MAGGI ALBERTO_CÓMO LEER EL EVANGELIO Y NO PERDER LA FE II_GALERÍA DE PERSONAJES DEL EVANGELIO..pdf

August 19, 2017 | Author: Jorge Arévalo | Category: Faith, Priest, Mary, Mother Of Jesus, Gospels, Bible
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GALERÍA DE PERSONAJES DEL EVANGELIO Cómo leer el evangelio... y no perder la fe j ! n i M ■;

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EN TORNO AL NUEVO TESTAMENTO Serie dirigida por JESÚS PELÁEZ

V o l ú m e n e s P u b l ic a d o s :

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Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I. Juan Mateos - Femando Camacho: El horizonte hum ano. La pro­ puesta de Jesús. Jesús Peláez: La otra lectura de los evangelios, II. Ciclo C. Juan Mateos - Fernando Camacho: Evangelio, figuras y símbolos. José Luis Sicre - José María Castillo - Juan Antonio Estrada: La Iglesia y los Profetas. Alberto Maggi: Nuestra Sefiora de los Herejes. Rafael J. García Avilés: Llamados a ser libres. “Seréis dichosos". Ciclo B. Juan Mateos: La utopía de Jesús. Rafael J. García Avilés: Llamados a ser Libres. “No la ley, sino el hom bre”. Ciclo 13. Jack Dean Kingsbury: Conflicto en Marcos. Jesús, autoridades, discí­ pulos. Josep Rius-Camps: El Éxodo del Hombre Libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas. Carlos Bravo: Galilea año 30. Para leer el Evangelio de Marcos. Rafael J. García Avilés: Llamados a ser libres. “Para que seáis hijos”. Ciclo C. Manuel Alcalá: El evangelio copto de Felipe. Jack Dean Kingsbury: Conflicto en Lucas. Jesús, autoridades, discípu­ los. Howard Clark Kee: ¿Qué podem os saber sobre Jesús? Franz Alt: Jesús, el prim er hom bre nuevo. Antonio Pinero y Dimas Fernández-Galiano (eds.): Los Manuscritos del M ar Muerto. Balance de hallazgos y de cuarenta años de estu­ dios. Eduardo Arens: Asia M enor en tiempos de L3ablo, Lucas y Juan. As­ pectos sociales y económ icos para la com prensión del Nuevo Testa­ mento. John Riches: El m undo de Jesús. El judaismo del siglo I, en crisis. Allx.*rto Maggi: Cómo leer el Evangelio. .. y no perder la fe. Alberto Maggi: Galería de personajes del Evangelio. Cómo leer el evan­ gelio... y no perder la fe. II.

ALBERTO MAGGI

GALERÍA DE PERSONAJES DEL EVANGELIO Cómo leer el Evangelio... y no perder la fe II

$ EDICIONES EL ALMENDRO CÓ RDO BA

Traducción castellana de Jesús Feláez de la obra de Alberto Maggi, Le cipolle di Marta. Profili euangelici, Cittadella Editrice, Asís 2000. Esta obra ha sido publicada con la ayuda de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Educación y Cultura.

Editor: J esús P el Ae z Impresor: M a n u e l H u e s o

© Copyright by Alberto Maggi EDICIONES EL ALMENDRO El almendro, 6, bajo Aptdo. 5.066 14006 Córdoba Teléfonos: 957 274 692 / 082 Fax: 957 274 692 E-mail: ediciones®ela 1m endro.org Página web: www.elalmendro.org www.biblioandalucia.com ISBN: 84-8005-056-X Depósito legal: MA-1.079-2003 Prlnted in Spain. Impreso en España Imagraf Impresores. C/Nabucco. Pol. Ind. Alameda. Málaga

CONTENIDO

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SIGLAS BÍBLICAS

Abel Ag Am Ap Bar Cant Col 1 Cor 2 Cor 1 Cr 2 Cr Dn Dt Ecl Eclo Ef Esd Est Éx Ez Flm Flp Gal Gn Hab

Abdías Ageo Amos Apocalipsis Baruc Cantar de los Cant. Colosenses Ia Corintios 2a Corintios 1° Crónicas 2o Crónicas Daniel Deuteronomio Eclesiastés Eclesiástico Efesios Esdras Ester Éxodo Ezequiel Filemón Filipenses Gálatas Génesis Habacuc

Hch Heb Is Jds jdt J1 Jn 1 Jn 2 Jn 3 Jn Job Hab Jos Jr Jue Lam Le Lv 1 Mac 2 Mac Mal Me Miq Mt Nah

Hechos Flebreos Isaías Judas Judit Joel Juan Ia Juan 2a Juan 3a Juan Job Flabacuc Josué Jeremías Jueces Lamentaciones Lucas Levítico 1° Macabeos 2o Macabeos Malaquías Marcos Miqueas Mateo Nahún

10 Neh Nm Os 1 Pe 2 Pe Prov 1 Re 2 Re Rom Rut Sab Sal

Galería de personajes clel Evangelio Nehemías Números Oseas Ia Pedro 2a Pedro Proverbios 1° Reyes 2o Reyes Romanos Rut Sabiduría Salmos

Sant 1 Sm 2 Sm Sof 1 Tes 2 Tes 1 Tim 2 Tim Tit Tob Zac

Santiago 1° Samuel 2o Samuel Sofonías Ia Tesalonicenses 2a Tesalonicenses Ia Timoteo 2a Timoteo Tito Tobías Zacarías

Abreviaturas de los tratados del Talmud

M Y B B.B. B.M. B.Q. Ber. Kel. Mekh. Éx. P. Ab.. Pea. Pes. Qid. Sanh. Shab.

Misná Talmud de Jerusalén Talmud de Babilonia Baba Batra (daños) Baba Mezia (daños) Baba qamma (daños) Berakot (bendiciones) Kelim (cosas impuras) Mekhilta sobre el Éxodo Pirqe Aboth (sentencias de dotes) Pea (límites) Pesahim (pascua) Qiddushim (matrimonio) Sanhedrin (tribunales) Shabbat (sábado)

Siglas Fuentes antiguas Anales Antigüedades Ap. Baruc Doc. Dam Ev. Flp. Frg. copt. Guerra Hch. Tomás Henoc Hist. Eccl. Legat. Lib. Int. Heb Sal. Salom. Ps. Clem. Test. Leví

Anales Antigüedades judías. Apocalipsis Siríaco de Bamc Documento de Damasco Evangelio de Felipe Fragmentos de textos coptos Guerra judía Hechos de Tomas Libro de Henoc Historia eclesiástica De legatione ad Caium Líber interpretationis Hebraiconim Nominum Salmos de Salomón Homilías Pseudo Clementinas Testamento de Leví

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PRESENTACIÓN de A driana Zarri

Alberto Maggi es el Director del Centro de Estudios Bí­ blicos «Giovanni Vanucci», gran estudioso y -místico», casi desconocido, por desgracia, a los que no frecuentan los es­ tudios teológicos. He escrito místico entre comillas para marcar las distancias del aura de excepcionalidad milagrera de la que la escuela mística española tiene no poca responsa­ bilidad. Con Vanucci y Maggi no nos encontram os en el ambiente carmelitano (y de sus múltiples méritos y algún que otro defecto), sino en el de los Siervos de María: una orden de robusta espiritualidad que ha sabido dar al culto mariano una contribución mesurada y no mimosa. Mi amistad con el Padre Maggi nació bajo el signo de nuestro común gran amigo Vanucci con quien tuve una bre­ ve relación, pero de especial intensidad. De ahí nació la idea de este modesto prefacio, inadecuado con relación a la doc­ trina del autor, pero alimentado de profunda y amigable es­ tima. De entrada he de decir que este libro no es el resultado de una simple recogida de artículos periodísticos de su au­ tor, aunque toma su punto de arranque de los artículos que Maggi publicó (y continua publicando) en la revista Rocca. A mí, personalmente, no me gustan las colecciones de artícu­ los materialmente sumados y yuxtapuestos, y no me habría

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prestado a avalar esta operación dem asiado fácil, que pre­ tende hacer de un periodista, un ensayista y escritor, a no ser que este material no se hubiese previamente refundido y elevado a la dimensión superior de libro. Y éste es nuestro caso: Alberto Maggi, ensayista y estudioso, prestado al pe­ riodismo dentro del espíritu del Centro de Estudios que diri­ ge, dedicado a la divulgación, pero con la competencia cien­ tífica que la verdadera divulgación exige: una obra que es, al mismo tiempo, de ciencia y de humildad. No recogida de artículos, sino libro propiam ente dicho, en el que el material de base utilizado ha sido profundam en­ te elaborado y enriquecido con una abundancia de notas que aportan contribuciones históricas tan interesantes como el texto mismo. El resultado es un libro subversivo, con el mismo sentido profundo del término en el que se puede decir que Cristo es revolucionario, muy distante, por cierto, del aura militar que evoca esta palabra; libro subversivo, eversivo y revoluciona­ rio en el sentido de que la salvación no proviene de la regu­ laridad canónica, a través de las vías sagradas de la institu­ ción religiosa, ni del templo, sino más bien de la calle, en la que publicanos, prostitutas y pecadores son invitados por Jesús, descuidado de la impureza legal contraída por fre­ cuentar esta gente considerada infecta, de la que un hebreo observante debía mantenerse a distancia. La descripción exacta y profunda del contexto religioso en el cual Cristo se encon­ tró a la hora de obrar y de... transgredir, hace explotar aque­ lla carga eversiva con una fuerza insospechada por parte de los bravos católicos acostumbrados a una visión edulcorada de un empalagoso Jesús (piénsese en los Sagrados Corazo­ nes: ojos celestes, cabelleras rubias...) que tiene bien pocos puntos de contacto con la realidad somática, sociológica y

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teológica del verdadero Jesús, como aprendem os aquí, no sin cierta sorpresa, lo que indica cuánto ha sido ofuscada la realidad y, a veces, trastornada por incrustaciones superpues­ tas, fruto de retóricas seculares. Las páginas dedicadas al comentario del episodio de Marta y María me han llamado especialmente la atención; y con razón se toma en la edición italiana -n o así en la españolael título del libro de este capítulo porque «las cebollas de Marta- (título además muy bello, con cierto halo de misterio que no perjudica y que es una invitación implícita a la lectu­ ra) es uno de los textos más significativos del libro. Acantonada la lectura tradicional -q u e ve en Marta y Ma­ ría los símbolos de la acción y de la contemplación (lectura, por lo demás, rechazada por otros biblistas y autores de es­ piritualidad)-, ironizada la proclamación de Marta como patrona de las amas de casa, Maggi da una versión que podría­ mos llamar «feminista», aquí ciertamente entrecomillada (¡cuán­ tas comillas y cuántas tomas de distancia!) para no confun­ dirla con climas rabiosamente reivindicativos. Mucho más profunda que este estrecho feminismo, mucho más creíble que la falsa dialéctica a la que se ha apuntado antes, Maggi nos da una versión original en la que la lectura feminista se entrelaza con una lectura sociopolítica. Las cebollas son las de Egipto, añoradas por los hebreos en el desierto. Egipto es el país del exilio y de la esclavitud que, sin embargo, no se perciben ya como tales, porque el poder ha conseguido convencer de que ninguna patria es mejor que el exilio; más aún el exilio mismo se ha converti­ do ahora en patria: «un país en el que mana leche y miel» (Nm 16,2-13): expresión que ha connotado siempre la tierra prometida. «La capacidad de persuasión del poder -observa Maggi- había sido tan fuerte hasta el punto de hacer creer a

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los hebreos que la tierra donde éstos habían estado era, en realidad, el país de la libertad, y que ajos y cebollas tenían el mismo sabor que la leche y la miel-. Pasando a las dos hermanas de Betania, Maggi comenta: -María no contempla a Jesús, sino que lo acoge y escucha, deseosa de aprender su mensaje e indiferente a la prohibi­ ción del Talmud que prescribe que «una mujer no tiene que aprender otra cosa que a utilizar el huso» (Yoma 66b). El modo de actuar de María, en una cultura fuertemente mascu­ lina como era aquella oriental, no podía ser tolerado. Corres­ ponde solamente al hombre rendir los honores de casa. La mujer está escondida e invisible. Su lugar está en la cocina entre los hornillos, como hace Marta (...) Marta se cree la reina de la casa, mientras, en realidad, es esclava de su con­ dición. Y aquel creerse reina es la gran victoria del poder: dominar a las personas haciéndoles creer que son libres, haciendo pasar fraudulentamente ajos y cebollas por leche y miel. Marta no tolera la actitud de María que, como un hom ­ bre, se entretiene y escucha a Jesús (...) ¿Qué necesidad tie­ ne de aprender? ¿No enseña el Talmud que es mejor que «las palabras de la Ley sean destruidas por el fuego antes que ser enseñadas a las mujeres?» (Sota B. 19a). El estado de ánimo de María es como «el de los esclavos satisfechos de serlo. Éstos no solo no aspiran a ser libres, sino que espían cual­ quier intento de libertad de los otros para devolverlos a la esclavitud». Así ella intenta atrapar de nuevo a la hermana para la cocina, y añorar las cebollas de la esclavitud trastocadas por alimento de libertad. Para hacer esto pide el auxilio de Cristo que, sin embargo, no piensa de la misma manera y «en lugar de reprochar a María y empujarla al papel al que tradición y decencia han confinado a las mujeres, amonesta a la patrona de la casa: -Marta, Marta, andas preocupada e

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inquieta con tantas cosas: sólo una es necesaria» (Le 10,4142). Ésta es la libertad verdadera y no aquélla que el poder ha impuesto como tal. Jesús está de parte de la mujer, de su emancipación, de su derecho a conocer, en igualdad con el hombre, de su libertad. Se alinea contra el poder machista, aunque esté avalado por una vetusta tradición: aquélla que hace prisionera a Marta, pero no a María, signo de los tiem­ pos nuevos. Su predilección por María no es tanto la elec­ ción de la contemplación, sino la elección de la libertad, la elección del futuro. Nos vienen a la mente otras palabras: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» y que tantas Martas como hay añoren las cebollas de Egipto, el alimento de la esclavitud. Dejando a Marta con sus cebollas, a María con sus sub­ versiones y a todos los personajes presentes en los evange­ lios, con sus historias, temores y esperanzas, sutilmente in­ terpretados por el autor, citemos solamente el inesperado final del libro que termina con un apéndice aparentem ente extraño a todo lo que le precede. Dando un salto de siglos nos encontramos en el año 1.200 junto a Antonio de Padua. ¿Qué tiene que ver Antonio con los personajes del evange­ lio? Antonio, objeto de un culto con frecuencia supersticioso y fanático, se revela aquí como robusto fustigador de los malos hábitos clericales: tal vez una decepción para sus devotos a la caza de milagros, pero una agradable sorpresa para nosotros que conectamos su predicación con la de Cris­ to y con el sentido no tan recóndito del libro, cuyo significa­ do no es la exaltación del temor reverencial, tan inculcado por el poder eclesiástico, sino de la franqueza y la libertad. Con frecuencia he pensado que sería útil y hermosa una antología de la contestación de los santos. De esta deseada antología, Alberto Maggi nos ofrece aquí un capitulo, toma­

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do -¿quién lo diría?- de las homilías de un santo que, tal vez, el mismo poder (si no nuestra propensión por las cebo­ llas de Egipto) nos presenta, como edulcorado, con el acos­ tum brado lirio entre las manos y el Niñito en el brazo.

INTRODUCCIÓN UN DO N SUFRIDO LOS DISCÍPULOS

«La fe es un don de Dios- es la fórmula preferida por las personas que no tienen fe, y si es un don de Dios, depende del Señor la cantidad y la calidad de la fe de los hombres. Si uno no tiene fe, no es el responsable de ello, sino Dios mismo que no le ha dado ese don... Un don normalmente más sufrido que envidiado por quien lo tiene, pues muchos mantienen que tener fe significa de­ ber aceptar resignados los caprichos de la voluntad divina o de quienes se propugnan sus portavoces. Por esto se oye frecuentemente la expresión: «Dichoso tú que tienes (tanta) fe», con lo que se quiere decir en realidad: «yo estoy mucho mejor sin ella». Las incertidumbres y dudas de la fe son el objeto de este libro, en el que se presenta a los personajes evangélicos desde Isabel y Zacarías a María de Magdala y Tomás, reuni­ dos bajo la óptica común de su dificultad para creer en el Dios de Jesús.

HOM BRES DE P O C A FE

A lo largo del evangelio resuena con frecuencia el repro­ che de Jesús a sus discípulos de ser hombres de poca fe, llamada de atención que va dirigida en particular a Pedro, el hombre de poca fe por excelencia (Mt 14,31).

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Si para los discípulos hay solamente reproches en el evan­ gelio, los elogios a la fe de los paganos y de los marginados abundan en él. Paradójicamente, las personas tenidas por más alejadas de Dios y de la religión son aquellas que consiguen dem os­ trar una verdadera fe. Aquellos que viven codo con codo con el Señor carecen de ella. Jesús dice del centurión pagano que «en ningún israelita ha encontrado tanta fe» (Mt 8,10), pero se maravilla por la total ausencia de fe de los fieles de la sinagoga de Nazaret donde «no hizo muchas obras potentes por su falta de fe» (Mt 13,58). Sus mismos discípulos parecen no haber hecho gran­ des progresos si, después de su resurrección, Jesús se ve obligado a «echarles en cara su incredulidad y su terquedad en no creer a los que lo habían visto resucitado» (Me 16,14). Por parte de los discípulos se da una visión de la fe que Jesús intenta corregir. Suponiendo que tener fe depende de la acción del Señor, éstos le piden que se la aumente: «Au­ méntanos la fe» es su súplica. Pero Jesú s no está de acu erd o con esta idea. La fe no d e p e n d e solam ente de Dios, sino tam bién del ho m ­ bre. La fe no es un don de Dios, sino la respuesta de los hombres a su amor incondicional. Por esto, en el evangelio de Lucas, la cruda respuesta de Jesús a la petición de los discípulos de aum entar su fe es la constatación de que éstos no tienen en modo alguno fe: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a esa morera: ‘quítate de ahí y tírate al mar’ y os obedecería» (Le 17,6). Jesús objeta a los discípulos que no se trata de aumentar la fe: el problema es tenerla o no. Y ellos no la tienen ni siquiera del tam año de «un grano de mostaza», semilla

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proverbialmente conocida como «la más pequeña de todas las que hay en la tierra- (Me 4,31). Como prueba de que la fe es la respuesta del hombre al amor de Dios, el evangelista coloca, después de la petición de los discípulos, el episodio de los diez leprosos. Jesús libera de la impureza a los diez leprosos, pero sólo «uno de ellos, viendo que se había curado, se volvió alaban­ do a Dios a grandes voces y se echó a sus pies rostro a tierra, dándole las gracias- (Le 17,15-16). Los diez reciben el amor que los purifica («¿No han que­ dado limpios los diez?», Le 17,17). Uno solo responde, y únicamente en este caso se habla de fe: «Levántate, vete, tu fe te ha salvado- (Le 17,18). La fe del leproso se manifiesta en la alabanza a Dios y en el agradecimiento a Jesús. Una vez más quien demuestra fe es el individuo conside­ rado más alejado del Señor: este leproso de hecho «era un samaritano» (Le 17,16), esto es, uno que pertenecía a aquel pueblo idólatra catalogado entre los «enemigos de Dios» (Sifré Dt 41, § 331, 140a). Pero Jesús acepta y elogia el agradeci­ miento del Samaritano, el hombre del que, según el Talmud «no estaba permitido recibir don alguno» (Sheq. M. 1,5).

LA RED DE MAMMÓN

«Hombre de poca fe» es una expresión judía, con la que se reprocha a quien está tan ansioso del futuro que no es capaz de disfrutar del momento presente: «Quien tiene un pedazo de pan en el cesto y se pregunta: ‘¿Qué comeré ma­ ñana’ es un hombre de poca fe» (Sota 48b). También en los evangelios la «poca fe» es fruto de una preocupación por el futuro que impide apreciar el presente.

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Y la expresión «hombres de poca fe» está siempre relaciona­ da con el ansia constante de los discípulos, que se pregun­ tan: «¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber? o ¿con qué nos vamos a vestir?» (Mt 6,31). Estos discípulos son aquéllos que Jesús llamó e invitó a seguirlo para que fuesen pescadores de hombres («Inmedia­ tamente dejaron las redes y lo siguieron», Mt 4,20). Pero, abandonadas las redes para la pesca que les aseguraba el sustento cotidiano, se han enredado en la red de «Mammón» (Mt 6,24), la inquietud por el futuro que les hace ver en la acumulación de bienes la solución de todos los problemas. El ansia por el mañana hace a los discípulos incapaces de realizar la única cosa para la cual Jesús los había llamado, para ser «pescadores de hombres» (Mt 4,19). Jesús los ha invitado a liberar a las personas («expulsar los espíritus inmundos», Mt 10,1), pero la única vez que ellos encuentran la ocasión de hacerlo resultan impotentes: «¿Por qué razón no pudimos echarlo nosotros? Y él les con­ testó: ‘Os aseguro que si tuvierais fe com o un grano de mos­ taza le diríais a ese monte que se moviera más allá y se movería. Nada os sería imposible’» (Mt 17,19-20). En lugar de trabajar por extender el reinado de Dios, actividad que habría garantizado la abundancia de todas las cosas, los discípulos buscan las cosas y se olvidan del reino: «El agobio de esta vida y la seducción de la riqueza ahogan la Palabra y ésta se queda estéril» (Mt 13,22). Y Jesús, pa­ cientemente, intenta infundir en ellos la confianza plena en un Padre que, si alimenta incluso a los animales considera­ dos insignificantes com o «los pájaros del cielo», o impuros como los «cuervos» (Lv 11,14; Le 12,24), «que ni siembran, ni siegan ni almacenan en graneros» (Mt 6,26), ¡cuánto más se ocupará de aquellos que siembran, siegan y recogen!

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Para hacer com prender mejor a los discípulos la pre­ ocupación del Padre por ellos, Jesús les propone una doble com paración: de un lado Salomón, el rey m egalómano que pasó a la historia por el lujo desenfrenado de su corte y por su palacio revestido de oro, hasta el punto de que en su tiem po «consiguió que en Jerusalén la plata fuera tan co­ rriente com o las piedras y los cedros como los sicóm oros de la Sefela»; por otro, los lirios del campo, las flores más com unes, cuya floración duraba apenas un día. Y, sin em ­ bargo, afirma Jesús que «ni Salomón, en todo su fasto, esta­ ba vestido com o cualquiera de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el cam po y mañana se quem a en el horno, la viste Dios así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?» (Mt 6,28-30). Por estos motivos Jesús invita a los discípulos a «no andar preocupados por el mañana, porque el mañana se preocu­ pará de sí mismo» (Mt 6,34). Jesús les asegura que, como han experim entado en el pasado el amor de Dios, la solicitud del Padre está garantiza­ da también para el futuro, en cualquier circunstancia. Pero sus palabras caen en vacío. Los discípulos siguen sin com prender y, en la primera situación de dificultad, vuelve a aparecer su poca fe. Durante la violenta tempestad en el lago, mientras la bar­ ca en la que Jesús estaba con los discípulos «desaparecía entre las olas» (Mt 8,24), éstos, llenos de pánico, despiertan a Jesús (que, sin embargo, duerme) y gritan: «¡Sálvanos, Señor, que perecemos! Y él les dijo: ¿Por qué sois cobardes? ¡qué poca fe!» (Mt 8,25-26). El evangelista no solo subraya que su grito de auxilio no es expresión de fe, sino que, sin más, la fe está ausente de ellos casi del todo.

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Los discípulos creen tener que despertar a Jesús, pero en realidad la que debía despertarse era su fe en él. Sus falta de fe se debe al poco conocimiento que tienen de Jesús. De hecho, «llenos de estupor» se preguntan luego: «¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen? (Mt 8,27). Incluso siendo discípulos y com partiendo la vida con Je­ sús, no han com prendido todavía que aquél a quien siguen es el «Dios con nosotros» (Mt 1,23). A pesar del severo reproche de Jesús, Pedro hace la mis­ ma petición de auxilio por segunda vez cuando intenta ca­ minar sobre el agua: «Al sentir la fuerza del viento, les entró miedo, em pezó a hundirse y gritó: -¡Sálvame, Señor!. Jesús extendió en seguida la mano, lo agarró y le dijo: - ¿Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» (Mt 14,30-31). Ambas veces la falta de fe se debe al miedo por un suceso que los discípulos viven como especialmente peli­ groso. Jesús ha hecho partícipe a sus discípulos de los dos re­ partos de panes y peces, en los que no sólo «todos comieron hasta quedar saciados « (Mt 14,20; 15,37), sino que quedaron doce cestas llenas de sobras (Mt 16,7). Y Jesús, una vez más, tiene que reprenderlos por su tor­ peza de entendimiento: «¿Por qué os decís entre vosotros, gente de poca fe, que no tenéis pan? ¿No acabáis de enten­ der?, ¿no recordáis los cinco panes de los cinco mil y cuántos cestos recogisteis?, ¿ni los siete panes de los cuatro mil y cuántas espuertas recogisteis? ¿Cómo no entendéis que no hablaba de panes?» (Mt 16,8-11). La fe que Jesús intenta suscitar en los suyos es la que nace de la experiencia de un Dios siempre a favor de los hombres, de un Padre que sabe qué es lo que éstos necesi­ tan, antes aún de que se lo hayan requerido (Mt 6, 8).

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La fe en este Padre no elimina las inevitables dificultades que la vida presenta, sino que da a los hombres una capaci­ dad y una fuerza distinta para afrontarlas y vivirlas: éstos saben que «con los que aman a Dios... él coopera en todo para su bien» (Rom 8,28). Cuando «Dios está a favor nuestro, ¿quién podrá estar en contra? ... ¿Quién podrá privarnos de ese amor del Mesías?... ¿Acaso la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? ... Nada podrá privarnos de ese amor de Dios, presente en el Mesías Jesús, Señor nuestro» (Rom 8,31 35-39).

TAN PIADOSOS, TAN DEVOTOS. PRACTICAMENTE INÚTILES (Le 1,5-25)

ZACARÍAS E ISABEL

La denuncia que Jesús hace del templo de Jerusalén como «cueva de ladrones- (Le 19,46) encuentra estrechos parale­ los en los escritos de la época. Flavio Josefo, historiador contem poráneo de los evange­ listas, describiendo las grandes tensiones dentro del clero, afirma que existía «una mutua enemistad y lucha de clases entre los sumos sacerdotes de una parte y los sacerdotes de Jerusalén, de la otra. Cuando se enfrentaban entre ellos, usa­ ban un lenguaje injurioso y se golpeaban unos a otros con piedras CAntigüedades, 20, 180). Estas disputas se debían a la glotonería de los sumos sacerdotes, que llegaban incluso a robar las pieles de los animales inmolados en el Templo que debían ser repartidas cada tarde entre los sacerdotes (Pes. B. 57a). Su avidez era tal que «no dudaban en mandar a sus siervos a las eras, una vez trillado el grano, y en retirar el diezmo debido a los sacerdotes, con el resultado de que los más nece­ sitados entre éstos morían de hambre» (Antigüedades 20,181). Los hambrientos sacerdotes se resarcían durante su turno de servicio en el Templo y se hinchaban devorando la carne de los animales sacrificados.

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Galería de personajes del Evangelio

La enorm e ingestión de carne, unida a la prohibición de beber vino durante el periodo de servicio, daba lugar a frecuentes indigestiones hasta el punto de que, en el tem ­ plo, un m édico se encargaba de curar sus dolores de vien­ tre. Nada extraño que en este ambiente fuese difícil encon­ trar manifestación de fe, com o describe Lucas al comienzo de su evangelio.

SA NTO S Y M ALD ITOS

Los primeros personajes que abren el evangelio de Lucas son dos pertenecientes a lo más selecto de las familias sacerdotales de Israel: un sacerdote y su mujer, también ella de estirpe sacerdotal por ser descendiente de Aarón, herm a­ no de Moisés y primo del sumo sacerdote de Israel. Lucas los presenta de forma solemne: «Hubo en tiempos de Herodes, rey del país judío, cierto sacerdote de nombre Zacarías, de la sección de Abías; tenía por mujer a una des­ cendiente de Aarón, que se llamaba Isabel» (Le 1,5). Los nombres que el evangelista escoge para sus persona­ jes están cargados de significado y de historia: Zacarías (del hebreo Zekaryáhíi) significa «Yahvé se acuerda«, y en la Bi­ blia es nombre de reyes, sacerdotes, profetas y mártires; mien­ tras que Isabel (del hebreo Elishába0, «Dios es plenitud» es el nombre de la única Isabel del Antiguo Testamento, la mujer de Aarón. Zacarías es sacerdote. Con una población de cerca de seiscientos mil habitantes, los sacerdotes en Palestina eran aproximadamente dieciocho mil: un sacerdote por cada treinta personas.

Tan piadosos, tan devotos.

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Este elevado número se debe al hecho de que no se llegaba a sacerdote por vocación, sino por nacimiento: el sacerdocio era hereditario y se transmitía de padres a hijos. La pertenencia de Zacarías al clero no le daba demasiado quehacer. Como todos los sacerdotes residía en su aldea, donde desem peñaba un trabajo, ejerciendo en el templo de Jerusalén dos semanas al año y durante las tres fiestas anua­ les de peregrinación (Pascua, Pentecostés y Tabernáculos). Para permitir a todos los sacerdotes oficiar en el Santua­ rio, éstos se sulxlividían en veinticuatro categorías. Zacarías pertenecía a la com prendida entre las diez más importantes. El evangelista subraya el comportamiento religioso de Zacarías e Isabel, cuando dice que -ambos eran justos delante de Dios, pues procedían sin falta según todos los mandamientos y preceptos del Señor» (Le 1,6). Zacarías e Isabel son modelos de santidad: no sólo perte­ necen a la aristocracia sacerdotal, sino que en la práctica coti­ diana de la religión son insuperables, pues no se limitan a cumplir todo lo que la Ley manda a los hebreos, sino que observan incluso los seiscientos trece preceptos que los rabi­ nos habían encontrado en la legislación de Moisés. Por esto se definen como «justos», esto es, fieles a la voluntad de Dios. Imposible no admirar a una familia de esta clase, que, sin lugar a dudas, será bendecida por Dios. ¿Bendecida? No. Maldita. Después de haber presentado lo mejor de la religiosidad judía, mientras el lector comienza a admirar a esta pareja, Lucas afirma que no sólo no es bendecida, sino que, según la mentalidad de la época, es castigada: de hecho «No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y eran ya los dos de edad avanzada» (Le 1,7).

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Galería de personajes del Evangelio

La religión enseñaba que Dios premiaba a los justos, con­ cediéndoles una larga vida, mujer fértil y abundancia de hi­ jos. Al contrario, los malvados eran castigados con una vida breve, miseria y mujer estéril. La esterilidad no era considerada, por cierto, un hecho fisiológico, sino religioso que caía de lleno entre las maldi­ ciones de Dios: -La estirpe de los impíos es estéril» (Job 15,34). El evangelista denuncia que Isabel y Zacarías, no obstan­ te su fidelidad a las prescripciones más pequeñas, son inca­ paces de practicar el primer gran mandato que Dios había dado a los hombres: -Creced y multiplicaos» (Gn 2,28).

SACERDOTE Y S O R D O M U D O

A esta pareja, tan piadosa como estéril, se le presenta la ocasión de cambiar su propia situación. De hecho, escribe el evangelista, -mientras Zacarías prestaba su servicio sacerdo­ tal ante Dios en el turno de su sección, le tocó entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso, según la costumbre del sacerdocio» (Le 1,8-9). A Zacarías se le brinda una ocasión única: el que ha sido elegido una vez no puede entrar nunca más en sorteo hasta que todos los sacerdotes de las veinticuatro categorías no hayan sido también sacados a sorteo; nunca ningún sacerdo­ te había ofrecido el incienso dos veces en su vida. Siendo esta misión muy ambicionada, los sacerdotes ha­ cían lo imposible por podérsela adjudicar recurriendo a toda clase de embustes, y se habían dado casos en los que un concurrente había eliminado a otro -clavándole un cuchillo en el corazón- (Tos. Yoma, 1,12).

Tan piadosos, tan devotos.

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El incienso se quem aba en el interior del «Santo- (la parte del templo reservada a los sacerdotes) al despuntar del día y al principio de la tarde. «El sacerdote derramaba el incienso aromático sobre los carbones del altar y la casa entera se llenaba del humo» (Yoma M., 5,1), después se detenía breve­ mente en oración. En este momento solem ne e irrepetible de su vida, en un contexto donde todo es sagrado, «se le apareció a Zacarías el ángel del Señor» (Le 1,11), que le anuncia que su oración ha sido escuchada. La escucha favorable no mira tanto al nacimiento de un hijo, que Zacarías e Isabel no esperan ya poder tener, sino a la liberación del pueblo, «la salvación de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian» (Le 1,71). Y este es el motivo por el que «muchos se alegrarían de su nacimiento» (Le 1,14). Al hijo, cuya misión será la de «preparar al Señor un pue­ blo bien dispuesto» (Le 1,17), Zacarías deberá ponerle el nom­ bre de Juan que, en hebreo, significa «Yahvé ha otorgado gracia». Zacarías se desconcierta. Había entrado en el Santuario para llevar a cabo un rito bien concreto, del que todo tipo de novedad estaba ausente y las sorpresas quedaban excluidas. En los textos litúrgicos, que seguía escrupulosamente, no estaba prevista aquella incursión de Dios. Las palabras del ángel contienen novedades que Zacarías no comprende. Una tradición secular enseñaba que al primogénito va­ rón se le imponía el nombre del abuelo o del padre, quien, con su nombre, le transmitía también la tradición y la reli­ giosidad de la familia.

Galería de personajes del Evangelio

Tan piadosos, tan devotos.

¿Por qué poner al hijo que va a nacer un nombre que ninguno de sus parientes lleva? Pero el ángel prosigue con las novedades, anunciando a Zacarías que la misión de Juan será la de «reconciliar a los padres con los hijos» (Le 1,17). ¿Y qué decir de los hijos hacia los padres? El ángel ha citado el fin del libro de Malaquías, en el cual se describe la acción del profeta Elias, enviado por Dios «para reconciliar el corazón de los padres con los hijos», pero ha omitido el anuncio de la conversión del «corazón de los hijos hacia los padres» (Mal 3,24). El sacerdote Zacarías se esfuerza por com prender que ha com enzado una época nueva, en la que los hijos no serán ya obligados a aceptar las tradiciones de los padres, sino que serán los padres quienes deberán cambiar su mentalidad para acoger la novedad traída por los hijos, como el vino nuevo que no puede contenerse en los viejos odres, sino que tiene necesidad de odres nuevos. Es demasiado para el pobre Zacarías que protesta y res­ ponde al ángel que no, que eso no va con él: «Yo soy viejo ya y mi mujer de edad avanzada» (Le 1,18). A las objeciones de Zacarías, el ángel responde: «Yo soy Gabriel» (Le 1,19). Zacarías no se ha dado cuenta de con quien está hablan­ do: «Yo soy» es el nombre que Dios ha revelado a Moisés en el episodio de la zarza ardiente (Éx 3,14), y «Gabriel» en hebreo significa: «Fuerza de Dios». Pero el sacerdote, perfecto observante de todas las leyes y prescripciones del Señor, preparado para hablar a Dios en el rito, una vez que Dios le ha hablado en la vida, no lo cree. Tanta observancia y tanto culto no han sido capaces de darle la fe.

Y, por esto, se queda mudo. Está mudo, porque es sordo. Un sacerdote, que no cree la «buena noticia» traída de parte de Dios, no tiene nada que transmitir al pueblo. Pero, no obstante la imposibilidad de hablar, Zacarías permanece en el Santuario todo el periodo que se le asignó para el servicio litúrgico: a la institución religiosa, un sacerdote mudo no le crea ningún problema. Si el Templo es el lugar de la incredulidad del sacerdote, la casa de Zacarías será el lugar de la fe del profeta. La ocasión se le presenta con el nacimiento del hijo, que los padres «se em peñaban en llamarlo Zacarías, por el nom ­ bre de su padre» (Le 1,59). Pero esto es im pedido por la inesperada intervención de Isabel que, «llena de Espíritu Santo» (Le 1,41), impone que se llame Juan (Le 1,60). De nada valen las protestas escandalizadas de los parien­ tes, pues el nombre es ratificado por el padre Zacarías, ahora descrito como un sordom udo al que de­ ben preguntarle «por señas cómo quería que se llamase» (Le 1,62), escribe su respuesta en una tablilla: «Su nombre es Juan» (Le 1,63). El desconcierto es general: «todos quedaron sorprendi­ dos» (Le 1,63). No se había visto hasta ahora una mujer im poner el nom ­ bre al hijo (esto era derecho de los padres) y, mucho menos, un sacerdote, hombre del culto y del pasado, romper con la tradición. Zacarías, ab an d o n a d o finalm ente el pasado, re c u p e ­ ra la p alabra y profetiza «lleno de Espíritu Santo» (Le 1,67). El sacerdote ha dejado el puesto al profeta.

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Galería de personajes del Evangelio

El hijo que ha nacido no será obligado a entrar en las categorías religiosas paternas, porque ha sido el padre quien ha cambiado y ha acogido la novedad del hijo. Con tal padre y tal madre, los vecinos -llenos de temor», se preguntan alarmados: -¿Qué irá a ser este niño, y por toda la región corrió la noticia de estos hechos» (Le 1,65-66).

CUANDO MAIUA NO SABIA QUE ERA LA VIRGEN (Le 2,8-35)

M A R ÍA

Ya en el siglo IV, algunos Padres de la Iglesia am onesta­ ban a los cristianos para que no se divinizase la figura de María porque ella «era el templo de Dios, y no el Dios del templo» (San Ambrosio, El Espíritu Santo, III, 78-80). No obstante estas advertencias, los predicadores no tu­ vieron freno en el pasado a la hora de alabar y exaltar a la virgen. Abusando de la expresión atribuida a Bernardo de Claraval: «De María no se habla nunca demasiado», a los pre­ dicadores les faltó el pudor de callar. La muchacha de Nazaret, que había proclamado que el Señor «derriba del trono a los poderosos» (Le 1,52), ha llega­ do a ser repetidam ente entronizada y coronada como reina, con coronas de retórica que le han deformado la figura. «La sierva del Señor» (Le 1,38) ha sido llamada «Reina del cielo», atribuyendo a la virgen por excelencia el título que en la Biblia se le dio a la licensiosa Astarté (Ishtar), diosa del amor y de la fertilidad (Jr 7,18). Los innumerables títulos y privilegios, añadidos uno a otro durante siglos, han terminado por sepultar a la madre de Jesús bajo un cúmulo de detritos piadosos que ha impedido ver lo que María era, cuando todavía no sabía que era la Virgen.

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Galería de personajes del Evangelio EL MESÍAS CASTIGA-LOCOS

Los escasos apuntes sobre María contenidos en los evan­ gelios ofrecen el retrato de una mujer bien distinta de la mujer omnisciente que sabe ya lo que debe decir y hacer, pues todo está escrito en el guión preparado para ella por el Padre eterno. En realidad en los evangelios se dice muchas veces que María no comprendía lo que le estaba sucediendo, desorien­ tada por la sacudida que había provocado su hijo Jesús en su vida y en su fe. María había acogido el mensaje de Dios anunciado por el ángel en Nazaret y se había fiado de él («Cúmplase en mí lo que has dicho», Le 1,38). Pero no imaginaba cuánto le iba a costar y qué llevaría consigo creer en aquella palabra. La primera sorpresa se la dan los pastores de Belén cuan­ do nace Jesús. Estos pastores eran considerados los rechazados de la sociedad y tratados como pecadores por excelencia, porque, a fuerza de estar con las bestias, también ellos se habían bestializado. Excluidos del reino de Dios, se creía y se espe­ raba, que serían eliminados con la llegada del Mesías, veni­ do para destruir a los pecadores. Esta gentuza refiere a María y a José «las palabras que le habían dicho acerca de aquel niño», (Le 2,17) cuando «un ángel del Señor» (Le 2,9) les anun­ ció, los primeros, el nacimiento de Jesús. En lugar de decir que había llegado el Mesías justiciero, con la hoz en mano para abatir y quem ar los árboles que no dan fruto, el ángel animó a los pastores («no temáis»), anun­ ciándoles: «Os ha nacido un salvador» (Le 2,10-11). Precisamente para ellos, los pecadores que esperaban el castigo de Dios, se reserva una «gran alegría» (Le 2,10), por­ que el Señor ha venido a salvarlos.

Cuando María no sabía.

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La reacción a estas palabras es de gran desconcierto: «To­ dos los que lo oyeron quedaron sorprendidos de lo que de­ cían los pastores» (Le 2,18). Hay algo que no cuadra. Desde siempre la religión había enseñado que Dios pre­ miaba a los buenos y castigaba a los malos, sobre los que «haría llover ascuas y azufre, y les tocaría en suerte viento huracanado» (Sal 11,6). ¿Qué es esta novedad de que el hijo de Dios sea anuncia­ do com o «el salvador» precisamente de estos pecadores? A María, el ángel le había asegurado que Dios daría a Jesús «el trono de David su padre» (Le 1,32), lo que significa­ ba que no solo reinaría, sino que se comportaría como Da­ vid, el rey enviado por Dios para «dar sentencia contra los pueblos, am ontonar cadáveres y quebrantar cráneos sobre la ancha tierra» (Sal 110,6). ¿Cómo, pues, los pastores aseguran, sin embargo, que «la gloria del Señor los envolvió de claridad» (Le 2,9)? Todos, incluida María, se sorprendieron de esta nove­ dad, que ella, sin embargo, no rechaza: «María, por su parte, conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su in­ terior» (Le 2,19). Pero las sorpresas no han acabado.

COLISIÓN EN EL TEMPLO

A pesar de que el ángel había dicho a María que Jesús «será llamado hijo de Dios» (Le 1,35), ella y José piensan que tienen que hacerlo hijo de Abrahán. Por esto lo circuncidan y lo llevan a Jerusalén «tal como está prescrito en la Ley del Señor» (Le 2,23).

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Y es precisamente en el templo donde tiene lugar un suceso, el primero entre los muchos conflictos entre la Ley y el Espíritu que marcarán la vida de Jesús. María y José van al Templo para cumplir un rito que el Espíritu intenta impedir por ser inútil: consagrar al Señor a quien era ya el consagrado desde el momento de su concepción. Así, «en el momento en que entraban los padres con el niño Jesús para cumplir con él lo que era costumbre según la Ley» (Le 2,27), Simeón, impulsado por el Espíritu, va también al Templo. Era inevitable que entre el profeta «impulsado por el Es­ píritu» (Le 2,27) y los padres observantes que van a cumplir «todo lo que prescribía la Ley del Señor» (Le 2,39) se produ­ jese una colisión: Simeón quita el niño de los brazos de sus padres y pronuncia sobre él palabras que dejan pasmados al padre y a la madre de Jesús que «estaban sorprendidos por lo que se decía del niño» (Le 2,33). El motivo del estupor es que Simeón afirma que Jesús no ha venido sólo para Israel, sino que será «luz para todas las naciones» (Le 2,23). La luz, símbolo de vida, no se limita a iluminar un solo pueblo, sino que se extiende a toda la humanidad, paganos incluidos. Isaías había escrito en otro sentido. Había dicho que la luz del Señor brillaría solamente so­ bre Jerusalén y que los paganos serían sometidos sin ningu­ na alternativa, porque «el pueblo y el rey que no se te som e­ tan, perecerán; las naciones serán arrasadas» (Is 60,12). Ahora, sin embargo, Simeón afirma que no serán los pa­ ganos los que serán arruinados, sino los hebreos, porque Jesús «está puesto para que en Israel unos caigan y otros se levanten» (Le 2,34).

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María no com prende estas palabras pero no hay tiempo ni siquiera para comprenderlas, pues Simeón le dice: «Y a ti, tus anhelos, te los truncará una espada» (Le 2,35). La espada se usa con frecuencia en el Nuevo Testamento como imagen de la incisividad de la palabra del Señor («To­ mad por casco la salvación y por espada la del Espíritu», Ef 6,17; Ap 1,16), que se describe como «viva y enérgica, más tajante que una espada de dos filos, penetra hasta la unión de alma y espíritu, de órganos y médula, juzga sentimientos y pensamientos», Heb 4,12). Será la palabra de Jesús la espada que atravesará el alma y la vida de María; no com prendida, su palabra le causará sufrimiento, invitándola a hacer una elección radical. Y ya las primeras palabras que Jesús pronunciará en el evangelio serán motivo de disgusto e incomprensión para José y María, que comienza a darse cuenta de que, tal vez, las expectativas puestas en este hijo se realizarán de modo bien diferente a como ella pensaba. Cuando por primera vez en el evangelio Jesús abre la boca, es para reprochar a la madre y a su espo­ so, tratándolos de ignorantes. Escribe Lucas que los padres de Jesús partieron de Jeru­ salén (adonde habían ido para la Pascua) olvidando a su hijo: «Mientras ellos se volvían, el joven Jesús se quedó en Jerusalén sin que se enteraran sus padres» (Le 2,43). María no se describe como una madre-clueca, que no fomenta el crecimiento de sus propios hijos, manteniéndolos bien pegados a su falda: tanto ella com o el marido parecen dejar al adolescente Jesús en libertad e independencia. Pero cuando, finalmente preocupados por su ausencia, se ponen a buscarlo «a los tres días lo encontraron en el templo senta­ do en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas» (Le 2,46).

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Si, al verlo, ambos -quedaron impresionados», es sola­ mente la madre la que pregunta a Jesús: «¿Por qué te has portado así con nosotros? ¡Mira con qué angustia te buscába­ mos tu padre y yo!» (Le 2,48). Jesús no solo no acepta el tirón de orejas, sino que pasa a reprochar a sus padres: «¿Por qué me buscábais? ¿No sa­ bíais que yo tengo que estar en lo que es de mi Padre?». Jesús reivindica la completa libertad de acción y recuer­ da a la madre que si José es su marido, no por esto es su padre, como ella había afirmado incautamente («tu padre y yo», Le 2,48). Una vez más subraya el evangelista que -ellos no com­ prendieron lo que les había dicho» (Le 2,50), y la espada, profetizada por Simeón, continúa atravesando el alma de María «para que queden al descubierto las ideas de muchos» (Le 2,35). Las palabras de Jesús, aunque no comprendidas, no son rechazadas por ella que «conservaba todo aquello en la me­ moria» (Le 2,51). Pero estaba todavía por llegar el momento en que la palabra de Jesús traspasaría a la madre para con­ vertirla en discípula.

LA C R U Z DE MARÍA

Todo el pueblo habla de ello: el hijo de María y de José se ha vuelto loco. Jesús en poco tiempo ha conseguido disgustar a todos («De hecho, tampoco su gente le daba su adhesión», Jn 7,5) y a enemistarse con todos. Con su enseñanza, «el hijo del carpintero» (Mt 13,55) ha dem olido la teología de los escribas, que han d en u n ­ ciado rápidam ente a Jesús com o un blasfem o y un hechi-

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cero «poseído por un espíritu inmundo» (Me 3,22) que «ex­ pulsa los dem onios con el poder del jefe de los demonios» (Me 3,22). Jesús, que ha llamado a su seguimiento a la escoria de la sociedad y «come con recaudadores y descreídos» (Me 2,16), ha conseguido, al mismo tiempo, tanto escandalizar a los fariseos c o n serv ad o res com o alarm ar a los d iso lu to s herodianos que ahora, aliados entre sí, se han puesto de acuerdo «para acabar con él» (Me 3,6). Es dem asiado para el clan familiar de Jesús, que viene de Nazaret con un propósito bien determinado: «Al enterarse ^ los suyos se pusieron en camino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio» (Me 3,21). Cuando le dicen a Jesús: «Oye, tu madre y tus hermanos ^ te buscan ahí fuera» (Me 3,32), su respuesta es como la espa­ da de dos filos que penetra hasta lo más profundo del cora- \ \ zón para discernir los sentimientos: «¿quiénes son mi madre i* y mis hermanos? Y paseando la mirada por los que estaban ^ sentados en corro en torno a él, añadió: -Mirad a mi madre ^ y a mis hermanos. Cualquiera que cumpla el designio de 1 Dios, ése es herm ano mío y hermana y madre». Y María debe elegir. \ Comprende que ahora la intimidad con Jesús está garan­ tizada no tanto por el hecho de ser su madre («¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!»), sino por convertirse en su discípula («Mejor: ¡dichosos los que escu­ chan el mensaje de Dios y lo cumplen!», Le 11,27-28). Y María inicia aquella transformación que la llevará de ser madre de Jesús a convertirse en su discípula, siguiéndolo hasta la cruz, donde el evangelista no presenta una madre que sufre por el hijo crucificado, sino la discípula que acepta compartir la suerte del maestro: «Estaba presente junto a la cruz de Jesús su madre...» (Jn 19,25).

UN EXTRAÑO MATRIMONIO (Mt 1,18-25)

JOSÉ Y MARÍA

En el evangelio más antiguo, el de Marcos, José no es nombrado; el evangelio más reciente, el de Juan, le dedica apenas dos citas indirectas (Jesús, hijo de José, el de Nazaret, Jn 1,45; 6,42). Los otros dos evangelistas no dicen ni una palabra de él y los predicadores tienen de esta forma que exaltar con un caudal de palabras el silencio de José. Este personaje del evangelio no es ni siquiera conocido con el único título que los evangelistas le reconocen, el de ser el marido de María, por cuanto muchos traductores insis­ ten en traducir el término griego equivalente a «marido» por «esposo», quizá porque esposo da una idea algo más casta que marido y hace más segura la pureza de la virgen María. En lo que concierne a José como padre de Jesús, los teó­ logos lo han privado también de esta función, atribuyéndole el incomprensible término «putativo», esto es, «aparente». Contra José se han coaligado también los artistas que, por siglos, se han em peñado en representarlo como un viejecito, cuyos ardores juveniles son sólo un vago recuerdo, que mira en torno suyo con la semblanza de quien no se encuentra en modo alguno en la situación que le ha prepa­

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rado el Padre eterno: es marido de una mujer que no es su mujer, y padre de un niño que no es su hijo. Rebajado a ser un esposo sin mujer y un padre sin hijo, José es devotamente nombrado en último término en la frase con la cual se cita la familia de Nazaret, siempre compuesta jerárquicamente, por orden de importancia, por «Jesús, María y José».

T E O L O G ÍA Y G IN E C O L O G ÍA

Los evangelistas no parecen haberse preocupado mucho de este personaje ni siquiera por los datos que podían fácil­ mente ser inventariados: según Mateo, José resulta ser hijo de Jacob (Mt 1,16), mientras que, para Lucas, el padre se llama Eli (Le 3,23). En la lengua hebrea Yóseph (José) significa «Dios añada», nombre de buen augurio con el que se desea que se añadan pronto a la familia otros hijos varones. De lo poco que se concluye de los evangelios, se sabe que José trabaja como carpintero, oficio ejercido también por el hijo, Jesús, que será conocido como «el carpintero» (Me 6,3). El nacimiento de Jesús se narra así por Mateo: «Así nació Jesús el Mesías: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,18). Para com prender lo escrito por Mateo, es necesario re­ montarse a las modalidades de la celebración del matrimo­ nio que, en Israel, tenía lugar en dos etapas. En la primera se celebraban los desposorios en casa de la mujer, al cumplir doce años.

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Esta ceremonia servía para establecer lo que la esposa debía llevar como dote. Al final el esposo pronunciaba la fórmula: «Tú eres mi mujer» y la mujer respondía: «Tú eres mi marido» (Q id. B. 5b). Incluso quedándose cada uno en casa de los padres, desde este mom ento los dos eran ya marido y mujer. Un año des­ pués de los desposorios, tenía lugar la segunda fase del ma­ trimonio, la de las bodas, cuando la mujer, dejada su fa­ milia, era conducida a casa del marido donde comenzaba su vida en común. En este intervalo entre los desposorios y las bodas, María «resultó que esperaba un hijo por obra del Espí­ ritu Santo» (Mt 1,18). La narración de Mateo pertenece a la teología y no a la ginecología. El evangelista no ha metido la nariz entre las sábanas de los esposos, sino que ha querido expresar una profunda ver­ dad de fe. Jesús es presentado com o una nueva creación de la hum anidad y, la acción del Espíritu en María, se rem onta a aquella otra del «Espíritu de Dios que se cernía sobre la faz de las aguas» (G en 1,2) para producir la vida en la creación. Para subrayar su intención teológica, Mateo inicia su evan­ gelio con la genealogía de Jesús partiendo de Abrahán, el cabeza de estirpe del pueblo hebreo, recorriendo toda la historia de Israel en la que destacan nombres de patriarcas como Isaac y Jacob, y de reyes como David y Salomón, hasta llegar a José. Aquí se interrumpe bruscamente la transmisión de todos aquellos valores nacidos con Abrahán, que se han enriqueci­ do, poco a poco, con la historia y la espiritualidad a través de los siglos.

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De hecho, después de haber presentado la generación de padre a hijo («Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró aJudá...»(Mt 1,2), la línea genealógica se trunca llegados a José: «Jacob engendró a José- (Mt 1,16). Según el ritmo de la narración, en la que de manera monótona el verbo «engendrar- se repite una treintena de veces, el lector esperaría la cuadragésima: «José engendró a Jesús». Sin embargo, llegado a José, el evangelista escribe: «José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado el Mesías» (Mt 1,16). Mateo que, a diferencia de Lucas, evita nombrar a José como padre de Jesús (Le 2,33), interrumpiendo inesperada­ mente la línea genealógica pretende excluir a José del naci­ miento de Jesús. Infringiendo la cultura hebrea según la cual es el padre quien engendra al hijo, mientras la madre se limita a darlo a luz, el evangelista presenta una mujer «de la que- fue engen­ drado el hijo, dando a entrever en ella la acción creadora de parte de Dios. La tradición del pueblo de Israel que, com enzando con Abrahán, alcanzó su máximo esplendor con el rey David, se detiene definitivamente en José y no se transmite a Jesús, cuyo padre será Dios mismo: Jesús, incluso descendiendo de Abrahán y de David, no es hijo de Abrahán ni de David, sino «el hijo del Dios vivo» (Mt 16,16).

EGIPTO, TIERRA DE LIBERTAD

Si en el evangelio de Lucas es María el personaje princi­ pal de la anunciación y del nacimiento de Jesús, y la figura

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de José se deja un tanto en la penumbra, en el evangelio de Mateo es José el protagonista de estos acontecimientos. Al hallar a la mujer encinta, «José, su esposo, que era hombre justo y no quería infamarla, decidió repudiarla en secreto» (Mt 1,19). José se presenta com o «un justo», esto es, un fiel obser­ vante de todas las prescripciones de la Ley, como Isabel y Zacarías que «eran justos delante de Dios, pues procedían sin falta según todos los mandamientos y preceptos del Se­ ñor» (Le 1,6). El drama de José nace del hecho de que, precisamente por «justo», la fidelidad a la Ley le im pone denunciar a su mujer infiel. De hecho, la legislación divina decreta que, en caso de traición, la adúltera «sea sacada a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedreen hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa de su padre» (Dt 22,20 23). José se debate entre la observancia de la Ley, que le impone denunciar y hacer lapidar a la mujer infiel, y el amor hacia María, que lo impulsaría a retenerla consigo, no obs­ tante su infidelidad. A José ni le parece bien sacrificar a María exponiéndola a una muerte segura, ni es capaz de elegir la línea del amor, como había hecho Oseas, el profeta que, de su experiencia de un amor más fuerte que la infidelidad de su mujer, había com prendido que Dios quiere «la lealtad, no los sacrificios» (Os 6,6) Así escoge la vía intermedia: repudiar a la mujer en se­ creto. El camino elegido por él se basa en la legislación del repudio, que prescribía: «Si uno se casa con una mujer y

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luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, que le escriba el acta de divorcio, se la entregue y la eche de casa» (Dt 24,1). El leve resquebrajamiento en la observancia radical de la Ley, a favor de un sentimiento de misericordia, es suficiente para que el Señor pueda hacer irrupción en aquellas circuns­ tancias: «Pero apenas tomó esta resolución, se le apareció en sueños el ángel del Señor, que le dijo: -José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte contigo a María, tu mujer, porque la criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás de nombre Jesús» (Mt 1,20-21). José renuncia a sus propósitos y, de hombre observante de la ley, comienza a transformarse en hombre de fe. Dando crédito a este increíble mensaje del ángel del Se­ ñor «se llevó a su mujer a su casa; sin haber tenido relación con él, María dio a luz un hijo y él le puso de nombre Jesús» (Mt 1,24-25). El niño no es llamado, según la costumbre judía, como el padre o el abuelo, y ni siquiera como algún antepasado o pariente de José, sino que, como le ha anunciado el ángel, su nombre será «Jesús» que significa «Yahvé salva». Con esta ruptura de la tradición, el evangelista quiere subrayar una vez más que el hijo no continúa la línea de los padres, iniciada con Abrahán y que llega hasta José, sino que en Jesús se manifiesta una nueva creación. Desde el momento en que José acoge la palabra del Se­ ñor, su existencia se vuelve ajetreada. Poco después del nacimiento de Jesús, «de nuevo el án­ gel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: -Leván­ tate, coge al niño y a su madre, y huye a Egipto; quédate allí hasta nuevo aviso, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13).

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De modo escandalosamente provocativo para los oídos de los judíos, el evangelista presenta la paradoja de su histo­ ria: el pueblo de Israel había huido a Egipto, tierra de escla­ vitud, donde el faraón había decretado la muerte de los hijos de los hebreos y había buscado la libertad en la «tierra pro­ metida» (Bar 2,34). Ahora esta misma tierra se ha convertido en lugar de opresión, de la que hay que huir para librarse de la muerte, decretada por Herodes, de todos los niños de Belén, encontrando refugio en Egipto. En el exilio, la figura de José se consolida. El «justo», a quien la observancia de la Ley le empujaba a elecciones de muerte, una vez que ha acogido la palabra del Señor, se declara decididamente a favor de la vida, arries­ gando la propia vida. Por esto, en su última aparición en el evangelio, el evan­ gelista Mateo lo equipara a Moisés, el salvador del pueblo. Como «Yahvé dijo a Moisés en Madián: Anda, vuelve a Egipto, que han muerto los que intentaban matarte» (Éx 4,19), igualmente, «muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: -Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que intentaban acabar con el niño» (Mt 2,20). Y como «Moisés tomó a su mujer y a sus hijos, los m ontó en asnos y se encaminó a Egipto» (Éx 4,20), así José «cogió al niño y a su madre y entró en Israel» (Mt 2,21).

EL ÚLTIMO PROFETA Qn 1,19-27; Mt 11,2-6)

JUAN BAUTISTA

Cuando Dios interviene en la historia evita cuidadosa­ mente los lugares sagrados y sus presuntos representantes, que se muestran siempre como los más sordos y hostiles a su palabra. El Señor escoge lugares y personas normales, com o es­ cribe con gran ironía el evangelista Lucas, que inserta las elecciones de Dios en un escenario pretendidam ente redun­ dante: «El año quince del gobierno de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, un mensaje divino le llegó a Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto». (Le 3,1-2). Después de haber presentado a los siete grandes de la tierra y haber creado en el lector la expectativa de saber a cuál de estos poderosos se dirigiría el Señor, el evangelista muestra que la palabra de Dios no desciende a los palacios más o menos sagrados del poder, sino al desierto, a Juan. Hijo de un sacerdote, una vez llegado a la edad de veinte años, Juan debería haber ido al sanedrín para que se verifi­ case, mediante un cuidadoso examen, que no tenía ninguno

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de los ciento cuarenta y dos posibles defectos físicos enum e­ rados en el libro del Levítico y fuese consagrado sacerdote, perpetuando así el sacerdocio de su padre Zacarías. Pero Juan no será un hombre del culto como su padre. Consagrado por el Espíritu Santo ya desde el vientre de su madre, él es el profeta que, en abierta contestación con el templo, irá a predicar al desierto la necesidad de un cambio de vida para acoger el inminente reino de Dios El Espíritu santo, oculto en el templo, se manifiesta con fuerza en el desierto, y el efecto de la predicación de Juan es tal que «acudía en masa la gente de Jerusalén, de toda Judea y de la comarca del Jordán» (Mt 3,5), respondiendo a su invitación «a un bautismo en señal de enmienda, para el per­ dón de los pecados» (Me 1,4). Obviamente las autoridades se cuidan bien de creer al «enviado de Dios» (jn 1,6), cuya llamada a la conversión será, sin embargo, acogida por la escoria de la sociedad: «los re­ caudadores y las prostitutas» (Mt 21,32). «Todos los habitantes de Jerusalén» (Me 1,5) com pren­ den que el perdón de los pecados no es concedido por un rito litúrgico en el templo, sino por el cam bio de com porta­ miento, com o había anunciado el profeta Isaías: «Cesad de obrar el mal, aprended a obrar el bien... Aunque vuestros pecados sean com o púrpura, blanquearán com o nieve» (Is 1, 17-18). Y los habitantes de Jerusalén se alejan de su ciudad, ce tro de la institución religiosa, para unirse a Juan en el desier­ to donde, con la inmersión en el río Jordán, expresan públi­ camente el compromiso de un cambio de vida que obtiene para ellos la cancelación de sus pecados. El éxito popular de la predicación del Bautista será, sin embargo, también la causa de su muerte.

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Las autoridades religiosas («el poder de las tinieblas», Le 22,53), siempre listas para percibir las luces del Espíritu y sofocarlas, están alarmadas; desde Jerusalén, los jefes en­ vían, junto con los sacerdotes, a los levitas, que constituían la policía del Templo, para interrogar torpem ente a Juan: «Tú, ¿quién eres?- Qn 1,19). Tranquilizados porque Juan había respondido que no era el Mesías, «algunos de los enviados del grupo fariseo» ponen en tela de juicio entonces su actividad: «Entonces, ¿por qué bautizas, si no eres tú el Mesías ni Elias ni el Profeta?» (Jn 1,24-25). Aunque no es el Mesías, Juan ha suscitado un movimien­ to popular considerado un peligro para la institución religio­ sa, que provee a la eliminación de este antagonista del Tem­ plo, luchando con las armas típicas del poder religioso: el descrédito por parte de la gente y la denuncia a las autorida­ des civiles. La difamación del incóm odo profeta ha sido posible tam­ bién porque la sintonía entre el Bautista y la gente ha durado poco tiem po y, antes de que Herodes le quitase la cabeza, Juan había perdido ya la reputación. Pasado el entusiasmo por el profeta demasiado exigente, la gente considera ya que Juan es un loco que «ni come ni bebe y dicen que tiene un dem onio dentro» (Mt 11,18). Esta calumnia ha hecho pasar a la historia a Juan el Bau­ tista com o el gran asceta que ni come ni bebe. Los evangelistas afirm an claram ente que Juan comía, y que «se alim entaba de saltam ontes y miel silvestre» (Mt 3,4). El Bautista comía lo que el desierto ofrecía, sin las pre­ ocupaciones y los escrúpulos religiosos de Judas, el heroico jefe llamado el «Macabeo» (apodo que significa «martillo»),

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que, retirado al desierto, se «alimentaba solo de hierbas del campo, para no contaminarse» (2 Mac 5,27). La alimentación de Juan no tiene ninguna connotación ascética y mucho menos penitencial, pues representa el ali­ mento habitual de los nómadas palestinenses. Alimentarse de saltamontes era hasta tal punto normal que se aconsejaba en la Biblia: «Podéis comer los siguientes: la langosta en todas sus variedades...», Lv 11,22), y entre las especialidades culinarias de la com unidad monástica de Qumrán estaban también las langostas «puestas en el fuego o en el agua, mientras todavía están vivas» (Doc. Dam. 12,15). La miel de las abejas de la selva era, además, un alimento tan energético que se había convertido en el signo del cuida­ do de Dios por su pueblo: «Los alimentó con la cosecha de sus campos; los crió con miel silvestre, con aceite de rocas de pedernal» (Dt 32,13). Con relación al vestido, hecho «de pelo de camello, con una correa de cuero a la cintura» (Mt 3,4), hay que decir que ésta era la indumentaria clásica de los profetas que, para profetizar, se vestían «el manto de pelo» (Zac 13,4): en parti­ cular, al profeta Elias se le reconoce por el «cinturón de cue­ ro que le ceñía la cintura» (2 Re 1,8).

ISAÍAS C EN SU R AD O

Según Flavio Josefo, la muerte de Juan a m anos de Herodes Antipas no fue causada, como aparece en los evan­ gelios, por el hecho de que el profeta se inmiscuyese en un asunto de cuernos entre hermanos (Me 6,17-29), sino más verosímilmente por el temor, por parte del tetrarca, de una sublevación popular provocada por el Bautista.

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De hecho, cuando el éxito de la predicación de Juan llegó al ápice, «Herodes se alarmó. Su elocuencia tenía sobre la gente efectos tan fuertes que podía llevar a cualquier clase de sedición, porque parecía que la gente quería dejarse guiar por Juan en todo lo que hiciesen. Por esto, Herodes decidió que sería mucho mejor golpearlo anticipadamente, librándose de él antes de que su actividad llevase a una sublevación, que esperar un levantamiento y encontrarse en una situación tan difícil como para arrepentirse de ella. Con ocasión de las sos­ p echas de H erodes, (Ju a n ) fue llevado en ca d en ad o a Maqueronte, y allí fue asesinado» CAntigüedades 18, 118-119). Y es precisamente en la cárcel donde explota la dramáti­ ca crisis del Bautista con relación a aquel Jesús al que, en el momento del bautismo, había reconocido como «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» Qn 1,29). El Dios que Jesús manifiesta con sus acciones y con su mensaje es de hecho diferente al predicado por Juan. Éste, «más que un profeta» (Mt 11,9), es el último de los grandes hombres de Dios que cierran una era, la del Dios que ningu­ no había conocido en verdad, ni siquiera Moisés el gran legislador, o Elias el máximo profeta, porque «a Dios nadie lo ha visto nunca» (Jn 1,18). El único que lo puede revelar plenamente es aquel Jesús de quien el Bautista había dado testimonio públicamente como «el Hijo de Dios» (Jn 1,34). Prosiguiendo una tradición religiosa de la que es el últi­ mo exponente, Juan el Bautista había presentado al Mesías como aquél que vendría a bautizar «con Espíritu Santo y fue­ go» (Mt 3,11): «Espíritu» para comunicar vida a los justos, y «fuego» para destruir, como paja, a los pecadores. Heredero de una religiosidad que espera un pueblo for­ mado en su totalidad por santos («En tu pueblo todos serán

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justos», Is 60,21), Juan se queda desconcertado con el com­ portamiento de un Jesús que afirma «haber venido a llamar más que justos a pecadores». El Bautista había proclamado que «todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego» (Le 3,9). Jesús, en clara referencia al celo destructor de Juan, le responde con la parábola de la higuera estéril. Mientras aquél que ha plantado la higuera le dice: «Córtala. ¿Para qué, ade­ más, va a esquilmar la tierra?» (Le 13,7). Jesús, que no ha venido a destruir, sino a vivificar, le devuelve la vida al árbol, considerado ya completamente estéril («tres años») y pide tener paciencia: «Señor, déjala todavía este año; entretanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol» (Le 13,8). Con Juan se ha cerrado definitivamente una época («Por­ que hasta Juan los profetas todos y la Ley eran profecía», Mt 11,13) pues, con Jesús, Dios no es ya una profecía, sino una realidad visible, en la que no se encuentran actitudes de juicio o condena, sino sólo propuestas de plenitud de vida y un amor extendido incluso hacia quien no lo merece. En lugar de juzgar a los hombres por su conducta, Jesús anuncia que el amor del Padre se extiende a todos, injustos incluidos, porque «no envió Dios el Hijo al m undo para que dé sentencia contra el mundo, sino para que el m undo por él se salve» (Jn 3,17). Pero Juan no consigue aceptar la novedad traída por Je­ sús y, desde la cárcel, le envía un ultimátum que suena a excomunión: «Eres tú el que tenía que venir o esperamos a otro?» (Mt 11,3). A la amenaza del Bautista, Jesús responde con los he­ chos, enum erando las acciones positivas con las que ha de­ vuelto la vida: «Id a contarle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: Ciegos ven y cojos andan, leprosos quedan limpios

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y sordos oyen, muertos resucitan y pobres reciben la buena noticia» (Mt 11,4-5). En su réplica a Jesús cita dos textos conocidos de Isaías, donde se anuncian las obras que deberá hacer el Mesías de Dios a su llegada, pero censura los pasajes en los que el profeta anuncia la esperada venganza de Dios sobre los pa­ ganos pecadores: -Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará- (Is 35,4; 61,2). Y Jesús concluye su respuesta con un aviso para Juan, que es una invitación a abrirse a la novedad de un Dios que ama a todos: «¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!» (Mt 11,6). Solo así Juan, «el más grande de los nacidos de mujer» (Mt 11,11) será grande también en el reino de Dios.

SIMÓN CABEZADURA Qn 13,1-11; 21,15-23)

SIMÓN PEDRO

Simón (en hebreo. Simeón, «Yahvé ha escuchado», Gn 29,33) es, después de Jesús, el personaje más citado en los evangelios y, sin lugar a dudas, el discípulo más importante y, al mismo tiempo, el más maltratado por los evangelistas.Éstos, de hecho, proyectan en la figura de Simón las dificul­ tades de la com unidad cristiana para com prender la nove­ dad que trae Jesús y para vivirla con coherencia. Si, por una parte, Simón sale hecho añicos de este trata­ miento, por otra todo creyente se puede reflejar y sentirse confortado por este discípulo, reconociéndose en sus entu­ siasmos y en sus debilidades. Al tratar la figura de Simón, cada evangelista se siente libre de referencias históricas concretas y se sitúa en su pro­ pia línea teológica. Por esto, mientras para los otros evangelistas, Simón está junto al hermano Andrés, el primer discípulo llamado por Jesús, éste, en el evangelio de Juan, invita a Simón a seguirlo solamente después de la resurrección. En este evangelio el maestro y el aspirante a discípulo se presentan siempre en una situación de fuerte conflictividad desde el primer en­ cuentro, en modo alguno fácil.

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Su herm ano Andrés -u n o de los dos discípulos de Juan Bautista que fueron los primeros en encontrar y seguir a Jesús- fue quien le habló de éste a Simón Acogiendo la invitación de su maestro que había señala­ do a Jesús como «el cordero de Dios» (Jn 1,36), Andrés sigue a Jesús y pasa todo un día con él. Después va en seguida a comunicar la importante noticia a su hermano: «Hemos en­ contrado al Mesías» (Jn 1,41). El evangelio no indica ninguna reacción por parte de Simón, que perm anece en una actitud pasiva y debe ser con­ ducido a Jesús por su hermano. Este primer encuentro entre los dos tiene lugar en una atmósfera gélida. Jesús se vuelve a Simón fríamente: «Fijando la vista en él le dijo: -T ú eres Simón, el hijo de Juan; a ti te llamarán ‘Cefas’ que significa ‘Pedro’» (Jn 1,42). Escena muda por parte de Simón. Cuando encontraron a Jesús, Andrés y el otro discípulo le habían rogado: «Rabbí, ¿dónde vives?» (Jn 1,38), recono­ ciéndolo como nuevo maestro y expresando su intención de seguirlo. Nada de esto se da en Simón, que perm anece callado. La expresión que Jesús le ha dirigido es un retrato que será la clave de lectura del comportamiento de Simón a lo largo de todo el evangelio. Para Jesús, que «sabía aquello que había en el hombre» (Jn 2,25), Simón es «el hijo de Juan», esto es, el discípulo por excelencia de Juan el Bautista, del que, junto con su herm a­ no Andrés, era seguidor. Jesús añade también que Simón será llamado «Cefas» (Jn 1,42), palabra aramea que significa «piedra». Este sobrenombre es utili­ zado por el evangelista cuando quiere subrayar el comporta­ miento tozudo y obstinado de Simón, duro como una piedra.

Simón cabezadurci

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Kn el evangelio de Juan, Jesús no se volverá nunca a este discípulo llamándolo «Pedro» y ni siquiera lo llamará Simón si no es después de la resurrección y siempre con el añadido de «hijo de Juan» (Jn 21,15.16.17).

LA ESPADA DE PEDRO

La primera vez que Simón es nom brado por el evangelis­ ta con el sobrenom bre de «Pedro» tiene lugar durante la últi­ ma cena, cuando Jesús lava los pies a los discípulos. En esta acción Jesús choca con un claro rechazo por parte de Simón: «Le dijo Pedro: No me lavarás las pies jamás» Qn 13,8). Lavar los pies era una obligación de los inferiores con relación a sus patronos, del esclavo hacia su señor, de la mujer hacia su marido, de los hijos hacia sus padres y de los discípulos hacia su maestro. Simón se opone, porque ha com prendido perfectamente el significado del gesto de Jesús, «el Maestro» (Jn 13,14) que, en lugar de hacerse lavar los pies por los discípulos, se hace siervo y le lava los pies. Pedro ha com prendido que Jesús, lavando los pies a los discípulos, no está dando una lección de humildad, sino dem ostrando su verdadera grandeza que consiste en servir a los otros. Simón, que ambiciona el papel de líder del grupo, recha­ za el servicio de Jesús, porque sabe que, si lo acepta, tam­ bién él deberá hacer lo mismo para con los otros discípulos («Os dejo un ejemplo para que igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también entre vosotros», Jn 13,15). Pedro no permite que Jesús se abaje, porque él mismo no está dispuesto a abajarse y frente a la amenaza de Jesús

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(«Si no dejas que te lave, no tienes nada que ver conm i­ go», Jn 13,8) juega la carta del rito purificador sem ejante al que los judíos hacían por Pascua: «Simón Pedro le dijo: Señor, no sólo los pies, sino tam bién las m anos y la ca­ beza» (Jn 13,9). Pedro quiere transform ar la acción de Jesús en un rito, vaciando de significado el gesto de su m aestro. Pero Jesús no cede. Para el Señor, la pureza no se consigue con un rito, sino por el servicio prestado a los otros. Al término de la cena, Simón vuelve a contradecir al Se­ ñor, que le había dicho hacía poco claramente: «Adonde me voy no eres capaz de seguirme ahora, pero, al fin, me segui­ rás» (Jn 13,36). Pedro, que se opone a Jesús y rechaza dejarse lavar los pies, porque no está dispuesto a servir a sus hermanos, no está en sintonía con el amor de Jesús y no puede seguirlo en el don total de sí mismo. Discípulo presuntuoso que cree conocerse mejor de lo que lo conoce Jesús: «Señor, ¿por qué no soy capaz de se­ guirte ya ahora? Daré mi vida por ti» (Jn 13,37). Simón no ha com prendido que Jesús no pide la vida a los hombres, sino que es él mismo quien la da a todos. No entiende que no se trata de dar la vida por Jesús, sino de darla con él a los hermanos. «Replicó Jesús: -¿que vas a dar tu vida por mí? Pues sí, te lo aseguro: -Antes que cante el gallo me habrás negado tres veces» (Jn 13,38). Que Simón no sea capaz de seguir a su maestro se ve claramente en el momento del prendimiento de Jesús cuan­ do, una vez más, este discípulo será nombrado con el solo sobrenom bre de «Pedro» (Jn 18,11).

Simón cabezaclura

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Durante la cena, Jesús había dicho a sus discípulos que el único distintivo de los discípulos era un amor como el suyo, capaz de hacerse don: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros» (Jn 13,35). En realidad, lo que distingue a Simón de los otros discí­ pulos es ser el único que tiene armas y el único que reaccio­ na con violencia en el prendim iento de Jesús: «Entonces, Simón Pedro, que llevaba un machete, lo sacó, agredió al siervo del sumo sacerdote y le cortó el lóbulo de la oreja derecha» (Jn 18,10). Su bravuconada no es aprobada por Jesús, que le ordena inmediatamente: «Mete el machete en su funda» (Jn l8 ,ll). Poco después, mientras el Señor, hecho cautivo, se enca­ ra con el sumo sacerdote, denunciando la injusticia cometida en contra suya, Simón se derrum ba delante de un siervo: «¿No te he visto yo en el huerto con él?. De nuevo lo negó Pedro y, en seguida, cantó un gallo» (J n 18,26-27). Jesús había enseñado y dem ostrado que el servicio hace libres a los hombres y que, quien no lo acepta, sigue siendo siervo. Pedro, que no acepta el servicio, sigue siendo un siervo entre los siervos: «Estaba también Pedro con ellos, allí para­ do y calentándose» (Jn 18,18). Pedro, aparentemente libre, es, en realidad, prisionero de su miedo, mientras Jesús, atado, no ha perdido su libertad.

LA ESPADA DE JESÚS

La última vez que, en el evangelio de Juan, es menciona­ do Simón con el sobrenom bre de «Pedro» será también la

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última en la que se portará de modo opuesto a la demanda de Jesús. Escribe el evangelista que «era la tercera vez que se ma­ nifestó Jesús a los discípulos después de levantarse de la muerte» (Jn 21,14). Entre Jesús y Simón queda una cuenta pendiente que ahora el Señor quiere normalizar. «Cuando acabaron de almorzar, le preguntó Jesús a Simón Pedro: -Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» (Jn 21,15). Simón no esperaba estas palabras. Jesús recuerda a Simón que es el «hijo de Juan»: había tratado de ser discípulo de Jesús, pero, por dentro, había seguido siendo discípulo del Bautista. Y Jesús le pregunta si lo ama más que los otros discípu­ los. Simón no puede responder que lo ama más que los otros, porque ha sido el único en negarlo. Jesús le ha preguntado si lo «ama» y Simón Pedro, recu­ rriendo una vez más a su astucia, responde descaradamente: «Señor, sí, tú sabes que te quiero» (Jn 21,16). Mientras que Jesús le ha preguntado al discípulo si tiene un amor capaz de hacerse don gratuito, él ha respondido que lo quiere, un afecto que denota amistad. De cualquier modo, Jesús acepta la respuesta del discí­ pulo y lo invita a procurar vida a los otros: «Apacienta mis corderos» (Jn 21,15). Pero Pedro no ha respondido a Jesús y el Señor vuelve a la carga una segunda vez repitiendo la pregunta: «Le pregun­ tó de nuevo por segunda vez: -Simón de Juan, ¿me amas?» (Jn 21,16). Esta vez Jesús ha evitado todo parangón con los otros discípulos y se ha limitado a preguntar a Simón si lo «ama».

Simón cabezadura

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Pedro no com prende a dónde quiere llegar Jesús y así le repite por segunda vez que lo «quiere* (Jn 21,16). Y el evangelista, recordando las tres veces que Pedro ha renegado de Jesús, escribe: «La tercera vez le preguntó: -Simón de Juan, ¿me quieres?» (Jn 21,17). Por dos veces ha preguntado Jesús a Simón si lo ama y otras tantas Pedro ha respondido que lo «quiere». Esta tercera y última vez Jesús le pregunta si lo «quiere». Todo se le derrumba. «Pedro se puso triste, porque la tercera vez le había pre­ guntado: -¿Me quieres?, y le respondió: -Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero» (Jn 21,17). El discípulo que presumía de conocerse mejor que su maestro, finalmente admite que Jesús lo conoce todo. La palabra del Señor «viva y enérgica, más tajante que una espada de dos filos» golpea a Pedro, quien com prende que «no hay criatura que escape a la mirada de Dios» (Heb 4,1213). Jesús quebranta los sueños de gloria de Pedro y le anun­ cia que tendrá su mismo fin («extenderás los brazos»). Sola­ mente después de haberle indicado «con qué clase de muer­ te iba a manifestar la gloria de Dios», lo invita finalmente a seguirlo: «Y dicho esto añadió: Sígueme» (Jn 21,18-19). Este final jovial parece haber puesto término al duro pul­ so entre maestro y discípulo. Pero la testarudez de Pedro se resiste a desaparecer. Jesús le acaba de decir a Simón: «Sígueme», y ¿qué hace él? «Pedro, al volverse...» (Jn 21,20). Incapaz de seguir a Jesús, Simón Pedro se vuelve y ve «que lo seguía aquél discípulo a quien Jesús amaba» (Jn 21,20). Pedro, el discípulo que había errado todo desde el pri­ mer momento, quiere ahora seguir como seguro guía espiri­

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tual «al discípulo que Jesús amaba-, aquél que le estuvo siem­ pre cercano, en la cena, pero también en la cruz y que fue el primero que lo reconoció resucitado. Pero Jesús no acepta ningún tipo de mediación entre sí y los discípulos, y renueva la invitación a Simón: «Tú sígueme» (Jn 21,22). Jesús es el único a quien hay que seguir, porque sólo él conduce al Padre. Cualquier mediador entre Jesús y los hombres, por muy santo y perfecto que sea, no haría otra cosa que obstaculizar la plena comunicación entre el Señor y los suyos.

EL TENTADOR DE JESÚS (Mt 16,21-28; 17,1-8)

PEDRO

Jesús había invitado a Simón Pedro a ser -pescador de hombres (Mt 4,19) y, sin embargo, Pedro ha sido el único discípulo en ser pescado por el Señor, el único al que Jesús ha debido repetir el reproche: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?- (Mt 8,26; 14,31). La reprensión de Jesús se debe no tanto al fallido intento de Pedro de caminar sobre el agua, cuanto a haber puesto en duda su identidad divina. El Señor había tranquilizado a los discípulos que, vién­ dolo caminar sobre el mar, creían ver un fantasma: «¡Ánimo, soy yo!» A pesar de que Jesús se había dado a conocer a los discí­ pulos como el Dios de Israel («Yo soy», Éx 3,14), Pedro no se fía y se vuelve al Señor con una expresión de desconfianza («Señor, si eres tú», Mt 14,28), semejante a la pronunciada por el diablo en el desierto («Si eres Hijo de Dios», Mt 4,3.6). Mediante este recurso literario el evangelista lleva a iden­ tificar en Simón al tentador de Jesús. De hecho, Pedro es la única persona a quien Jesús llama «Satanás» (Mt 16,23) por­ que, como el diablo, trata de desviarlo de sus planes.

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La única vez que, en el evangelio de Mateo, Simón Pedro es representado de modo positivo, lo es solamente por bre­ ves instantes y ni siquiera por mérito propio, sino de Dios que lo ha inspirado. Dado que sobre la identidad de Jesús hay una confusión muy grande (hay quien lo toma por Juan el Bautista, quien por el profeta Elias o Jeremías), el Señor quiere saber si, al menos, sus discípulos tienen las ideas claras. Simón Pedro diciendo: «Tu eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16) responde por todos. Jesús había sido ya reconocido por los discípulos como -Hijo de Dios» (Mt 14,33); ahora Simón Pedro añade que la característica de este Dios es ser el -vivo», el Dios que com u­ nica vida. Jesús, incluso apreciando la respuesta del discípulo, ca­ paz de estar en sintonía con Dios («eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo», Mt 16,17), se vuelve a Simón llamándolo «hijo de Jonás» (Mt 16,17). Jonás es el único profeta que había hecho lo contrario de lo que Dios le había pedido. Enviado por Dios a p red icar la conversión a la ciu ­ dad pagana de Nínive, Jo n ás tom ó la dirección o p uesta: «Se levantó Jo n ás para h uir a Tarsis, lejos del Señor» (Gn 1,3). Definiendo a Simón «hijo de Jonás», Jesús describe el itine­ rario de este discípulo: testarudo como Jonás, irá contra la voluntad de su Señor, pero al fin, como el profeta, se conver­ tirá. Por esto, no obstante los límites de Simón Pedro, Jesús lo declara idóneo para la construcción de su comunidad: «Aho­ ra yo te digo: -Tú eres Piedra, y sobre esa roca voy a edificar mi comunidad» (Mt 16,18).

El tentador deJesús

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En su respuesta Jesús utiliza para Simón el término griego que indica una piedra que puede ser usada para la construcción. La traducción latina de esta perícopa («Tu es Petrus, et super hancpetram aedificabo ecclesiam meam») llegó a iden­ tificar los términos «pedro» y «piedra» como género masculi­ no y femenino del mismo nombre. En el texto griego el tér­ mino petros, usado por Simón es nom bre común con el que se indica una piedra que se puede recoger o lanzar (2 Mac 1,16; 4,41) y puede utilizarse para la construcción de una casa. La iglesia de Jesús se edifica sobre la piedra que signi­ fica la roca sólida sobre la cual se puede construir con segu­ ridad («Todo aquél que escucha estas palabras mías y las pone por obra se parece al hombre sensato que edificó su casa sobre roca» [en griego, petran ], Mt 7,24). La Iglesia de Jesús será edificada sobre la roca que es el Señor mismo («Esta roca era Cristo», 1 Cor 10,4). Todos aquellos que, como Simón Pedro, reconocen en Jesús «el Hijo del Dios vivo» son las «piedras vivas» (1 Pe 2,5) con las que se edifica la comunidad cristiana. Ahora que los discípulos han com prendido finalmente la identidad de su maestro, «Jesús em pezó a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, padecer mucho a manos de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21). Jesús anuncia que su subida a Jerusalén no será en plan de triunfo, como ellos había esperado, sino de fracaso. Su muerte será obra del sanedrín, máximo órgano jurídi­ co y religioso de Israel, com puesto por «los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas». Al oír esto, Simón, declarado hacía poco «dichoso» por el Señor, porque estaba inspirado por el Padre, reacciona con­ tra Jesús como un «satanás».

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Como el profeta Jonás no estaba de acuerdo con los pro­ yectos de su Dios, así Pedro comienza una oposición a su Señor que culminará en la traición: «Pedro lo tomó aparte y em pezó a increparlo. ‘¡Líbrete Dios, Señor! ¡No te pasará a ti eso!’* (Mt 16,22). Habiendo reconocido en Jesús al «Hijo del Dios vivo», Pedro no com prende y no acepta que, para transmitir la vida, el Mesías deba encontrar la muerte. Pedro increpa a Jesús como el Señor increpa a los de­ monios (Mt 17,18), porque para él el itinerario de Jesús no es el de Dios. «Pero Jesús, se volvió y dijo a Pedro: ¡Vete! ¡Quítate de en medio, Satanás! Eres un tropiezo para mí, porque tu idea no es la de Dios, sino la humana» (Mt 16,23). Jesús reacciona contra Pedro con las mismas palabras usadas con el tentador en el desierto: «Vete, Satanás» (Mt 4,10), porque Pedro se muestra como el adversario, contra­ rio al plan de Dios. De piedra apta para la construcción de la comunidad, Pedro se convierte en piedra de escándalo (palabra griega con la que se indica una piedra que hace tropezar). Pero si Jesús demuestra hacia Satanás un rechazo total («¡Vete!»), a Simón Pedro le ofrece una ulterior posibilidad y, por esto, añade: «Ponte detrás de mí», invitando al discípulo a ocupar el puesto que le toca: es él quien debe seguir a Jesús y no al contrario. Jesús renueva a Simón la propuesta que le hizo cuando, junto al herm ano Andrés, lo invitó a seguirlo: «Venios en pos de mí» (Mt 4,19). Simón reem prende el seguimiento de Jesús, pero conti­ nuando en su papel de tentador del Mesías.

El tentador de Jesús

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LOS D O S M ONTES

El encuentro entre maestro y discípulo ha estado deter­ minado por la incomprensión de la muerte de Jesús por par­ te de Simón. Para los discípulos la muerte es un signo de fracaso total y Jesús intenta mostrarles la condición del hombre que pasa por medio de la muerte. Para esto, seis días después de estos hechos, *se llevó Jesús a Pedro, a Santiago y a su herm ano Juan y subió con ellos a un monte alto y apartado. Allí se transfiguró delante de ellos» (Mt 17,1-2). Jesús toma consigo a Simón, que el evangelista presenta únicamente con el sobrenom bre (Pedro), indicando así que el discípulo será una vez más un obstáculo para Jesús. La indicación de lugar («un monte alto») es semejante a aquella ya aparecida en el episodio de las tentaciones en el desierto: Satanás, el tentador, había transportado a Jesús a lo alto de «un monte altísimo» ofreciéndole «todos los reinos del m undo con su gloria, diciéndole: -Te daré todo eso si te postras y me rindes homenaje» (Mt 4,8-9). Esta vez es Jesús quien toma consigo al tentador y lo conduce sobre un «monte alto», lugar de la manifestación divina, donde tiene una «metamorfosis», durante la cual su rostro «brillaba como el sol» (Mt 17,1-2), expresión que indi­ ca la plenitud de la condición divina (Mt 13,43). Con estas imágenes el evangelista intenta mostrar en Je­ sús la condición del hombre que ha pasado por la muerte: ésta no sólo no disminuye la persona, sino que le permite manifestar su máximo esplendor. Jesús muestra que la verdadera gloria del hombre no se consigue por medio del poder, sino con el don total de la propia vida.

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Durante esta metamorfosis -se les aparecieron Moisés y Elias conversando con él- (Mt 17,3)Moisés, el legislador, y Elias, el mayor profeta, represen­ tan las promesas del pasado que Dios había manifestado por medio de la Ley y los Profetas, de los que éstos son sus supremos representantes. También, en esta situación, Pedro continúa haciendo de tropiezo, comportándose «como los hombres» y no «como Dios» (Mt 16,23), persistiendo en el papel de tentador con relación a Jesús: «Intervino Pedro y le dijo a Jesús: -Señor, viene muy bien que estemos aquí nosotros; si quieres, hago aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elias» (Mt 17,4). La suspirada espera del liberador de Israel había llevado a creer que el Mesías se manifestaría en una de las fiestas más populares, la «fiesta de las tiendas», durante la cual los hebreos habitaban siete días en tiendas en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto. Pedro invita a Jesús a manifestarse en esta fiesta («haré aquí tres tiendas») saliendo así al encuentro de las esperan­ zas del pueblo. De los tres personajes, Pedro no coloca a Jesús en el centro, el puesto más importante, sino a Moisés («una para ti, otra para Moisés y otra para Elias»). Según Pedro, Jesús debe manifestarse como el Mesías esperado y, por esto, debe aco­ modarse a la Ley, proclamada por medio de Moisés e im­ puesta con el violento celo religioso del profeta Elias. «Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y dijo una voz desde la nube: Éste es mi Hijo, el amado, en quien he puesto mi favor. Escuchadlo» (Mt 17,5). La intervención divina interrumpe bruscamente a Pedro «mientras estaba hablando».

El tentador deJesús

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Dios confirma lo anunciado en el momento del bautismo de Jesús: Él es «el Hijo amado» (Mt 3,17), expresión hebrea con la cual se indica al hijo único, aquél al que «nombró heredero de todo» (Heb 1,2). El imperativo dado por Dios («Escuchadlo») no admite excepciones: es a Jesús a quien hay que escuchar y no a Moisés o a Elias. Pero Pedro no escuchará al Señor y continuará siendo su satanás. Al término de la última cena, Jesús advierte a sus discípu­ los que, por el momento, ninguno de ellos será capaz de seguirlo. Pedro no sólo no desmiente a Jesús («aunque tenga que morir contigo, jamás renegaré de ti»), sino que persiste en el papel de Satanás divisor, arrastrando a los otros discípulos a su protesta («Y los demás discípulos dijeron lo mismo», Mt 26,35). La última vez que Simón Pedro aparece en el evangelio de Mateos es para constatar su propia traición. Si todos los discípulos huyeron y abandonaron a Jesús a su destino, Pedro ha sido el único en renegar com pletam en­ te de su m aestro recurriendo incluso a juram entos e imprecaciones («Entonces Pedro se puso a echar maldicio­ nes y a jurar», Mt 26,74). Y, con la traición, Simón Pedro sale definitivamente de la escena evangélica y no reaparecerá más: «Y saliendo fuera, lloró amargamente» (Mt 26,75). Pedro llora desesperado, como llora quien ha perdido toda esperanza, viendo naufragadas todas sus expectativas. Mientras en el evangelio de Mateo es ésta la última dra­ mática vez en la que Simón Pedro aparece, el evangelio de Marcos se cierra con una ulterior posibilidad ofrecida al dis­ cípulo traidor.

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Galería de personajes del Evangelio

A las mujeres que fueron al sepulcro para -embalsamar el cuerpo de Jesús» (Me 16,1) se les confirma que Cristo ha resucitado Este anuncio debe ser com unicado a los discípulos del Señor, pero de modo especial a Pedro («Decid a sus discípu­ los y, en particular, a Pedro: -Va delante de vosotros a Galilea; allí lo veréis, como os había dicho», Me 16,8). Si Pedro ha renegado de Jesús, el Señor le permanece fiel. El discípulo es invitado a recorrer de nuevo las etapas de su llamada, partiendo de Galilea donde, por primera vez, había encontrado a Jesús que lo había llamado a ser «pesca­ dor de hombres» (Me 1,17). Como entonces había dejado las redes y seguido a Jesús, así ahora debe librarse de las redes del miedo y del remordi­ miento, en las que ha quedado atrapado y, finalmente, se­ guir a su Señor.

LOS DE BETSAIDA (Jn 1,40-50; 6,1-13.)

A N D R É S Y FELIPE

Como gran parte de los lugares que ha conocido la ac­ ción de Jesús y escuchado su mensaje, también Betsaida ha respondido con la indiferencia y ha sido incluida por los evangelistas en el elenco de las ciudades para las que el Señor entona un lamento fúnebre: «¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho las potentes obras que en vosotras, hace tiem po que habrían m ostrado su arrepentim iento con sayal y ceniza(Mt 11,21). Nunca nombrada en los textos del Antiguo Testamento, Betsaida, «Casa de la pesca» había sido elevada al rango de ciudad a la muerte del Rey Herodes el Grande por su hijo Filipo «aumentando sus habitantes y fortificando sus mura­ llas» (Antigüedades 18,28) Esta ciudad es la patria de tres discípulos de Jesús: Simón, su herm ano Andrés y Felipe. Mientras Simón es un nombre hebreo cargado de historia, nombre del patriarca, cabeza de estirpe de una de las doce tribus de Israel, Andrés y Felipe son nombres griegos. Esto es un indicio de que en Betsaida, ciudad de frontera y ciertamente en estrecho contacto con el mundo pagano, las tradiciones eran menos rígidas que en

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otras partes y, dentro de la misma familia, podía darse que un hijo llevase un nombre hebreo y otro, uno griego. La figura de Andrés (del griego andreas, »viril, valeroso-'), incluso oscurecida por su hermano Simón, más famoso, tie­ ne en el evangelio de Juan gran importancia, por ser el pri­ mero de los doce elegidos por Jesús. Andrés, junto con el discípulo anónimo identificable con aquél *a quien Jesús amaba* (Jn 13,23), era discípulo de Juan el Bautista y se encontraba con él cuando Juan señaló a Jesús como -el cordero de Dios» (Jn 1,36). Andrés y el otro discípulo com prenden que su maestro los invita a seguir a Jesús, definido como «el Cordero de Dios» porque, como el cordero que comían los hebreos la noche de la liberación de la esclavitud de Egipto, su sangre los liberaría de la muerte y su carne les daría la fuerza para iniciar el éxodo hacia la libertad. Entusiasmados por el encuentro con el Mesías, Andrés y el otro discípulo desde «aquel mismo día se quedaron a vivir con él» (Jn 1,39). Luego Andrés va a comunicar la importante noticia a su herm ano Simón, que no muestra ni alegría ni curiosidad alguna. Y Andrés, confiado a pesar de eso, logra llevar a su herm ano ante Jesús. También Felipe (del griego, philippos «amante de los ca­ ballos»), el tercer discípulo invitado por Jesús para seguirlo, corre enseguida hasta Natanael para informarle del encuen­ tro mantenido, tratando de contagiarlo con su entusiasmo: «Hemos encontrado al descrito por Moisés en la Ley y por los Profetas: es Jesús, hijo de José, el de Nazaret»(Jn 1,45). Si Simón se quedó completamente indiferente con la noti­ cia comunicada por su hermano, Natanael se muestra incré­ dulo. De todo el anuncio parece haberle llamado la atención solamente el lugar de proveniencia del Mesías: Nazaret.

Los de Betsaida

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Natanael, que proviene de Caná, aldea que dista apenas seis kilómetros de Nazaret, expresa todo su escepticismo: •¿De Nazaret puede salir algo bueno?» 0 n 1,45-46). La tradición enseñaba que el Mesías saldría de la «casa de David», de Judea, y era inconcebible pensarlo proveniente de la desconocida Nazaret, en la Galilea de mala fama («Estu­ dia y verás que de Galilea no salen profetas», Jn 7,52). Como persona práctica, Felipe no pierde tiempo en ar­ gumentaciones convincentes, sino que invita a Natanael a conocer a Jesús en persona para que después decida: «Ven a verlo» 0 n 1,46). Pero el discípulo que ahora invita a Natanael a ver a Jesús, es ciertamente el mismo que se mostrará incapaz de llegar al verdadero conocimiento del Señor. La última mención de Felipe en el evangelio de Juan tiene lugar cuando este discípulo, caracterizado por su men­ talidad práctica, dirige a Jesús la petición: «Haz que veamos al Padre y nos basta» (Jn 14,8). Y Jesús, sorprendido por esta pregunta, replica a Felipe: «Tanto tiempo como llevo con vosotros y ¿no has llegado a conocerme, Felipe? Quien me ve a mí está viendo al Padre; ¿cómo dices tú: «Haz que veamos al Padre?». Jesús invita al discípulo que «tiene ojos para ver, pero no ve» (Ez 12,2) a desembarazarse de toda idea sobre Dios que no coincida con cuanto ha visto y escuchado en él, porque «a la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación» (Jn 1,18). Felipe ha reconocido en Jesús al Mesías, al enviado de Dios, y lo ha seguido diligentemente, pero ahora no ha com ­ prendido que en Jesús se manifiesta Dios y que no hay nece­ sidad de otra visión del Padre distinta de aquella que se manifiesta en el Hijo: viendo a Jesús se ve a Dios.

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Galería de personajes del Evangelio ENTRE SU E Ñ O Y REALIDAD

El carácter confiado de Andrés y el realismo de Felipe emergen en el primero de los dos episodios en los que estos dos discípulos aparecen juntos. «Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los Judíos. Jesús le­ vantó los ojos y, al ver que una gran multitud se le acercaba, se dirigió a Felipe: -¿Con qué podríamos comprar pan para que coman éstos? (Lo decía para ponerlo a prueba, pues él ya sabía lo que iba a hacer» (Jn 6,4-6). Felipe, calculando que los presentes eran unos cinco mil, responde con su habitual realismo que «doscientos denarios de plata no bastarían para que a cada uno le tocase un peda­ zo» (Jn 6,7). Haría falta un milagro. Un milagro como aquél llevado a cabo por el profeta Elíseo que, con veinte panes de cebada, consiguió quitar el hambre a cien personas (2 Re 4,42-44) o, mejor aún, como aquel de Moisés en el desierto cuando hizo «llover pan del cielo» (Éx 16,4) saciando de este modo al pueblo hambriento. Si Jesús es verdaderam ente el Mesías esperado, repetirá este prodigio y «bajará de nuevo de lo alto el deposito del maná» (Ap. B am c 29,8). Jesús, «que sabía lo que iba a hacer» (Jn 6,6), habiendo mandado recostarse a la gente, «tomó los panes, pronunció una acción de gracias y se puso a repartirlos a los que estaban recostados, y pescado igual, todo lo que querían» (Jn, 6,11). Más realista que Felipe, Jesús tomó lo poco que tenía a disposición y, más soñador que Andrés, «pronunció una ac­ ción de gracias», reconociendo que panes y peces son dones de la creación que se comparten entre todos para prolongar la actividad del Dios Creador.

Los de Betsaida

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Por esto no pidió, como Moisés, que lloviese «pan del cielo» Para saciar el hambre de la gran multitud basta compartir el pan que tiene el grupo. La comunidad de Jesús está cons­ tituida por «los pobres que enriquecen a muchos, los necesi­ tados que todo lo poseen» (2 Cor 6,10). Y aquel poco que el grupo de discípulos tenía se con­ vierte en mucho una vez que es puesto a disposición de todos. LA C A ÍD A DEL M U R O

Felipe y Andrés aparecen juntos por segunda vez, en el evangelio de Juan, durante una fiesta de Pascua, la tercera y última de que habla el evangelio. En esta ocasión el evangelista presenta a los dos discípulos animándose para afrontar unidos una cuestión difícil. Por la fiesta habían subido a Jerusalén también «algunos griegos» (Jn 12,20), esto es, extranjeros provenientes del paganismo, atraí­ dos por el culto que se celebraba en el templo de Jerusalén. La petición de estos extranjeros de ver a Jesús desorienta a Felipe. Incluso teniendo nombre griego, era heredero de una tradición que veía en Grecia la nación corruptora que, con sus costumbres depravadas, trataba de manchar la moral y la religión de los judíos. La historia recordaba el trágico período del «dominio de los griegos», cuando éstos «construyeron un gimnasio en Je­ rusalén, disimularon la circuncisión y apostataron de la alianza» (1 Mac 1,10.14-15). La sangrienta revuelta contra la dom inación griega por manos del sacerdote Matatías, un par de siglos antes, era

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Galería de personajes del Evangelio

descrita con abundancia de particulares truculentos en los dos libros de los Macabeos, textos que eran tenidos en gran consideración para mantener siempre vivo el fuerte sentido nacionalista judío. Pues bien ahora hay algunos griegos que quieren cono­ cer a Jesús. Para hacerlo se acercan a los únicos discípulos que lle­ van nombre griego, esperando por ello que sean un poco más abiertos: «Éstos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: -Señor, quisiéramos ver a Jesús». (Jn 12,21).

El evangelista, recordando que este Felipe proviene de Betsaida, localidad de pescadores, alude a la actividad a la que Jesús ha llamado a sus discípulos («Seguidme, venios conmigo y os haré pescadores de hombres», Me 1,17). El discípulo tiene, de este modo, la tarea facilitada: no debe ir a invitar a los griegos, sino que son éstos los que se presentan espontáneam ente pidiendo ser acogidos. A pesar de eso Felipe se muestra perplejo. Para él Jesús es «el descrito por Moisés en la Ley, y por los Profetas» (Jn 1,45). Y Moisés ha escrito la Ley para el pueblo de Israel y no para los griegos. En los libros de los profetas, los griegos son los enem i­ gos que hay que combatir, como se lee en el profeta Zacarías donde resuena el grito de batalla dirigido por Dios mismo contra ellos: «Incitaré a tus hijos contra los de Grecia» (Zac 9,13). Felipe no ha com prendido todavía que «no hay distin­ ción entre judío y griego, porque uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan» (Rom 10,12); por esto pide consejo a Andrés y juntos se arman de valor y van a Jesús.

Los de Betsaida

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El Señor les responde anunciando su próximo fin. Su muerte en cruz no será infructuosa, sino que, como el grano de trigo sembrado en tierra, dará mucho fruto: «Pues yo, cuando sea levantado de la tierra, tiraré de todos hacia mí» (Jn 12,32). Sobre la cruz Jesús demostrará una capacidad de amor que alcanza a todos, incluidos los griegos. Mientras la Ley em anada de Moisés era exclusiva de una nación, Jesús cruci­ ficado será la nueva Escritura que todo pueblo podrá com ­ prender. Su reino no será el «reino de Israel» (Hch 1,6), sino el «reino de Dios» (Le 4,43), donde toda barrera creada por la raza y la religión quedará eliminada por quien, «con su muerte, hizo de los dos pueblos uno y derribó la bandera divisoria, la hostilidad... por medio de su cuerpo» (Ef 2,14).

LOS HIJOS DEL TRUENO (Le 9,51-56)

S A N T IA G O Y J U A N

Invitando a los discípulos a seguirlo, Jesús había puesto como condición rom per toda dependencia de su padre para llegar a ser hijos del único padre, «el del cielo» (Mt 19,29). Santiago y Juan han intentado hacerlo («Dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los asalariados y se marcharon con él», Me 1,20), pero no lo han logrado y han seguido siendo «los hijos de Zebedeo». Este padre aparece como la figura embarazosa que do­ mina toda la existencia de los dos hermanos, presentados en el evangelio de Juan sin su nombre, sólo como «los hijos de Zebedeo» (Jn 21,2). Zebedeo es padre y patrono de los hijos, que trabajan para él junto con otros asalariados, formando sociedad con Simón (Le 5,10) Los hijos de Zebedeo son inseparables. Mientras Simón y Andrés, la primera pareja de hermanos llamada por Jesús, no aparecerán nunca más juntos, Santia­ go y Juan están siempre unidos. Junto a Simón, a quien Jesús dio el sobrenombre de «pie­ dra» (Mt 16,18), Santiago y Juan serán los únicos discípulos a los que el Señor pondrá un sobrenombre: «a éstos les puso

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Galería ele personajes del Evangelio

de sobrenom bre ‘Boanerges’, es decir, Truenos» [rayos]’» (Me 3,17), subrayando su carácter belicoso. Empujados por la ambición, los dos hermanos siguen a Jesús esperando compartir el triunfo glorioso en Jerusalén. Gloria que no pretenden repartir con ninguno, ni con su socio de negocios, Simón, ni mucho menos con el resto del grupo de los discípulos. Ahora, avistando Jerusalén, Jesús trata de hacerles com­ prender, por tercera y última vez, que en la ciudad santa no le esperan festejos, sino persecuciones, porque -el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los letrados, le condenarán a muerte y lo entregarán a los paga­ nos; se burlarán de él, lo azotarán y lo matarán, pero a los tres días resucitará» (Me 10,33-34). Como si hubiese hablado al viento, las palabras de Jesús no son recibidas por Santiago y Juan, porque «su ánimo es interesado» (Ez 33,31). La ambición que los domina hace ciertamente que, inclu­ so teniendo «oídos para oír» (Ez 12,2), y mientras Jesús habla de su destino, los hijos de Zebedeo interrumpan los lúgu­ bres pronósticos del maestro para afrontar la cuestión que llevan muy dentro: «Maestro, queremos que lo que te pida­ mos lo hagas por nosotros» (Me 10,35). En realidad no van a Jesús para pedir, sino para imponer («queremos»). Jesús ha hablado de muerte y ellos piensan en la gloria: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu iz­ quierda el día de tu gloria» (Me 10,35). Jesús replica a ellos que la gloria, la verdadera, se mani­ festará en la cruz. Pero, al lado del crucificado, no estarán estos dos discípulos, sino «dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda» (Me 15,27).

Los hijos clel trueno

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PARA ENCARARSE C O N JERUSALÉN

Jesús ha vivido situaciones de gran conflicto en su pue­ blo y en las ciudades que se han beneficiado de sus accio­ nes. Se lamenta de la indiferencia de Galilea y experimenta el odio de Judea donde será asesinado. Únicamente es aceptado en la cismática Samaría. Por este motivo, los samaritanos son presentados en los evangelios de modo positivo, en contraposición a los galileos y los judíos. Jesús «vino a su casa y los suyos no lo acogieron» (Jn 1,11). Los judíos lo rechazan, pero los samaritanos están pron­ tos para recibirlo: «le rogaron que se quedara con ellos» (Jn 4,40). Después de la predicación fallida en la sinagoga de Nazaret, Jesús «estaba sorprendido de su falta de fe» (Me 6,6) y com entó entristecido que «sólo en su tierra, entre sus pa­ rientes y en su casa desprecian a un profeta» (Me 6,4). Pero, si en Nazaret los Galileos no han creído en Jesús, en Sicar «muchos de los samaritanos le dieron su adhesión» (Jn 4,39) y, en el episodio de la purificación de los diez leprosos, el único que lo agradece es el samaritano, que gana la admiración de Jesús por su fe. Cuando Jesús manifiesta a los judíos el proyecto de Dios sobre la humanidad, éstos «trataban de matarlo, ya que... llama a Dios su propio Padre, haciéndose igual a Dios» (Jn 4,42). En el evangelio de Lucas la expresión «tener compasión», que se aplica en la Biblia únicamente a Dios, se encarna en la acción del samaritano que socorre al herido ignorado por el sacerdote (Le 10,33).

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Sólamente en una ocasión los samaritanos son presenta­ dos negativamente, y es, precisamente, en un episodio que tiene por protagonistas a los hijos del Zebedeo. Escribe Lucas que «cuando iba llegando el tiempo de que se lo llevaran a lo alto, Jesús también resolvió ponerse en camino para encararse (lit. «endurecer el rostro») con Jerusa­ lén. (Le 9,51). Para hacer com prender las intenciones de Jesús, el evan­ gelista utiliza literalmente la expresión «endurecer su rostro» que, en la Biblia, indica una actitud hostil como preludio de un enfrentamiento con alguno. Cuando Yahvé anuncia la destrucción de Jerusalén dice: «Yo he endurecido mi rostro contra esta ciudad para mal» (Jr 21,10), y al profeta Ezequiel Dios le pide: «Endurece tu rostro contra Jerusalén y habla contra sus santuarios» (Ez 21,7 LXX). Jesús está decidido a encararse a Jerusalén y sube al Templo para denunciar a las autoridades religiosas que han convertido la casa de Dios en una «cueva de ladrones» (Le 19,46). S A N T O PATRÓN

En su viaje hacia Jerusalén, Jesús va precedido por sus discípulos, a los que ha enseñado a duras penas que la verda­ dera grandeza del hombre consiste en servir y no en domi­ nar. Esta aclaración surgió a causa de la enésima disputa de los discípulos, que discutían entre sí para saber «cuál de ellos sería el más grande» (Le 9,46). Y mientras el Señor está tratando de hacer com prend que, al contrario de la sociedad, en su comunidad «el que es

Los hijos del trueno

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de hecho más pequeño de todos, ése es grande» (Le 9,48), Juan, uno de los dos hermanos, lo interrumpe. Demostrando no haber com prendido nada de cuanto ha dicho Jesús, se dirige a él llamándolo «Jefe», y proclama triun­ fante: «Hemos visto a uno que echaba dem onios en tu nom ­ bre y hemos intentado impedírselo, porque no te sigue junto con nosotros» (Le 9,49)Es ésta la única vez que uno de los hijos de Zebedeo aparece sólo. Y mediante la eliminación de la figura del hermano, el evangelista pretende poner en paralelo la actitud intolerante de Juan con la del también celoso Josué. Éste, que era «ayudante de Moisés desde joven» (Nm 11,28), se apresura para protestar ante su señor, porque también algunos que no habían participado en la ceremonia de in­ vestidura de profeta habían recibido el Espíritu y se habían puesto «a profetizar en el campamento» (Nm 11,26). Josué considera este hecho intolerable y se vuelve a Moisés diciéndole: «Prohíbeselo tú, Moisés» (Nm 11,28). Aunque la intervención de Juan está motivada por el he­ cho de que hay uno que actúa en nombre de Jesús sin for­ mar parte del grupo oficial de los doce. No afirma que ése no siga a Jesús, sino que no lo sigue con ellos. Santo patrón de todos aquellos movimientos eclesiales que presumen de ser la única respuesta posible al mensaje de Jesús, Juan considera inconcebible que haya quien pueda seguir al Señor fuera de su comunidad. Dominado por su fanatismo, el discípulo no se da cuenta de lo absurdo de la situación: ha impedido a aquél expulsar los demonios, mientras él y los otros discípulos, a los que Jesús había dado «poder y autoridad sobre todos los dem o­

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nios» (Le 9,1), se muestran incapaces de hacerlo («He rogado a tus discípulos que lo echen, pero no han sido capaces», Le 9,40). Como Moisés ha reaccionado negativamente a la intole­ rancia de Josué («¿Estás celoso de mi? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!» (Le 9,50). Para Jesús se puede muy bien ser su seguidor sin tener que pertenecer necesariamente al grupo de los discípulos. Pero éstos siguen sin com prender y, puestas estas premisas, la misión de los mensajeros enviados por Jesús delante de él no podía sino fracasar. De hecho, éstos entraron en una aldea de Samaría para preparar su llegada, pero se negaron a recibirlo, «porque había resuelto ir a Jerusalén» (Le 9,52-53). El evangelista había escrito que Jesús «resolvió ponerse en camino para encararse con Jerusalén», en una actitud de condena. Los mensajeros, encargados de abrirle el camino, omiten este importante aspecto y anuncian de modo triunfal sola­ mente que Jesús iba hacia Jerusalén. En esta frase está el motivo de la hostilidad de los samaritanos, que, en otras ocasiones,, se muestran muy acogedo­ res con Jesús. Enemigos mortales de los judíos, los samaritanos aco­ gerían con sumo gusto al Jesús que va a encararse con Jerusalén, pero no desean recibir al Mesías que va a ser proclam ado el rey de los judíos, y que los deberá som eter y dom inar junto a los otros pueblos paganos: «Samaría paga­ rá la culpa de rebelarse contra su Dios; los pasarán a cuchi­ llo, estrellarán a las criaturas, abrirán en canal a las preña­ das» (Os 14,1).

Los hijos del tmeno

89 Ofendidos por el rechazo de la aldea, Santiago y Juan piden a Jesús vengarse: «Señor, si quieres, decimos que caiga un rayo y los aniquile» (Le 9,54). Empujando a Jesús para que se impongan por la fuerza, los discípulos tientan a su maestro como lo hizo el dem onio en el desierto, cuando lo invitó a manifestar su divinidad de modo estruendoso. Los hijos de Zebedeo pretenden ser discípulos de aquel que ha dicho «al que te pegue en la mejilla, preséntale tam­ bién la otra». Pero, en realidad ellos no siguen ni la enseñan­ za de Jesús, ni la de Moisés, que había tratado de limitar la venganza al daño recibido («ojo por ojo, diente por diente», Éx 21,24). «Los hijos del trueno» son dignos discípulos de Lamec, el primero que se gloriaba de vengarse setenta y siete veces, y de que «mataría a un joven por una cicatriz» (Gen 4,23), y de Elias el profeta, que no perdía tiempo en hablar con sus adversarios, sino que los reducía a cenizas de cincuenta en cincuenta («Cayó un rayo y abrasó al oficial con sus cincuen­ ta hombres», 2 Re 1,9-12). Pero Jesús no es Elias, no ha venido a destruir a los peca­ dores, sino a salvarlos y, al contrario de Lamec, a éstos no se les concede «setenta y siete veces» (Mt 18,22) la venganza, sino el perdón. Como había vencido la tentación del diablo cuando en «Jerusalén, lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres el hijo de Dios, tírate de aquí abajo» (Le 4,9), ahora Jesús rechaza con fuerza la tentación de los discípulos y, en lugar de hacer bajar «un rayo del cielo», hará precipitar a Satanás del cielo, el gran acusador de los hombres junto a Dios: «¡Ya veía yo que Satanás caería del cielo como un rayo!» (Le 10,18).

EL BANQUETE DE LOS PECADORES (Mt 9,9-17)

M A T EO

Jesús es presentado por todos los evangelistas como «el que os va a bautizar con Espíritu santo» (Mt 3,11; Me 1,8; Le 3,16; Jn 1,33), porque toda su actividad consistirá en sumer­ gir («bautizar») al hombre en el amor vivificante del Padre. A cualquier persona que encuentra, Jesús le transmite una nueva energía vital, el Espíritu, la misma fuerza del Dios viviente, que hace al hombre capaz de liberarse del pecado. Es el caso de la llamada de Mateo, ambientada por el evangelista en la ciudad de Cafarnaún, donde Jesús habitaba después de haber dejado Nazaret. En Cafarnaún, importante puesto fronterizo en la ruta que unía Galilea con Damasco, existían las barreras aduanales para el pago del impuesto. En esta región, el tetrarca Herodes Antipas había arren­ dado la recaudación de los impuestos a los publícanos (re­ caudadores de las tasas). Quien ofrecía la cantidad más alta obtenía el arriendo del puesto de aduana. En caso de mayores entradas, la ganancia terminaba en los bolsillos del recaudador, pero igualmente, si las entradas eran menores, la diferencia debía ser saldada por el publicano.

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Galería ele personajes elel Evangelio

Este sistema hacía que, incluso siendo fijadas por las le­ yes las tarifas de los impuestos, los recaudadores aplicasen los precios que querían: por esto eran considerados por la gente como ladrones legalizados. O diados por la población, se creía que, para los publícanos, la salvación era imposible. De hecho, según la Ley, para obtener el perdón, los recaudadores deberían res­ tituir lo que habían robado y un quinto de más (Lv 5,20-26). Dada la dificultad de restituir el dinero a todos los que habían sido engañados, los publicanos eran considerados pecadores por excelencia y eran privados de derechos civi­ les y políticos: equiparados a los pastores y a los esclavos, hasta su testimonio era considerado inválido. No se podía recibir limosna proveniente de sus fondos y, para sustraerse a su avidez, estaba permitido hasta jurar en falso. Considerados seres inmundos, su impureza se transmitía a todo lo que tocaban: desde el bastón con el que controlaban la mercancía, a la casa en la que habitaban o a la que entraban En el evangelio de Mateo los publicanos van siempre asociados a las categorías de personas consideradas impuras como los pecadores, los paganos y las prostitutas. AQ U E LLO S Q U E COM EN...

La primera vez que el Señor se encuentra casualmente con uno de estos individuos tan despreciados, el evangelista escribe que -Jesús vio un hombre sentado al mostrador de los impuestos» (Mt 9,9). El hijo de Dios, que no juzga según las categorías mora­ les (un ladrón), o religiosas (un pecador), ve «un hombre».

El banquete de los pescadores

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El Salvador, en lugar de dirigir al excluido de la salvación palabras de reproche por su actividad pecaminosa, lo invita a seguirlo («Sígueme», Mt, 9,9), exactamente como hizo con los primeros discípulos («Seguidme», Mt 4,19). El nombre del recaudador es Mateo, que significa en he­ breo «don de Yahvé»: la llamada del Señor no se debe a los méritos del publicano, sino que es un regalo de la misericor­ dia de Dios. El escándalo de la invitación a «Mateo el publicano» (Mt 10,3) para formar parte de los doce apóstoles se agrava por el hecho de que Jesús no invita al pecador a hacer peniten­ cia por su pasado, sino a celebrar festivamente el presente: «Sucedió que estando él reclinado a la mesa en la casa, acu­ dió un buen grupo de recaudadores y descreídos y se recli­ naron con él y sus discípulos» (Mt 9,10). En los banquetes festivos, se acostumbraba a comer re­ clinados sobre camillas, apoyados sobre el codo derecho, mientras que con la mano izquierda se tomaba el alimento de una única fuente grande colocada en el centro. Este modo de com er en el mismo plato era posible solo con personas con las que se tuviese una gran familiaridad e indicaba plena comunión con ellas. La religión prohibía comer con una persona inmunda, porque, desde el instante en que ésta mojaba del plato co­ mún, todo el alimento se hacía impuro y la impureza se transmitía a los que comían con él. A esta comida se unen recaudadores como Mateo y «pe­ cadores», definición con la que se indicaba genéricamente a todos los que no querían o no podían observar las prescrip­ ciones de la Ley. El piadoso salmista suspira: «Ay, si Dios suprimiese a to­ dos los pecadores» (Sal 139,19).

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Galería de personajes del Evangelio

El Dios que se manifiesta en Jesús no sólo no quita la vida a los pecadores, sino que les comunica la suya. No es necesario que el pecador se purifique para ser digno de acoger al Señor, sino que la acogida de Jesús, el «Dios con nosotros» (Mt 1,23), lo hará puro. En la comida en común con los pecadores se realiza cuan­ to Jesús había dicho: «Os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente a sentarse a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de Dios; en cambio, a los destinados al reino los echarán afuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». (Mt 8,11-12). ... Y AQ U E LLO S Q U E A Y U N A N

En todos los momentos más delicados de la actividad de Jesús, aparecen los fariseos. Incansables vigilantes de la ortodoxia, estos espían toda apariencia de libertad de las personas, que debe estar siem­ pre sometida al ordenam iento religioso. El escándalo de este banquete de Jesús con los pecado­ res, donde no se hace diferencia alguna entre puros e impu­ ros, suscita la indignación de los fariseos que, con ira, se vuelven a los discípulos de Jesús: «¿Por qué razón come vues­ tro maestro con los recaudadores y descreídos?» (Mt 9,11). La pregunta de los fariseos, en realidad, sirve solamente para acusar a Jesús, «un comilón y un Ix^rracho, amigo de re­ caudadores y descreídos» (Mt 11,19), de ser un hombre inmun­ do, un maestro que transmite impureza a sus discípulos. Antes de que éstos puedan dar una respuesta, interviene Jesús que replica de este modo a los fariseos: «No sienten necesidad de médico los que son fuertes, sino los que se encuentran mal» (Mt 9,12).

95 Jesús, manifestación visible del amor de Dios, no se otor­ ga a los fuertes como un premio por su buena conducta, sino a los débiles como fuerza vital. El Señor rechaza la idea de una religión, tal y como la conciben los fariseos, que ve en el pecador un apestado que hay que evitar. Dios no actúa según los méritos de los hom ­ bres, sino según sus necesidades. Para Jesús, las normas que impiden a los impuros acer­ carse a Dios son insensatas: sería como prohibir al que está mal, porque está enfermo, recurrir al médico. Mientras los sacerdotes enseñan que el hombre pecador debe ofrecer a Dios un sacrificio para obtener el perdón de los pecados, Jesús es el Dios que se ofrece al pecador y se sacrifica para restituirle la plenitud de vida. En cuanto a los -sanos-, imagen de los fariseos que creen merecer el amor de Dios, gracias a la acumulación de prácti­ cas religiosas, éstos no tienen nada que ver con Jesús, veni­ do a buscar a los excluidos de la salvación. La mesa de Jesús con los pecadores no es el lugar para los piadosos fariseos y el Señor los invita a salir de la casa donde se está celebrando la fiesta del amor gratuito. A éstos Jesús ofrece, sin em bargo, una posibilidad de conversión, y la invitación a salir de la casa va acom paña­ da del m andato de aprender: «Id mejor a aprender lo que significa -misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6): porque no he venido a invitar justos, sino pecadores» (Mt 9,13). Jesús invita a los fariseos, que se consideraban «justos» gracias a la escrupulosa práctica de todas las prescripciones de la Ley, a aprender que Dios no reclama un culto hacia él (los «sacrificios»), sino la prolongación de su amor a todos los hombres (la «misericordia»). El banquete de los pescadores

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En su invitación, Jesús se remonta a una frase de Oseas (6,6), el profeta que había elaborado por primera vez la ima­ gen teológica de un Dios que no concede el perdón al pue­ blo porque se haya convertido, sino que lo perdona para que se convierta. El consejo dado por Jesús a los fariseos no será seguido, y éstos, en lugar de ir a -aprender lo que significa misericor­ dia», irán a aconsejarse sobre cómo tender un lazo a Jesús, para cogerlo en un error y tener un motivo para denunciarlo (Mt 22,15). El Señor se volverá, pues, de nuevo a ellos con palabras de reproche, recordando la invitación hecha: «Si com pren­ dierais lo que significa «misericordia quiero y no sacrificios» (Os 2,2) no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hombre es señor del precepto» (Mt 12,7). Cuantos perm anecen ligados al concepto del sacrificio a Dios terminan después sacrificando a las personas y son ex­ cluidos del reino de la misericordia, donde «los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera» (Mt 21,31). Jesús está todavía hablando de «pecadores» y es interrum­ pido por los «justos». Son los discípulos de Juan el Bautista que se encaran con él protestando: «Nosotros y los fariseos ayunamos a menudo, ¿por qué razón tus discípulos no ayu­ nan?» (Mt 9,14). Mientras Jesús y sus discípulos celebran la vida comien­ do con los publicanos y los pecadores, los discípulos de Juan y los fariseos son de hecho presentados en un contexto de muerte, como es el ayuno. La comida une a Jesús y a los pecadores; el ayuno une a los discípulos de Juan con los fariseos, cuya ostentosa prác­ tica ascética enmascara el intento homicida que encubren contra Jesús.

97 Los discípulos de Juan, incluso considerándose seguido­ res del Bautista, en realidad no siguen a su maestro que había definido a los fariseos «raza de víboras» (Mt 3,7), esto es, portadores de muerte. En su réplica, Jesús afirma que la cuestión está mal plan­ teada: no se trata del deber de ayunar, sino de poder hacerlo o no. Los discípulos de Jesús no ayunan, porque no pueden hacerlo: «¿Pueden estar de luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos?» (Mt 9,15). Jesús equipara el ayuno a estar de luto, porque ambas cosas son manifestaciones de muerte incompatibles con la presencia del Señor que, como un esposo, es portador de plenitud de vida. Y Jesús añade: «Nadie echa una pieza de paño sin estre­ nar a un manto pasado, porque el rem iendo tira del manto y deja un roto peor» (Mt 9,16). En la nueva alianza no se pueden conservar los métodos de la antigua, aunque sean venerables. No puede existir ninguna continuidad entre lo viejo y lo nuevo y cualquier tentativa de armonización (remiendo) está destinada a em peorar la situación y a fracasar. Jesús invita a los discípulos de Juan a abandonar sin nin­ guna nostalgia las formas religiosas del pasado, porque, si no son capaces de hacerlo, no podrán nunca gustar la nove­ dad traída por él y perm anecerán ligados a prácticas que, como el ayuno, «son cosas todas destinadas a desaparecer, según las consabidas prescripciones y enseñanzas humanas» (Col 2,22). El banquete de los pescadores

LOS DOS MAESTROS (Jn 3,1-21)

N IC O D E M O

En el evangelio de Juan hay dos personajes que son cali­ ficados como «maestros»: Nicodemo (Jn 3,10) y Jesús (Jn 13,14). Si el título es idéntico, su enseñanza es lo más distinta que se pueda imaginar. Nicodemo, fariseo, enseña la observancia de la Ley como signo de obediencia a Dios; Jesús, el servicio como la única forma de amor que hace asemejarse al Padre. Era inevitable que entre estos dos maestros no pudiese haber entendimiento alguno. La única vez que se encuen­ tran los dos cara a cara es polémica. El encuentro sucede en Jerusalén con ocasión de la Pas­ cua, cuando Jesús «echó a todos del templo» (Jn 2,15). Jesús pretende con esta acción abolir para siempre cual­ quier forma de culto orientado a obtener el favor de Dios, porque el amor del Padre se concede gratuitamente (Mt 10,8). El gesto de Jesús no es com prendido ni por los discípu­ los, que ven en él un celoso reformador de las instituciones religiosas, ni por los que de modo entusiasta, le dan su adhe­ sión. «Jesús no se confiaba a ellos, por conocerlos a todos; no necesitaba que nadie lo informase sobre el hombre, pues él conocía lo que el hombre llevaba dentro- (Jn 2,24-25).

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Entre aquellos que, habiendo entendido mal el gesto de Jesús, se acercan a él «había un hombre del grupo fariseo, de nombre Nicodemo, jefe entre los judíos» (Jn 3,1). Presentando a Nicodemo como «un hombre», el evange­ lista lo pone inmediatamente en relación con aquellos de los que Jesús no se fiaba, porque «conocía lo que el hombre llevaba dentro» (Jn 2,25). Antes incluso de dar su nombre, se subraya la pertenen­ cia de Nicodemo al grupo de los fariseos. Entre éstos, obser­ vantes de la Ley, y Jesús existe una incompatibilidad total, la misma que hay entre la «ley dada por medio de Moisés y el amor y la lealtad que vino por medio de Jesús Mesías» (Jn 1,17). Finalmente el evangelista da a conocer el nombre de este fariseo, Nicodemo, que significa en griego «vencedor ( nikó) del pueblo» {demos). Calificado por Juan como «uno de los jefes de los judíos», Nicodemo tiene un nombre que alude al alto cargo que desem peñaba como miembro del sanedrín. Al corriente de cuanto ha sucedido en el Tem plo, Nicodemo se llega a Jesús «de noche» (Jn 3,2). La indicación no quiere ser cronológica, sino teológica. La «noche», en el evangelio de Juan, es imagen de las tinie­ blas que intentan sofocar la luz traída por el Señor. Cada vez que el evangelista señala que era «noche», es para indicar una situación bajo el signo de la incomprensión o de la hos­ tilidad hacia Jesús, como en el momento de la traición de Judas, que «salió en seguida; era de noche» (Jn 13,30). Nicodemo, que sabe que representa la categoría de los fariseos, se vuelve a Jesús hablando en plural («Rabbí, sabe­ mos que has venido de parte de Dios como maestro», Jn 3,2). Sabe que Jesús es un «Maestro», esto es, el que enseña la perfecta obediencia a la Ley como vía para instaurar el reino

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de Dios. En su respuesta, Jesús hace com prender a Nicodemo que no ha entendido nada: «Sí, te lo aseguro: Si uno no nace de nuevo, no puede vislumbrar el reino de Dios» (Jn 3,3). Nicodemo es, indudablemente, una persona de buena fe, que cree en el valor de la Ley, pero la honradez y la justicia personales no le bastan para vislumbrar el reino de Dios. Cuantos perm anecen bajo la esfera de la obediencia a la Ley, no sólo no entrarán en el reino de Dios, sino que tam­ poco serán capaces de com prender su naturaleza. Para en­ tenderlo hay que cortar radicalmente con el pasado y, sobre todo, con la pertenencia al grupo de poder que Nicodemo representa. Pero él, fariseo y miembro del sanedrín, no puede acep­ tar la necesidad de una ruptura completa con la propia tradi­ ción. M AESTRO IG N O R A N T E

La expresión griega utilizada por el evangelista para indi­ car la necesidad del nuevo nacimiento («Si uno no nace de nuevo», Jn 3,3) significa ya «de nuevo», ya «de lo alto». Jesús afirma que, para ver el reino de Dios, es necesario un nuevo nacimiento que provenga de Dios («de lo alto»). Esto es inadmisible para Nicodemo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Es que puede entrar por segun­ da vez en el seno de su madre y nacer? (Jn 3,4). Jesús ignora la objeción y continúa con su argumenta­ ción. Si antes había puesto la necesidad de un nuevo naci­ miento como condición para ver el reino, ahora afirma la necesidad de nacer de agua y Espíritu para entrar en el rei­

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no de Dios: -Si uno no nace de agua y Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3,5). A la incomprensión de Nicodemo, que pensaba que el nuevo nacimiento dependía de los esfuerzos propios, Jesús responde asegurando que éste no es fruto de las fatigas del hombre, sino que tiene su origen en la acción divina, expre­ sada con la imagen del agua y del Espíritu. Sólo esta nueva vida comunicada por el Padre hace a los hombres capaces de «llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Jesús invita a Nicodemo a una nueva creación, donde ya no se es engendrado por un hombre, sino por Dios mismo, que sigue trabajando en la creación del hombre animado por el Espíritu («Mi Padre, hasta el presente, sigue trabajando y yo también trabajo», Jn 5,17). Nicodemo no com prende que la creación del hombre de carne no está completada hasta que, a través del nuevo naci­ miento, éste no se haga espíritu («De la carne nace carne, del Espíritu nace espíritu», Jn 3,6). Para el fariseo la creación está terminada, y señal inequívoca de ello es el precepto del des­ canso en el séptimo día: «Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque ese día descansó Dios de toda su tarea de crear» Viendo aumentar el desconcierto del pobre Nicodemo, que sigue sin entender, Jesús le confunde aún más las ideas diciéndole: «No te extrañes de que te haya dicho: «Tenéis que nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere, y oyes su ruido, aunque no sabes de dónde viene ni adónde va. Eso pasa con todo el que ha nacido del Espíritu» (Jn 3,7-8). Mientras para la Ley todo debe estar ordenado en cuanto ella misma es definitiva e inmutable, para el Espíritu no pue­ den existir reglas, porque no se sabe ni de donde viene ni adónde va.

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El fariseo no com prende la necesidad de romper con el propio pasado para acoger la novedad del Espíritu. Nicodemo, cada vez más perdido, replica una vez más: «¿Cómo es posible que eso suceda? Jesús le responde con ironía: -Y tú, siendo el maestro de Israel, ¿no conoces estas cosas?» (Jn 3,9-10). Jesús no se dirige a Nicodemo definiéndolo simplemente como un maestro, sino como el maestro por excelencia, apli­ cándole el título de Moisés, el gran legislador (Mekh. Éx. 4a 16,22) Jesús manifiesta a Nicodemo su decepción. Si con toda su sabiduría, él, el maestro de Israel, no ha llegado a cono­ cer estas cosas, a Jesús le resulta imposible continuar un diálogo con un sordo: «Si os he expuesto lo de la tierra y no creéis, ¿cómo vais a creer si os expongo lo del cielo?» (Jn 3,12).

Nicodemo se había hecho la ilusión de creer que el co­ nocimiento de la ley (cosas de la tierra) lo habría llevado al conocimiento de Dios (cosas del cielo), pero su apego a la letra escrita lo ha vuelto sordo a la voz del Espíritu. El fariseo, «jefe entre los judíos», no puede com prender la voz de Jesús, que concluye el coloquio con Nicodemo alu­ diendo por primera vez a su muerte: «Lo mismo que en el desierto Moisés levantó en alto la serpiente, así tiene que ser levantado el Hombre, para que todo el que lo haga objeto de su adhesión tenga vida definitiva» (Jn 3,15). LA PRIMERA TR ANSGRESIÓN

Este único encuentro entre Jesús y Nicodemo se ha inte­ rrumpido dejando al fariseo con sus ¿cómo es posible?...

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El evangelista ofrece, sin embargo, otra oportunidad a Nicodemo, que aparece con ocasión de un intento fallido de prender a Jesús. Los guardias, enviados a arrestar a Jesús, volvieron a los sumos sacerdotes y fariseos con las manos vacías, con el acha­ que de que «nunca hombre alguno ha hablado así» (Jn 7,46). Los fariseos, alarmados por Jesús, que consigue conquis­ tar incluso a los guardias, están furibundos porque éstos se permiten tener una opinión distinta de la impuesta por ellos («¿Es que también vosotros os habéis dejado engañar? ¿Es que alguno de los jefes le ha dado su adhesión o alguno de los fariseos?, Jn 7,47-48), y transforman su ira en desprecio: «Esa plebe que no conoce la Ley está maldita» (Jn 7,49). Remitiéndose a la Ley, en cuya bondad todavía cree, Nicodemo intenta inútilmente defender a Jesús: «¿Es que nues­ tra Ley condena a un hombre sin antes escucharlo y averi­ guar lo que hace?» (Jn 7,51). Nicodemo cree que la Ley puede ser un instrumento de justicia. No se da cuenta de que, en manos de los fariseos, la Ley, reducida a mentira «por la pluma falsa de los escribanos» (Jr 8,8), se ha transformado en un instrumento de dominio y de muerte del «padre de la mentira» (Jn 8,44), y que justa­ mente los guardianes, celosos de la ley de Moisés, son los primeros en ignorarla cuando no les interesa («¿No fue Moi­ sés quien os dejó la Ley? Y, sin embargo, ninguno de voso­ tros cumple esa Ley», Jn 7,19). Sorprendidos de lleno en la transgresión de su legisla­ ción, los fariseos no saben replicar a Nicodemo si no es con el insulto: «¿Es que también tú eres de Galilea? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas» (Jn 7,52). Los expertos conocedores de la Escritura, llevados por su furor, cometen un clamoroso error: de hecho la Biblia atesti­

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105 gua que de Galilea provenía -el profeta Jonás, hijo de Amitay, natural de Gatjéfer». Enseña la escritura que «cuando el impío maldice a Satanás, se maldice a sí mismo» (Eclo 21,27). La maldición lanzada por los fariseos contra la «gente que no conoce la Ley» (Jn 7,49), se vuelve contra ellos mismos. La tercera y última escena en la que aparece Nicodemo es con ocasión de la sepultura de Jesús. Jesús mismo ha sido asesinado en nom bre de la Ley («Nosotros tenem os una Ley, y, según esa Ley, debe morir, porque se ha hecho hijo de Dios», Jn 19,7) y ahora su cadá­ ver pende del patíbulo de los «maldecidos por Dios» (Dt 21,23). Ausentes los familiares y desaparecidos los discípulos, para la sepultura de Jesús deben intervenir dos miembros del sanedrín, José de Arimatea, -discípulo de Jesús, pero clan­ destino por miedo a los dirigentes judíos» (Jn 19,38), y el fariseo Nicodemo «aquél que, al principio, había ido a verlo de noche» (Jn 19,39). Recordando que Nicodemo había ido a Jesús «de noche» (Jn 3,1), el evangelista señala que la acción sigue desenvol­ viéndose bajo el signo de la incomprensión. «Cogieron entonces el cuerpo de Jesús y lo ataron con lienzos junto con los aromas, como tienen costumbre los judíos de dar sepultura» (Qn 19,40). El hecho de que éstos provean a la sepultura del conde­ nado indica que no están de acuerdo con la injusticia perpe­ trada por sus colegas. Nicodemo, incapaz de seguir a Jesús mientras vivía, in­ tenta honrarlo ahora que está muerto. El que no ha com prendido la necesidad de un nuevo nacimiento se hace presente para llevar a cabo un rito fune­ rario.

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No creyendo que la m uerte no interrum pe la vida, Nicodemo trata de impedir lo más posible su efecto devasta­ dor, llevando una cantidad desproporcionada de perfumes y aromas («unas cien libras de mirra de una mezcla de mirra y áloe*, Jn 19,39). Haber tocado el cadáver de Jesús volverá a Nicodemo impuro y no le permitirá celebrar la inminente fiesta de Pas­ cua. Por primera vez el fariseo Nicodemo transgrede un pre­ cepto de la Ley, pero esta claraboya le permite la irrupción del Espíritu y una acción de muerte lo abre finalmente a la vida.

LAS CEBOLLAS DE MARTA (Le 10,38-42)

M ARTA Y M ARÍA

La máxima aspiración de cuantos detentan el poder es conseguir dominar a las personas por medio del arte de la persuasión Se puede someter a uno infundiéndole miedo, pero in­ cluso una persona débil de carácter puede encontrar coraje para desafiar a un poderoso. Es posible convertir a alguien en siervo com prándolo con la perspectiva de honores y ri­ quezas, pero incluso un ambicioso, en un arrebato de digni­ dad, puede librarse de esta esclavitud renunciando a la codi­ cia de poseer. Pero cuando, quien es oprimido, está convencido de que su condición de sumisión es la mejor situación deseable, éste no buscará la libertad, sino que la verá como un grave atentado a la propia seguridad. Esto es lo que enseña la historia del pueblo de Israel en su fatigoso camino hacia una libertad más temida que deseada. La dura esclavitud egipcia privaba, es verdad, a los he­ breos de la libertad, pero les aseguraba «cebollas y ajos» (Nm 11,5) a su antojo. No teniendo otras perspectivas, los esclavos, a fuerza de comer cebollas y engullir ajos, se habían convencido de ver­

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dad de estar en el país de la dicha. Por esto el éxodo hacia la tierra prometida está salpicado de protestas e insurrecciones contra Moisés que, desmoralizado, a su vez, se lamenta con­ tinuamente al Señor. La frustración de Moisés es tal que prefiere la muerte a tener que conducir hacia la libertad a un pueblo, que no tiene intención alguna de seguirlo (Nm 11,14-15). La revuelta más grave del pueblo ha visto levantarse con­ tra Moisés a los mismos «jefes de la asamblea, de buena re­ putación*, que se lamentan así: «¿No te basta con habernos sacado de una tierra que mana leche y miel para darnos muerte en el desierto?» (Nm 16,2.13). «País que mana leche y miel- es una expresión técnica con la que se indica siempre en la Biblia a la tierra prometida (Éx 3,8). La capacidad de persuasión del poder ha sido fuerte has­ ta el punto de hacer creer a los hebreos que la tierra donde ellos vivían como esclavos era, en realidad, el país de la libertad, y que ajos y cebollas tienen el mismo sabor que leche y miel. Más que maná, alimento dado por Dios, los hebreos se­ guían prefiriendo «el pescado que comíamos de balde en Egipto, y los pepinos y melones y puerros y cebollas y ajos», constatando desilusionados que «ahora nuestros ojos no ven otra cosa que maná» (Nm 11,6). Y si el camino hacia la tierra prometida había durado tanto tiempo, se debió a la fuerte resistencia del pueblo que deploraba la esclavitud y estaba continuamente tentado de volver atrás: «¿No es mejor volvernos a Egipto?... Nombrare­ mos un jefe y volveremos a Egipto» (Nm 14,4). La reticencia de los hebreos a dejar Egipto se volvió pro­ verbial y, según un dicho popular hebreo, «a Dios le habría

Las cebollas de Marta resultado más fácil hacer salir a los hebreos de Egipto que sacar a Egipto del corazón de los hebreos». LA REINA DE LA CASA

Un riesgo que se corre en la lectura de los evangelios es el de interpretarlos según los esquem as de la mentalidad occidental, lejana de los modos de hablar y de actuar de la cultura oriental. Pues bien, uno de los episodios peor interpretados de los evangelios ha sido el de la visita de Jesús a las dos her­ manas, Marta y María. El pasaje, que se encuentra solamente en el evangelio de Lucas, ha sido considerado con frecuencia como un elogio por parte de Jesús de la vida contemplativa («la pane mejor-^) en m enoscabo de la activa («andas preocupada e inquieta con tantas cosas»). Según esta interpretación, Jesús privilegiaría a una elegi­ da minoría de personas que se puede permitir pasar la vida contem plando al Señor, dejando a la mayoría de la gente los afanes y las preocupaciones ordinarias de la vida. ¿Es cierto que el evangelista ha intentado decir esto? Para una comprensión más exacta de este pasaje del evan­ gelio hay que dejarse guiar por las claves de lectura que el evangelista coloca en el texto con la finalidad de llevar al lector hacia su justa interpretación. Lucas comienza su narración escribiendo que «mientras iban de camino» (y se supone que se trata de Jesús y de sus discípulos), «entró también él en una aldea» (Le 10,38). Llama la atención inmediatamente en el texto el bmsco cam­ bio de sujeto, que del plural («iban») pasa al singular («entró»).

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El cambio es pretendido. Para el evangelista, los discípulos, firmemente anclados en la mentalidad tradicional, no pueden entrar con Jesús en el lugar donde el Señor decretará el fin de uno de los usos y costumbres más consolidados en una sociedad de fuerte impronta masculina como era la judía. Jesús entra en una aldea. De esta aldea, donde habitan Marta y María, no se dice el nombre. Cada vez que en los evangelios se encuentra una al­ dea anónim a, el episodio tiene que ver con la incom pren­ sión o la resistencia a Jesús y a su m ensaje (Le 9,52-56; 17,11-19). La aldea indica de hecho el lugar atrasado, tenazmente apegado a las tradiciones, que ve con desconfianza las nove­ dades. Para el evangelista el lugar es representativo de una situación generalizada que se encuentra donde vige el ape­ go a la tradición, al «¡si siempre se ha hecho así...! Al entrar Jesús en la aldea, «una mujer de nombre Marta, lo recibió en su casa» (Le 10,38). El nombre de la mujer, Marta, representa todo un programa: en la lengua aramea, significa de hecho «patrona de la casa» (y el evangelista su­ braya que la casa es suya). Marta tiene «una hermana llama­ da María, que se sentó a los pies del Señor para escuchar sus palabras» (Le 10,39). El comportamiento de María, que es interpretado según las categorías de la cultura oriental, no expresa una actitud adorante hacia Jesús, sino la de normal acogida al huésped. Si María está «a los pies» de Jesús es porque en las casas de Palestina no hay sillas, sino esteras o alfombras, donde recostarse. La actitud de María hacia Jesús es la habitual del discípu­ lo hacia su maestro, como se lee en el Talmud: «Sea tu casa

Las cebollas de Marta

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un lugar de reunión de los doctos; empólvate de los polvos de sus pies y bebe con sed sus palabras- (Pirqé Abot, 1,4). María no contempla a Jesús, sino que lo acoge y escucha, deseosa de aprender su mensaje, indiferente a la prohibición del 1 almud que prescribe que «una mujer no tiene que apren­ der otra cosa que a utilizar el huso» (Yoma 66b). El m odo de actuar de María, en una cultura fuertemente masculina como era aquella oriental, no podía ser tolerado. Corresponde solamente al hombre rendir los honores de casa. La mujer está escondida e invisible. Su lugar está en la coci­ na entre los hornillos, como hace Marta, la ama de la casa, «dispersa en múltiples tareas» (Le 10,40). Marta se cree la «reina de la casa», mientras, en realidad, es esclava de su condición (como premio de consolación ha sido proclamada «Patraña de las amas de casa» y su fiesta se celebra el 29 de Julio). Es la gran victoria del poder: dominar a las personas ha­ ciéndoles creer que son libres, haciendo pasar fraudulenta­ mente ajos y cebollas por leche y miel. Q ue una mujer «se dispersase en m últiples tareas» se nos dice en el retrato de la perfecta «ama de casa» que hace la Biblia: «Adquiere lana y lino, sus m anos trabajan con gusto... Todavía de noche se levanta para dar la ra­ ción a sus criadas... Se ciñe la cintura con firmeza y des­ pliega la fuerza de sus brazos. Aprecia el valor de sus m ercancías y aun de noche no se apaga su lámpara. Ex­ tiende la m ano hacia el huso y sostiene con la palma la rueca... si nieva no tem e por la servidum bre, porque to­ dos los criados llevan trajes forrados. Confecciona m antas para su uso, se viste de lino y de holanda... Teje sábanas y las vende, provee de cinturones a los comerciantes» (Prov 31,13-15.17-19.21-22.24).

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El retrato termina condescendiente: «y no come el pan de balde» (Prov 31,27). Esta sujeción de la mujer, que la obliga a comportarse como una bestia de carga, es confirmada por una sentencia de Rabbí Eleazar, según el cual si el marido posee «cien es­ clavas, debería obligar (a la mujer) a trabajar la lana, porque el ocio conduce a la impudicia» (Ket. M. 5,5). La cantidad de trabajo tiene por finalidad fatigar al indivi­ duo e impedirle de este modo pensar, como enseña la Bi­ blia: «Haz trabajar al siervo para que no se rebele, déjale libres las manos y buscará la libertad» (Eclo 33,26). La situación que ha llegado a crearse en la casa de las dos hermanas resulta insostenible. Dado que Jesús parece no darse cuenta de la grave trans­ gresión llevada a cabo por María, es Marta quien interviene furibunda, reprochando ya al maestro, ya a la hermana: «Se­ ñor, ¿no se te da nada de que mi hermana me deje sola con el servicio? Dile que me eche una mano» (Le 10,40). En el excitado ardor por devolver a la hermana a la coci­ na, Marta no se da cuenta de que su horizonte limitado se centra por completo sobre su persona (•mi hermana... me deje sola... me eche una mano»). Para ella es intolerable la actitud de su hermana que, como un hombre, se entretiene escuchando a Jesús. Marta no escucha el mensaje del que ha dicho de sí que ha venido «a poner en libertad a los oprimi­ dos» (Le 4,18). ¿Qué necesidad tiene de aprender? ¿No enseña el Talmud que es mejor que «las palabras de la Ley sean destruidas por el fuego antes que ser enseñadas a las mujeres?» (Sota B. 19a). Para excluir a la mujer del aprendizaje, los rabinos se encaram aban sobre los resbaladizos ejemplos de la Biblia,

Las cebollas de Marta donde se escribe en relación a la palabra de Dios que -la enseñaréis a vuestros hijos» (Dt 11,19). Si Dios, tan preciso en sus dictados, hubiese querido que la enseñanza se extendiese también a las mujeres, habría añadido «a vuestras hijas» y, sin embargo, no lo hizo ( Qid . B. 29b). -La costumbre de la mujer es quedarse en casa» sostenían los rabinos, mientras -la del hombre, salir y aprender de los hombres» ( Ber. R. 18,1). En lugar de reprochar a María y empujarla al papel al que tradición y decencia han confinado a las mujeres, Jesús am o­ nesta a la patrona de la casa: «Marta, Marta, andas preocupa­ da e inquieta con tantas cosas: sólo una es necesaria» (Le 10,41-42). En el evangelio la repetición de un mismo nom ­ bre asume el significado de un reproche severo («Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas», Le 13,34). Para Lucas, la situación de Marta es dramática, porque es como la de los esclavos satisfechos de serlo. Éstos no sólo no aspiran a ser libres, sino que espían cualquier intento de libertad de los otros para devolverlos a la esclavitud, como denuncia Pablo en la carta a los Gálatas hablando de «aque­ llos falsos hermanos que se infiltraron para acechar nuestra libertad, esa que tenem os gracias al Mesías Jesús, con inten­ ción de esclavizarnos» (Gál 2,4). Jesús reprende a la perfecta ama de casa y le dice que «María ha elegido la parte mejor, y ésa no se le quitará» (Le 10,42), invitándola a hacer otro tanto. Esta parte mejor, que no puede ser quitada, es la libertad interior, garantía de la presencia del Espíritu de Dios, porque «donde está el espíritu del Señor, hay libertad» (2 Cor 3,17). Todo puede ser arrebatado al hombre, incluso la vida, pero no la libertad interior.

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Mientras la libertad exterior puede ser dada y quitada a los hombres, la libertad conquistada, fruto de un profundo convencimiento interior, ninguno la podrá quitar jamás al hombre.

LA PARABOLA DE LOS SEIS HERMANOS (Le 16,19-31)

EL RICO PERVERSO

Entre los evangelista es Lucas quien destaca sobre los demás por su toma radical de posición contra la acumula­ ción de los bienes. Sólo en el evangelio de Lucas se encuentra la advertencia de Jesús «¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibi­ do vuestro consuelo!» (Le 6,24) y la amonestación dramática dirigida por Dios al hombre que confía en la riqueza acum u­ lada: «¡Insensato, esta misma noche te van a reclamar la vida! Lo que tienes preparado, ¿para quién va a ser? (Le 12,20). Cuatro veces en los evangelios aparece el térm ino «mammón», de las que tres, en el evangelio de Lucas (Le 16,9.11.13; Mt 6,24). Con «mammón» no se indica sólo el dinero, sino la totali­ dad del patrimonio de una persona. Mientras los rabinos distinguían entre «mammón» honesto y deshonesto, para Lucas éste siempre es injusto. Los efectos devastadores del culto a «mammón» se ilus­ tran en la parábola de los seis hermanos, que se encuentra solamente en el evangelio de Lucas El episodio es normalmente conocido en Italia como el de «El rico epulón o perverso y el pobre Lázaro», título ten­

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dencioso que parece sugerir que los ricos sean todos bue­ nos, mientras que el protagonista de este relato sería, excep­ cionalmente, malvado. En el texto, sin embargo, no se señala ninguna presunta maldad del rico. Éste no es condenado por Jesús, porque maltrate o des­ precie al pobre, sino porque lo ignora. El rico vive en un m undo donde los pobres son invisibles en cuanto que están excluidos de él y, por esto, no sabe de la existencia de un mendigo «que estaba echado en el portal, cubierto de llagas» (Le 16,20). Entre los dos personajes no hay ninguna clase de con­ tacto. Mientras uno banquetea, el otro «habría querido lle­ narse el estóm ago con lo que caía de la mesa del rico» (Le

16,21).

El rico viste tejidos preciosos, mientras que Lázaro está cubierto solamente de llagas. El contexto de la parábola es el de una polémica entre Jesús y los fariseos: «Oyeron todo esto los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de él» (Le 16,14). El escarnio de los fariseos está motivado por el hecho de que Jesús acababa de decir a sus discípulos: «No podéis ser­ vir a Dios y al dinero» (Le 16,13). Para Jesús hay que elegir: o se pone la propia confianza en Dios o en la riqueza. Los fariseos se burlan, porque, de siempre, religión y dinero han ido de la m ano y una ha tenido necesidad del otro. La morada de Dios sobre la tierra, el templo de Jerusalén, era también la mayor banca y la más segura de la época. Escribe Flavio Josefo que, cuando los romanos conquistaron Jerusalén y depredaron el tesoro del templo, «los soldados

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cogieron tanto de aquel botín que, en toda Siria, bajó el oro a la mitad de su valor» (Guerra 6, 6, 1). Los fariseos son un ejemplo de la posible compatibilidad entre Dios y dinero. T oda su p ie d a d , su s d e v o c io n e s, su m an iática meticulosidad en la observación de las más pequeñas pres­ cripciones de la Ley no le impedían, entre salmo y salmo, pensar cómo engordar la cuentas de casa. Y es precisamente a los fariseos a los que Jesús dirige esta parábola, como com entario de su sentencia sobre ellos: «Vosotros sois los que os las dais de intachables ante la gen­ te, pero Dios os conoce por dentro, y ese encumbrarse entre los hombres le repugna a Dios» (Le 16,15). LOS D O S HAM BRIENTOS

El relato comienza con la descripción que hace el evan­ gelista del rico, contenida en un solo versículo: «Había un hom bre rico que se vestía de púrpura y lino, y banqueteaba todos los días espléndidamente» (Le 16,19). El rico no tiene nombre, porque es un personaje repre­ sentativo de cuantos llevan una existencia de lujo consagra­ da al dios consumo. En este eficaz retrato emerge una gran hambre interior que el rico trata de sosegar con bufonadas. El esplendor exterior de sus vestidos sirve sólo para en­ mascarar su desnudez interior: no teniendo nada dentro, tra­ ta de aparecer todo por fuera. La suntuosidad de su existencia esconde la miseria de su vida, típico de quien «amontona riquezas para sí y no es rico para con Dios» (Le 12,21).

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Piensa ser rico y no tener necesidad de nada «pero no sabe que es un desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo» (Ap 3,17). A la puerta de la casa del rico yace un mendigo, cuyo nombre, Lázaro, significa «Dios ayuda». El hecho de que Lázaro sea el único personaje de todas las parábolas evangélicas que tenga un nombre, subraya su significado teológico. El evangelista presenta dos personas, que, según la espi­ ritualidad judía, son respectivamente benditas y malditas de Dios. La Biblia enseñaba que el Señor, que crea al rico y al pobre (Prov 22,2), premia a los buenos concediéndoles gran­ des riquezas y castiga a los malvados reduciéndolos a la pobreza («Rescate de la vida de un rico es su riqueza, pero al pobre no le importan las amenazas» Prov 13,8). La culpabilidad del pobre se confirma por la descripción que hace el evangelista del mendigo, «cubierto de llagas». Un hombre con llagas era considerado un castigado de Dios (Dt 28,35), intocable, una persona impura que contaminaba con su impureza a todos los que se le acercaban. La única compañía la encuentra el impuro en seres que, como él, eran considerados inmundos: «los perros que se le acercaban para lamerle las llagas» (Le 16,21), los únicos que le mostrarían un mínimo de compasión. Jesús prosigue la narración diciendo que «se murió el pobre» (Le 16,22). Los fariseos se esperaban que Jesús colocase a Lázaro entre los condenados, pues como pobre y con llagas era considerado un pecador castigado por Dios Con gran estupor suyo, Jesús afirma que «los ángeles lo reclinaron a la mesa de Abrahán» (Le 16,22).

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Ahora ya no hay criaturas inmundas, como los perros, que se ocupen del intocable, sino que son los ángeles, los seres considerados más próximos a la santidad de Dios. La sorpresa continúa con la m uerte del rico. Conside­ rado com o un justo bendecido por Dios, el rico ha sido enterrado solem nem ente, pero ahora yace en la parte más profunda del «hades», o «sheol» hebreo, la m orada de los muertos. EL A LIM E N TO DE LOS RICOS

La descripción del más allá, dada por el evangelista, co­ rresponde a la que se encuentra en el libro de Henoc, apó­ crifo que tuvo mucha importancia en la iglesia de los prime­ ros siglos. Según la concepción bíblica, con la muerte, todos, bue­ nos y malos, descienden a ultratumba («una misma suerte toca a todos: al inocente y al culpable», Ecl 9,2), pero, mien­ tras los malvados se precipitan en la parte tenebrosa del Hades, los justos residen en la zona luminosa, la superior, que Lucas llama «seno de Abrahán». La sentencia con la que Jesús excluye al rico de la vida está motivada por el hecho de que éste ha excluido a Lázaro de la suya. Dominado por sus placeres, el rico nunca se había dado cuenta de que en la puerta de su casa yacía un pobre «deseo­ so de llenarse el estómago con lo que caía de la mesa del rico» (Le 16,21). Solamente ahora, aunque demasiado tarde, el rico perci­ be la presencia de Lázaro, el miserable al que, durante toda su vida, había ignorado; sólo ahora reconoce que él y el

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mendigo eran hermanos, por ser descendientes del común «Padre Abrahán». El rico autosuficiente tiene ahora necesidad de los dos, del Padre Abrahán y del hermano Lázaro. Pero la mentalidad de los ricos es que todo se les debe; por esto también en este m om ento el rico no suplica a Abrahán, sino que le exige; no pide a Lázaro, sino que man­ da en una actitud autoritaria que es subrayada por los verbos que el evangelista pone en imperativo: «Ten piedad de mí; manda a Lázaro que moje en agua la punta de un dedo y me refresque la lengua...» (Le 16,24). El rico se ha dado cuenta, al fin, de la existencia de Lázaro, pero sólo para usarlo en ventaja propia. Incluso en el más allá sigue siendo dom inado egoístamente por sus propios intereses El rico pide a Abrahán enviar a Lázaro a casa de su pa­ dre, para que «prevenga» a sus cinco hermanos (Le 16,28). No pide que envíe a Lázaro a todo el pueblo, sino sola­ mente a su familia. Y Abrahán le imparte una lección de catecismo, corri giendo la teología farisea que veía en los ricos benditos, y en los pobres malditos de Dios: «Hijo, recuerda que en vida te tocó a ti lo bueno y a Lázaro lo malo; por eso ahora éste encuentra consuelo y tú padeces» (Le 16,25). Es, sin embargo, tarde para poner remedio, porque, aña­ de Abrahán, la misma inmensa sima que existía entre el rico y el pobre en la tierra existe también en el más allá: «Entre nosotros y vosotros se abre una sima inmensa, así que, aun­ que quiera, nadie puede cruzar de aquí hasta vosotros ni pasar de ahí hasta nosotros». (Le 16,26). El rico y el pobre, incluso cercanos físicamente en la tierra, pertenecían a dos mundos completamente diversos,

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sin otra relación que la de la explotación del uno por el otro: «El asno salvaje es presa del león, el pobre es pasto del rico» (Eclo 13,19). Ahora la suerte se ha cambiado, el rico que pertenecía a la alta sociedad es precipitado a la profundidad del Hades, mientras que el mendigo es colocado en alto. Abrahán responde escéptico a la dem anda del rico de enviar a Lázaro a sus cinco hermanos. Lo que éstos debían conocer lo sabían ya: «Tienen a Moisés y a los Profetas, que los escuchen» (Le 16,29). Moisés ha legislado claramente a favor de los pobres («Si hay entre los tuyos un pobre, un herm ano tuyo, en una ciu­ dad tuya, en esa tierra tuya que va a darte el Señor, tu Dios, no endurezcas el corazón ni cierres la m ano a tu hermano pobre», Dt 15,7), y los textos proféticos son una continua denuncia de la opresión del pobre y una incesante llamada al rico para «partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo» (Is 58,7; Am 8,4-7). En la parábola dirigida a los fariseos, los perfectos obser­ vantes, Jesús denuncia que son precisamente éstos los pri­ meros en transgredir la Ley de Moisés, cuando ésta va en contra de su conveniencia. Están todo el día con los ojos en la Biblia, pero la leen sin comprender, honran al Señor con los labios mientras su corazón está lejos de él. Pero el rico, que no ha creído ni a Moisés ni a los Profe­ tas, insiste y pide una señal extraordinaria que obligue a sus herm anos a creer y a convertirse: «Si uno que ha muerto fuera a verlos, se enmendarían» (Le 16,30). La parábola concluye con el escepticism o del Padre Abrahán, que trunca el diálogo diciendo al rico: «Si no escu­ chan a Moisés y a los Profetas, no se dejarán convencer, ni aunque uno resucite de la muerte» (Le 16,31).

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Con estas palabras Jesús advierte a los fariseos que ni siquiera su victoria sobre la muerte los convencerá. Cuantos son incapaces de compartir su pan con el ham­ briento no conseguirán nunca creer en el Resucitado, reco­ nocible solamente en «el partir del pan» (Le 24,35).

LA RESURRECCIÓN DE LOS VIVOS (Jn 11,1-45)

L Á ZA R O

Por -resurrección» se entiende el paso definitivo de una vida mortal a otra indestructible (eterna) con la transforma­ ción del «cuerpo animal» en «cuerpo espiritual» (1 Cor 15,44). En los evangelios se narran tres resurrecciones obradas por Jesús. De éstas, dos son de personajes anónimos como el hijo de la viuda de Naín, episodio contenido solamente en el evangelio de Lucas (Le 7,11-17), y la hija del jefe de la sinagoga (Mt 9,18-26; Me 5,21-43; Le 8,40-56). El único resucitado que lleva nombre es Lázaro, cuya resurrección es contada en el evangelio de Juan (Jn 11,1-45). A estas resurrecciones individuales se añade una embarazosa resurrección colectiva narrada sólo en el evan­ gelio de Mateo, que refiere que, apenas murió Jesús, «la tie­ rra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron; después que él resucitó salieron de las tumbas, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos» (Mt 27,51-53). Es evidente que esta extraña descripción de muertos que resucitan en el momento en que Jesús muere y que, antes de salir de la tumba, esperan a que Cristo resucite, no se consi­ dera un hecho histórico, sino una verdad de fe.

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La resurrección de -muchos cuerpos de santos» es una imagen literaria con la que el evangelista indica que los efec­ tos de la victoria de Cristo sobre la muerte se extienden tam­ bién a cuantos murieron antes que él, porque -también se dio la buena noticia a los que han muerto» (1 Pe 4,6; 1 Cor 15,20).

Dado que los individuos -resucitados» por Jesús han vuelto a morir después, la única verdadera resurrección es, por tan­ to, la de Cristo, el único que «resucitado de los muertos ya no muere más» (Rom 6,9). Las otras resurrecciones narradas en los evangelios se consideran más enseñanzas relativas a la fe que episodios pertenecientes a la historia (de no ser así no podrían ser consideradas «resurrecciones», sino «reanimaciones» de cadáveres). Son los evangelistas quienes, a través de una serie de recursos literarios, dirigen al lector hacia una interpretación teológica y no histórica de cuanto es narrado por ellos. Es el caso de Lázaro, cuya resurrección es ambientada en Betania, la aldea a las puertas de Jerusalén donde éste habi­ taba con sus dos hermanas, María y Marta. Lázaro y sus hermanas son presentados como los que «Jesús amaba», característica que distingue la relación del Señor con sus discípulos. En el drama que golpea a este núcleo familiar el evangelista representa la situación de una com u­ nidad de discípulos que se encuentra de cara al trágico im­ pacto de la muerte. Toda la narración de la resurrección de Lázaro tiende a mostrar cuáles son -en los que han dado su adhesión a Je­ sús- los efectos de una vida capaz de vencer la muerte.

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LOS M UERTOS N O RESUCITAN

Marta y María habían hecho saber a Jesús que su herma­ no estaba enfermo, pero el Señor «al enterarse de que esta­ ba enfermo, se quedó, aun así, dos día en el lugar donde estaba», de m odo que cuando llegó a Betania «encontró que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro» (Jn 11,6.17). En Palestina el funeral y la sepultura tenían lugar el día de la muerte. Se creía que el espíritu del muerto se quedaba en el sepulcro, mientras se le reconocía en el cadáver. El cuarto día, cuando el proceso de descomposición era ya avan­ zado, el espíritu abandonaba la tumba y descendía para siem­ pre a la morada de los muertos, el hebreo sheol, en espera de la resurrección ( Ber : R. 100,7). Apenas llega a la aldea, Jesús es abordado por una de las hermanas del muerto, Marta, que le reprocha por la actitud tenida: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» y que le sugiere lo que tiene que hacer: «Pero, incluso ahora, sé que todo lo que le pidas a Dios, Dios te lo dará» (Jn 11,21-22). La respuesta de Jesús, «Tu herm ano resucitará», no satis­ face a Marta, que rebate defraudada: «Sé que resucitará en la resurrección del último día» (Jn 11,23-24). Marta se esperaba que Jesús le dijese: «Yo resucitaré a Lázaro» y que, con una acción portentosa, devolviese la vida al hermano. Saber que Lázaro resucitará en el último día no sólo no es causa de consuelo para Marta, sino que le produce deses­ peración: para aquel tiempo incluso ella estará ya muerta y resucitada. Marta está anclada en la imagen religiosa tradicional, se­ gún la cual se nacía y se vivía después de la muerte en la

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ultratumba, a la espera del toque de trompeta que daría paso a la resurrección de los justos (1 Tes 4,16). La discípula no ha comprendido la enseñanza de su maes­ tro sobre la vida eterna. Para Jesús ésta no es un premio por conseguir en el futuro, sino una condición a experimentar en el presente («quien cree tiene vida definitiva» Jn 3,15). No hay que esperar al último día para resucitar, sino que cualquiera que crea en Jesús posee ya, como él, una calidad de vida capaz de pasar «de la muerte a la vida» Qn 5,24). Por esto Jesús replica a Marta, que llora la destrucción física del hermano, con la afirmación: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25). Jesús no ha venido a resucitar a los muertos, sino a co­ municar a los vivos una vida capaz de superar la muerte; por eso declara que cualquiera que «vive y cree en él», no tendrá jamás la experiencia de la muerte: «El que me presta adhe­ sión, aunque muera, vivirá; pues todo el que vive y me pres­ ta adhesión, no morirá nunca» (Jn 11,25). LOS VIV O S N O M UEREN

Los primeros cristianos estaban hasta tal punto convenci­ dos de poseer una vida más fuerte que la muerte que creían estar ya resucitados y estar «sentados en los cielos» (Ef 2,6; Col 3,1). Convicción que era formulada de este modo en un evangelio apócrifo: «Quien dice: ‘primero se muere y des­ pués se resucita, se engaña’. Si no se resucita mientras se está aún en vida, tras morir, no se resucita ya» (Evangelio de Felipe, 90). Jesús, que ha comunicado a los discípulos su vida, pide a Marta ser capaz de ver los efectos de esta vida indestructible

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también en la muerte del hermano y le pregunta: «¿Crees esto?» (Jn 11,26). Recibida la respuesta afirmativa, tiene que convencer ahora a la otra hermana, María, que está llorando con los judíos. Y comienza a llorar también Jesús. Si el llanto parece general, las motivaciones son diferen­ tes. Para ponerlas de relieve el evangelista usa dos verbos distintos para «llorar». Para el llanto, que es común a María y a los judíos, utiliza el verbo griego que expresa el lamento de quien no tiene ya esperanza, com o el llanto de Raquel que se desespera por sus hijos «porque ya no existen» (Mt 2,18), o el de Jesús por el trágico destino de Jerusalén (Le 19,41). Para el llanto de Jesús, el evangelista usa el verbo con el que se expresa dolor, pero no desesperación. Mientras el lamento de María y de los judíos es signo de desconsuelo por la muerte a la que consideran el fin de todo, las lágrimas de Jesús manifiestan su sufrimiento por la desaparición del amigo. En esta oscura situación Jesús toma la iniciativa y pre­ gunta: «¿Dónde lo habéis puesto? Le contestaron: Ven a ver­ lo, Señor» (Jn 11,34). Marta y María responden con las mismas palabras con las que Jesús había invitado a sus primeros discípulos a morar con él: «Venid y lo veréis» (Jn 1,39). Mientras las palabras de Jesús indicaban a los discípulos el lugar de la vida, las mismas palabras en boca de los discí­ pulos conducen hacia el lugar de la muerte. Y Jesús, estremeciéndose frente a la torpeza de los discí­ pulos que están «afligidos como esos otros que no tienen esperanza» (1 Tes 4,13), se llega a la tumba donde han pues­ to a Lázaro.

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Este sepulcro «era una cueva con una losa puesta en la entrada» (Jn 11,38). La importancia de la piedra está subrayada por la repeti­ ción por tres veces de este térm ino en la narración (Jn 11,38.39.41). La piedra, puesta en la entrada del sepulcro, separaba definitivamente el m undo de los vivos del de los muertos e indicaba el fin de todo («poner una piedra encima»). Por esto la primera orden de Jesús es la de quitar la pie­ dra que impedía todo contacto entre el muerto y los vivos. A esta orden la fe de Marta vacila y ella replica a Jesús: «Señor, ya huele mal, lleva cuatro días» (Jn 11,39). En la respuesta que Jesús da se encierra el significado de toda la narración: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Jn 11,40). Pero en el coloquio tenido con Marta, Jesús no le había hablado de la «gloria de Dios», sino de una vida capaz de superar la muerte («El que me presta adhesión, aunque m ue­ ra, vivirá», Jn 11,25). El evangelista quiere hacer com prender que en esta vida indestructible se hace visible la acción de Dios, la «gloria», que hace posible «ver» sólo si se cree. La resurrección de Lázaro depende de la fe de la herm a­ na: «Si crees... verás». Si Marta no cree, no verá nada. Para cuantos no creen, el sepulcro perm anece cerrado y Lázaro permanece muerto y podrido en espera de la «resu­ rrección del último día». Condicionando la resurrección de Lázaro a la fe de Mar­ ta, el evangelista quiere hacer com prender que lo que sigue no es tanto un suceso histórico, cuanto teológico; no mira a la crónica de los hechos, sino a la fe.

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Una vez que las hermanas del muerto deciden quitar la piedra puesta sobre el sepulcro, se abren finalmente a la vida. Y Jesús, dando gracias al Padre que libra de la muerte, «gritó muy fuerte: «¡Lázaro, ven fuera!» (Jn 11,43). Jesús había anunciado que llegaría la hora en que todos los que estaban en los sepulcros oirían su voz y saldrían de ellos. «Salió el muerto con las piernas y los brazos atados con vendas» Qn 11,44). Esta descripción de Lázaro se remonta a la imagen del más allá según la cual el difunto es prisionero de la muerte («Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo», Sal 116,3). La última orden dada por Jesús es: «Desatadlo y dejadlo que se marche» (Jn 11,44). Contrariamente a lo que los presentes se esperaban, Je­ sús no devuelve a Lázaro a las hermanas y ni siquiera pide acogerlo y festejar su vuelta a la vida. Una vez que Lázaro ha sido librado de las vendas que lo tenían prisionero en el mundo de la muerte, debe ser dejado ir. El verbo «ir», usado para Lázaro, es el mismo utilizado por el evangelista para indicar el camino de Jesús hacia el Padre On 8,14; 13,3). Lázaro debe proseguir su camino hacia el Padre y conti­ nuar en la esfera de Dios su existencia, en un progresivo crescendo de vida junto al «que puede hacer mucho más sin com paración de lo que pedimos o concebimos» (Ef 3,20). El evangelista invita a los discípulos a un cambio de m en­ talidad. Soltando a Lázaro de las vendas que lo tienen prisionero en la tumba, la com unidad se libera de la creencia judía

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según la cual la muerte era el fin de todo y se abre a la novedad cristiana, según la cual la muerte es el inicio de una nueva vida. Paso que no será posible mientras se esté llorando delan­ te del sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos a quien vive?* (Le 24,5).

A LA MESA CON EL MUERTO (Jn 12,1-8; 13,21-30)

JU D A S

Jesús inicia la última semana de su vida volviendo a Betania, «donde estaba Lázaro, el muerto al que él había levantado de la muerte. Le ofrecieron allí una cena» (Jn 12,2). Esta cena se une en Juan temáticamente a la otra única cena presente en su evangelio, la «última cena» (Jn 13,1-2). En Betania, la cena en honor de Jesús sustituye el ban­ quete fúnebre con el que se recordaba al difunto y prefigura la celebración eucarística como acción de gracias al Señor, fuente de vida: «Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida definitiva» (Jn 6,54). A través de la resurrección de Lázaro, la comunidad ha com prendido que la existencia del creyente no se limita a la vida física, sino que prosigue, sobrepasando el umbral de la muerte, en la esfera de Dios. Esta realidad es festejada con una cena en la que «Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban reclinados con él a la mesa» (Jn 12,2). En esta cena cada participante realiza una acción: Marta es la que sirve, su hermana unge a Jesús, Judas protesta y Jesús anuncia su muerte. De los cinco personajes presentes el único que no hace nada es Lázaro.

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Omitiendo el sujeto a quien se ofrece la cena, y que puede ser tanto Jesús como Lázaro, («le ofrecieron allí una cena», Jn 12,2), el evangelista une el discípulo al maestro: es la presencia del Señor la que hace posible la del muertoresucitado, que es nombrado sólo en relación con Jesús («re­ clinado con él»). Una vez que sus hermanas lo han liberado de los lazos de la muerte, Lázaro ha podido ir al Padre, y ahora, unido a Jesús, puede estar con él presente en la comunidad, santua­ rio donde se manifiesta la gloria del Señor.

ALERGIA AL PERFUME

En la última cena, Jesús se levantará de la mesa y lavará los pies a los discípulos. En Betania es María quien, «tomando una libra de perfu­ me de nardo auténtico de mucho precio, le ungió los pies a Jesús y le secó los pies con el pelo. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume» Qn 12,3). A través de la figura de María, la comunidad expresa a Jesús su reconocimiento por el don indestructible de la vida. Los detalles particulares de esta manifestación de senti­ miento remiten al Cantar de los cantares, libro del amor por excelencia. A la orden del Señor de quitar la piedra del sepulcro, Marta había objetado realistamente: «¡Señor, ya huele mal!» (Jn 11,39). Una vez quitada la piedra, no es el hedor de la muerte el que enferma a la comunidad, sino el perfume de la vida el que la embriaga.

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A la exagerada cantidad de este ungüento (una libra equi­ valía a cerca de trescientos cincuenta gramos, corresponde la calidad del mismo, el -nardo auténtico de mucho precio», perfume que en el Cantar de los cantares expresa el amor de la esposa hacia su rey: «Mientras el rey estaba en su diván, mi nardo despedía su perfume» (Cant 1,12). Incluso la especial referencia a los cabellos, con los que María seca los pies de Jesús, remite también al Cantar de los cantares, donde se lee que «tus cabellos de púrpura, con sus trenzas, cautivan a un rey» (Cant 7,6). Mientras la comunidad celebra a Lázaro, el muerto que está vivo, la fiesta se ve turbada por Judas, el vivo que está ya muerto. Envuelto en el hedor de la muerte, Judas no tolera el olor de la vida y, apenas la casa se llena de aquel perfume, inter­ viene protestando: «¿Por qué razón no se ha vendido este perfume por trescientos denarios de plata y no se ha dado a los pobres?» (Jn 12,5). Es la segunda vez que este discípulo aparece en el evan­ gelio de Juan. En la primera, refiriéndose Jesús a él, lo ha­ bía denunciado como un diablo: «¿No os elegí yo a voso­ tros, los Doce? y, sin embargo, uno de vosotros es un dia­ blo» 0 n 6,70). En el evangelio de Juan el diablo es definido como aquél que ha sido embustero y homicida «desde el principio» (Jn 8,44). Como el diablo, Judas es mentiroso y asesino. Su protes­ ta por la acción de María no nace del hecho de que «le im­ portasen los pobres, sino porque era un ladrón, y como te­ nía la bolsa, se llevaba lo que echaban» (Jn 12,6). En el evangelio de Juan, la única vez que Judas habla es para defender su cuenta corriente.

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El amor demostrado por la comunidad a Jesús daña el interés de Judas, porque, para él, la ganancia es el valor más importante A Judas no le interesan los pobres. La ayuda a los nece­ sitados es sólo un pretexto para robar todavía más. Judas reprende a María, porque su gesto de amor hacia Jesús ha ido en detrimento de los pobres, pero en realidad es el mismo Judas, en cuanto ladrón, quien causa la pobreza de éstos. Definido por Mateo como el hombre que «más le valdría no haber nacido» (Mt 26,24), Judas es el verdadero difunto de esta cena: no teniendo en sí la vida, el discípulo traidor no comprende qué hay que festejar. La comunidad, para expresar su reconocimiento al Se­ ñor, ha preferido más un signo de amor que el dinero, ya que considera la vida un don «tan precioso» que no tiene precio (el valor del perfume equivale a un año de trabajo de un asalariado). Judas prefiere el dinero al amor. Por esto el discípulo es presentado por los evangelistas como el traidor de Jesús: haber entregado al maestro a los guardias no es sino el gesto final de una continúa infidelidad a Jesús y a su mensaje. Jesús ha enseñado a entregar todo lo que se es y se tiene, comunicando sobreabundancia de vida. Judas ha hecho siempre lo contrario: lo que pertenece a los otros lo ha tomado para sí, anteponiendo siempre el pro­ pio interés al de los demás. Eligiendo la riqueza al amor, Judas «no merece sino desprecio» (Cant 8,7). Jesús pone fin a la polémica de Judas e invita a este discípulo, que parece tener tan dentro los problemas de los pobres, a no limitarse a hacer beneficencia con ellos, sino a

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acogerlos en la comunidad: a los indigentes no se ha de dar limosna, sino entregarse uno mismo. Judas había protestado afirmando que era conveniente dar aquellos dineros a los pobres. Jesús le advierte que los necesitados no deben ser objeto de una actividad caritativa de la comunidad, sino los compo­ nentes de la misma: -Los pobres los tenéis siempre entre vosotros» (Jn 12,8). Judas, no pudiendo apoderarse ahora de los «trescientos denarios» de perfume, intervendrá más tarde vendiendo a Jesús por «treinta monedas de plata» (Mt 26,15), el precio de un esclavo (Éx 21,32).

ÚLTIMA CENA PARA DOS

Los mismos temas de la celebración de Betania (la cena, la bolsa retenida por Judas, los pobres, la muerte de Jesús) reaparecen en la última cena, en el dramático intento hecho por Jesús para conquistar a Judas. En esta cena, que será la última entre ambos, tanto más se haga Judas agente de las tinieblas que intentan apagar la luz, más resplandecerá la luz del amor del Señor. Para Jesús, fruto de la cena será la muerte, y en la cruz él manifestará la gloria del Padre. Judas, al término de la cena, será engullido para siempre por las tinieblas. En la cena de Betania, la comunidad festejaba el retorno a la vida de Lázaro, el discípulo muerto; en la última cena, Judas se convierte en instrumento de muerte para el que es el autor de la vida. Durante esta cena, Jesús, «el Señor y el Maestro» (Jn 13,14), lava los pies de los discípulos.

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El Señor se hace siervo para que todos los siervos se sientan señores, y se hace maestro para que todos aprendan de él a servir. Pero el gesto del amor a Jesús ha sido inútil con Judas («no todos estáis limpios», Jn 13,11), que permanece para siempre en la impureza, siervo y discípulo de su verdadero maestro, el diablo. Mientras Jesús sigue respondiendo con amor al odio de Judas, el discípulo es solamente capaz de gestos hostiles y el pie que Jesús ha lavado se le alzará en contra: «El que come el pan conmigo me ha puesto la zancadilla» (jn 13,18; Sal 41,10). Frente a la resistencia de este discípulo, que rechaza toda oferta de amor, Jesús no se rinde y hace un último intento, porque el Padre no lo ha enviado para juzgar y condenar, sino para salvar, y su voluntad es que ninguno se pierda, ni siquiera el traidor. Entre los hebreos era costumbre que el señor de la casa iniciase la comida mojando un pedazo de pan en el plato y lo ofreciese al huésped más importante. Para Jesús es Judas el más importante de los comensales, porque es el único que corre el peligro de perderse definiti­ vamente. Por esto, al comenzar la cena, Jesús, «tomó el trozo y mojándolo se lo dio a Judas de Simón Iscariote» 0 n 13,26). Los verbos tomar y dar son los mismos usados por los otros evangelistas para la descripción de la última cena, cuando Jesús tomó un pan y se lo dio a los discípulos (Mt

26,26).

Con la oferta del trozo, gesto de amor preferencial, Jesús pone su vida en manos del discípulo traidor que debe elegir qué hacer.

A la mesa con el muerto

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Pero Judas, convertido en instrumento del que «desde el principio ha sido homicida», sigue cobijando sentimientos de muerte y no come el trozo, sino que lo toma y se va. Comer habría significado la asimilación a Jesús, «pan de vida» (Jn 6,35). Judas, sin embargo, asimilado al «que tenía dominio so­ bre la muerte, es decir, al diablo» (Heb 2,14), toma el pan, y «en cuanto recibió el trozo, entró en él Satanás» (Jn 13,27). El evangelista es radical: o se acoge a Jesús, factor de vida, y se llega a ser «hijos de Dios» (Jn 1,12), o se lo prende para entregarlo a la muerte y hacerse «hijos del diablo» (1 Jn

3,10).

Rechazando la vida que Jesús le ofrece, Judas pierde la suya, y se confirma como «hijo de la perdición» (Jn 17,12). Jesús, viendo que ahora Judas persevera en su plan dia­ bólico, no lo fuerza a aceptar su don vital y, en un último gesto de amor, no lo denuncia a los otros discípulos, sino que le facilita la vía de salida diciéndole: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto» (Jn 13,27). Ninguno de los comensales comprende estas palabras. Algunos, recordando el interés de Judas por los misera­ bles, pensaron que éste debería dar algo a los pobres Pero Judas, «tomado el trozo, salió en seguida; era de noche» (Jn 13,30). Judas, abandonado definitivamente la esfera de la luz, se sumerge en la oscuridad (noche). Jesús ha venido como «luz del mundo», pero Judas «ha preferido las tinieblas a la luz, porque... todo el que obra con bajeza, odia la luz». (Jn 3,19-20). Dentro de poco el traidor volverá, en la cabeza del grupo de guardias que prenderá a Jesús, llevando consigo «faroles, antorchas y armas» (Jn 18,3).

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Galería de personajes del Evangelio

Portador de muerte (armas), camina en la oscuridad, y por esto tiene necesidad de antorcha y faroles». Judas es instrumento de las tinieblas que intentan sofocar la luz que brilla en Jesús. Pero mientras Judas saldrá de la escena evangélica de noche, la luz de Jesús continuará brillando más que nunca, porque «la tiniebla no la ha apagado» (jn 1,5).

UN CASO DESESPERADO (Le 18,9-14; 19,1-10)

ZAQUEO

Los recaudadores, que acudían a Juan para hacerse bau­ tizar con la finalidad de obtener el perdón de los pecados, se esperaban que el Bautista les impondría cambiar de oficio. Por esto preguntaron: «Maestro, ¿qué tenemos que hacer?» (Le 3,12). Pero Juan respondió: «No exijáis más de lo que tenéis establecido». La respuesta de Juan el Bautista es desconcertante, dado que el severo profeta acometía con palabras de fuego a las muchedumbres que acudían a él («¡Camada de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?», Le 3,7), y las amenazaba con terribles imágenes («todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego», Le 3,9). Juan mantiene que, también pecadores, como eran con­ siderados los recaudadores, pueden recibir el perdón de sus culpas, incluso continuando en el ejercicio de una actividad considerada pecaminosa. Esta inaudita «buena noticia» (Le 3,18), anunciada por el Bautista al pueblo, será confirmada por Jesús, que enseñará que la comunión con Dios no depende de los méritos del hombre, sino de la acogida del amor de Aquél que es «bon­ dadoso con los desagradecidos y malvados» (Le 6,35).

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Galería de personajes del Evangelio PROFESIONALES DE LO SAGRADO

Para hacer comprender este cambio radical en las rela­ ciones con Dios, Jesús narra una parábola dirigida a aquellos que, persuadidos de ser gratos al Señor, gracias a sus esfuer­ zos, «estaban plenamente convencidos de estar a bien con Dios y despreciaban a los demás» (Le 18,9). En la parábola Jesús pone en escena dos conductas opues­ tas de la vida religiosa: la de uno perteneciente al grupo de los fariseos, considerados profesionales de lo sagrado y mo­ delos de santidad, y la del pecador por excelencia, el recau­ dador. Ambos suben al templo a orar. Pero ninguno de los dos lo hace. «El fariseo se plantó y se puso a orar para sus adentros» (Le 18,11). El‘fariseo, colocado en la presencia del Señor, permane­ ce centrado sobre sí mismo. Aunque las palabras de su ora­ ción se dirigen a Dios, en realidad son un complacido solilo­ quio sobre la santidad propia. Más clérigo que los clérigos, el fariseo practicaba en la vida cotidiana las complicadas reglas de pureza requeridas a los sacerdotes en el limitado periodo en que éstos prestaban servicio en el Templo. Por su vida regulada por seiscientos trece mandamien­ tos, el fariseo se consideraba un elegido y hacía de su santi­ dad la medida para juzgar a los otros: «Dios mío, te doy gracias de no ser como los demás: ladrón, injusto o adúltero» (Le 18,11). Es verdad. Él no es como los otros hombres. Es peor.

Un caso desesperado

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También el fariseo es codicioso, injusto y adúltero «como los otros hombres», pero, lo que es más grave, lo es en nom­ bre de Dios. Cegado por las trabas de sus propios méritos, el fariseo no descubre su codicia denunciada de este modo por Jesús: «De m odo que vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis repletos de robos y maldades» (Le 11,39). Jesús revela incluso que el desvarío del fariseo de osten­ tar su justicia delante de los hombres sirve en realidad solo para enmascarar su profunda injusticia de cara a Dios: «Voso­ tros sois los que os las dais de intachables ante la gente, pero Dios os conoce por dentro, y ese encumbrarse entre los hom­ bres le repugna a Dios» (Le 16,15). Es ciertamente dentro del templo, alabándose y glorifi­ cándose a sí mismo en lugar de a Dios, donde el fariseo usurpa el puesto del Señor y comete el pecado de idolatría, considerado el verdadero y auténtico adulterio. Considerándose un modelo de santidad, el fariseo lanza una mirada esquiva al recaudador y, satisfecho por la abis­ mal distancia que lo separa de aquel infame, continúa ha­ ciendo el elenco de sus inútiles méritos. Centradas en las prácticas de piedad, ninguna de las ac­ ciones de las que se jacta el fariseo mira al prójimo. «Ayuno dos veces por semana» (Le 18,12). Al ayuno anual, im puesto para el día de la Expia­ ción (Lv 16,31), la tradición había añadido otros cuatro días de ayuno en recuerdo de las catástrofes nacionales (Zac 7,3-5); pero los fariseos, después, para distinguir­ se del resto del pueblo, ayunaban lunes y jueves en recuerdo de la subida y de la bajada de Moisés del monte Sinaí.

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El fariseo prosigue la piadosa enumeración de sus obras meritorias con la jactancia de pagar el diezmo al templo, no sólo de lo que estaba establecido por la Ley, sino de todo lo que posee. Aquellas prácticas, que son motivo de orgullo para el fariseo, a los ojos del Señor no son otra cosa que «pérdidas» (Flp 3,8), como reconocerá a su tiempo Saulo, el fariseo arre­ pentido, que confesará: «Eso tiene fama de sabiduría por sus voluntarias devociones, humildades y severidad con el cuer­ po; pero, en realidad, no tiene valor ninguno, sirve para cebar el amor propio» (Col 2,23). También el recaudador había subido al templo con la intención de orar, pero no se atreve a hacerlo: «El recauda­ dor, en cambio, se quedó a distancia y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; se daba golpes de pecho diciendo: «¡Dios mío, ten piedad de este pecador!» (Le 18,13). Ambos protagonistas de la parábola viven en una condi­ ción de cerrazón a Dios: el fariseo, en cuanto ídolo y dios de sí mismo, se cierra al Señor que pide «amor y no sacrificios» (Os 6,6); el recaudador, porque convive cotidianamente con el engaño y el hurto. Pero sólo el recaudador es consciente de su impureza Él no promete a Dios cambiar de vida, sino que le pide demostrarle su misericordia, incluso en la trágica condición pecadora en la que se encuentra. La parábola dirigida a aquellos que se consideraban «jus­ tos» (Le 18,9), termina con una sentencia paradójica: Jesús afirma que el recaudador, a diferencia del fariseo, «bajó a su casa a bien con Dios» (lit. «justificado», Le 18,14). El Señor, que desde siempre «colma de bienes a los hambrientos y a los ricos los despide de vacío», envuelve con su amor al pecador y rechaza al fariseo y a toda su

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mercancía religiosa: -¿Por qué entráis a visitarme? ¿Quién pide algo de vuestras manos cuando pisáis mis atrios? No me trai­ gáis más dones vacíos... Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé» (Is 1,12-13-15).

EL INTOCABLE

En los evangelios se pone de relieve la indudable predi­ lección de Jesús hacia los recaudadores, grupo de personas considerado símbolo de clase despreciada del mundo reli­ gioso. De hecho, en el círculo de seguidores de Jesús se encon­ trarán recaudadores, pero no habrá ningún fariseo. En el evangelio de Lucas, el primer individuo que Jesús invita expresamente a seguirlo es ciertamente -un recauda­ dor llamado Leví» (Le 5,27). A la reacción escandalizada de los escribas y fariseos, Jesús responde que no -ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se convier­ tan» (Le 5,32). El mismo escándalo estallará cuando, entre Jesús en Jericó a casa del jefe de recaudadores. Ironía del destino. Sus padres le habían impuesto a éste el nombre de Zaqueo (hebr. Zakkai), que significa «puro», pero la profesión elegida por él lo había convertido en el impuro por excelencia. El caso de Zaqueo es un caso desesperado. Considerado una sanguijuela y un traidor por sus connacionales, la religión lo estima alguien intocable que vuelve inmundo a todo el que lo toca, incluida la casa donde habita.

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Pero Zaqueo no sólo es publicano, es también rico. Mientras Jesús «siendo rico, se hizo pobre» (2 Cor 8,9), Zaqueo, al contrario, se ha enriquecido empobreciendo a la gente y el Señor ha declarado que, para los ricos, no hay esperanza alguna de poder entrar en el reino de Dios, por­ que «es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el reino de Dios» (Le 18,25). Escribe el evangelista que Zaqueo «trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura» (Le 19,4). La anotación de Lucas no se refiere a los centímetros de altura de Zaqueo, sino a su bajeza moral. Los ricos no están a la altura de Jesús y la riqueza acumu­ lada por Zaqueo es un obstáculo que le impide verlo. «Al llegar a aquel sitio, levantó Jesús la vista y le dijo: Zaqueo, baja en seguida, que hoy tengo que alojarme en tu casa» (Le 19,5). Zaqueo pensaba tener que subir para ver a Jesús. El Se­ ñor lo invita a descender. La alegría de Zaqueo, «que bajó enseguida y lo recibió muy contento» (Le 19,6) es un eco de aquella otra del pastor que «reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: -¡Dadme la enhorabuena! He encontrado la oveja que se me había perdido» (Le 15,6). Pero la alegría de Jesús y de Zaqueo no es compartida por los presentes. Habituados a juzgar según los criterios de la religión, murmuran horrorizados: «Ha entrado en casa de un pecador» (Le 19,7). Para éstos, Jesús ha contraído impureza, entrando en casa del recaudador.

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Para el evangelista, la presencia de Jesús en la casa de Zaqueo purifica al recaudador que, de hecho, declara: «La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si a alguien he extorsionado dinero, se lo restituiré cuatro veces» (Le 19,8). El libro del Levítico prescribía que, en caso de fraude, había que restituir el importe sustraído añadiéndole una quinta parte (Lv 5,20-26). Pero Zaqueo va más allá de cuanto prescribe la Ley de Moisés y se empeña en restituir cuatro veces más la cantidad del importe robado. La acogida de Jesús ha costado cara a Zaqueo, que ahora ya no es rico. El recaudador ha comprendido que «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35) y hace partícipe de sus bienes a cuantos están necesitados. Jesús había dicho que «era difícil a los que tienen el dine­ ro entrar en el reino de Dios» (Le 18,24). Una vez que Zaqueo se ha desembarazado de las rique­ zas ha entrado en la bienaventuranza del reino («Dichosos vosotros los pobres, porque tenéis a Dios por rey», Le 6,20) y Jesús puede declarar: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán» (Le 19,9). Es la única vez que habla Jesús de «salvación» en el evan­ gelio. Él, que había sido anunciado por el ángel de Señor a los pastores como «el Salvador» (Le 2,11), confirma que es tarea del Hijo de Dios «buscar lo que estaba perdido» (Le 19,10). Salvación que él concede inmediatamente, «hoy», como hará con el bandido crucificado con él («Hoy estarás conmi­ go en el paraíso», Le 23,43). El comportamiento de Jesús con el recaudador no resul­ taría grato a la rígida iglesia primitiva

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La severa práctica penitencial, que imponía a los paga­ nos abandonar ciertos oficios, por no estar al unísono con la dignidad del cristiano, se chocaba con la salvación concedi­ da por Jesús a un recaudador que seguiría ejerciendo su oficio. Medió la tradición encontrando un nuevo empleo para Zaqueo, oportunamente nombrado por Pedro, obispo de Cesarea (Ps. Clem. Hom. 3.63,1).

EL CERDO Y LA ZORRA ( Mí 2; Me 6,14-16)

LOS HERODES

Marcos y Juan lo ignoran. Lucas hace solamente una alu­ sión de tipo cronológico. Mateo es el único evangelista que ha tratado a Herodes, pero lo ha hecho de modo tan incisivo que aquel rey de los judíos ha quedado impreso en el imagi­ nario popular como la encarnación misma de la crueldad. Paradójicamente Herodes ha pasado a la historia por el único crimen que no cometió. De hecho, el episodio de la «matanza de los inocentes» es desconocido a los cronistas de la época, que no perdían ocasión para pintar a Herodes con hoscas tintas. No se trata de que Herodes no fuese capaz de ordenar la matanza de «todos los niños que estaban en Belén» (Mt 2,16): este rey quitó de en medio a todos los que, de verdad o no, trataban de arrebatarle el trono. Incluso definiéndose a sí mismo como «padre muy amo­ roso» ( Guerra 1, 32, 2), Herodes no dudó en matar a una decena de sus familiares, entre los que había tres hijos: Antípatro (hijo de Doris), Alejandro y Aristóbulo, hijos de Mariamme, enviados como su madre al otro mundo. Cuando se supo que el rey había asesinado a sus mismos hijos, se hizo famoso el dicho: «Mejor ser un cerdo que hijo de

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Herodes», basado en la prohibición para los hebreos de co­ mer carne de cerdo y en la semejanza entre la palabra cerdo (que se escribe en griego hyos) e hijo (en griego, hyiós). La matanza de los niños en Belén es narrada sólo por Mateo, el evangelista que presenta la vida de Jesús bajo el cliché de la de Moisés. Moisés y Jesús, los libertadores del pueblo, son temidos como un peligro mortal por el potente de turno. Escribe Mateo que, al anuncio del nacimiento del «recién nacido rey de los judíos», el rey Herodes «se sobresaltó» (Mt

, - ).

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El terror, que acompañó a Herodes durante toda su vida, estaba causado por el hecho de ser un rey ilegítimo. La Ley habla claro: puede ser rey de los judíos sólo quien tiene sangre hebrea: «Nombrarás rey tuyo a uno de tus her­ manos, no podrás nombrar a un extranjero que no sea her­ mano tuyo» (Dt 17,15). Por las venas de Herodes no corre una sola gota de san­ gre judía. La madre, Cipro, es Nabatea, y el padre, Antípatro, gobernador de Idumea, región al sur de Israel, conquistada por los judíos, primero, y después, por los romanos. Hábil político, Antípatro no sólo supo obrar con destreza entre sus ocupantes, sino que consiguió hacer a Herodes, cuando apenas tenía quince años, gobernador de Galilea. Allí el joven aprendió a hacer honor a su nombre, que significa «héroe», y rápidamente consiguió hacerse apreciar por su indudable coraje. Aprovechándose de las luchas in­ testinas que marcaron el fin de los asmoneos, los legítimos reyes de los judíos, Herodes consiguió luego hacerse nom ­ brar rey. Su reino comenzó y terminó bajo la bandera del extermi­ nio mediante la eliminación de todo posible adversario. Flavio

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Josefo afirma que «sus víctimas fueron una infinidad, y, sin embargo, aquellos que lograron salvar su vida sufrieron pa­ decimientos que no dejaban nada que envidiar a los asesina­ dos» ( Guerra 2, 6, 2). Cuando Jesús nació, Herodes era ya septuagenario y es­ taba al final de un largísimo reinado por el que se había ganado el apelativo de «El Grande». La obsesión de que cualquiera pudiese derribarlo del poder seguía, sin embargo, alimentando sus fantasmas de rey viejo. Basándose en elementos históricos concretos, como el miedo de Herodes a perder el trono y su crueldad en defen­ derlo, Mateo construye la narración de la matanza de los niños de Belén de tal modo que cualquier lector pueda com­ prender que se trata de teología y no de historia. De hecho, Herodes el Grande, conocido por la astucia que le permitió reinar sin rival por casi medio siglo sobre los judíos, da la imagen de poco prevenido en el evangelio de Mateo. Alarmado por la noticia del nacimiento del nuevo rey, Herodes «convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo, y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: En Belén de Judea» (Mt 2,4). Incluso conociendo el lugar del nacimiento del Mesías, el rey no lanza tras él a sus sicarios en busca del recién nacido, sino que se confía a desconocidos extranjeros como eran «los magos venidos de Oriente», y «los mandó a Belén encargándoles: -Averiguad exactamente qué hay de ese niño y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a ren­ dirle homenaje» (Mt 2,1.8). Extrañamente Herodes, hombre receloso, que no se fia­ ba ni siquiera de sus hijos, no piensa en enviar espías tras los

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magos. Sólo cuando «se vio burlado por los magos, montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo en Belén y sus alrededores» (Mt 2,16). El relato de Mateo es pretendidamente grotesco. Herodes, que en su larga existencia se había mofado de todos, ahora se ve burlado y ordena la matanza de los niños de Belén. Pero, como Moisés escapó a la matanza de todos los recién nacidos hebreos, querida por el faraón, así suce­ derá con Jesús.

LA CAÑA AGITADA POR EL VIENTO

Sintiendo ahora acercarse el fin, Herodes sabía que el pueblo festejaría su muerte. Y se puso a pensar cómo darle motivos de duelo. Invitó mediante un engaño a los personajes más conoci­ dos de cada aldea y los recluyó en el hipódromo de Jericó. Luego «mandó venir a su hermana Salomé con su marido y les dijo: «Sé que los judíos harán fiesta por mi muerte, pero yo conozco el modo de hacerles llorar por otros motivos y conseguir de este modo un gran luto, si vosotros estáis dis­ puestos a seguir mis disposiciones. Cuando yo muera, rodeadlos inmediatamente de soldados y matad a aquellos que están recluidos, de modo que toda Judea y cada familia, incluso no queriendo, tengan que llorar por mi muerte» ( Gue­ rra 1, 33, 6). Apenas cinco días antes de morir, Herodes cometió su último delito: viendo que Antípatro, su primogénito, se pre­ paraba ya para rey, lo hizo matar. Finalmente, muerto también el rey Herodes, José, que se había refugiado en Egipto con María y el niño, no se fió de

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volver con su familia a Judea, donde reinaba Arquelao, cruel y sanguinario como su padre, y subió a Galilea, a la tetrarquía heredada por Herodes Antipas. Antipas, forma contracta de Antípatro, significa «como el padre», pero éste se revelará más peligroso que su padre, porque lo que no llevó a cabo Herodes el Grande lo conse­ guiría su hijo, bajo cuyo poder moriría Jesús. En los evangelios, Jesús se refiere a Herodes Antipas sólo dos veces y las dos de modo negativo. Hablando a las muchedumbres de Juan el Bautista, Jesús lo contrapone a su asesino, preguntando: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?» (Le 7,24). La expresión de Jesús se refiere a la moneda que Herodes Antipas había hecho acuñar con ocasión de la fundación de Tiberíades como nueva capital. Estando prohibido a los ju­ díos reproducir figuras humanas, en lugar de la imagen del tetrarca, junto a la inscripción, aparecía una caña, elemento típico del lago de Galilea. La caña agitada por el fuerte viento del lago se había convertido en el emblema satírico de este poderoso, débil de carácter, un indeciso que, entre varias posibles solucio­ nes, terminaba infaliblemente eligiendo siempre la peor. De su padre, Antipas no había heredado el ingenio, sino la firmeza en el obrar. Dudando entre continuar residiendo en la capital de Galilea, Séforis, situada en la zona montañosa a pocos kiló­ metros de Nazaret, o construir una ciudad más bella, deci­ dió, al fin, edificar una nueva capital, a la orilla del lago de Galilea, llamada Tiberíades en honor del emperador. Para hacerlo, Herodes escogió el terreno menos adecua­ do: un cementerio. Considerado lugar impuro, los judíos se

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negaron a residir en ella y Herodes se vio obligado a poblar la ciudad con gente promiscua, llevada por fuerza a la nueva capital. Herodes se había casado con la hija del rey de Petra, pero, en un viaje a Roma, cayó en las garras de su ambiciosa cuñada Herodías, mujer de su hermano Filipo. Como una caña que se doblega al viento que sopla más fuerte, Herodes fue convencido por Herodías para que repu­ diase a su mujer. Ésta, cuando se enteró de la intriga, huyó con su padre, que le declaró la guerra a Herodes, para lavar la afrenta sufrida y le destruyó el ejército. En esta derrota, muchos judíos vieron un castigo divino por el asesinato de Juan el Bautista, vicisitud en la que so­ bresale el carácter indeciso de Herodes: «Éste respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo tenía protegido. Cuando lo escuchaba quedaba perplejo, pero le gustaba escucharlo» (Me 6,20). Según los evangelistas, quien había pedido la cabeza del Bautista había sido Herodías, que se sentía en peligro a cau­ sa de la constante denuncia de Juan el Bautista, que decía a Herodes: «No te está permitido tener como tuya la mujer de tu hermano» (Me 6,18). Cortada la cabeza al profeta, Herodes perdió la suya. Obsesionado por el fantasma del Bautista, Herodes esta­ ba convencido de que éste había resucitado («Aquel Juan a quien yo le corté la cabeza, ése ha resucitado», Me 6,16). Lo que causaba las pesadillas a Herodes era la fama cre­ ciente de Jesús, que el tetrarca veía como un muerto resuci­ tado, que había que matar de nuevo. Y es, justamente con ocasión de estos planes homicidas, cuando Jesús vuelve a hablar de Herodes.

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Esperando amedrentarlo y, de este modo, desembarazar­ se de él, algunos fariseos avisaron a Jesús del grave peligro que estaba corriendo y lo invitaron a huir: «Vete, márchate de aquí, que Herodes quiere matarte» (Le 13,31). Jesús no se preocupó de la amenaza y confirmó a los fariseos su propósito de continuar su camino. Luego refirién­ dose a Herodes, lo definió «zorra» («id a decirle a esa zorra», Le 13,32), indicando no la astucia del tetrarca, sino su nuli­ dad como persona. Para los hebreos, de hecho, la zorra no era el animal símbolo de la astucia, sino el más insignificante que existía («Es mejor ser la cola de un león que la cabeza de una zorra», Pirqé Abot 4,20). El miedo de Herodes cesó solamente cuando Jesús fue capturado y le fue enviado de parte de Pilato. Cuando el prefecto romano se encontró de cara al hombre acusado de querer ser «el rey de los judíos» (Le 23,3), había pensado matar dos pájaros de un tiro: quitarse un problema y dar una lección a Herodes. Era de sobra conocida la frustración del tetrarca por no conseguir obtener el ambicionado título de rey, y Pilato, enviándole a Jesús, le muestra qué fin consi­ guen los aspirantes al trono. Después de haber insultado y haberse mofado de Jesús, Herodes devuelve a Pilatos al aspirante «rey de los judíos», revestido con «un ropaje espléndido» (Le 23,11), el inútil manto real, haciéndole ver que había comprendido la lección, que el prefecto le había dado. Las tensiones, que antes existían entre el representante del emperador y el pretendiente al trono, se disolvieron y «aquel día se hicieron amigos Herodes y Pilatos» (Le 23,12). Pero Herodes, librado de su padre, de su suegro, de Juan Bautista, de Jesús y de Pilato no se percató de que el enemi­ go lo tenía a su lado.

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Con una insistencia cotidiana, Herodías, provocaba con­ tinuamente al marido y lo incitaba a embarcarse para Roma para pedir la corona: no era tolerable que «Herodes, hijo de un rey, que, por su nacimiento real, era llamado a igual ho­ nor, se contentase con vivir como un ciudadano común has­ ta el final de su vida- CAntigüedades 18, 241-243). La caña agitada por el viento se plegó completamente al huracán Herodías y Herodes cedió a las insistencias de su mujer de obtener «un trono a cualquier costo» (Antigüedades 18, 245). Olvidándose de la lección dada por Pilato al aspirante rey, Herodes partió para Roma, donde el emperador Calígula no sólo no le concedió la corona, sino que le quitó la tetrarquía y lo condenó con la mujer «al exilio perpetuo en Lión, ciu­ dad de la Galia- (Antigüedades, 18, 252), donde encontró la muerte probablemente por orden del mismo emperador ( Gue­ rra 2, 9, 183).

EL AMIGO DEL CÉSAR (Jn 18,28-40; 19,1-16)

PONCIO PILATO

En los veintidós años que fue emperador, Tiberio nom ­ bró sólo dos prefectos para Judea: Valerio Grato y Poncio Pilato, su sucesor. Para su justificación el emperador solía narrar esta historieta: «Un hombre herido yacía en tierra y un enjambre de moscas aleteaba sobre sus heridas. Un tran­ seúnte tuvo piedad del pobrecito y, creyendo que era inca­ paz de alzar la mano por debilidad, se le acercó para espan­ tarlas. Pero el herido le rogó que no lo hiciera; y cuando le preguntó por qué no trataba de librarse del mal que lo infes­ taba respondió: -Haríais peor si me las quitaseis. Ellas ya se han hartado de sangre y no tienen ni siquiera fuerzas para molestarme. Si viniesen otras con apetito fresco y famélicas, descompondrían mi débil cuerpo y me sobrevendría rápida­ mente la muerte» CAntigüedades 18,175). Tiberio, que conocía bien la avidez de sus funcionarios, los comparaba a moscas ávidas de sangre, y a un cuerpo lleno de llagas le vienen mejor las moscas saciadas que las hambrientas. Pero con Poncio Pilato se había equivocado. Con el tiempo, la sed de sangre de este prefecto no se había aplacado, sino que había aumentado.

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Definido por Filón como «hombre duro y obstinado» ( De Legatione 38), Pilato tenía un único objetivo delante de sí, su carrera, y por ésta estaba dispuesto a sacrificar cualquier cosa. Al tiempo de su servicio militar, iniciado de soldado raso, se debe su sobrenombre de pilato, derivado de piltim, dardo con el que se castigaba a los soldados para hacer respetar la disciplina. Un salto en la escalada al poder lo dio Poncio Pilato gracias a su amistad con el prefecto Seano, el poderoso favo­ rito de Tiberio («estar entre sus íntimos era título de amistad con el César», Anales 6,8); de este modo consiguió gozar del ambicionado título honorífico de «amigo del César». Pilato además trató de consolidar su proximidad al em­ perador casándose con Claudia Prócula, hija ilegítima de la mujer de Tiberio. Pero, a pesar del matrimonio, había segui­ do siendo del rango ecuestre ( caballero). Al no ser miembro del senado, no podía aspirar al prestigioso cargo de legado (representando al emperador) y había terminado como pre­ fecto en aquella asolada extensión de piedras que era Judea. Desde hacía más de diez años, Pilato intentaba tener a raya una población obstinada y siempre amotinada. Estando de mala gana en aquella tierra, sin otear ningu­ na misión de prestigio que lo llevase al senado de Roma, Pilato había realizado una serie de jugadas desafortunadas, que no hacían presagiar nada bueno para su futuro. El prefecto no escondía el profundo desprecio que ali­ mentaba en sus relaciones con los judíos y con sus tradicio­ nes y ya, desde su llegada, comenzaron los incidentes. Mientras sus predecesores habían evitado siempre que las tropas romanas exhibiesen en Jerusalén, la ciudad santa, los estandartes con la imagen del emperador, Pilato, despre­ ciando el sentimiento religioso de los judíos, «fue el primero

El amigo del César

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en introducir imágenes en Jerusalén» (Antigüedades 18,56), causando interminables protestas. Otra protesta tuvo lugar cuando Pilato hizo colocar los escudos de oro con el nombre del emperador en el palacio real; y cuando, para construir el acueducto, llegó a cobrar dinero del tesoro del templo, respondió con una masacre a la inevitable reacción de los judíos.

ADVERTENCIA MAFIOSA

Fue precisamente con ocasión de una masacre perpe­ trada por Poncio Pilato cuando Jesús se encontró casual­ mente con el prefecto romano. La ruptura de Jesús con la institución religiosa, denuncia­ da por él como asesina, le había atraído el odio de los escri­ bas y fariseos que «empezaron a acosarlo sin piedad y a tirarle de la lengua sobre muchas cuestiones, estando al ace­ cho para cogerlo en algo con sus propias palabras» (Le 11,53). En este clima hicieron llegar a Jesús una noticia que tenía toda la traza de una intimidación. De hecho «en aquella oca­ sión algunos de los presentes le contaron que Pilato había mezclado la sangre de unos galileos con la de las víctimas que ofrecían» (Le 13,1). La advertencia era clara. Jesús, el galileo, es invitado a cambiar de rumbo, porque, de lo contrario, tendrá el mismo fin de aquellos galileos matados por Pilato. Pero Jesús no se deja intimidar y avisa a sus celosos informadores que serán ellos mismos ciertamente, si no cam­ bian de vida, los que tendrán un mal final: «Os digo que si no os enmendáis, todos vosotros pereceréis también» (Le 13,3).

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Galería ele personajes del Evangelio

Jesús se encontrará cara a cara con Pilato cuando sea arrestado. La acusación contra Jesús es la de ser uno de tantos mesías, que regularmente se rebelaban contra Roma, un instigador que «solivianta al pueblo enseñando por todo el país judío, que comenzó por Galilea y ha llegado hasta aquí» (Le 23,5). Poncio Pilato ha participado en la captura de Jesús con el envío de casi un millar de soldados y, ahora, que lo tiene de frente, quiere saber en qué consiste su peligrosidad: «Eres tú el rey de los judíos» (Jn 18,33). La pregunta expresa toda la sorpresa del prefecto roma­ no, al encontrarse frente a un individuo que tiene de todo menos apariencia de rey. Jesús trata de hacer comprender que su realeza no es como la que Pilato conoce, hecha de violencia y de domina­ ción, sino que está al servicio de la verdad. A Pilato no le interesa la verdad («¿Qué es eso de la verdad?», Jn 18,38), sino el poder y, una vez que se ha asegurado de que Jesús no representa ningún peligro para el imperio, trata de liberarlo. Pero la resistencia de las au­ toridades religiosas hace vanas todas sus tentativas: cayen­ do en vacío incluso aquello de cambiar a Jesús por un ban­ dido, Pilato lo hace escarnecer con un azote, el látigo que terminaba en garfios de hierro, que arrancaban la piel al condenado. Reducido Jesús a puro coágulo de sangre, Poncio Pilato lo muestra a la multitud: el aspirante a rey de los judíos es un inofensivo rey trágicamente burlado. Las autoridades religiosas, viendo fracasar la acusación política («rey de los judíos», Jn 18,33), trasladan su denuncia al campo religioso, y ahora piden la muerte de Jesús «porque se ha hecho hijo de Dios» (Jn 19,7).

El amigo del César

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Esta denuncia alarma a Pilato («cuando Pilato oyó decir aque­ llo, sintió más miedo», Jn 19,8). El prefecto tiene pánico de encontrarse ante un ser celeste y, por ello, a tener que respon­ der de su actuación a cualquier autoridad divina vengativa Pilato interroga, por esto, a Jesús sobre su naturaleza. Pero Jesús no le responde. La afirmación de ser hijo de un dios habría jugado a su favor, pero el prefecto debe juzgar al hombre, que encuentra de frente y no a un ser divino. El silencio de Jesús no hace sino aumentar la turbación de Pilato que se refugia en la única ceneza que tiene, la de su poder. Su inseguridad es traicionada por el énfasis airado con el que se vuelve a Jesús: «¿Te niegas a hablarme a mí? ¿No sabes que está en mi mano soltarte y está en mi mano crucificarte?» (Jn 19,10). Para Poncio Pilato la sentencia de muerte o de vida es independiente de la culpabilidad o no del imputado. Su elección se basará en la conveniencia y no en la ino­ cencia de Jesús.

EL SEÑOR DE LOS JUDÍOS

Desconcertado por este «rey de los judíos», que no muestra ninguna señal de realeza y por este «Hijo de Dios» sin ninguna apariencia de divinidad, Pilato hace un último intento por liberar a Jesús. Pero las autoridades judías, que conocen bien la ambición del prefecto, juegan su última carta, que será la decisiva. Vista la ineficacia tanto de las acusaciones políticas como de las religiosas, apuntan ahora a la carrera del prefecto: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César», Jn 19,12).

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La amenaza de los jefes es clara: si Pilato libera a Jesús, será destituido. Poncio Pilato sabe que Tiberio, hombre receloso, parti­ cularmente sospechoso hacia los crímenes de lesa majestad, no se pensaba dos veces el eliminar a quien le faltase al respeto debido. Pilato está entre las cuerdas. Debe elegir entre sacrificar su propia carrera o la vida de un inocente. Liberar a Jesús llevaría consigo poner fin a sus ambiciones. Y Pilato, frustrado prefecto romano en aquel miserab puesto que era la Judea, cede frente al futuro de su carrera. Pero, en un último tímido intento, se vuelve a los sumos sacerdotes y les pregunta: -¿A vuestro rey voy a crucificar?» (Jn 19,15). La respuesta de los representantes de Dios es dramática y es el signo de la apostasía total: «No tenemos más rey que el César» (Jn 19,15). Si Pilato traiciona a un hombre inocente, más grave es el crimen de los sumos sacerdotes que traicionan a su Señor. Prefieren ser dominados por los romanos, y mantener sus propios privilegios antes que ser liberados del «rey de los judíos» y perder su prestigio. Es la negación definitiva de Dios como único rey de su pueblo y la aceptación incondicionada de la dominación pagana. Los sumos sacerdotes, que han rechazado recono­ cer en Jesús al Señor, serán obligados a volverse a Pilato como a su «Señor» (Mt 27,63) Al término de un proceso, donde emerge que la verda­ dera persona libre es el prisionero, mientras el juez es escla­ vo de sus propios miedos y ambiciones, Poncio Pilato entre­ ga a Jesús a los soldados para que sea crucificado.

El amigo del César

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Como Judas había entregado a Jesús a los sumos sa­ cerdotes, y éstos a Pilato, éste lo deja en poder de verdu­ gos. Lo que tienen en común Judas, los sumos sacerdotes y Pilato es que sacrifican al hombre cuando ven en peligro su interés y su carrera. No habiendo prestado oído a la «verdad» de Jesús, se ven obligados a cumplir el deseo de su padre, el «padre de la mentira», que «ha sido homicida desde el principio y nunca ha estado en la verdad» (Jn 8,44). Y Jesús es asesinado. Su pueblo «ha renegado del Santo, del Justo, y pedido que indultaran a un asesino» (Hch 3,14). Poco después, Poncio Pilato será denunciado a Vitelio, el legado romano en Siria, por haber llevado a cabo otra ma­ tanza de samaritanos. Tomados por rebeldes cuando se habían reunido en el monte Garizín en busca de tesoros que creían se encontra­ ban sepultados por Moisés, Pilato los atacó y «en una breve refriega, mató a unos, y a otros los puso en fuga. A muchos los tomó como esclavos; entre éstos, Pilato mató a los jefes más acreditados y a los que habían sido los más influyentes de los fugitivos» (Antigüedades 18, 87). Fue la clásica gota que hizo colmar el vaso. Vitelio lo destituyó de su cargo y lo mandó a Roma a dar cuenta de su actuación. Pilato, en cuanto «amigo del César», confiaba probable­ mente una vez más en la benevolencia del emperador. Pero justamente durante el viaje hacia Italia, murió Tiberio. Seano, el gran protector de Pilato, había sido ya destituido de su cargo y asesinado por el emperador, y Poncio Pilato no en­ contró santo alguno al que encomendarse.

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De él se pierden las trazas históricas y comienzan las legendarias. Según algunos, Pilato «fue golpeado por tantas desventu­ ras bajo Calígula, que fue obligado a suicidarse, a convertirse en su propio verdugo» {Historia Eclesiástica 2, 7), y su cadá­ ver fue repelido por la tierra. La Iglesia copta pensó rehabi­ litarlo y venerarlo como un santo mártir (el 25 de Junio).

EMINENCIA GRIS (Jn 11,46-53; 18,19-24)

ANAS Y CAIFAS

Entre Dios y sus representantes ha habido siempre in­ compatibilidad. Mientras Dios se revelaba a Moisés sobre el monte Sinaí, Aarón, el primer sumo sacerdote, pervertía al pueblo fabri­ cando «un novillo de fundición- para el Señor: «Ese es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto- (Éx 32,1-8). Cuando se manifestó plenamente en el Hijo, fue también un sumo sacerdote, Caifás, quien engañó al pueblo afirman­ do, con toda su autoridad, que sería conveniente sacrificar a Jesús por el bien de la nación. Jesús, cuando subió por primera vez a Jerusalén, afirmó claramente en el templo que tenía el propósito de ocuparse de las cosas de su Padre (Le 2,49). También el sumo sacerdote de entonces, Anas (en he­ breo, Ananía : «Yahvé ha tenido piedad») pretendía realizar los deseos de su padre «el diablo, que ha sido homicida desde el principio» (Jn 8,44), y había transformado la casa de Dios en una «cueva de ladrones» (Le 19,46), donde se veía de todo. De la literatura del tiempo emerge un cuadro desolador de los sacerdotes, que «roban al Señor las ofrendas y ense­

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Galería de personajes del Evangelio

ñan sus leyes por codicia» ( Testamento de Leví 14,5-8). No hay crimen que ellos no hayan perpetrado en el templo y «y no hubo ningún pecado que no cometieran más que los paganos» ( Salmos de Salomón 8,13)Jesús intentó acabar con ese sistema. El sistema acabó con Jesús.

EL GRAN VIEJO

Declaradamente filo-romano, Anás fue nombrado sumo sacerdote por el legado de Siria, Quirino, el año 6 d. C. y estuvo en el cargo durante los primeros años de la vida de Jesús. Aunque fue destituido el año 15, Anás fue la eminencia gris que continuó rigiendo la línea del poder, manipulando la elección de los sumos sacerdotes que, mira qué casuali­ dad, eran todos familiares suyos. Las intrigas con las que Anás había conservado el poder se habían hecho proverbiales. Había conseguido nombrar sumos sacerdotes a cinco hijos suyos, «un hecho que no había sucedido nunca a ninguno de nuestros sumos sacer­ dotes» (Antigüedades 20, 198) y había continuado gestio­ nando el poder a través de su yerno Caifás y su sobrino Matías. En un texto del Talmud se encuentra el eco de una pro­ testa popular contra el exceso de poder de las familias sacerdotales que parece el retrato de Anás y de su clán: «És­ tos son los sumos sacerdotes, cuyos hijos son tesoreros, sus hermanos administradores y sus siervos tratan a la gente a puntapiés» ( Fes. B. 57a). Incluso cuando el sum o sacerdote reconocido era Caifás, el viejo Anás continuaba teniendo firmemente las

Eminencia gris

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riendas del poder. Por esto era siempre nombrado en pri­ mer lugar como sumo sacerdote («los sumos sacerdotes Anas y Caifás», Le 3,2; Hch 4,6) y, cuando Jesús fue arres­ tado, no fue conducido inmediatamente a casa de Caifás, sino de Anás. Cuando se encontró de frente al individuo acusado de «amotinar a nuestra nación» (Le 23,2), Anás no mostró interés alguno por el hombre que, dentro de poco, sería matado; lo que preocupaba al diestro sumo sacerdote era el mensaje de Jesús, que, como vino nuevo, corría el peligro de romper los venerables odres de las tradiciones sobre las que se apoyaba el poder sacerdotal. El sumo sacerdote había comprendido que no bastaba con eliminar a Jesús, sino que era necesario sofocar la «bue­ na noticia». Por esto, una vez quitado de enmedio Jesús, Anás hizo arrestar a sus discípulos y, como presidente del Consejo, los intimidaría: «¿No os habíamos prohibido formalmente ense­ ñar sobre esa persona? En cambio, habéis llenado Jerusalén de vuestra enseñanza y pretendéis hacernos responsables de la sangre de ese hombre» (Hch 5,28). Anás, «interrogó a Jesús respecto a sus discípulos y su doctrina». Pero Jesús que, en el momento del prendimiento, se había ofrecido a cambio de los suyos («Pues si me buscáis a mí, dejad que se marchen éstos», Jn 18,8), se niega a ofre­ cer información alguna sobre sus discípulos. Por lo que toca a su doctrina responde: «¿Por qué me preguntas a mí? Pregúntales a los que me estuvieron escu­ chando de qué les he hablado. Ahí los tienes, ésos saben lo que he dicho. Apenas dijo esto, uno de los guardias presen­ tes dio una bofetada a Jesús, diciendo: ¿Así le contestas al sumo sacerdote?» (Jn 18,21-22).

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El único argumento del poder es la violencia, pero el poder de Anás es impotente frente a la libertad de Jesús. Libertad que Jesús trata de proponer incluso al guardia que, esclavo del poder, le ha abofeteado para complacer a su propio amo. Jesús intenta hacer pensar con la cabeza al guardia: -Si he faltado en el hablar, declara en qué está la falta; pero, si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,23). Anás comprende la extrema peligrosidad de este hombre que invita a los sometidos a tener una opinión diferente de aquella de los que le mandan y, sin dar tiempo al guardia a razonar, hace atar todavía más fuerte a Jesús y lo envía a su yerno.

A GOLPE DE TALONARIO

En los evangelios, José, el sumo sacerdote que decide la muerte de Jesús, no es nunca presentado con su nombre, sino con el elocuente sobrenombre de -caiafa» que proba­ blemente significa «el opresor». Caifás había consolidado su poder y su patrimonio ca­ sándose con la hija de Anás, participando así de las enormes riquezas del sumo sacerdote (en la Biblia se nombra un tal Tolomeo que «poseía mucha plata y oro, porque era el yerno del sumo sacerdote» (1 Mac 16,11). Caifás había batido todo el récord de permanencia en el poder: unos dieciocho años. Un verdadero primado en un tiempo en el que, si los sumos sacerdotes no se alineaban con la política romana, cambiaban como el viento. El pacto entre el gobernador romano y el sumo sacerdo­ te era claro: si éste, por medio del ejercicio de la religión,

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conseguía tener calmado al pueblo, permanecía en su cargo; si usaba la religión como motivo de sublevación contra Roma, era inmediatamente sustituido. El arma vencedora de Caifás para permanecer en el car­ go tanto tiempo era el dinero con el que compraba todo y a todos; incluso Pilato parece que figuraba en el talonario del sumo sacerdote. De hecho, a pesar de que habían ocurrido desórdenes y motines en el mismo corazón de Jerusalén (Le 13,1), Poncio Pilato no había destituido a Caifás. El episodio que convenció a Caifás de la necesidad de eliminar a Jesús fue la resurrección de Lázaro. Cuando el eco del acontecimiento llegó al pueblo, inclu­ so muchos jefes creyeron en Jesús. Caifás entonces reunió con urgencia al Consejo y, en el transcurso de un excitado debate, los sumos sacerdotes, llenos de pánico, se pregunta­ ron perdidos: «¿Qué hacemos?» (Jn 11,47). Evitando nombrar a Jesús, a quien desprecian profundamente, admiten desola­ dos: «Este hombre realiza muchas señales. Si lo dejamos así, todos van a darle su adhesión» (Jn 11,48). La discusión es frenada en seco por Caifás. Perteneciente a la casta de los saduceos, gente -agria en la relación con sus semejantes e igualmente ruda con los demás» ( Guerra 2, 8, 14), Caifás trata a los otros sumos sacerdotes con arrogante engrei­ miento («Vosotros no tenéis ni idea»). Conociendo a sus hom­ bres, Caifás juega rápidamente la baza del interés: «Ni siquiera calculáis que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo antes que perezca la nación entera» (Jn 11,49-50). Su cínico raciocinio, carente de todo escrúpulo moral, se basa en el provecho. Jesús será asesinado, no porque ésta fuese la voluntad del Padre, sino porque era la conveniencia del sumo sacer­ dote (Jn 11,50).

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La vida que Jesús ha restituido a Lázaro será la causa de su muerte. El sumo sacerdote, máximo garante de la Ley divina, pri­ mero decide quitar de en medio a Jesús «a traición y darle muerte» (Mt 26,3-4), luego busca los principios de imputa­ ción El intento de Caifás no es juzgar a un hombre, sino elimi­ nar un peligro para sí y para la institución religiosa. No habiendo encontrado contra Jesús ningún motivo de acusación -Caifás y todo el Consejo en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte» (Mt 26,59). El mandamiento de Dios prohibía -el falso testimonio» (Éx 20,16), pero los cultivadores y defensores de la Ley son los primeros en no hacerle caso cuando va contra sus intere­ ses (Jn 7,19). No encontrando testimonios válidos, Caifás afronta per­ sonalmente a Jesús: «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios» (Mt 26,63). Jesús responde al sumo sacerdote con las mismas pala­ bras con que había respondido a Judas, el traidor: «Tú lo has dicho» (Mt 26,25.64). Es lo que Caifás quería. «Se rasgó las vestiduras diciendo: -Ha blasfemado, ¿qué falta hacen más testigos? Acabáis de oír la blasfemia, ¿qué decidís?. Ellos contestaron: -Pena de muerte» (Mt 26,65-66). La única vez que el Hijo de Dios habla con el represen­ tante de Dios, éste lo considera un blasfemo merecedor de la pena de muerte. El consejo en pleno se revuelve contra Jesús. Cuando las máximas autoridades religiosas consiguen finalmente poner las manos sobre el hombre-Dios, su antagonista, da rienda

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suelta a todo su odio y furor en un crescendo de violencia, que comienza con salivazos y prosigue con bofetadas y gol­ pes, diciendo: «Adivina, Mesías, ¿quién te ha pegado?» (Mt

26 ,68 ).

Caifás se burla de Jesús y de su Dios. Para el detentador del poder, un dios impotente es un dios ridículo. El Consejo que Caifás había reunido para dar muerte a Jesús será convocado de nuevo para impedir la noticia de su resurrección. Caifás no muestra ninguna señal de arrepentimiento por el crimen cometido. Su única preocupación es ocultar la ver­ dad del hecho. Y, una vez más, el sumo sacerdote hace uso de su arma invencible: el dinero. Con dinero había conseguido adueñarse de Jesús (Mt 26,1416) y ahora con dinero impedirá el anuncio de la resurrección: «Dieron a los soldados una suma considerable, encargándoles: -Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuer­ po mientras vosotros dormíais» (Mt 28,12-13). El sumo sacerdote sabe también cómo persuadir a Pilato y taparle los ojos sobre la falta grave cometida por los solda­ dos: «Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros los calmaremos y os sacaremos de apuros» (Mt 28,14). Caifás consiguió permanecer en el cargo mientras gober­ nó Poncio Pilato. Cuando Pilato fue destituido por Vitelio, legado romano de Siria, éste destituyó también a Caifás y nombró en su lugar a Jonatán, hijo de Anás, el ex-sumo sacerdote que «extremadamente feliz» pudo continuar ejer­ ciendo su ininterrumpido poder (Antigüedades 20, 198).

EL GEMELO DE JESÚS (Jn 20,1-29)

TOMÁS Y MARÍA DE MAGDALA

En los evangelios el apóstol Tomás aparece únicamente en la lista de los once (Mt 10,3) y María de Magdala es nombra­ da solamente entre las mujeres, que fueron testigos de la muerte y de la resurrección de Jesús (Mt 27,56.61). Estos dos discípulos tienen especial relieve solamente en el evangelio de Juan, en los episodios relativos a la resurrección de Jesús. Mientras María de Magdala es la primera en creer en Jesús resucitado, Tomás ha sido el último.

EL PAPA Y LA MAGDALENA

La otra única alusión con relación a María, la discípula originaria de Magdala (del hebreo migdal, «torre»), ciudad próxima a Tiberíades, se lee en el evangelio de Lucas donde, entre las mujeres que seguían al Señor, en primer lugar se coloca a «María, la llamada Magdalena, de la que habían sa­ lido siete demonios» (Le 8,2). En el pasado, este personaje llamó la atención de un papa, Gregorio Magno que, en sus «Homilías al Evangelio»

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Galería de personajes del Evangelio

(2,33) produjo una gran confusión, fundiendo en María de Magdala tres mujeres bien diversas. El papa identificó en ésta la anónima prostituta que per­ fumó los pies de Jesús (Le 7,36-50), que, a su vez, sería María de Betania, la hermana de Marta y Lázaro, también ella pro­ tagonista de la unción del Señor (Jn 12,1-3). Los siete demonios de los que Jesús había librado a Ma­ ría de Magdala fueron identificados con la lujuria, que em­ pujaba a esta mujer a prostituirse, y de este embrollo nació la figura, ausente en los evangelios, de la «Magdalena arrepen­ tida», bocado goloso para los moralistas y artistas de todos los tiempos. Esta imagen reductiva de María de Magdala no hace ho­ nor a la mujer que, en el evangelio de Juan, reviste el impor­ tante papel de primera testigo y anunciadora de la resurrec­ ción de Jesús. María es, de hecho, la primera persona que va al sepul­ cro de Jesús «por la mañana temprano, todavía en tinieblas» (Jn 20,1). La indicación del evangelista no es cronológica (en Mar­ cos es «al salir el sol», Me 16,2), sino teológica. Según el len­ guaje de Juan, las «tinieblas» indican una ideología contraria a la verdad: Jesús ha resucitado ya y, sin embargo, María, condicionada por la idea judía de la muerte, busca en una tumba «al autor de la vida» (Hch 3,15), y las tinieblas hacen ciertamente que un signo de vida (la piedra retirada del se­ pulcro) sea interpretado como una señal de muerte: «Se han llevado a mi Señor» (Jn 20,13). Para María, el sepulcro vacío no es un indicio de la resu­ rrección de Jesús, sino del robo de su cadáver, y, por eso, permanece abatida cerca del sepulcro, llorando.

El gemelo de Jesús

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Mientras María continúe llorando y dirigiendo su mirada hacia el sepulcro, no podrá encontrar al que está vivo. Cuando finalmente deja de mirar al interior de la tumba y se vuelve atrás, ve a Jesús, pero, condicionada por la idea de la muerte como fin de todo, no reconoce al «Viviente» (Ap 1,18). Entonces Jesús toma la iniciativa y le pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras? (Jn 20,15). La pregunta no es una petición de información, sino un intento de demostrar la inutilidad de su llanto. Además Jesús le pregunta: «¿A quién buscas?» (Jn 20,15). Si busca al «Vivien­ te» no puede encontrarlo en el lugar de muerte («¿Por qué buscáis entre los muertos a quien vive?» Le 24,5). Jesús, pues, llama a la discípula como el pastor llama a sus ovejas, por su nombre: ¡María! (Jn 10,3). Ella, volviéndose, lo reconoce al fin y «le dice en su len­ gua: «Rabbuni», (que quiere decir «Maestro», Jn 20,16). La acción de María de volverse, subrayada por el evange­ lista por dos veces, no indica tanto un comportamiento físico cuanto espiritual, y es signo de la conversión indispensable para el encuentro con el resucitado. Cuando María deja de volverse al pasado, percibe la rea­ lidad del presente y el Señor la puede enviar a los otros discípulos: «Ve a decirles a mis hermanos: -Subo a mi Padre, que es vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Jn 20,17). La acción de «anunciar», prerrogativa exclusiva de los ángeles, anunciadores de las cosas de Dios, es en los evan­ gelios tarea de María de Magdala. Aquella que, en cuanto mujer, era considerada el ser más lejano de Dios, es invitada por Jesús a realizar la misma ac­ ción de los ángeles, los seres más cercanos al Señor.

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La mujer, que la Biblia define «más trágica que la muerte» (Eclo 7,26), será la primera testigo de la vida: «María fue anun­ ciando a los discípulos: He visto al Señor en persona» (Jn 20,18).

EL GEMELO DE JESÚS

La identidad de Jesús aparecía misteriosa a la mayor par­ te de la gente, que veía en él a «Juan Bautista, Elias o uno de los profetas» (Me 8,28). Unos lo veían de un modo, otros de otro, pero ni siquie­ ra sus discípulos más íntimos habían comprendido quién fuese realmente Jesús y estaban obligados a preguntarse: «Pero ¿quién es éste?» (Me 4,41). Juan el Bautista había presentado a Jesús como «el cordero de Dios» (Jn 1,29), Nicodemo lo había reconocido como un «maestro» (Jn 3,2) y las muchedumbres lo habían proclamado como «el profeta que tiene que venir al mundo» (Jn 6,14). Para Andrés, Jesús era «el Mesías» (Jn 1,41) y para Marta «el hijo de Dios» (Jn 11,27). Natanael proyectaba en Jesús las esperanzas nacionalistas y veía en él al «Rey de Israel» (Jn 1,49); los samaritanos, con la mirada más amplia, habían descubierto en el Señor al «salvador del mundo» (Jn 4,42). El‘único que comprenderá la plena realidad de Jesús será Tomás, quien, en su profesión de fe, superaría a Simón Pe­ dro, que había reconocido en el hombre de Nazaret al «hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). En el evangelio de Juan, Tomás es nombrado siete veces y, en tres de ellas, su nombre está seguido de la aclaración «Dídimo», esto es, «gemelo» (Jn 11,16; 20,24; 21,2). También, en los textos apócrifos, el apóstol es definido «hermano gemelo de Cristo» (Hch. Tom. 39) y Jesús se dirige a Tomás llamándolo «mi doble» (Frag. copt. 2, 6, 2).

El gemelo de Jesús

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La tradición sobre la semejanza entre Jesús y Tomás se remonta a la primera vez en la que el apóstol aparece en el evangelio, en el episodio relativo a la resurrección de Lázaro. Jesús había huido de Galilea, después del enésimo tenta­ tivo de lapidación por parte de los jefes religiosos, y se había retirado al otro lado del río Jordán. Aquí le llega la noticia de que Lázaro está enfermo, y Jesús, para quien la vida de Lázaro es más importante que la suya, decide ir de nuevo a Judea, para devolver la vida a su amigo. La decisión de Jesús provoca las protestas de los atemo­ rizados discípulos, que temen por su pellejo: «Maestro, hace nada querían apedrearte los judíos, y ¿vas a ir otra vez allí?»

(Jn 11,8). El único entre ellos, que se muestra dispuesto a acompa­ ñarlo, es Tomás: «Entonces Tomás, que quiere decir «geme­ lo», dijo a sus compañeros: -Vamos también nosotros a morir con él» (Jn 11,16). Tomás es «gemelo» de Jesús, porque es el único discípulo dispuesto a dar su vida con él. También Simón se declara capaz de morir por seguir a Jesús («Daré mi vida por ti», Jn 13,37), pero acabará renegan­ do de su maestro. La diferencia entre el discípulo «gemelo» y el traidor es que Tomás ha comprendido que Jesús no pide morir por él, sino con él. Pedro está, sin embargo, anclado en las ideas de la religión, donde el hombre es llamado a dar la vida por su dios. No ha comprendido que el Dios que se manifiesta en Jesús no pide la vida de los hombres, sino que ofrece la suya. El discípulo no está llamado a dar la vida por Jesús o por Dios, sino con Jesús y, como él, a dar la vida por los otros.

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El arrojo con el que Tomás se ha declarado dispuesto a morir con Jesús lo ha vuelto semejante a su maestro, pero, no teniendo todavía la experiencia de la resurrección, el dis­ cípulo piensa que la muerte es el fin de todo. Por esto a Tomás le resulta incomprensible que Jesús, ha­ blando de la muerte, la señale como un camino que conduce a algún lugar («Voy a prepararos sitio... adonde yo voy, ya sabéis el camino» (Jn 14,2.4), y replica al Señor: «No sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5). En la objeción de Tomás, el evangelista simboliza la difi­ cultad de la comunidad de los discípulos para llegar a creer en la resurrección de Jesús. La respuesta que Jesús da a Tomás («Yo soy el camino, la verdad y la vida», Jn 14,6) resulta, por el momento, enigmá­ tica al discípulo, que la comprenderá sólo cuando encuentre al Señor resucitado. Pero el apóstol no estará ya presente cuando Jesús se manifieste a los suyos, la tarde misma de la resurrección, y no creerá a los otros discípulos que le dicen haber visto al Señor: «Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos y meta mi mano en su costado, no creo» (Jn 20,25). Una lectura equivocada de los evangelios ha ligado a Tomás con esta expresión y lo ha convertido en prototipo del incrédulo. Tomás no niega la resurrección de Jesús, sino que recla­ ma la necesidad desesperada de creer en ella. Ocho días después, cuando la comunidad está reunida de nuevo para celebrar la victoria de la vida sobre la muerte, Jesús vuelve a manifestarse «en medio de ellos» (Jn 20,26). Esta vez Tomás puede no sólo ver a Jesús, sino oír sus palabras: «Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano

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y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel» (Jn 20,27). Tomás no mete sus dedos en los agujeros de los clavos y no mete la mano en el costado de Jesús, sino que prorrumpe en la más elevada profesión de fe de todo el evangelio: «¡Se­ ñor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Tomás no sólo cree que su maestro ha resucitado, sino que llega a proclamar que Jesús es Dios. El Dios que «ningu­ no ha visto nunca» (Jn 1,18) es reconocido por primera vez en el hombre Jesús («Quien me ve a mí, está viendo al Pa­ dre», Jn 14,9). Una fe así de intensa no nace de improviso y no es fruto instantáneo del encuentro con Jesús, sino que había comen­ zado a germinar en Tomás, cuando éste se declaró dispuesto a morir con su maestro. Siguiendo a Jesús en el don de la propia vida, Tomás se había puesto en el camino de la ver­ dad (Jn 14,6). Pero, a pesar de que el apóstol ha llegado a esta definición plena de fe, Jesús no lo propone como modelo del creyente: «¿Has tenido que verme en persona para acabar de creer? Di­ chosos los que, sin haber visto, llegan a creer» (Jn 20,29). Para Jesús, el verdadero fundamento de la fe no son las visiones y apariciones, sino el servicio prestado por amor. No hay necesidad de ver para llegar a creer. Más bien, hay que creer para ver («¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» , Jn 11,40). Declarando dichosos a cuantos creen sin tener necesidad de ver, Jesús recuerda a Tomás, y a la comunidad, la bien­ aventuranza pronunciada por él durante la última cena cuan­ do, después de haber lavado los pies a los discípulos, los había invitado a hacer otro tanto diciendo: «¿Lo entendéis? Pues dichosos vosotros si lo cumplís» (Jn 13,17).

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Galería de personajes del Evangelio

Cuantos ponen por amor su propia vida al servicio de los otros experimentan constantemente la presencia de Jesús en su existencia, sin tener necesidad de experiencias extraordi­ narias.

Apéndice IGLESIA DE OTROS TIEMPOS

ANTONIO DE FADUA

Antonio de Padua1, incansable fustigador de las corruptas costumbres eclesiásticas, es conocido por la mayoría de la gente como el empalagoso hermanito imberbe que se entre­ tiene con el Niño Jesús, encuentra objetos perdidos y pro­ porciona novios a las doncellas. Es casi desconocida la obra literaria de este santo, volca­ da en sermones que han quedado pretendidamente desco­ nocidos por la escandalosa violencia de las expresiones usa­ das contra la jerarquía eclesiástica2. Los sermones, escritos en los últimos años de su vida, no son las trascripciones de los discursos tenidos por el santo,

1.

2.

Fernando de Bulloes y Taveria de Azevedo nació en Lisboa (Portugal) hacia el 1190-1195 y, de muy joven ingresó, en las Canónigos regulares de San Agustín. La visión de las reliquias de los cinco primeros mártires franciscanos lo impul­ só, en el 1220, a entrar en la Orden de los Hermanos Menores, donde tomó el nombre de Antonio. Encargado por San Francisco de enseñar teología a los hermanos, fue el predicador más grande de su tiempo y fue definido por el Papa Gregorio IX “Arca del Testamento y armario de la Escritura divina". Enfer­ mado de hidropesía murió en Acella (Padua) el 13 de Junio de 1231. El Santo Oficio, todavía en 1948, prohibía la traducción a la lengua italiana de los “Sermones Dominicales", porque los fieles no estaban preparados (después de siete siglos) a soportar su impacto.

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sino un prontuario de homilías dominicales y festivas com­ puestas por él para uso de sus hermanos. Las violentas invectivas contenidas en estos sermones no nacen, por tan­ to, del arrebato de la predicación, sino que todas han sido pensadas y escritas pretendidamente. Pronunciadas en el lenguaje franco de los profetas, sus ser­ mones son una despiadada crítica a las autoridades religiosas, aunque nadie osaría afirmar que Antonio no amase a la Iglesia: es ciertamente el amor por la Esposa de Cristo el que empuja al santo a denunciar a cuantos la han reducido a una ramera. Antonio y los obispos de su tiempo anunciaban el mismo evangelio de Jesús. Su manera de vivirlo era profundamente diversa. El santo acusa abiertamente a la jerarquía eclesiástica de seguir a Satanás, en lugar de a Jesucristo, y no duda en de­ nunciar «a los prelados de nuestro tiempo, que no son discí­ pulos de Cristo, sino del anticristo»3. Profundo conocedor de la Sagrada Escritura, Antonio re­ curre frecuentemente a los episodios bíblicos para censurar a los eclesiásticos, como sucedió irrespetuosamente a pro­ pósito de la burra de Balaán4: -El obispo de nuestro tiempo es como Balaán, sentado sobre la burra: ésta veía al ángel, mientras que Balaán no podía verlo. Un obispo escandaloso es un trono inútil: con su mal ejemplo precipita la herman­ dad de los fieles, primero, en el pecado y, luego, en el infier­ no; con su estupidez, puesto que es inepto, desconcierta a los fieles; con su avaricia devora al pueblo. Éste, sentado sobre la burra, no solo no ve el ángel, sino os digo que ve el diablo preparado para precipitarlo al infierno»5. 3. 4. 5.

Sermón del IX Domingo de Pentecostés (I, 9). Nm 22,21-305 Sermón del Domingo de Ramos, 3, 11. Sermón del Domingo de Ramos, 3, 11

Apéndice

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