La Genialidad y La Locura

May 5, 2019 | Author: Alheli Ochoa | Category: Immanuel Kant, Insanity, Reason, Mind, Psychological Concepts
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La genialidad y la locura ...melanc?lica Posted on July 17, 2010 at 8:04 PM Referencia: "El duelo de los ángeles. Locura sublime, tedio y melancolía en el pensamiento moderno." de Roger Bartra -Bartra nos lleva a través de la mente de Immanuel Kant, filósofo del siglo XVIII, con respecto de sus pensamientos pensamien tos acerca de los desórdenes de la mente, la locura, y la melancolía. Este ensayo tiene por finalidad trasladar los conceptos de Kant con respecto de estos temas, hacia la vida y el hombre contemporáneos. Para comenzar, debo enmarcar los pensamientos de Kant en su contexto temporal, pues por más que él tenga una mente brillante, muy abierta e imaginativa, los conocimientos científicos de la época, eran muy limitados. En el siglo XVIII, donde se sitúa sus escritos sobre estos temas, la medicina explicaba la locura con un origen humoral. En esa línea, Kant tiene entendido que la sede de la locura está en el estómago más que en el cerebro. Sin embargo, también propone que la “dieta” que puede ser un remedio para la locura debería estar dirigida hacia el espíritu. Y que esta dieta la recetaría el filósofo, y no el médico. Así vemos que Kant le da a la locura o a las enfermedades mentales en general, una connotación connotación de “espíritu demasiado libre” por decirlo de alguna manera, o en todo caso, “espíritu libre que ha traspasado los límites de la razón”. Por otro lado, también sostiene la teorí teoría a de que los “males de la cabeza” son originados en la sociedad, y por eso no afectan a los hombres en estado de naturaleza. Su justificación es muy práctica: propone que esto es así porque los hombres “naturales” “naturales” no tienen tiempo sino para actividades de supervivencia; en cambio, los civilizados tienen tiempo para pensar y es por esto que pueden ser atacados por estos males. Vemos así que la teoría de Kant se basa en el pensamie pensamiento nto como lo que lleva al hombre hacia las enfermedades mentales. mentales. Si bien seguía la teoría humoral y que de allí subían las presiones hacia la mente, ya se acercaba a la idea central de que realmente en las elucubraciones elucubraciones mentales es donde se producen los desequilibrios desequilibrios al fin y al cabo, y estos son los que producen la locura. En su su “Ensayo sobre las enfermedades de la cabeza” ( 1764), Kant hace una clasificación de las enfermedades mentales. mentales. Lo que cabe resaltar, entre otras cosas, en medio de todas las categorías que propone, es el hecho de que él sostiene que en este mundo no se puede ser infinitamente racional. Siempre habrá pasiones en nuestras vidas, que afecten la razón. Asimismo, nos dice que el melancólico (otra enfermedad mental), quien invierte las nociones empíricas, empíricas, es un hombre triste pues todo le parece muy trascendente, pues medita mucho. Este hombre no puede conducirse normalmente normalmente en sociedad. Aquí vemos de nuevo cómo el excesivo ejercicio de pensar hace que el hombre vaya más allá de donde la razón le permite y caiga en la locura (siempre enmarcado por la teoría humoral, pues la melancolía se originaría por la hipocondría, que da pase a las ilusiones). Ahora, en sus “Observaciones acerca del sentimiento sentimiento de lo bello y de lo sublime” (1764), Kant toma la melancolía no como algo malo, sino como un estímulo para experimentar el sentimiento de lo sublime. Y él enmarca “lo sublime” bajo una definición parecida a la de Burke, pensador irlandés del siglo XVIII. Esta toma lo sublime como algo que excita las ideas del dolor y del peligro; algo que se relaciona con objetos terribles o actúa como el terror. Las emociones sublimes son producidas producidas por objetos grandes, por lo infinito, la oscuridad. Kant, entonces lo sigue y define a la melancolía como “una sensación noble y suave”, y que propicia el sentido de lo sublime. En su pirámide de valores, la melancolía se encuentra en la cúspide, pues percibe la belleza, se rinde ante los hechizos de lo sublime, aborrece la mentira, aspira la libertad, y muchas veces siente hastío de sí mismo y del mundo que lo rodea. La melancolía elude a la razón y conduce hacia los misterios del placer y del horror. La melancolía pone a uno ante el abismo, en el límite de la razón y la oscuridad, del phenoumenon y el noumenon o la “cosa en sí”, eso que la razón no puede conocer. Y ahí donde se siente ese vértigo se experimenta la emoción sublime y se fortalece la moral sublime y libre. Advierte Kant en este punto, que si uno va a este lugar (mental) sin haber antes establecido bien los parámetros de su razón, uno puede caer fácilmente en la locura, en ese abismo, en

la oscuridad, donde se confunden las realidades y las líneas entre lo que es y lo que uno imagina que es son muy difusas. En el mencionado abismo, cabe discutir para Kant, la genialidad. Para él, el carácter del genio no está sujeto a demasiadas reglas (“espíritu libre”[1]), y puede llegar a una locura delirante si es que se libera totalmente de ellas. Kant, ya de viejo, “cree que su sistema crítico no está completo y siente la necesidad de ampliar su coherencia más allá de los límites del entendimiento, para internarse en los espacios suprasensibles de la imaginación y del placer estéticos.”[2] Entonces, escribe la “Crítica del juicio” (1790), donde la melancolía es un juicio estético con fuerza moral. El espíritu del hombre juzga entonces lo sublime con una facultad suprasensible, que le permite a la imaginación progresar hacia el infinito. El reto que se propuso Kant fue justamente transponer las fronteras que suelen atravesar los locos melancólicos, sin perder la razón. Quería sentir el placer de que su razón lo podía guiar por el abismo. O sin transponerlas, simplemente situándose en el borde, quería aproximarse a la Idea absoluta, lo indeterminado, lo ilimitado y lo informe. Así terminaría su sistema crítico. En realidad Kant vivió entre el mito y la razón. Por ejemplo, él mismo aceptó que le llamó la atención el mundo de los espíritus del que hablaba Swedenborg y que en ese aspecto su espíritu está desequilibrado pero toma como excusa la catarsis necesaria para vivir en una razón que excluya la esperanza en un más allá. Bartra incluso llega a preguntarse si es que Kant podría estar desequilibrado, delirante y demente para hacer su crítica de la razón práctica, del juicio, y d e la razón pura, respectivamente (ciñéndonos a sus propias definiciones de las mencionadas enfermedades mentales, pues fuerzan tales nociones). Me aclaro: Kant no sufriría de estas pero sí las tomaría como camino para desarrollar su metodología crítica. El mismo Kant contó a sus amigos que su vida fue melancólica. En la actualidad, el concepto de melancolía tomaría como punto de partida igualmente la definición de Burke y por consiguiente la de Kant, pero no literalmente. No es simplemente contemplar el objeto sublime y sentir el vértigo ante el abismo de la razón y la oscuridad. Este sentido de infinidad de objetos de la naturaleza como decía Kant se puede extrapolar hacia conceptos como Dios, lo sagrado, lo inalcanzable, las utopías. Según Ernesto Sábato, por mencionar un ejemplo, el hombre debería situarse en la utopía de la solidaridad. Y como esa utopía hay muchas otras que el hombre moderno se plantea o planteó (siguen existiendo hombres con ideales inalcanzables para la humanidad en su conjunto, pero que desde su situación personal hacen una diferencia, por lo menos). Podría decirse que el hombre postmoderno es mucho más pragmático y casi como un hombre en naturaleza no tiene tiempo para pensar en este tipo de cosas. Antes que eso hay demasiada información que procesar, demasiada competencia que afrontar y demasiada rapidez en los cambios de todo esto a la vez. De todas maneras, al menos yo considero que deberíamos darnos de vez en cuando un descanso del torbellino de información y pensar. En este momento aparece en mi mente una imagen de hombres iguales yendo al mismo paso (ahora) acelerado como en una pesadilla orwelliana repotenciada por Beigbeder en su novela “13’99 euros” (2000), donde estamos ciegos ante las cosas simples pero significantes de la vida y ante darle libertad nuestra imaginación. Simplemente tratamos de seguir el paso. No sé si sea conveniente para nuestra sanidad ponernos al límite del abismo de la razón, pero sí creo que debemos retar a nuestra mente a que se aventure a explorar nuevas cosas, a que sea libre y se nutra de diversos puntos de vista, de formar el nuestro propio y tener una voz en medio de la multitud. Después de todo, tratar de comprender lo (antes) incomprensible o dejado a justificaciones divinas, ha resultado en geniales avances tecnológicos y científicos. -[1] Siguiendo la terminología de la autora del presente ensayo. [2] BARTRA Roger, “El duelo de los ángeles”. Pág. 47

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