Nicolau, Miguel - La Uncion de Los Enfermos

February 15, 2017 | Author: jassonanibal | Category: N/A
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HISTORIA

SALÜTK

Serie de monografías' de Teología

LA

dogmática

UNCIÓN

DE LOS ENFERMOS Estudio histórico-dogmático

BIBLIOTECA

H I S T O R I A SALUTIS

DE

AUTORES CRISTIANOS Declarada

de

interés

nacional

ESTA COLECCIÓN SE PUBLICA BAJO LOS AUSPICIOS Y ALTA DIRECCIÓN DE LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE SALAMANCA

Serie monográfica de Teología dogmática COMITÉ

DE

DIRECCIÓN

JOSÉ ANTONIO DE ALDAMA, S. I. LA COMISIÓN DE DICHA PONTIFICIA UNIVERSIDAD ENCARGADA DE LA INMEDIATA RELACIÓN CON LA BAC ESTÁ INTEGRADA EN EL AÑO il975 POR LOS SEÑORES SIGUIENTES:

CÁNDIDO POZO, S. I. JESÚS SOLANO, S. I.

PRESIDENTE :

Emmo. y Rvdmo. Sr. Dr. VICENTE ENRIQUE Y TARANCÓN, Cardenal Arzobispo de Madrid-Alcalá y Gran Canciller de la Universidad Pontificia VICEPRESIDENTE

VOCALES:

Dr.

:

limo. Sr. Dr. FERNANDO ' SEBASTIÁN AGUILAR, Rector Magnífico

ANTONIO

ROUCO VÁRELA,

Vicerrector;

Dr. GABRIEL PÉREZ RODRÍGUEZ, Decano de la Facultad de

Teología; Dr. JULIO MANZANARES MARIJUAN, Decano de la Facultad de Derecho Canónico; Dr. ALFONSO ORTEGA CARMONA, Decano de la Facultad de Filosofía y Letras y Vicedecano de la Sección de Filología Bíblica Trilingüe; Dr. MANUEL CAPELO MARTÍNEZ, Decano de la Facultad de Ciencias Sociales; Dr. SATURNINO ALVAREZ TURIENZO, Vicedecano de la Sección de Filosofía; Dr. CLAUDIO VILÁ PALA, Vicedecano de la Sección de Pedagogía; Dr. ENRIQUE FREIJO BALSEBRE, Vicedecano de la Sección de Psicología. SfiCRbiAKio Dr. JUAN de Derecho Canónico.

SÁNCHEZ SÁNCHEZ,

Catedrático

LA EDITORIAL < ATOLICA, S. A. — APARTADO 466 MADRID • MCMLXXV

/

LA

UNCIÓN DE L O S E N F E R M O S Estudio histórico-dogmático POR

MIGUEL NICOLAU

S. I.

CATEDRÁTICO DE TEOLOGÍA DOGMÁTICA EN LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE SALAMANCA

BIBLIOTECA

DE AUTORES MADRID , MCMLXXV

CRISTIANOS

ÍNDICE

GENERAL Págs.

PRÓLOGO

xm

VOLÚMENES PUBLICADOS

xv

PRESENTACIÓN

xvn

SIGLAS PRINCIPALES

xix

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

xxi PARTE PRIMERA

FUENTES

BÍBLICAS

DE LA UNCIÓN

DE LOS

ENFERMOS

CAPÍTULO I.—La u n c i ó n d e aceite e n la Biblia y el rito d e u n ción e n el N . T I. II.

III. IV.

5

La unción de aceite entre los pueblos del Antiguo Oriente (n.i). La unción del aceite en el A.T. (n.2-8): Diferentes usos del aceite (n.2-5). En la enfermedad (n.6). Visita de enfermos (n.7-8). El rito de la unción en Me 6,13 (n.9-10). El pasaje de Santiago 5,13-15 (n.11-33): El texto de Santiago (n.12-13). Exposición del texto (n.14-27). Objetividad del rito (n.28-29). Es diverso del carisma de curación (n.30). Rito de efectos próximos (n.31). Rito sacramental (n.32). PARTE SEGUNDA

INTERPRETACIÓN

PATRÍSTICA Y LITÚRGICA FUENTES BÍBLICAS

DE LAS

CAPÍTULO II.—La interpretación del período patrístico La escasez relativa de documentos (n.34-36). I.

(p) Biblioteca de Autores Cristianos, de La Editorial Católica, S. A. Madrid 1975 NIHIL OBSTAT: J. A. DE ALDAMA, S. I. IMPRIMÍ POTEST: LUIS M. SANZ, S. I „ PROVINCIAL. IMPRIMATUR: DR. JUAN C. CALACHE, PROVICARIO GENERAL. SALAMANCA, 26 DE ABRIL DE 1975'. Depósito legal M 39029-1975 ISBN 84-220-0734-7 Impreso en España. Printed in Spaia

.

II.

En las Iglesias de Oriente (n.37-70).—Los primeros testimonios: San Ireneo (n.37-38), Orígenes (n.39-40), Afraates (n.41).—En los documentos litúrgicos primeros: Didaché (n.42). La Traditio apostólica, de Hipólito, y documentos conexos (n.43-46). El Sacramentarlo de Serapión (n.47-50). Otros documentos (n.51-52).—Santos Padres del siglo IV (n.53-57): San Atanasio (n.53), Dídimo de Alejandría (n.54), San Juan Crisóstomo (n.55-57); otros testimonios: Víctor de Antioquia (n.58), San Cirilo de Alejandría (n.59), Isaac de Antioquía (n.6o), etc. (n.61-69).—Conclusión (n.70). En las Iglesias de Occidente (n.71-88): Tertuliano (n.71), San Hilario de Poitiers (n.72), San Ambrosio (n.73). Testimonios ineficaces (n.74).—El sacramento de la unción, propuesto claramente como tal (n.75-81): Inocencio I (n.75), San Agustín (n.76), otros escritores (n.77-81).—La unción administrada en la enfermedad (n. 82-86).—En las colecciones canónicas (n.87).—Conclusión (n.88).

23

Índice general

Índice general

VIH

Pdgs.

Pdgs. CAPÍTULO III.—En los siglos VI[ al I X I.

II. III.

Escritores eclesiásticos de los siglos VII al IX (n.89-98): San Eloy (n.89), San Beda (n.90-91), un discípulo de San Teodoro (n.92), Amalario (n.93), Jonás (n.94), Pascasio Radberto (n.95-96), Prudencio, Amulo, Haymo (n.97).—Conclusión (n.98). Los estatutos diocesanos en Occidente (n.99-104). En los concilios particulares (n. 105-109): El documento de Inocencio I (n.105). Concilios particulares del siglo ix (n.106109).

CAPÍTULO IV.—La interpretación y la práctica litúrgica I.

II. III. IV.

52

64

Documentos litúrgicos sobre la unción (n. 110-122): La Traditio apostólica, de Hipólito ( n . n o ) . Liber ordinum de la liturgia mozárabe ( n . m ) . Liturgia galicana (n.112). Sacramentario gelasiano (n.113). Sacramentario gregoriano (n. 114-115). Liturgia ambrosiana (n. 116-118). Liturgia galicana (n. 119-120). Liturgia romana (n.121). Liturgia griega (n.122). Unciones que no eran sacramento (n.123-130).

CAPÍTULO VIL—Efectos y finalidad a que se ordena el sacramento de la unción I. Soñación (completa) del hombre entero (n.204-224): Sanación espiritual (n.204-211).—La sanación corporal (n.212-219): Conciliación de la esperanza de sanación corporal con la realidad de la muerte que frecuentemente se seguirá (n.218). Manera de producir la sanación (n.219). Sacramento de los que se van: «sacramentum exeuntium» (n.220). ¿Consagración de la muerte cristiana? (n.221). La fortaleza en el dolor de la enfermedad (n.222-224). II. Efectos propios y eventuales, efectos primarios y secundarios (n.225-228): Diversidad de opiniones (n.227). Sacramento de la divina misericordia (n.228). III. Conclusiones finales (n.229-230): Momento en que se confiere la gracia (n.231). CAPÍTULO VIII.—A quiénes se administra la unción y quiénes la administran I.

Las «conclusiones del primer milenio» (n.131-134). El uso de otras unciones (n.135-145): Unción de los penitentes (n.135-139).—Unción de los difuntos (n.140-145). PARTE TERCERA

LA UNCIÓN MAGISTERIO

DE LOS ENFERMOS EN LOS DOCUMENTOS DEL UNIVERSAL Y EN LA REFLEXIÓN TEOLÓGICA

CAPÍTULO V.—Algunos documentos del Magisterio universal I. II.

III.

Documentos del Magisterio romano en la Edad Media (n.146148). En los teólogos medievales (n.149). Perspectivas presentes al concilio de Trento (n.150-164): Los reformadores (n.150-167). Lutero (n.150-159). Calvino (n.160-164). Los seguidores de Lutero y de Calvino (n.165167). En el concilio de Trento (n.168-173).

CAPÍTULO VI.—Institución y constitutivos del sacramento I. II.

II.

93

La institución del sacramento (n. 174-177): Definición de Trento (n. 174-175). Otras declaraciones del Magisterio (n.176). Opiniones inaceptables (n.177). La «materia» y la «forma» de la unción de los enfermos (n.178202).—A) La «materia» de la unción de los enfermos (n.179197). La materia remota: El aceite bendecido por el obispo (n.182-184). La bendición del presbítero (n.185-190). La bendición del óleo de los enfermos (n.191-192). ¿Aceite de olivas? (n.193).—La materia próxima: Las unciones (n.194196).—La constitución de Pablo VI (n.197).—B) La «forma» del sacramento de la unción (n. 198-202).

109

125

144

El sujeto de la unción de los enfermos (n.232-244): Enfermo con enfermedad grave (n.232). Razones del Magisterio y de la tradición (n.233-234). Razones de congruencia (n.235). Disposiciones en el sujeto (n.236).—Cuestiones complementarias (n.237). Cuántas veces puede recibirse la unción de los enfermos (n.238-239). La unción en la muerte aparente (n.240).—La necesidad y la obligación de recibir el sacramento (n.241-244): No es de necesidad de medio (n.241). N o es de necesidad de precepto grave (n.242). Obligación de los familiares (n.243). Reviviscencia de la unción (n.244). Ministro del sacramento (n.245-265): Los presbíteros de la Iglesia (n.245-249). Los documentos antiguos y del Magisterio (n.246-247). La unción administrada por varios sacerdotes (n.248-249).—Por qué basta un solo ministro (n.250-252): Examen de Sant 5.I4S (n.250). La práctica posterior de la Iglesia (n.251-252).—¿Podría un diácono u otro ministro inferior administrar la unción de los enfermos? (n.253-260): El dictamen de los teólogos (n.254-255). El concilio de Trento (n.256). Crítica de algunas opiniones (n.257-260).—¿Podría un sacerdote, en ausencia de otro presbítero, administrarse a sí mismo la unción? (n.261-264): Razones en favor (n.261). Razones en contra (n.262-263). Los autores (n.264).—Obligación de administrar la unción (n.265). PARTE CUARTA

LA UNCIÓN

DE LOS ENFERMOS Y PROBLEMÁTICA

EN LA PERSPECTIVA MODERNA

CAPÍTULO IX.—En los documentos del Vaticano II y de Pablo VI. I.

La unción de los enfermos según el Vaticano II (n.266-279). índole general de los sacramentos (n.267-271): Carácter social y didáctico (n.267-269). En el marco del misterio pascual

171

Índice general

X

Índice general Pdgs.

II.

(n.370). La presencia de Cristo en el sacramento (n.271). El nombre de «unción de los enfermos» (n.272-273). Orden en la administración de los sacramentos (n.274-275). El número de las unciones (n.276-277). Repetición de la unción en la misma enfermedad (n.278).—Resumen (n.279). La constitución «Sacram unctionem infirmorwm» (n.280-289): Continuidad con Trento (n.283-286). La acomodación a los tiempos y naciones (n.287-288). El número de las unciones (n.287). Aceite de procedencia vegetal (n.288). El nuevo «Ordo» (n.289).—Resumen (n.290).

CAPÍTULO X.—El nuevo «Ordo» o «Ritual de la unción» I.

II.

CAPÍTULO XI.—Dimensión ecuménica en la unción de los enfernos I.

II.

CAPÍTULO XIII.—El cristiano ante la muerte

:

Epilogo

202

Opiniones de los orientales sobre la unción (n.317-330): Puntos de convergencia entre orientales y católicos (n.3i8). Diferencias doctrinales entre orientales y católicos (n.319-324). El efecto principal del sacramento (n.319). Quién puede recibir el sacramento (n.320). Cuántas veces puede recibirse la unción (n.321). El número de los ministros (n.322-324). Diferencias disciplinares o ceremoniales (n.325).—Después del Vaticano II (n.326-330). En la Iglesia anglicana (n.331-341): En los tiempos anteriores (n.331-332). En los tiempos recientes (n.333-334). Comentarios (n.335-338). En los tiempos últimos (n.340-341).

CAPÍTULO XII.—El cristiano ante la enfermedad La enfermedad es un hecho (n.342-343).—El orden providencial (n.344-350): Valores de la enfermedad (n.344). El Padre nos educa (n.345). El ejemplo de Jesucristo y la asociación a sus pasiones (n.346-347). Ejercicio del sacerdocio común (n.348-349). Valores de la cruz (n.350).—Jesús de Nazaret y los enfermos (n.351-352). La Iglesia y los enfermos (n.353355).—El sacramento en la enfermedad (n.356-358).

222

235

Teología de la muerte (n.359-378): El hecho (n.359). Causas de la muerte (n.360). Causa histórica (n.360). Los Santos Padres sobre la muerte (n.361-364). El Magisterio de la Iglesia (n.365).—La muerte, absorbida en la victoria de Cristo (n.366): «El que cree en mí no morirá para siempre» (n.367). El enigma de la muerte ante el concilio (n.368). La vigilante espera del cristiano (n.369). La muerte del justo (n.370). Confianza en la muerte (n.371-372). Fidelidad y fecundidad hasta la muerte (n.373). Sacrificio con Cristo en la cruz (n.374).—El rezo de completas (n.375).—La muerte de los santos (n.376).—La entrega de los moribundos a Dios (n.378).

187

El nuevo «Ordo» (n. 291 -300): La introducción general (n.291292). Cuándo se debe administrar la unción (n.293). El ministro de la unción (n.294). P a r a ' a misma unción (n.295). El viático (n.296). El rito continuo (n.297). Ministerios con los enfermos y adaptaciones del rito (n.298). La pastoral de los enfermos (n.299-300). El rito de la unción (n.301-316): La preparación (n.301). Ritos iniciales (n.302-303). Acto penitencial, lectura bíblica y oración (n.304). La unción (n.305-309). La unción, celebrada comunitariamente (n.310). Dentro de la misa (n.311). En una gran asamblea de fieles (n.312-313).—Pastoral de enfermos (n.314-316): El viático en la misa (n.314), fuera de la misa (n.314). Rito continuo de la penitencia, unción y viático (n.315). La recomendación del alma (n.316).

XI

Pdgs,

250

ÍNDICE BÍBLICO

2

53

ÍNDICE ONOMÁSTICO

2

S6

I E,L R. P. Miguel Nicoláu es bien conocido como teólogo, y más en particular como gran especialista en Teología sacramental. Para limitarnos solamente a este campo específico —sería demasiado largo hacer aquí una enumeración de sus restantes obras teológicas y quizás casi superfluo, ya que los títulos de las más importantes están en la mente de todos (el P. Nicoláu, por sus aportaciones en el volumen primero de la Sacrae Theologiae Summa, tiene un puesto en la historia del pensamiento teológico como un clásico de la Teología fundamental en el período al que la Sacrae Theologiae Summa corresponde)—, los lectores de nuestra serie «Historia salutis» conocen y estiman sus dos volúmenes anteriormente publicados en ella: Teología del signo sacramental y Ministros de Cristo. Del primero de ellos existe una traducción italiana que ha obtenido una gran difusión en Italia y especialmente en las Universidades romanas. El segundo es un excelente tratado sobre el sacramento del Orden. Fuera de nuestra serie y aun de esta casa editorial, el P. Nicoláu es autor de un bello tratado sobre la Eucaristía (Nueva Pascua de la Nueva Alianza). Pero, volviendo de nuevo a «Historia salutis», con este volumen el P. Nicoláu nos brinda así en ella una trilogía dentro del campo de la Teología sacramental. La presente monografía está consagrada a La unción de los enfermos. No necesitamos subrayar que la reconocida claridad y precisión de pensamiento a que el P. Nicoláu nos tiene acostumbrados resplandecen en ella. Lo mismo debe decirse de su competencia científica. El lector tiene en sus manos un tratado de extraordinaria riqueza de documentación. La unción de los enfermos se estudia en sus antecedentes veterotestamentarios, para llegar, a través de ellos, a un estudio de los textos fundamentales de Me 6,13 y Sant 5,i3ss (c.i). Una atención esmerada se dedica a la historia de la tradición patrística (c.2-4), dentro de la cual se da particular relieve a la tradición litúrgica (c.4). Un estudio de la doctrina del magisterio eclesiástico (a propósito del concilio de Trento se ofrece una visión de las posiciones de los reformadores protestantes) es el punto de partida para exponer la reflexión teológica que

se ha desarrollado a partir de esa doctrina (c.5-8). La relación entre sanación espiritual y sanación corporal reviste un interés particular dentro de la difícil problemática teológica de este sacramento (c.7). Naturalmente, la parte dedicada a los documentos más recientes del magisterio eclesiástico y a la problemática contemporánea implica la mayor novedad. Incluso la obra clásica de Kern sobre la extremaunción no puede utilizarse hoy sin complementarla con las aportaciones de nuestros días. Es característico que el Handbuch der Dogmengeschichte, cuya edición castellana está publicando la BAC, sustituya el fascículo preconciliar sobre penitencia y extremaunción por otro posconciliar. No cabe duda de que el Vaticano II, en su constitución sobre la Sagrada Liturgia, y la constitución de Pablo VI Sa.' cram unctionem infirmorum (c.9), así como el nuevo Ritual de la unción (cío), representan acentuaciones nuevas que había que estudiar cuidadosamente. De ellas se ocupa el P. Nicoláu con un análisis matizado. También es otra novedad importante el capítulo dedicado a la unción de los enfermos en una perspectiva ecuménica, el cual señala convergencias y divergencias con orientales separados y anglicanos ( c u ) ; las posiciones del protestantismo clásico han sido objeto de estudio en un capítulo anterior (c.5). El P. Nicoláu ha sido siempre un teólogo con sensibilidad pastoral. El lector le quedará agradecido por haber cerrado su obra con dos capítulos de reflexión teológico-pastoral sobre la enfermedad y la muerte, que ponen a la Teología de ambas realidades, tan existencialmente humanas, en relación con el sacramento que Cristo instituyó para ellas. Por todos estos motivos, el Comité de Dirección de la serie «Historia salutis» cree un deber suyo expresar su reconocimiento al R. P. Nicoláu, en nombre de sus futuros lectores, por el esfuerzo teológico y los abundantes logros que este volumen significa. 16 de julio de 1975, en la festividad de Nuestra Señora del Carmen. CÁNDIDO Pozo, S.I. JOSÉ ANTONIO DE ALDAMA, JESÚS SOLANO, S.I.

S.I.

HISTORÍA

SALUTIS

VOLÚMENES PUBLICADOS

I.

Fase precristiana.

II.

Cristo y su obra. De los Evangelios al Jesús histórico. Introducción a la Cristología (J. Caba). María en la obra de la salvación ( C Pozo). Dios revelado por Cristo ( S. Vergés-J. M. Dalmáu). La Iglesia de la Palabra, 2 vols. (J. Collantes). La salvación en las religiones no cristianas (P. Damboriena).

III.

Los tiempos de la Iglesia. Teología del signo sacramental (M. Nicoláu). Ministros de Cristo. Sacerdocio y sacramento del orden (M. Nicoláu). La unción de los enfermos. Estudio histórico-dogmático (M. Nicoláu). El matrimonio cristiano y la familia (J. L. Larrabe).

IV.

El final de la historia de la salvación. Teología del más allá (C. Pozo).

PRESENTACIÓN

E.L objeto del presente volumen, como indica su título, es el sacramento de la unción de los enfermos. El punto de vista desde el cual lo estudiamos es, en primer lugar, el que es propio de la teología dogmática y de las aulas de teología. Quisiéramos ofrecer, en cuanto lo consiente el limitado tiempo que se dedica a este tratado, un estudio históricodogmdtico. La reciente y fecunda pastoral de los enfermos se ha ocupado también con nuevo relieve de este sacramento, que es primariamente alivio en la enfermedad. Es, ciertamente, un «sacramento de los que se van». Pero es también un sacramento de los que se quedan. Y para que se queden. Un sacramento que ayuda al cristiano en ese trance, tan frecuente y tan humano, de la enfermedad. En el curso de la historia eclesial se han acentuado, según las épocas y los condicionamientos históricos, unos aspectos y valoraciones del sacramento de la unción con preferencia a otros. Es la constante variabilidad pendular de la limitación humana. Pero en una obra teológica no es permitido ser unilaterales. Debe expresarse la doctrina dogmática y la que se deriva del dogma en toda su integridad. Y el teólogo, sin dejarse llevar de las tensiones y posturas radicalizadas, ora del inmovilismo, ora de la moda, debe esforzarse por ser justo y exacto, acogedor, sereno y equilibrado, de todo lo que presente un peso de verdad y de eficacia pastoral, por pequeño que sea. Es lo que hemos procurado hacer en este libro. El desarrollo de los estudios históricos (patrísticos y litúrgicos) y el auge que han cobrado las nuevas cuestiones y los nuevos (pero también muy antiguos) aspectos de la unción de los enfermos, no permitían considerar este sacramento como un mero «completivo» de la penitencia. Mucho menos como un «apéndice» al estudio de la penitencia. Todo parecía exigir un tratado de contextura y constancia propias; desligado, en alguna manera, del tratado de la penitencia.

XVIII

Presentación

Como en otros tratados nuestros recientes *, seguimos un orden de estratificaciones cronológicas e históricas, ancladas siempre, como base primera, en la palabra escrita de Dios que son las fuentes bíblicas. Sigue la interpretación que los Santos Padres y las liturgias primeras han ofrecido de esa palabra de Dios. A continuación, la reflexión hecha por los teólogos y la fijación de la doctrina por el Magisterio de la Iglesia. La consideración de la problemática moderna, tan necesaria para una actualización de la teología que sirva de base segura en la inquietud pastoral, ocupa buena parte de nuestra atención en todo el curso de la obra, y de modo especial al final de la misma. Hemos de observar nominalmente lo mucho que han aportado el Vaticano II y los nuevos documentos, recentísimos, de Pablo VI y de la Santa Sede, en síntesis bien pensada de tradición y progreso, de progreso y tradición... Quisiéramos servir y ser útiles al trabajo abnegado de los que se afanan en la cura de almas ofreciéndoles datos ciertos y pistas seguras en la convergencia armónica de todo lo verdadero y de todo lo bueno que han traído los tiempos. Con este intento, y ya que la enfermedad es cruz tan ordinaria de los humanos, ofrecemos un capítulo sobre los valores cristianos del dolor y de la enfermedad. Lo intitulamos, como hubiéramos también podido intitular este libro, El cristiano ante la enfermedad. Y, puesto que la muerte es suerte común de todos los hombres, y la unción, aun siendo un sacramento de sanación, no deja de ser un fortalecimiento del espíritu para la eventual partida de este mundo, ofrecemos un último capítulo (El cristiano ante la muerte), que quiere ser la expresión gozosa de unos valores y de una esperanza avivados por el sacramento de la unción. * Nos referimos a Teología del signo sacramental^ Madrid, BAC, 1969); Ministros de Cristo. Sacerdocio y sacramento del ora\n (Madrid, BAC, 1971); Nueva Pascua de la Nueva Alianza. Actuales enfoques sobre la eucaristía (Madrid, Ed. Studium, 1973). N o repetimos los puntos de vista, ya expuestos en estos libros, sobre los sacramentos en general o en particular y sus dimensiones antropológica y eclesial. Nos remitiremos a estos libros para no repetir lo ya publicado en ellos.

SIGLA

AAS CSEL DictArchChrétLiturg. DictBiblSuppl DTC

S

PRINCIPALES

Acta Apostolicae Sedis. Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum... Academiae Vindobonensis. Dictionnaire d'Archéologie Chrétienne et de Liturgie. Dictionnaire de la Bible. Supplément (VIGOÜROUX). Dictionnaire de Théologie Catholique (ed. A . V A CANT-E. M A N G E N O T - E . AMANN).

Dz-Sch

Funk Mansi n p PG PL q

DENZINGER-SCHONMETZER, Enchiridion symbolorum... (Nos referimos a los números marginales de esta moderna edición. Entre paréntesis indicamos la numeración de ediciones anteriores.) FUNK, Patres Apostolici. J. D . MANSI, Sacrorum Conciliorum nova et amplissima collectio. número, números. página, parte. J. P. MIGNE, Patrologiae cursus completus. Series graeca. J. P. MIGNE, Patrologiae cursus completus. Series latina. quaestio, quaestiuncula.

R

ROUET DE JOURNEL, Enchiridion

RechScRel ScuolCatt ThWNT

Recherches de Science Religieuse. La Scuola Cattolica. Theologisch.es Worterbuch zum Neuen (KITTEL).

Patristicum.

Testament

BIBLIOGRAFÍA

GENERAL

Indicamos solamente las publicaciones que de una manera general tocan a la unción de los enfermos. Dejamos para los sucesivos capítulos los escritos que tocan puntos más particulares.

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LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS ESTUDIO HISTÓRICO-DOGMÁTICO

P A R T E PRIMERA

FUENTES BÍBLICAS DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

I CAPÍTULO I

LA UNCIÓN DE ACEITE EN LA BIBLIA, DE UNCIÓN EN EL N. T. /.

La unción de aceite entre los pueblos Oriente'

Y EL RITO

del

Antiguo

x. El aceite, que es alimento básico y abundante en el mundo mediterráneo y en Oriente, se menciona entre las ofrendas que se hacían a los dioses en Mesopotamia. Era ofrecer uno de los productos domésticos de uso más frecuente, expresión de vida y de fortaleza. El aceite, sobre todo el aceite perfumado, era indicado como cosmético para proteger la piel contra el sol y para mostrarse cortesmente en sociedad. En un ritual de penitencia, el rey asirio, que ha solicitado del dios que escuche su súplica, se prosterna; y el sacerdote, después de haber ungido con aceite los ojos del penitente regio y puesto tamarices a sus costados y en sus oídos, exclama: «Mira, ¡oh Samas!, este pecado [con misericordia]» 2 . La idea de protección mediante la unción de aceite no es ajena de diferentes ritos aun tratándose de ungir animales muertos (en sustitución vicaria del rey). Se ungía, asimismo, a los reyes en Mesopotamia; también se empleaba la unción como rito de desposorios. En Egipto se utilizaba para la consagración de estatuas de los dioses, para las de los faraones y de sus funcionarios. Los hititas la empleaban para diferentes acciones de culto y para la consagración del rey. En Siria y Palestina, para el culto y la unción del rey.

//.

La unción del aceite

en el A.T.

3

Diferentes usos del aceite 2. El aceite de olivas, producto de la flora palestinense, es, con el trigo y el vino, uno de los elementos característicos del clima y terreno mediterráneos (cf. Dt 32,135; Os 2,8). En 1

Cf. E. GOTHENET, art. Onction: DictBiblSuppl 6 (1960) col.701-16. Ibid., col.703. 3 Cf. H . SCHLIER, art. áXsfqjco: T h W N T 1,230-32; E. COTHENET, art. Onction: DictBiblSuppl 6,716-32; H . STRACK-P. BILLERBECK, Kommentar zum Neuen Testament aus Talmud und Midrasch I (München 1922) p.426-29. 2

6

P.I el.

La unción en la Biblia

Israel se empleaba también como elemento básico de la nutrición (Eclo 39,26). Como condimento o para dar solidez a la harina, se empleaba en combinación con otras substancias, según aparece, v.gr., en el caso de la viuda de Sarepta en Sidón, cuyo aceite y harina multiplicó milagrosamente el profeta Elias (3 Re 17,8-16) 4 . Entre los árabes, el aceite se ha considerado como fortalecedor del organismo y de los músculos. Servía asimismo como cosmético para el ornato y cuidado corporal: Que en todo tiempo tus vestidos estén limpios y que no falte el aceite de tu cabeza (Eclo 9,8). Noemí, la suegra de Rut, le encarga que se lave, y se unja, y se vista de sus mejores vestidos para aparecer hermosa ante Booz (Rut 3,3) 5 . Ester se ungió largo tiempo con aceite mirrado antes de presentarse al rey (Est 2,12).

3. Los Salmos mencionan la alegría proveniente de la unción corporal. Dios unge a su rey con aceite de alegría (Sal 44,8). La cabeza del huésped se unge abundantemente con aceite y se le prepara mesa y copa inebriante (cf. Sal 22,5). El rostro se alegra con el aceite, mientras el vino alegra el corazón, y el pan lo fortifica (cf. Sal 103,15). A Jesús no le derramó aceite en la cabeza el fariseo Simón (Le 7,46), pero sí la mujer pecadora en los pies (Le 7,38). Y María, la hermana de Lázaro, aceite perfumado antes de la pasión (Mt 26,7ss; Jn 11,2). 4. En el uso doméstico, el aceite servía asimismo para iluminar y atizar las lámparas, como aparece en la parábola de las vírgenes prudentes y necias (Mt 25,3-9). En el uso ritual sagrado, el aceite servía para consagrar altares (cf. Gen 28,18...); y, junto con perfumes, también las personas y objetos empleados en el culto (Ex 30,23-33). También para preparar los dones de harina y pan (Ex 29,2.23), para la iluminación del candelabro de siete brazos (Ex 27,20; Lev 24,2) y para uso de los sacerdotes (Núm 18,12). Provenía de 4 Se podrá notar aquí, según el sentido místico que algunos quieren ver, cómo el aceite, multiplicado milagrosamente por Elias, obtiene a la viuda de Sarepta la liberación de sus deudas. 5 En el lavarse quieren ver algunos significada la penitencia; en el ungirse, la unción, y en los mejores vestidos, las virtudes teologales.

§ II. En el Antiguo

Testamento

7

los diezmos, o contribuciones del pueblo (Núm 7,13.19.25.31. 37-43--)5. Es sabido que la unción del aceite era uno de los ritos más destacados en el A . T . El término Mesías (rpt£D: mashiáh), de significación ungido, se aplicó al que iba a reunir en sí la triple unción de rey, profeta y sacerdote, y vino a ser como el nombre del ungido por antonomasia, del futuro Salvador de Israel (cf. 1 Sam 2,10; Sal 2,2; Dan 9,25), que en sí concentraría la dignidad de rey, profeta y sacerdote. Consta por los libros del A.T. que eran ungidos los reyes (1 Sam 9,16; 10,1). El rey era el ungido de Yahvé (2 Sam 1,14.21). También los profetas. Así, Elias ungió a Elíseo como profeta (3 Re 19,16). Los sacerdotes eran, asimismo, ungidos. Moisés derramó la unción sobre la cabeza de Aarón y fue consagrado con este rito (cf. Ex 29,7). El óleo de la santa unción estaba sobre él y sobre sus hijos (Lev 10,7; cf. 21,10...). En la enfermedad 6. No ungirse con aceite era señal de duelo y de tristeza (cf. 2 Sam 14,2; Mt 6,17); ungirse era el término de la penitencia (cf. 2 Sam 12,20). El aceite, además de envolver en sí la idea de fuerza y de adorno eufórico, se empleaba también como medicina. La imagen del castigado por Yahvé se ofrece como llena de heridas que no han sido curadas ni aliviadas con aceite (Is 1,6). El buen samaritano infunde aceite en las heridas del que había caído entre ladrones (Le 10,34). Se hablaba de un «ungirse por placer», para encontrarse bien. Por esto, ungirse no venía bien para los días de luto, tristeza o ayuno. Podía, en cambio, hacerse en sábado. Se ungían el cuerpo entero, sobre todo después de bañarse, o partes de él, como la cabeza (cf. Mt 6,17; 26,7), las manos, los pies. A los huéspedes se les ofrecía la oportunidad de ungirse o que un esclavo les ungiera los pies 6 . Se conocen diferentes recetas o maneras que había en Israel de aplicar el aceite para curar enfermedades 7 . * H . STRACK-P. BILLERBECK, Kommentar

Midrasch I 426S. 7 Ibid., I 428S.

zum N.T.

aus Talmud und

8

P.I c.l. La unción en la Biblia

Se empleaba el aceite para curar diferentes enfermedades de la piel, de la cabeza; heridas, etc. 8 También como procedimiento magicomedicinal y para exorcismos de los demonios. En la creencia popular es sabido que la enfermedad estaba muy relacionada con el pecado. Asimismo, la unción podía comunicar fuerza y energía sobrenatural... 9 Visita de enfermos 7. La visita de enfermos se recomienda en los Salmos. Es feliz el que entiende sobre el necesitado y el pobre...; el Señor le llevará su auxilio cuando esté en el lecho de su dolor... (Sal 40,4). Los tres amigos de Job van a visitarle y consolarle en su desgracia (Job 2,11). En el destierro de Nínive, Tobías se muestra ejemplar en visitar, consolar y socorrer a los de su nación (Tob i.igs). El Eclesiástico recomendaba no faltar a los que lloran y estar con los que gimen: No te dé pereza visitar al enfermo, porque con estas cosas te confirmarás en el amor (Eclo 7,39s). Jesús premiará en el último día a los que le hubiesen visitado a El en los enfermos (Mt 25,35.393). 8. En la enfermedad se debe juntar la oración, según el consejo del Eclesiástico: Hijo mío, no te impacientes con un enfermo, sino ruega a Dios para que él se cure (Eclo 38,9) 1 0 . Jesús había practicado la imposición de manos para curar (Mt 8,3 con el leproso...). La imposición de manos con fe se anuncia también como medio de curación (Me 16,18). Y, al contacto de la mano, los apóstoles curan (Act 3,7; 28,8). 8 FLAVIO JOSEFO, De bello iudaico 1,657; Antiq. iud. 17,172; FILÓN, Som. 2,58: T h W N T 1,230. 9 H. SCHLIER, art. áAelq>»: T h W N T I.230S. >o En la Vg: «Fili, in tua infirmitate ne despicias te ipaum; sed ora D o minum et ipse curabit te».

§ III. En el Nuevo

///.

Testamento

El rito de la unción en Me 6,13

9

u

9. Como antecedente de la unción de los enfermos aconsejada en Sant 5,i4s encontramos la unción practicada por los apóstoles sobre los enfermos, según leemos en Me 6,13. En un contexto de misión y de predicación en orden a la penitencia y de expulsión de demonios, se dice que los apóstoles ungían con aceite a muchos enfermos: Y, saliendo [los Doce], predicaron para la conversión, y echaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y curaban (v.13). La unción practicada por los apóstoles se halla en un contexto religioso en el que se recalca la penitencia o conversión y se quiere destruir el poder de los demonios. No se trata, por consiguiente, de una mera práctica medicinal o curativa, sin relación con lo religioso. Es más bien un rito que se relaciona con lo religioso, y en concreto con la metanoia, o penitencia. Lo cual no es negar que en Palestina se empleara el aceite como método curativo (cf. Le 10,34 y supra n.6) 12 . Esta aptitud natural para la confortación del cuerpo mediante el aceite pudo servir muy bien de base para ese rito religioso practicado por los apóstoles. En el contexto en que se halla, aparece que los apóstoles actuaban no tanto como médicos cuanto como taumaturgos 13 , porque obtenían, en efecto, la curación de muchos enfermos, así como echaban a muchos demonios. 10. No se comprende que los apóstoles practiquen uniformemente este rito y que obtengan el efecto preternatural de la curación si no es porque el Maestro los ha aleccionado sobre lo que tienen que hacer. Por esto, el magisterio eclesiástico ha visto en esta práctica 11 Cf. M . J. LAGRANGE, Evangile selon Saint Marc (Paris 1O1920) p.148; L. PIROT-R. LECONTE, La Sainte Bib!eIX(i9so) P.465S; J. HUBY, Evangile selon Saint Marc (Paris 1 9 i92a) p.150. 12 La práctica medicinal con el aceite en diferentes combinaciones o mixturas con el vino, vinagre..., está atestiguada con ejemplos de aquellas culturas en STRACK - BILLERBECK, Kommentar zum N.T. 2 (München 1924) p . n s .

1 3 Cf. LAGRANGE, L a ; L . P I R O T - R . LECONTE, Evangile selon S. Marc: La

Sainte Bible IX p.465.

10

P.I el.

La unción en la Biblia

§ IV.

de los apóstoles, con evidente referencia a las instrucciones del Maestro, una insinuación del rito que después Santiago recomendará y promulgará. Así lo definió el concilio de Trento: «Esta sagrada unción de los enfermos fue instituida por Jesucristo nuestro Señor como verdadero y propio sacramento del N.T., insinuado ciertamente en Marcos (6,13), y por Santiago, apóstol y hermano del Señor, recomendado a los fieles y promulgado» 14. Se podrá discutir si en Me 6,13 se trata del sacramento solamente «en figura o tipo» (Belarmino, Estius, Cornelio a Lapide, Jansenio, Calmet, Knabenbauer); o bien se describen ya los comienzos de la institución del sacramento (Beda, Maldonado, Lagrange...). Lo cierto es que hay una insinuación. IV.

El pasaje

de Santiago

5,13-15

a

n . El documento bíblico principal es el de la carta de Sant 5,13-15. Suponemos conocidas las cuestiones previas relativas al autor y destinatarios de esta carta, al tiempo en que fue escrita y a la canonicidad que por la Iglesia se le ha atribuido. Diremos solamente que la atribución a Santiago el Menor, hermano del Señor, tiene los fundamentos más probables y sólidos 16, que la carta va dirigida a los judíos cristianos de la «diáspora» (1,1) y que debió de escribirse antes del año 62, fecha del martirio de este primer obispo de Jerusalén 17, pero !•* Ses.14 (25 de noviembre de 1551), Doctrina de sacramento extremas unctionis c.i: Dz-Sch 1695 (908). 15 Cf. C. RUCH, art. Extreme Onction: D T C 5,1897-1927; A. D ' A L E S , art. Extreme Onction: DictBiblSuppl 3,262-72; J. ALONSO, La carta de Santiago: La Sagrada Escritura. N . T . III (Madrid 21967) P.197SS; A. CHARUE, Les Építres catholiques: La Sainte Bible, L. Pirot-A. Clamer, XII (París 1951) P.373SS; M. MEINERTZ, Die Krankensalbung-Jak 5,14$: Biblische Zeitschrift 20 (1932) 23-36; J. B. BORD, L'Extreme Onction d'aprés Vépitre de Saint Jacques (V, 14-15) examinée dans la Tradition (Bruges 1923); P. H O YOS, La extremaunción en el primer siglo (Sant 5,i4s) a la luz de un nuevo descubrimiento: Revista Bíblica, Argentina (1963) p.34-42; H. FRIESENHAHN, Zur Geschichte der Uberlieferung und Exeges des Textds bei Jak. V,i4f: Biblische Zeitschrift 24 (1938-39) 185-190 16 Cf. J. ALONSO, Carta de Santiago, Introducción, n.2: l . c , p.i97"99; S. LYONNET, Témoignages de S. Jean Chrysostome et de S. Jéróme sur Jacques, lefrére du Seigneur: RechScRel 29 (1939) 335-51. 17 Cf. FLAVIO JOSEFO, Antiq. iud. 1.20,9,1; KIRCH, Ench. font. Hist. eccl. antiq. 9.

El pasaje de Santiago

11

con posterioridad, al parecer, al año 59, fecha de la carta a los Romanos, puesto que Santiago parece poner algunas precisiones al pensamiento paulino de la salvación por la fe (cf. Sant 2,14-26; R o m 3,21-4,25).

En cuanto a la canonicidad, es sabido que Lutero tenía por dudoso que esta carta hubiera sido escrita por el apóstol Santiago (cf. n.151). Y entre los protestantes se ha enumerado mucho tiempo entre los libros «deuterocanónicos». Pero citan palabras de la carta de Santiago escritores tan antiguos como San Clemente Romano, San Policarpo, Hermas, San Justino, San heneo, Hipólito y Clemente de Alejandría. Es cierto que no se menciona con los otros libros sagrados en el fragmento muratoriano (ca.180) ni en el canon mommseniano (de África, ex a.359). Reconocen, en cambio, la canonicidad de la carta de Santiago el canon claramontano (de Alejandría, mitad del siglo iv), San Atanasio, San Cirilo de Jerusalén, San Agustín y varios concilios africanos de los años 393, 397, 419 18. Y desde antiguo se incluye en el canon de los libros sagrados, comenzando por el de Dámaso (a. 3 82) ie> ; en la Carta de Inocencio I (a.405) a Exuperio, obispo de Toulouse 20 ; en el decreto de Gelasio (a.495?) 21 , en el decreto para los jacobitas (a.1441), en el concilio de Florencia 22 , y en las definiciones del concilio Tridentino 2 3 y del Vaticano 124. Es, por consiguiente, indiscutible la canonicidad de la carta de Santiago 25 . Examen del texto 12. El contexto en que se encuentra el pasaje que estudiamos es un contexto de consolación espiritual que el autor quiere promover: (v.13)

¿Está triste alguno de vosotros? Que ore. ¿Está de buen ánimo? Que cante salmos (Sant 5,13).

i 8 Cf. P. GACHTER, Summa Introductionis in N.T. (Innsbruck 1938) n.52. i» Dz-Sch 180 (84). 20 Dz-Sch 213 (96). 21 D z 162.

22 Dz-Sch 1335 (706). 23 Dz-Sch 1503 (784). 24 Dz-Sch 3029 (1809). 25 Sobre la canonicidad de la carta de Santiago cf. Institutiones Biblicae (Roma, Pontif. Inst. Bíbl.) 611. 2 n.59-63; P. GACHTER, O.C, n. 52; F . MAIEB< Zur Apostolizitát des Jacobus und Judas: Biblische Zeitschrift (1906) p.16491.255-66; J. ALONSO, l . c , p.198.

P.I c.l. La unción en la Biblia

§ IV. El pasaje de Santiago

Este cantar himnos espirituales no era infrecuente entre los primeros cristianos (cf. Ef 5,19; Col 3,16; Rom 15,9...). 13. Y luego comienza él texto que hace a nuestro propósito:

Jn 4,46s (el hijo del régulo); 11,1 (Lázaro); Act 9,37 (Tabita); Flp 2,2Ós (Epafrodita).

12

(v.14)

COTQEVEÍ TIS SV úfjuv; TrpoaKaAECTá TOÜS TrpECT|3uTÉpov/s TTJS ét^Anaías, Kai

TrpoaEu^áaOcocrav ÉTr'carróv ÓAEÍ^OVTES

ÉAaícp év TCp

ÓVÓUCCTI TOO Kvpíov. (v.15)

Kai t) EÚXT| TTJS TTÍOTECOS crcóaEi TÓV KápvovTa, Kai éyEpEl

carróv ó Kúpios* KOCV áuapTÍas fj TTETTOITIKÓS, á9E0r|crETai aúrco.

(v.16)

E^onoAoysTaGs o5v áAAr|Aois Tas ánap-rías, Kai irpoaEOXEOOE ÚTrép áAAr)Acov, ÓTTCOS iaüfÍTE.

TTOAO iaxCrEí Sanáis 5iKaíou EVEpyov/návrj.

(v.14)

¿Está enfermo (áo-0£veí) alguien entre vosotros"? Que llame a los presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él habiéndolo] ungido con óleo (ÉAaíco) en el nombre del Señor.

(v.15)

Y Ia oración de la fe salvará (acóasi) al enfermo (KÓCU-

(v.16)

vovTa) y el Señor (Kúpios) lo levantará (ÉyEpsT). Y, si hubiese hecho pecados, se le perdonarán. Confesaos, pues, unos a otros los pecados y orad unos por otros para ser curados. Mucho puede la súplica del justo fervorosa...

(V.17S) Termina con el ejemplo de la oración eficaz de Elias (cf. 3 Re 17,1; 18,1). Exposición del texto 14. Alguien «entre vosotros» se refiere a alguien que pertenezca a la comunidad cristiana, a quien va dirigida la carta. No se trata, por consiguiente, de un rito religioso que se aplique a cualquier pagano. Se supone que es cristiano. Este alguien que enferma (ÓCTSEVET), si se interpreta esta voz a la luz de la palabra KápivovTa, del v.15 (cf. n.24), es un enfermo que no padece solamente una mera debilidad o asthenia, como pudiera entenderse por esta palabra griega. Esta voz COTOEVÉÍ es susceptible de significar enfermedad de importancia, como aquí la significa. También en otros pasajes del N . T . :

13

15. La palabra &O9EVT|S26 significa primeramente: a) Débil, estar débil. Se habla de la debilidad de la carne, en contraposición a la fuerza del espíritu (Rom 8,26). En la debilidad se manifiesta el poder de Dios (ii...5úvautS ev ácrQsvEÍcx TEAEÍTOI: 2 Cor 12,9). Las cosas débiles (TCX ácr9svf¡) del mundo escogió Dios para confundir a los poderosos (1 Cor 1,27). Es frecuente en el N . T . este sentido de debilidad (2 Cor 11,30; 12,5.9S; i3,4.9;Heb 5,2). También se habla de debilidad en u n sentido religioso y moral (Sal 17,42; Rom 14,1...). Las debilidades nuestras son también pecados de los q u e se compadece el Sumo Sacerdote ( H e b 4,15; cf. H e b 7,28; Rom 5,6.8). 16. b) Es también frecuente el sentido de enfermedad (Me 6, 56; Jn S.S; 6.2; 11.4; M t io,8; L e 5,15; 8,2; 10,9; Act 28,9...). Como causa de la enfermedad se mencionan: i.° Las acciones o efectos de los espíritus (Mt 17,18; L e 13,11). 2.° El estipendio del pecado (1 Cor 11,30; M e 2,sss; Sant 5,16). c) En sentido figurado, áo-0evsícc es falta de fuerzas, pobreza, incapacidad (Rom 8,3; Heb 7,18; 1 Cor 12,22; Gal 4,9...).

17. Se aconseja al enfermo que él mismo haga llamar (irpocrKa^ECTáaSco) a los presbíteros. Se requiere, por lo tanto, alguna voluntariedad en aquel que quiere someterse a este rito. Pero, al indicar que haga venir a sí a los presbíteros y no que él vaya a ellos, se confirma que se trata de una enfermedad de importancia que le detiene en su domicilio. Aunque la expresión gramatical puede parecer de mandato (que haga llamar), es, sin embargo, una expresión del mismo tenor que las anteriores (que ore, que cante salmos); y, por la misma naturaleza de las cosas, parece se trata de un consejo. 18. Los presbíteros de la Iglesia son un grado jerárquico propio de los colaboradores de los apóstoles, del cual (en los tiempos en que fue escrita la carta de Santiago) se hace mención en diferentes libros del N . T . (Act 8,1; n,29s; 14,23; 15,2. 4.6.22S; 16,5; 21,18; Tit 1,5; 1 Tim 5.17-19; 1 Pe 5,is; 2 Jn 1,1; 3 Jn i ) 2 7 No se trata, pues, de llamar a individuos «carismáticos», 26 Cf. G. STAHLIN, art. ACT6EVIÍ;: T h W N T 1,488-92. 27 Cf. M . NICOLAU, Ministros de Cristo. Sacerdocio y sacramento del orden (Madrid 1971) n.i34ss: «El presbiterado en la Iglesia primitiva. Los datos del N.T.»

14

P.I el.

La unción en la Biblia

que tuvieran el don de las curaciones, al que se alude en i Cor I2,9.28s; sino de llamar a quienes tienen cargo y misión oficial y jerárquica en la Iglesia. Tampoco puede referirse a los «ancianos» de la comunidad, sin cargo oficial, porque no se explicaría por qué tienen que ser los provectos en edad los que tienen que orar y ungir. La mención de los presbíteros, en plural, tendrá su repercusión en la Iglesia griega, donde la unción es administrada por varios sacerdotes. Pero en rigor podría entenderse de uno solo, según parecidas expresiones de llamar a las autoridades, a los médicos, etc., aunque en realidad sólo se haya llamado a uno de ellos. 19. Que oren sobre él (TrpoCTSu^áaQcoaocv), habiéndolo] ungido (áAeíyacvTeS) con óleo. Se trata de una unción (acción de ungir, en pasado aoristo) unida simultáneamente con la acción de orar (también en aoristo). Esta oración, más que indicar que es por el enfermo o en favor del enfermo (evidentemente que también lo es), se indica que es sobre (éuí) el enfermo; esto es, es un rito que se cumple acerca de él y sobre él. La oración de unos por otros vendrá indicada más abajo con vrrép (v.16). El orar sobre él tiene claro cumplimiento si se le unge al mismo tiempo que se ora. 20. El óleo o aceite, producto muy propio de la flora mediterránea, era materia apta para curar o indicar una curación. Se alude a él como medio curativo en Le 10,37; Me 6,13 (cf. supra, n.ó.gs). Y son conocidas las unciones como medio de fortalecimiento atlético y medicinal. Dentro de la cultura y de la mentalidad cristiana, la unción tuvo, además de carácter medicinal (cf. Le 10,34), carácter exorcístico, de lo cual deriva el empleo del aceite como medio de curación. Pero también alcanzó carácter de sacramento y de sacramental: se empleó como exorcismo antes del bautismo y como parcial comunicación del Espíritu Santo después del bautismo 2 8 . No puede tratarse de un efecto natural de sanación por medio del aceite cuando se manda indiscriminadamente que todos sean ungidos con óleo; lo cual, evidentemente, puede no ser conveniente a todos los organismos, ni servir para todas las en28 Cf. H . SCHLIER, art. Dz-Sch 1864(996). 50 Dz-Sch I694(907)-i7oo(9io).i7i6(926)-i7i9(g29). 51 Concilium Tridentinum, ed. Soc. Gorresiana, vol.6, en las páginas indicadas para este volumen en la nt.i de este párrafo.

§ 77/. En el concilio de Trento

107

el final de la vida, por cuanto el adversario nuestro, que no deja de buscar ocasiones para devorar (cf. 1 Pe 5,8), las procura, sobre todo, para perder y quitar la confianza y perturbar cuando se acerca el fin52. 170. El concilio «profesa, y enseña, y propone, como cosa que se debe creer y sustentan 5 3 por los fieles cristianos, la doctrina de los capítulos relativos a la unción 5 4 . Y define solemnemente algunos cánones q u e recogen la doctrina de los capítulos 5 5 . L o primero q u e enseña y profesa el concilio es que se trata de un sacramento verdadera y propiamente dicho del N . T . instituido por Jesucristo nuestro Señor. Este sacramento se insinúa en San Marcos (6,13), y se recomienda y se promulga por Santiago (s,i4s), con expresa alusión al texto de este apóstol. D e estas palabras de Santiago—prosigue—, la Iglesia, como ha aprendido por tradición apostólica, enseña cuál es la materia, la forma, el propio ministro y el efecto de este sacramento. «La materia—entendió la Iglesia—es el aceite bendecido por el obispo, porque la unción representa aptísimamente la gracia del Espíritu Santo, q u e invisiblemente unge el alma del enfermo. La forma son aquellas palabras: 'Por esta u n ción'», etc. 5 6 C o m o se ve, el concilio de T r e n t o vuelve a sancionar la doctrina tradicional de la Iglesia y condena expresamente al que negare q u e ; si aguantamos, reinaremos con El (2 Tim 2, lis); gozaremos participando de las pasiones de Cristo y gozaremos con exultación en la manifestación de su gloria (cf. 1 Pe 4,3). La unción de los enfermos, aun en el caso de que no se siga la curación, sino que se produzca la muerte, tiene un alcance sobrenatural, que es de gozo y de confortación por el gozo, porque la unión con Cristo paciente y moriente produce también la unión con Cristo resucitado: Gozad comunicando en las pasiones de Cristo, para que gocéis con exultación en la manifestación de su gloria (1 Pe 4,3). 224. Esta visión cristiana de la enfermedad y del dolor es la que pone de relieve el novísimo Ritual de la unción de los enfermos. El sacramento de la unción sirve para lograr lo que Dios pretende con las molestias de la enfermedad. «Las enfermedades y los dolores han sido siempre considerados como una de las mayores dificultades que angustian la conciencia de los hombres. Sin embargo, los que tienen la fe cristiana, aunque sienten y experimentan lo mismo, se ven ayudados por la luz de la fe, gracias a la cual perciben la grandeza del misterio del sufrimiento y soportan los mismos dolores con mayor fortaleza. En efecto, los cristianos no solamente conocen, por las propias palabras de Cristo, el significado y el valor de la enfermedad de cara a la salvación del mundo, sino que se saben amados por el mismo Cristo, que en vida tantas veces visitó y curó a los enfermos.

//. Efectos propios y eventuales

139

«Aun cuando la enfermedad se halla estrechamente vinculada a la condición del hombre pecador, no siempre puede considerarse como u n castigo impuesto a cada uno por sus propios pecados (cf. Jn 9,3). El mismo Cristo, que no tuvo pecado, cumpliendo la profecía de Isaías, experimentó toda clase de sufrimientos en su pasión, y participó en todos los dolores de los hombres (cf. Is 53,4-5); más aún, cuando nosotros padecemos ahora, Cristo padece y sufre en sus miembros configurados con El. No obstante, todos esos padecimientos son transitorios y pequeños comparados con el peso de gloria eterna que realizan en nosotros (cf. 2 Cor 4,17). »Entra dentro del plan providencial de Dios el que el hombre luche ardientemente contra cualquier enfermedad y busque solícitamente la salud, para que pueda seguir desempeñando sus funciones en la sociedad y en la Iglesia, con tal de que esté siempre dispuesto a completar lo que falta a la pasión de Cristo para la salvación del mundo, esperando la liberación de su cuerpo en la gloria de los hijos de Dios (cf. Col 1,24; Rom 8,19-21). »Es más: en la Iglesia, los enfermos, con su testimonio, deben recordar a los demás el valor de las cosas esenciales y sobrenaturales y manifestar que la vida mortal de los hombres ha de ser redimida por el misterio de la muerte y resurrección de Cristo» 26 .

//.

Efectos

propios y

y eventuales, secundarios

efectos

primarios

225. Entendemos por efectos propios de un sacramento aquellos que se buscan y se pretenden directamente con este sacramento, porque el sacramento está destinado a producir tales efectos. Estos efectos propios responden a la finalidad de cada sacramento. Así como el bautismo tiene por efecto propio el lavado o purificación del pecado original y de todo pecado en el alma, y la penitencia tiene como efecto propio la purificación de todo pecado cometido después del bautismo, y la comunión tiene como efecto propio la nutrición mayor del alma y la mayor unión con Cristo..., así la unción de los enfermos tiene como efecto propio la sanación completa del hombre. Así, son efectos propios de este sacramento todo lo que viene comprendido bajo el nombre de sanación completa: la gracia del Espíritu, el perdón de los pecados, la abstersión de las reliquias del pecado, la confortación del alma, la restitución de la salud corporal. 26 Ritual de la unción, Praenotanda, n.1-3.

140

P.III c.7. Efectos y finalidad del sacramento

T o d o s estos efectos propios se pretenden de suyo con este sacramento. Son efectos per se. Se oponen a efectos eventuales o per accidens, como en la comunión eucarística sería eventual, p.ej., producir la gracia primera si el comulgante de hecho estuviera en pecado grave, pero de buena fe y con atrición se acercase a este sacramento de vivos, q u e se ordena a producir la gracia segunda, y supone, para su efecto y fruto, el estado de gracia en quien lo recibe. 226. Pero todos los efectos q u e se buscan y se pretenden con este sacramento de la unción (efectos per se), que son los que antes hemos enumerado y a los que se destina el sacramento, n o se buscan y se pretenden con la misma principalidad, p o r q u e unos se buscan y pretenden de una manera primaria, y otros de una manera secundaria. Son efectos primarios aquellos que se buscan de una manera principal y necesaria, como son el aumento de la gracia del Espíritu Santo (como en todo sacramento de vivos; la u n ción de los enfermos es, de suyo, sacramento de vivos), y también la sanación y confortación del alma. Son efectos secundarios aquellos que, a u n q u e se b u s q u e n y pretendan con el sacramento, no se obtienen de una manera principal y necesaria, sino de una manera secundaria o condicionada. Tales son el perdón de los pecados, que se obtiene «si [el sujeto] estuviere en ellos», o el de la salud corporal, que se restituye «si conviene al alma». Y así, en el caso de u n pecador impedido para el sacramento de la confesión o para el acto interno de contrición, v.gr., por no tener el uso de la razón, podrá con la atrición recibir el p e r d ó n mediante el sacramento de la unción. El efecto de comunicar entonces la gracia primera por la unción es efecto secundario 2 7 . Diversidad d e opiniones 227. P o r la diversidad en las maneras de entender los términos q u e hemos procurado exponer, parece q u e debe explicarse cierta diferencia entre los autores católicos a propósito de los efectos que produce el sacramento de la unción. Así, n o pocos autores, antes del T r i d e n t i n o (San Buenaventura, Scoto, D u r a n d o . . . ) , pensaron que la remisión de los 27 Efecto per se, pero secundario.

§ II. Efectos propios y eventuales

141

pecados mortales era u n efecto eventual o per accidens de la unción, no u n efecto per se. Pero es fácil ver aquí una confusión entre lo q u e es secundario y condicionado y lo que se obtiene per accidens. N o s parece, sin embargo, que u n efecto puede ser secundario y condicionado (como el perdón de los pecados mortales mediante la unción) y pretenderse per se. L a abstersión de las reliquias del pecado en la forma en que antes la hemos descrito (n.209), parece que pertenece a la sanación espiritual completa, y por esto pensaríamos q u e se trata de u n efecto principal y necesario, y q u e es, p o r lo mismo, efecto primario, a u n q u e podrá obtenerse de una manera más o menos intensa y amplia 2 8 . Sacramento de la divina misericordia 228. Por este efecto de la abstersión de las reliquias del pecado, y, sobre todo, por el efecto secundario, pero propio, del perdón de los pecados mortales cuando es imposible la confesión, la unción es también, como la penitencia, sacramento de la divina misericordia. Por la abstersión de los pecados veniales y de las penas debidas por ellos y por los mortales ya perdonados, este sacramento prepara el paso rápido o inmediato a la gloria del cielo después de la muerte. Este efecto se conseguirá según la disposición que hubiere en el enfermo y la remoción del óbice o impedimento, q u e p u e de ser varia según los individuos. Además, siempre está el plan de la providencia divina, que determina lo que conviene e n cada caso. La remisión de estos pecados y de las penas temporales tiene lugar en virtud de la institución del sacramento, y, por lo mismo, ex opere operato, a u n q u e en medida desconocida. T a m b i é n ex opere operato comunica gracias actuales, q u e ayudan para que, mediante los actos meritorios de virtudes (y ex opere operantis), se disminuyan las penas a que el enfermo es acreedor. 28 H. Noldin (De extrema unctione [ed. 1925] n.430) se inclina («videtur») a decir que es efecto primario. Sola (n.254) piensa que es efecto secundario. Sobre las diferentes opiniones, brevemente SOLA, n.256.

142

7.111c.7. Efectos y final/dad del sacramento

III.

Conclusiones

finales

229. 1) Ver en la unción de los enfermos únicamente un sacramento para la curación corporal, no responde ni a la totalidad de los documentos antiguos ni a las declaraciones posteriores de Trento y del Derecho canónico, que son también fuentes auténticas para la reflexión teológica. Querer ver la sanación corporal como efecto único de la unción es presentar un efecto parcial como un efecto total. Y es solución, por lo tanto, inaceptable y falsa. 2) Querer ver como efecto primario y principal de la unción la abstersión de las reliquias del pecado, esto es, de los pecados veniales y de las penas debidas por ellos, como para preparar al moribundo a entrar en la gloria inmediatamente, tampoco tendría en cuenta todos los datos que las fuentes nos han transmitido acerca de este sacramento. Es la opinión que se atribuye a los escotistas, en pos de Scoto y de San Buenaventura 2 9 . 3) El efecto completo de la unción de los enfermos entendemos que es la sanación del enfermo en enfermedad grave. Pero esta sanación, que tiene presente la circunstancia de la enfermedad grave, tiene una envergadura superior y pretende la confortación y sanación completa del enfermo. La oración de la fe, con la unción (que significa confortación y robustecimiento), le salvará, y le levantará, y le perdonará los pecados que tuviese (cf. Sant 5,i4s). Es menester presentar todos estos datos de la carta que umversalmente (con universalidad moral) recuerdan los documentos históricos y ritos litúrgicos de las Iglesias. Y es menester tener presentes todos los datos del Magisterio posterior e intentar la síntesis de todos ellos. Por eso hemos dicho que el efecto pretendido es la confortación y sanación del hombre entero: de su alma y de su cuerpo. Pero esta última sanación, por lo que da la experiencia y porque alguna vez hay que morir, no se obtendrá con eficacia absoluta, sino condicionada al bien del alma 30 . 29

Cf. LERCHER-UMBERG, n.659,2; H . WEISWEILER, Das Sakrament der

Letzten Oelung in den systematischen Werken der ersten Frühscholastik: Scholastik 7 (1932) 336S; SOLA, n.256. 30 Discute tres opiniones sobre los efectos de la unción y su gracia sa-

§ 7J7. Conclusiones finales

143

230. El nuevo Ritual de la unción de los enfermos parece hacerse eco de este modo de ver cuando dice en la «Introducción general» (n.6): «Este sacramento otorga al enfermo la gracia del Espíritu Santo, con lo cual el hombre entero es ayudado en su salud, confortado por la confianza en Dios y robustecido contra las tentaciones del enemigo y la angustia de la muerte, de tal modo que pueda no sólo soportar sus males con fortaleza, sino también luchar contra ellos e incluso conseguir la salud, si conviene para su salvación espiritual; asimismo, le concede, si es necesario, el perdón de los pecados y la plenitud de la penitencia cristiana» 31 . Momento en que se confiere la gracia 32 231. El sacramento de la unción se ha administrado frecuentemente con varias unciones en diferentes partes del cuerpo y con fórmulas diversas en cada una de las unciones, que restringían el efecto al perdón de los peccados cometidos en relación con los sentidos o partes del cuerpo que se ungían; por eso se propuso la cuestión en qué momento del sacramento se comunicaba la gracia sacramental. Evidentemente que la comunicación de la gracia santificante y el perdón de los pecados mortales no se hace por grados o etapas, sino todo simultáneamente y de una vez. No se percramental F . Bourassa (L'onction des malades [Roma 1970] p.12-31). Este libro es reproducción de dos anteriores artículos: La grace sacramentelle de l'onction des malades: Sciences Ecclésiastiques 19 (1967) 33-47; 20 (1968) 31-58 (cf. RAMOS, l . c , p.164).

Para F . Bourassa, el efecto del sacramento de la unción es «confortación del cristiano y curación de su enfermedad corporal en vistas de la salud del alma y del cuerpo» (L'onction des malades p.26-27). Emplea «los dos términos confortación y curación como sinónimos y complementarios». «La fuerza (virtus) o la confortación hay que entenderla no solamente en el sentido moral, sino en el doble sentido físico y espiritual: la gracia de Cristo vuelve a dar al cristiano 'la fuerza en la debilidad', lo que puede incluir el retorno de las fuerzas corporales y, por tanto, la curación clínica orgánica; pero no necesariamente o, al menos, no inmediatamente» (ibid., p.27). Para F . Bourassa se trata de la curación de todo el hombre en su enfermedad corporal. No dice: «curación corporal, sino curación de la enfermedad corporal» (p.29), de sus efectos y circunstancias, con miras a la salud del alma y del cuerpo (p.29-31). Para este autor, en todos estos efectos se trata de una sola y de la misma gracia (p.32ss). 31 Ritual de la unción, Praenotanda, n.6. 32 Cf. DORONZO 2,231-50; SUÁREZ, disp.41 sec.2 n. 12, en Opera (ed. Vives) 22,84is; SOLA, n.263.

144

P.III c.8. Sujeto y ministro del sacramento

§ I. El sujeto

donarán los pecados cometidos en relación, v.gr., con el oído, y después los relacionados con el gusto, etc., sino todos a la par. Es congruo que este efecto se consiga cuando el sacramento o signo está acabado; esto es, al final de todas las unciones que se hagan con las respectivas «formas» que acompañan, porque el sacramento es uno solo moralmente, aunque físicamente conste de diversas unciones. Si el sacramento se administrara con una sola unción en caso de necesidad, entonces el efecto seguiría a esta única unción. Hoy día esta cuestión tiene menos importancia, porque no se mencionan en la forma los diversos sentidos que se ungen, sino sólo hay tres unciones con una sola forma, cuyas palabras se distribuyen durante las unciones (cf. n. 197.306). Entendido el sacramento o signo como un todo moral, aunque haya diversas unciones y aunque sean varios los ministros que lo administran, el efecto debe esperarse para cuando el sacramento como todo moral esté completo o acabado.

CAPÍTULO

VIII

A QUIENES SE ADMINISTRA LA UNCIÓN Y QUIENES LA ADMINISTRAN I. El sujeto

de la unción de los enfermos

'

232. La reflexión teológica no ha dejado de pensar sobre el sujeto para quien está destinado este sacramento; esto es, sobre la persona a quien se puede administrar válidamente esta unción. Enfermo con enfermedad grave El texto de la carta de Santiago áoüsveí (está enfermo) y la voz KáuvovTcc (el enfermo) indican que se trata de una dolencia no vulgar o mediocre, sino de una enfermedad de cuidado, grave (cf. n.14). Además, el «hacer llamar» a los presbíteros de la Iglesia supone que el enfermo no puede salir de casa (n.17). 1

Cf. SANTO

TOMÁS,

Supplem. q.32;

DORONZO,

UMBERG, n.665-74; KERN, p.271-322; SOLA, 11.264SS.

2,446-732;

LERCHER-

145

También la expresión lo levantará (al enfermo) se entiende mejor tratándose de un enfermo de cuidado. Este sacramento está destinado a los enfermos que están en grave enfermedad. Grave enfermedad es aquella de la que puede seguirse, y se seguirá probablemente, la muerte, aunque no ciertamente. No es lo mismo estar en peligro de muerte cuando la muerte es probable, que estar en el artículo de la muerte cuando la muerte es moralmente cierta e inminente. Este sacramento no es, por consiguiente, sólo para los últimos instantes de la vida, sino que puede y debe administrarse desde que la enfermedad es peligrosa. Razones del Magisterio y de la tradición 233. Las razones que abonan estas afirmaciones son las siguientes: El decreto pro Armenis (a. 1439) ya establecía que «este sacramento no debe administrarse sino al enfermo cuya muerte se teme» 2 . Según el concilio de Trento, en las palabras de la carta de Santiago «se declara también que esta unción es para los enfermos, sobre todo para aquellos que están en el lecho tan peligrosamente, que parece están ya al final de su vida; por donde se ha llamado sacramento de los que se van» 3 . 234. Esta unción, que borra los pecados, supone que quien la recibe ha podido pecar; y, por lo mismo que está llamada a producir una confortación psicológica en el alma del enfermo, supone uso de razón en el sujeto. Por esto se requiere que el sujeto sea adulto, esto es, que tenga uso de razón. 2 Dz-Sch 1324 (700). G. D'Avanzo (Estrema Unzione? II pericoh di morte richiesto nel soggetto dell'Olio santo, é condizione sacraméntale o disciplinare? : ScuolCatt 87 [1959] 213-19) sostiene que el sujeto de la unción es el cristiano que está en verdadera enfermedad, prescindiendo del peligro de muerte. Fundamenta su tesis en que Sant 5.I4S no habla de si hay o no hay peligro de muerte y en que el Magisterio nunca ha exigido peligro de muerte para administrar la unción (véase, sin embargo, lo que decimos en nuestros números 232SS); alega asimismo que las oraciones de la antigua Iglesia latina y siempre las de la oriental han sido de este parecer. Cf. E. R U F FINI: ScuolCatt (a.1966) p.43*. A nosotros nos parece que, si se trata de verdadera enfermedad, si ésta es y se llama grave, ya incluye el peligro de muerte. 3 Dz-Sch 1698 (910).

Unción de los enfermos

in

146

P.III c.8. Sujeto y ministro del sacramento

Y así, el decreto Quam singulari (8 de agosto de 1910), sobre la comunión y extremaunción de los niños, declaraba que «es abuso detestable no administrar el viático y la extremaunción a los niños que ya han llegado al uso de razóm 4 . De ahí que el Código de Derecho canónico determinara que «la extremaunción no puede administrarse sino al fiel cristiano que, después de alcanzar el uso de razón, se halla en peligro de muerte o por enfermedad o por vejez» (can.940 § r.°). «Si se duda si el enfermo ha llegado al uso de razón, o si está en peligro de muerte, o si está muerto, este sacramento debe administrarse bajo condición» (can.941). El nuevo Ritual de la unción (cf. n.293) admite que «puede darse la santa unción a los niños, a condición de que comprendan el significado de este sacramento» 5 . Razones de congruencia 235. Las expresó Santo Tomás: «Este sacramento es cierta curación espiritual, según se ha dicho 6 ; la cual curación se significa por cierta manera de curación corporal, y por eso no se debe administrar este sacramento a aquellos que no pueden ser curados corporalmente; es decir, a los sanos... Aunque la salud espiritual es el efecto principal de este sacramento, conviene, sin embargo, que se signifique la curación espiritual por medio de la curación corporal. Y por esto, solamente se puede dar la salud espiritual por medio de este sacramento a aquellos que necesitan curación corporal; esto es, a los enfermos... »Si se consideran las clases de enfermedades, puede administrarse este sacramento en cualquier género de ellas, porque el apóstol no determina ninguna de ellas. Pero, si se considera el modo y el estado de la enfermedad, no siempre debe darse este sacramento a los enfermos»... 7 4 5 6 7

Dz-Sch 3536 (2144). Ritual de la unción de los enfermos, Praenotanda, n.12. Supplem. q.30 a. 1.2. Supplem. q.32 a.ic. ad 1; a.2 ad 1.

§ 7. El sujeto

147

Disposiciones en el sujeto 236. Evidentemente que: a) Debe haber recibido el sacramento del bautismo, que es la puerta de todos los sacramentos y lo que incorpora a la Iglesia como miembro de ella, en favor de los cuales son los demás sacramentos 8 . Además, la carta de Santiago da a entender que se trata de una unción para los fieles cristianos (¿Está enfermo alguno entre vosotros?). b) Por ser el sujeto un adulto, esto es, quien tiene uso de razón, se requiere en él intención, al menos habitual, de recibir el sacramento 9 . Esta intención habitual e implícita, que es suficiente, se halla, p.ej., en la voluntad no retractada de morir como mueren los cristianos y con los auxilios que a éstos se destinan. Por esto tiene esta intención habitual implícita el cristiano que, destituido del uso de sentidos, ha querido morir cristianamente. En cambio, «no hay que conferir el sacramento de la extremaunción al neófito moribundo a quien el misionero cree, sí, capaz del bautismo; a no ser que el mismo tenga por lo menos alguna intención de recibir la sagrada unción dispuesta en beneficio del alma para el tiempo de la muerte» 10 . c) Hemos podido advertir que en la antigüedad, cuando el cristiano estaba sometido a una penitencia pública y excluido temporalmente de la comunión, no se le administraba la unción sin previa reconciliación con la Iglesia y sin ser admitido a los sacramentos; v.gr., a la comunión del cuerpo de Cristo. Es lo que indicaba ya Inocencio I: «... a los penitentes [con penitencia pública] no se puede infundir este crisma [unción], porque es una clase de sacramento. Porque a quienes se niegan los demás sacramentos, ¿cómo se piensa poderles conceder una clase de ellos?» u Repetirá el mismo pensamiento el concilio de Pavía (Ticinense), del año 850 12 . «Es de saber—dice—que, si el enfermo está sometido a penitencia pública, no puede conseguir 8

Cf. M. NICOLAU, Teología del signo sacramental 11.448SS. » Cf. ibid., n.452. Resp. S. Officii ad episc. Quebecensem (10 de mayo de 1703): Dz-Sch 2382 (1349b). De parecida manera, tampoco se le administrará el viático, a no ser que por lo menos discierna la comida espiritual de la corporal, conociendo y creyendo la presencia del Señor en la sagrada hostia (ibid.). 11 Dz-Sch 216 (99); supra, n.75. 12 Supra, n.109. 10

148

P.lll c.8. Sujeto y ministro del sacramento

la medicina de este misterio [sacramento], a no ser que, recibida la reconciliación, mereciere la comunión del cuerpo y sangre de Cristo. Porque a quien se le prohiben los demás sacramentos, no se le concede en modo alguno usar de este solo» 13 . El sacramento de la unción de los enfermos supone, por consiguiente, la previa reconciliación con la Iglesia y de suyo es sacramento de vivos; presupone de suyo el estado de gracia para la fructuosa recepción. Cuestiones complementarias 237. 1) El peligro de muerte puede ser probable y aun cierto, pero por razones extrínsecas al sujeto; v.gr., por condenación a muerte, o por entrar próximamente en batalla, o por naufragio inminente... En estos casos no se puede administrar la unción antes de hallarse herido el sujeto, porque falta la condición de que padezca enfermedad grave. 2) Benedicto XIV consideró abusiva la administración de la unción entre los orientales para curar enfermedades leves; a no ser que la empleen entonces no como sacramento, sino como sacramental 14 . 3) La unción inmediatamente después del bautismo. Si se tienen presentes todos los efectos que la unción está llamada a producir, no se verá inconveniente en que se administre la unción inmediatamente después del bautismo. Santo Tomás suponía que el sujeto debía de tener pecados actuales que confortaran las reliquias de los pecados y se le perdonaran 15 . De ahí que algunos vieran inconveniente en la administración inmediata después del bautismo. Pero no hay razón para impedirla, si se atiende a los otros efectos que puede producir la unción, y en particular la sanación corporal 16 . 1 3 C.8: MANSI, SS. Concil. 14,933; Dz-Sch 620 (315); supra, n.109. « Cf. SOLA, n.265 nt.16. 15 Supplem. q.32 a.4 ad 2. 16 Cf. SUÁREZ, De poenitentia disp.42 sec.2 n.8s, en Opera (ed. Vives) 22,8s3s; y una decisión de la S. C. de Propag. Fide (26 de septiembre de 1821), según la cual al bautizado en grave enfermedad se le puede administrar en seguida la unción (Collect. S. C. de Propag. Fide I n.768 p.445). Suárez pensó ( l . c , n.11) ser probable que la Santísima Virgen recibiera la unción. Pero puede dudarse de ello, por no haber tenido reliquias de pe-

§ 7. El sujeto

149

Respecto de la unción administrada a los niños, recuérdese la condición introducida por el nuevo Ritual: que comprendan el significado de este sacramento (cf. n.234). Cuántas veces puede recibirse la unción de los enfermos 238. Evidentemente que no es un sacramento que imprima carácter, y por ello sólo se reciba una vez en la vida. Aunque n», imprima carácter, su efecto es para la presente enfermedad; y, por lo tanto, el sacramento ejerce su influjo mientras dure la presente enfermedad. Entendemos por enfermedad presente el peligro presente y actual en que se halla el enfermo. Pero, si el enfermo convaleciera del presunto peligro y enfermedad y cayere en un nuevo peligro de muerte, aunque se tratara de la misma enfermedad específica que antes padeció, de hecho la enfermedad en que ahora se encuentra será numéricamente diversa de la que antes padeció. Es decir, para administrar de nuevo la santa unción al mismo enfermo debe hallarse en enfermedad o peligro no específicamente diverso (puede ser de la misma clase o especie de enfermedad), sino de enfermedad o peligro numéricamente diverso. El concilio Tridentino expresamente declaró y enseñó que, «si los enfermos se restablecen después de recibir la unción, podrán ser ayudados de nuevo con el auxilio de este sacramento si cayeren en otro semejante peligro de la vida» 17 . Es lo que enseñó posteriormente, fijándolo también para toda la Iglesia, el Derecho canónico: que «durante la misma enfermedad este sacramento no puede repetirse, a no ser que el enfermo se hubiere restablecido después de recibir la unción y cayere en otro peligro de la vida» (can.940 § 2. 0 ). 239. En el concilio Vaticano II, en el esquema presentado al concilio por la Comisión preparatoria, se había formulado el deseo de que en una enfermedad larga pudiera en ocasiones repetirse la unción 18. Se decía en nota que ésta había cado ni enfermedad espiritual o psicológica. Cf. C. BOYER, De poenitentia et extrema unctione p.415; LERCHER-UMBERG, n.666 corol.i; SOLA, n. 265. " Dz-Sch 1698 (910). 18 A.60 (Iteratio sacramenti). «Unctio sacra in diuturna infirmitate aliquando iterari potest» (Schema Constit. de S. Liturgia c.3: Acta Synodalia SS. Conc. Vaticani II vol.i p . i . " p.285).

150

P.III c.8. Sujeto y ministro del sacramento

sido práctica de la Iglesia hasta el siglo x m aun dentro de la misma enfermedad. Y también que el enfermo necesita con frecuencia consuelo espiritual en estas enfermedades largas l5>. Prevaleció, sin embargo, la disciplina establecida en el concilio Tridentino y en el Derecho canónico, que el Vaticano II no quiso cambiar (cf. n.278). Pero la constitución de Pablo VI Sacram unctionem infirmorum (1972) establece para en adelante que «este sacramento se puede repetir, si el enfermo, después de recibir la unción, se restableciere y cayere de nuevo en enfermedad [es la disciplina hasta entonces vigente], o si, perdurando la misma enfermedad, viniere un peligro más grave»20.

§ 7. El sujeto

151

tiva del individuo; mientras no aparezcan síntomas de corrupción. Por ello, mientras no aparezcan síntomas de corrupción en el presunto cadáver o no haya claras señales de muerte, v.gr., por amputación de la cabeza, será lícita la administración del sacramento, algunas horas después de la muerte aparente, condicionadamente, esto es, con la condición de «si vives». Si esta condición no se realizara, es claro que no habría sacramento. La necesidad y la obligación de recibir el sacramento 2 2 No es con necesidad de medio

La unción en la muerte aparente 21 240. Es claro que el individuo muerto no es sujeto de ningún sacramento. Los sacramentos son para los «viadores», no para los que han llegado al estado de «término». Por consiguiente, si consta con certeza la muerte de un individuo, no se le puede administrar la unción ni lícita ni válidamente. Pero, si hubiera probabilidad de que todavía vive, se le podrá administrar bajo condición, según el principio de que «los sacramentos son en beneficio de los hombres»; y, además, administrando el sacramento bajo la condición de «si vive» el individuo en realidad, si no viviera, no se hace sacramento ni injuria al sacramento. Y, en cambio, si viviera, podría seguírsele algún beneficio. Hoy muchos médicos y biólogos tienen la persuasión de que la muerte real no sigue instantáneamente a la muerte aparente y fisiológica (se han dado casos de reanimación en sujetos que parecían ya muertos) y que esta dilación de la muerte real es con mayor o menor probabilidad según que la causa de la muerte sea un accidente, que provoque una muerte instantánea, o sea efecto de una prolongada enfermedad consun19

Acta et documenta Concilio Vaticano II apparando, Appendix, vol.2 p.97 n.14-17. Sobre la repetición de la unción antiguamente, se ocupa C H . HARRIS, Liturgy and Worship (London 1964) P-S33S. 20 «...aut si, eadem infirmitate perdurante, discrimen gravius fíat» (AAS 65 [1973] 9)21 Cf. J. B. FERRERES, La muerte real y la muerte aparente (Barcelona 5 1930); SOLA, n.273.

241. No puede demostrarse que la unción de los enfermos, hablando de los hombres en general, sea necesaria con necesidad de medio para la salvación, porque tal necesidad no consta ni por la Sagrada Escritura ni por los documentos de la tradición y del Magisterio. Existen otros medios para conseguir la gracia de Dios y morir en ella, que es lo que se necesita para salvarse. Son de necesidad de medio el bautismo (Me 16,16), la confesión de los pecados (Jn 20,23) y la comunión (Jn 6,53); pero no consta de la unción de los enfermos. Aun en ausencia de estos medios indicados, el estado de gracia necesario podría obtenerse por un acto de caridad y contrición. Y en este acto de caridad puede hallarse el «voto» de aquellos sacramentos que hemos dicho de necesidad de medio. Además, de suyo, este sacramento presupone ya el estado de gracia. Sólo en algunos casos particulares de fieles bautizados, pero con sola atrición de sus pecados y sin posibilidad de confesarse (por pérdida del sentido...), sería la unción un medio necesario para salvarse. No es de necesidad de precepto grave 242. Tampoco puede probarse que exista precepto grave de recibir este sacramento. Las palabras de Santiago (5,14): que llame a los presbíte22

Cf. LERCHER-UMBERG, n.669-74; H . NOLDIN, n.447; SOLA, n.274.

152

ros..., suenan más a consejo que a precepto, porque son del mismo tenor que las anteriores (¿Está triste uno de vosotros? Que ore. ¿Está contento? Que cante). Además, por su misma naturaleza y por los efectos que produce, no puede decirse que la unción sea imprescindible para salvarse. Tampoco puede aducirse un precepto grave de la Iglesia que obligue a recibirlo. La Iglesia sólo ha declarado que «no es lícito descuidarlo» 2 3 . Algunos teólogos, atendiendo a los efectos de gracia para el supremo combate, afirmaron la obligación grave de recibirlo. Tratándose de un medio de gracia instituido por Jesucristo y estando llamado a producir efectos de confortación y de gracia espiritual, y aun de salud corporal, no sería cuerdo querer prescindir de él intencionadamente y descuidar la ocasión de recibirlo que se ofreciera. Por esto se faltaría o pecaría por negligencia y (al parecer, levemente) por falta de caridad consigo mismo. Pero la falta podría ser grave si hubiera desprecio del sacramento o escándalo de los fieles. Obligación de los familiares 243. Los que tienen lazos de parentesco o afinidad con el enfermo (padres, hijos, esposos...) o tienen algún cuidado de su bien espiritual (superiores, párrocos...), deben avisar al enfermo del peligro en que se encuentra y conviene que le recuerden los bienes, aun en el cuerpo, que le producirá la unción. Y, si el enfermo la desea, deben procurársela avisando al sacerdote. La obligación de estos familiares podría ser grave si el sacramento resultara necesario o muy conveniente al enfermo. Pero los que por su oficio no tienen el cuidado espiritual del enfermo (como son los médicos, enfermeros, domésticos...), de ordinario (a no ser que el sacramento resultara al enfermo necesario para salvarse) no tendrán obligación grave de declarárselo, pues se trata de una obligación de caridad, que no puede obligar a ellos más que al mismo enfermo. 23

Código de Derecho canónico can.944.

153

§ II. El ministro

P.III c.8. Sujelo y ministro del sacramento

Reviviscencia de la unción 24 244. La reviviscencia de un sacramento se considera cuando se ha administrado el sacramento válidamente, pero que, por adhesión al pecado en el sujeto que lo ha recibido, no ha podido producir el efecto de santificación o la gracia que debía producir en él. Por esto se dice que es entonces un sacramento válido, pero informe; esto es, sin la forma de la gracia... Se admite la reviviscencia en aquellos sacramentos que, como el bautismo, confirmación y orden, imprimen carácter y son initerables, porque entonces, si desaparece el óbice, parece que el carácter producido y él sacramento válido son como una exigencia de los efectos propios del sacramento. Y además, en caso de no recibir aquellos efectos, el individuo se vería privado, de por vida, de aquellas gracias específicas de estos sacramentos. Tratándose de la unción, el sacramento válidamente recibido no deja de ser una acción de Cristo y voluntad objetiva de Cristo, que llama y exige el efecto propio del sacramento, que es el de la gracia y de los auxilios espirituales y corporales en la enfermedad. Si desaparece el óbice que se haya puesto al recibirlo, parece que obtendrá su efecto y «revivirá». Tanto más que, no sin ciertas limitaciones, se puede repetir en la misma enfermedad (cf. n.238s), para que el individuo no se vea privado de los auxilios convenientes perdurando la misma enfermedad y el mismo peligro. //.

Ministro

del sacramento

M

Los presbíteros de la Iglesia 245. La carta de Santiago no deja lugar a dudas acerca del ministro. El enfermo manda llamar a los presbíteros de la Iglesia. La denominación de presbíteros como oficio concreto en la Iglesia alcanza un sentido técnico bien determinado en los libros del N . T . 2 6 . Por añadidura, se dice que son presbí24 Cf. DORONZO, 2,230-61; SOLA, n.276; M . NICOLAU, Teología del signo sacramental n. 3 59-60.

25 Cf. SANTO TOMÁS, Supplem. q.31; DORONZO, 2,733-841; KERN, p.24171; LERCHER-UMBERG, n.675-79; SOLA, n.269-72.

26 Cf. M . NICOLAU, Ministros de Cristo, Sacerdocio y sacramento del orden (Madrid 1971) n.134-43.

154

P.II1 c.8. Sujeto y ministro del sacramento

teros de la Iglesia, significando que se trata de algo inmanente en la Iglesia y propio de ella. No se trata, por consiguiente, de llamar a laicos «de edad avanzada», o de «ancianos» de la comunidad, tomando la palabra presbíteros en un sentido meramente etimológico. No se ve qué finalidad tendría este llamar a los «viejos». Si se entiende presbíteros como título de dignidad (los «principales» de la comunidad), si se trata de una dignidad meramente laical, no se ve igualmente qué finalidad puede tener encargarles de un oficio estrictamente religioso; mucho más habiendo «ministros» (como consta los había entonces) que puedan desempeñar este oficio. Y, si se trata de designar con el nombre de presbíteros personas principales en lo eclesiástico dentro de la comunidad, eso mismo es lo que entendemos que se significa con el nombre de presbíteros de la Iglesia.

Los documentos antiguos y del Magisterio 246. Desde antiguo, en multitud de documentos se señala al presbítero como ministro de este sacramento. Hemos tenido ocasión de notarlo, aparte de la mención frecuente del texto de Santiago, que manda llamar a los presbíteros, y que repiten los documentos, en multitud de textos de los Padres: en Orígenes (n.39s), San Juan Crisóstomo (n.55), Isaac de Antioquia (n.6o), San Beda (n.90), Amalario (n.93), Jonás, obispo de Orleáns (n.94) y Amulo (n.97). Y consta por las narraciones de San Hipatio (n.61) y de San Tresano (n.83) y en los nestorianos (n.69). Asimismo, hemos podido advertir que refieren la unción de los enfermos al presbítero o sacerdote, como a su ministro, los estatutos diocesanos de York (n.99), los de San Bonifacio (n.ioo), los de Orleáns (n.101) y los de Reims (n.102), así como los concilios particulares de Cabillon (n.106), I de Aquisgrán (n.107), de Pavía (Ticinense) (n.109) y de Worms (n.109). También los documentos litúrgicos mozárabe (n.111) y galicano (códice Remense) (n.119). 247. Se recordará que Inocencio I señala expresamente a los presbíteros como ministros del sacramento, añadiendo que es superfluo añadir si podrá hacer el obispo lo que no hay

155

§ II. El ministro

duda pueden hacer los presbíteros (cf. n.75). Se requiere, por consiguiente, el sacerdocio, bien de primer grado, bien de segundo grado, para la administración de este sacramento 27 . El concilio Florentino repetirá en el decreto pro Armenis que «el ministro de este sacramento es el sacerdote» 28 . Según Trento, «los ministros propios» son los presbíteros, lo cual se indica en las palabras de la carta de Santiago 2 9 ; y define el concilio que por esos «presbíteros» se deben entender los sacerdotes ordenados por el obispo, y no precisamente los mayores de edad o los primeros del pueblo, y que «por ello el propio ministro de la extremaunción es sólo el sacerdote» 30 . Lo declarará más adelante con palabra terminante el Código de Derecho canónico: «Este sacramento lo administra válidamente todo sacerdote y sólo él» (can.938 § i.°). Y últimamente lo confirma el nuevo Ritual de la unción. (n.16): «Sólo el sacerdote es el ministro propio de la unción de los enfermos». La unción administrada por varios sacerdotes

31

248. Respecto de la administración del sacramento por uno o varios sacerdotes, hipótesis esta última que viene admitida en la carta de Santiago (que llame a los presbíteros de la Iglesia y que le unjan...), encontramos una constitución de Benedicto XIV (26 de mayo de 1742) dirigida a los ítalogriegos. En ella admite y confirma la costumbre de administrar la unción por varios presbíteros e indica la manera como debe hacerse: «(N.2). A los enfermos... se les da la extremaunción. (N.3). No importa que la misma extremaunción se haga por uno o varios presbíteros, donde esté vigente tal costumbre, con tal de que crean y afirmen que aquel sacramento puede administrarse válida y lícitamente por un solo presbítero, si guarda la debida materia y forma. (N.4.) El mismo sacerdote es el que debe aplicar la mate27 28 29 30

Dz-Sch 216 (99). Dz-Sch 1325 (700). Dz-Sch 1695 (9o8).i697 (910). Dz-Sch 1719 (929)-i697 (910).

31 Cf. KERN, p.251-62; SOLA, n.272.

156

P.III . Una explicación de este párrafo J^ hemos dado en Decreto de ecumenismo. Texto y comentario teológico y pastoral (Madrid 1965) p.85-89. 27 Esta doctrina también es válida en las Iglesias separadas. 28 SAN BASILIO, Epist. canónica ad Arnphilochium: P G 32,6698.

§ 7. Doctrina de los orientales

211

«27. Teniendo en cuenta los principios ya dichos, pueden administrarse los sacramentos de la penitencia, eucaristía y unción de enfermos a los orientales que de buena fe viven separados de la Iglesia católica, con tal que los pidan espontáneamente y estén bien preparados; más aún, pueden también los católicos pedir los sacramentos a ministros acatólicos en las Iglesias que tienen sacramentos válidos, siempre que lo aconseje la necesidad o un verdadero provecho espiritual y no sea posible, física o moralmente, encontrar un sacerdote católico 2 9 . »28. Supuestos esos mismos principios, se permite la comunicación en las funciones, cosas y lugares sagrados entre los católicos y los hermanos separados orientales, siempre que haya alguna causa justa 30 . »2Q. Esta manera más suave de comunicación en las cosas sagradas con los hermanos de las Iglesias orientales separadas se confía a la vigilancia y prudencia de los jerarcas de cada lugar, para que, deliberando entre ellos y, si el caso lo requiere, oyendo también a los jerarcas de las Iglesias separadas, se encauce el trato entre los cristianos con preceptos y normas oportunas y eficaces» 31 . 329. El lector advertirá la atención respetuosa que tiene el concilio respecto de estos tres sacramentos en las Iglesias orientales. Porque es sabido, como ya dijimos (n.149), que estas Iglesias admiten y retienen los mismos sacramentos que los católicos y, en sustancia, la misma fe respecto de los sacramentos. Además conservan un sacerdocio válido, transmitido por la válida imposición de las manos. Que es lo que decía el decreto de ecumenismo: «Puesto que estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos, y, sobre todo, por la sucesión apostólica, el sacerdocio y la eucaristía, por los que se unen a nosotros con vínculos estrechísimos, no solamente es posible, sino que 29 Se considera como fundamento de la mitigación: 1) la validez de los sacramentos; 2) la buena fe y la disposición; 3) la necesidad de salvación; 4) la ausencia de sacerdote del propio rito; 5) la exclusión de los peligros que se deben evitar y de la formal adhesión al error. 30 Se trata de la llamada «comunicación in sacris extrasacramental». El concilio es quien concede la mitigación servatis servandis. 31 Decr. Orientalium Ecclesiarum n.26-29.

212

P.IV c.ll.

Dimensión ecuménica

se aconseja alguna comunicación tn sacris, en circunstancias oportunas y con la aprobación de la autoridad eclesiástica» 32 . 330. El Directorio de ecumenismo recordó (n.38-40) todas las normas del concilio arriba expuestas y dio oportunas instrucciones para aplicarlas. Entre otras, las siguientes: Estas normas, que han de observarse con la prudencia que se recomienda en el decreto, valen también para los fieles de cualquier rito, sin excluir el rito latino (n.41). Es muy oportuno que las autoridades católicas consulten con las autoridades competentes orientales antes de conceder la participación en los sacramentos (n.42) y que tengan presente la norma de la legítima reciprocidad (n.43). Además de los casos de necesidad, razón justa para aconsejar la comunicación es la imposibilidad material o moral por largo tiempo de recibir los sacramentos en la propia Iglesia (n.44). El católico, al recibir de los orientales los sacramentos, acomódese a las costumbres de éstos en lo tocante a previa confesión antes de la comunión, ayuno eucarístico y frecuencia del sacramento, para evitar la extrañeza y desconfianza (n.43).

//.

En la Iglesia

anglicana

En los tiempos anteriores 331. La Iglesia anglicana de los tiempos antiguos no consideraba el sacramento de la unción de los enfermos como un sacramento propiamente dicho, esto es, como «sacramento del Evangelio». He aquí las palabras del número 25 de los Artículos de la religión: «Dos son los sacramentos ordenados por nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio, a saber, el bautismo y la cena del Señor. »Los otros cinco que comúnmente se llaman sacramentos: la confirmación, la penitencia, las órdenes, el matrimonio y la extremaunción, no deben reputarse como sacramentos del Evangelio, habiendo emanado, en parte, de una corrompida imitación de los apóstoles 33 , y en parte son estados de la 32 D e c r . Unitatis 33

redintegratio

n . i 5c.

«... as have grown partly of the corrupt fol'owing of the Apostles...» (art.25 de Articles of Religión). El original completo inglés se puede leer más abajo, en la nota siguiente.

§ II. En la Iglesia anglicana

213

vida aprobados en las Escrituras; pero que no tienen la esencia de sacramentos, semejante al bautismo y a la cena del Señor, porque carecen de signo visible, o ceremonia ordenada por Dios» 34 . En este mismo artículo se define, al comenzar, lo que entiende por sacramento: «Los sacramentos instituidos por Cristo, no solamente son señales de la profesión de los cristianos, sino, más bien, unos testimonios ciertos, y signos eficaces de la gracia y buena voluntad de Dios hacia nosotros, por los cuales obra El invisiblemente en nosotros, y no sólo aviva, mas también fortalece y confirma nuestra fe en El» 35 . Ya se ve que esta definición es para los dos sacramentos que se dicen instituidos por Cristo. 332. En el ejemplar del Libro de la oración común (The Book of common Prayer...) 36, que tenemos a la vista (London, sin fecha, pero posterior a 1922) 37 , según el uso de la 34 Artículos de la religión conforme fueron establecidos por los obispos, clérigos y laicos de la Iglesia protestante episcopal de los Estados Unidos de América en convención el día doce de septiembre del año de Nuestro Señor 1801, en el Libro de oración común, administración de los sacramentos y otros ritos y ceremonias de la Iglesia, conforme al uso de la Iglesia episcopal en las Américas... (New York, T h e Seabury Press, s.f.; pero tiene la aprobación de 1965). Reproduce el Libro de la oración común aprobado en 1789 para la Iglesia episcopal en los Estados Unidos de América. El texto inglés del art.25, al que nos venimos refiriendo, dice aquí en sus tres primeros párrafos, definiendo los sacramentos y señalando los llamados «sacramentos del Evangelio»: «XXV. Of the Sacraments. Sacraments ordained of Christ be not only badges or tokens of Christian men's profession, but rather they be certain sure witnesses, and effectual signs of grace, and God's good will towards us, by the which he doth work unvisibly in us, and doth not only quicken, but also strengthen and confirm our Faith in him. »There are two Sacraments ordained of Christ our Lord in the Gospel, that is to say, Baptism and the Supper of the Lord. »Those five commonly called Sacraments, that is to say, Confirmation, Penance, Orders, Matrimony and extreme Unction, are not to be counted for Sacraments of the Gospel, being such as have grown partly of the corrupt following of the Apostles, partly are states of Ufe allowed in the Scriptures; but yet have not like nature of Sacraments with Baptism and the Lord's Supper, for that they have not any visible sign or ceremony ordained of God»... (Articles of Religión, en The Book of Common Prayer... according to the use of the Church ofEngland... [London s.a.] p.621). 35 Artículos de la religión art.25. Seguimos la traducción contenida en la primera obra que citamos en la nota precedente (Libro de oración común..., New York 1965) p.576. El original inglés lo hemos transcrito en la nt.34, tomado de The Book of Common Prayer... p.621. 36 Es el que acabamos de citar. 37 Cf. p.xxxv.Lix.

214

p,iy c.ll.

Dimensión

ecuménica

Iglesia de Inglaterra, encontramos un «Rito para la visita del enfermo» 38 y otro para «La comunión del enfermo» 39 ; pero no hallamos alusión a la unción ni a la imposición de manos. Las oraciones que se dicen, desean la paz para la casa del enfermo y para sus moradores; invocan la misericordia del Señor; contienen el Padrenuestro y las peticiones de consuelo, confianza, defensa y paz para el enfermo. Se suplica al Señor para el doliente que «la sensación de su debilidad pueda añadir fuerza a su fe, y seriedad a su arrepentimiento; y, si es tu buen agrado restaurarle a su primitiva salud, que conduzca el resto de su vida en tu temor y para tu gloria; o también concédele la gracia de recibir tu visita, de suerte que, después de terminar esta penosa vida, pueda morar contigo en la vida eterna» 4 0 . Al enfermo se le dice que, cualquiera que sea la enfermedad, «es una visita de Dios» para experimento de la paciencia, ejemplo de los demás y fortalecimiento de la fe... 4 1 Se le puede recordar al enfermo que Dios ama al que castiga y se conduce con él como un padre (Heb i2,sss); se pone delante el ejemplo de Cristo y se exhorta al doliente a que reconozca sus pecados para encontrar misericordia... 4 2 Sigue la profesión de los artículos de la fe. Se le exhortará al arrepentimiento de los pecados, al perdón de los que le hubiesen ofendido y a pedir perdón, si él hubiese sido el ofensor, y a disponer de sus cosas con liberalidad para con los pobres, etc. También a la confesión, si siente turbación de conciencia. Se implora de nuevo la misericordia del Señor y se recita el salmo 71 (In te, Domine, speravi) y otras oraciones que excitan la confianza. Finalmente, se dice la oración, que es bendición para el enfermo, según N ú m 6,22-26: El Señor te bendiga y te guarde. El Señor haga resplandecer su faz sobre ti y te sea propicio. El Señor dirija a ti su rostro y te dé paz ahora y por siempre 4 3 . Siguen diferentes oraciones según las circunstancias del enfermo: si es un niño, si es uno que ofrece leve esperanza de recuperación; o uno que está próximo a morir, o uno que está turbado en su espíritu o en su conciencia 44 .

§ 11. En la Iglesia anglicana

En los tiempos recientes 333. Pero en el Libro de oración común... conforme al uso de la Iglesia episcopal en las Américas45 encontramos ya esta unción en el rito de la «Visitación a los enfermos» 46 . Es parecido en sus rasgos principales al que acabamos de describir y muchas oraciones son traducción de las que sirven para la Iglesia de Inglaterra. Se añaden en éste algunos salmos expresamente y una «letanía por los agonizantes»47. Al final leemos: «Cuando alguna persona enferma llegue a desear en humilde fe el ministerio de curación mediante la unción o la imposición de manos, el ministro puede usar tal porción del oficio que precede como él lo crea conveniente, y también la forma siguiente: »¡Oh bendito Redentor!, alivia, te suplicamos, por tu poder, la angustia de este tu siervo; líbralo del pecado y ahuyenta de él todo dolor de cuerpo y alma, a fin de que, siendo restaurado al vigor de su salud, pueda ofrecerte alabanzas y acción de gracias; tú que, siendo un solo Dios con el Padre y el Espíritu Santo, vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. »Te unjo con óleo (o impongo mi mano sobre ti), en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; suplicando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a fin de que, siendo desvanecidos de tu cuerpo todo dolor y toda enfermedad, la bendición de la salud te sea restituida. Amén»48.

334. Se observará el adelanto que supone este rito, que admite la unción, sobre el anterior que antes hemos descrito (n.332). También se observará que admite, en alternativa, el rito de la unción o el rito de la imposición de manos que pretende expresamente la curación corporal.

La lectura de este rito para la visita de enfermos no menciona, por consiguiente, la unción de los mismos, ni siquiera una imposición de manos. 38 39 40 41 42 43 44

«The Order for the Visitation of the Sick» (ibid., p.312-23). «The Communion of the Sick» (ibid., p.323-25). Ibid., p.313. Ibid., p.314. Ibid., p.314-16. Ibid., p.320. Ibid., p.320-23.

215

Según lo que se dice en el prefacio del libro, no es raro que con el tiempo se introduzcan modificaciones en los ritos: «La Iglesia de Inglaterra, a la que debe la Iglesia episcopal en los Estados Unidos, mediante Dios, su primer establecimiento, y por mucho tiempo su mantenimiento, cuidado y protección, tiene como regla en el prefacio de su Libro de oración común que «las fórmulas particulares del culto divino y los ritos y ceremonias designados para el mismo son cosas 45

Al que antes nos hemos referido en lant.34. Recuérdese que tiene la aprobación de 1965. 46 Ibid., p.297-309. 47 Ibid., p.308. 48 Ibid., p.308-309.

§ II. En la Iglesia anglicana

216

P.IV c.ll.

Dimensión

ecuménica

indiferentes y alterables por su naturaleza, y así se reconocen. Por consiguiente, es razonable que después de consideraciones graves e importantes, y de acuerdo con las diversas exigencias de los tiempos y de las ocasiones, puedan hacerse tales cambios y alteraciones, si aquellos constituidos en autoridad los juzgaren, de tiempo en tiempo, necesarios y convenientes. »Esa misma Iglesia ha declarado, no sólo en su prefacio, sino también en sus artículos y en las homilías, la necesidad y conveniencia de hacer alteraciones y enmiendas ocasionales en sus fórmulas para el culto público; y, por consiguiente, vemos que, procurando conservar el medio feliz entre la demasiada rigidez en rehusar y la demasiada facilidad en admitir alteraciones en las cosas ya deliberadamente establecidas, ha permitido en los reinos de varios príncipes, desde la primera compilación de su liturgia en tiempos de Eduardo VI, hacer alteraciones en ciertos casos, creyéndose conveniente en sus respectivas épocas por justas y poderosas consideraciones; pero de tal manera que el cuerpo principa] y las partes esenciales de la liturgia (tanto en las materias importantes como en su estructura y orden) han permanecido aún firmes e inmudables» 49 .

Comentarios 335. En los tiempos más recientes, notamos en la Iglesia de Inglaterra una tendencia a emplear la unción en la visita a los enfermos, y con ello un acercamiento a la práctica de los católicos. Hay un amplio y relativamente reciente comentario al Common Prayer Book50, en el cual se examinan los valores de la unción. En largo capítulo a propósito de la visita a los enfermos 51, se recuerda que las Conferencias de Lambeth de 1908, 1920 y 1930 admitieron que el oficio para la visita de enfermos (de 1661) no representa, y en algunas cosas contrarrepresenta, la mentalidad presente actual de la Iglesia respecto al enfermo. También la edición de 1927-28 del Prayer Book, aun con todos sus enriquecimientos y mejoras, necesita—se dice—revisión, refundición y ampliación a la luz de la reciente orientación de la Iglesia.

dades de índole mental y neurótica, la moderna psiquiatría reconoce la importancia de la colaboración del sacerdote, puesto que no pocas de aquellas enfermedades tienen base moral y espiritual, no menos que fisiológica. Ya en enero de 1931 pedía la Cámara de Representantes a la Cámara alta en la asamblea de Canterbury que se adoptasen medidas prácticas y graduales para llevar a efecto las principales recomendaciones de la Conferencia de Lambeth de 1930, y en particular las relativas a la unción e imposición de manos y cooperación con la profesión médica s 2 . Si en el Prayer Book de 1927-28 se incluyó la imposición de manos sobre el enfermo y se abrigaron esperanzas de que en la próxima revisión del Libro de la común oración para Inglaterra se incluiría una forma de administrar la unción, en otras Iglesias en comunión con la inglesa «la unción ya encuentra un lugar en el Prayer Book de América (1929), en el de la Iglesia episcopal de Escocia (1929) y en el libro alternativo de oficios ocasionales que ha salido reciente y autoritativamente para uso en la Provincia de África del Sur (1930)» 53 . 336. El autor de este comentario recuerda la práctica de la primitiva Iglesia acerca de los exorcismos, imposición de manos y unción; también el uso de cantos apropiados en la visita a los enfermos (quehoy frecuentemente tienen su paralelo en el uso de la radio, etc.). Se reconoce también que «las referencias (no muy numerosas) a la unción en los Padres, muestran claramente que una mucho mayor y más definida eficacia sacramental se atribuía a la unción, más que a la administración de pan bendito o de agua» 54 . Se recuerda que en la Cánones de Hipólito se pide para el obispo y presbítero, en su ordenación, «el poder de curar todas las enfermedades» 55 . También en las Constituciones apostólicas, al ordenar un presbítero, se pide «que esté lleno con los dones de la curación» 56. El uso de los exorcismos, que Ch. Harris considera en la historia de la Iglesia hasta nuestros días 57, n o es tanto objeto de nuestro presente estudio. El comentarista pasa a tratar del don de curación, que atribuye también a algunos laicos, los cuales pueden—dice—imponer las manos y aun ungir, pero convenientemente bajo el control de la jerarquía.

Para el cuidado de los enfermos, sobre todo en enferméis» Ibid., p.v. 5

0 Liturgy and Worship. A Companion to the Prayer Books of the Anglican Communion. Edited by W . E. Lowther Clarke-Ch. Harris (London, S.P.C.K., 1964). 51 C H . HARRIS, Visitation of the Sick. Unction, Imposition of Hands and Exorcism, en «Liturgy and Worship...» p.472-540.

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Ibid., p.473. Ibid., p.474. Ibid., p.477. 55 Can. 17. s « VIII 16. 57 Liturgji and Worship p.477-88. 53 54

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§ 11. En la Iglesia anglicana

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Hay oraciones de la antigüedad que rememoran la bendición sobre el aceite, que el fiel del laicado llevaba para uso y curación en su propia casa 5 8 . Pero la consagración del aceite para la unción de enfermos era practicada ordinariamente por el obispo; y en su ausencia, por un sacerdote 5 9 . Se observa que, aunque varios concilios de los siglos VIII y ix prohiben a los sacerdotes consagrar el crisma para la confirmación, no les prohiben bendecir el aceite para los enfermos co. El autor no duda en afirmar que, cuando es difícil tener aceite bendecido por el obispo, un sacerdote anglicano no debe vacilar en consagrar el que necesita 61 .

Al estudiar la tradición de las Iglesias orientales y al presentar el Euchologion, perteneciente probablemente al siglo vn, recalca la representación de la asamblea del pueblo en la administración de este sacramento; que es para enfermos de algún cuidado, pero también para los que pueden salir de casa; el sacramento es «una unción espiritual», y en el rito se insiste en la remisión de los pecados; se repite las veces que sea necesario 65 . Al analizar el Sacramentario de Serapión (cf. n.47ss) concluye, respecto de la unción, al carácter de sacramento y de curación espiritual y total de la persona que atribuyen a este rito las oraciones de este sacramentario 66.

337. El reciente pensamiento de la jerarquía anglicana podría condensarse en la siguiente relación de uno de sus arzobispos: «Estos ritos [de la unción y de la imposición de manos] tienen autoridad de la Escritura 62 y son sacramentales en el sentido de que se busca y se recibe una bendición realizando acciones externas y visibles». Siempre se espera una bendición espiritual en todas las ocasiones en que se administran estos ritos (si se reciben con las debidas disposiciones); «también en muchos casos, restablecimiento o mejora en la salud». Cuando, sin embargo, no se ha concedido mejora en la salud, se da por sentado que en compensación será otorgada alguna ventaja espiritual; p.ej., la gracia de soportar la enfermedad pacientemente. El informe es categórico al enseñar que la unción (con la adjunta ceremonia de la imposición de manos) es un ministerio para el alma primariamente, y que solamente a través del alma afecta al cuerpo beneficiosamente 6i.

339. Todos los puntos que trata a continuación: sobre la unción admitida en casos de enfermedades mentales y nerviosas (que con frecuencia tienen raíces de orden espiritual y moral, y por esto convenientemente se acude al sacerdote); sobre el perdón de los pecados como efecto de la unción; sobre el ministerio con los enfermos en el N.T., muestran el interés del autor y de la actual Iglesia de Inglaterra por el restablecimiento del rito de la unción 67 . Para algunos, sin embargo, quedará por aclarar con mayor nitidez si este rito de la unción debe entenderse como un mero «sacramental» (como lo es la imposición de manos al enfermo), o si se le debe dar un valor de «sacramento», como lo entienden los católicos y los ortodoxos.

338. Ch. Harris, el autor de este comentario, se extiende en probar que las curaciones por la unción e imposición de manos proceden del estado de fe del paciente y no de meras fuerzas psicológicas; y presenta diversos argumentos, sacados del Pontifical romano, del Ritual romano, del Sacramentarlo gregoriano y de la Traditio de Hipólito, para concluir el uso admitido de la unción en la tradición occidental 64 .

En los tiempos últimos 340. En los tiempos últimos (1974), en el Libro de oficios de la Novena Provincia de la Iglesia episcopal (de inspiración procedente de los Estados Unidos de América) 6S, encontramos la abierta admisión de la unción de los enfermos. He aquí en primer lugar la Bendición del óleo. «Será un obispo o un presbítero quien bendiga el óleo para la unción de los enfermos, usando esta forma. El óleo puede bendecirse inmediatamente antes de la unción, o bien, si se quiere usar en ocasiones subsiguientes, puede bendecirse en la eucaristía, inmediatamente antes del padrenuestro».

58 Cf. Cánones de Hipólito 28; Sacramentarlo de Serapión, «Oración relativa a la oblación (por los laicos) de aceite y agua; Const. Apost. VIH 4; etc.

C H . HARRIS, L a , p.483.

59 Ibid., p.484. 60 Ibid., p.485. «l Ibid. 62 Cf. Me 6,13; Sant 5,14 para la unción. Le 4,40; M t 8,3; Me 3,23 (16,18); Act 9,17, para la imposición de manos. 63 Liturgy and Worship p.485-86. 64 Ibid., p.485-501.

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Ibid., p.soi-503. Ibid., p.503-505. Ibid., p.505-i6. El autor de este comentario se alarga a continuación acerca de la curación de enfermedades mentales y psíquicas por medio de un tratamiento espiritual (p.516-28); y en explicar las características que debe tener una «visita de enfermos» (p.528-35). 68 Esta provincia comprende las regiones de Antillas, Méjico y América Central. 66

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«El Señor esté con ustedes. Y también contigo. Oremos. Señor, Padre santo, dador de la salud y la salvación: envía tu Santo Espíritu, te suplicamos, para santificar este óleo, a fin de que, así como tus santos apóstoles ungieron a muchos enfermos y los sanaron, igualmente sean sanados cuantos reciben con fe y arrepentimiento esta santa unción; por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén»69. El rito de la unción es como sigue: 341. Unción de los enfermos. «La unción de los enfermos puede tener lugar en las siguientes ocasiones: en el curso del ministerio a los enfermos y a los que sufren, en una celebración pública de la eucaristía, y un oficio por separado. «Cuando la unción tiene lugar en la eucaristía, es deseable que preceda a la distribución de la santa comunión; y se recomienda que tenga lugar inmediatamente después de la intercesión. »En casos de necesidad, un diácono o un laico puede ungir a los enfermos, usando óleo previamente bendecido por un obispo o un presbítero».

«Ministro: El Señor todopoderoso, amparo y fortaleza de cuantos en El confían, sea tu defensa ahora y por siempre, y te haga conocer que el único nombre dado a los hombres para salud y salvación es el nombre de nuestro Señor Jesucristo». *9 Libro de oficios. Uso experimental. Novena provincia de la Iglesia episcopal (1974) (Secretaría ejecutiva en San Salvador) p.163.

§ II. En la Iglesia anglicana

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UNCIÓN.

«El presbítero unge al enfermo en la frente—en otra parte cuando sea necesario—con óleo bendecido, diciendo:

»N., yo te unjo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Así como externamente eres ungido con este óleo santo, así también nuestro Padre celestial te conceda la unción interna del Espíritu Santo. Por su gran misericordia perdone tus pecados, te libre del sufrimiento y te vuelva la salud y la fortaleza. Que El te libre de todo mal, te preserve en toda bondad y te conduzca a la vida eterna; por Jesucristo nuestro Señor. Amén» 7 0 . Se admite también la imposición de manos en conexión con la unción o en lugar de esta unción; entonces puede decirse la siguiente oración: «IMPOSICIÓN DE MANOS

N., impongo las manos sobre ti en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Suplicando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a fin de que, ahuyentando toda enfermedad de cuerpo y alma, te conceda esa victoria de la vida y de la paz, que te ayudará a servirle ahora y siempre. Amén» 71 . 70 Ibid. p.l62S. 71 Ibid., p.163.

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El orden providencial

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CAPÍTULO

EL CRISTIANO

ANTE

XII

LA

ENFERMEDAD

La enfermedad es un hecho 342. Es un hecho, es una realidad. Un hecho evidente e innegable. La tortura de la enfermedad. La consunción y el desgaste que produce la dolencia. La tristeza y el abatimiento que proceden de la vejez. Es un hecho con el que hay que contar. Aunque haya seguros de enfermedad y seguros de vejez. Quizá por eso mismo, porque la enfermedad y la vejez acechan y alcanzarán su presa, por eso el individuo se previene, buscando una solución a la situación temida y esperada, en el sentido de aguardarla. Es un hecho que el organismo humano, como todos los organismos vivientes, tiene su ciclo de nacimiento, de desarrollo y de madurez; también de desintegración y decrepitud. Es ley biológica. Esta desintegración es, en el mejor de los casos, paulatina. Se irá prolongando a medida que suban el nivel de vida y los cuidados; pero la «catástrofe» llegará. 343. Ante esta realidad de toda vida orgánica, cabe pensar si necesariamente tiene que ser así; si, en otra hipótesis, no hubiera podido ser de otra manera. Y los cristianos sabemos que la pasibilidad y la muerte son, en el orden histórico, una consecuencia del pecado original de nuestros primeros padres. Según la descripción del Génesis, aquellos a quienes se les había prometido librarlos de la muerte si observaban el precepto divino (Gen 3,3), son castigados: la mujer, a los trabajos del alumbramiento y de la crianza (Gen 3,16); el varón, al trabajo de la tierra y a la muerte: Por ti será maldita la tierra; con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida; te dará espinas y abrojos y comerás de las hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado; ya que polvo eres, y al polvo volverás (Gen 3,17-19)'•

La muerte es mirada por San Pablo como una consecuencia histórica del pecado (Rom 5,12-17), y—según él—el premio o la soldada del pecado es la muerte (Rom 6,23). De ella hemos de hablar más adelante 1. El orden providencial Valores de la enfermedad 344. La situación histórica actual del hombre, con su organismo tarado y condenado a la muerte, entra en el plan providencial de Dios, que gobierna todas las cosas creadas y de ellas se sirve, aun de los pecados que ha permitido, para el bien mayor, sobre todo espiritual, de los hombres. Según esto, podremos preguntarnos cuáles son los fines pretendidos por Dios con la enfermedad y con la muerte en perspectiva. i.° La primera razón que se ofrece y el primer valor que descubrimos en la enfermedad es la autoconciencia de la propia debilidad, que es camino para la sincera humildad y para el arraigado sentimiento de la esencial dependencia respecto del Ser supremo. La experiencia de la enfermedad es una experiencia de vida apta para situar al hombre en su propio humilde lugar. 2. 0 La segunda razón y el segundo valor que aparece en la enfermedad, sobre todo si es con perspectivas de muerte, es despegarnos de las cosas de este mundo y del excesivo deseo de la vida temporal. Los bienes temporales, que están ligados al dolor y a la caducidad, no pueden entusiasmar excesivamente el ánimo, que está hecho para lo inmortal y a él aspira. 3. 0 La tercera razón es que la enfermedad, como todo lo costoso, exige esfuerzo y lucha; y forma para el esfuerzo. El ánimo educado en el esfuerzo, y no en lo fácil, tiene otro temple de fortaleza, que le ayudará en todas las etapas y circunstancias de la vida. Si la vida del hombre sobre la tierra es milicia (Job 7,1) y si el reino de los cielos sufre violencia, y los que emplean la violencia lo arrebatan (Mt 11,12), ya se ve (cualquiera que sea la 1 En el capítulo siguiente: El cristiano ante la muerte (11.359SS).

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El orden providencial

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interpretación que demos a este verso) que la ley del esfuerzo es ley de la vida del hombre para mejorarle en sus metas y en sus opciones. Sin esfuerzo no hay formación. 4. 0 Se añade una cuarta razón, ya que la experiencia del sufrimiento prepara para la compasión con el prójimo y para la generosidad del espíritu, si se acepta con la resignación en los planes divinos. 5.° Señalaremos también como valor de la enfermedad la maduración del espíritu y aquella sinceridad y elevación de ánimo propia de aquellos que han sido visitados por el dolor. Como decía una pobre anciana muy probada por la adversidad, pero al mismo tiempo serena y tranquila en su circunstancia: «Lo poco espanta y lo mucho amansa». El hombre es un aprendiz, y el dolor es su maestro. El Padre nos educa 345. La enfermedad se puede mirar como un castigo amoroso del Padre que nos educa. El aviso que daba San Pablo: Educad a vuestros hijos en la corrección y en el temor del Señor (Ef 6,4), es el que practica el mismo Señor con nosotros. ¿Os habéis olvidado de la exhortación, que, como a hijos, os habla: «Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor ni desfallezcas reprendido por El, porque el Señor corrige a quien ama y azota a todo hijo de quien se encarga»? Sufrís para [vuestra] formación. El Señor se conduce con vosotros como con hijos; porque ¿qué hijo hay a quien no castigue el Padre? Y, si estáis sin corrección, de la cual todos participan, es que sois bastardos y no hijos. Además, a nuestros padres de la carne los teníamos como correctores y los respetábamos. ¿No nos someteremos mucho más al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, a la verdad, nos educaban para pocos días, según les parecía bien a ellos; éste, en lo que conduce a participar de su santidad. Y toda corrección en el momento presente no parece ser de alegría, sino de tristeza; pero después devuelve a los ejercitados por ella un fruto apacible de justicia (Heb 12,5-11). 2

Cf. S. DEL PÁRAMO, Comentario a San Mateo, en La Sagrada Escritura. N.T. vol.i (Madrid !i96i) p.143.

El dolor y el castigo muestran la maldad del pecado. El que odia la corrección acorta su vida (Eclo 19,5). El ejemplo de Jesucristo y la asociación a sus pasiones 346. Siendo el plan providencial de Dios educarnos por el dolor, convenía que el Redentor y Salvador Jesucristo fuera probado en el dolor, y en El tuviéramos ejemplo. Isaías, el profeta, nos lo presenta como varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada (Is 53,3). Y continúa, aludiendo al carácter vicario de la satisfacción que Dios había exigido en El: Fue él ciertamente quien tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por castigado y herido por Dios y humillado. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre El, y en sus llagas hemos sido curados (Is 53,4s; cf. Mt 8,17; 1 Pe 2,24). A la vista de este ejemplo, no sorprende la palabra del Maestro a sus discípulos: El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y sígame (Me 8,34). 347. Para el cristiano existe la posibilidad de asociarse a la pasión del Salvador con el ejemplo de Jesucristo, contribuyendo a los efectos salutíferos de la pasión. La pasión y la muerte de Cristo fueron suficientísimas para expiar los pecados de toda la humanidad y para merecernos el perdón. Pero lo que objetivamente era suficiente para la redención, no excluía una comunicación sucesiva y paulatina de la redención en cada individuo y la colaboración (con la gracia de Dios ciertamente) para apropiarse los efectos de la redención. Ni se excluía la colaboración de cada uno para el aumento o crecimiento de la redención subjetiva en todo el organismo eclesial. Por eso pudo escribir San Pablo a los colosenses que ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y que lleno en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia (Col 1,24). Cristo lleva todavía su cruz en su Cuerpo místico 3 . 3

Es pensamiento de JERÓNIMO NADAL, Annotationes in Examen n . i o , en

Monum.Hist.S.I. vol.90: «Commentarii de Instituto S.I.» (Romae 1962) p.137; cf. M . NICOLAU, Jerónimo Nadal. Sus obras y doctrinas espirituales Unción de los enfermos

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Ejercicio del sacerdocio común 348. El cristiano puede, con sus dolores y sufrimientos, ofrecer al Padre, en unión con Jesucristo, los «sacrificios espirituales» de que hablaba San Pedro (1 Pe 2,5) cuando recordaba el sacerdocio común de todos los fieles. El cristiano enfermo o achacoso por los años tiene en su enfermedad y debilidad una manera de ofrecerse a sí mismo como hostia viva, santa y agradable a Dios, según el consejo de San Pablo (Rom 12,1). Todo ello es una manera muy positiva y muy práctica de ejercer aquel sacerdocio que todos los cristianos pueden practicar por estar sobreedificados, como piedras vivas, sobre la roca fundamental, Cristo Sacerdote. Así, con este ejemplo de vida y de fortaleza y aguante en el dolor, tal vez de una manera tácita anunciarán las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a su luz admirable (cf. 1 Pe 2,9). 349. Son los mismos pensamientos que ha propuesto el Vaticano II al exponer el sacerdocio común de los fieles: «los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo, para que por medio de todas las obras del cristiano ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a su luz admirable (cf. 1 Pe 2,4-10). Por ello, todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabanza a Dios (cf. Act 2,42-47), han de ofrecerse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rom 12,1), han de dar testimonio de Cristo en todo lugar»... 4 Es el mismo Vaticano II el que, al exponer el ejercicio del sacerdocio común por medio de los sacramentos, consideraba, en la unción de los enfermos, el carácter social de este sacramento, ya que «toda la Iglesia encomienda los enfermos al Señor paciente y glorificado»; y decía que los enfermos «contribuyen al bien del Pueblo de Dios asociándose a la pasión y muerte de Cristo» 5 . Se introdujeron en el texto conciliar importantes citas bíblicas para animar a los enfermos a unirse a las pasiones de (Madrid 1949) P.347S. Acerca del pensamiento bíblico sobre el sufrimiento, puede verse J. R. SCHEIFLER, El dolor a la luz de la S. Escritura, en Los sacramentos de los enfermos (Madrid 1974) p.23-39. 4 Lumen gentium n.ioa. 5 Lumengentiumn.il.

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Cristo: Si padecemos con El, seremos también conglorificados (Rom 8,17); llenaremos en nuestra carne lo que falta a las pasiones de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1,24); Si morimos con El, viviremos con El; si toleramos, reinaremos con El (2 Tim 2,ns). Y si los cristianos gozan al participar de las pasiones de Cristo, gozarán asimismo con exultación en la manifestación de su gloria (cf. 1 Pe 4,13). Todas estas citas, que son del concilio, ofrecen los pasajes bíblicos más notorios en orden a la asociación del cristiano paciente con Cristo paciente. Valores de la cruz 350. Si dar la vida por otro es la suprema manifestación de amor, porque es dar lo que más se estima (cf. Jn 15,13), aceptar la enfermedad y la muerte, entregando la vida como oblación y sacrificio por Cristo y en unión con Cristo, será suprema y última manifestación de amor. De esta suerte, el sufrimiento nos procura el medio de ofrecer la prueba del amor. En la cruz de Cristo y en Cristo crucificado está la fuerza de Dios y la sabiduría de Dios (cf. 1 Cor 1,24). Para atravesar el mar de este mundo, Dios nos ha dejado un madero: el madero de la cruz. Nuestros dolores y sufrimientos pierden su amargura cuando se elevan hacia el cielo; como las aguas del mar, que, al subir hacia arriba, dejan la sal y se hacen lluvia prometedora y fecunda. En medio del dolor, el cristiano puede caminar cantando. «Canta y camina», diría San Agustín. Las penas son alas para subir más arriba 6 . Como alguien ha dicho: «Si el dolor llama a tu puerta, no se la cierres, sino dale paso triunfal y siéntalo en un trono, porque es mensajero de Jesucristo y te trae sus dones». Jesús de Nazaret y los enfermos 351. Una expresión en que se compendia la obra de Cristo en los años de su vida pública en Palestina la dijo San Pedro en casa de Cornelio: Jesús el de Nazaret... «pasó obrando el 6 La expresión latina repite el mismo sonido de las palabras: «Pocnae sunt pennae...»

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bien y sanando» a los que habían caído en poder del diablo, porque Dios estaba con El (Act 10,38). Los evangelios no se cansan de ponderar la misericordia del Maestro con los dolientes y su constante curar a los enfermos. En toda clase de enfermedades, espirituales y corporales. Porque hubo, ciertamente, expulsiones del espíritu maligno no pocas veces (v.gr., Mt 8,28-34); y hubo también curaciones: del leproso (Mt 8,1-14; Me 1,40-45; Le 5,12-16), del hijo del centurión (Mt 8,5-13; Le 7,1-10), del paralítico (Mt 9,1-8; Me 2,1-12; Le 5,17-26), de una mujer hemorroísa (Mt 9,18-22), de ciegos (Mt 9,27-31; Jn 9), de muchos enfermos (Mt 8,14-17; Me 1,29-34; Le 4,38-41; Mt 14,34-36; Me 6,53-56), del paralítico de la piscina (Jn 5,5-13); curó en una tarde a todos los que estaban mal; se ve en estas sanaciones el cumplimiento de Isaías 53,4: Tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades (Mt 8,i6s). 352. La delicadeza de Jesús con los enfermos se muestra: a) En defenderlos de la acusación o creencia del vulgo, como si la enfermedad fuera siempre efecto del pecado personal o de los antecesores (Jn 9,1-3), aunque lo puede ser en algunos casos (cf. Jn 5,14). b) En no huir de ellos aun tratándose de enfermedades tenidas por contagiosas y repugnantes, como cuando tocó al leproso y lo curó (Mt 8,3). c) Más bien parece que Jesús se hace encontradizo con algunos, como cuando ve al paralítico de la piscina, que llevaba ya treinta y ocho años en su enfermedad, y le pregunta espontáneamente: ¿Quieres curar? (Jn 5,6). d) En algún caso, El mismo se ofrece a ir a la casa del enfermo, a la casa donde estaba el hijo del centurión (Mt 8,7). De otros enfermos ya muertos, sabemos que va a su misma casa para resucitarlos (Mt 9,23-25: la hija de Jairo; Jn 11,11-15: Lázaro). e) Jesús es el que ensalza la misericordia con los demás (Mt 5,7) y el que habita en el enfermo. Visitar al enfermo es visitar a Cristo (cf. Mt 25,36.445).

La Iglesia y los enfermos 353. La Iglesia ha heredado de Jesucristo el carisma de las curaciones. Los que creyeren en Cristo impondrán las manos sobre los enfermos, y se encontrarán bien (Me 16,17). El carisma de las curaciones se enumera entre las gracias gratis datas que se conceden para el bien de la comunidad de los fieles (cf. 1 Cor 12,30). La misericordia con los desvalidos, el visitarlos, es una de las manifestaciones de la religión sin tacha y del auténtico cristianismo (Sant 1,27). La Iglesia sabe que, al servir a los enfermos, sirve al mismo Cristo en los miembros dolientes de su Cuerpo místico. La hagiografía eclesial sabe de innumerables santos que dedicaron sus energías y las primicias de su conversión y apostolado al servicio de los enfermos. San Francisco de Asís, a raíz de su conversión, se dedicó al servicio de los leprosos, y esto fue un medio singular para que Dios le comunicara su gracia, como escribe en su Testamento1. A través de la historia, la Iglesia ha cuidado con solicitud de los enfermos de la sociedad y de las llamadas obras de caridad en hospitales, sanatorios, orfanotrofios... Y son incontables los institutos religiosos que se han dedicado y se dedican, con manifiesto testimonio cristiano, al cuidado de los enfermos y moribundos. La Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, los clérigos regulares de San Camilo de Lelis, la multitud de obras asistenciales de San Vicente de Paúl y de Santa Luisa de Marillac, las Hermanitas de los Pobres, las Hijas de Santa Teresa de Jesús Jornet: las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, las Siervas de María para la asistencia de los enfermos..., son algunas solamente de esas instituciones. Como se dice de los que visitan a los pobres y enfermos: que ellos son los visitados, por el crecimiento que experimentan 7 En el Testamento de San Francisco, que suele imprimirse después de su Regla, dice así el comienzo: «Dominus dedit mihi Fratri Francisco ita incipere faceré poenitentiam; quia cum essem in peccatis, nimis mihi videbatur amarum videre leprosos: et ipse Dominus conduxit me Ínter illos, et feci misericordiam cum illis. Et recedente me ab ipsis, id quod mihi videbatur amarum, conversum fuit mihi in dulcedinem animae et corporis. Et postea parum steti et exivi a saeculo».

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en las virtudes; los que se han consagrado al apostolado con los enfermos han conocido y visto experimentalmente la ocasión magnífica de practicar la compasión y la misericordia, que se ha transformado fácilmente en caridad sobrenatural acompañada de las virtudes de abnegación y de humildad. El visitante ha sido visitado. 354. Y si bien hoy día no pocas obras asistenciales pasan a ser incumbencia de la sociedad civil (por el más intenso espíritu cristiano que la informa) en la prosecución del bien común, todavía seguirán la Iglesia y sus miembros aplicándose a ellas y procurando que la beneficencia sea practicada por la caridad cristiana y no por mera filantropía humana. Los fieles que trabajan en esas instituciones organizadas por la sociedad civil son llamados a comunicar savia cristiana y motivación de caridad a sus quehaceres en favor de los enfermos, ancianos y menesterosos. Por todo ello se puede decir que la Iglesia no cesa de infundir un optimismo sano y bien fundado a todos los que sufren, haciéndoles comprender que pueden ser y son verdaderamente útiles al Pueblo de Dios, cooperadores eficaces de Jesucristo en su obra de redención y salvación. Las instituciones como la Obra en favor de los enfermos, la Unión de Enfermos Misioneros..., no dejan de recordarlo y de obtenerlo. 355. Pablo VI insistía recientemente «en la urgencia de las convicciones morales y espirituales [para el trato de los enfermos y su cuidado médico y pastoral], de las cuales la más fundamental y la más apasionante es—-decía al X Congreso Mundial de Enfermeras y Asistentes Médico-Sociales-—que vosotros tocáis sin cesar realidades sagradas. Ya se trate de niños que han de nacer, ya de personas ancianas, de accidentados o de necesitados de cura, de impedidos física o mentalmente, siempre se trata del hombre, cuya credencial de nobleza está escrita en las primeras páginas de la Biblia: Dios creó al hombre a su imagen (Gen 1,27). Por otra parte, se ha dicho a menudo que se puede juzgar de una civilización según su manera de conducirse con los débiles, con los niños, con los enfermos, con las personas de la tercera edad... »E1 hospital debe permanecer, o llegar a ser, el lugar humano por excelencia donde cada persona es tratada con dignidad;

La Iglesia y los enfermos

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donde experimenta, a pesar del sufrimiento, la proximidad de hermanos, de amigos. Los sentimientos de humanidad no deberían separarse de los cuidados hospitalarios». Debe conjugarse la técnica hospitalaria con la espiritualidad. «La Iglesia—continuaba Pablo VI—-está legítimamente orgullosa de la maravillosa caridad de tantos fundadores y fundadoras de órdenes hospitalarias y de todos aquellos que trabajan hoy en su cauce (sillage), en los institutos que aquéllos han dejado, o que han escogido como profesión esta dedicación abnegada al mundo que sufre, asumiendo en la fe este contenido»... 8 No faltan hoy día, además de los ya conocidos institutos religiosos que cuidan de los enfermos, desvalidos y ancianos, diferentes obras o asociaciones que quieren hacer llegar la palabra de consuelo a los enfermos 9 . 8 En la Alocución al X Congreso mundial del Comité internacional católico de enfermeras y asistentes médico-sociales (24 de mayo de 1974): L'Osservatore Romano, 24-25 de mayo de 1974, p.1.3. 9 Enumeramos algunas de ellas con su dirección, que tomamos del n.71 de Imágenes de la fe: «Señor, tu amigo está enfermo (Jn n.3)» (Propaganda Popular Católica, Madrid): Apostolado de los Enfermos (Lauria, 13. Barcelona-10).—Agrupa en España a más de 20.000 enfermos, a quienes envía periódicamente cartas, con las cuales fomentan su espiritualidad, invitándoles a ofrecer sus dolores y oraciones por la Iglesia, el papa, los pecadores y los grandes intereses apostólicos del mundo. Unión de Enfermos Misioneros (Fray Juan Gil, 5. Madrid-2).—Es filial de las Obras Pontificias para la Propagación de la Fe. Anima a los enfermos a ofrecer sus dolores por las Misiones entre infieles. Dirigirse en cada país a la Dirección Nacional de las Obras Misionales. Sinaí (Apartado 112. Linares [Jaén]).Con espíritu apostólico, los enfermos se agrupan en equipos de doce miembros, y cada equipo se fija un objetivo apostólico concreto. Fraternidad Católica de Enfermos.—«Un movimiento del enfermo por el enfermo que quiere llevar a todos la caridad de Cristo. Pretende desarrollar también las posibilidades naturales y espirituales que hay en el enfermo». Auxilia (Apartado 12.056. Barcelona).—Es una asociación para ayudar a la cultura de los enfermos. Organiza cursos por correspondencia para enfermos crónicos e inválidos. Es de origen francés y se ha extendido por muchos países. Secretariado Internacional de Enfermos (49, rué Saint Sauveur. 55 Verdun [Francia]).—Para España: Montserrat, 30. Madrid-8. Se puede también consultar A. SOPUERTA, Asociaciones y fraternidades de enfermos, en Los sacramentos de los enfermos (Madrid 1974) p.213-221.

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Sacramento en la enfermedad

356. Santo Tomás habla de la conveniencia de un sacramento para el caso de la enfermedad. «A veces—dice—, de la enfermedad del alma que es el pecado, se deriva al cuerpo la enfermedad, por dispensación divina. Y esta enfermedad corporal algunas veces es útil para la salud del alma, en cuanto que el hombre soporta humilde y pacientemente la enfermedad corporal, y así se le computa como pena satisfactoria. Pero otras veces la enfermedad impide la salud espiritual, en cuanto que por causa de la enfermedad corporal se impiden las virtudes. Fue, pues, conveniente que se aplicara alguna medicina espiritual contra el pecado, en cuanto que del pecado se deriva la enfermedad corporal; y por esta medicina espiritual sana algunas veces la enfermedad corporal; a saber, cuando conviene para la salvación. Y a esto se ha ordenado el sacramento de la extremaunción, del que habla Santiago (5,143)»... 10 Entre todos los recursos que aplica la Iglesia, como madre solícita, en favor de sus hijos enfermos, sobresale el sacramento de la unción de los enfermos. Depositaría y administradora de los sacramentos que le concedió su Esposo Jesucristo, la Iglesia emplea la sagrada unción del aceite, junto con la oración, para el alivio de los enfermos n . 357. El apóstol Santiago, en un contexto de consolación para los tristes, promulgó este sacramento en su carta inspirada. Como remedio para la tristeza aconseja la oración (Sant 5,13), porque, en efecto, la oración a Dios es el remedio para alcanzar 10

Contra gentes I.4 c.73. En orden a la pastoral de enfermos señalamos los siguientes libros: J. M . FERNÁNDEZ, El Kempis del enfermo (Madrid, Soc. Educación Atenas, 7 i972); J. G. GALDEANO, Pastoral de los enfermos (Madrid, Ed. Perpetuo Socorro, 1973); L. DE MENDIJUR, La unción de los enfermos (Madrid, Ed. Studium, 1966); P. FEDRIZZI, L'unzione degli infermi e la sofferenza (Padova, Ed. Mesaggero, 1972): X. LÉON-DUFOUR, art. Enfermedad, curación, en Vocabulario de teología bíblica (Barcelona, Ed. Herder, 1965) p.237-40. Indicamos también los siguientes artículos, que pueden ayudar en orden a la misma pastoral: I. OÑATIBIA, Sentido misionero de la unción de enfermos: Misiones Extranjeras n.49 (1966) 89-100; H . R. PHILIPPEAU, La maladie dans la tradition liturgique et pastorale: La Maison-Dieu n.15 ( J 948) 53-8i; A. PIOLANTI, Estrema Unzione e Corpo místico. Coordinamentó di testi di S. Tommaso: Euntes Docete 8 (1955) 539-77; J. LECLERCQ., Du sens chrétien dans la maladie: La Vie Spirituelle 53 (1937) 136SS; cf. Scuol Catt (1966) p.47*. 11

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la desaparición o disminución de todo lo que puede entristecer el ánimo: el pecado, la pusilanimidad, la desconfianza, la tribulación no soportada... En ese mismo contexto propone la hipótesis de quien está con ánimo sereno y tranquilo. A éste le recomienda el uso de los salmos: ¿Está de buen ánimo? Salmodie (Sant 5,13). Para la hipótesis de la enfermedad propone como remedio hacer llamar a los representantes del Señor, a los presbíteros de la Iglesia, y que éstos oren. Siempre el remedio de la oración; en este caso, una oración oficial de la Iglesia por medio de sus presbíteros... Pero no es sólo la oración; los presbíteros, junto con la oración, deben ungir con aceite al enfermo en el nombre del Señor. Se trata de un rito significativo en que entra el gesto o la acción simbólica y la oración... Y se piensa que será un rito eficaz, porque esta oración de la fe salvará al enfermo y el Señor lo levantará o lo aliviará. Todas son palabras de esperanza para el enfermo: «lo salvará», «lo levantará», «lo aliviará». Y, si estuviere en pecados, se le perdonarán. Todavía otro motivo de alivio y de consolación en la tristeza. La dinámica de la unción de los enfermos va, pues, encaminada directamente a salvar al enfermo y a aliviarlo. En este contexto se habla; es un contexto de esperanza y de consolación. El simbolismo de los componentes de este sacramento está en la misma línea. El aceite y la unción dicen confortación, calor y agilidad en el organismo. Dicen fuerza y euforia que se adquieren. La oración que acompaña a la unción dice confianza psicológica y seguridad en el poder y en la misericordia de Dios. Por esto, la resultante y los efectos directos del sacramento con que la Iglesia cuida a sus enfermos son efectos de consolación y fuerza psicológica que aun por sí solos son aptos para contribuir a la sanación corporal. Tan lejos está este sacramento de ser un sacramento para los desahuciados de la vida. 358. Pero es claro que, según el orden normal, muchos enfermos graves (para quienes es este sacramento) no superarán la enfermedad. Para ellos será el «sacramento de los que se van». Pero será un irse confortados también por la fuerza psico-

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Teología de la muerte

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lógica que les comunicará la unción, con la oración a Dios, administrada por los presbíteros de la Iglesia. También para éstos será un sacramento de fuerza y de consolación para el trance que parece el más amargo de la vida. Así, la Iglesia, madre solícita, utilizando lo que fue instituido por su esposo Jesucristo, cuida de sus hijos dolientes y enfermos, y a los que van a morir los prepara con la gracia de Dios y con la fuerza psicológica para el último combate. Se armoniza perfectamente que este sacramento sea, para la enfermedad de cuidado, tanto para contribuir a sanar al enfermo como para fortalecerle en su último trance, si hubiere llegado su hora. El viático es, con todo, el alimento para el camino hacia la eternidad 12. Es—diríamos con frase de Pereda—tener «el práctico a bordo» para la entrada en el puerto definitivo. 12 Como no podía ser de otra manera, también para K. Rahner la eucaristía es el sacramento de la esperanza escatológica (La Iglesia y los sacramentos [Barcelona 1964] p.123). Recuerda los conocidos textos de Santo Tomás (esto nobis praegustatum mortis in examine) y de San Ignacio de Antioquía (fármaco de inmortalidad); a los cuales hubieran podido agregarse los pasajes evangélicos de Jn 6,48-51 y Jn 6,54-57 sobre los efectos de vida eterna e inmortalidad y de resurrección que produce la eucaristía (si alguno comiere de él, no morirá; vivirá eternamente; yo le resucitaré en el día novísimo...). La recepción de la eucaristía—añade Rahner—«es hasta tal punto "último sacramento', que el cristiano tiene verdadero deber de comulgar a la hora de la muerte, cosa que no se puede afirmar en el mismo grado de la unción de los enfermos [cf. supra, n.24iss]. Este modo de ver—continúa—, en sí correcto, no debe inducir a sacar la conclusión de que la eucaristía sea el sacramento de los moribundos—que realmente debe existir—• y que además de ella no puede haber ni hay ningún otro» (ibid., p.124). Este autor piensa que también la unción de los enfermos es la expresión de la esperanza escatológica (ibid., P.124S). Sin negar nosotros que también la unción pueda considerarse como tal esperanza (todo sacramento puede significar la gloria como futura; cf. Teología del signo sacramental n.103), hay además en la unción razones especiales para implicar esta esperanza en la confortación del enfermo que se pretende; creemos, sin embargo, que la finalidad directa de la unción es la sanación completa del hombre, según lo que antes hemos dicho (n.204ss).

CAPÍTULO

EL CRISTIANO

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XIII

ANTE

LA

MUERTE

Teología de la muerte * El hecho 359. También aquí hay que comenzar por el hecho. Es fácil reconocer que todos estamos amenazados de muerte, bien por causas internas al organismo, bien por causas externas. Las causas internas pueden ser la enfermedad o las enfermedades de algunos órganos o miembros del cuerpo, las cuales, ai desarrollarse e invadir el organismo viviente, comprometan su equilibrio general; o puede ser la consunción, que, por el cansancio celular o la decrepitud total, desintegra la armonía y la cohesión del ser vivo. Las causas externas de la muerte pueden ser las lesiones producidas por accidentes, o heridas provenientes de catástrofes naturales (terremotos, naufragios...), de hechos fortuitos, guerras y enemigos... A esta realidad existencial con la que hay que contar, muchas veces se agregan los dolores físicos de la enfermedad o los dolores psíquicos y morales de la misma dolencia o de su entorno. Con razón se puede decir que la muerte es, de suyo, amarga. ¿Así separa la muerte amarga? (1 Re 15,32). Y con frecuencia se añade la venida inesperada, que podría decirse que sólo un paso hay entre yo y la muerte (1 Re 20,3), o también que la muerte sube por nuestras ventanas (Jer 9,21). 1 Puede verse sobre este argumento: SAN AMBROSIO, De bono mortis: P L 14,559-96; J. DANIÉLOU, Doctrina de los Santos Padres sobre la muerte, en El misterio de la muerte y su celebración (Buenos Aires 1952) p.94109; ARISTÓNICO MONTERO, Reflexión teológica sobre la muerte cristiana: Studium 9 (1969) 89-103; K. RAHNER, Zur Theologie des Todes (Freiburg i. B. 1958); trad. Sentido teológico de la muerte (Barcelona 1965).

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P.IV c.13. El cristiano ante la muerte Teología de la muerte

Causas de la muerte 360. Como primera causa se podrá pensar, según queda dicho, en la desintegración que es connatural a todo ser vivo material; como ley biológica, a la que antes hemos aludido (n.342). Se podrá añadir la fragilidad del organismo humano, cuyo equilibrio biológico puede perturbarse tan fácil e inesperadamente... Causa histórica Pero, sobre todo, interesa a la teología constatar, como causa histórica de la muerte, la introducción del pecado en el mundo. San Pablo lo afirma hablando de Adán: Por un solo hombre entró el pecado en este mundo; y por el pecado, la muerte, «y así pasó la muerte a todos los hombres, por razón de que todos pecaron» [con el pecado original]... (Rom 5,12). Este pensamiento no es pasajero; se repite en este mismo capítulo de la carta a los Romanos: ... la muerte reinó desde Adán a Moisés aun en aquellos que no pecaron a imitación de la transgresión de Adán [así en los niños, porque cada uno de ellos tenía su pecado de origen, bien que no tuvieran culpa personal, como la tuvo Adán] (Rom 5,14). Por la falta de uno solo, muchos fueron sentenciados a la muerte... (Rom 5,15). Por causa de uno solo reinó la muerte... (Rom 5,17). Y el pecado de Adán se atribuye, en definitiva, a la seducción del diablo. El libro de la Sabiduría lo proclama al decir que, por la envidia del diablo, la muerte entró en el mundo (Sab 2,24). El estipendio, la soldada del pecado, es la muerte (Rom 5,23). Y el aguijón de la muerte es el pecado (1 Cor 15,56). Como sentenciando, se oirán estas palabras del autor de la carta a los Hebreos: Ha sido fijado para los hombres que mueran una vez (Heb 9,27). Pero, si la razón histórica de la muerte de los hombres es el pecado, que es contra la intención de Dios, bien puede decirse que Dios no hizo la muerte, ni se alegra en la perdición de los seres vivos (Sab 1,13).

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Los Santos Padres sobre la muerte 361. El hombre estaba destinado a la inmortalidad. No por condición natural, pero sí por gracia del Creador. San Cipriano, escribiendo (a.256) sobre la paciencia y el pecado de los mismos padres, lo afirma expresamente: «Puesto que en aquella primera transgresión del precepto se evacuó la firmeza del cuerpo junto con la inmortalidad y vino la enfermedad junto con la muerte, y puesto que no puede recibirse la firmeza si no se recibiere la inmortalidad, debemos siempre luchar y pelear con esta fragilidad y enfermedad del cuerpo... El diablo llevó de mala manera que el hombre hubiese sido hecho a imagen de Dios; por eso pereció el primero y perdió. Adán, contra el precepto celestial, impaciente por tomar la comida mortal, cayó en la muerte y no conservó, con la guarda de la paciencia, la gracia que había recibido de Dios» 2 . 362. San Atanasio habla de esta manera (a,318): «Los hombres, al descuidar y rechazar la contemplación de Dios, pensando y procurando para sí el mal..., cayeron así miserablemente en la condena de muerte que les había sido denunciada. Ni después de esto permanecieron como habían sido creados; sino que, según lo pensaban, se corrompieron, y la muerte, como quien reina, los dominó. Porque la transgresión del mandato los devolvió a su naturaleza, para que así como no eran al ser creados, así merecidamente padecieran con el tiempo la corrupción en el ser... »Porque Dios no sólo nos hizo de la nada, sino que también nos concedió vida según Dios por gracia del Verbo divino. Mas los hombres, apartados de lo eterno y por consejo del diablo, volviéndose a las cosas corruptibles, se hicieron a sí mismos causa de la corrupción que hay en la muerte, siendo, como he dicho, corruptibles por naturaleza; pero, por gracia de la participación del Verbo, hubieran escapado de su condición natural si hubieran permanecido buenos, puesto que por el Verbo, que estaba con ellos, la corrupción natural no se hubiera acercado a ellos» 3 . 363. Esta doctrina la repite y resume claramente San Agustín (a.401-15): «Aquel cuerpo [del hombre], antes del pe2 3

De bono patientiae 17.19: CSEL 3,i,4ogs; PL 4,6335; R 566S. Oratio de incarv.aiione Verbi 4S: PG 25,1043; R 74QS.

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cado, puede decirse que era mortal según una razón, e inmortal según otra razón; esto es, mortal, porque podía morir; inmortal, porque podía no morir. Porque una cosa es no poder morir, como ciertas naturalezas inmortales creadas por Dios, y otra cosa es poder no morir, según la manera con que el primer hombre fue creado inmortal. Lo cual a él se le concedía por el árbol de vida, no por su constitución natural; del cual árbol fue separado después de pecar, para que pudiera morir; el cual, si no hubiera pecado, pudiera no morir. Era, pues, mortal por la condición de su cuerpo animal, inmortal por beneficio del Criador» 4 . 364. Después de lo dicho por San Agustín, parece clara la razón de esta mortalidad natural que es propia de la naturaleza humana. La inmortalidad es un don preternatural. Quiere esto decir que no es debido a la naturaleza humana, porque no constituye esta naturaleza, puesto que sigue siendo la misma ora sea mortal, ora inmortal; ni la inmortalidad es propiedad que se sigue de la naturaleza del hombre, la cual, por su misma composición, es desintegrable y se puede disolver (la unión del alma y cuerpo y el ser corpóreo); ni la inmortalidad puede ser exigida, porque el cuerpo tiende a la disolución, pudiendo el alma seguir viviendo fuera de él. El deseo de felicidad perfecta y permanente mediante la unión perpetua del alma con el cuerpo es un apetito natural que hace que, sobre todo, aborrezca la muerte el apetito sensitivo; pero el apetito racional parece que podría vencer y superar el deseo de vida 5 . El Magisterio de la Iglesia 365. El Magisterio de la Iglesia ha recordado la condición preternatural de la inmortalidad en el hombre. Así, al condenar (a.1567) la siguiente proposición de Miguel Bayo: «La inmortalidad del primer hombre no era beneficio de la gracia, sino condición natural» 6 . También Pío VI al reprobar (a. 1794) una proposición del pseudosínodo de Pistoya: «La proposición enunciada de esta 4

De Genesi ai litteram 6,25,36: CSEL 28,2,197; P L 34,354; R 1699. Cf. LERCHER-PROFESS. CANISIANI, Institutiones Theologiae Dogmatícele II (Barcelona 1945): De Deo elevante c.2 a.2 n.629. 6 Prop.78: Dz-Sch 1978 (1078). 5

Teología de la muerte

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manera: 'Enseñados por el Apóstol, esperamos la muerte, no ya como condición natural del hombre, sino, en verdad, como justa pena de la culpa original'; en cuanto que, alegando fraudulentamente el nombre del Apóstol, insinúa que la muerte, que en el estado presente es justa pena del pecado por la justa substracción de la inmortalidad, no era condición natural del hombre; como si la inmortalidad no fuera un beneficio gratuito, sino condición natural: es proposición capciosa, temeraria, injuriosa al Apóstol y ya antes condenada» 7 . Por todo lo dicho, el carácter preternatural de la inmortalidad en el hombre es doctrina común entre los teólogos y enseñanza cierta de la Iglesia. La muerte, absorbida en la victoria de Cristo 366. Precisamente por la muerte, Cristo nos rescató, porque El vino a dar su vida como rescate por la multitud (Mt 20, 28). Y por la muerte destruyó al que tenia el imperio de la muerte, esto es, al diablo (Heb 2,14). Jesucristo, «el primero y el novísimo», el que está vivo y estuvo muerto y vive por los siglos de los siglos (Ap 1,18). Es el que murió, pero es el que resucitó... y está sentado a la diestra de Dios... e intercede por nosotros (Rom 8,34). El es el que destruyó la muerte e iluminó la vida (2 Tim 1,10). «El que cree en mí no morirá para siempre» 367. Esta victoria de Cristo sobre la muerte se transmite al que cree en El. El que cree en El tendrá la esperanza de la resurrección: Yo soy—dijo el Maestro—la resurrección y la vida; el que cree en mí, aun cuando hubiere muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre (Jn n,2Ss). La enseñanza del apóstol Juan coincide con las del apóstol Pablo. En la victoria y por la victoria de Cristo sobre la muerte, el cristiano vence y supera su propia mortalidad: Conviene que esto corruptible se vista de incorrupción y que esto mortal se vista de inmortalidad. Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: «La muerte ha sido absorbida para victoria. ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria? 7 Dz-Sch 2617 (1517); cf. ibid., 1978 (1078).

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¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón?» El aguijón de la muerte es el pecado. Y la fuerza del pecado es la ley (i Cor 15,53-56; cf. Os 13,14).

da la posibilidad de comunicarse en Cristo con los hermanos queridos arrebatados ya por la muerte, dando esperanza de que habrán alcanzado la verdadera vida en Dios» 10 . La vigilante espera del cristiano

El enigma de la muerte ante el concilio 368. El concilio Vaticano II ha querido exponer a la consideración del mundo el gran enigma que halla el profano al contemplar el hecho y el misterio de la muerte. Pero al mismo tiempo ha querido recordar a todos el pensamiento cristiano de la muerte y la solución que ofrece a este misterio: «El enigma de la condición humana se hace máximo ante la muerte. El hombre es atormentado no sólo por el dolor y con la progresiva disolución del cuerpo, sino también, e incluso más, con el temor de la extinción para siempre. Rectamente juzga con el instinto de su corazón cuando tiene horror y desecha la total ruina y definitivo fin de su persona. La semilla de eternidad que lleva en sí, como sea irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los inventos intentados por la técnica, aunque útilísimos, no son capaces de calmar la ansiedad del hombre, pues ninguna prolongación de la longevidad biológica es capaz de satisfacer aquel deseo de una vida ulterior que radica ineluctablemente en su corazón. «Aunque, frente a la muerte, toda imaginación se detiene, la Iglesia, sin embargo, enseñada por la divina revelación, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un fin dichoso más allá de los límites de la miserable vida terrestre. Incluso la muerte corporal, de la que se habría substraído el hombre de no haber pecado 8 , la fe cristiana enseña que será vencida cuando el hombre sea restituido, por el omnipotente y misericordioso Salvador, a la salvación, perdida por su culpa, pues Dios llamó y llama al hombre para que se le adhiera a El con toda su naturaleza en la perpetua comunicación de una incorruptible vida divina. Cristo alcanzó esta victoria, liberando al hombre de la muerte con su propia muerte y resucitando para la vida 9 . Así, pues, a cualquier hombre que piense, ofrece la fe una respuesta, unida a sólidos argumentos, para sus ansiedades sobre la suerte de la vida futura; y al mismo tiempo le 8

Cf. Sab 1,13; 2,23-24; Rom 5,21; 6,23; Sant 1,15. ¡> Cf. 1 Cor 15,56-57.

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369. Es aviso del Señor. La parousia, la presencia y venida del Señor, será cuando menos se piense. Es necesario vivir alertados, como lo indica la parábola de las doncellas necias, que olvidaron el aceite de la lámpara, para estar prevenidas (Mt 25,1-12). O la parábola del siervo que espera la vuelta del señor: «Que vuestros lomos estén ceñidos [en actitud de servicio] y con lámparas encendidas en vuestras manos» [que pueden significar la fe viva, la caridad, la vigilancia], y vosotros semejantes a los que esperan la vuelta de su señor de las bodas, para que, cuando viniere y llamare, le abran al instante (Le I2,35s). Comentará San Gregorio Magno que «el Señor llama cuando, por las molestias de la enfermedad, significa que la muerte está cercana. Y le abrimos al instante si le recibimos con amor. Porque no quiere abrir al juez que llama el que tiene miedo de salir del cuerpo y tiembla de ver al juez que ha despreciado. Pero el que está seguro de su esperanza y de su obra, al instante abre al que llama, porque con alegría soporta al juez; y, cuando llega el tiempo de la muerte vecina, se regocija por la gloria de la retribución» n . Estad preparados, porque en la hora que no penséis vendrá el Hijo del hombre (Le 12,40). Acuérdate que la muerte no tarda (Eclo 14,12). L a muerte del justo 370. La muerte de los pecadores es pésima (Sal 33,22); echados al «seol», la muerte los apacentará (Sal 48,15). En cambio, es preciosa, en la presencia de Dios, la muerte de los santos (Sal 115,15). Se acuerdan, con la suprema indiferencia de quien está en 10

Gaudium et spes n.18. n Hom. 13 ¡n evang. (c.12 de Le): PL 76,1124. Unción Je los enfermos

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manos del Señor, de que el Señor es quien tiene poder de vida y de muerte y que nos lleva hasta las puertas de la muerte y nos retorna (Sab 16,13). El amor es fuerte como la muerte (Cant 8,6). El justo está cierto que ni la muerte ni la vida le podrán separar de la caridad de Jesucristo (Rom 8,38). Para el justo, todas las cosas, y entre ellas la muerte, son para el servicio de Cristo (cf. 1 Cor 3,22s). Porque, «si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor»; y ora vivamos, ora muramos, somos del Señor (Rom 14,8). Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor (Ap M.13). Confianza en la muerte 371. La Sagrada Escritura avisa que es mejor la muerte que la vida amarga (Eclo 30,17), y también que es mejor el día de la muerte que el día del nacimiento (Ecle 7,2). Sin duda porque, para los buenos y creyentes, la muerte es el comienzo de una vida mejor. En contraste con los no creyentes. La esperanza de quien no tiene fe es vacía. Su apetencia es sólo para las cosas de este mundo. En ellas quiere apurar un sorbo de felicidad que se escapa y se termina. Así los describe la Sabiduría: Dicen los que razonan con error: «Breve y triste es el tiempo de nuestra vida; no hay remedio para el fin del hombre, ni se conoce a nadie que haya vuelto del hades. Porque por azar venimos a la existencia, y después de esto seremos como si no hubiéramos existido, ya que humo es el aliento en nuestras narices; y el pensamiento, una centella de los latidos de nuestro corazón. Cuando ésta se extinga, el cuerpo se convertirá en ceniza y el espíritu se disipará como niebla ligera. »Nuestro nombre caerá en el olvido con el tiempo, nadie se acordará de nuestras obras. Nuestra vida pasará como rastro de una nube y se disolverá como niebla perseguida por los rayos del sol y abatida por su calor, pues nuestra existencia es paso de una sombra y no hay retorno de nuestro fin, porque, puesto una vez el sello, nadie vuelve sobre sus pasos. »Venid, pues; gocemos de los bienes presentes y usemos de las criaturas, como en la juventud, afanosamente. Llenémonos de vinos exquisitos y de perfumes y no dejemos pasar una flor de prima-

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vera. Coronémonos de capullos de rosas antes de que se marchiten. Que ningún prado quede exento de nuestra jarana; dejemos por todas partes señales de nuestra alegría, porque ésta es nuestra parte y nuestra herencia»... (Sab 2,1-9) 12 . 372. Esta espera, que es efímera y caduca, terrena y grosera, es muy distinta de la esperanza del justo. Su fuerza y su alegría están en el Señor: «Pero los justos—dice la Sabiduría—están en manos de Dios y ningún tormento les tocará. A los ojos de los insensatos pareció que habían muerto, y su partida (de este mundo) fue juzgada como una desgracia, y su salida de entre nosotros, una ruina; pero ellos están en paz. Pues, aunque ante los ojos de los hombres han sido castigados, su esperanza [estaba] llena de inmortalidad. Corregidos un poco, recibirán grandes beneficios, porque Dios los probó, y los encontró dignos de sí. Como oro en el crisol los probó y como sacrificio de holocausto los aceptó»... (Sab 3,1-6). La confianza en el Señor es la fortaleza de los buenos: Aunque caminare en medio de sombra de muerte, no temeré los males, porque tú estás conmigo (Sal 22,4). La apetencia del justo se dirige, sobre todo, a los bienes de arriba: ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo (Rom 7,24s). Y en la muerte contempla el inicio de una vida más feliz: Será engrandecido Cristo en mi cuerpo, ora sea por la vida, ora por la muerte (Flp 4,20). Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir ganancia (Flp 4.2i)Fidelidad y fecundidad hasta la muerte 373. En los oídos del cristiano resuenan las palabras de esperanza escatológica: Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de vida (Ap 2,10). Si el tiempo de merecer termina con la muerte, se acordará el justo que es menester aprovechar este tiempo con codicia mientras llega la hora última. Su deseo será, sí, el muera mi alma la muerte de los justos (Núm 23,10). Pero dirá también con el 12 Seguimos en buena parte la traducción de La Sagrada Escritura AT 4 (Madrid 1969) p.640-42.

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Teología de la muerte

Señor: Conviene que yo obre mientras es de día; viene la noche, y ya nadie puede obrar (Jn 9,4). La fecundidad de su vida la deseará hasta el último instante. Y la manera de dar fecundidad al último instante, como para darlo al penúltimo y a todos los momentos, es la imitación de la pasión y de la muerte de Cristo y la unión con Jesucristo Señor. Escribió San Ignacio para ese trance del que muere: «Como en la vida toda, así también en la muerte, y mucho más, debe cada uno... esforzarse y procurar que Dios nuestro Señor sea en él glorificado y servido, y los prójimos edificados, a lo menos del ejemplo de su paciencia y fortaleza, con fe viva, esperanza y amor de los bienes eternos que nos mereció y adquirió Cristo nuestro Señor con los trabajos, tan sin comparación alguna, de su temporal vida y muerte» 13 . Si por el bautismo ha sido el cristiano consepultado con Cristo en representación de su muerte y sepultura (cf. Rom 6,4), ahora, por la muerte real, el cristiano tiene la manera de morir con El y sepultarse con El, no en símbolo, sino en realidad..., para resucitar con El. Podrá decir, con analogía a San Pablo: Somos entregados a la muerte por Jesús, para que la vida de Jesús se manijieste en nuestra carne mortal (2 Cor 4,11).

son los condensados en las siete palabras"que desde ella pronunció; los siete pámpanos que produjo esta vid mística 15, a cuya sombra es dulce descansar: a) Cristo antes de morir perdona a sus enemigos y ruega por ellos: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Le 23,34)b) Manifiesta su gratitud al que vuelve por El ante los enemigos, al buen ladrón: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Le 23,43). c) Encomienda su Madre al discípulo amado, y éste a su Madre: fíe aquí a tu hijo, he aquí a tu Madre (Jn ia,26s). d) Tiene la conformidad del justo en el dolor y en la desolación: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27,46; Me is,34)e) Expresa su sed: Tengo sed (Jn 19,28), que es también expresión de una sed insaciable del bien de las almas. f) Ha querido cumplir todo lo que el Padre le había señalado: Todo está cumplido y llevado al término (Jn 19,30). g) Encomienda a Dios su espíritu: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Le 23,46).

Sacrificio con Cristo en la cruz 374. La ascética cristiana ha visto en el lecho de muerte un altar. Sobre este altar hay una hostia. Esta hostia límpida y esta víctima es el enfermo que, en unión con Jesús, ofrece su vida al Padre en ofertorio sublime. Como Jesucristo en la cruz se ofrece al Padre por todo el mundo, así el enfermo o moribundo cristiano se ofrece al Padre con Cristo por la santa Iglesia y por el mundo entero. i.° Con la voluntaria aceptación de la muerte: «Señor, Dios mío, ya desde ahora recibo de tu mano con ánimo tranquilo y gustoso cualquier género de muerte, con todas sus angustias, penas y dolores que quisieras enviarme» 14. 2. 0 Con los sentimientos del corazón de Jesucristo en la cruz: !3 Constit. S. I. p.6. a c.4 n.i [595]. Gf. Enchiridion indulgentiarum (a.1950) n.638 p.49.

14

245

El rezo de Completas 375. La Iglesia prepara a sus ministros y a sus fieles para el trance de la muerte, y los ensaya cada noche para entonces en el rezo de Completas. Previo el Confíteor y la absolución de los pecados, junto con la confianza en el que vela, el cristiano se entregará al sueño, que es imagen de la muerte cristiana porque la muerte es un descanso para despertar. El cementerio tiene nombre que equivale a «lugar de los que duermen» y la expresión «dormir en el Señor» es antigua en la literatura del N.T. (cf. 1 Tes 4,12; 1 Cor 7,39; 15,20). Los salmos que promueven la esperanza cristiana en medio del dolor y de la tribulación (Sal 4 90 85 142 30 129 15 87) son los que la Iglesia pone en boca del orante antes de que se entregue al sueño. El responsorio: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu», son palabras eco exacto de las pronunciadas por Cristo en la cruz antes de expirar. Y las otras: «Me 15 Cf. SAN BUENAVENTURA, Vítis mystica c.6-13, en Opera (Quaracchi) 8,i7i-79-

246

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Teología de la muerte

has rescatado, Dios de toda fidelidad», confirman la esperanza del que ha puesto toda su confianza en el Señor. El Nunc dimittis (Le 2,29-32), como cántico de la noche, son las inspiradas palabras del anciano Simeón, que, contento de haber visto la salvación de Dios preparada ante la faz de todas las naciones, la luz para ser revelada a los gentiles..., se dispone en manos de Dios para ser desatado del cuerpo... Las oraciones finales reavivan los sentimientos de la resurrección del Señor y de la luz del nuevo día... Ni falta la antífona mañana, que es prenda de intercesión y de materna protección.

Francisco Suárez (1548-1617) dijo en su última enfermedad: «Nunca hubiera creído que fuera tan dulce morir» 17. Porque, en efecto, «para los buenos, la muerte y la vida es dulce» 18 .

La muerte de los santos 376. La muerte de los santos no produce espanto ni tristeza; produce paz, serenidad y confianza en aquellos que tienen la dicha de contemplarla. Para recordar solamente alguna mencionaremos la de Santo Tomás de Aquino (f 7 de marzo de 1274), el cual, al dirigirse a Lyón para tomar parte en el segundo concilio ecuménico de este nombre, cayó enfermo en el monasterio cisterciense de Fossanova, en el centro de Italia. Y al recibir el viático prorrumpió en estas palabras ante el Santísimo Sacramento, según las refiere su antiguo biógrafo Guillermo de Tocco: Te recibo, ¡oh precio de la redención de mi alma!, por cuyo amor he estudiado, he pasado vigilias, he trabajado. Te he predicado y te he enseñado. Nunca dije nada contra ti, ni en mi parecer soy pertinaz; pero, si algo he dicho mal acerca de este sacramento, todo lo dejo a la corrección de la Santa Romana Iglesia, en cuya obediencia paso ahora de esta vida 16 . Era como un sol esplendoroso que, al terminar su carrera, se oculta en el horizonte. 16 «Sumo te, pretium redemptionis animae meae, pro cuius amore studui, vigilavi et laboravi, te praedicavi et docui, nihil unquam contra te dixi, nec sum pertinax in sensu meo; sed si quid male dixi de hoc sacramento, totum relinquo correctioni Sanctae Romanae Ecclesiae, in cuius oboedientia nunc transeo ex hac vita» (Vita de Guil. de Thoco, en Acta Sanctorum, 7 martii, p.675).

247

Consagración de la muerte cristiana 377. Si el sacramento de la unción está pensado para alivio del enfermo en su salud corporal, en la hipótesis de que ésta le convenga, y, ciertamente, para alivio y confortación del enfermo en su salud espiritual, no se excluye que este sacramento sirva para los moribundos, antes para éstos es también especialmente. Por esto, la unción de los enfermos será, en muchos casos, una consagración para la muerte cristiana. La Iglesia, solícita del bien de sus hijos, después de haberlos ungido con el óleo de la confortación, prepara a los enfermos que van a morir y los encomienda y entrega al Señor. La entrega de los moribundos a Dios (Recomendación del alma) 378. El nuevo Ritual recuerda que «la caridad hacia el prójimo urge a los cristianos a que expresen la comunión con los hermanos que van a morir, implorando con ellos y por ellos la misericordia de Dios y la confianza en Cristo» 19 . «Las oraciones, letanías, jaculatorias, lecturas bíblicas y los salmos que se incluyen en este capítulo para encomendar el alma a Dios, tienen como primordial finalidad que el moribundo, si todavía tiene conocimiento, imitando a Cristo dolorido y moribundo, que al morir destruyó nuestra muerte, supere con su poder la innata ansiedad de la muerte y la acepte con la esperanza de la vida celestial y de la resurrección. »Los presentes, aunque el moribundo haya perdido su conocimiento, encontrarán en estas plegarias una fuente de con17 Cf. RAOUL DE SCORRAIIXE, Francois Suárez, de la Compagnie de Jésus (París 1913) 1.5 c.2: t.2,348. Preguntado si lamentaba dejar sin terminar alguna de sus obras, respondió: «De nada no se me da nada». Pidió que le cantaran el salmo Exspectans exspectavi Dominión, et intendit mihi (ibid., p.346-48). 18 Bonis mors et vita dulcís est; en la tumba de Giuliano da Volterra, arzobispo de Ragusa (1510), en la iglesia de San Pietro in Montorio (Roma). 19 Ritual de la unción y de la pastoral de enfermos (Madrid 1974) n.234.

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suelo al descubrir el sentido pascual de la muerte cristiana. Con frecuencia será conveniente subrayar este sentido con un signo visible, haciendo la señal de la cruz sobre la frente del moribundo, donde fue marcado por vez primera en el bautismo 2 0 . »Cuando parece que se acerca el momento de la muerte, alguien puede decir, según las disposiciones cristianas del moribundo, una o varias de estas oraciones: Oraciones i>Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios, Padre todopoderoso, que te creó; en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti; en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa; con Santa María Virgen, Madre de Dios; con San José y todos los ángeles y santos. »Querido hermano, te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y, al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos. Que Cristo, que sufrió muerte de cruz por ti, te conceda la libertad verdadera. Que Cristo, Hijo de Dios vivo, te aloje en su paraíso. Que Cristo, buen Pastor, 2

Ibid., n.235.

Teología de la muerte

te cuente entre sus ovejas. Que te perdone todos los pecados y te agregue al número de los elegidos. Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor y gozar de la visión de Dios por los siglos de los siglos. R. Amén...» «Señor Jesús, Salvador del mundo, te encomendamos a N. y te rogamos que lo recibas en el gozo de tu reino, pues por él bajaste a la tierra. Y, aunque haya pecado en esta vida, nunca negó al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, sino que permaneció en la fe y adoró fielmente a Dios; que hizo todas las cosas»... 2 1 21 Ibid., 11.241.242.243.245.

Epílogo

EPILOGO 379. El sacramento de la unción de los enfermos está en evidente relación con la muerte del cristiano, puesto que en no pocas ocasiones es un sacramento de los que se van. Si su efecto de sanación corporal es un efecto «condicionado» al bien espiritual del enfermo y a los planes de la providencia divina, es claro que no siempre obtiene el efecto de la curación del cuerpo y que, en muchos casos, aun después de recibir el sacramento de la unción, se seguirá la muerte. Mas no por eso dejará de mostrar su eficiencia el sacramento, sobre todo si se ha recibido de una manera consciente de sus valores y de su finalidad. Porque, aun en el caso de que se siga la muerte, el sacramento de la unción salva al enfermo y lo levanta en su enfermedad. 380. La «salvación» del enfermo se obra principalmente por la nueva infusión de gracia que produce todo sacramento de vivos, pues no hay que olvidar que el sacramento de la unción es, de suyo, para los que ya están en gracia de Dios y han sabido utilizar los otros sacramentos destinados primariamente a borrar los pecados (el bautismo y la penitencia). Pero, si la confesión de los pecados no fuese posible, este sacramento «salvará» al enfermo, pues está también destinado eventualmente a perdonar los pecados que hubiese en el doliente. La «salvación» se logrará también, en segundo lugar, con «la abstersión de las reliquias del pecado», por las cuales entendemos, como está dicho (n.209), aquella condición pecaminosa y de flojedad o debilidad que ha producido el pecado, sobre todo el pecado grave, en el alma; esto es, todo lo que obsta para poder decir que la ofensa a Dios ha quedado totalmente extinguida. La «salvación» así entendida, ya por sí sola, constituye un valor inapreciable de este sacramento de la unción. 381. Pero, además, el sacramento de la unción está llamado a «levantar» al enfermo, esto es, a «aliviarle» en su enfermedad. Podrá ser mediante la sanación corporal, que se busca con este sacramento, aunque, según queda dicho, condiciona-

251

damente a los planes divinos y al bien espiritual del que es ungido. Sobre todo, este «levantar» o «aliviar» al enfermo será, en cualquier hipótesis, mediante la confortación psicológica del espíritu y el ánimo de fortaleza y aguante que el sacramento según su significado simbólico le infundirá. Así podrá el cristiano doliente sobrellevar con serenidad los dolores y la depresión o tristeza de la enfermedad, y aun arrostrar con paz y dulce confianza la muerte que a Dios pluguiere enviar. Este «alivio» y este «levantar el ánimo», junto con la «salvación» mediante la infusión de la gracia santificante, es lo que entendemos por sanación espiritual y curación del hombre entero, que pretende este sacramento. 382. A la vista de estos bienes y valores sobrenaturales, con redundancia confortadora en el ánimo, que la unción de los enfermos está llamada a producir, es de esperar que el pueblo cristiano, si conoce tales valores, lejos de temer el sacramento, lo deseará con creciente ardor, cada uno para sí en el trance de su enfermedad, y para los próximos parientes o allegados que gozan de la mutua convivencia. Se requiere, sin duda, la conveniente y paciente instrucción, base de todo auténtico florecimiento pastoral. No hay razón hoy día (como tampoco la hubo antes) para «temer» la santa unción. Si en siglos anteriores (siglos ix al xi) la severa disciplina penitencial era la ocasión o causa de retrasar la conversión hasta el trance de la muerte, y con ello se difería el sacramento de la unción, que no podía administrarse sino después de la reconciliación por la penitencia, hoy no aparece, en la mayoría de los casos, esta severidad penitencial, ni hay por qué tenga que ser extrema la unción relegándola al último final de la vida. Hoy no cabe decir que, «así como el bautismo es el sacramento de los que entran en la Iglesia, así la unción de los enfermos es el sacramento de los que se van» *. 383. No vale diferir la unción, como si fuera un sacramento exclusivo de los moribundos. Es doctrina de la Iglesia, anterior ciertamente al Vaticano II, que la unción conviene sea administrada desde que hay peligro de muerte o enfermedad grave. No hay por qué esperar el articulo de la muerte, 1

Cf. Concilium Tridentinum, ed. Górres, 6,329.

252

Epilogo

cuando ésta es moralmente cierta; basta el peligro de muerte por enfermedad, desde que prudentemente se puede formular 2. Como escribió Pío XI, recogiendo el antiguo sentir eclesial, «no es necesario para administrar válida y lícitamente este sacramento que se tema que próximamente seguirá la muerte; basta un juicio prudente, esto es, probable de que hay peligro. Y si en aquella circunstancia se debe administrar, en ésta ciertamente se puede; y el que procure administrarlo, éste no sólo sigue la doctrina de la madre Iglesia, sino que también realiza piadosa y saludablemente sus deseos» 3 . 384. Al desear la mayor instrucción de los fieles acerca de este sacramento quisiéramos se les propusiera la armoniosa síntesis sobre sus efectos, que creemos lograda en el nuevo Ritual de los enfermos. Prescindiendo de particularidades o puntos históricos que todavía pueden ser discutidos o sujetos a matizaciones y acentos diversos, el conocimiento positivo que los fieles adquieran de los valores de la unción producirá, sin duda, una pastoral de enfermos cada día más iluminada y fructífera. Si los sacramentos acompañan al cristiano en muchas circunstancias de su vida, no ha faltado de parte de la providencia de Dios destinarle un sacramento para el momento doloroso de la enfermedad. Es Cristo entonces el que viene a visitar al enfermo. Es Cristo el que unge al enfermo por medio de su ministro; como «Cristo es el que bautiza, el que absuelve, el que ordena...» Es Cristo el que infunde nueva gracia y perdona los pecados. Es Cristo el que «salva» y «levanta» al enfermo, y el que le fortalece y alegra. Es Cristo el que quiere asociarlo a su obra redentora y hacerle partícipe de su pasión y de su cruz. Pero también de su resurrección. 2 «... iis roborentur sacramentis vixdum, ingravescente morbo, prudens fiat de periculo mortis iudiciutrvt (BENEDICTO XV, Litt. apost. Sodalitatem nostrae Dominae [31 de mayo de 1921]: AAS 13 [1921] 345). 3 P í o XI, Litt. apost. Explorata res (2 de febrero de 1923): AAS 15 (1923) 105.

254

índice bíblico

índice bíblico 1,40-45 2,1-12 2,5SS 5,23 6,13

6,53-56 6,56 8,34 15,34 15,36 16,17 16,175 16,18 2,29-32 4,38-41 4.40 5,12-16 5,15 5,17-26 7,i-io 7,38 7,46 8,2

8,24 10,9 10,34 io,37 I2.35S 12,40 I3,n 17,6 23,34 23,36 23,39 23,43 23,46 4,46s 5,5

5,5-13

S,6

5.14 5,21 6,2

6,48-51 6,54-57 9

351 351 16 337

9 10 20 58 97 152 I56s 170 174 280 337351 16 346 374 250 353

Rom

73 156 8 38 337

5,6 5,8

375 351 337 351 16 351 351 3 3 16 24 16

5,12-17 5,12 5,14 5,15 5,17 5,21 5,23 6,23 7.24S 8,3

6 9 20 20 369 369 16 22 374 250 250 374 374 14 16 351 352 352 24 16 358 358 351

9,1-3

25 352

9.2 9,3 9,4 9,7

25

1 Cor

25 224

2 Cor

Gal Ef

1,21 2,36 2,42-47

373 162 14 3 16 352 367 24 350 374 374 374 174 21 21 349

3,7

8 24

1 Tes 1 Tim

4,10 8,1

21 18

2 Tim

9,17 9,37 10,298 10,38

337 14 18 351

II,I 11,2

n,4 11,11-15 11,255 12,1 15,13 19,263 19,28 19,30 1,3

14,23 15,2 15,4 15,6 I5.22S 16,5 20.I0 20,12 21,18 28,8 28,9 3,21-4,25 4,24

8,11 8,17 8,19-21 8,26 8,34 8,38 12,1 13,11 14,1 14,8 1,24 3.22S 5,4S 7,39 11,30 12,9 12,11 12,28 12,22 12,30 13,9 15,20 15,53-56 15,56 I5,56s 4,11 4,17 11,30 12,5 12,9 12,OS 13,4 13,9 4,9

5,14 6,4

Flp Col

Tit Heb

2,26s 4,20 4,21 1,24 4,12 4,14 5,17-19 1,10 2,lis 1,5

2,14 4,15

18 18 18 18 18 18 162 162 18 8 16 11 11 15 15 343 360 360 360 360 368 360

Sant

222 343 372 16 24

2223 269 349 224 15

366 370

3488 24 15 370 350 370 21 375 16 30 30 30 16 353 212 375 367 360 368 373 224 15 15 15 15 15 15 16 24 345 14 372 372

222-224

269

349 375 172 18 366

222S 269 349 18 366 15

5,2 7,18 7,28 9,27 11,33 I2.5SS 12,5-n 1,1 1,6 1,15 1,21 1,27 2,1 2,14 2,14-26 3,2 4,12 5,7 5,13 5,13-15 5.I4S

15 16 15 360 250 332 345 21 22 368 23 353 21 23 II 25 23 21 357 11-26 28-32 55 64 75s 131 148 150 157S 170 172 176 229 233 250S 269 280 303

255 5,14

5,15

1 Pe

5,i6 5,20 2,4-10 2,5 2,9

2,24 4,3

4,13 5,IS 2jn

105 143 164 222 263 356

3 Jn Apoc

5,8 1,1 1

1,18 2,10

6,6 14,13

26 39 59 62 67 79 90 93 97 106 109 153 232 236 242 247S 259 262 337 89 154-156 158 205 208 211 213S 274 16 27 156 222 321 23 348 348 348 346

222S 269 349 18 169 18 18 366 373 80 370

índice onomástico

ÍNDICE

ONOMÁSTICO

Las cifras remiten a los números marginales del texto

A , ... , /Vchellis 44 46. Adelardo Cotbeyense, San 96Afraates 41. Agustín, San II 22 35 76s 88s 131 363S. A !*»n, P 42 A berto Magno, San 175 200. Alfonso M. de Ligono, San 249Alonso Díaz, J. 11. Alszeghy, Z. 212 217S. Amalarlo 93 98 246. Ambrosiana (liturgia) 116-118. Ambrosio, San 73 88 118 132 359Amulo, obispo 9 7s 246. Andneu, M. 201. Anghcana (Iglesia) 331-339Aquisgrán, concilio de 107 240. Arator 74. Arcudio, f. 122 324. Arles, concilio II de 137. Armems, decreto pro 148 179 193 201 204 208 212 215 233 247 288. Arnobio, el joven 78 132. Arsemo, patriarca 322. Atanasio, San n 53 362. Augusti, J. 167. Augsburgo, confesión de 165. Aureolo 200. Auxenxio de Bitinia, San 129. B a i l l y . A . 24 Baraúna 266. Bardenhewer, O. 77Barhebreo 141. Basilio, San 328. Bayo M i 6 í Beda,' San 10 35 90s 98 131 246 264. Beauduin, L. 221. Bellarmino, San Roberto 10 195. Benedicto XIV 189 237 248 251 278. Benedicto XV 383. Bernard, C. de 212. Bernard P 75 Berti 264 ' Bickell 60 Billerbeck', P. 2 6 9. Bobbio, misal de 122 133. Bonifacio, San 100 104 246. Bonincontro, E. 210. Bord, J. B. 43 " o 221. Botte, B. 43 n o 221. Boudinhon, M. 259Boyer,C.237. Braun, O. 69 Browe, P. 149. Buenaventura, San 175 200 227 229 255 374. _, C-abilIonense, concilio 106 246. Cabrol, F. 46 m 138. Calmet 10. Calvino, J. 160-164 166. Camilo de Leus, San 353.

Cánones de Hipólito 43 46 336. Casiano, abad 78 88 131. Casiodoro 81 131 251. Cavallera, F. 168. Cesáreo de Arles, San 78 88 129 131. Charue, A. 11. Chavasse, A. 123 131 I33S 216. Gipriano, San 361. Cirilo de Alejandría, San 35 59 131. Cirilo de Jerusalén, San 11. Clamer, A. 11. Clemente de Alejandría 11 135. Clemente Romano, San 11. Clemente VIII 189. Clericatus 261. Código de Derecho canónico 186 193 196 234 238S 242 247 253 256 272 2773 286. Constitutiones Apostolorum 43 51 125 336. Constitutiones Aegyptianae 433. Cornelio a Lapide 10. Cothenet E 1 2 Cramer, j . A. 58S. Cresconio, obispo 87. Crisóstomo, San 34 55s 70 131 246 262 274. Crodegango, San 101. Cutberto, San 90. D ' A l é s A. 11. Damasceno (Pseudo) 127. Dámaso, San 11. Damelou, J. 359Dathevatzy, G. 192. g Avanzo, G. 233. Decencio, obispo 75 87 ios. Decreto pro Armems: véase Armems. Decreto Quam singulari 234. Denzinger, H. 57 122 324. . Denzmger-Schonmetzer passim. iííj ,42k „, Didascalia Apostolorum 43 45 125. £idier, J. Ch. 259. Didimo 35 54Dionisio Areopagita (Pseudo) 140 153. Dionisio Cartujano 175. Dionisio el Exiguo 87. Doronzo, E. 40 43 45 52 77 n o 112-117 I2I I2 - " 8 '35 137-142 145 174 179 198 2 „ °4 2 3 " 244 319Drouwen 183. Duchesne, L. 112. 5 u r a ? d ? " J 2 55Duval, A. 168. Dynamius Patritms 84. -c" . ,. t . , Jtcumemsmo, directorio de 330. Egberto, obispo 99. Eloy, San 89 98 131. Enchiridion indulgentiarum 374. Epaonense, concilio 137. Estius 10 185. Eugendio de Condat, San 129.

Eugenio, San, obispo de Irlanda 82. Eustacio 68 Eutiquio, San 68. Exuperion. „ Jrarnés, P. 291. Fausto Reiense 137. Fedrizzi, P. 356. Fernández, J. M. 356. Férotin, M. 111 138. Ferreres, J. B. 240. Filón 6. Flavio Josefo 6 1 1 . Florencia, concilio de 11 146 148 189 212 215 218 247 280. Forster, W. 23. Francisco, San 253. Friesenhahn, H. 11. Funk, F. X. 42 47-49 51. Gachter, P. 11. Galanum 142. Galdeano, J. G. 356. Galicana (liturgia) 119S 246. Gelasio, San 11 43 87 113. Genoveva, Santa 128S. Germán de Auxerre, San 129. Germán de Paris, San 129. Germosen 48. Goar, J. 57 122 143 145 194 322. Godefroy, L. 168 179Gordillo, M. 319. Gregorio de Tours, San l 3 7Gregorio Magno, San 114 119S 138 369. Gregorio XVI 185. Griega (liturgia) 122. Grillmeier, A. 221. Gy, P. M. 280.

H ,.

. ,. alitgano, obispo 101. Malhnan, P. J. 278. Harduin 135 137. Harnack A. 167. Harns, Ch. 26 114 210 239 335-338. Haymo, obispo 97s. Hesiqmo 62 131. Herardo arzobispo 103. Hi ano de Poitiers, San 72 88. Hilarión, San 128. - Hincmaro, arzobispo 102. Hipatio, San 61 246. Hipólito Romano 11 43S 46 l i o 125 336 338. Hittorp, M. 117. Hoyos, P. 11. Huard, J. 260. Huby, J. g. Hugo de San Víctor 167 175. Hus 146. Musitas 147. T

Iglesia anglicana 331-339. Iglesia episcopal 340S. Ignacio de Loyola, San 257 373. Inocencio I, San 11 36 75 87S 101 105 109 I3is 138 146 179 236 247 251 264. Inocencio III 147 263. Inocencio IV 146S. Ireneo, San 11 37S. Isaac de Antioquía, San 60 246. Isaac de Armenia, San 63. Isaac, obispo 104. Isidoro de Sevilla, San 87. Unción de los enfermos

257

T ,• , 1 Jacobitas, decreto para los I I . a c o b o d E d e s a 6o J ? Jacquemier 122. Jansenio 10. Jerónimo, San 128. Job, monje 149. Jonás, obispo 94 98 246. Josefo, patriarca 69. Juan de Dios, San 353. Juénin 183. Jugie, M. 141 s 145 149 Justino, San 11, r r

IVern J. 34 42 48 58 6os 64 68s 77 82 86 89 99 101 106 m 118 130 l66s 175 179 183 i88s 194S 198 200 204 209S 232 245 248 251-253 255 257 261 264 322 324 326. Kilker 210. Kirch, C. n . Knabenbauer, I. 10 35. Knauber A. 220. ^orium 64. Kryger, H. 5>. 204. S r u s f h U B " I208Kurth, G. 128. r a ran e . - T f - S ? ; M - 1 9 10 176. Lamentabü, decreto 176. Larrabe, J. L. 291. Laumer de Corbion, San 129. Launomaro, San 85. Launoy, Jo. 36 257sLee ercq, H. 111-114 138. Leclercq, J. 356. J- e P onte ¿ R ' 9 ' Leher, í . 75. Leobino, San 86. Léon-Dufour, X. 356. Lepargneur, F. 212. . Lercher, L. 198 204 229 232 237 241 245 2g5 3g4 Leurent, B. 220. Líber Ordinum (mozar.) 111 138. Loisy, A. 176. Lowe, E. A. 112. Lowter Clarke, W. E. 26 335L u i s a d e Marillac, Santa 353. Lutero, M. II 150-160 165. L y o n i c o n cilio II de l 4 6s. Lyonnet, St. II. Magistretti, M. 116 118. Maguncia, concilio de 108. Maier, F. 11. Maldonado, I. 10. Malvy, A. 46. ' Mandakuni.J. 64S 131. Mansi, J. D. 106-109 135 137 236. Marcotte, E. 149. Mario, San 84 129. Martene 199 252. Martimort, A. 280. Martín de Tours, San 127. Martín V 147. Maura, Santa 97. Mediavilla, Ric. de 200. Menard, H. 115. Mendijur, L. de 356. Meinertz, M. 11. Michael Monachus 92.

"•

17

258

índice

Miguel Paleólogo 147. Monegunda, Santa 129. Montero, A. 359. Mozárabe (liturgia) m 138246. Nadal, J. 347. Naucratio 92. Nestorianos 69 246. Netter, Th., Waldensis 264. Netzer, H. 89. Nicéforo II, patriarca 143 145 322. Nicolás Agioteodorita 143. Nicolau, M. is 29 148S 151 171 178 202 208 236 2443 249 260 263 266 268-271 326S 347. Noldin, H. 227 241 265 27S.

Oñatibia, I. 356.

Optato Milev. 74. Orígenes 34 39S 70 131 246 262 274. Orleáns, estatutos de 101 246. Ortemann, C. 285. Ir acomio, San 128. Paladio 128. Palmer, P. F. lio. Paludano 200 255. Páramo, S. del 344. Partemio, San 128. Pablo VI 193 197 201 239 256 260 278 280290 355Pascasio Radberto 955 98. Paulo V 185. Pavía, concilio de: véase Ticinense. Pedro Lombardo 167 175. Pérego, A. 2ro. Philippeau, H. R. 356. Piolanti, A. 356. Pío VI 36S. Pió XI 383. Pió XII 259Pirot, L. 9 II. Pohle-Preuss 210. Policarpo, San 11. Possidius 76. Primasio, San 80. Procopio de Gaza 67. Próculo 126. Propaganda fide, Congregación de 237 263. Próspero de Aquitania, San 77. Prudencio, obispo 975. Puller, F. W . 124 129. Quinisexto, concilio 135. R á b a n o Mauro 108. Rahmani, I. 52. Rahner, K. 221 3S8s. Ramos, M. 131 2i6s 220S. Ratoldo, abad 120. Regiaticinum, concilio: véase Ticinense. Reims, estatutos de 102 246. Reinach, S. 177. Renán, E. 177. Riebartch, E. 42. Righetti, M. 110. Ritual de la unción 181 187 190-193 224 230 234 247 260 274-276 282 289 291316 378.

onomástico Robilliard, J. 221. Romana (liturgia) 121 124S 252. Ruch, C. 11 25 29 34 123 129S 177 179. Ruffini, E. 33 233Rufino 128. Sacramentario de Serapión: véase Serapión. Sacramentario Galicano 112. Sacramentado Gelasiano 113 116 125. Sacramentario Gregoriano 114-116 119S 338. Sainte Beuve, de 183. Sánchez Vaquero, J. 325. Santo Oficio 185 196 236 326. Scheifler, J. R. 347. Schelstrate, E. 122. Schlier, H. 2 6 20. Schmaus, M. 221. Schmid, M. 64. Schmitz, J. 204. Scorraille, R. de 376 Scoto, Duns 175 200 210 227 229 255. Serapión. sacramentario de 47 49 70 125 336 338. Sily, J. 27. Símaco, papa 87. Simeón Estilita 129. Simeón de Tesalónica 144S 321 323. Siricio, papa 138. Sísense, concilio armenio 142. Sola, F. de P. 44 46 106 174S 179 198 200 227 229 23is 237 240S 244S 248S. Sonnatio, San 99. Sopuerta, A. 355Spácil, Th. 317-321 325. Spamann, H. 221. Stáhlin, G. 15. Steitz, G. E. 167. Strack, H. 2 6 9. Studer, B. 216 221. Suárez, F. 183 195 200 204 209 231 237 249.376. Sulpicio Severo 127. Teodoreto 128. Teodoreto de Giro 66. Teodoro de Canterbury 189. Teodoro Estudita, San 92 98 149. Teodulfo, obispo 101 194. Teresa de J. Jornet, Santa 353. Tertuliano 71 88 126. Testamentum D. N . Iesu Christi 52 125. Thoruniense, declaración 166. Ticinense, concilio 105 109 204 208 212 236 246. Tiliano, códice 120. Tocco, G. de 376. Tomás, Santo 149 167 175 179S 184 195 198 200 204 210 232 235 237 245 249

254 257 274 356 376. Traditio apostólica: véase Hipólito Romano. Tresano, San 83 246. Tridentino, concilio ios 149 152-155 159 163 168-173 174-176 179 201 205 208 212 215 218 220 233 247 256 259 272 274 278-280 283-286 321 382. Trullano, concilio 135. U m b e r g , J. B. 46 198 204 229 232 237 241 245 265.

índice Vaticano I, concilio II. Vaticano II, concilio 222 239 266-280 287 308 326-329 349 368. Vermeersch, A. 210. Vicente de Paúl, San 353. Víctor de Antioqula 35 58S 131. Victoria 183. Vilanova Gerster, Th. 175. Waldenses 147. Waldensis (Th. Netter) 264.

onomástico Weisweiler, H. 149 175 229. Wiclef 146. Wiclefitas 147. Wilmart, A. 112. Wilson, H. A. 112. Worms, concilio de 105 109 246. York, estatutos de 96 246, Zacarías, papa 104.

259

BIBLIOTECA

DE AUTORES

BAC

CRISTIANOS

Enciclopedias

HISTORIA D E L O S D O G M A S , Edición dirigida por M. Schmaus, A. Grillmeier y L. Scheffczyk. T. I cuad. 3b: La inspiración de la Sagrada Escritura, por J. Beumer, S. I. (ISBN 84220-0435-5). T. II cuad. 2b: Los ángeles, por G. Tavard (ISBN 84-220-0438-0). T. IV cuad. 2: Bautismo y confirmación, por P. Burkhard Neunheuser, O. S. B. (ISBN 84-220-0666-0). T. II cuad. 2a: Creación y Providencia, por Leo Scheffczyk (ISBN 84-220-0438-0). T. I cuad. 2b: Fe y conocimiento de Dios en la Edad Media, por E. Góssmann (ISBN 84-220-0711-8). T. III cuad. 2c: Soteriología. Desde la Reforma hasta el presente, por B. A. Willems (ISBN 84-220-0723-1). ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE VOLUMEN DE «LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS», DE LA BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS, EL DÍA ilO DE DICIEMBRE DE 1975, FESTIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE L O R E T O , EN LOS TALLERES DE LA EDITORIAL CATÓLICA, S. A., MATEO INURRIA, 15, MADRID

LAUS DEO VIRG1NIQUE

MATRI

B A C Maior COMENTARIOS SOBRE EL «CATECHISMO CHRISTIANO», por B. Carranza (2 vois.). Ed. crítica e introducción, por J. I. Tellechea (1-2) (ISBN 84-220-0014-8). MARTIN L U T E R O (2 vols.), por R. García Villoslada (3-4) (ISBN 84-220-0422-4: T. I.; ISBN 84-220-0423-2: T. II). LA T E O L O G Í A E N E L SrGLO XX (3 vols.). Ed. dirigida por Herbert Vorgrimler y Robert Vartder Gucht. T. I.: El entorno cultural (5) (ISBN 84-220-0432-1). T . II: Teología general y disciplinas teológicas (6) (ISBN 84-220-0660-X). T. III (último): Disciplinas teológicas: Dogma, Moral, Pastora] (7) (ISBN 84-220-0674-X). A G U S T Í N D E HIPONA. Maestro de la conversión cristiana, por V. Capánaga (8 (ISBN 84-220-0692-8). JESÚS D E NAZARET. Aproximación a la Cristologfa, por O. González de Cardedal (9) (ISBN 84-220-0718-5). S A G R A D A BIBLIA. Versión critica sobre los textos hebreo, arameo y griego, por F. Cantera y M. Iglesias (10) (ISBN 84-220-0725-8).

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Normal

I. FUENTES Y AUTORES CLASICOS 1.

Ediciones de la Biblia y del Nuevo

Testamento

BIBLIA V U L G A T A LATINA (4." ed.) (14) (ISBN 84-220-0049-0). S A G R A D A BIBLIA, de Nácar-Colunga: — Tamaño BAC, 24 ¡aminas en color (33.» ed.) (1) (ISBN 84-220-0417-8). — Tamaño mayor (16 x 25 cms.), lugares paralelos y 50 láminas de códices en color (2.* ed.), tela especial labrada (ISBN 84-220-0013-X). — Tamaño breviario (11 X 17 cms.), 1676 págs. Gama variada de encuademaciones (ISBN 84-220-0048-2). — Edición de bolsillo (9 X 13 cms.) (13.» ed.) (ISBN 84-220-0446-1). — Edición popular (10,5 X 17,5 cms.) íjO.* ed.) (1SUN 84-220-0258-2). S A G R A D A BIBLIA, de Bover-Cantera (6.* cd.).—Agotada (25-26). N U E V O T E S T A M E N T O , de Nacar-Cokmga, con 20 láminas en color (2.» ed.) (40) (ISBN 84-220-0087-4)N U E V O T E S T A M E N T O , de J. M. Bover.—Agotada (43). SINOPSIS C O N C O R D A D A D E LOS C U A T R O EVANGELIOS, por J. Leal (3.* ed.) (124) (ISBN 84-220-0722-3).

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