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July 15, 2017 | Author: Roberto Quiroz Bizantino | Category: Homosexuality, Libido, Human Sexuality, Bisexuality, Heterosexuality
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Joyce McDougall

LAS MIL Y UNA CARAS DE EROS La sexualidad humana en busca de soluciones

PAIDÓS Buenos Aires Barcelona México

Título original: The many faces ofEros © Joyce McDougall Traducción de Jorge Piatigorsky Cubierta de Gustavo Macri

392.6 CDD

Me Dougall, Joyce Las mi! y una caras de Eros : la sexualidad humana en busca de soluciones.- I a ed. 28 reimp.Buenos Aires : Paidós, 2005. 328 p. ; 22x14 env (Psicología Profunda ; 10214) Traducción de: Jorge Piatigorsky ISBN 950-12-4214-5 1. Sexualidad I Piatigorsky, Jorge, trad. El título

I a edición, 1998 I a reimpresión, 1998 2 a reimpresión, 2005

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografia y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

© 1998 de todas las ediciones en castellano Editorial Paidós SAICF Defensa 599, Buenos Aires e-maii: [email protected] www.paidosargentina.com.ar Queda hecho el depósito que previene la Ley 11.723 Impreso en la Argentina - Printed in Argentina Impreso en Talleres Gráficos D’Aversa, Vicente López 318, Quilines, en enero de 2005 Tirada: 750 ejemplares ISBN 950-12-4214-5

ÍNDICE

Prólogo. La búsqueda de soluciones...... .......................... 11 Parte I Feminidad y sexualidad 1. Los componentes homosexuales de la sexualidad femenina..................................................... ......................... 29 2. La analista y su analizante................................................. 45 3. Sexualidades femeninas, tema y variaciones........... . 61 Parte II Sexualidad y creatividad 4. Sexualidad y creatividad.................................................... 85 5. Creatividad e identificaciones bisexuales........................103 6. Trauma, sexualidad y creatividad..................................... 131 Parte III Sexualidad y soma 7. Sexualidades arcaicas y psicosoma................................ \159 8. El olfato que ataca y la piel que llora............................. .177“ 9. Del cuerpo hablante al cuerpo hablado........................... 201

Parte IV Las desviaciones del deseo 10. Las soluciones neosexuales............................. ...................223 11. Neonecesidades y soluciones adictivas............................239 12. Desviación sexual y supervivencia psíquica................... 261 Parte V El psicoanálisis en el diván 13. Desviaciones en la práctica psicoanalítica.....................283 14. Más allá de las sectas psicoanalíticas: en busca de un nuevo paradigma.....................................301 Referencias bibliográficas.........................................................315

A la memoria de Piera Aulagnier, psicoanalis­ ta inspirada, investigadora infatigable, amiga irreemplazable, dedico este libro en reconocimien­ to por nuestros treinta años de amistad.

PRÓLOGO LA BÚSQUEDA DE SOLUCIONES

Existe este otro universo, el del corazón del hombre, del que ignoramos todo, que no nos atrevemos a explo­ rar. Una extraña distancia gris separa a nuestra páli­ da inteligencia del continente pulsante del corazón del hombre. Los precursores apenas han desembarcado en esta playa. Y ningún hombre, ninguna mujer conocen el interior de este misterio cuando, más oscuros aun que el Congo o el Amazonas, fluyen los ríos del corazón, desbordantes de plenitud, de deseo y de zozobra. D. L. L a w r e n c e The Heart of Man LA SEXUALIDAD HUMANA, ¿UNA BÚSQUEDA ETERNA?

En sus orígenes mismos, la sexualidad humana es esencialmente traumática. Los múltiples conflictos psíquicos que surgen del choque entre las pulsiones internas y la fuerza coactiva y despiadada del mundo externo se inician en el pri­ mer encuentro sensual del bebé con el seno. La indistinción entre las pulsiones eróticas y sádicas inaugura la era del amor “caníbal”. La noción de un “otro” como objeto separado de uno mismo nace de la frustración, la rabia y la tendencia a una forma primaria de depresión de la que todos los bebés ha­ cen la experiencia con el objeto primordial del amor: el senouniverso. La abolición de la diferencia entre uno mismo y el

otro es la condición misma de la felicidad. No sorprende en­ tonces que, en el curso del viaje psico analítico, encontremos rastros de lo que se puede denominar la sexualidad arcaica, con la marca de una fusión de libido y mortido en la cual el amor no se distingue del odio. La tensión que emana de esta dicotomía, con todo su potencial depresivo, exige una búsque­ da incesante de soluciones, búsqueda destinada a convertirse en el basamento vital de todas las formas de sexualidad y amor adulto. El reconocimiento de la alteridad es seguido por el descu­ brimiento, igualmente traumático, de la diferencia entre los sexos. Hoy sabemos que este descubrimiento no está vincula­ do en primer lugar a los conflictos edípicos, como había con­ cluido Freud, sino que sobreviene mucho antes de la fase edí­ pica clásica. Las investigaciones efectuadas durante muchos años por Roiphe y Galenson (1981) son instructivas al respec­ to. Sus observaciones demuestran que, mucho antes del pe­ ríodo durante el cual los niños luchan con los conflictos an­ gustiosos inherentes a la crisis edípica, la diferencia en sí es fuente de angustia para los niños de ambos sexos. Además, de esas investigaciones surge que el descubrimiento de la di­ ferencia sexual tiene un efecto de maduración (diferente en uno y otro sexo), una vez que se supera la angustia hasta cierto punto. En la fase edípica, con su dimensión a la vez homosexual y heterosexual, el niño se ve obligado a llegar a una conciliación con el deseo imposible de poseer a los dos progenitores, de pertenecer a los dos sexos y de encarnar los dos órganos geni­ tales. A medida que asume su monosexualidad ineluctable, el cachorro de hombre debe compensar de otras maneras su re­ nuncia a los deseos bisexuales. (Estas “otras maneras” serán exploradas en los capítulos dedicados a la creatividad y a las desviaciones sexuales.) El descubrimiento de la diferencia se­ xual conduce a la representación, lentamente adquirida, de la identidad de género, según Stoller (1968) define este término. Sobre esta base el niño llegará a identificarse como un sujeto “masculino” o “femenino” -no por herencia biológica, sino a través de representaciones psíquicas transmitidas por el in­ consciente de los dos progenitores, así como por su ambiente sociocultural-.

El psicoanálisis tiene una contribución específica que ofre­ cer a la comprensión de las aberraciones o los conflictos psí­ quicos concernientes al sentimiento de identidad sexuada y sexual, en cuanto estos conflictos arraigan en las experiencias de la primera infancia. Aunque la sensaciones anatómicas del bebé varón son diferentes de las del bebé niña, ello no signifi­ ca que sus sentimientos respectivos de identidad sexual, en tanto representaciones psíquicas, sean hereditarios. Freud (1905) subraya que los objetos del deseo sexual no son inna­ tos: a nosotros nos corresponde descubrirlos; además dice que es en nuestra primera infancia cuando se deciden los senti­ mientos de identidad personal y de orientación sexual, y que en la pubertad los redescubrimos. Litchenstein (1961) lo ha señalado: nuestro sentimiento de identidad se asemeja a Jano, en cuanto su construcción se eri­ ge, por un lado, sobre “lo que se me parece” y, por el otro, so­ bre wlo que es diferente de mí”. “La identidad del animal es incambiable, mientras que el hombre debe luchar sin cesar para definirse, para adquirir una identidad que no está fun­ dada en automatismos innatos.” Es evidente que la adquisición del sentido de las identida­ des personal y sexual impone el duelo de una serie de ilusio­ nes relacionadas con el deseo de poseer “lo que es diferente de uno”. Como nos lo enseña la experiencia clínica (sin olvidar el autoanálisis), este proceso no se despliega sin dolores y sacri­ ficios. Algunos niños son mejor ayudados que otros en este trabajo de duelo al que nadie escapa. Dos conceptos centrales relativos a los orígenes de la iden­ tidad sexual constituyen el telón de fondo de los capítulos si­ guientes, a saber: el sentido fundamental de la bisexualidad psíquica y la importancia de los fantasmas de la escena prim i­ tiva en la estructura psicosexual del ser humano. LA BISEXUALIDAD PSÍQUICA

Aunque Freud (1905, 1919, 1930) se haya mostrado indeci­ so acerca de la prevalencia de los factores genéticos en la bi­ sexualidad, insistió no obstante en esta última como estructu­ ra psicológica universalmente presente en los seres humanos.

Puesto que la mayoría de los niños tienen dos progenitores, cabe esperar que, sea cual fuere su sexo, la criatura se sienta atraída libidinalmente por la madre y el padre, y desee obte­ ner el amor exclusivo de una y otro; de hecho, todo niño que* rría poseer los misteriosos órganos sexuales del hombre y de la mujer, dotados de su poder fantasmatizado. Una de las he­ ridas narcisistas más escandalosas para la megalomanía in­ fantil es la infligida por la obligación de aceptar nuestra monosexualidad biológica. ¿Por qué medios esperamos integrar estas demandas bise­ xuales en nuestra estructura psíquica, mientras asumimos la identidad anatómica predestinada? Después de treinta años de reflexión y dé observaciones clínicas al respecto, mé he convencido de que la confusión que engendran esos anhelos bisexuales en la organización precoz de la estructura psicosexual gravita sobre numerosos aspectos de nuestra vida adul­ ta. Por ello las diferentes maneras en que tratamos de resol­ ver nuestro deseo imposible de ser y tener los dos sexos exige una exploración realizada desde los puntos de vista teórico y clínico. LIBIDO: ¿HOMOSEXUAL O HETEROSEXUAL?

Se impone la definición de estos conceptos de “libido homo­ sexual” y “libido heterosexual”. Con el nombre de libido Freud designaba todos los aspectós de la energía sexual instintiva del individuo. Más tarde subrayó que la energía libidinal po­ día orientarse hacia personas de sexo diferente, así como in­ vestirse en el propio. En consecuencia, la expresión “libido ho­ mosexual” designaría en primer lugar la parte de libido orientada en la infancia hacia el progenitor del mismo sexo. Desearía aquí llamar la atención sobre un elemento poco re­ conocido, a saber: los deseos homosexuales de los niños de ambos sexos tienen siempre dos objetivos; uno es el deseo de poseer sexualmente al progenitor del mismo sexo, y el segun­ do, igualmente poderoso, es él deseo de ser el progenitor del sexo opuesto, a fin de obtener todos los privilegios y prerroga­ tivas de los que se supone dotado cada progenitor. Es impor­ tante diferenciar estos dos objetivos complementarios y de al­

guna manera contradictorios, pues ellos coexisten en cada ni­ ño, ¡y perduran en el inconsciente de cada adulto! Además, el hecho de tomar en cuenta estos deseos primarios puede cam­ biar nuestra comprensión de las diferentes maneras en que las dos corrientes se expresan en los adultos homosexuales y heterosexuales. DE LA HOMOSEXUALIDAD PRIMARIA

La sexualidad de la niñita la empuja a querer poseer sexualmente a la madre, penetrar su vagina (lo que a menudo se representa como trepar por el interior de la madre), comer­ la para incorporarla totalmente y apropiarse de tal modo de sus poderes mágicos. La niña desea también ser penetrada por la madre, ser el objeto único de su amor en un mundo que excluye a los hombres, y tener hijos con ella. Al mismo tiem­ po, desea ardientemente ser un hombre como el padre, tener sus órganos genitales con todos los poderes y cualidades que les atribuye y, de esta manera, desempeñar en la vida de la madre el mismo papel que el padre. Abordaremos esta conste­ lación en los capítulos dedicados a la sexualidad femenina. De manera análoga, el niño varón desarrolla su propia for­ ma de homosexualidad primaria, e imagina que es el parte­ naire sexual de su padre, por lo general fantasmatizando, que incorpora oral u analmente el pene paterno y que, al tomar posesión de este órgano genital y sus privilegios, él mismo se convierte en el padre.1 Al niño varón también lo invaden otros fantasmas, como el de ocupar el lugar de la madre, con la es­ peranza de que el padre le haga un bebé en lo que él imagina como su propio espacio interno. Esto me trae a la mente el recuerdo, que conservo muy vi­ vo, de una discusión entre mi nieto Daniel, entonces de cuatro 1. Estos fantasmas de incorporación en los niños de ambos sexos recuer­ dan las creencias de las tribus primitivas, según las cuales comiendo el cora­ zón del león (o la leona) se puede adquirir su fuerza, su poder y su invencibi­ lidad. Se comprende que esta forma fantasmática de posesión implica la destrucción del otro y provoca sentimientos confusos de culpabilidad y depre­ sión, tanto en el varón como en la niña.

años, y su madre embarazada de seis meses. Daniel golpeó el abdomen de la madre preguntándole por centésima vez cómo había podido llegar eí bebé hasta allí- Ella le explicó paciente­ mente que el papá le había puesto una semilla y que el resul­ tado iba a ser muy pronto un hermanito o una hermanita. Esa misma noche, al volver el padre, Daniel le gritó: “Papá, tengo algo que preguntarte: ¿podrías también meterme un be­ bé en la barriga?”. El padre le dijo entonces que los papas sólo siembran un bebé en el vientre de las mamás y que él, Da­ niel, también tendría algún día alguna mujer en la que podría “meter un bebé”. Entonces, con decisión, Daniel corrió hacia su madre y, golpeándole el abdomen, le dijo: “Mamá, cuando hayas terminado, por favor, ¿podrías pasármelo?”! Al día siguiente hubo una pequeña escena divertida. Acompañé a Daniel y uno de sus amigos al jardín de infantes, y le escuché decir: “¿Sabes, John, lo que mi mamá tiene en la barriga?”. “No, ¿qué?” "¡Tiene un bebé!” John hizo una mueca de asco y preguntó: “Oh, ¿es que se lo tragó?”. “¡No seas tonto! Es mi papá quien lo puso.” John (cuyo padre había abandona­ do a la madre antes de que él naciera) exclamó que Daniel de­ cía algo absurdo, puesto que su propia madre le había expli­ cado que era el buen Dios quien ponía a los bebés en las barrigas de las mamás. Daniel permaneció firme en su posi­ ción: “En todo caso, no fue el buen Dios quien puso este bebé en mi mamá”. (Esta escena me recordó que, en efecto, la rea­ lidad no existe per se; es totalmente construida por el discur­ so parental acerca de ella.) Entre los fantasmas del niño varón que quiere poseer sexualmente al padre está también el sueño de penetrar al pa­ dre como él imagina que el padre penetra a la madre. Así, imaginariamente, castra al padre, le quita su pene. Este de­ seo coexiste con el de ocupar el lugar de la madre, de tener al padre para él solo y recibir los niños que le dé. Desde luego, estos deseos infantiles bisexuales nunca se realizarán: la niñita no se convertirá en hombre, nunca posee­ rá sexualmente a la madre, nunca tendrá un hijo con ella ni con el padre. El varón no se convertirá en mujer, no tendrá hi­ jos con el padre, del que tampoco será nunca partenaire sexual como lo imaginaba. Es por lo tanto inevitable que a estas ex­ pectativas se incorpore una constelación de emociones comple­

jas. A medida que la vida evoluciona, los deseos homosexuales primarios del varón y la niña van quedando impregnados por heridas narcisistas que dan lugar a sentimientos de envidia y agresividad. Esta ambivalencia profunda complica el vínculo afectivo y el amor a los progenitores; se entiende que los com­ ponentes homosexuales de la “sexualidad humana estén infil­ trados por afectos poderosos, tanto positivos como negativos. Evidentemente, lo mismo puede observarse en cuanto a los componentes heterosexuales, pero los aspectos heterosexuales primarios de los deseos edípicos, aunque en absoluto despro­ vistos de envidia y odio, encuentran menos obstáculos que los ligados a las tendencias homosexuales primarias. (Esto puede aclarar los comentarios a veces despectivos de los padres ante las demandas “bisexuales” de sus hijos. Todavía a los sesenta años, uno de mis pacientes, profesor de psiquiatría, recordaba el día en que, cuando aún no tenía tres años, lo humillaron las risas burlonas de sus progenitores porque se había atrevido a pedir una muñeca para Navidad.) Es probable que Jos deseos heterosexuales primarios tengan menos potencial para gene­ rar y provocar un sufrimiento psíquico de este tipo. Todos los niños deben aceptar la idea de que no pertenece­ rán jamás a los dos sexos, y de que sólo serán una mitad de la constelación sexual. Esta afrenta imperdonable a la megalo­ manía infantil se complica con la necesidad de resolver la cri­ sis edípica, tanto en su dimensión homosexual como en la he­ terosexual, y de aceptar que no se poseerá al padre ni a la madre. Si estudiamos las numerosas fases por las que pasan los niños para realizar estas dolorosas tareas psicológicas, pode­ mos comprender mejor las homosexualidades manifiestas y también las tendencias homosexuales inconscientes de los he­ terosexuales. Subrayemos no obstante que las orientaciones homosexuales adultas no son conceptualizables como una simple fijación en los anhelos bisexuales infantiles. Los ele­ mentos complejos que contribuyen a crear la convicción de nuestra identidad (homosexual o heterosexual), así como nuestra elección de objeto, son innumerables. Resulta esencial examinar las diferentes maneras en que estos anhelos homosexuales primarios, en su versión dual, son susceptibles de transformación e integración en la vida

adulta, para realizar un equilibrio armonioso entre el amor y el deseo. Hay múltiples vías potenciales a través de las cuales esta corriente libidinal universal puede infiltrarse e integrar­ se en la estructura psicosexual en la vida adulta. Aunque a menudo fuente de sufrimiento neurótico, los conflictos a los que estos anhelos pueden dar lugar son asimismo capaces de aportar un enriquecimiento psíquico. El sustrato bisexual puede proporcionar, por ejemplo, un elemento potencial bási­ co para estimular la creatividad. El descubrimiento de la diferencia sexual desencadena en el niño una lucha tan traumática como el descubrimiento de la alteridad y el descubrimiento de la ineluctabilidad de la muerte. Algunas personas no llegan nunca a resolver estos traumas universales, y todos los negamos en lo más recóndito de nuestra mente, donde invariablemente somos omnipoten­ tes, bisexuales e inmortales. ESCENAS ORIGINARIAS Y SEXUALIDADES PRIMITIVAS

Todo niño tiene un saber inconsciente y crea una mitología personal en torno a su representación de las relaciones sexua­ les de los padres. La escena primitiva y los conflictos fálico-edípicos que ella provoca (descritos por Freud como típicos de las neurosis cuan­ do inhiben toda forma de expresión libidinal) no sólo tiene as­ pectos genitales; puede también pintarse en términos pregenitales, que aparecen bajo la forma de fantasma de devoración, intercambios erótico-anales y sádico-anales, confusión bisexual, incluso de fantasmas arcaicos de vampirización y miedo a la pérdida del sentido de identidad o de la representación de los límites corporales. Cuando tales fantasmas desempeñanam pa­ pel preeminente en la realidad psíquica del sujeto, las relacio­ nes sexuales y amorosas corren el peligro de convertirse en amenazas de castración, de aniquilación... de muerte. Para profundizar en la significación inconsciente de los fantasmas ligados a la escena primitiva u originaria, me ha resultado útil observar su influencia en pacientes borderline, y más particularmente en algunos somatizadores severos. En la escucha de esas “comunicaciones” psicosomáticas he apren­

dido que el terror de disolverse, de perder los límites corpora­ les o el sentido de identidad, de destruir al otro por fractura o de ser invadido y destruido por él, eran angustias frecuentes que más tarde revelaban vínculos secretos con los fantasmas amorosos y'sexuales de la primera infancia. Detrás de estos miedos infantiles enterrados en, la memoria, del cuerpo y sin acceso a las representaciones lenguajeras se ocultan asocia­ ciones que datan del tiempo de las primeras transacciones en­ tre la madre y el bebé. A veces estos analizantes llegan a comprender que su tendencia a atacar su propio funciona­ miento somático oculta una angustia asociada con fantasmas rechazados de destrucción del partenaire sexual, y que son una contrapartida inevitable de la rabia y los deseos de vampirización y destrucción proyectados en otro tiempo sobre sus padres. En el mundo psíquico de la infancia, donde coexisten el odio y el amor en una corriente de investidura libidinal in­ cesante sobre los objetos parentales, estos intercambios fantasmáticos contribuyen a erigir una imagen seductora, aun­ que angustiosa, de la escena primitiva. La puesta en palabras de tales deseos y miedos arcaicos es un factor esencial qué contribuye al cambio psíquico en nues­ tros pacientes, a medida que avanza el análisis de esos fan­ tasmas reencontrados. Algunos analizantes toman conciencia de un enriquecimiento en las relaciones con sus allegados, y en particular en las relaciones amorosas y sexuales; algunos ven desaparecer sus eternos síntomas psicosomáticos: aler­ gias, tendencia a las úlceras gástricas, hipertensión o dis­ funciones respiratorias o cardíacas. Otros logran superar in­ hibiciones en el trabajo creativo o, a veces, hacen emerger su talento individual o artístico, hasta entonces apenas percibido o totalmente ignorado. Los siguientes son algunos fragmentos clínicos (extraídos de un material bastante vasto) que pueden ilustrar el fantasma de escena primitiva en sus vínculos con la sexualidad arcaica. EL AMOR ESTRANGULADOR

Jean-Paul: “Una vez puse una tijereta en una tela de ara­ ña; la araña y la tijereta iniciaron una lucha a muerte. Fue

atroz. También me gusta ver cómo las arañas estrangulan a las moscas que caen en la tela [...] son horriblemente agresi­ vas y malvadas”. Mi paciente continuó narrando los dramas entomológicos de los que había sido artífice en la infancia: durante horas montaba escenas primitivas en escala de insecto, con avispas, abejas, hormigas, caracoles y gusanos. Se deleitaba rememo­ rando las picaduras mortales y los encuentros estranguladores, asesinos. Ahora bien, detrás de esas asociaciones se perfi­ laba para mí la imagen de un niñito excitado y angustiado, que trataba de contener y dominar en sus juegos los fantas­ mas terroríficos de la relación sexual de sus padres, en cuyo transcurso ellos se estrangulaban mutuamente hasta morir. De sus masturbaciones de adolescente, Jean-Paul recordaba que tenía el hábito de “estrangular” su pene con hilos apreta­ dos; no obstante, los fantasmas perturbadores asociados, que eran evacuados por sus juegos masturbatorios, habían desa­ parecido de su conciencia de adulto. A medida que crecía fue esfumándose el horror a la “vagi­ na estranguladora”, cediendo el lugar, entre otras maniobras defensivas, a úna fobia a las arañas. Mientras tanto, no se quejaba de ninguna inhibición sexual. Poco a poco, a lo largo del análisis, descubrimos que la vida amorosa de Jean-Paul, en apariencia sin síntomas, podía en cambio favorecer la emergencia de fenómenos psicosomáticos. Siempre consciente del deseo sexual que experimentaba respecto de la madre, ha­ bía obliterado de su memoria el deseo fantasmático de estran­ gularla y devorarla en un éxtasis erótico mortal, así como ha­ bía ocultado otros ensueños primitivos semejantes. Al mismo tiempo, estos fantasmas sepultados protegíán a Jean-Paul de un deseo aún más arcaico: fusionarse con la madre, ser devo­ rado por ella -en una palabra, convertirse en su madre—. Su fantasma inconsciente de la escena primitiva en la forma más arcaica, la de una lucha erótica fusional y mortífera, se tradu­ cía en eclosiones dermatológicas y en explosiones gástricas. (Utilizamos otro fragmento de este análisis para ilustrar el tema del capítulo 9.)

Georgette, de quien ya he hablado en una obra anterior (McDougall, 1989), era alérgica a las fresas, las frambuesas, el pescado y los crustáceos, a pesar del placer supremo que le procuraban esos platos. Toda transgresión á los tabúes so­ máticos que le imponía su inconsciente se pagaba con crisis agudas de edema y reacciones dermatológicas violentas. Sus sueños, sus asociaciones y sus afectos transferenciales revela­ ban, entre otros elementos, un vínculo oculto entre los olores (en particular los del pescado y los crustáceos) y sus fantas­ mas acerca de la vida sexual de los padres. En una sesión, Georgette narró un sueño en el cual ella era bebé y trataba de tomar el seno, pero, en lugar del pezón, descubría una fram­ buesa. En un sueño, el cuerpo de una mujer estaba cubierto de fresas y frambuesas que se convertían en una liga cuando ella trataba de tomarlas. El deseo se había transformado en pesadilla. En otro sueño semejante, Georgette trataba de arrancarse la piel para escapar de la muerte. En otra sesión recordó al padre mientras le ofrecía un me­ jillón: “Todavía lo veo abriendo los dos pequeños labios e in­ troduciendo una gota de limón... Me lo comí con delicia”. En adelante, todo lo que fuera fruto de mar desencadenaba en ella la alergia severa de la que era víctima desde sus cuatro años. Cuando, 35 años más tarde, Georgette pudo establecer el vínculo entre esa escena primitiva olfativa y gustativa, en el curso de la cual el padre había dejado caer su “jugo” en “el mejillón” de la madre, la alergia a los “frutos prohibidos” fue desapareciendo progresivamente (en el capítulo 8 retomamos esta parte del análisis de Georgette). Entre otras angustias ligadas a los fantasmas de la escena primitiva, Georgette temía en su infancia “caer en el espacio o hecha trizas”, y para conjurar este miedo se ejercitaba de ni­ ña en retener la respiración. A lo largo del análisis fuimos descubriendo que, entre diversos objetivos, esta actividad te­ nía la finalidad de retener las actividades sexuales de sus pa­ dres y otorgarle a ella el derecho de convertirse en la única partenaire sexual de la madre. A medida que progresaba su aventura psicoanalítica, Georgette fue comprendiendo, a tra­ vés de un fantasma transferencia!, su deseo de engullir a la

madre en una relación de fusión pasional, que le habría per­ mitido ocupar su lugar junto al padre, de quien ella se habría también convertido en la única partenaire sexual, Isaac, un analista del que también he hablado en mis obras anteriores (McDougall, 1978a y 1982), proporciona un ejemplo de fantasmas arcaicos subtendidos por una angustia semejante. Isaac temía ser “tragado” o “despedazado” por ob­ jetos inanimados, lo que lo llevó a descubrir un fantasma te­ mible de ser “comido” por la madre. A continuación se reveló el miedo a que su padre sufriera la misma suerte: “Quizá la actitud devoradora de mi madre fue lo que causó la crisis car­ díaca de mi padre”, me dijo un día. Una de las fases dramáti­ cas de su análisis surgió al aparecer un recuerdo de infancia: convencido de que sus progenitores se devoraban uno al otro en sus relaciones sexuales, él mismo albergaba el deseo de ser comido por la madre. EL AMOR RESPIRATORIO

En el curso de la primera entrevista, Louise (a quien vol­ veremos a encontrar en el capítulo 7) me habló de un “problema” con la madre: “Mi madre habita en Estrasburgo, donde yo nací. Voy a verla a menudo, pero cada vez que me preparo para hacerlo, comienzo a tener una crisis de asma que empeo­ ra a medida que me aproximo a la ciudad”. A lo largo del aná­ lisis pudimos sacar a luz el profundo apego insospechado a la madre, que era objeto de su odio en el nivel consciente. Ibamos a descubrir que, en razón de la relación asfixiante que mantenía con la madre, Louise se sentía “aplastada” por toda persona que pudiera hacerle pensar en aquélla. Más tar­ de recordó que, desde niña, creía que sus padres se asfixiaban al evacuar sustancias tóxicas durante sus juegos amorosos. Al progresar el viaje analítico, la patología respiratoria de Loui­ se reveló estar ligada a otras formas de excitación erótica pre­ genital, lo que la condujo a lanzar una nueva mirada sobre la vida sexual de sus padres, y también sobre la relación afecti­ va que ella misma mantenía con el marido.

Mientras el padre estaba en el frente durante la Segunda Guerra Mundial, Nancy, niñita de dieciocho meses, había ocupado su lugar en el lecho conyugal. Me explicó que todas las noches inundaba a la madre con ríos de orina, sin que la mujer pareciera conmoverse. Se necesitaron varios años de análisis para descubrir la visión que tenía Nancy de las rela­ ciones de sus padres, y la manera en que ella imaginaba la creación de bebés. Su hermano había nacido nueve años des­ pués que ella y, sintiéndose traicionada por ese arribo, de imediato dejó de mojar el lecho de la madre (volveré sobre es­ ta historia en el capítulo 7). UNA UNIÓ N DE VAMPIROS

Marión, víctima de un asma severa durante su infancia, había contraído tuberculosis en la adolescencia. En el curso de un prolongado análisis revivió el terror de ser aspirada por las cañerías, un terror que ella experimentaba de niña al oír el ruido del agua. Sus sueños y sus fantasmas comenzaron a poblarse con escenas sexuales, en el curso de las cuales cada uno de los partenaires corría el peligro inminente de ser vampirizado, o incluso aspirado por un vacío sin fin, con pérdida de sus límites corporales, o aun de la vida misma. Esta visión se transformó lentamente en un fantasma en el cual la fusión y la pérdida de los límites corporales provocaban una excita­ ción y un placer inefables. RECAPITULACIÓN

En estas viñetas clínicas predominan expresiones psico­ somáticas de la escena primitiva fantasmatizada por cada analizante. Necesité muchos años para comprender la signifi­ cación protosimbólica profunda que subtiende las manifesta­ ciones somáticas, y las formas arcaicas de la sexualidad ocul­ tas detrás de la fachada corporal. Los capítulos de la tercera parte de este libro son el resultado de las dificultades que he

encontrado al tratar de conceptualizar mis observaciones clí­ nicas respecto de los problemas somáticos de mis analizantes. Estos capítulos son la continuación del trabajo que emprendí con la publicación de un libro anterior (McDougall, 1989). Sin embargo, el deseo incestuoso que tiene el niño de po­ seer a sus dos progenitores y obtener el poder mágico que les atribuye, con todos los fantasmas que esto implica, puede también expresarse de manera no somática, por ejemplo en actividades sublimatorias, en la creación de síntomas neuróti­ cos o en la construcción de las sexualidades consideradas des­ viadas. (La segunda parte de este libro explora la inspiración y la inhibición ligadas a la creatividad; en la cuarta, examina­ ré las desviaciones del deseo, prestando atención a los proble­ mas que surgen en el momento de la construcción de la iden­ tidad subjetiva, y a la manera en que las formas adictivas y “neosexuales” de la sexualidad pueden servir para reforzar en un individuo el sentido frágil de su identidad sexuada.) Me propongo entonces explorar los fantasmas bisexuales engendrados por la escena originaría en sus formas pregenital y arcaica, y también sus efectos dinámicos vinculados a las desviaciones sexuales, la comprensión de los trastornos psicosomáticos y neuróticos, y su expresión sublimatoria en todos los campos de la creatividad. Cuando en el curso de un análisis emergen los fantasmas ligados a la escena originaria, bajo sus múltiples formas dis­ frazadas, y son puestos en palabras por primera vez en la me­ moria del paciente, los objetos parentales quedan liberados de las proyecciones pregenitales y arcaicas del niño de ayer. La visión infantil de la escena primitiva, hasta entonces reprimi­ da, puede a continuación elaborarse psíquicamente, y al mis­ mo tiempo encararse como una experiencia mutuamente enriquecedora y finalmente aceptable, tanto para la parte de adulto como para la parte de niño del analizante. Desaparece el miedo a la destrucción violenta de él mismo o de su partenaire, así como el miedo a perder los límites corporales o la identidad personal en el curso de las relaciones sexuales y amorosas. La imaginación erótica emerge de la sombra mortí­ fera donde se escondía. Sea cual fuere su forma o su orienta­ ción, las relaciones amorosas salen reforzadas por las pulsio­ nes de vida.

Cuando el amor ya no equivale a castración, a destrucción, a muerte; cuando los padres son al fin reconocidos en su indi­ vidualidad separada, su identidad sexual diferente y su complementariedad genital, la versión transformada de la escena primitiva internalizada se convierte en una adquisición psí­ quica que le da al niño-adulto'el derecho de poseer su cuerpo, su sexualidad, su lugar en la constelación familiar.

Parte I Feminidad y sexualidad

1. LOS COMPONENTES HOMOSEXUALES DE LA SEXUALIDAD FEMENINA

La necesidad de conciliar las dos partes de la natu­ raleza femenina es un problema de todos los tiempos. [...] Es la cuestión de su adaptación a los principios masculino y femenino la que gobierna su ser desde den­ tro de ella. E s t h e r H a r d in g

Woman’s Mysteries: Ancient and Modern FREUD Y LA SEXUALIDAD FEM ENINA

Antes de considerar la cuestión de la integración de los de­ seos homosexuales primarios en la mujer heterosexual, volva­ mos a los conceptos de Freud concernientes al acceso de la ni­ ña a su estatuto de mujer y de madre. Los revolucionarios descubrimientos de Freud acerca de la dinámica de la sexualidad humana en el niño y el adulto da­ tan de cerca de un siglo. Desde entonces se han integrado a tal punto en el pensamiento occidental que imaginamos que existen desde la noche de los tiempos. Entonces nos mostra­ mos muy críticos antes los límites conceptuales de Freud, y particularmente en lo que concierne a sus teorías sobre la se­ xualidad femenina, campo en el cual, en verdad, él es particu­ larmente vulnerable. Sin embargo, fue gracias a las mujeres como Freud realizó los descubrimientos que le permitieron formular el concepto de inconsciente. Anna O., Lucy R., Irma,

Emmy von N., Dora, Katarina y muchas otras fueron las fuentes de su inspiración. Es notable por otra parte, que él las haya escuchado y que haya considerado lo que ellas narraban como significativo é importante. En esa época sumamente falocrática, tal receptividad era en si misma revolucionaria. En­ tre todos los exploradores del funcionamiento de la mente hu­ mana, Freud fue el primero en interesarse seriamente por la sexualidad femenina en el plano científico. Es absolutamente evidente que el misterio de la feminidad y el sexo femenino en sí lo fascinaban (un interés -decía él- que compartía con los hombres de todos los siglos). Al mismo tiempo, temía un poco a los objetos de su fasci­ nación. Sus metáforas presentan los órganos femeninos como un vacío, una falta, un continente negro inquietante donde no se descubre lo que sucede (como en las cartas geográficas de la Edad Media, en las que las regiones inexploradas se indica­ ban con la leyenda “Aquí dragones”). Además, Freud insistía en el hecho de que, en ese campo de investigación, se había visto obligado a partir de su conocimiento de la sexualidad fe­ menina. Con ese telescopio en mano, por supuesto que iba a perturbarlo la ausencia del pene, y a “deducir” de ella su con­ vicción de que la niñita experimentaba una envidia extrema del órgano invisible e interesante del varón y que, sintiéndose “castrada”, ella desearía poseer a cualquier precio un pene para sí misma. En cambio, el hecho de que la niña posea una vagina y tenga la capacidad de dar a luz, aparentemente no suscitó en Freud la idea de que el varoncito pudiera a su vez envidiar el sexo de la niña, y de que ese sexo ejerce una atrac­ ción virtual sobre el hombre precisamente en razón de la au­ sencia de pene. No obstante, honesto como era, Freud confesó hacia el final de su vida su profunda insatisfacción y su incertidumbre en cuanto a sus teorías sobre la mujer y el desarrollo psicosexual de ésta. De hecho, recién en 1931 publicó “Sobre la sexualidad femenina”, su primer artículo sobre el tema. ¡Tenía entonces setenta y cinco años! Es posible que en ese período de su vida sintiera que tenía menos que temer de la mujer y de su sexua­ lidad misteriosa, y además nada que temer de la revelación de sus teorías al respecto. En un segundo texto, la conferencia célebre pero vivamen­

te criticada cuyo título es “La feminidad” publicada dos años más tarde, escribió: “[...] la psicología no sabe resolver el enigma de la feminidad” y, más adelante,'“[...] el desarrollo de la niña hasta llegar a ser una mujer normal es más difícil y más complicado, porque supone dos tareas adicionales, para las cuales el desarrollo del hombre no presenta paralelos”. Es­ tas “tareas” se refieren a dos conceptos principales estableci­ dos por Freud sobre las dificultades que se enfrentan para convertirse en mujer. Según él, en primer lugar la niña debe concillarse con su configuración anatómica y realizar un “cambio de órgano”, del clítoris a la vagina; en segundo térmi­ no, debe efectuar un “cambio de objeto”. Y Freud se pregunta: ‘¿Cuándo y por qué llega a renunciar a su fijación materna en beneficio del padre?”. Aunque estoy de acuerdo con Freud en cuanto a que estas dos dimensiones representan un desafío auténtico para acce­ der a la feminidad adulta y al placer sexual, sostengo que es­ tán lejos de ser exhaustivas para aclarar este acceso. Vamos a estudiar estos dos conceptos desde más cerca. LA ANATOMÍA, ¿UN DESTINO?

Hoy en día, la mayor parte de los analistas, hombres o mu­ jeres, coinciden en que la envidia del pene del padre en la ni­ ña es sólo una explicación bastante parcial de las dificultades que ella encontrará en su trayectoria hacia una sexualidad y una maternidad en plenitud. Y muchos de esos analistas concuerdan asimismo en que la “envidia del pene” no es específi­ ca de las niñas. También los varones la sufren a su manera: inevitablemente, piensan qüe su pene es demasiado pequeño en comparación con el del padre. Si el fantasma del “pene más pequeño que lo que debería” persiste en su vida adulta -idea que remite al fantasma inconsciente de que el único se­ xo valioso es el del padre-, se corre el riesgo de que dé origen a los mismos síntomas y las mismas angustias neuróticas que padece a menudo la niña cuando, en la edad adulta, se aferra inconscientemente al fantasma temible de que es un varón castrado. La observación clínica confirma asimismo que la en­ vidia y la admiración que experimenta el varón por el cuerpo

y la sexualidad de la madre son semejantes a las que siente la niña por el pene y las proezas sexuales del padre. Lo que es más, los niños de ambos sexos saben bien que la madre encar­ na el poder mágico de atraer el deseo y el pene de su padre, y de fabricar los bebés que sus progenitores deseen. En este contexto, es pertinente recordar que el falo (refe­ rencia inmutable al pene erecto en los ritos itifálicos de la Grecia antigua) no es el símbolo del órgano sexual masculino sino el símbolo de la fertilidad, de la completud narcisista y del deseo erótico. Pasa entonces a ser el significante funda­ mental del deseo humano para los dos sexos. Recordemos que la palabra símbolo viene del griego symbolon, que designaba originariamente a un objeto cortado en dos, signo que presen­ taban dos personas para reconocerse. Se puede entonces decir qüe cada uno de los sexos tiene la mitad que le falta al otro para completar el símbolo. El pene en erección está íntima­ mente vinculado a la vagina receptiva, y la partenaire femeni­ na responde a esa señal con una excitación vaginal, signo de un deseo mutuo. Esta digresión me ha parecido necesaria porque el público e incluso a veces los psicoanalistas emplean indistintamente los términos “falo” y “pene”. Por cierto, no se puede negar que la elección del falo como símbolo procede como una interpre­ tación “virocéntrica” del mundo. No obstante, es posible que el hecho de distinguir el símbolo (falo) del objeto parcial (pe­ ne) eche luz en la investigación sobre cuestiones importantes concernientes a la identidad sexual y a las nociones de “mas­ culino” y “femenino”. Hemos ya subrayado que la mono sexualidad masculina o femenina sigue siendo una herida narcisista principal. Para alcanzar la representación simbólica de la complementariedad sexual es preciso que, entre otros elementos, se renuncie al deseo infantil de ser y tener los dos sexos. Más adelante ex­ ploraremos las recaídas en la bisexualidad psíquica y en los deseos homosexuales primarios en el ser humano. Para volver a la cuestión del “destino” biológico de la niña, es cierto que muchos analistas admiten que su configuración anatómica constituye una dificultad específica en su desarro­ llo psicosexual, pero señalan que la envidia del órgano mascu­ lino es sólo una de sus preocupaciones atinentes a la identi­

dad sexual. Debemos a los trabajos de analistas como Karen Horney (1924, 1926) y Melanie Klein (1945) que hayan saca­ do a luz los otros escollos que la niña debe enfrentar. En 1926 Karen Horney subrayó que, en vista de las sensaciones vagi­ nales experimentadas por la niñita, “ésta debe de tener desde el principio una representación viva del carácter específico de su rol sexual, y la envidia primaria y poderosa del pene que postula Freud sería difícil de explicar”. Más tarde, Melanie Klein (1945) estipuló a su manera que el varón se siente asegurado en el plano narcisista porque tie­ ne un pene visible que facilita la representación psíquica, mientras que la niña, aunque experimenta sensaciones vagi­ nales y clitorídeas desde su más tierna edad, no puede repre­ sentarse visualmente su vagina, y no le resulta fácil ver su clítoris. Por lo tanto, tiene tendencia a imaginar que en su aparato genital, comparado con el órgano visible del hermano y del padre, falta algo. Debe aguardar a la pubertad para ob­ tener, gracias al crecimiento de los senos y a la llegada de las reglas, una confirmación visual de su identidad sexual única y la seguridad narcisista de que, potencialmente, su cuerpo está hecho para suscitar el deseo y también encierra la pro­ mesa de un futuro de madre. Debemos a Judith Kestenberg (1968), en sus escritos sobre la sexualidad femenina, el concepto de la distinción notable entre las configuraciones anatómicas internas y externas, así como los diversos miedos y fantasmas que se desprenden de esas configuraciones para la niña. Kestenberg subraya la im­ portancia en la niña de la representación de su sexo como un espacio interno, representación que influye en su visión glo­ bal de la feminidad y de sus relaciones sexuales. Esta reflexión nos conduce a otras dificultades inherentes a la adquisición del sentimiento de identidad sexual en la ni­ ña, que encuentra también sus raíces en su destino anatómi­ co. Como la interioridad de su sexo es una de las “puertas” de su cuerpo, su vagina está destinada a ser inconscientemente asimilada al ano, a la uretra o a la boca y, en consecuencia, es susceptible de ser investida libidinalmente con los fantasmas sadomasoquistas portados por esas zonas. La niñita (y a me­ nudo la mujer que llegará a ser) es más proclive a temer que su cuerpo pueda ser considerado sucio o peligroso, a causa de

esas confusiones zonales -tanto más cuanto que ella no puede verificar que no existe el riesgo de que sus órganos genitales muerdan, manchen o destruyan-. (Esto me recuerda a una paciente que, la primera vez que quiso introducirse un tampón, temió que la vagina le mordiera el dedo.) En otras pala­ bras, también para la mujer su cuerpo es a menudo un “conti­ nente negro” en el que se ocultan monstruos orales y anales. Muchas de sus representaciones corporales inconscientes de­ penden de la manera en que su propia madre invistió, en tér­ minos libidinales y narcisistas, el sí-mismo físico y psíquico de la hija, y también de lo que la madre le transmitió de sus propias ansiedades inconscientes acerca de sus funciones cor­ porales y sexuales. Las primeras comunicaciones sensuales, y más tarde verbales, entre madre e hija, determinan en gran parte que el erotismo oral triunfe o no sobre el sadismo oral devorador y que las pulsiones erótico-anales se vuelvan o no más importantes que las sádico-anales, o convivan armonio­ samente con ellas. Esto nos lleva directamente a un tercer aspecto del destino anatómico femenino. Como la niña no puede verificar visual­ mente sus órganos genitales y tiende a tener una representa­ ción psíquica imprecisa o condensada de ellos, a veces le cues­ ta localizar las sensaciones eróticas, aunque desde su primera infancia sabe que existen. Tiende a confundir las sensaciones clitorídeas, vaginales y uretrales, así como otras sensaciones, internas y externas; esto tiene en ella repercusiones impor­ tantes, sobre todo en sus fantasmas masturbatorios. LA M UJER Y LA MASTURBACIÓN

Aunque la masturbación es la expresión normal de la se­ xualidad infantil, puede ser contrarrestada por las coacciones parentales. Todos los niños aprenden que no está permitido defecar, orinar o masturbarse en público. Ahora bien, aunque estas interdicciones les sean significadas y explicadas con suavidad, dejan huellas en la vida fantasmática inconsciente. Pero cuando son proferidas en forma severa, porque los pro­ genitores tratan de controlar sus propias angustias y su nece­ sidad de dominarlas a través del control corporal de sus hijos,

aumenta el riesgo de que más tarde provoquen problemas neuróticos en estos últimos. El niño varón al que se exige que deje de masturbarse abiertamente es proclive a imaginar que el padre quiere ata­ car su pene para castigarlo por el deseo sexual que le suscita la madre, y por sus sentimientos ambivalentes respecto del padre. En la misma fase de reorganización edípica, la niña tiene tendencia a temer que la madre ataque y destruya todo su interior para castigarla por el deseo de ocupar su lugar, de jugar eróticamente con el padre y de recibir un hijo de él. El varón teme ser castrado como castigo por sus prácticas y fan­ tasmas masturbatorios, mientras que la niña teme la destruccióñ de todo su cuerpo. En otras palabras, el castigo de la masturbación sería la muerte. LA MASTURBACIÓN MORTÍFERA

Una joven psiquiatra, muy inteligente y versada en psicoa­ nálisis, pretendía no haberse masturbado nunca, ni en su in­ fancia ni en su vida adulta. Con voz alta y fuerte ponía en du­ da que la masturbación se diera inevitablemente en todos los niños. Incluso necesitó dos años para llegar a ser capaz de pronunciar la palabra “masturbación”, que vinculaba a la idea de una actividad autoerótica sucia y despreciable. Aun­ que no se quejaba de ningún problema en su vida sexual, pa­ decía manifestaciones somáticas diversas, aparentemente li­ gadas a estados de tensión sexual y angustia. Esta joven delgada y seductora se veía a sí misma gorda, informe y su­ cia. Durante sus reglas, lloraba porque tenía miedo de que su presencia me resultara desagradable. En el curso del cuarto año de análisis me relató el sueño siguiente: “Yo recogía flores en el jardín de mi infancia y bai­ laba de alegría cuando, de pronto, mi primo Pierre apareció en la puerta de la casa. Desperté gritando”. Como ésta era la primera vez que el primo Pierre se hacía presente en la esce­ na analítica, le pedí que me hablara de él. Lanzó un gran sus­ piro y me dijo: “Creo que nunca quise hablar de él porque no quería recordarlo. Tenía muchos más años que yo, y una vez me manoseó sexualmente cuando era pequeña. Cuando él te­

nía veintiún años y yo doce, murió electrocutado en el baño. Al menos es lo que se dijo...”. Esta última frase me indujo a preguntarle: “Y usted, ¿qué piensa?”. Ella terminó admitiendo haber pensado que el accidente se produjo porque el mucha­ cho había jugado con su pene en el baño. Después de todo, desde pequeña ella sabía que era un. mal muchacho. Y comen­ zó a llorar. La invité entonces a decirme lo que sentía en ese momento. “Como sabe, mi marido está ausente desde hace tres semanas, y tengo miedo de que usted imagine que yo me masturbo. Le juro que no... pero, ¡no estoy segura de que us­ ted me crea!” Yo la tranquilicé: “Por supuesto que le creo; ¡si no fuera así, usted estaría muerta!”. Por primera vez en nuestro viaje analítico mi paciente fue capaz de reírse de sus angustias y sus fantasías sexuales, pe­ ro aún le faltaban meses para reconstruir, más allá de los ele­ mentos significantes - “electricidad”, “flores cortadas* y “bai­ lar”- todos los recuerdos sexuales reprimidos de la niñita de antaño. Como cabía esperar, su vida conyugal se enriqueció en el plano erótico, volviéndose más gratificante. Otro punto de interés (y para el cual no encuentro explicación teórica sa­ tisfactoria): dos síntomas psicosomáticos que ella padecía des­ de años antes, reumatismo y asma, desaparecieron en el cur­ so de ese mismo año de trabajo, sin recidivas. CÓMO COMERSE A LA MADRE Y CONSERVAR LA SONRISA

Pasemos ahora a la segunda parte de las dificultades par­ ticulares de la sexualidad femenina, a saber: la integración del vínculo homoerótico y profundo con la madre. Desde su nacimiento, los niños de ambos sexos comienzan a tejer lazos libidinales y sensuales extremadamente fuertes con sus pro­ genitores, siempre y cuando éstos sean tiernos, cariñosos y amantes. Cuando está en los brazos de la madre, el bebé vive y organiza los primeros signos psíquicos (¿quizás una huella corporal?) de sus futuras relaciones sexuales y amorosas. El comportamiento del padre es igualmente fundamental en es­ ta transmisión libidinal precoz, porque un padre ausente o indiferente a su progenie, que deja exclusivamente a la ma­ dre la responsabilidad del bienestar del bebé, o que acepta

ser desinvestido o excluido por la madre, corre el riesgo de delegar en el niño el rol de obturar las necesidades libidinales y los problemas inconscientes de la madre. Una madre que vive a su niño como una prolongación narcisista de ella misma o que lo toma como objeto de amor en lugar del padre, corre el riesgo de instalar en esa criatura el núcleo de conflic­ tos relaciónales futuros. (Observemos que una madre que cría sola a sus hijos no tiene necesariamente este tipo de pro­ blemas, si no toma al niño como sustituto de un amor adulto.) Si el niño tiene desde su primera infancia progenitores que se aman, se desean y se respetan recíprocamente, y cuyas eventuales disensiones no son duraderas (lo que quiere decir que aprenden que la agresión no es peligrosa cuando el amor es más fuerte que el odio), él se inclinará a seguir el modelo parental en su vida adulta. La niña tratará de identificarse con la madre, no sólo en su maternidad sino también en sus relaciones amorosas y sexuales, y soñará con un hombre (a menudo la imagen del padre) que será algún día su amante, su marido y el padre de sus hijos. En sus inicios, la búsqueda libidinal está profundamente ligada al deseo de vivir, y es tarea de la madre incitar a su ni­ ño a querer vivir. (La fuerza vital no es tan grande como ima­ ginamos; un niño no deseado corre el riesgo de enfermar e in­ cluso de morir.) Esta relación privilegiada que cada niño tiene con la madre durante los primeros meses de vida induce en el bebé niña, al contrario que en el bebé varón, una doble identi­ ficación: las imágenes somatop síquicas que serán llamadas a convertirse en representaciones psíquicas de su cuerpo de mujer y de sus zonas erógenas están ya en curso de forma­ ción. Durante este período precoz, en el que se construyen las primeras señales de su cuerpo femenino, la boca y la vagina adquieren una significación erógena y, lo mismo que los otros órganos y las sensaciones internas de carácter erógeno, son integradas a esta representación somatopsíquica primaria. A esto deben añadirse las sensaciones clitorídeas de placer estimuladas por los cuidados maternos en el curso del aseo y el manejo del bebé. Estas sensaciones específicas son casi los únicos factores eró genos primarios a los que Freud prestó atención al conceptualizar su teoría sobre el desarrollo del erotismo femenino. Por razones personales, él asemejaba el

clítoris al pene; ignoraba entonces que el clítoris es un órgano de una extrema complejidad, cuyas extensiones anatómicas son importantes en el cuerpo femenino. En tal sentido, es in­ teresante observar que el órgano clitorídeo en su totalidad, con sus apéndices internos, ¡no había sido catalogado y ni si­ quiera nombrado antes de 1981! (Véase al respecto la notable obra titulada A New View of a Wornan’s Body, 1981, publica­ da bajo la égida de la Federación de Centros de Salud de Mu­ jeres Feministas.) La estructura psicosexual primaria, tal como acabo de des­ cribirla, es un elemento fundamental en la vida amorosa de la niñita, sobre el cual se injertará el modelo heterosexual de una relación afectiva y sensual entre la pareja de padres que se aman, se desean y no tratan de darle al niño la sensación de que es el objeto de su completamiento erótico o narcisista. Además, la niña tiene necesidad de oír de la boca del padre que él valoriza su feminidad y que la madre es el objeto de su amor. Al mismo tiempo, la madre tiene que decirle que esti­ ma y respeta al padre, y que también valoriza la feminidad de su hija, así como se estima a sí misma como mujer en su vida social y sexual. En cambio, una niña que oye decir que todos los hombres son cerdos egoístas que se aprovechan de las mu­ jeres, que las seducen con el fin de dominarlas mejor, tendrá seguramente dificultades para amar a los hombres y también para separarse de la madre. Y si su padre “le enseña” que las mujeres son débiles, menos inteligentes y menos estimables que los varones, existen todas las probabilidades de que la ni­ ña tenga una imagen narcisista dañada de sí misma y de su sexo, y de que los hombres le susciten miedo, desconfianza, odio e incluso envidia destructiva. Tales son los factores que preparan el camino a las identificaciones heterosexuales posi­ tivas o negativas futuras. No obstante, la pregunta de Freud acerca del vínculo libi­ dinal con la madre conserva su pertinencia: ¿cómo llega la ni­ ña a separarse de la madre y a integrar su vínculo erótico profundo con ella? ¿Dónde investirá ella ese componente ho­ mosexual vital en su vida adulta? Respecto a esto, se puede resumir como sigue la teoría de Freud (1931-1933): la niña comienza por desear sexualmente a la madre, después reemplaza este primer deseo por el de te­

ner un pene, y a continuación un niño del padre, niño que de­ be ser varón. ¡La lógica aparentemente implacable de esta ca­ dena de significantes implica que el deseo de un hijo no es más que.'un sustituto del deseo del pene que ella no tiene, y explica también que el amor al padre se reduce al deseo de te­ ner su pene! Aunque a menudo se encuentran estos fantas­ mas en el universo femenino, ellos están lejos de ser los facto­ res únicos e incluso dominantes en el conjunto complejo que contribuye a la imagen de la mujer, de su feminidad o su ma­ ternidad. Además, el concepto freudiano de las sustituciones del objeto implica que los vínculos homosexuales de la niña son sencillamente evacuados por la envidia del pene. Sin em­ bargo, Freud (1905) también había elaborado la teoría de los deseos bisexuales universales en el niño. Examinemos esta idea desde el punto de vista de la mujer. DE LA HOMOSEXUALIDAD PRIMARIA

Como hemos visto, la niña quiere poseer sexualmente a la madre, tener hijos con ella y ser amada por ella en exclusivi­ dad, en un mundo que excluye a los hombres. Al mismo tiem­ po, quiere ser un hombre como su padre, poseer sus órganos genitales y las cualidades ideales que le atribuye. Se corre en­ tonces el riesgo de que estos deseos irrealizables sean la fuen­ te de lesiones narcisistas. Aunque en ambos sexos se encuentra esta fuerte y doble polaridad sexual, la problemática de la niña es más compleja en lo que concierne al anhelo de poseer sexualmente a la ma­ dre, por el hecho de que ella y la madre no son sexualmente complementarias. La niña, a diferencia de su hermano, no es­ tá en condiciones de creer que su sexo anatómico tenga dere­ cho a un reconocimiento particular por parte de la madre. ¿Qué hará para salir de esta situación doblemente compleja? Lo que es más, la fuerte atracción erótica que experimenta como proveniente del padre la lleva muy pronto a querer introyectar muchos aspectos de la imagen materna. Estas di­ mensiones se fusionarán para dar forma a una figura identificatoria fundamental, que gravitará en la organización futura de la representación de su feminidad.

Evidentemente, en esta fase de la vida de la niña su uni­ verso psíquico está poblado por varias “madres internas”. Un introyecto materno es reverenciado; otro, deseado; un tercero, criticado, y un cuarto, profundamente temido. La niña tiene necesidad de arrancarle a la madre el derecho a ser ella, a través de sus identificaciones en el mundo interno, pero tiene también necesidad de la madre externa como guía, ayuda y confortación durante algunos años todavía. Después de los tormentos de la adolescencia, en los que a menudo rechaza a la madre en bloque, por lo general se volverá hacia ella al convertirse a su vez en madre, y restablecerá los vínculos aflojados. Son muchas las niñas que en ese momento termi­ nan por superar todos los resentimientos que albergaban con­ tra la madre y se convierten en amigas íntimas en su vida adulta. Al mismo tiempo que, en la fantasmática inconsciente de la mujer, cada niño que lleva representa a un bebé que ha concebido con su propio padre, sus hijos son experimentados como un regalo ofrecido a la madre (de hecho, en las capas más profundas del inconsciente, el niño pasa a ser un bebé que ella ha concebido, de manera mágica, con la madre). Aun­ que estos factores pueden ser causa de conflictos y dolores psíquicos, también pueden sumarse a la alegría inmensa que procura cada nuevo nacimiento. Otras mujeres se identifican con la madre como mujer se­ xual, pero sin desear tener hijos. A menudo sus actividades e intereses profesionales, intelectuales o artísticos son vividos como el nacimiento de hijos simbólicos. Desde luego, nada se opone a que las mujeres conjuguen la maternidad con el pla­ cer de la creatividad personal, pero también en este caso sur­ gen problemas específicamente femeninos. Numerosas anali­ zantes confiesan que temen verse obligadas a elegir entre la maternidad y las actividades profesionales; otras sienten una dicotomía semejante entre su vida amorosa y su vida de ma­ dres. La articulación de estos tres deseos femeninos (sexuali­ dad, maternidad y vida profesional) es delicada si la mujer se cree obligada a sacrificar sus necesidades narcisistas y libidinales en provecho de uno de los tres dominios.

LA INVESTIDURA DE LA LIBIDO HOMOSEXUAL

Estas consideraciones sobre la vida amorosa, maternal y profesional de la mujer nos conducen a la cuestión de los an­ helos bisexuales y de la libido homosexual en la mujer adulta. ¿Cómo y dónde son investidos? ¿Cómo son transformados e integrados en la vida de una mujer adulta -sea su vida amo­ rosa de orientación heterosexual u homosexual- los deseos conjuntos de tener a la madre y de ser el padre? ¿Y hasta qué punto la falla en la integración de la corriente bisexual vital crea problemas neuróticos cuando las corrientes homosexua­ les inconscientes hacen emerger un conflicto psíquico? Las observaciones que he podido realizar a partir de mi propio análisis y los análisis de mis analizantes durante unos treinta y cinco años de trabajo analítico, me han llevado a dis­ cernir cinco vías potenciales de integración de la constelación homosexual edípica. 1. La libido homosexual sirve en primer lugar para enri­ quecer y estabilizar nuestra imagen narcisista. En otras pala­ bras, la niña tiene necesidad de regalarse una parte del amor y la estima que tiene por la persona y el cuerpo de la madre, a fin de tener la misma afección y el mismo reconocimiento respecto de su feminidad y sus propios órganos sexuales. Ella ya no se siente entonces obligada a ofrecer al otro sexo lo que no posee, pues allí está el elemento fundamental que lleva a cada sexo a convertirse en objeto de deseo para el otro. En otras palabras, la niña renuncia a poseer a la mujer, para convertirse en mujer. En el mismo movimiento psíquico, su envidia del pene se transmuta en deseo de recibirlo en el acto de amor. 2. Si renuncia a su anhelo profundo de ser del sexo opues­ to, la niña vivirá plenamente su vida amorosa, y más particu­ larmente la relación sexual gracias a la cual su identificación con el deseo y el placer de su partenaire le aportará un goce erótico complementario. Pues es haciendo el amor como pode­ mos recrear del mejor modo la ilusión de ser a la vez de los dos sexos y perder, así sea momentáneamente, los límites narcisistas que la mónosexualidad nos impone. 3. La relación que tenemos con nuestros hijos es también un tesoro de riquezas homosexuales. Recuerdo aún el placer

infinitó que experimenté con el nacimiento de mi hijo y con el fantasma de que su pene era un bien compartido. También recuerdo, del nacimiento de mi hija, mi orgullo al contemplar su adorable cuerpecito, sus actitudes, que ya me parecían ex­ clusivamente femeninas, y tengo también presente mi deseo narcisista de verla realizar más tarde todo lo que yo conside­ raba haber malogrado en mi propia vida. Estos recuerdos me dejan pocas dudas sobre la dimensión homosexual de mis preocupaciones maternas. 4. Siempre me ha parecido que el placer que procuran las actividades artísticas y profesionales está impregnado de fan­ tasmas narcisistas y homosexuales, en la medida en que, en el proceso creativo, se es al mismo tiempo hombre y mujer. En cierto sentido, nuestras creaciones intelectuales y artísti­ cas son hijos partenogénicos. Además, la observación clínica me ha demostrado que los conflictos que giran alrededor de uno de los dos polos de la homosexualidad femenina primaria (apropiarse inconscientemente del poder creativo de la madre, y al mismo tiempo de la potencia del pene paterno) pueden provocar serias inhibiciones, incluso una esterilidad total, en la capacidad de crear hijos simbólicos. 5. A fin de cuentas, la investidura homosexual, en general desinvestida de su meta sexual, aporta calor y riqueza a las relaciones afectivas indispensables que mantenemos con nuestras amigas. (Descarto aquí la cuestión de la homose­ xualidad manifiesta, pues en este caso la joven ha elaborado de otro modo su problemática homosexual primaria. Las partenaires de la homosexual son mujeres, pero ella mantiene también relaciones afectivas desexuálizadas con sus amigas.) Desde luego, ésta es una descripción ideal de la manera en que los deseos narcisistas y homosexuales pueden ser armo­ niosamente investidos en la vida sexual, la vida familiar y las actividades profesionales y sexuales. Recordemos también que, a pesar de las diferencias profundas que existen entre la sexualidad masculina y la sexualidad femenina, estas vías de integración de los anhelos y deseos homosexuales existen tan­ to en los hombres como en las mujeres. En el curso del trabajo analítico, en los analizantes hetero­ sexuales encontramos numerosos signos de conflictos homose­ xuales inconscientes capaces de provocar una ruptura en uno

de los cinco campos de investidura descritos antes, y hacer emerger síntomas e inhibiciones inherentes a tales investidu­ ras: las eternas escenas conyugales, los problemas sexuales, los conflictos con los hijos, los colegas o los amigos, o incluso los bloqueos intelectuales o artísticos, pueden eventualmente revelar, en el curso de la aventura analítica, una contracara homosexual. ¿Y qué decir de la relación terapéutica en sí? ¿Los miedos, deseos y proyecciones homosexuales le pasan a veces inad­ vertidos al analista? Cuando el proceso analítico se estanca, ¿iqué homosexualidad inconsciente obstaculiza el trabajo de elaboración: la homosexualidad no reconocida del analizante o la del analista?

2. LA ANALISTA Y SU ANALIZANTE

Cada uno tiene en su propio inconsciente un instru­ mento con el cual puede interpretar las comunicaciones inconscientes del otro. S ig m u n d F r e u d Tótem y tabú

A fin de explorar la dimensión de la homosexualidad in­ consciente en la situación analítica, realizaré un breve infor­ me sobre el análisis de una de mis pacientes. El sueño que ella me trajo en su segundo año de análisis constituyó un punto de inflexión importante en su viaje analítico. La noche que siguió a esa sesión yo misma tuve un sueño cuyo tema es­ taba ligado a los fantasmas inconscientes que el relato y las asociaciones de mi paciente desencadenaron en mí. PRIMERA ENTREVISTA

Marie-José T., de treinta y cinco años, vino a consultarme porque sufría una serie de fobias paralizantes, agorafobia y claustrofobia en primer término. Le resultaba imposible su­ bir a un avión (sobre todo si iba a atravesar el océano) sin haber tomado previamente una medicación fuerte, con horas de anticipación; amante de la ópera y del teatro, tenía miedo cada velada al pensar que podría verse obligada a salir a

causa de una súbita crisis de angustia; la idea de atravesar una calle desierta la llenaba de pánico; pensar en una cita con una persona desconocida la hundía en un estado indes­ criptible... y así sucesivamente. En todas estas circunstan­ cias amenazantes recurría a ansiolíticos. No tenía hijos, por­ que se sentía demasiado perturbada como para encarar la maternidad, y además se encargaba de organizar las comi­ das de negocios para su marido. Me dio la impresión de ser una mujer cultivada, y seguramente una anfitriona incompa­ rable para las relaciones profesionales del esposo. Sólo al fi­ nal de nuestra primera entrevista Marie-José me contó que la fobia que sufría con mayor frecuencia le sobrevenía cuan­ do el marido se ausentaba por razones profesionales y ella tenía que pasar sola la noche. Convencida de la inminencia de un peligro, la invadía el terror. Después de acostarse, pa­ saba una noche en blanco o agitada. Tomaba somníferos pa­ ra combatir sus insomnios o, en última instancia, se iba a dormir con los padres hasta la vuelta del marido. Marie-José añadió que no tenía ninguna dificultad para conciliar el sue­ ño cuando el esposo estaba en la casa, al cual se declaró muy apegada. Hija única, amaba y admiraba al padre, pero, lo mismo que el marido, el padre solía estar ausente. Con un tono exci­ tado me bosquejó el retrato de una madre asfixiante y sobre­ protectora. Dijo que sólo volvía a la casa de los padres duran­ te las ausencias del marido debido a la insistencia de la madre, a la que acusaba de aprovecharse de su fragilidad. EL GUIÓN FÓBICO OCULTO

En nuestra segunda entrevista, Marie-José evocó rápida­ mente otro síntoma, mientras me decía que éste no tenía im­ portancia: la compulsión a orinar constantemente. Dos urólo­ gos eminentes habían confirmado que no había ninguna causa fisiológica para este problema, el cual no obstante la fastidiaba, pues la obligaba a salir de urgencia en cualquier momento, en situaciones tan inoportunas como una cena o un concierto. Cuando le pregunté si ella advertía alguna causa para ese trastorno, me respondió: “Oh, éste no es un problema

psicológico; se trata sólo de que mi vesícula es más pequeña que la de las otras mujeres”. En las notas que tomé después de esta entrevista, puse que el síntoma, que la paciente parecía tomar a la ligera, bien podría indicar un conflicto psicológico central, razón por la cual ella se negaba a atribuirle importancia. “Una fobia pue­ de ocultar a otra”, me dije. Al repensar lo que ella me había confiado (“mi vesícula es más pequeña que la de las otras mu­ jeres”), mi observación fue: “¿Acaso piensa que tiene una vesí­ cula de niña, y no de mujer adulta?”. Yo era en esa época una joven analista sin experiencia y, además, estaba contenta por tener una paciente que sufría de síntomas neuróticos clásicos (mientras que la mayor parte de mis analizantes estaban mucho más perturbados que ella). Por otra parte, Marie-José y yo teníamos la misma edad, y yo la encontraba encantadora e inteligente. Bajo estos felices auspicios, comenzó nuestro trabajo analítico, a razón de cua­ tro sesiones por semana. El terror de Marie-José a encontrarse sola durante la no­ che y su problema urinario fueron elementos esenciales de su viaje analítico en cuanto al descubrimiento de sus nostalgias de infancia y de sus fantasmas eróticos primitivos, ligados al tema de la homosexualidad inconsciente. EL INICIO DEL VIAJE

En nuestro primer año de trabajo, mi analizante pasó in­ numerables sesiones describiendo el terror nocturno que ex­ perimentaba al encontrarse sola. Después, poco a poco, llegó a decirme que su angustia alcanzaba el paroxismo cuando se preparaba para acostarse. Alentada por mí, trató de captar los pensamientos o escenas imaginadas en ese momento, ca­ paces de desencadenar en ella una emoción tan fuerte: M.-J.: En realidad, si reflexiono en ello, es en el momento en que pienso que alguien está tratando de forzar la ventana de mi dormitorio. J. M.: ¿Podría decirme algo más sobre esa persona? M.-J.: ¡Es un hombre, por supuesto!

J. M.: ¿Y qué hace allí? M.-J.: Es evidente, tratará de violarme; por supuesto que me defenderé, y entonces él podría matarme. Se necesitó algún tiempo para que Marie-José acpptara lo que yo le decía: que ella misma era la autora de este guión de pesadilla, y que el violador-asesino era asimismo una crea­ ción personal suya. En apoyo de su propia versión, ella me na­ rró noticias que había leído en los periódicos y que la reforza­ ban en la idea de que las mujeres corren constantemente el riesgo de ser agredidas sexualmente por desconocidos; sin em­ bargo, no había ningún caso de un violador que hubiera entrado en la casa de una mujer por la ventana. De todos mo­ dos, ella continuó sosteniendo que su miedo era perfectamen­ te racional, y lo hacía con una insistencia tal que un día deci­ dí narrarle la historia de un sueño. Una mujer soñó que un hombre apuesto, con una extraña mirada, se acercaba a su le­ cho, mientras ella le gritaba: “¿Qué es lo que va usted a ha­ cerme?”. El hermoso muchacho le contestó: “Lo siento, señora, pero no sé lo que va a suceder. El sueño es suyo”. Por primera vez Marie-José pudo reírse de su violador-asesino, y admitir que se trataba en realidad de un personaje de su teatro interior. Poco a poco descubrimos que, aunque al principio angustiante, este tema del violador se había vuelto incluso excitante. El fantasma incorporaba elementos eróti­ cos, pero como Marie-José no parecía querer hablar de ellos, me abstuve de intervenir. Su angustia de soledad nocturna fue desapareciendo; pero sin embargo, después de alguna va­ cilación, ella me reveló que había caído víctima de impulsos irreprimibles de masturbarse cuando se encontraba sola du­ rante la noche. Esta era la única manera que tenía de dormir­ se apaciblemente, sin somníferos. Se quejaba no obstante de qué este ritual masturbatorio se hubiera vuelto totalmente compulsivo, y de que se masturbara sistemáticamente, con ganas o sin ellas. Casi en esta misma época de su análisis focalizó su discurso en el sentimiento de ser perseguida por la solicitud asfixiante de la madre. Yo misma comencé a detestar a esta última, pen­ sando: “He aquí una madre caníbal, y además, perversa. jSe queja de que la hija padezca problemas neuróticos desde hace

más de treinta años, pero hace todo lo posible para mantenerla en ese estado!”. De tiempo en tiempo yo recordaba que MarieJosé sólo me estaba proporcionando una versión entre las nur nierosas representaciones virtuales de su madre interna, y que ella tenía necesidad de presentarla de esta manera. Sin em­ bargo, yo veía a esa madre como ün objeto externo amenazan­ te, que impedía curarse a su hija, mi paciente. UN SUEÑO REVELADOR

En el segundo año de nuestro trabajo tuvo lugar la sesión a la que deseo referirme ahora. M.-J.: Anoche he tenido un sueño horrible. Yo nadaba en un mar de una violencia desencadenada, y tenía miedo de ahogarme, mientras encontraba que las aguas y el paisaje eran de una gran belleza. Tenía la impresión de haber visto ya ese espectáculo. Las olas eran cada vez más altas, y me di­ je: “Tengo que encontrar algo para aferrarme; si no, me voy a ahogar”. Advertí entonces una de esas amarras que sirven pa­ ra atar los barcos, y me dirigí hacia ella para treparme. Era de piedra. Ya no me acuerdo del nombre de ese objeto, pero me desperté en un pánico total. Mis asociaciones personales me hicieron pensar en primer lugar que el sueño se vinculaba con su sentimiento de estar asfixiada, ahogada bajo la solicitud de su madre. Me pregun­ té a continuación por qué Marie-José no llegaba a ponerle un nombre al objeto de piedra [pierre] que había visto en el sue­ ño, teniendo en cuenta que el nombre del padre era Pierre Jo­ sé, en parte transmitido a la hija. Marie-José guardó silencio durante un momento. M.-J.: No creo que haya nada nuevo en este sueño; sentía el mismo pánico que cuando tengo que ir a algún lado, y todo a causa de mi madre. Ella está en todas partes, amenazando con poseerme en cuerpo y alma. J ' M.: ¿Y ese objeto al que usted se aferraba en el sueño y cuyo nombre no recuerda?

M.-J.: '¡Ah, sí, ya sé! Se llama “bita de amarradura” \“bitte d ’amarrage”]... ¿o es “bita de fondeo” [“bitte de mouillage”]? Nunca me acuerdo de la diferencia. [Me pareció que Marie Jo­ sé quería evitar la exploración de la polisemia de esas pala­ bras al confundirlas u olvidarlas, pero después de un momen­ to de silencio ella inisma captó la conexión entre “bitte” y “bite"]."1Todo esto tiene algo que ver con mi padre, un recuer­ do que data de mis cuatro años, cuando vi su pene mientras él estaba en el baño. Tuve miedo de que mi madre se enojara al advertir que yo lo espiaba y que estaba excitada. ¿Tal vez sea por eso que me desperté sintiendo pánico? Después volvió a referirse al escaso interés de sus sueños, diciendo que se trataba siempre del mismo problema. Ante su resistencia, yo vacilé en empujarla a asociar con la “bita de fondeo” y a encontrar los vínculos entre su necesidad conti­ nua de orinar y el sueño del mar embravecido que amenazaba con tragársela. Mientras escuchaba su sueño me había ya pa­ recido que una de las explicaciones de su síntoma podía ser el deseo de ahogar a la madre en su orina, pero Marie-José no me había proporcionado nunca un material asociativo que pu­ diera permitirme una interpretación constructiva de ese tipo. En mi hipótesis, yo suponía también que ella invertía la si­ tuación en la escena onírica y temía que fuera la madre quien quería ahogarla a ella en un mar de orina vengativa, siendo entonces su único recurso volverse hacia el padre, la “bita de amarradura”, el pene de piedra dotado de un poder asegura­ dor potencial. Este símbolo paterno venía entonces a salvarla de un naufragio, es decir, del peligro de ahogarse en una ma­ dre invasora -y venía también a protegerla de su deseo de mantener con la madre el vínculo de cólera infantil-. En su manera de escapar al sueño, Marie-José comenzó a deplorar que su análisis no progresara. Yo me había converti­ do en la madre mala que no la ayudaba a resolver sus fantas­ mas angustiantes, que no le enseñaba a nadar en el mar tu­ multuoso ni le indicaba los medios para recurrir a su padre en un anhelo fantasmático pero erótico de protección. ’ Mouillage es también “mojadura”; hite es una voz vulgar para “pene”. (T.)

jl{.-J.: Estoy contenta de haberme librado del miedo a es­ tar sola por la noche, pero mis angustias durante el día son más fuertes que nunca y me dan cada vez más vergüenza; es­ te análisis no avanza. Esto es lo que me sucedió ayer: le había prometido a Suzanne, una muy buena amiga de mi madre, a la que quiero mucho, que iría a-tomar el té en la casa de ella. Pero, como de costumbre, no encontré lugar para estacionar el auto cerca de donde ella vive. Su casa está en una calle de mano única, y el único lugar donde se puede estacionar se en­ cuentra al otro lado de la avenida Haussmann. No había ni un transeúnte, y la sola idea de tener que atravesar esa ave­ nida desierta casi me detuvo el corazón. No podía hacerlo, y busqué una solución, hasta que de pronto se me ocurrió en­ trar en la calle de mano única retrocediendo. Tenía miedo de que me viera un policía, pero de todas maneras lo hice. Esto me retrasó una media hora, y Suzanne me dijo: “Estás muy retrasada; pensé que ya no vendrías”. Marie-José intenta entonces asociaciones con el pánico, evocando todo aquello sobre lo cual habíamos trabajado juntas desde un año antes. Los afectos transferenciales, así como su evitación de ciertas relaciones amistosas, nos llevaron a con­ cluir que se había pasado la vida tratando de eludir cualquier circunstancia o cualquier relación que pudiera representar la imagen arcaica de la madre, imagen omnipotente y omnipre­ sente que quería devorarla. Se sentía sobre todo obligada a evitar ciertos escollos, como los espacios vacíos, las alturas, los balcones y las ventanas abiertas (directamente vinculados, se­ gún me parecía, a un fantasma inconsciente de aguardar un encuentro amoroso con el padre, disfrazado del violador-asesi­ no de su construcción fóbica). Este entrelazamiento de deseos sexuales infantiles me parecía una de las dinámicas posibles de sus angustias fóbicas feroces. En esa oportunidad, la pro­ pia Marie-José propuso que su deseo infantil de tener el amor exclusivo del padre y al mismo tiempo ser protegida de la ma­ dre engullidora la había empujado una vez más a actuar el guión de su terror agorafóbico, pero manifiestamente faltaba encontrar otras construcciones fantasmáticas. Basándose en las elaboraciones anteriores, Marie-José rei­ teró que ella seguía atribuyéndole a la madre una omnipoten-

cía ambiental que interpretaba como un anhelo “de poseerla, en cuerpo y alma”; quizá quería además “impedirle que tuvie­ ra una relación estrecha con el padre”. Ante una pregunta que le hice, reconoció que como guionista de su sueño tenía sin duda una necesidad oculta de perpetuar ese drama infer­ nal. Al concluir la sesión me sentí insatisfecha. No era la pri­ mera vez que tenía esa impresión de inmovilidad. Estaba con­ vencida de que tenía que haber un vínculo entre el sueño nocturno de Marie-José y su “pesadilla” diurna (tal como se expresó a través de la reaparición de su síntoma agorafóbico en oportunidad de la visita que había hecho a la amiga de la madre), pero no llegaba a encontrar ese lazo, y al mismo tiempo dudaba de que esas experiencias tuvieran algo que ver con la imagen terrorífica de la madre. No obstante, no advertí que Suzanne era una figura materna sobre la cual la paciente proyectó sentimientos de amor y no de resentimiento, y que en la situación en que ella estaba -tenía que estacionar el au­ to-, se había visto obligada a tomar un sentido interdicto. De la misma manera, tampoco reflexioné lo bastante sobre mi hi­ pótesis de trabajo, a saber: que Marie-José anhelaba ser tra­ gada por el mar materno desencadenado. Además, al reflexio­ nar sobre el juego de palabras del relato del sueño, en el cual ella trataba de aferrarse a un objeto de piedra que le recorda­ ba al padre y que también podría recordar la parte masculina de su propio nombre, me interrogué sobre el conflicto que ha­ bría podido ser el móvil para ubicar en la escena del sueño una imagen paterna simbólica que le impidiera ahogarse en un mar desencadenado creado por ella misma. Estos eran los restos diurnos que inspiraron el sueño que tuve la noche siguiente, y que me sorprendió por su contenido manifiesto; un sueño tan intenso que me hizo despertar en medio de la noche, dejándome una impresión tan extraña que no la he olvidado nunca. Un detalle significativo que tiene su importancia es que esa noche yo también había dormido sola, pues el hombre que compartía mi vida estaba ausente y, lo que es más, habíamos disputado durante el día a propósito de un escrito en el que yo quería trabajar con una colega al caer la tarde, mientras que él me había pedido que le dedicara esas horas.

LA CONTRATRANSFERENCIA EN LA ESCENA ONÍRICA

He aquí mi sueño: voy a encontrar a alguien en un barrio de París que conozco poco y que tiene reputación de ser peli­ groso por la noche -sobre todo el métro que pasa por el lu­ gar-. Tengo una impresiórrde inquietante extrañeza, y al mismo tiempo vagamente familiar. Hay personas que me im­ piden avanzar, pero yo las empujo porque estoy apurada. De pronto me encuentro en una casa, frente a una seductora mu­ jer oriental, vestida de manera sexy y provocativa. Ella mira la hora en su reloj y me dice: “Está retrasada”. Tartamudeo algunas excusas vagas y me acerco para acariciar la seda de su vestido, tratando de hacerme perdonar con una actitud se­ ductora. Está claro que se prevé que yo tenga un contacto eró­ tico con esa misteriosa extranjera. Estoy turbada porque no sé qué espera de mí, y decido que mi única opción es renun­ ciar a toda clase de poder sobre ella y someterme pasivamen­ te a lo que quiera esa criatura exótica. La angustia, mezclada sin duda con una cierta excitación vinculada a esta escena erótica inquietante, me despierta de súbito, con la convicción perturbadora de que mi vida está en peligro. Incapaz de volverme a dormir, tuve tiempo para reflexio­ nar sobre la significación posible de ese sueño manifiesta­ mente homosexual. Hasta donde podía recordar, nunca había tenido sueños semejantes. Me di cuenta de que mis dos ana­ listas (hombres) nunca habían interpretado el menor fantas­ ma homosexual (jsin duda porque yo no les había proporcio­ nado las asociaciones necesarias!). De modo que me encontré obligada a profundizar, sola en la noche, ese problema difícil. La primera asociación que me vino a la mente fue mi se­ sión con Marie-José, a través del vínculo verbal de “estar re­ trasada” en una cita. ¿Por qué le había seguido los pasos a mí paciente? Es cierto que yo no tenía una cita con una madre sustitutiva, sino con una oriental erótica y lánguida. ¿Qué ha­ cía ella en mi sueño? Poco a poco recordé a una paciente oriental que había venido a consultarme años antes. Debo de haberla visto cinco o seis veces; había olvidado por completo las razones de su demanda. El único detalle que quedaba en mi memoria era que el padre tenía tres mujeres legítimas y que la madre era la tercera. Recordé entonces que la paciente

me había dicho: “Mi madre no tenía un papel importante en la familia; para mí, ella-era más una hermana mayor que una madre. Jugábamos juntas y compartíamos secretos sobre los otros miembros de la familia”. Recordé también su decepción ante ese doble papel de madre-hermana, y no de madre a se­ cas. La única verdadera madre era la primera mujer del pa­ dre, la que gobernaba la casa. Me pregunté también por qué yo no había pensado que, si la niña estaba celosa de la prime­ ra mujer del padre y hubiera querido ser hija de ellos, tam­ bién habría podido apreciar a una madre-hermana, cómplice de su hija, presta a compatir sus juegos y sus secretos. Por al­ guna razón oscura, sentí que necesitaba recuperar el nombre de esa paciente y, después de algunos tanteos, de pronto lo re­ cordé: se llamaba Lili. No pude entonces negar la representa­ ción inconsciente de la seductora oriental de mi sueño: mi ma­ dre, que no tenía nada de oriental incitante, ¡se llamaba Lillianl Es posible que, a la niñita que yo fui, ella le resultara seductora y hermosa. ¿Y acaso no habíamos sido cómplices frénte a “Mater”, mi abuela paterna que, según decía mi ma­ dre, hacía la ley y esperaba que los hijos se le sometieran? ¿Mater no era el equivalente de la “verdadera” madre, tal co­ mo me la había descrito mi paciente de antaño, y no éramos también nosotras “hermanas” reveladas contra Mater? A partir de allí traté de encontrar algunos indicios que pu­ dieran explicar mi olvido de la fascinación erótica que mi ma­ dre podría haber ejercido sobre mí. Recordé que en una opor­ tunidad, cuando yo tenía ocho o nueve años y estaba con mi hermana, vino a darnos las buenas noches antes de ir con nuestro padre a una recepción. Llevaba entonces un vestido de una tela adamascada que cambiaba de color al caminar. Le pregunté de qué tela era el vestido, y me respondió: “Es de se­ da tornasolada”. ¡Nunca había visto algo tan bello! Mi primera interpretación fue que yo debí de estar celosa porque era a ella a quien llevaba mi padre, y no a mí, pero es­ to no excluía otro anhelo posible, a saber: que mi madre ha­ bría podido llevarme a m í a la recepción, en lugar de mi pa­ dre, y que también yo habría podido llevar un vestido de seda adamascada. ¿Era ella la “madre-hermana” que yo no había conocido nunca y que había aguardado tanto? Continué mi exploración y comprendí otros elementos oscuros de mi sueño,

que me llevaron a recuerdos latentes ahogados en el conteni­ do manifiesto. Surgió en mí la nostalgia de un pasado brumo­ so mezclado con sentimientos arcaicos de amor y odio, teñidos de erotismo y miedo a la muerte -la mía y la de mi madre—. En cuanto a mi padre, la niñita que yo era lo consideraba in­ mortal. Sólo él podía salvarnos, a: mi mádre y a mí, de una es­ pecie de muerte fusiona! erótica. Después de esto me pregunté qué tenía que ver mi sueño con el análisis de Marie-José. Por primera vez me permití re­ conocer que mi propia madre, en muchos aspectos, era lo opuesto a la madre de Marie-José. Mi madre ocupaba su tiempo en actividades sociales, se dedicaba a la parroquia, ju­ gaba al croquet y al golf, tomaba lecciones de canto y tocaba el violín, sin por ello dejar de cocinar y coser encantadores vestiditos para mi hermana y para mí. Nosotras nos felicita­ mos por vernos libres de una cierta coacción materna que nuestras amigas de la clase conocían. Nuestra madre no te­ nía, por lo tanto, nada que ver con el retrato que Marie-José hacía de la suya. Continué reflexionando sobre los vínculos entre la sesión de mi analizante y mi sueño; para mi gran sorpresa, llegué a la conclusión de que yo envidiaba la relación de Marie-José con su madre posesiva, la que le hablaba por teléfono, le pro­ ponía compartir actividades culturales o de otro tipo, la invi­ taba a volver a su casa cuando el marido estaba ausente (y seguramente la madre de Marie-José le habría propuesto que se probara su vestido de seda adamascada y que fuera con ella a la ópera). ¿Por qué no tenía yo también una madre co­ mo ésa? Si bien yo había analizado correctamente en MarieJosé (y en mí) los sentimientos hostiles respecto de la madre interna, ¿no había escamoteado la importancia de sus senti­ mientos positivos y de su vínculo desmentido, homoerótico, con la madre? ¡De modo que esta omisión provenía de mi ne­ cesidad de reprimir mi propio deseo infantil de ser el objeto querido de mi madrel Y el hecho de que hubiera esperado tanto tiempo que un sueño me revelara con claridad mi anhe­ lo inconsciente, me confirmaba que estaba efectivamente “re­ trasada” en el descubrimiento de la importancia de mis im­ pulsos homosexuales pasados. Más importante aún era que hubiera podido dejar pasar el placer renegado de Marie-José

ante su madre homosexualmente deseante. Yo no había pres­ tado atención al hecho de que ella no se cansaba de mostrar los aspectos negativos de su relación madre-hija. En síntesis, jhabía tomado por dinero contante y sonante lo que ella me decía! En la sesión siguiente, Marie-José, que continuaba queján­ dose de la madre, me dio la oportunidad de preguntarle si, de­ trás de toda su insatisfacción, ella no intentaba demostrarme, así como demostrarse a sí misma, hasta qué punto era amada por la madre, y si acaso no experimentaba un placer secreto ante las demandas maternales. Mi observación fue acogida con un silencio tenso, seguido de una confesión turbada: M.-J.: Es posible que yo sea más demandadora de lo que imagino. El otro día, cuando llamé a mis padres para pregun­ tarles si podía pasar el fin de semana con ellos, mi madre me dio a entender que ella y mi padre estaban cansados de “cui­ dar a la nena” cuando mi marido se ausentaba. ¡No podía creer lo que estaba escuchando! [Empezó a llorar suavemen­ te, y después agregó:] Ella... me dijo incluso que proyectaban irse solos algunos días, y que no querían preocuparse cons­ tantemente conmigo... [Se interrumpió, y después tuvo un hi­ po suave:] ¡Y mamá llegó a decirme que en esos momentos les daban miedo mis llamadas telefónicas! Esta revelación me dejó helada. Yo había comprendido la complicidad de la madre en la relación interdependiente con la hija, pero mi propia complicidad inconsciente con Marie-Jo­ sé había impedido que ella reconociera antes su deseo de ser el objeto exclusivo del amor de la madre, y de ponerla en el lugar del marido cuando él se ausentaba. La elaboración de mi contratransferencia me llevó a descubrir “con retraso” otro aspecto del conflicto de Marie-José con la madre: su actividad autoerótica nocturna y los fantasmas que la acompañaban, sobre todo desde que ella había reemplazado la fobia del “ase­ sino-violador” por un ritual masturbatorio. ¿El vínculo erótico con la madre aparecía en sus fantasmas autoeróticos? Mi receptividad totalmente nueva dio frutos muy pronto, y me reveló un elemento fundamental que enmascaraba el síntoma de la compulsión a orinar. En el curso de una sesión

durante la cual, una vez más, Marie-José evocó sus angus­ tias nocturnas pasadas, le hice observar que estaba evitando hablar de la masturbación compulsiva que las había reem­ plazado. M.-J.: Es cierto, me cuesta mucho hablar de eso. J. M.: Seguramente recordará que cuándo tenía miedo a quedarse sola por la noche descubrimos que ese miedo esta­ ba ligado a imágenes sexuales violentas, y que usted asocia­ ba a su padre con el fantasma del asesino-violador. Si sus fantasmas masturbatorios tienen que ver con estas mismas ideas, por cierto tiene que costarle mucho hablar de ellos, de la misma manera que le costó hablar del apego que la liga a su madre. M.-J.: No, no tengo ninguna dificultad en decirle que en mis fantasmas sexuales hay a la vez hombres y mujeres, pero lo que me cuesta decirle... es la manera en que yo hago esta... eh... cosa sexual. Sí, tengo que decirlo... Me sirvo del chorro de agua de un pequeño aparato eléctrico llamado “Water-Pik” que se utiliza para limpiarse los dientes. J. M ¿Puede decirme algo más sobre ese pequeño aparato? M.-J.: Es un regalo que me hizo mi madre, pero no lo usé nunca como ella esperaba. J. M.: ¿Se trata quizá de una manera de hacer el amor con su madre? [Este comentario la hizo reír, y pareció aliviarla.] M.-J.: En realidad, ¡estoy segura de que es eso! Soy de nuevo como la niñita que esperaba ser el tesoro erótico de su madre. Como usted dijo el otro día, tal vez se trate de mi ne­ cesidad de identificarme con ella como mujer sexual para que la niña que hay en mí pueda también convertirse en mujer. A continuación de esta sesión pudimos aclarar los múlti­ ples fantasmas asociados con el “Water-Pik” (mi analizante creía que éstas erar* palabras inglesas, por lo tanto vincula­ das con la analista inglesa) y con su chorro de agua erótico. Volvimos sobre el sueño del mar embravecido, lo que la con­ dujo a las teorías sexuales comunes en la infancia, pero en particular a los fantamas urinarios asociados con el coito pa* rental, que habíamos explorado en su aspecto erótico y a la vez sádico. Llegamos a comprender, a fin de cuentas, que el

intruso que entraba por la ventana era una figura totalmente bisexual. Marie-José recordó entonces que ella siempre había experimentado a la madre como una intrusa durante el aprendizaje del control de esfínteres. Supe así que había erotizado otros incidentes traumáticos del pasado, y en particu­ lar su miedo a mojar la cama. Mi sordera contratransferencial y mis propios fantasmas reprimidos habían funcionado como una pantalla opaca que impidió a la luz analítica aclarar mejor no sólo la vida sexual insatisfactoria de Marie-José, sino el papel que habían de­ sempeñado sus deseos homoeróticos inconfesados. En los meses que siguieron, Marie-José pudo vivir en nuestra relación el deseo de ser mi “tesoro erótico”, y por mi parte yo debí tomar conciencia de mi tendencia contratransfe­ rencial a investirla, también a ella, como “tesoro libidinal”, en la medida en que sus sesiones me empujaban a escribir mu­ cho en torno de su problemática, y sobre todo a consignar lo que nuestro viaje analítico me enseñaba de precioso para la comprensión no sólo de mi función analítica, sino también de la sexualidad femenina en sus estratos primitivos. Todas estas preocupaciones pudieron ser a continuación verbalizadas, lo que le permitió a Marie-José tomar concien­ cia de su envidia, hasta ese momento renegada, respecto de la madre, de su sexo, y también tomar conciencia de su deseo de poseerla para convertirse ella misma en madre y mujer. Es­ tas nuevas percepciones la llevaron a comprender la significa­ ción de su negativa a convertirse a su vez en madre: ella era aún una niñita con un sexo y una vesícula de niña. En este período, por primera vez, Marie-José pudo decirme que odia­ ba a su cuerpo, al que consideraba no sólo incompleto y mal­ sano sino también peligroso, sobre todo si debía ser sexualmente despertado por un hombre. El chorro del aparato dental le permitía conservar una cierta distancia con sus ór­ ganos genitales y al mismo tiempo poner en acto su deseo in­ fantil de un contacto erótico imaginario con la madre, de la que introyéctaba de tal modo las cualidades idealizadas que le atribuía. Esta fase constituyó un paso hacia una mejor identificación femenina. Pero, desde el punto de vista del pro­ ceso psicoanalítico, quedaba aún mucho por hacer antes de que este objeto erótico “transicional” y el análisis minucioso

de nuestra relación transferencial y contratransferencial abrieran el camino de Marie-José a una auténtica identifica­ ción con la madre genital, tal como se la representaba. Con estas-nuevas tomas de conciencia, la necesidad compulsiva de orinar disminuyó poco a poco, salvo duránte ciertos períodos de angustia y terminó por desaparecer. Cuando su análisis llegaba al fin, Marie-José comenzó a viajar más a menudo con el esposo y, a medida que lograba su estatuto de mujer adulta, se afirmó su amor por él. Comenzó a pensar en un hijo. Podemos decir que el “mar tumultuoso” de su sueño estaba convirtiéndose en un océano apacible. Como hemos podido verlo a partir de esta viñeta del viaje analítico de Marie-José (y mío), el camino que lleva desde la infancia hasta la feminidad adulta es tortuoso y está lleno de trampas; el erotismo femenino enraíza en la primera infancia y puede dar lugar a múltiples confusiones de zonas. La inte­ gración de los conflictos suscitados por las primeras relacio­ nes amorosas es una lucha continua, incluso cuando la orien­ tación heterosexual parece definitivamente adquirida.

3. SEXUALIDADES FEMENINAS, TEMA Y VARIACIONES

Al tomar la rosa como símbolo universal del amor, podemos también reflexionar sobre lo que precede y lo que prepara a la flor que vendrá, no sólo el tallo y las hojas sino también las raíces entrelazadas en la tierramadre, rica de alimento y al mismo tiempo horm i­ gueante de gusanos y caracoles. Hay que mirar el a r­ busto de rosas en su totalidad. H a r rie t W ry e y J u d ith W e l l e s The Narration o fD esire

¿QUÉ ES LA FEMINIDAD? Comencemos por la definición del término “fem inidad”, porque los modelos a los cuales se refieren los adjetivos “fem e­ nino” o “masculino” no son en ningún caso absolutos; cambian de una cultura a otra, así como de una época a otra en u na cultura particular. Me referiré esencialmente a la civilización occidental, pues en otras culturas el lugar de la mujer y lo que se considera un comportamiento femenino apropiado varían considerablemente respecto del punto de vista occidental. Cuando el ambiente familiar ha facilitado la adquisición de la identidad sexual femenina y el goce que ella implica, esto probablemente significa que se han completado los procesos de duelo que siguen a la integración de los deseos bisexuales y edípicos. La mayoría de los teóricos del psicoanálisis sostie­

nen que esta integración refuerza la imagen narcisista, así co­ mo la investidura libidinal del cuerpo y del yo femeninos, y la atracción y el interés por el sexo opuesto. El discurso social añade que esta orientación tiende a asociarse con el deseo de encontrar relaciones afectivas gratificantes, y a continuación con el anhelo de tener hijos con el hombre que se ha elegido. La integración de los deseos homosexuales edípicos (en par­ ticular el anhelo de incorporar el contenido del cuerpo mater­ no: el pene paterno, los bebés futuros, los secretos de la femi­ nidad), lo mismo que la integración de los anhelos edípicos heterosexuales, dan lugar al deseo de tener un partenaire del sexo opuesto y un hijo, lo que corresponde a lo que en nuestra civilización occidental se considera femenino. Tres variantes de la sexualidad femenina que no están de acuerdo con las concepciones sociales son la homoséxualidad femenina, el transexualismo femenino y las “perversiones” femeninas. LA ANALIZANTE HOMOSEXUAL

En lo que concierne a la mujer homosexual, podemos pre­ guntarnos si sus vínculos libidinales y primarios con sus dos progenitores no han encontrado una salida diferente de aque­ lla a la cual llega la mujer que, desde su infancia, ha sido convencida de su identidad heterosexual. Sobre la base de ob­ servaciones clínicas, yo postularé que algunas pacientes ho­ mosexuales, como en la infancia, siguen esperando “tomar posesión” de las perrogativas femeninas de su madre (acceso al “pene paterno”, a los “bebés virtuales”...). Aunque lo haya reprimido inconscientemente en lo más recóndito de sí mis­ ma, la homosexual no ha renunciado quizá, por razones difí­ cil de determinar, al deseo de poseer sexualmente a la madre, o a convertirse en el padre, o ambas cosas. Estas analizantes parecen a veces dejar resurgir sus deseos en el intento de dar a otra mujer lo que ellas esperaron que se les diera en su in­ fancia o, al contrario, en el intento de recibir lo que ellas es­ peran de una amante (que tal vez tendrá el papel de madre o padre) y que aportará la confirmación narcisista de ser reco­ nocidas como individuos, y de que sus cuerpos, con su placer erótico, son apreciados y amados por la arriante.

Como enfoque de la clínica de las analizantes lesbianas, plantearía una cuestión acerca de la cual me han interrogado con frecuencia en mis conferencias en el extranjero, a saber: “la diferencia que existe entre los homosexuales y los hetero­ sexuales en análisis”. En consecuencia, realizaré un resumen de mis observaciones. HOMOSEXUALIDADES Y HETEROSEXUALIDADES: SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS

En primer lugar, desde el punto de vista clínico, no nay di­ ferencias significativas entre el análisis de los pacientes ho­ mosexuales y el de los pacientes heterosexuales; si la homose­ xual que pide análisis no está en conflicto con su orientación sexual, la ayuda que espera es sensiblemente la misma que la que puede solicitar cualquier otra mujer. Sean heterosexuales u homosexuales, la mayoría de mis analizantes se quejan de inhibiciones o fracasos en su vida profesional (en general de naturaleza intelectual o artística). Muy a menudo, estas inhibiciones son acompañadas por sufrimientos neuróticos, como fobias u obsesiones, que a su vez refuerzan los problemas del bloqueo profesional. Tampoco en este punto hay diferencias notables en el desarrollo del proceso analítico. Tan frecuentes como los problemas profesionales son las dificultades sexuales experimentadas en el contexto de una relación amorosa, homosexual o heterosexual. Las analizan­ tes se quejan de una falta de entendimiento en el plano érótico: de no poder recibir placer del otro o de no poder dárselo. Pero, a pesar de estas semejanzas, se observa aquí una di­ ferencia entre las dos orientaciones sexuales: las heterose­ xuales se quejan de no llegar al orgasmo con su partenaire masculino, y añaden a menudo que la masturbación sigue siendo su fuente principal de gratificación, mientras que, se­ gún mi experiencia clínica, las homosexuales que consultan a causa de su vida afectiva y sexual perturbada son más procli­ ves a quejarse de su falta de interés por su propio placer se­ xual. A menudo dicen que su mayor placer es el goce que le procuran a su partenaire. A veces temen que ésta se inquiete

por su falta de respuesta ofgástica. Tres de mis pacientes han manifestado no querer que se las toque, y una de ellas temía que resurgiera su fobia vomitiva si autorizaba a la compañera a acariciarla sexualmente. En todas estas mujeres la deman­ da de análisis tenía la misma causa, y ellas se planteaban el mismo interrogante: “¿Por qué no llego a gozar sexualmente? Pero, de todas maneras, ¿es una obligación? Mi amante me dice que ella no soporta que yo me niegue, y si no resuelvo es­ te problema, temo una ruptura”. Otras dos, entre problemas diversos, tenían una reacción inversa: las decepcionaba la fal­ ta de respuesta erótica de su partenaire. Otra causa de sufrimiento, ligada o no con la inhibición se­ xual, es la amenaza de ruptura en una pareja estable después de un buen momento. Tampoco en esta situación hay diferen­ cias notorias entre las mujeres heterosexuales y las homose­ xuales; su sufrimiento psíquico reside en su miedo a perder la presencia y el amor del partenaire. Otro móvil que lleva a buscar la ayuda del psicoanálisis es el sufrimiento psicológico experimentado por ciertas mujeres homosexuales ante el comportamiento considerablemente ne­ gativo u hostil de muchos miembros de la sociedad respecto de toda minoría. (En general, los hombres y las mujeres que se expresan con violencia respecto de la homosexualidad des­ cargan de tal modo su angustia por sus propias tendencias homosexuales renegadas.) Incluso la familia de la analizante es a veces una fuente adicional de crítica y de actitudes nega­ tivas, que se corre el riesgo de que acrecienten el sufrimiento de la paciente y hagan distónica su orientación sexual. En conjunto, estoy de acuerdo con las tesis de Hooker (1972), quien llega a la conclusión de que la única diferencia notable entre homosexuales y heterosexuales reside en su elección de objeto sexual. Numerosos clínicos e investigadores sociales informan que, entre los individuos homosexuales, las diferencias de personalidad son más visibles que sus semejan­ zas (Simón y Gagnon, 1967; Richardson, 1984), lo que con­ cuerda con mi propia experiencia clínica. Recordemos que el rasgo más destacado de los seres humanos es su singularidad, y que esto se aplica tanto a los heterosexuales como a los ho­ mosexuales. Si nos colocamos en el punto de vista del analis­ ta practicante, podemos añadir que, en términos analíticos,

esperamos profundizar nuestro saber sobre la sexualidad hu­

mana a partir de lo que se distancia de la norma, más que in­

teresándonos sólo en una heterosexualidad pretendidamente

exenta de problemas.

CÓMO DEFINIR LA HOMOSEXUALIDAD

Antes de abordar el análisis de las mujeres homosexuales en sus aspectos clínicos, me parece necesario precisar lo que entendemos por “homosexualidad”. En sustancia, admito la definición que da Isay (1989): la orientación sexual no es defi­ nida por una práctica activa, sino regida por los deseos, los fantasmas y las investiduras que perduran desde la infancia, sean actuados o no. En un trabajo dedicado a la “complementariedad en las relaciones homosexuales”, Beverly Burch (1989) ha estableci­ do sin embargo que, según sus investigaciones sobre “el de­ sarrollo del sentimiento de identidad sexual en las lesbia­ nas”, éstas pertenecen a una de dos categorías: por un lado, las que desde la infancia no han tenido jamás la menor duda acerca de su orientación homosexual y su sentimiento de identidad, y por el otro las que no han tenido conciencia de esa pertenencia, han atravesado numerosas experiencias he­ terosexuales y, a veces años más tarde, se descubren su lesbianismo. Para explorar mejor este registro del deseo, de la elección de objeto y del rol sexual, Burch propone los términos “lesbianismo primario” y “lesbianismo electivo o bisexual”, a fin de distinguir esas dos categorías, señalando al mismo tiempo que no deben considerarse exhaustivas. En este contexto, debemos recordar que es esencial hablar en términos de “homosexualidades”, en plural, pues la homo­ sexualidad incluye tantos actos, objetos y estructura de la personalidad psíquica como lo que podemos encontrar en las he tero sexualidades. En lo que concierne a los aspectos clíni­ cos del análisis de la homosexual, es importante, lo mismo que con cualquier analizante, escuchar cuidadosamente su propia “teoría” acerca de sí misma, y el sentido que le atribu­ ye a sus problemas psíquicos y a su historia. Muchas veces se

ha intentado delimitar los factores etiológicos considerados explicativos del sentimiento de identidad femenina y de la elección de objeto. Aparte de las complejidades que supone una investigación de ese tipo, ella olvida a menudo que desde nuestro sillón analítico estamos a la escucha de la teoría per­ sonal de la analizante sobre los acontecimientos notables de su historia, así como de la manera éñ que ella presenta a sus progenitores en el discurso analítico. Es importante captar el efecto traumatizante de los acontecimientos del pasado y es­ cuchar las historias familiares, pero unos y otras pueden en­ señarnos muy poco sobre la realidad de los progenitores y, además, los acontecimientos fácticos que “se recuerdan” su­ fren cambios con el paso del tiempo (así como la historia en general). Lo que es más, los factores que se reconocen en la historia infantil de la homosexual aparecerán también en analizantes heterosexuales. En síntesis, mis observaciones clínicas me han demostrado que no hay diferencias caracterizadas entre las homosexuales y las heterosexuales que buscan la ayuda del psicoanálisis en función de sus síntomas e inhibiciones en los campos profesio­ nal y social. Ahora bien, no es éste el caso de la homosexual que solicita ayuda analítica a causa del sufrimiento en sus re­ laciones sexuales y afectivas. Si se comparan las fuentes de la inhibición sexual o la amenaza de ruptura de las relaciones amorosas en una pareja que antes era estable, aparecen cier­ tas diferencias entre la orientación homosexual y la orienta­ ción heterosexual. LA PAREJA LESBIANA

Dejemos de lado el sufrimiento intenso común a toda per­ sona que se siente amenazada por una ruptura sentimental, y examinemos la zozobra que sumerge a una pareja de homose­ xuales cuando una de ellas anhela tener relaciones sexuales que no interesan a la otra. Ya me he referido a una de las principales razones que habían llevado a tres de mis pacien­ tes homosexuales al análisis, a saber: su carencia total de in­ terés por el placer sexual. Reconozcamos con todo que algu­ nas pacientes heterosexuales subrayan el mismo problema al

contar que su marido o amante se queja de su falta de interés por las relaciones sexuales. En las dos situaciones encontra­ mos los mismos fantasmas inconscientes que censuran el pla­ cer sensual como algo prohibido o amenazante; son fantasmas directamente ligados con los interdictos o las advertencias ha­ bituales de los padres al niño, y con el riesgo de que cualquier transgresión en la edad adulta le haga perder al niño que hay en el adulto el amor de sus progenitores internalizados. Pero, más allá de este aspecto habitual parental-edípico, en la paciente homosexual se encuentran a menudo profun­ das angustias ligadas a los fantasmas de daño corporal o de­ sintegración del sentido de la identidad subjetiva. El miedo, a menudo consciente, de perder los límites psíquicos, corpora­ les, o unos y otros, según mi experiencia es más frecuente en la vivencia psíquica de las pacientes lesbianas; muy a menu­ do este miedo hace emerger una falta de investiduras libidinales y narcisistas armoniosas en el yo corporal y sexual. Los conflictos derivados de las angustias y deseos incons­ cientes de los progenitores pueden contribuir a la construc­ ción de una imagen corporal deteriorada y frágil. Además, si esta imagen es reforzada por un discurso parental que deni­ gra y hace amenazante todo lo que concierne a la sexualidad, el problema de la imagen narcisista y de la existencia en tan­ to que individuo es inmediatamente desplazado (como en la organización neurótica de las mujeres en general) sobre el símismo sexual y sobre lo vinculado a la noción de “feminidad”. Esto deja una huella definitiva en la construcción de la iden­ tidad genérica y en el papel sexual que cada niño piensa que debe tener desde su infancia. La desvalorización de la sexualidad femenina, proveniente de la familia o del discurso social, suele recibir el refuerzo de la preocupación excesiva que ha tenido la madre por la salud de la hija: su sueño, su alimentación y sus funciones corpora­ les. Esta atención puede haber sido interpretada por la niña como una confirmación de la imagen deteriorada que tiene de su sí-mismo sexual y corporal. Algunas de mis analizantes homosexuales -y otras cuyo caso he seguido en supervisiónrecuerdan particularmente la angustia de sus madres a pro­ pósito de sus materias fecales. Pienso sobre todo en Karen (McDougall, 1978b), quien “creía verdaderamente”, durante

su infancia, que era el único miembro femenino de la familia que defecaba, y a quien humillaba ese “desagradable secreto”. Por su parte, Bénédicte (de la que hablaré en el capítulo 5), recordando con horror las lavativas que le administraba la madre, comparaba por momento sus creaciones literarias con vergonzosas producciones fecales. Olivia (McDougall, 1964) no había tenido de niña el derecho de hablar de las funciones naturales; cuando sentía necesidad de ir al baño, debía toser discretamente. Todas estas analizantes tuvieron una imagen perturbada de su cuerpo, e inquietante en cuanto a su funcio­ namiento. Muchas de las mujeres no lesbianas narran las mismas historias de su infancia, pero ellas no trasponen sis­ temáticamente este problema materno a la representación psíquica de su sexo o su feminidad. Ciertas analizantes homosexuales expresan la convicción de que lo femenino pertenece únicamente a la madre. La pre­ sunción de la hija de que a su vez posee esos tesoros femeni­ nos equivale a destruir a la madre, como si no pudiera haber dos mujeres en la familia, o la rivalidad en la relación madrehija fuera impensable. Én algunos casos, si la niña advierte que su feminidad no es aceptable a los ojos de la madre, inter­ preta esta percepción como una demanda materna de que ad­ quieran los atributos psíquicos “masculinos” a fin de gustarle y merecer su amor. A veces el destino también parece desempeñar un papel. Dos de mis analizantes nacieron a continuación de la muerte de un bebé varón. Una de ellas, durante su análisis, decidió preguntarle a la tía (que vivía con la familia en la época de su nacimiento) qué recordaba de la reacción de sus padres cuan­ do ella había llegado al mundo. Sin un segundo de vacilación, la tía respondió: “Dios mío, nunca lo he olvidado. Tu padre me dijo. «Tengo noticias tristes, es una niña», y se deshizo en lá­ grimas”. Un tercer caso, que ya he evocado en una obra ante­ rior (McDougall, 1978a), es el de Sophie, nacida después de la muerte prematura de gemelos. Sophie tenía la impresión de que sus padres habían sido decepcionados por el hecho de que fuera niña, lo que el discurso familiar confirmaba. Desde su primera infancia, ella portaba un sentimiento intenso de cul­ pabilidad, y la necesidad de compensar con lo mejor de sí la muerte de sus dos hermanos.

Otras pacientes lesbianas se refieren a impresiones trau­ máticas similares, que llevan a fantasmas igualmente perse­ cutorios. Estos pueden tomar varias formas. Los siguientes son algunos ejemplos: a) “Yo debería ser el varón que ellos anhelaban”; b) “Ellos deseaban-una niña, pero yo no soy la ni­ ña deseada”; c) “Mi madre es el ideal de la feminidad -la úni­ ca mujer verdadera de la familia- y no me permitirá que to­ me lo que necesito para convertirme en mujer”; d) lo inverso del retrato idealizado: “La actitud de mi madre ante la femi­ nidad es confusa y defensiva, tanto con relación a su propia feminidad como a la de las otras mujeres. Mi único deseo es ser completamente distinta de ella”; e) “Mi padre me despre­ cia, o casi nunca está presente; siempre he creído que era cul­ pa mía”; f) “Mi padre me adora, pero como a un hijo”. Fantas­ mas semejantes aparecen también en el análisis de las heterosexuales, pero éstas han resuelto de otro modo la dolorosa imagen de sí mismas que se desprende de ellos. Observemos, no obstante, que no se puede generalizar acerca del sentimiento de identidad sexual y las prácticas amorosas sobre la base exclusiva de quienes buscan la ayuda del psicoanálisis para resolver problemas psicológicos (tengan o no que ver con su vida sexual). Las personas que deciden hacer la experiencia de un psicoanálisis representan una franja relativamente estrecha de la población. En cuanto a los homosexuales, muchos de ellos no experimentan ninguna necesidad de ayuda psicoterapéutica. Querría subrayar que mis observaciones se limitan estrictamente a lo que he podi­ do comprender a partir de mis analizantes lesbianas que bus­ caban una solución a su sufrimiento psíquico en el psicoaná­ lisis. Hace treinta años escribí un artículo titulado “La homose­ xualidad femenina” (1964), basado en una muestra muy pe­ queña de mis pacientes. Mi inexperiencia de entonces dupli­ caba su insuficiencia por el hecho de que todo lo que había comprendido de la dinámica del amor lesbiano se fundaba en esa muestra magra. Esas observaciones me habían llevado a formular algunas hipótesis que, aunque pertinentes en lo que concernía a las analizantes de las que se trataba, no revela­ ron ser sistemáticamente aplicables a todas las otras pacien­ tes con quienes tuve oportunidad de trabajar posteriormente.

No trato tampoco de dar la impresión de que mis deducciones de hoy pueden ser generalizadas y aplicadas a toda mujer ho­ mosexual. EL TRANSEXUALISMO FEMENINO1

Un psiquiatra norteamericano, Harry Benjamin (1953), fue el primero en dar una definición clara del transexualismo y en precisar que en ningún caso se lo podía confundir con las perversiones sexuales o con la psicosis. Otros han subrayado también que no se debe asemejar los transexuales a quienes se reconocen como homosexuales. No obstante, algunos inves­ tigadores analistas ven una forma específica de homosexuali­ dad femenina en la demanda de las mujeres que buscan la reasignación de su identidad sexual (Stoller, 1975; Limentani, 1989). En los transexuales de ambos sexos el sufrimiento princi­ pal proviene de la convicción profunda de una antinomia en­ tre su sexo anatómico y su sexo psicológico, es decir, de la cer­ tidumbre de que su identidad sexual no está en absoluto de acuerdo con sus órganos genitales anatómicos. Esta sensación aguda de incongruencia es a menudo acompañada por la im­ presión de tener un cuerpo deforme, estropeado, incluso monstruoso, a causa de esa desarmonía “biológica”. Recorde­ mos que el transexual no delira a propósito de su identidad sexual anatómica; ésta es reconocida tal como es, pero se la vive como una deformidad. Con esta óptica, Oversey y Person (1974) han establecido un vínculo interesante al trazar una distinción entre el transexualismo “primario” y el transexua­ lismo “secundario”, lo que hasta cierto punto coincide con las distinciones establecidas por Burch (1989) a propósito del les­ bianismo. El transexual primario tiene la impresión de ser portador de una anomalía desde siempre; varón o mujer, por lo general desde la adolescencia ha pensado en recurrir a una 1. Agradezco al doctor Paulo Seccarelli la autorización para utilizar su material concerniente al transexualismo, extraído de su tesis de doctorado en la Universidad de París (Seccarelli, 1995).

solución quirúrgica en cuanto le resultara posible. E l transexual secundario busca esta solución más tardíamente, a veces mucho después de sus cuarenta años. La demanda de reasignación sexual plantea cuestiones ra­ dicales a propósito de los procesos identificatorios que contri­ buyen al sentido de la identidádT sexual. En particular, una cuestión clave concierne a las consecuencias del inconsciente biparental que ha creado en el niño ese tipo de sufrimiento. Stoller (1975) ha constatado que las madres de los transexuales padecen un vacío depresivo agudo, como si hubieran sido desprovistas de todo deseo. Para el caso de los transexuales masculinos, Stoller ha formado la hipótesis de que el “destino de transexual” se les impuso desde la infancia, quizás en el curso de los doce primeros meses, y que la tendencia a com­ portarse como una niñita con frecuencia se ha manifestado antes de la edad de tres años. En cambio, sus observaciones de niñas llevaron a Stoller a proponer que el deseo de ellas de pertenecer al género masculino, y su creencia en su identidad masculina, aparecen generalmente hacia los tres o cuatro años. En este caso las madres parecían haber sido incapaces de valorizar la feminidad de su niña, y a veces eran los pa­ dres quienes se habían ocupado de la criatura. Pero la mayo­ ría de las veces estos padres parecen también desinteresarse de la feminidad de la niña, y en algunos casos incluso alien­ tan sus actividades y atributos masculinos, lo que, según Sto­ ller, induce finalmente a la niña a asumir un rol de “marido” con la madre, rol que más tarde adoptará en sus relaciones homosexuales, al demandarle a su compañera que la reconoz­ ca como hombre. Esta dinámica me recuerda a mi paciente Sophie, nacida después de la muerte de hermanos gemelos. Sus partenaires le decían a menudo que ella no era “una verdadera homose­ xual”. Una de estas compañeras le había preguntado si, por casualidad, no se sentía confusa en el plano de su identidad, y otra le había dicho: “Eres intrínsecamente transexual, y no lesbiana”. Estas observaciones la habían perturbado, aunque admitía que pensaba tener “un miembro fantasma en el lugar donde debería estar su pene”. La mirada de sus progenitores tenía un aspecto cómplice, en cuanto la trataban como varón. Ella recordaba que el padre, cuando se iba en viaje de nego­

cios, le decía: “Recuerda que eres el hombre de la casa; ocúpa­ te de tu madre durante mi ausencia”. Sophie sintió la necesi­ dad de hablar con la madre de sus relaciones homosexuales, para explicarle que la hacían desdichada porque ella quería desempeñar el rol de marido con sus amantes, lo que éstas no apreciaban en absoluto; Sophie, en suma, lamentaba no haber nacido varón. La respuesta de la madre fue la siguiente: “He oído que se hacen operaciones. ¿Por qué no te informas sobre «la cosa» que te pueden injertar?”. Pacientes como Sophie conñrman la tesis de Seccarelli (1995), quien dice lo siguiente: Si el papel asignado al transexual de uno u otro sexo consiste en llenar la falta creada por un duelo real o imaginario, colmar un vacío, curar una herida que data de la prehistoria del niño, es posible que “la elección” transexual ante lo que amenaza su iden­ tidad individual y sexual, se presente como la única posibilidad de sustraerse a soluciones aún más catastróficas [...] y de tal mo­ do descarta el peligro de psicosis.

Limentani (1989) insiste en la angustia aguda que provo­ can los procesos de separación e individuación en las perso­ nas destinadas a convertirse en transexuales en su vida adul­ ta; añade que la necesidad de sentirse un individuo pleno puede prevalecer sobre la preservación del sí-mismo corporal. En lo que concierne a la niña, este autor piensa que puede ser mucho más seriamente perturbada si la madre no tolera su propio cuerpo de mujer. En este caso, la hija no tiene la posi­ bilidad de identificarse con la madre como mujer, y llega a aceptar la idea de que es un varón en un cuerpo de niña. Más tarde buscará una reasignación sexual, con la esperanza de ser reconocida y valorizada por la madre. Limentani se pre­ gunta si la búsqueda de una identificación con el padre es un elemento necesario, y subraya la responsabilidad de este últi­ mo, tan a menudo ausente (ausencia concreta o simbólica). A la inversa, Seccarelli ha observado que el padre suele desempeñar un papel predominante en la infancia de las ni­ ñas que más tarde tratan de cambiar de sexo. Describe el ca­ so de “Marc”, quien, hasta donde podía recordar, siempre se había sentido varón, y había sido aceptado como tal por los

varones de su edad: jugaba al fútbol con ellos y compartía los

juegos masculinos que exigen fuerza física. Marc, que se sen­

tía mal en su cuerpo femenino, consideraba a las niñas como “del otro sexo” y “totalmente opuestas” a ella. Su padre era su camarada preferido y, desde su primera infancia, él la trató como a un varón. La madre, por su lado, nunca hizo nada pa­ ra desalentar en el esposo o en la hija que se aferraran a esa identidad masculina. Seccarelli (1995) subraya que un punto nodal del origen de la transexualidad reside en el modo en que la madre invistió los genitales de su bebé desde el nacimiento. En lo que con­ cierne a la niña, estableció que [...] su deseo de tener un pene no tiene nada que ver con la “envi­ dia del pene” tal como la conceptualizó Freud, sino que este deseo está estrechamente condicionado por lo que uno u otro de sus progenitores (o ambos) esperan de ella. Para la transexual, el pe­ ne, símbolo de la masculinidad, le dará una apariencia corporal en armonía con su convicción profunda de ser varón. LAS DESVIACIONES SEXUALES EN LAS MUJERES

El valor de lo que Freud nos ha legado como teoría de la se­ xualidad femenina y su relación con las perversiones sexuales es cuestionado por varias razones: la primera tiene que ver con el muy evidente falocentrismo derivado de un punto de vista esencialmente masculino, que determina la insistencia en la envidia del pene. Además, la idealización que hace Freud de la maternidad (una idealización influida por el discurso so­ cial de su época) contribuye a impedirle explorar la cuestión de una maternidad perversa (abuso con el niño, sexual o de otro tipo). No todas las madres son umversalmente buenas, ni siquiera “good enoughM;el desafío lanzado al psicoanálisis con­ siste en comprender lo que ocurre en el mundo interno de las madres que abusan de sus hijos, sea física o sexualmente. Es casi inevitable que se encuentre un problema que data de tres generaciones o más. La naturaleza de la relación entre la ma­ dre y el niño del que ella abusa se desprende frecuentemente de acontecimientos traumatizantes vividos en su propia infan­

cia, que se supone que el hijo repara; estos factores contribu­ yen a determinar el lugar o destino asignados a esa criaturaincluso desde antes que nazca. A veces los progenitores impo­ nen implícitamente al niño que pague por el sufrimiento dé ellos, o incluso que incorpore algunas de las funciones y res­ ponsabilidades de las que ellos se han desprendido (y que pue­ den ubicarse en un plano tanto negativo como positivo). Pionera en la investigación sobre la maternidad perversa, la obra de Estela Welldon (1989), fruto de muchos años de ex­ periencia como psiquiatra y psicoanalista en la Portman Clinic de Londres, nos proporciona un material precioso sobre el enfoque de los problemas sexuales en la mujer. Es evidente que la madre ocupa un lugar único en la vida de su bebé, y que por lo tanto tiene un poder único sobre él. Welldon subra­ ya el mal uso trágico de este poder en las madres que golpean ferozmente a sus hijos o les imponen relaciones incestuosas. Recordemos también que la violencia verbal, capaz de ge­ nerar efectos aún más traumáticos que el abuso físico, consti­ tuye otra forma de mal uso del poder materno. Además, si el discurso parental vehiculiza informaciones falsas o pavorosas acerca de las realidades o la identidad sexuales, los efectos pueden ser tan desastrosos como las relaciones incestuosas para la identidad sexuada y sexual futura. SIN PENE, ¿NO HAY PERVERSIÓN?

Una de las dificultades conceptuales en la discusión y las investigaciones acerca de las desviaciones sexuales en la mu­ jer deriva del hecho de que, desde Freud, se ha identificado la perversión con la sexualidad masculina y el pene. Las cons­ trucciones perversas se consideraban una defensa contra la angustia de castración y los conflictos engendrados por el complejo de Edipo masculino. Según la literatura, las mujeres no tienen necesidad de crear desviaciones sexuales (Welldon, 1989). Freud creía que el complejo de Edipo de la niña se re­ suelve en cuanto ella acepta la idea de que en lugar de tener un pene puede tenér un hijo de su padre. (Esto implica que la mujer no tiene necesidad de creaciones perversas: en su lu­ gar, ¡ella crea bebés!)

A la inversa de la formulación freudiana, se podría decir que la angustia de castración de la mujer es mucho más fuer­ te y genera muchos más perjuicios que en los hombres, por­ que las angustias femeninas están centradas en la totalidad del cuerpo y sobre todo en él “espacio exterior” en el que se d esp liegan las sensaciones genitales. En los individuos de am bos sexos, la angustia aumenta durante la fase de los anhelos y fantasmas edípicos, pero, más allá de la crisis edípica, también se puede descubrir en las mujeres una inseguri­ dad más profunda en cuanto a su identidad subjetiva. La vio­ lencia que acompaña invariablemente a esta inseguridad debe necesariamente canalizarse y puede a menudo ser' ali­ viada por medio de actividades e invenciones sexuales. Stolier (1976) definió a las perversiones como “la forma erótica del odio”. En uno y otro sexo, el odio a los objetos ori­ ginales (o a los objetos parciales que los representan) es más bien inconsciente. Welldon (1989) subraya: Mientras que en el hombre el acto perverso se dirige a un ob­ jeto parcial externo, en la mujer está dirigido a su propio cuerpo o a los objetos que ella ha creado: sus bebés. En ambas situaciones, la mujer trata a su bebé y a su cuerpo como objetos parciales.

La niña que, en su vida adulta, mantendrá relaciones se­ xuales desviadas (como el exhibicionismo o los intercambios sadomasoquistas) cree a menudo haber sido una hija no de­ seada, ignorada o asfixiada por la madre. Otras se viven como objetos parciales pertenecientes a la madre, y por ello piensan haber sido tratadas como una prolongación narcisista de ella. Todas estas situaciones (aunque gratificantes para la parte narcisista y megalómana de la niña) generan un odio inagota­ ble. Y estas mujeres pueden convertirse de víctimas en verdu­ gos. En esta última eventualidad, el “otro” (su bebé o el hom­ bre que aman) será a su turno tratado como objeto parcial, lo cual sirve a menudo como guión maníaco contra la angustia inconsciente de perder a la madre y, en consecuencia, de per­ der el sentido de la propia identidad personal. De modo que la erotización puede convertirse en una de­ fensa contra las experiencias chocantes de la infancia. Detrás de muchas prácticas sexuales compulsivas y desviadas descu­

brimos, en el curso del análisis, que los traumas de la infan­ cia se hicieron soportables gracias a su transformación en jue­ gos eróticos. En su obra titulada Pain and Passion (1991), Stoller hace el balance de sus descubrimientos, tratando de comprender el vínculo entre el dolor, la humillación y los de­ seos eróticos violentos. Invitado a continuar sus investigacio­ nes en clubes privados (llamados “S y M” y “B y D”), constató que muchos participantes que, por ejemplo, practicaban el “piercing” como forma privilegiada de gratificación sexual, ha­ bían sido hospitalizados en su infancia y conocían desde en­ tonces el sufrimiento asociado a las inyecciones y a otros cui­ dados dolorosos. Es posible deducir que el sufrimiento que padecieron pudo transformarse en un estado de éxtasis se­ xual, y que esta solución permitió evitar un estado psicótico grave. Con la finalidad de ampliar el concepto de sexualidad des­ viada en las mujeres, Kaplan, en su libro Female Perversions (1989) [Perversiones femeninas], habla de las desviaciones en las funciones corporales normales. A título de ejemplos, ella cita la anorexia y la bulimia, pero también la automutilación y la cleptomanía. Por mi parte, considero que esta extensión desdibuja la comprensión de la sexualidad desviada en la mu­ jer, y prefiero limitar la significación del término al comporta­ miento sexual per se, tal como lo entendía Freud; aunque él reconoció la existencia de pulsiones no sexuales (los “instintos de autoconservación”), no consideraba que el alcoholismo fue­ ra una perversión de la necesidad de beber, ni la anorexia y la bulimia perversiones de la necesidad de comer. A ló sumo po­ dría decirse que la libidinización precoz de estas funciones de autoconservación puede desempeñar más tarde un papel per­ turbador. LA MASTURBACIÓN DESVIADA

Muchas mujeres en análisis narran actos que pueden con­ siderarse formas “perversas” de masturbación. Por ejemplo, describen actividades eróticas en las cuales está prohibida la mano, y es reemplazada por objetos duros o hirientes que se introducen en la vagina o el ano. Algunas analizantes dicen

que se prohíben el empleo de las manos, asociadas al recuer­ do de castigos severos sufridos en la infancia porque se masturbaban, o incluso porque se las ataba por la misma razón, lo que les impedía tocarse el sexo y las obligó a inventar otros modos de generar excitación erótica. Es así como Kate O. y Louise (de la que se habla en él“capítulo 7), y otras, tenían ne­ cesidad de orina y heces para llegar al orgasmo. Lo mismo que las investigaciones acerca de la construc­ ción de la identidad masculina y femenina, el estudio de estos modos de excitación pregenitales y arcaicos nos enseña mu­ cho sobre los fantasmas reprimidos de ciertas analizantes que sufren inhibiciones sexuales severas pero no han inven­ tado autoerotismos desviados. Muy a menudo a estas pacien­ tes les cuesta llegar al orgasmo precisamente porque han re­ primido guiones eróticos de este tipo. Sólo en el curso de la aventura psicoanalítica descubren la resistencia salvaje que han erigido contra tales sueños eróticos en su relación con el partenaire. LA EXHIBICIONISTA

La doctora C., muy conocida por su papel en la defensa de los derechos de las mujeres, me pidió que la recibiera por un problema que había surgido en su trabajo. Entre otras tareas, ella debía ocuparse de las quejas de acoso sexual sufrido por las mujeres de su ámbito profesional (industria, educación, comercio). Los periódicos se habían hecho eco de sus conferen­ cias ante los directores de las empresas involucradas. Un día, ella recibió una llamada telefónica de la madre superiora de un convento con escuela para niñas, que le pedía ayuda: todos los jueves, le explicó, tres religiosas acompañaban a un grupo de alumnas a una piscina situada en el centro de su gran ciu­ dad, e invariablemente un hombre, vestido sólo con un largo impermeable negro y zapatillas, las esperaba en una esquina y se exhibía en un “flash”. La doctora C. hizo la denuncia a la policía, y se convino en enviar una patrulla en cuanto se ad­ virtiera la presencia del exhibicionista. El patrullero fue enviado el jueves siguiente, a continuación de un llamado te­ lefónico angustiado. La policía llegó a tiempo y detuvo al exhi-

bicionista. Ante el estupor general, se descubrió entonces ¡que era una mujer! Ni las religiosas, ni las alumnas habían ad­ vertido que la exhibicionista no tenía pene y sí tenía senos. (Observemos que, en todos los ámbitos, uno sólo ve lo que es­ pera ver, y si lo que vemos no corresponde a nuestras teorías, la realidad psíquica prevalece siempre sobre la realidad ex­ terna.) . ......................................................... ........ Se planteó entonces la cuestión de si era conveniente juz­ gar a esta exhibicionista por infracción a la ley, o si ella debía ser objeto de un examen psiquiátrico a fin de diagnosticar una posible psicosis. Cuando la doctora C. me consultó sobre este caso poco común, me sorprendió que pudiera ponerse en duda la responsabilidad de la exhibicionista mujer, a menos que se cayera en el punto de vista freudiano clásico, inclinado a decir que, para que haya perversión sexual, tiene que haber un pene. El argumento, en lo que concierne al exhibicionismo, se basa sin duda en la idea de que una mujer, al no tener pe­ ne, “no tiene nada para mostrar”, y que en consecuencia se es­ tá ante una mujer psicótica que muestra públicamente su fal­ ta de pene. Tuve la oportunidad de discutir el problema del exhibicio­ nismo femenino con mi amiga y colega la doctora Estela Welldon, quien trabaja desde hace años con los problemas sexua­ les femeninos. Ella dijo que, a pesar de la idea corriente de que no existen mujeres exhibicionistas, muchas mujeres la consultan por las perturbaciones que les provoca una compul­ sión a exhibirse desnudas. La doctora Welldon añadió una ob­ servación de alcance considerable: la mayor parte de las mu­ jeres exhibicionistas se exhibían siempre, lo mismo que los hombres, ante mujeres, y más particularmente ante aquellas que les parecían encarnar una autoridad. Se manifestó de acuerdo con mi hipótesis, en cuanto a que es probable que la exhibicionista espere que una figura materna se interese por ella, reconozca su identidad sexual y de niña, y le ordene ves­ tirse y entrar en la casa. Desde entonces he tenido noticias de otros casos semejan­ tes, y entre ellos solamente dos de mujeres que se exhibían ante hombres. Como siempre, no podemos establecer genera­ lidades de estructura a partir del síntoma: es probable que haya tantas variedades de exhibicionismo masculino y feme-

niño como de cualquier otra desviación sexual. Como siempre, la característica más evidente es la cualidad única del mundo interno y del teatro psíquico de cada individuo. LAS PAREJAS Y LAS DESVIACIONES COMPARTIDAS

A lo largo dé mis años de práctica psicoanalítica he cons­ tatado que las mujeres que emprenden relaciones sexuales dominadas por prácticas genitales, fetichistas o sadomasoquistas, lo hacen a menudo por insistencia del marido o el amante. Después se inclinan a quejarse, pero muchas, a la luz de su análisis, llegan a comprender por qué eligieron in­ conscientemente un partenaire que optaba por esa forma de expresión sexual particular, y a admitir que el ritual erótico las satisfacía secretamente. Dos viñetas clínicas ilustrarán esta forma de relación se­ xual. Los maridos de estas dos pacientes estaban a. su vez en análisis con colegas con los que tuve la oportunidad de hablar sobre nuestro trabajo. En el caso de Marie-Madeleine B. (al que nos referimos a continuación), fue el analista del señor. B. quien me envió a la mujer y me comentó brevemente la pro­ blemática del marido que, según decía, pagaba a prostitutas para que orinaran sobre él. EL EROTISMO URINARIO

Marie-Madeleine B. había solicitado un análisis a causa de fobias que paralizaban su vida social: cuando se encontraba en una reunión o una cena, se sentía incapaz de articular pa­ labra, a veces durante horas, mientras que el marido, del que ella se quejaba, era extremadamente hablador, lo que la pa­ ciente atribuía al hecho de que bebía demasiado. Tenían un hijo de dos años, y vivían los tres en una habitación de servi­ cio; en razón de sus problemas de alcoholismo, la situación económica del marido no les permitía pretender nada mejor. Marie-Madeleine pensaba que el esposo bebía debido a su an­ gustia persistente, generada por el miedo a sufrir una crisis cardíaca, y que el problema de la bebida ponía trabas a su tra­

bajo y su mente. No obstante, era una persona brillante, pro­ misoria en el plano profesional. Marie-Madeleine se negaba a tocar el alcohol, así fuera para superar sus fobias sociales. Al cabo de un año, a razón de cuatro sesiones por semana, ella llegó finalmente a hablarme de las relaciones sexuales maritales. Confesó que la única actividad erótica que le in­ teresaba a él consistía en que ella lo orinara, mientras el hombre la masturbaba con los dedos. Marie-Madeleine decía aborrecer ese guión, no sólo porque la ponía horriblemente ansiosa, sino también “porque esta práctica resultaba ex­ tremadamente embarazosa cuando estaban en el hotel duran­ te las vacaciones”. El esposo sostenía que, en esa situación, transgredir lo excitaba adicionalmente. Después del naci­ miento del hijo, Marie-Madeleine había decidido rechazar los pedidos del marido. Cuando la invité a buscar lo que la había llevado a aceptar esa forma de relación sexual pregenital, vino de pronto a su mente un recuerdo de infancia. Vivía en el campo y a menudo la dejaban a cargo de una gobernanta. Un día, cuando ella te­ nía tres o cuatro años, tres niños con los que jugaba la habían convencido de que se quitara las bragas y subiera un árbol para que ellos pudieran verle el sexo, a lo que la paciente se había prestado. Cuando ya estaba en el árbol, los niños le pi­ dieron que les mostrara “como hacía pipí”; Marie-Madeleine recordaba aún el orgullo con que había comenzado a realizar su demostración, y la excitación provocada en los niños. No obstante, en seguida apareció la gobernanta, quien le ordenó que bajara del árbol y se volviera a poner las bragas. Después la había zurrado. La paciente recordaba que su humillación había llegado a su punto máximo cuando los padres, entera­ dos de la novedad, experimentaron “un choque y pena”. Más tarde, aunque cortejada muchas veces, se había nega­ do a toda relación sexual hasta que conoció a su marido, cuando ella tenía veinte años. A sus ojos era un muchacho in­ teligente y con futuro, “distinto de los otros, y espontáneo en sus requerimientos eróticos”. Enamorada por primera vez, ex­ perimentó el deseo de relaciones sexuales. Se casó entonces con el señor B. Después de haber aceptado durante algunos años “el juego de la orina”, ahora se sentía culpable por recha­ zarlo (“comprendo hasta que punto es excitante para él”). Só­

lo al recuperar el recuerdo humillante reprimido Marie-Madeleine pudo comprender su complicidad inconfesada en los jue­ gos erótico-urinarios; de hecho, reencontró de tal modo la nos­ talgia de la excitación ingenua de sus cuatro años. COMPLICIDAD FECAL

El segundo caso de complicidad erótica inconsciente es el de una paciente que llamo Kate O. En una nota, el psiquiatra que me la derivó me indicaba que Kate O., ignorando total­ mente “el problema fetichista” de su marido, se manifestaba decepcionada por sus relaciones sexuales. En un libro ante­ rior (McDougall, 1978a) ya he hablado de esta analizante, pe­ ro sin mencionar la singularidad de su masturbación: para llegar al orgasmo tenía que orinarse en las manos. Kate había perdido a la madre cuando tenía sólo tres años, y la había criado el padre, quien la dejaba en la escuela por la mañana e iba a buscarla al caer la tarde. El hombre era particularmen­ te estricto en cuanto a las deposiciones de la niña, y Kate de­ bía responder con mucha exactitud a las preguntas que él le hacía sobre este tema. Si ella no había podido hacer sus nece­ sidades, o si dudaba de haberlas hecho, él le administraba una lavativa. De esta relación pregenital incestuosa resultó que Kate se encontraba a menudo constipada, y que práctica­ mente no pasaba un día sin la lavativa. Esta situación se pro­ longó hasta sus once años, cuando el padre volvió a casarse y la madrastra exigió que cesara esa práctica. Kate recordaba también otra costumbre cotidiana de su vida adulta que me pareció tener un tinte desviado: temía tener un cáncer de in­ testino y buscaba minuciosamente huellas de sangre en sus deposiciones, frotándolas entre los dedos. Se quejaba mucho de las demandas sexuales del marido, y sostenía que “todo el mundo sabe que son sólo los hombres quienes obtienen placer en el sexo”. El marido estaba en análisis con uno de mis colegas, miembro del mismo grupo de investigación sobre las desvia­ ciones sexuales al que pertenecía yo. Nos concertamos para poder hablar brevemente sobre el caso de los O. Poco después del inicio de su análisis, el señor O. había comenzado a contar

sus secretos sexuales: él alcanzaba el punto máximo de exci­ tación sexual administrándose una lavativa de agua caliente mientras se masturbaba, pero imaginando al mismo tiempo que le aplicaba esa lavativa “a una mujer”. El origen de este acto fetichista era el recuerdo que el paciente tenía de la ma­ dre, quien le practicaba una lavativa todas las semanas, y su propio fantasma sobre la excitación que ella debía obtener. Ni el señor O. ni Kate supieron nunca hasta qué punto sus res­ pectivos fantasmas los habían acercado. En lo que concierne a la mujer, lo mismo que Marie-Madeleine B., resultó que, aun­ que ambas se resistían a las demandas sexuales de los mari­ dos, habían no obstante elegido hombres cuya desviación se­ xual (desconocida para ellas en el momento del matrimonio) estaba directamente vinculada a una historia importante de erotismo pregenital en la infancia de ellas.

Parte II Sexualidad y creatividad

4. SEXUALIDAD Y CREATIVIDAD

El gesto espontáneo es el verdadero sí-mismo en ac­ to. Sólo el verdadero sí-mismo puede crear y sentirse real. El verdadero sí-mismo tiene su fuente en la vida de los tejidos corporales y en la sensación de las funcio­ nes del cuerpo, el corazón que late, la respiración [...] La suma total de la vivacidad sensorio-motriz. D. W . WlNNICOTT Distorsión du moi en fonction du vrai et du faux self La creatividad y sus misterios han fascinado desde siem­ pre a los psicoanalistas. Fue en 1908 cuando Freud, en su en­ sayo titulado “El creador literario y el fantaseo”, formuló dos interrogantes esenciales: “¿Cuáles son las fuentes de las que este extraño [el escritor] extrae su material?” y “¿Cómo logra hacer surgir en nosotros las emociones a las cuales no imagi­ namos que podíamos sucumbir?”. Al tratar de responder a la primera pregunta, Freud cons­ tata que cada niño que juega se comporta como un escritor, en cuanto crea su propio mundo. Subraya que los niños se consagran al juego con la mayor seriedad y una carga impor­ tante de emoción. No obstante, en el mismo artículo y bastan­ te curiosamente, Freud continúa: “Al crecer, los adultos dejan de jugar y, lo que es más, [cada adulto] sabe que no se espera de él que continúe jugando y fantasmatizando”. Freud man­

tuvo esta posición (por lo menos crítica) ante la vida fantasmática y el lugar del juego en la vida adulta, a lo largo de to­ dos sus escritos, como si los fantasmas -e incluso la alegría de contemplar obras de arte- fueran una preocupación culpa­ ble. Más tarde añadió lo siguiente: “Podemos observar que una persona feliz no fantasmatiza jamás, a la inversa de al­ guien insatisfecho”. Si adoptamos la lógica de Freud, “insatis­ facción y pena” son la suerte no sólo del artista creador, sino también de quienes quieren hacer de su vida una aventura creativa. El mundo analítico debió esperar a que Winnicott aportara un punto de vista más optimista sobre los fantasmas, el juego y la creatividad. Las investigaciones de Winnicott en este ám­ bito de la experiencia humana se iniciaron con el postulado de lo que él llama la “creatividad primaria”, que presupone que el niño de pecho hace la experiencia de un primer bosquejo de pérdida del objeto que lo cuida. Esta comprensión, aunque fu­ gitiva, le permite reconocer que él y esa Otra, fuente de vida, no son una sola y única persona. El bebé trata entonces de re­ crear, de manera alucinatoria, la fusión perdida con el univer­ so materno, y a continuación toma conciencia de que él es sólo una parte minúscula de ese universo. Cuando Winnicott de­ signa con el nombre de “espacio intermedio de experimenta­ ción” (intermedíate area of experiencing) a un espacio poten­ cial en el que participan a la vez la realidad interna y el mundo exterior, establece un concepto fundamental, que per­ mite una exploración más profunda de los misterios del proce­ so creativo. Según él, “el concepto [de espacio transicional] en­ globa el espacio del juego, la creatividad y la apreciación artística, pero también el del sentimiento religioso y el sue­ ño”. En un capítulo titulado “El juego: una posición teórica” (1971), Winnicott escribe que lo que tiene que decir acerca de los niños que juegan se aplica también a los adultos, realizan­ do entonces la misma observación que Freud en 1908, pero con un sentido más positivo. Entre los múltiples factores que contribuyen al proceso creativo se podría decir que el indivi­ duo creativo (en cualquier ámbito) está jugando.

D urante años he estudiado este espacio del juego para tra ­ tar. de comprender, a partir de mis analizantes, los orígenes misteriosos de la expresión innovadora en sí, sean cuales fue­ ren las formas que tomen: escritura, pintura, escultura, m úsi­ ca, artes teatrales, creatividad científica o intelectual, así co­ mo la creatividad que se expresa en política, en los negocios o en el campo de la invención industrial. Aunque tanto Freud como Winnicott sostienen que un in­ dividuo que crea es un individuo que juega, no se pretende que la actividad creadora está exenta de preocupaciones. Al contrario, la creatividad requiere una violencia considerable, y a menudo genera experiencias intensas de angustia y culpa­ bilidad. La resistencia que sobreviene antes de permitirse crear es una experiencia común a todos los artistas y, según lo que me han enseñado mis analizantes, esta inhibición se refuerza a menudo en el momento mismo en que la creación reclama la expresión con mayor fuerza. Cuando Melanie Klein (1957) propuso que el arte era el re­ flejo de las relaciones tumultuosas entre el niño y la madre, una luz nueva cayó sobre el mundo interior del creador, y también sobre la inhibición que podía aparecer a continuación de las emociones conflictivas que subtienden la actividad creadora. Sin duda, ella subrayó más claramente que cual­ quier otro psicoanalista la importancia de los efectos violentos en el sustrato primitivo de la psique humana. A pesar de que Klein atribuye ese bloqueo a una falta de integración de la destructividad infantil en relación con el universo-pecho, su concepción me interesó particularmente porque, después de años de observación y reflexión, llegué a comprender que la violencia es un elemento esencial en toda producción. Aparte de la fuerza y la intensidad de la pulsión creadora en sí, el creador cae en la violencia porque reúne toda su energía para imponerle al mundo exterior su visión, su imagen, su sueño, su pesadilla. No sorprende entonces que el acto creador se acompañe a menudo de una carga de angustias y conflictos psíquicos. También debemos recordar que los creadores tienen tenden­ cia a recurrir al psicoanálisis cuando sienten que su producti­

vidad está amenazada, o incluso totalmente paralizada. Per­ miten entonces que el analista dirija una mirada privilegiada a lo que contribuye a las fuentes de la creatividad, pero tam­ bién a los obstáculos que traban y a la potencia que se oculta detrás de su parálisis ante la realización. No obstante, hay que subrayar que el psicoanálisis -y los psicoanalistas- no pretenden tener la clave de la creatividad; al contrario, noso­ tros esperamos que los individuos creadores, a través de su obra, nos proporcionen otras claves para penetrar mejor en los misterios de la naturaleza humana. Antes de pasar revista a las perturbaciones y las inhibicio­ nes que pueden surgir en los creadores, me gustaría evocar el mito que perdura acerca del artista plástico o el escritor que se muere de hambre, emocionalmente inestable, o sexualmen­ te desviado, o ambas cosas, etcétera. De hecho, la vida de los artistas célebres es tan variada en el plano histórico o psico­ lógico como puede serla la de los banqueros, carniceros, plo­ meros o políticos. Muchos de ellos han llevado una vida bur­ guesa más bien corriente, y son a menudo padres devotos. Algunos logran armonizar la creación con actividades simul­ táneas en otros dominios: Rubens era embajador, Matisse co­ menzó su vida profesional como abogado, Chéjov era médico, Claudel, diplomático, Mussorgski, teniente del ejército... y así sucesivamente. Por cierto, algunos genios creadores han dado muestra de un comportamiento perverso o manifiestamente psicótico, pe­ ro se puede proponer que la parte de sí mismos que les permi­ tió crear (y continuar haciéndolo) era en realidad la parte exenta de síntomas. Resulta también significativo que la mayoría de los crea­ dores, en cualquier dominio, sean sorprendentemente pro­ ductivos. Los musicólogos de las generaciones posteriores ne­ cesitaron años para catalogar las obras de Mozart; Rubens ejecutó millares de telas; a los dieciséis años, Toulouse-Lautrec contaba ya en su activo con cincuenta pinturas y tres­ cientos dibujos; Van Gogh, incluso durante los años de mayor enfermedad psicológica, tenía con qué llenar todo un museo; Eurípides escribió noventa y dos tragedias; Donizetti, sesenta y tres óperas, y Thomas Alba Edison patentó más de mil in­ ventos. En este contexto es pertinente recordar las palabras

de Picasso, quien decía que “el único trabajo que importa es el trabajo que todavía no se ha hecho”. Podemos im aginar que el universo interno del creador se asemeja a un volcán. En sus profundidades, el volcán oculta un calor y una energía continuos que arrojan rocas y llam as en los momentos propicios, pero, cuando sobreviene un* blo­ queo que se prolonga, la explosión resulta aún más fuerte. Una de mis analizantes, pintora renombrada, me escribió al término de su análisis una larga cartá que resumía lo que ella había aprendido: “Las tendencias profundas y esenciales que me habitan se vuelven lo bastante fuertes como para incomodarme; tengo que expulsar la tensión que experimento, para que pueda instalarse en mí una forma de armonía: es la creación, pero ésta es malograda por mi autodestrucción; cuando no logro pintar, me convierto en víctima de esta autoagresividad. Ésa es la razón por la cual comprendo tan bien la frustración de mi querido amigo A., quien dice odiar lo que pinta «porque sus obras no concuerdan jamás con lo. que tiene en la cabeza». Está también B., que muy a menudo destruye los cuadros que acaba de terminar. ¿Es esto lo que Freud lla­ ma pulsión de muerte?”. Es posible que la tendencia a la autodestrucción opere en el curso del proceso creativo, y que cuando esté en marcha contribuya a fragmentar y también a estructurar. Esto es en todo caso lo que he podido observar en el curso de mi expe­ riencia clínica de estos últimos treinta años con analizantes creadores: la depresión, el autoodio, la cólera y la frustración generan el deseo dé destruirse o de destruir lo que emana de uno mismo. Para el creador, el mundo exterior puede desem­ peñar un rol benéfico o, a la inversa, devolverle sus angus­ tias. En psicoanálisis, las personalidades creativas pocas veces presentan una estructura neurótica relativamente esta­ ble, como la de los pacientes neuróticos con su marco interno; los artistas, en todos los dominios, se inclinan más bien a “ha­ cer estallar las fronteras” y a recurrir a la proyección externa, abrumando al tercer poder, el público, que recibe toda la fuer­ za del proceso de identificación proyectiva con la obra. Se tra­ ta de un fenómeno particularmente sensible cuando el proce­ so reactiva los antiguos esquemas familiares de rechazo, humillación o abandono.

Mis observaciones clínicas me han llevado a pensar que la creatividad se origina en el cuerpo erógeno; refleja la manera en que él se representa psíquicamente y en que las funciones somáticas han sido estructuradas en la infancia. Si nos esfor­ zamos en examinar los vínculos complejos que existen entré el creador, la obra creada y el público, me parece que de ello resultan por lo menos cuatro aspectos fundamentales, que constituyen el telón de fondo de todo acto o pensamiento inno­ vadores. Cada uno de esos aspectos está íntimamente ligado con el cuerpo y sus pulsiones libidinales, en su orientación narcisista u objetal. Estas representaciones cargadas dan lu­ gar a una multitud de fantasmas sobre la imagen corporal y su funcionamiento somático, y todas suelen ser fuentes de inspiración -y de inhibición de la creación-. Dos de estas dimensiones importantes determinan la rela­ ción del creador con el mundo externo: 1) la lucha con el me­ dio de expresión, y 2) la naturaleza de la relación del indivi­ duo con el público imaginario al que destina su obra. Los otros dos aspectos cardinales pertenecen al mundo psíquico del creador en sí: 3) el papel de la sexualidad pregenital en la economía psíquica dél sujeto (que comprende las tendencias orales, anales y fálicas), y 4) la integración -o no-integraciónde los deseos bisexuales de la infancia en la estructura psíqui­ ca del creador. Mi trabajo con analizantes creativos me ha demostrado que las repercusiones dinámicas de cada uno de estos cuatro factores pueden ser fantasmatizadas como una forma de transgresión -y, en consecuencia, generar dolor y conflicto psíquico, con el corolario de la inhibición de toda productivi­ dad-. Por cierto, es posible que el creador siga produciendo, pero con riesgo de pagarlo caro en términos de angustia ca­ tastrófica, depresión, manifestaciones psicosomáticas u otras formas de descompensación. Lo que es más, los individuos creativos tienen a menudo que vérselas con partes fragmenta­ das de ellos mismos, y al mismo tiempo tratan febrilmente de mantener su sentimiento de cohesión e identidad subjetiva a través de su obra o su invención.

1. El creador y su medio de expresión La batalla que libra todo creador con el medio escogido pa­ ra expresarse está subtendida por un fantasma de fusión (o confusión) con ese medio en sí. Hay allí una fuente de senti­ mientos contradictorios que surgen en el curso del análisis: en su esfuerzo por controlarlo, el artista trata a la vez de aca­ riciar a su medio de expresión y de atacarlo, fenómeno parti­ cularmente evidente en los pintores y escultores que a menu­ do destruyen sus obras, durante o después de su creación. También los músicos se quejan de odiar a su instrumento tan­ to como lo aman. Los creadores industriales o científicos se muestran igualmente muy ambivalentes respecto de sus ins­ trumentos, sus computadoras, sus útiles. En este contexto, recuerdo a un promotor de renombre que, en la cima de su gloria, debida a una innovación industrial, hizo cuanto pudo por destruir lo que había creado, en cuanto su éxito superó el que habían tenido los miembros de su fami­ lia de las generaciones anteriores. En ese punto solicitó un análisis. Este género de ambivalencia se revela a menudo en los hombres o las mujeres innovadores que “se han hecho a sí mismos” y tienen tendencia a ser “matados por el éxito”. Sea cual fuere el medio de expresión elegido (la pintura, el mármol, las palabras, la voz, el cuerpo, un instrumento musi­ cal, una institución social o política), se presentará siempre con esta doble faz de aliado y enemigo. El medio creativo de­ berá ser “domesticado” para que el creador pueda imponerle su voluntad. Debe traducir la visión interior del innovador, provocando a veces el sentimiento trascendental de formar to­ talmente un cuerpo con él. Al mismo tiempo, el creador tiene que estar convencido de que el medio de expresión que es el suyo tiene el poder de transmitir su visión, su mensaje o su concepto nuevo al mundo externo.

2. El innovador y su público El público al que se dirige el mensaje es originalmente un público interno y constituido por objetos significativos del pa-

sado, negativos o positivos. Desde que en el creador se ha es­ tablecido una forma de tregua con sus objetos internos, la obra está pronta para enfrentar la “publicación” externa. Los creadores, los innovadores, creen a menudo que deben luchar contra el mundo para tener el derecho de exhibir las expresio­ nes más íntimas de su universo interior. Se sigue que la rela­ ción entre la personalidad creativa y el público anónimo es una cuestión de corazón no exenta de dificultades y angustias para muchos individuos. El creador no trata sólo de compartir con el público su visión personal, sino que en primer lugar tie­ ne que convencerse de que su obra tiene algún valor y, ade­ más, de que será apreciada y deseada por el público al que es­ tá destinada. La primera área de exploración analítica tiene que ver con la naturaleza exacta de lo que se proyecta sobre ese público externo: ¿es percibido como benévolo, admirativo, acogedor, o, al contrario, como perseguidor, crítico, rechazante? Estas pro­ yecciones suelen tener un efecto decisivo sobre la elección del artista, el científico o el industrial, en cuanto a permitir o re­ chazar la “publicación” de su obra o de sus investigaciones. EL MUNDO INTERNO

3. Erotismo pregenital El fundamento libidinal de toda expresión artística es sis­ temáticamente infiltrado por pulsiones sexuales pregenitales y por aspectos arcaicos de la sexualidad; en ese conjunto re­ sulta imposible distinguir entre sí el erotismo y la violencia, el amor y el odio. Aunque todas las pulsiones orales, anales y fálicas contribuyen a la producción creativa, el componente anal ocupa un lugar preeminente, como fuente original de los “intercambios” entre el niño y el mundo del Otro. La “crea­ ción” inicial que el niñito le ofrece al mundo exterior es natu­ ralmente la de sus objetos fecales, con.toda la carga erótica y sádica invariablemente asociada a la actividad anal y a la fantasmática fecal. Este origen libidinal inconsciente desem­ peña un papel vital para el creador, en todos los dominios existentes. Pero los fantasmas reprimidos que están enjuego

añaden un elemento de incertidumbre, en cuanto la proyec­ ción fecal es sistemáticamente vivida como referente a dos re­ presentaciones distintas: por una parte, se trata de algo de gran valor, un regalo de amor ofrecido a un “otro” (general­ mente la madre); por otro lado, es una producción que toma figura de arma para atacar y dominar a ese “otro”. Es de ob­ servar que las pulsiones orales y fálico-genitales son una fuente potencial de conflicto psíquico poco propicia para la su ­ blimación, En cambio, cualquier manifestación espontánea de las pulsiones anales y sus expresiones fecales es refrenada por un control rígido, de modo que aquéllas exigen inelucta­ blemente una solución sublimada. Por lo tanto, la naturaleza violenta e inconsciente de las investiduras erótico-anales y sádico-anales en el acto creador es uno de los elementos de­ terminantes de la capacidad (o incapacidad) para continuar produciendo.

4. Los deseos bisexuales de la infancia Como lo he mencionado en el prólogo, el niño se identifica normalmente con sus dos progenitores y quiere obtener de ca­ da uno de ellos los privilegios y los poderes mágicos que les atribuye. Estos atributos son en general simbolizados por sus órganos sexuales. En la medida en que aceptemos nuestras partes masculinas y femeninas, todos tenemos en nosotros mismos el potencial de crear, de sublimar, por así decir, nues­ tro deseo imposible de pertenecer a los dos sexos y tener hijos de nuestros dos progenitores. De esta manera nos resulta po­ sible producir “hijos” partenogénicos que se encarnan en nuestras creaciones. EL POTENCIAL INHIBIDOR DE LOS FANTASMAS DE LA ESCENA PRIMITIVA

Las cuatro situaciones que acabamos de perfilar (lucha con el medio de expresión, lucha con las proyecciones sobre el pú­ blico, fuerza de las corrientes pregenitales e importancia de la bisexualidad psíquica) pueden considerarse cuatro versiones de la escena prim itiva. Todas pueden convertirse en fuente de

fertilidad o esterilidad. Si añadimos a esto su fuerza de atrac­ ción, cada situación es percibida psíquicamente como prohi­ bida o lindante con el peligro, para uno mismo o para algún* otro. No hay probablemente ningún acto creador que no sea inconscientemente percibido como un acto de violencia y trans­ gresión; uno se ha atrevido a jugar solo, a través de un medio de expresión escogido, con un fin secreto (libidinal, narcisista y violento); uno se ha atrevido a exponer el resultado de esa tra­ yectoria ante los ojos del mundo; uno se ha atrevido a explotar la sexualidad pregenital con todas sus ambivalencias, y fi­ nalmente uno se ha atrevido, en una fantasmática inconscien­ te, a robarles a los padres sus órganos y sus poderes reproduc­ tores, y a servirse de unos y otros para engendrar creaciones propias. Trataré de apuntalar estos elementos teóricos con breves viñetas clínicas, a fin de ilustrar la manera en que los deseos pregenitales y bisexuales pueden desempeñar un papel esen­ cial en el proceso creador, estimulándolo o paralizándolo. Es­ tos anhelos inconscientes se cuentan entre los elementos fun­ damentales que posee la investigación psicoanalítica para realzar la significación de la inhibición del proceso creativo. EL EROTISMO PREGENITAL

La riqueza e importancia de la sexualidad pregenital son nutridas por los cinco sentidos, al mismo tiempo que por to­ das las funciones corporales. No obstante, sucede a menudo que ciertos sentidos, así como determinadas zonas y funciones corporales, son experimentados como fuentes de placer prohi­ bidas, o como sensaciones violentas y potencialmente peligro­ sas. Absorber las impresiones corporales y mentales que nos envían los cinco sentidos es en sí mismo un acto creativo. Sea cual fuere el ámbito de creación, el artista se inspira inevita­ blemente en el mundo externo, el cual le proporciona impre­ siones, percepciones y pensamientos que él incorpora mental­ mente y cuyo impacto enriquece su realidad psíquica interna. Sin embargo, es posible experimentar y al mismo tiempo te­ mer ese movimiento perpetuo entre los dos mundos, como un acto de devoración o de destrucción.

En lo que concierne a la violencia de las pulsiones orales, recuerdo a un pintor retratista que, a pesar de una técnica extraña a la que debía su reputación, captaba muy bien el pa­ recido, pero destruía a menudo los retratos más significativos para él. Pudimos comprender que su megalomanía infantil lo llevaba a hacerse responsable de la sémiparálisis facial de la madre, a la cual, en sus fantasmas inconscientes, pensaba ha­ ber atacado oralmente y devorado. En cierto sentido, se había pasado la vida tratando de reparar de manera mágica los da­ ños que de este modo le había “causado” a la madre. Los re­ tratos que realizaba eran ataques explosivos al mundo visual ys al mismo tiempo, una reparación, en cuanto presentaban un parecido sorprendente con los modelos. Un drama inconsciente análogo se reveló en el análisis de un cirujano plástico, quien sostenía que su madre era parti­ cularmente fea. En algunas oportunidades él estimaba que no había tenido un éxito completo con una operación; el análisis de esas situaciones nos permitió descubrir que inconsciente­ mente se consideraba responsable de la fealdad de la madre, por lo que todas las pacientes parecidas a ella lo hundían en un estado de ansiedad. Sin embargo, mediante una técnica particularmente original en materia de cirugía plástica, ha­ bía logrado investir la misma violencia que él había experi­ mentado en la relación temprana con la madre. “Corto para curar”, me anunció un día. Al escucharse decir estas pala­ bras, logró comprender que “cortando” satisfacía diferentes corrientes pregenitales, al reparar la destrucción fantasmática de la que se creía autor. A partir de allí pudo aceptar las fallas en su trabajo, y las críticas de los colegas, sin una reac­ ción catastrófica. De la misma manera que podemos absorber en nosotros percepciones del ambiente y por otra parte temer este acto co­ mo un acto destructor, la actividad que consiste en dar algo de uno mismo al mundo exterior puede también ser vivida in­ conscientemente como una defecación, y por lo tanto como un don o como un acto eventualmente humillante. También el goce y la excitación que se pueden experimentar en el acto de mostrar lo que uno ha creado son frecuentemente vividos co­ mo una exhibición del cuerpo o una masturbación realizada en público.

Esto me recuerda a un paciente mencionado por Hanná Segal en su artículo sobre los “equivalentes simbólicos” (1957), un músico que se volvió agresivo cuando ella intentó analizar su completa inhibición ante el público. Ese paciente le dijo que ella estaba sencillamente alentándolo a masturbarse delante de todo el mundo. En su comentario, Hanna Se­ gal observa que la confusión entre tocar un instrumento mu­ sical y masturbarse no tenía un valor de símbolo, sino más bien de “un equivalente simbólico” en el que la realidad exter­ na y la realidad interna aparecerían efectivamente confundi­ das. De modo que estamos ante un mecanismo teñido de ar­ mónicos psicóticos. LA SEXUALIDAD PRIMITIVA Y LAS PROYECCIONES DEL CREADOR

Estas reflexiones subrayan la magnitud de lo que el crea­ dor puede proyectar sobre su público anónimo: una imagen benévola o, al contrario, rechazante de su ser o sus creacio­ nes personales. Aunque las proyecciones hostiles son la fuen­ te principal de la inhibición, paradójicamente el placer ex­ tremo que se obtiene al ser reconocido y apreciado puede también conducir a fases de depresión o sentimientos de falla frente a lo que aparece como un éxito. La naturaleza comple­ ja de estas proyecciones tiene evidentemente interés para el analista. Mis analizantes me han enseñado que, en muchos senti­ dos, el proceso de la creación está estrechamente ligado a la imago materna, mientras que el “público” al que está destina­ da esa creación encarna a menudo la imago paterna. Ahora bien, he observado con frecuencia que cuando predomina una representación materna aplastante, ésta es la fuente de pro­ yecciones hostiles o rechazantes sobre el público fantasmático. Estas proyecciones diversas pueden ir desde lo neurótico puro hasta lo psicótico declarado (el páciente de Hanna Segal que no lograba distinguir la realidad interna de la realidad externa constituye un ejemplo). A continuación presento dos fragmentos clínicos que ilus­ tran estas ideas. En el primero, una violinista proyecta sobre

su público una imagen materna negativa derivada de la neu­ rosis, junto a una imagen paterna con potencial destructor. La otra viñeta ilustra los efectos inhibidores de los fantasmas fecales y urinarios. EL VIOLÍN LIBIDINIZADO

Tamara, una violinista de talento, muy estimada en el conservatorio, donde había sido una de las mejores alumnas, padecía una angustia paralizante cuando debía interpretar en público, al punto de que llegaba a anular compromisos en el último minuto. Después de meses de trabajo analítico en co­ mún, en cuyo transcurso tratamos de reconstruir el guión in­ consciente que ella volvía a interpretar con cada concierto, la paciente pudo expresar el siguiente fantasma: “Yo engaño a todo el universo. Todo el mundo sabrá que lo que yo produzco son excrementos, y que yo misma no valgo más que ün mon­ tón de mierda”. Lo que es más, Tamara detestaba a su violín tanto como lo amaba. En el primer año de su viaje analítico, ella tomó conciencia del hecho de que experimentaba el ins­ trumento como una extensión de su propio cuerpo, al cual, por primera vez, se autorizó a amar y acariciar. A medida que progresaba el análisis comenzó a interesar­ se por la prolongación libidinal de su cuerpo constituida por el instrumento, y al mismo tiempo a encarar sin angustia su presentación en público algún día. Esa investidura nueva de la corporalidad la llevó también a evaluar de modo diferente sus funciones corporales. En una sesión me dijo: “Es usted quien me ha hecho comprender que hay una buena mierda y una mala mierda; me pregunto por qué no llego a aceptar la idea de que puedo ofrecer cosas buenas al público”. Poco tiempo después, para mi gran sorpresa, vino a la se­ sión con el violín, y durante una hora, sin decir palabra, in­ terpretó una maravillosa sonata. Cuando hubo terminado, me dijo sencillamente “gracias”, y yo le respondí, a mi vez, “gra­ cias”. En el curso de esta sesión encarné a sus dos progenito­ res internos. Investidos antaño con todas las proyecciones destructoras que ella les atribuía, fueron vividos en ese mo­ mento como bondadosos con la pequeña Tamara, con todos

sus fantasmas corporales, eróticos y afectivos, que por fin ha bían desencadenado su deseo de interpretar en público. En el curso de las sesiones siguientes Tamara pudo com­ prender que detrás de su terror a interpretar en público esta­ ba no sólo el miedo a mostrar un cuerpo que ella consideraba feo y asexuado, sino también un deseo oculto: el de ahogar al mundo entero (padre y madre) en una mierda asesina. Un año después, cuando había terminado su análisis, me envió dos entradas para un concierto que fue un gran éxito. Puesto que sus fantamas libidinales, fecales y fálicos eran fi­ nalmente vividos de manera positiva, ya no había por qué te­ mer las inhibiciones severas provenientes de esa fuente. LA ESCULTURA ERÓGENA

Otra ilustración del vínculo íntimo que existe entre el cuerpo psicosexual pregenital y la expresión creadora me fue proporcionada por Cristina, escultora sudamericana que soli­ citó análisis mientras realizaba sus estudios de arte en París, porque había llegado a un punto de parálisis total en su pro­ ductividad. Me explicó que, aunque soñaba con crear escultu­ ras monumentales, sólo llegaba a hacerlas muy pequeñas, in­ variablemente constituidas por un material frágil, que frecuentemente se mellaba o rompía (a menudo era la propia Cristina quien las destruía). Me habló también de sus proble­ mas conyugales y de su miedo a no ser una madre adecuada para sus dos hijos pequeños (como si ellos fueran también frá­ giles y fácilmente destructibles). Cristina me dijo entonces que era incapaz de exponer sus esculturas, a pesar del alien­ to de sus amigos, entre los cuales había una pareja propieta­ ria de una galería. La idea misma de una exposición la angus­ tiaba al punto de provocar en ella insomnios y una detención brutal de su producción. El análisis duró seis años, a un ritmo de cuatro sesiones por semana. Cristina hablaba mucho de la angustia que sen­ tía ante su cuerpo y sus funciones corporales. Un fuerte senti­ miento de culpabilidad, proveniente de recuerdos infantiles de masturbación, por la cual la madre la había castigado du­ ramente, dio lugar a una exploración analítica profunda. En­

tre otras cosas, recordó que se le había dicho que su actividad autoerótica no sólo la llevaría a quedar dañada, sino que por ella moriría la madre. Este recuerdo hizo emerger un fantas­ ma inconsciente según el cual sus manos tenían un poder des­ tructor y, si ella consentía en exponer sus obras, se produciría la muerte de la madre. En el curso de los dos primeros años de nuestro trabajo analítico Cristina comenzó a realizar es­ culturas más importantes, y también a trabajar el metal. Se atrevió a participar en un concurso internacional de artistas jóvenes, cuyo tema, por una curiosa coincidencia, era “la ma­ nó”. Ella ejecutó una réplica de una de sus propias manos en un material de color oscuro, una obra bastante sorprendente, que tenía el aspecto de un monstruo prehistórico. Un día me anunció que su escultura había sido seleccionada en el con­ curso, y que sería expuesta: “Todo el mundo podrá verla y es­ toy encantada -m e dijo-. Incluso les envié una invitación a mis padres: mi «cosa» será expuesta y ellos tendrán que enor­ gullecerse de mí, al menos una vez en la vida”. En los días que siguieron pudo por fin decir que creía que su “cosa” no era simplemente la prueba de su integridad corporal, sino que también encamaba los aspectos creativos de su sexo y el dere­ cho a su sexualidad de mujer. Después de que hubiera terminado su análisis, muchos años más tarde, Cristina siguió enviándome a menudo sus noticias y teniéndome al corriente de sus exposiciones en el extranjero. Cierto día me llamó para decirme que se instalaba en Francia por algún tiempo, y me pidió una entrevista de ur­ gencia. De nuevo padecía una angustia catastrófica que en­ trañaba insomnios y le impedía trabajar. Su terror se había iniciado la noche misma del vernissage de una exposición de sus esculturas recientes, de un estilo totalmente nuevo. Deci­ dimos vernos una vez por semana durante algunos méses. En su primera sesión, tendida sobre el diván, me dijo: “Ha­ ce un año que trabajo en esta enorme exposición con un sen­ timiento de libertad y placer -cosa completamente desacos­ tumbrada en mí, como usted sabe-. Siempre siento algo de angustia en el momento de mis exposiciones, pero esta vez no experimentaba el menor pánico. Después del vernissage, un crítico de arte me hizo observar que mis esculturas no tenían nada que ver con mi trabajo anterior, que eran «menos auste­

ras», y que yo había utilizado una nueva técnica, «que no era lo que se esperaba de mí». Volví a mi casa en un estado de an­ gustia y abatimiento que no sentía desde hacía mucho tiem­ po, y hace tres semanas que no puedo trabajar ni dormir”. La semana siguiente alenté a Cristina a que me dijera al­ go más sobre sus nuevas esculturas. “Es cierto, hay algo de desacostumbrado en mi trabajo reciente: no sólo he obtenido un placer real al realizar estas nuevas esculturas, sino que después de haberlas desmoldado añadí detalles decorativos, lo que hasta entonces era para mí algo impensable. Ahora he caído víctima de la angustia desde que llegué a mi taller de París; no puedo imaginar nada, ni siquiera tocar la escultura que estoy haciendo.” El interés que me despertaba esta analizante, con su blo­ queo doloroso, hizo que visitara su exposición la semana si­ guiente. Vi sus obras, de dimensiones impresionantes, dete­ niéndome en los detalles desacostumbrados que ella había añadido. Con sorpresa pude medir la distancia que separaba a estos trabajos de los ensayos tímidos de otro tiempo, y hasta qué punto había superado la etapa de aquella “mano” dramá­ tica que la había consagrado. En el curso de las sesiones si­ guientes, recapitulamos nuestros descubrimientos del pasado: la amenaza de muerte asociada a la masturbación; un recuer­ do de su primera infancia, cuando tenía tres años y los pa­ dres, que habían salido de viaje por una semana, la confiaron a los cuidados de una doméstica. Durante la ausencia de los progenitores, Cristina había depositado sus excrementos en una caja de cartón que guardó en un ropero de su dormitorio. La doméstica la había reprendido severamente, y advertido a los padres del “crimen”. (En cierto modo, ésas fueron sus pri­ meras esculturas; ella quiso conservar su primer regalo al mundo exterior, sin duda para exorcizar sus sentimientos de abandono y dotarlos a continuación de un nuevo valor que asegurara su preservación.) Después Cristina recobró un recuerdo aún más antiguo: cuando tenía entre un año y dieciocho meses, había sido exhi­ bida totalmente desnuda por su niñera, ante algunos visitan­ tes. Con gesto de disgusto, la mujer había abierto las piernas de la niña para mostrar que estaba orinando. Todos se habían reído mucho. Cada vez que Cristina rememoraba el placer

qUe había experimentado al orinar, caía de inmediato víctima

de un sentimiento de humillación intolerable ante “la apertu­ ra” de sus piernecitas de niña. En el curso de la sesión que siguió a esta rememoración, C ristin a hizo la observación siguiente: “Comienzo a pregun­ tarme si la gran austeridad que siempre ha caracterizado mis obras no es una manera de ocultar mi sexualidad y negar todo placer sexual. Siempre me he sentido angustiada y culpable por mis funciones corporales, y todo lo relacionado con la sen­ su a lid a d tiene algo de terroríñco para mí. ¿Es el placer algo de lo que me defiendo, lo mismo que del orgasmo, que tengo que desmentir a cualquier precio?”. En la sesión siguiente, Cristina recordó la alegría que ha­ bía experimentado al ejecutar sus esculturas monumentales, añadiendo que aplicó manualmente los detalles decorativos -una técnica que nunca había utilizado en el pasado-. A par­ tir de estos interrogantes pudimos profundizar la significa­ ción inconsciente de los adornos añadidos, y la del crítico de arte que tenía por tarea comunicar sus impresiones. El había entonces encarnado a la niñera que “comunicó” el “crimen fe­ cal” de la niña a sus progenitores, y también a la madre ame­ nazada de muerte a causa de la masturbación de la hija. Una vez más, ella se había dejado llevar a hacer algo sumamente interdicto: “¡No es esto lo que uno [tus padres) esperaba [es­ peraban] de ti!”. Por primera vez Cristina había podido experimentar ple­ namente su rabia ante los intentos de privarla de su femini­ dad y de una sexualidad plena. Advirtió también que la reac­ ción desmesurada a las observaciones del periodista ocultaba una cólera nunca reconocida verdaderamente, con sentimien­ tos de violencia dirigidos a sus padres internos (lo mismo que hacia la madre-analista que no había “protegido” de tales ata­ ques a su niña creativa). Finalmente, pudo aceptar la idea de que la violencia no es únicamente destructiva, sino que puede ser también una fuente de creatividad. Sean cuales fueren los tramos del pasado que se reactiva­ ron en esta artista sensible, la angustia de Cristina, relativa a su última exposición, desapareció, y pudo firmar un contra­ to para exhibir esas mismas obras en el extranjero. Creo que este fragmento de análisis ilustra también el he­

cho de que la creación tiene su fuente en el cuerpo erógeno de la infancia, y de que tanto su fuerza como su fragilidad deri­ van de la manera en que ese cuerpo ha sido investido libidinal y narcisistamente en la infancia por ambos progenitores. Aunque en la fuente del impulso creador están las corrientes libidinales y narcisistas, los sentimientos de cólera y rabia tienen asimismo una importancia vital en el proceso de la creación. Un ejemplo interesante de la violencia creadora propia de todos los artistas se expresa en la cita siguiente del escultor japonés Noguchi, quien dijo estas palabras al cumplir 91 años: “Sin duda ustedes piensan que cuando Brancusi tomaba un molde y comenzaba a llenarlo, finalmente pasaba al inte­ rior. Yo tengo un enfoque diferente; en realidad, lo parto, lo rompo, corto, apunto a la yugular. Después vuelvo a salir y todo eso se unifica...”. Cualquiera de los elementos mediadores entre el creador y el mundo externo es capaz de desencadenar una inhibición grave. Podemos entonces comprender que los individuos crea­ tivos no cesen de estar amenazados por una perturbación o una detención en su productividad cuando resurgen ciertos recuerdos traumáticos y emociones primitivas de su infancia. Podemos decir que los traumas más estrechamente ligados a la organización psicosexual de la representación corporal, tal como ha sido modulada por los objetos significativos del pasa­ do, son una fuente, no sólo de síntomas neuróticos e inhibicio­ nes, sino también de la creatividad en sí.

5. CREATIVIDAD E IDENTIFICACIONES BISEXUALES

El periodista: ¿Cuál es la mejor formación básica para un escritor? El autor: Una infancia desdichada. E r n e s t H em ingw ay By-Line

La viñeta que sigue suscita algunos interrogantes, a la vez teóricos y clínicos, respecto del papel de las identificaciones y desidentificaciones con los objetos parentales del mundo psí­ quico interno, y sobre sus efectos potenciales en la actividad creadora, particularmente cuando la infancia ha estado im ­ pregnada de trauma y tragedia. LA PRIMERA ENTREVISTA

De ascendencia rusa, Bénédicte nació y fue criada en Francia, en una gran ciudad del Norte, donde residían tam­ bién la mayoría de los miembros de su familia. Es escritora, y entró en análisis en razón de un bloqueo casi total de su pro­ ductividad. A pesar de un talento considerable y de la seguri­ dad de haber ganado ya una reputación segura (aunque ella misma expresaba poca estima por ese trabajo), se encontraba incapaz de concluir la novela que había comenzado. Bénédicte entró a mi consultorio con paso vacilante, y se

sentó lentamente en la silla colocada frente a mí, la mirada fi­ ja y el gesto serio y expresivo. Después de un prolongado si­ lencio comenzó a balbucir -dando casi una impresión de tarv tamudeo- con una voz tan baja que yo apenas llegaba a entender lo que me decía. De pronto se detenía en el medio de una frase, como si temiera que sus palabras llegaran a mis oí­ dos, o como si tuviera que verificar cada una de ellas antes de pronunciarla. Observé que sobre todo vacilaba al enunciar los pronombres; parecía que decir usted o yo remitía a elementos demasiado íntimos o demasiado violentos. B.: Eh... yo... no sé si un... psicoanálisis puede ayudar­ me... No tengo... eh... mucha confianza... pero he leído algo que... eh... ha escrito... Mi trabajo no marcha... no logro ya escribir... yo me... pregunto si... usted puede... ayudarme... J. M.: Pero, ¿qué tipo de ayuda espera de mí? B.: Quizá... podría... decirme qué es lo que no marcha... no creo que sea un... verdadero análisis lo que necesito pero... alguien como... eh... usted... ¿aceptaría ayudarme? Eh... us­ ted, que también escribe... J. M.: ¿Sabe?, yo soy más bien analista que escritora. B.: Pero estoy completamente bloque da... J. M.: Entonces podríamos quizá tratar de descubrir la causa de ese bloqueo. B.: Nunca he realizado nada en la vida. Yo... eh... tengo vergüenza de estar todavía viva... y de haber hecho tan pocas cosas... [Larga pausa.] Tendré cuarenta años la semana que viene... mi... eh... padre... murió a los cuarenta años... Dejó de hablar por completo, y fijó en mí una mirada an­ gustiada. Incómoda a mi vez ante su mirada penetrante, y pa­ ra poblar ese largo silencio, hice una observación carente de sentido -una obviedad- pero que me pareció capaz de reacti­ var su discurso: J. M.: En suma, su padre murió a la edad que usted tiene ahora. B.: Sí... pero eh... nunca lo conocí... Yo tenía quince me­ ses... [De nuevo un largo silencio.1 J. M.: ¿Le hablaron de él?

B.: Sí... no... ¡nadie me dijo minea que estaba muerto! Bénédicte se detuvo y cayó en un silencio interminable. Yo sintiéndome incómoda, e incluso preguntándome si acaso la paciente no sufría perturbaciones del pensamiento. Sin embargo, ella fijaba en mí una inirada extremadamente comunicativa, con una expresión desesperada, como si ningu­ na palabra pudiera transmitir lo que sentía. Tratando de romper su silencio lleno de terror, comenté que debía de ser difícil hablar de un padre que uno no ha conocido. seg u ía

B.: Ocurre que... mi madre me ocultó su muerte. Cuando yo le preguntaba dónde... eh... estaba él... ella me decía... “e stá en el hospital”... y le había pedido a toda la familia que... eh... me mintiera. A los cinco años... alguien me dijo la... eh... eh... verdad. A continuación manifestó que no creía que la noticia la hu­ biera trastornado verdaderamente: “Como nunca conocí a mi padre, jamás pensé en... eh... él”. Por mi parte, yo pensaba que si ella no se había sentido trastornada fue quizá porque ya conocía la verdad. Me pareció poco probable que una niñita sensible no hubiera sospechado algún misterio en torno de un padre vivo pero invisible. Me pregunté también si la ma­ dre de Bénédicte no había inventado esa mentira del padre eternamente enfermo porque ella misma no lograba hacer el duelo. En tal caso, para esa criatura se trataba de un saber y de un duelo interdictos. Bénédicte me dijo que, cuando le pi­ dió que confirmara las palabras de la vecina, la madre estalló en sollozos, y ella, Bénédicte, se había sentido culpable. Aña­ dió que la madre nunca más le dirigió la palabra a esa vecina indiscreta. A continuación Bénédicte describió un aspecto fic­ ticio de la personalidad de la madre. B.: Mi madre... es alguien irreal. En ella todo es falso... hasta la nariz, que se hizo rehacer. Cuando yo tenía preocu­ paciones, me decía: “No hagas ese gesto, deja de fruncir el en­ trecejo, o tendrás arrugas”. Mi ceño no la conmovía... sólo la apariencia... y lo que... eh... los otros iban a pensar cuando... eh... me vieran... [Mientras me miraba, Bénédicte fruncía el

entrecejo, precisamente, como para preguntarme si yo me in­ teresaba en su angustia más bien que en sus arrugas.] Ella nunca comprendió por qué yo no quería ser lo que ella lla­ ma... eh... “femenina”. Ella y yo no tenemos nada en común. Ella... eh... puede guardársela... su feminidad. Es totalmente inauténtica... lo que ella piensa que los otros piensan que sé supone que una es... Este es su sistema infalible para atrave­ sar la vida. [Prolongado silencio.] J. M.: ¿Y usted se resistió a su sistema? B.: Sólo me gustan... las mujeres auténticas. [Hubo un si­ lencio muy prolongado antes que Bénédicte retomara su rela­ to.] Ser como ella hubiera sido... no ser... nada. Aunque hablaba suave y lentamente, cada palabra y cada gesto suyo transmitían una tensión inexpresable. A través de otros silencios vacilantes, me dijo que además de su bloqueo de escritora quería también resolver “algunas dificultades de la vida corriente”. Me preguntó si podía venir a verme “de tiempo en tiempo”. Sintiendo su inquietud extrema ante esta idea, con todo lo que estaba en juego, le propuse una cita para la semana siguiente, que coincidía con el día en que cumpliría cuarenta años. Ella esbozó una sonrisa y me respondió en to­ no grave: “Gracias. Me voy a mantener viva hasta entonces”. En nuestra segunda entrevista Bénédicte me habló de su vida amorosa: las dificultades de la vida corriente a las cuales se había referido la semana anterior. B.: Una sola mujer ha importado realmente en mi vida, Frédérique, con quien he tenido una prolongada relación... después de la muerte de... eh... el marido. Su presencia siem­ pre fue vital para mí... pero ahora... me he desprendido de... eh... del lado pasional de nuestra relación; seguimos muy vinculadas... nos vemos todos los días... pero ya no soporto la pena que... eh... yo le causo... y tampoco puedo volverme atrás... Con muchas vacilaciones, me habló a continuación de su relación amorosa, que databa de tres años, con Véronique. Ella le ocultaba cuidadosamente a Frédérique la existencia de este amor: “Es la primera y la única vez que le he mentido”.

D esde fuera, me pareció que sus dos amantes tenían algunos

puntos en común: eran ellas quienes habían ido a buscarla, y las dos eran madres y viudas. Seguramente Bénédicte leyó en 'mi rostro lá reflexión que me ocupaba interiormente, a saber: que siempre aparecía la presencia silenciosa de un hombre muerto en la escena de su vida. En todo caso, hizo un comen­ tario que podía entenderse como una renegación de mi espe­ culación interna: B N in gu n a de estas dos... mujeres importantes de mi vi­ da... tiene el menor parecido con mi... eh... madre. Me miró con inquietud, como temiendo que yo no estuviera de acuerdo con ella. Unas semanas más tarde creyó tener la prueba de ese “desacuerdo”. Poco antes de la sesión había en­ contrado en una librería vecina un libro de psicoanálisis que trataba de la sexualidad femenina, y que incluía un capítulo mío sobre la homosexualidad en la mujer. En cuanto llegó, me hizo conocer su descubrimiento. Con muchos tartamudeos y circunloquios me dijo que estaba en desacuerdo con mi texto. Le respondí que sus comentarios me interesaban. B.: En su capítulo, usted dice que... la mujer homose­ xual... tiene una imagen idealizada de su... eh... madre, que la madre es inalcanzable y la niña renuncia a toda esperanza de rivalizar con ella... y en lugar de tomarla como modelo a ella... lo toma al padre. Yo en cambio execro a mi madre: nunca, de ningún modo, entraría en rivalidad con... ella. En cuanto a mi... eh... padre, puesto que... eh... nunca lo conocí, es improbable que haya sido mi modelo, bueno o malo. En verdad, las dos imágenes parentales que Bénédicte aportaba me hacían pensar que ella era psíquicamente huér­ fana; su mundo interno, tal como me lo presentaba, estaba poblado por una madre irreal, descrita como un maniquí, y por un padre muerto, vivido como inexistente. Al escucharla, pensé para mí que el artículo al que ella se refería databa de veinticinco años atrás; lo que es más, yo reconocía que algu­ nas de mis generalizaciones habían sido injustificables, en vista de mi inexperiencia en aquella época. En el ínterin, yo

había afinado mucho mi reflexión. Con la esperanza de alen­ tar a Bénédicte a explorar más lejos sus propias críticas, me; limité a decirle que yo había modificado mis hipótesis de antaño, algunas de las cuales me parecían poco fundadas. Aun­ que en el capítulo del que se trataba estaba subrayado el pa­ pel de la madre, también se hablaba considerablemente del papel del padre en el universo de la homosexual. Bénédicte examinaba de cerca los sentimientos que experimentaba res­ pecto de la madre, pero observé que no avanzaba en cuanto a las consecuencias del padre muerto para la niñita que ella ha­ bía sido, sobre todo en vista de la representación materna muy negativa, según me la describía. A pesar de su resistencia a emprender un “verdadero aná­ lisis”, me preguntó si podía verme regularmente, pues, dijo, había identificado lo que trataba de descubrir en sí misma. Convinimos en un ritmo de cuatro sesiones por semana, y el análisis, que comenzó unas semanas más tarde, duró ocho años. Después de nuestras primeras sesiones, sentí la necesidad de formular las cuestiones clave que nuestro encuentro había suscitado en mí: 1. lEsta aventura analítica iba a orientarse hacia la bús­ queda del padre perdido? Una criatura de quince meses no tiene capacidad para hacer un trabajo de duelo. ¿Dónde en­ contraremos, en la psique de la niña de antaño, la huella se­ pultada del padre muerto? 2. ¿Cómo había construido una niña de esa edad ¿a repre­ sentación de su identidad sexuada y sexual, teniendo en cuen­ ta las circunstancias descritas por Bénédicte: un padre invisi­ ble, pero del que se le decía que estaba vivo, y una madre que transmitió a la hija la idea de que ella, la niña, era poco más que su extensión narcisista? 3. ¿Qué me podría enseñar Bénédicte sobre el proceso crea­ dor y sus vicisitudes? Cuando los conflictos internos arrastran a una inhibición de la creación, la observación clínica me ha enseñado que se revela infamablemente un drama complejo en el mundo interno, ¿Cuál sería el suyo? La primera cuestión, a la vez clínica y técnica, se refiere a una situación muy difundida entre los analizantes. Me parece

que el porcentaje de pacientes míos que, durante la infancia, perdieron al padre, por fallecimiento o porque abandonó a la familia, es mucho más elevado que en la población en general, y cuando ese trauma se produjo en la fase preverbal de la pri­ mera infancia, las estructuras defensivas compensatorias que engendra son distintas de las qué puede Construir un niño que llega a elaborar los acontecimientos traumáticos median­ te la palabra y el proceso del pensamiento verbal. En la histo­ ria de Bénédicte parecía evidente que además la madre no había podido atenuar en la niña el potencial traumático de la ausencia del padre. La segunda cuestión, de orden teórico, concierne a las raí­ ces infantiles de la identidad sexual: los elementos principa­ les que contribuyen a estructurar la identidad sexuada en el niño (su convicción de ser varón o mujer) y el sentimiento de identidad sexual (la representación que cada uno tiene de aquello a lo que remiten la “feminidad” y la “masculinidad”). Estas adquisiciones psíquicas no son automáticas, como Freud fue el primero en demostrarlo; por el contrario, el niño las construye a continuación de las “informaciones” conscien­ te o inconscientemente transmitidas por los progenitores y, más tarde, por el discurso social. Como lo he subrayado en el capítulo 1, hay una transmisión precoz de la madre a su bebé niña que provee los elementos básicos de la representación que la criatura se construirá de las relaciones sexuales y amo­ rosas futuras; se transmite también la investidura libidinal del padre, de su esposa y del niño de ambos. La tercera cuestión se desprende de mis observaciones realizadas durante muchos años con analizantes creativos que se encontraron severamente inhibidos en su productivi­ dad. Ya he dicho en el capítulo anterior que estoy persuadida de que el proceso creador, entre otros factores importantes, se basa en la integración de las identificaciones y fantasmas bi­ sexuales. Una parálisis en la capacidad para crear atestigua muy a menudo una prohibición concerniente a ciertos aspec­ tos de las identificaciones bisexuales inconscientes, y también a la relación con los objetos parentales en el universo interno del creador.

LOS DOS PRIMEROS AÑOS DE ANÁLISIS

Bénédicte se interesó intensamente en su aventura psicoa­ nalítica, y aportó una gran cantidad de sueños, reflexiones y asociaciones, de una riqueza metafórica considerable, pero no obstante sin la menor soltura en su manera de expresarse verbalmente. Su discurso era laborioso, vacilante, a menudo inaudible o entrecortado con pesados silencios. Cada gesto, cada palabra eran retenidos y cuidadosamente verificados an­ tes de exteriorizarlos. En un primer momento no traté de in­ terpretar la significación potencial de esa palabra que avan­ zaba tropezando, convencida como lo estaba de que Bénédicte no podía comunicarse de otro modo sino al costo de una vio­ lencia contra sí misma y con riesgo de un acercamiento peli­ groso entre nosotras. Al comienzo de cada sesión, antes de tomarse tiempo para tenderse en el diván, me dirigía una mirada fija y ávida, o bien escudriñaba todo el ámbito, como tratando de almacenar alguna información. (Algunos años más tarde le solicité auto­ rización para utilizar estas notas clínicas con un fin científi­ co, haciéndoselas conocer previamente. Entonces escribió: “Me sentía como alguien sediento que erraba en el desierto y buscaba ávidamente, temiendo que el oasis se volviera espe­ jismo”.) Después su mirada penetrante solía apartarse y, lo mismo que la palabra, quedaba en suspenso. Una vez recostada, comenzaba a hacer comentarios entre­ cortados sobre lo que había observado en el consultorio: un le­ ve cambio en la disposición de un objeto, de una lámpara de una pila de revistas... Lo mismo respecto de mi ropa o de la posición exacta de mi sillón con relación al diván. Estos deta­ lles ínfimos (que para mí casi siempre pasaban inadvertidos) daban lugar a preguntas tímidas pero insistentes, y cuando yo la invitaba a opinar sobre las respuestas que podía even­ tualmente darle, ella bosquejaba hipótesis insostenibles pero que giraban siempre en torno al mismo tema, a saber: que ella “me importunaba” porque sin duda yo prefería “estar con algún otro” u ocupada en otra cosa. En otras palabras, busca­ ba constantemente un signo mío que pudiera asegurarle lo contrario, que su existencia contaba para mí, que yo no encar­ naba a la madre de su infancia.

Esta búsqueda incesante de sentido, que se asemejaba a la ¿e un niño angustiado, remitía por supuesto a las mentiras y la incoherencia del discurso materno. Bénédicte pensaba que tenía que encontrar la verdad totalmente sola, y no sólo la verdad sobre la muerte del padre, sino también acerca de las ausencias frecuentes de la madre, que, viuda, había tratado febrilmente de volverse a casar. Estas preocupaciones, en su versión transferencial (¿era yo viuda?, ¿tenía un hijo?, ¿había o no un hombre en mi vida?) se sumaban a la gran dificultad que experimentaba la paciente para expresarse verbalmente, pues continuaba entrecortando las palabras, manteniendo largos silencios y amortiguando el tono de su voz. Aparte de su fantasma sobre el peligro que corría si se en­ tregaba a comunicarse con los otros, Bénédicte tenía miedo a las palabras en sí; las manejaba como objetos concretos que podían transformarse en instrumentos contundentes; la ma­ nera en que utilizaba el lenguaje creaba también confusión, como si la interpenetración de los procesos primario y secun­ dario (que imprime su marca en las asociaciones del discurso analítico) en el caso de ella estuviera más cerca del trabajo del sueño. EL PADRE MUERTO VUELVE A LA VIDA

Las notas que siguen corresponden a dos sesiones conse­ cutivas que tuvieron lugar durante el tercer año de nuestro viaje analítico. Permiten vislumbrar la relación interna que mi paciente mantenía con la representación coactiva e invasora de la madre. Al mismo tiempo, esta viñeta esclarece al­ gunas de las razones por las cuales todo intercambio con los otros, verbal o de otro tipo, era para Bénédicte una fuente de angustia. B.: Esta noche he soñado que estaba en un autobús. Te­ nía... que hacer sellar un billete (billet) de cien francos desti­ nados a... eh... usted. Pero la máquina estaba bloqueada... faltaba algo en el billete. Detrás de mí, alguien me dijo: “In­ téntelo otra vez, logrará hacerlo”. Entonces me desperté. [Con una voz lenta y ahogada, Bénédicte comenzó a asociar, a ha­

blar de su amiga Frédérique y del placer que experimentaba al darle dinero, para esa amiga y sus hijos, aunque ella mis­ ma tenía poco. Le señalé que el billete del sueño estaba desti­ nado a mí.] Supongo... que me gustaría ser el padre de fami­ lia en... eh... en su casa también, pero todo lo que puedo darle... es dinero. No me atrevo a imaginar que pueda darle algo más valioso. J. M.: Esto me recuerda una cierta imagen de su madre. Usted me dijo que nunca llegó a saber lo que ella esperaba verdaderamente de usted. B.: ¡Oh!, lo que ella quería era que yo no existiera... afuera de ella. En mi sueño, la máquina hacía un ruido espantoso... como si hiciera crujir el billete. J. M.: ¿En qué la hace pensar? B.: En el cartel que se encuentra sobre los molinetes del metro: “Oblitere su boleto [billet]”. Me cuesta pronunciar esta palabra, debido a su violencia. Sé que “obliterar” significa sólo que el billete pase por una máquina para anularlo... pero pa­ ra mí es como si se destruyera, se obliterara a una persona. Destrucción total. La máquina de obliterar es... mi madre, ¡la máquina materna infernal! Bénédicte tenía fácil acceso al odio de la madre como introyecto peligroso y destructor, pero esta representación alta­ mente investida como tal le impedía descubrir sus propios de­ seos de violencia y destrucción, reconocerse “bloqueada” como lo estaba yo en su sueño cuando ella me destinaba el billete. La conduje entonces hacia la relación transferencia!. J. M.: Pero, en su sueño, ese intercambio destructor se realiza entre nosotras dos. B.: Esta idea me disgusta. Billete... carta de amor (billet doux); en él reconozco los sentimientos tiernos que experi­ mento por usted. Pero la violencia, aunque sea en las pala­ bras, me hace mal. J. M.: ¿Teme usted que su violencia me haga mal? ¿Que yo no quiera encontrar a ese ser violento que hay en usted, mientras que él trata por todos los medios de expresarse? Bénédicte permaneció en silencio durante un instante, y

después se entregó a jugar de manera onírica con la palabras asociadas a las imágenes del sueño, al punto de hacer surgir rápidamente una oleada de pensamientos a veces eróticos y otras violentos. Le pregunté si no temía que, en su mente, los deseos eróticos y destructores estuvieran ligados, e incluso quizá confundidos. B.: Mi madre hacía que todo fuera sucio. Esta es la razón por la cual, hace un rato, yo no llegaba a articular... ciertas palabras; cada palabra que me venía a la mente tenía... eh... algo que ver con los... eh... excrementos. Pensé entonces en una frase de una carta de Ernest Hemingway: “Durante toda mi vida he mirado las palabras como si las viera por primera vez”. Más especialmente en un escri­ tor, las palabras, impregnadas de excitaciones pulsionales de todo tipo, pueden convertirse para la mente en objetos tan pe­ ligrosos como hechizantes. La cadena de significantes erótico-anales y sádico-anales de Bénédicte revelaba ciertos fantasmas clásicos que subtien­ den las teorías sexuales infantiles, pero no realicé ninguna in­ terpretación, pues su angustia dominante parecía centrada en los “equivalentes simbólicos”, en los cuales se confundían las representaciones de palabra y las representaciones de co­ sa. (Vemos aquí ciertos factores que desencadenaban en ella dificultades de elocución para expresar sus pensamientos “excremenciales”. En esos momentos yo recordaba a mis peque­ ños pacientes en psicoterapia que presentaban trastornos de la palabra, y el vínculo estrecho que a menudo se ponía de manifiesto entre el tartamudeo y los fantasmas anales y feca­ les. Bénédicte no padecía un tartamudeo propiamente dicho, pero a veces daba la impresión de que así fuera.) Le llamé la atención sobre su miedo a las palabras. “¡Tiene razón! -dijo-. Les tengo tanto miedo a las palabras como los niños a. los apa­ recidos. .. ” En ese momento fue como si yo también hubiera encontra­ do un fantasma en nuestro viaje: el del padre ausente, en to­ dos los sentidos de la palabra. El extraño silencio que rodeaba a su muerte, su enfermedad, de la cual Bénédicte no había hablado nunca, y su existencia de zombie enfermo que el dis­

curso engañoso de la madre había introducido en la cabeza de la niña, todo ello se prolongaba en la escena analítica. Invité a Bénédicte a que me dijera algo más sobre las “historias de aparecidos” que les dan miedo a los niños. B.: Siempre me han fascinado las historias de ultratumba, y sobre todo las de fantasmas con heridas que sangran... J. M.: ¿En qué aparecido piensa en particular? B.: ¡Oh!, ¿usted quiere decir... eh... él? Sí, pienso... eh... que quizá yo esperaba... que él volviera. [Y, por primera vez, comenzó a hablar sobre lo que sabía del padre desaparecido. Había necesitado tres años para llegar a pronunciar el nom­ bre de la causa de su muerte. Tanto la palabra como su refe­ rente le habían parecido indecibles. El padre, a la edad de cuarenta años, había muerto de un cáncer de recto.] En la misma sesión tuve vivamente presentes las metáfo­ ras de Bénédicte y las fantasías y fantasmas que ellas habían evocado en mí: una niñita excitada pero también aterroriza­ da, que esperaba el retorno del padre desde la ultratumba; la muerte del padre asociada a un estallido anal; los fantasmas de escena primitiva en términos sádico-orales y sádico-anales; las imágenes oníricas en las cuales se podían descubrir las huellas de una escena primitiva arcaica figurada por el en­ cuentro de la máquina (significante fálico-anal en las asocia­ ciones de Bénédicte) y el billete de cien francos destinado a ser “obliterado”, pero que representaba al mismo tiempo un regalo de enamorado (el “billet doux”). Al releer mis notas al día siguiente advertí que ella y yo de alguna manera le había­ mos creado un sentido a esta historia, lo que me fue confirma­ do a continuación por ciertos elementos. Bénédicte comenzó la sesión asociando su desconfianza constante respecto de la comunicación verbal con su nece­ sidad urgente de “cerrarse” para detener toda invasión even­ tual de los otros. “Me sentí colocada en la posición de ana­ lista-madre invasora. Mi madre no me quitaba los ojos de encima; creía tener un derecho de mirada total sobre mí, so­ bre todo lo que yo hacía o pensaba.” En esta etapa de nuestro viaje era claro que Bénédicte me veía del mismo modo: analmente intrusiva, miradora, contro­

ladora de sus hechos, sus gestos y sus palabras. Pero esa in­ terpretación habría sido prematura, pues Bénédicte no podía aún asimilarme a esa madre mala. Más tarde, cuando hubo alcanzado esa etapa y pudo analizar los fantasmas de des­ trucción mutua, comenzó por primera vez a hablar sin rodeos y de una manera audible, ño solamente en él curso de las se­ siones sino también en,el exterior, donde los amigos le hicie­ ron notar que ya no “mascullaba”. Yo me enteré de que su amiga Frédérique le había reprochado durante mucho tiempo que “se tragara las palabras”. Bénédicte continuó sus asociaciones buscando las razones de sus dificultades vocales. “En la adolescencia no me atrevía siquiera a abrir la boca... como si mi madre pudiera introdu­ cirse en ella. Cerraba todas las puertas detrás de mí, pero mi madre se precipitaba a abrirlas. Incluso ahora, en las escasas ocasiones en las que la visito, ella escucha todas mis conver­ saciones telefónicas.” Cada vez se volvían más transparentes los fantasmas sub­ yacentes de violación materna y penetración sádico-anal. Yo también empezaba a sentirme como esa niñita a la que le es­ taba prohibido cerrar las puertas de su cuerpo o de su mente a la representación de la madre invasora. (Más tarde Béné­ dicte pudo construir, con recuerdos hasta entonces olvidados, los fantasmas de la madre matando al padre de manera oral u anal.) B.: Mi madre limpiaba todo constantemente; en cuanto yo volvía la espalda, ordenaba mis papeles, mis cigarrillos, mis asuntos; apenas me levantaba de la silla o el sofá, ella se pre­ cipitaba a volver a poner en su lugar los almohadones. Los alisaba cuidadosamente, como si quisiera borrar’toda huella de mi presencia. [Como veremos, el tema de la huella y su "obliteración” iba a convertirse en un leitmotiv rico en signifi­ caciones.] Además, yo tenía que m irarla; ella interpretaba una especie de escena erótica, vistiéndose y desvistiéndose delante de mí, preguntándome qué vestidos la hacían más se­ ductora... un guión destinado a la caza del nuevo marido, e insistía en que yo también me vistiera de ese modo, para que fuéramos dos las que sedujéramos a los eventuales candida­ tos. Me decía: “Es necesario que estemos lindas para el señor

R., ¿no es cierto?”. La violencia era la única salida, y yo me amurallaba en un silencio de piedra, lo que ella me reprochó durante años. Estas evocaciones comenzaron a hacer surgir también en mí sentimientos negativos respecto de esta imago materna; Este movimiento contratransferencial fue quizá la razón por la que le pedí que explorara más a fondo el modo en que esa violencia la había protegido de la madre. Por primera vez, pa­ ra mi gran sorpresa, la paciente me expuso, balbuceando, un fantasma erótico: “La escena más excitante que me imagino es... eh... yo soy un hombre joven y... eh... un hombre clara­ mente mayor que yo m e... sodomiza violentamente”. Mis propias asociaciones siguieron el camino siguiente: el fantasma del padre muerto por penetración anal se transfor­ ma en una escena en la cual el padre, el hombre “claramente mayor”, se convierte en una representación fálica viviente que favorece una penetración anal, eróticamente excitante, y que ya no es mortalmente peligrosa. La escena implica el fantas­ ma de incorporar el pene del padre y adquirir su fuerza, de la misma manera que los niños pequeños imaginan que pueden tomar posesión de sus padres, narcisista y libidinalmente, apoderándose de sus órganos sexuales. Reflexioné sobre la situación de una niñita de quince me­ ses cuyo padre falta en el momento en que ella, desde cierto punto de vista, tiene la mayor necesidad de él. Es precisa­ mente en esa fase cuando la mayoría de los niños buscan la ayuda del padre en un intento de desprenderse de su deseo (y su temor) de depender de la madre. Gracias al padre (a su presencia real y a los fantasmas que ella genera), ese des­ prendimiento refuerza, en todos los niños, su sentido de iden­ tidad subjetiva y sexual. ¿Hacia quién había podido volverse Bénédicte para realizar esa tarea vital? J. M.: Usted me dice que la única respuesta posible ante la actitud seductora de su madre era la violencia; a su juicio, es­ ta sodomización violenta por una figura masculina, ¿podría también protegerla de la invasión de su madre? B.: Yo tenía que esconderle todos mis juegos... Superman y Batman eran mis compañeros favoritos... yo era siempre un

varón entre los hombres, lo que ella me habría prohibido por completo si hubiera tenido la menor sospecha al respecto. J. M.: ¿De modo que usted tenía que ocultar su anhelo de ser un varón y de tener un hombre por compañero? B.: Sí.,, comienzo a comprender... ésta era mi única mane­ ra de tener una relación secrefa con mi padre... y sin que ella lo supiera. [Largo silencio.] ¡De otro modo me lo habría quita­ do una vez más! Yo pasaba horas soñando e inventando histo­ rias en torno a esos hombres poderosos que eran mis camara­ das. ¡Vaya, iba a olvidarme algo! Cuando era aún adolescente escribí una novela a la que llamaba mi “ópera” y que me llevó meses de trabajo. Después, un día, el manuscrito desapareció de mi habitación y. no lo encontré nunca. ¡Mi madre lo había destruido! Sin duda porque era algo que me alejaba de ella.

El tema de esta “ópera” era revelador. Bénédicte me narró lo siguiente: “Toda la acción transcurría en el metro y todos los personajes eran masculinos. Los héroes eran un mucha­ chito, una pandilla de granujas y un viejo infame. El mucha­ cho es traicionado por el viejo y, con el corazón roto, se arroja al paso de un tren”. En respuesta a una pregunta que le hice, Bénédicte esta­ bleció un vínculo esencial entre “ópera” y “operación”, lo que remitía a sus fantasmas concernientes al padre que supues­ tamente estaba “en el hospital”. Ella debió de haberse senti­ do “traicionada” por ese “viejo infame”, cuya ausencia estaba rodeada de misterio, que nunca se había hecho presente. Me vinieron a la mente varias hipótesis flotantes, trataba de identificarme con esa niñita de antaño. ¿No había ella fantasmatizado que el padre, al abandonarla, la había “castra­ do”? ¿Qué él se había contentado con dejarla a merced de la madre, obligándola a conservarlo vivo en sus juegos y en sus ensueños, y más tarde en sus historias escritas? ¿Habría ella podido proteger de esta manera su sentimiento de identidad e integridad? Especulé acerca del papel que las palabras deberían de­ sempeñar en la mente infantil en relación con las imagos parejitales. Al reflexionar sobre “la ópera” de la joven Bénédicte, me pregunté si acaso las palabras no encarnan el poder y la presencia paternas. Es cierto que la madre, como dice Aulag-

nier (1975), es “la portavoz” del niño, puesto que es ella quien lo pone en contacto con el mundo del lenguaje. A través de las palabras ayuda a su hijo a atribuir un sentido a las percepcio­ nes corporales preverbales y a los fantasmas primitivos; es también ella quien le nombra sus estados afectivos y sus zo­ nas y funciones corporales. De modo que ella ayuda al niño a adquirir una representación nítida de la diferencia entre su cuerpo y su mente, por un lado, y por el otro el cuerpo y la mente maternos. No obstante, esta forma simbólica de comu­ nicación, aunque transmitida por la madre, representa un po­ der “tercero” que se convierte en una protección contra la “madre-sirena” cuya voz y presencia reaniman el deseo de fu­ sión, que implica la pérdida de identidad subjetiva, mientras que las palabras recibidas de ella obligan a la separación y la autonomía. De esta manera, las palabras, al reemplazar un “lenguaje” más arcaico compuesto de significados infraverbales, dejan siempre en la sombra no sólo las representaciones de cosa que ellas simbolizan, sino también el sentido (propio del ámbito somatopsíquico) que tratan de darles. Están entonces inextri­ cablemente ligadas a los fantasmas bisexuales inconscientes, en tanto síntesis del mundo “materno” y el mundo “paterno”. Son así doblemente simbólicas. Por debajo y más allá del pa­ pel del lenguaje como dimensión esencial de la estructuración psíquica, las palabras, para un escritor profesional, tienen una significación particularmente privilegiada. En el caso de Bénédicte, el bloqueo de su creatividad comenzó a revelarse como una manera fantasmática de renunciar al vínculo secre­ to que mantenía con el padre muerto, a través del lenguaje y su escritura: ¡un vínculo experimentado como interdicto por la madre! Al destruir su “ópera”, la madre le había significa­ do a Bénédicte que ella comprendía que su trabajo creativo iba en busca del padre, un rival serio del que había que de­ sembarazarse. ¡Su única hija estaba escapándosele! A medida que, dentro de la escena psicoanalítica, en el universo psíqui­ co de la paciente fue adquiriendo características dinámicas el espacio para la representación interna de un padre, Bénédic­ te pudo volver a escribir. La primera obra que publicó, dos años después del inicio de su análisis, le dio la oportunidad de participar en una velada literaria televisada. En el curso de

eSa emisión, a una pregunta que le hicieron sobre el carácter inasequible y sofisticado de su libro, ella respondió: “Es por­ que... es un libro escrito por un niño”. EL PADRE SE CONVIERTE-EN UN RIVAL PREEDÍPICO

A pesar de todo, la búsqueda del padre perdido no se reali­ zaba sin resistencia, porque en Bénédicte, como en todo niño, existía el deseo de eliminar a un padre interno que funciona­ ría como obstáculo a la esperanza ilusoria de tomar una pose­ sión total de la madre. Además, la aparente determinación de la madre de Bénédicte de imponer a la hija un ambiente espe­ cíficamente femenino permitía pensar que los interdictos edípicos habían sido transmitidos muy tempranamente, antes de que la criatura adquiriera un sentido estable de su identidad sexual. En consecuencia, los miedos y deseos inconscientes de la madre coincidían con la parte de la pequeña Bénédicte que deseaba una relación exclusiva con ella, derivada del vínculo homosexual primario, componente vital en la adquisición del sentido de “másculinidad” o “feminidad”. No era entonces sor­ prendente que la responsabilidad que creía tener en la muer­ te del padre resurgiera en forma de culpabilidad en sus sue­ ños y fantasmas. En un sueño reiterado que perduró durante años, ella se pintaba como perseguida por un crimen descono­ cido que había cometido. Un día en el'que se debatía en una confusión total con sus diversos padres y madres internos, decidí interpretarle los di* ferentes “yoes>?que trataban de expresarse en sus asociaciones: J. M.: Hay varias Bénédicte que hablan al mismo tiempo: en primer lugar, está el varoncito que trata de mantener en vida a un padre ausente; después, el joven que se protege ‘Violentamente” de la madre invasora, y también la mujer que hay en usted y que, con su amor, trata de reparar a otra mujer, ofreciéndole lo que ella no recibió de su propia madre. B Las reconozco a todas, pero conozco a algunas Bénédic­ te mejor que a otras. J. M.: Y parece costarle encontrar en usted a la niñita que soñaba con tener a sus dos progenitores, no sólo para que

ellos reconocieran su identidad femenina, sino para ocupar su lugar en la familia y ser reconocida como miembro de ella. Usted se debate con las imágenes incoherentes de sus padres como pareja. Esta última frase provocó en Bénédicte una reacción pro­ fundamente negativa. B.: ¡Escucharla decir sus progenitores es absurdo! Ningún niño quiere tener dos progenitores. En este sentido, yo he te­ nido suerte. ¡Esa niñita no tiene padre! Mi interpretación la encolerizó tanto, que durante sema­ nas me acusó de decirle pamplinas, ser víctima de las ideas recibidas y de hacer sentimentalismo con la muerte de un pa­ dre desconocido. LA HUELLA

Un incidente inesperado nos permitió ubicar una huella fugaz del padre, y seguir las consecuencias dolorosas de su desaparición. Un día, al oír una voz en la habitación vecina al consultorio me di cuenta de que había olvidado poner en sor­ dina mi contestador telefónico. Por primera vez en cuatro años tuve que levantarme durante la sesión y abandonar el consultorio unos dos minutos. B.: Durante su ausencia, imaginé una escena divertida: yo me iba de pronto, sin decirle nada, e imaginaba la cara que usted pondría al volver y encontrar la habitación vacía. J. M.: ¿Cuál era mi reacción? B.: En primer lugar, usted ya no estaba muy segura de que yo hubiera estado allí cuando salió del lugar; yo me veía corriendo, pero de pronto recordé que me había olvidado el sa­ co sobre la silla. Por lo tanto, mi guión se malogró. Volviendo a pensar en la madre, que “no toleraba la menor huella” de la presencia de la hija, y la desaparición súbita del padre, le repliqué sin reflexionar:

J. M.: ¿De modo que usted deja una huella detrás de sí? B.: ¡Oh, Dios mío, el saco! ¿Sus sacos? El tuvo que dejar su saco; mis primos me han dicho que padeció una enfermedad relámpago. Nadie imaginó que iba a morir. Siempre recuerdo el olor de estos sacos -no los sacos de mi padre, sino los de mi tío-. A los seis o siete años, cuando fuimos a vivir con mi abuela, yo pasaba horas jugando en el ropero de él, tocando y oliendo la ropa de mi tío. Era uno de mis juegos preferidos, y me excitaba mucho. Pero ponía mucho cuidado en ocultárselo a mi madre. Esta imagen de una niñita que buscaba desesperadamen­ te al padre a través de señales identificadoras preverbales comenzó a abrirse camino en mi mente. ¿La ropa y su olor masculino habían adquirido la significación de objetos transicionales para la niña en duelo? Más tarde Bénédicte iba a contarme que, en la adoles­ cencia, imaginaba haber sido contratada como compradora de ropa de hombre para una gran tienda, por lo que pasaría real­ mente horas en las tiendas para hombres, buscando, verifican­ do el corte y la calidad de los trajes y los sacos. Cuando sus amigas y ella se divertían jugando a la mujer adulta, eligiendo vestidos, ella decía que ya estaba casada y que compraría ropa para el marido. No pensaba en absoluto en un futuro marido, de lo cual era perfectamente consciente, pero ignoraba que es­ taba tratando de mantener vivo un vínculo sensual precoz con el padre muerto. Estos fueron los primeros signos del trabajo de duelo reali­ zado por la niñita que trataba de encontrar huellas del padre desaparecido a través de sus ropas, como lo hacen todos los niños muy pequeños con los objetos pretransicionales: sólo pueden dormirse con un pañuelo o un trozo de tela cuyo olor y textura recreen para ellos el cuerpo y la presencia matemos. (No era ésta la primera vez que yo observaba, en los niños cu­ yas relaciones con las madres habían sido perturbadas, que el objeto transicional escogido -el que hacía soportable la ausen­ cia- era a menudo algo perteneciente al padre. Comencé a sospechar que el padre de Bénédicte había desempeñado un papel extremadamente importante en su primera infancia.)

B.: Mi juegos de infancia... Hasta ahora, nunca pensé en atribuirles una significación, como tampoco había advertido que eran distintos de los juegos de los otros niños. Sólo sabía que mi madre los desaprobaba. [Pausa.] ¡Se suponía que yo ju­ garía sus juegos, y no los míos! [En ese momento, un recuerdo repetitivo se reveló como particularmente angustioso.] Las dos muñecas gemelas, varón y niña, que alguien me había regalado cuando yo tenía más o menos tres años... yo jugaba solamente con el varón, al que vestía y desvestía todo el tiempo. Después, un día, mi madre me dijo que había que reparar las muñecas, que tenían que ir al hospital. Cuando volvieron, ¡las dos eran niñasl Ya no estaba el varón... ¡Mi madre lo había asesinado! De todos modos lo reconocí, por una pequeña huella que te­ nía... pero nunca más toqué a ninguna de estas muñecas. Poco tiempo después de esta sesión, Bénédicte aportó una nueva versión del sueño repetitivo en cuyo transcurso ella era la autora de un crimen desconocido: esa vez se soñó como tes­ tigo de una escena en cuyo transcurso un hombre era asesina­ do en la cocina del vecino. Hizo asociaciones con la película “La gran comilona”, en la cual un hombre muerto es acostado sobre una mesa cubierta de platos destinados a la comida del funeral. Los personajes principales eran hombres, pero Béné­ dicte trató sobre todo de recordar el papel que desempeñaba una mujer. Sus múltiples asociaciones conjuntas sobre el sue­ ño y la película me llevaron a pensar que, de niñita, ella creía que la madre había matado al padre por devoración. Se lo dije. Esta intervención tuvo un efecto de sorpresa en la pacien­ te, e hizo surgir en ella una oleada de recuerdos: entre otros, el de que la madre le comía la mitad de los helados y el de que de buena gana se extendía en la descripción de sus pro­ blemas digestivos e intestinales. Al día siguiente Bénédicte narró un sueño cuyo tema suge­ ría que los deseos heterosexuales llevan a la muerte, y ponía de manifiesto un vínculo entre el amor, la devoración y la muerte. Algunos meses antes ella había hablado de la atrac­ ción y la admiración que le suscitaba un joven clarinetista, hi­ jo de una amiga, el que también se sentía muy seducido por Bénédicte. No obstante, la paciente se negaba a ceder a ese amor, con

el pretexto de que el muchacho era más joven que ella y ade­ más hijo de una vieja amiga suya: por lo tanto, en su mente, él tenía más bien el papel de hijo. Para resumir, ella asoció esa relación eventual con un incesto. El sueño es el siguiente: B.: Yo estaba fascinada porun pájaro de rara belleza... en­ cerrado en un clarinete. Yo lo miraba y me volvía hacia usted para hacerle compartir esa admiración, pero en su rostro leía una expresión de horror total, porque el ave estaba por ser aplastada en el interior del instrumento. Perdía la sangre, que saltaba por todas las aberturas, a medida que su cuerpo se hacía trizas. Comprendí de pronto que iba a morir y... me desperté. Mientras Bénédicte me contaba su sueño, surgió en mí una cadena de asociaciones: la imagen del pájaro despedaza­ do cuya sangre se escurría por todos los agujeros evocaba al padre, a su cáncer de recto y su muerte, hipótesis de algún modo confirmada por la asociación que estableció Bénédicte entre el tabú del incesto y el intérprete de clarinete. El ins­ trumento musical podía entonces asimilarse a su vagina, re­ presentada como un órgano susceptible de volverse peligroso para los hombres que la atraían sexualmente. También en es­ te caso vi un retorno a la escena primitiva, extraña y terrorí­ fica, tal como puede representársela un niño, asemejando el acto de amor a un desgarramiento o una devoración. En el sueño, mi papel (¡un papel frecuente del analista!) consistía en revelarle todo el horror a Bénédicte, cuyas asociaciones partieron de ese punto. B.: Mi primer pensamiento... es que querría que usted me golpeara la mente, me chocara con sus palabras. Como las de ayer... a propósito de mi madre que había matado a mi padre devorándolo. Esto me parece totalmente cierto. En este mo­ mento pienso que las mujeres pueden también matar a los hombres aplastándolos. Bénédicte trataba de provocar mi violencia verbal; a través de mis palabras (y de una relación mutua de aplastamiento) yo debía relevar a la imagen castradora y asesina que la pe­

queña Bénédicte de antaño atribuía a su madre. Al analizar sus afectos transferenciales, Bénédicte comenzó a tomar con* ciencia de su propia violencia: de los celos que le provocaban mis otras pacientes, de la cólera que había experimentado al descubrir el nombre de mi marido en uno de los buzones de mi edificio. B.: En realidad, no sólo quiero ser su única paciente, sino también la única persona de su vida. J. M.: ¿Devorarme? B ¡Sí! ¿Acaso quiero aplastarla, vida en usted? ¡Dios mío, soy exactamente como mi madre! [Vemos ahora que la castra­ ción fálica encamada en el sueño ocultaba el fantasma prototípico de la angustia de castración, que supone en peligro la vida misma.] Bajo una máscara de amor, mi madre me chupó la sangre. [Larga pausa.] Y me choca descubrir que hay una parte de mí que trata también de vampirizar a las personas que amo; por cierto a las mujeres, pero sobre todo a los hom­ bres. Nunca me he permitido amar y al mismo tiempo desear sexualmente a un hombre. Ahora bien, esto es totalmente dis­ tinto cuando mi amante es una mujer. En el amor encuentro mi cuerpo gracias al cuerpo de ella... siempre que ella ame su propio cuerpo y que le guste hacer el amor. En este caso, no se trata de intercambios mortíferos. ¡Esto es algo que mi ma­ dre no pudo aplastar y obliterar! Bénédicte reflexionó en silencio sobre las imágenes cam­ biantes de su sueño y los pensamientos que lo siguieron, y después, al final de la sesión, inmediatamente antes de po­ nerse de pie, me hizo por primera vez la pregunta pertinente: “Pero, ¿en qué cuerpo, en el cuerpo de quién vivo yo?”. En este punto Bénédicte llegó a tomar contacto con la confusión con­ cerniente a su identidad sexual, incluso a su identidad a se­ cas, que ella arrastraba desde su primera infancia. EL ESPEJO DE BÉNÉDICTE REFLEJA UNA NUEVA IMAGEN

Un último fragmento de esta fase del análisis ilustrará el vínculo entre las identificaciones biparentales y la construc­

ción del sentimiento de identidad sexual. Para Bénédicte, es­ ta tarea era mucho más ardua en razón de las circunstancias particulares de su historia (el trauma precoz ocasionado por la desaparición brutal del padre, que ella no había podido ela­ borar psíquicamente, en gran parte a causa de la incapacidad de la madre para hacer frente a ese hecho). Las notas siguien­ tes datan del quinto año de nuestro viaje común. B.: Yo la observo sin cesar... me fijo en la manera en que se comporta, en cómo camina, cómo se sienta... miro su ropa, su peinado, su maquillaje... J. M.: ¿Qué trata de aprender con esta investigación minu­ ciosa? B.: Quiero saber cómo se comporta usted en tanto que m u­ jer, lo que es sentirse mujer, porque yo no sé lo que es, ni tampoco lo que es un hombre, por otra parte. Este fin de se­ mana, por primera vez en cinco años, traté de imaginarme su cuerpo debajo de la ropa. Siguió un largo silencio, como si Bénédicte temiera conti­ nuar. Me impresionó el énfasis que ella puso en las palabras “cinco años”, pensando en el calendario secreto que dormita en nuestro inconsciente: Bénédicte tenía cinco años cuando se enteró de la verdad sobre la muerte del padre. B.: Pero me he prohibido pensar en su cuerpo... como si... tuviera miedo de su desaprobación. J. M.: ¿Qué es lo que yo voy a desaprobar? B .: Tengo la idea de que usted puede ocultar algo. [Largo silencio.] J. M.: ¿Qué es lo que yo oculto? B Algo como... una mutilación... o una deformidad ver­ gonzosa... El hecho de que en varias ocasiones hubiéramos discutido la representación de la mujer fantasmatizada como hombre castrado me llevó a pensar que sus asociaciones tenían algo más primitivo o específico que la pretendida “castración feme­ nina”. La invité a imaginar lo que podría ser mi “deformidad”.

B.: Me resulta difícil confesar todo lo que tengo en la cabe­ za desde el viernes... cosas de las que he evitado cuidadosa­ mente hablar desde el principio de mi análisis. Por primera vez, Bénédicte me contó que su amiga Véronique le había hecho observar, unos años antes, que la disposi­ ción del vello de su pubis tenía algo de “masculino”, y que a ella, a Véronique, le resultaba más bien atrayente, lo que ha­ bía provocado una cólera explosiva de Bénédicte, y suscitado en ella odio a Véronique. Durante toda su vida, Bénédicte ha­ bía padecía la impresión de que su cuerpo era “monstruoso” y, como solía decir, “ambiguo”. ¡De golpe, Véronique había dicho la verdad! B.: Esta es la razón por la cual solamente uso vaqueros y pulóveres ceñidos. Las prendas grandes podrían dar la impre­ sión de que oculto algo... quizá que sobrellevo un sexo de hombre. Y aunque esto era algo que yo deseaba de chica, no es ya así hoy en día. Pero a causa de la aparición súbita de es­ tas características sexuales secundarias, nunca me he mos­ trado en malla de baño o en pantalones cortos, y he renuncia­ do completamente a nadar y tomar baños de sol, por ese vello ambiguo. Cuando yo la interrogué sobre “la aparición súbita” de ese pubis masculino, Bénédicte me explicó detalladamente que le parecía que ese cambio se había producido poco después de la muerte del marido de Frédérique. Desde mucho antes de esa muerte brutal, Bénédicte, que sabía que Frédérique no tenía una vida conyugal feliz, anhelaba ardientemente ocupar el lu­ gar de ese hombre, y a menudo pensó en diferentes maneras de matarlo. Desde entonces se preguntaba si el anuncio de esa muerte real no había provocado en ella un “cambio hor­ monal”. Hacia el final de la sesión le señalé que había hablado de su impresión de estar mutilada, pero que no había tratado de analizar más lejos su fantasma concerniente a mi propia “de­ formidad vergonzosa”. ¿Teníamos nosotras una deformidad común? Esa noche, sola en su departamento, la idea de que nuestros dos cuerpos eran femeninos y se podían comparar le

había dado aparentemente el derecho de mirar al suyo con minuciosidad. Al día siguiente me describió la experiencia: B.: Después de la sesión de ayer traté de imaginar su cuer­ po comparándolo con el mío, y de descubrir por qué estaba tan prohibido pensar en eso. Me paré delante del espejo y me miré desnuda, después de años de no hacerlo. ¿Lo creerá us­ ted? La disposición del vello de mi pubis no tiene nada de anormal, ¡absolutamente nada! Es un triángulo correcto, no tan lindo como a mí me gustaría, pero no es en absoluto m as­ culino. ¡Y pensar que hace años que me oculto a todo el mun­ do a causa de mi “monstruosidad”! En adelante comenzamos a explorar los sentimientos con­ flictivos que Bénédicte había experimentado después de la muerte del marido de Frédérique. Por una parte, era necesa­ rio que muriera un hombre para que ella tuviera su lugar jun­ to a una mujer. En su ensueño esa muerte le habría permiti­ do poseer lo que no se sentía autorizada a tomarle a la madre: su propia feminidad, a través del don de la identidad femeni­ na que recibiría de otra mujer. Al mismo tiempo, un fantasma totalmente inconsciente la empujaba a buscar y conservar co­ mo objetos preciosos todas las huellas del padre. ¿Creyó ella que, con su “cambio hormonal” ilusorio, incorporaba al difun­ to marido de su amante?¿ Cuando era muy pequeña se había “convertido” Bénédicte en el padre desaparecido, en virtud de un fenómeno similar de internalización primitiva? En todo ca­ so, al tratar de poseer a progenitores capaces de reconocerla como sujeto y como ser sexuado, el precio había sido su cas­ tración como niña: la renuncia a su feminidad. B.: Usted es la única persona que me ha dicho que tuve dos progenitores. Advierto ahora que he conservado huellas de mi padre en todas partes, fuera y dentro de mí. [En efecto, me parecía que su vida profesional, así como su vida amorosa, eran dos monumentos vivientes al padre muerto. Después de un largo silencio, continuó.1 Yo pensaba que usted misma, o cualquier otra mujer, tiene derecho a desconfiar de mí, por­ que yo no poseo mi propio cuerpo de mujer. Sólo por el cuerpo de otra mujer recupero el mío.

J. M.: Entonces, para recuperar su propio cuerpo, para!

convertirse en mujer, ¿es preciso que me desposea? ¿No pode­

mos ser dos mujeres? Me pareció claro que las identificaciones inconscientes son como la libertad, algo que no está dado y que pierde su signi* ficación si sólo se puede adquirir con un permiso. Hay que ir hacia ella, aferraría para si. Todo ser humano tiene la necesi­ dad de internalizar una representación de los dos progenitores a fin de adquirir plenamente y consolidar el sentido de una sexualidad propia, pero los acontecimientos confusos y traumáticos que rodearon la infancia de Bénédicte habían; trastornado este proceso, dejándola con identificaciones par­ ciales y conflictivas acerca de su identidad genérica y su iden­ tidad de rol sexual. B.: ¡Sí! Como si tuviera que desposeerla a usted, pero no comprendo por qué. No siempre llego a imaginar la que po­ dría ser su deformidad, y pienso a menudo en ella. ¿Le he atribuido mi propia monstruosidad imaginada? De todas ma­ neras, me he dicho que, puesto que la amo, poco importa la deformidad que pueda tener, que eso no cambiaría en nada mis sentimientos. J. M.: En otras palabras, no está segura de lo inverso: que se la pueda amar a usted, sean cuales fueren su cuerpo y su sexo. Después de un silencio sorprendido, Bénédicte volvió a ha­ blar, con voz vacilante y llorando: B.: Es curioso... nunca creí que se me pudiera amar... con mi cuerpo y mi sexo... simplemente porque yo soy... yo. En las semanas siguientes, Bénédicte se atrevió a interro­ gar a la madre sobre el padre y las relaciones que tenían ellos dos antes de que el hombre muriera. “¿Quieres que te hable de mi marido?”, le preguntó la madre, sorprendida. “¡No! -replicó Bénédicte-, te pido que me hables de mi padre.” La respuesta de la madre fue que no veía la razón de que Bénédicte se inte­ resara tanto por ese hombre, ya que los niños muy pequeños

{no se dan cuenta de que tienen un padre I Ante la insistencia de mi paciente, terminó por decirle que el padre le daba con gusto el biberón y se ocupaba de ella cuando no dormía, y que le cambiaba los pañales sin repugnancia, lo que por su parte ella misma, la madre, no podía hacer: “Cuando lo veías, te exci­ tabas, te agitabas con tus pañales llenos de caca, y él te toma­ ba y te sostenía alegremente en sus brazos, sin la menor preo­ cupación por ensuciarse. Ya ves que no era un padre clásico”. Al narrar ese recuerdo conmovedor, la voz de Bénédicte se ahogaba de la emoción, y yo misma me sentí emocionada por esa revelación del padre que era al mismo tiempo una buena madre. B.: No sé por qué me siento tan conmovida. J. M.: Quizá porque, sin que ella lo advirtiera, su madre le dio ía prueba de que su padre la amaba totalmente, en cuerpo y alma, de que su cuerpo y todas sus funciones eran preciosas a sus ojos, como usted misma lo era para él. Fue entonces cuando Bénédicte se enteró de que tenía die­ ciocho meses, y no quince, como siempre lo había creído, en el momento de la muerte del padre. Su súbita desaparición tres meses antes había coincidido para ella con la fecha de la muerte. Espero que este fragmento clínico haya presentado algu­ nos elementos primitivos que contribuyen a los orígenes del sentido de la identidad sexual y de su relación con los actos creativos. Este proceso incluye la identificación con los dos progenitores, la cual a sú vez requiere capacidad para inte­ grar los deseos bisexuales incestuosos propios del niño, para aceptar la similitud y la diferencia, y al mismo tiempo asumir los conflictos psíquicos y el dolor mental concomitantes. En el caso de Bénédicte, el trauma psíquico que. sufrió en razón de la brusca desaparición del padre, cuando sólo tenía dieciocho meses, se intensificó a causa de las confusiones internas de la madre y de su incapacidad para enfrentar la pérdida traumá­ tica del marido. El intento de la madre de hacerle creer a Bé­ nédicte que el padre nunca había existido verdaderamente para ella, obligó a la paciente a realizar un duelo mágico del padre desaparecido, “convirtiéndose” en él.

Detengo aquí el relato de esta fase del análisis de Bénédic! te, con la esperanza de haber podido mostrar de qué modtf una niña, en razón de circunstancias traumáticas, llegó a lu­ char para proteger su sentimiento de identidad y su sexuala dad, así como el papel que desempeñó esta lucha al estimular -y también paralizar—su creatividad. Su orientación sexual y su actividad creadora eran por igual tributos al padre perdt do, y un intento de sobrevivir a esa pérdida. Entre los benefi­ cios que ella pudo extraer de su análisis, Bénédicte reencontró su cuerpo y liberó su potencial creativo; al cabo de pocb tiempo, comenzó a comentarme muchos temas de libros futu­ ros. Yo estaba convencida de que .nada podría agotar esa fuente de vida. Yo, y también Bénédicte, estábamos lejos de imaginar que un nuevo trauma iba a despertar una vez más los tormentos del pasado y su efecto de traba de la libertad creadora. Tendremos la oportunidad de hablar de Bénédicte en el capítulo siguiente, y de ver de qué modo un acontecí-,, miento traumático inesperado puede esclarecer de otra mane-! ra las fuentes inconscientes de la inhibición en los seres crea­ tivos.

6. TRAUMA, SEXUALIDAD Y CREATIVIDAD

En el ser que llamamos un hombre vive también una mujer, y en la mujer existe también un hombre. Que un hombre sueñe con llevar un hijo no tiene nada de extra­ ño, salvo que este anhelo sea tan obstinadamente negado. G eo rg G r o d d ec k

Le livre du Qa

Durante muchos años, Bénédicte y yo atravesamos tempes­ tades y desilusiones, mientras realizábamos descubrimientos sorprendentes. Cuando estábamos por abordar el sexto año de análisis, todo marchaba tan bien que Bénédicte hizo algunas tímidas alusiones al final eventual de nuestro viaje analítico. Le dije que tenía razón en prever una conclusión próxima, pe­ ro durante el año siguiente era preciso que primero analizára­ mos juntas los pensamientos y sentimientos que implicaba esa separación anticipada. Bénédicte quedó contenta con la idea de seguir su análisis durante un año más, y admitió que su iniciativa de poner tér­ mino al tratamiento ocultaba el miedo a que yo misma toma­ ra, “de un momento a otro, la decisión del fin”. Comprendimos que su anticipación a una detención brutal de nuestra rela­ ción analítica, decidida por mí sin el menor aviso, era una manera de revivir -y un intento de prevenir- el choque de la desaparición súbita del padre, haciéndose ella misma cargo de la separación.

Aunque fuera impensable que yo detuviera la relación psi­ coanalítica “de un momento a otro”, el intento vacilante de Bénédicte no me sorprendió demasiado. Los problemas que le habían llevado a solicitar un análisis parecían resueltos, así como sus fobias e inhibiciones, y se la veía mucho más cómo­ da en sus contactos sociales y profesionales. Incluso yo temía a veces que ella se aferrara al análisis como sustituto de la vi­ da amorosa y atenuación de las dificultades del mundo exte­ rior. Sin embargo, unos meses más tarde, una atmósfera in­ quietante comenzó a infiltrarse en la escena analítica. Poco antes de las vacaciones de primavera, Bénédicte me habló va­ rias veces de una “carta poema” que ella pensaba entregarme en la última sesión previa a esa pausa en el tratamiento. Era algo totalmente inhabitual de su parte; nunca había realizado un “pasaje al acto” de este tipo. Discutimos sobre la significa­ ción posible de ese deseo de darme “la carta”, pero sin descu­ brir su sentido oculto. Como estaba previsto, en la última se­ sión antes de las vacaciones ella depositó la mencionada carta en mi escritorio, y me pidió que no la leyera hasta el día si­ guiente (cuando ella estaría ya en el sur de Francia). Al leer su poema, experimenté un cierto malestar; en su relectura, me pareció que esas palabras transmitían la impresión de un movimiento vacilante hacia la muerte. Más allá de la polise­ mia intencional contenida en el título, “Calencrier”, parónimo de “calendrier” (calendario), percibí las voces “ancre” (tinta) y “crier” (gritar). CALENCRIER

Tengo once años más que mi padre, es contra natura. Tengo cincuenta años, y sin duda no he terminado de ade­ lantarme a quien a lo sumo tenía treinta y nueve, quiero decir, que los tendrá por siempre. Yo lo conocía, pero mi memoria no. Murió muy poco des­ pués de mi nacimiento, dieciocho meses me dijeron, como para que mi memoria pudiera acostumbrarse. Pero un día, el de mis treinta y nueve años, mi memoria me jugó una pasada.

Un pase de magia. Emergió a la superficie, aunque opaca, de un espejo. Un espejo de mano, que dejé caer en seguida. Siete años de desdicha. Más cuatro. Tengo once años más que m i padre, es contra natura. “Calencrier.” Salido al instante de mi plum a fuente, será en adelante el título de mi vida. Calencrier, juego de palabras, justamente. Contra natura, también ella, la tinta es menos sumisa que el agua de la clepsidra. Vuelve atrás el tiempo, lo suspende, lo curva en trazos gruesos y perfilados de caligrafía. Bajo su im ­ perio, el tiempo ya no tiene curso. La tinta es menos viscosa que el esperma, pero sólo ella es la que engendra, sin fecundar más que el papel. Ser el hijo de la tinta que rubrica la propia partida de nacimiento. O no ser. La tinta es menos espesa que la sangre. No se coagula, m a­ tándonos con una embolia de la memoria. Fluye, fina como los rasgos del alfabeto o de las cifras, y desprende la única ver­ dad: azul negro sobre blanco. La verdad está en el fondo del pozo. Calencrier, pozos del tiempo pasado. Cuando Bénédicte volvió de las vacaciones, yo seguí in ­ quieta por ella. Además parecía sufrir dolores brutales al le­ vantarse del diván, pero insistía en el carácter puramente psicológico de sus males. La convencí de que consultara a un especialista, sin perjuicio de que después se buscara el senti­ do psicológico. La consulta reveló una anomalía ovárica. Des­ pués de dos revisiones ginecológicas, le propusieron una in ­ tervención quirúrgica exploratoria. Era evidente que los especialistas pensaban en un cáncer, pero no se trataba de eso. Ahora bien, el aspecto de los ovarios era poco tranquiliza­ dor, y se realizó una ovariectomía. Esta operación mutiladora volvió a desencadenar en Béné­ dicte un bloqueo de la escritura, y ella se encontró paralizada en su capacidad para pensar en su actividad profesional, co-

mo al principio del análisis. Parecía seguro que, teniendo éucuenta la gravedad de esta intervención y sus efectos devastadores, el análisis estaba lejos de haber terminado. ]De común acuerdo, Bénédicte y yo decidimos que durante sus dos semanas de hospitalización ella podría continuar él análisis por teléfono. Así lo hizo, narrándome sus sueños y hablando de los temas de las novelas y las obras de teatro que' quería escribir al volver a su casa. No obstante, al salir del? hospital, cayó de nuevo víctima de una parálisis total en suf escritura. Tomé las notas que siguen un mes después de su vuelta al análisis. Corresponden a tres sesiones consecutivas y han sido escogidas para aclarar la relación entre una somatización que ataca el esquema corporal sexual, y los procesos creadores. PRIMERA SESIÓN: LIBROS HIJOS

B. [Se tendió en el diván y permaneció en silencio durante algunos minutos]: Mi operación es otro secreto horroroso... co­ mo la muerte de mi padre... pero la parte más dolorosa es que mi madre ¡me hizo saber que mi padre no me amaba! Bénédicte estableció entonces el vínculo entre su propia operación y la que había sufrido su padre a causa de un cán­ cer de recto. Una parte infantil de ella mantenía el fantasma de que la madre era responsable de esa muerte. Veremos en­ tonces que a través de ese vínculo corporal y mortífero se des­ lizaba el fantasma inconsciente de que la madre era también responsable de la ovariectomía. Sus asociaciones revelaron que ese aspecto de la madre interna era acusado de haber atacado su sexualidad, destruyendo de tal modo la posibilidad de generar hijos. El discurso de Bénédicte se volvió doblemente angustioso al hablar de la novela en la que estaba “atascada”, que no lle­ gaba a “dar a luz”. Su título, ¿Qué crimen para qué criminal?, había movilizado en mí, en el curso de las sesiones anteriores, algunas hipótesis flotantes sobre la naturaleza del “crimen” de Bénédicte. Recordando sus sueños en los que era la autora de un crimen desconocido, me pregunté si inconscientemente,

a la manera típicamente megalómana de los niños, ella se creía responsable (como suelen hacerlo los hijos únicos, y ade­ más con un padre muerto) de haber destruido la capacidad de sus padres; para tener otro hijo, por lo cual ella misma no po­ dría producir hijos o libros. Cada vez más ansiosa con relación a las fuentes inescruta­ bles del bloqueo severo de su creatividad desencadenado por la operación castradora, busqué alguna asociación que me permitiera comprender mejor sus conflictos inconscientes: me vino a la mente una observación de Bion: “los buenos escrito­ res realizan una demolición tal del pecho materno, que sólo el hecho de ser un genio puede hacerla perdonar”. Bénédicte continuó la sesión narrando su sueño de la vís­ pera: B.: Una mujer que llevaba algo así como un aparato en el lugar de las piernas trataba de descender de un tren; este aparato que ella aún no había utilizado tenía lazos como los corsés de mi abuela. [Sus asociaciones sobre este sueño se re­ ferían exclusivamente a hombres muertos: el padre, el abuelo, el marido de su amante Frédérique... lo que yo le señalé.] Sí, son todos hombres... y todos están bien muertos. Estos apara­ tos, ¿son quizás hombres? ¿ó penes? Como si las mujeres sin hombres tuvieran la necesidad de un soporte artificial. Al m e­ nos, éste es el mensaje que yo recibí de mi madre. [Pasó a continuación a la historia de uno de sus amigos al que le ha­ bían amputado una pierna; a partir de allí tejió vínculos aso­ ciativos (piernas-penes-amputación-castración) que la lleva­ ron a su operación y a las angustias que había desencadenado en ella.] Yo también estoy amputada. Bénédicte recordó entonces algo de lo cual yo creía que nunca había hablado. (Debo añadir aquí que, más tarde, cuando le envié estas notas clínicas para que las conociera y me autorizara a utilizarlas en una publicación, ella dijo recor­ dar muy bien que me había contado el incidente algunos años antes. Me sorprendió mucho que yo lo hubiera reprimido, por­ que sacaba a luz el deseo de tener un hijo, que ella había ne­ gado; esto me obligó a preguntarme por qué razón, también yo, mediante esa represión, le había negado implícitamente a

Bénédicte el derecho a ese deseo de hijo. ¿Estaba yo en com­ plicidad inconsciente con la madre? ¿Acaso quería ser yo la única en producir libros, bebés? Esta cuestión me preocupa todavía.) B.: ¿Le he hablado de mi único “bebé”? Fue sólo una pro. mesa. Habría podido estar embarazada inmediatamente an­ tes de venir a París, cuando tuve una historia de amor con Adam. No menstrué durante todos los meses del verano. Era muy posible que estuviera encinta, pero yo me negaba a pen­ sar en ello. jUna locura! En realidad, no creía poder estar en­ cinta, pues no soy “í'eal” en ese sentido. J. M.: ¿Las marcianas no quedan embarazadas? Unos años antes le había propuesto la metáfora de la mar­ ciana, porque Bénédicte afirmaba a menudo que ella no era ni mujer ni hombre, y que ni siquiera estaba segura de pertene­ cer a la raza humana. En este sentido, se consideraba malo­ grada. “Quizá sea usted una marciana”, le dije yo, B Por cierto que no. Al menos, no como los humanos. [Larga pausa.] Me han mostrado las radiografías de mis dos ovarios. He fantasmatizado que en uno de ellos estaba el hijo de Adam, y en el otro su hija. Con todo, por supuesto, es a mí a quien se los han quitado. J. M.: ¿Las muñecas gemelas? B.: ¿Sabe?, eso es lo que ella me hizo: nunca quiso una ni­ ña. Todo lo que quería era una niña muñeca. La madre de Bénédicte aparece ahora como una niñita con bebés-muñecas, capaz de atacar a la hija en tañt.o mujer con su deseo de bebé. Pero, con independencia de lo que pudo ser la patología materna, allí había por cierto una proyección. Pues es la niñita la que tiende a imaginar que tiene que en­ trar en el cuerpo de la madre para apoderarse de su tesoro: los hijos, el pene paterno y la esencia de la feminidad. Sin du­ da este fantasma común se transformó, en la mente de Béné­ dicte, en una madre vengadora que quería atacarla en su vientre y destruir sus ovarios para que ella no estuviera en­ cinta de Adam.

B.: Tengo dos novelas en curso... pero es desesperante... no consigo avanzar. Ante mis amigos me siento como una im­ postora, porque todos ellos creen que trabajo. Muy a menudo Bénédicte se calificaba de "impostora con aspecto de mujer”. Este era un estribillo que reaparecía siste­ máticamente desde el principio, pero que estaba repitiéndose mucho desde su operación. J. M.: Entonces, ¿está reteniendo a su bebé? B.: Eh... Supongo que me imagino inmortál, que siempre me quedará tiempo. Uno puede esperar mucho tiempo... para producir lo que sea. Usted tiene razón, sin duda... retengo to­ dos mis tesoros. Pero además tengo a menudo la impresión de que si pongo en el mundo todas mis fantasías y mis sueños, ya no me quedará nada. Nos encontramos ante una nueva elaboración del tema de la creatividad destruida por la madre interna. Esta metáfora permite inferir un fantasma arcaico de pérdida fecal. Béné­ dicte se irrita con mucha frecuencia al recordar la obsesión de la madre con el funcionamiento de sus respectivos intestinos, cuando ella era pequeña. Su fantasma de que “no quedará na­ da” si ella permite que salgan todas sus novelas sugiere que no se trata ya del derecho a la sexualidad y la maternidad, si­ no de una versión regresiva de ese mismo derecho, es decir, el fantasma de ser vaciada fecalmente por la madre angustiada de su infancia. Una vez más, teme perder todo su contenido. Como proyección de ese fantasma inconsciente, es ahora “el público” quien la vaciará. J. M.: ¿Es que de ese modo usted se niega a ser generosa, a dar, como si estuviera obligada a conservar sus bienes pre­ ciosos? B.: ¿Podría ser un poco más explícita? J. M.: Pensé que era como si usted estuviera constipada con esa novela. Metáfora fuerte, no sólo porque la madre de Bénédicte la incitaba a la defecación, sino también porque el cáncer de rec­

to del que había muerto el padre tenía algo que ver allí. El menor pensamiento teñido de sadismo o erotismo anales ten­ día a recordar la causa de esa muerte. B.: No tengo ganas de hablar de lo que tengo en la cabeza, pues eso le da la razón... Y bien... Frédérique me ha hecho comentarios sobre las pocas páginas que he podido sacar afuera... abajo. Sus observaciones dan la impresión de que lo que he escrito, toda la historia, no es más que mierda. Frédé­ rique me dijo: “Es demasiado denso, demasiado rápido... lo haces demasiado difícil para el lector”. [Larga pausa.] Ade­ más, hay otra cosa que también me angustia: es como si yo tuviera que impedirle al público que me toque con la mano. Cuando escribo tengo que conservar la distancia, prestar atención a no dar demasiado, revelar demasiado. En eso, Fré­ dérique tiene razón. Comprendí bien que no se trata de mier­ da pura... pero ella dice que no dejo ningún lugar a la emo­ ción. Sí... en efecto, el resultado es excesivamente... eh... ¡constipado! Resulta interesante reflexionar aquí sobre las diversas re­ presentaciones inconscientes que puede tener el escritor de sus lectores anónimos. Si, para Bénédicte, sus libros equiva­ len a hijos o heces, no nos sorprenderá descubrir que el públi­ co encarna los afectos más negativos de las representaciones maternas: la representación que destruirá todo su contenido interno. B.: Entonces escribo y reescribo, y condenso cada vez más. [Larga pausa.] Pero tiene que haber lectores para mí en algu­ na parte. Dos vertientes de Bénédicte tratan de hablar al mismo tiempo: es cierto que ella es una escritora esotérica y que no debería ser simplista con la única finalidad de agradarle al público imaginario. Le digo que existe en efecto un público sa­ gaz que reconoce su talento, pero lo que nosotras tratamos de captar son los obstáculos emocionales a su creatividad: por ejemplo, los atributos que ella asigna a su público, proyeccio­ nes que aplastan su deseo de darle lo que sea.

B.: No soy yo quien ha elegido este trayecto... pero... al mismo tiempo es como si no quisiera que esto cambie. ¡Como un destino! Como si, en mis novelas, tampoco pudiera cam­ biar nada. [Larga pausa.] Tendría que haber muerto a los cuarenta años, pero seguí viviendo. [Pausa.] Me torturo tam­ bién con otro problema. Es cómo si nunca pudiera ir más allá del principio... nunca llega el momento de que el principio se ponga en marcha en mi historia, y por lo tanto la reescribo, la reduzco una y otra vez. [Muy largo silencio.] Si he comenzado este libro como empecé mi vida, es cierto que no lo aprecio y que busco el fracaso. ¡No tengo derecho a crear! Es lo mismo que con mis ovarios perdidos. Me encanta tomar notas infini­ tamente, pero cuando llego al punto de escribir, cuando se trata de dar a luz, tengo que abortar. ¿Debo ser mi propia ma­ dre, que destruyó mi primera obra escrita? ¿Debo destruir pa­ ra llegar a asumir mi destino? [Pausa.] ¿Qué es lo que falta todavía? La propia Bénédicte encuentra asociaciones que tienden a confirmar mi hipótesis de que su imposibilidad de crear algo en ese momento se debe en gran parte a la proyección de sus tendencias destructoras sobre la madre interna, tendencias reproyectadas inconscientemente sobre el público. De tal mo­ do se representa a sí misma como si no tuviera ninguna res­ ponsabilidad en sus ataques contra su productividad. Con in­ dependencia de cuál haya sido la patología de la madre, continúo preguntándome hasta qué punto la destructividad de Bénédicte no es el reflejo de su actitud envidiosa infantil respecto de aquélla. Y aunque la madre parece haber sido un buen blanco para tales proyecciones, nuestra exploración ana­ lítica sólo puede tener que ver con los motivos inconscientes de la propia Bénédicte. Estos pensamientos rumiados dan lugar a otras “hipótesis flotantes” sobre la tendencia de Bénédicte a atacar constante­ mente su potencial creativo, más allá de la relación potencial de esta tendencia con su trauma físico. ¿Tiene miedo de que, si “da a luz” a ese hijo novela, destruirá su propio sí-mismo, consagrado al fracaso, a derrumbarse, a abortar? ¿Tiene mie­ do de romper el vínculo masoquista de la relación rencorosa (¡pero cuán importante!) que mantiene con la madre? ¿Se

siente Bénédicte culpable, no sólo de la viudez de la madre y de ser hija única, sino también de haberla reducido a esa con­ dición de “persona irreal” que ella le atribuye de buena gana? CREATIVIDAD Y TRANSGRESIÓN

A fin de dar a luz a “hijos” artísticos o intelectuales, el au­ tor debe inconscientemente arrogarse el derecho a asumir el papel reproductivo de los dos progenitores, de ser la matriz fértil y el pene fertilizador. Es lícito proponer que el acto crea­ dor, entre otros azares, corre siempre el riesgo de ser vivido inconscientemente como “un crimen” contra los progenitores: el robo de sus órganos sexuales y su potencial de fecundidad. (Es posible que estas transgresiones fantasmatizadas contri­ buyan al sufrimiento de muchos artistas y escritores por su productividad trabada.) Las asociaciones de Bénédicte tien­ den a revelar ese tipo de fantasmas, pero contienen también la metáfora de sus creaciones como “mierda pura”, al punto de que teme perder para siempre todas sus historias y sus personajes. El “crimen” aparecerá entonces en “la página en­ negrecida” y a la vista de todo el mundo. Esto me recuerda el caso de Karen (citado en McDougall, 1985a), que estaba en análisis conmigo hace unos años. Actriz dotada, Karen, lo mismo que Bénédicte, había crecido con una imagen corporal perturbada y una identidad sexual confusa. Como Bénédicte, había buscado refugio en brazos femeninos. También acusaba a la madre de haber tratado su cuerpo y sus funciones intestinales como algo sucio. De niña, Karen creía que era la única condenada a producir excrementos, mientras que la madre y la hermana solamente orinaban. Ka­ ren sufría un trac paralizante cuando tenía que subir a esce­ na; su fantasma predominante era que el público descubriría que sólo era capaz de transmitir “inmundicias”. En un escrito anterior sobre la significación inconsciente de la homosexuali­ dad como solución parcial de los conflictos psíquicos de este tipo (McDougall, 1978a), vinculé este tipo de fantasma anal con una representación reprimida del padre interno y su pe­ ne. A esa afirmación añadiría hoy que nadie se arroga el dere­ cho del placer erótico o narcisista sin la voluntad materna. A

jjüs dos analizantes les estaba claramente prohibido obtener el menor placer en sus creaciones artísticas, fueran ellas equivalentes de niños, de excrementos o de cualquier zona erógena o producción corporal. Además, les estaba totalmente prohibido exhibir ese producto al gran público. Por lo tanto, a la pregunta-de Bénédicte “¿Qué es lo que falta todavía?”, le respondí:

J . M.: Es como si dar a luz algo no sólo sea peligroso y pro­ hibido, sino que tampoco debe ser fuente de placer, sino de dolor. Usted limita su goce a tomar notas. B Es cierto, es un goce solitario... ¡y que no se supone que yo me permita! Bénédicte meditó entonces sobre el doble sentido de la palabra “goce”: por un lado, su placer era un autoerotismo prohibido, y por el otro, la niñita que había en ella se aferra­ ba a la creencia de que sólo contaba el placer de la madre. La idea de ser o hacer algo para y por ella misma era una trans­ gresión grave en sí. Todo signo de independencia de su parte, como por ejemplo la actividad creadora espontánea, amena­ zaba narcisistamente a la madre, y al mismo tiempo ponía en peligro su propia integridad. Esta zona sintomática tiene que ver directamente con una falla en la maduración de los fenómenos transicionales, tal co­ mo la ha definido Winnicott (1951). Según él, si un niño no se atreve a jugar solo en presencia de la madre por miedo a que ella se vaya o a que asuma la dirección del juego, cualquier veleidad de independencia quedará asociada a ese doble peli­ gro. Crear es pregonar una existencia separada y una identi­ dad personal. Bénédicte y yo trabajamos muchas veces sobre su convicción de que, al escribir, ella transgredía un tabú in­ consciente, era desleal a la madre. Su destino consistía en re­ parar a la madre como extensión narcisista, a fin de ser per­ donada por la muerte del padre (mágicamente fulminado por la megalómana bebé-Bénédicte). De hecho, ella era mal remunerada por el sacrificio, por­ que, invariablemente, la madre la apartaba para ocuparse de sus amantes. Estos no eran sólo rivales, sino que su existen­ cia misma reducía a la paciente a no tener ningún valor, nin­

guna identidad. Bénédicte creyó comprender que no debía existir más que como parte de la madre, y que no debía tener otro deseo que colmar los deseos de esta última. "Vamos a ponernos bellas para el señor E., ¿no es cierto?”, le decía la madre al vestirla cuando iba a recibir a un admira­ dor. Siendo aún muy pequeña, Bénédicte se había negado a asumir el papel de muñeca, lo que ella creía que era la de-manda de la madre. En realidad, luchaba violentamente con­ tra todo lo que le parecía que la madre esperaba de ella. Ce­ der habría significado “no ser nada”: el equivalente de la muerte psíquica. Durante su vida adulta, Bénédicte siempre había negado a sus amigas toda participación en actividades comunes que, a su juicio, la habrían llevado a la etapa de muñeca (por ejem­ plo, vestirse para reuniones, o disfrazarse por diversión). No obstante, había asumido el papel de reparadora en su rela­ ción con sus dos amantes, como creía que debía haber actuado con la madre (en los dos casos reemplazó al marido muerto). En ese momento de la sesión, Bénédicte luchó con un pen­ samiento transferencial que, según dijo, le costaba enunciar: B.: Me inquieto por usted. Recordará que, ayer, Lulú tenía las patas sobre una pila de cartas urgentes, y cuando me fui le pregunté si las cosas iban mal. La tortuga Lulú, mi pisapapeles favorito, se encontraba una vez más en mi consultorio. Unos dos años antes, Bénédic­ te se había quejado de que, en el registro civil, la madre había escrito el nombre de la hija en masculino, lo que le había creado problemas en sus años de escolar. Ese día, cuando es­ taba por irse, Bénédicte me preguntó el nombre de mi tortu­ ga. Viendo que los secretos y los nombres exactos eran un punto sensible, le dije que mi tortuga se llamaba “Lulú”. En respuesta a su pregunta de la sesión anterior, yo me había limitado a hacerle eco: “¿Entonces las cosas no van bien?”. B.: Cuando veo todos esos libros y papeles apilados bajo su ventana, pienso que no tiene tiempo para manejar todo lo que debe hacer. Entonces... me resulta difícil decirlo... eh... usted

ya no tiene hombres en su vida. Incluso los paraguas han desaparecido. [Éste último comentario exige una pequeña ex­ plicación. Bénédicte, que veía y advertía todo, y extraía con­ clusiones muy personales, había observado a menudo uno u otro de los paraguas que mi marido dejaba en el paragüero de la entrada. Su fantasma giraba en torno de la idea de que yo tenía dos amantes, y el que estaba “en sesión” le advertía al otro de su presencia por medio del paraguas; cuando Bénédic­ te veía los dos paraguas juntos, se manifestaba chocada por mi comportamiento. Ese día, ¡aparentemente no había ningu­ no!] Entonces, sus hombres la han dejado, usted está sola. [Larga pausa.] Me resulta difícil reconocer que usted pueda estar desmoronada interiormente, que no pueda hacer nada... ni vacaciones, ni vida. Y usted no puede hacerlo todo sola. J. M.: ¿Lo mismo que Frédérique y Véronique, dejadas por sus maridos? Usted los mató mágicamente, lo mismo que a su padre. ¿Acaso ahora me toca el turno a mí? Esta interpretación la sorprendió mucho. Después de la se­ sión advertí que habíamos analizado muchos aspectos dife­ rentes de su papel de “matadora de maridos”, y me pregunté si no había en sus asociaciones una dimensión adicional, que yo no advertía. ¿Imaginaba Bénédicte que llevaba a su padre muerto dentro de ella? ¿O un bebé muerto, que ella había te­ nido con él? ¿Acaso “el niño y la niña petrificados en sus ova­ rios” eran partes de ella misma experimentadas como muer­ tas? Para la parte megalómana infantil, los maridos muertos, las mujeres abandonadas, incapaces de manejar sus asuntos, desvitalizadas, podrían aparecer como acontecimientos de los que ella era responsable. Además, puesto que solía presentar a la madre como alguien que, en sus relaciones con los otros, no estaba verdaderamente viva, me pregunté si Bénédicte no se sentía también responsable de haber paralizado las fuer­ zas vitales de la mujer. Si llegaba a dar vida a su novela, ¿confirmaría esto que su historia no era un fantasma, que, después de haber matado o aniquilado a los objetos más signi­ ficativos de su mundo interno, era por fin la autora de un ver­ dadero crimen? Me pregunté entonces si no hacía algo semejante conmigo cuando girábamos indefinidamente en torno a las mismas

problemáticas, como había ocurrido en el curso de las últimas sesiones. En el caso de que nuestro trabajo le permitiera dar a luz a su libro, no solamente se develaría “el crimen”, sino que además ella sufriría de nuevo, como en la infancia, una culpabilidad aplastante y el miedo a las consecuencias de sus actos peligrosos. Si la novela no era una ficción sino la verdad verdadera, ese miedo se sumaría a las razones complejas por las cuales nunca vería la luz. SEGUNDA SESIÓN: IDENTIDAD AMBIGUA, ANALIDAD E INHIBICIÓN

B ¿Cómo trabaja usted? Usted no sólo construye mi... nuestra... historia analítica, sino que al mismo tiempo... tra­ baja también por su lado... ¿no es cierto? Muy a menudo, en el curso de su viaje analítico, nuestros analizantes perciben los momentos en que estamos más parti­ cularmente a la escucha, y parecen “saber” que tomamos no­ tas después de las sesiones, lo que Bénédicte adivinó. No res­ pondí a su pregunta, sino que traté de provocar otros fantasmas. J. M.: ¿Porque yo también tengo un inconsciente y razones ocultas? B.: Sí, pienso en ello a veces, y trato de imaginar lo que us­ ted hace con “nosotras”, lo que usted puede pensar y sentir respecto de lo que sucede aquí. Pero poco importa, sé lo que siento yo. Usted me sorprendió ayer, al poner en palabras el desconcierto que me provoca mi trabajo, y que yo trataba de describirle: usted dijo “constipación”, y ello me chocó. Pero lo peor se produce cuando me hace oír que no quiero dar nada: es mucho más horrible de oír porque... eh... jes la verdad! Yo no puedo dar nada, yo no soy generosa... pero no se suponía que usted lo supiera. [Larga pausa.] Me pregunto hasta qué punto esto tiene que ver con mi trabajo. Cada vez que llego a escribir algo es como si bastara el arranque: no quiero inver­ tir más, dar algo más de mí y de mi historia. Se supone que el lector sabe el resto de la historia.

Aunque la retención “anal” desempeñaba un papel consi­ derable en el estado de ánimo de Bénédicte en ese momento, sus asociaciones implicaban también una demanda omnipo­ tente de comprensión total. J. M.: ¿Habría que comprenderla sin pasar por las pala­ bras? B.: A pesar de todo, yo digo algo... para el público que está en mi cabeza, pero es cierto que me dan ganas de guardar en mí la mayoría de mis “contenidos”. Mi madre trataba de son­ sacarme todo. Todo lo que yo era, todo lo que tenía, le perte­ necía a ella en primer lugar. ¡Por ello preferiría morirme an­ tes que dar a luz o producir la menor cosa para ella! [Pausa.] Y todavía me tortura la idea de que esta novela que trato de escribir en este momento, la “constipada”, no esté a la altura de lo que la gente espera de mí. Tenemos aquí una nueva vislumbre de la importancia pri­ mordial que tiene el reconocimiento del público: el creador es­ tá entonces convencido de que, si lo consigue, queda absuelto de todas sus transgresiones fantasmatizadas. J. M.: ¿Siempre la mierda? Ese maldito fantasma, ¿está to­ davía allí? B.: ¡Por supuesto! Pero hay también algo que no marcha en mis personajes: ellos tienen los mismos problemas que yo... y ello me preocupa desde ayer. Mis personajes no pueden mostrar más de lo que ya muestran. Si llegan a ir más allá, se vuelven como mi madre, actores falsos, lamentables. Hago to­ do lo que puedo para mantenerlos en la página. Sólo tengo dos opciones: o los pinto como soy yo, porque ellos forman par­ te de mí, o bien terminarán como mi madre, con el aspecto de ser verdaderos, mientras que en realidad son falsos. Y bien, mi hijo-libro es un poco chato... de dos dimensiones. ¿Qué es lo que falta? Recordé lo que decía Winnicott a propósito de lo verdadero y lo falso. Me resultó evidente que, para seguir vivo y eficaz, el “verdadero sí-mismo” tiene la necesidad imperativa de una tercera dimensión, representada por el padre y por el lugar

que él ocupa respecto de la madre. Una madre que valora la relación afectiva y sexual con su compañero no corre el riesgo de considerar a su hijo como una extensión narcisista de ella misma. J. M.: ¿Ser o no ser... su madre? ¿Ninguna tercera dimen­ sión? B.: ¡Exacto! Me doy cuenta de que, en todo lo que he escri­ to, todos los personajes masculinos deben ser matados. Pre­ siento que sólo los hago existir para resucitar a mi padre... y eso hace que sólo les reste morir. Pero la intriga es siempre oscura e inasequible; es preciso que lo sea, porque tengo que expresarme de una manera distinta de la de mi madre. Mi lenguaje de escritora está más allá, o más acá, de las palabras cotidianas. ¿Es tal vez un lenguaje de marciana? Como mi cuerpo de marciana, ambiguo, mal hecho, que debo ocultar... Nunca tuve un cuerpo normal. J. M.: ¿Qué es un cuerpo “normal”? B.: Bien... es el cuerpo de alguien que piensa que el cuerpo en el que vive es normal. ¿Recuerda que, hace unos años, Veronique me observó que mi vello pubiano se parecía al de un hombre, y que yo pensé haber sufrido un desarreglo hormonal cuando murió el marido de Frédérique? Usted me ayudó a descubrir que era un delirio, pero, al mismo tiempo, yo mira­ ba desesperadamente el cuerpo de los otros que, por su parte, me parecían bien formados. Después de esto leí en algún lu­ gar que la mayoría de las personas no están satisfechas con su cuerpo, y eso me ayudó a soportar el mío. Aunque ella supiera ya que no era la única mujer del mun­ do con ese problema, constataba que nada, en su infancia, le había permitido tener una mejor imagen de su cuerpo, y con* secuentemente una mejor imagen de sí misma como indivi­ duo. Advertimos aquí el vínculo entre el trauma de la ovariectomía que acababa de sufrir y el impacto que había tenido sobre ella el trauma psíquico de su pasado, el cual había dado lugar ya antes a una imagen corporal fuertemente dañada y “ambigua”. Bénédicte sólo comenzaba a advertir el vínculo en­ tre esa nueva percepción y su inhibición ante la escritura.

B.: Me pregunto si el sentimiento ambiguo que experimen­ to ante mi cuerpo y mi sexualidad no pesa también sobre mis personajes. Tomemos el caso del asesino que es el actor prin­ cipal: incluso su identidad cambia constantemente. El lector se va a sentir permanentemente desorientado. Frédérique se quejó también de esto. J. M.: ¿El lector tendrá que adivinar la intriga? ¿Exacta­ mente como, en su infancia, usted tuvo que aclarar sola el misterio de la ausencia de su padre? B.: Sí, eso me persigue. Y hay algo más... a propósito del asesino. El sabe que su crimen será casi perfecto, pero el pro­ blema es que no sabe a quién va a matar. Dedica su tiempo a ocultar las huellas del crimen que aún no ha cometido. Ten­ drá que cometerlo en un tren, aunque no sé por qué. [La “ópe­ ra” destruida por la madre, que Bénédicte había escrito cuan­ do era adolescente, flota en mi mente. La paciente permanece silenciosa un momento, sin duda porque la idea del “tren portador de muerte” debía quedar reprimida. Después, como si estuviera en fase con mi propia psique, continuó.] Pero, ¿quién es la víctima? ¿Es que será sólo una historia de suici­ dio? ¡Qué banalidad! [Pausa.] ¿Qué es lo que me ha lanzado a hablar de la intriga? Ah, sí, los cuerpos. Es preciso borrar to­ da huella del cuerpo, o por lo menos hacer que pase inadverti­ do... como yo misma trato de hacerlo en la calle. És preciso que no vean que mi cuerpo es horrible y ambiguo. ¡Lo mismo con el lector! El debe adivinarlo todo, sin la menor huella ni el menor indicio que pueda ayudarlo. Vemos aquí que Bénédicte no sólo tenía que negar la dife­ rencia y la identidad sexuales, sino que, además, la identidad separada (la alteridad misma) debía revestirse de misterio. Como ya hemos visto, la “huella” representaba la súbita desa­ parición del padre, que había que negar. Su muerte no sólo había dejado a la pequeña Bénédicte “sin el menor indicio de quién lo había matado y sin certidumbres sobre su identidad”, sino que ella debía además negar lo que Lacan ha denomina­ do la “falta en ser” del ser humano. ¡Bénédicte había creído que la falta es el padre! Es cierto que, durante su infancia, no tuvo la posibilidad de realizar todos los procesos de duelo im­ plicados en el “devenir adulto”. Trataba entonces de compen­

sar ese trabajo inacabado mediante la escritura, siempre y cuando se autorizara a escribir. TERCERA SESIÓN: LAS DOS VOCES DE LA CREATIVIDAD

B. [En tono triunfante.]: ¡Retomé el texto cuando tenía cua­ tro páginas, y las convertí en siete y media! Me gustaría traer­ le las dos versiones, para que usted vea lo que falta en cada una de ellas. Estoy segura dé que me diría: “Dígame qué es lo que falta, la parte faltante está en su propio interior, obeciendo a una fuerza desconocida”. Gracias al cielo, sé que no debo traer mi trabajo, ni usted desea que lo haga. La solución la tengo yo, como usted me lo ha señalado desde el principio. [Larga pausa.] Esto me recuerda Luces de la ciudad, la pelícu­ la de Chaplin, en la cual él empleó las técnicas que hacen llo­ rar en los tugurios: los mismos efectos que yo produzco a veces, sin saber cómo. [Las novelas de Bénédicte son conmovedoras a pesar de todos sus esfuerzos para atenuar el lado afectivo. A ella la sorprende la reacción de sus lectores, porque cree comu­ nicar sólo algunos elementos esparcidos del drama complejo de las interrelaciones entre los personajes.] Yo no escribo para ha­ cer llorar en los tugurios. Como mi madre, que tiene el secreto y el arte de la mentira. Todas sus emociones están en ese ni­ vel. Esto es lo que yo no haría jamás, aunque, como dice Frédérique, no deje espacio para la emoción. Todo lo que es falso tie­ ne que ser eliminado, dejando únicamente lo que es verdadero. [Largo silencio, doloroso.] El otro día usted me dijo que yo can­ taba a mezza voce, y tengo conciencia de ello. Si elevara el to­ no, me paralizaría el terror de lanzar una nota falsa... No pue­ do evitar plantearme interrogantes sobre la manera en que usted juzgaría lo que yo escribo. [Pausa.] Me moriría de ver­ güenza si usted juzgara que escribo mal. Pienso en la “cartapoema” que le di antes de las vacaciones; nunca debí traerla; como todo lo que hago, no era lo bastante buena. J. M.: Como de costumbre, usted demuele todo lo que crea. B.: Sí, mi voz interior me dice: “Dios mío, es abominable”. Por otra parte, sólo me habla cuando alguien se dispone a mi­ rar mi obra. En ese momento comienzo a sentirme lamenta­ ble, aterrorizada y culpable.

Durante mucho tiempo habíamos tratado de identificar to­ do lo que Bénédicte proyectaba sobre sus lectores y sobre las partes de sí misma de las que podía desembarazarse de este modo. Comencé a preguntarme en qué nivel del fantasma cor­ poral pulsíonal se situaba lo que estaba emergiendo: ¿crimen anal o asesinato? B.: Supongo que soy mi propio público burlón la mayor parte del tiempo, pero a veces se justifica. Es más fácil ser ar­ tista plástico; pienso en estos grabados de Oliver. [Bénédicte hacía referencia a los grabados de mi sala de espera, cuyo au­ tor, Oliver, es un viejo amigo. A veces Bénédicte trataba de imaginar qué clase de artista era él. ¿Un paciente? ¿Más inte­ resante que ella misma? El trabajo que habíamos podido ha­ cer juntos, ¿era mejor porque se trataba de un hombre? -ella estaba convencida de esto-. Y así sucesivamente.] Oliver, co­ mo todos los artistas plásticos, exige que el ojo acepte las fal­ tas y acepte llenar los vacíos. ¿Por qué no esperaría yo lo mis­ mo de mis lectores? J. M.: En lo que usted dice hay dos mensajes: en primer lugar, está su discurso racional sobre el estilo literario. Pero lo que nosotras tratamos de resolver es el problema de esas voces interiores que la amenazan con la vergüenza y la des­ trucción... que usted atribuye a los lectores, y con las cuales se identifica su trabajo. Entonces, espera ser atacada. Al reflexionar después de la sesión sobre el comportamien­ to destructor de Bénédicte ante su obra, llegué una vez más a las mismas hipótesis, a saber: que todos los niños sueñan con apropiarse del potencial creativo de sus progenitores, y que los creadores tienden en particular a sentirse culpables de ha­ ber atacado y dañado a los padres (o a las representaciones internas de éstos). Pero en lo que concernía a Bénédicte, esos fantasmas nunca habían sido lo bastante perceptibles como para ser interpretados, y yo tenía que vigilar que no estuvie­ ra erigiendo una construcción intelectual en torno de mis ideas, con la sola finalidad de darme el gusto. No obstante, sus asociaciones acerca de lo “falso” me decidieron a pregun­ tarle si se sentía responsable por los defectos y faltas de la madre.

J. M.: Usted tiene mucho miedo de producir algo falso yí vergonzoso, que debería seguir oculto, pero ¿no ha observado que emplea palabras idénticas para describir a su madre? U s-; ted insiste en el hecho de que todo lo que ella produce es fai­ no. Usted no sólo parece tener miedo de volverse como ella, si-t no que parece también que ella fuera una creación suya, y una creación de la que usted tiene vergüenza, algo terrible. ■ B.: ¡Ah! ¡Eso es nuevo! ¡Es cierto, tenía vergüenza de ella! ¿Es posible que lo haya .traducido así? Bénédicte no había admitido nunca la menor intervención de la que se desprendiera que en un momento de su vida de­ pendió de la madre, la amó, la necesitó, la deseó y se aferró ai ella. Es probable que, después de la muerte del padre, la ne­ cesidad de la presencia de la madre haya sido muy grande, y que esa dependencia haya inducido sentimientos envidiosos y destructores, tan fuertes que resultaba demasiado peligroso reconocerlos. El vínculo con su trabajo le permitió elaborar por primera vez su culpabilidad potencial frente a la madre. J. M.: Ayer usted me vio “abandonada por mis hombres, sola, demolida, desvitalizada”. B.: ¡Sí, es cierto! Creo que usted era ella. ¿Acaso soy yo quien la demolió y después la reconstituyó en toda su false­ dad? Recuerdo haber creído que todo lo que no marchaba en ella era culpa “mía”. Por m í ella se vio obligada a ir a vivir con mi abuela, donde siempre se sintió desdichada. Odiaba a la madre, mientras que yo amaba a mi abuela y tenía una ne­ cesidad enorme de ella. Si yo no hubiera existido, si mi madre hubiera sido “una viuda común”, sin hijos, su vida habría sido totalmente distinta. No se habría visto obligada a volver a la casa de la madre. Cuando ella se sentía infeliz o tenía ese as­ pecto horrible, yo siempre pensaba que era por mi causa. [Por primera vez desde el comienzo de nuestro viaje analítico, Bé­ nédicte aceptó reconocer su megalomanía infantil (propia de los pocos años), su creencia en que sólo ella era responsable de todo lo que le había sucedido en el pasado. Después de un largo silencio, continuó:] Cuando una madre no puede respon­ der a una pregunta, todo se derrumba; hasta entonces, una la ha considerado la inteligencia misma, y después, el día en que

le hace la pregunta que ella no sabe responder ¡se la convier­ te en un asno! Y, si yo no hubiera hecho preguntas... en fin, ¿cuál habría sido la diferencia? J. M.: ¿No hagas preguntas y no te dirán mentiras? B.: ¡Exactamente! ¡Si no le hubiera hecho todas esas pre­ guntas, no habría recibido ese montón de mentiras! Sí, soy yo quien la hizo mentirosa. Yo lo he hecho... Entonces, ¿va usted a mostrarme que mi fijación en su falsedad es una de las no­ tas falsas de mi canción? ¿Tiene esto algo que ver con el blo­ queo de mi escritura? J. M.: ¿Está usted haciéndoles las malas preguntas a sus personajes? Debo admitir que no comprendía la razón que me llevó a decir eso, ni siquiera lo que tenía en mente, pero esta inter­ vención provocó algunas ideas pertinentes en Bénédicte. B.: ¡Sí! Incluso antes de aprisionarlos en palabras-ya los he confinado en un lugar donde no puedan respirar ni vivir... co­ mo confinaba a mi madre en la casa de su propia madre; ade­ más... cuando dejamos a mi abuela para ir a vivir en otro la­ do, yo tenía vergüenza de mi madre la mayor parte del tiempo, y sobre todo delante de sus enamorados. ¡Ellos! Ellos eran el castigo de mis crímenes, de no haber podido conservar vivo a mi padre y de todo lo que le había hecho mi madre. Só­ lo le había hecho mal. Pensaba que sus enamorados le aporta­ ban todo lo que yo misma no podía darle; ellos le hacían bien y se veía: en cuanto aparecía un hombre, abandonaba su lado falso e hiperemotivo. ¡Sí! ¡Se convertía en otra! Por lo tanto, esos hombres eran más fuertes que yo, ellos le aportaban to­ do... imagino que todo lo que yo habría querido darle. [De pronto, ríe.] ¡Yo era tan feliz en la casa de mi abuela! [Des­ pués, con voz grave:] Supongo que opté por m í más bien que por mi madre; yo le había quitado al marido y la había priva­ do de su teatro permanente, siendo que su deseo más precia­ do era estar “en escena”, radiante, con un hombre. Ella habla­ ba mucho de su situación trágica y, por supuesto, yo había comprendido que su tragedia era yo. Evidentemente, yo no podía pretender nada... era necesario que perdiera. Tal vez... me lo pregunto... si no es lo que estoy haciendo ahora... si la

escritura no es mi manera de repararla... o mi parálisis es un i rechazo a hacerlo. Usted me ha dicho que entre las voces in-y ternas que me faltan está la de mi padre. Mi madre no tenía respuestas, solamente nociones falsas, ideas recibidas. Yo te­ nía necesidad de un padre... pienso en David... David era un hombre con él qué Bénédicte tuvo una pro­ longada relación amorosa, y con el que había quedado muy vinculada. Se había negado- a casarse con él por razones com­ plejas, algunas de las cuales tenían que ver con su necesidad de encontrar junto a una mujer un sentimiento de integridad corporal narcisista. La integración normal de los anhelos ho­ mosexuales de la infancia se había desplegado mal, y nece­ sitaba buscar en el mundo externo las identificaciones que faltaban en su universo interno. Con sus pocos amantes mas­ culinos había experimentado placer, pero después -explica­ ba- se sentía siempre como perdida y vacía, “como si ya no encontrara mi cuerpo”. En otras palabras, sus amores homo­ sexuales le permitían sentirse -convertirse en- mujer. Empe­ cé a preguntarme si su escritura no tenía un objetivo similar. B.: La manera en que David veía las cosas, las entendía y me las comunicaba, era un discurso de hombre. Siempre he sentido su presencia y la fuerza de su diferencia. Lo que él me decía tenía importancia y necesitaba comprenderlo. ¿Es éste el elemento faltante en mis obras? Mi deseo de oír esa voz for­ ma parte del mezza voce del que hemos hablado nosotras, pe­ ro es algo que debe quedar en sordina, que no escucho com­ pletamente. J. M.: ¿Como si no pudiera cantar en dos registros? ¿Es­ cucharlos a los dos? ¿Ser a la vez hombre y mujer en su escri­ tura? B ¡Eso es! No logro darles bastante espacio a mis perso­ najes, porque son hombres. Mire, mi terror ante la idea de producir una novela rosa está también ligado a esto. Si trans­ formara a mi padre o mi abuelo en personajes rosas, sin ca­ rácter, sólo me faltaría morir. J. M.: ¿De modo que sus personajes masculinos no llegan a estar completamente vivos? ¿Corre el riesgo de destruirlos? B.: ¡Oh, qué descubrimiento! Todos mis personajes mascu­

linos, aunque sean, por naturaleza, buenos padres, son de he­ cho y en primer lugar buenas madres. ¡Esa es su verdadera vocación! [Larga pausa.] ¿Tal vez soy incapaz de dar vida a un hombre?... ¿Es éste el secreto de mi bloqueo ante la escri­ tura? ¿Y el secreto de mi vida amorosa? ¿Es mi destino no po­ der recrear, no poder amar más* que á una mujer? Éstas fueron las últimas palabras de Bénédicte al término de la sesión. Como faltaba poco para las vacaciones de verano, los temas evocados contenían también un sentido transferencial, en la medida en que yo iba a ser la madre “mala” que la abandonaría durante algunas semanas. Después de la sesión reflexioné sobre la capacidad de amar y la capacidad de crear, y acerca del carácter intangible y misterioso de los actos crea­ tivos: tan intangibles y misteriosos como los actos de amor. LA SOMATIZACIÓN TRAUMÁTICA Y EL PROCESO ANALÍTICO

A la vuelta de las vacaciones, Bénédicte me anunció de en­ trada: “He escrito durante todo el verano, y va bien”. Le men­ cioné la-novela de la que habíamos hablado antes de las vaca­ ciones, y ella me respondió: “¡Pero no! He abandonado esa historia. ¡Escribí una pieza en la que todos los personajes son mujeres!”. El análisis de Bénédicte duró un año más, lo que nos per­ mitió explorar la significación psíquica de su ovariectomía, no sólo con relación al trabajo creativo, sino también la “signifi­ cación” potencial de la enfermedad somática en sí. Antes de concluir esta exploración de los elementos que contribuyen a la inhibición de la creatividad, me parece perti­ nente una breve reflexión sobre la naturaleza del trauma y los problemas teóricos y clínicos que provoca cuando sobrevie­ ne en el curso de un análisis. Un acontecimiento es conside­ rado “traumático” sólo si da lugar a una reorganización psí­ quica de orden sintomático. Un acontecimiento actual puede tener un efecto traumático si hace resurgir un trauma psíqui­ co del pasado. Otra cuestión sobre la que también hay que reflexionar concierne a la somatización y su vínculo posible con el proce­

so analítico en sí. Se ha escrito poco sobre la frecuencia de las enfermedades somáticas que sobrevienen hacia el fin del aná­ lisis o muy poco después de su terminación. Mis investigacio­ nes no han ido más allá de las constataciones que he podido hacer en algunos casos, a partir de pacientes que, habiéndo­ me solicitado un segundo análisis, describieron las somatizaciones que habían sufrido después de su primer tratamiento, o bien en el momento en que el análisis, que parecía exitoso, estaba a punto de terminar (como en el caso de Bénédicte). Sin descartar la hipótesis de que podría tratarse de enferme­ dades puramente físicas que se habrían desencadenado de to­ das maneras, es posible no obstante preguntarse si los fantas­ mas arcaicos y las angustias psicóticas inconscientes no analizados se ponen más rápidamente en juego cuando se acerca el fin de la aventura psicoanalítica, y pueden por lo tanto aumentar la vulnerabilidad psicosomática. TRAUMA PSÍQUICO E INHIBICIÓN DE LA CREATIVIDAD

¿Cuál es, entonces, la relación entre el trauma y la activi­ dad creadora? Como lo ilustra este fragmento del análisis de Bénédicte, los actos de creación, entre sus numerosos y miste­ riosos orígenes, pueden concebirse como una fusión de lo mas­ culino y lo femenino en nuestra estructura psíquica. Una fal­ ta en la integración de uno u otro polo de atracción de los anhelos homosexuales de la infancia puede ser causa de la in­ hibición, debida a la imposibilidad de identificarse con la fe­ cundidad potencial de ambos progenitores. Asimismo, el me­ nor acontecimiento, somático o psíquico, que amenace el equilibrio de los fantasmas bisexuales en el inconsciente, pue­ de también favorecer la inhibición de la creación intelectual, científica o artística. En vista de la importancia de las identificaciones bisexua­ les inconscientes, podemos preguntamos si la actividad creado­ ra de la mujer es diferente de la del hombre. Según mi propia experiencia clínica con analizantes cuya expresión creadora sufrió un momento de detención, diría que los hombres que su­ fren de inhibición en sus proyectos artísticos o intelectuales, o incluso en su actividad profesional, tienen tendencia a vivir

esa experiencia como una forma de castración, mientras que las mujeres verían más bien en ella una forma de esterilidad. Se puede entonces comprender que cualquier perturbación traumática del funcionamiento somático o la integridad cor­ poral (particularmente en lo que concierne a las funciones ge­ nitales y reproductivas) puede también provocar inhibiciones artísticas o intelectuales. Ésta fragilidad potencial es una parte del proceso creativo. Detengo aquí mi reflexión sobre los misterios de la creati­ vidad, esperando haber dilucidado -y comunicado- algunos de los elementos intangibles que mis analizantes me han ayu­ dado a comprender.

Parte III Sexualidad y soma

7. SEXUALIDADES ARCAICAS Y PSICOSOMA

Este capítulo se propone explorar la naturaleza de las ex­ presiones pregenitales y arcaicas de la sexualidad, a partir del papel que desempeñan en la psicodinámica subyacente de las manifestaciones psicosomáticas. Desde hace algún tiempo mis investigaciones en este campo han tenido por objetivo una mejor conceptualización de la matriz psique-soma, a tra­ vés de la observación, en la situación analítica, de las huellas de la estructura psíquica precoz y de sus efectos duraderos en el niño que crece y el adulto futuro. Estas huellas llevan una marca profunda del inconsciente biparental y las proyecciones de ambos progenitores sobre el niño, así como de los aconteci­ mientos internos y externos que han rodeado a su concepción y su nacimiento. En los albores de la vida psíquica, las pulsiones libidinales y agresivas son casi indistinguibles entre sí. Los sentimientos que más tarde serán denominados "amor” y “odio” se encuen­ tran confundidos en esa fase de la vida. Esta confusión puede durar hasta la madurez, de modo que las relaciones con el otro corren el riesgo de verse perturbadas. La equivalencia in­ consciente del amor y el odio puede asimismo provocar senti­ mientos de pánico. No obstante, lo más frecuente es que los conflictos psíquicos siguientes sean forcluidos por completo, acrecentando a veces la vulnerabilidad psicosomática, incluso provocando fases de descompensación psicótica. Esta última respuesta, en la cual las palabras pierden su vínculo íntimo con las cosas, es descrita de manera conmove­

dora por la escritora neozelandesa Janet Frame (1988), quien? nos transporta a un mundo de irrealidad: “[...] al examinar de cerca la aprehensión de la aniquilación súbita de la percep­ ción habitual de la distancia y la proximidad, el estallido de los vínculos de hierro que en otro tiempo hacían rígido el con­ tenedor del conocimiento, el desvanecimiento de la percepción del tiempo y el espacio, aunque al principio la forma persista intacta, se advierten grietas que se ensanchan cada vez más en lo que habíamos creído que era el fundamento de la per­ cepción. Lejos y cerca, antes y ahora, aquí y allá, las palabras familiares del lenguaje del espacio y el tiempo se vuelven inú­ tiles, montones de cascotes”. Si admitimos que la estructuración precoz de la psique in­ fantil depende en gran parte de los miedos y deseos de los dos progenitores, así como de todas las expectativas que han pro­ yectado sobre el niño incluso antes de su nacimiento, es legí­ timo postular que los conflictos y juicios de valor biparentales van a impregnar la psique del infante, a medida que crezca, con un corpus de creencias duraderas concernientes a su identidad biológica, sexual y psicosocial. Aunque estas.transmisiones tienen un papel determinante en la estructuración psíquica del niño pequeño, sea cual fuere la manera en que las utilice, los recursos innatos de la criatu­ ra actúan también de una manera determinante, y le ofrecen en consecuencia un margen de elección personal. El concepto de Daniel Stern (1985) de un “sí-mismo-nuclear” en el recién nacido capta bien este aspecto créativo de la psique infantil. En el análisis de un adulto encontramos a menudo que el niño que hay en él, en lugar de identificarse completamente con los deseos y las angustias de sus progenitores (primero externos y después internos), pudo encontrar los medios de defenderse de ellos, construyendo fuertes contraidentificaciones opuestas a las demandas biparentales. A su vez, estas contraidentificacio­ nes contribuyen poderosamente a la creación de una persona­ lidad opuesta al modelo parental, con una fuerza compulsiva similar a la que experimenta el sujeto que trata de identificar­ se estrechamente con las expectativas parentales, y también destinada a mantener el sentimiento de identidad subjetiva. Esa posición (que oculta la confusión entre amor y odio) no se adquiere sin angustia en cuanto a la propia identidad sub­

jetiva y al propio derecho de definirse de ese modo. La econo­ mía psíquica del sujeto puede incluso exigir el corte de los vínculos entre la psique y el soma, a fin de mantenerse en equilibrio ante las angustias de tipo psicótico, como el miedo a la fragmentación física o psíquica, y también frente a mu­ chos temores neuróticos. ¿Hasta qué punto las fragilidades en la constitución somática son hereditarias en un determinado individuo? Desearía detenerme un momento y examinad cier­ tas circunstancias “fatales” que pueden constituir lo que se cree que es “un destino psicosomático”. SOMATIZACIONES: ¿FATALIDAD O DESTINO?

Al oponer las palabras “fatalidad” y “destino”, me refiero a la obra de Christopher Bollas (1989), quien define la fatali­ dad como “algo ineluctable, un elemento sobre el cual el indi­ viduo no tiene ninguna influencia”, y, por otra parte, lo que él llama la pulsión de destino como “lo que empuja al niño a uti­ lizar sus objetos como medios para articular y ser entonces su verdadero sí-mismo”. Bollas considera la pulsión de destino como un elemento que contribuye a la estructuración del ca­ rácter y, en tanto que tal, será utilizado para enfrentar los acontecimientos que se desprendan de la fatalidad. La definición de “fatalidad”, tal como la dan los dicciona­ rios, remite siempre a lo que es inexorable, irrevocable, a me­ nudo “revelado” por los oráculos y las declaraciones de los profetas. Es decir que la fatalidad depende en gran medida de enunciados verbales. En cuanto al “destino”, tiene que ver con el potencial del individuo, lo que implica una acción iniciada por el propio sujeto, más bien que fórmulas impuestas desde exterior. Como dice Bollas, “con suerte, uno puede realizar su destino”. Los diccionarios precisan además que el destino emana de un poder superior al de los dioses de la mitología griega. Pienso en las palabras de Mauriac: “Tejemos nuestro destino, lo extraemos de nosotros mismos como la araña su tela”. Podríamos entonces conceptualizar el sentido intrínseco li­ gado a la noción de destino como un elemento esencial y de­ terminante de nuestras vidas, pero capaz de sufrir modifica-

dones a lo largo de toda nuestra existencia. La fatalidad, ei§¡ cambio, engloba todos los elementos sobre los cuales no tenéff mos ninguna gravitación. Desde el punto de vista psicoanalí|¡ tico, los elementos fatídicos nos remiten (entre otras cosas) J| los traumas universales e inevitables de la humanidad: la al-J teridad, la diferencia entre los sexos, el envejecimiento y lal -muerter"-.... ...... --31 Para la escucha analítica, el vínculo particular de la fatali-J dad con las declaraciones verbales podría también aplicarse a} las afirmaciones de los padres, así como a sus silencios grávi­ dos de sentido; a unas y otros está expuesto el niño durante; toda su infancia. En este sentido, el discurso biparental pue­ de comprenderse como una herencia fatal, que puede resultar tan poderosa como los acontecimientos traumáticos atípicos (por ejemplo, la muerte precoz o la enfermedad mental de un padre); el destino, en cambio, se relaciona con el curso de los; acontecimientos sobre los cuales el niño puede ejercer un cier­ to control. De modo que podemos proponer la siguiente distinción en­ tre fatalidad y destino: ninguno de nosotros es responsable de los golpes de suerte ni de las cargas que nos han impuesto los objetos significativos de nuestra infancia, pero somos los úni­ cos responsables de nuestros objetos internos y,del manejo de nuestro mundo interior, provisto de su poderosa pulsión de destino. Desearía añadir al concepto de Bollas sobre la pulsión de destino (del que espero no haber desnaturalizado el sentido) que él puede conducir también a una interpretación errónea de las pulsiones de vida al servicio del verdadero sí-mismo. En nuestro trabajo clínico encontramos a menudo a pacientes cuyo destino parece haber quedado enfeudado al manteni­ miento a cualquier precio de soluciones infantiles de los acon­ tecimientos y relaciones traumáticas del pasado. De ello re­ sulta que esta fuerza repetitiva e inexorable, aunque sé revista de apariencia patológica, también está al servicio de la supervivencia psíquica, es decir de la supervivencia de un individuo en tanto que sujeto, en tanto que aspecto del verda­ dero sí-mismo. Tendría que poner el énfasis en el hecho de que esta no­ ción está de algún modo en desacuerdo con el concepto freu-

diano de la compulsión de repetición, de la que Freud subraya que está al servicio de las pulsiones de muerte. Recordemos sin embargo que para Freud la pulsión de muerte deriva a su yez de la pidsión de vida. Creo poder postular que la compul­ sión a mantener y repetir esquemas. de comportamiento in­ conscientes a menudo revela estar del lado de la vida. Es posible que lo que yo considero pulsión de superviven­ cia psíquica (a saber: la exigencia de mantener el sentimiento de identidad subjetiva y sexual) equivalga al concepto de Bo­ llas de pulsión de destino. Pero creo haberle añadido a este concepto la idea de que la fuerza creadora del verdadero símismo sería igualmente responsable de ciertas repeticiones patológicas, repeticiones que, no obstante, constituyen inten­ tos de seguir vivo, en términos psíquicos y físicos. SOMA Y PSIQUE, O LA FATALIDAD CONTRA EL DESTINO

Nuestra constitución somática parece ser una herencia fatal. Podemos formular la hipótesis de que también nuestra muerte está programada biológicamente; sin embargo, es evidente que muchas personas mueren por malas razones: razones distintas de las que derivan de su reloj biológico. DeLmismo modo, muchas disfunciones respiratorias, aler­ gias cutáneas, trastornos gástricos, etcétera, son frecuente­ mente atribuidos a debilidades hereditarias. Estas enferme­ dades pueden entonces aparecer como una herencia fisiológica a la que es imposible sustraerse. Sin embargo, en la medida en que estas manifestaciones aparentemente hereditarias se revelan influidas por la vida fantasmática inconsciente, por la estructura caracterológica y por la economía psíquica de cada individuo, podemos decir que el destino psíquico desempeña también un papel en las enfermedades psicosomáticas que la fatalidad nos ha legado. Desde este punto de vista se puede admitir la posibilidad de un cambio psíquico y, en consecuencia, biológico, gracias a la exploración psicoanalítica del protosimbolismo arcaico e infraverbal que subtiende los fenómenos somáticos. Como he­ mos visto, son numerosos los pacientes que no sufren ya de alergias, úlcera gástrica, tensión arterial^ trastornos respira­

torios, r.arrifaros y de otro tipo, gracias a los efectos secunda­ rios (e inesperados) de un análisis prolongado. El hecho de que ciertas enfermedades físicas hayan sido bautizadas dé psicosomáticas indica la fuerza conjunta de la fatalidad y el destino. Clarificaremos estas reflexiones mediante ejemplos tomados de mi trabajo con pacientes que han llevado sus dra­ mas psicosomáticos a la escena psicoanalítica. A partir de ciertas observaciones clínicas que me intriga­ ron, se despertó mi interés por los fenómenos psicosomáticos. Louise, una de mis primeras analizantes adultas, se quejaba de que su asma se agravaba sistemáticamente en el curso de los viajes rituales que se imponía para visitar a la madre, ¿ medida que se acercaba a Estrasburgo, donde la paciente ha­ bía nacido y su madre aún habitaba. En la misma época ad­ vertí que la úlcera de Jean-Paul recidivaba dramáticamente al aproximarse las vacaciones. Comencé a preguntarme si las manifestaciones somáticas de Jean-Paul, de Louise y de mu­ chos otros no encerraban un sentido simbólico. ;.Cuál podía ser el mensaje del que eran portadoras? Pero, al estudiar un caso un tanto diferente, observé con sorpresa que Pierre había tenido un nuevo y grave accidente motociclístico, uno de esos accidentes que parecen siempre re­ mitir a la fatalidad y que, esa vez, le había provocado un des­ prendimiento de retina. Más tarde supe que ya en su infancia él era continuamente “víctima” de accidentes de este tipo. Co­ mo otros de mis analizantes que compartían su enfoque enér­ gico, deportivo y agresivamente intelectual de la vida, Pierre parecía estar en busca de autocastigos corporales. ¿Había un vínculo psicodinámico entre esta “predisposi­ ción a los accidentes” de Pierre y los fenómenos psicosomáti­ cos de pacientes como Louise y Jean-Paul? Con todos estos analizantes (y hubo muchos otros mientras se afinaba mi ex­ periencia clínica) me interrogué acerca del papel de la renega­ ción de las tendencias suicidas, la rabia ignorada o los deseos eróticos conflictivos, cuyos diversos aspectos yo descubría a menudo.

EL CALENDARIO SECRETO Y LA SIGNIFICACIÓN OCULTA DE LOS SÍNTOMAS

Una particularidad que parece derivar de la fatalidad re­ tuvo mi atención y continúa por otra parte sorprendiéndome en el trabajo clínico. Es el calendario secreto que cada uno en­ cierra en las profundidades de su estructura psíquica. Esto me parece particularmente evidente en lo que concierne a la fecha, la edad, la época o la estación en el transcurso de las cuales han aparecido o recidivado ciertas enfermedades sofriáticas. Esto implica la memoria del cuerpo y su calendario secreto, pues es indudable que el cuerpo y su funcionamiento somático están en alguna medida sometidos a la compulsión de repetición —que se suma a la convicción frecuente en cier­ tos pacientes de que están destinados a la enfermedad, qui­ zás a una enfermedad específica, incluso a la muerte, en un momento determinado de su vida-. Experiencias clínicas si­ milares han inspirado al psicoanalistá-psicosomatista Paul Lefebvre, de Montreal, autor de un artículo titulado “The Faustian Bargain” (1989), en el cual describe a pacientes que parecían haber aprendido de sus progenitores que “podían sobrevivir. pero no vivir más allá de una cierta edad”. Aunque estos fantasmas, y los fenómenos somáticos en sí, son a veces manifestaciones de histeria de conversión, lo más frecuente es que provengan de la forma de explosión psico­ somática que yo denomino “histeria arcaica”. Este concepto (McDougall, 1989) se desarrolló a partir del trabajo con Tim, quien, a los cuarenta años, tuvo la misma crisis cardíaca que el padre a esa misma edad -pero Tim se salvó-. Más tarde, las razones por las cuales no quería saber nada de los riesgos cardíacos en los que incurría casi voluntariamente se unieron a otro elemento del orden de lo fatal, que tenía su origen en la primera infancia y parecía haber sido emplazado cuidadosa­ mente para conjurar el terror que experimentaba su madre ante cualquier manifestación emocional. Al mismo tiempo, el aplastamiento afectivo que Tim se imponía era vivido por él como obediencia a la ley materna. Al tratar de conceptualizar la significación dinámica y el esfuerzo psíquico que contribuyen a la eclosión de los sínto­ mas psicosomáticos, he seguido de cerca las investigaciones

realizadas por los analistas-psicosomatistas de la Sociedad! Psicoanalítica de París, quienes han creado el concepto del pensamiento operatorio (es decir, una manera pragmática yl deslibidinizada de comunicarse con los otros y con uno mis­ mo). Estas investigaciones suscitaron un gran interés en la; Escuela Psicosomática de Boston, de la que Peter Sifneos y¿ John Nemiah eran las cabezas pensantes. Siguiendo la hue­ lla de las investigaciones de la Sociedad PsicoanalíticB de París, ellos añadieron el concepto de iüexitim ia j (aplicado á? las personas que no son capaces de nombrar y describir sus experiencias afectivas-o que no logran distinguir una emo­ ción de otra). Conjuntamente, ambas escuelas hanTelaborado poco a poco' teorías de la causalidad que, por momentos, pa­ recen más próximas a las neurociencias que a la psicología dinámica. Aunque su trabajo ha sido estimulante, me planteé enton­ ces la pregunta siguiente: “¿Debo aceptar las teorías de estos eminentes psicosomatistas, quienes postulan que eclosiones tales como la rectocolitis hemorrágica_, el asma, las úlceras las, la tensión arterial, la tireotoxicosis e innumeraBT§s alergias^espiratorias v dermatológicas carecen por completo Eido simbólico? Los trabajos de estos investigadores pa­ recen indicar que en estos casos el paciente sufre en primer lugar de trastornos neuroanatómicos “mal mentalizados’(¿quizás incurables?), lo que sugiere que son víctimas de la fa-; talidad. ¿No sería posible pensar que estos mismos fenómenos somáticos son una respuesta, no tanto a los dictados genéticos como a la necesidad de defenderse de un dolor psíquico lite.-.. ralmente indecible y por lo tanto somatizajo? Cuando comencé a reflexionar sobre lo que podrían signifi­ car los fenómenos psicosomáticos a los cuales mis pacientes prestaban poca atención (pues no eran la causa del pedido de análisis), muy pronto me resultó evidente que este tipo de manifestaciones no podía clasificarse en la categoría de los fe­ nómenos neuróticos de la histeria clásica (McDougall, 1982, 1985b). Al reflexionar, a partir de las teorías psicológicas de la causalidad (que no excluyen a las teorías neuroanatómicas, pero son distintas de éstas) sobre los problemas somáticos de mis analizantes (entre los cuales muchos parecían por otra parte funcionar muy bien en su vida profesional y en su vida

personal), comencé a descubrir conflictos ocultos, de naturale­ za más psicótica que neurótica: por ejemplo, para ellos amar 7ra equivalente a devorar o ser devorado? o, en una versión ^ p o c o másrefmada de los intercambios afectivos, las reíaTTones amorosas (lo mismo que-las investiduras sublimatcTrias) estaban en el mismo plano que orinar y defecar, funcio­ nes consideradas una forma privilegiada de intercambio amoroso y también de producción profesional. La exploración analítica de estos fantasmas eróticos primi­ tivos, que a menudo se manifestaban en la relación transfe­ rencia!, provocó en muchos casos la desaparición de los sínto­ mas psicosomáticos y la atenuación de las inhibiciones intelectuales y creativas, para mi gran sorpresa y la de mis pacientes. Dejo a un lado la cuestión de los vínculos entre los fantasmas sexuales arcaicos y la actividad intelectual y crea­ tiva (tema ya abordado en al capítulo 6), y abordo ahora las sexualidades arcaicas y al papel que desempeñan en las di­ versas manifestaciones de la somatización. LA SOMATIZACIÓN: ESPEJO DE LAS SEXUALIDADES PREGEÑÍTALES Y ARCAICAS

En lo que concierne a las crisis o las recidivas de los sínto­ mas somáticos, observé que las experiencias de la vida coti­ diana capaces de desencadenar conflictos psíquicos, dolor mental o incluso excitaciones agradables, a menudo hacían resurgir o actuaban como disparadores de las eclosiones psicosomáticas. Encontré que las investigaciones sobre los fenó­ menos de alexitimia (aunque la teoría causal propuesta no me había convencido por completo) eran pertinentes, en cuanto trataban de conceptualizar el papel de la economía psíquica que subtiende los estados psicosomáticos. En lugar de confirmar que el pensamiento operatorio y la alexitimia se debían a una lenta desorganización de la estructura psíquica o a efectos neuroanatómicos, yo descubrí, por lo menos en lo concerniente a mis analizantes, que ellos habían sido objeto .de un desborde afectivo^árente de acceso a la representación p síq u ic a de modo que sólo se ponía de manifiesto el polo sornático ~de1 afecto-y la escisión entre la representación de pa-

labra y la representación de cosajsra la única manera de pmll teger la psique contra la sobrecarga emocional (McDougall 1985a). % Como me dijo mi paciente Tim, al volverme a ver varios" años después del fin de su análisis, “durante los primeros años de mi análisis yo parecía carecer totalmente de afecto;'" en ese entonces era el prototipo de «carácter operatorio». Pefpen realidad estaba a tal punto involucrado emocionalmente que, si se lo hubiera demostrado, no podría haberme hecho pasar por alguien «más que normal»: me habría vuelto loco”. En realidad, el análisis dio un giro cuando pude mostrarle a Tim hasta qué punto me sentía afectada por los aspectos de su comportamiento que amenazaban su vida, lo que lo llevó a la conclusión, para él sorprendente, de que yo lo apreciaba y quería que viviera (McDougall, 1985a). ASMA Y EROTISMO PRIMITIVO

Me gustaría ahora volver a la historia de Louise, cuyas cri­ sis de asma se acentuaban a medida que ella se acercaba a Estrasburgo. Esta paciente había solicitado análisis en razón de su desinteligencias conyugales y su frigidez. Aunque los conflictos edípicos desempeñaron un papel predominante du­ rante los dos primeros años de su análisis, sólo presentaré el material relacionado con sus síntomas psicosomáticos y su vínculo con las emociones primarias y los fantasmas arcaicos. Desde su más tierna infancia Louise sufría a la vez de as­ ma y eccema, por fragilidad congénita según el pediatra. Pa­ recía haber “heredado” a un linaje de antepasados asmá­ ticos, y los especialistas consultados decretaron que ésa era su suerte y que la sufriría toda la vida, lo mismo que la ma­ dre. Louise era hija única, y recordaba lo s‘Cuidados físicos minuciosos que había recibido de la madre durante su infan­ cia. Además, cuando la paciente era pequeña, el padre tenía prohibido acercársele, con el pretexto de que excitaba a la ni­ ña y se corría el riesgo de que reactivara su asma. La madre se quejaba de que el marido bebiera demasiado, pero Louise recordaba con nostalgia y ternura los momentos maravillo^ sos durante los cuales habían podido jugar y reír juntos.

A causa de su salud delicada, la madre había privado a Jjouise de toda actividad deportiva y también de los juegos habituales de los niños. Pero la pequeña era del tipo rebelde. Se las arreglaba para desobedecer discretamente a la madre, de muchas maneras. Entre los medios que había encontrado para desafiar las interdicciones maternas había uno que atrajo particularmente mi atención: como la castigaban seve­ ramente por sus masturbaciones, Louise, en el período de latencia, aprendió a retener la orina y a obtener de ello una satifacción orgástica. Esa sensación erótica se producía ante los ojos de la madre, mientras Louise fingía leer, y en secreto disfrutaba de una sensación de triunfo. Su deseo de ser plenamente ella misma le hizo rechazar toda identificación con la madre. Durante la pubertad, a es­ paldas de la madre Louise se inscribió en un curso de danza ofrecido a los alumnos de su pequeña escuela privada. Duran­ te un año guardó el secreto de su participación en ese curso, donde demostró un talento particular para el ballet, .y -hecho interesante- su asma no aumentó. Cuando, al fin del año es­ colar, la madre recibió un informe elogioso sobre los talentos de Louise como bailarina, le hizo a la hija una escena memo­ rable (evidentemente, porque estaba segura de que Louise ha­ bía arriesgado la vida), escena que dejó en la hija una impre­ sión indeleble. Sólo se calmó cuando el médico de la familia le dijo que el asma de Louise había más bien mejorado. Además, el profesor de danza apoyó a Louise en su anhelo de convertir­ se un día en bailarina profesional. (A pesar de las adverten­ cias mortíferas de la madre, Louise había realizado su voca­ ción, y en la época en que entró en análisis -tenía entonces veinticinco años- era ya una bailarina conocida.) En el curso del análisis llegamos a comprender que, a través de la expe­ riencia de la danza, y por primera vez, Louise había sido fi­ nalmente capaz de investir su cuerpo con afecto e interés libi­ dinal, en lugar de considerarlo, lo mismo que la madre, un objeto enfermo y frágil. Aunque las desinteligencias de Louise con su marido ha­ bían sido el motivo de su pedido de análisis, la madre avanza­ ba constantemente en la escena analítica. Cuando Louise es­ peraba su primer hijo, la madre le advirtió que en el parto padecería sufrimientos físicos y fatigas; al día siguiente del

nacimiento del nieto fue a la maternidad y declaró pública­ mente que la hija se había condenado para la eternidad, por­ que no estaba aún casada con el padre de su hijo. Apoyada por las otras madres jóvenes, Louise tuvo que explicar que lamadre estaba un poco loca, y que en consecuencia la manten­ dría a distancia. Observé no obstante que no pudo atenerse a esa decisión y que a menudo la invitaba a París o iba, tam­ bién frecuentemente, a visitarla en Estrasburgo. Poco a poco me fue resultando evidente que en la recidiva de las crisis de asma cada vez que se encontraban residía el secreto del vínculo confuso entre Louise y su madre. Al re­ construir su significación oculta en el curso del análisis llega­ mos a comprender, en primer lugar, que esas crisis funciona­ ban para la paciente como un elemento reasegurador de que su cuerpo le pertenecía a ella, y no a la madre. Sólo después de tres años de trabajo analítico comencé a bosquejar una hipótesis acerca de la relación entre el erotis­ mo primitivo y las manifestaciones psicosomáticas. Según las asociaciones, fantasmas y afectos transferenciales de Louise, se volvió claro que sus crisis de asma y eccema tenían un vínculo estrecho con fantasmas sexuales erótico-sádicos, de contenido oral y anal. Esta interacción era previsible en el recuerdo evocado por Louise a propósito de la retención de orina que ella practicaba en presencia de la madre, y del des­ cubrimiento de la gratificación erótica consiguiente. La prosecución de nuestro viaje analítico nos permitió comprender que en esa etapa la orina se había convertido en un sustituto del pene, que Louise había ubicado entre la ma­ dre y ella, y con el cual obtenía placer erótico. Louise estable­ ció también un vínculo asociativo entre la orina y la cerveza que el padre bebía en exceso. En otro nivel, su invención mas­ turbatoria constituía una experiencia pregenital del placer se­ xual secreto, con un partenaij'e privilegiado: ¡la madre! Este descubrimiento inesperado le reveló a Louise fantasmas ho­ mosexuales hasta entonces dormidos. Mucho más tarde surgió otro fantasma, en el cual el erotis­ mo fecal y la agresión anal desempeñaban un papel principal. Louise se había vuelto consciente del hecho de que ella no po­ día tocar nunca a la madre mientras disputaban. “Era como si mi madre estuviera a menudo cubierta de inmundicia”, dijo.

De mis observaciones clínicas surge que es particularmente difícil para los analizantes hacer emerger del inconsciente, y a continuación verbalizar, los fantasmas de contenido anal y fecal, sobre todo en su dimensión erótica, sin duda porque están más profundamente contrainvestidos que los deseos eróticos y sádicos de contenido oral y fálico. Por ello los fan­ tasmas reprimidos que tienen relación con estos temas sur­ gen más lentamente que los fantasmas orales y fálicos. Las investigaciones originales de Wrye y Welles (1993) respecto de este tema son totalmente pertinentes. A la luz de esta reconstrucción de ios fantasmas anales y fecales ligados erótica y sádicamente con la imagen materna, Louise pudo hacer consciente el contenido homosexual subya­ cente, hasta entonces inarticulado. Lo mismo que el material erótico anal, estas pulsiones sólo habían podido expresarse a través de eclosiones psicosomáticas. A continuación de la ela­ boración de sus deseos homosexuales y del develamiento de los fantasmas eróticos primitivos asocíales, Louise constató en el año siguiente un mejoramiento de su crisis de asma y su eccema, así como un cambio significativo en sus relaciones se­ xuales. La madre pregenital interna, amada-y-detestada, fue perdiendo influencia sobre su hija rebelde pero tan apegada a ella. El peso de las relaciones interpsíquicas e intrapsíquicas madre-hija en la estructura psicológica de Louise, así como la exclusión o la denigración del rol del padre por la madre, iban a convertirse en observaciones frecuentes en el análisis de mis pacientes somatizadores. Tim, Isaac, Georgette y Paul (McDougall, 1978a, 1985b, 1989) revelaron imagos parenta­ les análogas. Por otra parte, me fue resultando cada vez más evidente que los vínculos eróticos arcaicos, siendo un elemen­ to vital en la organización precoz de la estructura psíquica, pueden no obstante instaurar reacciones psicosomáticas más bien que psicológicas frente a los acontecimientos cargados de afecto. Este fenómeno era particularmente evidente en los analizantes que habían vivido a la madre como una fuerza devoradora que trataba de ejercer un control tanto psíquico como físico sobre ellos en la infancia. Ellos se vivían incons­ cientemente como prolongaciones libidinales o narcisistas de sus madres. Ese tipo de aprehensión puede suscitar un terror

creciente ante la amenaza de muerte psíquica que implica^| esas relaciones madre-hijo. Al mismo tiempo, está la satisfac^ ción del niño megalómano, que reconoce la necesidad dese§í perada que tiene la madre de su presencia. En consecuencia1 este vínculo impregnado de elementos pulsionales pregen*, tales tiende a perpetuarse a pesar de la lucha externa contra él. El viaje analítico con Louise me sensibilizó poco a poco a la! fantasmática sexual arcaica y a sus corolarios violentos, alter­ nativamente sádicos y masoquistas. Iba a descubrir cada vez más a menudo en mis analizantes, en particular en los polisomatizadores, el predominio de fantasmas reprimidos vincula­ dos a la excitación oral, uretral y anal. LA ENURESIS Y EL EROTISMO PRIMITIVO

Otro ejemplo de amor sexual pregenital ligado al erotismo uretral es el de Nancy (a quien he mencionado en el prólogo). Su caso constituye el paradigma de lo que acabo de conside­ rar una constelación edípica coja. Niña enurética, insomne, bulímica, Nancy había estado constantemente enferma; sufrió crisis de asma durante toda su infancia. Cuando tenía diecio­ cho meses, el padre había caído prisionero de guerra. Duran­ te los cinco años de su ausencia, Nancy había dormido con la madre y, según ella le dijo, “la inundaba todas las noches con ríos de orina”. La madre parecía aceptar esas “inundaciones” con complicidad, pero el abuelo, que vivió con ellas durante la ausencia del padre, se presentaba todas las mañanasen el dormitorio y cantaba una canción que decía, más o menos, “la noviecita que hizo pipí en la cama perdió a su enamorado pa­ ra siempre”. Si el lecho estaba seco, no cantaba nada. Nancy recordó: “A cualquier precio tenía que impedir que mi abuelo cantara; sin embargo, por alguna razón, era maravilloso verlo llegar por la mañana, aunque cantara. Su sola presencia me tranquilizaba”. Un día le propuse la idea de que quizás había interpretado la táctica del abuelo como una interdicción de “hacer el amor” de esa manera, todas las noches, con la ma­ dre, Esa interpretación la llevó, por asociación, a hablar de la falta de placer cuando hacía el amor.

A esto hay que añadir que, durante la infancia de Nancy, la madre denigraba y criticaba constantemente al marido au­ sente. Cuando el padre volvió de la guerra (Nancy tenía en­ tonces seis años y medio), las enfermedades constantes y las crisis de asma de la niña desaparecieron como por milagro. Durante una sesión en la cual ella recordó vivamente el retor­ no del padre, agregó: “Por supuesto, insistí en dormir en el dormitorio de mamá... ¡oh!, quiero decir en el dormitorio de mis padres... porque creía tener la necesidad de tomar la ma­ no de mi madre durante la noche, para poder dormir. Y ade­ más recuerdo que también mi madre insistió en que yo me quedara junto a ella”. Según los recuerdos de Nancy, me pa­ reció que este arreglo tenía más bien su fuente en la angustia de separación de la madre, angustia que Nancy había hecho suya. (La observación clínica de numerosos pacientes con en­ fermedades psicosomáticas me induce a postular que esta for­ ma de apego madre-hijo es un dato corriente.) La enuresis de Nancy continuó hasta que ella tuvo nueve años, y se interrumpió bruscamente al nacer su hermanito. Este acontecimiento parece haber roto la ilusión de Nancy de haber sido escogida como partenaire sexual de la madre y, en consecuencia, puso fin a esa historia de amor pregenital. Nancy tuvo finalmente un dormitorio propio y, a partir de ese momento, según sus recuerdos, dejó de sufrir de insomnio. REPRESENTACIONES MATERNAS CONTRADICTORIAS

Desde el punto de yista del niño, estejtipo de relación im­ plica una demanda paradójica: por un lado está el deseo de continuar_.con la madre, el.-delicioso,amor pregenital que se expresa por el rodeo de disfunciones corporales (alergias, in­ somnios. encopresis y enuresis, tendencias bulímicas n anoréxicas. etcétera) y, por el otro, se desliza una rabia ahogada contra el vínculo libidinal arcaico experimentado como la cTemañfllf de una ímidie omnipotente. Años de trabaio p s í c o terapeutico me han convencido de que este conflicto afectivo se pone típicamente de manifiesto en los niños que sufren de eclosiones psicosomáticas, así como puede hacerlo entre los adultos somatizadores. Los elementos más poderosos y diná­

micos en la diada psicosomática formada por la madre (que^ incluye el lugar ocupado por el padre en su mundo interno) y " el bebé, tienen su fuente en los miedos y las necesidades ma­ ternas inconscientes o, más exactamente, en el inconsciente: biparental, en el sentido de que, a lo largo del análisis, se en­ cuentran signos clínicos de_un padre cómplice que deja al ni­ ño totalmente en las manos de la madre omnipotente. Hcr obstante, me parece indispensable repetir que cada niño aporta su propia solución a la problemática de la separación respecto de la madre, y su propia manera de desenredarse del embrollo inconsciente de los padres. El elemento de desti­ no reside en el modo en que el niño resuelve los conflictos im­ puestos por sus problemas. La solución no es necesariamente de naturaleza psicosomática. Al tratar de resumir las representaciones maternas qué presentan mis pacientes somatizadores severos (así como las impresiones derivadas de las entrevistas con las madres de mis pequeños pacientes de otro tiempo), he observado que al obieto materno interno se le suelen atribuir dos características opuestas. Por un lado, la madre es presentada como aljmien que rechaza el contacto físico (y, en consecuencia, fuerza prematuramente la comunicación simbólica, lo que conduce" a veces a una autonomía física y mentarprecOZ en ef lúnoj. En la (re)construcción de este tipoüel.1 aunra psíquicü; la representaciónjja4a imago materna es jávida por el niño de antaño como ur/terroi)de la madre a se/devoradK. absorbida o vacia­ da por éL Por otro lado, la madre interna es con la misma frecuencia i percibida como demasiado próxima y demasiado dependiente en sus demandas físicas, v psicológicas respecto del nuio, según lo demuestran los casos de Louise y Nancy. Estas analizantes (y muchas otras que he encontrado) recordaban a una madre particularmente afectada por los dolores somáticos de la cria­ tura, pero incapaz de entender o modificar su dolor psíquico. PSICOSIS Y PSICOSOMATOSIS

En ciertos momentos precisos del análisis, surgen senti­ mientos de confusión o despersonalización en mis pacientes

con vulnerabilidad psicosomática acentuada, particularmente cuando se movilizan los deseos sexuales, pregenitales o arcai­ cos, puesto que estos deseos están infiltrados por anhelos vio­ lentos de destrucción mutua y, además, por el deseo incons­ ciente de intercambiar con el partenaire partes o sustancias del cuerpo, incluso de fusionarse completamente con el otro. La ansiedad neurótica tiene que ver con el derecho del adulto a los placeres sexuales y narcisistas, mientras que las angus­ tias psicóticas están más ligadas a un terror narcisista con­ cerniente a la totalidad del sí-mismo: el sentimiento de iden­ tidad subjetiva y de integridad corporal. En otras palabras, ciertos aspectos del funcionamiento mental de los analizantes de los que hablamos están más cerca de una organización psicótica que de una organización neurótica. No obstante, a medida que su viaje analítico progresa, los analizantes “psicosomáticos” llegan a acceder a sus fantasmas inconscientes y a sus recuerdos olvidados. Muy a menudo, cuando los síntomas psicosomáticos tuvieron su origen en la primera infancia aparecen asociados a fobias infantiles seve­ ras que tienen poco que ver con las fobias neuróticas clásicas de la infancia (por ejemplo, las de Juanito). Por debajo y más allá de los objetivos pregenitales y libidinales, y de las angus­ tias inherentes a ellos, está el reino del erotismo arcaico liga­ do a las fobias de matiz psicótico, como el terror al agua y el aire o, en la relación con los otros, el miedo a disolverse o ex­ plotar, incluso a ser invadido e implosionado por el otro. Se descubren también angustias, como las generadas por las ideas de ser vaciado o vampirizado, hundirse en la nada o ser aplastado por fuerzas más poderosas. Por supuesto que la di­ mensión proyectiva de estas angustias corresponde a los de­ seos inconscientes de vampirizar, de vaciar o aplastar al otro (la madre, el padre, el interior de la madre, los otros niños), deseos que surgirán inevitablemente y que habrá que anali­ zar a su vez. Un día, Nancy y yo pudimos comprender la razón de que ella, durante cinco años, siempre hubiera dado un pequeño traspié al entrar en mi consultorio. Inició la sesión refiriéndo­ se a algunas de sus colegas que la ponían incómoda, como a veces la madre. Al tratar de profundizar esa impresión, dijo que se asemejaba al miedo de ser “poseída” por fuerzas extra-

ñas* le señalé que siempre tenía una vacilación ritual al en-1 trar en el consultorio, como si temiera que se la acusara a ella * de pretender “tomar posesión” de mi interior. La paciente; comprendió de inmediato el sentido de esta identificación proyectiva, y en adelante pudo reconocer su deseo de invadirme, y también su miedo (y su deseo) de que yo tomara posesión de su psiquismo, como ella pensaba que había hecho la madre. Resulta interesante reflexionar sobre el modo en que llegamos a captar comunicaciones imprecisas e infraverbales (por ejemplo, los traspiés de Nancy) en el curso del trabajo analíti­ co, y a continuación podemos seguir la emergencia gradual a la conciencia de esas aprehensiones anteriores a la palabra, que luchan por expresarse a través de gestos sutiles o ritua­ les. Esas aprehensiones son mantenidas con firmeza fuera de la conciencia, en gran parte a causa de los fantasmas violen­ tos, eróticos, arcaicos y pregenitales, en los cuales las relacio­ nes sexuales y amorosas equivalen a la muerte. La lucha que implica la búsqueda de palabras para contener y comunicar esas vivencias primarias suele ser una experiencia inaugural; en la vida del individuo, experiencia que abre el camino a un viaje de descubrimiento psicoanalítico lleno de hechos inespe­ rados.

8. EL OLFATO QUE ATACA Y LA PIEL QUE LLORA

Vivir la vida en un cuerpo que no se siente es la más solitaria de las soledades. J am e s L y n c h

The Language of the. Heart Las viñetas clínicas que siguen son también ilustracio­ nes, pero distintas de las anteriores, de la relación entre los fantasmas sexuales arcaicos y las “creaciones” psicosomáticas. Aunque ya había observado la importancia somatopsíquica de la piel en muchos pacientes que sufrían de diferentes for­ mas de alergia, al reflexionar sobre los dramas somáticos mis­ teriosos y los recuerdos de infancia de mis analizantes “alérgi­ cos” me sorprendió la importancia extrema que estos mismos analizantes solían atribuir a los olores. Puesto que el lactante busca y encuentra el pecho gracias al sentido del olfato, me pareció evidente que conoce también el olor del sexo de la ma­ dre (v del sexo del padre) y que distingue a sus progenitores gracias -entre otros puntos de referencia- a los olores que ellos desprenden. Consideré probable que en el marco de una relación madre-hijo perturbada comenzara ya a organizarse psíquicamente una tendencia a reacciones alérgicas, asociadas al olfato v al sentido del gusto. Asimismo, observé con Ínteres en muchos de mis analizan­ tes que los alergenos tóxicos tenían su fuente en los olores, los

gustos y las experiencias táctiles que esos pacientes habían investido positivamente e incluso buscado con avidez durante su infancia. ¿EL OLOR DEL PADRE?

Una de mis analizantes, que sufría reacciones alérgicas (dificultades respiratorias, rinitis, estornudos abrumadores) a todas las toxinas vehiculizadas por el ambiente, era sobre to­ do afectada por el olor invasor de las estaciones de servicio. La madre le había dicho que, cuando ella tenía más o menos dieciocho meses, se inclinaba sobre los automóviles para sen­ tir el olor, y que había que sacarla por la fuerza de los gara­ jes. Esto nos llevó a pensar que, de niña, había comprendido que esa atracción por el olor del combustible era algo peligro­ so o prohibido, y que por lo tanto se debía contrainvestir. La relación de esta paciente con la madre había sido perturbada desde el nacimiento; nos vimos llevadas a preguntarnos si el olor de la nafta no se había superpuesto al “olor del padre”, que era quien manejaba el auto familiar. Además, como esa prohibición le había sido significada en un momento en que la comunicación verbal era aún rudimentaria, la respuesta prin­ cipal que encontró para protegerse de su atracción fue una “defensa” somática. FRUTOS DE MADRE

El fragmento clínico que sigue pertenece al caso de una analizante a la cual ya he hecho referencia en mi prólogo, y que mencioné en una obra anterior (McDougall, 1989). En el inicio de su viaje analítico, Georgette se quejaba de una serie de síntomas psicosomáticos, como por ejemplo malestares cardíacos, úlceras gástricas, reumatismos, eccema severo, problemas ginecológicos y respiratorios. Estos síntomas fue­ ron morigerándose, pero con tendencia a reaparecer en los períodos de vacaciones. La angustia de separación de Geor­ gette era tal, que toda interrupción en el trabajo analítico equivalía para ella a una ruptura de nuestra relación, con el

riesgo de caer víctima de las protestas violentas de su cuerpo.

No obstante, en el curso del séptimo año de análisis, Geor­ gette comenzó a encarar las vacaciones con una cierta sere­ nidad, sentimiento que hasta entonces no había nunca cono­ cido. En esa etapa del trabajo analítico la mayoría de sus síntomas psicosomáticos habían desaparecido, aunque sufría aún de algunas reacciones alérgicas cuando comía ciertas fru­ tas, pescado y frutos de mar (que yo llegué a llamar “los fru­ tos prohibidos”). Me gustaría aportar aquí una precisión sobre la expresión “madre circundante” (que utilizo a menudo), a propósito de la sensibilidad particular de Georgette a los olores. En su caso, muchos olores parecían ser capaces de desencadenar sus alergias. Durante el primer año de análisis, se rociaba con perfume, por miedo a que su olor corporal natural llegara a ser perceptible, lo que en esa etapa de su viaje analítico hacía surgir fantasmas erótico-anales y sádico-anales. Descubrimos más tarde que se bañaba en perfume también con la esperan­ za de que mis otros pacientes notaran el olor (del cual ellos se quejaban, pues Georgette los invadía desde la planta baja), y reconocieran que ése era “su territorio”. Consideraba que ese olor transmitía el mensaje de que ella tenía un derecho exclu­ sivo sobre la madre-analista. Entonces, a través de sus sueños y asociaciones, la pa­ ciente descubrió que su sensibilidad particular a los olores estaba también ligada a los olores sexuales, y sobre todo a su temor de que el olor del sexo femenino fuera insoporta­ ble. Un día en que cedió al deseo de degustar una ostra a causa de “su maravilloso olor”, tuvo una violenta reacción edematosa, y a la noche siguiente soñó con una mujer cuyo cuerpo tenía la forma de un mejillón. Asociando, recordó que, de niña, la palabra de jerga que utilizaban los pequeños lugareños para designar el sexo femenino era precisamente “mejillón”. El análisis de esos significados importantes, aun­ que mejoró sus relaciones sexuales, no generó ningún cam­ bio en las “explosiones” alérgicas. Como pudimos descubrir un poco más tarde, estas últimas estaban directamente liga­ das a fantasmas libidinales arcaicos, infraverbales y por lo tanto forcluidos. En vista del estado de angustia que habían desencadenado el sueño y las asociaciones, traté de interpre­

tarlos diciéndole a Georgette que aparentemente la pequeña! que había en ella, que quería sentir, tocar, gustar -y } realidad, comer- el sexo de la madre, trataba de convertirse en la madre y poseer sus órganos sexuales, con todos los prifl vilegios y el contenido que ella les atribuía. No obstante, sus deseos parecían estar fuertemente prohibidos, y ella recibía; entonces un “mensaje somático” encargado de advertirle el peligro. No hay duda de que tales fantasmas de incorporación, en los cuales uno se convierte en el otro al comer la persona o la parte deseadas, representan anhelos libidinales arcaicos y universales. Ahora bien, su persistencia en la vida adulta ba­ jo la forma de manifestaciones psicosomáticas indica que hu­ bo una fractura en los procesos de internalización y simboli­ zación. Dejaré ahora a Georgette el cuidado de narrar (en la primera sesión a la vuelta de las vacaciones) de qué modo su; psicosoma tradujo mis intentos de interpretación. En cuanto; se tendió en el diván, me anunció con orgullo: G.: Por primera vez, mientras estaba ausente de París, me sentí bien en mi piel, ¡sin angustia ni depresión! Y ni siquie­ ra tengo miedo de decírselo. Comprendo ahora hasta qué punto usted me ha ayudado a descubrir que mi cuerpo sólo me pertenece a mí, y ya no tengo miedo de que se derrumbe. Y tengo algo importante que decirle: ¡no sufro más alergias! Durante las vacaciones comí de todo... todo lo que hay en el mar: pescado, ostras, cangrejos, mejillones y almejas. Nada me alcanzaba. Una verdadera fiesta... y sin la menor huella de alergia. Comí incluso fresas y frambuesas, todo lo que me hizo sufrir durante cuarenta años. [Largo silencio.] A menu­ do pienso en lo que usted me dijo acerca de los “frutos prohi­ bidos”... los de mi madre, sus senos, su sexo, sus bebés... y la niñita que hay en mí, que quería devorarla para volverse mu­ jer. Esto me parece profundamente cierto, y no sé por qué me ha asustado durante tantos años. [Otro silencio.] Un día qui­ se decirle a mi marido cuánto me gustaban los frutos de mar [fruits de mer, parónimo de fruits de mere, “frutos de ma­ dre”], ¡y dije por error que adoraba los frutos de padre ¡fruits de pére}\

Con ese lapsus, Georgette atribuía los frutos prohibidos al padre, en lugar de la madre, revelando una dimensión hasta ese momento vedada en su mundo psíquico. La invité a explo­ rar más profundamente esa idea interesante de un vínculo entre los frutos de mar y el padre, lo que, de pronto, desenca­ denó un recuerdo olvidado. G.: Es curioso... ¿cómo pude olvidarlo? Mi padre adoraba el pescado y los frutos de mar -mejillones, camarones, os­ tras-, y los consumía ávidamente. ¡Oh! Un recuerdo de mis tres años¿.. Me veo mirándolo comer mejillones o almejas. To­ davía lo veo apartando los dos pequeños labios para depositar allí algunas gotas de limón... y después ofrecérmelo. ¡Yo lo co­ mí, y era una delicia! ¿Cómo pude olvidar que los frutos de mar eran una pasión de mi padre, que el pescado y los crustá­ ceos era su territorio particular? Sorprendida por el empleo de las palabras “pasión” y “te­ rritorio” para describir las preferencias gustativas del padre, decidí interpretar la imagen de la escena primitiva que ella acababa de describir con la visión surrealista de una niña: el padre abría “los pequeños labios” de un caparazón para depo­ sitar allí una gota de limón. J. M.: Los pequeños labios del caparazón y la gota de li­ món, ¿podrían ser una imagen infantil de sus padres juntos? G.; Esto me perturba... todo se me mezcla en la cabeza... J. M.: ¿Papá y mamá? G.: ¡Sí! Y ese olor particular... Papá tenía un olor que me asustaba. Oh, por eso nunca quería abrazarlo de niña. ¡Otra cosa que había olvidado! [Pausa.] Hay un pensamiento que me inquieta. [Pausa.] Mi padre, que constantemente comía frutos de mar... ¿es una idea loca?... habría tenido el olor del sexo de mi madre... ¡y quizá yo creía que le comía el sexo! [Largo silencio.] Y además hay otra cosa, algo más difícil de decir... Hagámoslo... Le dije ayer a mi amiga Eva que mi gran descubrimiento era que los frutos de mar representaban el sexo femenino, y ella me respondió que la esperma huele a camarón.

J. M.: Los “frutos de mar”... ¿el lugar donde los dos sei|§¡ se encuentran? ¿Es éste el pensamiento difícil de explorar®! G.: ¡En mi mente no eran una pare jal Le recordé entonces que a menudo me había dicho que-fj| sentía perseguida por los olores. En vista de sus reacción ^ alérgicas, parecía que ella se había negado hasta entoncesí reconocer que los olores sexuales la habían atraído en otrm tiempo, y que rechazaba su implicación, a saber: que los pa-i dres existían como pareja sexual. Los rituales secretos que imponía en la infancia, cerrando la boca y reteniendo la respi! ración, estaban sin duda destinados, como me lo había dichof siempre, a conjurar la muerte. “Pero ahora pienso -le dije-1 que la finalidad de esos rituales era también negar la relación sexual de sus padres, que la pequeña Georgette vivía como una amenaza de muerte.” G.: Sí, comienzo a ver... J. M.: ¿A mirar? G.: Sí... y a comprender... El olor era el de su dormitorio\ {que yo quería evitar a cualquier precio! Por primera vez en siete años, Georgette pudo reconoce* que los padres habían dormido en el mismo lecho, por lo me¿ nos hasta que ella tuvo tres años. Rememoró también un sue­ ño que me había contado en la primera semana de su análi­ sis, en el cual contemplabá un par de pendientes [une paire de boucles d’oreille\ de cristal, que no llegaba a ponerse. Como era el primer sueño que traía, retuve las palabras “par”, “ore­ ja”, “anillos” [“paire”, “oreilles”, “boucles”], cosas que no llega­ ba a ponerse, pero la paciente no pudo asociar nada. En la nueva situación, me dijo gozosamente: “Sé lo que eran esos pendientes... ¡las pequeñas esferas de vidrio que adornaban la lámpara del dormitorio de ellos!”. En adelante se estableció un vínculo vital en la cadena de los recuerdos en el mundo interno de Georgette. Finalmente, ella había podido sumar la dimensión edípica a todo lo que habíamos reconstruido de su apego de amor-odio apasionado a la madre, su cuerpo y su ser. La mortificación narcisista y la desesperación que Georgette seguramente había experi-

ementado al nacer sus hermanas aparecieron entonces enpapsuladas en el recuerdo olvidado (un recuerdo encubridor destinado a reprimirse), en el cual el padre gozaba ávida­ mente del sexo de la madre (disfrazado de frutos de mar) y ~: a la mujer amenazante y la pulsión espantosa, mientras al mismo tiempo las controlaba. Por mi lado, pasé revista al escenario sexual oculto: la bo­ ca devoradora, la vagina estranguladora, la relación de estrangulamiento mutuo... pero guardé silencio. Después de un momento prolongado, Jean-Paul se inquietó (¡se entiende bien por qué!). J.-P.: ¡Diga algo! Francamente, hoy no la siento bien dis­ puesta para conmigo. J. M.: ¿Sexo de puerca que estrangula y que lo amenaza? J.-P.: ¡Esta es una idea importante! [Se distendió visible­ mente, abandonando la actitud rígida de los últimos diez mi­ nutos. Surgieron nuevas asociaciones, portadoras del símbolo; clásico de la mujer peligrosa.] Lo que acaba de decirme me hace pensar en mi miedo a las arañas. Esos bichos me horro­ rizan. Me repugnan. El otro día había una en mi oficina, cer­ ca del techo. Me sentí paralizado en el interior de mi cuerpo. Estaba muerto de miedo, al punto de no comprender ni una palabra de lo que me decía mi secretaria. La mujer araña, estranguladora y devoradora, con sus efectos paralizantes, se perfilaba claramente detrás de la imagen “adorada”. En sus fantasmas inconscientes, JeanPaul se representaba la relación sexual como un duelo, en el cual enfrentaba a fuerzas mortíferas. Estaba solo ante la ima­ gen materna arcaica, sin la menor huella de un objeto pater­ no fáiico-simbólico con el que pudiera identificarse y en el que pudiera buscar protección. Siguieron una serie de recuerdos-araña: cuando era niño, adoraba a los insectos y sobre todo a las arañas, con las cua­ les jugaba durante horas. En ese mismo período había empe­ zado a estrangularse el pene. Mientras hablaba, Jean-Paul de pronto tomó conciencia de sus sentimientos contradictorios acerca de las arañas: las compañeras favoritas de su infancia se habían convertido en una fuente de angustia fóbica en su vida adulta. (A la salida de la sesión, advertí una vez más hasta qué punto los. objetos o las actividades altamente inves­ tidos de significación erótica o sádica, por estar prohibidos, en

la edad adulta tienen que contrainvestirse; confirmaba tam ­ bién que la solución a tales conflictos puede tom ar formas di­ ferentes: la neurosis, la psicosis, la psicosom atosis.) J.-P.: ¿Cómo fue que llegué a las arañas? J. M.: ¿Tal vez a causa de la “mujer araña” que hoy no es­ tá muy bien dispuesta para con usted? J.-P.: jAy! Veo mi sexo estrangulado... verdaderam ente triturado por usted. [Pausa.] Cuando tengo ganas de hacer el amor y Nadine me rechaza, me aparece urticaria alrededor de los órganos genitales. De pronto se me impuso la hipótesis de que sus fantasmas arcaicos respecto de la relación sexual estaban ligados a la ur­ ticaria alrededor de los órganos genitales. J. M.: ¿Como si usted “hiciera” la urticaria en lugar de “hacer el amor”? ¿En qué lo hace pensar la urticaria? J.-P.: Eh... en hormigas, gusanos, en un hervidero... ¡Un horror! Sólo pensar en ello me provoca comezón en todas par­ tes. Cuando Nadine se niega a hacer el am or durante días, es como si yo estuviera cubierto de in sectos. Me pica en todas partes, incluso en los lugares donde no tengo urticaria. El pe­ lo se me pone grasoso y pegadizo, me siento sucio y me ducho constantemente. Vemos aquí huellas de conversión h istérica y el bosquejo de un comportamiento obsesivo-com pulsivo, aunque débil­ mente organizado. Los juegos con los insectos de antaño apa­ recen reemplazados por sensaciones derm atológicas y fantas­ mas anales. La piel de Jean-Paul reaccionaba cuando Nadine se negaba a él, y se producía una fecalización de la imagen corporal. J. M.: ¿Qué significa ese lenguaje de piel? J.-P.: Me recuerda a mi m adre y sus horribles erupciones dermatológicas. Bastaba con que la m irara para que yo mis­ mo sintiera comezón. [Mientras hablaba, Jean-Paul se retor­ cía las manos, las rascaba y sacudía vivam ente, como si se de­ sembarazara de insectos.]

Reflexioné sobre la descripción que me había hecho de la madre: a la vez seductora y frustrante. Jean-Paul parecía vi­ vir el fantasma regresivo de estar en la piel de ella (¿deseo defusión, de anular la separación?), y al mismo tiempo de ser ; castigado por esa invasión (¿una castración fantasmatizada a través del ataque de su propia piel?). Sean cuales fueren las respuestas, nos parecía seguro que la frialdad de Nadine, así como mis vacaciones inminentes, habían contribuido a reacti­ var la interdicción de los deseos eróticos arcaicos que JeanPaul albergaba respecto de la madre. J. M.: ¿Entonces, usted se introduce en la piel de su madre? J.-P.: ¡Dios mío! Convertirme en mi madre no es una solu­ ción. Y además la idea es horrible. Eso no obsta para que la desee, porque la encuentro seductora, pero lo que me consu­ me es la idea de estar en su piel. Me da escalofríos. Tengo carne de gallina. Jean-Paul permitía instruir su deseo primitivo de unificar­ se con la madre, un deseo sin duda reactivado por las amenázas (renegadas) de rechazo y abandono por parte de Nadine y yo. Los objetos primitivos del deseo (el cuerpo y el sexo mater­ nos) estaban investidos de fantasmas orales-castradores y anales-tóxicos, como un nudo arcaico de defensas. Pero las confusiones entre el sí-mismo y el objeto, debidas en parte a la naturaleza peculiar de su relación con la madre y a la orga­ nización edípica mal estructurada que se desprendía de aqué­ lla, sólo podían conducir a desplazamientos, condensaciones, proyecciones y contraproyecciones en un ciclo interminable. La lucha interna de Jean-Paul con la madre y la investidura de esta última en el hijo, parecían haber encontrado, y des­ pués perdido, una multitud de expresiones psíquicas, que pro­ bablemente eran intentos realizados por el niño para autocurarse de su sufrimiento psíquico y su confusión. Algunas soluciones habían dado resultado y otras habían sido abando­ nadas, sin encontrar compensación en nuevas construcciones psíquicas. Como se acercaba el ñnal de la sesión, tomé nota de la ca­ dena de asociaciones que esclarecían la protesta silenciosa (y somática) de Jean-Paul, así como su vínculo estrecho con la

vida sexual del paciente: el cuerpo materno... su contenido... su piel... el pene-cuello que se estrangula... la multitud ame­

nazante... la mujer araña...

J. M.: Bien, es la hora. J.-P.: ¡Bueno! Sólo quiero decirle que empiezo a entrever que hay algo que no cierra en mí con las mujeres: Nadine, mi madre y usted. ¡Tengo con qué divertirme durante las vaca­ ciones! En mis notas, añadí que el abismo que existía entre el cuerpo material de Jean-Paul y su sí-mismo somático imagi­ nario estaba estrechándose, y que el cuerpo “delirante”, con su funcionamiento somático perturbado, estaba en vía de con­ vertirse en un cuerpo simbólico. Tratando de confortarme an­ te las dificultades de este viaje analítico, agregué también: “Tengo la esperanza de que comience a superar sus conflictos psíquicos con soluciones neuróticas más bien que somáticas”. Considerando la significación de la imaginería sexual ar­ caica que desempeña un papel psíquico preponderante en los pacientes de los que acabamos de hablar, continúo pregun­ tándome si la erotización no es un medio privilegiado para combatir las experiencias traumáticas del pasado. Cuando es­ ta defensa se desmorona, o si es sólo parcialmente eficaz, se forcluyen las pulsiones sexuales arcaicas, con sus metas con­ tradictorias y su confusión entre uno mismo y los otros. Esta forclusión sólo le deja un recurso al sujeto: la explosión somá­ tica como único medio de expresión defensiva. Sin ninguna duda, los fantasmas redescubiertos forman parte de los deseos eróticos infantiles reprimidos de cada uno de nosotros. La cuestión que sigue en suspenso es la siguien­ te: por qué, en estos analizantes, la supresión de los anhelos infantiles universales da lugar a crisis somáticas, y no a una expresión psicológica. En las personas cuyo destino psíquico se realiza en una dinámica diferente y en una economía más fluida, los fantasmas inconscientes similares pueden termi­ nar en fobias, síntomas obsesivos o conversiones histéricas, incluso descompensaciones psicóticas, en lugar de los trastor­ nos psicosomáticos.

En el próximo capítulo veremos otro giro del análisis de Jean-Paul, a fin de ilustrar el lento retroceso de las comunica­ ciones psicosomáticas de su conflicto inarticulable, que fueron; reemplazadas progresivamente por construcciones neuróticas, al crearse los vínculos que permitían la articulación de los fe­ nómenos psicosomáticos con el lenguaje.

9. DEL CUERPO HABLANTE AL CUERPO HABLADO

[...] uno de los aspectos más tranquilizadores que pode­ mos ofrecer como sostén a nuestros pacientes es el poder de los símbolos verbales para contener y organizar los pensamientos, los afectos y las sensaciones [...] los sím­ bolos nos ayudan a crearnos como sujetos. T h o m a s Og d e n

Subjects ofAnalysis Los intercambios prenatales entre la madre y el niño que ella lleva en sí, al mismo tiempo que la impresión dejada por el inconsciente biparental en la matriz cuerpo-psique del fu­ turo pequeño ser, bosquejan ya la estructura psíquica de la criatura que va a nacer. Las observaciones clínicas (Morgan, 1992) confirman que las proyecciones de los padres sobre el niño que va a nacer, así como los acontecimientos externos so­ brecargados de afecto que pueden sobrevenir durante el em ­ barazo, desempeñan un papel importante en el contacto que mantiene la madre con el bebé fetal. A continuación de esa re­ lación prenatal, las primeras transacciones entre la madre y el lactante engendran, en ciertos casos, reacciones somáticas, más bien que psicológicas, a la tensión interna o externa. En vista de que las estructuras psíquicas primarias se elaboran a través de la representación de significantes prelenguajeros, importa explorar la relación potencial entre ese lenguaje olvi­ dado y los síntomas psicosomáticos.

El riesgo de somatización es más grande cuando se produ­ ce un incremento inhabitual de los conflictos internos o las presiones externas. Es muy poco frecuente que los analizan­ tes (y también los analistas) logren sustraerse a las eclosiones somáticas que, en un momento u otro, derivan de un malestar psíquico. Todos somos proclives a somatizar o a tener acciden­ tes corporales en los momentos en que el impacto psíquico de los acontecimientos supera nuestras defensas habituales con­ tra el dolor mental o la excitación desbordante, y paraliza nuestros medios usuales para descargar las tensiones afecti­ vas. Pero, como analistas, a nosotros nos interesan más par­ ticularmente los analizantes cuyas manifestaciones psicosomáticas constituyen la reacción más acostumbrada a todo incremento de la tensión psíquica, sobre todo cuando su es­ tructura psíquica revela una cierta pobreza de las otras for­ mas de defensa psicológica. Mis intentos de comprender la significación inconsciente de las manifestaciones psicosomáticas se polarizaron en pri­ mer lugar en torno de factores que parecían sustraerse al pro­ ceso analítico: conflictos, crisis de angustia, comportamientos y sexualidades adictivos, fantasmas diurnos y manifestacio­ nes caracterológicas de las que el analizante no habla nunca en su discurso asociativo, pero que tienen la función de des­ cargar la tensión, fuera del análisis, en el actuar. En la ma> yoría de los casos, el analizante no se plantea interrogantes sobre estos “actos-síntoma de descarga”, porque constituyen su manera personal y habitual de reaccionar a las situaciones estresantes. De las cuales, como consecuencia, en un primer momento el analista no se da cuenta. Mi primera intuición acerca de este tipo de fuga hacia afuera del proceso analítico surgió en mi contratransferencia: impresión de dar vueltas, de inmovilidad, estar invadida por un sentimiento de hastío o fatiga, y así sucesivamente, sin hablar del hecho de que este tipo de acto-síntoma contribuía también a generar la situación que teme todo analista: el aná­ lisis interminable. Los actos-síntoma de descarga crean cortocircuitos en el trabajo de elaboración psíquica indispensable para construir

síntomas psicológicos. Estos actos, que dependen menos del lenguaje, pueden conceptualizarse como regresiones a una fa­ se de la organización mental, como un retorno al modo de fun­ cionamiento que caracteriza al infans. Todos, durante toda la vida, tenemos acceso a esta forma precoz de funcionamiento mental. Todo síntoma -sea neurótico, psicótico, caracterológico, aditivo o incluso psicosomático- es, sin excepción, resulta­ do de los esfuerzos infantiles tendientes a encontrar una solu­ ción a dolores y conflictos psíquicos. Es evidente que todos nos vemos obligados, desde el naci­ miento, a construir organizaciones psíquicas capaces de poner fin a los dolores psíquicos y físicos que todo niño encuentra en el camino a su individuación y su estatuto de sujeto sexuado -organizaciones capaces, asimismo, de encauzar la angustia y la frustración inherentes a ese acceso-. El éxito de esta em­ presa depende principalmente de dos factores: la aptitud que tiene potencialmente todo ser humano para desarrollar su funcionamiento simbólico, y el modo en que la historia perso­ nal, así como las primeras interacciones madre-lactante, han podido facilitar o, al contrario, trabar esa capacidad -en pri­ mer lugar, protegiendo al bebé contra las excitaciones dema­ siado intensas provenientes del mundo externo (lo que Freud llamaba su función de “paraexcitaciones”), y después trans­ mitiendo a través del discurso familiar el derecho a una iden­ tidad de sujeto separado, y también el derecho, en la edad adulta, al placer de la vida (tanto sexual como narcisista)—. De modo que a veces hay frenos en el inconsciente biparental capaces de dificultar aún más el pasaje de la infancia a la vi­ da adulta. (No obstante, debemos reconocer que circunstan­ cias traumatizantes pueden también impedir que los padres asuman normalmente su función parental.) Los dos desafíos que todo ser humano enfrenta -el de ad­ quirir y asumir su sentimiento de identidad subjetiva, y el de conciliarse con su identidad sexuada y asumir su identidad sexual futura- exigen un considerable trabajo de duelo. Como ya lo hemos señalado, la alteridad y la monosexualidad son las principales heridas narcisistas para la psique del niño m e­ galómano, aunque sean ricamente compensadas. Renunciar a los derechos derivados de la ilusión fusional equivale a renun­ ciar a las expectativas omnipotentes de una realización mági­

ca de todo deseo, que remiten al paraíso perdido en el que las necesidades y los deseos del bebé eran satisfechos sin pasar por el código del lenguaje. La compensación a este renun­ ciamiento consiste en la adquisición de la propia identidad separada, y en liberarse de la contracara del fantasma de lá omnipotencia infantil: el de estar bajo la égida de la madre todopoderosa. El segundo desafío, el de integrar los deseos bise­ xuales incestuosos de la infancia, implica renunciar al anhelo de pertenecer a los dos sexos, y renunciar también a los de­ seos edípicos en sus dimensiones heterosexual y homosexual. Esta pérdida es entonces compensada por el don del deseo se­ xual y la promesa de relaciones amorosas en la vida adulta. Evidentemente, las respuestas que encontremos a estos anhelos conflictivos universales pueden hacer de la vida una aventura creativa; si, por el contrario, se rehúsa este trabajo de duelo, hay que pagarlo con sufrimiento psíquico, e incluso somático. Las soluciones que no pasan por la elaboración psíquica en el nivel del pensamiento verbal y se descargan en el actuar, indican invariablemente una falla en la capacidad de simboli­ zación, y por lo tanto en la aptitud para elaborar mentalmen­ te el impacto de ciertas vivencias conflictivas. Se encontrará en cambio alguna de las diversas formas de actos-síntoma, entre las cuales la más misteriosa (y la más difícil de teori­ zar) es la expresión psicosomática. Cuando la angustia, la aflicción, la rabia, el terror o la ex­ citación inhabituales son somatizados en lugar de ser recono­ cidos y elaborados psíquicamente, el individuo queda de pron­ to inmerso en un modo primitivo de pensamiento, en el cual los significantes* son preverbales. Dicho de otro modo, hay una regresión al funcionamiento psíquico de la infancia. Un bebé sólo reacciona somáticamente cuando su angustia física o psí­ quica no es modificada y metabolizada por los cuidados de la madre. La somatización puede ser conceptualizada entonces como una forma de funcionamiento preverbal o protosimbólico, que constituye también un “protolenguaje”. Este capítulo trata no sólo de la economía psíquica que subtiende la soma­ tización, sino también del simbolismo primitivo de la “protocomunicación” que, de manera muda, trata de “expresarse” por el rodeo de síntomas psicosomáticos.

LA MATRIZ PSIQUE-SOMA EN SUS INICIOS

En el recién nacido, el cuerpo y la mente no son aún vivi­ dos como separados; el bebé no establece ninguna distinción entre su psiquismo, su cuerpo y los de la madre. La madre no es todavía un “otro” distinto dé él, sino mucho más: constitu­ ye un ambiente total del que el niño es sólo una parte minús­ cula. Podemos postular la hipótesis de un fantasma universal en la vivencia psíquica del niño: el de un cuerpo y una mente para dos personas. Es normal que las madres compartan la ilusión de una fu­ sión total con su bebé durante las semanas siguientes al par­ to. Pero, por diversas razones, algunas madres prolongan de­ liberadamente ese fantasma de fusión, como si, en el plano inconsciente, durante muchos meses (incluso años) vivieran en el niño una parte integrante de sí mismas. Ignorando las señales de la comunicación no verbal del bebé, ellas imponen su propia interpretación de las necesidades y preferencias de la criatura. (Los insomnios infantiles, una de las formas más precoces de perturbación psicosomática en el lactante, son a menudo provocados por esta forma de quehacer materno. En otras palabras, el problema reside en la angustia de separa­ ción de la madre, y no del niño.) Esta inquietud materna tiende a inhibir la segunda nece­ sidad esencial del pequeño, análoga al deseo de niantener la ilusión de una fusión total con la madre, a saber: el impulso a separarse de ella. Una madre que, en razón de conflictos in­ conscientes derivados de problemas no resueltos de su propia infancia, trata de mantener la ilusión fusional, seguirá sorda a las señales que surgen del impulso innato del bebé a dife­ renciarse del cuerpo y el ser de la madre. De hecho, una ma­ dre puede llegar a impedir que el niño realice el menor gesto o acto que no haya suscitado ella misma. En un trabajo anterior (McDougall, 1989) me he referido a todo lo que podemos aprender sobre la diada madre-hijo a partir de los niños afectados en términos psicosomáticos. Esa diada incluye necesariamente al padre y al papel que él de­ sempeña, como realidad y como símbolo, en la vida de la ma­ dre. En el quehacer materno con forma de relación fusional, al que acabamos de referirnos, muy a menudo los problemas

de la madre la llevan también a excluir al padre del vínculo estrecho que ella mantiene con la criatura (sin olvidar al pa­ dre que, a su vez, acepta esa exclusión). CUERPO Y LENGUAJE, Y LENGUAJE DEL CUERPO

La verbalización de la vivencia corporal y la corporalización del lenguaje dan lugar a una problemática compleja. Por empezar, la idea de la disociación entre soma y psique es perfectamente arbitraria. El concepto de la dualidad cuerpoespíritu, que nos llega directamente de la filosofía cartesiana, puede oscurecer nuestra percepción, falsear nuestras nocio­ nes teóricas e incluso desviar nuestro trabajo clínico. Además, postular, como pretenden hacerlo algunos teóricos, que el cuerpo no tiene “lenguaje”, es una toma de posición peligrosa (siendo que tal vez el lenguaje corporal sea el único que no pueda mentir). Al menos es seguro que el cuerpo, y su funcio­ namiento somático, están dotados de una notable memoria. La psique infantil está innegablemente construida en una modalidad prelenguajera, a pesar de que los primeros inter­ cambios entre la madre y su bebé tienen Fugar en una atmós­ fera infiltrada por un lenguaje: los armónicos de la “lenguá materna”. Desde el nacimiento, el niño se baña en las in­ fluencias ambientales organizadas en torno de un sistema de significaciones y signos verbales. Pero, al mismo tiempo, se le transmite otro lenguaje. El cuerpo del niño, con todas sus percepciones sensoriales, está en contacto constante con el cuerpo de la madre (su voz, su olor, su piel, su calor). El bebé acoge estas comunicaciones no verbales en forma de inscrip­ ciones corporales, aunque le sean transmitidas por seres ha­ blantes. La conjunción de lo sensorial y lo verbal es sin duda la ra­ zón por la cual las experiencias somáticas se verbalizan en general de una manera que permite que todos se identifi­ quen con ellas. La misma identificación se produee cuando narramos nuestras experiencias afectivas intensas. Las pala­ bras que empleamos para transmitir emociones provienen casi siempre de metáforas sensoriales: “temblamos” de mie­ do, “nos aplasta” la-pena, “nos ahoga” la cólera, la angustia

nos provoca “un nudo” en el estómago, el corazón “salta” de

alegría o está “oprimido” por el dolor, etcétera. Un afecto no es nunca un fenómeno exclusivamente psíquico, ni tampoco exclusivamente somático, sino un vínculo vital entre soma y psique. En cierto modo, desde el nacimiento, ya y para siempre, la experiencia somática está estrechamente ligada al mundo simbólico, pero no se trata todavía de significantes verbales. La célebre fórmula de Lacan, “el inconsciente está estructura­ do como lenguaje”, es una metáfora que puede generar confu­ sión cuando se examina la interacción preverbal entre la psi­ que y el soma, y su papel en los orígenes de la organización psíquica. Con el correr de los años, me he vuelto cada vez más prudente respecto de quienes afirman que el mundo simbólico del lenguaje es el único marco valioso para comprender el proceso psicoanalítico; soy particularmente prudente cuando interviene la conceptualización de los estados primitivos de la psique,. Hay “textos” sin contexto que es preciso, entender de otro modo. Somos muchos los que compartimos la fascinación que las palabras ejercían sobre Freud. Como lo ha subrayado Pontalis en un ensayo interesante (“L’inquiétu des mots”), Freud creía firmemente en el poder del lenguaje; para él, las pala­ bras “eran mágicas desde su origen”. Pontalis observa que Fr^ud nunca cambió de opinión al respecto, incluso después de haber descubierto los efectos devastadores de lo que él lla­ maba “el poder demoníaco de la pulsión de muerte”, instancia poderosa que sin embargo no llega a hacer mella en las pala­ bras escritas. Observa también que, aunque Freud presenció la dislocación, fragmentación y destrucción implacables del mundo psíquico interno de sus pacientes, colegas o amigos, o en el mundo exterior desgarrado por la guerra, su fe en el len­ guaje permaneció incólume, en medio de todas las catástrofes (Pontalis, 1990). En este contexto, uno recuerda la frase de la Biblia: “En el comienzo era el verbo”. ¿Es posible que esta veneración a las palabras sea la herencia de una religión paternalista? Aun­ que la madre, como decía Aulagnier (1975), es “la portavoz” del bebé, el “verbo” se interpone entre ella y la criatura como una tercera persona. Para el cachorro humano, en el comien-

zo no está la palabra sino la voz, e incluso, antes que ellaj el sonido y el ritmo del mundo uterino, el alborear de la música. Freud, según su propia confesión, no entendía la música y, salvo excepciones, era casi insensible a su poder. Quizá no le permitía penetrar en su corazón y su alma, de manera que podemos preguntamos si acaso no había erigido contra la mú­ sica una barrera de palabras, a modo de “tercero fálico”, des­ tinado a protegerlo del canto de sirena que encarna el poder de la madre primitiva. Sea cual fuere la respuesta a este interrogante, sabemos que una madre le da mucho más que palabras y frases al be­ bé que tiene en sus brazos. El timbre mismo de su voz está impregnado de su propia corporeidad y afectividad. El sonido de una voz puede dar calor o enfriar el corazón. En la diada madre-bebé, la voz materna impregna el sí-mismo corporal del niño, mientras que la mirada, el mundo visual, puede crear una distancia semejante a la generada por las palabras. Lo que es más, nos resulta posible rechazar nuestras percep­ ciones visuales cerrando los ojos o volviendo la cabeza, mien­ tras que las orejas no tiene este poder. (Tal vez sea esta la razón por la que muchos psicoanalistas preconizan una terapia cara a cara para los grandes somatizadores. A mi juicio, también esta decisión debe tomar en cuenta no sólo el síntoma sino asimismo la estructura de la personalidad, su funcionamiento económico y su contacto, o su ausencia de contacto, con la propia realidad psíquica. Es posible que este encuadre “visual” de la situación terapéutica no haga más que repetir una puesta a distancia patógena ya vivida en la infancia.) Estas reflexiones sobre la diada primitiva nos remiten a la obra de Didier Anzieu (1985) y a su concepto del “yo-piel”, que incluye a otros órganos de los sentidos. En la estela de esta conceptualización muy rica, yo propondría también un “yo-olfato”, al cual añadiría de buena gana un “yo-respiratorio” e incluso un “yo-visceral” y un “yo-muscular”, que hablan por sí mismos como significantes preverbales. Estos circulan entre la madre y; el bebé, y son también fundamentales en la es­ tructuración precoz de la psique. Es importante subrayar que no nos interesan estas percepciones en sí, sino ante todo la manera en que son registradas psíquicamente.

Partiendo del lenguaje corporal, podemos preguntamos de qué significante se trata. En lo que concierne a los significan­ tes no lenguajeros (sea que hablemos de los “significantes for­ males” de Anzieu, de los “significantes de demarcación” de Rosolato, de los “significantes enigmáticos” de Laplanche o de lo que yo siempre he llamado, de manera menos precisa, “sig­ nificantes preverbales”), es importante reconocer que los sig­ nificantes infraverbales no pueden ser reprimidos, según el sentido que Freud le da a la represión (1915c), es decir, el de un mecanismo psíquico que mantiene en el inconsciente a re­ presentaciones ligadas con las pulsiones por el pensamiento verbal y recuerdos que son fuente de dolor mental. No reprimibles, los significantes infraverbales que preceden a la ad­ quisición de la palabra pueden siempre dar lugar a eclosiones psíquicas brutales con matices de pesadilla, e incluso a una experiencia alucinatoria o a una explosión somática. El carácter no mediado de la fuerza de lo preverbal impide la toma de conciencia y cualquier intento de captar las repre­ sentaciones psíquicas llenas de contenido afectivo. De ello re­ sulta que los pacientes en los que predomina este tipo de eco­ nomía psíquica corren el riesgo de no poder representarse mentalmente el impacto de los acontecimientos y las relacio­ nes externas, ni tampoco las demandas provenientes del mundo interno. El contacto que mantienen con su propia rea­ lidad psíquica tiende a encontrarse empobrecido. Pienso en particular en los cortes de los mensajes afectivos, siendo que la función primera de estos mensajes es relacionar soma y psique. Estos cortes, como sabemos, dan lugar a una econo­ mía psíquica dominada por conductas adictivas o por una fuerte tendencia a somatizar: “actos” diversos que reempla­ zan de algún modo a las palabras y constituyen así una forma de comunicación primitiva. Detrás de la problemática y la aparente “normalidad” de estos analizantes que, como dice F. Duparc (1990), “sufren de irrepresentabilidad”, detrás de la incapacidad aparente para soñar, del debilitamiento de lo imaginario y de la tendencia a expresarse en el actuar, en lugar de elaborar psíquicamente, encontramos angustias psicóticas: horror al vacío, terror al caos, a la nada, al abismo insondable; miedo a ser devorado, vaciado, desgarrado, aspirado, vampirizado; angustia de frag­

mentación. A todo lo cual hay que añadir confusiones múlti­ ples: confusión entre «1 adentro y el afuera, entre uno mismo y el otro, entre lo real y lo imaginario... La lista es infinita. La naturaleza de estas angustias (terror a la nada o al caos, miedo a ser aspirado por el vacío, a ser vaciado de sustancia o a fragmentarse física o psíquicamente) recuerda el pánico con el que los niños autistas luchan para protegerse, negándose sobre todo a la comunicación simbólica a través del lenguaje. En los pacientes polisomatizadores, es el soma el que se con­ duce de una manera “autística”, “negándose” a transmitir en palabras, y de tal modo elaborar verbalmente, el horror su­ mergido o forcluido. Desde esta perspectiva, el concepto de posición “autística contigua”, elaborado por Ogden (1989a), nos permite conceptualizar mejor la relación entre el fenómeno de las polisomátizaciones que se observan en algunos analizantes, y la mane­ ra en que utilizan el lenguaje. Este concepto me ha ayudado personalmente a comprender mis afectos contratransferenciales cuando me dan la sensación de que soy mantenida en una “posición autística” o, a la inversa, tengo la impresión de una indiferenciación entre mi cuerpo y el de mi paciente. De esta manera primaria, mis analizantes “me comunican” el modo arcaico que ellos han adoptado para sobrevivir a los traumas precoces que les impuso el inconsciente biparental: lo hacen utilizando la defensa de la posición autística-contigua, que afecta a la vez a los mundos interno y externo. Esta experien­ cia me ha permitido también comprender mejor la función de­ fensiva de la “seudonormalidad”. Comencé a sospechar que esta seudonormalidad era el signo de un problema profundo renegado (McDougall, 1985). Estos viajes analíticos nos ofre­ cen también la posibilidad de observar que dicha barrera de protección ayuda a estos analizantes a sobrevivir día tras día, y a menudo a comprometerse eficazmente en trabajos intelec­ tuales o asumir un rol profesional de alto nivel. (Aunque al­ gunos analizantes “normopáticos” no somatizan, años de práctica clínica me han enseñado que su vulnerabilidad psicosomática es elevada.) Con estos analizantes, las tareas del analista son múlti­ ples: en primer lugar, tiene que discernir lo espantoso innom­ brable (el “terror sin nombre”, según la terminología de Bion,

1962) que se oculta detrás de las asociaciones, y ayudar al analizante a encontrar coraje para percibir sus propios sen­ timientos. En el momento en que la angustia comienza a emerger lentamente, el marco analítico le ofrece al paciente una seguridad que le permite imaginar los fantasmas capaces de provocar esa angustia. Puede entonces empezar a nombrar el “terror sin nombre” del que se ha defendido durante toda su vida. Los fantasmas pueden entonces vincularse a los con­ flictos actuales que, a su vez, revelan su significación incons­ ciente. La experiencia clínica nos lleva a pensar que el origen de las angustias inconscientes de este tipo reside en traumas de la primera infancia, anteriores al período de adquisición del lenguaje. No obstante, terrores semejantes pueden sobrevenir en pacientes que han vivido experiencias traumáticas en una época de su vida en la que eran perfectamente capaces de ela­ borarlos en el nivel del pensamiento verbal, pero los aconteci­ mientos (guerra, tortura, genocidio) alcanzaron una. violencia tal que destruyó toda capacidad de elaboración verbal. En nuestros dos casos, es posible postular que el proceso analítico apuntó sobre todo a transformar los terrores sin nombre en terrores nombrables y, finalmente, narrabies. ¿Có­ mo se presenta esto en el discurso y el recorrido psicoanalíticos? CUANDO EL EROTISMO SÁDICO SE VUELVE VERBAL: LOS OJOS QUE MASACRAN

Las notas que siguen provienen del análisis de Jean-Paul, paciente con el que he ilustrado el capítulo precedente, pero datan de tres años más tarde. En esa época, Jean-Paul estaba menos al acecho y más distendido; podía mirarme a la cara (aunque continuaba hundiéndose en el diván como' una estre­ lla fugaz). En el curso de las sesiones anteriores a la viñeta clínica que voy a presentar, Jean-Paul se concentró en dos temas principales, signados por una gran libertad de asociación, en contraste con la época en que reaccionaba a lo que le sucedía en la vida sin poder reflexionar sobre ello y, sobre todo, sin

poder reconocer o retener los estados afectivos movilizados por los hechos cotidianos. En esa época “atacaba” con los ojos a todo objeto capaz de provocar en él emociones intensas. En particular, había tenido una serie de ensueños diurnos en los cuales se veía “cavando cráteres negros” en los senos de una mujer, tema inspirado en un cartel que veía todos los días én la calle, de una mujer con los pechos desnudos. Paralelamen­ te, tenía otra preocupación: antes de arrojarse al diván me miraba con insistencia, y manifestaba percibirme “dislocada”, “desfasada”, “desencajada”, “destruida” o, en el mejor de los casos, “físicamente enferma”. En sus sesiones se dibujaba el vínculo potencial entre las dos “visiones”. J.-P.: ¿Está usted fatigada? ¡Si supiera cuánto me inquie­ ta! Tengo un miedo horrible de encontrarla agotada. No sé por qué. [Larga pausa.] J. M.: La semana pasada usted se imaginó cavando cráte­ res en los senos de una mujer. ¿Podría eso fatigarla o agotarla? J.-P.: Todo esto me irrita porque no tiene nada que ver con la realidad. Usted lo sabe bien, ¡los fantasmas no me in­ teresan! Permanecer en lo imaginario era todavía insoportable pa­ ra Jean-Paul. Me había dicho una vez: “Si no puedo realizar un deseo, prefiero ignorarlo...”, como una exigencia de descar­ ga ante toda movilización pulsional. Entonces prefería verme “fatigada” por fuerzas desconocidas, antes que reconocer su agresividad para conmigo, pensarla y hacer frente a la inter­ dicción de atacarme verdaderamente. J. M.: Usted me ve fatigada, o incluso dislocada, como me dijo el otro día, ¿Estas impresiones podrían reemplazar a los sentimientos que experimenta respecto de mí? J.-P.: A veces me sucede que “veo” cosas extrañas antes de dormirme, y eso me aterra. [Era muy poco frecuente que Jean-Paul recordara sus sueños.] J. M.: ¿Cómo si “viera cosas extrañas” para defenderse también de sus fantasmas, abandonarse a imaginar cualquier cosa, como en un sueño? Cuando se defiende de esos pensa­ mientos, ¿ellos surgen quizá como verdaderas percepciones?

J. -P.: Pero tengo buenas razones para ahogar mis ideas lo­ cas. Ellas me aterrorizan incluso más que las cosas extra­ ñas... ¡Mis pensamientos son horribles...! Pero algo ha cam­ biado: ahora puedo mirar a las personas a los ojos y ya no tengo miedo de que me miren. Esto me perturba todavía, por­ que casi siempre las veo destruidas, pero al mismo tiempo ya no me amenaza... son así... [Larga pausa.] ¿O acaso soy yo quien las ve de esa manera? Por primera vez, Jean-Paul comenzó a interrogarse sobre la “proyección potencial” de su agresividad. J, M.: ¿Como hace un rato conmigo? J.-P.: ¡Sí, exactamente igual! Tengo una mirada destructo­ ra. Me doy cuenta ahora: masacro con los ojos. ¡Dios mío! ¿Qué es lo que le reprocho a usted? ¡Ah, ya lo sé! No puedo so­ portar que me diga cosas nuevas. Sus interpretaciones... ¡Ay! Las detesto, sobre todo cuando tengo la impresión de. que son importantes... Y no soporto que sea usted, y no yo, quien lo haya pensado. J. M.: ¿Como si tuviera miedo de depender de mí? ¿De que yo pueda tener algo para darle que usted necesite? J.-P.: ¡Exactamente!... ¡Y sobre todo si es algo que yo ten­ dría que poder encontrar solo! En esos momentos, ¡tengo ga­ nas de destrozarla! Recordé que Jean-Paul había tomado el pecho durante cer­ ca de cuatro años. J. M.: ¿Del mismo modo que el niño que siente sed no so­ porta tener necesidad de la madre, depender de sus pechos para alimentarse? ¿Tiene quizá ganas de destrozarlos? ¿De hacer en ellos cráteres negros? J.-P.: ¡Es cierto! Y la detesto por ello. ¡Mierda, entonces! ¿Por qué tengo que necesitar de usted? Vemos aquí su fragilidad narcisista: ésta es la problemáti­ ca de la envidia en el sentido fuerte, kleiniano. La alteridad que crea la dependencia es aún terrorífica para Jean-Paul... y detrás de ese rechazo psíquico se desliza el rechazo de la dife­

rencia original entre los cuerpos. La ausencia no ha realizado su devenir simbólico. Bion había observado ya que todo objeto de necesidad es un objeto de odio. En este sentido, el “pecho” es un objeto malo desde el principio; de allí el temor a des­ truir ese objeto de la necesidad. En esta secuencia, mi paciente pone de manifiesto también algunos de los factores que lo obligan a apartarse de su vida fantasmática, factores que son tal vez los mismos que alimen­ tan los fenómenos descritos por los psicosomatistas como “personalidad psicosomática”, signada por el “pensamiento operatorio” o la “alexitimia”, que provocan una carencia apa­ rente en la vida afectiva y onírica de. tales pacientes. También hay que señalar que no se encuentran estas características en todos los somatizadores graves; por otra parte, se las encuen­ tra frecuentemente entre los no-somatizadores. A mi juicio; estas manifestaciones constituyen una defensa contra angus­ tias psicóticas. Cuando hay una falla en la capacidad de selec­ cionar o reprimir el flujo de imágenes y sensaciones, aunque las percepciones del mundo sensible estén alteradas, no se las recupera mediante la atribución de un sentido nuevo: no son remodeladas por un pensamiento psicótico que “explicaría” esa proyección de la realidad interna al exterior. En lugar de esto, puede haber disposiciones alexitímicas, sofocación de la representación psíquica del afecto y forclusión de la represen­ tación de la idea insoportable. Estas múltiples maniobras de evitación contribuyen sin duda al fenómeno llamado “operato­ rio”. Según mis propias observaciones clínicas, se trata más bien de una defensa que de una estructura. Se podría hablar aquí de lo que yo he denominado histeria arcaica (McDougall, 1989), la cual, en tanto los fantasmas que le dan fundamento siguen siendo inconscientes, indeci­ bles, forcluidos, puede desencadenar, entre otros fenómenos, eclosiones somáticas, totalmente distintas de las conversiones histéricas. Volvamos a Jean-Paul y a la visión de mi rostro en trozos. Trato de aprehender el sentido de lo que me ha dicho. Hasta ese momento, su fantasma fundamental parecía ser una esce­ na edípica condensada, reducida a la boca y el pecho, en la cual todo lo que sucedía entre los dos participantes era ame­ nazante, fragmentador, mortífero. Podemos comparar esta

imagen condensada con lo que Piera Aulagnier (1975) deno­ minó “zona-objeto complementario”. Cuando se pierde el pe­ cho también es destruida la boca. J.-P,: Fue usted quien pagó el pato. Pero no debo ni pensar en eso... usted correría el peligro dé caer realmente enferma. Observé que las realizaciones alucinatorias del pasado ha­ bían dado lugar a creencias mágicas, mientras aguardaba la creación de un espacio potencial, transicional. J. M.: ¿Teme que sus pensamientos sean mágicos? J.-P.: ¡Otra vez! Bien. Entonces, ¿por qué resulta tan ho­ rrible imaginarla con cráteres negros en la punta de los se­ nos? [Sacudió de nuevo la cabeza, como si tratara de expulsar de ella estas imágenes.] Es porque, para mí, los senos están asociados a todo lo que hay de más dulce, de más hermoso, de más sensual en la mujer. [Le temblaba.la voz, y estaba al bor­ de de las lágrimas. Este era el bosquejo de lo que incluye el concepto kleiniano (Klein, 1957) de “posición depresiva”.] He destruido todo, a Nadine... a mi madre. Las veo deshechas, grotescas, envejecidas... pero con usted es lo más horrible, lle­ go a atribuirle la muerte. Es intolerable... [Larga pausa.] Ya no comprendo nada. ¿Por qué, para mí, todo lo erótico es sinó­ nimo de horror? Quiero hacer el amor e imagino escenas de tortura. ¡Ay! Comienzo a sentir dolor de estómago. [El afecto se resomatizaba, pero con una diferencia: Jean-Paul podía ahora captar en vivo sus afectos dolorosos huyentes, y añadir­ les fantasmas susceptibles de ser contenidos y verbalizados.] Endurezco todo el cuerpo, contraigo el estómago, para impe­ dir estos pensamientos abominables. Es posible que si llego a estar suficientemente tenso ellos no vengan... ¡Pero todo esto es loco! Y estos pensamientos, entonces, por qué no... [En ese momento Jean-Paul advirtió que su dolor de estómago había desaparecido: este “milagro” lo sorprendió y comenzó a hacer­ se preguntas sobre la manera en que utilizaba su cuerpo para evitar pensar.] Pero si yo me abandonara a todos los pensa­ mientos que pasan por mi cabeza, estaría en una confusión total. Desorganización... enfermedad mental... ¡Me volvería loco!

Vemos que la confusión creada por la no-diferenciación in­ manente entre procesos primarios y procesos secundarios era experimentada como la mayor amenaza. Pero ya se había vuelto capaz de expresar verbalmente su terror. Puesto que las palabras son “contenedores psíquicos” fuera de serie, ]a verbalización no sólo servía para limitar este flujo, sino que ¿1 mismo tiempo abría una brecha en el atolladero en que se en­ contraba su funcionamiento psíquico. Lo que en ningún caso podía ser actuado, era ahora susceptible de elaboración fan^ tasmática. La escena primitiva, calcada de la escena del niño tomando el pecho, nos mostraba a la madre dañada por el amor devorador y los ataques fecales del hijo, en una época en que el amor y el odio no se distinguían entre sí. En conse­ cuencia, existía la posibilidad de que estas representaciones fueran reestructuradas. DE LA PSICOSOMATOSIS A LA PSICONEUROSIS: LOS OJOS SE CIEGAN

Jean-Paul continuó teniendo “visiones” súbitas y seudopercepciones, pero comenzó a poder elaborarlas con menos temor de volverse loco. Como se verá, transformó sus asociaciones y sus fantasmas al mismo tiempo que sus símbolos sexuales. Sus ojos, que en un primer momento “masacraban” la percep­ ción de los otros, en ese entonces “se cegaron”. Desde hacía algún tiempo, en su campo visual percibía “puntos ciegos”, que él denominaba su “escotoma”. La prime­ ra vez comenzó a desarrollar síntomas histéricos organizados en la modalidad neurótica, hechos de representaciones de co­ sas, es cierto, pero susceptibles de ligarse finalmente con re­ presentaciones de palabra. Trataba entonces de “cegarse” an­ te ciertos fantasmas eróticos inaceptables. La angustia que le provocaba su “escotoma” lo precipitó al consultorio de un of­ talmólogo, quien no observó nada anormal en su visión: “Es que no veo las cosas como debería”, dijo Jean-Paul. El cambio importante implícito en este comentario deriva de que, por primera vez, Jean-Paul utilizaba metafóricamente la imagen de su cuerpo, es decir que comenzaba a “desomatizar” sus seudopercepciones, aún presentes, es cierto, pero sobre las

cuales podía reflexionar. En el curso de la sesión que siguió al diagnóstico del oftalmólogo, me habló de una mujer que tra­ bajaba con él y que lo atraía sexualmente. J.-P.: Me obnubilan sus senos y su fragilidad. Tengo que prestar atención a mis pensamientos acerca de ella... [Se de­ tuvo bruscamente.] Vaya, perdí el pensamiento... hay un va­ cío. Verdaderamente, estoy ante un m uro. ¡Dios mío! ¡Ha vuelto el escotoma! [La represión brutal dio lugar a la mani­ festación histérica.] J. M.: ¿En qué pensaba usted inmediatamente antes de la reaparición del escotoma? J.-P.: No sé ni siquiera de qué hablaba. J. M.: ¿La j oven madre frágil... ? J.-P.: \Oh la lá\ ¿Acaso puedo permitirme pensar cualquier cosa al respecto? ¡Bueno! Estoy desvistiéndola, mordiéndole los senos, besándola como un loco, enculándola, comiéndome su mierda... ¡Escuche! Ya lo ve, con su sistema de decir todo lo que me pasa por la cabeza, me volveré loco. ¡Cielos! ¡El es­ cotoma desapareció! LA HISTERIA ARCAICA Y SUS TRANSFORMACIONES

El vínculo entre los “cráteres negros” cavados en los senos y los “escotomas” que cavaban “puntos negros” en sus ojos da­ ba testimonio de la lucha de Jean-Paul con sus pulsiones pri­ mitivas, que lo llevaban a devastar el objeto amado, y con la violencia de sus deseos infantiles escindidos. Frente al “terror sin nombre” se producía el vacío. Jean-Paul se sentía prisio­ nero de su relación consigo mismo; era su propia imagen nar­ cisista la que se revelaba fracturada y horrorosa. (En este atolladero, ¿quién no se arriesgaría a volverse “alexitímico” en cuanto a los afectos, y “operatorio” en cuanto al pensa­ miento?) No obstante, el destino de estas pulsiones, bajo la influen­ cia del proceso psicoanalítico, puede transformarse, a partir de las experiencias psicotizantes, en una expresión neurótica: la histeria arcaica de Jean-Paul estaba pasando a ser una histeria de conversión clásica. Podía ya encontrar las pala­

bras y las representaciones capaces de expresar sus estados de sufrimiento afectivo. Comenzó a reflexionar sobre nuevas elaboraciones. En el curso de las sesiones siguientes, observé reiteradamente que Jean-Paul sólo “veía” su escotoma cuan­ do estaba encolerizado o invadido por fantasmas eróticos vio­ lentos. J.-P.: Mi escotoma... estoy seguro de que es una manera de no ver nada, de no saber nada, pero el problema es que no sé qué. Por momentos me siento horriblemente angustiado, me invade un terror primordial, frenético, en particular des­ pués de haber hecho el amor. Entonces no puedo siquiera mi­ rar a mi compañera... ella se convierte en un vampiro. J. M.: El otro día usted se imaginó devorando a la joven madre que lo atrae sexualmente, comiéndole los senos y los excrementos. ¿Es el lado devorador de sus propios fantasmas el que lo hace temer que la mujer lo vampirice a usted? J.-P.: ¡Dios todopoderoso! El solo pensar en ello me produ­ ce palpitaciones, exactamente las mismas que cuando hago el amor... O pienso en hacerlo. [Pausa.] Esto me recuerda la película de Polanski sobre los vampiros y la escena en la que el hombre lleva a la niña linda. ¡Vaya! ¡El vampiro era un hombre! J. M.: Entonces, ¿es usted el vampiro? J.-P. [Riendo de sorpresa y satisfacción]: ¡Por supuesto que soy yo! ¡Cómo no lo pensé! Estoy seguro de que esto tiene algo que ver con mi sexualidad. [Jean-Paul estaba advirtien­ do que, en su cabeza de niño, hacer el amor equivalía a des­ truir a la compañera o ser destruido por ella.] ¿Por qué todo placer erótico para mí se transforma en veneno? Aún veo esos agujeros negros en los senos... como agujeros muertos, como si los senos hubieran sido invadidos por abejorros. ¡Sí, es eso! Son mordeduras envenenadas en los pezones. [Largo silencio.] Creo que siempre he asociado el erotismo con la muerte. En este momento tengo miedo de hacer el amor con Nadine, pues veo esos agujeros de abejorros e inmediatamen­ te pierdo la erección... No puedo hacer el amor en ese aguje­ ro mortal. J. M.: ¿Es como si usted quisiera ser el abejorro que ataca los senos y se introduce en el agujero muerto?

J.-P.: ¡Es eso! Yo soy el abejorro... incluso mi mirada pue­ de destruir. El vampiro es la imagen que tengo de mi padre y también es una parte de mí. Habíamos llegado por fin al inicio del análisis de la organi­ zación edípica de Jean-Paul. Su psicosomatosis inaccesible al lenguaje estaba convirtiéndose en una psiconeurosis analizable. La emergencia de significantes lenguajeros revela a la psi­ que en busca de representaciones: en búsqueda de escenas, de fantasmas, de palabras -es decir, en busca de un sentido—. Al principio del análisis, los acontecimientos psíquicos sobrecar­ gados de afecto no encontraban en Jean-Paul más que un acce­ so parcial, constituido por representaciones inestables, a medio camino entre la actividad del proceso primario y su emergencia en la articulación de la palabra y la cosa. Reconocer su viven­ cia afectiva, sin poder actuarla, generó en él una fase de expe­ riencia alucinatoria, un intento de poner en sentido su estado afectivo intolerable. El análisis de sus seudopercepciones le permitió elaborar las emociones transferenciales, de manera que pudo transformar esas creaciones (producto de mecanis­ mos psicóticos) en fantasmas decibles y afectos verbalizables. DE LA “BIO-LÓGICA” A LA “PSICOLÓGICA”

Creo que el interrogante fundamental es de qué modo el cuerpo biológico se convierte en un cuerpo psicológico -e s de­ cir, en la representación psíquica de un cuerpo nombrable, unificado y erógeno-. En lo que concierne a la vida somatopsíquica, desde el principio hay dobles mensajes entre psique y soma. El soma, como bien dice Freud, impone a la psique (por la mediación de su “representante”, según la metáfora freudiana) que registre mensajes concernientes a sus estados de necesidad y las de­ mandas de satisfacción. La psique, por su parte, dirige asi­ mismo al cuerpo mensajes cuya fuente es la mayoría de las veces un conflicto para el cual no se ha encontrado ninguna solución; al soma le corresponde entonces responder a esos mensajes afectivos. En el niño, las necesidades corporales y psíquicas no están aún disociadas.

Hemos podido ver en los fragmentos del análisis de Jean -; Paul de qué modo los dos registros (experiencia somática y experiencia psíquica) estaban aún confundidos al principio de su viaje analítico. Hemos visto también que las huellas psí­ quicas del cuerpo arcaico emergieron en el curso del análisis a través de las sensaciones y percepciones sensoriales, en la al­ teración de la realidad externa, en el recurso a metáforas de­ rivadas de significantes infraverbales y, finalmente, en la eclosión de los síntomas psicosomáticos y la descodificación de su significación fantasmática inconsciente. En suma, vuelvo a la idea de que los síntomas psicosomáticos pueden comprenderse como una forma primitiva de co­ municación, un protolenguaje que, desde muy pronto en la historia del hombre, estaba quizá destinado a atraer la aten­ ción del otro. Importa asimismo subrayar que este protolenguaje llegó poco a poco a utilizarse como un lenguaje simbólico. En el análisis, en el curso de esas fases (y el caso de Jean-Paul es un ejemplo), la distinción entre lo que es puramente “somáti­ co” y lo que es puramente “histérico” tiende a borrarse. De he­ cho, todo analizante que sufre somáticamente (¿y quién no lo hace?), bajo el impacto del proceso analítico llega a vivir sus ; síntomas físicos como comunicaciones, a escucharlas a fin de captar mejor las presiones internas y externas que lo asaltan y, a partir de allí, a investir cada eclosión somática con un sentido metafórico, para atribuirle finalmente una significa­ ción simbólica. Los procesos puestos en marcha en la somatización pueden considerarse semejantes a los oníricos. Se me ocurre que el sín­ toma psicosomático es un “sueño frustrado”. Recordemos que, para Freud, los sueños eran un modo de expresión regresivo arcaico. ¿No es posible encarar también el síntoma psicosomá­ tico como un “lenguaje” del cuerpo primitivo, una gramática para la cual el sistema nervioso está programado filogenéticamente en cada individuo? La tarea del analista consiste enton­ ces en crear con el analizante un glosario que permita traducir esa biológica a una psico-lógica, lo que permite que el cuerpo autista, anárquico, que sólo se expresa a través del soma, se convierta finalmente en un cuerpo simbólico.

Parte IV Las desviaciones del deseo

10. LAS SOLUCIONES NEOSEXUALES

Me declaro esteta y, tan seguro de mí mismo como un crítico de arte, proclamo la convicción de que la construcción de la excitación erótica es tan sutil, com­ pleja, inspirada, profunda, conmovedora, fascinante, impresionante, problemática, tan impregnada de in­ consciente y de genio, como la creación de un sueño o de una obra de arte. R o b e r t St o l l e r

Uimagination érotique telle qu’on Vobserve Cuando en un congreso de 1984 me invitaron a presentar una comunicación sobre “las identificaciones y las perversio­ nes desde un punto de vista esencialmente clínico” (McDougall, 1986), pensé en primer lugar que esta formulación me permitiría eludir las cuestiones teóricas complejas concer­ nientes a la definición de lo que es y lo que no es perverso en la sexualidad humana. Mi satisfacción duró poco. En cuanto comencé a reflexionar sobre el material “clínico” del que dis­ ponía para ilustrar mejor el tema, comprendí hasta qué pun­ to resultaba vano establecer una distinción precisa entre un psicoanálisis “teórico” y un psicoanálisis “clínico”. Las viñetas clínicas no prueban nada; sólo sirven para ilustrar conceptos teóricos y, por lo tanto, nuestras teorías son también fruto de innumerables experiencias clínicas que han estimulado nues­

tra reflexión o nos han llevado a reconocer atolladeros y a in­ terrogarnos sobre nuestros conceptos actuales. Lo que es más, existe el riesgo perpetuo de que los conceptos teóricos que nos son caros desvíen nuestra escucha, con el resultado de que nuestros analizantes dirijan su proceso analítico para confir­ mar lo que han advertido de las expectativas teóricas del ana­ lista. Por todas estas razones, me considero obligada a explicitar brevemente lo que entiendo por la expresión “perversión sexual”. ¿QUÉ ES UNA “PERVERSIÓN”?

Si hablo de soluciones neosexuales más bien que de per­ versión, lo hago porque la palabra “perversión” tiene siempre una connotación peyorativa, en cuanto evoca la perversidad, una inclinación al mal. (De nadie se dice que es “un perverti­ do decente”.) Más allá de esta connotación moral, no es perti­ nente designar a una persona (con su singularidad propia) como “neurótica”, “psicótica”, “psicosomática” o “perversa”, pues cada una de estas categorías clínicas encierra un núme­ ro infinito de variantes. Estas etiquetas, provenientes de cla­ sificaciones psiquiátricas y psicoanalíticas normalizadas, de­ berían aplicarse a los síntomas más bien que a las personas. He postulado que todo síntoma psicológico corresponde a un intento de autocuración destinado a huir del dolor psíquico; esto también se aplica, por supuesto, a la sexualidad sinto­ mática, si acaso podemos definirla. Sosteniendo este modo de ver más constructivo de la significación y los fines de los sín­ tomas, y de las razones por las cuales se los construye, descu­ brimos siempre que son soluciones infantiles a los conflictos, las confusiones y el dolor mental. Ante la dificultad de ser un ser humano, y también frente a los conflictos inconscientes de nuestros progenitores, todos nos vemos obligados a cons­ truirnos maneras de sobrevivir -como individuos y sujetos se­ xuados-, y nuestras soluciones tienden a perdurar durante toda la vida. En lo que me concierne, hace veinticinco años que trato de encontrar una definición satisfactoria, desde el punto de vista psicoanalítico, a lo que, en las actividades o las elecciones de

objetos sexuales de los adultos, podría constituir un síntoma. Es el caso de la homosexualidad: ¿siempre hay que conside­ rarla un síntoma o por el contrario, sólo una versión posible de la sexualidad masculina o femenina? Dejo librada la res­ puesta a mis lectores, sin por ello abstenerme de señalar que los psicoanalistas están sumamente divididos acerca de esta cuestión clínica. Leavy (1985), Limentani (1977) e Isay (1985) tienen sobre este tema interpretaciones diferentes, incluso di­ vergentes, de las de Socarides (1968, 1978). (Cf. Socarides y Volkan, Homosexualities, 2 tomos, 1991.) De hecho, la mayoría de las personas consideran que sus actos amorosos y su elección de objeto son a-conflictivos, con­ cordantes con la representación que tienen de sí mismas y conformes a sus deseos, a pesar de los que califican esas elec­ ciones y esos actos como “perversos”. Entonces, la forma espe­ cífica que reviste la predilección sexual de un analizante sólo se convierte en un problema clínico, en la búsqueda de una solución, en la medida en que esa forma de predilección se­ xual provoca sufrimientos en el o la paciente. Este problema es a menudo planteado por analizantes homosexuales que piensan que deberían ser heterosexuales (a los ojos de su fa­ milia, de la sociedad, etcétera) y cuya orientación, aunque su vida sexual sea satisfactoria, les genera culpabilidad y con­ flictos. Sean cuales fueren los juicios de valor personales del analista, no le corresponde a él decidir, por ejemplo, que sus analizantes homosexuales ganarían convirtiéndose en hetero­ sexuales. En realidad, algunos pacientes homosexuales des­ cubren en el curso de su análisis que son “heterosexuales la­ tentes”, y que sus terrores inconscientes les han impedido siempre las relaciones heterosexuales. Pero éste no es el caso de la mayoría, pues la mayor parte de los homosexuales, hombres y mujeres, se aferran a la orientación que han asu­ mido y sólo cabe darles la razón. Para éstos, el mantenimien­ to de la identidad homosexual es una necesidad psíquica vital (lo mismo que la heterosexualidad para los heterosexuales); una actitud terapéutica que tratara de llevar al homosexual, a cualquier costo, hacia la heterosexualidad podría resultar catastrófica (Limentani, 1977; Isay, 1985). En lo que concierne a la orientación heterosexual, veremos que en ella las caídas clínicas no son más claras, empezando

por la naturaleza polimorfa de la actividad heterosexual adul­ ta. Nuestros pacientes nos describen una variedad infinita de guiones eróticos, de objetos fetiche, de disfraces, de juegos sadomasoquistas, etcétera, que son como espacios privados en su vida amorosa, no compulsivos ni indispensables para lle­ gar al placer sexual. Por supuesto, la variedad de guiones eró­ ticos también suele encontrarse en las parejas homosexuales. Hay tantas variedades de actos y formas de relación homose­ xual como de actos y relaciones heterosexuales. En cambio, ciertos pacientes heterosexuales sólo llegan a la satisfacción sexual con la mediación de guiones fetichistas, sadomasoquistas o de otro tipo. Lo mismo que a algunos de nuestros pacientes homosexuales, podríamos desearles una vida sexual menos restringida, menos sometida a conviccio­ nes ineludibles, pero si esas puestas en escena eróticas cons­ tituyen para ellos las únicas condiciones que les permiten lle­ gar a comprometerse en relaciones sexuales, el analista no tiene ninguna buena razón para preferir que esos analizantes abandonen sus prácticas amorosas, sólo porque él se permite considerar sintomáticas estas versiones heterodoxas del obje­ to del deseo. La mayoría de los individuos viven sus actos eró­ ticos y sus elecciones de objeto como “yosintónicos”, sean o no juzgados “perversos” por los otros. Las preferencias sexuales sólo son un problema para analizar cuando el sujeto vive su forma de sexualidad como fuente de sufrimiento, y por lo tan­ to no totalmente conforme a su sí-mismo. Sea cual fuere su comportamiento sexual, muy pocas veces nuestros analizantes desean perder las soluciones eróticas que han hallado para resolver su problemática sexual. En el curso de la aventura analítica, algunos pacientes desarrollan un espectro más rico de actividades eróticas y amorosas. Pero, si esto no ocurre, abandonar su sistema de supervivencia se­ xual, el único al que han podido acceder, equivaldría a una castración. Y aún más. En numerosos casos, estos guiones eróticos, complejos e ineluctables, no sólo contribuyen a ase­ gurar el sentimiento de su propia identidad sexual (como lo hace todo acto sexual) sino que a menudo se revelan como téc­ nicas de supervivencia psíquica en cuanto salvaguardan al mismo tiempo el sentimiento de identidad subjetiva (McDougall, 1978a).

A fin de poner de relieve su carácter innovador y la inves­ tidura intensiva que estas invenciones eróticas requieren, las he denominado “neosexualidades” (McDougall, 1982); con tal designación quiero evocar algo semejante a las “neorrealidades” que ciertos sujetos crean para solucionar conflictos psí­ quicos tan dolorosos como insuperables. Estas mismas obser­ vaciones se aplican a ciertas homosexualidades (McDougall, 1982). La mayoría de las sexualidades llamadas perversas (el fetichismo, las prácticas sadomasoquistas, el exhibicionismo, el voyeurismo, etcétera) son, con pocas excepciones, tentati­ vas complicadas de mantener alguna forma de relación hete­ rosexual. A veces se plantea la cuestión de la diferencia entre estos neosexuales y los homosexuales. Ciertos analistas que consideran la homosexualidad en sí como una formación patológica (una “perversión sexual entre otras”) se interrogan sobre la necesidad de esta distinción. Recordemos que Freud estableció una diferencia entre las ho­ mosexualidades y las formas heterosexuales de la sexualidad desviada. A las primeras las llamó “inversiones”, y a las se­ gundas “perversiones”. Según las propias definiciones de Freud, en ambos casos hay una “desviación del objeto o de la meta sexual original”. Me parece que la distinción freudiana es pertinente, en el sentido de que entre las homosexualida­ des y las desviaciones de los heterosexuales se encuentran di­ ferencias de organización psíquica, a pesar de ciertas seme­ janzas en la estructura edípica (o en la economía psíquica, cuando las sexualidades de las que se trata están marcadas por una necesidad imperiosa y compulsiva, aspecto sobre el cual volveré en el capítulo siguiente). En cuanto a la estructura edípica en las homosexuali­ dades, y en la neosexualidad heterosexual, son muchos los hombres o mujeres que recuerdan una relación excesivamen­ te intensa con la madre, portadora a veces de una matriz in­ cestuosa, mientras que el padre es vivido como un objeto de­ nigrado y excluido de todo rol simbólico en la constelación edípica. Otros, en cambio, narran una historia de seducción por el padre, en la cual la madre es presentada como desem­ peñando un papel cómplice o, al contrario, como habiendo de­

sinvestido al niño. Pero lo que complica aún más estas obser­ vaciones clínicas es que un gran número de analizantes de uno u otro sexo, que no son homosexuales ni neosexuales, pre­ sentan retratos parentales y una historia con acontecimientos idénticos. Añadamos que la mayoría de los homosexuales no se interesan por las invenciones neosexuales (que también existen entre ellos), y los desviados heterosexuales son en ge­ neral poco proclives a perseguir relaciones homosexuales. Sea cual fuere la historia de su pasado, en los neosexuales la obligación de reinventar el acto sexual se revela siempre estrechamente ligada a signos y comunicaciones engañosas concernientes a la identidad sexual, la sexualidad adulta y las nociones de “feminidad” y “masculinidad”; a veces esa reinvención se vincula a acontecimientos traumatizantes que se produjeron en su infancia (por ejemplo, abusos sexuales). Así, no es raro que en la edad adulta el deseo de comprome­ terse en una relación sexual requiera imperiosamente la uti­ lización de dramaturgias complejas: condiciones, disfraces o puestas en escena detalladas. En todos los casos, las estructuras psicosexuales son tan variadas que nos vemos obligados a hablar en plural: las heterosexualidades y las homosexualidades. A éstas hay que añadir las sexualidades autoeróticas a las cuales se entregan en soledad muchos sadomasoquistas, fetichistas y travestís. En consecuencia, estas prácticas pueden considerarse formas desviadas de masturbación; el fantasma, por sí solo, se revela insuficiente, de modo que los decorados, encuentros y escenas eróticas imaginadas tienen que ponerse en acto. Para resumir mi posición respecto del término “perver­ sión”, desearía reservar esta palabra para ciertas formas de relación: las relaciones sexuales impuestas por un individuo a otro, no consintiente (voyeurismo, violación) o no responsable (niño, adulto mentalmente perturbado). Propongo entonces que se describan como perversas las re­ laciones en cuyo transcurso uno de los partenaires es comple­ tamente indiferente a la responsabilidad, las necesidades o los deseos del otro. Esta reserva coincide hasta cierto punto con la definición de Robert Stoller, para quien es perverso aquel que no tiene inconvenientes en hacer sufrir a alguien no con­ sintiente. Importa subrayar que casi siempre estos actos tie­

nen que ver con acciones sexuales condenadas por la ley (abu­ so sexual de menores, exhibicionismo, violación...), pues va de suyo que toda sociedad, con la ayuda de su sistema legislati­ vo, trata de ^proteger el futuro y la libertad de sus ciudadanos. Las actividades sexuales de adultos consintientes, aunque se desvíen de la norma, no caen bajo la condena de la ley, al me­ nos en Occidente. En resumen: si bien los analizantes que describen su ma­ nera complicada o insólita de hacer el amor con un partenaire consintiente nos intrigan a veces y nos llevan a interrogamos sobre la significación oculta de la naturaleza heterodoxa de muchos guiones sexuales que ellos nos presentan, es impor­ tante subrayar que, en cuanto estos guiones no causen sufri­ mientos a ninguno de los partenaires y no parezcan estar sig­ nados por una compulsividad infatigable de la cual se quejen los mismos individuos, nosotros no tenemos ninguna razón para desearles a estos pacientes otras metas eróticas; si ésa es nuestra ambición, ¡el problema es nuestro, y no de ellos! PERVERSIÓN Y SUBLIMACIÓN

Es interesante observar que Freud (1930) definió la subli­ mación con los mismos términos que la perversión sexual. Se comprende, en el sentido de que muchas desviaciones sexua­ les son también verdaderas creaciones. Se asemejan a obras de teatro complicadas, que sus autores conciben, construyen y ponen minuciosamente a punto, a veces con días o incluso se­ manas de anticipación. Recuerdo a un exhibicionista que foto­ grafió desde todos los ángulos, en el Bois de Boulogne, los lu­ gares donde tenía la intención de exhibirse, previendo en qué arboledas y caminos podría encontrar a “partenaires” que par­ ticiparan en su espectáculo. Preparaba el guión como un ar­ tista plástico prepara una exposición de sus obras. Otro pa­ ciente, un fetichista cuyo drama mereció a mi juicio el título de “Espectador anónimo” (McDougall, 1978a), escribía duran­ te semanas la intriga que imaginaba, antes de poner su pieza teatral “en escena”. Finalmente llegaría el triunfo que iba a obtener en el estreno, cuando, frente al espejo, interpretaría todos los papeles: el del público anónimo que miraba en el es­

pejo una escena en cuyo transcurso “una madre le pegaba a la hija”, el de las actrices principales -primero la madre y después la hija, azotada por la primera en sus nalgas desnu­ das-. Lo mismo qué en el caso del exhibicionista, el guión minuciosamente puesto a punto antes de estar listo para si¿ “publicación”, parecía implicar una investidura aún más im­ portante que el acto en sí. Otro testimonio es el de ün caso que pude seguir con un jo­ ven analista en supervisión: un paciente paidófilo que tam­ bién describía una preparación complicada. De día vagaba por los sex-shops y las puertas de establecimientos escolaresj fantasmatizando la imagen de un joven adolescente con el que tendría una relación pasional. Le importaba que el ado­ lescente elegido se interesara, como él mismo, en las artes plásticas y la música; estos intereses que le atribuía al parteé naire potencial eran esenciales para el guión. Su puesta eii acto debía seguir un cierto esquema, a saber: era necesario que estuviera convencido de que la seducción provenía de] adolescente (lo que a menudo parecía ocurrir). Para todos estos analizantes, sus construcciones complica­ das no sólo representaban el único medio de expresión sexual, sino también una dimensión de su vida cotidiana, tan vital para su equilibrio psíquico como las actividades sublimatórias. (El exhibicionista trabajaba en publicidad, el fetichista era profesor de filosofía, y el paidófilo, profesor de canto.) Se puede postular que las investiduras libidinales que encontra­ ban expresiones felices en su trabajo profesional emanaban de una fuente análoga a la de sus invenciones sexuales, como soluciones diferentes de los mismos conflictos psíquicos primi­ tivos. Desde este punto de vista, los creadores neosexuales no son en absoluto distintos de las personas llamadas “norma­ les”, en cuanto dotan a sus pulsiones sexuales y sus relacio­ nes objetales de la misma importancia vital que tiene para ellos la sublimación. ¿QUÉ ES UN FANTASMA PERVERSO?

Una de las funciones originarias de los fantasmas cons­ cientes en la economía psíquica consiste en realizar imagina­

riamente lo que se experimenta como prohibido o imposible en la realidad externa. En mis analizantes que adoptan ritua­ les desviados complejos he podido observar que a menudo son incapaces dé imaginar el menor cambio de guión, y que la so­ la idea de hacerlo los aterroriza. La capacidad limitada para recurrir al fantasma, característica de muchos neosexuales (homosexuales o heterosexuales), atestigua a veces una ca­ rencia en las introyecciones que intervienen en lo que Winnicott ha denominado “fenómenos transicionale's”, con el corola­ rio de la cuasi-imposibilidad de crear una ilusión en el espacio que separa a un ser del otro, utilizando un abanico de fantas­ mas para soportar la ausencia, las esperas y las frustraciones provenientes del otro. (Volveré sobre este punto en el próximo capítulo, al abordar la noción de las “neonecesidades” que dan lugar a una sexualidad adictiva.) Llegamos ahora a la vida erótica fantasmática que cada uno de nosotros es libre de tener. Comenzaré a examinar la expresión “fantasma perverso”, concepto que exige en primer lugar que podamos definir lo que es un fantasma erótico “nor­ mal”. En lo que concierne al fantasma llamado perverso, me parece que el único aspecto que se podría describir legítima­ mente como perverso es el de imponer por la fuerza a alguien no consintiente o no responsable la puesta en acto del mencio­ nado fantasma. Desde este punto de vista, se sigue que la cuestión perti­ nente no es la de cuáles actos y cuáles preferencias deben considerarse desviados, sino en qué momento hay que consi­ derar la desviación como una variación de la sexualidad adul­ ta en el contexto de una relación objetal significativa, y cuán­ do hay que juzgarla sintomática. Aplicaré este interrogante a las heterosexualidades, a las homosexualidades y también a las sexualidades autoeróticas. Ahora bien, no se puede juzgar una relación partiendo sólo de sus signos exteriores, pues hay que tener en cuenta simultáneamente los factores cualitati­ vos y cuantitativos: factores cualitativos que conciernen a la estructura psicosexual dinámica, y cuantitativos, relaciona­ dos con el papel de la actividad sexual en la economía psíqui­ ca. Según Freud, que fue el primero en señalarlo, los modelos de comportamiento sexual de los seres humanos no son inna­ tos, sino creados. El carácter “yosintónico” o “yodistónico” de

las elecciones objetales y de las prácticas sexuales revela qué® estamos ante un sistema poderoso de identificaciones y con* • traidentificaciones con objetos introyectados de una gran complejidad; las representaciones internas de los objetos y su constelación introyectiva dan lugar a diferencias significati­ vas en las relaciones sexuales y amorosas de los innovadores¡ ; neosexuales. Las imágenes introyectivás avanzan lentamente en la esce­ na psicoanalítica, como los actores de una obra de teatro. El discurso parental sobre la sexualidad desempeña un papel principal en la estructura psicosexual de cada persona, pero más allá de las interpretaciones que da el niño a estas comuni­ caciones biparentales, y más allá de sus silencios ruidosos, yo diría que construimos nuestras más fuertes identificaciones y estrategias de defensa a partir de lo que comprendemos de los conflictos sexuales y los temores y deseos eróticos inconscien­ tes de nuestros progenitores, así como del papel al que cree­ mos que debemos plegarnos. Estas exigencias no formuladas contradicen a menudo lo que se comunica verbalmente y sé convierten en fuente de confusiones y conflictos en la mente del niño. Las mismas confusiones y enfrentamientos reapare­ cen inevitablemente en la situación analítica, y a menudo nos exigen años de trabajo antes de llegar a su esclarecimiento. ¿QUÉ ES LA “ELECCIÓN DE OBJETO”?

Nadie elige nunca libremente las condiciones coactivas im­ puestas por las invenciones neosexuales compulsivas, así co­ mo nadie elige la soledad de una vida sexual totalmente des­ tinada al autoerotismo. Del mismo modo, ningún hombre o mujer tiene la impresión de que “elige” ser homosexual en una sociedad en la que predomina la heterosexualidad ni, por lo demás, la de que “elige” ser heterosexual para conformarse a la mayoría social. Estas supuestas elecciones representan la mejor solución que el niño de antaño pudo encontrar ante las transmisiones de los progenitores en lo que concierne a la identidad sexuada (identidad de género), la identidad sexual (masculino/femenino) y el papel sociosexual futuro. En lo que concierne a las desviaciones heterosexuales u homosexuales y

a las invenciones autoeróticas, se trata de soluciones vividas por el adolescente como una revelación de lo que es su sexua­ lidad -a veces con el descubrimiento doloroso de que esta se­ xualidad difiere de la de los otros-. La impresión de “elegir” no existe, sea uno homosexual, heterosexual o neosexual... Algunos autores (y en particular los que han realizado in­ vestigaciones sobre la formación del sentimiento de identidad sexual) han distinguido un comportamiento que se considera una “elección” y el que no lo es: por ejemplo, Burch (1989), co­ mo hemos visto, traza una distinción entre la lesbiana “pri­ maria” y la “bisexual”, que escoge su vida de lesbiana después de varios años de relaciones heterosexuales. Es posible que la lesbiana bisexual, según la formulación de Burch, llegue con retardo a asumir su deseo y su identidad de lesbiana. Aunque esta decisión representaría una elección consciente, no signi­ fica sin embargo que esa persona haya “elegido” sus orienta­ ciones o investiduras libidinales, sino que éstas han estado fuertemente contrainvestidas hasta su reconocimiento tardío. Lo cual, por supuesto, no invalida la tesis de que en la estruc­ tura psíquica de estos dos grupos de homosexuales se encuen­ tran diferencias acentuadas. En este capítulo y los dos siguientes abordaremos dos cuestiones teóricas y clínicas principales concernientes a la desviación sexual: la primera se ubica en el nivel etiológico y cualitativo; la segunda concierne a los aspectos cuantitativos en la economía psíquica de ciertas sexualidades desviadas. Estas dos dimensiones están íntimamente vinculadas al pro­ ceso de internalización en las organizaciones neosexuales, cuando son vividas como compulsivas; dichas organizaciones demuestran invariablemente un cierto fracaso de la integra­ ción y la armonización de las incorporaciones y las introyecciones que se construyen en cada individuo desde los albores de la vida. FACTORES ETIOLÓGICOS Y CUALITATIVOS DE LAS SEXUALIDADES DESVIADAS

En sus primeros escritos (1905), Freud presenta las “per­ versiones” y las “inversiones” como vicisitudes del destino de

las pulsiones, destino que él vinculaba a las fijaciones sexua­ les de las primeras fases del desarrollo libidinal. No obstante en 1920 llega a considerar que perversiones e inversiones es­ tán ligadas sobre todo a la organización edípica primaria y a; los fantasmas de la escena primitiva (Freud, 1915b, 1922). No tenemos ninguna necesidad de insistir en la significación bien conocida de las identificaciones superyoicas en las es­ tructuras psicosexuales. No obstante, importa recordar que estas estructuras son en gran parte creadas por la palabra (las explicaciones verbales, los alientos y las,interdicciones que se vehiculizan durante la infancia): sin embargo, todas se erigen sobre una subestructura arcaica e infraverbal que pre­ cede a la adquisición del lenguaje. Aunque nos sintamos ten­ tados a aceptar la facilidad del esquema freudiano acerca del papel primordial de la fase fálico-edípica en todas las sexuali­ dades humanas (por otra parte confirmada clínicamente de modo constante en numerosos analizantes), esta explicación es insuficiente para comprender las neosexualidades o, para el caso, la orientación heterosexual u homosexual. Habría que recordar que el propio Freud llegó a plantearse la cuestión de una adecuación de su teoría acerca de la desviación sexual. Si tratamos de conceptualizar las internalizaciones que se establecen durante los intercambios sensoriales primarios en­ tre la madre y el niño, me parece que los términos incorpora­ ción e introyección son más apropiados que identificación. En esta fase del desarrollo, los temores y deseos inconscientes de la madre, así como la cualidad de su relación con el padre, desempeñan un papel fundamental. Sólo cuando la comunica­ ción simbólica va reemplazando poco a poco a los contactos fí­ sicos entre el niño pequeño y sus progenitores, las identifica­ ciones y las contraidentificaciones sexuales pasan a ser un elemento permanente del capital psíquico del niño. Al mismo tiempo se consolida el esquema corporal. Por supuesto, es la madre quien en primer lugar le nom­ bra a su hijo sus zonas erógenas, y al mismo tiempo transmi­ te de diversas maneras las investiduras o contrainvestiduras libidinales y narcisistas que cada zona, con sus funciones aso­ ciadas, debe recibir. Ahora bien, es posible que se niegue por completo la existencia misma de ciertos órganos y funciones corporales. En razón de sus propios problemas internos rela­

cionados con las investiduras erógenas y las interdicciones se­ xuales, una madre puede transmitirle al hijo una imagen cor­ poral frágil, alienada, desprovista de erotismo o mutilada. En esta etapa;del desarrollo, un derrumbe puede dar lugar a re­ sultados catastróficos: en primer lugar para el sentimiento de identidad sexual en evolución; a continuación, paralelamente, para la capacidad de internalizar los objetos sexuales origina­ rios como núcleos de identificaciones futuras. Reiteradamen­ te, a partir de mis observaciones clínicas, he podido deducir que los niños destinados a recurrir a invenciones neosexuales en la edad adulta han creado su puesta en escena erótica co­ mo un intento protector de autocuración, no sólo para conte­ ner una angustia de castración excesiva, derivada de conflic­ tos edípicos y del inconsciente biparental, sino también para tratar de conciliarse con la imagen introyectada de un cuerpo frágil y dañado. Así, en su guión erótico, el sujeto trata de protegerse de un sentimiento espantoso de muerte libidinal. Esta imagen engendra a su vez miedo a la pérdida de la re­ presentación corporal como un todo, con el desmoronamiento concomitante del sentimiento de la identidad subjetiva, que también está consolidándose. Es posible que una madre, incluso antes del nacimiento del bebé, consciente o inconscientemente, viva al niño como una prolongación narcisista o libidinal de ella misma, desti­ nada a reparar un sentimiento de daño. Esta actitud suele acompañar el anhelo de excluir al padre de la diada materna, tanto en su rol concreto como simbólico. Si, por complacencia, el padre acepta desempeñar ese rol pasivo -pues es sabido que los padres tienen tantos problemas psicológicos como las madres, y pueden ser tanto como ellas la causa de las pertur­ baciones psíquicas de sus niños-, este desorden simbólico ge­ nera el riesgo de que los temores y deseos libidinales arcaicos no sean elaborados y bien integrados en la representación se­ xual del yo del niño cuando se convierte en adulto. Esta refle­ xión nos lleva a reconsiderar el papel del padre como repre­ sentación fálica para los ñiños. Si bien se ha escrito mucho al respecto, queda aún mucho por decir sobre la representación esencial del pene, el cual, teniendo en cuenta su cualidad de objeto introyectado, le asigna al falo su poder y su potencia organizadora como símbolo. Según ya lo he subrayado en ca­

pítulos anteriores, no me refiero al pene en tanto que objeto parcial, sino al pene en erección: símbolo de la completud nar­ cisista, de la fertilidad y el deseo. En tanto que tal, el falosímbolo no pertenece a uno ni otro sexo, sino que organiza la constelación introyectiva y los fantasmas fundamentales que constituyen los esquemas sexuales de la vida adulta para am­ bos sexos. Desinvestido de su valor simbólico, es posible que el falo quede reducido al estatuto de objeto parcial y se divida en dos imágenes distintas para uno y otro sexo: una imagen persecutoria, desprendida de su objeto, que hay que evitar u odiar, y la imagen de un objeto idealizado, por lo tanto inal­ canzable, que hay que buscar sin descanso. Aunque estas dos representaciones del pene proveen una fuente dinámica de fantasmas inconscientes e influyen en la elección ulterior de objetos y actos sexuales, ninguna de ellas desempeña un pa^peí fundamentalmente simbólico. Mientras que un guión neosexual puede representar un triunfo sobre los objetos internos experimentados como libidinalmente mortíferos, también es posible que la relación se­ xual se convierta en un modo compulsivo de defender la pro­ pia imagen ante el peligro de la desintegración narcisista. Se corre entonces el riesgo de que el acto sexual tenga por meta impedir que los sentimientos de violencia se vuelvan contra el sí-mismo o apunten a las representaciones parentales inter­ nalizadas: la meta es borrar el terror que causa la amenaza de una pérdida del sí-mismo y el sentimiento de muerte inter­ na. En estos casos, los partenaires y los guiones sexuales ac­ túan como contenedores de las partes peligrosas del sí-mismo. Se impondrá un dominio ilusorio mediante el control erótico del partenaire, o sometiéndolo en el guión sexual. En conse­ cuencia, como nos lo enseña la experiencia clínica, es posible que la sexualidad se convierta en una droga destinada a dis­ persar esa violencia interna (o su contracara: el sentimiento de muerte interior), y simultáneamente sea percibida como una amenaza de pérdida del sentimiento de sí. Para resumir, diremos que las neosexualidades (en los he­ terosexuales o los homosexuales) se construyen en el curso de la infancia con el objetivo de dar sentido a lo que parece “in­ sensato” o “moviliza” lo espantoso en torno del acto y las rela­ ciones sexuales. La necesidad de reinventar la escena primiti­

va reside a menudo en el hecho de que los progenitores no han transmitido al niño la imagen de una pareja armoniosa, ni psicológica ni sexualmente. A esto puede añadirse el dis­ curso familiar sobre los dos sexos y su rol sexual futuro. Des­ de este punto de vista, las invenciones neosexuales son un in­ tento de reforzar la identidad sexual y acceder al placer, a pesar de las incoherencias de lo que se le ha transmitido al niño en el discurso o el inconsciente biparental. Espero tam­ bién haber demostrado que muchas sexualidades desviadas se constituyen no sólo en busca de un sentido para la identi­ dad sexual y el derecho al placer sexual, sino que también tie­ nen que ver con la angustia de la alteridad y el derecho a existir como individuo. Desde el punto de vista metapsicológico, las dimensiones dinámicas y económicas de la neosexualidad podrían resumir­ se en los términos siguientes: quienes han creado una neorrealidad en términos de actos y objetos sexuales al servicio de la homeostasis libidinal y, conjuntamente, de las necesida­ des que están al servicio de la homeostasis narcisista, se han visto obligados a cortocuircuitos en la elaboración de la an­ gustia fálico-edípica. Más en profundidad, al renegar las an­ gustias universales de individuación y sadismo infantil, tam­ bién han evitado la elaboración de la posición depresiva tal como la conceptualizó Klein (1945). La creación de un muro de muerte interna para combatir estos estados penosos ha re­ forzado a su turno la necesidad de encontrar una solución a los deseos amorosos y sexuales.

11. NEONECESIDADES Y SOLUCIONES ADICTIVAS

[...]Nos vimos obligados a concluir que la predisposi­ ción a las perversiones es una predisposición original y universal del instinto sexual humano, y que la sexuali­ dad normal se desarrolla a partir de ella. S ig m u n d F r e u d

Tres ensayos de teoría sexual Ahora desearía profundizar la dimensión económica de la sexualidad cuando tiene el papel de droga. Al insistir en el he­ cho de que los objetos de necesidad son innatos, mientras que los objetos de deseo son creados, Freud propuso que las pulsio­ nes sexuales se constituyen en la modalidad anaclítica de las necesidades de autoconservación, y que deben entonces des­ prenderse progresivamente del objeto externo original, para alcanzar la satisfacción autoerótica antes de llegar a la elec­ ción de objeto (Freud, 1905). En otras palabras, el acto erótico primordial no es mamar del seno sino chuparse el pulgar. Resulta importante subrayar que mientras la sexualidad funciona como actividad anaclítica (es decir, mientras el indi­ viduo se ve obligado a utilizar a un partenaire de uno u otro sexo como ha utilizado a la madre de la primera infancia), las relaciones sexuales siguen estando ineluctablemente ligadas a un objeto externo separado de los introyectos fundamenta­ les (quizá porque estos últimos están ausentes, dañados o son demasiado amenazantes en el mundo interno). Este género de

apego “adhesivo” le impide al sujeto identificarse con introyectos esenciales, y puede también hacer fracasar todo inten­ to de mantener relaciones sexuales apuntaladas por senti­ mientos amorosos. La falta de representaciones parentales “cuidadoras” hace al sujeto incapaz de autoasegurarse mediante la identifica­ ción con las funciones paternas y maternas en los momentos^ de tensión afectiva. Esta incapacidad, incluso cuando no lesio­ na el sentido de identidad sexuada, a menudo perturba las identificaciones edípicas, en cuanto predominan las necesida­ des y los miedos narcisistas. En este contexto, cuando el de­ seo sexual provoca terror, la falta de objetos internos asegura­ dores deja, por así decir, un espacio vacío que puede favorecer la creación de una solución sexual adictiva para paliar las experiencias dolorosas. Cuando los objetos parentales inter­ nos son “good enough’\ según la terminología de Winnicott (es decir “suficientemente buenos”, “adecuados sin más”), en el caso de los conflictos sexuales severos el sujeto accederá a compromisos neuróticos (como la impotencia y la frigidez se­ xuales, la eyaculación precoz o la insensibilidad clitorídea), más bien que a soluciones adictivas o a neosexualidades im­ periosas. Entonces, a la noción de sexualidad compulsiva añadiré la de neonecesidades, en las cuales el'objeto sexual, como objeto parcial o práctica erótica, es incesantemente buscado a la ma­ nera de una droga. Se puede recurrir a objetos eróticos inani­ mados (látigos, zapatos, esposas) o a personas que corren el riesgo de ser tratadas como objetos inanimados o intercam­ biables. Antes de explorar más a fondo la noción de sexuali­ dad adictiva, examinemos la naturaleza del comportamiento adictivo en general. ¿QUÉ ES UNA ADICCIÓN?

La primera vez que tomé conciencia de que el comporta­ miento adictivo es una solución a la intolerancia afectiva fue en el transcurso de una entrevista con la madre de un peque­ ño paciente llamado Sammy (McDougall y Lébovici, 1960). El análisis de Sammy se había interrumpido cuando le ofrecie­

ron incorporarlo a la Escuela Ortogénica de Chicago; en se­ guida la madre de Sammy solicitó una entrevista para ha­ blarme de los problemas de ella. Estaba al borde del alcoholis­ mo, y recuerdo aún mi sorpresa cuando quiso explicar las circunstancias en que recurría al whisky: “El problema es que a menudo no sé si estoy triste; de mal humor, si tengo ham­ bre, estoy angustiada o deseo hacer el amor, y entonces em­ piezo a beber”. Aunque pueda parecer evidente, en ese mo­ mento advertí por primera vez que una de las finalidades del comportamiento adictivo es liberarse de estados afectivos. Mi comprensión de la economía de la adicción se hizo más profunda cuando yo misma decidí dejar de fumar, encontrán­ dome así obligada a enfrentar las razones de mi propia depen­ dencia. Descubrí que fumaba cuando estaba feliz o excitada, angustiada o colérica, después de la cena, antes del desayuno, o incluso cuando tenía que hacer un trabajo difícil o una lla­ mada telefónica delicada. En otras palabras, cada vez que era víctima de una emoción particular, el cigarrillo con su panta­ lla de humo atenuaba mi sensibilidad y me permitía escapar de mi experiencia afectiva, neutralizando así una parte vital de mi mundo interno. Este descubrimiento me resultó pertur­ bador, y me prometí aplicarme a comprender y conceptualizar la estructura psíquica de los comportamientos adictivos. En el momento en que preparaba mi primera exposición sobre este tema, descubrí que las palabras “adicción” y “adic­ to” eran casi desconocidas en francés. Mi colega y viejo amigo J.-B. Pontalis, que iba a publicar mi Plaidoyer pour une certaine anormalité [.A legato por una cierta anormalidad], me séñaló “que esas palabras no se encontraban siquiera en el Robert”.1 Lo que tuve que hacer en primer término fue cues­ tionar la adecuación de la palabra corriente francesa “toxicom anié\ cuyo sentido literal es “un deseo imperioso de enve­ nenarse”. Empleé por lo tanto el término de origen inglés “addiction”, cuyo sentido etimológico remite a la condición de esclavo, metáfora que me parecía más apropiada que la de la 1. No obstante, este término de origen inglés es ahora utilizado por la li­ teratura especializada. (Véase al respecto el excelente informe sobre el colo­ quio “Las nuevas adicciones”, bajo la dirección de Jean-Luc Venisse.)

búsqueda de veneno. Por supuesto, un dependiente no trata de volverse esclavo. Cuando el drogadicto se siente como en­ cad en ad o a su objeto de adicción, sea el tabaco, el alcohol, la comida, los narcóticos, los medicamentos (o los otros, utiliza-! dos como objetos de necesidades narcisistas o sexuales), esta esclavitud está lejos de ser la meta de la búsqueda adictiva. Por el contrario, ese objeto es experimentado como esencial­ mente “bueno”, como una promesa de placer y atenuación temporaria de la angustia, incluso como lo que da sentido a la vida. Se considera que la economía psíquica que subtiende el comportamiento adictivo dispersa los sentimientos de cóle­ ra, incertidumbre, aislamiento, culpabilidad, depresión, o cualquier otro estado afectivo de intensidad insoportable pa­ ra el sujeto. Se trata entonces de un objeto idealizado, pues se le atribuye el poder de resolver mágicamente las angus­ tias y el sentimiento de muerte interna. Esta tensión tam­ bién puede provenir de experiencias afectivas generadoras de placer, pero que movilizan sentimientos de excitación experi­ mentados como prohibidos o peligrosos (se dice del alcohólico que siempre llega tarde a los velorios y los matrimonios). Una vez “descubierto” el objeto o el acto adictivos, se siente la necesidad imperiosa de recurrir a ellos de inmediato para atenuar provisionalmente las experiencias afectivas desbor­ dantes. Quizá debería subrayar al pasar que todos recurrimos a comportamientos adictivos, en especial cuando ciertos aconte­ cimientos nos perturban de manera inhabitual, al punto de que nos encontramos incapaces de manejar nuestros afectos y de reflexionar sobre ellos de manera constructiva. En tales circunstancias tendemos a comer o beber más que de costum­ bre, a tomar antidepresivos o calmantes para olvidar o inclu­ so a comprometernos en cualquier relación, sexual o de otro tipo, para escapar del sufrimiento psíquico. A partir de esto, podemos decir que la solución que adoptamos frente a nues­ tros conflictos y dolores mentales sólo se convierte en síntoma cuando éste es el solo y único remedio con que contamos para soportar el sufrimiento. Mi exposición sobre la “economía adictiva” concluía con dos interrogantes, el primero de los cuales aún no tiene res­ puesta. Son ellos: ¿por qué el ser humano no elige medios me­

nos tóxicos para enfrentar las experiencias afectivas? ¿Cuáles son las fuentes que contribuyen a la construcción de una eco­ nomía psíquica adictiva? GÉNESIS DE LA SOLUCIÓN ADICTIVA

La cualidad de las primeras relaciones entre la madre y el hijo puede ser decisiva en la estructuración de fondo de cier­ tos tipos de funcionamiento psíquico: una madre “más ó rne­ nos adecuada”, en el sentido de Winnicott (1951), tiende a sentirse “fusionada” con su bebé en las primeras semanas; Winnicott lo llama “preocupación maternal” y subraya que, si el deseo materno de fundirse con el lactante continúa más allá de esta fase normal, la interacción se vuelve persecutoria y patógena para el niño. En la relación de dependencia total del bebé con la madre, el niño tiende a conformarse a las ex­ pectativas que la madre proyecta sobre él. Al mismo tiempo, comienza a bosquejarse una identidad sexual en la estructura psíquica. En ese acuerdo sensual de dos, cada uno es un ins­ trumento de gratificación para el otro. No obstante, la movili­ dad del bebé, así como sus impulsos afectivos, su inteligencia, su sensualidad y su erogeneidad corporal sólo pueden desa­ rrollarse en la medida en que la madre invista positivamente todos sus aspectos. Pero ella puede también inhibir la inten­ sificación narcisista de estos elementos vitales para la estruc­ tura somatopsíquica precoz del niño, sobre todo si el bebé tie­ ne que cubrir faltas en el mundo interna de la madre. De ello se desprende que, teniendo en cuenta las angustias, los mie­ dos y los deseos que la madre experimenta y transmite al ni­ ño, ella corre el riesgo de provocar lo que puede conceptualizarse como una relación “adictiva a su presencia” y a su cuidado. En otras palabras, es la madre quien se encuentra en un estado de "dependencia” respecto del bebé. En consecuencia, existe el peligro potencial de que el niño no pueda llegar a constituir en su mundo interno la repre­ sentación de una instancia materna (y más tarde paterna) cuidadora, con capacidad para contener y manejar sus esta­ dos de sufrimiento psíquico o sobreexcitación. Le faltará en­ tonces la capacidad de identificarse con esa representación

interna, y también de aliviar por sí mismo sus estados de tensión psíquica (cf. la contribución al respecto de H. Krys» tal, 1978). Este vínculo entre la madre y el niño puede asimismo afec­ tar la fase madurativa del desarrollo de fenómenos transicionales (objetos o actividades) y generar en la criatura una ten­ dencia a tener miedo a apelar a sus recursos psíquicos propios para manejar sus dolores y excitaciones afectivas. La madu­ ración de lo que Winnicott (1951) denomina la “capacidad de estar solo” (es decir, solo en presencia de la madre) puede que­ dar trabada, de manera que el niño le exigirá a la madre una presencia constante para poder soportar cualquier experien­ cia afectiva, de fuente interna o externa. Esta forma de relación remite también a la importancia del padre en la estructuración de la psique infantil; en primer lugar, en lo que concierne al papel que él desempeña en la vi­ da afectiva de la madre. (Sin duda, para que el bebé llegue á asumirse como individuo la mejor garantía está en progenitor res que se amen y se deseen, impidiendo de tal modo que el niño se convierta en una prolongación narcisista de la madre o en un sustituto libidinal del padre.) Del mismo modo, la pa­ labra del padre, tanto como la de la madre, en el discurso fa­ miliar sobre las relaciones sexuales y amorosas, y acerca de las relaciones humanas en general, es fundamental en la es­ tructuración psicosexual de la criatura. Cuando faltan las representaciones parentales aseguradoras con las que el niño debería identificarse para tranquilizar­ se a sí mismo en los momentos de desborde afectivo, más tar­ de, lo mismo que cuando era pequeño, buscará fatalmente en el mundo externo alguna solución a su falta de introyección de un ambiente que asuma el quehacer materno: recurrirá a la droga, la comida, el alcohol, el tabaco, los medicamentos... pa­ ra atenuar estados de tensión dolorosa. Esta es otra manera de decir que la actividad o la sustan­ cia adictivas son sustitutos de un objeto transicional; no obs­ tante, este objeto representa el inicio de la introyección de un ambiente que asume el quehacer materno, pero los objetos de adicción no cumplen esa función, razón por la cual a esos ac­ tos y sustancias los he denominado “objetos transitorios'9y no “transicionales” (McDougall, 1985). Los objetos adictivos sólo

resuelven momentáneamente la tensión afectiva, pues son so­ luciones somáticas, y no psicológicas, en reemplazo de la fun­ ción del quehacer materno primario faltante. Se comprende que los comportamientos adictivos conduzcan a menudo a una actitud de desafío a una tercera fuerza que reviste una signi­ ficación paterna. ¿A QUÉ RESPONDEN LAS NEONECESIDADE S?

En suma, la solución adictiva es un intento de autocuración ante los estados psíquicos amenazantes. Estos pueden agruparse en tres grandes categorías, y determinan la ampli­ tud del trabajo que la solución adictiva está destinada a reali­ zar. Esta visión de conjunto proporciona una indicación sobre la severidad de la propensión adictiva: 1. Puede ser un intento de defenderse de ansiedades neu­ róticas, un conflicto que gira en torno del derecho del adulto a tener relaciones amorosas y sexuales, y en torno del placer narcisista en el trabajo y las relaciones sociales. 2. Puede ser un intento de combatir estados agudos de an­ gustia (a menudo de naturaleza paranoide) o la depresión (acompañada de sentimientos de muerte interna). 3. En muchos casos hay también una fuga ante angustias psicóticas inconscientes, como el miedo a la fragmentación fí­ sica o psíquica, o un terror fundamental al vacío, en el cual corre el riesgo de vacilar el sentimiento de identidad. Está claro que la privación en el mundo de las representa­ ciones objetales sólo puede ser remediada por las sustancias o los objetos que se encuentran en él mundo externo. Se sigue que uno de los componentes esenciales de toda forma de adic­ ción es una gran compulsividad. El individuo cuya economía psíquica funciona de esta manera tiene que recurrir sin cesar a su acto u objeto de adicción. La fuerza de esta compulsión depende en gran medida de la naturaleza de los estados psí­ quicos que debe combatir y de la extensión de los vacíos para llenar. El analista debe prestar atención al modo en que el pa­ ciente formula su demanda de ayuda, para evaluar los proble­ mas que pueden surgir de su falta de tolerancia a los afectos

y del peligro eventual de hacer emerger angustias psicóticas. La autodestrucción que subtiende toda conducta adictiva puede hacer surgir pulsiones suicidas. En efecto, muchas per­ sonas frágiles no toleran las frustraciones inherentes a la re­ lación psicoanalítica. En el caso de que una psicoterapia ana­ lítica parezca inadecuada, o incluso contraindicada, debemos simplemente reconocer que organismos tales como Alcohólicos Anónimos también realizan una función terapéutica vital gra­ cias a una comunidad de cuidado, de manera que cada miem­ bro se encuentra rodeado, por así decirlo, de un ambiente fa­ miliar nuevo, con “cuidados maternos” más adecuados que los del pasado. (Hay encuadres semejantes para las bulímicas, los fumadores, los adictos al sexo...) ADICCIÓN Y DESAFÍO

El descubrimiento del objeto adictivo le permite al indivi­ duo “saber” exactamente lo que él o ella tiene que hacer fren­ te a todas las situaciones emotivas demasiado difíciles de so­ portar y elaborar psíquicamente. El niño desamparado que se oculta en el adulto está entonces persuadido de que nunca más padecerá ese sentimiento de abandono, porque la angus­ tia indecible será en seguida yugulada por su acción adictiva. Además, el sujeto tiene la impresión de ejercer un control om­ nipotente sobre el objeto sustituto escogido y piensa que ese “objeto” nunca le faltará. El comportamiento adictivo elimina el dolor psíquico, pero es también un intento de arreglar cuentas con los objetos parentales del pasado. Ese intento implica tres desafíos: 1. El desafío al objeto maternal interno (vivido como au­ sente o incapaz de traer alivio al niño perturbado que está en el fondo del adulto). Se llamará al sustituto adictivo para que en adelante realice la función materna faltante (“Ya no te es­ caparás, ahora soy yo quien te controla”). 2. El desafío al padre interno (que se considera que ha fra­ casado en su función paterna, y que por lo tanto hay que re­ pudiar), desafío típicamente proyectado sobre la sociedad en su conjunto (“Me importa un comino lo que ustedes piensen de mí o mis actos, ¡váyanse todos al diablo!”).

3- Por último, hay inevitablemente un desafío a la muerte, que puede tomar dos formas: primero una posición de omni­ potencia (“A mí nada me toca, la muerte es para los otros”), y después^ cuando esta defensa grandiosa comienza a desmoro­ narse y ya no es posible negar un sentimiento de muerte in­ terna, se manifiesta la tendencia a bajar los brazos ante las pulsiones de muerte. (“Quizá la próxima vez [acto-encuentro] sea la sobredosis. ¿Y entonces? ¡A mí qué!”) EL OBJETO ADICTIVO2

La elección de objeto adictivo muy pocas veces es obra del azar. Casi siempre corresponde exactamente a los períodos particulares del desarrollo del sujeto en cuyo transcurso hubo una falla en la integración de los objetos bienhechores. Es de­ cir que la meta de la solución adictiva consiste en crear o re'parar esa falla en el universo psíquico interno. Lo ,que es más, la sustancia, la persona o el acto elegidos adquirirán un sen­ tido de “estado ideal” que el individuo espera alcanzar con ellos: plenitud, exaltación, poder, nirvana, etcétera. Es muy poco frecuente que este objeto de elección pueda ser intercam­ biado por otro menos perjudicial. Quienes han trabajado con drogadictos saben que es inútil pedirle a un heroinómano que renuncie a su objeto para convertirse en bulímico. Esa pro­ puesta sólo provocaría sorpresa y la impresión alienante de no ser comprendido. LA ADICCIÓN AL OTRO

Como ya lo hemos subrayado, la solución adictiva no se li­ mita a la sustancia. También los seres humanos pueden ser­ vir como objetos de adicción. Algunos individuos “se alimen­ tan” de otros como objetos de necesidad narcisista, ante las 2. Véanse sobre este tema dos excelentes obras ilustrativas: Le grand fumeur et sa passion, de Odile Lesourne, y La problématique alcoolique, de Michéle Monjauze.

experiencias afectivas amenazantes (a menudo de naturaleza depresiva) que no se sienten capaces de contener ni, con mayor razón, de resolver. Esta manera de utilizar a personas para aliviar las angustias intolerables es un intento de apo­ yarse en el otro o fusionarse con él, estableciendo en conse­ cuencia una relación de dependencia infantil y de demanda inagotable. En otros casos esa necesidad se metamorfosea en una búsqueda constante de conflictos con el otro (búsqueda que suele ocultar una dimensión paranoide), en el intento de librarse de la angustia persecutoria. (Los insomnes entran a veces en esta categoría, en cuanto buscan constantemente a la persona, los ruidos exteriores o los acontecimientos que, a su juicio, les impiden dormir.) Y hay incluso quienes buscan contactos sexuales compulsivos (en los que tiene poco lugar el partenaire como sujeto) o partenaires múltiples, a fin de dispersar los afectos incontenibles e inelaborables para el su­ jeto. La dimensión adictiva de la sexualidad humana -sea en un contexto heterosexual, homosexual o autoerótico- puede también conceptualizarse como debilidad de los procesos de internalización ya señalados, y en particular del ambiente materno, siendo la madre vivida por el niño en desasosiego como impotente para modificar su sufrimiento físico o psíqui­ co. En este atolladero se corre el riesgo de que, más tarde, las relaciones sexuales desempeñen el papel dramático e ineluc­ table de impedir la disgregación de la imagen narcisista. El acto sexual sirve entonces no sólo para eliminar toda sobre­ carga afectiva y reparar la imagen narcisista dañada de la identidad sexuada, sino también para desviar la intensidad de la rabia infantil y de tal modo impedir la destrucción de la imagen de sí o de los objetos internos. La utilización adictiva de la sexualidad suspende los sentimientos de violencia, anes­ tesia provisionalmente la imagen castrada de sí mismo, la pérdida amenazante de las fronteras del yo y la sensación de muerte libidinal. De esta manera, los partenaires, sin saberlo, desempeñan el papel de sustitutos de las imagos parentales faltantes, y sirven para rellenar la imagen sexual frágil cons­ truida por el niño del pasado con los elementos negativos de las comunicaciones biparentales. Esta solución sexual al dolor psíquico revela una vez más

su doble objetivo narcisista: reparar la imagen dañada de sí mismo, y mantener la ilusión de un control omnipotente, gra­ cias al recurso al objeto o el comportamiento adictivos. CUANDO LA SEXUALIDAD SE CONVIERTE EN UNA DROGA

Se sigue que el trabajo analítico conducirá, entre otras co­ sas, a sacar a luz y elaborar las fases emocionales arcaicas in­ filtradas de sadismo y erotismo, orales y anales. El proceso psicoanalítico puede ayudar al adicto o la adicta sexuales a aprender a distinguir la angustia (terror al futuro) de la de­ presión (dolor por el pasado), en el contexto de la transferen­ cia, evitando así la compulsión de descargar su impacto en la acción inmediata. Al mismo tiempo, el analizante comienza a comprender su intolerancia a la tensión afectiva. Esta pers­ pectiva provee la base para la construcción de defensas p sí­ quicas, y ya no adictivas, para enfrentar, contener y elaborar los estados de angustia o depresión y las heridas narcisistas, sobre todo cuando éstas están asociadas a los aspectos angus­ tiantes de las relaciones sexuales y amorosas corrientes. EL NEOSEXUAL EN BUSCA DE IDENTIDAD

Me gustaría ahora apuntalar mis ideas con una viñeta clí­ nica. El material analítico que sigue demuestra ciertos as­ pectos de la economía psíquica que alimentan la sexualidaddroga. Jason, médico de unos cuarenta años que ejercía en una rama sumamente especializada de la cirugía, solicitó análisis a causa de obsesiones que invadían su vida sexual y social. Su trabajo pi'ofesional no parecía afectado por este problema, pues se decía contento de sentirse verdaderamente libre y muy cómodo en su profesión, que amaba apasionadamente. En efecto, era renombrado en su especialidad. Entre sus múl­ tiples obsesiones predominaba una: la de los grupos minorita­ rios, respecto de los cuales tenía prejuicios favorables. Esto lo llevaba a preguntarse constantemente: “¿Soy tan bueno, tan potente como un árabe, como un negro, como un judío?”. En el

curso de nuestra primera entrevista me dijo que sus dudas, que tenían un “tinte racista”, estaban estrechamente ligadas a su vida sexual. “Muchas mujeres me andan detrás, y si son árabes, vietnamitas, judías... las seduzco y mis obsesiones se calman por un momento.” Después añadió: “Donde no hay _ mezcla, no hay problema”. Cuando lo invité a precisar el sig­ nificado de esta última declaración, me dijo que, si cortejaba a una mujer de otra raza cuyo partenaire era un hombre de la misma pertenencia racial que ella, él no tenía ningún proble­ ma sexual; sin embargo, las cosas se complicaban cuando las mujeres no pertenecían a esas étnias “minoritarias”, pero ha­ bían tenido relaciones con un amante de otra raza (éstas eran las que más lo atraían). En tales circunstancias, se sentía obligado a hacerles la pregunta a sus amantes. Más o menos a los veinte años se había casado con una jo­ ven a la que deseaba porque ella había tenido una breve rela­ ción con un judío célebre. Me dijo: “Durante años torturé to­ das las noches a mi mujer para obtener de ella los detalles de esa relación amorosa con X. La interrogaba durante horas, para terminar desgarrándole la ropa interior, atacándola y violándola. Pero la relación sexual no era nunca satisfactoria; el interrogatorio tomaba demasiado tiempo”. Durante el ma­ trimonio, que había durado una decena de años, siguió tenien­ do innumerables aventuras con mujeres de distintas razas. Después se comprometió en una relación prolongada con una amiga que había tenido una aventura nebulosa con un negro célebre. Ella también tuvo que someterse a interrogatorios in­ cansables antes de que él pudiera hacer el amor; por otra par­ te, parecía que sus compañeras habían terminado por confe­ sar o inventar todo lo que él quería que dijeran. Según Jason, estas compulsiones eran tan torturantes para ellas como para él, y pensaba que algún día iba a volverse loco. En el curso de esta primera entrevista advertí una fuente potencial del sentido oculto de su polarización en las diferen­ cias raciales cuando Jason evocó su infancia: “Mis padres dis­ putaban sin cesar porque mi madre era inglesa y mi padre francés”. Después me habló de su única hermana, cuatro años mayor que él. Los dos habían sufrido, durante la infancia, que la madre denigrara constantemente al padre. Jason recorda­ ba que, de pequeño, se sentía humillado por el acento de la

madre y por su rechazo a ciertos aspectos de la cultura fran­ cesa. Los insultos volaban por sobre la mesa, y el padre ter­ minaba tratando a la mujer de “sucia perra inglesa”. “Mi madre hablaba abiertamente, delante de nosotros, de las aventuras extraconyugales de mi padre. Yo sabía que él tenía aventuras cotidianas con sus clientes, y particularmen­ te con las clientes de otras razas.” Después de un silencio agregó: “Sólo me quedaba la masturbación, y sin duda por ello, durante mi adolescencia, me masturbaba varias veces por día. De hecho sigo haciéndolo, al menos dos veces por día”. Añadió que, para la madre, la virilidad auténtica estaba encarnada por su propio padre (que había perdido una pierna en la guerra). De esta primera entrevista deduje que, desde la infancia, Jason había desplazado su angustia concerniente a la diferen­ cia sexual entre los padres sobre la diferencia de nacionalida­ des de ellos. Además, su exuberancia erótica con mujeres de etnias que no fueran la suya era manifiestamente la huella de una significación fálica: un pene paterno idealizado. El lu­ gar que él le asignaba a la mujer era más vago. No obstante, me resultó evidente que su elección de una analista mujer que vivía en Francia, con fuerte acento inglés, ¡no era un azar! Y, aunque tuvo que esperar un año para iniciar su aná­ lisis, se había negado a otras consultas. Sospeché desde en­ tonces que yo estaba destinada a pagar por toda la vergüenza y los estragos psicológicos de los que él hacía responsable a la madre. En nuestra segunda entrevista, Jason me describió lo que él llamaba su homosexualidad. J.: Durante años, he asistido a reuniones de sexo grupal, sobre todo para ver lo que los hombres hacían con sus penes, pero nunca llevé a las mujeres que amaba. [Un silencio.] Hay algo falso en mis relaciones con las mujeres. Aunque en ciru­ gía trabajo extraordinariamente bien con mis pacientes, es probable que, fuera del hospital, las deteste; de hecho estoy convencido, soy homosexual, aunque nunca he deseado tener relaciones sexuales con un hombre; todo esto tiene que ver con mi perra madre inglesa. Me imagino que se pregunta por qué me empeñé tanto en analizarme con usted.

J. M.: ¿Porque yo soy una mujer y una perra inglesa? J.: Es cierto que su acento me recuerda al de mi madre, pero... hay algo distinto en usted: usted me suscita la impre­ sión de que existo. [Y, para mi gran sorpresa, sus ojos se lle­ naron de lágrimas.] Nuestro viaje analítico comenzó un año más tarde, al rit­ mo de cuatro sesiones por semana, y duró ocho años. Aunque Jason exploró muchos problemas profesionales y fóbicos, los fragmentos clínicos siguientes corresponden a sesiones esclarecedoras de las estructuras internas que estaban en la fuen­ te de sus invenciones neosexuales y del papel que éstas de­ sempeñaban en su economía psíquica. Aunque sabía muy bien lo que me esperaba en la transfe­ rencia, me sorprendieron verdaderamente ciertas manifesta­ ciones transferenciales imprevistas. En la primera sesión so­ bre el diván, de entrada Jason me llamó “Joyce” y, además, me tuteó. Se sabe que el tuteo se reserva a los allegados, a los amigos íntimos, a los niños y a los perros. De período en perío­ do, yo fui formando parte de todas estas categorías. Por mi parte lo llamaba Jason» pero sin tutearlo. Como se puede ima­ ginar, esta manera de atacar el encuadre suscita muchas in­ terpretaciones: por ejemplo, la de su fragilidad narcisista y su necesidad de seducir. Para aumentar la confusión, se dirigía frecuentemente a mí nombrándose él, y a la inversa, me nom­ braba a mí al hablar de él: “Ayer, después de la sesión, de nue­ vo tuve miedo en la calle; todo el mundo me amenazaba. Pero me dije: «¡Escucha, Joyce! Sabes que les atribuyes a estas per­ sonas tu propia violencia; ellas no tratan de hacerte mal»”. LA IDENTIDAD SEXUAL Y SUS CONFUSIONES

En nuestras primeras entrevistas, por supuesto que Jason se contentó con revelarme sólo los aspectos de su actividad se­ xual que lo hacían sufrir. En el curso de los primeros meses de análisis me contó que en el período de latencia, había co­ menzado a travestirse con la ropa de la hermana, sobre todo con las prendas de danza, y que con esa indumentaria se masturbaba delante del espejo.

Más tarde reveló una perturbación manifiesta de su senti­ miento de identidad y una cierta confusión entre su cuerpo y el de sus partenaires. Una actividad erótica altamente inves­ tida por él consistía en pedirles a sus conquistas que se pusie­ ran un pene artificial y lo penetraran analmente. Otras veces ataba a sus compañeras consintientes; mientras las azotaba, las penetraba analmente con el dedo y, de ser posible con to­ da la mano. (Más adelante volveré sobre las representaciones de objeto complejas, los introyectos y las identificaciones que se ocultaban detrás de estas invenciones neosexuales compul­ sivas.) Aunque haya centrado mi reflexión en la sexualidad des­ viada de Jason, tal vez sea pertinente que mencione un deta­ lle concerniente a su infancia. Es posible que Jason niño haya sufrido síntomas de matiz psicótico: recordaba haber insulta­ do a amigos de la familia, y sobre todo a amigas de la madre. Esto le había valido algunas palizas paternas, sobre todo cuando aseguraba que la idea no era suya sino que debía obe­ decer a voces. Podemos conjeturar que en ese período de su vida Jason trató de eyectar de su psique su amargura y sus pensamientos eróticos concernientes a las diferentes imáge­ nes proyectadas de la madre, y que esos pensamientos ambi­ valentes habían vuelto en forma de “voz” (como en Schreber). Según Jason, el padre le había advertido que lo azotaría mientras siguiera escuchando voces, una terapia paterna que dio resultado. Jason y yo llegamos a la conclusión de que más o menos en esa época los insultos habían sido reemplazados por el em­ pleo de “interrogatorios” que podían durar horas. Jason inte­ rrogaba constantemente a la madre y las amigas sobre el pre­ cio de las prendas femeninas (por ejemplo, los tapados de piel), y muy a menudo insistía sin descanso en las mismas preguntas. Me impresionó que hubiera transferido a sus rela­ ciones sexuales esta compulsión infantil repetitiva del inte­ rrogatorio. Cuando inició el mismo procedimiento en el análisis (y de­ bo admitir que era capaz de volverme loca al punto de que yo también tenía la impresión de escuchar voces), resultó posible demostrar el mecanismo de su obsesión infantil acerca de las diferencias sexuales, y en particular la obsesión concerniente

a la constitución y el funcionamiento del cuerpo femenino. Mis interpretaciones en esos ámbitos llevaron a Jason a re­ cordar detalladamente las letanías cotidianas de la madre en la mesa, sobre todo sus interminables preguntas sobre la cantidad de mujeres que el marido podía conquistar cada día. Aparentemente, ella lo espiaba, y cuando lo veía hablar con una mujer (sobre todo con una mújesr de color) lo acusaba de tener relaciones sexuales con su interlocutora. A partir de allí fue posible comprender que los interrogatorios interminables de Jason con su partenaire revelaban una identificación con la madre que interrogaba al padre. En el inicio de su análisis, Jason no tenía la menor duda de que el padre había tenido relaciones sexuales con cuatro o cinco mujeres por día; sin embargo, poco a poco, su convicción fue debilitándose, y finalmente pudo decirme: “¿Sabes?, com­ prendo ahora que mi madre sufría de celos patológicos. Pien­ so que tenía problemas homosexuales. Yo había olvidado tam­ bién que mi padre protestaba, diciéndole que ningún hombre podía tener toda la actividad sexual que ella le atribuía”. Es­ tas tomas de conciencia y estos recuerdos recobrados facilita­ ron la exploración de los temores y los deseos homosexuales de Jason. A medida que progresaba el análisis, él fue dejando de quedar satisfecho con quejarse del denigramiento del que la madre hacía objeto al padre, y de esas acusaciones por su­ puestas infidelidades. Además de la confusión que había sem­ brado en la mente del muchachito, Jason constató que ella era incapaz de aceptar un punto de vista que no fuera el suyo, lo que dio lugar a momentos emocionantes y dramáticos en el análisis, pues el paciente estaba convencido de no haber exis­ tido verdaderamente para la madre. ‘Yo golpeaba en las pare­ des de la mente de mi madre, y la única respuesta que recibía era un eco.” Cuando en la transferencia resurgían temores semejantes (por ejemplo, si yo permanecía en silencio durante unos ins­ tantes), Jason gritaba y me preguntaba si estaba dormida o muerta. A veces alzaba tanto la voz que yo apenas podía com­ prender lo que me decía. Cuando le preguntaba si acaso tra­ taba de mantenerme despierta y viva, me respondía que tenía que hacerse oír porque, como buena inglesa que yo era, segu­

ramente no comprendía lo que él quería decirme. Pudimos in­ terpretar ese comportamiento como la sensación de no haber podido hacerse oír por la madre y hacerle comprender sus su­ frimientos de niño -lo cual le había suscitado la impresión de que él no estaba verdaderamente vivo o de que ella no lo esta­ ba para él-. (Más tarde evocó recuerdos de la madre diferen­ tes y más positivos.) En esa fase del análisis, el objetivo esen­ cial de las relaciones sexuales compulsivas de Jason parecía ser reasegurarse en términos narcisistas en cuanto a su iden­ tidad masculina. Unos dos años después de comenzar nuestro viaje analíti­ co, las obsesiones de Jason concernientes a las diferencias ét­ nicas y sus prácticas sexuales complicadas comenzaron a per­ der el carácter compulsivo, pero él se encontró enfrentado a una nueva forma de angustia. Había dejado de gritar y ya no confundía nuestros dos nombres, pero experimentaba una an­ gustia catastróñca, que describía como una vivencia de “na­ da” o “muerte”. Llamaba a esas experiencias “estado de va­ cío”; en su transcurso tenía miedo de perder la razón, de perder su pericia profesional o de cometer actos insensatos para llenar esos “vacíos”. Estas fases de angustia extrema reaparecieron intermitentemente durante cerca de dos años, mientras yo interpretaba constante y activamente, lo que me llevó a dedicar a Jason algunas sesiones complementarias, a autorizarlo a llamarme por teléfono de tanto en tanto y a to­ mar tranquilizantes, con la reserva de que estos parámetros serían temporarios. Pudimos entonces analizar su intención de tomar ansiolíticos como la necesidad de recurrir a un objeto de tipo transicional para paliar el “vacío” en el cual no podía aún introyectar la imagen de una madre solícita y cuidadora. A continuación de esta elaboración, Jason renunció a los medicamentos. Mien­ tras se encontraba aún en esta fase del análisis, me pareció observar que se comportaba como en lo que Mahler (1968) ha llamado la “practising sub-phase”, en el curso de la cual los ni­ ños, en un ida y vuelta continuo para reasegurarse, verifican que la madre esté allí y retornan a sus juegos. Durante este período aumentó su actividad masturbatoria, y juntos pudi­ mos comprender que de ese modo intentaba asegurarse de que los introyectos maternos más peligrosos de su mundo interno

no habían destruido su virilidad; la masturbación le procuraba a la vez la sensación de existir y límites precisos para su cuer­ po. Su sentimiento de muerte interna desapareció temporaria­ mente. Otras veces, ser penetrado con un pene artificial le pro­ curaba los mismos efectos. El análisis de sus angustias de castración, falico-edípicas, narcisistas y también de su forma arcaica de angustia de ani­ quilación fue realizado de manera intensiva, gracias a qué habíamos llegado a comprender mejor la fuerza de sus obse­ siones y adicciones sexuales, y el contenido fantasmático sub­ yacente. Un fragmento clínico que data del tercer año de su análisis servirá de ilustración. RECONSTRUCCIÓN DEL JUEGO NEOSEXUAL

J.: Cuando hago el amor con una negra cuyo marido es también negro, no tengo problemas ni obsesiones, porque al to­ marle la mujer, me apropio del pene del marido. De tal modo, me siento hombre durante unos momentos. Los negros, los árabes y los judíos tienen verdaderas pollas. Pero entro en un pánico total con mis amantes que no han tenido este tipo de re­ laciones. Y después, recomienzo mis interrogatorios. ¿Por qué? Le resumí los temas que habíamos elaborado mucho el año anterior. J. M.: Una mujer que no ha poseído en ella a uno de estos penes potentes es una mujer castrada, exactamente como se vive usted. Si la obliga a confesar que ha tenido aventuras de ese tipo, despiertan sus ganas de penetrarla, pero su deseo y el odio que le despierta ya no tienen límites, como lo hemos observado a menudo. Yo hacía alusión a los efectos transferenciales y a los sen­ timientos negativos que en su niñez había experimentado res­ pecto de la madre, y que nosotros interpretamos como un ata­ que a la imagen idealizada de la feminidad: una mujer todopoderosa, con órganos sexuales masculinos y femeninos y, como corolario, con los poderes mágicos que se les atribuyen.

J.: ¡Sí! Y todo esto me recuerda la época en que yo azotaba a las mujeres. No trataba de hacerles mal, sino de demostrar que ellas no son heridas y que no mueren. En esos momentos, tengo un pene postizo que puede provocar un orgasmo en la mujer. |Es fantástico! J. M .: Y, cuando usted no tiene ese pene-látigo, ¿es la mu­ jer quien debe pasarle el pene potente que ella le ha robado a algún otro? J.: Y sí... Supongo que es eso lo que yo imaginaba de chi­ co. [Larga pausa.] Pero, ¿por qué siempre he querido ser una mujer? J. M.: ¿Acaso porque son las mujeres y el sexo femenino quienes atraen a los hombres y su pene? J.: ¡Sí, es eso! No sé por qué nunca me han atraído los hombres, pero soy homosexual. [Gritando.] ¡No lo niegue! J M .: ¿Por qué habría de negarlo? J .: Ese cara de culo que es el doctor X [un analista que ha­ bía atendido a Jason durante un lapso breve, antes de que vi­ niera a verme a mí, y que tenía en poca estima], ese imbécil me decía que no soy un homosexual ¡porque nunca me acosté con un hombre! Jason tenía una necesidad desesperada de ser reconocido como homosexual porque pensaba que la madre le había in­ terdicto toda identificación masculina. J. M.: Me parece que aquí están hablando dos Jason: uno es homosexual y quiere que le den un pene para convertirse en hombre, y el otro, heterosexual, quiere hacer el amor con una mujer, con el fantasma de atribuirse el pene mediante ella. Como si la mujer tuviera que autorizarlo a poseer su pro­ pio pene. J.: Usted me dijo un día que, en todos esos juegos en los que yo usaba aparatos con mis amiguitas, era mi madre quien, con el pene de mi padre que ella conservaba, me lo ha­ cía tragar analmente. [Después de una larga pausa, gritan­ do.] ¡Mi madre detestaba a mi padre y me impedía amarlo; sólo me autorizaba a amar al padre de ella, ese héroe que ha­ bía perdido la pierna! [Y Jason estalló en sollozos.]

He relatado esta sesión en detalle porque ella explica bien los elementos esenciales del modo en que Jason niño había comprendido lo que se juega en la sexualidad. Imaginaba que, para convertirse en hombre, tenía que incorporar literal­ mente el órgano genital masculino (lo que hacía con el pene artificial). Pero, al mismo tiempo, no quería que esta “incorpo­ ración” fuera efectuada por un hombre: tenía que ser obliga­ damente la madre quien le permitiera acceder al pene pater­ no para que Jason adquiriera sus cualidades fálicas. Desde esta perspectiva, Jason ponía en escena un fantasma corriente en el niño, que sueña con estar acostado entre sus padres, que el padre lo penetra y él echa entonces un gran pe­ ne con el que puede penetrar a la madre. El juego sexual de Jason era un ejemplo concreto de los fantasmas de internalización a la vez oral, fálica y anal. Estas identificaciones parentales en la escena primitiva fantasmatizada se convirtieron entonces en el núcleo de la organización estable, aunque des­ viada, de la sexualidad compulsiva y condicionada futura. To­ do lo que Jason había logrado en su intento de identificarse con los aspectos fálicos del padre era su búsqueda de aventu­ ras sexuales múltiples con partenaires de etnias diversas -una identificación adhesiva superficial que había pagado caro-. Después de cinco años de trabajo arduo nos resultó posible elaborar lo siguiente: Jason había introyectado lo que le pare­ cía la parte loca de la madre, lo que había dado origen a dos imágenes conflictivas del padre. Las representaciones de ob­ jetos parciales se basaban, por una parte, en un falo idealiza­ do incastrable y en erección constante, pero sin el soporte de un objeto interno y un cuerpo real, y, por otro lado, en un fa­ lo peligroso, denigrado y separado, también él, de un objeto interno verdaderamente masculino. Este último era experi’ mentado como si hubiera dejado a la madre vacía, inacabada y loca. Jason se sentía tan desprovisto de enriquecimiento fálico como esa representación interna que tenía de la madre. Su guión, lo mismo que numerosas creaciones neosexuales, estaba construido como un sueño. Las mujeres que lo excita­ ban eran aquellas que, en su fantasma, ocultaban un pene potente que él, a su vez, podía absorber analmente, una ab­ sorción que a continuación podía convertir su propio pene en “fálico” y capaz de penetrar a las mujeres.

Este juego erótico, poderosamente investido, se asemejaba en más de un sentido a la búsqueda impulsiva de objetos de adicción como el alcohol o la droga. En estos casos el acto co­ rresponderá la asimilación de una “madre-seno” constante­ mente buscada fuera de uno mismo. La incorporación stricto sensu de estas sustancias, sustitutos de objetos parciales ma­ ternos, se basa en el deseo inconsciente de retener o reparar lo que falta o está dañado en el mundo interno; no obstante, hay que subrayar que estos actos no equivalen a los procesos psicológicos de incorporación e introyección. Por el contrario, su repetición atestigua el desmoronamiento de esos procesos por lo cual deben ser repetidos incansablemente, pues el acto no repara las representaciones dañadas del pene o el seno, ni las dota de, su significación simbólica faltante en el mundo in­ terno. De la misma manera, la continuación compulsiva e im­ periosa de actividades neosexuales no alcanza el objetivo al que inconscientemente se apunta. Para volver a Jason, llegamos al punto de su viaje analíti­ co en el que desapareció por completo la dimensión adictiva de su vida sexual. Sin embargo, el terror narcisista de perder los límites de su yo y su sentido de la individualidad, que ha­ bía contribuido a dar una dimensión fuerte a sus compulsio­ nes neosexuales, estaba aún activo en otro sector de su vida, y merece un capítulo aparte.

12. DESVIACIÓN SEXUAL Y SUPERVIVENCIA PSÍQUICA

Para mí, la mayor parte de las teorías psicoana líti cas sobre el sadismo y el m asoquism o son agua hervida que se disfraza de delicia de gourmet [...] D ebem os te­ ner el cuidado , sobre todo aquellos de nosotros que se fe­

licitan por su capacidad de em patia, de no creer que po­ demos comprender ciertas experiencias q u e están m ás allá de las nuestras; debemos p resta r p a rticu larm en te atención cuando nuestras convicciones está n a p u n ta la­ das por una validación consensual. R o b e r t S t o lle r L ’imagination érotique telle q u ’on Vobserve

MASTURBACIÓN Y DESVIACIÓN

Entre las diversas técnicas eróticas utilizadas para apor.tar un reaseguramiento narcisista concerniente al sí-mismo y el cuerpo como unidad libidinal vital, la masturbación desem­ peña un papel de primer orden. Como ya se ha dicho, la m as­ turbación es la sexualidad normal del niño y de toda persona privada de relaciones sexuales por alguna razón. Por supues­ to, el acto autoerótico se acompaña de fantasm as innum e­ rables, específicos de cada sujeto. Ahora bien, se comprueba que, en ciertos casos, el dolor, la angustia, incluso la amena­ za de muerte, deben ser actuadas para convertirse en ele­ mentos esenciales de la actividad masturbatoria. En cuanto

ésta requiere ornamentos rituales (látigos, zapatos, espejos, % ropa especial) o actos estereotipados que deben realizarse en } condiciones de coacción, sufrimiento o riesgo, entramos en el ' reino de la masturbación desviada. En otras palabras, el fan- tasma por sí solo no basta; se necesita una puesta en escena en lo real, con sostenes apropiados que constituyen condicio­ nes rigurosas y casi inmutables para el acceso al placer y el” orgasmo. Una parte importante del análisis de Jason apuntaba al sentido oculto del ritual masturbatorio qjie había puesto a punto -con riesgo de su vida- durante la adolescencia. Descri­ biré en detalle este guión porque nos ofrece una ilustración magistral de la doble polaridad de las invenciones neosexuales: por un lado, son un intento de eludir las interdicciones y angustias de castración que datan de la fase edípico-fálica; por el otro, constituyen un esfuerzo desesperado por dominar terrores arcaicos, originados en el momento en que la separa­ ción respecto de la madre desencadenó el pánico a la frag­ mentación corporal, a la aniquilación, y un sentimiento de muerte acompañado a menudo de afectos de rabia. En otras palabras, el acto autoerótico sirve de muralla contra las an­ gustias a la vez eróticas y psicóticas. DESAFÍO A LA VIDA, DESAFÍO A LA MUERTE

Jason tomaba el ascensor y subía hasta el último piso de la casa de los padres, uno de esos antiguos edificios que aún se encuentran en ciertos barrios de París, edificios en los que a uno le piden que “devuelva el ascensor”. Ya en el último piso, devolvía el ascensor y saltaba al cable de acero para llegar al mecanismo albergado bajo el techo. Colgado sobre un vacío de unos cuarenta metros, se masturbaba con el cable entre las piernas. Esta práctica presentaba varios peligros, el más im­ portante de los cuales surgía en el momento de la eyaculación, pues entonces corría el riesgo de soltarse y estrellarse. A su vez, este miedo estaba fuertemente erotizado. Llegamos a analizar diferentes significaciones inconscien­ tes enmascaradas en esta invención masturbatoria. Jason había utilizado toda la magia infantil de la que disponía para

llenar los “vacíos” (espacios sin palabras, espacios muertos) donde no recibía de su madre ningún reflejo confirmatorio de que su identidad subjetiva y sexual tenía valor a los ojos de ella. A través de sus diversas significaciones, “el vacío” había aparecido como una visión terrorífica del sexo femenino, an­ gustia reforzada más tarde por la imagen introyectada de la niadre como un vacío ilimitado. En efecto, Jason no tenía ninguna representación del pene paterno capaz de desempe­ ñar un rol benéfico, real o simbólico, en la vida sexual de la madre, ni ninguna representación de la escena primitiva en la que el sexo materno estuviera definido y fuera significado como complementario del sexo del padre. En consecuencia, en su universo psíquico faltaba un padre interno que impidiera su absorción y disipación en el.cuerpo de la madre, si satisfa­ cía sus deseos infantiles. (A menudo se encuentra esta forma arcaica de la angustia de castración en quienes se sienten coaccionados a inventar actos neosexuales para evitar la apa­ rición de fantasmas terroríficos o francamente psicóticos.) Sin que lo supiera, Jason había desplazado sus imágenes te­ rroríficas del acto sexual sobre sus relaciones sexuales de adulto. Además, como se verá en la viñeta siguiente, al peligro erotizado se sumaba el riesgo de ser descubierto por el padre mientras se masturbaba con el cable del ascensor. Para Ja­ son, este acto equivalía al incesto, y por lo tanto podía incitar al padre al asesinato. (Yo pensaba a veces que el acto en sí se asemejaba a un fantasma intrauterino, con el cable de acero en lugar del cordón umbilical.) Se volvió entonces evidente que su guión masturbatorio, inexorablemente compulsivo y adictivo, tenía por fin evitar la sensación intolerable de ser inexistente a los ojos de la madre y de “caer en el vacío” cuando ella parecía ignorar su presen­ cia y sus sufrimientos. Su hazaña autoerótica se revelaba en­ tonces como un intento de erigir una barrera contra la zam­ bullida en la nada, y de preservarse del fantasma de ser engullido por un vacío sin fondo. Más allá de estos fantasmas amenazantes se deslizaba el miedo a perder no sólo el esquema corporal, sino también los límites del sí-mismo. Como muchos desviados sexuales, él co queteaba abiertamente con la muerte, pero su juego trataba

de demostrar que, a pesar de sus accesos de odio y sus deseos heterosexuales y homosexuales incestuosos, y también a pe­ sar de su convicción de no existir a los ojos de la madre, él no moriría. No sólo triunfaría sobre la muerte, sino que esas mismas angustias se convertirían en causa de sus placeres sexuales más intensos. Encontramos aquí el triple triunfo de la solución adictiva: desafío a la madre, desafío al padre, de­ safío a la muerte. De manera condensada, su puesta en acto autoerótica lograba erotizar tan bien sus angustias de castra­ ción edípica como los terrores primitivos, prototípicos de lá angustia de castración: el anonadamiento y la muerte. Por otro lado, lo que los padres le habían dicho acerca de la relación sexual había creado una brecha de significación en la mente del niño. Nada tenía sentido. En última instancia, el espacio vacío representaba también una “falta en saber” con­ cerniente a la verdadera naturaleza de las relaciones sexua­ les humanas. (Para su sorpresa, después de algunos años de análisis Jason reconoció que, lejos de ser asexuada y asexual, la madre investía mucho su vida sexual con el marido, y que éste era aún seducido por ella y admiraba las cualidades de su mujer. Es incluso posible que las disputas incesantes entre esos progenitores estuvieran teñidas de erotismo.) Más tarde, el horror a convertirse en el vacío, en la nada que Jason creía ser para la madre, fue desplazado sobre su propio sexo (también su pene era “una nada”). Ante esa ima­ gen de sí mismo deprovisto de cualidades viriles, él se sentía obligado a buscar un “refuerzo” fálico de su imagen sexual en sus relaciones amorosas, a través de la absorción mágica del pene imaginario de otro hombre. Estas prácticas, así como el ritual autoerótico de Jason, aunque compulsivas y adictivas, representaban un triunfo sobre la angustia de castración y la amenaza de la nada. Era inevitable que el miedo a zambullirse en un mundo in­ sensato y a ser aspirado por un abismo sin fondo, se experi­ mentara en la transferencia. Estos elementos se fueron de­ cantando lentamente a medida que progresaba el análisis, aunque, durante esos meses de trabajo, Jason vivió períodos de despersonalización que también describía como un senti­ miento de “zambullida en el vacío”. El análisis en sí se convir­ tió en una experiencia angustiante, en la cual yo desempeña­

ba un doble papel: el de la madre que lo llevaba a la muerte, pero también el del padre que encontraría las palabras para dar sentido a sus miedos más profundos y lo protegería de la fragmentación psíquica. Citaré ahora una sesión del sexto año de nuestro viaje, que transcribo casi totalmente: En esa época, Jason mante­ nía desde tres años antes una relación estable y había funda­ do un hogar con una colega. La pareja tenía dos hijos a los cuales él estaba muy apegado. En cuanto a su vida sexual, aparentemente había perdido todo interés por las prácticas sadomasoquistas, y abandonado la compulsión de hacerse pe­ netrar por su partenaire con un pene artificial. El coito anal seguía interesándole como variante, pero era él quien desem­ peñaba el papel activo. Sus interrogatorios interminables como preludio de las relaciones sexuales habían cesado casi por completo, lo mismo que sus masturbaciones compulsivas. Un día dijo que los amigos y colegas apenas lo reconocían, “porque se veía claramente que estaba menos chiflado”. El mismo decía no confundir ya su realidad psíquica con la de los otros; ya no sentía que cada nuevo día y cada nuevo en­ cuentro fueran potencialmente traumáticos. “Desde hace un año vivo una felicidad desconocida hasta ahora.” Los “estados de vacío” habían desaparecido también desde mucho antes. Pero sus asociaciones en la sesión que sigue demuestran nu­ merosas vicisitudes de los procesos de internalización, y nos permiten aclarar mejor la significación de sus vacíos terrorí­ ficos y el vínculo entre ellos y los recuerdos de infancia. LOS VACÍOS CONTINÚAN LLENÁNDOSE

J.: Observo cómo estás vestida... observo cada detalle ele­ gante. Pero lo importante es que tus prendas se convierten en mis prendas. Me siento bien cuando me tiendo en el diván. ¿Ves qué linda ropa me autorizo ahora a comprar? Pero mi bufanda es vieja y está sucia. Me prohíbo hacerla lavar, por­ que entonces ya no seríalo. [Pausa.] Como cuando era chico y empezaba a gritar si mi madre insistía en comprarme ropa nueva. Teníamos escenas atroces en público, pero para mí era peor que para ella. ¡Yo sabía que quería destruirme, y lucha­

ba en defensa de mi vida! [En esta pequeña viñeta adverti­ mos hasta qué punto era frágil en Jason el sentido de la iden­ tidad, y cómo sentía que sus prendas lo mantenían intacto, un poco como si tuvieran la función de objetos transicionales, representantes de la figura materna internalizada capaz de tranquilizarlo acerca de su integridad corporal y su seguridad psíquica.] Esto me hace pensar en mi terror durante esos es­ tados de vacíos de los que te hablé tanto hace dos años... cuando miraba fijamente la nada y no sabía quién era. [Pau­ sa.] Ella quería sacarme la ropa. Yo habría quedado sin de­ fensa y ella habría podido devorarme. Tenía que esconderle todo para poder existir. [...] Pienso en mis masturbaciones, colgado a cuarenta metros sobre el abismo. Aquí Jason, por primera vez, estableció el vínculo entre sus estados de vacío y muerte interna, y las prácticas mastur­ batorias de su adolescencia. Mis intentos anteriores en el mis­ mo sentido no activaban el discurso asociativo y sólo produ­ cían una reacción de incomprensión. J. M.: ¿Otro vacío? J.: ¡Sí, un vacío más! ¡Pero se trataba de un vacío excitante\ El peligro real era lo erótico, al punto de hacerme gozar. Y, evidentemente, ¡también estaba el riesgo de ser sorprendido! Vemos que Jason comprende finalmente la manera en que había logrado hacer tolerables, por el rodeo de la erotización, los factores psíquicos que constituían sus más grandes angus­ tias. Añadamos que éste es un elemento frecuente en todos los fantasmas y prácticas masturbatorias (McDougall, 1978a). Las comunicaciones parentales sobre la sexualidad no tenían sentido para la mente del niñito de antaño. Jason se había visto obligado a inventar una nueva escena primitiva que más tarde integró en su relación neosexual, lo cual finalmen­ te daba sentido a su subjetividad, derecho de existencia a su pene y acceso al placer sexual. J. M: ¿De este modo se negaba usted a ser aterrorizado por la prueba de la nada y por sus fantasmas acerca del cuerpo de su madre?

J.: ¡Sí! Y rehusaba también lo que ella quería: ¡que no tu­ viera sexo! J. M.: ¿Ser un vacío para ella? J .: ¡Eso es! Es lo que tú ya me has dicho, que yo me pre­ sentaba únicamente “como adjetivo”. ¡Nunca era más que un adjetivo para mis padres!: “Eres un muchacho brillante”, “Eres un chico sucio”, “Eres un chico chiflado”. ¡Pero nadie, nadie, ¿me oyes?, me dijo nunca que yo era un varónl [Una larga pausa; Jason empezó a llorar. Controlando su emoción, continuó:] ¿Cómo podía saber que era un varón? ¿O incluso lo que era ser varón? ¿Y que era bueno ser simplemente un va­ rón? Me he convertido en hombre por accidente. No lo era en realidad. Bah, tenía el aspecto de ser un hombre, actuaba co­ mo un hombre... había que ser mejor que los árabes, los ju ­ díos y los negros... había que fornicar más mujeres que ellos. J. M,: ¿Siempre el adjetivo? J.: Sí... ¡el gran fornicador! ¡Pero no era todavía un machol ¡Era un camelo! Ahora soy un hombre. ¡Del vacío, he creado una verdadera polla! El trabajo que hacemos aquí es como una puesta en el mundo. ¿Recuerdas mi primera sesión en el diván? Te dije que salía como un bebé de entre tus muslos. Era como si fuera el espectador de mi propio nacimiento. Co­ mo un deseo que nunca había querido confesarme. ¿Por qué no existí como varoncito para mi madre? [Se puso a gritar.] ¡Joyce! ¿Me escuchas, demonios? ¡Di algo! J. M.: ¿Tiene miedo de no existir como varón a mis ojos? J.: Es peor que eso. Es como si tampoco tú existieras. J. M.: ¿Me ha tranformado en vacío? ¿Cómo si me hubiera devorado de nuevo? Yo hacía referencia a las asociaciones de una sesión re­ ciente, en la que Jason había experimentado el miedo de ha­ ber absorbido y digerido todas mis ideas, de haberme vaciado, de manera que en adelante él iba a ser una carga para mí. J Sí... ¡lo veo ahora, por primera vez! He devorado a mi madre, y el gran peligro era destriparla a ella, tranformarla a ella en vacío. Siempre me decía que yo había sido un bebé vo­ raz y que tenía que apretarme la nariz para que yo dejara el pezón [...] y todo lo que había hecho por mí cuando yo era be­

bé. [...] ¡Se había desgarrado las entrañas por mí! Ya lo ves, incluso de lactante yo no era más que un adjetivo: ¡un bebé malol Jason rió de un modo bastante discordante. Sentí crecer su angustia, y traté de precisar los fantasmas subyacentes de in­ corporación. J. M.: Por lo que me dice, su madre bien podría haber te­ mido que usted la devorara. J.: ¡Exactamente! Ella me daba la impresión de que yo era alguien peligroso. ¿Por qué tenía tanto miedo de mí? Lo sé... ¡es por lo que los analistas llaman proyección! ¡Yo tenía mie­ do de devorarla, y ella tenía miedo de su deseo de devorarme a mil [Pausa.] Estoy pensando en la pierna amputada de mi abuelo. Recuerdo que le hacía preguntas durante horas para saber dónde estaba esa pierna. J. M.: ¿Cómo si usted pensara que había sido devorada? J.: ¡Sí! ¡Ésa era una falta que había que admirar! Mientras que mi padre, que tenía las dos piernas, no valía un comino. [Empezó a gritar.] Yo podía dar saltitos sobre una sola pier­ na, pero de mi padre no me era posible tomar nada. ¡Nada, no, nada! J. M: Salvo lo concerniente al seductor perpetuo. Aunque se trata de un adjetivo, esto es algo que usted tomó de su pa­ dre. [Yo hablaba más para calmarlo,] J.: ¡Vaya, es cierto! Sin ello habría sido psicótico... como ese Sammy sobre el que tú has escrito. De chico, yo me pare­ cía a él. Cuando vine aquí, al principio, era un psicótico clan­ destino. J. M Pero los adjetivos lo ayudaron a sobrevivir. J.: Sí, y mi padre estaba orgulloso de mi inteligencia. De­ cía a menudo que yo iba a ser un profesor célebre en todo el mundo. Sí... me he convertido en cirujano para todos ellos: para reparar a mi madre, para reemplazar la pierna del abue­ lo y poder realizar la ambición de mi padre, que habría queri­ do ser médico. Durante años reparé a todo el mundo... y yo seguí vacío y quebrado. Como me dijiste un día, una hemorra­ gia psíquica.

Esta viñeta añade una visión del interjuego complejo que subtiende la construcción de las neosexualidades: fantasmas de incorporación, identificaciones y contraidentificaciones con objetos internalizados, y con los miedos y deseos inconscien­ tes de los progenitores, tal como el niño de antaño los ha in­ terpretado. En el teatro de la psique, el terror obliga a inven­ tar fantasmas, guiones y actos capaces de ponerle dique. Aunque en esa época el análisis de Jason estaba lejos de haber terminado, esta viñeta muestra que sus intentos deses­ perados de enfrentar su dificultad de ser, sus sentimientos de identidad sexual confusa, sus angustias de vacío y sus senti­ mientos de muerte interna habían podido transformarse, a pesar de su aspecto inexorable, en juegos erotizados. El recur­ so compulsivo de Jason a la masturbación había disminuido notablemente, él sólo sentía la necesidad de entregarse a ella en períodos de dolor narcisista o angustia severa. Sufría aún resurgimientos brutales del terror fóbico a la multitud, de la prohibición que se había impuesto de comprar flores o comi­ da, y de comer ciertos platos, pero estaba haciendo esfuerzos para comprender el sentido oculto de sus inquietudes. LA SUPERVIVENCIA PSÍQUICA

Pasaron ocho años. Todos sus síntomas habían desapareci­ do, y el análisis llegaba a su fin. “¿Por qué tuve que sufrir tan dolorosamente durante cuarenta y cinco años, antes de cono­ cer la felicidad?”, preguntó con sorpresa. Libre de obsesiones y compulsiones sexuales, estaba además seguro de su identi­ dad sexual, pero aún luchaba por su supervivencia psíquica cuando temía que vacilara su sentimiento de identidad. El si­ guiente es el resumen de una sesión que anoté in extenso, pues ella esclarece la problemática de la identidad subjetiva y su vínculo con las neosexualidades compulsivas. Jason seguía sentado en el diván, como lo hacía al sentirse ansioso, y sobre todo cuando tenía necesidad de asegurarse que existía a mis ojos. Habló durante algunos minutos para decirme que todo le iba muy bien, que obtenía en su trabajo satisfacciones cada vez mayores, incluso invitaciones a dar conferencias en el extranjero sobre su especialidad quirúr-

gica; después habló de sus dos hijos y de lo importante que era para los niños “tener un padre que mantenía las reglas y hacía la ley”, sobre todo “cuando los niños lloriqueaban sin cesar”. Sensible a su tensión, le pregunté si acaso, aunque sintién­ dose bien como sujeto, cirujano y padre, tenía necesidad de subrayarme que él también era un niño que lloriqueaba, que no quería plegarse a la regla analítica de tenderse en el diván y decir lo que le pasara por la cabeza. J. [Tendiéndose en el diván]: ¿No te gusta el cara a cara? Él sabía perfectamente que no era así; en el curso de su aventura analítica había habido incluso etapas durante las . cuales yo lo invité a sentarse. J. M.: La cuestión no es ésa; su necesidad de aferrarse a mí con la mirada, de evitar el momento de “la separación” cuando usted se tiende, ¿tiene alguna causa? ¿Es una manera de evitar decirme en qué piensa? J.: Sí, es sobre todo para evitar decirte que... y bien... me crucé con un vagabundo al venir aquí. Detesto a los mendi­ gos... los detesto... no puedo decirte cuánto. J. M.: ¿Qué es un “mendigo”? J.: Ah, lo sé muy bien. Son personas que no se bastan a sí mismas, que siempre dependen de los otros. Yo lo he hecho todo totalmente solo, desde los tres años. Iba solo al jardín de infantes, como un grande... Tenía mucho miedo, pero lo hacía por la insistencia de mi madre: “Tenías que aprender a desen­ volverte en la vida”, me dijo ella cuando le pregunté, años más tarde, por qué me había abandonado de esa manera. Por mi parte pensé que la pregunta del niño podía volver­ se contra él, como si mendigara algo que no se le debía. Sobre todo, ¡era necesario que la madre no lo viera como un vaga­ bundo! J. M.: ¿Usted no tenía derecho a mendigar la presencia de su madre?

Esta secuencia me recordó una observación que a menudo me conmueve: la de los niños como Jason, que adquieren au­ tonomía precozmente. Jason había aprendido a leer y escribir antes de ir a la escuela. Aún era muchachito y ya ayudaba al padre en la-farmacia, buscando los medicamentos, añadiendo a veces, para sorpresa de los clientes, algunos comentarios so­ bre el modo de empleo. En esos niños a menudo el éxito resul­ ta más tarde destructivo, porque entonces la criatura de anta­ ño nunca más será reconocida en su necesidad de protección y cuidado. La célebre “neurosis de fracaso”, clásicamente atri­ buida a los restos del Edipo (erección interdicta, inconfesable, superación del padre, de la madre), puede también remitir a una problemática más precoz, y por lo tanto a una nosografía más próxima a la neurosis llamada traumática. El éxito del pequeño Jason de tres años era el signo mismo de su fracaso, de su vivencia de abandono. Pequeño vagabundo abandonado, mendigaba en secreto la limosna de la atención y el interés de la madre. Había sido la palabra del padre la que le permitió tener éxito en ciertos dominios de la vida, lo llevó a aferrarse a sus estudios para ganarse el pan y le predijo que tendría un gran éxito profesional -lo que había ocurrido, pero a un precio elevado-. Incluso el trabajo que él realizaba con brío recibía como pago la angustia, sin hablar de la coacción que durante años lo obligó a vivir solo ni del sacrificio de su alegría de vi­ vir. En cierto sentido, sexual y socialmente, Jason tenía aún tres años al principio de su análisis.
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