Monasterios Medievales de Asturias

December 17, 2017 | Author: Santiago Ruiz Haya | Category: Monastery, Monasticism, Late Middle Ages, Order Of Saint Benedict, Religious Behaviour And Experience
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Descripción: Guia de los pricipales monasterios de Asturias...

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Cortesía de Cajastur para JAVIER MU#IZ FERNANDEZ

Iglesia de Santa María de Obona.

Monasterios medievales de Asturias

Cortesía de Cajastur para JAVIER MU#IZ FERNANDEZ

Andrés Martínez Vega

© de la edición, Cajastur 2011 Plaza de la Escandalera, 2 E-33003 Oviedo, Asturias tel. 902 105 005 www.cajastur.es

Monasterios medievales de Asturias

Autor de los textos: Andrés Martínez Vega Autores de las fotografías: Andrés Martínez Vega excepto las específicamente señaladas Diseño: Dúo Comunicación Imprime: I. Narcea

ISBN: 978-84-7925-340-0 Depósito Legal: AS-2531-11

ÍNDICE

PRESENTACIÓN .............................................................................................................................................................. 7 INTRODUCCIÓN ............................................................................................................................................................. 8 ABREVIATURAS ............................................................................................................................................................ 10 CAPÍTULO I. Aproximación al monacato altomedieval asturiano ........................................................... 12 CAPÍTULO II. Monasterios de la Orden Benedictina .................................................................................... 22 2.1 Los cenobios de la comarca occidental ........................................................................................................ 27 2.1.1 Monasterio de San Juan de Corias ...................................................................................................27 2.1.2 Monasterio de San Miguel de Bárcena ............................................................................................39 2.1.3 Monasterio de Santa María de Obona .............................................................................................45 2.2 Los cenobios de la ciudad de Oviedo .......................................................................................................... 54 2.2.1 Monasterio de San Vicente .................................................................................................................54 2.2.2 Monasterio de San Pelayo ...................................................................................................................62 2.3 Los cenobios del valle del Piloña .................................................................................................................... 72 2.3 Monasterio de San Bartolomé de Nava ......................................................................................... 74 2.3.2 Monasterio de San Martín de Soto .................................................................................................. 78 2.3.3 Monasterio de Santa María de Villamayor .................................................................................... 84 2.4 Los cenobios de la comarca oriental ............................................................................................................ 90 2.4.1 Monasterio de San Salvador de Celorio ........................................................................................ 90 2.4.2 Monasterio de San Antolín de Bedón .............................................................................................97 2.4.3 Monasterio de San Pedro de Villanueva ....................................................................................... 101 2.5 La influencia de las corrientes ultrapirenaicas en el monacato astur ............................................. 109 2.5.1 Monasterio de San Salvador de Cornellana ................................................................................ 110 2.5.2 Monasterio de Santa María de la Vega de Oviedo .................................................................... 118

3.1 3.2 3.3 3.4

Monasterio de Santa María de Gúa-Huelgas de Avilés .......................................................................135 Monasterio de Santa María de Lapedo-Belmonte ............................................................................... 140 Monasterio de Santa María de Villanueva de Oscos ........................................................................... 147 Monasterio de Santa María de Valdediós ................................................................................................ 156

CAPÍTULO IV. Conventos de la Orden Franciscana .................................................................................... 170 4.1 4.2 4.3 4.4

Convento de San Francisco de Oviedo .................................................................................................... 174 Convento de Santa Clara de Oviedo ........................................................................................................ 176 Convento de San Francisco de Avilés ...................................................................................................... 178 Convento de San Francisco de Tineo ........................................................................................................ 181

BIBLIOGRAFÍA CITADA .......................................................................................................................................... 186

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CAPÍTULO III. Monasterios de la Orden Cisterciense ................................................................................ 130

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Presentación

a historia de los monasterios medievales de Asturias constituye un fenómeno cultural que muestra desde diferentes perspectivas el solar asturiano e ilumina con auténtico esplendor buena parte de la crónica de este pueblo. El presente trabajo aborda de manera globalizadora esta historia, que tanto ha influido en la región desde sus inicios hasta la actualidad. Dada la trascendencia del monacato medieval asturiano, Cajastur quiere sumarse a este proyecto editorial que constituye una aportación más a la cultura regional, al recoger esa multisecular página histórica que sintetiza más de mil años de presencia monacal en la región. En concreto, este volumen retrata el modo en que los distintos ámbitos geográficos de la tierra asturiana se vieron, ciertamente, enriquecidos con la presencia de benedictinos, cistercienses y franciscanos que, presentes tanto en los espacios rurales como en los estrictamente urbanos, se funden con una población a la que transmiten sus conocimientos técnicos y culturales. Todo esto es debido a que buena parte de la vida económica, social y cultural de la Edad Media, se articulaba en torno a los monasterios lo que supuso un gran avance en la agricultura y provocó que surgieran asentamientos alrededor de estos grandes edificios.

El patrimonio monumental asturiano es, en gran medida, fruto de la actividad de estos monjes y frailes que permanecen en la memoria de Asturias a pesar del deterioro, cuando no de la desaparición, de sus viejas fábricas monacales.

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Esto era parte de su labor evangelizadora y de un proyecto que aún hoy asoma sus raíces a lo largo y ancho de nuestra geografía.

Introducción

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n el contexto de la historia de Asturias la presencia del monacato ha sido una realidad constante, capaz de impregnar el acontecer milenario de este pueblo desde sus más profundas raices históricas hasta la actualidad. No cabe encontrar en este viejo solar de abruptos espacios montañosos, ricos y fértiles valles o abiertas líneas de costa, un lugar en el que no se advierta la huella de unos monjes que fueron parte del paisaje asturiano. Ciertamente constituyen la esencia del mismo porque en buena medida colaboraron en su articulación y en la creación de sus estructuras agrarias al transmitir a la población campesina sus modelos y técnicas de roturación, deforestación y construcción. Por si fuera poco, ellos pronto se convierten también en agentes activos de colaboración con el poder regio y con las iniciativas reales de reorganizar el espacio y las estructuras administrativas que tanta importancia adquirirán en nuestra historia. Su modelo catequético, igualmente expandido a lo largo y ancho de la región, es parte de su gran labor civilizadora y en este sentido colaboran

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Introducción con los obispos incluso antes de la creación de la red parroquial. Las comunidades monásticas son, en definitiva, cauces de transmisión cultural, responsables de introducir en este viejo reino las corrientes culturales europeas que ellas mismas adoptaban siguiendo los modelos de renovación de una iglesia universal que a pesar de vivir en unas coordenadas temporales determinadas y, por tanto, bajo unos modelos socio-económicos específicos, era capaz de reacccionar innovando sus formas de transmitir el mensaje evangélico. No cabe, por tanto, hacer un análisis del fenómeno monástico atendiendo sólo y exclusivamente a ciertos aspectos, el económico por ejemplo, de la vida monacal; ni tampoco tendríamos un conocimiento completo de la misma con cortes cronológicos que sólo nos proporcionarían una visión distorsionada.

nos. A su vez, nos pareció oportuno reagrupar a estos últimos por comarcas pues su expansión por todo el territorio asturiano hacía aconsejable incorporar este criterio geográfico como un elemento reorganizador y al mismo tiempo clarificador. Tratados de este modo los que podemos considerar los grandes monasterios asturianos hemos elaborado un último capítulo dedicado a las fundaciones franciscanas y ello en virtud de un doble motivo; por un lado, incorporábamos a la obra unas realizaciones monásticas llevadas a cabo en el marco temporal, el medieval, en el que se concibe este trabajo y, por otra parte, conseguíamos dotar al conjunto de una visión globalizadora en la que se puede observar el intento de renovación que guía el fenómeno monástico a través de los siglos. El franciscanismo, no obstante, ha tenido un tratamiento más general, por las limitaciones del propio trabajo, al igual que el primer capítulo dedicado al monacato altomedieval o prebenedictino, que consideramos significativo como preámbulo de lo que será la posterior y floreciente etapa benedictina.

Conscientes pues de esta realidad, abordamos el presente trabajo sobre monasterios medievales de Asturias estudiando de forma individualizada a cada uno de estos centros pero en un marco global que incluye desde su fundación hasta nuestros dias. El proyecto resulta novedoso en cuanto que es pionero en el panorama de las publicaciones sobre estas entidades religiosas asturianas; también es complejo por el gran número de monasterios que incluye así como por el tratamiento que requieren las distintas Órdenes con sus respectivos y particulares modos de ejercer su labor evangelizadora. Obvias razones divulgativas nos han impedido, no obstante, profundizar en aspectos que tal vez pudiera echar en falta el lector pero que pueden suplirse con los meritorios trabajos de índole monográfica que integran la nutrida bibliografía referida a nuestros monasterios. Lo que en realidad pretendíamos era ofrecer de una manera sistemática el perfíl histórico de estos centros y la definida y singular personalidad de cada uno de ellos, bruñida por su particular andadura histórica.

Las corrientes liberales decimonónicas muy ajenas, cuando no contrarias, al fenómeno monástico debilitaron enormemente la vida cotidiana de los “claustros”. Las leyes desamortizadoras y de exclaustración, por su parte, supusieron el fin de los monasterios asturianos. Algunos de sus edificios han desaparecido, otros reconvertidos en museos, organismos oficiales o sedes parroquiales y no faltan aquellos que abandonados y en estado ruinoso, entre yedras, zarzas y escombros nos recuerdan el estado de nuestro patrimonio

Así pues, hemos estructurado el trabajo en dos grandes capítulos dedicados, respectivamente, a los cenobios cistercienses y a los benedicti-

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Con el fin de contribuir a una lectura más ágil y amena hemos incorporado al texto las notas imprescindibles a sabiendas de que bastantes de los contenidos expuestos ya habían sido tratados por otros autores. Todo, en definitiva, está en función del carácter de la obra que hemos procurado ilustrar con un buen número de fotografías, algunas de archivo, fiel reflejo del enorme patrimonio monumental que nos han dejado nuestros monjes.

Introducción asturiano. Sólo el Real Monasterio de San Pelayo de Oviedo ha logrado capear los inconvenientes de los tiempos y mantener una floreciente comunidad, considerada como un símbolo entrañable no sólo de la capital del Principado sino de toda Asturias. No cabe poner fin a estas páginas introductorias sin expresar mi gratitud a tantas personas, instituciones o entidades como han colaborado, de forma desinteresada, con este proyecto. Especialmente, a los monasterios de San Pelayo de Oviedo y de Gradefes (León) que han puesto a mi disposición sus ricos archivos documentales y fotográficos; al Real Instituto de Estudios Asturianos cuya bibliotecaria, Mª Jesús Villaverde, se desvivió en atender con verdadera premura mis demandas. De la mano del párroco de Cornellana, D. Ceferino Díaz Martínez, he conocido detenidamente el monasterio de San Salvador de Cornellana; e igualmente me ocurrió con el párroco de Tineo, D. Cándido García, que incluso me acompañó a Obona y me proporcionó interesantes informaciones. Mi más profundo agradecimiento para ambos. Un instrumento valiosísimo para este trabajo ha sido la excelente obra del catedrático Francisco Javier Fernández Conde quien contribuyó considerablemente a su enriquecimiento con sus siempre oportunas sugerencias e informaciones. Algunas de las mejores fotografías de Santa María de Valdediós, Obona y Villanueva de Oscos se deben a la generosidad del restaurador Jesús Puras y del fotógrafo de Ärea-norte, Camilo Alonso, a quien tuve la oportunidad de conocer por la amable gestión del Sr. Alcalde de Villanueva de Oscos.

chivo Histórico Diocesano, Museo Arqueológico de Asturias... y a cuantos de una manera u otra han colaborado en esta obra. De todos me reconozco deudor y a ellos se debe la realidad de este trabajo, que verá la luz gracias a la generosa labor de Cajastur.

Abreviaturas

A. H. N. : Archivo Histórico Nacional A. M. G. : F. M. A. : Archivo Monasterio de Gradefes. Fondo Monástico de Avilés A. G. S. : Archivo General de Simancas A. A. A. : Archivo Ayuntamiento de Avilés A. C. O. : Archivo Catedral de Oviedo

No menos agradecimiento deseo expresar a la comunidad de Padres Dominicos de Corias y, especialmente, a su prior; a los encargados de los monasterios de Celorio y de Villanueva; a Ramón Rodríguez Álvarez, Director de la biblioteca universitaria, por atender mis demandas bibliográficas; a Jaime Melendi Viña y a Javier García García por su colaboración en el trabajo informático; al Museo de Bellas Artes de Asturias, especialmente a Emilio Marcos por sus oportunas informaciones; al Archivo Municipal de Gijón, Ar-

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A. M. S. P. : Archivo Monasterio de San Pelayo A. M. S. : Archivo Monasterio de Silos A. H. D. O. : Archivo Histórico Diocesano de Oviedo B. N. : Biblioteca Nacional B. I. D. E. A. : Boletín del Instituto de Estudios Asturianos

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Basa de columna en el monasterio de San Pelayo de Oviedo (Archivo del Real Monasterio de San Pelayo de Oviedo).

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Capítulo I Aproximación al monacato altomedieval auriano

Aproximación al monacato altomedieval auriano Como experiencia ascética, el monacato cristiano ensaya sus primeros pasos de la mano de grupos eremitas que en Egipto y Oriente tratan de buscar en los rigores de la vida del desierto un lugar adecuado para el encuentro con Dios. No es ajena la iglesia occidental en estos postulados de renovación, que desde el siglo V marcarán hitos de larga proyección para el desarrollo de la vida en común, y entre los que se erige como la más novedosa aportación a la historia monástica la Regula Benedicti de San Benito de Nursia. Los orígenes del monacato asturiano cabría vincularlos al fenómeno del eremitismo desatado por grupos de ascetas que emigran a los territorios septentrionales tras la invasión musulmana; con anterioridad, a partir de los siglos VI-VII, monjes eremitas procedentes de las tierras más meridionales ya debieron asumir la labor de evangelizar a los astures, al igual que lo hicieron con los cántabros vecinos. Lo cierto es que en los albores de la Reconquista el fenómeno monástico pudo ser una realidad, que alcanzará extraordinario florecimiento en época visigótica y se continuaría en nuestra región al amparo de la nueva monarquía. Los ciento setenta y ocho títulos monásticos que contabiliza en la región el profesor Fernández Conde (La Iglesia de Asturias en la Alta Edad Media, p. 105) desde el siglo VIII hasta mediados del siglo XII son, sin duda, una prueba evidente del pujante resurgir de cenobios por el agreste solar astur, coincidiendo con la compleja transformación social de unos tiempos en los que no se vislumbran con nitidez los perfiles entre lo secular y lo propiamente espiritual. A personajes reales de la incipiente monarquía asturiana atribuye la tradición el orígen en el siglo VIII de los monasterios de Santa María de Covadonga, San Pedro de Villanueva, Santa María de Obona y San Juan de Pravia. No existen pruebas certeras de la condición monástica de estas cuatro iglesias si bien se atribuye a Alfonso I (739-57) la fundación de las dos primeras, basándose en las noticias de las Crónicas Rotense y la de Sebastián que dicen que este monarca fue enterra-

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Fragmento de fuste sogueado (S.IX aprox.) en el monasterio de San Pelayo de Oviedo (Archivo del monasterio de San Pelayo de Oviedo).

do con su esposa Ermesinda en el monasterio de Santa María y que llevó a cabo la restauración y construcción de muchas iglesias. En el controvertido documento del año 780, publicado por A. C. Floriano (Diplomática españo la, n. 10, pp. 71 y ss.) se atribuye la fundación de Santa María de Obona a Adelgaster, hijo del rey Silo; siendo éste quien construye también la iglesia dedicada a San Juan Evangelista en Pravia. Tal vez como consecuencia de la actividad repobladora y el movimiento migratorio provocado por Alfonso I viera la luz en esta centuria la

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Títulos monásticos del Siglo X, según F. J. Fernández Conde en Historia de Asturias. Ayalga ed.

Aproximación al monacato altomedieval auriano

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Aproximación al monacato altomedieval auriano fundación de San Vicente de Oviedo, la realización monástica y de más larga trayectoria del monacato asturiano, tanto por la trascendencia espiritual de su larga existencia como por emplazarse en el lugar yermo en el que posteriormente tendrá asiento la capital del Reino de Asturias. En la segunda mitad del siglo X esta fundación definirá su perfíl monástico tras haber permanecido fusionada con los clérigos de San Salvador en la centuria precedente en la que, por cierto, conocemos la existencia de otros veinticinco títulos monásticos. Esta denominación con la que se conocen muchas iglesias de la época es necesario analizarla

con ciertas reservas, pues muchos de los diplomas en los que constan estas alusiones a monasterios son falsos o interpolados en el siglo XII, y además en la gran mayoría de ellos no existe vida común estrictamente monástica. Se trata de los conocidos monasterios propios, dúplices, familiares o como los califica el profesor Fernández Conde, simplemente “históricos”; transformados en tal por iniciativa de los mismos fundadores de iglesias que por intereses de naturaleza estrictamente económica, tal vez por inquietudes espirituales, optan por adoptar el estilo de vida monástica, al igual que en otras latitudes del ámbito peninsular, pero de una forma meramente nominal (A. Martínez Vega, “ Los monasterios”. Orígenes, pp.329 y ss.) por lo que pudieran semejarse más a simples explotaciones agropecuarias que a un centro de espiritualidad. Contemporáneas a este tipo de fundaciones existían, no obstante, otras propiamente monásticas; y así en los veinticuatro títulos monásticos del siglo IX a los que anteriormente nos hemos referido se registran tres iglesias –Santa María de Libardón, Santa María, San Pedro y San Pablo de Trubia y San Esteban de Alava (Salas)- que son otros tantos ejemplos de establecimientos habitados por grupos de monjes que viven bajo la autoridad de un abad. En su organización se pueden reconocer los rasgos definitorios del monacato fructuosiano, claro indicio de hasta qué punto supo acomodarse aquél al ambiente social de los territorios del noroeste peninsular y dar respuesta a las exigencias de sus gentes. En concreto, tanto el primer documento conocido del monasterio de San Vicente de Oviedo, conservado en controvertida copia del siglo XII, como la donación del obispo Gladila a la iglesia de Trubia permiten entrever que, también en los cenobios asturianos, las normas que regían la vida común emanaban de un pacto estipulado entre el abad y los monjes. La colina en la que florecerá el entramado urbano de la ciudad de Oviedo será un lugar destacado en la historia del monacato primitivo de la región. Allí, a la sombra de la sede de San Salvador y del cenobio de San Vicente se erigirá otra fundación,

Cruz sobre astil en el monasterio de San Pelayo (S.IX aprox.) (Archivo del monasterio de San Pelayo de Oviedo).

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Títulos monásticos del Siglo XI

Aproximación al monacato altomedieval auriano

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Aproximación al monacato altomedieval auriano en este caso de monjas, en la última década del siglo X. Este cenobio, bajo la advocación de San Juan Bautista y San Pelayo (San Pelayo de Oviedo), debió de funcionar en sus comienzos como monasterio “familiar” convirtiéndose muy pronto en lugar de retiro y residencia de mujeres de elevado rango social. Semejantes comienzos también están presentes en la fundación a comienzos del siglo X del monasterio de San Miguel de Bárcena. Fundado por los antepasados del conde Piniolo, a finales de la centuria y principios de la siguiente, estaba habitado por una comunidad de monjas, presidida por la hermana del citado conde y revestía todas las características de lo que pudo ser un “monasterio familiar”. Otras realizaciones propiamente monásticas de la décima centuria son las de Santa Eugenia de Moreda (Lena), Santa María de Cartavio y San Salvador de Tol, ambas de efímera vida al pasar a depender muy pronto del dominio señorial de San Salvador de Oviedo.

Capitel en el monasterio de San Pelayo (Archivo del monasterio de San Pelayo).

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El registro de estos cinco cenobios habitados por comunidades en el panorama socio-religioso del siglo X en el que se contabilizan un total de cincuenta y cinco títulos monásticos nos pone de manifiesto el incremento de monasterios propiamente dichos con respecto a la centuria anterior. Este auge del monacato asturiano adquiere notables cotas durante la centuria siguiente en el que se puebla el solar regional con numerosos títulos monásticos –hasta setenta y cinco contabiliza el profesor Fernández Conde- muchos de los cuales estuvieron habitados por una comunidad. En realidad el siglo XI marca un hito importante en la historia del primitivo monacato astur; las principales fundaciones de la centuria se deben a la iniciativa de las familias más poderosas, ricas e influyentes de la región, siendo tal circunstancia muy favorable para los cenobios por cuanto disfrutaron en la etapa en la que estuvieron sometidos al patronato laico de sus fundadores unos años de especial protección.

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Títulos monásticos del Siglo XII

Aproximación al monacato altomedieval auriano

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Aproximación al monacato altomedieval auriano La realización monástica mas importante del siglo XI se debe a los condes Piniolo y Aldonza que otorgan en 1044 la carta fundacional de San Juan de Corias en un momento en el que resultaban ser los propietarios de la hacienda mas rica del occidente astur. Otras dos fundaciones en esa parte de la región, San Salvador de Cornellana y Santa María de Lapedo, fueron promovidas por miembros de otro linaje nobiliario del mas alto prestigio social, puesto que se hallaba vinculada a la casa real leonesa. En el año 1024 la infanta Cristina, hija de Vermudo II y Velasquita, funda Cornellana. Su hija, la condesa Aldonza Ordóñez, y su esposo el conde Pelayo Froilaz fundan después de 1032 Santa María de Lapedo. Ambos cenobios, no obstante, conocen una primera y larga etapa “familiar” o privada, situación muy generalizada en la época, y no se convertirán en auténticos cenobios con vida monástica hasta que un siglo mas tarde descendientes de los primitivos fundadores decidan llevar a cabo tal empresa. Del resto de los monasterios registrados en la centuria, bastantes de ellos mantienen vida común pero con un ideal monástico “sui generis”, el tan enraizado en la costumbre de algunas familias que se agrupaban incluso con su servidumbre para vivir more monástico y al margen de una estricta mentalidad monacal. De todas formas este fenómeno llegará a sus últimos momentos, pues la legislación del concilio de Coyanza (1055), concretamente el canon III, sanciona negativamente la intromisión de los laicos en los negocios de la iglesia. No podemos determinar la efectividad de tal mandato pero si es probable advertir en la segunda mitad del siglo XI la autoridad de los obispos en su intento de combatir la autonomía de los monasterios asturianos. No obstante, la Regla de San Benito encauzará la espiritualidad de las comunidades monásticas asturianas. San Juan de Corias y San Vicente de Oviedo adoptarán decididamente la Norma del Santo de Nursia en un empeño de ajustarse a los nuevos tiempos de reforma que se respiran en el occidente europeo y que tendrá su eco en la renovación de las estructuras eclesiásticas promovida por el obispo D. Pelayo (1101-1130)

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en la diócesis ovetense. Este prelado era partidario de la disciplina benedictina y parece proclive a renovar las viejas estructuras monásticas de la región al ratificar con su firma la integración de San Salvador de Cornellana en la congregación cluniacense en 1122. Otra experiencia reformadora en la región será la que lleva a cabo la dama asturiana Gontrodo Petri que funda en el año 1153, a las afueras de Oviedo, el monasterio de Santa María de la Vega, dependiente de la congregación francesa de Fontevrault. En realidad durante esta centuria se sentirán en Asturias los aires reformadores del otro lado de los Pirineos y se irá preparando un nuevo estilo monástico, el del Cister, que tan espléndidos logros conseguirá a partir del 1200. A pesar de ello aún cabe registrar algunos títulos monásticos nuevos en el siglo XII y la presencia de comunidades religiosas –San Bartolomé de Nava, Santa María de Villamayor, San Pedro de Villanueva, San Antolín de Bedón y San Salvador de Celorio- en la zona oriental de la región.

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Portada del Real Monasterio de San Pelayo.

Detalle de capiteles de Santa María de Villamayor, Piloña.

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Capítulo II Monaerios de la Orden Benediina

Monasterios de la Orden Benediina La tradición monástica asturiana se enriquecerá extraordinariamente con la decisión de los dos grandes monasterios de la región, el de San Vicente de Oviedo y San Juan Bautista de Corias, de adoptar la Regla de San Benito como modelo de vida a seguir. Paulatinamente el resto de comunidades irán siguiendo los pasos de aquella Norma en la que se funden armónicamente las tradiciones del monacato occidental anterior con las del oriental constituyendo la base del esplendoroso desarrollo medieval del monaquismo. Su autor, San Benito de Nursia, redacta en su fundación de Montecasino (c. 529) esta Regula monachorum, que sin una originalidad especial ni previniendo la trascendencia que habría de tener se convierte, ciertamente, en una regla que contiene los múltiples aspectos que debe vivir la comunidad monástica, en la que se ha de crear un ambiente de oración y trabajo, manual e intelectual, que practicará el monje y para ello éste deberá prometer la estabilidad en el monasterio, la conversión de las costumbres y la obediencia al abad. A pesar del contenido estrictamente espiritual que invade la obra del Santo de Nursia, los benedictinos en su largo itinerario a través de la Monasterios benedictinos de Asturias en la Edad Media.

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historia no han estado ajenos a las coordenadas sociales en las que tuvieron que vivir, y a este respecto no cabe olvidar, como apunta el profesor Fernández Conde (“Aproximación histórica al monacato”, p.48) que durante la Edad Media sus cenobios se convirtieron en centros de poder dentro de la estructura feudal o señorial que caracteriza la época. No obstante, y bajo esas mismas coordenadas los monjes negros serán activos protagonistas en la reorganización del territorio, en su repoblación, en el desarrollo de la agricultura y de la ganadería, la transformación del bosque, en la creación de nuevos medios técnicos como herrerías, molinos, hornos, talleres de cerámica, tenerías, etc. No podemos olvidar, por otra parte, la amplia labor asistencial llevada a cabo en una sociedad plena de inseguridades y ni que decir tiene el espíritu verdaderamente religioso que se desprende de los diplomas suscritos entre las comunidades con los distintos estratos sociales que configuran la sociedad medieval asturiana. Como difusores de nuevas corrientes artísticas queda bien patente en nuestra región el amplio programa del románico pleno que llevan a cabo en el siglo XII coincidiendo con la consolidación de sus dominios territoriales y con el favor que

les dispensan la nobleza y los monarcas. En efecto, será en esta centuria cuando se levantan un amplio número de construcciones en las que se aplicarán las soluciones del románico internacional, y no sólo estas fórmulas serán aplicadas a las estructuras arquitectónicas de las abadías propiamente dichas, sino también en otros monasterios filiales e iglesias rurales dependientes de ellas e incluso del entorno cercano.

San Martín de Soto, a los que se ve obligado a clausurar por los desórdenes y gran relajación que encuentra en sus respectivas comunidades. A pesar de este primer intento reformador, los benedictinos asturianos no logran sacudirse el yugo de las calamidades sobrevenidas con la inestabilidad económica y espiritual que incide en las comunidades monásticas, especialmente, durante los siglos XIV y XV.

Todo este esplendor arquitectónico, ciertamente, denota un auge y disponibilidad económica no acorde con los sencillos principios establecidos por el Santo de Nursia, situación que entraña entre otras un deseo dentro de las mismas comunidades de recuperar el espíritu genuino de la famosa Regla. Estos aires de reforma monástica generalizados por todo el occidente llegan a Asturias también, aunque de manera efímera, en el siglo XII, si bien no tendrán un verdadero arraigo hasta la centuria siguiente con la implantación consolidada del benedictinismo cisterciense.

Sólo lograrán remontar los oscuros tiempos bajomedievales a la sombra de la recién creada Congregación de Valladolid, una institución que tiene su orígen en el monasterio de San Benito, fundado por Juan I en el año 1390 en la ciudad del Pisuerga. En los primeros años del S. XVI esta Congregación de la Observancia, administrada y regida por el citado monasterio de Valladolid se introduce en Asturias de la mano de los dos grandes cenobios de Oviedo, San Pelayo y San Vicente. No sabemos la fecha exacta de esta adscripción pero sí el papel que han desarrollado en el resto de las casas benedictinas de la región sirviendo a los intereses de la Congregación con una participación activa plasmada, en el caso de San Vicente, en la diligente actuación del abad Martín de Piasca.

El celo pastoral del obispo D. Pelayo (1101-1130) y su decidida simpatía por la Regla benedictina ya reflejan su atención a las comunidades monásticas de la diócesis, aunque será otro prelado, D. Gutierre de Toledo (1377-1389) quien tratará de restablecer en estas casas asturianas el orden tan alterado durante el siglo XIV como consecuencia de la crisis espiritual que afecta a la cristiandad.

La opinión de los observantes de que sólo en monasterios amplios y bien dotados podría ser restaurada la disciplina monástica permitirá a San Pelayo, elegido para sede de la Observancia, anexionar las abadías rurales de monjas de San Bartolomé de Nava y Santa María de Villamayor. Martín de Piasca, comisionado y debidamente autorizado por el abad de la Congregación fue el responsable de la pérdida de la autonomía de estas dos casas que pasarán a San Pelayo en 1530 con todas sus rentas y el poder jurisdiccional que disfrutaban en sus respectivos cotos.

Los monasterios ovetenses de San Pelayo, Santa María de la Vega y San Vicente; así como el de San Juan de Corias, Santa María de Obona y San Salvador de Cornellana son, en efecto, los monasterios que reclaman la atención de este obispo reformador que, según su biógrafo el profesor Fernández Conde, (Gutierre de Toledo, obispo de Oviedo (1377-1389), pp. 210-231) promulga para los mismos, entre los años 1379-1381, estatutos disciplinares al objeto de corregir las desviaciones del auténtico espíritu monástico emanado de la Regla de San Benito.

En la primera mitad del siglo XVI la autoridad y disciplina de la Congregación vallisoletana de San Benito se irá imponiendo paulatinamente, y no sin resistencia de algunos abades comendatarios, en las otras casas masculinas de la región. La centralización monástica regional llegaba a su punto final en un contexto de similares ideales

Más enérgico, sin embargo, se mostrará con los cenobios benedictinos del valle del Piloña, los monasterios de Santa María de Villamayor y

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Monasterios de la Orden Benediina

Monasterios de la Orden Benediina políticos por un camino de aspiraciones e intereses ajenos, en ocasiones, al verdadero espíritu de la pretendida reforma disciplinar. Los benedictinos asturianos comienzan, no obstante, una nueva etapa de renovación que les permitirá afrontar el reto de los nuevos tiempos; las respectivas comunidades se empeñarán en un amplio proceso de recuperación de haciendas, de elaboración de apeos y de acciones litigiosas que contribuirán al saneamiento económico y consecuentemente a la renovación de las viejas fábricas monásticas. Durante los siglos XVII-XVIII la gran mayoría de los cenobios asturianos transforman la fisonomía arquitectónica de las antiguas plantas, amplían sus estructuras,

renuevan iglesias, levantan torres, dotan el espacio conventual de magníficas obras de arte, retablos, imaginería, ajuares de sacristía, pinturas… todo bajo los nuevos cánones estéticos del barroco. Los acontecimientos del siglo XIX pusieron fin al resurgir de las comunidades monásticas que sufren el duro golpe de los planes desamortizadores y de las órdenes de exclaustración; los monjes negros de San Benito abandonarán sus claustros poniendo fin a siglos de presencia en la región; sólo el monasterio de San Pelayo de Oviedo logra superar los problemas planteados por dichos procedimientos políticos y franquear los umbrales del siglo XXI.

Sepulcro del Conde Piniolo en el presbiterio de la iglesia de San Juan de Corias.

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Monasterios de la Orden Benediina 2.1 Los cenobios de la Comarca Occidental

El autor del Libro Registro de Corias (Public. A. C. Floriano Cumbreño, 1950), el monje “Gondisaluus Iohannis” que desde los primeros años del siglo XIII (1207) comienza a redactar este códice, a modo de historia e inventario de bienes del monasterio, parece confirmar la falta de descendencia de los condes fundadores y relaciona tal carencia con la decisión, inspirada de forma sobrenatural, de erigir una casa para monjes benedictinos considerados como hijos espirituales.

2.1.1 Monasterio de San Juan de Corias Conocido como el “Escorial” de Asturias por la monumentalidad de su fábrica, este monasterio se localiza en la parte sur-occidental de la región, concretamente, en el concejo de Cangas del Narcea. Dista escasos 2 Km. de la capital municipal y se sitúa en el lugar de Corias en torno a la carretera AS-15 y al rio Narcea que atraviesa todo el ámbito municipal. Detalle de la fachada principal de San Juan de Corias.

Sin más pérdida de tiempo, Suero se decide a comunicar el secreto de su visión y en un principio Piniolo creyó que su mujer le había confiado el plan que ellos tenían, pero cuando ésta se lo negó el conde se convenció del sobrenatural sueño y el deseo divino que le inspiraba por lo que de inmediato ordenó a Suero que reuniese operarios para comenzar la obra de construcción de la iglesia.

Sus fundadores, los condes Piniolo y Aldonza fueron, sin duda, personajes muy destacados de la nobleza astur en el siglo XI y unos de los más ricos propietarios de la región. Su falta de hijos, o la muerte temprana de éstos, determinó en cierta medida la extinción de este linaje en la segunda mitad del siglo XI y tal vez pudo ser este destino el que influyera en la decisión de llevar a cabo tan espléndida fundación.

Lo cierto es que ya con anterioridad los condes podrían estar preparando la fundación y el asentamiento de la misma. A tal fin llevan a cabo una serie de acciones de redistribución de su inmenso patrimonio y, concretamente, la adquisición del

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El relato de la intervención divina como motivo de la fundación no es un hecho excepcional sino una tradición que adorna los orígenes de bastantes iglesias. En este caso, y según la narración de M. Risco (España Sagrada, pp. 297-300), Suero, mayordomo de los condes, tuvo una visión en sueños que le informaba de la necesidad de que los condes llevasen a cabo la fundación en el lugar de Corias y bajo la advocación de San Juan Bautista. En tres ocasiones se repitió este sueño pero el fiel servidor no se atrevía a comunicar lo revelado a sus señores por temor a que no dieran crédito a sus palabras. Pero en la tercera noche la visión fue prodigiosa y decisiva: Suero vió descender del cielo una iglesia sostenida por cadenas y entre un coro de salmistas que se detiene, precisamente, en un lugar identificado como Corias; por si fuera poco, recibió una bofetada en la mejilla izquierda que le dejó marcadas las huellas, lo que interpreta como una amonestación por la desobediencia de no comunicar a sus señores el plan divino.

Monasterios de la Orden Benediina

Libro Registro de Corias (S.XIII 1207-1232) (Biblioteca del monasterio de Montserrat: Ms. 787. Tomado de Orígenes... p. 548). lugar de Corias que no era de su propiedad sino del conde Rodrigo Díaz con el que se ven obligados a realizar una permuta debiendo entregarle a cambio una heredad que había sido de sus padres, un perro sabueso y un azor. En el año 1031 Vermudo III le concede al conde la mandación de Perpera, en donde se hallaba enclavada la villa de Cangas y una parte del realengo de Cangas con el propósito de que Piniolo y Aldonza pudieran construir su monasterio. Esta mandación comprendía un territorio recorrido por el rio Narcea y dos de sus afluentes, el de Perpera –actualmente denominado rio del Cotoy el de Luiña, y se extendía aproximadamente por las actuales parroquias de Agüera del Coto, Coto, Bergame, La Regla, Limés, Entreviñas, Cueras, Cangas, Obanca, Corias y Carceda (Mª Élida García García, San Juan Bautista de Corias, p. 60). Mientras tanto, parece que las obras de construcción del monasterio ya habían comenzado. La profesora Morales Saro aproxima la fecha al año 1022 (“Datos sobre la construcción del monasterio de Corias”, pp. 295-313) y sabemos que

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en el año 1043 ya estaba construido un pequeño oratorio bajo la advocación de San Juan Bautista; sin embargo parece que tuvo un carácter provisional pues durante el abadiato de Munio Ectaz (1063-1118) darán comienzo las obras de una nueva iglesia que perdurará hasta finales del siglo XVI cuando se levanta la que actualmente existe en el monasterio. Estas primitivas construcciones quedan confirmadas por los descubrimientos de las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo durante los años 2008-2009, que han puesto de manifiesto los perfiles de la planta de la primitiva iglesia monacal, de una sola nave y cabecera de tres ábsides, muy del estilo de las típicas construcciones benedictinas. En el año 1043, precisamente, los condes Piniolo y Aldonza ejerciendo el derecho de patronato que les correspondía como fundadores nombran al clérigo Arias Cromaz abad del monasterio. Ya estaba en este momento la comunidad constituida por doce monjes que vivían bajo los preceptos de la Regla benedictina según se pone de manifiesto en el acto de consagración, presidido

Monasterios de la Orden Benediina por el obispo ovetense Froilán (1035-1073) en la propia iglesia de San Juan. El abad Arias cesa como tal en 1062 y en 1073 abandona Corias al ser nombrado obispo de la sede ovetense, cargo al que renuncia en 1094 regresando a pasar sus últimos años con la comunidad benedictina de Corias en donde fallece en 1098.

eran herencias del conde Piniolo, tal como el de San Miguel de Bárcena, Santa María de Miudes, San Martín de Besullo y la mitad de San Tirso de Candamo. El de San Martín de Mántaras lo había fundado la misma condesa doña Aldonza. Otros bienes eran explotaciones de los hermanos de Piniolo que ofrecían al objeto de contribuir a la fundación. También fueron cedidas explotaciones adquiridas por compra o perrmuta a miembros de la nobleza astur, es el caso de la propia villa de Corias, el monasterio de San Juan de Soto y las iglesias de Santa María de Regla, Santa María de Carceda, Santa María de Obanca y San Juan de Araniego; y un número amplio de tierras adquiridas a pequeños propietarios.

La relación que mantuvo con los condes fue muy estrecha, tanto es así que en la dotación fundacional otorgada por Piniolo y Aldonza en 1044 figura como destinatario de la misma, además de los santos patronos del monasterio, el abad Arias y la comunidad de monjes que allí habitaba. La importancia de esta dotación, puesta de manifiesto por E. García, se confirma en el amplio número y valoración de los bienes cedidos: “un total de ocho monasterios íntegros y la mitad de otro; 4 iglesias, y un conjunto de más de treinta villas de localización preferente en el valle del Narcea, aunque dispersa también en la franja costera comprendida entre los rios Eo y Nalón” (San Juan Bautista de Corias, pp. 83-84). Algunos de estos bienes, caso de los monasterios,

La cantidad, no obstante, de bienes resulta hasta cierto punto insignificante si se tiene en cuenta el alto valor económico que conllevan. En el caso de los monasterios, todos ellos estaban dotados con villas y población servil; las iglesias, a parte del edificio de culto, contaban igualmente con explotaciones dependientes. No puede ser mas ilustrativo respecto al volumen y calidad del pa-

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Detalle de retablo en la iglesia de San Juan de Corias.

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Monasterios de la Orden Benediina La dotación fundacional se incrementará en años sucesivos con el traspaso de otros bienes de los condes, prácticamente la totalidad de su inmenso patrimonio. Esta nueva dotación –iglesias, villas, bienes diversos- se distribuyen por el occidente astur y en áreas cercanas al dominio coriense pertenecientes a los actuales concejos de Tineo, Cangas de Narcea, Allande, Boal, Luarca y Pravia. La misma condesa Aldonza, una vez viuda, continúa ejerciendo este criterio geográfico de adquirir, por compra o permuta, nuevas propiedades que serán entregadas e incorporadas al dominio monástico de Corias, e incluso en este afán de enriquecer su fundación llega a disputar en 1056 a la iglesia de Oviedo la posesión del cenobio de Santa María de Cartavio y el castillo de Aguilar con el mismo objeto de dotar al monasterio.

Detalle alusivo a la fundación de San Juan de Corias en el retablo mayor de la iglesia monacal.

trimonio entregado al cenobio que la entrega también de una comunidad de cincuenta siervos moros, la más importante de las conocidas en Asturias (J. I. Ruíz de la Peña, “Siervos moros en la Asturias medieval”, pp. 154-156). El documento fundacional incluye además otra serie de ordenamientos que demuestran el premeditado proyecto de los condes, preocupados prioritariamente por la pervivencia del cenobio. El mismo patronato que ellos se reservan durante su vida y del que dispondrán hasta el año 1049 y 1063, fechas respectivas del fallecimiento de Piniolo y de la condesa, se lo concederán al abad con lo cual se librará el monasterio de interferencias laicas en un asunto tan importante como es el caso del nombramiento de abad, y se conseguirá además que la preceptiva de la Regla se cumpla al ser la comunidad la encargada de elegir el cargo.

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La comunidad, por su parte, no se mantiene ajena al proceso de formación y fortalecimiento del dominio territorial de Corias. Mediante las clásicas fórmulas de donaciones, compras y permutas ya el primer abad Arias Cromaz incrementa extraordinariamente el legado de los fundadores sentando las bases de la futura expansión y es en estos primeros años cuando reciben de Fernando I unos Fueros que regularán en el órden jurídico la situación de los hombres dependientes de Corias. No parece que los condes fueran ajenos a esta decisión real que se materializa el 26 de marzo de 1046 y que afecta a la población de la mandación de Perpera y a las villas pertenecientes al monasterio. Los hombres de estos lugares gozarán a partir de este momento de ciertos privilegios y quedarán exentos de otras obligaciones que percibiese el monarca. Esta atención de Fernando I se complementa con la donación del monte de Castrosín con el rio de Fornos, otorgada en 1047. Este favor real contrasta llamativamente con la escasa atención prestada por los sucesivos monarcas al monasterio. De hecho, en esta primera etapa sólo la reina doña Urraca en 1124 incrementa el patrimonio de Corias con una tierra en Truliane y cuanto poseía en Cerecedo y en Obanca (Cangas del Narcea). Tampoco el esta-

Monasterios de la Orden Benediina mento nobiliario destacó por su liberalidad hacia esta fundación, más bien los pequeños y grandes propietarios serán quienes contribuyen a la expansión de este dominio en el que tendrá un alto rendimiento la cabaña ganadera –yeguas, bueyes- asentada en los numerosos montes, pastos y brañas del propio coto de Corias y en la parte montañosa de Tineo, que se compatibiliza con la dedicación agrícola llevada a cabo en los valles y rasas de la franja costera.

judiciales para defender montes (en Tineo y Pravia), villas (en Laciana y Tineo), heredades (en Tineo y Salas), partes de monasterios (en Trevías) y cualquier situación anómala que afecte a la integridad de su patrimonio; el mismo portazgo de Laciana, de cuyo pago estaban exentos, no siendo respetado este privilegio por los tenentes del territorio, será uno de los mayores desvelos que centraron la actividad de los abades, pues este paso era vital para los monjes y hombres de Corias dado que por ahí acarreaban desde la zona leonesa el trigo que la comunidad necesitaba para su abastecimiento.

En el primer siglo de su existencia la distribución geográfica del dominio ya permitía disponer de una diversificada producción. El rio Narcea y los afluentes de su curso alto (Naviego, Coto, Arganza y Gera) constituyeron un eje vertebrador de propiedades. Estas se extendían igualmente en la amplia fachada marítima del territorio astur, localizándose bien en las rasas cercanas al litoral o en los valles que forman el curso bajo de los rios que desembocan en el Cantábrico (Canero, Negro, Navia). En torno al Nonaya y el Pigüeña o en el valle de Candamo el número de propiedades resulta notoriamente inferior. El territorio leonés también será un área de expansión del dominio asturiano; a través de donaciones o compras los monjes negros de Corias logran implantar su presencia en la parte septentrional de la provincia castellana y llegan a alcanzar incluso la misma capital leonesa. El monasterio de San Miguel y la villa de Marialba, emplazada a orillas del Bernesga, son propiedades que constituyen el extremo meridional del dominio coriense. Todo este espacio sometido a la influencia coriense, caracterizado por una intensa ruralización, ofrecía a la comunidad una producción muy diversificada, base de su riqueza y desde comienzos del siglo XII los abades se verán obligados a ejercer una activa defensa en muchos de estos bienes de su patrimonio, tan amplio y en ocasiones tan disperso.

En este ambiente de tensiones con los distintos estamentos los sucesivos abades demuestran, según el Libro Registro, un espíritu emprendedor capaz de hacer frente a los conflictos e incluso de incrementar el dominio mediante compras y permutas que redondearán el área de expansión de la abadía.

Las usurpaciones de sus bienes y derechos tendrá una respuesta ejemplar por parte de la administración monástica, que recurre a procesos

No faltaron en esta época problemas de orden interno. Las diferencias surgidas entre los miem-

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En defensa de sus derechos incluso el abad Munio Ectaz (1063-1118) se enfrenta al mismo obispo Pelayo en 1104 en difícil litigio por la roza de Cobos en la parroquia de Villaláez. La nobleza no estuvo ajena a la política de defensa del monasterio y en este sentido cabe citar, entre otros, el episodio que enfrenta al abad de Corias con el conde Suero Vermúdez. Sus delegados en la recaudación del portazgo de Laciana, tenencia del conde en la parte leonesa, protagonizan un violento encuentro con los hombres del coto de Corias en 1131, al exigir el pago del portazgo al monje Martín Padérniz y a sus acompañantes cuando venían de León con quince recuas cargadas de trigo. El incidente acabó con heridos de ambas partes y ante las reclamaciones del abad Juan Älvarez (1118-1138) el poderoso conde se vió obligado a disponer que fuesen curadas las heridas de los hombres de Corias. Pocos años después, en 1134, el mismo abad no pudo impedir que el conde se apoderase “per uiolenciam” tanto de la villa de Parajas como de los restantes bienes que componían la sexta parte del patrimonio de Cornellana.

Monasterios de la Orden Benediina bros de la comunidad con motivo de la elección abacial del sucesor de Pedro Peláez (1162-1195) nos pone de manifiesto la falta de unanimidad dentro del grupo monástico y el consiguiente incidente que inesperadamente afectará al propio rey, al obispo ovetense y hasta La Santa Sede. La elección de Pelayo Froilaz no fue aceptada por un reducido grupo de monjes que acuden al rey Alfonso IX quien se muestra partidario de Pelayo Froilaz y considera que debe ser consagrado por el obispo ovetense Juan González; sin embargo, éste se niega rotundamente y propone la anulación del acto de elección y su repetición. El monasterio considera esta actitud como un acto de injerencia de la autoridad episcopal y el mismo Pelayo Froilaz recurre a Roma. Ante esta situación el prelado ovetense y el rey adoptan la decisión de nombrar a un monje de otro monasterio que llegará a Corias acompañado por el propio obispo y por un vicario del rey. La reacción de la comunidad monástica no se hizo esperar, se niega a aceptar al nuevo abad y en una postura de clara rebeldía se encierran en el monasterio, en la capilla de Santa María. Los soldados del obispo pusieron cerco a estos monjes que sólo abandonan su actitud acuciados por el hambre. La resolución de los delegados papales, el obispo de León y los abades de San Pedro de Eslonza y San Isidoro de León resulta favorable a Pelayo Froilaz (1195-1198) que es confirmado un año más tarde por el legado apostólico poniendo fin a un conflicto de ocultos intereses cuya pretensión no era otra que la imposición de una autoridad externa, en este caso la episcopal, a una comunidad que vela incesantemente por su propia autonomía. La defensa de ésta genera durante el abadiato de Suero Moniz (1198-1212) otro conflicto de largo alcance con el mismo monarca Alfonso IX, que pretende imponer en Corias un procurador que eligiese abad; además en el año 1207 visita el monasterio y exige al abad y a los hombres del coto la satisfacción del tributo de “pedido” del que estaban exentos. El rey decide que el abad fuese a Toro para asistir al “consilio” en el que se debería aclarar el asunto, y la presencia en esta

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localidad castellana del abad Suero acompañado de tres monjes fue definitiva al dar lectura al documento de Vermudo III que probaba los privilegios de Corias con lo cual el monarca se ve obligado a reconocer y confirmar los derechos del monasterio. Tal es la situación de inseguridad que amenazaba a la comunidad que para garantizar sus derechos y propiedades debe solicitar protección al Papa Inocencio III quien otorga Bula a su favor en el año 1211. Más gravedad, si cabe, que reviste la defensa de derechos frente a agentes externos, es la crisis interna que parece afectar a la observancia de la comunidad durante los siglos XIII y XIV. E. García (San Juan Bautista, p. 259 y ss.) nos proporciona un dato muy revelador al respecto que no deja de sorprender por el empleo de las relaciones violentas que se desarrollan en el seno del grupo monástico y que llegan al extremo de que ciertos monjes, con ayuda de pobladores de la villa de Corias, roban y dan muerte al abad Martín y a otro monje hermano suyo. La intervención, de nuevo, de los abades de San Pedro de Eslonza y Villanueva de Oscos en el monasterio para ejecutar la sentencia condenatoria del tribunal pontificio nos pone de manifiesto los enfrentamientos y desavenencias de un claustro muy alejado de los principios benedictinos. Cuando el 28 de setiembre de 1380 el obispo ovetense don Gutierre de Toledo (1377-1389) llega a Corias en visita pastoral, dentro del amplio programa de reforma eclesiástica, la situación de crisis interna queda patente en las Constituciones que otorga para el monasterio. Tampoco olvida el inquieto prelado ovetense dar normas para poner fin a la deficiente administración del patrimonio coriense. Ciertamente, la situación económica del monasterio en esta época no pasaba por sus mejores momentos. La crisis demográfica vinculada a los efectos de la Peste Negra de mediados del siglo XIV había provocado el despoblamiento de los campos y la aparición de tierras yermas y en esta situación los

Monasterios de la Orden Benediina bienes aforados no podíaan ser objeto de rentas elevadas. No obstante, desde el siglo precedente el monasterio ya había abandonado su tradicional política económica de marcado autoabastecimiento y se había adaptado plenamente a los cambios experimentados en la economía regional, la intensificación de las transacciones comerciales y la penetración de la moneda en el mundo rural.

el mismo adelantado se compromete a ser “amigo leal y verdadero” de los monjes y a ayudarles en las cosas de pedido de rey o de Roma y en época de hambre. Sin embargo, las esperanzas de la comunidad quedaron defraudadas, pues al cabo de nueve años de la mencionada concesión el mismo rey Juan I, a requerimiento del citado abad Martín Lera, se dirige a Pedro Suárez de Quiñones y a sus oficiales para ordenarles que respetasen los privilegios de exención tributaria que poseían el monasterio y los vasallos de sus cotos.

Pese a esta reorientación de la explotación del dominio señorial, desde finales del siglo XIII el monasterio sufre serias dificultades marcadas por los agravios de la nobleza laica, el peso de la fiscalidad regia y papal y los años de malas cosechas. La situación empeorará durante la centuria siguiente y los administradores de Corias reaccionarán enérgicamente tratando de defender sus derechos jurisdiccionales, tanto de tipo eclesiástico sobre las numerosas iglesias de patronato en las que ejercían su derecho de presentación de clérigo y cobro de diezmos; como de orden civil, procurando solicitar a los monarcas la confirmación de los derechos corienses en la áreas acotadas que se encontraban muy dispersas, en el propio coto de Corias, en el de Bárcena, Fontanella, Borres (Tineo), Canero (Luarca), Irián (Laciana) y Leitariegos (J.I. Ruiz de la Peña, “El coto de Leitariegos”, pp. 173-215).

Esta delicada situación parece superarse a lo largo del siglo XV. La nueva situación demográfica y socio-económica permitirá al monasterio remontar su crisis ejerciendo una acentuada presión señorial sobre el campesinado, al incrementar la cuantía de las rentas, los contratos de ciertos cultivos, como la vid, o la explotación de los recursos ganaderos. Tanto pudo ser la recuperación del patrimonio monástico durante esta Interior de la iglesia de San Juan de Corias.

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El sometimiento del cenobio al dominio y protección de poderosos encomenderos también fue una fórmula experimentada por la comunidad coriense en defensa de sus derechos jurídicos desde finales del siglo XIII; sin embargo, tampoco dio los resultados apetecidos tal como ocurrió con el nombramiento de “encomendero mayor”, que el abad Martín Lera y la comunidad otorgan el 19 de diciembre de 1380 a favor de Pedro Suárez de Quiñones con carácter vitalicio para él y para un hijo. Los monjes de Corias consideraron en aquél momento que Pedro Suárez de Quiñones, como adelantado mayor en tierra de León y de Asturias, y señor además de Tineo, sería la persona idónea para asumir la responsabilidad de proteger los derechos monásticos y máxime cuando

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Monasterios de la Orden Benediina centuria que a finales de la misma el cenobio es objeto de ambición por parte de los conocidos abades “conmendatarios”. El primero del que tenemos noticias es un miembro de la más alta nobleza del reino, don Alonso Enríquez, hijo del almirante de Castilla y deán, asimismo, de la Iglesia de León. Parece que desde el año 1480 ejerce, no sin una fuerte resistencia de la comunidad ese título de “administrador perpetuo” hasta el 1494, siendo sus sucesores en el cargo, según afirma el P. Yepes, Pedro de Ayala (1494-1507), Juan Pimentel (1507-1515) y Gutierre de Carbajal (15151533) (Crónica, pp.37-38). Este último, obispo de Plasencia, debió ser indemnizado por la comunidad con una paga vitalicia de 800 ducados para que abandonara el cargo, tal vez con el propósito de someterse de nuevo a la observancia de la Regla y a la tutela de la Congregación de San Benito de Valladolid. En el año 1536 el monasterio de Corias ya aparece sometido a esta institución vallisoletana. Al dictado de ésta y de los abades temporales, la abadía del Narcea comenzará una nueva etapa marcada por la solvencia económica que produce la reestructuración, atención y defensa de su inmenso patrimonio. La vieja fábrica monástica será, por consiguiente, objeto de primordial atención y prácticamente renovada en su totalidad a finales del siglo XVII, comenzando las obras por el claustro y edificio de habitación de los monjes, bajo trazas y condiciones de Juan del Ribero, maestro mayor de la catedral de Salamanca. Este arquitecto parece ser también el autor del plano de la iglesia que comienza a construirse en 1593, durante el abadiato de Fray Antonio de Yepes, prestigioso historiador de la Orden.

por medio de pilastras dóricas de orden gigante que articulan el muro en sentido vertical. Estas pilastras sostienen el entablamento que circunda toda la iglesia, con un friso liso. En cuanto a las cubiertas se utiliza fundamentalmente la bóveda de cañón con lunetos que organizan el sistema lumínico del templo a través de vanos termales. También las capillas laterales se cubren con bóveda de cañón, en este caso perpendicular a la nave central. La ornamentación del templo es simple y austera produciendo una sensación de equilibrio y armonía perfecta, a la vez que pone de manifiesto la proporcionalidad del edificio. Esta iglesia que es la que actualmente se conserva tras la desaparición de toda la fábrica de la época, como consecuencia del incendio sufrido en el monasterio en la segunda mitad del siglo XVIII, tiene como elementos que no pertenecen a la fábrica del siglo XVI la tribuna del coro, construida en el siglo XVIII, y la linterna que construyó en 1960 el arquitecto Gómez del Collado. De su etapa medieval conserva el monasterio algunas piezas de imaginería como la figura sedente de San Pedro (siglos XIII ó XIV), un Santiago Peregrino (siglo XV) o uno de los mejores y más antiguos cristos del Principado de Asturias. Se trata de una talla en madera del siglo XII en la que Cristo aparece clavado a una cruz que en sus bordes evoca las ramas de un árbol.

La planta de este templo es de cruz latina con una sola nave y con cuatro capillas entre los contrafuertes, que marcan a cada lado los tramos de la nave. El ábside, rectangular, se corresponde en proporciones con el tramo de la nave inmediato al crucero y junto con los brazos de éste, forman una cruz griega.

No cabe la menor duda de que el monasterio de Corias, a pesar de la defensa que debe ejercer durante el siglo XVI frente a la política de incorporación de jurisdicciones a la Corona y la posterior venta de señoríos, elevó considerablemente el nivel de rentas y mantuvo una solvencia económica capaz de incrementar el patrimonio artístico del monasterio. De finales del siglo XVII datan el conjunto de retablos, el mayor y dos colaterales en las alas del crucero, en los que se imponen todas las premisas del barroco avanzado.

Destaca en el interior del templo el purismo ornamental al ser recorridos los tramos de la nave

Las dimensiones del retablo mayor están acordes con las del presbiterio de la iglesia, al coincidir

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Cristo del monasterio de San Juan de Corias (mediados del S.XII).

Monasterios de la Orden Benediina las cornisas de ambas obras. Sobre un elevado banco y rematado por ático semicircular se estructura en tres calles marcadas por columnas salomónicas gigantes recubiertas de hojas de vid y racimos de uva que le otorgan una monumentalidad nunca conseguida en la región. En la calle central se localiza el expositor, la imagen de San Juan, titular del monasterio y un Calvario muy destacable en el piso superior. En sus calles laterales aparecen actualmente las imágenes de Santo Domingo y San Francisco, en sustitución de San Benito y Santa Escolástica, que en su estado original ofrecía. En un alarde de derroche monumental aparece todo revestido por una decoración de tarjetas, colgantes y ménsulas de hojarasca; utiliza asimismo el medio y alto relieve para los numerosos recuadros que ilustran momentos de la vida de San Benito u otros santos de la Orden así como para representar la leyenda de la fundación en la parte derecha del alto banco.

Los retablos laterales, aunque más sencillos, presentan el mismo tipo de monumentalidad por su rica decoración. También se resuelven en tres calles separadas por columnas salomónicas y se rematan en ático flanqueado de complejas volutas y hojarascas. Este esplendor barroco contrastaba con la austeridad de la gran iglesia purista y era fruto de la solvencia económica de una floreciente comunidad, compuesta a mediados del siglo XVIII por cuarenta y siete monjes, incluidos legos y novicios. La rentabilidad del patrimonio y el ejercicio de las funciones jurisdiccionales del abad sobre un inmenso grupo de campesinos sometidos al pago de gravámenes cada vez más onerosos permitía, en efecto, invertir en aspectos suntuarios que la abadía mostraba como gran centro de poder.

Fachada principal del monasterio de San Juan de Corias (© Andrés Martínez Cardín).

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Claustro del monasterio de San Juan de Corias (© Andrés Martínez Cardín).

Monasterios de la Orden Benediina El monasterio fue totalmente destruido, excepto el edificio de la iglesia, por un fortuito incendio desatado el 24 de setiembre de 1763. Diez años más tarde, en 1774, se encarga al arquitecto gallego Miguel Ferro Caaveiro, maestro mayor de Santiago, el reedificio del monasterio que se prolongará más de treinta años, hasta el año 1808. A Ferro Caaveiro se le ofrece la posibilidad de llevar a cabo una gran obra con abundancia de medios y no duda en aplicar modelos estéticos imperantes, como el escurialense, manifestado en la concepción global del monasterio y en soluciones como la fachada exterior de la iglesia. La planta de forma rectangular (77x104 m.) se resuelve en el interior de unos muros perimetrales, que en su alzado ofrecen un predominio absoluto de la linea recta con un ritmo perfecto en la alternancia de vanos y sólo roto en la fachada principal en la que se colocan dos grandes portadas correspondientes a la entrada principal del monasterio y a la iglesia a la que, sin embargo, se accede por el brazo izquierdo del crucero. Interior de la iglesia de San Juan de Corias (© Andrés Martínez Cardín).

Las portadas se estructuran en tres pisos: el bajo con tres arcadas de medio punto; la central alberga la puerta y las dos laterales son ciegas, solamente abren sendas ventanas apaisadas. En el piso superior se articulan tres espacios entre cuatro pilastras adosadas de orden jónico, colocando ventanas en los lados y la hornacina del Santo patrono en el centro. Como remate, un entablamento completo con escudo en el centro y pináculos con bolas de clara tradición escurialense a los lados. Otro elemento destacable del edificio es el conocido claustro principal. Se levanta como un perfecto cuadrado, con cuatro alas de siete arcos cada una; el piso primero y segundo ofrecen un aspecto de unicidad al ser abarcados por pilastras planas dóricas, seis en cada una de las crujías, y pilastra doble esquinada en los respectivos ángulos. Entre las pilastras se abren vanos simétricos, separados por molduras planas horizontales que se interrumpen por las pilastras longitudinales. Un entablamento dórico completo con un friso en cuyas metopas alternan discos y cruces de Calatrava, remata la estructura de este monumental espacio. Los convulsos tiempos del siglo XIX de nuevo tendrán una incidencia en el monumental monasterio coriense. El abad Benito Briones que sufre las inconveniencias de las múltiples revueltas populares de la zona fallece en 1832 y la comunidad benedictina deberá abandonar el monasterio en 1835 como consecuencia de las medidas desamortizadoras. El edificio fue utilizado como escuela y cárcel del partido hasta que una Real Orden de 27 de setiembre de 1859 concede a la Orden de Santo Domingo la antigua casa de los benedictinos. El 1 de abril del año 1860 toman posesión de la misma desarrollando una intensa labor evangelizadora y docente con la creación en el año 1957 de un instituto Laboral en régimen de internado. En el año 2002 compra el monasterio a la Orden Dominica el gobierno del Principado de Asturias con el fin de darle un uso hotelero y relanzar la economía del territorio. Tan sólo la iglesia quedará en manos de los Dominicos desde donde continúan ofreciendo su servicio a la población de la zona.

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Monasterios de la Orden Benediina 2.1.2 Monasterio de San Miguel de Bárcena.

Todo parece indicar que en esta primera etapa la fundación revestía todas las apariencias de “monasterio familiar” y como tal se transmitía a los sucesivos herederos de los condes fundadores. A finales del siglo X o comienzos del siguiente estaba habitado por una comunidad de monjas presidida por Auria, hermana del citado conde Piniolo, y residía en el mismo como confesa la condesa Aragonti, descendiente de los condes fundadores y madre, a su vez, de Auria y Piniolo.

Localizado en la parroquia del mismo nombre, concejo de Tineo, conserva de su fábrica original la iglesia monástica, actualmente parroquial, única dependencia de las que integrarían la planta arquitectónica de este monasterio asturiano que remonta sus orígenes a lejanos tiempos altomedievales. Su fundación, en las primeras décadas del siglo X, a orillas del rio Bárcena, se debe a la familia Vela, concretamente al conde Froila Vélaz y a su esposa Totilde, bisabuelos maternos del conde Piniolo, uno de los más grandes propietarios de la sociedad astur de la época y fundador, a su vez, del monasterio de San Juan de Corias.

A partir del año 1006, fecha del fallecimiento de la condesa Aragonti, que será enterrada en el mismo monasterio en el que había vivido retirada, se inicia la sustitución del grupo de monjas por una comunidad de varones. El proceso es lento y parece responder a los planes de Piniolo, heredero a la muerte de su madre de este cenobio, que ampliará extraordinariamente su dominio a lo largo de la primera mitad del siglo XI.

El núcleo inicial de este monasterio gira en torno a una iglesia, la de San Miguel, que parece ser, según Floriano Llorente, propiedad de esta familia ya desde finales del siglo IX (“El monasterio de San Miguel de Bárcena”, p. 330). Bajo la misma advocación a comienzos del siglo X es conocido como cenobio del que ignoramos su naturaleza monástica así como su fecha concreta de fundación, si bien podemos confirmar que este hecho ocurrió con anterioridad al año 937, momento en el que recibe como tal cenobio la donación de Eulalio integrada por la iglesia de Santa Marina de Yervo y dotada con la mitad de un molino y el villar de Cabañas (E. García, San Juan Bautista de Corias, p. 45).

Este espacio era parte del realengo que los monarcas leoneses tenían en el occidente asturiano. Según el profesor Floriano Llorente, el rey concede al monasterio la mitad de este realengo y le dona sus montes, pastos y brañas. También concede la mitad de las heredades de la mandación delimitada “ …de illas mestas de Parada usque in illa petra de Santellos, et de alia parte de illa via de Serrantina usque in coto de Ceresedo”. Todo este territorio estaba habitado con hombres de la mandación real que a partir de ahora pagarán el tributo regio, el obsequium, al monasterio de Bárcena, reservándose el monarca las circunscripciones de Santa Cruz y Alba de Valdés.

La dotación fundacional estuvo constituida por un amplio número de propiedades que la familia de los condes poseía de manera dispersa por el actual concejo de Tineo. Coetánea a esta dotación recibe el cenobio la donación del conde Oveco Sanxiz, que le otorga una cuarta parte de la villa de Pelontre, de Villajulián (ambas en Semproniana) y de Arrogias (en Troncedo); e igualmente dadivoso se muestra con el cenobio Tello Lobelliz, merino del conde Froila, al concederle la villa de Barcenella, en Semproniana.

Por último, el monarca renuncia también al derecho de percepción del montazgo en todo el

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El 1 de mayo de 1010 el rey Alfonso V concede al monasterio un privilegio acotando el espacio en torno al centro monacal que coincidiría con la actual parroquia de Bárcena y se delimitaría por los lugares de Luciernas, Villapró, Sabadel, Fuente Indiervo, Anzás, San Andrés, San Pedro y Olleros.

Monasterios de la Orden Benediina territorio de Tineo, un espacio que aparece delimitado por Cabruñana (Grado), Leitariegos (en Cangas del Narcea) y el rio Navia. Tan extraordinaria dotación pudo estar relacionada y animada por el proyecto de Piniolo de asentar en el lugar una comunidad de monjes; sin embargo, aún en el año 1017 se encuentra al frente del grupo de monjas la condesa Auria, explícitamente nombrada en una donación que recibe el monasterio en ese mismo año: “…in tempore comitisse Aurie Ximeniz sorosis comitis Pinioli, que tunc regebat ipsum monasterirum cum sanctimonialibus”. El privilegio real, no obstante, iba dirigido a los “siervos de Dios” que allí iban a establecerse. Bárcena, pues, vivía sus primeros momentos ajeno a los proyectos que sobre su vida monástica se cernían y continúa recibiendo en los primeros años del siglo XI donaciones de propietarios de la zona –la heredad de Yervo, la mitad de Paniceres-, de la misma condesa Auria, que concede la villa de San Fructuoso en fecha no determinada; y la de Oveco Roderici y su mujer Mastara que favorecen al cenobio en el año 1038 con las villas de Viluir y Moanes, en el concejo de Luarca. Esta autonomía pronto se verá recortada por el proyecto del conde Piniolo de fundar ex novo un monasterio de monjes, tal vez había madurado su primitivo plan de asentar en Bárcena una comunidad de varones y llegó a considerar más oportuno fundar ese nuevo monasterio, el de San Juan de Corias. La carta fundacional, a la que ya se ha hecho referencia, data del año 1044 y efectivamente incluye como dotación del nuevo monasterio este cenobio de Bárcena; quedaba, por tanto, la vieja fundación familiar bajo la jurisdicción de Corias. Esta medida debió de tener escasa incidencia en Bárcena pues su autonomía es absoluta durante el resto del siglo XI; más bien esta relación de dependencia pudo tener un carácter meramente económico con el fin de contribuir a las necesidades materiales de la comunidad coriense, y en virtud de lo cual Bárcena deberá entregar

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cada año a Corias la tercera parte de sus ingresos, reservándose el resto de los mismos para hacer frente al mantenimiento de sus habitantes, recibir huéspedes y sufragar sus propios gastos. Además Bárcena tenía la obligación de satisfacer anualmente, en el dia de San Juan Bautista, un censo estipulado en “modio de scanla, medro de sicera, carnem habundanter”. La autonomía de la comunidad de Bárcena, regida en la segunda mitad del siglo XI por el abad Agilanus, debió ser lo suficientemente amplia como para recibir donaciones, una de ellas a cambio de sepultura en el mismo monasterio y las otras otorgadas en 1063, 1085 y 1088. Poco tiempo después, sin embargo, conocemos la contundente defensa del abad Munio de Corias sobre los derechos en las mandaciones, brañas y montes reales de Tineo que su filial, Bárcena, disfrutaba, así como sobre los hombres de su coto, desde los tiempos de Alfonso V y que ahora le disputaba el noble Pedro Peláez en nombre de Alfonso VI. El mismo abad Munio acude a Gera en donde estaba presente el conde Pedro Peláez y el portazguero del rey, Benedicto, al objeto de delimitar las propiedades de realengo y del monasterio y el 15 de mayo de 1101 está presente igualmente ante la Curia regia que, en León, pronuncia sentencia favorable a los derechos del monasterio. Todo parece indicar que a partir de la integración de Bárcena en Corias la administración de los bienes de Bárcena corrió a cargo de la comunidad coriense, al margen de la capacidad que pudiera seguir manteniendo Bárcena de recibir donaciones. Además es posible que no existiera en este último cenobio una población monástica propiamente dicha. La mención al abad Agilano documentado sólo en los años 1086 y 1088 parece ser esporádica pues ni antes ni después de estas fechas aparece el nombre de ningún otro abad y a mediados del siglo XII un documento original de donación, otorgado a Bárcena en el año 1162, nos permite comprobar que entonces no había allí población monástica, ya que la con-

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Ábside de la iglesia de San Miguel de Bárcena.

Monasterios de la Orden Benediina statim expellatur a loco ipso, donec ei satisfaciat competenter”. Coincidiendo con las transformaciones jurídicas que convierten el viejo cenobio altomedieval en priorato dependiente de Corias se llevan a cabo obras de remodelación de la antigua fábrica monástica, que si bien no es posible conocer en todo su alcance si sabemos que afectan a la iglesia, la única dependencia que actualmente pervive. El antiguo templo debió ser demolido en su integridad y tan sólo se conservan del mismo una ventanita empotrada en el hastial E. de la nave de la nueva iglesia, sobre el piñón del ábside, que remonta su factura al siglo X.

Lápida sepulcral de la condesa Aragonti, nieta de los fundadores de Bárcena († 29-8-1006). cesión va dirigida “sancto Michaelo arcangelo et beate Marie senper virgine et aliis sanctis reliquis que in eidem loco conmorabitur”. (A.H.N.: Carp. 1585, núm. 1). A partir del año 1203 comprobamos por primera vez la condición de Bárcena como priorato de Corias; disponía de un patrimonio propio pero sometido a la administración de un prior supeditado a la autoridad de los abades corienses. En los textos que recogen las respuestas de los inquisidores que por mandato de Alfonso IX hicieron una averiguación en el territorio de Tineo al objeto de delimitar los bienes de realengo y los de otros señoríos de la región, San Miguel de Bárcena se presenta como monasterio autónomo, con sus propias posesiones y sus hombres dependientes; sin embargo, su dependencia de Corias era fuerte a comienzos del siglo XIII, tal como constata el conocido Libro Registro en su apartado “De monasterio de Varzena e eius consuetudine” en donde se especifica que “si aliquis de cultoribus uel habitatoribus ipsius loci rebellis uel contrarius extiterit abbati coriensi,

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La pieza de traza rectangular incorpora dos vanos, rematados por dos arquillos de herradura muy cerrados. El parteluz consta de base troncopiramidal, grueso fuste de sección circular y capitel troncocónico liso (C. García de Castro, Arqueología cristiana, p. 251). El otro documento del primitivo templo es una lápida funeraria empotrada en la pared exterior S. de la iglesia. Se trata de una pieza rectangular bordeada por una amplia greca exterior de estética mozárabe; el centro del rectángulo se decora con una composición geométrica y entre ésta y la greca exterior se incorpora el texto referido a la condesa Aragonti, madre de Piniolo, descendiente de los fundadores de Bárcena y fallecida en el año 1006. Por lo demás el templo de Bárcena responde a la estructura y modelo característico del románico pleno. Dispone de una amplia nave rectangular a la que se abren tres ábsides; el central, muy desarrollado, con tramo recto profundo y capilla semicircular; los laterales, también de trazas curvas y de escasas proporciones. El tramo recto se cubre con bóveda de cañón sobre imposta lisa y el ábside luce cubierta semicircular de horno. La portada oeste se compone de tres arquivoltas, rodeadas por guardapolvo liso y rematan su perfíl en bocel. Apoyan en imposta lisa sostenida por tres columnas a cada lado entre las jambas acodilladas. Los capiteles del interior son lisos y

Monasterios de la Orden Benediina los cuatro restantes se decoran con motivos vegetales esquemáticos. La portada meridional tiene una sola arquivolta moldurada con bocel y rodeada por guardapolvo recorrido por puntos de diamante y bolas en orden alterno. El arco se apoya en amplias impostas sostenidas por los capiteles; el de la izquierda decorado con rombos incisos y frutos en relieve; y el de la derecha, con bolas y espirales. Al exterior ofrece la iglesia de Bárcena una resaltada volumetría que marca la diferencia entre la cabecera y la nave. El ábside refuerza su fábrica de sillarejo con dos gruesos contrafuerte y su cornisa se encuentra recorrida por canecillos de bolas y formas geométricas diversas. La importancia de las obras que se llevan a cabo en el viejo cenobio manifiestan el auge económico que el centro monástico experimentó desde finales del siglo XII y la diligente administración que ejercía el abad coriense sobre este priorato. En realidad la vida de esta filial discurre sólo en función de los intereses de Corias. Tal circunstancia se puede observar en la redacción de los contratos agrarios. Se da el caso que desde la segunda mitad del siglo XIII, el gran monasterio del Narcea incluye en las cartas de cesión de sus bienes una claúsula que obligaba al campesino a socorrer al monasterio en sus “años malos”. Esta norma también es formulada en las cartas forales de Bárcena a lo largo de los siglos XIV y XV, incluso en momentos en que probablemente ya no había motivos que la justificasen.

Ábside lateral de San Miguel de Bárcena.

Sea como fuere el monasterio de Bárcena hace frente a la crisis del XIV procurando poner en explotación tierras abandonadas. En 1351 afora a una familia de campesinos la explotación de la aldea de Genestosa (Tineo) convertida desde hacía diez años en yermo; también otras dos explotaciones situadas en la aldea de Troncedo y en las mismas condiciones de abandono que la anterior son objeto de contratos de foro. Esta significativa actuación se complementa con iniciativas nuevas como la concesión en 1346 de un suelo para poblar y cultivar en Calleras.. Ya

Esta apremiante necesidad de tierras debió ser tenida en cuenta por parte del prior de Bárcena al manifestar preferencias en la concesión de tierras por aquellas personas que de algún modo estaban vinculadas al monasterio; es el caso de Pedro Jiménez y su hermana Teresa que eran criados del monje de Bárcena, Juan Rodero, y reciben en foro de este cenobio la mitad del préstamo de Luciernas en 1328 (A.H.N.: Carp. 1586, núm. 2). Tal vez esta situación nos indica también la lenta transfor-

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en el transcurso de la centuria (1326, 1360) el monasterio toma esta decisión de ceder suelos para construir casas incluso en la misma villa de Bárcena. Esta medida junto a la realización de contratos para promover la plantación de árboles frutales, la construcción de molinos en otras aldeas del coto y el fraccionamiento de bienes objeto de contratos varios nos indican una gran demanda de tierras por parte de los moradores del coto y nos advierte de un auge demográfico sostenido en el mismo a lo largo el siglo XIV.

Monasterios de la Orden Benediina mación de lo que era la explotación directa hacia un modelo de explotación indirecta perfectamente percibido en la centuria siguiente. De hecho, sabemos que la comunidad de Bárcena manifiesta un interés relevante por conseguir a través de cesión la explotación de las tierras que se hallaban incluidas dentro de los límites del coto, en el mismo lugar de Bárcena o en otros próximos a éste.

el merino Aparicio de Gormaz se presenta en el monasterio en 1481 para que la tenencia de la abadía fuese devuelta a don Alonso, se encuentra con la puerta cerrada y toda la comunidad, desde el interior, le responde que no obedecerán al mandato de las provisiones reales sino a Pedro Álvarez “e que se fuese con Dios e non airase nin quisiere yntentar nin porfiar enesta demanda”.

En cuanto al tipo de rentas exigidas cabe reseñar durante el siglo XIV y primera mitad de la centuria siguiente el interés preferente por las rentas en especie, pan o cereal panificable, generalmente escanda. Esta medida vendría justificada por la localización del dominio territorial en las tierras frias de Tineo en las que la escanda alcanza un óptimo rendimiento, y pone de manifiesto la divergente organización productiva que lleva a cabo con respecto a la casa matriz a la que provee de estos productos deficitarios.

El conflicto tuvo sus efectos, pues hasta el 10 de noviembre de 1481 Alonso Enríquez no logró disponer, nuevamente, de las rentas de la abadía que eran cuantiosas y que ya habían permitido al priorato de Bárcena llevar a cabo obras importantes de reparación del monasterio en 1441.

Como consecuencia de esta preferencia por los cereales, los priores de Bárcena promovieron activamente desde el siglo XIV la construcción de molinos en el rio Esva, a su paso por el espacio que abarcaba el coto de este cenobio. En Hervederas, San Andrés, Luciernas y en el mismo Bárcena a los propios foreros se les imponía, al recibir la concesión, la obligación de edificar molinos en el tramo del rio que el prior y los monjes les asignaban. Esta capacidad de gestión llevada a cabo por los monjes de Bárcena –dos o tres con el prior- no impide que se sientan integrados en la comunidad de Corias y como tal partícipes de su observancia interna. Tanto es así que los monjes de Bárcena llegaron a tener la suficiente autoridad moral como para erigirse en protagonistas a fines del siglo XV de un movimiento de repulsa hacia el abad comendatario Alonso Enríquez a quien consideraban un intruso. El prior de Bárcena, Pedro Álvarez, a comienzos de 1480 entró en la villa de Corias “armado de dibersas armas e con sennores armados” y se apoderó de las rentas que correspondían a don Alonso, considerando que no le correspondían. La comunidad coriense secundó este enfrentamiento y cuando

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El ingreso de la comunidad de Corias, y por ende su priorato, en la Congregación de Valladolid pone fin al poder de los abades comendatarios y principio a una nueva etapa no exenta de tensiones por el proceso de incorporación de las jurisdicciones desde comienzos del siglo XVI. El coto de Bárcena que ocupa una superficie de 5,63 Km cuadrados tiene en esta época una población de 69 vecinos que pagan de derechos jurisdiccionales un yantar o 300 maravedíes por él. Aunque había estado aforado a Suero de Cornas, vecinos del coto, por tres vidas y veinte años más y en precio de tres ducados al año, en el año 1579 ya estaba libre y en octubre de ese mismo año Juan de Zárate realiza en Bárcena la información necesaria para proceder a su desvinculación. Su posterior venta a Diego García de Tineo, vecino de la villa de Tineo, señor y mayorazgo de la casa de Tineo alcanza un importe de 767.925 mrs. Se traspasa, por tanto, la jurisdicción de este coto de Bárcena a la casa de Tineo en claro retroceso de la autoridad del abad de Corias. El declive del viejo cenobio de San Miguel, ahora priorato, ve llegar sus últimos dias con las convulsas medidas desamortizadoras del siglo XIX, al igual que la casa-matriz, la abadía de Corias.

Monasterios de la Orden Benediina 2.1.3 Monasterio de Santa María de Obona

tipo familiar o privado llegando a convertirse en fundación benedictina en el transcurso de los siglos. Aceptando, por tanto, que no existen datos seguros de su fundación, sabemos no obstante, que en el siglo XI era un monasterio dúplice (L. Fernández Martín, “Escrituras del monasterio…”, pp. 300-302. Escrituras núm. 25, 27, 32, 34) y que durante toda esta centuria rigen la comunidad conjuntamente un grupo de abades (M. J. Sanz Fuentes, “Documentación medieval…”, p. 295) y abadesas, confirmándose la primera de la que tenemos constancia por un documento de donación, otorgado en el año 1022, en el que está presente “Onega Abbadessa de Obona”, sucesora de otra anterior, doña Velasquita, que en el año 995 adquiere hacienda en Ponte.

A escasa distancia de la villa capital del concejo de Tineo se encuentra la localidad de Obona en cuyo fértil valle, circundado de sierras y en ladera orientada al mediodía con abundancia de aguas, se erige el monasterio del mismo nombre, bajo la advocación de Santa María, que es tradicionalmente conocido como uno de los de más antigua fundación del Principado de Asturias. El profesor Fernández Conde (La Iglesia de Asturias en la Alta Edad Media, pp. 107-108) indica que es uno de los cinco monasterios cuyo orígen se sitúa en el siglo VIII, aunque advierte también de la carencia de prueba segura que confirme su condición monástica en tan temprana fecha. Ciertamente la escritura fundacional del 780 remite a un Adelgaster, hijo del rey Silo, si bien tal diploma es manifiestamente falso o, por lo menos, muy manipulado (J.I. Ruíz de la Peña y Aurora Mariño, “Aportación al conocimiento de la documentación medieval”, p. 447), tal como se pone de manifiesto en los trabajos publicados que sobre el mismo han llevado a cabo numerosos autores.

El régimen de reparto de bienes a los que estuvo sometido este centro en los siglos altomedievales, en virtud de la condición “familiar” que mantuvo, hizo posible que un tercio de su patrimonio aún perteneciese a fines del siglo XI al monasterio de Corias, de cuyo abad lo adquiere en permuta la familia de los Tructinos en 1092. Semejante operación la interpreta A.C. Floriano motivada por el deseo de los Tructinos de redondear el patrimonio de Obona “con el fin de transformar el régimen jurídico de este monasterio” (El Libro Registro de Corias, p.463). De hecho, en

Es evidente que en este primer siglo de la Reconquista el cenobio revestirá un carácter de

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Vista general del monasterio de Santa María de Obona (Archivo J. Puras).

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Monasterios de la Orden Benediina el siglo XII Obona aparece como un cenobio libre de patronato laico, sometido a la observancia benedictina y reducido a monasterio masculino; circunstancia que debió tener lugar en las primeras décadas de la centuria pues la última mención de abadesa conocida se remonta al año 1113, fecha en la que el presbítero Pelayo vende a la abadesa doña Marina una heredad en Robledo. Con anterioridad ya el monasterio gozaba de un nutrido dominio territorial, mediante donaciones y compras, en el que figura como pieza clave el coto monástico que el rey Alfonso V le otorga y delimita el 26 de febrero de 1022. Este espacio circundante al cenobio será confirmado en el 1200 por Alfonso IX. El favor real ya se había manifestado pródigo desde comienzos del reinado de Bermudo III (1028-1037) con privilegios como el de Fernando II que en el año 1186 libera al monasterio de Obona y a sus vasallos “ab omni voce Regum, a calumnia, ab omni foro, a qualibet nostram et in custodiam et in omnimodam deffensionem Dominum Abbatem, monachos et suu ganatum”. En el año 1222 el propio Alfonso IX en su paso desde Oviedo a Galicia dispone que el camino “qui vadit de Sancto Salvatore ad Sanctum Iacobum vadat per populationem meam de Tineo”. Todos estos favores reales así como las iniciativas de los propios monjes permitió a la comunidad disponer de un amplio dominio territorial que durante los años centrales de la Edad Media se distribuía por los actuales concejos de Tineo, Luarca, Navia, Allande, Cangas del Narcea, Salas, Cudillero. La explotación de tan amplio y variado espacio territorial en el que se incluían tierras bajas y fértiles valles, espacios costeros y de alta montaña ponía a disposición de estos “monjes negros” una diversificada rentabilidad que pronto les facilitará una solvencia económica con la que afrontarán la construcción de la fábrica monástica. El actual templo, único elemento que pervive de esta etapa medieval, parece iniciarse en el primer cuarto del siglo XIII, época en la que los modelos arquitectónicos difundidos por el Cister en su reciente implantación en la región pudieron ejercer un auténtico ejemplo en esta

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Ábside de Santa María de Obona. obra, trazada según los presupuestos cistercienses tanto en su estructura y espacios como en el menosprecio de la ornamentación. Su planta, no obstante, incorpora tres naves y tres capillas semicirculares escalonadas muy al estilo y tradición benedictina. El ingreso a las mismas se realza con arcos de triunfo de dos arquivoltas de medio punto, de las que la interior se apoya en columnas de capiteles vegetales. Las naves alcanzan un considerable desarrollo longitudinal y se articulan con cuatro tramos de arquerías que carecen de unidad en las proporciones, siendo cubiertas de madera. En el exterior del ábside central el muro está articulado por dos esbeltas columnas de capiteles con cintas entrelazadas que alcanzan la altura de la cornisa y delimitan los tres paños murales en los que se abren las ventanas de gran abocinamiento. En éstas destacan las roscas semicirculares, apoyadas en jambas desornamentadas. También lo están los canecillos dispuestos bajo la

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Fachada principal del monasterio de Santa María de Obona.

Monasterios de la Orden Benediina cornisa, pero ésta que se moldura en nacela está recorrida por bolas cistercienses.

similares escenas a las que recubren el Arca Santa de la catedral ovetense.

La portada occidental de armónica composición se abre en un resalto cubierto por tejaroz de canecillos lisos. Incorpora cuatro arquivoltas semicirculares, envueltas por guardapolvo y apoyadas en columnas acodilladas con capiteles de austera cesta.

La iglesia monástica era el espacio elegido por la nobleza de la zona como lugar de enterramiento; aún a finales del siglo XIV, en 1388, el caballero Diego García de Tineo manda “mio corpo en sepultura al monasterio de Obona en el monumento novo que yo mandé fazer” (L. Fernández Martín, “Escrituras…”, p. 305). La comunidad benedictina vivía en esta centuria inmersa en los acontecimientos socio-políticos, económicos y culturales que atravesaba la región y como entidad señorial preocupada en la defensa de sus privilegios, acechados ahora por las condiciones sociales que azotan al Principado y muy especialmente en aquellas que a finales de la centuria protagoniza el rebelde conde D. Alfonso. No duda el abad de Obona en esta ocasión de participar en el bando del obispo D. Gutierre que tan activamente colaboraba con las tropas leales al rey D. Juan I. Su ayuda, en 1383, a la represión del rebelde en tierras de Tineo contribuyó decisivamente al éxito de una empresa que resultó bastante cruenta. No en vano la comunidad había conseguido tres años antes la confirmación del mismo monarca de todos los privilegios que la casa de Obona disfrutaba de los antecesores reales.

Sin duda, la pieza románica más extraordinaria que mantiene el templo de la época románica es un Cristo de madera datado en la segunda mitad del siglo XII. Cristo de Santa María de Obona.

Cabe destacar también como joya perteneciente a este templo el ara de plata repujada que, desaparecida en el verano de 1936, podría datar según C.M. Vigil del siglo XI y que representaba

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También el obispo D. Gutierre en el otoño de 1380 visita el monasterio, corrobora la sumisión de la abadía a su autoridad episcopal y ordena Constituciones de reforma para la comunidad en las que no se aprecia ningún rasgo llamativo que pudiera indicarnos un incumplimiento grave de la observancia. Más las tensiones sociales que se viven en Asturias durante la siguiente centuria con la violencia desatada por los poderosos con continuos y sangrientos enfrentamientos partidistas tendrán su repercusión en la vida de la abadía que se ve inmersa en situaciones de auténtica anarquía protagonizada por los grupos nobiliarios. Los Cuervo y los Miranda parecen ser los que dirimen abiertas rivalidades en el entorno del propio monasterio a finales del siglo XV siendo los causantes del incendio y destrucción del cenobio. En previsión de tan generalizados

Monasterios de la Orden Benediina males ya el monasterio ejercía una acción protectora bajo la fórmula de la encomendación que a principios del siglo XVI disfruta D. Alonso Henríquez, quien figura aún en 1530 como Abad comendatario. Su sustitución en 1534 por D. Francisco de Solís, obispo de Bañorea y caballero de la Orden de Santiago, debió suscitar un largo litigio resuelto en 1552 con sentencia contraria a sus intereses; no obstante, el nombramiento de D. Francisco de Solís tuvo poca vigencia pues en 1536 una Bula del Papa Paulo III anula, a petición del General de la Orden de S. Benito, la figura del abad comendatario del monasterio asturiano. Eran los procedimientos previos al ingreso del monasterio en la Congregación de Valladolid, anexión que se lleva a cabo de forma definitiva en el año 1538.

A pesar de todo, la rentabilidad del patrimonio permitió a la comunidad renovar el aspecto interior de la iglesia y hasta reedificar la vieja fábrica monástica. Del 1622 data el retablo que aún conserva, aunque en deteriorado estado, la iglesia. Incluido entre los que el profesor Ramallo califica de “retablo contrarreformista” (Escultura barroca en Asturias, p. 138) se estructura en tres calles con dos pisos y ático. La central muy marcada respecto a las laterales está sostenida en el primer piso por columnas toscanas con estrias helicoidales. El órden corintio con estrias verticales se utiliza en el segundo piso y pilastras ganchudas en el ático. Las pinturas de su segundo piso y ático así como la imaginería contemporánea del bajo desvirtúan enormemente lo que fue obra de un gran artista, presente, no obstante, en el banco del retablo en donde se representan los cuatro evangelistas con actitud de destacado movimiento.

A partir de este momento y como es habitual en los monasterios incorporados a la institución vallisoletana la comunidad de Obona y su primer abad observante, Francisco de Astudillos, intenta recuperar el patrimonio monástico disperso por tan amplias áreas por las que se extiende su dominio. Recurren, en esta ocasión, a la renovación de contratos en condiciones más ventajosas.

Poco después se encargó también para la iglesia una nueva sillería, tal vez en sustitución de la que Retablo mayor de Santa María de Obona.

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Además debe hacer frente a la defensa de los derechos jurisdiccionales que le confiere el señorío del coto monástico puesto en entredicho con motivo de los intentos desvinculadores desatados a mediados del siglo XVI . En esta época (a. 1554) la comunidad estaba compuesta por tres monjes que tenían para su sustento 100.000 mrs. al año, procedentes en buena parte de las rentas del coto, constituido por ocho aldeas –Faedo de Abajo, Cerezal, Bustoburniego, Villatriz, Murias, Villaluz, Robledo, Piedratecha- y la propia villa de Obona en donde residían 19 vecinos del total de 62 que formaban la población del coto. El abad ejercía la jurisdicción civil y criminal sobre los vasallos y, con cuatro de ellos, nombraba juez. La extensión del coto podría regularse en 20.000 dias de bueyes, de los que 18.000 eran de “tierra inculta por naturaleza, árida y penascosa” siendo aprovechada para leña y pasto.

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Monasterios de la Orden Benediina nos informa Sandoval en 1615 cuando describe la iglesia y dice: “…tiene dos choros alto y baxo, y en el baxo dos ordenes de fillas a cada choro, y muchas que así lo debían ser los religiosos”. La sillería que aún se conserva, recientemente restaurada por el taller de J. Puras, data de los dos primeros tercios del siglo XVII; se compone de sitiales abatibles con tablero alto muy desarrollado. Las misericordias son sencillas, con motivos incisos de carácter vegetal, y todo el conjunto recuerda una concepción clasicista con ornamentación reducida a detalles abstractos y geométricos. Pero la obra de más envergadura del siglo XVII tiene lugar bajo el abadiato de Bernardo Diaz, quien contrató con el maestro Melchor de Velasco el 29 de julio de 1658 la renovación de la fábrica monástica entre la que se incluía el claustro. El proyecto del abad era ambicioso, pues el Sillería de Santa María de Obona (Archivo J. Puras).

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diseño de Velasco preveía la construcción de la portería, el claustro, las fachadas y otras dependencias monásticas; sin embargo, resultó inacabado pues el maestro de Trasmiera deja en manos de su primo Andrés Vélez los trabajos de construcción, que debieron suspenderse en 1688 por la falta de liquidez económica que sufrió la comunidad. El proyecto se desarrolla en el lateral sur de la iglesia quedando situado a un nivel inferior de la misma al seguir la pendiente natural del terreno. La fachada de la portería, de sencillo y pobre diseño, se compone de doble arco escarzano apoyado en un pilar sobre el que se sitúa el escudo real entre dos ventanales cuadrados y bajo una hornacina avenerada en la que se cobija la imagen de San Benito. En la parte inferior una inscripción recuerda la fundación y reedificio:

Monasterios de la Orden Benediina realzan mediante tenues fajas que las limitan. La fábrica aparece desprovista de ornamentación, sólo se emplea un molduraje en la rosca de los arcos y en la linea de imposta. Destaca en el conjunto el rigor geométrico y una sobriedad clasicista que no impide contemplar su ambiciosa monumentalidad. Coincide la renovación de toda la fábrica con otro proyecto cultural que por los mismos años se llevará a cabo al decidir en 1661 el Capítulo General de la Congregación establecer en Obona un colegio de artes para doce monjes estudiantes con un lector y un pasante, que con el abad fueran los profesores de dicho colegio. Éste funcionó ininterrumpidamente hasta 1693 en que el Capítulo General ordenó que fuera trasladado al monasterio burgalés de Nuestra Señora de Obarenes. Tal vez los apuros económicos que atravesaba el monasterio empeñado en la obra de renovación de su vieja fábrica fue el motivo de tal traslado; no obstante, en 1697 de nuevo entrará en funcionamiento ininterrumpidamente hasta principios del siglo XIX. Las leyes desamorEscudo en la fachada principal.

Retablo lateral de Santa María de Obona.

ADELGASTER HIJO DEL REY SILO ME FUNDO. AÑO DE 781 REEDIFIQUEME EL DE 1659

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Mayor interés ofrece la puerta que comunica la iglesia y el primer piso del claustro. Incorpora una estructura clásica con superposición de pilastras y molduras que le confieren una cierta monumentalidad. No obstante, la obra más vistosa del conjunto es el inacabado claustro. El único lienzo concluido es el adosado a la iglesia, en la crujía norte pues los otros aparecen estancados en distintos momentos del proceso. El lienzo terminado se compone de esbeltas pilastras toscanas de orden gigante dispuestas sobre pedestales que reticulan toda la fachada. Abre la planta baja con cinco arcos de medio punto sobre los que se sitúan sendas ventanas cuadradas abiertas en el primer piso. Éstas se

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Monasterios de la Orden Benediina

Remate del ábside central de Santa María de Obona. tizadoras de esta centuria ponen, no obstante, en peligro la estabilidad de los benedictinos de Obona. La guerra de la Independencia impidió las actividades docentes del colegio, que fue transformado en hospital, reanudando su actividad en 1818 aunque la exclaustración de la comunidad durante el Trienio Liberal obliga de nuevo al cese de la docencia hasta 1832. La exclaustración definitiva del 1 de noviembre del 1835 y la incidencia

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de las leyes desamortizadoras de Mendizábal y Madoz pusieron fin a la milenaria fundación real de Santa María de Obona. Su templo conventual convertido actualmente en parroquial bajo la advocación de San Antolín es el único vestigio del viejo cenobio que con el resto de la fábrica monástica, en estado de ruina, fue declarado Monumento Histórico-Artístico de carácter nacional el 14 de mayo de 1982.

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Claustro de Santa María de Obona.

Monasterios de la Orden Benediina 2.2 Los cenobios de la ciudad de Oviedo 2.2.1 Monasterio de San Vicente A la sombra de los muros de la catedral de San Salvador y colindante con el cenobio femenino de San Pelayo, se levanta la estructura arquitectónica de este monasterio ovetense, erigido bajo la advocación de San Vicente, que actualmente es sede del Museo Arqueológico de Asturias. Su fundación, estrechamente vinculada a los orígenes de la capital asturiana, se remonta a lejanos tiempos altomedievales cuando el presbítero Máximo con sus siervos, tal vez como consecuencia del movimiento migratorio provocado por Alfonso I (739-57) toma posesión de la colina de “Oveto” mediante el procedimiento de “presura” y funda allí una villa. Hacia el 761 llega también el tio de Máximo, el abad Fromistano y levanta una iglesia dedicada a San Vicente abrazando la vida monástica que cristalizará con la presencia de otros veinticinco monjes en la primitiva comunidad de San Vicente, organizada en el año 781 mediante un pacto monástico, contenido en una copia del siglo XII sobre la que no existe acuerdo unánime de fiabilidad. Pectoral del abad de San Vicente. (Archivo del monasterio de San Pelayo). Lo cierto es que en esta primera etapa prebenedictina la comunidad de San Vicente debió coexistir con los clérigos al servicio de la catedral, erigida pocos años después del 781 al lado del monasterio (F.J. Fernández Conde, La Iglesia de Asturias…, p. 86) y este perfíl tan escasamente definido podría ser el motivo del silencio documental que afecta a la naciente comunidad de San Vicente hasta el 969. En

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este año y en algunos posteriores de la última centuria del siglo X San Vicente ya aparece en la documentación con personalidad propia frente a la cercana iglesia de San Salvador (L. Serrano, Cartulario de San Vicente…, doc. 17 (a.969), doc. 19 (a.974), doc. 20 (a. 978), doc. 22 (a.978). Con esta autonomía la abadía ovetense, conocida también como Antealtares, comienza un período de florecimiento al experimentar un incremento notable de su patrimonio mediante donaciones regias, nobiliarias, de pequeños propietarios; por adquisiciones propias y permutas (A. Martínez Vega, “San Vicente de Oviedo…”, p. 861). El 19 de agosto de 1045 los reyes Fernando y Sancha donaron al monasterio de San Vicente las iglesias de San Juan y Santa Columba, situadas a orillas del mar y al lado del castillo de Gozón (P. Floriano Llorente, Colección diplomática…, doc. XXXVIII, pp. 86-89). Los fundadores del monasterio de Corias, los condes Piniolo y Aldonza también donan a la abadía ovetense en el año 1047 la villa de Vescas que había sido propiedad de doña Aurea, hermana del conde; y la villa de Andoriga, propiedad de sus antepasados Froila Velaz y doña Eylo (P. Floriano Llorente, o. c., docs. XLI, XLII, pp. 92-95). Por donación del conde Munio también en 1074 se incorpora al monasterio la iglesia de S. Pedro Apóstol del valle de Candamo… Toda una sucesión de donaciones, de índole diversa, y procedentes de distintos estratos sociales que harán de la abadía ovetense un importante centro de poder regulado desde el año 1042 “sub Regula Sancti Benedicti”. El abad Ramiro, documentado desde 1054 protagoniza con su largo abadiato, que ocupa prácticamente la segunda mitad del siglo XI, gran parte de lo que será el núcleo inicial de un rico y extenso dominio monástico que incesantemente se incrementa documentalmente hasta el año 1088, pocos años antes de ocurrir su muerte, acaecida hacia el año 1091. El favor regio también en esta etapa se hizo presente con la concesión al cenobio por parte de Alfonso VI, en 1079, de numerosas propiedades y la confirmación de una alargada y detallada lista de bienes y vasallos; sin embargo, a finales de la

Monasterios de la Orden Benediina centuria la abadía debe hacer frente a su pérdida de autonomía frente a las ambiciones del obispo que intenta acabar con el privilegio de exención de la cercana comunidad monástica. El litigio que parece substanciarse ante el mismo monarca Alfonso VI no tiene grandes repercusiones dado que los documentos referidos a tal acontecimiento son, según el profesor Fernández Conde, falsificaciones confeccionadas por el obispo Pelayo con el fin de incorporar al patrimonio diocesano este monasterio (El Libro de los Testamentos…, pp. 340 y ss.). El notable desarrollo patrimonial que experimenta el monasterio desde el siglo XI recibe un gran impulso en la primera parte de la siguiente con la ágil gestión del abad Pedro (1130-1156). En su etapa de gobierno el patrimonio monástico incorpora un hospital para pobres en el lugar de Rioseco, en el valle de Siero, que su fundadora le dona con numerosos bienes en 1141; y cuatro años después recibe igualmente por donación de Alvaro Guterri y su esposa el monasterio de San Juan de Ranón con una nutrida nómina de bienes entre los que se contaban hombres de criazón.

Báculo de plata del abad de San Vicente. (Archivo del monasterio de San Pelayo).

Promovido el abad Pedro a la silla episcopal de Oviedo en 1156 sus sucesores logran incrementar casi el doble el número de adquisiciones por donación, integrando en el patrimonio monástico bienes de distinta naturaleza entre los que se cuentan monasterios filiales o prioratos, tales como San Juan de Fano, San Clemente de Tueya (Lavandera) y San Esteban de Salces (Laviana, Gozón). Como priorato también tenían organizado en la zona de Monsacro una pequeña comunidad de monjes, dedicados a la cria de ganado. La alberguería del Puente de Mieres, construida por

Las buenas relaciones del monasterio con la casa real y la colaboración de la comunidad ovetense

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con la hacienda regia se vió recompensada con una parte considerable del realengo de Tineo otorgada por privilegio rodado de Fernando II en 1178. En esta ocasión serán incorporadas al dominio territorial de San Vicente las heredades situadas entre Obona y Pelontin, Villa Iuliani, Sangonedo, Rouredo, San Martín, Vallongo y Vega del Rey.

No faltó en esta etapa la favorable disposición real que se vislumbra en la decisión de Alfonso VII de donar en 1133 una senra situada entre Oviedo y la iglesia de San Julián; su hermana, la infanta doña Sancha también contribuye en 1152 con la donación de bienes en tierras de Gozón y de Nembro. La hija del propio Emperador, la reina doña Urraca, fue ardiente benefactora del monasterio; en 1158 le dona el cenobio de Santo Stephano, en el valle de Laviana, siendo confirmada tal disposición documental por el rey Fernando II mediante un privilegio rodado de fecha de 23 de febrero del año siguiente. Pocos años después, en 1161 la misma soberana concede las villas de Alles en Llanera y de Salas en Gijón, siendo confirmadas también por privilegio rodado de Fernando II.

Monasterios de la Orden Benediina que ostenta en los cotos de Tiraña y Entralgo, en el concejo de Laviana; en el de Santo Tomás de Priandi, en el de Nava; en el de Priañes, en el Alfoz de Oviedo y en la mayor parte del concejo de Bimenes. La jurisdicción de estos lugares pasó al monasterio ovetense por cesión de D. Rodrigo Álvarez, confirmada por Pedro I en 1351 y por el conde Alfonso Enríquez en 1372, quien le reconoce la facultad monástica de nombrar oficiales en el concejo de Bimenes, un territorio en el que desde 1343 se había establecido una nueva ordenación jurídica de las relaciones señoriales entre el monasterio de San Vicente y la comunidad concejil, un “pacto foral” en palabras del profesor Ruíz de la Peña (“ Un ejemplo de novación de rentas señoriales…”, pp. 307-308) que suponía unas condiciones más favorables para los pobladores de la circunscripción de las que configuraban el régimen señorial de otras muchas colectividades rurales asturianas de la época. Entrada principal del monasterio de San Vicente. particulares y donada al monasterio en 1189, o el hospital de San Clemente de Lomes (Allande), que recibe en 1147, nos da idea de la variedad de bienes que integran su patrimonio así como la dispersión de su asentamiento en áreas bien distintas del solar astur. La fortaleza económica del monasterio ovetense se consolidará a lo largo de la Baja Edad Media, etapa en la que aparece estrechamente vinculada al monasterio la familia de D. Rodrigo Álvarez de Asturias. Un miembro de este círculo familiar, Diego Ordóñez, ya había ocupado el cargo abacial de este poderoso cenobio y a finales del siglo XIII el propio D. Rodrigo será beneficiado con una carta de encomendación (29-III-1287) otorgada por el abad que le faculta para ejercer funciones específicas sobre las extensas propiedades que el monasterio tenía en los concejos de Llanera, Siero, Nava, Gijón, Villaviciosa, Colunga y Laviana. El poder de la comunidad de San Vicente en la Baja Edad Media se completa con la jurisdicción

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El prestigio y poderío de la comunidad de Antealtares se refuerza en el medio rural asturiano con su presencia en diez arciprestazgos de la diócesis al ejercer el dereho de patronato en las iglesias del arciprestazgo de Oviedo ( Sta. Mª de Limanes, Sta. Olalla de Colloto, Sto. Ullano de Box, Sta. Marina de Brañes), de Llanera (Sta. Cruz de Arduenga, Sta. Mª de Lugo), de Las Regueras (S. Pedro de Nora), de Gijón (S. Clemente de Quintueles y San Jorge de San Cure), de Carreño (Sta. Mª de Piedeleoro, Santiago de Ambas), de Gozón ( S. Pedro de Namero (sic), S. Martín de Podes, Sta Mª de la Puebla, Sta. Olaya de Nembro, San Martín de Bozines, San Jorge de Manzaneda), de Pravia (S. Pedro de Soto), de Candamo (S. Pedro de Manjón), de Lena (S. Martín de Turón, Sta Olalla de Vayna) y Laviana (S. Pedro de Tiraña, Sta. Mª del Otero, San Juan de Entralgo y S. Esteban de Salizes). (F. J. Fernández Conde, La Iglesia de Asturias en la Baja Edad Media, pp. 99 y ss.). No es posible determinar por ahora los efectos económicos que pudo tener la generalizada crisis del siglo XIV en el ámbito monacal de San Vicente en esta etapa en la que precisamente la comuni-

Monasterios de la Orden Benediina dad se desentiende del cultivo directo de su rico patrimonio rústico, encomendando la explotación de las distintas propiedades y convirtiéndose en simple rentista de sus tierras; no obstante, sí sabemos por las Constituciones de reforma que otorga para este monasterio D. Gutierre de Toledo en 1379 que algunos de sus prioratos estaban atravesando una franca decadencia llegando a contar sólo con un solo monje. Esta circunstancia advertida por el prelado puede ser síntoma de una inflexión económica del monasterio benedictino desde mediados del siglo XIV, cuando la grave crisis demográfica favorece el despoblamiento y el consiguiente descenso del número de contratos agrarios por la alarmante disminución de la demanda de campos para explotar.

nos de la mano, precisamente, de estos monjes aventajados en acoplar los viejos claustros de la región a los frescos aires reformadores de la Iglesia. Por esta época el prestigio del cenobio ovetense estaba plenamente recobrado al contar con un colegio que desde 1515 tenía facultad de dar grados en arte y teología; la reforma de su fábrica resulta imprescindible y así comenzará la transformación de su estructura arquitectónica que, a un ritmo incesante durante toda la Edad Moderna, nos dejará el complejo monumental que en la actualidad nos ofrece.

A mediados de la siguiente centuria el monasterio remonta esta situación económica reorientando su gestión administrativa y dando prioridad a los contratos de foro establecidos mayoritariamente con carácter perpetuo y posteriormente por períodos fijados entre cincuenta y sesenta años. Al doblar el 1500 la comunidad se prepara para vivir con más rigor el espíritu de la Regla y en vías de esta nueva etapa, promovida por la Congregación de San Benito de Valladolid, los monjes de Antealtares logran sacudir el yugo de los abades comendatarios que tanto interfieren en el panorama monástico asturiano. En 1504 se pone fin al gobierno del deán de la catedral, Luis de Peñafiel, que ejercía de abad comendatario en el monasterio; si bien el 18 de marzo de 1515 León X nombra un nuevo abad comendatario, el clérigo leonés D. Antonio Obregón, que debe renunciar a la abadía pocos dias después al ser impugnado su nombramiento por el monje Gonzalo de Oviedo, a la sazón electo abad desde el año 1504.

En la segunda parte del siglo XVI serán las obras de la iglesia las que ocupan el interés de la comunidad y si bien éstas estuvieron vinculadas al principio a los Cerecedo parece que interviene en la obra de forma definitiva el maestro Juan del Ribero. En su planta se incorpora la cruz latina inscrita en un rectángulo; tiene una sola nave con capillas laterales entre contrafuertes. Su cabecera es plana y con ábside único; sobre el primer tramo de capillas, correspondiendo con un segundo piso, se sitúa el coro sostenido por

Liberados los monjes de San Vicente de poderes ajenos, formalizan su ingreso en la Congregación de Valladolid por bula expedida el 1 de abril de 1515 por León X, haciéndose efectiva la unión en setiembre de 1517. El monasterio ovetense será desde ahora un decidido promotor de la reforma vallisoletana que se irá implantando en el resto de los centros benedictinos asturia-

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El claustro, elemento prioritario en la vida regular, será el primer espacio en el que acometerán las obras, el actual piso bajo. Tanto sus elementos estructurales como los ornamentales parecen responder a la autoría de Juan de Badajoz el mozo que llevaría la obra a cabo a principios del siglo XVI. Se constituye por medio de arcos de medio punto sostenidos por pilares de grandes contrafuertes exteriores. Las cubiertas son de crucería sencilla con nervios que se recogen a la altura del arranque de los arcos en haces que descansan en ménsulas, rematadas por debajo de la linea de imposta, adornada por un delicado estriado continuo. El piso superior es obra, según el profesor Ramallo Asensio, de carácter quinientista aunque desvirtuada por reformas de cierre que se llevan a cabo en 1775. Es atribuible a Juan de Cerecedo el viejo y se compone de columnas rematadas por capiteles de collarino y vaso estriado remontados por zapatas de piedra, flanqueadas por volutas y decoradas en sus frentes, que sostienen un entablamento cajeado (P. García Cuetos, “Arquitectura…”, p. 172).

Arco San Vicente. Principios del S.XX. Archivo del R.I.D.E.A.

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Arco San Vicente en la actualidad.

Monasterios de la Orden Benediina arcos de asa de cesta apoyados en pilastras lisas con capitel jónico. Los muros de la nave están recorridos por una imposta, por encima de la rosca del arco de cada una de las capillas que se interrumpe por las pilastras de articulación vertical, que son de orden jónico y estriado de poco relieve. Las cubiertas de la iglesia son de bóveda de cañón, salvo en el crucero; los brazos de éste, el presbiterio y la nave incorporan lunetos. La plementería de las bóvedas está decorada con motivos geométricos. Pero realmente lo que constituye una auténtica joya del clasicismo en Asturias es la portada del nártex. Aunque muy desapercibida por la cancela de madera que ante ella se coloca a finales del s. XVII, se organiza a modo de arco de triunfo con tres calles flanqueadas por columnas.

La fachada del templo incorpora una calle central, marcada por dos contrafuertes que arrancan de ménsulas situadas en un nivel superior a la linea de imposta del arco central. En la parte superior de esta calle se abre una ventana cuadrada, sobre la que se sitúa un gran vano, guarnecida por dos hornacinas rematadas en pequeñas veneras. Las calles laterales de la fachada corresponden a las bases de las torres, siendo la torre construida de sección cuadrada con cuatro vanos de medio punto en el cuerpo superior. La iglesia fue consagrada en 1592 por el obispo Diego de Aponte Quiñones durante el abadiato del P. Yepes (1589-1592), insigne historiador de la Orden, Cronista de la Congregación y abad de los monasterios de Corias, Salamanca y Valladolid.

Iglesia del monasterio de San Vicente en la actual plaza Feijoo en Oviedo.

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Monasterios de la Orden Benediina Poco antes de concluirse la obra de la iglesia los monjes de S. Vicente ya proyectaban ampliar la casa y gestionaban con el cabildo y el ayuntamiento las licencias oportunas. Hacia el año 1611 se lleva a cabo la ampliación del edificio, en un solar entre el monasterio y la cerca siendo unido a las viejas dependencias por medio de un pasadizo, el conocido “Arco de San Vicente”. Esta nueva construcción, en torno actualmente a la Plaza Feijoo, disponía de fachada organizada a base de arcadas la parte baja, ventanas en la intermedia y balcones voladizos en la superior. En la centuria siguiente el arquitecto Manuel Reguera ampliará el edificio con una torre destinada a biblioteca y acometerá obras de remodelación del claustro.

de sus monjes fue decretada en 1820; su iglesia pasará a parroquial con el nombre de Santa María La Real de la Corte, y el claustro declarado Monumento Histórico Artístico el 29 de junio de 1934. En él se emplazará en el año 1951 el Museo Arqueológico Provincial, que será inaugurado oficialmente el 21 de setiembre de 1952. El resto del edificio será declarado, igual que el claustro, por un decreto de 1 de marzo de 1962. En recuerdo de la presencia benedictina en el lugar se alza, en lo que fuera huerta del monasterio, el monumento a Fr. Benito Feijoo, obra de Gerardo Zaragoza, erigido por la ciudad de Oviedo en 1953. La imagen del P. Feijoo, sobre pedestal de piedra, se levanta en esta actual plaza de su nombre con actitud serena y pensante, frente a la celda en la que trató de interpretar su época y en donde fallece un 26 de diciembre de 1764.

Con anterioridad se había encargado el retablo mayor de la iglesia, iniciado en el año 1638. De excepcional traza, a pesar de faltarle actualmente todo el cuerpo ático, se organiza en torno a dos gigantescas columnas estriadas y de orden corintio que descansan en abultadas ménsulas de hojarasca y sostienen entablamento saliente y cóncavo en su parte central. Estas columnas delimitan la amplia calle central ocupada por un lienzo que representa el martirio de San Vicente, atribuido al pintor vallisoletano Diego Valentín Díaz. A ambos lados, sendas calles ocupadas también por lienzos del mismo autor con escenas de San Benito y Santa Escolástica. Estas calles laterales, más estrechas que la central, están rematadas por frontones sobre los que resbalan angelitos, atribuidos al escultor Luis Fernández de la Vega.

Torre-biblioteca del monasterio de San Vicente de Oviedo, en la ampliación del arquitecto Manuel Reguera a finales del S.XVIII.

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Las obras de enriquecimiento y renovación de las dependencias monásticas, que ocuparon buena parte de la Edad Moderna y que parecen constantes hasta finales del siglo XVIII, no impidieron otras actividades de tipo cultural cuales serán las aportadas por el colegio de Artes y Teología en donde sobresale, entre otros muchos, la figura del P. Feijoo, importante y representativa figura de la Ilustración española. El siglo XIX, no obstante, marcará el ocaso de esta abadía de Antealtares. La exclaustración

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Monasterios de la Orden Benediina 2.2.2 Monasterio de San Pelayo Plenamente vinculado al discurrir histórico de la capital del Principado, se localiza este monasterio en el espacio intramuros del Oviedo medieval ocupando su solar, a la sombra de la catedral y contiguo al otro cenobio de San Vicente, la histórica “colina” en la que se asentará el primer núcleo de población de la incipiente ciudad de Oviedo. El registro arqueológico del lugar confirma, ciertamente, la antigüedad de la primitiva iglesia de este monasterio, bajo la advocación de San Juan Bautista, y nos retrotrae su construcción al pleno período prerrománico asturiano. Así se colige de los estudios que el profesor Fernández Conde (“Orígenes e Historia inicial”, pp.31-39. Vid. Asimismo, “Orígenes del Monasterio de San Pelayo”, pp. 99-110) ha llevado a cabo sobre los orígenes y primeros hitos del futuro cenobio benedictino de San Pelayo. Estos y algunos otros vestigios de la época dejan fuera de toda duda la antigüedad del primitivo edificio que albergó al parecer una comunidad humana asentada entre sus muros desde la segunda mitad del siglo IX y el tercer cuarto del siglo X. La gran mayoría de los historiadores que han abordado esta primera etapa del cenobio ovetense, incluido el P. Yepes vincula los orígenes arquitectónicos y conventuales de San Pelayo a Alfonso II y a su hermana doña Jimena, y semejante opinión la sostienen también las mismas monjas, que desde comienzos del siglo XIII celebrarán oficios de exequias “pro anima Adefonso rege Casto”. Esta tradición se ha mantenido ininterrumpidamente a través de los siglos compartiendo en la actualidad el acto religioso con los capitulares de la catedral. Las mismas monjas del cenobio ovetense convierten además a la infanta Jimena en su primera abadesa, tal como se advierte en una inscripción del siglo XVIII:

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“CUANDO EN EL AÑO DE 1770 SE REEDIFICABA ESTE CLAUSTRO, LOS OFICIALES POCO APRECIADORES DE LAS COSAS ANTIGUAS PARA IGUALAR LAS PAREDES MACIZARON LOS SEPULCROS DE VARIAS PRINCESAS Y REINAS AQUÍ ENTERRADAS. Y EN ESTE SITIO EL DE LA INFANTA DOÑA JIMENA ABADESA DE ESTE MONASTERIO Y HERMANA DEL REY DON ALONSO EL CASTO”. Al margen del discutido protagonismo del rey Casto en esta empresa y de la sugerente hipótesis planteada por la profesora I. Torrente sobre los orígenes de este centro que puede ser fruto de la transformación del cenobio de la Santa Cruz, adyacente a la iglesia de San Salvador y habitado en el año 974 por un grupo de mujeres que vivían según la costumbre monástica; sabemos que en vísperas de la terrible acometida llevada a cabo por Almanzor los años 987-88, que acabará destruyendo las ciudades de Zamora, Astorga y el mismo León, se trasladan desde ésta última ciudad al cenobio ovetense de San Juan Bautista –posteriormente conocido como San Pelayo- los restos de algunos reyes y el cuerpo del niño Pelayo –San Pelayo- martirizado en Córdoba (a. 925) y custodiadas sus reliquias en León desde el año 967, durante el reinado de Ramiro III. La decisión pretendía evitar una posible profanación musulmana y es posible que estuviera determinada por Teresa Ansúrez, esposa de Sancho I el Gordo (+ 965) y madre de Ramiro III, quien se encontraba refugiada y probablemente rigiendo este cenobio “sui generis” ovetense desde la subida al trono del rey Bermudo (a. 985). Poco tiempo después, en el año 996, ciertamente la citada Teresa Ansúrez preside la “comunidad” y como tal consta en el diploma de donación que el rey Bermudo II les otorga el 14 de marzo de dicho año: “…offero adque dono pro anima mea…ad dominos gloriosos et vere beatos Sancti Iohannis Babtiste et Sancti Pelagii, quórum basilica scita est in sede metropolitana Ovetao in cimiterio puella-

Monasterios de la Orden Benediina rum sub regimine electa et Deo vota Tarasia regina Christi ancilla cum consortes carum…” (F.J. Fernández Conde- I. Torrente Fernández – G. de la Noval Menéndez, El Monasterio de San Pelayo… Colección diplomática, V. I, doc. 1, p. 20).

su primera mujer que será repudiada hacia el año 991 siendo obligada, consecuentemente, a abandonar la vida cortesana. Poco tiempo después, en el año 1003, también Teresa, hija del rey leonés y esposa de Almanzor, escogerá esta noble residencia ovetense para pasar sus últimos años una vez viuda del famoso caudillo musulmán.

Queda claro en esta ocasión que el grupo de señoras que habitaban aquél “cimiterio puellarum”, conocido ya con la doble titularidad de San Juan Bautista y San Pelayo, vivían con su servidumbre, compuesta de hombres y mujeres, en un estilo monástico peculiar pero generalizado en la época. Disponían de una hospedería para pobres y peregrinos y ya se habían convertido en importante y distinguido centro de atracción para damas de clase privilegiada. Es probable que cuando Bermudo II les otorga la citada donación del valle de Sariego con sus hombres, villas y heredades, viviera en aquella residencia ovetense, además de la ex reina Teresa Ansúrez, Velasquita,

En consecuencia con este rango y prestigio social la “comunidad” aborda el engrandecimiento de su fábrica monástica y aprovecha para ello la visita que Fernando I y su mujer, la reina doña Sancha, hacen al “monasterio” para honrar y venerar de forma oficial el cuerpo de San Pelayo. El instrumento documental que da testimonio del acto, datado el 7 de noviembre de 1053, además de incluir la espléndida donación del monasterio de San Juan de Aboño, que había pertenecido a la reina Velasquita expone el interés y compromiso de la familia real “…ut in melius restauraremus

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Fachada principal del Real Monasterio de San Pelayo.

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Monasterios de la Orden Benediina ipsius cimiterium, ubi ipsum corpusculum martiris sanctissimi requiescit…” (F.J. Fernández Conde – I. Torrente – G. de la Noval, El Monasterio de San Pelayo… V. I, doc. 3, p. 24). Todo parece indicar que es en este momento cuando se afronta la renovación de la fábrica del viejo cimiterium y se plantea la construcción de un pórtico-panteón, en la parte meridional de la iglesia, cuyos restos materializados actualmente en los dos arcos del “claustrillo” ofrecen el lenguaje del románico primitivo coexistiendo con soluciones prerrománicas degeneradas, tal como se aprecia en los motivos de las basas de las columnas, que rematan algunas de ellas con capiteles a los que se incorporan la figuración humana y animalística, fenómeno que triunfa en la plástica monumental románica en el siglo XI. La remodelación de la fábrica parece que corre pareja a una transformación y renovación de la vida propiamente monástica. En el año 1071 parece que rige los destinos de la comunidad Gontrodo, que acogerá en su casa a la corte leonesa que se preparaba para celebrar una curia extraordinaria presidida por Alfonso V, y que ostentará

documentalmente el título abacial en el año 1097. La titularidad de San Pelayo, en menoscabo, de San Juan Bautista, se consolidará definitivamente en el transcurso de la centuria y a lo largo de la siguiente las monjas ovetenses adoptarán la Norma monástica de San Benito. Será, concretamente, en el año 1152 cuando de forma explícita se mencio- Reverso de sello de plomo de na su adscripción a la Regula Alfonso X (1252-1284) del santo de Nursia. (A.M.S.P.). Coincide tan decisiva medida con la ampliación de la fábrica monástica y la construcción de un nuevo claustro, verdadero núcleo de la vida monacal, en el lado norte de la iglesia. La capacidad económica del grupo monástico también se estaba consolidando de manera extraordinaria al ampliarse considerablemente su dominio patrimonial. A las dos espléndidas concesiones reales de Bermudo II y Fernando I se suman las donaciones

Carta de donación del rey Fernando I, por la que concede al cenobio de San Pelay o de Oviedo el monasterio de San Juan de Aboño con sus hombres y pertenencias. 7-11-1053. (Archivo del monasterio de San Pelayo. Fondo San Pelayo).

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Monasterios de la Orden Benediina de particulares, así como el patrimonio de las propias monjas.

Como auténtica mecenas de las benedictinas ovetenses aparece en la documentación de mediados del siglo XII la infanta doña Sancha quien secunda siempre las concesiones reales de su hermano e incluso entrega bienes propios en un afán de incrementar el patrimonio del monasterio. Igualmente dadivosa se muestra la reina Urraca, hija de Alfonso el Emperador, quien otorga dos importantes donaciones a San Pelayo. En la de 1157 le concede la iglesia de Santa María de la Corte, en Oviedo, y la mitad de la villa de Vigil; y en la segunda, datada en 1161, unas casas en Oviedo que antes de formar parte del Infantazgo habían pertenecido ya al monasterio. En la misma donación se incluye la iglesia de Santa María de Tiñana, en Siero, con su villa y familias de criazón.

El catálogo de abadesas, rigurosamente confeccionado por la Dra. Torrente (“Abadologio del monasterio de San Pelayo”, 1995, pp.9-29) nos pone de manifiesto, una vez más, esta relevante posición económica y social del grupo Anverso de sello de plomo de Alfonso X (1252-1284) monástico, y en concreto de las abadesas, que ejerciendo (A.M.S.P.). su autoridad sobre el conjunto de monjas que integran el claustro, desempeñan, a su vez, una singular función en los ámbitos socio-políticos de la región asturiana. La misma abadesa Aldonza Ferrandi (1152-1174), citada con anterioridad, es claro exponente del poder que reune quien llega a ostentar el báculo abacial en el monasterio de San Pelayo. Tia de la anterior abadesa Urraca Vermúdiz, es hija de los condes Fernando y Enderquina y abraza la vida monástica al morir su marido Alvaro Gutérriz, con quien había fundado el monasterio de San Juan Evangelista de Ranón. Las relaciones que sus padres y ella misma mantenían con Alfonso VIII y con su hermana doña Sancha, a cuyo infantazgo pertenecía San Pelayo redundaron en generosos favores hacia el cenobio ovetense. El Emperador que ya había confirmado en 1144 los bienes que poseían Aldonza Fernándiz y su marido les dona a ella y a su sobrina, Urraca Vermúdez que fuera abadesa (1144-1147), el monasterio de San Miguel de Trevías con la condición de que al final de sus vidas pasará a ser propiedad de San Pelayo. Un año mas tarde concede al monasterio ovetense la tercera parte del portazgo de Olloniego, a ruego de la propia Sancha a quien pertenecía dicha renta; en 1147 la décima parte del portazgo de la ciudad de Oviedo y el quinto del de Gozón; y por último, en 1153 confirma todas las donaciones hechas por el mismo y su hermana concediéndoles además el diezmo de los derechos de navío de Oviedo.

Franquean las benedictinas ovetenses los tiempos bajomedievales con un dominio señorial extenso. La procedencia geográfica de las mismas monjas es un factor que, en cierto modo, contribuye a fijar los enclaves territoriales en los que se localiza el patrimonio señorial. Casi toda la geografía asturiana y algunos enclaves en tierras leonesas, en Gordón y en Tierra de Campos, es el espacio en donde poseen pastos, bosques, prados, molinos, derechos de aguas, ganados, patronatos de iglesias… El espacio urbano de la misma ciudad de Oviedo será igualmente objeto de ambición y en su intrincada morfología urbana dispondrán de numerosas casas y huertos. La consolidación de tan amplio y variado patrimonio se lleva a cabo durante el siglo XIII mediante la solicitud periódica de la confirmación

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Cabe resaltar a finales del siglo XII la donación otorgada por Fernando II, en 1187, de lo que le corresponde en Ujo y en Obrendes, con los hombres perteneciente a tales heredades. Es posible que esta concesión fuese el pago a la fidelidad de la abadesa Inés Suáriz a la causa del monarca en las dificultades que experimenta Fernando II en Asturias cuando su media hermana, la reina Urraca, intenta una sublevación para segregar la tierra asturiana de la Corona.

Monasterios de la Orden Benediina tradicional fórmula de la aparcería e incluso ir a medias en la cosecha.

Detalle del arco del "claustrillo" . (Archivo del monasterio de San Pelayo). real de sus privilegios, derechos y franquicias. En junio de 1232 Fernando III mediante privilegio rodado pone bajo su protección regia al monasterio con sus heredades, vasallos y demás bienes monásticos. Cinco dias antes confirma todas las donaciones y privilegios otorgados por sus antecesores; e igualmente confirma (a.1222, junio 8) los 1200 maravedís de renta sobre la sal de Avilés que habían sido concedidos por su padre Alfonso IX (1222, febrero 8). A mediados de siglo, en 1253 Gonzalo Morant, adelantado mayor en tierra de León, envía carta al concejo de Oviedo y a los otros concejos de la región en la que manda respetar los derechos de San Pelayo sobre sus vasallos; es el momento (a.1255) en el que también Alfonso X confirma al monasterio ovetense los privilegios concedidos por su padre Fernando III. La iniciativa monástica en esta centuria también consiste en la adquisición, por compra o cambio, de nuevas propiedades, preferentemente en los lugares en los que ya tienen hacienda.Otra iniciativa de amplias expectativas económicas es la recuperación de lugares despoblados que han comenzado a poblarse, como en el caso de Maliayo; y no menos acertada es el tratar de poblar o cultivar otros espacios utilizando para ello la

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Todas estas medidas y algunas otras de carácter económico serán objeto durante esta centuria de disconformidad en el seno de la comunidad. Todo parece indicar que ese interés económico que aparece en la gestión administrativa del patrimonio señorial reviste un cierto nepotismo familiar cuando no un carácter político, que subyace en la gestión de abadesas procedentes de círculos familiares nobiliarios con intereses determinados. Semejantes desencuentros parecen perfilarse en el transcurso del siglo XIV durante el abadiato de Aldonza González (1285-1321), tia del caballero Pedro Diaz de Nava y partidaria de ciertos negocios con Alfonso Nicolás, Alcalde de Sancho IV, que no eran del agrado de un buen número de monjas pero que lleva adelante, tal vez, por la influencia de su círculo familiar, partidarios del citado monarca y del mismo Alfonso Nicolás. La capacidad que Fernando IV otorga a las monjas (1301, agosto 17) para poder heredar y testar parece indicar el ingreso en el monasterio de monjas provenientes de renombrados linajes nobiliarios, portadoras de una atractiva riqueza y de un poder que harán evidente desde su condición religiosa, sobre todo cuando llegan a ocupar el cargo abacial. Semejante individualismo y progresivo deterioro de la espiritualidad benedictina, que llega a cristalizarse en forma de una auténtica crisis durante las décadas del pleno siglo XIV, será denunciado por el obispo don Gutierre de Toledo (13771389). En opinión de este prelado reformador, que otorga unas Constituciones a San Pelayo en la primavera de 1379, las monjas deberán atender con más esmero al oficio divino, al voto de pobreza, al uso de vestidos y objetos que no sean lujosos, así como a la restauración de la clausura. No parece, sin embargo, que la comunidad participara de otras desviaciones bastante usuales, por cierto, en los monasterios de la época; es más, confía a la comunidad ovetense a la abadesa de Santa María de Villamayor con el ánimo

Monasterios de la Orden Benediina de corregir las desviaciones del grupo monástico piloñés. El hospital con el que cuenta el monasterio en esta época para la atención de pobres y peregrinos parece también confirmar la atención y compromiso que las “Pelayas” tienen con los más desfavorecidos en momentos de hambruna y de dificultades económicas.

en 1494-95, desempeñando el cargo abacial pleitea con miembros de la familia de los Quiñones por bienes en la Vega de Gordón, Celada, Olleros, Crespín y Santa Lucía, que los herederos de Suero de Quiñones trataban de usurpar desde tiempo antes. Igualmente ejerce su derecho en Babia, en el lugar de Torrebarrio, en cuanto a pastos, tierras y otros derechos. Consigue durante su abadiato, ciertamente, incrementar el control sobre el dominio señorial del monasterio y preparar a éste para afrontar los nuevos tiempos modernos y la reforma monástica, plasmada ya en diversos proyectos durante la segunda parte del siglo XIV.

A finales de la Edad Media y tras remontar los oscuros tiempos del siglo XIV, el monasterio comienza una etapa de reorientación y organización del patrimonio monacal para lo que solicitan la colaboración del obispo Alonso Palenzuela (1469-1485) y de su provisor con el ánimo de que conminen a los eclesiásticos asturianos en su labor de averiguar y hacer pesquisa de todos sus bienes. Precisamente en este empeño aparece la figura de la monja Iñiga Menéndez de Arango, posteriormente abadesa, que dirige la pesquisa de los bienes que el monasterio tiene en el coto de Coalla (Grado) y posteriormente,

Parece que será su sucesora, María Alonso de Grado, quien incorpora el monasterio a la Congregación vallisoletana de San Benito, quedando San Pelayo desde la primera década del siglo XVI sometido a la Observancia y convertido en centro de la reforma a llevar a cabo en las co-

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Coro bajo en la iglesia de San Pelayo (Archivo del monasterio de San Pelayo).

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Monasterios de la Orden Benediina munidades femeninas que la Orden tenía en Asturias. Su decisión de incorporar las abadías rurales de San Bartolomé de Nava y Santa María de Villamayor en 1530 a San Pelayo, bajo el pretexto de intentar colaborar en la imposición de medidas disciplinarias o espirituales animadoras de los primeros tiempos de la Reforma monástica parece más bien que contemplaba móviles económicos que fortalecerían aún más, si cabe, el extenso patrimonio del monasterio ovetense al que se agregaban los de los monasterios rurales anexionados. Con un patrimonio tan incrementado y ágilmente gestionado las monjas ovetenses están en disposición de renovar las estancias del viejo cenobio medieval. En 1592 comienza la construcción de la nueva y actual iglesia monástica. Proyectada por Leonardo de la Cajiga con una sola nave y sin capillas laterales, circunstancia frecuente en las iglesias de comunidades femeninas, se presenta en la actualidad con un aspecto que responde a las obras posteriores a la guerra civil y que difiere bastante de la funcionalidad que tuvo en sus principios. La nave se articula por una sucesión de tres cubos y otros dos tramos de menor profundidad destinados a coro. Cada tramo está delimitado por pilastras de orden toscano que llegan a convertirse en pilares para sostener el arco de triunfo que separa el cuerpo de la iglesia del coro. Se cubre con bóveda de cañón con arcos fajones recorridos en el intradós por una carrilera y con lunetos. La fachada, de sillería perfectamente escuadrada, está regida por proporciones muy precisas; la puerta principal cuyo ancho coincide con el diámetro del óculo superior está flanqueada por otras dos que como la principal, sobre la que se abre hornacina con la imagen titular de San Pelayo, se rematan con guardapolvo. Será esta obra la primera de una serie de actuaciones que renovarán y transformarán totalmente el viejo cenobio dándole la fisonomía que actualmente mantiene. Las directrices emanadas de la Congregación vallisoletana así como la atención de las monjas a la defensa y admi-

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nistración del dominio monástico les producía una rentabilidad capaz de afrontar las obras de nueva fábrica. Como primera medida en defensa del patrimonio van a hacer frente a las revisiones que hacen los Reyes Católicos de todos los privilegios y donaciones reales concedida por sus antepasados. Es por ello que deben solicitar confirmación de todos los privilegios y franquicias, sobre todo de los juros de heredad sobre las rentas de las carnicerías de Oviedo y del alfolí de la sal de Avilés. Las reiteradas confirmaciones del siglo XVI (en 1529 y 1562) parecen responder a la conflictividad que el monasterio mantiene en la época con otras instituciones, tal como puede ser el enfrentamiento en 1523 con el obispo Diego de Muros por problemas de jurisdicción; e incluso a la venta de jurisdicciones de la orden benedictina de la que el monasterio ovetense logra salir indemne. A pesar de todas estas dificultades, los ingresos más importantes del monasterio van en aumento durante el siglo XVI-XVII y son los procedentes del arrendamiento o aforamiento de sus propiedades dispersas por toda la región.La rentabilidad de todo este patrimonio asciende a mediados del siglo XVI, según J. Antonio Álvarez Vázquez (“La vida económica…”, p.483) a los cuatro mil reales, cifra que asciende a 14.495 rs. a comienzos del siglo XVII, se supera ampliamente (38.573 rs.) a mediados de la centuria y llega a los 118.797 rs. en la última parte del siglo XVIII. Es el momento también en el que los gastos suntuarios, ajuar litúrgico, arreglos de iglesias, compra de imágenes, etc. rebasa ampliamente los 250.000 rs. A la vista de la disponibilidad económica de la época las monjas “pelayas” se hacen presente en el entramado urbano de la ciudad con la construcción de la torre campanario del monasterio en un proyecto que trata de emular la vecina torre de San Salvador. Proyectada en 1654 por Melchor de Velasco consta de un cuerpo cuadrado de cuatro pisos que ascienden en progresiva disminución. Sus muros aparecen calados con un par de vanos que también ofrecen mayor luz según ascienden hasta el cuarto piso en el que

Monasterios de la Orden Benediina se sustituyen por una pareja de arcos de medio punto. Sobre este último piso, rematado con barandilla se asienta una aguja de estilo gótico, similar a la catedralicia, que no responde a la traza de Melchor de Velasco sino más bien a una decisión personal de la Comunidad, tal vez en un intento de mostrar su capacidad de poder a los canónigos de la vecina iglesia de San Salvador con quienes mantuvieron largo conflicto precisamente por esta construcción, que consideraban desproporcionada y molesta por el consiguiente toque de campanas.

co González en 1604, a José de Margotedo y al escultor vallisoletano Alonso de Roza, que será asistido por el oficial Antonio Borja. A finales del siglo XVII deciden también las monjas construir de nueva planta el resto del monasterio para adaptarlo a las necesidades de un grupo monástico cada vez más amplio.Fue una obra compleja al tratarse de la reorganización y ampliación de todas las dependencias monásticas pero muy bien concebida y plasmada en el proyecto que en 1694 se compromete a llevar a cabo el arquitecto Gregorio de la Roza y el también arquitecto benedictino fray Gaspar Ladrón de Guevara. El núcleo central de la edificación es un gran claustro entre patios adaptados a la irregularidad del terreno. Esta solución arquitectónica favorece la gran iluminación del recinto interior que se convierte en un espacio abierto, de abundante luz y diáfano.

Pocos años después, en 1679, la comunidad contrata un nuevo retablo para la iglesia, en sustitución del que había sido encargado a FrancisIglesia monástica de San Pelayo (Archivo del monasterio de San Pelayo).

Los dos pisos superiores del claustro son adintelados, de altura inferior al bajo y vanos duplicados respecto a los arcos del inferior; el primero se articula con columnas toscanas y el segundo con pilares del mismo orden. Todo el conjunto reviste una elegante desnudez que reviste una gran monumentalidad. Son además las partes más nobles del monasterio el refectorio, la sala capitular y la escalera que comunica el claustro con la iglesia. La sala capitular, actualmente utilizada como refectorio,

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El claustro central se sitúa al lado de la iglesia y aunque se asienta a un nivel más bajo que ésta, se salva tal desnivel por una escalera a dos vertientes. Tiene una forma rectangular de 16 por 19 metros y se ordena en tres pisos dominando en todos el orden toscano. El piso bajo es de arquerías que se abren entre recias pilastras de frente cajeado y se cubre con bóvedas de arista decoradas con temas geométricos hechos en estuco. A través de esta planta se accede a una zona ajardinada con un pozo central, protegido por un templete de piedra de inspiración clasicista, que remata en cúpula y se adorna en los ángulos de su cornisa con pirámides.

Monasterios de la Orden Benediina se ubica en el ala oeste del claustro; es un espacio muy diáfano por los vanos abiertos al patio, tiene forma rectangular y se cubre con bóveda de cañón y tramado con pilastras toscanas. Al lado opuesto se sitúa el refectorio, actual sala capitular. Tiene también planta rectangular articulada con pilastras jónicas y encaja en uno de sus muros un espectacular púlpito para el lector. La obra cumbre, no obstante, de renovación y ampliación del edificio monástico se lleva a cabo en los primeros años del siglo XVIII con la construcción de la llamada “vicaría”, edificio que a modo de fachada acoge un amplio vestíbulo y la residencia de los vicarios. Proyectada por el arquitecto benedictino fray Pedro Martínez de Cardeña en 1703 tiene planta rectangular de inspiración palaciega con fachada a la escalinata de acceso a la iglesia y a la calle; el volumen cúbico que representa se distribuye en tres plantas remarcadas mediante lineas de imposta muy resaltadas. La fachada principal, levantada sobre una escalinata que salva el desnivel de la calle, adquiere tintes de monumentalidad tanto por su organización de vanos como por la plasticidad escénica que adquiere en su calle central. Ésta, al igual que en las producciones retablísticas, se compone de tres calles articuladas mediante columnas exentas sobre pedestales que al disminuir progresivamente en altura producen un gran efecto de movimiento y verticalidad. Tres grandes arcadas con rejería de la época y entre cuatro columnas de orden toscano constituyen el núcleo central de la planta baja que incorpora a sus lados ambas ventanas rematadas con frontón curvo roto terminado en voluta. Archivo del monasterio de San Pelayo.

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Marcando la disposición de las arcadas inferiores se abren, en el primer piso, tres balcones volados con rejería, quedando enmarcados sus vanos con molduras mixtilíneas entre cuatro columnas de orden jónico sobre pedestal. Dos balcones a cada lado complementan la horizontalidad de la planta que continúa en ascenso incorporando el frontón roto del piso inferior y cuya calle central abre ventanal entre columnas corintias, otras a ambos lados y un espacio superior, sobresaliente al nivel del tejado, en el que aparece el escudo real, cobijado bajo frontón curvo. Todo en definitiva es monumental, producto de la conjunción del lenguaje y ornamento barroco con la severidad clasicista. Nada hacía pensar a la respetada comunidad de “pelayas” ovetenses que en las centurias siguientes la PAX del claustro se alteraría tanto como para ser objeto de severas medidas desamortizadoras y tener que llegar a abandonar sus muros. En efecto, en el año 1809 la entrada de las tropas francesas en Oviedo les obliga a abandonar por primera vez desde hacía casi mil años su antigua morada. Tras una primera dispersión motivada por el terror impuesto por los franceses en el mes de enero de 1810 se acogen a la hospitalidad de las hermanas benedictinas del monasterio vecino de la Vega. La privación del patrimonio a las que les someten las leyes desamortizadoras propuestas por Mendizábal y aplicadas desde el año 1837 pone a la comunidad en un difícil trance de supervivencia. No obstante, San Pelayo sobrevive a este duro golpe y aún mantiene la suficiente capacidad para ofrecer su hospitalidad a otras comunidades que en el transcurso de la centuria deben abandonar sus casas, en 1854 las monjas de la Vega y en 1868 las cistercienses de las Huelgas de Avilés. La llegada del siglo XX no fue para el monasterio de San Pelayo menos agitada; la década de los años treinta fue vivida por la comunidad con verdadero dramatismo al ver como su casa quedaba convertida en ruinas. En octubre del 34 los revolucionarios habían ocupado el edificio

Monasterios de la Orden Benediina monacal que es bombardeado y destruido en buena parte de sus estructuras. Las monjas, de nuevo, deben abandonar su casa dispersándose por edificios vecinos y hogares familiares hasta que el 13 de octubre la Superiora de las Salesas las acoge en su monasterio con el ánimo de vivir juntas, en comunidad. Aquí permanecerán durante los acontecimientos de la guerra civil y la resistencia y cerco de Oviedo siendo convertido su monasterio en cuartel; en el año 37 abandonarán Oviedo siendo acogidas en esta ocasión por sus hermanas benedictinas de Santa María de Carvajal de León de donde regresarán en noviembre del año 39. La ingente labor de recuperación del edificio monacal ha sido una labor compleja y sacrificada que atendía tanto a la recuperación material como a la reconversión espiritual del grupo humano que allí pervivía, fiel a los principios del Santo de Nursia al que un dia habían prometido entregar sus vidas. Destacado protagonismo tuvo en ese “largo camino” la que fuera desde el año 1951 postulada como abadesa, la Madre Amparo Moro Suárez (+ 1988). Cabe a su sucesora, la Madre María Teresa Álvarez Palacios (1988-2011), continuar la presencia bene-

dictina en la región dado que este monasterio es el único que con más de mil años ha superado las dificultades e inclemencias de todos los tiempos; no en vano es el más antiguo de España con vida ininterrumpida. Actualmente su comunidad, al frente de la cual se encuentra la Madre Rosario del Camino Fernández-Miranda (2011) , se afana con generosidad, humildad y espíritu de servicio en estar presente en nuestra actual sociedad a sabiendas de que custodian también un patrimonio asturiano de riqueza extraordinaria. El fondo archivístico del monasterio data del siglo IX; numerosas piezas arqueológicas de esa centuria y posteriores nos ayudan a ilustrar importantes páginas de la historia de Asturias. No menos importante resulta el capítulo de platería en el que se encuentran artísticas piezas de talleres castellanos e incluso mejicanos. La imaginería conservada también nos remite a modelos de los siglos XVII y XVIII -Inmaculada, San Benito, El Salvador, La Dolorosa, San Vicente, Santa Gertrudis, San Miguel- ejecutados por maestros, algunos de ellos discípulos de Luis Fernández de la Vega.

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Detalle de la sillería del coro (Archivo del monasterio de San Pelayo).

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Monasterios de la Orden Benediina 2.3 Los cenobios del valle del Piloña En los casi 40 Km. que tiene de recorrido el rio Piloña a su paso por los concejos de Nava, Piloña y Parres, se asientan durante la Edad Media tres fundaciones de monjas benedictinas situadas, significativamente, en el ámbito municipal de cada una de los tres concejos reseñados. Asentadas las tres en las inmediaciones del cauce fluvial, se erige la de Nava bajo la advocación de San Bartolomé; la de Piloña ocupa las fértiles vegas del rio, un área, el de Villamayor, en el que su tramo medio discurre por el espacio de mayor anchura del valle; y por último, en el tramo final del Piloña, en el que sus aguas fluyen en tranquilo recorrido hacia el Sella, se levanta el cenobio de San Martín perteneciente a las tierras parraguesas. La situación geográfica de estos centros benedictinos, las únicas fundaciones rurales de monjas que la Orden tiene en Asturias, supone una singularidad dentro del monacato de la región y más aún si se tienen en cuenta los nexos comunes que en el transcurso de la historia han registrado. De hecho, las tres fundaciones han tenido un orígen similar, marcado por una larga etapa prebenedictina desde la que llegan a institucionalizar la vida monástica, propiamente dicha, en diversos momentos del siglo XII. En este proyecto han tenido un lugar destacado los ricos propietarios del entorno y la nobleza del lugar, tal vez los Álvarez de Asturias han sido los protagonistas de este proyecto, por lo menos mecenas destacados de estos tres centros en los que profesan miembros familiares con un destacado protagonismo. Por el contrario, en ninguna de las tres fundaciones se advierte la generosidad real, más bien logran constituir su dominio territorial en base a las donaciones de una nobleza local de segunda fila. Las comunidades religiosas están compuestas por escaso número de miembros, procedentes del entorno y de las familias nobiliarias del lugar. Logran construir su fábrica durante el siglo XII

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bajo los cánones estéticos de un románico internacional difundido por la zona de su asentamiento con un programa iconográfico que caracteriza el itinerario que atraviesa el centro de la región, desde la zona más oriental hasta Oviedo; no en vano los tres monasterios están enclavados en el antiguo Camino real del Principado, en un espacio actualmente ocupado por la N-634. Durante el siglo XIV han requerido la atención del obispo D. Gutierre de Toledo (1377-1389) en un intento de reformar su observancia y con este mismo fin interviene, a comienzos del siglo XVI, la Congregación de San Benito de Valladolid. Los planes de esta institución han sido definitivos para estos monasterios. Serán clausurados en la primera mitad de aquella centuria, siendo incorporadas sus rentas al monasterio benedictino de San Pelayo de Oviedo que los mantiene como prioratos hasta el siglo XIX en el que las leyes desamortizadoras inciden sobre el patrimonio de este gran monasterio urbano.

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Ventana altomedieval del monasterio de San Bartolomé.

Monasterios de la Orden Benediina 2.3.1 Monasterio de San Bartolomé de Nava En el espacio urbano que ocupa la actual villa de Nava, concretamente, en torno a las dependencias municipales y al edificio de la iglesia se levantaba la fábrica de este monasterio cuyo titular aún da nombre al templo parroquial. La Dra. Torrente Fernández en su documentado y riguroso trabajo sobre este cenobio (El dominio del monasterio de San Bartolomé de Nava. (siglos XIII-XVI). Oviedo, 1982) profundiza en los orígenes de esta fundación y sin dejar de aludir a las referencias de Octavio Bellmunt, Trelles Villademoros y Yepes que atribuyen tal empresa a los padres de la esposa de Rodrigo Díaz de Vivar o a los parientes de D. Rodrigo Álvarez, considera más oportuno vincular esta fundación a una iglesia, la de San Bartolomé, que ya existe en el siglo XI. Se trataría, por tanto, de un centro religioso que pudo revestir en sus orígenes

la modalidad de “iglesia propia” o “monasterio familiar”, circunstancia muy generalizada en la época y que en este caso evolucionará hacia lo que será el monasterio, propiamente dicho, de San Bartolomé. Conocemos, no obstante y aunque tardíamente, la institucionalización de este cenobio que parece adquirir perfiles monásticos durante el siglo XII bajo la protección de Alvar Diaz de Noreña, miembro de una destacada familia nobiliaria local que adquirirá un gran prestigio durante el reinado de Fernando II de quien disfrutará varias tenencias en la zona e incluso durante el reinado de Alfonso IX. Dos de sus hijas, Gontrodo y Teresa Álvarez, ya aparecen a principios del siglo XIII como monjas de San Bartolomé, lo que nos hace sospechar que ya en la centuria anterior gozaba de una comunidad religiosa. Concretamente, será en el año 1222 cuando la monja doña Teresa dona a

Iglesia parroquial de San Bartolomé de Nava sobre el solar del antiguo templo monástico.

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Monasterios de la Orden Benediina su monasterio unas heredades en Bimenes, en la villa de Artos; y por las mismas fechas también su padre trata de formar o consolidar el patrimonio del monasterio con otra donación en Suares (Bimenes). No en vano ejercía en la época el cargo de priora (a.1225) otra hija del citado Alvar Díaz, doña Gontrodo. Sin embargo, sabemos por los estudios de I. Torrente (El dominio…, p.34) que aún no rige la comunidad una abadesa, por lo que podría considerarse que el grupo monástico estaba iniciando una larga trayectoria de institucionalización que se consolidará en 1252 al figurar como abadesa de la comunidad la anteriormente citada doña Gontrodo.

padre don Ordonno”; y en semejante actitud se expresa su hermana doña Marquisa cuando concede en 1252 unas heredades que “dexómelas mio padre don Ordonno e mia madre donna María per conuyén que las dexase en el monesterio e conuyento de San Bartolomé”. Las aportaciones de las propias monjas al patrimonio del monasterio han sido decisivas en la configuración e incremento del mismo. Teniendo en cuenta la procedencia geográfica de las mismas, de los concejos limítrofes, Piloña, Siero, Villaviciosa, Colunga, Cabranes, Bimenes, Noreña, Laviana, Sobrescobio, etc. y considerando su extracción social de grupos privilegiados de la sociedad e incluso del estado noble podemos muy bien determinar la extensión del dominio territorial de San Bartolomé.

Es posible que de aquella larga y oscura etapa anterior nos quede tan sólo el testimonio arqueológico de una pequeña ventana integrante de la fábrica de la primitiva iglesia. Esta ventanita empotrada actualmente en la portada principal de la capilla erigida en el cementerio parroquial en el año 1888, justo cuando se desmantelaron las dependencias monásticas, nos hace sospechar que procede del viejo cenobio, tal vez del templo altomedieval en donde tuvo su orígen la futura fundación. Todo parece indicar que en la primera etapa del siglo XIII San Bartolomé de Nava adquiere unos perfiles monásticos muy nítidos, promocionados por una familia noble de la zona sobre su propio patrimonio. La tutela familiar ha sido decisiva en estos primeros momentos de institucionalización monástica, sus aportaciones al incremento del dominio territorial y al patrimonio monacal se complementaban con la profesión en el centro de las descendientes del noble linaje; tal es el caso de doña Marquisa y doña Elvira Ordóñez, hijas de don Ordoño Álvarez y sobrinas, por tanto, de doña Gontrodo y doña Teresa Álvarez. Ellas donan a San Bartolomé una nutrida relación de bienes en Nava, Piloña y Bimenes, desde su condición de “mongias del monesterio” especificando además en el caso de doña Elvira que estos bienes donados en 1260 eran “de mio

Todo este espacio parece que lo disfrutaba el monasterio por los miembros del linaje de D. Rodrigo Álvarez, que lo habrían desgajado de su patrimonio convirtiéndose, consecuentemente, en señorío solariego del cenobio. Sobre el mismo incide la actuación del conde don Enrique, bastardo del recién fallecido Alfonso XI, quien encontrándose en Ribadesella el 29 de abril de 1351 extiende a favor del monasterio el diploma de inmunidad de los “términos de San Bartolomé”. Poco tiempo después del reconocimiento legal de la inmunidad de San Bartolomé, el rey Alfonso X concede el derecho a formar puebla (a. 1270) en el lugar llamado “Castiello de Salas”, limítrofe con el espacio acotado de San Bartolomé, lo que genera algunas tensiones entre el monas-

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Todo este espacio se completa con un término acotado en torno al cenobio sobre el que la abadesa de San Bartolomé de Nava ejerce funciones jurisdiccionales. Se trata de un espacio continuo de unas 72 Has. en el que se incluían los siguientes núcleos de población: el conocido como de la Plazuela, en el que se asentaban las dependencias monacales así como las de sus servidores; y otros tres llamados de Orizón, La Cocina y Villabona.

Monasterios de la Orden Benediina terio y la entidad concejil, fundamentalmente por el traslado de vecinos de la puebla hacia el coto monástico, tal vez rehuyendo la fiscalidad a la que eran sometidos o, como supone la Dra. Torrente Fernández, por los servicios religiosos que la iglesia de San Bartolomé, como parroquia, ofrecía a los pobladores de la zona. Es posible que estas funciones las estuviera ejerciendo ya el viejo templo en torno al cual se llegó a fundar el monasterio, si bien de una manera certera será durante el siglo XIII cuando la iglesia monástica estará servida por un capellán contratado por la abadesa, priora y convento en 1257 que hará “oficio de cura parroquial” los domingos y fiestas guardaderas y administrará los sacramentos tanto a las monjas como a los feligreses de San Bartolomé. De esta época parece ser el templo románico del monasterio, destruido durante la guerra civil. Se trataba de un edificio de soluciones protogóticas y en el que la fachada principal adquiría gran monumentalidad. La fábrica de la iglesia denota una solvencia económica producida por la buena gestión administrativa del amplio dominio territorial.Tal circunstancia debió de verse afectada en el siglo XIV por la crisis que incide en la zona; y aunque será en esta centuria en la que se registra el mayor número de adquisiciones de bienes hechas Antigua iglesia conventual de San Bartolomé.

por la comunidad aprovechando las situaciones de necesidad por las que atravesarían los campesinos, las mismas monjas se ven obligadas a enajenar algunos de sus bienes. En el año 1333 venden ciertas heredades en Villaviciosa “por el gran afrontamiento e gran mengua e gran desfallecimiento de pan para nuestro gouierno por las annadas graues que foron e son enna tierra”. La acuciante necesidad les obliga igualmente a vender en 1409 una heredad en Vega, cercana al coto, por “menester en que nos vemos para adobar e reparar la dicha yglesia que está en caer por sobre el coro”. No parece, sin embargo, que esta crisis tuviera una incidencia destacada en la observancia monàstica pues el plan pastoral del obispo D. Gutierre (1377-1389) para los monasterios asturianos no contempla ninguna actuación de reforma; muy al contrario, el prelado visita personalmente el cenobio y desde aquí convoca a las vecinas comunidades de Santa María de Villamayor y San Martín de Soto a las que censura su falta de observancia y obliga a residir en San Bartolomé de Nava con el ánimo de recuperar y someterse de nuevo a la disciplina monástica. Esta delicada tarea que el prelado confía a la abadesa de Nava, doña María Beltrán, tuvo una trayectoria efímera pues el rigor con el que fueron tratadas hizo que no soportaran la estancia en San Bartolomé y se vieran obligadas a escapar a sus respectivos monasterios. A pesar de la correcta vida disciplinar de las benedictinas de Nava, a comienzos del siglo XVI el monasterio perderá su autonomía y poco tiempo después desaparecerá del mismo la vida monástica. El hecho se enmarca en el contexto de la recién creada Congregación de Valladolid, institución erigida con el objetivo de reformar la orden benedictina mediante una ágil política centralizadora. Siendo abad general Alonso de Toro (1524-1542) se emprende la reforma de los monasterios asturianos de San Bartolomé de Nava y Santa María de Villamayor. Para llevar a cabo el proyecto se

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Monasterios de la Orden Benediina le conceden amplias atribuciones al abad de San Vicente de Oviedo, Martín de Piasca, quien informa a la Congregación de la escasa renta de estas casas así como de su mala situación “en montaña, do no se podía guardar religión”. Los motivos expuestos debieron ser considerados por el abad general suficientes como para decretar su anexión a San Pelayo de Oviedo, cuya abadesa gobernaría a las monjas de los anexionados tras ser suprimidas sus respectivas dignidades abaciales. El 18 de abril de 1530 la abadesa de San Pelayo, doña María de Grado, otorga poder al abad de San Vicente y a fray Antonio de Carrión, monje del mismo, quienes se presentan al mes siguiente en Nava para llevar a cabo la anexión. Piden a las monjas que presten obediencia a la abadesa de San Pelayo y toman posesión del monasterio según el ritual acostumbrado trasladando a dos monjas, Leonor Rodríguez y Francisca Osorio, a San Pelayo.

invalidar la incorporación e incluso llegan a retirar su obediencia a la abadesa de San Pelayo eligiendo por abadesa a la que hasta ahora ejercía el cargo de priora del cenobio. En este intento de rebeldía cuentan con el apoyo de Álvaro de Nava quien pone a disposición de las monjas de San Bartolomé los suficientes hombres y armas como para impedir la visita de la abadesa de San Pelayo y de su vicario que deben regresar a Oviedo y solicitar la ayuda del Corregidor del Principado. A principios del siglo XVII la abadesa de San Pelayo de Oviedo ostenta, de nuevo, la titularidad del señorío de Nava y las monjas de San Bartolomé ya residen en el monasterio ovetense. Será en esta época, por tanto, cuando el cenobio de Nava pierde su condición de priorato quedando reducido a una decanía de San Pelayo, regida por un vicario encargado de los asuntos económicos. La legislación liberal de comienzos del siglo XIX así como el proceso desamortizador de Mendizábal pone fin a la presencia de las benedictinas ovetenses en Nava. Las dependencias monástico-parroquiales del coto de San Bartolomé –cenobio, iglesia y cementerio-, los edificios correspondientes a las funciones jurisdiccionales –la cárcel- y las casas de los servidores monásticos serán convertidas en sede de la administración pública local y sobre sus ruinas se levantará posteriormente el actual consistorio de Nava.

A través de esta ceremonia de unión, que será confirmada por el Capítulo General de la Congregación celebrado en el año 1544, San Bartolomé pierde su autonomía monástica quedando como priorato de San Pelayo de Oviedo, que reforzará su economía con las rentas procedentes del cenobio rural y su poder por el señorío jurisdiccional del coto monástico. La gestión administrativa del patrimonio del nuevo priorato será una tarea ardua que llevará a cabo San Pelayo con auténtica tenacidad. Tratarán las monjas ovetenses de averiguar el total de bienes, incluso aquellos que se encontraban ya fuera del control señorial, renovarán contratos de foro en condiciones más beneficiosas para el monasterio y estarán atentas al patronato de iglesias, las de San Bartolomé de Nava, S. Pedro de Villamartín, S. Miguel de Ceceda, Santa Eulalia de Coya (Piloña), San Eulalia de Qués (Piloña) y Santa María de Suares (Bimenes), de donde recibían diezmos y ofrendas en virtud de su ejercicio de patronas o copatronas.

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Mercado de Nava con el edificio monástico al fondo.

Sin embargo, esta aparente situación de normalidad y de sometimiento de las monjas de Nava no es tal. Pocos años después de la anexión intentan

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Monasterios de la Orden Benediina 2.3.2 Monasterio de San Martín de Soto Este monasterio se localiza en el tramo final del rio Piloña, concejo de Parres, y en el ámbito parroquial de Santa María de Viabaño. Tuvo como lugar de asentamiento la márgen izquierda del rio y sus dependencias se levantaban en parte del espacio actualmente atravesado por la N-634. Los escasos testimonios documentales conservados tampoco permiten, cual sería nuestro deseo, elaborar una historia completa del viejo cenobio, más bien iluminar ciertas etapas de su andadura histórica en las tranquilas márgenes del Piloña (A. Martínez Vega, Santa María de Villamayor y San Martín de Soto, los monasterios medievales del valle del Piloña. Oviedo 1977). Aún así, es de suponer que en sus orígenes cabe reseñar una amplia etapa prebenedictina con un Ermita de San Martín de Escoto (© Javier Martínez Cardín).

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protagonismo especial de alguna familia noble de la zona. Durante el siglo XII pudo ir consolidándose la fundación con una comunidad de monjas plenamente constituida y con la suficiente capacidad y prestigio como para ser favorecida en la siguiente centuria con las disposiciones testamentarias de don Pedro Díaz de Nava, que les favorece con “cien maravedís… por pitançia por mia alma”; o el mismo D. Rodrigo Álvarez de Asturias. Lo cierto es que en base a los clásicos mecanismos de donación, compra y permuta las “dueñas” de Soto logran configurar un dominio territorial que en el siglo XIV incluía un coto jurisdiccional que atribuía a su abadesa el ejercicio de funciones realmente importantes para la comunidad allí congregada. La escasa pero única documentación moderna que tenemos a nuestra disposición para lograr aproximarnos a lo que pudo ser este señorío de abadengo asturiano,

Monasterios de la Orden Benediina nos revela que se trata de un espacio continuo en torno al centro monacal, localizado en el lugar de Soto, y separado tan sólo del otro lugar, el de Llames propiamente dicho, por el rio Piloña; ambos comunicados por un servicio de barca y con una superficie aproximada de 128,43 Has.

ordinario, regidor, procurador general, alcalde y depositario general. Durante el siglo XIV las monjas de Soto junto a las de Santa María de Villamayor serán objeto de especial atención dentro del plan pastoral del obispo D. Gutierre de Toledo (1377-1389). Cierto es que no las visita personalmente como hace con otros monasterios, ni les otorga unas Constituciones de reforma pero sí las convoca en el monasterio de San Bartolomé de Nava. Aquí confirma el propio obispo las faltas graves en que incurrían ambas comunidades y decide deponer a sus respectivas abadesas dejando recluidas en Nava a las monjas. La comunidad de Soto estaba constituida en estos momentos por una abadesa y dos monjas que permanecerán en Nava durante el episcopado del prelado reformador, entre otras cosas porque tanto el monasterio de Villamayor como el de Soto habían sido entregados por D. Gutierre a los “monjes blancos” del Cister, dependientes de Valdediós.

Los núcleos de población del coto se localizaban en el lugar o barrio de Soto, que actualmente pervive como entidad de poblamiento de orígen monástico; y en Llames que, a su vez, incluía los siguientes barrios de El Caspio, El Cobayín, Les Faes, La Negrina, La Camperona y La Pesa. Se ignora cuando, en qué circunstancias y a quien se debe el hecho de que este espacio sea “término” del monasterio de San Martín; y las mismas expectativas mantenemos respecto a la inmunidad del citado territorio. En realidad, bien pudo contar el viejo cenobio con tal espacio desde su fundación; sin embargo, considerando que la inmunidad era una concesión real por medio de la cual delegaba el rey sus facultades a favor, en este caso, de la abadesa no nos parece viable que tal privilegio disfrutara ya la comunidad desde los primeros tiempos. Parece más lógico apuntar que el señorío jurisdiccional pudo recaer en manos de la abadesa de San Martín a mediados del siglo XIV, en el turbulento ambiente de la región incrementado con el enfrentamiento protagonizado por D. Pedro y el conde D. Enrique quien, por cierto, extiende en Ribadesella en el año 1357 la carta de inmunidad del coto de San Bartolomé de Nava. Las relaciones, tal vez familiares, de las benedictinas del Piloña pudieron facilitar la concesión de este privilegio con el que se pudieron, a su vez, pagar servicios recibidos o asegurar futuras obediencias.

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Puerta de entrada de la ermita de San Martín (© Javier Martínez Cardín).

De todas formas la concesión de inmunidad debió suponer el respaldo legal de una práctica ya ejercida con anterioridad, según costumbre habitual de quien es dueño de la tierra. Lo cierto es que la prelada titular de San Martín, al igual que posteriormente lo harán las abadesas de Villamayor y San Pelayo de Oviedo, dispone en este coto del “derecho privativo con la jurisdicción civil y criminal, imperio de nombrar cada año juez

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Monasterios de la Orden Benediina Suponemos que el regreso a su residencia de Soto se llevó a cabo durante el episcopado de D. Guillermo de Verdemonte (1389-1412), sucesor de D. Gutierre, en los primeros años del siglo XV. No podemos determinar en que condiciones se llevó a cabo tal hecho ni quien ostentaría el báculo abacial de esta comunidad ya confinada en Nava con tan menguado número de miembros; lo único que sabemos es que el mismo D. Guillermo de Verdemonte tras la visita que hace al monasterio considera oportuno poner fin a su vida monástica y encomienda a la abadesa y convento de Santa María de Villamayor “rescebyr benigna e caritativamente” a las monjas de Soto (A. Martínez Vega, “Pergaminos referentes al Monasterio de Santa María de Villamayor”, doc. núm. IV). La decisión ponía al alcance del vecino monasterio de Villamayor un gran incremento territorial de su dominio y la capacidad de su prelada de disponer de los derechos jurisdiccionales del coto monástico de Soto. La incorporación de todos estos bienes fue ordenada por el mismo obispo “para provisión e mantenimiento de las dichas monjas (de Soto) en sus vidas”. Es obvio que la menguada comunidad de Soto censurada por D. Gutierre ahora estaba en peores circunstancias, integrada por un pequeño y mínimo número de ancianas incapaces de cumplir ya hasta con los oficios monásticos y de hecho vemos que ya no logran sobrevivir en Villamayor al citado prelado. Esta circunstancia sí que pudo realmente ser el verdadero móvil de D. Guillén para realizar la anexión definitiva, con lo cual podemos afirmar que San Martín de Soto o Soto de las Dueñas ve llegar sus últimos dias al final de la Edad Media por consunción de su Comunidad. A partir de mediados del siglo XVI, la anexión también del monasterio de Villamayor al de San Pelayo de Oviedo permitirá a este último centro urbano gestionar las propiedades de Soto y obtener los rendimientos de un dominio amplio. Ningún testimonio bibliográfico, gráfico o documental nos revela cómo fue la iglesia conventual erigida en el recinto monástico de Soto, bajo la

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advocación de San Martín. La única información referida a esta iglesia hace alusión, precisamente a su destrucción. Se trataba de una licencia que doña Toda Suárez, abadesa de San Pelayo, otorga en el año 1558 a favor de los vecinos del coto de Llames “para que llebasen piedra y madera de la iglesia vieja de San Martín al sitio donde edificaban la nueba al mismo santo en Llames (A.M.S.P.: Tomo IV. Índice. Libro 69-1, fol 722 r.-v.). Así pues, las únicas muestras escultóricas de la vieja iglesia conventual conservadas en la actualidad se encuentran en esta nueva construcción, erigida a mediados del siglo XVI y conocida actualmente como San Martín de Escoto. El edificio monástico había sido conservado por las titulares de la abadía piloñesa de Villamayor e incluso la iglesia monacal, en la que se celebraba el culto, tal vez con el ánimo de dispensar un servicio a la comunidad campesina del entorno; sin embargo, esta circunstancia no debió ser reconocida por la abadesa de San Pelayo, muy distante geográficamente de estas tierras del Piloña y ajena, por tanto, a las necesidades de sus gentes; por ello los mismos vecinos del coto de Llames solicitan de la citada abadesa el traslado de materiales para erigir otra nueva iglesia en las proximidades de sus propias viviendas, junto a un viejo oratorio que será incorporado a la nueva construcción y en el que se conservan actualmente unas delicadas pinturas dieciochescas. Así pues la actual iglesia de San Martín, de planta de una nave y cabecera cuadrada, tiene incorporada en su estructura elementos de la vieja fábrica románica del templo conventual de Soto y entre ellos podemos señalar las ménsulas sobre las que apoyan los nervios de la bóveda del ábside. Representan las citadas ménsulas dos rostros femeninos, las situadas en el muro oriental; una representación de un toro y un árbol es la correspondiente al apoyo sur ; y un tema vegetal en el apoyo norte. En la clave se distingue un relieve de grandes dimensiones que representa la imagen de San Martín. El arco de entrada a este presbiterio arranca de los gruesas jambas coronadas por dos impostas decoradas con lacerías

Detalle de capiteles en la iglesia parroquial de Sorribes (Piloña), procedentes del monasterio de San Martín de Soto.

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Monasterios de la Orden Benediina

Monasterios de la Orden Benediina y un friso compuesto por cuatro capiteles idénticos a ambos lados, de pequeño tamaño, y vegetales de una sola fila de hojas finamente talladas. Conserva asimismo esta iglesia el ara de altar románica del templo monástico, pieza de piedra arenisca de color oscuro y con las siguientes dimensiones: 1,92 cm. x 90 cm. x 24 cm. Las dos portadas de acceso a la iglesia también parece ser que proceden del edificio conventual de Soto. Ambas están constituidas por puertas de forma de arco y enmarcadas por alfiz. Ofrecen una cronología de finales del siglo XV-XVI, lo que nos hace pensar que la abadesa de Villamayor mantenía la fábrica conventual de Soto al día. Destaca en la portada del muro occidental, sobre la puerta, una especie de escudo que representa Fachada meridional de la ermita de San Martín (© Javier Martínez Cardín).

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la Cruz de los Ángeles; y en la derecha de la citada puerta otro escudo cuartelado, en cuyo primer cuartel se observa una escena de un caballo y un caballero de rodillas. En el segundo cuartel aparece una flor de lis; en el tercero, cinco puntos que pueden representar cinco bramantes; están dispuestos en sotuer y es posible que hagan referencia al apellido de alguna familia vinculada al monasterio. En el cuarto, una cruz. Sospechamos que estas portadas no pertenecían al edificio de la iglesia monacal, que debió mantener incólumes hasta sus últimos momentos su traza románica, pues además de cuantos elementos románicos se incorporaron a la nueva iglesia de Llames, sabemos que se trasladaron otras muchos también procedentes de Soto, a

Monasterios de la Orden Benediina la iglesia de Sorribes (Piloña) entre los que destacan su magnífica portada; e igualmente son muchos los que se observan incorporados a la fábrica de las casas del entorno del monasterio (basas, trozos de fustes, de capiteles, relieves de ajedrezado, canecillos, etc.). Aunque dispersos, constituyen todos estos testimonios románicos un buen ejemplo de lo que pudo ser el templo monacal, obra de la segunda mitad del siglo XII y muy similar a la realizada por el taller que en esta misma época levantaba los muros románicos de Santa María Villamayor. De su estructura arquitectónica nada podemos saber, pues el constante deterioro llegó a arruinar cualquier vestigio que pudiera resultar interesante; sólo parece que llegó hasta nuestros días el símbolo más notable de la iglesia monacal de San Martín de Soto, la única talla en piedra de Virgen sedente con Niño que se conoce, por ahora, en Asturias: Nuestra Señora del Corriellu.

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No descuidó, sin embargo, la defensa del patrimonio territorial de Soto la abadesa de San Pelayo, pues bien pronto la vemos hacer frente a la venta del coto de Llames ordenada por Felipe II en el año 1579. En esta ocasión “… y por súplica de esta comunidad se suspendió con tal pagasen los salarios devengados en la tasación del valor del coto”, además y con este motivo fue necesario hacer “una probanza… de cómo en la yglesia de San Martín de Soto o de las Dueñas obrava Dios muchos milagros y castigos, como tullirse los hombres que quitaran piedra y otras cosas de su iglesia, y que los bueyes reventaban”. Lo cierto es que el coto de Llames como el resto de los bienes del monasterio son objeto de apeos durante el siglo XVII que aclaran la plena propiedad del gran cenobio urbano de San Pelayo. La autoridad jurisdiccional de su abadesa en el lugar también es reclamada en varias ocasiones e incluso ante el gobernador del Principado. Sus derechos serán respetados, así como los de sus sucesoras durante el siglo XVIII y hasta el año 1815, fecha de su última intervención conocida. (A.M.S.P.: Libro 69-1).

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Monasterios de la Orden Benediina 2.3.3 Monasterio de Santa María de Villamayor En el espacio más amplio del valle del Piloña, entre los monasterios de San Bartolomé de Nava y el de San Martín de Soto (Parres) se encuentra el cenobio de Santa María, erigido en la localidad de Villamayor en el lugar de verdadera encrucijada por ocupar el umbral de los interfluvios Valle, Pequeño, Color y Tendi y el centro de la intersección constituida por el cruce de tradicionales y centenarios caminos; el que procede de Ábside de Santa María de Villamayor.

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la zona más oriental del Principado y el que conduce a tierras castellanas. Precisamente en este espacio se abre “la puerta del dicho monasterio” (A.M.S.P.: Protocolos, Libro I, nº 5, fol. 51). Los diferentes autores que abordan el tema de esta abadía piloñesa prestan especialmente atención al único vestigio material que se conserva del que fuera templo monacal, el ábside y la portada lateral; sin embargo, respecto a su fundación son escasas las aportaciones y suele darse por “desconocido”. Por nuestra parte

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Interior del ábside de Santa María de Villamayor.

Monasterios de la Orden Benediina hemos pretendido iluminar esta primera etapa del cenobio (A. Martínez Vega, Santa María de Villamayor y San Martín de Soto, los monasterios del valle del Piloña, pp. 37-44) y confirmar que no ha sido una realización de la alta nobleza, circunstancia común en otras abadías del oriente asturiano, sino más bien una fundación que en sus primeros tiempos tuvo un carácter “particular” o “familiar” ligada a algún rico propietario o a familia noble y, por tanto, sometida como es habitual al régimen de herederos. La vida monástica, propiamente dicha, pudo haber llegado a nuestro monasterio en el transcurso del siglo XII y más concretamente en su segunda mitad, pues el hecho de que en los primeros decenios de la siguiente centuria la vida cenobita ya aparezca plenamente consolidada con una comunidad al frente de la cual se encuentra una abadesa nos indica que ha culminado un proceso desconocido para nosotros, pero a buen seguro largo y puesto en marcha desde hacía tiempo.

Bartolomé de Nava en el que profesan como religiosas dos hermanas de D. Ordoño Álvarez y dos nietas. Lo que podría ser una tradición familiar se vería ampliamente respaldado en el caso de que pudiesen documentarse también los vínculos de parentesco supuestos, entre Alvar Díaz y la que fuera primera abadesa conocida de la abadía piloñesa, doña Aldonza Díaz. Ciertamente será en 1231 cuando “Aldoncia Didaci” aparece ejerciendo como “abatísa de Villamaiore” junto a María Guterri, “priorissa”, y “Maior García, sanctimonialis”. Esta jerarquización de las integrantes del monasterio nos pone de manifiesto que la institucionalización monástica ya era un hecho consolidado y consecuencia, por tanto, de un proyecto diseñado con bastante anterioridad.

A buen seguro coincidió tal proceso con el progresivo fortalecimiento que registra la nobleza inferior durante el siglo XII y, consecuentemente, con el acrecentamiento del poder político de Alvar Díaz, miembro perteneciente al clan nobiliario de la zona y tronco del poderoso linaje de los Álvarez de Asturias. Identificado como “tenente” en Extremadura y en Oviedo, aparece confirmando diplomas reales extendidos en León, Salamanca, Ledesma, Benavente…; y como “tenente” en Piloña en el año 1175 y 1190. Un año antes, en 1189, figura con potestad en Piloña junto a su hijo, Ordoño Álvarez quien se arroga la misma dignidad en Villamayor. Semejante actuación de Ordoño en Villamayor resulta inusitada dado que este espacio territorial en absoluto puede considerarse distrito administrativo y, por tanto, sólo ejercerá esta función por disfrutar del título de propiedad del territorio.

El cargo de abadesa debió ser desempeñado en esta época de forma vitalicia y su poder es absoluto en todos los aspectos que afectan a la abadía, tanto aquellos de índole espiritual como los estrictamente materiales. Suponemos que en los primeros siglos de existencia desempeñaban este cargo los miembros profesos de ciertas familias, aquellas en cierto modo implicadas en la existencia de la fundación, siendo la prelatura un modo de ejercer el poder no sólo en el ámbito monacal sino en el amplio espacio territorial por el que se extendía su dominio. De hecho y aunque sea un ejemplo tardío durante los casi últimos cien años de existencia de vida conventual, la comunidad estuvo regida por tres abadesas de la familia González de Mones. Los lazos de consanguinidad de los miembros de las familias nobles de la zona o con alto nivel económico representan apellidos de clara resonancia nobiliaria del entorno y con solar en tierras de Piloña: Lodeña, Estrada, Álvarez de Asturias, Ordóñez, Díaz, Nava, Caso, Hevia, Vigil, Oviedo, etc.

Si desde luego, como suponemos, Villamayor es una antigua propiedad familiar, la evolución a cenobio con vida monástica tuvo que ver mucho con la iniciativa de esta familia muy vinculada también, según la profesora Torrente Fernández, a los orígenes del cercano monasterio de San

La comunidad de Villamayor disponía, además, de un amplio número de servidores monásticos que llevaban a cabo aquellas funciones no permitidas a las monjas, bien fuera por su condición femenina o por la consideración social de “dueñas” que disfrutaban. Un diploma del año

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Monasterios de la Orden Benediina 1231 nos informa también de la presencia en el monasterio de quienes atienden las necesidades espirituales de las monjas; en ese año son tres los presbíteros que mantiene la comunidad así como al diácono García Díaz y en la primera parte del siglo XIV cuatro clérigos están al servicio del culto en el monasterio. A este respecto hay que observar que el monasterio de Villamayor disponía de dos iglesias; la de Santa María, con un carácter privativo para la comunidad religiosa; y la de San Pedro, que ejercerá como parroquial. Esta se encontraba dentro de las murallas del monasterio, paralela a la de Santa María y a unos veinte metros de distancia. Esta circunstancia poco frecuente en los monasterios asturianos se daba, sin embargo, en aquellos considerados por el profesor Fernández Conde “como más poderosos” (La Iglesia de Asturias en la Baja Edad Media, p. 52).

regreso ocurrió con anterioridad al año 1402, fecha en la que doña Aldonza Álvarez figura como abadesa de la estable comunidad piloñesa, siendo ya sucesora de doña Constanza Álvarez, encargada, casi con seguridad, de restablecer la vida conventual en Villamayor de las siete monjas recluidas en Nava. A ella, precisamente, le encomienda el obispo don Guillén una delicada empresa, la de acoger en Villamayor a la exigua comunidad de Soto, delicado asunto que pondrá fin a aquél monasterio de las “Duennas” y que surtirá unos efectos económicos de gran alcance para la hacienda de la abadía piloñesa al incorporar todos los bienes del monasterio vecino y lo que es más importante, el señorío jurisdiccional de su coto monástico. El hecho de anexionar ambos dominios territoriales, ya plenamente consolidados, supone a las monjas piloñesas ser propietarias de una inmensa fuente de riqueza que a finales del siglo XV les proporcionará el prestigio de quien ostenta la titularidad del dominio territorial más importante de toda la comarca centro oriental asturiana.

A la vista de los rasgos internos que caracterizan el diario discurrir de la comunidad podemos observar que en plena Edad Media la abadía piloñesa disponía de un potencial económico singular en la comarca centro-oriental asturiana; sin embargo, la disciplina monástica no debía de ser observada con auténtico rigor. Así se desprende de las actuaciones de D. Gutierre de Toledo (1377-1389) que convoca a la Comunidad en el vecino monasterio de San Bartolomé, junto con las de San Martín de Soto, y decide recluirlas en el cenobio de Nava imputándoles faltas que considera graves por no guardar el voto de pobreza, ni llevar velo ni hábito monacal.

Detalle de capiteles en la portada de la iglesia monástica.

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La decisión del prelado reformador no estaba exenta de cierta intencionalidad al entregar estos monasterios clausurados “cum ómnibus iuribus et pertinencias” a los “monges blancos” del Cister, dependientes de Valdediós, con quienes mantenía unas delicadas relaciones por cuestiones relacionadas con la autoridad episcopal. El proyecto de D. Gutierre tiene escasa vigencia, tal vez la duración de su episcopado, pues ocupando la sede de San Salvador su sucesor, D. Guillermo de Verdemonte (1389-1412), las monjas de Villamayor están de nuevo en su residencia. El

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Monasterios de la Orden Benediina El área geográfica por el que se extiende excede con mucho el entorno inmediato del concejo de Piloña y se extiende por los actuales municipios de Pola de Siero, Sariego, Nava, Villaviciosa, Cabranes, Caravia, Colunga, Ribadesella, Parres, Cangas de Onís y Llanes. Desborda, en definitiva, la cuenca del Piloña y mantiene predominantemente una orientación costera, siendo en efecto las tierras prelitorales de la cuenca del Piloña y las bajas rasas de la marina las que presentan una ocupación más generalizada, si bien la competencia con otros centros monásticos de la zona pudo ser un importante obstáculo para mantener su presencia esta abadía piloñesa. La diversidad del espacio facilitaba al centro señorial una gran diversidad de productos.Los patronatos de iglesia suponen, asimismo una importante fuente de ingresos, reveladora de la notable entidad del dominio monástico de la abadía de Villamayor, que presenta los beneficios de las iglesias de San Pedro de Villamayor, San Vicente de Cuesta del Sueve, Santa Eugenia de los Pandos, Santa María Magdalena de Valle, Santa María de Villanueva, abadías de Viñón y Fuentes, Santa María Magdalena de los Pandos y San Félix de Rales. Sabemos, además, que el monasterio de Villamayor controló los derechos de bastantes otras iglesias localizadas en el ámbito de su influencia (Santa María de Villamayor, pp. 133-144). El quinto de la iglesia de Leces (Ribadesella) pertenecía a doña Aldonza Díaz, abadesa; al igual que la “novena” de Santa María de Junco (Ribadesella). La misma iglesia de Soto, una vez clausurada su comunidad, no fue cerrada al culto sino que la abadía de Villamayor se encargaba de mantener al frente de la misma a un clérigo; la iglesia de Miyares o de Pesquerín eran filiales de San Pedro de Villamayor y de ambas percibía el monasterio su parte proporcional. De las ermitas situadas en su área de influencia, como la de San Benito de Antrialgo y San Cipriano, en Mestas (Infiesto), percibía el monasterio los diezmos menores o manuales. El patronato que ejerce la abadesa de San Pelayo en el siglo XVII sobre San Miguel de Cofiño nos confirma igualmente que era otra

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iglesia dependiente de Villamayor y tal vez transmitida en el patrimonio incorporado del extinto monasterio de San Martín de Soto. A la vista de la extensión territorial del monasterio de Villamayor y de su rentabilidad difícilmente se pueden entender los planes de la Congregación de Valladolid, dispuesta a clausurar la abadía “porque halló (como en San Batolomé de Nava) que eran cassas que tenían poca renta… y también estaban en montaña do no se podía guardar religión”. La conocida reforma de los monasterios asturianos propugnada por la institución vallisoletana pretendía una centralización no exenta de móviles económicos que en este caso serán disfrutados por el monasterio ovetense de San Pelayo al ser elegido como sede de la observancia. La abadesa de este monasterio no tarda, tras el decreto de anexión dictado por el Abad General en dar poder al abad de San Vicente de Oviedo, Martín de Piasca, y a un monje de dicho monasterio para que tomen posesión del monasterio de Villamayor. El 10 de mayo de 1530 cuando llega fray Martín de Piasca al monasterio tan sólo estaban presentes un grupo de siete monjas y faltaban doña Mencía de Mones, que hasta ese momento había regido el monasterio como abadesa, y las monjas doña María González de Vigil, doña Mencía de Caso y doña Elvira Gutiérrez. Las benedictinas presentes “se incaron de rodillas delante del dicho Padre Abad de San Vicente, e prometieron obediençia, reverencia y sujeción a la dicha señora abadesa de San Pelayo”. Luego entregaron la posesión de dicho monasterio “por los cálices, corporales, libros, ornamentos e por las sogas de las campanas. Y el dicho padre Abad… hechó agua bendita por la dicha yglesia y tañó las campanas en lugar de posesión…y mandó ir por monja conventual de San Pelayo a la dicha María Sánchez, la cual dixo la obedeçía… y estava presta de lo hazer”. Se daba así por finalizada la autonomía monástica de Santa María de Villamayor en una ceremonia que, similar a la celebrada con la comunidad de San Bartolomé y en el mismo dia 10 de mayo

Monasterios de la Orden Benediina de 1530, supondrá el final de los monasterios medievales del valle del Piloña, los únicos monasterios rurales de monjas benedictinas de Asturias.

La portada se realza en un cuerpo saliente protegido por un tejaroz con canecillos similares a los de la cornisa del ábside. Está formada por tres arquivoltas semicirculares lisas que se rodean de un guardapolvo de billetes. El arco interno se apoya directamente en las jambas, mientras los dos exteriores lo hacen en columnas de base ática y capitel preciosista. En la jamba derecha, junto al capitel, se destaca en relieve la “despedida del caballero”, iconografía también representada en la iglesia del vecino monasterio de San Pedro de Villanueva. (Mª Soledad Martínez Álvarez, El románico, p. 144).

Mas este final del cenobio piloñés no resultó tan pacífico como en principio se esperaba pues “su abadesa y monjas lo llevaron muy a mal y con el auxilio de algunos caballeros… se propasaron a elegir por abadesa a doña Mencía de Mones” que había sido depuesta y sometida a prisión. Ésta recurre al Nuncio y obtiene de un juez eclesiástico una sentencia favorable a sus pretensiones de recuperar la abadía. La sentencia definitiva se da en Roma el 18 de setiembre de 1545, en donde se despachan “ejecutoriales” a favor del monasterio ovetense y en virtud de las cuales se impone a doña Mencía de Mones “silencio perpetuo” y la obligación de pagar las costas. Nunca más la documentación reflejó la posterior actuación de la enérgica abadesa ni del pequeño grupo de monjas que la apoyaban, aunque debieron permanecer hasta sus últimos días en el monasterio, convertido desde ahora en priorato. La gestión de todo el patrimonio rústico a partir de ahora correrá a cargo de la comunidad de San Pelayo de Oviedo e incluso las dos iglesias del recinto monacal, la parroquial y la propiamente conventual. La primera será reedificada de nueva planta a mediados del siglo XVII sobre el primitivo solar del viejo templo románico; y la conventual de Santa María sufrirá un continuo deterioro e incluso a finales del siglo XVIII sus campanas son trasladadas a la parroquial. Objeto de atención por parte de Frassinelli o Ricardo Acebal, se conserva en la actualidad el ábside y portada meridional de la misma, declarada Monumento Nacional en el año 1931.

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Portada de la iglesia monástica de Santa María.

Se trata de una obra cuya fábrica románica se pueda datar en el siglo XII. El ingreso al ábside se hace a través de un arco de triunfo de doble rosca con guardapolvo ajedrezado, que descansa en columnas de capiteles vegetales de tallos entrelazados, grandes hojas planas y nervadas, de ápices curvados y formas ondulantes.

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Monasterios de la Orden Benediina 2.4 Los cenobios de la Comarca Oriental 2.4.1 Monasterio de San Salvador de Celorio En el extremo oriental de la costa asturiana, a 5 Km. de la villa de Llanes, se encuentra la localidad de Celorio en cuya línea de costa se levanta el edificio que fuera monasterio benedictino bajo la advocación de San Salvador. El abandono de su comunidad religiosa a principios del siglo XIX precipitó, entre otras muchas causas, la dispersión de su rico archivo y la consiguiente pérdida de información. Esta carencia, no obstante, ha sido suplida por la publicación de algunos documentos localizados fortuitamente, por el regesto de 311 documentos reunidos por L. Fernández Martín (“Registro de escrituras…”, pp. 33-139) y por la publicación de otro fondo documental de este cenobio, actualmente custodiado en el monasterio de San Pelayo de Oviedo (A. Martínez Vega, “El fondo monástico de San Salvador de Celorio…”, pp. 429- 434). En semejantes circunstancias resulta difícil abordar aspectos importantes de su historia y más, si cabe, remontarse a su época de fundación. Atribuida de manera poco convincente al rey Fernando I, distintas circunstancias revelan como probables fundadores a don Alonso Suárez y a su esposa doña Cristilde, señores que a fines del siglo XI reunen un pequeño patrimonio en el territorio de Aguilar y a los que se refiere una mención epigráfica conmemorativa dándoles el título de “fundadores”. El profesor J. Uría Ríu data esta inscripción en 1117, fecha que concuerda con la cronología en la que doña Cristilde figura ejerciendo el patronato en el cenobio. De hecho, ella y Pedro Suárez, vicario de San Salvador, adquieren en el año 1112 una heredad en Quintana, territorio de Aguilar, futuro Alfoz de la villa de Llanes; y la misma señora y los “cultores de San Salvador” reciben para el monasterio la donación de otra heredad en Niembro otorgada por don Ordoño y su mujer en el año 1123.

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Lo cierto es que en los primeros años del siglo XII ya está establecida en Celorio una comunidad al frente de la cual se encuentra el abad Pedro Suárez (1112 – 1144), sucesor en el abadiato, según E. Zaragoza Pascual (“Abadologio del monasterio de San Salvador…” p. 636) de Gonzalo (1083-1112) quien, probablemente, pudo influir en la decisión fundacional de doña Cristilde y don Alonso Suárez, que van adquiriendo en esta época, como se dijo, propiedades integrantes del primitivo núcleo patrimonial del cenobio. Será, no obstante, el abad Pedro Suárez quien inicia una política de adquisiciones muy llamativa y cuya tendencia se confirmará en el transcurso del siglo XII con un total de 24 acciones de compra. Todas ellas se localizan en el marco geográfico del territorio de Aguilar, en la propia localidad de Celorio y en los lugares inmediatos lo que nos indica que la compra de estos bienes, estrechamente vinculada a la tierra y por lo general mencionadas como heredades, responde al deseo del grupo monástico de constituir un dominio territorial situado, en un principio, en torno al cenobio; y de hecho en algunas de estas acciones documentales se observa esta intencionalidad por la delimitación colindante con el monasterio. Las donaciones en este primer siglo de andadura histórica también han constituido un capítulo importante en la formación del incipiente dominio. Un total de 20 acciones documentales de este tipo se registran en la época, siendo protagonistas de las mismas ricos propietarios y una nobleza inferior, activa colaboradora del proyecto fundacional. Bajo el genérico nombre de “heredades” se califican los bienes donados a la abadía, si bien en una ocasión sabemos que es una “villa” y en otra “tres esclavos”, que conceden con otros bienes García González y doña Cristilda en el año 1198. Como cabe esperar este tipo de concesiones amplía por ámbitos geográficos cercanos el dominio territorial al localizarse éstas no sólo en el territorio de Aguilar sino también en Maliaio (Villaviciosa), Colunga, Caravia, Ribadesella, “así en

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Torre medieval del monasterio de San Salvador.

Monasterios de la Orden Benediina Asturias como fuera, y desde Santillana a Obiedo” (L. Fernández Martín, “Registro…”, núm. 92, pp. 59-60) tal como se menciona en la donación de Urraca Muñíz en el año 1172. Generalmente los motivos expresados por los donantes son de índole espiritual, - “pro remedium anime mee”, “ pro remedium animas nostras et parentorum”, por aniversario anual”-, aunque podemos reconocer en la escritura otorgada en 1152 por doña Ximena Ordóñez un motivo más práctico cual resulta ser “que se hiziese clérigo un hijo suio”, lo que nos indica claramente que ya en los primeros momentos de la fundación los miembros de la comunidad eran admitidos previo establecimiento de dote y ello nos puede confirmar la extracción social de los monjes, provenientes de familias acomodadas de la zona. No sólo, por tanto, el patrimonio monástico se incrementaba con las fórmulas jurídicas comentadas sino también con los bienes de los propios monjes que parece gestionaban con plena autonomía y con la libertad necesaria para enajenarlos, en este caso a favor del monasterio, tal como hace Alfonso “monge” que concede una generosa donación en 1151 al monasterio haciendo constar: “Ego Alfonsus monachus tibi domino meo Salvatori nostro Iesu Christo cenobio Celorii Gondisalvi Menendi cum collegio monacorum ibi Deo servientibus”. La familia monástica resulta plenamente jerarquizada desde los primeros años del siglo XII y en esta época es cuando aparece documentalmente el abad ostentando, tal vez en función de su dignidad, la figura de vicario de San Salvador: “ …ad vos Abbas qui es vigario de Sancti Salvatoris” (a. 1126), “… a vos Abbas Dominus Petrus de Sancti Salvatoris de Celorio qui estis Abbas et vigario in illo monasterio” (a. 1127), “…Gonzalo Menéndez qui estis vigarium et dominum de illo monasterio” (a. 1146). Es de suponer que el cargo de vicario hacía referencia al “oficio de la cura” desempeñado durante la primera mitad del siglo XII por el abad pues San Salvador de Celorio, al igual que otros grandes monasterios, tenía una capilla dedicada a Santa María, vinculada y situada en el propio monasterio, que a modo de pa-

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rroquial estaba servida por un clérigo que cumplía los oficios de capellán o cura párroco. Desde mediados del siglo XII parece que deja de desempeñar el abad ese cargo de vicario pues en 1154 siendo abad Pedro Francisco ejerce Gondisalbo Menendi como “filius et vicarius Sancti Salvatoris”. Los regestos documentales aluden a partir de entonces al abad “cum coeteris fratribus”, con sus “monges”, con el “convento de Celorio”, “cum toti congregationi monachorum”, etc. y tal vez a partir de ahora cuando se vislumbra el perfil de prior de la comunidad en el cargo de vicario. El cargo de abad se adquiere por elección, -“Domino Lázaro electo Abbati” (a. 1173)- suponemos que de todos los miembros de la comunidad y confiere al titular la plataforma de promoción y el amplio poder que disfruta quien está al frente de la abadía más importante del oriente asturiano y de más prestigio, configurado en gran medida por las “reliquias sanctas qui ibídem sunt reconditas” desde su fundación y reconocidas aún, según el Dr. Martínez Fernández (El monasterio de Celorio…, p.24) por Jovellanos, quien las encuentra en 1791 “bajo el altar mayor”. En el año 1162, ciertamente, es elegido como titular de la sede ovetense el abad de Celorio Gonzalo Menéndez, siendo sucedido tres años después por el abad Guillermo, de escasa relevancia documental por el protagonismo que en el monasterio seguía ejerciendo el prelado. En 1170 compra con el monasterio una hacienda y pocos meses antes, con el convento de Celorio, adquiere una heredad junto a Celorio cuya escritura es confirmada por el abad de San Antolín; en 1172 da su consentimiento para que Urraca Muñíz otorgue testamento a favor de San Salvador de Celorio y sus monjes; y en 1173, bien sea por imposibilidad o por su inminente fallecimiento, es elegido abad Lázaro y ocupada la sede ovetense por D. Rodrigo, electo en 1175. La comunidad de San Salvador además de las funciones pastorales que ejercía desde la parroquial también llevaba a cabo una importante la-

Monasterios de la Orden Benediina bor asistencial con la alberguería que tenía abierta en el monasterio y al frente de la cual estaba con el título de “vicaria” María González. Aunque es en los dos últimos años del siglo XII cuando tenemos conocimiento de este establecimiento hospitalario por una serie de compras realizadas por el abad y la vicaria, es de suponer que su funcionamiento se retrotrae a bastantes años antes. Es la época en la que también se construye la torre campanario de la iglesia, único elemento externo que conserva el edificio de su etapa medieval. Similar a la Torre Vieja de la catedral ovetense, es de sección cuadrada e incorpora cuatro pisos en alzado, remarcando con cornisas externas los dos superiores.En el interior de la iglesia otro significativo resto de fábrica medieval, de posterior fábrica a la torre, nos indica la actividad constructora de la comunidad de Celorio. Nos referimos a la portada occidental del templo, de arco de ojiva protogótica, protegido con guardapolvo ornado con zigzag y apoyado en jambas lisas rematadas por impostas troncopiramidales. Podría datarse en la segunda mitad del siglo XIII.

Clautro monástico de San Salvador.

La adscripción a la Regla benedictina, explícitamente invocada en documento de 1255 al considerar a los monjes como servidores de Dios y de “San Benedicto”, no parece impedir estas arraigadas costumbres a una comunidad integrada por “monjes y clérigos”. Estos últimos pudieran ser los encargados de las funciones parroquiales desempeñadas por la abadía y como tal integrantes de su comunidad a la que sirven con el ejercicio de alguna otra función. De hecho en la primera mitad del siglo XIV aprovechando tal vez la difícil situación económica por la que atraviesa el campesinado asturiano el monasterio lleva a cabo un total de 25 acciones documentales de compra de diversos bienes por medio del

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una realidad, si no generalizada, presente en el monacato astur de aquellas centurias y constatada en otras abadías del oriente, concretamente en la cercana de San Antolín de Bedón o en la de Potes, cuyo abad llegó a tener un hijo, Martín Pérez. En el propio monasterio de San Salvador, el abad Juan (1200- 1226) también estaba casado con Elvira Martínez.

En esta centuria el potencial económico de la abadía se incrementa notablemente. La explotación y gestión del patrimonio dominical permiten afrontar obras de fábrica e incluso invertir en bienes que redondearán la riqueza rústica por nuevas áreas geográficas. Este debe ser el objetivo prioritario de los abades al realizar durante el siglo XIII un total de cinco compras; sin embargo, esta aspiración se colma con la incorporación de bienes procedentes de las 21 donaciones que recibe la abadía entre las que cabe contar la de un mismo monje, Fernando Pérez, que haciendo uso de su libertad para gestionar su propio patrimonio decide entregarlo al monasterio en 1233. Más no es esta licencia solamente la que nos indica el irregular estado de observancia de los miembros de la comunidad. La carta de donación del citado monje nos expone los motivos de su decisión, -el bien de su alma, de sus parientes y de su mujer María Juan-, a través de los cuales observamos su estado de casado. No parece, sin embargo, esta circunstancia un hecho anormal en la época más bien sabemos que es

Monasterios de la Orden Benediina clérigo Juan Pérez con lo cual consolida enormemente un dominio territorial, que si en principio tuvo una especial distribución costera a finales del siglo XIV se extiende también por los concejos interiores de Cabranes, Nava, Piloña, Parres, Cangas de Onís, Onís, Cabrales, Peñamelleras, Ribadedeva y en varios puntos del otro lado de la cordillera, en plena meseta castellana. En cuanto a los aspectos de disciplina interna de la comunidad no parece que el cenobio de Celorio durante el siglo XIV incurriera en graves faltas, tal como ocurriera en otros monasterios a los que fue necesario reformar con Constituciones específicas que reglamentaban ciertos aspectos de la vida monástica. El gran promotor de esta reforma de los monasterios asturianos, D. Gutierre de Toledo (1377-1389) no parece considerar necesaria su intervención aunque sabemos que el abad de Celorio asiste a los sínodos ovetenses de 1379 y 1382 (A.C.O., Libro de las Constituciones, 29r. y 32r.); sin embargo, los miembros de la comunidad seguían durante la centuria siguiente Conjunto de iglesia y torre medieval de San Salvador.

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gestionando de modo particular su propio patrimonio, realizaban compras, recibían en foro bienes del monasterio, disponían de personal a su servicio, alguno estaba casado y tenía familia, tal como ocurre al monje Diego Ibáñez cuyo nieto acuerda con el abad un contrato de foro en 1342. Los turbulentos tiempos del siglo XV y la desacertada gestión del dominio territorial será causa de un endeudamiento importante que sumirá a la abadía en un declive económico en los umbrales de la edad moderna. La usurpación de bienes, el abandono y enajenación de otros así como la reconversión de foros durante el siglo XV con carácter perpetuo contribuirán a esta decadencia. Sólo dos monjes y el abad (E. Martínez Fernández, El Monasterio…, p.45) mantenía el monasterio en 1530 y aunque ya había sido objeto de alguna reforma en el año 1499 y 1529, sólo el ingreso en la Congregación vallisoletana en 1531 logró rescatar la abadía de los difíciles momentos que atravesaba. Poco tiempo des-

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Interior del claustro de San Salvador.

Monasterios de la Orden Benediina de un gótico tardío. Se cubre con bóveda de crucería estrellada, ornada con claves circulares en la intersección de los nervios, que arrancan de ménsulas angulares de diferente tipología. Las vicisitudes del siglo XIX pusieron fin, no obstante, a la estable y próspera comunidad benedictina de Celorio. Poco antes de la llegada de las tropas francesas, los monjes abandonan el monasterio que queda destrozado con la invasión extranjera. En época del abad Fr. Albito Maestro Petite (1832-1835) se clausura definitivamente el viejo cenobio. El decreto de 24 de octubre de 1835 de Mendizábal puso fin a su vida activa y su inmueble será subastado, pasando a ser propiedad particular de D. Juan Abarca Sobrino. En 1919 es adquirido por la Compañía de Jesús y reconstruido para ejercer las funciones apostólicas que actualmente desarrolla en el mismo la citada Orden religiosa. Portada de acceso al monasterio de San Salvador. pués, en 1538, el Papa Paulo III une el curato de Celorio a la iglesia monástica ratificando que el obispo no tendrá jurisdicción alguna en la misma. De esta época (a. 1552) data la pila bautismal de la actual iglesia de Celorio, testimonio de su función parroquial. El incesante ritmo de apeos realizados por todo el área dominical y una gestión económica más acorde con los tiempos incrementará la capacidad económica de la abadía, que se verá muy enriquecida con el patrimonio de la vecina de San Antolín de Bedón, anexionada a Celorio el 19 de mayo de 1544. A comienzos de la siguiente centuria se crea en el monasterio el Real Colegio de Artes con un incremento notable de monjes; y a mediados del siglo XVII se reconstruye la vieja fábrica de la abadía. Comienzan las obras en 1660 con la construcción de la casa abacial, hoy rectoral, y poco después, en 1679 se decide la reconstrucción de la iglesia. Ésta se cubre en la actualidad con bóvedas de lunetos y parece ofrecer en su cabecera una cierta tradición medieval, tal vez

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Monasterios de la Orden Benediina 2.4.2 Monasterio de San Antolín de Bedón

fundación a finales del siglo X como hipotéticamente sitúan varios autores. Tampoco el origen legendario del cenobio atribuido a don Munio satisface nuestras expectativas y tan sólo podría aceptarse que el cenobio disfrutaba en tan oscuras épocas de título monástico, desde cuya situación evolucionó a monasterio propiamente dicho. Este planteamiento, por otro lado, no es ajeno a la historia monástica asturiana y menos aún a los cenobios de la comarca centro-oriental que si algo tienen en común es precisamente esta situación fundacional.

Cercano a la abadía de Celorio, de quien dependerá como priorato desde el año 1544, se encuentra la iglesia de San Antolín, titular de otro monasterio del espacio oriental asturiano cuyos orígenes se remontan a fechas indeterminadas de la Edad Media. Erigido este templo, el único vestigio original de lo que fuera el complejo monacal, en una amplia ensenada en las inmediaciones del tramo final del rio Bedón en el que ya tributa sus aguas al Cantábrico, se nos ofrece actualmente como un espacio funerario medieval, único recurso arqueológico que puede ofrecernos pautas para profundizar en su historia. La revisión y estudio de las numerosas laudas sepulcrales ofrecido por el profesor J. A, González Calle ( “El monasterio de San Antolín…”, pp 17-56), quien sitúa sus orígenes en la Alta Edad Media, nos constata el importante protagonismo que en su historia debieron tener los linajes nobiliarios de la zona. Por otro lado, las últimas excavaciones arqueológicas en el lugar, llevadas a cabo por Sergio Ríos González (“Excavaciones arqueológicas…”, p. 16) prueban la existencia de edificaciones anteriores al 1200 pero en ningún modo, por el momento, se puede confirmar la

Un primer dato, no obstante, referido a la abadía de San Antolín se localiza en el año 1170, inserto en un regento del monasterio de Celorio (L. Fernández Martín, “Registro…”, núm. 90, p. 59) y hace referencia a la figura como confirmante de “Michael Abbas Sancti Antonini”. Este mismo abad Miguel aparece también en regestos de 1174 y 1176 referidos a sendas escrituras de compra a favor de su hijo Pedro Lera, circunstancia que de ser tenida en cuenta podría indicarnos la escasa observancia de una norma monástica. Es posible que fueran estos años los momentos previos a la formalización de la vida regular. El profesor Ruíz de la Peña considera que este hecho no cabe si-

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Monasterio de San Antolín de Bedón.

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Monasterios de la Orden Benediina tuarlo antes de 1182 (“El capítulo medieval…”, p. 12), fecha en la que aparece documentalmente el abad “Domno Iohanne” confirmando un diploma de donación del monasterio ovetense de San Vicente. El comienzo de las obras de construcción de la nueva iglesia, en 1205, durante el abadiato del citado Juan, según confirma la inscripción conservada en el templo (F. Diego Santos, Inscripciones medievales…, p. 229) pudo ser el momento, ciertamente, en el que se regulariza la vida monástica disponiendo la comunidad ahora de un incipiente dominio territorial que les permitía afrontar estas obras de fábrica, y que procurarán ir consolidando mediante las clásicas fórmulas de adquisición de bienes empleadas por este tipo de entidades señoriales. La compra de una heredad en Rales de Meluerda, en los primeros años del siglo XIII, por parte del abad Marcos (Cfr. J.I. Ruíz de la Peña, ob. cit., p. 10) así como las donaciones piadosas de algunos de los más significados representantes de la nobleza regional, entre los que se cuentan D. Pedro Díaz de Nava y D. Rodrigo Álvarez de Noreña, nos confirman la expansión e incremento territorial de un dominio que se distribuye fundamentalmente por los concejos de Colunga, Ribadesella y Llanes. No sabemos de que planta arquitectónica podría disponer el complejo monacal en esta época. En realidad, las dependencias monásticas deberían localizarse en torno a la iglesia, circunstancia que no es posible comprobar, si bien la profesora García Cuetos plantea hipotéticamente una localización en el entorno del imafronte de la iglesia, el lugar en el que se encuentran las actuales edificaciones (“El monasterio…”, p. 271) que darían lugar a un insólito patio abierto. Esta singularidad contrasta bastante con la clásica concepción de la iglesia, si bien ésta ofrece también un modelo arquitectónico muy innovador en la época, transmitido por la influencia de la estética cisterciense en un momento en el que esta Orden se estaba implantando en la región. En efecto, la planta de este templo consta de tres naves de tres tramos cada una que se corresponden con tres ábsides semicirculares. Esta

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disposición de tradición benedictina se vuelve más compleja al intercalar una nave transversal que si bien no destaca en planta, sí lo hace en alzado ofreciendo al exterior una conjunción de volúmenes inusual en el ámbito regional, dado que al escalonamiento habitual de los ábsides se suma el del transepto, en el que se delimitan el crucero, propiamente dicho, con su incipiente cimborrio y los brazos transversales, cubiertos a menor altura.

Líneas y volúmenes en el ábside de San Antolín. Esta volumetría se enriquece con las dos portadas , ambas enmarcadas con tejaroz.El espacio interior del templo mantiene una estructura sencilla con naves cortas, de dos tramos de arcos apuntados con doble arquivolta.Se cubren las naves con armadura de madera y el transepto con abovedado de diversas tipologías, bóveda de crucería de cuatro elementos, bóvedas de cañón apuntado en los brazos del transepto y bóvedas de cañón apuntado y de horno en el ábside mayor. Las tres capillas de la cabecera están precedidas de los correspondientes arcos triunfales apuntados. En los capiteles de éstos y en los de las columnas adosadas a los pilares del

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Iglesia monástica de San Antolín de Bedón.

Monasterios de la Orden Benediina transepto es donde se localiza la única decoración del interior del templo, que se limita, según costumbre del Cister, a sencillos repertorios vegetales de grandes hojas nervadas con frutos y apomados y cintas entrelazadas. A finales del siglo XIV el monasterio de Bedón mantiene una buena relación con la sede ovetense. Su abad asiste, en 1379, al tercer sínodo celebrado por el obispo D. Gutierre en la iglesia de San Salvador; e igualmente consta su presencia tres años después en el quinto sínodo convocado por el obispo reformador. Tal relación debió de mantenerse por la correcta vida monástica que llevaría la comunidad y por su reconocimiento de la autoridad episcopal , tal como refleja la Nómina de abadías del obispado de Oviedo (1385-1389). Es en esta época también cuando sabemos que pacífica y legalmente nuestro monasterio ejerce el derecho de presentación en varias parroquias del entorno: en San Pedro de Pría, San Pedro de Vibaño y San Juan de Caldueño (arciprestazgo de Llanes); en Santa María de Berodia (arciprestazgo de Cabrales) y Santa María del Puerto y San Miguel de Hontoria (arciprestazgo de Ribadesella).

Sin embargo, el clima social de la región durante el siglo XV debió alterar la vida monacal llegando a caer a principios del siglo XVI en manos del abad comendatario, D. Pedro de Posada, a quien se le responsabiliza de la decadencia que sufre el monasterio durante esta centuria. Como es habitual en todos los centros benedictinos, la Congregación de Valladolid intentará reformar el cenobio al ponerlo bajo su jurisdicción mediante Bula de Clemente VII, expedida en mayo de 1531. Un año después toma posesión de la abadía un nuevo abad, fray Juan de Estella; y en 1544 el Papa Paulo III la convierte en priorato dependiente del monasterio de San Salvador de Celorio. Un monje residente en Bedón atendería a partir de ahora el servicio de la iglesia, que congregaba a los fieles de Naves, Rales y San Martín. Desde 1804 los oficios parroquiales se celebran en Naves con el consiguiente y progresivo abandono de la iglesia conventual de San Antolín, un monasterio, tal vez, el más modesto de los cenobios del oriente asturiano pero también el más singular tanto por su historia como por su evocadora situación geográfica.

Fachada meridional de la iglesia de San Antolín.

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Monasterios de la Orden Benediina 2.4.3 Monasterio de San Pedro de Villanueva Declarado Monumento Nacional el 31 de julio de 1907, se le ha adosado recientemente un nuevo edificio a la antigua fábrica conventual a fin de reconvertir todo el complejo monástico en Parador Nacional. No cabe duda de que este viejo cenobio, asentado en la margen derecha del rio Sella, en el tradicional camino real a Covadonga y a escasos 2Km. de Cangas de Onís, resulta ser uno de los más emblemáticos monasterios de Asturias tanto por su situación, en el solar en el que se desarrollan las primeras gestas de la empresa reconquistadora, como por la tradicional vinculación que parece tener en sus orígenes con los primeros reyes de la monarquía asturiana. A pesar de tan pretendida fundación, a mediados del siglo XVI, Ambrosio de Morales describe Villanueva como: “Monesterio de Benitos, media legua de esta Iglesia de Santa Cruz, a la ribera del Rio Sella. No tienen una sola letra de Privilegios, y dicen que lo

fundó el rey D. Alonso el Catholico, y es verosímil, pues es suya, y sujeta al Monesterio de la Iglesia de Santa Cruz ya dicha, y tienen la mitad de los diezmos de todo lo de Covadonga. Dicen Aniversario por el dicho Rey, como por su fundador, y ni tienen libro, ni Reliquia, ni hay otra cosa que dezir”. (Viage de Ambrosio de Morales…, p. 69) Los incendios que en varias ocasiones asolaron el monasterio antes de la visita de Morales así como el extravío de privilegios antiguos a causa, según los monjes, del envío que de los mismos se le hizo al cronista de Felipe III, fray Prudencio de Sandoval, impiden detallar documentalmente muchas etapas del itinerario histórico de Villanueva y lo que es peor, su fundación. No obstante, los monjes aseguraban que poseían la escritura de fundación del rey Alfonso I (73957), otorgada el 21 de febrero del año 746, y la tradición también considera a este monarca y a su esposa Ermesinda los fundadores de este monasterio, en el solar del infortunado rey Favila, su antecesor, muerto por un oso en el entorno montañoso de la zona. Tal información no tendría nada de extrañar pues, según el profesor Fernández Conde, la Crónica Rotense y la de

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Fachada del monasterio de San Pedro de Villanueva.

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Monasterios de la Orden Benediina Sebastián presentan a este monarca como restaurador y constructor de muchas iglesias (La Iglesia de Asturias…, p. 108) por lo que no sería extraño que San Pedro de Villanueva pudiera tener un orígen histórico ligado a esa política de restauración eclesiástica y fundaciones monásticas del primero de los Alfonsos. Sea en esta época o en una etapa posterior que llegaría hasta el siglo XII, centuria en la que ya existen testimonios de una comunidad benedictina en el lugar, el monasterio asentado tradicionalmente, según C. Alonso Fernández, sobre los cimientos del que fue palacio o castillo del rey Favila (Reseña histórica…, p.24) ya dispone desde sus primeros tiempos de un espacio acotado en torno al complejo monacal de cuatro o cinco kilómetros de diámetro (Fray Juan del Saz, Manuscrito…, p.IX) incluyendo la propiedad del rio Sella a su paso por dicho espacio. Aunque la obra de fábrica material más antigua del cenobio data del siglo XII resulta plenamente aceptable que ya en esta época la comunidad dispusiera de un dominio monástico lo suficientemente amplio como para afrontar las obras y en cuya conformación pudieron contar con algún apoyo regio e incluso de familias nobiliarias o ricos propietarios de la zona. El testimonio más antiguo que hace referencia al monasterio es, precisamente, la donación que los esposos Juan y María hacen en 1114 de su pila bautismal, actualmente en el Museo Arqueológico de Madrid. Tiene forma de tonel y dispone de cinco bandas paralelas horizontales, de las cuales, la inferior y la superior presentan decoración con tallo vegetal ondulante. Las dos intermedias son lisas y la central contiene la inscripción fundacional: Detalle de capitel en el interior de la iglesia de San Pedro.

IOHANNES. ET MARIA FECEVNT HOC OPVS. IN ERA MILA. CLII (Juan y María hicieron esta obra en la era de 1152 (año 1114)) Otra donación de la época, que también recaerá en el monasterio al ser otorgada “post obitum”, es la que en el año 1137 concede Diego Sánchez a su esposa de las heredades de Cuevas, Rales, Margolles y Con, en los valles de Aguilar y de Cangas. Este tipo de actos jurídicos requerían la consolidación de una comunidad religiosa y sus jerarquización en torno a la figura del abad; sin embargo, hasta la segunda mitad del siglo XII (a. 1179) no logramos saber documentalmente quien regía la comunidad de Villanueva. En esta fecha ocupa la silla abacial D. Rodrigo a quien vemos ejercer una activa gestión del dominio territorial. Compra a Martín Fernández y Marina Pérez en 1179 las heredades de su patrimonio sitas en el territorio de Cangas y en la villa e iglesia de Bode hasta el rio Sella; la cuarta parte y la octava parte de todos los derechos, heredades y prestamerías, monte y bravo (Manuscrito…, fol. 22r.). En 1208 este mismo abad otorga contrato de renovación del préstamo de Idiellas y Santa Cruz a favor de Gonzalo Rodríguez a condición de que done después de sus dias al monasterio las heredades de la villa de Cangas y las de Idiellas; la media cuarta en la dicha villa de Cangas con sus pertenencias y la media cuarta en la Iglesia de Cangas con todos sus derechos. En el año 1229 conocemos la última mención documental del abad Rodrigo incluida en una donación que beneficiará al monasterio con heredades en Bode y el derecho de la cuarta parte de la iglesia de San Pedro de Bode (Parres). Durante su largo abadiato la fábrica del monasterio se vió actualizada, según se indica en la inscripción de la teja hallada hace unos años en la cubierta de la iglesia: ERA MCCCLXI. Abbas Rodericus consumavit/ ecclesiam Sancti Petri. Monacus Martinus scripsit tella.

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Claustro del monasterio de San Pedro de Villanueva.

Monasterios de la Orden Benediina No creemos, sin embargo, que fuera este abad quien puso fin a las obras del templo, que responde a modelos arquitectónicos anteriores. Más bien el texto puede hacer alusión a ciertos trabajos de reconstrucción, mantenimiento o remate de dicha iglesia que suponemos pudo ser erigida en época del abad Domingo, mencionado en otra teja aparecida junto a la anterior (A. Martínez Vega, “Tejas de San Pedro de Villanueva”, pp. 344-45). Este ejemplar, sin fecha, remite escuetamente a DOMINICO ABBATIS, nombre totalmente ignorado en los catálogos de abades conocidos, por lo que suponemos que debió regir la abadía con anterioridad al año 1179 y que él sería, por tanto, el promotor de las obras del templo. Contaba, además, la abadía con otra iglesia, bajo la advocación de Santa María, que cumplía funciones de parroquial dentro del mismo complejo monástico y que en sus orígenes era atendida

por un cura secular. Esta situación pervivió durante toda la etapa medieval y buena parte de la edad moderna hasta que durante el abadiato de Francisco Pérez de Vivero (1641-1653) se llega a un acuerdo con el obispo D. Bernaldo Caballero de Paredes (1642-1659) para que los monjes puedan regentar la parroquia aneja al monasterio, permutándola por el curato de Santa Eulalia de Puertas, en Cabrales, que pertenecía al monasterio (A.M.S.: Actas de los Capítulos Generales de la Congregación de Valladolid, vol. II, fol. 244r.). El acuerdo fue corroborado en 1672 por Bula del Papa Clemente IX manteniéndose la titularidad de Santa María hasta que en 1777, siendo encargado de la misma Fr. Bartolomé González Llanos se cambia por la advocación de San Pedro, titular del monasterio. Parece ser, según Ceferino Alonso (Ob. cit., p.70), que ya desde la fecha de permuta citada, los monjes habían demolido la iglesia parroquial, utilizando la conventual para los usos de aquella.

Ábside de la iglesia de San Pedro de Villanueva.

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Monasterios de la Orden Benediina Esta misma iglesia monástica de San Pedro, obra de un taller de alta cualificación vinculado, parece ser, al núcleo de Oviedo es un bello ejemplo del románico regional. Presenta en planta, nave única con triple ábside, un modelo benedictino de ábsides escalonados precedidos de tramo recto. En el muro de este tramo del ábside central se abren arcos de medio punto de dos roscas que comunican entre si las tres capillas. La central más desarrollada en proporciones que las laterales se abre, al igual que éstas, con arco de triunfo de dos arquivoltas semicirculares; la interior, apoyada sobre columna con capitel historiado; y la exterior directamente sobre las jambas. Las impostas tienen una molduración que se continúa horizontalmente por los ábsides y los enriquecen con su articulación. La cabecera conserva la cubierta original de bóvedas de cañón semicircular en los tramos rectos y de horno en los hemiciclos; sin embargo, la nave perdió su cubierta de madera en 1775 cuando se construyó la bóveda actual de lunetos.

metopas y lacunarios son algunas de las muestras de este amplio muestrario escultórico. La portada meridional del templo, muy próxima a la cabecera, es una de las mejores muestras del estilo dentro de Asturias y ello a pesar de aparecer actualmente mutiladas por la construcción de la torre que a finales del siglo XVII sustituyó a la anterior románica. Se compone de cuatro arquivoltas protegidas por guardapolvo, que se decoran con tetrapétalas de botón central en su rosca e intradós las dos exteriores conservadas, y con media caña y bocel, la interior. Los apoyos de estos arcos son unas columnillas acodilladas en las jambas y coronadas por capiteles vegetales en el lado derecho, e historiados en el izquierdo. En este lado, en un relieve y en dos de los tres capiteles se desarrolla en tres escenas yuxtapuestas el tema iconográfico de la despedida del caballero, que tradicionalmente se identificaba con la despedida del fatídico oso.

El repertorio iconográfico de este templo monástico es un caso singular en el panorama románico de Asturias, tanto por la variedad y originalidad de los temas como por sus valores estéticos. La escena campesina, en un capitel del arco de triunfo central, en la que aparecen dos campesinos guiando con sendos palos a unos animales de labor; la representación de tres figuras de monjes, en una metopa del ábside central; la intencionalidad simbólica de abundantes representaciones zoomórficas, o el mejor conjunto de temas obscenos del románico regional que se ofrecen en los canecillos exteriores y algunas

Detalle de la despedida del caballero em la portada de la iglesia de San Pedro. En el muro meridional también se encuentra otra portada de acceso a la iglesia a través del claustro que fue tapiada en la segunda mitad del siglo XVIII y sólo es visible, actualmente, desde el claustro. Se estructura en un arco de medio punto con guardapolvo recorrido por medias cañas. A los pies del templo se abre otra portada, de una rosca de medio punto con guardapolvo, que comunica la nave con un recinto, conocido en el pasado como capilla de San Miguel y en donde

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En los tres ábsides se abren ventanas de acusado derrame interno, destacando por su estructura y ornamentación la del ábside central. Acotada por las dos columnas que articulan verticalmente el ábside central, arranca de una moldura y remata con una arquivolta de medio punto, decorada con diez tetrapétalas enfiladas y guardapolvo con sogueado.

Monasterios de la Orden Benediina se encuentra el único testimonio del claustro románico del monasterio, demolido hacia 1690. Este vestigio se encuentra en la linea meridional del muro de la iglesia y está constituido por una bella arquería apoyada en un murete. Esta arquería se compone de tres vanos de una rosca lisa con guardapolvo.

La rentabilidad de tan disperso patrimonio, explotado de forma indirecta a través de las típicas fórmulas de arriendos y foros se complementaba con la extensa propiedad territorial que rodeaba al monasterio y con los derechos que el convento tenía en numerosas iglesias de la zona y que en época moderna aún disfrutaba, no sólo en la iglesia de Santa María de Villanueva, si no también en la iglesia de Cangas de Onís; de la iglesia de Santa Magdalena de Poó en Cabrales y su filial, la iglesia de Idielles, percibía la tercera parte de los diezmos. En el mismo Cabrales, también le correspondía la novena parte de los diezmos de San Andrés de Carreña y San Miguel de Asiego, aunque no disponía en las mismas del derecho de presentación. En Santa Eulalia de Puertas, aunque a mediados del siglo XVII se permuta la presentación con el obispo D. Bernardo de Paredes, aún continúa el monasterio percibiendo parte de los diezmos. Por último en San Cristóbal de Tielve disponía del derecho de presentación; y según el testimonio de A. de Morales “…el monasterio de Villanueva… se lleva la mitad de los diezmos de todo lo de Covadonga”.

Restos del antiguo claustro románico del monasterio. Durante el siglo XIII el monasterio continúa incrementando su dominio territorial mediante donaciones, entre las que se cuenta la de D. Pedro Díaz de Nava, y por la propia gestión de la comunidad. La nobleza de la zona no fue ajena a los intereses de estos monjes, beneficiados en 1331 mediante el legado testamentario de D. Rodrigo Álvarez de Asturias; también el obispo de Osma, D. Juan Álvarez, concede en 1329 al monasterio los bienes de Cabrales entre los que se contaba la iglesia de San Andrés de Puertas. Así es como logran a fines de la edad media distribuir su dominio territorial no sólo por el concejo de Cangas de Onís sino por los circundantes de Parres, Onís, Cabrales, Llanes, Ribadesella y Piloña.

No parece que el monasterio haya requerido durante el episcopado de D. Gutierre de Toledo (1377- 1389) una atención especial dentro del plan reformador propuesto por dicho prelado para los monasterios asturianos; su comunidad, constituida por un escaso número de miembros –tres ó cuatro- llega a los umbrales de la Edad Moderna tratando de defender un patrimonio muy amenazado por la deficiente gestión y las usurpaciones de laicos. En esta situación de deterioro es nombrado abad comendatario de Villanueva el arcediano de Tineo, Pedro de Posada (1511- 1524) quien lo era también de la abadía de San Antolín y con el que parecen agravarse los males. Tras su muerte, otro abad comendatario regirá el monasterio, Pedro de Pravia (1524-1533), canónigo de Oviedo. Coincide su abadiato con la época de reforma de los monasterios asturianos planteada por la Congregación de San Benito de Valladolid, y

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Remate del ábside de la iglesia de San Pedro.

El citado Hernán Pérez Junco (1534-1541) asturiano y profeso del mismo monasterio de Villanueva, fue el primer abad observante que registra la abadía y el responsable de la reorganización de sus haciendas y vida regular. A la vista del documento suscrito por los visitadores de la Congregación, fechado el 2 de noviembre de 1541 (A.H.N.: Sección Clero, leg. 7722), la comunidad de Villanueva no parece infringir la observancia regular y tan sólo se le exhorta para que observen la Regla y Constituciones de la Congregación. La situación económica en ese año tampoco parece ser alarmante, por lo que no parece, por tanto, que fueran motivos económicos los que pudieron determinar el intento de anexión de este monasterio al de Celorio. Semejante iniciati-

va se plantea durante el abadiato de Juan de San Marcial (1562-1565) pero nunca se llevó a cabo porque Felipe II el 21 de julio de 1564 ordenó a los visitadores que suspendieran dicha anexión. (B.N.: ms. 781. Libro copiador del secretario real Eraso, fol.31v.) Más bien la comunidad en esta época gozaba, tras la reorganización administrativa de su patrimonio, de saneadas rentas que le permitirán a finales de la centuria (a.1591) contratar con Ruy Pérez Altamirano un retablo para la iglesia, cuyo coste asciende a cien ducados. Durante la siguiente centuria renovarán la vieja fábrica románica; en 1674 contratan con los maestros de cantería Pedro de Nocedo, de Ribadesella; Antonio de Ampudia, de Parres; y Pedro García, del lugar de las Rozas la obra de cantería de un nuevo claustro, cuyo proyecto incluía la construcción de este recinto por medio de seis arcos en cada lado sostenidos por pilastras rematadas con capitel corintio; sin embargo el actual claustro barroco que hoy existe, con cuatro crujías que se abren en el piso bajo con arcos de medio punto, y en el alto con arcos carpaneles, no responde a este primer proyecto. La primera fase de la obra afectó al paño norte, luego al meridional cuya portada remata con ático dentro del cual se in-

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con tal motivo el abad General, Fr. Alonso de Toro, tratando de incorporar esta abadía asturiana que se resistía por estar en manos del citado abad comendatario, nombra como presidente de la misma en 1529 al que había sido prior, fray Hernán Pérez Junco, hasta que Pedro de Pravia renuncia a su cargo y el monasterio puede ser unido a la Congregación por bula del 10 de noviembre de 1534.

Monasterios de la Orden Benediina cluye la imagen del titular del monasterio, y sobre el que se colocan dos escudos entre leones y la placa de conclusión de la obra en 1687. Por último, las crujías este y oeste, que ponen fin a la obra del claustro en 1697. Cabecera de la iglesia monástica de San Pedro.

resistió a marchar y fue víctima de los soldados extranjeros. Siendo abad Plácido Soto (1818-1821) de nuevo los monjes sufren una obligada exclaustración, durante el Trienio Liberal (1820-1823) y el monasterio queda sin comunidad desde noviembre de 1820 a julio de 1823. Nuestro abad muere el 26 de octubre de 1821 en una casa particular de las inmediaciones del monasterio. La exclaustración definitiva será, no obstante, en el año 1835 durante el abadiato de Ildefonso Simón Bravo (1832-1835). Los monjes abandonan el monasterio en setiembre de aquél año quedando como párrocos algunos de ellos, entre los que se contaba Isidoro Guillén que el 1 de mayo de 1845 alcanzó del gobierno la cesión del edificio monacal para vivienda del párroco.

Mientras se llevan a cabo estas obras se inician los trabajos de construcción de la torre-campanario en 1686. De base cuadrada y cubierta a cuatro aguas, abre en su piso bajo los muros sur y este mediante grandes arcadas, que dan acceso a la iglesia a través de la monumental portada meridional, muy afectada por anteponerle este nuevo cuerpo. Estas obras concluyen en 1699. A la segunda mitad del siglo XVIII pertenecen otra serie de reformas que afectarán al resto de las dependencias monásticas, fundamentalmente a la iglesia; se sustituye su primitiva cubierta de madera por las bóvedas actuales y se pintan las bóvedas de los tres ábsides con representación de cortinajes, motivos florales y entrelazos geométricos, igual que los que cubren las bóvedas de las naves. Se encarga también para el templo un nuevo retablo al que se incorporan pinturas del rey Favila y Alfonso I. En definitiva, la abadía de Villanueva se acerca a la edad contemporánea con una renovación total de su fábrica, pero los acontecimientos del siglo XIX impedirán la vida de comunidad, interrumpida en 1809 por la invasión de las tropas francesas; en este momento los monjes abandonan el monasterio refugiándose en Ponga y Abamia quedando sólo en el cenobio el anciano lego Fr. Antonio que se

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Puerta principal de acceso al monasterio.

Monasterios de la Orden Benediina 2.5 La influencia de las corrientes ultrapirenaicas en el monacato astur

obediencia de la nueva congregación francesa de Fontevrault.

Los movimientos para recuperar la observancia benedictina de la primera época surgen en la Europa del siglo X con verdadera fuerza, generando un clima de reforma de la Iglesia que animaría a mediados del siglo XI la conocida Reforma Gregoriana. En este contexto, el 11 de setiembre de 909 Guillermo III de Aquitania funda en la Borgoña francesa la abadía de Cluny y la pone bajo la protección de la Santa Sede. Su acierto consistió no tanto en potenciar el retorno a los ideales benedictinos en un serie de monasterios, cuanto en ligar a todos ellos en una estructura orgánica, libre de cualquier poder temporal y sólo sujeta a la centralización pontificia, que se convertirá en su pilar básico. La idea no era nueva pero sólo el privilegio cluniacense iba a permitir su realización práctica y su éxito con la gestión de sus primeros abades, entre los que destacan Odilón (994-1049) y Hugo (1049-1109).

Fundada por Roberto de Arbrissel en el país vecino tenía como fuente de inspiración la regla de San Benito y aportaba como novedad la naturaleza dúplice de sus monasterios, en los que vivían hombres y mujeres en comunidades separadas, ayudándose mutuamente.

En palabras del profesor Fernández Conde, ciertamente, la Asturias medieval, a pesar de su aislamiento, se comporta “como una gran caja de resonancia, vieja y desvencijada, en la que todo encuentra eco”. En cierto modo esta fundación fontevrista reproduce y renueva, de algún modo, la vieja impronta de los monasterios familiares ó dúplices de nuestro monacato prebenedictino. La presencia de Cluny y Fontevrault resulta, ciertamente, efímera en el extenso y complejo panorama del monacato astur, que continuará atento a posteriores programas de reforma como el transmitido por los cistercienses de presencia bastante más permanente a lo largo y ancho de la región.

No es el único caso en el que Asturias se muestra permeable a las innovadoras corriente culturales y religiosas del otro lado de los Pirineos. Santa María de la Vega, fundado en 1153 por la dama asturiana Gontrodo Petri con la que el Emperador había tenido una hija: La reina Urraca, es otro signo evidente de la presencia de corrientes europeas en nuestro solar, dado que esta fundación será puesta desde una principio bajo la

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Las “consuetudines” de la nueva orden borgoñona apostaban por una moderna ascesis, una peculiar forma de entender la espiritualidad en la que el rezo litúrgico, el oficio divino se convertirá en la actividad prioritaria del monje. Bajo estos postulados de renovación monástica y de acercamiento a los primitivos principios benedictinos Cluny, que conoce una expansión inusitada por toda Europa, llega a la región asturiana a principios del siglo XII para establecer su modo de vida en San Salvador de Cornellana, un viejo cenobio del solar astur que se revitalizará en su refundación con los nuevos aires del reformismo borgoñón.

A pesar del gran éxito que tenía la Congregación en Francia, tal vez por los tintes nobiliarios que revisten sus orígenes, en España son escasas las fundaciones fontevristas y por ello más singular, si cabe, su presencia en nuestra región.

Monasterios de la Orden Benediina 2.5.1 Monasterio de San Salvador de Cornellana La impronta reformadora de Cluny recala en este monasterio asturiano, aunque tardiamente, en el primer tercio del siglo XII al ser incorporado a la jurisdicción cluniacense por la donación que en 1122 otorgan el magnate asturiano Suero Vermúdez con su mujer Enderquina, nieta de la infanta Cristina (F. J. Fernández Conde, La Iglesia de Asturias…, p. 125). No era esta nueva situación jurídica de San Salvador más que otro hito relevante en el viejo itinerario histórico de la fundación, que hundía sus raices en la centuria anterior a modo de “monasterio propio”. Ciertamente, este centro altomedieval asentado en la margen del rio Narcea, en el territorio de Cornellana, confluencia de importantes vías de comunicación y perteneciente al actual concejo de Salas, había sido fundado en mayo de 1024 por la infanta Cristina, hija del rey Vermudo II y doña Velasquita, una vez viuda del infante Ordoño (S. Aguadé Nieto, “El monasterio de Cornellana”, p. 31). La dotación en este momento de la iglesia de San Salvador incluía media villa de San Juan y las iglesias de San Pedro, San Vicente, San Julián y Santa Eufemia; además de dos lechos, cuatro vasos de plata, un servicio de mesa íntegro, dos cruces, dos “Kabsas”, dos cálices con sus patenas, dos coronas, un candelabro (todos estos objetos de plata), dos “signos” de metal y libros eclesiásticos. La integraban también 10 vacas, 15 yeguas, 100 cabezas de ganado menor y 1 mula. (A. C. Floriano Cumbreño, El Monasterio de Cornellana, doc. I, pp. 15-20). El régimen jurídico de iglesia propia que afectará a esta fundación queda de manifiesto al reservarse la misma infanta Cristina el usufructo vitalicio de estos bienes. Ella misma con sus familiares y sirvientes parece que adquiere la condición monástica en el citado monasterio pues la carta fundacional se refiere a ella como “Christi ancilla” y “Deo vota”. El consiguiente reparto hereditario, a la muerte de la fundadora supone una disgregación

del patrimonio inicial detenida, en cierto modo, por la iniciativa de un biznieto de la fundadora, el conde Suero Vermúdez, quien pronto con su esposa, la condesa Enderquina, trata de reunir todas las porciones en las que se había dividido el monasterio con el objetivo de llevar a cabo una refundación del cenobio. En esta empresa el patrimonio inicial se enriquece puesto que cuando los condes adquieren un tercio de Cornellana, esta porción ya incluía 11 explotaciones situadas en territorio de Salas. Meses más tarde, Suero y Enderquina permutan con Sancha Vélaz otro tercio de Cornellana con las heredades de Vega de Arango, San Vicente de Salas, valle de Linares, Nava, San Juan de Godán, Ablaneda, Viescas, Carlés, Plano, Pelones y Soto a cambio de cuatro villas con sus familias en Galicia (A.C. Floriano Cumbreño, El Monasterio…, docs. III, IV, pp.22-26). Los condes, que no pudieron reunir la totalidad de las fracciones hereditarias –algunas de las cuales habían sido absorbidas por la iglesia de Oviedo y el monasterio de Corias- ampliaron considerablemente con bienes propios esta dotación, integrando en ella algunas propiedades que habían recibido de la reina Urraca, es el caso de las villas de Foramnata y San Esteban, situadas en territorio de Frómista; y la heredad de Pedregal, entre el Órbigo y Omaña. Renovado y fortalecido el cenobio con un gran patrimonio en los concejos de Teverga, Miranda y Somiedo, Suero Vermúdez y Enderquina deciden ponerlo bajo la jurisdicción del monasterio borgoñón de Cluny mediante donación al mismo otorgada el 7 de marzo de 1122. Diversos autores sospechan y ponen en evidencia la fugacidad y escasa efectividad de esta decisión al comprobar que en 1128 los mismos condes donan este cenobio a San Salvador de Oviedo (S. García Larragueta, Colección de documentos…, n. 148). Tan controvertida dependencia de Cornellana a Cluny y a la Iglesia de Oviedo ha sido rigurosamente explicada por el profesor Fernández Conde al considerar el segundo documento como un “falso” de orígen pelagiano (“Cluny en Asturias.

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Fachada principal de la iglesia monástica de San Salvador (© Andrés Martínez Cardín).

Monasterios de la Orden Benediina La abadía de San Salvador de Corneana (Cornellana)”, en prensa.). Tan reciente y documentado trabajo basado en el estudio de las relaciones socio-políticas y culturales de la época contrasta con la opinión de que el documento de 1128 es la clara manifestación del arrepentimiento sufrido por los condes respecto a su primera decisión (M. Calleja Puerta, El Monasterio de San Salvador…, p. 58); si bien no surtirá ningún efecto legal que invalide la donación de 1122. El relieve político del conde Suero Vermúdez durante el reinado de Alfonso VII repercutió también favorablemente en la fundación. En 1126 el propio monarca favorece al monasterio con el privilegio de coto jurisdiccional; un amplio espacio en torno al cenobio en la confluencia entre el Nonaya y el Narcea y en el que se facultaba al abad a ejercer las funciones fiscales y jurisdiccionales propias del señorío monástico. Tan dadivosa conducta contribuía a aumentar las bases del dominio monástico ya de por si enriquecido con el enorme legado que los condes deciden traspasar a su muerte a la comunidad, y con las donaciones piadosas que los particulares ofrecen a la reformada abadía en sus primeros pasos de vida regular. El área geográfica por el

que se extiende tan amplio patrimonio no sólo se circunscribe al entorno monástico del concejo de Salas y municipios limítrofes sino también a espacios de la meseta, hasta León, Burgos, Galicia, etc. Bienes de carácter rústico, urbano (León), derechos varios sobre iglesias y monasterios, dominio sobre castillos… eran cuanto constituían la riqueza de esta abadía convertida en uno de los grandes centros monacales de la región. Con semejante potencial económico es fácil suponer el alcance de la estructura arquitectónica que durante el siglo XII pudo levantar la primitiva comunidad monástica. De su magnitud aún quedan hoy restos destacados dentro del gran conjunto barroco que conserva actualmente el monasterio. En efecto, y coincidiendo cronológicamente con la refundación y entrega a Cluny, la actividad constructiva debió ceñirse a la sustitución de las primitivas dependencias erigidas en tiempos de la infanta Cristina; y de esta primitiva fábrica pueden ser significativas muestras la portada occidental de acceso al recinto del monasterio (La puerta de la Osa) y la torre campanario. La conocida puerta de la Osa se compone de un arco de medio punto de rosca única moldurada que

Complejo monástico de San Salvador de Cornellana (© Andrés Martínez Cardín).

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Monasterios de la Orden Benediina descansa sobre impostas con lacerías vegetales. La torre, situada entre la iglesia y el claustro, es de planta cuadrada y dos pisos. La construcción del claustro, dependencia indispensable de la comunidad también fue obra de la segunda mitad del siglo XII, si bien apenas quedan vestigios del mismo al ser sustituido por el actual conjunto barroco. Contemporánea del claustro es la obra de reedificación del templo monástico, algo desfigurado actualmente por la fachada barroca, el realce del muro de las naves y las nuevas bóvedas. No obstante, presenta en su planta el modelo benedictino de tipo basilical, con tres naves que se corresponden con tres ábsides semicirculares, de los cuales el central va precedido de un marcado tramo recto que destaca en planta y alzado al exterior. Las naves tienen actualmente tres tramos y se separan por grandes arcos doblados semicirculares apoyados en pilares de sección cuadrangular. Los emplazados en el tramo occidental presentan hoy un reforzamiento para soportar el coro, añadido a los pies.

En el interior de la capilla central, en el tramo recto, se abren dos arcosolios de medio punto, posiblemente construidos en el siglo XVII, a donde fueron trasladados en 1604, según el P. Yepes, los sepulcros de los fundadores. Al exterior, destaca la cabecera en la que se hace patente el modelo benedictino de ábsides escalonados. Se trata de tres volúmenes semicirculares destacando el central tanto por su mayor articulación como por su tamaño. Incluye una estrecha saetera, semicircular de triple rosca con guardapolvo moldurado, y se articula horizontalmente mediante tres lineas de imposta quedando remarcado por sendas columnas de base sencilla y capitel desornamentado. Ábside de la iglesia de San Salvador.

En definitiva, el templo de Cornellana es el que presenta mayores proporciones y desarrollo estructural de todos los conservados en Asturias del siglo XII. Este desarrollo, lo mismo que algunos de los aspectos materiales, como el escuadrado aparejo de cantería, y ornamentales, parece apuntar a la impronta marcada por las corrientes francesas.

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Claustro de San Salvador.

Monasterios de la Orden Benediina Desde luego, la autonomía del monasterio asturiano dentro de la organización cluniacense parece ser un hecho cierto, aunque la dependencia directa del abad de Cluny también puede observarse en el catálogo de abades que rigieron en el primer siglo de existencia esta comunidad y de cuyos antropónimos, de clara resonancia franca, podemos extraer la presencia de extranjeros al frente del cenobio asturiano. Tal situación constatada hasta los primeros años del siglo XIII coincide con la vinculación de Cornellana a Cluny y con el inicio de un proceso de crisis de la orden, que aprovechará el cenobio asturiano para alejarse definitivamente de la órbita del monasterio borgoñón. Es cierto que en 1256 el Papa Alejandro IV aún cita a Cornellana como filial de Cluny al igual que años más tarde, en 1279, lo hace Nicolás III; sin embargo, los Capítulos generales de la orden de 1291 y 1295 confirman la independencia del monasterio y lo datan bastantes años antes (M. Calleja Puerta, El Monasterio de S. Salvador…, p. 99). Interior del claustro de San Salvador.

En el transcurso pues del siglo XIII la abadía asturiana configurará una existencia propia en medio de los inconvenientes que las entidades monásticas de la época sufren tanto por la competencia de nuevas órdenes –franciscanos- como por la pujanza de otras entidades señoriales o concejiles. Tratará, por tanto, de reforzar sus bases patrimoniales asturianas en detrimento de las asentadas en áreas castellanas e incrementará por medio de compras y permutas los bienes territoriales del entorno. El dominio sobre iglesias, importante fuente de ingresos consolidará a Cornellana como una poderosa institución monástica al poseer el patronato y presentación de las iglesias de Santiago de Viescas, San Martín de Cornellana, San Félix de Villanueva, San Vicente de Salas y San Julián de la Silva (arciprestazgo de Salas); Santiago de la Barca (arciprestazgo de Miranda), Santa María de Cuña (en el de Teverga), Santa María de Vallota (en Luiña), Santiago de Ranón (en Pravia) y Santa María de Fenolleda (Candamo) (F. J. Fernández Conde, La Iglesia de Asturias en la Baja Edad Media…, pp. 99 y ss.). Con posterioridad a esta relación del siglo XIV, el monasterio aumentará sus derechos sobre otro importante número de iglesias (A.H.D.O., Índice Principal, Patronatos). Su poder en la comarca se verá reforzado con la confirmación, por parte de Fernando IV en 1305 y posteriormente por Alfonso XI, del privilegio del coto monástico otorgado por Alfonso VII. Desde mediados del siglo XIV el coto de Luerces pertenece también al monasterio y en 1360 el rey Pedro I amplía a los monjes nuevos derechos sobre el coto monástico concediéndoles la cobranza de los tributos del mismo. (A.C. Floriano Cumbreño, El Monasterio de Cornellana…, doc. XV). Queda claro que esta política de confirmación de facultades señoriales entre las que caben las concedidas por Alfonso Enríquez, conde de Noreña, en 1373 y 1374 o la de Enrique II en 1376 (Ibidem, docs. XIX, XVII), son un claro exponente del panorama de contestación social en el que se desenvuelve la vida monástica. Tanto es así que el propio Alfonso Enríquez, hijo bastardo de Enrique II y protagonista de los graves y turbulentos sucesos acaecidos en Asturias en el siglo

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Poco efecto pudo tener, no obstante, la reclamación de la abadía ante la autoridad real al comprobar que en los últimos momentos de D. Alfonso en la región, en 1390, aún figura como representante del monasterio. En este estado de defensa de la entidad señorial y de reorganización y puesta en valor de sus haciendas, el monasterio de Cornellana recibe la visita del obispo don Gutierre de Toledo (1377-1389) quien pretende normalizar la alarmante decadencia regular de su comunidad.

go Fernández quien nombre en 1442 comendero del coto de Luerces a Rodrigo de Miranda “por todo el tiempo que fuesse su voluntad… para que pudiesse… demandar todas las penas, judiçios e calumnias e derechos e otras cossas… e administrase la xustiçia…” (A. C. Floriano Cumbreño, Ibidem, doc. núm. XXIV, pp. 106 y ss.). La vinculación con el influyente linaje de los Miranda supuso para la casa de estos monges negros una etapa de inestabilidad, que puso en grave riesgo la vida conventual al llegar a ser el monasterio escenario de múltiples actos violentos (M. Calleja Puerta, El Monasterio de San Salvador…, pp. 143 y ss.).

Esta etapa de anarquía coincide con la presencia al frente del monasterio de sucesivos abades comendatarios, desde García de Tineo (1466-1476) hasta Francisco de Solís (1529-1543), obispo de Vinerca y Todo parece indicar, Bagnorregio, quien no obstante, que a renuncia a la abadía finales de la Edad a favor de la ObserMedia la abadía revancia vallisoletana fuerza su existencia en 1529 a cambio Escudo en la fachada de la iglesia del monasterio. comunitaria con una de una pensión de mayor atención a los prin200 ducados anuales. (E. cipios benedictinos y una reorganización y ges- Zaragoza Pascual, “Abadologio…”, p. 886). Auntión del dominio territorial más acorde con los que en 1539 se despacharon las bulas de unión nuevos tiempos que se vislumbran; sin embar- del monasterio a la Congregación de San Benito, go, la injerencia de la nobleza local en el ámbito el monasterio estuvo regido por presidentes hasmonástico generará pronto una situación de de- ta que el 16 de mayo de 1543 se nombró a Juan pendencia de la abadía de la que sólo se liberará de Plasencia primer abad observante. bien entrado el siglo XVI. Comienza a partir de ahora una etapa de regulaLa figura del comendero nuevamente está prerización de la vida monástica con una incidencia sente en el monasterio desde mediados de la notable en la organización y recuperación de sus centuria anterior. En este caso será el abad Diebienes. Bajo la órbita e influencia de las disposi-

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XIV, se arroga el derecho de confirmar, como anteriormente se dijo, los privilegios de la abadía y en 1380 los propios monjes protestan ante el rey por las ilegítimas intromisiones del conde en sus tierras y el disfrute indebido de encomiendas del monasterio (Ibidem, doc. XVIII).

Monasterios de la Orden Benediina ciones emanadas de la Congregación de San Benito, el monasterio pronto estará en condiciones de disfrutar de un gran potencial económico que le permitirá acometer grandes obras de fábrica, acordes con el prestigio de su entidad señorial. El actual complejo arquitectónico de Cornellana es fruto en su gran mayoría de la solvencia económica que la comunidad disfruta en los siglos XVII y XVIII. Sólo el templo como se dijo conserva trazas de su primitiva arquitectura aunque también es sometido a importantes reformas a mediados del XVII con el fin de adaptarlo a la nueva estética. En este momento se construye la cubierta abovedada que obligó a disponer de un nuevo sistema de soportes y a la apertura de mayores vanos de iluminación en los muros medievales. A los pies se construye un coro elevado, y en 1678 una nueva fachada de inspiración Retablo del altar mayor de la iglesia monástica.

clasicista. Prima en ella el riguroso orden y la austeridad de su traza, compuesta por un cuerpo central flanqueado por dos torres de planta cuadrada. Una cornisa que articula los tres volúmenes recorre horizontalmente la fachada y la divide en tres plantas. Coincidiendo con las obras del templo, más bien con la reforma que durante el abadiato de Gregorio de Hita (1604-1607) se llevó a cabo en la capilla mayor con el fin de trasladar los sepulcros de los fundadores, se debió encargar el retablo mayor de la iglesia. De autor anónimo, se encuentra actualmente reformado en su primer cuerpo al faltarle la imaginería de los cuerpos laterales y la custodia de la calle central. No obstante, ofrece una superficie plana organizada en tres calles y tres plantas que configuran un espacio reticulado marcado por las lineas horizontales que separan el primer y segundo piso, cortadas por los elementos de soporte, columnas toscanas en el primer piso, jónicas en el segundo y pilastras ganchudas en el ático en donde aparece el Crucificado entre dos escudos. Excepto esta talla superior, la imaginería se resuelve en medio-relieve lo que contribuye a dar efecto de plenitud. Hoy sólo podemos considerar original las imágenes del segundo piso; una Transfiguración, que ocupa el recuadro central y los pasajes laterales que representan escenas de la vida de San Benito; el de la izquierda hace alusión al abad haciendo penitencia en la cueva de Subiaco; y el de la derecha, escenifica el milagro de San Mauro salvando de las aguas a San Plácido. Coetáneo a este retablo mayor se adquiere otro para el ábside lateral de la derecha cuya datación viene dada por la inscripción que incorpora en su lado izquierdo y en la que consta que: “Este retablo mandó hacer Alvaro de Vello, vecino del concejo de Miranda, como dotador que es de esta capilla. Acabose a ocho de marzo de 1627”. Más modesto que el anterior, se organiza en un cuerpo central de tres calles separadas por cuatro columnas toscanas de fuste estriado, que apoyan en los respectivos plintos incorporados al banco y salientes, aprovechando sus tres frentes para reproducir las figuras del apostolado.

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En 1696 Domingo Suárez Solar y Francisco González Bango edifican la gran fachada del monasterio con frente al campo de la iglesia. El proyecto, no obstante, podría ser según el profesor Ramallo obra del avilesino Francisco Menéndez Camina y lo más llamativo del mismo podría ser la portada del cuerpo central que en medio de una alargada superficie, de vanos cuadrados en la planta baja y balconadas en el piso superior, se abre con rica estructura de tintes palaciegos aunque algo desproporcionada en sus factura. Enmarcada por la superposición de columnas exentas de diferente fuste, sobresale en la primera planta amplia balconada de rejería de la época y sobre la misma un remate a modo de ático en el que dos osas tenantes enmarcan un gran escudo real.

Otras dependencias del monasterio, como el archivo o el dormitorio, también fueron renovadas en el transcurso de la centuria, en la que la comunidad regida por abades de gran solera intelectual llega a disfrutar de enormes cotas de prosperidad; sin embargo, su repentino ocaso se vincula a la exclaustración sufrida en 1820 por medio de la cual los monjes abandonan el 6 de noviembre el viejo cenobio. El cierre definitivo, no obstante, se produce el 12 de noviembre de 1835, fecha en la que los 19 monjes que habitaban el monasterio lo abandonan. Vendido el edificio en preceptiva subasta será recuperado por el Arzobispado de Oviedo en 1878 siendo desde entonces sede de la actual parroquia de Cornellana. En 1931 será declarado su conjunto arquitectónico Monumento Nacional.

La renovación de las estancias monásticas alcanza los primeros años del siglo XVIII, y en este caso será el claustro medieval el que será sustituido por otro de estética barroca y cuya monumentalidad se ofrece aún hoy, y a pesar de su deficiente estado, como uno de los espacios más bellos de la arquitectura religiosa asturiana. Cada una de sus crujías, de suelo empedrado, se abre en la planta baja con cinco arcos de medio punto sobre pilares de base cuadrada, que sostienen en el piso superior amplios vanos adintelados con perfiles moldurados, a modo de balconada. La separación entre las dos plantas se efectúa por medio del escaso voladizo de los balcones que a modo de imposta recorre los cuatro frentes dando una sensación de uniformidad. La cubierta de la planta baja es de bóveda de cañón rebajada y decorada con artísticas y geométricas yeserías.

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Altar de San Mauro y San Plácido en el interior de la iglesia. S.XVII.

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La parte superior está delimitada por un amplio friso decorado con triglifos que alternan con rosáceas. Remata, a modo de ático, la figura del Crucificado y dos desnudas pirámides, una en cada extremo. La imaginería está tratada en alto relieve destacando la escena de la Asunción en el cuerpo central, entre otro tipo de representaciones como pueden ser las de la calle lateral izquierda –El Bautismo de Jesús y la Imposición de la casulla a San Ildefonso- o la central del banco en la que aparece la figura del donante.

Monasterios de la Orden Benediina 2.5.2 Monasterio de Santa María de la Vega de Oviedo En el solar que actualmente ocupa la Fábrica de armas de Oviedo, en el antiguo arrabal conocido como de La Vega, se erigió durante el siglo XII el monasterio de Santa María. Estaba situado extramuros de la noble ciudad de Oviedo, a la vera del camino real procedente del oriente asturiano y bien cerca de los monasterios de San Vicente y San Pelayo, importantes centros de larga tradición monástica; ocupando según A. de Yepes una “vega amena y deleytosa llena de mucha arboleda”.

el nacimiento de su hija, de quien debe separarse al ser educada desde su infancia por Sancha, la hermana de Alfonso VII. El matrimonio de Urraca y su regreso a la región, ya viuda, pudieron ser hitos determinantes para que Gontrodo formalizara su proyecto de vida monástica. Lo cierto es que el dia 13 de octubre de 1153 extiende la carta fundacional de lo que será el monasterio de Santa María de la Vega. El citado diploma nos revela la presencia al acto de la reina Urraca, acompañando a su madre, así como el consentimiento expreso del Emperador y tiene por destinatario al cenobio que ella había construido años antes y al convento que en él habitaba (A. Martínez Vega, El Monasterio de Santa María…, pp. 46 y ss.).

Su fundadora Gontrodo Petri, hija de Pedro Díaz y María Ordóñez, pertenecía a una familia de la nobleza rural que gozaba de un status bastante superior al que correspondía a su clase, tal vez por las relaciones ilícitas que dicha Gontrodo mantenía con Alfonso VII, fruto de los cuales fue el nacimiento de Urraca en 1133, futura soberana de Navarra.

La dotación económica constituye un capítulo importante de esta carta fundacional, pero lo más llamativo, si cabe, resulta ser el deseo que muestra doña Gontrodo de someter su fundación a la Orden francesa de Fontevrauld, lo que supone una verdadera novedad en la historia del monacato asturiano durante el siglo XII.

Es posible que Gontrodo contemplara la posibilidad de retirarse a vivir una vida religiosa desde

La conducta del Emperador con respecto al monasterio recién fundado fue muy generosa. A los

Fachada principal del monasterio de Santa María de la Vega (Luis Muñiz Miranda 1850-1927) (Colección Museo de Bellas Artes de Asturias).

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Lápida funeraria de Dña. Gontrodo, fundadora del monasterio de Santa María de la Vega de Oviedo (Museo Arqueológico de Asturias).

EU MORS EQ(ua) NIMIS NEC CUIQ(uam) PARCERE DOCTA SI MIN(us) EQ(ua) FORES POTERAS MAGIS EQ(ua) VIDERI GO(n)TRODE(m)REIQ(ui)S MERITIS DISTANTIB(us) EQUAS ET NIMIS EQ(ua) NOCES P(r)IMIS CUI PARCERE DEBES NEC TAMEN IPSA P(er)IT SED TE MEDIANTE REVIVIT SPES DECU ET SPECULU(m) GENERIS PATRIE MULIERU(m) NO(n) GONTRODO CADIT FUGIT HEC CADIT HOC LATET ILLUD EXCESSIT MERITIS HOMINE(m) MUNDU(m) Q(ue) RELINQUE(n)S MUNDO PASSA MORI VITA(m) SIBI MORTE PARAVIT SEX Q(ua)TER ET MILLE DANT ERA(m) C GEMINATO. “Oh, muerte, sobrado justa, que á nadie sabes perdonar; si hubieses obrado con menos rectitud, hubieras parecido mas justa; pues igualando á Gontroda con los demás mortales, con quienes no era igual por sus méritos, has quitado con menos justicia la vida á quien no debías quitarla. Más no murió Gontroda, pasó por tu medio á nueva vida y es todavía la esperanza de su familia, la honra de su pátria, y el espejo de las mujeres. No murió; se nos escondió solamente, porque habiéndose hecho con sus méritos superior a los demás mortales, no debía estar más en este mundo. Trocó la vida de esta tierra con la del Cielo el año de mil doscientos y veinte y cuatro de la Era” (1186),

Sarcófago de Dña. Gontrodo (S. XII) (Museo Arqueológico de Asturias).

Cortesía de Cajastur para JAVIER MU#IZ FERNANDEZ

C.M. Vigil, Asturias Monumental, Epigráfica y Diplomática. Oviedo 1887

Monasterios de la Orden Benediina

Portada de Santa María de la Vega (dibujo de G. de la Gándara). pocos meses de haberse otorgado la carta fundacional les concede diversas villas en Asturias y la sexta parte del portazgo de Olloniego. En abril de 1157 les dona igualmente “ad preces domine Gontrodis” la pola de Inicio (Poladura de la Tercia, León) y todo el derecho real en el lugar de Vega, próximo a aquella pola. Por tanto, Alfonso VII no parece que se olvidó de Gontrodo ni de contribuir eficazmente a sus proyectos, más bien atendió hasta en sus mínimos detalles esta nueva fundación determinando, parece ser, incluso la firme decisión de someterlo a la disciplina de Fontevrauld. Es posible también, tal como sostiene el profesor Fernández Conde (“La reina Urraca…”, p. 81), que Gontrodo tuviera interés en poner su fundación bajo la tutela de la abadesa de Fontevrauld, suprema autoridad de dicha Orden, atraída por el aire ascético y nobiliario al mismo tiempo que caracterizaba este movimiento francés; o tal vez “quiso dar una impronta oficial a la atracción por los monasterios dúplices o familiares siempre subyacente en el viejo monacato astur”. Torre de Santa María de la Vega (dibujo de G. de la Gándara). Monumentos Arquitectónicos de España.

La llegada de la comunidad francesa a Oviedo pudo ser un hecho vinculado al acto fundacional,

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Monasterios de la Orden Benediina pues en agosto de 1157 el cenobio ovetense aparece plenamente constituido por una comunidad dúplice que participa con normalidad en los negocios de incremento patrimonial, como en la venta que Berardo hace “vicariis Sancte Marie domno Angoto et aliis cultoribus cultricibusque predicti loci… filiis filiabusque ecclesie FontisEbraudi…” (A. Martínez Vega, El Monasterio…Colección diplomática, doc. 7, p. 15). Gontrodo no ejerció en estos primeros tiempos ningún cargo relevante pero su prestigio y la influencia de su hija Urraca determinaron una serie de mercedes dirigidas a engrosar el patrimonio monástico. En octubre del año 1159 Fernando II y Urraca confirman al monasterio de la Vega la donación hecha por Alfonso VII; y en 1175 el mismo monarca les dona la heredad de Scurrel. Gontrodo pudo ver cumplidos todos sus proyectos y vivir en el rigor ascético que tanto deseaba para llegar a ser “gran religiosa”. Como tal muere el año 1186, siendo enterrada en la iglesia conventual con la admiración de sus contemporáneos, si damos crédito al entusiasmo del autor del epitafio de su lauda sepulcral.

se coronan con capiteles vegetales: largos tallos palmiformes, palmetas inscritas en tallos entrelazados y ornamentales hojas en forma de lazo. La portada meridional tiene dos arquivoltas lisas que se apoyan en imposta de billetes. Los capiteles del lado izquierdo representan hojas adaptadas a la cesta, que se voltean y adquieren volumen y plasticidad en los ángulos; y los de la derecha representan grifos afrontados. Disponía el primitivo templo de otra portada, hoy desaparecida, muy similar a la meridional y conocida sólo por el dibujo de G. de la Gándara; al igual que la torre campanario, destruida en el siglo pasado y muy vinculada a la estética de la vecina Torre Vieja de la catedral. En el año 1196 La Vega de Oviedo está regido por una abadesa, síntoma de que tras la muerte de la fundadora la comunidad podría estar independizada de la disciplina fontevrista; sin embarCapilla reconstruida de Santa María de la Vega. El románico en Asturias.

El resto de elementos del primitivo cenobio se localizan dentro del recinto de la Fábrica de Armas de Oviedo. Se trata de dos portadas pertenecientes al templo; la occidental tiene tres arquivoltas, las dos exteriores lisas y la interior polilobulada, envueltas por un guardapolvo en nacela. El arco interior, con su perfíl de arquillos enfilados de medio punto, constituye uno de los primeros ejemplos del románico asturiano de esta tipología de orígen califal. Tres columnas acodilladas en cada jamba sirven de soportes y

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Cortesía de Cajastur para JAVIER MU#IZ FERNANDEZ

El templo en el que reposan los restos de la fundadora así como el resto del complejo conventual ya había sido construido por Gontrodo antes de extender la carta fundacional y reflejan una vinculación al mundo ultrapirenaico, acusado en los repertorios y técnicas de los relieves entre los que destacan los del sepulcro citado, tallado con serpenteantes motivos vegetales que constituyen el marco de aves y cuadrúpedos (M. Soledad Álvarez Martínez, El románico…, p. 116 y ss.).

Monasterios de la Orden Benediina go, creemos que esta transformación requirió un tiempo y que tal hecho pudo consumarse en el transcurso de la décimotercera centuria. En 1283, siendo priora Mayor Guillélmiz la comunidad mantiene la primera relación expresa con la iglesia de San Salvador y pocos años después la misma priora ejerce de abadesa en una comunidad que plenamente se ajusta a las normas de la Orden benedictina (A. Martínez Vega, “Abadologio del monasterio…”, p.568) y que parece totalmente ajena a la dependencia foránea. En estos primeros siglos de existencia del monasterio ovetense asistimos a la formación e incremento de su patrimonio territorial. Ciertamente, la dotación fundacional ha sido el gérmen de un extenso dominio base de su subsistencia. No ajena a esta actividad de incremento dominical se muestra la defensa que hacen del mismo mediante continuas pesquisas, averiguaciones e informaciones. No dudan en este intento en rePortada sur de Santa María de la Vega. El románico en Asturias.

currir a eficaces fórmulas, como la amenaza de excomunión o la publicación de paulinas en las diferentes parroquiales en las que se localizan sus propiedades y por medio de las cuales el campesinado se ve obligado a declarar. Con tales medios podemos conocer que a principios del siglo XVI el dominio territorial del monasterio estaba implantado en el área de veinticuatro concejos asturianos – Oviedo, Siero. Nava, Bimenes, Laviana, Aller, Caso, Ribadesella, Villaviciosa, Gijón, Llanera, Las Regueras, Candamo, Grado, Salas, Pravia, Cudillero, Soto del Barco, Corvera, Carreño, Gozón, Avilés, Ribera de Arriba, Allande- abarcando, fundamentalmente, el espacio comprendido entre los rios Sella y Narcea, y estando delimitado de sur a norte por la cuenca del rio Nalón y el litoral cantábrico. La mayor acumulación de bienes se localiza en la depresión prelitoral, concretamente en los concejos de Oviedo, Llanera y Las Regueras, zona de inminente interés para las monjas por su fácil control dada la proximidad al cenobio; pero la orientación marítima del dominio también está asegurada por el amplio número de bienes localizados en Gijón, Carreño y Gozón. Destaca, a su vez, como característica del dominio la amplia dispersión geográfica que supone la localización de bienes en zonas tan alejadas como pueden ser los situados en Allande, Ribadesella, Aller y Campo de Caso. Desde estos dos últimos enclaves el dominio parece ofrecer una visión de continuidad hacia el área castellana, al incluir posesiones en la zona leonesa y de Zamora. En efecto, será Benavente el enclave central en torno al cual se sitúan las localidades de Villabrázaro, San Cristóbal de Entreviñas y Manganeses de la Polvorosa, que marcan el límite más meridional del dominio territorial de la Vega, y ya a cierta distancia de este punto y a la orilla del Cea se localiza, finalmente, Valdescorriel. Semejante dispersión, por áreas geográficas diversas, suponía una diversificada rentabilidad que se plasma en la recepción de productos ganaderos, cereales, pescados o dinero.

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Monasterios de la Orden Benediina Los bienes urbanos se localizan prioritariamente en Oviedo y Avilés. El entramado urbano del Oviedo bajomedieval es el marco en el que se asientan sus propiedades, casas y huertas, tanto en el espacio intramuros –Cimadevilla, Ferrería, Corrada del Obispo, Rúa, Socastiello, Solazogue, etc.- como en los barrios extramuros –La Puerta Nueva, San Francisco, Picota, Foncalada, Campo de los Patos, etc.-.

Sumida, pues la comunidad en este estado de necesidad no se sustrae, sin embargo, a participar en los aconteceres políticos y sociales de la época, llegando a mostrarse, posiblemente, simpatizantes de la causa petrista en el conflicto entre Enrique de Trastámara y Pedro I ya que la constitución de la Hermandad, el 21 de noviembre de 1367, para los derechos del citado don Pedro se efectúa en el propio monasterio con participación de amplios sectores de la nobleza. Paralela a esta crisis económica desatada a mediados del siglo XIV podría intuirse una crisis disciplinar, a la vista de las Constituciones que el obispo don Gutierre les otorga, el 16 de mayo de 1379, tras su visita al monasterio; sin embargo, no creemos oportuno extraer del citado texto tal información. La visita del prelado sólo confirma una simple desviación de la pura observancia benedictina, similar a la de otros cenobios. La anterior visita de D. Sancho, en el 1354, no hace ninguna men-

Antigua portada de Santa María de la Vega (Archivo R.I.D.E.A.). ción a la inobservancia monástica y don Guillén en el año 1394 confirma el estado del monasterio: “las monias de dicho monasterio e sus servientes fazían e fazen vida pobre e restricta en grand neçesidad de pobreza, así los capellanes que las han de servir en los divinales ofiçios como los otros dichos sus servientes…” (A. Martínez Vega, El Monasterio… Colección diplomática, doc. núm. 108, p. 263) y sin embargo no censura su conducta. Desde la segunda mitad del siglo XV las religiosas de la Vega parecen reaccionar a la difícil situación económica que vivían y recurren a solicitar las confirmaciones reales de algunos de sus bienes. Los Reyes Católicos tuvieron información del estado económico del monasterio, pues con anterioridad a la licencia que otorgan para ayudarles con la unión del beneficio de San Juan del Campo y Santa María de Pelúgano, el propio rey don Fernando les aumenta a cuatro mil maravedís el juro de heredad sobre las rentas de las alcabalas de la ciudad de Oviedo; siendo confir-

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A pesar de tan amplio patrimonio no deja de afectar a las religiosas de la Vega la crisis económica y disciplinar del siglo XIV, generalizada en toda la región y en la mayoría de los centros religiosos asturianos. Tan precaria debió ser la situación de la comunidad a mediados del siglo XIV que en el año 1354 las propias monjas solicitan del obispo Sancho que visite el monasterio comprobando que, efectivamente, las rentas “non avondavan para la amenistraçión de las dichas raçiones, para pagar e substener las otras cargas del monasterio; e que por ende se empeñaban los ornamientos del dicho monasterio…” (A. Martínez Vega, El Monasterio… Colección diplomática, doc. núm. 85, p. 195).

Monasterios de la Orden Benediina mada esta concesión una semana después. En el año 1511, una vez muerta la reina doña Isabel, es nuevamente confirmada por su esposo, quien señala que “es para ayuda a su mantenimiento e para ayuda al reparo del dicho monasterio” (A. Martínez Vega, El Monasterio… Colección diplomática, doc. núm. 197, p. 548).

Este intento de reorganizar la gestión administrativa del patrimonio se llevará a cabo en el transcurso del siglo XVI y en virtud del mismo llegarán a incrementar la renta monástica en la que tiene una gran importancia los patronatos de las diecisiete iglesias asturianas sometidas a la autoridad de la Vega.

El otro juro de heredad que tienen de mil doscientos maravedís sobre la renta del alfolí de la sal de Avilés también deben reclamarlo a los Reyes Católicos a fines del siglo XV; poco tiempo después será confirmado nuevamente y ya en el siglo XVI la reina doña Juana y Felipe II harán lo mismo.

En este empeño de agilizar la rentabilidad del patrimonio tienen una gran incidencia las órdenes emanadas de la Congregación de San Benito de Valladolid al considerar el saneamiento económico como base indiscutible de la observancia.

Vinajeras de Santa María de la Vega (Archivo monasterio de San Pelayo).

El ingreso en tal institución ocurre en el primer tercio del siglo XVI y creemos que durante el abadiato de doña María González de Vigil (15011537), quien rige la comunidad compartiendo el cargo con doña Marquesa Estébanez de Valdés, como presidenta, y a la que el Capítulo General del año 1541 nombra como abadesa, la primera del recientemente reformado monasterio. A partir de este momento, el cenobio de San Vicente de Oviedo desarrollará en la comunidad de la Vega un importante protagonismo por el derecho que le confiere la misión reformadora encomendada por el general de la Orden a algunos de sus abades. Precisamente, uno de ellos, Gaspar de Huete protagonizará un insólito suceso con las monjas de la Vega al suprimir repentinamente su comunidad el 27 de noviembre de 1578. Trasladó, efectivamente, a las veinticinco religiosas en contra de su voluntad al cercano San Pelayo y él mismo con otros monjes ocuparon el monasterio y sus propiedades. La repercusión del acontecimiento no se hizo esperar, una vez más la Congregación vallisoletana demostraba su falta de acierto, y las ambiciones económicas de los grandes monasterios ovetenses originaron conflictos sociales en detrimento de la disciplina monástica. El agravio sufrido por la Vega, cuyo cargo abacial estaba vacante por la muerte, unos meses antes, de la abadesa doña Juana González de Hevia, fue contestado por la propia ciudad de Oviedo y por las propias religiosas, a petición de

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Monasterios de la Orden Benediina las cuales el rey Felipe II conmina al General de la Orden a restablecer nuevamente a la comunidad en su monasterio. El regreso se llevó a cabo en 1580 quedando al frente de la misma la abadesa doña Catalina de Balbuena (1580-1583). A partir del siglo XVI la comunidad de la Vega va a protagonizar la etapa más importante de su discurrir monástico, basada lógicamente en el poder económico facilitado por la riqueza rústica de su dominio territorial, que aumentará ostensiblemente implantándose en áreas de nuevo asentamiento correspondientes a los actuales concejos de Castrillón, Langreo, San Martín del Rey Aurelio, Riosa, Mieres y Pola de Lena. La rentabilidad de tan amplio y diversificado dominio les permitirá mantener un amplio número de raciones para una floreciente comunidad cuyo número de miembros se cuantifica en la segunda mitad del siglo XVIII en cincuenta religiosas de velo negro, siete de velo blanco y cinco novicias. Además, podrán hacer frente, aunque con un ligero retraso temporal respecto a otros monasterios benedictinos asturianos, a las importantes obras de renovación de la vieja fábrica monástica.

“Las manifestaciones artístico-culturales de la comunidad benedictina de la Vega”. B.I.D.E.A, 135 (1990) p. 475). Según los planos de Gabriel del Monte, el edificio de la vicaría se configura en tres plantas y la fachada principal responde a este espacio interior, quedando configurada por dos ventanas en la primera planta, tres en la segunda y un balcón flanqueado por dos ventanas en la tercera. Pero la obra más significativa del siglo XVII se lleva a cabo a instancias del General de la Congregación, fray Iñigo Royo, y consiste en levantar una iglesia nueva sobre el solar de la vieja iglesia románica. El templo tal como se conservó hasta el año 1917 responde a la traza diseñada por Gregorio de la

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Será, ciertamente, durante el abadiato de doña Isabel de Balcárcel (1665- 1669) cuando se comienzan las obras de “la portería, vicaría, rejas altas y bajas”. La traza de la vicaría, a construir sobre el viejo edificio en el que vivía el padre vicario fue encargada al arquitecto Gabriel del Monte, con quien se otorga escritura el 6 de agosto de 1666 en la que se especifica “que para el dia de San Juan que viene de mill y seyscientos y sesenta y siete darán perfecta y acabada la dicha obra” (A. Martínez Vega,

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Monasterios de la Orden Benediina el retablo, resuelto mayoritariamente mediante relieves. Las reformas de la vieja fábrica monástica también fueron importantes, según el Libro de Gradas del monasterio: “Se a empezado a demoler el conbento en 15 de febrero de 1751, se concluió todo el convento a fundamentis…el año de 757… y se hizo todo de planta como se ve que es de los mejores conventos, la planta, que tiene la religión de monjas”.

Retablo mayor de la iglesia de Santa María de la Vega. Roza. Su planta era de cruz latina y la nave aparecía dividida en tres tramos, dos de los cuales presentan idénticas medidas. El presbiterio aparece elevado sobre gradas, y el centro del crucero se cubre con bóveda de media naranja, la nave con bóveda de cañón y los brazos del crucero con bóvedas de lunetos. En los primeros años del siglo XVIII, siendo por segunda vez abadesa doña Isabel de Arango (1701- 1705) se coloca en la iglesia un gran retablo trazado por fray Pedro Martínez de Cardeña, sustituyendo al realizado en 1650 por Pedro Sánchez de Agreda. Hoy se encuentra trasladado al presbiterio de la iglesia parroquial de Solís, aunque muy reformado y mutilado pues el primer cuerpo fue vendido al párroco de Villaperi (Oviedo) a quien las monjas han regalado, al tener que abandonar el monasterio, las imágenes de Santa Gertrudis y Santa Escolática. Posiblemente fueran las dos únicas imágenes que portaba

Excepto las dependencias situadas en la fachada del monasterio y la iglesia, construidas en diferentes etapas del siglo XVII, todo fue demolido. Del claustro de la Vega se cree equivocadamente que nada se conserva tras la transformación del convento en fábrica de armas; sin embargo, aún pervive en el recinto de la fábrica la obra más sobresaliente de las llevadas a cabo a mediados del siglo XVIII: el claustro bajo del monasterio. Tiene forma de un perfecto cuadrado de 23 por 23 m. y en cada uno de sus lienzos se abren seis arcos entre recias pilastras toscanas. Está exento de cualquier elemento de ornato y tan sólo son destacables las molduras rectas y planas que conforman su traza reticular. Casi con seguridad se puede afirmar que sobre este piso se levantaban otros dos, así lo confirman las alusiones documentales y la semejante traza que tiene con el de Santa Clara de Oviedo, resuelta también en tres alturas. No descartamos, por tanto, que si Antonio Menéndez de Ambás y Pedro Moñíz Somonte están relacionados con el convento ovetense de Santa Clara, el de la Vega, erigido bajo las mismas premisas, haya sido obra de los mismos, por lo menos es coetáneo en su realización dado que se termina, junto con el resto de las obras conventuales, el 31 de marzo de 1757, siendo abadesa doña Mª Teresa de Benavides (1753- 1757). En la última década del siglo XVIII, sin embargo, el monasterio comienza a sufrir una larga etapa de dificultades económicas. Por Orden Real de Carlos IV sufre la expropiación de diversas heredades en Trubia a causa de la ubicación de la Real Fábrica de Armas llevada a cabo en 1795; y

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Monasterios de la Orden Benediina

Como consecuencia de los acontecimientos de 1808 las monjas se ven obligadas a abandonar el monasterio y el 20 de setiembre de 1809 la comunidad ocupaba de nuevo su casa ya que en esta fecha la abadesa doña Plácida de Salas propone a las religiosas un “Plan… en atención a las circunstancias en que se halla”; y al mes siguiente solicita al General de la Congregación autorización para vender unas casas con el fin de pagar deudas del monasterio. A comienzos del año siguiente, concretamente el 29 de enero de 1810, debe acoger la comunidad de la Vega en su monasterio a las monjas de San Pelayo; y pocos meses más tarde serán ellas mismas quienes se refugian en San Pelayo. El hecho tiene lugar el dia 2 de octubre del mismo año y prolongan su estancia hasta el 14 de junio. A su regreso, el monasterio que había sido convertido en hospital, está totalmente arruinado y su reparación les obliga a un endeudamiento progresivo, a la venta de sus bienes y a sacar dinero del “arca de dotes”. En este empeño de reconstruir, a duras penas, el monasterio y su dominio, la comunidad va a sufrir nuevamente el azote de la guerra civil y como consecuencia debe abandonar otra vez el monasterio ante la amenaza de ser invadida la capital por las tropas carlistas. La decisión se debió efectuar en los primeros meses del año 1836, ya que en el mes de julio de ese año los carlistas ocupaban Oviedo y en el convento de la Vega se habían improvisado unas fortificaciones. Las religiosas son acogidas nuevamente por la comunidad de San Pelayo, en donde a los pocos años fallecía la que había sido abadesa, doña Bonifacia García Sampedro (1828- 1832). Ostentaba el cargo abacial en esta época doña Nicolasa Cañedo Miranda (1832-1839), fallecida también en San Pelayo el 12 de marzo de 1839, siendo regida

la comunidad desde ahora por doña Antonia Palacio, en calidad de Presidenta. Mientras permanecía esta exclaustración el número de miembros de la comunidad iba disminuyendo progresivamente y el monasterio había sido convertido en parque; pero aún así no cesaron las religiosas en reclamar su propiedad, que les será devuelta por Real Orden del 14 de junio de 1845, y de la que toman posesión el 4 de febrero del año siguiente. Sólo nueve años podrán habitar el derruido cenobio, al cabo de los cuales deben trasladarse definitivamente a San Pelayo como consecuencia de las medidas impuestas por la Junta Provincial de Gobierno de Asturias y el Ayuntamiento de Oviedo. Atemorizadas, sin duda, y por orden de la citada Junta “La comunidad por evitar algún atropellamiento que se susurraba… se resolvió a dejar su inolvidable morada con el mayor sentimiento, lanzando gritos al cielo en la noche del 31 de julio de 1854”. En el escaso margen temporal de diez dias, la Junta y el Ayuntamiento llevan a cabo sin ningún tipo de reparo legal la incautación del edificio monástico del viejo cenobio de Santa María de la Vega. El motivo aducido era la conveniencia de convertir el monasterio en hospital ante un posible brote epidémico de cólera; sin embargo, la realidad era bien distinta, se trataba de una maniobra del Ministerio de Guerra y el Ayuntamiento de Oviedo de instalar allí una fábrica de armas. El mismo obispo de la diócesis, don Ignacio Moreno, interviene ante el Ayuntamiento el 21 de julio: “No me opongo a que lo ocupen los coléricos, si los hubiese desgraciadamente en esta ciudad; pero sin que por eso sea preciso que las monjas salgan del convento, pues éstas se ofrecen espontáneamente… a asistir con asiduidad y esmero a los enfermos…”. La propuesta del obispo no es tomada en la más mínima consideración y de nuevo el prelado le muestra al alcalde su disconformidad haciéndole

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asimismo, por Real Orden de 1799 se ve privado del derecho sobre el portazgo de Olloniego. No serían estos acontecimientos más que la antesala de cuanto le iba a suceder en el discurrir del siguiente siglo.

Monasterios de la Orden Benediina constar “que el convento de la Vega es una propiedad de la iglesia, garantizada por las leyes civiles y sobretodo por el último Concordato, aprobado y sancionado por ambas potestades…”. Aún así no existen para la comunidad de la Vega ningún tipo de posibilidades que impidan obstaculizar tan arbitraria e injusta decisión y atemorizadas por la situación se trasladan a San Pelayo definitivamente el dia 31. El dia 1 de agosto de 1854 la Junta Provincial de Gobierno reconoce que “desocupado el convento de la Vega en el dia de hoy… es urgente ponerse de acuerdo con el Sr. Director de la Fábrica de Armas para que se haga la distribución de la parte que haya de ocupar…”

ejercer sus funciones. Tras el fallecimiento de la enérgica Antonia Palacio, el nueve de marzo de 1862, el obispo don Ignacio Moreno decreta que la prelada de San Pelayo desempeñe funciones de Presidenta en la comunidad de la Vega; aunque las monjas seguirán manteniendo su propia identidad y poco a poco se irán agregando voluntariamente a la comunidad de San Pelayo, heredera por tanto de los bienes de la vecina comunidad. La fundación de doña Gontrodo había llegado a su fin con la muerte de la última de sus monjas, doña Manuela Mier Castañón, acaecida el 2 de junio de 1898.

A partir de 1854 va a vivir la comunidad de la Vega la última etapa de su historia. Su traslado obligado a San Pelayo será el comienzo de un proceso irreversible que pondrá fin a setecientos años de vida conventual. A pesar de la pertenencia a la misma orden y de la hospitalidad y buena convivencia que se desarrolla entre ambas comunidades, las monjas de la Vega desean defender su identidad como comunidad y en este sentido su anciana Presidenta, doña Antonia Palacio, no oculta al obispo su firme decisión de pervivir como monjas de la Vega con su propia prelada y su rechazo a ser unidas canónicamente: “si las revoluciones pueden disponer de nuestros edificios y de nuestros bienes, no de nuestra voluntad… así lo dije a su antecesor cuando me insinuó el proyecto de tener con San Pelayo una sola prelada… Hemos dejado con el más acerbo dolor nuestra santa casa, hemos venido a otra para merecer y servir a Dios, pero sujetar nuestra voluntad a una prelada desconocida y desconocedora de nuestro carácter, de nuestras inclinaciones y de nuestras prácticas será un sacrificio que no podríamos hacer… Pocas somos y los años y los achaques concluirán pronto con nosotras”. No olvidó el prelado de la diócesis las súplicas de doña Antonia Palacio, que puede ver cómo inhabilitada por su avanzada edad -89 años- se faculta en 1861 a doña Dolores Castrillón para

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Estado actual del claustro de Santa María de la Vega.

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Imagen de San Benito (Archivo del monasterio de San Pelayo).

Detalle de la portada principal de Santa María de Valdediós.

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Capítulo III Monaerios de la Orden Cierciense

Monaerios de la Orden Cierciense A pesar de los efímeros intentos renovadores del viejo monacato astur, una nueva corriente de carácter espiritual y colonizador, a la vez, llega a implantarse en Asturias en los albores del siglo XIII. Será la Orden del Cister y sus “monjes blancos” ó “bernardos”, asentados ya en la segunda mitad del siglo XII en la cuenca del Duero, quien protagonizarán este movimiento de reactivación monacal en la región coincidiendo, precisamente, con los momentos en los que la Orden alcanzaba el cenit de su fama. El Cister había surgido en Francia a mediados del siglo XI como una reacción y reforma de la Orden Benedictina. Se les llamaba monjes cistercienses por el monasterio de Citeaux una de las primeras abadías de esta reforma. También reciben el nombre de monjes bernardos por haber sido san Bernardo de Claraval el principal difusor de esta reforma; y monjes blancos, por el hábito que visten en oposición al negro utilizado por los benedictinos. Para ambos, no obstante, la Regla de San Benito es la norma de vida pero los cistercienses la reinterpretan de forma más rigurosa y también más literal. A partir de 1140 los monjes cistercienses atravesaron los Pirineos y se establecen en la par-

te norte de la Península en donde desarrollarán una intensa actividad colonizadora y civilizadora, especialmente útil en el contexto de la secular pugna entre cristianos y musulmanes; no obstante, unos años antes, en 1138, las costumbres cistercienses se adoptarán en el monasterio berciano de San Salvador de Carracedo cuando la infanta Sancha, hermana de Alfonso VII, impulsa su revitalización. Esta abadía que constituirá con las casas afiliadas una pequeña congregación incorporada plenamente a la Orden en 1203 va a desarrollar un papel muy preeminente en la introducción de los monjes blancos en Asturias y ello es debido a la vinculación que con la misma mantuvieron dos viejos cenobios de la región, el de Lapedo (más tarde llamado Belmonte) que aunque existente desde el año 1032 se integra en la filiación de Carracedo en 1151; y el de Villanueva de Oscos, fundado el año 1137 y dependiente de Carracedo desde 1162. Ahora bien, hay que tener en cuenta que estas casas no habían sido fundadas por la Orden sino incorporadas y, por tanto, no respondían a los ideales y normas emanadas del Capítulo General; de forma que principios tan elementales como la elección del lugar de asentamiento, la disposición y fábrica de los edificios regulares o

Monasterios cistercienses de Asturias en la Edad Media

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Monaerios de la Orden Cierciense

No participará, por tanto, esta región en la primitiva expansión peninsular de la Orden, y ello a pesar del interés que Alfonso VII y su sucesor en León, Fernando II, prestaron al fenómeno monástico como potencial civilizador en la organización de los territorios de la meseta norte; el territorio al norte de la cordillera, el solar original del reino requirió por parte de la Corona menos atención y será necesario alcanzar el año 1200 para que los reyes leoneses Alfonso IX y Berenguela otorgaran la carta de dotación de Valdediós y se fundara la primera abadía cisterciense de la región, la única, genuinamente “blanca”. Todo parece indicar que esta decisión real coincide con el proceso de fundación de pueblas nuevas que el monarca auspicia durante el siglo XIII en Asturias y para el que no olvida a la Orden cisterciense como impulsora de la reorganización del territorio asturiano (J.I. Ruiz de la Peña Solar, Las “polas” asturiana…, pp. 43-55 ). De hecho, no sólo mostró una gran munificencia con la fundación maliayesa sino que favoreció también generosamente a otras casas de la Orden asentadas en la región: Villanueva de Oscos y Santa María de Belmonte. El tradicional aislamiento geográfico del solar astur no fue siquiera impedimento para que las comunidades cistercienses de la región sufrieran las grandes convulsiones económicas, sociales y espirituales que se enseñorearon de todo el ámbito europeo y peninsular durante el siglo XIV. Más bien ha contribuido a agravar su estabilidad al romperse los lazos de filiación con las casasmadre (Carracedo, Sobrado) y perder con ello el mecanismo de supervisión que tan buenos resultados había generado en la estructura tradicional de la Orden. Esta ausencia de visitadores es lo que da facultades al obispo D. Gutierre para que , tal vez de

forma temporal, ejerza esa misión, y así a través de su conocido Inventario (1385-86) podemos confirmar la existencia en esta época de otro monasterio cisterciense, en este caso femenino, dentro del ámbito regional (Cfr. J. Ureña y Hevia. “Gúa- las Huelgas de Avilés”, p. 32). Será el monasterio de Santa Maria de Gúa (Somiedo), de cuya existencia precisterciense poco se conoce a pesar de ser una fundación que parece hundir sus raices en la segunda mitad del siglo XII.

Francisco Reiter. Ingreso de San Bernardo en el Císter (1763) (Museo de Bellas Artes de Asturias). El profundo quebranto de la disciplina regular como consecuencia de la crisis de la cristiandad medieval será agravado por el sistema de la encomienda al que se acogieron algunas casas cistercienses – Valdediós y Belmonte- a finales del siglo XV y por el que los monasterios conocerán una progresiva pérdida del control sobre sus rentas y patrimonio con el consecuente descuido de las exigencias de la vida regular. Además las elecciones de abades solían ir acompañadas de pleitos y luchas dentro de las propias comunidades, creandose así bandos y divisiones que poco o nada favorecían la paz y la observancia. En tal estado de calamidades surge de nuevo la idea de reforma y, consecuentemente, se erige, como organismo capaz de reorientar a las comunidades de monjes blancos en la Corona de Castilla, la conocida Congregación de Castilla u “Observancia Regular de San Bernardo”.

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la organización del dominio no respondía a los cánones del Cister. Se trata, en definitiva, de una etapa conocida como de “preparación procisterciense en Asturias” (Cfr. J. Torné Cubells. “Orígen y presencia de los monjes blancos en Asturias” p. 17).

Monaerios de la Orden Cierciense Los cenobios asturianos no fueron ajenos a la autoridad de la Congregación de Castilla y así en los años de la influencia reformista del cardenal Cisneros se irán incorporando, siendo el primero de ellos el de Santa María de Villanueva de Oscos en el año 1511, y el último Belmonte, en 1559. Consecuentemente, pierden autonomía pero logran recuperar derechos jurisdiccionales y patrimoniales que les permitirán sanear una deficiente economía y afrontar, incluso, programas de renovación arquitectónica de las viejas fábricas monásticas. La política desamortizadora del siglo XIX puso fin a la pacífica vida de los “monjes blancos” asturianos; la exclaustración de todos los regulares y la consiguiente expropiación de sus bienes contribuyó, incluso, a la desaparición de algunos inmuebles –Belmonte, Gúa- y al abandono y ruina de otros –Villanueva de Oscos-. Sólo Valdediós, casualmente, se ofrece en la actualidad como el símbolo de lo que supuso la huella cisterciense en nuestra región.

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Monaerios de la Orden Cierciense 3.1 Monasterio de Santa María de GúaLas Huelgas de Avilés. El 13 de diciembre de 1880 partían hacia el monasterio cisterciense de Gradefes (León), procedentes del Real Monasterio de San Pelayo de Oviedo, un grupo de nueve religiosas asturianas para unirse definitivamente a la comunidad allí asentada desde el año 1168. Eran las “Bernardas” de Avilés que en la diáspora de su histórico discurrir abandonaban definitivamente el solar asturiano poniendo fin, en contra de su voluntad, al único monasterio femenino de la Orden del Cister en Asturias. Su presencia multisecular en estas tierras había estado bastante mediatizada por el lugar de asentamiento de su primitiva fundación en Gúa, entre las agrestes montañas somedanas; por el traslado que en época moderna les llevará a Avilés (Las Huelgas de Avilés), así como por los sucesivos incendios

que sufre su casa con la consiguiente pérdida de lo que fuera un nutrido y rico acervo documental. Semejantes circunstancias hacen, en efecto, que esta comunidad cisterciense sea bastante ignorada en la historia monástica asturiana y no, precisamente, por la falta de relieve que en su momento disfrutó. De su fundación así como de su existencia precisterciense en las montañas de Somiedo o incluso anteriormente en Santibáñez poco se sabe (D. Yañez Neira. “El monasterio cisterciense de las Huelgas de Avilés”, p.341). Según el P. Carvallo (Antigüedades, p. 345) su fundación se debe a la iniciativa nobiliaria de los Froilaz y Pelaiz siendo el rey “don Fernando gran bienhechor del monasterio de Gúa”. Confirmaciones de Alfonso X (1270) y Sancho IV (1286) nos atestiguan, ciertamente, que Fernando II (1157-1188) les concedió el coto

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Cédula de profesión de la cisterciense asturiana Vicenta de Arrojo en el Archivo del monasterio de Gravefes, León. Año 1754. (© Borja Martínez Cardín).

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Monaerios de la Orden Cierciense de Gúa en donde se levantan las dependencias monásticas; sin embargo, es de suponer que en tan tempranas fechas no era posible su adscripción a la Orden cisterciense dada la resistencia que en 1228 muestra el Capítulo General a ocuparse de las monjas. Será en las postrimerías del siglo XIV cuando nos consta con certeza tal extremo. En esta época ya la comunidad tenía consolidado un extenso patrimonio dominical extendido por Somiedo, Teverga, Tineo, Luna, Paredes, Boñar, Babia, Laciana… que en su mayoría disfrutaban las familias nobiliarias de la zona: los Miranda, Quiñones y Flórez, algunas de cuyas descendientes llegan a profesar en la comunidad y a ocupar cargos tan relevantes como el de abadesa.

Esta situación de crisis económica y espiritual tan generalizada en la época y agravada en este caso por la situación geográfica e inhóspita en la que se encontraba el monasterio fue reparada en cierto modo por la incorporación del cenobio a la Congregación de Castilla, llevada a cabo por las ágiles gestiones del abad trienal de Valdediós, Cristóbal de Orozco (1543-1546). Las consecuencias inmediatas no se hicieron esperar y tras un infructuoso intento de trasladar la comunidad a Oviedo se llega a un acuerdo en el año 1552 con el Ayuntamiento de Avilés (A.H.N., Clero, 50755076), n. 4) para su asentamiento en la ciudad. El mismo dia 26 de junio, el reformador general de la Congregación de Castilla, Marcos del Barrio, y la abadesa, Isabel de Villalobos, compran a la familia de los Alas un extenso solar dentro del recinto amurallado de la villa en el que construirán el nuevo monasterio, según la traza de Juan de Cerecedo (P. García Cuetos, Arquitectura en Asturias 1500-1580, pp.134-137 ); y al año siguiente, 1553, ya fijan en Avilés su residencia las siete monjas que constituían la comunidad de Gúa (A.M.G.: F.M.A. Libro de Actas, fol.3.). La incorporación a la Observancia de la Congregación también supuso una reorganización de las haciendas y del patrimonio rural con la adjudicación y renovación de nuevos foros, arriendos, apeos, trámites judiciales para recuperar el coto de Santibáñez en poder de Velasco de Quiñones, y la venta del de Gúa en 1550 a Sancho de Miranda. (A.G.S., Merc. y Priv., leg.251, fol.1). Las cistercienses de Avilés, también conocidas ahora como Bernardas o de las Huelgas, van recuperando en época moderna y bajo la dirección de los monjes de Valdediós y Belmonte, la capacidad económica que les rendía su disperso y abandonado patrimonio mientras sus primitivas dependencias de Gúa se arruinan.

Relicario de plata de San Plácido Mártir, procedente de Las Huelgas de Avilés. S. XVII (Monasterio de Santa María de Gradefes, León) (© Borja Martínez Cardín).

El único vestigio material que se conserva de aquel establecimiento es la iglesia conventual que ejercía de parroquial (A.M.G.: F.M.A.: Año 1818) y en cuyas funciones aún hoy se mantiene. Su presbiterio es el único elemento que aún recuerda la estructura medieval, pues su nave ha

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Claustro del monasterio de Santa María de Gradefes (León), donde se encuentran enterradas las últimas monjas cistercienses de Avilés (© Borja Martínez Cardín).

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Avilés en el S.XVI con la ubicación del monasterio de Las Huelgas según J. Ureña.

sido transformada en el siglo XVII y semiderruida durante la guerra civil. La cabecera, por tanto, mantiene el ábside semicircular precedido por tramo recto con cubierta abovedada de horno y cañón, respectivamente. Será, por consiguiente, la nueva fundación de Avilés la que requerirá la prioritaria atención de la comunidad y dado el incremento de profesiones, entre las que se cuenta la hija del conquistador Pedro Menéndez, se llevan a cabo obras de reforma de las dependencias monásticas y de la iglesia, contratadas en 1610 con el maestro Gonzalo de Güemes Bracamonte. Todo hace pensar que el Real monasterio de Las Huelgas de Avilés disfrutaba en la época de un gran prestigio en la región, sus monjas vinculadas, muchas de ellas, a influyentes familias alcanzaban el número de 31 a mediados del siglo XVIII (A.A.A.: Catastro de Ensenada 1753, t. I “De

eclesiásticos”, p. 15); nada hacía suponer que a principios del siglo XIX una serie de continuados acontecimientos de orden político pudieran poner fin a su consolidado establecimiento. Con motivo de la invasión napoleónica, el 21 de mayo de 1809, las monjas tienen que abandonar el convento; su regreso no se verá exento de la incertidumbre que se intuía en el panorama político de la época y que se materializa en la pérdida de su patrimonio como consecuencia de las medidas desamortizadoras y hasta en el peligro de supresión en 1836 de la abadía, situación que logran superar gracias al apoyo municipal (A.A.A.: Libro de Acuerdos, t. 54, ff. 28-29). No obstante, su capacidad de subsistir queda muy menguada por la venta de sus bienes desamortizados, -165 foros y censos así como 113 fincas rústicas- que alcanzan un valor de 1.686.960 reales y que se localizan en distintos municipios del occidente asturiano así como en los de Avilés, Gozón, Carreño, Gijón, Grado, Pravia, Soto del Barco, Siero,

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Monaerios de la Orden Cierciense Nava, Piloña… En semejante situación deben asumir la expropiación gubernamental del monasterio, comunicada en el mes de noviembre de 1868 por el gobernador eclesiástico de la diócesis al gobernador civil en estos términos: El dia 13, por la tarde, ha salido de su convento la Comunidad de San Bernardo de Avilés, con el grandísimo sentimiento de dejar a su Venerable Superiora sacramentada y gravísimamente enferma en una casa particular, y entrada la noche ha sido recibida por la de San Pelayo de esta ciudad (Oviedo) con las demostraciones más expresivas de verdadero y cariñoso afecto y abrazándose y estrechándose, mirando su suerte como un todo igual (A.M.G.: F.M.A., Suelto, 1868). Al dia siguiente el Pleno municipal de Avilés decide adquirir por 6000 escudos la propiedad del convento, iglesia y terrenos así como el derribo inmediato del conjunto monumental (A.A.A. Libro de Acuerdos, t. 54, sesiones del 14 al 28 de noviembre de 1868 y 17 de diciembre), con lo cual ya en el año 1869 no

queda vestigio alguno del que fuera Real monasterio de Las Huelgas de Avilés. La comunidad, no obstante, continúa en San Pelayo de Oviedo disfrutando de una autonomía que incluso les permite recibir nuevas vocaciones, pero a la espera de una sosegada solución que se producirá en 1880 con la decisión firme de asentarse en la ribera del Esla, junto a las hermanas de la Orden que con gran regocijo las recibían.

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Iglesia de Santa María de Gúa, en Somiedo. El románico en Asturias.

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Monaerios de la Orden Cierciense 3.2 Monasterio de Santa María de LapedoBelmonte. A escasos 56 Kms. de la capital del Principado, en la parte occidental del mismo, se encuentra el concejo de Belmonte de Miranda en donde tuvo su emplazamiento primitivo el monasterio de Lapedo. Situado, ciertamente, en el lugar de Belmonte, en la márgen derecha del rio Pigüeña, al abrigo de rocosas montañas y entre fértiles praderas y tierras de cultivo, remonta sus orígenes a las primeras décadas del siglo XI. El primer testimonio documental sobre la existencia de este monasterio en “Lapideum” se encuentra en una donación que María Peláez, hija de los condes Pelagius Froilaz e Ildoncia Ordoniz, otorga a la iglesia ovetense el año 1096 (F. J. Fernández Conde, La Iglesia de Asturias en la Alta Edad Media, p.128, nota 50). No obstante, sabemos, y la citada donación nos lo confirma, que este cenobio había sido fundado con anterioridad en régimen de “propio” por los citados condes, que eran señores de “Lapideum” desde 1032. Habían adquirido esta villa altomedieval, propiedad de la Casa Real Leonesa, por una permuta otorgada con el rey Vermudo III, quien declara que todo el Lapedo fuit de abia mea Regina domna Velasquita, y a cambio de otra villa, la de Framiliani, en Galicia. El contrato no fue ajeno al ámbito familiar pues la condesa Aldonza Ordóñez era hija de la infanta Cristina y, por tanto, nieta de Vermudo II y Velasquita. Ciertamente estos condes pertenecían a un linaje nobiliario del mas alto prestigio social, puesto que se hallaba vinculado a la casa real leonesa.A su muerte, el cenobio sufre las consecuencias del régimen “familiar” o privado bajo el que había sido fundado con la consiguiente disgregación de su patrimonio y no llegará a convertirse en auténtico cenobio con vida monástica hasta un siglo más tarde cuando un descendiente de los primitivos fundadores decide llevar a cabo tal empresa. Se trata del conde Pedro Alfonso, biznieto de los fundadores (Pelayo y Aldonza) y personaje ilustre de la corte del Emperador Alfonso VII, quien se plantea reunir las fracciones

hereditartias del patrimonio de Lapedo mediante compra e incluso por la cesión que consigue de su hermano Gonzalo Alfonso, que disponía de una considerable participación. Una vez reunida la totalidad del patrimonio decide, en el año 1141, hacer entrega del monasterio a un grupo de monjes reunidos bajo la autoridad del abad Adefonsus, siendo durante la segunda mitad del siglo XII una comunidad de monjes benedictinos la que rige el destino del viejo cenobio altomedieval. A partir de este momento la riqueza monástica se incrementa considerablemente. El mismo Pedro Alfonso y su esposa María Froilaz le otorgaron entre los años 1147 y 1170, seis donaciones de bienes diversos situados en Asturias y León: La heredad de Vigaña de Salcedo (Grado), la villa de Vigaña de Salcedo, media villa y monasterio de Ambás (Grado), la vega de Riello y otra vega en Teverga, en Babia (León), Torrestío, Quintanilla, San Martín del Cea, Quintanilla y Camino (León), Cubia… Será, precisamente, en una de estas donaciones en donde Pedro Alfonso manifiesta la especial vinculación que le une al monasterio de Lapedo, pues al concederle en 1157 la mitad de todos sus bienes raices y muebles lo hace con el expreso deseo de que, fuera cual fuese el lugar en donde falleciera, sus restos mortales se trasladasen a Lapedo para recibir aquí sepultura (A. C. Floriano, Colección diplomática del monasterio de Belmonte…(1-IV-1157) n. 34). El ejercicio patronal no sólo aseguraba las bases materiales de la comunidad monástica con espléndidas dotaciones sino que facultaba para dirigir la explotación del dominio decidiendo, junto con el abad, la adquisición de ciertos bienes. Es el caso de las heredades adquiridas en 1155 en los mismos territorios e incluso en las mismas aldeas en donde se localizan otras propiedades del monasterio: Teverga, Somiedo, Miranda, Salas, Grado… Pero la protección a la que venimos aludiendo se manifiesta también, en el caso de este monaste-

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Imagen de San Benito. Detalle del retablo mayor de Santa María de Belmonte.

Monaerios de la Orden Cierciense rio, en el favor que recibe de los monarcas por la influencia que ejercían en la corte sus fundadores. El relieve político del conde Pedro Alfonso durante el reinado de Alfonso VII y Fernando II repercutió muy favorablemente en la vieja fundación. En el año 1142 el Emperador concede a Lapedo la villa de San Juliano, junto al Pigüeña, con su familia de criazón; y años más tarde, en 1151, le otorga el privilegio de inmunidad por el que se determina su jurisdicción territorial, civil y criminal, se establece su coto, se señalan sus inmunidades y se le confirma en la posesión de todas sus heredades. Pocos dias después, los mismos condes hacen donación a favor del Emperador del monasterio de Santa María de Lapedo con lo que el cenobio pasa a ser de patronato regio. Es en esta época, precisamente, y también en este año de 1151, tal vez por la potestad real sobre el monasterio o quizás por la influencia de la infanta Sancha, hermana de Alfonso VII e impulsora de la revitalización del monasterio berciano de Carracedo, cuando el monasterio asturiano pasa a formar parte de la filiación de Carracedo, que desde su restauración había adoptado las costumbres de la prestigiosa Orden Cisterciense. Es una nueva etapa en la larga historia de Lapedo, es el momento de la preparación cisterciense, la etapa procisterciense que acabará en 1203 cuando el monasterio de San Salvador de Carracedo se incorpore formalmente a la Orden y con él todos los monasterios afiliados. Durante este tiempo no dejó el monasterio de incrementar su patrimonio con la protección real que le dispensó Fernando II; llega a concederle diez donaciones: la villa de Novellana (1158), la heredad de Páramo con la iglesia de San Justo (1163); la heredad de Oviñana (1163), la mitad de Pando y Omedo (1163), el castillo de Mirando con sus montes (1164), la heredad de Pobladura (1164), Cuevas (1170), Ondes (1173), y Vigaña de Arcello con la iglesia de San Pedro (1173). Fueron la gran mayoría de estas donaciones concedidas durante el abadiato de D. García Menendi, segundo en la lista de abades conocidos, y quien termina las obras del templo que será consagrado

por el obispo ovetense don Rodrigo en 1187 (A. Hevia Ballina, “Belmonte”, p. 51). Es, por tanto, durante esta centuria la comunidad de monjes blancos la encargada de administrar y rentabilizar el rico patrimonio monástico que en el transcurso de los siglos anteriores se había acumulado. La prestigiosa consideración de la que gozaba en la época la orden borgoñona, ratificada en 1215 por el IV concilio de Letrán, así como la recurrente solicitud de la Santa Sede a los monjes cistercienses para encomendarles tareas especiales y de gran envergadura, favorecía un clima social de abierta simpatía hacia los ideales de estas nuevas comunidades. Los Bernardos de Lapedo aprovechan esta situación y aumentan durante esta centuria el dominio territorial a través de los clásicos mecanismos de adquisición –donaciones, compraventas y permutas- obtienen de los monarcas, desde Fernando III a Felipe II, la confirmación de sus antiguos privilegios y llegan incluso a cambiar con su presencia el viejo topónimo de Lapedo por el de Belmonte, en virtud de la concepción transformadora inherente a su trabajo por la cual recrearán espacios útiles, bellos, reflejos de la perfección divina. Este espacio era, fundamentalmente, en el que se asentaba el monasterio. Un lugar de unos 15 Km. cuadrados que constituían el coto, revestido de la inmunidad conferida desde sus orígenes y en el que se asentaba una población que a mediados del siglo XVI superaba los cien vecinos, distribuidos en los lugares de Belmonte, Dolía, Coladiello, Faedo de Meruja, Meruja, Cezana, Quiorias, Ellozar de Fresneda, Faidiello, San Cosme, las Estacas y Carricedo (M. A. Faya Diaz, Los señoríos eclesiásticos…, p. 125). Toda esta población estaba sometida al pago de servicios en virtud de los cuales pagaban al monasterio una marrana, cada vecino por S. Martín; un cordero, el dia de Nuestra Señora de Agosto; la goxa de pan, “que es una emina de escanda pisada y limpia” y sólo pagaban los casados; un fachón de leña para la lumbre que debía aportar cada vecino por Navidad; segar y apañar la yerba del prado colindante con la huerta del monas-

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A parte de los servicios, el monasterio percibe otros ingresos por vía jurisdiccional. El abad que nombra los jueces ordinarios, alcaldes de Hermandad, alcaldes mayores, fiscales, escribanos y alguaciles, gozaba por razón de jurisdicción de los derechos de caza y pesca; de los mostrencos, “bienes perdidos y hallados sin que se les halle dueño”; de las penas de cámara; de las penas de sangre; de la vigardadura del vino, que suponía poner `precio a todo el vino que se vendiese por menudo; y de la escribanía. Testero de la iglesia monástica de Santa María de Belmonte.

Pero el dominio territorial del monasterio era bastante más amplio que el espacio limitado por el coto; se extendía por áreas geográficas dispersas en los concejos de Miranda, Somiedo, Teverga, Grado, Avilés, Castrillón, Tineo, Salas, Villaviciosa, Yermes y Tameza… en donde había bienes de distinta naturaleza, desde el patronato de iglesias a yuguerías, celleros, monasterios, brañas, montes, heredades, casas, molinos, fazas, tierras, llosas, ganados, etc. etc. A lo largo del siglo XV no dejarán de crecer los elementos disolventes para la vida monástica y en un ambiente de desórdenes, violencia e inseguridad como el que reinaba en el Principado el monasterio de Belmonte no puede evitar la progresiva pérdida del control sobre sus rentas y patrimonio, descuida las exigencias de la vida regular y debe costearse onerosos protectores que defiendan sus bienes. De hecho, en el año 1465 la abadía cae bajo el régimen de la encomienda, por casi un siglo en poder de una misma familia. Gonzalo de Belmonte es el último de estos abades comendatarios, quien por su resistencia a dejar el cargo causará grandes dificultades para que la comunidad pueda someterse a la Observancia e incorporarse plenamente a la Congregación de Castilla. De hecho, a pesar de que con el apoyo de Carlos I el monasterio fue gobernado desde 1543 por superiores nombrados por la Congregación, el citado Gonzalo de Belmonte recurrió su destitución a la Curia Romana y debió ser indemnizado, por lo que la unión a la Congregación no tuvo validez canónica hasta el año 1559, bajo el pontificado de Pio IV (A, Manrique, Annals Cistercienses, p. 637). A lo largo de la centuria las prestaciones personales de los vecinos van disminuyendo, algunos vasallos se oponían a pagar los servicios, y las exigencias cada vez mayores de los abades generalizaban un tenso enfrentamiento social y un innumerable número de pleitos que se suceden hasta el siglo XVIII y casi siempre resueltos a favor del monasterio; incluso hasta la inmunidad del señorío llega a ponerse en tela de juicio; los belmontinos elevan memoriales pidiendo al Monarca que reivindique la jurisdicción porque

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terio y otra serie de cargas, de mayor o menor cuantía, al que estaban sometidos los pobladores del coto, si bien ciertos grupos de población quedaban exentos de algunos tributos porque contribuían con otras obligaciones.

Monaerios de la Orden Cierciense Juan I la había concedido al Príncipe de Asturias. El poder monástico siempre salía victorioso de cualquier iniciativa popular y el abad reforzado de plenos poderes administrativos, así llegó a finales del siglo XVI a plantear iniciativas mercantiles muy favorables para el monasterio tal como era la de vender los productos de la casa en Avilés. Semejante actuación conllevó un largo pleito con este municipio al negarse los monjes a pagar el impuesto de la cuchar, tributo que se pagaba sobre el grano. La sentencia, dictada el 17 de mayo de 1596 es favorable al monasterio y parece respaldar esa autoridad abacial que continúa un siglo más tarde haciéndose realidad; en este caso será con los productos de la ferrería que vendían en Oviedo sin pagar alcabala y con los que también obtienen sentencia satisfactoria en tan reñida cuestión el 14 de noviembre de 1685 (R. Prieto Bances, “El señorío de Santa María de Belmonte”, p. 102). Un último episodio que pone de manifiesto la diligente actividad de los abades belmontinos es el que pone en peligro su jurisdicción por la venta que Felipe II, autorizado por el Papa Gregorio XIII, hace de la misma a un genovés, Vicente Canttanio, que a su vez la transfiere a Fernando de Frías, regidor de Medina del Campo. Tras numerosas gestiones calificadas por Prieto Bances como de ilegales, de soborno e intriga, el abad Escudero (1581-1584) procedente de la abadía de Valbuena, logra recuperar la plena propiedad y jurisdicción del coto tras un gasto de 82.000 maravedís que le abona al citado Fernando de Frías en Medina del Campo, el 21 de mayo de 1583. Es evidente que los efectos del ingreso en la Congregación resultaban muy positivos, pues los monjes volvían a disponer de las fuentes de sus recursos, de normas para la rigurosa administración e incluso para la recuperación de la vida regular. Con una economía saneada era necesario adaptar la vieja abadía a los nuevos tiempos y a un plano más acorde con las necesidades de la nueva observancia y compatible con la estética cisterciense. A finales del siglo XVI ya la nueva fábrica monástica estaba prácticamente rematada y aunque en la actualidad ha desaparecido

sabemos de su monumentalidad por noticias indirectas y la descripción que nos hace Jovellanos de la misma en sus Diarios aprovechando la estancia en el convento, en el año 1792, con motivo de la profesión que hace en la iglesia del mismo como caballero de la Orden militar de Alcántara. Las obras parece que habían comenzado por el claustro, con la nueva estructura de celdas individuales, que sustituían al dormitorio común, y la construcción del capítulo nuevo. La conocida lámina de F.J. Parcerisa referida al claustro nos facilita una fiel imagen de este recinto concebido con admirable arquitectura purista. Su estructura responde a doble piso; el bajo, con arquería de medio punto, sustentada por columnas cilíndricas, se alzaba sobre podium. Las columnas eran de orden toscano, al igual que los del piso superior de estructura adintelada con una cornisa constituida por un arquitrabe liso con un pequeño friso convexo. Aunque se desconoce al autor de la traza de este claustro, I. Pastor atribuye esta obra a Domingo de Mortera, basándose en el paralelismo que existe con el de San Francisco de Avilés, trazado por el mismo Mortera y similar en cuanto a su estructura, orden y ornamentación. Como remate de las obras se levanta, durante el abadiato de Miguel Rodríguez (1597-98) una nueva iglesia en el solar del primitivo templo románico. El contrato se suscribe con el tracista Domingo de Mortera el 22 de abril de 1598, y en base al texto del mismo y al plano de planta que publica I. Pastor Criado (Arquitectura purista en Asturias, pp. 166-173 y 254-259 ) sabemos que el templo era de planta de cruz latina con una sola nave y capillas laterales, todo él inscrito en un rectángulo; el presbiterio de poca profundidad, elevado y con testero plano. A los pies tenía coro sustentado por arcos; se cubría con bóveda de cañón, excepto el crucero que incorporaba bóveda sobre pechinas. La iluminación del templo se conseguía por medio de ventanales alargados abiertos en cada capilla lateral y un óculo a los pies del templo. A finales de la siguiente centuria, la comunidad, tal vez resarcida de sus cuantiosos gastos de

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Monaerios de la Orden Cierciense fábrica, encarga un gran retablo para el nuevo templo que se encuentra actualmente en la iglesia de Calleras (Tineo) a la que se trasladó en el año 1850. Se trata de una obra muy destacable, tanto por su arquitectura como por su imaginería, de la que no se conoce su autor si bien pare-

ce adscribirse a las trazas de maestros gallegos. De considerables dimensiones ya que cubre el frente de todo el presbiterio, se organiza en dos pisos divididos en tres calles siendo rematado por el cuerpo ático. Los pisos vienen marcados por frisos de clásico roleo y la verticalidad y mo-

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Retablo mayor de la iglesia de Santa María de Belmonte.

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Monaerios de la Orden Cierciense vimiento se consigue por las columnas salomónicas y revestidas de tallos de vid que marcan las calles. El espacio central, en el segundo piso, alberga una imagen de la Asunción de María, sobre la que se encuentra, en el ático un Crucificado de apacible expresión entre sendos escudos, uno de los cuales corresponde a la heráldica de la Congregación del Cister. En el piso inferior a la Asunción, un espléndido expositor que el profesor Ramallo Asensio considera bastante posterior al conjunto de la obra, tal vez del segundo tercio del siglo XVIII. Las calles laterales albergan cuatro cajas para recibir las imágenes, con forma rectangular y rematadas con tarjetas de dibujo simple. Las dos del piso primero representan a San Benito y San Bernardo, son tallas bien realizadas e incorporan en los plegados de sus amplios hábitos un insinuante movimiento. Todo parece indicar que se trata de obra de Antonio de Borja, al igual que el resto de la imaginería incluidas las dos tallas del piso segundo que representan al apóstol San Andrés y a San Juan Bautista.

conocido después como Belmonte de Miranda. En 1834 la comunidad cisterciense será definitivamente suprimida y sus bienes expropiados en un largo proceso desamortizador. Poco a poco los muros del monasterio de Santa María comienzan a acusar un irreversible deterioro y toda su fábrica será concedida en 1859 por el gobierno de la nación a la villa de Belmonte para ser reutilizada en nuevas dependencias municipales. Paradógicamente, en la actualidad sólo se conserva la cerca de cierre de la abadía, levantada en 1796, y un lienzo de pared del testero de la capilla mayor de la iglesia monacal; dos elementos claves del microcosmos ideado por los cistercienses a la hora de organizar su fundación, concebida como una prefiguración anticipada del cielo.

A pesar de la aparente bonanza económica que representan este tipo de obras, los bernardos de Belmonte atraviesan durante los siglos XVII-XVIII una etapa de declive institucional que acabará relegando al monasterio a colegio de Artes o Filosofía para jóvenes monjes de la Congregación, perdiendo consecuentemente su condición de formar novicios. Sus continuos litigios con vecinos, vasallos y autoridades en vías a conservar sus antiguos privilegios generan un clima de tensión que en nada favorece la vida de la comunidad. En plena guerra de la Independencia las tropas españolas se alojan en las dependencias monásticas y en el 1810 el edificio sufre un considerable incendio aunque se reconstruye poco tiempo después; no obstante, el futuro del monasterio resultaba bastante incierto por las medidas legislativas de la época. Durante el Trienio Liberal sus monjes deben abandonar la casa y poco tiempo después, en 1826, su coto jurisdiccional será incorporado al concejo de Miranda,

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Iglesia de Calleras, Tineo.

Monaerios de la Orden Cierciense 3.3 Monasterio de Santa María de Villanueva de Oscos. El montañoso y agreste relieve de la comarca de los Oscos, en el entorno occidental de la región, contribuye en cierta manera a engrosar la legendaria actividad que por aquellas tierras, al parecer, desarrolla un grupo de ermitaños a los que suele vincularse el origen de este monasterio. Su carta fundacional (a. 1137), ciertamente, alude a la existencia de ermitaños en aquellos parajes ( A.H.N., Clero, Ms. 227 B, fol.2r.-v) y semejante alusión no resulta extemporánea a la vista de las profundas raices del monacato eremítico en latitudes bien cercanas como pudo ser el del noroeste peninsular (F.J. Fernández Conde, La religiosidad medieval en España, pp. 221-235); o de las referencias a la vida eremítica que contempla el concilio ovetense del año 1115.

Lo cierto es que aureolada con más o menos acierto esta fundación es fruto de la dadivosa conducta de Alfonso VII enmarcada, por otra parte, en sus afanes repobladores. De hecho, y con las reservas que se imponen en los primeros diplomas de esta abadía, en el año 1136 el Emperador con el objetivo de asentar población en la zona confirma a “uobis fratri Alfonso et Pelagio Alfonsi et sociis vestris heremitis…qui sub regula Beati Benedicti uiuere uolerint”, la donación del realengo de Santa Colomba, Belmonte, Santa María de Obanza, San Martín de Bourío con la iglesia de Santa Eulalia de Presno y la heredad de Villamil (P. Floriano Llorente, “Colección diplomática del monasterio de Villanueva de Oscos”, pp. 132-134). Un diploma del año 1137, sobre el que el profesor Floriano Llorente advierte de sus errores en las fórmulas cronológicas, nos pone de manifiesto cómo Alfonso VII, otra vez, muestra interés en asentar en la “Villa Nueva”

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Vista general del monasterio de Santa María de Villanueva de Oscos (© Camilo Alonso).

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Monaerios de la Orden Cierciense que llaman “de Oscos” una pequeña comunidad de monjes para vivir bajo los preceptos de la regla benedictina. Es el orígen, ciertamente, de este incipiente monasterio asturiano del que aún permanecen sus maltrechos muros en el actual concejo de Villanueva de Oscos.

donada por Honega Ramírez en 1153; la que unos meses después efectúa la misma donante de la mitad de la heredad de Villar de Piantes, a orillas del rio Porcía; o la que dos años más tarde lleva a cabo Marina Bermúdez y su hija sobre una heredad situada en la villa de Labiarón.

Erigido bajo la advocación de Santa María, se asienta al abrigo de dos grandes formaciones montañosas –la sierra de Bobia y de Ouroso- en un terreno bajo y pantanoso, conocido como As Trémoras, surcado de riachuelos y entre picos de significativa altitud como el de Murias (1025 m.), Vilar (911 m.) o el Corvo (745 m.).

Las compraventas también son iniciativas monásticas propias de esta primera etapa. En efecto, en el año 1166 adquieren diversas heredades situadas en el territorio de Oscos y Grandas por el precio de una vaca y una yegua. Semejante operación nos pone de manifiesto, tal vez, la escasa disponibilidad monetaria que podría tener la comunidad en estos primeros momentos de su andadura histórica y la consolidación, por el contrario, en la misma época de una nutrida cabaña ganadera de la que ya podían disponer en beneficio de su dominio territorial. En época del abad D. Guillermo, cuatro años antes de la anterior, también el precio estipulado con María Vicéntez por una heredad situada en Cedemonio se abona con un buey y cien sueldos.

Resultan bastante escasos los datos referidos a los primeros tiempos, no obstante, sabemos que su comunidad, presidida por el “abbas Guillelme”, participa en actos jurídicos relacionados con la adquisición de propiedades del entorno. En unas ocasiones será la fórmula de donación la que reportará al cenobio las primeras adquisiciones, tal es la heredad de Gio, junto al rio Navia,

Libro Tumbo de Villanueva de Oscos (S.XVIII) (A.H.N. Madrid, Sección clero, Códices, 227-B).

No debió ser, sin embargo, la implantación y configuración de su dominio territorial la preocupación prioritaria de esta comunidad benedictina; su vinculación y filiación a la congregación de la abadía de San Salvador de Carracedo desde el año 1162 nos muestra la profunda inquietud de una comunidad atenta a los nuevos aires reformadores imperantes en el panorama del monacato no sólo peninsular sino también europeo en el que la observancia cisterciense acapara la atención de innumerables comunidades monásticas. La filiación a la abadía berciana no va a suponer en principio más que una adopción de sus usos y costumbres, es decir una preparación para el ingreso en la orden del Cister; una etapa procisterciense, que culminará en la centuria siguiente cuando el Papa Inocencio III, en el año 1203, inste por medio de una bula a los monasterios afiliados a Carracedo a que lleven a cabo su incorporación formal a la orden del Cister. La abadía asturiana en esta segunda mitad del siglo XII estará presidida por el abad don Gonza-

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El incremento territorial también se lleva a cabo por la diligente iniciativa abacial que en el espacio de dos años -1174, 1175- compra tres heredades, junto al rio Navia, en Santiago de Abres y en Villadonga, junto al rio Eo. Es una etapa, ciertamente, expansiva y de consolidación en la que ya el monasterio administra los bienes otorgados por Alfonso VII a la comunidad de “ermitaños”, claro indicativo de que ya se han fusionado con los monjes de Villanueva, y en la que el favor regio se muestra espléndido con la actuación de Fernando II que en el año 1180 les concede los cotos de Santa Eulalia de Presno y de Villanueva (J. A. Alvarez Castrillón, Santa María de Villanueva, p. 33), coincidiendo a grandes rasgos la delimitación de éste último, según el citado autor, con el actual concejo de Villanueva. La dadivosa conducta real prosigue durante el reinado de Alfonso IX quien durante el abadiato de Don Pedro (1182-1202) dona al monasterio el realengo de Espasande y la mitad de Carballido. Resulta evidente el poder económico y jurisdiccional que a finales del siglo XII posee la comunidad monacal de Villanueva y ello a pesar de las grandes obras y consecuentes gastos que requería la fábrica monástica. De hecho, sabemos que siendo abad Don Pedro III (12101224) fue inhumado en el claustro contiguo a la iglesia el distinguido caballero D. Raimundo Díaz quien había costeado las obras del citado claustro y entregado a los monjes el monte Guear y otras haciendas. La iglesia ya estaba construida también en este abadiato pues du-

rante el mismo elegirá allí sepultura Elvira Suero a cambio de toda la hacienda heredada de su marido. Toda la fábrica románica de esta época, a excepción de la iglesia, ha desaparecido en distintos momentos de la Edad Moderna como respuesta a los cambios de estética imperantes y al propósito de adaptar las distintas dependencias a los nuevos tiempos. El templo monacal, por tanto, será el único vestigio del que sería un gran conjunto monumental, si bien ha llegado a nuestros tiempos con importantes transformaciones. Se trata de un edificio de grandes proporciones y levantado bajo un programa constructivo que responde por su funcionalidad y sobriedad a los preceptos y estética cisterciense. En efecto, a su planta se incorporan tres naves con cinco tramos, rematados en la cabecera con las correspondientes capillas; la central es semicircular, precedida de tramo recto y cubierta con bóveda de cañón semicircular; las laterales son cuadradas, Imagen de San Benito. con profundidad similar a la Villanueva de Oscos. del tramo recto del presbi(© Camilo Alonso). terio y abovedadas con cañón apuntado. Las naves se separan por arquerías ligeramente apuntadas de dos roscas que descansan en pilares quebrados en forma de cruz, compactos y desornamentados. En la descripción que de esta iglesia hace la profesora Mª Soledad Álvarez Martínez (El románico en Asturias, pp. 211-213) se advierten las incorrecciones

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lo, monje trasladado desde Carracedo para llevar a cabo esa adaptación a las nuevas estructuras del Cister. Es una etapa en la que aún continúa la formación del dominio territorial en base a donaciones, como la otorgada por Gonzalo González en 1168 a favor del nuevo abad D. Gonzalo y por la cual se entregan al monasterio dos partes de la heredad de Palacios y media de la de Veigas, ambos en el territorio de Ribadeo, junto al rio Eo. El mismo abad recibe de Marina Alfonso, en el 1170, otra heredad situada en Gío; y en el año 1175, la de San Mamed.

Monaerios de la Orden Cierciense tectónicas detectadas en el programa constructivo y presentes en el claristorio y en los pilares de la nave que no son equidistantes, por lo que los arcos presentan deficiente luz. La falta de ornato en el interior de la iglesia sólo se altera con las ménsulas del arco de triunfo, que incorporan las típicas bolas y cabezas humanas a modo de los típicos cul de lamp; y en el arcosolio localizado en el muro del tramo recto del presbiterio. Se trata de un elemento semicircular de una arquivolta moldurada que se envuelve con un guardapolvo decorado con bolas, entre las que se representa un desnudo masculino de espalda. En su parte superior se incorpora un tejaroz con canecillos esculpidos soportando una cornisa historiada con un programa iconográfico muy interesante, según la profesora Álvarez Martínez, en el que se representan varios monjes difuntos en posición yacente y representaciones muy elementales y simplificadas de plañideras en los canecillos. La solvencia económica que hace evidente las grandes obras de fábrica de esta primera etapa monástica viene en cierto modo determinada por la vinculación al cenobio de distinguidas familias nobiliarias de la zona, por el gran número de campesinos dependientes, por la importante gestión administrativa de sus bienes y por el continuado favor regio. En efecto, en el año 1232 Fernando III concede al monasterio, además de la confirmación de todos su privilegios, la jurisdicción civil y criminal sobre el coto de Carballido, así como facultad para poder portar sal de la villa de Ribadeo sin pagar por ello derecho alguno. Alfonso X continuaría confirmando al monasterio antiguos privilegios con sendos diplomas, otorgados en Burgos y Oña, en los años 1254 y 1255 respectivamente. Las reiteradas confirmaciones reales no nos ponen de manifiesto mas que la atenta gestión que en la época tiene la comunidad de sus bienes; y en efecto, desde comienzos del siglo XIII las tierras de la abadía comienzan a ser objeto de cesión mediante una serie de fórmulas contractuales que suponen la explotación y usufructo de ciertas tierras durante plazos de tiempo variables y a cambio del

pago de determinados censos, que también evolucionan en el tiempo. No parece casual semejante decisión. El hecho de que en 1208 sea la fecha en la que tiene lugar la primera entrega conocida de tierras en “préstamo” y que hasta ese momento no tengamos indicios de este tipo de explotación, nos induce a pensar que el sistema de la gran explotación dominical ha evolucionado, al igual que en otros dominios monásticos de la época, a consecuencia, entre otros, de la desaparición de la servidumbre y de las prestaciones personales. Por otro lado, no debe resultar tan casual que sea precisamente la primera cesión de tierras en 1208 cuando el Capítulo General del Cister concede a las abadías de la orden autorización para arrendar a seglares las tierras “menos útiles” llegando a extenderse tal autorización, en 1224, a cualquier tipo de propiedad, si razones de oportunidad así lo exigían. Lo cierto es que desde esta primera fecha y durante todo el siglo XIII la comunidad de Villanueva concede un total de 60 contratos, en su gran mayoría bajo la clásica fórmula de foros, y ello nos confirma que su reciente afiliación al Cister supone una reestructuración total de la gestión y explotación del dominio. El profesor Aguadé Nieto que ha investigado con meticuloso detalle la política arrendataria de este cenobio asturiano (“Política arrendataria del Monasterio de Villanueva de Oscos -siglo XIII-”) nos pone de manifiesto que esta reestructuración de la gestión del patrimonio es posible vincularla a las crisis de subsistencia que se rastrean en la región periódicamente por la insuficiencia de la producción cerealícola, de ahí que la comunidad en actitud previsora y con gran deseo de incrementar la producción del dominio, formalice desde 1230 un amplio número de concesiones de espacios baldíos con vistas a su parcial roturación y puesta en cultivo, y al simultáneo desarrollo en ellos de una explotación ganadera. No resulta ajeno a esta innovadora explotación del dominio monástico la nueva mentalidad “ur-

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Cabecera interior de la iglesia de Santa María de Villanueva de Oscos (© Camilo Alonso).

Monaerios de la Orden Cierciense bana” que impregnará las formas y modos de vida de la población del territorio por el que se extiende el patrimonio de estos “monjes blancos”. El nacimiento de nuevos núcleos de población –burgo de Ribadeo, puebla de Burón, Navia, Roboredo y Castropol- contribuirá, ciertamente, a la apertura de mercados que familiarizarán a la sociedad del entorno con prácticas mercantiles y con el uso de la moneda como instrumento de valoración y cambio. En clara relación con este desarrollo de la “vida urbana” cabe analizar el aumento de arrendamientos en la periferia septentrional y occidental del dominio monástico, en el bajo valle del Eo y en las orillas del Porcia, las zonas más cercanas a los núcleos de mayor densidad de población que cuentan con sus correspondientes mercados. No obstante, a finales del siglo XIII la abadía parece sufrir una situación de endeudamiento, generalizada en otros sectores sociales del territorio; además se constata en esta época el aumento de la conflictividad entre la comunidad monástica y la nobleza a propósito de la tierra y, sobre todo, de las rentas eclesiásticas y diezmos; no

menor es el enfrentamiento con los concejos del entorno por la distribución de las cargas fiscales. En definitiva, se hacen presentes en la vida de la abadía los síntomas de la gran crisis de la siguiente centuria que tendrá significativas repercusiones en el orden disciplinar y espiritual de la comunidad. Un primer episodio de esta falta a la Observancia tendrá ya lugar al final del abadiato de Don Gómez (1230-1255). Este prelado, calificado en las crónicas del monasterio como “hombre atrevido y pleitista, inquieto y poco religioso” no parece querer someterse a las preceptivas y reglamentarias visitas que la Orden tenía establecidas con las casas afiliadas, y menos a las correcciones que a su heterodoxa actuación le impone el abad visitador de Carracedo. En el año 1253 recurre las decisiones de éste ante el obispo de Oviedo, por lo que es depuesto de su cargo y sustituido por un monje de Carracedo, don Pelayo, que al poco tiempo regresa, de nuevo, a Carracedo como consecuencia del trato y los agravios recibidos por D. Gómez.

Interior de la iglesia de Santa María de Villanueva de Oscos (© Camilo Alonso).

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La sentencia definitiva que será dictada en 1259 por la Santa Sede, durante el pontificado de Alejandro IV, ratifica la actuación del abad de Carracedo y declara excomulgado al abad de Villanueva. La anómala situación planteada con este acontecimiento tiene, no obstante, una lectura de mayor alcance cual es el derecho de jurisdicción que reclama el obispo de Oviedo frente a la exención y los estatutos de la Orden. Tanto es así que en 1264 se registra otro pleito entre el obispo de Oviedo y el abad de Carracedo, casamatriz de las abadías asturianas de Belmonte y Villanueva, precisamente, por los derechos de visita. La concordia final ya decreta que el prelado ovetense visite Belmonte mientras la abadía de Villanueva seguiría bajo la jurisdicción de Carracedo. Esta autonomía del monasterio asturiano respecto a la autoridad episcopal acabará perdiéndose en la centuria siguiente con la crisis espiritual que afecta al monacato occidental y de la que no estará exenta la Orden del Cister. De hecho, las abadías cistercienses de la región astur, tal vez por el aislamiento geográfico que sufrían, dejaron de recibir la visita regular y la supervisión de las casas-madre con el consiguiente distanciamiento de los lazos de filiación; tanto es así que cuando el Capítulo General nombra visitadores generales para remediar la situación, que por otro lado era generalizada, no llegan al Principado ninguno de ellos y esto puede explicar y hasta justificar, según Torné Cubells, las atribuciones jurisdiccionales que se atribuye el obispo ovetense D. Gutierre de Toledo. Durante su episcopado y, concretamente, en el sínodo de 1382 aparece en la nómina de asistentes el procurador del lejano cenobio de bernardos de Santa María de Villa-

nueva de Oscos (F.J. Fernández Conde, Gutierre de Toledo, p. 145) y en el inventario monástico del citado D. Gutierre la dependencia episcopal es absoluta. A pesar de las discordias internas que afectan a la vida regular de la comunidad, el monasterio continúa durante el siglo XIV registrando un significativo incremento de propiedades en áreas circundantes al dominio monástico. No será, no obstante, la gestión eficaz de los monjes la que produzca este aumento del patrimonio; más bien un buen número de donaciones, algunas de las cuales sin una motivación aparente, son las que ponen a disposición del monasterio haciendas, derechos parroquiales, tierras, heredades, aldeas, viñas, casas, lagares… en Salave, Monteseiro, Villamea, Laviarón, Ribadeo, Malmorto, Santiago de Abres, San Martín de Oscos, Santa Eufemia, etc. La deficiente administración que trasluce la documentación monástica en estos momentos bajomedievales tal vez sea fruto del ambiente de hostilidad que se genera por distintos sectores sociales contra los bienes y derechos de la abadía que, por otro lado, cuenta en esta época con un escaso número de miembros. No obstante, la comunidad reacciona frente a los agravios tratando de confirmar los antiguos privilegios del monasterio o recibiendo beneficiosas exenciones. En el año 1331 Alfonso XI a solicitud del personero del monasterio confirma todos los privilegios concedidos por sus antepasados y además les concede “la merced de los veinte escusados”. Enrique III, en el año 1401, confirma de nuevo todos los anteriores y en especial el de “los veinte escusados, mandando que eximan a todos los vasallos del convento de toda suerte de contribuciones: pechos, imposiciones, pedidos… y además, prohibe que se detenga a ningún vasallo ni se le pueda apresar fuera del coto, por ninguna deuda, tomándoles él bajo su amparo y protección”. Estas preeminencias y exenciones también serán objeto de ejecutoria y privilegio ordenado por Juan II en 1435. Con anterioridad el Merino

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En el conflicto llega a intervenir el abad General del Cister quien comisiona a los abades de Monfero y Penamayor para instruir la causa que se soluciona satisfactoriamente a favor del abad de Carracedo. Tal decisión, como cabe esperar, no es del agrado del abad asturiano que implica otra vez al prelado ovetense en un tema tan delicado como es el de las visitas a los monasterios de la Orden.

Monaerios de la Orden Cierciense Mayor de Asturias ordenaba, en nombre del rey, que los vasallos del monasterio de Villanueva no sean obligados a ir a la guerra; y en los mismos términos de defensa ordena en 1420 el Merino Mayor de la tierra de Burón que los vasallos, pobladores del coto de Carballido, sean amparados y se observen con ellos los privilegios dados por Enrique III en razón de que no paguen pechos ni tributos.

terminar profundamente su vida. El nombramiento, con carácter trienal, del abad por parte del Capítulo general era, ciertamente, un elemento clave en el programa centralizador de la Orden y efectivamente la supervisión de funciones y el cumplimiento estricto de normas dio los resultados apetecidos. El fidedigno testimonio del P. Lazcano, autor del Libro Tumbo del monasterio es bien significativo al respecto:

Todo parece indicar que esta inquietante actividad viene dada por el ambiente hostíl al que se enfrenta la abadía a finales de la decimoquinta centuria. El propio abad debe responder ante la justicia por las acusaciones y denuncias de varios vecinos del coto, dos monjes llegan a sufrir violencia física e incluso las personas vinculadas al monasterio. Ante esta situación los Reyes Católicos, en 1481, confirman todos los privilegios antiguos otorgados a favor del monasterio y favorecen a los monjes con actuaciones que tratan de reponer a la comunidad los bienes que les habían sido usurpados.

“Con los nuevos dueños, la hacienda temporal se ha mejorado, el culto divino es mejor servido, los edificios más crecidos, los monjes mejor subvenidos, los vasallos más aprovechados y la jurisdicción más guardada y defendida”.

No era fácil poner límites al estado de quiebra social, económica y espiritual en la que estaba inmersa la abadía, sólo los aires frescos y renovadores de la flamante Congregación de Castilla podrían abordar la caótica situación de estos bernardos asturianos; y de hecho, en el año 1511 ya aparece incorporado este monasterio a la Congregación; es el primero de los asturianos que toma esta decisión e incluso a pesar de la disconformidad de los monjes de someterse a la nueva observancia pero sólo fue suficiente la renuncia del abad perpetuo Andrés Morán (14911511) a su oficio para que un nuevo abad, Diego de Ocampo (1511-1514), rigiera el destino de la abadía con una nueva comunidad de monjes llegados a Villanueva desde otras casas de la Orden, dado que el antiguo grupo monástico había abandonado el claustro por disconformidad con esta decisión. Es cierto que el monasterio perdió autonomía a partir de ahora, los órganos centrales de gobierno de la Orden –reformador general, capítulos, definitorio…- intervenían en el cenobio hasta de-

La actividad de los primeros abades corrobora, ciertamente, este texto; a las pequeñas obras de fábrica como la construcción del claustro alto y la sala de los abades hechas durante el abadiato de D. Francisco Castil (1519-1522) se suma una multitud de apeos de haciendas y bienes a partir de mediados del siglo XVI, concretamente con el abad D. Martín de Soria (1546-1549) y sus sucesores, que permitirán la reorganización de la administración dominical de la que se obtendrá una solvencia económica capaz de afrontar obras mayores. Estas bien pueden contrastarse en la reseña biográfica del abad Isidoro Ruíz (1647-1650) al que el cronista autor del Tumbo considera padre del monasterio pues le debe el ser que tiene, porque estando para venir todo al suelo y el más indecente pajar que se puede imaginar, su paternidad le derribó casi todo lo edificó de nuevo, claustros, quarto de celdas de mediodía, las quatro celdas del poniente, nave derecha de la iglesia, sacristía alta y baja, levantando el edificio catorce pies, además compró para la iglesia custodia y cáliz, levantó la cerca, construyó el casal, compró dos mulas y al finalizar su gobierno no dejó deuda alguna a la casa. No tardarán los bernardos de Villanueva en poner en marcha una de las iniciativas más rentables de su hacienda, cual es la herrería monástica. Era una manera de diversificar las fuentes

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En la última década del siglo XVII se construye el ala norte del monasterio y la hospedería exenta; era un pequeño destello ante una nueva centuria de aires ilustrados propiciatorios de una mentalidad adversa a la situación de privilegio que disfrutaba la comunidad; y de hecho, hasta mediados del siglo XVIII la abadía debe hacer frente a los frecuentes pleitos y enfrentamientos con vecinos, vasallos y autoridades de los que saldrá reforzada y con unas finanzas saneadas para hacer frente a las obras que requiere el monasterio en el que se había establecido un colegio de pasantes de Teología Moral en el año 1774. Dos años después comienza la remodelación general del edificio monástico y hasta el final de la centuria se registran obras de construcción de la espadaña, del ala del monasterio que mira a la huerta, de la fachada de la iglesia y la pared norte de la misma, cocinas, secretas… y el puente que une la huerta con la finca de la Carballeira levantado en 1799. Con anterioridad se había invertido en las iglesias de patronato monástico –Belmonte, Santa Colomba y Abres- en la parroquial de Santa Eufemia, en la herrería, la cárcel, etc.

una exclaustración temporal, durante el trienio liberal (1820-23), de la que no se recuperará por el ambiente de inestabilidad política suscitado por el carlismo y el encarcelamiento del que fuera su último abad, D. Pablo González. En este ambiente de confrontación civil, el monasterio es suprimido en 1835 y sus bienes objeto de desamortización. Los monjes blancos de este viejo cenobio asturiano comienzan tras siete siglos de presencia en la comarca, su diáspora definitiva siendo sacado a subasta pública el edificio en el año 1868 y adjudicado a un particular por 7000 reales. Sólo la antigua iglesia conventual, convertida en parroquia desde finales de la Edad Media, se ofrece en la actualidad como el más grato recuerdo de los cistercienses de Villanueva de Oscos. El resto del edificio monástico, en estado ruinoso, ha sido objeto de incoación de expediente como monumento histórico artístico en el año 1981.

Nada haría presagiar el rápido e inminente final de este monasterio que se ve envuelto y será víctima de los turbulentos acontecimientos del siglo XIX, de sus revueltas y de sus políticas desamortizadoras. Durante la guerra de la Independencia será ocupado por las tropas y convertido en hospital; la comunidad sufrirá poco después

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Lauda sepulcral de Mendo Alonso de Noceda (© Camilo Alonso).

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de ingresos de la abadía y de aprovecharse de una tradición ferronera que ya estaba implantada con éxito en la comarca. El proyecto se llevó a cabo en el año 1676 y cuatro años más tarde se encontraba en pleno rendimiento aportando al patrimonio de la casa la mayor rentabilidad de todos sus bienes y ello a pesar de trabajar sólo seis meses al año y de cubrir prioritariamente una demanda local como pone de manifiesto el Catastro de Ensenada , al explicar los vecinos de Villanueva, en el curso de la realización de la encuesta, que el hierro era vendido a artesanos locales para transformarlo en clavazón, trabajo que en 1752 estaba a cargo en el propio coto de Villanueva de catorce herreros.

Monaerios de la Orden Cierciense 3.4 Monasterio de Santa María de Valdediós. En la parte meridional del concejo de Villaviciosa, en torno a la carretera (AS-113) que comunica la capital municipal con Oviedo, se abre un fértil y frondoso valle surcado por el rio Asta, actualmente conocido como Valdediós, en torno al cual se emplaza la monumental abadía de Santa María, el más importante monasterio cisterciense de Asturias, normalmente conocido como Valdediós. A pesar de ser el más tardío establecimiento de la Orden en la región será el único fundado ex Vista en el fondo del valle del monasterio de Valdediós.

novo por Alfonso IX en el lugar realengo de Boiges y por tanto el único que el Cister erige bajo los estrictos cánones de la Orden. No resulta fácil determinar los motivos de la acción benefactora de ese monarca si bien puede resultar adecuado enmarcarla en su amplio programa de reorganización del espacio territorial asturiano, tal como plantea el profesor Ruíz de la Peña (“El capítulo inicial de la historia del monasterio de Santa María”, p. 61) o tal vez considerar que con su actuación pretendía acallar la inquietud y temores de su conciencia regia ante las amenazas del Papa Inocencio III, inflexible en censurar y hasta castigar la consanguineidad matrimonial con su segunda esposa, doña Berenguela. Lo cierto es que ambos esposos otorgan en Santiago de Compostela, el 27 de diciembre del año 1200, una carta de privilegio fundacional por la cual se concede la antigua heredad de Boiges a la orden del Cister para edificar en ella una abadía, filial de la de Sobrado (A.H.N., Clero, Perg., carp., 533, nº 20). No será esta la única merced real recibida por el incipiente monasterio asturiano, la tutela y el apoyo de los reyes leoneses será decisivo en los primeros años de andadura histórica al objeto de sentar las bases del amplio señorío del centro monástico que a pesar de asentarse prioritariamente en la tierra de Maliayo irradiará pronto su poder dominical y jurisdiccional en espacios cercanos de Sariego y Gijón e incluso en otros bien alejados, al otro lado de la cordillera, en tierras castellanas. El establecimiento de este poder monástico en un espacio ya organizado no debió resultar fácil para las aspiraciones del monarca, responsable de la tutela de esta nueva comunidad, y precisamente por el choque de intereses suscitados en esta iniciativa; así cuando el 20 de marzo de 1220 Alfonso IX concede inmunidad al coto de Valdediós por medio de un privilegio otorgado en la villa de Avilés y en virtud del cual se delimita un espacio de unos 7 Km. cuadrados, el abad ejercerá en este ámbito su plena facultad jurisdiccional en detrimento de los agentes regios y oficiales concejiles en la tierra de Maliayo.

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Monaerios de la Orden Cierciense Esta situación que pudo generar cierto malestar también parece reflejarse en la permuta que el monarca se ve obligado a realizar con el monasterio de San Vicente de Oviedo, para resarcirle de unos derechos que tenía en Folgueras de Somoza, Boiges y San Juan de Maliayo, entregados ahora a Valdediós, tal vez en una intrépida e improvisada actuación protectora (M. J. Sanz Fuentes y J.I. Ruiz de la Peña, Colección diplomática del monasterio de San Vicente de Oviedo, n. 44).

cetis…”- y tal proyecto llegó a ser autorizado por el Capítulo general de la Orden al año siguiente (J.M. Canivez, Statuta Capitulorum, p. 339); sin embargo, no llegó a efectuarse. Tal vez el amplio patrimonio acumulado por las donaciones reales en los dos primeros años de existencia –realengo de Melgar de Oteros, el cellero de San Juan de Maliayo, diversas propiedades en Sariego y la renta de 100 maravedís sobre el portazgo de Avilés- fueron un impedimento para sopesar seriamente la inconveniencia de tal decisión.

Los inconvenientes, ciertamente, de este establecimiento cisterciense pudieron ser más graves de lo que la documentación deja traslucir, tanto es así que en el año 1206 los problemas suscitados con el asentamiento de la comunidad en el valle de Boiges parecen afectar seriamente a los doce monjes y al abad procedentes de Sobrado, según se intuye en la concesión del realengo leonés de Boñar otorgada por Alfonso IX en aquella época. En este privilegio se alude al posible traslado de la abadía -“…monasterium quod edificatum est in Asturiis in Boniar reedifi-

Muy al contrario de lo que podría ser la salida de Asturias, la abadía, reforzando su permanencia en la región, recurre a la Santa Sede de la que obtiene bulas que favorecen los intereses del monasterio. Inocencio III, en 1209 y 1210, confirma la posesión de todos sus bienes, redime a los monjes del pago de diezmos y les concede el derecho de asilo; asimismo, les concede libertad para que elijan abad y los somete a su disciplina. Gregorio IX confirma, igualmente, en una bula promulgada en 1231 los privilegios del monasterio y ratifica sus bienes y posesiones.

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Vista general del monasterio de Santa María de Valdediós (Archivo J. Puras).

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Monaerios de la Orden Cierciense El mismo empeño en consolidar el patrimonio monástico resulta evidente en la actuación benefactora de Alfonso IX, que por estas fechas ya se encontraba libre de las penas canónicas que recaían sobre su persona. En 1220 otorga un privilegio fundamental para el monasterio, el “eminagium salis”, beneficio sobre las rentas del comercio de la sal del importantísimo alfolí de la villa de Avilés y, pocos años después, confirma todas las donaciones que había otorgado a favor de Valdediós. La munificencia regia se hizo compatible en esta primera etapa monástica con la generosidad de otros sectores sociales que entregan sus bienes a la abadía con el fin, entre otros, de recibir protección e incluso como entrega personal a modo de oblatos. Por su parte, la primitiva comunidad cisterciense actúa de forma muy activa en la constitución del dominio territorial, incrementando y redondeando mediante compras y permutas, e incluso, puesto en explotación con el establecimiento de las típicas granjas cistercienses. Esta gestión ágil y rentable del patrimonio permitió la construcción inmediata de la primitiva fábrica monástica de la que es un buen ejemplo aún el espléndido templo de Santa María. En efecto, en aquél valle de Boiges en el que parece que durante el reinado de Alfonso III se construye el conocido templo de S. Salvador, levantarán ahora los cistercienses, en el terreno inmediato, el amplio edificio monacal. Formaba parte esta actividad constructora del complejo programa transformador del territorio que los monjes “blancos” llevaban a cabo en su lugar de asentamiento y por medio del cual pretendía recrear el orden y la belleza del plan divino de la Creación. Tanto es así que, al igual que ocurre en otras abadías de la Orden, llegan a cambiar el viejo nombre del lugar por el de Valdediós y lo hacen muy tempranamente pues ya en 1201 se le conoce como tal, en referencia a esa idea de conseguir identificar el entorno con la presencia divina. El entorno, precisamente, en el que se asienta la abadía ofrecía a estos monjes los elementos necesarios e imprescindibles para su

construcción: agua, piedra y una gran riqueza forestal en un paraje aislado y solitario. Deforestación, canalización del agua –rio Asta- y explotación de cantera serían, por tanto, las actividades que primeramente llevaron a cabo estos monjes blancos para levantar el gran complejo monástico del que aún perdura la monumental iglesia. Paradógicamente, no se encuentran en este templo los esquemas planimétricos característicos de los templos cistercienses, más bien en lo relativo a la planta, testero y disposición de portadas encontramos soluciones vinculadas a los tradicionales templos benedictinos, aunque en esta iglesia de Santa María observamos mayores proporciones con respecto a éstos. La planta incluye tres naves, crucero y cabecera con tres capillas semicirculares escalonadas, conjugando en sus volúmenes y trazado una gran sencillez y la armonía tan particularmente concebida en los proyectos arquitectónicos del Cister. El cuerpo de la nave central, en el que se abren la portada principal y el óculo, destaca en altura respecto a los de las naves laterales y se realza con una espadaña muy típica de la preceptiva cisterciense. A ambos lados, las naves laterales que se dividen al igual que la central en cinco tramos mediante arcos fajones ligeramente apuntados. Dichos espacios se cubren con crucería, unidas en clave lisa y plementería de pequeños sillares. La portada principal que se abre en el cuerpo central del imafronte es la que ofrece la estructura más desarrollada y rica en ornamentación. Presenta tres arquivoltas semicirculares que delimitan un tímpano y se envuelven con guardapolvo, todo ello apoyado sobre jambas acodilladas con cuatro columnillas e impostas. En su ornato se emplea el zigzag en las arquivoltas exterior e interior; tetrapétalas recorren el arco intermedio y las impostas y guardapolvo se cubren con billetes. Los tallos vegetales y cintas enlazadas cubren la superficie de los capiteles inscribiéndose pequeñas cabezas humanas entre los tallos vegetales de los dos capiteles exteriores del lado derecho.

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Monaerios de la Orden Cierciense Además de esta portada principal, otras dos secundarias, hoy cegadas, correspondían a las naves laterales. La izquierda tiene dos arquivoltas molduradas con boceles y guardapolvo que apoyan en jambas que llevan acodilladas dos columnas de capiteles con apomados; la de la nave derecha, oculta actualmente al exterior, presenta similar formulación. El crucero se divide en cinco tramos, que corresponden a las tres naves y a los dos cuerpos añadidos a ambos lados, los cuales sobresalen en planta configurando la disposición cruciforme. Estos últimos se cubren con cañón apuntado, los tramos correspondientes a las naves laterales utilizan la crucería, similar a la de las naves longitudinales; y el cuadrado del crucero se cubre con una crucería de ocho plementos.

En el brazo septentrional del crucero se abre una portada que conducía al cementerio. Consta de tres arquivoltas con boceles y medias cañas y guardapolvo moldurado; está flanqueada por tres columnas acodilladas a cada lado que rematan en capiteles decorados con hojas lanceoladas, las del lado izquierdo; y con apomados vegetales, en el derecho. A pesar de esta austeridad decorativa, esta portada incluye en su tímpano una inscripción que nos desvela, entre otras cosas, la fecha del comienzo de las obras en el año 1218. Su lectura debe comenzarse por el último renglón y seguir el resto de las lineas de abajo arriba:

TERIO QUI BASILICAM ISTAM CONSTRUXIT RTUS, POSITUM EST HOC FUNDAMENTUM MAGIST(RO GAL) EPS. AUTEM OVETENSIS JOHANES, ABBAS VALLIS DEI JOHANES(QUA) XV KALDS. JUNII ERA MCCLVI. REGNANTE DNO. ALPHONSO IN LE(GIONE)

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Vista exterior de la cabecera de Santa María de Valdediós (Archivo J. Puras).

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Monaerios de la Orden Cierciense Este texto es bien significativo en la historia del monasterio en cuanto que nos indica no sólo la fecha de construcción del edificio sino el nombre del abad y el del maestro que lleva a cabo la obra, Gualterio, un buen artífice de procedencia extranjera que pudo estar al servicio de la orden para interpretar el complejo programa arquitectónico desarrollado por el Cister. La portada abierta en el brazo meridional del transepto se abre directamente al claustro; carece de tímpano y tiene dos arquivoltas molduradas y guardapolvo decorado con puntas de diamante. La iluminación interior del templo se favorece con la apertura de buen número de ventanas de grandes proporciones y amplio desarrollo estructural entre las que destaca la del muro norte del transepto, de tres arquivoltas con boceles sobre estilizadas columnillas. La sobriedad ornamental del exterior se acentúa en el interior del templo, como se destaca Portada de acceso al monasterio de Santa María de Valdediós.

en los cul – de- lamp lisos o con decoración de escamas y en los capiteles, desornamentados o con sencilla decoración de hojas lanceoladas y cintas entrelazadas. Ahora bien esta austeridad no resta monumentalidad al edificio, que al igual que debieron ser las otras dependencias monásticas construidas en la época, fue levantado en un momento en el que ya la solvencia económica de la comunidad estaba garantizada. De hecho, en esta primera etapa el señorío monástico estaba plenamente constituido no sólo en amplias áreas geográficas asturianas sino también en tierras castellanas en donde contaba con propiedades rústicas localizadas en Boñar, Melgar de Oteros, León, Roda, Toro, Pozoantiguo, Galisteo; veneros de hierro en Busnovo; participación en los portazgos de Villalpando y Castronuevo; así como un dilatado patrimonio urbano en Benavente, León, Zamora y Toro. La rentabilidad, por tanto, de este amplio dominio territorial de diversificada producción permitía afrontar la construcción del costoso complejo monástico en los primeros momentos de esta primera etapa de establecimiento de la comunidad bajo la atenta tutela de Alfonso IX. Tras la muerte del monarca benefactor en 1230, los monjes se apresuraron a conseguir de su sucesor, Fernando III, la confirmación de sus privilegios en un afán de consolidar un señorío que continuarán incrementando con rentas diversas y el patronato sobre beneficios de las iglesias de Santiago de Sariego, San Bartolomé de Puelles, San Pedro de Ambás, San Pedro de Fresno, San Clemente de Folgueras, San Martín, San Pelayo de Pivierda, Santa María de Villaviciosa y de Llanes. La obtención de la jurisdicción civil y criminal sobre los vasallos de los cotos de Valdediós y, desde 1332, de Camás en Asturias y los de Melgar y Boñar en León, reforzaban la presencia de la abadía en tan dilatado territorio; no obstante, han sido muchos los problemas suscitados en defensa del patrimonio y en respuesta a las agresiones de sus derechos por parte de comunidades aldeanas, de concejos y de particulares.

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Mayor presión debieron ejercer los monjes y monjas de San Pelayo en el proyecto de establecer la fundación de una nueva puebla en el vecino territorio de Sariego. Los argumentos esgrimidos en esta ocasión para impedir el privilegio real de villazgo determinaron que Alfonso X en el año 1272 revocara la inicial autorización dada a los vecinos de Sariego, dado que pretendían “asentar la puebla” en un lugar de Valdediós y del monasterio ovetense. La capacidad administrativa de los monjes asturianos así como su consolidado prestigio pudo ser el motivo que atrajo la atención del rey Fernando IV, quien les otorga en 1305 el portazgo del puente de Boñar con el práctico interés de garantizar el servicio asistencial en el itinerario jacobeo que desde el puente de San Isidro se dirige a Mieres. La nobleza de la época también estaba muy vinculada a Valdediós; la elección de la abadía como lugar de enterramiento de los Nava y del Busto, de los que se conservan sus sepulcros en la iglesia y en el claustro, o la misma intención de D. Rodrigo Álvarez de Asturias, que les había legado el coto de Camás (Cabranes), ponen de manifiesto las buenas relaciones que mantenía la abadía con privilegiados sectores sociales. Este prestigio social y poderío económico parece que se corresponde con un óptimo nivel espiritual y disciplinar por parte de la comunidad cisterciense. Es cierto que en la segunda mitad del siglo XII algunos episodios de resistencia a la autoridad del abad parecen indicar la existencia de conflictos internos entre éste y sus monjes,

fundamentalmente por temas relacionados, precisamente, con la elección abacial; sin embargo, no se caracterizará esta abadía, al igual que las otras casas cistercienses de la región, por la degradación moral que parece afectar y extenderse por otros monasterios asturianos en el contexto del turbulento panorama religioso del siglo XIV. El mismo obispo Gutierre de Toledo (1377-1389) elogiará el alto grado de observancia de los bernardos de Valdediós y les concederá el monasterio de Santa María de Villamayor para una nueva fundación aprovechando la clausura de esta comunidad benedictina y de la de San Martín de Soto, ambas en el valle del Piloña. Es de suponer que semejante decisión encaja en el panorama reformador de este prelado pero no está exenta de cierta intencionalidad. A cambio de favorecer el interés de los bernardos con un establecimiento en una via de comunicación con la meseta (A. Martínez Vega, “El Camino de Santiago desde Caso”, pp. 443-463) se les pide reiteradamente, según la documentación al respecto, obediencia y sometimiento a su autoridad. Hacía tiempo que los monjes de Valdediós mostraban un rechazo y disconformidad con este empeño de la mitra, tal vez D. Gutierre acalló entonces su malestar con tan suculenta concesión pero en el episcopado de su sucesor, D. Guillén de Verdemonte (1389-1412) el conflicto estalla en su verdadera crudeza; los monjes con anterioridad al año 1402 abandonan la abadía piloñesa; dos años más tarde mantienen pleito con el obispo de Oviedo por liberarse de su autoridad y durante el papado de Martín V (1419-1426) obtienen sentencia “definitiva contra el obispo de Oviedo que intentaba la subjección y señorío de esta casa como si fuera parroquia o curato particular” (A.H.N.: “Bulas Pontificias”. Clero, Libro 9362). Las banderías nobiliarias del siglo XV y la adhesión de la comunidad a los señores de Luna, no obstante, fueron causantes del declive monástico marcado por las rapiñas de los enemigos, el descuido de la administración patrimonial e incluso de la observancia regular. Comienza la centuria, ciertamente, con el ya comentado litigio con el obispo don Guillén y con un grave

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A modo de ejemplo cabe la actuación diligente del prior Domingo Johan, que en nombre de su monasterio y del de San Pelayo de Oviedo reclama en 1270 ante Alfonso X el establecimiento de la Puebla de Maliayo (Villaviciosa) en un lugar que les pertenecía. El perjuicio para ambas comunidades era evidente y nuestro prior consigue en aquella ocasión que el rey arbitrase una compensación monetaria anual a cargo del nuevo concejo, fuente de reiteradas divergencias en lo sucesivo.

Monaerios de la Orden Cierciense conflicto con los vecinos de Sariego que violentamente quebrantan la inmunidad del coto en 1413. Pero realmente lo que supuso un quiebro importante en el discurrir de la abadía fue la introducción del sistema de commenda por el que el nombramiento del abad sería ajeno a las intenciones de la comunidad y postulado en Roma. Aunque ya con anterioridad, en 1438, la abadía había sido cedida a la familia de los Quiñones en aras de una gravosa protección, durante el pontificado de Inocencio VIII (1484-1492) se entrega en commenda a Rodrigo de Hevia, chantre de la catedral ovetense, quien renuncia al poco tiempo previa compensación económica, al igual que lo hicieron los siguientes abades comendatarios para facilitar la incorporación del monasterio a la Congregación Cisterciense de Castilla, allá por el año de 1515. Se ponía punto final con esta decisión a la perpetuidad del oficio abacial y se sometía la vida monástica a una gestión centralizada y reforzada por el capítulo congregacional. El nombramiento del primer abad trienal, Fernando de León (1516-1519), supuso un verdadero desasosiego en la tarea de recuperar derechos, haciendas y compromisos contraidos en la etapa anterior. El siglo XVI será, por tanto, una centuria de pleitos y recursos para librar a la abadía del estancamiento en el que estaba sumida y por si fuera poco, el año 1522, la “vispera de Nuestra Señora de Septiembre…” una gran inundación asoló el edificio monástico quedando en pie tan sólo el templo, de modo que se hizo necesaria una reconstrucción total del monasterio. En realidad se aprovechó la ocasión para adaptar el inmueble a las nuevas necesidades de los tiempos modernos, se amplían las viejas estancias, se construyen otras nuevas, se incorpora el arte mueble acorde con la sensibilidad estética de la época y con la nueva mentalidad religiosa. En definitiva, una incesante actividad transformadora se desarrollará entre los siglos XVI-XVIII renovando totalmente la primitiva fábrica monástica. En tal proyecto se han tenido en cuenta las pautas que la Congregación de Castilla difundía en sus casas tratando de aportar soluciones

exigidas por la nueva disciplina de la comunidad y, en efecto ya el nuevo claustro incorpora dos pisos de acuerdo a este plan claustral impuesto por la Orden. El comienzo de esta etapa de reedificación parece tener lugar en la segunda mitad del siglo XVI y vincularse a la obra del maestro Juan de Cerecedo, el viejo, probable responsable , según la profesora García Cuetos, de la obra quinientista de Valdediós (“Reseña del conjunto artístico y monumental de Valdediós”, p. 22). El claustro, rematado antes del 1581, ocupa el solar del antiguo recinto románico en el costado meridional de la iglesia; de planta cuadrada se compone de dos pisos. El bajo se cierra con una serie de arcadas que descansan sobre muro corrido; las columnas, de fuste monolítico, se levantan sobre basas compuestas por escocia entre dos toros y sobre sus capiteles apoyan las arcadas de roscas molduradas y cajeadas en su intradós. Remata esta planta una moldura corrida en los cuatro lienzos sobre la que se levanta el primer piso a base de columnas separadas por antepecho y soportando las arcadas, en este caso, de tipo carpanel. La articulación de los cuatro lienzos se hace en las esquinas por medio de unos machones en L que incluso ascienden al espacio del piso superior o planta tercera construida bastante después, en el año 1777 a base de columnas cilíndricas sobre podium y separadas, a modo de balconada, con rejería de forja. En el ala este del claustro y con la ubicación preexistente se reconstruye con mayores dimensiones el capítulo y la sacristía. Ésta tiene planta cuadrada, portada de acceso a la iglesia que se reformará de nuevo en el siglo XVII y aparece cubierta con crucería de combados, decorada con pinturas murales durante el siglo XVIII. A su lado se abría una pequeña habitación, el armarium, en donde se custodiaban los libros que posteriormente se convertirá en el lavatorio de la sacristía; esta dependencia comunicaba también con el claustro desde donde se puede aún

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Claustro del monasterio de Santa María de Valdediós).

Monaerios de la Orden Cierciense ver que su portada era de arco de doble abocinamiento apoyado sobre impostas y jambas. La misma portada lucía la sala capitular, en el ala este del claustro y contigua al armarium. Ocupa una espaciosa pieza cuadrada con ménsulas en sus cuatro esquinas de donde arrancarían los nervios proyectados de su cubierta. Se abre al claustro con amplia portada de casetones que recorren sus caras el intradós. Las aportaciones del plan de la Congregación para adaptar la comunidad a la nueva disciplina tuvieron una manifiesta impronta en el abandono del dormitorio comun de los monjes y la consecuente sustitución por celdas individuales en el piso alto del claustro. Esta reubicación motivó también las reformas a finales del siglo XVI de la iglesia a la que se incorporó una tribuna, comunicando con las celdas, instalada sobre arco rebajado y cerrado su espacio inferior, el sotocoro, con reja para garantizar la clausura en la puerta principal de la iglesia. Además se dota al templo de una sillería manierista para el coro alto, contratada con los escultores Andrés y Francisco González en 1585; y de un retablo del que se conservan escasos fragmentos. Las caballerizas y la hospedería levantadas en los últimos años del siglo XVI nos dan buena cuenta de la actividad constructora de la centuria, de la reconversión de la primitiva planta a las nuevas necesidades regulares y de la ampliación, en definitiva, de la fábrica monástica. No se llevó a cabo esta transformación en menoscabo de la activa administración del patrimonio; muy al contrario, la defensa de éste y su rentabilidad garantizaban unas obras necesarias para una comunidad titular de uno de los principales señoríos monásticos de Asturias. Una de las importantes fuentes de ingresos de la que disponía la abadía en el siglo XVI eran los provenientes del rendimiento de los cotos y precisamente a mediados de la centuria deben hacer frente a las tentativas de Felipe II de desamortizar las jurisdicciones eclesiásticas. Coincidía este hecho con la renovación de la fábrica

monástica y los monjes de Valdediós no pueden escatimar esfuerzos para defender la propiedad del coto de Camás y Valdediós en Asturias, así como el de Boñar y Melgar en León. El coto de Valdediós en el que se levantaba el monasterio tenía una extensión de unos 4,11 Km. cuadrados y coincidía aproximadamente con los términos de la parroquia de San Bartolomé de Puelles. Con una población de unos 78 vecinos, sus vasallos estaban obligados a contribuir con ocho dias de servicio cada uno para “labrar” posesiones del monasterio y además deben recoger las mieses y vendimiar en las heredades que la abadía reservaba para sí; como recompensa el monasterio sólo les da la comida.

Escudo de Valdediós en la capilla del Coto de Camás. Una vez al año, por Navidad, los vecinos que tuvieran carro y bueyes debían contribuir con un carro de leña; y los que no tuvieran carro deben cortar la leña y ponerla donde un carro la pueda tomar. Este impuesto de vasallaje era obligatorio y si no lo satisfacian a tiempo eran prendidos (A.G.S.: Exp. Hac., leg. 224, fol.1). Los habitantes del coto pagaban además “renta y fuero” de las

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El abad como dueño de la jurisdicción nombraba los cargos de justicia, era patrono del beneficio curado de San Bartolomé de Puelles y tenía unos ingresos por jurisdicción, a mediados del siglo XVII, de 29520 mrs. El coto de Camás se localiza en el actual concejo de Cabranes, tiene una extensión de 1,82 Km. cuadrados y según información del propio monasterio tiene 30 vecinos; 20 pecheros e hidalgos, y 10 viudas. Pagaban en 1553 al monasterio 15 mrs. cada vecino y 5 mrs. las viudas; además, un yantar o cinco reales por el. Además los vecinos de este coto estaban encargados de limpiar los rios del monasterio y llevar cal, piedra y los materiales necesarios para el reedificio de la abadía. Los ingresos por derechos jurisdiccionales ascendían a 520 mrs. No resulta extraño que ante todas estas prerrogativas los monjes desplegaran una documentada defensa ante los delegados regios encargados de las averiguaciones y que, como consecuencia, el 9 de octubre de 1579 el Consejo de Hacienda desestime la venta de los cotos de Valdediós y resuelva que sigan bajo la jurisdicción del monasterio (A.H.N. Clero, leg. 5256). Esta resolución permitía una cierta tranquilidad económica necesaria para llevar a cabo el proyecto arquitectónico al que estaba sometido el monasterio y, de hecho, las obras del siglo XVII parecen ser fruto de una actividad incesante: se inicia la construcción del patio de servicios, se hacen importantes obras de canalización del rio, se derriban viejas dependencias –cocina, despensa, secretas y refectorio-, se rehace el archivo, se reforma la sacristía, se amplía la hospedería, se abre una plaza a la entrada del monasterio en la que se instala un crucero y se trata de dignificar este espacio de acceso con la construcción del

pórtico de la iglesia, obra que se encarga en 1668 a Andrés de Verrendón que lleva a cabo un proyecto muy cuidadoso con la portada románica y en el que se incorpora sobre el gran arco de entrada un gran escudo. Este auge monumental y económico de Valdediós está relacionado, obviamente, con las orientaciones de la Congregación, que difunde entre sus abadías, y no menos entre las asturianas, las nuevas exigencias de la vida regular compatibles con una dimensión pastoral que en el caso de esta abadía maliayesa se plasman también en un amplio programa catequético, de difusión popular, por medio del cual se fomenta el culto a los santos. Ya desde finales del siglo XVI (1538) se obtiene de Roma un altar privilegiado, el de Santiago, y un jubileo para el dia de San Blas, que contaba también con un altar; en 1640 se construye el mesón de Arbazal, en las inmediaciones del camino real, para el servicio de caminantes y pocos años después, en 1668, se fabrica el nuevo retablo de la capilla mayor, el de la Concepción. Se trataba en definitiva de llevar a cabo una amplia labor evangelizadora pero sin olvidar el decoro de la vida regular y la dignidad del oficio divino, plasmado en los magníficos cantorales copiados e iluminados en una magnífica labor en pergamino a partir de 1622. En el año 1691 el monasterio sufre de nuevo otra grave inundación que servirá de impulso para nuevas ampliaciones y obras en el monasterio. Coincidían estos hechos con una importante crisis institucional de la Congregación que también se deja sentir en Valdediós y que llegará a su fin en 1738 con el nombramiento de un abad profeso de la casa, Cristóbal Blanco (1738-1741). El remate del patio de servicios y la construcción de nuevos pisos de celdas en las últimas décadas del siglo XVII serán el prólogo de un amplio programa arquitectónico, desarrollado en el transcurso de la siguiente centuria. En efecto, en el siglo XVIII se construye la galería, dispuesta entre el claustro y la casa del abad; la tribuna de enfermos, sobre el crucero de la iglesia; una nueva biblioteca, un nuevo capítulo…

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heredades que llevaban del monasterrio y según la información de Martín de Osma, los monjes les aprovechaban también en las obras de reconstrucción de su casa, contribuyendo con sus carros, bueyes y personas en los reparos de los edificios.

Monaerios de la Orden Cierciense Detalle en el lateral izquierdo del retablo mayor (Archivo J. Puras).

Detalles en el lateral derecho del retablo mayor (Archivo J. Puras).

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Retablo mayor de la iglesia de Santa María de Valdediós (Archivo J. Puras).

Monaerios de la Orden Cierciense Todo era preciso para una abadía que a mediados del siglo XVIII mantiene una comunidad de 27 profesos y dos novicios y, por si fuera poco, se había convertido en un importante centro de irradiación cultural y espiritual dentro del Principado de Asturias. Precisamente esa vocación evangelizadora y culta les lleva a renovar, de nuevo, el espacio interior del templo con dorados retablos, ajuar litúrgico, pinturas y multitud de detalles que evidencian la proyección popular que estos monjes blancos pretenden difundir. Acorde con esta religiosidad barroca fundan la cofradía de San José (1754) y la de Nuestra Señora de la Vega en los lejanos dominios castellanos de Boñar. La obra cumbre, sin embargo, de la época se conserva en la iglesia monástica para la que se ajusta con Manuel González Manjoya en 1749, un nuevo retablo mayor. Su traza supone una verdadera innovación en el panorama artístico asturiano dado que debe adaptarse al espacio semicilíndrico del ábside y rematarse en altura con cascarón de cuarto de esfera ocultando la bóveda. Se define pues por ofrecer una superficie cóncava determinada por salientes estípites entre parejas de columnas y en torno al nicho central en el que se encuentra la Virgen titular, flanqueada por sendas hornacinas con las imágenes de San Alberto y San Esteban. En la parte inferior de este piso un amplio banco en el que se encaja un expositor sobre gradas, semiexento, y entre dos relieves; el del lado derecho narra un hecho fabulado de la vida de San Bernardo; el santo aparece en una carroza tirada por dos caballos y al diablo haciendo la función de rueda, tarea a la que le somete San Bernardo por haberla roto cuando se dirigía a hacer una fundación. El del lado izquierdo representa la muerte de San Bernardo; el centro de la escena está ocupado por una cama con dosel en donde se encuentra el santo entre la Virgen, San Benito y un diácono, a sus pies. A ambos lados, una arquitectura siendo la de la izquierda un representación de la iglesia monástica. La parte superior del retablo está rematada por el ático-cascarón que al incluir el hueco de tres hornacinas –Santa Gertrudis, Humbelina y San-

ta Escolástica- flanqueadas por columnas de la sensación de constituirse en un piso más del retablo. En los ábsides laterales también se colocan retablos de las mismas características que el mayor; ocupan todo el frente, se adaptan a su planta curva y rematan con cascarón. El del ábside derecho conserva una imagen original, un San Miguel, de buena factura y datable también, según el profesor Ramallo (Escultura barroca, p. 609) a mediados del siglo XVIII. En los pilares que separan las naves había pequeños retablos, de los que sólo quedan dos en los pilares que separan la nave central de la lateral izquierda. A los pies otros dos retablos que llevan incorporados un relieve central reutilizado, tal vez, del primitivo retablo del siglo XVI; representan a Santiago en la batalla de Clavijo y Vírgenes mártires. La cuidada atención al espacio interior de la iglesia culmina con la colocación exenta de cuatro reyes jinetes, suspensos en el espacio de los pilares del crucero, obra de Francisco de Nava. Todo un programa, en definitivo, evangelizador de profunda proyección popular en el que la liturgia y el oficio divino se llevaba a cabo de forma rigurosa. Para estas funciones los monjes bernardos fabrican en esta misma centuria una nueva sillería para el coro bajo y una tribuna para el nuevo órgano. Este instrumento de bellísima caja barroca y 45 teclas ha visto reconstruida su inservible mecánica en 1988 gracias al magistral trabajo de Gerhard Grenzing. En un último intento de mostrar el interés de la comunidad en dotar al monasterio de las variadas técnicas decorativas se advierte la presencia en el mismo del pintor asturiano Francisco Reiter (1736-1813). A él se deben las decoraciones murales al temple de la sacristía y una serie de dieciséis cuadros sobre la vida y milagros de San Bernardo de Claraval ( 1090-1153). Con anterioridad ya advertimos en Valdediós la presencia de Martínez Bustamante que pinta durante el abadiato de Agustín de la

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Monaerios de la Orden Cierciense Serna (1721-1724) “un cuadro de Ntro. P. San Bernardo”, hoy desaparecido pero inventariado por Caveda en el año 1821.

1638) que llegó a ser promovido a la sede episcopal de Almería. Sin embargo, y a pesar de tan cuajado florecimiento, la abadía asturiana conocerá pronto la sombra de los afanes políticos y desamortizadores del siglo XIX. El primer signo de violencia que sufrirá la comunidad será durante la invasión francesa; en el año 1810 una exclaustración temporal obligará a los monjes a mantenerse fuera de su casa durante un año, repitiéndose estos desalojos temporales nuevamente en 1812 y 1820 cuando se impone la supresión de los monasterios de varones y la renta de sus bienes; no obstante, Valdediós no fue suprimido efectivamente hasta el decreto del gobierno español de 1835 que dispone la exclaustración de los religiosos y confisca sus bienes. Estaba al frente de la comunidad en este momento D. Florencio Fernández (1832-1835) quien no logra terminar el período asignado a su abadiato por los acontecimientos que ponen fin a la abadía.

No cabe la menor duda sobre la importancia adquirida por Valdediós en el panorama monástico asturiano. Era la casa cisterciense más poblada del Principado y sus monjes ejercían una cierta autoridad moral sobre el resto de las abadías de la Orden en la región. Es manifiesto a este respecto la actividad de los abades en la comunidad de monjas bernardas de Avilés y muy significativa la intervención del abad Cristóbal de Orozco (1543-1545) en la conflictiva incorporación de la abadía de Belmonte a la Congregación. En realidad la función de los abades, la gran mayoría procedentes de otros monasterios, fue determinante para el crecimiento material y espiritual de Valdediós; algunos de ellos forjaron aquí su carrera y pusieron de relieve su ilustre personalidad que les llevará a ocupar cargos importantes como es el caso del anterior Cristóbal de Orozco o Angel de Vitoria (1575-1579), elegidos reformadores generales de la Congregación, e incluso el de Alonso Pérez de Humanes (1632-1635 / 1635-

El 21 de noviembre de 1843 salen a subasta pública los edificios conventuales de Valdediós, que a pesar de ello no son enajenados. La comunidad se encuentra dispersa, algunos de ellos son asignados a labores pastorales en iglesias parroquiales, y tres de ellos permanecen obstinadamente en el monasterio hasta su muerte. El fallecimiento de fray Malaquías Carrera, el 24 de mayo de 1862, puso fin a setecientos años de historia de esta abadía asturiana e impuso el trepidante silencio en aquél fértil paraje del antiguo valle de Boides. Tras años de progresivo deterioro, en el año 1986 comienza la reconstrucción integral del monasterio y en 29 de julio de 1992 se instala de nuevo una comunidad cisterciense en Valdediós al ser erigido el cenobio como priorato conventual. A pesar de los fecundos logros de este proyecto, los monjes blancos abandonan de nuevo las tierras asturianas por una decisión de 26 de enero de 2009 que decreta la supresión de la comunidad cisterciense de Valdediós y el 21 de febrero de ese mismo año una comunidad de monjes de la Orden de San Juan toma posesión del monasterio.

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Órgano de la iglesia de Santa María de Valdediós (Archivo J. Puras).

Detalle de la portada principal de la iglesia de San Francisco de Avilés.

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Capítulo IV Conventos de la Orden Franciscana

Conventos de la Orden Franciscana La presencia del franciscanismo en Asturias representa, como en otras latitudes, un deseo de renovación de la vida monástica y de las viejas estructuras monacales que por más que se había intentado no llegaba a ofrecer los resultados apetecidos, en cuanto que las transformaciones sociales exigían un modelo sino nuevo, distinto de vivir la religiosidad. En este contexto de búsqueda y adaptación a las realidades de la época se enmarca la figura de Francisco de Asís, un hombre comprometido con un mundo en mutación y con un proyecto evangélico que superaba las estructuras institucionales, por muy legítimas y necesarias que fueran. En los cuadros sociales de la etapa final de la Edad Media, -gremios, ciudades, universidadesen los que desarrolla su proyecto el Santo de Asís, el dinamismo y la creatividad no actuaban ya verticalmente, en el ámbito de la fidelidad sacral a las dependencias entre señores y vasallos o siervos, sino horizontalmente, en una solidaridad cuya toma de conciencia favorecía la promoción de personas libres. El paternalismo, por tanto, cedía a una fraternidad igualitaria y esta socialización de bienes y personas se implantaba con normalidad en las nuevas ciudades, en las

cuales el mercado desencadenaba movimientos innovadores lejos de la estabilidad rural de los monasterios. El carisma de San Francisco, su vuelta al Evangelio puro, cuyos axiomas primordiales son la fraternidad y la pobreza encajan perfectamente en este mundo de realidades nuevas, de ahí que Tomás de Celano se refiriera a él como el “hombre nuevo” (homus novus) y al franciscanismo como una “santa novedad” (sancta novitas). Con semejante y renovador mensaje no resulta extraño que la figura de San Francisco adquiriera una enorme popularidad en su tiempo, y que la espiritualidad de su Orden se difundiera con rapidez por Europa no quedando en esta ocasión tampoco Asturias ajena a estos horizontes renovadores de la Iglesia. En efecto, en el transcurso de la decimotercera centuria y en el entorno de los núcleos urbanos de Oviedo, Avilés y Tineo se abren cuatro centros monásticos de la Orden, cuya influencia en el tejido social y urbano de las respectivas localidades es difícil de olvidar aún en nuestros tiempos.

Monasterios franciscanos de Asturias en la Edad Media.

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Conventos de la Orden Franciscana El movimiento reformador que surge en la propia Orden a finales del siglo XIV con una vocación prioritariamente eremítica también tiene en Asturias su reflejo en el eremitorio de Raíces (Avilés), un centro franciscano de efímera existencia cuyo fundador, Fernando Gundisalvi, edifica la fábrica del mismo en un lugar que pertenecía a la Orden de Santiago en las primeras décadas del siglo XV (F. J. Fernández Conde, “La Orden Franciscana…”, p. 416), siendo transferido por el provincial de Santiago, Álvaro de Mayal, a los mercedarios en 1461.

destacado en planta, es una bóveda de arista en el centro, mientras que los brazos repiten el cañón con lunetos. En el lado del Evangelio la nave incorpora tres capillas, la de Ánimas, la del Cristo y la de la Virgen del Portal, patrona de la villa a partir del asentamiento franciscano.

Rebasado el límite cronológico de la Edad Media, los franciscanos asturianos en un intento de extender su mensaje evangélico dirigen su actividad, fundamentalmente, predicadora hacia el espacio oriental de la región. En esta comarca es fácil advertir su huella evangelizadora a través de las numerosas cofradías y el buen número de significativas advocaciones que aún perviven. El proyecto benéfico-asistencial, sin embargo, que pretendieron llevar a cabo en el hospital que para pobres y peregrirnos se funda en la parroquia de Qués, cerca de la villa de Infiesto, en el hoy conocido como santuario de la Cueva, resulta una realización efímera a pesar de estar aprobada por el Papa Pio IV quien autoriza, por Breve del 15 de enero de 1564, a levantar dicho hospital y a que sea administrador del mismo Pedro Peláez, de la Orden de San Francisco (A.H.D.O.: Leg. n. 1).

Tras la desamortización el edificio monacal, al que se le fueron asignando distintos usos, sufre una inexorable ruina y son escasos los restos que aún perviven pudiendo destacarse entre éstos, el claustro situado en el costado sur de la iglesia. Consta de dos pisos, de vanos adintelados y cerrados los inferiores mediante antepechos. El proyecto franciscano de Villaviciosa incluía también una fundación de monjas, que llega a consolidarse, tras una primera etapa de beaterio, a principios del siglo XVIII. En 1727 se concluyen las obras del convento de la Purísima Concepción que aún hoy mantiene una comunidad de monjas Clarisas, las únicas que permanecen en Asturias tras salvar las múltiples vicisitudes que los siglos XIX y XX les han deparado. Estas últimas fundaciones de Villaviciosa las llevan a cabo los franciscanos tras superar el proceso de reforma que afecta a la Orden desde el siglo XVI. Los conventos asturianos se irán sometiendo a la Regular Observancia y haciendo compatible su estilo de vida con una nueva vocación misionera, asistencial o docente.

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En la siguiente centuria los franciscanos asturianos logran asentarse, con una fundación conocida como San Juan de Capistrano, en la cercana y antigua puebla de Maliayo. Será en 1692 cuando acondicionan unas primeras instalaciones a modo de convento para trasladarse poco más tarde al emplazamiento definitivo, extramuros de la villa, en el lugar en el que aún se conserva la iglesia, empezada a construirse en 1734 y con función de parroquial en la actualidad. De una sola y amplia nave, crucero y cabecera cuadrada cumple todos los requisitos necesarios para la predicación por su acústica y visibilidad, logradas por la altura y el abovedamientos total del edificio. La cubierta de la nave, dividida en cuatro tramos, es de bóveda de cañón con lunetos y la del crucero,

La fachada del templo se encuentra oculta por un pórtico de dos arcadas de medio punto en donde se sitúan el escudo real y el de los franciscanos. A la derecha de este cuerpo, la torre con arquillos de medio punto en el piso superior.

Conventos de la Orden Franciscana 4.1 Convento de San Francisco de Oviedo

El profesor Fernández Conde considera que esta fundación (“La Orden franciscana…, p. 400) pudo llevarse a cabo en la década de 1230, fecha ligeramente más tardía a la asignada por numerosos autores que relacionan los orígenes de este establecimiento con la supuesta presencia en Oviedo del mismo San Francisco en 1214; y con la de Pedro Compadre, discípulo del santo, cuyas supuestas reliquias se conservan actualmente en la parroquia de San Juan el Real de Oviedo.

mendicante de los primeros minoritas debió de ejercer, ciertamente, un poderoso atractivo sobre la sociedad de la época que se vincula a la incipiente comunidad por motivos piadosos y con el fin, casi siempre, de obtener sufragios de los frailes. Son casi todos donaciones testamentarias de particulares pero también de capitulares ovetenses (F. J. Fernández Conde, La Clerecía ovetense…, p.72, 85, 94, 100, 108). Tan dadivosa actuación nos advierte del aprecio que los franciscanos ovetenses pudieron generar incluso en los ámbitos eclesiásticos, circunstancia bien probada por la presencia en 1249 del obispo de Oviedo, Rodrigo Díaz, quien acompañado de miembros de la curia diocesana, un nutrido número de caballeros y hombres buenos otorga en el convento de San Francisco una donación a favor del monasterio de Cornellana.

En la segunda mitad del siglo XIII, el convento parece contar ya con una importante fábrica y constituirse como una nueva realidad monástica que se consolida por medio de unos mecanismos bien diferentes a los utilizados por otras entidades religiosas de la región. El espíritu

A partir del siglo XIV miembros de importantes linajes nobiliarios de la región comienzan a favorecer al convento, siendo Gonzalo Martínez de Oviedo, Maestre de Alcántara y validor de Alfonso XI, el patrocinador de la nueva iglesia gótica que parece empezar a construirse en las prime-

En el solar que ocupa el palacio de la antigua Diputación Provincial, extramuros de la vieja civitas episcopal ovetense, establecen los franciscanos asturianos la primera casa con la que cuenta la Orden en la región.

Antiguo convento de San Francisco de Oviedo (Archivo del RIDEA).

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Conventos de la Orden Franciscana

Serán las necesidades de las obras emprendidas, tal vez el rigor de la Orden el que lleva a la comunidad a desprenderse de algunos bienes que habían recibido por mandas testamentarias. Éstas en realidad eran las únicas fuentes de ingresos de los frailes que continúan con un ritmo ascendente de estima social y a los que el mismo monarca Enrique II concede, en 1378, 1000 maravedíes anuales sobre la renta del alfolí de Avilés en concepto de limosna. El sínodo ovetense de 1411 confirma el ideal de pobreza y humildad del convento ovetense, que supera las disputas internas de la Orden, respecto a ese modo de vida, alineándose con el rigor y sencillez de los primeros tiempos franciscanos; sin embargo, en el transcurso de la centuria ese comportamiento se va transformando y adquiriendo pautas de gestión económica similares a las de otros dominios monásticos. Tal vez el incremento de la devoción de los diversos estratos sociales y el ansia de recibir los beneficios espirituales de los frailes aumentó considerablemente el patrimonio monástico y transformó, incluso, el ámbito monacal en el que aspiran a reposar familias de mediano y alto rango social. Es el caso de los Quirós, Valdés, Argüelles o Valdecarzana que con sus enterramientos transformarán ampliamente la nueva iglesia conventual.

siglo XVI. La de la Misericordia, San Antonio de Padua o la de la Tercera Orden serán cauces que reconducen la piedad popular y que vincularán a los frailes con un amplio sector social. Las capillas de estas instituciones transformarán durante la Edad Moderna la planta de la primitiva iglesia, al tiempo que también se renovarán las viejas estancias conventuales con la participación de los más importantes maestros de arquitectura de la época como pueden ser Muñíz Somonte o Francisco de la Riva, entre otros. A comienzos del siglo XIX la monumentalidad del convento franciscano se vió prácticamente destruida por la violenta actuación de las tropas francesas durante los años 1809 y siguientes; a pesar de todo las medidas desamortizadoras de 1835 fueron el cauce de la desaparición total del convento; sólo queda en pie la iglesia, utilizada hacia 1882 como parroquial de San Juan. Su pervivencia será escasa, pues en el año 1902 se derriba su edificio desapareciendo de la ciudad una de las muestras góticas más emblemáticas del Principado de Asturias.

Ménsula procedente del convento de San Francisco de Oviedo (c. S.XV) (Archivo Museo Arqueológico de Asturias).

En 1567 el convento de la capital asturiana, por mandato expreso del Papa Pio V y la real provisión de Felipe II, se incorpora a la Provincia Observante de Santiago. Es una etapa en la que los frailes continúan registrando un incremento notable de mandas testamentarias a cambio de lugar de enterramiento y de obtener un hábito franciscano como mortaja, beneficios en definitiva muy vinculados al tema de la muerte, tan magistralmente difundido por los hijos del Santo de Asís. Las cofradías fundadas por los franciscanos también desarrollarán un importante papel desde el

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ras décadas de dicha centuria cuando se estaba construyendo el resto del convento (R. Alonso Álvarez, La Arquitectura franciscana…, p. 37).

Conventos de la Orden Franciscana 4.2 Convento de Santa Clara de Oviedo En el actual edificio de la Delegación de Hacienda de la capital asturiana, en pleno centro urbano de la ciudad, aún es posible reconocer los restos arquitectónicos del convento de Clarisas ovetenses –parte del claustro y fachada de la portería- ; los únicos vestigios que pervivieron tras la intervención “restauradora” del arquitecto Ignacio Álvarez Castelao a mediados del pasado siglo XX.

Detalle de la fachada de Santa Clara de Oviedo. Se trataba, ciertamente, de un amplio y monumental recinto conventual en el que se habían establecido en el transcurso del siglo XIII una comunidad de Clarisas, extramuros de la ciudad, cual es la costumbre de la Orden, pero cercana a los hermanos de San Francisco, que ya se habían hecho presentes unos años antes en el entramado urbano de Oviedo. Los restos arqueológicos del primitivo templo conventual parecen remontar la existencia de esta comunidad a unos años antes de la fecha en la que el profesor Fernández Conde señala, con garantías de verosimilitud, el comienzo de

su andadura histórica, allá por los años de entre 1273 y 1287 (“La Orden franciscana…”, p. 420). En cualquier caso la fundación es casi coetánea al establecimiento de la rama masculina asentada en la ciudad, pero a diferencia de éstos, las “damas pobres” de Santa Clara observan una rigurosa vida de pobreza, adscritas como supone Fernández Conde a la rigurosa regla de Clara de Asís, y dedicadas a la vida contemplativa bajo el modelo de clausura. Semejante estilo de vida pronto contará con la generosidad de Sancho IV quien por privilegio de 1287 recibe a estas “frayras” bajo su protección y particular encomienda. En realidad la pobreza debió ser la característica general de los primeros tiempos del grupo monástico, que contaría sólo con los bienes de las propias monjas, con ayudas municipales, y con las limosnas de quienes pretendían beneficiarse de su oraciones. De hecho, durante el siglo XIV son abundantes las mandas testamentarias que persiguen este fin y en la centuria siguiente se incrementan notablemente, siendo realmente destacable la vinculación que Alonso de Quintanilla, Contador Mayor y personaje de relieve en la corte de los Reyes Católicos, establece con el monasterio. En efecto, don Alonso renovó el convento en donde estaban enterrados sus padres y dota en 1468 a la comunidad con una renta de 3336 maravedíes anuales con el fin de que las monjas rogaran a “Dios por las ánimas de sus difuntos padres”. Además puso a disposición del cabildo catedralicio y el convento 8000 maravedíes anuales para que asistieran en procesión, junto con el concejo de la ciudad, a la iglesia del convento el dia de Santa Clara. Tan destacada aportación económica contrasta, sin embargo, con la penuria económica que padecían las Clarisas ovetenses en la época, pues a este estado de necesidad se refiere el Albalá real (a. 1476) por el que Isabel I de Castilla les confirma los 4000 maravedíes de renta anual en las alcabalas de Oviedo que ya habían sido concedidos por Enrique IV. Igualmente, la concesión (1480-81) del Papa Sixto IV de unas rentas de 20.000 maravedíes anuales confirma tan delica-

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Conventos de la Orden Franciscana do estado económico. Con el fin de mitigar esta pobreza ya a principios de la centuria, en 1433, Juan II de Castilla les concede 300 maravedíes de rental anual; y los Reyes Católicos, en 1480, también otorgan a su favor 3000 maravedíes anuales. Sin embargo, a finales de la centuria el comportamiento económico del convento parece cambiar de signo pues la comunidad interviene en la formalización de acciones documentales, que ponen de manifiesto la explotación económica de sus bienes. Ciertamente, el patrimonio de la comunidad, procedente en gran medida de las dotes de las religiosas y de algunas fundaciones piadosas, se extendía por los concejos de Oviedo, Llanera, Aller, Nava, Mieres, Cabranes, Laviana, Las Regueras y Grado; tenía un carácter prioritariamente rústico aunque un buen número de bienes eran propiedades inmobiliarias, en torno al barrio en el que se asentaba el monasterio.

el gusto palaciego. Incorpora en su planta baja tres arcadas, quedando la central flanqueada por columnas exentas sobre alto plinto y rematada en el piso superior por una hornacina con la imagen titular del monasterio. A partir de mediados de la centuria se renueva el convento y se construye el claustro, de tres pisos divididos por imposta muy sencilla y vinculado al trabajo de los arquitectos Pedro Moñíz Somonte y Menéndez de Ambás. En el piso bajo se abren grandes arcadas de medio punto y en los superiores balcones perfectamente articulados por pilastras toscanas que reticulan todo el espacio. Con las estancias renovadas, las monjas deben abandonar el monasterio en 1836, como consecuencia de las leyes desamortizadoras, y se trasladan al convento de San Francisco de Avilés, desamortizado igualmente, hasta el año 1845 que regresan al convento ovetense de donde serán expulsadas definitivamente en 1868.

A pesar de todo no es comparable el nivel económico de esta comunidad con el resto de los grandes monasterios de la ciudad, por ello sus obras de ampliación y renovación de fábrica se llevan a cabo con un gran esfuerzo económico. De estas obras se conserva actualmente la portería, obra de comienzos del siglo XVIII y muy definida por

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Estado actual del claustro del monasterio de Santa Clara de Oviedo.

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Conventos de la Orden Franciscana 4.3 Convento de San Francisco del Monte de Avilés En la actual sede parroquial de San Nicolás, que ocupa desde el año 1849 la iglesia conventual de S. Francisco (A. Garralda García, Avilés…, p. 124) tras las desdichadas inquietudes desamortizadoras, se encuentra el rastro del primer establecimiento franciscano de Avilés. Conocido con el sobrenombre “del Monte” por su situación en una pequeña elevación rodeada de un espacio boscoso, se emplaza extramauros de la villa cuando a mediados del siglo XIII los hijos del Santo de Asís deciden establecer su casa en Avilés; sin embargo, actualmente este espacio forma parte del entramado del casco urbano, a escasa distancia del Ayuntamiento.

se vinculan a la nueva fundación, tal vez por motivos devocionales y con el deseo de obtener sepultura entre los muros conventuales. La gran intensidad que registra el terremoto de 1522 en Avilés debió producir graves daños en la fábrica medieval del convento y así los frailes se ven obligados durante buena parte de la Edad Moderna a renovar las viejas estancias. En 1582 solicitan al Ayuntamiento ayuda para construir la sacristía, una obra de planta rectangular dividida en dos tramos. Se cubre con bóveda de cañón con lunetos y vanos termales

Aunque tradicionalmente se considera que esta fundación es coetánea a la de San Francisco de Oviedo y que incluso se debe a fray Pedro Compadre, discípulo de San Francisco y supuesto compañero en su peregrinación compostelana, lo cierto es que puede documentarse entre 1267 y 1274 (F. J. Fernández Conde, “La Orden franciscana…”, p. 413) sobre un solar en el que los hallazgos arqueológicos confirman la existencia de anteriores edificaciones. De hecho, la portada abierta en un lienzo del claustro y constituida por una puerta flanqueada por dos ventanas, ofrece una tipología románica de finales del siglo XII y bien pudo ser la entrada de una dependencia monacal anterior. La actual iglesia data del siglo XIV aunque las reformas posteriores impiden suponer cómo fue esa iglesia primitiva, sólo la portada septentrional pertenece a ese momento. Tiene una disposición ojival, cuatro arquivoltas apoyadas en columnas acodilladas, guardapolvo de pequeñas rosetas e imposta de puntas de diamante. Sobre la clave de los arcos se representa al santo titular, imagen de tosca figura pero de gran valor iconográfico. Es de suponer que en esta primera etapa del convento avilesino los franciscanos contaron con la ayuda de un amplio sector social, fundamentalmente con mercaderes y burgueses que

Pinturas murales en la sacristía de San Francisco de Avilés. pintados al fresco. La plementería de la bóveda está decorada con motivos geométricos y el arco fajón que marca los dos tramos está cajeado. En los muros se abren hornacinas, quedando la del fondo flanqueada por dos pequeñas puertas adinteladas. Estas hornacinas albergan pinturas. El primer lienzo del claustro, del que sólo hoy se conservan dos lienzos, se acomete en 1599 con

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Iglesia del antiguo convento de San Francisco de Avilés.

Conventos de la Orden Franciscana trazas dadas por Domingo de Mortera y ejecutadas por Gonzalo de Güemes. Era un espacio de planta cuadrada y de dos pisos; el bajo con arquería de medio punto sostenida por columnas de orden toscano sobre podium. El piso superior es adintelado y a doble tramo. Dado su estilo purista resulta de una extrema austeridad. En 1909 el convento sufre un incendio en el que se pierden las dos alas del claustro que faltan y

su restauración, a cargo del arquitecto Rodríguez Bustelo, se lleva a cabo en 1958 y 1965. Tras la exclaustración de 1836 el convento franciscano de Avilés tuvo diversos usos pudiendo ser recuperada su iglesia para parroquial. El regreso de los franciscanos a la villa se fecha en 1919, debiendo instalarse en la antigua sede parroquial dado que ésta ya se había trasladado a la iglesia conventual.

Claustro de San Francisco de Avilés.

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Conventos de la Orden Franciscana 4.4 Convento de San Francisco de Tineo La huella franciscana en el occidente asturiano se mantiene aún presente en la actual iglesia parroquial de la villa de Tineo, bajo la advocación de San Pedro, al ser trasladada desde su primitivo solar, a finales del siglo XIX tras el proceso desamortizador, al templo conventual de los franciscanos. Se habían establecido estos frailes en esta villa, favorecida en los comienzos del siglo XIII por el fuero concedido por Alfonso IX y por el itinerario jacobeo que por voluntad expresa del mismo monarca la atravesará, en la segunda mitad del siglo XIII, y aunque en estos primeros momentos la fundación ha podido tener los inconvenientes de compartir un área geográfica muy ocupada por los viejos y consolidados monasterios de Co-

rias, Obona o Cornellana, los franciscanos logran establecer sus fundación, tal como era su costumbre, extramuros de la villa y en las inmediaciones del citado Camino jacobeo entre los años 1267 a 1274 (F. J. Fernández Conde, “La Orden franciscana…”, p. 418). Su espíritu mendicante resulta renovador y bien diferente del resto de las órdenes asentadas en el entorno, y su mensaje se dirige a un sector social que pronto asumirá la presencia franciscana como algo propio en donde pueden canalizar sus aspiraciones piadosas. Donaciones testamentarias, fundación de aniversarias y solicitud de enterramientos supusieron para esta comunidad las primeras aportaciones económicas con las que pudieron hacer frente a la primitiva fábrica que se componía de sala capitular, claustro e iglesia conventual. Aunque muy modificada

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Pintura del “Monumento” en la iglesia de San Francisco de Tineo.

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Conventos de la Orden Franciscana por obras posteriores ésta aún conserva la portada occidental y la mayor parte de la caja de los muros. Su tipología responde plenamente a la estética mendicante: una sola nave, amplia y diáfana, que facilitaría un espacio apto e idóneo para llevar a cabo la predicación. La portada occidental, cobijada por un pórtico posterior, adopta una disposición ojival en sus tres arquivoltas en las que se encuentran moti-

vos tradicionales como el zigzag de la rosca exterior y las tetrafolias del intradós de arquivolta. Los capiteles, sobre tres pares de columnas, utilizan repertorios vegetales. Otros elementos de la fábrica primitiva parecen ser el arco de triunfo, de doble rosca apuntada; y los sepulcros bajo arcosolio situados a ambos lados de la nave. Interior de la iglesia de San Francisco de Tineo.

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Conventos de la Orden Franciscana Toda esta fábrica medieval ha quedado bastante oculta por la obras del siglo XVII, patrocinadas por dos grandes linajes de la zona, los Merás que construyen a comienzos de la centuria una gran capilla en el muro norte de la iglesia; y los García de Tineo que promueven obras en la nave y la renovación de la cabecera de la iglesia con una planta cuadrada y cubierta de cúpula sobre pechinas. Para este mismo espacio, el citado linaje donará el gran retablo que actualmente preside el templo.

Detalle de la portada de San Francisco de Tineo.

Gran importancia tuvo en este convento la cofradía de la Orden Tercera. Sus actividades se vinculaban de forma especial con la cultura de la muerte y con la difusión de hábitos penitenciales. En este marco han contribuido enormemente a las celebraciones de Semana Santa dejando como huella de su actividad un monumental lienzo de principios del siglo XVIII, que hacía funciones de “Monumento”, el espacio en el que se retira el Cuerpo de Cristo durante el Viernes Santo a la espera de la Resurrección. Semejante pintura

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Altar mayor de la iglesia de San Francisco de Tineo.

Cerámica franciscana en la fachada del convento de Clarisas de Villaviciosa.

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Conventos de la Orden Franciscana

Estandarte franciscano en el Museo de Arte Sacro de Tineo. de carácter arquitectónico es única en Asturias y ha sido recientemente recuperada por el actual párroco de la villa. La exclaustración de los frailes a comienzos del siglo XIX supuso el fin de su gran actividad predicadora en la comarca y la ruina de un complejo arquitectónico en el que se asentaba un colegio de reconocido prestigio. Su iglesia, desde aquella fecha, parroquial continúa incorporando los gustos estéticos de la época tal como es el revestimiento de la parte baja del presbiterio, en el que se encuentran varios cuadros de azulejos que representan escenas de la vida de San Pedro en relación con Jesús. Están firmados por el maestro ceramista de Talavera, J. Ruíz de Luna, hacia el año 1929.

Más recientemente en estas dependencias parroquiales, y por iniciativa de su actual párroco, se aloja el Museo de Arte Sacro de Tineo, en donde se exhibe una nutrida colección de orfebrería y el mayor conjunto de imaginería religiosa de Asturias. El proyecto museístico, a base de selectas piezas organizadas bajo un premeditado plan catequético, resulta extraordinariamente atractivo y singular en el panorama cultural asturiano.

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Portada principal de San Francisco de Tineo.

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El autor hace en el cap. V de esta obra un análisis pormenorizado de la situación del monacato altomedieval asturiano. Tras revisar la bibliografía existente al respecto incorpora a las numerosas notas el estudio crítico de los diplomas de la época diferenciando entre falsos, interpolados y auténticos. - La religiosidad Medieval en España I. Alta Edad Media (s. VII-X). Oviedo, 2000. - Gutierre de Toledo, Obispo de Oviedo (13771389). Reforma eclesiástica en la Asturias bajomedieval. Oviedo, 1978. - “Aproximación histórica al monacato asturiano”. Valdediós, 1993, pp. 46-57. - “Orígenes e Historia inicial”. Real Monasterio de San Pelayo. Oviedo 1994, pp. 31-49. -“Orígenes del Monasterio de San Pelayo”. Semana de Historia del Monacato CántabroAstur-Leonés, Oviedo 1982, pp. 91- 121. - La Iglesia de Asturias en la Baja Edad Media. Estructuras económico-administrativas. Oviedo, 1987. - “La reina Urraca “La Asturiana”. Asturiensia Medievalia, 2 (1975), pp. 65- 94. - “Cluny en Asturias. La abadía de San Salvador de Corneana (Cornellana). Problemas de interpretación”. En homenaje a J. Hinojosa Montalbo. En prensa. - El Libro de los Testamentos de la catedral de Oviedo. Roma, 1971. - “La Orden franciscana en Asturias. Orígenes y primera época”. B.I.D.E.A., 130 (1989), pp. 397- 447. - La Clerecía ovetense en la Baja Edad Media. Oviedo, 1982 FERNÁNDEZ CONDE, F. J.- TORRENTE FERNÁNDEZ, I.- NOVAL MENÉNDEZ, G. de la, El Monasterio de San Pelayo de Oviedo. Historia y Fuentes. Vol. I: Colección diplomática (9961325). Oviedo, 1978. FERNÁNDEZ MARTÍN, L. “Escrituras del Monasterio de Santa María de Obona”. B.I.D.E.A, 76 (1972), pp. 275-343. - “Registro de escrituras del monasterio de San Salvador de Celorio 1070- 1567”. B.I.D.E.A., 27 (1973), pp. 33-139.

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