Lowen Alexander - Bioenergetica PDF

November 17, 2023 | Author: Anonymous | Category: N/A
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SEL

Dr. Alexander Lowen

terapia revolucionaria que utiliza el lenguaje del cuerpo para curar los problemas de la mente

EDITO RIA L DIANA MÉXICO

Contenido 1.

2.

3.

D e R e ic h

a

la

b io e n e r g é tic a

L a terapéutica reichiana, 19 4 0 -19 4 5

13

M is actividades como terapeuta reichiano, 19 4 5 -19 5 3

24

El desarrollo de la bioenergética

34

El c o n c e p to d e e n e r g ía

C arga, descarga, circulación y m ovim iento

44

T ú eres tu cuerpo

52

M ente, espíritu y alm a

59

L a vida del cuerpo:

65

El le n g u a je

d el

el ejercicio bioenergético

cu erp o

El corazón de la vid a:

4.

5.

el corazón de la m ateria

78

L a interacción con la vid a

84

Señales y expresiones del cuerpo

93

L a t e r a p ia b io e n e r g é tic a

U n viaje hacia el descubrim iento de sí mismo

10 0

L a esencia de la terapia

112

L a ansiedad

117

El p l a c e r :

o r ie n t a c ió n

p r im a r ia

El principio del placer

128

El ego y el cuerpo

135

C aracteriología

143

Jerarq u ía de los tipos de carácter y su “D eclaración de Derechos”

160

9

Contenido L a r e a lid a d :

u n a o r ie n ta c ió n s e c u n d a ria

R ealidad e ilusión

165

Los “colgados”

172

Con los pies sobre la tierra

182

L a an sied ad de c a e rs e

El miedo a las alturas

188

Ejercicio de caída

192

Causas de la ansiedad de caerse

202

C aer dorm ido

206

T ensión

y sexo

L a gravedad :

idea general de la tensión

214

D olor de la p arte in ferio r de la espalda

2 20

El desahogo sexual

232

A utoexpresión

y supervivencia

Autoexpresión y espontaneidad

249

Sonido y personalidad

257

Los ojos son los espejos del alm a

267

Las jaquecas

286

C onciencia :

unidad y dualidad

Expansión de la conciencia

292

Las palabras y la sublimación de la conciencia

307

Principios y carácter

316

Í ndice

3 31

T res clases de alm as, tres p leg arias: S o y un arco de violín en tus m anos, S eñ o r, T áñ em e, p a ra que no me p u d ra . N o m e tañas dem asiado fu e rte, S e ñ o r, que p uedo q u eb rarm e. T áñ em e fu erte, S eñ o r, qué m ás da si me quiebro.

Nikos K azantzakis , R ep o rt to G reco

1 De Reich a la bioenergética

L a terapéutica reichiana, 19 4 0 -19 4 5 L a bioenergética está basada en la obra de W ilh elm Reich. Fue; m aestro mío de 1940 a 19 5 2, y analista m ío tam bién de 1942 a 1945. Lo conocí en 1940„ en la N ew School fo r Social Research, (Escuela N ueva de Investigaciones Sociales) de N ueva Y ork, donde im partía un curso sobre Análisis del C arácter. M e interesó vivam ente la descripción del catálogo de dicho curso, en que se hacía referencia a la identidad funcional del carácter de una persona con su actitud corporal o estructura m uscular. Entendemos en este caso p or estructura el conjunto de tensiones m usculares crónicas del cuerpo. Suele denom inarse “arm ad u ra” porque sirve para proteger al individuo de las experiencias emo­ tivas dolorosas y amenazantes. Lo defienden de los impulsos peli­ grosos de su prop ia personalidad, y tam bién de los ataques de los demás. D urante una porción de años antes de conocer a R eich, h a­ bía estado yo investigando la relación entre la m ente y el cuer­ po. El interés que me inspiraba este estudio se debía a m i ex­ periencia personal en las actividades físicas de los deportes y la calistenia. D urante la década de 1930 fui d irector de atletism o en varios campos universitarios de verano, donde pude com pro­ b ar que un program a regular de actividad física no sólo perfec­ cionaba mi salud corporal, sino que además ejercía un efecto

13

14 / Bioenergética positivo en mi estado m ental. En el proceso de mis investigacio­ nes, estudié a fondo las ideas de Emile Jacques-D akroze, recogi­ das bajo el título de Eurritm ia, y el concepto de R elajación Pro* gresiva y Yoga de Edmund Jacobson. Estos estudios corroboraron mi fuerte convicción de que el hom bre podía in flu ir en sus ac­ titudes m entales trabajando sobre el cuerpo; pero no acabaron de convencerm e totalm ente. R eich cautivó mi im aginación desde la prim era clase que le oí. Comenzó el curso con la exposición del problem a del histe­ rismo. El sicoanálisis, indicó, había logrado despejar y explicar el facto r histórico del síndrome de la conversión histérica. Este facto r resultó ser un trau m a sexual experim entado p or la persona en los prim eros años de su niñez, y reprim ido com pletam ente y olvidado en' años posteriores. D icha represión y la conversión siguiente de las ideas y sentimientos reprim idos en el síntoma constituían el factor dinámico de la enferm edad. A unque los conceptos de represión y conversión ya eran entonces principios sólidamente establecidos de la teoría sicoanalítica, no se entendía del todo el proceso en virtu d del cual u na idea reprim ida se con­ vertía en síntom a físico. Lo que fa lta b a en la teoría sicoanalítica, según Reich, era la comprensión del fa cto r tiempo. ¿P o r qué —se preguntaba— se desarrollaba el síntom a en un momento 3ado, y rio antes ni después?” P ara poder contestar a esta pregunta, era necesario enterarse de lo que ocurrió en la vid a del paciente durante el transcurso de dichos años intermedios. ¿C óm o se bandeó con sus emociones sexuales durante ese periodo? R eich opinaba que la represión del trau m a original se m antenía con la supresión del sentimiento sexual. Esta supresión constituía- la predisposición al síntoma histérico, cuya m anifestación era provocada por un incidente sexual posterior. P ara Reich, la supresión del sentim iento sexual ju n to con la actitud caracteriológica que la acom pañaba consti­ tuía la verd ad era neurosis; el síntom a sólo era su expresión ex­ terna. L a consideración de este elemento — o sea, la conducta y actitud del paciente respecto a la sexualidad— introdujo un factor “económico” en el problem a de la neurosis. El adjetivo “económ ico” hace referencia a la acum ulación de fuerzas que p re­ disponen al individuo p ara el desarrollo de síntomas y actitudes neuróticas. Q uedé vivam ente im presionado con la penetración del pen­ sam iento de Reich. Después de haber leído u n a porción de libros

D e Hoich a la bioenergética

/'

.15

de Freud, conocía perfectam ente la idea sicoanalítica en general, pero no recordaba que se hubiese tom ado en cuenta este factor. Experim entaba la sensación de que R eich me estaba introdu­ ciendo a uri nuevo enfoque de los problem as humanos, lo cual me produjo interés inm ediato. El alcance pleno de este modo nuevo de v e r las cosas fue esclareciéndose e intensificándose gra­ dualm ente en mí a m edida que R eich iba exponiendo sus ideas a lo largo del curso. Comprobé que el facto r económico era una el a.ve im portante p ara entender la personalidad, porque se re­ fiere a cómo m aneja el individuo su energía sexual, o su energía en general. ¿C u án ta energía posee una persona, y cuánta des­ carga cu la actividad sexual? L,a econom ía energética o sexiiál del individuo se refiere al equilibrio que establece entre su carga y descarga de energía, o entre la excitación y el desahogo sexual. Sólo cuando esta economía o equilibrio es alterado, surge el sín­ tom a de conversión histérica. L a arm ad u ra m uscular o las ten­ siones crónicas musculares sirven p ara m antener esta economía equilibrada, puesto que sujeta de alguna m anera la energía que no puede descargarse. Aum entó mi interés p or R eich cuando procedió a desarrollar sú pensamiento y a explicar süs observaciones. L a diferencia en­ tre una economía sexual sana y o tra neurótica no entraba en el problem a del equilibrio. D e lo que hablaba R eich entonces, era de una economía del sexo, más bien que de la economía de la energíá; pero aquellos términos eran sinónimos en su m ente. U n individuo neurótico conserva el equilibrio sujetando su energía en las tensiones m usculares y lim itando su excitación sexual. El individúo sano no tiene limitación, y su energía no está sujeta en su arm adura muscular. Por tanto, toda su energía está a dis­ posición del p lacer sexual o de cualquier otra expresión crea­ dora; Su economía energética funciona a alto nivel. L a econom ía de la energía a niveles bajos es característica de la m ayor p arte de la gente, y a eso se debe su tendencia a la depresión, que es endém ica en nuestra cultura.1 Aunque R eich exponía sus ideas claras y lógicamente, yo me quedé con un ligero escepticismo d u ran te toda la prim era m itad del curso. Posteriormente he com probado que esta actitud es algo típico en mí. A ella atribuyo gran p arte de mi capacidad 1 Alexander Lowen, Depression and the Body wárd, McCann & Geoghesran, Inc., 1972).

(Nueva York, Co-

16 / Bioenergética p a ra pensar las cosas p or m í mismo. El escepticismo que me ins­ p irab a R eich se concentraba en la indudable im portancia exce­ siva que daba a la función del sexo en los problemas emocionales. “E l sexo no es la solución total” , pensaba yo. Pero más tarde, sin c a e r en la cuenta, este escepticismo mío se desvaneció. D urante el resto del curso quedé com pletam ente convencido de la razón d e R eich y sus motivos. L a razón de este cambio se me esclareció unos dos años más tard e, después de h ab er estado sometido personalm ente a la te­ rap éu tica de R eich durante algún tiempo. Se me ocurrió pensar que no había term inado de leer uno de los libros mencionados p o r él en la bibliografía de su curso: Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad, de Freud. L levab a ya leída la m itad del se­ gundo ensayo, titulado “Sexualidad In fan til” , cuando interrum pí m i lectura. Com prendí que este trabajo había tocado la fibra de m i ansiedad inconsciente sobre mi, sexualidad in fd n til; y, aun­ que no estaba preparado p ara enfrentarm e con esa ansiedad, y a no pude seguir siendo escéptico respecto a la im portancia de la sexualidad, p or el contrario, comencé a considerar toda su im ­ p ortan cia p a ra nuestras vidas. El curso de R eich sobre análisis del carácter term inó en enero de 19 4 1. D urante el periodo entre dicha term inación y el co­ m ienzo de m i tratam iento, continué en contacto con él. Asistí a u n a porción de reuniones e n .s u casa de Forest Hills, donde discutimos las consecuencias sociales de sus conceptos sobre la econom ía del sexo y desarrollam os un proyecto para aplicarlos a un program a de salud m ental de la com unidad. R eich había sido un pionero de este campo en Europa. (De este aspecto de su actividad y de mi relación con él, rrie ocuparé más detenida­ m ente en otro libro sobre R e ic h ). Com encé m i terap ia personal con R eich en la p rim avera de 1942. D urante el año anterior había sido un visitante bastante asiduo de su laboratorio. M e enseñó parte del trabajo que estaba llevando a cabo con biopreparaciones y tejidos cancerosos. Y de pronto, m e dijo un día: — Lowen, si le interesa a usted este trab ajo, no hay más que u n a m anera de iniciarse en él: someterse a tratam iento tera­ péutico. Aquello me impresionó, porque no se me había ocurrido tal cosa. Y le contesté:

De R eich a la bioenergética / 17

— Y a lo creo que m e interesa, pero lo que yo deseo es h a­ cerme famoso. R eich tom ó en serio m i m anifestación, porque replicó: — Y o le h aré a usted famoso. H an pasado los años, y considero esta declaración de R eich como u n a profecía. E ra el em pujón que yo estaba necesitando p a ra sobreponerm e a m i resistencia y lanzarm e al cam po de acti­ vid ad de toda m i vida. M i prim era sesión terapéutica con R eich fue u n a experiencia que no olvidaré jam ás. M e entregué a ella con la candorosa convicción de que yo no tenía nad a m alo. Se tratab a de u n an á­ lisis instructivo nad a más. M e tum bé e n la cam a con unos cal­ zones de baño. No quiso utilizar R eich u n diván, porque ésta iba a ser una terap ia orientada h acia el cuerpo. M e dijo que doblase las rodillas y que m e relajase y respirase con la boca abierta y la m andíbula aflojad a. Seguí sus instrucciones y esperé a v e r qué pasaba. A l cabo de cierto tiem po, m e dijo: — Lowen, no está usted respirando. Y o le repliqué: — C laro que estoy respirando; si no m e h ab ría m uerto. A lo que él contestó: — Su pecho no se m ueve. Toque el mío. Le coloqué la m ano en el pecho y observé que subía y bajaba a cada respiración, cosa que no ocu rría con el mío. M e tum bé de nuevo y volví a respirar, pero esta vez m i c a ja torácica se levan tab a al in spirar y se h u n d ía al expirar. No pasó nada. M i respiración prosiguió fácil y profunda. A l cabo de algún tiem po, me dijo R eich: — Incline h acia atrás la cabeza y abra com pletam ente los ojos. Lo hice así y de m i garganta se exhaló un grito. Era un h e r­ moso día de principios de prim avera, y las ventanas ae la habitación daban a la calle. El doctor R eich no quería lla m a r la atención de los vecinos y m e rogó qu,e enderazase la cabeza, con lo cual dejé de gritar. M i respiración p ro fu n d a se restableció, sin que me hubiese pertu rb ado el grito, lo cual no d ejab a de ser extraño. Es que no estaba em ocionalm ente relacionado con él. No sentí miedo alguno. Después de unas cuantas respiraciones, el doc­ tor R eich m e propuso repetir el procedim iento, es decir, echar hacia atrás la cabeza, y ab rir los ojos com pletam ente. El grito volvió a producirse. No me parece muy exacto decir que había gritado, porque no creí que fuese yo. A quel grito era algo que

18 / Bioenergética m e “h ab ía ocurrido” . U n a vez más quedé desvinculado cíe todo aquello, pero, al term inar la sesión, tenía la sensación ríe que no estaba tan bien como creía. H abía en mi personalidad? “co­ sas” (imágenes, emociones) que se o cu ltab an aMmi conciencia, y com prendí que tenían que salir a la superficie. Por entonces llam aba R eich a su terap ia V egeto terapia A na­ lítica del C arácter. El análisis del carácter h ab ía sido“ su contri­ bución principal a la teoría sicoanalítica que --le granjeó; lin alto prestigio entre todos los analistas. L a vegetoterapia consistía en la m ovilización de los sentim ientos a través dé la respiración y otras técnicas orgánicas que activaban los Centros vegetativos (los ganglios del sistema nervioso autónom o) y liberaban ener­ gías “vegetativas” . L a vegetoterapia representaba una desviación .y un nuevo punto de p artid a del análisis puram ente verb al p a ra dirigir el trab ajo con el cuerpo. H abía ocurrido unos nueve años antes en el decurso de u n a sesión analítica. R eich lo describió de la m a­ n era siguiente: “En Copenhague traté el año de 1933 a un hombre que pre­ sentaba una resistencia especiálmente fuerte ¿ descübrir sus fanta­ sías de homosexual pasivo. Esta resistencia se manifestaba en una actitud de extrema tensión del cuello (“cuello tenso” ). Tras un ataque energético a su resistencia, terminó por ceder, pero de una manera alarmante. El color de su rostro estaba cambiando rápidamente de blanco a amarillo o azul; su piel se moteaba y adquiría diversos matices; sentía agudos dolores en el cuello y el occipucio; tenía diarrea, se sentía exhausto y parecía haber perdido fortaleza”.2 El “ataque enérgico” fue verb al nad a más, pero ib a dirigido a la actitu d de “tiesura de cuello” del paciente. “Los afectos se desahogaron som áticam ente cuándo el paciente. cedió en su ac­ titud de defensa síquica” . R eich com probó entonces que “la ener­ gía puede frenarse con una tensión crónica m uscular” .3 A p artir de entonces estudió las m anifestaciones corporales de sus p a­ cientes. Y observó: “No hay individuo neurótico que no m ani­ fieste tensión en el abdom en” .* O bservó la tendencia común de los pacientes a 're te n e r la respiración y rep rím ifU a exhalación 2 'Wilhelm Reich, The Function of the Orgasm (Nueva York: Orgone Institute Press, 19 4 2), págs. 239-240. 3 Ibid., pág. 240. 4 Ibid., pág. 273.

B e Reich a ¡a bioenergética / 19

para controlar sus emociones... Y llegó, a la conclusión de que la retención del aliento contribuía a dism inuir la energía del orga­ nismo al reducir sus actividades m etabolicas, lo cual a su vez reducía la producción de ansiedad. Por tanto, el prim er paso de R eich en el procedim iento tera­ péutico consistía en hacer que el paciente respirase con facilidad y profundidad. El segundo, en m ovilizar cualquier expresión emo­ cional que se exteriorizara más claram ente en la cara o en la actitud del. paciente. En el caso mío, esta expresión fue el m iedo. Hemos visto el poderoso efecto que este procedim iento ejerció sobre mí. M e tendía en la cam a y respiraba con la m ayor libertad que podía, tratando de que la expiración fuese profunda. Se m e indicaba que aflojase todo el cuerpo y no controlase expresión o impulso alguno. Acontecieron u n a porción de cosas que fueron poniéndome poco a poco en contacto con mem orias y experien­ cias antiguas. A l principio, la respiración profunda, a la que no estaba acostumbrado, me producía sensaciones fuertes de cos­ quilleo en las manos, que llegaron a convertirse en dos ocasiones en un espasmo agudo carpopedal, que me acalam braba fuerte­ m ente las manos. Esta reacción desaparecía al acomodarse mi cuerpo a la energía intensificada que producía la respiración profunda. Se me m anifestaban temblores en las piernas cuando m ovía suavemente las rodillas p ara ju n tarlas y apartarlas, y en los labios al obedecer al impulso de adelantarlas. Siguieron después varias liberaciones de sentimientos y m e­ m orias asociadas. En cierta ocasión, m ientras estaba tendido en la cam a respirando,,, el cuerpo se me empezó a balancear invo­ luntariam ente. Aum entó el balanceo hasta que m e senté. Enton­ ces, sin que me pareciese que era yo el que lo hacía, me levanté de la cama, me volví hacia ella y empecé a golpearla con ambos puños. M ientras descargaba los golpes, apareció la cara de mi padre en la sábana y com prendí de repente que estaba pegándole por cierta paliza que me dio cuando era niño. U nos años más tarde le pregunté sobre este incidente. M e dijo que era el único castigo corporal que me había dado en su vida. M e explicó que aquel día había llegado yo a casa muy tarde, y m i m adre estaba preocupada e inquieta, y, que la azotina fue p ara que no vo l­ viese a hacerlo. L a parte interesante de esta experiencia, lo mismo que la del grito, fue su com pleta espontaneidad y su índole in ­ voluntaria. M e sentí impulsado a tundir a golpes la cam a, lo

20 / Bioenergética mismo que a gritar, no m erced a un pensam iento consciente, sino a u n a fuerza, in terior que se apoderó de mí. En o tra ocasión, m ientras respiraba tendido en la cam a, .em-r pecé a experim entar u na erección. Sentí el impulso de tocarm e el pene, pero lo dominé. Entonces recordé un episodio intere­ sante de mis tiempos infantiles. M e v i a los cinco años cam inando p o r el apartam ento en que vivía, orinándom e en el piso. Mis padres estaban fuera. Sabía que hacía aquello p a ra vengarm e de m i padre, que el día antes me reprendió p o r ag arrarm e el miembro. Necesité unos nueve meses de terapia p ara averigu ar qué era lo que me hab ía arrancado aquel grito en la sesión prim era. No había vu elto a gritar. A l pasar el tiempo, creí experim entar la im pre­ sión positiva de que había u n a imagen que me asustaba. O b­ servando el techo en postura supina desde la cam a, sentí como si algún día fuese a aparecérsem e. Así ocurrió p or fin : era la cara de m i m adre que me m irab a con u n a expresión de intensa cólera en los ojos. Com prendí enseguida que era el rostro que m e h ab ía m etido miedo. R eviví la experiencia como si estuviese sucediendo en aquel mismo momento. Era un bebé de unos nueve meses, tendido en un carricoche delante de mi casa. H abía es­ tado llam ando a gritos a mi m adre. Ella, naturalm ente, tenía m ás cosas qué hacer en la casa, p or lo que mis persistentes be­ rridos la m olestaron. Salió furiosa contra mí. Tendido allí ahora, en la cam a de Reich, a los trein ta y tres años, me quedé m i­ rando a su imagen, profiriendo palabras que no podía conocer cuando era niño, porque le d ije : “ ¿P o r qué estás enojada con­ m igo? Si grito y lloro, es porque té quiero” . P or aquel tiempo, R eich utilizaba o tra técnica p ara desarro­ lla r su terapia. A l com enzar cada sesión, rogaba a sus pacientes que le declarasen todos los pensam ientos negativos que tenían sobre él.: C reía que todos los pacientes sentían algo negativo y tam bién algo positivo respecto a él, y no se fiaba de lo segundo m ientras no expresasen prim ero sus pensamientos e ideas nega­ tivas. A m í me resultó esto extraordinariam ente difícil: Como tenía con R eich un compromiso, lo mismo que eon la terapia, a la que m e había entregado totalm ente, de m i mente se habían disipado todos los pensamientos negativos. M e parecía que no tenía queja ninguna contra él. H abía sido m uy generoso con­ m igo, y no me cabía la m enor duda de su sinceridad, de su in­ tegridad ni del v a lo r de sus conceptos. D e lo que no cabía la

De R eich a la bioenergética / 21

m enor duda, e ra de que yo estaba decidido a que saliese bien la terap ia; y no exterioricé a R eich mis sentimientos hasta que estuvo casi a punto de fracasar. Después de la experiencia del m iedo al v e r el rostro de mi m adre, pasaron varios meses sin que hiciese el m en or progreso. V e ía p o r entonces a R eich tres veces a la sem ana, pero no avanzaba porque no p od ía d eclarar a R eich lo que pensaba de él. Y o quería que se interesase p aternalm en te p o r m i, no sólo terapéuticam ente; pero, consciente de que esto era m ucho pedir, no p odía expresarlo. D ando vueltas al problem a, no sacaba nad a en limpio. R eich p arecía no enterarse de mi conflicto. No daba resultado el tra ta r de respirar,.m ás p ro fu n d a y plenam ente. L levab a ya som etido cerca de un año a la terapia, y el estan­ cam iento p arecía poder prolongarse indefinidam ente, cuando un día me aconsejó R eich que lo dejase. —L ow en — m e d ijo — , es usted incapaz de d a r rienda suelta a sus sentimientos. ¿P o r qué no desiste? Sus palabras repercutieron en m í como u n a sentencia de m uerte. Desistir equivalía al fracaso de todos mis sueños. M e quedé abatido y lloré am argam ente. E ra la prim era vez que sollozaba desde niño. Y a no era capaz de rep rim ir mis emo­ ciones. D eclaré a R eich lo que esperaba de él, y me escuchó con toda comprensión. No sé si de verd ad se había propuesto poner fin a la terapia o si aquella sugerencia de qué term inase yo el tratam iento fue úna m aniobra p a ra acab ar con m i resistencia, p e ro tenía la im ­ presión fu erte de que esa era su intención. En todo caso, aquello produjo el resultado apetecido. Com encé de nuevo á avan zar en él proceso terapéutico. E l objeto de la terapia era p a ra R eich que el paciente desa­ rrollase su capacidad de entregarse plenam ente a los m ovim ientos involuntarios y espontáneos del cuerpo, qüe constituían p arte del proceso respiratorio. P or eso insistía en que lá respiración fuese plena y profunda. Entonces, las ondas respiratorias producían un m ovim iento o n d u la to rio en el cu erp o, que R eich llam aba reflejo del orgasmo. En el decurso de sus actividades sicoánalíticas anteriores, R eich había llegado a la conclusión de que la salud e m ocio nal estaba relacionada con la capacidad de entregarse plenam ente en el acto sexual, o sea, con l a potencia orgásm ica, com o él la llam aba. H abía com probado que ningún neurótico tenía esta capacidad.

22 / Bioenergética L a neurosis no sólo obstaculizaba la entrega, sino que, al fren ar la energia con las tensiones m usculares crónicas,, im pedía que fuese liberable en el desahogo sexual. Tam bién había averiguado que los pacientes que adq u irían c ap ac id ad . p ara la satisfacción orgàsm ica plena en el acto sexual, se liberaban y seguían libe-, rados de cualquier com portam iento o actitud neurótica. El o r­ gasmo pleno, según Reich, descargaba todo exceso de energía del organismo, p o r lo que no quedaba al individuo energía p ara ap oyar o continuar el síntom a o conducta neurótica. Es im portante, entender que R eich definía el orgasmo como algo distinto de la eyaculación o del clímax. R epresentaba una reacción in volun taria del cuerpo totat, m anifestada en m ovi­ mientos rítm icos y convulsivos. El mismo tipo de m ovim iento puede producirse cuando la respiración es com pletam ente libre, y el individuo cede a su cuerpo. En ese caso no hay clím ax ni descarga de excitación sexual, puesto que no se han llevado a cabo los requisitos previos p a ra la excitación. Lo que ocurre es que la pelvis se m ueve espontáneam ente h acia adelante en cada exhálación, y h acia atrás en cada inhalación. Estos m ovim iento son producidos por la o la respiratoria que recorre el cuerpo hacia arrib a y hacia abajo en la expiración y en la inspiración. A l mis­ m o tiempo, la cabeza ejecuta movim ientos parecidos a los de la pelvis, sólo que v a hacia atrás en la fase exp iratoria y hacia adelante en la inspiratoria. T eóricam ente, el paciente que tu­ viese el cuerpo suficientem ente libre p ara este reflejo durante la sesión terapéutica, sería capaz tam bién de experim entar la plenitud del orgasmo en el acto sexual. Podría considerarse, a este paciente em ocionalm ente sano. M uchos de los que leyeron L a función del orgasmo5 de R eich creyeron quizás que estas ideas eran fantasías imaginativas, de u n a m ente obsesionada con el sexo. Sin em bargo, las dio a co­ nocer p o r p rim era vez cuando y a e ra un sicoanalista docente de alto prestigio, y su form ulación del concepto analítico del carác­ te r y su técnica era considerada como u na de las contribuciones principales a la teoría analítica. A pesar de eso, no fueron acep­ tadas p o r la m ayor p arte d e los sicoanalistas, y aún hoy mismo son desconocidas o pasadas p o r alto p or la m ayor parte de los investigadores del sexo. No obstante, los conceptos de R eich ad ­ 5 Estas ideas , vieron la luz por primera vez eri un libro anterior, titulado D ie Funktion des Orgasmus ( Internationaler Psychoanalytischer Verlag, 1927).

De R eich a la bioenergética / 23 quieren un a realidad convincente, cuando se experim entan en el cuerpo propio, como yo hice. Este convencim iento basado en la experiencia personal explica que m uchos de los siquiatras y de­ más estudiosos que trab ajaro n con R eich llegasen a ser, p o r lo menos durante algún tiempo, seguidores entusiastas suyos. Después de mi acceso de llanto y de la declaración de los sentimientos que me inspiraba Reich, m i respiración se hizo más fácil y libre, y m i reactividad sexual más p rofunda y plena. Produjéronse una porción de cambios en m i vida. M e casé con la m uchacha a quien quería. El com promiso del m atrim onio cons­ tituyó un gran paso p a ra mí. Adem ás estaba preparándom e a fa ­ nosamente p o r llegar a ser terap eu ta reichiano. D urante ese año asistí a un sem inario clínico sobre análisis del carácter dirigido p o r el doctor Theodore P. W olfe, que era el socio m ás íntim o de R eich en Estados Unidos y había traducido sus prim eras publi­ caciones que vieron la luz en inglés. Y o había term inado hacía poco mis estudios premédicos y estaba presentando mis solicitudes p or segunda vez p a ra u n a porción de escuelas médicas. M i te­ rap ia avanzaba persistentemente, p ero con lentitud. A unque no hubo explosiones sensacionales de emociones o recuerdos durante las sesiones, me parecía estar avanzando y acercándom e más y más hacia la capacidad de entregarm e a mis sentimientos sexua­ les. T am bién me sentía más cerca de Reich. É l se tomó unas largas vacaciones de verano. T erm inó el año en junio y lo reanudó a mediados de septiembre. Guando se acercaba a su fin la terap ia de este año, R eich propuso que interrum piésemos el tratam iento d u ran te uno. Sin embargo, yo no había acabado. El reflejo del orgasmo no se desarrollaba consistentemente en mí, aunque me sentía m uy cerca de él. Lo había intentado con todo afán, p ero precisam ente este afán era la p ied ra en que tropezaba. L a idea de u na vacación me pareció buena, y acepté la sugerencia de Reich. H abía además razones personales en mi decisión. Com o no podía ingresar p or entonces én ninguna escuela médica, tomé un curso de anatom ía hum ana fundam ental en la U niversidad de N ueva Y ork durante el otoño de/ 1944. M i terap ia con R eich se reanudó en el otoño de 1945, a base de sesiones semanales. A l poco tiempo, el reflejo del orgasmo apareció consistentemente. Esto se debía a varias razones. D u­ ran te el año de interrupción de la terapia, no traté, naturalm ente, de d ar gusto a R eich ni de esforzarm e p or log rar una buena

24 / Bioenergética salud sexual, y pude asim ilar y com pletar m i trab ajo previo con él. P or entonces vi además a mi p rim er paciente en calidad de terap eu ta reichiano, lo cual representó un aliento trem endo p a ra m i espíritu. M e parecía haber llegado ya a la m eta y tenía la conciencia de sentirme m uy seguro en cuanto a m i vida. M e resultó m u y fácil entregarm e totalm ente 'nú cuerpo, lo cual su­ ponía tam bién entregarm e a Reich. A l cabo de unos meses, los dos com prendim os sin lugar a dudas que mit. terapia había lle­ gado a térm ino feliz según su criterio. Años después comprobé, sin em bargo, que no había resuelto muchos de mis grandes p ro ­ blemas de personalidad. El tem or de fo rm u lar lo que deseaba, aunque fuese irrazonable, no había sido totalm ente discutido. M i miedo á un fracaso y mi necesidad de salir avante seguían en pie. No se había explorado m i incapacidad p ara llo ra r a m enos que se me colocase contra la pared. Estos problemas fue­ ron resueltos definitivam ente muchos años después p or medio de la bioenergética. No quiero decir que mi terapia con R eich fuese ineficaz. Si no resolvió plenam ente todos mis problemas, me hizo más cons­ ciente de ellos. Pero lo más im portante es que me abrió el ca­ m ino de la autorrealización y m e ayudó a acercarm e a esta m eta. Profundizó y vigorizó mi concentración sobre el cuerpo com o base de la personalidad. Y m e proporcionó u n a identifi­ cación positiva con mi sexualidad, que ha resultado ser la piedra an g u lar de m i vida. M is actividades como terapeuta reichiano, 19 4 5 -19 5 3 D urante él otoño de 1945 vi a m i p rim er paciente. A unque to d avía no había asistido a la escuela médica, R eich me animó a ello, tom ando en cuenta mi historial educativo y mi instruc­ ción con él, incluyendo m i terapia personal. Esta instrucción re­ quirió una participación continua en los seminarios clínicos sobre vegetoterap ia analítica del carácter, bajo la dirección del doctor T heodore W olfe, y en los seminarios que R eich organizaba en su casa, en los cuales explicó los fundam entos teóricos de su idea, subrayando los conceptos biológicos y energéticos que jus­ tificaban su trab ajo con el cuerpo. Fue cundiendo más y más el interés p or la terapia reichiana a m edida que la gente se iba fam iliarizando con sus ideas. La publicación de L a función del orgasmo en 194-1 aceleró este pro­

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ceso, aunque él libro no recibió u n a acogida fa vo rab le p or p arte de los críticos ni se vendió mucho. R eich había form ado sü p ropia com pañía editora, J a O rgone Institute Press, que ni tenía agentes de ventas ni hizo publicidad alguna. L a prom oción de sus ideas y del libro fue, p o r tanto, únicam ente de carácter oral y privado. No obstante, sus ideas fueron propagándose, aunque lentam ente, y aum entó la dem anda de la terap ia reichiana. Pero había m uy escasos analistas del c arácter bien preparados, y a eso se debió, tanto como a m i disposición personal, el que co­ menzase a dedicarm e a la terapia. D urante dos años antes de salir p a ra Suiza, estuve siendo terap eu ta p ractican te reichiano^ En septiem bre de 1947 me m a r­ ché de N ueva Y ork con m i esposa p a ra incorporarm e a la escuela m édica de la U n iversid ad de G inebra, ' en la que m e gradué el mes dé junio de 19 5 1 como doctor en M edicina n M . D. M ien ­ tras estuve én Suiza, practiqué adem ás lim itadam ente la terapia con algunos suizos que habían oído h ab lar del trab ajo de R eich y deseaban vivam ente ap rovech ar esta n u e v a ! orientación te ra ­ péutica. Com o tantos médicos jóvenes, empecé suponiendo can­ dorosam ente que sabía algo sobre los problem as emocionales de la gente, con una seguridad basada más' en el entusiasmo que en la experiencia. A l echar u na o jead a retrospectiva a aquellos años, com prendo mis limitaciones tanto en la teoría como en la práctica. Sin em bargo, creo que ayudé y fui ú til a algunas personas. M i entusiasmo constituía u n a fuerza indudable, y m i insistencia en resp irar y “entregarm e totalm ente” era una orien­ tación positiva. Antes de desplazarm e a Suiza, se prod u jo un avance im p or­ tante en la terap ia reichiana: el uso del contacto directo con el cuerpo del paciente p ara aliv ia r las tensiones m usculares que obstaculizaban su capacidad de entregarse a sus sentimientos, p er­ m itiendo que se produjese el reflejo del orgasmo. D u rante su trab ajo conmigo, R eich presionaba de cuando en cuando con sus manos algunos músculos tensos de m i cuerpo p a ra ayu d ar a que se relajaran . Los músculos d é la m andíbula están extraord in a­ riam ente tensos en la m ayor p arte de la gente: la m andíbula sé ‘ cierra y ap rieta en un gesto de determ inación, que muchas veces sé acerca a lo torvo, o el m entón se ad elan ta agresiva­ m ente, o se retira hacia adentro anorm alm ente. E n ninguno de estos casos es com pletam ente m óvil, y su posición fija delata u n a actitud estructurada. ' Bajo la presión, los músculos de las

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m andíbulas se fatigan y “aflo jan ” . En consecuencia. l a respi­ ración se hace más Ubre, y profunda, y se producen frecuente­ mente. temblores involuntarios en el cuerpo y en l a s piernas. O tras áreas de tensión m uscular objeto de la presión de Reich, eran la nuca, la p arte in ferio r de la espalda y los músculos aductores de los muslos. En todos los casos, la presión se aplicaba selecti­ vam ente n ad a más a las áreas en que podía palparse la espasticidad m uscular crónica. L a imposición, de las m anos representaba u n a desviación im ­ portante de la p ráctica analítica tradicional. En los análisis , fren ­ díanos estaba estrictam ente prohibido todo contacto físico, entre analista y paciente. El prim ero se sentaba tras el segundo, sin ser visto p o r él y ven ía a hacer evidentem ente las veces de una p a n ta lla sobre la cual el .paciente proyectaba sus pensamientos. No estaba com pletam ente inactivo, porque sus reacciones gutiirales a las ideas expresadas p o r el paciente y sus interpretaciones verbales constituían una influencia im portante sobre el proceso pensante del mismo. R eich hizo del analista una fuerza más di­ recta en el procedim iento terapéutico. Se sentaba frente al p a ­ ciente p a ra poder ser visto p o r él y establecía contacto físico con el mismo, cuando lo consideraba necesario o conveniente. Era un hom bre corpulento de suaves ojos castaños, como los recuer­ do en las sesiones, y de manos fuertes y calientes. Hoy no caemos en la cuenta del avance revolucionario que esta terapéutica representaba entonces ni de las suspicacias y hostilidades que provocó. Por su fuerte concentración en la sexualidad y el contacto físico entre terapeuta y paciente, los que practicaban la terapéutica ,d^, R eich fueron acusados de v a ­ lerse de la excitación sexual y su estim ulación p ara intensificar la potencia orgàsmica. Se dijo que R eich m asturbaba a sus pacientes. N ada más lejos de la verdad. Esta calum nia revela el grado de tem or de que se rodeaba p or entonces a la sexualidad y al contacto físico. A fortunadam ente, el am biente ha cam biado de m an era notable d u ran te los últimos trein ta años en lo que se refiere a l sexo y al tacto. L a im portancia del tacto está cada día siendo m ás reco­ nocida comò una fo rm a p rim aria de contacto,6 y no sé duda de su v a lo r en la situación terapéutica. Desde luego, cualquier con­ 6 Ashley Montagli, Touching: The Human Signijicance of the Skin (Nueva York, Columbia University Press, 19 7 1).

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tacto físico, entre médico y paciente es de gran responsabilidad p ara el prim ero, en cuanto a respetar la relación terapéutica y evitar toda cómplicación ó entendimiento sexual con el paciente. No estaría m al ad vertir aquí que, en bioenergética, los tera­ peutas son preparados p ara usar las maños con objeto de p alpar y sentir las espasticidades o inhibiciones m usculares de sus p a­ cientes; para aplicar la presión necesaria a fin de aligerar o re­ ducir la contracción m uscular con sensibilidad a la tolerancia que tiene el paciente del d olor; y p ara establecer contactos en form a de golpecitos y tactos delicados y ■alentadores con el fin de darle seguridad y Confianza. Es difícil, hoy comprender, las proporciones del gran paso que dio R eich en 1943. El procedimiento de la presión física facilitaba el desfogue de los sentimientos y la recuperación correspondiente de los re­ cuerdos. Y contribuía a acelerar el proceso terapéutico, lo cual e ra necesario cuando las sesiones se reducían a una p o r semana. Y a entonces había adquirido R eich u n a gran destreza p ara leer el cuerpo y sabía como aplicar la presión p ara aliv ia r las ten­ siones musculares, estim ulando la circulación de la sensación por el cuerpo, en form a de corrientes, como él las llam aba. En 1947 logró provocar el reflejo del orgasmo en algunos pacientes al cabo de un periodo de seis meses. P ara cum prender el alcance de esto, basta record ar que yo estuve sometido a la terap ia de R eich cerca de tres años, en sesiones trisemanales, p a ra lo g rar que se estableciese el reflejo del orgasmo. Debo subrayar que este reflejo no es un orgasmo. No in ter­ viene p ara nada el aparato genital, no hay preparación orgánica alguna, ni p or tanto, descarga de la excitación sexual. Indica que está abierto el cam ino p ara esa descarga si la en trega total püéde trasladarse a la situación sexual. Pero éste traslado no ocurre necesariamente. Las dos situaciones, la sexual y la tera­ péutica, son diferentes; la prim era está mucho más cargada emo­ cional y energéticam ente. Adem ás, en la situación terapéutica, la persona cuenta con el apoyo del terapeuta, lo cual puede re­ p resentar un factor muy im portante, como ocurría en el caso de Reich, que era un hom bre de personalidad sum am ente fu er­ te. Sin embargo, cuando no h ay reflejo orgàsmico, no es p ro ­ bable que la persona experim ente movim ientos pélvicos involun­ tarios en el clím ax del acto sexual. Estos m ovim ientos son la base de la reacción orgàsm ica plena. Debemos record ar que, en la teoría de Reich, là reacción orgàsmica, no el reflejo del

28 / Bioenergética orgasm o, es el criterio p ara ju zgar la salud em ocional del in­ dividuo. No obstante, el reflejo orgásmico ejerce algunos efectos po­ sitivos en la personalidad. A unque se produce en el ambiente p ropicio de la situación terapéutica, es experim entado como algo agradable y liberador. L a persona siente lo que es estar libre de inhibiciones. AI mismo tiem po, se siente conectada e integrada con su cu erp o; y a través de su cuerpo, con su am biente. Expe­ rim en ta una sensación ds bienestar y paz interior. A dquiere el conocim iento de que la v id a del cuerpo reside en su aspecto in volu n tario. Yo puedo atestiguar esta reacción p o r experiencia personal, y además p or los com entarios de mis pacientes a lo largo de los años. Lam entablem ente, estas m agníficas sensaciones no siem pre se producen bajo la tensión de la vid a cotidiana de nuestra cultura m oderna. El ritm o, la presión y la filosofía de nuestros tiempos son la antítesis de la vida. El reflejo puede perderse con m ucha frecuencia si el paciente no h a aprendido a bandearse entre las presiones de su vid a sin recu rrir a pautas neuróticas de conducta. Así ocurrió a dos de los pacientes que R eich trató p or estas fe­ chas. V arios meses después de term inada su terapia con éxito aparente, m e vinieron a solicitar o tra adicional porque no h a­ b ían logrado conservar los beneficios obtenido con Reich. C om ­ p ren d í que no podía haber atajos p ara alcanzar la salud emo­ cional, y que la única m anera de asegurar el funcionam iento óptim o era tra b a ja r asiduam ente en la solución de todos los problem as del individuo. Sin embargo, yo seguía convencido de q u e la sexualidad era la clave p a ra solucionar los problemas neuróticos individuales. Es n atu ral criticar la im portancia central que atribuía R eich a la sexualidad, pero yo no lo haría. L a sexualidad es la clavé de todos los problem as emocionales, pero los trastornos en el funcionam iento sexual sólo pueden entenderse en el m arco de la personalidad total p o r u n a parte, y en las condiciones dé la vida social p o r otra. A lo largo de los años he ido llegando, m al que m e pese, a la conclusión de que no existe u n a clave única para d escifrar el misterio de la condición hum ana. M i renuencia a acep tarlo se debía a m i intenso deseo de creer que sólo había u n a solución. A hora pienso a base de polaridades, con sus inevi­ tables conflictos y resoluciones provisionales. .C onsiderar al sexo com o la clave única de la personalidad es un criterio demasiado

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estrecho, pero pasar p or alto el va lo r del impulso sexual en la fo rja de la personalidad individual es descartar y desdeñar una de las fuerzas más im portantes de la naturaleza. En uno de sus planteam ientos prim eros, antes de fo rm u lar el concepto del instinto de la m uerte, Freud sostuvo que había una antítesis entre los instintos del ego y el instinto sexual. Los prim eros velan p o r la protección del ind ivid u o; el últim o, por la conservación de la especie. Esto supone un conflicto entre individuo y sociedad, que sabemos ocurre en nuestra cultura. O tro conflicto intrínseco en esta antítesis es el que se produce entre el afán del poder (im pulso del ego) y la búsqueda del p lacer (el impulso sexu al). L a im p ortan cia excesiva que se da al poder en nuestra cu ltu ra en fren ta al ego el cuerpo y su sexua­ lidad, y crea un antagonismo entre impulsos que teóricam ente debería apoyarse y fortalecerse recíprocam ente. S in embargo, no puede aferrarse uno ai extrem o contrario de concentrarse exclu­ sivam ente en la sexualidad. Así lo com prendí claram ente después de haber perseguido sin éxito la m eta exclusiva de la realización sexual de mis pacientes, como h ab ía hecho Reich. E l ego existe como una fuerza poderosa del hom bre occidental, que no puede descartarse ni negarse. El objetivo de la terapéutica es integrar el ego con el cuerpo y con su búsqueda de p lacer y satisfacción sexual. M e costó m uchos años de trab ajo duro y de errores en m ayor o m enor grado ap ren d er esta verdad. Nadie está exento de la ley de que el aprendizaje sólo se logra a base de reconocer los propios errores. Sin em bargo, sin u n a búsqueda decidida de la m eta de la satisfacción sexual y de la potencia orgàsm ica, yo no h ab ría entendido la dinám ica de la energía de la personalidad. Y sin el criterio del reflejo del orgasmo, no pueden com pren­ derse los m ovim ientos y reacciones involuntarias dél organismo hum ano. H ay todavía muchos elementos misteriosos en la conducta y el funcionam iento hu m an o que la m ente racional no e s . capaz de captar. Por ejem plo, d u rante u n año aproxim adam ente ' an ­ tes de.sa.lir de N ueva Y ork estuve tratan d o a un jo v en que tenía numerosos trastornos graves. E ra víctim a de una • ansiedad aguda cada vez que se acercaba a u n a m uchacha. Se sentía inferior, inadecuado, y tenía m uchas tendencias masoquistas, A veces ex­ perim entaba ,1a alucinación de que el diablo le h acía b u rla desde todos los rincones. En el desarrolló de su . terapia progresó algo

30 / Bioenergética en cuanto a Jos síntomas, pero no se disiparon ni nnidu; me­ nos. A pesar de todo, hab ía establecido u n a relación perm anente con u n a m uchacha, aunque sentía escaso p lacer eh el climax sexual. V o lv í a verlo cinco años después de mi regreso «■’"■HiS país. M e contó u n a historia fascinante. -Después-, de' ^im^paitiSáí^se quedó sin terapeuta, p or lo que decidió continuar là terapia poi propia cuenta. P ara ello tenía que realizar los ejercicios básicos de respiración que habíam os ejecutado en la terapia:. Todos lós días, después de. su trab ajo, cuando Volvía a casa, se tendía en la cam a y se p onía a respirar p rofu n d a y holgadam ente, como hacía conmigo. Y un buen día, se produjo el ■m ila g ro ., D esapare­ ció tod a su ansiedad. Se sintió seguro de sí mismo y term ino su actitud de autoconm iseración. Pero lo más im portante fue que apareció en . él un alto grado de potencia orgàsm ica en el acto sexual. Sus orgasmos eran plenos y satisfactorios. Era' u n a 'p e r­ sona distinta. Pero m e dijo con tristeza: — Sólo duró un mes. T an pronto como ocurrió el cambio, desapareció, y el hom ­ bre vo lvió a hundirse en su antigua zozobra. A cudió a otro te­ rap eu ta reichiano con el que estuvo trab ajan d o varios años, sin hacer más que un ligero progreso. Guando v o lv í yo al ejercicio de mi especialidad, quiso que reanudásemos la terapia. Estuve trab ajan d o con él tres años más aproxim adam ente, y logré que superase muchas de sus inhibiciones. Pero el m ilagro no se p ro ­ d u jo más. No logró llegar al nivel sexual ni de otro tipo que había alcanzado durante el breve periodo que: siguió a mi p ar­ tida. ¿C óm o exp licar aquel paréntesis inesperado de salud, que pareció surgir espontáneam ente, y su interrupción posterior? L a experiencia de m i paciente me recordó la novela Lost H orizon, de Jam es H ilton, que estaba en boga p or entonces. Su personaje principal, C onw ay es transportado a bordo de un avión con al­ gunos otros pasajeros hasta un valle desconocido de los altos H im alayas, llam ado Shangri-L a, rem oto p araje m ontañoso que, literalm ente “ estaba fu e ra de este m undo”. Quienes habitaban el valle no conocían p o r lo visto la vejez ni la m uerte, o se les aplazaba o suspendía. L a norm a principal de su conducta era la m oderación, que tam poco pertenece a este mundo. Convvay siente la tentación de quedarse en Shangri-L a, porque su m odo

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de vid a sereno y racional le resulta extraordinariam ente grato. Se le ofrece el gobierno de la com unidad del valle, pero se deja persuadir por su herm ano, quien le dice que todo aquello es u n a fantasía, y le induce a escapar con él a la “realidad ” , p or­ que se ha enam orado de u n a joven china. Se fugan, pero en cuanto salen del valle, C onw ay queda horrorizado al v e r que la jo ven se convierte en una anciana decrépita y m uere. ¿Q u é realidad es la que vale más? C onw ay decide regresar a ShangriLa, y cuando term ina la novela, lo vemos vagando extraviado por las montañas, en busca de su “horizonte perdido”, o Lost fio rizón. L a súbita transform ación que se prod u jo en mi paciente pue­ de explicarse con la hipótesis de que se verificó un cam bio en su sentido de la realidad. D urante un mes, mi paciente estuvo tam bién “fuera de este m undo” , con lo que dejó atrás todas las ansiedades, rem ordim ientos e inhibiciones que estaban asociadas con su vida en este planeta. Indudablem ente, fueron muchos los factores que contribuyeron a p roducir este efecto. Por enton­ ces había surgido una ola de euforia y entusiasmo con quienes trabajaban con Reich, tanto estudiantes como pacientes. Se creía que R eich había descubierto y form ulado una verd ad fu n d a­ m ental sobre los seres humanos y su sexualidad. A quellas ideas tenían un atractivo revolucionario. Yo estoy seguro de que a m i paciente le llegó aquella ola, lo cual, unido a sus prácticas de respiración profunda, pudo haber cristalizado en el efecto notable que he dejado descrito. El escapar del m undo propio o del yo habitual constituye una ■experiencia trascendental. M uchas personas han pasado por algo parecido durante un. periodo más o menos largo. Siem pre hay en estos casos una sensación de desahogo, de liberación y descubrim iento de un yo pletóríco de vid a y reacciones espon­ táneas. Sin embargo, estos cambios, ocurren inesperadam ente y no pueden planearse ni program arse. Lo más lam entable es que m uchas veces desaparecen con la misma rapidez con que se presentan, y la resplandeciente carroza se tra e ca de la noche a la m añ an a en la calabaza original del cuento. Quédase uno cavi­ lando indeciso sobre cuál será la realidad auténtica de nuestro ser. ¿P o r qué no nos es posible quedam os en el estado libe­ rad o? L a m ayor parte de mis. pacientes han tenido algunas expe­ riencias trascendentales en e l decurso de su terapiá. Todos des­

32 / Bioenergética cubren un horizonte previam ente oscurecido tras u n a espesa nie­ bla, que de repente se desvanece y Ies perm ite verlo todo con claridad. L a niebla vo lverá a cerrarse, pero queda el recuerdo, que continúa proporcionándoles un estímulo p ara seguir bus­ cando el cambio y el avance. Si buscamos lo trascendente, acaso tengamos m uchas visiones, p ero seguram ente term inarem os por donde comenzamos. Si op­ tamos en cam bio p or el avance y el crecim iento, quizás sean pocos los momentos de trascendencia, pero constituirán experien­ cias notables en nuestra m arch a asidua hacia el logro de u n yo m ás rico y más seguro. L a vid a es en sí misma un proceso de crecim iento, que co­ m ienza con el del cuerpo y sus órganos, sigue avanzando con el desarrollo de destrezas m otoras, la adquisición de conocim ien­ tos y la am pliación de relaciones, y term ina en la experiencia m áxim a, que llamamos sabiduría. Estos aspectos del crecimiento se sobreponen unos a otros, porque la v id a y el desarrollo se producen en un medio n atu ral, cultural y social. Y aunque el proceso del crecim iento es continuo, nunca és igual. H ay perio­ dos de allanam iento horizontal, durante los cuales se asimilan las experiencias y el organismo se p repara p ara u n a nueva subida. C a d a una de éstas lleva a vina elevación o cum bre nueva y crea' lo que llamamos u n a experiencia cubre. C ad a u n a de éstas a su vez tiene que integrárse en el seno de la personalidad p a ra que se produzca un nuevo crecim iento y el individuo term ine en un estado de sabiduría. En cierta ocasión dije a R eich que había dado con u n a definición de la felicidad. L evan tó las cejas y con u n a m ueca de curiosidad me preguntó cuál era. Y o le contesté: — L a felicidad es la conciencia del crecim iento. Bajó entonces las cejas y com entó: — No está mal. Si m i definición está en lo cierto, pérm ite suponer que la m ayor p arte de la gente solicita el proceso terapéutico porque se h a interrum pido su sensación de crecim iento. E indudable­ m ente, muchos pacientes tratan de restau rar con la terapia su proceso de crecim iento. Y la terap ia puede lograrlo si le pro­ porciona nuevas experiencias y contribuye a elim inar o reducir los obstáculos y dificultades que im piden la asimilación de la experiencia. Estos obstáculos son patrones estructurados de con­ ducta que representan u n a resolución insatisfactoria, un com­ promiso de conflictos de la infancia. C rean el yo neurótico y

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lim itado del que tratan de escapar o liberarse. R etrocediendo hasta este pasado, el paciente descubre en la terap ia los conflictos prim itivos y busca h u evo s modos de bandearse en situaciones am enazadoras de su vida que lo forzaron a abroquelarse en u n a “arm ad ora” p a ra sobrevivir. Sólo volviendo el pasado a la vida, puede facilitarse el verdadero crecim iento ó avance en el p re­ sente al individuo. Si r p . corta el casado, no existe el futuro. El crecim iento es un proceso n atu ral, que n o'p u e d e forzarse. Sit ley es la de todos los seres vivos. El árbol, p o r ejem plo, sólo crece hacia arrib a si sus raíces se hunden en la e n trañ a de la tierra. Aprendem os a báse de estudiar el pasado. U n a persona sólo puede crecer, p o r tanto, fortaleciendo sus raíces en su mis­ mo pasado, Y el pasado del individuo es su cuerpo. A l lanzar u n á m irad a retrospectiva a aquellos años de entu­ siasmo y excitáción, com prendo lo ingenuo que era esperar que los problemas profundos de la persona m oderna se pudiesen re ­ solver fácilm ente p or medio de técnica alguna. No quiero decir con esto qué R eich se hiciese' ilusiones sobre l a tarea inmensa que tenía por delante. C aía perfectam ente en la cuenta de la situación. A eso se debía directam ente el que buscase form as más eficientes de enfocar estos problemas. T enía que investigar la naturaleza de la energía que operaba eij los organismos vivos. Com o es sabido, aseguraba haber descu­ bierto una energía nueva que llamó “orgona” , p alab ra d erivada de orgánico y organismo. Inventó un ap arato capaz de acum u­ la r esta energía y cargar de ella al cuerpo de quien se sentase en él. Yo mismo he fabricado estos “acum uladores” y los he utilizado personalm ente. P ara ciertos estados han resultado útiles, pero no producen efecto alguno cuándo se tra ta de problem as de la personalidad. A nivel individual éstos problem as siguen ne­ cesitando p ara su resolución u n a com binación de trab ajo analítico escrupuloso y un trato físico que ayude al individuo á liberarse de los espasmos musculares crónicos que inhiben su libertad y lim itan su vida. A nivel social, tiene que producirse un cambio evolucionarlo en las actitudes del hom bre h acia sí mismo, hacia su ambiente y hacia la colectividad hum ana. En ambos niveles fueron grandes las contribuciones de Reich. Su averiguación de la naturaleza de la estructura del carácter, y la demostración que hizo de su identidad funcional con la ac­ titu d corpórea constituyeron avances im portantes p a ra nuestro entendim iento de la conducta hum ana. In trod u jo el concepto

34 / Bioenergética de potencia orgàsm ica como, criterio p a ra determ inar la salud em ocional, y así lo es en realidad, demostró que su base física era el reflejo corporal del orgasmo. Am plió nuestros conocimiéntos sobre los procesos orgánicos descubriendo el significado y la im­ portancia de las reacciones involuntarias del cuerpo. Y elaboró u n a técnica relativam ente eficiente p a ra tra ta r los trastornos de la v id a em otiva (involuntaria) del individuo. Indicó claram ente cómo la estructura de la sociedad se re­ fleja en la estructura del carácter de sus miembros, concepto que esclarecía los aspectos irracionales de la política. Intuyó la posi­ bilidad de una existencia hum ana libre de las inhibiciones: y represiones que estrangulan el impulso de vivir. Tengo p ara mí que, si alguna vez se realiza esta perspectiva visionaria, ' sérá a base de seguir la dirección que nos dejó marcada, Reich. P or lo que hace a nuestro tem a presente, la principal contri­ bución de R eich fue su descripción del papel central que el cuer­ po tiene que representar en cualquier teoría de la . personalidad. S u trabajo puso los cimientos sobre los cuales se ha construido el edificio de la, bioenergética. E l desarrollo de la bioenergética M e preguntan muchas veces en qué difiere la bioenergética de la terapéutica reichiana. L à m ejor m anera de contestar a esta' pregunta es seguir exponiendo el desarrollo histórico de la bio­ energética. A l term inar m i internado en 1952, después de haber vuelto de E uropa el año anterior, me enteré de una porción .de cambios que se habían producido en« las actitudes de R eich y sus p arti­ darios. S u entusiasmo y excitación tan evidente entre los años 1945 y 1947 había sido desplazado p or sentimientos de persecu­ ción y abatim iento. R eich dejó de p racticar toda terapia personal y se trasladó a Rangeley, M aine, donde se dedicó- a la física ‘ de la orgona. L a expresión “vegetoterapia analítica del carácter” fue sustituida p o r la de “ terapia de orgona” . Esto redundó en que perdiese interés el arte del análisis del carácter, y adquiriese más im portancia la aplicación de la energía orgona m erced al uso del acum ulador. Los sentimientos de persecución se debían a la actitud crítica de las comunidades médicas y científicas respecto a las ideas de R eich, a la hostilidad declarada de muchos sicoanalistas, algu­

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nos de. los cuales aseguraron que iban a acabar con él, y a las zozobras y ansiedades del mismo Reich y sus seguidores. L a sen­ sación. de abatim iento se debía al fracaso de un experim ento de R eich ep su laboratorio de M aine, en que se interaccionaba la energía de la orgona con la radioactividad. T uvo aquel experi­ m ento un resultado n egativo ; Reich y sus ayudantes cayeron en­ fermos y tuvieron que abandonar el laboratorio durante algún tiempo. P o r otra parte, la pérdida de la esperanza de u n a tera­ péutica relativam ente ráp ida y eficaz p ara la neurosis contribuyó también a su racha de desaliento. Y o no estaba de acuerdo con estas actitudes pesimistas. M i separación durante cinco años de R eich y de sus problemas coritribúyó a que conservase el entusiasmo y el brío de los años primeros. Y además, m i instrucción en las escuelas de medicina, más la, experiencia de mi internado, me convenció con más fir­ meza que nunca de qué las ideas de R eich eran válidas y acer­ tadas. P or lo tanto, me resistía a hacer causa común con el grupo de terapeutas de la orgona, y esa resistencia aum entó des­ pués al enterarm e de que los seguidores de R eich se habían vuelto casi fanáticos suyos y de su obra. Se consideraba presun­ ción, si rio herejía, poner en tela de juicio uno sólo de sus p rin ­ cipios o m odificar sus conceptos a la luz de la propia experien­ cia. Y í claram ente que una actitud de este tipo pod ría sofocar cualquier trabajo original o creador. Estas consideraciones me impulsaron a m antener una posición independiente.. M ientras conservaba esta actitud m ental, una discusión con otro terapeuta reichiano, el D r. .Pelletier, que no perten ecía a los círculos oficiales, me abrió los ojos respecto a la posibilidad de m odificar o am pliar los procedimientos técnicos de Reich. D urante mi trabajo con él, insistía en que aflojase las m andí­ bulas, dejando caer el m entón en una actitud de entrega o ren­ dición al cuerpo. En mis años de terapeuta reichiano yo tam ­ bién había hecho hincapié en esto. Pues bien, en la discusión con el doctor Louis G. Pelletier, observó que le había parecido conveniente y útil que algunos pacientes apretasen las mandíbulas y proyectasen la barbilla en gesto; de desafío. Con esta expresión agresiva se liberaba p arte de la tensión de los músculos con tra­ ídos. Desde luego, com prendí que podían' producirse ambos re­ sultados, y de repente me sentí libre p ara poner en tela de juicio O , desviarme de la práctica de Reich. El caso fue que, alter­ nando ambas posiciones, se obtenían los m ejores resultados. A c­

3 6 / Bioenergética tivan d o y alentando la agresividad del paciente, se facilitaba su en trega total a las sensaciones sexuales apasionadas. En cambio, si se empieza con una actitud de entrega com pleta, frecuente­ m ente se term ina con sentimientos y expresiones de tristeza y cólera p o r el dolor y la frustración que se experim entan en el cuerpo. En 1953 me asocié con el doctor Jo h n G. Pierrakos, quien aca­ b ab a de term inar su residencia siquiátrica en el K ings C ounty H ospital. El mismo se h ab ía sometido a la terap ia reichiana y e ra partidario de Reich. Por aquellas fechas nosotros seguíamos considerándonos todavía como terapeutas reichianos, aunque ya n o estábamos conectados oficialm ente con la organización de doctores de Reich. Antes de un año se unió a nosotros el doctor W illia m B. W allin g, que tenía u na form ación análoga a la del d octo r Pierrakos. H abían sido condiscípulos en la escuela médica. E l resultado inicial de esta asociación fue un program a de semi­ narios clínicos, en los cuales presentábam os personalm ente a nues­ tros pacientes con el objeto de lograr una comprensión más h on d a de sus problemas, m ientras enseñábamos al mismo tiempo a los demás terapeutas los conceptos en que se apoyaba el en­ foque corporal. En 1956 surgió form alm ente el Instituto de Análisis Bioenergético, como organización sin fines lucrativos p a ra lle va r a cabo estos fines. M ientras tanto R eich había tenido dificúltales con la ley. P a ra confirm ar más su sentim iento de persecución, la Adm inis­ tración de Alim entos y M edicinas denunció ante la corte federal a R eich p o r ven der o fa c tu rar acum uladores de orgona en el com ercio ínterestatal, alegando que no existía eso que se llam aba energía orgona, y que, consecuentemente, su ven ta tenía carácter fraudulento. R eich se negó a defenderse de esta acción judicial, basándose en que sus teorías científicas n o . podían ser discutidas en un trib u n al de justicia. L á A dm inistración de Alim entos y M edicinas ganó un requerim iento term inante p o r rebeldía. A con­ sejaron a R eich que no hiciese caso de tal requerim iento, y los agentes de la Adm inistración iio tardaron en descubrir que había violad o el m andato. Reich fue'. entonces procesado por desacato d el tribunal, convicto y sentenciado a dos años dé cárcel federal. M u rió en noviem bre de 1957 en la Prisión de Lewisburg. L a tragedia de la m uerte de Reich se demostró elocuente­ m ente que el hom bre no puede -salvarse de sí mismo. Sin em­ bargo, ¿q u é decir de un individuo que está entregado sincera­

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m ente a su salvación personal? Si p o r “salvación” se entiende la liberación de las inhibiciones y restricciones impuestas p o r la educación y crianza, yo no p odía asegurar que hubiese llegado a este estado de gracia. A unque term iné con todo éxito la terap ia reichiana, sabía que tod avía tenía muchas tensiones musculares crónicas en el cuerpo, que m e im pedían d isfru tar de la alegría que anhelaba. Sentía su influencia restrictiva en m i personalidad. Y deseaba tener una experiencia sexual más rica y más plena, experiencia, que sabía que era posible. L a solución consistía en com enzar de nuevo la terapia, i-'ero ya no p odía acudir a Reich, y p o r o tra parte, no tenía fe en otros terapeutas reichianos. Como^ estaba convencido de que el enfoque tenía que ser corporal, opté por tra b a ja r con m i socio Jo h n Pierrakos en u na acción com ún, puesto que era superior a él tanto en edad como en experiencia. Y así fue como surgió la idea de la bioenergética en el trab ajo que juntos em prendim os sobre m i propio cuerpo. Los ejercicios básicos que ejecutam os a h o ra fueron prim ero probados y ensayados en mí, con lo cual llegué a conocer p or experiencia personal cómo funcionan y lo que son capaces de hacer. Desde entonces, en todos los años que h an transcurrido, he adoptado la práctica de p ro b ar en m í mismo lo que exigía que hiciesen mis pacientes, porque no creo que tenga nadie derecho a im poner a los demás algo que no está preparado p a ra imponerse a sí mismo. Y tam poco creo que sea uno capaz de hacer p o r los demás lo que no es capaz de hacer por sí mismo. M i terap ia con Pierrakos duró casi tres años. Su calidad era com pletam ente distinta de m i trab ajo con Reich. Hubo m enoí experiencias espontáneas de las que he descrito anteriorm ente. Esto se debía principalm ente a que yo dirigía en gran p arte el trab ajo corporal, pero tam bién a que se concentraba m ás en la liberación de las tensiones m usculares que en la entrega a los sentimientos sexuales. Estaba m uy consciente de no q u erer inten­ tarlo más. Deseaba que alguien se hiciese cargo ,de ello p o r mí. J51 probar, in te n ta r y con trolar son aspectos de mi carácter neu­ rótico, y np mé resultaba fácil entregarm e. Pude hacerlo con R eich p o r m i respeto a su saber y autoridad, pero m i entrega se lim itaba a esa relación. El conflicto se resolvió m erced a un compromiso. .En la prim era m itad de la sesión trab ajab a yo con­ migo mismo, describiendo a,.Pierrakos mis sensaciones corporales. En la segunda, él operaba con sus manos fuertes y calientes, so­

38 / Bioenergética bre mis músculos tensos, m asajeándolos y relajándolos, p ara que pudiesen producirse las corrientes. En el trabajo conmigo mismo, desarrollé las' posturas ":y ’e jer­ cicios básicos que actualm ente son norm ativos dé Ja bioenergética. Sentía la necesidad de operar más de lleno ’ sobre mis piernas, p o r lo que empecé por una postura de pie, y no p or la supina que p refería Reich. Estiraba las piernas, volvía hacia adentro las puntas de los pies, doblaba las rodillas y arqueaba la espalda con objeto de m ovilizar la m itad in ferio r del cuerpo. Sostenía la misma postura varios minutos, sintiendo que me perm itía acer­ carm e más al suelo o experim entar la sensación dé aproxim ar­ m e más ’ a él. M e producía además el efecto d é re s p ira r más hondo abdominalmerite. Gomo esta postura me provocaba cierta tensión y cansancio en la p arte in ferior de la espaldaj1 la cam ­ biaba inclinándom e hacia adelante y tocando ligeram ente el suelo con la punta de los dedos, m ientrás doblaba un poco las rodillas. Entonces aumentaba' la sensación en mis piernas; q u é ‘"empezaban a vibrar. Estos- dos simples ejercicios hicieron surgir é l! concepto de. “asentar los pies sobre lá tie rra ” , de carácter ú n ico ! eñ lá bio­ energética. Fue desarrollándose lentam ente a lo largo de los años, a m edida que se com probaba cómo todos los pacientes carecían de la sensación de 'ten er los pies firm em ente p lañ tad osflsobre el suelo. Esto correspondía a que “ estaban en el aire” y fu era de contacto con la realidad. A sentar los pies so b re'lá tierra o hacer que el paciente se ponga en contacto con la realidad en' qué se m ueve, con su cuerpo y con su sexualidad, se h a convertido en u n a de las piedras cardinales, de la bioenergética. En el capí­ tulo 6 explicamos detenidam ente el concepto dé pisar firm é en relación C o n la realidad y la ilusión. M uchos de los ejercicios que ejecutam os p a ra lograr este asentam iento sobre lá ■realidad se describen allí. O tra de las innovaciones que desarrollam os en el decurso; de este trabajo, fue la silla o asiento p a ra respirar. L a respiración es tan fundam ental en la bioenergética como en la terapéutica reichiana. Sin em bargo, siem pre h a sido un problem a log rar qüe los pacientes respiren con profundidad y . plenitud. Y más difícil es todavía que respiren libre y espontáneamente. L a idea del asiento p ara respirar, nos la sugirió la tendencia tan extendida de la gente a arq uear la espalda sobre el respaldo de u n a silla después de haber estado un o sentado durante algún tiem po a

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un escritorio o mesa de trabajo, porque necesita estirarse y res­ pirar. Y o mismo he adquirido la costumbre de hacerlo así m ien­ tras trab ajab a con pacientes. Sentarm e en un sillón de brazos solía . deprim irm e la respiración, p o r lo que me arqueaba hacia atrás y me estiraba p ara que la respiración recobrase de nuevo su profundidad. El prim er asiento que utilizamos fue u n a esca­ lera de m adera de cocina, de unos sesenta centím etros de altu ra, a la que arrollábam os fuertem ente una m an ta.7 Tenderse con la espalda sobre este asiento producía el efecto de estim ular la respiración en todos los pacientes sin necesidad de ejecu tar ejer­ cicios respiratorios. Y o probé personalm ente el procedim iento d u ran te m i terapia con Pierrakos, y desde entonces he continuado haciéndolo de' m anera regular. Los resultados de mi segundo periodo de terapia fueron no­ tablem ente distintos. Experim enté una m elancolía y una cólera m ayor que; antes, especialmente en relación con mi m adre. L a liberación de estos sentimientos provocaban en mí un efecto p la­ centero. H abía ocasiones en que se desahogaba m i corazón y me sentía radiante y llenó de alegría. Pero, y esto es más significátivOj la sensación de bienestar que me in vad ía frecuentem ente e ra’ más sostenida. El cuerpo se me iba relajando gradualm en­ te y vigorizando. Recuerdo que perdí la sensación de, tiesura y fragilidad. Sentía que podía hacerm e daño, pero no quebrarme. Se desvanecía además m i miedo irracional al dolor. Com probé que el dolor era tensión y que, cuando cedía al dolor, podía entender, la tensión que lo producía, lo cual invariablem ente se traducía en alivio. D urante esta terapia, mi reflejo de orgasmo surgió sólo de cuando en cuando. No m e1 preocupaba su ausencia, porque me estaba concentrando en las tensiones musculares, y este intenso trabajo desviaba mi atención de la entrega a los sentimientos sexuales. Disminuyó notablem ente m i tendencia a la eyaculación p rem atu ra; que había persistido a pesar del éxito aparente de m i terap ia con Reich, y m i reacción a l clím ax se fue haciendo más satisfactoria. Esto me hizo ve r que la m anera más eficaz de enfrentarse con los problemas sexuales del paciente consiste e n . estudiar los de su personalidad, que necesariam ente incluyen sentimientos de culpa y ansiedades sexuales. L a concentración 7 Alexander Lowen, Pleasure (Nueva York, Coward-McCann, Inc., NY.Y., 1970).

40 / Bioenergética sobre el sexo típica de Reich, aunque teóricam ente válida, no prod u jo en general resultados que pudieran sostenerse en las con­ diciones del v iv ir moderno. Com o analista, R eich había subrayado la im portancia del análisis del carácter. En el tratam iento que llevó a cabo con­ migo, este aspecto de la terapia quedó minimizado hasta cierto punto. Dism inuyó más todavía cuando la vegetoterapia analítica del carácter se convirtió en la terapéutica de la orgona. A unque lle v a m ucho tiempo y paciencia el trab ajo analítico del carácter, a m í m e p arecía que era indispensable p a ra obtener un resultado sólido. Por eso decidí que, p o r m ucha im portancia que atribuyé­ semos a la operación con las tensiones musculares, m erecía aten­ ción igual el análisis cuidadoso del modo habitual de ser y del com portam iento del individuo. R ealicé un estudio intensivo de los tipos de carácter, estableciendo u n a correlación entre la di­ nám ica sicológica y física de los patrones conductuales.r Se pu ­ blicó en 1958 con el título de T h e Physical Dynam ics of Character S tru c tu re ,s A unque no es un com pendio completo del to d o 1 de los diversos tipos de carácter, 7 constituye el fundam ento de to­ dos los trabajos sobre carácter desarrollados en la bioenergética. V ario s años antes había term inado mi tratam iento con Pie­ rrakos, y estaba satisfecho dé lo qüe habíamos logrado. Sin em­ bargo, si alguien me preguntase si’ había solucionado todos mis problem as, com pletado mi crecim iento y alcanzado el potencial pleno comd persona o liberado todas mis tensiones musculares, ten d ría que contestar que no. L lega un m om ento en que ya no considera uno necesario ni conveniente continuar el tratam iento terapéutico, p or lo cual term ina p o r abandonarlo. Si la terapia h a tenido éxito, el individuo se siente capaz de asum ir la res­ ponsabilidad plena de su bienestar y crecim iento continuado. En m i personalidad, p or lo menos, siempre h a habido una inclina­ ción en ese sentido. A ban d on ar el tratam iento terapéutico no significaba que dejase yo de tra b a ja r y hacer ejercicios con mi cuerpo. He seguido ejecutando los de bioenergética con mis p a­ cientes, tanto aisladam ente como con los demás miembros de un grupo. Y o estoy convencido de que esta actiyidad asidua con m i cuerpo es en parte responsable de los numerosos cambios po8 Alexander Lowen, The Physical Dynamics of C haracter Structure (Nueva York, Gruñe & Strattori, 19 5 8 ). Hay una edición en rústica, con el título The Language of the Body (Nueva York, Macraillan, 19 7 1).

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sitivos que han seguido produciéndose en mi personalidad. Estos cambios han ido precedidos generalm ente de un entendim iento más profundo de mí mismo, tanto en función de m i pasado como en función de m i cuerpo. H an pasado más de treinta y cuatro años desde que conocí a R eich y más de trein ta y dos desde que com encé a tratarm e con él. L levo más de veintisiete años trab ajan d o con pacientes. M is trabajos, estudios y escritos sobre mis experiencias perso­ nales y las de mis pacientes me han llevado a fo rm u lar u n a sola conclusión: L a vida de un individuo es la vida de su cuerpo. Gomo el cuerpo viviente incluye la m ente, el espíritu y el alm a, v iv ir plenam ente la vid a del cuerpp es ser - m ental, espiritual y anímico. Si fallam os en estos aspectos de nuestro ser, e s . que no estamos plenam ente en nuestro cuerpo o con nuestro cuerpo. Lo tratam os como un instrum ento o m áquina. Sabemos que si se quiebra o estropea, tenemos problemas. Pero lo mismo podemos decir del autom óvil, que tanta fa lta nos hace. No estamos iden­ tificados con nuestro cuerpo; de hecho, lo hemos traicionado, como he dejado expuesto en un libro anterior9. Todas nuestras dificultades personales derivan de esta traición, y tengo p a ra mí que lo mismo ocurre con nuestros problem as sociales, de origen análogo en su m ayor parte. L a bioenergética es una técnica terapéutica, cuyo objeto es ayu d ar al individuo a recuperarse ju ntam ente con su cuerpo y a gozar en el m ayor grado posible de la vid a corporal. En este cam po de interés sobre el cuerpo se incluye la sexualidad, que es una de sus funciones básicas. Pero además com prende las funciones más fundam entales todavía de respirar, moverse, sen­ tir y expresarse a sí mismo. El que no respira profundam ente reduce la vid a de su cuerpo. Si no se m ueve con libertad, restringe la vid a de su cuerpo. Si no siente en pleno, lim ita la vid a de su cuerpo. Y si está constreñida u obstaculizada la expresión de sí mismo, queda dism inuida la vid a de su cuerpo. N aturalm ente, estas restricciones no son voluntarias. Se de­ sarrollan como medios p ara sobrevivir en un m edio am biente y en una cultura que m erm a o niega los valores corporales en aras del poder, del prestigio y de las posesiones. Sin embargo, aceptamos estas restricciones en nuestra vid a al no q u erer pedirles 9 Alexander Löwen, The B etrayal of the Body (Nueva York, Macmillan, 1967).

42 / Bioenergética cuentas, con lo cual traicionam os a nuestro •cüefjpd:"Además; sub­ vertim os en el proceso el medio n atu ral de qué dependen nuestros cuerpos p ara su bienestar. T am bién es evidente que la m ayor p arte de los individuos son inconscientes dé las dificultadfcb - y trabas corporales en que trab ajan , que ya se han convertido p ara ellos en una segunda naturaleza y constituyen én parte su modo h abitual de ser en el mundo. De hecho, la m ayor parte de la gente pasa p or la vid a con un presupuesto limitado': :dé energías y sentimientos. El objeto de la bioenergética es ayu d ar al hom bre a recon­ quistar su naturaleza prim aria, que es la condición dé la liber­ tad, el estado de gracia y la calidad de la hermosura. ^Libertad^ gracia y belleza son los atributos naturales de todo organismo anim al. L a prim era consiste en la ausencia de trabas internas a la expansión de los sentimientos, la gracia es la expresión.:! de esta expansión, y la belleza es la m anifestación de la arm onía in terior que engendra dicha expansión. Son valores que denotan y evidencian un cuerpo sano, y p or tanto, una mente sana también. L a naturaleza prim aria del ser hum ano es estar abierto a la vid a y al am or. El conservarse protegido, abroquelado en! una arm adura, desconfiado y aislado, es la segunda naturaleza de nuestra cultura. Adoptam os este procedim iento p ara defendernos de todo d añ o ; pero, cuando estas actitudes se hacen caracteriológicas o se estructuran en la personalidad, constituyen un daño más grave y perjudican e imposibilitan más al individuo que el daño que tratan de evitar. L a bioenergética se propone ayu d ar al individuo a ab rir su corazón a la vid a y al am or. No es tarea fácil, p or cierto. Porque el corazón está bien protegido en su ja u la ósea, y con fuertes defensas sicológicas y físicas. Es preciso entender y tra b a ja r sobre estas defensas p ara lograr nuestra m eta. Pero, si no las alcan­ zamos, el resultado es trágico. Pasar por la vida con el corazón cerrado es como atravesar el océano aprisionados en el casco de una nave. El alcance, la aventura, la excitáción y la gloria de v iv ir están más allá de la visión del individuo. L a bioenergética: es la aven tu ra del descubrimiento de sí mismo. Se diferencia de otras exploraciones análogas p or el cam ­ po del yo, porque tra ta de pntpnrler la personalidad hum ana en función del cuerpo. L a m ayor parte de las investigaciones ante­ riores se concentraron en la m ente. Estas exploraciones prop or-

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d on aro n una inform ación valiosa, pero, a mi entender, dejaron intacto el dominio más im portante de la personalidad, o sea, su base en los procesos corporales. Estamos de acuerdo en que lo que ocurre en el cuerpo afecta necesariamente a la mente, pero esto no tiene nada de nuevo. Lo que yo sostengo es que los pro­ cesos energéticos del cuerpo determ inan lo que ocurre en la m ente, lo mismo que lo que. ocurre en el cuerpo mismo.

2 El concepto de energía C arg a, descarga, circulación y movimiento Gomo ya hemos dicho, la bioenergética es el estudio de la personalidad hum ana en función de los procesos energéticos del cuerpo. Esta p alab ra se emplea también en bioquímica y signi­ fica un cam po de investigación sobre los procesos de la energía a nivel m olecular y submolecular. Gomo indicó A lbert SzentG yorgyi,1 se necesita energía p ara m over la m áquina de la vida. E n realidad, hay energía necesariam ente en el m ovim iento de todas las cosas, vivas o no vivas. L a ciencia corrientem ente con­ sidera esta energía de carácter eléctrico. Pero hay otros puntos de vista sobre su naturaleza, especialm ente en lo que se refiere a los organismos vivos. Reich descubrió la energía cósmica fu n ­ d am ental, llam ada por él orgona, que no era de naturaleza eléc­ trica. L a filosofía china proclam a la existencia de dos energías e n relación p olar recíproca, llam adas yin y yang. Estas ener­ gías constituyen la base de la p ráctica m édica china denom inada acu p u n tu ra, algunos de cuyos resultados han asom brado a los médicos occidentales. No creo que sea im portante p ara este estudio determ inar qué es en realidad la energía de la vida. Todos los conceptos sobre esto tienen algo de razón, y no he podido conciliar las diferen­ cias que h a y entre ellos. Pero podemos acep tar la proposición fu n d am ental de que hay energía en todos los procesos de la vid a 1 Aibert Szent-Gyorgyi, Bioenergelics (Nueva York, Academic Press, 19 5 7 ).

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-— en el movim iento, en el sentim iento y en el pensamiento— , y que estos procesos pueden interrum pirse si fa lta al organismo el suministro de energía. Así, p o r ejem plo, la carencia de alim ento agotaría o reduciría tan gravem ente la energía del organismo, que se produciría la m u erte; e igualm ente, suprim ir el oxígeno necesario obstaculizando la respiración p od ría ocasionar la m u er­ te al individuo. Los venenos que entorpecen las actividades m etabólicas del cuerpo, reduciendo así su energía, producen el mismo efecto. Suele aceptarse en general que la energía de un organismo anim al procede de la combustión de alimentos. Las plantas, por o tra parte, tienen la capacidad de c ap ta r y u tilizar la energía solar p a ra sus procesos vitales, atrap án d ola y transform ándola en sus tejidos, que de esta m anera pueden servir de alim ento a los animales hervíboros. A su vez, el cambio, del alim ento en energía libre utilizable p o r el anim al p a ra las necesidades de su vid a es un procedim iento químico com plejo, que en fin de cuen­ tas supone el uso del oxígeno. L a combustión de los alim entos no es diferente de la que se produce en el incendio de un bosque, que tam bién necesita oxígeno p ara sostenerse. En ambos casos, el nivel de la combustión depende de la cantidad de oxígeno que. se. consume. Está analogía simple no explica el fenóm eno coriiplicado de la vida. U n fuego corriente se apaga cuando se acaba el com ­ bustible qué lo m a n tie n e ;. además arde indiscrim inadam ente, sin ré p a ra r'e n la energía liberada por la combustión. El organismo viviente es, p o r el contrario, un fuego independiente, autorregu­ lad or y p erpetuador de sí mismo. . Sigue constituyendo el gran misterio cómo se desarrolla este m ilagro de ard er sin encenderse ni agotarse. No somos capaces todavía de dilucidar este enigma, pero es m uy im portante p rocurar entender algunos de los fac­ tores que intervienen en el fenóm eno, porque todos queremos m antener constante y brillantem ente encendida la llam a de la vid a déntro de nosotros. No estamos acostumbrados a pensar en la personalidad en función de la energía, pero son dos valores que no pueden diso­ ciarse. L a cantidad de energía que tenga el individuo y la fo rm a en que la use tiene que determ inar su personalidad y reflejarse en ella. Unos tienen más energía que otros. U n a persona im pulsiva, p o r ejem plo, no puede recibir en su nivel de excitación o energía ningún aum ento: tiene que descargar el exceso lo más rá p id a­

46 / Bioenergética. m ente posible. El individuo compulsivo usa su energía :d t . modo distinto: él tiene también que descargar su excitación, p e ro . lo hace según patrones de m ovim iento y conducta rígida.men(-p es­ tructurados. L a relación de la energía con la personalidad se. manifiesta, más claram ente en una persona, deprim ida. A unque la reacción y la tendencia depresiva derivan de la interacción ..d e, .factores, sicológicos y físicos complicados,2 hay algo perfectam ente claro..; El individuo deprim ido lo está también en su energía. L o s,estu ­ dios film ados m uestran que sólo realiza la m itad aproxim adam ente de los movimientos espontáneos que efectúa el individuo no de­ prim ido. Si el caso es grave, puede quedarse sentado' inm óvil, apenas realizando'm ovim iento alguno, como si no tuviese energía para obrar. Su estado subjetivo responde m uchas veces a esta imagen objetiva. G eneralm ente cree que le fa lta energía p ara seguir moviéndose. Acaso se lam ente de sentirse sin tuerzas, au n ­ que no está cansado. L a depresión , de su nivel de energía se observa en la disminución de todas sus funciones energéticas. Su respiración está deprim ida, su apetito está deprim ido, su ím petu sexual está deprim ido. En ta l estado quizás no pudiese reaccionar a nuestras exhortaciones de interesarse por algo: literalm ente, nb tiene la energía necesaria p ara sentir interés por nada. Y o he tratado a muchos pacientes deprimidos, porque éste es uno de los problemas más comunes que lleva la gente al con­ sultorio. T ras escuchar su historia, pasando revista a su pasado y valoran d o su condición, procuro ayudarlos a recuperar su. ener­ gía. L a m anera más inm ediata de lograrlo, es aum entar su tom a de oxígeno, o sea, hacerlos respirar más p rofunda y plenam ente. H ay diversas form as de ayudar 'a u na persona a m ovilizar su respiración, y pienso describirlas en capítulos posteriores. Parto del supuesto de que el individuo no puede hacerlo p or sí mismo, porque en ese caso no habría acudido a solicitar m i ayuda. Esto significa que yo tengo que poner en juego m i propia energía p a ra hacerle e n tra r a él en actividad. Esto requiere dirigirlo a realizar bajo mis indicaciones ciertas actividades sencillas qué poco a poco dan profundidad a su respiración, y practicarle p re­ siones y tactos físicos p a ra estim ularla. Lo im portante es que, al reactivarse la respiración del individuo, su nivel de energía se eleva. C uando llega a cargarse, puede producirse en sus piernas 2 Lowen, Depression and the Body, op. cií.

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un suave tem blor o vibración involuntaria. Esto se in terpreta como señal de que circula por su cuerpo cierta corriente de excitación, especialmente en la parte inferior. Su voz puede hacerse más sonora, porque es m ayor la cantidad de aire que fluye a través de su laringe, y el rostro puede tornársele radiante. Quizás no' se necesiten más de veinte o treinta minutos p ara lograr esta m utación y p ara que el paciente se sienta “revitalizado” . En efecto, h a salido tem poralm ente de su estado depresivo. A unque se observa inm ediatam ente y se experim enta ense­ guida' el resultado de la respiración más p rofunda y plena, no es la cura de la condición depresiva. Ni dura su efecto, puesto que la persona no es capaz de m antener espontáneam ente esta cualidad p rofunda de la respiración. En dicha incapacidad radica el pro­ blem a de la depresión, que no puede resolverse sino por medio de un análisis concienzudo de todos los factores que han contri­ buido al decaimiento del cuerpo y a la personalidad deprimida. Pero tam poco el análisis vald rá gran cosa si no va acom pañado de un esfuerzo asiduo por elevar el nivel de la energía personal, cargando el cuerpo energéticamente. No puede estudiarse el concepto de carga energética sin con­ siderar también lo que es uña descarga de energía. Los orga­ nismos vivos sólo son capaces de funcionar cuando existe equi­ librio entre la carga y descarga de su energía. M antienen un nivel de energía adecuado a sus necesidades y oportunidades. U n niño en crecim iento recibirá más energía que la que descarga, y utilizará el exceso para crecer. Lo mismo cabe decir de la con­ valecencia y hasta del crecim iento de la personalidad. El desarro­ llo requiere energía, pero además de esto generalmentp la- cam tidad de energía que se carga corresponde a la que se descarga merced a la actividad. T oda actividad requiere y utiliza energía, lo mismo la p alpi­ tación del corazón que los m ovimientos peristálticos de los intes­ tinos, andar, hablar, trab ajar y el sexo. Sin embargo, los orga­ nismos vivos no son máquinas. Sus actividades fundam entales no se realizan m ecánicamente, sino que son expresiones de su ser. El individuo se expresa a sí mismo en sus acciones y m ovimientos, y cuando esta autoexpresión es libre y apropiada a la realidad de la situación, experim enta una sensación de satisfacción y p la­ cer con la descarga de su energía. Este p lacer y satisfacción estim ula a su vez al organismo a una m ayor actividad m etabólica, que inm ediatam ente se refleja en una respiración más profunda

48 / Bioenergética y completa.. Las actividades rítm icas e involuntarias áe lá vida funcionan a nivel óptim o con el estímulo del placer. Com o he dejado indicado, el placer y la satisfacción consti­ tuyen la experiencia inm ediata de las actividades de la autoex­ presión. Limítese el derecho del individuo a expresarse a sí mis­ m o, y se habrán lim itado las oportunidades que tiene de gozar del placer y del v iv ir creativo. Por el mismo m otivo, cuando la capacidad individual de expresarse a sí mismo, o de expresar las ideas y sentimientos, está lim itada p or fuerzas in tern as’ (inhi­ biciones o tensiones crónicas m usculares), se reduce también la ca­ p acid ad individual del placer. En este caso, la persona reduce su carga de energía (inconscientemente, claró está) p ara m an­ ten er el equilibrio energético de su cuerpos No puede elevarse el nivel de la energía personal con sólo ;argarse el individuo p o r medio de la respiración. T ienen que abrirse los canales de la autoexpresión por medio del m ovim iento, [a voz y los ojos, p ara que pueda producirse una descarga m ayor. No es raro que esto ocurra espontáneam ente en el proceso de cargarse. L a respiración puede hacerse espontáneam ente más p rofunda al reclinarse sobre una silla o asiento p a ra respirar. Es posible que, sin proponérselo ni caer en la cuenta, el indi­ viduo rom pa de pronto a sollozar y a llorar. De momento acaso no sepa a qué obedece aquello. A l profundizarse la respiración se abrió su garganta, se cargó su cuerpo y se activaron emociones reprim idas, haciendo erupción un sentimiento de tristeza que se expansionó hacia afuera. Algunas veces es la ira la qué revienta. Pero en muchas ocasiones no ocurre nada, porque el individuo está quizás demasiado asustado para, abrirse y d ar rienda suelta a sus emociones. En este caso adquiere conciencia de que está “reprim iéndose” , y de las tensiones musculares de su garganta y de su pecho que bloquean la expresión de sus sentimientos. Q uizás sea necesario entonces alivia r la represión con un trabajo físico directo sobre la tensión crónica muscular. Gomo la carga y la descarga funcionan como u n a unidad, la bioenergética tom a en cuenta sim ultáneam ente ambos miembros de la ecuación p ara elevar el nivel de energía individual, abrir el cam ino p ara la autoexpresión y restau rar la circulación de los sentim ientos en el cuerpo del paciente. Por tanto, siempre se in­ siste de m anera principal en la respiración, el sentimiento y el m ovim iento, junto con el intento de relacionar el funcionam iento energético actual del individuo con la historia de su vida. Este

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enfoque com binado v a descubriendo paulatinam ente las fuerzas interiores (los conflictos) que im piden a la persona fu n cion ar a todo su potencial energético. Cada vez que se resuelve uno de estos conflictos internos, sube el nivel ind ivid u al de energía. Ksto quiere decir que la persona carga y descarga m as energía en acti­ vidades creadoras, placenteras y satisfactorias. No quisiera d ar la impresión de que la bioenergética es capaz de solucionar todos los conflictos enterrados del individuo, ali­ v ia rle todas las tensiones crónicas y restablecer el flu jo pleno y libre de sus sentimientos. Quizás no logremos totalm ente alcan zar esta m eta, pero sí instituimos un proceso,^ de crecim iento orientado en esa dirección. T odo tratam iento' terapéutico . se encuentra con la dificultad de que la cu ltu ra en que vivim os no está orientada hacia la actividad y el placer creador. C om o ya he dicho en otra obra,3 no está polarizada hacia los valores y ritm os del cuerpo vivo , sino hacia los de las m áquinas y p roductividad m aterial. No podemos e vita r la conclusión de que las fuerzas que inhiben la. autoexpresión, y p or tanto, m erm an nuestro funcionam iento energético, derivan de esta cu ltura y form an p arte de ella. T o d a persona sensitiva sabe que se necesita u n a energía considerable p ara proteger al propio yo de ser atrapado p o r el ritm o frenético del v iv ir m oderno, con todas sus presiones, tensiones, violencia e inseguridades. El concepto de flu jo o circulación necesita cierta explicación más o menos detenida: indica un m ovim iento del in terior del organismo, que p od ría com pararse a la circulación de la sangre. A l flu ir ésta p o r nuestro cuerpo, lleva m etabolitos y oxígeno a los tejidos, proporcionándoles energía, y re tira los desechos de la combustión. Pero es más que un simple m edio: es el fluido energéticam ente cargado del cuerpo. A l llegar a cualquier p arte de él, le im parte vida, calor y excitación. Es el m ensajero y el representante de Eros.4 O bservemos lo que ocurre en las zonas -érógenas del cuerpo, en los labios, en las mamas y en los órganos genitales. C u an do se saturan de riego sanguíneo (y cada uno de éstos órganos está dotado de u n a rica y tu p id a re d , v a s c u la r), nos sentimos excitados, calientes y afectivos, y buscamos el con­ tactó con o tra persona. L a exaltación sexual se produce sincró­ nicam ente con u na más intensa circulación sanguínea h acia la ® Lowen, Pleasure, op. cit. 4 Lowen, T he Physical Dynamics of C haracter Stru ctu re, op. cit.

50 / Bioenergética p eriferia del cuerpo, y especialmente h acia las áreas erógenas. L o mismo da que la excitación p rovoque el flujo sanguíneo, o que sea la sangre la que provoque la excitación:. El caso es que ambos fenómenos v a n siempre juntos. Adem ás de la sangre, hay en él cuerpo otros fluidos energé­ ticam ente cargados, como la lin fa y los fhúdos intersticiales e intracelulares. L a expansión de la excitación no se; dimita; a la sangre, sino que v ia ja p o r todos los fluidos del cuerpo. ¡Hablando desde u n punto, de: vista energético, el cuerpo entero puede con­ siderarse como u n a única célula^ QXjfS- m em brana fu e s e 'la spiél. D entro de esta gran célula, la excitación puede propagarse en cu alq u ier dirección ó en direcciones específicas,: según sean la naturaleza de nuestra reacción a u n estímulo.¿'Este concepto del cuerpo como u n a sola célula no se opone al hecho de que dentro de él hay numerosos tejidos especializados, nervios, vasos sanguí­ neos, m em branas mucosas, músculos, glándulas, etc., todos los cuales cooperan como p arte del todo p a ra prom over la vid a del mismo. El individuo puede experim entar la expansión de la excita­ ción como una sensación que desafía frecuentem ente las fron ­ teras anatóm icas. ¿N o ha, experim entado uno alguna vez la ola dé ira que sube p o r la p arte superior del cuerpo, cargando los brazos, el rostro y los ojos? Puede adoptar la form a de “sentir calo r debajo del cuello” , O llegar a un sofocam iento apoplético de la cabeza y del cuello, que se Cargan de sangre. C uando u n a persona llega a v e r rojo p o r la cólera que la invade, es que, ¡su retin a se h a inyectado de sangre. Pero tam bién la sensación íde ira puede tener u n a calidad ¿blanca y fría, debido a la vasocons­ tricción periférica que im pide a la sangre llegar a la superficie. H ay adem ás u n a cólera negra, envuelta en ú n a oscura nube de odio. L a circulación h acia arriba, de la sangre y de la excitación puede pro vocar u n a emoción com pletam ente distinta cuando;, si­ gue diferentes canales y excita diversos órganos. U n a ola de exci­ tación p o r la p arte an terio r del cuerpo, desde el corazón hasta la boca, los ojos y las manos, puede p rod u cir la sensación- de desear algo ansiosamente, expresada en el gesto de ab rir y exten­ d er la m ano. El flu jo de la ira tiene lu gar principalm ente a lo largo de la p arte posterior del cuerpo. L a circulación hacia abajo de la sangre y la excitación produce ciertas sensaciones in tere­ santes. Puede parecerse al deslizamiento vertiginoso p o r una

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m on tañ a rusa o a las subidas y bajadas rápidas de un elevador. Son las sensaciones que tanto gustan a los niños aficionados a •los columpios. Son más intensas y placenteras cuando producen cierto •cosquilleo en el vientre, unido con una fuerte carga sexual. Pero tam bién pueden ir acom pañadas de ansiedad, en cuyo caso se nota en el vientre u na sensación de hundirse. Considerando que el noventa y nueve p or ciento del cuerpo está compuesto de agua, en parte estructurada, pero en gran cantidad líquida, pueden describirse las sensaciones, sentimientos y emociones como corrientes u olas de este cuerpo líquido. Las ■sensaciones, sentimientos y emociones son las percepciones de ¿movimientos internos en el cuerpo relativam ente fluido. Los n er­ vios s irv e n de interm ediarios en estas percepciones y coordinan flás reacciones, pero los impulsos y m ovim ientos interiores son in­ trínsecos y esenciales en la carga energética del cuerpo y en sus -ritmos y pulsaciones naturales. Estos movim ientos internos re­ p re se n tan -la m ovilidad corporal, que es distinta de los m ovi­ mientos voluntarios sujetos a control consciente. Se observan más claram ente en los organismos m uy jóvenes. En el cuerpo de un ¡niño puede verse el juego constante del m ovim iento como las olas de un lago, sólo que estos movim ientos están producidos p or fuerzas ’ interiores. A l envejecer el individuo, su m ovilidad cor­ poral tiende a disminuir. Se hacen más estructurados y tiesos los movimientos, hasta que cesan totalm ente con la m uerte. H ay además en todos nuestros m ovimientos voluntarios un fac­ tor involuntario, que representa la m ovilidad esencial del orga­ nismo. Este elemento involuntario que acom paña a la acción volu n taria es el qué explica la viveza o espontaneidad de nues­ tr a s acciones y movimientos. Cuando fa lta o está disminuida, los movimientos corporales tienen algo de mecánico y carente de vida. Los movimientos puram ente voluntarios o conscientes ape­ onas-provocan sensaciones que no sean las de carácter cinestésico dé desplazamiento en el espacio. Su calor emocional o expresivo procede de. su factor involuntario, que no está sujeto a control ¿ohsSénte. L a fusión de los elementos conscientes e inconscien­ tes,, o sea, voluntarios e involuntarios, d a lugár a movimientos que; 'tienen1 v a lo r emotivo, pero que son acciones coordinadas y efi­ cientes. L á vid a emocional del individuo depende de la m o v i l i da d de "sii'cuerpo,/ que es función de la expansión o flujo de la pvcítáción a través de é l . j Las ,anom alías o trastornos dé esta expan­

52 / Bioenergética sión constituyen obstáculos o bloques, los cuales se m anifiestan en las áreas en que se reduce la m ovilidad corporal. Pueden p al­ parse fácilm ente estas áreas, o explorarse con los dedos,- para, o bservar la espasticidad de la m usculatura. Las expresiones “blor q u e”, “insensibilidad o zona m u erta” y “tensión m uscular cró­ n ica” sirven p a ra explicar el mismo fenómeno. G eneralm ente, p uede suponerse que hay un bloque al v e r un área insensible, y al sentir o p alp a r la contracción m uscular que la sostiene. Siendo el cuerpo un sistema energético, es n atu ral que esté en interacción con su medio am biente energéticam ente. Adem ás de la energía d erivad a de la combustión de los alimentos, el in­ d ividuo se excita o carga en v irtu d del contacto con fuerzas positivas. U n día brillante y despejado, un paisaje hermoso, una persona feliz, producen un efecto estim ulante. Los días oscuros y encapotados, la feald ad o la gente deprim ida ejercen un im ­ pacto negativo en nuestras energías y parecen contagiam os ¡ de su depresión. Todos somos sensibles a las,fu erzas o energías que nos rodean, pero el impacto que producen no_es igual en todos. U n a persona más cargada es más resistente a las influencias ne­ gativas, y al mismo tiempo, constituye u n a influencia positiva p a ra los demás, especialmente cuando la excitación fluye libre y plenam ente por todo su cuerpo. Estos individuos son, u n a ben­ dición, es u n a alegría estar con ellos, y todos lo sentimos intui­ tivam ente. T ú eres tu cuerpo L a bioenergética tien^ como fundam ento la proposición r.sen­ c illa de que el individuo es su cuerpo. No hay persona que exista sep arada del cuerpo vivo en que tiene su ser y a trayés del cual se expresa y se relaciona con el m undo que lo rodea. C arecería d e sentido oponerse a esta proposición, porque podría decirle , al objetante que nom brase u n a p arte de sí mismo que no lo fuese de su cuerpo. L a m ente, el espíritu y el alm a son aspectos de todo cuerpo viviente. U n cadáver no tiene m ente; h a perdido el espíritu y se le ha ido el alma. A h o ra bien, si tu eres t u . cuerpo y tu cuerpo eres tú. sste. expresa quién eres. Es tu modo de ser en el mundo. Llnartto m ás vid a tenga tu cuerpo, más estás en el m undo. Cuando-. tu: cuerpo pierde algo de su vitalidad, por ejem plo, .cuando„estás; agotado, tiendes a retirarte. E l mismo efecto produce la enfer­

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m edad, que p ro voca un estado de retiro. H asta es posible que sientas el m undo a lo lejos o que lo veas tras u n a neblina. Pero tam bién hay días en qué estás radiantem ente vivo, y el m undo que te rod ea p arece más brillante, más próxim o a ti y más real. Todos quisiéramos ser y sentirnos m ás vivos, m eta a la que puede ayudam os a lleg ar la bioenergética. Gomo tu cuerpo expresa quién eres, nos im presiona con la im portancia que tienes o con cuánto eres en el mundo. P or algo llam am os “un don n ad ie” a la persona que no nos produce im ­ presión alguna y decimos que es “alguien” el que nos causa u n a impresión poderosa. Esto no es más que el len gu aje del cuerpo. D e la m ism a m an era, tu estado 'de retiro rio es un secreto. L a gente lo siente, como siente tu fatiga o tu enferm edad. Si estás cansado, se re fle ja en muchos signos visuales y auditivos, en la caída de tus hom bros, en la flojed ad dé la piel de tu rostro, en la fa lta de b rillo de los ojos, en la len titu d y pesantez de tus m ovim ientos y en lo apagado o sin tim bre de tu voz. El mismo esfuerzo p o r disim ular esta sensación la delata, porque hay ten ­ sión en ese intento forzado. - L o que siente, el hom bre puede ta m b ién leerse én la expresión dé’ su cuerpo. Las emociones' son h ech os' corporales, son literal­ m ente m ovim ientos o alteraciones gen tro me dediqué a los deportes y a la calistenia. L a vida del cuerpo

66 / Bioenergética ESTRELLAS Y C O S M O S

F ig u r a 2 .3

siem pre h a ejercido un atractivo especial p ara mí, que podría norm alm ente haberm e llevado a u n a existencia al aire libre. Pero tam bién me he sentido atraíd o hacia la vid a de la m ente, por lo que no pude entregarm e del todo a ninguno de estos dos as­ pectos de mi personalidad. M e sentía dividido, y m e afanaba por satisfacer estas dos necesidades opuestas, con la esperanza de h a lla r u na solución al conflicto. Este problem a no es mío nada más, naturalm ente. M uchísim a gente de las culturas civilizadas padece esta m ism a escisión den­ tro .de sí. Y la m ayor p arte de las culturas h an tenido que arbi­

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tra r distintos modos de m antener vibrante y dinám ica la vida del cuerpo contra las demandas contrarias de la vid a intelectual. En las culturas occidentales, los deportes han constituido uno de los principales'procedim ientos p ara m ovilizar y disciplinar cons­ cientemente al cuerpo. Los griegos, que fueron de los prim eros en reconocer la im portancia de la vid a del cuerpo, concedieron u n valo r trem endo a los deportes. En proporción directa con el apartam iento o retiro de una cultura de la naturaleza y de la vid a corporal, aum enta la ne­ cesidad de m ovilizar el cuerpo y dedicarlo a actividades especiales. Por eso vemos hoy cómo crece el interés p o r los deportes y cómo se da cada día más im portancia a los ejercicios regulares p ara m ejo rar la salud física. En la últim a década se han hecho su­ m am ente populares diversos program as gimnásticos, entre ellos los dé la R eal Fuerza A érea Canadiense y aerobics, que se re­ ducen principalm ente a carreras y trotecillos como ejercicio bá­ sico. Desgraciadam ente, la actitud norteam ericana respecto al cuerpo está m uy cargada de consideraciones personales. El resul­ tado es que el gusto y satisfacción corporal que proporcionan los deportes pasa a segundo plano en la m ayor parte de las p er­ sonas ante el deseo de g a n a r o triunfar. L a concentración en gan ar suele añ adir cierto grado de tensión a la actividad, que disminuye su v alo r de estim ular y lib erar el cuerpo. Todos conocemos el caso del golfista cuya m a­ ñana queda destrozada con un putt de m ala suerte. Tam bién los program as norteam ericanos de ejercicios corporales están ex­ cesivamente influidos p or motivos de van id ad y de seguir la corriente de la moda. Hacemos gimnasia p o r m ejo ra r de figura, desarrollar músculos o p arecer más sanos y vigorosos. .Nuestro cuerpo ideal debería tener las cualidades de un caballo de carre­ ras, esbelto, en ju to. . . y preparado p a ra ganar. L a vid a del cuerpo es el sentim iento: sentirse lleno de vida, vibrante, sano, dinámico, irritado, triste, alegre y satisfecho. L a fa lta de sentim iento o la confusión em ocional es la que induce a la gente a someterse a tratam iento. Y o he visto que los atletas, b a ila rin e s.y aficionados, a la gimnasia padecen esta carencia, y confusión tan intensam ente como cualquier otro individuo. Y lo misino me pasó a m í, a pesar de mi dedicación ,a los deportes y ejercicios atléticos. A través del tratam iento terapéutico logré llegar a mis sentimientos ty darle salida, con lo cu al devolví algo1

68 / Bioenergética de vid a a m i cuerpo. T anto la terapéutica reichiana como la bio­ energética tienen esta meta. Pero quedaba en pie un problem a. ¿ Cómo conservar boyante y dinám ica la vid a del cuerpo después de term inar la terap ia? N uestra cultura desvitalizadora no cubre esta necesidad. Este fue un ángulo que R eich nunca tuvo en cuenta. C reía que. el individuo encontraba su plenitud de expresión proyectando sus energías hacia afuera. Su filosofía se com pendiaba en el p rin­ cipio siguiente: “El am or, el trab ajo y el saber son las fuentes de la vida. D eben además gobernarla” . Esto sólo d eja la acti­ v id ad sexual como canal principal p ara expresar la vid a del cuerpo, canal, por cierto, sumamente angosto y restrictivo. L a solución que yo prefiero personalm ente son los ejercicios bioenergéticos, desarrollados terapéuticam ente como hábito regu­ la r que debe practicarse en casa. Llevo ya cerca de veinte años practicándolos, y no sólo me han perm itido seguir en contacto con mi cuerpo y conservar su vida, sino que adem ás han im ­ pulsado el crecim iento instituido p or la terapia. M e han resultado tan útiles, que he exhortado y sigo exhortando a mis pacientes a ejecutarlos en casa como suplemento del tratam iento terapéu­ tico. Todos ellos han testimoniado su valor. Y ah ora hemos esta­ blecido clases regulares de ejercicios bioenergéticos p ara los p a­ cientes y p a ra cuantos se interesan p o r la vid a del cuerpo. Como el cuidado del cuerpo debe d u ra r toda la vida, esperamos que todos se entreguen con el mismo entusiasmo a estos ejercicios. L a desilusión p or la actitud contraria a la vid a que caracte­ riza a la cu ltu ra de O ccidente h a inducido a m ucha gente a interesarse p o r las religiones, filosofías y disciplinas orientales, la m ayor p arte de las cuales consideran esencial p ara el desarrollo espiritual algún problem a de ejercicios corporales. Así lo demues­ tra ostensiblemente la boga general que está alcanzando el yoga. A ntes de conocer a Reich, estuve estudiando el yoga, pero no interesó a m i m ente occidental. Sin embargo, m ientras trab ajab a con R eich ad vertí que había cierta sem ejanza entre la práctica d el yoga y su tratam iento terapéutico. En ambos sistemas se hace principalm ente énfasis en la im portancia de la respiración. Pero la diferencia entre ambas escuelas de pensamiento estaba en su orientación. L a del yoga es hacia adentro, hacia el desarrollo espiritual; en cambio, la terapia de R eich está polarizada hacia fuera, hacia la creatividad y la alegría.

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Indudablem ente está haciendo fa lta conciliar estos dos p u n ­ tos de vista, y abrigo la esperanza de que la bioenergética pueda contribuir a ello. V ario s de los maestros de yoga más prestigiosos de este país h an expresado su apreciación personal del enten­ dim iento del cuerpo característico de la bioenergética, entendi­ m iento que les h a perm itido ad a p tar las técnicas del yoga a las necesidades de Occidente. M ás recientem ente han adquirido popularidad en esta nación norteam ericana otras disciplinas corporales de O riente. Los p rin ­ cipales son los ejercicios chinos t’ai chi ch’uan. T anto ellos como el yoga subrayan la im portancia de sentir el cuerpo, coordinar con gracia sus movim ientos y lo g rar el sentim iento espiritual a través de la identificación con el cuerpo. En este aspecto, ambas disciplinas acusan un vigoroso contraste con los program as de ejercicios occidentales, cuyo objeto es lograr fu erza y dom inio. ¿C óm o encajan los ejercicios bioenergéticos en este p an oram a? Constituyen u n a integración o com binación de los puntos de vista orientales y occidentales. A sem ejanza de las disciplinas orientales, prescinden de la fuerza y el control en aras de la gracia, coordinación y espiritualidad del cuerpo. Pero además tra ­ tan de fom entar la autoexpresión y la sexualidad. P or tanto, con­ tribuyen a d ar salida a la vid a in tern a del cuerpo y ayudan a la expansión de esa vid a p or el mundo. Y están diseñados de m an era única p a ra ayu d ar al individuo a ponerse en contacto con las tensiones que inhiben la v id a de su cuerpo. Pero, tam ­ bién a sem ejanza de las prácticas orientales, sólo d arán resul­ tado si se convierten en u n a disciplina, no si se ejecutan m ecá­ nica o com pulsivam ente, sino con una sensación de p lacer y de intencionalidad profunda. No puedo presentar aquí el repertorj© entero de ejercicios que ejecutam os en la bioenergética. Espero p od er hacerlo en otro lib ro: Pero no estaría m al añ ad ir que no están form alizados y pueden im provisarse p a ra responder a una determ inada situación concreta, y a las necesidades individuales. Sin em bargo, iré des­ cribiendo un núm ero considerable de dichos ejercicios al exp lorar los principios básicos y sus objetivos principales. U n o de los prinfcipáles, lo ejecuté y desarrollé en los prim eros tiempos p a ra pres­ ta r m ayor atención a mis piernas y a mis pies y asentarlos más firmferñénte sobre la tierra. Se llam a ejercicio dél arco o del a r­ queó, y ’ sé tiene y considera como la postura básica de la tensión.

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L a línea trazada a lo largo de la fig u ra indica el arqueo que debe tener el cuerpo. El punto cen tral de los hombros queda directam ente encim a del punto céntrico de los pies,, y la línea que une a ambos es casi un arco perfecto que, pasa p or el punto cen tral de la articulación de las caderas. C uando el cuerpo está en posición, sus partes guardan un equilibrio perfecto. D inám icam ente,, e l . arco se tensa y se‘ p repara p a ra la acción. El cuerpo se carga energéticam ente de pies a cabeza. Esto significa que hay una ola de excitación que circula

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a través del cuerpo. Se sienten los pies sobre la tierra y la cabeza en el aire, y se siente uno además com pletam ente conectado o integrado. Gomo es una postura de tensión cargada energéti­ camente, las piernas empiezan a vibrar. Nosotros utilizamos esta postura p ara producir en la persona una sensación de estar conectada o integrada, tener los pies bien firmes sobre el suelo y m antener erguida la cabeza. Pero tam ­ bién nos vale p ara el diagnóstico del paciente, porque inm edia­ tam ente revela una falta de integración en el cuerpo y señala la naturaleza y ubicación de sus principales tensiones muscu­ lares. Enseguida describiré cómo estas tensiones afectan al arqueo del cuerpo. Hace más de dieciocho años que venimos utilizando en nues­ tro trabajo esta postura y este ejercicio. Puede imaginarse el lec­ to r-m i :sorpresa cuando un paciente me enseñó una foto de la A P, en 'que se ven a unos chinos ejecutando el mismo ejercicio exacto. (Se publicó el 4 de marzo de 19 7 2 ). El pie de la foto y el com entario eran de lo más interesante. Tao significa el camino, y se alcanza p or medio de la arm onía den­ tro del yo y con el medio am biente y el universo. L a arm onía exterior depende en realidad de la interior, que puede lograrse “combinando el m ovim iento corporal con la técnica respiratoria” . Pues bien, la bioenergética tiene p o r objeto alcanzar esa m ism a arm onía y p or los mismos medios. M uchos pacientes nuestros han practicado los diversos ejercicios t’ai chi al mismo tiempo que los de la bioenergética. Pero los chinos parten del supuesto de que no padecen trastornos im portantes corporales que les im ­ pidan p racticar los ejercicios correctam ente. Este supuesto no puede aplicarse a los occidentales. Y es discutible que sea una realidad entre los chinos de nuestros días. U n problem a muy común que encuentro en la gente, es la rigidez general de su cuerpo, que no les perm ite arquearlo. Lalínea que une el punto central de los hombros con el de los pies es recta. (Véase la figura 2.6) Puede advertirse la inflexibilidad de las piernas. El individuo no puede flexionar del todo sus tobillos. L a tensión en la p arte inferior de su espalda le prohibe arq u ear­ la. L a pelvis queda ligeram ente retraída. L a condición opuesta es la flexibilidad exagerada de la es­ palda, que se inclina demasiado hacia atrás. Esto denota debi­ lidad de los músculos de la espalda, que yo relaciono con una carencia de sensación de la espina dorsal. M ientras el cuerpo y

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Dibujo tomado de una foto de la AP, en que se ve a tres individuos chinos haciendo el “arco taoista” ; el pie de la foto original dice así: “Tres residentes de Shangai ejecutan hace poco ejercicios calisténicos chinos de t’ai chi ch'uan. El ejercicio tiene profundas raíces en la filo­ sofía taoista y su objeto es ponerse en armonía con el universo por medio de una combinación de movimiento corporal y técnica respiratoria”. F ig u r a

2 .5

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la personalidad rígida son demasiado inflexibles, este cuerpo y esta personalidad son flexibles en demasía. En ambos casos, el arco está im perfectam ente trazado, de m odo que no hay sentido de integración y circulación o expansión, ni de arm onía in tern a y externa. L a línea del arco se acerca al punto de fractu ra. L a

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F ig u r a 2 . 7

parte in ferior de la espalda no sirve p ara soportar el cuerpo: esta función corre a cargo de los músculos abdominales, que están m uy contraídos.7 O tra anom alía común es la irregularidad de la línea del arco debida a u n a gran retracción de la pelvis. Esto contrasta con la condición anterior, en que la pelvis se proyectaba demasiado hacia adelante. Así puede observarse en la figura 2.8 T Véase in fra.

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En esta condición, cuando el individuo echa adelante la pel­ vis, se le enderezan las rodillas. Sólo puede doblarlas proyectando hacia atrás los glúteos. H ay una tensión m arcada en la parte inferior de la espalda y en la zona de atrás de las piernas. Si se observa el cuerpo de frente, se nota una división de sus diversos segmentos. Las partes principales, como la cabeza y el cuello, el tronco y los piernas, no form an una línea continua. La cabeza y el cuello están en ángulo hacia la derecha o -h acia lk izquierda. El tronco form a otro en dirección opuesta, y las piernas otro opuesto a.1 tronco. A continuación presento el es-

76 / Bioenergética quem a que he hecho de esta posición, en el que he trazado una lín ea p ara señalar las diversas angulaciones (figu ra 2 .9 .). Estas angulaciones revelan que el cuerpo no se extiende ar­ m ónicam ente. R epresentan la fragm entación de la integridad en la personalidad típica de un individuo esquizoide o esquizofrénico. Esquizoide significa dividido. Si existe u n a divisón en la perso­ nalidad, tam bién tiene que existir en el cuerpo a un nivel ener­ gético. El individuo es su cuerpo. H ace u n a porción de años fuimos invitados mis socios y yo. p a ra d ar u na charla y hacer una demostración de bioenergética an te un grupo de médicos y estudiantes del Instituto Nacional de Salu d M ental. En mi conferencia hablé de la relación íntim a entre el cuerpo y personalidad. A l term inar, nos rogaron que de­ m ostrásem os nuestra capacidad de fo rm u lar un diagnóstico siq u iátrico a base del cuerpo y sin saber n ad a sobre el individuo en cuestión. Nos presentaron sucesivam ente diversos sujetos que estaban siendo estudiados p o r los miembros del Instituto Na­ cional de Salud M ental. Indiqué yo a cada uno de ellos que adoptasen la posición de la tensión que he descrito en párrafos anteriores, p a ra v e r cómo se proyectaba la línea de su cuerpo. Después de observar a cada uno durante cierto tiempo, se nos aisló a mis colegas y a m í en habitaciones separadas y se nos fue llam an d o uno a un o con objeto d e fo rm u lar el diagnóstico.

F ig u r a 2 . 9

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Todos coincidimos en los mismos diagnósticos, los cuales a su vez eran iguales que las conclusiones a que habían llegado los grupos del Instituto. En dos de los casos, las desviaciones de la línea corporal eran tan claras, que el diagnóstico de u n a p er­ sonalidad esquizoide saltaba a la vista. En el tercero, la caracte­ rística predom inante era u na excesiva rigidez. U n o de los su­ jetos esquizoides m ostraba u n a condición poco corriente. Sus ojos eran de color distinto. C uando lo indiqué, m e extrañ ó que n in ­ guno de los presentes lo hubiese advertido. Gomo tantos sicólogos y siquiatras, estaban acostumbrados y adiestrados en escuchar, no en observar. Les interesaba la m ente y la historia del paciente, no su cuerpo ni su expresión. No h ab ían aprendido a leer el lenguaje del cuerpo. A los síntomas que im pulsan al individuo a someterse a un tratam iento terapéutico, acom pañan anom alías corporales como las que dejam os indicadas. L a persona rígida no cede ni se en­ trega en situaciones que requieren suavidad y afectividad. El individuo cuya espalda es demasiado blanda y flexible carece de la agresividad necesaria p ara hacer frente a ciertas situaciones. Todos los pacientes se sienten en desarm onía con el m undo. L a p ráctica del ejercicio de arqueo no les, d evolverá esta arm onía, porque no pueden ejecutarlo como es debido. Sin em bargo los ayuda a sentir en su cuerpo las tensiones que les dificultan su p ráctica perfecta. Estas tensiones pueden aliviarse p o r m edio de otros ejercicios bioenergéticos, algunos de los cuales se descri­ birán en otros capítulos de este libro. C uando afirm o que la persona que se arquea com o es debido está en arm onía con el universo, no tengo la m en or duda ni reserva, porque no he visto a un solo individuo aq u ejado p or algún problem a emocional grave que sea capaz de ad o p tar esta posición correctam ente. No es cuestión de p ráctica, porque esta postura no puede aprenderse. Ni es u n a posición estática. H ay que respirar p ro fu n d a y plenam ente m ientras se ejecuta. Es p re ­ ciso estar en condiciones de m antener el funcionam iento y la integridad del cuerpo bajo tensión. Sin embargo, p ra cticar regu­ larm ente este ejercicio ayuda mucho a la persona a ponerse en contacto con su cuerpo, sentir sus trastornos y tensiones y enten­ d er su significado. Tam bién contribuye a que conserve el senti­ m iento de arm onía con el universo u n a vez que h a logrado alcan­ zarlo. Y esto no tiene nada de fácil en u n a cu ltu ra tecnológica como la nuestra.

El lenguaje del cuerpo

E l corazón de la vid a:

el corazón de la m ateria

El lenguaje del cuerpo puede dividirse en dos partes. U n á trata de las señales y expresiones corporales que proporcionan inform ación sobre el in d ivid u o; la-segu n d a,- de las expresiones verbales basadas en funciones del cuerpo. En este capítulo voy a estudiar el lenguaje corporal en sus dos partes, pero empe­ zando p o r la segunda. Pongamos un ejem plo: la expresión “m an­ tenerse p or su propio pie” es lenguaje corporal, que significa, naturalm ente, ser independiente, y que d eriva de nuestra expe­ riencia común. C uando éramos bebés y dependíamos de los de­ más, se nos llevaba en brazos. A l ir creciendo, aprendim os a sos­ tenernos sobre nuestros propios pies, sin depender de nadie. M u ­ chas de estas expresiones están incorporadas a nuestra hab]a cotidiana. A sí decimos de u n a persona que es “d u ra de cuello”, o sea, tozuda; o “de puño cerrado” , que quiere decir tacañ a; o “de boca sellada”, que significa que es m uy poco dada a hablar. Decimos que com partim os “hom bro con hom bro nuestras respon­ sabilidades”, que “tenemos la cabeza m uy alta” o que “pisamos fu e rte ”, p ara expresar detezminadas actitudes sicológicas. San d o r R ad o h a dicho que el lenguaje tiene su raíz en la sensación propioceptiva, o sea, que la base del hab la es el len­ guaje del cuerpo: Y o creo que tiene razón, porque la com uni­ cación es ante todo participación de experiencias que a su vez es reacción corporal a las situaciones y acontecimientos. Sin em ­

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El lenguaje del cuerpo / 79

bargo, en un m undo en que hay otros im portantes puntos de referencia, el lenguaje incorpora los términos de estos sistemas. Por ejem plo, la expresión “ir viento en popa” deriva de la ex­ periencia que se ha tenido con embarcaciones de vela, y sólo hace sentido p ara quienes conozcan la navegación. O tro ejem plo es la frase “a todo vap o r”, que se refiere al funcionam iento de las m áquinas de vapor. Expresiones de este tipo podrían llam arse lenguaje de m áquina. No sé cuántas de ellas habrán form ado p arte de nuestro vocabulario, y por tanto, de nuestra m anera de pensar. Podemos anticipar que, al ir avanzando nuestra tec­ nología, incorporará a nuestro lenguaje nuevas palabras y frases qué no tengan nada que ver con el del cuerpo. Todas las máquinas son en cierto sentido extensiones del cuer­ po humano, y funcionan de conform idad con principios que operan dentro de él. Así puede verse en aperos de labranza tan sencillos como el vieldo o la purridera, que son prolongación de la mano y sus dedos, el azadón que parece una m ano plegada, y e l mazo, prolongación del puño. Pero hasta las m áquinas com ­ plicadas tienen sem ejanza con el cuerpo h u m an o ; el telescopio e s ; u n a prolongación de los ojos, y la com putadora, del cerebro. S in embargo, se nos escapa muchas veces este hecho y tendemos a pensar que el cuerpo funciona según los principios de la m á ­ quina, y no viceversa. Nos identificamos con la m áquina, que, en su función lim itada, es un instrum ento más poderoso que el cuerpo. Acabamos p or considerar al cuerpo como u n a m áquina, y después perdemos contacto con sus aspectos vitales y sensitivos. L a bioenergética ■no ve el cuerpo como si fuese u n a m áquina, ni siquiera como la m á q u in a ' más com pleja y herm osa que se haya creado. Es verd ad que pueden com pararse ciertos aspectos de las funciones corporales a las de la m áquina; así, el corazón puede asimilarse a una bom ba aspirante im pelante. Aislado del cüerpo, el corazón es en efecto una bom b a; o dicho de otra m anera, si el corazón no tuviese que v e r con la vid a total del cuerpo, no sería más que u n a bomba. Pero, tan identificado está su funcionam iento con la vid a orgánica, que deja de ser una m era bomba p ara convertirse en corazón. L a diferencia entre u n a m áquina y el corazón es que la prim era tiene u n a función lim itada. L a bom ba bombea, y nada más. T am bién bom bea el corazón, y en esa operación lim itada funciona como una m á­ quina; pero, además, es parte integral del cuerpo, y en ese as­ pecto, su función supone algo más que bom bear la sangre: par-

80 / Bioenergética ticipa en la vid a del cuerpo y contribuye a ella. El lenguaje corporal reconoce esta diferencia y a eso se debe su im portancia. L a riqueza de las expresiones en que entra la p alab ra corazón m uestra lo interesantes qüe son p ara la gente sus aspectos extramecánicos. He aquí algunas. En la frase “vaya usted al corazón del asunto”, se identifica al corazón con lo esencial de algo. T am ­ bién indica el centro más vital de uno mismo, como cuando decim os “M e h a llegado usted al corazón” , el seno más recón­ dito y profundo de la persona. “Con todo m i corazón” indica u n a entrega o seguridad total, p or el mismo m otivo. T odo el m undo sabe que asociamos el sentimiento del amor con el corazón: “entregarlo o perderlo” es enam orarse; “abrir el corazón” es confiarse totalm ente a o tra persona. “Con el co­ razón en la m ano” indica h ab lar con absoluta franqueza. En todos estos casos se usa m ás bien simbólicamente. Pero el corazón no está sólo relacionado con el sentim iento: según nuestro len­ guaje, es el órgano senciente. Cuando decimos “Se m e paralizó el corazón en el pecho” , expresamos u na sensación propiocentiva, que el que nos escucha puede interp retar como u n a m anifesta­ ción de ansiedad extrem a y desengaño. El corazón tam bién p alp i­ ta de alegría, lo cual no es u n a m era frase literaria, sino autén­ ticam ente literal. Entonces, ¿ la frase, “me has roto el. corazón” d eno ta u n trau m a real y físico? M e inclino a creer que sí, pero los corazones rotos se curan muchas veces a sí mismos. El verbo “ rom per” no significa necesariam ente “quebrar, en dos o más pedazos” ; sino que puede significar separar al corazón de la pe­ rife ria del cuerpo. En este caso, el sentimiento del am or ya no flu ye librem ente del corazón al m undo exterior. L a bioenergética estudia cómo el individuo m an eja el senti­ m iento del am or. ¿E stá cerrado su corazón, o lo tiene abierto de p a r en p ar? ¿O bien, abierto al m undo y cerrado a deter­ m inados aspectos del mismo? S u actitud puede determ inarse ob­ servando la expresión del cuerpo, pero p ara ello es necesario en ten d er el lenguaje corporal. El corazón está encerrado en u n a ja u la ósea, llam ada caja to rá cic a; pero esta c aja puede ser rígida o blanda, inm óvil o reactiva. Esto puede determ inarse p o r medio de la palpación, porq u e se n ota que los músculos están tensos y que el pecho no cede a u n a presión suave. L a m ovilidad del mismo puede v e r­ se en la respiración. H ay muchas personas que no m ueven en absoluto el pecho al respirar, porque los movim ientos de la res­

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piración fon en ellos principalm ente diafragm áticos, con algún ligero m ovim iento abdom inal. El pecho se in fla y expande al inspirar. H ay individuos cuyo esternón form a u n a protuberancia, cómo p ara proteger su corazón de la proxim idad de los demás. S acar el pecho es un gesto de desafío. El que lo hace deliberada­ m en te'es como si fuese diciendo, “No te voy a d e ja r acercarm e a m í” . El canal principal de com unicación del corazón es la gar­ garita y la bócá. Es el prim ero del infante, porque con sus labios y su boca llega ál pechó de la m adre. Pero no llega a él ú n ica­ m ente con los labios y la boca, sino tam bién con el corazón. En el beso hemos conservado nuestra..conciencia de este m ovim iento corho una expresión de am or: Ahora-, bien, el beso puede ser un gesto de am or, o una expresión de'-am or: la d iferen cia está en si so interesa o 'n o el corazón, y esto depende de si está abierto o cerrado el canal de com unicación entre el corazón y la boca. En realidad, u n a garganta cerrad a y un cuello rígido pueden bloquear él paso de cualquiera emoción. En estos casos, el cora­ zón queda más ó menos aislado, aparte. El segundo canal de com unicación del corazón son los brazos y las manos, que se alargán p a ra tocar. En este caso, la caricia süáye y Apasionada de la m ano de u n a m adre constituye la imagen del am or. Pero, también en este caso, p a ra que dicha ácción sea u na verdad era expresión de cáriño, el sentim iento tiene que b ro tar del' corazón y llegar hasta las manos. Las manos v e r­ daderam ente am antes están sumamente cargadas de energía. T ie­ nen v a lo r curativo en el tacto. Pero la circulación del sentim iento o d e ’ la energía hasta las manos puede quedar obstaculizada p or ténsióñes .de los hombros o espasticidades de los músculos de la m anó. Las tensiones de los hombros sé producen cuándo uno tiene miedo de alarg ar la m ano o descargar un golpe. Las tensiones en los pequeños músculos de las m anos son efecto de impulsos reprim idos de a g a rrar algo, dé clava r los dedos y las uñas o de estrangular. Yo creo que a estas tensiones se_ deben las artritis reum atoides de las manos. He com probado algunas veces que, con. el ejercicio descrito en el p rim er capítulo, en que se ap rie­ tan las manos u n a contra, otra, los pacientes han logrado dom inar un ataque de artritis reum atoide en las manos. Él tercer canal de com unicación del corazón con el m undo e stá 'a b a jo y pasa p o r la cintura y .la pelvis hasta los órganos genitales. El acto sexual es de am or; pero también aquí podemos

82 / Bioenergética decir que, si en él interviene el corazón, depende el que sea un simple gesto o una expresión sincera de . sentimientp. Cuando la emoción del am or es intensa, la experiencia sexual .se vigo­ riza y llega a un nivel de exaltación que. culm ina en el clím ax o éxtasis del orgasmo. Y a he dejado indicado en otro libro1 -que sólo es posible el orgasmo pleno y satisfactorio cuando el indi­ viduo se entrega totalm ente. Entonces puede sentirse saltar de alegría el corazón en el m om ento cumbre. Pero también este canal puede estar bloqueado o cerrado en diversos grados m er­ ced a tensiones de la m itad in ferior del cuerpo. El sexo sin sentim iento es como un m a n ja r que se consume sin apetito. N aturalm ente, la m ayor p arte de la gente siente algo, pero lo que hay que averiguar es en qué grado y, cuán abierto está el canal de com unicación. U no de los trastornos más comunes del ser hum ano es la disociación de la p arte superior del cuerpo con respecto a la p arte inferior. H ay ocasiones en que am bas m itades no parecen pertenecer a la misma persona.- La m itad superior de algunos individuos está bien desarrollada, en tanto que su pelvis y sus piernas son pequeñas, como si no hu ­ biesen alcanzado su m adurez y perteneciesen a un niño. Otros tienen la pelvis bien desarrollada y redonda, p ero la m itad su­ perior de su cuerpo es raquítica, estrechare infantil. Es que los sentimientos de u n a de las dos partes no están integrados con los de la otra. A veces la m itad superior del cuerpo está tensa, rígida y agresiva, en tanto que la in ferior parece blanda, pasiva y masoquista. C uando hay cierto grado de disociación, los m ovim ien tos, res­ piratorios naturales no se pjropagan librem ente a través del cuer­ po. L a respiración es torácica, con escasa intervención abdom inal, o diafragm ática, con m ovim ientos pectorales restringidos. Si se le dice al individúo qué curve la espalda, como en el arco t’ai chi de que hablamos anteriorm ente, la línea del cuerpo no describe un arco perfecto. L a pelvis queda retraíd a o saliente, alterando la línea y unidad del cuerpo. A h o ra bien, la fa lta de unidad indica que no están integrados la cabeza, el corazón y los órganos genitales. Las tensiones m usculares crónicas que bloquean la libre ex­ pansión de la excitación y el sentim iento se encuentran frecuen­ tem ente en el diafragm a, en los músculos que rodean la pelvis 1 Alexander Lowen, Love an d : Orgasm (Nueva York, Macmillan. 1965).

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y eri la p arte superior de las piernas. Si se los libera de su ten­ sión p o r medios físicos o sicológicos, el individuo empieza a sentirse '‘conectado” . Esta es la p alab ra que ellos mismos em plean. L a cabeza, el corazón y los órganos genitales, o sea, el pensam iento, el sentimiento y el sexo ya no constituyen partes separadas ni funciones distintas. El sexo se convierte cad a vez más en ex­ presión’ de am or, cón un m ayor p lacer proporcional. E in variablémeñte cesa todo com portam iento confuso y promiscuo. El corazón de las m ujeres tiene u n a relación directa e inm e­ diata con los senos, que reaccionan erótica o glandularm ente a los impulsos que brotan del corazón. En la exaltación sexual, los pezones., se congestionan y se ponen erectos; en la crianza, las glándulas .mamarias secretan leche. P or lo tanto, el acto de am a­ m a n tar aí hijo es norm alm ente una de las expresiones más claras ideL am or m aterno. Por este , m otivo cuesta trabajo pensar que la leche dé la m adre no valga p ara su bebé o no está en arm onía con sus necesidades. El infante fu e concebido y se desarrolló en í 'i •’ el mismo medio eri que se produce la leche. Sin embargo, algu­ nos pacientes han indicado que les sabía agria la leche de su •■madre. A unque tomo en serio estas afirm aciones, no creo que la íá lta sea de la leche. Es más probable que la m adre estuviese de m al hum or o enojada p or tener que cargar al niño, quien sintió ese resentim iento y reaccionó a él. L a crianza, lo mismo que el sexo, es algo más que u n a m era reacción fisiológica. T iene algo de emocional, por lo que está sujeta a los estados de ánim o y actitudes de la m adre. L a circulación del sentimiento desde el corazón a los pechos puede aum entarse y reducirse. M e he detenido en esta explicación sobre el corazón, porque el corazón es fundam ental en todo tratam iento terapéutico. L a gente viene a m i consultorio quejándose de varios trastornos: depresión, ansiedad, sentimientos de inadecuación y fracaso, etc. Pero tras todos estos padecim ientos hay u na falta de alegría y satisfacción en su vida. Hoy es corriente que todo el m undo hable de autorrelación y del potencial hum ano, pero estas p ala­ bras carecen de significado si no se pregunta al mismo tiem po, por ejem plo, ¿potencial de qué? Sólo puede vivirse con plenitud y con intensidad, si se abre él corazón a la vid a y al am or. Sin am or — a sí mismo, a los semejantes, a la naturaleza y al uni­ verso— pl individuo es un ser frío, enajenado e inhum ano. D e nuestro corazón brota el calor que nos une con él m undo en que vivimos. Ese calor es él sentimiento del am or. El objetivo

8 4 / Bioenergética de todo tratam iento terapéutico es ayu d ar a la persona a incre­ m e n ta r su capacidad de d ar y recibir am or, de expansionar el corazón, no sólo la mente.

L a interacción con la vida Si nos alejam os del corazón hacia la periferia del cuerpo, ob­ servam os los órganos que se interaccionan con el medio am ­ biente. Nuestro lenguaje corporal está lleno de expresiones que d e rivan del conocimiento propioceptivo de sus funciones. Estas expresiones son tan ricas en imágenes y en significado, que nin­ g ú n estudioso de la personalidad hum ana puede ignorarlas. V am os a em pezar p or la cara, porque es la parte de nuestró cuerpo que presentamos ab ierta m en te; al mundo. Tam bién es lo que prim ero miram os y exam inamos en los demás. D e la misma m a n era que la p alabra “corazón” ha adquirido el significado de centro o esencia de algo, el vocablo “rostro, cara o sem blante” tiene una acepción am pliada que denota el aspecto o apariencia e xterior de los objetos o de las situaciones. Así hablarnos, por ejem plo, de la cara o fachad a de Un edificio. D e la misma; m a­ n e ra nos referim os al “cariz que presenta algún problem a”, a través del cual queremos penetrar la realidad de la situación. T am bién empleamos la p alab ra “rostro” en algunas expre­ siones relativas al ego, como imagen del individuo. “T aparse la c a ra ” expresa un sentim iento de vergüenza, en que el ego sé considera hum illado. En cambio “d a r la cara” a determ inadas situaciones proclam a un ego enérgico, en tanto que u n a persona de carácter débil “vuelve el rostro” p ara ño enterarse dé algo. L a expresión de sí mismo se proyecta a través del rostro, y la c ara que ponemos en réácción a determ inadas situaciones de­ n u n cia en gran p arte quiénes somos y qué sentimos. Hay .rostros sonrientes, deprimidos, radiantes, tristes, etc. Es una lástim a que la m ayor p arte de la gente no tenga conciencia de la éxprésióñ que re fleja su cara, lo cual indica que no están en contacto.'con lo que son y lo que sienten. Estas consideraciones nos perm iten v a lo ra r el ego dé una persona observando su ro stro .: El de un esquizoide suele tener algo de m áscara, lo cual es u n a de las señales p ara fo rm u lar éT diagnóstico de esta condición, indicio del estado b ajo de su ego; A l m ejo ra r p o r medio del tratam iento, su sem blante se hace más expresivo. U n a cara grande y plena denota un ego fuerte (según■

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el lenguaje del c u e rp o ), pero a veces se ve u n a cabeza y un rostro grande en un cuerpo p eq u eñ o ; o vicerversa, un cuerpo grande de cabeza y cara pequeñas. En estos casos, es de presum ir cierto grado de disociación entre el ego y el cuerpo. O tra observación interesante es la tendencia de m uchos jó ­ venes de uno y otro sexo a o cu ltar la cara tras sus luengas ca­ belleras. A m í se me an to ja u na expresión de no q u erer d a r la cara al m undo. P od ría interpretarse adem ás como rechazo de la tendencia de nuestra cu ltu ra a sob revalorar la imagen. En la personalidad de m ucha gente jo v en se. esconde un prejuicio an ti­ ego: m anifiestan repugnancia con tra el prestigio, la categoría social, la ostentación y las señales m ateriales de posición y poder. Se entiende esta actitud como una reacción excesiva a la im p o r­ tancia de las apariencias exteriores, a que tanto v a lo r daban sus padres, m uchas veces a expensas de la v e rd a d in terior y de las esencias objetivas. C a d a p arte y rasgo de. la fisonomía, tiene su propio lenguaje, corporal. L a frente, los ojos, las m ejillas, la boca y el mentón* se utilizan p a ra d en o tar diversas cualidades. Observem os algunas expresiones^ de estas partes de nuestra, anatom ía. U n a frente alta y despejada es propia, de la persona refin ad a e intelectual, En cam bio la frente estrecha denota un sujeto m ás ;o menos bajo o rudo. Se abate ía frente del in d ivid u o-cu an d o m ira hacia abajo,, intim idado p or las palabras o la expresión de o tra persona. Se dice que u n individuo tiene.v“cara d u ra ”, o que . ps “descarado”, cuando se com porta desvergonzadam ente o con insolencia. Las m ejillas le sobresalen, al pie de la letra, ál inyectarse de sangre y llenarse de emoción. L a función de la visión es tan im p ortan te p a ra el conoci­ miento, que a Veces utilizamos como sinónimos los verbos “v e r” y “entender” . U n a persona “de vista” o “de visión” no sólo ve más lejos qufe los demás, sino que v a p o r d elan te de ellos con el pensH¡máentt>. Los ojos brillantes son señal y símbólo de exu­ berancia. Com o órganos de la expresión, los ojos desempeñan un p ap el im portante en el lenguaje del cuerpo. En u n a m irad a puede decirse tanto, que m uchas veces adivinam os las reacciones de las personas p o r la expresión de sus ojos. Y hablando de. la boca, tenemos expresiones como “bocazas” , “decir algo con la boca chiquita”, “poner un candado en. la lengua”, etc. Sobre los dientes se h an elaborado m uchas m etá­ foras. Por ejem plo, “echar el diente a un problem a” significa

86 / Bioenergética tenerlo casi resuelto ó haberlo empezado con instinto certero. 1.a persona que “está que echa los dientes” se agita al bordé' de ladesesperación. In ten tar conseguir algó “con las uñas y. lös aien-tes” es poner en juego todo el esfuerzo de que uno es C a p a z . . Fi­ nalm ente, no estará de más alu d ir a la expresión inglesa" Chin up, que literalm ente significa “en alto la barbilla” (en español diríam os “alta la fren te” ), p o r la relación que tiene' con !a te­ rapia. bioenergética. Q uiere decir, naturalm ente, no dobleqai el espíritu ante la adversidad. D e ja r caer la barbilla «j¡>•,ef m ovi­ m iento inicial del llanto. Puede observase clarárnem e en Ios'"iíiños, a quienes se les ’cae el m entón y les emjpieza a téirib lar'ü n poco antes de rom per a llorar. En el tratam iento bioenérgeticci es a veces necesario lograr, que el paciente deje caer Iá 'b a rb illá p a ra que se entregue librem ente al llanto. L a voz human» es. e l. medio, de expresión m ejnr riel honibre. Paul j . Moses describe en su .lib ro , The Voice :,of .„Neurosis, los elementos fónicos o sonoros dé la voz y m uestra la relación que tienen ton la personalidad. En otro capítulo1 explicaré los con­ ceptos relativos a la lectura de la personalidad a base de la voz. El lenguaje del cuerpo reconoce el significado de la voz. 1 decirnos qué u ñ a perSona “ no tiene voz” en un asunto, p ara indicar que lio le concierne lo que allí se dilucida. P or tanto, perder voz cu u n a situación podría significar1 que el individuo., está siendo eli­ m inado de ella. Las funciones de los hombros, de los brazos y de las manos contribuyen al lenguaje del cuerpo. “Echarse al hom bro una responsabilidad” indica hacerse cargo de algo. “A brirse caitiinó a codazos” o “lu ch ar a brazo p artid o ” son frases de un significado claram ente agresivo y decidido. “M an e jar bien u ña situación” equivale a bandearse en medio de dificultades. “P o n e r; mano" a' algo” indica la iniciación de u n a empresa. L a m ano es el instrum ento prim ario del tacto. C ontiene más corpúsculos táctiles que ninguna o tra p arte del cuerpo. Por tan-; to, to car es principalm ente función de la m ano, pero no es una operación m ecánica. H ablando en térm inos humáños, tocar les1 sentir el contacto con otra persona. “Estar en contacto” sigñificá ten er relaciones con' alguien. Esta expresión indica la ; relación estrecha que h ay entre tocar y-con ocer. Los bebés aprenden las cualidades de lo s: objetos llevándoselos a la boca, porqué el gusto es u n a m odalidad sensoria im portante. Sin embargo, los niños más crecidos aprenden por el tacto.

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L a relación entre tocar y conocer plantea un interrogante de im portancia p ara el tratam ien to terapéutico. ¿Puede conocerse realm ente a otra persona sin tocarla? O bien ¿puede percibirse la sensación de u n a persona sin to carla? Los sicoanalistas tra­ dicionales que evitaban todo contacto físico con el paciente, por temor, según creo, de no provocar emociones ni sentimientos se­ xuales, elevaron una barrera entre estos dos individuos, quienes necesitan estar en contacto más íntim o que el que pueden supo­ n er la.s m eras palabras. A l tocar el cuerpo del paciente, el facul­ tativo puede ap reciar en él muchas cosas: la blandura o dureza •de su m usculatura, la sequedad de su piel, la vitalid ad de sus tejidos. P or medio del tacto puede lleva r al paciente la idea de que lo siente y acepta como ser corporal, y que el contacto es una form a n atu ral de comunicarse. P ara el paciente, el contacto físico del terapeuta es u n a señal de que está preocupándose p o r él. Es como aquellos tiempos en que la m adre lo estrechaba y tocaba como expresión de cariño y amor. L a m ayor parte de los miembros de nuestra cu ltu ra padecen la privación del contacto corporal de los días de su infancia. R esultado de esta carencia, es que quieren ser tocados y . estrechados, pero no se atreven a solicitarlo. Sienten el tabú dél contacto físico, porque en sus mentes y en su cuerpo va inti­ m am ente asociado con la sexualidad. D ebido a lo que un tabú de esta naturaleza d ificulta el contacto real de las personas,2 es terapéuticam ente im portante elim inarlo. P or eso cumple al tera­ peuta m ostrar al paciente que no tiene reservas contra esta­ blecer contacto físico con él o tocarle. Pero la imposición de las manos del facultativo sobre el p a­ ciente p lantea la cuestión de la índole de este contacto. Puede tocarse a u n a persona, sobre todo si es del sexo opuesto, de tal m an era que se produzca un contacto de v a lo r sexual y erótico. Este contacto viene a ju stificar la ansiedad p ro fu n d a del p a­ ciente sobre el tacto físico, y , fortalece y vigoriza su tabú a un nivel más profundo todavía, pese a las seguridades que le pueda d a r el terapeuta. C ualquier insinuación sexual de éste es una traición a la confianza esencial en la relación terapéutica, y so­ m ete al paciente al mismo traum a que experim entó en la antigua relación de m adre o padre e hijo. Si la traición se acepta como algo norm al, conduce a un patrón de actividad sexual que oculta 2 Montagu, Touching, op ." cit. En este estudió se trata a fondo y detenidamente de la importancia de tocar.

88 / Bioenergética la incapacidad de establecer un verdadero contacto a través del sentido del tacto. El tacto del terapeuta tiene que ser cálido, am istoso,’’d é' fiar, in spirad or de confianza y libre de todo interés personal.'; Péro, com o el facultativo es tam bién un ser hum ano, pueden entrar en juego a veces sus sentimientos personales y entorpecer la rela­ ción. C uando ocu rra asi, no debe tocar a su paciente. P or éso, el terap eu ta tiene que conocerse y ponerse en contacto consigo mismo previam ente p ara poder tocar a su paciente. Es condición básica p ara tra ta r terapéuticam ente a los demás pasar prim ero u n o mismo p o r la terapia. El terapeuta debe conocer la calidad del tacto, ap reciar la diferencia entre el tacto sexual y el de apoyo, entre un contacto firm e y otro duro, entre un contacto m ecánico y otro lleno de sentimiento. El paciente necesita positivam ente tocar a su terap eu ta, p o r­ que su tabú contra el tacto es precisam ente la causa de su sen­ tim iento de aislam iento y soledad. Para ayudarle á superar este tabú, yo suelo decir a mi paciente que me toque el rostro 'mien­ tras está tendido en la cam a. M e valgo de este procedimiento después de haber sacado a la superficie algunos de los témores d el paciente. A l inclinarm e sobre él, adopto la postura de la m adre o de] padre sobre su niño. A l principio m e sorprendía el sentim iento de titubeo, el gesto de duda y la ansiedad’ que esto provocaba en el paciente. M uchos de ellos sólo me tocaban la cara con la p u n ta de los dedos, como si tuviesen miedo de llegar al contacto pleno con las manos. Algunos me decían que temían ser rechazados; otros, que no tenían derecho a tocarm e. Eran pocos los que, si no los anim aba, se atrevían a acercar mi cara a la suya, aunque así querían hacerlo. En todos los casos, este procedim iento llegaba a la m édula de un problem a que no podía abordarse ni esclarecerse si hacíamos uso exclusivam ente de p a­ labras. En algunos casos, el tacto del paciente tiene cierto carácter exploratorio. Sus dedos me recorren el rostro, como hace un bebé que investiga los rasgos fisonómicos de su papá o su m am á. A veces el paciente me re tira la cara, repitiendo el rechazo que experim entara u n a vez. Pero, si no pone freno a su deseo de contacto físico, me acerco a él, me estrecha y me toca el cuerpo con las manos. Siente que yo lo acepto. A l tocarm e, él se pone más en contacto consigo mismo, que es lo que intenta el tera­ peuta con su tratam iento.

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H ay otro campo im portante de interacción, que es la re la ­ ción de la persona con el suelo. C u alq u ier postura que adopte­ mos, cualquier paso que demos se basa en esta relación. A d ife­ rencia de las aves y de los peces, nuestro m edio es el de la tierra firm e. Y a diferencia de otros m am íferos, nos levantam os y m o­ vemos sobre las dos piernas. Esta postura nos d eja libres los brazos, desplazando a la colum na verteb ral y a las piernas la función de sostener el peso del cuerpo. El cam bio a la posición erecta pone en tensión los músculos de la espalda, y esa tensión se centra en la región sacro-lum bar. En otro capítulo h ab laré de la índole de esta tensión y su relación con los trastornos de la parte baja de la espalda. Lo que nos interesa aquí, es la relación d e ja s funciones de las extrem idades inferiores con la personalidad, ta l como se re flejan en nuestro lenguaje corporal. Así, p or ejem plo, decimos que un individuo “pisa fu e rte ” o “no pisa fu erte”,,en. la com unidad. En este últim o caso, no p in ta gran cosa en ella. Parecidas son las expresiones, “A g u an tar a pie firm e” o “No doblegarse en determ inada situación” . H ay una connotación de fuerza en estar dé pie y resistir erguido, p or ejem ­ plo, la andanada de las críticas; algo que significa, de algún m odo, firm eza de carácter. L o contrario de “estar de pie” no es sentarse, lo cual cons­ tituye una acción de tipo distinto, sino rendirse, derrengarse o huir. Este hom bre no es capaz de agu an tar la embestida de las dificultades. Todas estas expresiones son m etafóricas cuando se aplican, a la conducta hum ana, pero, cuando se refieren a la. personalidad, tienen significado literal. H ay individuos de cu er­ po habitualm ente encorvado, otros que se tam balean como si fuesen a caerse. Algunos no pueden estar de pie sin g ra v ita r o cargar el peso de su cuerpo de un pie a otro. Estas presiones que describen una actitud física del cuerpo sirven tam bién p ara describir a la persona. Tenem os un ejem plo com ún: la tendencia de muchos indi­ viduos a m antener siem pre las piernas rígidas, sin la m enor fle­ xión p o r las rodillas. En esta postura se transform a la p iern a en un soporte tieso a expensas de su flexibilidad (acción de la ro ­ d illa) . No es la postura n atu ral, e in d ic a que el individuo siente la necesidad de u n apoyo extra, o sea, d elata cierto sentido de inseguridad en su personalidad (¿ p o r qué, si no, la necesidad de un apoyo extra?) consciente o inconscientemente. Si decimos a este individuo que flexione ligeram ente las rodillas, se produ-

9 0 j B ioenergética eirá m uchas veces una vibración en sus piernas, como si no fue­ sen capaces de sostenerle. P ara estar bien plantado, hay que tener los pies firm es sobre el terreno. Deben estar más o menos planos' sobre el suelo/ con el arco relajado, no caído. Lo que norm alm ente llam am os pies planos consiste en que el arco de los mismos h a cedido y se h a caído, a consecuencia de lo cual el peso gravita sobre el lado in terior de los pies. U n arco elevado indica espasticidad o cóntracción en los músculos de los pies. Con un pie m uy arqueado disminuye el contacto Con el suelo: esta postura indica que esos pies no están bien plantados. Conviene a d v e rtir que durante mucho tiem po se ha considerado que el arco alto denotaba uria. persona sana y de calidad superior. En el estilo coloquial inglés se llam ab a “pies planos” a los policías con intención derogatoria, p a ra expresar que ocupaban un nivel in ferior en la escala social. C uando yo era pequeño, m i m adre se preocupaba mucho p or­ que no tuviese los piesplanos y se oponía obstinadam ente a que llevase calzado de suela blanda, porque tem ía que con ellos se intensificase m i tendencia a este “defecto”-. Pero a m í m e gus­ taban m ucho ésos zapatos, porque eran ideales p a ra correr y p ara los partidos de balón- que jugábamos. Todos los demás m u­ chachos los llevaban, y yo me empeñé tanto en usarlos tam bién, qüe term iné por tener calzado de ese tipo. Pero mi m adre in­ sistía en que me pusiesen puentes, lo cual constituía u na tortura p ara mí, y tardé bastante en liberarm e de aquella aflicción. Y constituyó un torm ento p ara m í durante toda m i niñez, porque padecía callos producidos p o r la dureza e incom odidad de los zapatos que calzaba. En realidad-,- nunca tuve pies planos, pero m i arco no era tan alto como p ara hacer feliz a m i m adre; El caso es que a lo largo de los años en que he venido practicando personalm ente la bioenergética, he tratado de que mis pies estu­ viesen en m ayor contacto con el piso, aplastándolos. Estoy seguro de que a esto se debe el que desde entonces no h aya padecido callos, clavos ni durezas u otras- molestias p or el estilo en los pies. L a relación de los pies con el rango y la categoría social puede verse claram ente en la antigua costumbre china de a ta r y su jetar los pies de las niñas p ara que no se les desarrollasen y le s . quedasen relativam ente inútiles. Esta práctica obedecía a dos m otivos. Los pies pequeños eran indicio de una m ayor categoría social: todas las m ujeres nobles de C hina tenían pies diminutos,

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lo cual indicaba que no tenían que tra b a ja r ni cam inar dem a­ siado, sino que eran transportadas en palanquín. Las campesinas, que no podían perm itirse este lujo, se quedaban con los pies grandes, anchos-y planos. El otro motivo para deform ar los pies de "las m ujeres, era tenerlas sujetas en casa y privarlas de in­ dependencia. Pero, como esta práctica se lim itaba a determ inada clase, social, debe considerarse como una m anifestación de las ideas culturales de los chinos. L a disciplina que estudia cómo se m anifiestan las actitudes culturales en la expresión del cuerpo se llam a cinética. En bioenergética estudiamos el efecto de la cu ltu ra en el cuerpo mismo. Tuvimos muchos años en el tablero de anuncios del Instituto d e . Análisis Bioenergético un dibujo satírico que representaba a un profesor de anatom ía em puñando ante un pie hum ano un puntero y diciendo a los alumnos de su clase: “Estoy seguro de que quienes proyecten entre ustedes hacerse siquiatras no van a tener el m enor interés en lo que les voy a decir” . Posiblemente, lo que les iba a explicar sobre el pie no tenía nada que ver con la siquiatría. Los que pertenecemos a la bioenergética siem­ pre hemos creído que los pies indican tanto sobre la personalidad de un. individuo como su misma cabeza. Antes de fo rm u lar un diagnóstico sobre cualquier, problem a de personalidad, yo siem­ pre quiero ver al individuo de pie. De esta m anera observo sus .pies. Ü n a persona bien equilibrada también tiene bien equilibrados sus pies, y su peso está distribuido por igual entre los talones y la p arte casposa de las plantas. Guando el peso de un indi­ viduo gravita sobre sus talones, lo cual ocurre si sus rodillas están rígidas, no está en equilibrio estab le.. C on un ligero em pujón en el . pecho puede tum bársele h acia atrás, especialmente si no está preparado a resistir. Así lo he demostrado yo m uchas veces en .nuestros talleres. Este individuo tiene una postura pasiva. En cambio, cuando el peso gravita sobre los dedos de los pies,, el sujeto está preparado p ara avanzar y su postura es agresiva. Como el equilibrio 110, es un fenóm eno estático, se necesita para, estar equilibrado un ajuste constante de la propia postura y tener conciencia de los pies. L a expresión, “tener los dos pies sobre la tierra,” , ,sólo puede tomarse literalm ente en el sentido de que existe , un contacto sensible entre los pies y. el suelo. Se establece ese contacto cuando llega a los pies la. excitación o .la energía, provocando una con­

92 / Bioenergética dición de tensión vibrante parecida a la de las manos cuando se concentra la atención o dirige la energía hacia ellas. Entonces se tiene conciencia de los pies y está uno en condiciones de equi­ lib rarse debidamente sobre ellos. Suele decirse que el individuo m oderno es u n ser enajenado o aislado. No es tan frecuente describirlo como desarraigado o caren te de arraigo. Jam es M ichener ha denom inado The D rifiers (“ los que van a la d eriva” o “los sin rum bo” ) a los miembros d e cierto sector de la ju ven tu d contem poránea. Gomo fenómeno cu ltu ral, constituye el tem a de una investigación sociológica a fondo. Pero tam bién es un fenómeno bióenergético: la carencia d e l sentido de estar arraigado deriva indudablem ente de algún trastorno o anom alía del funcionam iento corporal. Este trastorno está en las piernas, que son nuestras raíces móviles. D é la misma m a n era que las raíces de un árbol, nuestras piernas y nuestros pies se interaccionan energéticam ente con la tierra. Puede uno sen tir cómo se cargan y revitalizán los pies al cam inar descalzo sobre la hierba húm eda o la arena caliente. L a misma sensación puede lograrse con un ejercicio bioenergético de experiencia corporal. El que yo utilizo generalm ente p a ra este fin consiste en que el sujeto se incline hacia adelante y toque ligeram ente el suelo con la p u n ta de los dedos. Los pies deben estar separados unos treinta centím etros, y los dedos vueltos ligeram ente hacia adentro. Se empieza con las rodillas dobladas y se v a n enderezando hasta que se advierte u na tensión en los tendones de las corvas, en la p arte de atrás de las piernas. Pero las rodillas no deben extenderse del'tod o. Se m antiene la postura d u ran te uñ m inuto o más, m ientras se respira libre y p ro fu n d a­ m ente. C uando la sensación llega a las piernas, empiezan a v i­ b rar. A l llegar a los pies, puede em pezar a sentirse am Cosqui­ lleo. Los pacientes que ejecutan este ejercicio dicen q'ue dienten “ como si echasen raíces” cuando ocurre esto; y hasta a veces, que los pies se les hunden en el piso. Eso de “echar raíces” o sentirse “arraigado” yo creo que son cualidades raras en la gente de nuestros días. El autom óvil nos h a privado de la necesidad de usár como debiéramos nuestras piernas y nuestros pies. Y los viajes p o r áiré nos han despegado com pletam ente de la tierra. Sin embargo, su efecto principal en pl funcionam iento del cuerpo es más indirecto q u e ' directo. El im pacto cu ltu ral que más nos afecta es el cambio en la relación m ad re-hijo, principalm ente al dism inuir el contacto íntim o cor­

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poral eri.tre ambos. o menos nos acerca, más a ella, con lo cual dism inuirá el enajenam iento o alienación que padecemos la m ayor p a r t e , "Este enajenam iento describe m ejo r que ninguna o tra p alab ra las tribulaciones del hom bre moderno. És como un “extranjero en tie ira extrañ a”, acosado p or las eternas preguntás de, “ ¿ P a ra q u é'vivo yo? ¿Q u é significa todo esto?” L u ch a sin que haya sentido alguno en su vida, con un vago pero pertinaz sentimiento de irrealidad, con una sensación: general de'soledad que tra ta de superar o negar, y con un miedo profundo a que se le escape la vid a antes dé tener oportunidad de vivirla. A unque cómo siquiatra yo concentro m i atención en lós síntomas o quejas qué presenta m i pacienté, no considero que el fin de la terapéutica se lim ite a esos p ro ­ blem as concretos Si no soy c a p a z ’de:' ayndarlé a ponerse en con­ tactó m ás-íntim o consigó^mistnó (lo cual significa p ara mi Con, su cuerpo y, a través de- su cuerpo, con el inundo que lo ro d e a ), estimo que mis esfuerzos, p or rem ediar . su enajenam iento Han fracasado (ytqüe e l: tratam iento «terapéutico no h a surtido e fe c to ). A unque decimos que esa alienación es el apartam iento y. sen paración del hom bre de la naturaleza "f de sus semejantes, su base estriba en la disociación de la persona de :su misrrio cuerpo. Y a he desarrollado este tém a con más detenim iento en o tra obra,1 y si ah ora me refiero a ello, es porque es algo fundam ental en la bioenergética. Sólo a. través det cuerpo se experim enta la pro­ pia v id a y se tiene exp erien cia! dé estar en el mundo. Pero no basta con establecer contactó con é l 'cuerpo, sino coni la vid a tdel cuérpo.' Esto no excluye a la m ente, aunque sí al entendim iento disociado, es decir, a la m ente que no piensa rii es Consciente del cuerpo. Presta atención a la vid a del cuerpo y dedicarse á 'ella 1 Lowen, B etrayal of the Body, op. cit.

La terapia bioenergètica

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pi la, única m anera de asegurar que el viaje va a term inar satis­ factoriam ente con el, descubrimiento del uronio vo. Este; concepto de la terapia como un proceso sin fin d a pie a una pregunta . práctica y lògica; “ ¿D u ran te cuánto tiempo tendré que ven ir a verlo a usted?” A lo que, contesto, también prácticam ente: Estará, usted sometido al tratam iento m ientras r i f a que merece e l tiempo, el esfuerzo y el dinero que le está costando” ;- T am bién es práctico señalar que muchos tratam ientos term inan p or razones que no dependen del terapeuta ni del clien­ te, como por ejem plo, un cambio de residencia a o tra ciudad. T am bién yo suelo term inarlo cuando creo que no vamos a p arar a ninguna parte en el sentido de e v ita r que el paciente lo utilice como un . juego de m uletas perm anente. El cliente - debe d a r por term inada la relación terapéutica cuando se crea capaz de asu­ m ir la responsabilidad de su procesó u lterio r de crecim iento, guando -piense que puede continuar él v ia je sin ayuda .alguna. El m ovim iento es la esencia de la vid a] el crecim iento y la declinación^ sus dos aspectos. En realidad no hay eso de quedar­ se inmóvil. SI- se interrum pe el crecim iento en función ¡del desarrollo de \a personalidad, se inicia u n a declinación que al principia pueda ser imperceptible, pero que tarde o tem prano se nace evidente. EL criterio real de una hnena terapia, es gue inicia y prom ueve en el cliente: un proceso de crecim iento que conti­ nuara1 Sin ta a yu d a riel terapeuta. En el prim er capítulo relacioné algunas de mis experiencias terapéuticas personales con W ilh elm R eich y m i terap ia siguiente con Joh n Pierrakos, que puso la base del método bioenergético. Aunque aum entó enorm em ente ini sentido ;del yo (autbconocimiento, aütoexpresión yi áütoposesión), no creí haber llegado al término de mi viaje. P or entonces bogaba yo viento en popa y no tenía premonición alguna de problemas o dificultades, pero sstas condiciones no duran indefinidam ente. D urante los años que siguieron, experim enté , algunas crisis personales que pude sortear gracias a mi terapia. Sólo se produce una crisis personal cuando está bajo grave presión alguna rigidez de la personalidad. Por lo tanto, constituye a la vez un peligro y una oportunidad para, la liberación y-, el crecim iento posterior. A fortunadam ente el crecim iento resultó ser mi dirección al irse desenvolviendo mi vida.. Sin en trar en la explicación de estas crisis, voy a des­ cribir un conjunto de experiencias personales mías relativas al tema de la terapéutica.

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B ioenergética

H ace cinco años noté u n . dolor en -él cuello. A l principio era algo ocasional n ad a m ás, pero con el tiempo fue haciéndoseme m ás notable cada vez que v o lv ía bruscam ente la cabeza. No me h ab ía olvidado de mi cuerpo durante los años que transcurrieron después de in terru m p ir m i terapia activa. H abía venido p racti­ cando regularm ente los ejercicios bioenergéticos que utilizo con mis pacientes. A unque me ayudaron de m an era notable, no in ­ fluyeron p a ra nada en el d olor que sentía, que sospecho era una artritis cervical. Com o no dilucidé esta sospecha p or m edio de los rayos X , sólo sigue siendo hoy u n a hipótesis. Se tratase o no de u n a artritis, yo podía p alp ar algunos múscu­ los bastante tensos de m i cuello que estaban relacionados con el dolor. Sentía otras tensiones m usculares en la p arte superior de la espalda y en los hombros. Observé además en películas obte­ nidas de m í m ientras trab ajab a con pacientes, que tendía a veces a m antener la cabeza inclinada hacia adelante. Esta postura pie p ro d u jo un ligero redondeam iento de la espalda entre los omó­ platos. D urante año y medio estuve ejecutando regularm ente algunos ejercicios p ara aliviar el d olor y enderezar la espalda. Recibía adem ás un m asaje periódico de manos de uno de los terapeutas bioenergéticos. Sentía los músculos tensos y trab ajab a vigorosa­ m en te sobre ellos p ara producirm e algún alivio. T anto los e je r­ cicios como el m asaje m e ayudaron durante algún tiempo. M e sentía más libre y m ejo r después de someterme a ellos, pero el d o lo r continuó y la tensión volvió. P or este tiem po tu ve o tra experiencia que, según creo, con­ tribuyó a la solución del problem a. A l term inar un taller profesio­ n al, dos de los participantes, que eran terapeutas bioenergéticos preparados, me dijeron que m erecía yo tam bién un turno y se ofrecieron tratarm e. No es una práctica habitual en mí, pero en esta ocasión me dejé hacer. tU no de ellos' sé ocupó de cierta) ten ­ sión que tenía, en la garganta. El otro me trató los pies. D e repen­ te sentí un dolor agudo, '- oído si alguien me hubiese cortado la g arg an ta con un cuchillo. Inm ediatam ente caí en la cuenta de que testo era algo que in e había ,hecho m i , madre^ sicológica, .no’ li t e raím ente. ¿.Comprendí que el efecto era im p ed irm é.h ab lai’ 0 ‘solÍbzar. Siem pre h e 'te n id o alguna dificultad p a ra e x te rio riz ar -mis sentimientos,-: si- bien ese problem a había ido perdiendo füérza ai p asa r-lo s años, t E n'algunos casos^el^hQ, poder m anifestar lo que sentía me provocaba dolor en la garganta, especialmente si es­

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taba :ansado. A l sentirlo esta- vez, pegué un empujón? a los tera­ peutas quc-m é estaban tratando y exhalé un grito-'de cólera: En­ tonces experim enté un- alivio profundó. Poco después de este incidente, tuve dos sueños que elevaron al clím ax el p rim er problem a. O currieron en dos noches sucesivas. L a prim era, yo estaba convencido de que iba a m o rir de un ataque cardiaco. Y no me pareció m al, porque m o riría con dig­ nidad. P or extraño que parezca, no sentí ansiedad alguna durante el sueño ni al despertarm e y recordarlo p o r la m añana. L a noche siguiente soñé que se m e designaba consejero de un rey in fantil que creía que lo h ab ía traicionado y ordenó que m e cortasen la cabeza. En el sueño sabía yo que no era verdad y confiaba en que él caería en lá" cuenta de su error, p o r lo que yo’ debería ser reintegrado a mi cargo. Se acercaba el tiem po de la ejecución, y yo seguía esperando que se suspendiese la senten­ cia. G uando llegó el día de la ejecución, fui conducido al cad al­ so, pero estaba todavía seguro de que la sentencia se iba a suspender, quizás en el últim o mom ento. S en tía en el sueño la proxim idad del verdugo, erguido ju n to a m í con un h ach a enorm e entre las manos. No lo veía claro. Sin em bargo, continuaba espe­ rando la suspensión. Entonces el verdugo se inclinó p ara quitarm e la cadena que me sujetaba las piernas. Lo hizo con las manos porque la cadena que me rodeaba los tobillos era de un alam bre delgado. D e repente com prendí: * “Pero si podía haberm e des­ atad o yo mismo”, y dicho esto, m e desperté. T am poco ex p eri­ menté en este sueño ansiedad p or la inm inencia de m i m uerte. Esta faJta de ansiedad me hizo pensar que los dos sueños te­ nían un significado positivo, p or lo cual no m e esforcé m ucho en interpretarlos. El prim ero apenas necesitaba in terp retación al­ guna. Antes de ese sueño me h ab ía preocupado la posibilidad de un ataque cardiaco. M e acercaba a los sesenta, edad en que no son : raros estos ataques, y yo sabía que ése era m i punto más flaco y vulnerable. H abía notado cierta rigidez en el pecho desde m i p rim era sesión con Reich, y no me había visto libre de ella nunca del todo. Adem ás, yo era un em pedernido fu m ad o r de pipa, si bien no aspiraba el hum o. El sueño no m e tranquilizó respecto a que no fuese a ser víctim a de u n ataque al corazón, pero hizo pasar esta posibilidad a un p lano secundario. L o im p or­ tante p ara m í era m o rir con dignidad, pero esto también ’ signi­ ficaba., como com prendí inm ediatam ente, que había que v iv ir con dignidad. L o cual pareció disipar en mí el tem or a la m uerte.

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Bioenergética

A l principio no conté a nadie rhis sueños, pero unos meses más tard e se los relaté: a un grupo de: terapeutas bioenergéticos de un ta lle r de C alifornia. Estábamos dedicando u n a sesión noc-^ tu rn a a los sueños. En esa ocasión no profundizam os mucho en la interpretación del segundo. T enía yo la sensación de que lo que me quería indicar, era que había dado una im portancia se­ cu nd aria m ucho tiempo a un aspecto in fantil de m i personalidad, lo cual pudo haberm e creado problemas. D ebía ocupar el lugar que m e pertenecía como gobernante d e mi reino (m i personalidad, mi tra b a jo ), puesto que a m í me incum bía está responsabili­ dad. C reía que aquella decisión era acertada. M e encontré con otro grupo de terapeutas bioenergéticos mes y medio más tarde en la Costa Este, y les referí mis sueños. D u­ ran te el periodo transcurrido yo había estado pensando y dándole vueltas a mi segundo sueño. M e parecía que estaba relacionado con el dolor qué sentía en el c u ello : me iban a co rtar la cabeza y el hacha tenía que cercenarm e el cuello. En consecuencia, empecé p o r describirles la m olestia crónica que me aquejaba y que ah ora se me an tojab a que tenía relación con no m antener erguida la cabeza. D e hecho, cuando adoptaba esta postura, el dolor desaparecía. Sin em bargo, me constaba qüe no podía hacerlo conscientemente y p or m i voluntad, porque iba a parecer algo artificial y no iba a ser posible que m antuviese la postura. L le var la cabeza erguida seria un adem án de dignidad, que se com pagi­ n aría con el significado de mi prim er sueño. Después de contarles mis sueños, les expliqué algunas im pre­ siones de m i niñez. E ra el hijo prim ogénito y único de mi fa ­ m ilia. M i m adre me adoraba, yq era la niña de sus ojos. En m u ­ chos aspectos me consideraba como si fu era un joven príncipe. P ero tam bién insistía, en que ella siempre tenía razón y me trataba frecuentem ente con crueldad cuando yo me m ostraba rebelde. E ra u n a m u jer ambiciosa y m e transfirió esta actitud. Tam bién m i padre me quería mucho, pero su personalidad era casi lo con­ tra rio de la de m i m adre. L e encantaba todo lo placentero y no daba im portancia a las cosas. A unque trab ajab a con ahinco, p a­ recía que no le iba m uy bien en su pequeño negocio. Y o solía ayud arle en sus cuentas, porque era rá p id o ; con los números. D u ran te m i niñez, discutían mis padres frecuentem ente, casi siem­ p re p o r dinero, y lo corriente era que yo quedase atrapado en medio. P or una parte, me consideraba superior a m i padre, pero p or otra, él era m ayor y más fuerte, y yo le tenía miedo., No creo

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que rnp diese motivos p ara ello: no era cruel, y sólo me pegó una vez. ¡perc im m adreóm e: azú zala a com petir con él, cdsa.; ;que •ningún niño puede hacer jam ás con éxito. Com prendí que nunca logré despejar del todo esta situación de Edipo, porque así lo era claram ente. M i padre era el rey in fa n til al que no podía destronar, por lo que tenía que resig­ narm e a ser nad a más e lp rín c ip e joven, lleno de promesas, pero relegado a u n segundo papel. En cuanto les expliqué esta situación a mis colegas y me des­ cribí a mí mismo a su luz, de repente noté que se había disipado: era cosa del pasado. Lo único que tenía que hacer p a ra liberar­ me, era retirar la frágil cadena que me trab ab a los tobillos. M i padre había m uerto varios años antes. Sin re p arar en éste he­ cho, com prendí que yo era ahora el rey, y a fuer de tal, el gesto natural que me correspondía era levan ta r la cabeza. L a interpretación term inaba con esta nota, y ya no vo lví a pensar más en. el caso, porque sabía ahora dónde me apretab a el zapato. Y también sin caer en la cuenta, un día noté que había desaparecido el dolor del cuello. Y desde entonces nb me ha vuelto a molestar. Posteriormente he ido advirtiendo que mi actitud con las personas es distinta., Ha habido quien ha com entado este cam ­ bio. Dicen que me he hecho más am able y transigente, menos autoritario y em peñado en que los demás acepten mis puntos de vista. Antes me- a fa n a b a , p or ser reconocido, reconocido como hombre, no ¡como n iño; romo rey no como príncipe. Pero nadie me brindaba el reconocimiento que yo me había negado a mí mismo. Ya no tenía necesidad ninguna de luchar. M e satisfacía profundam ente este, resultado, pero no quería decir que hubiese term inado mi viaje. Después de sentirm e libe­ rado de la tensión del cuello, notaba más la de los hombros y la del pecho. Pero estas tensiones no llegaban a ad q u irir categoría de dolor. No obstante; continué practicando los ejercicios bioenérgéticos de respiración y asentam iento de pies sobre el suelo, y golpeando un saco de arena para liberar los hombros. El asen­ tam iento requería que hiciese llegar mi sensación a los pies. En sueños yo estaba atado p or los tobillos. H ay o tra .experienciá que tiene relación con esta historia. Hace tinos dos años trabé relación con una profesora de canto que co­ nocía los conceptos bioenergéticos y com prendía el papel que la voz desempeñaba en la expresión de uno mismo. Y a me he referido

10 8 } Bioenergética a la sensacióri que experim enté de que imi m adre meahabiatíeorr tàd o la garganta, lo cual me .produjo :;cierta dii uni Itaci para ha­ b lar, p a ra sollozar, pero especialmente, p a rà cantan, Siènrore he deseado .cantar, pero pocas veces . .lo he hecho. Tenía vrnièdò dé: qué m e fallase, la voz y rompiese,, .a llorar. Nadie de in i: Íhínilia can taba cuando yo era niño. T otal, que;-decidí recibir algunas lecciones de canto de esta profesora para ver qué efecto me pro ducía. E lla m e , aseguró com prender mi problem a, y corno eran lecciones privadas, me dijo que sollozase y llorase libremente; si­ m e ven ía en gana.: A cudí a la prim era lección con una excitación consideraihre. Com enzó p o r hacerm e em itir un sonido, cualquier sonido libre y espontáneo. Entonces canté la p alab ra “diàbolo”, que me. perm itía ab rir la '^garganta y vocalizar plenam ente. Solté m i voz sin inhibi­ ciones. Eihpecé a d ar vueltas tararean d o aquella palabra. L a voz m e salió con^más libertad. Llegó un mom ento en que el sonido me b ro tó tan sin< esfuerzo y tan lleno, que me pareció que yo mismo e ra el sonido y., que el sonido era yo. R epercutió a través de todo m i ser. M i cuerpo estaba en un constante estado de vibración. M e sorprendió que no sintiese ganas de llo ra r ni un ins­ tante. Sencillam ente abrí la garganta y di libertad ,a m i voz. V i entonces que era capaz de cantar, porque algunos sonidos tenían u n v alo r sonoro y musicál. A l term inar la sesión, experim entaba ún sentim iento de alegría que sólo recordaba haber disfrutado en dos ocasiones; N aturalm ente, continué con mis lecciones. Si me refiero á esta experiencia, es porque estoy seguro de que desem­ peñó un papel im portante p ara el paso siguiente. En el decurso del siguiente año no presté gran atención a mis sueños, aunque no estaban lejos de m i conciencia: Pensaba en ellos de cuando en cuando y también en mis padres. Hasta que un día di con el enigm a. Com prendí quién era el rey infantil. E ra mi corazón. El sueño segundo adquirió p ara mí un significado totalm ente dis­ tin to : yo había traicionado a m i corazón. No me fié de él y lo había tenido encerrado en una rígida ja u la torácica. El “yo” de m i sueño era m i ego, m i m ente consciente, mi entendimiento. Este “yo”, el entendim iento, era el fiel consejero dispuesto a diri­ g ir la m arch a de. las cosas en beneficio del in fan til rey prisionero. C uando caí en la cuenta de quién era, el rey, ño dudé un m om ento de lo acertado de esta interpretación. ! N aturalm ente, el corazón es soberano o debe serlo. D urante muchos años había sostenido que era necesario escuchar al propio corazón y r>hpde-

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éerle. El corazón es el centro de la vida, y su ley es el amor. A dem ás es un niño, porque nunca envejece. Los sentimientos del corazón de un niño y de una persona m ayor son los mismos, e l am or n el dolor de no ser capaz de am ar. Pero, aunque yo proclam aba-este principio no lo s.eguí nunca del todo. H abía em pleado la expresión “rey in fan til”, con su connotación ridicula, como si la m adurez fuese una función del entendim iento. M ás aú n , no se me había olvidado el dolor que me causó mi m ad re y que mi corazón no perdonaba y habría castigado gustosamente. O h, era v e rd a d : yo había traicionado al rey, y él había hecho alarde de su autoridad. “F uera con su cabeza”, ordenó, “no necesito esta clase de consejo falso” . Pero tam bién yo tenía razón hasta cierto punto. En realidad no le había traicionado, porque estaba protegiéndolo y obrando en beneficio suyo. Cóm o se parece esto a la fo rm a de h ab la r de m i m adre, ah ora que lo recuerdo. Y sin embargo, es verd ad en parte. Y o , supe de la am argura de la. traición cuaqdo fui niño. V i a m i m adre volverse colérica con tra mí, cuando lo único que le suplicaba era estar , cerca de ella. Estaba protegiendo m i mismo corazón para. ¡ que no .volviese, a ser tan dolorosam ente herido o tra vez. Pero, desgraciadam ente, la. protección tomó la fo rm a de encarcelam iento, d e ,in terru p c ió n , del canal de com ynicación en­ tre, mi corazón y el m undo, y mi pobre corazón languidecía m o­ ribundo. Y o estaba condenado a, un -ataque cardiaco. Pero mi cabeza no rodó,, ni mi corazón sufrió ataque alguno. Recuperé mi libertad cuando com prendí en sueños que el hierro de la pierna no era acero, que yo era víctim a de una ilusión. Podría haberm e .liberado en cualquier m om ento. Pero m ientras no sabemos qué es ilüsión y cuál es la realidad, la p rim era actú a con toda la fuerza de la segunda. Todo soberano necesita u n consejero. T odo corazón necesita una cabeza que le proporcione sus ojos y oídos p ara p od er po­ nerse en contacto con la realidad. Pero no hay que p e rm itir a la cabeza que m ande: esto es una traición al corazón. Esta nueva, in terpretación de mis sueños puede llam arse bio­ energética, porque se refiere a la interacción dinám ica entre las partes de mi cuerpo, que son aspectos de m i personalidad. L a interpretación anterior era más bien un análisis freudiano. Y o considero ambas acertad as; sólo que la últim a profundiza más que la prim era. He reconocido que los sueños son susceptibles de

1 1 0 / Bioenergética interpretaciones diferentes, cada una de las cuales tiene valor, puesto que proyecta luz sobre la conducta y las actitudes de.! so­ ñador. Las ideas que me descubrieron los sueños me dejaron todavía con el prqblem a de la rigidez que sentía en el pecho. Habís que a liv ia r aquellas tensiones musculares p ara lib erar el corazón. Los puntos de vista que me proporcionaron los sueños no. m e abrieron el corazón, pero sí el camino p a ra aquel cambio. Es una tesis im portante de la bioenergética el q u e . los. cambios en la personalidad, están condicionados p o r los de las funciones corporales, o sea, p o r una respiración más profunda, úna. m ovi­ lidad .mayor, u n a expresión más plena y libre, del yo. En estos aspectos, la rigidez del pecho representaba p ara mí una lim ita­ ción del ser. R ecordaba que había experim entado yá en el pasado esta rigidez y .había trab ajad o p o r aliviarla. Adem as, m i m asa­ jista, que estaba impuesto en las prácticas de la bioenergética había intentado re la ja r los músculos de mi caja 'torácica. Los re­ sultados habían sido escasos. Í¿íi pechó Se tensaba contra cualquier presión a que se le sometiese, y, p or mucho qué yo deseara ceder, no lograba ab lan d ar aquel endurecim iento: Pero esta situación comenzó a cam biar en é l decurso del año pasado. El cambio consistió en que yo notaba qué la resistencia dis­ m inuía. M e parecía que si se le aplicase ahora la presión, podría ir cediendo y aflojándom e. En consecuencia, rogué a uno de los terapeutas bioenergéticos que me aplicase una suave presión rít­ mica en la pared torácica, mientras yo me tendía sobre el asiento p a ra respirar'. C uando comenzó a presionar, rom pí a sollozar, yel sollozó fue haciéndose gradualm ente más profundo p a ra ter­ m inar en un sonido agóniéo"em itido a plena garganta. Séñtí que procedía del dolor de m i corazón, del ansia de am ar y ser am ado que había sofocado tan enérgicam ente durante estos años. C on gran asombro p o r mi parte, el sollozo agónico no duró mucho. P ronto comencé a reírm e, y p o r todo el cuerpo se me extendió u n a ola de alegría. Esta experiencia me hizo com pren­ d er lo cerca que están la risa y las lágrimas. Aquel gozo quería decir que, de momento, se m e había ablandado el pecho y se m e había abierto el corazón. D e la m ism a m anera que u n a golondrina no hace prim avera, u n a sola experiencia no renueva a la persona. H abío que repetir el proceso, y acaso m uchas veces. Poco después de esta experien­ cia. tuve una reacción sem ejante a un procedim iento: diferente.

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U na tarde de domingo, mi esposa y yo nos pusimos a p racticar algunos ejercicios bioenergéticos. Sentía tensos los hombros, por lo que le supliqué que me aplicase a ellos alguna presión. L a zoná rtiás dolorosa era él ángulo entre el cuello y los hombros, cérca'ü e dónde se insertan los músculos escalenos en las costillas süperiorés. Y o estaba sentado en el suelo, y ella de pie sobre mí. M e presionó esta zona con los puños, y sentí un dolor lancinante. Estallé en quejidos, que me brotaban muy hondo de la garganta. Y como la o tra vez, al cabo de uno o dos minutos, rom pí a reír con aliyio y me volvió la sensación de alegría. El recuerdo de mis experiencias durante los últimos cinco años me, lleva a varias conclusiones. L a prim era confirm a la idea que ya he expresado, de que l a terapia constituye un proceso de cre­ cimiento y; desarrollo sin fin. L a labor del terapeuta pone el fu n ­ dam ento de éste proceso. Adem ás hace en trar en acción las fu e r­ zas interiores de la personalidad que am plían y expansionan todos los aspectos del yo -—autoconciencia, autoexpresión y autoposesión— , fuerzas que funcionan tanto a nivel consciente como in­ consciente. Los, sueños son una m anifestación de la operación de estas fuerzas a nivel inconsciente. Conscientem ente, el individuo tiene-que dedicarse a p rovocar el cambio, es decir, tiene que con­ tin u ar creciendo y desarrollándose. L a segunda conclusión a que llego, es que la dedicación al creciim éntó requiere la dedicación al cuerpo. H ay hoy muchos que están fascinados con la idea del crecim iento, y el m ovim iento potencial, hum ano se basa en esta id ea: estos individuos desarro­ llan una porción de actividades que tienden a fom entar el cre­ cimiento de la personalidad. Estas actividades pueden producir beneficios positivos, pero si no se tom an en cuenta al cuerpo, pueden convertirse también en juegos interesantes, y hasta d iver­ tidos quizás, pero que no llegan a ser procesos im portantes de crecimiento. El yo no puede divorciarse del cuerpo, ni ,1a con­ c ien cia He sí mismo de la conciencia del cuerpo. Y o p o r lo menos tengo com probado que la form a de crecer consiste en estar en contacto con mi cuerpo y entender su lenguaje. He deducido además o tra conclusión, que introduce una nota ¡dé; hum ildad .en este estudio. No podemos cambiarnos a nosotros mismos' a báse de fuerza de voluntad. Es como querer despegarse del suelo tirando hacia arrib a del cordón de los zapatos. El cam ­ bio se produce cuando uno está dispuesto, deseoso y capacitado p ara cam biar. No puede forzarse. Com ienza con la aceptación

1 12 / Bioenergética y conciencia de sí mismo2 y, desde luego, con el deseo de cam biar; Pero el miedo de cam biar tiene una gran im portancia y. desem­ peña un papel trascendental. Ejem plo de ello es mi miedo a la m uerte p o r un ataque cardiaco. Es preciso ap ren d er a ser p a­ ciente y tolerante. Este es un fenómeno corporal. El cuerpo va, gradualm ente desarrollando una tolerancia cada vez m ayor a un m od o,m ás enérgico de vida, a sentimientos más fuertes y a una. autoexpresión más libre y plena. L a esencia de la terapia M i via je personal en busca del descubrimiento de mí mismo, desde que celebré m i prim era sesión terapéutica con R eich hasta el m om ento presente, duró treinta años. A la luz de las experien­ cias que he dejado descritas en el p árra fo anterior, podría decir que me llevó treinta años llegar a m i corazón. Pero esto no es rigurosam ente cierto. Llegué a mi corazón muchas veces durante ese largo periodo de tiempo. He estado profundam ente enam o­ rad o, y de hecho lo estoy todavía. Y a había experim entado antes la alegría del am or. Sólo que ah ora h ab ía u n a diferencia. A n te­ riorm ente llegaba a m i corazón alguien o algo fu e ra de m í: una persona, un a canción, una nóvela, la N ovena Sinfonía de Bee­ thoven, o algo por el estilo. M i corazón se abría, pero v o lv ía a cerrarse de nuevo, porque me daba m iedo y tenía qiie protegerlo. A h o ra ese medio ha desaparecido, y m i corazón sigue relativa^ m ente abierto. Los trein ta años durante los cuales estuve practicando como te rap eu ta bioenergético me enseñaron adem ás muchas cosas res­ pecto a las personas. T ratándolas, he aprendido de ellas. Sus luchas y afanes se parecían en algunos momentos a los míos, y aJ ayu d arlas a superarlos, me ayudaba tam bién a m í mismo. Todos nos esforzábamos por alcanzar la misma m eta, aunque pocos lo sabíamos. Hablábam os de nuestros temores, de nuestros problemas y de nuestras aficiones sexuales, pero no mencionábamos el miedo a ab rir nuestro corazón y a m antenerlo abierto. M i form ación reich ian a me había orientado hacia la m eta de la potencia orgàs­ m ica — que indudablem ente es algo de valo r —, pero no "hacía hincapié en la relación en tre u n corazón abierto, la capacidad de¡ a m a r apasionadam ente y la potencia orgàsmica. 2 Lowen, Pleasure, op. cit., donde se explica la importancia de la autoaceptacíón en el proceso terapéutico.

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Y a hace muchos años que esta relación no era desconocida p ara mí. L a tesis de A m or y Orgasm o, publicada en i 9 65, versa sobre la doctrina de que el am or es la condición de la reacción orgàsm ica com pleta. A m or y sexo se asim ilaban allí,' porque el sexo era considerado como expresión del am or. Sin em bargo, el li­ bro trataba específicam ente de problemas sexuales, y sólo inci­ dentalm ente se alu día al tem or y a la incapacidad de ab rir el corazón al am or. No m e cabe, la m enor d u d a de que m i propio miedo fue el que me disüádió de tra ta r este aspecto del tem a más detenidam ente. Sólo después de h ab er disipado ese m iedo, pude llegar al Centro mismo del problem a terapéutico. Tenemos que com prender que el corazón es probablem ente el órgano más sensible del cuerpo, N uestra vid a depende de su actividad rítm ica y constante. Guarido se p ertu rb a aunque sólo sea m om entáneam ente ese ritm o, p o r ejem plo, cuando el corazón d e ja de la tir o se apresura, experim entam os una ansiedad,que llega hasta el seno más recóndito de nuestro ser. El que ha experim en­ tado esta ansiedad en u n a etapa tem prana de su v id a desarrolla numerosas defensas p a ra proteger su „corazón del peligro de un trastorno en su funcionam iento. No d e ja rá que se conm ueva fá ­ cilmente su corazón, y no reaccioriará al m undo desde el fondo del mismo. Estas defensas se van elaborando en el decurso de la vida, hasta que llegan a fo rm ar u n a poderosa b a rre ra que im pide cualquier intento de llegar al corazón. En un buen tratam ien to terapéutico, estas defensas se estudian y analizan en relación con la experiencia vital del individuó, y sobre ellas se trab aja cu id a­ dosamente hasta llegar al corazón del sujeto. Péro, p ara ésto, tienen que considerarse., las defénsas cóm o un procesó del desarrollo. Esto puede explicarse con un diag ram a en que figuren las diversas capas defensivas como círculos concéntricos : Las capás pueden com pendiarse de la m án éra siguiente, em pezan­ do p o r la exterior: la capa del ego, que contiene las defensas :síq$ieais y es 1;¡ más externa de lá pérsoñaliSád.i h e : aquí-esas, de­ fensas típicas: A; B. G. D. E.

Negación Proyección Reproche Desconfianza Racionalizaciones e inteleCtualizaciones.

11 4 / B ioenergética

F ig u r a , 4 .1

(.a capa m uscular en aú'é se encuentran Jas tensiones muscu­ lares crónicas que apoyan y justifican las defensas del ego, y ál mismo tiem po protegen al individuo contra la capa in terior de sentimientos' reprim idos que un se atreve a expresar. La capa cmot iónal :!(• sentimienlc: en que se incluyen las emo­ ciones reprim idas de cólera, pánico o terror, desesperación, tris­ teza y dolor. F.l r,m tro o corazón, d el cual em ana el sentim iéntó .-de'-affiaft' ’y ser. am ado. Él: enfoque terapéutico’ no pu ed e'lim itarse a lá. p rim era capá', po'r im portante que sea. A unque podemos ayu d ar al individuo a ad q u irir conciencia d e ' sus tendencias á negar¿ p ro y ec ta r/ re p ro -

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ehar o racionalizar, este conociunenío consciente rara vez aflicta a lasi.ténsiónes musculares o" .libera lós sentimientos ' reprim idos. Este es el punto flaco del enfoque exclusivam ente verb al, que necesariam ente se lim ita a la. prim era capa. Si no están afectadas la s ¡ tensiones musculares, el conocimiento consciente puede fácil­ m ente degenerar en ún tipo distinto de racionalización, con una form a concom itante, pero alterada, de negativa y proyección. El que las terapias verbales no produzcan .cambios im portanlé s 'é n 'la personalidad ha hecho que se despierte un interés más vivo por los enfoques no verbales y corporales. L a tendencia de muchas de estas nuevas técnicas terapéuticas es p rovocar y lib erar lo t sentimientos O prim id os: M uchas veces se insiste en hacer gritar a,l paciente. >Nc es raro que éste experim ente también cólera y tristeza, y que exprese sus anhelos. El g rita r produce un poderoso efecto catártico sobre la per­ sonalidad. Ha constituido durante mucho tiempo u n a de las téc­ nicas corrientes de la bioenergética. El grito es como una explo­ sión dentro de la personalidad, que m om entáneam ente quebranta l a 1 rigidez creada p o r lá tensión m uscular crónica, y debilita las defensas del ego en la prim era capa. El lla n to y los sollozos p ro ­ fundos-producen un efecto parecido, porque suavizan y ablandan las rigideces corporales. El d ar rienda suelta a !a cólera es tam ­ bién beneficioso p ara el paciente, cuando lo hace bajo control y en la situación terapéutica. En estas condiciones no es una reacción destructiva y puede integrarse en el ego de la persona, ó sea, sintonizarlo coh ella. El miedo es más difícil de evocar y más im portante de sacar a flote. Si no sale a la superficie el p á­ nico y no se trab aja sobre él terror, el efecto catártico de liberar los gritos, la ira y la tristeza dura poco. M ientras el paciente no legre hacer frente al miedo y com prenda las razone.s que hay p a ia ello, seguirá gritando, llorando y sollozando, sin que se pro'duzcá apenas cambio alguno en su personalidad general. H abrá sustituido el proceso catártico p or otro inhibidor, pero no avan ­ zará de m anera im portante hacia el crecim iento. Q ued ará ap re­ sado entre las fuerzas inhibidoras que no h a entendido ni tratado de superar y el deseó de lograr un desahogó catártico m om en­ táneo. No obstante, es im pórtam e en el tratam iento terapéutico que Sé dé salida y expresión a, estás emociones reprim idas. Los lectores que conozcan mis obras sobre bioenergética saben que nuestra insistente táctica es tra ta r de lib erar estas emdcionés, porque, su

1 1 6 / Bioenergética desahogo pone en juego la energía necesaria p ara el proceso del cam bio. H ay que descargar u n a y o tra vez estos sentimientos a fin de ap rovech ar la energía necesaria p ara el crecimiento. En m i opinión, tra b a ja r exclusivam ente con la capa tercera no produce los resultados apetecidos. Pasar p or alto la prim era y la segunda no es elim inarlas. M om entáneam ente son inoperan­ tes, es decir, mientras dura el efecto catártico. Pero, cuando, el individuo tiene que salir al m undo y com portarse como un adulto responsable, vo lverá a instalar sus defensas. No puede ser de otra m an era, porque el método regresivo o catártico es inadecuado fu e ra de la situación terapéutica. Parece lógico ocuparse prim ero de las capas prim era y tercera, que se com plem entan recíproca­ m ente, puesto que la prim era se refiere a las defensas .intelec­ tuales, y la tercera a las emocionales. Pero esta amalgama^ es d i­ fíc il de lograr, porque la única conexión directa entre ambas es la capa de las tensiones musculares. T rab ajan d o directam ente con la c a p a segunda, puede pasarse a la p rim era o a la tercera cuando : sea ..necesario. Así, al tratar las tensiones musculares, puede ayudarse al individuo á que en­ tien da cómo su actitud sicológica está condicionada por la a r­ m a d u ra o rigidez de su cuerpo. Y cuando se considere con­ veniente, puede llegarse y abrirse la pu erta a los sentimientos reprim idos, m ovilizando los músculos contraídos que frenan; y bloquean su expresión. P or ,ejem plo,¿ el grito está bloqueado pnr las tensiones muscu­ lares, de, la 'g arg a n ta. A plicando una presión firm e con los dedos a los músculos escalenos anteriores a lo largo del lado del cuello m ientras la persona emite un fuerte, sonido, éste, se convierten frecuentem ente en grito. El grito Fcontinuará generalm ente .. des­ pués : de suprim ida la presión, especialm ente, cuando hay necesi­ dad de .gritar. Después del gritó, se pasa a la;p rim era-irap a ¡ p ara determ inar a qué se debía y p or cjué era necesario reprim irlo. De esta m an era entran las tres capas en él análisis., y ,en el. trabajo sobre ,1a posición defensiva. Concentrándose principalm ente sobre; el problem a del cyierpb -—enceste ¡caso,, la garganta tensa y, oprimida-—, deja el, p ro ced i­ m iento de ser u n a maniobra, .puram ente catártica p ara convertirse en un proceso de apertura, orientado al crecim iento del sujetó. No necesito insistir, en que tra ta r exclusivam ente las tensiones m usculares sin analizar las defensas síquicas ni despertar los sen­ timientos reprim idos, no.^constituye un proceso terapéutico. Él

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trabajo corporal en form a de m asaje y ejercicios yoga tiene un v a lo r positivo, pero no es específicam ente terapéutico. Sin em­ bargo, consideram os tan im portante que todos estén en contacto con su cuerpo y reduzcan su estado de tensión, que invitam os a nuestros pacientes a realizar los ejercicios bioenergéticos a so­ las o en clase, y a recib ir regularm ente el m asaje. Supongam os, a efectos de nuestro estudio, que es posible eli­ m inar toda posición defensiva en la personalidad. ¿C ó m o fu n ­ cionaría* uña persbna sana?' '¿Cómo sería nuestro diagram a? Seguirían las cuatro capas, pero áh o ra serían más bien coor­ dinadoras y expresivas que defensivas. T odos los impulsos bro­ tarían del corazón, es "décír, . él^individuo p ondría su corazón en Cuanto hiciese. Esto1 quiere decir que le en can tará h acer lo que haga, lo mismo si se tra ta de '-trabajo que ,4 e diversión oí sexo. R eaccion ará em ocionalm ente a todas las situaciones: sus reac­ ciones tendrán siem pre una base sentim ental. .Estará irritad o , triste, asustado o alegre, según sea la situación. Estas emociones se trad u cirán en reacciones génuinas, pórqué estarán libres de la contam inación de las emociones reprim idas, *derivadas de expe­ riencias de la niñez. Y, corno su capa.: m uscular estará libre de tensiones crónicas, sus acciones y m ovim ientos serán graciosos y eficaces. Por, u n a parte, reflejarán "sus sentimientos“ y p o r otra, estarán sometidos al control de su ego. Por lo tanto, serán accio­ nes adecuadas y coordinadas. L a característica de la persona será el estar a gusto y no a disgusto: su-estado aním ico fundam ental será de bienestar. Se m ostrará alegre o triste según las circuns­ tancias, pero en todas sus reacciones se com p ortará como u n a persona de corazón. Este individuo que estoy describiendo es ideal. A un q u e nadie es capaz de alcanzar este estado ideal, tam poco hay nadie tan aislado en su corazón que no p u ed a exp erim en tar un m om ento de gozo al abrírsele la p u erta y dársele libertad. C uando el co­ razón e.itá com pletam ente cerrado al m undo, d eja de p alp ita r y la persona m uere. Todos conocemos el triste espectáculo de tan ta gente que. anda p or la calle más m u erta que viva. L a ansiedad I ,t produjese la liberación. A dem ás es necesario tra ta r los impulsos reprim idos de m order, que están frenados en la ten ­ sión;-crónica de los músculos de la m andíbula. M e parece conveniente describir u n a práctica sencilla en que interviene- la voz, que yo utilizo p a ra reducir esta tensión. D e pie ju n to al paciente; que está tendido en la cam a, aplícp¡ p re­

266 / Bioenergética sión a los músculos maseteros del ángulo de la quijada. Es un procedim iento doloroso, p o r lo que invito al páciente a que pro­ teste. Le sugiero que pegue patadas a. la cam a y grite, “Suéltem e” , cuando aprieto. Com o le duele, su reacción es m uchas veces auténtica, y se queda sorprendido de v e r lo vehem ente que h a sido su protesta. L a m ayor p arte de los pacientes no han sido “soltados” de niños p ara poder crecer de m anera n atu ral, pero h an sido sometidos a considerables presiones. Y no se les ha perm itido protestar ni expresar sus objeciones. P ara muchos pa­ cientes es una experiencia nueva el poder expresar con su voz y con sus acciones alguna emoción fuerte. No quiero d ar la impresión de que el dolor es p arte esencial del trab ajo bioenergético. M uchos de sus procedim ientos son su­ m am ente agradables, pero no puede evitarse el dolor si se quiere uno lib erar de tensiones crónicas. Gomo dice A rth u r Ja n o v en The P rim al S.ct&am, e' dolor ya está en el paciente. TTna Hp las form as de m itigar el dolor es llo ra r y gritar. L a presión que yo aplico a un m úsculo tenso no es tan dolorosa de p or sí. R esulta tolerable si se com para con la tensión del músculo, y un individuo que tuviese los músculos relajados no la encontraría dolorosa. Si mi presión se suma a la tensión del músculo, traspondrá sin Hurla el u m bral del dolor, pero tam bién h ará consciente- al sujeto de su tensión y le p re p a ra rá el cam ino p ara s u . alivio; He dicho más arrib a que hay tres áreas donde puede desa­ rrollarse un anillo de tensión, que obstruyelo, estrecha el pasillo de com unicación del pecho con el m undo exterior. L a prim era está en torno a la boca; la segunda, en la unión de la cabeza con el cuello; y la te rc e ra,'en la. unión del cuello con el tórax. El anillo de tensión que se desarrolla en esta zona es también de índole funcional y comprende, principalm ente, los .m úsculos-esca­ lenos anterior, m ediano y p o sterio r Este anillo de tensión guarda la ap ertura a la cavidad pectoral, y p or tanto, al corazón. C uando están crónicam ente contraídos estos músculos, elevan e inm ovi­ lizan las costillas superiores, estrechando la ap ertura del pecho. Com o , esto además d ificulta los movim ientos respiratorios n atu ­ rales, afecta gravem ente a la producción de la, voz, particularm ente a la del registro de pecho. A l tra ta r la voz, tie n e .e l terapeuta que tom ar en cuenta esta área de tensión. Perm ítasem e añ ad ir que todos los sonidos tienen un lu g a r en la autoexpresión dél individuo. L a risa es tan im portante corno

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él llanto, y ’can tar como exhalar un. lam ento. M uchas veces invito a mis pacientes a que em itan sonidos de ronroneo, arru llo y lla ­ m ada íñ'vitadora p ara ayudarlos a sentir el placer de la expresión vocal, tal como tuvieron que sentirlo alguna vez en sus años infantiles. Pero cuán difícil resulta p ara m ucha gente identificarse con aquel niño que fueron, y con el niño que siguen siendo todavía e n ‘. su corazón.

Los ojos son los espejos del alm a El contacto ocular En la página prim era del texto de oftalm ología que estudié en la escuela de m ed icin arse leía esta afirm ación: “Los ojos son los.,'espejos del alm a” . M e in trigaba esta frase, que ya h ab ía oído antes,, y estaba deseoso de aprender más cosas sobre la función expresiva He los ojos. Pero me llevé una gran desilusión, porque en fel libro no había ninguna o tra 're fe re n cia a la relación entre los ojos y el alm a, o entre los ojos y la emoción. L a anatom ía, la fisiología y la patología de los ojos se exponían a fondo, pero de u n á m anera mecánica, como si el ojo fuese u n a m áquina o u ña cám ara fotográfica, más bien que un órgano expresivo de la personalidad. C reo que la razón de que la oftalm ología pase p or alto este aspecto del ojo, es que tiene q u é 1- tratar los asuntos' a 'base de datos objetivos, puesto que es una disciplina estrictam ente cien­ tífica. A hora bien, la función expresiva del ojo no puede medirse ni objetivarse. Pero esto p lantea la cuestión de si en un trabajo ciéntífico objetivo puede estudiarse com pletam ente el funciona­ miento del ojo, y hasta inclusive del ser humano. Los siquiatras y : demás investigadores de la personalidad no pueden presum ir de haberlo logrado. Tenemos que v e r al individuo en su naturaleza expresiva, y la form a en que lo miremos determ inará, no sélo cómo le entendemos, sino tám bién cómo él reacciona a noteííes. En el lenguaje del cuerpo se contiene la sabiduría de las sdádes. No me cabe la m enor duda de que la frase “los ojvS son los espejos del alm a” está llena de verdad. T al es la impresión subjetiva que recibimos cuando miram os a ciertos ojos, y yo creo que .corresponde a la expresión que vemos. Esta cualidad aním ica se observa con particu lar evidencia en los ojos de los perros o

268 /, Bioenergética de las vacas. Sus dulces ojos castaños son como la tierra, cuando estos anim ales están relajados. S u expresión aním ica se asocia en mi m enté con el contacto, con el sentido de pertenecer o, ser p arte de la vida, de la n aturaleza y del universo, según dije eii el C apítu lo 2. C a d a especie anim al tiene u n a m irad a especial que réfl'ejafsü: naturaleza. Los ojos de los gatos, p o r ejemplo, expresan indepen­ dencia y distancia. Los del p ájaro son diferentes. Pero los ojos de todos los anim ales son capaces de expresar sentimientos. G uan­ do se ha vivid o con un gato o con un p ájaro algún tiempo; pué -1 den distinguirse expresiones diferentes en sus ojos: se advierte cuándo están cargados de sueño o despabilados de p u ra excita­ ción. Si los ojos son el espejo del alma, tiene que reflejarse, en ellos la riqueza de la vida interior de un organismo. T am bién podemos decir más prosaicam ente que los ojos son las ventanas del cuerpo, porque revelan, los sentimientos interio-: res. Pero, como las ventanas, pueden estar cerrados, o abiertos. En el p rim er caso, son im penetrables; en el segundo, puede* verse' el in terior de la persona. Los ojos pueden tener u na expresión^ distante o vacía. En este últim o caso, dan la im presión de que “n o hay nadie allí” . Es la m irad a de los esquizoides casi sierár p re . 5 A l m irar esos ojos, se recibe la impresión de su oquedad interior. Los ojos distantes indican que la persona está lejos, en algún lu gar remoto. Podemos hacerla volver, atrayendo su aten­ ción. Este regreso coincide con el contacto establecido .entre sus ojos y los nuestros, cuando ella nos m ira concentrando en nos­ otros sus ojos. Los ojos se ilum inan cuando el individuo está excitado, y se apagan cuando se extingue esta anim ación interior. Considerando los ojos como ventanas (y ya verem os que son algo más que eso), podemos aven tu ra r que la luz que brilla en ellos es un r e s p l a n ­ d o r interior em anado de los fuegos que arden en el cuerpo. H a­ bíamos de ojos llam eantes, cuando m iram os al rostro á un fanático coi.• -y,«nido p o r hogueras internas. H ay tam bién ojos que ríen, a js s chispeantes, ojos radiantes, y yo he visto estrellas en los ojos de s ’gtifsa persona. Pero es más corriente a d v e rtir tristeza y tem or en los ojos de las personas, cuando apenas los entreabren. 5 Lowen, Ths B etrayal of the Body, op. cit., contiene una descrip­ ción más detallada de los ojos del individuo esquizoide.

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A unque el aspecto expresivo del ojo no puede disorciarse de ia región que lo rodea ni del sem blante total del in d ivid u o, la expresión está principalm ente determ inada p o r lo que ocurre en el ojo propiam ente dicho. P ara leer su expresión, hay que m irar suavem ente a los ojos del sujeto, no de m an era fija y- penetrante, sirio como invitando a que se'm anifieste dicha expresión. E nton­ ces capta uno la impresión de un sentim iento: se siente a la otra: persona. R a ra vez pongo yo en te la de juicio mis im pre­ siones,v porque m e .fío; de mis sentidos. E ntre los sentimientos que he visto reflejados en los ojos de la gente, están los siguientes: A tracción Deseo A tención D esconfianza Erotismo O dio Confusión

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“Á m am e, pc¡r fa v o r” . “Deseo quererte” . “¿ Q ué vas a h ac e r?” “No puedo abrirm e a ti” . “T ú me excitas” . “T e aborrezco” . “No lo entiendo” .

H ace m uchos años vi un p a r de ojos que jám ás olvidaré. M i esposa y yo íbamos en un vagón del M etro, cuando los dos m ira ­ rnos al mismo tiempo a los ojos de una m u jer que iba sentada enfrente de nosotros. Él contacto con aquellos ojos me produjo u na sensación de sobresalto: tenía ta l expresión de perversidad, qué casi me estremecí de horror. M i m u jer experim entó una reacción idéntica, y cuando lo com entamos después los dos está­ bamos de acuerdo en que nos habíam os visto en n u estra vid a o jo s ' de tan intensa m alevolencia. A ntes de esa experiencia, yo no creía que fuese posible que los ojos pareciesen m alvados. El incidente me hizo record ar los relatos que o yera en m i ju ven tu d sobre, el “m al de ojo” , con sus extraños y atem orizantes poderes. 'Son fdésconócidos los procesos fisiológicos que determ inan la é5cpresión de los ojos. Sabemos que se ensanchan las pupilas con el dolor o el m iedo, y que se em pequeñecen con el placer. A l con­ tra e r la pupila, aúm enta la concentración del foco visual. A l abrirse la pupila se am plía el cam po de la visión p eriférica, pero se reduce la concentración. E stas'reacciones están reguladas p or el sistem a nervioso autónom o, pero no explican los:'fenóm enos sutiles a que hemos aludido antes. Los ojos tienen en realidad u n a función dobléi son un órgano de' visión, pero tam bién dé contacto. C uando se encuentran las

270 / Bioenergética m iradas de dos personas, hay u na sensación de contacto físico entre ellas. S u cualidad y valo r depende de la expresión de los ojos. Puede ser tan d ura y tan fuerte, que parezca un bofetón en pleno rostro, o tan dulce, que se antoje como u n a caricia. Puede ser penetrante, puede “desnudar”, como suele decirse, a la o tra persona, etcétera, etcétera. Puede m irarse a un ..individuo, m irar, a través de él, p o r encim a de él y en to m o suyo. L a m irada contiene, un factor agresivo o activo, que podría describirse como un “tom ar posesión” con los ojos. El contacto, es u n a función del m irar. En cambio, v e r es un proceso más pasivo, porque perm ite a los estímulos visuales e n trar en los ojos y d ar origen sólo a u n a imagen. Cuando, una persona m ira, se expresa activa­ m ente a través de los ojos. El contacto ocular es una de las form as más íntimas que p.ueden estaUlecerse de rn n ta rtn entre dos personas.. Representa la com unicación de sentimientos a un nivel más profundo que el Ver­ bal, porque el contacto ocular es u n a fo rm a de tocar. Por este m ofivo puede ser m uy excitante. C uando se encuentran, por ejem plo, los ojos de un hom bre y los de u n a m ujer, la excitación puede ser tan intensa que recorra todo el cuerpo hasta el bajo vientre y los genitales. Está' experiencia suele denom inarse “am or a p rim era vista” . Los ojos están abiertos e invitan, y la m irada tiene u n a cualidad erótica. C ualquiera que sea el sentimiento trasm itido entre los dps pares de ojos, el efecto de su encuentro es el desarrollo de cierto entendim iento entre dos personas. El contacto, ocular es p robablem ente. el fa.ctor más im portante de la relación entre padres, e. hijos, especialm ente entre la m adre y su bebé. Puede observarse éótíio éste m ira, m ientras m am a, a su m adre p a ra ponerse en contacto con sus .ojos. Si ella reac­ ciona con am or, c o m p a rte n , ambos el p lacer de la proxim idad física, que vigoriza, el sentido de seguridad y fe del infante. Pero ésta no es la única situación en que los niños buscan el contacto ocular de, sus madres. C ad a vez que entran en: el cuarto donde está su pequeño, éste levan ta los ojos p ara encontrarse con los suyos en anticipación gozosa-, o temerosa de lo que aquel contacto le v a a traer. C uando no hay . contacto, porque la m adre no busca los ojos de. su hijo, éste lo tom a como rechazo, y produce en él un sentim iento de aislamiento. C u alq uiera que; sea. la expresión de los ojos de los padres cuando m iran al pequeño, afecta a la p arte em ocional de éste y

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puede.'influir notablem ente e n . su conducta. Las m iradas, como :ya he dicho, son mucho más poderosas que las palabras, a las que frecuentem ente desmienten. A unque la m adre diga al niño que ¡Jpirquiere, éste, no experim entará el sentim iento .de . ser am ado, Ésifssfemirada es fría o distante, y su voz seca o dura. En realidad puede sentir todo lo contrario. Con esto se prod u cirá un estado de confusión dentro.d e él, qufe se resuelve neuróticam ente cuándo el niño se vuelve contra sus propios sentimientos, en su ansiedad por d ar .crédito a las palabras. No son únicam ente lnc m iradas ‘d e-fodio las que lesionan ,la personalidad del p e q u e ñ o ;. pueden resultarle más difíciles de in terp retar y aceptar las m iradas seduc­ toras del padre o ia m adre. El., niño no . puede fácilm ente en fa­ darse ánte una m irada así, porque ellos pueden ju stificarla ..como señal , de cariño. U n a m irad a seductora o erótica del padre o la m adre a su hijo o a su h ija excitará también la sexualidad del pequeño y conducirá a la form ación de u n a relación incestuosa éntre ellos. Yo estoy convencido de que la m ayor p a rte dp. las relaciones incestuosas se. n asan m ás en las m iradas que en las ac> clones. M ucha gente evita todo contacto ocular porque tiene miedo de lo que sus ojos pueden revelar. Se tu rb an al p erm itir que Otra persona escudriñe sus sentimientos, y p o r eso desvían la m irad a o la fija n con dureza. C la v a r los ojos en u n a persona .es él procedim iento que se utiliza p ara evitar o desalentar el con­ tacto con ella. Lo im portante es que no existe contacto si no hay com unicación o intercam bio de sentimientos entre las dos partes. No se necesita más que e l reconocim iento de la otra, persona. No estará m al recordar que algunas gentes em plean la expresión “Nos vem os”, como una form a de saludo. Como el contacto ocular tiene algo de intim idad, puede contener algún valo r sexual, p a r­ ticularm ente cuando se trata de personas de distinto sexo. ’ No se “reconoce” á otro individuo, si no se cae en la cuenta de. su sexo. Como los ojos constituyen un canal tan im portante de com u­ nicación, en los tipos más nuevos de terapia de grupo suele reco­ mendarse el contacto ocular entre sus miembros en algunos ejer­ cicios especiales. T am bién practicam os ejercicios análogos en la terapia bioenergética de grupo. R esultan m uy beneficiosos p ara la m ayor parte de los pacientes, porque llevan sentim iento a sus ojos, lo cual hace sentirse al .sujeto más lleno de vida. Cuando

272 / B ioenergética se aísla la gente, sus ojos no m iran ni se interesan por el medio q u e los rodea. Lo ven, claro está, p ero sin excitación“ ni senti­ m iento alguno. Constantem ente estoy procurando establecer contacto ocular con m i paciente. No sólo me ayuda a averigu ar lo que está pa­ sando p o r él de m om ento a m om ento, sino que proporciona ade­ m ás al paciente una seguridad p rofunda de que estoy con él. C u an d o el contacto ocular es p arte de un ejercicio en grupo o de u n a terapia individual, debe realizarse con cierta espontanei­ d ad , p ara ofrecer al sujeto la garantía de que es una expresión sincera. Esto puede lograrse con un contacto breve — u n a m irada, un atisbo, una chispa de comprensión-—, desviando, después la vista. M an ten er el contacto ocular cierto tiempo resulta an ti­ n a tu ra l y forzado. L a m irad a se violenta y adquiere un aspecto m ecánico.

Los ojos y la personalidad Los ojos son el espejo del alm a, porque directa e m e d ia ta ­ m ente reflejan los procesos energéticos del cuerpo. C uando una persona está cargada de energía, sus ojos se abrillan tan ,- señal segura de su estado de salud. C u alq uier depresión en su nivel de energía em paña el lustre de sus ojos. L a m uerte los .vidria com pletam ente. H ay además una relación entre la cárga de ?.los ojos y el nivel de sexualidad. No estoy hablando d e . excitación genital, que tam bién se re fle ja en los ojos. L a sexualidad es ,un fenóm eno _de todo el cuerpo, y denota el grado en que el indi­ vid u o -se id en tifica con su funcionam iento sexual. E L flu jo - d e energía es pleno en una persona de alto grado de sexualidad, y sus puntos periféricos de contacto con el m undo están: cargados. T ales puntos, como ya he dicho antes, son los ojos, las maños, los'órganos sexuales y los píes. Esto no quiere decir que se exciten los genitales, cosa que ocurre cuando el sentim iento o la energía se concentra ;en estos órganos. L a identificación con la propia sexualidad es un aspecto del asentam iento sobre la tierra. C ualquier actividad o ejercicio..que m tensifi^’ii\ el sentim iento de tener los pies bien plantados sobre el .suele aum enta la carga de- los- ojos: Podemos in flu ir m el fu n ­ ciona; liento, general ,de .loa ojos, fortaleciendo el contacto de.: la p e r d í a con sus piernas y con ¡ l a ’tierra. P ara esto son útiles; -los

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divérsris’Séjercicios de asentam iento. M uchos pacientes m anifiestan qué, después de h ab er trab ajad o fuertem ente con las piernas, su visión m ejoró hasta e! extrem o de que se les an to jab an m ás claro sy y /brillantes los objetos que había en la habitación. G uando p a ; individuo no tiene sus pies sobre la tierra, no ve con clarid ad lo que ocurre en tom o suyo, está cegado p o r sus ilusiones. Estas consideraciones corroboran la idea de que la carga energética dé :los; ojos constituye u n a m edida de la fuerza del ego. El in d i­ viduo de ee;o fuerte tiene poder p ara m ira r directam ente a los ojos d é ¡ otro. Y lo puede hacer fácilm ente, porque está seguro de sí mismo. M ira r a o tra persona equivale a a firm a r el propio yo, lo mismo que la sola m irad a es u na fo rm a de autoexpresión. Todos' conocemos naturalm ente estos hechos, p or lo que resulta sorprendente que se hagan tan escasas referencias a los ojos en lá m ayor parte de los estudios sobre la personalidad. La etapa siguiente p ara com prender la relación entre ojos y personalidad consiste en relacion ar la expresión de los ojos con lós diversos tipos de carácter. C a d a estru ctura caracteriológica tiene fü ha expresión típica, que el observador no siem pre puede percibir, pero que sirve m uchas veces como criterio p a ra el d iag­ nostico .1 Indudablem ente, el esquizofrénico tiene u n a m irad a “le­ ja n a ” ; R eic h 'h iz o com entarios sobre ello, y yo describí esa m in id a en 1¿.‘T raición al cuerpo. Basta con observar esta expresión en los ojós dé u n a persóna p a ra v e r que está “id a” o puede “irse”. Q uiero subrayar, antes de describir las m iradas que asocio con los* distintos tipos caracteriológicos, que no siem pre están prerseátes"en''él individuo y q u e ‘ u n a m irad a ocasional no tie n e .im p o rtan n a . Lo q u e-trata m o s de presentar al lector es la m irad a !típica-'‘ dé;'cada est^’í't" ra de carácter. (saractér ’esquizoidej S u : m irad a típica puede describirse com o vatíía e inexpresiva. L a ausencia; de sentim iento en los ojos caracteriza á esta' personalidad. G u an d o: el esquizoide lo m ira á uno,, se’ sienté-inm ediatam ente u n a fa lta de contacto. 'Cdmc-tet' o ral : Su m irad a 'típica : es de i atracción v súplica de am or y apoyo* Puede enm ascararse tras una actitud de falsa inüéjpérideñeia,‘;péro se presenta con bastante frecuencia p ara poder distinguir ésta personalidad. Q áfácte* sicopatiho: Esta- personalidad tiene dos m iradas tí­ picas; 'correspondientes a--' la s 1 dos. actitudes sicopáticas:’ U n a es penetrante- o ; im periosa, q u e : sé observa en -lós individuos •que n e­

274 / Bioenergética cesitan controlar o dom inar a los demás. Rnn ojos fijos que lo clavan a uno p ara im ponerle su voluntad. O tra es dulce, seduc­ to ra o intrigante, p ara atraerse a la persona a, quien se. dirige con la intención de que se le entregue p a ra satisfa ce r. así su ne­ cesidad de posesión com pulsiva deshumanizada. C arácter m asoquista: En su m irad a hay una expresión típica d e sufrim iento o de dolor, pero muchas veces está disim ulada con una n ota de confusión. E l masoquista se siente atrapado, y está más en contactó con este sentim iento . que con el de sufrim iento interior. En la personalidad sádicomasoquista j—o sea, en los in­ dividuos que tien en un fuerte elemento sádico en su estructura;—los ojos son pequeños y duros.: Esto puede explicarse romo. lo contrario del ojo norm al, del masoquista, que es triste y suave. C arácter rígido: Esta personalidad suele tener ojos hastante intensos y brillantes. Pero, cuando la rigidez es notable, se en­ durecen, aunque sin perder su brillo. Esta dureza es su defensa contra la tristeza . que late: e n .su in terior y se, re la c io n a . con. un sentim iento de frustración en el am or., A diferencia del carácter m asoquista, el rígido compensa con una actitud agresiva y b ri­ llante su apariencia e x te rio r, y sus. ojos. No estará: m al, hacer algún- comentario, a propósito de esto sobre mis' propios ojos, - porque podría ilu strar el caso. Siem pre creí, que-ími ojo derecho era el más. „fuerte. T enía u n a expresión más determ inada, con la cual m e.identifiqué. Pero, hace algunos años, con .ocasión de una/prueba p ara m an ejar 0 .conducir, me quedé sorprendido al com probar que era el ojo má= rl^biL, El izquierdo, siem pre me pareció, débil porque me .lloraba, más, rá ­ pida y abundantem ente en _una ,situación triste o cuando soplaba un viento fuerte. A h o ra com prendo que esto era precisam ente lo que protegía su agudeza visual, e n -ta n to que el derecho, ap a­ rentem ente fuerte, estaba tenso por, ,no exteriorizar e l : sentimiento interno de tristeza que ; el. izquierdo era . libre de . expresar. Fue esta u na experiencia personal que, me , hizo com prender la re la ­ ción íntim a existente entre, la expresión del sentimiento en los ojos y la función visual. N unca he llevado gafas y tod avía no las necesito, a p esa r'd e que hace ya tiempo pasé la edad en qüe son.. imprescindibles,,, al p arecer, p ara leer. Sin embargo, cuándo tenia catorce, años, me prescribieron lentes. En u n a prueba , ocular de. rutina, leí m al ,en la escuela una o d os, letras de. la . línea in ferio r de la carta. M e

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sometieron a un exam en clínico más concienzudo, y de allí salió la receta dé mis gafas. Jam ás me dijeron en qué consistía lo anóm alo de m i visión. N unca había tenido dificultad alguna en l.aí escuela ni en ninguna o tra parte. A h o ra creo que era hipermétrppe. Esto coincide cdñ m i personalidad, tal como yo la veo, pero no me m olestaba p ara nad a en mi trab ajo de cerca. Adquirí' las gafas, pero no quise ponérm elas más que p ara leer., sY lás: llevaba en m i portafolio. M e oponía term inantem ente a : la idea de usarlas. En m i ju ven tu d , se in terp retaba de m an era negativa sü u so : se llam aba cuatro ojos al que las llevaba. P ro­ bablemente, a consecuencia de esta actitud, las perd í en la priniera semana. M i m adre, quien se preocupaba excesivamente p or rtii1 sáltídj insistió en que me comprase otro par. P or aquel tiempo y ó fn o íera capaz de llevarle la contraria, y me lo compré. Pero tampoco puede allanarm e a usar estas otras gafas. Desaparecieron^ igúa! que las prim eras, en menos de una semana. Com o mis p a­ dres . ne¡ podían perm itirse el lujo de otro gasto p or este concepto, ih i rtíádre, a pesar de su preocupación, term inó p o r desistir de su empeño. Y o atribuyo mi buena/vista actual a la costumbre que tenía d e leer, y estudiar a la luz del Sol, y a la ayuda que m e p ro p or­ cionó el tratam iento terapéutico p ara ser capaz de llo ra r y ex­ presar mis emociones con más espontaneidad. Y o am aba el Sol y la clara y brillante, luz del .día soleado. Solía ju g a r m ucho al tenis- en canchas de arcilla, donde estaba expuesto a la resplan­ deciente „luz del sol reflejado. No me percaté de lo valioso que esto era hasta que me, enteré hace algunos años de que, m irar al Sol, y visualizarse a SÍ m ism n (con los ojns r p r r n r l r » ; ) en un am biente agradable y soleado, son técnicas que algunos seguidores del .m étodo, de Bates aplican p ara tra ta r la miopía. M iran d o hacia atrás, veo ahora qüe estaba necesitando u na visión clara y penetrante. P ara mí, ver es creer, y no tendría inconveniente en describirme como un. individuo orientado visualm ente, lo cual puede explicar mi interés p or la expresión corporal. Los problem as de la cabeza y y la bioenergética

de los ojos,

L a m iopía es el trastorno ociilar más común, tan común que Casi es estadísticamente norm al. Podría com pararse con el dolor de la p arte inferior' de la espálda y la depresión, que m uchas

276 / Bioenergética autoridades en la m ateria consideran norm al en nuestra- cultura, cuando no es incapacitante. Y o creo que nos estamos imposibi-, litan d o tanto em ocional y físicamente, que tendemos a considerar el estado de salud como algo anorm al. Desgraciadamente.,, la salud se está convirtie'ndo en u n a excepción. M u c h a gente de gafas sabe que, ..aunque; m ejoran la, ¡visión enun . sentido m ecánico, dificultan Ja expresión y el contacto ocular. Y o siempre digo a mis pacientes que s e . quiten las gafas p ara p o d e r leer la expresión de sus ojos y hacer contacto con ello?:, A p esar de todo, el paciente sólo me ve^ en ciertos casos borrosav m ente, lo cual constituye un problem a. Por eso, cuando es neceí sario, le dejo que se ponga las gafas al hab larm e p ero que-se las q uite cuando nos ponemos a tra b a ja r físicam ente. Los. lentes de. contacto producen el mismo efecto que los corrientes, sólo que se n o tan menos. L a m iopía, estoy convencido, es un trastorno funcional dé.-los o jos que se ha estructurado en el cuerpo como una distorsión dél globo ocular. No difiere, de otras distorsiones corporales re­ sultado de tensiones musculares crónicas. En muchos casos, al m itigarse las tensiones, se reducen tam bién estas distorsiones .con­ siderablem ente. Y o he observádo cómo se producían cambios considerables en el cuerpo de los pacientes con los ejercicios y la terap ia bioenergética. Y conozco a u n a persona que superó com pletam ente su m iopía con el m étodo de Bates. U n a de las dificultades que encierra el tratam iento de los ojos miopes, - es que los músculos oculares tensos no son susceptibles de palpación ni de presión. Y la d ificultad del m étodo de Bates, es que requiere la práctica de un program a intenso de ejercicios p a ra los ojos, q ue lá m ayor p arte de la gente 'parece incapaz de lle v a r a cabo. A u n con esos problem as de carácter práctico, sigue en pie él hecho de que pueden corregirse los ojos miopes. Y o lo he visto así en el decurso de u n a sensacional sesión terapéutica. Pero, la­ m entablem ente, fue algo tem poral, y los resultados no fueron com pletos. No obstante, m uchos pacientes aseguran que su visión h a m ejorado de m anera sostenida después de una terapia bio­ energética. L a bioenergética estudia y trata la estructura corporal, tra ­ tan d o de com prenderla din ám icam ente, en función de las fuerzas q ue la crean. R eich ha afirm ad o qjue la estructura es un m ovi­ m iento cpngelado; p od rá ser ésta u n a: afirm ación vaga y filoso-

A utoexpresión y supervivencia / ?"?

fica, pero tiene u n a aplicación p ráctica en los casos en que se desarroiia la estru ctu ra como resultado de los llam ados genérica­ mente traum as sicológicos. A sí ocurre con el ojo miope, que está com pletam ente abierto y ¡ fijo. H ay escasa m ovilidad en su globo ocular. Los músculos del ojo están contraídos y tensos. Si logram os que recupere su m ovilidad, podemos reducir considerablem ente 1 la m iopía. Pero, p ara esto, es preciso entender su expresión. L a -m irada ab ierta y él globo o cu lar ligeram ente abultado, típico de- la m iopía es una exprésión de miedo. U n miedo extrem o puede p ro d u cir en cu alq u ier persona esta m irada. Sin em bargo, el m iope no siente m iedo alguno, ni ve que haya relación ^ i r e sus ojos y ese senti­ m iento; L a razón de esto es que el ojo m iope está en estado p a r­ cial de choque, con lo cual im pide que se registre en ese órgano emoción alguna. No es difícil- explicar ese miedo. G uando el niño ad vierte u n a exprésión de ira o de odio en los ojos-de su m ad re, su cuerpo ex­ perim enta un choque, particularm ente sus ojos. Esa expresión en el p ad re o en la m adre equivalen à un puñetazo en plena cara. M u ­ chas, m am ás no caen siquiera en la cuenta de la fo rm a en que m irán : a sus pequeños. En m i m ism a oficina yo vi a una m ad re m i­ ra r; a su h ija con tal cólera, que m e estremecí. L a h ija no le hizo caso; a lo m ejo r era cosa de todos los días p a ra ella, y la m adre ni siquiera se fijó en ello tampoco. Pero me im aginé la relación que pódía h ab er entre el problem a de personalidad de la niña y aq u e­ lla m irad a. E ra u na niña miope. Desde h acía m ucho tiem po h abíá borrado de su conciencia la expresión de su m adre, pero teníá los ojos tan abiertos de p uro miedo. C u alq uier miedo constituye un choque m om entáneo p a ra el organismo. T anto el miedo como el choque producen u n a con­ tracción en el cuerpo. G eneralm ente, éste reacciona y se sacude la contracción con alguna explosión violen ta de llanto, de gritos ó de cólera. Estas reacciones liberan al cuerpo del choque y dei tem or, y entonces los ojos vu elven a su estado norm al. ¿ P ero qu¿ pasa si no h ay tal liberación? Esto p u d iera o cu rrir cuando la irritac ió n o el odio de la m adre se intensifica más to d avía pflis la p ataleta, los berridos o el enfado del niño, o cuando éste SíJtnft» rim en ta repetidas veces la hostilidad dé su m adre. Yo experim enté personalm ente tiño de estos m oques cuando ño tenía más que nueve meses, según he explicado en, otro lugar,

278 / Bioenergética y aquello produjo en m í un efecto duradero. A fortunadam ente no se repitió. M i m adre me m iró con todo cariño, porque yo era “la niña de sus ojos” . No todos los pequeños tienen esta suerte. C uando anticipan constantem ente una m irad a hostil de su p ap á o de su m am á, tienden a quedárseles los ojos permanen-tem ente abiertos de temor. Estos ojos, como he dicho an terior­ m ente, am plían el campo de la visión periférica, pero red u cen la visión, central. P ara recu p erar su agudeza visual, el niño se ve obligado a ap retar los ojos, creando u n a condición de rigidez y tensión. A dem ás h ay otro elemento. Los ojos asustados tienden a volverse hacia arriba. Esto tam bién-puede dom inarse m erced a un esfuerzo de voluntad si el niño m antiene su capacidad de enfoque. A h o ra bien, éstos esfuerzos no pueden sostenerse por tiem po indefinido. Llega u n mom ento en que se cansan los m úscu­ los de los ojos, y el niño desiste de todo esfuerzo p or m irar afuera. L a m iopía se presenta cuando cesa esta compensación. Esto depende de muchos factores, entre ellos, la cantidad de energía del niño y el volum en de tensión que haya en la casa. En muchos casos se produce la descompensación eníre lós diez y los catorce años, cuando la sexualidad en desarrollo del niño reactiva- an ti­ guos conflictos y crea otros nuevos. F alla el intento de m antener una visión penetrante, y los ojos vuelven a abrirse m ucho de mieT do, aunque es un m iedo de naturaleza no específica. A un nivel in ferior se levan ta u n a n u eva defensa. Los músculos de la base de la cabeza, particularm ente los de la región occipital y los que rodean la m andíbula, se con traen ,, interrum piendo la circulación del sentim iento a los ojos.-E ste anillo de tensión se da en todos los casos de miopía. El niño se retira sicológicamente a un espacio m enor y más confinado, aislándose de los elementos p ertu rb a­ dores de su mundo. Com o el ojo miope está en un estado de choque, son conve­ nientes y necesarios ejercicios oculares especiales, como los del método de Bates, pero no solucionan totalm ente el problem a. Su eficacia aum entaría considerablemente si se disolviesen las ten­ siones p a ra que pudiese circu lár hasta los ojos u n a m ayor co­ rrien te de energía y excitación. Es de suma im portancia sacar afu era el m ie d o . interno -p a ra poder ser experim entado y desva­ necido. Esta es la base del tratam iento bioenergético de la m io­ pía. Sólo está lim itado p o r el hecho de que la m ayor parte de los pacientes tienen - tantos problem as diversos y: sus tensiones co-

A utoexpresión y supervivencia / 279

^respondientes, a las cuales hay que p restar atención, que no 'podernos dedicar al problem a de los ojos el tiempo que requiere. Debe com prenderse p o r lo que he dicho sobre las diferentes actitudes defensivas que hay casos en que la m iopía no se desa­ rrolla,' aunque existen las condiciones qüe la propician. He visto' pacientes cuya experiencia vital suponía igual o m ayor grado de trüétío, que no desarrollaron miopía. No creo que esta diferencia sé deba a un factor hereditario. C uando es más severo el choque que recibe el niño de la hostilidad o desvío de sus padres, todo el cuerpo queda afectado. Se produce u n grado de parálisis que redüce todos los sentimientos de un nivel más hondo y lim ita todas las form as de autoexpresión. Así se ve en los esquizoides. 3ü nivel energético desciende, su respiración se restringe grave­ mente y su m ovilidad general es baja, El conflicto pasa del área de los ojos a todo el cuerpo. Los ojos se salvan al p arecer porque el individuo h a cerrado las puertas de todo su m undo in terp er­ sonal, iió sólo , el visual. Pero, aunque los ojos del esquizoide nó sean miopes, tampoco están cargados de energía y expresión. L a función visual queda retenida al disociarla de la expresión eino;ional: L a terap ia bioenergética de los problem as del ojo es general y específica. En general, como ocurre con los trastornos de la m ovilidad y expresión vocal, es preciso elevar el nivel energético del paciente en virtu d de una respiración más plena y honda. Con esto, no sólo se aum enta la sensación y el sentim iento del cuerpo, sino que se ap orta la energía extra necesaria p a ra cargar los puntos periféricos de contacto con el m undo, entre ellos, los ajos. L a respiración ejerce una influencia positiva sobre los ojos. Después de u n a respiración p ro fu n d a sostenida p o r medio de los diversos ejercicios, se abrillantan ostensiblemente los ojos de la m ayor p arte de los pacientes. Ellos mismos com entan m uchas v e ­ ces de m anera espontánea que ven m ejor, como ya he indicado en otra ocasión. Tam bién ayudan a esto los ejercicios de asen­ tamiento. El trataihíento terapéutico específico de los trastornos ocu­ lares requiere el conocimiento de las vías por donde fluye la energía a los ojos. H ay dos vías de éstas, que vo y a describir y expresar gráficam ente en una figu ra (figu ra 9 .3 ). U na corre a lo largo de la p arte delantera del cuerpo, saliendo del corazón y pasando p o r la garganta y él rostro hasta los ojos. El sentim iento

280 / Bioenergética asociado con esta corriente es el deseo de contacto, de sentir y to c a r a través de los ojos. Les d a u n a m irad a dulce y atractiva. L a segunda corre a lo largo de la espalda y sube, dando la vuelta a la p arte superior de la cabeza, hasta la frente y los ojos. Esta corrien te ap o rta un factor agresivo a la m irada. P odría decirse que uno m anda o se apodera de las cosas con los ojos.. En la m irad a norm al estos dos factores están presentes, au n ­ que en grados distintos Si se interrum pe o suprime el elemento afectivo relacionado con el deseo de contacto, la m irad a se hace d u ra y hasta hostil. Puede ser tan fuerte que rechace a la otra persona. C uando el factor agresivo es débil, la m irad a será a tra ­ yen te y afectuosa, pero no llegará a to car a la o tra persona. Se necesitan ambos elementos p ara que se establezca un buen con­ tacto ocular. En la figu ra 3 pueden verse las dos vías que acaba­ mos de explicar, y además o tra tercera en la base del cerebro, que conecta directam ente los centros vítales con la retina, A unque no hay prueba objetiva de que existan estas vías o canales, su existencia está confirm ada con las experiencias subjetivas y las observaciones clínicas. M uchos pacientes m anifiestan sentir que h a y un m ovim iento de carga hacia sus ojos, que circula p or las

F ig u r a

9 .3

A utoexpresión y supervivencia /. 281

vías mencionadas,- después dé haberse som etido a diversos proce­ dimientos bioenergéticos. Pueden corroborarse estas sensaciones observando cómo se abrillantan, se cargan de energía y se p onen más én 'contacto con los ojos del paciente. C uando están abiertas estas vías y la carga fluye libre y plenam ente a los ojos, éstos se relajan.- El individuo queda en un estado placentero, m anifestado en una frente sin arrugas, en unas cejas bajas, en la contracción de las pupilas y en la visión concentrada. En el d iagram a de la figura 4 vem os cóm o se re tira la energía de los ojos a causa del miedo. Esta retirad a energética produce la expresión típica del temor. A l retroced er el elem ento agresivo p o r su vía, se levan tan las cejas y se abren los ojos desm esurada­ m ente. C uando el miedo es intenso, puede sentirse cómo se le eriza a uno el cabello en la cabeza y cóm o se tensa la p arte pos­ terior de su cuejlo. A l retirarse el elem ento afectuoso, la m an ­ díbula in ferio r cae y la boca se abre. Si la experiencia es m o­ m entánea, la energía retrocede a los ojos y las. facciones se relajan . Pero, si el m iedo llega a estructurarse en el cuerpo como un estado crónico de tem or; la energía queda aprisionada en el anillo de tensión que rodea la base de la cabeza. En este caso.

F ig u r a

9 .4

£82 /

Bioenergética

el individuo tiene que realizar un esfuerzo consciente p ara concen­ tra r los ojos, lo cual im pone una tensión grande al globo y a los músculos oculares. P arte de este esfuerzo consiste en ap retar las m andíbulas p a ra dom inar la sensación de asustarse. Con este apre­ ta r las m andíbulas, el individuo dice: “No vo y a dejarm e atem o­ rizar” . Pero este esfuerzo p rovoca un conflicto interno entre el sentim iento y la actitud, que intensifica la tensión m uscular. H ace algunos años traté durante un periodo breve a un joven que tenía los ojos bizcos. Sólo veía con el izquierdo, A unque la visión de su ojo derecho era norm al, estaba reprim ida p ara evi­ tar una dóble imagen, puesto que no podía en focar los dos ojos. L e p racticaron de niño dos operaciones p ara corregir esta irre ­ gularidad, pero no le produjeron cambios perm anentes. El ojo derecho estaba vuelto hacia afuera, pero además, el lado derecho de su cara estaba ligeram ente torcido. L a palpación reveló que tenía un considerable espasmo m uscular en el lado derecho de la zona occipital. É l jo ven era hijo de un sicólogo que estaba tom ando p arte en un ta lle r bioenergético profesional, y había im presionado un videotape con sus trabajos. M i intervención fue experim ental. T enía interés en saber si e ra capaz de corregir su estrabismo, m itigando la tensión que padecía en la p arte de atrás de su cabeza. A pliqué con los dedos una firm e presión a los músculos espásticos durante unos treinta segundos, y observé que estos se aflojaban. V ario s médicos que observaban el procedim iento m ientras el jo ven estaba tendido en la cam a, se quedaron asombrados al v e r que se le enderezaban los ojos. El jo ven se volvió hacia m í y me dijo que su visión era única, es decir, que sólo veía u n a imagen con los dos ojos, y yo tam bién observé que los tenía concentrados.-E l cambio fue sensa­ cional, pero no perm anente. L e volvió más tard e el espasmo, y se le desvió o tra vez el ojo derecho. No sé si, de con tin u ar el tratam iento terapéutico, la m ejoría ten d ría carácter perm anente. No he vuelto a v e r al joven, ni he tenido ningún otro caso sem ejante. Pero he adoptado la p ráctír.a.-He reducir ¡a tensión de la región occipital en todos los ca­ sos, ejerciendo u n a presión selectiva sobre los músculos m ientras el paciente concentra los ojos en el techó, y he pódido com probar que esto h a producido un efecto positivo sobre sus ojos.

Pero el objetivo principal de la terapéutica de los ojos es liberarlos del temor bloqueado en: ellos. Para esto, sigo el proce-

Autoexpresión y supervivencia / 283

dimiento.. que voy a describir. El paciente se tiende sobre la cam a con las' .rodillas dobladas y la cabeza hacia atrás. Le indico que adopte un gesto de m iedo, levantando las cejas, abriendo desme­ suradam ente los ojos y dejando caer la barbilla'. Sus manos están a unos veinte centím etros de su cara, con las palm as hacia afuera y los dedos separados,. como en un adem án de protección.- E n­ tonces :me inclino sobre él y le. digo que me m ire directam ente a los,, cijos, que están a unos treinta centím etros p or encim a de los suyos. A unque el paciente queda en u n a posición de vu ln e­ rabilidad y h a adoptado una expresión de miedo, son pocos los que llegan a sentirse asustados. Es frecuente que me m iren con cierta sonrisa, como diciendo: “No hay m otívo p a ra que tenga iiiiedo. Usted no va a hacerm e nada, porque soy un buen chico” . P ara desvanecer este negativismo defensivo, ejerzo presión con los pulgares sobre los_ músculos risorios de ambos lados de las ale­ tas de la nariz. Con esto im pido que pueda sonreír y desaparece la m áscara de su cara. Si esto se hace como es debido (y debo ad vertir que requiere considerablemente destreza y exp erien cia), m uchas veces provoca un sentimiento de miedo y hasta un grito, cuando la defensa contra el-tem or se derrum ba. A yu d a a la emisión del grito el hacer que el paciente profiera algún sonido antes de que se le aplique la p re­ sión. Y o retiro la presión cuando comienza el grito, pero en m u ­ chos casos este continúa todavía, m ientras los ojos perm anecen com pletam ente abiertos. El lector recordará lo que me ocurrió personalm ente a mi en la prim era sesión de terapia con R eich : no necesitó ejercer presión ninguna p a ra hacerm e exh alar el grito. Sin embargo, hay m uy pocos pacientes que reaccionan de m anera espontánea a u n a expresión de miedo, gritando. Algunos ni siquiera, con la presión reaccionan. En su caso, la defensa contra el miedo está más profundam ente estructurada. Supongo que al .paciente le p arecerá fuerte la expresión de mis ojos, y acaso hasta dura, cuando le aplico la presión. Se me sua­ viza cuando él empieza a gritar, porque me pongo en su caso. Después de que h á;‘ acabado de gritar, suelo decirle que alargue las manos y me toque la cara. Es que he com probado que, con .'el grito, se-desvanece su miedo y se abre el cam ino p ara la m a­ nifestación de sentimientos afectuosos. A l m irarnos m utuam ente, sus ojos se le ablandan y suelen, arrasársele. de lágrimas, porque desea establecer conmigo (como persona v ic a ria .d e su m adre o

2 8 4 } bioenergética de su p a d re ). E l procedim iento term ina frecuentem ente con un abrazo de afecto, m ientras el paciente solloza con desahogo. Gom o y a he dicho, este procedim iento no d a siem pre resul­ tado. H ay muchos pacientes que se asustaron de que su miedo salga a la superficie. Pero, cuando sale, el efecto es sensacional. C ie rta paciente m e dijo que, m ientras gritaba, vio cómo la m i­ ra b a n iracundos los ojos de su padre, como si fuese a pegarla. O tro m anifestó que veía los ojos furibundos de su m adre, al re ­ troceder en el tiem po hasta cuando tenía u n año. U n a m u jer se sintió tan exonerada al liberarse de su miedo, que saltó de la cam a y corrió a abrazar a su m arido, que estaba presente. U n in d ivid u o que había estado sometido a tratam iento durante cierto tiem po se sintió tan conm ocionado con la experiencia de su te­ rro r, que salió de m i oficina como en estado de trance. Se m a r­ chó inm ediatam ente a su casa y estuvo durm iendo dos horas seguidas. M e llam ó en cuanto despertó p ara decirme que sentía ta n ta alegría, que no recordaba m om ento más feliz en su vida. A q u el gozo era la reacción a su liberación del miedo. H ay muchos otros procedim ientos que pueden utilizarse p a ra m o vilizar el sentim iento en los ojos. H ay uno que considero im ­ p o rtan te describir: se tra ta de un intento de hacer expresarle al paciente a través de los ojos, estableciendo contacto con los míos. P ara ello, se tiende sobre el diván en la mismo postura que he m encionado. Y o me inclino sobre él y le digo que alargue las m anos p a ra tocarm e la cara. Le pongo los pulgares en las cejas y con un m ovim iento suave y acariciante, procuro desdibujar cu alq u ier expresión de ansiedad o preocupación que le pueda p ro d u cir fruncim iento de cejas. L e m iro o la m iro suavem ente a los ojos, y m uchas veces me parece ve r a un niño pequeño que observa tras u n a pared o p or u n a abertura, como queriendo salir, pero sin atreverse. Este es el niño que sigue escondido del m undo. Y o entonces le digo: “S al y ju ega conmigo. No tengos m ied o” . Es fascinante observar la reacción de aquellos ojos que se re la ja n y llenan de sentim iento m ientras me m iran : desea él con ansia salir a ju g ar, pero tiene un miedo pánico a herirse, a ser rechazado o a que se rían de él. Necesita- que yo le ani­ m e a decidirse, especialm ente con m i.c a ric ia afectuosa. ¡ Y cómo agradece salir p o r fin y v e r que se le quiere!

L a experiencia que acabo de describir puede ser la primera de este tipo que tenga el paciente desde hace mucho tiempo, re­

A utoexpresión y supervivencia / 285

velando y reconociendo él mismo al niño que llevaba, escondido dentro. Pero, en cuanto este reconocim iento se realiza conscien­ temente, queda abierto el camino p a ra analizar y tra ta r todas las ansiedades :y temores que le han obligado a o cu ltar y e n terra r su v e ta afectiva. Porque el niño es afectuoso, y el am or es lo que no nos atrevem os a expresar a través de los ojos, en n u estra voz y con nuestro cuerpo. Todas estas reacciones se anotan y estudian: constituyen el m aterial m ejo r p ara el análisis, porque son experiencias inm e­ diatas y convincentes. G ran p arte depende, n atu ralm ente, de la sensibilidad del terap eu ta y de su libertad p ara establecer con­ t à c i o 'con el paciente, tocarles y ser tocado p o r él, y p articu larm en ­ te ’de su capacidad p a ra no caer en u n a relación em ocional con él o con ella. U n a situación de esta n aturaleza puede fácilm ente lle v a r al terap eu ta a desahogar en su paciente la necesidad que él mismo siente de contacto. Si esto ocurriere, se com etería un trágico error. Todo* paciente tiene cuanto necesita p a ra acep tar y 'atender a sus nécesidades y sentimientos, pero m a n ejár además las emociones personales del terap eu ta constituye un obstáculo im ­ posible'parp- recuperar su autoposesión. R eaccion ará a los senti* m íen tòs del terap eu ta olvidando los propios; com prenderá que la necesidad del terap eu ta es m ayor que lá suya, y en fin de cuentas, p erd erá el sentido de su propio yo, como m e ocurrió de niño a mí, al quedar atrapado en el cpnflicto entre sus nece­ sidades y derechos y los de sus padres. El paciente paga p a ra qué la sesión terapéutica se oriente exclusivam ente al rem edio de sus prnhlemas, y es u na traición a su confianza el que el te ra ­ p eu ta se- aproveche de la situación en beneficio personal. C onviene hacer o tra advertencia, aunque parezca rep etitiva y m achacona. P or m ucho que retroced a el p aciente d u ran te la sesión a su estado infantil, sigue siendo un adulto y teniendo conciencia plena de ello. No tocamos un cuerpo n eu tro : es el de un hom bre o u na m ujer. Esto es n atu ral. Pero, si tomamos en consideración el sexo de la persona, no nos debemos o ly id a r de su sexualidad tampoco. Sin em bargo, la sexualidad no equi­ vale a la “genitalidad” . L a m ayor p arte de mis pacientes tienen conciencia plena de que soy un hom bre cuando m e tocan. A l­ gunos o algunas pueden esconder esta la conciencia con su elevación y el m ovim iento h a ­ cia aba.j o con su equivalente h acia arrib a, h acia la cabeza. Se retrocede en el tiempo p a ra avan zar en el presente. El equilibrio es u n a cualidad im portante del v iv ir sano. Esta áfirm ación es tan evidente que n o necesita dem ostrarse; H ab la­ mos. /de u n a dieta equilibrada,, del equilibrio entre la división y el trabajo, entre la actividad m ental y física, etcétera, etcétera. Sin embargo, ordinariam ente no nos percatam os de. lo hondo que opera el principió del equilibrio en nuestros cuerpos y en la naturaleza, aunque hemos ido adquiriendo cada vez m ás con­ ciencia de su , im p ortan cia crítica. Nos. hemos aprovechado de la n aturaleza á la ligera, y la hemos exp lotad o destrozando el d eli­ cado equilibrio ecológico del que depende nuestra supervivencia. A h o ra, cuando esta corre peligro, comenzamos a com prender los riesgos dé nuestra ignorancia, y codicia. Y hemos hecho otro tanto rnn, nuestros cuerpos. E l principio del equilibrio, tal como opera en los organismos vivos, está ilustrado ejem plarm ente en los llam ados mecanismos homepstáticos del cuerpo. Los procesos iquímicos del cuerpo re ­ quieren un estricto equilibrio entre el hidrógeno y los iones de oxhidrilo de la sangre, y otros fluidos del cuerpo. L a proporción óptim a está representada p or u n a acidez de 7.4. G uando son demasiados los iones de hidrógeno crean ú n estado 'de acidosis, si son pocos, un estado de alcalosis. C u alq uiera de los dos puede p rovocar el com a o la m uerte. Com o la v id a no es u n a con­ dición estática sino un proceso que requiere interacción y cambio continuo con- el m edio am biente, la acidez de la sangre no es constante: flu ctú a entre 7.38 y 7.42, bajo el control de u n sistema d e ; retroalim entación que regula la acidez p or m edio de la res­ piración. C uando el equilibrio se inclina dem asiado hacia la acidez, el increm ento de la respiración elim ina él bióxido de carbono, red u ­ ciendo; la concentración de iones de hidrógeno. C u an d o se inclina h a c ia -e l estado alcalino, la disminución dé la respiración c on tri­ buye a :retener el bióxido de carbono o anhídrido carbónico, y a alim entar los iones de hidrógeno que h ay en la sangre. Sahino es que la tem p eratu ra in tern a de nuestro cuerpo debe perm anecer; más o menos constante a menos de 37 grados cen­ tígrados. S in em bargo, no somos conscientes de los delicados me­

318 / Bioenergética canismos que estabilizan nuestra tem peratura. C uando tenemos frío, tiritam os. El tirita r no es una reacción carente de finalidad. L a hip eractividad de los músculos cuando tiritan produce el calor necesario p ara m antener la tem peratura del cuerpo. El tirita r es­ tim ula la respiración, aportando más oxígeno p ara las hogueras metabólicas. El tem blor involuntario de los músculos produce un efecto parecido en la terapia bioenergética. El aum ento de calor en e l cuerpo se descarga autom áticam ente con; el aum ento del sudor, y disminuye al reducirse la actividad muscular. Consideremos nuestro estado líquido, que debe m antenerse a un nivel óptim o p a ra que no nos hidratem os ni nos empapemos de agua. A n ivel inconsciente el cuerpo equilibra la tom a y la descarga de fluidos. L a m ente consciente desem peña un papel muy pequeño en este proceso, lim itándose a buscar y beber agua cuando el cuerpo le m an d a una señal de necesidad. El cuerpo “sabe” lo que necesita y qué tiene que hacer T an asombroso es este “conocim iento” , que W . B. Cannon, quien investigó estos procesos, tituló su estudio, The W isdom of the B ody: (L a sabi­ du ría del c u e rp o ). El hom bre interviene conscientemente en estos procesos cuan­ do los mecanismos homeostáticos dejan de funcionar a consecuencia de u n a enferm edad. Su intervención tiene p o r objeto restablecer el equilibrio, p ara que el cuerpo se cure a sí mismo y m antenga su función vital. El equilibrio es el principio más im portante. Si se tom an en cuenta nuestras actividades principales, el equi­ librio es igualm ente esencial. Así se ve claram ente cuando esta­ mos de pie y cuando andamos. Nos sostenemos sobre dos pies, y sólo cuando estamos sobre los dos; quedamos debidam ente equi­ librados. Puede rom perse el equilibrio de la persona, si se le exige que se sostenga sobre un solo pie. Esto es lo qué hacemos en nuestros ejercicios de caída. Andam os y corremos con las dos pier­ nas, y m antenem os bellam ente nuestro equilibrio cargando el cuerpo de una a otra. No lo hacemos conscientemente. Si m etié­ semos demasiado nuestra, conciencia en esta actividad, no iríamos m uy lejos. R ecuérdese el cuento del cien pies, que quiso decidir conscientemente cuál era el que tenía q u e m o ver y p o r qué orden, con la consecuencia de que term inó p o r no poderse m over en absoluto. El equilibrio supone; u n a d u alid a d j’ como ten er dos pies; o una polarid ad , como los polos norte y sur de un imán; Esto se répre-

C a n d e n c ia : unid a d y dualidad

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senta en la sangre con el equilibrio entre H+ y OH" iones. Pero el equilibrio no es un fenómeno estático, porque, si lo fuese, no sería posible el movim iento. No se podría an d ar si las dos piernas estuviesen activadas sim ultáneam ente y de la m ism a m anera. Po(Irín saltarse, no andar. L a vid a es m ovim iento y equilibrio al mismo tiempo, o bien, equilibrio en m ovim iento. Se logra este equilibrio en m ovim iento alternando la carga o la excitación de un polo a otro, del pie izquierdo al derecho, de la inhalación a la exhalación, de la expansión a la contracción o de la concien­ cia del día a la inconsciencia del sueño. Esta actividad rítm ica del cuerpo es la unidad que hay bajo todas las dualidades de que somos conscientes. No h ay dualidad en la vid a sin alguna unidad p or debajo. Y no .hay unidad sin sus.correspondientes dualidades. Este concepto de la dualidad y unidad de todos los procesos vivientes, lo heredé de W ilhelm Reich. Considero esta como su m ayor contribución al entendim iento de la personalidad y de la v id a hum ana. L a presentó como principio de la u n idad y antítesis de todas las funciones naturales. Las dualidades son siempre antitéticas. Nuestras mentes lógicas ven sólo las cosas como dualidades, como causa y efecto. Esta es la posición mecanística. N uestra mente espiritual, si se me perm ite u sar este adjetivo, ve sólo la unidad interior. Esto, d a pie p a ra p roclam ar la posición m ística. C om prender la p arad o ja de la unidad y de la dualidad es algo que pertenece al campo del pensam iento funcional. Este requiere una. n u eva conciencia, que no es ni mística ni mecanística. Y la vida es una paradoja. Es fuego que ard e en el agua, no sobre el agua, como u n a lá m p a ra , de aceite, sino com o p arte del agua. Lo más asombroso es que no nos consumimos en el fuego ni nos ahogamos en el agua. A qu í - hay un misterio que yo creo que nunca v a a resolverse, o p o r lo menos, espero que no se. resuelva. Los misterios son esenciales p ara los seres hum anos, porque sin ellos perderíam os nuestro sentido de adm iración, y finalm ente, nuestro respeto y reverencia a la vid a misma. El pensam iento funcional es dialéctico, y en m i trabajo he usado y propuesto diagramas- dialécticos p a ra explicar las re la ­ ciones. V o y a valerm e ahpra de uno p a ra m ostrar la relación qué h ay entre los dos modos de conciencia (figu ra 1 0 .3 ), D e s d e e l p u n to d e v is ta d e la c o n c ie n c ia , lo ú n ic o q u e p u e d e n co no cerse

son d u a lid a d e s * c o n c ie n c ia

de

la

c a b eza o

c o n c ie n c ia

320 / Bioenergética del cuerpo, pensam iento o sentimiento. L a unidad existe única­ m ente en el nivel del inconsciente' ó 'en los procesos córpoirales que no pueden percibirse. ¿C óm o podemos saber que existe la unidad si no la percibim os? Podemos deducirla, podemos in tu ir la relación y sentir vagam ente la unidad, puesto que la fron tera entre la conciencia y el inconsciente no es un m uro, sino una zona de penum bra. En nuestro paso diurno p or esta zona captamos m uchas indicaciones de la unidad que hay debajo. Los místicos, cu ya conciencia se aven tu ra más fácilm ente p or esta zona pe­ num brosa, conocen esta unidad m ejo r que los demás. H ay o tra m anera de sentir la unidad. L a conciencia de la cabeza o de la m ente y la conciencia del cuerpo no sólo se interaccionan recíprocam ente, sino que se tocan y algunas veces se funden. En el calor y excitación de esta fusión, se Subliman y convierten en una conciencia unitaria, que es al mismo tiempo, y esta es o tra p arad o ja, consciente e inconsciente. Y o he experi­ m entado muchas fusiones de esta índole en mi vida. C uando era niño, m e excitaba tanto presenciando un juego, que no podía dis­ tin gu ir eri un m om ento dado si estaba soñando o despierto. T enía que pellizcarm e p ara averiguarlo. Y en el sexo, experim entaba u n orgasm o que me ponía al borde del desvarío, derribando mis fronteras y haciéndom e consciente de mi inconsciente. Estas son experiencias estáticas. M uchos individuos las han tenido. Entonces la persona “conoce” y siente la unidad de la vida. S in embargo, la m ayor p arte del tiempo funcionamos con una conciencia dual. Y esto es norm al, porque el éxtasis sólo puede ser una experiencia e xtraord in aria si es verd ad ero éxtasis. Pero estamos más cerca de esté estado cuando la conciencia se exalta y expande. Las dos flechas del diagram a dialéctico de la figu ra 10 .5 se aproxim an más. P ara esto, tenemos que acep tar la natüraleza doble de la conciencia. No hay éxtasis únicam ente en Uno de los dos lados, tienen que ju ntarse los opuestos p ara crear la chispa de la fusión. Si aceptam os la dualidad de la concienciá, tenemos que acep­ ta r igualm ente que a n iv el consciente nos percatam os de que h ay u n a naturaleza dual en nuestra personalidad. G uando se con centra uno én pensar, como yo al escribir estas líneas, es cons­ ciente de su mente y de sus procesos mentales. Com o el pensa­ m iento es único, el sujeto Com prende’ que ’tiene m enté propia. Entonces, si se concentra en su cuerpo, Comprénde que tiene vid a

C a n d e n c ia :

unidad y d u alid ad / 321

CARGA O EXCITACIÓN ENERGÉTICA AUMENTADA

F ig u r a 1 0 .5

propia. Desde el punto de vista de la conciencia debe uno p re­ guntarse: “ ¿Q u ién soy yo? ¿S o y esta m ente pensante o este cuerpo v iv ien te ?” . H ay que contestar n atu ralm ente que ambas cosas, pero n o podemos corrientem ente ser conscientes de las dos a. la vez. £iS imposible que la conciencia se fije en dos operaciones distintas al m ism o tiempo. Supongam os que dos aviones están volando en diferentes, cuadrantes del cielo, y que queremos en­ vo lv er a los dos en el mismo haz de luz de un p ro yecto r: sería imposible. Jr'ero este problem a de la dualidad del hom bre no suele perturbarnos. El p royector de la conciencia está’ sobré u n a m esa "giratoria que d a vueltas rápidam ente :y ‘ con facilidad. P ue­ de oscilar entré' dos cuadrantes con ta n ta velocidad, que sea ca­ paz de m antener ambas perspectivas d u ran te üh periodo n orm al dp, atención. Puedo ilu strar este concepto, explicando lo que hago conscien­ tem ente al h ab lar en publico. H e ido aprendiéndó con los años que ün orad o r o íónférenciahte no puede p erd er el contacto con

322 / Bioenergética su auditorio. A l p ronunciar u na conferencia he adquirido la cos­ tum bre de m irar al auditorio, p ara sentirlo y poder conversar con él. Este hábito, p or cierto, me h a hecho más difícil la ta rea de h ab lar p o r u n m icrófono sin v e r al público. Pero h ay otro pro­ blem a en esta costum bre: si se concentra tino demasiado en el auditorio, puede p erd er el contacto consigo mismo, olvidarse de quién es, qué está haciendo o qué tiene que decir. Y no se puede estar en las dos partes al mismo tiempo. Todos los oradores tienen este problem a. A l leer un texto p re­ parado, es fácil ■p erd er contacto con el auditorio. P or eso, hay que le v an ta r la vista hacia él de cuando en cuando. Lo que yo suelo hacer, es altern ar la atención entre el auditorio y m i tex­ to de form a rítm ica p a ra que no se in terru m p a el contacto con ninguna de las dos partes. Este és el principio que rige los m ovi­ mientos de un m otor alterno. O pera en nosotros constantem ente, aunque la m ayor p arte no tengamos conciencia de su actividad. Es como andar, que solo es posible m oviendo alternativam ente una p iern a prim ero y o tra después. Y o creó en el v a lo r de la dualidad a nivel consciente. Sin ella no podríam os m ovem os tan fácil y eficientem ente p a ra hacer frente a las diversas contingencias de la vida. L a bioenergética tra b a ja sobre esta base. A lte rn a la cóncentración del cuerpo con la de la m ente, tratando de desarrollar la conciencia del paciente p ara que pueda ab arcar los dos aspectos de su ser consciente en el cam pó de su atención. Desde luego, esta dualidad solo existe a nivel consciente. Por debajo del nivel de la conciencia está la u n id ad ; fio somos una m ente pénsante ni u n cuerpo que siente, sino uñ organismo que vive. Pero, como la m ayor p arte de la vid a la pasamos en estado de conciencia, tenemos que estar preparados para fu n cion ar con dualidades. T o d a la teoría de la sicología de la gestalt se basa en esto, en que n o h ay fre n te que no tenga fondo, ni figu ra sin un cam pó en. que exista, ni cualidad sin su opuesto. En la: personalidad, esto significa que no hay pensam iento sin el m arco del sentim iento en que se producé/ Pero, al concentrar la luz de la conciencia en el pensam iento, el resto del cam po se hunde en las. tinieblas, y: perdemos frecuentem ente de vista, el sentim iento que m otivó la idea. Podemos, naturaim ente, exam inar nuestro sentim iento y com probar que se arm oniza con nüestro pensar. Sin em bargo, no es ra ro que h aya conflicto entre pensa­

Conciencia;

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miento y sentimiento. No es mi propósito explicar a qué se debe esto; L a experiencia de este conflicto es m uy común. Y o quisiera comprar, una lancha más grande; pero, a l pensar en lo que cuesta y en su ;m anteniriiiento,. se produce en m í un conflicto. O bien, deseo saborear un postre delicioso, pero pienso en el peso que puede representar p ara m i Cuerpo, y estoy ya en conflicto. Todos lös terapeutas se encuentran frente a conflictos, si no iguales, parecidos a los que acabo de indicar, porque hay siempre conflicto, entre el sentim iento ó deseo que uno quisiera explicár yí el tém or a las consecuencias. Como estas to d avía no se han p re­ sentado, el m iedo adopta la fo rm a de percepción m ental, o sea, como pensamiento asociado con u n a reacción corporal. No quiero H erir que se trate de un miedo im aginario porque es m ental. Se experim enta físicamente como m iedo, aunque procede una acti­ vidad, m ental. En la terapia! se tratan conflictos intensos, en que los sentimientos, que buscan expresión son im portantes p ara la in­ tegridad de la personalidad, y las consecuencias am enazan esa integridad. Guando no se puede resolver un conflicto intenso, la única solución es reprim ir el deseo o sentim iento, lo que elim ina él miedo y term ina p o r elim inar tarde o tem prano el conflicto. Si, se retira de la conciencia toda una situación, puede decirse que, en cierto sentido, no existe. S in em bargo, el conflicto no desaparece: llega a estructurarse en el cuerpo inconscientemente. Esta m anera de sortear los conflictos produce las distintas es­ tructuras de carácter que ya. conocemos. Consideram os neuróticas dichas adaptaciones porque p ertu rb an gravem ente la capacidad del individuo p ara operar en fo rm a integrad a y eficiente. ¿P ero cómo se conducen las personas relativam ente no neuró­ ticas en los conflictos que surgen éntre süs pensamientos y sus emociones? Pues desarrollan códigos de conducta consciente­ mente aceptados, que son todo lo contrario de los patrones in ­ conscientemente estructurados de com portam iento; Estos códigos tom an la form a de principios. Es interesante observar que, aunque utilizamos la p alab ra “ca­ rácter” en sentido negativo, no siem pre tiene esta connotación. De hecho hemos em pleado m u ch as. veces dicha p alab ra p ara designar determ inadas virtudes, en cuyo caso se asocia con el adjetivo “bueno”, como cuando decimos que tal o cual persona “es de buen carácter”, y que otras “tienen m al carácter” . Esta palabra se relaciona con el ad jetivo “característico” , lo cual in-

324 / B ioenergética d ica que el individuo se com porta de u n a m anera típica o p revi­ sible, p a ra bien o p ara mal. Lo previsible puede significar tam bién c ierta seguridad: puede contarse con que una persona de buen c arác ter se com porte virtuosam ente, en tanto que un individuo de m al carácter es seguro que se conducirá de m an era inm oral. Pero, si la conducta de una persona no está estructurada, ¿de d ónde procede lo previsible de sus acciones? En otras palabras, ¿cóm o es posible que tenga carácter un individuo relativam ente sano, espontáneo y plenam ente capaz dé autoexpresarse? En p ri­ m e r lugar, tenemos que reconocer la diferencia que h ay entré c arácter y estructura de. carácter. Esta estructura indica que el p atrón de conducta del individúo no está conscientemente deter­ m inado, sino que ha quedado fijad o inconscientem ente y rígido a n ivel del cuerpo. Guando la conducta de u ñ a persona está regida p o r directrices o principios conscientes, sé com portará de m anera característica m ientras esos principios contribuyan a su bienestar. El concepto de principio se m enciona raram ente en la teoría d e la personalidad. Hemos llegado casi al punto en q u e ‘cualquier p rincipio de nuestra cu ltu ra es m alo porque éstablece límites y d eterm ina reacciones. Se relaciona con los principios morales, que! ta n ta gente considera restrictivos de' su libertád o d erech o: - de autóexpresión. Esto es de lam entar, porque ios principios cons­ tituyen la m arca de una persona qüe ha alcanzado un nivel su­ p e rio r de conciencia. M e refiero, naturalm ente, a los principios q u e uno desarrolla conscientemente, aunque sean los mismos que acaso sostenga y prom ueva la sociedad. Com o vimos anteriorm ente, la conciencia empiezá con la p er­ cepción de la sensación. Las sensaciones están vagam ente locali­ zadas. En esto contrastan con los sentimientos que son más con­ cretos. C uando se intensifican y definen más acusadam ente, los llam am os emociones. Así, se dice que uno se siente m elancólico o decaído, pero a esa emoción se la suele llam ar tristeza. Lo m alo es que utilizamos la p alab ra “sentim iento” para expresar ambas ideas. Pues bien, cuando nuestras emociones se integran con nues­ tros pensamientos, puede hablarse de un principio. El orden de su desarrollo es el siguiente: 1. 2. 3. 4.

Sensación Sentim iento Emoción Principio

C onciencia:

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A nivel dé los principios, ego y cuerpo, pensam iento.-y senti­ m iento se integran, en una unidad consciente. Une de los principios que acepta gustosamente m ucha gente, es el de íá veracidad:' El individuo puede ser veraz p o r miedo al castigo de un Dios que todo íó ve, p or obligación, o p o r su convéncim iehtó in terior, de que es la m anera recta de conducirse. Pero, para llegar a . este convencim iento, h a debido h ab er u na opción en tré verdad y m entira. Entonces surge la convicción de la experiencia de d ecir la v e rd a d y de decir la m entira.. En el p rim er caso, el individuo siente la arm onía entre el sentim iento y la afirm ación, y goza del p la ce r resultante de esa arm onía. En él segundo caso, la arm onía fa lta , y puede sentirse realm ente lo doloroso del conflicto Entonces puede decidirse uno. p or u n a opcioü consciente basada en el sentim iento del cuerpo. I’oclos los niños m ienten en u n a u o tra ocasión. Lo hacen p ara exp lorar el papel del ‘ engaño y sentir el p od er qué representa. M ienten para p robar si son capaces de engañar a sus .padres.-. Si lo logran, experim entan un, sentim iento de control. Pero tam bién m ienten p o r lem or a las consecuencias de decir la verdad. En ambos casos ganan algo y pierden algo. G an an p or el p od er y el control que ad qu iéíen o porque evitan el castigo, pero se p ier­ den? él placer dé ser sinceros y honrados. Si la pérdida es m ayor que la ganancia^ el niño ap ren d erá que m entir 110 trae ven taja para élj cómo no sea en circunstancias extraordinarias. A prend e­ rá: que la- m entira le cuesta caro en cuanto contradice, a sus bue­ nos sentim ientos; y d esarrollará la convicción, de que m en tir es malo. Sé lo d irán así su cuerpo y su m ente, y él lo creerá no sólo con la Cabera, sino tam bién con el' corazón. S u convicción des­ cansa Sobre dos p ies: saber y sentir. Con el tiem po y con otras experiencias, la veracidad se con vertirá p ara él en .un principio. Exifailá; íl Conflicto, y el gasto de energía que supone decidir, en las- múltiples' situaciones de su vid a, entre decir la, v erd ad o mentir.. El principio ópera Como el v o lan te de un relo j que m antiene él ritm o regu lar de su m ecanism o: conserve el equilibrio éntre pensar y sentir de form a que ambos estén en arm onía, sin ten er que estarse vigilando y com probando recíprocam ente a todas h o­ ras« y,,conscientem ente. Los principios se traducen en u n a vid a Ordenada; sin ellos, estoy seguro de que no h ab ría más que des­ orden y caos.

326 / Bioenergética En ausencia de los principios no puede haber, a m i entender, equilibrio en la vid a de la persona. Es fácil llegar hasta los ex­ tremos, ju stificar los medios con los fines y seguir el capricho del m om ento. Puede sostenerse la posición absurda, debe darse rien d a suelta a todos los sentimientos y satisfacer todos los deseos, p ofq u e n o se sabe cuál es la línea d ivisoria; o bien, defender qué toda conducta 'debe ser lógicam ente controlada, lo cual es igual­ m ente absurdo.En el últim o caso, nos encontram os con una rigidez extrem a, y en el p rim ero con u n a ausencia de todo tipo de estructuras. Los hom bres de principios evitarán ambos extre­ mos, puesto qüe el principio representa la arm onía de los con­ trarios, la integración d e l sentim iento con el pensamiento, el equi­ librio tan esencial p a ra que la vid a discurra suavem ente. Es m uy im portante 'reconocer que los verdaderos principios m orales no pueden inculcarse a base de prédicas, am enazas o castigos. Con estos procedim ientos la persona titu b eará p or miedo al d ecir una m entira, pero la decisión deberá tomarse nueva­ m ente en cada situación. Esto no es lo mismo que ahorrarse un conflicto p o r ser fiel a un principio. Adem ás, la im posición de u n a fu erza exterior, lo mismo si se trá ta de u n á p réd ica qué de u n a am enaza, p ertu rb a la arm onía in terior y hace más (difícil desa­ rro lla r la convicción íntim a que sé necesita p a ra p rofesar un p rin ­ cipio. Puede expresarse de esta m a n e ra : los principios no son mandatos, sino convicciones. He aquí un ejem plo de cómo se establece y a rra ig a un p rin ­ cipio. Y o W t é a un jo ven que estaba m etido de hoz y coz en el .-.ampo de las drogas, aunque no había sido víctim a de la heroína. Al tra ta rle el cuerpo y hacerle expresar sus sentimientos (en form a de golp éar con fu ria la cam a, p o r e jem p lo ), llegó al estado de experim entar sentimientos agradables en el cuerpo. Pero un día se presentó en m i o ficina y me d ijo que había fum ado m ariguana en la casa de un am igo la noche anterior. “Perdí todas las buenas sensaciones que tanto trab ajo me costó recu p erar” , m e dijo. “A h o ­ ra sé qué la m ariguana no m e hace ningún bien” . El pensam iento y el sentim iento se hab ían com binado en él p ara crear está con­ vicción. E ra la prim era form ulación de un principió, que ib a á irse fortaleciendo a m edida que aum entaban sus sentimientos, porque sabía lo que hab ía p erd id o'con dedicarse a las drogas. Es imposible d esarrollar principios si no se tiene nada que perder. Sin buenos sentimientos no h ay m otivación p ara proteger

Conciencia:

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la integridad de la personalidad. L a cuestión de los principios nunca en tra en la terapia hasta que el cuerpo h a recuperado un estada de, p la c e r gracias a la reducción considerable de sus ten-, sion es y obstrucciones musculares. Entonces surge espontáneam en­ te la cuestión de los principios, cuando el paciente, se esfuerza por, entender a qué se debe el que pierd a estos sentimientos en el decurso de sus actividades diarias. P or fin desarrolla sus p ro ­ pios principios de conducta p ara que lo guíen y orienten a conser­ v a r el estado de p lacer o los buenos sentimientos que tan im ­ portantes son p ara poder experim entarse a sí mismo y sentir su ¡funcionamiento como ser hum ano integrado. No , creo que la sociedad haga m al en in ten tar inculcar a la gente jo ven principios morales. C a d a generación procura trans­ m itir, su experiencia a la siguiente a fin de facilitar su via je a través de la vida. Principios como los Diez M andam ientos sur­ giero n de la experiencia, acum ulada de la raza. Pero la enseñanza de los principios solo surte efecto cuando la. fe de los maestros és fru to de su convencim iento o sentim iento íntimo. En ese caso é s , de esperar que ellos sigan sus propios principios con gusto y satisfacción. L a ausencia de esta satisfacción y de estos sentim ien­ tos saludables en u n a generación anterior hace que la más joven los ponga en tela de juicio. De la misma manera., tam poco tiene razón de ser establecer principios p a ra los cuerpos que sufren. El principio no tiene p or objeto conciliar al individuo con su dolor, sino proporcionarle esa arm onía interior que hace posible una vid a equilibrada y llena de alegría. Los principios no son técnicas p ara sobrevivir. Cuando, la atención se concentra principalm ente en la superviven­ cia, los principios salen sobrando. Antes de h ab lar de principios, tenemos que aseguram os de que los jovenes se sientan bien en su cuerpo y en el am biente que los rodea. Los principios les facilitan la, protección de sus buenos sentimientos. H ay muchos principios que los hombres han descubierto p ara gobernar su conducta con objeto de sentirse bien. L a veracidad gs uno de ellos; el respeto a la persona o a la propiedad de los demás, es otro. Hace varios años, pasamos m i esposa y yo una semana en G uadalupe; en el C lu b M editerrenée. M i esposa hizo am istad con un residente local que estaba trab ajan d o en los te­ rrenos. En el decurso de sus conversaciones, cayó en la cuenta d e que 110 había probado nunca la caña de azúcar. Él le ofreció

328 / Bioenergética o prom etió proporcionarle algún tallo, e hicieron arreglos p ara verse e ir juntos a u n a plantación. ' Guando se encontraron, él hom bre le dijo que estaba un poco lejos del hotel. De paso fueron cam inando ju n to a varias plantaciones," y como era n atu ral, mi esposa se volvió hacia una de ellas. AI v e r su intención, el hom ­ b re le dijo sencillam ente: — ¡O h ! Pero ese campo no es mío. Y la llevó hasta la finca de su propiedad, donde cortaron algunas cañas p ara que las probase y se les llevase. H ubiera sido m ás fácil cogerlas de cualquiera de las plantaciones, pero eso de llevarse lo que no le p ertenecía iba con tra sus principios. Ni qué decir tiene el respeto que inspiró a m i m u jer con su h on ra­ dez aquel ser humano. Bioenergéticam ente hablando, un principio es una corriente de excitación o energía que une la cabeza, el corazón, los órganos genitales y los pies en un m ovim iento ininterrum pido. Esto p ro ­ porciona una sensación de orden y bienéstar, porque el individuo se siente conectado, unificado y sano. No hace fa lta que nadie se lo diga, ni tam poco h ay quien se lo pueda discutir. Es un convéncim iento personal, y no le im porta lo que piensen los demás ni tra ta de convencerlos. Posiblemente el m ayor problem a a que se en fren ta nuestra sociedad sea la fa lta de principios m orales én gran cantidad de sus miembros. Pero a mí no me parece que u n a m oral impuesta sea capaz de funcionar. Podría h acer que se com portasen como es debido unas cuantas personas si contaba con el apoyo de la m ayoría, pero jam ás sería capaz de m an tener en vereda a la m a yo r p arte de los ciudadanos. No creo que haya dado resultado n unca u n a m oralidad impuesta. Los códigos morales de la an ­ tigüedad no fu eron impuestos, a pesar de tantas pruebas ap aren ­ tes en contrario. Moisés entregó los Diez M andam ientos a su pueblo, pero, si no hubiesen estado de acuerdo con las convic­ ciones que este tenía de lo bueno y de lo m alo, pronto habrían sido descartados y arrum bados. Los principios m orales no son absolutos, aunque algunos se acerquen a lo absoluto. Se desarrollan p ara ayu d ar a la gente a sentirse bien y proceder de m an era eficiente en una situación c u ltu ra l determ inada, y quedan despojados de todo valo r cuando ya no realizan esa función. L a veracidad puede parecer uní p rin ­ cipio m oral n atu ral pero hay circunstancias en que decir la v e r­

C onciencia: unidad y dualidad / .329

dad es un acto de debilidad o cobardía. No puede decirse la verd ad a u n enemigo, cuando esto sea traicio n ar a un amigo. H ay aquí u n principio más p rofu n d o de lealtad. Pero, cualquiera que sea la situación cu ltu ral, la gente ne­ cesita principios m orales p ara o rie n tar y regir su conducta. Sin ellos, la sociedad se desintegraría en el caos, y la gente term i­ n aría enajenada. G uando es ella la que d esarrolla sus propios principios, estoy seguro de que resu ltarán eficaces en cualquier contexto cultural, porque la n atu raleza h u m an a es la misma. En 19 4 4 escribí un artículo sobre, la sexualidad de los ado­ lescentes p a ra la revista de Reich, S e x Econom y an d Orgone Research. Por aquel tiempo se consideraba peligroso salir en de­ fensa del derecho de los adolescentes a la satisfacción sexual. Com entando el asunto conmigo, me d ijo R eich: •—Low en, no es siem pre aconsejable decir la verd ad . Pero si nó es uno capaz de decir la verdad, es m ejo r que no diga nada. R eich era un hom bre de principios. V ivió de conform idad con ellos y m urió p or ellos. Podrá uno no estar de acuerdo con sus principios, pero no puede nadie d u d ar de la honradez e in­ tegridad que los inspiraba. El principio íntim o de la bioenergética es la dualidad y unidad sim ultanea de la personalidad hum ana. El hom bre es un pensador creativo y un anim al que siente; y es hom bre o m u jer. Es una menté racional y un cuerpo no racio n al. . . es sencillam ente un organismo viviente. T iene que vivir en todos los niveles a la vez, lo cual no es tarea fácil. P ara ser un individuo integrado, tie­ ne gue estar identificado con su cuerpo y con su p alab ra. Decimos qüe u n hom bre es tan bueno com o su palabra. C on respeto nos referim os a él, diciendo que es un hom bre de p alab ra. P ara lo ­ gra« esta integración, el individuo tiene que em pezar p o r ser su cuerpo: T ú eres tu cuerpo. Pero aquí no term ina la cosa. Es preciso acabar siendo la p alab ra : Tú eres tu palabra. A hora bien, la p alab ra debe proceder del corazón.

Indice A Actitudes compensadoras del cuer­ po, 97 Acum uladores, orgona, 33, . 34, 36 Adaptación, tensión y síndrom e de,

¡21 q

Adrenales, tensión y glándulas, 226, 227 Aerobics, 67 Agotam iento y tensión, 2 19 -2 2 0 Agresión, 239 Ahogarse, ansiedad de, 190 Alarm a, reacción de, 219 A lm a, y concepto de la energía, 63 -64 A lturas, m iedo de las, 18 8 -19 2 A m or y orgasmo ( L o w e n ) , 11.3 Análisis del carácter (R eich ), 159 A ndar, dinámica energética del, 240 Ángulácionés del cuerpo y esquizo­ frenia, 76 A,norgonia, 204 Ansiedad, 1 1 7 - 1 2 7 ; control del ego y, 2 0 8 -2 0 9 ; defensas contra, 122 y sigs., 129130; ‘ orgasmo, 1 2 1 ; origen de la, 12 8 -1 2 9 ; sexual, 1 2 0 -12 1 Ansiedad sexual, 12 0 -12 1 Arco o arqueo, ejercicio del, 70-77 Ardrey, R obert, 217 Arm adura, m uscular, 13, 33, 245, 296-297 Arqueo, posición de, 6 9 -7 1, 178, 183, 229 Asentamiento, 175, 1 8 2 -1 8 9 ; concepto del, 3 8 ;

331

ejercicio de, 18 3 -18 5 , 228, 272, 290 A trapam iento, 1 7 2 - 1 8 1 ,11 8 7 ; su reconocim iento por el lenguaje del cuerpo, 17 4 -18 2 Atrapam iento de gancho de carne, 17 8 -18 1 Atrapam iento del lazo, 181 A trapam iento en cruz, 1 8 1 -1 8 2 Atrapam ientos sexuales y hem icrá­ neas, 290 Autism o, 146 Autoexpresión, 2 4 9 -2 9 1 ; cabeza y ojos, 2 7 5 -2 8 6 ; cuerpo y, 5 2 ; energía y placer, 47-4.8;. jaquecas,- 2 8 6 -2 9 1 ; los ojos y, 255, 2 6 7 -2 7 6 ; necesidad., de, 1 6 1 ;, vocal, y p erson alid ad ,. 2 5 7 -2 6 7 ; y espontaneidad, 24 9-25 7 Autoexpresión visual, 255, 2 6 7 -2 8 6 ; contacto ocular, 2 6 7 -2 7 2 ; ojos y personalidad, 2 7 2 -2 7 5 ; problemas de los ojos, 27 5-28 6 Autoim agen, 135 B Bates, m étodo p ara tra ta r lá m io­ pía, 275, 276, 278 Bell, A lian D ., 259 Bioenergética, 2 5 3 ; definición, 4 1 , 4 4 ; e interpretación de los sueños, 10 9 -110 ; ejercicio, 65 -67, IS3, 19 2 y sigs., -221-, 228-230/ : 255,' 26 6, 27 2, 27 6, 278, 2 9 0 ;

332 / Indice estructuras del carácter, 13 0, 147160; objeto de la, 4 1 - 4 2 ; respiración, im portancia de la, 6 3 ; véase también R espiración; te ra p ia ; véase T erap ia y violen cia; y asentam iento, 1 8 2 -1 8 7 ; y autoexpresión, 2 5 5 -2 5 7 ; y el lenguaje del cuerpo, 7 8 -9 9 ; y la im portancia del cuerpo, 525 9 , 10 2, 1 1 1 ; y los problem as de la cabeza y de los ojos, 2 7 5 -2 8 6 ; y terapia reicliiana, 34-43 Boca, y lenguaje del cuerpo, 86 B uckley, W illiam , Jr., 3 1 5

C C abeza, conciencia de la, 30 4-30 6, 308 C abeza y problemas de los ojos, 275286 C aíd a, ansiedad de, 12 0, 122, 187, 18 8 -2 1 3 , 224, 2 4 4 -2 4 5 ; causas de la, 2 0 2 -2 0 6 ; y caer, dorm ido, 2 0 6 -2 1 3 ; y tem or de la s. alturas, 18 8 -19 2 Cam us, A lb ert, 30 6-30 7 C annon, W . B., 3 1 8 C apas defensivas, 1 1 3 -1 1 5 C ará cter, 3 2 3 -3 2 4 ; conciencia y, 3 1 6 -3 2 9 ; definición, 1 3 0 ; form ación del, 1 3 6 ; véase también C arácter, estructu­ ra d e l; Personalidad C ará cter, análisis del, 13, 18, 40 C tóL eter com pulsivo, 159 CíUífeter, estructura del, 40, 13 0, SH i e iltü ián , 1 6 9 -1 7 2 ;

jerRtfsjrít. tfe, 160-163; tipos básicos de, 1 4 3 ; esquizoide, 1 4 3 -1 4 7 ; m asoquista, 1 5 4 -1 5 7 ; o ra l, 1 4 7 -1 5 0 ; rígid o, 1 5 7 -1 6 0 ;

sicópata, 1 5 0 -1 5 4 ; y el tem or de caerse, 190 C arácter oral, estructura 14 7 , 15 0, 1 6 1 -1 6 2 , 16 3 ; características físicas, 1 4 8 -1 4 9 ; condición bioenergética, 1 4 8 ; correlaciones sicológicas, 1 4 9 ; descripción, 1 4 5 -1 4 8 ; é ilusión, 16 9, 1 7 1 ; factores etiológicos e históricos, 150; y expresión de los ojos, 2 7 2 ; y tem or a caerse, 191 C arácter rígido, estructura, 15 7 -16 0 , 16 1, 1 6 3 ; características físicas, 1 5 8 -1 5 9 ; condición bioenergética, 1 5 8 ; correlaciones sicológicas, 1 5 9 ; descripción, 1 5 7 -1 5 8 ; e ilusión, 17 1 , 1 7 2 ; expresión de lqn ojos, 2 7 4 ; factores etiológicos ; e históricos, 159-16.0; reacción a la tensión, 2 1 9 ; temor de caída, 191 C arácter, tipos de, 4 0 ; véase también C arácter, estructu­ ras de C arga y concepto d e , energía, 44, 4 7 -49, 209 C atatonia, 223 C ejas y lenguaje del cuerpo, .8 5 C entro de Investigaciones de In fan ­ tes Orgona, 205 C entro, personalidad, 1 1 5 , 296 C inética, definición de la, 91 C irculación, 12 3, 1 3 1 , 13 2 , 1 5 2 ; concepto de, 44, 4 9 -5 0 ; y angulaciones del cuerpo, 77 C olgador de ropa, atrapam iento, 17 6 -17 8 Conciencia, 2 9 2 -3 2 9 ; autoconciencia y conciencia de sí mismo, 3 0 3 ; concepto de dualidad y unidad, 3 1 8 -3 2 4 ; desarrollo de la, 57 -5 9 , 64, 6 5 ; el ego y la, 300-301," 3 0 3 -3 0 4 ; expansión de la, 2 9 2 -3 0 7 ;

ín d ice / 333 función
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