La Alegría de Abrirse a La Vida: El Valor de Volver a Ser Madre - Ninoska Fermín & Jenny Kranwinkel

October 15, 2017 | Author: Libros Católicos | Category: Mary, Mother Of Jesus, Marriage, Love, Woman, Prayer
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Descripción: La Alegría de Abrirse a La Vida: El Valor de Volver a Ser Madre - Ninoska Fermín & Jenny Kranwinkel...

Description

Sra. Ninoska Fermín de Kranwinkel y Dra. Jenny Kranwinkel de Paredes

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La alegría de abrirse a la vida El valor de volver a ser madre

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co l e cc i ó n Reflejos de EDIT ORIA L Actualidad

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Contacto:

Wilfredo Kranwinkel Ninoska Fermín de Kranwinkel 809-483-1167/809-303-0917/809-308-8246

Humberto Paredes Dra. Jenny Kranwinkel de Paredes 809-685-3553/809-729-3553 [email protected]

La alegría de abrirse a la vida es un libro testimonial que presenta al lector el redescubrimiento de la maternidad. Muchas de la mujeres que llegaron a ligarse las trompas, quisieron volver a ser madres porque una conciencia preclara de su condición responsable de la maternidad les llevó a deshacer el error cometido años atrás. La Sra. Ninoska Fermín de Kranwinkel y Dra. Jenny Kranwinkel de Paredes pusieron en marcha un sistema médico que, aunque esté basado en la medicina quirúrgica, resulta para otros muchos doctores del mundo milagroso el hecho de que puedan llegar recomponerse de forma eficaz el aparato reproductor femenino para volver a ser útil y dar vida. Las mujeres y hombres que testimonian sobre sus experiencias, su antes y su después de la operación, son reveladoras y esperanzadoras para cualquier otro matrimonio que quiera volver al inmenso valor que es poder ser madre, padre y familia. Un libro que aporta una visión valiente y cristiana de la concepción de la vida. EDIT ORIA L

© a los textos: Ninoska Fermín de Kranwinkel, Jenny Kranwinkel de Paredes © a la edición: Sekotia, s.l. (2008) a la edición ebook Sekotia, s.l. (2015) Edita Sekotia, S.L. C/ Gamonal, 5 | 28031 Madrid | España | Tel.: 91 433 73 28 www.sekotia.com Está prohibida su reproducción por cualquiera que sea su proceso técnico, fotográfico o 5

digital, sin permiso expreso de los propietarios del copyright. La compra de este eBook le autoriza el uso personal bajo los límites de la Ley de Propiedad Intelectual. La Ley de Propiedad Intelectual, aprobado por Real Decreto Legislativo 1/1996, de 12 de abril atribuye al autor y a otros titulares la disposición y explotación de sus obras y prestaciones. Si usted, consciente o inconscientemente, permite que este producto sea divulgado en otra persona o personas diferentes a usted, debe saber que incurre en un delito tipificado por la Ley y que está permitiendo que otros se apropien de algo que no es suyo y por lo tanto es cómplice de un robo intelectual e industrial. Ser dueño de un ejemplar físico o electrónico de una obra no le convierte en dueño del contenido de esa obra. Existen claros límites en cuanto a lo que puede y no puede hacer con estos productos. Acabemos con la piratería, no con los consumidores. PRODUCCIÓN, ARTE FINAL Y FOTOMECÁNICA HB&h, S.L. Dirección de Arte y Edición [email protected]

ISBN: 978 841641 23 9 6

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La alegría de abrirse a la vida El valor de volver a ser madre Sra. Ninoska Fermín de Kranwinkel y Dra. Jenny Kranwinkel de Paredes

EDIT ORIA L

Este Icono es obra del Sr. Kiko Argüello.

La Virgen Madre quien acogió “la vida” en nombre de todos y para el bien de todos. “La maternidad se realiza en medio de los dolores y del tormento de dar a luz” (Ap. 12, 2)

Damos gracias a Dios Padre, a nuestra madre la Iglesia Católica y al Camino Neocatecumenal quienes han dado la fe a nuestros padres, pues esta fe nos ha permitido nacer y estamos alegres. Niños que hemos nacido después de que nuestros padres se “abrieran a la vida”

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María Reina Ferrando, Gabriel Pérez e Isabel María Kranwinkel. (Los primeros que nacieron fruto de esta experiencia) COMENTARIOS. .................................................................................................24 TESTIMONIOS .....................................................................................................29 La mujer se salvará por la maternidad. Ninoska y Wilfredo Kranwinkel, Rep. Dom. .......................................................29 Desaté mis trompas y recuperé la alegría. Josefina y César Ferrando, Rep. Dom. ..................................................................33 El anuncio del Kerigma me abrió a la vida. Bertha y Guarionex Pérez, Rep. Dom. ..................................................................36 Siendo españoles, Dios eligió a Santo Domingo para abrirnos a la vida. Encarna y José Reviriego, España. .......................................................................39 Puedes enviudar o perder un hijo y estar cerrada a la vida. Evelin y Jesús Santos, Newark. .............................................................................42 Me abrí a la vida y hoy tengo más vida. Carlixta y Félix Martínez. Rep. Dom. ................................................................. 44 Mamá, ¡qué bueno que no te cerraste a la vida antes de yo nacer.... Wilma Pérez, Miami. ............................................................................................47 Al descubrir que había tocado el árbol de la vida, me abrí a la vida. Águeda y Rafael Hernández, Rep. Dom. ..............................................................50 ¡Qué alegría! Me abrí a la vida y Dios nos regaló una niña. Elida Antonia Acosta, Rep. Dom. .........................................................................52 Había cortado mi relación con Dios. Elia Meléndez, New York. .....................................................................................54 Me has seducido Señor y me he dejado seducir. Rocío y José Luis. Rep. Dom. ...............................................................................56 ¡Cuidado! Siempre hay un Herodes que intenta matar al niño. Rita y José López, New Jersey .............................................................................58 En ocasiones al cerrarse a la vida nunca más se vuelve a abrir. Santa y Luis Abreu, Rep. Dom..............................................................................61 COMENTARIOS.

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.................................................................................................24 TESTIMONIOS .....................................................................................................29 La mujer se salvará por la maternidad. Ninoska y Wilfredo Kranwinkel, Rep. Dom. .......................................................29 Desaté mis trompas y recuperé la alegría. Josefina y César Ferrando, Rep. Dom. ..................................................................33 El anuncio del Kerigma me abrió a la vida. Bertha y Guarionex Pérez, Rep. Dom. ..................................................................36 Siendo españoles, Dios eligió a Santo Domingo para abrirnos a la vida. Encarna y José Reviriego, España. .......................................................................39 Puedes enviudar o perder un hijo y estar cerrada a la vida. Evelin y Jesús Santos, Newark. .............................................................................42 Me abrí a la vida y hoy tengo más vida. Carlixta y Félix Martínez. Rep. Dom. ................................................................. 44 Mamá, ¡qué bueno que no te cerraste a la vida antes de yo nacer.... Wilma Pérez, Miami. ............................................................................................47 Al descubrir que había tocado el árbol de la vida, me abrí a la vida. Águeda y Rafael Hernández, Rep. Dom. ..............................................................50 ¡Qué alegría! Me abrí a la vida y Dios nos regaló una niña. Elida Antonia Acosta, Rep. Dom. .........................................................................52 Había cortado mi relación con Dios. Elia Meléndez, New York. .....................................................................................54 Me has seducido Señor y me he dejado seducir. Rocío y José Luis. Rep. Dom. ...............................................................................56 ¡Cuidado! Siempre hay un Herodes que intenta matar al niño. Rita y José López, New Jersey .............................................................................58 En ocasiones al cerrarse a la vida nunca más se vuelve a abrir. Santa y Luis Abreu, Rep. Dom..............................................................................61 Me realizaron una histerectomía sin ni siquiera consultarnos. Francisca López. Rep. Dom. .................................................................................63 Me abrí a la vida con 47 años y hoy somos un matrimonio nuevo. Ana y Frank Rep. Dom. .........................................................................................65 El milagro del laboratorio de la fe, desató mi vida. Año santo del Jubileo. Johanny y Leo, New Jersey. ..................................................................................66 He tenido mucha persecución y estoy abierta a la vida. Jenny y Jonny Duarte. Rep. Dom. ........................................................................69 Dios nos ha dado una nueva dignidad y unos nuevos hijos. Francisca y Darío Martínez, Rep. Dom. ...............................................................71 El gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido confiado a los esposos. Patricia y José Velásquez, New Jersey ..................................................................73 Dolorosas consecuencias de cerrarse a la vida. Ramona y Bienvenido Acosta. Rep. Dom.............................................................76 He intentado abrirme a la vida, no ha sido fácil. Martha y Pedro Moncada. Ecuador. .....................................................................79 Un encuentro con Juan Pablo II nos devolvió la alegría (...) Carmen y Pedro Pertegal, España .........................................................................81 Perdí el don del milagro de la vida y no teníamos “vino” en el matrimonio. Rosa y Juan Carlos López, Nicaragua. .................................................................83 La recta intención

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justifica el hecho. Pilar Díaz, Newark. ...............................................................................................86 La Madre Iglesia me enseñó el valor y la importancia de la vida humana. Niurka y Santiago de la cruz, Rep. Dom. .............................................................88 No tengan miedo ¡dejen nacer a los niños! Yolanda y Juan Morales, Rep. Dom. .....................................................................89 Mejor es refugiarse en el Señor que poner la confianza en el hombre. (Sal. 118,8) Magandy y Félix Correa, Rep. Dom. ....................................................................91 Una mujer Cristiana, no debe tratarse con un médico que no defienda la vida. María Estebanía Sosa, Rep. Dom..........................................................................94 Todo acto matrimonial debe quedar abierto a la vida. Rosanna y Plinio, Rep. Dom. ................................................................................96 Me cerré a la vida, tuve nuevo esposo y decidimos tener nuevos hijos. Elba Chamorro, Newark. .......................................................................................98 Me abrí a la vida y fue como volver a nacer.

Estimado lector o lectora: El libro que tienes en tus manos no es común, me atrevo a afirmar que difícilmente existan otros que traten el tema abordado en estas páginas. ¿Por qué digo esto? Sencillamente porque aquí se defiende con toda claridad el derecho de toda mujer casada a ser madre, incluso después de esterilizarse, que es una de las prácticas más comunes y abusivas que la “cultura de la muerte” ha introducido en la mayor parte de los países, gracias a los poderosos organismos internacionales y a la irresponsabilidad de gobiernos sin principios morales claros y definidos. Conviene hacer una aclaración antes de entrar en materia. En todo momento se habla de la mujer, pero nosotros entendemos que el problema a que vamos a referirnos compromete por igual al hombre, es decir, que es la pareja humana la responsable de las decisiones que se toman y que ciertamente afectan más a la mujer, aunque, como se sabe, hay también hombres que se someten a cirugías que los incapacitan para engendrar. Este libro recoge el testimonio de una serie de mujeres que han tenido el coraje de decirle NO a esas corrientes antivida, predominantes en todo el mundo, y que ellas mismas en algún momento aceptaron, me refiero a las madres que, después de cegar las fuen- tes de la vida con que Dios adorna a toda mujer, se decidieron a abrirse de nuevo a la maternidad. Tengo la seguridad de que esta situación resulta absurda para quienes desconocen las razones poderosas que han tenido esas personas para tomarla. Quienes lean esta obra podrán notar que las protagonistas, desde el momento en que aceptaron la esterilización, experimentaron un cambio en su vida caracterizado por una serie de realidades como tristeza profunda, vacío existencial, intolerancia e incomprensión, sensación de fracaso en su matrimonio, etc. Y es que nadie se burla impunemente de la naturaleza. Esta situación duró hasta que ellas mismas, movidas por la gracia de Dios sin la cual es imposible dar ese paso, resolvieron revertir la decisión tomada y se sometieron a una cirugía que les devolvió la posibilidad de ser madres nuevamente. Lo curioso de todo es que, a pesar de las reservas que tienen muchos, incluyendo 10

médicos, sobre el resultado positivo de esa intervención, nadie puede negar que muchas, quizás la mayoría de esas valientes hermanas nuestras, han experimentado la alegría de abrazar nuevos hijos que el Señor les ha concedido concebir después de la recanalización. Pero hay otro dato digno de tenerse en cuenta y que puede ser verificado por cualquier lector o lectora. Todas estas mujeres han reconquistado el regocijo de ser madres nuevamente o por lo menos de tener la posibilidad de lograrlo. Es unánime el testimonio que ellas ofrecen de que han entrado en una etapa en que sienten la felicidad y la certeza de saber que están abiertas a la vida. Los casos aquí referidos han sido tratados por médicos dominicanos y las beneficiadas y honradas con la maternidad, años después de negarse a aceptarla, proceden de muy diversos países. Conociendo a muchas de estas hermanas y también a sus hijos, siento, como defensor convencido de la vida, el deber de congratularme con ellas, pidiendo al Señor que su admirable ejemplo sea imitado por tantas otras que están viviendo en la angustia de saber que han frustrado la vocación fundamental que Dios les ha señalado como mujeres. Creo de justicia mencionar aquí a una de las primeras de estas hermanas que se atrevió a tomar la decisión antes referida, a pesar de que tenía ya ocho hijos, me refiero a Ninoska de Kranwinkel. Su testimonio es el primero que aparece en este libro. Ella también ha puesto, junto a su hija la Dra. Jenny Kranwinkel, Instructora del Método Billings, todo el empeño para que esta obra se publicase. Estoy seguro que estos testimonios ayudarán a otras muchas hermanas que quizás están viviendo situaciones similares a las descritas aquí. Y quiero concluir esta presentación con una cordial bendición para todas las que han dado su testimonio, bendición extensiva a sus esposos e hijos, con mi sincero deseo de que esta publicación llegue a muchas manos y motive profundos cambios en el estilo de vida y la conversión del corazón de las mujeres que han rechazado la nobleza y dignidad de la maternidad.

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Ay, los que llaman al mal bien y al bien mal... (Is. 5, 20)

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“La Vida se manifestó, la hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la Vida” 1 Juan 1,2 Este libro contiene una recopilación de las experiencias de al - gunos matrimonios, que estaban cerrados a la vida (Esterilización Quirúrgica) y al encontrarse con Jesucristo vencedor de la muerte y del pecado, han entrado en la voluntad de Dios, restableciendo el vínculo que les une a El: Se han “Abierto a la Vida”, recanali- zándose las Trompas de Falopio (en las mujeres) o los Conductos Seminales (en los hombres) y han experimentando la alegría del principio al recuperar el don más grande: La Maternidad, la cual conlleva una comunión especial con el misterio de la vida, que madura en el seno de la mujer. (Evangelium Vitae N 99) Estos matrimonios se cerraron a la vida en un momento con - creto y en circunstancias diversas, unos influenciados por una mentalidad antinatalista, otros por el miedo a los sufrimientos que ocasiona ser padres. Sin embargo, detrás de este sufrimiento hay siempre una recompensa. Pues dice Jesús en el Evangelio: llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. Se alegrará el corazón y esta alegría nadie se la podrá quitar. (Jn 16, 20 ss). Existen casos de embarazos de alto riesgo, es cierto, pero si una mujer padece de algún problema de salud, en la mayoría de los casos, éste no se soluciona únicamente ligando y cortándo- le las Trompas o sacándole el útero, hay otras opciones que la ciencia médica contempla. De manera, que si un médico cree que debe realizar una esterilización o en el peor de los casos una his- terectomía, debe concienciarla ante los daños psíquicos, físicos y espirituales que esto le produciría, porque la maternidad está inscrita por Dios en cada mujer. (Evangelium vitae N. 103) En algunos casos ciertas mujeres han sido esterilizadas quirúr - gicamente sin su consentimiento ni el de su esposo o le presentan una situación de peligro tan aterradora, que ellas, incapacitadas para discernir, no siendo libres, en tales circunstancias, aceptan, pues no se les ofrece otra alternativa, sólo cerrarse a la vida (cor- tar las Trompas de Falopio). Sin embargo, estas mujeres en vez de sentirse liberadas, comenzaron a padecer otros sufrimientos. Posiblemente, la mujer al hacer abruptamente lo que debió ser un proceso fisiológico de volverse infértiles (menopausia), comien- zan a vivir una situación que hasta hace poco tiempo se veía como la transición a dos hechos dramáticos: el comienzo de la vejez y la imposibilidad de la maternidad. Estas pueden deprimirse con frecuencia y pierden la alegría en el matrimonio. Otras veces la pareja no se da cuenta de inmediato que después de cerrarse a la vida “las cosas cambiaron”. Con estas 13

expresiones no preten- demos presentar un tratado de logros quirúrgicos en medicina ginecoobstétrica, ni mucho menos teológico, sólo se trata de un testimonio de vida desde la fe. El apoyo que actualmente se da a la cultura de la muerte es mucho mayor que el que se da a los que defienden y favorecen la cultura de la vida y del amor. ¡Qué lamentable! Estamos en des- ventaja, ya que la desproporción que existe de frente a las fuerzas del mal y del bien son inmensas. Hoy día existen leyes humanas que aprueban la eutanasia, la despenalización del aborto, los de- rechos sexuales y reproductivos, etc. Sin embargo, el principal derecho sin el cual se invalidan todos los demás, es el DERECHO A LA VIDA, por esta razón también hombres y mujeres tenemos el DERECHO NATURAL A LA PROCREACIÓN. La fecundidad es la participación en el amor creador de Dios, fruto de su bendición. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó. Macho y hembra los creó, y los bendijo Dios, diciéndoles: Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra (Gen. 1, 27s). Esta palabra creadora de Dios comunicó a la unidad hombremujer la fecundidad, como participación de su fuer- za creadora. Así, el hombre y la mujer unidos en matrimonio son asociados en una obra divina, mediante el acto de la procreación en la que se acoge el don de Dios y se abre al futuro una nueva vida. Según cita la Familiaris Consortio: El futuro del mundo y de la Iglesia dependen de la familia (FC n. 1). Pero hoy la vida y la familia han sido influidas por los tiempos modernos, sufriendo las acometidas de cambios rápidos y profundos en la cultura actual, como es el caso del uso de la sexualidad como una experiencia vacía, mecánica, la cual esclaviza, ya que su única finalidad es la satisfacción del egoísmo personal. Los hijos han dejado de ser una bendición de Dios y han pasado a ser una carga económica y emocional, por eso la sociedad actual ofrece como mejor alter- nativa “El cerrarse a la vida”, dejando de lado la transmisión del don de Dios, que es en definitiva quien debe abrir y cerrar la vida. El Demonio desde el principio ha intentado tocar la mujer, pues afectándola a ella, toca la vida (ver Gen. 3). Hemos visto una realidad, al relacionarnos con muchos ma - trimonios, la fertilidad ha ido disminuyendo rápidamente en el hombre y en la mujer, pues ya no son tan fértiles como antes. Mu- chos de esos matrimonios sufren porque no pueden tener hijos. Quizás los médicos lo ven como algo normal porque piensan que esto se debe a que la gente usa anticonceptivos, pero generalmen- te las parejas que están en la Iglesia no los usan. No pretendemos que las parejas deban procrear muchos hijos, de ninguna manera, Dios ha puesto como en toda la creación un perfecto equilibrio, lo importante es estar abiertos a la voluntad de Dios. Nos lamentamos junto al Papa Juan Pablo II, quien dijo en la carta a las mujeres del mundo en el año 1995: hoy es penalizado más que gratificado el don de la maternidad 14

al que la humanidad debe su misma supervivencia. Ciertamente, la mujer es perseguida brutalmente al dar la vida, sobre todo si es de escasos recursos, multípara o de edad avanzada, ya que es considerada “vieja” cuan- do pasa los 35 años, sin embargo, es el momento en que está más consciente y madura para asumir el papel de madre. Quisiéramos animar a las mujeres a no tener miedo y luchar frente a estos comportamientos y leyes hostiles a la vida, no debemos dejar este asun- to en manos de los que no creen ni aman la vida, de modo que sea cada vez más numeroso, “el pueblo a favor de la vida”. Las mujeres cristianas tenemos un modelo, la Virgen María, no se cerró a la vida cuando el Ángel le anunció: “vas a concebir en tu seno y darás a luz un hijo a quien pondrás por nombre Je- sús” (Lc 1,31). Así la Virgen pasó a ser la “nueva Eva”, madre de los creyentes y en ella se detuvo la fuerza del mal que amenazaba la vida. María ayuda así a la Iglesia a tomar conciencia de que la vida está siempre en el centro de una gran lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. “El dragón quiere devorar al niño” (Ap. 12,4). Y estamos seguros de que al final vencerá el poder de Cristo sobre la muerte, la cual ya no existirá sino sólo un reino para la vida y la alabanza a nuestro Dios (ver Ap. 5). Toda mujer debería estar abierta a la posibilidad de concebir un ser que ni siquiera ella sabe quien será... Es el caso de una madre que al llegar al noveno embarazo, y por el desgaste físico que presentaba, los médicos le recomendaron no tener más hijos. Como era una mujer cristiana buscó el consejo de la Iglesia y acudió al P. Fantino Falco quien le expresó: “Los médicos son un recurso, mas no siempre tienen la razón”, porque la fe supera la razón y gracias a ese consejo continuó abierta a la vida, y por su entrega, está entre nosotros Su Eminencia Reverendísima el Señor Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, Arzobispo de Santo Domingo, quien es el hijo número 10 de 16 hermanos. Otro caso es el de Emilia Daczorowska, una madre con muchos problemas de salud, tuvo un primer hijo que murió, luego tuvo otro embarazo que ponía en peligro su vida, y ella estuvo dispuesta a arriesgarla. El embarazo fue difícil, pero el niño nació sano y luego aclamamos todos: ¡Juan Pablo II te quiere todo el mundo! La vida se manifestó, la hemos visto, damos testimonio y

anunciamos la vida. Santo Domingo se ha convertido en un Canal de Esperanza para muchos matrimonios incluso de otras naciones (Estados Unidos, Europa y América Latina) que han encontrado en esta pequeña isla, la posibilidad de abrirse de nuevo a la vida y escogen este país, ya que en sus naciones se les presentan serios obstáculos para reconstruir sus órganos reproductivos. Podemos decir que de estos 40 matrimonios que nos presentan sus expe- riencias el 48% han vuelto a concebir de nuevo. Ojalá estas expe- riencias puedan, ayudar a tantas familias destruidas, iluminándoles la belleza y la grandeza de su vocación al amor y a la vida. Y puedan continuar 15

dando origen a la vida. (Humanae Vitae 9).

“Un don del Señor son los hijos. Dichoso el hombre que tiene llena su aljaba.” “Tus hijos como brotes de olivo en torno a tu mesa. Así será bendecido el hombre que teme al Señor” (Sal, 127 y 128). Wilfredo Kranwinkel Ninoska Fermín de Kranwinkel 809-483-1167/809-303-0917/809-308-8246 Humberto Paredes Dra. Jenny Kranwinkel de Paredes 809-685-3553/809-729-3553 [email protected]

Soy testigo de haber recibido en mi consultorio una gran cantidad de matrimonios de mi país y del extranjero para una recanalización tubárica, después de haber sido esterilizadas, algunos por el deseo de procrear nuevamente y otros porque han entendido que han roto con el plan de Dios cometiendo un acto incorrecto al cerrarse a la vida. En ambos casos en el posquirúrgico estas parejas han manifestado sentir un gran alivio como si les quitaran una gran carga, expresando un estado de felicidad inexplicable. Bastantes parejas han vuelto a tener hijos. Dr. José Martínez Calderón, Ginecobstetra Master en Matrimonio y Familia. Instituto Juan Pablo II Me siento contenta de formar parte de este proyecto de vida, lo que ha sido una gracia de Jesucristo para mi. No hay duda, que en el proceso de la cirugía de Recanalización tubárica , o sea “Abrirse a la vida” algunas mujeres se muestran temerosas o asustadas al entrar al quirófano pero cuando termina todo el procedimiento que conlleva una cirugía de esta índole, estas mujeres se muestran contentas, libres, entusiasmadas, con paz y dispuestas a una posible procreación. Es que el propósito de Dios es que la vida sea vibrante. Veo cumplidas así las palabras del Evangelio: “yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10,10). Dra. Milagros del Orbe, Ginecobstetra Como profesional, he visto lo que parecía imposible hacerse realidad. Numerosos matrimonios han acudido a mí, solicitando que les sea recuperada su fertilidad. Por diversas razones estas parejas tienen la necesidad o el deseo de volver a tener la posibilidad de procrear. Solo unos pocos casos no se pueden recanalizar, en general, puedo decir que en un ochenta por ciento de los casos tenemos un éxito quirúrgico y el éxito fértil sería de un cuarenta a sesenta por ciento. 16

Una vez realizada la cirugía vuelven transformados, alegres y agradecidos de que la ciencia haga posible algo que tantos creían imposible.” Dr. Oliver Ramírez Alcántara. Ginecobstetra. Profesor del Instituto Juan Pablo II Catedrático de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) En los treinta años de servicio profesional como Psiquiatra-Sexóloga y Terapeuta de matrimonios católicos, puedo asegurar que: el trabajo de Restauración Psicoterapéutica se torna más arduo, difícil y a veces hasta frustrante en los matrimonios que están cerrados a la vida, a diferencia de los matrimonios que están abiertos a la vida. La posibilidad de su maternidad, les hace estar más abiertos al cambio y a la solución a los conflictos que les traen a mi consulta Dra. Felicia Andrea Díaz, Psiquiatra Master en Matrimonio y Familia. Instituto Juan Pablo II Al participar de todo el proceso del traslado, acogida y posterior recuperación de las personas que vienen del extranjero, a realizarse la cirugía de recanalización, he podido ver en ellos la resurrección de Cristo. Cómo estas personas vienen tristes o asustadas y cómo se marchan tan alegres. A pesar de que una cirugía conlleva riesgos y sufrimientos me impresiona lo bien que transcurre el postquirúrgico, me recuerda el relato de los mártires quienes parecían no sentir el dolor de sus martirios pues era Cristo mismo quien los padecía por ellos. Por otro lado, veo con frecuencia en mi consulta que las personas se dejan influenciar por la sociedad, al querer disfrutar, aparentemen- te, de la sexualidad sin hijos. Estas mujeres ya sean casadas o solteras utilizan de la anticoncepción por un tiempo quizás no muy prolongado y luego cuando desean tener sus hijos les resulta muy difícil y a veces hasta imposible. La fertilidad depende en su mayor parte de un factor que no es humano, cuando una pareja inicia su vida matrimonial no sabe si tendrán algún problema de fertilidad o qué tan larga será su vida reproductiva. Los matrimonios que van observando su fertilidad van descubriendo que el cuerpo humano es una maravilla y que ya lleva impregnado sus propios ciclos de vida. Hay tiempo para nacer y tiempo para morir, hay un tiempo de ser fértiles y hay un tiempo en que no somos fértiles. La vida es un misterio, es un regalo de la creación y Dios se lo da a quien Él quiere y cuando Él quiere. Dra. Jenny Kranwinkel de Paredes, Instructora Método Billings. Centro de Orientación para el Matrimonio y la Familia.

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En mi practica médica veo frecuentemente que las parejas que por diferentes motivos se cierran a la vida, se cierran concomitantemente el uno al otro. Entonces, comienzan a presentarse disfunciones sexuales que la pareja no puede identificar, no entienden por qué se presentan. A veces aparece falta de deseo sexual en la mujer, eyaculación precoz en el hombre y la falta de sintonía en la pareja. Las consecuencias son catastróficas para los matrimonios pues les es difícil correlacionar la falta de placer en la entrega conyugal con el hecho de estar cerrados a la vida. Aquellos pacientes que dentro de nuestra práctica terapéutica consideran adecuado “abrirse a la vida” recuperan su relación marital pues pueden de nuevo volver a donarse totalmente. Ojalá descubramos el valor del sacramento matrimonial, profesado por nuestra madre la Iglesia Católica, llena de sabiduría y aceptemos todo su contenido y vivamos a plenitud la entrega espiritual y corpórea a la que estamos llamados. Dr. Roberto Rodríguez, Sexólogo. Pastoral Familiar Diocesana. Cerrarse a la vida implica limitarse y poner una barrera al don de sí mismo que manifiestan los esposos en el acto sexual. Cito al Papa Pablo VI: “Las dos dimensiones de la unión conyugal, la unitiva y la procreativa, no pueden separarse sin alterar la verdad íntima del mismo acto conyugal” (Humanae Vitae). Cuando los esposos están cerrados a la vida no acaban de donarse por completo ya que se reservan compartir los genes propios. El amor de por sí, es exclusivo y para siempre e implica la donación total de la persona, sin guardarse nada de sí mismo; cuando falta algunos de estos elementos, como ocurre en el adulterio, el divorcio o el cerrarse a la vida, el amor sin más ha dejado de existir. El amor es expansivo y si se niega a darse, si no es fecundo acaba por morir. Cuando no hay amor, la vida de la persona se resiente, no encuentra plena satisfacción y deja un pozo de inquietud que lleva a la muerte. El que se sabe amado es feliz y el que es feliz puede amar. Quien se niega o no puede amar ni donarse, se resiente en su personalidad, por lo que la mujer mas que el hombre, ya que está dotada por la naturaleza para la maternidad y la ternura en el don de sí mismo, sufre con la destrucción de sus trompas no sólo una herida física sino sobre todo espiritual, cuya causa a veces, no se sabe identificar, pero que reside, en el hecho de estar cerrados a la vida, como expresan los testimonios de este libro. Rvdo. P. Ramón Domínguez Balaguer, Director de la extensión dominicana del Pontificio Instituto Juan Pablo II para el estudio sobre el Matrimonio y la Familia. Sabemos que Dios todo lo ha hecho muy bien. Dios no se ha equivocado al hacernos 18

partícipes de su don de la vida, cita el Evangelium Vitae No. 34 “La vida es un don con el que Dios comparte algo de sí mismo con la criatura. He constatado que se acercan madres muy dolidas por haber impedido la vida, por ejemplo esterilizandose. En ocasiones personas mayores se confiesan de hechos abortivos que su- cedieron en sus años jóvenes y después de cuarenta, cincuenta y hasta más años les sigue martirizando. Por otra parte, he visto que un por ciento muy elevado del malestar y del rompimiento del matrimonio se basa en el hecho de que la pareja no está abierta a la vida. No se ha puesto de parte del plan de Dios. Los conflictos y desasosiegos que se producen son en ocasiones muy alarmantes. Realmente se necesita concienciar a las personas para que estén de acuerdo al Plan de Dios de estar abiertas a la vida y así evitar muchos sufrimientos. Conozco mucho de estos matrimonios que dan su testimonio en este libro y veo la transformación y alegría que han recuperado. Rvdo. P. Federico Rodríguez S.D.B.

La mujer se salvará por su maternidad (1 Tim. 2, 15)

Isabel María Kranwinkel Fermín, bendecida por su Santidad, Juan Pablo II en 1992 Somos Wilfredo y Ninoska, Dios nos unió en matrimonio en 1968, los dos teníamos 20 años de edad. Procreamos nueve hijos. Pertenecemos a la Parroquia María Auxiliadora, en Santo Do- mingo. Durante mi niñez, no había experimentado el amor, no valora - ba la vida, casi la odiaba. Pero conocí al Señor, Dios tuvo miseri- cordia de mí y a través de la Iglesia Católica vi que El me amaba y conducía mi historia. Entonces me di cuenta que la vida es bella y 19

que valía la pena haber nacido y compartir el amor que Dios ha creado y que El se complace en regalarnos. Valoré la grandeza del don de la vida que El ha puesto en el útero de la mujer. Así en medio de pruebas, persecuciones y sufrimientos que conlleva la maternidad llegamos a procrear ocho hijos, viendo cómo siempre Dios aparecía y me libraba de los temores que tan- tas veces la sociedad me presentaba. Dios proveía y ayudaba con cada hijo que teníamos y regalaba siempre algo nuevo a la familia. Entonces al llegar al octavo parto, en mi debilidad y en la miste- riosa libertad de los hijos de Dios, acepté que el doctor decidiera lo que era “mejor para mí”, y me cerraron a la vida, ligaron mis trompas y comencé a sentir que mi espíritu estaba atado, mi ma- trimonio cambió. Esa experiencia de cortar el hilo que me unía a Dios (la maternidad) hizo entrar en nosotros la tristeza, me sentía como una rama seca. Había perdido la alegría, pensaba como dice San Pablo a Timoteo: “La mujer se salvará por la maternidad”, es verdad, pues todos los peligros que pasaba al dar la vida me daban la oportunidad de encontrarme con el rostro radiante del Padre que me ayudaba. Así permanecí nueve años sufriendo, no era feliz. A los 35 años intenté arreglar mis trompas, pero parecía imposible. Sin embargo a los 42 años hablé con una ginecóloga católica, la Dra. Milagros del Orbe, y me dijo: “Es posible, y más importante es abrir el alma no que los órganos.” Entonces al hablar con nuestros catequistas nos decían que Dios no necesitaba sacrificios de mi parte, pero para disolver las ataduras que había en mí, era bueno que me abriera a la vida. Y fue así que en julio de 1990, el ginecó- logo que me había asistido en los ocho embarazos anteriores y me había cerrado a la vida, realizó la recanalización. Mi alma saltó de gozo, tal cual un paralítico al que dejan curado. Experimenté como dice el salmo “En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso para proclamar que el Señor es justo”. El día de la cirugía, Wilfredo lleno de miedo, poniéndose en oración pidió al Señor una palabra que lo confortara en aquel mo- mento, abrió las escrituras al azar y salió Lc. 1, 13s. “No temas Zacarías, tu petición ha sido escuchada, tu mujer dará a luz un hijo al que pondrás por nombre, Juan, será para ti gozo y alegría y muchos se gozarán en su nacimiento”. Desde aquel momento Wilfredo esperó aquel niño que vendría. Luego nos enteramos que esperábamos una niña, y nos preguntamos, ¿qué significa? o ¿dónde está Juan el de la palabra? Luego comprendimos que teníamos igual misión: Abrir el camino, ayudar a otros matrimo- nios a abrirse a la vida. ¡Qué alegría, estaba abierta a la vida! Todos me decían: Oiga señora “¿y es que usted no tiene hijos?” Sí, sólo ocho, respondí. “¿Cómo?, ¿Es viuda o tiene otro esposo? No, es el mismo. Para la sociedad una mujer de 42 años es casi estéril y si tienen hijos vie- nen con anomalías congénitas y después de una recanalización era difícil embarazarse. La cirugía fue el 20 de julio, y el 22 de agosto, en la celebración eucarística de la fiesta de Santa María Reina, el sacerdote dijo: “Ella es la reina del cielo y la tierra, el que lo quiera 20

confirmar que le pida con fe”, yo me lo creí y pedí: Señor, por inter- cesión de María Reina, si es tu voluntad que en mi vientre vuelva a florecer la vida. Y así fue, estábamos en agosto y a final de octubre se dió el milagro, teniendo 43 años. El 31 de julio del 1991 nació Isabel María (foto agradecimiento) nuestra hija número 9. Nos es- cribía un sacerdote amigo: “La novena edición de un libro siempre es la más perfecta” (y así es ella perfecta creación de Dios.). Desde el vientre la entregamos a la Virgen con el dulce deseo de que pueda descubrir el amor de Dios y vivir plenamente de Él. Esta niña ha venido con la misión de Juan el Bautista, ya que siendo de las primeras en Santo Domingo en recanalizarme las Trompas de Falopio, muchas otras mujeres que estaban sufriendo por estar cerradas a la vida, se alegraron al ver a Isabel, era un testimonio de que era posible. Como dice en el Evangelio: “dijo el ángel a la Virgen María, mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios” (Lc, 1, 36s). Un día una hermana de España, (familia misionera), escuchó mi experiencia y aquí mismo en Santo Domingo se quedó a reca- nalizarse. Han pasado por nuestra casa, muchos matrimonios más de diferentes países. Somos testigos de que con la gracia de Dios todo se puede, pues, cuando humanamente no hay posibilidad y tenemos miedo, queda una salida: La fe, porque lo que es imposi- ble para los hombres es posible para Dios. ¡Bendito sea Dios ahora y por siempre!

Desaté mis trompas y recuperé la alegría “Somos mensajeros de la vida” “El don de la maternidad se transmite de mujer a mujer.”

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Santuario de La Visitación, Ain Karen Soy Josefina Ferrando, casada con César Ferrando, pertenez - co a la parroquia Santa María Reina, Santo Domingo. Somos un matrimonio que a pesar de haber procreado tres varones, siempre deseamos tener una niña, pero yo fui influenciada por las ideas de la sociedad moderna, pedí a mi médico que me cerrara a la vida. Al principio el médico se opuso pues yo era muy joven y tenía todas las posibilidades de tener la niña deseada, pero no logró convencerme y al fin logré que me cerraran a la vida. Años más tarde entré en el Camino Neocatecumenal, donde la base de nuestra formación es la palabra de Dios. Un día escuché una palabra del Evangelio que dice: “Lo que ates en la tierra que- dará atado en el cielo”, (Mt 16, 19). Y me decía cómo iba a entrar en el cielo con mis trompas atadas, mi corazón también estaba atado, cerrado a la vida, aquí en la tierra y en el cielo también. En función de esta palabra, fui al médico que me había hecho la cirugía y le pedí que restaurara lo que había dañado, a lo que él me explicó que no podía reparar el mal que yo misma me había provocado por mi ignorancia. Esto me hizo caer en un infierno, pues internamente me inva - dió una amargura terrible, en una muerte profunda y pensé que podía consolarme recogiendo niños abandonados. Para entonces trabajaba en un consultorio de ayuda social y desde allí inten- té adoptar varias niñas, pero no me había quedado con ninguna porque al final tenía que devolverlas. Luego el Señor me permitió encontrar una niña que tuve desde los siete meses hasta los cinco años. Tuve que sacrificar mucho tiempo con ella debido a que era muy enfermiza y además sordomuda. Más tarde tuve que devol- vérsela a su madre porque la reclamó. Fue un golpe duro para mí, entré en una crisis tremenda con Dios, porque pensé que nunca volvería a sentir los movimientos de los bebés dentro de mí, 22

aun- que para ese momento ya no me sentía condenada pues pensaba que Dios ya me había perdonado el mal que había cometido. En el año 1990 una hermana de la parroquia de María Au - xiliadora se había recanalizado las trompas, para abrirse a la vida. Esto me dio una leve esperanza. Visité a ese médico y me dijo que era posible hacerme la cirugía, lo cual me devolvió la esperanza. Decidimos que se me hiciera la cirugía y luego ver qué sucedería. Cuando me estaban operando uno de los médicos dijo: “Estos órganos hay que sacarlos todos”, y la anestesióloga que es cató- lica (Dra. Brunilda) exclamó “sacar nada, Dios nos trajo aquí a reparar y no a extirpar”. Así animó ella a los cirujanos quienes repararon lo que fue posible. Estos médicos no pudieron hacer mucho en mi cuerpo, pero me abrieron a la vida espiritual y yo que tanto había sufrido por esta situación comprendí que no me había perdonado el haberme cerra- do a la vida. Entendí que Jesucristo justificaba mi sufrimiento y me perdonaba, pero yo no me podía perdonar y sufría mucho, más en ese momento mi vida cambió, ¡Qué alegría! Me sentía mujer y libre. Según el informe del médico sólo me quedó un ovario mutila - do y un pedacito de una trompa, ya que mis órganos del otro lado fueron extirpados por completo. Sin embargo, Dios manifestó su gloria, pues 50 días después estaba embarazada y nada menos que de una niña. Siempre dije que sería una niña y que le llamaría María Reina, ya que éste era el nombre que le puse a la niña que anteriormente cuidaba. Tenía 41 años y humanamente sin posibilidad de tener más hi - jos, pensaba que al no haber hecho justicia con la niña que me ha- bían quitado, Dios me premió con una hija nacida de mi vientre. María (foto agradecimiento) nació el 13 de agosto del 1991 y es la prueba de cómo Dios nos da por encima de lo que merecemos. Siempre César y yo le enseñamos a ella que es un testimonio de que Dios es todopoderoso y como dice San Pablo: “La debilidad divina es más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Co. 1, 25).

El anuncio del kerigma me abrió a la vida Soy Bertha Hernández de Pérez, casada con Héctor Guarionex Pérez. Soy Licenciada en Contabilidad y ejerzo como Maestra de Estudios Superiores, pertenezco a la Parroquia Jesús Maestro, Santo Domingo, República Dominicana. Ya a los 28 años, tenía tres hijos, en el parto del último, por acomodarme la vida, el mé- dico me aconsejó esterilizarme. Fue un gran engaño del demonio y ahora me doy cuenta que actué mal, ya que ni siquiera pedí la aprobación de mi esposo y solicité al médico que no me amarrara las trompas, sino, algo peor, que me las cortara para que no exis- tiera ninguna posibilidad de procrear otro hijo, porque la materni- dad interfería en mi vida profesional e intelectual, pues trabajaba y estudiaba al mismo tiempo. 23

Luego entré en un combate, mi matrimonio estaba a la deriva, mi vida sin sentido, me aferré al trabajo, por lo que descuidé mis deberes como esposa y madre, en fin, mi vida era un caos. Como consecuencia de todo esto, empecé a pensar en Dios y aunque me creía indigna comencé un camino de iniciación cristiana, primero mi hijo Guarionex y yo, y luego todos los demás miembros de mi familia. La palabra de Dios me hablaba directamente y comencé a des - cubrir mis pecados y a ver a Dios como padre misericordioso, este que hunde y saca del abismo, pero sobre todo tiene puesta sobre mí su mano, me envía ángeles y me ayuda a descubrir el sentido de la vida. Y me di cuenta de que no estuvo bien cortar mis trom- pas, pues era como un árbol seco, no sólo incapaz de dar vida, sino también de dar amor a mi familia y hermanos de comunidad. Entonces comencé a valorar el amor y la grandeza de Dios, a considerar la posibilidad de entrar en la órbita de Dios y abrir- me a la vida, lo creía difícil, pero sabía que para Dios todo es posible. Tuve un combate muy grande, ya que me sentía vieja (tenía 40 años de edad) y mi esposo no estaba en el Camino, tampoco mi médico. Me refugié en la oración y a través de la Virgen le pedía a Dios por mí, que me ayudara a dar un salto hacia la fe para entrar en la obediencia de su Hijo Jesucristo. Comía poco, dormía me- nos y comencé a adelgazar y esto preocupó mucho a mi esposo, quien me empujó a ir al médico. Me entrevisté con mi ginecólogo, le manifesté mi deseo de abrirme a la vida, le expliqué un poco quién era Dios para mí, cuál era mi sufrimiento y cómo El me había devuelto a la vida, y si tenía la vida dentro de mí, me sentía con la fuerza de que la vida volviera a mi vientre, sentía el deseo de obedecer a Dios que ponía la vida dentro de mí. El se asombró mucho y me dijo que ya había hecho 28 operaciones de recanalización, pero nin- guna por los motivos que yo le exponía. Me dijo que sería la número 29, pero que no me garantizaba que fuese posible volver a tener hijos. Desde ese momento inicié el combate más grande que pueda tener el ser humano. Pensaba en mis hijos con 22, 16 y 14 años y mi esposo, cómo les comunicaría esta decisión, tenía miedo de que no me entendieran. Dios se encargó de arreglarlo todo, en el examen médico, pre-operatorio descubrieron un quiste en un ovario que era necesario extirpar. Eso le manifesté a todos que sería el motivo de la cirugía, menos a mi madre y mi hijo mayor. Llegó el día tan esperado, mi comunidad y mis catequistas re - zaban por mí, pues era la primera mujer de mi parroquia que daría este salto a la fe. Había muchas preocupaciones en mi familia y relacionados, pues esperaban una histerectomía. Yo me sentía fuerte en Cristo Jesús, pues sabía que era Él que estaba detrás de todo esto.

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A pesar de que mis órganos estaban muy deteriorados, el doctor se esforzó en repararlos, expresó que estaba impactado por el motivo que me llevó a esta decisión y esto le animaba a reparar y no a extirpar, la cirugía fue un éxito, pero él no creía que tendría alguna posibilidad de concebir. Todo esto ocurrió el 21 de febrero del año 1991, unos meses después cumplí mis 41 años de edad. El post-operatorio fue muy doloroso, presenté una infección con fiebre y otros inconvenientes, pero me aferré a la oración con más fuerza. Pasé ese año sin cambio alguno. En el año 1992 nos anunciaba un sacerdote en un momento determinado, celebrando la pascua, el paso del Señor, cerré mis ojos y pedía: “Señor tu que en estos momentos estás pasando por la vida de tus hijos, hoy yo te entrego la molestia de mi vientre, restaura mis órganos, sáname Señor ya que tú sabes que sólo quise entrar en tu voluntad”. El es- cuchó mi oración y no sólo me sanó, sino que realizó un milagro en mí, el próximo mes, para asombro del médico y alegría de mi familia, mi comunidad y mis amigos quedé embarazada. El 13 de enero, cerca de mis 43 años de edad, nace Gabriel Alberto (foto agradecimiento) por la gracia de Cristo y la interce- sión de la Virgen María. El niño nació sin ningún problema. Este hecho cambió totalmente mi vida, mi matrimonio, mi relación con mis hijos y hermanos. Aumentó mi amor por mi familia y mis prójimos. He pasado muchas pruebas, pero “de todas me ha librado el Señor”. Con 52 años sigo abierta a la vida y Dios sigue hacien- do milagros en mi familia. Al cumplir Gabriel 3 años de edad, Dios se fijó en Guarionex, mi segundo hijo, lo llamó al Seminario Misionero Redemptoris Mater y hoy es sacerdote para gloria y alabanza del Señor.

Siendo españoles, Dios eligió a Santo Domingo para abrirnos a la vida. Somos Encarna Álava y José Reviriego. Tenemos seis hijos y uno en el cielo. Somos de la primera Comunidad de Santa María la Mayor de Tudela, desde el año 1990 fuimos enviados por el Santo Padre Juan Pablo II, como Familia en Misión en Rahway, New Jersey. EE.UU. En el año 1992 se realizó en Santo Domingo un Encuentro de todos los Itinerantes y Familias en Misión celebrando los 500 Años de Evangelización en América. En esa convivencia, por el testimonio de un matrimonio de allí y por la fuerza de la Palabra y la predicación, sentí la llamada de quedarme allí mismo para operarme y abrirme de nuevo a la vida. Ya que no me sentía en paz, ni libre por no estar ajustada a la voluntad del Padre. Nos cerramos a la vida al tener el séptimo hijo, lo hicimos atendiendo a los temores de aquel médico que me había reali- zado 7 cesáreas y nos había dicho que no hacía la cirugía si no le permitíamos esterilizarme quirúrgicamente para no tener 25

Jordy, Nerea Jorquera y su familia (hija de Encarna y José) más hijos; y fue así que acepté por el miedo a sufrir y por no haber buscado orientación en la Madre Iglesia, que como Ma- dre y Maestra nos enseña y ayuda a realizar la obra que ella ve bien para nosotros. La cirugía fue exitosa, dejaron dentro de mis trompas unos tubos muy finos para asegurar la permeabilidad de las mis- mas. Estos finos tubos debía retirármelos tres semanas más tarde. Me cortaron los puntos y regresamos a casa. La recupe- ración fue adecuada, pero al momento de retirarme los finos tubos acudí a mi ginecólogo en España y no los encontraba. Procedieron a realizarme una laparoscopia exploratoria para ver si los detectaban, pero no los encontraron. Fue necesario regresar a Santo Domingo para que la doctora me los retirara, pero ya había pasado un mes. Parece que Dios quería terminar la obra donde la había empezado. Tan pronto llegué a Santo Domingo la doctora me recibió, me llevó al quirófano y trató de retirar los finos tubos. Al tercer intento (pues no los encontraba) vi a la doctora ponerse en oración y pedirle a Dios que por su intercesión pusiera esos tubos en sus manos, puesto que yo era una misionera y la doctora no quería tener que intervenirme, representaba más gastos para mí y más tiempo fuera de casa. Al terminar, sólo tuvo que tocarme y allí estaban. En pocos minutos salí del quirófano. Hoy puedo decir que a través de esta operación de Reca - nalización, nuestro matrimonio empezó a ser nuevo. Para la evangelización fue estupendo, pues antes cuando estaba cerrada a la vida, no tenía fuerza para predicar a favor de la vida; era como tener un bozal que no me permitía hablar de la maternidad. Ahora sin embargo gracias a que estoy abierta a la vida animo a las demás mujeres a no impedir en ellas la posibilidad de su vocación a la vida; si están operadas, hacer esta experiencia de operarse y volver a su origen y así sentir qué bueno es ser libre y no estar atados, estériles, fuera de la voluntad de Dios. 26

Hoy tengo una alegría muy ligada a esta experiencia, nues - tra hija mayor Nerea, casada con Jordi Jorquera está ahora en Misión Familiar en Santo Domingo; tienen seis hijos. Son par- te del Instituto Pontificio Juan Pablo II para el estudio de la Familia y el Matrimonio, el cual depende de Valencia, donde se trabaja con la formación de agentes de Pastoral Familiar.

Puedes enviudar o perder un hijo y estar cerrada a la vida Mi nombre es Evelyn Santos, casada con Jesús Santos. Tene - mos 2 hijos, una de 19 años y otro de 18. Tengo 40 años y llevo casada 15 años. Pertenecemos a la Parroquia de San Marcos, en Newark. Vivo en los Estados Unidos y soy de Puerto Rico. El matrimonio actual es el segundo. Estuve casada anterior - mente y después del segundo hijo, me cortaron las trompas, por el miedo a la muerte, ya que mis partos habían sido por cesárea. Por este temor me cerré a la vida y me corté las trompas en 1988. A solo tres años de estar casada, enviudé, mis niños estaban peque- ñitos. En este sufrimiento de la muerte de mi primer esposo, Dios tuvo misericordia de mí, bajó a mi vida, me tocó y comencé un proceso de conversión en la Iglesia Católica. Allí conocí a Jesús, mi segundo esposo y el Señor proveyó para nosotros y así inicié una nueva familia en el Señor. Mi esposo, Jesús Santos, ha sido un padre muy cuidadoso y atento con mis dos hijos, pero él no tenía ningún hijo biológi- co. Entonces me di cuenta del gran error que había cometido, al esterilizarme. Deseaba darle un hijo a mi esposo y no podía. Comprendí que es mucho mejor dejarnos guiar por la voluntad de Dios, pues Él sí conoce por adelantado la historia de nuestras vidas. Vivía en un gran sufrimiento, como consecuencia de la esterilización provocada a mis 22 años de edad. Me di cuenta lo que dice el Dt 32,39 “Yo doy la muerte y doy la vida” Un día, estando en la Iglesia, conocí a una familia en misión, enviada por el Santo Padre Juan Pablo II, a Estados Unidos. Me anunciaron que el Señor me amaba y me lo creí, vi que la volun- tad del Señor para nuestro matrimonio era que estuviera abierta a la vida. Desde ese momento, decidí reconstruirme las trompas. En el año 1993, aquí en Estados Unidos, un médico no especiali- zado y no católico, me hizo la operación. Esta no quedó bien, al no quedar embarazada me hice una histerosalpingografía y mis trompas estaban tapadas. En mí aumentaba el anhelo de darle un hijo a Jesús. En ese momento me gasté más de 6,000.00 dó- lares. Unos años más tarde, me enteré de que en Santo Domingo había un médico católico que recanalizaba las trompas, y no por dinero, sino por amor a la vida. Me hice ver por él y después de los exámenes, me dio la posibilidad de operarme de nuevo. Me reconstruyó las trompas, en el 2003. Y por esto estoy muy agradecida a él y a la familia que me acogió en Santo Domingo. Estoy convencida que lo intenté ya un poco tarde. Esta experien- cia me devolvió la paz. 27

Cuando estaba cerrada a la vida, dentro de mí había una mujer triste. Esta experiencia ha sido una bendición para mi vida, ya que hoy estoy más feliz, pues tengo la certeza de que mis trompas están permeables, estoy abierta a la vida. Después de esta opera- ción, el Señor no me ha dado hijos y ya no es por haber cortado con la vida. Ha sido la voluntad de Dios. Quisiera iluminar con mi experiencia a otros matrimonios para que no se cierren a la vida, pues podemos enviudar, quedarte sin hijos por algún hecho lamentable o simplemente desear tener lue- go otro hijo, ya que no conocemos lo que nos depara el futuro, Dios lo sabe. Dios es el autor de la vida y solo El da la muerte y da la vida.

Me abrí a la vida y hoy tengo más vida

Carlixta Peralta y Félix Martínez. Párr. San Bartolomé, Santo Domingo Me casé a los 18 años y tenía tan sólo 20 años cuando sin pensar en las graves consecuencias futuras, me esterilizaron quirúrgicamente. En mi primer parto tenía 19 años, presenté Preeclampsia, por lo que los médicos me desembarazaron por vía cesárea. Me operaron en la Maternidad de un hospital público. Me fui a casa y pasado unos días comencé a sangrar y a presentar mucha fiebre. Por este motivo asistí a un centro de salud privado donde fue necesario operarme de nue- vo, y descubrieron que habían realizado una mala práctica dejando varias gasas dentro de mi abdomen causándome una grave infección que pudo quitarme la vida. En esta ocasión sufrimos tanto que deseábamos demandar dicha institución pública. Desde este momento comenzó una gran persecución que amenazaba mi maternidad, tan importante para nosotros, pues deseábamos tener muchos hijos. To- dos me insistían en que no deberíamos tener más hijos, pues corría el riesgo de morir. Nos asustaron mucho. Nos decían que para qué exponernos a tantos problemas, con lo que acabábamos de pasar. 28

En medio de esta situación, me embaracé de nuevo, el cual cur - só sin ninguna complicación, (sólo debía ponerme la vacuna para evitar las complicaciones sanguíneas que pudiéramos presentar, por tener mi sangre tipo RH negativo.) El médico en el momento del parto le dijo a mi esposo que me iba a esterilizar y como mi esposo pensaba que el doctor quería lo mejor y que sabía más que nosotros, aceptó, pensando que me salvaría la vida. Desde entonces comenzó mi amargura. Vivía con una melan - colía y con la secreta esperanza de que un día saliera embarazada, como ya ha pasado alguna vez y así se lo comunicaba al médico, pero él me decía: nunca saldrá, pues te esterilicé muy bien. Recuerdo que mi esposo comenzó a cambiar, ya en el hogar no era el mismo, algo se había ido de nosotros, no sabíamos qué era, fue como haber perdido una fuerza que nos ayudaba e impulsaba frente a los problemas. En su misericordia Dios bajó a nosotros, comenzamos a hacer una experiencia de fe, una iniciación cristia- na en el Camino Neocatecumenal, donde iba experimentando que Dios nos cura de toda dolencia que tenemos en nuestra historia. Un día en una Celebración Penitencial, me confesé con un pres - bítero y le decía lo mal que me sentía cerrada a la vida y me pre- guntó: “¿por qué lo hiciste si te sientes mal?” Le conté que según los médicos moriría. El sacerdote me contestó: “no es verdad que te mueres, ha sido un engaño del demonio esa decisión”, me anunció la misericordia y yo me fui alegre pensando que no me moriría, fue una esperanza para mí ver a Dios cerca, no me dejaría sola. Fui donde un doctor católico, quien nos explicó que era posible revertir aquella cirugía. Permití que me recanalizara y me fue muy bien. Todo comenzó a cambiar en mi familia, ha sido una victoria de fe, mi esposo estaba contento con sus dos hijos, pero se llenó de alegría al pensar en la posibilidad de procrear de nuevo. Nuestros hijos, ya grandecitos, se pusieron muy contentos, la alegría volvió a mi hogar. La gente me decía que estaba loca, que Dios me iba a castigar, que iba a morir, y solo recordaba aquellas palabras pro- féticas de aquel sacerdote, “¡no morirás!” Y hoy tengo más vida que nunca. Mis catequistas y mis hermanos de comunidad me ayudaban orando conmigo. Siempre le pedía a Dios por intercesión de la Virgen que en mi seno floreciera de nuevo la vida, deseaba ser madre otra vez. Siete meses después de haberme recanalizado, salí embarazada, el resultado se lo entregaron a mi esposo. El trajo la noticia a la casa. “¡Sí, es verdad estás embarazada!” Y es curioso, no presenté ninguna complicación durante el embarazo ni morí de parto, sino que seis meses más tarde tuve otro hijo y un tiempo después salí embarazada de nuevo. En el 2006 tenía tres hijos y ahora en el 2008 estoy embarazada de nuevo, luego de haberme recanalizado. Mi embarazo cursa sin ninguna complicación y quizás sea una niña. Dios nos ha bendecido, incluso económicamente, vivimos con más dignidad y hoy 29

podemos decir que Dios existe y se da gratuitamen- te; me apoyé en el Señor y no me ha defraudado.

Mamá, ¡qué bueno que no te cerraste a la vida antes de yo nacer, pues hoy no existiría! Soy Wilma, pertenezco a la Parroquia Nuestra Señora de la Divina Providencia, Miami. Llevo diez años caminando en una comunidad de fe, donde me he encontrado con un Jesucristo vivo y resucitado en los acontecimientos de mi vida. Cuando tuve mi último hijo, hace unos años atrás, tenía una mentalidad totalmente pagana. Debido a los engaños del demonio y confiada sólo en mis propias fuerzas, siendo la dueña de mi vida y tomando mis decisiones, decidí cerrarme a la vida, pues ya tenía tres hijos, eran suficientes y mucho más de lo planeado. Si hubiera sido por mí, tendría solo uno. Para mí los hijos eran una carga emocional y económica. Con un matrimonio no del todo estable me parecía imposible tener más hijos. Yo los amaba pero no deseaba tener más, por nada del mundo. Con esto en mente me cerré a la vida. Estando en la comunidad comencé a creer en la fe y a tomar conciencia del pecado. En una pascua yo sentí un llamado fuerte a ponerme en paz con Dios y por tanto a abrirme a la vida. No fue fácil pues mi mente y mi razón me decían que tenía 43 años, que no tenía sentido lo que iba a hacer, pero mi alma y mi espíritu estaban gozosos con la decisión. Fue una lucha fuerte con el De- monio, pero ganó mi llamada a la vida espiritual. Se hicieron los arreglos para ir a Santo Domingo para la ciru - gía. Yo me sentía como Abraham. Tenía que dejar mi país, mi ho- gar, mi familia y salir a lo desconocido respondiendo un llamado de Dios a mi vida. Yo sabía que Dios me pedía hacer esto y había una promesa, tendría un hijo y le pondría por nombre José. Pero no le había contado esto a nadie pues temía que pensaran que estaba loca. Salí para Santo Domingo con mi hijo menor, tenía ocho años. Allá me recibió una familia Neocatecumenal, Wilfredo, Ninoska e hijos. Estuve en su casa y me hicieron sentir como un miem- bro de su familia. Fui al hospital para los análisis preoperatorios y todo parecía estar bien. Al día siguiente entré al quirófano asustada pero contenta de poder obedecer a Dios. Aunque también estaba ilusionada, en secreto, por lo del niño José. En el quirófano me pre- guntaron si quería escuchar música y pedí los cantos de la Iglesia. Pusieron un canto sobre la cruz gloriosa, me pareció muy adecua- do pues en la camilla tenía posición de cruz. Me dieron anestesia general, pues estaba muy nerviosa. Cuando desperté (varias horas después) recibí la noticia de que mi cirugía no se pudo completar. Mis trompas de Falopio habían sido cortadas y extirpadas. No hubo forma de repararlas. El médico me dijo: “Sabrás que Dios ve tu obediencia y en lo adelante estás abierta a la vida” Entonces pasó a decirme que había encontrado dos tumores los cuales extrajo y que lo más 30

recomendable era hacer una histerectomía. Los días que siguieron fueron muy confusos para mí, oraba y cantaba los salmos, pidiéndole a Dios discernir. El caso fue que estaba muy enferma, en peligro y no lo sabía. El decidirme a abrirme a la vida me salvó la vida. Comprendí que el llamado de Dios a abrirme a la vida era para darme vida a mí misma y no a otro ser. Pero José, ¿dónde estaba?, a pesar de no haberlo compartido con nadie, estaba segura de la promesa. Dios no es un mentiroso y yo no soy histérica. Estaba segura que Dios me había hecho una promesa. Pensé que José era un niño que debía adoptar en Santo Domingo, empecé a indagar, pero sentí que no era esto lo que Dios quería. Recé mucho en esos días, le pedía a Dios que me ayudara a encontrar a José. El día anterior de regresar a los Estados Unidos, en la última cita del médico, Ninoska me dice: “Wilma, a pesar de que no te has podido abrir a la vida físicamente por tu testimonio van a nacer muchos bebés.” ¡Oh Dios mío, que alegría, que ilumina- ción! Dios me daba la respuesta de José a través de las palabras de Ninoska. Todo mi ser se iluminó. La tristeza que tenía, la confusión de mi alma inmediatamente me abandonó. Compartí con Ninoska la promesa de José. Había pensado en un hijo fí- sico pero no era eso, era una misión. La misión que tuvo José de proteger al niño Jesús. No permitir que lo matara Herodes. Yo tenía una misión de Dios. Tenía que compartir con todas las mujeres mi experiencia de cerrarme a la vida. Cuánto sufrí al percibir mi pecado. Mi hijo de ocho años me decía: Mamá, ¡qué bueno que no te cerraste a la vida antes de yo nacer, pues no existiría! Y lloraba al pensar que tal vez existía algún otro hijo en el cielo al cual nunca conocería y jamás me diría esas palabras. Debía compartir con todas las mujeres sobre cómo mi cuerpo fue mutilado y ahora creaba tumores, por no permitirle su trabajo de procrear. Las mu- jeres nos cerramos a la vida por buscar vida, pues no queremos morir ante la misión de madre y esposa, pero con esto sólo conseguimos la muerte. El médico de Santo Domingo me dijo que a todas las mujeres que había operado, usualmente tenían tumores, y lo único que teníamos en común era habernos cerrado a la vida. Por lo que pienso que el cuerpo al no poder cumplir su misión de procrear, crea tumores. Desde entonces comparto esta experiencia con cuanta mujer me encuentro, incluso en una convivencia anual di mi experien- cia y vi el fruto en otras mujeres que decidieron irse a Santo Domingo para abrirse a la vida. En cuanto a mí un año después en los Estados Unidos tuve que realizarme una histerectomía, pues mi cuerpo continuaba creando tumores. Hasta hoy estoy bien, no tuve hijos físicos, pero tuve muchos hijos en la fe, ya que a través de mi experiencia trato de que otras mujeres no se cierren a la vida. Continúo caminando en mi comunidad donde me encuentro con Jesucristo todos los días de mi vida a través de los hermanos, de mi familia, de mi historia y de mis acontecimientos diarios que me dicen cómo Dios es un Padre bueno que todo lo hace 31

bien.

Al descubrir que había tocado el árbol de la vida, me abrí a la vida Somos Águeda y Rafael Hernández, pertenecemos a la Pa - rroquia Perpetuo Socorro. Habíamos concebido tres niñas con espacio de dos años entre cada una de ellas, estaba planifica- da con anticonceptivos orales y al tener mi tercera hija decidí esterilizarme ya que consideraba que tres hijos eran más que suficientes aunque me dolía hacerlo por el hecho de no tener hijos varones y fue así que al cumplir mi niña dos meses fui al hospital a que me operaran para no tener más hijos. Tenía veinti- séis años cuando tomé esa decisión la cual dio un giro a mi vida, no sé como explicarlo, pero algo se fue de mí, mi vida se volvió una monotonía, me sentía triste, las relaciones con mi esposo se volvieron una rutina. Más tarde recibimos una llamada de Dios a través del Camino Neocatecumenal y entramos en la Iglesia y comenzamos a apren- der cosas distintas que hasta entonces no sabíamos. Nos dimos cuenta que habían muchas cosas equivocadas en nuestra relación, libramos un combate muy grande. Fue así como nos dimos cuenta que habíamos tocado el árbol de la vida al esterilizarme. Sin pen- sarlo mucho fuimos donde el doctor (católico) quien me recanali- zó las Trompas. Sufrí mucho después de la cirugía pues no me fue muy bien con la anestesia sin embargo lo sufrí animada y esperanzada de volver a tener la alegría que da la maternidad, pasado los siete meses salí embarazada pero lo perdí. Un poco más tarde salí de nuevo embarazada y tuve un varón. Este parto fue para mí un memorial, pues en el momento de dar a luz me encontraba en un hospital público, los doctores mientras trabajaban hablaban y ha- blaban, mientras yo estaba casi dando a luz sin ninguna vigilancia en ese momento me ve otro doctor y me pregunta ¿y a usted quién la atiende?, a lo que le respondí: El Señor cuida de mí y con El tendré este hijo. Viví en la fe. Y así fue, cuando la doctora pudo venir a mi cama encontró que el niño había nacido, di a luz sola, fue fácil para mí. Pues como dice un midras hebreo: “A las ma- dres piadosas Dios las libra del sufrimiento.” Recuerdo otro momento, en otro parto el médico, al ver la ci - catriz en mi abdomen me pregunta ¿para cuándo es su cesárea? y le dije: “todos mis partos han sido normales, esa cicatriz es de una recanalización que me ha dado la oportunidad de tener hijos de nuevo”. El doctor al escuchar esto se admiró y se alegró. Ahora en el 2007 espero mi cuarto hijo después de la cirugía y tengo tres niños: Samuel nació en el 2001, José Misael en el 2002 y Ruth Esther en el 2004, estoy muy contenta. He descubierto que el haber estado cerra- da a la vida era estar esclavizada. Hoy soy libre. (Foto de portada)

¡Qué alegría, me abrí a la vida y Dios nos regaló una niña! 32

Soy Elida Antonia Acosta, pertenezco a la Parroquia Nuestra Señora de la Altagracia de Herrera, Santo Domingo. Me casé el 18 de octubre del 1986 y al año siguiente tuvimos nuestro primer hijo y para el año 1992 nos habían nacido cuatro varones. Aun teniendo gran deseo de tener una niña, empujados por el acoso y la crítica de tanta gente que no aceptaban que tuviéramos tantos hijos, creyéndonos dueños y señores de nosotros mismos, decidi- mos operarme para no tener más hijos. Así pasó el tiempo y estando en la Iglesia se comenzó a trans - formar nuestra vida. Luego fuimos entendiendo que Dios es el dueño de la vida. Más tarde hemos vivido una linda experiencia, acudimos al médico con la finalidad de operarme, para que reconstruyera mis órganos, que me abriera a la vida. Pasaron tres años y pensaba que ya no iba a embarazarme. Logré quedar encinta, pero los dos primeros embarazos los per- dí. Quedé embarazada por tercera vez después de recanalizarme pero siempre me asaltaba la duda de si iba a perder de nuevo este

La nueva familia de Elida Antonia Acosta embarazo y milagrosamente llegó a feliz término. ¡Qué alegría! Dios nos regaló la niña que tanto habíamos anhelado: María del Carmen. Hoy estamos muy contentos y agradecidos de Dios y de todas las personas que contribuyeron a que me abriera a la vida. También tuve persecuciones de muchas personas, de algunos médicos que consideraban absurdo estar abierto a la vida, pero con la ayuda de Dios pude vencer tal persecución, pues es verdad que esto se daba, pero también eran muchos los que celebraban nuestra decisión y se alegraban con nosotros. 33

Esta experiencia ha transformado a toda mi familia, esta niña ha sido una alegría para todos y nuestro matrimonio se ha renova- do en todos los sentidos. Por eso hoy día damos gracias al Señor que siendo Dios se hizo hombre y aceptó entrar en el sufrimiento, para enseñarnos a obedecer sufriendo y ser así testigos de la vic- toria de Cristo sobre la muerte. Descubrí que nada es imposible para Dios. He visto que apoyada en Él, he salido victoriosa y la paga de todo esto ha sido la alegría que tenemos con esta niña. Espero que esta experiencia pueda animar a cualquier mujer a no tener miedo de estar abierta a la vida.

Había cortado mi relación con Dios Mi nombre es Elia Meléndez, tengo 40 años, estoy casada con José hace 22 años por la gracia de Dios. Somos nicaragüenses, pero por la revolución en nuestro país nos vimos obligados a emigrar a los EE.UU. donde residimos hace más 15 años. Cuando arribamos traíamos dos hijos, Isaac y Elia María, luego nacieron dos más, Josué y Emmanuel, pero por la situación económica, migratoria (estábamos ilegales) y también por la presión de las personas que nos rodeaban, nos decían que en este país no se puede tener muchos hijos (cosa que no es cierto, es un engaño) tomamos la decisión de cerrarme a la vida. Comprendí cual es profundamente el pecado del hombre: SER ÉL DIOS. Dice en el libro del Génesis 3, 22a: “y dijo Yahvé Dios “!resulta que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros en cuanto a conocer el bien y el mal!” De manera, que la felicidad no está en mis magníficas decisiones. He aprendido que Dios, mi padre, es quien tiene el poder de saber lo que es bueno o malo para mi, si me dará o no más hijos. A raíz de esto mi matrimonio cambió por completo, sin darnos cuenta todo se vino abajo, nuestras vidas estaban destruidas, con muchos sufrimientos. En esta situación escuchamos una “Bue- na Noticia”, entramos al Camino Neocatecumenal y poco a poco todo comenzó a cambiar, a través de la Palabra y con la ayuda de nuestros catequistas, descubrimos de donde nos venían los sufri- mientos: había cortado mi relación con Dios, queriendo ser yo el dios de la historia de mi vida. Sabiendo esto, libremente decidimos hacer las diligencias de ver cómo recanalizaba mis trompas. En los Estados Unidos en- contré muchos inconvenientes para hacer la cirugía, tanto por el alto costo de la misma como por la mentalidad de los médicos que

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Elia Meléndez y José con sus siete hijos veían en esta experiencia una locura, consideran que lo más co - rrecto es estar cerrada a la vida. Entonces viajé a Santo Domingo, fue una experiencia de fe, pude ver la comunión de los hermanos, me acogieron, me sentí como en familia, al igual que con el mé- dico que me operó. El es un médico cristiano, me ayudó mucho. Esta experiencia de abrirme a la vida, me hizo sentir libre, en paz conmigo misma y con Dios. Después de la cirugía perdí un embarazo, luego Dios nos ha bendecido con tres hijos más, Ga- briela con 7 años, Miguel Ángel de 5 años y Marian de 2 años. Nuestras vidas han cambiado totalmente, Dios provee para no - sotros cada día y estamos abiertos a su voluntad. El nunca nos ha defraudado, somos una familia de bajos recursos económicos, mas vemos como Dios conduce nuestras vidas, ponernos en sus manos es lo mejor, somos testigos de que quien cree en Él jamás queda defraudado.

Me has seducido Señor y me he dejado seducir Mi nombre es Rocío M. Paulino de González, casada con José Luis, tenemos cinco niños, pertenezco a la Parroquia La Altagra- cia, Santo Domingo. Yo fui esterilizada, cuando tenía tres hijo, cortadas mis trom - pas y desde ese momento entré en lo más profundo de la muerte, mi vida no tenía sentido. Estaba muerta desde que me cerré a la vida, porque sentí que había roto el plan de salvación que Dios había hecho conmigo. Me sentía tan mal, mi vida cambió porque ya no podía tener hijos y me sentía como un árbol seco.

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Rocío M. Paulino de González y José Luis con sus cinco hijos. Pero, el Señor que es un padre misericordioso, me regaló una oportunidad. Un día me habló a través del profeta Jeremías que dice. “Me has seducido Señor y me he dejado seducir” (Jer. 20, 7) y de verdad me he encontrado con el cielo abierto, el Señor me regaló una esperanza, “sentía en mi corazón como un fuego ar- diente que corría por mis huesos, y sé que el está conmigo como héroe valeroso”. Siendo yo tan pecadora y sin merecérmelo, el Señor me dio la oportunidad de realizarme una recanalización tubárica, donde Él me ha bendecido, me ha devuelto la vida, me ha hecho feliz, me ha salvado de lo profundo de la muerte. Me operé para abrirme a la vida y el Señor me ha rega - lado cinco hijos después de haber tenido las trompas cortadas, tres están con el Señor. En el 2001 nació Génesis María y Abigail nació en el 2003, en medio de persecuciones donde la gente no comprende; como dice el salmo 92,7: “Los caminos y designios de Dios el ignorante no los entiende, ni el necio se da cuenta”. Hoy les digo a todas las mujeres: “no acepten nunca que les corten sus trompas, no se cierren a la vida, no busquen experi- mentar la muerte como lo hice yo y me fue tan mal, arriésguense en el Señor y verán la gloria de Dios que nos salva”. Hoy soy testigo de esto porque el Señor ha hecho maravillas en mi vida. No tengo con qué pagar el bien que me ha hecho. ¡Cuánta misericordia ha tenido mi Padre conmigo!

¡Cuidado! Siempre hay un Herodes que intenta matar al niño (Mt. 2, 13) Somos José y Rita López, ecuatorianos, vivimos en Plain - field, New Jersey, desde 36

1988, tenemos 14 años de casados. Después de tener mi primera hija, Dennisse María, hoy tiene 14 años, pensamos que era imposible tener más hijos, debido a nuestra precariedad económica, y yo tenía que trabajar. Fue así como decidimos que me pusieran el Dispositivo Intrauterino (DIU), para no tener más hijos. Pero la niña siempre anhelaba tener un hermanito y cuando ella tuvo 5 años me retiré el DIU y cinco meses después concebí de nuevo, tuve a Brian José que hoy tiene 7 años. Pero a pesar de la inmensa alegría que sentía- mos al tener este niño, engañada por la mentalidad económica, teniendo la parejita ideal, al día siguiente fui operada para ce- rrarme a la vida, ¡qué tonta fui!. Cuatro años más tarde conocí al Señor Jesús y me encontré con Él a través de un sacerdote que nos ayudó bastante y de pron- to comencé a ver una gran luz, vi mi familia y mi matrimonio destruidos como consecuencia de haber cortado con la vida. Así fue como movida por una fuerza inexplicable me fui a Santo Do- mingo ya que era el lugar que me ofrecía todas las facilidades. En los EE.UU. intenté recanalizar mis trompas, pero además de lo excesivamente costoso, me creyeron loca. Ya en Santo Domin- gome acogieron una familia de la Parroquia María Auxiliadora, y me condujeron a un médico católico, quien reparó mis órganos.

José y Rita López Ya en Santo Domingo me acogieron una familia de la Parro - quia María Auxiliadora, y me condujeron a un médico católico, quien reparó mis órganos de una manera tan pacífica que de in- mediato experimenté una gran alegría, a pesar de que tenía mu- cho miedo, apenas sufrí un poquito. Al tercer mes después de la cirugía, salí embarazada y al mo - mento me asusté, por mi falta de fe. Estando tan asustada me fui donde mi doctor en New Jersey. Este doctor fue un Herodes para mí y el niño que llevaba en mi vientre. Este médico desde aquel día clavó una espina en mi corazón. Me dijo que estaba loca por tener hijos después de los 37

30 años. Que tenía un 95% de probabi- lidad de tener una criatura con Síndrome de Down (un niño mon- gólico). Me insistió en que debía hacerme una amniocentecis para confirmar lo que el sospechaba. Yo me quedé paralizada; a la vez que lo escuchaba sentía cómo un ángel posaba su mano sobre mí y me revestía de una fuerza que no venía de mí. Seguido de esto me dio tres alternativas: interrumpir el embarazo o si decidíamos tenerlo y era Sindrómico, podíamos darlo en adopción y si deci- día quedarme con él, entonces debía capacitarme sicológicamente para tratar una criatura Sindrómica. ¡Qué horror! Salí de allí en un gran combate entre la mentali - dad de aquel hombre y el germen de vida que Dios había puesto en mi a través del bautismo. Cuando le dije que no me haría el estudio, que nada cambiaría mi decisión de conservar la vida que Dios ponía en mi vientre, que lo aceptaría como El me lo man- dase, me hizo firmar un montón de papeles legales de que yo no aceptaba ninguna de las sugerencias que me hacía y dejaba en mi toda la responsabilidad. Y fue así como a pesar de nuestros temores y angustias aprendimos como José y María a defender a este niño de Herodes. Así nació una niña, Martha, perfecta sin ningu- na deformación, bella. Hoy esta niña tan alegre es nuestra alegría, sus hermanos están felices y la alegría reina en nuestro hogar. Al tenerla a ella dejé el trabajo y veo como ha sido una gracia. Luego nació Débora y luego Noemí. Dios a través de mi esposo provee para nosotros y yo cuido de mi familia, le dedico más tiempo a la Iglesia que me enseña día a día cual es la voluntad de Dios, me va mucho mejor, me siento realizada como mujer y abierta a la vida, deseando que en mi debilidad se haga siempre la voluntad de mi Padre. Yo José, (el esposo) veo como a través de este acontecimiento, Dios cambió mi mentalidad, y a través de esta persecución del médico aprendí a depender del Padre, necesitaba estar unido a El a través de la oración y aprendí a valorar una mujer, una madre, solo de ver a mi esposa en esta situación lloraba, empecé a respe- tarla y a quererla más y hoy somos una familia agradecida. Tam- bién comencé a amar a mis padres. Dependemos del impulso de Dios, pues nuestra debilidad esta siempre presente, mas Dios es grande y generoso y he visto como dice San Pablo: Todo lo puedo con Aquel que me da fuerzas. (Flp. 4, 13).

En ocasiones al cerrase a la vida nunca más se vuelve a abrir Somos José Luis Abreu y Santa Tiburcio, pertenecemos a la Parroquia María Auxiliadora. Unidos en santo matrimonio el 30 de marzo de 1991. Nos conocimos en la Iglesia y después de dos años nos casamos muy decididos a tener todos los hijos que Dios nos mandara y con gran alegría recibimos nuestro primer niño, Luis Isaac, este nació por medio de una cesárea y ya desde ese momento comenzamos a experimentar cierta persecución, aun de manera muy sutil. El médico, claro está, nos recomendó esperar por lo menos dos años en reposo, pero no 38

fue posible y llegó otro embarazo. De este modo ya en la tercera cesárea comenzó más abiertamente el ata- que del mundo, que si la situación es difícil, la economía, etc... y que era necesario cerrarnos a la vida. Sin embargo veíamos como Dios proveía para nosotros. Cuando me embaracé de mi cuarta hija, Patricia María, hacía mis consultas prenatales en un hospital público de Santo Domin- go y fue horrible aquel tiempo. Parecía que un demonio se encon- traba en aquellos médicos. Me decían que estaba loca y que me podía morir. Ahora pienso que era una imprudencia de ellos ya que en esos momentos me sentía débil e indefensa. Fui a dar a luz en ese hospital y ese médico me dijo que me iba a esterilizar aun en contra de mi voluntad. Estaba en la sala de espera y el Señor me dio la fuerza y salí huyendo y sin pedir opinión a na- die, fui a la clínica donde había nacido mi tercer hijo y me hicieron la cesárea. Me fue muy bien. El médico me dijo que mi útero estaba en muy buenas condiciones y que él respetaba mi decisión. Al tener el quinto hijo el médico me cerró a la vida, pues en el momento del parto consideró que el útero estaba muy débil, volvieron a insistirme que no debía tener más hijos que mi vida estaba en peligro, debía esterilizarme y yo asustada les dejé de- cidir sobre mi vida. Esto me dolió mucho, no haber sido fuerte y defender lo que yo sabía que era tan importante para mí. ¡Cuánto sufrimos mi esposo y yo!, veíamos que era mejor tener hijos que estar cerrada a la vida. Por otro lado, dice el Magisterio de la Iglesia que en caso de una situación de peligro, es lícito espaciar los nacimientos observando los periodos de fertilidad, por amor a los hijos, por la salud de la madre y por el bienestar de un futuro bebé. ¿Por qué no me daban otra alternativa? Un año después recanalicé mis trompas. No sé lo que el doctor encontró en mis órganos pues me dijo que el trabajo estaba he- cho pero era muy difícil volver a tener hijos. De todos modos la alegría volvió a mi hogar y todavía tenemos la esperanza de que venga un nuevo bebé que borre de mi ser ese sentimiento que dejó en mi la esterilización quirúrgica.

Me realizaron una histerectomía sin ni siquiera consultarnos Soy Francisca López de Robles, pertenezco a una familia de escasos recursos económicos. Desde pequeña recibí una enseñan- za moral en la Iglesia, a través de mis padres que me transmitie- ron la fe y la enseñanza moral de nuestra Madre Iglesia Católica. Durante mucho tiempo viví soltera, creía que no me casaba, sin embargo a los 36 años Dios puso delante de mí al hombre con el cual contraje matrimonio por la Iglesia. Poco después de casarme me diagnosticaron un mioma y con todo tuve la gracia de 39

quedar embarazada a los ocho meses, El embarazo fue bueno, con cesárea tuve un bebe normal de siete libras y media, un niño muy sano. Luego en el año 2002 creí que estaba embarazada, por la ausencia menstrual, resultó que no era así, se me presentó una hemorragia y me internaron de emergen- cia en el Hospital Materno Infantil San Lorenzo de Los Minas. Me sometieron a una cirugía para sacarme el mioma y sin em- bargo, los médicos, sin consultarme, ni a mi esposo, ni tampoco a mis padres, me extirparon el útero. No sé por que, ya que todos los estudios que me realizaron anteriormente determinaban que mi útero estaba en buenas condiciones, el mioma estaba pequeño. Este hecho fue una injusticia y un crimen. Apenas comenzando mi vida matrimonial, tenia un solo hijo, mi útero era demasiado importante. Me lo extirparon, era sagrado para mí. Ni siquiera me prepararon psicológicamente ante una histerectomía, me quitaron mi derecho natural a la maternidad. Pienso que procedieron de este modo escandalizados de que yo estuviera abierta a la vida, a la edad de treinta y ocho años y que Dios en medio de mi debili- dad podía manifestar su gloria en mí. Lo peor de todo es que no me lo dijeron, ni siquiera cuando salí del hospital; me trataron como una ignorante. Me fui a mi casa alegre pensando que ya no había peligro para tener otros hijos. Pasado un tiempo, al ver que no menstruaba, acudí al médico y le expuse mi creencia de estar embarazada. El doctor irónicamente me dijo: ¡Que menstruación le va a llegar si a usted le sacamos el útero! ¿Cómo dice usted? No puede ser, si a mi no me han dicho nada. ¡Oh no!, le dije, esto es una desgracia para mi, pues perder mi útero no ha sido por voluntad de Dios, mi vida ha sido mani- pulada por mano de los hombres. Al salir de allí me sentí muy frustrada, indignada, habían vio - lado mis derechos como persona, mujer y madre. Al dar la noticia a mi esposo José, me sentí muy triste, nos dolió mucho y gracias a la fe y la palabra, hemos perdonado este hecho pues de no ser así hasta una demanda judicial habríamos puesto. Ahora vivimos con nuestro único hijo pidiendo a Dios que cui - de a otras mujeres sobre todo las más pobres que por falta de recursos no tienen suficiente medios para defender el don más grande que Dios nos ha hecho compartir con EL, LA VIDA y esperamos que Dios los perdone porque no saben lo que hacen, si lo supieran respetaran y amaran la vida.

Me abrí a la vida con 47 años y hoy somos un matrimonio nuevo En las ultimas décadas el patrón social nos dice que dos o tres hijos son más que suficientes, por esta razón yo, Ana Teresa Joseph, en mi tercer parto, sin ningún motivo, sin pensarlo ni medir las consecuencias futuras le solicité a mi médico que me cerrara a la vida. Así transcurrió nuestra vida, hasta que mi esposo Frank, co - menzó como arquitecto a trabajar en el Seminario Misionero Re- demptoris Mater de Santo Domingo. Nos 40

relacionábamos bastante con el rector el P. Pino. Nuestro hijo Jonathan estaba haciendo una experiencia en el seminario. En este ambiente fuimos cambiando nuestra mentalidad y nuestra vida, comenzamos a desear vivir la fe profundamente. Nos casamos por la iglesia y empezamos a tener un modo de vida según Dios. El Magisterio de la Iglesia nos mostró que los matrimonios cristianos están llamados a ser imagen de Dios. En esta reflexión nos percatamos de que habíamos actuado mal al cerrarnos a la vida pues impedíamos el plan de Dios. Me di cuenta que había un bloqueo en mí, con mis labios decía que creía en Dios, pero mi cuerpo mostraba lo contrario. En un encuentro de familias escuché la experiencia tan alegre de una señora de los Estados Unidos que había venido a Santo Domingo a recanalizar sus trompas. Su testimonio llenó mi corazón de tal emoción que en ese mismo momento espiritualmente me abrí a la vida. Mi esposo realizó todos los trámites para hacer la cirugía, no lo hablé con nadie, pues sabía que por mi edad se iban a escandalizar. No quería que nada ni nadie alteraran mi deci- sión. El 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, fui recanalizada y sentí la compañía de ella que me fortalecía. Desapareció la intranquilidad que tenía, soy una criatura nueva. La relación matrimonial cambió drásticamente. Mi esposo me demostraba lo mucho que me amaba. Sé que no tendríamos más hijos, pero somos luz en esta generación. La paz nos la da hacer la voluntad de Dios y estar abierta a la vida me llena de alegría.

Milagro del laboratorio de la fe Año Santo del Jubileo Soy Joanny, casada con Leo, tenemos tres hijos, caminamos en la Parroquia San Antonio, New Jersey. Somos dominicanos. Un día, empujada por la mentalidad que se ha generalizado, de que incluso sin motivo alguno, se deje de tener los hijos que Dios envíe, (o por lo menos no se tengan más de dos) caí en el error de cerrarme a la vida cuando tenía tres hijos. Mi vida se volvió un infierno, mas Dios tuvo compasión de mí. Vió que me encontraba destruida, clamé a Él y por su infinita misericordia, me llamó a su iglesia. Iba a misa y un día escuché que se iniciarían unas catequesis en la parroquia donde asistía. Comencé un itinerario de fe en el Camino Neocatecumenal, donde mi vida comenzó a cambiar y a tomar un rumbo inimaginable para mí, que ha ido destruyendo todo aquello que me hacía sufrir. Estaba cerrada a la vida y al recibir la vida espiritual que viene a través de la predicación de la palabra de Dios, (del anuncio del Kerigma) comencé a ver que no era dueña de mí, que no soy solo criatura, sino hija de Dios hecha a su imagen y que no estaba bien decidir en mi materni- dad, ya que Dios es el dueño de todo lo creado, incluso de mi vientre. En el año 2000 (año del Jubileo) participé en una peregrinación a Tierra Santa, donde el Santo Padre Juan Pablo II iría a visitar los lugares santos, entre ellos el Monte de las 41

Bienaventuranzas, o del Sermón de la Montaña. Allí estuvimos miles de jóvenes y matrimonios a participar y escuchar una palabra del Papa para el tercer Milenio y en su discurso nos hablo del Laboratorio de la Fe, en donde es transformada nuestra vida. Yo recibí el espíritu de aquel mensaje: “En la iglesia hay una fuerza transformadora increíble (Decía el Santo Padre)”, esta transformación se podía dar en mí. Yo vi como Dios se da al hombre y espera una respuesta de él y como esa acción de Dios iba provocando en mí, de forma libre y racional, el Síque él esperaba para poder transformar mi vida, porque Dios es un caballero, respeta nuestra libertad. Luego en un encuentro con los iniciadores del Camino Neo - catecumenal, Kiko Arguello, Carmen Hernández y el P. Mario Pezzi, allá mismo en Israel, en una predicación, hablaban de que reconociéramos el don de la vida que Dios nos ha dado y agradeciéramos a nuestros padres que no se hayan cerrado a la vida para concebirnos, o que no nos hayan abortado. Y pensaba que si estaba allí y alegre, era porque mi madre no usó medios que me impidieran nacer, y decían los catequistas “reconcíliate con tus padres, ámalos, por ellos tienes la vida”. Yo tenía serias dificultades con mi madre y en ese momento el Espíritu Santo me empujó a pedirles perdón a mis padres. Esto para mí fue uno de los milagros que el Señor me concedió en esta peregrinación. Otro milagro que se estaba dando en mi laboratorio de fe era el deseo ardiente de abrirme a la vida. Y fue así que más tarde me enteré que en Santo Domingo había un médico cató- lico que a través de una recanalización de trompas me daría la oportunidad de abrirme a la vida. Fue una extraordinaria ex- periencia, Los hermanos de allí me recibieron y me ayudaron en todo, también el médico, guiado por la fe, era excelente. Aquella experiencia dejó en mí una alegría difícil de expli - car, era como si me hubiesen quitado una gran carga de enci- ma. Me sentía libre, libre de verdad. Mis hijos anhelan tener un nuevo hermanito. No sé si llegará, pero estoy en la voluntad de Dios y esto ha puesto dentro de mí una sensación de paz y juventud y un gran deseo de querer cuidar y valorar más a mis hijos.

He tenido muchas persecuciones y estoy abierta a la vida Soy Jenni Balbuena de Duarte, tengo treinta y ocho años de edad y 15 años de casada, tenemos seis hijos. Mucho me han per- seguido desde mi juventud (dice el salmo 129) pero no han podido conmigo. Desde que inicié mi tercer embarazo he tenido una gran persecución de parte de mi familia, los doctores y la sociedad en general. Durante la etapa final de mi tercer embarazo, los médicos que me daban seguimiento comenzaron a decirme que no se podía tener más de tres cesáreas y que debía esterilizarme. Yo me ne- gué. Les dije que no tenía intención de hacerlo y que de ninguna

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manera lo permitiría. A la hora de entrar al quirófano todos me insistían en lo mismo, me decían “aunque tú no quieras tienes que esterilizarte”, yo me levanté firme y siempre contesté que no. Y de allí salí abierta a la vida. Tres años más tarde salí embarazada y con este cuarto emba - razo la presión fue mayor, todos los médicos querían hacer su voluntad en mí. No tomaban en cuenta mi decisión, ninguno de ellos respetaba mi libertad, ya que estaba convencida en dejar que Dios decidiera la cantidad de hijos que iba a tener. Cuando llegó la hora de practicar mi cuarta cesárea, intentaron convencerme, incluso obligarme a esterilizarme. La presión psi- cológica y los insultos no fueron pocos. Me llamaban loca cuando contestaba con un “no” radical y rotundo. Fue un momento crítico para mí, porque en medio del dolor y el sufrimiento que se vive en cada parto, sentía un acoso muy violento. A cada instante y con mucha insistencia me decían: “decídete ya a esterilizarte” y siempre contestaba que no. Parecía que cada médico se llenaba de rabia al escuchar ese no; ya que se ponían violentos conmigo, me anunciaban la muerte, me decían que iba a morir, que mi útero se hacía cada día más débil, “tus hijos se van a quedar huérfanos y tu marido viudo, ¡Reacciona!” En aquel momento ningún médico me demostró un mínimo apoyo y no se compadecían de mi sufrimiento y lo peor es que todos se rehusaban a respetar mi decisión. A pesar de todo y por la gracia de Dios en ningún momento entré en discusión con ellos, sino que me mantuve en oración todo el tiempo, pidiéndole a Dios que no permitiera que me esterilizaran y rezaba con el salmo 129 “retrocedan los que odian a Sión, retrocedan”. Después de este parto, Dios proveyó para mi a un médico ca - tólico, que defiende la vida. Nos ha apoyado muchísimo, sobre todo en la tranquilidad y la orientación adecuada 43

sobre todos los aspectos de la maternidad. Con él nos sentimos en la voluntad de Dios. Ahora estoy en mi séptimo embarazo y me siento feliz por la misericordia de Dios.

Dios nos ha dado una vida nueva y unos nuevos hijos Somos Darío de Jesús Martínez y Francisca de Martínez. Nos casamos en el 1996. Pertenecemos a la Parroquia San Andrés.

Vivimos en Santo Domingo, en la localidad de Boca Chica, un lugar hermoso con la playa más bella de la ciudad, donde acuden turistas de todo el mundo. Nuestras vidas se desenvolvían en un medio de corrupción a la orilla de la playa, donde trataba de conseguir dinero de cualquier manera. Allí se dan muchas cosas que realmente degradan al individuo, se deja de ser persona. Un día, Dios envió un ángel que nos anunció una excelente noticia. La escuchamos y nos pareció extraordinario: la Iglesia nos proclamaba las maravillas que Dios había hecho, que Él nos había creado, nada más y nada menos que a su imagen y seme- janza. Vimos lo lejos que estábamos de esta realidad. Aquel dis- curso nos emocionaba y nos animaba a seguir escuchando. Fue así como nuestras vidas empezaron a cambiar. La Palabra de Dios fue transformándonos y nos abrió los ojos para ver cómo la so- ciedad nos había engañado y mal educado. No conocíamos que teníamos dignidad, a pesar de ser personas de escasos recursos económicos y un nivel bajo de escolaridad. Dios nos ha enseñado, a través de su Iglesia, los valores que hacen digno a un ser hu- mano: la responsabilidad, el trabajo, el matrimonio, la familia, la paternidad responsable, etc. Cuando tuvimos nuestro cuarto hijo nos cerramos a la vida, ya que no contábamos con 44

Dios para tomar nuestras decisiones. En el transcurrir de esta experiencia de fe que estamos viviendo, nos dimos cuenta que Dios es el dueño de la vida y que era bueno que mi esposa se abriera a la vida. La cirugía era muy costosa y nosotros no contábamos con los suficientes recursos. Hicimos las diligencias y el doctor, generosamente, accedió movilizarse des- de su centro, que es una clínica costosa para nosotros, hasta una pequeña clínica en Boca Chica donde nos era más asequible. Esto fue un favor grandísimo de parte de Dios. Nos alegramos y nos ilusionamos ante la posibilidad de poder engendrar otro hijo, si era la voluntad de Dios. Esto nos hizo ser una familia diferente, en medio de un combate, pues habíamos roto con el mundo anterior. Para nuestra gran sorpresa, pasado un tiempo, volvimos a con - cebir y nos nació un bello hijo. Le llamamos Samuel, es como un campeón, fruto del amor de Dios. En el 2007 estoy embaraza- da de nuevo. Hoy somos unos padres diferentes con la ayuda de nuestra Madre Iglesia, quien nos enseña a ser mejores personas, a respetar y defender la vida, viviendo con dignidad. Por eso siem- pre nos presentamos como los agradecidos de Dios.

El gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido confiada a los esposos Humanae Vitae 33 Somos una pareja de inmigrantes, soy José Velásquez, hon - dureño, vine a los Estados Unidos y aquí conocí a Patricia, mi esposa quien es ecuatoriana. Nos conocimos, nos enamoramos y como es costumbre en este país nos mudamos juntos en 1992. Vivimos en North Plainfield. Nos casamos convencidos de que 2 o 3 hijos eran suficientes y a nuestro alrededor esa era la norma. Sin haber ningún inconveniente de importancia yo aprobé que mi esposa fuera cerrada a la vida en el 1995. Teníamos tres hijos, Zoey, Bryan y Geolenne. José : Recibí la llamada del señor y entré a formar parte de las comunidades Neocatecumenales, aquí en la Parroquia Saint Mary. Desde ese momento, Dios comenzó a recrear mi vida y la de mi fa- milia. Al principio asistía solo, luego con mis hijos. Fui descubriendo que habíamos recorrido caminos equivocados. En una predicación se hablaba por medio del Magisterio de la Iglesia sobre el amor, la defensa y el respeto a la vida. Decían como por la unión de los espo- sos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. “Todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida” (Hv 11). Me dí cuenta de que había co- metido un error al permitir que cerraran a la vida a Patricia. Esta predicación me empujó a ir donde mi esposa y de rodillas le pedí perdón, llorando le dije que debí haberla defendido. A partir de este momento mi esposa comenzó a participar con nosotros a la Iglesia. Poco a poco, Dios que es un padre lleno de amor y nunca nos pide algo mayor a nuestra fuerza, fue 45

fortaleciendo a patricia y se dió cuenta también del don que había perdido, cerrándose a la vida.

Patricia : A mí me ayudó muchísi- mo el testimonio de un matrimonio (José y Rita) quienes asistían a la misma parroquia, Ella había ido a Santo Domingo a recanalizarse y en ese momento estaban teniendo nuevos hijos. Sus rostros refleja- ban una gran felicidad y esto me motivaba a estar como ellos. Hi- cimos los trámites y me fui sola a Santo Domingo, en la fe y el apoyo de mi esposo, quien quedó en casa con los niños. Allí me recibió una familia que está al servicio de esta experiencia de abrirse a la vida. Ví que se cumplía la palabra donde le preguntaban a Jesús, ¿quienes son tus padres y tus herma- nos? y El les contestó: “Mis padres y mis hermanos son estos que hacen la voluntad de Dios y la ponen en práctica”. Desde entonces te- nemos acogida en honduras, en ecuador y en Santo Domingo donde hemos ido varias veces de vacaciones con toda la familia. La cirugía fue todo un éxito, desde ese momento la alegría in - vadió nuestro hogar, teníamos la esperanza de volver a concebir, y nuestros hijos en la oración siempre le pedían a Dios que les manda- ra un hermanito y El nos escuchó, diez meses después de la cirugía recibimos la buena noticia de que estaba embarazada. Los médicos y las personas a mí alrededor al ver mi alegría y entusiasmo me preguntaban si este era mi primer hijo, le decía “no es el cuarto”. Incluso mi ginecólogo se alegraba y me decía que teníamos que cuidar este embarazo. Así nació Israel, una gran alegría para todos nosotros. Ahora en el 2006 estoy embarazada de nuevo.

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José : No hay palabras para expresar lo que sentí y lo agradecido que estamos de esta experiencia, del amor y la ayuda que hemos recibido de nuestra Madre Iglesia. Quisiera con esta experiencia invitar a los esposos a que acompañen a sus esposas y que estén atentos a todos los procedimientos que involucren a la maternidad, pues es un bien preciosísimo que Dios nos ha confiado a ambos. Que los padres seamos como san José, custodio de la familia.

Dolorosas consecuencias de cerrarse a la vida Ramona y Bienvenido Acosta. Parroquia María Auxiliadora Santo Domingo

En el año 1977, empujada por la mentalidad antinatalista de algunas corrientes de esta generación que consideran que te- ner hijos es una desgracia, teniendo tres varones y deseando ar- dientemente tener una niña, acepté ser esterilizada. ¡Qué pena! Cuanto he sentido haber tomado aquella decisión que luego pa- gué tan caro. Mi vida y mi matrimonio transcurrían ordinariamente, pensé que estaría mejor planificando mi fertilidad. Sin embargo, desde que me esterilicé, fue entrando en mi un vacío, una nostalgia que ni siquiera entendía. Mas adelante, comencé un camino de inicia- ción cristiana donde empecé a experimentar la fuerza regenerado- ra de Dios en mi vida, estaba al contacto con la palabra de Dios, descubrí el poder y la fuerza de la vida de Dios dentro de mí. Un día estudiando el personaje de Abrahán, me emocionó la promesa que Dios le hizo, iba a darle el hijo que tanto anhelaba. Pensé en la niña que no había tenido. ¿Por qué permití que me esterilizaran?

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En mi surgió el deseo de reparar mis órganos, hablé con Bien - venido, mi esposo, pero en ese momento el no lo veía, le parecía difícil y no disponíamos de los recursos necesarios para la ciru- gía. Pero en mí permanecía la necesidad de reparar mis órganos. Me propuse reunir el dinero por mi misma. Me animaba conocer la situación de otras mujeres que habían hecho esta experiencia y habían vuelto a tener hijos de nuevo. Esto me daba mucha espe- ranza de tener aquella hija tan deseada. Fue una decisión difícil para mí, pues nadie a mí alrededor parecía entenderme o apoyarme en mi intención de abrirme a la vida, pero el anhelo de ser madre de nuevo era más fuerte que todo lo que me era adverso. El día de la cirugía solo me acompañó uno de mis hijos. Recordé al profeta Isaías que dice refiriéndose al siervo de Yahvé “de mi pueblo no hubo nadie conmigo, miré bien y no había auxiliador, me asombré de que ninguno me ayudara, por eso la fuerza del señor me sostuvo”. Caminé hacia el quirófano sola, como solo fue Cristo a la cruz. Sentía la compañía de la Virgen a quien clamaba con mis Ave María. Estaba dispuesta a entrar en este sufrimiento, esperando como dice Jesús en el evan- gelio de San Juan: “Llorarán y se lamentarán, pero la tristeza se convertirá en gozo”. Pensé en que iba a sufrir un poco, pero me ayudaba el deseo de estar abierta a la vida. Al momento de la cirugía, el doctor que me operaba se expresaba enfadado diciendo cómo el médico que me había cerrado a la vida actuó drásticamente y que no había dejado la mínima posibilidad de reparar mis órganos. Había extirpado todas las trompas, no dejó ningún extremo que permitiera una recanalización. Esta noticia me entristeció, sentí como se desvanecían mis ilusiones de volver a ser madre; ¡Qué caro me costó aquella decisión 17 años atrás! ¡Qué pena me dio tener que darles esa mala noticia a todos! El doctor trató de darme ánimo, pero hasta él lamentaba esta situación. Fruto de mi experiencia, he tratado de animar a otras mujeres a que nunca se cierren a la posibilidad de ser madres. ¿Por qué esterilizarse? En el caso de que existiese un motivo grave que ne- cesitase distanciar un embarazo, pienso que la sociedad no acepta o no considera posible que un matrimonio use la abstinencia du- rante los periodos fértiles. Gracias a Dios estoy en un camino de conversión y me ha ayudado muchísimo a reponerme y a aceptar las dolorosas con- secuencias de haberme cerrado la vida; sé que Dios conoce la recta intención de mi corazón. Dios me ayudó a adoptar una niña que fue concebida espiritualmente y con ella estoy llenando aquel vacío que sentía al no poder recuperar mi fertilidad. Estoy inten- tando transmitirle la fe que la Iglesia me ha dado para que en el futuro sepa aceptar el rol que Dios le ha dado a la mujer, que en definitiva es aceptar su voluntad, amar y respetar la vida.

He intentado abrirme a la vida, no ha sido fácil. Somos Pedro Moncada y Marta Salazar de Moncada, tenemos cuatro hijos, Johanna, 48

Javier, Marta y Andrés. A mis 29 años de edad me cortaron las trompas, mi esposo decía que cuatro hijos eran suficientes y que él no quería más hijos. Pensé que si tenía más hijos mi esposo me iba a dejar. Pensaba que mi vida dependía de mi esposo. Además toda la familia nos decía que no más hijos, que ¿cómo viviríamos? Y fue así como me cerré a la vida. Desde entonces empecé a sufrir, me sentía vacía, me arrepen - tí de todo corazón de haberlo hecho, me alejé del Señor, de la Iglesia. Un día el Señor nos hizo un llamado para escuchar unas catequesis. Y nos dimos cuenta que el motivo de nuestros sufrimientos era por estar en nuestra voluntad, no aceptar el plan de Dios, estábamos cerrados a la vida. La palabra de Dios me iluminaba y comencé a entrar en la vo - luntad de Dios, iba sintiendo un gran deseo de tener hijos. Sabía que yo era mujer y que la maternidad era importante para mí. Pero yo estaba cerrada a la vida, fue así como inicié las investigaciones de cómo abrirme a la vida. Una hermana de la Iglesia me habló de Ninoska y del trabajo que estaban haciendo en Santo Domingo y con la ayuda de Dios me encaminé hacia aquellas personas que nos ayudan a todas las parejas que nos ponemos en la voluntad de Dios. Esta familia me abrió las puertas de su casa, me ayudaron y me dieron todo el amor y el cuidado que necesité para recuperarme, a pesar de que ni siquiera nos habíamos visto. Dios me regaló una nueva familia pues siempre nos apoyamos mutuamente. Puedo ver la misericor- dia que Dios tiene conmigo, que la vida no viene de nadie sino de mi Padre celestial. El Señor ha puesto en mi camino a algunas mujeres que han querido cerrarse a la vida y les he podido contar cómo el Señor ha tenido compasión de mí y me rescató de mi sufrimiento y he contribuido a que algunas no se cierren a la vida. “Me sentía libre y contenta”, salí embarazada, pero el embarazo se desa- rrolló en una trompa, sufrí mucho pues anhelaba tener más hi- jos. A pesar de que perdí el embarazo vi que junto a la prueba viene la fuerza. El ginecólogo en New Jersey no aceptaba, no entendía, quería cortar mis trompas de nuevo, nos decía a mí y a mi familia que si estaba loca, que arriesgaba mi vida por un pedazo de carne (las trompas) y medio dormida pude defender la vida y le dije a mi hija mayor que me ayudara a defender mis trompas. Ahora estoy con un doctor cristiano que me esta ayu- dando y me dice que mis órganos están bien. He perdido varios embarazos y he sufrido mucho pues en verdad deseaba tener más hijos. Veo que por tomar decisiones incorrectas y por dejar en manos del hombre lo que Dios me había confiado hoy sufro las consecuencias. No sé si tendré más hijos, sé que todas estas cosas no son culpa de Dios sino como consecuencia de lo que un día yo misma permití, cerrándome a la vida, más ahora física y espiritualmente estoy abierta a la vida, a la voluntad de Dios estoy en paz y feliz. Ya tenemos tres nietos de mi primera hija y a nuestro hijo ma - yor Dios le ha hecho un 49

llamado al sacerdocio. Dios ha reconstruido mi familia. Siempre les doy mi experiencia a todas las mujeres y les digo que no tenemos derecho a dañar lo que Dios nos dio, este don de ser madres.

Un encuentro con Juan Pablo II me devolvió la alegría de abrirme a la vida Pedro Pertigal y Carmen García Albatera. España Carmen y yo nos casamos después de tener una vida bastante desordenada, hacíamos lo que nos venía en ganas sin pensar en nada. Carmen recibió primero la llamada de Jesús para formar parte de una comunidad cristiana neocatecumenal. Mi esposa hacía cosas que yo no aprobaba por ejemplo, tener hijos, no aceptaba abortar, cosa que yo llegué a pedirle. Veía a los hijos como un obs- táculo en mi vida, al punto que después de tener a María nuestra tercera hija, viendo que mi esposa no permitía esterilizarse, acudí entonces al hospital para que me realizaran una vasectomía. Re- cuerdo que ella me acompañó y lloraba suplicándome que no me cerrara a la vida. Un día me invitó a una peregrinación, a una Jornada Mun - dial de Jóvenes en Francia, no sé bien por qué acepté. Unos años después fuimos a otra en Tierra Santa en el año del Jubileo 2000. El Papa iría a Galilea y allí le vería. Me pasó igual que a Santo Tomás, tenía un fuerte deseo de ver al Señor, tocarlo, ver si era verdad que Él existía. Ciertamente era muy difícil entrar a los lugares santos por la gran cantidad de peregrinos que había por todos lados. Estuve por más de dos horas en una fila enorme para poder entrar al Santo Sepulcro y cuando por fin llegó mi turno, Dios tuvo misericordia de mí, las autoridades detuvieron la circulación de la fila y quedé yo solo dentro del sepulcro. Pude ver que el Señor decía: “Ven y verás”. El Señor me tocó, empecé a llorar, pasé unos minutos allí. Ahí comenzó mi conversión. Esos días llovía fuertemente, me recordaba cuando murió Je - sús, el cielo se ennegreció y la naturaleza parecía llorar. Igual aquel día, sin embargo, luego salió el sol, imagen de lo que pasó en mi vida, se iluminó con la luz de la resurrección de Cristo. Hizo que mi corazón comenzara a latir por el amor de Él. Así continuó el Señor dándome más y más hasta que fuimos a otro encuentro en Toronto. Este encuentro fue en agosto y allí Su Santidad habló mu - cho de la vida. En octubre del 2001, empujado por el testimo- nio de otro hermano, fui a la Clínica Quirón de Valencia para que me revertiera la vasectomía. En mi libertad y lleno de ale- gría fui recanalizado por el Dr. Agustín Beamun, me abrí a la vida. Todo en la cirugía estuvo muy bien. Unos meses después, Carmen estaba embarazada de Pablo mi hijo de la fe, quien es como el sello de mi conversión, nació el 11 de agosto del 2003. He dado este testimonio en comunión con los hermanos de Santo Domingo de donde es el P. Pablo, un Presbítero que está en mi comunidad. Estos hermanos de Santo Domingo 50

están tra- bajando al servicio de ayudar a tantas parejas a recuperar su fer- tilidad. Retornando de nuevo a la misión tan grande que Dios ha encomendado al hombre y a la mujer, ser sus colaboradores en la transmisión de la vida.

Perdí el don del milagro de la vida y no teníamos “vino” en el matrimonio Mi nombre es Rosa Argentina Granja de López, casada en 1994 con Juan Carlos López somos nicaragüenses, tenemos 5 hi- jos y todos mis partos han sido con cesáreas. Cuántas maravillas hemos experimentado en nuestra vida matrimonial, pues somos una familia de escasos recursos económicos, pero Dios siempre nos ayuda. No teníamos ni un peso en la bolsa sin embargo mis hijos han nacido en los mejores hospitales privados de Managua. Dios proveía. En mi tercera cesárea trataron de cerrarme a la vida sin mi consentimiento y en medio de la cirugía Dios me dio la fuerza para impedir que me cortaran el hilo que me unía al plan crea- dor de Dios. La doctora se quedó muy enojada y yo experimenté que el Señor es mi pastor y que aunque pase por valle oscuro no temeré. Volví a salir embarazada dos veces más. Este último embarazo y parto fue bien difícil, permanecí en reposo prácticamente todo el embarazo y al momento del parto comenzó de nuevo el combate. Los doctores me enfrentaron seriamente y yo ya débil y asustada, accedí, sin consultar con mi esposo a que ellos decidieran lo que era “mejor” para mí y con 29 años me cerraron a la vida. Inmediatamente entró en mí un sufrimiento enorme cuando de - bía estar feliz al igual que con el nacimiento de mis otros hijos. En ese tiempo trabajábamos en la parroquia dando catequesis matri- moniales y nos sentíamos indignos, pues ¿cómo predicábamos lo que nos dice el Magisterio de la Iglesia: “toda relación matrimonial debe estar abierta a la posibilidad de una vida nueva”? ¡Cómo ense- ñar a otros lo que nosotros no hacíamos! Nos sentíamos como dijo la Virgen en las Bodas de Caná, “no tienen vino” que es el signo de la alegría que antes habíamos vivido. Entramos en la duda, en la violencia y hasta pensamos divorciarnos. En el año 2001, tras una palabra de mis catequistas (mis padres en la fe), visité a mi Obispo en Managua, el cual, con gran amor y misericordia me dio una palabra de aliento. El Obispo me envió donde un ginecólogo, quien me mostró una estadística y me dijo que las posibilidades de embarazarme eran mínimas, era prác- ticamente imposible en mí un nuevo embarazo. Volví donde el Obispo quien con mirada de padre de la Iglesia me dio de nuevo una palabra que me consoló en el momento, y seguí viviendo así asistiendo a mi parroquia, pero al tocar el tema de estar abierta a la vida, era como que me pincharan y no me sentía bien, mi ma- trimonio cada día iba peor, era un infierno, cuando hablaban de problemas yo pensaba que era sólo las discusiones normales de matrimonio, pues antes no lo conocía, Dios me lo dio a conocer. Pensé desde llegar a matar por “defenderme” hasta suicidarme por el infierno que estaba viviendo, mi esposo cada vez 51

más lejos, mis hijos, mi esposo y yo, todos sufriendo. En el año 2005, el 15 de febrero, profesé mi fe en la parroquia, día de la Cátedra de San Pedro, sentí que Dios había hecho conmi- go y mi familia una elección especial, y en Agosto de ese mismo año nos tocó dar catequesis de matrimonio en la parroquia, sentía que era indigna, que nada de nosotros servía, que mi matrimonio no servía, menos hablar de la apertura a la vida, era como si me ponían un bozal, no podía hablar, pues cómo predicábamos lo que nos dice el Magisterio de la Iglesia de que toda relación matrimonial debe estar abierta a la posibilidad de una vida nueva. ¿Cómo enseñar a otros lo que nosotros no hacíamos? En una celebración penitencial, la cual nos presidió el Padre Severino, Sacerdote dominicano, en el Colegio Calasanz, Mana- gua, me confesé y le expresé mis problemas matrimoniales, éste fue mi ángel, porque después de confesarme me preguntó que si estaba abierta a la vida. Esta pregunta iluminó la raíz de nuestros problemas. Luego recibí una palabra que me dijo: de tu vientre correrán ríos de agua VIVA. Desde ese momento mi Corazón ardía en deseos de reparar mis órganos. EL 15 de enero del 2006 tras luchas y oraciones, pero contentos me dirigí con mi esposo y la República Dominicana para realizar la reconstrucción de nuestra vida, la reconstrucción de las Trompas de Falopio, nos encontramos con unos hermanos estupendos que nos acogieron con todo el amor de Cristo, fueron unos ángeles. Luego el doctor que lleva en su rostro la alegría de la vida eterna, el aliento contrario a la ideología del mundo, fue un descansar el escuchar: No tengan miedo (Cosa que por primera vez oímos de un médico). A mis 34 años me abrí de nuevo a la vida. Desde la operación nuestras vidas se está re- construyendo, el amor por nuestros hijos, el amor de esposos, el poder conversar que hasta eso habíamos perdido y sobre todo la paz, mi relación personal con Dios se ha ido también reconstru- yendo (por más ayunos, limosnas, Eucaristía todo esto era una estrella fugaz, me daban la paz momentáneamente, pero siem- pre volvía al infierno). Ese día 23 de enero en Santo Domingo se me abrió la puerta del cielo y la alegría retornó a nosotros. Hoy espero con ansias que se manifieste la gloria de Dios en mí, al igual que hizo con Sara que de la matriz muerta ha sacado la vida y le ha regalado el hijo de la Promesa. Estamos contentos de poder estar en la voluntad de Dios y Él nos ha dado el vino nuevo.

La recta intención justifica el hecho Mi nombre es Pilar Díaz, soy dominicana, vivo en Newark, Estados Unidos hace 30 años, pertenezco a la Parroquia Fran- cisco Javier. Un día me esterilicé, pensaba que uno tenia hijos si el marido era bueno o si uno deseaba tenerlos, y además pensaba que los hijos provocaban muchos sufrimientos y no valía la pena tenerlos.

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Mi primer hijo lo tuve sin casarme y luego nos casamos por el civil. Salí de nuevo embarazada pero me practiqué un abor- to pues ya estábamos en trámites para el divorcio y no quería tener dos hijos sin padre. Fue en ese momento que me cerré a la vida. Luego me volví a casar y ahora pienso que ese matrimonio se fundamentó en la mentira ya que estaba cerrada a la vida. Durante el sacramento del matrimonio al preguntarnos si está- bamos dispuestos a tener los hijos que Dios nos enviara mentí diciendo que sí. Nos fue muy mal y nos divorciamos por la ley y ya desde entonces me quedé sola. He pensado que por la forma en que se realizó este matrimonio, me gustaría que la Iglesia lo declarase nulo, no por mí porque no pienso casarme más sino por él, que está unido a otra señora. He conocido al Camino Neocatecumenal y el Señor me eli - gió. No se fijó en mi debilidad sino que me llamó a su Iglesia y entonces descubrí que todo aquello estaba mal y que de alguna manera había cortado con Dios. Era una alianza con el demo- nio, que odia la vida. Sentía en mi interior un deseo inmenso de abrirme a la vida. Un día escuché la experiencia de una hermana que había ido a Santo Domingo para abrirse a la vida y como si fuera un sueño todo se me facilitó. Aunque no tenía marido ni pensaba tenerlo, casi con 50 años me fui también a Santo Domingo y con un hecho físico, que fue esa cirugía, corté con el demonio, que era quien me había hecho cortar con Dios. Así con esta cirugía en mi cuerpo dije no al demonio y di un sí a Dios. Recuerdo que aún adolorida estaba tan feliz y en paz, sentía que había vuelto a nacer, estaba nueva. No tengo esposo y no me siento sola pues Dios llena todos mis vacíos. Estoy muy agradecida de los hermanos que me acogieron en Santo Do- mingo. Siempre rezo por ellos para que Dios les pague, ya que en el mundo esto es insólito e increíble, pero es una realidad maravillosa. Yo quisiera también ayudar a cualquier mujer que esté su - friendo por haberse cerrado a la vida y les exhorto a que no lo hagan. Busquen “el consejo de los prudentes”, no de las per- sonas que gustan de aconsejar y de la vida no saben nada, son ciegos guiando a otros ciegos.

La Madre Iglesia me enseñó el valor y la importancia de la vida humana Somos Niurka Margarita Calcaño de la Cruz y Santiago de la Cruz. Vivimos en La Vega, República Dominicana. En estos últimos años he aprendido (porque me lo ha enseñado la Iglesia) el valor y la importancia de la vida humana; nada hay en el universo más importante que el hombre, ya que es el reflejo de Dios. En la sociedad moderna una corriente contraria al amor de Dios, que intenta atacar esta 53

maravilla de la creación y vemos cómo hoy es fuertemente presionada y perseguida la mujer que está dispuesta a tener hijos, digo esto porque ha sido nuestra ex- periencia en el matrimonio; después de concebir tres hijos, los cuales, lamentablemente nacieron por cesárea; como era la cos- tumbre, indicaba que debía ser esterilizada, porque una mujer con ésta realidad es considerada en peligro, y fue así que yo, aterrori- zada ante el miedo a la muerte, acepté dicha intervención. Sin embargo, no por esto fui una mujer más saluda - ble, por el contrario, comencé a tener más problemas de sa- lud y lo que es más importante, serias dificultades en mi matrimonio. Fuimos perdiendo aquella alegría que daba en nosotros y en nuestra familia la llegada de un nuevo hijo. Un día escuché un anuncio donde se me proclamó el kerigma: la victoria de Cristo sobre la muerte, que Él, es el Señor de la vida y sentí que dentro de mí, espiritualmente me abrí a la vida y desde ese momento empecé a desear recanalizar mis trom- pas y reparar el daño que en mi ignorancia había permitido. Comencé a hacer los trámites preoperatorios y fue así que en un papanicolaou me detectaron una displasia, por lo cual me sugerían era mejor hacerme una histerectomía, a lo cual contesté: “De la displasia hablaremos luego, lo importante para mí ahora es recanalizar mis trompas, porque Dios es el Señor de la vida”. Entonces, 8 años después de haberme esterilizado, el doctor prac- ticó la cirugía de la recanalización. Estaba abierta a la vida. Ese momento fue muy importante en mi vida, ya que se aproximaba la Pascua y mi esposo que tenia 30 años de no asistir a la iglesia, fue tocado por el Señor y asistió conmigo a la Vigilia Pascual y desde entonces ha sido gestada en nosotros una nueva realidad y una nueva familia. Un mes después, al ir al chequeo médico, el doctor me in - vestigó de nuevo y me dio la noticia de que la displasia había desaparecido, por lo que abrirme a la voluntad de Dios, me salvó la vida, y con ello la vida de muchos; porque hoy soy libre para anunciar el valor de la vida y el triunfo de Jesucristo sobre la muerte, y es cierto que luego no tuve hijos en la carne, pero sí tengo muchos hijos en la fe.

“No tengan miedo” ¡Dejen nacer los niños! Somos Juan A. Morales y Yolanda de Jesús de Morales, ca - sados; tuvimos un hijo y más tarde salí otra vez embarazada, es- tábamos tan contentos esperando una niña y nos llegó un niño, quien nació con un gran problema de salud. Muy pronto me di cuenta que él tenía dificultad para respirar, tenía unos ganglios muy grandes y le diagnosticaron la enfermedad de Hodgkin (cán-

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cer linfático). Nació de ocho libras, lo dejaron interno en el hos - pital un mes, pero cuando nos lo entregaron estaba muy delgado, solo pesaba tres libras. El combate con la enfermedad del niño fue difícil, tuve que ir a Cuba, sufrí mucho. Luego tuvimos dos varones. Entonces, influida por los sufri - mientos y la mentalidad de que es mejor esterilizarse para no tener más hijos, pedí que me operaran para terminar ahí. Así entré en una crisis de fe y una precariedad muy grande. Sin embargo, cuando me reconcilié con mi historia, fortalecida en la fe, me abrí a la vida de nuevo, salí embarazada, pensaba que tendría una niña pero nació el quinto niño, Andrés. Tres años después recibí una gracia del amor de Dios, tuve una niña, Stefani, en agosto del 2001. Viví una gran alegría en diciembre del año 2002, al escuchar a An - drés David de cinco años de edad, en una celebración eucarística en la Catedral Primada de América, Santa María de la Encarnación dijo a miles de padres reunidos allí: “No tengan miedo dejen nacer los ni- ños”. Él es un ejemplo de que la Iglesia nos da la fuerza de testimoniar la vida que Dios ha depositado en el interior de la mujer y que nos da la oportunidad de ver la acción de Dios en nuestras vidas. Estas palabras de mi hijo fue un aliento para mí, perdí el mie - do, mi fe se fortaleció. En el 2003 nació Chantal, esta niña tiene Síndrome de Down en un grado moderado. Hemos tenido muchas persecuciones en contra de continuar abiertos a la vida, escandali- zados por esta hija, incluso tuve que cambiar de médico. Sin em- bargo, no me arrepiento de la voluntad de Dios, pues Él nos hado doble ración de amor para ella, es la alegría de 55

nuestra familia, es un instrumento de amor y respeto a la vida.

“Mejor es refugiarse en el Señor que poner la confianza en el hombre” (Sal. 118, 8). Somos Félix Correa y Magandy Castillo, pertenecemos a la Parroquia María Auxiliadora, nos casamos en el 1995, hemos procreado con la ayuda de Dios 6 hijos los cuales nacieron con los sufrimientos propios que conlleva la maternidad. Los médicos nos decían, una y otra vez que nos cerráramos a la vida. Nosotros queríamos estar abiertos a la vida, hacer la voluntad de Dios. Félix– El quinto parto fue por vía Cesárea, para evitar un sangrado; recuerdo que fue el nacimiento de más satisfacción para mí y mi esposa pues nació aquel niño tan esperado. Le puse por nombre Jesé David, pues una de las palabras que me conquistó para entrar a la Iglesia fue el capítulo 11 del profeta Isaías que habla del retoño del tronco de Jesé. Me identificaba mucho con David por lo fuerte que era. Cuando el Médico salió de la sala de cirugía me acerqué a el y le pregunté; “¿Dr. cómo esta mi esposa?,” me respondió, “ella está muy bien, ese útero esta perfecto, ustedes pueden tener los hijos que quie- ran”. Esta respuesta me sorprendió, me alegré mucho por ella, por nuestros hijos y por mí. Magandy– A los cuatro meses del nacimiento de Jesé David salí embarazada, mi sexto embarazo y me atendí con el doctor de la cesárea anterior. Nació otro niño al cual le pusimos por nombre Jesús Alonso. Estábamos muy contentos, pero como los partos habían sido muy seguidos, estaba delicada de salud y los niños es- taban muy pequeños, nos amparamos en el Magisterio de la Igle- sia donde dice: “Si para espaciar los nacimientos existen “serios motivos”, derivados de las condiciones físicas o psicológica de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanen- tes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los períodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales de Dios” (HUMANAE VITAE 16). Bajo estos enunciados la Iglesia vino en nuestro auxilio y comenzamos a lle- var el Método Billings para distanciar un tiempo los embarazos. Un día Félix conversaba con un compañero de trabajo (trabajaba en un centro de salud) de lo bien que nos iba usando el Billings, este se burló de él diciéndole que era un tonto y que a mí me ha- bían esterilizado en la última cesárea. De inmediato conversamos con mi doctor y negó totalmente haberme esterilizado. Como ya no creía en sus palabras, me practicaron un estudio llamado His- terosalpingografía, para ver cómo estaban las trompas, y se evi- denció que en la ultima cesárea este médico, en el cual confiamos por sus hermosas frases, me había cortado una trompa y de la otra no se observaba nada. Félix – Al principio hubo un silencio entre mi esposa y yo, no sabíamos, realmente lo que estaba pasando, sin embargo cuando asistimos a una convivencia, se nos predicó 56

sobre el derecho y defensa de la vida, cómo debemos cuidar a nuestras esposas cuando estén en un quirófano, realmente comencé a sentir una gran culpa, descubrimos que dando la vida experi- mentamos a Cristo resucitado. Magandy – Es cierto que por motivos de salud, según me recomendaba el doctor, necesitaba distanciar los embarazos un tiempo. Sin embargo, experimentaba que en medio de los sufrimientos de salir embarazada cada vez que Dios lo permi- tiera, me llevaba a la resurrección, pues estaba segura de que Dios me daría una recompensa y esa era la vida eterna; nunca pensé que alguien se atreviera a cometer tan vil crimen de cerrar a la vida a una persona sin pedirle permiso. Félix– Nosotros sabemos que tenemos el derecho de llevar a la justicia a este médico, pero preferimos que Dios haga justicia de nuestros adversarios. Este hipocrático, no sólo alteró nuestro estado fértil sino también nuestra relación de pareja, pues hay en nosotros un dejo de tristeza y monotonía que nos lo provoca el sabernos cerrados a la vida. Contemplamos la posibilidad de po- der recanalizar la trompa que se veía cortada, pero nos dicen los cirujanos que no es recomendable pues ha quedado muy corta y no hay ninguna garantía de que el otro segmento este aún ahí. Sa- bemos en definitiva que Dios es nuestro Padre y tenemos nuestras esperanzas puestas en las palabras de las bienaventuranzas: “Di- chosos los que sufren por mi causa, pues ellos serán consolados.”

Una mujer cristiana no debe tratarse con un médico que no defienda la vida Soy María Estebania Sosa, nací en Santo Domingo. Estoy en la Parroquia Nuestra Señora de La Altagracia, en el barrio 27 de febrero. Cuando tuve mi tercer hijo decidí prepararme y cerrarme a la vida lo cual realicé con el consentimiento de mi esposo. Unos años más tarde, todo comenzó a cambiar. Sentí que mi vida se volvía un infierno y mi matrimonio estaba con unos problemas muy grandes. Yo no era la misma, algo nos faltaba, ya no era igual, siento que extrañaba los momentos propios de la materni- dad, ahora al ser sólo la esposa, sabiendo que nunca más podría embarazarme de nuevo; me sentía utilizada por mi esposo. Me sentía incómoda. No entendía nada ¡Qué nos pasa! No sabía la razón de ese malestar que nos impedía ser felices. Luego, me di cuenta de que yo había roto con la voluntad de Dios e hice algo que en realidad el Señor no aprueba, es- taba fuera de su gracia y así me sentía, estaba muy mal. Me di cuenta que no había sido la mejor decisión cerrarme a la vida. La Palabra y la comunión con los hermanos que sufrie- ron conmigo todo lo que estaba pasando, a la luz del Espíritu Santo escuché la Palabra del Génesis que dice: “creced y mul- tiplicaos y henchid la tierra”. Palabra que dijo Dios al hombre y a la mujer, era un mandato el cual yo había desechado, anu- lado de mí, y ahora caía en la cuenta; fue con esa palabra con la cual pude entender que yo había roto con el plan de Dios, estar abierta a la vida. Dios me ayudó a tomar la decisión y me abrí a la vida mediante una cirugía de recanalización. 57

Tenía entonces 40 años y un día salí embarazada, pero lamen - tablemente perdí el embarazo. En el año 2000 tuve otro embara- zo, eran mellizos, me alegré muchísimo, pero estos también los perdí. Creo que por negligencia médica. ¿Por qué no me puse en las manos de unos médicos que defendieran la vida? Me di cuenta muy tarde, el doctor que me estaba atendiendo no quería, no po- día aceptar que una mujer de 41 años estuviera abierta a la vida y quisiera tener más hijos. El no me ayudó, parecía que se alegrara de que estuviera en riesgo mi embarazo. Me hizo un legrado y me cortó una trompa sin autorización. Actuó tan rápido que no se dio cuenta de que en mi útero había otra vida, una criatura que ya había llegado a mi vida. Pero como no hubo ningún cuidado, yo tampoco lo sabía, también lo perdí, lo que he lamentado mu- chísimo. No he vuelto a quedar embarazada, pero me siento en paz porque creo haber hecho la voluntad de Dios. Después de abrirme a la vida, mi matrimonio y mi familia están mejor, gracias a Dios tranquilos y no me arrepiento de haberme abier- to a la vida, aún no he tenido nuevos hijos pero mi corazón está abierto a la voluntad de Dios y me siento libre al hablar de dar la vida. He aprendido que la voluntad de Dios es lo mejor y es lo que en realidad más conviene y ahora me he dado cuenta que dar la vida es vida. La vida se recibe y pertenece a Dios y sólo Él es quien debe decidir sobre su fin.

Todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida (Humanae Vitae) Rosanna y Plinio Martínez Pertenecemos a la parroquia María Auxiliadora. En el año 2000 aprovechando el Año Santo del Jubileo, me abrí a la vida. Yo era una soberbia (pensaba como las feministas que mis ór- ganos eran míos y podía manejarlos a mi antojo), pensaba que las diferencias de carácter que teníamos en el matrimonio se resolverían, que no valía la pena tener más hijos y me cerré a la vida. ¡Qué equivocada estaba! En la experiencia que he tenido en la Iglesia Católica, he abierto los ojos, como si antes hubiera estado ciega, ahora veo el papel tan importante que tengo en la vida a través de la ma- ternidad. Yo había cerrado la fuente de vida que tenía en mí. Me di cuenta que la relación entre un hombre y una mujer no es solamente unitiva sino que como dice la Iglesia, debe estar siempre abierta a la vida. Dice la Humanae Vitae en su No. 11: “Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al indicar que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida. El mismo Dios dijo: “no es bueno que el hombre esté solo (Gén. 2,18). Hizo desde el principio varón y mujer” (Mt 19,4), queriendo comunicarle cierta par- ticipación especial en su propia obra 58

creadora, los bendijo di- ciendo: “creced y multiplicaos” (Gén. 1, 28). Este fue el primer mandato dado por Dios al hombre. Ahora estoy en paz, muy alegre de haber sido abierta a la vida y aunque no he tenido más hijos, me siento desatada. Ten- go esperanzas de ser madre de nuevo, pues veo que otras tan- tas mujeres están teniendo hijos de nuevo luego de abrirse a la vida. Esta esperanza me hace feliz, me siento rejuvenecida y esto nos ha bastado a mí, a mi esposo y a nuestros hijos y damos gloria a Dios, que nos dio la posibilidad de recuperar la fertilidad y hoy nos convertimos en agentes, amantes y defen- sores de la vida y con seguridad proclamamos que Dios todo lo ha hecho bien.

Me cerré a la vida, tuve un nuevo esposo y quisimos tener nuevos hijos Soy Elva Chamorro tengo 48 años, soy miembro de una fa - milia de 12 hermanos, soy de la parroquia San Miguel, Newark, tengo más de 25 años de casada. Viví siempre en la pobreza junto a mis padres, mas vi cómo nunca nos faltó ninguna de las cosas indispensables para vivir. Un testimonio importante para mí fue ver cómo mi madre no se cerró a la vida, y a mí esto me lo enseñó, me decía que cerrarse a la vida era un gran pecado. Ya que si uno cree en Dios debe hacer su voluntad y así dar testimonio de que Dios todo lo hace bien. Sin embargo, un día por miedo a los partos y la presión del entorno, egoístamente comencé a no querer tener muchos hijos, siendo pobre, cometí el error de cerrarme a la vida. Sólo tenía tres hijos. Lo hice con mucho miedo, sabiendo que actuaba mal, tal como mi madre me lo había enseñado, que estaba en pecado. Me sentía muy mal, sufría mucho. Más luego reflexioné, Dios iluminó mi conciencia a través de la Palabra que me comunicaba, pues pertenezco a una comunidad del Camino Neocatecumenal y entonces vi que era bueno abrirme a la vida. Mis catequistas me ayudaron a encontrar la paz, hacien- do la voluntad de Dios. Fui a Santo Domingo, el doctor reparó mis órganos. Esto me ha ayudado muchísimo. Dios ha reconstruido mi matrimonio y mi familia. Estamos más unidos y amo más a mis hijos. Veo que mi matrimonio es mucho mejor, mi esposo que no compartía conmigo ahora me acompaña y juntos vamos cele- brando la vida que Dios nos ha puesto a disfrutar.

Me abrí a la vida y fue como volver a nacer Mi nombre es María Eloísa Pérez, soy de la Parroquia San Ga - briel de Santo Domingo. Conocí al Señor siendo adolescente, es-

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tuve muy ligada a la Iglesia desde niña, esto me ayudó mucho en lo referente a lo moral y a lo espiritual. Me crió mi madre, pues mi padre es médico y se marchó a los Estados Unidos siendo yo muy pequeña, nunca más supe de él. Esto hizo de mí una persona triste, muy callada y tímida. Asistí a unas Catequesis junto a mi madre, pero seguía con mi tristeza, pues pensaba que la felicidad no existía. Así pasaron los años de celebración en celebración, de Pascua en Pascua y de paso en paso y hoy que he perdido a todos los seres en quienes me apoyaba: mi padre se fue, mi madre murió, etc. He descubierto que no estoy sola. Existe la felicidad, y esta no depende de nada ni de nadie, solamente de Dios y de su hijo Jesucristo. Me casé con un joven que parecía muy maduro y le puse como condición que entrara a la Iglesia. Al año de casada llegó mi pri- mer hijo, David con muchos problemas, porque me hicieron una cesárea de alto riesgo, de esta manera se efectuó un duelo entre la vida y la muerte, saliendo vencedor Jesucristo; al año siguiente llegó Gabriel, prematuro, pero todo salió bien. El tercer embarazo lo perdí: tres años más tarde, llegó Samuel, me vi sumamente grave, casi pierdo la vida, pero el Señor me ayudó. La doctora, por mis complicaciones, me cerró a la vida. Esta situación me hizo sufrir, pues no aceptaba el hecho de no poder tener más hi- jos. Durante este tiempo, la gente me decía: “tú no pediste que te esterilizaran, quédate así”, pero yo sentía en mi interior la voz de Jesús que me decía: “ánimo que yo estoy contigo”.

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Y así me puse en camino para la recanalización, a pesar de que los médicos se negaban por todos los problemas de alto riesgo. Encontré un médico cristiano, que me dijo que por la fe se arries- garía. Luego de la operación volví a nacer, pues una mujer cuando la esterilizan se seca por dentro y se convierte en una tierra árida que no da frutos. Tres años más tarde de estar abierta a la vida salí embarazada y lo perdí, luego con el favor de Dios, vino otro embarazo y nació Emmanuel. A pesar de haber perdido varios embarazos doy gra- cias a Dios, porque a través de estos acontecimientos, he apren- dido que todo lo que me pasa no es una casualidad, es Dios que entra en mi vida, tuve este hijo y aunque como algo extraño, mi embarazo cursó sin ningún problema. Y he llegado a la conclu- sión de la certeza de las palabras de Santa Teresita de Jesús: “Sólo Dios basta”. En el nombre del Señor nos arriesgamos y hacemos la voluntad de Dios.

Vida desafiante Defender la vida humana es un acto de amor. Somos custodios y administradores. Francisco y Ninfa Torres, nicaragüenses, casados en 1995, 4 hijos. Con nuestro testimonio deseamos compartir una experiencia que únicamente por la fuerza de Dios hemos vivido. Ha sido un combate y hasta un desafío para algunos médicos; a quienes no juzgamos, pues cuando estamos en sus manos lo que buscan es nuestro bien e intentan quitar de nosotros todo lo que sea sufri- miento o peligro, como suele suceder con algún embarazo de alto riesgo. Es lo que nos ha sucedido con el tercer embarazo. Yo tenía problemas renales y el bebé, sufrimiento fetal, debido a los medicamentos que me fueron suministrados. Por ese motivo el riesgo aumentaba. A este hijo le llamamos Juan que quiere decir “con el favor de Dios”, y así fue que el con el poder del Señor nos ayudó a combatir las situaciones de salud del niño la cual ya han sido superadas. Cuando el niño tenía dieciocho meses salí embarazada y de nuevo presenté problemas con mis riñones, por lo que el médico nos dijo que sería más difícil que el anterior, que esta criatura na- cería enferma o sería como un aborto, por eso le llamamos Pablo, porque San Pablo se llamaba a sí mismo “como un aborto”. En este tiempo comenzamos a vivir una crisis existencial, estábamos escandalizados de la cruz y el sufrimiento, pensábamos que Dios era injusto. Estábamos sin discernimiento, pensábamos que no valía la pena tener hijos, para qué concebir hijos con problemas. Pablo, después de nacer estuvo hospitalizado siete veces con pro- blemas muy serios de salud, nos comunicaron que el niño queda- ría sordomudo y sin embargo el niño sorprendentemente, dice algunos monosílabos: “agua”, un “papa” muy lindo, etc. Tiene una sonrisa límpida, vivaracha. Aunque no lo diga se siente amado y feliz. Hoy tengo unos hijos quienes son testimonio de que ¡El SEÑOR ES LA VIDA! 61

Por esta situación que vivimos con Pablo nos cerramos a la vida. Tras este acto nos llego un pesar, un vació. Se nos volvió la vida tan sosa que nuestro matrimonio se nos convirtió en una rutina y vivíamos sumergidos en la tristeza. Recuerdo que mi hermano, sacerdote, que está de misión en Colombia, al ver nuestra crisis matrimonial nos advertía que la raíz de ese mal estaba en habernos cerrado a la vida. En ese tiem- po en la parroquia hablábamos mucho de La Virgen y descubrí que Ella recibió un llamado de abrirse a la vida y sin entender cómo, abandonó su proyecto adoptando como suyo el de Dios, y así la Virgen recibió la fuerza de Espíritu Santo. Igual nos suce- dió a nosotros y con el Espíritu Santo vimos como Dios nos daba primero lo que nos iba a pedir. Hoy junto con ella proclamamos la grandeza del Señor. Ella nos llevo a abrirnos a la vida. Nos hablaron de Santo Domingo y nos enteramos que no éra - mos los primeros ni los únicos que otros de tantos lugares del mundo ya acudían allí por el apoyo y la facilidad que les brindan. Viajamos junto a otra pareja la cual nos ayudo muchísimo pues estaban más convencidos que nosotros (Juan Carlos y Rosa Gran- ja). Llegamos al aeropuerto de Nicaragua con una delegación que nos despedía, veíamos “la comunión de los santos”, era el tiempo propicio íbamos con el ansia en busca de la libertad y el Espíritu Santo nos empujaba y nos hacia vivir esta experiencia sin temor. Al llegar a ese país nos recibieron unos hermanos: Wilfredo, Ni- noska y sus hijos; yo pensaba en Abraham recibiendo a los en- viados del señor, nos conocimos por el salterio y en su casa sus hijos que como brotes de olivo alrededor de una gran mesa, nos acogieron con una buena comida donde intercambiamos nuestras experiencias. Mónica, la hija mayor del matrimonio, estaba embarazada, un embarazo de alto riesgo, nos admiraba la actitud de Miguel su esposo ¡como cuidaban este embarazo! Veíamos que era posi- ble la vida aun en circunstancias de peligros o riesgos. Recuerdo que estando ella así embarazada fuimos con ellos a una cárcel donde evangelizan, y allí celebramos una emocionante eucaris- tía. Me abrió a la vida un médico católico, que nos inspiraba con - fianza, me hacía sentir tranquila, fue estupendo el Señor me llevó como “en alas de águila”. Con María Madre hemos sentido este deseo de donarnos el uno al otro, abiertos a la vida sin barreras, sin temores; no se si seré considerada digna de volver a concebir otro hijo, seria una bendición, pero me siento como dice el libro el Cantar de los Cantares “Yo soy para mi Amado como aquella que encontró la paz.” Quisiéramos compartir esta experiencia con los matrimonios, en primer lugar, de Nicaragua, donde ha entrado la mentalidad de que por el miedo a la precariedad y al sufrimiento se dejan robar la alegría de estar abiertos a la vida. Y decimos a todos los matrimonios que defiendan el precioso don que Dios nos ha regalado haciéndonos participes de prolongar en la siguiente ge- neración el milagro más grande que es la vida 62

humana. Dios nos ha concedido la gracia de poder concebir de nuevo y estamos muy alegres.

Descubrí para qué me había creado Dios Soy María Irma Saavedra, tengo 46 años, casada con Julio, tenemos 20 años de casados, pertenecemos a la Parroquia Saint Francis Xavier, Newark, N.J. Aquí vivimos. Tenemos dos hijas: Tania y Sheni. Yo me cerré a la vida al nacer mi segunda hija porque el mundo, la sociedad y el demonio, me decían que tener pocos hijos era lo ideal, que la familia pequeña vivía mejor, le dije a mi esposo que no deseaba tener más hijos, era mi cuerpo y que yo podía hacer lo que quisiera, ni siquiera pedí su opi- nión y autoricé que me esterilizaran. Después de estar muchos años fuera de la Iglesia, El Señor nos llamó a caminar en una comunidad. En una convivencia, se habló de la familia, de la mujer y a través de esta convivencia descubrí para qué me había creado Dios. Como mujer, Dios me había dado una matriz que era fuente de vida y yo había cortado el plan de Dios al esterilizarme y lo único que había en mi era muerte. El Señor me iluminó a través de la Palabra, y descubrí que mi incapacidad de amar a mi esposo y a mis hijas tenía mucho que ver con el hecho de estar cerrada a la vida. El Señor me daba la oportunidad de reparar el mal que yo misma me había causado, conversé con mi esposo, se alegró y me apoyó. Yo sabía que por mi edad era muy difícil quedar embarazada, pero yo solo quería estar en la voluntad de Dios. Primero intenté realizar la cirugía de Recanalización de Trompas aquí en los Estados Unidos, pero además de ser una locura moral para nuestros médicos, era excesivamente costo- sa. Un día hablando con los catequistas, nos refirieron a Santo Domingo, donde parecía ser más accesible y viable mi recana- lización. Me trasladé a lo desconocido, me recibió una familia, quienes me cuidaron como verdaderos hermanos, me di cuenta que los lazos que nos unían eran fuertes, pues nos unía Jesucris- to, que lo da todo. Después de la cirugía, bendigo al Señor por este regalo de permitirme abrirme a la vida y digo vida porque en los años que estuve esterilizada estaba muerta. Este acontecimiento cambió mi vida y la de mi familia, soy otra mujer, me siento feliz y libre. Al regresar de Santo Domingo pude pedir perdón a mi esposo y a mis hijas. El Señor me está dando un matrimonio nuevo, en la verdad, por esto “bendigo al Señor por tanta misericordia para conmigo”.

Me siento como Jerusalén, reconstruida Mi nombre es Nilsa, soy puertorriqueña, estoy casada con Luis Lorenzo, nos casamos en 1990. Procreamos tres hijos uno nació en 1991, perdí mi segundo embarazo y el otro 63

hijo nació en 1993, residimos actualmente en New Jersey. Yo padecí gran- des problemas de salud en mi juventud, estuve en coma a los 18 años, luego me enfermé de cáncer y gracias a Dios pude rebasar todas aquellas enfermedades, y tuve mis hijos sin ningún incon- veniente. Pero desde que me embaracé, la tercera vez, mis médi- cos y mis padres me decían que era muy arriesgado permanecer abierta a la vida. A pesar de que no estaba segura de hacerlo, acepté, pues pensaba que mis padres deseaban lo mejor para mí y me llevé de sus sentimientos y sin contar con el apoyo de Luis me cerré a la vida. En cierta ocasión una mujer coqueteaba con mi esposo y le preguntaba si era cierto que yo no podía darle más hijos, y le dijo que él sí podía tener más hijos, insinuándole que ella sí podría darle otro hijo. Cuando escuché estos comentarios me di cuenta del daño que había hecho cerrándome para siempre a la vida. Mi decepción fue muy grande pero con el tiempo traté de olvidarlo. Iniciamos un camino de fe dentro de la Iglesia y Dios a través de su Palabra comenzaba nuestra reconciliación personal y fa- miliar, en la parroquia El Inmaculado Corazón de María. Un día estando en la Iglesia tratábamos el tema de la transmisión de la fe a los hijos y allí comencé a experimentar el deseo de estar abierta a la vida, reflexionaba viendo cómo Dios me había permitido la vida ¿Cómo pude yo cerrarla dentro de mí? ¿Cómo dudé? Si pude superar el cáncer, cosa que no impidió mis embarazos, ¿Por qué tuve miedo? Si nada es imposible para Dios. Después de 13 años de haberme cerrado a la vida, en medio de mis crisis matrimoniales, el llamado de Dios a mi conciencia motivó en mí un deseo inmenso de abrirme a la vida. Dos años después, en el 2006, pudimos viajar juntos a Santo Domingo, sin el apoyo de mis padres, sólo con la bendición de la Iglesia a la que Dios nos había llamado. Dios nos preparó un ambiente de fiestas, vacaciones y regocijos, puesto que no me pude operar en el día previsto debido a que me llegó mi menstruación. De este modo, nos vimos “obligados” a tomar unas vacaciones fenomenales, en aquella bella isla. Todo el proceso de la cirugía transcurrió sin novedad. Después de la cirugía vino a mi mente el cántico de Tobías, que cantamos en la pascua: “Jerusalén reconstruida” (Tb. 13,16). Esta promesa se está cumpliendo en mí, con mi apertura a la vida. Dos días después de la cirugía lloraba de emoción y me decía “Dios en su misericordia siempre es bueno, aún en nuestras miserias”. Mi esposo siente ahora, que Dios ha vuelto a unirnos en el verdadero amor, está feliz con esta nueva oportunidad. Mis hijos también están contentos y hasta mis padres aunque no lo entienden, por primera vez los pude ver alegres. Nuestra alegría se ha contagiado a todos. Por amor a su voluntad hemos experimentado la alegría de abrirme a la vida, recibiendo la fortaleza de Dios. El amor de Dios se posó de nuevo sobre nuestro matrimonio. Este viaje a Santo Domingo, vino a ser para nosotros como una luna de miel, lo 64

recordamos con alegría, la pasamos estu- pendamente y deseamos volver a esta isla para celebrar de nuevo nuestra sabia decisión.

Abrirme a la vida nos dio la alegría de volver a soñar con tener hijos Mario Colombini y Teresa Gómez.

Nos casamos en 1983 luego de 12 años de noviazgo, somos argentinos, vivimos en Algemesí, España. Salí embarazada casi de inmediato y fue una gran alegría para todos en la familia, nos nació María Virginia. Este embarazo fue un poco delicado pues tenía un mioma en el útero, cosa que yo desconocía. Me realiza- ron una cesárea y al final todo resultó bien. Un año y medio más tarde concebimos de nuevo. En este embarazo presenté un pade- cimiento conocido como placenta previa; lo que produce un san- grado abundante a través del canal del parto y por esta condición hay que tener reposo absoluto. Sin embargo, era tal la felicidad que experimentábamos al saber que tendríamos un hijo, que los padecimientos que tenía eran más pequeños que nuestra felicidad. Dice San Pablo “los sufrimientos de ahora no son nada en comparación a la alegría que se manifestará después” (Rom. 8). De este modo nació Alejandro, nuestro deseado y querido hijo. Entonces, los médicos por esta situación (que ahora sé que no tiene por qué repetirse en otro embarazo) no me dieron otra al- ternativa más que cerrarme a la vida. Me dijeron que tenía mu- chos riesgos, incluso hasta de morir y acepté que me esterilizaran. Después de estar cerrada a la vida con tan sólo mis dos hijitos, me volví una madre neurótica con ellos, los sobreprotegía, me sen- tía insegura. Quizás inconscientemente pensaba que si les pasaba algo, si los perdía, ¿Qué sería de mí? Pues ya no podía ser madre de nuevo. 65

Comenzamos a participar activamente en la Iglesia y tras un camino de renovación del Bautismo, me di cuenta que había sido un error, se iluminó mi conciencia. Dice Jesús: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere no dará su fruto”. Ciertamente te- nemos que morir para poder dar la vida. No debimos permitir que otra persona decidiera por nosotros. Estábamos muy tristes, anhelábamos tener más hijos, el matri - monio se mantenía en la monotonía. Varias veces traté de reparar mis órganos pero todos los médicos en España me decían que era imposible e irreversible. Hasta que un día escuché una hermana en la parroquia que había ido a Santo Domingo para “abrirse a la vida”. Me entusiasmé de inmediato, a pesar de que ya sabía que por mi edad (tenía 40 años) era difícil embarazarme, pero ésta cirugía me daba la posibilidad de al menos volver a soñar con ser madre de nuevo. Fuimos a Santo Domingo en el 2003, fue una experiencia maravillosa de ver este equipo humano en defensa de la vida. Experimentar el amor de los hermanos como los primeros cristianos que compartían todo. La alegría volvió a mi matrimo- nio y agradezco al Señor por mostrarme su amor.

Cuánto sufrí luego de cerrarme a la vida Desde pequeña fui educada en el marco de una familia cris - tiana, pertenezco a la Parroquia Jesús Maestro. En mi hogar me dieron las enseñanzas básicas para obtener la sabiduría de vivir y conocer el temor del Señor para ser feliz. Recuerdo que en mi infancia me enseñaron el SHEMA de Israel: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón con toda tu alma, con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo, haz esto y serás feliz” (Dt 6). Dios causa primera de mi vida. Primero que mis afectos, mis pretensiones, mi voluntad, primero que yo misma. Esto ha sido la meta de mi vida. Amarlo a El, ser obediente a El. A los 13 años comencé a participar de las actividades reli - giosas, ya de un modo personal, y no llevada por mis padres; así crecí, me enamoré y me casé. Formé mi familia con un jo- ven con las mismas enseñanzas. Sin embargo, como un virus que se va incubando dentro del cuerpo fue penetrando dentro de nosotros la mentalidad que nos transmite la sociedad de que el “ideal” de todo matrimonio era tener la parejita o tres niños, no más. Pero aún sabiendo que esta mentalidad no va según los ca- minos de Dios ni los aprueba el Magisterio de la Iglesia, caímos en la tentación y nos alejamos de la Iglesia para así poder hacer nuestra voluntad, cerrarnos a la vida. Corté no sólo mis trompas sino mi relación con Dios, ahora estaba sola en mi voluntad, sin mis hermanos de comunidad que siempre nos apoyaban. Entré en una amargura tremenda, me envolvió el mundo. Fue horroroso, no quisiera volver a sentir aquel estado emo- cional, mi vida cambió, era un mar de lágrimas. Llegué a pensar 66

Reina Beato y su hijo Misael que Francisco se iba a divorciar de mí, ya que nuestra relación matrimonial estaba muy deteriorada. Así pasaron seis largos años. Muchas veces recordaba lo que había dejado atrás, la Pala- bra, el amor de los hermanos, la liturgia, tantos encuentros con el Señor, que eran mi alimento espiritual. Hasta que un día dije ¡basta! Voy a volver a casa, a la gran familia que es la Iglesia. Avergonzada pero decidida, vi como todos los hermanos, fueron como Dios Padre, que me recibían con los brazos abiertos. Me hicieron sentir que nada había pasado. De este modo mi fe se fue renovando. Me iba dando cuenta que estaba fuera de la voluntad de Dios. El Señor me fue dando la fortaleza y le pedí a mis hermanos que me ayudasen con la oración para poder abrirme a la vida de nuevo. El Espíritu Santo me empujaba y en solo dos días hice todos los trámites para la cirugía. Conversé de nuevo con mi esposo, fue muy duro para él, pues no había vuelto a la Iglesia y estábamos en un momento de precariedad económica. A pesar de esto, él respetó mi deci- sión. Me abrí a la vida. En el año 1997, participamos de la Jornada Mundial de la Juventud en París; al escuchar la predicación nos decidimos a dejar la observación de los periodos fértiles o infértiles, pues es- tábamos llevando el método natural para distanciar los embara- zos después de la cirugía para esperar que mis trompas sanaran. Allí nos unimos, sabiendo que estábamos en un periodo fértil, y Dios nos regaló un hijo en la fe, Misael. Este niño ha sido como un ángel que llegó a nuestro hogar y hemos podido amarnos en la dimensión de la cruz. 67

Dios nos ha dado poder para vencer el miedo a la muerte Somos Doris y Rodrigo Molina, pertenecemos a la Parroquia San Michael en Newark, N.J. Tenemos 25 años de casados, tene- mos dos hijos: José y Benjamín, aunque el sueño de mi esposo fue tener una niña. Cuando tuvimos a José decidimos cerrarnos a la vida. El doc - tor nos había confirmado que José venía con problemas, que sería un niño anormal y en esta situación llenos de miedo aceptamos cerrarnos a la vida y así podíamos dedicar todo el tiempo posible a este niño. ¡Qué falta de discernimiento!, cerramos la posibilidad de tener otros hijos que llenaran de alegría nuestro hogar. Angus- tiada y presionada por esta noticia, tratando de huir del sufrimiento, me hice dueña de la vida. Más tarde pude entrar en la Iglesia a una experiencia de fe donde nos pudimos dar cuenta de que nuestro matrimonio no estaba bien, pues no estábamos abiertos a la vida que Dios quería transmitir a través de nosotros. Sufri- mos mucho pero Dios con su misericordia nos ha ido llevando y descubrimos lo importante que era para nuestras vidas reparar lo dañado. Escuché en mi parroquia el testimonio de un matrimonio que ha - bían ido a Santo Domingo a recanalizarse sus trompas y estaban muy contentos. Luego nos animamos también para hacer esta experiencia. En Santo Domingo tuve una lucha como Jacob combatió con Dios, pues soy muy nerviosa y tenía mucho miedo, pero tenía mi esperanza en el Señor de quien antes dudaba. Hasta el último momento quería regresar a los EE.UU. y terminar la misión que Dios había iniciado, ahora estoy segura que de no haber sido por el apoyo y la presencia de mi esposo no hubiese alcanzado el valor que luego Dios me dio. Mi esposo como si fuera un sacerdote para mí, abrió una palabra de la Biblia y nos salió Lc. 10, 17-24 “Regresaron los 72 alegres, diciendo: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. El les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño”. Esta palabra me invitaba a no tener miedo y Rodrigo me habló y me habló de parte del Señor. Y esa noche pude descansar, al otro día temprano me llevaron al quirófano. Aquella camilla era como la cruz y le oraba al Señor diciendo como Isaac cuando iba a ser inmolado “átame fuerte padre mío, no sea que por el miedo me resista”. Dios me ayudó y pronto pasó todo. Dios ha reconstruido mi matrimonio, a pesar de todos mis sufrimientos, puedo dar un buen ejemplo a mis hijos que hoy comienzan a formar sus familias. Estamos en la voluntad de Dios.

Me cerré a la vida pues pensé que sólo eran posibles tres cesáreas Soy María Fermina García (Nancy), casada en 1986 con Viz - caíno Rodríguez Medina. Nací en Santiago, República Domini- cana. Nací y me desarrollé dentro de una familia 68

cristiana. En el 1999 iniciamos una experiencia de fe en la Parroquia San Andrés Apóstol, Boca Chica. Teníamos tres hijos Marviz, Teddy y Cha- nelly que nació en 1995. En esta cesárea me corté las trompas pues pensábamos como la mayoría de la gente, que tres hijos era una cantidad adecuada y hasta ese entonces entendíamos que sólo eran posible tres cesáreas.

Nancy y Vizcaíno con sus hijos y la pequeña Raquel Supuestamente éramos una familia ejemplar, pero en mí siempre estaba el deseo inmenso de tener otro hijo, pero no lo admitía. Un día escuché lo que dice el Magisterio de la Iglesia sobre el respeto y la apertura a la vida. Entonces me di cuenta que al cortar mis trompas corté también con el plan de Dios. En principio no hice nada, pero esta palabra seguía creciendo en mí. Dos años más tarde, comenzaba a abrirme a la posibilidad de estar en el plan de Dios y se lo comuniqué a mi esposo. A pesar de que él no lo veía, luego Dios tocó nuestros corazones y en 2002 el doctor me recanalizó. Estaba abierta a la vida. En el 2003 perdí un embarazo y en el 2004 nació Raquel. Esta niña trajo mucha alegría a nuestro hogar, ha sido una ben- dición de Dios. Tuve a Raquel a mis 42 años de edad y a pesar de los pronósticos de muchos, esta niña nació normal y muy saludable. Dios se ha manifestado en este ser tan pequeñito, ahí está su obra.

Me han practicado siete cesáreas y estoy abierta a la vida Somos José Batista y Mariana Germán, nos casamos ilumi - nados y catequizados por nuestra Madre Iglesia, deseosos de ha- cer siempre la voluntad de Dios y tener una familia cristiana que como Iglesia doméstica fuera un santuario de la vida. Al momen- to 69

de tener nuestra primera hija, lamentablemente hubo que hacer una cesárea, situación ésta que de hecho nos iba a limitar la liber- tad de tener nuestros hijos. En el tercer embarazo confronté problemas ya que el médico insistió en esterilizarme para no tener más hijos, a lo que dijimos categóricamente que no. El Señor nos había llamado a participar en su amor, transmitiendo la vida siendo nosotros responsables de nuestra paternidad. No nos sentíamos con derecho a impedir que vinieran los hijos que al Señor le pareciera bien concedernos. Mi médico gracias a Dios respetó nuestra decisión. Pero el Señor nos tenía reservado un combate mucho mayor. Pocos días antes de nacer nuestra cuarta hija me vi obligada a cambiar de centro médico, por problemas del seguro de salud. Acudí a mi primera cita con el ginecobstetra que me correspondía y que me haría el parto. Todavía no he podido olvidar el horror que viví aquella mañana, este médico no entendía el hecho de una cuarta cesárea, comenzó a gritar y a dar manotazos sobre el escritorio, yo estaba muy asustada. Cuando terminó de hablar y de decirme que no estaba de acuerdo con ese embarazo, protestó contra mí y contra mi antiguo médico, decía: que estaba loca, atrasada, trayendo hijos al mun- do a pasar trabajo, etc. Me preguntó: y ahora ¿qué piensa hacer? Asustadísima le contesté: no me voy a ligar las trompas, no he sido yo quien las he puesto dentro de mí, el que creó mis trom- pas me las cerrará cuando quiera. Y me dijo: a usted la esterilizo yo, “en mi quirófano no se me muere nadie”. Inmediatamente me despedí de él diciéndole: a mí no me atiende usted, el Señor es el dueño de la vida. Salí muy triste llorando y pensando qué hacer, sólo faltaban pocos días para el parto, no tenía dónde ir. Pensaba que Dios nos iba a proveer una posada, ya que Él tampoco encontraba donde nacer. Este pensamiento me dio tranquilidad, seguí caminando y de pronto llegó a mi mente una clínica en la cual había trabajado un hermano de mi parroquia. Me dirigí a esa clínica hablé con el director, éste me escuchó y al final me dijo que me acogía y me respetaba. Esto lo vi de Dios, me llegó una gran alegría lo bendije y le di gracias. En aquel centro nacieron mis últimos cuatro hijos. Continué abierta a la vida, sufrimientos he tenido, como fue el hecho de que a mis 46 años salí embarazada, pero lamenta- blemente no progresó. Y he visto que como dice el salmo 84,7. “pasando por el valle del llanto Él lo cambia en bendición”. Hoy nuestros siete hijos están muy bien, unos están en la universidad y otros ya son profesionales. Apoyados en el Señor caminamos unidos seguros que quien en Él confía no será defraudado. Ten- go 47 años, no uso ningún método anticonceptivo y tal parece que el Señor terminó la obra de la procreación que tenía dis- puesta que se realizara a través de mí. Por eso decimos como San Pablo: “hemos combatido el buen combate, he llegado a la meta, he mantenido la fe” 2 Tim. 4, 7. Nada por nuestra fuerza. Él lo ha hecho todo.

Dios todo lo hace superbien 70

Mi nombre es Edelmira Franjul de Peña, casada con Óscar Peña, pertenecemos a la Parroquia Jesús Maestro, tenemos cuatro hijos. La más pequeña nació el día 17 de octubre del 2005, luego de haberme recanalizado. Mi principal motivación para recanalizarme fue el reconocer que todo lo que Dios ha permitido en mi vida ha sido para mi bien, darle el sí al Señor y decirle que se cumpla en mí su voluntad. Todo lo que el Señor ha hecho en mi matrimonio ha sido por su gran misericordia, la cual pienso no merezco. Ciertamente, el proceso para la cirugía fue un poco tenso. Es - taba un tanto asustada, pero en medio de esta situación sabía que el Señor estaba conmigo. Durante la cirugía yo cantaba salmos de alabanza y esto me calmaba y me daba confianza en que todo saldría bien. Así fue, gracias a Dios no hubo ninguna complicación. Sólo había pasado un mes y medio y Dios en su gran mise - ricordia me permitió concebir de nuevo, sí, estaba embarazada. Mi esposo saltó de júbilo, estaba feliz, al igual que todos en mi casa. Teníamos dos hembras y un varón. El embarazo transcu- rrió sin ninguna complicación. Al momento del parto fue nece- sario una cesárea. Dios lo permitió para que yo comprendiera que realmente el regalo de un hijo es dar la vida. Fueron momen- tos difíciles pero de gran alegría. Nació una hermosa niña, Sara María, me llenaba de satisfacción verla completa y sana. Ha sido una bendición de Dios. Me siento muy agradecida de Dios, por lo que hace con mi vida, mi matrimonio y mi familia. Creo que lo mejor para un cris- tiano es hacer la voluntad de Dios y no decirle nunca “no” pues Él te regala día a día las fuerzas necesarias para combatir la maldad que nos rodea. Por todo esto, hoy soy una mujer feliz. Gracias al Señor, a su infinita bondad y misericordia. Creo que el Señor me está llenan- do de más amor para mi esposo y mis hijos. Deseamos agradecer en primer lugar a Su Eminencia Reverendísima Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo, por el apoyo brindado en la realización de este libro, el cual lo ha hecho como una muestra de su defensa y amor al matrimonio, a la familia y a la vida. Gracias a los Reverendos P. Ramón Domínguez Balaguer y al P. Alonso Gómez catequista itinerante del Camino Neocatecumenal de la República Dominicana y Haití. Cómo no reconocer el trabajo de nuestro hermano José Altagracia Hernández (Josecito), quien nos ayudo tanto con la revisión del texto en general. A tantos matrimonios que han apoyado y siguen apoyando y contribuyendo a llevar adelante esta experiencia, quienes con su coraje han desafiado la razón 71

incluso hasta la ciencia y se han abierto a la vida. Esperamos que esta publicación abra las puertas a otras tantas experiencias que también quisiéramos publicar en futuras ediciones.

CONCLUSIÓN Fruto de esta experiencia somos espectadores de cómo Dios ha hecho surgir en Santo Domingo un ministerio de amor, respeto, de- fensa y reconstrucción de la vida, ayudando así a tantos matrimonios que experimentan la tristeza que les produce la mutilación en su ser del don más precioso que Dios nos ha confiado: la procreación. En los últimos años hay una gran persecución contra la vida, y la cantidad de recursos de que dispone la cultura de la muerte suelen ser de fácil acceso, bajo costo, incluidos en las pólizas de los seguros de salud, incluso a veces premiados. Sin embargo, los procedimien- tos que fomentan la vida son considerados no válidos, no efectivos, de difícil acceso, costosos, y nunca están incluidos en las pólizas de seguros de salud, siendo por lo general condenados al “imposible”. En quince años se han recanalizado más de 300 mujeres y mu - chas de ellas han concebido de nuevo. Sabemos que han nacido un promedio de 60 niños. Estos matrimonios y sus criaturas tienen los mismos riesgos y probabilidades de enfermar o tener algún padeci- miento igual que cualquier persona. La idea no es que todos tengan muchos hijos o que sean los mejores y más saludables, en definitiva, sabemos que lo importante es hacer y aceptar la voluntad de Dios. Sin pretenderlo, ha surgido en Santo Domingo, ciudad Primada de América, la necesidad de que exista un Centro Médico en defensa de la vida, haciendo esta realidad de mejor acceso, más económica y con una mejor acogida. Hemos trabajado poniendo nuestros bienes materiales y recursos médicos al servicio de esta obra, viendo cómo son generalmente los más pobres quienes acogen con amor el miste- rio de la vida. Como espectadores que somos de esta obra del Espíritu Santo, vemos que es ahora la ocasión propicia para construir este Centro Médico, momento en que se encuentran la necesidad y la posibilidad. Necesidad, porque la demanda de matrimonios que en la actualidad están esperando por una oportunidad de abrirse a la vida es superior a nuestra capacidad actual para recibirlos y atenderlos. Posibilidad, porque Dios ha querido poner a nuestra disposición una edificación en la Zona Colonial de Santo Domingo que reúne las condiciones necesarias para poder albergar este ilusionante proyecto. La edificación, ubicada en el Nº 312 de la Calle Santomé, proviene de la época colonial y en sus inicios albergó la leprosería San Láza- ro. Dispone de tres construcciones independientes, por lo cual puede albergar al mismo tiempo el Pontificio Instituto Juan 72

Pablo II, la Clí- nica para la Vida “María Madre” y el Centro de Orientación para el Matrimonio y la Familia. Nos proponemos crear una Clínica donde no sólo se atiendan ca - sos de recanalización de Trompas de Falopio; todo servicio en pro del don de la vida forma parte de nuestro objetivo: reversión de vasecto- mía, embarazo de alto riesgo que no sean aceptados en otros centros de salud, brindar consejería sobre todos los aspectos que involucran al matrimonio, tales como el amor, la sexualidad, la procreación, mo- nitorear la salud reproductiva o ginecológica, mejorar las posibili- dades de lograr embarazarse, regular la fertilidad de forma natural (parejas de alto riesgo), manejar la menopausia naturalmente, ense- ñar a respetar la vida, concienciar sobre los efectos secundarios de los anticonceptivos y de los problemas consecuentes del mal llamado “sexo seguro”, sobre todo en los adolescentes. Su principal propósito es el de ofrecer todos los servicios en defensa de la vida, don de Dios, resaltando siempre “El Milagro de la Vida”. Este proyecto arquidiocesano cuenta con el respaldo de S.E.R. Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, quien ha asumido este proyecto como suyo. Ha sido él mismo quien ha querido que dicho centro funcione unido al Pontificio Instituto Juan Pablo II, con lo cual recibe todo el apoyo de sus profesionales. La Clínica para la Vida “María Madre” cuenta con un buen gru - po de matrimonios y médicos coordinados por Wilfredo y Ninos- ka Kranwinkel. Cuenta con los Doctores: José Martínez Calderón (Ginecobstetra-apertura a la vida), Milagros del Orbe (Ginecobstetra-apertura a la vida), Oliver Ramírez (Ginecobstetra-profesor Bioética Pontificio Instituto Juan Pablo II), Felicia Díaz (Siquiatra), Roberto Rodríguez (Sexólogo, 12 años impartiendo Cursillos Pre- matrimoniales), Brunilda Pichardo (Anestesióloga), Gladis Lizardo (Cardióloga) y Jenny Kranwinkel. El Centro de Orientación para el Matrimonio y la Familia está encabezado por la Dra. Jenny Kranwinkel, Instructora del Método Billings (certificada en Australia) y su esposo Humberto Paredes, asignados por el Cardenal López Rodríguez para este propósito, y asistidos por todo el personal de la Clínica para la Vida. El Centro de Orientación cuenta, además, con un grupo de laicos, varios matri- monios con experiencia pastoral, que son: los señores José y Mariana Batista (catequistas y usuarios del BOM en su vida fértil), Sres. Jordi y Nerea Jorquera (familia misionera y secretarios del Instituto Juan Pablo II), Sres. Jorge y Yosune Vicent (familia misionera-Master en Bioética, Pontificio Instituto Juan Pablo II) y el Reverendo Padre Dr. Ramón Domínguez (Director Instituto Juan Pablo II). Para lograr este objetivo necesitamos, por un lado, construir el edificio, que se encuentra en un estado deplorable y, por otro lado, conseguir los equipamientos para habilitar quirófano, habitaciones, despachos, sala de reuniones, cocina-cafetería, baños, oficina para el Centro de Orientación y todo lo necesario para una institución digna. 73

Este libro de La alegría de abrirse a la vida se terminó de preparar para descarga electrónica el 12 de marzo de 2010

Estado actual del futuro centro

Familia y Vida. de la sede de Familia y Vida

Anteproyecto

Otros títulos de la editorial REFLEJOS DE ACTUALIDAD ¿Por qué tu hijo se divierte así? María Hdez.-Sampelayo Matos y María Garrido Crespo Uso y abuso de las tecnologías J. Manuel Romero M. El imperio de la muerte. Quienes se están forrando con el aborto David del Fresno BIBLIOTECA DE HISTORIA. COLECCIÓN GRÁFITE La Crisis de Occidente Santiago Cantera Isaac Peral. Historia de una frustración

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Agustín Ramón Rodríguez González Victorias por mar de los españoles Agustín Ramón Rodríguez González OPINIÓN Y ENSAYO ¿El rostro de Cristo? Mentiras y una verdad sobre la Sábana Santa María Teresa Rute Ética ciudadana Rafael Gómez Pérez La vivencia de la sexualidad Ana María Rodríguez El legado de Fidel Castro Luis Losada Pescador

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