Maria La de Magdala

May 1, 2024 | Author: Anonymous | Category: N/A
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María, la de Magdala Alicia Sánchez Montalbán

María, la de Magdala Alicia Sánchez Montalbán

© Alicia Sánchez Montalbán Más información sobre la autora: www.aprenderacanalizar.com Imagen de cubierta: Tania Sánchez Ortiz http://taniasanchezortiz.blogspot.com.es https://www.facebook.com/tania.s.ortiz.art Diseño de portada: Víctor Estévez Polo. Diseño y maquetación: Javier Labrador

Este ejemplar ha sido impreso bajo demanda. I.S.B.N: 978-1545296790 Reservados todos los derechos

María, la de Magdala Alicia Sánchez Montalbán

Este libro está dedicado a todas las mujeres que no creen en sí mismas y están dispuestas a cambiar la perspectiva.

Esta historia comienza en mi niñez, porque es el momento en

el que se produjo la magia. La vida está llena de ella. Hay magia por todas partes. Solo tenemos que abrir el corazón para encontrarla. Me llamaron María, la de Magdala, porque con ocho años llegué a una tierra que no era la mía. Siempre fui una extranjera en todas partes, aunque yo sentía que pertenecía al mundo. Tal vez, por eso, me llamaban rebelde y me miraban como a una extraña. Supe desde el principio que yo no era como las demás, aunque tardé bastante en comprenderlo. Hasta que le conocí a él. También era diferente. También pertenecía al mundo. Lo leí en sus ojos cuando le vi: él era como yo, o yo era como él. Una misma esencia encarnada en dos cuerpos. ¡Qué difícil explicar eso a los demás, en un mundo en el que la mujer era considerada inferior al hombre! ¿Almas gemelas? Tal vez. Yo siempre pensé y sentí que éramos parte de lo mismo. Una sola mirada bastaba para comunicarnos; una sola palabra, para reconciliarnos, en las contadas ocasiones en las que nos enfadábamos por algo. Jesús no era un hombre como los demás. Yo, tampoco una mujer como la que esperaban de mí. Me gustaba correr por el campo, GDQ]DUHQWUHODVÁRUHVEDxDUPHHQHOUtRWXPEDUPHVREUHODKLHUED húmeda y observar cómo las nubes pasaban delicadamente ante mis ojos. Me atraía tanto su baile sereno… Mecidas por el viento, las esponjosas nubes se dejaban llevar; mientras, aquí abajo, nadie parecía darse cuenta de la magia que les sobrevolaba. 9

Mi madre se quejaba siempre de mí: —¡María! ¿Ya estás otra vez? Ven adentro ahora mismo y cúbrete. No vayas tan destapada por ahí. Van a empezar a murmurar. ¡María! Gritaba a menudo, para que yo entrara en razón, pero yo no entraba. No me importaba que la gente murmurase. Me daba igual que hablaran de mí y de mis brazos desnudos. Me gustaba tanto sentir el calor del sol sobre la piel, que no quería renunciar a él por nada del mundo. —¡María! —gritaba mi madre, y yo me escapaba para correr tras las mariposas y sentir que la vida era mucho más grande que aquellas cuatro paredes, entre las que ella pretendía encerrarme. —Una joven debe respetar la ley de Dios. Eres demasiado loca, María. Ningún hombre va a aceptarte. —No creo que a Dios le importe que yo no me cubra los brazos, madre —protestaba yo, mientras ella se enfadaba—. Dios tieQHFRVDVPiVLPSRUWDQWHVHQODVTXHÀMDUVH0LVEUD]RVGHVQXGRV no son motivo de su atención, te lo aseguro. —¡No digas esas cosas! Tal vez, Dios no te mire, pero los hombres sí lo hacen. Vas a perder la honra, hija. Y yo resoplaba, porque ni siquiera sabía qué era la honra ni me importaba. Yo solo quería salir al mundo y disfrutar, a pesar de que en el mundo, nadie me entendía. Excepto él, que lo hizo desde el primer instante. Creo que lo que más me emocionó fue su mirada de reconocimiento. Sé que le deslumbré. Estaba allí tumbado, en mi lugar preferido. Hacía poco que habíamos llegado a Nazaret, pero yo ya me había apropiado de aquel paraje mágico, donde el sonido del agua y el olor del río me ayuda10

ban a abstraerme por completo. Tenía los ojos cerrados y sonreía. Tímidamente sonreía, aunque le envolvía una sutil nube de tristeza. ¡Qué extraña combinación! Tristeza y sonrisa. Su cara bañada de sol me pareció la más hermosa del mundo. Me acerqué a él, dispuesta a conocerle. —Hola. Se sobresaltó pero, al mirarme, los ojos se le llenaron de estrellas. Supe que la había encontrado: la única persona en el mundo que podía comprenderme.

Nos habíamos trasladado a Nazaret por mi culpa. Eso decía mi

madre, que yo lo había causado con mi falta de moralidad. En Magdala, los vecinos hablaban mal de mí e, incluso, hacían apuestas soEUHPLGHVWLQR8QRVDÀUPDEDQTXHDFDEDUtDIDWDOSUREDEOHPHQWH ODSLGDGD2WURVDSRVWDEDQSRUODGHFHQFLDGHPLIDPLOLDTXHÀQDOmente lograría controlarme. Pero mis padres sabían que yo no era controlable. Por eso eligieron emigrar de Magdala a Nazaret, para comenzar de nuevo en otro lugar. Mi padre, que adoraba cazar y despellejar animales para utilizar sus pieles, llenó con ellas mi cuarto. —Si logras cumplir las leyes divinas, durante toda una luna, me llevaré una de estas pieles lejos de ti. Iré llevándomelas poco a poco, a medida que tú aprendas a comportarte. Yo no soportaba el olor de las pieles, ni lo que me inspiraban. Allá, abiertas y esparcidas por todo mi cuarto, me recordaban que, una vez, pertenecieron a un ser vivo que trotaba feliz por el monte o por el prado, hasta que llegó mi padre para acabar con su vida. Tal vez tenían familia. Tal vez dejaban atrás a sus hijos… 11

Aquellos pensamientos me hacían llorar. Se me erizaba la piel y gritaba: —¡Quítalas de mi vista! ¡No entiendo cómo puedes ser tan cruel, padre! Pero él se reía y me llamaba loca, mientras yo me encogía sobre mí misma para seguir llorando. Mi padre. A pesar de todo, cuánto le quería… Se me abría el corazón de par en par, cada vez que lo veía. Pero él apenas se daba cuenta de mi presencia. Hubiera querido un hijo. Un hijo que nunca tuvo. De algún modo, yo siempre me sentí culpable de no haberlo sido. Me llamó María, como su madre, como su abuela y como tres generaciones más de Marías, que nunca mancillaron el nombre de su familia. Hasta que llegué yo para cambiar las cosas. No, decididamente yo no era la hija modélica que él hubiera preferido, pero fui la única que tuvo. En mi fuero interno sé que, a pesar de todo, me quería, aunque nunca me lo dijo.

CXDQGRFRQRFtD-HV~VPLYLGDPHMRUyPXFKtVLPR3RUÀQ encontraba a alguien que no me juzgaba ni me despreciaba. Alguien que me miraba con admiración y que me mostraba su amor abiertamente. Sí, yo sé que Jesús me amó desde el principio, igual que yo le amé a él, aunque fuese un niño, aunque yo misma lo fuera. El auténtico amor, el que procede del alma, no tiene barreras ni límites, supera todos los obstáculos, permanece. Por eso, cuando él se fue de Nazaret para iniciar su recorrido por el mundo, yo seguí amándole desde la distancia, segura de que a él le pasaba lo mismo. 12

Nunca dudé de su amor, aunque él no contestó a ninguna de las cartas que le escribía, ni vino a buscarme. No volví a verle en años, muchos años… Yo sabía que algo muy grande o muy importante debía de estar SDViQGROH SDUD SURYRFDU DTXHOOD GLVWDQFLD 0L FRQÀDQ]D HQ pO HUD plena, procedía de mi alma. Dudar del amor de Jesús hubiera sido como dudar de mí misma, y eso yo no me lo permitía. En un mundo en el que todos hablaban mal de mí e intentaban convencerme para que cambiara, la certeza de que Jesús me amaba fue como una antorcha en la noche oscura. Pasé mi niñez y gran parte de mi juventud vagando de un lugar a otro, llevada por el miedo de mis padres a que me señalasen con el dedo y, más tarde, a que me lapidaran. Huíamos del qué dirán pero también huíamos de mí, aunque yo era la única que lo veía. A pesar de todo, yo creía en mí con todas mis fuerzas y rogaba a Dios para que, algún día, me librase de aquello. Jesús me había contado que él hablaba con Dios a menudo y que pedirle ayuda era el primer paso para obtenerla. Pero Dios a mí no me hablaba o, tal vez, yo no lo escuchaba. Tuve que aceptar mi sino. Yo era diferente y no quería dejar de serlo. No me gustaba llevar velo, ni cubrir mi cuerpo en los espacios públicos. No me gustaba callar cuando quería hablar, ni guardar silencio cuando el corazón me pedía cantar. Cantar me liberaba, me permitía desahogarme, gritar para soltar el desconsuelo o para recuperar la alegría. Yo no deseaba casarme con el hombre elegido por mi padre, ni obedecerle. Yo deseaba vivir con todo el corazón, disfrutando plenamente de lo que la vida me ofrecía. Yo me sentía libre desde adentro y no podía, ni quería, vivir encadenada a las ideas antiguas que me volvían pequeña e insegura. Pero el mundo en el que yo nací no estaba preparado para mí o, tal vez, yo no estaba preparada para el mundo. Por eso me extralimité muchas veces y fui mancillando mi nombre poco a poco. Lo que al principio era un simple apelativo se convirtió en un despreciativo. 13

Decir María, la de Magdala era llamar a la vergüenza, la deshonra y el escudriño. El rumor corrió de aldea en aldea. Mi presencia causaba juicio. Las miradas se escondían en los pies, allá por donde yo pasaba. Las murmuraciones me perseguían como una estela. Fui tachada de prostituta, aunque mis ojos nunca miraron a otro hombre que no fuera Jesús; aunque mis labios nunca besaron otros labios, ni mi cuerpo conoció el contacto humano, durante los diecisiete años que pasé sin volver a verlo. Cuando regresó a Nazaret y comenzó su vida pública, mi fama ya me cerraba todas las puertas. Por eso dudé mucho antes de acercarme a él.

Le había estado observando mientras hablaba a la gente. Desde OHMRV VLQ TXH pO VH GLHUD FXHQWD GH TXH \R HVWDED DOOt FDPXÁDGD entre la muchedumbre que acudía para escucharle. Algo sucedía adentro, cuando él hablaba. Era una extraña sensación de plenitud y gozo que se iba generando poco a poco, al ritmo de sus palabras. No era que hablase bien, era que conmovía mientras hablaba. No me cabía duda de que su voz abría las ventanas del alma, para que esta pudiera salir al exterior y mostrarse. Sí, el alma respondía a su llamada y gritaba bien fuerte: —¡Sí! ¡Es eso! ¡Es eso! ¡Escúchale! Y todos le escuchaban, mientras cambiaban sus semblantes: de la curiosidad a la calma, de la calma a la alegría. Algunos se emocionaban, otros aplaudían. Nadie quedaba ajeno a su efecto embriagador. Ni siquiera, yo misma, que le conocía bien. Al menos conocía al niño que fue hasta los trece años, cuando abandoné Nazaret y nunca más volvimos a vernos. 14

Ahora le veía transformado, física y emocionalmente. ¿Cómo decirlo? Más curtido, más trabajado. Aunque, a pesar de todo, en su interior seguía siendo un niño, inocente y puro. Al menos, eso era lo que sus ojos transmitían: inocencia y pureza; sinceridad, verdad, ternura… Todo ello envuelto en un cuerpo de hombre, atractivo, exageradamente bello, sin igual. Jesús llamaba la atención por su aspecto físico, no solo porque era más alto que los demás sino porque resultaba un espécimen raro. Eso murmuraban algunas mujeres cuando hablaban de él. No me extraña que lo admiren, pensaba yo, mientras mi corazón se alteraba y me costaba respirar, al escucharle hablar. Me debatía entre la duda de acercarme a él o de dejar que siguiera su camino, porque yo ya no era digna… Suplicaba mentalmente a Dios para que él me reconociese, cuando paseara la mirada entre la gente, en una de aquellas pausas que hacía para observarnos o invitarnos a UHÁH[LRQDU3HURpOQRPHYHtDQRPHUHFRQRFtDQRUHSDUDEDHQ mí, y entonces mi lucha interior se acrecentaba, creyendo que me había olvidado, sintiéndome ridícula por estar allí. Había viajado desde muy lejos hasta Nazaret, llevada por un impulso inconsciente, o consciente tal vez, pero irrefrenable. Cuando oí hablar del Mesías, que había nacido en Nazaret, supe que era él. Mi corazón no tuvo dudas y lo sentí como una señal. Llegaba la hora de emanciparse y volar. Abandonar el nido. Dejar atrás tantos años de lucha interior y exterior. Los míos no me comprendían, no me respetaban y, lo peor de todo, habían intentado cambiarme durante toda mi vida, para que fuera alguien que yo no era ni quería ser. Tampoco podía, ¿por qué negarlo? Muchas veces lo había intentado. Solo había una persona en el mundo que me aceptaba como yo era. Solo uno el que me mostró verdadero amor. Si él había regresado a Nazaret, yo también lo haría. Me arriesgaría a mirarlo de frente y a leer en sus ojos el efecto que el paso de los años había causado en su amor por mí. Fuera lo que fuese, yo tenía que com15

probarlo por mí misma, aunque resultase la última cosa que hiciera en el mundo. Jesús era mi última esperanza de seguir siendo yo misma. Si él también me negaba tendría que claudicar y adaptarme, dejar de oponerme a los consejos de los que intentaban cambiarme y casarme con el hombre que designaran para mí. Aunque, probablemente, a aquellas alturas, no existiese ya ningún candidato… Cuando él se acercó al pozo para refrescarse, yo estaba allí esperándole con un cuenco lleno de agua entre mis manos. Le había observado durante varios días y siempre hacía lo mismo. Al acabar su discurso se acercaba al pozo, bebía un poco de agua y se refrescaba la cara. El calor en Nazaret era intenso y, mientras él hablaba, sudaba mucho. Más adelante supe, según me dijo, que la conexión con Dios y con la gente aumentaba mucho su temperatura corporal. Se acercó a mí sin reconocerme. Cuando faltaba muy poco para que llegara a mi altura, yo me agaché. Desde abajo le ofrecí el agua, sin alzar la vista. —Por favor, levántate —me dijo, tomando el cuenco y llevándoselo a los labios. No pudo acabar el gesto porque, cuando lo miré, sus manos se SDUDURQHQVHFR(QXQLQVWDQWHtQÀPRYLHQVXVRMRVWULVWH]DDOHgría, desesperación, anhelo… Al pronunciar mi nombre, sus ojos se humedecieron. Ahora, no cabía duda, lo que sentía era alivio. Un alivio profundo que llegaba hasta la raíz de su dolor. Un dolor antiguo que tenía que ver con la soledad y conmigo. Yo nunca fui tan perceptiva como él. Nunca desarrollé tanto mis capacidades síquicas, pero siempre tuve una gran intuición para LGHQWLÀFDUODVHPRFLRQHVGHORVGHPiV&RQpOPHUHVXOWDEDPiVIiFLOTXHFRQQDGLH/RTXHYLHQVXVRMRVPHFRQÀUPyORTXHPLFRrazón sabía —aunque, a veces, mi mente lo había dudado—: que él 16

seguía amándome; que me había amado siempre; que se había sentido solo, sin mí, muchas veces. Me necesitaba para sentirse comprendido en esta tierra. Igual que yo. Ambos, mitades perfectas y completas de una misma unidad. Polos opuestos de la misma esencia, pero idénticos en el corazón. Jesús me miró con lágrimas en los ojos, tiró de mi mano y me abrazó, mientras yo daba rienda suelta a todo el sufrimiento que, durante tantos años, había contenido. La frustración emergió de mí para sanarse en aquel abrazo; la tristeza, la incomprensión ante la falta de cordura que, a veces, sentí en el mundo. Lloraba y me sanaba, porque el contacto con él iba directo a mis heridas, para curarlas con amor. Sé que a él le pasó lo mismo, porque después me lo contó. Un reencuentro, un solo abrazo y una inmensa luz emanando de nuestra fusión.

No fue fácil enfrentarse a la reprobación de los hombres que lo acompañaban. Ni tampoco escuchar sus advertencias acerca de mí, ni percibir sus miradas de soslayo e intuir sus murmuraciones. Ninguno de ellos estaba de acuerdo con que Jesús me tocara, pero él OHVSLGLyUHVSHWR\FRQÀDQ]D\GLMRFRVDVSUHFLRVDVVREUH mí. Cosas que yo nunca había escuchado de nadie y que llegaron directas a mi corazón, para continuar sanando mis heridas. Escapamos de la mano hacia el monte, donde tantas veces habíamos jugado juntos, riendo como dos niños que cometen una travesura. Ninguno de los dos sabía qué nos esperaba más allá de aquel momento, pero eso no importaba, porque la felicidad que nos embargaba era tan intensa que apaciguaba todos los temores. En la cima del monte, él me tomó la cara entre sus manos y me besó. El beso más dulce, más anhelado, más bonito de mi vida. 17

Hasta ese momento, solo me había besado él, una única vez, el día antes de que yo me fuera de Nazaret; pero aquel había sido un beso fugaz, inexperto, tembloroso. El de ahora era dulce, seguro, perfecto. Sentí que mis labios se derretían en los suyos y que la fusión de nuestros corazones volvía a producirse, llenando de luz todo el espacio, devolviéndome la esperanza, la alegría y el gozo que tanto me habían faltado. —Siempre te he amado —dijo, y yo me eché a llorar como una niña, sin poder explicarle qué me pasaba. Dichosa y temerosa al mismo tiempo. ¿Cómo íbamos a enfrentar a todos los que renegaban de mí? ¿Por qué había tenido que ensuciarse tanto mi reputación? Ahora yo no era digna de él y no quería mancillar su nombre. Demasiadas personas creían que yo era una mujer de mala vida. Una mujer marcada. El Mesías no podía relacionarse con alguien como yo. Aquellos pensamientos se llevaron de un soplo gran parte de la hilaridad que compartíamos y quebraron, por un instante, nuestra felicidad. —¿Qué tienes? —me dijo, tomando mi barbilla entre sus dedos. El contacto de su piel con la mía me produjo un escalofrío. —Estás temblando —musitó junto a mi oído, abrazándome de nuevo. Sentí su calor, su aroma, el cosquilleo que me producía su barba al rozarme la mejilla, e inspiré profundamente para llenarme de él. Antes de hablar me aparté un poco: —No quiero ser un problema para ti. Iba a protestar, pero yo le tapé suavemente la boca con los dedos y proseguí: 18

—La gente cree que soy una mala mujer. Dicen que soy de esas que todos tocan, pero no es verdad. El único hombre que me ha tocado eres tú. Me juzgan y me condenan por ser como soy y se inventan historias acerca de mí. Esas historias se convierten en murmuraciones y, luego, todos las creen como ciertas. Nadie me conoce de verdad. Nadie más que tú. Sentí su corazón latir, su mente empatizando con mi historia, sus emociones agitándose. —No quiero que eso te perjudique, Jesús. No me lo perdonaría nunca. Ahora, el que tocó mis labios con sus dedos fue él, para indicarme que no siguiera hablando, que no dijese aquello. Luego me besó, otra vez, dulce, cálida, suavemente, hasta que poco a poco, el beso se convirtió en algo más y yo sentí que me faltaba el aire, que mi respiración se agitaba y aumentaba la temperatura de mi cuerpo. Entonces, él se apartó, en seco, y me sonrió, como queriendo borrar el efecto de lo que acababa de pasar. —Será mejor que regresemos —dijo. —Pero, yo… —María —me interrumpió, tendiéndome la mano para que lo acompañara—, sin ti no voy a seguir. Estamos juntos en esto. Su preciosa sonrisa me animó a entregarle la mano que me pedía. ¿Quién hubiera podido negarle algo a Jesús?

En el campamento, Jesús me presentó a aquellos hombres que me miraban con cara de pocos amigos. Especialmente uno, 19

el que más se parecía a él. Fue extraño para mí encontrarme ante su doble, una réplica exacta de Jesús, aunque un poco más bajo y con menos luz. De cerca era evidente que no tenían nada que ver, sobre todo a nivel energético, porque Jesús emanaba honestidad, dulzura, carisma… El otro mostraba cierto aire de grandeza. ¿Cómo decirlo? En posesión de la razón. Parecía airado, molesto por algo. Yo creía que era por mí, por haber aparecido de repente en sus vidas y acaparar tanto la atención de Jesús, pero con el tiempo me di cuenta de que había algo más. Fueron muchas las miradas de soslayo que capté de él hacia Jesús, cuando este último no se daba cuenta. Aquel hombre se llamaba Judas y era hermano de Jesús, hermano de padre. Me lo dijo él mismo, cuando nos quedamos a solas el primer día de mi llegada, después de presentármelos a todos y de que ellos se fueran a dormir. Estábamos junto a los rescoldos del fuego, disfrutando de la paz de aquella noche y postergando el momento de irnos a descansar. ¿Cómo iba a ser aquello? Dormir juntos, bajo el cielo estrellado y rodeados de doce hombres que, probablemente, iban a estar pendientes de nosotros. Creo que a los dos nos avergonzaba un poco aquel momento y, por eso, íbamos dejando que transcurriera el tiempo. —Judas es mi hermano —dijo Jesús, echando una pequeña rama al fuego. —¿Tu hermano? —creí que era Juan. —Sí, Juan, también. Juan es hijo de mi madre, ya lo sabes. Judas es hijo de mi padre —hizo una pausa, antes de añadir—: del verdadero. Yo sabía que Jesús tenía dos hermanos más, además de Elisa y de Juan, los hijos que había tenido su madre con José, pero me 20

sorprendió muchísimo que hubiera llegado a conocerlos y, aún más, que uno de ellos estuviera allí, con él. —Ahora entiendo el parecido —murmuré, absorta en la lluvia de preguntas que yo misma me formulaba. ¢&yPROHKDEtDFRQRFLGR"¢6HKDEUtDHQFRQWUDGRDOÀQFRQ su auténtico padre? Era algo que él siempre había anhelado, al menos durante gran parte de su infancia. Conocer a su padre, tenerlo frente a frente y preguntarle por qué le había negado. —Conocí a Judas junto al río, la última vez que estuve aquí, hace trece años. Es una historia muy larga. Él no quería presentarme a su padre, a nuestro padre… De todos modos, eso ya no LPSRUWD $O ÀQ OR FRQRFt \ ¢VDEHV" GLMR TXH QR WHQtD VHQWLGR que nos encontrásemos, que siguiera mi camino, porque él ya tenía una familia, en la que yo no estaba incluido. Su dolor me dolió. Aunque quisiera disimularlo era evidente que aquello le afectaba. —Qué crueldad… Jesús suspiró, mirando hacia la nada. —Bueno, en el fondo creo que a él también le dolió. A veces, las personas hacen cosas incomprensibles. Mi padre tomó una decisión hace mucho tiempo y quiere mantenerla. Yo, simplemente, debo aceptar que las cosas son así. Pero no hablemos de eso. Hoy, la vida me ha hecho un regalo inmenso, el mejor regalo: tú. Sonriendo ampliamente me atrajo hacia sí, para abrazarme otra vez. —¿Sabes, María? Junto a ti me siento más fuerte aún, con más ganas de comerme el mundo. ¿Lo entiendes? 21

Claro que lo entendía, porque a mí me sucedía lo mismo. Cada minuto que pasaba, yo iba recuperando la entereza, la conÀDQ]D\ODVHJXULGDGHQPtPLVPDODVTXHWDQWRVHKDEtDQWDPbaleado últimamente en mi vida. —No me malinterpretes —aclaró—. No quiero decir que no me sienta fuerte, créeme, ha sido un largo aprendizaje durante todos estos años. Lo que digo es que, con tu regreso, todo se recoloca, se pone en su sitio, y yo me siento más completo aún. ¿Lo entiendes? —Sí —contesté, riendo. —Es algo muy parecido a lo que me sucede cuando hablo con Dios y él me ayuda a comprender las cosas. Entonces puedo conectar de nuevo con mi alma. Me encantó aquella comparación. —¿Quieres decir que yo te ayudo a conectar con tu alma? —le pregunté, coqueta. Él sonrió otra vez y negó con la cabeza. —No —dijo—. Tú eres parte de mi alma, y mi alma se alegra de volver a encontrarte, porque junto a ti se siente en casa. ¿Puede alguien escuchar algo más bonito? ¿Puede alguien permanecer impasible ante una persona así? Yo sabía que lo que decía era cierto, porque en mi interior sentía lo mismo: una inmensa paz, un gran alivio, como llegar al hogar después de un largo y duro viaje. Jesús era mi hogar, así lo sentía, aunque nos hubiéramos pasado diecisiete años sin vernos, aunque los dos hubiéramos cambiado. Pero era solo un cambio externo. Nuestras almas seguían siendo las mismas, y ellas se conocían desde el principio de la eternidad. 22

—Tú y yo somos hermanos de luz, gemelos de alma —dijo, acariciándome la cara con el dorso de la mano—. Dios nos ha reunido para que nos ayudemos mutuamente. Tú ya me has ayudado inmensamente con tu presencia, María. ¿Cómo puedo ayudarte yo a ti? Los ojos se me llenaron de lágrimas. ¿Qué podía responder? Un solo día y ya me había rescatado del horror, de una vida sin sentido, basada en la mentira que otros proyectaban sobre mí. Jesús había llegado y, con su mirada llena de amor, me había sacado de las profundidades de mi abismo, para decirle al mundo: ¡Eh! Esta es la mujer que amo. Que nadie se atreva a hacerle daño. Más allá de lo que pudiera pensar la gente, aquel gesto me abría de par en par el corazón. Si ante sus ojos yo era eso, ¿qué me importaba lo que creyeran los demás? Si él estaba dispuesto a amarme, a pesar de todo, el resto de mi historia perdía importancia y yo la dejaría atrás. Un solo día y yo volvía a ser la niña feliz e impulsiva que siempre fui. —Ya lo has hecho. ¿No lo ves? Vuelvo a ser yo. La brisa de la noche nos acarició, mientras nos besábamos otra vez. —Será mejor que nos vayamos a dormir —dijo él, nuevamente frenando lo que empezaba a surgir. Cogidos de la mano nos acurrucamos, cada uno en su jubón, el uno frente al otro, mirándonos a los ojos, hasta que el sueño nos venció.

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Vivir aquella experiencia junto a Jesús y a los hombres que lo

acompañaban resultó ser lo mejor que me había pasado en la vida, hasta ese momento. No solo aprendí, también disfruté, aunque para llegar a eso tuvieron que pasar unas cuantas cosas. La primera fue mi incorporación al grupo. De repente, una mujer. Entre todos aquellos hombres orgullosos de sí mismos, en una sociedad en la que las mujeres éramos complementos, y no seres humanos completos. En el mundo en el que yo crecí, ser mujer era como nacer en segunda clase. Por eso, ellos no entendieron que Jesús me tratara como a una igual y, mucho menos, que se quedara tan prendado de mí. Creo que, cuando yo llegué, dejaron de admirarlo un poco. Algunos corrillos se formaron a sus espaldas para hablar de mí y del modo en que yo le había hechizado. Percibí que me llamaban bruja, intrusa, entrometida y unos cuantos apelativos más. Hasta que Jesús se subió a aquella piedra y les pidió atención. Mientras les hablaba acerca de mí y de lo que sentía a mi lado, volví a emocionarme. Dijo tantas cosas bellas… Fue tan hermoso su discurso que sentí que me enamoraba aún más de él, si es que eso era posible. Él les animó a que me vieran como a una igual, no como a alguien inferior. Dijo que debíamos ser el ejemplo vivo de la igualdad entre hombres y mujeres, que teníamos que expandir también ese mensaje por el mundo, porque no era cierto que fuésemos seres inferiores sin criterio. Las mujeres éramos tan válidas como los hombres y ambos, en unidad, podríamos cambiar las cosas, lograr que fuera el amor, y no la lucha, la dinámica que 25

moviera nuestra sociedad. Les invitó a que trajeran a sus mujeres y a todas las personas que considerasen importantes, porque estaba seguro de que, con ellas, les resultaría mucho más fácil y grato cumplir su labor. —Un hombre feliz es un hombre que emite satisfacción —les dijo—, y esa es la mejor ayuda que se puede aportar a los demás y al mundo. $TXHOORIXHORTXHÀQDOPHQWHORVFRQYHQFLySDUDTXHGHMDUDQ de oponerse a mí: la posibilidad de traer a sus familias al grupo, para compartir con ellas la experiencia. Así que no nos menosprecian tanto, pensé yo mientras sonreía, al escuchar sus aplausos. Seremos inferiores en sus mentes, pero están deseando estar junto a nosotras… 0iVWDUGHVHORFRPHQWpD-HV~V\pOORFRQÀUPy —Los hombres hablan mucho de mujeres —dijo—. Hablan de vosotras todo el rato, cuando no están pensando en luchar o en oponerse al que consideran su contrario. Hace falta más energía femenina en esta tierra. Debe recuperarse el equilibrio que se perdió. He visitado lugares en los que la mujer es venerada e, incluso, obedecida. Pero, créeme, eso tampoco es la solución. Los hombres no pueden ser ellos mismos en esas circunstancias. Cada uno debe ser lo que realmente es, respetando la esencia de su cuerpo y de su alma, logrando la unidad en el interior, para manifestarla en el exterior. La sociedad ideal es aquella en la que hombres y mujeres se respetan mutuamente y se permiten ser ellos mismos. Él era así. A veces se enfrascaba en discursos improvisados llenos de pasión, aunque estuviera hablándome solo a mí. Yo le contemplaba, admirándome de la fuerza que emanaba de él, de su energía masculina en acción —voluntad, coraje, movimiento—, HQSHUIHFWRHTXLOLEULRFRQVXSDUWHIHPHQLQDTXHÁXtDGHPDQHUD 26

natural y fácil. Jesús era tremendamente sensible y amoroso y estaba dotado con una gran capacidad empática, para comprender a los demás. Eso le llevaba a hallar soluciones, sin esfuerzo, a los problemas más inverosímiles que la gente le planteaba; y a quitarle importancia a cosas que a los demás nos costaba mucho superar. —No creas que nací con esto —me decía, cuando yo se lo indicaba—. He tenido que aprenderlo a costa de algunos disgustos. 3HURDOÀQDOWHGDVFXHQWDGHTXHQRPHUHFHODSHQDHQIDGDUVH tanto. Es mejor intentar comprender al otro, desde el principio. Si WRGRVORKLFLpUDPRVQRVDKRUUDUtDPRVPXFKRVFRQÁLFWRV Cuando decía esas cosas, a veces, yo me sentía muy pequeña junto a él. Aún me faltaba tanto que aprender… En el tiempo en que estuvimos separados, él había viajado por el mundo, visitando lugares muy diversos y lejanos, conociendo otras culturas, otras personas, otras religiones que, a veces, le confundían. Por suerte, Dios siempre acudía para ayudarle a comprender. Creo que aquella comunicación constante con Dios ayudó a Jesús a mantener el recuerdo de su origen y, también, a aprender muchísimo de la experiencia humana, como la llamaba él. Además le ayudó a mantener el rumbo, directo a su misión de vida, el propósito que lo trajo aquí. Primero dijeron que era el Mesías. Luego dijeron que era Dios. Pero Jesús era un hombre como los demás, un ser humano de carne y hueso, consciente de su origen y entregado a su labor. Eso le hacía especial, en un mundo en el que todos vivíamos de espaldas a nuestra divinidad.

V iajar a su lado fue una de las experiencias más increíbles de mi vida. Cada día representaba una sorpresa; cada minuto, 27

un reto. Al menos, al principio, mientras me adaptaba a la convivencia con aquellos hombres desconocidos, algunos de ellos aún disgustados por lo que llamaban mi LQÁXHQFLDVREUH-HV~V. Dormíamos a la intemperie, comíamos de la misma olla, pasábamos juntos casi todo el día. Aunque Jesús les había dicho que sus mujeres podían acompañarnos tardaron bastante en permitir que ellas formaran parte de aquella aventura. Algunos no las trajeron nunca. Yo era el bicho raro para ellos. Lo leía en sus miradas cuando hablaban de mí. ³1R WH DÁLMDV 0DUtD ³GHFtD -HV~V FXDQGR PH GHVFXEUtD D solas, apagándome en un rincón—. Pronto te aceptarán del todo, porque comprenderán lo hermosa que eres por dentro también. Acabarán alegrándose de tu presencia en el grupo. Pero a ellos les costaba, educados durante toda una vida mirando a las mujeres como a seres inferiores, considerándonos ajenas a sus asuntos. Las mujeres éramos personas carentes de inteligencia y HVWiEDPRVGHVWLQDGDVDXQRVÀQHVTXHVLHPSUHWHQtDQTXHYHUFRQ ayudarles a ellos en sus cosas: alimentarlos, lavarles la ropa, limpiar la casa, recibirlos en la cama… Teníamos que hacer todo eso con devoción y con alegría, siendo humildes y efectivas, sin destacar demasiado y, por supuesto, sin mostrar oposición de ningún tipo a lo que ellos imponían. Obedeciendo. Obedeciendo siempre. Siendo sumisas y abnegadas. Esa era nuestra función y, si no la cumplíamos, caíamos en deshonra y podíamos ser repudiadas. Yo llevaba toda mi vida incumpliendo aquellas normas. Me había ganado a pulso mi reputación. Comprendía perfectamente que a ellos les costara aceptarme y, mucho más, tratarme con cariño y respeto, como les pedía Jesús a menudo. —Déjalos. No pasa nada —le decía yo, pero él se enfadaba, y VXHQIDGRPHOOHQDEDGHDPRUSRUTXHSRUÀQDOJXLHQTXHUtDSURtegerme y cuidar de mí. 28

Lo peor era el talante de Judas. Yo solía observarlo desde lejos, mientras él se encargaba de atender a las personas que se acercaban a Jesús para tocarlo, estar cerca de él o consultarle algo. Muchos de ellos confundían a Judas con Jesús. A algunos ni siquiera les sacaba de su error, sino que se regodeaba un poco en permitir que creyeran que era él y, a veces, hasta les aconsejaba cosas. Desde la distancia era difícil entender bien lo que les decía, pero estoy segura de que Judas disfrutaba haciendo aquello, porque se le notaba en el gesto, en la forma de moverse y en el talante ufano que mostraba. Me abstuve muchas veces de contárselo a Jesús, porque sé que a él no le gustaba en absoluto el engaño, y aquel era un engaño doble: de Judas hacia la gente que se le aproximaba y de Judas hacia Jesús. Él se lo había advertido: que no era necesario, que prefería atenderlos personalmente, para no fomentar aquella confusión. 3HUR-XGDVVHMXVWLÀFDEDGLFLHQGRTXHHUDQGHPDVLDGRVTXH-HV~V quedaba agotado después de cada exposición pública y necesitaba descansar. No era verdad. Jesús renacía cada vez que hablaba a la gente. Era tan grande su entusiasmo que algunas noches hasta le costaba dormir. Entonces mirábamos juntos las estrellas, ambos enroscados en nuestros jubones acercándonos cada vez un poco más, pero sin llegar a tocarnos, porque sabíamos que si lo hacíamos ya no podríamos parar, y estábamos rodeados de hombres que roncaban y a los que guardábamos respeto. Ya llegará nuestro momento, pensaba yo, cuando mi anhelo se exaltaba y tenía que reprimirme para no acercarme más. Comprendía perfectamente que Jesús me respetara y, aunque me encantaba su delicadeza hacia mí, la rebelde que yo llevaba dentro se inquietaba. Quería saltarse otra vez todos los convencionalismos, recuperar el tiempo perdido, entregarse plenamente a la vida y disfrutar… Sin duda, aquel fue un gran reto de templanza para mí. Tres años durmiendo junto a Jesús, a la intemperie o bajo el techo 29

que a veces nos proporcionaban, con el único contacto de su mano en mi mano, o de su beso en mis labios, antes de dormir. Creo que fue así como compensé todos los disgustos que les había dado a mis padres, oponiéndome siempre a lo que ellos esperaban de mí. 7UHVDxRVVLHQGRXQDFKLFDEXHQDSRUÀQ/DYLGDVHFREUó mi deuda y yo aprendí a contenerme desde la aceptación, sin resignarme, comprendiendo que aquello era lo que debía hacer, a pesar de que, si él me hubiera dejado, habría hecho todo lo contrario. Le habría tomado de la mano, le habría dicho: Jesús, vámonos al monte, como la primera vez, apartémonos un rato de todo esto, y vivamos plenamente nuestro amor. Ya no somos niños y yo me siento tu mujer. Sé que a ti te pasa lo mismo, Jesús, vámonos. Desaparezcamos un rato. A nadie le importará. Pero nunca se lo dije, porque él era un ejemplo vivo de cordura, templanza y amor. Él había aprendido a dominar sus emociones y estaba realizando una inmensa labor, entregado completamente a su propósito de difundir el mensaje que Dios le encomendó. Ayudando a la gente sin parar, hasta el cansancio, cuidando de los demás, atendiéndolos a todos. Siempre tenía un momento para el que lo necesitaba. Siempre encontraba el modo de solucionar cualquier entuerto o de consolar al que sufría o de calmar al que se enfadaba. Jesús encontraba las soluciones y las respuestas en su interior, porque estaba conectado con su corazón todo el tiempo, y cuando las fuerzas le fallaban o algo le dolía, se retiraba para hablar con Dios. Invariablemente regresaba renovado, tranquilo, incluso feliz; comprendiendo la situación desde otra perspectiva; dispuesto a resolver desde el amor. Yo admiraba aquella conexión con Dios, y se lo decía, pero él le restaba importancia, asegurándome que era algo natural. Algo que todos podíamos tener, si lo deseábamos de verdad y nos abríamos a la posibilidad de que Dios nos hablase. —Pruébalo —me decía—. Es más fácil de lo que crees. 30

Pero a mí me costaba escuchar a Dios, y me enredaba con mis pensamientos de impaciencia o de derrota, cuando pasaba el tiempo y no llegaba ninguna comunicación. —Venga, María —decía él—. Solo tienes que respirar y relajarte. A Dios no le cuesta nada hablarte. De hecho, lo está haciendo ya. —¿Ah, sí? ¿Y qué me dice? Él sonreía y suspiraba. —¡Se supone que intentas escucharlo tú! ¿No?
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