un estado de verdadero embrutecimiento. Inopinadamente fuimos despertados de aquel letargo, con una emoción completamente extraña. Poco después de las seis de la tarde, cuando ya nos disponíamos a dormir, como todos los días, el ruido de llaves y voces de verdugos conocidos, hizo que nos incorporásemos sobresaltados. La primera celda que se abrió fue la nuestra. Inmediatamente se abrieron todas las demás y fuimos saliendo a formar al centro del callejón. Se presentó el alcaide y nos dijo que, “de orden del director, se nos llevaría esa noche al cine”. Porque en el presidio se concede esta diversión a los demás presos, es decir, a los delincuentes comunes. Todos nos miramos asombrados y experimentamos una extraña sensación al vernos a aquella hora de la noche, alumbrados por la luz eléctrica. Se nos ordenó que quien tuviese asientos los llevase para no permanecer parados. Como en este tiempo ya casi todos teníamos en qué sentarnos, llevamos nuestro banquillo y así pudimos presenciar la película que esa noche se corrió. En un punto determinado, frente a la marimba del presidio, “Alma Cautiva”, llamada así por antonomasia, que amenizaba el espectáculo, fuimos acondicionados y advertidos de no comunicarnos con los demás presos. A pesar de eso, no faltaron quienes nos enviasen pequeños obsequios consistentes en cigarrillos, fósforos y dulces. Recuerdo que un cubano, Alonso Manuel Cordero García, que había sido compañero nuestro en el callejón y cuya actuación describiré más adelante, era uno de los más empeñados en agasajarnos, a Cardona y a mí. Había declarado una vez, públicamente, que los únicos compañeros con quienes “se podía hablar” en el callejón, habíamos sido nosotros y a ello atribuyó sus atenciones. Las reconozco y se las agradezco. Cuando volvimos del cine, a eso de las ocho y media de la noche, todavía permanecimos mucho tiempo despiertos con el compañero Cardona, comentando las razones por las que se nos hubiese dispensado semejante consideración. Como nuestra reclusión era ordenada por Ubico y contra nosotros no se tomaba ninguna disposición sin que fuese dictada personalmente por el autócrata, el hecho singularísimo de habérsenos llevado al cine, era para nosotros un índice favorable que, por lógica deducción, nos demostraba que ya empezábamos a merecer una “gran atención” a los ojos del dictador. Al día siguiente, no se habló de otra cosa y muchísimos compañeros estuvieron de acuerdo con las consideraciones hechas por nosotros. Se decía que el dictador poseía en su escritorio un plano del callejón de los políticos y que semanalmente se le suministraba un informe de la conducta que observábamos. Sabía

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quienes y cuantos ocupaban cada celda y que los cambios que se operaban a cada tiempo, obedecían a órdenes exclusivas de él. Por consiguiente, si en esta ocasión se nos había sacado para ir al cine, era obedeciendo órdenes exclusivas del dictador. Con esta señal, favorable para nosotros, decidimos algunos compañeros hacer gestiones para obtener nuestra libertad, aunque no muy seguros de ser escuchados; pero como “la diligencia es permitida”, según sentencia popular, el primero en tocar este punto fui yo, dirigiendo al autócrata la carta que dice: “Penitenciaria Central, Guatemala, 12 de agosto de 1939.-Señor general don Jorge Ubico, Presidente de la República, Presente.- excelentísimo señor: Cuarenta y cuatro meses de reclusión injusta, en los que he probado todos los acíbares, me obligan a dirigirme a usted hoy, rogándole mi libertad, cuya posesión es mi único patrimonio. He adquirido a golpes la capacidad de una rectificación espontanea, el reconocimiento de los propios errores –si alguna vez los he tenido- como una elocuente lección para sí mismo y para los demás; la firme rectitud de una conducta ulterior. El que purga una culpa con largos años de sufrir, es como si no hubiera pecado: se purifica. Solo el malvado no reconoce sus yerros ni se avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con la reincidencia, duplicándolos con la ingratitud. En mí, no habrá nada de esto. Créamelo, señor Presidente. Y al pedirle mi libertad, le ruego evocar dos bellos pasajes del Cristianismo: la parábola del Hijo Pródigo y la conversión de San Pablo; y exaudir la paráfrasis que yo, mísero mortal, me atrevo a hacer de la exclamación de Cristo, cuando le conducían al Tabor: “¡Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen!” Los hombres libres saben lo que es la libertad y la aman aún más aquellos que la han perdido. Yo pido a usted la mía y como sólo usted puede dármela, en la bondad de su corazón depósito toda mi esperanza. Con muestras profundas de respetuosa subordinación y gratitud, soy del señor Presidente muy atento servidor. (f)  Efraín de los los Ríos ”. Hay que advertir que esta carta, cuya autorización para escribirla me había costado mucho obtener, fue rigurosamente censurada por el director del centro, quien me exigió le remitiese previamente un borrador, para “consultar”. Es de presumir que el dictador ya conocía la carta antes que yo la escribiera definitivamente. Al poco tiempo, recibí notificación de la Secretaría Presidencial de que mis gestiones debía continuarlas ante el Ministerio de Gobernación y Justicia. Dirigíme a esta dependencia, transcribiéndole mi carta anterior. Se me notificó que me dirigiese a la Corte Suprema de Justicia, adonde había sido remitida mi solicitud, “para lo que haya lugar”. Este alto Poder del Estado tuvo la atención de enviarme al propio receptor y una mañana, estando dedicados todos en el callejón a nuestras actividades habituales, se presentó corriendo el encargado, acompañado de otros empleados, gritando: -Efraín de los Ríos, pase inmediatamente al Departamento Judicial. Semejante llamado asombró a todos. Jamás ninguno había sido llamado durante más o menos cuatro años. Fui. El receptor me notificó la providencia recaída en mi nueva solicitud dirigida a la Corte Suprema de Justicia, en que se me indicaba que: “No existiendo ningún antecedente mio en aquel tribunal, debía hacer mis gestiones ante la Comandancia

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de Armas”. A este tribunal me dirigí en memorial que dice: “Señor comandante de armas: Previas a usted las muestras de mi respetuosa subordinación, me permito manifestarle: con fecha 12 de agosto de este año me dirigí al señor Presidente de la Republica, pidiéndole mi libertad, de la que me encuentro privado desde hace más de tres años y medio; aquella superioridad, con fecha 20 del mismo mes, me notificó que hiciera mis gestiones ante el Ministerio de Gobernación y Justicia y este tribunal mandó pasar mi solicitud a la Corte Suprema de Justicia. Este alto Poder de la República, con fecha 14 del actual, me notificó que mis antecedentes habían pasado a esa Comandancia conforme el artículo 40 dl Decreto 1862. En esa virtud me dirijo a usted con el ruego de que se sirva definir mi situación, notificándome lo que sobre el particular resuelva, no creyendo de más exponer a la ilustrada consideración de usted que, a través de cuarenta y cuatro meses de prisión, no he sido oído ni vencido en juicio, no se me ha motivado auto de prisión ni deducido responsabilidad alguna por ningún tribunal de la Republica, triste y dolorosa circunstancia para un ciudadano guatemalteco que hoy acude a usted en demanda de justicia, impetrando su libertad e invocando las altas dotes morales de usted y el pundonoroso ejercicio de su profesión, al fallar mi presente solicitud. Reiterándole las muestras de mi subordinación y esperando ser notificado acerca de lo que dejo expuesto, rindo a usted mis agradecimientos los Ríos” y me suscribo su muy atento y deferente servidor.- (f)  Efraín de los Mi solicitud fechada el 14 de octubre de 1939, fue llevada personalmente por una amiga mía, quien se puso al habla con el propio comandante de armas, general Pedro Reyes Reynelas. Este funcionario le informó que el asunto era del resorte de la Auditoria de Guerra. Allá fue mi amiga y al enfrentarse contra Cabrera Martínez, este le dijo: -¿Todavía está preso de los Ríos? Dígale que tenga paciencia, que ya que aguantó lo más que espere lo menos. Ya pronto saldrá Esta noticia me fue trasmitida el domingo siguiente y yo inmediatamente, arrastrado por la solidaridad del compañerismo, la puse en conocimiento de los otros reclusos, quienes formularon sus deducciones, favorables todas ellas para nuestra situación. Quizá pronto seriamos libertados. Pero ¿cuándo? La garra de la incertidumbre volvió a prenderse en nuestros corazones; pero la llama de la esperanza alumbraba y fortalecía nuestros pechos. La esperanza –sombra vaga- arde constantemente, con fulguraciones extrañas, en el abatido corazón del prisionero. Estaba viva en nuestros corazones. Ella nos dio fuerzas bastantes para seguir viviendo y esperando.

CAPITULO XLIII COMPAÑEROS Y VERDUGOS La vida diaria que nos obliga a tener trato frecuente con diversos hombres, jamás puede proporcionarnos la oportunidad de observar las reacciones y el comportamiento de cada uno en la vida privada. Es necesaria la convivencia –y, sobre todo, en la cárcel- para que cada hombre desarrolle sus facultades completas. Basta un incidente, por insignificante que

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sea, para que el recluso, generalmente atacado por una aguda psicosis, demuestre sus condiciones intimas, adormecidas por una hipócrita actitud, por una ficticia educación o por una razón convencional. El hombre de la calle no es el mismo de la cárcel. La prisión tiene la virtud de transformar al hombre. Sin embargo, hay caracteres tan sólidos y equilibrados, a quienes la prisión no tiene fuerza capaz de transformarlos, que pasan por la cárcel íntegros, completos, inmaculados, serenos y, lejos de contaminarse y corromperse –como es tan fácil-, imponen su personalidad y sirven de ejemplo a los demás reclusos victimas del mal corruptor. En la vida de los presos y en la de los libres, pasa como en las sociedades: hay opiniones y costumbres diferentes; hay grupos afines y otros que se rechazan; hay simpatías y antipatías, por cualquier causa. Estas pequeñas diferencias no son perjudiciales en la vida de las sociedades libres; pero en la prisión, sirven para causarse males recíprocos, cuando simples antagonismos hacen que los unos se aparten de los otros. Ni aun la desgracia común tiene fuerza suficiente para lograr una pequeña compactación. No sé si esto será una característica especial del guatemalteco; pero lo cierto es que la ventaja que han tenido los grupos directores y explotadores para satisfacer sus ambiciones de cualquier naturaleza, es que los guatemaltecos gustan entusiastamente de destruirse entre ellos mismos; se complacen los unos en ser los verdugos de los otros, no por el hecho de poder liquidar algún mutuo desacuerdo personal, sino por el hecho de experimentar el placer de hacer mal, un sadismo muy peculiar y característico de mis compatriotas. Como en toda regla, hay sus excepciones, y ellas son la mejor garantía de mi aserto. La ira y la envidia son los primeros sentimientos de que da muestra el recluso. Ellas le llevan a desarrollar el servilismo, la delación y la cobardía, tres sentimientos que forman la naturaleza de ciertos hombres que yo conocí. El servilismo, con el fin de congraciarse con los encargados y aun con los simples pasadores, para que les concedan ciertas granjerías que en la prisión no tienen importancia alguna; la delación, con el propósito de humillar a aquel que envidian o de logar un castigo para el que odian; mas cuando sus maniobras les resultan fallidas y el mal que proyectaban hacer a algún compañero, se vuelve contra ellos mismos –como sucede con harta frecuencia, por una desconocida ley-, entonces hacen el más triste y conmovedor derroche de cobardía y de indignidad. El soborno tiene su imperio en la prisión. Y desde el dinero en efectivo, hasta una simple tortilla, sirven de objeto para inclinar la voluntad de los verdugos hacia un fin determinado y perverso. Yo vi venderse a los hombres, ni siquiera por un pan completo, sino por un pedazo, por un cigarrillo y aun por una cosa de menor valor. Cuando, cierta vez, comentábamos esta circunstancia con Antonio Cumes, persona seria de quien con sus compañeros de martirio me ocuparé después, dijo: -Aquí los hombres se venden por una bicoca 20; ni siquiera por una tortilla entera, sino por un pedazo: en ninguna parte son tan baratos. –Y sonrió amargamente.

20  Bicoca,

en buen decir: por una nada, por sobras. (N del R)

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Sus frases causticas y desconcertantes fueron escuchadas por los otros presos. Unos aprobaron; otros se apartaron sigilosamente: eran aquellos a quienes hería profundamente la declaración, porque en su pecho dormían las tres “virtudes” que dejo señaladas. Hubo alguien que, enterado perfectamente de estas disidencias que hacen insegura y amarga la vida del presidiario, quiso armonizarlos a todos desplegando una campaña de concordia, tolerancia, amistad, y respeto. Es decir, llevó a aquel mundo revuelto de rencores y desacuerdos un mensaje de concordia y de fraternidad. Fueron vanos sus esfuerzos, pero muy nobles sus intenciones. Su repentina liberación dio por terminada aquella campaña tesonera de más de siete meses y aunque no pudo el “amigable componedor” ver los frutos de su armoniosa simiente, los que nos quedamos pudimos constatar que algunos granos habían germinado. Aquel sembrador fue Ramiro Fonseca Palomo, encarcelado inicuamente y a quien hostilizaron las autoridades, hasta el grado que le motivaron auto de prisión por el delito de “comunista”. Mas lo cierto de su detención, era que, en unión de otros abogados, proyectaban presentar un memorial a la Asamblea, oponiéndose al primer plebiscito ubiquista y demostrando su inconstitucionalidad. No faltó en este caso el gratuito delator. Puedo citar muchos nombres de compañeros-verdugos, no con el fin el de que la opinión pública los señale como malvados, sino para que sirvan de modelo y de necesario contrapeso en la balanza social que pesa y califica los valores. La luz, para brillar, necesita de la sombra; lo duro para existir, necesita de lo blando; lo alto, de lo bajo; los hombres para ser buenos, necesitan de la existencia de los malos; de otra manera no habría clasificación posible. No voy, pues, a acusar, sino simplemente a señalar a aquellos hombres que, en la trayectoria de mis recuerdos, pasan tal y como fueron en la prisión: como yo los vi a través del prisma de mi personal observación. Como el departamento en que nosotros habitábamos estaba destinado para los reos  peligrosos, según caprichosa designación de las “autoridades supremas”,   fue traído a convivir con nosotros, un cubano llamado Alonso Manuel Cordero García, acusado de negociar unos “traveler’s checks” 21falsos. Hombre mundano y criado en otros ambientes, creyó que nuestras prisiones serian como las de Cuba y que en ellas el cautivo gozaba de ciertas comodidades. Despreocupadamente, pocos momentos después de su ingreso, buscaba –según decía- a un doctor. Cuando supo que en el segundo callejón, vecino al nuestro, existía un doctor, sin ningún miramiento ni permiso, se pasó a buscarle, pero tropezó con que el profesional aun no había vuelto de los trabajos forzados. Vuelto el doctor y enterado por los demás compañeros que un cubano recién ingresado deseaba hablarle, temió fuese un espía, por el hecho de haber preguntado de entrada por él y, muy ladinamente, se ocultó. Mas lo que l cubano deseaba no era un doctor en medicina, sino un doctor en leyes, es decir, un abogado, para consultar su caso. Cómico fue el equívoco. Afortunadamente había entre los 21

Cheques por valor determinado y que el viajero puede hacer hacer efectivos en cualquier país, puesto que su valor es internacionalmente reconocido.

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cautivos un abogado, el licenciado Rodrigo Robles Chinchilla, y alguien lo señaló al cubano. Acercóse éste al citado profesional y le abordó cerca a una glorieta que exista al lado sur de la pila. Hizo que Robles se sentara y que escuchara su relato. Principiaba a exponer su caso, cuando llegó, alarmado, José Luis de León, intimo amigo de Robles Chinchilla y, tomándole por un brazo, lo arrastró hasta el interior, llevándoselo para su cuadra y dejando al cubano solo, con la palabra en la boca. Conviene señalar que era terminantemente prohibido que los presos de un callejón se relacionasen con los del otro y a este temor obedeció la actitud de De León llevándose a Robles. Al verse solo, el cubano regresó al primer callejón y no fue a describir la escena, no queriendo creer que fuese abogado Robles, a pesar de nuestras afirmaciones, concretándose a decir que si como el nombrado eran los abogados de Guatemala… aquí tuvo frases despectivas para el gremio de abogados en general. Los hermanos Cardona y yo quisimos disuadirle de su desfavorable opinión, pero, como buen cubano, locuaz y atropellado, no nos hizo caso y se alejó furioso y exasperado. . el cubano, en sus ratos de humor, solía ponerse a remedar a los oradores de la Cámara de Diputados de su país, con voces y ademanes tan graciosamente imitados, que hacia reír a los que le escuchábamos. Amenizaba en esta forma la amargura de nuestra soledad. Era un sujeto culto, amable, inteligente y de criterio amplio. Lo único que no podía comprender era la opresión y la hostilidad a que nos tenia sometidos el régimen penitenciario. Una tarde, nos encontrábamos varios de nosotros los del primer callejón y muchos del segundo, tomando el sol junto a la pared trasera de la cuarta cuadra que forma uno de los lados del triangulo. Yo estaba cerca a la puerta del pasillo y el cubano frente a mí. Hablábamos de cosas sin importancia. En esto llegó Marco Antonio Cardona, a quien José Luis de León había encargado días antes, una cinta de hilos de seda para pasador de un cincho, con el objeto de entregársela. Robles y de León paseabánse por un estrecho sendero que está al pie de los muros del primer callejón y en donde existen unas matas de caña de azúcar. Cardona llamó a de León y le mostró el pasador que le había hecho. -Está muy bonito –dijo José Luis. -Bonita cosa es usted, cobarde, maricón –intervino el cubano inopinadamente, haciendo una mueca facial. Todos reímos de la grosera importunidad del cubano. Fue una hilaridad general. De León quedóse petrificado; encendiósele el rostro de algo más que bermejo y se volvió rápidamente. -Allá está el otro maricón –continuó el cubano, señalando a Robles que regresaba bruscamente, interrumpiendo su paseo. Más de treinta vimos la escena y no le concedimos más importancia que la que puede atribuírsele a los conocidos y acostumbrados incidentes del presidio. Momentos después, por haberse llegado la hora, cada uno reconoció su bartolina y se nos encerró bajo llave, como todos los días. El incidente del cubano con de León, pronto fue olvidado por nosotros, porque no le concedimos importancia. Sin embargo, al día siguiente, nos

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convencimos de la enorme trascendencia que le habían concedido los causantes y de las medidas que habían tomado para lograr la completa incomunicación entre los habitantes de uno y otro callejón; hasta el extremo de que si uno de aquellos aciagos días hubiese sido sorprendido cualquiera de nosotros hablando con los demás reclusos, quizá hubiésemos perdido la vida, a consecuencia de las medidas que se habían adoptado para evitar nuestra comunicación. Mas hay un proverbio que dice: “El que al cielo escupe, a la cara se le viene” y el cual tuvo una completa realización, como se verá en el capitulo siguiente.

CAPITULO XLIV PARTES Y BRIGADAS Después de muchos meses de concurrir a los trabajos forzados, es decir, a la fabricación de adobes y ladrillos, en los terrenos nacionales de La Palma, antigua residencia del dictador Estrada Cabrera, un día el alcaide ordenó que José Luis de León y Federico Calderón ya no fuesen a trabajos y les nombró brigadas encargados de cuidar el orden y el aseo en cada una de las dos pequeñas cuadras que constituyen el segundo callejón y en donde materialmente existía por aquel entonces un verdadero hacinamiento de hombres, ya que para entrar a sus lechos, los presos tenían que hacerlo por los pies, para no perjudicar al compañero, cuya cama no distaba un milímetro una de otra. Esto dio ocasión a que los propios compañeros, a consecuencia de tener mando, se convirtiesen, de la noche a la mañana, en verdugos de los demás. Suavizo la palabra “verdugo”; mejor dicho, le doy otra interpretación, diferente a la generalmente admitida. Verdugo, en este caso, es para mí el compañero que habiendo sido designado por las autoridades penitenciarias para el desempeño de un cargo cualquiera , dentro del propio recinto, se excede en su cumplimiento y, por una u otra razón, se vale de la pequeña autoridad concedida, para extorsionar al compañero, obligándole a hacer cosas contra su voluntad y amenazándole con formular un parte contra él, con el deliberado propósito de que le sobrevenga un castigo o una vergonzosa amonestación, de la que se gozan los propios compañeros hostilizantes. Una de las primeras medidas tomadas por los compañeros brigadas, fue la de mantener las cuadras perfectamente aseadas, cosa buena y recomendada insistentemente, no solo por la conveniencia personal sino por la Sanidad Pública; otra medida inmediata fue la de obligar a los reclusos a que debían cubrir sus camas con colchas blancas, ignorando la existencia de quienes estaban en la imposibilidad de adquirirlas, no solo por ser inmensamente pobres, sino por carecer de familia y tener ya muchos años de no saber lo que era una visita. ¿Cómo iban a cumplir una disposición semejante aquellos infelices condenados a la peor de las miserias? Hubo, desde luego, una gran mayoría de reclusos que se pronunció contra tal disposición y surgieron de inmediato las rencillas y los antagonismos, intensificados por otras disposiciones más de los brigadas que solo contribuían a hacer más triste y estrecha la miseria en que vivían los condenados. Así las cosas, llegó la mañana siguiente al día que dejo relatado en el capitulo anterior.

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Los reclusos del segundo callejón están formados, a las seis de la mañana, en l lugar acostumbrado, con el objeto de recibir la instrucción militar que imparte el brigada de una de las cuadras, José Luis de León. Cuando ha terminado la diana que tocan los cornetas de la guarnición del centro y que apenas se oye en el interior, De León manda “¡Firmes!” a la compañía de reclusos y, extrayendo del bolsillo un papel, toma la palabra en estos o parecidos términos: -Señores, se hace del conocimiento de ustedes, que de hoy en adelante les queda estricta y terminantemente prohibido dirigirle la palabra a los presos del otro callejón –se refería al nuestro-, y al que se le sorprenda, se le pondrá un parte en esta forma, -leyendo el papel-: “Señor inspector general del presidio: Doy parte a usted que en este momento fue sorprendido el reo X.X., hablando con X.X., del primer callejón. Los referidos reos se expresan mal del señor Presidente y proferían frases sediciosas contra su gobierno. Además, pongo en su conocimiento que los reclusos del primer callejón, corean y aplauden los discursos ofensivos para el señor Presidente que pronuncia un cubano recién llegado a ese lugar, que trata de imitar los discursos de los señores diputados. Lo que pongo en su conocimiento, para lo que haya lugar. –Respetuosamente”. En esta forma, pues, señores, se dará parte contra quien sea sorprendido hablando con los del otro callejón. Ya lo saben. El encargado del segundo callejón, Francisco Mansilla, que oía la advertencia hecha por De León, dijole inopinadamente: -¿Dónde está su hermano? Entrégueme ese papel. Introdujo en su bolsillo el proyecto del parte y llamando al coronel Oscar Matheu Piloña y al capitán Guadalupe Zamora Santos, dijoles: -Matheu, hágase cargo como brigada de la primera cuadra; Zamora, como brigada de la segunda; y ustedes –dirigiéndose a Federico Calderón y a José Luis de León-, a la escoba. Dos horas después, cuando los del primer callejón pasamos a la pila a lavar los trastos que habían servido para nuestro desayuno, nos dimos cuenta del suceso, relatado por uno de los reclusos del otro sector, quien temeroso de que alguien de nosotros cometiese la imprudencia de hablar con ellos, se apresuró a prevenirnos. Quedamos fríos ante semejante peligro, del que milagrosamente nos habíamos salvado, gracias a la oportuna intervención del encargado Mansilla, quien a pesar de la fama de hombre cruel que se le atribuía, en esta ocasión, procedió en una forma ecuánime y justiciera. Si cualquiera de nosotros, imprevistamente, nos hubiésemos puesto al habla con alguno del otro callejón y hubiésemos sido sorprendidos por uno de los brigadas, se habría formulado contra nosotros un parte en la forma indicada, dando con ello lugar a que, transcrito inmediatamente a los que mandaban en aquella época, hubiese tenido por consecuencia que se nos remitiese a los trabajos del campo de Marte y, a hora determinada, “a traer arena”. La espada de Damocles había estado pendiente sobre nuestras cabezas. La oportuna intervención de la Providencia, había apartado de nosotros semejante peligro. No acuso a los autores del plan; quizá hayan tenido sus razones; el hombre recluido injustamente sufre una transformación en sus sentimientos. Pero, eso sí, señalo el caso, porque como este, se

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suceden muchos en la vida del presidiario. No entro a comentar la moralidad o la inmoralidad del mismo; ello queda a la consideración del lector, que, al fin y al cabo, constituye una cédula del Supremo Tribunal de la Opinión Pública, ante quien me inclino respetuosamente en acatamiento a la verdad que es, en la tierra, un reflejo de Aquel que organizó los mundos.

CAPITULO XLV CONTRIBUCIÓN FORZOSA Encima de todos los males que padecimos resignadamente, había uno que sublevaba la sangre aún del más linfático de los temperamentos: el arbitrario cercén que se operaba en las escasas cosas que nos llegaban de la calle. Cualquier envío que se nos hiciese, después de ser entregado en las ventanillas correspondientes, era llevado a un lugar denominado “El Boquete”, donde un escuadrón de registradores, sucios y malolientes, escogidos entre los peores reclusos, revolvía y cercenaban las cosas que se nos enviaban. Si se trataba de alimentos contenidos en portaviandas, con un pedazo de madera revolvían el contenido para cerciorarse si no había algún instrumento en el fondo. El pedazo de madera se introducía, así en una jarrilla de leche como en una de café; así en un palto de pepián como en otro de caldo; así en un vaso de refresco como en un recipiente de chirmol y el intercambio de sazón, llevado por el pedazo de palo funesto de un palto a otro, echaba a perder toda la comida. Tan pronto como el instrumento ya no servía era colocado en un lugar cualquiera donde al minuto estaba totalmente cubierto de moscas y éstas huían cuando el instrumento era introducido en un nuevo recipiente para examen. Si se trataba de otras cosas, es decir, no comibles y que podrían venderse en la tienda instalada en el interior del centro, entonces se quitaba la mitad o más de lo que se enviaba al preso, quien rara vez se daba cuenta de lo que se le quitaba, hasta que la familia le indicaba la cantidad de cosas que le había sido enviada. El articulo más llamado a engrosar la existencia de la tienda, eran los cigarrillos, por ser los de mayor consumo en aquel lugar. En determinadas ocasiones, la parte cercenada era tan enorme, que movía la indignación y la protesta de los reclusos, casi todos pobres y cuya forzada contribución era positivo castigo para las familias indigentes. A mí mismo, de mis propias manos, cierto día que, acompañado del inspector general don Alberto Medrano, volvía de la Mayoría, a donde había sido llamado por una visita que me dejó cuatro cajetillas de cigarrillos, me fueron quitadas dos, y cuando formulé mi reclamación, se me contestó que era “orden del señor director”. Es decir, ¿el señor director, haciendo aplicación de la Ley de probidad dictada por el amo, procedía en tal forma contra seres indefensos? Ante semejante infamia, en una ocasión que una vieja tía mía, después de recorrer setenta y cinco leguas, vino a verme dejándome algunas cosas que me fueron casi totalmente incautadas, formulé ante el director mi protesta por escrito invocando la famosa Ley de probidad que se estaba violando en aquel centro; esto me costó que se me suspendieran las visitas durante ocho meses consecutivos. Ya se puede imaginar

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lo que sufrí y los sentimientos que se experimentan cuando uno se ve obligado a comprar aquello mismo que arbitrariamente le han quitado. La mayor parte de la tienda, cuyos productos iban a dar directamente a los bolsillos del director, estaba constituida por los robos cometidos a los mismos prisioneros. Infamia incalificable, actuación inicua, capaz por sí sola para dar una idea de aquel infierno en que nos tocó vivir durante la proba y ecuánime administración del general Ubico. Otro acto inhumano frecuentemente observado por mí y que es como un reflejo de la  justicia de aquella época, es el siguiente: cuando los presos del patio general cometían alguna falta, eran llevados a azotar al local donde nosotros vivíamos. Los azotes eran aplicados por “Tata Dios”, con verga: o por cualquier otro recluso, con chicote. Los primeros producían heridas, los segundos simples golpes. El pasador que traía al condenado, decía, dirigiéndose al encargado: -“¡veinticinco chicotazos!”-, con el fin de suavizarle el castigo, ya que la orden que había recibido era “veinticinco vergazos”. El castigado recibía los veinticinco chicotazos y se lo llevaban: mas si algún chismoso iba a decir al inspector que el castigado había recibido chicotazos y no vergazos, lo regresaban para que la orden se cumpliera, y encima de los chicotazos recibía los vergazos aplicados por “Tata Dios”, en esta forma el desgraciado sufría un castigo doble: cincuenta golpes, ¡veinticinco por compasión del pasador y veinticinco por bondad del inspector! Este hecho puede dar una idea de la inflexibilidad de las órdenes y de la justicia aplicada en aquella época nefasta, así en el mundo de los presos como en el mundo d los libres. Cuando llegaba el sacerdote que periódicamente visitaba el centro, “Tata Dios” era el primero en confesarse. Después de la confesión, decía que había sido purificado porque el sacerdote le había perdonado todos sus pecados. Horas más tarde, llamaba al encargado de nuestro callejón y le decía: -Vos Bacho, alístate las vergas porque vamos a “componer” a unos. Momentos después oíamos los golpes y los lamentos de las victimas en el fondo de las bóvedas. Así obraba aquel hombre purificado a quien sus pecados le habían sido perdonados. Yo no condeno a aquellos hombres ni condeno su maldad: condeno a los que los obligaron a ser malos. Si llegase un día que la patria se llenase de bribones y ninguno pudiera vivir sin obrar mal, yo no castigaría a los malhechores, sino a los que los forjaron, a los que formaron el alma perversa de los hombres y los empujaron al mal. Nunca se vio mayor corrupción en Guatemala que durante la administración de del general Ubico; triste es decirlo, pero es la verdad. Podría extenderme en señalar casos y formular consideraciones, pero ello me apartaría de la índole de este libro, que solo tiende a reseñar los padecimientos de los prisioneros políticos en el interior de la Penitenciaría Central, durante el tiempo que el despotismo del general Ubico tuvo sumida a Guatemala en la oscuridad y rotundamente se negaron los principios de la humanidad, se violó el derecho de gentes y se conculcó la ley, que garantiza los derechos del hombre. Los presos políticos de Ubico –digo así porque cada funcionario tenía sus presos especiales-, fueron tratados peor que bestias inmundas, como alimañas ponzoñosas, en

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ciertos casos, o como fardos o cosas indiferentes, en otros; pero siempre con la mira de lograr el aniquilamiento y la degradación del ser humano, tendencia exclusiva del general Ubico, que siempre vio en los hombres íntegros y honrados sus peores enemigos y cuya persecución y aniquilamiento constituían una de sus grandes pasiones.

CAPITULO XLVI LA PROVIDENCIA Casualidad llama el hombre al efecto conocido de una causa no conocida: y causalidad denomina a la relación positiva existente entre causa y efecto, es decir, a la razón o motivo en que se funda una cosa. Cuando el hombre desconoce estas razones y no puede descubrir la causa que produce ciertos efectos, llama a estos: milagros, fenómenos, intervenciones providenciales, misterios… De todo ello ha de haber habido en el siguiente suceso. Después de haber ultimado al compañero Aldana, cuya trágica muerte describo en uno de los capítulos anteriores, yo continué yendo a los trabajos forzados, pero con el consuelo de que ya no se me llevaba al Campo de Marte, lugar peligroso y propicio para la aplicación de la sistematica Ley fuga; no obstante que la opinión sustentada por más de mil seiscientos presidiarios era que el próximo liquidado sería yo. Semejante opinión, únicamente sustentada, produjo en mí la alarma y el desasosiego que es de comprender, máxime que todos los días, dos o tres compañeros se acercaban cautelosamente a mí y me aconsejaban tener resignación y conformidad ante los dictados del Destino. Se me incorporó al pelotón de los políticos que trabajaban en la adobera. Allí tenía yo conocidos y amigos: el doctor Francisco Escobar, el licenciado Rodrigo Robles Chinchilla, don Eugenio Trujillo, el licenciado Domingo de León y muchos más que no cito, por razones de consideración personal. La primera mañana que se me remitió a estos trabajos, ya para llegar a la puerta de entrada del lugar en donde estaba la adobera y ladrillera, hizo alto la escolta y el jefe de ella preguntó: -¿Quién es Efraín de los Ríos? -Yo –contesté. -Pónganle un sargento de custodia –continuó el milite-, porque es reo peligroso y viene mal recomendado. Después cuando el sargento de aspecto sombrío vino a ponerse a mi lado y el soldado que me correspondía en la fila se retiró, el jefe de la escolta, como refiriéndose a los demás, comento: -Estos soldados recién reclutados no tiran bien; a diez pasos dejan ir a los reos y por pegar en la cabeza dan en el suelo. Ya se puede imaginar lo que mi ánimo experimentó al oír semejantes advertencias. Comprendí que mi situación era gravísima y que me hallaba en un gran peligro. Cualquiera, en mi lugar, hubiese comprendido lo mismo. Inmediatamente, en el interior del predio, se nos mandó a formar y vino un preso común a designarnos la tarea del día: -Fulano de tal a

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extraer arena del paredón; Zutano, a batir lodo para el adobe; Mengano, a fabricar adobes; Perencejo, a hacer ladrillo; los demás, a descargar hornos, sacar ladrillo fresco al sol y a aperchar el seco. –A mí, por suerte, me tocó este último trabajo y provisto de un pedazo de brin, para no destrozarme las manos, llevaba en cada viaje cinco y seis ladrillos, por la pendiente que conducía del lugar donde se ponían a secar adonde se estaban fabricando. Diariamente se me imponía un trabajo nuevo: unas veces, a cargar gruesos trozos de leña para el fuego de los hornos; otras, a cargar y descargar carretas con adobes y ladrillos; otras, a acarrear arena en carretillas; otras, a batir lodo. La mañana del lunes 11 de junio de 1938, Oscar Matheu y José Canizales estaban excavando arena en una de las tantas cuevas ya formadas en un enorme paredón. Estas cuevas tenían como doce metros de profundidad y se había tenido el cuidado de dejar entre una y otra, anchos espacios de terreno solido, a efecto de que hicieran las veces de pilastras o soportes para el enorme peso que tenían encima. Al sonar las sirenas de las fábricas que marcan las siete de la mañana, abandonamos inmediatamente la ocupación, dejando a la entrada de las cuevas nuestros instrumentos de trabajo: quien la piocha, quien el zapapico, yo la pala y la carretilla; y,  jadeantes y sudorosos, corrimos a tomar un pocillo de café y un pan que se acostumbraba servirnos a esa hora matinal. Gustábamos el primer sorbo de aquel conocido brebaje, cuando un ruido sordo y extraño hizo volver nuestra vista hacia el sitio en donde momentos antes estábamos trabajando. El panorama era nuevo. El cerro había desaparecido, hundiéndose entre las cuevas de las excavaciones. Los instrumentos que nos servían, quedaron sepultados bajo un promontorio de tierra de miles de toneladas de peso. A las dos de la tarde y merced a poderosos esfuerzos, logramos extraer la carretilla que me estaba sirviendo: solo era un informe montón de hierros retorcidos. Los útiles de los otros compañeros se perdieron para siempre. Nuestras vidas no concluyeron enterradas bajo un promontorio de tierra de miles de toneladas, por un verdadero milagro. La impresión de horror no fue tan intensa para los otros compañeros, como lo fue para los que estábamos trabajando en las cuevas. Mentalmente di gracias a la Divina Providencia, por mi salvación y por la de mis compañeros. La mañana del 13 de junio, me tocó acarrear ladrillo y esta función estaba desempeñando cuando llegó el director de la Penitenciaría a inspeccionar los trabajos. Sin duda ordenó que se me impusiese un trabajo más fuerte, porque al momento fui llamado a acarrear barro para el lugar donde se hacía el ladrillo. Jayanes fuertes cargaban la carreta y a mi se me obligaba a empujarla. La senda resbalosa por la que tenía que transitar me impedía hacer fuerza y la carreta se me iba por un lado. En una de tantas caídas vino uno de los presos encargado de llenarla y me aplicó un fuerte golpe con el azadón. Totalmente desesperado por semejante acción, fui a poner en conocimiento del encargado general, Rigoberto Ortega, los golpes que me estaba aplicando un preso por asesinato, indicándole que yo había ido a trabajar y no a que se me vejara. Me dijo que me quejara con el encargado de esos trabajos, Juan Oliva, y cuando así lo hice, éste me contestó: que era falso que se me hubiese golpeado porque él estaba viendo. Ante lo inútil de mi queja seguí

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acarreando barro. Acertó a pasar por el lugar de mi suplicio, Rodrigo Robles Chinchilla y, sin duda, compadecido de mi situación, me ayudó a llevar varios “viajes” de barro. Pensé en Simón el cirineo. Como volvieron a repetirse los golpes contra mí a causa de mi imposibilidad en el acarreo de barro, desesperado, adopté una determinación heroica: arrojé a un pequeño barranco próximo la funesta carreta para el acarreo de barro y me negué rotundamente a trabajar, alegando que, no estando sentenciado, como la mayoría de mis compañeros, era arbitrario lo que conmigo se hacia y que se tomaran conmigo las determinaciones que se quisieran. Se me amenazó con vapulearme, hasta con pegarme un tiro si me resistía a trabajar; toda amenaza fue inútil ante la firme determinación que había adoptado. Estaba dispuesto hasta morir, si era necesario. Y cuando un hombre de corazón bien puesto adopta una decisión semejante, poco, muy poco, pueden todas las amenazas de los hombres y todas las medidas intermedias. Sentéme en tierra y esperé con la cólera que arrastra a los extremos definitivos; esa cólera que, cuando es producida por las injusticias de los hombres, tiene mucho de divino. Así era mi cólera, algo que en aquellos momentos solemnes y amargos, tenía reflejos de la Divinidad enojada. A las cuatro de la tarde nos formaron para volver al penal. El encargado Ortega se adelantó a dar parte al director de lo que conmigo había sucedido. Inmediatamente se me mando cortar el cabello a rape; se echó agua ala bartolina numero catorce, se me encerró en ella y, tras de una noche triste, quizá una de las más tristes de mi vida, a la mañana siguiente se me sacó para pararme en la basa. Como casi no podía andar y menos pararme, fui conducido en peso al lugar del suplicio. Ante la imposibilidad de sostenerme en pie, se me condujo a la celda y se me encerró durante todo el día. Al siguiente, volvió a repetirse la operación, con idénticos resultados. No fue, sino hasta el cuarto día, que pude pararme y sostenerme en aquel reducido espacio de no más de tres decímetros por lado. Permanecí de pie desde las cinco de la mañana hasta las cinco de la tarde, del 17 hasta el 30 de junio de 1938. Cayeron sobre mí, a consecuencia de mi negativa heroica a trabajar forzadamente, ocho castigos  juntos, a saber: corte de pelo a rape, encierro en bartolina humedecida, alimentación a pan y agua, prohibición de recibir víveres de la calle, suspensión de visitas, incautación de correspondencia, plantón durante el día entero a pleno sol y sin sombrero, total incomunicación y prohibición de usar ropa ni de día ni de noche. En un momento que se me permitió ir al inodoro, un cautivo del segundo callejón entró apresuradamente, burlando la vigilancia, y me dio una sabana que escondí bajo la chumpa. Esta sencilla prenda fue mi mayor comodidad durante quince noches. No podría olvidar a quien me la proporcionó: José Arturo Cruz Cerón y, como él, hubo muchos que, en una u otra forma, contribuían a suavizar mi desgracia, ofreciéndome cigarrillos o tortillas calientes. Para ellos, dejo mi agradecimiento en estas páginas y un sitio preferente en la amargura de mis recuerdos…

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CAPITULO XLVII ESCENAS HETEROGENIFORMES Con la misma rapidez con que se desenvuelve una cinta cinematográfica, pasan frente a mí diversas escenas de la vida del presidio, vivas en mi recuerdo, pero algo desvaídas por el tiempo, casi borrosas por el olvido. Es muy difícil delinear exactamente los contornos de una escena ya vivida, máxime cuando en un relato, como el mio, se ha propuesto el autor firmemente ceñirse en todo a la suprema, a la excelsa a la inviolable verdad. Me he propuesto en estos capítulos, revivir aquellas escenas de que fui testigo y que aún no se han borrado en mi memoria. He llevado al lector a escenarios casi independientes en donde la acción se trunca de improviso para revivir en otros escenarios; el hilo de la coherencia en el relato, siguiendo una estricta sucesión de tiempo, se interrumpe de repente para avanzar o retroceder, lo que si, por una parte, viola o se desvía de la línea recta temporal, por otra, mantiene el equilibrio de la acción y solidifica más la veracidad del relato que es la base de la presente narración. Los largos años de prisión sufridos injustamente, por el solo capricho de un déspota atrabiliario, concluyen por entibiar el entusiasmo del más ardiente de los patriotas.

DEL COMPLOT DE 1932 Licenciado Miguel Ángel Vásquez acusado de ser el director intelectual del movimiento. Encarcelado y torturado en los primeros meses, por su calidad de extranjero, fue sacado una noche del penal, transportado en un barco y arrojado, en el mayor desamparo, a una playa de Alemania. El autor ignora hasta hoy el paradero de Vásquez, pero desea que viva como un testimonio de los horrores de aquella época.

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Operanse en el cautivo transformaciones insospechadas, según su naturaleza. Sobre esta metamorfosis, especularé adelante, no como un agudo analista, sino como un simple observador que ha experimentado en su propia carne –se diría- los golpes que al hombre proporciona la vida. Ese conjunto de sensaciones desconocidas, ese cumulo de sucesos inesperados, ese atropellamiento de ritmos diversos que hacen del hombre algo así como una hoja seca, juguete del viento caprichoso, constituye el fondo de este relato que brindo a la atención de mis conciudadanos, no con el propósito de impresionarlos, sino con el objeto de que, persuadidos de la infamia y el horror cometidos en las celdas penitenciarias por un reducido grupo de verdugos estimulado por los déspotas, contra hombres indefensos, colaboren con los nuevos gobernantes y procuren evitar que en los tiempos venideros, se repitan semejantes atropellos que hacen retroceder a un pueblo al espeso oscurantismo de la Edad Media. Basta ya de digresiones. Concluyamos esta segunda parte. Mis incidentes, dirigidos todos ellos a aumentar el sufrimiento de los cautivos, se sucedían a diario. Deliberadamente excluyo muchos y he olvidado los demás. Sin embargo, antes de concluir esta parte, quiero tener dos frases de reconocimiento para cinco compañeros, acusados de ideologías comunistas y encarcelados desde el año 1932. Antonio Obando Sánchez, Juan Luis Chigüichón, Antonio Cumes, Luis Villagrán y Alberto del Pinal, observaron durante todo el tiempo de su reclusión una conducta ejemplar y fueron como verdaderos compañeros, los más dignos, tolerantes, comprensivos, pacientes y abnegados, sufriendo con cristiana resignación todos los sinsabores de un arbitrario encarcelamiento. Cuando se les procesó por el delito de comunistas, , fueron sentenciados a muerte en primera instancia; cuando se iba a conocer en apelación de su caso, siendo presidente de la Corte Suprema de Justicia el licenciado Manuel Franco R. este funcionario integro afirmó que él los absolvería, afirmación que llegó a oídos de Ubico, quien inmediatamente destacó a uno de sus Secretarios de Estado para que fuese a la Penitenciaria y, usando de sofismas y amenazas, obligase a los procesados a renunciar el derecho de apelación, so pena de ser fusilados inmediatamente. Renunciaron su derecho y, por una gracia especial, quedaron con una condena de quince años. Por otra gracia, fue retirado el licenciado Franco del cargo que desempeñaba.

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UN JEFE DEL MOVIMIENTO IDEOLOGICO DE 1932 Juan Pablo Wainwright, quien fue bárbaramente ultimado a charpazos en el interior de una bartolina, de tal manera que al día siguiente, cuando se le fusiló, la escolta tiró sobre un cuerpo ya despedazado. Cuentan los que lo vieron que, cuando Ubico llegó a la Penitenciaria a revisar a sus futuras víctimas, éste le dio una bofetada que hizo rodar los anteojos del dictador. Inmediatamente los ayudantes cayeron como lobos feroces sobre Wainwright y le rompieron el cuerpo a sablazos. Desde entonces, el dictador no volvió a entrar en la Penitenciaria, cosa que le consta al propio autor. Los esbirros hicieron circular la versión –que los incautos creyeron- de que Wainwright se había cortado las venas con una hoja de Gillette y que con su propia sangre había escrito en las paredes: “Viva la Internacional Comunista”. Esto sucedió el lunes 15 de febrero de 1932.

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ANTONIO OVANDO

JUAN LUIS CHIGUICHÓN

ALBERTO DEL PINAL

LUIS VILLAGRÁN

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ANTONIO CUMES Trece años de tormentos diarios en las bartolinas de la Penitenciaría Central y libertados de orden de la Corte Suprema de Justicia, a la caída del déspota, en julio de 1944. Obligados abiertamente a renunciar el derecho de recurso de casación, so pena de que si no lo hacían, se les fusilaría inmediatamente. Coaccionados terriblemente por el director de la Penitenciaría, en presencia de los defensores, renunciaron su derecho y fueron condenados a la pena de quince años de prisión, habiendo soportado durante trece todas las vicisitudes de los trabajos forzados. El falso proceso incoado contra estos patriotas y que obra en los archivos de la Auditoria de Guerra reza “por traición”. Si estos hombres fueron condenados por los tribunales ubiquistas, fue por un delito ideológico –ilegislable e incondenable internacionalmente-, pero jamás por haber traicionado a su patria ni a su gobierno. Cinco vidas en cuya trayectoria el despotismo abrió un paréntesis irreparable.

Esta condena enorme estaban cumpliendo cuando yo los conocí en las dos ocasiones que se me encarceló. Después de más de doce años fueron libertados a la caída de Ubico y durante todo ese tiempo fueron sometidos a trabajos forzados en el interior del mismo centro. Todos ellos son obreros competentes en sus respectivas profesiones, inteligentes y honrados; por ello y por sus elevadas virtudes cívicas y morales, les dedico este sencillo rincón, saturado de un halito de cariño fraternal. Para ellos, que supieron sufrir con hombría y dignidad, es la pálida concepción de este recuerdo. ………………………………………………………………………………………………... Pasa frente a mí, en rápido desfile, una larga sucesión de escenas que mi pluma, como una cámara fotográfica, capta instantáneamente, dando saltos sobre un tiempo y sobre otro. La fuerza evocativa del momento, obedeciendo leyes ineluctables, reproduce atropelladamente pero sin confusión, hechos que tuvieron lugar en la vida, que fueron intensamente vividos

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por mí y que hoy quedan plasmados para siempre en la letra y el papel, como recuerdo y como historia. El último encargado cruel que tuvimos se llamaba Mardoqueo Ortiz. Bajo de cuerpo, malo de entraña y de la pierna izquierda cojo, fue el tipo clásico del encargado intrigante, delator y chismoso. Se explica la conducta del que delata un hecho cierto; pero no se explica nunca ni se perdona jamás, la conducta del individuo que por el placer de dañar y ganar gracias ante sus jefes, inventa la existencia de un hecho y lo atribuye a las personas que le son antipáticas. De estos individuos, abundantes en nuestro medio, se ocupará en un futuro no lejano, la profilaxis social que se avecina. Conviene su extinción para que la campaña depurativa rinda resultados beneficiosos. Ortiz era íntimo amigo de Rafael Lechuga, inspector general y una de las figuras más sombrías que actuó en el tablado penitenciario. Ambos homicidas, erigidos en jefes por designación mal intencionada de las autoridades penales, de común acuerdo, cometían a diario una larga serie de infamias y atropellos, cuyo relato llenaría muchas páginas. Llegaba Lechuga por las tardes y se introducía a la celda que ocupaba Ortiz. Allí deliberaban secretamente y al otro día tenía lugar un nuevo castigo para nosotros. Ortiz cumplió su condena y se le puso en libertad. Fue la única forma en que inesperadamente nos encontramos libres de su despotismo. Vino a sustituirle un nuevo recluso, José María Álvarez. Esta vez se equivocaron los “altos jefes” en la elección. Álvarez era bueno; con esto está dicho todo. Lo cambiaron y vino otro mejor: Abilio Fernández Quiroa. Muchacho simpático, educado y de buenas costumbres, el único encargado que no era homicida, ni había delinquido gravemente, para que su propio delito despertase en él el sentimiento de la animadversión y la crueldad, como en sus antecesores. Cada enfermo que era dado de “alta” y sacado al exterior, dejaba su cama, consistente en una desvencijada tarima de dos varas de largo por algo más que media de ancho. Fernández Quiroa nos autorizó para que nos fuésemos apropiando las camas desocupadas y cuando llegaban a reclamarlas sus antiguos poseedores, los despedía amenazadoramente. Así fue como al cabo de un mes todos los reclusos teníamos camas. Fernández Quiroa asumió la responsabilidad de cualquier reclamo por habernos proporcionado aquella comodidad. Cuando el director llegó de visita y vio que todos dormíamos en alto, no dijo nada. Después de cerca de cuatro años de dormir en el suelo, experimentamos una sensación extraña la primera noche. Ahora ya nuestros colchones y nuestra ropa no se pudrían tan rápidamente; nuestros lechos ya no se cubrían tan fácilmente de polvo y el trabajo de matar chinches de que estaban inundados los armatostes, quedaba compensado con el hecho de tener ya siquiera en qué sentarnos. Un día, Fernández Quiroa –llamado hoy por mí “el bueno”- fue removido. Había recuperado su libertad. El nuevo encargado, casualmente paisano mío y por lo mismo conocido como “cruel”, ya no tuvo tiempo de hacernos ningún mal, por una de esas disposiciones que inesperadamente se cumplen, por estar escritas con antelación en el destino de los hombres. ………………………………………………………………………………………………...

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Soplaban ya los vientos fríos de diciembre. Cuatro Nochebuenas tristes habíamos ya vivido en la miseria de nuestras celdas y nadie podía asegurarnos que no viviésemos la quinta. Mas en la mañana del 14 de diciembre, después de habernos levantado y estar esperando la hora de la instrucción; yo me encontraba tendido sobre mi lecho, dormitando, cuando bruscamente fui vuelto a la realidad por “Letonita”, el compañero a quien aludo en capítulos anteriores, quien me llevaba la noticia de que Marco Antonio Cardona se iba libre, porque lo estaban “rapando” en la bartolina del encargado. Ante semejante noticia sensacional, me incorporé inmediatamente y fui a ver. Era efectiva. En ese momento tocaban la diana de las seis y nosotros, como de costumbre, formábamos para la instrucción. Seis verdugos rodeaban a Cardona con el fin de impedir que nos hablara. Sin embargo, nos dijo adiós, y a mí, como recuerdo, me dejó una cajetilla de cigarrillos recién empezada y quince centavos en dinero. Estos recuerdos son muy sencillos si se quiere, pero de una enorme importancia y trascendencia para el alma sensitiva del recluso. La emoción del que se queda y la del que se va, es indescriptible; la comprenden, sin embargo, los que se han quedado y los que se han ido de cualquiera de las cárceles del mundo…! Los demás intuyen esta emoción y pueden comprenderla también, esforzándose por colocarse en planos similares. Tras de un periodo de mucho más de cinco años de cautiverio, Marco Antonio Cardona, ante nuestros ojos asombrados, desapareció tras el férreo portón. Iba hacia la libertad, hacia lo desconocido, hacia lo misterioso, hacia ese mundo nuevo que todos ambicionábamos. Ese día no hubo instrucción. Yo me quedé triste por la repentina de quien había sido mi compañero de celda por más de dos años consecutivos; pero al mismo tiempo alegre porque el amigo volvía a incorporarse a la vida, aunque había tenido la desgracia de perder a su madre estando cautivo, escena dolorosa que pueden comprender los que se hayan encontrado en circunstancias semejantes. La libertad del compañero fue n índice favorable para nosotros y toda esa mañana la empleamos en comentarios. A la hora del desayuno, cuando ya todos los fuegos estaban encendidos, yo sentí una alegría recóndita, una especie de optimismo desbordante que comunique a mis compañeros. Algunos escépticos no participaron de mi alegría; mas como ya en diversas ocasiones, yo había hecho muchas predicciones que se cumplieron, alguien lo hizo ver así y entonces el optimismo fue general. -Vea, Letonita –dije-, por despedida mande comprar unos chorizos a la tienda para comer algo sabroso, porque yo me voy mañana,-y le entregué los quince centavos que me había dejado el compañero Cardona. El corazón golpeaba fuertemente en mi pecho. Una fe y una confianza extrañas me invadieron. La subconsciencia me trasmitía mensajes halagüeños. Las “corazonadas” que tan sabiamente dicen los mexicanos, fueron muy frecuentes en mi aquella mañana inolvidable, diáfana, de sol tibio y cielo azul, una de esas mañanas imborrables que perduran a lo largo de toda una existencia.

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CAPITULO XLVIII ESCENA FINAL Para nuestras circunstancias, aquella mañana tuvimos un verdadero banquete preparado por la habilidad culinaria del compañero Letonita. Cuando volvía de lavar mis trastos, fui a mi celda y volvía a encender un cigarrillo al fuego de los compañeros que concluían el banquete. Regresé a mi bartolina y contemplé con tristeza el lugar vacio que ocupaba el compañero libertado. Hice sacar la cama, barrí y me ocupé en concluir la lectura del segundo tomo de “Los Mohicanos de París” que estaba leyendo. Mi atención no podía fijarse en el relato, estaba demasiado emocionado. De pronto, el conocido chirriar de los goznes del portón, hizo que me asomara a la puerta de la celda número 4, que era mi habitación. Un grupo de militares avanzaba por el centro del callejón. Inmediatamente distinguí al director de policía, entonces coronel David H. Ordoñez, al director del centro, coronel Manuel Maldonado Robles, al alcaide y muchos militares más que no conocí. Ordoñez asomóse a la puerta de la bartolina 23 que estaba vacía y, retrocediendo inmediatamente dirigióse hacia mí que permanecía parado a la puerta de mi celda. -¿Qué tiempo tiene usted de guardar prisión? –me dijo. -Cuatro años exactos –le contesté. -Usted se va a ir hoy –contestó-, arréglese inmediatamente porque se va a ir conmigo. -Muy bien coronel, -conteste automáticamente. No puedo describir lo que sentí. Quedé anonadado, frio, paralizado, casi imbecilizado. Hasta sentí cólera por tener que desarreglar el local que ya había yo limpiado y organizado. No pude articular palabra más. Reclíneme contra la pared y quedé ensimismado. Cuando la comitiva hubo pasado por donde estaban los demás compañeros terminando su merienda, vinieron todos corriendo hacia mí alborozados por haber alcanzado a oír la noticia de mi liberación. -¿Ya vio –dijome Letonita- que usted se va a ir antes que yo, como se lo tenía dicho? -Vístase pronto –dijo Francisco González Bravo, bajando mi vestido que había mantenido colgado en el centro del arco que dividía la bartolina y desenvolviéndolo-, A ver, le pongo los pantalones. Lentamente, con esa calma que en ciertos organismos producen las grandes emociones, fui despojándome de mis viejas prendas y dándolas a los compañeros. Cuando me hube puesto los pantalones y un par de zapatos nuevos que siempre conservé para el esperado día, volvió a mi mente el raciocinio. Recordé que estaba preso y que momentos antes se me había anunciado mi libertad. Consideré que allí no más, tras de aquellos muros enormes, estaba la ciudad con todos sus encantos y todas sus alegrías, con todas sus virtudes excelsas y sus pecados esplendidos –no pensé en sus bajezas y en sus miserias-, y un raro temblor invadió todo mi cuerpo; crispóse mi espina dorsal, erizóseme el cabello, la sangre afluyó a mi cabeza en fuertes oleadas y despertóse en mí algo que no sé cómo calificar: el humorismo y la ironía. Cuando aún no había concluido de vestirme, llegó precipitadamente

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el alcaide por mí. Contrarióse al verme ya vestido de particular y ordenó que me cambiase traje poniéndome el de presidiario. Después cambió de parecer y ordenó que, como estaba, le siguiese. Fuime con él y al pasar por donde está el almacén de ropa, en el segundo patio del penal, dispuso definitivamente que volviese a vestirme de presidiario. Como el uniforme que se me suministró resultaba bastante estrecho, quedé convertido en una figura ridícula. Así fui introducido a presencia del auditor de guerra, que escribía en el despacho del director. Cuando hubo terminado, después de estrecharme la mano y de felicitarme por mi liberación, me dio a leer un acta para que la firmara. En ella yo me comprometía a no tener ninguna relación con los “enemigos del señor presidente”. Como comprendí lo peligroso de esta clausula y los fines a que podía prestarse, dada su interpretación, pedí al auditor que al mismo tiempo se me proporcionase una lista detallada de los enemigos del señor presidente , para no tener peligro de juntarme con ellos en la calle. Enojóse el funcionario pero accedió. Modificóse el término y firmé. Juntos bajamos las gradas de la Dirección y ya en la puerta reiteróme sus felicitaciones y se fue. Yo volví solo al interior del presidio. Eran las diez de la mañana. Me hallaba bajo el imperio de una fortísima emoción y no tuve deseos de almorzar. La mayor parte de las cosas, todas simples y rudimentarias, de que se rodea un cautivo para su comodidad, habían sido ya repartidas por mí entre los compañeros. A las dos de la tarde llegó a traerme el alcaide y, creyendo que se trataba de mi liberación definitiva, tuve para mis compañeros que se quedaban, elocuentes frases de despedida. Manos en alto dijéronme y, mirando por última vez aquel sombrío callejón en donde había dejado lo mejor de mi juventud, desaparecí tras el portón. Llevóseme al local de la inspección y allí, un ladronzuelo conocido que fungía como escribiente, sentado frente a una maquina, tomó los datos de mi filiación. -¿Cómo se llama usted? –preguntó. -Soy bastante conocido para que se me pregunte el nombre –respondí -¿Qué edad tiene? –continuó. -La que tenía Dantón cuando presidia el Comité de Salud Pública durante la Revolución Francesa. El amanuense me miró con ojos asombrados, empañados de ignorancia. -La misma edad que tenía Jesucristo cuando lo crucificaron –concluí-, la edad fatal para los profetas. -¿Su estado civil? Iba a decir “viudo de la libertad”. Arrepentido, dije: -Soltero -¿Profesión? -Oficios domésticos –contesté. -Pero esos oficios son propios para mujeres –argumentó el escribientillo estulto. -Son los que aprendí en esta universidad, según afirma la prensa. Lavo y plancho ropa, riego flores, barro divinamente, enciendo y apago el fuego; confecciono cualquier comida; sé, además, hacer ladrillo, adobe, batir lodo, cargar y descargar hornos, partir leña y acarrear arena. Ponga usted cualquier ocupación.

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-Sí, pero, ¿qué ocupación tenía usted antes de caer preso? -Todas y ninguna. Como estudiante, se me creyó revolucionario y me obligaron a abandonar los estudios; como periodista, se me prohibió escribir; como burócrata, tuve que renunciar dos veces en los únicos dos puestos que se me confirieron, antes de un mes, por no poder plegarme a infamias. Yo mismo no se la profesión que tengo. Quizá usted… -¿Su domicilio? -La Penitenciaría Central. -No, digo, ¿cuál va a ser su domicilio ya libre, donde va a residir? -Ponga usted, en las cuatro esquinas de cualquier cruce de calles de la ciudad. ¿O se figura usted que yo voy a poder vivir en la misma casa de donde me secuestraron hace cuatro años? ¿Se imagina usted que encontraré persona alguna que quiera proporcionarme albergue, recién salido de la Penitenciaria y con el sambenito de ser “enemigo del señor presidente”? si yo hubiese sido condenado por robo, estafa, homicidio, lesiones, hurto, o falsificaciones, como hay muchos –miré a mi derredor caras asombradas que me rodeaban-, despertaría cierta consideración, compasión, quizá; pero por “político”, la gente huiría de mi con asco y con horror. El escribientillo asentó lo que quiso. Yo me negaba a declarar correctamente y un deseo incontenible de burlarme de todos me acometía. Continuó: -¿Tiene alguna cicatriz visible? -Si –contesté inmediatamente. -¿En dónde? Todos me miraron con interés, como queriendo descubrir la cicatriz. -En el alma –terminé. Bajaron todos la vista. ¿Qué paso en aquellos momentos en el alma de esos desgraciados? Inmediatamente comprendí que había obrado imprudentemente; pero ya era tarde para rectificar. Vino el alcaide y, tomándome por un brazo, me dijo: -¡A su puesto! –y me volvió al mismo callejón de donde acababa de salir. El regreso, ante el asombro de mis compañeros de quienes según yo –ya me había despedido tan gallardamente, no dejó de contrariarme. Todos vinieron a interrogarme. Yo les referí la escena de la Inspección, hiperbolizada; y muchos la festejaron. El encargado, que había asistido al interrogatorio, afirmó, que en vista de mi actitud, ya se habían arrepentido de libertarme, cosa que, francamente, me desconcertó. Pero no era posible: el propio jefe de la policía me había notificado que ese mismo día seria puesto en libertad; había firmado un acta, especie de transacción, ante el auditor de guerra. Aquellos funcionarios no podían mentir, ni menos retractarse. Además, yo conocía las ordenes de Ubico, quien obstinadamente hacia porque se cumplieran una vez emitidas, aunque posteriormente reconociese que eran equivocadas. La disciplina militar, su famosa “disciplina”, no permitía retractamientos ni rectificaciones. Sin embargo, nada ni nadie podría evitar una contraorden.

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Pase toda la tarde del jueves 14 de diciembre en la mayor incertidumbre. Una especie de angustia me invadió cuando a las cinco, vino el encargado a encerrarnos a todos, como de costumbre. Pedí una vela a quien había obsequiado todas las que tenía y, provisto de fósforos y cigarrillos, me introduje a mi celda fumando furiosamente. Así permanecí durante ocho horas. A las nueve vino el encargado del segundo callejón a tocarme la puerta. De un salto llegué a ella. -Don Efraín –dijome-, me he estado “vigilando” por allá por la inspección y acabo de enterarme de que ya llegó su auto de libertad; así, pues, es seguro el viaje mañana. Procure dormir. Buenas noches. Ya se puede imaginar en que forma agradecí al encargado la trasmisión de aquella nueva. Fue una de las noticias más gratas de mi vida. Efectivamente, para llenar los requisitos legales, faltaba la remisión del auto de libertad, dictado por la Auditoria y refrendado por la Policía. Hice un esfuerzo y procuré dormirme.

CAPITULO IL SUSTANCIACIÓN En el proceso falso que se me instruyó en la Auditoria de Guerra, para dar apariencia legal a una injusta prisión, cuyo término de cuatro años había cumplido aquel día, el dictador, por teléfono, había dicho al auditor de guerra: -Ponga libre a Efraín de los Ríos; vea la mejor forma de adobar el proceso para que no quede “cola” y hágalo que suscriba un acta en que reconozca mi autoridad y mi benevolencia. Entonces, aquel funcionario se hizo traer las diligencias, archivadas desde el veintitrés de diciembre de mil novecientos treinta y cinco –fecha en que se decretó contra mi auto de prisión provisional por el delito de “tentativa de sedición”-, y asentó el auto que literalmente dice: “Tribunal Militar: Guatemala, catorce de diciembre de mil novecientos treintinueve. –Vistos, se forma el auto de prisión dictado con fecha veintitrés de diciembre de mil novecientos treinticínco contra Efraín de los Ríos, por atentado contra las instituciones sociales , en el sentido de dejarlo libre sujeto a resultas. Arto. 122 C.M. IIP.; y 417P.P.- (firma ilegible).- Cabrera Martínez. –J. Cifuentes”. Estando frente al auditor de guerra, en el despacho del director de la Penitenciaría, pocos minutos después de que el general Ordoñez me anunciara la libertad “de orden del señor presidente” –escena a la que ya me referí en otro lugar de éste libro-, fui obligado a suscribir -¡quien no lo haría!- el acta que dice: “En la ciudad de Guatemala, a los catorce días del mes de diciembre de mil novecientos treintinueve, constituido el infrascrito auditor de guerra en la Penitenciaría Central y habiéndose hecho comparecer al reo Efraín de los Ríos al despacho del señor director de dicho centro, se le protestó de conformidad con la ley y se le hizo saber que por gracia del señor Presidente de la República, se le va a poner

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en libertad condicional bajo promesa de conducirse en lo sucesivo con toda honradez y que sus actos debe normarlos con entera sujeción a la ley; se le previene que cada vez que cambie de domicilio lo haga saber a la Auditoria de Guerra y a la Dirección de Policía, para lo cual desde ahora señala como su residencia la ciudad de Guatemala, y como hasta ahora no sabe cuál será su domicilio, al instalarse lo pondrá en conocimiento de las autoridades que ya se le indicaron. Ratificó lo agregado y dijo ser de treintidós años de edad, soltero, originario de Huehuetenango y oficio periodista. Leído que fue lo escrito, lo ratificó y firmó. –Doy fe.- (ff) Cabrera Martínez. –Efraín de los Ríos. –Juan Loukota M.” Con pocas variantes, según el caso, como la transcrita, eran las actas que se hacia firmar a los prisioneros que habían permanecido encerrados “de orden del señor Presidente”. Tras la humillación, tras la afrenta, tras el dolor de haber sido vejado injustamente, el libertado, por una gracia especial del dictador, tenía forzosa y necesariamente que estampar su firma al pie de un documento de esos que hacen época en la historia jurídica de Guatemala. Recibir la libertad como “un don especial”, como una “gracia”; quedar reconocido, obligado, agradecido hacia aquel que había sido origen de innumerables males, causa de muchísimas desgracias, era algo capaz de enloquecer a cualquier mortal. Nada hay tan triste para el hombre íntegro, sano y cabal, como sentirse impotente ante la fuerza del despotismo; no poder ni siquiera gritar su rebeldía; trazar en el aire un ademán, formular un gesto que tradujese su cólera o interpretase sus sentimientos. Nada de ello: tras la irreparable ofensa, el agradecimiento hacía el tirano. Responder a la agresión con una sonrisa! Contestar el bofetón con una zalema! ¡Qué tiempos! ¡Qué hombres!

CAPITULO L LA LIBERTAD A las cuatro de la mañana vino el encargado a abrir la puerta de mi celda y a ordenarme que hiciera mis preparativos. A la titilante luz de la vela, arreglé lo que tenía que arreglar y me dirigí a la pila para bañarme. El golpe del agua intensamente fría a aquella hora, fue como un sedante para mis nervios. A las seis llegó el alcaide y me llevó. Hasta las siete estuve sentado en la puerta de la inspección, viendo a todos los reclusos del patio general hacer instrucción. Amigos y conocidos hicieron inmediatamente una colecta y me enviaron dinero. Generalmente el prisionero político goza de cierta simpatía aun entre los más crueles reclusos. Jamás pueden manifestar su consideración, por temor a las represalias de los jefes y a la delación de los compañeros; pero en el fondo, estoy seguro, guardan un tesoro de simpatía que prodigan en el momento que juzgan oportuno. La espontaneidad de aquella colecta tocó mis sentimientos y hubo un momento en que estuve a punto de llorar de gratitud. Manos desconocidas vinieron a dejar su dádiva, a ofrendarme lo que podían,

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para aliviar mis sufrimientos que se prolongarían más allá de los muros penitenciarios. Fue un momento conmovedor. A las siete fui llevado a la ambulancia que a aquella hora conduce a los penados que han cumplido, a la Dirección de Policía. Allí después de habérseme fotografiado en el gabinete de identificación y fichándoseme en la forma acostumbrada, se me ordenó esperar la llegada del director. A las diez, fui introducido inmediatamente a su presencia, para recibir la consabida amonestación. Recibióme arrogantemente, en una estudiada situación que tenía mucho de teatral y tras de amenazarme en el sentido de que, si otra vez me metía a asuntos políticos, no se gastaría ni una sola hoja de papel en mí, sino que se me pegaría un tiro, tocó un timbre y apareció el llamado jefe de la policía de seguridad, recordado José B. Linares, a quien ordenó me condujese al local que esta Policía ocupaba en el edificio de la Dirección, con el objeto de que todos los miembros del personal me conociesen, para poderme atrapar inmediatamente, en caso de necesidad. Sentóseme en visible lugar y cuando todo el personal estuvo avisado, iban pasando frente a mí, de uno en uno y mirándome con interés, como si admirasen a un animal raro. Soporté con valor aquella última humillación. Semejante afrente estuvo a punto de hacerme cometer una insensatez, estallando en improperios contra aquella canalla; pero me contuvo el pensamiento de mi ansiada libertad. Terminada mi exhibición, volvióse al despacho del director; quien ordenó al jefe de seguridad me acompañase hasta la puerta. Antes de retirarme se me hizo la última advertencia: avisar inmediatamente del lugar de mi domicilio y siempre que lo cambiase, hacerlo; y si disponía salir de la ciudad, aunque fuera a un municipio cualquiera del departamento, avisar con anticipación, pues de lo contrario se me juzgaría como prófugo. Es decir, tenía la ciudad por cárcel. Ofrecí cumplir y Salí acompañado del jefe de seguridad, quien varias veces pidió se le repitiera la orden si efectivamente yo estaba libre. Eran las diez y quince de la mañana, cuando el jefe de seguridad me tendió la mano y me entregó a la vida libre. Puse el primer pie en la acera y empecé a caminar desorientado. Tenía miedo de los automóviles que transitaban; creía que podrían subirse a la acera y atropellarme. Siempre que encontraba uno me arrimaba a la pared. Las personas que pasaban a mi lado, me parecían seres extraños. La luz ofuscaba mis retinas. Esa “copa de luz” que es Guatemala se volcaba sobre mí en una locura de colores. Sentí urgente necesidad d estar solo para ordenar mis pensamientos, para trazar mis proyectos, para delinear lo que haría en el porvenir, que empezaba allí, donde yo estaba parado, rumiando el grave misterio de una gran interrogación. Frente a mi alzaba su coquetona arquitectura el templo de nuestra Señora del Carmen 22. Tuve el rápido pensamiento de que quizá no se me dejase entrar. Había olvidado que la admisión a los templos es gratuita. Penetré a la iglesia y el suave silencio del interior me envolvió como una suave caricia maternal. Recé mis plegarias habituales y di gracias a Dios por sus bondades. Mi corazón cantaba su “Te Deum” solitario. Sentí en el silencio del recinto, una gran euforia espiritual. 22

Templo de Nuestra Señora del Carmen. 10 calle y 8ª Avenida zona 1.

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Reanimado por la oración, salí de nuevo a la calle en busca de una buena mujer que conoció a mis padres y, puedo decir, que me vio nacer. Cuando ella me visitó en el presidio, poco antes de salir, me creía muerto. Busquéla con el mismo afán con que un hijo buscaría a su madre. La calle me acogió con su indiferencia habitual. Seres presurosos pasaban junto a mí, codeándome. Carros bulliciosos estuvieron a punto de atropellarme. Mis ojos, en cuatro años, no habían visto los horizontes. Varias veces me detuve para contemplar las lejanías. Todo me parecía nuevo, extraño, desconocido, misterioso. Mas no tuve, como otros compañeros, el sentimiento de admirar lo nuevo y extasiarme ante la transformación que había sufrido la ciudad en su aspecto material. Sus calles asfaltadas y sus nuevos edificios, llamados “palacios”, por la sencillez popular y por la ostentación oficial, no fueron capaces de mover mi admiración. La ciudad me pareció, pocos días después, triste, sucia, oscura, pobre, como agobiada bajo el peso de una extraña sensación. La culpa fue de aquella intensa vida imaginativa que yo había vivido en la prisión. Dominada mi imaginación por un poderoso esfuerzo, yo construí un mundo especial para mí, en que los seres y las cosas, las ciudades, los campos, los palacios, los caminos, los mares y las montañas, se revestían de una suntuosa grandiosidad. Yo construí mis propios panoramas y les di el colorido y la extensión que quiso mi fantasía; de ahí que la realidad no me sorprendiese; lejos de ello, todo me parecía pequeño y miserable, envuelto en un hálito de angustia y movido todo por un resorte de ansiedad, de dolor, de desesperación. En todo caso, había sido devuelto a la vida, a la civilización, a la libertad, el más preciado don del hombre, por el que se ha derramado tanta tinta y tanta sangre y por el que seguirá derramándose en el constante devenir de los tiempos. La ciudad me recibió con los brazos abiertos, no para cerrarse en un abrazo cálido, sino para permanecer abiertos, con la frialdad y la indiferencia con que abrazan siempre los brazos abiertos de la vida…!

CAPITULO LI FRENTE AL DICTADOR El mismo día de mi liberación, resfriado a consecuencia del baño matinal y, con fuerte temperatura, dispuse avisar a mis familiares lejanos. Al mismo tiempo recordé la insinuación que me había hecho el auditor de guerra relativa a que le dirigiese una mensaje de agradecimiento al “señor presidente”. En un principio yo rechacé indignado esta repugnante insinuación; pero ahora, reflexionando, resolví la conveniencia de hacerlo. No supe si obraba bien o mal, pero lo hice. Más o menos, mi telegrama decia: “Hoy recobré mi libertad. Muy agradecido”. Pocas horas después llegó la respuestaen que el dictador me manifestaba estar enterado de ello y que el martes próximo, por la mañana, me recibiria. Como yo no le había solicitado audiencia, comprendí que era un llamado. Mis conjeturas bulleron atropelladamente en mi cerebro y fueron mi torcedor durante cuatro dias. Consulté

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mi situación con varios amigos y todos estuvieron contestes 23 en que el mandatario tenía una deferencia especial para conmigo al recibirme en un día que no era el de las audiencias ordinarias. Todos me aconsejaban que “supiera hablarle” y que de ahí dependia mi situación. Pero ellos ignoraban lo que yo pensaba: tiempos atrás un compañero de prensa, director de un pequeño diario, publicó un editorial comentando problemas hacendarios, lo que indignó al dictador, e hizo traer a su presencia al director del periodico. -Ajá, con que usted es el titere que me está jodiendo –fueron las frases de recepción del dictador para el periodista que entraba a su despacho. Tomo un fuete y con el azotó furiosamente al periodista. Concluyeron el vapuleo, con sus espadas, los ayudantes del dictador. Cuando el periodista, afrentado, corrido, humillado y adolorido, se disponia a retirarse, cerrole el paso el jefe de Policia y le dijo: -Falta la segunda parte. Y lo mandó a encerrar, durante dos meses, a las bóvedas del segundo Cuartel de Policia. Yo deduje, con mi exaltada lógica: -Si a éste amigo lo fueteó y lo encarceló, por un editorial de un cuarto de página de periodico, ¿Qué podrá hacer conmigo que tengo en mi contra más de 300 páginas de un libro? El temor de recibir una afrenta semejante, centuplicada, hizome amargos los dias que faltaban para la entrevista. Llegó el día señalado y me presenté, llamando en mi auxilio a todas mis potencias interiores y pidiendo a Dios me concediese por un momento el disfrute de aquel “valor de las dos de la mañana” que decia Napoleón que era necesario en las circunstancias imprevistas y extremas para afrontarlas con serenidad y tomar decisiones rápidas y efectivas. En la antesala de Ministros había una multitud de militares, entre quienes solo había dos conocidos mios. Inmediatamente pensé que estaban allí ex profeso esperando que yo saliera del despacho del dictador para descargar sobre mí una lluvia de charpazos. Pasé breves instantes de verdadera angustia. Mi temor o mi cobardia –como quiera llamarsele-, empezó a desvanecerse, cuando salió del despacho del dictador el jefe de servicio de la Casa presidencial y con voz fuerte dijo: -Señores, dice el señor presidente que no va a recibirlos; que pueden retirarse a sus puestos dejandome sus partes-. Entonces comprendí: el grupo de militares, en quienes había yo creido descubrir señales de hostilidad contra mí, eran los jefes de los fuertes, que ese día acudían a rendir sus partes de rigor. Todos se levantaron y siguieron al general que había dado la orden. Quedamos en la antesala el ministro de la Guerra, el de Educación, el coronel Oscar Morales López y yo. Fui recibido el último. Cada una de estas personas que se retiraba pasaba estrechandome la mano, sin duda creyendo que yo era un gran personaje, de la simpatia del dictador, por recibirme en audiencia especial. Yo vi salir a los que fueron recibidos antes que yo, curvados, inclinados reverentemente en una pose de excesiva genuflexión, caminando hacia atrás, en gesto de

23  Contestes.

Se respeta la ortografía que aparece impresa en el original. Podría ser error de impresión contestes por conscientes (N del C)

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supremo acatamiento y respeto hacia la figura del gobernante que les veia desde su escritorio. Quiza vinieron en mi auxilio las fuerzas que había invocado, porque cuando el foquillo electrico que, encendiendose y apagandose, era la señal que el dctador daba para que fuera franqueada por el ayudante portero, la puerta de entrada al despacho del dueño de Guatemala, traspuse el umbral con serenidad y avancé con firmeza hacia el escritorio del dictador. No me dio tiempo para formular frase alguna. Quitose los anteojos y me espetó la sigiente pregunta: -Ideay usted, ¿Qué le pasó? -Usted lo sabe mejor que yo –alcancé a farfullar, mientras Ubico, repantigándose en su sillón, continuó con precipitación: -Ya ve, por farolero, lo que le ha pasado; ¿Quién lo indujo a meterse en faroladas? Es muy malo hablar de mi gobierno, el cual es de honradez, y de progreso, no porque yo lo diga, sino porque está a los ojos del mundo entero. Ya ve lo que le pasó a Aldana; el que va por el camino recto se salva; el que no, se va al abismo. Ustedes los jobenes tienen la cabeza caliente y creen que es una ganga eso de dirigir un pueblo; piensan que es algo sabroso la presidencia de la república; ya voy a dejar esta “joroba” –golpeó fuertemente el cartapacio azul de su escritorio con el dorso de la mano –y entonces van aver lo que cuesta organizar y administrar un país como Guatemala. El dictador se extendió en largas consideraciones sobre su gobierno, cosa inusitada en aquel hombre de parco hablar. Yo, en actitud respetuosa frente a él, seguia el curso de las manecillas del reloj. Más de veinte minutos tardó su charla y concluyó dandome consejos para el porvenir. En el curso de la conversación, me afirmó que “el lo sabia todo”. -Perdone general –le dije-, pero usted no lo sabe todo. -¡Que yo no lo se todo! –gritó. -Perdone, general, pero usted no sabe nada de lo que pasa –me atrevi a repetir-. ¿Usted conoce a Anacleto Sequén Tubac? -¿A quien? –volvió a gritar. -A Anacleto Sequén Tubac. -No. ¿Quién es ese? -Un gran politico, enemigo de su gobierno. Se levantó de la silla y vino a ponerse frente a mí, con las manos atrás, apoyadas sobre la orilla de su escritorio. -¿Cómo es eso? –continuó-, expliqueme porque no entiendo ni una palabra. -Si –le dije-, Sequén Tubac, un pobre indito de San juan sacatepequez, quien apenas entiende el castellano y cuya mujer completamente no lo entiende y era las parte comica a la hora de la visita, porque los vigilantes no entendian la conversación sostenida en lengua aborigen y le obligaban a hablar en español, concluyendo porque el infeliz no podia comunicarse con su esposa; era mozo de una de las fincas del general Anzueto y habiendo

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sido acusado, por un infame caporal, de haberse robado un machete, fue traido preso y puesto a disposición de la Auditoria de Guerra, por el delito de atentar contra la seguridad de las instiuciones sociales, condenado a cinco años de prisión y remitido al siguiente día a los trabajos forzados de la Penitenciaria. El dictador me miraba de hito en hito. Volvió a sentarse y, tomando un lápiz rojo, se puso con él a marcar puntitos sobre una hoja de papel. Bajó la vista, una de las cualidades que tienen muchos tiranos para observar y, viendo su actitud y comprendiendo su silencio, me atreví a continuar: -Yo mismo escribí varias cartas a este indito, ofreciendo al general Anzueto una docena de machetes en reposición del perdido. A los cuatro o cinco meses de estar sufriendo condena, este indito fue llamado por el general Anzueto, quien le regaló diez quetzales, diciendole que él se interesaria por obtener de usted su libertad. Cuando volvió el indito decia: -“Bendito el general Anzueto que me dio dinero y me va a sacar y maldito el Ubico que me encarceló injustamente”. ¿No fue esta una de las formas más faciles de conquistarle enemigos? ¿No piensa usted que el peor de sus enemigos ha sido siempre su propio director de policia? ¿Se da usted cuenta que, como este caso, ha habido muchisimos en que la peor parte la ha llevado usted y él se ha hecho aparecer como un santo? ¿es o no cierta mi afirmación de que usted no sabe nada de lo que pasa más allá de este circulo de hierro que entorno suyo han construido sus aduladores? No se como tuve valor para decir todo esto a aquel hombre, representante de la más intransigente de las dictaduras que ha tenido América. No se por qué aquel hombre tuvo paciencia para escucharme y no me arrojó de un puntapie. Se me quedó mirando fijamentey al fin sonrio, con una sonrisa como aquella que los franceces denominan “reir en amarillo”, porque es forzada, atravesada, como dicen los españoles, sonrisa de conejo que dicen los americanos, o de dientes para afuera como dicen los mexicanos. Aquel dictador había abofeteado en su despacho a mujeres indefensas y a militares de alta graduación. ¿Por qué no iba a hacerlo conmigo, pobre zorro perdido en un rastrojal? Al fin habló: -Si, un hombre no puede verlo, ni saberlo todo, mucho hace con poder llevar la batuta, en medio de una orquesta de picaros, sinverguenzas y ladrones; y, tras de esto, no faltan mal intencionados que le griten que está haciendo mal. Ya me cansé de tanta joroba, solo el amor a Guatemala me hace permanecer aquí, pero el día que yo falte, ya verán la jodida que van a llevar. Subitamente cambió el tema: -Usted, ¿Para qué puede servirme? -Desde secretario de Estado, hasta mozo –respondí invirtiendo los valores. Soltó una sonora carcajada, de un timbre burlesco, desconcertante y cruel. -Esa es una expresión muy chapina –continuó-.

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Sin embargo, ya veremos, ya veremos; cuando vuelva del viaje a su tierra, venga a vermey entonces lo ocuparé. Refresquese la cabeza bañandose en aquellas aguas salubres y portese bien; ya lo sabe: el que es honrado encuentra toda clase de garantias en mi gobierno; hoy, tiene usted todas las que puedo conceder; pero ya lo sabe, siempre el camino recto. Si quiere salir del país puede hacerlo; mejor si se va por un tiempo al extranjero; así tendrá oportunidad de ver otros paises y juzgar como tengo yo a Guatemala. Que le vaya bien, don Efrain… El dictador vino conmigo hasta la puerta, cosa sorprendente. Yo, al revés de todos los visitantes anteriores, le volví la espalda para salir. ………………………………………………………………………………………………... Un mes permanecí en Huehuetenango, mi tierra natal y tres después de mi última entrevista, gravemente enfermo de un mal que todavia padezco, estaba de nuevo frente al dictador, como me lo había ofrecido. -Se va de secretario de la Jefatura Politica y Comandancia de Armas del Petén –fueron sus primeras palabras. Inmediatamente pensé que quería deshacerse de mí, enviandome a un lugar lejano, a propósito para una desaparición. O el clima o un vuelco de la canoa que conduce a la ciudad y asunto concluido. No acepté. Expuse numerosas razones. Recuerdo que el dictador, todavia insistió en darme las suyas, asegurandome que en aquel lugar había buenos médicos y que se ganaba bien. Insistí en mantener mi negativa a las ofertas del dictador y salí de su despacho. Por segunda vez, en otra entrevista, me hizo nuevas proposiciones, pero me ví obligado a rechazarlas, por el estado de mi salud seriamente quebrantada y por el peligro que, a mi entender, encerraba su aceptación. Ello quizá, causó el enojo del gobernante, porque ya no volvió a formularme propuestas ni quiso cumplir la promesa que me había hecho de ayudarme. Mi vida, destrozada, inutil, pauperrima, fue discurriendo poco a poco, apoyandose en la caridad de personas compadecidas. Médicos amigos atendieron mi salud gratuitamente y personas generosas, halladas como una excepción, proporcionaronme la subsistencia. La actitud de estas nobles personas es para mi tanto más grande , cuanto que en aquella época, relacionarse con una persona “enemiga del señor presidente” o calificada como tal por la cobardia popular, era motivo de seria complicidad y causa para recibir las mismas afrentas que el perseguido. Yo sentia en las calles de la capital de mi patria, lo mismo que debe sentir el náufrago que se desentumece a las orillas de la playa que lo acogió después de la tempestad. Mas sobre la indiferencia y la frialdad, sobre la cobardia y la conveniencia, sobre el menosprecio y la desconsideración de que es victima quien ha caido en desgracia ante el “señor presidente”, pude constatar, con intima complacencia, cierta consideracion social, manifestada disimuladamente, pero suficiente para reconocer su existencia y servir de pauta a la generalidad. Así vivi dos años, durante los cuales sufri toda clase de privaciones, agravadas, precisamente por la misma libertad. ¿Podeis comprender, lector, que la libertad sea una circunstancia agravante en ciertos aspectos de la vida del

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hombre? ¿Podeis creer que en la libertad , a veces, se sufre mucho más que en la prisión? Esto es desconcertante y hasta parece una paradoja, pero es cierto. Voy a contarte, lector, un caso, como podría contarte mil, que me pasó a mi ayer, que puede pasarte a ti mañana, que puede suceder a cualquiera el día menos pensado y del que ni la misma Providencia puede salvarnos. Si te encuentras, lector, en una circunstancia como la mía, en que, a pesar de los numerosos esfuerzos y diligencias desarrollados, en diversos sentidos, no hallas una ocupación adecuada que te permita los medios decorosos de subsistencia y agobiado de multiples necesidades, sin salud y acosado por la indiferencia humana a tu dolor humano, ves que no puedes allegarte lo más elemental para remediar tu necesidad, estoy seguro que tu situación es desesperante. Marca el calendario una fecha de celebración universal. Todos, hasta el mendigo, este día, adqueieren cualquier cosa y hacen uso de ella, extraordinariamente, festejando la conclusión de un año –pongo por ejemplo-; desde el chiquillo harapiento que tiende su mano en las esquinas, hasta el más encumbrado personaje, dentro de sus posibilidades, disfrutan alegremente cualqueier placer, ya sea para el cuerpo o para el espiritu. El egresado politico, vigilado, perseguido y despreciado en todas partes, no tiene esta posibilidad. Muchos hay que en un día de fiesta general, de alegria universal, carecen de un pan para comer; hasta de un simple cigarrillo para fumar. Y, estableciendo comparaciones instintivamente, se recuerdan las mismas festividades en el interior de la Penitencieria. Allá se carecia de todo, de un cigarrillo y de un pan, pero una razón lo explicaba: se estaba preso; aqui, se carece tambien de un cigarrillo y un pan, pero no se encuentra razón que lo explique: se está libre. La falta de estas dos cosas que señalo, es identica en el fondo, pero distinta en sus contornos. El hombre –animal mimetico, como ya dije- facilmente se adapta alas peores estrecheces y las comprende. Así se expplican las estrecheces de la prisión; pero, una vez libre, seguir sometido a las mismas estrecheces por las razones apuntadas y por otras muchas que en el tintero se quedan, es cosa no facil de comprender; de donde resulta que la libertad -¡quien lo creyera!- viene a ser una circunstancia agravante en ciertos aspectos de la vida del hombre libre. Decir que la libertad es fatal para el hombre, parece una monstruosidad, una herejia, un disparate; sin embargo, lector, algo quizá alcances a comprender de lo mucho que te pretendo explicar. Las mismas cosas son buenas o malas, según el tiempo, el modo y el lugar en que se encuentren. El hombre –dice Montaigne- es una cosa vana, ondeante, frágil y variable. El hombre –digo yo-, es un bipedo inconforme, de apariencia y condición multiples y diversas, a pesar de su vibracionismo sentimental y de sus circunvoluciones cerebrales; y su aspecto general cobra diferentes matices según el plano desde el que se juzgue y analice. He pretendido, lector, inmiscuirme en especulaciones que están fuera de la indole de este libro. Otra ocasión vendrá en que me ocupe del asunto con más atención. Hoy solo he querido contarte –como ya dije en el prologo- un aspecto de la vida de los prisioneros politicos en tiempos no muy lejanos. Yo fui uno de ellos –quizá el guatemalteco más rudamente castigado por el despotismo, lo digo sin la menor jactancia 24-, y al relatarte un 24  Si

lo es, Jactancia… pero es su libro.

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episodio de mi vida, no es con el propósito que me compadezcas ni de que tomes el relato como una historia personal, como una trágica autobiografia, sino porque, como mi caso, fue el de muchos guatemaltecos que pagaron con ssu vida, con la cárcel, o con el destierro, sus ancias de libertad. El pueblo de Guatemala debe conocer estos episodios; forzoso es que no los ignore, porque, conociendolos, es posible que sus afanes tiendan a no permitir que en el futuro se repitan semejantes atropellos y se cometan arbitrariedades tales, que retrotraigan a los pueblos a la época cavernaria. Yo cumplo con un deber; callar seria sinonimo de complicidad. Y yo espero que mi grito no se pierda en el silencio y en la indiferencia de los hombres. Mi grito, estoy seguro, encontrará su eco en la posteridad. Porque son las generaciones que nos sucederan las que efectivamente laboren con ahinco por el engrandecimiento de la patria. “Vox enim ad libertarem vocatis est”. Jovenes, vosotros sois los llamados a conquistar la libertad.

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TERCERA PARTE

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CAPITULO I HERIDA SOBRE HERIDA Veintiséis meses de una libertad relativa, no habían logrado disipar mis sufrimientos y ahuyentar mis dolores. Aun me encontraba bajo el influjo nefasto de la recién pasada prisión. Andar por las calles de una ciudad, entre la indiferencia callejera y el ojo avizor del vigilante siguiendo nuestros pasos, no es una forma de estar libre. A cualquier parte que se vaya, el ruido de la motocicleta perseguidora, señala la proximidad del policía que sigue estrechamente los pasos del vigilado. Anota las partes a donde entra y los nombres de las personas con quienes se comunica. Si toma un taxi y el policía no puede seguirle, por estar a pie, le amonesta a que ese medio de locomoción es prohibido o se introduce con él al vehículo; pero lo más frecuente es que el policía persecutor se eche a correr en su motocicleta tras el carro que conduce al vigilado. Este estado de perpetua persecución y vigilancia, de noche y de día, hace desesperante la vida de los ciudadanos y concluye por recluirlos en su propia casa. Sabe el vigilado que de todos sus movimientos y relaciones durante el día, se entera inmediatamente el “señor presidente”, en el informe nocturno que el director de policía rinde diariamente al “señor 25”. Si por desgracia el perseguido en sus constantes actividades en busca de la vida, tropieza o forzosamente se ve obligado a relacionarse con alguna persona de la antipatía del “señor presidente”, ya hubo un motivo suficiente para estrechar aún más su vigilancia y para que el ojo y el oído del persecutor se apliquen con mayor eficacia sobre el vigilado. Si por alguna fatalidad el policía se equivoca en su informe o deliberadamente dice lo que no es realmente cierto, se estira lo informado y se trata de buscarle sofisticadamente la forma en que pueda perjudicar, con el propósito de volver a encarcelar al perseguido. El policía tiene una extraña mentalidad para interpretar ciertas frases en sentido inverso del que realmente tienen. Gusta de adulterar los términos, de falsear los conceptos y de hiperbolizarlo todo, maligna y criminalmente. Se piensa sin querer, en los inquisidores de la Edad Media. Si alguien iba andrajosamente vestido, era un anarquista o enemigo del orden; si se trajeaba bien, entonces estaba robando; si sonreía, era por burla; si lloraba, era por decepción de no poder derrocar al gobierno; sino encontraba trabajo y, desesperado buscaba los bancos de un parque para descansar, era un vago; si caminaba a prisa, iba huyendo; si lentamente, estaba preparando algún atraco. De todas maneras, el diabolismo cerebral de los mandarines veía enemigos por todas partes. Si en la Edad Media hubo herejes, brujos y hechiceros, en la Edad Moderna de Guatemala, según la mentalidad oficial, siempre hubo cachos, comunistas y ladrones. Y con el objeto de “mantener el orden”, se oprimió al pueblo hasta donde se pudo; y los hombres bajo el imperio del terror impuesto por otros hombres, conservaron el silencio y la inmovilidad de las piedras alineadas en la muralla. Prohibido hablar, prohibido pensar; hasta el derecho de locomoción fue restringido; escribir; derecho del hombre, igual que el de comer o respirar, era un crimen; si alguien proyectaba cualquier publicación, estaba obligado a llevar previamente los originales a la Dirección de Policía, en donde eran censurados por el

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coronel Fernando Gómez Ayau, tercer jefe de la institución, y si este no ponía el pase, o sea el “O.K”, como se dice en términos agringados, el propietario del taller tipográfico se negaba la publicación. El intelectual bloqueado por todas partes, concluía por fosilizarse. Publicación que no llevase varias páginas adulatorias al gobierno, era calificada como enemiga de él y ordenada su clausura. Yo mismo, cuando en las postrimerías de 1934 y principios de 1935, dirigía la revista “azulindia”, consagrada exclusivamente a la ciencia, al arte y a la literatura, recibí una fuerte reprimenda de parte de la policía por haber publicado en las primeras páginas el fotograbado del general Lázaro Cárdenas, el día que tomó posesión de la presidencia de México. Hubo enojo oficial por haber felicitado a un funcionario extranjero y no haber adulado a ninguno propio. Desde entonces, mi actitud en el periodismo nacional, fue calificada de sospechosa y mis escritos sometidos a la más rígida de las censuras. Cuando los Estados Unidos entraron a participar en la guerra después del inesperado ataque japonés a Pearl Harbor, comprendí la necesidad de que los Estados Unidos poseyesen en Guatemala un órgano de publicidad, que no solo informase de sus actividades defensivas en el conflicto, sino que llevase a la conciencia de las gentes, la razón que existía25  a aquel gran país para erigirse en campeón de la Democracia y constituirse en defensor de los intereses de toda América. Así lo hice ver al Ministro de aquella nación amiga y a su Secretario, señores Fay Allen Desportes y Phillip Rains, ambos de grata recordación para mí, conocedores de mi dolorosa vida, de mi posición política y del cauce por donde pretendía dirigir mis actividades. Un amigo me arrendaba un taller de imprenta completo, suficiente para la publicación de un diario. Así lo hice ver al Ministro a quien presenté mis proyectos. Halagóle mi oferta y la aceptó entusiasmado, indicándome que inmediatamente pediría autorización a Washington para los gastos respetivos, asegurándome que sobre otras ofertas similares que ya le habían hecho otros periodistas, a mi me daría la preferencia, por muchas razones. Indicóme, además, aquel culto diplomático, que procurase mantener una constante comunicación con la Legación, mientras llegaba la respuesta de la autorización pedida. Así lo hice, y dos o tres veces por semana visitaba la Legación, departiendo francamente con los representantes norteamericanos. Yo había visto ya la posibilidad de adquirir un trabajo remunerado que me permitiera los medios de decorosa subsistencia; iba tras un propósito leal y sincero, toda vez que la índole del diario proyectado, sería la de informar de los sucesos mundiales, defender los intereses norteamericanos y hacer una campaña entusiasta y decidida a favor de la Democracia. Más en mis arrebatos juveniles y mis alegrías tontas, olvidé un detalle de capital importancia: que el general Ubico, gobernante de Guatemala, y una gran mayoría de sus colaboradores eran enemigos de la Democracia.

25  Se

respeta la ortografía original del texto. No obstante debe decir la razón que asistía. (N del C)

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CAPITULO II EL SECUESTRO Las mañanas de los días próximos a la estación primaveral son excesivamente poéticas y luminosas. La luz del astro rey, al tocar sobre todas las cosas, pone en ellas un sello oropelesco que funde las tristezas y provoca las ansias de vivir. Una de esas mañanas inolvidables, era la del 6 de marzo de 1942. A las ocho, cuando me disponía a tomar mi acostumbrado baño matinal y todavía en el lecho, asomó por la entreabierta puerta de mi habitación, la repugnante figura de un policía de investigación: Francisco Gálvez Ojeda. De cuerpo endeble y estatura regular, de rostro prematuramente arrugado y repulsivo, de sonrisa ambigua y mirada inquisidora, hablóme en estos términos: -Dice el señor director que si le hace favor de pasar a su despacho ahora mismo. Contestéle que más tarde acudiría al llamado y que así respondiese a quien lo enviaba. Se quedó vacilando y con voz trémula, que delataba la forma poco correcta en que procedía, me indicó que tenía instrucciones de que de una vez le acompañara y que, mientras me alistaba, que me esperaba en la calle. Experimenté una molesta sensación y la impresión de que algo grave podía sucederme. Como ya conocía las tretas de que los policías se valen para cumplir sus “comisiones”, pensé inmediatamente que se trataba de una captura solapada. Los avisos del subconsciente han sido siempre infalibles. A las cinco de la mañana del día anterior, yo había soñado que en un campo llano, un salvaje armado de una flecha, cazaba hombres. Mi matar a varios y en cuenta a un íntimo amigo mio que al recibir el flechazo se abrazó a un árbol de suquinay; el salvaje enderezó la flecha contra mí, el único sobreviviente de aquel campo arrasado, y descargó el golpe. Desperté sobresaltado. Solo con el tiempo pude reconocer la importancia de aquel aviso transmitido en sueños. Yo no sé, pero los sueños no son solo sueños, como dice Calderón 26. Hay algo más en ellos que no alcanzamos a comprender los seres poco evolucionados; sobre tan complejo como sutil e importante problema, ya han hecho profundas especulaciones psicólogos, psiquiatras, espiritistas y toda clase de sabios, sin que, hasta la fecha, nos hayan aportado una verdad ni una luz persuasivas. Vestíme apresuradamente, suprimiendo la mayor parte de mis atenciones habituales y me preparé para salir a la calle, en donde sabia que el policía estaba esperándome. Yo, en si, nada podía temer, puesto que mi conciencia estaba tranquila y no me reprochaba haber cometido ningún acto fuera de la ley o de la moral; mas como conocía los procedimientos arbitrarios en vigor, la subconsciencia algo me avisaba. Sin embargo, fiado en la limpidez 26

Se refiere a Don Pedro calderón de La Barca. (1600-1681), dramaturgo y poeta español, es la última figura importante del siglo de Oro de la literatura española. El más conocido de los dramas filosóficos de Calderón es La vida es sueño (1636). Su complejidad, como ocurre con tantas obras maestras, ha dado lugar a infinidad de interpretaciones.

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de mi conducta y en la rectitud de todos mis actos hasta ese momento, serenamente y acompañado del policía, me dirigí al edificio de la Dirección, situado en la 8ª avenida sur y 11calle, hoy facultad de ingeniería. Inmediatamente se me introdujo a presencia del director de aquella institución, general David H. Ordoñez, quien adoptando el tono y la actitud de un funcionario nazi de segundo orden, me lanzó la siguiente pregunta: -¿Qué esta usted yendo a hacer a la Legación Norteamericana? Iba a contestarle, pero no me dio tiempo. Inmediatamente volvió a tomar la palabra en todo airado y me replicó: -Ya dos veces va usted a la Legación –hizo la señal con la mano. -No señor –alcancé a replicarle-, once veces he ido por diversas causas. Su cólera subió de punto al oír mi respuesta. Encendido de coraje me dijo: -Yo sé positivamente que usted está yendo a la Legación Norteamericana a pedirle su apoyo al Ministro para organizar un partido político para luchar contra el Eje; pero yo se que no es para luchar contra el eje, sino para derrocar al general Ubico. Asombrado por semejante acusación, peligrosísima en aquellos tiempos, quise explicarle, pero no me dio tiempo. Súbitamente oprimió varios botones del tablero de timbres que había sobre su escritorio y aparecieron tres de sus servidores más adictos: el secretario de la Dirección, Ezequiel Sarmiento Lemus; el jefe de la Policía de Seguridad, José Bernabé Linares y el juez de Instrucción, Humberto Solís Gallardo. Como dirigiéndose a ellos, el director de Policía, adoptando una pose y gesto teatrales, volvió a decir: -Figúrense que el señor –señalándome- estaba en negociaciones con el Ministro de los Estados Unidos pidiéndole apoyo para organizar impunemente un partido político –como en tiempos de los unionistas-, pretextando que era para luchar contra Alemania; pero no era para eso, sino para derrocar al general Ubico. -¡¡¡Ihiiiii!!! –fue la exclamación de asombro que al unísono, lanzaron los tres empleados, al escuchar la ya estudiada declaración de Ordoñez. Entonces yo, comprendiendo la gravedad de las cosas y la infamia que conmigo se quería cometer, quise explicarme. Fue inútil; aquel funcionario, súbitamente transformado en un energúmeno, me mandó callar de un grito y me dijo: -Usted se calla, cualquier defensa que quiera hacer, es un embuste; aquí tengo las pruebas que lo hunden: el propio Ministro, gran amigo de Guatemala y de su gobierno – esto usted no lo ignora-, me ha traído toda la documentación. Y golpeaba con aire de triunfo un fajo de papeles de diversos tamaños que tenía en la mano. Agitaba el legajo, como una bandera conquistada. Continuo: -Ahora usted se va a la Penitenciaria, para toda su vida; o, por lo menos, hasta que el general Ubico salga del poder. ¡Llévenselo! –ordenó a sus servidores-; y usted – dirigiéndose a su secretario-, haga el oficio poniéndolo a disposición de la Auditoria de Guerra por disociador. En un momento había sido juzgado y sentenciado por este dictador.

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Introdújoseme de un empellón a un carro de alquiler y en medio de Linares y Solís, llevóseme a la casa en que residía, con el fin de catear mi habitación. No encontraron en ella nada comprometedor. Únicamente, en una de las gavetas de mi tocador, una nota escrita en inglés que Mr. Desportes me invitaba para pasar a su despacho un día cualquiera a determinada hora. Esa carta fue arrebatada, con avidez indescriptible, por José B. Linares, quien la introdujo en sus bolsillos, con el mismo gesto con que un explorador escondiese un tesoro que ha buscado por muchos años. Asistieron al cateo, Linares, Solís y como cinco agentes de investigación que, pistola en mano, se distribuyeron por toda la casa: en la puerta de la calle, en la de mi cuarto, en los pasillos y en la escalera que conducía a la terraza, con el objeto, según entendí, de impedir que me fugara. La única sirvienta de la casa y una hijita suya, miraban la escena con ojos asombrados. Gilberto, una especie de “valet de chambre” que componía cuartos y servía la mesa, vino a ayudarme en mis preparativos para el “viaje” A penas se me permitió recoger una frazada, una almohada y una toalla. Todo ello, envuelto en una colchoneta y asegurado con un trozo de alambre, fue introducido en la parte trasera del automóvil y, así como aquel que va de temporada a la finca de sus amigos, se me invitó a entrar al coche y partimos. Abracé con tristeza a la servidumbre. Al despedirme del valet, le rogué avisar de mi prisión a tres amigos, entregándole un papelito en que estaban los nombres y la dirección. Fue groseramente arrebatado de manos del sirviente por uno de los esbirros. Se trataba de evitar, a toda costa, que nadie se enterara de mi secuestro. Fui llevado a las oficinas de la Policía de Seguridad y allí se me hizo esperar la nota de remisión. Por una ventana, vi pasar a Elisa Amézquita, fina y cariñosa amiga a quien grité lo que me pasaba. Saltó uno de los esbirros y me arrastró lejos del visible lugar en que me encontraba. Hizo el ademán de querer taparme la boca; pero ya era tarde: Elisa me había visto y, y sobre todo me había oído. No hacia falta más. Enfurecieronse los esbirros y más pronto fui llevado al carro que me conduciría a la Penitenciaria. Alfredo Bolaños Rosemberg, inspector, y Francisco Gálvez Ojeda, simple agente, fueron los designados para acompañarme, mejor dicho, para conducirme a la Penitenciaría Central, en donde fui recibido por el alcaide Clodomiro Santiago Quintana y llevado al primer callejón por el inspector Teófilo Castellanos. Al pasar frente al almacén de ropa, en el trayecto para el departamento celular, me hizo encuentro el licenciado Julio E. López. –“mis sentimientos” –alcanzó a decirme. Era la hora del almuerzo; estaban tocando “rancho” los cornetas y el presidio todo estaba formado. Muchas caras se volvieron para ver al “nuevo”. Minutos después estaba hundido entre las sombras de la bartolina número 23.volvía al mismo infierno que había abandonado meses atrás; al mismo sitio en donde había cobrado las experiencias más amargas de mi vida; en donde había vivido los instantes más dolorosos de mi existencia. Empezaba la segunda parte de mi calvario. ………………………………………………………………………………………………

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CAPITULO III LA TRANSFORMACIÓN En las pequeñas sociedades y en las grandes, en los grupos gregarios y en los pueblos, se operan diariamente fenómenos de transformación que obedecen a la eterna ley evolutiva de los seres y de las cosas. Crece el guijarro y se transforma, la yerba crece y se desarrolla, el arbusto, el árbol, el animal, evolucionan. Todo cambia constantemente, como afirma el Eclesiastés; y en la constante transformación de todas las cosas, el hombre también sufre los efectos de esta ley ineludible. Nuevamente se me arrancaba del mundo y volvía a hundírseme en el fondo de la barbarie penitenciaria. Había sido totalmente despojado de todos los objetos que poseía entre mis bolsillos. Hasta el pañuelo se me quito. Únicamente me dejaron unos cuantos centavos que me acompañaban. Con ellos y tras reiteradas suplicas, pude obtener cigarrillos, y fósforos para mitigar mi exaltación nerviosa. Como a las tres horas de estar encerrado, habituados ya mis ojos a la oscuridad y en un estado de laxitud provocado por la misma exaltación que mis nervios habían sufrido momentos antes, me tendí en el suelo sucio de aquella mazmorra, a dialogar con un pedazo de cielo, azul y lejano, que alcanzaba a ver a través de un alto ventanillo enrejado. Un raro dolor acosaba todo mi cuerpo: el estomago se me revolvía, la cabeza me dolía intensamente y la duda y el temor, producidos por aquel encarcelamiento inesperado, destrozaban completamente mi alma, haciéndome perder el apoyo de cualquier fuerza moral con que pudiese contar. Poco después, el ruido de una llave que se introducía en la cerradura de la puerta de mi celda, me hizo volver a la realidad. Era el inspector que llegaba, trayéndome la ropa que había quedado en el “boquete” para su registro. Fue arrojada al centro de la bartolina y nuevamente cerrada la puerta. Volví a quedar solo con mis penas. A la hora del “rancho”, poco antes de las cuatro de la tarde, se me llevó un plato de caldo de frijoles, dos tortillas y un pocillo con café que se salía por un agujero. No quise probar aquellos alimentos. ¿Quién podría comerlos en aquellas circunstancias? Poco antes del encierro general, llegó el alcaide, acompañado del inspector y otros ayudantes, a practicar un minucioso registro en mi celda. Un lapicero que no me habían quitado en el primer registro, fue encontrado en uno de los bolsillos de mi saco y furiosamente incautado por el inspector, como si se hubiese tratado de un temible puñal arrebatado al asesino en el momento de cometer un crimen. Fuerónme quitados hasta los cigarrillos. Desenvolví la ropa que me habían llevado y retirando con una toalla el polvo del piso enladrillado, escogí a tientas el lugar más a propósito para pasar la noche. Me tendí en aquella especie de yacija y, solo con mi conciencia me puse a hilvanar conjeturas, haciendo deducciones acerca de las causas de mi prisión y de los resultados adonde me llevarían la primera noche fue de insomnio completo. Al día siguiente, muy de mañana, se me llevó el alimento conocido: dos panes duros, y amargos y un pocillo de café. Probé el último, porque tenía sed. Los demás alimentos no

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podía tomarlos por carecer de dentadura. Ya se puede imaginar mi sufrimiento. Estaban recluidos en el mismo departamento que yo, una pandilla de “gansters” en embrión, a quienes la policía había echado el guante hacía pocos días. Oí sus voces, sus cantos y sus silbidos, lo que venía a hacer más triste mi rigurosa incomunicación. Estos pequeños salteadores urbanos que ya habían cometido múltiples atracos a varias casas y establecimientos de la ciudad y hasta cometido su primer asesinato, eran tratados con las mayores consideraciones, proporcionándoseles alimentación especial y concediéndoles todo lo que solicitaban, no solo por ser hijos de familias conocidas, sino, seguramente, porque se había visto en ellos madera para ser en lo futuro, completos delincuentes, que es como ya dije- lo que otorga personalidad y concede preponderancia entre los reos de delitos comunes, con la tolerancia y el fomento de las autoridades penitenciarias. De los seis pequeños gansters cautivos, el mayor no había cumplido veinte años, y cinco de ellos fueron trasladados a otro departamento, habiendo permanecido en el mismo el que tenía mayor culpabilidad: Lionel Arís de Castilla 27 . Así tuve oportunidad de conocerlo, cuando se me permitió salir a tomar un rato de sol. El encargado del callejón, Flavio Batres Ruano, era un buen hombre. Su aspecto, a primera vista, infundía desconfianza. Era alto de cuerpo, de frente ancha, de color blanco y de mirada acerada y dura. Sin embargo, era de un corazón generoso. Parco en el hablar y constantemente ocupado en la fabricación de atarrayas y otros utensilios para pescar que hacia con rara habilidad, no tenía tiempo para hostilizar a los cautivos que esta vez eran muy pocos. Además, su carácter no se prestaba a estas maniobras y hubo vez que, cuando se le ordenó la comisión de una infamia, se rebeló contra su jefe y le pidió que le quitaran el cargo. Esta acción mereció nuestra simpatía.

27  Lionel

Arís de Castilla, era hijo de un militar de alto rango, emparentado con el general Ubico a través del bautismo. El inculpado del crimen al periodista Adolfo Huertas y de dirigir una banda gansteril era ahijado del Presidente.

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SIXTO DÍAZ LEÓN Coronel de infantería del Ejército nacional, tres veces prisionero durante el régimen de los catorce años y torturado bárbaramente en las tres ocasiones. A consecuencia de los sucesos sangrientos de 1934, fue hecho preso y absuelto poco tiempo después. Cuando el primer plebiscito de 1935, Díaz León se opuso abiertamente a él y se negó a firmar el libro de adhesiones Eso le valió ser perseguido y encarcelado, habiendo vivido una vida que se podría calificar como “odisea carcelaria”. Recluido durante diez meses en los callejones de la Penitenciaría Central, pasó a la Comandancia de Armas, donde permaneció tres meses, y luego al Fuerte de San José, durante veinte meses más. Su alimentación consistía en el conocido procedimiento de “pan y agua” y fue sometido a los más crudos castigos. Cuando el licenciado César Izaguirre intervino a favor de Díaz León ante el director de Policía, Anzueto le respondió: que dejara de meterse a favor de ese coronel, porque “era enemigo calificado del gobierno”. El 1° de enero de 1939 lo trajeron nuevamente preso de su finca “San Francisco Moká”, del municipio de Chicacao, en el departamento de Suchitepéquez; fue torturado en el primer Cuartel de Policía, donde permaneció totalmente incomunicado durante catorce meses. Trasladado después a los fatídicos callejones de la Penitenciaría y llevado diariamente a trabajos forzados a la ladrillera de La Palma y a La Pedrera, al sur del extinto castillo de San José. Como la saña ubiquista perseguía a los hijos, el menor Hermann Francisco Díaz, estudiante de agricultura en Chimaltenango, de donde era jefe político el ex general Nicolás de León, dispuso gestionar la libertad de su padre y en respuesta se le mando aplicar la Ley Fuga, cerca del aeropuerto “La Aurora”. El sufrimiento del padre es fácilmente comprensible.

ERAÍN DE LOS RIOS 143 Ombres contra Hombres Los largos años de prisión trajeron por consecuencia el total abandono de la finca “San Francisco Moká”; destruyóse completamente y concluyeron rematándola para hacerse pago de impuestos retrasados. De tal manera que, cuando Díaz León recuperó su libertad, a la caída del tirano, se encontró completamente en la calle. El autor fue testigo presencial de los suplicios a los que fue sometido Díaz León en el cautiverio. Convivieron en el recinto penitenciario y cuando el autor fue libertado, creyó sinceramente que ya no volvería a ver a Díaz León. Sin embargo, la Providencia les concedió juntarse en la libertad.

Compañeros míos esta vez fueron el licenciado Domingo de León, preso desde hacia cinco años por un capricho del dictador; el coronel Sixto Díaz León, preso cuatro años atrás y traído de su finca en la zona costera y sometido a la peor de las vejaciones, por un prurito de malquerencia del amo; José Luis Sánchez Batten –que en este relato merece capítulo especial-, secuestrado desde la ciudad de México, con dos años ya cumplidos de encierro y enviado a trabajos forzados en el lugar denominado “La Pedrera” al sur del castillo de San José. Los otros compañeros eran reos de delitos comunes condenados a la pena de muerte: Lionel Arís de Castilla y Anastasio Linares. El primero por ser capitán de la cuadrilla de pequeños gansters y haber dado muerte, en su propia casa, a un pacifico ciudadano; el segundo, por haber estrangulado con un pañuelo y degollado con una navaja a una infeliz mujer –por inducción de la madre, según decía-, en los barrancos del Hipódromo del Norte. Pronto llegó otro condenado: Ernesto Reyes Popol, por haber violado y estrangulado a una niña no mayor de cuatro años. Estos eran mis compañeros de prisión; lo fueron durante cerca de siete meses, hasta que nuevos cautivos vinieron a transformar el medio a que, como es natural, estábamos ya habituados.

CAPITULO IV CRUELDAD SUPERADA Esta vez tenía siquiera que agradecer que no se me hubiese llevado a torturar para delatar a mis “cómplices”. Cabe señalar la singular ocurrencia de que las veces que el despotismo me encarceló, fue solamente a mí, sin recurrir a hostilizar a mis parientes y amigos, cosa que bien podían haber hecho, aprovechándose de mi circunstancia para involucrar en la misma culpabilidad a todas aquellas personas que calificaban de “non gratas”. Así es que a mí solo me persiguió, a mi solo se me encarceló; en mi solo se creyó ver al más temible enemigo del general ubico, al hombre capaz por sí solo de levantar una revolución 28 y derrocar un gobierno sólidamente respaldado por la opinión de los serviles y la punta de las bayonetas. 28   Personalmente

creo que como de los Ríos, hubieron muchos “enemigos del señor presidente” que eran víctimas de enemigos gratis que tenían entre funcionarios del cuerpo policial. No era una mera enemistad

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Permanecí quince días sin ver el sol y sin respirar aíre sin polvo. Una terrible neuritis que padecía –y que aún hoy, que han transcurrido varios años, me hace sufrir horriblemente-, hacia mi cautiverio más doloroso. A consecuencia del encierro y de hallarme privado aún de lo más elemental para aliviar mis dolores, éstos se recrudecieron, llegando el dolor hasta atacarme seriamente en los órganos genitales. Un dolor, cualquiera que sea, en esa parte, la más sensible y delicada del cuerpo del hombre, proporciona un sufrimiento inenarrable que ya comprenderán aquellos que hayan experimentado un dolor allí. Yo sentía cerrárseme la garganta, zumbarme los oídos, nublárseme la vista y correr un sudor frio por todo el cuerpo. Grité, supliqué, imploré que se me llevase al botiquín. Nadie acudía a mis lamentos. Batres Ruano había dejado su puesto al encargado del segundo callejón, por estar fabricando una atarraya especial para “el señor presidente”. Cuando mis lamentos, sin duda, movieron la compasión de este nuevo encargado, fue a dar parte y por toda respuesta, vino a cerrarme la puerta para que el aire me faltase. Digo cerró la puerta, porque se me había permitido mantenerla entreabierta durante las horas de la mañana. Así, pues, juzgado, a la distancia del tiempo y el espacio, libre ya de temores, que en la Penitenciaría de Guatemala se negaba hasta el aire a los prisioneros políticos, durante la magnánima administración del general Ubico. Cuatro días, durante el año 1942 me acometieron aquellos dolores indescriptibles, hasta el grado que mi memoria no los ha olvidado, porque parece que fueron grabados con fuego: 14 de abril, 21 de mayo, 2 de junio y 19 de agosto; este último, aniversario del fallecimiento de mi madre. Yo pedía un cirujano que me hiciese una operación de vasectomía. Prefería quedar mutilado e impotente, a seguir soportando aquellos dolores. Al fin vino un cirujano de la calle, el doctor Luis Gálvez Molina, quien en unión del médico oficial del Centro, me examinó y ordenó se me suministrasen unas cápsulas, cuya composición yo desconocía, y que se me untase la parte dolorida con un medicamento a base de cocaína. Cuando estas medicinas vinieron del Hospital Militar y me fueron aplicadas, no experimenté ningún alivio. Como volviera a quejarme, como cualquiera otro lo hubiese hecho, el médico del Centro, o por maldad ingénita o en obediencia a instrucciones especiales, informó a la Dirección que yo no padecía ninguna enfermedad y que mis quejas obedecían al propósito de inspirar compasión, para ver si así se me daba la libertad. Este médico, deshonra de todos los médicos conocidos, transgresor de los más elementales principios de caridad y benevolencia, enemigo del hombre y poseedor de un sadismo inconcebible en su aspecto bonachón, sonriente y amable, se llama Ángel María Iturbide. Lo cito como un modelo de los médicos penitenciarios. Cierta vez yo le llamé suprema autoridad médica del presidio , figurada directamente por Ubico. Era fácil en aquel régimen que funcionarios principalmente entre los cuerpos policiales (Roderico Anzueto Vielman, Herlíndo Solórzano, Héctor Ortiz Martínez, José Bernabé Linares, David H. Ordoñez y otros) se arrogaran la facultad de encarcelar a quien les viniera en gana por prurito personal o crasa arbitrariedad que derivaba de una sistematica red de informantes (“orejas”). Esta práctica ha prevalecido hasta nuestros días, se exacerbó durante el gobierno del general Fernando Lucas García (1978-1980) época más cruda del conflicto armado interno en el cual muchas personas eran denunciadas como enemigos del gobierno. Bastaba un “lenguazo” o “ir a ponerle el dedo” a quien se deseaba hacer daño y de esta manera existieron muchos muertos y desaparecidos.

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porque en realidad así lo era; pero después me convencí de que su prestancia y su titulo, quedaban muy por abajo del mando imperativo de un soldado recluta, con caites y armado de fusil. Los mismos presos con mando dentro del penal, eran obedecidos y acatados con mayor respeto que el médico oficial. A consecuencia del informe rendido por el médico de marras, se me negó en lo sucesivo, en el botiquín del Centro, hasta una pequeña dosis de bicarbonato. El director había dado orden de que no se me diese nada, porque mis quejas y mi enfermedad eran puras mañas  –sic-. En el presidio únicamente se reputan enfermos aquellos desgraciados que muestran materialmente sus heridas o que ya están agonizando. El dolor interno, si no causa ninguna señal exterior, se conceptúa dudoso y ya puede el desgraciado retorcerse de sufrimiento que ninguno le compadecerá el famoso botiquín de la Penitenciaría, fue la farsa más grande que pude conocer. Jamás hay ni las más sencillas medicinas: alcohol, algodón, yodo, bicarbonato, aspirinas. Nada existe cuando de ello se necesita y muchas veces no es carencia absoluta de medicamentos lo que hace que el enfermo muera, sino deliberado propósito de negarle todo medio de alivio, con el fin de que fallezca, sin duda obedeciendo recomendaciones  de orden superior. El domingo por la tarde, sale una caja blanca, con una cruz roja al centro, diz que para atender a los golpeados que sufran algún accidente en el Estadio Escolar; cuyo bullicio y gritos entusiastas, oímos nosotros nostálgicamente en la soledad de nuestro encierro. Sobre una d las tapas de la caja en referencia se lee con grandes letras:  Botiquín de la Penitenciaría Central . Ostentación, farsa, exhibicionismo, como todo lo del régimen ubiquista. Quien hubiese visto el botiquín y la solicitud con que era atendido cualquiera que sufriese un accidente en terrenos del Estadio, por los mismos presos encargados de su manejo, hubiese creído que en igual forma eran tratados los reclusos en el interior del Centro y que aquello era como una universidad, según dijo hipócrita y jactanciosamente un ministro guatemalteco en la capital de Honduras.pro se olvidó de indicar qué clase de universidad era aquella. Debió haber agregado: en esa universidad se premia el crimen, se fomenta el robo, se estimula la crueldad del hombre para con el hombre, se hace ostentación de lo inexistente, se aparenta ser santo mientras que en el fondo se es un criminal y mientras más pícaro y canalla es el recluso, mientras más podrida tiene el alma, mayores consideraciones y estímulos se le dispensarán. Tendrá un puesto preponderante y se le designará para dar clases de moral y lecciones de civismo a sus compañeros. Podría, también, haber agregado: esa universidad está situada en un país que, la égida de nuestro general, ha sufrido en poco tiempo apreciables transformaciones: la Ambición se convirtió en Egoísmo; el Orgullo, en Vanidad; el Valor, en Altanería; la Grandeza, en Insolencia; la Elegancia, en Ostentación; el Carácter, en Terquedad; la disciplina, en Servilismo; la Fe, en Superstición; y sobre todas estas ruinas, sobre todas estas transformaciones, se alza triste e impotente, la más triste de todas las ruinas: la ruina del carácter nacional. Así hubiese dicho una gran verdad aquel diplomático del país de la Farsa y de la Fuerza.

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Los días pasaban para mí en una angustia desesperante. Cierto día, a la hora en que tomaba mis alimentos tendido boca abajo y no podía materialmente con los dedos llevar a mi boca la tortilla remojada entre el caldo de frijol, acertó a pasar el Mayor del Centro y segundo jefe, coronel José María de León, quien al verme tuvo un gesto de conmiseración conmigo y me prometió enviarme una cuchara para servirme de ella. Cumplió su oferta y aquella cuchara estuvo a punto de envenenarme: despedía cardenillo en abundancia y me vi obligado a prescindir de ella, a pesar de la falta que me hacía. De todo carecía; no podía escribir ni menos recibir visitas. Cuando un día hice ver mi situación al director, que casualmente acertó a pasar por aquel lugar, me indicó que consultaría   si era posible concederme lo que solicitaba. Al cabo de tres meses de la más rígida y estrecha incomunicación, aún entre los mismos compañeros de cautiverio, fui llamado a la primera visita y a aquella santa mujer que hizo para mí las veces de una madre y que no olvidaré mientras viva, pedí lo que me hacía falta. En el curso de la semana tuve un plato, una cuchara, y un pan confeccionado por ella, que me supo a gloria y que me trajo un mensaje de afuera, emotivo y sentimental, porque había sido amasado por manos cariñosas en un ambiente de libertad. Y recordé el horno, la mesa, el local y aun la canasta que había guardado aquel pan, trastos íntimos y sencillos, que fueron para mí, en aquella ocasión, como un poema saturado de amor, y de ternura.  María Vicenta Alvarado v. de Carredano, que fuiste para mí como un bálsamo para mi dolor, como un positivo consuelo en mi desgracia, para ti es este recuerdo pálido, cubierto de ceniza, triste, gris, como mi propia vida…

CAPITULO V LOS COMPAÑEROS Ya dije anteriormente el nombre de mis compañeros de cautiverio. En esta ocasión, y como ya tenía experiencia adquirida durante mi prisión anterior, traté de organizar mi vida en cierta forma para evitar la repetición de males conocidos. En los momentos en que la vigilancia no era muy estricta sobre nosotros, procuraba comunicarme con los demás compañeros. El abogado Domingo de León era mi vecino de bartolina y con él tuve la oportunidad de cruzar las primeras palabras. Un día invitóme a almorzar y, por gestiones suyas y suplica personal mía, el encargado me permitió pasar durante media hora a una mesa que había al fondo del callejón, especie de comedor próximo a la cocina. Cuando estábamos almorzando con Domingo de León, llegaba Lionel Arís y apoyándose sobre los caños que bordean la entrada de las bóvedas, nos deleitaba con el relato de sus aventuras personales, cuando capitaneaba la cuadrilla de pequeños gansters cimarrones que tan alborotada traía a la policía capitalina. El robo donde “Kosac”, el del almacén “García”, el del “Royal Home” y muchos otros, me fueron relatados minuciosamente por el infortunado Arís. Pero donde sus relatos cobraban mayor interés, era cuando contaba la forma en que dio muerte a Adolfo Huertas, en su casa de la 12 calle oriente, a las tres de la mañana.

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Empujado por una fuerza desconocida, que nunca pudo comprender, se introdujo al dormitorio de Huertas y al palpar el lecho notó la presencia de un hombre y una mujer. Esta, al sentirse tocada por un extraño, habló a su compañero para que despertara y echó mano a una caja de fósforos. Arís corrió a la puerta, pero no pudo abrirla inmediatamente. Huertas cayó sobre él y le agarró la garganta con ambas manos. Súbitamente recordó el revólver y extrayéndolo, amenazó con él a Huertas poniendo la boca del cañón en el abdomen de aquél. -¿Qué va a hacer esa matraca –decía Arís que dijo Huertas; y continuó apretando la garganta del sorprendido Arís que ya sentía asfixiarse. Entonces, no solo por persuadir a Huertas de que la matraca si hacía algo , sino por librarse de las manos que ya le estrangulaban, hizo dos disparos. Poco a poco, fue aflojando la presión de la garganta y Arís pudo huir. Al llegar al corredor, tropezó con unos muebles y cayó. En eso vio que Huertas venía hacia él y creyendo que le atacaría, hizo tres disparos más y, cuando le vio caer desplomado, huyó con dirección a la calle. Encontróse con un policía y temiendo que le detuviese, se acercó a la luz del foco eléctrico para ver la hora en su reloj y apresuró el paso, como aquel que teme llegar tarde al hogar donde le esperan. El crimen quedó oculto por algún tiempo y jamás hubiese sido descubierto, a no ser por una desgraciada casualidad. La policía había recogido los cascabillos de la pistola, los cuales tenían una particularidad: el punzón no golpeaba al centro, sino a la orilla del fulminante. Un día fue sorprendido Arís portando arma. Se le condujo a un cuartel y se cateó su cuarto. Allí se encontraron cascabillos idénticos a los recogidos en casa de Huertas y por ellos e fue llegando gradualmente al esclarecimiento del crimen. Ahora Arís había sido condenado a muerte y era mi compañero de infortunio. Tenía mucha gracia para contar sus aventuras. Su lenguaje era pulcro y sus descripciones perfectamente animadas. Juzgaba con ecuanimidad a sus compañeros y describía la participación que cada uno había tenido en sus punibles aventuras. A Mario Niket le atribuía valor y lealtad; a Iglesias, atrevimiento y habilidad para el timón. Su juventud me daba lástima. Pudo haber inclinado sus actividades por una senda más noble; pudo haber sido un buen elemento en la sociedad; tenía ingenio, penetración, vivacidad. Odiaba a la humanidad –decía- porque todos los hombres habían sido crueles con él; en los recodos de su niñez sinuosa, sin el apoyo de sus padres, muchas veces no tuvo un pan para comer ni un rincón donde dormir., mientras los otros gozaban del hartazgo y de la comodidad. Esa injusticia en la repartición de dones, hizo nacer en él, el sentimiento de la misantropía y quería vengarse de los hombres causándoles cualquier mal. Esa fue la causa de su delincuencia prematura. Ahora se arrepentía de su pasado. En todo caso era un sujeto fácil de regeneración. su alma no estaba corrompida. Iba por una pendiente peligrosa, es verdad, pero de la que bien podía habérsele apartado con un poco de buena voluntad. Sin embargo, las autoridades encargadas de juzgarlo no pararon mientes en esta circunstancia y solo vieron la forma de aplicar el castigo, en ciega obediencia a la letra muerta de la ley, sin reparar, como es de lógica elemental, que una vida no se recupera y, en cambio, se pueden enmendar las faltas, corregir los yerros, dirigir las inclinaciones y

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transformar a los hombres, aplicando métodos educativos y haciendo sentir el peso de la personalidad de cada uno. Mas para ello, aún carecemos de profesores adecuados y preferimos matar a corregir. Quitamos lo que no podemos dar y no damos aquello que podemos. Mas estas cosas son del tiempo y no de los hombres. Una tarde, poco antes del encierro, llegó el alcaide y se llevó a Arís. A la mañana siguiente lo fusilaron. Era el miércoles 25 de marzo de 1942. Oímos la descarga que le quitó la vida. Y supimos que su valor, que no perdió ni en el último momento, le indujo a pedir el mando de la escolta ejecutora, cosa que no se le permitió. Mucho tiempo le recordamos con el licenciado De León. Siempre es triste saber que han ultimado a una persona conocida, máxime cuando se ha tratado con ella en circunstancias especiales, como en el caso del recordado Lionel Arís. ………………………………………………………………………………………………... Anastasio Linares era otro condenado a muerte, por el estrangulamiento y degollación de una mujer. La madre, recluida en la prisión para mujeres, también estaba bajo la misma pena. Linares era mestizo, bajo de cuerpo, de complexión maciza, analfabeto, de pocas palabras, de mirar sombrío y de una conciencia tan especial, que se le salía por los poros. Cierta vez, a la hora del almuerzo, yo no tenía sal para sazonar un pedazo de aguacate. A Linares le rebosaba el salero. Con la confianza natural en aquellos lugares, me decidí a solicitarle un poco y me respondió: -Si quiere sal, compre, chancle baboso. Yo no doy la mía porque me cuesta mi trabajo. Quedé sorprendido ante tamaña respuesta. Comí el aguacate sin sal, reprochándome interiormente haber molestado a sujeto semejante. Pero ello me dio la medida de aquel hombre. Sabía que quien niega la sal, el agua y el fuego, está conceptuado como enemigo de Dios y de los hombres, según el principio de muchas religiones. Y como linares me había negado la sal y también me había negado el agua y el fuego, deduje que este compañero de prisión poseía un alma negra, que era un renegado de la humanidad y que existían fundadas razones para creer en su innata criminalidad y en ser el legítimo autor del espantoso crimen que se le atribuía. Transcurrieron pocos meses y Linares mostraba una actitud de reserva y alejamiento que me permitió observarlo detenidamente. Era melancólico, actitud peculiar de los criminales furiosos. Un día le informaron que, en caso de ser fusilado, lo seria en unión de su madre, puesto que en sus declaraciones sostuvo que ella lo había inducido a la comisión del crimen. Esta noticia vino a aumentar su aislamiento y su melancolía. Una tarde, momentos antes del encierro, estando sentados cerca al portón, el encargado y los otros prisioneros, Linares mandó a comprar velas de sebo u puros, cosa que a todos nos pareció sin importancia. Cuando ya todos estábamos encerrados bajo llave, Linares vino a mi celda a pedirme una caja de fósforos vacía para encender los suyos. Se la di por un pequeño ventanillo y al manifestarle mi extrañeza por andar a esa hora en el callejón, me dijo que el encargado se había olvidado de echarle llave y que le buscaba para que lo hiciera. Así lo hizo y vino el encargado riendo por su olvido. Yo cumplía años al día siguiente. Con el licenciado De León habíamos proyectado un almuerzo extraordinario. Y en la tristeza de mi encierro, me fui durmiendo pensando en el

ERAÍN DE LOS RIOS 149 Ombres contra Hombres banquete   del

día siguiente. Amaneció el mejor de mis días –como dicen los cronistas sociales de periódicos- y siendo ya casi las siete y el encargado no abría las puertas de las celdas, como de costumbre, me subí con esfuerzos, apoyando un pie en una especie de hornacina que hay en las bartolinas del callejón y una mano en el borde de una puerta tapiada, para ver lo que estaba sucediendo del otro lado, pues ya hacía ratos que oía pasos precipitados, entradas y salidas de grupos y voces alteradas que daban órdenes que no alcanzaba a comprender. Cristóbal Padilla, un pasador amable que nos servía a todos diligentemente, estaba en la pared de enfrente, parado marcialmente y con el sombrero en la mano, lo que me hizo comprender que algunas autoridades estaban cerca. Efectivamente, y haciendo un esfuerzo por sostenerme más tiempo en aquella molesta posición, pude ver pasar al director de Policía, al jefe de Seguridad, director de la Penitenciaría, fotógrafos y otros más. Inmediatamente después, venían cuatro reclusos llevando un tosco féretro destapado. Dentro de la caja llevaban a Anastasio Linares que se había ahorcado la noche anterior. Había encebado bien un delgado lazo, adquirido con astucia, y afianzándolo en la hoja de una ventana bastante alta, tapiada por el lado de afuera, saltó hacia abajo, quedándose colgado. Los que lo vieron dicen que era más horrible que Judas. Tenía toda la lengua fuera, los ojos desorbitados, y el rostro amoratado, congestionado por la presión de la sangre. Había cubierto con una sabana la puerta de entrada y le había dado fuego al resto de la ropa, a un sombrero, un petate y una escoba de palma. Esto fue causa para que en lo sucesivo, no se nos permitiese tener una escoba, un petate ni nada que oliese a palma; menos aún cuerdas de ninguna naturaleza, ni siquiera un simple pedazo de hilo para coser un botón. Se verificó una requisa minuciosa, practicada por los peores criminales del patio. Recuerdo que yo poseía un canasto que me dejó como recuerdo Héctor Alfonso Leal, suspendido en alto por una pita para que no recibiera las suciedades del suelo. Cuando entraron los verdugos y lo vieron, lo arrancaron con furia y lo destrozaron para quitarle las pitas. Se llevaron la escoba que yo procuraba esconder para barrer mi celda y me quitaron las revistas que yo escondía bajo mi cama, para leer cundo ya estaba encerrado. Hubieran querido llevárselo todo; dejarnos completamente desnudos hubiera sido su mayor placer. Y como ese día y muchos otros se nos mantuvo totalmente encerrados, comiendo y haciendo nuestras naturales necesidades en el mismo local, empezábamos a corrompernos cuando al fin el alcaide dispuso que se nos entreabriera la puerta y que saliéramos a tomar el sol. Yo había cumplido un mes sin bañarme: el baño, necesidad ingente en el presidiario, era prohibido para nosotros. El primero de varios días de encierro, a causa del suicidio de Linares, había sido el de mi cumpleaños. Así lo celebré, de una manera rara y poco común. Quizá muy pocos hombres hayan tenido un cumpleaños, como yo en aquella ocasión inolvidable. El 24 de junio de 1942 fue fusilada la madre de Linares 29. Trajerónla de la prisión para mujeres, en donde había permanecido en capilla horas antes. Cuando llegó ya estaba formado el cuadro respectivo y presentes las autoridades. Leyóse la sentencia y, previa 29  Agustina

Linares Alvarado

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advertencia en voz alta de pagar con la vida la petición de gracia, hecha por el mayor de plaza, coronel Miguel Aguilar P., fue conducida al sitio para la ejecución. Era una anciana de sesenta años, vestía modesta pero pulcramente y cubría su cabeza con un pañuelo encarnado. Negóse a que se le vendaran los ojos y recibió la descarga fatídica con serenidad. Fue la segunda mujer fusilada. Mas antes de este hecho, en los precisos momentos en que un silencio enorme y pesado caía sobre los seres y las cosas, un presidiario por delito común, joven, bien plantado, se apartó de las filas y acercándose al centro del cuadro, gritó, más o menos, lo siguiente: -Señores: en nombre de la justicia y de la humanidad, protesto por esta infeliz mujer que van a asesinar. Es una cobardía matar mujeres; pido que en lugar de esta pobre anciana, se me fusile a mí, que estoy dispuesto a dar mi vida por la de ella. Matar mujeres, como

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Pedro García Gesenahüer y Mauricia Hernández Urbina, principales autores del crimen conocido con el nombre de “El Tecomate”, escuchan la lectura de su sentencia de muerte. La Hernández Urbina fue la primera mujer fusilada en Guatemala durante la administración del general Ubico.

se ha venido haciendo, es una deshonra para Guatemala: para eso hay hombres… Tómenme, aquí estoy yo, pero salven a esa pobre anciana. Gustosamente doy mi vida para su salvación… Tenía el aspecto del hombre desesperado y colérico, gesto de patriota exaltado o de loco sublime. Sus palabras fueron ahogadas por un grupo de esbirros que cayó sobre él y se lo llevaron arrastrado. yo vi cuando lo llevaban a empujones golpeándolo bárbaramente con vergas y a bofetones. Introdújosele a una celda pequeña y vino una escolta a custodiarle.

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Los autores del crimen de “El tecomate”, al pie del fatídico paredón, momentos antes de recibir la descarga que les cortó la existencia.

Momentos después fue sacado y obligado a escribir una carta a su única hermana residente en Quezaltenango, de donde era originario. Se llamaba Víctor Manuel Echeverría y le apodaban “Perica”. No habían transcurrido diez minutos de la muerte de la madre de Linares, cuando una nueva descarga segó la vida de Echeverría. Se decía entre los que presenciaron la trágica escena, que el director del presidio 30había querido salvar a Echeverría, afirmando que era loquito; pero la intervención del auditor de guerra destruyó aquellas intenciones. Comunicóse telefónicamente con el dictador, que a aquella hora aún reposaba en su lecho, informándole de lo sucedido y pidiéndole órdenes sobre el particular: -¿Y que esperan que no lo fusilan? –dicen que contestó el autócrata, quien no se tomó el cuidado de saber el nombre, la posición, la situación y demás particularidades del condenado. Procedióse como en tiempos de guerra: sumaria, arbitraria y precipitadamente, sin considerar que Echeverría no pidió gracia, sino protestó porque se mataba a una infeliz mujer. La orden había sido matar siega y despóticamente, haciendo a un lado toda consideración humana.

30  Coronel

1943

Manuel Maldonado Robles, Quien fue director desde inicios de 1936 hasta el 17 d e diciembre de

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Ese día, el de San Juan, fue de consternación general en el presidio. Los sucesos de la mañana no eran para menos. Un ambiente de tristeza lo envolvía todo. Casi nadie había visto morir fusilada a una mujer. Otros casos repetirianse y ello ponía un gesto de terror en los presidiarios.

CAPITULO VI EL COMPAÑERO SANCHEZ Todos los días, a la una de la tarde y por uno de los intersticios de la puerta de mi celda, veía pasar a una persona a quien conocía y no podía identificar a causa del uniforme y del sombrero estilo “tortuga” que visten los presidiarios que salen a trabajar forzados. Era el único de los reclusos de nuestro departamento que salía a trabajar. Discretamente averigüé su nombre y quedé asombrado. José Luis Sánchez Batten había sido amigo mio en la ciudad de Quezaltenango; años después nos encontramos en la ciudad de Guatemala. Hubo época en que ambos laborábamos en el periodismo y entonces tuve oportunidad de aquilatar sus capacidades. Había emigrado a México, en donde desempeñaba el cargo de asesor técnico de un sindicato perteneciente a la Confederación de Trabajadores Mexicanos. Denodado opositor al reeleccionismo ubiquista, había publicado un folleto titulado “Guatemala, un presidio con fronteras”, que despertó contra él el odio implacable de la dictadura. Un día, en una de las calles céntricas de la capital de México, fue secuestrado por un grupo de individuos desconocidos. No se le permitió ningún medio de comunicación, a pesar de haberles ofrecido fuerte suma de dinero. Estrechamente custodiado fue traído hasta el puerto de Suchiate en territorio mexicano y entregado a las autoridades guatemaltecas de Ayutla. Un carro de la Policía de Seguridad le condujo en siete horas hasta la Casa Presidencial, en donde el dictador especialmente le esperaba. Ese día, domingo, había suspendido su visita a sus fincas por esperar a Sánchez Batten. En el escritorio del gobernante estaba el folleto ya indicado y mostrándoselo al cautivo con furia le increpó su paternidad. Sánchez Batten no negó, ratificando ser el autor. Fue acusado de dedicarse a actividades comunistas en México y de haber pretendido incendiar el edificio de la Legación guatemalteca en aquel hermano país. Acerca de esta última acusación, Sánchez Batten tenía pruebas de su inocencia

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José Luis Sánchez Batten, quezalteco, periodista radicado en la ciudad de México y secuestrado por la policía ubiquista. Después de tres años de prisión, fue asesinado en el Campo de Marte, la mañana del 27 de septiembre de 1943.

y ya las había rendido ante el propio embajador, señor Manuel Echeverría y Vidaurre, quien en aquella ocasión –decía Sánchez Batten- se portó correcta y caballerosamente. El acusado, a la hora que se verificaron los sucesos, se encontraba en un mitin que se celebraba en la ciudad de Cuernavaca (México). Respecto a los otros motivos, siempre mantuvo su posición, afirmando ser el legítimo autor del folleto y pertenecer a uno de los sindicatos de la Confederación de Trabajadores Mexicanos, presidida por el licenciado Vicente Lombardo Toledano, amigo y protector de Sánchez Batten en el exilio. La actitud firme y resuelta de Sánchez y su oposición a la dictadura expresamente expuesta en su conducta y en sus escritos, ofendió terriblemente al tirano guatemalteco y envió a Sánchez a los trabajos forzados de la Penitenciaría. Allí lo encontré yo. Iba a cumplir veintidós meses de asistir consecutivamente a aquellas faenas agotadoras. Tenía las manos encalladas y el cuerpo todo tostado por el sol. Su situación era realmente miserable. Carecía de todo y se le mantenía en la más estrecha incomunicación. Como había sido sorprendido por los secuestradores en plena calle, tal y como estaba lo trajeron hasta aquí. Sus familiares de ésta y la esposa que había dejado en México, ignoraban su suerte. Se le daba por muerto. El

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caso de Sánchez Batten era sintomático para mí. Cuando me contó su historia, comprendí que el emigrado guatemalteco no estaba seguro en ninguna parte, a pesar del alarde que se hacía del derecho de asilo. La mano secuestradora de Ubico era bastante larga para coger a sus víctimas a más de mil millas de distancia. Yo traté íntimamente a Sánchez Batten. Tenía sus momentos de intransigencia y belicosidad; pero no era un hombre malo. Poseía un amplio sentido de la vida y en cuanto a la organización del mundo de la postguerra, tenía puntos de vista sagaces y luminosos. Sus charlas amenas, salpicadas de anécdotas y saturadas de principios de socialismo científico, me deleitaban durante el curso de varias horas. Era incansable en el hablar y cuando no iba al trabajo, se ocupaba en ejercicios físicos para conservar –decía- la rigidez muscular que le daba un aspecto de verdadero atleta. Su piel bronceada y su cuerpo esbelto, hacían pensar en la perfección de un dios indio; su cabellera rala y su mirada penetrante, demostraban la fuerza de sus circunvoluciones cerebrales: era un atleta y un pensador. A mediados de octubre de 1942, ingresaron como cautivos Alfredo Schlesinger, Julio Machado López y Luis Barrera Rodríguez. Fueron alojados en celdas separadas y se nos prohibió expresamente toda comunicación con ellos. A una distancia de tres metros sólo podíamos saludarnos con la mirada. Sin embargo, al menor descuido del celador, un cuatrero llamado Miguel Ángel Padilla, lográbamos dirigirnos algunas palabras. Algo sabíamos de las causas de la detención de cada uno: Schlesinger, por haber publicado un pequeño periódico de nombre simbólico “Verdad”; Machado –conocido ya por su actuación al frente de la policía de investigación- despertó desde un principio nuestra desconfianza y nos era repugnante su presencia; Barrera Rodríguez, porque había dicho que ya el estado de cosas del país iba a cambiar, y un enemigo gratuito –como hay tantos- se había aprovechado de esta declaración para ir a delatarle a la policía. Schlesinger fue libertado a los dos meses, sin duda porque se temió muriera en la cárcel a causa de una grave enfermedad que padecía; los otros se quedaron a hacernos compañía por tiempo indefinido. Así transcurrieron cerca de nueve meses, tiempo durante el cual se nos permitió comunicarnos y recibir nuestras visitas ordinarias el día domingo. Por razones de edad, de cultura y de una identificación sentimental, más o menos parecida, intimamos con Barrera Rodríguez y en nuestros ratos de nostalgia, evocamos las horas más felices de nuestra  juventud. Conocimos casi a las mismas personas y nuestras alegrías y nuestras penas, experimentadas en el mundo de los libres, tenían mucha semejanza. Por eso, en nuestra desgracia, nos consolábamos mutuamente y cuando el ánimo de uno desfallecía – circunstancia muy frecuente en el presidio-, acudía el otro a fortalecerlo como podía. Es un gran bien para el cautivo, encontrar en la cárcel quien lo comprenda. Se experimenta una inefable alegría. De ahí nacen muchos cariños indestructibles, muchas amistades imperecederas, muchos afectos imborrables. En la cárcel no existen prejuicios ni convencionalismos; la farsa de nuestra sociedad desaparece para dar paso a la franqueza y a la lealtad, estimuladas por la desgracia común; y cuando las mentes y las almas saben

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comprender, igualar, juzgar, interpretar y definir, se goza de un extraño bienestar. Son casos de excepción, pero existen, como ventanas por donde se cuela la dicha.

CAPITULO VII ¡¡PROCESADOS…!! Fuera de las constantes hostilidades a que éramos sometidos, por la ingénita maldad de los encargados del callejón que en nada se diferenciaban de los anteriores, nuestra vida discurría reposadamente, en una especie de nirvana. El único compañero refractario a la intimidad, era Julio Machado. Su aspecto despertaba nuestra desconfianza. Su pasado conocido y su conducta dentro del mismo recinto penitenciario, en donde presentaba síntomas de paranoia exaltada, nos hacían rehuir su compañía. Cuando nos reuníamos a conversar en grupo y él se acercaba, instintivamente cambiábamos de conversación. Presentíamos su maldad, no sé por qué, pero algo intimo nos avisaba de que aquel hombre, habituado al desempeño del asqueroso papel de policía, podía haber venido a desempeñar el mismo papel a aquel recinto, ya fuese por designación, o comisión especial, como él mismo dijese cierta vez, o espontáneamente, como sucede en la mayoría de los casos, en que la delación y el espionaje se transforman, en ciertos hombres, en una necesidad en una vocación o en una segunda naturaleza. Efectivamente –adelantándome a la coherencia que pretendo seguir en este relato-, diré que Julio Machado, andando los días, nos causó con sus gratuitas delaciones, más mal que los propios verdugos indicados y señalados para amargarnos la existencia. No entro de lleno a considerar la actuación de este miserable, que llenó con su ponzoña todo el espacio penitenciario. Sin embargo, necesito pintarlo como un modelo; porque así como Machado, hay muchos Machados en Guatemala que envenenan con su lengua el ancho espacio de toda una república. Por los documentos que iré insertando debidamente, el lector podrá formarse una idea de la forma, el tiempo y el modo como estos delatores gratuitos actúan y su intervención en la vida de los honrados ciudadanos, a quienes persiguen no solo en la libertad, sino en la cárcel, constituyéndose en enemigos jurados de la verdad, de la razón, de la justicia, de la libertad, de la moral y de la religión. La vida de estos monstruos debe tomarse como ejemplo, cuando llegue la hora de una efectiva campaña de depuración social. A todos se nos había motivado auto de prisión por el delito de atentar contra la seguridad de las instituciones sociales, largo tiempo después de haber sido presos. Yo pasaba de los quince meses, los otros compañeros ya habían cumplido ocho y algunos recién llegados tenían pocos meses. Una mañana llegó el inspector Teófilo Castellanos portando una lista y nos sorprendió con sus voces estentóreas. -A formar al centro del callejón y debidamente uniformados los que vaya llamando – dijo-, porque los necesitan en el Departamento Judicial. Ligerito, ligerito, porque no hay tiempo que perder.

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Y comenzó a llamar: -Efraín de los Ríos, Luis Barrera Rodríguez, Julio Machado López, Silverio Ortiz Rivas, Carlos Mirón Muñoz, Alberto Samayoa Sánchez… Los tres últimos pertenecían al segundo callejón y vinieron a formar con nosotros. -No se aflijan –dijo el inspector-, yo cero, porque así me lo dice mi conciencia, que este llamado es para algo bueno. Desfilamos para el Departamento Judicial, en donde un oficial de la Auditoria de Guerra nos esperaba para notificarnos la prosecución de los trámites judiciales de nuestros respectivos procesos, suspendidos durante algún tiempo. Era el 3 de julio de 1943. La providencia en que se mandaba a elevar a plenario nuestras causas tenia fecha 1° del mes. No cabía duda: Ubico había ordenado al auditor de guerra –bacinica, como le dijera Efraín Aguilar Fuentes en memorable ocasión-, terminar nuestras causas y sentenciarnos en cualquier forma, para tener un proceso que respaldara nuestra prisión arbitraria. Y los procesos fueron sustanciados. Se echó mano a toda clase de sofismas y se rindieron pruebas preparadas de antemano. El benévolo lector seguirá conmigo la lectura de uno de estos procesos, el mio, para formarse una idea de la forma en que se confeccionaban y permitirá que, al fin de cada diligencia, le exponga mis comentarios y las consideraciones que juzgue pertinentes, no con la técnica de un jurista, sino con la claridad de un hombre que entiende.

CAPITULO VIII LEYENDO Y COMENTANDO Tenemos en la mano un legajo de papel español, inútilmente manchado, cuya caratula dice: “12. –Auditoria de Guerra. Guatemala, fecha 7. Mes marzo. Año 1942.- Oficial 1°. Procedencia, Policía de Seguridad. Reo: Efraín de los Ríos Aguirre. Delito: A las Inst. Soc.  –Auto de Prisión, 12 de marzo de 1942. Plenario, 1° de julio de 1943. Observaciones:  Defensor: Lic. Víctor M. Mijangos. Acusador: No hubo. Sentenciado a: 3 años de prisión inconmutable. Fecha: 12 de marzo de 1942. Cumple: 12 de marzo de 1944.”

Primer error: dice que fui sentenciado a 3 años y del 12 de marzo de 1942 a igual fecha de 1944, no hay más que dos. Obsérvese el tiempo transcurrido entre la fecha del auto de prisión y el día en que se elevó a plenario. Casi 16 meses, tiempo durante el cual permanecí en absoluta incomunicación. Solo en la caratula tenemos ya la primera falsedad. En el primer folio, aparece el parte que sirvió de base al proceso y que fue el resultado de la orden famosa del general Ordoñez, de que ya hablé en otra parte de este opúsculo.  Leamos: “Policía de Seguridad. Republica de Guatemala. Centro América. Guatemala, 6 de marzo de 1942. Señor Auditor de Guerra. Presente. En la Penitenciaría Central y  para que Ud. se sirva mandar a seguir las investigaciones del caso, me permito poner a su disposición al individuo Efraín de los Ríos Aguirre, detenido hoy a las 10 horas, por

ERAÍN DE LOS RIOS 157 Ombres contra Hombres dedicarse a hacer propaganda disociadora. Soy de Ud. Atto. S.S. (f) José B. Linares, Jefe de la Policía de Seguridad”

Véase la forma de los partes en que se ponía a disposición del Tribunal Militar a cualquier ciudadano caído entre las garras policiales. El director de policía que ante mí había ordenado a su secretario hacer el oficio poniéndome a disposición de la Auditoria por “disociador”, era el llamado a firmar el oficio. No lo hizo así por ser más cómodo sacar las castañas con ajena mano.  Al pie de este oficio recayó la providencia que dice: “Tribunal Militar: Guatemala, siete de marzo de mil novecientos cuarentidós. Ratifíquese el parte que encabeza estas diligencias por el Jefe de la Policía de Seguridad; la Auditoria de Guerra instruya la averiguación; indáguese al detenido dentro del término de ley. Artos. 101, 102, 105, 125, 235, 241 Cód. Mil. II parte.- (ff) Reyes R., Cabrera Martínez, J. Cifuentes”.

Dice el acta de ratificación: “En la misma fecha, presente en el Tribunal don José B. Linares, de treinta y nueve años de edad, soltero, oficinista, originario de Cobán y vecino de esta ciudad, con domicilio en la once avenida norte N° 37, previa protesta de ley por el infrascrito Auditor de Guerra para que se conduzca con verdad en esta diligencia y habiendo ofrecido hacerlo así, para el efecto: le fue puesto a la vista el parte que con fecha seis del corriente envió al  Auditor de Guerra, poniendo a disposición de dicho Tribunal, al individuo Efraín de los  Ríos Aguirre en la Penitenciaría Central por dedicarse a hacer propaganda disociadora, dicho parte dijo que es el mismo que dirigió al señor Auditor de Guerra y que lo ratifica en todas y cada una de sus partes por ser cierto su contenido y que la firma que lo cubre y dice: José B. Linares es la suya y la misma que usa en todos los actos de su vida. Ratificó lo nuevamente escrito y enterado de todo firmó. Doy fe.- (ff) Cabrera Martínez, José B.  Linares, A. Beteta.”.

Esta ratificación apareja responsabilidad, toda vez que un principio de derecho dice: El que afirma esta obligado a probar. La policía trató de probar mi culpabilidad, pero veamos en que forma. No buscó para testigos a los mismos que habitualmente se prestan de testaferros para asegurar lo que no han visto ni les consta. Esta vez escogió a dos honorables profesionales amigos del autor y como conocidos opositores al régimen imperante, trató de intimidarlos a efecto de que declarasen contra mí. Había un mayor llamado Francisco Contreras V., el que siempre aparecía como testigo de los hechos delictuosos atribuidos a inocentes personas. En mi caso no se ocuparon sus importantes servicios. . Leamos mi indagatoria: “En nueve de marzo de mil novecientos cuarentidós, que se mandó extraer de la detención al reo Efraín de los Ríos Aguirre, quien previa amonestación por el infrascrito  Auditor para que se produzca con verdad en la presente diligencia, y habiendo ofrecido hacerlo así, se le sometió al interrogatorio siguiente: Diga su nombre y demás generales. Contesta: llamarse como queda dicho, ser de treinta y seis años de edad, soltero, originario de Huehuetenango, vecino de esta ciudad, con domicilio en la primera calle

ERAÍN DE LOS RIOS 158 Ombres contra Hombres oriente número uno, es periodista, es ciudadano inscrito, es soldado filiado, no habiendo  prestado servicio militar, no tiene vicios, no padece de ninguna enfermedad contagiosa, hace como seis años estuvo preso durante cuatro años en esta ciudad, no habiendo conocido la causa ningún Tribunal, ignorando el motivo de esta detención. Diga si sabe el motivo de su indagatoria. Contesta: que no sabe el motivo de tal indagatoria, porque hasta este momento no cree haber incurrido en ninguna transgresión a la ley. Diga a que actividades se dedica Ud. y cuál es su medio de vida. Contesta: que no se dedica a ninguna actividad, pues se mantiene en su casa y que no tiene ningún medio de vida, unos amigos lo mantienen. Diga que personas visita Ud. y con qué motivo. Contesta: que visita a muchas gentes, sus amigos, personas que viven en el Hotel Continental, el propietario de dicho establecimiento y algunas otras personas. Diga qué motivo de resentimiento tiene Ud. para con el actual gobierno. Contesta: que absolutamente ninguno. Diga cuál es el objeto que usted persigue para estar haciendo propaganda contra la sociedad. Contesta: que no ha habido ninguna propaganda hecha por él, que vive pacíficamente, como puede demostrarlo si es necesario. Diga con qué personas del exterior se comunica Ud. por correspondencia. Contesta: que hace como un año le escribió a la señorita Delfina Barrios, quien se encuentra en los Estados Unidos, únicamente. Diga si es verdad que Ud. logra toda oportunidad para difamar al gobierno y propalar especies disociadoras con el fin de crear una intranquilidad pública. Contesta: que es falso, porque la mayoría de sus amigos son extranjeros. No habiendo más que hacer constar se suspende la presente, para ampliarla más tarde si fuera necesario. Ratificó lo escrito, leído que le fue y enterado firmó. Doy fe.(ff) Cabrera Martínez, Efraín de los Ríos, A. Beteta.”

Obsérvese la estupidez de la pregunta relativa a que yo estaba haciendo propaganda contra la sociedad. Según el criterio auditoril, yo estaba difamando al gobierno y a la sociedad. ¿Ante quienes? Porque el gobierno y las sociedades constituyen la nación y no es posible suponer que lo hiciera ante uno u otra, puesto que los dos aparecen como lesionados. Para robustecer el  parte de la policía, se obligó a dos profesionales a suscribir un acta, cuya copia certificada y oficio de resolución dicen: “N° 606, Guatemala, nueve de marzo de 1942. Señor Auditor de Guerra, Presente. Con referencia al parte que con fecha seis del mes en curso me permití turnar a esa auditoría, contra el señor Efraín de los Ríos Aguirre, por las actividades de carácter sedicioso a que se ha venido dedicando, me permito remitir a Ud., compuesta de tres (3) hojas útiles, copia certificada del acta que se levantó en la Jefatura de este Cuerpo el día seis de este mismo mes, relativa a la declaración que sobre el particular prestaron los licenciados Federico Carbonell Rodas y Ramiro Fonseca Palomo acerca de los hechos pesquisados. Soy de Ud. muy Atto. S.S.- (f) José B. Linares, Jefe de la Policía de Seguridad. “El infrascrito Secretario de la Policía de Seguridad, certifica: que al efecto tuvo a la vista el libro de actas de este Cuerpo, en que a folios Nos. 349, 350, 351, 352 y 353 se encuentra el acta que, copiada literalmente dice: “En la ciudad de Guatemala, a seis de marzo de mil novecientos cuarentidós, siendo las diecisiete horas cuarenticinco minutos,

ERAÍN DE LOS RIOS 159 Ombres contra Hombres en virtud de disposición del señor Director General de la Policía Nacional, comparecen ante el infrascrito Jefe de la Policía de Seguridad, en el local de la Jefatura del Cuerpo, los señores licenciados: don Federico Carbonell Rodas, de cincuenta y un años de edad, casado, abogado y notario, originario de San Cristóbal, departamento de Alta Verapaz y vecino de esta capital, con domicilio en la 6ª calle poniente N° 5, se identifica con la cédula de vecindad N° 42605, expedida en esta capital el ocho de junio de mil novecientos treinta y dos , documento que puso a la vista; don Ramiro Fonseca Palomo, de los mismos títulos profesionales, de cuarenta y cinco años de edad, casado, originario de Antigua Guatemala y vecino de esta capital, con domicilio en la quince calle poniente N° 77;  portador de la cédula de vecindad N° 2488 expedida en esta ciudad el veintiséis de enero de mil novecientos treinta y dos, documento que mostró. Acto seguido se hizo del conocimiento de los señores Carbonell y Fonseca que la policía está en posesión de todos los datos que se relacionan con las actividades disociadoras del señor Efraín de los Ríos  Aguirre, cuyas actividades podrían derivar graves trastornos para el orden público y compromisos que determinarían delitos contra la seguridad interior del Estado y sus instituciones sociales, pues el nombrado señor De los Ríos está convicto de haber hecho  proposición a los comparecientes para fundar un partido político con su respectivo órgano de publicidad, todo bajo una apariencia de ser con finalidades antitotalitarias, pero que en el fondo sería su principal y único objeto derrocar al señor general don Jorge Ubico de la Presidencia de la República, deponiendo al gobierno constituido. Debidamente informados los señores licenciados Carbonell y Fonseca, bajo protesta de ley, prometieron decir verdad y manifestaron, el señor Carbonell: que su conocimiento con el señor De los Ríos es muy pequeño y que en consecuencia no han tenido relaciones respecto a ningún asunto ni negocio, ni lo ha enterado de los propósitos indicados; que lo ha visto en la oficina algunas veces pero no frecuentemente y en tales casos apenas han cambiado algunas  frases de cortesía o de broma y actualmente tendrá de haberlo visto la última vez un mes y medio o dos meses; que el dicente, por estar dedicado al trabajo profesional, no se ha ocupado ni piensa ocuparse de asuntos políticos. Agrega que la oficina a la que se refirió es la que tiene establecida con el Lic. Fonseca en el Pasaje “París” N° 2, aunque con asuntos independientes. El licenciado Ramiro Fonseca por su parte expone: que conoció al señor De los Ríos en la Penitenciaría Central en el año de mil novecientos treinta y seis cuando ambos estuvieron allí recluidos y de este trato se originó cierta amistad; que  posteriormente, ya en libertad, el señor De los Ríos llegaba algunas veces a la oficina  profesional del que habla, ya para tratar algún asunto profesional o con más frecuencia  para solicitarle alguna pequeña ayuda pecuniaria; que últimamente le habló del propósito de fundar un periódico que fuera el órgano de un partido democrático, que el dicente, tomando en cuenta la poca o ninguna formalidad del señor De los Ríos, a quien siempre ha tomado como persona sin cordura, nunca tomó en serio ni prestó oído a sus manifestaciones; que, según pudo colegir, la agrupación que De los Ríos tenía en mente, era de oposición al actual régimen político del país. A virtud de preguntas, manifiestan los

ERAÍN DE LOS RIOS 160 Ombres contra Hombres licenciados Carbonell y Fonseca: el primero, que si el señor De los Ríos no le comunicó sus propósitos, tampoco sabe que se los haya comunicado a otras personas, y el segundo: que a él tampoco le hizo referencia de terceras personas, lo que tampoco trató de inquirir  ya que, como deja manifestado, nunca le concedió ninguna formalidad ni importancia a las sugerencias de De los Ríos. Para concluir, el suscrito jefe de la Policía de Seguridad, dirigió a los licenciados Carbonell y Fonseca el apercibimiento que es procedente para que en los sucesivo se abstengan de cualquier actitud directa o indirecta sobre los  propósitos que, como ya se dijo al principio de la presente acta, puedan comprometerlos bajo una responsabilidad derivada de cualquier delito grave contra la seguridad interior del Estado y enterados de esta amonestación, manifestaron su deseo de seguir dedicándose a sus labores profesionales gozando de tranquilidad. No teniendo más que hacer constar, se dio por concluida la presente a las diez y ocho horas quince minutos de la fecha señalada al principio y firmándola previa lectura y ratificación las personas que intervinieron. Doy fe. -(ff) José B Linares, F. Carbonell R., Ram. Fonseca P., Raul Rodas, secretario”. Y para remitir a la Auditoria de Guerra departamental, extiendo, sello y firmo la presente certificación después de haber confrontado su original, en tres hojas útiles, en la ciudad de Guatemala, a los nueve días del mes de marzo de mil novecientos cuarenta y dos. – (f) Raúl Rodas, secretario. Visto Bueno: José B. Linares, jefe de la Policía de Seguridad”

Este documento, adobado con todas las malicias huisacheriles que acostumbraba la Policía de Seguridad, sirvió para demostrar mi culpabilidad y en él recayó la providencia que dice: “Auditoria de Guerra: Guatemala, nueve de marzo de mil novecientos cuarenta y dos.  A sus antecedentes. Arto. 245 P.P. –Cabrera Martínez, A. Beteta.”

A continuación, folio ocho de la causa, se dictó el auto siguiente: “Tribunal Militar: Guatemala, doce de marzo de mil novecientos cuarenta y dos. Con el merito que arroja lo actuado y por el delito de atentar contra la seguridad de las instituciones sociales, decretase la prisión provisional de Efraín de los Ríos Aguirre; dense de este auto las copias de ley. Arto. 121, Cód. Mil. II parte y 31 de la Constitución de la  República.- (ff) Reyes R., Cabrera Martínez, J. Cifuentes.-Razón: Fueron dadas las copias de ley. Conste.- (f) Cifuentes. –En la siguiente fecha, en la Penitenciaría Central, siendo las catorce horas y veinte minutos, notifiqué al reo Efraín de los Ríos el auto anterior y enterado no firmó. Doy fe.- (f) Gmo. Grajeda.”

Aquí el proceso fue suspendido y ya no se volvió a tramitar por espacio de mucho tiempo. Estamos a 12 de marzo de 1942. En los primeros días de enero de 1943, Julio Machado López, quien se hallaba recluido desde octubre del año anterior dirigió a la alcaidía del Centro la infame delación contenida en la carta siguiente: “Penitenciaría Central, 13 de enero de 1943.- Señor don Clodomiro Santiago Quintana, alcaide del Centro Penal, Edificio. Muy señor mio: Tengo el honor de dirigirme a Ud. para poner en su conocimiento lo siguiente: los señores Efraín de los Ríos y Luis

ERAÍN DE LOS RIOS 161 Ombres contra Hombres  Barrera R., están madurando el proyecto de escribir un folleto que contenga la historia vivida por ellos en este Centro Penal, con datos sobre las muertes de los ex –reos don José  Rodríguez Medina y un señor Aldana, y darlo a la publicidad cuando las circunstancias lo  permitan. Todo esto de acuerdo con el señor Alfredo Schlesinger, con quien mantienen comunicación por medio que Ud. puede descubrir. Por mi parte, hoy como ayer y mañana, soy leal al señor Presidente, para quien mis sentimientos son invariables y me creo obligado a apartarme de quienes viven expresándose mal y en relaciones con enemigos bien conocidos. Como siempre he servido al señor Presidente, con entereza y lealtad, y él me conoce por hombre sincero, le doy estos datos para que los aproveche y en su oportunidad, lo comunique al señor Presidente. Soy de Ud. Atto. S.S.- (f) Julio Machado.”

Véase la actitud de machado, aun en el interior del presidio. Su lealtad y sinceridad (?) le llevaban hasta delatar a sus propios compañeros de desgracia.  Le doy estos datos para que los aproveche   –dice el denunciante- ; y ya sabemos el aprovechamiento que las autoridades de aquellos tiempos hacían de cualquier delación que se les suministrase. El propósito de Machado era que se nos sobreviniera un mal grave y, efectivamente, estuvimos a punto de sufrirlo, a no ser por una intervención providencial que nos salvó. El enojo de Machado contra Barrera Rodríguez y contra mí, fue porque nosotros, conociendo su miseria mental, física y moral, rehuimos su trato a que nos obligaba la convivencia forzosa; comprendimos que la paranoia de este hombre podía contagiarnos y que su compañía, desde cualquier punto de vista, nos era hondamente perjudicial y peligrosa. Para vengarse, urdió la delación señalada y ese mismo día, 13 de enero, fuimos arbitrariamente encerrados en las bartolinas del primer callejón, Pedro Leiva Montes de Oca, Miguel Ángel Ceballos, Luis Barrera Rodríguez y yo, sin indicársenos el motivo. Creímos en un principio, que era a consecuencia de que Leiva y Ceballos, que diariamente iban a trabajar a los talleres, nos entraban subrepticiamente el periódico “Nuestro Diario” efectivamente, las primeras preguntas que nos dirigió el alcaide fueron sobre este asunto y a consecuencia de ello Leiva recibió varios azotes en la bóveda y Ceballos fue encerrado en una bartolina con agua. Al día siguiente el nuevo encargado del callejón, Ernesto Albizures, nos informó que nuestro castigo no obedecía solo a habernos sorprendido con el periódico, sino que además había otro rumbito . Ignorábamos hasta aquí la delación de Machado y de ella nos dimos cuenta hasta que vinieron a indagarnos de la Auditoría de Guerra. La carta transcrita anteriormente había sufrido el siguiente trámite: “Señor director del Establecimiento: Presente. Tengo el honor de dirigir a Ud. la carta que me fue dirigida hoy por el recluido Julio Machado, quien me manifestó personalmente que sabe que por medio de la hija del recluido Pedro Leiva Montes de Oca se comunica  Barrera y De los Ríos con el señor Schlesinger. Para lo que Ud. tenga a bien disponer, elevo a su superior conocimiento la presente, protestándole mi subordinación y respeto.(f) C. Santiago Quintana.” “Dirección General de la Penitenciaría Central: Guatemala, catorce de enero de mil novecientos cuarentitrés. Con atento oficio remítase la presente al señor Auditor de Guerra

ERAÍN DE LOS RIOS 162 Ombres contra Hombres  para lo que tenga a bien disponer.- (f) Maldonado R.” –“Tribunal Militar: Guatemala, diez y seis de enero de mil novecientos cuarenta y tres. Ratifíquese por el recluido Julio  Machado la carta que antecede; certifíquesela para agregar a la causa que contra Efraín de los Ríos se sigue en este Tribunal y el original agréguese a la causa contra Luis Barrera  Rodríguez; examínese en forma indagatoria a la hija de Pedro Leiva Montes de Oca,  pidiéndose a la Penitenciaría Central el nombre de ésta; y practíquense las demás diligencias a que hubiera lugar. Artos. 101, 102, 105, 125, 135, 241 y 253 Cód. Mil. II Parte.- (ff) Reyes R., Cabrera Martínez, J. Cifuentes.”

Obsérvese el revuelo que había provocado el chisme de Machado; las personas que toman parte y el número de artículos del Código Militar que se pusieron en movimiento. Machado ratificó su declaración en la siguiente forma: “Seguido, presente en el Departamento judicial de la Penitenciaría Central, el recluido  Julio Machado López, de cincuenta y dos años de edad, soltero, originario de esta capital, comerciante, previa amonestación legal por el infrascrito Auditor de Guerra para que se conduzca con verdad en la práctica de esta diligencia y para el efecto, le fue puesta a la vista la carta que con fecha trece de enero del corriente año, dirigió al señor alcaide de la Penitenciaría Central y que se refiere a los recluidos Efraín de los Ríos y Luis Barrera  Rodríguez y manifestó: que la ratifica en todas y cada una de sus partes por ser cierto su contenido; que la escribió de su puño y letra y que la firma que la cubre y dice: Julio  Machado es la suya propia y que usa en todos sus actos. Agrega en este momento: que el de la idea y del propósito de escribir un folleto en contra del Presidente Ubico, con el título de “Ombres contra Hombres”, es el recluido Efraín de los Ríos: que este mismo De los Ríos se lo comunicó al que habla y a Luis Barrera Rodríguez, sin que le conste al que habla que Luis Barrera Rodríguez se haya decidido a acuerpar la idea, pero que si tuvo conocimiento de esto, al mismo tiempo que el compareciente. Ratificó lo nuevamente escrito y enterado de todo, firmó. Doy fe.- (ff) Cabrera Martínez, Julio Machado, A.  Beteta.”

Esta denuncia consta en certificación agregada a mi proceso y, original, en el de Barrera Rodríguez, en cuyo proceso a folio 16 y siguientes, se encuentran las indagatorias a que fuimos sometidos por la infame delación de Machado, quien pretendía acarrearnos con ella serios males, quizá hasta que se nos quitase la vida. Por inicuas actuaciones, como la de Machado, muchos guatemaltecos encontraron la muerte. Estos reptiles con apariencia de hombres, llegaron a corromper hasta el aire que los rodea; su servilismo es tal que con él llegan hasta causar la muerte de personas inofensivas, con el fin de obtener prebendas o congraciarse con los poderosos. Sigamos leyendo: “Acto seguido se mandó extraer de la detención a un individuo que fue seriamente amonestado por el infrascrito Auditor de Guerra para que se conduzca con verdad en esta diligencia que tiene por objeto indagarlo y para el efecto fue sometido al siguiente interrogatorio: ¿Diga su nombre y además generales? Contesta: llamarse Efraín de los  Ríos Aguirre, de generales conocidas en la presente causa. ¿Diga si es verdad que Ud.

ERAÍN DE LOS RIOS 163 Ombres contra Hombres tiene el propósito de escribir un folleto para darlo a publicidad en su oportunidad? Contesta: que ni lo ha pensado. Diga: ¿sobre que asuntos tiene el propósito de escribir el  folleto y con qué nombre pensaba titular dicho folleto? Contesta: que ha dicho que nunca ha tenido esos proyectos y por consiguiente nunca ha tenido en mente el nombre que deba dar a lo que no piensa escribir sobre asuntos que nunca ha imaginado. ¿Diga si es verdad que Ud. escribirá la historia de su vida pasada en este Centro Penal y en el mismo folleto  pensaba atacar al actual gobierno de la República? Contesta: que son preguntas que lo desconciertan porque nunca ha pensado escribir nada y que hace constar que solo un loco  podría pensar escribir en eso; prueba de ello es que en los últimos meses del año 1941 estuvo escribiendo en un periódico “Diario Acción” y jamás hay un artículo escrito por el indagado ni en pro ni en contra del gobierno. Diga: ¿con qué personas se relaciona o se ha relacionado en este Centro Penal y con quienes se comunica fuera de aquí, es decir, en la calle? Contesta: que aquí en el Centro Penal se relaciona con los compañeros de prisión que son como veinte, mejor dicho, eran veinte antes del 13 de enero del corriente año, pero que desde ese día son sus compañeros cinco, pues los apartaron, pero que con ellos no se relaciona porque ninguno se retira de su celda sin que haya quien lo cuide. Diga: ¿con quienes se relaciona fuera de aquí? Contesta: que solamente con una señora que se llama Vicenta Alvarado, que es la única que lo visita y que después nadie; que no se comunica con nadie, porque como le consta al señor director de este centro, no se le ha permitido escribirle a nadie, ni a sus familiares. Diga: ¿a quienes a comunicado Ud. sus proyectos literarios o históricos? Contesta: que ha ninguno. Se suspende la presente para ser ampliada más tarde, haciendo constar el indagado que, como cree que se trata de alguna intriga, pide se le caree con la persona o personas que lo acusen, así como ruega se haga una aclaración minuciosa del asunto; ratificó lo escrito leído que le fue y enterado de todo  firmó. Doy fe.- (ff) Cabrera Martínez, Efraín de los Ríos, A. Beteta C.”

Me vi obligado a declarar en la forma transcrita, por muy justas razones que el lector puede considerar. Sé que de cien o mil hombres, colocados en circunstancias iguales a la mía, los cien o mil, hubiesen declarado quizá peor que yo. Prudencia o tontería, no sé, pero preferí declarar en esta forma, sin citar para nada el nombre de mi denunciante y menos acusándolo abiertamente, como lo hizo Barrera, quien, a pesar de haber puesto la primera pica en Flandes, fue víctima, como el autor, de las cobardes maniobras de Machado. Veamos la indagatoria de Barrera, folios 17 y 18 vuelto de su causa: “Acto continuo se mandó extraer de la detención al individuo recluido en la Penitenciaría Central, Luis Barrera Rodríguez de 39 años de edad, soltero, originario de  Jutiapa, vecino de esta capital, es maestro de educación primaria, fue seriamente amonestado por el infrascrito Auditor de Guerra par que se conduzca con verdad en la  práctica de esta diligencia que tiene por objeto indagarlo y habiendo ofrecido decir verdad, fue sometido al interrogatorio siguiente: ¿Diga si es verdad que Ud. Sabía que alguna persona tiene el propósito de escribir y dar a la publicidad un folleto? Contesta: que nunca ha sabido semejante cosa y que nunca ha oído que alguno tenga tales proyectos.

ERAÍN DE LOS RIOS 164 Ombres contra Hombres  Diga: ¿Con quienes se relaciona Ud. dentro de la Penitenciaría y fuera de ella, es decir, en la calle? Contesta: que al principio recién pasados al 2° callejón del Centro Penal, donde convivieron siete recluidos, se relacionaba con los individuos Julio Machado López, Efraín de los Ríos, el encargado, Domingo de León, José Luis Sánchez Batten, y Sixto Díaz; que con dichos individuos se relacionó por ser compañeros de cuadra, guardando siempre las distancias que me indicaron la experiencia y el conocimiento que de cada individuo fui teniendo después de un análisis psicológico que verifiqué, procurando mantener una zona de absoluta reserva con todos ellos (palabras textuales); que con los que se ha relacionado más ha sido con Julio Machado López y con Efraín de los Ríos, por estar su cama en medio de las de ambos; que platicaron de asuntos de familia y que entonces Julio Machado López le dijo al indagado que así le gustaban sus manifestaciones, porque veía que el indagado era un padre amoroso y con de los Ríos platicaron siempre comentarios sobre una obra histórica que le proporcionó a de los Ríos la biblioteca del Centro Penal, asuntos literarios  y periodísticos, en los que se inmiscuía Julio Machado López, diciendo que él –Machado  López- había sido periodista y que había dirigido “El Heraldo” en Quezaltenango, en la época de don Lázaro Chacón, que había sostenido el periódico, según declaración expresada por el mismo Machado López; que en esta ocasión le dio al indagado la oportunidad de saber: que Machado guardaba un rencor contra De los Ríos, quien había sido el que lo atacó en Quezaltenango, por medio del periódico donde trabajó de los Ríos, que según dijo se llamó “La Idea”; pues en esa ocasión le dijo el mismo Machado: -Ah  já…, baboso, yo soy muy vengativo y me las tenés que pagar; De los Ríos no negó ni afirmó lo que Machado dijo esa vez; hubo entonces una alegata entre ambos y de los Ríos dijo: -Yo no tengo nada que me pueda reprochar la opinión pública, mi actuación ha sido siempre muy limpia y mantengo mi conciencia tranquila: no como otros; entonces vino el distanciamiento entre ambos y el mismo Machado López pidió al que es indagado que lo contentara con De los Ríos, hasta el grado de decirle al indagado, que formaran los tres,  Machado, De los Ríos y el indagado, un triangulo de amigos y que olvidaran lo pasado;  prometió Machado a De los Ríos, en ese mismo momento de la reconciliación, que cuando  Machado saliera libre que hablaría con el Presidente a favor de De los Ríos; el indagado los reconcilió para que después se volvieran a distanciar, como producto del estado  paranoico del dicho Machado y que el indagado insiste en que el caso de Machado  pertenece a los órdenes de la psicopatía, puesto que pasa de estados de sospecha a indiscreción, sumiéndose después como en un desmayo de tristeza, culminando en el llanto.  Diga: ¿Con quienes se relaciona en la ciudad, fuera de este Centro penal? Contesta: que únicamente con la familia del indagado, que lo visita los domingos, a la hora reglamentaria y con uno que otro amigo que lo visita, pero siempre se da cuenta de lo que hablan, el vigilante que está presente en ese momento. Se suspende la presente para ser ampliada más tarde si fuera necesario, ratificó lo escrito, leído que le fue y enterado de todo firmó. Doy fe.- (ff) Cabrera Martínez, Luis Barrera Rodríguez, A. Beteta C.”

ERAÍN DE LOS RIOS 165 Ombres contra Hombres

Las señoritas María Isabel y María Delia Leiva, hijas de Pedro Leiva Montes de Oca y señaladas por Machado, en denuncia verbal hecha ante el alcaide, fueron llevadas a presencia del auditor, con el objeto de indagarlas sobre el mismo asunto. Además fue cateado su domicilio y una de ellas, a consecuencia de los vejámenes infligidos, estuvo recluida tres meses en el Hospital. Todas las pesquisas fueron infructuosas. Ni Barrera ni yo conocíamos a las señoritas Leiva, ni nos relacionábamos con nadie del exterior, a no ser nuestras propias familias. Respecto al folleto del que se me acusaba, algo había de cierto; pero jamás creí que una conversación entre amigos, trascendiera de una manera tan intensa, a causa de que en un grupo de tres existiese un traidor. Una tarde platicábamos acerca de la conveniencia de escribir en el futuro la historia de nuestros sufrimientos: -Tus eres el llamado para ello –Me dijo Machado-, yo me comprometo a editar el folleto. ¡Figúrate una tirada de tres mil ejemplares! -¿El qué? –le dije yo, arrogantemente-. ¿Tres mil ejemplares? ¡Poca cosa! Cincuenta mil mando a tirar el día que yo pueda. Esa jactancia fue mi perdición. De ella se valió Machado para formular su denuncia. Pero al mismo tiempo, hoy que recuerdo con amargura aquellos incidentes, reconozco que alguna importancia tuvieron para mí. Ellos son un testimonio de que, desde aquella fecha, estaba ya germinando la semilla, cuyo fruto el lector tiene entre sus manos.

CAPITULO IX EL PLENARIO El auto de mi prisión tenía cerca de diez y seis meses y el de Barrera se aproximaba a los ocho. Los procesos de los demás compañeros estaban por el estilo. Cuando fuimos llevados al Departamento Judicial de la Penitenciaría, la mañana del 3 de julio de 1943, incidente al que antes me referí, fue para notificarnos la resolución que dice: “Auditoria de Guerra: Guatemala, primero de julio de mil novecientos cuarenta y tres.  Elévese a plenario la presente causa; tómese al enjuiciado Efraín de los Ríos Aguirre confesión con cargos, por los hechos que aparezcan cometidos por él y sean justificables; hágasele saber el derecho que tiene de nombrar defensor o manifieste si desea que el Tribunal lo nombre de oficio. Arto. 3°Dto. 1240 y 292 y 293 Cód.Mil. II parte.- (ff) Cabrera Martínez, A. Beteta C.”

Creímos ver un alivio en esta farsa judicial. Al estar procesados y debidamente sentenciados, sabríamos el tiempo que duraría nuestra condena y nos libraríamos de la constante incertidumbre que amargaba nuestra existencia. De todas maneras, nuestra situación llevaba trazas de definirse. El acta de confesión con cargos, tramitada después de muchos meses de suspensión del proceso, dice así: Seguido, presente el reo Efraín de los Ríos Aguirre, quien fue seriamente amonestado  por el infrascrito Auditor para que se conduzca con verdad en la práctica de la presente diligencia, la cual tiene por objeto tomarle su confesión con cargos; el reo es de generales

ERAÍN DE LOS RIOS 166 Ombres contra Hombres conocidas; se le leyó su declaración indagatoria; la ampliación de ésta y los principales  pasajes de la causa, habiendo ratificado dichas declaraciones por ser cierto su contenido.  Acto continuo se le dedujeron los cargos siguientes: a) Se le deduce el cargo de haberle  propuesto al señor don Ramiro Fonseca fundar un periódico que fuera un órgano de  partido democrático con el objeto de hacer propaganda contra la sociedad. Cargo con el cual dijo no estar conforme. b) Se le deduce el cargo de propalar especies disociadoras con el fin de formar una intranquilidad pública. Cargo con el cual dijo no estar conforme,  por no ser cierto. c) Se le dedujo el cargo de dedicarse a asuntos políticos, para poner en mal concepto ante la sociedad, al actual gobierno. Cargo con el cual dijo no estar conforme por dedicarse exclusivamente a atender su salud, por haber contraído una enfermedad crónica durante su anterior reclusión y no tener ningún rencor por una parte con el actual gobierno, y por otra, no haberse interesado nunca por los asuntos políticos.  No habiendo más que hacer constar se dio por terminada la presente. Ratificó lo escrito leído que le fue y enterado firmó. Doy fe, así como de que se le hizo saber el derecho que tiene de nombrar abogado defensor o si desea que el Tribunal lo haga de oficio, habiendo manifestado que nombra al licenciado don Víctor M. Mijangos y en su defecto, al licenciado Max Cifuentes Monzón. –(ff) Cabrera Martínez, Efraín de los Ríos, A. Beteta C.”

En la práctica de esta diligencia ocurrió entre el empleado de la Auditoria y el reo –youn incidente singular que considero debe conocer el lector. Una de las preguntas que se me hicieron y que no aparece en el acta transcrita anteriormente –por razones que adelante se conocerán-, decía: -¿Sabe usted el motivo de su prisión? -Si, señor –contesté ante el asombro de mis demás compañeros: porque de cien procesados, los cien casi siempre ignoran el motivo de su prisión; es decir, así lo exponen en el momento de ser indagados. Me miraron todos. Entonces yo en voz alta continué: -Por ser amigo del ministro de los Estados Unidos, según me indicó el director general de la Policía Nacional… El oficial indagador vaciló. Temió, sin duda, asentar semejante declaración. Yo acudí: -Ponga usted así como lo estoy diciendo, porque es absolutamente cierto. El motivo de mi prisión, como me indicó el jefe de la Policía, es por ser amigo del ministro de los Estados Unidos. -Pero eso no es delito –se atrevió a decir el empleado. -Nada sabemos –le contesté-, pudiera ser que últimamente se hubiese legislado sobre el particular. Al ver mi insistencia, el empleado hizo constar lo que yo decía y las demás preguntas y respuestas ya conocidas. Eran las once de la mañana. Concluidas las diligencias, los empelados se retiraron y nosotros volvimos a nuestras celdas. A las dos de la tarde, Julio Machado y yo fuimos llamados al Departamento Judicial por el propio auditor. Yo permanecí en el corredor custodiado por el propio inspector del presidio, quien me ordeno

ERAÍN DE LOS RIOS 167 Ombres contra Hombres

retirarme algunos pasos para que yo no oyera el altercado surgido entre Machado y el auditor. Poco faltó para que éste le pegara a aquél, según los furiosos ademanes que hacía. Cuando Machado salió oí que le decía al auditor: -Yo creí que la ropa sucia se lavaba en casa. Temí y con razón, que en igual forma sería recibido. Mi sorpresa fue grande. El auditor depuso inmediatamente su gesto de enojo y me tendió la mano con una sonrisa incierta, que quería ser amable. Su cortesía me brindó un asiento. -Vengo –me dijo- de parte del señor director general de la Policía a suplicarle si usted no tendría inconveniente en suprimir esta parte de su declaración en que afirma que el motivo de su prisión es por ser amigo del ministro de los Estados Unidos, según le dijo aquel funcionario. Usted comprenderá que esa declaración perjudicaría profundamente al señor director, además de que le acarrearía serios problemas a Guatemala y a su gobierno. Esta petición también la hago mía y le pido reconsiderar detenidamente el asunto. Mil conjeturas bulleron atropelladamente en mi cerebro. -Los tengo cogidos –pensé-; pero ellos también me tienen cogido a mí. Si me niego a modificar la declaración, no por ello me van a libertar inmediatamente temiendo que el representante norteamericano se entere del asunto, ni van a libertar a mis compañeros. Al contrario, es más fácil para ellos aniquilarme definitivamente mandándome a traer arena o empleando cualquiera de los medios expeditivos a su alcance. Rápidamente hice cálculos, establecí comparaciones y opté por la modificación pedida, siempre considerando que era preferible conservar la vida para emplearla mejor en el futuro, a adoptar una actitud de héroe en la boca de un lobo feroz. Cuando manifesté ala auditor que no tenía inconveniente en acceder a la rectificación solicitada, me tendió inmediatamente un pliego que ya llevaba escrito, con la supresión pedida, y el cual firmé, para evitarme futuros sinsabores. Amablemente despidióse de mí, ofreciéndome hacer del conocimiento del director de Policía mi fácil aquiescencia en lo solicitado. Al día siguiente aumentaron las hostilidades contra mí, suprimiéndome la alimentación, vigilándome más estrechamente y vejándome a cada paso. El encargado de nuestro departamento, Domingo Saravia Paredes, Uxoricida y en nada diferente a los otros delincuentes encargados nuestros que ya referí, tuvo en mí un nuevo campo para desarrollar su acción de maldades y dar satisfacción a sus instintos criminales. Fuimos advertidos de que al otro día, por ser domingo, dijéramos a nuestras visitas el estado de nuestro proceso y que mandáramos a avisar a nuestros abogados que se preparasen para nuestra defensa. Toda la tarde del sábado la pasamos pensando y comentando lo que tendríamos que decir a nuestras visitas. Sin embargo, el domingo nos fue suprimida totalmente la visita. Nuestros familiares se retiraron apenados por no saber a qué se debía semejante medida y la incertidumbre provocó toda una serie de penalidades inenarrable. Al siguiente día, lunes, se me notificó el auto de esa misma fecha que dice:

ERAÍN DE LOS RIOS 168 Ombres contra Hombres “Auditoria de Guerra: Guatemala, cinco de julio de mil novecientos cuarenta y tres. Téngase como defensor del enjuiciado Efraín de los Ríos, al licenciado Víctor Manuel  Mijangos, a quien se le hará saber para su aceptación y efectos, corriéndose el traslado respectivo en su oportunidad. Artos. 295, 308 Cód. Mil. II parte. –(ff) Cabrera Martínez, A.  Beteta C.”

El acta de discernimiento del cargo, dice: “El cinco de julio de mil novecientos cuarenta y tres, presente en el Tribunal el Lic. don Víctor Manuel Mijangos, de cincuenta años de edad, casado, originario de Quezaltenango y vecino de esta ciudad, abogado y notario, con domicilio en la tercera avenida sur número nueve; previa protesta de ley por el infrascrito Auditor de Guerra, se le hizo saber el nombramiento recaído en él, como defensor del enjuiciado Efraín de los  Ríos, por el delito de atentar contra la seguridad de las instituciones sociales y habiendo dicho que acepta el cargo, para desempeñarlo conforme a la ley, el señor Auditor de Guerra le hizo el discernimiento respectivo. Ratificó lo escrito leído que le fue y enterado  firmó. Doy fe. –(ff) Cabrera Martínez, V.M. Mijangos, A. Beteta C.”

Había temido que el licenciado Mijangos no aceptara mi defensa, por muchas razones, entre la que estaba su posición política, su calidad de diputado y la de formar parte del Partido Liberal Progresista, cuyo jefe era el dictador Ubico. Sin embargo tuve una gran satisfacción al saber que había aceptado y que estaba dispuesto a defenderme, desafiando todos los males que pudieran sobrevenirle. Porque es de advertir que, en aquellos tiempos, aceptar la defensa de un procesado por delitos políticos, era tanto como hacerse responsable del delito atribuido al procesado, caía sobre el defensor la ira del tirano y no solo se le amenazaba si aceptaba la defensa , sino que se le encarcelaba junto con el defendido. Yo había tenido oportunidad de ver abogados defensores sufriendo encarcelamiento, por haberse interesado en la defensa del acusado; por ello, la actitud valiente y decidida del licenciado Mijangos, me pareció algo asombroso, dada la cobardía y la corrupción existentes entre un numeroso grupo de profesionales. Y la actitud del licenciado Mijangos me pareció más grande y digna aún, cuando me enteré de la defensa que en mi favor había formulado y con la cual, creí ingenuamente se me absolvería de los cargos formulados. Olvidé que la Auditoria de Guerra, cuando recibe instrucciones directas del señor Presidente, condena de cualquier manera, pasando sobre todos los principios legales y atropellando el derecho, la razón, la justicia y la probidad. La Auditoria de Guerra era el Tribunal encargado de dar forma legal, aparentemente, las constantes arbitrariedades del dictador, cuya impudencia iba aumentando de día en día, estableciendo así una escuela de corrupción y de vileza, cuya extinción costará una ímproba labor de muchos años y el paso de varias generaciones.

ERAÍN DE LOS RIOS 169 Ombres contra Hombres

CAPITULO X LA DEFENSA El ocho de julio, a las dos de la tarde, fui llamado al Departamento Judicial, en donde se me leyó la defensa interpuesta en mi favor por el licenciado Mijangos, documento que dice: “Señor auditor de guerra: Víctor Manuel Mijangos nombrado defensor del señor  Efraín de los Ríos Aguirre, procesado por el supuesto delito de atentar contra la seguridad de las instituciones sociales, con todo respeto evacúo el traslado que se me confirió y manifiesto: noto en la tramitación de la causa algunas irregularidades que no señalo,  porque, si es exacta mi apreciación, son tan notorias, que fácilmente podrán verlas los  jueces de primera y segunda instancias que fallarán en definitiva. Tanto en la indagatoria del enjuiciado, como en su confesión con cargos, no aparece alguno que le pueda  perjudicar, dada su reiterada negativa en conformidad con el proceso. Por otra parte, la carta que el señor Julio Machado dirigió al alcaide de la Penitenciaría, denunciando ciertos hechos contra mi defendido, nada demuestran para el proceso actual, ya que su dicho, en el supuesto de tener todas las calidades de un buen testigo, no constituye sino una semiplena prueba, pero en el caso sub judice existen los cargos que el señor De los  Ríos Aguirre endilga a su vez al señor Machado y siendo uno denunciante mutuante del otro, sus deposiciones carecen de todo valor por su falta absoluta y necesaria de imparcialidad. Obran en autos certificadas las declaraciones que prestaron ante la policía de seguridad los abogados Federico Carbonell Rodas y Ramiro Fonseca Palomo. El  primero manifiesta que mi patrocinado visitaba la oficina de ambos profesionales y en algunas ocasiones se saludaron y que una que otra vez hasta gastaron alguna broma, pro nada más, por lo que de lo dicho no resulta ningún cargo. El licenciado Fonseca Palomo expuso en igual forma lo de las visitas y de que en alguna oportunidad mi defendido le  propuso que ingresara a un partido democrático por formarse, el cual tendría un órgano de publicidad para hacerle oposición al gobierno, pero que el deponente nunca lo tomó en cuenta porque considera que don Efraín es medio loco y porque al declarante le gusta más dedicarse a su trabajo y estar alejado de la cuestión política. En el supuesto de ser exacto lo manifestado por el licenciado Fonseca Palomo, exponer que se va a hacer oposición a un gobierno no constituye delito y hacer ya la oposición en marcha, tampoco lo constituye,  porque tales fenómenos de la vida política están permitidos por las garantías que trae nuestra Constitución en lo que se refiere al derecho de emisión de pensamiento y asociación. El asunto según se mira, siempre que sea cierto, quedó solo en la mente del señor De los Ríos, pero no se realizó, porque al haberse efectuado tendría alguna manifestación que no consta en la causa y repito, la oposición es permitida, siempre que se realice dentro de las normas de una crítica sana y por demás constructiva. Para mí, aquí se encuentra el error judicial por un malentendido, porque atentar contra la seguridad de las instituciones sociales significa otra cosa y para comprobarlo nada más sencillo que ocurrir a la intención del legislador cuando creo ese delito y si abrevamos en esa fuente

ERAÍN DE LOS RIOS 170 Ombres contra Hombres sacamos en conclusión que obedeció al propósito de exterminar cualquier brote de doctrina extranjera, como el nazismo, el fascismo y el comunismo, creados que como todos sabemos tratan de variar los regímenes democráticos de los países, etc., etc. Nada de eso acontece al señor De los Ríos, pero siempre en el supuesto de que se tratara o hubiere tratado de propaganda de semejante doctrina, sus actos no encajarían más que en una simple proposición que no es punible según la ley. Si lo analizado, que es lo único que está a mi alcance es todo lo que existe, no puede condenarse al señor De los Ríos, ya que por otra parte el parte policiaco que encabeza el proceso es bastante vago, ignorando quizá detalles que pudieran en el silencio del gabinete, pero que están fuera de mi posibilidad  para analizarlos como es debido y como yo quisiera. “Por todas las razones expuestas vengo a suplicar que al dictarse la correspondiente sentencia se sirva el Honorable Tribunal Militar, del que usted forma parte, absolver del cargo formulado al señor Efraín de los Ríos Aguirre, con vista de la no existencia de delito alguno, poniéndolo en inmediata libertad bajo caución promisoria, con presencia asimismo del largo tiempo de prisión que lleva padecido. Artos. 502, 543, 616, 726, 727, 731, del Código de enjuiciamientos Penales. -Guatemala, 8 de julio de 1943.- (f) V.M.  Mijangos.”

Ese mismo día, a las 9 y 30 horas, fue presentada mi defensa por el propio licenciado Mijangos, habiéndose dictado el auto que dice: “Tribunal Militar: Guatemala, ocho de julio de mil novecientos cuarenta y tres. A sus antecedentes y autos a la vista con citación para sentencia. Arto. 245 Prs. Pls. Y 301 Cód.  Mil. II Parte.- (ff) Reyes R., Cabrera Martínez, J. Cifuentes.”

Nótese la rapidez de los trámites y la precipitación con que se formuló la sentencia. Los procesos de los otros compañeros fueron sustanciados en igual forma, con muy pequeñas variantes. A algunos no les permitió nombrar abogado defensor, sino que se les designó de oficio, nombrándose a militares de servicio en la Comandancia de Armas, habiéndose escrito la defensa en la misma máquina en que se escribían los procesos en la Auditoria de Guerra. Había que llenar las fórmulas, medio cumplir en ciertos requisitos y sentenciarnos en cualquier forma. Lector: sigue leyendo…

CAPITULO XI LA SENTENCIA Tan pronto como fui enterado de la defensa y en la creencia de que se me absolvería retiréme del local que ocupa el Departamento Judicial y, acompañado por el inspector del presidio, regresaba al departamento celular cuando el auditor de guerra, portando un grueso cartapacio, llegaba de la calle y, al verme, me hizo señas para que regresara. Cuando detuve la marcha y volvía, el inspector me asió por un brazo impidiéndome el retorno, creyendo que me quería fugar. Al ver que era el auditor que me llamaba, regresó conmigo, nervioso.

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Allí se me dio a conocer, diez minutos después de haber sido notificado de la defensa, la sentencia recaída contra mí y cuyo tenor es el siguiente: “Tribunal Militar: Guatemala, ocho de julio de mil novecientos cuarenta y tres. Traída a la vista para dictar sentencia la causa instruida contra el reo Efraín de los Ríos Aguirre,  procesado en este Tribunal por el delito de “atentar contra la seguridad de las instituciones sociales”, aparece en las diligencias que el reo es de las generales siguientes: de treinta y seis años de edad, soltero, originario de Huehuetenango y vecino de esta ciudad, con domicilio en la primera calle oriente número uno, periodista, es ciudadano inscrito, es soldado filiado, no habiendo prestado servicios militares, no tiene vicios, no  padece de ninguna enfermedad contagiosa, hace como seis años estuvo preso cuatro años en esta ciudad, no habiendo conocido la causa ningún tribunal, ignorando el motivo de esta detención. Actuó como defensor en esta causa el licenciado Víctor Manuel Mijangos.  RESULTADO: que con fecha seis de marzo de mil novecientos cuarenta y dos el jefe de la Policía de Seguridad, puso a disposición del Auditor de Guerra departamental, en la Penitenciaría Central, al individuo Efraín de los Ríos Aguirre por motivo que este sujeto hacía propaganda disociadora, parte que fue debidamente ratificado por el jefe de Seguridad. Con fecha nueve de los mismos y relacionado con el parte anterior, el mismo  jefe de Seguridad remitió a esta Auditoria de Guerra una copia certificada en la que constan las declaraciones presentadas por los licenciados Federico Carbonell Rodas y  Ramiro Fonseca Palomo y levantada en la jefatura de este cuerpo, la cual corre agregada a folios cinco a siete de las diligencias. Que indagado con fecha nueve de marzo del año  próximo pasado el reo De los Ríos Aguirre, negó la sindicación que se le hacía y apareciendo del acta a que se ha hecho referencia la afirmación de que el mismo individuo  De los Ríos Aguirre hacía propaganda política, con un fin disociador, según afirmación hecha por el licenciado Fonseca Palomo con fecha doce de marzo del mismo año fue reducido a prisión provisional por el delito de atentar contra la seguridad de las instituciones sociales. Corre agregada a la causa la certificación de esta Auditoría de Guerra en la que aparece la copia de una carta dirigida por Julio Machado, en la que se denuncia al alcaide de la Penitenciaría que el reo de esta causa y Luis Barrera Rodríguez están tratando de escribir un folleto que exponga la vida de la Penitenciaría y relacionada con la muerte de unos reclusos, tal carta fue ratificada como consta en dicha certificación. Obra a folio once de la causa la petición del reo Efraín de los Ríos Aguirre sobre ampliar su indagatoria para exponer hechos y formular cargos contra varios funcionarios públicos  y contra Julio Machado. RESULTANDO: que con fecha primero de julio del corriente año se elevó a plenario la causa y se formularon al reo los cargos correspondientes tomándole su confesión con cargos; habiendo manifestado que nombra al licenciado Víctor Manuel  Mijangos como su defensor y tenido este como tal, se le discernió el cargo que aceptó y corrido el traslado de ley, pidió se dictara sentencia alegando lo que creyó conveniente a  favor de su defendido, por lo que llamados autos la vista, es el caso de dictar la sentencia que en derecho procede. CONSIDERANDO: que la base del procedimiento criminal en la

ERAÍN DE LOS RIOS 172 Ombres contra Hombres  presente causa, se encuentra establecida con el parte rendido con fecha seis de marzo de mil novecientos cuarenta y dos por la Jefatura de la Policía de Seguridad al auditor de guerra, Arto. 150 Cód. Mil. II parte. CONSIDERANDO: que las actividades disociadoras  por las que fue consignado el reo Efraín de los Ríos Aguirre, se han probado plenamente, tanto con su actitud, mantenida en la Penitenciaría Central según la denuncia de Julio  Machado López, como con la carta en que éste pide la ampliación de su indagatoria, de donde se saca en conclusión lógica, que son individuos inadaptados a la sociedad, como con las declaraciones rendidas por los licenciados Federico Carbonell y Ramiro Fonseca Palomo, toda vez que de estas declaraciones y deposiciones, se desprende una presunción legal de culpabilidad del enjuiciado Efraín de los Ríos Aguirre, como autor del delito de atentar contra la seguridad de las instituciones sociales y que tal presunción es grave y suficiente para imponerle condena. Artos. 188, 213, 215, 221 Cód. Mil. II parte. POR TANTO: este tribunal, con apoyo en las leyes citadas y lo que disponen los Artos. 1, 2, 5, 11, 28, 30, 44, 59, 65, 140 y 141 Cód. Penal Común, 41 Cód. Mil. I parte y 421, 422, 425, 426, 427, 429, 430 y 433 Cód. Mil. II parte, DECLARA: 1° -Que Efraín de los Ríos Aguirre es reo autor del delito de atentar contra la seguridad de las instituciones sociales. 2° -Que  por tal hecho lo condena a sufrir la pena de tres años de prisión correccional inconmutables. 3° -Le abona la prisión sufrida desde el día doce de marzo del año de mil novecientos cuarenta y dos, fecha en que fue reducido a prisión provisional. 4° -Lo exonera de la reposición del papel empleado en la causa por su notoria pobreza; y 5° -Lo suspende en el goce de sus derechos políticos por el tiempo de la condena. Notifíquese y consúltese.- (ff) Reyes R., Cabrera Martínez, J. Cifuentes.”

Pasemos lector, sobre las notificaciones, hechas el propio 8 de julio. Hizose el extracto de datos para enviar la causa en consulta a la Sala Tercera de Apelaciones. Transcurrió septiembre. Hasta el 7 de octubre se firmó la certificación que dice: “El infrascrito secretario de la Sala Tercera de Apelaciones, certifica: que para el efecto ha tenido a la vista la resolución que copiada literalmente dice: “Sala Tercera de  Apelaciones organizada en Corte Marcial: Guatemala, , veinticuatro de septiembre de mil novecientos cuarenta y tres. En consulta y con sus antecedentes se examina la sentencia dictada por el tribunal Militar de este departamento el ocho de julio de mil novecientos cuarenta y tres, por la cual declara: 1° -Que Efraín de los Ríos Aguirre es reo autor del delito de atentar contra la seguridad de las instituciones sociales; 2° -Que por tal hecho lo condena a sufrir la pena de tres años de prisión correccional inconmutable; 3° -Le abona la prisión sufrida desde el doce de marzo de mil novecientos cuarenta y dos, fecha en que  fue reducido a prisión provisional y hace las demás declaraciones de orden legal. El  procesado es de treinta y seis año de edad, soltero, originario de Huehuetenango y vecino de esta ciudad, periodista, estuvo preso cuatro años en esta ciudad ignorando el motivo de esta detención. El jefe de la Policía de Seguridad puso, el seis de marzo de mil novecientos cuarenta y dos, a disposición de la Auditoria de Guerra departamental a Efraín de los Ríos  Aguirre por sindicársele de hacer propaganda disociadora. El parte fue debidamente

ERAÍN DE LOS RIOS 173 Ombres contra Hombres ratificado. Obra en autos una copia certificada en la que constan las declaraciones  prestadas por los licenciados Federico Carbonell Rodas y Ramiro Fonseca Palomo, ante el  jefe de la Policía de Seguridad. Indagado en la forma de ley el procesado Efraín de los  Ríos Aguirre, negó los hechos que se le imputan. Se decretó la prisión preventiva del enjuiciado por el delito de “atentar contra la seguridad de las instituciones sociales”.  Agregada a los autos aparece copia certificada extendida por la Auditoria de Guerra departamental en la que aparece copiada una carta dirigida por Julio Machado al alcaide de la Penitenciaría Central, por la cual denuncia que De los Ríos Aguirre y Luis Barrera  Rodríguez tratan de escribir un folleto que exponga la vida de la Penitenciaría y relacionado con la muerte de unos recluidos; carta que se encuentra ratificada. Fue ampliada la declaración de Delos Ríos Aguirre formulando cargos contra Julio Machado y varios funcionarios. Elevada la causa a plenario, se mandó tomar al reo, confesión con cargos, no conformándose con los que le aparecieron del estudio de los autos. Con base en tales antecedentes y agotada la pesquisa se dictó el fallo de examen; y, CONSIDERANDO: que de conformidad con lo preceptuado por los Artos. 254, 258 y 260 del Cód. Mil. II  parte, toda persona de cualquier clase, fuero o condición que sea tiene obligación de concurrir al llamamiento judicial para declarar cuanto supiere sobre lo que fuere  preguntado respecto a los delitos que se persiguen. Que en el presente caso, la sentencia que se examina se funda principalmente en las declaraciones rendidas por los licenciados Federico Carbonell Rodas y Ramiro Fonseca Palomo toda vez que de estas declaraciones  y deposiciones se desprende una presunción legal de culpabilidad del enjuiciado Efraín de los Ríos Aguirre, como autor del delito de “atentar contra la seguridad de las instituciones sociales” y que tal presunción es grave y suficiente para imponerle condena; pero de autos aparece que tales declaraciones no se han prestado de conformidad con la ley, sino contra el tenor legal de ésta, no concurriendo los declarantes ante la autoridad judicial y en tal concepto lo actuado con tal base tiene que ser nulo, como lo es el plenario de la causa de referencia, nulidad que esta Sala está obligada a declarar. Artos. IX y 119 de la ley C. del P. J. POR TANTO: la Sala Tercera de la Corte de Apelaciones organizada en Corte  Marcial, sin entrar al conocimiento del fondo de la cuestión que dio origen a dicho fallo, con apoyo en las leyes citadas y en lo que disponen los Artos. 227 al 234 del Dto. Gub.1862, DECLARA: la nulidad del plenario en el juicio relacionado y manda se  proceda por quien corresponde a la reposición de las diligencias anuladas. Notifíquese y devuélvanse los autos al despacho de su procedencia. – (ff) Manuel V. Marroquín, M.  Alfredo Gil, C. Girón Z., Rosalio Reyna R., Corzantes M.” - “Y en cumplimiento de lo mandado, extiendo la presente previa confrontación con su original, en dos hojas útiles de  papel español, en la ciudad de Guatemala, a los siete días del mes de octubre de mil novecientos cuarenta y tres. La pieza de segunda instancia consta de tres hojas. (f) Gmo. Corzo.”

El 12 de octubre día de la raza, me fue notificada la providencia que dice:

ERAÍN DE LOS RIOS 174 Ombres contra Hombres “Tribunal Militar: Guatemala, once de octubre de mil novecientos cuarenta y tres.  Ejecútese y hágase saber como está mandado; a plenario la presente causa, tómese al enjuiciado Efraín de los Ríos Aguirre su confesión con cargos, deduciéndole todos los que sean justiciables y aparezcan cometidos por él; hágasele saber lo relativo a su defensa.  Arto. 30 Dto. Leg. 1240; 292 y 293 Cód. Mil. II parte. – (ff) Reyes R., Cabrera Martínez J. Cifuentes.”

En esta ocasión no se me permitió nombrar abogado defensor y a quienes designaba eran amenazados para que no aceptasen la defensa, invocando para ello diversas excusas. Sigamos leyendo: “Auditoria de Guerra: Guatemala. Veintiséis de octubre de mil novecientos cuarenta y tres. Con vista de las razones que aparecen en la causa de los abogados defensores que  propuso el enjuiciado; nómbrese de oficio defensor del enjuiciado Efraín de los Ríos  Aguirre al coronel de infantería Antonio González Salazar, a quien se le hará saber el nombramiento en él recaído para su aceptación y demás efectos, debiéndose correr el traslado en su oportunidad. Arto. 295 Cód. Mil. II parte y 502 y 509 Prs. Pls. –Cabrera  Martínez, A. Beteta.”

Se hicieron las notificaciones de ley y el acta de discernimiento del cargo de defensor al coronel González Salazar, a quien no conocía. La defensa hecha por el propio auditor o por alguno de los empleados y firmada por González Salazar, dice así: “Honorable Tribunal Militar: Antonio González Salazar, de generales conocidas en la  presente causa, instruida contra Efraín de los Ríos Aguirre, por el supuesto delito de atentar contra la seguridad de las instituciones sociales, al evacuar el traslado que me corresponde, como defensor del reo mencionado, comparezco a manifestar, que del estudio  formal de dicha causa se deducen dos conclusiones: La primera, que solamente la declaración del licenciado Ramiro Fonseca Palomo –que de cuando en vez ayudaba  pecuniariamente al reo De los Ríos Aguirre-, está en su contra, ya que ninguna otra  persona afirma haber oído los conceptos vertidos por el encartado, , según Fonseca Palomo, ni haber en la causa alguna otra constancia de que el mencionado De los Ríos  Aguirre haya hecho propaganda delictuosa en contra de las instituciones sociales, ya que no tomó ninguna actitud manifiesta que pudiera dar motivo a mayores trascendencias sociales y públicas, aquello afirmado por el licenciado Fonseca Palomo en contra de mi defendido, como ya dije. Segunda, que la denuncia hecha por el reo Julio Machado López, legalmente no puede tomarse en consideración, pues de las declaraciones indagatorias de ambos, De los Ríos Aguirre y Machado López, sobre la denuncia hecha por el segundo al alcaide de la Penitenciaría, se infiere que son enemigos y por consiguiente queda circunscrita a lo que dice el artículo 207, inciso 1° Cód. Mil. II parte. Por lo expuesto anteriormente Honorable Tribunal Militar, pido: que tomando en cuenta el tiempo  padecido en la prisión por mi patrocinado y las conclusiones a que me he referido; deduciendo que no existe delito a De los Ríos Aguirre, se le absuelva del cargo y se dicte

ERAÍN DE LOS RIOS 175 Ombres contra Hombres su inmediata libertad. Artos. 201 y 424 Cód. Mil. II parte, Guatemala, 4 de noviembre de 1943. – (f) Ant. González S.” “Tribunal Militar: Guatemala, cinco de noviembre de mil novecientos cuarenta y tres.  A sus antecedentes el alegato que antecede; para mejor fallar y dentro del término de quince días, examínese a los licenciados Ramiro Fonseca Palomo y Federico Carbonell  Rodas. Artos. 253, 285 y 580 Cód. Mil. II parte. – (ff) Reyes R., Cabrera Martínez, J. Cifuentes.”

Citóse nuevamente a los dos profesionales elegidos para declarar contra mí y nuevamente interrogados, ya no ante la amenazadora Policía de Seguridad, se levantó el acta que dice: “En nueve de los mismos presente y protestado de conformidad con la ley el señor licenciado don Federico Carbonell Rodas, de cincuenta y tres años de edad, casado, abogado y notario, originario de Alta Verapaz y con domicilio en esta ciudad, con oficina en el Pasaje Paris número dos, en virtud de preguntas dijo: que ratifica lo que dijo en acta de folios cinco y seis de esta causa ante el jefe de la Policía de Seguridad con relación al conocimiento que tiene del enjuiciado Efraín de los Ríos, pues efectivamente con este señor nunca ha tenido ninguna clase de relaciones y por lo tanto nunca le contó nada con respecto a la publicación que iba a sacar el referido De los Ríos ni de propósitos de ninguna especie. Ratificó lo escrito leído que le fue y enterado firmó. Doy fe. – (ff) Cabrera  Martínez, F. Carbonell R., A. Beteta C.” “Seguido presente el Tribunal y protestado de conformidad con la ley, el señor licenciado Ramiro Fonseca Palomo, de cuarenta y seis años, casado, originario de Antigua Guatemala y vecino de esta capital, con domicilio en la quince calle poniente numero setenta y siete, abogado y notario, en virtud de preguntas, dijo: ratificar los conceptos del acta firmada con fecha seis de marzo del año próximo pasado, que fue subscrita en el despacho del jefe de la Policía de Seguridad, ante este; que hace constar en vía de aclaración; que el concepto de dicha declaración que dice: que según pudo colegir, la agrupación que De Ríos tenía en mente, era de oposición al actual régimen político del  país, fue una apreciación puramente personal del que habla, nacida de lo manifestado en la policía, de que el señor De los Ríos era convicto de los hechos que se le imputaban, pero que a él, el que habla, nada le consta. Ratificó lo nuevamente escrito y enterado de todo,  firmó. Doy fe. – (ff) Cabrera Martínez, Ramiro Fonseca P., A. Beteta C.”

Siguiéronse los trámites ordinarios de las notificaciones y, habiéndose llamado autos a la vista con citación para sentencia, vínose a dictar la que el lector conocerá en el capitulo siguiente y que puede servir de modelo de las que se dictaron en los falsos procesos incoados contra inocentes compañeros. De todo lo transcrito, el lector sacará las conclusiones que juzgue convenientes y conocerá la forma en que se sustanciaban los famosos procesos, cuya fábrica principal desempeñaba la tristemente célebre Auditoría de Guerra departamental, sobre la que pesan muchas muertes lamentables y muchísimos destinos truncados.

ERAÍN DE LOS RIOS 176 Ombres contra Hombres

CAPITULO XII LA NUEVA SENTENCIA “Tribunal Militar: Guatemala, doce de noviembre de mil novecientos cuarenta y tres. Traída a la vista para dictar sentencia, la causa instruida contra el reo Efraín de los  Ríos Aguirre, procesado en este tribunal por el delito de atentar contra las instituciones sociales, aparece en las diligencias que el reo es de las generales siguientes: de treinta y seis años de edad, soltero, originario de Huehuetenango y vecino de esta ciudad, domiciliado en la primera calle oriente número uno, periodista, ciudadano inscrito, no tiene vicios, no padece ninguna enfermedad contagiosa, hace como seis años estuvo preso en esta ciudad, no conoció la causa ningún Tribunal, ignorando el motivo de su detención.  Actuó como su defensor el coronel Antonio González Salazar. RESULTANDO: que con  fecha seis de marzo de mil novecientos cuarenta y dos el jefe de la Policía de Seguridad  puso a disposición de la Auditoría de Guerra, en la Penitenciaría Central, al individuo  Efraín de los Ríos Aguirre, por motivo que este sujeto hacia propaganda disociadora,  parte que fue debidamente ratificado por el mencionado jefe de Seguridad. Con fecha nueve de los mismos y relacionado con el parte en cuestión, el mismo jefe de Seguridad remitió a esta Auditoria de Guerra una copia certificada en la que constan las declaraciones presentadas por los licenciados Federico Carbonell Rodas y Ramiro Fonseca Palomo, acta levantada en la Jefatura de ese cuerpo, la que corre agregada a  folios cinco, seis, siete de las diligencias. Que indagado con fecha nueve de marzo del año  próximo pasado, el reo De los Ríos Aguirre, negó la sindicación que se le hacía y apareciendo del acta a que se ha hecho mención, la afirmación de que el mismo individuo  De los Ríos hacia propaganda política, con un fin disociador, según la afirmación hecha  por el licenciado Fonseca Palomo, con fecha doce de marzo del mismo año fue reducido a  prisión provisional por el delito de atentar contra la seguridad de las instituciones sociales. Corre agregada a la causa la certificación de esta Auditoria de Guerra en la que aparece la copia de una carta dirigida por Julio Machado en la que denuncia al alcaide de la Penitenciaría que el reo de ésta y Luis Barrera Rodríguez están tratando de escribir un  folleto que exponga la vida de la Penitenciaría y relacionada con la muerte de unos recluidos, tal carta fue ratificada como obra en dicha certificación. A folio once de la causa consta la petición del enjuiciado De los Ríos sobre ampliar su indagatoria para exponer hechos en beneficio del gobierno; ampliada que fue su indagatoria dijo De los  Ríos: que Julio Machado decía que los generales Umaña y Zapata habían sido asesinados; que Machado decía que quería irse a México para escribir un folleto, que así mismo continuó diciendo que seguramente este individuo padecía de locura furiosa. En su indagatoria primera el reo De los Ríos niega relacionarse con amigos desafectos al gobierno y manifiesta que no se dedica a ninguna actividad pública ni punible. Con fecha  primero de julio del corriente año se elevó a plenario la causa y se formularon al reo los cargos correspondientes deduciéndosele los que le resultaren justificables, con los cuales

ERAÍN DE LOS RIOS 177 Ombres contra Hombres no se conformó; en el acto de indicar lo relativo a su defensa dijo nombrar al licenciado Víctor Manuel Mijangos como defensor, cargo que aceptó el referido licenciado y corrido que le fue el traslado de ley, pidió que se dictara sentencia, alegando además lo que creyó útil a favor de su defendido. Llamados que fueron autos a la vista para dictar sentencia, ser dictó la que procedía imponiendo al reo Efraín de los Ríos Aguirre la pena de tres años de prisión correccional en sentencia de fecha ocho de julio del corriente año. Elevada que  fue en consulta a la Sala Jurisdiccional, este tribunal declaró la nulidad del plenario mandando se repusieran las diligencias por este Tribunal Militar. RESULTANDO: que con  fecha once de octubre del corriente año se elevó nuevamente a plenario la causa y se tomó confesión con cargos al reo De los Ríos, deduciéndosele los siguientes cargos: el de haber  propuesto al licenciado Ramiro Fonseca, fundar un periódico con el objeto de hacer  propaganda contra la sociedad, no se conformó con el cargo; el de propalar especies disociadoras con el fin de formar una intranquilidad pública, no se conformó con el cargo, el de dedicarse a asuntos políticos para poner en mal concepto al actual gobierno ante la sociedad, no se conformó con el cargo. Se le indicó lo relativo a su defensa y dijo nombrar al licenciado Víctor Manuel Mijangos y en su defecto al licenciado Isidro Lemus; dichos  profesionales no comparecieron a hacerse cargo de la defensa por las razones expuestas en las diligencias a folios veinticuatro y veinticinco, , por lo que el tribunal, con fecha veintiséis de octubre del mismo año, nombró defensor del reo Efraín de los Ríos Aguirre al coronel de infantería Antonio González Salazar, persona que aceptó el cargo, alegando en su defensa lo que creyó beneficioso a favor del reo y pidiendo que al dictar sentencia se le absolviera; se mandó agregar a sus antecedentes el alegato dictándose en la misma resolución, un auto para mejor fallar con el objeto de interrogar a los licenciados Ramiro Fonseca Palomo y Federico Carbonell Rodas. Dichos profesionales manifestaron ratificar lo expuesto en el acta de folio cinco al siete de estas diligencias, agregando el licenciado Fonseca Palomo que hace constar en vía de aclaración, que el concepto de dicha acta que dice: Que según pudo colegir, la agrupación que De los Ríos tenía en mente, era de oposición al actual régimen político del país, fue una apreciación puramente personal, del que habla, nacida de lo manifestado en la propia Policía, de que el señor De los Ríos era convicto de los hechos que se le imputaban, pro que a él, el que habla, nada le consta.  Llamados que fueron nuevamente autos a la vista para dictar sentencia es el caso de  proferir la que en rigor de derecho corresponde. CONSIDERANDO: que la base del  procedimiento criminal en la presente causa, se encuentra plenamente establecida con el  parte rendido por el jefe de la Policía de Seguridad, al auditor de guerra departamental, de fecha seis de marzo del año ppdo., Arto. 150 Cód. Mil. II parte. CONSIDERANDO: que las actividades disociadoras por lo que fue consignado el enjuiciado Efraín de los Ríos  Aguirre, único reo de esta causa, por el jefe de la Policía de Seguridad, se han probado en  forma plena, tanto con la actitud que el referido De los Ríos Aguirre ha mantenido en el interior de la Penitenciaría Central, como lo denunció Julio Machado, como con la carta del propio reo De los Ríos en que pide ampliación de su indagatoria, pieza ésta de donde

ERAÍN DE LOS RIOS 178 Ombres contra Hombres se saca en conclusión lógica, que este individuo es de aquellos que por su perversidad y tendencias se colocan entre los inadaptados a la sociedad; conclusiones estas que quedan robustecidas con el dicho de los licenciados Ramiro Fonseca Palomo y Federico Carbonell  Rodas, toda vez que de ellos se desprende una presunción legal de culpabilidad del enjuiciado De los Ríos Aguirre, como autor del delito de atentar contra la seguridad de las instituciones sociales por el que se le juzga, y que tal presunción es grave y suficiente para condenarlo. Artos. 188, 213, 215, 221 Cód. Mil. II parte. POR TANTO: este tribunal con apoyo en las leyes citadas y lo que disponen los Artos. 1, 2, 5, 11, 28, 30, 44, 59, 65, 140, 141 Cód. Penal Común, 41 Cód. Mil. I parte, 421, 422, 425, 426, 427, 429, 430 y 443 Cód.  Mil. II parte, DECLARA: 1°, que Efraín de los Ríos Aguirre es reo autor del delito de atentar contra la seguridad de las instituciones sociales; 2°, que por tal hecho lo condena a sufrir la pena de tres años de prisión correccional inconmutables;3°, le abona la prisión  padecida desde el día doce de marzo del año próximo pasado, en que fue reducido a  prisión provisional; 4°, lo exonera del pago de papel empleado en la causa por su notoria  pobreza, y 5°, lo suspende en el goce de sus derechos políticos por el tiempo de la condena.  Notifíquese y en su caso consúltese.- (ff) P. Reyes R., Guillermo Cabrera Martínez, J.

Cifuentes.” Con fecha 13 y 15 de noviembre fue notificada la sentencia anterior al que escribir estas líneas y al defensor de oficio coronel Antonio González Salazar. El extracto de datos para enviar la causa a la Sala Tercera de Apelaciones, dice: “a) Nombre y apellidos del reo: Efraín de los Ríos Aguirre. b) Delito: Atentar contra la seguridad de las instituciones sociales. c) Reo preso en la Penitenciaría Central. d) No hubo acusador. e) Motivo por el que se envía la causa expresando el folio en el que se encuentra la resolución y clase misma: la causa va en consulta de la sentencia dictada  por el Tribunal Militar con fecha doce de los corrientes y que obra a folios del 30 al 32 vuelto .f) Números de folios que se compone la causa: Se compone de treintitrés hojas útiles g) No hubo gastos de hospital. Guatemala, 15 de noviembre de 1943.- (f) J. Ernesto

Calderón T.” Obsérvese el cumulo de anomalías existente en el proceso. Debía condenarse a toda costa. Y cuando en el ánimo del dictador asomaba un leve destello de pudor, ordenaba que se diera forma legal a la infamia. -Yo quiero que a fulano se le condene a cinco años –decía, dirigiéndose al auditor- y usted verá la forma de adobar jurídicamente el proceso. La sala Tercera de Apelaciones, constituida en Corte Marcial para la revisión de las sentencias consultadas, generalmente obraba obedeciendo instrucciones directas del señor Presidente  y cuando se ponían a la vista de los magistrados aquellos procesos impúdicos, sustanciados arbitrariamente y en los que no aparecía la menor culpabilidad del enjuiciado, la Sala ordenaba su nulidad y mandaba rehacerlos –como en mi caso- y cuando regresaban mejor adobados   con todas las astucias huisacheriles de que el auditor echaba mano, con testigos falsos y pruebas confeccionadas por él mismo, la Sala concluía confirmando las

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sentencias consultadas –como en la gran mayoría de casos- y al reo no le quedaba más recurso que el  perdón del dictador. Caso hubo de que cuando buscaban de la Auditoria al procesado para hacerle alguna notificación, hacía días que había sido puesto en libertad de orden del señor Presidente. Si era culpable, ¿por qué el señor Presidente se inmiscuía en lo que correspondía a los Tribunales? Si no era culpable, ¿por qué se le había puesto a la orden de la Auditoria de Guerra para que se le procesara? Lógicamente se deduce que aquel Tribunal solo servía para dar forma jurídica a todas las infamias que al Presidente se le antojaban. Las torturas aplicadas al enjuiciado, no tenían ningún fin investigador; pues aunque el reo fuese confeso desde un principio, para evitarse el tormento, siempre se le conducía a altas horas de la noche al lugar del suplicio. Era el trámite de rigor inevitable. La garrucha y el batón funcionaban en el más sencillo de los casos. Veamos la forma que la Sala resolvía las sentencias elevadas en consulta: “Sala Tercera de Apelaciones: Guatemala, diez de diciembre de mil novecientos cuarenta y tres. En consulta se encamina la sentencia que dictó el Tribunal Militar de este departamento, el doce de noviembre anterior, en la que impone a Efraín de los Ríos  Aguirre, como autor del delito de atentado contra las seguridad de las instituciones sociales, la pena de tres años de prisión correccional inconmutable, con las demás declaraciones de orden legal. El jefe de la Policía de Seguridad puso el seis de marzo del año pasado, a Efraín de los Ríos Aguirre a disposición de la Auditoria de Guerra departamental, por sindicársele de propaganda disociadora. Agregada a los autos aparece una copia certificada, expedida por la Secretaria de la Jefatura de la Policía de Seguridad, en la que se transcriben las declaraciones que los licenciados Ramiro Fonseca Palomo y Federico Carbonell prestaron en dicha oficina. Se le tomó declaración indagatoria al  procesado y negó los cargos que se le imputaban. Fue agregada una copia certificada de la carta que el individuo julio Machado dirigió al alcaide de la Penitenciaría Central, en la que denuncia que De los Ríos Aguirre y Luis Barrera Rodríguez tratan de escribir un  folleto en que se narra la vida de la Penitenciaría; y en relación con la muerte de uno de los recluidos, cuya carta fue ratificada por Machado. De amplió la declaración indagatoria de Efraín de los Ríos Aguirre y en esa diligencia formuló cargos contra Julio  Machado. Al tomársele confesión con cargos no aceptó los que se le dedujeron. Al resolver este Tribunal en consulta el fallo, declaro su nulidad y la del plenario de la causa; y repuestas las diligencias anuladas, pronunció el nuevo fallo que ahora toca examinar. CONSIDERANDO: Que de las declaraciones prestadas por los señores Ramiro Fonseca, Federico Carbonell y Julio Machado López, se deduce que el procesado se proponía una  propaganda con tendencias a un cambio de gobierno, como lo acredita lo declarado por él, en relación con las platicas que tuviera con Julio Machado López, en el sentido que se indica; que este hecho está sancionado por el artículo 140 del Código Penal, debiendo aplicarse la pena que se asigna para el delito de traición en las leyes penales militare. En el caso que se juzga, atendiendo a que concurre la circunstancia atenuante de los hechos

ERAÍN DE LOS RIOS 180 Ombres contra Hombres confesados por De los Ríos, la pena que procede imponer es la de dos años de prisión.  Artículos 188, 189, 192, 199, 200 CM. 2ª P., 41 y 45 CM 1ª P. POR TANTO: La Sala Tercera de Apelaciones, organizada en Corte Marcial, con apoyo además en los artículos 421, 422, 425 C.M. 2ª parte, 232, 233 y 234 L.C. del P.J., aprueba la sentencia elevada en consulta, con la enmienda de que la pena que debe purgar el procesado, es la de dos años de prisión correccional. Notifíquese y con certificación, devuélvase el juicio.- (ff) Manuel

V. Marroquín, M. Alfredo Gil, C. Girón Z., Rosalio Reyna R., Corzantes, Gmo Corzo.” El 13 de enero de 1944, fue recibida en la Comandancia de Armas la acusa devuelta por la Sala. Los últimos trámites del proceso dicen literalmente: “Tribunal Militar: Guatemala, catorce de enero de mil novecientos cuarenticuatro.  Ejecútese y hágase saber. Arto. 442 Cód. Mil. II parte.- (ff) Reyes R., Cabrera Martínez, J.

Cifuentes.” “En la siguiente fecha, en el Departamento Judicial de la Penitenciaría Central, siendo las 14 horas y 15 minutos, notifíquese al reo Efraín de los Ríos Aguirre, el auto que antecede y enterado de todo, no firmó. Doy Fe. (f) C. Aug. López V.”

El día 17 fue notificado el defensor de oficio. Aclarado: habiéndose motivado auto de prisión con fecha 12 de marzo de 1942 y habiendo sido notificado de la sentencia revisada por la Sala 3ª en que se me rebajaba un año de los tres aplicados en primera instancia, el 15 de enero de 1944 –día de la festividad del Señor de Esquipulas-, me quedaban por cumplir 57 días. En consecuencia, yo esperaba obtener mi libertad el 12 de marzo de 1944, cosa que no sucedió así, a pesar de que, como un sarcasmo, se había consignado al pie de la última hoja del proceso la siguiente anotación. “RAZON: En once de marzo de mil novecientos cuarenticuatro, se dio la libertad del enjuiciado. C.- (f)  Cifuentes. ”

Yo continué guardando prisión mucho más allá de la fecha en que había cumplido, lo que vino a producirme una horrible desesperación, que bien comprenderán aquellos que han cumplido una sentencia y continúan presos de orden. Todas las esperanzas alimentadas durante más de ocho meses se derrumbaron. La seguridad de que al ser procesado de cualquier modo, la sentencia vendría a definir mi situación, había sido falsa. Y vino a amargar más mis días una noticia transmitida por otros reclusos más experimentados. El director de la Policía, haciendo uso una vez más de las constantes arbitrariedades que eran su norma, acostumbraba imponer una condena, además de la legal, dictada a su arbitrio a los que él conceptuaba como reincidentes . Señaláronme varios casos de condenas prolongadas en esta forma. Y como yo ya había estado preso anteriormente, nada podría evitar que el director de Policía me hubiese condenado a una nueva pena, sin notificárseme nada absolutamente. Yo sabía perfectamente que este funcionario carecía de facultades legales para tomar una actitud semejante, pero dada la corrupción de la administración pública y el imperio de la arbitrariedad en todos sentidos, muy posible era que yo continuase preso de orden del director.

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El jefe de la policía de la malhadada época a la que me estoy refiriendo y el director de la Penitenciaría, así como todos los subalternos de ambos, conceptuaban como reincidente al que había sido arrestado por dos veces, aunque su delito hubiese sido diferente. Ellos ignoraban totalmente la clasificación exacta del reincidente, como lo indican los tratadistas de derecho y los legisladores de todos los tiempos; ellos, hombres rudos e ignorantes, acostumbrados a ver las cosas por sus manifestaciones externas, eran incapaces de discernir y menos de poder apreciar las condiciones de cada uno de los reclusos. Y como yo había sido internado ya por dos veces en la Penitenciaría, había sido clasificado como reincidente. En consecuencia, conforme la lógica policial de aquel entonces, tendría que cumplir una nueva condena al arbitrio del director de la Policía. Desvaneciéronse mis esperanzas; derrumbóse el castillo de ilusiones que cada prisionero poco antes de cumplir su condena, construye en su imaginación; destruyéronse todos mis proyectos; marchitáronse todas mis alegrías y vi rodar, hecho pedazos, todo mi programa trazado para el porvenir, con la misma tristeza con que un niño viese su juguete más querido hacérsele trizas entre las manos. Y mis días fueron tristes, porque vía abrirse para mí una nueva senda de martirio. El peso de un enorme abatimiento cayó sobre mí corazón. Una sombra de amargura embotó mi cerebro y mis pocas facultades físicas y morales se fueron plegando, como la hoja de la zarza por un golpe inusitado. Mi estado de ánimo podrá interpretarlo quien se esfuerce por colocarse en mi lugar. El sol ya no brillaba para mí; todo cuanto me rodeaba me era hostil. Sentíame inclinado al abandono. Sólo la plegaria lograba fortalecer mi espíritu. En medio de este estado depresivo, en que el más hondo y extraño dolor moral tiene su asiento, en medio de esa noche de pena y de angustia, brillaba para mí un débil rayo de esperanza, la única compañera, la última que, después del recuerdo, abandona al hombre a la hora de la liquidación final…

CAPITULO XIII RESIGNACION El desgaste nervioso causado por la incertidumbre en un día, supera el desgaste normal causado en un año de vida ordinaria. El esfuerzo por aparecer sereno provoca este desgaste y en la lucha por dominar el nerviosismo, la voluntad se somete a una acción intensa que culmina con un desfallecimiento total de fuerzas físicas y morales. Colocado el hombre en un plano como el que pinto en el cuadro anterior, concluye por envejecer prematuramente con la perdida de todas las energías. Nuevos sentimientos brotan en el pecho del recluso afligido; de la noche a la mañana conviertése en supersticioso, en la más simple manifestación de la naturaleza quiere ver un augurio que interpreta a su manera. Algunos buscan de preferencia la compañía de los otros cautivos con el fin de que su conversación les distraiga; otros prefieren aislarse, para rumiar en silencio su dolor y otros experimentan, durante las cortas horas de un día, una serie de cambios súbitos que les hace aparecer tristes y alegres conforme su ánimo recibe las transmisiones transmitidas por su cerebro.

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Generalmente el recluso es objeto de una laxitud de espíritu que le hace aparecer como indiferente, sin embargo, está observando atentamente los sucesos que ocurren a su derredor. El vuelo de los buitres –llamados  zopilotes por nosotros-, tiene para el recluso una gran importancia, pues por su dirección deduce lo que habrá de sobrevenir y siempre que tenga relación con su ansiada libertad. Cuando después de varios días de monótona reclusión , sin que ningún suceso extraordinario venga a alterar la pasividad de la cárcel, llega una de estas aves de levitón sombrío –como dijera el recordado Pedro Roa- a posarse sobre uno de los techos próximos, el recluso espera ansiosamente a que el zopilote voluntariamente levante el vuelo, para traducir la señal que el ave le transmite al volar, de acuerdo con la interpretación que en todo tiempo todos los reclusos hacen del vuelo del ave enlutada. Si el ave emprende el vuelo hacia el norte, es seguro que ese día o al siguiente se va libre alguno de sus compañeros. Si el pájaro forma un semicírculo al volar y toma rumbo al sur, se toma como una señal de mala suerte y alguno de los recluidos es sentenciado con un tiempo más del que esperaba o lo condenan a muerte. En este caso el recluso blasfema y lanza maldiciones al ave. Recuerdo que una vez fui llamado por un recluso que tomaba el sol para ver uno de estos pájaros que se había posado sobre uno de los techos vecinos, después de describir un semicírculo y que había motivado el coraje del recluso. -Maldito zopilote –decía-, éste trae mala suerte porque paró en vuelo circular; y lo peor es que mira para acá. Algo malo va a suceder. Efectivamente, el ave estaba sobre el techo que cubre la cuarta cuadra y miraba atentamente al interior del callejón. Esperamos a que levantara el vuelo para concluir el augurio. Al momento el ave voló describiendo el semicírculo fatídico y tomando hacia el sur. El recluido pateó el suelo y se mesó los cabellos. Lanzó diez blasfemias y veinte  juramentos infernales. Prendió un cigarrillo y lo consumió de tres chupadas. Por la tarde llegaron el juez y el alcaide a notificarle que había sido denegado por el Presidente el recurso de gracia. Entró en capilla y lo fusilaron al día siguiente. El aviso del zopilote había sido efectivo esta vez, como en muchas otras. Luego, la que yo llamaría  zopilotomancia, es una forma de adivinación generalizada entre los presos y de una efectividad que no admite equivocaciones. Las veces que yo tuve oportunidad de ver un zopilote, traté de interpretar su vaticinio por medio de su vuelo y siempre tuvo un resultado más o menos de acuerdo con la interpretación. Mi propia libertad fue anunciada por el vuelo de una de estas aves, así como la de muchos compañeros. Siempre la llegada de un zopilote al lugar de nuestro cautiverio, trajo por resultado algún suceso extraordinario. No recuerdo que alguna vez haya fallado este anuncio. También la forma de las nubes, es otra señal que los reclusos reconocen y admiten como anuncio de sucesos nuevos. Años atrás, una tarde, en los momentos que estábamos formando para el encierro, se acercó a mí un recluso y me dijo: -Mire don Efraín, aquella señal en el cielo, ¿ya vio la letra tan hermosa que forma? Yo miré atentamente la blanca nube que pasaba por nuestro cielo azul. Al principio no distinguí bien la letra, pero un golpe de viento hizo que la nube se transformara en una

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“L” bien visible. Mi interlocutor era tartajo y estaba emocionado. Sentí una súbita inspiración y le dije: -Es una ele, primera letra de la palabra libertad . Usted y muchos se van mañana. Efectivamente, al día siguiente que era 23 de diciembre, se fueron libres veinticuatro prisioneros políticos, inclusive el compañero que me había enseñado la nube en forma de ele. A la cabeza de los libertados iba el licenciado Ramiro Fonseca y de los últimos era el compañero de la letra que, en su emoción, apenas pudo hacerme una señal con la mano, indicándome que el vaticinio se había cumplido. Desde entonces creí en los anuncios del cielo y de la tierra, en el vuelo de los zopilotes y en la forma de las nubes, en el canto de los pájaros y en el ruido del fuego, en la caída de las hojas y en la impertinencia de las moscas, en la transparencia de un vaso de agua y en el derrame de la sal; en todas esas cosas, pequeñas manifestaciones en las que la imaginación del recluso cree ver un anuncio relacionado con su suerte… La llama de una vela, encendida frente a una imagen cualquiera es también otra señal que el recluso interpreta a su manera. Si la llama vibra y se agita insistentemente, l toma como una señal de buena suerte o de que el milagro pedido al santo se realizará. Si la llama se inclina con dirección a la puerta, anuncia que su libertad está próxima. Pero si permanece quieta o se inclina hacia la pared, lo toma como respuesta de que el santo le ha vuelto las espaldas y en su cólera llega hasta a encender una vela al revés, es decir, sentándola por el pabilo y encendiéndola por el asiento. Vi realizarse muchos de estos que llamaría milagros  y hasta yo mismo, en muchas ocasiones, llegue a ser una especie de augur. -Hoy será día de grandes emociones –decíamos con el compañero Marco Antonio Cardona. Y efectivamente ese día, o había un libertado, o llegaba un nuevo cautivo o sucedían cosas que no esperábamos y que transformaban nuestra vida.

CAPITULO XIV HAS DE RECUERDOS Ya que por una extraña asociación de ideas, surgen esta mañana frente a mí los tristes recuerdos del cautiverio, me propongo, cómo un acróbata intelectual, saltar sobre el tiempo y atrapar, uno a uno, esos recuerdos, quizá incoherentes en el tiempo, sin la sucesión de continuidad que fuera necesaria, pero, eso sí, reales, exactos, verídicos, vistos y vividos por mí en el angustioso silencio de las celdas penitenciarias y en el reducido espacio en que me tocó vivir. Cuando después del asesinato del compañero Aldana, que ya describí en capítulos anteriores, durante mi primera prisión, continué yendo a los trabajos forzados a la Ladrillera en unión de los demás compañeros sentenciados, viví varios días de angustia y desesperación que solo podrá comprender aquel que se esfuerce por colocarse en mi propio lugar. Ya dije que la opinión unánime de más de 1700 presos que había en los patios

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generales o sea reos de delitos comunes, era de que el próximo sacrificado seria yo. Todos los que podían acercarse hasta mí, tomando precauciones para aproximarse, me hablaban aconsejándome resignación. Sus reiteradas manifestaciones estaban a punto de volverme loco. Parecía como si todos se hubiesen puesto de acuerdo en martirizarme. Jamás supe, ni lo sé hoy, ni lo sabré nunca, si lo hicieron de buena fe o si procedían obedeciendo instrucciones de sus jefes y encargados en un alarde del más crudo sadismo, para destruir completamente mis fuerzas físicas y, sobre todo, morales. Lo que sí sé es que no podría describir con palabras el dolor de aquellos días angustiosos. Todavía hoy, al evocarlos, siento un frio horrible que recorre mi medula espinal y siento que el cabello se me eriza, poniendo sobre mi piel el sello de una sensación extraña. Tan pronto como un preso lograba ponerse a mi lado, me decía a media voz: -Tenga paciencia, don Efraín, resígnese con su suerte y encomiéndese a Dios; es el destino de los hombres y ya sabe que para morir nacimos… Este consuelo singular, repetido quince y veinte veces diarias, es suficiente para matar al hombre más valiente y de corazón mejor puesto. A cada instante yo esperaba recibir un balazo por detrás y hacía lo posible por no apartarme mucho de mi custodio, cuyos movimientos yo vigilaba mejor que él los míos. Al fin no ocurrió nada, pero yo envejecí de sufrimiento, como dice la historia que envejeció María Antonieta cuando la notificaron que iba a ser guillotinada. Este afán de atormentar al prisionero con funestas noticias, fue una de las armas que supo manejar con mayor destreza el dictador. La escuela de don Pedro el Cruel 31 en pleno siglo XX. Cuentan que cuando el coronel Corzantes, director de la Penitenciaria, visitaba los callejones, acompañado de un grupo de militares, sargentos y soldados decía, dirigiéndose a alguno de los cautivos y señalándolos con el dedo: -Y éstos, ¿todavía no los han fusilado? Andá, vos sargento, averiguá si ya vino la orden y si la escolta está preparada. El sargento terciaba el arma, golpeaba la culata con la palma de la mano, daba media vuelta y se iba a todo correr. El recluso o los reclusos señalados, quedaban perplejos, estupefactos, paralizados de terror. Algunos, los más débiles, se desmayaban. El sargento no volvía con la noticia y el director se retiraba, dejándolos a todos sumidos en el más espantoso de los asombros. Cada quien esperaba ser fusilado de un momento a otro. La noche de ese día, ya se puede imaginar como la pasaban aquellos infelices. Cosa muy parecida vi suceder entre el auditor de guerra y muchos compañeros de prisión. Cuando este funcionario, seguramente recibiendo ordenes del dictador, disponía hacer una visita a los presos sumariados que estaban bajo su jurisdicción, en los callejones de la Penitenciaría Central, se nos mandaba a formar y, birrete en mano, esperábamos su visita. Llegaba acompañado de su secretario, del alcaide y de algunos otros agregados. A 31

Pedro I el Cruel (1334-1369), rey de Castilla y León (1350-1369).

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cada uno iba preguntando el tiempo de su prisión. Recuerdo que una vez, en una de sus visitas fue preguntando a cada uno las causas de su prisión, sin preguntar el tiempo padecido ni su situación. Cuando llegó a los últimos tres de la fila, que precisamente estaban recién llegados a aquel lugar y sometidos a una depresión moral espantosa, les dijo: -Ustedes están verdes, ni esperanzas de que sean libertados, vayan estudiando la forma de no pudrirse en este recinto. Ese día y el siguiente, no comieron aquellos desgraciados. Apenas podían sostenerse en pie a causa de su laxitud física y moral provocada por semejante noticia. De nada valieron nuestras frases de consuelo. Se creían perdidos. Sin embargo, fueron puestos en libertad a los tres días. Un súbdito español, asturiano de nacimiento, Laureano Menéndez Álvarez, era compañero nuestro de prisión, encarcelado por sus ideas republicanas, fue puesto en libertad al día siguiente de una visita del auditor. Había cumplido cuatro meses de prisión y, durante ella, se intentó quemar su almacén de ropa que poseía en la 18 calle oriente, frente a la estatua de Barrios. Esto prueba que para Ubico nada importaba encarcelar, torturar y asesinar a súbditos de otras naciones. Esto prueba que desconocía el derecho de gentes y que todo aquel que sustentase ideas antitotalitarias, era franco enemigo de su gobierno despótico y cruel y que no reparaba en los medios con tal de aniquilar a sus enemigos. Si no había respeto para el extranjero, ¿Cómo lo iba a haber para el guatemalteco? Todos vivimos bajo la amenaza de la espada de Damocles… Recuerdo, con horror, las inyecciones que les aplicaban a los reclusos para enloquecerlos o para hacer que declarasen lo que los jueces querían. Aún existen muchos de ellos que perdieron para siempre la razón y cuando ya no se les pudo tener en el presidio, fueron remitidos al manicomio definitivamente. Recuerdo el procedimiento empleado por los jefes, encargados y enfermeros del hospital y del botiquín. Si alguien se enfermaba y se sabía que era poseedor de dinero –uno, dos dólares o más-, se le aplicaba una inyección especial, un calmante, moría a las pocas horas y el dinero se repartía a prorrata entre los autores de este asesinato anónimo. ¡Nadie sabe si ya hoy esas criminales prácticas hayan desaparecido! Recuerdo la cobardía de muchos compañeros que el 10 de noviembre, cumpleaños del dictador, tenían el valor singular de dirigir mensajes de felicitación a aquél mismo que los tenia encarcelados. Cuando yo vi esta maniobra, pensé que sería una forma de burlarse del dictador –porque, en realidad, tal actitud solo puede tomarse como una burla por una persona sensata y digna-; pero pronto me convencí de que lo hacían sinceramente. ¿Cobardía? ¿Bajeza moral? ¿Degeneración? ¿Vileza? ¿Corrupción? ¿Qué era lo que movía a aquellos miserables? ¿Adulación todavía en aquel lugar? ¿Deseo de mover a compasión al déspota? Hoy que han pasado los años, aún no alcanzo a explicarme la actitud de aquellos hombres. Quizá obraron bajo el influjo de potencias extrañas.

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CAPITULO XV EVOCACIONES Dicen los psiquiatras, y los tratadistas de derecho penal y medicina legal confirman la opinión de aquellos, que una emoción demasiado fuerte, es capaz de matar a determinados individuos. La reacción que en cada uno se produce es diferente, según su temperamento. En algunos causa una depresión moral profunda y en otros una exaltación nerviosa que puede ser de peligro, cuando quien ha causado la emoción es otra persona. Me contaba un  jurisconsulto que un colega suyo, defensor de un procesado, fue agredido por éste cuando le transmitió la noticia de su liberación. Se le echó al cuello y lo estranguló. Otros, al recibir una noticia, de alegría o de pesar, se han vuelto locos. Yo vi como reaccionaban muchos compañeros cuando llegaba para ellos el instante de la liberación, por un tiempo más o menos largo intensamente esperado. Y esta emoción es tanto más intensa, cuanto que el condenado no tiene el ánimo preparado para tal sorpresa. Todos dan muestras de exaltación, conforme su temperamento y su sensibilidad. Una tarde, en el interior de una celda, nos habíamos reunido alrededor de doce compañeros; yo les contaba una anécdota que acababa de leer y en el momento que todos prestaban atención al relato, sonó la fuerte voz del inspector: -¡A formar todos y a vestirse de particular los que vaya llamando! Quedó trunco mi relato, hasta hoy. Casi todos los que estaban conmigo en la celda se fueron libres. Uno de ellos, el más alto, al que llamábamos el encargado de limpiar la luna , no podía vestirse por el temblor de cuerpo; otro cayó desplomado; otro rompió todos sus trastos; otros quedaron mudos de asombro, ni siquiera pudieron despedirse de sus compañeros que se quedaban, pero todos se fueron, empujados por su suerte, hacia la libertad, el anhelado bien que solo se comprende en toda su magnitud cuando se ha perdido. Puedo decir que algunos reclusos son sublimes o ridículos en el momento solemne de recuperar su libertad. José Rodríguez Medina, a quien ya me referí en otra parte de estas páginas, fue de los primeros: gravemente enfermo y conducido en camilla, tuvo frases causticas para el dictador, ante el asombro de toda la oficialidad del presidio. Miguel Ángel Guzmán, un nicaragüense, librero, a quien la policía le incautó unos libros de tendencias comunistas y fue condenado a cinco años de prisión, libertándosele a los cuatro meses, fue mucho más allá de toda cobardía. A la hora en que regresan los trabajadores, llegó el inspector del presidio a notificarle que arreglara sus cosas porque al día siguiente se iría libre. Fue abordado en un extremo de la pila del segundo callejón. Inmediatamente se arrodilló entre las mojadas piedras de la orilla y juntando las manos, como en un gesto de imploración a la Divinidad, dijo: -¡Qué lindo es el general Ubico, pues ya me dio mi libertad! ¡Dios lo bendiga y lo mantenga siempre en el poder! ¡Qué lindo es el general Ubico! Esto lo presenciamos más de veinte espectadores. La reacción producida en este sujeto le llevó más allá de los límites de la ridiculez. ¡Qué diferencia de hombre a hombre! Los

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cobardes y los valientes se manifiestan fácilmente en la escuela experimental de la cárcel y los unos sirven de apoyo a los otros. El cobarde, en todo caso, es un factor negativo en la armonía social. Quiero recordar lo que acerca del valor humano, puso Cervantes en boca de Sancho: Yo ya bien sé lo que es la valentía, que es una virtud que está puesta entre dos extremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad. Pero menos malo será que el que es valiente suba y toque en el punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde; que así como es más fácil al pródigo venir a ser liberal que el avaro, así es más  fácil al temerario dar en verdadero valiente, que no al cobarde subir a la verdadera valentía.

La prisión modifica las costumbres; ya lo dije en otra parte. Y los hábitos que en ella se adquieren, pueden olvidarse o mantenerse a voluntad, según la predisposición y la fuerza moral del individuo. Entre mil, voy a señalar un caso. Cuando dos o más personas se encuentran en la calle, en el teatro, en el salón o en cualquier otra parte y una de ella brinda un cigarrillo a las demás, quien enciende el fosforo, prende su cigarrillo el último después de brindar fuego a los demás. Esta costumbre es muy generalizada en el mundo de los libres. En el presidio se acostumbra a la inversa. Quien enciende el fósforo, prende él primero y la brasa de su propio cigarrillo la ofrece a los demás. 32La razón es sencilla: un fósforo tiene un gran valor en el penal y una importancia trascendente, no solo por su escasez, sino por la dificultad de adquirirlo. Un fósforo que una traidora racha de viento apaga, antes de producir el efecto para que fue encendido, produce una gran contrariedad en el recluso. De ahí que prefiera aprovechar el breve instante que dura la llama del azufre encendiendo su propio cigarrillo, que perder dos o tres palillos por ser atento y cortés con los demás. Nadie extraña esta singularidad, a no ser los recién llegados que todavía no comprenden las razones del presidiario experimentado. Un cigarrillo y un fósforo tienen una gran importancia para el cautivo. Arrastrado por la necesidad, inventé la forma de hacer de un fósforo dos. Habiendo adquirido práctica, logré obtener hasta cuatro astillas de un solo fósforo. Provisto de un clavo, en forma de hacha y pacientemente desbastado sobre una piedra, hasta adquirir filo, pude con él dividir un fosforo y sacar hasta cuatro astillas que encendía con suma habilidad. Así comprendí mejor el aforismo que asegura ser la necesidad la madre de todas las invenciones. Pronto olvidé la costumbre de rajar fósforos, pero conservo, como un recuerdo, el clavo que utilizaba para aquel inolvidable menester. Este clavo logré salvarlo cien veces de las requisas a que se nos sometía. Tiene para mi el prestigio de un instrumento legendario. Es todo un símbolo. Representa un largo periodo de dolor y de miseria y materializa el más amargo de mis recuerdos… Cuando se incendió el cuartel llamado la Guardia de Honor, hecho que nosotros ignoramos por estar encerrados, se nos prohibió poseer fósforos y cigarrillos y todas las 32  Es

reflejo de un principio básico de económica, el manejo de la escasez. En la cárcel los recursos son escasos, su valor es alto. Un fosforo, un cigarrillo, son escasos, por tanto, al igual que los diamantes su valor es alto porque no abundan y cuesta trabajo obtenerlos.

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tardes, antes del encierro, éramos sometidos a una minuciosa requisa, tanto personal, como de nuestra bartolina. Todo era removido, la ropa de cama y cualquier rincón donde pudiésemos ocultar los objetos prohibidos, temerosos, sin duda de que pudiésemos incendiar las celdas formadas por paredes de ladrillo de más de un metro de espesor. Quizá en ninguna cárcel del mundo se adoptan medidas iguales a las que se toman en la Penitenciaría de Guatemala. Cierta vez un recluso al comer una fruta conocida con el nombre de jocote o jobo, tragó descuidadamente la pepita y estuvo a punto de ahogarse. De ello se dio cuenta el encargado y dio parte. Al día siguiente era terminantemente prohibida la entrada de frutas a los reclusos. ¿Habráse visto en otra parte medida semejante? ¿Habrá alguna similitud, pongamos por ejemplo, entre una naranja y un jocote? Sin embargo, así pensaban los jefes de aquel Centro, así era su mentalidad. Un día me fue quitada una jarrilla de hojalata, por precaución –se me dijo- de que, arrancándole el asa u oreja, pudiese hacer con ella un instrumento cortante y degollarme o darla a alguno de los compañeros para que se degollase. Así nos fue incautado todo instrumento del que se pudiese sacar otro que involucrase peligro: una cuchara, un plato, un pocillo, podían proporcionarnos un instrumento cortante y cuando teníamos necesidad de hacer uso de estos utensilios, sobre todo a la hora de las comidas, éramos estrechamente vigilados y obligados a entregarlos al encargado después que nos hubiesen servido. En los primeros días de reclusión, en que permanecíamos totalmente incomunicados, y con centinela de vista, teníamos forzosamente que ir a los inodoros, seguidos por un soldado con el arma cargada y la bayoneta calada, cuya punta distaba pocos centímetros de nuestro cuerpo. Cierta vez, el propio encargado le dijo a un soldado, cuya actitud agresiva impedía al recluso sentarse en el inodoro: -Ve vos, soldado, tené cuidado, hombre, deja siquiera que el señor se siente, no vaya a ser el diablo que se te vaya el tiro. Dejá de apuntarle siquiera mientras hace su necesidad. Ya mero lo puyas con la bayoneta. Estando encerrados, durante las horas de la noche, venían a relevar al centinela cada dos horas y el que llegaba quería cerciorarse si el preso estaba adentro. Golpeaba la puerta con la culata del fusil y solo quedaba convencido hasta que el recluso le contestaba. Es decir, el sueño del condenado era bruscamente interrumpido cada dos horas. El centinela de relevo y los rondines que hacen el recorrido cada hora, impedían el sueño del cautivo durante toda la noche. Si casualmente estornudaba, el centinela le gritaba: -¡Callatos! –y golpeaba la puerta con el fusil. Era prohibido toser, estornudar, quejarse…

CAPITULO XVI LOS MALEFICIOS Hay en el ambiente emponzoñado de la penitenciaria una serie de extraños maleficios que no sabría a que atribuir. En cada rincón, en cualquier sitio, se siente la impresión producida por la presencia de algo desconocido. Quizá espíritus desencarnados aún flotan

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en el espacio y gustan de presentarse a todo momento para llevar a los vivos la convicción de su invisible presencia. Se siente materialmente que alguien toca, mueve cambia, agita y modifica las cosas. Una especie de torpeza invade al cautivo. Sus movimientos carecen de soltura, pierde la agilidad y su memoria empieza a atrofiarse. Olvida hasta el nombre de las cosas más sencillas y, con el tiempo, su conversación adquiere un sello particular. Sus relatos pierden poco a poco la coherencia, no encuentra la palabra adecuada para interpretar su pensamiento, designa las cosas conocidas con nombres diferentes y concluye por hacer uso de la mímica para expresarse. El ademán es más elocuente en él que la palabra. Sus facultades van atrofiándose poco a poco. No cabe duda que los que ordenan esta clase de encarcelamientos conocen los resultados que producen en el cautivo y por ello, si el encarcelado es de categoría intelectual, se usa con él de los mayores rigorismos a efecto de anularle sus facultades pensantes. Se usa con él el verdadero sistema del terror, el más efectivo, porque perturba la inteligencia del condenado, paraliza su acción y pulveriza su resistencia. Sentado en un banquillo yo caí al suelo varias veces sin saber por qué. La ley de gravedad es burlada constantemente. Lo único que no sucede es que las cosas al caer tomen para arriba; pero, en cambio, toman para un lado. Una cajilla de fósforos, por ejemplo, no puede rodar. Sin embargo, al caer de un lugar determinado, no se la encuentra en el lugar en que debe estar por razón natural, sino mucho más allá de donde ha caído. Todo cae, se derrumba y se rompe, cualquiera sea el lugar en que se coloque. Cierta vez había yo pasado horas tratando de confeccionar un plato de carne frita, que en el presidio denominan hilachas o chicharrones ; había puesto todo mi empeño en ello y cuando ya nos disponíamos a disfrutar de un suculento almuerzo con un compañero, dio vuelta la sartén y todo el contenido se derramó en el piso. Nos quedamos sin almorzar. El producto de dos horas de pacientes esfuerzos destruido en un segundo. En cierta ocasión, con los compañeros de celda Marco Antonio Cardona y Manuel Carpio Rodríguez, dispusimos tomar una cena a las siete de la noche. Para el efecto yo había adquirido un litro de leche; Cardona había aportado el pan dulce y Carpio era el encargado de preparar el condumio. Levantóse a la hora convenida y encendió fuego cautelosamente para evitar que fuésemos sorprendidos en labores culinarias. Casi una hora le llevó el oficio y cuando iba a bajar la jarrilla en que había hervido la leche y nosotros nos aprestábamos con nuestros pocillos y el pan, cayó la jarrilla sobre el fuego derramando la mayor parte de su contenido. Carpio lanzó una blasfemia y con el resto de leche que quedó en el fondo del recipiente, concluyó de apagar el fuego, arrojando de un puntapié el inútil brasero. Todos nuestros preparativos habían sido en vano; nuestra cena proyectada de muchos días antes había tenido un epilogo lastimoso. Aquella cena había sido para conmemorar la navidad de 1938. Para el año nuevo que se avecinaba repetimos la operación; Carpio ya no estaba y ahora nuestro compañero era Antonio Murga Ávila. Esa noche tomamos chocolate y cuando las sirenas de las fábricas anunciaban la llegada del nuevo año, nos abrazamos los tres con efusión, deseando el uno al otro ya no encontrarse el

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próximo año en el mismo lugar. Aquel deseo se cumplió en parte: Cardona y yo pasamos la otra navidad libres. Murga salió después. Ahora es uno de los presentes invisibles, que diría Víctor Hugo. El extravío de objetos es una cosa constante en el penal; no porque alguien los sustraiga, sino porque, puede decirse, cambian solos de lugar. Con fundamento puede afirmarse que rondan por todos los rincones, espíritus burlones que gustan de atormentar a los vivos y de mofarse de su incredulidad. Los seres y las cosas están rodeados de una atmosfera de maleficios que mueve francamente a la más profunda reflexión. Todo accidente obedece a una ley física natural. Ningún efecto se produce sin causa. Esta es ley eterna. Pero en la cárcel se duda de todas las leyes, hasta de las que dicta la naturaleza. Cuando es imposible descubrir la causa de un fenómeno cualquiera, empezamos a calificarlo de misterio, milagro o maleficio. Como quiera que sea, yo vi estas cosas; no pude explicármelas y las cuento como sucedieron.

CAPITULO XVII COMO ES “TATA DIOS” Roberto Isaac, conocido con el mote de Tata Dios, no solo dentro del presidio, sino fuera de él, y rodeado de una leyenda de criminalidad, no es un hombre malo. Lo juzgo, no como el psiquiatra o el alienista, como el médico o el legislador; como el criminalista o el sacerdote; le juzgo como el escritor autodidacto que tuvo la ocasión de alternar durante muchos años con el delincuente más famoso de Guatemala. Roberto Isaac tiene el alma de un niño. Sus conocimientos son rudimentarios, quizá porque los larguísimos años que lleva de reclusión no le han permitido ilustrarse. Lee los periódicos allá de tarde en tarde. Jamás se le ve en posesión de un libro. En cambio, el hueso y el cacho se ablandan entre sus manos. Con el hueso fabrica juegos de dominó de todos tamaños, limpiauñas y limpiadientes de las formas más caprichosas y variadas; agujas para crochet; preciosos crucifijos y artísticos juegos de ajedrez. Talla mujeres desnudas. Un día talló la Venus de Milo y otro, la Virgen de Guadalupe, de quien es fervoroso devoto. Fabríca también estatuillas pornográficas y tiene la rara habilidad de montar en el interior de una bombilla eléctrica, todo un calvario completo, con centuriones, martillos, clavos, escaleras, lanzas y, en medio, Cristo crucificado. En el presidio él solo posee el secreto de este montaje. A nadie da la más sencilla explicación sobre este curioso trabajo y al ser preguntado se enfurece. Cundo trabaja en uno de estos calvarios y es el momento de introducir los objetos en la bombilla, se encierra en su bartolina para que nadie lo vea. Al estar terminado, sale a la puerta amostrar su trabajo. Corren los curiosos a admirarla obra. Un día yo corrí entre ellos, pero cometí la imprudencia de preguntarle como hacía para introducir el calvario por la reducida abertura de la bombilla. Había olvidado la religiosidad de su secreto. Me miró fría, dura, hostil, indignada, rencorosamente. Huí del grupo. Tres días no me habló. Después me reprochó la indiscreción y volvió a dispensarme su amistosa franqueza.

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Con el cuerno de los bueyes fabrica preciosos floreros y resistentes bastones con alma de hierro. Todo cuidadosamente pulido. Las hebillas para cinchos son verdaderamente artísticas salidas de sus manos, pero es una industria a la que presta escasa preferencia. La dirección del centro ha ordenado que se le permita la entrada de las materias primas para su industria, tales como huesos frescos de res y posee un cajón donde guarda sus herramientas, el cual le es recogido a las cuatro de la tarde y entregado a las seis de la mañana. Vive aislado en su misma bartolina y tiene cocina propia en un ángulo del segundo callejón, cuyo patio es de forma triangular. Posiblemente las autoridades han preferido mantenerlo aislado con el fin de que conserve el primitivismo de sus sentimientos y no sufran transformación en su trato frecuente con los hombres. Esta medida obedece al deliberado propósito de que, poseyendo un alma primitiva, sin evolución y sin roce, su voluntad debilitada, obedezca fácilmente al mandato de los jefes y pueda ser provechosamente utilizado como verdugo de los demás.

Roberto Isaac Barillas, el decano de los reclusos en la Penitenciaría Central, conocido con el sobrenombre de Tata Dios, a causa de sus numerosos crímenes. Este era el hombre escogido por los ombres para martirizar a los hombres. La historia de su vida y de sus hechos no cabria en el espacio de estas páginas.

Sobre sus crímenes guarda una reserva absoluta. Se niega a hablar y cuando alguien torpemente pretende inquirir sobre ellos, se enfurece y su rostro sufre una transformación que espanta. Solo la intimidad de varios años de convivencia puede hacer que Tata Dios se

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prodigue. Pasa la mayor parte del día, junto a su banco de trabajo, haciendo objetos de hueso y cacho que constituyen su principal industria. Su puesto diría que es un observatorio. Desde allí, con una rápida mirada, abarca todo el panorama del triángulo; observa los movimientos de los demás presidiarios y cuando parece algún nuevo o recién llegado al primer callejón, que forzosamente tiene que pasar, ya sea a los inodoros o la pila del segundo, Tata Dios desde su rincón, le hace un análisis psicológico que siempre es acertado y efectivo. Recuerdo que cuando vio por primera vez a Julio Machado, me dijo confidencialmente: -Ve vos, Efraín, se me figura que ese es mal hombre. Vele los ojos y la nariz, es la fisonomía de la gente mala. Parece que ha sido policía. Roberto Isaac no se equivocó en el análisis. Machado envenenó el ambiente. Queda pintado ya en otro lugar de estas páginas. Y así, con un simple golpe de vista, Tata Dios conoce a los hombres de lejos. Tiene un oído finísimo y adivina lo que los otros hablan por el simple movimiento de la boca. Cuando bebe aguardiente se despiertan en él los instintos criminales. Es el caso típico de la criminalidad producida por el alcoholismo. El mismo lo sabe perfectamente. Un día aburrido de la charla insulsa de los compañeros, cuya estupidez crecía a medida que aumentaba el tiempo de su prisión, decidí buscar a Tata Dios, para fumar un cigarrillo en amena charla. Lo encontré sonriente. -Figuráte, vos –me dijo-, les estaba yo diciendo a los muchachos que cuando salga, ya no voy a beber guaro. -Y ¿Por qué, don Beto? –inquirí-. -Porque soy muy bruto –me respondió-. Figuráte que cuando ya tengo dos o tres copas en el estomago, luego me entran ganas de volarle la cabeza a un desgraciado. Por eso digo yo que el guaro no es bueno para mí. Le miré asombrado. Su rostro aparentaba serenidad. Su voz y su risa tenían el tono de la franqueza. Sus últimas frases habían pintado al hombre. Fueron para mí como una razón definitiva; la revelación de su enmarañada selva interior; así como fueron para los historiadores de la antigüedad, las palabras de Julio César al atravesar un pequeño poblado del imperio romano: Preferiría ser el primero en este pueblo y no el segundo en Roma.  La mayor parte de su vida la ha pasado Tata Dios en el presidio. Cuenta de su evasión antes del unionismo y de su retorno por aquellos días. Desde entonces no ha visto la calle. Lleva más de veinticinco años de perpetua reclusión. Presiente las transformaciones que se ha operado en la ciudad. Tiene la intuición perfectamente desarrollada. Una simple mirada le basta para acertar en el análisis. Posee la sensibilidad de los  presos viejos, como el mismo dice. Es amable y servicial en los primeros tratos; para agasajar a los recién llegados ofrece todo lo que tiene al alcance, pero antes a calculado sacar de ello un interés quintuplicado. Cobra por el préstamo de cualquiera de sus herramientas; “aunque sea un cigarrillo de interes” –dice- “pero la cuestión es obtener algún provecho, porque yo ya soy preso viejo”. Tata Dios es pederasta. Cuando tenía mando en el callejón y se le permitía salir por las

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tardes al patio general, escogía para pasadores de su sector a los presidiarios más jóvenes y simpáticos, con perfiles de femineidad y pedía a los sargentos de semana o jefes de servicio que se los remitiesen a servir a su departamento. Estos muchachos, posiblemente ya propensos a la perversión, se prestaban, por gusto o por fuerza, a satisfacer los deseos lúbricos de Tata Dios. Yo ignoraba y no quería creer que existiesen hombres que hiciesen las veces de mujeres en las relaciones sexuales. Sabía de la existencia de andróginos; de prácticas homosexuales en los internados; de muchos actos repugnantes; pero no había tenido ocasión de conocer de cerca a uno de los protagonistas. Las prácticas de inversiones sexuales son frecuentes en el presidio. Yo conocí al hombre  y a la mujer , que llegaron castigados a mi departamento, por el delito de escandalizar con sus manifestaciones eróticas; su vicio impúdico ya no lo ocultaban y cuando los vigilantes perdían la paciencia o los efebos que hacían de mujer no se prestaban a sus caprichos, las parejas eran remitidas por castigo al callejón de los políticos. Yo traté de cerca a estos seres anormales llamados huecos en el argot penitenciario y pude constatar el complejo extraño de su naturaleza. Tata Dios sentía una incontenible inclinación hacia estos seres que tanto abundan en el interior de la penitenciaria. Las autoridades saben esto perfectamente; pero no adoptan ninguna medida para evitar la corrupción. Lejos de ello, su tolerancia o indiferencia, son como un fomento y una complicidad.

Un día acerquéme a Tata Dios con el propósito de charlar: encontréle nervioso y transfigurado. -fijáte, vos- me dijo repentinamente-, está uno tranquilo trabajando y lo vienen a joder. Ahora ya perdí el pulso y no puedo terminar lo que estoy haciendo. Ese pícaro de  Buenona – así llamaba al inspector- me vino a traer para que fuera a vergaciar 33a unos tacuacines 34 a la bóveda; me incomodó y me puso nervioso. Desgraciados, uno está tranquilo en su trabajo y lo vienen a perturbar y a incomodarlo. Podían buscar otro para cometer sus infamias. Esta categórica y espontanea declaración de Tata Dios, le exime de responsabilidad en muchos de sus actos crueles. Si ha servido de verdugo no ha sido por su propia voluntad. Lo ha hecho obligado por los jefes penitenciarios, únicos sobre quienes debe recaer la culpa de cualquier arbitrariedad. En este caso no debe castigarse al ejecutor; sino a quien lo obliga a cometer la ejecución. Tata Dios es un hombre alto, casi de dos metros de estatura; blanco, gordo, de cráneo puntiagudo, especie de dolicocéfalo, de ojos pequeños, boca regular, manos y pies grandes y de agiles movimientos. Recibe triple ración de alimentos. No usa colchón en su cama; prefiere la dureza de la tarima porque fortalece los músculos de la espalda. Utiliza la ayuda 33

 Vergacear: azotar con verga. nombre que en el argot penitenciario se da a los ladrones de poca monta y que únicamente llegan presos por pocos días. Entre estos ladronzuelos existe una solidaridad y un espíritu de ayuda mutua verdaderamente admirables. La discreción, la lealtad y la sinceridad existentes entre los tacuacines son reconocidas y envidiadas por muchos políticos. 34  Tacuacines:

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de dos o tres reclusos voluntarios para pulir el hueso y el cacho y a quienes paga unos pocos centavos por sus servicios. Le gustan los juegos de azar y, siempre que hay ocasión, se burla de las prohibiciones reglamentarias. Casi siempre gana: posee el secreto de no perder. Una vez dio un bofetón a un compañero por una ligera contradicción. Al escándalo llegaron dos oficiales de la guarnición, pistola en mano, inquiriendo si había habido derramamiento de sangre, pues tenían la consigna de ultimar a Tata Dios la próxima vez que derramase una sola gota. La orden –decían- había sido dada personalmente por el dictador. Corría el rumor de que en cierta época y a determinadas horas de la noche, Tata Dios era sacado de la penitenciaria para que fuera a cometer homicidios ordenados por el presidente. Este rumor llegó hasta la calle. Jamás se supo la verdad. En todo caso, falso o cierto el rumor, ha quedado en el misterio… Su vida está llena de escabrosidades. Una sinuosa línea es su pasado. Varias veces encarcelado durante su juventud, logró fugarse en cierta ocasión y emigró a México. En aquel país corrió las más extrañas aventuras, las cuales gusta de referir a sus oyentes con lujo de detalles. Estuvo al servicio de varios generales revolucionarios y vio matar hombres a granel. Tata Dios no pudo enseñar nada de su arte; pero, eso sí, aprendió algo de lo mucho que todavía ignoraba. Muchos le superaban en destreza para el manejo del puñal. Estaba alistándose para una expedición a Cuba, cuando tuvo conocimiento del movimiento unionista que derribó la tiranía de Estrada Cabrera. Entonces dispuso regresar para vengarse de los enemigos que había dejado. Cuando volvió todavía estaban en plena revuelta 35. Llegando a su casa, solo empleó el tiempo necesario para abrazar a su madre y, después de tomar una taza de café, salió en busca de sus enemigos Halló al primero en su propio domicilio. Al ver a Tata Dios, quiso hacerle zalamerías, pero este, categóricamente, le manifestó que iba amatarlo. No valieron suplicas ni humillaciones. Tata Dios le clavó el puñal en medio de la frente y, como al atravesar el cráneo la hoja del cuchillo se introdujo en el tabique, Tata Dios puso la rodilla en el pecho de su víctima para extraer el arma. Corrió en busca de otro enemigo. Este, al percatarse de las intenciones de Tata Dios, huyó precipitadamente; entonces sacó el revólver y alojó una bala en la espalda del prófugo, en el momento que doblaba una esquina. Alguien le reconoció, dio la voz de alarma, la multitud se arremolinó en la vía pública y persiguió al asesino con el propósito de lincharlo. Había sido descubierto. Tata Dios huyó, pero al verse perseguido muy de cerca por una multitud furiosa que pedía su cabeza, precipitadamente decidió refugiarse en el portón de la Penitenciaria, en cuyos alrededores habían tenido lugar los hechos. La guarnición le atrapó, y le defendió de las iras de la muchedumbre persecutora. Habían salvado a un perseguido y capturado a un delincuente, años atrás evadido del mismo recinto. Solo la fatalidad pudo haber hecho que un suceso extraño empujase en busca de la prisión a aquel que había huido 35  Se

refiere a la revuelta que derivó del derrocamiento de Estrada Cabrera del 9 al 16 de abril de 1920, conocida como la semana trágica. Estos hechos históricos se narran por el escritor Rafael Arévalo Martínez en su libro Ecce Pericles, publicado en 1945.

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de ella. El mismo se entregó. Desde entonces, ha transcurrido un cuarto de siglo, sin que por aquel portón haya salido el hombre que un día de abril de 1920 entró corriendo para librarse de las furias populares. Todos los hombres tienen su destino y el de éste, se está cumpliendo, lenta, segura, inexorablemente. Este infatigable trabajador del hueso y del cacho, a quien todos los reclusos, por diversas razones, rinden singular acatamiento y obediencia, tiene un capital acumulado no menor de tres mil dólares y los cuales no le han sido incautados por más requisas que se han practicado en su bartolina. Tiene una virtud: es un hijo excesivamente cariñoso. Habla de su madre con una ternura honda, con un amor intenso, con una devoción asombrosa. Ello me hace pensar, como leí alguna vez en las muchas biografías que en mis manos cayeron, que en el fondo de los grandes criminales se esconde generalmente un santo, así como en muchas ocasiones, de los grandes cobardes van saliendo los héroes. La prisión no ha servido para corregir los yerros de Tata Dios. De hombre se ha convertido en un instrumento de los ombres. Su fuerza física es aprovechada para martirizar a los otros reclusos. Pertenece a la categoría de los irresponsables. La perversidad de los ombres ha sido la causa de que se atribuya a Tata Dios esa leyenda de criminalidad que le circunda. En el fondo, ya lo dije, es un hombre bueno. Solo el alcohol trastorna sus sentimientos y la prisión, en vez de mejorarle, le ha insuflado toda clase de perversidades. Es, como si dijéramos, intransformable carne de presidio, yo lo coloco en el plano de los eternos irredentos, de aquellos desahuciados para quienes no existe remedio alguno; le coloco en el plano de los casos perdidos, misericordiosa, pero implacable y justicieramente.

CAPITULO XVIII LA BENDICIÓN DEL CABALLO BLANCO Cuando en la mañana del 28 de enero de 1936, el entonces director de la Penitenciaría, coronel Julio H. Corzantes, fue arrollado por el caballo que montaba en el paseo La Reforma y sufrió la quebradura de una pierna a causa de la caída, hubo en el interior del presidio una alegría general. Sabiase que montaba un caballo tordillo y que éste, al asustarse, había derribado al jinete. Este sucedo había tenido lugar después de una ejecución capital, suceso al que me refiero en el capitulo XVIII de la segunda parte de este libro. El cruel funcionario, sin duda para disipar la impresión macabra de horas antes, dispuso cabalgar por el paseo y aspirar el aire oloroso a trementina que fortalece los pulmones de los que tienen la suerte de vivir rodeados de cipresales en el pretencioso paseo La Reforma, que tiene el prestigio de hacer sentir al caminante la proximidad de una gran urbe. Aquel hombre cruel, quizá el más despótico entre los jefes de prisión en toda América, era cordialmente odiado por todo el presidio. Sus actos y sus manifestaciones se recordaban con horror. Cuentan que el mismo preparaba las varas de membrillo para azotar a los prisioneros y pasaba por el callejón de los políticos llevando un manojo de ellas bajo el brazo. Por el primer callejón cuyo piso está formado por nueve hileras de piedra laja,

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pasa un desagüe que conduce las aguas negras del penal y desemboca en el sector conocido con el nombre de la barranquilla. Este desagüe esta cubierto por la quinta hilera de piedras contada de cualquier extremo y despide, a ciertas horas el día, emanaciones insoportables, de nauseabundo olor, capaces de enfermar a cualquiera. Por la juntura abierta de las piedras salen estas emanaciones y el Director anterior a Corzantes, mandó cerrar estos intersticios con mezcla. Sabedor un día Corzantes de la existencia de tal desagüe y del mal olor que producía a los políticos respirar aquella atmósfera letal, mandó abrir las junturas de las piedras para que los olores continuasen derramándose. Cada vez que hacia un mal, experimentaba una gran satisfacción. Sobre su escritorio mantenía  Las Prisiones de Guayanas , crónicas de Alberto Londres y libro que leía con suma atención, pensando, sin duda, implantaren la Penitenciaría de Guatemala, los mismos procedimientos de crueldad empleados con los cautivos en aquellas regiones malditas. Cuando se supo que el caballo blanco había derribado a Corzantes y que éste se había roto una pierna, se dispuso, entre todos los reclusos, hacer un espontaneo homenaje al bruto que había sabido interpretar los deseos de los hombres. Preparóse un acto sencillo, pero impresionante. Todos los presos guardarían un momento de respetuoso silencio y orarían, bendiciendo al caballo tordillo que arrojó a Corzantes. Entre los más listos del presidio se confeccionó inmediatamente un caballo, cubierto con una sábana y a él se prodigaron las bendiciones, como una imagen del autentico. Fueronle encendidas varias velas a la efigie caballuna y rindiéronsele toda clase de homenajes. Tata Dios fue uno de los principales iniciadores de la ceremonia y ofició de sacerdote. Aquel día, en el presidio, se rindió culto al bruto blanco que botó a Corzantes… el negro. Hombres de todas las creencias religiosas tomaron parte en la ceremonia. Había que bendecir al animal que había golpeado al que llevaba su lomo; como se bendice y se alaba cualquier circunstancia que favorece nuestros proyectos y contribuye a realizar nuestros anhelos. El fetichismo, la superstición y toda una larga serie de erróneas creencias, tiene su principal asiento en el presidio. Cuando se quiere que alguien que ya se ha ido libre, retorne a la cárcel, pintan en la pared la figura de un demonio y le dan de azotes, al mismo tiempo que pronuncian una oración que nunca pude oír completamente y menos retener en la memoria. Esta práctica es muy generalizada entre los presos por delitos comunes. También se acostumbra encender un puro, a las tres de la tarde y, a cada chupada, llamar al ausente. Señalan esta hora –dicen-, por ser la misma en que murió Cristo y que es la más a propósito para realización de los milagros. El incrédulo adquiere en la cárcel principios de religiosidad y acaba siendo un creyente fervoroso. El religioso que da en la cárcel, fácilmente se convierte en fanático y supersticioso o concluye por ser un descreído literal. Yo conocí a un exjefe de la policía de investigación que siendo un indiferente en materia religiosa, cuando perdió el cargo y fue encarcelado, se convirtió en un devoto recalcitrante del Niño Dios, a quien todos los días, a la misma hora, encendía una vela. Quizá sus remordimientos indujerónle a buscar el consuelo de la Divinidad. En el silencio

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penitenciario, en donde toda clase de sufrimientos tiene su imperio, el hombre busca la compañía de Dios. La bendición del caballo tordillo fue una ceremonia única, consagrada a un bruto. Posiblemente mañana habrá otras y otro ser u objeto será el homenajeado, como una nueva demostración de fetichismo penitenciario. Ello no debe sorprender al lector; ya que en la vida libre y entre hombres más evolucionados que las almas sencillas de los cautivos, existe el fetichismo expresado en formas diferentes. Tenemos el caso de nuestra política cimarrona, en la que, sin querer, demagogos, caudillos, jefes y prosélitos, se dejan mansamente invadir por una fe, una creencia, una lealtad, cualquier cosa, pero siempre con perfiles fetichistas. Así se comprende la bendición del caballo blanco con la deificación del candidato único . Lo uno y lo otro, es un mismo sentimiento en el corazón de los hombres…

CAPITULO XIX POSTALES CARCELARIAS Van saltando los recuerdos en el cerebro del hombre. En este reducido espacio que constituyen los callejones primero y segundo de la Penitenciaría Central, se han desarrollado numerosos dramas. ¡Cuántos hombres han pasado por ellos desde el siglo pasado hasta los días presentes! Si pudiese haber un historiador que hubiese visto esos dramas y pudiera contarlos a la posteridad, ¡qué de cosas nos dijera! ¡Cuántos horrores nos describiría! ¡La muerte presente en sus diversas formas! Los ombres matando a los hombres por la razón de la sinrazón. ¡Y todos estos crímenes cometidos en un país no conquistado, en tiempos de paz y de concordia continental…! Los crímenes del nazifascismo, sino se justifican, tienen, cuando menos, una explicación ante la conciencia universal; esos mismos crímenes cometidos en un país como mi patria, in motivo ni razón y el motivo que tuvo el déspota para ordenarlos, no se justifican, no se explican ni se comprenderán nunca. El asesinato, la persecución, el encarcelamiento, el destierro, la vigilancia constante ejercida sobre pacíficos ciudadanos, todo ello tiene su explicación, cuando hay de por medio poderosas razones de estado, para conservar el orden y garantizar la paz. Mas en un pueblo pacífico, ordenado y laborioso como el de Guatemala, aquellas prácticas despóticas tienen que merecer la más acre condenación universal. Sometidos los prisioneros políticos de la Penitenciaría central a los vejámenes más inauditos y a los atropellos más insaciables, las páginas de un libro no serian suficientes para relatarlos. He querido captar en estas páginas algunos de aquellos martirios para contarlos al mundo, con quien estoy obligado por una razón natural de sentimiento y de vocación. Recojo entre la balumba de mis recuerdos algunas viejas postales desvaídas y las presento al lector con la misma rapidez de una cinta cinematográfica. Son ya las últimas escenas de este drama de dolor, de tristeza y de amargura. ………………………………………………………………………………………………

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Estamos en pleno Jueves Santo. Los presos del patio general organizan una procesión que recorrerá los patios. En una galera sencilla en donde existe una barbería, se ha improvisado un altar. Todo ha sido preparado igual que si fuese una procesión que habrá de recorrer las calles. Los reclusos llevan en hombros una imagen de Cristo vistiendo la clásica túnica morada y llevando la gruesa Cruz a cuestas, con la corona de espinas oprimiendo aquella frente inmaculada. El director decide sacar un momento a los políticos para que vean la procesión. Se nos notifica la orden y nos aprestamos a salir. Somos conducidos en medio de una fila de vigilantes y se nos lleva a un sitio llamado en el interior del presidio El carrousel. Llegamos al pie de un árbol y nos sentamos en unos banquillos que le rodean. Para llegar a este lugar hay varias entradas en medio de pequeños arriates, en las que se colocan dos y hasta tres centinelas para impedir que cualquier otro recluso, que no sea político pueda entrar al lugar. Estamos casi rodeados de cuidadores. Todos los presos comunes nos miran con asombro. Pasan lejos de nosotros. Entre ellos hay muchos conocidos y hasta amigos que no se atreven a saludarnos. , por temor a las represalias. Somos estrechamente vigilados. Cuando alguien, demasiado valiente, desea obsequiarnos cualquier cosa, tiene que pedir permiso al inspector y entregar el obsequio al encargado, quien lo trae hasta nosotros. Esto, cundo el permiso le ha sido concedido y se ha atrevido a solicitarlo. Uno de los presos más audaces e incorregible que varias veces había sido llevado a nuestro departamento castigado y que había concluido por hacer amistad con nosotros, un Viernes Santo nos envió un azafate con pasteles, refrescos y cigarrillos. Los guardias no permitieron al conductor que entrara; entonces el oferente corrió a la inspección y solicitó el permiso respectivo. El mismo llegó con el obsequio y o distribuyó a su manera. Su actitud fue para muchos de nosotros verdaderamente conmovedora. Puedo decir que fue el más atrevido de los reclusos, porque mientras la gran mayoría de sus compañeros huían de nosotros, él se nos acercó llevándonos lo único que podía ofrecer. Aquel recluso no se ha desvanecido en mis recuerdos. Se llamaba Manuel Ayala Romero y en el presidio se le conocía con el mote de Chepiona . Fue quizá el cautivo que más violó el reglamento. Se le tenía por incorregible. Había perdido la conducta que equivale a la cuarta parte del tiempo de la condena y hasta se le había impuesto retención, que equivale a otra cuarta parte. Cuando estaba castigado y tenía necesidad de escribirse con algún compañero del patio, yole hacia sus mensajes y así conocía algunos de los términos que usa el hampa para entenderse. Vagamente recuerdo un mensaje que me dictó: Te remito –decía- varios mapines para que se los entregues a Cucharita, del producto me mandas venenos y te ruego abanderarme a Raúl. Yo no entendía los términos; él me los explicó: Mapin

llamaban al pan; Cucharita era el mote de un cocinero; venenos eran los cigarrillos y abanderar quería decir: seguir, observar, vigilar a alguien. Raúl era uno de tantos homosexuales, a quien Chepiona llamaba mi mujer y cuando salía libre, Chepiona se desesperaba en la prisión. Pero Raúl tenía el cuidado de volver a los pocos días. Cometía cualquier fechoría y la policía se encargaba de lo demás. Las relaciones amorosas de estos

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dos presidiarios y sus diversas alternativas, pueden servir de argumento a un capitulo de novela truculenta y desconcertante. ………………………………………………………………………………………………... En cierta ocasión, desesperados ya de no poder hablar libremente con nuestras familias a consecuencia de la estrecha vigilancia de que éramos objeto por los oidores nombrados el día anterior para controlar nuestra conversación, el compañero José Rodríguez Medina –todo un hombre, a quien ya me referí en otra parte-, se negó a salir en el momento que fue llamado. Como su negativa era firme, vinieron dos presos y lo llevaron a la fuerza. Llegó frente a su esposa y le habló en estos o parecidos términos: “-Ve, hija, ya no quiero que vengas a visitarme, porque no podemos hablar. Estos esbirros –y señaló a los dos que tenía a cada lado-, no nos dejan; esto es un reflejo de lo que pasa en toda Guatemala. Parece que ellos fueran los visitados. Andate, que ya Dios verá lo que hace conmigo. Tolerar esta infamia es una cobardía.” Puso la mano en el cedazo y se retiró. Quedó triste y desconcertada la esposa infeliz. Retiróse con la frente inclinada saboreando una amargura indescriptible. A los pocos momentos llegaron a encerrar a Rodríguez Medina. Ocho días tachado, a pan y agua, era la sentencia. Cuando le llevaron el primer pocillo de agua y el primer pan, los arrojó al centro del callejón. Hizo lo mismo la segunda vez y así la tercera y las otras. Ya llevaba tres días de encerrado sin probar bocado. Una verdadera huelga de hambre. Todos los que presenciamos este incidente nos sentimos conmovidos y escandalizados. Momentos después llegó el propio director y le levantó el castigo. Rodríguez Medina salió de su tumba pálido, ojeroso, desencajado, tambaleándose de la debilidad, pero con una fuerza de voluntad indomable. Fuer soberbio en medio de la desgracia. Su energía espiritual la conservó hasta los últimos instantes y su protesta sirvió para que la vigilancia fuera menos estrecha, a la hora de la visita. Rodríguez Medina fue uno de los pocos reclusos que supo conservar la entereza de su carácter y la firmeza de sus convicciones, en medio de todas las borrascas y así llegó hasta la puerta de su sepultura. Yo le traté íntimamente; yo se que su espíritu está aquí, junto a mí, en los momentos en que escribo estos renglones, que son como un homenaje a su memoria. ………………………………………………………………………………………………... Últimos reflejos de la tarde. Silencio. Reposo. Quietud. Todos hemos sido encerrados y el menor ruido llega a nuestros oídos clara y distintamente. De pronto oímos que están flagelando gente. No podemos contar los azotes ni precisar cuántos son los vapuleados. Cuando ha terminado la azotaina, los castigados son llevados a encerrar a las celdas pequeñas del primer callejón. Se les obliga a desnudarse para presenciar las señales de los azotes. Por las voces conocemos a Tata Dios, al encargado Sebastián Grijalva y a otro verdugo de apellido Arguello. En el reconocimiento de los golpes, que sin duda se hacia al preso desnudo, Tata Dios decía:

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-Este golpe es mio, vos Grijalva, porque rompió. Este otro también. Ustedes no saben pegar. ¿No ves que el chicotazo es mejor cuando revienta y no cuando deja la sangre agrumada? Todavía son muy majes. 36 Al día siguiente Tata Dios pasó por una de las bartolinas entreabiertas, donde yacían tirados boca abajo los castigados el día anterior. Le dijo a uno: -Y deay, vos, ¿qué te pasó? ¿Qué hiciste? ¿Por qué te pegaron? ¡Pobrecito! Te voy a traer un tu pan y unos tus cigarros. ¡Qué sadismo! ¡Qué barbaridad! Muchos incidentes de esta clase se escapan a la persecución del recuerdo; escenas que lentamente van difuminándose por la acción del tiempo, bálsamo cicatrizador aun de las heridas más profundas. Ha pasado el dolor; la llaga ha dejado de supurar; pero la huella, la cicatriz, son imborrables… ………………………………………………………………………………………………...

CAPITULO XX EL ASESINATO DE SANCHEZ BATTEN El capitulo seis de esta parte, dibuja borrosamente a este compañero inolvidable. Tan pronto como fuimos sentenciados por la Auditoria de Guerra, se nos trasladó a las cuadras que constituyen el segundo callejón, sitio asignado en el centro penitenciario para los políticos sentenciados. Quedó solamente ocupando la bartolina N° 4 del primero, el infortunado compañero José Luis Sánchez Batten. Al verse privado de nuestra compañía, en la soledad de aquel funesto lugar, ha de haberse sentido triste. Pocos días después le llevaron a los trabajos forzados de La Pedrera, situada al lado sur del extinto castillo de San José. A las once, cuando volvía, se le permitía pasar a bañarse a la pila de nuestro patio, siempre vigilado. Las pocas veces que pude hablarle me informó que el trabajo al que lo sometían no era excesivo y que se le trataba con inusitada consideración. El propio inspector del presidio, Teófilo Castellanos, dijo que le sacaban a trabajar, para que no estuviera tan aburrido en la soledad del callejón. Creímos en la sinceridad de tal declaración. Pero he ahí que un día, según general rumor, el inspector, de acuerdo con el encargado del callejón, uxoricida Domingo Saravia Paredes, con quien Sánchez Batten sostenía frecuentes altercados a causa de las intransigencias y maldades de Saravia, formularon un parte contra Sánchez y lo elevaron a la Dirección. En el decían que Sánchez Batten aprovechaba los instantes de su baño para llevarnos noticias de la guerra y hacer propaganda comunista; que sus monólogos en voz alta y sus cantos en el interior de la celda, eran sediciosos porque frecuentemente repetía los derechos que para el hombre de América concede el tercer punto de la Carta del Atlántico. En consecuencia, se le prohibió pasar a bañarse a nuestro departamento. En esos días, el 24 de septiembre de 1943, si mal no recuerdo, llegó de visita el director de la Policía, general David H. Ordoñez, a quien el 36

Tonto, inexperto, descuidado, “baboso”, como tan típica y sabrosamente dice Clemente Marroquín Rojas.

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director del centro informó de la conducta de Sánchez Batten, agregando todo lo que creyó de perjudicial para el recluso, diciendo que ya no lo aguantaban en la Penitenciaría y que era incorregible. Ordoñez probablemente, ha de haber transmitido el informe al dictador y este, expedito en su justicia, ordenó que lo asesinaran en la forma acostumbrada. La mañana del 27 de septiembre, fue cambiado de pelotón, es decir, fue separado del grupo de trabajadores de  La Pedrera e incorporado al de los de  La Arenera en el Campo de Marte.

Así quedaban los hombres cuando los mataban los ombres. Un caso típico de la conocida “Ley fuga”, la máxima creación del general Ubico, ejecutada en José Luis Sánchez Batten. Como ésta era la foto que la policía presentaba al dictador, para demostrarle que habían “cumplido sus ordenes”.

Semejante cambio ha de haber sorprendido al infortunado compañero. Ya en ese lugar, el mismo en el que ultimaron a Max Aldana, le ordenaron verificar trabajos lejos de donde queda la mayoría de los trabajadores y designaron para que lo acompañaran a sujetos buscados ex profeso que podrían servir para testificar el asesinato. Dicen los que vieron el hecho que cuando Sánchez Batten se dio cuenta de las intenciones del sargento que le cuidaba, porque había visto introducir el cartucho en el arma, se negó a alejarse del grupo y si lo hizo fue obligado, procurando permanecer muy junto de su custodia. Como esta circunstancia impedía la consumación del hecho, volvieron a donde estaba el resto de la escolta y allí la custodia de Sánchez se puso de acuerdo con un sargento para que éste se adelantase y, ocultándose, disparase contra Sánchez aprovechando el menor descuido de éste. Naturalmente todas estas maniobras pasaron inadvertidas para la víctima, cuya atención se procuró distraer. Cuando ya el sargento había encontrado el lugar más a propósito, perfectamente oculto tras unos matorrales, Sánchez Batten fue llevado al lugar del sacrificio, ordenándosele la conducción de un blanco. La custodia descargó el fusil y

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entonces la victima ya no tuvo tanto temor y accedió a lo que se le ordenaba. Caminaban por un sendero apartado, cubierto de malezas y adecuado para el crimen. De pronto una detonación rompió el silencio de la mañana. Sonaron dos más. Sánchez Batten cayó de bruces: había recibido un balazo en la cabeza que le destrozó el cerebro. Inmediatamente se movieron todos los personajes que debían intervenir en la tragedia.

Cuando el auditor de guerra, prevenido de antemano, llegaba a levantar el acta de le y –acta cuyo modelo puede conocerse en otro lugar de este libro- el cadáver era colocado boca arriba, en la posición qu e muestra el grabado. Estas fotos eran contempladas por el dictador que reía siniestramente.

Llegaron las autoridades y, para cumplir con los formulismos legales, para que el crimen quedara perfectamente, se suscribió el acta que vamos a leer, modelo de actas, como las que suscribían cada vez que se cometía un crimen igual. “en la ciudad de Guatemala, siendo las diez horas y quince minutos del día veintisiete de septiembre de mil novecientos cuarentitrés, constituido el infrascrito Auditor de Guerra del departamento de Guatemala, acompañado del Teniente Coronel Carlos Morales,  Encargado de la Tribuna del Campo de Marte, Teniente Coronel José María de León,  Mayor de la Penitenciaría Central y Secretario que da fe; con el objeto de levantar el acta descriptiva, se procedió de la siguiente manera. Primero: Enterado el infrascrito Auditor de Guerra por el Teniente Coronel Carlos Morales del lugar donde había sido ultimado un reo de la Penitenciaría Central, que se encontraba trabajando en el polígono del Campo de Marte, el infrascrito Auditor de Guerra, por el medio accesible, una vereda sinuosa que

ERAÍN DE LOS RIOS 203 Ombres contra Hombres va por el barranco en donde están colocados los blocks que señalan los diferentes blancos, se condujo a dicho lugar y a inmediaciones de la zanja del blanco de cuatrocientos metros, a la altura de los baños de Ciudad Vieja, lado oriente, el Teniente Coronel Morales, indicó el lugar. Segundo: entre el matorral, a una distancia de tres metros más o menos de la  zanja

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Max Aldana González, en el momento de ser fichado por la policía. Nótese la diferencia entre el semblante del hombre libre (Página 96) y el del prisionero, cargado de temor y de incertidumbre.

del indicado blanco de cuatrocientos metros, se encuentra un hombre en posición decúbitoventral, vestido con el uniforme del presidio de la Penitenciaría Central, color rayado de rojo y blanco, viéndosele en la espalda la blusa del uniforme arremangada naturalmente hacia arriba, el brazo izquierdo y la pierna del mismo lado ligeramente encogidos, es calzado y usa un par de zapatos color café, altos, sin calcetines, rapado completamente. Tercero: A simpe vista presenta una perforación en el occipital que le destrozó a no dudarlo la cara, como así se comprobó en seguida y la parte superior de la cabeza encontrándose alrededor del cadáver la masa encefálica esparcida hasta una distancia de cuatro metros en donde todavía se ven pequeños fragmentos de masa encefálica. Cuarto: Preguntado que fue el Teniente Pedro Figueroa, Comandante de la escolta que cuidaba los reos, que eran tres, dijo que quien había ultimado al individuo que yacía botado, había sido su custodia, sargento Edmundo Morales Rivera, caminando ambos adelante de los otros dos reos y sus custodios; consultando su lista dijo que el reo se llamaba Juan Luis Sánchez Vásquez, nombre que fue ratificado por los otros dos reos a quienes así como a sus custodios respectivos y al sargento Edmundo Morales Rivera, se hicieron comparecer. Quinto: Preguntado el sargento Edmundo Morales Rivera si él lo había ultimado y por

ERAÍN DE LOS RIOS 204 Ombres contra Hombres qué, contestó afirmativamente indicando que en ocasión que se dirigían al blanco de quinientos metros , poco antes de llegar a la zanja del de cuatrocientos metros y aprovechando lo irregular del terreno, había tirado el marco del blanco que llevaba y emprendiendo la fuga y como no entendiera las voces de detenerse que le dio en el momento de introducirse a la zanja hizo un disparo al aire y como no se detuvo al atravesar la línea de caubille que está al otro lado de la zanja le había hecho dos disparos seguidos al cuerpo del reo que huía; por esta razón el infrascrito Auditor de Guerra  procede a examinar el cuerpo y encuentra que a la altura de la región cervical tiene otra  perforación de entrada de bala. Sexto: Preguntados que fueron los reos German Gallardo  y Fernando Lázaro Leiva si se habían dado cuenta de cómo habían ocurrido los hechos contestaron afirmativamente toda vez que ambos reos venían atrás como a doce pasos del reo muerto y su custodia y que habiendo tratado de fugarse el occiso oyeron que el sargento le intimaba a pararse y como no obedeciera le había hecho fuego; lo mismo manifestaron los soldados Leopoldo Alvarado y Benito cano S., manifestando además que  ya habían hecho hoy dos viajes anteriores a los últimos polígonos sin que ocurriera nada anormal. Séptimo: El Capitán José Luis Morales Melgar, Jefe de la Sección de la Policía  Nacional y el Jefe del Departamento de Identificación, de dicha institución, estuvieron  presentes en este acto. Octavo: se ordenó el registro del cuerpo quien solo tenía un  pañuelo entre el bolsillo de atrás del pantalón, color blanco con rayas anaranjadas y en un extremo de dicho pañuelo tenía dos monedas, una de diez centavos y otra de un centavo y  procediendo al examen del cadáver se ordenó su traslado al anfiteatro del Hospital General para el efecto. Noveno: No habiendo otra cosa que hacer constar se da por terminada la presente acta siendo las once horas del mismo día de su principio, la cual leída que fue la ratificaron y firmaron, el Teniente Coronel de León, el Teniente Coronel  Morales, el infrascrito Auditor de Guerra y Secretario que da fe. – (ff) Cabrera Martínez,  José María de León, Carlos Morales, A. Beteta.”

He respetado la construcción y la ortografía de esta acta, así como la de todos los demás documentos insertos. Véase la intención que tuvo al cambiar de nombre a la víctima, para que más tarde no pudiera identificarse. El empleado del Hospital encargado de dar el respectivo parte al Registro Civil, lo hizo con el verdadero nombre de la víctima, pero la partida no llegó a firmarse por orden del auditor, quedó nula. A continuación se sentó otra partida con el nombre de Juan Luis Sánchez Vásquez. Las generales de una y otra partida son idénticas; no se tuvo el cuidado de alterarlas. Siempre los delincuentes dejan una huella de su crimen. Obsérvese la facilidad con que todos declararon lo que ya llevaban aprendido. La concurrencia, ese día, de los reclusos Gallardo y Leiva, jefes en el interior del presidio, tenía por objeto que prestasen testimonio del hecho y estos dos miserables, así como los soldados Alvarado y Cano, pasaron a ser cómplices de un asesinato. Así se mataba a los hombres en los alrededores de la ciudad. Así se aplicaba la  Ley fuga cada vez que al dictador se le antojaba y todo quedaba oculto, en el mayor de los misterios. Los cobardes asesinatos de Max Aldana González y de José Luis Sánchez Batten, son

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suficientes para opacar todo el brillo que se le quiera conceder a un gobierno de catorce años. La justicia implacable de Dios será la única que sancionará estos hechos increíbles, cometidos en una era de civilización por un dictador atrabiliario que no tuvo vergüenza de aceptar que le calificasen los serviles y los aduladores de liberal y progresista . En ningún país del mundo, a no ser en Guatemala, tuvo tan certera aplicación el apotegma:  Homo homini lupus.

CAPITULO XXI ESCENAS ÚLTIMAS Después del doloroso suceso que dejo relatado en el capitulo anterior, ingresó un nuevo, el bachiller René Montes Cóbar, justamente al siguiente día del asesinato de Sánchez Batten. Con un intervalo de cortos días, el bachiller Ramón Cadena. Posteriormente Eduardo Quezada Alejos. El primero por haber opinado libremente en el micrófono de una radiodifusora; y el segundo porque, como profesor de moral cívica en uno de los cuarteles de policía, explicaba a los agentes la Constitución de la República, las funciones de la Asamblea Legislativa y los derechos del hombre; y el último, por venganza de un mayordomo a quien había retirado de su finca. Ambos estaban procesados en la Auditoria de Guerra ye n la época cuando nos conocimos se estaba tramitando el respectivo proceso. Los últimos meses del año 1943 y los primeros del 44, nuestra amistad se fue solidificando y, puedo decir, llegamos a identificarnos de tal manera, que la mayor parte del día la pasábamos juntos.

BACHILLER RENE MONTES COBAR En el mes de septiembre de 1943, para la Feria de la Independencia que anualmente se celebra en la ciudad de Quezaltenango, asistió como jefe de una delegación deportiva estudiantil que contribuyó a solemnizar aquellas festividades.

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Los deportistas quezaltecos ofrecieron un almuerzo a la delegación capitalina y a la hora del brindis, René Montes habló en nombre de sus compañeros. Al referirse al acontecimiento patrio que se conmemoraba, recalcó enfáticamente sobre la necesidad de una Guatemala libre y democrática e instó el sentimiento de los congregados a unificarse para la conquista de este ideal. Vuelto a la ciudad, fue citado a la Dirección General de la Policía. Era el 22 de diciembre. El director, con la particular aspereza de los funcionarios de aquella época, le reprochó su conducta por estar propalando especies falsas en público. Montes, a pesar de sus juveniles años, tuvo la entereza de responder al funcionario que él no había cometido ninguna infracción y que la misma Constitución de la República garantizaba su derecho de expresarse libremente. Despidióle el director, advirtiéndole que debía presentarse nuevamente a las nueve de la noche de ese día. Cuando Montes llegó a su casa, le informó a sus parientes que seguramente esa noche le apresarían. Como estudiante de leyes sabía que no había fundamento para procesarlo, creencia errónea para quienes ignoraban los arbitrarios procedimientos de aquella época. Mas con esa fe y esa confianza que infunde la convicción de que no se ha delinquido, decidió afrontar las consecuencias y se presentó a la hora señalada. Inmediatamente fue detenido, conducido al primer Cuartel de la Policía y puesto a disposición de la Auditoria de Guerra por “propalar especies falsas”. Más tarde, en un informe policiaco, aparecía que su prisión era por “prédicas contraías al gobierno”. Del Cuartel N° 1 fue trasladado a la Penitenciaría Central el 28 de septiembre. Se le instruyó proceso por “Violación a las leyes de emergencia” y fue condenado a sufrir la pena de tres años de prisión, inconmutables. Calificándosele de ser “quintacolumnista”. Estuvo en la cárcel más de nueve meses y fue liberado el 30 de junio de 1944, en unión del bachiller Ramón Cadena, obedeciendo orden telefónica del dictador, momentos antes de renunciar. El déspota ha de haber creído, en sus últimos instantes de poder, enmendar la arbitrariedad cometida.

Por esa fecha ya se nos permitía tener libros y nos dedicamos entusiastamente a estudios filosóficos, históricos y literarios. Fueron quizá, los mejores compañeros que tuve durante mis largos años de cautiverio. Su amistad vino a suavizar los últimos meses de mi prisión. Para ellos es este recuerdo. Para la navidad del año 1943, dispusimos con el compañero Antonio Cumes hacer unos arbolitos navideños con el residuo de las fibras de maguey que otros compañeros utilizaban en la fabricación de pita. A ciertas horas del día íbamos por los rincones recogiendo los sobrantes y guardándolos en una bolsa. Obtuve, mediante numerosas suplicas a la anciana mujer que me visitaba –como una cariñosa madre- un poco de anilina y un metro de alambre que el compañero Cumes necesitaba para la fabricación de los pinitos. Cuando estos elementos llegaron, tuve que hacer gestiones insistentes para que me fuesen entregados. Cumes, con una paciencia y dedicación admirables, hizo al fin los arboles y me obsequió una docena. Logré que fuesen llevados a la calle y entregados a dos personas amigas que todos los años construyen primorosos nacimientos. Un día, estando próxima la navidad del año siguiente, y ya libre, tuve oportunidad d ver aquellos pinitos que trajeron a mi mente un triste recuerdo.

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BACHILLER RAMÓN CADENA Fue extraído de su casa el 23 de noviembre de 1943, por varios agentes de la Policía de Seguridad y llevado al Cuartel N° 2 de la Policía Nacional. Fue encerrado en la fatídica celda conocida con el nombre de “La 400”. Después fue trasladado al Cuartel N° 1 e internado a la bartolina designada pavorosamente con el nombre de “La hielera”. Solo el mote es suficiente para dar una idea de lo que era esta ergástula. Estando en el Cuartel N° 1, fue llevado a la Dirección de la Policía, a recibir, como prologo de su calvario, una fuerte reprimenda del jefe de seguridad, José B. Linares, y, posteriormente, a “La cocina”, donde lo torturaron y vapulearon en la forma acostumbrada. En sustitución de su padre, el licenciado Ramón Cadena, servía en la policía una clase de Instrucción Cívica y sus enseñanzas versaban sobre la interpretación exacta de la Constitución de la República. Casi un año hacia ya que el bachiller Cadena trasmitía sus enseñanzas a los agentes. Había tardado en aparecer el gratuito delator y cuando apareció, fue hecho preso Cadena; instruyósele proceso por “atentar contra la seguridad de las instituciones sociales” y se le formularon los siguientes cargos: primero, decir que en Guatemala no había libertad; segundo, decir que los diputados solo llegaban a la Asamblea a dar su asentimiento en todos los asuntos que se trataban y que no hacían nada en beneficio de la nación; tercero, decir que en tiempos de Cabrera se halagaba al pueblo con festejos y en tiempos de Ubico con palacios hechos a costa del trabajo y del sudor del pueblo. Fue condenado a tres años de prisión correccional, inconmutables. Estuvo en la prisión por más de siete meses y fue libertado el 30 de junio de 1944, en compañía de René Montes. Estos dos estudiantes, de grata recordación para quien está escribiendo estos renglones, fueron compañeros suyos en la cárcel y son amigos en la libertad, con esa amistad indestructible que nació en tiempos bastante difíciles y en lugares de miseria que no pueden borrarse del recuerdo.

Evoqué todas las penas y sacrificios que nos costó su fabricación y, sobre todo, el lugar en que fueron construidos. Ellos representan para mí, toda una época de dolor y de angustia y, en un arranque de agudo sentimentalismo, lloré sobre el recuerdo de aquellos arbolitos inolvidables. Así conservo en mí poder muchos objetos sencillos, toscos, de un rusticismo

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genuinamente penitenciario, que constituyen para mí los recuerdos más tristes de mi vida, sobre los que gusta posarse y detenerse mi espíritu ya fatigado. Se sale de la cárcel con el alma transformada. Nuevos sentimientos caben en el corazón del hombre. La metamorfosis moral y material, tiene efecto conforme el temperamento de cada cual. En mi se desarrolló un nuevo sentimiento de estetismo exigente. Una especie de egoísmo me invadió, algo así como los sentimientos de Calígula, que se creía estar parado en el centro del mundo. La comprensión del hombre se mide por una escala singular. De aquella negra escuela de dolor en que palpitan silenciosamente las más intensas emociones, se sacan conocimientos raros, experiencias extrañas, un nuevo sentido del hombre y de la vida, que difícilmente podrían adquirirse en los numerosos volúmenes que han escrito los pensadores de todos los tiempos. Solo así se explica que todas las teorías elaboradas por los hombres, fracasen en la escuela practica del dolor y se opere una transformación seria y radical en aquel que ha vivido y podido escapar, en hora inesperada, del autentico corazón de la tragedia. Dice un colega hispano: Si la propia alabanza es necedad, también la excesiva modestia es tontería. Por eso diré, porque conviene decirlo, porque mi grito de rebeldía aun llegará a golpear las espaldas del tenebroso pasado, que hasta en el presidio, lugar en donde todos los hombres claudican, se humillan, ruegan, lloran, imploran, y gimen, tuve y mantuve una actitud enhiesta y rebelde. Cuando alguien, jefe, encargado o simple pasador, gritaba mi nombre en aquel ámbito maldito, mi respuesta generalmente era: -¡Ese es hombre! Así respondí, en el último momento, cuando se me llamó para darme la libertad. Aquella respuesta, interpretada al antojo de quienes la oyeron, yo la grité siempre como una protesta contra las autoridades y como un reproche para la cobardía de mis compañeros. Muchos de ellos, que están vivos, deben recordarla y se emocionarán cuando lean estas páginas. Hoy, todo ha cambiado. La reacción de un pueblo sufrido y castigado por la dictadura –fatal herencia de los viejos tiempos- ha traído una ligera transformación en los sistemas. Estos recuerdos no son de un tiempo lejano ni los hechos sucedieron en un país desconocido. Estos recuerdos son de ayer y los hechos fueron dentro de nuestra propia casa. Quedan, naturalmente, muchas cosas olvidadas. Es imposible al hombre torturado en todas formas, poder atrapar –como un niño mariposas- las múltiples escenas que danzan en su imaginación, valiéndose únicamente del frágil cedazo del recuerdo. He pretendido pintar la tragedia de una vida, como un ejemplo de lo que padecieron millares de guatemaltecos.

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CAPITULO XXII TELÓN LENTO Fui compañero del líder obrero don Silverio Ortiz Rivas, entusiasta patriota, cuyas actividades políticas desde la época del unionismo, son bien conocidas en Guatemala. Fue encarcelado por haber despedido a un militar expulsado a México por el régimen ubiquista. Los esbirros conducían al general Federico Aguilar Valenzuela y, al pasar por una esquina en donde Ortiz estaba parado, despidióle con la mano. Este le contestó. Los esbirros se dieron cuenta del saludo y lo comunicaron a su jefe. Horas después Ortiz estaba encerrado en las lóbregas mazmorras del primer Cuartel de Policía y, sin respetar sus años, era sometido a las torturas más infamantes, las mismas que dejo descritas en uno de los capítulos anteriores… inicióse contra él un proceso, uno de aquellos famosos procesos que hacen historia en los anales jurídicos de Guatemala y remitiósele a la Penitenciaría, con orden expresa de sometérsele a trabajos forzados. Yo vi llegar a Ortiz en el más calamitoso de los estados físicos, con un brazo zafado y una pierna retorcida. Fue arrojado como una cosa cualquiera, a una estrecha bartolina. No hubo para él la más leve consideración y aquel hombre, enfermo y torturado, pasaba las noches sentado en un rincón. Cuando se consideró que su estado iba mejorando, fue llevado a batir cemento para la fabricación de tuberías, trabajo duro y cruel para un hombre en aquellas condiciones. Así le dejé yo cuando mi libertad llegó. Yo tuve durante mis largos años de prisión, más de mil compañeros de diversas condiciones y conocí las causas porque fueron arrebatados de su hogar, por la peligrosa policía de investigación, por la rural y por las escoltas al mando de los comandantes locales. Cada caso en sí es una historia. Todos los hombres tienen la suya; y cualquiera que haya sido su condición, color, secta, titulo o grado, fueron tratados en la misma forma que el más abyecto de los criminales. Para nadie hubo conmiseración: el látigo caía parejo sobre todas las espaldas y si alguna vez se tuvo algún asomo de distinción, fue para pegar más fuerte o para duplicar los castigos. Una tarde, cuando con los compañeros Montes y Cadena, comentábamos sabrosamente el último libro leído, en un rincón de la cuadra que nos servía de dormitorio, fui bruscamente separado de su compañía y llevado a la calle; había llegado el momento de mi liberación, aquel momento en que el cautivo piensa con extrema ansiedad durante todo el tiempo de su reclusión. Ese momento ambicionado llegó para mí y fue tal la precipitación con que se me ordenó salir, que no tuve el tiempo necesario para estrechar la mano a los compañeros que se quedaban. A pesar de haber ensayado durante varios días la actitud que adoptaría cuando ese anhelado instante llegara, no pude cumplir el más leve de mis propósitos y en medio de mi atolondramiento dificultóseme pronunciar la más sencilla frase de despedida. Todos me vieron partir y, según supe después, algunos llegaron a creer que se me llevaba a asesinar. Mi libertad no fue completa: obligóseme a aceptar el mísero empleo de secretario de la comandancia en la entonces Policía de Hacienda, en donde era

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estrechamente vigilado y controlado en todos mis actos. Así viví por espacio de tres meses, hasta que pude libertarme, favorecido por los sucesos políticos de junio de 1944, cuando el hombre único, el elegido el todopoderoso, dispuso hacer entrega de la presidencia. Pretendí reincorporarme a la civilización, recuperar mi puesto en el seno de la sociedad y volver a gozar de mis derechos de ciudadano. Ello no me ha sido posible, porque todas mis facultades fueron anuladas con el prolongado tiempo de mi cautiverio. Mi salud hondamente minada, merced a las frecuentes vapuleadas y a los procedimientos carcelarios, he creído no poder recuperarla jamás. De aquel hombre sano que atrapó la dictadura, no ha quedado nada más que un remedo de hombre, un ser baldado, inútil para el resto de la existencia. Pero el despotismo a quedado satisfecho. Es el drama eterno de los hombres, en ese escenario de dolor y de tragedia en que actuaron Jorge Ubico y sus secuaces, para escarnecer a Guatemala y burlarse de la civilización en pleno siglo XX. Mas la noche, ya lo sabes lector, no es eterna, ni sobre el horizonte… ni sobre los pueblos.

CAPITULO XXIII EL FIN DEL DRAMA Volví a la vida del hombre libre y cuando las circunstancias me fueron favorables, es decir, cuando consideraba que la vigilancia policiaca no era tan estrecha sobre mí, frecuenté los sitios que otrora prefería y fui observando y anotando toda una serie de cambios y transformaciones. Volví a un mundo nuevo; y, como ya dije en otra parte, las modificaciones materiales no me sorprendieron, a consecuencia de la intensa vida cerebral a que me había dedicado; pero sufría frecuentes sorpresas al notar los cambios operados en mis amistades y el fallecimiento de muchas de ellas que yo ignoraba completamente. Mis amistades, sobre todo entre el elemento femenino, habían casi desaparecido. Viejas amigas que en otros tiempos compartieron conmigo las alegrías de la vida social, hoy ya eran casadas, viudas, divorciadas, y, en su mayoría, azotadas por los rudos golpes de la vida; muchos amigos desaparecidos de la escena, muertos inesperadamente, causaron en mi una extrañeza singular que guardé en espera de que el tiempo se encargase de dilucidar su muerte. Y el tiempo implacable, depurador de todas las acciones humanas, ha venido a demostrármelo. Insisto en afirmar que las presentes cuartillas no pueden ser una obra perfecta; por haber sido escritas en circunstancias muy especiales de mi vida, adolecen de muchos defectos, los cuales el lector sabrá tolerar con su proverbial benevolencia. Hice lo que pude: salvé milagrosamente la vida de esa tragedia roja en que me sumió el despotismo; combatí contra la dictadura con mis débiles armas y, si afortunadamente pude levantarme de los golpes, con ánimos aun para lanzar mi grito de protesta, que el eco lo recojan los horizontes, y lo devuelvan para que llegue también al corazón de los hombres. Tengo la fe de que en no lejano día, en mi patria, el hombre dejará de ser lobo del hombre. Y serán hermanos, en el

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dolor y en la alegría, como quería aquel rubio pastor de Galilea, que murió en la cruz por redimir a los hombres.

CAPITULO XXIV LA REVOLUCIÓN He presentado al lector nada más que un episodio del gran drama político que tuvo por escenario el territorio de Guatemala. Este drama se ha desarrollado en un espacio reducido. Imagínese lo que su representación seria en otros escenarios más amplios y con otros actores, en que cada grupo escénico obedecía a un director. Aquel horripilante drama, representado durante más de una década, movió el sentimiento de cada espectador y todos se propusieron íntimamente cambiar a los actores, echar al director de escena y montar una obra completamente nueva. El lector comprende la metástasis y el sentido metafórico empleado al igualar la vida nacional a un gran teatro, cuyo escenario, demasiado extenso, solo permitía apreciar una mínima parte del gran drama. Y aquel propósito formulado íntimamente y alimentado en silencio por la mayoría de los espectadores, se vio realizado la mañana del 20 de octubre de 1944. Ampliamente conocido el suceso sangriento que dio tierra con la última de las dictaduras –quizá la más estúpida y sanguinaria que hemos tenido-, no entro en prolijas consideraciones, ni en detalles acerca de su preparación y efectos, por ser hechos que están en la conciencia de todos y en los una gran mayoría de la actual generación tomó parte directa o indirectamente, haciendo o viendo hacer la revolución. La ciudad dormía tranquila la noche del jueves 19 de octubre y fue despertada en las primeras horas del 20 por el estallido de disparos de fusilería, ametralladoras, granadas y tiros de artillería. Creyóse en un principio que el tiroteo generalizado por toda la ciudad fuese una maniobra del entonces presidente provisorio Federico Ponce Vaides 37 , para tener pretexto, al día siguiente, de suspender las garantías individuales y de reunir violentamente al Cuerpo Legislativo con el fin de que le confiriese poderes dictatoriales y perpetuarse en el poder ejecutivo. Firmemente creo que así creyó la mayoría de los habitantes de la ciudad. Cuando en las primeras horas de la mañana el fuego se intensificó y el propio autor de estas líneas, desde su residencia en la 5ª calle oriente, pudo distinguir la destrucción de los techos del castillo de Matamoros, mediante certeros disparos de artillería salidos de no se podía constatar dónde y la repentina izada de la bandera blanca, señal de rendición, empezó a formularse las más diversas conjeturas acerca de lo que estaba sucediendo. La radio nacional, todavía al servicio del gobierno tambaleante, informaba atropelladamente que militares del cuartel Guardia de Honor se habían levantado en armas contra el gobierno provisorio, pero que estaban siendo dominados y que muchos se estaban 37  General

Federico Ponce Vaides. Quien gobernó del 3 de julio al 19 de octubre de 1944. Había sido confirmado en el cargo por la Asamblea Legislativa y formó parte del Triunvirato Militar que recibió el mando resignado por Ubico y que se instaló del 1 al 3 de julio de 1944. El triunvirato lo integraron (los Generales Buenaventura Pineda, Francisco Villagrán Ariza y Federico Ponce Vaides.)

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rindiendo por haber sido engañados. Minutos después de la destrucción de Matamoros, el edificio del Castillo de San José ardía estrepitosamente y una hora más tarde, en el asta mayor del palacio nacional, ondeaba la bandera blanca. Concluido el parlamento entre los revolucionarios y los miembros del régimen derrocado, con intervención del cuerpo diplomático, unos se fueron al exilio protegidos por la embajada mexicana y otros empezaron a labrar una patria nueva. Así principió la revolución del 20 de octubre, el movimiento libertador que ojalá sea una verdadera revolución; porque revolución no es el predominio de un partido sobre otro, una conjura en palacio el golpe armado que derroca un gobierno cualquiera. Revolución es una cosa muy grande y muy noble, significa la transformación radical de todos los órdenes de la vida política y constitucional de un pueblo. Revolución no es un motín, un alboroto, una sublevación en la que intervienen hasta los genízaros; la revolución es algo quizá inexplicable, difícil de pintar en letras de molde: es el cambio que se opera en todas las cosas, especialmente en el gobierno de las repúblicas cuando de política se trata; es algo que va más allá de la simple concepción rudimentaria a que están habituados nuestros pueblos; revolución es algo tan vasto y tan complejo, que no podría explicarlo en el reducido espacio de estas páginas que estoy concluyendo y que fueron inspiradas por el mismo espíritu de la revolución. Revolución es algo muy hondo y muy serio. Todos los pueblos llegados a cierto grado de desarrollo, en los muchos aspectos de sus actividades, necesitan revolucionar sus sistemas y transformar sus cimientos. La base de cimentación garantiza la solidez de un edificio. Y cuando las diarias necesidades del hombre le imponen ensanchar su radio de acción o agregarle algunos pisos más al edificio ya construido y habitado, necesita imprescindiblemente, constatar la solidez de los cimientos y si estos no garantizan el sostenimiento del peso mayor que el edificio llevará por los pisos agregados, decide cambiar esos cimientos y hacerlos más sólidos y seguros. Es lo que pasa con las revoluciones cuando su impulso se dirige a transformar los sistemas de un país. Se cambia la Constitución –base de todas las leyes- y se cambian los hombres encargados de cumplirla y de hacer que se cumpla. Pero hay algo más grave aún, algo más delicado, más trascendente, se diría, de una importancia casi universal: CREAR. Creación de sistemas nuevos, de acuerdo con las necesidades populares; creación de leyes adaptadas a las costumbres del pueblo; creación de todo lo necesario e indispensable para el mejoramiento de la vida; creación de una conciencia nueva, de un civismo nuevo, de un carácter nuevo; evolución constante en todos los órdenes de la actividad humana y jalones definitivos para la estructuración de una vida nueva. Esto, más o menos es una revolución. Y al llegar a esta parte, vienen a mi memoria, sin querer, los recuerdos de la revolución francesa de 1789 y los cambios beneficiosos que trajo para la humanidad, desde aquella época hasta nuestros días. Todas las revoluciones del siglo XIX y las que han sucedido en la parte ya vivida del XX, se han inspirado en los principios proclamados por aquella. Las cuatro libertades de la Carta del Atlántico –el documento político más trascendente de los últimos tiempos-, están calcadas en los principios de la Revolución francesa. Quiera el

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Destino de los pueblos de América, que no por el hecho de haber sido suscrita esa maravillosa Carta sobre las aguas del Atlántico, el cumplimiento de sus postulados se borre tan pronto como la escritura sobre el agua y tengamos mañana que lamentarnos de haber arado en el mar, inútilmente…tristemente … dolorosamente. Una aurora de libertad asoma en el oriente de los pueblos americanos. ¡Así sea!

FIN DEL TOMO PRIMERO

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CARTA ABIERTA AL GENERAL UBICO Nueva Orleans. Nunca olvidado general Ubico: Esta que le escribo es una carta singular. Yo necesito escribirla y usted necesita leerla, para liquidar definitivamente nuestras cuentas pendientes. Volvamos un momento los ojos al pasado: usted es el Presidente de Guatemala; y yo, un simple prisionero, sometido, por su orden, a las más crueles vejaciones… Usted vio en mí y le hicieron creer que yo era uno de sus peores enemigos. Con su poder sirvió de instrumento a unos cuantos chismosos y fomentó la intriga, la calumnia y el ultraje. ¡Bien! Yo acepté su cólera y me coloqué –quiero decir, me colocaron- en el plano único que las circunstancias me ofrecían: en el de un leal y convencido opositor de usted y de su política de gobierno. Debería echar mano de esa creencia suya para adquirir perfiles heroicos y una personalidad que me significase, en la hora de ahora, como uno de sus más acérrimos antagonistas. Pero, abriendo bien los ojos al presente, usted es un desterrado y yo soy un hombre libre, Usted come el amargo pan del destierro y yo empiezo a probar el de la libertad. Los dos tienen distinto sabor… Nuestra posición ante la vida ha cambiado en una forma radical. Se ha transformado radicalmente el escenario donde nos tocó actuar en tiempos pasados, no muy lejanos, y que deben estar vivos en sus recuerdos… Nadie, antes del 30 de junio de 1944, hubiera creído la forma vergonzosa en que su gobierno se derrumbó. Yo se que clase de fuerzas minaron su poderío. Usted, el hombre invencible, el único, el omnipotente, sentado en lo más alto del pedestal de su soberbia ingénita, no tuvo ni la agilidad del salto ni la bajada reposada y digna. Su vanidad y su orgullo, su egocentrismo y su megalomanía, fueron la causa de su caída estrepitosa. Prefirió renunciar pasivamente, a implantar un sistema de renovación. ¡Cómo ha de haber sufrido al ver que su pueblo ya no le temía! Si usted hubiese sido un demócrata sincero, como pretendía hacerlo creer, quizá se hubiese salvado. Su caída despertó la curiosidad, como una mujer a quien el viento travieso levanta las faldas en la calle. Cayó porque tenía que caer. Además de que esto ya estaba decretado por el Destino, contribuyó eficazmente a ello el núcleo de aduladores de que usted se rodeó y la deliberada sordera que opuso a los sanos consejos de sus amigos sinceros. Recuerde los nombres de dos Efraines que siempre le dijeron la verdad: Efraín Aguilar Fuentes y el que ésta carta está

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escribiendo. Al primero lo fusiló y al segundo lo encarceló. Este recuerdo le amargará constantemente la existencia. Si usted nos se hubiese creído de los serviles que le insinuaron la conveniencia de provocar el plebiscito de junio de 1935, para perpetuarse por un periodo más en el Poder y hubiese decidido patrióticamente convocar a elecciones y dejar el mando a su tiempo, conformándose con la obra progresista emprendida en beneficio de Guatemala, a quien usted siempre hizo alarde de querer entrañablemente, hoy viviría tranquilo y respetado, querido de sus conciudadanos, disfrutando, disfrutando de la paz del campo y de la diafanidad de la conciencia. Se le compararía con Cincinato 38 y no con Nerón39 Recordará que tuvo amigos –partidarios entusiastas y sinceros- que firmemente creyeron en el cumplimiento de su programa de gobierno; pero que, a los pocos años, decepcionados al convencerse de la farsa de su política, optaron por un prudencial alejamiento. A esos hombres, en un tiempo amigos personales suyos, usted los conceptuó obstáculos en su camino y mandó eliminarlos sumariamente. No tuvo el instinto de la reflexión ni la virtud del análisis. Un momento de serenidad, en medio de su ofuscación, hubiera evitado el doloroso derramamiento de sangre y el enlutamiento de tantísimo hogar guatemalteco. Hoy la escala de su vida estaría hecha de sonrisas, en una proyección ascendente; y no de lágrimas, en una proyección contraria… 38

Cincinato. Lucio Quincio Cincinato (c. 519-430 a.C.), general y político romano. Fue cónsul hacia el 460 a.C., y unos dos años después el Senado de Roma le nombró dictador de la República. Cincinato fue encargado de rescatar a un ejército romano que se hallaba al borde de la aniquilación a manos de los ecuos (miembros de un pueblo del Lacio). Derrotó al enemigo en un plazo de 16 días, pero rehusó todos los honores y renunció a la dictadura. Investido de nuevo con el poder dictatorial en el 439 a.C., reprimió una incipiente insurrección plebeya y se retiró a su granja. Catón el Viejo y otros republicanos le consideraron un modelo de los viejos valores romanos de frugalidad rústica, dedicado a la patria, con coraje y falto de ambición personal. 39  Nerón

(37-68 d.C.), emperador de Roma (54-68), el último de la dinastía Julia-Claudia (la primera dinastía imperial romana, formada por miembros de las gens Julia y Claudia). Nació, con el nombre de Nerón Claudio Druso Germánico, el 15 de diciembre del año 37, en Antium (Anzio), hijo del cónsul Cneo Domicio Ahenobarbo y de Agripina la Menor, bisnieta del emperador Augusto. Bajo el asesoramiento de Burro y el filósofo Séneca, su tutor, los cinco primeros años de su reinado estuvieron marcados por la moderación y la clemencia, aunque tuvo prisionero a su rival Británico, a quien asesinó en el 55. En el 59 mandó asesinar a su madre por criticar a su amante, Popea Sabina. Tres años después se divorció de Octavia (a quien más tarde ejecutó) y se casó con Popea. Burro murió, probablemente envenenado, en el 62, mientras que Séneca dejó su cargo. En julio del 64, dos tercios de Roma ardieron mientras Nerón estaba en Antium. Aunque se creyó que él fue el responsable, los eruditos actuales dudan de la veracidad de aquella acusación. Según algunas informaciones, culpó a los cristianos, y fue el primer emperador que los persiguió. En cualquier caso, reconstruyó la ciudad, tomando medidas que evitaran un nuevo incendio. Su plan de edificación (que incluía la construcción de un enorme palacio sobre la colina del Esquilino), al igual que los espectáculos y el grano que distribuyó entre su pueblo, fueron financiados con los saqueos de Italia y las provincias. Se consideraba un artista y un visionario religioso, escandalizando al Ejército y a la aristocracia cuando aparecía como actor en representaciones públicas de dramas religiosos. En el 68, las legiones de la Galia e Hispania, junto con la Guardia Pretoriana, se rebelaron contra Nerón, obligándole a huir de Roma. El Senado le declaró enemigo público, y se suicidó el 9 de junio del 68.

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………………………………………………………………………………………………... Herodes 40 mandó pasar a cuchillo a los niños inocentes; Pedro de Rusia aniquiló a los estrélites; Amurates mando tirar al rio, entre un costal, a las mujeres embarazadas; Mehemet Alí acabó con los genizaros; Mahomet Abdullah degolló a los mamelucos; Rathbert extinguió a sus propios familiares; Dantón asesinó a los prisioneros políticos; Napoleón III ametralló al pueblo indefenso; y usted general Ubico 41, mando fusilar a sus amigos. Todos estos gobernantes –usted en cuenta- han ennegrecido las páginas de la historia. ¿Para que derramar sangre sin necesidad? Usted muy bien pudo hacer la felicidad del pueblo que lo eligió su presidente. Usted llegó al poder aureolado por muy hermosas virtudes, su honradez y su espíritu progresista, sobre todo; pero a los pocos días de su gobierno, empezó a pisotear esas virtudes. ¿A qué se debió tan repentino cambio? ¿La maldad en usted ya era innata o lo hicieron malo los hombres que eligió para sus colaboradores? Como quiera que haya sido ya en 1933empezaba a generalizarse su impopularidad. No niego que, en el sentido material, usted haya sido el más progresista gobernante que ha tenido Guatemala, desde la independencia hasta nuestros días. Como administrador, quizá muy pocos podrían sucederle. Ya llegará la hora del balance y yo mismo juzgaré la grandeza o la miseria de sus obras 42. Sus propios enemigos –entre los que usted me cuentasabrán reconocer lo bueno que haya tenido su gobierno. En su época, no vamos a negar que Guatemala corrió parejas con las naciones más progresistas del continente. Aludo al sentido puramente material; que en el culto a la moral y al espíritu, en todo lo que es material, noble y enaltecedor, usted despreció al intelectual, a los hombres superiores, porque creyó ver en ellos factores que minarían su gobierno. Por ello, a la par que mandaba abrir un camino carretero, restringía el derecho de locomoción; levantaba un edificio –llamado “palacio” en el pomposo idioma oficial –y mandaba apalear a cien hombres inocentes; cancelaba una deuda y reducía los sueldos de sus servidores; construía un puente y corrompía un alma. Un camino, un palacio, un puente, se pueden hacer y deshacer; una conciencia no se puede construir jamás. Usted fue el fundador de una escuela de corrupción que será muy difícil extinguir… Hoy que sus esbirros a sueldo ya no pueden hostilizarme, ni usted puede nada contra mí, no temo escribirle esta carta, como nunca temí hacerlo en épocas pasadas, cuando usted era el dueño de vidas y haciendas y, a su paso, temblaba la mayoría de los guatemaltecos, encurvando la espina dorsal. Usted debe saber y reconocer que ni aun que en el ambiente 40

Herodes (El Grande). Según  Mateo  (2,16) intentó matar al niño Jesús, masacrando a todos los niños varones de Belén, en lo que se conoce como la degollación de los santos inocentes. 41  Los fusilamientos del 18 de septiembre de 1934 y del 28 de diciembre de 1942, principalmente. 42  Las obras de ubico. A este respecto hay que reconocer que nadie ha superado la capacidad de obra pública de Ubico. Es una realidad incuestionable, inobjetable. Si hacemos prevalecer lo justo antes que todo; pasados 81 años del inicio de su dictadura y 68 de que fue derrocado, palacios gubernamentales, puentes, etc., continúan y hasta han soportado desastres naturales.

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abyecto de la cárcel –adonde usted me mandó por cerca de siete años-, y en el cual se pervierten los más nobles sentimientos humanos y brotan las pasiones más bajas y mezquinas, adopté actitudes de cobardía y servilismo; yo sé que mi posición perpendicular ante la corrupción y las generales inclinaciones, motivó su enojo contra mí; pero yo le perdono todo el mal que me hizo, como una extraña y desconcertante venganza por no haber perdonado usted el mal que no le hicieron. Y doy gracias a Dios porque le tenga vivo; porque su misma vida será el mejor castigo para todos sus crímenes. Yo bendigo el silencio de su vida en el destierro, porque sé que ese silencio tiene su especial filosofía y permite que el remordimiento le muerda el corazón. Y le pido a Dios que viva usted muchos años, para que su expiación sea más completa. Y, cuando su mirada, empañada de nostalgia por la patria abandonada, se tienda sobre el golfo y se dirija al sur, piense que en los pocos miles de kilómetros cuadrados que constituyen el suelo de Guatemala, usted sembró cafetos y cañaverales, levantó palacios y construyó caminos; pero, en cambio sembró odios y destruyó familias; dejó muchos hogares enlutados y sepulturas sin cruz, cuyo sangriento recuerdo le perseguirá por todas partes. Sus ojos verán el ojo que veía Caín. Ni aun la muerte traerá para usted el olvido. Más allá de la tumba, seguirá su expiación… ………………………………………………………………………………………………... Todo esto pudo haberlo usted haberlo evitado con un poco de buena voluntad. Todos los males acaecidos tuvieron su origen en la ambición de usted por perpetuarse en el poder y por el cumplimiento de su famosa “ley de probidad”. Podía usted todavía hacer un bien que borrara en parte sus maldades: escribir para la posteridad un simple pliego asesor, aconsejando a los futuros gobernantes de su patria –que es también la mía-, no dejarse subyugar por los cantos de sirena de la adulación; no creerse omnipotentes ni sabios, aunque diariamente se lo quieran hacer creer los turiferarios de la pluma, esas alimañas tropicales que son factores de desintegración social y que solo contribuyen a ridiculizar, ante los ojos del mundo sensato, a nuestras republiquitas, divertidas por sus alardes democráticos y cruelmente castigados por sus perpetuas tiranías. ……………………………………………………………………………………………… El caso suyo no es típico de América. De Juan Manuel de Rosas 43y Gaspar Rodríguez de Francia 44hasta usted, pasando por Juan Vicente Gómez 45 y Tomás Garrido Canabal, la

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Juan Manuel de Rosas (1793-1877), político y militar argentino, gobernador de Buenos Aires (1829-1832; 1835-1852) y principal dirigente de la que habría de ser considerada, de hecho, Confederación Argentina (1835-1852). Rosas estableció un régimen dictatorial, con una amplia red de espionaje y una constante presencia de la policía secreta, que propició que en 1840 fueran ya muy pocos los dispuestos a enfrentársele. Tras autoproclamarse “tirano” en 1842, lo que le otorgó pleno dominio sobre todo el territorio de la Confederación, su retrato pasó a estar presente en todos los lugares públicos. 44  José

Gaspar Rodríguez de Francia (1766-1840), político paraguayo, máximo dirigente de la República en tanto que dictador supremo (1814-1840), participante activo en la independencia de Paraguay y creador del original Estado, al que condujo al aislamiento económico e internacional por medio de la aplicación de una rígida dictadura personal.

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tiranía siempre ha dejado perniciosos saldos: Argentina, Paraguay, Venezuela y Tabasco, se han ido reponiendo de la opresión; Guatemala tardará mucho tiempo, porque su herida está más fresca y su dolor es más hondo… Usted general Ubico, envenenó a su pueblo, relajó sus costumbres y prostituyó su alma. Fue como aquel tutor a quien se le entregó una niña para su guarda, y habiéndola violado, contestó al reclamo de la madre afligida: -¿Y por qué te duele la pérdida de la virtud de tu hija, si en cambio su cuerpo lo tengo cubierto de sedas? En la respuesta del uno y en el silencio de la otra, hay mucho de cinismo y de inverecundia. La limpieza del cuerpo no justifica la suciedad del alma. ………………………………………………………………………………………………... Se dijo que usted era coterráneo mio. Y yo recuerdo que de ese rincón azul de la patria que se llama Huehuetenango, no ha salido ningún hombre malo. Y si así fuese, esa excepción constituida por usted, confirmaría mi aserción. ¡El creador de la “Ley fuga”, nacido en una tierra de hombres sanos y puros…! ¡Qué monstruosidad! ¡Qué horror! 46 ………………………………………………………………………………………………... Y hoy que el tiempo está cayendo inmisericordemente sobre nuestros actos de ayer, es ocasión de hablar con franqueza y con sinceridad. Mañana seremos polvo. Volveremos a él porque de él vinimos. Si lo único apreciable es el soplo de vida que recibimos al nacer –y que devolvemos al morir-, entonces, ¿para qué tanta vanidad?, ¿para qué tanta soberbia?, ¿para qué tanto amor propio? ………………………………………………………………………………………………... ¡Cómo suspirará usted cuando recuerda el verdusco palacio nacional de Guatemala! Para admirar aquella joya arquitectónica, usted mandó botar los árboles del Parque Central y a quitar las bancas, convirtiendo lugar en un sitio árido y desconsolador. Así se explica que por querer hacer resaltar una obra suya, mandase destruir la de los demás. Usted tuvo la manía de los parques ingleses, limpios, abiertos, sin árboles, no queriendo comprender que nuestro clima y nuestras costumbres no se prestan a ello. Sus obras materiales tienen estrecha semejanza con las obras del espíritu. Así como arrasó los árboles, arrasó las virtudes cívicas. Usted no quiso ciudadanos, sino esclavos. Despreció a sus amigos y se volvió en brazos de sus aduladores. Prefirió la hipocresía del elogio concupiscente a la verdad desinteresada y leal. Su orgullo fue su perdición. Y su mayor castigo lo lleva dentro de su propia conciencia. Sus noches deben ser blancas y sus días turbios, por la misma negrura de sus remordimientos. 45  Juan

Vicente Gómez (1857-1935), militar y político venezolano, presidente de la República (1908-1913; 1922-1929; 1931-1935) y máximo dirigente del país desde 1908 hasta 1935. Se encargó del poder, en su calidad de vicepresidente, en noviembre de 1908, cuando el presidente Castro viajó enfermo a Europa. Desde el 19 de diciembre de ese año (cuando se consumó el golpe de Estado que le habría de otorgar poderes especiales al margen de los previstos por la Constitución de 1904) y hasta el día de su muerte, Gómez gobernó de forma dictatorial, tanto en sus tres mandatos presidenciales, como en aquellos intervalos en los que la presidencia de la República fue ejercida provisionalmente por políticos afines. 46  Tampoco se vale el moraralismo jactancioso de De Los Ríos. Una completa falacia ad hominem

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Cualquier arrepentimiento es tardío. Los hechos consumados ya no tienen rectificación. Su vida y su obra serán un ejemplo para el porvenir. ………………………………………………………………………………………………... Antes de terminar, tengo que rendirle un singular agradecimiento: los largos años de prisión a que usted me sometió, hicieron nacer OMBRES CONTRA HOMBRES. Ya le llegará un ejemplar. Léalo, ese libro le dará una idea de cómo se cumplían sus ordenes en la Penitenciaría Central. No es una autobiografía: es la biografía de los prisioneros políticos, de aquellos hombres a quienes usted mandó encarcelar por un capricho sádico o por una repugnante cobardía. Yo se que esta carta no tendrá digna respuesta. ¿Cómo va a tenerla si el delincuente calla y baja la cabeza en un pleno reconocimiento de culpabilidad? Solo el hombre limpio tiene derecho a la acusación. Cuando usted gobernaba, era un delito pensar y un crimen escribir. Usted, general Ubico, ha sido uno de los últimos representantes del nazifascismo cimarrón de América. La avalancha democrática –por la cual el mundo entero se desangró en esta gran guerra inconclusa-, cuyo empuje es arrollador, denodado, ineluctable, ha sido clemente con usted: le ha permitido vivir en el destierro. Pero el peso de esa vida sin valor y sin dignidad, ni aún para el suicidio, será su mayor castigo. Hay hombres vulgares, cuya muerte acaecida en momentos singulares y oportunos, les convierte en héroes y pasan a ocupar un lugar en la historia. En cambio, hay mártires auténticos de quienes la humanidad se olvida. Una muerte a tiempo inmortaliza. Una vida consagrada al crimen y a la destrucción, la existencia de un positivo misántropo, también es inmortal, pero en cierta forma. Olvidemos ya el pasado y atendamos la salvación del alma. ……………………………………………………………………………………………… Usted destruyó mi vida, mi salud, mi porvenir. Envejecí en la cárcel, quedé a la zaga del movimiento cultural del mundo, embrutecido, anquilosado, maltrecho; pero usted, general Ubico ha de haber quedado profundamente satisfecho… Yo perdono a usted, como usted no perdonó a nadie. Perdonar es comprender: y yo comprendo la irresponsabilidad de usted en la comisión de todos sus crímenes. Su paranoia le coloca en la escala de los irresponsables. Y ahora, frente al panorama desolador de una existencia infecunda y amarga, la vieja frase latina tiene una especial significación: “Sic transit gloria Mundi”. 47 Efraín DE LOS RIOS México, DF., septiembre de 1945

47

La gloria del mundo es transitoria

NOTA.-Esta carta fue escrita cuando el dictador estaba vivo y publicada en el diario “Excelsior” de la Ciudad de México. El tirano falleció en el destierro nueve meses después.

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La foto muestra el lugar donde reposan los restos del exgeneral don Jorge Ubico Castañeda, en el “Metairie Cementery”, Pont Chartrain N° 6,600 de la ciudad de Nueva Orleans. El nicho por una caprichosa coincidencia numerológica, está marcado con el número 10 y descansa sobre la superficie de la tierra. Nótese la sencillez del sepulcro e imagínese la suntuosidad del mausoleo que se le hubiese erigido de morir en Guatemala. La humildad de su tumba es elocuente por sí sola. Ningún comentario se hace sobre esta particularidad. Que el amable lector los haga por su cuenta; y cualquier diferencia que resulte de la comparación, sea buena o mala, debe atribuirse a los dictadores, únicos causantes de sus propios males, al desoír los clamores y los ruegos de sus pueblos… Este es el sitio de la nivelación eterna. Aquí concluyen todas las vanidades humanas. Aquí, el poderoso y el humilde, entrechocan sus huesos en una fúnebre promiscuidad; su vil materia retorna al seno de donde procedió; y solo el dedo de Dios –que nunca se equivoca- premia al justo y castiga al pecador.

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ADVERTENCIA En las páginas siguientes encontrará el lector la fotografía de los hombres que tomaron parte en el movimiento revolucionario de 1934. Faltan muchísimos, por varias razones que el lector comprenderá, sin necesidad de explicaciones. Fueron fotografiados por la propia Policía y el hecho de ostentar algunos en el pecho la tablilla de control, viene a ser como un certificado de autenticidad que pone una aureola de martirio sobre la frente de los infortunados patriotas. Algunos aparecen tal como eran en la vida libre y otros cuando ya se encontraban prisioneros. Mas todos ellos, con posterioridad a los sucesos del 34, fueron hostilizados por el despotismo, a causa de no tolerar ni transigir con las arbitrariedades oficiales, manteniendo una posición enhiesta ante el arrollador empuje de la tiranía. Los hombres que aparecen en esta galería, son calificados como los pioneros de la libertad de Guatemala, por EL AUTOR.

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Isaías M. Ramos, héroe y mártir, ignorado hasta hoy por una indolencia deplorable. Participó activamente en los sucesos sangrientos de 1934 y fue bárbaramente torturado en las bóvedas del Segundo Cuartel de Policía. Valiente hasta la temeridad, un día en los residuos de comida que devolvió a su casa, escondió un papel en el que escribió a Pedro Cardona más o menos lo siguiente: “Coronel: Me están matando a torturas, estoy hecho pedazos, pero no me arrancan una sola palabra. Tenga confianza en mí y continúe las actividades. Sepa que primero me matan antes que comprometerlo delatándolo”. Si este mensaje -que pinta el valor de un hombre desesperado- hubiese caído en manos de los esbirros, hubiera sido suficiente para precipitar la caída de Cardona, su captura y una muerte igual –o peor- a la sufrida por Ramos, cuya discreción y heroísmo, el autor hace resaltar en esta página, como un acto de innegable justicia. Los pedazos de su cuerpo fueron sacados de la Penitenciaría Central, a altas horas de la noche, en la fúnebre ambulancia, que lo mismo conducía muertos al Cementerio que vivos hacia la muerte…

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María Molina Quiñónez, la primera mujer encarcelada durante los sucesos de 1934, acusada de ocultar en su residencia las bombas que servirían para destruir la tiranía.

Francisco Herlíndo Ramírez, otro de los patriotas perseguido y encarcelado por la tiranía y participante en el movimiento libertario de 1934.

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Licenciado Carlos Pacheco Marroquín, amigo personal del general Ubico, y uno de sus opositores después, cuando los sesgos de la política le obligaron a formar en las filas contrarias. Fue asesinado el 7 de octubre de 1934, en una casa de la 13 avenida sur y su cadáver fue llevado al dictador, para demostrarle que “se habían cumplido sus órdenes”.

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Licenciado Efraín Aguilar Fuentes, líder sobresaliente del grupo civil revolucionario de 1934. Amigo personal del dictador, formó en las filas oposicionistas cuando se convenció de la violación infligida al programa de gobierno. Fue fusilado, en unión de otros patriotas, la tarde del 18 de septiembre de 1934. El déspota reconoció siempre en el destierro, que el único que le decía siempre la verdad era Efraín Aguilar Fuentes, reconocimiento tardío que viene a engrandecer, a través del tiempo, la figura del ilustre desaparecido.

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Licenciado Efraín Aguilar Fuentes, después de habérsele infligido una larga serie de torturas físicas y morales. Obsérvese la diferencia en el aspecto del hombre que disfruta de la libertad y el del que ha sufrido largas noches de insomnio y ha padecido los peores tormentos. Esta foto fue tomada horas antes de su ejecución y por ella puede colegirse la tempestad de aquella alma y el laceramiento de aquel cuerpo.

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Jacobo Sánchez Calderón, estudiante de jurisprudencia y jefe principal del grupo revolucionario de 1934. Su participación en aquella gesta heroica será delineada en nuevas publicaciones. Se le aplicó la “ley fuga” en una de las calles del Guarda Viejo en el mes de septiembre de 1934

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Bachiller Humberto Molina Santiago, originario de Quetzaltenango, y el segundo jefe civil del movimiento libertario de 1934. En unión de Jacobo Sánchez organizó y trazó el complot. Fue quien a la hora de la muerte recibió un abrazo del licenciado Aguilar Fuentes, escena conmovedora que se describe en “El Jardín de las Paradojas”, incluido en el tomo 2° de este libro. Murió valientemente en plena juventud.

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Licenciado Juventino Sánchez Calderón, fusilado el 18 de septiembre de 1934. Hermano de Jacobo Sánchez, el líder civil de aquel movimiento, contrajo matrimonio en articulo mortis, con doña Elisa Fajardo, hoy viuda de aquel recordado revolucionario.

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Marcelino Ortega Fajardo, hábil pirotécnico y fabricante de las bombas que servirían para el derrocamiento de la tiranía. Cuentan los que lo vieron, que cuando se hizo el experimento de los destrozos provocados por una bomba de cuatro onzas, exclamó: -“si una bomba pequeña causa tales efectos, ¿qué no hará una de dos libras como la que pienso hacer para “mi jefecito”? Fue pasado por las armas el 18 de septiembre de 1934.

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Coronel Ovidio Pivaral Herrarte, encarcelado durante el año 1934y quien, según versión de los sobrevivientes de aquella época, era uno de los candidatos a la presidencia. Hombre integro y ecuánime, cultivador de la tierra, hacendado y militar, su amor a la patria le ha valido encarcelamientos y persecuciones.

Doctor Fernando E. Sandoval, unionista de corazón y consecuente con los principios que constituyen la dignidad humana, jamás ha transigido con los despotismos. Su participación en los sucesos de 1934, le valió encarcelamientos y una vigilancia constante por todo el tiempo que duró la dictadura

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Licenciado Isaías Peñalonso R. encarcelado y vejado durante los sucesos de 1934, estuvo a punto de que se le fusilase a causa de su amistad con los  jefes de aquel movimiento, y por su participación en el mismo

Alfredo Monzón García, amante de la  justicia y de la libertad, formó parte del fracasado complot libertador y fue encarcelado por su acción patriótica.

ERAÍN DE LOS RIOS 233 Ombres contra Hombres

Mardoqueo Arriaza Silva, torturado y encarcelado con motivo de los sucesos que ensangrentaron a Guatemala en el año 1934.

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Bachiller Ignacio Sáenz Ocaña, originario y vecino de Quezaltenango, era uno de los encargados de secundar el movimiento revolucionario en aquella ciudad. Fue preso y sometido a toda clase de vejaciones.

ERAÍN DE LOS RIOS 234 Ombres contra Hombres

Mayor Ángel Augusto Pellecer Figueroa, incorporado al grupo militar y participante en aquellos sucesos que, de haberse realizado, hubieran transformado la situación del país.

Joaquín Soto Montenegro, otra de las víctimas de aquella jornada libertadora. Su actitud frente al despotismo le ha valido constantes persecuciones.

ERAÍN DE LOS RIOS 235 Ombres contra Hombres

Coronel Juventino Morales Borrayo

Alfredo Augusto Mack Foy Jackson, a quien se supuso autor del diseño para la fabricación de las bombas y que fue encarcelado por algún tiempo.

Javier Maltés Rojas

ERAÍN DE LOS RIOS 236 Ombres contra Hombres

Roberto Rodenas Flores

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Neri Ortiz Morales

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José Luis Guzmán

José Maltés Rosales

ERAÍN DE LOS RIOS 237 Ombres contra Hombres

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CORONEL LUIS GUZMÁN ORTIZ Fusilado el 18 de septiembre de 1934

ERAÍN DE LOS RIOS 238 Ombres contra Hombres

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CORONEL LUIS GUZMAN ORTIZ

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MOISÉS ZAMORA MEJICANOS. Fusilado el 18 de septiembre de 1934.

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FRANCISCO GARZARO GUZMÁN El personaje infaltable en todo drama. Astutamente logró introducirse como participe activo en el movimiento revolucionario de 1934. Cuando ya estuvo perfectamente enterado de todos los planes, hizo la correspondiente delación ante las autoridades policiacas, la que sirvió de base para llevar a cabo las primeras capturas. Durante todo el tiempo que duró su actuación entre el grupo de insurgentes, rendía parte diario de sus observaciones. Sus “informes confidenciales” pueden verse actualmente en los archivos de la Guardia Judicial. Encarcelado por la misma dictadura a la que sirvió, él mismo se jactaba, en el interior de la Penitenciaría, de haber servido al general Ubico y de haberle salvado la vida con su oportuna delación. Por eso el compañero Sánchez Batten, en algunas ocasiones, le llamaba irónicamente “el salvador”. Otros compañeros le llamaban “Ota”, primeras silabas de “Otacingo”, nombre de una finca que el dictador le había obsequiado en pago de la delación. Estos discípulos de Efialtes y de Yago, serán eternos. Vivirán lo que viva la humanidad. Ya Napoleón lo dijo: “Debemos aprovecharnos de la delación, pero despreciar a los delatores”. Y los hombres de corazón limpio deben rechazar todo contacto con esta clase de ombres, causantes de catástrofes sociales y cuyo merecido castigo lo llevan en su propia vida. El remordimiento debe morder todas las noches en la conciencia de estos especímenes del linaje humano. Para sus pecados no cabe la indulgencia de la Divinidad ni el perdón de los hombres.

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+

Abigail Humberto Rodas

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INDICE

PROLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN 

.............................................................................................III

OFRENDA ..................................................................................................................................................... PREFACIO DEL AUTOR

PRIMERA PARTE

V

......................................................................................................................... vi

.............................................................................................................................. 1

CAPITULO I. LA PATRIA ....................................................................................................................................2 CAPITULO II. EL PASADO ..................................................................................................................................2 CAPITULO III. LA CONQUISTA...........................................................................................................................3 CAPITULO IV. LA RAZA VENCIDA ......................................................................................................................4 CAPITULO V. LOS PRIMEROS PASOS ................................................................................................................5 CAPITULO VI. LA INDEPENDENCIA ...................................................................................................................6 CAPITULO VII. LA VERDAD ...............................................................................................................................7 CAPITULO VIII. LA INICIACIÓN..........................................................................................................................8 CAPITULO IX. LA REVOLUCIÓN DE 1871 ...........................................................................................................9 CAPITULO X. LA HERENCIA.............................................................................................................................1 CAPITULO XI. LA APARICIÓN ..........................................................................................................................12 CAPITULO XII. LUCES CREPUSCULARES ..........................................................................................................13

SEGUNDA PARTE

............................................................................................................................ 15

CAPITULO I. EL ZA!UAN DE LA TRA!EDIA .....................................................................................................16 CAPITULO II. LA PRIMERA ATENCIÓN ............................................................................................................17 CAPITULO III. LA SE!UNDA ATENCIÓN ..........................................................................................................19 CAPITULO IV. EL TORMENTO .........................................................................................................................2 CAPITULO V. LA RATI"ICACIÓN ......................................................................................................................22 CAPITULO VI. EL CAREO .................................................................................................................................23 CAPITULO VII. LA O"ERTA ..............................................................................................................................25 CAPITULO VIII. EL SUPLICIO ...........................................................................................................................27 CAPITULO IX. EL A#ANDONO .........................................................................................................................28 CAPITULO X. EL INTERRO!ATORIO ................................................................................................................29 CAPITULO XI. EL PRINCIPIO ............................................................................................................................31 CAPITULO XII. EL HOSPITAL............................................................................................................................32 CAPITULO XIII. LA VISITA DE $PAPA% ..............................................................................................................35 CAPITULO XIV. EL TRATAMIENTO ..................................................................................................................37 CAPITULO XV. LA TORTURA ...........................................................................................................................38 CAPITULO XVI. EL $CO"RECITO%.....................................................................................................................41 CAPITULO XVII. EL RECUERDO .......................................................................................................................43 CAPITULO XVIII. EL "USILAMIENTO................................................................................................................45 CAPITULO XIX. EL ENCIERRO ..........................................................................................................................47

ERAÍN DE LOS RIOS 242 Ombres contra Hombres CAPITULO XX. LA VOZ LE&ANA........................................................................................................................48 CAPITULO XXI. LA O#SERVACIÓN ..................................................................................................................49 CAPITULO XXII. LA SOCIEDAD ........................................................................................................................51 CAPITULO XXIII. PRIMERAS EXPERIENCIAS ....................................................................................................53 CAPITULO XXIV. LA ADAPTACIÓN ..................................................................................................................55 CAPITULO XXV. LA VISITA ..............................................................................................................................56 CAPITULO XXVI. EL RE!RESO .........................................................................................................................58 CAPITULO XXVII. LOS CASTI!OS ....................................................................................................................6 CAPITULO XXVIII. DES"ILE ..............................................................................................................................62 CAPITULO XXX. VICTIMAS ' VERDU!OS ........................................................................................................67 CAPITULO XXXI. LAPETICIÓN .........................................................................................................................7 CAPITULO XXXII. EL PA!O ..............................................................................................................................71 CAPITULO XXXIII. EL !OLPE............................................................................................................................74 CAPITULO XXXIV. EL CAM#IO ........................................................................................................................76 CAPITULO XXXV. O#SERVACIONES ................................................................................................................78 CAPITULO XXXVI. EL TI"US .............................................................................................................................84 CAPITULO XXXVII. EL $#UEN MUCHACHO% ....................................................................................................86 CAPITULO XXXVIII. LA LE' "U!A ....................................................................................................................9 CAPITULO XXXIX. $APA!AR EL "AROLITO% ....................................................................................................94 CAPITULO XL. TODO UN HOM#RE .................................................................................................................95 CAPITULO XLI. EL SACERDOCIO......................................................................................................................98 CAPITULO XLII. NUESTRA SITUACIÓN ..........................................................................................................11 CAPITULO XLIII. COMPA(EROS ' VERDU!OS ..............................................................................................13 CAPITULO XLIV. PARTES ' #RI!ADAS...........................................................................................................17 CAPITULO XLV. CONTRI#UCIÓN "ORZOSA...................................................................................................19 CAPITULO XLVI. LA PROVIDENCIA ................................................................................................................111 CAPITULO XLVII. ESCENAS HETERO!ENEAS.................................................................................................114 CAPITULO XLVIII. ESCENA "INAL ..................................................................................................................121 CAPITULO IL. SUSTANCIACIÓN ....................................................................................................................124 CAPITULO L. LA LI#ERTAD ............................................................................................................................125 CAPITULO LI. "RENTE AL DICTADOR ............................................................................................................127

TERCERA PARTE

..........................................................................................................................

134

CAPITULO I. HERIDA SO#RE HERIDA ............................................................................................................135 CAPITULO II. EL SECUESTRO.........................................................................................................................137 CAPITULO III. LA TRANS"ORMACIÓN ...........................................................................................................14 CAPITULO IV. CRUELDAD SUPERADA ...........................................................................................................143 CAPITULO V. LOS COMPA(EROS .................................................................................................................146 CAPITULO VI. EL COMPA(ERO SANCHEZ .....................................................................................................152 CAPITULO VII. )*PROCESADOS+** ................................................................................................................ 155 CAPITULO VIII. LE'ENDO ' COMENTANDO..................................................................................................156 CAPITULO IX. EL PLENARIO ..........................................................................................................................165 CAPITULO X. LA DE"ENSA ............................................................................................................................169 CAPITULO XI. LA SENTENCIA ........................................................................................................................17

ERAÍN DE LOS RIOS 243 Ombres contra Hombres CAPITULO XII. LA NUEVA SENTENCIA...........................................................................................................176 CAPITULO XIII. RESI!NACIÓN ......................................................................................................................181 CAPITULO XIV. HAS DE RECUERDOS ............................................................................................................183 CAPITULO XV. EVOCACIONES ......................................................................................................................186 CAPITULO XVI. LOS MALE"ICIOS ..................................................................................................................188 CAPITULO XVII. COMO ES $TATA DIOS% .......................................................................................................19 CAPITULO XVIII. LA #ENDICIÓN DEL CA#ALLO #LANCO ...............................................................................195 CAPITULO XIX. POSTALES CARCELARIAS ......................................................................................................197 CAPITULO XX. EL ASESINATO DE SANCHEZ #ATTEN.....................................................................................2 CAPITULO XXI. ESCENAS ULTIMAS ...............................................................................................................25 CAPITULO XXII. TELON ULTIMO ...................................................................................................................29 CAPITULO XXIII. EL "IN DEL DRAMA .............................................................................................................21 CAPITULO XXIV. LA REVOLUCIÓN ................................................................................................................211

CARTA ABIERTA AL GENERAL UBICO   ...................................................................................... 214 ADVERTENCIA .......................................................................................................................................221  INDICE

.................................................................................................................................................. 241

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