Las Rutas de La Masculinidad

December 24, 2018 | Author: Erik Rt | Category: Woman, Etnia, raza y género, Gender, Man, Feminism
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Resumen del libro Las Rutas de la Masculinidad...

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Las rutas de la masculin masculin idad      

Montesinos Carrera, Rafael, (aut.) Editorial Gedisa, S.A. 1ª ed., 1ª imp.(10/2002)  Año 2002 272 páginas; 23x16 cm Idiomas: Español

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CONTENIDO Los Estudios Del Género Femenino: Preámbulo En El Estudio De Las Masculinidades ………………………………… …………………………………………………………… …………………………………….. ………….. 3 Ser Mujer ……………………………………………………………………......4 ……………………………………………………………………......4 El Feminismo De La Igualdad ………………………………………………...4 El Feminismo De La Diferencia ………………………………………………5 Los Estudios De Género ………………………………………………………………5 La Mujer Moderna: El Paso A Una Nueva Identidad Femenina ………………….8 ¿Una división sexual del trabajo?. .......................... ...................................... ........................ ........................9 ............9 De Objeto A Sujeto Sexual …………………………………………………....9 Mujeres Con Poder Nuevas Representaciones Simbólicas ……………………..10 Los Enfoques De La Masculinidad ………………....……………………………….11 La Crisis De La Masculinidad ………………………………………………..12 Planteamiento General ……………………………………………………….12 Nueva Identidad Femenina Versus Identidad Tradicional Masculina

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La Contracultura De Los Años Sesenta …………………………………………….16 Familia Y Genero Como Vida Cotidiana …………………………….............16 La Crisis De La Masculinidad ………………………………………………………...17 Un Balance Obligado …………………………………………………………..20 Sexualidad Y Juventud ……………………………………………………………......21 Masculinidad Versus Juventud: Un Intento De Conclusión ……………………….22

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Este ensayo se titula Las rutas de la masculinidad pues, a partir de las diversas expresiones que adquiere, pretende dar cuenta del complejo proceso de cambio cultural.

Los Estudio s Del Género Femenino: Preámbulo En El Estudi o De Las Masculinidades Las propuestas de las teorías feministas, así como los aportes realizados por trabajos académicos con perspectiva de género, presentan como un camino recorrido donde, pese a algunas diferencias, se tiene un mínimo de acuerdos que pueden potenciar el avance de las investigaciones sobre las relaciones sociales entre los géneros. Las aportaciones realizadas por los estudios de la mujer, y por los estudios de género, coadyuvan en la investigación sobre la identidad masculina, porque las teorías feministas introducen en la discusión una perspectiva diferente para entender la realidad social. Como señala Kimmel, la categoría genero .En los estudios de la identidad femenina siempre está presente la identidad masculina. Para llevar a cabo un balance sobre los acuerdos y desacuerdos sobre el género desde una perspectiva feminista, es necesario describir brevemente los dos discursos feministas que conceptualizan el ser mujer: el de igualdad y el de diferencia. Al considerar que la feminidad y la masculinidad son construcciones socio-culturales, y por tanto transhistoricas, cuya forma de representación simbólica sufren variaciones a través del tiempo pero mantienen la oposición como constante. También existe acuerdo sobre que las relaciones sociales, basadas en la diferencia sexual, donde a las mujeres se les ha asignado un lugar subordinado en relación con el varón. Los privilegios de que han gozado los varones a lo largo de la historia y su jerarquía, concepto que alude al dominio masculino sobre la mujer. Son precisamente estos elementos los que señalamos como constantes en donde se advierten los principales cambios culturales. En relación con el poder ejercido por los varones, se podría decir que este queda en entredicho al existir mujeres que ejercen poder. Lo que no quiere decir que desde la biología no se estén realizando estudios sobre la diferencia sexual; sin embargo, al olvidar la conceptualización del género destaca la condición física de los sexos y elude los significados de la relación sociocultural, sobre la que se debate la transformación de las estructuras sociales.

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Ser Mujer La teoría como la práctica feminista ha buscado responder al interrogante ¿Qué es ser mujer? La identidad femenina ha quedado tradicionalmente definida a partir de su función reproductiva y, por lo tanto, se deriva de la fórmula mujer=madre. Ser mujer, y por tanto madre, tiene su representación a través de un conjunto de estereotipos idóneos para las labores de maternidad y para la convivencia en el ámbito privado o familiar. Estos estereotipos asignados culturalmente a las mujeres son considerados atributos naturales en la justificación patriarcal. Por ejemplo, para Magda Catalá . El feminismo de la igualdad propone recuperar para las mujeres los atributos y capacidades asignadas a la masculinidad, como los espacios prohibidos o condicionados para el género femenino.

El Feminismo De La Igualdad Es la corriente ideológica que comenzó a tratar formalmente la condición de opresión a la que se sometía a la mujer. Por esta razón, el discurso está encaminado principalmente a lograr igualdad de oportunidades jurídicas, laborales y sociales entre hombres y mujeres. El problema principal del feminismo de la igualdad es que no toma en consideración que las relaciones sociales se establecen a partir de la diferencia sexual. El feminismo de la igualdad no cuestiona el ejercicio del poder masculino ni se plantea que los hombres participen en los trabajos domésticos y el cuidado de los hijos. Su planteamiento es una mujer igual al hombre en una sociedad que se encuentra diferenciada por géneros, donde lo masculino tiene mayor dominio. Tal situación, al ser recreada por una lógica social de corte patriarcal, allana el camino a los hombres. Es muy importante lograr la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres. Sin embargo, mientras la competencia no sea equitativa será necesario regular los aspectos que permiten la reproducción formal e informal de la desigualdad entre los géneros. Por ejemplo, para María Luisa Tarrés la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombre se logrará cuando el hombre intervenga en los trabajos domésticos y en el cuidado de los hijos en la misma proporción que las mujeres.

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El Feminismo De La Diferencia El feminismo busca reflexionar y conceptualizar a la mujer. Pero tal vez uno de los problemas que no se han abordados es la definición y conceptualización del hombre. Pero si ser mujer o ser hombre no tiene ningún, si tales conceptos son considerados en forma aislada, ¿cómo podremos definir o proponer cambios en la conceptualización del ser mujer, sin considerar los cambios que se tendrán en las relaciones sociales que establecen las mujeres con los hombres, y/o las mujeres con las mujeres, y/o los hombres con los hombres? La posición extrema dentro de algunas teorías feministas de la diferencia es idealizar lo femenino y por tanto criticar lo masculino, sin romper con el discurso dominante; es más, se podría decir que con esto se legitima el discurso donde la mujer continúa en una posición subordinada. De ahí que, como lo señala Linda  Alcoff, , existe una clara inquietud por la búsqueda de un nuevo discurso para conceptualizar a las mujeres. En el feminismo de la diferencia existen dos concepciones: el esencialismo, que tiene como objetivo , y la posición que reconoce la diferencia sexual, introduciendo en su análisis la connotación cultural y las formas de representación simbólica asignadas a casa uno de los sexos dentro de ciertos contextos de interacción social. Esta última posición fue la que dio pauta para hablar de la existencia del género como categoría de análisis.

Los Estudios De Género El género como categoría de análisis es reconocido como una de las grandes aportaciones para las ciencias sociales. Por ellos, en esta nueva perspectiva de análisis, el género está abriendo campos de estudio en las ciencias sociales. Al iniciar el debate a mediados de los setenta sobre los sistemas de sexo/género, parafraseando a Marx Gayle Rubin, se pregunta ¿Qué es una mujer domestica? Parte de considerar que una mujer es hembra de la especie humana y pasa a ser una mujer domestica a partir de ciertas relaciones sociales, pero reconociendo la existencia del sexismo en todas las formas de vida cotidiana y del hacer público. Define el sistema sexo/género .

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Sera necesario . Los estudios sobre la mujer pasan de ser exclusivamente una práctica política a tener un reconocimiento científico, donde el género es considerado como una categoría científica para el análisis social.  A partir de estas investigaciones académicas, que tienen como objeto/sujeto de estudio las mujeres, se empieza a utilizar el término género. No hay que perder de vista que las interpretaciones del genero están de acuerdo a los paradigmas históricos existentes .Como señala Scott, en su acepción más simple (uso de lo descriptivo) es sinónimo de , por lo que en algunos trabajos se sustituye la palabra mujer por la de género, como también la de sexo por género. La utilización descriptiva del termino está asociada, según esta autora, a la búsqueda de legitimidad académica por parte de las estudiosas feministas al separar el discurso académico de la práctica feminista: . En otra faceta, como sustitución de también significa que un estudio de mujeres necesariamente implica información sobre los hombres, es decir, el género es una categoría relacional, aun en si acepción más simple: sobre la desigualdad entre los sexos. Por lo que el pasa a ser una forma de denotar las construcciones culturales, la creación totalmente social de ideas sobre roles apropiados para mujeres y hombres. Al utilizar el término género se cuestiona que la diferencia sexual constituya una jerarquización entre los sexos. El uso del género principalmente se refiere a . El uso explicativo del género encuentra sustento en tres posiciones teóricas, señaladas por Scott, y sugeridas en un primer momento por Gayle Rubin, que intentan dar explicación causal sobre las relaciones de género: a) La explicación de los orígenes del patriarcado b) La explicación desde la tradición marxista c) La que desde el psicoanálisis explica la producción y reproducción de la identidad genérica del sujeto.

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La definición de género propuesta por Scott tienen dos partes y varias subpartes interrelacionadas, pero analíticamente distintas: El género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos y el género es una forma primaria de relaciones significantes de poder. Los cambios en las representaciones sociales corresponden siempre a cambios en las representaciones de poder pero la dirección del cambio no es necesariamente en un solo sentido La primera parte de su definición -- comprende cuatro elementos interrelacionado: 1. Los símbolos culturalmente disponibles que avocan representaciones múltiples. 2. Los conceptos normativos que manifiestan las interpretaciones de los significados de los símbolos, expresados a través de doctrinas religiosas, educativas, científicas, legales y políticas, que afirman categórica y unívocamente el significado de varón y mujer, masculino y femenino. 3. Las nociones políticas, instituciones y organizaciones sociales de las relaciones genéricas que amplían la visión al incluir otros espacios de estudio en los procesos de construcción de género. Con ello se transciende el proceso de socialización familiar a otras instancias sociales como son el mercado de trabajo, la institución educativa y política. 4. La identidad subjetiva en la construcción de la identidad de género, en donde el psicoanálisis es una teoría importante.  A finales de los ochenta encontramos una gran aceptación de la perspectiva teórica posestructuralista en los estudios de género. En México, es a partir de los años noventa que empieza a considerar esta perspectiva. Existen dos escuelas interesadas en los procesos de la construcción de la identidad del sujeto desde una perspectiva psicoanalítica. La escuela angloamericana, que se basa en la teoría, de relaciones de objeto, hace hincapié en la experiencia real del niño y su relación con las personas cercanas a él. Esta perspectiva muestra como en las niñas existe una identificación real con la madre. De esta forma las niñas perciben el comportamiento de la mujer en forma real, mientras que los niños tienen identificación imaginaria con el padre, es decir, su identificación es con el género/papel, y está determinada por la ausencia del padre. Por lo tanto, el niño define su masculinidad a partir de la negación de la feminidad.

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La escuela francesa se basa en la lectura estructuralista y posestructuralista de Freud en términos de teorías del lenguaje (para las feministas la figura clave es Jacques Lacan), y destaca la importancia del lenguaje en la comunicación, interpretación y representación del género. Esta presenta una conceptualización más amplia sobre la construcción de la identidad de género, donde: Las identidades subjetivas son procesos de diferenciación y distinción, que requieren la eliminación de ambigüedades y de elementos opuestos con el fin de asegurar (y crear la ilusión de) coherencia y comprensión común. Para Marta Lamas la definición de Scott sobre género sobre una confusión entre identidad psíquica e identidad de género, pues niega que la identidad genérica se base sólo y universalmente en el miedo a la castración (que surge ante el reconocimiento de la diferencia sexual); y antepone que la identidad genérica se construye mediante los procesos simbólicos que dan forma al género, y que, entre otros, incluyen la simbolización cultural del miedo a la castración. Pero quizás esta crítica sea infundada, ya que en los cuatro elementos que se interrelacionan en su definición de género, Scott considera distintos procesos de simbolización y transmisión del rol genérico. Para Lamas, en el uso que se da a la expresión se genera una confusión entre género y sexo, pues: La identidad de género (femenino) es la identidad cultural de las personas que asumen un papel femenino, aunque algunas tengan cuerpos de hombre. La cultura establece cuáles son los atributos y los papeles sociales femeninos y masculinos. Que muchas personas no se identifiquen con el papel que les toca hace evidente que la identidad no depende del género que se te asigna. La utilización del género como sinónimo de mujeres no implica una conceptualización del género, ya que ésta es una categoría relacional, y por lo tanto exige analizar las distintas dimensiones de las relaciones sociales entre los sexos. La perspectiva de género permite analizar a las mujeres en sus distintos contextos de interacción con los hombres.

La Mujer Moderna: El Paso A Una Nueva Identidad Femenina En una sociedad como la nuestra, donde el principal reto del proceso de modernización está determinado por la resistencia de estructuras pre modernas en lo económico, político y social, resulta prácticamente imposible afirmar que, en general, la mujer mexicana se haya liberado (a pesar de que la presencia de la

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mujer en los diferentes ámbitos sociales en cada día más evidente). Estamos ante una sociedad profundamente diferenciada, lo cual significa que la cultura, genéricamente hablando, no puede expresar una subjetividad colectiva homogénea a partir de la cual afirmemos tajantemente que ha desaparecido los principios morales que anteriormente sujetaban a la mujer.

¿Una divis ión sexual d el trabajo? En términos generales, y por lo que respecta a la modernización político-social, se puede identificar a una sociedad como si no existe una relación equilibrada entre el estado y la sociedad, sobre todo en el periodo 1940-1970, estuvieron caracterizados por una actitud autoritaria (paternalista) del estado, que siempre se resistió a las manifestaciones anti sistémicas de las masas populares. Pero de manera muy peculiar, cuando nos ubicamos en el carácter autoritario de nuestra sociedad referido a la relación hambre-mujer, no queda más que reconocer la lamentable condición de la mujer, aun cuando e incorpora al mercado de trabajo, es decir, cuando participa activamente en el proceso de modernización. El primer aspecto a considerar es que antes de la modernización el espacio social asignado a la mujer era el espacio privado, pues por su misma naturaleza le correspondía la responsabilidad de garantizar la reproducción del espacio cotidiano, el de la familia. Así, para el contexto mexicano, tenía validez la argumentación básica del movimiento feminista respecto al carácter de la división sexual del trabajo. Es decir, que a partir de la naturaleza femenina se le asigna a la mujer un trabajo que le permite cumplir con su función reproductora; y la adaptabilidad entre esa función y las características del trabajo doméstico que definieron el espacio de la familia como su espacio vital.

De Objeto A Sujeto Sexual El nuevo papel que juega la mujer en la modernización mexicana ayuda a modificar el patrón sociocultural de nuestra sociedad. Así la relación de dominación entre el hombre y la mujer se va modificando en la medida en que ella participa en cada uno de los ámbitos de la sociedad. Pero uno de los aspectos de la cultura es modificado, y que de hecho produce un efecto conflictivo y contradictorio ente lo tradicional y lo moderno, es el nuevo papel sexual de la mujer. Si el estereotipo de la mujer mexicana hasta los años sesenta estaba definido por virtudes tales como la abnegación (ante su papel de reproductora familiar) y la fidelidad (a pesar de la doble moral de su pareja), el peor papel asignado a la mujer en la relación con su marido era el sexual. Es decir, que la moral impuesta por la sociedad tradicional le asignaba un papel pasivo en la relación sexual. Los

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aspectos que influyen en la modificación de este patrón cultural son el quiebre cultural de finales de los años sesenta, entendido como la confrontación generacional entre los valores morales de los jóvenes y los viejos; así como las influencias culturales del exterior, promovidas por los movimientos sociales (particularmente el feminismo y el movimiento hippie) y la renovada cultura universal que se incorporó progresivamente a nuestra sociedad a partir del desarrollo de los medios de comunicación masiva. De manera muy específica, por lo que toca a la influencia del movimie3nto feminista occidental, el aspecto cultural que se transforma es el sexual: la mujer se proclama propietaria de su cuerpo. En lo sucesivo la mujer moderna, fundamentalmente urbana, decide con quien cuándo y cómo tener relaciones sexuales. Si bien ha de reconocer que la generación de jóvenes (adolescentes y veinteañeros) de la década de los setenta se liberó (en su mayoría) de los tabúes tradicionales (matrimonio, virginidad, fidelidad, sexualidad, etc.), también es conveniente reconocer que las generaciones actuales de jóvenes, es decir, los hijos de las generaciones liberadas están en una especie de vuelta al conservadurismo, donde se advierte cierta revitalización del vínculo matrimonial y la virginidad. Se trata de un movimiento contracultural de influencia conservadora. Pero igual, la nueva identidad de la mujer que se va conformando en el proceso de modernización, se advierte no sólo en lo referente a las prácticas de su sexualidad, sino de su acción global en la sociedad: en la economía, la educación, la cultura y la ciencia.

MUJERES CON PODER. NUEVAS REPRESENTACIONES SIMBÓLICAS La diversificación de la presencia femenina en el mercado de trabajo nos permite sostener que el concepto de división sexual del trabajo está rebasado en los estudios modernos sobre la mujer. La incursión de la mujer en carreras universitarias le concedió habilidades y conocimientos para cumplir con el perfil profesional que permite escalar las estructuras jerárquicas. De tal forma que la modernización cultural de la sociedad occidental y su expresión particular en el contexto de la mexicana advierte, junto con un proceso complejo de nuevas relaciones socioculturales, la emergencia de nuevas formas de expresión de la identidad femenina. Se trata de un proceso cultural que al romper con los patrones de una sociedad tradicional que confinó a la mujer al espacio privado-familiar, ve interrumpir a la mujer en todos los ámbitos de la vida pública, incluso acceder al poder. En ese sentido, las empresarias, ejecutivas, funcionarias o líderes comienzan a registrar

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nuevas experiencias históricas para la memoria femenina, promoviendo la conformación de nuevas estructuras simbólicas donde el hombre aparece compartiendo el monopolio del poder. La posición de esas mujeres y su participación en la toma de decisiones refleja un proceso cultural donde la simbolización del poder va desechando, como referencia exclusiva, al género masculino. La reflexión de este ensayo se sustenta en 18 estudios de caso, realizados con ejecutivas de alto nivel, catorce de las cuales eran ejecutivas de Banamex y Bancomer, y las restantes trabajan en otros sectores de economía. Su testimonio adquiere virtual relevancia en la medida en que refleja la transformación de la subjetividad femenina.

Los Enfoques De La Masculinidad Los aportes que los estudios de la mujer han hecho sobre los enfoques de género deben estar presentes en las modernas investigaciones sobre la masculinidad, puesto que al reflexionar sobre tal problemática la referencia inmediata es su contrapartida: la actitud, papel social y personificación del poder de los hombres. Se trata, pues, de lo que aparece en los estudios sobre la mujer como condición de la otredad. En ese contexto, cabe considerar que no se parte de cero, y que los diversos enfoques contemporáneos que se utilizan para conocer este nuevo objeto de estudio no caerán en los baches metodológicos que han enfrentado los estudios sobre la mujer. Nos referimos principalmente a la ideologización en que incurrió el feminismo principalmente a la ideologización en que incurrió el feminismo en los años sesenta y setenta. Eso no quiere decir que los estudios, pues evidentemente éstas se manifiestan en una reticencia de la comunidad académica a aceptar el estatus del objeto de estudio, patente en una estructura cultural de corte patriarcal, por moderna que sea la sociedad de que se trate. En todo caso, los estudios contemporáneos sobre la masculinidad se ubican en el momento en que se acepta que las sociedades occidentales asumen un cambio social manifiesto en el ámbito económico, político y cultural. Por otra parte, y esencialmente, los estudios sobre la mujer determinan hoy el reconocimiento del término como un concepto cualitativamente útil para profundizar en el conocimiento de la realidad social y de la reproducción de la vida cotidiana. Es decir, que los estudios sobre la masculinidad tienen como objetivo principal detectar el conflicto que enfrentan los hombres ante los cambios en la identidad masculina.

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La Crisis De La Masculinidad En el contexto de un cambio cultural que ve emerger la conformación de una nueva identidad femenina, la práctica de las relaciones entre los géneros imp0lica la transformación de las estructuras simbólicas que, en ese proceso, revalúan el papel social de la mujer. De tal forma que el imaginario masculino requiere, también, construir una nueva identidad que permita los hombres asumir una relación equilibrada con las mujeres. De eso depende como a mujeres de las estructuras sociales de poder que imponen condiciones autoritarias entre los géneros.

Planteamiento General Comparto la idea de Agnes Heller cuando afirma que el feminismo es uno de los movimientos sociales determinantes del cambio cultural que la humanidad registra en las últimas décadas. Esto implica la emergencia de una nueva cultura que se manifiesta a partir de prácticas sociales, renovadas o diferentes, que transforman la reproducción de todos los ámbitos de la vida social. El cambio cultural, entonces, implica la transformación de los valores, principios y costumbres que rigen los espacios privados y públicos. En todo caso, la nueva cultura se expresa al momento que emerge una nueva identidad del género femenino, y por lo tanto, una transformación en las formas de reproducción de la vida cotidiana (relaciones de familia y pareja), así como en las nuevas formas de . En ese sentido, es necesario distinguir el nuevo significado simbólico que adquiere la construcción de la nueva identidad femenina en la configuración de las nuevas estructuras de la sociedad contemporánea. La discusión tiene que ver en general con la resistencia de algunas feministas que mantienen una posición notoriamente ideologizada, y de las estudiosas del género femenino, en cuanto a satanizar o resistirse a analizar socioculturalmente las implicaciones de las diferencias naturales, de tal forma que las diferencias del sexo aparecen, básicamente, como herencia de las teorías darwinianas que colocan a la mujer en una condición subordinada con relación al hombre. Esto no quiere decir que en lógica de la sociedad patriarcal tal interpretación esencialmente antropológica, donde la reproducción social se observe a partir de su relación con el medio ambiente, donde lo natural influye en la definición de lo social. Por otra parte, valdría la pena considerar si las transformaciones estructurales que obedecen a la lógica propia de la sociedad contemporánea han influido más de lo que hasta ahora se ha contemplado. Me refiero a la idea de Harris, quien sugiere que, en todo caso, el movimiento feminista de los años sesenta en Estados Unidos parte del hecho concreto de que la mujer, al ser incorporada al mercado de

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trabajo, ha transformado ya las relaciones familiares. Se trata de un momento, entonces, donde las mujeres no se han constituido como sujeto social. Esta misma idea se puede replantear a partir de lo que Bell sugiere acerca del cambio social, donde los cambios registrados, por ejemplo, en la economía. Lo que intento plantear es que las transformaciones culturales que van dando forma a nuevas identidades genéricas, tanto de las mujeres como de los hombres, están más allá de una ; que la cultura se va transformando independientemente de la conciencia del individuo acerca de las construcciones simbólicas que van redefiniendo los roles sociales de uno u otro sexo. En ese contexto, independientemente de los cambios impulsados conscientemente por las mujeres, la transformación de las relaciones tradicionales entre pareja y la familia, que propician la incorporación progresiva de la mujer al espacio público, se traduce en cambios simbólicos en la subjetividad masculina que, en determinado momento, se expresa a través de una suerte de crisis en la identidad masculina. Evidentemente, las conductas que confrontan las manifestaciones machista de los hombres profundizan una situación de por sí conflictiva. Por último, antes de abordar el problema de la crisis de la identidad masculina en el contexto del cambio cultural en México, es indispensable reconocer que el estudio del género masculino parte del background que nos heredan los estudios sobre las mujeres, en cuanto a participación económica y política, así como de los avances registrados en el terreno de la sexualidad.

Nueva Identidad Femenina Versus Identidad Tradici onal Masculin a

El espacio social que tradicionalmente se le asignó a la mujer mexicana hasta los años cincuenta es el espacio privado. Por ejemplo, la proyección de la imagen de la mujer en el cine de los años cincuenta da cuenta del rol de que nuestra sociedad señaló. De aquí que los rasgos que definieron la personalidad de las mujeres hayan apelado a virtudes (fidelidad y abnegación) que en actualidad constituyen símbolos de la subordinación. Evidentemente, el papel que la sociedad asignó a esas mujeres, si confinamiento al espacio privado, se expresó mediante su ausencia en el mercado de trabajo. Hasta entonces es posible analizar la cultura particularmente la referente a la forma en que reproduce la vida cotidiana, a partir de conceptos que inicialmente utilizaron los movimientos feministas de las sociedades desarrolladas, como es el

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caso de la división sexual del trabajo. Este rasgo de la sociedad reflejaba uno de los principales elementos que determinaron la subordinación de la mujer. La desigualdad en referencia al hombre tenía claramente, como casualidad, su dependencia económica, puesto que a ellas correspondía la responsabilidad de la reproducción social, la procreación y el cuidado de los hijos. De tal forma que de manera social, no natural, al hombre le tocó el papel de proveedor de la familia. Este papel económico le redituó también el derecho de ejercer el poder dentro de la célula familiar. Así, el hecho de que el hombre representara el único sustento familiar propiciaba legitimidad social para ejercer más derechos que la mujer. Es el caso de la doble moral que redondea la deteriorada imagen de la mujer tradicional que predomina hasta los años cincuenta. Poco a poco, la mujer fue incursionando en el mercado de trabajo. Su presencia en el espacio público modificó la estructura de la familia nuclear que definía los rasgos de la cultura tradicional. Aunque, nuevamente, la subordinación a que se sujetaba a las mujeres adquiría nuevas formas de expresión. La doble jornada tuvo su máxima expresión en México cuando la mujer adquirió mayor presencia en el mercado de trabajo, haciendo evidente su explotación al cumplir, también, con las obligaciones del hogar.  Aun así, aunque socialmente se aceptaba un nuevo tipo de mujer, las desigualdades en referencia a los hombres se hacían más patentes. Por otra parte, la autoridad que detentaba la figura masculina dentro de la familia no disminuyo. Aunque la mujer cooperaba con su ingreso, el hombre continuaba ejerciendo el poder, en su carácter de padre, esposo o hermano. Por otra parte, en la medida en que el trabajo femenino retribuía bajos ingresos para el mantenimiento familiar, su participación económica fue vista como una ayuda complementaria que reproducía nuevamente la imagen de inferioridad femenina que en cada ámbito social se le asignaba. Así, los rasgos de su identidad como mujer confirmaban la imposibilidad de desempeñar actividades económicas que estaban definidas partir de los roles masculinos ya que a los hombres se les atribuía naturalmente todas aquellas características que requerían los puestos superiores en la administración pública y privada. Tal situación reproducía un contexto sociocultural en el cual todavía era posible comprenderé la permanencia de una división sexual del trabajo. Sólo que ahora ya no se trataba de una especialización de trabajos en función de los espacios sociales donde al hombre le correspondieron, por prácticas culturales, las actividades económicas remuneradas y a las mujeres no, ya que su espacio social era el doméstico. La división sexual del trabajo se encuentra en la medida en que, si bien ya se advertía mayor presencia femenina en el mercado de trabajo, existían muchas ramas de la economía en las que todavía no incursionaban. Pág. 14

 Además, el tipo de actividad remunerada de las mujeres en los años cincuenta reflejaba la inferioridad femenina que una sociedad patriarcal reproduce en cada uno de sus ámbitos. Es cierto, la mujer adquiere mayor presencia en las burocracias, públicas y privadas, pero desempeña trabajos secretariales o de asistencia administrativa. Incursiona en algunas ramas industriales, pero en calidad de obrera. Consolida su presencia en los servicios, aunque, normalmente, es en carácter de dependiente, etcétera. Es decir, se trata de papeles económicos de importancia secundaria, pues todavía las mujeres no acceden a puestos de dirección en los que se hace patente el ejercicio del poder. De tal forma que si bien es factible reconocer la permanencia de la división sexual del trabajo, ésta se manifiesta, más claramente, cuando el hombre monopoliza las tareas que exigen capacidad racional y conocimiento técnico, en las ingenierías y las ciencias administrativas, por ejemplo. Estos cambios sociales se expresan entonces a partir de una serie de transformaciones en los hábitos que exigen cada espacio social, el público y el privado. Tal situación refleja una serie de contradicciones en la reproducción de la cultura si entendemos a ésta como un conjunto de costumbres, normas, formas de pensar, y por tanto, de prácticas cotidianas que guían las relaciones sociales. Por ejemplo. es cierto que la mujer ya trabaja, pero ha de recordarse que una mujer próxima a casarse tenía que abandonar su empleo para cumplir con su nuevo rol social de madre y esposa Si ya había logrado aunque fuera una incipiente independencia del hombre, para conformarse socialmente como mujer en la nueva etapa de su vida tenía que volver a una situación de subordinación, esto es, de dependencia económica y social que le impedía consumarse como persona fuera de la esfera familiar. Visto así, podemos decir que la transformación de las prácticas sociales y su relación con valores culturales eran muy relativas. Sin embargo, este cambio significaba el inicio de la transformación del imaginario colectivo que comienza a construir nuevas identidades para los géneros. Las estructuras simbólicas de la sociedad mexicana de los años cincuenta comienzan a aceptar a la mujer en el espacio público, aunque esto, en la práctica, no significó el equilibrio en la relación de los géneros. Se permitió, en mi opinión, una suerte de independencia temporal de la mujer mientras trabaja remunerada mente antes de matrimonio, y tras éste se la confinaba nuevamente al espacio privado. La identidad masculina aun cuando ya se registran cambios sociales que aparecían los cimientos del cambio en la identidad femenina, se mantenía prácticamente intacta, como lo establecía la tradición de la .

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 Al hombre lo rodeaba el aura del poder; por ello, lo masculino simboliza a la fecha autoridad en todos los ámbitos sociales.

La Contracultura De Los Años Sesenta En términos de cambio cultural, la década de los sesenta inaugura la presencia de movimientos sociales que conforman prácticas contraculturales, esto es, conductas sociales guiadas por valores que confrontan el statu quo. En ese sentido, los movimientos feministas y hippie de los años sesenta en los países industrializados no tuvieron el mismo impacto en sociedades como la nuestra; aunque lo relevante sea que estos movimientos comenzaron a revolucionar la idea de lo que habría de ser una nueva cultura, una cultura moderna, que en lo sucesivo habría de regir las relaciones sociales, en general, y las conductas de los géneros, en particular. Las contradicciones que se generaron en la sociedad mexicana de esos años se situaron más en una posición generacional acerca de las imágenes sociales provenientes de las sociedades industriales, que en prácticas cotidianas que confrontaran a las establecidas. De tal forma, que el papel del intercambio cultural, fundamentalmente a través de los medios de difusión masiva, consiste en la renovación de los símbolos tradicionales que rigen a la sociedad. El imaginario colectivo de nuestra sociedad se ve seducido por las conductas que le proyectan del exterior, que representan lo nuevo, lo moderno. El cambio real en el ámbito de la cultura se advierte desde los años setenta en nuestra sociedad. Considero que aquí no se atravesó por el conflicto generacional propiciado por las manifestaciones feministas que demandaban ser reconocidas como sujetos sexuales, por ejemplo. Más bien, nuestro cambio cultural, en cuanto a nuevas formas de percepción de lo sexual y su defecto en la reproducción.

Familia Y Genero Como Vida Cotidiana  Analizar la masculinidad a partir de las nuevas tendencias de familia sugiere que aún en la actualidad ese núcleo social es fundamental en la definición de las identidades genéricas. En ese sentido, el primer problema metodológico es determinar la importancia que tiene cada espacio social, el público y el privado, en la reproducción de la vida cotidiana. De tal forma que al considerar el peso predominante del espacio público en la configuración de la sociedad contemporánea, pareciera que el espacio privado, y por tanto la familia, influye marginalmente en la definición material y simbólica de la sociedad.

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Evidentemente, si pensamos que la evolución de la sociedad capitalista ha situado en un lugar secundario a la familia, en cuanto unidad de producción, deduciremos por qué en la actualidad el espacio privado está desprovisto de los valores materiales y simbólicos que permiten a un individuo adquirir cierto statu quo. De hecho la discusión acerca de la desigualdad entre los hombres y mujeres refleja la desvalorización de la vida cotidiana a la que se confinó a la mujer por tanto tiempo. Asimismo, conforme la cultura contemporánea le confirió al hombre el espacio público como su espacio social , pareciera que las transformaciones en el interior de la familia no afectan su identidad masculina. Por esa razón, vale la pena evaluar ¿hasta dónde los cambios en la vida cotidiana alteran su estructura individual? Se trata de analizar a la familia primero, como sistema que se puede aislar de su entorno. De esta forma intentaremos anular el determinismo social que en la interpretación de Parsons sitúa a la familia como un subsistema sujeto a los cambios sociales con su ambiente. Segundo, el cambio de la estructura familiar será analizado a la luz de las transformaciones del proceso cultural, de tal manera que las nuevas prácticas sociales de la experiencia cotidiana a partir de la cual se reproduce la familia se comprendan como expresión de la totalidad sistémica.

La Crisis De La Masculinidad La crisis de la masculinidad en México obedece en la actualidad a dos fenómenos sociales: que las mujeres aparezcan ejerciendo el poder, es decir, rompiendo los mitos que proyectaban al hombre como personificación exclusiva del poder; y que la economía este deteriorada, lo cual limita las posibilidades de mantener la imagen masculina a partir de su papel de proveedor de familia. Se trata de un contexto cultural donde los nuevos símbolos genéricos no corresponden a las interpretaciones que el imaginario masculino reproduce hasta la fecha. La reproducción de la vida cotidiana sugiere la capacidad de sus miembros para contener las influencias externas que atentan contra la confirmación de las identidades genéricas, sobre todo el de la masculina. Sería cuestión, entonces, de analizar hasta qué punto la vida cotidiana registra los dos fenómenos mencionados: la emergencia de nuevas identidades femeninas y la crisis económica. De tal manera que sea a partir de la dinámica cotidiana materializada en las relaciones familiares que se evalúen los cambios en la identidad masculina. La modernización cultural en México comienza a manifestarse a partir de una serie de cambios sociales que se registran en la década de los sesenta. Si bien estos cambios se expresan en el espacio público, también es cierto que el espacio

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privado, donde se reproduce la vida cotidiana, es el lugar en el que adquiere mayor relevancia la renovación cultural. Es en ese ámbito donde se advierte la emergencia de una nueva cultura en el momento en que la práctica de las relaciones sociales se rige por nuevos valores, cuando las conductas colectivas e individuales aparecen como una suerte de desafío el statu quo. El tránsito a nuevas formas de conducta hace que lo viejo aparezca como algo cursi, y por tanto, despreciable. La confrontación generacional ya no se hace esperar, se hace pública. Los jóvenes inician un proceso colectivo de búsqueda de nuevas identidades y símbolos. Y así como la fidelidad representó uno de los valores sociales que resguardaba a la familia feliz, el amor libre aparecía como uno de los valores que promovieron nuevas formas de relación ente el hombre y la mujer. En los años setenta y ochenta, este cambio generacional se manifestó a partir de indicadores macro sociales: los anticonceptivos propiciaron el control de la natalidad en los centros urbanos, se incrementaron el índice de divorcios y de madres solteras, la liberación sexual se masificó a partir de los medios masivos de difusión, etcétera. Los tabúes de una sociedad tradicional y mojigata fueron cuestionados en todos y cada uno de los ámbitos. Evidentemente, si bien se trata de un proceso en el que participan tanto el hombre como la mujer, es ésta la que más desafía al statu quo, pues sobre ella recae el peso de la tradición. Dicho de otra forma, al pensar en liberación sexual contemplando la doble moral del hombre, se hace obvio que quien rompe realmente con los tabúes del sexo es la mujer. Este cambio cultural es lo que se denomina liberación femenina. En todo caso, la importancia de este fenómeno no se da aisladamente, pues, además, la mujer de los años setenta ha accedido a mayores niveles de educación, por lo que la presunta división sexual del trabajo quedó totalmente rebasada. Ya no se trata sólo de que la mujer aparezca en el mercado de trabajo en todas las ramas y actividades económicas, sino que además aparezca apropiándose de los puestos en que se ejerce el poder. La mujer rompe los símbolos que le permitían a la sociedad patriarcal reproducir la imagen del hombre personificado al poder. Los atributos que anteriormente se asocian al género masculino, como la inteligencia, la razón, la iniciativa, y hasta la fuerza, son ahora rasgos compartidos por las mujeres. Se trata de una etapa social donde la posmodernidad se expresa a partir de una disolución progresiva de la diferencia entre los géneros. La pregunta obligada es ¿cómo se expresan estas transformaciones culturales en la familia? Y ¿cómo afectan a la identidad masculina? En primer lugar, que la mujer se incorpore al mercado de trabajo le reditúa los medios para iniciar su proceso de independencia. No importa que su ingreso sea apenas significativo, y por tanto considerado como complementario del gasto familiar. Lo significativo es que esto representa una nueva expectativa para la mujer. Se modifican las

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experiencias cotidianas de alguno de los miembros de la familia. Pero ¿Qué significa esta nueva situación para el hombre, particularmente para el que representa la máxima autoridad dentro de las convenciones de la familia nuclear? ¿Qué diferencia existe si quien se incorpora al mercado de trabajo es la esposa o una hija? Evidentemente, las variantes pueden ser infinitas; lo importante es que este fenómeno crea las bases para nuevas formas de identidad femenina, y por tanto para el cuestionamiento de la autoridad masculina. El hecho de que la mujer participe en el mercado de trabajo sugiere que el hombre deja de controlar totalmente el ambiente. Por ejemplo, en los años sesenta y los setenta todavía era mal visto entre las generaciones adultas que la mujer trabajara. A los ojos de los demás, el hombre que lo permitía aceptaba su incapacidad para ser el proveedor del hogar. La autoridad masculina comienza a perder legitimidad. Esto sugiere que el cambio cultural en el ámbito de las relaciones de pareja representa un conflicto en cuanto que las nuevas prácticas externas a la vida cotidiana cuestionan el statu quo del hombre en el contacto face-to-face, entre el hombre y la mujer. La interacción de los miembros de la familia en su entorno, en los  habitus externos al ámbito familiar, representa formas de intercambio a partir de los cuales los miembros confrontan el orden de su unidad social. Esta situación, nuevamente, cuestiona la validez de lo establecido, y por tanto, del ser de la autoridad. Sin embargo, reconozcamos que la tradición impone a la imagen paterna como la máxima autoridad, y que en todo caso, la cuestión económica tan sólo es su aspecto de la dominación. En ese sentido, aunque la mujer o la familia ya no dependan totalmente de la capacidad proveedora del hombre, la dominación se mantiene. Por esa razón las feministas cuestionan el autoritarismo masculino a partir del concepto de doble jornada. Pero independientemente de que no se pueda generalizar, tampoco se puede negar que es en las clases medias, a la que se les atribuye un mejor nivel educativo, y por tanto, mayor conciencia de la situación, en donde se crean las condiciones para equilibrar las diferencias particulares de cada caso, del peso de tradición, de la lucha entre lo viejo y lo nuevo, de la experiencia cotidiana de hombres y mujeres. Pensemos en el caso de una pareja post-hippie donde la mujer obtenga más recursos que el hombre. Evidentemente, la autoridad tradicional del hombre queda claramente cuestionada, la dependencia de la mujer está totalmente superada. Sin embargo, en la medida en que la cultura se encuentra en proceso de transición, se puede advertir una serie de contradicciones originadas por su expresión en la vida cotidiana que impone el orden establecido al proyectar que el señor ha de representar, en el ritual contemporáneo, al símbolo de la autoridad. Se trata de una paradoja en la cual la mujer juega a ser sumisa en ámbito público, mientras en Pág. 19

la vida cotidiana asume la autoridad que le concede su total independencia económica. De tal forma que sin exaltar su condición en el ámbito familiar, simplemente toma las decisiones de importancia para la reproducción social cotidiana; es decir, ejerce el poder. No se trata tan sólo de la configuración de nuevos símbolos, sino de una situación concreta en la cual los papeles se han invertido. Un hombre en desventaja económica con su pareja queda expuesto a una condición subordinada. Esta imagen sugiere que el poder no tiene sexo. En este caso la crisis de la masculinidad no se explica solamente a través de la emergencia de una nueva configuración de símbolos, sino por el hecho concreto de haber perdido el control, y por tanto, la posibilidad de ejercer el poder que la sociedad, todavía, sigue asociado a los rasgos de la identidad masculina. El tercer caso a considerar corresponde a un escenario muy actual, y que parece adquirir mayor capacidad para materializar sus tendencias. Se trata del efecto de la crisis económica que azota al país, pues este fenómeno incide de inmediato en la subjetividad de todos los individuos. Las expectativas se ven truncadas y la estabilidad emocional gravemente afectada. ¿Qué tipo de relaciones se pueden estar gestando en una relación de pareja donde el hombre ha perdido su fuente de ingresos y no sabe cuándo podrá reincorporarse al mercado de trabajo? Ya ni siquiera es el caso de una pareja en la que el hombre ingresa menos recursos económicos que la mujer, sino que es dependiente de su pareja. Es una situación caótica en la cual la crisis de la identidad masculina llega a su clímax.

Un Balance Obligado De ninguna forma se pretende haber agotado la reflexión acerca de la condición actual de la masculinidad en México. Tan sólo se han trazado tres grandes líneas que permiten identificar los elementos de la problemática familia-masculinidad. En ese sentido sea intentado establecer la relación entre la familia y la totalidad sistémica, a partir de la cual se identifican los principales conflictos que los hombres enfrentan al transformarse el contexto tanto de su espacio privado como el del público. La interpretación de la relación familia-masculinidad a partir del concepto de vida cotidiana ha permitido destacar la naturaleza de la familia en el análisis de su aspecto de la realidad, el de las manifestaciones culturales. Sin embargo, esta perspectiva ha permitido identificar los intercambios básicos con el entorno, centrado la atención en la relación cultura-economía, pues una de las hipótesis sobre las que se trabaja es que la crisis económica profundiza más las causas de la crisis en la identidad masculina. Además, que se analiza a la familia en cuanto a su capacidad para reproducirse materialmente, y por tanto, en relación estrecha al

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papel económico que juegan sus miembros. La vida cotidiana adquiere su expresión, al menos, en dos ámbitos de la vida social, el de la cultura y el de la economía. Las influencias del entorno en el ámbito familiar provocan la emergencia de nuevos símbolos que cuestionan la autoridad social de la masculinidad, al mismo tiempo que las nuevas identidades femeninas rompen las estructuras simbólicas tradicionales a partir de lo cual la realidad deja de reflejar la superioridad masculina. Tal ruptura simbólica, que emerge de un cambio cultural tan evidente como el que se vive en los últimos años del siglo XX, provoca una crisis en la identidad masculina que obliga a revisar los principios que rigen las relaciones familiares y de parea. De tal forma que así como se buscan nuevas bases para conformar una cultura genérica más igualitaria, también se definan nuevos compromisos para la familia moderna que ha de ser más consecuente con las actuales tendencias sociales. Como sugiere Agnes Heller, es necesario revolucionar la vida cotidiana para construir relaciones adecuadas a los tiempos modernos. Se trata, entonces, de reproducir, repetir, copiar, hasta expandir en el espectro social nuevas prácticas entre los géneros que den origen a las condiciones requeridas para una nueva vida cotidiana, igualitaria y, por tanto, liberadora de una cultura que reprime y somete tanto a hombres como a mujeres. Una nueva vida cotidiana se ha de imponer a una vieja y caduca vida cotidiana.

Sexualidad Y Juventud Sin duda una de las conductas biológicas y sociales que reflejan cómo los individuos, hombres o mujeres, han superado la etapa infantil es la práctica de la sexualidad. Se deja de ser niño cuando se está en condiciones de ejercer el sexo. Tal situación se aprecia en las sociedades tradicionales a partir de la elección de pareja formal a una edad muy temprana. De hecho este fenómeno sugiere cómo en sociedades de ese tipo, el paso de la niñez a la edad adulta prácticamente es inmediato. Sin embargo, en las sociedades urbanas, en la medida en que rompen con los valores de la cultura tradicional, la liberación sexual se expresa en una incorporación más temprana a la vida sexual. Por ello no hay que reconocer que cada vez más jóvenes de entre 15 y 17 años adquieren esa experiencia. Por ejemplo, cuando Giddens analiza encuestas sobre las preferencias sexuales entre las generaciones de Estados Unidos, resalta que mientras un bajo porcentaje de las generaciones de entre 35 y 40 años ha practicado el sexo oral, esas prácticas en jóvenes de 20 a 25 años parecen ser la norma. Esto siguiere que la transformación cultural en al ámbito de la sexualidad se va materializando en la reproducción de la vida cotidiana, sobre todo, en la medida en que un nuevo valor o práctica es cada vez más aceptado socialmente. El hecho de que la

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 juventud sea precisamente la que incorpora en sus relaciones genéricas nuevas formas de relación sexual, no la señala exclusivamente como transición influenciada por una conducta adulta, sino como la punta de lanza del cambio cultural. En una encuesta realizada junto con Griselda Martínez sobre liberación sexual y aborto en la ciudad de México, se vio que los jóvenes de entre 20 y 25 manifiestan su acuerdo respecto a que es decisión de la pareja el optar por el aborto en caso de embarazo. En cambio, la respuesta general de una sociedad tradicional que hace prevalecer la autoridad masculina supone una respuesta, sobre todo de las generaciones adultas, primero, de rechazo al aborto, y segundo, a favor de una decisión del hombre. Es decir, que la juventud va siendo reflejo del cambio cultural en el cual se acepta tanto por hombres como mujeres a la mujer como sujeto sexual, y que en su calidad de propietaria de su cuerpo, en todo caso, la decisión fundamental le corresponde a ellas. Sin embargo, en esa misma encuesta se advierte cómo jóvenes de entre 16 y 18 años consideraban a la virginidad como un valor importante en la relación de pareja. Esto refleja que no necesariamente la  juventud es el mejor receptáculo de la modernización cultural en el ámbito de la liberación sexual, como también lo muestra una encuesta de 1997 sobre el mismo tema, donde un 62% manifestó en contra del aborto, de un espectro en el cual el 91% eran menores de 30 años y el 74% estudiantes.

Masculini dad Versus J uventud: Un Intento De Conclusión Si en efecto la masculinidad se está sometiendo a las transformaciones de la cultura y eso dificulta hacer una nueva definición de ella, sobre todo en el marco de las sociedades modernas, ¿cómo podremos caracterizar a la masculinidad más allá de las diferencias biológicas y la cuestión de la reproducción, si se reconoce que el proceso de construcción de la identidad masculina imprime mayor nivel de conflicto a la identidad de jóvenes y, por tanto, a la construcción de la personalidad? La juventud representa una etapa del proceso de socialización en el cual los individuos, hombres y mujeres, intentan asemejarse lo más posible a los patrones de conducta que la sociedad ha construido para distinguir a los géneros, pues los patrones culturales y los estereotipos adultos de hombres y mujeres que proyectan como los modelos de los géneros a seguir por los jóvenes. Además, ellos no solamente enfrentan el conflicto de construirse una identidad individual a partir del género al que pertenecen, sino que intentan por todos los medios construir las condiciones que garanticen su autonomía. En ese intento de rebelarse contra la tutoría de los adultos, el joven enfrenta condiciones que le dificultan definir su

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personalidad. Al malestar de la cultura, que provoca en el joven la presión social respecto a la urgencia o no para superar su etapa de irresponsabilidad transitoria, se le suma en México un escenario económico que le hace todavía mucho más difícil su inserción en el mercado de trabajo. Su personal y genérica a partir de valores que él ha evaluado, se aleja todavía, de tal manera que su madurez depende, muchas de las veces, más de las condiciones económicas que de su condición psicológica, de sus experiencias concretas de vida le permiten adquirir su autonomía. La juventud no encuentra en las identidades genéricas actuales el referente que le permita aprender mejor el rol que le corresponde, pues se debate en un contexto cultural donde los rasgos de lo femenino y lo masculino se mezclan. La persistencia de valores machistas lo inducen a pensar todavía en la posibilidad de establecer relaciones de pareja en las que él se ocupe de la responsabilidad exclusiva de proveedor del hogar, relaciones donde él sea la máxima autoridad. No le queda una idea clara de cuál será el papel de padre que adoptará, ni necesariamente la relación de poder que en el futuro tendrá con su pareja. En este sentido, la juventud es un período en la vida de los individuos en el cual se continúan construyendo las identidades genéricas, lo cual supone un proceso conflictivo. Esta situación se agrava si consideramos que hoy vivimos un proceso de cambio cultural donde las estructuras simbólicas se debaten, por lo que toca a la identidad masculina, entre un estereotipo masculino tradicional y un estereotipo masculino tradicional y un estereotipo hibrido que poco a poco va abandonando los rasgos autoritarios que proyectan la imagen del hombre a partir del poder y, por lo tanto de una presunta superioridad sobre la mujer. Por esta razón la juventud representa la posibilidad de romper con los esquemas tradicionales que atan a los hombres y mujeres a relaciones castrantes, marcadas por una desigualdad que ha dejado de ser armoniosa. Sin duda, las condiciones actuales serán la partera de un nuevo tiempo en que la juventud abra las posibilidades de crear nuevas identidades de los géneros, que generen una cultura más equilibrada y liberadora tanto de la mujer como del hombre.

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