Krantz Judith - Princesa Daisy

September 9, 2017 | Author: Claudia Chang | Category: Hair, Nobility, Theatre, Blond, Woman
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Pocas veces en la novelística contemporánea nos es posible encontrar un personaje femenino tan atrayente y tan cautivador como la princesa Daisy. Hija de un príncipe ruso exiliado y de una actriz de cine norteamericana, su niñez y su adolescencia parecen un cuento de hadas. Pero la muerte, primero de su madre y luego de su padre en un accidente de aviación, obligan a Daisy a enfrentarse con la dura realidad de la vida. La quiebra de la compañía industrial en la que su padre había invertido gran parte de su fortuna, la necesidad de pagar los gastos de la residencia donde está internada su única hermana, subnormal de nacimiento, y las siniestras maniobras de su hermanastro para hundirla moral y económicamente, hacen que Daisy reaccione y, a través grandes sacrificios, llegue a ser ella misma. Alguien que todo mundo conocerá como la princesa Daisy. Primero con sus cuadros, después trabajando en una compañía de publicidad y por fin, como modelo. Una modelo que dará nombre al perfume más po- pular de la época: Princesa Daisy. Suiza, donde sus abuelos fijaron la residencia antes de la Revolución rusa, París, Londres, California y el vertiginoso mundo de Nueva York son los escenarios que desfilan por estas páginas llenas de vida y colorido. Y, entre los muchos personajes que pueblan estas páginas, dos hombres que de alguna forma han llenado el mundo personal de Daisy. Su padre, el príncipe Stash Valensky, elegante, autoritario y pletórico de personalidad y Patrick Shammon, un ejecutivo que, salido de la nada, ha llegado a convertirse en uno de los hombres más poderosos de Nueva York. Tras muchos y variados acontecimientos, Daisy encontrará el amor y la felicidad en los brazos de Patrick Shammon, pero para eso, antes habrá tenido que ser con todas sus consecuencias "la princesa Daisy". Judith Krantz es una de las más populares novelistas norteamericanas actuales. Su anterior novela Scruples ha sido uno de los libros de mayor venta en los últimos años.

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JU DITH KRA N T Z

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Título del original inglés, Princess Daisy Traducción, Ana María de la Fuente Cubierta, Izquierdo Dibujo de la cubierta, Camilla Filancia Ediciones Nacionales Edición no abreviada Círculo de Lectores Licencia editorial para Círculo de Lectores Edinal Ltda. por cortesía de Plaza & Janes Calle 57, 6-35, Bogotá Queda prohibida su venta a toda persona que no pertenezca a Circulo e Steve Krantz Productions,by arrangement with Crown Publishers, Inc., New York, 1980 © Plaza & Janes, S.A., Editores, 1980 Impreso y encuadernado por Printer Colombiana Calle 64, 88A-30 Bogotá 1981 Printed in Colombia

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Para Steve... mi marido, mi amor, mi mejor amigo... siempre

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Debo dar especialmente las gracias a aquellos amigos que han respondido a mis preguntas con el regalo de su experiencia: Bernie Owett Steve Elliot Dan Dormán Aaron Shikler y, en particular, a Rosemary de Courcyya su lurcher, Jake

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1 —También podríamos filmarlo en lo alto del edificio de la «RCA» —dijo Daisy, andando a lo largo de la barandilla sobre la que se levantaba una alta reja, colocada para disuadir a presuntos suicidas — . Ellos no tienen tantos complejos como ustedes, los del Empire State. —Señaló desdeñosamente la pared situada a su espalda.— Claro que si la vista no se toma precisamente desde aquí, no parecerá Nueva York. El uniformado empleado se quedó inmóvil de sorpresa al ver a Daisy dar un salto y asirse con mano fuerte a uno de los barrotes de la reja. Con la otra mano se quitó la gorra de marinero y dejó que el cabello le ondeara al viento. Era como una cascada de plata dorada que se abría en un millón de hebras relucientes. —Baje de ahí, señorita —le suplicó el hombre—. Ya le he dicho que está prohibido. —Estoy intentando explicarle lo que buscamos —insistió Daisy—. Se trata del anuncio de una laca para el pelo. ¿Puede usted decirme qué impacto tendría el anuncio sin viento? Sólo unas melenas colgando tontamente. El viento es imprescindible, míster Jones. El hombre la miraba perplejo y asustado. No entendía nada. Era una muchacha joven, la más hermosa que había visto en toda su vida, pero vestía una chaqueta masculina de béisbol, bastante ajada, con la ahora lúgubre inscripción BROOKLYN DODGERS en la espalda, pantalón de marinero y zapatillas de lona francamente sucias. Míster Jones no era hombre romántico, pero aquella muchacha le fascinaba. No podía dejar de mirarla. Era tan alta como él (por lo menos un metro sesenta y cinco), y su modo de andar denotaba a la atleta consumada antes ya de que saltara y se agarrara al barrote desde el que ahora gesticulaba arriesgadamente como si quisiera apresar un rayo de sol. El vigilante de la azotea advirtió en su forma de hablar un acento muy claro y una entonación cadenciosa, que le hizo pensar en que tal vez no fuera americana; pero, ¿quién, sino una americana, saldría a la calle vestida de aquel modo? Cuando se presentó, sólo pidió la autorización para filmar un anuncio en la azotea, y ahora colgaba de los hierros como un maldito ángel de un árbol de Navidad. Menos mal que aquel día la azotea estaba cerrada al público. -Ahí no se puede subir. Usted no me habló de eso el otro día —dijo él en tono de reproche, girando alrededor de ella con precaución—. Está prohibido. Es peligroso. — ¡ El arte, para ser grande, tiene que quebrantar las reglas! — le gritó Daisy alegremente, recordando que la semana anterior, cuando fue a inspeccionar el escenario, dos billetes de veinte dólares le aseguraron la colaboración de míster Jones. Llevaba 7

varios billetes más en el bolsillo. Durante sus años de jefa de producción de anuncios para televisión había aprendido la utilidad del dinero contante y sonante. Daisy se izó un poco más y aspiró profundamente. Era un día claro y fresco de la primavera de 1975. El viento había barrido todo el hollín de la ciudad. Los ríos que rodeaban la isla estaban tan azules como el mismo océano, y Central Park era una gran alfombra oriental extendida al pie de los edificios de la Quinta Avenida. La muchacha sonrió al hombre que la miraba preocupado. —Míster Jones, yo respondo de las tres modelos que vamos a utilizar: una es vegetariana y cinturón negro de kárate; la segunda acaba de firmar un contrato para hacer una película, y la otra es una maestrita burguesa que va a casarse con el dueño de varios pozos de petróleo. ¿Qué le parece? ¿Pueden querer suicidarse tres sanas muchachas americanas como ellas? Construiremos una plataforma robusta y segura, se lo garantizo. — ¿Una plataforma? Usted no me dijo... Daisy saltó al suelo y se acercó al hombre. Sus ojos, oscuros como el corazón de un gran pensamiento púrpura, reflejaron la luz de la tarde mientras ella le ponía en la mano disimuladamente dos billetes de veinte dólares. —Míster Jones, perdone si le he asustado. Créame, no existe ningún peligro. Debería usted subir. —No sé, no sé, señorita... —Vamos... ¿Es que ya no se acuerda de que me prometió que lo tendría todo preparado para el lunes? Un montacargas reservado para nosotros a partir de las seis de la mañana. —Pero usted no dijo que fueran a subirse al tejado —gruñó el hombre. — ¡El tejado! —exclamó Daisy, indignada—. Si no quisiéramos más que una vista desde lo alto, podríamos utilizar una docena de edificios; pero queremos el suyo, míster Jones, no otro. —El contrato especificaba el Empire State. Nadie como Revlon para complicar la vida a la gente. Al echar mano al bolsillo de reserva, en busca de otro billete, Daisy recordó que tres años antes, cuando empezó a trabajar como ayudante de producción, un día vio que un taxista aceptaba muy contento cuarenta dólares por desconectar el taxímetro y prestar el taxi durante seis horas para que apareciera en una escena rodada en la calle. — Pero eso es un soborno —protestó Daisy. — Considéralo un alquiler, si es que quieres seguir en el oficio. Estaba advertida y había seguido el consejo. Ahora, después de haber producido algunos de los mejores «cortos» jamás filmados —para el que 8

le gusten los «cortos» — , Daisy estaba bien curtida para hacer frente a las objeciones de la gente ajena al medio y míster Jones podía ser más duro de pelar que muchos, pero ella los había visto peores. La jugada siguiente solía resolver la papeleta. — ¡Ah, se me olvidaba! —dijo, acercándose más — . Me ha preguntado el director si tendría usted inconveniente en aparecer en la película, en segundo término, como el guardián de las llaves del reino. Pagamos sólo el mínimo de la tarifa del Gremio de Artistas Cinematográficos, de modo que no tiene usted que aceptar si no quiere... Pondríamos a un actor en su lugar, aunque no resultaría tan auténtico. —Bueno, yo... —Y tendría usted que dejar que le maquillaran —dijo Daisy, jugando su mejor triunfo. —Bueno, de acuerdo. Es natural, sin viento, ¿para qué va nadie a querer laca para el pelo? Comprendo la idea. Maquillaje, ¿eh? ¿Tengo que ponerme algo especial? — Con el uniforme quedará perfecto. Tal cual. Adiós, míster Jones. Hasta el lunes por la mañana. —Daisy le saludó alegre mente con la mano y se alejó hacia la puerta. Mientras esperaba que el ascensor llegara al piso ochenta y seis, la muchacha rubia de la chaqueta de béisbol (nacida princesa Marguerite Alexandrovna Valensky), pensaba que era una suerte poder estar seguro de una cosa: todo el mundo se moría por salir en el cine. Míster Jones no era sino uno de los muchos hombres que se habían sentido fascinados por Daisy Valensky. Uno de los primeros fue el famoso fotógrafo Philippe Halsman, que había hecho más portadas de Life que ningún otro en la historia de la revista. A finales del verano de 1952, Halsman recibió el encargo de tomar las primeras fotos oficiales de Daisy para la portada de Life, ya que absolutamente todo el mundo —o por lo menos, así lo creían los editores de la revista- quería conocer a la hija del príncipe Stash Valensky y de Francesca Vernon. El súbito matrimonio del gran héroe de la guerra e incomparable jugador de polo con la gran estrella romántica de la pantalla americana había intrigado al mundo y desencadenado extraños rumores, que contribuía a fomentar el aislamiento en que vivían los príncipes Valensky desde el nacimiento de su hija, ocurrido en abril. Ahora, en el mes de agosto, Francesca Vernon Valensky estaba sentada en un prado de Suiza con Daisy en el regazo. Halsman encontró a la actriz abstraída y distante; no parecía la misma mujer a la que retratara ya en dos ocasiones, la última después de que le concedieran el Oscar por su Julieta. 9

Pero aquel día le interesaba más la risueña criatura que el estado de ánimo de la madre. La niña, por el contraste del color de su pelo con el de su piel, hacía pensar en una rosa híbrida recién creada. «Y con razón», pensaba el fotógrafo. Porque sólo tras muchas generaciones de exquisita crianza podía producirse una criatura que tuviera los ojos oscuros típicamente italianos de su madre, una piel de un cálido tono toscano, parecido a esa parte del melocotón donde primero se muerde porque uno sabe que es la más madura, y unos rizos sajones casi blancos que se agitaban movidos por la brisa como la corola de una flor. Masha, la vieja ama de Stash Valensky, que todavía estaba en la casa, había informado al fotógrafo —con su característico tono de suficiencia— que la princesa Daisy tenía el cabello igual que su padre cuando era niño. Era auténticamente rubio, explicó con orgullo; con el tiempo podía volverse dorado, pero nunca castaño ceniciento. La mujer se hacía lenguas de aquel cabello de los Valensky que aparecía en algún miembro de cada generación desde los más remotos orígenes de la familia, en tiempos de los primeros boyardos que ya servían a los zares mil años antes de Pedro el Grande. Al fin y al cabo —inquirió casi con indignación—, ¿acaso su amo no era descendiente, en línea directa, de Rurik, el príncipe escandinavo que fundó la monarquía rusa hacia el año 800? Halsman se apresuró a convenir con ella en que el pelo de la pequeña Daisy sería siempre rubio. Al recordar los imperiosos modales de Masha e intuyendo que la mujer no tardaría en ir en busca de la pequeña para darle de cenar, el fotógrafo decidió trabajar de prisa y aprovechar el tiempo. Halsman tuvo la delicadeza de no pedir a Francesca que diera un salto, para retratarla en el aire, como solía hacer al término de sus sesiones. Era un recurso que nunca fallaba y que le había dado excelentes resultados con los más diversos personajes. En esta ocasión, el fotógrafo utilizó todo su poder de persuasión para convencer al príncipe —que se hallaba detrás de él, observando la escena— de que posara con su esposa y su hija. Pero Valensky, a pesar de su aplomo y su aire autoritario, no sabía estar delante de una cámara. Durante la mayor parte de sus cuarenta y un años había vivido con dos máximas grabadas en el fondo de la mente. Una era deTolstoi: «...vivir como un noble es privativo del noble; sólo la nobleza sabe hacerlo.» La otra procedía de un viejo libro sobre hinduismo que había caído en sus manos durante un breve período pasado en el hospital, después de que su primer avión de combate «Hurricane» fuera derribado durante la batalla de Inglaterra, y decía así: «Debes ser como el águila que planea sobre el abismo. El águila no piensa en el vuelo; sólo se siente volar.»

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Ninguno de estos dos principios le permitía sentirse a gusto mientras permanecía inmóvil delante de una cámara. Al verlo tan envarado, Halsman, en un momento de inspiración propuso ir a las cuadras, donde, en sendos boxes, se guardaban los nueve ponies de polo del príncipe, atendidos por tres mozos. Mientras Valensky mostraba los animales, enumerando las mejores cualidades de cada uno, Francesca mecía suavemente a la niña en brazos. Llevado de su entusiasmo, Valensky invitó al fotógrafo a examinar la boca de Merlin, su pony favorito, y Halsman, como si pensara en voz alta, preguntó si el animal dejaría que el príncipe le pusiera a Daisy en el lomo. —¿Por qué no? Merlin tiene muy buen carácter. —No está ensillado —objetó Francesca. -Mejor. Daisy tendrá que aprender a montar a pelo algún día. -Aún no se sostiene sentada —dijo Francesca nerviosamente. —No pienso soltarla —rió el príncipe, tomando en brazos a la niña y colocándola sobre la cruz del caballo. Francesca levantó el brazo para sujetar a la niña, y Halsman consiguió su portada: el apuesto hombre y la hermosa mujer, sosteniendo con las manos entrelazadas el cuerpo de la pequeña a la que miraban sin pestañear, mientras ella, con su vestidito de flores, palmoteaba de alegría. -¡No tiene miedo, Francesca! —exclamó Stash con orgullo—. Lo sabía. Las mujeres de la familia Valensky han sido buenas amazonas desde hace siglos, ¿no te lo había dicho nunca? ~Cientos de veces, cariño —respondió Francesca con una risa un poco triste y cariñosamente burlona, una risa que sonó apenas un instante. Fue entonces cuando Halsman decidió que había llegado el momento de obtener la fotografía del príncipe saltando. Cuando le propuso la idea, Valensky aceptó casi sin pensarlo. Levantó a Daisy sobre su cabeza, sujetándola firmemente por debajo de los brazos y saltó vigorosamente. La niña chilló de entusiasmo y Francesca Valensky se estremeció. Ella, que tan intrépida había sido. «¿Qué es lo que le ha hecho el matrimonio a esta mujer?», se preguntó Halsman.

2 Normalmente, el Queen Mary hace la travesía de Nueva York a Southampton sin escalas. Pero en aquel viaje, en junio de 1951, el transatlántico paró las máquinas al llegar a Cherburgo y fondeó fuera del puerto, mientras una 11

lancha se acercaba y amarraba junto a una puerta de equipajes. Una docena de marineros bajaron por la pasarela varias carretillas llenas de maletas y baúles, que depositaron en dos montones, enorme uno y relativamente modesto el otro. Cuando los equipajes estuvieron en la lancha, miles de curiosos se habían asomado a la borda, para descubrir la causa del retraso. Al poco rato bajaron a la lancha tres personas, un hombre delgado que daba el brazo a una dama elegante, precedidos por cuatro perros pequeños e irritables, y otra mujer a la que los estudiantes que viajaban en tercera clase reconocieron inmediatamente y saludaron con aclamaciones y aplausos. Mientras Francesca Vernon, sentada en una maleta, saludaba alegremente a sus admiradores, el duque y la duquesa de Windsor, muy erguidos junto a la docena larga de baúles que contenían su vestuario de verano, se mantenían impasibles ante aquel democrático alboroto, sin dignarse saludar ni con un movimiento de cabeza a la actriz cuyo rostro era casi tan famoso como el de ellos. Puesto que nunca ponían los pies en Inglaterra, pero viajaban con la «Cunard», su anual llegada al continente era lamentablemente apoteósica. Mientras estaban a bordo del Queen los duques comían siempre en la suite, de la que únicamente salían para pasear a los perros. Curtidos por la costumbre de llamar la atención, hacían caso omiso de los espectadores. Francesca, por el contrario, se sentía eufórica por aquel revuelo, mientras la lancha se acercaba al edificio de la Aduana donde la esperaban su agente, Matty Firestone y su esposa Margo. Los Firestone llevaban ya varias semanas en Europa. Habían alquilado un enorme «Delahaye» de antes de la guerra con un chofer que hablaba inglés. Francesca contemplaba expectante los alamos que bordeaban la carretera de París. En su rostro, de belleza morena, con reminiscencias de la Italia del siglo XV, se reflejaba una excitación que no tenía nada de clásica. En la composición de ese triángulo esencial formado por los ojos y la boca se combinaban la serenidad y la pura sensualidad. Tenía los ojos negros, alargados y muy separados, y una boca de labios muy expresivos: la suave curva del superior se deprimía en el centro, descansando sobre la deliciosa almohada del inferior con una línea que tenía la dulzura de un abrazo. Margo la miraba con emoción de madre. Le parecía que Francesca en ninguna de sus interpretaciones había estado tan conmovedora como en aquel momento, con la emoción de su llegada a Europa. Margo, que la conocía mejor que nadie, pues no en vano había sido su confidente y protectora durante seis años, sabía lo sensible que, a sus veinticuatro años, era la actriz a las historias románticas y sentimentales. —Nos quedaremos una semana en París —dijo Matty a su cliente—. Después, la gran gira. Primero, a la Riviera. Luego, siguiendo la costa, a Italia. Florencia, Roma, Venecia y vuelta a París pasando por Suiza. Total, dos meses. ¿Qué te parece? 12

Francesca estaba tan emocionada que no pudo contestar. Los Firestone y Francesca volvieron a París a últimos de agosto. Margo tenía aún muchas compras que hacer antes de que zarpara el barco. Se hospedaron en el «George V», que, entonces como ahora, es un hotel para turistas ricos a los que tiene sin cuidado que el hotel esté lleno de otros turistas ricos, pero que exigen buena cama, buen servicio de habitaciones y buenas cañerías. La primera noche después de su regreso, Matty encontró en el bar del hotel a David Fox, vicepresidente de unos estudios con el que cenaba por lo menos una vez al mes en Hollywood. —Tenéis que ir a Deauville la semana que viene a ver el partido de polo —dijo David—. Es el más importante desde que terminó la guerra. — ¿Polo? —preguntó Matty, indignado—. ¿Un puñado de presumidos con ponies que son puro nervio? ¡Te lo regalo! —¡Es una final! —insistió David—. Irá todo el mundo. —¿Cómo viste la gente en Deauville? —preguntó Margo con curiosidad. —Como te vestirías para hacer un crucero en el yate más grande del mundo —respondió el hombre en tono de enterado—. ¡Ah, eso sí, y cambiándote tres veces al día! Margo tuvo que hacer un esfuerzo para no relamerse de gusto. La moda semimarinera le sentaba de maravilla. — Matty, cariño, necesito ir a Deauville —anunció con un acento que hizo comprender a Matty que no había más que hablar. Deauville es la ciudad chic por excelencia, fundada por el duque de Morny, en la costa de Normandía, en 1864, para servir de paraíso a los aristócratas con dinero aficionados a las carreras, el juego y el golf. La hierba de Normandía es la más rica de Francia, por eso sus vacas producen inmejorables quesos y mantequillas. Inevitablemente, esta hierba atrae a los ganaderos, y en las granjas de la región, se crían excelentes caballos. La ciudad de Deauville se compone casi exclusivamente de hoteles, tiendas, cafés y restaurantes; pero la brisa del mar hace que los paseantes que todas las mañanas recorren la eduardiana «Promenade des Planches» imaginen que la noche anterior, pasada en el casino, debió de resultar de algún modo beneficiosa para su salud. El «Hotel Normandy», en el que Matty consiguió alojamiento a última hora, es una construcción de estilo inglés, con muros de entramado de madera. Parece una especie de mansión campestre convertida en gigante playero. En el mes de agosto, el «Normandy», el «Royal» y el «Hotel du Golf» alojan a gran parte de la gente que, inevitablemente, estarán en octubre en París, en febrero en St. Moritz y en junio en Londres. 13

En 1951, a esta gente se la llamaba el international set. A falta del motor de propulsión, aún no existía el término jet set, pero ya entonces los periódicos y revistas estaban pendientes de la vida y milagros de esta dorada élite que vivía al margen del mundo prosaico y rutinario. Era una vida alimentada por el dinero, pero el simple dinero no daba acceso a ella. Ni la simpatía, la belleza o el talento, aunque estuvieran acompañadas del dinero, podían hacer a una persona miembro del international set. Lo esencial era la predisposición, la clara intención de vivir una cierta clase de vida; una vida dedicada a la diversión y a la holganza sin sentimiento de culpabilidad, una vida en la que el trabajo significaba poco y la habilidad no merecía honores, como no fuera en el deporte o el juego. Una vida en la que el mayor esfuerzo del individuo se dedicaba a las apariencias; cosmética, moda, casas lujosas y exóticas, constantes viajes, agasajos y, más que amistad profunda, muchas relaciones sociales. En el ambiente del international set no podía faltar la figura del llamado playboy. El verdadero playboy no solía tener mucho dinero, pero sólo se le encontraba donde había dinero. Era hombre simpático, apuesto, capaz de practicar con soltura cualquier deporte o juego, de beber como un caballero, de evitar las deudas de juego y de hacer gozar a las mujeres de tal modo que no pudieran resistir la tentación de hablar de él con sus amigas. El príncipe Alexander Vassilivich Valensky no era un playboy, pero puesto que frecuentaba los lugares en los que abundaba la especie, algunos periodistas que no hilaban muy fino le calificaban de tal. No obstante, la inmensa fortuna personal de Stash Valensky lo separaba de las filas de los playboys. Era una fortuna por la que nunca tuvo que preocuparse, ni siquiera en sus períodos de más desaforado derroche. En realidad, nunca se consideró un derrochador, puesto que podía gastar cuanto quisiera. Su familia siempre poseyó grandes riquezas. De todos modos, Stash nc era precisamente un hombre de negocios. Hasta 1939, en que cesó la práctica del polo a causa de la Segunda Guerra Mundial, él había dedicado a este deporte la mayor parte de su vida. Desde 1935 llevaba un hándicap de nueve goles, lo cual le situaba entre los diez mejores jugadores del mundo, aunque era un deporte tan caro que no lo practicaban más que unos nueve mil hombres. Valensky tenía el físico del atleta que durante toda su vida ha castigado su cuerpo sin piedad, y la mirada vigilante y combativa de un depredador, bajo unas gruesas cejas, bastante más oscuras que su rubio cabello, que llevaba muy corto y que era áspero como el pelo de un perro cepillado apresuradamente. Valensky nunca había tenido que pedir nada. O se lo daban, o lo tomaba. La nariz, que se había partido varias veces, le daba aspecto rudo. Tenía la piel curtida y facciones toscas, casi brutales, pero se 14

movía con la agilidad y soltura del hombre acostumbrado a mandar. Estaba considerado como la mejor mano en el mundo del polo. No era sólo que nunca empleara una fuerza innecesaria en las riendas o el bocado, sino que tenía el don de establecer una perfecta compenetración con el pony, de manera que parecía que el animal era una prolongación de su mente, en lugar de poseer una voluntad propia. De todos modos, el príncipe Valensky tenía nueve ponies en lugar de cinco o seis, que era lo corriente, porque cabalgaba como un bárbaro. No es seguro montar un pony de polo, galopando y virando a toda velocidad, durante más de dos tiempos de un partido. Stash tenía un modo de montar tan agresivo, que prefería cambiar de pony a cada uno de los seis tiempos y mantener tres animales en reserva. Según el reglamento del «Hurlingham Polo Association», por el que se regía él, un jugador no puede «cabalgar hacia un contrario de modo que pueda intimidarlo y hacerle retroceder». En rigor, no podía decirse que Stash no observara esta ambigua distinción, aunque lo cierto era que nunca iba hacia un contrario sin la intención de desmontarlo. Muchos pensaban que el reglamento de la HPA hubiera debido prever una penalización especial para descalificar a Valensky; pero ningún arbitro llegó a expulsarlo del campo. Era día de gala en Deauville. Las tribunas del campo de polo estaban llenas de un público ansioso de presenciar la final. Cuando el alcalde de la ciudad se enteró, por la dirección del «Hotel Normandy», de que Francesca Vernon se contaba entre sus clientes, se apresuró a ir a visitarla para pedirle, con gran ceremonia, que entregara la copa al ganador. —El honor iba a ser mío, mademoiselle —le dijo—; pero si accede usted a ocupar mi lugar, todo Deauville se sentirá entusiasmado y agradecido. —El alcalde pensaba que la participación de una gran estrella de cine daría realce a la ceremonia. —Bueno... —dijo Francesca, titubeando por pura fórmula, pues ya se veía convertida en centro de todas las miradas. —Estará encantada —aseguró Margo que tenía un traje de seda blanco con ribetes azul marino que aún no se había puesto y que, si bien resultaba serio para el polo, quedaría perfecto si Francesca intervenía en la ceremonia. A Margo le encantaban las fotografías de los personajes de la realeza entregando cosas a los nativos, aunque nunca lo hubiera confesado, ni siquiera a Matty. A veces Margo se veía a sí misma, unos quince centímetros más alta, recibiendo con graciosa sonrisa un ramo de rosas entregado por una niña que le hacía una reverencia. A ella nunca le ocurriría una cosa así; pero, ¿por qué no podía ocurrirle a Francesca?

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Los Firestone y Francesca empezaron a seguir el partido con interés, pero pronto quedaron confundidos. Realmente, el juego era demasiado rápido para que pudiera comprenderlo quien no estuviera familiarizado con sus complicadas reglas. Pero el ambiente era electrizante. El público de polo, elegantemente vestido y soberbiamente perfumado, es propenso a una especie de histerismo en el que se combinan la severidad de los aficionados taurinos de la plaza de Madrid con la excitación educada y refinada de Ascot. Ellos tres pronto abandonaron todo intento de descubrir lo que desencadenaba los aplausos y los murmullos de disgusto y se dedicaron a gozar del espectáculo que ofrecían ocho grandes atletas montados en rápidos caballos. El polo es en el deporte lo que el ballet en la danza y el ajedrez en los juegos de salón. Una gran ovación señaló el final del partido. El alcalde de Deauville se acercó a sus localidades y extendió la mano hacia Francesca. —De prisa, madernoiselle Vernan —dijo—. Los ponies están sudando, no podemos tenerlos mucho rato más en el campo. Francesca, del brazo del alcalde, cruzó el campo de polo, removido ahora por los cascos de los ponies. La ancha falda de su vestido de seda verde con pequeñas flores azules y blancas se agitaba como una vela al viento. Con una mano se sujetaba el sombrero de paja blanca de ala ancha, adornado con una cinta de la tela del vestido. Acababa de darse cuenta de que había perdido los alfileres. La estrella y el alcalde se acercaban al lugar en el que aguardaban los ocho jugadores, todavía montados. El alcalde pronunció unas palabras en francés y en inglés y, con un rápido movimiento, pasó a Francesca el pesado trofeo de plata. Ella, para coger la copa, tuvo que soltar el sombrero, que al instante voló por el campo, arrastrado por el viento. —¡Oh, no! —exclamó, contrariada. Aún no había acabado de decirlo cuando Stash Valensky se inclinó y la levantó del suelo con un brazo. Sujetándola contra su pecho, lanzó al caballo en pos del sombrero que había ido a parar a unos doscientos metros. Sin soltar a Francesca, Valensky se inclinó, cogió el sombrero por la cinta y se lo puso cuidadosamente en la cabeza. En las tribunas sonó una gran ovación. Francesca no oía a los espectadores. Para ella el tiempo se había parado. Permanecía callada y expectante, apoyada pasivamente en el empapado jersey de polo de Stash. Aquel olor a sudor la confundía y la hacía vibrar de deseo. Se le llenó la boca de saliva. De buena gana hubiera mordido aquel cuello moreno hasta sentir el sabor de la sangre y chupado las gotas de sudor que le corrían por el pecho. Deseaba que él se tirara al suelo con ella en brazos tal como estaba, sudoroso y jadeando todavía por el esfuerzo del partido y que la tomara allí mismo. Stash se dominó y volvió al trote hacia donde estaban los otros jinetes. Se deslizó al suelo con Francesca en brazos y la depositó suavemente de pie en la 16

hierba. Ella aún sostenía el trofeo y, al verla vacilar sobre sus altos tacones, él se lo cogió, lo dejó caer al suelo y le tomó las manos para sujetarla. Durante un instante se miraron. Luego, él se inclinó y besó una de las manos que tenía entre las suyas. No fue uno de esos besos ceremoniosos dados al aire, sino un beso cálido, estampado con fuerza. —Ahora tiene usted que darme la copa —dijo él, mientras Francesca le miraba con ojos de asombro. El se agachó, cogió el trofeo y lo puso en sus manos. Ella se lo entregó en silencio. El público volvió a aplaudir y la muchacha dijo entonces con voz apenas audible entre aquel clamor: —Quiero que vuelva a cogerme en brazos. —Después. — ¿Cuándo? —preguntó Francesca, asustada por el vibrante sonido de su voz. —Esta noche. ¿Dónde se hospeda? —En el «Normandy». —Vamos. La acompañaré a su asiento. El le ofreció el brazo. No volvieron a hablar hasta que llegaron a la tribuna donde estaban Matty y Margo. Lo esencial ya estaba dicho. Era imposible decir más. —¿A las ocho? —preguntó él. Ella asintió. No volvió a besarle la mano, sino que se inclinó levemente y se alejó por el campo. — ¿Se puede saber qué ha pasado? —preguntó Matty. Francesca no le contestó. Margo no dijo nada porque en el hermoso rostro de Francesca advirtió una expresión nueva, como si algo la hubiera deslumhrado, algo que se hallaba fuera de las experiencias vividas por ella hasta entonces. —Vamos, cariño —dijo Margo a la actriz—. Todo el mundo se marcha ya. Francesca se quedó quieta, sin oírla. —¿Qué vas a ponerte esta noche? —le preguntó entonces Margo, hablándole al oído. Ahora Francesca la oyó. —No importa lo que me ponga —contestó. —¿Qué? —exclamó Margo, verdaderamente escandalizada por primera vez en veinte años—. Vamos, Matty. Hay que volver al hotel —ordenó. Y, dejando que su marido acompañara a Francesca, ella se adelantó, mientras murmuraba para sí con acento de incredulidad—: ¡Que no importa! ¡Que no importal Pero, ¿se ha vuelto loca esa chica? Francesca Vernon era la única hija del profesor Ricardo della Orso y de su esposa Claudia. Su padre era el director del Departamento de Lenguas Extranjeras de la Universidad de California, en Berkeley, adonde llegó en los 17

años veinte, procedente de Florencia. Tanto el padre como la madre de Francesca pertenecían a antiquísimas familias de la muy noble ciudad de San Gimignano, la de las muchas torres, situada sobre una colina cerca de Florencia. En ambas familias hubo siempre mujeres de extraordinaria hermosura, muchas de las cuales habían caído en el deshonor o la ignominia según los cánones de la época. Durante cientos de años, muchos nobles toscanos habían acudido a San Gimignano atraídos por la fama de las hijas de las familias Della Orso y Veronese. Y raramente eran defraudados. Cuando Ricardo y Claudia della Orso observaron en su hija los rasgos hereditarios, comprendieron que sería muy hermosa, tal vez demasiado hermosa. A pesar de que Francesca necesitaba de la compañía de niños de su edad, sus padres procuraron mantenerla apartada de la gente. Unos cuantos años pasados en esa especie de campo de batalla que es el cajón de arena de un jardín de infancia y varios años más entre las turbulencias de un parvulario, tirando cosas, construyendo cosas y jugando con niños y niñas de todas clases, hubieran sido, para aquella niña que había heredado la sangre ardiente de las hechiceras damas de San Gimignano, mucho más saludables que los cientos de horas pasados alimentando su imaginación con los cuentos de hadas que incansablemente le leía su madre. En su afán por mantenerla a salvo, sus padres le llenaban la cabeza de relatos de nobles gestas hechas por amor y de historias de héroes y heroínas cuyas vidas estaban llenas de peligros y de honor. Ellos se convirtieron, a su vez, en complaciente auditorio de las comedias que ella representaba con lances sacados de los cuentos de su niñez. Sus padres, ufanos e inocentes, no comprendían que ellos habían inducido a Francesca a mirarse desde fuera, a verse era el papel de alguien que no era ella y a encontrar en esto una viva satisfacción, a encontrar en la ficción más autenticidad que en la vida real. Cuando, a los seis años, Francesca empezó a ir a la escuela, encontró allí un público más numeroso. Al representar a la artera Morgana de Alí Baba y los cuarenta ladrones, el conjuro de «¡Ábrete sésamo!», que abría la cueva del tesoro, le reveló con certeza su propio futuro. Sería actriz. Desde aquel momento, y aunque exteriormente parecía seguir una evolución normal, en su fuero interno Francesca estaba representando un papel. Cuando no ensayaba el personaje de la obra de fin de curso, se veía en el papel de la heroína del libro que estuviera leyendo, y poseía tal arte para el disimulo, que era capaz de aguantar todo un día de escuela sin delatarse ante sus compañeras. Estas la encontraban un poco rara, pero así era Francesca que, a causa de su inaccesibilidad, ocupaba un lugar de privilegio en la clase. Todas querían ser amigas suyas, aunque ésta erauna distinción que alcanzaban muy pocas. Año tras año, Francesca interpretaba el principal papel en la función de fin de curso, sin que nadie, ni siquiera las madres de las otras niñas, lo 18

considerara injusto, ya que todo el mundo podía darse cuenta de que era muy superior a las demás. Una obra en la que ella hiciera un papel secundario hubiera quedado coja. No tenía más que salir a escena para despertar la expectación. Hasta el menor de sus ademanes tenía una calidad inimitable. Francesca no aprendió arte dramático; le bastaba concentrar su desbordante imaginación en el personaje para convertirse en aquella persona, con tanta naturalidad, que parecía que no había hecho sino dar salida a sus propias emociones. —De todos los peligros profesionales del agente artístico, las funciones de teatro estudiantil son el que más detesto —gimió Matty Firestone. — ¿Y qué me dices de las aventuras amorosas de las actrices? —le preguntó Margo, su esposa—. La semana pasada me dijiste que eran peor que tener que negociar con Harry Cohn. —Tienes razón. Por lo menos, una representación teatral acaba pronto — convino Matty, aunque seguía muy contrariado por tener que presenciar la puesta en escena de Milestones, de Arnold Bennet, una de las obras preferidas de los grupos de teatro de aficionados. —Y que no se te ocurra quedarte dormido otra vez con los ojos abiertos —le advirtió Margo cariñosamente—. Me pone nerviosa. Además, los Hellman son amigos tuyos, no míos. —Pero tú eres la que les ha dicho que estábamos en San Francisco. Debiste recordar que estamos en junio, fin de curso... -gruñó Matty. El esperaba siempre que Margo le organizara la vida con la perfección con que organizaba su enorme vestuario. Era la esposa ideal para un agente artístico: cínica, pero no sin ciertas inofensivas ilusiones; afectuosa, impasible y considerada. Y el propio Matty era el agente ideal: audaz y leal, sabiendo siempre hasta dónde podía llegar en las negociaciones, con un claro sentido de la proporción, escrupulosamente refractario a decir una mentira, pero exento de la peligrosa manía de machacar con la verdad. Ni él ni Margo se dejaban seducir por el halago, pero eran incapaces de resistirse al verdadero talento. En el primer acto de Milestones, Francesca della Orso representaba a una joven novia, la misma que, al final de la obra, celebraría sus bodas de oro. —¡Mira a la morena! —susurró Matty al oído de Margo en un tono que ella conocía bien. Presagiaba buenas noticias. Su voz llevaba una carga de oro macizo. Miraron a Francesca explorando el óvalo exquisito de su rostro, el pequeño mentón redondo, ligeramente hendido, la nariz recta, las cejas altas, que daban una extraordinaria importancia a los párpados. Matty sólo había visto en su vida a otra mujer tan hermosa como aquella muchacha: la que le había permitido triunfar en su profesión y hacer fortuna. Al oír hablar a Francesca, sintió de 19

pronto que el sudor le humedecía el labio superior, que se le erizaban los pelos del cogote y se le contraían los senos frontales. Margo, a su vez, advertía la promesa contenida en los ojos de la muchacha, grandes, serenos e imperiosos y el temperamento que manifestaba, a pesar de la tersura de su frente y de la línea esbelta y delicada de su cuello. Ninguno de ellos conocía aún la fuerza de la imaginación de Francesca, la intensidad de sus emociones ni la delicadeza de su sensibilidad. Tan pronto como les pareció decente después de bajarse el telón, Matty y Margo se despidieron de la sosita hija de sus amigos y fueron en busca de Francesca della Orso. La encontraron en el escenario, caracterizada de mujer de setenta años y rodeada de una multitud de admiradores. Matty ni siquiera intentó acercarse a ella. Su objetivo eran los padres. Estuvo asediando a Ricardo y Claudia della Orso durante varias semanas. Ellos, aunque estaban orgullosos y asombrados de las dotes de su hija, se sintieron consternados cuando el agente les ofreció contratar a Francesca y llevársela a Los Angeles, donde viviría bajo la tutela de su esposa. Finalmente, las excelentes intenciones de Matty Firestone y las cualidades tutelares de Margo vencieron la profunda desconfianza que les inspiraba Hollywood. Si Ricardo y Claudia estaban asombrados por los acontecimientos que siguieron a la representación de Milestones, la propia Francesca quedó impasible. Ella vivía en un mundo de ensueños en el que ocurrían cosas fantásticas, y tenía el convencimiento de que no estaba destinada a la vida que vivirían sus amigas. Nada ni nadie hubiera podido impedirle que tomara lo que el destino le ofrecía. Francesca Vernon, nacida Della Orso, se convirtió en estrella ya con su primera película. En aquellos prósperos tiempos en los que los estudios podían utilizar a una misma actriz en tres o cuatro superproducciones al año, su fama creció a una velocidad de vértigo. Desde los dieciocho hasta los veinticuatro años, Francesca rodó película tras película sin descanso. Había nacido para los grandes papeles románticos. Era, por lo menos, diez años más joven que Ingrid Bergman, Bette Davis, Ava Gardner o Rita Hayworth, y rayaba a su altura en personajes que normalmente hubieran sido representados por actrices inglesas, ya que en Hollywood no había nadie que pudiera medirse con ella para interpretar a las grandes heroínas, las mujeres nobles, predestinadas, protagonistas de trágicas leyendas. Francesca vivió con los Firestone durante un año y luego se compró una casita contigua a la de ellos. Durante sus cortas y raras vacaciones, iba a San Francisco para visitar a sus padres. Pero en 1950 los dos habían muerto ya. Dado que Francesca no se integró en la vida social de Hollywood, las revistas de cine le crearon una reputación de mujer misteriosa, imagen que el astuto Matty procuraba acentuar, pues sabía lo estimulante que resultaba para la 20

Prensa. El Departamento de Publicidad de los estudios contribuía a rodear a Francesca de un muro de misterio, pues, al igual que Matty, comprendía que la verdad acerca de la vida de Francesca hubiera escandalizado al pacato público de 1950. Porque Francesca se enamoraba perdidamente de todos sus galanes y sus aventuras, discretas pero intensísimas, terminaban indefectiblemente al finalizar el rodaje. Esta propensión de Francesca al enamoramiento hubiera podido ser causa de mortales disgustos para Matty si él no hubiera sabido que cada aventura terminaría a plazo fijo. La muchacha nunca se enamoraba de un hombre de carne y hueso, sino del príncipe de Dinamarca, de Romeo, de Heathcliff, de Marco Antonio, de lord Nelson, etc., y tan pronto como se encontraba frente al actor, se quedaba fría. Para Francesca no había término medio entre la gran pasión romántica y el frío desencanto. Margo Firestone, preocupada por aquella sucesión de intensos idilios, algunos de ellos con hombres casados, le preguntó un día por qué no procuraba divertirse como hacían las otras actrices jóvenes. Franceses la miró indignada. —¿Por quién me tomas, Margo? ¿Por una Janet Leigh o una Debbie Reynolds, con sus romances de revistita de cine? ¿Y a quién diablos le interesa la diversión? ¡Qué palabra más tonta! Yo quiero algo más. Sé perfectamente que eso suena muy depravado, conque puedes ahorrarte el sermón. ¡Estoy harta de actores! Lo malo es que no conozco a nadie más. Cuando Francesca le dijo esto, acababa de cumplir los veinticuatro años, y aquella noche Margo Firestone decidió que la joven necesitaba un cambio de ambiente. Era una muchacha inquieta y sensible, a la que el mundo artificial del plato estaba deformando. Además, la había deprimido la muerte de sus padres. —Si fuera hija mía, estaría muy preocupada —dijo Margo lentamente. — De todos modos, el año pasado se llevó el Oscar —adujo Matty. — Mayor motivo para preocuparnos. ¿Te acuerdas de Luise Rainer? — ¡Ni se te ocurra mencionarla! —Matty tocó madera al recordar lo que él consideraba la malograda carrera de la delicada actriz austríaca que ganó el Oscar dos años consecutivos y luego, hacia 1930, se eclipsó. ¡Ojalá no le ocurriera otro tanto a Francesca! Ni a él. — Podríamos invitarla a ir a Europa con nosotros el mes próximo — propuso Margo. — ¿Pero no querías que nuestro viaje fuera una segunda luna de miel? —dijo Matty. —No creo en las lunas de miel, ni en las segundas ni en las primeras — respondió Margo con firmeza—. Di a los de tu oficina que le reserven

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pasaje en el primer barco que salga para Europa en cuanto termine Anna Karenina. La esperaremos en el puerto. A las siete y media de la tarde, al regreso del partido de polo, Francesca acababa de vestirse, bajo la nerviosa supervisión de Margo. Se había puesto un traje de noche de gasa diseñado por Jean Louis, sin hombreras, con el cuerpo drapeado. La primera capa de gasa era rosa intenso; las cuatro siguientes, progresivamente más claras, y la última, blanca. Sobre los hombros llevaba una estola de cinco capas de gasa, como las de la falda, de varios metros de largo, salpicada de flores de seda rosa pálido. El efecto era dieciochista y recordaba los cuadros de Gainsborough. Francesca, que siempre se negó a cortarse el pelo, se lo había recogido en un gran moño en la nuca, del que escapaban pequeños rizos en las sienes y patillas. Margo la contemplaba con admiración y envidia. Matty inspeccionó a su cliente en la sala de la suite. — Espero que él se ponga también de tiros largos —dijo. — Matty, en Deauville, si no vistes de etiqueta, no te dejan entrar ni en las salas de juego del casino —respondió Margo en tono categórico. Ella sabía muy bien lo que era adecuado para una primera cita con un príncipe. Estaba planeándola desde que tenía quince años. —Oye bien, cariño —continuó Matty, impertérrito—. Ese sujeto es un príncipe de verdad, lo he comprobado; pero tiene fama de mujeriego. Está divorciado, que no se te olvide. Sí, ya sé que eres mayor. No hace falta que me lo repitas. Mientras esperaban, sonaron unos golpes en la puerta. Matty la abrió. Era el jefe de botones del hotel, con una caja de cartón blanco. —Flores para miss Vernon —anunció. Matty cogió la caja y dio al hombre una propina. —Se las sabe todas, desde luego —comentó secamente. Francesca abrió la caja y encontró un aro triple de capullos de rosa blancos, que podía llevarse en la muñeca. Margo, con su mirada despierta, descubrió debajo de las rosas un estuche de terciopelo negro atado con una cinta azul. Francesca lo abrió rápidamente y ahogó una exclamación de asombro. En su interior había un vaso de cristal lleno de agua en sus tres cuartas partes. En el vaso había tres ramas de oro cuajadas de flores. Cada flor estaba formada por cinco pétalos de turquesa con un brillante de talla rosa en el centro y hojas de jade. Lo sacó del estuche y lo puso encima de la mesa. Aquel objeto mágico no tenía más de ocho centímetros de alto, y la ilusión del agua se debía a la claridad del cristal de roca. 22

— Pero... ¿qué... qué es? — —Flores artificiales —dijo Matty. —Fabergé... Un auténtico Fabergé... No puede ser otra cosa ~ jadeó Margo — . Lee la tarjeta. Francesca abrió el sobre que iba dentro del estuche en el que estaba impresa el águila de dos cabezas, sello de garantía real.

Estos nomeolvides eran de mi madre. Hasta esta tarde había perdido la esperanza de encontrar a la persona digna de poseerlos. Stash Valensky —Cuando yo digo que se las sabe todas... —murmuró Matty frunciendo el entrecejo. Pero incluso a sus prosaicos ojos, el pequeño búcaro era un objeto extrañamente precioso. Aquel tipo podía ser un fresco, pero seguro que no repartía semejantes chucherías a manos llenas. Francesca acababa de ponerse las flores en la muñeca cuando desde recepción llamaron por teléfono para anunciar al príncipe Valensky. —Niña, no olvides que la calabaza puede convertirse en carroza —dijo Matty rápidamente, pero Francesca había salido tan de prisa, que no le oyó. El miró a Margo, compungido—. Bueno, al revés. ¿Crees que me habrá entendido? —Como si se lo hubieras dicho en chino —dijo su mujer. Por tácito acuerdo, Valensky y Francesca Vernon cruzaron rápidamente el concurrido hall del «Normandy», en el que todo el mundo se había vuelto a mirarlos en el momento en que ella salió del ascensor, envuelta en sus gasas. En la puerta esperaba un «Rolls-Royce» blanco descapotable. A los pocos segundos, cruzaban en él las casi desiertas calles de la ciudad, cuyos habitantes estaban todavía vistiéndose para la cena o tomando el aperitivo. — ¿Se da cuenta de que aún no es la hora de cenar para la gente distinguida? —Usted dijo a las ocho. —No creí que los nervios me permitieran esperar hasta las nueve. — ¿Sufre usted de los nervios? De pronto, Francesca sentía la boca seca y le costaba trabajo articular palabras con aquella famosa voz, grave y dulce a la vez. —Desde esta tarde. Su tono trivial se había evaporado. El retiró una mano del volante y la puso sobre la de ella. Aquel súbito contacto la paralizó. Ninguno de sus muchos 23

amantes la había tocado así, ni siquiera en sus momentos más íntimos. Sus dedos eran dominantes. Al cabo de un minuto, él añadió: —Pensaba llevarla al casino. Esta noche es la cena del polo, la apoteosis de la temporada. ¿Le importaría perdérsela? Podríamos ir a un restaurante que está camino de Honfleur: «Chez Mahu.» Es bueno y tranquilo, por lo menos lo será esta noche, ya que todo el mundo está en Deauville. — ¡Oh sí, me gustaría! Viajaron en silencio, envueltos en el límpido crepúsculo de Normandía, de cielo grisáceo sobre un paisaje muy trabajado, entre campos, huertos y granjas que, a la última luz del día, parecían aún más verdes de lo que eran en realidad. En «Chez Mahu» descubrieron que sólo podían hablar de cosas sin importancia. Stash explicó a Francesca las reglas del polo, pero ella apenas le oía, embobada por los bruscos movimientos de sus morenas manos, cubiertas de suave vello rubio, manos fuertes y muy varoniles. El propio Stash apenas se daba cuenta de lo que decía. Francesca era la encarnación de sus sueños más íntimos. Durante los últimos años había conseguido a cuantas mujeres deseaba, mujeres sofisticadas, inteligentes, mundanas, decorativas y de gran belleza, mujeres del international set. Y ahora el curtido hombre de mundo acababa de sentir el coup de foudre, estaba fulminado por el rayo de una súbita e irracional fascinación. «¡Es tan joven! —pensaba—, con esa belleza tan luminosa y soberbia.» Aquel tipo de belleza morena tanto podía ser italiano como ruso. Le recordaba a las jóvenes princesas de San Petersburgo cuyas miniaturas, enmarcadas en oro y pedrería, adornaban el gabinete de su madre con una profusión que denotaba profundas nostalgias. Cuando ella se quitó la estola, la piel de sus hombros brilló con un lustre y una tersura incomparables. La curva de la mandíbula, junto a la oreja, tenía una pureza sublime. El sabía que le quedaría grabada en la memoria para siempre. Mientras escuchaba la voz grave de Valensky, que le hablaba con un ligero acento inglés, una voz ruda en la que vibraba una nota de ternura, como si hablara con un potrillo recién nacido, Francesca pensó que aquel hombre era tan distinto de todos los que había conocido ella, que parecía pertenecer a otra especie. Cada vez que se atrevía a mirar sus ojos grises, brillantes y enérgicos, le parecía como si se aventurase en una tierra incógnita. Le dijo que tenía cuarenta años, pero daba tal sensación de fuerza y vigor que, comparado con él, Matty, que tenía cuarenta y cinco, parecía un viejo de setenta y cinco. Cuando hubieron tomado café, él preguntó si quería acompañarle a visitar los caballos. —Nunca me retiro sin darme una vuelta por la cuadra —explicó—. Ellos me esperan. 24

— ¿Y les gustan las visitas femeninas?—Nunca las tuvieron hasta hoy. — ¡Ah! -La sobria delicadeza del cumplido la hizo estremecerse.— Sí, le acompaño. Regresaron hacia Deauville y, poco antes de llegar a Trouville, torcieron por un camino de un kilómetro bordeado de viejos manzanos y se detuvieron ante una puerta que había en una tapia de piedra. Al sonido del claxon apareció rápidamente un hombre, que abrió la puerta para que entrara el coche. Francesca advirtió que se encontraba en un patio flanqueado por una granja de piedra bastante grande y varios cobertizos. —Aquí vive Jean, mi entrenador, con su familia —dijo Valensky —. Los mozos viven en el pueblo y vienen por la mañana en bicicleta. Tomó del brazo a Francesca y la llevó hacia las cuadras que estaban a cierta distancia de la casa. Al oír sus pasos, algunos de los ponies relincharon y se agitaron en sus boxes. — Los pobres no tienen mucha diversión —rió Valensky —. Yo soy su único espectáculo. —Recorrió lentamente los boxes, deteniéndose en cada uno para dar a Francesca el nombre del pony y enumerar sus cualidades más sobresalientes, mientras, de una rápida ojeada, observaba la condición física y mental de cada uno.— Este es Tiger Moth. Pasará la semana pastando. Tiene un corte en la boca, nada grave, pero no lo montaré hasta que esté curado del todo. Gloster Gladiator tiene la mala costumbre de comerse la cama, por lo que ha habido que sustituir la paja por musgo. Bien... Bristol Beaufighter está durmiendo. Ha tenido una tarde muy agitada. — ¿Bristol Beaufighter, Gloster Gladiator? —Ya sé que son nombres raros para caballos... En realidad, son nombres de aviones, buenos aviones. Algún día le hablaré de ellos. —Hábleme ahora —rogó ella, aunque no le interesaba. Lo único que se le había grabado en la mente era lo de «algún día le hablaré», dicho con aquella naturalidad. -El «Tiger Moth» era un aparato de entrenamiento. De Havilland. El «Gladiator» era un avión de caza. El «Bristol», un avión de caza nocturno... Eran muchos, olvidados ahora para todos menos para quienes volaban en ellos. Esos no los olvidan. Se interrumpió al darse cuenta de que ella no le escuchaba. A la luz de la luna, su traje parecía mármol blanco. —Vamos —dijo él de mala gana—. Ya es hora de volver. El baile aún no habrá terminado. Podemos estar en el casino en menos de quince minutos. — ¿El casino? ¡Ni hablar! Quiero que me cuente más cosas del «Tiger Moth». —No le interesa «Tiger Moth». 25

— ¡Sí me interesa! Francesca entró en un box vacante en el que se guardaban mantas y arneses y se sentó en una bala de paja que había junto a la pared. Echó la cabeza hacia atrás y dejó que el chal le resbalara de los hombros, sabiendo el efecto que produciría en él el movimiento. El comprendió que no estaba coqueteando. Su mirada era profunda, y en sus ojos se reflejaba su apasionado temperamento, en una ofrenda sincera y total. De un paso, Valensky se puso a su lado, la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí. —El «Tiger Moth» era un avión de entrenamiento básico de la RAF. —Básico... —suspiró Francesca. —Sí, muy básico... Valensky la besó debajo de la oreja y deslizó sus labios por la mejilla hasta encontrar los de ella. En aquel instante, algo cambió definitivamente para los dos. Habían cruzado una barrera invisible, descubriendo cada uno al otro firmemente plantado al otro lado de su vida. Apenas se conocían aún y ya estaban más allá de todas las preguntas, promesas y exigencias. Era como si, al unirse, entre los dos hubieran formado otro ente distinto que les impediría volver a ser lo que habían sido hasta entonces. Francesca se echó ligeramente hacia atrás, levantó los brazos y se deshizo el moño, dejando que el pelo le cayera sobre los hombros, agitando la cabeza con un movimiento de impaciencia. Luego, sin dejar de mirarle a los ojos, se desabrochó con dedos hábiles el vestido, que se quitó con la misma facilidad que si fuera un saco de carrera de feria. Arrojó descuidadamente las nubes de gasa, descubriendo su cuerpo esplendoroso, y se quedó echada sobre las mantas, riendo suavemente al ver a Stash arrancarse bruscamente la chaqueta del smoking tras unos instantes de asombro. En seguida estuvo tan desnudo como ella y se lanzó sobre su cuerpo, que se le abandonaba con una urgencia y un frenesí que no había conocido desde hacía años. De pronto, aquella criatura de nácar y rosas se había convertido en un ser exigente que le pedía ávidamente con voz ronca, que la tomara cuanto antes. No le permitió demorarse; sacrificaba su propio placer al ansia de sentirle dentro de sí, de poseerle por entero. Cuando él la cubrió y ella se abrió para recibirle, como una reina que derrochara alegremente todos sus tesoros, el acto tuvo caracteres de rito primitivo. El se entregó a la consumación con ¡os ojos cerrados y una expresión de intensa concentración, casi de angustia en sus facciones. Francesca, que lo contemplaba a la luz de la luna, se sonrió de un modo extraño, como nunca se había sonreído. Luego permanecieron abrazados bajo las mantas de los caballos, mientras sus cuerpos irradiaban calor sublime. Ahora ya eran capaces de tocarse con ternura, de explorar más que 26

devastar, de acariciar más que devorar. Volvieron a hacer el amor, y ahora Stash no dejó que Francesca marcara el ritmo, sino que, con infinita habilidad, la llevó a un orgasmo tan vivo y triunfante, que le dio miedo. Se quedaron dormidos, y al despertar, en el trozo de cielo que se veía desde su rincón del box, se adivinaba ese matiz inconfundible que anuncia el amanecer. —Tus amigos... ¡Dios mío!, ¿qué pensarán? —dijo Stash al recordar bruscamente a los Firestone. —Matty despotricará como el padre ultrajado de un melodrama Victoriano, y Margo estará intrigada, entusiasmada y satisfecha de sí misma. O quizá se acostaron temprano y no se han enterado de que no he vuelto... aunque no me parece probable. Dentro de dos horas, Matty empezará a pensar en llamar a la Policía, pero no lo hará, porque no desea publicidad. —Será mejor que les digas que estás bien. —Aún es muy pronto para llamar por teléfono. Apenas está saliendo el sol. —Diré a Jean que llame al hotel para tranquilizarles. En seguida volveré. No te muevas. A los pocos minutos, Stash estaba de regreso. —Asunto resuelto —dijo—. Ahora vamos a hablar de nuestros planes y luego buscaremos desayuno. — ¿Qué planes? — La boda. Lo antes posible y sin ruido o con todo el ruido que tú quieras. Pero cuanto antes. Francesca se incorporó mirándole atónita, con los pechos enrojecidos aún a causa del asalto de su boca y briznas de paja en el revuelto pelo. El la contemplaba con absoluta convicción. —¿Casarnos? — ¿Es que hay alternativa? Se sentó y la abrazó, oprimiendo la frente de ella contra su pecho, donde terminaba la zona de piel tostada del cuello. Ella levantó la cabeza y volvió a preguntar. —¿Casarnos? Stash le puso una manta sobre los hombros, para protegerla de la humedad de la mañana. Sus manos fuertes, acostumbradas a mandar, la sujetaban por los brazos, y su voz, aunque baja, tenía el ímpetu de una carga de caballería. —Soy lo bastante viejo para saber que algo así no pasa dos veces en la vida. A mi edad no existen los caprichos pasajeros. Esto es amor; tendrás que perdonarme, pero yo no sé hablar de amor. No puedo decirte lo que siento, no lo he dicho nunca. Nunca utilicé las verdaderas palabras, sino otras, palabras para amores de mentira, palabras de seducción. —Yo he utilizado las verdaderas palabras, las palabras más hermosas que se han escrito... pero tampoco sé hablar de amor. Estamos igual —respondió 27

Francesca lentamente, descubriendo una verdad que nunca había formulado con palabras. —¿Habías sentido esto alguna vez? ¿Crees poder volver a sentirlo? — preguntó Stash. Francesca movió negativamente la cabeza. Era más fácil volver la espalda a todo cuanto hasta entonces había constituido su vida que pensar en vivir separada de Stash. — ¿No deberíamos tratar de conocernos mejor? —preguntó, pero en seguida se echó a reír de lo convencional de la pre gunta. —¿Conocernos? Acabaríamos donde ahora estamos. No; diremos que hemos decidido casarnos y basta. Francesca, di que sí. Todo el romanticismo de Francesca se esponjó en su interior. No dijo que sí, pero inclinó su cabeza de reina y besó apasionadamente las manos de él en señal de sumisión y dominio. Estaba llorando, y él besó sus ojos húmedos. —¿No crees que deberías vestirte? —dijo Stash con una sonrisa de chiquillo. -¿Vestirme? ¿Pero tú sabes lo que dices...? -Francesca señaló el montón de arrugada gasa tirado sobre el suelo de tierra del establo.— ¿Quién se pone eso ahora? —Sacó una prenda interior de encaje blanco que había ido a parar debajo de las mantas. Era un corselete de los llamados «Viuda alegre», con sostén sin tirantes y liguero incorporado. —Si quieres, te ayudo. Pero te lo quitaste tan aprisa... —Una cosa es quitárselo y otra ponérselo. No, Stash, imposible. Mira cómo me tiemblan las manos. De pronto, fuera sonó el silbido de un mozo de cuadra. Los dos se quedaron inmóviles. — Procuraré llevármelo —susurró Stash, tratando de no reírse—. Tú acuéstate otra vez. Francesca se metió entre las mantas, ahogando la risa. La transición de escena romántica a farsa cómica fue completa cuando el pony del box continuo estiró el cuello hacia ella y emitió lo que parecía un ronquido de indignación, sin duda, según pensó ella, para informar a todo el establo de lo sucedido. Al poco rato, Stash regresó con unas botas y varias prendas de vestir. — He hecho un trato con el mozo — dijo entregándole un par de botas viejas pero relucientes, una desteñida camisa azul y unos pantalones de montar bastante ajados — . Me ha parecido que tenía aproximadamente tu talla y seguramente esta mañana se habrá bañado, aunque no te lo garantizo. Mientras Francesca se ponía la ropa del mozo, afortunadamente limpia y sólo un par de tallas más grande que la suya, Stash le trajo el bolso del coche. Ella se miró en el espejito de la polvera y vio que no le quedaba ni rastro de

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maquillaje. Decidió no preocuparse de retoques. Le gustaban su piel irritada, sus labios magullados y sus ojos nuevos, excitados. —Necesito un cinturón —dijo. Stash pasó revista a los arneses colgados de la pared. —El de Martingale es largo. ¿Una brida? No; no va bien. Tampoco la cadena. Te daría mi corbata, si supiera dónde está, pero sería corta. Esto te servirá. Le tendió un rollo de cinta. -¿Qué es? —Venda para la cola. Se usa para impedir que la cola del pony se enrede en el stick. — ¿Quién dijo que el romanticismo estaba muerto? —Puedes decirles que ha sido una revelación divina —rió Francesca. Matty estaba estupefacto. — ¡Tendrías que estar embarazada para hacer eso! —explotó el agente—. ¡Ni siquiera tienes una excusa decente! Tiras por la ventana una carrera brillante para casarte con un jugador de polo ruso, que nadie sabe de dónde ha salido, y te quedas tan tranquila... Francesca opuso el franco desafío a la lógica de él. —Matty, ¿cuántos años tiene que vivir en la cúspide una persona? ¿Cuántos son los años de plenitud? Matty, por primera vez en mi vida, me he enamorado de un hombre de verdad. Tendrías que alegrarte por mí. —Le miraba con una sonrisa de despreocupación que le enfurecía.— Lo queremos todo y lo queremos ahora. ¿Por qué íbamos a esperar? ¿Puedes darme una razón válida, una sola? —le desafió. —Muy bien. Estoy contento, entusiasmado, loco de alegría... Mi mejor cliente, alguien que es como una hija para mí, se casa con un fulano al que conoció ayer. ¿Se puede pedir mejor motivo para ser feliz? ¿Y qué me dice cuando yo le pido que no se precipite, que por lo menos ruede Robin Hood antes de casarse? ¿Qué me dice cuando yo le juro que nadie trata de impedir que se case con su príncipe, pero que tal vez sería preferible que procurara conocerle un poco mejor? —Te dice que cree hacer lo correcto, que nunca había estado tan segura de nada, que toda su vida estuvo esperándole y que ahora que lo ha encontrado no piensa dejarlo. Margo advirtió en la voz de Francesca una nota que le hizo comprender que sería inútil todo intento de disuadirla de sus planes o de intentar retrasarlos. Matty levantó los brazos. —Está bien. Abandono. Estoy sentenciado antes de abrir la boca. Tú te sales con la tuya, yo mando un telegrama a los estudios y ellos nos ponen un pleito 29

y lo ganan, desde luego. Sabía que no debíamos venir a Europa. ¡Aquí la gente se vuelve loca ¡

3 Hacía ya varios años que Francesca había dejado de ser católica practicante, pero estaba familiarizada con los ritos de la Iglesia. Comparada con los oficios de su parroquia de Berkeley, la ceremonia de la boda, celebrada en la catedral de la Iglesia ortodoxa rusa de París, le pareció una fantasmagórica secuencia de Hollywood, bizantina y extraña. Cuando, después de un oficio interminable, ella y Stash bebieron tres veces de un cáliz de vino tinto y el oficiante les hizo dar tres vueltas alrededor del altar, Francesca casi esperaba oír la voz del director gritando: «¡Corten!» Les envolvían nubes de incienso, a la luz de cientos de cirios, y la sensación de irrealidad estaba acentuada por las notas graves del coro masculino que cantaba sin acompañamiento de instrumentos ni más contrapunto que el sonido celestial de un coro de niños. Dos amigos de Stash sostenían coronas de oro sobre sus cabezas mientras daban las vueltas. A Francesca le parecía que el círculo de admirativos espectadores estaba compuesto por extras. Aunque ambos trataron de mantener en secreto la fecha de la boda y sólo invitaron a un pequeño grupo de amigos, se corrió la voz y la catedral estaba abarrotada de curiosos que perturbaban el orden, en su afán de ver a los novios. A pesar de que Stash había dicho que prefería la sencillez, insistió en que la ceremonia se celebrara según el largo y fastuoso ritual ortodoxo, recordando la insignificancia y apresuramiento de su primer matrimonio, celebrado en el Registro Civil de Londres durante la guerra. Quería ver a Francesca dos veces coronada, con la diadema de flores y con la pesada corona nupcial que era sostenida en el aire sobre su cabeza. Stash, que sólo había pasado en Rusia el primer año de su vida, deseaba observar todo el rico simbolismo de la ceremonia. Incluso pidió al solemne pope, de soberbia barba, casulla de plata y mitra sacerdotal, que atara su mano y la de Francesca con un pañuelo de seda para llevarlos en torno al altar, en lugar de cogerlos simplemente de la mano.

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Francesca accedía a todo. Ningún detalle le parecía importante, una vez hubo tomado su decisión en el establo. Vivía indiferente a todo lo que no fuera Stash y su visión de su futuro, juntos para siempre. Margo estaba en su elemento, organizando como sólo ella sabía hacerlo. La espectacular boda de Francesca era un motivo de lucimiento para ella, y lo aprovechaba con fruición, mientras reconocía que, en el fondo, siempre le había reventado la exquisita sencillez. Desde luego, la recepción nupcial, celebrada en el «Ritz», fue la más espectacular producción Margo Firestone de la Historia. Después, desaparecieron el príncipe Stash Valensky y su nueva princesa. Ni siquiera los Firestone sabían que estaban en la mansión que Stash poseía en las afueras de Lausana, donde, por fin, podrían iniciar a su talante el largo proceso de conocimiento mutuo. Mientras montaban a caballo, paseaban o estaban en la cama, hablaban largamente de su infancia y se admiraban que, de no ser por el comentario fortuito de un hombre al que ninguno de los dos conocía, en el bar de un hotel de París, no se hubieran conocido. A menudo, por la noche, Francesca permanecía despierta, a pesar de que su cuerpo, satisfecha la pasión, le pedía dormir. Pero ella prefería mirar a Stash, analizando sus facciones a la luz parpadeante de la lamparilla encendida ante el icono de la pared del dormitorio. El era el héroe de todas las novelas que había leído. Intrépido, arrojado, valeroso... todo eso y más. Por fin encontró la palabra: indestructible. De haber conocido al padre de Stash, Francesca hubiera podido utilizar la misma palabra para describirlo. El príncipe Vassili Alexandrovich Valensky era hombre valiente, de noble alcurnia y gran fuerza física, veterano de medio centenar de aventuras con las exquisitas bailarinas del «Teatro Marinsky», cuando, a los cuarenta años, se dijo que había llegado la hora de contraer matrimonio. Decidió fríamente declararse a la princesa Titiana Nikolaevna Stargardova porque, de todas las jóvenes presentadas en sociedad en 1909, su linaje era el más similar al del propio príncipe. Luego, en el invierno de 1910, él tuvo que reconocer que, de la forma más inesperada e indignante, se había enamorado perdidamente de su propia mujer. Antes del compromiso, cuando se encontraban en los bailes de en la ópera, Titiana, una jovencita muy linda, se conducía con gran recato, mantenía bajos sus grandes ojos azules, llevaba vestidos muy discretos y hablaba con una voz muy suave, animada sólo por su natural alegría. Al verla con su pelo rubio, peinado con sencillez, y con aquellos rubores que la acometían cada vez que él le dirigía la palabra, Vassili Valensky esperaba una esposa plácida, correcta y muy conservadora. Y casi tan aburrida como las de la mayoría de sus amigos. Pero antes de que terminara la luna de miel, Titiana, que era tan apasionada 31

como inteligente, había cautivado por completo a su marido, quien acababa de descubrir que se había casado con una amante exigente e imperiosa. Aquel día, apenas un año después de su matrimonio, al salir de su palacio de mármol, situado en el canal del Moika, el príncipe Vassili observó, entre divertido y resignado que, una vez más, toda la casa andaba revuelta porque Titiana preparaba otro de sus bailes. Gozaba de su nueva categoría de gran anfitriona de San Petersburgo. El matrimonio la había librado de los decorosos bals blancs a los que las jovencitas acudían con carabinas y bailaban el recatado cotillón, y la nueva princesa, a los diecinueve años y con su recién estrenada vivacidad, no tardó en situarse en el centro de la brillante sociedad de la imperial ciudad. —A Denisov-Uralski —ordenó el príncipe Vassili al uniformado portero, cargado de medallas, que guardaba la entrada del palacio que aquella mañana era un hervidero de gente. Dos lacayos cerraron tras él las pesadas puertas de mármol, y el príncipe subió ágilmente al magnífico trineo tallado en ébano y tapizado de tafilete. Boris, el cochero, llevaba el uniforme de invierno, casaca de terciopelo granate forrada de piel con galones de oro y tricornio a juego. Como correspondía a un cochero de la nobleza, era un hombre inmenso y barbudo, cuyo mayor placer consistía en conducir a toda velocidad su tronco de cuatro enormes caballos negros, como si en las concurridas calles de San Petersburgo no hubiera nadie más. Boris, para quien los grandes duques no eran sino meras figuras decorativas, estaba convencido de que sólo el zar estaba por encima de su amo, que poseía las grandes cruces de Alexander Nevski, Vladimir y San Andrés. El hombre tenía a gala haber recorrido la distancia que separaba el palacio de la tienda de Denisov-Uralski sin detenerse ni tan sólo ceder el paso a otro trineo. Ello hubiera sido un insulto para el príncipe. Lo que aquel día de diciembre llevaba al príncipe Vassili Valensky a DenisovUralski era el deseo de adquirir todo un zoológico. Su esposa tenía aún una infantil predilección por las figuritas de animales, y él quería abrumarla aquella Navidad... si era posible que llegara a saciarse alguna vez, se dijo sonriendo interiormente. Antes de media hora, el príncipe había elegido varios animales de piedras preciosas, una pareja de cada especie, para que Titiana pudiera formar un arca de Noé. Elefantes de jade imperial con ojos de zafiro de Ceilán, leones de topacio con ojos de rubí y cola de brillantes montados en oro, jirafas de amatista con ojos de esmeraldas de cabujón y pupila de brillantes. Después, el príncipe se dirigió a pie a Fabergé y añadió a la colección animales más pequeños: tortugas de ágata rosa con las patas, la cola y la cabeza de plata y oro y la concha sembrada de perlas, loros de coral blanco y multitud de peces de jade

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verde, rosa, malva y castaño, todos con los ojos de brillantes de talla rosa. Una vez terminada esta grata labor, el príncipe ordenó a Boris que le llevara a su despacho. Durante los mil cien años en los que su familia había pertenecido a la nobleza, sus posesiones se habían ido extendiendo por toda la inmensidad de Rusia, y el príncipe Vassili necesitaba a un cuerpo de directores, muchos de ellos alemanes y suizos, para administrar sus negocios. Sus tierras de los Urales rendían la cuarta parte de la producción mundial de platino. En Kursk poseía miles de hectáreas de plantaciones de azúcar y docenas de aserraderos, alimentados por kilómetros de bosques. En Ucrania era dueño de inmensas plantaciones de tabaco. Pero su finca favorita estaba en la fértil provincia de Kashin, país de huertas y granjas donde Vassili criaba sus caballos campeones y reunía a un centenar de invitados en partidas de caza del ciervo, el jabalí o el gallo silvestre. También allí, él y su esposa paseaban a caballo por el bosque, y allí, según recordaba con asombro el príncipe, habían hecho el amor muchas veces el verano último, escondidos en el bosque, como los siervos. Era difícil identificar a la muchacha descompuesta y anhelante que él tomaba ansiosamente en el lecho de musgo y hojas, con la gran dama que aquella noche, coronada con la diadema de brillantes y esmeraldas, recibiría a ochocientos invitados, todos ellos nobles y todos vestidos, por orden suya, con telas de oro o plata. Bailarían a los acordes de seis orquestas, y a medianoche se serviría una cena en vajillas de oro y plata por cien criados de librea, mientras los violines cíngaros de «Colombo's» y «Goulesko's» daban una serenata. Al salir del palacio, Valensky había visto llegar los carros con calefacción que traían las flores pedidas por Titiana a la Riviera. Su tren particular había ido a Niza a cargar las flores aún en capullo y cruzado la invernal Europa a toda velocidad para descargarlas en la estación de San Petersburgo cuando empezaban a abrirse. La mitad de las flores de Francia —lilas, rosas, jacintos, narcisos y violetas de Parma—, se abrían para una sola noche en la ciudad, de inviernos interminables y vientos gélidos, del golfo de Finlandia. En noviembre del año siguiente (1911), Vassili y Titiana tuvieron un hijo, al que impusieron el nombre de Alexander, en memoria del abuelo paterno. La joven madre, tras la reclusión impuesta por el embarazo, estaba ansiosa de bailar noche tras noche. Valensky no hacía nada por disuadirla, y ella realzaba con su presencia los bailes de los Sherementov, los Yussupov, los Saltykov y los Vasilchikov. Era la que con el ímpetu de su juventud marcaba el ritmo a las otras damas de San 33

Petersburgo, un ritmo de vals, y asombraba a todos con su inventiva en los bailes de disfraces de la condesa Marie Kleinmichel. La cuaresma, que empezaba el domingo anterior al miércoles de Ceniza, ponía fin a los bailes, que eran sustituidos por conciertos. En opinión de Masha, el ama de cría del pequeño Alexander, no le vendría mal a su señora acostarse más temprano. Aunque la princesa sólo hacía breves visitas a Masha, para supervisar la crianza del niño, ésta, una campesina robusta, tosca y sensata, se decía que la princesa, a pesar de su hermosura, parecía cansada y excesivamente delgada. Masha no tenía más que diecisiete años. Había pasado toda la vida en la finca de Kashin, donde la víspera del nacimiento de Alexander había dado a luz un hijo ilegítimo. El niño murió y el administrador de la finca la envió inmediatamente a San Petersburgo para que diera de mamar al heredero. Tan pronto como el pequeño príncipe Alexander se cogió a su pecho, desapareció toda la nostalgia de la muchacha. Aquel último domingo, los Valensky fueron a un almuerzo campestre, después participaron en una carrera de troicas y terminaron la jornada con una batalla de bolas de nieve. Cuando, al sonar las doce en el gran reloj del salón, terminó el último baile de la temporada, Vassili advirtió que su mujer parecía deseosa de volver a casa, lo cual era impropio de ella. Esperaba oírla protestar por el fin de las diversiones, pero se durmió en sus brazos en el coche, y a la mañana siguiente se despertó tarde y tan cansada como la noche antes. En tono de malhumor, dijo que debía de estar haciéndose vieja. Vassili llamó inmediatamente al médico. Nunca había visto a Titiana impaciente ni irritable y se asustó. El médico pasó un rato interminable en el dormitorio de damasco rosa y plata de Titiana. Cuando, por fin, salió, empezó a hablar de una congestión subaguda de los bronquios, de depresión nerviosa y estado febril. — ¿Cuál es el tratamiento? —le interrumpió Vassili, impaciente por tanta verborrea médica. — Creí que lo entendería en seguida, príncipe. Puede tratarse de una inflamación pulmonar, aunque no soy especialista. Puede ser incluso tuberculosis. Valensky se quedó como si hubiera recibido un tiro y fuera a desplomarse. ¿Titiana tuberculosa? Titiana, que montaba a caballo con pantalón de hombre como en los tiempos de Catalina La Grande; que cuando, durante una carrera, volcaba la troica y ella salía disparada y caía en la nieve, se limitaba a reírse; que se lanzaba sin miedo por los peligrosos toboganes de hielo; que había dado a luz en seis horas sin una queja... Titiana, que no tenía inconveniente en entregarse a él en pleno campo, donde podían encontrarlos los labradores. 34

— ¡Imposible! —exclamó. —Príncipe, yo no soy especialista. Habrá que llamar al doctor Zevgod y al doctor Kouskof. Yo no puedo asumir la responsabilidad... El médico iba retrocediendo hacia la puerta, deseoso de escapar antes de que el príncipe cayera en la cuenta de que acababa de pronunciar unas palabras que, por aquel entonces, representaban a menudo una sentencia de muerte. Zevgod y Kouskof se mostraron de acuerdo en las medidas a tomar. El príncipe Valensky admitió que durante los últimos meses su esposa padecía sudores nocturnos y falta de apetito y que, imprudentemente, se negó a preocuparse por tales síntomas. Su falta de precaución y el ajetreo de la vida que llevaba habían agravado su estado. No había tiempo que perder. La princesa debía trasladarse inmediatamente a Davos (Suiza), donde el tratamiento era superior al que se aplicaba en otros lugares. —¿Cuánto tiempo? -preguntó severamente Vassili. Los dos médicos dudaron antes de responder, refractarios a comprometerse. Por fin, habló el doctor Zevgod: —Eso no se puede decir. Si la princesa responde al tratamiento, puede estar de regreso antes de un año... o dos. Quizá más. Pero no debe regresar a esta húmeda ciudad hasta que esté totalmente curada. Como usted sabe, está construida sobre un pantano. Para una enferma del pecho, regresar sería un suicidio. — ¡Un año! —Eso sería un milagro —dijo gravemente Kouskof. —Entonces quieren decir que puede tardar muchos años en curarse, ¿no es eso, caballeros? —Por desgracia, príncipe, así es. Pero la princesa es joven y fuerte... Hay que esperar un pronto restablecimiento. Valensky despidió a los médicos y se encerró en su despacho. Le era imposible decir a su adorada, valerosa y alegre Titiana, que tenía que marcharse siquiera por tres meses o tres semanas. Por nada del mundo la hubiera sentenciado a vivir en un sanatorio. La sola palabra le horrorizaba. ¡Jamás! Iría a Davos, sí, era imprescindible; pero llevando a Rusia consigo. El príncipe Vassili envió a Davos a su primer secretario con la misión de alquilar el mayor chalet que encontrara. Las doncellas francesas empezaron inmediatamente a llenar los baúles de Titiana. En uno no había nada más que guantes y abanicos, tres iban llenos de zapatillas de raso bordadas; doce de vestidos; cuatro, de pieles, y cinco, de ropa interior. Contemplando con un mohín encantador los trajes que tenía que dejar, dijo a Vassili que era una suerte que ella no fuera excesivamente aficionada a los vestidos, como la emperatriz Isabel, que llegó a tener quince mil. 35

Mientras, los otros criados, bajo la dirección de otro de los secretarios particulares del príncipe, embalaban los mejores muebles del palacio, exclusivamente piezas francesas Luis XV y Luis XVI. El propio Valensky eligió las obras de arte que se llevarían. Era un gran coleccionista, pero puesto que desconocía las dimensiones del chalet que tendrían que habitar, se llevó sólo cuadros pequeños de Rembrandt, Bouchet, Watteau, Greuze y Fragonard, dejando los grandes lienzos de Rafael, Rubens, Delacroix y Van Eyck. A pesar de que vivían de forma moderna, los Valensky, como todos los rusos, seguían venerando a los iconos, y el príncipe vació el oratorio del palacio cuyas paredes estaban cubiertas de hileras y más hileras de iconos, algunos de ellos de valor incalculable, cuajados de oro y pedrería, ante los que de día y de noche ardían las lámparas. Se corrieron las cortinillas que los protegían y se guardaron en sus estuches de terciopelo, que después se colocaron en cajas especiales. Algunos de ellos, considerados como protectores de la familia, viajarían en el tren, en el mismo compartimiento que los príncipes. No quedó atrás nada de lo necesario para reproducir el palacio del Moika: desde las cacerolas y sartenes de la cocina, hasta los tres candelabros de cristal de roca que habían pertenecido a madame de Pompadour. Diez días después, cuarenta criados, una servidumbre adecuada, aunque, en opinión de Vassili, reducida al mínimo indispensable, se hallaba congregada en la estación de San Petersburgo. Al tren del príncipe se habían enganchado varios coches-cama para todos ellos. Todos los vagones de equipajes estaban cargados a tope y los dos coches-cocina iban tan llenos de alimentos, que los chefs tenían dificultades para hacer su trabajo. El príncipe y la princesa Valensky y Masha, que llevaba en brazos al pequeño Alexander, llegaron a la estación en un carruaje cerrado. Los acompañaba Zachary, el jefe de cazadores, con su uniforme adornado con plumas blancas. Zachary estaba encargado de la coordinación táctica del viaje. Era el responsable de evitar los retrasos en las fronteras, asegurar el aprovisionamiento de comestibles frescos, impedir la pérdida de equipajes y, en general, resolver los problemas que pudieran entorpecer la marcha del tren en su largo trayecto hacia el Sudoeste. Al llegar a Landquart, en Suiza, hubo que abandonar el tren privado, que no podía circular por las vías alpinas, más estrechas. Los Valensky permanecieron varios días en él, hasta que todos sus criados y posesiones fueron trasladados en un pequeño tren alpino hasta las alturas de Davos-Dorf. Finalmente, también ellos hicieron el viaje por la empinada y sinuosa línea férrea, entre cataratas de hielo y abetos 36

nevados. Aunque el compartimiento estaba caldeado, Titiana tiritaba bajo su abrigo de piel. Le daba vértigo el profundo precipicio que se abría a un lado de la vía, pero sus ojos no encontraban punto de reposo en los picos hacia los que estaban subiendo. Oprimía ansiosamente el brazo de su marido con su pequeña mano enguantada, mientras el tren iba subiendo y caía la tarde. Había oscurecido cuando, por fin, llegaron al alto valle y el tren encontró terreno llano. —Ya llegamos, mi vida —dijo Vassili—. Boris nos espera en la estación con el «Rolls-Royce». —¿Qué? —preguntó Titiana, olvidando momentáneamente su temor irracional, por efecto de la sorpresa. — Lo que oyes. ¿ Imaginabas que íbamos a viajar en un coche de alquiler como una pareja de burgueses camino de un bautizo? Hace un año encargué un «Silver Ghost» para ti. Cuando me avisaron que estaba listo para su entrega, envié un cable a míster Royce a Manchester, en el que le decía que, en lugar de mandarlo a San Petersburgo, me lo trajese aquí. —Pero Boris no sabe conducir un automóvil —protestó Titiana. —Dije a Royce que con el coche me enviara a un mecánico inglés. Enseñará a Boris o, si no, nos lo quedaremos. — ¡Ni siquiera el zar lo tiene! -exclamó Titiana, aplaudiendo de alegría—. ¿Qué velocidad alcanza? -El año pasado, un modelo especial alcanzó los ciento setenta kilómetros por hora; pero creo que nosotros no llegaremos a tanto. No quiero asustar a Boris. Vassili estaba encantado del efecto causado por su sorpresa. Era precisamente lo que necesitaba para distraer a Titiana en el momento de su llegada a un país extranjero donde, finalmente, tendría que enfrentarse con su enfermedad. Estaban bien empleados todos los esfuerzos y los miles de libras esterlinas invertidas en la operación, para que el coche estuviera en Davos cuando ellos llegaran. Titiana Valensky encontró perfectamente natural que el chalet de Davos fuera una reproducción en miniatura de su palacio de San Petersburgo y que en él estuviera tan bien servida como siempre, pues aunque era una mujer que cuando montaba a caballo arriesgaba la vida sin vacilar, nunca se había puesto las medias sin ayuda. Las damas de su clase nunca sabían el precio de nada: ni de las joyas, ni de las pieles, ni de los zapatos. De haber visto alguna vez uno de esos papeles llamados facturas, no habrían sabido lo que era. Escogían lo que les gustaba, sin preguntar ni pensar en el precio. Para ellas no existía el gasto, ni siquiera como concepto abstracto, por lo que nunca se les ocurría entrar en la cocina de su palacio. 37

Ahora que Titiana estaba confinada en Davos, puso en recobrar la salud tanto empeño como antes pusiera en perderla. Desde su lejano palacete de las cumbres, Vassili procuraba mantenerse al corriente de lo que ocurría en Rusia, por medio del correo y del telégrafo y dos veces a la semana le llegaban de Zurich por correo especial periódicos rusos, franceses e ingleses. En 1912, cuando cinco mil obreros de las minas de oro de Lena fueron a la huelga e, increíblemente, resistieron todo un mes, Vassili tomó buena nota. Aquella huelga trajo otras más generalizadas, hasta un total de más de dos mil en un solo año. En Rusia no había disturbios tan graves desde que los soldados habían disparado contra los obreros congregados delante del Palacio de Invierno cierto día de 1905 que pasó a la Historia con el nombre de Domingo Sangriento. Vassili permaneció varias horas en su biblioteca de Davos, meditando. A juzgar por lo que decían los médicos, era casi seguro que ni su familia ni sus siervos saldrían de Suiza durante muchos años. Aunque el estado de su esposa no se había agravado de modo alarmante, tampoco había mejorado. La fuerza de voluntad no puede con la fiebre, ni se derrota a un bacilo sólo con valor. Su temperatura nocturna era ligeramente más alta que meses atrás, cuando llegaron, y los ruidos del pulmón derecho, tan roncos como siempre. Los médicos nunca hablaban de tiempo. Cuando se les preguntaba por el futuro, hacían como si no hubieran oído nada, como si se tratara de una pregunta tonta. El príncipe Vassili Valensky apretó los dientes y decidió que si su familia tenía que vivir varios años en el exilio, sería preferible no tener que preocuparse por enviar a alguien a buscar dinero a San Petersburgo. Decidió vender las minas de platino de los Urales y las plantaciones de azúcar, bosques y aserraderos de Kursk, y colocar la inmensa fortuna así realizada en bancos suizos, donde podría disponer de ella inmediatamente. Tattersall, el mecánico de Manchester que no había conseguido iniciar a Boris en los misterios del «Rolls-Royce», enseñó a Vassili a conducir su «Silver Ghost». El príncipe descubrió que, si bien aquel automóvil, el modelo más famoso creado por la «Rolls-Royce» en toda su historia, podía subir cualquier carretera de montaña, en los alrededores de Davos no había carretera suficiente para un día de automovilismo y mandó traer de Rusia la gran troica de madera. Tan pronto como la nieve alcanzaba el espesor adecuado, Vassili empuñaba las riendas de sus tres robustos caballos y, con el pequeño Alexander firmemente atado a su lado, se lanzaba a recorrer el valle. Muy pronto, padre e hijo fueron una estampa familiar y muy admirada en las calles de la alegre Davos cuando cruzaban la ciudad camino de los nevados campos.

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Entre los pacientes de Davos había otros nobles rusos y varios aristócratas ingleses y franceses. Muy pronto, muchos de los que podían salir a la calle hicieron de la casa de la princesa Titiana su punto de reunión. A nadie de la familia se le había ocurrido ni remotamente tratar de adaptarse a aquel país extranjero, la cómoda, pintoresca, segura y aburridísima Suiza. Entrar en el chalet era meterse en San Petersburgo: allí todo tenía un destello profundamente nostálgico; en la casa se conservaba el ambiente de abundancia, fasto y cordialidad característico de la patria perdida. Al entrar por vez primera en el chalet, aspirar el aroma de los cigarrillos rusos de boquilla dorada y oír voces que hablaban en francés con gran rapidez, algunos de aquellos refugiados se echaban a llorar. Aquellos habituales de la casa, elegantemente vestidos, con las mejillas demasiado rojas y los ojos demasiado brillantes, comían con un apetito insaciable. En las salas de recibo había largas mesas cubiertas de manjares. Los Valensky se reunían con ellos a la hora del té y a la de la cena, en que docenas de criados rusos circulaban llenando copas y platos y presentando cajas de cigarros y cigarrillos importados. En las noches en que la princesa no se encontraba en disposición de aparecer, ninguno de los invitados cometía la indiscreción de darse por enterado de su ausencia. Cuando se sentía animosa, las doncellas la vestían con alguno de sus doscientos trajes de tarde, y Titiana elegía lánguidamente entre el collar de zafiros de Birmania, el preciado azul aciano idéntico a sus ojos o las tres vueltas de perlas negras y, del brazo de Vassili, bajaba a presidir la reunión. El aire festivo del chalet de los Valensky habría podido engañar a cualquier extraño, pero todos los que habitaban la enorme casa estaban acostumbrados a la presencia de la enfermedad. La atmósfera interna de la familia dependía de si la princesa había pasado buena o mala noche. El barómetro del buen humor, desde la cocina hasta el despacho de Vassili y desde las habitaciones de los siervos hasta el cuarto de Alexander, subía o bajaba de acuerdo con la curva de la temperatura de Titiana o las noticias de si le habían permitido salir a dar un paseo o había tenido que quedarse en su mirador. Dos médicos iban a visitarla todos los días, y dos enfermeras formaban parte del personal de la casa. El pequeño Alexander nunca supo lo que era tener una madre sana. Siempre había alguien que interrumpía sus juegos diciendo que la fatigaba. Cuando Titiana le leía cuentos, siempre venía la enfermera y cerraba el libro demasiado pronto. Cuando Alexander fue lo bastante mayor como para jugar a las cartas con su madre, su médico principal se lo llevó aparte y le advirtió muy seriamente del peligro que suponía el nerviosismo provocado por los juegos de azar. El amor a su madre llevó siempre la impronta de la tensión existente entre sano y enfermo. Desde su infancia, Alexander quedó 39

permanentemente marcado por un vivo resentimiento, un odio irracional, un temor supersticioso hacia todo lo relacionado con la enfermedad. Hasta la debilidad normal le resultaba aborrecible, aunque, por amor a su madre, disimulaba su horror y su frustración. De 1912 a 1914, la vida en el chalet fluctuaba entre una especie de vacaciones semiforzosas y la rutina del tratamiento. El 28 de junio de 1914 en que el archiduque Francisco Fernando de Austria fue asesinado en Sarajevo, la familia Valensky, aprovechando uno de aquellos breves y engañosos períodos de recuperación de Titiana, celebraba una comida campestre en un prado, servida por diez criados, entre un cencerreo de vacas. Aunque ellos no podían imaginarlo, su mundo acababa de morir. Dos meses después de aquel feliz almuerzo campestre, se producía la derrota de Tannenberg, en la que Rusia perdió a sus mejores soldados. Al cabo de un año habían muerto más de un millón de combatientes rusos mientras en Davos, lejos de los cañonazos, Alexander, al cumplir los cuatro años, recibía el regalo de su primer pony. En 1916, el año de Verdún, el año en el que, en la batalla del Somme, murieron en un solo día diecinueve mil soldados británicos, la mayor diversión del pequeño Alexander era el «Rolls-Royce»; pasaba horas enteras en el garaje, observando el funcionamiento de su motor, en el que subrepticiamente le iniciaba el mecánico. El 12 de marzo de 1917, después de otro largo invierno durante el cual su padre apenas había sonreído, Alexander, que a los seis años era ya un audaz esquiador, había ido con sus compañeros de clase a las pistas de primavera. Aquel día, en San Petersburgo — ahora Petrogrado, y pronto Leningrado—, una multitud de hambrientos que portaban banderas rojas se congregó junto al puente Alexandra. Frente a ellos, al otro lado del puente, un regimiento de la guardia, némesis de los revolucionarios. Sin embargo, la masa avanzaba y los guardias no disparaban. De pronto, en un momento que iba a cambiar la historia del mundo, los dos grupos se unieron. Como dos gotas de agua, pueblo y Ejército formaron un solo cuerpo. Mientras Alexander se disponía a hacer el último descenso del día; mientras Titiana vertía agua hirviendo del samovar y ofrecía una taza de té a un conde francés; mientras Vassili, consumido por sus años de involuntario exilio en Suiza, abría un periódico de tres días antes, empezaba la Revolución rusa. Hacía casi tres años que había terminado la Primera Guerra Mundial cuando sus padres decidieron enviar a Alexander a un internado. Sólo tenía nueve años, y Titiana tal vez hubiera consentido en que continuara en la escuela de Davos, en la que era el líder indiscutible de la chiquillería del pueblo; más fuerte, más alto, más atrevido y más voluntarioso que los demás; pero Vassili comprendió que su hijo se estaba embruteciendo. Había nacido príncipe y podía convertirse en un campesino. Incluso en un mundo en el que 40

los príncipes eran un anacronismo, especialmente si eran rusos y en el que bastante hacían con sobrevivir, había que hacer honor al nombre de los Valensky, cuyo patrimonio heredaría. Alexander tenía que recibir la educación propia de un miembro de la nobleza. —Lo enviaremos a Le Rosey —dijo a su esposa—. Ya me he informado. Puede empezar en otoño, poco antes de su próximo cumpleaños. Pero no te entristezcas, amor mío, estará cerca, en Rolle, y en invierno toda la escuela se traslada a Gstaad. Está tan cerca, que Alexander no tendrá la menor dificultad en venir a casa durante las vacaciones. Al fin, Titiana aceptó la idea, del mismo modo que, con el necesario egocentrismo del enfermo crónico, había aceptado el que su familia estuviera condenada al exilio permanente, que el mundo de su infancia hubiera dejado de existir y que su enfermedad no permaneciera mucho tiempo dormida. En su alma, la esperanza había cedido el paso a la resignación. Cada vez que Alexander iba a casa durante las vacaciones, sus padres advertían cómo iba transformándole su vida en el internado más selecto y más caro del mundo. Poco apoco, vieron cómo sus modales indicaban que se encontraba a gusto en cualquier ambiente, cualidad adquirida con el trato de sus cosmopolitas condiscípulos, jóvenes potentados y vastagos de grandes dinastías. Pero a gusto a su manera, con cierta altivez que andando el tiempo se convierte en una actitud de irónica diversión, una especie de sonrisa interna común a la élite de los que han pasado por Le Rosey. Hasta adquirió un nombre nuevo —Stash—, un nombre que desagradaba a sus padres, ya que no era un diminutivo ruso, sino polaco, pero que hubieron de reconocer que le cuadraba mucho mejor que el de Alexander.

4 Cuando fue a casa por las vacaciones de Navidad de 1925, Stash acababa de cumplir los catorce años, edad en que el esbozo del hombre en el que había de convertirse era ya visible para el observador atento. Ya se había roto la nariz por primera vez, en una pelea con el heredero de un marquesado francés, llevaba el pelo corto, sin rizos infantiles, y, aunque no había alcanzado aún, ni con mucho, el pleno desarrollo muscular, ya medía más de un metro ochenta de estatura. Tenía los labios rojos por su turbulenta vitalidad juvenil, y permanentemente cortados por la práctica de los deportes al aire libre. De sus ojos había desaparecido la inocencia, dando paso a una mirada en la que se advertía ya un asomo de su futura implacabilidad. 41

Como hacía siempre al llegar a casa después de un día de esquí, Stash dejó las botas en la puerta del chalet para que las limpiaran los criados, se calzó unos descansos y entró en el salón en busca de algo que comer. Era un experto en el arte de moverse entre las amistades de su madre con una cortesía distante que prevenía cualquier intento de detenerle con preguntas importunas. En su fuero interno consideraba que aquella camarilla de títulos tuberculosos eran indignos de su madre y que lo único que les unía entre sí era la enfermedad. El terror que ésta le inspiraba se traducía en desdén hacia los enfermos, del que sólo excluía a su madre, y hasta despreciaba la valentía y resignación con que ellos afrontaban la existencia. Pensaba que preferiría morir limpiamente, a vivir con los pulmones podridos. Stash se sirvió un tazón de chocolate caliente y un plato de pastas, y se disponía a escapar a su habitación cuando vio alzarse lánguidamente una mano en un rincón del salón, e inmediatamente el muchacho se dirigió hacia ella. Aquél era uno de los días en los que la princesa Titiana había bajado a reunirse con sus invitados. La princesa estaba en íntima conversación con su gran amiga, la marquesa Claire de Champery, una francesa pelirroja de carnes prietas, ojos verdes, mirada felina, boca pequeña, labios abultados y sonrisa maliciosa, peinada con gran sobriedad y vestida casi siempre de negro con una elegancia irreductiblemente severa. Al verla, los hombres sentían un traumatismo erótico. La marquesa vivía en Davos hacía siete años, pero estaba perfectamente sana. Llegó a los Alpes acompañando a su marido, Pierre de Champery, con la esperanza de que unos meses de aire de montaña le libraran de la tos que había contraído durante su duro servicio militar. Aquella exquisita parisiense nunca imaginó que tendría que pasar siete años lejos de la civilización; pero había quedado prisionera en Davos, atada a un hombre al que nunca quiso, ni siquiera antes de su matrimonio, por uno de los lazos más fuertes que existen: la perspectiva de heredar. A fin de poder ocupar un lugar en el círculo de amistades de la princesa Titiana, la marquesa laboraba diligentemente ante el espejo, procurando esconder su llamativa sexualidad y mantener su aire de dama de la alta sociedad. El marido de Claire de Champery se aferraba a ella con toda la determinación posible en un hombre acaudalado casado con una mujer que no tenía ni un céntimo y era veinte años más joven que él. El marqués vivía en un sanatorio porque estaba tan enfermo que no podía vivir en otro sitio, pero había alquilado un lindo chalet para su mujer. Los médicos le decían que no duraría mucho... pero hacía años que se lo decían. Stash se acercó a las dos mujeres, besó a su madre en el pelo y se inclinó ante la marquesa sin llegar a rozar su mano con los labios. 42

— ¡Vaya!, el pequeño Stash se halla de vacaciones —dijo en tono burlón la mujer del pelo rojo, sentada, con disciplinado decoro, en un sillón—. Cuenta, ¿qué tal han ido los exámenes? ¿Sigues todavía con aquella pandilla de la que me hablaste el verano pasado, de nuevos ricos americanos, lores ingleses de dientes defectuosos, hijos de potentados de la pampa y demás personajes? Stash apretó los labios, furioso. El verano anterior, cuando no tenía más que trece años, había cometido el tremendo error de hablar de sus mejores amigos con aquella mujer. La mayoría de las amistades de su madre, absortas por el cúmulo de intrigas de su hermético mundo, basadas en la enfermedad y el chismorreo, se había acostumbrado a no hacer caso de aquel muchachito difícil y taciturno, pero la marquesa había estado sonsacándole hasta que él, excepcionalmente, le habló de su vida de colegio. —¿Y usted, señora marquesa —dijo secamente, haciendo caso omiso de sus preguntas—, todavía es la femme fátale por excelencia de este vasto y cosmopolita mundo, o ha sido sustituida por alguien a quien no conozco todavía? — ¡Alexander! —exclamó su madre—. ¡Basta ya! Perdónale, Claire; comprende que no tiene más que catorce años, esa edad imposible en la que parece divertido ser impertinente. Alexander, ¡pide disculpas inmediatamente! —Por favor, Titiana, no seas tontita... Me he burlado y el chico se ha enfadado. Claire de Champery estaba de un humor excelente. Sentía un grato calorcillo entre los muslos, que mantenía decorosamente juntos, prueba de que había hecho bien en provocar al muchacho. En cuanto le vio entrar en la habitación, advirtió que el niño, cuya hermosura había admirado en secreto, se había convertido en un buen mozo. Vio la leve pelusa de su labio superior y midió con la vista el desarrollo de su cuerpo. Ya no era un niño, pero todavía no era un hombre; una fase delicada, exquisita y fugaz. Era un momento de la vida del hombre que duraba muy poco. Un muchacho perfecto y puro, el más suculento de los bocados. El aún no sabía nada, estaba segura. Todo el año en el internado... ¿qué podía haber aprendido además de las pequeñas cochinadas que podían- hacer los chicos? Pero su viva reacción a la burla, le indicó que estaba maduro para aprender. —Debe disculparse, Claire —insistió Titiana—. No puedo tolerar semejante comportamiento. —Entonces, impónle un castigo, mi querida Titiana. Disculparse cuesta muy poco. ¡ Ah, ya lo tengo! Que me lleve a pasear en troica. Si es que ya puede dominar a los caballos. —Hace más de cuatro años que conduzco la troica —dijo Stash despectivamente.

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— Tant mieux. Así no tendré nada que temer. Mañana, a las tres, en mi chalet. Estaré preparada. Ahora, chico, ve a comer los dulces. Se te nota que estás deseándolo. Una vez hubo despedido al hosco muchacho, la marquesa se volvió hacia Titiana y reanudó la conversación con la naturalidad y simpatía que le habían granjeado la amistad de la princesa. Al día siguiente, Stash, obligado por su madre, se presentó en casa de la marquesa De Champery, dispuesto a llevarla a pasear en troica. La doncella que le abrió la puerta le dijo que su señora no había acabado aún de arreglarse. Le cogió el chaquetón y lo condujo a un pequeño gabinete contiguo al dormitorio de la marquesa. La chimenea estaba encendida, y en la habitación hacía calor. La doncella señaló una bandeja de botellas de licor y varias cajas de cigarrillos y se fue. Stash apretó los labios irritado. Aún no tenía edad de beber ni de fumar, y la marquesa lo sabía. Era otra de sus pullas para recordarle que todavía era un niño. Stash, huraño, de pie en el centro del lujoso saloncito, se volvió al oír entrar a la marquesa. Ella llevaba un vaporoso vestido de gasa y encaje negro. — ¡Oh!, así que no sale a pasear en troica, ¿verdad? —dijo Stash mirando su atuendo con alivio. —No; he decidido cambiarte la penitencia, muchacho. — ¿Penitencia? ¡Basta de pamplinas! Ya no soy un niño para que me traten así. Y ahora mismo me voy. —No te irás —dijo suavemente la marquesa—. Fuiste muy grosero conmigo y tu mamá sigue enfadada. —La marquesa sabía que la única influencia que podía doblegar a Stash era la de su madre. — Ven, siéntate aquí a mi lado en el sofá y te diré de qué se trata. El muchacho ahogó un suspiro de irritación y obedeció. —He pensado que... —empezó ella, ensimismada—. Hace mucho tiempo que nos conocemos, ¿verdad? La primera vez que te vi tenías sólo siete años... un chiquillo. Y ahora casi eres un hombre. ¿Sabes cuántos años tengo yo? Stash, sorprendido y halagado al oírse llamar casi un hombre, olvidó su indiganción y contestó con timidez: —Creo que es más joven que mi madre, pero no sirvo para adivinar la edad de las mujeres. —Tengo veintinueve años —dijo ella, quitándose sólo tres—. ¿Te parezco muy vieja? Claro que sí. No... no protestes, no trates de ser cortés, no va contigo. Cuando yo tenía tu edad, veintinueve años era para mí el colmo de la vejez. De manera que he decidido que tu castigo consista en aprender una lección de relatividad. 44

Los abultados labios de la marquesa eran jugosos y frescos como una fruta, y ella los humedeció, pensativa, con la punta de la lengua. Se acercó a Stash, que estaba sentado en el borde del sofá de seda rosa. Era un sofá de muy mal gusto, pero a ella le encantaba, y en sus habitaciones privadas podía permitírselo. La mujer levantó un brazo blanco y grueso, del que resbaló la ancha manga de gasa, y le puso la mano en la cabeza. — ¡Lástima de rizos! —dijo mesándole el corto y espeso cabello. El permanecía quieto y erguido, aspirando el extraño perfume de aquella mujer. El vestido era muy escotado, y por el rabillo del ojo, al resplandor de las llamas de la chimenea, distinguía una sombra azulada en el nacimiento del pecho. La mano de ella dejó su pelo y empezó a acariciarle el cuello con ademán indiferente, como se acaricia a un gato. Stash, muy violento, sintió que el pene se le ponía rígido. No advirtió la rápida mirada que le lanzó Claire, que arqueó levemente las cejas, al notarlo. Sin acercarse a él, empezó a pellizcarle suavemente el lóbulo de la oreja. —Vamos a ver, ¿qué es la relatividad? ¿Lo sabes? ¿No...? Lo que me figuraba. La lección de relatividad empieza con el descubrimiento de que ni tu cuello ni mi mano tienen edad. No son más que una carne que roza otra carne. Mas para apreciar el verdadero significado de la relatividad hemos de ir más lejos, mucho más lejos. Claire rozó con la yema de los dedos el suave hoyo de la base del cuello y luego deslizó la mano dentro de su camisa y empezó a acariciarle el pecho con un dedo. Stash gimió en voz alta, y ella bebió golosamente el sonido: su primer gemido de hombre, pensaba mientras sentía endurecérsele el pezón. Ahora ya nunca la olvidaría. — ¡Ah, chiquillo, ya empiezas a entender la relatividad...! —susurró al muchacho, que seguía mirando fijamente al vacío, con un torbellino en la cabeza. ¿Qué hacía aquella mujer...? Una amiga de su madre... imposible. Sería otra de sus burlas. En su confusión, creyó percibir — ¡pero no podía ser!— que la mano que ella había retirado de su pecho descendía y le rozaba rápidamente el pene. Pero, en seguida, la misma mano le desabrochaba la camisa y descubría su tórax fuerte, sombreado por un vello rubio. Ella se acercó, le quitó la camisa y le pasó las manos por los brazos, murmurando suavemente, como si hablara consigo misma: —Pero, ¡qué bien formado estás ya, mi Stash! El estaba aturdido, y no se movió ni cuando ella empezó a acariciarle las axilas, palpando el sedoso vello que había empezado a crecer. La dolorosa turgencia del pene le avergonzaba; era como una confesión de 45

debilidad ante aquella mujer dominante. El sabía muy bien lo astuta que era; quería inducirle a que la tocara, y cuando él lo intentara, le recordaría que no era más que un chiquillo. Apretó fuertemente los almohadones del sofá para no moverse. No le daría ese gusto. Entonces sintió que ella le desabrochaba el cinturón y el pantalón. Pareció vacilar un momento, mirando a la luz de las llamas el bulto que se recortaba bajo la tela del slip. Su tamaño la decidió. Se arrodilló en la mullida alfombra y le miró. El seguía sentado en el borde del sofá, mordiéndose los labios con una expresión de dureza que no sería habitual en él hasta dentro de diez años. —Ahora ha llegado el momento del castigo, Stash. Tienes que ponerte de pie. Ella se quedó esperando, pacientemente, mirándole con fijeza, sin repetir la orden. Lentamente, él se levantó y los pantalones cayeron a sus pies. Ella, controlando con dificultad la respiración, contempló al esbelto muchacho, que se mantenía erguido ante ella sin atreverse a mirarla. Por la abertura del slip se veía claramente el grueso saliente del pene. —Quítate el slip —susurró. El obedeció. Su cuerpo estaba maravillosamente formado, muy pálido, salvo el cuello y las manos tostados por el sol. La piel era fina, y las articulaciones, delicadas, pero firmes. Tenía vello rubio en las piernas y, en la base de los testículos, una sombra más oscura de vello más recio y rizado. —Échate en el sofá —ordenó ella—. No me toques, Stash, o lo dejamos. Yo soy la maestra y tú tienes que cumplir el castigo; conque sé obediente. Si te mueves un solo centímetro, se acaba la lección. Te lo juro. La amenaza de su voz era real. Se bajó el vestido, y sus pechos saltaron fuera del encaje que los aprisionaba. Luego, tomó uno en cada mano, inclinándose sobre él para que viera su esplendidez. Los pezones tenían el color marrón claro propio de las pelirrojas auténticas. El yacía sobre la seda rosa sin atreverse a arquear la espalda y levantar el dolorido y duro pene. Ella le rozó los ásperos labios con los pezones. —¡No te muevas! —repitió gozando al sentir en su carne el contacto de sus labios agrietados. Cuando él lanzó un gemido de deseo y trató de alcanzarlos con la lengua, ella se retiró inmediatamente—. ¡Ah, no! No hemos hecho más que empezar... Muy suavemente, con el roce más leve posible, ella recorrió su cuerpo con la boca, deteniéndose a ungir cada pezón con la punta de la lengua. Luego se detuvo largamente sobre el pene, sin tocarlo, mientras él contenía el aliento. Ella mantenía la cabeza inclinada, en actitud casi de meditación, observando cómo el miembro se tensaba hacia su boca. Pero sin rozarlo siquiera, buscó la parte inferior de sus fuertes muslos. Arrodillada en el sofá, había ido bajándose poco a poco el vestido hasta que su cuerpo, opulento y perfumado, quedó desnudo; pero él no podía verla bien sin levantar la cabeza. Ella no le 46

había tocado más que con los pechos y la boca, y él a ella no la había tocado en absoluto. Stash apretó los dientes y cerró los puños frenéticamente, y ella rió en tono bajo y satisfecho, con risa de verdadero gourmet. —Sí... sí... estás progresando. Ya empiezas a apreciar la relatividad. Casi estás preparado para el final de la lección. La lengua de la marquesa fue lentamente de los muslos a los testículos de Stash. Sopló suavemente sobre el vello púbico y nuevamente le oyó gemir. Como una llama viva, su experta lengua recorrió el pene desde la base y se detuvo un momento en la punta. Un momento de vértigo. —No —dijo pensativamente la mujer—; aún no sabes controlarte lo suficiente. Con un pequeño movimiento, se colocó sobre el cuerpo de Stash, con una rodilla a cada lado de los tensos muslos de él. Lentamente, con la calma de sus treinta y dos años, separó el rojo vello del pubis, abrió los labios de la vagina con los dedos de una mano y, con la otra, tomó con suavidad el pene de Stash que estaba horizontal sobre su vientre, y lo levantó. Estaba tan rígido, que tuvo que sujetarlo con firmeza mientras, poco a poco, interminablemente, fue bajando el cuerpo sobre su inflamada punta. Cuando lo hubo absorbido por entero, se inclinó hacia delante y susurró junto a los crispados labios de él: —Ahora, ahora... Stash, liberado ya de toda traba, la tomó por la cintura y, sin retirar el pene de su prieta vaina, la levantó en vilo y le dio la vuelta, situándose encima de ella. Con una fuerte sacudida, eyaculó mientras le mordía despiadadamente los labios y le estrujaba los pechos con las manos. Cuando recuperó el aliento, le dijo: —No te atrevas a volver a ponerte encima de mí. De ahora en adelante, yo seré quien te monte a ti. — ¡Oh, no! —murmuró ella ásperamente—. ¿Ya empiezas a mandar? Pero, amigo mío, sólo uno de los dos está satisfecho. Así que, por lo que se refiere a la relatividad, la lección no está aprendida. -¿No? Entonces ella se dio cuenta de que él no se había retirado. Su miembro volvía a dilatarse y estaba creciendo aún más que antes. El lo agitaba con golpes irregulares, hasta que ella alcanzó un violento orgasmo. Y él seguía montándola, henchido de sangre, interrumpiéndose una sola vez para limpiar el esperma del pubis de Claire con su vestido de gasa negra. La segunda vez, él había ya aprendido mucho y actuó sin prisa, haciendo caso omiso de las quejas de ella, de que le hacía daño, de que debía parar un minuto, de que era demasiado grande. El segundo orgasmo fue más intenso que el primero, y parecía venir no ya del pene y los testículos, 47

sino de la misma espina dorsal. El muchacho, momentáneamente exhausto, quedó tendido junto a la voluptuosa y saciada mujer. No hablaban. Sólo se oía el crepitar de los leños en la chimenea. Fuera era de noche. — Claire — dijo Stash —, voy a darme un baño en tu bañera. Pide una taza de chocolate caliente y tráemelo al baño. Después... — ¿Después...? —repitió ella, asombrada al oír aquel tono de mando de labios de un chiquillo al que acababa de dar su primera lección de amor. —Después seguiremos estudiando la relatividad. Pero en el dormitorio. Este sofá tuyo resbala —añadió ásperamente. —Pero, ¿estás loco? El le cogió la mano y la puso en su pene. El miembro, caliente y pegajoso, empezaba a dilatarse otra vez. Ella lo sentía agitarse como un animal. — ¿No quieres que me bañe? ¿Nos vamos directamente a la cama? —No, no, Stash... Báñate antes. Pediré el chocolate —dijo ella poniéndose rápidamente el arrugado vestido. — Con pastas. Todos los días de aquellas vacaciones de Navidad, Stash acortaba las horas de esquí y pasaba las tardes en el salón rosa o el dormitorio lavanda de la marquesa De Champery. Ella envió una carta a Titiana en la que le decía que un fuerte resfriado le impedía asistir a las reuniones del chalet, y renunció de buen grado a cenar fuera de casa a fin de que no se descubriera el engaño. Stash se familiarizó con el largo y lento pulsar, la rápida sacudida, las disciplinadas y martirizantes pausas que aumentaban su deseo, el temblor, la retención, los latidos al unísono... la tempestad y la calma del acto del amor. La francesa le enseñó a procurarle placer a ella y a todas las mujeres que poseyera, con una sensualidad que exploraba todo detalle. Le enseñó a ser impúdico como lo era ella, por lo que ninguno de los preceptos de la sexualidad convencional llegó a hacer mella en él. Le enseñó los múltiples y delicados usos de los labios, la lengua, los dientes y los dedos. Le enseñó la importancia de la paciencia y de la bien medida suavidad. No le enseñó ternura ni sentimentalismo. Enrre ellos no podía haber nada de eso. Ella podía ser muchas cosas, pero hipócrita, no. Cuando se despidieron y él volvió al colegio, no hubo intercambio de promesas ni miradas lánguidas. El era un muchacho, y ella, una mujer que no se permitía el lujo de pensar ni por un instante que él pudiera volver más que por su cuerpo... y eso si no encontraba a otra que le gustara más. Pero ella sabía que en la vida de Stash Valensky ocuparía un lugar que ninguna otra mujer podría 48

disputarle. Cuando él fuera un anciano y hubiera olvidado a otras muchas mujeres, aún se acordaría del sofá de seda rosa, de la chimenea y de las lecciones de relatividad. Después de la marcha de Stash, el resfriado de Madame la Marquise se curó como por ensalmo. De todos modos, decidió no acudir a diario a los tés de la princesa Titiana, en los que sentía claustrofobia, y se dedicó al esquí. Durante la década siguiente, mientras su marido se mantenía persistente e imperdonablemente a las puertas de la muerte, Claire de Champery se consagró a la instrucción de una legión de inocentes jóvenes montañeses, los monitores alpinos de esquí que hoy son legendarios dispensadores de placer. Aunque no hayan oído hablar de ella, sus enseñanzas, transmitidas de generación en generación, les han ayudado mucho. En 1929, Stash Valensky terminó sus estudios en Le Rosey y pasó el verano en un gran rancho de Argentina, propiedad del padre de un condiscípulo. En América del Sur se criaban los mejores ponies de polo del mundo, y varios de los más destacados jugadores vivían allí. Llegaban de la Argentina para jugar con equipos americanos o ingleses y solían traer hasta cuarenta ponies que, al final de la temporada, vendían a buen precio. La edad de oro del polo fue de 1929 a 1939, época en que jugaban los grandes ases, Tommy Hitchcock, Winston Guest, Tommy Inglehard, Cecil Smith, los hermanos Irish, Jai, maharajá de Jaipur, Pat y Aiden Rourk, Eric Pedlty de Santa Bárbara... todos, con maravillosos caballos, y todos, consagrados por entero al deporte. En Rolle, el campus de primavera y otoño de Le Rosey, y en Davos durante el verano, Stash se había convertido en un gran jinete. Ahora, en la Argentina descubrió por qué le gustaba montar. El polo parecía haber sido inventado para él. De haber podido vivir otra vida, hubiera elegido ser Akbar, el gobernante mogol de la India del siglo xvi, que era un apasionado del polo, hasta el extremo de jugar incluso de noche, con pelotas de madera incandescentes, galopando tras una estela de chispas. Después de tres meses de constante entrenamiento en el pit y en el campo, sus anfitriones le consideraron apto para tener el honor de intervenir en un partido amistoso. Stash, henchido de júbilo, escribió a sus padres que era absolutamente necesario prolongar su visita durante otros tres meses, ya que la temporada de polo no había hecho más que empezar. La princesa Titiana no se resignaba a estar tanto tiempo sin ver a su hijo, pero el príncipe Vassili aceptó la petición con ecuanimidad. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa podía hacer un muchacho en la vida?

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—Amor mío, de no ser por la Revolución rusa y la Guerra Europea, tu Alexander hubiera podido convertirse en un excelente oficial de Caballería. Por lo menos, el polo es propio de un príncipe. Vassili depositó una fuerte suma de dinero en la cuenta bancaria de Stash en Buenos Aires y le escribió para decirle que él debía tener sus propios ponies y no montar animales prestados. La cualidad esencial de un gran jugador de polo, además de saber montar a la perfección y poseer buenos reflejos, es el valor. Stash Valensky, que había alcanzado ya su estatura definitiva de un metro ochenta y cinco, estaba perfectamente entrenado para este deporte; pero lo más importante era que su belicosa naturaleza lo necesitaba. A partir de aquel verano de 1929 en que tenía dieciocho años, Stash Valensky recorrió todo el mundo, siguiendo la temporada de polo: Inglaterra en verano, Deauville en agosto, América del Sur en otoño, la India en invierno y Estados Unidos en primavera. Llevaba con él a su séquito: el ayuda de cámara, un inglés llamado Mump, los mozos de cuadra, el entrenador y, lo más importante, todos sus ponies. Las obligaciones de Mump abarcaban algo más que el cuidado del vestuario del príncipe. Pasaba tanto tiempo en las tiendas de flores y entregando cartitas en propia mano como limpiando botas. Stash, tan precozmente iniciado en el amor carnal, no perdía el tiempo cortejando a doncellas casaderas ni a jóvenes de buena reputación, fueran o no doncellas. Había desarrollado una marcada predilección por otra clase de mujeres, y estas mujeres indefectiblemente estaban casadas, lo cual era una complicación, pero no un obstáculo insuperable y, mucho menos, con la ayuda de Mump, encargado de que las notitas se entregaran con toda discreción, de que las flores llegaran únicamente antes o después de una fiesta, para no despertar sospechas y de que ninguna dama que visitara el apartamento de Stash encontrara la huella del paso de otra. Stash tuvo que rendirse ante la evidencia de que la práctica del polo le impedía mantener relaciones con más de una mujer a la vez, ya que la dama de turno en ningún caso renunciaba a lo que consideraba su derecho de ir al campo a ver los entrenamientos, y habría resultado indecoroso ver a dos señoras, en sendos descapotables, aclamándole a coro. De todos modos, el equipo no permanecía mucho tiempo en el mismo sitio, y la deslumbrante esposa del general brasileño nada sabía de la joven maharaní de Delhi, ni la exquisita condesa inglesa oyó hablar nunca de la linda muchacha de San Francisco que diariamente acudía al «Oíd Monterrey Polo Club». Aquella ronda de placer iniciada por Stash al salir del internado de Le Rosey, sólo se interrumpió una vez, cuando, en 1934, murió la princesa 50

Titiana, cansada y consumida, pero luchando hasta el fin. Stash solía ir a Davos dos veces al año para ver a sus padres, y a ninguno se le ocurrió hacerle reproches por aquella vida despreocupada y agitada que llevaba; al contrario, les llenaba de gozo verle tan sano y con tantas ganas de disfrutar. Pero en aquella ocasión Stash se quedó el tiempo suficiente para darse cuenta de que, a los sesenta y cinco años, su padre era un hombre acabado que había perdido la razón de vivir, y decidió permanecer a su lado, dominando la impaciencia por volver a su vida. Pronto advirtió que su padre abandonaba, que llegaba al final del exilio que se impusiera a sí mismo, un exilio que le permitió conservar su fortuna, pero le impidió participar en los grandes acontecimientos históricos, reduciéndole a la categoría de mero espectador, encallado en los altos de Davos-Dorf. A la muerte del príncipe Vassili Valensky, su heredero se encontró dueño de una cantidad, aunque disminuida, todavía considerable de oro ruso depositado veintidós años antes en Bancos suizos, y de una casa llena de atemorizados servidores de mediana edad que sus padres habían traído consigo de Rusia. Ninguno de ellos había hecho en su vida más que servir a los Valensky. Habían sido siervos y ahora eran criados y tenían miedo de lo que pudiera ocurrirles. Stash, a pesar de todas las vicisitudes del mundo moderno, seguía siendo su amo. Ni aceptaban ni aspiraban a otra situación. Sus hijos se habían criado en Suiza como ciudadanos suizos, pero nada podía mitigar la necesidad que sentían aquellos viejos rusos de permanecer juntos en un ambiente que les recordaba una tierra ya tan remota como la Atlántida del fondo del mar. Stash, con un vivo asombro, descubrió que ahora era el responsable de toda aquella gente. Nunca pensó en lo que haría con ellos si morían sus padres, porque nunca miró hacia el futuro con realismo. Mandó llamar a los jefes de la servidumbre, Zachary, el montero mayor, y Boris, el cochero. —No me gusta Davos —les dijo—. Tiene para mí muchos recuerdos tristes. Sin embargo, muchos de vosotros tenéis hijos en colegios suizos. ¿Qué os parecería si me trasladara a algún lugar del llano, llevándoos a todos conmigo? ¿Querríais seguirme o preferiríais quedaros aquí? En cualquier caso, seguiréis cobrando vuestro salario mientras yo viva. — Príncipe Alexander —respondió Zachary—, nosotros no tenemos más casa que tu casa. No somos viejos para seguirte, pero sí somos viejos para cambiar. Stash no tardó en encontrar en las afueras de Lausana la casa que necesitaba, y al poco tiempo había reproducido en su interior el palacio de San Petersburgo que él nunca había visto, pero que su padre había llevado intacto a Davos. Pero la casa de Lausana estaba exenta del ambiente de enfermedad y de la charla insustancial de los enfermos, ni había en ella más nostalgia que la 51

prendida en los cuadros y los muebles, cuyo valor aumentaba constantemente. Los preciados iconos dormían en sus estuches, salvo el favorito de su madre, que Stash colocó en su dormitorio, y los más sencillos, que los criados tenían en sus habitaciones. Stash sólo pasaba en Lausana uno o dos meses al año, lo indispensable para tranquilizar a los criados; pero ellos conservaban la casa como si le esperasen todas las noches. En 1934, una nueva afición casi eclipsó al polo y a las mujeres en la vida de Stash. La pasión por el vuelo empezó a dominarle después de terminar la temporada de polo en Inglaterra. Durante un partido jugado en el mes de septiembre, Stash se rompió una pierna, lo cual le impidió ir aquel año a América del Sur, y el 20 de octubre de 1934 se encontraba entre el público congregado al amanecer en Mildenhall (Suffolk) para presenciar la salida de la carrera Mac Robertson de Inglaterra a Australia, el más importante acontecimiento deportivo de la corta historia de la aviación. Stash quedó prendido en la electrizante atmósfera que hacía vibrar a las dieciséis mil personas reunidas para ver despegar a veinte de los mejores aparatos de la época, rumbo al Este, con destino a Bagdad, final de la primera etapa. Aquel mismo día, andando todavía con muletas, Stash se inscribió en el «London Aero Club», adscrito al «Royal Aero Club». Al cabo de una semana había convencido a su médico de que ya no necesitaba muletas, y el mismo día en que las dejó se fue al «Aero Club» a tomar lecciones. Después de seis horas de instrucción en un pequeño biplano de entrenamiento, el «De Havilland Moth», Stash ya volaba solo y, al cabo de otras tres horas, se examinaba y obtenía la licencia de piloto. Stash compró un monoplano, el «Miles Hawk», y empezó una pugna contra la distancia y el reloj, en un afán por aumentar la velocidad que sería su obsesión durante los seis años siguientes. Al otro año participó en su primera carrera, la «Coupe Deutsch» de la Meurthe, celebrada en Francia, con una avioneta «Caudron» de madera, esbelta y de ala pequeña, con motor «Renault» sobrecargado, aparato que podía alcanzar puntas de velocidad de quinientos kilómetros por hora. En 1937 fue a los Estados Unidos para competir por el «Trofeo Bendix», y en 1938 volvió a intentarlo, siendo uno de los diez hombres derrotados por Jacqueline Cochrane, la mujer que rebajó la marca de la prueba de resistencia de costa a costa a diez horas, veintisiete minutos y cincuenta y cinco segundos. Stash voló en los «Seversky» y en los peligrosos y diminutos «Mignet Pou-du-Ciel» («piojo del cielo»). Volaba en cualquier cacharro con alas, pero siempre volaba solo, condición que le impidió participar en muchas competiciones de larga distancia, en las que se requería copiloto. Mas para Stash, uno de los mayores alicientes 52

del vuelo era la soledad, por el violento contraste que ofrecía con el polo. En el cielo hallaba una soledad que en tierra era cada vez más difícil de encontrar. Pasó los cuatro años siguientes persiguiendo marcas de velocidad, mujeres y pelotas con un ímpetu avasallador, interrumpiéndose apenas cierto día de finales de diciembre de 1938 para leer la noticia de que Chamberlain había regresado de Munich con la promesa de «paz para nuestros días». Pero cuando, en marzo de 1939, Stash se enteró por los periódicos de la invasión de Checoslovaquia por los alemanes, comprendió que la guerra era inevitable y salió inmediatamente de Bombay camino de Inglaterra. Al llegar a Londres, se fue directamente al Cuartel General de la Reserva de Voluntarios de la Royal Air Force y solicitó un destino. En junio, el oficial de vuelo A. V. Valensky se hallaba dedicado al entrenamiento de pilotos en la base aérea de Duxford (Cambridge), la mayoría jóvenes universitarios integrantes de escuadrillas. Cuando, el 3 de septiembre de 1939, Inglaterra y Francia declararon la guerra a Alemania, Stash, a menos de un mes de cumplir los veintiocho, era piloto de caza y formaba parte de la escuadrilla 249, pilotando un «Hurricane», que, según advirtió él con júbilo, estaba provisto de motor «Merlin Rolls-Royce». Pero en el mes de julio, cuando la escuadrilla entró en operaciones y fue destinada a vuelo nocturno Stash fue ascendido a teniente y enviado a Aston Down, donde debía permanecer durante todo un año, con gran disgusto y amarga frustración, adiestrando a jóvenes pilotos en las técnicas de vuelo de caza. Ninguna de sus experiencias de hombre de acción le había preparado para soportar aquellos doce meses de infierno, durante los cuales los hombres adiestrados por él eran enviados al combate, mientras él se quedaba enseñando en lugar de ir a pelear. Stash no perdía ocasión de ir a Londres a pedir a los jefes de la RAF que le destinaran a una escuadrilla de combate; pero la respuesta, fría y tajante, era siempre la misma: —No puede ser, Valensky. Nos es mucho más útil donde ahora está que corriendo el riesgo de que lo derriben por ahí. Alguien tiene que adiestrar a los muchachos. Stash, amargado y descontento de sí mismo, empezó a beber copiosamente por primera vez en su vida. Cuando conoció a Victoria Woodhill, de los Servicios Auxiliares Femeninos de Aviación, impulsado por el aburrimiento y la frustración, se impuso la tarea de conquistar a aquella muchacha antipática y altiva, cuyo mayor atractivo era la indiferencia con que le miraba. Durante aquellos meses en que los alemanes se iban extendiendo por toda Europa, era un alivio para Stash tener a alguien con quien pelear y a quien reducir. Se casaron en junio de 1940 y tuvieron que separarse en seguida, pues Victoria fue destinada a Escocia. 53

Oficialmente, la batalla de Inglaterra duró casi cuatro meses: desde el 10 de julio hasta el 31 de octubre de 1940. En realidad, consistió en una serie de batallas, libradas por seiscientos aviones de la RAF contra la poderosa Luftwaffe, que pretendía dominar a Inglaterra con tres mil bombarderos y mil doscientos cazas. Si la RAF hubiera sido derrotada, es casi seguro que Inglaterra habría sido invadida. Para Stash, la batalla de Inglaterra duró sólo tres meses y empezó en agosto de 1940, cuando en las altas esferas se llegó a triste convencimiento de que ya no se podían permitir el lujo de poseer unidades de adiestramiento, y había que enviar a los nuevos pilotos a las escuadrillas de operaciones, para que se adiestraran durante el combate. Por fin, Stash fue destinado a Westhampnett, cerca de Portsmouth, a donde llegó el 15 de agosto de 1940, día que pasaría a la historia con el nombre de «Jueves Negro»: Goering, en un ataque masivo, lanzó a todas sus «águilas» desde los distintos flancos dominados por él. Cuando se improvisó la nueva escuadrilla de Stash, grandes oleadas de «Dornier 17» y «Junker 88», escoltados por cazas, habían dejado atrás las costas de Inglaterra. El primer combate aéreo de Stash fue una vorágine de aviones que caían en picado, girando y ardiendo, sin dejar de disparar ni mientras caían. Cuando acabó la batalla, el Servicio de Información confirmó que Valensky había derribado dos bombarderos y tres cazas alemanes. El, absorto en sus maniobras y dominado por el furor, no oía los gritos de los otros pilotos que sonaban en sus auriculares, para avisar de la presencia de un enemigo o celebrar un buen impacto, ni se daba cuenta de que, cada vez que derribaba a un adversario, él lanzaba un áspero grito de guerra que resonaba en los oídos de sus compañeros. Cuando hubieron ahuyentado a los alemanes, las ondas se llenaron de comentarios. — ¡Joder! ¿Qué coño ha sido eso? —El nuevo... no puede ser otro. Aquí no hay nadie más que nosotros, pollos. — Pues a mí me ha sonado como un condenado cóndor. Y, con el nombre de Cóndor Valensky, Stash hizo la batalla de Inglaterra y después, trasladado a las fuerzas de Aviación del Desierto Occidental, voló de día y de noche en la «Operación Crusader», para liberar el puerto de Tobruk en 1941. Con el nombre de Cóndor Valensky pilotó un «revientatanques» «Hurricane» contra las fuerzas de Rommel en El-Alamein, fue condecorado dos veces y, en 1942, ascendido a jefe de escuadrilla. Nadie volvió a llamarle Stash hasta que se acabó la guerra. Y se ganó.

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Se acercaba el otoño, y Stash y Francesca, en plena luna de miel, empezaron a hacer planes para el futuro. Pensaban ir a la India hacia finales de noviembre, para estar en Calcuta durante la temporada de polo de diciembre y enero, a la que seguirían los partidos a celebrar en Delhi durante febrero y marzo. Pero, hacia mediados de octubre, Francesca advirtió que estaba embarazada. —Debió de ocurrir la primera noche, en la cuadra —dijo a Stash—. Lo sospeché tres semanas después de la boda, pero no quería decírtelo sin estar completamente segura. —Le miraba radiante. —¿Allí? ¿En la cuadra? ¿Cómo lo sabes? —preguntó él, jubiloso por la noticia. —No sé cómo, pero lo sé. Lo sé. — ¿Y no sabes también que va a ser chico? Porque yo sí que lo sé. Francesca se limitó a responder: —Quizá. Sabía por qué Stash deseaba tanto un varón. Tenía un hijo de su primer matrimonio, un niño de casi seis años, que había nacido después de que Stash y Victoria Woodhill se separaron. Aquel precipitado matrimonio de guerra, en el que Stash quiso refugiarse para olvidar su frustración, no duró muchos años una vez llegó la paz. Sólo esperaron a que naciera el niño para divorciarse. La madre, pensando que bastante extranjero era ya el apellido de su hijo, le impuso los nombres de George Edward Woodhill, pero desde muy pequeño le llamó Ram1 por la forma en que golpeaba con la cabeza los costados de la cuna, y Ram le quedó. El niño vivía con su madre y su padrastro en Escocia, y sólo visitaba a su padre de tarde en tarde. Stash deseaba ardientemente que Francesca le diera otro hijo varón, un hijo que él pudiera tener siempre a su lado. Francesca había visto fotos de Ram, un niño espigado y serio, que miraba a la cámara con una expresión de desafío nada infantil. El niño tenía muy poco de Stash. Era guapo, pero se advertía en él un aire de frialdad aristocrática y una mirada tensa, casi amarga, la cual indicaba que nunca se permitiría adoptar el aire franco y campechano de su padre. —Es un buen jinete, a pesar de sus pocos años —dijo Stash—. Ram es un ejemplar perfecto, educado como un buen soldado, según la maldita tradición de la aristocracia inglesa. —Miró la fotografía y movió tristemente la cabeza.— Pero es inteligente y voluntarioso como el que más. Sin embargo, hay en él un algo... una reserva... como en toda la familia de su madre. O quizá sea culpa del divorcio. De todos modos, era 1

Ram = ariete. (Nota del traductor.)

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inevitable. —Se encogió de hombros, guardó las fotografías con el ademán del que no piensa volver a sacarlas en mucho tiempo y abrazó a Francesca. Sus ojos buscaron los de ella, y su mirada de depredador se dulcificó un instante. Entonces Francesca comprendió que ella era su punto de apoyo, su áncora de salvación. La casa de las afueras de Lausana era tan cómoda y espaciosa, que los Valensky decidieron permanecer en ella hasta que naciera el niño. La ciudad estaba a un paso, y en ella había excelentes médicos. Puesto que ya no se iba a la India, Stash envió los ponies a los pastos de Inglaterra. Después de la guerra, sacó de Suiza la mayor parte de su fortuna y la invirtió en la «Rolls-Royce Company». Stash, nacido en Rusia, educado en los Alpes y nómada de los torneos de polo, descubrió que su nacionalidad era sentimental y que debía lealtad, más que a un país, a una máquina: el motor «Rolls-Royce», que, en su opinión, había salvado a Inglaterra e influido en el curso de la guerra. Stash dijo a Francesca que al verano siguiente, cuando el niño tuviera ya unos meses, se trasladarían a Londres, comprarían una casa e instalarían en ella su hogar; pero durante aquellos primeros meses de matrimonio, sólo vivían el uno para el otro, tan absortos en su apasionada adoración, que ninguno de los dos deseaba viajar. Lo más lejos que llegaban era a Evian, al otro lado del lago Leman, a cuyo casino iban a jugar de vez en cuando. Al anochecer, la travesía en el vapor era una delicia. A la luz del sol poniente, las pequeñas embarcaciones de velas amarillas, rojas o azules, se deslizaban hacia el puerto como grandes mariposas. Regresaban en el vapor de medianoche, sin saber si habían ganado o habían perdido al chemin de fer. Y sin que ello les importara. Para marcar el paso de las semanas, Stash regaló a Francesca varios búcaros de cristal de roca de Fabergé, de la colección de su madre, cada uno con distintas flores o frutas de pedrería y esmalte: membrillo en flor, arándano, frambuesa, muguete, narcisos, rosas silvestres y violetas, trabajadas con la más delicada artesanía, sin que la riqueza de los materiales restara valor a la forma de la flor o la fruta. Francesca no tardó en tener todo un jardín junto a su cama, y cuando Stash se enteró de que estaba embarazada, le regaló un huevo de lapislázuli montado en oro, también de Fabergé. El huevo contenía una yema de esmalte amarillo intenso. Cuando se abría la yema, se activaba un mecanismo que levantaba del interior del huevo una pequeña corona en forma de cúpula, réplica de la de Catalina La Grande, cuajada de brillantes y rematada por un rubí cabujón. Del interior de la corona colgaba otro pequeño huevo formado por un gran rubí de cabujón, suspendido de una cadenita de oro. 56

—Mi madre nunca consiguió averiguar si es un huevo de Pascua imperial o no —dijo Stash mientras ella lo contemplaba admirada—. Mi padre lo compró después de la Revolución a un refugiado, quien le juró que había pertenecido a la zarina madre María, pero no pudo explicar cómo había ido a parar a sus manos... y mi padre prefirió no insistir. Lo cierto es que lleva la marca de Fabergé. —Nunca había visto nada tan perfecto —dijo Francesca, sosteniéndolo en la palma de la mano. —Yo sí — respondió Stash, deslizando las manos por la garganta de su mujer, hasta encontrar sus pechos, cada día más turgentes. El huevo cayó sobre la alfombra cuando él aplicó a ellos los labios, chupando con tanto afán como un niño. Cuando llegó el invierno, Stash pasaba las tardes en el establo, dando cuerda a sus grandes bayos, mientras Francesca dormitaba bajo un suave edredón de seda malva, despertando cuando, por el suave olor a nieve que invadía el dormitorio, notaba que él había entrado. Después del té, si no hacía mucho viento, Stash la llevaba a pasear en trineo, y muchas veces, al ver salir la luna mientras regresaban a casa, acogedora, alegre e iluminada como un transatlántico, al oír los resoplidos de los caballos y el tintineo de los cascabeles, envuelta en la manta de piel, con la capucha del abrigo de martas echada sobre la cara, Francesca sentía lágrimas en los ojos. No eran lágrimas de felicidad, sino de esa súbita tristeza que nos acomete en momentos de dicha perfecta en los que nos damos cuenta de lo que poseemos. Este conocimiento acarrea siempre el presentimiento de que hemos de perderlo, un presentimiento que no tiene fundamento ni explicación. Francesca, al tiempo que adquiría práctica en el manejo del gran samovar de plata que presidía el salón desde su lugar de honor, encima de la mesa redonda cubierta con tapete de encaje, se acostumbraba al trato de aquella multitud de criados de Stash que la miraban con una mezcla de cariñosa solicitud e irreprimible curiosidad. Se encontraba prácticamente abrumada por todas aquellas personas que no eran «servidumbre», término excesivamente llano, ni «personal», palabra demasiado fría para describirlos, ni, desde luego, simples «criados», sino una especie de tribu de medio parientes políticos. Ella, al casarse, había adoptado una nueva forma de vida, una vida que incluía a Masha, quien, con la mayor naturalidad, invadía los cajones de la ropa interior de Francesca, doblando cada prenda con exquisito cuidado; que colgaba los albornoces y luego ataba el cinturón y abrochaba todos los botones, de manera que era imposible ponerse un albornoz con rapidez; que arreglaba los pañuelos y chales a su antojo, por colores en lugar de tamaño o utilidad, por lo que resultaba prácticamente imposible localizar los viejos 57

favoritos, que quedaban camuflados en el espectro; que aparecía en el baño cuando Francesca salía de la bañera, con una enorme toalla caliente, preparada para envolverla. A las pocas semanas, Francesca se sentía muy a gusto con los servicios de Masha y dejaba que le cepillara el pelo y que le pusiera la ropa interior, al igual que solía hacer con la princesa Titiana cuando ésta, por lo que fuere, no podía contar con sus doncellas particulares, según ella misma le decía. —¿Sí, Masha? Francesca se recostó sobre los almohadones de encaje, envuelta en una bata de terciopelo, mientras la mujer le cepillaba el cabello cuidadosamente. Pensaba que no tenía más que pedir cualquier lujo para conseguirlo al momento, como cuando iban a ver al príncipe Valensky los hombres de Cartier y ella sólo había de señalar cuál de las joyas le gustaba más que fuera suya. Sí, y hasta le parecía que andaba ya como una princesa, aunque no estaba segura de lo que quería decir con eso. Por las indagaciones hechas entre sus amistades de Lausana, Stash averiguó que el doctor Henri Allard era el especialista mejor conceptuado de la ciudad. Poseía una clínica privada que, en realidad, era un pequeño hospital moderno perfectamente organizado, al que acudían mujeres ricas de todo el mundo. El doctor Allard era un hombre fornido, risueño, competente y enérgico, con tan buena mano para los tulipanes como para los bebés. Dijo a Francesca que daría a luz hacia últimos de mayo. Hasta el mes de febrero, las visitas mensuales al doctor Allard no fueron más que una pequeña interrupción, un poco incómoda e irritante, del dulce diálogo que mantenían ella y Stash. Aquel día, el médico estuvo más tiempo que otras veces auscultando con el estetoscopio el abdomen de Francesca. Después, cuando hablaron en el despacho, él se mostró aún más jovial que nunca. —Me parece que tenemos una sorpresa para el príncipe —anunció, casi saltando de gozo en la silla—. El mes pasado no estaba completamente seguro y por eso no le dije nada, pero ahora lo estoy. Se escuchan dos latidos perfectamente diferenciados, uno diez pulsaciones por minuto más rápido que el otro. Va a tener gemelos, princesa. —¿Y dice usted que es una sorpresa para el príncipe? — ¿Es que en su familia no ha habido nunca gemelos? —Pues... no... no, doctor. ¿Es más complicado tener gemelos? Pero, ¿está seguro? ¿No hace falta mirar por rayos X? —Prefiero no hacerlo aún. Quizás el mes que viene. Pero hay dos latidos, de modo que no cabe la menor duda. La miraba sonriente y orgulloso, como si Francesca acabara de ganar una medalla de oro. Ella estaba yerta, sin saber lo que sentía. Por si no resultaba ya bastante difícil imaginar que iba a tener un hijo, ahora tendría 58

que hacerse a la idea de que serían dos. Últimamente había empezado a soñar con un niño, siempre un varón, al que tenía en brazos y que le hablaba como un adulto. Parecía un muñeco de ventrílocuo. Era un sueño muy gracioso. ¡Pero dos! —Por lo tanto, mi querida madame —continuó el doctor—, en lo sucesivo vendrá usted a verme cada quince días y, durante los dos últimos meses, cada semana, para mayor seguridad, hasta que los pequeños empiecen a manifestar el deseo de venir al mundo. ¿De acuerdo? —De acuerdo. —Francesca casi no sabía lo que decía. De pronto, su mundo de ensueño se había roto con la facilidad de una pompa de jabón. Sólo deseaba marcharse, volver a casa y tratar de ajustarse a la nueva realidad. Todo el chalet bullía de gozo con la noticia. ¡Mellizos! Stash, entusiasmado y casi sin acabar de creerlo, no pudo evitar decírselo a Mump, el ayuda de cámara. Mump se lo dijo al ama de llaves; el ama de llaves, al chef, y el chef, a Masha, quien, temblando de excitación, fue en busca de Francesca, a la que encontró en la biblioteca, para reprocharle que no se lo hubiera comunicado personalmente. —Yo tenía que ser la primera en enterarme, princesa. Después de todo... Y ahora lo saben ya hasta las lavanderas y los mozos de cuadra. — ¡Vamos, Masha, por Dios...! Si yo no lo supe hasta ayer... ¿Por qué sois tan chismosos? — ¿Chismosos? Princesa, nosotros sólo hablamos de lo que oímos casualmente o de lo que nos cuentan... Eso no es ser chismoso. —Claro que no. En fin, Masha, vamos a necesitar el doble de todo. Dos canastillas. Dios mío, ¡si una ya parecía demasiado! ¿Quieres traerme papel? Haré una lista. —Creo que la princesa debería descansar —dijo Masha. —Masha, la princesa tiene mucho que hacer. Febrero y marzo pasaron plácida y alegremente, aunque Francesca se encontraba cada día más pesada. En la cama tenía que tenderse siempre de lado, de espaldas a Stash. Muchas veces, él la mantenía abrazada horas enteras, aspirando la fragancia de su cuerpo y sintiendo los movimientos de su vientre. — Patalean como dos potrillos —murmuró un día orgullosamente—. Masha solía decir a mi madre que nunca había visto a una criatura chupar con tanta fuerza y que ningún hombre la había tratado con tanto descaro, ni siquiera el que le hizo el bastardo. Y ahora, figúrate, ¡dos como yo! —terminó, riendo entre dientes. 59

Francesca se sonrió por aquella absoluta convicción que demostraba su marido de que iba a ser reproducido en miniatura y por partida doble. Stash daba por descontado que los niños serían una prolongación de él mismo. Ya hacía planes para enseñarles a esquiar y a montar a caballo, como si fueran a nacer con cuatro años y hechos dos precoces Hércules. Un día de la tercera semana de abril, Francesca sufrió un fuerte dolor de espalda. Por la noche, se despertó como si alguien le hubiera tocado en el hombro. — ¿Qué...? —dijo en la oscuridad, medio dormida. En seguida comprendió. «Vaya —pensó—, pero, ¿qué sabes tú?», y se quedó esperando. Al cabo de media hora, después de otras dos contracciones, despertó suavemente a Stash. —Seguramente no será nada, cariño; pero el doctor Allard me dijo que le llamáramos si ocurría algo. Debe de ser una falsa alarma, nada importante, pero, ¿querrías llamarle? Le dolía despertar al médico en plena noche. Stash, que dormía profundamente, saltó de la cama como movido por un resorte, con el reflejo adquirido durante su servicio en la RAF. — Calma, que no es tan urgente... Tranquilo —dijo Francesca con una viva sensación de bienestar. Stash volvió de hablar por teléfono al cabo de un minuto. —Dice el doctor que vayamos inmediatamente a la clínica. Aquí tienes el abrigo y el bolso... ¡Ah, las botas! —Me lavaré los dientes, cogeré un camisón y... -¡No...! -cortó Stash, envolviéndola en el abrigo y agachándose para ponerle sus botas forradas de piel. —Por lo menos, despierta a alguien para decirle que nos vamos —jadeó Francesca. — ¿Para qué? Ya se lo figurarán por la mañana. —Es como si nos escapáramos de casa —rió Francesca mientras Stash se vestía a toda prisa. Siguió riendo hasta que llegaron al garaje, después de atravesar la silenciosa casa. Stash la llevaba casi en vilo, a pesar de que ella podía andar perfectamente. En la misma puerta les esperaban ya el doctor Allard y su primer ayudante, el doctor Rombais. A Francesca le sorprendió ver a su atildado médico vestido con blusa y ancho pantalón blanco, él, que siempre llevaba trajes impecables, con chaleco ribeteado de blanco. — ¡Aja, princesa! —dijo a modo de saludo con su habitual jovialidad—. Tal vez tengamos que esperar menos de lo que creíamos. — ¡Pero si aún falta mucho, doctor! Será una falsa alarma. 60

Usted dijo mayo. —Tal vez tenga razón —convino él—. Pero hay que asegurarse, ¿no le parece? A partir de aquel momento, todo lo demás quedó olvidado. Francesca se acostó en una cama con barrotes a los lados y, tan pronto como estuvo instalada, el doctor Allard entró en la habitación y cerró la puerta. Allard conocía las estadísticas. Un parto doble supone para la madre un riesgo de muerte dos o tres veces mayor. Pero no era esta remota posibilidad lo que más preocupaba al médico, aunque el personal del quirófano estaba preparado para cualquier eventualidad. La tensión arterial de Francesca no era alta ni se apreciaban síntomas de intoxicación. Lo peor era que, según sus cálculos, el parto era cinco o seis semanas prematuro, y en estas circunstancias, especialmente tratándose de mellizos, todas las precauciones serían pocas. — Bueno, mamá — dijo, después de examinarla—. Ha llegado el gran día. —Allard siempre llamaba «mamá» a las parturientas, porque creía que esta palabra las distraía del presente, haciéndo les pensar en el futuro. — Entonces, ¿no es una falsa alarma? — Nada de eso. El parto ya ha empezado, pero será largo. Al fin y al cabo, es usted primeriza, aunque sea un poco prematuro. Después de otra media hora de contracciones, la serenidad de Francesca empezó a flaquear. Bromas aparte, aquello dolía mucho. No se imaginaba a sí misma en el papel de una parturienta, por mucho que se esforzara. Pero el trance era real y ella deseaba acabar cuanto antes. —¿No podría darme algún calmante, doctor? Empieza a hacerme falta. —Pues, desgraciadamente, no, mamá. En su caso no convienen los medicamentos. -¿Qué? Con cara de satisfacción, como si le diera una excelente noticia, el médico explicó: — Cualquier cosa que le diéramos ahora perjudicaría a las criaturas. Les llegaría a través de la sangre. El parto se ha adelantado un mes y todavía no tienen el peso normal. Franca mente, no puedo darle nada. — ¡Nada! —exclamó Francesca, pálida de terror. Al igual que tantas otras mujeres americanas, Francesca asociaba la idea de un parto sin calmantes a los terribles sufrimientos de Melania Wilkes, en Lo que el viento se llevó. — Es mejor así, mamá. Mucho mejor. — Pero, doctor, ¿cuánto tiempo? 61

— Hasta poco antes de dar a luz. Entonces le pondremos una inyección y ya no sentirá nada más —dijo el médico, omitiendo explicar que se ponía en la región lumbar entre la cuarta y quinta vértebras. Bastante nerviosa estaba ya la princesa. — ¿Y no podría ponérmela ahora? —imploró Francesca. —Por desgracia, no. Podría interrumpir el parto, y los pequeños quieren nacer, mamá. Era muy amable, pero Francesca comprendió que no se dejaría convencer. — ¿Por qué no me lo advirtió? Parece increíble que, con los avances de la Medicina... Francesca se interrumpió, incapaz de expresar su incredulidad, temor y su indignación. -No olvide que va a tener mellizos prematuros, mamá. La Medicina moderna exige precisamente estas medidas. —El médico le cogió una mano y le dio unas paternales palmaditas.— Dejaré con usted a la comadrona, pero yo estaré en la habitación de al lado. Si me necesita para algo, dígaselo y vendré en seguida. — ¿En la habitación de al lado? ¿Por qué no puede quedarse aquí? —preguntó Francesca, aterrada por la idea de que la dejara. -Tengo que descansar, mamá. He asistido ya a otros dos partos esta noche. Trate de relajarse entre las contracciones. Y procure dormir un poco. Las ocho horas siguientes transcurrieron con alternativas: un dolor físico inimaginable que no dejaba pensar; irritación porque el trance fuera mucho peor de lo que ella había imaginado; viva euforia, que no duraría más que hasta la siguiente contracción y, por encima de todas las demás emociones, una sensación de triunfo que daba a aquellas horas una luz especial e inolvidable; triunfo por sentirse enteramente viva, aplicando todos los átomos de sus recursos mentales, morales y físicos al trabajo más importante de su vida. Francesca resistió sin calmantes, ayudada sólo por el aliento constante de los dos médicos y las numerosas enfermeras que entraban y salían, ocupados en exámenes de los que acabó por no hacer caso. Cuando vio a dos enfermeros que se acercaban con una camilla, estaba tan aturdida que de momento no supo a qué iban. En la sala de partos, entre dos contracciones, el doctor Allard la ayudó a sentarse para administrarle la inyección. Después, la hicieron tenderse de espaldas y le pusieron una almohada debajo de la cabeza. Los dolores habían cesado bruscamente. Aquella súbita desaparición del dolor la alarmó. — Doctor, no estoy paralizada, ¿verdad? —Claro que no, mamá. Todo va muy bien. Descanse, descanse... Estamos todos aquí para ayudarla. 62

Se inclinó sobre ella por enésima vez, auscultando con el estetoscopio los latidos fetales. — ¡Oh, esto es el cielo...! —suspiró Francesca. Aunque en la sala de partos estaban Allard, el doctor Rombais, tres enfermeras y un anestesista, durante los cuarenta minutos siguientes, el silencio sólo fue roto por las instrucciones que Allard daba a Francesca. El equipo de Allard estaba entrenado para trabajar sin necesidad de hablar, comunicándose con la mirada y con ademanes, pues él opinaba que las mujeres que estaban dando a luz atribuían mucha importancia a todo lo que oían y casi siempre lo interpretaban mal. —Recuerden que aunque una mamá parezca inconsciente bajo la anestesia, el sentido del oído es lo último que se pierde. Conque... ¡silencio! —solía decir a su personal el doctor Allard. Al cabo de cuarenta minutos, Francesca volvió a sentir dolor, aunque muy amortiguado. —Me parece que está pasando el efecto de la inyección —murmuró. —Nada de eso. Lo que ocurre es que estamos llegando al final —dijo él en tono festivo—. Ahora, cuando yo se lo diga, empuje usted con todas sus fuerzas. No sentirá las contracciones, pero yo puedo verlas y por eso tiene que hacer lo que yo le diga. Diez minutos después, Francesca le oyó gruñir de satisfacción. Casi inmediatamente, oyó llorar a un niño. — ¿Es un chico? —preguntó susurrando. —Tiene usted una niña preciosa, mamá —respondió Allard, entregando rápidamente la criatura al doctor Rombais, que con mano segura, le pinzó el cordón umbilical. Allard volvió a inclinarse entre los muslos de Francesca. La enfermera que vigilaba los latidos del feto acababa de indicarle con gesto perentorio que el corazón de la segunda criatura latía más despacio. Allard vio entonces, con gran alarma, que el líquido amniótico se había teñido de un color amarillo verdoso. Los latidos del corazón del segundo mellizo se debilitaban por momentos. Allard palpó el útero y advirtió que se había puesto completamente rígido. Habían cesado las contracciones. Hizo un vivo ademán al doctor Rombais para que presionara inmediatamente la parte alta del útero mientras él apretaba con todas sus fuerzas el cuello de la vagina, que estaba duro como una tabla. Al fin consiguió colocar a la criatura de manera que pudiera sacarla con el fórceps. En cuestión de minutos, no menos de cuatro ni más de cinco, nació la segunda niña, que no empezó a respirar espontáneamente como la primera, sino que fue necesario friccionarla fuertemente con una toalla, hasta que lanzó un débil vagido. Mientras cortaba el cordón umbilical, el doctor Allard observó que, aunque perfectamente formada, la niña no pesaría más de dos kilos, cálculo que corroboró la báscula. Pero lo peor era que, como 63

le indicaba la presencia del meconio verdoso en el líquido amniótico, Francesca había sufrido una fuerte hemorragia interna debida a la brusca separación de la placenta de la pared del útero, minutos antes del nacimiento de la segunda niña. — ¡Doctor! —dijo Francesca, implorante — . ¿Qué ocurre? Di ga, ¿es niño o niña? —Otra niña —respondió el médico lacónicamente. Lo escueto de la respuesta y el tono neutro de su voz, de ordinario tan afable, indicó a los que estaban con él que su jefe estaba intensamente preocupado por la segunda niña. Algo andaba mal. Aún no había acabado de hablar el doctor Allard cuando el anestesista que vigilaba los signos vitales de Francesca vio que la tensión arterial había bajado súbitamente y que el corazón le latía muy aprisa. Al oír las palabras del doctor Allard, ella sintió una gran desilusión, que se diluyó instantáneamente en un vahído. Rompió a sudar. Sin embargo, siguió insistiendo: —Quiero verlas... Enséñemelas. —Un minuto, mamá. Ahora procure descansar. Allard indicó por señas a dos enfermeras que iniciaran transfusiones simultáneas en los dos brazos de Francesca. Ella estaba al borde del coma, pero al poco rato las transfusiones y la administración de febrinógeno llevaron nuevamente el pulso y la tensión a niveles normales. Tan pronto como vio a la paciente fuera de peligro, Allard ordenó al doctor Rombais que llevara a las niñas a la mesa de partos. Las dos tenían los ojos cerrados y apretaban los puños. Una tenía el albino pelo seco y ensortijado, mientras el de la otra estaba húmedo y pegado a la piel. Las niñas estaban envueltas en suaves paños de franela. Francesca, débil pero alerta, las miraba con vivo asombro. Era una sensación nueva. Ver ante sus ojos a las criaturas con las que hasta hacía unos instantes vivía en íntima armonía y comunicación y observar que ahora podían moverse independientemente y optar con toda libertad por cerrar los ojos y aislarse de este mundo lleno de luz, suponía un cambio tan brusco e incomprensible, que sólo podía calibrarse con el sentimiento. —Doctor, ¿son idénticas? — Sí; pero su segunda hijita pesa menos que la primera. Esta —dijo señalando a la más pequeña— debe ir inmediatamente a la incubadora hasta que aumente de peso. Pero esté tranquila, las dos tienen todos los dedos de las manos y de los pies. — ¡Gracias a Dios! —suspiró Francesca. — —Ahora, mamá, a dormir. —Avise a mí marido. —Tendrá que esperar un poco. 64

El médico no tenía intención de separarse de Francesca hasta asegurarse de que las transfusiones habían hecho efecto. No la dejó hasta que estuvo en condiciones de pasar a la sala de reanimación. Luego salió de la sala de partos desatando las cintas del gorro con ademán de cansancio. Cuando el médico entró en la habitación en la que Stash esperaba, vio que éste se había quedado dormido con la frente apoyada en el cristal de la ventana por la que había estado mirando sin ver durante aquella interminable noche. El doctor Allard se quedó mirándolo largamente. Luego suspiró y le tocó suavemente el hombro. Stash se despertó instantáneamente. -Diga... —Tiene usted dos hijas. Su esposa está bien, pero muy cansada. Stash miraba ávidamente al médico, como si esperase oír más. El desencanto era tan brutal, que le dejó sin habla. Tras una pausa, el médico procedió a responder suavemente las preguntas no formuladas con las que cualquier otro hombre le hubiera atosigado: —Una de las niñas está estupendamente. La otra... Por fin Stash recobró la voz. — La otra, ¿qué? Hable... — Hubo un problema, una complicación clínica, antes de que naciera la segunda niña. La placenta se separó del útero antes del parto y su esposa sufrió una hemorragia interna. Stash se apoyó en la pared. —Así que la niña ha muerto, ¿verdad? Puede hablar con franqueza, doctor. —No; vive. Pero debo advertirle que su estado es muy delicado. Es muy pequeña, pesa sólo dos kilos cien gramos, y a causa de la placenta abruptio, es decir, la brusca separación de la placenta y de la presencia de meconio en el fluido amniótico, su cerebro estuvo algún tiempo sin recibir oxígeno. Actuamos con la mayor rapidez posible, príncipe, pero no pudimos sacarla en menos de cuatro minutos o cuatro minutos y medio. ~Pero, ¿qué quiere decir? Hable sin rodeos, doctor. —Que existe la posibilidad... no, la seguridad de que hay una lesión cerebral. —¿Una lesión cerebral? ¿Qué quiere decir con eso? — Stash cogió al médico por los hombros, como si fuera a sacudirlo, pero en seguida lo soltó.— Perdone. —Aún es pronto para determinar el alcance de la lesión. Antes tendré que examinar detenidamente a la niña. — ¿Cuándo lo sabrá? ¿Cuándo podrá examinarla? —En cuanto la vea lo bastante fuerte. Mientras, por precaución, habría que bautizarla. ¿Qué nombre quiere imponerle, príncipe? — ¡Me tiene sin cuidado! — ¡Príncipe Valensky, cálmese! No hay por qué desesperarse. Y tiene 65

usted una hija completamente sana. ¿Quiere verla? Está en la nursery. Pesa dos kilos ochocientos cincuenta, por lo que no hay necesidad de ponerla en la incubadora. ¿Vamos? -¡No! Stash habló sin saber lo que decía. Lo único que sabía era que le sería imposible ver a cualquier criatura. El médico le miró comprensivamente. No era la primera vez que recibía semejante respuesta. —Mi consejo es que se vaya usted a casa, duerma un rato y luego venga a ver a la princesa. Ha estado toda la noche bajo una gran tensión. Cuando venga, seguramente las princesitas también estarán despiertas. —Seguramente. —Stash fue hacia la puerta, luego se volvió y dijo en un tono que encerraba una pregunta: — Estoy convencido de que usted ha hecho cuanto ha podido. —Así es, príncipe. Pero hay cosas contra las que no podemos hacer nada. — Como Stash siguiera mirándole fijamente, el pequeño doctor se irguió, herido en su orgullo profesional.— En la Naturaleza ocurren a veces accidentes contra los que la inteligencia humana no alcanza sino a tratar de salvar lo que se pueda. — ¿Salvar? —dijo Stash, como si no hubiera oído nunca la palabra. El nunca admitió pérdidas. ¿Qué interés podía tener en salvamentos?—. Adiós, doctor. Stash volvió a casa conduciendo a velocidad suicida. Pasó por delante de la puerta principal, sin mirar siquiera a los criados que le esperaban allí reunidos, y se fue directamente a la cuadra. Saltó del coche, se metió en la cuadra y se montó en el primer caballo que encontró. El mozo, al ver que su amo se disponía a salir montado a pelo, corrió hacia él y le gritó: — ¿Cómo están los gemelos, príncipe? ¿Y la princesa? — La princesa está bien. Tenemos una niña. ¡ Y ahora quítate de ahí! Stash hundió los tacones en los costados del bayo, se agarró a la crin y aulló más que gritó una orden. El animal, súbitamente tan excitado como su jinete, se levantó de manos con un gran relincho y salió a galope tendido por el monte, mientras Stash le golpeaba los flancos como si le persiguiera el diablo. 6 Pasaron los meses de abril y mayo de 1952, y Francesca Valensky y sus dos hijas seguían en la clínica del doctor Henri Allard, en Lausana. Un día de últimos de junio, una enfermera llevó a Marguerite, la nacida en primer lugar, a la habitación de su madre, para la primera de sus dos visitas diarias. La enfermera Anni, apenas miró a la mujer que, como siempre, estaba sentada en una butaca, con la mirada ausente. Hacía ya mucho tiempo que aquellas monótonas visitas aburrían a la enfermera. Todo el personal de la clínica, que 66

al principio cuchicheaba excitadamente en voz baja acerca de la célebre paciente, había acabado por acostumbrarse a los pormenores del caso. La princesa Valensky ni hablaba ni mostraba el menor interés por sus hijas; aunque físicamente estaba sana, no cuidaba en absoluto de su persona, y sólo se levantaba de la cama cuando dos enfermeras la cogían de los brazos y la llevaban a pasear por el pequeño jardín particular contiguo a su alegre y soleada habitación. Para ellos no eran cosa nueva los casos de depresión posparto en sus distintas y tristes facetas. Todos la compadecían, pero ni siquiera los médicos sabían qué hacer. Había enfermas que se curaban espontáneamente, y las había que no se curaban nunca; no había enfermera que no tuviera un caso trágico que relatar, aunque procuraban que no las oyeran las enfermeras de psiquiatría que acompañaban constantemente a la paciente, incluso mientras dormía. La enfermera Anni hizo una seña a la enfermera psiquiátrica que hacía media en un rincón. —Si quieres, puedes tomar tu descanso ahora. No es necesario que estemos aquí las dos, ¿no crees? —No. Está muy tranquila, como siempre. Era un día de sol y calor. Sosteniendo a Marguerite con un solo brazo, la enfermera Anni abrió el balcón de par en par para que entrase el aire tibio yperfumado. Luego se sentó en una silla al lado de Francesca, y al cabo de diez minutos, transcurridos en el silencio acostumbrado, se quedó adormilada. Una mariquita entró volando por el balcón y se posó en la frente de la niña, entre las cejas, como una marca de casta hindú. La enfermera, con los ojos semicerrados, no la vio. Francesca miraba a la mujer y a la niña sin asomo de interés. Pero una pequeña parte de su mente esperaba que la enfermera descubriera el insecto. Pasaron varios minutos, y ella seguía roncando suavemente. La mariquita se paseaba por la cara de la niña y se detuvo en un párpado, muy cerca de las pestañas. Peligrosamente cerca. Francesca extendió la mano y la ahuyentó con ademán vacilante. Al hacerlo, tocó por primera vez a su hija, rozó con el dedo la fina piel de la niña y le pareció sorprendentemente suave y... viva. La niña abrió los ojos y la miró. Francesca vio que eran tan negros como los suyos. Resiguió la línea de sus cejas apenas visibles y palpó tímidamente uno de aquellos rizos casi blancos. —¿Puedo cogerla en brazos? —susurró. La enfermera siguió durmiendo, sin oírla. —Enfermera —dijo Francesca en voz baja. Sólo le contestó un ronquido.

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— ¡Enfermera! —Su voz era ya más fuerte. Al oírse a sí misma, algo dio un vuelco dentro de ella, una negra masa se disipó al descubrir su propia voz.— ¡Dios mío! ¡Dios mío! —dijo en voz alta, acariciando el pelo de la niña con dedos a los que había vuelto la vida-. ¡ENFERMERA, DÉME A MI HIJA! La enfermera despertó bruscamente, desconcertada y confusa, sujetando firmemente a la niña. — ¿Qué...? ¿Qué es...? —tartamudeó—. Aguarde, en seguida llamo al doctor... —Se puso en pie y empezó a andar hacia atrás. — ¡Venga usted aquí! —ordenó Francesca—. Quiero coger en brazos a la niña. Ahora. ¡Démela usted inmediatamente! ¡Tenía un insecto en un ojo! —añadió, en tono acusador. Francesca se levantó y se irguió con la autoridad con que en otro tiempo se enfrentara a las cámaras. Allí estaba Francesca Vernon, la gran estrella, extendiendo los brazos con ademán imperioso. La enfermera la miraba sorprendida, pero sin amilanarse. —Perdone, señora; pero no puedo dejársela. Tengo instrucciones de no dejarla en ningún momento. La actitud de Francesca volvió a cambiar. Permaneció quieta, sin bajar los brazos, pero ahora era la princesa Valensky, cuyas órdenes no se discutían, una mujer acostumbrada a ser obedecida al momento. —Avise inmediatamente al doctor Allard. —Su voz estaba un poco ronca, pero era firme.— Que me explique qué tonterías son ésas. Allard tardó apenas unos minutos en llegar a la habitación. Venía corriendo y se detuvo bruscamente al ver a aquella mujer que, enfurecida, tenía la belleza del puma y miraba ávidamente a la niña, paseando alrededor de la enfermera que, a pesar de la sorpresa, mantenía un gesto de desafío. Suavemente, pero con toda la excitación que se permitía, el doctor Allard dijo: —Hola, mamá, conque ya nos encontramos mejor, ¿eh? ¿Empezando a hacer amistades? —¿Qué cuernos pasa aquí, doctor Allard? Esta loca no quiere darme a mi hija. —Enfermera Anni, puede usted entregar a Marguerite a su madre y, luego, ¿querrá dejarnos solos un momento? Sin pronunciar una palabra, la enfermera puso a la niña en brazos de su madre y se fue. Marguerite llevaba un fino pijama, que dejaba al descubierto unos brazos y unas piernas que ya empezaban a estar rollizos y que se agitaban alegremente al sol y al aire. Era una niña preciosa, tan rubia y sonrosada, tan diminuta y, a la vez, tan definida, que hasta los médicos y las enfermeras más veteranos se quedaban contemplándola embobados.

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Allard observaba atentamente a Francesca, que, mirando a la niña a los ojos, murmuró: — ¿Quién eres tú? Al oír su voz, Marguerite dejó de mover las manos y miró a su madre. Luego, con gran asombro de Francesca, sonrió. — ¡Doctor, me ha sonreído! — Claro que sí. —Doctor, ¿a qué obedece esa tontería de no dejarme sola con la niña? Francamente, no lo entiendo. —Usted no estaba bien, princesa. Hasta hoy no ha querido cogerla en brazos. —Eso es ridículo... En mi vida oí cosa más absurda... —Francesca miraba al médico como si hasta entonces no le hubiera visto bien. - ¿Dónde está la otra? No entiendo nada. Esto no me gusta en absoluto. ¿Y mi marido? Doctor, llame al príncipe Valensky y dígale que venga inmediatamente —ordenó — . Y ahora quiero ver a la otra niña. — La otra niña está todavía en la incubadora —dijo rápidamente el médico. No podía consentir que su paciente la viera hoy. La niña había tenido una convulsión aquella misma mañana, la segunda desde que nació. Si la madre veía a la pobrecita, tan débil y tan pequeña, tal vez sufriera una recaída en aquella larga depresión. El no podía tolerarlo. — ¿Dónde está la incubadora? —preguntó Francesca, yendo hacia la puerta con Marguerite en brazos. —No, mamá. ¡Se lo prohibo! Todavía no está usted bien. No está tan fuerte como cree. ¿Tiene idea del tiempo que lleva aquí? Francesca se detuvo y le miró con extrañeza. —¿Mucho tiempo? Dos semanas... — Casi nueve. Sí; nueve semanas. Ha sido muy largo —dijo suavemente el médico, al ver que su paciente desistía del propósito de ir a la incubadora. Francesca se sentó, abrazando estrechamente a la niña. Le parecía haber estado en un sitio muy lúgubre y lejano, un mundo tan triste y tan gris como la lluvia de invierno; un lugar perdido desde el que veía escenas borrosas, como sombras vislumbradas a lo lejos a través de una ventana. ¡Nueve semanas! De pronto, le pareció que todos los músculos y huesos de su cuerpo se quedaban sin fuerzas y en silencio dio la niña al médico. Allard aprovechó la ocasión. —Antes de ir de visita, hay que recuperar esas fuerzas. Francesca asintió con un gesto de cansancio. —Dentro de una semana, o tal vez antes, si no se cansa demasiado, ya hablaremos. Aún tardará algún tiempo en poder hacer vida normal. Bueno, basta de charla. Ahora procure descansar, ¿eh? - Le acercó la 69

niña y Francesca puso los labios en la parte más delicada del bebé, los suaves pliegues que un día serían el cuello. — Esta tarde se la traerán otra vez. Usted le dará el próximo biberón —prometió el doctor, abriendo la puerta para que entrara la enfermera. Mientras llevaba a Marguerite a la nursery, iba repitiendo en voz baja—: ¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios! En cuanto recibió la llamada del médico, Stash se dirigió a la clínica a ciento ochenta por hora. Durante las semanas anteriores, pasaba varias horas al día con Francesca, tratando en vano de abrir brecha en aquel muro de silencio y de tristeza que casi la hacía invisible. Aquella penosa vigilia era soportable gracias a las visitas que Marguerite hacía a su madre, ordenadas por el doctor Allard y que debían hacerse dos veces al día, tanto si Francesca respondía como si no. Stash se había enamorado locamente de su hija y jugaba con ella todo el tiempo que le dejaban. Le gustaba desnudarla y mostrársela a Francesca, esperando que su perfecto cuerpecito la conmoviera tanto como a él; pero sin resultado. Mantenía largas conversaciones con el doctor Allard, al que exigía toda clase de seguridades de que se habían tomado las medidas necesarias para impedir que Francesca pudiera hacerse daño a sí misma. Cuando no estaba junto a Francesca, Stash se encerraba en casa, sin ver a nadie. Del mismo modo que él y Francesca habían conseguido burlar a los periodistas durante la luna de miel, Stash pudo impedir que los periódicos dieran la noticia del nacimiento de sus hijas. La clínica del doctor Allard garantizaba absoluta discreción. Los únicos que sabían que Francesca estaba embarazada eran Matty y Margo Firestone. Durante la semana siguiente al parto, Stash les escribió, pero sólo les dio noticias de Marguerite y de la depresión de Francesca y les pidió —y obtuvo— silencio, en atención a la enferma. Pero ahora... ahora... Mientras esperaba, impaciente, en el despacho del doctor Allard, se dijo que ahora, por fin, podría empezar otra vez a vivir. Desde el principio sabía que él iba a ganar esta partida cruel. Se prometió a sí mismo más de mil veces que sólo era cuestión de tiempo y que un día podría llevarse a Marguerite y a Francesca a casa. En ningún momento se permitió dudarlo. Por fin entró Allard, casi saltando de alegría. —¿Puedo llevármelas a casa? —preguntó Stash, sin saludar siquiera. —Pronto, pronto, cuando la princesa esté más fuerte. Pero antes, amigo mío, tenemos que hablar de la otra niña, de Danielle. Durante la depresión de Francesca, el médico no había conseguido que Stash se aviniera a hablar de su segunda hija. El doctor Allard, como 70

buen católico, se encargó de hacerla bautizar al día siguiente de su nacimiento, ya que no estaba seguro de que viviera otras veinticuatro horas. El mismo eligió el nombre, el de su propia madre, con la esperanza de que diera buena suerte a la pobre pequeña. —Danielle. —Stash pronunció el nombre como si fuera una palabra extraña que no tuviera ningún significado para él.— No creo que viva. — Su tono era terminante. —Pero si vive, y puede ser que viva, tendrán ustedes que hacer frente a los problemas neurológicos... —Doctor, dejemos eso ahora... El médico continuó, imperturbable y con vehementes ademanes: —He examinado a las dos niñas, príncipe. Existe una serie de tests que se utilizan para determinar los reflejos nerviosos en los recién nacidos. El doctor Rombais y yo las examinamos a las dos juntas, a fin de comparar sus reacciones y... Stash le interrumpió con la crudeza con que acometía cualquier obstáculo que encontrara ante sí. Su cuello y su cabeza recordaban los de una cruel ave de presa. —¡Limítese a darme los resultados! —Príncipe —dijo el doctor, sin modificar su tono académico y mesurado—, es preciso que sepa usted a lo que nos enfrentamos, mal que le pese. Me es imposible darle esos resultados, como usted dice, en dos palabras. Ahora, si me permite continuar... Marguerite responde a todas las pruebas como una niña normal y robusta. Succiona con fuerza, su prueba de motricidad es fuerte, y el reflejo de Moro fue normal. Para obtenerlo, la coloqué boca arriba y di una fuerte palmada a su lado. Estiró bruscamente brazos y piernas, con los dedos extendidos. Cuando la puse de pie en la mesa, movió las piernas como si quisiera andar, y cuando la senté tirándole de las manos para ver su respuesta a la tracción, contrajo los músculos del cuello y los hombros. Fue una sesión muy movida. Stash le escuchaba con impaciencia. El no necesitaba que ningún médico le dijera que Marguerite era perfecta. Se hizo una breve pausa mientras Allard escogía cuidadosamente las palabras antes de seguir hablando. Luego suspiró profundamente, pero con decisión. —Danielle apenas reaccionó a estas pruebas —prosiguió—. Las repetí con un intervalo de tres semanas, pero los resultados no variaron. Se mueve poco, apenas llora, todavía no levanta la cabeza y casi no ha aumentado de peso. No prospera. — ¡Que no prospera! ¡Habla de ella como si fuera un vegetal! Stash no pudo seguir conteniéndose. —Nada de eso, príncipe. Sólo tiene nueve semanas y existe la esperanza de que, con los debidos cuidados, su cuerpo se desarrolle normalmente. Si 71

sigue aumentando de peso, puede convertirse en una niña físicamente activa. No presenta deformación alguna. Sólo está débil, muy débil. —¿Y mentalmente? —¿Mentalmente? Mentalmente nunca será normal. Eso lo sabemos desde el principio. —Vamos a ver, doctor, ¿qué quiere usted decir exactamente? ¿Qué grado de subnormalidad? —Eso no puedo decírselo ahora. Tenemos que esperar a que la niña tenga edad suficiente para someterle a una prueba psicotécnica. Hay muchos niveles: desde un cociente medio-bajo, hasta la subnormalidad profunda. —¿Podría ser un caso de cociente medio-bajo? —preguntó Stash. Las palabras le quemaban los labios como un ácido. —Honradamente, no lo creo. La falta de oxígeno antes y durante el parto, el poco peso, los resultados de los tests, las dos convulsiones... son demasiados indicios en contra. —Entonces... —Subnormalidad media a profunda. —Expliqúese, ¿qué quiere decir? —preguntó Stash apretando los dientes. El médico le respondió sin paliativos: —En la subnormalidad media, el cociente intelectual está entre cincuenta y veinte. Con un tratamiento adecuado, el niño puede alcanzar una inteligencia de una criatura de siete años. Si el cociente es inferior a veinte, su inteligencia potencial será, a lo sumo, la de una criatura de tres años. Al cabo de un breve silencio, Stash dijo lentamente, en tono de incredulidad: — ¿Siete años? ¿Y eso para usted es una subnormalidad media? ¿Toda la vida igual, por años que tenga? —Son las definiciones médicas. Y eso, príncipe, en el mejor de los casos. Se hizo otra vez el silencio en el despacho. Después, Stash dijo: — ¿Y si la subnormalidad es profunda? —Si la subnormalidad media requiere atención constante, la subnormalidad profunda supone un enorme problema. En uno y otro casos, el niño requiere una vigilancia constante. Tan pronto como empieza a andar, existe peligro. En la pubertad, el problema se agrava. En muchos casos es necesario ingresar al niño en una institución. —Si... si es que vive, ¿cuánto tiempo podrá permanecer en su clínica? — preguntó Stash —Hasta que pese lo suficiente para que podamos ponerla en la nursery con los demás. Por lo menos, dos kilos ochocientos. Si no hay complicaciones, puede ser cuestión de meses. Mientras esté en la incubadora nosotros somos responsables, desde luego. Pero cuando pueda estar en la nursery, ya no. Entonces tendrán que llevársela a casa. 72

Al oír la palabra «casa», Stash torció el gesto. —Doctor Allard, no pienso hablar de esto con mi esposa hasta que esté mejor. —Completamente de acuerdo. Es más, le aconsejo que tenga mucho cuidado con lo que le dice. Hubo en la princesa un fuerte rechazo de las dos niñas. Ahora ha iniciado relaciones normales con Marguerite y las perspectivas son muy buenas. Pero no se ha de olvidar que la depresión que sufrió fue muy grave, por lo que debemos evitarle las impresiones fuertes. Si la princesa sigue mejorando, dentro de pocos días podrá llevárselas a ella y a Marguerite a casa. Yo me encargaré de que no vea a Danielle hasta que la pequeña esté fuera de peligro. La Naturaleza nos dirá el momento. Un día espléndido, casi el último del mes de junio, el doctor Allard autorizó a Francesca a dejar la clínica. Desde el momento en que Stash contrató los servicios de un ama a través de una agencia de Lausana, todos los periodistas de Suiza se enteraron de la noticia como por arte de magia. Una multitud de reporteros y fotógrafos esperaba con creciente impaciencia ante las impenetrables puertas de la clínica. Habían estado de guardia desde primeras horas de la mañana, y cuando, siete horas después, aparecieron, por fin, Stash y Francesca Valensky con la niña en brazos, se alzó un clamor de voces que, en una docena de idiomas, pedían que levantaran a la niña para poder retratarla. A pesar del gesto adusto con que su marido trataba de protegerlas, la hermosa y pálida mujer que había desaparecido de las revistas hacía varios meses, alzó cuidadosamente el fardito de encaje blanco para que los periodistas pudieran ver el rostro de la niña que dormía. Llevaba una gorrita de seda blanca, de la que asomaban unos rizos, casi plateados, que se movían al viento como pétalos. Aunque se habían impuesto a la niña los nombres de Marguerite Alexandrovna, su aspecto recordaba tanto el de una flor, que la imaginación de los periodistas se disparó, y en todas las fotografías de aquel momento que aparecieron en periódicos y revistas, la llamaban princesa Daisy2. Un cortejo de fotógrafos y reporteros siguió a Francesca y Stash hasta su casa. Se quedaron sitiando la puerta en grupo y gritando: —¡Queremos ver a Daisy! ¡Queremos ver a Daisy! Cuando, por fin, la larga espera les convenció de que no había la menor posibilidad de obtener declaraciones ni más fotografías que las tomadas en la puerta de la clínica, todo el mundo había olvidado que la niña se llamaba 2

O sea, en inglés, el nombre de la flor, Margarita, en Botánica. (Nota del traductor.)

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Marguerite. Incluso sus padres. Desde entonces, fue Daisy para Stash y Francesca, y princesa Daisy para la mayoría de los criados que aún se aferraban a las viejas costumbres. Cuando Daisy estaba despierta, era todo un número. Distribuía sonrisas a sus admiradores; levantaba la cabeza si veía moverse una mariposa, una flor o un dedo amistoso; hacía música con su colección de sonajeros y pataleaba de alegría si alguien la tocaba. Según cálculos de Francesca, dormía dieciocho horas al día y pasaba dos horas comiendo. Durante las restantes era como una reina rodeada de su corte. Durante varios días, Francesca vivió pendiente de Daisy. Todas las mañanas pedía que la llevaran a Lausana a ver a su otra hija, pero Stash conseguía convencerla con facilidad de que todavía no estaba lo bastante fuerte para ir. Desde luego, estaba tardando mucho en recobrar las energías. A media mañana ya estaba fatigada y pasaba la mayor parte del día en el diván de su dormitorio. Por fin, al cabo de una semana, Francesca exigió con insistencia que la llevaran a ver a Danielle inmediatamente. Había llegado el momento que tanto temía Stash. Había preparado una y otra vez lo que iba a decirle. —Mi vida, el doctor y yo pensamos que no es conveniente que vayas a ver a Danielle. —¿Por qué no? —preguntó ella súbitamente alarmada. —La niña está todavía muy débil. En realidad, está muy mal. —Entonces, con mayor motivo... Tal vez yo pueda hacer algo. ¿Por qué no me dijiste que estaba enferma? Tenía la cara crispada y los ojos angustiados. —¡Dios! ¿Es que no te has visto la cara? —gritó él, asustado y furioso—. Sabía que no debía decírtelo. Estás aún muy alterada. No estás bien... —Stash... ¿ Qué le ocurre ? ¡ Dímelo ya! ¿No ves que así es peor? Stash la abrazó. —Es muy pequeña. No te dejarían ni tocarla. Ahora, mi vida, puesto que ya sabes que está enferma, te lo diré todo. Así comprenderás por qué no debes verla. Casi no hay esperanzas de que viva. Piensa Allard, y yo estoy completamente de acuerdo, que si te encariñas con ella, podrías sufrir otra depresión cuando... si le ocurriera algo. — ¡Pero es mi hija, Stash! — ¡No Francesca! ¿Es que no te acuerdas de lo enferma que estuviste? No debes exponerte a que vuelva a ocurrirte aquello. No estás en condiciones de decidir. Si no quieres pensar en ti, piensa en Daisy y en mí. Stash había encontrado la fórmula mágica. Sintió que Francesca dejaba de agitarse entre sus brazos y vio con alivio que se echaba a llorar. Que llorase cuanto quisiera. Aquello no tenía solución. 74

Pasaron varias semanas. Stash iba asiduamente a la clínica e informaba al doctor Allard de que Francesca se recuperaba muy lentamente y que, en su opinión, estaba aún muy próxima aquella larga depresión para arriesgarse a ver a una criatura que era evidente que no estaba sana. —Está muy delicada, doctor —le decía—. Sería muy malo para ella. Cuando regresaba de aquellas visitas, Stash decía a Francesca que la niña seguía igual, que su vida pendía de un hilo y que el médico no quería dar falsas esperanzas. La pena que ello causaba a la madre era tan profunda que, al cabo de varias semanas, ya dejó de preguntar y se limitaba a mirar su sombrío rostro. Sabía que si había buenas noticias, él se las daría inmediatamente. Stash no fue ni una sola vez a la incubadora para ver a Danielle. Después de lo que le había dicho el médico acerca de su futuro, la dio por perdida. No existía para él. No podía existir. No debía existir. Nunca la había visto ni tenía intención de verla. La Naturaleza era cruel; a veces ocurren desgracias, pero un hombre fuerte podía ignorar los golpes del destino. La sola idea de que una hija suya, una hija suya, pudiera crecer en su casa sin llegar a crecer, era algo que él se negaba a considerar siquiera. ¡No! Cuando este pensamiento acudía a su mente, él lo rechazaba con toda su energía de luchador. Cuando dejó atrás su niñez, marcada por la enfermedad de su madre, que iba muriendo lentamente, su carácter quedó desprovisto del más humano de los sentimientos: la compasión. Era tan horrible la suerte que esperaba a aquella criatura a la que nunca había visto, que lo único que podía hacer era eliminarla de su vida. Era lo único que él temía en el mundo. No le fue difícil a Stash ocultar sus sentimientos al doctor Allard mientras, poco a poco, con hábiles preguntas, reunía los conocimientos que necesitaba para mantenerse firme en su propósito. Sí, era probable que la princesa se encariñara mucho con Danielle; sí, las madres de hijos subnormales solían pasar menos tiempo con los hijos sanos que con el enfermo; sí, era muy posible que la princesa se negara a que la pequeña fuera internada, por muy necesario que ello fuera. Se habían dado muchos casos. El nacimiento de un hijo enfermo o retrasado aumentaba el instinto maternal de modo imposible de imaginar, y nada había tan fuerte como aquel instinto. Realmente, la Naturaleza era maravillosa. Tenía razón el príncipe, las madres poseían un gran espíritu de sacrificio. Sí, incluso más allá de los límites de lo razonable y de lo prudente. Pero así es la vida, y ¿qué se le va a hacer? Stash recibía las noticias de Danielle con contrariedad. Había empezado a aumentar de peso. No había tenido más convulsiones. En opinión del doctor Allard, no había inconveniente en que la princesa fuera a verla. En realidad,

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conociendo a la princesa, le sorprendía que no hubiera ido ya, a pesar de su debilidad. —Mi esposa no piensa verla, doctor. Hacía muchos días que Stash buscaba las frases adecuadas para el inevitable momento que ahora había llegado. -¡Oh! El pequeño doctor expresó su asombro con esta sola exclamación. En sus muchos años de profesión, casi había aprendido a no demostrar sorpresa por nada. Stash se acercó a la ventana y le habló mirando hacia fuera: —Lo hemos discutido muchas veces desde todos los puntos de vista, y hemos decidido que sería una gran equivocación tratar de educar a Danielle en casa y que el momento de decidir es ahora, cortando de raíz. Stash se sentó con firmeza, aliviado por haber podido hablar sin rodeos. —¿Y qué es lo que piensan hacer? Danielle pesa ya más de dos kilos y medio y pronto podrá salir de la clínica. —Desde luego, he hecho indagaciones. Tan pronto como sea posible, la enviaremos a la mejor institución que exista. Tengo entendido que las hay excelentes, si el dinero no es problema. Mientras, la dejaremos en casa de alguna nodriza. Hay varías aquí mismo, en Lausana. He traído una lista. ¿Conoce usted a alguna que pueda recomendarme? —¿Es eso lo que quieren hacer? —preguntó el médico mirándole fijamente—. ¿Y la princesa está de acuerdo? —Plenamente —dijo Stash entregando una hoja de papel al doctor—. En los asuntos de familia estamos siempre de acuerdo. Madame Louise Goudron, la nodriza recomendada por el doctor Allard, estaba libre para hacerse cargo de Danielle. Mientras recibiera su cheque semanal, no necesitaba más información que la petición del doctor Allard. Danielle no era la primera criatura a la que acogía en su alegre y cómoda casa que, por cierto, hubiera sido mucho menos alegre y cómoda si aquella viuda sin hijos no hubiera descubierto que había personas, cuyo nombre no hacía al caso, que preferían no tener que cargar con sus propios hijos. Pocas semanas después de que madame Goudron recogiera a Danielle de la clínica, Francesca tomó una decisión. Se sentía físicamente fuerte y capaz de dominar sus emociones. Tenía que ver a su otra hija a pesar de lo que pensaran Stash y el doctor Allard. Ellos no sabían lo que ella podía resistir. Ya estaba cansada de aquel empeño por protegerla. Tenía que ver a Danielle aunque la vida de la niña estuviera en peligro, aunque no le dejaran tocarla. Sería mucho peor si la niña se moría sin que ella volviera a verla. ¿Por qué no lo comprendían? —Eso es imposible, mi vida —dijo Stash. 76

—¿Imposible? ¿No te digo que estoy preparada, que no tenéis que preocuparos por mí, que soy capaz de resistir cualquier cosa menos seguir viviendo en esta especie de limbo? Stash, han pasado cinco meses y la niña aún vive, ¿no lo entiendes? Stash no vaciló. Tenía en su rostro la misma expresión que aparecía en él durante el combate aéreo, en el momento en que oprimía el botón de la ametralladora que derribaría al enemigo. Tomando a Francesca de las manos, la atrajo hacia sí. —Amor mío, la niña ha muerto. Ella dio un solo grito y se quedó en suspenso, esperando el dolor, como el que acaba de hacerse un corte profundo del que aún no ha empezado a brotar la sangre. Sus ojos lanzaron un destello y luego se apagaron, como cuando se extingue la última vela en un cuarto oscuro. Stash la tenía abrazada tan estrechamente, que ella no podía verle la cara. —Murió poco después de que trajéramos a casa a Daisy —continuó él—. He tardado en decírtelo porque temía que no pudieras soportarlo... Estaba mucho peor de lo que imaginabas. Nunca se hubiera curado, mi vida, ¡nunca, nunca...! —Hablaba de prisa, acariciándole el pelo cariñosamente.— Estaba muy enferma desde que nació. No queríamos que tú lo supieras, pero no había esperanzas para ella, nunca hubiera sido normal. Sufrió una lesión en el cerebro durante el parto. Nadie tuvo la culpa. Si te lo hubiera dicho entonces, cuando estabas tan alterada, nunca te hubieras curado. — Lo sabía —susurró Francesca. — Imposible. —No... había algo... Yo sabía que ocurría algo malo, que me ocultabais algo... pero fui demasiado cobarde para averiguarlo. No quería enterarme, tenía miedo... Fui cobarde. — Amor mío, no te hagas reproches. Tu instinto te salvó y nos salvó a todos. ¿Qué sería de Daisy sin su madre? ¿Y qué sería de mí? — ¡Pero yo lo sabíal Lo he sabido siempre... Sollozaba convulsivamente. Se desasió de él y cayó de rodillas en la alfombra, retorciéndose de dolor. Stash pensó que aún tardaría varias horas en dejar que la consolara, en permitir que la tomara en sus brazos; pero poco a poco se resignaría a la muerte de su hija —algo que para él era una realidad— y volvería a buscar su apoyo, como había hecho siempre. Y aquel hombre que nunca esperó por nada, esperaba ahora pacientemente. Al cabo de varias semanas, Stash, que observaba estrechamente a Francesca, se dijo que lo peor ya había pasado. Entonces fue cuando autorizó a Life a que enviara a Philippe Halsman para hacer la foto de la 77

portada. Francesca casi nunca se separaba de Daisy, que había pasado, de agitar sonajeros, a explorar con insaciable interés los colgantes de la pulsera de su madre. La niña tenía una risa oronda, y nada le gustaba tanto como jugar con la pulsera. Daba gritos de gozo cada vez que conseguía agarrarla y tiraba con tanta fuerza que llegaba a abrirla. Stash y Francesca, conteniendo el aliento, la veían ponerse sobre su rollizo vientre. Era un prodigio oírla hablar con sus animalitos de trapo, aunque lo hacía en una lengua desconocida. Sus enormes ojos tenían una mirada vivaracha y feliz desde el momento en que despertaba, y cuando dormía boca abajo con los pies en alto, Francesca solía decir que parecía una deliciosa rana saltarina. Un día la dejaron sobre un montón de abrigos de piel de Francesca, sin más ropa que el pañal. Ella levantó la cabeza y lanzó un grito de sorpresa. — Que empiece a acostumbrarse al tacto de las martas —dijo Stash. — La estás malcriando. — —Naturalmente. — ¿Por qué no empiezas por el visón? Hay que ser austeros. —Tonterías. Es una Valensky, que no se te olvide. A propósito — dijo Stash cambiando de tono — , creo que ya está bien de vida campestre, ¿no te parece? Estoy harto de Suiza. ¿No te gustaría que nos fuéramos a vivir a Londres? Conozco casi a todo el mundo. Podríamos hacer vida de sociedad, ir al teatro, dar fiestas... — Sí... sí... Yo también quiero marcharme. Y ahora... Francesca se interrumpió mientras pensaba que no deseaba volver a Suiza nunca más. —Ahora es el momento de ir a Londres, el momento de comprar la casa que te prometí. Después nos iremos los tres a correr aventuras por esos mundos. —Ya me advirtieron que eras un príncipe playboy. No creas que no estoy enterada de tus correrías. ¡Las cosas que me han contado de ti...! —Todas verdad. — ¿Y ahora has sentado ya la cabeza? ¿No te cansa la vida hogareña? Le miraba burlona, más hermosa de lo que había estado en varios meses. —Eso se acabó. Tengo todo lo que pueda desear. Stash volvía a sentirse asombrado del placer que ella era capaz de proporcionarle y de aquella forma única en que cada ángulo y cada curva de su rostro se iluminaban para él. De nuevo vibraban al unísono, inconformistas y felices en su independencia. «Cuanto antes se alejaran de Lausana y de la clínica del doctor Allard, mejor» se dijo Stash, levantando a Daisy y haciéndole cosquillas en la barriguita. 78

—Vamonos a Londres a comprar una casa. ¿Podrías tener listo el equipaje mañana? —Vete solo, cariño. No quiero dejar a Daisy con los criados, ni siquiera con Masha. Estaría intranquila. —Está bien. Pero si luego no te gusta la casa que yo elija, tendrás que aguantarte. —Así hablan los príncipes —rió ella—. De todos modos, eres el único hombre del mundo que no tiene problemas con la servidumbre. Estoy segura de que elegirás la mejor casa de todo Londres. Es lo que ellos esperan de ti. — ¿ De qué te quejas ? Sé de muchas mujeres que no vacilarían ni ante el asesinato por verse en tu lugar —refunfuñó él. -No te enfades... Por lo menos, la plata está siempre limpia. —Le tiró un almohadón a la cabeza.— Dame a mi hija. Ya la has tenido bastante. ¡Pobrecita...! Seis meses y ya está desengañada de todo. El día en que Stash salió para Londres, Francesca envió a Masha a Lausana con una lista de recados. En realidad, hubiera debido ir ella misma, pues era seguro que Masha compraría medias de un color distinto al pedido, pero Francesca quería estar sola con Daisy. La niñera que habían tomado cuando salieron de la clínica ya no estaba en la casa; pero Masha, en su calidad de ama de Stash y tras tantos años pasados al servicio de los Valensky, había asumido sus funciones. Nadie le había enseñado a llamar a la puerta antes de entrar en una habitación, y cuando Francesca estaba arreglando a la pequeña, Masha solía andar alrededor haciendo comentarios bien intencionados, pero levemente críticos. Era imposible decirle que se fuera sin herir su susceptibilidad de abuela, y Francesca, que acababa de volver a la vida, era incapaz de hacer daño a nadie. , Cuando Masha regresó, una hora antes de lo previsto, Francesca no pudo evitar un gesto de contrariedad. La mujer entró violentamente en la habitación de Daisy, con su ancho rostro encendido de indignación y la boca crispada. Cada centímetro de su maciza persona daba la impresión de que iba a estallar de un momento a otro. —Masha, ¿qué tienes? —susurró Francesca—. Sssh... Daisy acaba de dormirse. Masha estaba tan furiosa, que sólo con un gran esfuerzo consiguió hablar en voz baja: —Esa... esa enfermera... Anni... Estaba en la tienda... Esa mujer ha tenido la desfachatez de decirme... Hace años que nos conocemos... Bueno, es algo horrible. No me atrevo a repetirlo... Lo que murmura la gente... Masha se interrumpió bruscamente y se dejó caer en la mecedora amarilla, muda de furor. 79

—Masha, ¿qué es lo que te ha dicho la enfermera? —preguntó Francesca suavemente. Imaginaba que durante sus nueve semanas de depresión debió de hacer cosas extrañas, cosas que Masha no podría comprender. Desde luego, era una falta de ética en una enfermera hablar de una antigua paciente, pero sus años de Hollywood la habían curtido a los ataques de las malas lenguas. —Me ha dicho que... ¡ Ah, las barbaridades que se les ocurren a algunas personas...! Ha dicho que nuestra pobrecita niña que murió... ¡Que la niña no ha muerto! Francesca se puso lívida. Una cosa eran las habladurías, pero esto era maldad. Hablar de la tragedia como si no hubiera ocurrido, valerse de su dolor para propalar un infundio... Al mirar a Masha comprendió que había algo más. —Quiero saberlo todo. Cuéntame todo lo que te dijo. Esa mujer es peligrosa. ¡Vamos, Masha, habla! —Dijo que la pequeña Danielle, nuestra pequeña, estuvo en la clínica varios meses después de que usted fuera dada de alta, hasta que se puso lo bastante fuerte y entonces la llevaron a casa de madame Louise Goudron, una señora que cuida niños... —¿Que la llevaron? ¿Te ha dicho quiénes? —No, señora; no lo sabía. Pero lo peor de todo, lo peor fue lo que me contestó cuando le dije que todo era una sucia patraña. Dijo que, por mucho que yo protestara, ella conocía a personas tan ricas y tan influyentes que cuando tenían una criatura que no les gustaba, se la quitaban de encima. Yo la mandé al infierno en su propia cara, princesa... —¡Cálmate, Masha! Vas a despertar a Daisy. No es posible que la enfermera Anni... Claro que yo fui brusca con ella... pero vengarse de un modo tan vil... Está loca. Esto no puede quedar así. Esa mujer no está en condiciones de cuidar enfermos. No está en su sano juicio... —¡ Oh, princesa...! ¿ Y si se lo dice a otros ? ¿ Y si alguien la cree ? —Tonterías. Ninguna persona sensata le hará caso. Si el príncipe llegara a enterarse, la estrangularía. ¿No te dijo nada más? —Nada más. Salí de la tienda y vine directamente a contárselo a usted, señora. —Ahora mismo llamaré al doctor Allard... No, espera. Voy a parecer tan loca como ella. Tú serás mi testigo. Mañana por la mañana iremos a verle las dos. Así ella no podrá negarlo. ¡La pécora...! El ayuda de cámara de Stash llamó a la puerta. —¿Quién es? —preguntó Francesca, irritada. —Princesa, al teléfono. Es el príncipe que llama desde Londres. —En seguida bajo, Mump.

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El teléfono estaba en la biblioteca. Francesca bajó corriendo la escalera y cogió el auricular. -¡Cariño, qué alegría oír tu voz...! ¿Por qué? ¡Oh, pues porque te echaba de menos, eso es todo! Hace ya un día entero. Francesca pensó que no era necesario hablar a Stash de la enfermera Anni. Tendría uno de esos accesos de furor que le acometían cuando algo o alguien desafiaba su voluntad o pretendía inmiscuirse en su vida, y nadie sabía lo que podía hacer a aquella mujer. Ella era capaz de resolver por sí misma aquel doloroso incidente. — ¿Daisy? Acaba de dormirse. Hemos pasado una tarde estupenda, las dos solas. No, cariño, nada nuevo... Otros dos días... ¿O tres? Ya veo que no es tan fácil encontrar la mansión principesca perfecta. Bien, no te precipites... Me cuidan perfectamente. Buenas noches, mi vida. Te quiero. A la mañana siguiente, Francesca y Masha fueron a Lausana en el coche conducido por el chófer. Francesca dejó a Masha en la sala de espera y ella entró en el despacho del médico. Cuando la secretaria le abrió la puerta, el pequeño doctor se puso en pie de un salto. — ¡Ajajá, mamá...! Ya veo que ha cambiado de opinión. ¡Estaba seguro! Sabía que usted no renunciaría a la niña. No es de esa clase de mujeres. Claro que en aquellos momentos... Pero ¿qué le ocurre? —El doctor Allard sujetó a Francesca, que acababa de dejarse caer en una silla y trató de reanimarla del desvanecimiento, mientras murmuraba: — Ha sido la emoción, la emoción... Cuando Francesca volvió en sí, se sintió presa de un horror sin nombre; era casi algo palpable que daba vueltas alrededor de ella como un torbellino, ahogándola. No sabía sino que se había hecho algo espantoso, criminal. Tuvo que recurrir a todas sus dotes de actriz al advertir dónde estaba y cuál era el verdadero alcance de lo que acababa de decirle el doctor Allard. Entonces descubrió en sí una facultad para el disimulo realmente insospechada. —Perdone, doctor. Debe de ser la impresión, al verme otra vez aquí. Ya estoy bien. No, gracias; agua no. Me encuentro perfectamente. Bueno, ¿y cómo está usted? Trataba de ganar tiempo mientras se dominaba y buscaba el tono natural. Las palabras salían de sus insensibles labios como si estuviera totalmente serena. —Hoy muy contento, princesa. Cuando el príncipe me dijo que había decidido usted no volver a ver a Danielle, me sentí muy decepcionado, se lo confieso. Pero no entra en mis atribuciones dar consejos al respecto, pues son cosas que los padres deben decidir por sí mismos. De todos modos, aun entonces algo me decía que cuando usted se restableciera cambiaría de opinión. —Pasé una temporada muy mala, doctor. Y ni siquiera ahora, a pesar de estar bien, sé qué fue exactamente lo que ocurrió. ¿Podría usted explicármelo? Me da vergüenza confesarlo, pero en aquella época no prestaba mucha 81

atención a lo que se me decía. No quiero que mi marido sepa lo poco que le escuchaba. Le sonrió plácidamente con un encantador gesto de impotencia. Cuando el doctor terminó su largo relato, dando toda clase de pormenores, con una precisión muy suiza, de sus conversaciones con Stash y del estado de Danielle, Francesca lo miró aturdida. Cada palabra era como un lanzazo en el corazón. Se sentía morir. Tenía ganas de gritar, y gritar sin parar para no pensar en lo que acababa de decirle el médico. Sin embargo, se oyó decir a sí misma con voz clara y firme. —Aún no me ha dicho usted exactamente qué clase de cuidados especiales necesita Danielle. — Los mismos que Daisy... como los periódicos llaman a nuestra pequeña Marguerite. Por el momento, y hasta que Daisy empiece a andar, la diferencia entre ellas será menor que en el futuro. Danielle, naturalmente, estará más retrasada en todo y será mucho menos activa que su hermana, pero su aspecto será normal. Pronto llegará la edad de empezar a hablar, el primer problema importante. Dentro de unos años podrá hacerse una prueba a la pequeña Danielle. Son muchas, muchas las cosas que le podrán enseñar a hacer por sí misma. Pero eso será en el futuro. Ahora, lo único que necesita es cariño y cuidados. —Doctor Allard, como una estúpida me deshice de la cuna y de toda la ropa, para no guardar recuerdos tristes... Necesitaré un día para prepararme. —Naturalmente... ¿Qué pueden importar ahora un día o dos? El médico la miró fijamente, pensando que quizá lo que Francesca necesitaba en realidad era tiempo para hacerse a la idea, una vez había tomado la difícil decisión. Cuando Francesca salió del despacho del doctor, Masha la miró, dispuesta a entrar a testificar contra la enfermera Anni; pero Francesca la atajó con un ademán. —Todo arreglado, Masha. Vamos, tenemos muchas cosas que hacer. La cogió del brazo y se la llevó por el pasillo de la clínica hasta la calle. —Princesa, ¿consiguió que la echaran? —Masha... -empezó Francesca. En el período de una hora se había desvanecido todo aquello en lo que ella había creído. Nada era lo que parecía. Se sentía rodeada por un confuso mundo de engaño, mentiras, crueldad, increíbles heridas... —Masha, la enfermera te dijo la verdad. Danielle no... ¡La niña vive! La robusta campesina se tambaleó y Francesca tuvo que sostenerla con todas sus fuerzas. —Masha, vamos a sentarnos en el parque y te lo explicaré todo. Cuando Francesca terminó su relato, interrumpido por exclamaciones de incredulidad y negativas de Masha, las dos mujeres permanecieron sentadas 82

en el banco en silencio, mientras el chófer, que seguía estacionado delante de la clínica, las miraba con cierta curiosidad. Lentamente, Masha se volvió hacia Francesca. —Compréndalo, princesa, ya de niño sentía terror por la enfermedad y por cualquier forma de debilidad. Es lo único que le da miedo. Le he observado durante todos estos años y sé que siempre tiene que imponer su voluntad. Siempre gana, siempre. No hay esperanza, princesa; él nunca querrá a la niña. —Ni es necesario —dijo Francesca con voz temblorosa de indignación—. Ha perdido la oportunidad. La servil actitud de Masha hacia la conducta de Stash actuó de revulsivo, impulsándola a actuar. La mujer trataba de explicar su proceder, como si sus actos tuvieran que ser aceptados. —Me marcho, Masha, y me llevo a mis hijas. Nadie podrá impedirlo, te lo advierto. El me mintió. Me dijo que la niña había muerto. Me robó a mi hijita. Si yo no la protejo, ¿quién sabe lo que puede ocurrirle? Piensa en lo que él ha hecho, Masha, piensa en lo que es. No quiero verle más. Antes de que regrese de Londres, me habré marchado. Lo único que te pido es que no digas nada hasta que me haya ido. A Masha se le llenaron los ojos de lágrimas. —¿Por quién me ha tomado? Yo también tuve un hijo... pero murió. Sé lo que es ser madre, princesa. De todos modos no puede usted irse sin mí. ¿Cómo va a cuidar de las dos niñas usted sola? Yo me voy con usted. —¡Oh, Masha, Masha! —exclamó Francesca llorando—. Deseaba que lo dijeras, pero nunca te hubiera pedido que le dejaras. —El no me necesita —dijo Masha con majestuosa decisión—-Ustedes, sí. Francesca pasó un día en el Consulado de los Estados Unidos en Ginebra, tramitando los pasaportes con carácter de urgencia, ayudada por un aburrido funcionario, compró pasajes de avión en una agencia de viajes de Ginebra, regresó a Lausana, cobró un gran cheque en el Banco y se fue a casa a hacer el equipaje. Para sí no cogió más que la ropa de viaje, pero llenó dos grandes maletas con las cosas de Daisy. Sacó todas las joyas y las miró atentamente. No; ella ya no era la esposa del hombre que se las había regalado. ¿Y las flores de pedrería de Fabergé? Sí, porque pertenecían a otra vida, una vida anterior a las mentiras. Tenía derecho a llevárselas. ¿Y el huevo de lapislázuli con la corona de brillantes de Catalina La Grande y el rubí? ¡Sí! Era suyo, suyo por haber tenido las mellizas. Guardó las flores y el huevo en los estuches y metió éstos en su bolso de mano. Durante todo el día había actuado con perfecta precisión y eficacia. La cólera era su fuerza motriz. Su energía no tenía límites. Su cerebro funcionaba impecablemente. Francesca era una llama viva que ardería hasta el momento en que pudiera 83

poner a salvo a sus hijas. ¿Avisaba a Matty Firestone para que la esperase en Los Angeles? No. Nadie debía saber que se iba, hasta que se hubiera ido. Aquella noche, cuando Stash llamó por teléfono, ella le habló en un tono que era una perfecta imitación del de la otra vez. Ella misma quedó asombrada. Pero después pasó la noche paseando por la habitación, murmurando amargas acusaciones y palabras de odio contra él. Lo que él había tratado de hacer, lo que había hecho, merecía la muerte. ¡ Qué mal le había conocido, qué ingenua había sido, cómo se había dejado engañar, con qué facilidad se había servido de ella, como si fuera una figura sobre un tablero de ajedrez! ¡Y cómo le aborrecía! A la mañana siguiente, Francesca llamó por teléfono al doctor Allard. Le dijo que dentro de dos horas enviaría a una niñera a recoger a la pequeña. ¿Querría hacerle el favor de avisar a la señora y decirle que tuviera preparada a Danielle con ropa de abrigo? El día era muy frío. Sí, sí, muy contenta y muy emocionada. Tenía razón, hacía un día espléndido. Sí; saludaría de su parte al príncipe. Muy amable. Exactamente dos horas después, Francesca, con Daisy en brazos, se quedaba esperando en un taxi mientras Masha entraba en una casa pequeña y pulcra. Nadie hubiera reconocido en aquella mujer del grueso abrigo, gafas oscuras, sombrero ancho, sin maquillar y con el cabello recogido en la nuca, a la gran estrella del cine que hacía poco menos de un año y medio, con el cabello al viento, saludaba alegremente a sus admiradores a su llegada a Cherburgo. Al cabo de cinco minutos apareció Masha, que saludó agitando la mano a una mujer que, a su vez, le dijo adiós con un ademán un tanto triste. Cuando el taxi arrancaba camino del aeropuerto, Masha y Francesca intercambiaron las niñas. Francesca levantó la capucha que cubría casi por completo la cara del bebé. ¡Qué pequeñita era! ¡Y qué dulce! El pelo rubio plateado, fino y rizado. Una cara seria, algo triste, pero maravillosamente familiar. Y los ojos, de aquel negro aterciopelado, corazón de pensamiento, como los de Daisy. Pero apagados. Un poco apagados. Tal vez lo parecían cuando se comparaban con los de Daisy... y eso era algo que nunca, nunca había que hacer. Nunca más. En aquel momento Francesca se juró que consagraría su vida a proteger y cuidar a su hija, sabiendo que la felicidad que aquel cariño pudiera ofrecerle iría unida a grandes sombras y a una profunda tristeza, que ella se disponía a combatir con todas sus fuerzas, aunque la llevara prendida en el alma.

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Ninguno de los criados se atrevía a decir a su señor ni una sola palabra. Mientras realizaba gestiones para la venta de la casa de Lausana y el traslado de todos ellos a Londres, Stash Valensky tenía una expresión de dolor que le hacía casi irreconocible. Y entre ellos sólo intercambiaban a media voz alguna que otra conjetura. La misteriosa desaparición de la princesa, Masha y Daisy, resultaba tan alarmante que trataban de no pensar en ella. Sería una pelea familiar, decían para tranquilizarse, una pelea que pasaría pronto y tan súbitamente como había empezado. Stash nada podía hacer. Cualquier procedimiento legal que entablara para recobrar a Daisy sería inmediatamente del dominio público, y entonces se descubriría toda la historia. El había justificado plenamente su acción ante sí mismo; pero reconocía que la mayoría de la gente, de esa gente que permite que desdichados accidentes influyan en sus pobres vidas, nunca comprendería lo que él había tenido que hacer con Danielle. Nunca comprenderían que él había obrado acertadamente. Y que tenía razón. Stash se decía que aquella situación no podía durar. Francesca había obrado impulsivamente, bajo el trauma del momento, pero pronto reaccionaría y vería que él no había hecho más que disponer las cosas por el bien de la propia Francesca y el de Daisy, que había adoptado la única decisión sensata para asegurar la felicidad de los tres. Pero Stash no tenía la menor idea de dónde estaba Francesca. Cuando, a su regreso de Londres, descubrió que se había ido, sólo pudo seguir su pista hasta Los Angeles. Llamó a Matty Firestone. Evidentemente, él era el único que podría informarle. Matty expresó todo el desdén que Stash le merecía informándole que que las dos niñas estaban muy bien. Danielle ya levantaba la cabeza durante unos segundos. ¿Daisy? Sí; Daisy ya se sentaba sola y decía mamá; pero la pequeña Danielle era asombrosa. Casi podía jurar que le había sonreído la tercera vez que le vio. Stash le habló con la mayor frialdad posible. Nada ganaría respondiendo a la provocación. ¿Quería verle Francesca? ¿Podía escribirle? Existía una mala interpretación que había que disipar. —Bueno —dijo Matty, regodeándose—, por nada del mundo le diré dónde están. Se encuentran bien y no pasan hambre. Es lo único que sabrá por mí. Y es más de lo que merece. Pasaron los meses. Stash fue a California, pero Matty se mostró irreductible. Actuaba por orden de su cliente. Míster Valensky no sacaría nada de él. Desde luego, podía pedir el divorcio. Los periódicos se lo agradecerían. Hacía tiempo que no se producía un escándalo sabroso. Stash pasó la fiesta de Año Nuevo de 1953 solo en su gran casa de Londres. Hacía cuatro meses que su esposa se había marchado llevándose a su hija. El 85

estaba prisionero en su propia casa. Sabía que si aparecía en público sin Francesca empezarían a circular rumores. Ya había recibido varias llamadas telefónicas de periodistas ingleses que pedían entrevistas con Francesca. Decían que el público deseaba saber qué le parecía Londres a la antes estrella de cine y ahora princesa Francesca. Todos querían fotos suyas y de la pequeña Daisy. La portada de Life ya había perdido actualidad. A Stash se le acabaron las excusas plausibles. Sabía que pronto sus evasivas serían inútiles y que el día menos pensado los periodistas se apostarían a la puerta de la casa, tratando de descubrir a la niñera con el cochecito. Stash escapó a la India, donde la temporada de polo estaba en su apogeo; pero aquel año no jugó. Allí, una docena de maharajás le recibieron, encantados, en sus palacios, en los que los periodistas no podían ni soñar con entrar. Calcuta sería lugar seguro durante todo el mes de enero; febrero y marzo podría pasarlos en Delhi. Pero, ¿a dónde podría ir en la primavera? Cuando llegó abril, Stash ya no resistió más. Anunció que Francesca y él se habían separado y que su esposa había regresado a los Estados Unidos. No había divorcio en perspectiva. Y no tenía nada más que decir. Al cabo de una semana, por falta de detalles, la noticia perdió interés, y poco a poco desapareció de los periódicos y se olvidó. En el verano de 1953, Stash volvió a jugar al polo. La fina línea divisoria entre montar con nobleza y montar para intimidar al adversario quedó más desdibujada que nunca; pero él se mantuvo dentro de la estricta legalidad. Stash se dedicó impetuosámente a la compra de nuevos ponies y al establecimiento de una cuadra en Kent, a poca distancia de Londres por carretera. Vendió los aviones que había comprado después de la guerra, el «Gloster Meteor» y el «De Havilland Vampire» y compró un aparato argentino, el «Pulgui», caza de propulsión como los anteriores, pero más moderno, con un motor «Derwent Rolls-Royce». Luego buscó y adquirió el último modelo de «Lockheed XP-8», el «Shooting Star», un jet que durante muchos años superó en maniobrabilidad y rendimiento a todos los existentes en el mundo. Stash inventaba excusas para justificar su afán por pilotar aquellos aviones de guerra: mantener vigente su licencia, recreo, relax... Lo que nunca reconoció durante los años que siguieron a la marcha de Francesca es que le hubiera gustado combatir en otra guerra. Sólo un duelo aéreo con un enemigo, un duelo a muerte, le hubiera procurado el alivio que buscaba. Dondequiera que fuera encontraba mujeres, mujeres jóvenes, hermosas y seductoras. Pero conquistarlas era tan fácil y tenía tan poco aliciente, que con frecuencia se preguntaba por qué se molestaba. Anabel de Fourment era un ejemplar de una raza de mujer casi desconocida y extinguida ya: la de la gran cortesana moderna. Pocas mujeres que no fuesen 86

de su clase llegaban a adivinar siquiera su devastador encanto. No poseía una gran belleza, no tenía chic y frisaba ya en los cuarenta. Sin embargo, varios hombres importantes habían gastado fortunas para conseguir sus favores. Un fugaz matrimonio de juventud la convenció de que el papel de amante era mucho más grato que el de esposa. Mujeres guapísimas se preguntaban, muy intrigadas, cuál podía ser el secreto de Anabel; pero eso sólo hubiera podido decírselo un hombre que hubiera vivido con ella. Anabel envolvía al hombre que la poseía en un ambiente de sólida comodidad. Su favor —al que sólo los muy ricos tenían opción— daba acceso a un mundo fabuloso de armonía, sosiego y buen humor, matizado por una suave pátina eduardiana. Anabel se había agenciado los servicios del mejor cocinero de Londres. Su casa estaba puesta con tal arte, que resultaba imposible descubrir qué era lo que la hacía tan confortable. Las preocupaciones se quedaban en la puerta. Anabel no sabía lo que era una neurosis. No tenía complejos, ni fobias, ni obsesiones. Nunca estaba deprimida, ansiosa ni de mal humor. Tenía una salud de hierro y nadie la había oído quejarse nunca ni de que se le hubiera roto una uña. En realidad, nadie la había oído quejarse de nada. No obstante, llevaba la casa con autoridad. Para la servidumbre era una dictadora benévola, que imponía una disciplina absoluta. Era una mujer que nunca, nunca, se hacía pesada. Pocas veces era ingeniosa, pero a menudo era francamente divertida y hablaba con un lenguaje chispeante. Era incapaz de recordar un solo chiste, por lo que se reía tanto a la décima vez de oírselo al mismo hombre como a la primera, con una risa que de por sí sola hubiera bastado para asegurarle el éxito, una risa generosa, robusta y admirativa. Al oírla le parecía a uno que se hallaba al lado del fuego y el ánimo se esponjaba a su calor. Anabel no era maliciosa, pero comprendía instintivamente por qué la gente obraba de un modo o de otro. Anabel no era extraordinariamente inteligente ni intelectual, pero tenía un modo de mirar a las personas cuando hablaba con ellas, que ponía gracia e intención en cualquier trivialidad. Siempre hacía precisamente la pregunta que un hombre más deseaba responder. Quizá fuera su voz, intensamente personal, o quizá su entonación, lo cierto era que a los hombres les encantaba su modo de expresarse. Una tranquila charla con Anabel producía más placer que un téte-a-téte con mujeres consideradas mucho más brillantes y ocurrentes. Anabel de Fourment poseía una personalidad, una «clase», por la que su no más que discreta hermosura adquiría categoría de gran belleza. Su cutis era inmaculado, al igual que sus dientes. Tenía el pelo liso de un tono caoba Tiziano, y lo llevaba siempre perfectamente limpio; la boca, grande y risueña; la nariz, más bien larga, y unos ojos de un gris verdoso, notables sólo por su mirada afable. Su cuerpo era tan suave, flexible y fragante, que no importaba que estuviera un poco llenita. Los pechos eran suntuosos, y las nalgas, bien 87

redondeadas y con hoyos. Ningún hombre había notado aún que tenía el talle corto y un poco rollizo. Anabel era hija de un pintor retratista francés bastante bohemio, la oveja negra de una buena familia de rancia nobleza provinciana. Su madre, la díscola y rebelde hija de un rígido lord inglés, estudió Bellas Artes en la escuela de Slade y pasó varios años rondando por Bloomsbury con la esperanza de entrar en aquel círculo turbulento, incestuoso y abigarrado, en el que, al fin, sólo se le aceptó a medias, en calidad de modelo, por su belleza, y no por su talento, considerado mediocre. Se casó con el primer pintor de verdad que se lo pidió, y no tardó en descubrir que el talento de su marido apenas era mayor que el de ella. La única obra de mérito realizada por el matrimonio fue su hija Anabel, criada a base de mendrugos y caviar. Los primeros recuerdos de Anabel eran una confusa mezcla de lugares en los que se combinaban deliciosos banquetes improvisados en un destartalado estudio parisiense en el que siempre había vino de sobra para los invitados, aunque la comida se acabara, y las visitas hechas en Navidad a una elegante mansión campestre inglesa, en la que el día de San Esteban la niña cenaba con los mayores que, vestidos de etiqueta y con sombreritos de papel, jugaban con matasuegras y trompetas, como si no tuvieran más años que ella. Anabel no tardó en decidir que le gustaba la despreocupación de la vida bohemia que hacían sus padres, pero no ser pobre, y que le gustaba el lujo que había en casa de sus abuelos, pero no hacerlo que ellos esperaban. Su único matrimonio, contraído a los dieciséis años, fue un error. Anabel se dijo que ni todo el oro del mundo podría compensarla de tanto aburrimiento. Cuando se divorció tenía diecinueve años. Entonces la descubrió el primero de la serie de hombres que podrían permitirse el soberbio lujo de mantenerla. Era miembro de la Cámara de los Lores, amigo de su abuelo, y tenía más de sesenta años. En sus diez años de relaciones, que no terminaron sino a la muerte del lord, Anabel le fue completamente fiel y consiguió que aquéllos fueran los mejores años que él había conocido. Aquel hombre fue quien la inició en los refinamientos de su verdadera vocación; quien la educó pacientemente en el conocimiento de los buenos vinos, los buenos platos y los buenos cigarros; quien contrató a doncellas francesas para que la sirvieran; quien la llevó a la casa «Phillips» de Bond Street y le enseñó a reconocer y utilizar sólo la mejor plata georgiana, y quien le explicó por qué el destello suave de los antiguos brillantes de talla no la favorecía mucho más que cualquier joya de Cartier, por suntuosa que fuera. Durante los años que vivió con él, Anabel descubrió que el lujo que a ella le gustaba era el lujo aristocrático y con solera. Le desagradaba todo lo llamativo, lo moderno y lo funcional. El ambiente que ella creaba estaba siempre impregnado de la gracia muelle y amable de tiempos pasados y mejores. 88

Anabel no era mujer de día. Se levantaba tarde, almorzaba sola y pasaba buena parte de la tarde supervisando la marcha de la casa y arreglando grandes jarrones de flores con un aparente descuido, que causaban, a quien entraba en cualquiera de las habitaciones de la casa, la impresión de encontrarse dentro de un Renoir. Con viva irritación del cocinero, Anabel hacía la compra perso- nalmente, eligiendo la fruta más madura, la carne más selecta y los quesos más aromáticos. Sus proveedores le reservaban lo mejor de su mercancía no sólo porque Anabel de Fourment sabía apreciar la calidad, sino también porque hacía de la transacción un placer. Solía ofrecer cenas íntimas a pequeños grupos de curiosa composición. Los hombres eran invitados por el protector, y las mujeres, por Anabel. Ellas eran de buena familia —o lo parecían—; pero no eran inglesas o no frecuentaban los salones de la alta sociedad londinense. Eran de una casta despreocupada, superficial y divertida. A su lado, Anabel se destacaba como una gema perfecta entre un surtido de bisutería. Sus cenas se convirtieron en un pequeño club, al que sólo pertenecían unos cuantos hombres escogidos, una delicia de club cuya existencia era un secreto. Cuando Anabel sentía la necesidad de hablar con una mujer, lo cual no ocurría con frecuencia, siempre podía recurrir a alguna de las componentes de su leal, aunque inconformista corte. Lo cierto era que Anabel no estaba chic, ni siquiera elegante, en ropa de calle, por cara que ésta fuera. Ella lo sabía y le tenía sin cuidado. Por el contrario, en casa, al anochecer, estaba soberbia. Gastaba una fortuna en deshabillés y batas de terciopelo, de seda, de gasa y de encaje, sin estilo ni época concretos, pero diseñadas sabiamente para realzar su maravilloso escote de un modo tan lisonjero y tan sobrio a la vez, que nadie hubiera podido decir que la exhibición era deliberada. La ropa interior y los camisones estaban primorosamente hechos a medida, con materiales igualmente variados. Sus sábanas eran dignas de una reina, y entre ellas ocurría un número asombroso de «folladas estupendas», como las llamaba Anabel, aunque sólo en su fuero interno. Ella no daba excesiva importancia al sexo. Ella era una cortesana, no una grande amoureuse de altos vuelos, tipo que puede resultar cargante por lo ostentoso y apasionado, siempre metiéndose en complicaciones y dando disgustos. Anabel sabía que lo peor que podía ocurrirle era enamorarse locamente. Esto no iba con ella. Los hombres jóvenes y ardientes eran para ella como colegiales, colegiales con los que no valía la pena perder el tiempo. Sí, le gustaba la sensualidad del acto del amor; pero la sexualidad era harina de otro costal, no compensaba de los quebraderos de cabeza que acarreaba. Suspiró profundamente, lanzó un leve gruñido y pensó que sí, desde luego, como bueno era bastante bueno. A la muerte de su primer protector, Anabel se encontró con veintinueve años y una renta que, aunque generosa, no alcanzaba para cubrir sus necesidades. Su tren de vida, si bien según ella no era ostentoso, 89

requería una asombrosa cantidad de dinero. También poseía el contrato de arrendamiento por otros ochenta años de una casa bastante grande situada en Eaton Square, provista de una fachada con columnas similar a las de todas las casas de aquella augusta zona de Belgravia, pero con una concentración de confort en su interior nada común. La nota dominante era la presencia de Anabel, quintaesencia de la feminidad; pero, a pesar de sus tonos verdes, grises y pardos, a pesar de la plata y de las flores, aquélla era una casa de nombre. Anabel hizo planes. Después de lo aburrido que le había resultado el matrimonio, no tenía intención de volver a casarse. Le habría gustado tener un par de hijos; pero los bebés eran aún más aburridos que el matrimonio. Ella conocía sus defectos tan bien como las mujeres que la despellejaban, sin entender qué encontraban en ella sus maridos y amantes. Pero ella sabía una verdad muy simple que a ellas se les escapaba: era capaz de dar una felicidad sencilla al hombre más complicado. ¿Una gran cortesana en una época en la que las cortesanas habían pasado de moda? «Tonterías —pensaba Anabel—. Yo soy un tipo clásico, apto para cualquier época.» No le cabía la menor duda de que el día en el que pasaran de moda las mujeres como ella, sería el último de la civilización tal como ella la entendía. ¿Ya quién podía importar lo que viniera después? Plácidamente, sin prisas, saboreando el placer de la elección, Anabel esperó que se presentara su siguiente protector, mientras rechazaba sin vacilar las atenciones de quienes no satisfacían sus exigencias. Durante los diez años siguientes fue sucesivamente de tres hombres, todos ellos tan dignos y caballeros como el afortunado lord que la había instruido. Su renta no aumentó, ya que ninguno de ellos murió, y los únicos regalos que ella aceptaba eran joyas y cuadros; pero en una época de inflación e impuestos crecientes, pudo seguir viviendo tan bien como siempre sin preocuparse por el dinero. A últimos del otoño de 1955, Anabel, a los treinta y nueve años, se encontraba momentáneamente sin pareja. —¿Anabel? — ¡Sally, tesoro! ¿Cómo estás? Anabel reconoció inmediatamente la voz de su amiga norteamericana, en la que se advertía una nota de ansiedad. Sally Sands, voluble y un poco chiflada, era corresponsal en Londres de una revista de modas norteamericana. La ansiedad era frecuente en ella, y por lo general era provocada por la necesidad de romper un compromiso matrimonial. Durante los dos últimos años había estado prometida seis veces. —Anabel, ¿querrías hacerme un inmenso favor? 90

-Si está en mi mano... Pero antes dime de qué se trata. Bueno, no importa... Cuenta con ello. — ¡Gracias a Dios! Vas a ser mi dama de honor. — ¡Vamos, Sally! Eso es demasiado. ¡Absolutamente ridículo! Anabel soltó una de sus sublimes carcajadas. —No te rías... Te necesito, Anabel. Sé buena. El es terriblemente inglés y yo le adoro. Va a venir toda su familia, pero la mía, no, de modo que te necesito. Tú me darás prestancia. De todas mis amistades, tú eres la única adecuada. —Es un disparate. ¡Dama de honor de una novia que no tiene más que veintiséis años! De todos modos, cada año asisto a una boda, a fin de reafirmarme en mi creencia de que el sagrado vínculo del matrimonio no es para mí, y la tuya me servirá como cualquier otra, o quizá mejor. —Anabel, esto es lo único verdadero —dijo Sally en tono de reproche. — Claro que sí. Para ti. Pero a mí no me va. No será de muchas campanillas, ¿verdad? ¿O voy a tener que llevarte la cola? —No; de momento, sólo por lo civil. Luego habrá ceremonia religiosa en América. No puedo quitarle esa satisfacción a mi madre. Porque él es vizconde, ¿sabes? Después tendremos una pequeña recepción en el «Savoy» — ¡Oh, no, Sally! Una recepción en el hotel nunca queda bien. Es tan impersonal... Lo haremos en mi casa. Este será mi regalo de boda. — ¡Anabel, estaba deseando que lo dijeras! ¡Cómo te lo agradezco! —Ya lo sé —rió otra vez Anabel. Le gustaba adelantarse cuando alguien iba a pedirle un favor—. Pero, Sally, esta vez procura no arrepentirte. Nunca he dado una recepción de bodas y no quiero tener que suspenderla a última hora y beberme yo todo el champaña. —Te lo prometo, Anabel. ¡Palabra! ¡Eres un ángel! —Una cosa, Sally. -¿Sí? —Relájate. — ¿Que me relaje? ¡Dios mío, eres asombrosa! ¿Cómo quieres que me relaje en un momento semejante? La voz de Sally escaló más altas notas de ansiedad. —Siéntate en una butaca y repite «vizcondesa» durante media hora. Ya verás cómo eso te tranquiliza. «El acto del Registro Civil fue todo lo prosaico que cabe esperar en una boda», pensó Anabel recordando, complacida, el éxito de la fiesta organizada por ella. Todos los invitados del novio se habían animado 91

visiblemente al entrar en la casa, adornada con gran cantidad de flores, y ahora, varias horas después, repletos de caviar, páté y delicados platos fríos, lo estaban pasando estupendamente. Hacía rato que los novios y los augustos y encopetados parientes del novio se habían marchado; pero el resto de los invitados había entrado en la fase del canto de viejas canciones. Al parecer, todos los hombres habían servido juntos durante la guerra, pues ahora sonaba en el salón la música de una película de aviadores de allá por los años cuarenta. Anabel pensó que era una suerte que no hubiera por allí cerca ninguno de esos objetos frágiles que las mujeres suelen poner en casa. Apenas se había fijado en los invitados; se lo habían impedido sus funciones de dama de honor que, como ella se figuraba, se limitaron a obligar a una Sally recalcitrante e histérica a presentarse en la oficina del Registro Civil. Luego de vigilar severamente a Sally hasta que hubo pronunciado las frases de ritual, Anabel se fue rápidamente a casa a cambiarse para recibir a los invitados. La fiesta íntima de que le hablara Sally se había convertido en una recepción para más de cien personas, y ahora Anabel esperaba pacientemente a que se cantara la última canción y se vaciara la última botella, a ver si los invitados se decidían a marcharse. Por fin, después de las doce de la noche, Anabel subió a acostarse. Como de costumbre, la doncella había quitado la colcha de seda adamascada amarilla y abierto la cama. Las sábanas, orladas de puntillas, eran de un lino tan suave, que parecía seda. También como de costumbre, el camisón de gasa estaba extendido encima de la cama y, al pie, las zapatillas bordadas. Pero, contrariamente a la costumbre, en la cama había un hombre dormido boca abajo, bien arropado con las mantas de lana blanca. «La próxima vez que Sally se case, por mí, puede dar la fiesta en el "Savoy"», pensó Anabel. Miró con desconsuelo el chaqué, con una manga del revés, el pantalón de corte, la camisa, la corbata, los relucientes zapatos negros, los calcetines y, ¡caramba!, los calzoncillos, tirados en la alfombra. Fue a llamar a la doncella, pero desistió. Tampoco iba a despertar al mayordomo. El y el cocinero habían tenido un día muy agitado, a pesar de que la agencia se había encargado de casi todo el trabajo. Se acercó a la cama y examinó atentamente al usurpador. Por el color del pelo dedujo que era el padrino. Sólo había intercambiado con él una irónica mirada durante la ceremonia, con la que ambos habían expresado su escepticismo acerca del acto. Anabel se dijo que, al fin y al cabo, le había parecido un caballero y que maldita si iba a hacer la cama de uno de los cuartos de los invitados. Se 92

desnudó en el baño, se puso el camisón y se metió en la cama. «Menos mal que no ronca», pensó antes de dormirse. Stash se despertó durante la noche y advirtió que estaba en la cama con una mujer cuya identidad era dudosa; peor aún, totalmente desconocida. Dado que ello no era una novedad, volvió a dormirse. Stash y Anabel se despertaron tarde, con pocos segundos de intervalo. Ella se incorporó apoyándose en un codo, con el cabello caoba extendido sobre los hombros y preguntó: — ¿Quiere que pida el desayuno, príncipe Valensky, o sólo «Alka Seltzer»? — Desayuno, si es tan amable, miss De Fourment. — ¿Huevos pasados por agua? ¿Croissants calientes? ¿Jamón de Irlanda? ¿Miel en el panal? —Sí, gracias. — ¿Té o café? —Té, si tiene la bondad. —Se ha de reconocer que esta mañana está usted muy cortés. Anabel habló con la cocina por el teléfono de la mesita de noche. — ¿No tendrá por casualidad una bata? Una bata de hombre. —Pues no. Vivo sola. Stash saltó de la cama desnudo, entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. Anabel se revolcaba de risa en la cama. A ver qué se había puesto cuando volviera. Al lado de la bañera había un montón de enormes toallas. Se abrió la puerta del cuarto de baño y él volvió a la cama tan desnudo como antes. Era innegable que había superado la prueba. Y muy airosamente por cierto, según tuvo que reconocer Anabel. —Buenos días, Marie —dijo a la doncella que entraba con una bandeja. Detrás apareció Landon, el mayordomo con otra bandeja. —Buenos días, señora. —Marie, esa bandeja es para el príncipe. Landon, esa otra es para mí. Gracias. ¿Hace sol? —Un día espléndido, señora. ¿Abro las cortinas? —No, gracias, Landon. Ya llamaré si le necesito. Anabel se sirvió una taza de té. Stash comía concentrado. —Fantásticos huevos. —Mi lechero cría gallinas y me los trae del día. -¿Sí? -Sí. —Deje de reírse de mí —dijo él, irritado. — ¿Por qué no he de reírme? Es usted muy gracioso. 93

—No estoy acostumbrado. No me gusta. — ¡Caramba! Se toma muy en serio a sí mismo. Se reía con más ganas. —No es de buena educación acostarse con un hombre y luego reírse de él. Eso no se hace. Ahora parecía que sus carcajadas iban a tirar la bandeja e incluso a hacerla caer de la cama. —Es que... no pasó nada —dijo Anabel con voz ahogada. —No se apure. Eso se arregla en seguida. —Ni hablar. No es usted mi tipo. —A ver si puede impedirlo. Desde luego, no pudo. Al cabo de varias horas, Anabel hubo de reconocer que no se había defendido con todas sus fuerzas. Y él le hizo saltarse el desayuno y también el almuerzo. Stash comprendió que Anabel de Fourment era precisamente lo que él necesitaba. Y él siempre conseguía lo que necesitaba. Aunque no fue fácil. Tuvo que estar cortejándola formalmente durante todo un mes antes de que ella le concediera un simple beso de despedida. Y hubo de transcurrir otro mes antes de que le permitiera volver a acostarse en su cama. A Anabel sólo podía sorprendérsela una vez. Después, ella dictaba las reglas del juego. Antes había cuestiones de orden práctico que atender, acuerdos financieros, seguridades... Hasta que se hubieron cumplido sus exigentes condiciones, no se permitió a sí misma preguntarse si le hubiera aceptado desinteresadamente. Sólo por placer. Seguramente, no; no podía permitirse semejante lujo. Pero hubo un momento en que se sintió tentada. De todos modos, nunca se lo diría. Stash no quería ser responsable de sentimientos femeninos y, por lo poco que él le había contado, Anabel comprendía perfectamente por qué. Su relación con Stash reportó a Anabel una nueva amistad inesperada, la de Ram, su hijo de once años que estaba en Eton y les visitaba de vez en cuando. Había en el rostro moreno y afilado del niño una expresión de irreductible obstinación y retraimiento, que conmovió el afectuoso corazón de Anabel. La madre de Ram —la que fuera novia de guerra de Stash— había vuelto a casarse y vivía en un destartalado castillo de Escocia. De vez en cuando, el niño pasaba algún que otro día de fiesta con su padre, si éste se encontraba en Londres. Las relaciones entre padre e hijo eran todo lo incómodas que cabía temer, dadas las circunstancias. Stash no había visto crecer a Ram ni conseguía sintonizar con él. El niño le miraba con prevención a causa de los pequeños comentarios maliciosos que hacía su madre, y estaba resentido porque, en lugar de estar con él, Stash se iba a jugar al polo. También se 94

sentía defraudado de lo que por derecho le pertenecía al ver cómo vivía Stash y pensar en aquel caserón de Escocia en el que Ram llevaba una vida insípida, rancia y escuálida en compañía de tres hermanastras y un padrastro que le era antipático. Sin embargo, se sentía muy orgulloso de ser un príncipe Valensky. Había cultivado aquel orgullo con todo el mimo que se pone en una última posesión. Durante los tres años que llevaba en Eton se había encontrado rodeado de un grupo en el que forzosamente había que maltratar o ser maltratado. Y, con su complexión robusta y el carácter belicoso heredado de su padre, Ram se había convertido en un déspota. La desventaja de tener un apellido extranjero quedaba compensada por su condición de príncipe, y Ram no perdía ocasión de referirse a ella y a las gestas de sus antepasados inventadas por él y que no eran tan fabulosas como las auténticas que él desconocía. A los once años, Ram estaba físicamente bien desarrollado, pero tenía un aire reservado impropio de su edad. Un sentimiento, difuso y generalizado, pero punzante, de envidia de la gente feliz —cualquier persona feliz— le hacía tímido, desconfiado y rencoroso. Sin que pudiera explicar cómo, él sabía que le habían estafado, que al nacer le habían robado algo y constantemente pensaba en el fraude de que había sido víctima. Pero su cara no lo delataba. Era un chico muy guapo, aunque sin el cabello rubio de los Valensky. Sólo se parecía a Stash en el color gris de sus ojos, que en seguida le valieron el afecto de Anabel. Ram era moreno como la familia de su madre, con la piel tan aceitunada y la nariz tan aguileña, que casi hubiera podido pasar por uno de sus jóvenes maharajás de la India cuya laberíntica genealogía se remonta a miles de años atrás y sólo la conocen los sacerdotes brahmanes de la ciudad santa de Nasik. Anabel se dijo que aquél era un muchacho misterioso y desgraciado. Ahora bien, ella no soportaba tener a su lado a un miembro del sexo opuesto que no fuera feliz, y utilizó todas sus artes y su ciencia para hacerse amiga de Ram. Muy pronto, él la quería tanto como era capaz de querer, y cuando ella le invitaba a almorzar a solas en su casa, él encontraba una espontaneidad y un gozo desconocidos hasta entonces. Sólo cuando estaba con Anabel dejaba de envidiar a la gente feliz; porque a su lado —aunque sólo fuera durante un rato—, él se convertía en uno de ellos.

8 Cuando huyó de Lausana con Masha y las gemelas, Francesca no llevaba otra intención que la de alejarse de Stash. Pero mientras volaban rumbo al Oeste, hacia Nueva York, comprendió que las únicas personas que podían ayudarla eran los Firestone. En cuanto salieron de la Aduana en Idlewild, 95

llamó a Matty a Hollywood y le pidió que fuera a recogerla al aeropuerto de Los Angeles. —Matty, te lo ruego, no me preguntes ahora nada. Te lo contaré todo cuando llegue. —Pero, ¡tesoro...! De acuerdo, allí estaré. «Sabía que volverías», pensó al colgar el teléfono. Estaba seguro de que aquel fulano la haría desgraciada. Pero ni todos sus presentimientos habían preparado a Matty y a Margo para ver a Francesca con dos niñas. Su asombro era tan grande, que no sabían ni qué preguntar. Y Francesca y Masha estaban tan cansadas por el viaje, que no acertaban a explicarse con coherencia. Los Firestone cargaron en el coche a las mujeres y las niñas, las llevaron rápidamente a su casa, les dieron de comer y las metieron a todas en la cama. —Ahora a dormir —ordenó Margo—. Por la mañana hablaremos. Cuando despertó, Francesca les contó lo ocurrido. Sus propias palabras le producían una viva incredulidad. Durante el largo viaje, la necesidad de llevar a su pequeña familia a lugar seguro la obligó a concentrarse en las cosas prácticas, impidiéndole reflexionar sobre los hechos que tan recientemente había descubierto; pero ahora, al explicarlo a Matty y a Margo, se puso histérica. Si no se desmoronó del todo, fue porque Margo le aseguró que existía un lugar totalmente seguro para ella y las niñas. —Mañana os acompañaremos —dijo Matty. — ¡No! Tiene que ser ahora. No puedo quedarme aquí. El me encontraría... — ¡Pero tesoro, son seis horas de viaje! —Podríamos marcharnos dentro de un cuarto de hora. Ni siquiera he deshecho el equipaje. Matty miró a Margo. —Está bien —dijo Francesca—. Llegaremos de noche; pero no importa, encenderemos la luz. En el gran «Cadillac» de Matty fueron hasta Carmel por la autopista 101. Luego, Matty viró en dirección a la costa por la carretera 1, estrecha, sinuosa y peligrosa y, tras recorrer sesenta kilómetros, llegaron a una cabaña, que él y Margo poseían en los bosques de Big Sur. La cabaña, casi invisible desde el empinado camino de tierra que subía hasta ella, estaba construida de madera de abeto rojo y dotada de electricidad, agua corriente y calefacción, pues los Firestone habían descubierto que en Big Sur hacía mucho frío por la noche, incluso en verano. Margo la había amueblado con piezas compradas en los anticuarios de Carmel y utilizado viejas telas acolchadas para los edredones y la tapicería. Desde el pequeño claro situado delante de la cabana, rodeada de secoyas, álamos y sicómoros,

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se divisaba el Pacífico, unos trescientos metros por debajo. Desde aquella altura no se apreciaba el oleaje, y el agua parecía tranquila e inofensiva. —Sí, señora; lo he observado muchas veces, muchas —respondió lentamente Masha—. Me recuerda un caso que hubo en Rusia, del que se hablaba en mi pueblo hará por lo menos cincuenta años. En el pueblo de al lado había unos gemelos; eran dos chicos. Mi madre y mi tía lo comentaban en voz baja. Los niños hablaban entre sí en un lenguaje que nadie entendía. La gente decía si serían... Nadie lo sabía... —¿Y eran normales, Masha? —Oh, sí, señora. Dejaron de hacerlo al crecer, y a los seis años parecían haberlo olvidado y hablaban como todo el mundo. Luego, me fui a San Petersburgo y no he vuelto a saber de ellos, ni del pueblo —terminó tristemente. Francesca no conocía a nadie más con quien hablar de este problema, ni de cualquier otro que pudiera presentársele. Vivía aislada, sin más contacto con el mundo que sus conversaciones telefónicas con Matty y Margo. Sabía que si algún periodista llegaba a enterarse de que Francesca Vernon Valensky vivía en Big Sur con dos gemelas idénticas, no la dejarían en paz hasta que se supiera toda la triste verdad. No pretendía proteger a Stash, sino impedir que Daisy se enterara de lo que había hecho su padre. Cada vez que Francesca iba a Carmel en busca de las cosas que no vendían en la tiendecita que abastecía a los escasos residentes diseminados por la zona, dejando a las dos niñas con Masha, se ponía gafas oscuras, pañuelo en la cabeza y ropa discreta para no ser reconocida. No se atrevía a hacer amistades. Sabía que no podía fiarse de los amigos, nuevos o viejos; sólo de Matty y Margo. Vivía austeramente, aceptando sin escrúpulos la cabaña por el bien de sus hijas. Por mediación de Margo fue vendiendo uno a uno los vasos de cristal de roca con ramitos de pedrería. El comerciante de Beverly Hills que se los compraba sólo le daba mil quinientos dólares por cada uno; pero con mil quinientos dólares podían vivir seis meses ellas cuatro. El huevo de lapislázuli lo guardaba para el final, cuando ya no hubiera más flores que vender. Margo se lo describió a un dependiente de «A la vieille Russie» de Nueva York, quien le dijo que si era un Fabergé auténtico, ellos podrían pagar de veinte a treinta mil dólares. Francesca no dudaba de que era auténtico; era su única garantía para el futuro. No había noche en la que antes de dormirse no se maldijera al pensar en las joyas que orgullosamente había dejado en Lausana como una estúpida, o en el dinero que había ganado en Hollywood y malgastado hasta el último céntimo en vestidos, coches y regalos para sus padres y amigos.

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De vez en cuando, Matty le enviaba el guión que algún productor iluso le daba con el encargo de «hacerlo llegar a la persona indicada». Durante los tres primeros años, Francesca rechazó todos aquellos ofrecimientos, ya que no podía ni pensar siquiera en dejar sola a Masha para atender a las dos niñas durante varios meses. Dos años después de la marcha de Francesca, Stash recibió una carta de Matty Firestone. En ella se le comunicaba que Francesca pensaba que Daisy, que contaba ya tres años, debía conocer a su padre. Ella le permitiría visitar a la niña cuatro veces al año, durante tres días consecutivos, cuatro horas al día, con la condición de que él no intentara ver a Francesca ni descubrir dónde vivía. Debía esperar en el «Hotel Highlands» de Carmel. Stash salió de Londres aquella misma mañana. A las pocas horas de llegar, el conserje del hotel le avisó de que tenía visita. En el rústico vestíbulo estaban Masha y, cogida fuertemente de su mano, Daisy. De Francesca y Danielle, ni rastro. Stash no hizo a Masha ninguna pregunta, y la mujer no dijo más que una breve frase de saludo al hombre que ella había criado. Después de las primeras horas que pasó en compañía de su hija, una niña sana, alegre y muy bonita, Stash le hizo el dibujo de un hombre y una niña, con una orla de corazones rojos y le dijo que cada vez que recibiera uno de aquellos dibujos por correo, sería que él había pensado en ella. Hasta la visita siguiente, estuvo mandándole uno cada dos o tres días. Tan pronto como se quedaron a solas, le preguntó si los había recibido. —Sí, papá. —¿Te gusta que te los mande? -Sí. —¿Sabes lo que quiere decir? —Que te acuerdas de mí. —¿Los guardas? -Sí. —¿Dónde los guardas, Daisy? —Se los doy a Dani. -¡Ah! —Le gusta jugar con ellos. —Anda, Daisy, vamos a ver qué hace el gatito. Cada vez que regresaba de California, Stash se esforzaba en no contar las semanas que faltaban hasta la siguiente visita a Daisy; pero fracasaba en el intento. No pudo resistir la tentación de consultar el caso con un juez amigo suyo, sin mencionar la existencia de Danielle, explicando sólo que después de la separación, su esposa le limitaba el acceso a su hija. Cualquier acción que emprendiera, según le dijo el juez, acarrearía mucha publicidad. 98

En tales casos lo mejor era esperar. A menudo, cuando los hijos crecen, resulta más fácil el acceso, puesto que se puede influir en el niño a medida que éste va adquiriendo madurez. Y Stash esperaba, esperaba con aquella tenaz ferocidad que había conocido durante su primer año en la RAF, sin dudar ni un instante de la victoria. Si no ahora, muy pronto. A los cinco años, Daisy ayudaba ya mucho en la cabaña: hacía su cama y la de Dani, ordenaba su cuarto, secaba los platos y regaba y limpiaba el huerto. Francesca, que acababa de recibir otro guión, acompañado de una carta de Matty, le dijo que tal vez tuviera que ir a trabajar unas semanas, para ganar dinero para todas, pero que volvería pronto. — ¿Cuánto tiempo, mamá? —preguntó Daisy con temor. —Seis semanas. Daisy se echó a llorar. — ¡Daisy! —exclamó Francesca en tono de reproche—. Ya eres una niña mayor y tienes que comprender las cosas. Seis semanas no es mucho tiempo. En seguida volveré a casa. Sólo serán seis domingos y seis lunes... Pasan pronto. — ...y seis martes, y seis miércoles —opuso Daisy tristemen te—. Mamá, ¿ganarías mucho dinero? —Sí, mi vida. — ¿Y después volverías a casa en seguida? — —Sí, en cuanto terminara el trabajo. —Bueno, mamá, comprendo —dijo Daisy en voz baja. Después Daisy y Dani estuvieron hablando mucho rato en su lengua sibilante e incomprensible. Era Daisy quien lo decía casi todo, y Dani sólo parecía hacer alguna pregunta de vez en cuando. Al término de la conversación, Dani, que para entonces ya podía andar perfectamente, se puso a gatas, se fue a un rincón y se metió debajo de la alfombra de cara a la pared, con gesto de pena. —Daisy, ¿qué le has dicho? —preguntó Francesca, alarmada. —Lo mismo que tú me has explicado. Pero no lo entiende. Yo he probado y probado... pero ella no sabe lo que quiere decir volver ni ganar dinero. —Prueba otra vez. —Ya he probado, pero no me escucha... —Está bien... está bien. En realidad, no hace falta que me vaya. Era sólo una idea. Dile a Dani que no me voy, que no me muevo de aquí. Daisy se abrazó al cuello de su madre, apretando la cara contra su mejilla. —No estés triste, mamá... Yo te ayudaré en todo. Te ayudaré a ganar dinero. Te lo prometo. 99

Francesca miró a aquella muñeca con unos ojos como flores, el pelo casi blanco recogido en una trenza que le llegaba a media espalda, las rodillas arañadas de sus intrépidas expediciones por el bosque, las manos que empezaban a perder su redondez infantil y a hacerse capaces, fuertes y diligentes. —Sé que lo harás —dijo sonriendo sin asomo de tristeza—. Ya se nos ocurrirá algo. Algo divertido. — ¿Podríamos pedir a papá que nos ayude? — ¡No! Daisy, eso es lo único que nunca, nunca debemos hacer. — ¿Por qué no? — Cuando seas mayor te lo explicaré. — ¡Oh! —exclamó Daisy en tono de resignación—. Otra cosa que tendré que acordarme de preguntarte cuando sea mayor. —¿Te digo eso muy a menudo? —Sí, mamá, pero no importa. No te pongas triste otra vez. — Bruscamente, Daisy cambió de tema:— Mamá, ¿yo soy una princesa de verdad? Papá lo dice. —Sí, lo eres. -¿Y Danielle? —Danielle también. Si tú lo eres, ella también lo es. —Entonces, ¿tú eres reina, mamá? —No, Daisy; no soy reina. —Pues en los cuentos, la madre de la princesa siempre es reina —insistió tercamente Daisy. —Una vez yo también fui princesa —murmuró Francesca. —Una vez... Entonces, ¿ya no lo eres? —Daisy, Daisy... es muy complicado para explicártelo ahora. De todos modos, es sólo una palabra. En realidad, no significa nada, nada importante, nada que deba preocuparte. Este no es un mundo de princesas, aquí no hay más que nosotras dos, Masha, Dani, los ciervos y los pájaros. ¿Te parece poco? ¿No es bastante para ti? Había algo en la cara de Francesca que impulsó a Daisy a no insistir. Pero no era bastante para ella; no lo entendía y nadie parecía tener respuesta para sus preguntas más importantes, sobre aquellas que no se atrevía a formular: ¿Por qué su padre estaba tanto tiempo sin ir a verla ? ¿ Por qué nunca veía a Dani ? Y, lo más importante, ¿qué era lo que ella, Daisy, había hecho de malo para obligarle a marcharse a los pocos días de haber llegado? Era algo de lo que nunca se hablaba, algo que no debía preguntar.

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—Mira, Masha, he pelado todos los guisantes. —¿Y cuántos te has comido, chiquita? —Sólo seis. Bueno, ocho. O diez. —Crudos están más buenos, ¿verdad? Yo siempre lo he dicho. —Tú lo sabes todo, Masha. — ¡A ver si dentro de diez años me dices lo mismo! — —Masha... Masha, ¿por qué Dani no es como yo? —¿Qué... qué quieres decir? —Somos gemelas. Eso quiere decir que nacimos a la vez. Me lo dijo mamá. Pero Dani no habla como yo, ni corre como yo... no tan de prisa, ni se sube a los árboles, le dan miedo los truenos y la lluvia, no pinta como yo, ni sabe cortar la carne, ni contar, ni atarse los cordones de los zapatos. ¿Por qué, Masha? —No lo sé. —Sí que lo sabes, Masha. Mamá no quiere contármelo, pero tú sí lo harás. Tú siempre me lo cuentas todo. —Tú naciste antes, Daisy. Es todo lo que sé. —¿Antes? —preguntó Daisy con asombro—. Los gemelos nacen a la vez. Por eso son gemelos. Eres tonta, Masha. —No, Daisy; uno nace antes y el otro, después. Los dos están dentro de la madre, pero salen uno después del otro. Y tú saliste la primera. —Entonces es culpa mía. Lo dijo despacio, como si algo que ella sospechaba desde hacía tiempo acabara de serle corroborado. —No seas tontita. No es culpa de nadie, sino la voluntad de Dios. Esas cosas no se dicen, y tú ya deberías saberlo. Daisy... —¿Sí, Masha? —Lo entiendes, ¿verdad? —Lo entiendo, Masha. Sí; lo entendía. Ella había nacido primero y, por tanto, la culpa era suya. Masha siempre estaba hablando de la voluntad de Dios, y Daisy sabía que cuando Masha decía aquello quería decir que Masha tampoco lo entendía. Las mareas del invierno de 1957 arrastraban troncos flotantes hasta las escondidas playas de Big Sur, playas agrestes, batidas por el viento, frecuentadas por aves zancudas, con rocas gigantes esculpidas por las olas en forma de extraños puentes; playas en las que se podía oír el rugido del león marino y divisar cachazudas y silenciosas flotillas de ballenas migratorias. Francesca conocía a un artesano de Carmel que fabricaba lámparas con trozos de madera flotante. Ella los recogía y pulía y se los vendía. Generalmente bajaba a la playa sola, pero un día de la primavera de 1958 se llevó a las niñas, dejó a Daisy vigilando a Dani y ella se alejó por la orilla hasta que, sin darse cuenta, las perdió de vista. 101

—¡Dios mío! —exclamó de pronto, volviendo sobre sus pasos a toda prisa; pero en seguida las vio y se detuvo. Daisy se había sentado en la arena caliente y seca, lejos del alcance de las olas, sosteniendo en el regazo a Dani, que abultaba casi tanto como ella. Les faltaba sólo una semana para cumplir seis años. Daisy mecía suavemente a su hermana, y por el movimiento de sus labios, Francesca dedujo que le cantaba una canción. De vez en cuando le acariciaba el pelo y la besaba maternalmente en la mejilla. El lindo rostro de Dani tenía su habitual expresión plácida y feliz. Francesca sintió una profunda paz interior, una alegría tan pura y tan viva, que estuvo a punto de caer de rodillas. Había obrado bien. Había hecho lo que tenía que hacer. Y había sido premiada. Una semana después, Stash recibió una llamada telefónica de Matty Firestone, que le hablaba desde California. El agente artístico estaba llorando como un niño. —Venga cuanto antes. Francesca ha muerto... Volvía de Carmel por la carretera de la costa... Yo siempre le decía que tuviera cuidado... Un loco, en una furgoneta, se abrió en una curva y ella se salió de la carretera y cayó al mar... —¡Daisy! —gritó Stash. —Francesca estaba sola. Yo me he traído a Masha y a las niñas a casa. Venga a buscarlas, Valensky... Usted es todo lo que tienen... Que Dios las asista.

9 Un domingo de la primavera de 1963, Stash Valensky y Daisy, que acababa de cumplir once años, entraron en el «Connaught Hotel» de Londres a almorzar, como todos los domingos. Los almuerzos del «Connaught» son una de las grandes experiencias de la civilización occidental, algo así como la Gallería degli Uffizi de la gastronomía, y Stash, empeñado todavía en la tarea de domesticar a aquella criatura irreductible, pensaba que el «Connaught», con su ambiente suntuoso y acogedor, propio, más que de un hotel, de una mansión señorial en la que siempre se percibe el subliminal tictac de un reloj Victoriano, sobrio, pero amistoso, era el marco más apropiado para su propósito. El portero les saludó como a dos viejos amigos. Cruzaron el pequeño vestíbulo, con su gruesa alfombra entre púrpura y anaranjada, dominado por una gran escalera de caoba admirablemente pulimentada, y se dirigieron hacia la derecha por el corredor que conducía al restaurante, considerado como uno de los tres mejores de Inglaterra. Como de costumbre, Stash llevaba a Daisy 102

firmemente cogida del brazo, pues junto a la pared del corredor había una hilera de mesas cargadas de bandejas de entremeses, melones, ensaladas, langostas, mariscos rellenos y una selección de pasteles de carne. En el corredor, además de las mesas de la comida había un pequeño bar con un espejo al fondo y varios búcaros con flores de primavera. El conjunto causaba una impresión de abundancia que inducía a Daisy a pararse en cada mesa para ver qué era lo más apetitoso, antes de leer el menú. Las paredes del restaurante estaban cubiertas de madera muy encerada de un tono de miel oscura, con apliques de cristal de pantalla color albaricoque. Las sillas y los divanes estaban tapizados de terciopelo a rayas color burdeos. Grandes biombos dividían el comedor en secciones, al tiempo que le daban una nota fantástica, propia de una ilustración de Alicia en el país de las maravillas, ya que la base de los biombos era de madera tallada; pero su parte superior, a partir de la altura de un comensal sentado, era de cristal grabado, de manera que, poniéndose de pie, se podía ver a través de ellos. La mesa favorita de Stash y Daisy estaba en el centro del comedor y no junto a los divanes, ya que desde allí podían ver a los demás clientes y hacer comentarios sobre ellos. Cuando entraron los miró mucha gente. Stash apenas había cambiado. A los cincuenta y dos años seguía teniendo el cabello tan rubio y espeso como siempre, y las facciones, tan enérgicas. Solo llamaba la atención, pero al lado de Daisy provocaba la más viva curiosidad, porque ella parecía salida de un cuento de hadas. Daisy medía entonces un metro cincuenta y tenía esa redondeada esbeltez de la prepubertad, tan tierna, tan pura, tran prístina y, a la vez, tan llena de vida, que hace que los más curtidos adultos suspiren de nostalgia por aquella fuerza y aquel aire de vulnerabilidad que también ellos debieron de poseer. Llevaba un vestido color marfil de finísima lana con manojos de flores estampados en rosa pálido y verde manzana, con el delantero plisado, un lazo en la espalda y cuello de flores aplicadas a modo de guirnalda. Su melena rubio plateado le llegaba casi hasta la cintura, cepillada hacia atrás y recogida con una franja elástica de la que escapaban unos rizos rebeldes sobre la frente y las orejas. La luz que entraba por las grandes ventanas victorianas de Carlos Place parecía atacar violentamente el pelo de Daisy, ensañándose en él golosamente. Era un pelo de heroína del tiempo antiguo, amorosamente cepillado por una madre y admirado y envidiado por tías y hermanas, un pelo precioso, digno de ser guardado en un medallón. Stash la llevó hasta la mesa con un aire de propiedad que no conseguía disimular. Quería a Daisy de un modo que le asustaba. Hacía años había aprendido que era extremadamente peligroso invertir tanto capital sentimental en un ser humano, pero se sentía inerme ante el mero hecho de la existencia de aquella hija, aquel tesoro que casi había perdido, aquella 103

criatura obstinada, intrépida y cariñosa, a la que adoraba desde el primer inolvidable momento en que la vio, como no había adorado a ninguna otra mujer. En Daisy se veía a sí mismo de niño, aquel yo perennemente inocente, ilusionado y perdido que sólo puede aprehenderse en sueños, el yo olvidado que se desvanece al despertar, dejando sólo una estela de imposible luz, una felicidad inexplicable, una sensación que apenas dura unos segundos. Cuando el camarero de frac entregó a Daisy el menú con la orla marrón y oro y la fecha impresa al pie, ella lo tomó con un ademán de vivo interés, a pesar de que, después de tres años de almuerzos semanales en el «Connaught», casi se lo sabía de memoria. Había superado ya la etapa del pastel de pollo, las chuletas de cordero e incluso la del solomillo de buey de Escocia, sus primeros favoritos. Al principio, Stash le aconsejaba otras especialidades, pero pronto descubrió que era imposible convencerla de que pidiera algo nuevo. Ella no tenía el menor interés en «educar sus papilas gustativas», según le dijo, utilizando con mirada maliciosa la pedante frase de él. Stash se preguntaba muchas veces cómo podía tener aquella seguridad en sí misma una criatura que había pasado los primeros años de su vida en los bosques. Porque ya el primer día que entró en el imponente comedor del «Connaught», su sonrisa dio a entender con claridad al maitre que ella sabía perfectamente lo que quería y, puesto que le gustaba comer pastel de pollo el domingo, eso pediría. —¿Qué va a tomar hoy la princesa Daisy? —le preguntó el maitre, embobado. — ¿Qué es croustade d'oeufs de caille Maintenon, además de huevos? —preguntó ella. —Huevos de codorniz con champiñones a la crema y salsa holandesa servidos en tarteletas de pasta. —Daisy, ya tomaste huevos para desayunar. ¿Por qué no empiezas con salmón de Escocia ahumado? —preguntó Stash. — Eso está en los «extras», papá —le reconvino ella severamente. Stash suspiró interiormente. Era inútil; por más que le decía que no había inconveniente en pedir platos extra, ella no se dejaba convencer. Los hábitos de economía aprendidos en la primera infancia no se olvidaban, a pesar de que en la impresionante cuenta de aquel restaurante apenas se notarían un par de platos extra. Ella iba al «Connaught» porque él la llevaba; pero nunca podría inducirla a pedir un extra, ni siquiera la salade Caprice des Années Folies, el plato que tenía el nombre más bonito del mundo. 104

—Yo me permito sugerir unos entremeses variados, y después, quizá, langosta a la parrilla a las finas hierbas. Acabamos de recibir una soberbia partida de Francia. — ¿Todavía están vivas? —preguntó Daisy. — ¡Naturalmente! Tienen que estar vivas. -Entonces tomaré pote de Lancashire -decidió Daisy, sin tener ni la más remota idea de lo que era, pero resuelta a no ser causa de la muerte de una langosta... «Más vale que tenga cuidado el príncipe —pensó el maître—. Si, por desgracia, la niña se nos hace vegetariana dejaremos de verla todos los domingos en el "Connaught".» Una vez pedido el almuerzo, Daisy y Stash se dispusieron a iniciar uno de los amables diálogos que constituían para él el mayor placer de su vida. Stash, poco a poco, iba explicándole cómo era su mundo, y ella le hacía partícipe de todas las emociones de su vida escolar y le contaba las pequeñas aventuras de sus amigas. Pero aquel día deseaba hablarle de algo especial. —Papá, ¿estás convencido de que tengo que estudiar Matemáticas? —le preguntó. —Naturalmente. En la escuela las enseñan, ¿no? —Sí; pero a mí no me gustan y no tengo tiempo de estudiar Matemáticas y cuidar del pony. ¿Cómo quieres que monte a Merlin cada tarde al salir de la escuela y luego le limpie el establo, le cambie la paja, le pase el peine, el aspirador y el cepillo, le limpie los cascos y...? — En eso se tarda exactamente media hora, y tú lo sabes perfectamente —dijo Stash, riéndose de su minuciosa y dramática enumeración, hecha para impresionarle—. Aún te queda tiempo para las Matemáticas. Daisy, buena estratega, abandonó inmediatamente el pretexto de Merlin. —Dice Anabel que no entiende por qué tengo que estudiar Matemáticas, que ella no las estudió y que nunca le han hecho falta. Que no ha extraído el saldo del talonario de cheques en toda su vida y que las Matemáticas sólo sirven para extraer el saldo y para saber si el pescatero te estafa; pero si protestas, ya nunca más te llevas el mejor pescado, por lo cual es mejor callar y aguantarse. —Así que Anabel es tu guía en materia de educación. — Anabel es mi guía en muchas cosas —replicó Daisy muy seria—. Pero si tú me das tres buenas razones por las que yo tenga que estudiar Matemáticas, lo intentaré, a pesar de que me parece que a mí me falta algo en ese lugar del cerebro en el que la gente se mete las Matemáticas. 105

—Voy a darte sólo una buena razón, porque no necesito más: lady Alden exige que todas las alumnas de un colegio estudien Matemáticas. —Me parece disparatado. — ¿Te ha enseñado Anabel a decir que las cosas son disparatadas? —No; has sido tú. Dijiste que era disparatado que saltara con Merlin la puerta de hierro de Wilton Crescent —dijo Daisy sonriendo con picardía. Cambiaba de actitud con tanta rapidez, que muchas veces Stash se preguntaba si hablaba con una niña, con una mujer, con un cerril peón de granja o con un sagaz miembro del Parlamento. —Me estás resultando una pagana, Daisy. — Me gustan. ¿No son los que bailan alrededor de los árboles y hacen cosas raras en las noches de Luna llena? —Esos eran los druidas, me parece. Los paganos eran gentes que adoraban a muchos dioses y no a uno solo. Como los antiguos griegos y romanos. —Sí, me gustaría serlo. Como lo eres tú, papá. Stash se apresuró a cambiar de tema. — ¿Se ha acostumbrado Merlin al establo? Merlin, el último de una serie de ponies, cada uno más alto que el anterior, llevaba el mismo nombre que el viejo favorito de Stash, ya retirado de la refriega. La cuadra estaba en Grosvener Crescent, a pocos minutos de Wilton Row, donde vivían los Valensky. Hacía ya más de veinte años que la cuadra estaba regentada por mistress Leila Blum. Era oscura, con suelo de adoquines. Merlin ocupaba uno de los cuatro boxes en lugar de estar en un establo mayor, donde hubiera tenido que permanecer atada. —Está más contenta que unas pascuas —dijo Daisy dándose importancia —. Se ha hecho amiga de unos cuantos gatos negros que andan sueltos por la cuadra. Pero lo que le gustaría a Merlin es un perro. Suspira por un perro, con verdadero anhelo. — ¡Ah! ¿Y no te ha dicho qué clase de perro? —Un perro, sencillamente. —¿Y suspira por él con anhelo? -Sí. —No sé por qué me da la sensación de que Merlin ha estado hablando con Anabel. —No, papá. Merlin se comunica conmigo. Los caballos pueden hacerlo si quieren. — ¡Hum! ¿Pedimos el postre, Daisy?

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La niña estudió atentamente la cara de su padre. Llevaba tres años tratando de convencerle de que le comprara un perro. El no era amigo de los perros, ni siquiera le gustaban, y hasta entonces había conseguido resistirse a su petición. Por la expresión que vio en sus ojos, Daisy comprendió que aquel día sería inútil insistir. —Sí, me gustaría algo dulce —dijo Daisy. El asunto no estaba resuelto, pero era sólo cuestión de tiempo. Ella no tenía intención de rendirse. Stash hizo una seña al camarero, que se acercó empujando sobre silenciosas ruedas uno de los carritos, compuestos por varios tableros de reluciente caoba, cubiertos de bandejas de repostería: crema de chocolate, limón, fresa, budín de mantequilla, budín de arroz, pastel de manzana, pastelillos surtidos, fruta de almíbar, macedonia con crema de leche de Normandía, tartas y mille feuille auxfraises. El atento camarero, fiel continuador de la tradición del «Connaught», nunca esperaba a que Daisy hiciera la difícil elección, sino que llenaba un plato con una muestra de cada postre, exceptuando el budín de arroz. Después de los postres, mientras Stash tomaba café, el camarero les llevaba, como a todas las mesas, una ollita de plata llena de pequeñas golosinas: fresas frescas cubiertas de chocolate, diminutos éclairs y cerezas escarchadas, cada cual en su cucurucho de papel. Mientras Stash miraba fijamente al suelo, Daisy vació expertamente la ollita en su bolso, que antes de salir de casa había forrado con sus mejores pañuelos, en previsión de aquel pillaje. La primera vez que lo hizo, Stash la miró horrorizado. — ¡Daisy! Una señorita puede comer todos los caramelos que quiera mientras está sentada a la mesa; pero llevárselos no. —No son para mí. -¡Ah! Stash no tuvo necesidad de preguntar para quién eran. Quería llevárselos a la otra. El nunca volvió a mencionar los caramelos, y semana tras semana soportaba en silencio la humillación. Stash sabía que Daisy no le permitiría pedir una caja de golosinas para ella, porque serían un «extra», y no era capaz de privarla del placer de hacer un regalo a su hermana. Cuando Stash recibió la noticia de la muerte de Francesca, antes ya de reservar el pasaje para Los Angeles empezó a estudiar las alternativas que se le ofrecían. Casi inmediatamente comprendió que iba a tener que revelar a alguien su secreto. Necesitaba ayuda para disponer lo necesario, y Anabel era la única persona en quien él confiaba. Durante los pocos días que Stash pasó en California, Anabel consiguió una plaza 107

para Danielle en «Queen Anne», la mejor escuela de Inglaterra para niños subnormales. Anabel fue a esperarles al aeropuerto en el coche grande de Stash, ya que no quería que ni siquiera el chófer viera a la otra niña. Cuando hubieron pasado la Aduana, Anabel vio a Stash que venía delante, llevando de la mano a Daisy. La niña estaba tan aturdida como apenada por los rápidos acontecimientos de la última semana. No acababa de entender cómo era posible que su madre se hubiera ido de casa una tarde para no volver nunca más. No podía estar muerta. Ni Matty, ni Margo, ni el mismo Stash se habían decidido aún a contarle los detalles del accidente, y Daisy sólo sabía que se había hecho realidad el temor de que su madre la abandonara. Detrás de Stash iba Masha llevando en brazos a Danielle, que se había refugiado en el silencio y la inmovilidad. Rápidamente, sin hacer preguntas, Anabel los llevó a la escuela que estaba situada en las afueras de Londres. Cuando se detuvieron ante el gran edificio que en otro tiempo fue la casa solariega de un gran terrateniente y aún estaba rodeado de grandes prados con hermosos árboles y macizos de flores, Stash dijo a Masha, Daisy y Anabel, que le esperasen en el coche, se apeó, cogió a Danielle y la dejó de pie en el suelo. Fue la primera y última vez que la tocó. Daisy saltó del coche, se fue tras él y se colgó de su pierna cuando él empezaba a subir las escaleras tirando suavemente de Danielle. — ¿A dónde vamos, papá? ¿Tú vives aquí? ¿Por qué no viene Masha? Stash siguió subiendo. —Tu hermana se quedará aquí una temporada, Daisy. Es una casa muy bonita, un colegio para ella. Tú vivirás conmigo en Londres. -¡NO! El se detuvo, se inclinó y habló gravemente a la niña, que le miraba con ojos de incredulidad y desafío. —Daisy, escucha bien, que esto es muy importante. Todas esas cosas que tú sabes y ella no, como decir qué hora es, leer las postales que yo te mando y saltar a la comba, si ella se queda aquí una temporada, podrá aprenderlas también, porque aquí tendrá los mejores maestros del mundo y, así, después podrás jugar con ella a las cosas que a ti te gustan... —A mí me gusta jugar con ella tal como es ahora... ¡Oh, papá, no...! ¡No la dejes! Estará muy triste sin mí... Y yo también... Papá... papá... Cuando empezó a comprender que la decisión de su padre era irrevocable, su rebeldía se convirtió en miedo. —Daisy, es muy triste, lo sé; pero no debes pensar sólo en ti misma. Pronto Danielle estará muy contenta aquí y tendrá muchos niños con 108

quienes jugar. Pero si no vive en un colegio especial, nunca podrá aprender nada. Tú no quieres eso, ¿verdad? Tú no quieres impedir que ella aprenda todas esas cosas que tú ya sabes hacer. ¿Te parece que eso estaría bien? — No —sollozó ella, mientras las lágrimas le resbalaban por la cara y el cuello y se le metían por el escote del vestido. —Ven a ver su cuarto y a los profesores. —No puedo dejar de llorar... La haré llorar a ella también. — Tienes que parar y explicarle todo lo que yo te he dicho. Siempre dices que te entiende mejor que a nadie. —Ahora no me entenderá, papá. -Prueba. Por fin, Daisy se calmó lo suficiente para hablar con su hermana en su lenguaje particular. Al poco rato, Danielle lloraba gimiendo como un animalito. —Me ha dicho: «Day, no te vayas.» — ¿Y tú no le has explicado que le van a enseñar muchas cosas? —preguntó Stash con impaciencia. —No me ha entendido. —Eso te demuestra que tengo razón. Si aprende lo que aquí le enseñen, entenderá. Ahora, Daisy, procura que deje de chillar para que podamos llevarla a su cuarto y ya verás como en seguida se le pasa. Los abnegados profesionales que dirigían la institución estaban acostumbrados a las «escenas lamentables», como ellos las llamaban, que se producían cuando la familia dejaba a una criatura bajo sus excelentes cuidados; pero la separación de Daisy y Danielle los dejó atónitos. Los que tuvieron que presenciarla acabaron desesperados y llorando, a pesar de su experiencia profesional, cuando Stash se llevó a Daisy, con la mayor delicadeza posible, pero a viva fuerza. Una vez hubo metido en el coche a Daisy, que gritaba y pataleaba, Stash se dijo que aquellos traumas psíquicos tenían que ser muy malos para ella. Había prometido llevarla a ver a su hermana el domingo siguiente, pero cuando llegó el momento, se negó, explicándole que era por su propio bien y por el bien de Danielle. La niña le escuchó atentamente y, sin decir ni una palabra, dio media vuelta y se fue a su habitación. Al día siguiente Masha dijo a Stash: — Príncipe, la pequeña Daisy no quiere comer. —Debe de estar enferma. Llamaré al médico. —No es cosa del cuerpo. -Entonces, ¿qué le pasa? Vamos, Masha, deja ya de mirarme así; esa mirada dejó de asustarme a los siete años. 109

—No comerá hasta que pueda ir a ver a Dani. —Tonterías. No voy a consentir que una niña de seis años me imponga condiciones. Yo decido lo que considero mejor para ella. Anda, dile que no conseguirá nada. Ya comerá cuando tenga hambre. Masha salió de la habitación en silencio. No volvió. Al otro día, Stash fue en su busca. — ¿Qué hay? —Sigue sin querer comer. Ya te lo advertí. No conoces a Daisy. Masha le miró tristemente y él se fue, sin dar su brazo a torcer. Daisy necesitó aún otro día de huelga de hambre para hacer claudicar a su padre. No probó bocado hasta que su padre le juró que podría visitar a Danielle todos los domingos por la tarde. Stash aprendió de una vez para siempre a no contrariarla en lo referente a Danielle. Durante los meses que siguieron a la muerte de Francesca, Matty Firestone escribió varias cartas preguntando por las niñas y si se habían acostumbrado a vivir en Londres. Aquello suponía una complicación, que Stash decidió eliminar. No tenía intención de entablar correspondencia con el agente ni con su esposa, a los que consideraba enemigos declarados. Por lo tanto, les envió una carta en la que, en tono seco y perentorio, les pedía que le evitasen más preguntas e indagaciones en sus asuntos, una carta tan antipática y desagradable que Matty y Margo decidieron no seguir escribiendo. Daisy y Danielle eran hijas suyas, él tenía todos los derechos. ¿Qué podían hacer ellos? Margo dijo a su marido que lo mejor sería olvidar; olvidar a Francesca, olvidar a las gemelas, dejar atrás aquel trágico capítulo de su vida. Estaba cerrado. Ellos habían hecho todo lo que habían podido. Ahora había que olvidar. — Querrás decir tratar de olvidar —comentó Matty con amar gura. — Exactamente. La única alternativa sería solicitar la custodia de las niñas y nunca nos la darían. —Esas niñas... Eran nuestra familia, Margo. — Para mí también; pero legalmente no. Y eso es lo que cuenta. Los Firestone dejaron de escribir y, en Londres, Daisy siguió visitando a Dani todos los domingos. Stash nunca la acompañó al «Queen Anne». Para no tener que ver a la otra, prefería que Daisy y Masha hicieran aquel viaje de una hora en tren y taxi. Durante los meses de verano de los años siguientes, Stash llevaba a Daisy con él a una casa de Normandía, «La Maree», que había regalado a Anabel poco después de que se conocieran. Pero cada dos semanas, Daisy insistía en volver a Inglaterra para ver a Dani. El sábado por la mañana, Stash acompañaba a

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su hija y a Masha al aeropuerto de Deauville y las recogía el domingo por la noche, sin hacerles nunca ni una sola pregunta acerca del motivo de su viaje. Todos los meses, Stash recibía un informe del colegio «Queen Anne» acerca de las actividades de Danielle, informes que a veces tardaba semanas en abrir. Se decía que todos eran iguales y no le faltaba razón. La niña estaba bien y contenta y se portaba bien. Había aprendido a hacer varias cosas sencillas, le gustaba la música, jugaba con otros niños y se había encariñado con varias profesoras. Conocía varias palabras nuevas y se comunicaba con las personas de su agrado; pero sólo con su hermana podía mantener una conversación. Después de haberle hecho capitular en el asunto de las visitas, Daisy no volvió a hablar de su hermana con Stash. La única persona con la que hablaba de ella era Masha. Nunca hablaba de Dani con Anabel, aunque sabía que Anabel estaba enterada de su existencia. Tampoco a sus amigas del colegio les dijo que tenía una hermana gemela. No se atrevía. Era mucho más que un secreto corriente. Era un tabú en el sentido más primordial. Su padre no quería. Daisy intuía que su seguridad —y también la de Dani— dependía de su silencio. No sabía por qué, pero estaba convencida de ello. No podía exponerse a perder el amor de su I padre, aquel amor del que, inexplicablemente, se la había privado I durante los primeros años de su vida. El estaba equivocado I respecto a Dani, pero Daisy sabía que ella no podría hacerle cambiar, sabía bien hasta dónde llegaban sus propias fuerzas. Sí, en algunas cosas podía importunar a Stash y hacerse la tirana; pero siempre dentro de unos límites bien marcados. Se había quedado sin madre y tenía que aferrarse a su padre y aceptar sin discusión su actitud hacia su hermana o resignarse a la orfandad total. Aquel compromiso establecido en la primera semana, por el que Daisy fue autorizada a visitar a Danielle, fue resultándole más y más aceptable a medida que su hermana se adaptaba sin dificultades a los profesores y a los otros niños del «Queen Anne». Daisy tuvo que acabar por reconocer que ni ella podía ir al colegio de Dani ni su hermana al de «Lady Alden's». Aquellos cinco años pasados en las montañas le parecían cada vez más lejanos e irreales, según se insertaba en su nueva vida en Londres, una vida imposible de explicar a Dani. Sus conversaciones se limitaban al pequeño mundo que comprendía Dani y, año tras año, Daisy iba sintiéndose más y más como una persona mayor que hablara con una niña, en lugar de una niña que hablara con otra niña; Daisy hacía dibujos para su hermana, dibujos que pronto llenaron las paredes de su habitación. —Haz pony. Esta era una de las más frecuentes peticiones de Dani, le gustaba contemplar unos viejos caballos que pacían en un prado cercano a la escuela. A una edad en la que sus compañeras de clase se esforzaban por dibujar

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manzanas y plátanos aceptables, Daisy ya era capaz de hacer un airoso apunte de uno de los temas más difíciles de dibujar bien: el caballo. Cuando Daisy llegó a Londres, Ram tenía trece años. Era, un muchacho taciturno y precozmente sagaz que siempre se negó a reconocer la existencia de aquella hermanastra, producto de un matrimonio muy posterior a su propio nacimiento. El negaba todo derecho a aquella usurpadora. Era un ser sin valor. Peor, mucho peor, una rival. Ram daba mucha importancia a la condición de heredero, mucha más incluso que sus amigos, todos ellos chicos de la alta sociedad y de colegio particular. En «Eton», fundado en 1442 por el rey Enrique VI, se habían hecho siempre grandes distinciones sociales. En 1750, las listas de alumnos se hacían aún por orden de categoría social, empezando por los hijos de duque. Los alumnos con título nobiliario llevaban uniformes especiales, se sentaban en bancos especiales y gozaban de toda clase de privilegios. En los supuestamente democráticos años cincuenta y sesenta se habían suprimido algunos de aquellos anticuados signos de un rígido sistema de castas, pero la correcta transmisión de propiedades y títulos de generación en generación ocupaba un lugar preeminente en el inconsciente colectivo de «Eton» y demás grandes colegios británicos. Era algo que flotaba en el ambiente, como la importancia del criquet o la aversión a «querer aparentar». Desde que podía recordar, Ram había contado con heredar el patrimonio de Stash, todo el patrimonio. No es que deseara la muerte de su padre; ni siquiera se daba cuenta de que lo único que podía hacer suyo aquel patrimonio era la muerte de su padre Sencillamente, lo codiciaba sin las complicaciones que supone el sentirse culpable. En el fondo, él creía que aquella amarga sensación de injusticia que le atormentaba —y que, aunque él no lo reconocía, no era sino envidia de la felicidad ajena- se borraría cuando él fuera el único poseedor, el dueño de todo, el príncipe Valensky. La existencia de Daisy impedía que él pudiera tenerlo todo. Por más que se dijera a sí mismo una y mil veces que, aun en el caso de que ella se llevara algo, habría más que suficiente para los dos, lo cierto era que ella menoscababa la integridad de sus intereses. De todos modos, él era demasiado listo y demasiado precavido para dejar traslucir lo que sentía. Daisy quedó deslumbrada por Ram. Era como un héroe de los cuentos que le leía su madre, capaz de vadear ríos turbulentos, domar potros salvajes, escalar montañas de cristal, cabalgar en el viento y pelear con gigantes. Para la niña que no conocía más mundo que el remoto y solitario Big Sur, aquel muchacho alto y moreno, de cara delgada y seria, cejas oscuras y gesto altivo, era el ser más fascinante de los que poblaban su nueva vida, especialmente porque la trataba con una displicencia que contrastaba con la indulgencia que le demostraban todos los demás. 112

Ella nunca habría podido adivinar que los celos estuvieran atormentándole constantemente. En Navidad, mientras abrían los regalos, él observaba a hurtadillas y advertía que, si bien los suyos eran tan caros como los de Daisy, Stash sólo la miraba a ella, espiando su reacción. Inmediatamente, Ram perdía todo interés por sus propios regalos. Si, en alguna de las cartas que le mandaba a «Eton», Daisy le describía uno de sus almuerzos del domingo en el «Connaught», Ram pensaba con amargura que a él Stash sólo le había llevado al «Connaught» el día de su cumpleaños o durante las vacaciones. Dos Navidades en que su madre se empeñó en que él fuera a Escocia, a aquel castillo lleno de corrientes de aire, en lugar de quedarse con su padre, Stash se llevó a Daisy a Barbados, a pasar un mes al sol, y seguramente lo había hecho a propósito, según rumiaba Ram, dolido de que prescindieran de él, aunque sin decir nada a nadie. A medida que pasaban los años y Daisy iba creciendo, Ram esperaba que a su siguiente visita a Londres la encontraría con la cara llena de granos o convertida en una adolescente gorda. Recibía las miradas de admiración que ella le lanzaba sin sentirse halagado y cuando le preguntaba acerca de su vida en la escuela él contestaba con el mayor laconismo posible. No perdía ocasión de observar cómo ella acaparaba la atención de todos y ocupaba junto a Stash un lugar que por derecho le pertenecía a él. Daisy, que no sospechaba cuáles eran los sentimientos de Ram, trataba insistentemente de conseguir su amistad, movida por un impulso femenino tan poderoso que rayaba en la obsesión. Dibujaba su cara tan a menudo que Dani empezó a pedirle: «Haz Ram», a pesar de que no tenía ni la más remota idea de quién era Ram. La casa que Stash había comprado no era la típica casa de Londres, de fachada clásica que da esa uniformidad a las plazas y calles de la capital. Se encontraba en Wilton Row, un callejón sin salida adyacente a Wilton Crescent, a poca distancia de Hyde Park por la izquierda y de los jardines de Buckingham por la derecha que, no obstante, parecía escondida y remota. En aquella zona de Londres tranquila y depuradamente aristocrática, con su densa concentración de imponentes Embajadas extranjeras, Stash encontró una casa extraordinariamente grande, baja y bastante ancha, de paredes amarillo pálido y persianas grises. Tenía un aire extranjero y hubiera armonizado con muchas zonas de la campiña europea. Los tres lados de Wilton Row rodeaban una plazoleta con una farola gris pálido en el centro, en la que sólo podían dejar el coche los vecinos, los cuales habían pintado sus casas en tonos pastel impropios del país. La casa de Stash Valensky tenía ventanas en forma de arco en la planta baja, y las habitaciones eran espaciosas. En ellas encontró cabida el mobiliario de la casa de Lausana, valiosas alfombras francesas, cuadros y objetos preciosos que acompañaran a sus padres desde San Petersburgo. A Stash nunca se le 113

ocurrió decorar su casa con un estilo distinto de aquel al que se había acostumbrado desde niño. En Wilton Row apenas se oían los ruidos de Londres, y reinaba un aire de paz casi rural. En la esquina de Wilton Row y un callejón llamado Oíd Barrack Yard había un pub, el «Grenadier», vistosamente pintado de rojo y oro, con unos bancos delante de la puerta, bajo una retorcida y venerable wisteria. En un rótulo se leía que sólo se serviría a los clientes que llegasen a pie o en taxi. En resumen, que en toda la urbe no se hubiera podido hallar un rincón más recoleto y apacible que la casa Valensky. Durante muchos años, Stash y Daisy pasaban gran parte del sábado en Kent, donde él poseía unas cuadras. Al regreso de uno de sus paseos a caballo por el campo, cierto día, poco antes de que Daisy cumpliera doce años, padre e hija descubrieron dos caravanas de gitanos. Habían acampado cerca de la finca de Stash y él miró con desconfianza sus carretas con techo de lona de colores. La semana anterior no estaban. Stash se acercó a investigar. -Daisy, tú vete al establo. No tardo ni un minuto. —Papá, no querrás dejarme sin ver a los gitanos, ¿verdad? —dijo, compungida. —No son más que unos cacharreros, Daisy, pero no los quiero cerca de los ponies. Esa gente anda siempre detrás de los caballos. — ¡Vamos, papá...! —dijo ella con zalamería. —De acuerdo —suspiró Stash—. Pero no dejes que te digan la buenaventura. Eso no lo soporto. Eran unos gitanos muy amistosos; demasiado, para Stash. Y no se mostraban remisos en contestar a sus preguntas. Si él tenía algún inconveniente en que se quedaran, se irían en seguida. De todos modos, sólo pensaban estar un par de días, lo justo para hacer unos cuantos remiendos en el pueblo. Stash no quedó tranquilo del todo; pero no podía obligarles a que se fueran de un campo que no le pertenecía. Dio media vuelta para marcharse, pero Daisy ya no estaba a su lado. Estaba arrodillada delante de una caja, canturreando una canción de amor y meciendo en las manos a un cachorro que a Stash le pareció un saco de judías, con las patas y la cabeza colgando y descansando la abultada barriga en las manos de la niña. Tenía el pelo de un tono indefinido, entre gris, marrón y azul, con las patas y las orejas blancas. Por su aspecto, podía ser cualquier clase de perro menos un perro de raza reconocible. «¡Maldición! -pensó Stash—. Debí de figurármelo. ¡Cachorros !» El no era aficionado a las monterías que, al igual que las carreras de caballos, le parecían deportes muy inferiores al polo. No le gustaban más 114

animales que los caballos y desconocía la importancia que tiene la caza para mucha gente del campo. —Es un buen lurcher —dijo el gitano—. Y está en venta. Si Stash hubiera entendido algo de perros o de caza, esta sola frase le hubiera bastado para tomar a Daisy del brazo y llevársela de allí. Nadie puede vender un buen cachorro de lurcher. Es una definición disparatada, ya que no se puede saber si un lurcher es bueno hasta que puede ir de caza, pues ésta es la función del lurcher. Es perro de cazador furtivo, de gitano, de vagabundo... silencioso, rápido, mortífero. Un buen lurcher es capaz de atrapar de un salto a una gaviota en vuelo rasante; un buen lurcher puede mantener a una familia con el producto de sus incursiones nocturnas, saltar cercas de alambre de espino, recorrer varios kilómetros a la carrera y matar un venado sin ayuda. —A mí me parece un borrego —dijo Stash. —Pues es un lurcher. Su madre era Irish wolfhound cruzada de greyhound, y su padre, mezcla de deerhound y greyhound, whippet y sheepdog, todo en una generación. No se puede pedir más. —Total un mestizo. —No, señor; un lurcher. No lo encontrará en los concursos caninos; pero no hay mejor perro que éste. —Si tan bueno es, ¿por qué lo vende? —Han nacido ocho en la carnada y no podemos llevárnoslos todos. Es una oportunidad. El gitano sabía que el cachorro que Daisy sostenía con tanto cariño tenía una pata trasera más corta que la otra. Esto le impediría dar alcance a las liebres, por lo que no valdría la pena alimentarlo. El hombre pensaba abandonarlo cuando se fueran de allí; pero su estirpe era exactamente la que había expuesto y, de no ser por lo de la pata, no lo hubiera vendido ni por cien libras. —Vamonos ya, Daisy. Daisy no tuvo necesidad de abrir la boca. Le bastó la mirada para hacer comprender a Stash que no podría seguir dando largas al asunto del perro. —Está bien —dijo hablando con rapidez — . Te prometo que tendrás un perro, Daisy. Iremos a varias buenas perreras y podrás escoger. Eso es un chucho mestizo. Tú no quieres un perro así. Tú quieres un cachorro de raza. —Quiero a Teseo. —¿Teseo? —Papá, si lo sabes... Fue el chico que peleó con el minotauro en el laberinto. Este curso estudiamos la mitología griega en el colegio. —¿Teseo... eso? 115

—Se me ocurrió nada más verlo. —Es un nombre gracioso para un lurcher —dijo el gitano. —Eso no importa —cortó Stash—. ¿Cuánto pide? —Veinte libras. —Le doy cinco. —Yo pongo las otras quince. Las tengo ahorradas desde Navidad — terció Daisy, con gran sorpresa de los dos hombres, que desde el principio pensaban dejarlo en diez libras. Y así fue cómo el lurcher Teseo, por el que Stash tuvo que pagar al fin doce libras, fue a vivir a Londres, donde Daisy tuvo que sumar a sus actividades las de alimentarlo, enseñarlo y sacarlo a pasear. Las primeras semanas fueron difíciles, pues Teseo, por el peso del estómago, se caía al suelo y no podía levantarse sin ayuda. Pero, gracias a una buena alimentación a base de carne picada, huevos crudos, leche y miel, el animal fue ganando fuerzas hasta que, al fin, hizo honor a su estirpe el día en que se deslizó como una sombra en la despensa y, sin el menor ruido que lo delatara, dejó limpia una fuente de pechugas de pollo rellenas, con gran indignación del cocinero que, pese a sus sospechas, no pudo demostrar la felonía por falta de pruebas. Teseo no tardó en acostumbrarse a su pata más corta, que le hacía moverse con un leve contoneo, parecido al del gran bebedor que ha tomado ya tres martinis, pero aún puede resistir unos cuantos más. Dormía en un cesto al lado de la cama de Daisy, casi siempre patas arriba. Teseo pronto hizo buenas migas con Merlin, la yegua, a la que olfateaba los ollares como un ardiente enamorado, saltando delante de sus cascos. Los criados de la casa se dividían en dos categorías: los que mimaban descaradamente al perro, víctimas de sus tácticas de maleante arrepentido, en las que se combinaban las más espectaculares demostraciones de afecto y unas miradas de patetismo que derretían el corazón, y los que lo detestaban por la sencilla razón de que para Teseo no había nada sagrado: ni rosbif, ni blinis, ni lonchas de bacon, ni piroshki, ni fondue, ni, desde luego, cerveza. Los criados rusos de Stash tenían ya más de setenta años. Muchos habían muerto, otros se habían retirado, pero los que quedaban, los que salieron de Rusia en 1912 siendo muy jóvenes, seguían un régimen alimentario en el que se combinaban las especialidades culinarias inglesas, suizas y rusas. Con la edad se les había abierto aún más el apetito. Teseo parecía devorar diariamente una cantidad de comida equivalente a su propio peso, y al poco tiempo el rollizo cachorrillo se convirtió en un perro esbelto, del tamaño de un galgo robusto, de una altura de unos setenta y cinco centímetros. Como no fuera con trancas y cerrojos, era imposible mantener fuera de la cocina y la despensa a aquel animal casi invisible, que se 116

movía con el sigilo de una sombra, saltaba silenciosamente sobre su presa, la engullía de golpe y desaparecía antes de que se descubriera el hurto. El no hacía más que desempeñar su función en la vida, pero eran muy pocos los que se mostraban comprensivos con aquella su innata criminalidad, un bandolerismo que le había sido inculcado a través de siglos. Sin embargo, pese a sus maneras furtivas, los lurchers son perros nobles. Siglos atrás, sólo los príncipes podían poseer estos galgos mestizos de pelo áspero. Llevaban collares de oro y eran indispensables en la Corte, donde la caza era el principal pasatiempo, y muchos tapices antiguos están adornados con su majestuosa presencia. El colegio de Daisy, «Lady Alden's», era el más selecto de Londres. Se regía por dos principios fundamentales, que, por extraño que parezca, producían jóvenes bien educadas. Todas las profesoras debían pertenecer a la aristocracia; lady Alden tenía preferencia por las hijas de los condes arruinados (entre el profesorado abundaban las lady Marys y lady Janes). Las niñas, comprendidas entre los seis y los dieciséis años, no debían cumplir obligatoriamente este requisito. Bastaba sólo que sus padres tuvieran dinero, a ser posible, a escala regia. El que muchos de los padres, además, fueran de la nobleza, no era sino una feliz coincidencia. Durante los nueve años que fue al «Lady Alden's», Daisy vistió el caro uniforme comprado en «Harrods», cada año una talla mayor, pero siempre el mismo modelo: traje marinera azul marino con cuello y ribetes blancos y delantales azul celeste abrochados en la espalda. Todas las mañanas antes de las nueve, Daisy llegaba a la puerta de la escuela, compuesta por tres edificios contiguos, situados en una calle tranquila cerca de Kensington Gardens y del Albert Memorial. Después del rezo, Daisy y las demás alumnas, un centenar en total, desfilaban por delante de lady Alden haciendo una reverencia y diciendo buenos días en voz clara, audible y bien articulada. Lady Alden, que había sido una mujer muy hermosa, era muy autoritaria, y cada vez que su atención se fijaba en una determinada alumna, un corazón se desbocaba. Esgrimía una formidable palmeta, que no vacilaba en utilizar sobre los nudillos de las niñas, y hasta las profesoras con más alcurnia temblaban ante ella. Cuando Daisy hubo salido de casa cierto día de otoño, poco después de que el perro hubiera empezado a dormir en su habitación, el cocinero y el anciano mayordomo pusieron en práctica una estratagema para librarse de Teseo. El cocinero, sosteniendo en alto un pollo, lo atrajo a la puerta principal, lanzó el pollo a la calle y, cuando Teseo salió disparado tras él, cerró la puerta y corrió el cerrojo. Los dos conspiradores quedaron al acecho, esperando oír rascar en la madera de la puerta y decididos a no hacer el menor caso; pero Teseo, después de comerse el pollo, se sacudió el pelo, 117

largo y áspero al tacto, irguió las orejas y siguió a Daisy por el olfato hasta el colegio. Aquella tarde, al salir, ella lo encontró esperándola pacientemente, enroscado en la puerta de la caseta del guarda, desde la que Sam, el portero, protegía la escuela y a sus preciosas ocupantes de los contactos con el mundo exterior. —Conque el perro es suyo, señorita —dijo Sam que a todas las llamaba «señorita» para no tener que recordar el título de cada una—. No puedo tenerlo aquí todos los días. Lo prohibe el reglamento. Como lady Alden se entere, le da un ataque. Teseo, en un arrebato de entusiasmo delirante, se lanzó sobre Daisy, le puso las patas delanteras en los hombros y trató de lamerle la cara, todo ello, en silencio, como corresponde a un buen lurcher. —Desde luego, Sam —dijo Daisy, muy pensativa. ¿Alguna vez habría ido un perro al «Lady Alden's»? Nadie lo sabía. Semejante transgresión era inimaginable, casi tanto como que un hombre desnudo posara en la clase de dibujo o, para el caso, una mujer desnuda. Sin embargo, Teseo fue a la escuela durante tres años. Entraba por una puertecita, que se dejaba abierta para el jardinero en la parte trasera del edificio principal. El animal se portaba bien y, para no comprometer a nadie, pasaba todo el día durmiendo en un montón de almohadones, que Daisy había ido llevando uno a uno, tan disimulado en un rincón oscuro, que nadie advirtió su presencia, aparte el jardinero, que detestaba a lady Alden tanto como quería a los perros, y nunca hacía preguntas, aunque, por supuesto, guardaba el almuerzo en un bolsillo provisto de botón, ya que había conocido a muchos lurchers antes de ir a vivir a la ciudad. Daisy tenía quince años. En abril de 1967, Londres era el centro de todo lo nuevo y vital. Daisy era una entusiasta admiradora de los Beatles, de Vidal Sassoon, Rudolf Nureyev, Twiggy, Mary Quant, Jean Shrimpton y Harold Pinter. No admiraba a Andy Warhol, a Baby Jane Holzer y ni siquiera a Mike Jagger. De todos modos, aquel año, en que cualquier dependienta podía elegir entre vestirse como una india americana, con un vestido de piel de ante, collares de cuentas y una cinta en la frente, o como una cupletista romántica, con calzones de encaje y blusas con chorreras inspiradas en ¡Viva María!, el año en que la minifalda se redujo a su mínima expresión y, finalmente, se convirtió en shorts, Daisy aún tenía que llevar su vestido azul marino y el delantal azul. —Si dependiera de papá y de Masha, iría siempre de uniforme —dijo a Anabel un sábado, después de almorzar en Faton Square sentada en un sofá verdegrís, con sus largas piernas dobladas debajo del cuerpo. 118

— ¡Hum...! Al verte, nadie diría que lo pasas muy mal —contestó Anabel, mirándola de arriba abajo. Daisy llevaba un conjunto compuesto de calzón hasta la rodilla, de terciopelo negro, chaqueta a juego con botones dorados y ribetes de seda negra y blusa blanca con puntillas, medias blancas de canalé y zapatillas negras con una borla. Se había recogido el pelo en dos racimos de bucles a cada lado de la cara, atados con relucientes cintas negras; se había oscurecido ligeramente las cejas y llevaba un poco de rímel en las pestañas, sin más afeites. Desde el día en que Anabel viera a Daisy por primera vez, una niña de seis años que acababa de perder a su madre, que iba a ser separada de su hermana gemela y que había llegado a un país extraño para vivir con un padre al que no había visto más que contadas veces, Anabel se había sentido fascinada por el indomable sentido de la justicia que observó en ella. Era casi increíble que una criatura fuera capaz de demostrar aquella lealtad que le había permitido torcer la voluntad de Stash, aquel hombre de hierro que, en opinión de Anabel, aún no había sabido adaptarse a la vida, para que le permitiera ir a ver a su hermana todas las semanas. La había visto crecer con vivo interés, sin perder detalle. Con frecuencia, Anabel se preguntaba cómo había podido Daisy adaptarse a su nueva vida, una vida que había de resultarle tan extraña, con aquella aparente facilidad. Anabel era una mujer inteligente y sabía que no podía conocer a Daisy del todo. No era una niña comunicativa que buscara expansionarse. Algún precio debió de pagar. Anabel se preguntaba también si se malograría la promesa y Daisy se convertiría en una jovencita como tantas otras, bonita y nada más. A los quince años, Daisy no sólo conservaba aquella pureza y aquel ardor, sino que en su rostro empezaban a apreciarse las primeras señales de la madurez. «Esa chica va a armar un tremendo jaleo», pensaba Anabel, imaginando la viva curiosidad que debía de despenar ya ahora en los hombres, con aquella boca carnosa y enigmática, a la vez provocativa e inocente, y aquellos ojos que, a pesar de su mirada franca, tenían una insondable profundidad en sus pupilas que hacían pensar en terciopelo negro... ¡Ah, y su figura! Un cuerpo impecable, esbelto y fuerte. Además, el aire desenvuelto y romántico a la vez que privaba en el mundo, era natural en ella. Pero en aquel momento Daisy desbordaba de esa feroz amargura y esa turbulencia contenida propias de la juventud, concentradas en el tema de la indumentaria, que nunca significó nada para ella. —No te imaginas cómo tuve que pelear para que papá me dejara comprar en «Annacat» —decía con indignación—. ¡Figúrate que él quería que fuera a la sección de jovencitas de «Harrod's» y me comprara falditas plisadas y conjuntos de blusa y chaqueta de punto... 119

—Así visten las chicas inglesas —observó Anabel suavemente—. Por lo menos, algunas. —Sí, las que viven en el campo, las hijas de cura... Y, aun ésas, sólo con pantalón vaquero —dijo Daisy con acento de rebeldía—. El no se da cuenta de que ya soy mayor. No me deja salir con chicos. ¡Aunque tampoco conozco a ninguno! Es imposible... «Está en la edad rebelde, eso salta a la vista —pensó Anabel—. Stash va a tener problemas, con lo anticuado que es.» A los cincuenta y seis años, Stash se había vuelto tan conservador en todo lo concerniente a Daisy, como liberal era para sí. Era una situación en la que se encontraban muchos padres de hijas hermosas, según pensó Anabel con regocijo. Ella misma sólo tenía un año más que Daisy cuando se escapó de casa para casarse con aquel pesado, ¿cómo se llamaba? Por cierto, que había muerto el año anterior. De no haberse divorciado de él, ahora sería la marquesa viuda... Al pensarlo, no pudo reprimir una sonrisa, a pesar de que procuraba conservar la seriedad, pues quería mucho a aquella niña y sabía lo mucho que molesta al adolescente no ser tratado con todo respeto. Anabel había dispuesto aquel almuerzo a solas con ella para darle ocasión de desahogarse, pues comprendía la terrible soledad que se siente a esa edad. Las dos se sorprendieron al oír el timbre de la puerta en la planta baja. Anabel no esperaba a nadie hasta que llegara Stash, a última hora de la tarde. Poco después, Ram entró en la sala y Daisy se levantó muy contenta de verle. Desde que Ram tenía su propio piso y trabajaba en la City, casi nunca veía a aquel hermanastro de veintidós años. —¿Se puede saber de qué vas disfrazada? —le preguntó. Parecía contrariado. Había llegado sin avisar, esperando encontrar a Anabel sola y poder charlar con ella, y allí estaba Daisy. Ni siquiera se dio cuenta de que su mirada de alegría y la sonrisa con que ella le había recibido se borraban y se convertían en un gesto de desencanto al oír sus desconsideradas palabras. —Tú no entiendes ni una jota de modas, Ram —dijo Anabel con una aspereza que él desconocía—. Daisy está preciosa, y eso lo ve hasta el más tonto. —Si tú lo dices, mi querida Anabel... —respondió él distraído, haciendo caso omiso de Daisy. —Tengo que irme a casa —dijo Daisy apresuradamente. Estaba deseando quitarse aquellos calzones de terciopelo y aquella camisa con chorreras, de los que tan orgullosa estaba hasta hacía un momento. Ahora aquel paje de novela, aquella preciosidad de criatura que era una fiesta para los ojos, se sentía avergonzada de su aspecto. La opinión de Ram, cuyo favor llevaba ya nueve años tratando vanamente de conseguir, lo era todo para ella, por más que se decía que él, por lo que fuere, nunca la querría. Ram tenía la habilidad de herirla como nadie. Ram, el hombre

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superior, el distante, reservado y hermético Ram de rostro altivo e impenetrable, la deslumbraba y hacía que ella se desviviera por agradarle. En «Lady Alden's», donde Daisy cursaba el penúltimo año, ella era la cabecilla indiscutible de la clase, la campeona del colegio en los juegos, una de las pocas a las que la palmeta no había hecho llorar y centro de un grupo de amigas tan intrépidas y buenas amazonas como ella. Formaban, dentro del dócil cuerpo de la escuela, un foco de latente revolución, cuya existencia, de haber llegado a oídos de lady Alden, hubiera hecho volar la temible palmeta como nunca. Daisy, dolida por el comentario que su primer vestido de persona mayor le había valido de Ram, decidió quitarse la espina haciendo una barrabasada sin precedentes en los anales del colegio. Sus sentimientos eran casi de persona adulta, pero ella sólo conocía medios infantiles para desahogarlos. Hasta sus mejores amigas se quedaron boquiabiertas al oír el plan. —¿Una gymkhana? Daisy, estás majara. Una gymkhana tiene que hacerse en el campo, con caballos, pruebas de habilidad, banderas y ceremonia. Lady A. nunca nos lo permitiría. — Lady A. no es la dueña de Belgrave Square. —¡Oh, Daisy! ¡Qué barbaridad! ¿Crees que podríamos hacerlo? —¿Por qué no? Eso sí, todas tenéis que ayudar. Sólo hay que organizarse bien. La Metropolitan Police no consiguió explicar a sus superiores la Gran Gymkhana de Belgrave Square. ¿Cómo iban los buenos agentes a sospechar los recursos de astucia de dos docenas de jóvenes y entusiastas amazonas que entraron sigilosamente en el augusto parque de madrugada para colocar toda clase de obstáculos, banderas y gallardetes? Vestidas con pantalón beige, botas relucientes y chaqueta de cheviot, en nada se distinguían de las respetables señoritas que salen a pasear a caballo por Londres cuando, a la luz del amanecer, aquellas furias sacaron silenciosamente sus caballos de las distintas cuadras de Mayfair y se congregaron junto a aquella arbolada plaza cubierta de césped primorosamente cuidado a la que miran las Embajadas de Portugal, México, Turquía, Noruega, Alemania, Austria y, muy propiamente, el Colegio Real de Veterinarios y el Colegio Imperial de Defensa. Una de las intrépidas vivía en la plaza y tenía una llave de la alta verja. Antes de que la Policía se diera cuenta, no sólo había empezado la gymkhana, sino que todas las calles que conducen a la plaza — Upper Belgrave Street, Belgrave Place, Wilton Terrace, Wilton Crescent y Grosvenor Crescent— estaban atascadas por los automóviles, abandonados por sus ocupantes, que habían salido a ver qué ocurría. ¿Y qué podían hacer unos cuantos agentes contra una banda de muchachas que gritaban como energúmenos, veteranas de docenas de concursos hípicos, más duras y tenaces que la caballería, montadas 121

en caballos muy veloces y galopando como horda de amazonas de otros tiempos? Conducidas por Daisy con las trenzas al viento, saltaban valla tras valla, haciendo ondear gallardamente las banderas que portaban. Pero había disciplina en sus filas, y el silbato de Daisy las hacía acortar el galope o formar al trote en fila de a dos. Intentar arrestarlas hubiera sido como pretender cazar a un regimiento de la Guardia en pleno desfile. La gymkhana no terminó hasta que se oyeron las sirenas de la Policía cerca de Belgrave Square. En aquel momento, Daisy levantó la mano y gritó una orden, y la inspirada banda se dispersó saltando las verjas y huyendo entre el público que las aclamaba. Como había dicho Daisy, era verdad que lady Alden no era propietaria de Belgrave Square. El propietario era el conde de Grosvenor, dueño también de casi todo Mayfair y Belgravia. La familia Grosvenor son los terratenientes más ricos de Inglaterra, y esos trescientos acres del centro de Londres no son sino una de sus muchas propiedades esparcidas por todo el mundo. El conde de Grosvenor era dueño de Wilton Row, y Stash había arrendado al «Grosvenor Trust» la casa que ocupaba. En las oficinas de la administración del «Grosvenor Trust» hizo muy poca gracia la gymkhana de Daisy. Los jardineros de Belgrave Square habían informado que costaría cientos de libras reparar los daños del césped. Pero eso no era lo peor... Era el principio. En territorio de Grosvenor, todos los rótulos de los parques indican las mismas prohibiciones que el que se encuentra en la entrada del espacio verde semiovalado de Wilton Crescent. Se prohiben los juegos ruidosos, se prohibe la entrada a los niños menores de nueve años que no vayan acompañados por una persona mayor, y se proscribe a los perros. Aunque los niños que vayan acompañados pueden llevar bicicleta o ciclomotor, está prohibido salirse de los senderos y pisar las flores y, muy . especialmente, se prohibe la entrada al parque de grupos organizados. Se había roto la tradición de aquellos parques tranquilos y apacibles. Y la responsable era Daisy, reconocida e identificada por uno de los vigilantes que había tenido que presenciar inerme la gymkhana. Con voz alterada y acento escandalizado, el hombre dijo que se trataba de una señorita que tenía... ¡un lurcher! Esta palabra levantó un murmullo de indignación entre los consejeros de «Trust», todos ellos terratenientes y, por tanto, víctimas, como lo habían sido sus antepasados desde el principio de los tiempos, de los cazadores furtivos y sus lurchers. ¿Qué clase de señorita podía tener un lurcher? Uno de los consejeros de «Trust» fue a ver a Stash. No era que ellos quisieran castigar a su hija; pero, después de un acto semejante, ¿de qué no sería capaz? Stash pensó en el contrato de arrendamiento que expiraba dentro de tres años, transcurridos los cuales revertiría al patrimonio 122

Grosvenor, y convino con su visitante en que tendría que pensar seriamente en la forma de imponer disciplina en su hija. La verdad era que Stash estaba realmente horrorizado por la conducta de su hija. Aquello era más atrevido que todo lo que él había hecho a su edad y, además, ella era una niña. Cuando se fue su visitante, con un cheque por el importe de los daños y la seguridad de Stash de que hablaría con Daisy, el príncipe permaneció largo rato sentado, pensando en su alocada hija, ¿ Cómo iba a crecer aquella niña sin más ejemplos de persona mayor que él mismo y Anabel? Ninguno de los dos era inmoral, desde luego; pero les tenían sin cuidado los convencionalismos sociales. Eton había convertido a Ram en un muchacho serio, formal y trabajador; pero «Lady Alden's» no había conseguido domar a Daisy. ¿Qué sería de ella cuando ya no viviera bajo su techo? Lo de la gymkhana era algo más que una travesura infantil, pensaba Stash sintiendo en aquel momento todo el peso de sus cincuenta y seis años. Se reconocía culpable. No había sabido educar a Daisy. Pero, ¿qué hacer para el futuro? El no iba a estar siempre a su lado para sacarla del atolladero. Durante abril y mayo, Stash reflexionó detenidamente sobre el problema de Daisy mientras atendía sus asuntos y, finalmente, llamó a su abogado e introdujo ciertos cambios en su testamento. Después no volvió a pensar en ello, convencido de que había obrado con prudencia. Una gran parte de su fortuna estaba invertida en acciones de la «Rolls-Royce», y Stash seguía con vivo interés los intentos de la Compañía por introducirse en el sector de fabricación de motores de aviación en el que predominaban los norteamericanos. En 1963, su confianza en «Rolls» aumentó al observar el éxito de su motor turboventilador «Spey» y a la sazón, en 1967, sabía que estaban tratando de firmar un contrato con «Lockheed» para fabricar el motor del aerobús «TriStar», el «RB.211», y Stash, que al hacer sus inversiones se dejaba llevar más por el sentimentalismo que por el frío cálculo financiero, puso aún más capital en la Compañía que tanto admiraba. De todos modos, la mayor parte de su tiempo estaba dedicado al entrenamiento de sus ponies de polo. Ahora volaba menos, pues ya no necesitaba del sosiego que hallara en el aire cuando Francesca le abandonó catorce años atrás. Todo aquello parecía ya muy lejano y poco importante. De todos modos, conservaba el permiso vigente y, de vez en cuando, participaba en los concursos de acrobacia aérea que tanta popularidad habían adquirido en todo el país, y durante unas nostálgicas horas se sentaba en la carlinga de un Spitfire o de un Hurricane, reliquias primorosamente conservadas, con sus motores «Merlin Rolls-Royce», tan fiables como siempre. Aquel hermoso domingo de mayo, el motor del Spitfire, construido veintisiete años antes que Stash pilotaba en la exhibición aérea de Essex, no 123

tuvo el menor fallo; pero la palanca del tren de aterrizaje se atascó, y Stash se dirigió hacia los bosques situados más allá de la pista, para intentar aterrizar sobre el vientre del aparato, con la esperanza de que los árboles amortiguaran el impacto. Muchos pilotos de caza habían hecho aterrizajes de emergencia con aquellos aviones y vivido para contarlo. El, no.

10 En las semanas que siguieron a la muerte de Stash, Anabel que, a su manera, le lloraba como no había llorado a nadie en toda su vida; Anabel, que tenía el presentimiento de que Stash iba a ser el último hombre de su vida, trató de reunir lo que quedaba de la familia. Quiso que Daisy y Ram fueran a pasar el verano en la casa que Stash le había comprado hacía siete años cerca de Honfleur. Al ver a Ram tan desconcertado, actuando sin su habitual competencia, le convenció para que pidiera permiso en la oficina de la City durante los meses de junio, julio y agosto. Pero Anabel, con muy buen juicio, invitó a numerosas amistades, de Londres y de su círculo de verano de Francia, para que les distrajeran y animaran, pues no era bueno que se quedaran solas tres personas que lloraban semejante pérdida. Anabel se daba cuenta de que Daisy sentía la muerte de Stash mucho más que Ram. Se había quedado muy sola, pues hasta Masha había muerto hacía dos años. Cuando Daisy fue a ver a Dani en busca de consuelo, su hermana, con una extraña intuición, pareció notar su pena, a pesar de que Daisy sonreía, la abrazaba y jugaba con ella. Dani la miraba con tanta extrañeza, que a Daisy se le saltaban las lágrimas. —Day, no va —dijo Dani echándose hacia atrás, y Daisy acabó por dejar que se fuera a jugar con sus amigas al jardín. Ram era, por fin, el príncipe Valensky. No sólo había heredado la casa de Londres con su valioso mobiliario, excepto los animales de Fabergé y un paquete de acciones de «Rolls-Royce» que dejó a Anabel, sino también todos los ponies de polo, las cuadras de Trouville y de Kent, y la mitad de la fortuna de Stash, compuesta por una parte de acciones de «Rolls-Royce» y todo lo que quedaba del dinero de Suiza. Stash dejó a Daisy la otra mitad de su fortuna, toda ella en acciones de «Rolls». Pocas semanas después de que la gymkhana de Belgrave Square le convenciera de que Daisy no debía disponer libremente de sus bienes hasta que hubiera cumplido los treinta años, Stash nombró al formal y competente Ram depositario de la herencia de la muchacha, conjuntamente con el Banco de Inglaterra. 124

Ram era rico y dueño de sus actos. Sin embargo, sentía cierta insatisfacción, como si su padre, al morir tan de repente, hubiera permanecido intacto, como si Stash siguiera siendo el verdadero príncipe Valensky. Era como si faltara algo, algo que no se había terminado, que no se había conquistado. Aquel verano, en «La Maree», la casa de Anabel, nunca hubo menos de ocho personas, y a veces, más de una docena. Sus amistades aceptaban encantadas las invitaciones de Anabel. A sus casi cuarenta y ocho años, Anabel había desarrollado unas cualidades de simpatía, comprensión y delicadeza que hacían de ella la confidente perfecta. Los secretos de que era depositaría acentuaban sus dotes de comprensión y enriquecían su carácter, como un collar de perlas que llevara debajo de un vestido de tela fina que apenas permitiera adivinar su brillo. Un amigo suyo, católico que recientemente había abandonado la práctica de su fe, solía decir que después de hablar con Anabel se sentía tan limpio como si acabara de confesarse, salvo que —y esto era lo mejor— a ella no tenía que prometerle no reincidir. Los términos que mejor pueden describir «La Maree» son: casa encantada. Hay en el mundo muchas casas grandes situadas en lo alto de una montaña cubierta de bosque, de cara al mar; pero todo el que pasaba unos días en «La Maree» quedaba marcado para siempre por su ambiente extraño, poético, nostálgico y un tanto misterioso. La casa se alzaba detrás de una alta tapia y rodeada de más de una hectárea de viejos jardines, sobre la Cote de Grace, la estrecha y sombreada carretera que, encaramándose por la montaña, enlaza Honfleur con Deauville. Desde todas las ventanas de la casa, salvo las de la fachada principal, se divisaba todo el estuario del Sena, hasta El Havre, que se dibujaba claramente en la distancia, entre la bruma. Detrás de la casa había una gran terraza, rodeada de espesos y fragantes bosques, que descendían en abrupta pendiente hasta los lindes de dos pequeñas granjas. Un dédalo de ocultos senderos cruzaban los bosques. Más allá de las granjas estaba el mar y, en el mar, una alegre y cambiante flota de barcas de pesca y de recreo, que entraban y salían del puerto de Honfleur. Mar adentro, navegaban transatlánticos y barcos de carga. La terraza estaba orientada a Poniente, y al anochecer, cuando el Sol se hundía, al fin, en el horizonte y empezaban a verse las luces de El Havre, el momento tenía un encanto casi intimidante, que inducía a hablar en voz baja o guardar silencio. La casa en sí parecía la prueba de que aún existía la magia. Era una antigua granja que había crecido poco a poco a través de los siglos, y cuando pasó a ser propiedad de Anabel, tenía trece niveles de tejado, cubierto de paja, en la que siempre quedaba alguna semilla que echaba flores al llegar la primavera. Algunas partes de la casa tenían tres pisos de alto; el ala de la cocina, la más antigua, sólo uno; pero daba uniformidad al conjunto su construcción de pared revocada con entramado de madera, cubierta en su mayor parte por 125

un ondulante manto de viña silvestre de hoja grande que, al llegar el otoño, se tornaba de un brillante color rojizo. Más que un edificio, aquella casa parecía una cosa viviente, y al entrar en ella se sentía uno parte de un espacio vital que latía y respiraba, en el que el exterior y el interior se entremezclaban. Durante todo el día, las altas ventanas permanecían abiertas al sol de par en par, y Anabel salía muy temprano a llenar su cesto de aguileñas, coreopsis, rosas, margaritas, lupinos, delfinios, dalias, brezo, miosotis y pieds d'alouette o patas de alondra, una flor que Brueghel pintó en algunos de sus cuadros, con las que formaba ramos más espléndidos y originales que en su casa de Londres, donde tenía que limitarse al surtido que le ofrecía su florista. Aunque Anabel insistía en que sus invitados hicieran en «La Maree» una vida informal y de vacaciones, la casa en sí estaba bien dotada de personal y decorada con cierto empaque. Cada dormitorio tenía las paredes tapizadas de damasco finamente plisado en distintos tonos del mismo color, con dibujo de flores. Las cortinas de las ventanas y de las camas de columnas eran de la misma tela. El dormitorio de Daisy era verdemar; el de Anabel, rosa y crema, y el de Ram, azul. El salón tenía el techo altísimo y, en un rincón, una escalera de caracol conducía a la galería que rodeaba la habitación por tres lados. La pared de la galería estaba cubierta de libros, y en ella abundaban los rincones acogedores, invisibles desde abajo, en los que uno podía pasar el día cómodamente sentado, leyendo aquellos mohosos tomos que Stash compró en la casa. La situación de «La Maree» le resultaba muy conveniente por su proximidad a Trouville, donde aún poseía las cuadras a las que una noche llevó a Francesca. También le atrajo la historia reciente de la casa, que contaban todos los vecinos de Honfleur. Su anterior propietaria, madame Colette de Joinville, había escondido en ella a once soldados ingleses, que no habían podido llegar a las playas de Dunkerque para ser evacuados y a los que ella puso en contacto con la Resistencia. Con gran riesgo personal, los tuvo escondidos nueve meses en la buhardilla, hasta que, uno a uno, fueron conducidos clandestinamente a España, desde donde regresaron a Inglaterra para seguir combatiendo. La vida en «La Maree» se ajustó pronto a una rutina: desayuno en la larga mesa de madera de la gran cocina, a la que cada uno llegaba cuando quería, en bata o albornoz; después, Daisy y Anabel, provistas de grandes cestos, bajaban a comprar productos frescos al puerto de Honfleur. El almuerzo, precedido de jerez en la terraza, se prolongaba durante dos horas. A continuación, el café, también en la terraza. Después del café, cada uno hacía lo que más le apetecía: buscar antigüedades, visitar los lugares típicos, dormir la siesta o pasear por el campo. Finalmente, cóctel, cena, unas partidas de póquer o de dados y a la cama temprano.

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Daisy descubrió que se sentía menos desgraciada cuando estaba sola con su bloc de dibujo, sacando apuntes de las pintorescas casas del Vieux Bassin de Honf leur, tema favorito de pintores desde hace ciento cincuenta años, o tratando de plasmar sobre el papel los tres grandes pinos de copa redonda que guardaban el lado de «La Maree» que miraba al océano. Después de tantas horas pasadas a la intemperie, la piel de Daisy había adquirido un color de croissant recién tostado. Un día, mientras se bañaba, le llamó la atención el contraste de sus pechos blancos con sus hombros bronceados, con una raya blanca marcada por el tirante del jersey. Luego estaba blanca hasta donde terminaban los shorts de tenis. Las piernas parecían más oscuras aún que los brazos. Se miraba al espejo, dando vueltas y vueltas, divertida por aquel aspecto de caballo pinto y admirada por la nueva curva de sus senos, altos y separados, y la suave ondulación de sus caderas. En el aspecto sexual, Daisy estaba muy poco desarrollada para sus quince años. Había estado siempre muy protegida por su padre, que no le permitía relacionarse con chicos de su edad. Sus mejores amigas del colegio eran aquellas que sólo se interesaban por los perros y los caballos. Algunas veces había sentido la comezón del deseo físico, que había reprimido o desahogado con el deporte. Frotó con curiosidad su vello púbico albino y, al verse en el espejo, retiró apresuradamente la mano. Era más suave que el pelo de la cabeza, pensó extrañamente turbada, poniéndose a toda prisa su uniforme de verano: unos shorts de tenis del año anterior, cortos y raídos, y jersey sin mangas, a rayas horizontales, comprado en Honfleur. Llevaba el pelo suelto y, a veces, volvía de sus expediciones por el bosque con una hoja o un abrojo enredado en la melena. Ram no perdía ocasión de criticar duramente su aspecto. — Anabel, ¿no podrías hacer que se vistiera de otro modo? Va hecha una salvaje. Es más que vergonzoso, es indecente. ¡No puedo mirarla! Tú no la vigilas como debieras. Me sorprende que dejes que ande por ahí hecha una guarra. —Ram, cálmate. Honfleur es un lugar de vacaciones, cada cual se viste como quiere —respondió Anabel suavemente—. Tú eres el que debería aflojar un poco y adaptarte al ambiente. Desde aquí me parece ver todavía los campos de juego de Eton presidiendo tu vida. Ram dio media vuelta y se alejó indignado mientras Anabel movía tristemente la cabeza. En aquel momento pensaba que cada vez que Daisy trataba de entrar en conversación con él, Ram tenía algún comentario desagradable que hacer, hasta que ella dejó de dirigirle la palabra. Anabel no podía hacer nada, salvo tratar de apaciguarle con cariño. Pensó que tal vez aquella actitud fuese su manera de reaccionar por la muerte de Stash; con irritación, casi con crueldad.

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Días después, antes del desayuno, Ram cometió la imprudencia de echar un vistazo al periódico y, mientras él estaba distraído, Teseo se zampó sus huevos con tocino. Ram trató de darle con el puño, pero Teseo ya no estaba. — ¡ Maldita sea, Daisy! ¡ Ese asqueroso chucho tiene que salir de esta casa! —gritó con la cara crispada—. En cuanto lo coja lo mato. — ¡Si te atreves a tocarlo, te mataré yo a ti! —respondió Daisy. — ¡Niños, niños...! —murmuró Anabel sin resultado. —Te lo advierto, Daisy, no soporto a ese asqueroso bicho —continuó Ram—. Ya no tiene ninguna gracia. Daisy le tendió su plato. —Toma mi desayuno. Es lo mismo que se ha comido Teseo. Pero tú le has puesto la tentación ante los ojos. Ya deberías saber cómo las gasta. ¡Y no es un bicho asqueroso! Toma, no te enfades. Ram apartó el plato que ella le ofrecía. —Ya no tengo apetito. Y estoy harto de oírte defender a ese animal. Procura que no me lo tropiece. Se levantó bruscamente y se fue a su habitación. —¡Ay, ay, ay...! —suspiró Anabel—. ¡Cómo me gustaría que las personas se trataran con más amabilidad! Para Anabel, la falta de amabilidad era el único pecado imperdonable. Anabel esperaba con expectación la llegada de sus amigos Guy e Isabelle de Luciny, anunciada para finales de la primera semana de julio. El matrimonio llevaría a sus hijos, Valerie, poco más de un año menor que Daisy, y JeanMarc, que tenía casi dieciocho años. Anabel esperaba que su presencia haría que Daisy abandonara sus solitarias expediciones. La última vez que había visto a Jean-Marc, éste era un muchacho de quince años, fornido y más bien bajo, pero amable y simpático, por lo cual le costó trabajo reconocerle en el joven alto y atractivo de grandes ojos pardos que la saludaba después de bajar del coche delante del zaguán circular de la casa. Sus modales tenían esa rara exquisitez privativa del francés bien educado que está en el umbral de la edad adulta, y Anabel observó con íntimo regocijo que el joven quedó instantáneamente hechizado por Daisy. Le seguía a todas partes con más asiduidad que el mismo Teseo. Literalmente, no le quitaba la vista de encima, lo cual hacía de él un compañero de mesa bastante difícil, que comía sin mirar el plato y no oía lo que se decía en la mesa, ni siquiera si alguien le pedía el salero. Al principio, Daisy demostraba más interés por Valerie que por JeanMarc, quien todas las mañanas acompañaba a las dos muchachas a Honfleur, cargado con el capazo de Daisy; pero después empezó a corresponder a las rendidas atenciones del joven con un aire de complacencia y picardía y una animación que no había mostrado desde hacía muchas semanas. 128

—Me parece que voy a tener que consultar con un abogado, Jean-Marc. Y es que tienes una habilidad para hacerte adoptar... —le dijo un día después del almuerzo, mientras todos estaban perezosamente tendidos en la terraza; es decir, todos menos Jean-Marc, ocupado afanosamente en acercar a la de Daisy su tumbona de lona rayada. Al oírlo, Isabelle de Luciny y Anabel intercambiaron una expectante mirada. La admiración que le demostraba Jean-Marc tuvo la virtud de transformar a Daisy. Aquella noche bajó a cenar muy arreglada, con minifalda y fino jersey de verano, y después se ofreció a servir el café, tarea de mujer mayor que, en ocasiones, había realizado con escaso interés, pero que ahora cumplió con innegable gracia. Cuando Guy de Luciny la felicitó por su habilidad, ella recibió el cumplido con un aire de naturalidad propio de una mujer formada y lanzó a Jean-Marc una mirada de picardía, como preguntando por qué había consentido que su padre dijera lo que él estaba pensando. Daisy dejaba que Jean-Marc la acompañara en sus excursiones pictóricas a Honfleur, y a veces llegaban tarde al almuerzo, rojos del sol y riendo de chistes que, decían ellos, los otros no entenderían. La noche del 14 de julio, aniversario de la toma de la Bastilla, en todas las ciudades de Francia se celebraban bailes callejeros. En Honfleur, la plaza del Ayuntamiento se convierte en pista de baile, y todos, los habitantes de la ciudad, los forasteros y los dueños de las casas de las afueras, acuden a la plaza y bailan con quien les invite, sea conocido o no. Daisy llevaba su mejor vestido, comprado en una boutique de Londres llamada «Mexicana». Era blanco, bastante largo, recatado y fino. El cuerpo y las anchas mangas eran de tiras de encaje y batista con lorzas; el cuello, alto adornado con puntilla. Le ceñía el talle una cinta de satén rosa encendido, con un gran lazo a un lado. La falda era muy fruncida y estaba rematada por una ancha puntilla. Daisy había separado en seis mechones el pelo de la parte superior de la cabeza y trenzado cada uno con cintas blancas, con un lazo en el extremo. La inocencia del vestido blanco y de las trenzas contrastaba con las cejas rectas y pobladas y los ojos negros y excitados de Daisy. Se advertía en su boca un gesto nuevo, de madurez, nacido de la seguridad de que aquella noche ella era el centro indiscutible del grupo, el compendio del romanticismo y la fantasía de la noche. Había absorbido de golpe todo el encanto de «La Maree». Todos los invitados la miraban. Anabel, satisfecha, se dijo que estaban todos tan embobados como Jean-Marc; todos excepto Ram, que miraba a su hermanastra con más desagrado que nunca, como si su éxito le molestara. Se mantenía apartado, con un gesto de mal humor en sus facciones aguileñas y, en sus ojos grises, más frialdad de la que nunca hubo en los de los padres.

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Anabel se felicitaba de que Daisy fuera valiente. Ella pensaba que hace falta valor para ser hermosa. En su opinión, para una mujer ser hermosa es algo así como para el hombre ir a la guerra, ya que la hermosura coloca a la mujer en infinidad de situaciones desagradables que, careciendo de ella, se hubieran evitado. Y Daisy era ya casi una mujer hermosa; sólo le quedaban un par de años de adolescencia, pensaba Anabel, compadecida... no sin envidia. Todos los de la casa, unas catorce personas, bajaron a la ciudad a bailar y ver los fuegos artificiales. Daisy, tan vistosa como una novia, bailó toda la noche sin parar, a los acordes de una música guinguetta que no exige más arte que el de saber girar con agilidad, pasando rápidamente de los brazos de un pescador a los del pintor, el alcalde, Jean-Marc, el tocinero, los marinos de la Flota francesa anclada en el puerto y otra vez Jean-Marc. Se mantenía tan erguida como un árbol joven que da flor por primera vez. Su melena plateada flotaba al aire, enredándose a pesar de las trenzas. Tenía los labios entreabiertos en una sonrisa de pura alegría, las mejillas rojas, y un brillo en sus ojos negros que acentuaba la seducción de aquella ingrávida figura del vestido blanco. Aquella noche Daisy bailó con todos los hombres de Honfleur menos con Ram, que se había mantenido apartado, con los brazos cruzados, contemplando con mirada torva a los que se divertían. Por fin, Anabel e Isabelle de Luciny convencieron a todos de que era hora de regresar a casa, aunque no fuera más que por compasión hacia los músicos, que por su aspecto hacían pensar que de buena gana se hubieran metido en la misma Bastilla, con tal de no tener que seguir tocando. A la mañana siguiente, todos bajaron tarde a desayunar. Jean-Marc no bajó. Al ver que tampoco aparecía a la hora del almuerzo, su madre decidió subir a despertarlo. Encontró la cama vacía y una nota dirigida a ella en la almohada.

Querida mamá: Anoche tuve una discusión con Ram, que me impide seguir aquí ni un minuto más. Esta tarde estaré ya en París. Tengo una llave, conque no tienes que preocuparte. Discúlpame con Anabel y dale las gracias por su hospitalidad. No puedo decir más, pero me es imposible permanecer en esta casa. No te disgustes. Te quiere, Jean-Marc »

Isabelle, asombrada, enseñó la carta a Anabel. — Ma chérie, ¿tú entiendes algo? — ¿Ram? ¡Qué extraño! ¿Qué tendrá que ver Ram? Si la pelea hubiera sido con Daisy, no me sorprendería que el pobre Jean-Marc se hubiera ido. Pero Ram... 130

—Voy a hablar con él —dijo Isabelle con viva irritación maternal. Ella y Anabel empezaron a registrar la casa. Aquel día, antes del almuerzo, Daisy se fue con su bloc de apuntes a uno de sus escondites preferidos, un perfumado bosquecillo de eucaliptos alfombrado de hojas, desde el que se veía perfectamente una pequeña granja. Solía pasar muchas horas dibujando en aquel lugar, escuchando los lejanos sonidos del corral de la casa, completamente escondida. Su éxito de la víspera le había dejado una sensación de languidez y, sin ánimo para ponerse a dibujar, se había tendido en el suelo de hojas y dormido unas horas. La despertaron unos pasos que sonaban en el sendero. Atisbo por entre las hojas y vio a Ram que se acercaba andando de prisa. — ¡Eh, Ram... estoy aquí! —gritó con voz soñolienta. Ram entró en el bosquecillo y se plantó delante de ella, sin saludar. Daisy le dijo riendo: —Si has venido a ver mi panorama favorito, da la casualidad de que lo estás tapando con tu cuerpo. El se dejó caer en el suelo a su lado y, de un manotazo, le tiró el bloc de dibujo de las manos. Luego cogió los lápices, los partió y tiró los pedazos. Daisy le miraba muda de asombro. —Me he librado de Jean-Marc, así que no tienes que preocuparte por seguir bailándole el agua como una cualquiera —dijo él con voz ahogada—. El numerito de anoche fue la gota de agua... Lo más asqueroso que he visto en mi vida. Tus arrumacos con todos esos marineros, pescadores y granjeros. A estas horas todos te conocerán por la buscona de Honfleur. —¿Qué? —Daisy no sabía de qué le hablaba. —No te hagas la inocente. De punta en blanco, bien engalanada y arrimándote a todos los idiotas de la localidad. ¡Todo para todos! Y si es tu precioso enamorado, tu Jean-Marc, ya sabe lo que pienso. Le he dicho que en Francia tal vez sea costumbre ir a una casa de visita y seducir a la hija de la casa, pero sólo un sucio rufián puede ser tan asqueroso. —¿Seducir? ¡Pero tú estás chiflado! Ram, si sólo le dejé que me diera un beso en la mejilla... Lo encuentro simpático, nada más. Te lo juro. ¿Cómo quieres que sea mi enamorado? Estás equivocado. Daisy le miraba con indignación. En su voz vibraban la sinceridad y la sorpresa. El mantenía los ojos fijos en el suelo, aferrado tercamente a su ira y a sus celos, con gesto de incredulidad. —Ram, mírame —le ordenó Daisy—. ¿Crees que miento? —Trató de obligarle a volver la cara, pero él apartó su mano y retrocedió con un gruñido de protesta.— No, Ram, no... Eso no es justo —dijo. Y, con la mayor inocencia, deseando disipar aquel rictus de dolor que veía en su cara, le dio un beso en los labios. 131

Aquel contacto le trastornó. Ahogando una exclamación, la abrazó con fuerza, hundiendo la cara en el pelo de ella, besándoselo una y otra vez, temblando de emoción, rabia y deseo. Durante un momento trató de no besarla en los labios, pero era como si un vendaval le empujara hacia ellos. Dejó de resistirse y devoró aquellos labios con los suyos, besándola como si se muriera de sed y su boca fuera una fruta fresca y jugosa. Daisy, sorprendida, le devolvía, inocente y torpemente, sus besos, sin poder creer que Ram, al que ella quería desde el primer momento en que lo vio, Ram, el héroe de sus sueños, Ram de quien mendigara humildemente una sonrisa, una simple palabra, la tenía abrazada, era amable con ella, era bueno, le daba aquellos besos. Daisy se abandonó a la dicha de ver cumplidos sus deseos de tantos años y dejó de pensar. Daisy, que nunca había recibido un beso en los labios, estaba descubriendo el contacto de otra boca de una piel áspera, unos dientes afilados, una lengua húmeda. Le besaba como si con sus besos pudiera recobrar aquella vida alegre y despreocupada de antes, aquella felicidad. Daisy estaba tan absorta en la dicha de aquel abrazo tantos años esperado, que no se dio cuenta de que Ram le había desabrochado la blusa hasta que sintió su boca en el pecho. La sensación era lo más sublime que ella había conocido. Los labios de su querido Ram acariciando sus pechos tiernos y sensibles. Aquello era tan nuevo y exquisito, que casi hacía llorar. De repente, Daisy intuyó la fuerza de la pasión física. Hasta entonces, para ella el colmo del placer era una buena galopada por el campo en un día de sol. Sus pezones rosa pálido se endurecían bajo sus besos, y ella, echando hacia atrás la cabeza, se entregaba a sus labios y sus manos, sin pensar en nada, atenta sólo a sus sentimientos. Estaba aturdida, casi paralizada por las sacudidas de deseo que le cruzaban el cuerpo. De pronto, volvió a la realidad. Ram estaba manoseando la goma de los shorts, tratando de quitárselos. Ella le dio un violento empujón, pero él utilizó todas sus fuerzas para vencer su tardía reacción. Ella se agitaba, desconcertada. ¿Qué había sucedido? ¿Cómo había sucedido? ¿Qué iba a suceder? Muy pronto, a pesar de sus fuerzas, se encontró desnuda; su hermoso cuerpo bronceado y blanco temblaba de miedo. — ¡No! ¡No! —jadeó-. ¡No, por Dios! Pero Ram estaba sordo a sus ruegos y a sus sollozos. Cuando se inclinó sobre ella, su rostro parecía una máscara. Nada podía detenerlo. En un éxtasis de sensualidad, le separó los muslos, buscó el sitio y entró brutalmente, desgarrando. Ella era virgen y él tenía que conseguirla o morir de rabia y deseo. La mente de Daisy quedó en blanco. Dentro de su cabeza estallaban surtidores rojos, negros y blancos como los cohetes de la noche antes. Aunque gemía y protestaba violentamente, se asía con fuerza a aquel cuerpo que la 132

atormentaba, porque lo que más necesitaba ella en aquel momento era convencerse de que aquel cruel desconocido era Ram, su Ram; sólo este convencimiento podría impedir que quedara aniquilada. Después era él quien lloraba y ella la que consolaba, besando su pelo negro y murmurando: —No es nada... no es nada... —dijo abrazada a él como una superviviente de un naufragio, sintiendo en la espalda el áspero roce de las hojas de eucaliptos y en la nariz, el olor a sudor y esperma. Era la primera vez que lo olía. Tenía los muslos manchados de sangre, que limpió con una hoja de bloc. Al mirar a Ram, que escondía la cara entre los brazos de ella, los ojos de Daisy llameaban. Aunque, instintivamente, trataba de tranquilizarlo, ella misma se sentía hundirse en una oscura charla de emociones incomprensibles, desconcertada en un mundo en el que siempre había visto el camino con toda claridad. Aquel nuevo conocimiento del deseo físico estaba ligado a una especie de vergüenza. Un profundo resentimiento le atenazaba el cuerpo y la mente. De buena gana hubiera gritado, pataleado, mordido o escapado a todo correr. Quería volver adonde había estado hacía apenas una hora; pero sabía que no podría. En su interior vibraba un sonido sordo, como si alguien hubiera pulsado la cuerda de un gran violoncelo, una nota misteriosa y remota que sonaba como una advertencia. Se ponía el sol cuando, al fin, regresaron a casa. La luz del horizonte, más allá del bosque, era cegadora. El resto de la familia De Luciny, al no encontrar a Ram ni recibir una explicación satisfactoria del misterio de la marcha de Jean-Marc, hicieron rápidamente las maletas y regresaron a París. Cuando Ram y Daisy salieron del bosque, a varios palmos de distancia uno de otro, Anabel estaba en el salón. Al entrar en casa, Daisy se escabulló en seguida; pero Anabel pudo detener a Ram antes de que empezara a subir la escalera. —Ram, te hemos buscado por todas partes. ¿Se puede saber qué ha pasado con Jean-Marc? —No quiero hablar de eso. — ¡Qué cara! Has hecho que se fuera... Espero que tengas una buena razón. —Anabel, será mejor dejarlo. Ella se levantó, con una insólita indignación en ella. — ¿Quieres decirme de una vez qué ha pasado? -Si te empeñas... Jean-Marc se permitió unos comentarios groseros a propósito de Daisy y yo le dije que no era un caballero. — ¡Por el amor de Dios, Ram! Al oírte parece que estemos en el siglo dieciocho... ¡Comentarios groseros! Vamos, ¿qué dijo? —No consiento que insulten a Daisy. Por lo visto, Jean-Marc piensa que las inglesas son unas frescas y, sobre todo, Daisy. 133

— ¡No puede haber dicho eso! —Tú no lo oíste. Te hubieras indignado tanto como yo —insistió Ram fríamente. — ¡Oh, qué lio! Probablemente, lo entendiste mal. ¿Y desde cuándo eres el paladín de Daisy? Total, que se ha marchado tres días antes de lo previsto y ha habido una escena muy desagradable y totalmente innecesaria. Ram, me gustaría que desarrollaras un poco de sentido del humor —terminó Anabel, con desusada aspereza. —El que se haya ido con el rabo entre piernas demuestra que tengo razón — insistió él tercamente. Anabel miró el reloj y dio un ligero respingo. —Ram, ¿no te das cuenta de que aún tenemos la casa llena de gente y de que ya es la hora del aperitivo? Por lo menos, podrías ayudar un poco y acercarte a la ciudad a buscar un poco de hielo. La nevera se ha estropeado. ¡ Por si no teníamos ya bastante jaleo! En serio, Ram. ¡Estoy harta! Cuando él salió en busca del hielo, Anabel se dijo que, aunque siempre fue un chico difícil, nunca la había puesto tan furiosa. Y, además, ahora que lo pensaba, a él parecía tenerle sin cuidado. De todos modos, cuando, una hora y media después, Anabel contemplaba la mesa de la cena, tuvo que reconocer que la partida de Jean-Marc y su familia había hecho cambiar el ambiente de «La Maree» y que, si bien el día había sido muy desagradable, las cosas habían mejorado considerablemente. Aquélla era la cena más grata de todo el verano. Todo el mundo estaba amable, contento y jovial, y tal actitud no se debía sólo a las cuatro botellas de champaña que Ram había traído con el hielo. Tal vez era que el propio Ram parecía más relajado y no tenía aquel rictus de crueldad que tanto le dolía ver en su rostro. Hacía de anfitrión con un aplomo y una simpatía que la propia Anabel, maestra en el arte, no podía sino admirar. Aunque de su físico sólo sus ojos grises le recordaban a Stash, había mucho de Stash en su forma de dominar la mesa, aunque sin exhibicionismo, dejando brillar a los demás. Aquel aire de encontrarse en su casa era el mismo que adoptaba Stash insensiblemente dondequiera que fuese; fue amable y galante con las señoras, y al hablar con los hombres parecía tan mayor como ellos, a pesar de tener sólo veintidós años, aunque sin perder una juvenil animación que Anabel encontraba conmovedora. Casi le había perdonado ya. Era tan poco frecuente que Ram expresara alegría, que no sería ella quien se la amargara. Daisy, por el contrario, aunque tenía la cara roja y los ojos brillantes, estaba muy callada. Anabel se propuso hablar seriamente con ella. No era bueno tomar tanto sol. ¿Quería tener un cutis de cuero antes de los treinta años? Aquella noche Daisy no se ofreció a servir el café, sino que dejó que lo hiciera Anabel. Había desaparecido aquella vivacidad que demostrara ante el pobre 134

Jean-Marc. Parecía desorientada y distante, como si hubiera perdido su vitalidad. Anabel se dijo que no era de extrañar, después del baile de la víspera. Tanto alboroto forzosamente había de causar estragos en una jovencita. No le sorprendió que Daisy subiera a acostarse apenas terminaron de cenar. Daisy se encerró en su habitación y se dejó caer en la cama. Era tal su confusión, que había necesitado de todas sus fuerzas para soportar la cena. Habían ocurrido demasiadas cosas para que pudiera analizarlas de un modo coherente. Aún se sentía en el bosquecillo de eucaliptos; aún le parecía oír la voz de Ram repitiendo su nombre. Unas vibraciones incontrolables sacudían su cuerpo, que acababa de despertar a una sensación nueva. Tamblaba de arriba abajo. Se deshizo las trenzas y se cepilló el cabello enérgicamente, se quitó el vestido y abrió las ventanas de par en par, con la esperanza de que el ver las luces de El Havre que brillaban a lo lejos la calmara. Pero el aire era muy suave, las estrellas brillaban intensamente, y los grillos cantaban como nunca, de un modo casi insoportable. Nunca comprendió por qué los mayores se preguntaban siempre unos a otros cómo habían dormido. Aquella noche Daisy ingresó en la comunidad de los que saben lo que es pasar una noche en blanco, una noche llena de pensamientos que no conseguía ahuyentar. Lo que había sucedido... ¡Ram no quería hacerlol Después le pesó. ¿Acaso no había llorado y no le había pedido perdón una y otra vez? Desde luego, no volvería a suceder. Y, desde luego, no se lo diría a nadie. Estos tristes pensamientos se mezclaban con el recuerdo de los labios de Ram, y sus palabras de amor, sobre todo sus palabras de amor. Le había dicho que la quería. Que siempre la quiso. Los pensamientos luchaban entre sí y contra ella, girando dolorosamente en su cerebro hasta que, por fin, salió el sol y lamió las copas de los grandes pinos que había delante de su ventana. Entonces, Daisy se levantó, fue en busca de Teseo, que dormía fuera, y se lo llevó a dar un largo paseo antes del desayuno. Ram nunca había sido tan feliz. Era como si, por fin, aquel día hubiera empezado a ser él mismo. Había entrado en posesión de toda su herencia. Por fin era el auténtico príncipe Valensky, con todas las prerrogativas que implicaba el título. Por supuesto, Daisy tenía que pertenecerle, al igual que todo lo que había pertencido a su padre. Al recordar las semanas anteriores, comprendió que había sido un necio al enfadarse y mostrarse frío y desagradable con ella, cuando la única causa de aquella sensación de frustración era la injusticia de no poseer a Daisy. No importaba que fuera su hermanastra. Ram se decía que cuando dos personas no se crían juntas, no puede haber barreras. El ni siquiera había pensado en su existencia hasta que tuvo catorce años. Ellos no sabían lo que era la cálida convivencia familiar, las bromas compartidas, los lazos de la 135

gente corriente. Sólo se habían visto durante las vacaciones, y aun no en todas, y siempre habían estado separados por la edad y sus respectivas aficiones. En realidad, eran casi enemigos declarados. No. Las reglas corrientes de la gente corriente no iban con él y no sería él quien se preocupara de observarlas, como tampoco su padre las observó nunca. Por supuesto, tendría que procurar que otras personas —en especial Anabel, que, a pesar de haber sido la amiga de su padre, era eminentemente conservadora— no se mezclaran en lo que no les importaba. Se sentía tan contento 5 tan seguro de sí mismo, tan satisfecho de sus posesiones, que también él pasó la noche en blanco. —Vamos a la cuadra a ver qué hacemos con los ponies de polo —dijo Ram a Daisy a la mañana siguiente. Estaban solos en la cocina. Hasta la cocinera dormía. Se habían preparado ellos el desayuno. Sentían una extraña timidez y se alegraban de tener cosas que hacer, como freír huevos y buscar la mermelada de fresa que la cocinera escondía siempre. — Creí que aún no querías tomar una decisión. Es lo que dijiste a Anabel. —Eso fue el otro día; pero no puedo quedarme con todos. No son sólo los caballos, sino también los hombres los que tengo que mantener. Hay que hacer algo. Pero antes de decidir echaremos un vistazo. — Estaré lista en quince minutos. ¿Le dejas una nota a Anabel? Daisy corrió a su habitación a ponerse el equipo de montar. El corazón le latía furiosamente. Estuvieron fuera todo el día, cabalgando durante horas por los campos verdes, cambiando de ponies y, al fin, reventados, se dejaron caer debajo de un árbol y comieron un almuerzo campestre preparado por la esposa del encargado del establo, compuesto por rábanos con mantequilla y una barra de pan crujiente con jamón y queso. Ram decidió que, puesto que él no jugaba al polo, enviaría todos los ponies a subasta. No tenía objeto conservar a los mejores, ya que tenían demasiado nervio; a él le gustaban los caballos más altos que fueran buenos saltadores, y Daisy acababa de comprar un espléndido bayo de crines negras que tenía en la cuadra de Londres, por lo que tampoco necesitaba otro caballo. Ni durante el día ni durante el viaje de regreso se dijo una sola palabra de lo sucedido la víspera. Pero, al cruzar la verja de «La Maree», Ram retiró una mano del volante y, con un ademán cargado de autoridad, la puso en el muslo de ella. —Esta noche te besaré ahí —dijo bruscamente.

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Ella no se atrevió a mirarle. Le parecía que se había ruborizado por todas partes. Se desbordaron los sentimientos que había tenido todo el día a flor de piel y que sólo había podido contener por el constante ejercicio. — ¡No, Ram! —dijo en voz baja, pero tajante, en un tono que lo borraba todo, incluso la presencia de varios invitados que jugaban al badminton en el jardín. — ¡Calla! —ordenó él. Y ella calló, y aun fue capaz de sonreír, aunque no sabía cómo, y saludar a los demás con sonrisa de sociedad y voz de sociedad. Aquella noche, cuando se apagaron las luces de la casa, Ram llamó a la puerta del dormitorio de Daisy y entró sin esperar respuesta. Cerró con llave. Daisy estaba acurrucada en la banqueta de la ventana, abrazándose las piernas, con la barbilla apoyada en las rodillas. Parecía llevar así mucho tiempo, pensando. El se acercó y le apartó el pelo de la cara. Ella no se movió, y Ram la cogió de la barbilla, obligándola a mirarle. —No, Ram, no está bien. —Daisy, no seas niña. Yo sé lo que está bien para nosotros, y es querernos. —Pero no como... no como ayer... Ram, sólo con cariño, sólo estar juntos —dijo ella en tono suplicante y esperanzado. —Mi querida Daisy... Sólo estar juntos. Rodeó su cuerpo con los brazos y la llevó a la cama. Ella mantenía los brazos cruzados, resistiéndose en silencio, avergonzada. La primera vez que él la besó, ella apretó los labios y trató de volver la cabeza, pero él no se lo permitió. Suavemente, pero con absoluta convicción, él le separó los labios con la lengua. Ahora que ya había sido suya podía tomarla despacio, seguro. Ella contuvo el aliento al sentir la lengua de él en los dientes. Luego, notó que retrocedía y le reseguía los labios dejándoselos convertidos en un círculo de fuego. Poco a poco, a pesar suyo, ella abrió los brazos, y los labios de él le acariciaron el cuello y el lóbulo de la oreja. —Daisy, mi Daisy... —le susurró al oído tan suavemente, que ella apenas le oyó. Con un triste suspiro, ella le rodeó el cuello con los brazos y le atrajo hacia sí con fuerza. ¡Oh, qué contenta estaba de poder permanecer así! Nada más, sólo sintiéndole cerca y recibiendo caricias de ternura. Se sentía protegida, amparada, segura, con una seguridad que creía haber perdido para siempre cuando le dijeron que su padre había muerto. —Abrázame fuerte —le dijo—. Sólo abrázame, Ram y prométeme, prométeme... —Sí, Daisy, sí —contestó él mientras le deshacía sigilosamente las cintas de la bata—. Te abrazaré, cariño, te abrazaré... —y, con mano traidora, rozaba el contorno de su pecho pequeño y firme, acariciando suavemente el pezón, hasta que lo notó duro al tacto y comprendió que había llegado el momento de acariciarlo con la boca, y que ella ya no le pediría que la abrazara. 137

Se llenó la boca de aquellos senos delicados, recordando su color rosa pálido, suavemente, con ternura, hasta que ella se echó hacia atrás entregándose con asombro a aquella extraña sensación que cruzaba su cuerpo con unas sacudidas que iban de cada pezón a la vulva, como si se hubieran activado unos nervios cruciales cuya existencia desconocía hasta entonces. Ram estaba erecto desde el momento en que tocó a Daisy en la banqueta de la ventana, pero instintivamente supo evitar que su rígido pene la rozara antes de que, gradualmente, él le hiciera sentir el deseo. Entonces le tomó una mano. —Mira cómo te quiero, Daisy. Condujo su mano hacia el estremecido órgano, obligándola a asirlo. Ella la retiró bruscamente, alarmada. El no volvió a intentar que le tocara, sino que cubrió sus labios de unos besos profundos, lentos y cálidos, hasta que la boca de ella se abrió espontáneamente, y su lengua buscó tímidamente la de él. Estuvo media hora besándola en los labios y en los pechos, hasta que notó que ella empezaba a mover las caderas, haciéndolas girar inconscientemente con un ritmo tan viejo como el tiempo. Entonces volvió a susurrar: —Tócame, Daisy, tócame y notarás cómo te quiero, anda... —y volvió a cogerle la mano. Esta vez ella estaba tan aturdida por su propia pasión, que no supo resistirse. El guió los dedos de ella cerrándolos en torno a su pene dolorido y abotagado; pero no había contado con su propio deseo. Al sentir el contacto de la mano de Daisy, advirtió que estaba a punto de llegar al orgasmo. Entonces, cogiendo el pene con una mano, lo metió bruscamente en la muchacha, en el mismo instante en que le acometían los espasmos y se mordió la lengua para no gritar. Ella, le sentía estremecerse, magullada y aturdida. El se quedó unos momentos echado, jadeando. Luego, la besó otra vez. — Ahora, un abrazo, pequeña —murmuró, estrechándola entre sus brazos medio dormido, inmóvil durante largo rato. Daisy no se atrevía a moverse ni a hablar. Era su cómplice. Le había permitido que le hiciera aquello. Si ahora protestaba, él cogería uno de sus berrinches o, lo que era peor, se marcharía dejándola sola. Ella creía que lo único que buscaba en los brazos de Ram era protección, seguridad y la sensación de saberse querida por alguien; pero ahora, dolorosamente excitada, después de naufragar otra vez, quería... no sabía exactamente lo que quería. Furtivamente oprimió los labios en el hombro de él. En aquel momento, oyeron abrirse y cerrarse una puerta en el corredor. —Será mejor que me vaya —susurró Ram. -Sí. Le dio un beso rápido y se fue dejándola excitada, ardiendo, atormentada por el deseo y la vergüenza pero, sobre todo, ardiendo, ardiendo. 138

Al día siguiente, después del almuerzo, Anabel dijo a Daisy que eran tantas las amistades que habían aceptado su invitación de ir a pasar unos días con ellos, que durante la semana siguiente Daisy tendría que compartir su habitación con otra muchacha. —No creí que todos fueran a venir, pero ahora ya está hecho. Te gustará tu compañera de cuarto, por lo menos, así lo espero. Es norteamericana, Kiki Kavanaugh, hija de una vieja amiga mía. Su madre también es norteamericana. Cuando la conocí se llamaba Eleanor Williams. Está casada con un fabricante de automóviles de Detroit. —Yo también soy medio norteamericana, Anabel. Aunque no lo noto. — ¿Te acuerdas mucho de aquello? —preguntó Anabel, sorprendida por la emoción que había advertido en la voz de Daisy, un tono de voz desconocido. —Apenas nada. Sólo la sensación de haber estado con mamá, con Dani y Masha... y recuerdos lejanos de cómo eran las cosas, las grandes olas que veía desde la playa, los bosques, la luz... en Inglaterra la luz es muy distinta. ¡Ojalá recordara más! Es como si mi vida estuviera partida por la mitad. Había en su voz una melancolía que era como un residuo de azúcar en una taza vacía, el recuerdo de una dulzura sencilla y sin complicaciones. Anabel se arrepentía de haberle preguntado si se acordaba de América. La niña parecía aún más fatigada que la noche antes, a pesar de que a su edad apenas se notan los signos de fatiga. En fin, la muerte de Stash era un trauma para todos; no se podía eludir haciendo como si no hubiera pasado nada. La misma Anabel tenía que movilizar todos sus recursos para mantener la casa alegre y llena de gente. De haber podido seguir sus impulsos, se hubiera encerrado en una habitación a llorar; pero no había que pensar en ello, especialmente por Daisy. Siguieron sentadas en las tumbonas rayadas de la terraza, de espaldas al mar, que a aquella hora dañaba la vista con sus reverberos, y guardaron silencio. Anabel poseía el don de saber callar a tiempo, y nunca preguntaba a los demás en qué pensaban, una sencilla combinación, una de las cualidades que más apreciaban en ella los hombres y que pocas mujeres entendían.

11 Durante la semana siguiente, Ram fue todas las noches al cuarto de Daisy. Ahora que la poseía se habían liberado los sentimientos que había estado reprimiendo desde hacía muchos años, más de los que él mismo imaginaba. Ahora habían estallado convirtiéndose en obsesión. No podía pensar en nada que no fuera Daisy. Por fin era suya, por fin ella no anteponía a su padre, por fin podía hacer con ella lo que quisiera.

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Por la noche, en cuanto el pasillo quedaba despejado, él entraba en su habitación, sin esperar siquiera a que se apagaran todas las luces. Y tan pronto como veía la secreta blancura de sus pechos y su vientre, olía el acre perfume a viña de su pelo y sentía sus brazos en el cuello, le inflamaba de tal modo la necesidad de poseerla, que perdía la noción de las cosas. Y ella estaba dominada por él, deseando sus besos y, al mismo tiempo, temiendo lo que sabía ya que él había de hacerle. Todas las noches le esperaba, presa de angustia, pensando que quizás aquella vez tendría el valor de detenerle y fracasando en el intento noche tras noche. Daisy nunca experimentó el desahogo físico, y era tan ignorante, tan ingenua, que no sospechaba que pudiera haberlo. Pero aunque lo hubiera sabido, no se habría atrevido a pedirlo, porque ello hubiera supuesto una participación más activa en aquella cosa que él le hacía. Se concentraba únicamente en los minutos de los besos y caricias y procuraba olvidar lo demás. Y luego llegaba el castigo, aquella pesadumbre y aquella zozobra que la perseguía durante todo el día. A diferencia de Ram, Daisy tenía una intolerable sensación de culpabilidad, aunque era demasiado inocente para identificar claramente el sentimiento que le producía una profunda fatiga y una negra tristeza. Pero necesitaba a Ram; su necesidad era tan apremiante, como su sensación de culpabilidad. Le quería desde los seis años y no sabía qué hacer para impedir que la dominara. La culpabilidad y el miedo a quedarse sin nadie en quien apoyarse, sin nadie que le perteneciera, le planteaban un conflicto permanente, y cada día se sentía más desgraciada y más desorientada, hasta el extremo de no poder ni pensar. —Daisy, ¿nos vamos de compras a Deauville? Las boutiques ya han recibido los modelos de otoño. Veremos lo que ha sacado Dior, St. Laurent y Courréges. Con lo que has crecido, necesitas un montón de cosas —dijo Anabel mirando con ansiedad el mal semblante de Daisy. —No estoy de humor para salir de compras, Anabel. Estoy tan cansada, que no resistiría tener que probarme ropa. —Entonces, tengo una idea. Podríamos ir a los baños del embarcadero. Dicen que son fabulosos. La cura del rejuvenecimiento. Primero te rocían de agua de mar con una manguera gigante para estimular la circulación, luego te meten en una pila de agua de mar caliente, te dan un buen masaje, te envuelven en toallas como si fueras un bebé y te hacen descansar media hora. A la hora del té habríamos terminado y luego podríamos ir a tomar un helado. ¿De acuerdo? —Suena como la tortura del agua —dijo Daisy con indiferencia. Anabel, sin darse por vencida, propuso una excursión en coche a Pontl'Evêque para comprar aquel queso famoso desde el siglo XIII o, 140

simplemente, almorzar en la «Ferme St. Simeón», situada al pie mismo de su colina, donde solían reunirse los impresionistas, visita que en años anteriores constituía un estupendo regalo para Daisy. Pero, con distintos pretextos, Daisy fue rechazando una a una todas las sugerencias de Anabel. No quería quedarse a solas con su secreto y Anabel. Temía que Anabel, que tan bien la conocía, adivinara la verdad. Y temía, sobre todo, no poder resistir el deseo de contárselo. ¿Qué le haría Ram entonces? Una tarde, Daisy, desconsolada e inquieta, se refugió en un rincón de la galería del salón, para tratar de leer a Balzac en francés, actividad que les había recomendado la honorable miss West, profesora de francés del «Lady Alden's» para las vacaciones del verano. Aún no había leído tres páginas del polvoriento tomo, sin entender casi nada, cuando Ram descubrió su escondite. —Te estuve buscando en el bosque —le dijo en tono de reproche—. ¿Por qué te quedas ahí metida? Hace un día espléndido. —Quería estar sola. —Y yo quiero hablar contigo. Ya he decidido lo que voy a hacer con la casa de Londres. Es demasiado grande para nosotros. En realidad, papá nunca necesitó tanto espacio. Y el mercado de fincas está en un buen momento. La venderé y compraré una casa más cómoda, en la que no se necesiten más de tres o cuatro criados. Creo que deberíamos vivir en Mayfair, Upper Brook Street, South Audley Street... esa zona. —¿Vivir... tú y yo juntos? —Le miraba con la boca abierta. —Por supuesto. En algún sitio tendrás que vivir. ¿Crees que eres lo bastante mayor para vivir sola? —Pero yo pensaba... me figuraba que iría a vivir con Anabel, no contigo, Ram — dijo Daisy con toda la dignidad de que fue capaz. —Imposible; no lo consentiré. Dentro de pocos meses, Anabel habrá encontrado quien la mantenga y tú no debes verte envuelta en eso. —¡Ram, eso que dices es asqueroso! Anabel es casi como una madre. —¿Ves cómo tengo razón? Eres tan ingenua que aún no te has dado cuenta de que Anabel es una mantenida. -¡Mentira! Eso es una canallada. -Entonces, ¿por qué papá no se casó con ella? Daisy no supo qué contestar. Frenéticamente, buscó otro pretexto: —¿Y los criados? ¿Qué vas a hacer con ellos? —Darles el retiro, desde luego —dijo Ram con indiferencia—. Son todos muy viejos. No vamos a estar aguantándolos hasta que uno a uno caigan muertos en la despensa. Era otra de las rarezas de papá, como la de invertir todo su dinero en «Rolls-Royce» por razones sentimentales. Yo voy a salirme de «Rolls», Daisy, y sacaré también tu dinero. Ya es hora de que lo hagamos trabajar y saquemos de Inglaterra todo el que podamos. 141

—¡Ram, no! No venderás mis acciones... Papá me las dejó a mí y yo no quiero venderlas. —Daisy —dijo él pacientemente—, en la Bolsa no hay lugar para sentimentalismos. Yo soy el depositario de tu dinero, y si quiero vender tus acciones puedo hacerlo. —¿Me harías eso? ¿Contra mi voluntad? —exclamó, indignada. De pronto, le parecía que las acciones de «Rolls-Royce» eran su único asidero, una prueba tangible de la preocupación de su padre, de su protección, un eslabón con un pasado que Ram se proponía liquidar rápidamente. — ¡Vaya, al diablo con todo! —gritó él—. Si tanto representan para ti esas acciones, quédate con ellas. —¿Y el caballo? ¿Quién cuidará de él? -preguntó Daisy, buscando con afán otro elemento fijo de su vida que Ram no pudiera borrar con una palabra. —Ya encontraremos otro establo cerca de la casa nueva, no te preocupes. Podrás tener hasta dos docenas de caballos blancos si quieres, y una perrera llena de lurchers —dijo Ram, aliviado al ver que a Daisy se le acababan las objeciones. —Pero tú tienes el piso... Estabas muy contento con él. —Es pequeño para los dos. Puedo venderlo cuando quiera y con ganancia. Los cuadros de papá se venderán por una fortuna en «Stheby's» aunque pienso quedarme por lo menos con un par de Rembrandts y con los muebles. ¿Tienes idea de lo que valen hoy piezas francesas de firma? Y no digamos los iconos. Ellos solos ya justifican una sesión de subasta. — ¿Así que vas a venderlo todo, todo lo que yo quiero, las cosas entre las que he crecido? —susurró ella con una mirada de dolor. De buena gana le hubiera arañado, pero comprendió que él podía hacer lo que quisiera con lo que era suyo. El la abrazó con fuerza. —Estaremos juntos, solos tú y yo, sin criados fisgones que te traten como si fueras una niña... ¿No te gustará? Daisy no contestó. La ahogaba la indignación. El, tomando su silencio por asentimiento, deslizó una mano debajo de la blusa y le asió firmemente un pecho, acariciándole el pezón con el dedo pulgar. A pesar de que estaba furiosa, el pezón se endureció y él apartó la tela de la blusa y lo mordió con los labios, chupando con ansia y apresuramiento. Con la otra mano dentro de los shorts, buscaba aquella zona cálida de vello suave. Daisy oyó suaves pisadas en la escalera y se quedó inmóvil, pero Ram seguía aferrado a su pecho, como si quisiera sorbérselo entero. Daisy lo empujó violentamente, con una fuerza insospechada, y se situó lo más lejos posible de él en la otomana, señalando vivamente hacia la escalera mientras se arreglaba la blusa. Ram, aturdido, entendió por fin, y cuando apareció Anabel con el ja142

rrón de flores, los encontró a más de un metro de distancia uno de otro. Daisy parecía estar embebida en Balzac. — ¡Chicos! ¡Vaya susto! Creí que no había nadie aquí arriba. ¿Qué os parecen estas rosas «Queen Elizabeth»? ¿No son una preciosidad? Para tu cuarto, Daisy. Mañana por la mañana llegan los Kavanaugh y estoy decorando la casa. —¡Vaya! ¿Más gente? ¡Esto va a parecer una pensión! —comentó Ram ásperamente. —Ya verás cómo te son simpáticos —repuso Anabel con suavidad, sin importarle el que se lo fueran o no. A juzgar por su aspecto, habían estado discutiendo otra vez. En fin, allá ellos. Aquella noche, lo antes que pudo después de la cena, Daisy subió a su cuarto y cerró la puerta con llave. Al cabo de un rato, Ram llamó varias veces, más y más fuerte, y pronunció su nombre en voz baja. Ella miraba la puerta con gesto de desafío, sin contestar. Pero cuando lo oyó alejarse, no pudo contener un sollozo de miedo. Al día siguiente, al amanecer, Daisy salió huyendo de «La Maree», con un pedazo de pan y una naranja en el bolsillo, y estuvo vagando por los caminos de Honfleur con Teseo, al que llevaba firmemente sujeto por la correa, para impedir que visitara las cocinas y corrales del vecindario. Le parecía que, a solas con el perro, podría volver a una época en la que la vida era fácil, en la que los mayores le trazaban una línea a seguir y ella era feliz siguiéndola. Pero a medida que avanzaba la mañana, comprendió que Anabel la esperaría a almorzar. Aquel día llegaban las nuevas invitadas, Eleanor Kavanaugh y su hija, que tenía un nombre ridículo y que Anabel decía que iba a serle muy simpática. En aquel momento, la idea de conocer caras nuevas le parecía una complicación insoportable; de todos modos, la chica dormiría en su cuarto, lo cual era un gran alivio, una solución ideal. Anunciaba la llegada de las Kavanaugh un gran «Daimler» color corinto, parado delante de la puerta principal de «La Maree», del que un chófer uniformado sacaba una docena de maletas. — ¡Maldición! —murmuró Daisy para sí al contemplar la escena. Era la exclamación más fuerte que conocía. Anabel no había dicho que aquella gente viajaba como la familia real en visita oficial a las Islas de la Corona. Se miró las wambas polvorientas, los shorts excesivamente pequeños y el jersey viejo. Imaginaba que su pelo debía de estar como nido de buitre. Pensó que, con un poco de suerte, quizás estuvieran todos en la terraza tomando jerez. Así tendría tiempo de arreglarse un poco. Daisy no vio a nadie en el vestíbulo ni en la escalera. Se acercó silenciosamente a la puerta de su habitación. Dentro no se oía nada; no 143

parecía haber nadie deshaciendo maletas. Entró rápidamente y se paró de golpe al ver a una muchachita acurrucada en la banqueta de la ventana, mirando al puerto. Ya era tarde para retroceder. La chica estaba mirándola con una expresión de asombro. —¡No me digas que tú eres Daisy! — ¿Por qué no? —Daisy es una niña de quince años. — ¿Y cuántos tienes tú? — —Casi diecisiete. — —Pues no lo parece. Kiki Kavanaugh se irguió altivamente. Un metro cincuenta y siete de intrépida fémina. Tenía las cejas caprichosas, cara de gatita que se sabe la flor del barrio y una melena corta y sedosa que había sido castaña y ahora estaba listada de verde Kelly a lo Zandra Rhodes. Los ojos eran grandes y ambarinos, pardo oscuro con chispitas amarillas, ojos de golfillo, de diablejo. La cabeza, de forma perfecta, estaba adornada con un par de orejas pequeñas, impecables, casi puntiagudas. El vestido que llevaba podía muy bien haber sido un traje de novia ucraniano o el capricho de una princesa de Afganistán nueva rica: lino rojo plisado, bordado, con puntillas de oro, y abalorios. Sólo le faltaban unos cascabeles en los tobillos. — Quienquiera que seas, eres absolutamente sublime —dijo a Daisy aquella aparición-. Mira que se lo tengo dicho a mi madre, que ya es hora de volver a lo clásico; pero ella, ni caso. Pero, ¿qué voy a saber yo, comparada con la «Reina» de Grosse Pointe? Espera a que te vea. ¡Lo que le pesará haberme dejado seguir con las mechas! — ¿Y no se pueden... poner de tu color? —apuntó Daisy. —Si lo intentas, se cae. Tendré que esperar a que me crezca. Jo... no puedo presentarme a toda esa gente con esta facha. ¿No podrías prestarme unos shorts y una blusa camisera? ¿Y un poco de pelo? Kiki daba vueltas alrededor de Daisy, extasiada. Hasta las viejas wambas le parecían el summum de la elegancia en prendas de desecho. —Te estarían grandes. Por mí, encantada, desde luego; pero podrías nadar dentro —respondió Daisy, hechizada por aquella especie de gitana que había acampado en su habitación. —Bueno, no me hagas caso. Siempre me pongo así al ver a una chica divinamente alta, rubia platino natural y absoluta, increíblemente guapa... me da una comezón aquí dentro, pero en seguida se me pasa. Verás, yo tengo una personalidad bastante sana, pero, ¡puñeta!, las

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ninfas del bosque hacen que me desmorone. ¿Te gusta «puñeta»? A mí me parece una palabra muy útil. Miraba a Daisy inquisitivamente, sonriendo con picardía. —A lady Alden no le gustaba «puñeta». Por tanto, tiene que ser una palabra buena. Si nos oía decirla, nos daba con la palmeta. — ¡Ah, sí, la palmeta! ¡La pena capital! No; castigo corporal. Entonces... tienes que ser Daisy. —¿Y qué iba a hacer en este cuarto si no lo fuera? —Pensé... bueno... dejémoslo. No; borra eso. Me he juramentado conmigo misma para no decir nunca más «dejémoslo». La gente se pone mala al oírlo, y después acaba por sacarte lo que sea. Yo creía que Daisy era un nombre un poco tonto, repelente de puro dulce, un anacronismo, vaya. Pero en ti está perfecto ¿...o «es» perfecto? — «Está.» —Que el Señor se apiade de mí; en gramática voy a bulto. Mira, yo me imaginaba a una niñita que se llamaba Daisy y era princesa, nada menos. ¿Y qué es lo que encuentro? Pues a una diosa despampanante, ¡casi nada! Te aseguro que es para chinchar a cualquiera. Pero, ¿ quién iba a chincharse contigo ? ¿ Sabes qué es lo que más me revienta? Daisy la miraba sin pestañear. Acababa de darse cuenta de que Kiki llevaba las uñas pintadas de verde y rímel y sombra verdes. — ...pues esa gente que sale en el Vogue vestida que es un primor y te dice que prácticamente no se ponen otra cosa que tres falditas que se hicieron hace quince años (a medida, claro y en Main, ¡pues no faltaba más!), y dos jerseys de angora negra, a los que cada año añaden la alhaja perfecta o un accesorio, como un par de chinelas antiguas... Sabes que es mentira podrida, pero, ¿cómo demostrarlo? ¡Mierda! ¿Es que nunca he de acertar? Se dejó caer en la banqueta, con su historiado vestido. —No te cambies, no te muevas, no desesperes —le dijo Daisy, asumiendo su papel de líder de «Lady Alden's» — . Ahora vuelvo. Volvió a los cinco minutos, con un moño en la coronilla, sujeto con horquillas, en las que había ensartado flores púrpura de la buganvilla que crecía en los muros de la casa. Llevaba un minivestido de reluciente papel plateado, que le había costado tres libras en «Biba». Sólo servía para una vez y no se había atrevido a sacarlo del armario hasta entonces. —¿Tienes alguna joya de Paco Rabanne? —preguntó a Kiki. — ¿Y quién no la tiene? Un segundo. Kiki revolvió en una de sus siete maletas y sacó un collar espacial de metal, que parecía un gran espejo de complicado marco, una especie de cinturón de castidad para llevar de cintura para arriba, que abrochó al cuello de Daisy. 145

—¿Pendientes? —No; sería demasiado. Los pies descalzos; el mismo efecto, pero no tan recargado. —Tú no tienes quince años —dijo Kiki admirativamente. —Es que soy muy precoz. Ven, vamos a dar a los viejos una impresión que no olvidarán mientras vivan. Durante la semana que estuvieron de visita las dos Kavanaugh, Ram, por primera vez en su vida, advirtió que su misantropía generalizada se concentraba en una sola persona: Kiki Kavanaugh, a quien de buena gana habría asesinado. La madre de Kiki le habría dicho que eso sólo podía hacerse con una bala de plata. Kiki era una bromista ocurrente, picara y bulliciosa, que buscaba la diversión de tal forma que, pese a su inteligencia, había conseguido que cuatro de los mejores colegios de los Estados Unidos renunciaran a «invitarla» a renovar su inscripción al curso siguiente. Kiki había sobrevivido al daño causado por el disfrute, desde su más temprana edad, de una absoluta inmunidad; al daño que hubiera podido causarle el saber, casi desde la cuna, que era miembro de la única aristocracia a la que, en Grosse Pointe, valía la pena pertenecer: la industria del automóvil; al daño, en fin, resultante de ser la ansiada niña llegada a este mundo después de tres hermanos varones; y había sobrevivido gracias a una innata honestidad, rigurosa e incorruptible. Kiki decía siempre la verdad —a los demás y a sí misma—, cualidad tan rara que le hacía parecer excéntrica. Su honestidad corría pareja con su carácter impulsivo, y ella y Daisy, cuyas edades se distanciaban apenas un año y medio, se hicieron inmediatamente cómplices. A las dos les gustaba la aventura y la extravagancia. Kiki era la más mundana y sofisticada de las dos, y Daisy, la más osada y brava; si Kiki era una niña mimada o, como decía ella, «divinamente mal criada», Daisy era sencillamente tozuda. La mayor diferencia entre ellas estaba en sus respectivos lazos sentimentales: Kiki tenía muchos y ninguno la preocupaba; daba a su padre, a sus hermanos y muy especialmente a su madre por descontados, y a todos los encontraba graciosos, actitud que desconcertaba y encantaba a Daisy. De todos modos, durante la semana que Kiki y su madre pasaron en «La Maree», las dos muchachas no pasaron mucho tiempo hablando de cosas serias. Parecían dos potrillos sueltos en un pastizal, gozando de su nueva camaradería. Tras una larga noche de descanso, Daisy recobró su vitalidad y su alegría, su juventud, una juventud que no se atormentaba con temores ni preguntas. Las dos hacían expediciones a Honfleur, durante las cuales bromeaban con los pescadores, se hinchaban de «Coca-Cola», bebida que Anabel nunca tenía en casa y compraban salchichas al ajo, que se comían en la calle a grandes mordiscos, mientras hablaban con la boca llena. A veces 146

tomaban un taxi, se iban a Deauville y paseaban por el vestíbulo de los grandes hoteles, ataviadas de hippies ricas y gozando con las escandalizadas miradas de las señoras de mediana edad, vestidas con sus conjuntos de Chanel, elegantes y carísimos. Llevaban la cuenta de las mujeres a las que habían plantado cara en cada hotel. Intercambiaban sus ropas con entusiasmo, una vez descubrieron que Kiki podía llevar los shorts de Daisy doblando la cintura y sujetándolos con un cinturón. Vestidas igual, recorrían la playa de Tourville, incordiando con sus gritos a plácidos grupos familiares. Alquilaban una caseta y se bañaban en las frías aguas del Atlántico. Muchas veces llegaban tarde a las comidas, sin una excusa para nadie, salvo para Anabel, que no la necesitaba, pues estaba muy contenta de ver que Daisy había encontrado una amiga. Kiki sólo tenía una queja: —Ese hermano tuyo me tiene atravesada —dijo a Daisy—. He estado coqueteando con él como una loca, le he invitado a acompañarnos, y él, ¡nada! Nunca me había ocurrido nada igual. ¿Es que odia a los norteamericanos? ¿O es por mi pelo verde? No será marica, ¿verdad? No lo entiendo. — ¡Oh, no le hagas caso! Ram no tiene remedio. Esos aires de superioridad le vienen de haber estudiado en «Eton». No es que tenga algo contra ti; es que él es así. ¿Es que Kiki no se había dado cuenta de que estaba celoso? ¡Claro que no! ¿Cómo iba a imaginar que ella, Daisy, se aferraba a su amiga para no encontrarse a solas con Ram? Durante las comidas la miraba fijamente, entornando los ojos. Parecía la escultura de un caballero muerto en las Cruzadas. Sólo las dos finas líneas de sus pupilas parecían tener vida en aquel rostro hermético; pero ella sentía su influjo desde el otro lado de la mesa. En varías ocasiones, él la había sorprendido en la escalera a solas; pero antes de que pudiera abrazarla, el sonido de los pasos de Kiki que la seguía a todas partes le obligaba a retirarse. En su impotencia, Ram era a la vez astuto y temerario; pero Daisy procuraba no estar nunca lejos de Kiki, y aunque reconocía que aquella pantalla no duraría siempre, la aprovechaba al máximo mientras estaba a su alcance. Necesitaba apartarse de Ram, lo necesitaba tanto, que estaba dispuesta a exponerse al castigo que sabía que inevitablemente tenía que llegar. Por las noches, cuando Kiki se quedaba dormida, Daisy permanecía pensativa, tratando de analizar sus sentimientos, pero sin conseguirlo. Lo único que sacaba en claro era que siempre había querido a Ram, que necesitaba a Ram y que lo que hacía Ram estaba mal, muy mal, aunque él pensara lo contrario. Pensó incluso en contárselo a Kiki, pero al darse cuenta de las palabras que tendría que usar, se convenció de que era

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imposible. Era una carga que tenía que llevar ella sola, con toda su vergüenza. Una vergüenza espantosa, ineludible, imborrable. Por fin, llegó el día en que las Kavanaugh debían marchar a la Costa Azul, donde se encontrarían con el padre de Kiki, que llegaría de Detroit en avión vía París. Pensaba hacer el viaje en , dos días y pernoctar en Limoges. Pocas semanas después, Kiki tenía que empezar sus estudios en la Universidad de California, en Santa Cruz. Aunque oficialmente no había terminado sus estudios secundarios en ninguna de sus varias escuelas, sus calificaciones eran suficientes para Santa Cruz, la más liberal y progresista de las Universidades. Sus padres habían programado cuidadosamente aquellas vacaciones a fin de poder pasar algún tiempo con su hija antes de que, como decía lacrimosamente Eleanor Kavanaugh, «la perdieran en aras de la educación superior». Era imposible que Kiki se quedara en «La Maree», como le pedían Anabel y Daisy, pues ello hubiera supuesto defraudar al padre. —Daisy, te prometo que en Navidad irás a los Estados Unidos a ver a Kiki —dijo Anabel a las desconsoladas muchachas. —Aún falta un millón de años para Navidad. ¿ Por qué no viene Daisy a Santa Cruz? —preguntó Kiki con rebeldía. —Tiene que pasar otro año en «Lady Alden's» antes de poder hacer el examen de ingreso en la Universidad —dijo Anabel con paciencia. — ¡Oh, carajo, carajo y puñeta! Perdona, Anabel, me siento como un novio desgraciado o algo así —justificóse Kiki. —Al oírte, nadie lo diría —rió Anabel. Sentía gran simpatía por aquella extraña muchacha, que no parecía hija de su vieja amiga Eleanor, quien, antes de su gran boda con el magnate del automóvil, era una damita americana muy educada y conservadora. Cuando, aquella noche, Ram llamó a su puerta, Daisy la abrió inmediatamente. La marcha de Kiki la había hecho darse cuenta de que, durante aquella semana de diversión, ella había tomado una decisión sin saberlo. Ahora sentía la imperiosa necesidad de volver a la niñez, de ser otra vez la que había sido la noche del 14 de julio. Estaba tranquila, decidida y segura de que todo debía sacrificarse a este fin. Sus dudas se habían desvanecido. Podía vivir sin Ram. Era preferible estar sola a tener su protección. Su cabeza estaba completamente clara por primera vez desde la muerte de su padre. Ram entró y cerró la puerta. En seguida fue a abrazarla, pero ella retrocedió y se sentó en la banqueta de la ventana. No se había quitado el vestido de algodón amarillo que llevaba durante la cena, y todas las luces de la habitación estaban encendidas. 148

—Siéntate, Ram. Tenemos que hablar. —Después. —No, ahora; Ram, todo ha terminado. Somos hermanos. No pienso volver a hacer eso, porque está mal y porque no me gusta. — Ha sido esa víbora de Kiki... Se lo habrás contado, ¿verdad? —dijo con voz de mal agüero. —No le he dicho ni una palabra. Nadie lo sabe y nadie lo sabrá. Te lo prometo. Pero ya se acabó. —Daisy, hablas como una niña boba de clase media. «Ya acabó.» ¿Cómo va a acabar? Nos queremos y tú me perteneces, tontita. Y lo sabes. —Yo no pertenezco a nadie más que a mí misma. Puedes hacer lo que quieras, puedes vender todo lo que papá quería, puedes vivir como se te antoje, pero yo pienso quedarme con Anabel en Eaton Square. Estoy segura de que ella no se opondrá. ¡Ya no te necesito! Ram se acercó a ella y la agarró fuertemente por el brazo. Le hacía daño, pero ella no se movió ni dijo nada, como si fuera de mármol. A la luz de la lámpara, él podía ver sus aterciopeladas pupilas, y la expresión de firmeza y seguridad que había en ellas le puso frenético. —Ram, suéltame el brazo —dijo ella. Aquellas palabras, dichas con una calma y una serenidad a las que Daisy se aferraba con desesperación, le excitaron más aún. Con sus manos fuertes y huesudas la tomó por los brazos y la obligó a levantarse de un brusco tirón, como si fuera un caballo testarudo al que hubiera que dar una lección. Ella seguía mirándole a los ojos sin miedo. Entonces Ram la atrajo hacia sí con fuerza y la besó en los labios. Ella no se movió. Apenas respiraba. El, apoderándose de su boca, la besó con habilidad con aquellos besos suaves y largos que la encantaban hacía apenas una semana. Pero Daisy seguía impasible, con los labios apretados. El le acariciaba el pelo con mano exigente y le susurraba al oído: —Daisy, Daisy... si no quieres más no habrá más... sólo besos y abrazos... Te lo prometo. Lo juro. Pero mientras, la apretaba contra sí, magullándole la cara con besos que quemaban, ella sentía que su pene le apretaba peligrosamente el vientre. Daisy se soltó con brusquedad. —No, Ram; no me fío. ¡No quiero nada de ti! No más abrazos, ni más besos, ni más mentiras. Y ahora vete de mi habitación. Lo dijo en voz baja, para que no la oyeran los de la casa, pero el tono era de hiriente aversión. Daisy había retrocedido hasta la pared y él se le acercó con la . cara congestionada de deseo y la mirada opaca. Ram estaba fuera de sí. La apretó contra la pared, le levantó la falda con un ademán brusco y

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oprimió brutalmente el pene contra las bragas. Con la otra mano, le palpaba frenéticamente los pechos pellizcándole los pezones. — Si papá viviera, no te atreverías, ¡cerdo cobarde! —jadeó Daisy. Ram le dio un fuerte bofetón. Ella sintió que las muelas le cortaban el carrillo y notó el sabor de la sangre en la lengua. Le pegó otra vez y luego otra. Daisy trató de gritar, pero él le tapó la boca con la mano y la arrastró a la cama. Ni luchando con todas sus fuerzas pudo Daisy apartar aquella mano de su boca durante los espantosos minutos que siguieron. Mientras se tragaba la sangre para no asfixiarse, Daisy sintió que él le rompía las bragas. Aún tuvo que golpearla otras dos veces antes de conseguir separarle las piernas con sus propias rodillas. Luego vino la pesadilla inacabable, el martirio de sentir el roce áspero y candente del miembro, que él hundía una y otra vez con la crueldad de un loco, seca y cerrada como ella estaba. Luego que hubo terminado, se fue. Daisy permaneció inerte, sangrando por la boca, yerta y deshecha. Por fin, al cabo de unos minutos, llegaron las ansiadas lágrimas. Después de las lágrimas, Daisy, magullada pero resuelta, se levantó de la cama y fue en busca de Anabel. Anabel le aplicó agua caliente, toallas suaves, le cortó la hemorragia y la escuchó mientras Daisy, abrazada a ella, le contaba toda la historia una y otra vez, hasta que fue calmándose y se quedó dormida. Fue entonces cuando Anabel prorrumpió en un llanto más desconsolado, atormentado y furioso que el de la propia Daisy. Había defraudado a Stash, había defraudado a Daisy. El delito de Ram tenía que quedar en secreto; no podía vengarse. No volvería a dirigirle la palabra; para ella había muerto. ¡Que no hubiera forma de hacerle pagar lo que había hecho! Se maldecía por su ceguera, su presunción, su confianza... En cuanto se hizo de día, Anabel llamó por teléfono al hotel de Limoges en el que habían hecho alto las Kavanaugh en su viaje hacia el Sur. — ¿Eleanor? Anabel. No me preguntes nada, pero, ¿crees que admitirían a Daisy en Santa Cruz? —¿Este año? ¿No es muy jovencita? —repuso Eleanor Kavanaugh con su habitual manera de ir directamente a lo fundamental. — Lo que importa es saber si la dejarían examinarse. Se trata de una emergencia, Eleanor. De lo contrario no la dejaría marchar tan pronto. —Imagino que podría pasar el examen de ingreso. Sus conocimientos deben de estar muy por encima de los de una muchacha norteamericana de diecisiete años, gracias a nuestro atroz sistema de Enseñanza Media. Me enteraré de si hay plaza y dónde puede examinarse. ¿Conforme?

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—¿No podrías preguntarlo mañana mismo? Quiero decir hoy. No esperes a llegar a casa —suplicó Anabel. —Cuenta con ello. —Eleanor no era persona que hiciera preguntas superfluas. — En cuanto abran las oficinas de matrícula, se lo preguntaré y te llamaré para que les mandes los certificados de Daisy. —Que Dios te lo pague, Eleanor. —Anabel, somos amigas, ¿recuerdas? Yo no lo olvido... Y no te preocupes, Daisy entrará en Santa Cruz, te lo garantizo. Al fin y al cabo, no se trata de Harvard. «Pero está a nueve mil kilómetros de Ram», pensó Anabel al colgar el teléfono.

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—¿Tejido a mano! —exclamó Kiki con entusiasmo. — ¿Qué dices? —preguntó Daisy, levantando la mirada del catálogo de cursos impartidos en la Universidad de California en Santa Cruz. Kiki había estado cavilando su buena media hora, mientras lanzaba desdeñosas miradas a sus siete maletas, aún sin abrir, colocadas en un rincón del dormitorio. — ¡Es la solución! ¡La clave! Tejido a mano, tricotado, segunda mano, tercera mano, robado o comprado a trueque... pero, ante todo y sobre todo, tejido a mano. Digo yo: querrás que destaquemos como dos fantoches, ¿verdad? — Creí que al librarme del «Lady Alden's» no tendría que volver a usar uniforme. No me digas que también aquí... Además, ¿por qué te parece tan importante que nos vistamos de un modo o de otro? ¿No dicen que aquí va cada cual a su aire? —Daisy, es que tú todavía no entiendes estas cosas —suspiró Kiki pacientemente—. Una vez sabes cómo vestirte en un sitio o para una ocasión determinada, todo lo demás se arregla solo. Tú has ido siempre al mismo colegio y no has tenido que preocuparte; pero si hubieras recorrido tantos colegios como yo, sabrías que sólo puedes salvar tu propia personalidad site acoplas al medio. Ahora bien, ni tú ni yo pasamos inadvertidas, y las dos queremos preservar durante estos cuatro años una especie de incógnito: tú, nada de princesa, y yo, nada de «miss» Grosse Pointe, hija de papá rey del automóvil. De manera que... ¡blusas tejidas a mano! ¡Aunque nos piquen! —Está bien. Ahora, ¿qué te parece si eligiéramos los cursos? Eso no se arregla solo. Daisy agitó el catálogo con ademán significativo.

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—Hay un curso de surfing. Parece interesante. Kayak... Mecánica de la bicicleta... Jazz. Por ahora, el único que me convence es el de saltos de trampolín. — Kiki, eres un caso perdido. Ninguno de ésos suma puntos. — ¡Puñeta! —Yo haré alfarería, dibujo, litografía y pintura... Todos son obligatorios para el título de Bellas Artes —dijo Daisy con afectación—. Y, puesto que tenemos que cumplir con el requisito de ciencias sociales, las dos podríamos hacer Psicología de los sueños. ¡Oh, mierda! Aquí dice que es obligatorio civilización occidental. Imprescindible para los de primer año. —Me da lo mismo una cosa que otra, con tal de poder quedarse. Esto es jauja —dijo Kiki mirando por la ventana con embeleso. —Haz equitación conmigo. La cultura física es necesaria. ¡Vaya, no puntúa! —Dame ese catálogo —dijo Kiki—. ¡Aja! Taller de teatro sirve para Humanidades. ¿Qué te parece? Haremos teatro. Creo que estudiaré arte dramático. —Bien. Nuestra educación está resuelta —dijo Daisy con satisfacción—. Ahora vamos de tiendas. ¿O bastará con que nos compremos un telar? Daisy había aprobado holgadamente los exámenes de ingreso —la palmeta de lady Alden había surtido efecto—, y Santa Cruz admitió de buen grado a aquella estudiante de quince años y medio que venía de Londres. Kiki y Daisy fueron compañeras de cuarto en Cowell, el primero de los colegios mayores que funcionó en Santa Cruz y que en sí era el más hermoso vástago de un gran sistema universitario, fundado en 1965, dos años antes de que Daisy y Kiki ingresaran en aquella escuela experimental, edificada sobre quinientas hectáreas de ensueño que dominaban la bahía de Monterrey, a ciento diez kilómetros al sur de San Francisco. El visitante que llega a la Universidad procedente de la victoriana ciudad costera de Santa Curz, queda deslumbrado ante aquel paisaje exuberante e intacto, de grandes campos y frondosos bosques, que formaban parte de un gran rancho, rodeados aún de viejas cercas, salpicados de hornos de piedra caliza y ornados de antiguas granjas. La Universidad se compone de varios colegios mayores, ideados según el concepto de Oxford o de Cambridge, pero proyectados por algunos de los más relevantes arquitectos de los Estados Unidos. Las Facultades estaban sabiamente disimuladas entre los árboles, de manera que casi podrían pasar inadvertidas; pero los estudiantes, que por su aspecto podrían perfectamente ser extras en una película de leñadores, están siempre muy visibles: grupos de alegres chicos barbudos y chicas bonitas, aunque algo desaliñadas. 152

Daisy y Kiki deambulaban alegremente por Santa Cruz, siguiendo unos cursos que siempre sonaban mucho más fáciles de lo que luego resultaban y trabajando más de lo que al principio imaginaron; pero, al mismo tiempo, cada vez más atraídas por los mundos de la pintura y del teatro que se abrían ante ellas. Daisy descubrió que su afición al dibujo, que hasta entonces sólo había cultivado haciendo apuntes para Dani o para distraerse en sus momentos de soledad, constituía un talento en potencia, un auténtico don. Y Daisy se sumergió en el dibujo y la pintura, la acuarela, el pastel y el óleo, sin dejarse tentar por tendencias abstractas o expresionistas y perseverando en lo que mejor hacía ella: retratos realistas y de gran sensibilidad, paisajes y, por supuesto, caballos. Kiki encontró el medio de expresión para su personalidad tumultuosa, inquisitiva y sincera, en el teatro, donde nada de lo que ella pudiera hacer o decir era motivo de asombro para sus compañeros. Todos buscaban la «expresividad», empeño que seducía a Kiki. Aquélla era la «diversión» que ella buscara en todas partes y que en Santa Cruz, además, le reportaba una cualificación académica. Kiki era generosa con su pequeña y exquisita persona. Tenía muchas aventuras, sin que le importaran los virtuosos principios que se le habían inculcado en Grosse Pointe, su buen nombre ni la opinión de la gente. No le importaba más opinión que la suya, y su estricto código no le exigía sino generosidad y sinceridad. Tenía la rara habilidad de elegir a los hombres menos adecuados; pero se divertía con sus errores y se retiraba antes de causar daño a los demás. Luego se regodeaba observando el afán con que los otros trataban de hacer que se sintiera culpable. Lo importante era pasarlo bien. ¿Por qué la gente se resistía a reconocerlo? Divertirse y a otra cosa. ¿Por qué se empeñaban en que había que aprender de los errores? Siempre encontraba una algún error nuevo que cometer. Durante todos los años que pasaron en Santa Cruz, Daisy y Kiki compartieron la habitación. Muchas veces se quedaban charlando hasta muy tarde, contándose sus respectivas experiencias; sin embargo, Kiki intuía que existía en su amiga un fondo al que ella no podía llegar. Era su último año de Universidad, y Daisy seguía siendo un enigma para Kiki. Y a Kiki le reventaban los enigmas. —Daisy —le dijo un día de 1971, durante el invierno del último año de estudios —, estaba pensando en el clítoris. —¿Antes del almuerzo? — ¿Por qué —me pregunto— ¿está donde está? Escondido, prácticamente invisible, donde no hay quien lo encuentre sin unas indicaciones que ya me estoy hartando de tener que dar. —Creí que con que les dijeras lo que querías, ellos lo hacían y nada más — respondió Daisy sin curiosidad. La queja de su amiga no era nueva. 153

— ¿Por qué he de tener que darles una especie de mapa de carreteras? Ellos no necesitan decir dónde tienen la pija. ¡No hay derecho! —¿Y dónde crees tú que habría que trasladarlo? ¿A la punta de la nariz? —No es que quiera retirarme de la vida sexual —aclaró Kiki apresuradamente —. Pero opino que se impone una reforma. -¡Hum! Daisy esperó pacientemente a que su amiga le revelara el motivo de la conversación. Siempre que Kiki salía a hablar del clítoris, perseguía algo. —A propósito, Daisy, ya que hablamos de eso, me gustaría que me dijeras una cosa. —¿Sólo una? —Sí. ¿A qué se debe que aún seas virgen? Estás dando que hablar. ¿No lo sabías? Te llaman «la del beso en la mejilla». —Sí, lo comprendo. Es antiamericano... Soy una vergüenza para ti, ¿verdad? —rió Daisy. — Llevas camino de serlo. ¿Es que has olvidado que vas a cumplir diecinueve años? ¡Y todavía virgen! No es que sea antiamericano... es malsano, enfermizo. Daisy, que hablo en serio... —Espero al hombre ideal —dijo Daisy fastidiosamente. — ¡Qué burrada! Vas a las sesiones de baile folklórico con Mark Horowitz, que está saliendo con Janet, pero a ella le revienta el baile; sales a caballo con Gene, que es un caballero gay; vas al cine con cualquiera, siempre que sea en grupo; dejas que Tim Ross te invite a pizza y él está tan colado por ti que se da por satisfecho con pagar los pimientos que te comes; te vas al restaurante chino de San Francisco con tres chicas... Y, sin embargo, han ido detrás de ti los mejores tíos de la Universidad. Eso sin contar los que has conocido en mi casa durante las vacaciones. Has despreciado a los mejores partidos de Grosse Pointe, niña, incluidos mis tres pobres hermanos, unos imbéciles encantadores. ¿Y qué me dices de los que encuentras en casa de Anabel? He visto las cartas que te escriben y que tú no te molestas en contestar. Me gustaría saber por qué. Kiki la miraba con los brazos en jarras debajo del raído poncho y sus puntiagudas orejas coloradas de indignación. Daisy se puso seria a su vez. Hacía ya más de dos años que Kiki trataba de sonsacarla. Era evidente que el tema había llegado a preocuparla y que había iniciado una campaña al respecto. Ahora bien, cuando Kiki iniciaba una campaña, era capaz de sacar al mismo Napoleón de la isla de Elba. —Sí, tienes razón. No quiero liarme con un hombre. No quiero que nadie me mande, que nadie piense que tiene derechos sobre mí. No quiero a un hombre 154

tan cerca de mí. Me indigna que piensen que tienen derecho a darme un beso porque hayamos salido una noche. ¿Quién les pidió que me invitaran? ¿Cómo se atreven a imaginar que yo les debo algo? —Tranquila, tú... No estamos hablando de lo mismo. Es de suponer que a una le guste andar con un chico... ¿O es que nunca te lo has explicado? ¡A ver si me entiendes! —A mí no me gusta. No quiero probar y basta. A estas alturas tendrías que conocerme y aceptarme tal como soy. —Tienes razón. El caso es que no puedo. —Pues sigue probando. Desde su llegada a Santa Cruz, Daisy había tenido que soportar las románticas pasiones que despertaba en los muchachos, pasiones que contemplaba con la misma compasión que hubiera podido inspirarle el que alguno de sus admiradores hubiera perdido una camisa en la lavandería. Nadie, absolutamente nadie, debía alimentar ni la más remota idea de llegar a poseerla. Y Daisy les desengañaba rápidamente, sin contemplaciones ni remordimientos. Ella no era responsable de lo que pudieran sentir los demás. Si se empeñaban en sufrir, ¡allá ellos! En el mismo instante en que el chico con el que salía trataba de convertir el beso en la mejilla en algo más afectuoso, Daisy le retiraba la amistad. Siempre había otros dispuestos a ocupar su lugar. A sus casi diecinueve años, Daisy había consolidado su belleza. Su melena rubio platino le llegaba casi a la cintura. Aunque casi siempre la llevaba recogida en una trenza, cola de caballo o coletas, no había forma de impedir que unos rizos rebeldes le cosquillearan las orejas, las sienes y la nuca. Su cutis conservaba aquel tono cálido de melocotón maduro que había heredado de Francesca y de muchas generaciones de hermosas mujeres de San Gimigniano, y los hombres se sentían cautivados por sus ojos. Era imposible medir la profundidad de aquellos ojos tan grandes y tan negros; sin embargo, los hombres de Santa Cruz perseveraban en el intento. Unas cejas rectas y enérgicas ponían en su rostro el necesario contrapunto de carácter. La boca que, con el color del pelo, era inconfundible herencia de Stash, era grande y carnosa, de trazo firme, eslava. Desde su llegada a Santa Cruz había crecido hasta alcanzar su estatura definitiva de un metro setenta y cinco; pero la comida de la Universidad no le había estropeado la figura, que conservaba tan esbelta y ágil como siempre. Montaba a caballo todos los días con cualquier tiempo y tenía los brazos, muslos, pantorrillas y hombros firmes y elásticos de una buena amazona. Sus pechos eran más grandes que cuatro años atrás, pero seguían siendo altos y turgentes. Daisy y Kiki llevaban el uniforme que habían elegido al llegar a la Universidad: pantalón vaquero y blusa tejida a mano; el pantalón, lo más gastado, y la 155

blusa, lo más folklórica posible. Ellas dos, conocidas por Valensky y la Kav, se destacaban en aquel campus de gente excéntrica por su atractivo, por el contraste de sus personalidades y por la compañía de Teseo, que dormía en su habitación y seguía a Daisy a todas las clases. El único lugar que le estaba vedado era el comedor, y ello a petición de los otros estudiantes. A pesar de la íntima amistad que la unía a Kiki, Daisy no le había hablado de Dani, a la que, dos veces a la semana, mandaba un detallado dibujo, que representaba una escena de su propia vida o de la de Dani, dibujos en los que aparecían algunos de los profesores y amigos de Dani que ella conocía. A veces, Daisy se preguntaba si en algún momento hubiera debido hablar a Kiki de la existencia de su hermana gemela; pero no encontraba la ocasión de hacerlo. Aún sentía pesar sobre ella la prohibición impuesta por su padre, prohibición que ella tenía por absoluta e indiscutible, sin conocer la causa, y que con los años se hacía más y más imperiosa precisamente por no haber sido discutida ni explicada; un tabú aterrador que había que respetar, para evitar unas consecuencias inimaginables e irracionales, pero reales. La única persona en el mundo que conocía la existencia de Dani era Anabel, pero ni con ella hablaba Daisy de su hermana. Después de la muerte de Stash, Anabel le dijo que el futuro de Danielle estaba asegurado. Pero Daisy sabía que la existencia de su hermana era un secreto que ella debía guardar. Ella había nacido antes: nada podía alterar el hecho, y toda su lealtad y su sentido de la responsabilidad era para Dani. A veces, en medio de una diversión, se acordaba de Dani, su doble, su otro yo, más hija que hermana suya, y la veía jugando en el jardín o cantando las sencillas canciones que le habían enseñado, y se le llenaban los ojos de lágrimas al pensar en todo lo que su hermana se perdía, todos los conocimientos y experiencias que nunca tendría. Su único consuelo era pensar que Dani era todo lo feliz que podía ser, que el colegio «Queen Anne» era un hogar para ella y que los maestros y los otros pacientes se habían convertido en su familia. Naturalmente, Daisy no podía visitar a Dani desde Santa Cruz, pero durante las vacaciones de Navidad y Pascua iba a Inglaterra a verla y pasaba los veranos con Anabel en «La Maree», que estaba a pocas horas de Dani en avión. A cada visita de Daisy, el personal del «Queen Anne» hacía fotografías de las dos hermanas juntas, fotos que cubrían un período de trece años y que estaban clavadas en un tablero en la habitación de Dani. Esta las enseñaba orgullosamente a sus maestros y amigos. —Esta Day. Esta Dani. ¿Guapa? —preguntaba invariablemente, sabiendo la respuesta. —Sí. Sí. Guapa Dani. Guapa Day. De vez en cuando, Daisy recibía carta de Ram, ya que él era el encargado de pagar todos sus gastos de educación, viajes, vestir y asignación personal. Daisy no podía tirar sus cartas al cesto sin leer. Por desgracia, la 156

administración de su fortuna daba a Ram cierta influencia sobre ella, y Daisy estaba deseando terminar sus estudios para buscar trabajo y ser independiente. Durante 1967 y 1968, las cartas de Ram fueron totalmente impersonales, y en ellas no le decía sino que había pagado las cuentas que ella le enviaba, con los dividendos de las acciones. Más adelante empezó a intercalar frases alarmantes de carácter íntimo. La primera vez que lo hizo, una vez solventados los asuntos de trámite, le ponía: Espero que mis actos pasados no me sean tenidos en cuenta durante el resto de mi vida. No he dejado de condenarme a mí mismo por algo que forzosamente tuvo que ser causado por una locura pasajera. La carta del trimestre siguiente era más inquietante aún: Daisy, aún no me he perdonado lo que te hice. No puedo dejar de pensar en lo mucho que te quería y todavía te quiero. Si, por lo menos, me escribieras para decirme que me has perdonado y que comprendes que literalmente me volviste loco, me harías mucho bien. Al leer esto, Daisy sintió verdadero terror. Era como si Ram hubiera extendido el brazo para intentar tocarla. Miró el cuarto que compartía con Kiki y temblando pensó que aquél era su único refugio y que incluso allí podía entrar él, aunque sólo fuera por carta. Daisy abrió la primera carta que Ram le envió en 1969, con la esperanza de que, al no haber recibido contestación a sus dos anteriores, él se limitaría a hablarle de las cuentas. Pero él escribía: Comprendo que aún no te sientas dispuesta a contestarme, Daisy; pero ello no hace cambiar mis sentimientos ni mi intención de pedirte perdón en persona. No importa lo que tú pienses, todavía soy tu hermano y eso no puede cambiar... como nada puede hacer cambiar mis recuerdos. ¿Haspodido olvidar el bosque de eucaliptos? ¿De verdad no sientes nada por quien tanto te quiere? A partir de entonces, Daisy tiró todas las cartas de Ram a la papelera de la cafetería sin abrirlas, para no tenerlas en la habitación. Cada vez que encontraba un sobre de Ram en su casilla de correo, le parecía estar viendo una serpiente enroscada. El miedo y la aversión que sentía por él habían aumentado con los años, y hasta sus súplicas le causaban repugnancia y resultaban amenazadoras a pesar de su tono de humildad. Tras muchas horas de reflexión, Daisy había comprendido que su prematura experiencia sexual sólo había sido posible porque la muerte de su padre le hizo sentir que había perdido una parte de sí misma, que luego buscó en Ram. Ella sabía que toda la culpa fue de él; sin embargo, subsistía una sensación de vergüenza, que le impedía entablar relaciones sexuales. Daisy se defendía contra las exigencias del sexo que podían traer dolor, desconcierto y bochorno. Comprendía que su actitud era totalmente irracional; pero los sentimientos no se dominan a fuerza de lógica. A fin de ahogar sus inquietudes, Daisy se sumergió en un programa de actividades tan denso, que consumía todas sus energías. Además de las 157

clases normales y de su diario paseo a caballo, se inscribió en el grupo de escenógrafos encargados de la confección de los decorados necesarios para las múltiples representaciones teatrales que daban los grupos de arte dramático de la Universidad de Santa Cruz. Era tan activa y entusiasta, que cada vez recaía en ella mayor trabajo, hasta que, en el otoño de su último año, era la encargada de toda la escenografía y jefa de una cuadrilla de pintores y tramoyistas, llamados «Vasallos de Valensky» por su devoción a su exigente directora. Durante su paso por la Universidad, Daisy creó muchos decorados en los que se combinaban de un modo muy profesional la ingenuidad con la fantasía. Al mismo tiempo, se familiarizó con todos los oficios del teatro: iluminación, atrezzo y vestuario, aparte de su especialidad: la escenografía. A Daisy le gustaba la escena tanto como a Kiki. Esta, actuando en comedia tras comedia, había adquirido una personalidad iridiscente, y la mayoría de las personas veían en ella a un ser etéreo y resplandeciente y no reparaban en sus verdaderas cualidades. Pero mientras Kiki gozaba actuando ante el público, a Daisy le gustaba trabajar con cosas materiales, creando ambientes. Ella disfrutaba al ver un telón de fondo recién pintado, extendido sobre la hierba del jardín del colegio 5 y transformarlo después, con bambalinas y muebles, en una realidad sorprendente, o al crear un fondo para un cuerpo de baile utilizando únicamente tiras de adornos de Navidad y focos. Daisy no sabía cuál sería el trabajo que un día haría en el teatro; pero ésta era su ilusión y tenía el propósito de aprender cuanto pudiera del oficio antes de salir de la Universidad. Un día, a comienzos del otoño de su último año de estudios, Daisy se encontraba en su cuarto, diseñando el vestuario para una versión futurista de La tempestad, cuando oyó a Kiki gritar en el pasillo: — ¡Eh, Daisy! ¿Dónde estás? ¡Ah! Estás aquí, menos mal —exclamó, entrando en tromba—. Escucha, acabo de recibir una carta de Zip Simon, jefe del Departamento de Publicidad de la Compañía de papá. La próxima semana estará aquí y nos invita. — ¿Y qué es lo que desea de nuestras humildes, pero encantadoras personas, un directivo de la «United Motors»? ¿Para decirme eso me interrumpes? ¿Cómo crees que debería vestir «Próspero» en una nave espacial? — ¿Con traje espacial? Deja eso ahora... Hace siglos te dije que Zip Simon me había prometido que la próxima vez que rodaran por aquí un cortometraje para la Tele, nos dejaría mirar. Van a hacer uno en Monterrey la semana próxima. Es para presentar el nuevo modelo de «Skyhawk», ya sabes, el coche que han estado guardando en secreto. —¡Un cortometraje para la Tele! —exclamó Daisy con desdén—. Pero, ¡qué ordinariez! ¡Déjate de niñerías, Kiki! 158

Los estudiantes de Santa Cruz tenían el prurito de no mirar la televisión. Sólo unos cuantos excéntricos seguían el programa «El mundo gira» y hasta presumían de ello. Pero su desprecio de los anuncios no conocía límites. Kiki, heredera de una ordinaria fortuna de Detroit, tenía que hacer muchos esfuerzos para dominarse cuando oía las sublimes y nada prácticas opiniones de sus condiscípulos acerca de la industria norteamericana en general y la publicidad en televisión en particular. — ¡Daisy Valensky! —exclamó indignada—. ¿Es que no sabes que Marshall McLuhan ha dicho que un día los historiadores y los arqueólogos descubrirán que los anuncios de nuestro tiempo son el reflejo más fiel y detallado que jamás haya proyectado una sociedad de todas sus actividades? — ¡Eso te lo acabas de inventar! — ¡No! Me lo aprendí de memoria porque estoy harta de oír cómo habla aquí la gente. ¡Están en Babia! Ya verás cuando traten de encontrar trabajo... Vamos, Daisy, puede que hasta aprendas algo. —Sí, siempre se aprende algo... aunque sólo sea cómo no hay que hacer las cosas. —¡Ya salió la eminencia! Llevas tanto tiempo en Santa Cruz, que se te ha apolillado el seso. — ¡Así hablan las buenas hijas de la muy noble Detroit! — ¡Cochina pedante! — ¡Cerda capitalista! —Yo he dicho cochina antes, así que gano yo —dijo Kiki, muy satisfecha de su victoria en su largo pugilato de insultos. Una semana después, en el histórico Cannery Row de Monterrey, a menos de una hora de automóvil desde Santa Cruz, las dos muchachas se acercaron a un sector acordonado de la calle, junto al que se había congregado ya un grupo de espectadores. En las inmediaciones estaba estacionado un gigantesco camión, en cuyo costado se leía: CINEMOBILE. Había también un remolque y un camión que había transportado el nuevo «Skyhawk», que estaba envuelto en pesadas lonas. En la calle se veía también un «Skyhawk» veterano perfectamente conservado. Kiki y Daisy se abrieron paso hasta las cuerdas y observaron la escena. —Todo está parado —dijo Daisy. — ¡Qué raro! —cuchicheó Kiki mirando a los grupos de gente que estaban inactivos al otro lado de las cuerdas, bastante separados entre sí. Dos de aquellos grupos estaban formados por hombres vestidos con traje oscuro y corbata, que hablaban en voz baja. 159

— Los representantes de la agencia de publicidad y los del cliente, mi papá —explicó Kiki. —Y ésos deben de ser el equipo técnico —dijo Daisy, indicando un revoltijo de hombres y mujeres con unos vaqueros tan viejos que no hubieran desentonado en el campus. Todos tomaban café en vasitos de plástico y comían tranquilamente unos «donuts», como si estuvieran en una merienda campestre. Las dos muchachas miraron con interés a dos personas que, apartadas del resto, por lo menos charlaban con más animación. Una era un hombre alto y pelirrojo, y la otra, una mujer joven, llenita, vestida con un sobrio traje chaqueta. —Esto no me gusta nada —comentó Kiki secamente—. Yo he visto filmar anuncios y te aseguro que la gente no está ahí parada. —Pero aquí no mandas tú —le recordó Daisy. —No; pero manda Zip Simon. ¡Eh, Zip! —gritó Kiki con energía y con toda la desenvoltura de la hija del cliente que sólo es superada por la desenvoltura de la esposa del cliente. Un hombre bajo y calvo se separó de uno de los grupos de traje y corbata y las hizo pasar al otro lado de las cuerdas, que estaban vigiladas por policías. — ¡Hola, Kiki, pequeña! ¿Cómo estás? ¿Quién es tu amiga? —Daisy Valensky. Zip Simón suspiró lúgubremente. — ¡ Ay, niñas! Me parece que no vais a poder ver cómo se rueda un cortometraje. Tenemos un gran problema. Aún no puedo creerlo. North es el mejor director de la especialidad, pero no puede empezar el rodaje. Un desastre. -¿Algún enfermo? -preguntó Kiki. —Por desgracia, no. Eso podría arreglarse. Hace meses que está concertado el anuncio este de la mierda... perdona, Kiki... y ahora nos hemos quedado sin escenario. —¿Qué ha pasado? —¡Pues que lo han reventado! North contrató una agencia para que buscara los exteriores y nos enseñaron unas fotos perfectas: Cannery Row en sus buenos tiempos. Pero al llegar aquí nos encontramos con que esto parece un centro experimental del Nuevo Diseño y no queda en toda la ciudad un solo edificio que parezca viejo. ¡Mierda! Perdona, Kiki. Disculpa mi vocabulario, amiga de Kiki. —¿Por qué tiene que parecer viejo? —preguntó Daisy. —Porque lo exige el story board3 —dijo él, como si esto lo explicara todo. —¿Qué es el story board?—preguntó Daisy. Guión de los anuncios de Televisión, presentado en forma de viñetas. (Nota del traductor.) 3

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El hombre la miró con cara de incredulidad. No era posible tanta ignorancia. Por otra parte, Daisy era otra persona ante la que poder lamentarse. —El story board, amiga de Kiki, es un papel muy grande, con personajes dibujados con unos globitos que les salen de la boca, en los que está escrito lo que cada cual tiene que decir. ¿Comprendido? Para nosotros, los desgraciados que nos dedicamos a la publicidad, es la Biblia. Y en este story board tenemos un viejo «Skyhawk» descapotable parado delante de un restaurante de Cannery Row hace cincuenta años. Entonces, del restaurante sale una pareja vestida a la moda de entonces, que sube al coche y se larga. Aquí viene otra toma y aparece el «Skyhawk» último modelo, delante del mismo restaurante, del que sale una pareja de ahora, que sube al coche y se va, y entonces se oye una voz que dice: «El "Skyhawk" de "United Motors" es aún el mejor coche que puedas llevar.» — ¡Súper! —gritó Kiki. —Es precioso. Sencillo, pero elocuente... y vamos a filmar la misma escena por todo el país, en lugares pintorescos e históricos. Bueno, íbamos... Ahora, ¡cualquiera sabe! —¿ Por qué no construyen unos decorados ? —preguntó Daisy. —Porque no hay tiempo. Mañana, el nuevo modelo tiene que estar en el avión, camino de la fábrica de Detroit, para ser presentado a los accionistas durante una recepción monstruo... No me preguntes cuánta gente va a asistir. Si hoy no rodamos la escena, perderemos el transporte aéreo. ¿Duele el hara-kiri? —Oh, Zip, no te lo tomes así... Al fin y al cabo, no eres tú el que ha fastidiado el escenario —contestó Kiki. —El hara-kiri voy a hacérselo yo a North. —¿Quién es North? —preguntó Daisy. Zip Simón señaló al hombre del pelo rojo. —Ese sinvergüenza. Y la que está con él es Bootsie Jacobs, su jefe de producción. A unos quince metros de Simón, North decía a media voz, para que los demás no pudieran oírle: —Bootsie, esto es una metedura de pata tan grande como la de esperar que un otorrino te meta una linterna por el culo para ver si tienes anginas. —Esa agencia de localización de exteriores habrá cerrado antes de una semana —dijo ella procurando conservar su habitual serenidad —. ¡ Largarme unas fotos de hace dos años! ¡Dos años! Sí, sí, ya lo sé... La culpa es mía por no haber venido a comprobar.

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No puedes fiarte de nadie, esto es lo único cierto, especialmente cuando ha venido a verte el cliente con toda su pandilla, más los zánganos de la agencia... Todos mirando el numerito de circo ambulante. ¡Una delicia! Nos aventajan por dos a uno, aun contando a los modelos, peluqueros y maquilladores. Les he dicho que no salgan del remolque. ¡Lo único que nos faltaría! —En su crispada voz empezaba a advertirse una nota de pánico.— Si por lo menos nos dejaran el nuevo «Skyhawk» un par de días, podríamos rodar en el estudio de la EUE de Burbank. Pero no... —Ya puedes ir pensando en cómo salir de este atolladero, Bootsie —dijo ásperamente North—. Ese es tu cometido, no el mío. Frederick Gordon North era el mejor realizador de anuncios de televisión de los Estados Unidos. El lo sabía. Toda la gente del ramo lo sabía. Es más; cobraba mil dólares diarios más que cualquiera de los otros realizadores de primera línea, y tenía todo el trabajo que quería. Mientras Avedon, Steve Horn y Bob Giraldi cobraban de cuatro a cinco mil dólares diarios, North se llevaba seis mil. Ni siquiera Howard Zeiff había cobrado tanto antes de hacerse director de películas, en la época en que era el rey indiscutible de los realizadores. ¿Por qué le pagaban tan bien? ¿Por qué los buenos directores de las agencias de publicidad estaban dispuestos a pagar a North mil dólares más que a otros realizadores casi tan buenos como él? Cada cual daba una respuesta diferente. Algunos hablaban de su «ojo»; él veía las cosas con más originalidad y les daba un interés visual mayor que los demás. Otros decían que era su manera de tratar a los actores, haciéndoles rendir mucho más de lo que ellos creían poder dar. Otros se referían a su innovadora utilización de la iluminación, y otros, en fin, decían que North era capaz de decir más en treinta segundos que cualquier otro director en un largometraje. La verdad era que North explotaba a la gente sin contemplaciones. North era capaz de cualquier cosa con tal de hacer un buen anuncio, sin regatear esfuerzo propio ni ajeno. A diferencia de la mayoría de los realizadores comerciales, él no aspiraba secretamente a ser director de películas «de verdad», ni le atraía la fotografía fija artística y exquisita. Para Frederick Gordon North, el anuncio para televisión era la forma de arte perfecta, tanto si era de treinta, de sesenta o de sólo diez segundos, y esta entrega absoluta al ideal de su profesión hacía que los clientes se lo disputaran. Naturalmente, su trabajo tenía que ser técnicamente superior; pero lo que atraía al público, el verdadero gancho, era su fama de tirano. Después de estudiar a North y a su jefa de producción, Daisy se volvió hacia Zip Simón. —Perdone, ¿hay algún otro problema?

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—¿Te parece poco? —dijo Simón amargamente—. Es imposible construir un escenario para mañana, ni trabajando toda la noche... Y por la mañana se llevan el coche. —Yo podría hacerlo —dijo Daisy. —¡Claro! Hace dos minutos, ni siquiera sabías lo que es un story board, amiga de Kiki. —Me llamo Daisy Valensky y soy la directora del grupo de Escenografía de la Universidad de California en Santa Cruz —dijo Daisy, con dignidad—. Tengo un equipo de cuarenta operarios de primera clase que podrían estar aquí antes de una hora y pasar la noche trabajando. —¿Habla en serio? —preguntó Simón a Kiki. — ¡Pues claro, Zip! ¡Son profesionales! —dijo Kiki en el tono imperioso y arrogante de hija del patrón, tono que Daisy apenas conocía, pero que su amiga sabía cuándo y dónde emplear. —De acuerdo, Daisy. Vamos a hablar con North. Vale la pena intentarlo. A estas alturas, es mejor eso que nada. Zip Simón estaba tan desesperado, que no tenía inconveniente en proponer aquella descabellada idea nada menos que a Frederick Gordon North. Las cosas no podían ponerse peor de lo que ya estaban. North y Bootsie Jacobs los miraban con suspicacia. Zip Simon, vicepresidente de «United Motors» y jefe del Departamento de Publicidad, no podía tener nada bueno que decirles, Y, acompañado de aquellas dos hippies no les hacía gracia. —North, le presento a Kiki Kavanaugh, hija de mi jefe y su cliente y a Daisy... ¡ah...! Valensky, una amiga suya. North frunció el entrecejo. Si había algo peor que tener al cliente en el plato, era tener a la hija del cliente y, de postre, la amiguita. —¡Hola! Perdonen, no tengo tiempo de charla. Mucho gusto. Dio media vuelta y ellos se quedaron con la impresión de una suprema indiferencia y unos ojos azules cargados de indignación. Daisy le tocó un brazo. —Míster North, antes de mañana por la mañana yo podría dar a este lugar el aspecto que usted quiera. El la miró con feroz ironía. —¿Quién la ha dejado entrar en el plató?

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—Un momento —dijo Simón—, esta chica es la encargada de decorados o algo así en la Universidad de Kiki. Tiene a un montón de gente dispuesta a construir un decorado. —¿Chavales? —preguntó North a Daisy. —Personas. Gente buena y trabajadora. —No me importa lo que sean. ¿Estás segura de que puedes conseguir que ese edificio quede como estaba hace cincuenta años, para mañana a las ocho? Señaló con repugnancia los flamantes ladrillos, las maderas recién pintadas y los grandes ventanales modernos. —Se puede probar —dijo Daisy con decisión, mirando valientemente a North. Tenía el cabello rojo y cara de zorro, pecosa, nariz afilada y unos ojos azules que parecían decir que por mal que estuvieran las cosas, aquello no podía fracasar. Era hombre de contorno nítido y definido. En sus facciones no había ángulos indistintos ni nada que denotara blandura, ni siquiera amabilidad. —¿Qué dices tú? —preguntó a Bootsie Jacobs. —Infringiríamos por lo menos dieciséis reglas del sindicato, que yo sepa, y otras dieciséis de las que no tengo idea. Utilizar a trabajadores no sindicados es grave y eso sería lo de menos. Tendrán que trabajar absolutamente gratis. Me parece que me voy a suicidar —terminó Bootsie lúgubremente. —¿Por qué no empezamos? —preguntó Daisy. —North —dijo Zip Simón, irritado—, está en un buen lío. Ahora se presenta la posibilidad de filmar algo antes de que yo me lleve ese coche. Me tiene sin cuidado que filme usted el rollo cabeza abajo, de lado o colgado de un árbol, eso es asunto suyo. Para eso se le ha contratado. No tengo intención de volver a Detroit con las manos vacías porque el edificio haya sido modernizado. Miss Kavanaugh dice que esta joven puede ayudarnos. ¡Pues permítaselo, hombre! A no ser que se le ocurra a usted algo mejor. La calva se le había puesto casi morada de indignación. Bootsie lanzó una breve mirada a North. —Llama a tu equipo —dijo a Daisy. Si Zip Simon imaginaba que él tendría problemas como no hicieran la película, no sabía lo que le esperaba a ella. Había rogado y suplicado a la agencia que le permitiera construir un escenario en la misma fábrica, para simplificar las cosas; pero, ¡no, señor!, tenía que ser auténtico, jodidamente auténtico... y, ¡hala!, a coger el prototipo, meterlo en un avión y mandarlo al otro extremo del país, para que el anuncio se rodara en una calle histórica. Una idea cojonuda... Pero, ¿cuántos clientes te encar164

gan hoy spots de sesenta segundos? Y ahora venía la mandona de la hija a proponer la solución. Bueno, si la idea no resultaba, la hija del cliente tendría también su parte de culpa. Por lo menos, serían dos. Y, ¡quién sabe!, con la iluminación apropiada, buenos filtros y el encuadre justo... ¡quién sabe! Daisy iba ya camino del teléfono. Santa Cruz no tenía equipo de rugby; pero tenía un grupo de Arte Dramático sensacional. Y, como muy bien recordaba Daisy, guardaban todos los decorados de Camino real, Un tranvía llamado Deseo y El bosque de piedra. Dijo que lo llevaran todo, tanto si les parecía que podía servir como si no, y cuanto antes. Los llamó a todos, no sólo a los pintores, sino a carpinteros, tramoyistas, electricistas, encargados del vestuario y maquilladores. Todos podrían ayudar. Incluso Kiki. Llegaron en tropel, cargados del material que habían sacado del almacén, herramientas y pinturas, encantados de poder intervenir en la realización de un anuncio para la televisión, como si en la vida se les hubiera ocurrido ni por asomo mirar a aquel medio por encima de sus hombros de idealistas. Hora y media después de la llamada de Daisy, todo el equipo se presentaba a su jefe, dispuesto para una noche de trabajo. El director artístico de la agencia de publicidad entregó a Daisy las fotos del edificio antes de la modernización, y ella empezó a dar órdenes y desplegó sus fuerzas, que inmediatamente pusieron manos a la obra. Zip Simon, el director artístico, y Bootsie, permanecieron toda la noche en pie, mirando, y el equipo técnico y los actores se fueron a dormir. North se retiró tranquilamente a su hotel a cenar y descansar. El servicio de cocina estuvo toda la noche despachando bocadillos y café, y al amanecer, el decorado estaba listo. Había reaparecido un Monterrey ya extinto que, si bien no era absolutamente auténtico hasta el último detalle, tenía el aire de aquella época y recordaba las viejas fotografías de los años veinte. La construcción era endeble, y una ráfaga de viento un poco fuerte la hubiera derribado; pero allí estaba, se podía utilizar. Daisy se sentía agotada; pero, muy complacida por el éxito e interesada por lo que allí ocurría, se quedó a ver el rodaje, aunque sin entender apenas lo que hacía aquella gente. Aquello se parecía tan poco a un montaje teatral, como un montaje teatral a un partido de baloncesto. Observó que la pandilla que la víspera tomaban café se habían convertido en un equipo extraordinario, conectados entre sí como miembros de un antiguo clan y trabajando con una precisión que sólo se consigue con una enorme disciplina, más competentes y concentrados en su labor de lo que ella creía posible. Todos eran satélites de North, que controlaba todo el plató con un poder hipnótico, irradiando muestras de agrado o desagrado mientras hacía ensayar a los actores, interrumpiéndose constantemente para consultar con 165

una muchacha que permanecía sentada en un cajón con un enorme cronómetro colgado del cuello. —Aquí tenemos cuatro segundos —dijo—. ¿Cuántos he tardado? —Tres y medio. —A los cuatro, me das un grito. Daisy, al ver trabajar a aquel hombre de unos treinta y tantos años, alto, delgado y nervioso, lo comparó con un domador de leones duro e implacable, al que no podrían intimidar ni una jaula llena de serpientes de cascabel, puercos espines, osos polares y leones. Por muchos problemas que rugieran amenazadoramente alrededor de él, North no dejaba el látigo ni la silla metafóricamente hablando, y tan pronto como empezó a dirigir, todos los que estaban en el plató sentían su mirada constantemente fija en ellos, incluso cuando miraba por la cámara. Los representantes del cliente y de la agencia de publicidad se mantenían a distancia prudencial, mirando continuamente el reloj, pero sin poder sustraerse a la tensión del ambiente, cargado de maldiciones, chispazos de furor, nerviosismo y frenesí. «Eso es el mundo del espectáculo», pensaban ellos, sin darse cuenta de que para North aquello no tenía absolutamente nada que ver con el mundo del espectáculo y sí mucho que ver con el mundo de la publicidad. El equipo estaba pendiente de él, pero cada cual sabía cuándo tenía que actuar o reservarse como sólo lo saben los que son muy expertos en su trabajo. La jerga del oficio le parecía rara a Daisy, a pesar de sus conocimientos de escenografía, y resultaban extrañas muchas de las instrucciones que daba North a los actores. — Cuatro segundos —susurró Daisy a Kiki—. ¿Qué se puede hacer en cuatro segundos? —Vender coches —respondió Kiki con suficiencia. Una y otra vez oía gritar a North: — Preparados... y... ¡Acción! —alargando la «y» de un modo casi insoportable. Una y otra vez, a ella le parecía que todo había salido perfectamente, pero él no se daba por satisfecho hasta que, por fin, bruscamente, lo dio por bueno. North halagaba, advertía, animaba, parecía crecer o empequeñecerse, se enfurecía, de pronto se calmaba, vociferaba pidiendo silencio y, segundos después, miraba por la lente y hablaba con el cámara con la mayor tranquilidad. Una vez, su mirada se cruzó un momento con la de ella, causándole un brusco sobresalto. North señaló a la pareja que tenía que subir al nuevo modelo de «Skyhawk» y les dijo:

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— La intención es que tú te la llevas a tu casa para darle un buen lote. Yo no ando por ahí desde 1965, pero me parece que no me equivoco. Aunque la dirección no era muy ortodoxa, el hombre y la mujer quedaron inmediatamente convertidos en una pareja enamorada, mientras que hasta entonces no eran más que una pareja. Se trabajaba sin descanso, incluso a la hora del almuerzo, por la urgencia de enviar el coche a Detroit. Se retrasó hasta el último minuto la salida del camión especial que debía transportarlo hasta el avión de carga. Cuando, por fin, se lo llevaron, enfundado de nuevo en lona, North concedió un descanso. Daisy pensaba que, después del almuerzo, el ritmo sería más sosegado, ya que del «Skyhawk» veterano podían disponer sin límite de tiempo; pero no disminuyó el agobio. Durante el rodaje de un anuncio, el tiempo es el mayor enemigo. Siempre hay prisa. North y Bootsie tenían que estar en Nueva York al día siguiente por la tarde, para asistir a una reunión con otro cliente. Por fin, North dijo suavemente: — Está bien. Listo. Los técnicos empezaron a desmontar el equipo, los modelos se metieron en la roulotte seguidos de los maquilladores, y los grandes focos, cámaras, equipo de sonido y demás impedimenta fueron cargados rápidamente en el camión. Parecía el desmontaje de un circo, y Daisy sintió cierta tristeza cuando el tiempo volvió al pulso normal de la vida cotidiana, un tiempo que durante todo aquel día se había medido en segundos y medios segundos. — ¡Anda! ¿Pues no se van sin decir adiós? —exclamó Kiki con asombro. —No; ahí vienen —dijo Daisy—. Tienen que dar las gracias, ¿no? North y Bootsie se acercaban casi corriendo. — Recogedlo todo y dejadlo como estaba —ordenó North. — ¿Eh? ¡Claro! —dijo Daisy. —Lo siento, tenemos que coger un avión —dijo Bootsie rápidamente-. Sois estupendos. Daisy, tú serías un ayudante de producción fenomenal. Si un día necesitas trabajo... —Gracias... pero no, gracias. —Vamos, Boot, no tenemos tiempo para charlar —cortó North con impaciencia—. ¡Adiós, chicas! Cogió del brazo a Bootsie y la llevó hacia el coche. Cuando arrancaron, Bootsie Jacobs dijo: —Podrías haber sido más amable con ellas. ¡Después de lo que han hecho! —No hubieran tenido que hacer nada si tú hubieras cumplido con tu obligación —dijo North distraídamente. «No hace caso de nadie, a no ser que se le atraviese —pensó Bootsie, furiosa—. Y entonces..., ¡cuidadito!» 167

Cuatro meses después, en febrero de 1971, cuando sólo le faltaban otros cuatro meses para licenciarse, Daisy recibió una carta de Anabel.

Queridísima Daisy: ¿No es horroroso? Aún estoy temblando. Te aseguro que comprendo perfectamente lo que sentía el ministro de Aviación cuando habló en la Cámara hace una semana: "Ni en mis peores pesadillas hubiera podido soñar que la situación fuera tan mala.» Y me imagino lo que has de sentir tú también. ¡La Rolls-Royce» en quiebra! ¿Si hace apenas cuatro meses el Gobierno dijo que iba a poner dinero! Claro que cuando vieron los libros... Yo he quedado limpia, desde luego, por idiota; pero supongo que Ram vendería tus acciones hace tiempo. Me revienta reconocerlo, pero cuando me dijo que vendiera, yo pensé que él era demasiado joven para modificar las inversiones de Stash. De todos modos, de nada ha de servir pensarlo siquiera. ¿Tienes idea de dónde ha puesto tu dinero ? No me gusta hacer esta clase de preguntas, pero hay una buena razón, Daisy. Aunque tu padre y yo no estábamos casados, yo me consideré responsable de mantener a Danielle, y desde que él murió he estado pagando el colegio con los dividendos de las acciones que él me dejó. Cuando las acciones perdieron todo su valor, fui a ver a Ram. Daisy, imagino lo que estás pensando, pero no tenía alternativa. Tenía que decírselo o... al fin y al cabo, también es hermanastra suya. ¡Pero él se negó a hacer algo por ella! Dijo que si Stash no había creído oportuno hablarle de ella, sería porque no quería que él se enterara de su existencia. Y que para él no existía. Que no era responsabilidad suya. ¡Y está podrido de dinero, Daisy... podrido! Se negó categóricamente a pagar ni un chelín de la cuenta del colegio. Perdona que se lo contara, Daisy; pero soy tan tonta, que creí que nos ayudaría. Debí imaginar cuál sería su reacción. De todos modos, tenía que probar. Sea como fuere, voy a tener que reducir gastos. He decidido vender la casa de Eaton Square e instalarme permanentemente en "La Maree». Con las pocas inversiones que me quedan y la venta de los cuadros y de los animales de Fabergé, creo que reuniré un capitalito que, invertido en algo seguro me permitirá vivir. Me bastaría una renta modesta, especialmente si algunos de los amigos que antes venían invitados quieren seguir viniendo en calidad de huéspedes de pago. En fin, cuando llegue el verano lo sabremos. El problema no consiste en qué va a ser de mí —de un modo u otro, me las arreglaré—, sino en qué será de Danielle. El colegio me ha mandado el recibo del último trimestre por el equivalente de cinco mil dólares en dinero norteamericano, y en estos momentos no sé de dónde sacarlos. ¡Parece imposible! No es más de lo 168

que solía gastar en ropa interior sin pensarlo dos veces. Siempre hay que purgar las vanidades. De todos modos, fue fantástico, y volvería a hacerlo. Que no se te olvide. Ahora vamos al grano: ¿podrías hacerte cargo del recibo del «Queen Anne» ? Espero que Ram supiera invertir bien tu dinero. Pero basta ya de este tema. En mi vida había pensado ni escrito tanto sobre dinero. Hasta me da vértigo. No sé cómo hay quien pueda ser banquero. ¡Y pensar que aún he de pasar toda una tarde con el corredor de fincas hablando de Eaton Square! Resulta que siento vender esta casa menos de lo que pensaba. Y es que la idea de vivir todo el año en "La Maree», resulta tan tentadora... Vendrás por Pascua, ¿verdad, tesoro? A lo mejor están en flor los manzanos como el año pasado... Claro que la primavera vino muy adelantada... Con todo mi cariño. Je t'embrasse tres fort! Anabel Daisy tuvo que leer la carta tres veces para entenderla del todo. Hacía varias semanas que no leía el periódico, y aquélla era la primera noticia que tenía de la quiebra de «Rolls-Royce». En las cartas que había leído, Ram no había vuelto a sugerir que vendiera sus acciones, por lo que Daisy suponía que aún valían lo mismo que cuando las heredó: unos diez millones de dólares. Ahora Daisy se daba cuenta de que no tenía ni la más remota idea de dónde estaba el dinero. Aunque había cortado toda comunicación con Ram, económicamente seguía dependiendo de él. ¿Qué le diría en aquellas cartas que ella tiraba sin abrir? Daisy se sentó a la mesa y escribió a Ram una breve carta en la que le pedía información completa sobre su situación financiera. Luego escribió una carta mucho más larga a Anabel para decirle lo mucho que sentía los cambios que Anabel iba a tener que hacer en su vida, y asegurarle que no debía preocuparse por los gastos de Danielle. En lo sucesivo, ella atendería a su hermana. No había ni que pensar en que Anabel pasara estrecheces por Dani; bastante había hecho ya. Ella, Daisy, no tenía ni la menor idea de dónde salía el dinero para el colegio de Dani o se hubiera hecho cargo de sus cuentas hacía tiempo. Desde luego, comprendía por qué Anabel se lo había contado a Ram. En cuanto a lo de ir a «La Maree» en Pascua, por nada del mundo se lo perdería. Echó las dos cartas al correo y se fue rápidamente al teatro, pues ya llegaba con retraso al ensayo general de Hamlet, en versión de mímica y jazz. Todos los personajes eran interpretados por mujeres, y la acción había sido trasladada a la isla de Lesbos.

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Daisy esperaba la respuesta de Ram con una sorda inquietud, que procuraba combatir concentrándose en el trabajo. Cinco días después recibió un cablegrama:

Escrito tres veces pidiendo autorización venta acciones. Al no recibir respuesta supuse querías conservarlas. Desgraciadamente compañía nacionalizada. Acciones sin valor salvo reembolso gobierno, que considero problemático tratándose acciones ordinarias, no preferentes. Durante catorce meses últimos he adelantado dinero para tus gastos, puesto que dividendo «Rolls» insuficientes. Pienso seguir manteniéndote. Lo considero normal, dado nuestro parentesco. Ram. Daisy dejó caer el cable al suelo y echó a correr hacia los lavabos. Se sentía como si alguien la hubiera golpeado mientras dormía. Apenas llegó al retrete empezó a vomitar, abrazada a la fría taza como si fuera su tabla de salvación. Cuando cesaron las convulsiones, se quedó arrodillada en el suelo del lavabo, que afortunadamente estaba desierto, agarrada a la porcelana amiga. Aún sentía una masa en la garganta, una bola sólida de asco y de miedo, que se agarraba a su cuello como un embrión monstruoso. Sus doloridos músculos se contrajeron en un nuevo espasmo, pero no consiguieron expulsarlo. Ya no le quedaba nada por vomitar, ni siquiera bilis. La sensación de bienestar y seguridad que experimentara hasta entonces se había evaporado por efecto del gas letal que había descargado el mensaje de Ram. Se sentía otra vez encerrada en aquel lugar triste y oscuro, lleno de peligros y amenazas y miedo a lo desconocido, aquel lugar en el que viviera tanto tiempo después de la desaparición de su madre, cuando la separaron de Dani, cuando murió su padre. Todas las grandes y repentinas pérdidas de su vida se hacían presentes en su ánimo, conjuradas por la noticia que acababa de recibir. Sus triunfos, su afán de independencia, quedaban reducidos a nada al saber que Ram había estado dándole lo que ella creía haber pagado con su propio dinero. Ahora estaba en deuda con él. ¡Que Dios se apiadara de ella! Y las acciones no valían nada. ¿Por qué no había vendido Ram sin su autorización? En su calidad de depositario de sus bienes hubiera podido hacerlo. Y él debía de saber lo que ocurría en «Rolls-Royce»... ¿No sería que se había abstenido de intervenir deliberadamente, para ponerla donde estaba ahora? Ella nunca lo sabría, aunque tampoco importaba. Tendría que arreglárselas como fuera. Con este pensamiento empezó a recobrar el ánimo de lucha. Se levantó, con todos los huesos y músculos doloridos, y se acercó a uno de los lavabos para enjuagarse la boca y refrescarse la cara con agua fría. Se contempló en el espejo y buscó en sus ojos una mirada de desafío. Allí estaba. Salió de los lavabos y se fue a su habitación a pensar. Le faltaban cuatro meses para licenciarse y poder optar a un empleo. Eso significaba que no se licenciaría. El tiempo era un lujo para ella. Sólo tenía 170

un objeto de valor: el huevo de lapislázuli que guardaba en un estuche en el fondo de un cajón de la cómoda, el huevo que Masha le había dado hacía seis años, antes de morir, el huevo, que, según le había dicho Masha, su padre regaló a su madre cuando ella le dijo que estaba embarazada. Había llegado el momento de vender el huevo. Con el producto, podría pagar un año del colegio de Danielle, tal vez más. Trabajo. Daisy sabía lo suficiente de teatro como para comprender que tenía muy pocas posibilidades de encontrar empleo, como no fuera en un teatro de vanguardia, donde cobraría muy poco. Durante los últimos cuatro años, la única vez que alguien le había hablado de trabajo fue el otoño anterior, cuando aquella mujer, Bootsie No-Sé-Cuántos, le dijo que ella podría ser una buena ayudante de producción. No sabía exactamente lo que era aquello, pero seguramente pagarían mejor que en el teatro. Preguntaría el nombre de la empresa a Kiki o a aquel hombre gordo y simpático, Zip Simon, que trabajaba para míster Kavanaugh, llamaría a la tal Bootsie y le pediría trabajo. «¿Qué puedo perder? —pensó Daisy—. Lo peor que puede pasar es que me digan que no. Y tal vez digan que sí. Aunque ni nos dieran las gracias.»

13 -Han vuelto a llamar los de la comida para gatos —dijo, con acento de expectación, Arnie Greene, director comercial de los estudios de Frederick Gordon North. -¿Y bien? — Esta vez serían seis spots de treinta segundos cada uno, presupuesto gordo, gordo... Y el anuncio, de lo más fácil. Podríamos sacar un montón de dinero. — ¿Cuántas veces he de decírtelo, Arnie? ¡Comida para gatos, no! No lo filmaría ni por todo el oro del mundo. Me da asco. — ¿Y qué les digo a Weight Watchers? Quieren oferta para su nueva campaña. -¡Diles que se vayan a paseo! He visto el story board que han " fabricado: spaghetti, hamburguesas de queso y pastel de fresa en apetitosos primeros planos, mientras la voz va diciendo que si te unes a Weight Watchers saborearás tus platos favoritos y, no obstante, dejar el hábito de comer cosas que engordan. Y los muy cabritos piensan poner los spots por la noche, después de la cena, a la hora de los viajecitos a la nevera. No me opongo por razones humanitarias, sino porque el concepto me parece francamente malo y, mientras yo pueda elegir, ¡nada de Weight Watchers!

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Arnie Greene suspiró tristemente. Estaba encargado de las operaciones comerciales de los estudios y tenía que rechazar más trabajo del que North podía realizar sin ampliar la empresa; pero no le gustaba tener que despedir a un posible cliente. —¿Dónde está Daisy? —preguntó, recorriendo con la mirada la salita de reuniones. —Ha salido a arreglar lo del Empire State para el spot de la laca «Revlon» y luego se irá a su casa. Es viernes, ¿recuerdas? —dijo North-. ¿Para qué la quieres? —Tiene las facturas del servicio de cocina. Anoche se las llevó a casa para repasarlas. Dice que nos han cargado de más y no me deja pagarles hasta que descubra el error. Francamente, North, creo que esa chica anda mal de la cabeza: está empeñada en que nos estafan con el pescado judío, por más que yo le digo que tenemos que dar a los clientes salmón ahumado para almorzar, que después de hacer el viaje desde Chicago, esperan que les obsequiemos con salmón ahumado. Lleva con nosotros cuatro años y aún repasa las facturas. —Así no anda por las calles —dijo North secamente. Le enfurecía, sin que pudiera explicarse la causa, que Daisy insistiera en repasar las cuentas, después de estar trabajando de firme durante todo el día. Le enfurecía casi tanto como aquellos fines de semana que ella pasaba en las casas de campo de los ricachos, montando a caballo. Muy propio de Bootsie Jacobs el contratar a una ayudante de producción que resultara ser una princesa rusa con unos amigos asquerosamente selectos. De no ser endemoniadamente competente, nunca hubiera conseguido el puesto de Bootsie. Pero, ¿quién iba a figurarse que Bootsie quedaría preñada? ¿Y que quería tener el niño? Claro que, después de diez años de matrimonio, tenía perfecto derecho. —North —dijo Arnie, presentándole dos cheques — , echa un par de firmitas sin mirar. North, con gesto de repugnancia, firmó los dos cheques para sus ex esposas. Era una operación que se repetía todos los meses. — ¿ Puedes decirme por qué me casaría con las dos modelos más hermosas de Nueva York, y por qué las dos se convirtieron antes del año en dos neuróticas furiosas, y por qué tengo que mantenerlas? — ¡Y a mí qué me cuentas! ¿Tengo pinta de psiquiatra? — —Te pareces tanto al psiquiatra al que hice esas mismas preguntas, que podrías ser su hermano. Y a lo mejor lo eres. — ¿Y qué te contestó? —No me quedé para oír la respuesta. —¿Por qué no? — Empezó a hacer preguntas indiscretas. 172

—Natural... A Frederick Gordon North le llamaban todos North a secas porque él no consentía que se utilizaran sus nombres de pila, impuestos por unos padres muy orgullosos de la tradición familiar, descendientes de antiguos y respetables linajes de Connecticut, y los diminutivos —Fred, Freddy, Rick, Ricky y Gordy — le eran odiosos. La tímida iniciativa, tomada por unos cuantos compañeros de Yale, de llamarle Flash —apodo que le iba como anillo al dedo —, duró un solo día. Sus padres seguían llamándole Frederick; mas para todos los demás era North, incluso para sus hermanos, quienes, de todos modos, sólo tenían ocasión de llamárselo en Navidad y el día de Acción de Gracias, ya que eran una familia bastante despegada, y él, el más despegado de todos. Había sido un solitario casi desde la cuna. Tanto en Andover como en Yale había participado en el mínimo de actividades sociales obligatorias. La primera entidad que atrajo su interés fue la Escuela de Arte Dramático de Yale. Ya tenía una meta: ser director teatral, con un repertorio a base de Shakespeare, O'Neill, Ibsen, quizás un poco de Tennessee Williams. Pero escogió carrera antes de conocer su propio ritmo vital. El montaje de una obra de teatro requiere muchos meses, y el brío que North ponía en su trabajo exigía resultados más rápidos. Poco después de licenciarse, North conoció a un veterano cámara de cortometrajes, que accedió a confiarle la dirección de un anuncio cuyo presupuesto era tan bajo que, para sacar algún beneficio, el hombre tenía que emplear a un equipo técnico y un director no sindicados, a precio de saldo. Aquel primer anuncio, un spot de treinta segundos para una cadena de tiendas de prendas de vestir de ocasión, entusiasmó a North como si hubiera de ofrecerle la oportunidad de dirigir a Lord Olivier en el «Old Vic». Había encontrado su oficio, un medio que latía al mismo ritmo que su propio pulso, su corazón y su mente. Ahora que ya sabía lo que de verdad deseaba hacer, North se despidió de los grandes comediógrafos y dirigió sus pasos hacia Madison Avenue, donde pasó cuatro años aprendiendo al lado de Steve Elliot, patriarca de los directores de cortometrajes, hombre renacentista que lo mismo tocaba el violín que conducía un bulldozer y que, con su hermano Mike, fue de los primeros directores de películas cortas de anuncios que obtuvieron el carnet de cameraman allá por 1950. Los hermanos Elliot fundaron la «Elliot, Unger and Elliot», que después se convertiría en «EUE Screen Gems», la mayor productora de cortometrajes que ha existido. A los veinticinco años, North se estableció por su cuenta. Durante seis meses vivió de lo que había ahorrado y procuró cultivar todas las relaciones 173

que había hecho en «EUE» y empezó a reunir una clientela. Al llegar a la cima tenía sólo treinta años. Cuando empezó a trabajar para él, Daisy tenía diecinueve años, y North, treinta y dos. Era un jefe exigente, quisquilloso, egoísta, desconsiderado, genial, y estaba dotado de una gran simpatía que reservaba para las contadas ocasiones en que no podía evitar el contacto social con sus clientes más importantes y para las frecuentes ocasiones en que, sin hacer nada por evitarlo, mantenía contacto carnal con las mujeres más atractivas de la ciudad, con dos de las cuales había contraído matrimonio, en sendos momentos de ofuscación. La convivencia matrimonial no iba con él, seguía siendo un solitario, como cuando era niño y su padre quería a toda costa que se hiciera boy-scout. Afortunadamente —como no se cansaba de recordarle Arnie Greene— no había tenido hijos. —Por lo menos, te ahorras la manutención de los niños —le decía al presentarle los cheques de las pensiones —. Toca madera, hombre... Una vez estuvo segura de que míster Jones, vigilante de la azotea del Empire State, no pondría más inconveniente, Daisy se dirigió al apartamento de Soho donde vivían ella y Kiki. El ambiente de primavera que envolvía la ciudad aquella tarde la había puesto en un estado de ánimo reminiscente, del que ni el viaje en Metro pudo sacarla. Le parecía imposible que hiciera cuatro años que había salido de Santa Cruz. Bootsie Jacobs contestó su carta a vuelta de correo. No era que necesitaran una ayudante de producción; estaban rabiando por encontrarla. Cuando Daisy averiguó en qué consistía su cometido, comprendió que rabiaran, pues no había quien parase más de dos meses en el puesto aquél, que reportaba mucho trabajo y muy poco dinero. Pero no había más remedio. Cobraba ciento setenta y cinco dólares a la semana y tenía que trabajar más de doce horas diarias; pero era suficiente para vivir, y aún podía ahorrar para el colegio de Danielle, siempre que hiciera economías, desde luego. Su habilidad para el ahorro llegó a convertirse en verdadero arte. Desde luego, sin los treinta mil dólares que le habían dado por el huevo de lapislázuli de Fabergé, no hubiera podido pagar las facturas hasta que encontró su segunda fuente de ingresos. Para Daisy, los niños ecuestres habían resultado un filón. Todo empezó casualmente. Jock Middleton, que había jugado al polo con su padre, recibió una carta de Anabel en la que ésta le pedía que se pusiera al habla con Daisy, por si ella necesitaba algo en Nueva York. El la invitó a pasar un fin de semana con su familia en Far Hills, zona hípica de Nueva Jersey que forma parte del país de la buena hierba de Kentucky. Daisy metió en la maleta el equipo de montar, por si se presentaba la ocasión, y pasó un sábado completamente feliz cabalgando con toda la pandilla de 174

nietos de Middleton. Por la noche, en una protocolaria cena, míster Middleton la presentó a todas sus amistades como la princesa Daisy Valensky. El domingo, Daisy tomó un apunte del mayor de los nietos, a caballo, en agradecimiento por la hospitalidad. Firmó como firmaba todos sus trabajos: «Daisy», nada más. Un par de semanas después recibió una carta de mistress Middleton. El dibujo había gustado mucho, y una vecina, mistress Davis, le había pedido que preguntara a la princesa Daisy si tendría inconveniente en retratar a su hija Penny, de diez años. Mistress Davis estaba dispuesta a pagarle quinientos dólares por un dibujo al carbón, y seiscientos cincuenta por una acuarela. A mistress Middleton le repugnaba hablar de dinero a la hija del príncipe Stash Valensky, pero mistress Davis había insistido mucho. Mistress Middleton sentía verdaderos escrúpulos de hacer semejante proposición comercial; pero su vecina no la dejaba en paz. Daisy sólo tenía que decir «no», y no volverían a molestarla. Daisy corrió al teléfono para decir a mistress Middleton que aceptaba encantada. Pensaba que era una lástima no poder proponer hacerlo al óleo y cargar cien dólares más. No; mejor no decir nada. Tampoco tenía dinero para la tela y los tubos... Cualquier pintor con escuela sabe pintar un caballo; pero se necesita una habilidad especial para captar el movimiento, la pose, las diferencias anatómicas y las variaciones de color que distinguen a cada caballo. Daisy había montado y dibujado caballos desde niña. También había dibujado niños, miles de ellos, durante los años en que hacía dibujos para Dani y en las clases que había tomado en Santa Cruz. El apunte del niño Middleton revelaba una manifiesta habilidad, un don que le permitía comunicar a sus retratos ecuestres una cualidad entrañable y delicada. Cuando Daisy llegó a la lujosa mansión de los Davis, le presentaron a Penny Davis, que ya estaba vestida con su mejor traje de montar. Daisy observó el gesto rígido y la mirada de aprensión de la niña. —He pensado que lo mejor será que almorcemos antes de que empiecen ustedes, princesa Valensky —dijo mistress Davis—. Después del viaje le apetecerá un Bloody Mary. —Muy amable; pero antes quisiera dar un paseo a caballo con Penny — respondió Daisy. No podía trabajar con un modelo tímido y recalcitrante. —Pero, ¿y el almuerzo? —Ya nos arreglaremos. Penny, ¿por qué no te pones unos vaqueros y me enseñas la cuadra? Cuando la niña volvió, ya un poco menos incómoda, Daisy le susurró: — ¿Hay algún «MacDonald's» por aquí?

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Penny miró rápidamente alrededor, para ver si su madre podía oírlas. Torciendo la boca, con disimulo, dijo: —Hay uno a ocho kilómetros, a campo traviesa. Pero no me dejan. — A mí sí me dejan y yo invito. ¡Andando! — La niña la miró sorprendida y radiante: — ¿Eres una princesa de verdad? — -Sí; pero tú llámame Daisy. — ¿A las princesas les gusta ir a «MacDonald's»? — ¡Y a los reyes! Vamos, Penny, estoy deseando comerme una hamburguesa de las grandes. Penny la condujo a través de los campos, saltando vallas. Después de diez minutos y dos hamburguesas dobles, Daisy había descubierto que a Penny los retratos le parecían una bobada. Peor aún: ¿quién iba a querer tener siempre por ahí colgado un retrato en el que te han pintado con frenillos? —Penny, te prometo que no pintaré los frenillos. Si quieres, te pintaré con la cara que vas a poner cuando te los quites, con una fantástica sonrisa. Pero has de pensar que un retrato ecuestre es un retrato tanto de la persona como del caballo. Dentro de un año, conforme estás creciendo, tendrán que vender a Pinto. De este modo, siempre tendrás un recuerdo suyo. ¿Te atreves con otra? Yo voy a pedir otra para mí... ¡Bien! A ver si les convenzo para que echen más salsa. —En casa había empanada de trucha para el almuerzo. — ¡Uf! ¿Y para la cena? —Pato asado. Será de mucha etiqueta. Mi madre ha invitado a todos sus amigos. —¡Bueno! —suspiró Daisy filosóficamente—. Más vale pato que trucha. Por la tarde, la niña posó contenta y natural y Daisy tomó docenas de apuntes de gestos espontáneos y expresiones características de Penny Davis. Además, le hizo muchas fotografías con una «Polaroid» que había pedido prestada en el estudio. Las utilizaría de ayuda visual en la acuarela, que pensaba terminar en casa. Mientras dibujaba las manos de Penny sosteniendo las riendas, bendecía interiormente las clases de anatomía que había tomado en la Universidad y las limitaciones que impone el retrato ecuestre, en el que no cabe una gran variedad de poses o actitudes. Dibujaba con trazo fluido, sin rigidez ni academicismo, buscando, más que la perfección, la impresión de compenetración entre la niña y el pony. El domingo, mientras el chófer de los Davis la llevaba a su casa, Daisy pensaba que tanto mistress Middleton como míster Davis la habían presentado ceremoniosamente a sus amistades como la princesa Daisy Valensky, durante la gran cena de la víspera. Después de pasar cuatro años en Santa Cruz, donde todos la llamaban Valensky a secas, Daisy casi se había olvidado de que tenía aquel título. Evidentemente, desde el punto de vista comercial era una 176

ventaja. Por lo menos, en la Tierra del Caballo. Puesto que la forma más rentable de utilizar sus aptitudes era el retrato de niños a caballo, Daisy apretó los dientes y decidió aprovechar bien aquella ganga. Cuando terminó la acuarela de Penny Davis, firmó con letra clara y cuidada: «Princesa Daisy Valensky.» Eran seiscientos cincuenta dólares para Danielle. Poco a poco, después del apunte de los Middleton y de la acuarela de los Davis, Daisy fue recibiendo nuevos encargos para pintar niños a caballo, a precios más y más altos. Ahora, apenas cuatro años después, Daisy cobraba dos mil quinientos dólares por una acuarela. Estos encargos, que empezaron a llegar poco antes de que se acabara el dinero del Fabergé, representaban la diferencia entre poder mantener a Danielle y verse obligada a recurrir a Ram. Daisy no le había contado a Anabel de dónde sacaba el dinero, pues no quería que ésta supiera que la quiebra de la «Rolls-Royce» la había dejado arruinada. Tampoco les había dicho a los de los estudios por qué muchos fines de semana tomaba el avión para ir a Upperville, Virginia; Unionville, Pensilvania, o a fincas de los alrededores de Keeneland, Kentucky. Sabía que sus compañeros la tenían por un miembro de la alta sociedad apasionada por la hípica; pero mientras no descuidara sus obligaciones, era dueña de su tiempo libre. Por supuesto, Kiki, que noche tras noche la veía velar para terminar las acuarelas, sabía por qué trabajaba tanto. En ciertas esferas se había convertido en todo un símbolo de distinción tener un retrato del niño o la niña a caballo, firmado por la princesa Daisy Valensky. Cuando Daisy tuvo que marcharse de Santa Cruz y ponerse a trabajar decidió, por fin, hablar a Kiki de Danielle. No había otro modo de explicar su súbita marcha de la Universidad apenas cuatro meses antes de licenciarse; era preciso contar la verdad o, por lo menos, parte de la verdad. Daisy recordaba las expresiones que se sucedían en el rostro de su pizpireta amiga, al escuchar aquella triste y extraña historia: incredulidad, asombro, compasión, furor y perplejidad. Daisy estaba preparada para las dos preguntas que sabía que le haría Kiki tan pronto como se diera cuenta de la realidad. —Pero, ¿por qué Ram no quiere hacer nada por Danielle? — Es el medio de que se vale para atacarme. Estamos enemistados por razones familiares. Nuestra ruptura es definitiva. Además, él no considera a Dani como hermana suya. Ni siquiera la ha visto. Imposible. —Entonces, ¿por qué no me dejas que te ayude? —preguntó Kiki, renunciando a indagar en la índole del problema familiar, ante el tono de Daisy. —Sabía que dirías eso. En primer lugar, tengo que encargarme de ello yo sola, porque es algo permanente. Ni siquiera tú, por muy generosa que seas, puedes cargar indefinidamente con un pariente ajeno. Pero no creas que no 177

voy a aceptar un par de cientos de dólares hasta que cobre el primer sueldo. Daisy no esperaba la última reacción de Kiki. —Yo me voy contigo —dijo cuando Daisy había conseguido convencerla de que no podía permitir que mantuviera a Dani. — ¡Ni hablar! No quiero ser la causa de que no llegues a obtener algún título. Tu madre no me lo perdonaría. Pero pienso alquilar un apartamento lo bastante grande para las dos, y en cuanto te licencies, estaré esperándote con los brazos abiertos y la mitad del recibo del alquiler, retroactivo. No son más que cuatro meses. ¿Trato hecho? — ¡Jolín, qué mandona eres! ¿Podré comprar los muebles por lo menos? —La mitad. —Apuesto a que serán de los que reparte la beneficencia. —A no ser que consigas que tu madre nos mande los que le sobran. Una persona que cambia la decoración todos los años, ha de tener trastos sobrantes. En realidad, podemos aceptar donativos de cosas, como cualquier obra benéfica; pero dinero no, para que la gente no se crea con derecho a decir lo que tenemos que hacer. ¿Enterada? — ¿Podremos aceptar dinero en Navidad y en los cumpleaños? —preguntó Kiki muy seria. — Indiscutiblemente. Y no saldremos a cenar con nadie, a menos que nos inviten. Eso de pagar cada cual lo suyo no va con nosotras. Entre las dos, haremos que vuelvan los años cincuenta. Mientras subía a su apartamento, situado en el tercer piso de un viejo edificio de la Prince Street, esquina Greene, Daisy aspiraba el olor a bollos de canela recién sacados del horno. Hacía apenas quince años, Soho había sido declarado el primer barrio comercial de baja estofa. Ahora era una avanzadilla del mundo bohemio y enclave de pintores, donde el atuendo de rigor era el mono con costra de pintura, «aunque nunca hayas tenido un pincel en la mano», como decía Kiki desdeñosamente. Pero Kiki, por fin, había resuelto definitivamente el problema de cómo vestir en toda ocasión y lugar. Tras la oportuna muerte de una abuela, Kiki heredó el dinero suficiente para convertirse en propietaria, empresaria y permanente primera actriz de un modesto teatro: «The Hash House.» En realidad, Kiki era la indiscutible Ethel Barrymore-Sarah Bernhardt de Soho, y vestía en consonancia con el papel de la comedia que estuviera representando. Su último estreno, Lamento de la escoria, llenaba bastante el teatro, especialmente los fines de semana, cuando los del centro se acercaban a ver qué ponían los teatros experimentales. Kiki, que se había adjudicado el papel de única confidente femenina del protagonista, vestía desde hacía varias semanas leotardos azul lavanda, maillot rosa, botas de ante moradas y boa malva. Y le sentaba admirablemente. 178

Daisy abrió la puerta y miró hacia uno y otro lado. El apartamento estaba vacío. Kiki estaría aún en el teatro, y Teseo se habría ido con ella. El animal acudía a pasar el día tumbado en una colchoneta a los pies de Kiki, o andaba por el teatro pegado a sus talones; pero sólo era plenamente feliz cuando Daisy llegaba a casa. Ella no podía llevárselo a los estudios, o habría acabado con los suministros de la cafetería antes de que pudieran darse cuenta. El apartamento de Daisy y Kiki no era una de esas enormes buhardillas acondicionadas en viejos edificios industriales, sino una vivienda a escala humana, situada en un deslucido edificio en cuyo primer piso existía una galería de arte que le daba cierto empaque. El apartamento no era pequeño, pues constaba de una sala de estar de forma irregular, dos dormitorios, el estudio de Daisy, una cocina bastante espaciosa y dos cuartos de baño que, por desgracia, aún conservaban la primitiva fontanería. La decoración no admitía otro calificativo que el de «mutante», ya que continuamente entraban y salían de la casa accesorios del teatro de Kiki, cachivaches de los traperos del barrio y mucho mueble bueno de Grosse Pointe. Los únicos elementos fijos eran la chimenea, los utensilios de Daisy, unas camas bastante aceptables y el mural que un amigo había pintado en la sala, consistente en una escena pastoril, en la que Teseo aparecía entregado a sus fechorías en una serie de granjas. Ni Daisy ni Kiki eran hogareñas y, en las raras ocasiones en que no estaban invitadas a cenar, compraban algo en la charcutería. El desayuno —cuando se desayunaban — lo tomaban en un tenderete de la esquina en el que un café y un donut costaban cincuenta y cinco centavos y, además —por no se sabía qué extraña circunstancia—, vendían coco fresco. Con un suspiro de alivio, Daisy se sentó en el último sofá —de raso marrón y deliciosamente mullido— enviado por la madre de Kiki. Cada vez que les llegaba una nueva partida de muebles, ellas se apresuraban a vender la anterior. Eleanor Kavanaugh se maravillaba de que tuvieran sitio para tantas cosas, aunque, como decía ella, con un mohín de desagrado, seguramente las usaría en el teatro aquél... Menos mal que la abuela Lewis no vivió para ver dónde iba a parar su dinero. Claro que, de haber vivido ella, el dinero no hubiera ido... en fin, mejor no entrar en sórdidos detalles. — En el fondo, está encantada —dijo Kiki un día—. Sé que presume ante sus amistades del club de que tiene una hija mecenas del teatro. Daisy se incorporó para quitarse su chaqueta de béisbol. La había comprado poco después de empezar a trabajar para North. La primera mañana se presentó con sus mejores vaqueros recién planchados, un jersey de angora beige con cuello de cisne y un chaquetón a cuadros que le habían hecho en Londres años antes. 179

— ¡Oh, no! —exclamó Bootsie al verla entrar. — ¿Qué ocurre? —preguntó Daisy, alarmada. — ¿No puedes vestir más que como una rica heredera? — Si es la chaqueta más vieja que tengo... — ¡Por eso, boba! ¿No te das cuenta de que apesta a dinero? Y tú, además de hacer tu trabajo, tienes que procurar hacerte amiga de la gente para que te expliquen todo lo que tienes que saber, cosa que yo no puedo hacer porque no tengo tiempo. Vas a estar mareándoles con preguntas de la mañana a la noche, y necesitarás que te ayuden. Así vestida no tienes aspecto de necesitar el trabajo. Esa chaqueta va pregonando que montas a caballo, que hace años que montas, que tienes ropa de montar mejor que ésa y que aún la usas. Y eso les revienta. Conque, ¡deshazte de ella! —Pues tú vas muy elegante —observó Daisy. —Yo soy la jefa de producción, niña. Puedo vestir como quiera. Ahora que ocupaba el puesto de Bootsie y ganaba cuatrocientos dólares a la semana, Daisy aún se ponía de vez en cuando la chaqueta de béisbol. Le recordaba aquellos primeros meses de pánico y agitación durante los cuales, como había anticipado Bootsie, iba de unos a otros, del técnico de sonido al ayudante de cámara, de la peluquería al taller de decorados, del regidor a la script, haciendo unas preguntas que ahora le parecían increíblemente estúpidas, y anotando todas las respuestas en una libreta. La chaqueta le había permitido hacer amigos, dado tema de conversación y creado innumerables oportunidades de unir su comentario al de los que lamentaban con nostalgia la desaparición de aquel equipo. Le había proporcionado compañerismo cuando más lo necesitaba. Miró el reloj. Dentó de una hora irían a recogerla para llevarla a cenar a «La Grenouille», y, después, al estreno de una obra de Hal Prince. Su anfitriona, mistress Hamilton Short, vivía en una gran finca de Middleburg y tenía tres hijos, a los que Daisy no había hecho retrato ecuestre... todavía. «La hora de Cenicienta», pensó levantándose perezosamente y entrando en la habitación para iniciar su transformación de proletaria en princesa. Aunque, a decir verdad, no salía de proletaria. Ram tenía treinta años. Vivía a un paso de Berkeley Square, en una casa de Hill Street decorada por David Hicks con sobria suntuosidad varonil. Era socio de «White's», el más selecto de los clubs ingleses, y de «Mark's», restaurante privado al que concurre la flor y nata de la juventud londinense. Sus trajes, de novecientos dólares cada uno, estaban hechos por «H. Huntsman and Sons», el mejor sastre de Inglaterra, al igual que todos sus pantalones de montar. Estaba considerado una de las mejores escopetas de las Islas Británicas, y poseía un par de escopetas de caza fabricadas a su 180

medida por «James Purdey and Sons», armería que ya existía en tiempos de Jorge III. Habían tardado tres años en hacérselas y le habían costado quince mil dólares; pero, en opinión de Ram, la espera había valido la pena. Sus zapatos y botas eran, naturalmente, de «Lobb's» y costaban de doscientos cincuenta y cinco dólares para arriba, según el modelo y el material. Coleccionaba libros raros y escultura vanguardista. Usaba pijamas de seda blanca con ribetes granate, batas de gruesa seda y camisas de fino popelín, todo ello hecho a la medida por «Turnbull and Asser». Sulka le parecía chabacano. Nunca salía de casa sin su paraguas de «Swaine, Adeney, Brigg and Sons». Era de seda negra, con empuñadura y astil de una sola pieza, de un excepcional nogal americano. No usaba sombrero. Si acaso, dentro de diez años. Salvo, naturalmente, para pescar, montar y navegar. Le cortaba el pelo Trumper, de Curzon Street, en sus antiguos salones privados, recubiertos de madera. Cenaba fuera todas las noches, salvo el domingo. El nombre de Ram aparecía con frecuencia en las almibaradas columnas que Jennifer publicaba en Harper's y Queen, Jennifer le llamaba siempre «el apuesto y encantador príncipe George Edward Woodhill Valensky». También se le mencionaba a menudo en la columna deliberadamente provocativa de Nigel Dempster en el Daily Mail, a veces con la apostilla de: «el último ruso blanco, ¡ojalá!», pese a que Ram se había abstenido de unirse a la Liga Monárquica del marqués de Bristol. A Ram no le interesaba aquel grupo, que él consideraba eminentemente frivolo, ni deseaba codearse con archiduques en el exilio, aunque fueran primos suyos, ya que lo más probable era que estuvieran arruinados. Su buen olfato para los negocios le había permitido multiplicar varias veces su fortuna. Ram era socio de una Compañía de inversiones, la «Lion Management, Ltd.», que había obtenido excelentes resultados en la supervisión de la colocación de grandes sumas de dinero de los fondos de sindicatos y corporaciones, en inversiones internacionales muy rentables. Si Ram hubiera deseado pasar un fin de semana en cualquiera de las grandes mansiones campestres que, a pesar de los impuestos, existen aún en Inglaterra, no habría tenido más que coger el teléfono y llamar a alguno de los pequeños lores que había conocido en Eton. Al igual que docenas de las muchachas más interesantes de 1975, le habrían invitado muy gustosamente a su cama, pues Ram aparecía invariablemente en la lista de los solteros más apetecibles de Inglaterra. Sin embargo, la consideración de que gozaba en la sociedad inglesa no se debía a su dinero ni a su título, sino a lo único que él nunca había ambicionado: tierras. Y las tierras las heredó de la familia de su madre, de la que nunca se había preocupado. Su madre era hija única de los Woodhill de Woodhill Manor, en Devon, tranquilos hacendados que habían vivido en el mismo sitio desde antes de la conquista de Inglaterra por los normandos, mirando por 181

encima del hombro, con pastoril suficiencia, a todos los advenedizos, ya fueran condes de nuevo cuño cuyo linaje se remontaba apenas al siglo XVII, ya simples mercaderes cuyas empresas habían hecho grande a Inglaterra durante la era victoriana. Para los Woodhill, todos ellos eran gente «atrozmente nueva». Lo importante de Valensky —en eso estaban todos de acuerdo— era que, al morir su abuelo, había heredado Woodhill Manor y los novecientos acres de tierra de labor que iban con la casa. Era la propiedad de aquel pequeño trozo de Inglaterra lo que hacía que pusieran a Ram en la lista de S.A.R. el príncipe Miguel de Kent, Nicholas Soames, nieto de Sir Winston Churchill, el marqués de Blandford, que un día sería el duodécimo duque de Marlborough, y Harry Somerset, heredero del duque de Beaufort. Sin Woodhill Manor y su campiña, la fortuna y el título de Ram hubieran resultado un poco extranjeros; pero con el respaldo de Woodhill podían considerarse impecables. Ram iba todos los días a su despacho de la City y trabajaba de firme. Volvía a casa a pie, pues consideraba que el paseo era un ejercicio necesario, se cambiaba, salía a cenar, acudía a un espectáculo, bebía poco, regresaba a casa a una hora prudencial y se acostaba. Rara vez cogía el teléfono para concertar un fin de semana en el campo o pedía ser admitido en la cama de una señorita y, llegado el caso, nunca repetía, para no consolidar relaciones molestas ni alentar falsas esperanzas. De haber tenido gato, le hubiera dado puntapiés. Cuando cumplió los treinta, Ram se dijo que había llegado el momento de empezar a buscar la esposa adecuada. No inmediatamente. Sin prisa. Una noche en que llevó a cenar a «White's» a uno de sus socios, no pudo por menos de advertir que por la noche el ambiente del club era muy distinto al de la hora del almuerzo, mucho más animada. Sólo estaban ocupadas una cuantas mesas, la mayor parte por hombres solos tirando a viejos, que demostraban un interés por la comida y la bebida que casi resultaba de mal gusto. Ram no deseaba verse así y, con el enfoque práctico y desapasionado que caracterizaba todos sus actos, empezó a pasar revista a las jóvenes disponibles. Ram sabía que, pese a sus muchas ventajas, no gozaba de grandes simpatías. No comprendía por qué ni le importaba. Hay hombres que se pasan la vida haciéndose simpáticos, y los hay que tienen cosas mejores que hacer. Sin embargo, a él lo respetaban, y el respeto sí era importante, esencial. Cuando en Vogue o en alguna revista inglesa, francesa o norteamericana, aparecía la fotografía de Daisy durante alguno de sus fines de semana ecuestres, Ram la miraba con viva desaprobación. Le repugnaba aquel trabajo que hacía para North, en un medio que él consideraba bajo, vulgar y 182

despreciable. Y en su vida social no parecía ser muy exigente. Cuando sus amistades le preguntaban por ella, Ram procuraba que quedara bien claro que sólo eran hermanastros, que ella no tenía sangre inglesa y que él no sabía nada de su vida privada, ni le importaba. Si no hubiera sido porque seguía soñando con ella, sueños febriles de un amor sin esperanza, inextinguible, destructor, que le atormentaban incesantemente semana tras semana y año tras año, casi hubiera podido convencerse a sí mismo de que era verdad lo que decía a la gente. ¡Cómo deseaba que estuviera muerta!

14 Daisy opinaba que las salas de reuniones se decoraban con la finalidad de impresionar al visitante; pero pocas habría tan impresionantes como la de los estudios de Frederick Gordon North. Siempre le divertía observar su estudiada sobriedad, sus austeras paredes de ladrillo blanqueado y el suelo de madera lacada de negro. Nadie que tuviera sensibilidad podía dejar de apreciar el severo lujo de los sillones de Knoll, de metal cromado y ante color peltre, ni el ascetismo de la enorme mesa ovalada de mármol blanco. Desde su sillón, situado en la cabecera de la mesa, North podía oprimir unos pulsadores disimulados debajo de la mesa, para indicar al operador, que se encontraba en una cabina contigua, cuándo tenía que apagar las luces de la sala, bajar la pantalla o proyectar la película, dispositivo que no dejaba de impresionar ni a los clientes más sofisticados. La sala de reuniones estaba instalada en el último piso de un edificio de tres plantas que hacía muchos años había albergado una escuela de música, situado en 80 Este, entre la Primera y la Segunda Avenidas. North lo había comprado siete años antes y lo había convertido en estudios de cortometrajes. La primera y segunda plantas formaban un enorme escenario, que podía transformarse de infinidad de maneras. Todos los despachos estaban en el tercer piso. North trabajaba también con cámaras, luces y equipo propios. Dado que la mayoría de los directores de cortometrajes tenían que incluir en sus ofertas el importe del alquiler de estudios y equipo —y que casi todas las agencias de publicidad pedían presupuesto por lo menos a tres directores — , North podía ofrecer precios más ventajosos y con mayor beneficio que sus competidores, a pesar de que sus honorarios eran más altos. Ahora, en el otoño de 1975, seis meses después del rodaje del anuncio de la laca para el pelo, se celebraba en los estudios una reunión muy importante. 183

Antes del rodaje de un anuncio cualquiera, North solía reunirse únicamente con Daisy y Arnie Greene, pero aquel día había llamado a todos sus colaboradores a la.primera sesión de planificación del rodaje del anuncio de Navidad para «Coca-Cola». Daisy conocía a todos los reunidos alrededor de la mesa como si fueran de su familia: Hubie Troy, diseñador de decorados que trabajaba por su cuenta, pero al que North llamaba tan a menudo, que ya parecía de la casa; los dos ayudantes de producción que trabajaban a las órdenes de Daisy, recién salidos de Princeton y decididos a aprender el oficio, pero que no tardarían en buscar algo más rentable; Alix Updike, la encargada del vestuario y contratación de actores, una muchacha alta, reservada y vestida con sobriedad, que antes dirigía la sección de lencería de Glamour, y Wingo Sparks, el cámara, veintinueve años, pantalón de la Ivy League de algodón sin planchar y jersey de tenis con manchas de distintos colores, deshilachado por seis sitios, Daisy estaba segura de que él mismo había sacado los hilos. Wingo había estudiado en Harvard y era hijo y sobrino de grandes cameramen. De no ser por aquellas relaciones familiares, Wingo no habría podido entrar en el sindicato de cameramen, que era controlado con tanto rigor como un gremio de la Edad Media. Antes de conseguir el carnet había tenido que trabajar cinco años de ayudante de su tío. North prefería trabajar con gente joven, que era mucho más dúctil a sus ideas innovadoras, y aunque, en calidad de propietario de la empresa, podía manejar la cámara sin necesidad del carnet del sindicato, prefería no tener que estar pendiente de los detalles técnicos durante el ajetreo del rodaje y poder concentrarse en los actores y en la supervisión general del escenario. Daisy miró afectuosamente a Arnie Greene, el director comercial, que aún se admiraba de que, después de haber trabajado durante casi toda la vida en «EUE», con sus cuatrocientos empleados, formara ahora parte de una empresa pequeña como la de North. De todos modos, muchos de los grandes directores preferían trabajar en estudios pequeños. Por último, Daisy contempló la figura llamativa y acicalada de Nick el Griego, el representante de North, el que buscaba los encargos a cambio de una comisión. Que ella supiera, Nick era el único representante de la ciudad que había entrado en el negocio de la publicidad por la puerta del béisbol. Hacia 1965, cuando toda gran agencia de publicidad patrocinaba a un equipo de béisbol y competía ferozmente con las demás, un redactor de la «Doyle, Dane and Bernbach» se enteró de que en el barrio puertorriqueño había un muchacho que era el mejor pitcher de la zona y le ofreció un empleo en la agencia, con el propósito de asegurárselo para el equipo. Pero Manuel echó un vistazo al negocio de la publicidad y descubrió que aquello le gustaba mucho más que la posibilidad de hacer carrera en el Harlem hispano. 184

Aquel muchacho, alto y espectacular, se impuso a sí mismo el apodo de Nick el Griego, y allí estaba ahora, ganando más de cien mil dólares al año, luciendo trajes de setecientos dólares, almorzando todos los días en el «21» y consiguiendo los pedidos con la misma facilidad con que un lagarto atrapa insectos con la lengua. Sabía tratar a los clientes con la maestría con que el mahut maneja al elefante real durante una cacería de tigres en la India. En aquel momento, cuando North se disponía a abrir la sesión, Nick tomó la palabra. — Compañeros4 todos: aquí tengo los resultados de la última encuesta del Instituto Gallup —dijo sosteniendo en alto un recorte del New York Times. — Cállate, Nick —replicó Arnie en tono suplicante, pues sabía que cuando Nick el Griego se disparaba, les hacía perder mucho tiempo. — ¡Un momento! Todavía no sabéis de qué se trata. Es algo que nos afecta a todos, Arnie. Vosotros, los que sufrís complejos de judíos, de italianos o de anglosajones, un momento de atención, por favor.4 Se trata de una encuesta acerca de la integridad moral que se atribuye a las distintas profesiones, basada en la opinión de una muestra del pueblo norteamericano. —Eso no tiene nada que ver con la «Coca-Cola», Nick —dijo North con impaciencia—. ¿Por qué no te largas? ¿No tienes algún cliente rico y hambriento a quien llevar a almorzar? Vamonos, que tenemos mucho trabajo. —Pero antes deja que me explique y os dé la buena nueva —intervino Nick, que como buen representante, tenía a gala ser más grandilocuente que aquellos pobres trabajadores que contrataban sus servicios. Los representantes de Nueva York, mafia de vendedores refinados y ultramodernos, se consideran tan superiores a los agentes comerciales corrientes como el galgo ruso a los chuchos callejeros. —Aquí está la lista. Os va a gustar; los curas, ¿eh?, los curas vienen en primera posición, son los mejor conceptuados. Les siguen los médicos y los ingenieros. De veinte profesiones, veinte, la penúltima es la relacionada con «actividades publicitarias». Y ahí estamos nosotros, compañeros,4 chicos y chicas. El cuarenta y tres por ciento del jodido público americano nos otorga una calificación muy, pero que muy baja en «integridad y ética». Los únicos que están por debajo de nosotros son ¡ los vendedores de coches! Si estamos peor que los funcionarios públicos... ¿No os parece que deberíamos protestar? Marchar sobre Washington, 4

En español en el original. (Nota del traductor.)

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pregonando lo puros, rectos, patriotas y cachondos que somos. ¿Es que vamos a consentir que nos atropellen así? ¿Es que no tenéis amor propio? ¿Es que no os importa ni una puñeta? ¡Intolerable! Con una blanquísima sonrisa de desdén en su cara oscura, aguantó los abucheos de los presentes. —Nick —dijo North con firmeza—, a un hombre como tú, inflamado del fuego griego, a pesar de que nunca pusiste los pies en Atenas, no ha de serle difícil profesar indignación por todos nosotros. ¡Y ahora largo de aquí! Todos los maitres del mundo te esperan con impaciencia. Cuando el representante hubo salido, Arnie Greene dijo, ofendido: —Si los médicos merecen tan buena opinión, ¿por qué hay tantas demandas por tratamiento erróneo? —Todo el mundo sabe que el Gallup está amañado —dijo North con su insidiosa sonrisa—. Olvídalo, Arnie. Bien, ahora que míster Universo se ha ido, para variar hablemos un poco de publicidad. Y una advertencia: el que no tome notas se arrepentirá. Se trata de un anuncio de noventa segundos, con un story board que, a su lado, una película de Max Rhinehardt parecería una mierdecita. Y, es más, Luke Hammerstein quiere hacerlo en plan de humor, y ni siquiera enseñarán el producto, por lo que va a ser distinto de todo lo que se está haciendo por ahí. —¿Que no enseñarán el producto? —preguntó Arnie Greene con voz chillona del asombro. —No; ni lo enseñarán ni lo mencionarán durante todo ese minuto y medio. Luego, al final, se oirá la voz de Helen Hayes diciendo: «No importa cómo hayan pasado la Nochebuena; "Coca-Cola" les desea muy felices fiestas todo el año.» —¿Has dicho humor? —preguntó Daisy. —Sí; Luke lo llama «Las fatigas de la Navidad», y está francamente nervioso con la idea. Convenció a la «Coke» para que abandonara un montaje a lo grande a base de cenas de Nochebuena por toda Norteamérica con gentes de todas las razas y el americano medio, todo muy casero y aburrido y les colocó su idea. Con razón he dicho siempre que Luke es el técnico de publicidad más creativo del mundo. —Sí; pero vosotros dos, en lugar de trabajar no hacéis más que pelearos — murmuró Daisy, sin dejarse convencer. —Es verdad. — North la miró torvamente, molesto por la interrupción.— Luke es muy amigo mío; pero, desgraciadamente, sostiene la opinión, al igual que la mayoría de las agencias, de que es el concepto lo que vende el producto, y que el concepto es puramente obra de la agencia. Según ellos, lo único que hace el director es dar vida a la idea. Yo digo que son las dos cosas: la idea y la forma en que yo la hago surtir efecto, mi arte, si me perdonáis la expresión. Por eso nos peleamos. Exijo mi parte de reconocimiento, Luke exige la suya y, por 186

desgracia, una y otra suman bastante más del cien por cien. De todos modos, este anuncio no admite vuelta de hoja. Luke me necesita y él lo sabe. Con ese story board la cosa puede quedar en un chiste graciosillo o convertirse en un clásico de tomo y lomo. Todos los planos de la cara de North, aquella nariz afilada y hasta las mismas pecas, parecían vibrar de excitación. Ya le parecía estar oyendo el rugido de la multitud bajo la carpa del circo. Llegaba el momento en que él entraría en la jaula de los monstruos y demostraría quién mandaba allí. Daisy le había visto así muchas veces, pero nunca tan animado por un reto. —¿Se puede saber en qué consisten «las fatigas de la Navidad»? —preguntó Wingo con su habitual manera de arrastrarlas sílabas con insolencia. —Son todas esas cosas que hay que aguantar: treinta segundos entre bastidores durante una función navideña en un colegio, treinta segundos con una familia de ocho personas que tratan de subir a un coche de cinco plazas cargados de voluminosos paquetes, con esquís incluidos, para ir a cenar a casa de la abuela y, por último, treinta segundos del horrendo trauma de adornar el dichoso arbolito mientras todo te sale mal... ¿Lo empezáis a ver? Y una publicidad discreta, muy discreta... «Coke» no quiere desgañitarse durante el especial de Navidad de la CBS. Por eso, Arnie, no vamos a enseñar el producto. —¿Habrá que filmar en exteriores? —preguntó Hubie, mientras empezaba a dibujar en su bloc. —No, a Dios gracias. Lo haremos todo en los estudios. Hubie, tendrás que construir decorados de tres —no una ni dos—, tres paredes. Hace más de un año que nadie los usa; conque manos a la obra y ya sabes lo que tienes que hacer. Aquí hay una fotocopia del story board. Todo muy clase media, pero auténtico, tan auténtico que se huele a los niños de la función, el árbol y hasta el coche abarrotado. Cuando Hubie se fue, North se volvió hacia el resto de su auditorio con mirada severa: —Daisy, tú y Alix escuchadme bien. En esto tiene mucha importancia el reparto. Ya sabéis lo que suelen ser los anuncios de «Coca-Cola»: todo el mundo muy americano, todo dientes y melenas rubias. Se podría repoblar toda la península escandinava con los modelos. No quiero nada de eso. Esta vez va a ser distinto: no se trata de vender «Coca-Cola» para hacerte feliz o popular, sino de presentar todo el maldito jaleo de la Navidad y decir a la gente que lo tome con buen humor. Conque nada de Miss América. Bastante deprimida está mucha gente en Navidad para que encima tenga que aguantar tanta hermosura. Para la escena de la función del colegio no quiero ni al pequeño Jamie del jabón «Marfil», ni a Rustie de la pasta dentífrica «Crest», sino niños normales, con gafas, gordos, llenos de granos, mocosos; buscad gente corriente. No me miréis con esa cara. Ya lo sé, el trabajo será mucho 187

más difícil; pero, niñas, cualquier crío es capaz de concentrarse y hacer lo que se le mande. De todos modos, estoy dispuesto a correr el riesgo, porque quiero que el anuncio presente una Navidad real en un sitio real, no un paraíso de la tele. -¿Y el story board exige todo eso, North? —preguntó Daisy con suspicacia—. ¿Estás seguro de que el cliente quiere niños corrientes? «Coke» siempre pone a gente súper... —¿Querrías hacerme un pequeño favor, Daisy? Déjate de suspicacias -cortó North, irritado—. El story board exige una docena de crios mezclados, tres negros, cinco blancos con el pelo de distinto color, dos orientales y dos chicanos. En las otras escenas necesitaremos nueve personas para el episodio del árbol y ocho para la familia del coche, más un perro, un perro grande y horrendo, peludo y lamedor... nada de perritos monos... y un bebé de nueve meses. Buscadme los más pacíficos... Como no podremos tenerlos bajo los focos mucho rato, necesitaremos por lo menos una docena de reserva. No quiero que queden cabos sueltos. ¡Y como me traigáis una cara familiar os estrangulo! Va a ser el Cuento de Navidad dickensiano de los anuncios de Televisión. Arnie Greene puso los ojos en blanco. Sabía lo que podía ocurrir cuando North se ponía así. Por más que insistía en que lo suyo era la publicidad y no el mundo del espectáculo, muchas veces se había saltado el presupuesto con tal de conseguir el efecto que buscaba, pues no se daba por satisfecho ni con un ápice menos. El no sabía lo que quería decir la expresión pasable. En fin, él era el dueño del negocio, y aquel año iba bastante bien, de modo que si quería jugar un poco, podía hacerlo. —Wingo —dijo North volviéndose hacia el cámara—, tres estudios de Hollywood están rodando películas en la ciudad, de modo que tal vez tengas problemas en encontrar personal. Será mejor que empieces a moverte. Contrátalos para cuatro días, a empezar dentro de diez. — Cuatro días... ¿Desde cuándo no podemos rodar noventa segundos en tres? —argüyó Wingo. -¿Con chavales, perros y bebés? Nos retrasaremos, es inevitable. Y si les dices tres días, puede que tengan compromiso para el cuarto. No querrás que se te vaya la gente antes de terminar, ¿verdad? —La verdad, no me seduce la idea —dijo Wingo. —Entonces, ¿qué estás haciendo aún aquí? —Buena pregunta —dijo alegremente el cámara poniéndose en pie—. Todo suena más fácil de lo que va a ser, North. Menos mal que Luke no nos exige «el sello de Robert Alunan». Y no es que tú no pudieras dárselo. Antes de que Wingo llegara a la puerta, North le dijo:

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—Wingo, camarada, me dicen mis secretarias que esa amiga tuya, Maureen, te llama cada diez minutos. ¿Por qué no te la tiras de una vez y te la quitas de encima? —Perdone, jefe; pero esta mañana no tengo tiempo para charla —dijo Wingo cerrando suavemente la puerta. —Ese muchacho llegará lejos —dijo North satisfecho—. Me gusta su descaro. «Porque es un hombre —pensó Daisy tristemente—; pero si eso te lo dice una mujer, no es que la estrangulas, es que le arrancas el corazón y te lo comes en el desayuno.» —Daisy —dijo North—, mañana hemos de ir a la agencia para hablar con Luke y su gente. ¿Crees que podrás intentar parecer una señora o, por lo menos, una hembra? — Lanzó una mirada de desagrado al atuendo de trabajo de Daisy. — Lo intentaré, pero no garantizo el resultado. Con lo que me pagas... —replicó Daisy. Le indignaba pensar que, aunque era la «jefa de producción» de los anuncios y estuviera encargada de coordinar todos los detalles de cada filmación, su trabajo no estuviera amparado por el sindicato y, trabajando más horas que nadie, cobrara menos. North hizo caso omiso de su observación según su costumbre, negándose a reconocer que el modo de vestir de Daisy era el adecuado. Cuando Daisy hubo aprendido el oficio, no tardó en descubrir que, puesto que siempre había alguien que andaba buscándola para que resolviera algún problema, el pantalón vaquero y camisa a cuadros la hacían prácticamente invisible entre aquella multitud que vestía igual que ella, por lo cual ideó un atuendo que reunía tres ventajas: era barato, práctico y muy visible. En invierno llevaba pantalones de marinero de la Segunda Guerra Mundial, de tela resistente y complicado sistema de abrochado, con trece botones, y en verano, pantalones, también de marinero blancos y anchos por la parte baja. Como complemento de los pantalones tenía una docena de camisetas de rugby, con los colores y dibujos más chillones que había podido encontrar. Mientras estaba en los estudios llevaba unas zapatillas de tenis y calcetines gruesos y se recogía el pelo en una gruesa trenza, que le caía sobre un hombro, aunque no le tapaba la cara. «Si es feminidad lo que quieres, North -pensó—, te voy a dar feminidad hasta que te derritas.» Mientras terminaba la reunión, Daisy elegía mentalmente su indumentaria para el día siguiente: el traje de Manbochet de 1934, zapatos de tacón alto, un moño bien prieto en la nuca y, ¡guantes!, imbécil. Por mucho que Daisy se enfureciera con North en su fuero interno, no podía sino admirarse de la aparente facilidad con que él lanzaba idea tras idea a 189

cuál más original, de un fondo inagotable que parecía poseer en su cabeza. El elogio más caluroso que le había dedicado al término de un rodaje plagado de complicaciones era: «Puede que resulte.» Sin embargo, para oír estas tres palabras, ella, cual una amazona que se entrenara para una olimpíada, estaba dispuesta a saltar cualquier obstáculo, por difícil y peligroso que fuese. En sus momentos de ecuanimidad, Daisy reconocía que era comprensible que muchas modelos le dijeran lo muy atractivo que era su jefe; pero ellas no le conocían. ¿Cómo iban ellas a sospechar siquiera su intransigencia, su falta de calor humano? Era un hombre brillante; pero su brillo era frío como el de un metal. De todos modos, Daisy no podía dejar de esforzarse por complacerle, entregándose a su trabajo con ahínco. Con los años había adquirido una extraordinaria pericia en su cometido, y cada día de rodaje perfectamente organizado, cuyos detalles, de no ser por ella, nunca hubieran podido coordinarse, la llenaba de orgullo. Los destellos de inspiración que le permitían resolver las inevitables emergencias que surgen en todo rodaje le causaban una viva satisfacción. Modestamente, ella sabía que era muy buena en su trabajo. Si por lo menos, él lo reconociera, aunque fuera una sola vez, ¡caramba! No suele ocurrir que las gentes creativas que se dedican a realizar anuncios de televisión tengan ocasión de saltarse los tópicos a la torera. Normalmente tienen que trabajar en un mundo en el que el moho en las juntas de las baldosas puede amargar la vida de una mujer, mientras que una dentadura perfectamente blanca es garantía de dicha y amor; un mundo en el que una taza de café flojo puede echar a perder el día a su marido, cuya virilidad, por cierto, podrá incrementar la cerveza de una marca determinada; habitan un mundo en el que una cabellera sedosa y abundante es el mayor tesoro, y las axilas húmedas, una amenaza constante; un territorio en el que las mejores amigas sólo sirven para sacarte defectos y en el que de la elección del tampón más adecuado depende el que puedas hacer una vida despreocupada y deportiva o hayas de sufrir una ansiedad implacable. Es un mundo amenazador, en el que la única esperanza reside en la contratación de un seguro de vida acertado o en la compra de determinados neumáticos radiales con refuerzo de acero; un mundo en el que el esfuerzo físico es agotador y en el que unas señoras estupendas tienen que pasar la vida dejando unos suelos inmaculados, unos inodoros prístinos y una ropa impecable; un mundo en el que las personas que necesitan hierro para aumentar su vitalidad parecen tener apenas la edad de votar, en el que el botiquín mejor provisto carece de ese específico que hará que el dolor y el resfriado resulten no ya soportables, sino casi agradables. Un mundo que, cuando se muestra amenazador, está lleno de una gente sanísima que se divierte enormemente en lugares exóticos, gracias a una loción para después del afeitado o a un maquillador de ojos. En el mundo de la publicidad se puede caer en la obscenidad cuando se trata de vender encendedores, pero en 190

los anuncios de sujetadores no puede aparecer una mujer enseñando el sujetador, el ombligo no existe y las embarazadas no pueden demostrar deseo de tener contacto físico con un hombre, aunque sea su marido. Existe una regla que prohibe que aparezca en pantalla una mujer chupándose el dedo. Los gatos cantores venden comida para gatos que da gusto y los técnicos en publicidad escriben los anuncios sudando de miedo, mientras se preguntan si su nueva idea los convertirá en héroes o los pondrá en la calle. En vista de que los anuncios de diez segundos se imponen más y más; de que las encuestas demuestran que el espectador no recuerda los anuncios que contienen más de una frase y de que los segundos de hora preferente cuestan cientos de miles de dólares, se multiplican las ocasiones de cometer errores caros y aumenta el afán de ir a lo seguro. Luke Hammerstein había convencido a sus jefes de que en el anuncio navideño de «Coca-Cola» aceptaran su intuición, y muchas veces la intuición era causa de una catástrofe. Si alguien le hubiera dicho a Luke Hammerstein, cuando era un fogoso y brillante alumno de la fogosa y brillante Escuela de Artes de la Imagen de la Calle 23 de Nueva York, que un día enviaría sistemáticamente sus ideas más originales al Servicio de Estudio de Difusión antes de decidirse a utilizarlas, habría sonreído con desprecio e indignación. Pero aquello era allá por 1960, cuando las grandes agencias iban a la busca y captura de los jóvenes talentos que, apenas salidos de la escuela, empezaban a trabajar de ayudante del director artístico, los tiempos de presupuestos generosos e ideas intrépidas al estilo de «vamos a construir un iglú en el desierto Mojave, a ver si se derrite». Muchos de aquellos jóvenes talentos sucumbieron durante los años setenta, en los que el dinero iba más escaso y la clientela se mostraba más cauta; pero Luke había previsto el cambio y estaba preparado, del mismo modo que supo sustituir oportunamente los llamativos trajes eduardianos de corte romántico por sobrios temos de color oscuro con camisa azul de cuello blanco, puños a la francesa y corbata lisa con alfiler, y se dejó una barbita a lo Van Dyck que daba un aire de autoridad a sus estéticas facciones. Con el tiempo, a medida que, en apenas diez años, ascendía de ayudante de director artístico a director artístico, supervisor y director de proyectos, adquirió un aire digno y sereno de profesor de Oxford, que sustituyó al gesto agresivo y espectacular de sus primeros años. Ahora tenía a cincuenta personas trabajando a sus órdenes y controlaba una facturación anual de ochenta millones de dólares. Luke Hammerstein, único hijo de una familia de banqueros judíos alemanes, era una gran estrella de Madison Avenue, a pesar de que su madre, que consideraba la publicidad en general superflua y ordinaria, no lo creía en absoluto. Luke siempre supo que para prosperar en el negocio de la publicidad, el director artístico no puede limitarse a hacer su propio trabajo, sino que ha

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de ser fuente de ideas originales, guionista, vendedor y especialista en métodos de producción y estudio de mercados. Luke fue uno de los promotores de la revolución que dio a la imagen el poder que antes ejerciera la palabra. Ocupaba un lugar de gran influencia. Pero en Madison Avenue la influencia no perdura si no vende el producto. La oportunidad de hacer un anuncio de «Coca-Cola» sin la obligación de anunciar el producto hacía que Luke se sintiera ebrio de libertad y bastante desazonado. Luke casi nunca asistía al rodaje de sus anuncios, pero durante los cuatro largos días que se tardó en filmar el cortometraje navideño, se presentó en los estudios de North cada mañana, acompañado del supervisor de la cuenta, el ayudante del supervisor, el guionista y el director artístico, todos los cuales habían empezado a trabajar en el anuncio de Luke antes de que él pudiera creer que iba a conseguir que el cliente lo aceptara. A pesar de que el equipo y los actores estaban citados a las ocho de la mañana, el grupo de la agencia nunca llegaba antes de las once menos cuarto. Luke, que conocía la forma de trabajar de los estudios de filmación, sabía que no podría hacerse la primera toma antes de las once. En palabras de un inmortal de la publicidad, refiriéndose a las tres primeras horas de trabajo de un día normal: «Filmamos los anuncios del mismo modo que construimos pirámides... todo ha mejorado menos el equipo... siempre son dos tíos acarreando cosas, uno que tira y otro que empuja.» Los clientes, la plana mayor de «Coke», también estaba en los estudios. A veces no eran más que seis, pero otras, y casi siempre inmediatamente antes del almuerzo, acudían lo menos doce. Daisy había intervenido en docenas de filmaciones en las que los contingentes de la agencia y del cliente —«los pelmazos hambrientos» como los llamaba North— eran más numerosos que el equipo de filmación, pero nunca hubo tanta gente en los estudios como durante el rodaje del navideño. Cuando todo hubo terminado, Daisy no habría podido decir cuál había sido el factor más importante de toda la empresa. ¿Fue su decisión de contratar a niños que parecían ajenos al medio, pero en realidad eran modelos profesionales? Ella y Alix pasaron cuatro días localizando a infortunados modelos infantiles que habían tenido que dejar el trabajo por culpa de una pierna rota, una acné precoz, problemas de obesidad, falta de dientes, tirantes correctores, por haber perdido su gracia infantil — a veces bastaba un mes para dejar de ser «una monada»— o por problemas de disciplina, los niños latosos. Daisy se hizo con una pandilla de auténticos parias que no hubieran vendido ni una caja de cereal por mucho azúcar que llevara. Aquella escoria creó tal cantidad de problemas, que Daisy no tuvo que esforzarse mucho para convencer a North de que los niños no eran profesionales; pero, de haber sido unos auténticos novatos, la escena de la función de Navidad no 192

hubiera podido hacerse, no ya en aquel día y medio de trabajo agotador, sino en una semana ni quizás en un mes. ¿O fue lo mejor de todo la satisfacción de meter a Teseo en la escena del coche? Puesto que North quería un perro difícil, no había motivo por el que Daisy no hubiera de hacerse con el dinero que costaría contratar un perro modelo publicitario. Era el equivalente de su parte de dos meses de alquiler y, como de costumbre, el colegio de Dani la había dejado sin un céntimo. Kiki sería la encargada de cuidar del perro. —Tendrás que sujetarlo por la correa en todo momento hasta que North dé la señal —le instruyó—. Eso será cuando toda la familia esté metida en el coche. Uno de los chicos grita: «¡Que nos olvidamos el perro!» Entonces lo sueltas. North examinó a Teseo con altivez: —¿De dónde has sacado ese chucho, Daisy ? Nunca había visto nada igual. —No te preocupes, viene bien recomendado. —Pero yo quería un perro más... molesto, más lanudo, más patoso —dijo con reparo. — El perro está garantizado por patoso y molesto —le aseguró Daisy, que estaba totalmente segura del éxito de Teseo, ya que había escondido trocitos de solomillo en los bolsillos de todos los actores que salían en la escena. En cuanto se acercara a ellos, Teseo sentiría la llamada de su sangre de cazador y aquella pobre gente lo pasaría realmente mal. Teseo no defraudó. Toma tras toma, se lanzaba sobre el coche abarrotado y se ponía a husmear frenéticamente a la «familia», metiendo el hocico en sus lugares más íntimos, moviendo la cola ante sus indignados rostros y cacheándolos amorosamente en una búsqueda delirante. Todo olía a carne; pero, ¿dónde estaba? Al término de toda toma, Kiki se lo llevaba atado s la correa y le daba un trozo de carne de una lata que le había traído Daisy, para que el perro no se sintiera frustrado; lo justo para abrirle el apetito. Hacia mediodía, North dijo con acento de admiración: — Es el chucho peor educado que he visto en mi vida. Hay que ver cómo les atosiga. Perfecto, Alix, ¡perfecto! «Naturalmente —pensó Daisy—. No es capaz de felicitarme ni por haber traído a mi propio perro. ¡Asqueroso!» North se mostró más complacido aún cuando la modelo que hacía el papel de madre contrajo una violenta alergia a Teseo y empezó a estornudar. — ¡Añádelo al guión! —dijo al guionista. Y durante las veintinueve tomas siguientes, entre estornudos, la mujer decía: —Ya sabéis que ese bicho me hace estornudar... Y su hijo, un adolescente sabihondo, respondía: 193

—Eso es psicosomático, mamá... Indudablemente Teseo fue la estrella de la escena de treinta segundos titulada: «A casa de la abuela.» El último día del rodaje, cuando llegaron a la escena del árbol de Navidad, un espíritu infantil había ganado a todos los presentes, incluso a «los pelmazos hambrientos», que empezaron a sugerir frases y situaciones que no figuraban en el guión. —Esto parece ya un teatro de aficionados —les dijo North—. Bastantes líos tenemos ya. Nada va a salir bien, os lo prometo, conque ¿queréis callaros de una puñetera vez? Sus palabras fueron proféticas. Nada salió bien. Hubo que hacer cuarenta y cinco tomas antes de que los electricistas consiguieran que las luces del árbol hicieran saltar los fusibles del interior del plato sin que saltaran también los de fuera y los dejaran a todos a oscuras. Mucho después de que el anuncio de «Coca-Cola» ganara el «Clio», el Oscar de los anuncios; mucho después de que ganara el codiciado premio anual del Club de Directores Atísticos de Nueva York; mucho después de que hubiera sido presentado en los festivales de cortometrajes de todo el mundo y conquistado premios en Venecia, en Cork, en Tokio y en París, Kiki no tenía la menor duda acerca de cuál había sido el momento culminante de aquellos cuatro días. ¿Qué eran los premios comparados con la emoción que sintió ella al conocer a Luke Hammerstein? Kiki sentía lástima del pobre Teseo, que se había pasado todo el día husmeando carne escondida, y en cuanto se terminó el rodaje de la escena lo soltó. —Perdone, señorita —le dijo Luke—, ¿se ha dado cuenta de que su perro se ha subido al buffet y está sembrando el hambre y la desolación? —No se preocupe por esa comida —dijo Kiki—. Si tiene hambre, le invito a cenar. Y, si no, podríamos ir a mi casa a charlar. Luke Hammerstein era fornido y de mediana estatura. Tenía unos ojos verdes, audaces y soñadores, insolentes y cariñosos a la vez. Los párpados, melancólicos, y los modales, distantes. — ¡Caramba! —exclamó Luke—. ¿Se me está insinuando? —Haría usted muy bien en creer que sí. Yo no soy de las que bromean —dijo Kiki con una mirada de franca admiración en sus ojos ámbar. —Pero, ¿y el perro? —Olvídese de él. He estado haciendo de niñera porque una amiga me pidió que lo cuidara. ¿Nos vamos? Kiki seguía siendo el diabólico duende, la cíngara hechicera que Daisy conociera ocho años antes, pero con mayor aplomo y agresividad. Sus excesos eran inofensivos. Era frivola y caprichosa, pero en grado benigno, y huía de la seriedad como si temiera que al asumirla pudiera convertirse en 194

estatua de sal. No recordaba haber encontrado a un hombre como Luke en todos sus años de correrías. Levantó la mano y le acarició la puntiaguda y sedosa barba. ¡Qué posibilidades ofrecía! ¡Qué potencial de fantasías y lubricidad! -Bien... Luke titubeó. Había visto a Kiki en el plató durante todo el día. Casi le parecía que formaba parte del mobiliario y, de pronto, se había transformado en una fémina perentoria que parecía tener una intención muy clara respecto a él, intención que no se molestaba en disimular. Realmente, con aquel pantalón negro embutido en las botas negras y con aquella camisa negra que Kiki había elegido para su papel de comparsa de aquel día, le pareció a Luke un aprendiz de bandolero. Todas las encuestas que había leído Luke últimamente indicaban que el que la mujer diera el primer paso causaba un grato efecto erótico en el hombre. — ¿Tengo alternativa? —preguntó Luke. —Ni pensarlo —respondió con acento despótico. —Me lo figuraba... De todos modos, ¿qué puedo perder? —Nada que quiera usted guardar —le aseguró Kiki con su risa grave, que era tan fresca y afrodisíaca como un soplo de aire de primavera. Daisy, que los observaba a distancia, trataba de adivinar quién estaba haciendo un mayor estropicio, si Teseo o Kiki. Por la expresión que vio en el rostro de Luke Hammerstein dedujo que ya era tarde para intentar salvarlo... De todos modos, ya era mayorcito y podía cuidarse solo. Por el contrario, del buffet, aún podría rescatar algo para alimentar al equipo que había retrasado considerablemente su hora de salida y, además del suplemento en metálico, querría cenar. Con ademán enérgico, agarró a Teseo por el collar y lo apartó de las fuentes de rosbif, empanada y jamón. — ¡Daisy, por Dios! Si tuvieras sentido común no tocarías a ese chucho indecente —dijo North que pasaba por su lado. — Teseo, precioso mío —dijo Daisy haciendo una seña que el perro conocía bien — , dale un besito a tu tío North. Daisy estaba invitada a pasar el siguiente fin de semana en casa de Hamilton y Topsy Short, en Middleburg. Tenía que elegir su vestuario con cuidado, pues aquella visita podía ser —no, tenía que ser— muy importante para ella. Daisy necesitaba dinero. Durante el verano, sus amistades aficionadas a la equitación se habían desperdigado por todo el mundo y hacía meses que Daisy no pintaba un retrato de niño a caballo. Mistress Short, con aquel aire indeciso y vago con que algunos clientes atormentan a los artistas, había insinuado que si le gustaba el apunte que Daisy tenía que hacer de su hija mayor, le encargaría un óleo de sus tres hijos para regalárselo a su marido en su cumpleaños. Daisy | calculaba que el cuadro le reportaría por lo 195

menos seis mil dólares, aunque, con el poco tiempo de que disponía, tardaría varios meses en terminarlo. Desde luego, era indudable que necesitaba dinero. Dentro de un mes vencía el recibo trimestral de la escuela de Danielle. Los precios del «Queen Anne» habían ido subiendo al ritmo en que aumentaban los ingresos que Daisy obtenía con sus cuadros y los ahorros de su sueldo. La atención de Danielle le costaba cerca de veintitrés mil dólares al año, y hacía ocho meses que no podía ir a Inglaterra a ver a su hermana. Aunque seguía haciendo dibujos para ella, a veces, por falta de tiempo, tenía que reemplazarlos por postales que compraba en una tienda de Soho y que sabía tenían que gustar a Dani: las ilustraciones originales de Alicia en el país de las maravillas, las mariposas de Odilon Redon, un alegre avestruz del Museo de Arte de Filadelfia, tres dibujos del gato Foss de Edward Lear y la extraña ilustración de Ana Anderson para Los niños del agua, de Charles Kingsley. Y ahora, precisamente cuando necesitaba consejo, Kiki no hacía nada por ayudarla. Desde que, la víspera, conociera a Luke Hammerstein, parecía una mujer-sátiro sonámbula. — Kiki —le dijo — , ya vi cómo te ligabas a Luke Hammerstein. No puedes hacer eso. No es propio de una señorita. —Daisy, funcionó y eso es lo que cuenta —respondió Kiki con altivez—. Por cierto que en tu lenguaje se advierte el deplorable efecto de tu trato con el llamado Nick el Griego. — ¿Qué quieres decir con eso de que «funcionó»? —preguntó Daisy con suspicacia—. ¿Dónde estuvisteis anoche? — Fuimos a cenar. El rostro de Kiki expresaba un vivo regocijo. -¿Y...? — Princesa Valensky, el que a la avanzada edad de casi veinticuatro años no hayas tenido más que dos aventurillas con chiquillos tímidos, pusilánimes y sumisos, no te cualifica para erigirte en consejera sentimental. Te contestaré cuando haya algo más que comunicar. Desde que estaba en Nueva York, Daisy, a fin de vencer sus escrúpulos acerca de las relaciones sexuales, había permitido a sus más rendidos pretendientes que le hicieran el amor. Descubrió que físicamente era capaz de responder, pero no en lo sentimental, y las relaciones no fueron trascendentales ni duraderas. — He tenido tres aventuras —puntualizó Daisy ásperamente—. Y una, con tu primo. —Pero, ¿no los he retratado bien? —preguntó Kiki. —Todos eran muy atractivos. Eso no lo has dicho. 196

— De acuerdo, lo eran; pero ninguno era mi tipo. Luke Hammerstein, por el contrario... —Ahórrame los detalles, Kiki, y ayúdame. No tengo más que una hora para hacer la maleta. El coche vendrá a recogerme a las seis, y el jet de los Short despega a las siete en punto. ¿Qué me pongo el sábado por la noche? Será lo de siempre: «No te molestes en vestirte, que no seremos más que sesenta.» En Middleburg piensan que vestirse para la cena es un esnobismo y lo hacen a medias tintas: blusa camisera de seda natural, falda larga de cheviot, las perlas de la abuelita, todo fabulosamente caro y un poquito rancio. Y sabes que yo no tengo de eso. No lo tendría aunque pudiera comprarlo —dijo Daisy en tono de contrariedad. Cuando empezó a recibir invitaciones para pasar el fin de semana en casas de campo, Daisy tuvo que crearse un estilo propio. No podía comprarse trajes de noche de última moda, de manera que se dedicó a la ropa usada, aunque sin acudir a las boutiques de antigüedades, que sólo pueden frecuentar las Bette Midler y las Streisand, ni a las tiendas de ropa casi nueva, que sólo vendían modelos del año anterior ya pasados de moda, ni a los mercadillos en los que sólo se podía encontrar una prenda en buenas condiciones por puro milagro. Todas sus adquisiciones procedían de las subastas de caridad organizadas por las parroquias inglesas, a las que asistía cuando iba a ver a Dani. Se había convertido en una experta en localizar modelos originales de alta costura ingleses y franceses, la mayor parte con más de cuarenta años, vestidos confeccionados en los años veinte y treinta, la época dorada de los grandes modistas. Eran verdaderas alhajas, y ninguno costaba más de treinta y cinco dólares. Daisy y Kiki entraron en el tercer dormitorio del apartamento en el que, colgados de un tubo horizontal que cruzaba la habitación, se guardaban los vestidos de fin de semana de Daisy. Las dos muchachas los contemplaron en silencio. — No sería tan difícil si te vistieras como todo el mundo —suspiró Kiki. —Tienes razón; pero eso resulta muy caro y muy aburrido. Aunque reconozco que haría la vida mucho más fácil. — ¿El Vionnet? —apuntó Kiki. — Demasiado elegante —replicó Daisy, palpando tristemente el satén malva cortado al bies, creado en 1926 —. ¿ Qué te parece el Lucien Lelong a rayas? — Sinceramente, no te sienta bien. Las rayas cebra no realzan tu personalidad de ninfa del bosque. ¿Y el Chanel de terciopelo negro? Tiene cuarenta años y parece que lo han lanzado ayer. 197

— No estamos en la estación apropiada para el terciopelo negro, y mucho menos, en un ambiente ecuestre. — Espera... ¡espera! El conjunto de pijama Dove... dijiste que era de 1926, ¿no? Fíjate, Daisy, brocado ciclamen y raso verde con chaqueta de satén negra. ¡La bomba! — Para Locust Valley o Saratoga, no te diré... Mas para Maiddleburg, ¡no! — Entonces, eso excluye también el pijama de satén blanco de Revillon, ¿verdad? — Por desgracia, así es. ¡Oh, qué asco! Kiki fue pasando las perchas, mientras suspiraba contemplando los tesoros de Daisy. ¡Lástima que fueran demasiado largos para ella. — ¡Aja! —exclamó Daisy — , Schiaparelli al rescate, como de costumbre. ¿Cómo pude olvidarlo? Mostró triunfalmente un conjunto de finales de los años treinta, de cuando la osada Schiaparelli creaba modelos con cuarenta años de adelanto. Constaba de chaqueta de cheviot verde lechuga con lentejuelas en las solapas y pantalón de pana verde más oscuro. — Ideal, ¿no te parece? —Un cielo, tira de espaldas. Y tirará de espaldas a mistress Short, que hasta ahora habrá pensado que el cheviot y las lentejuelas no pegaban, pero tendrá que cambiar de opinión.

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-En resumen: necesito desesperadamente el encargo, y por ello es necesario que no lo parezca. —Entonces será mejor que lleves otra vez mis esmeraldas falsas. — ¿Esmeraldas con lentejuelas verdes? — Sobre todo, con lentejuelas verdes.

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De todas las posibles diferencias de gustos, hábitos y aficiones que dividen a la gente, una de las más claras es la que existe entre las personas a las que les gustan los caballos, y aquellas a las que no les gustan. A la gente pueden gustarle los gatos o los perros y no sentirse en un plano totalmente distinto de los que no sienten por estos animales más que absoluta indiferencia; pero los aficionados a los caballos no sólo no entienden a los demás, sino que el pensar que pueda existir gente semejante —y que, además, sean mayoría— les hace sentirse francamente pesimistas acerca del futuro de la raza humana. Los aficionados a los caballos pueden ser jefes de Estado o personas sin oficio ni beneficio en su vida diaria, pero los caballos son su pasión al igual que Jerusalén era la pasión del cruzado. El culto al caballo es tan importante para ellos como la cocaína lo es para otro o el aplauso para los de más allá. Quizá no todos sepan que la más antigua obra de arte que han hallado los arqueólogos es la figura de un caballo de siete centímetros de alto, tallado graciosamente del colmillo de un lanudo mamut, una obra maestra de treinta y dos mil años; pero esto a cualquier caballista le parecerá perfectamente lógico y natural. Es normal que la gente de Cro-Magnon apreciara el caballo veinticinco mil años antes de que alumbrara nuestra civilización, normal y obligado, ya que para ellos el caballo es la obra más exquisita de la Naturaleza, sin excluir al hombre.

— ¡Estúpido, idiota, cretino! —dijo Patrick Shannon a su caballo en voz baja. No quería que el otro hombre le oyera. Estaba tomando una lección particular de equitación en un picadero de Peapack, Nueva Jersey, a una hora y cuarto de Manhattan. Hacía un mes que su chófer lo llevaba al picadero todas las noches al terminar su larga jornada de trabajo de 199

presidente y director general de «Supracorp», una corporación de dos mil millones de dólares. Para ello había tenido que sacrificar toda su vida social y las partidas de squash en el «University Club», su único medio de relajar las tensiones acumuladas durante el día, esparcimiento que había tenido que abandonar por aquella actividad ridicula y humillante que nunca llegaría a dominar realmente. A los treinta y ocho años, Patrick Shannon era un atleta natural, que podía hacer lo que quisiera con la pelota, cualquier pelota... y es que en el orfelinato en el que se había educado había tenido muchas oportunidades de ejercitarse en los juegos de pelota, y ninguna de montar a caballo. ¡Y qué rabia le daban! Resoplaban, roncaban, pateaban, volvían la cabeza tratando de morderle las botas, retrocedían como niñas asustadas cuando veían algo que no les gustaba, andaban de lado cuando tenían que ir hacia delante, se paraban a comer hierba cuando les daba la gana y no echaban a andar por más que los azuzaras. Olían bien, eso sí. Era su única cualidad. El estiércol era la mierda que mejor olía, no tenía reparo en reconocerlo. No admitía vuelta de hoja la sucesión de acontecimientos que había llevado a Patrick Shannon al lomo de aquel caballo. Se había empeñado en comprar, en nombre de «Supracorp», otra empresa inmobiliaria cuyo único dueño era Hamilton Short. Durante las negociaciones, Ham Short invitó a Shannon a pasar un fin de semana en Middleburg (Virginia), al mes siguiente. Short, suponiendo que Shannon montaba, le habló de «salir a cabalgar un poco», y Shannon, después de aceptar la invitación, cayó en la cuenta de que no había dicho que no sabía montar. El no sabía hasta dónde llegaba la pasión de los caballistas, pero los conocía lo suficiente como para comprender que la única excusa que podía existir, para que un hombre perfectamente robusto no montara, era que se hubiera roto una pierna. Y suponía que muchos de ellos montaban incluso con la pierna rota, y tenía razón. Desde el momento en que aceptó la invitación de Short, el aprender a montar se convirtió en un reto, y un reto era lo que más le gustaba, después del riesgo. Pat Shannon amaba el riesgo y sabía que para triunfar había que saber aceptar el fracaso de vez en cuando. Pero los pocos fracasos sufridos hasta entonces fueron fracasos profesionales y no se debieron a falta de esfuerzo ni de preparación. Puesto que era perfectamente posible aprender a montar, él montaría. Short dijo que había en la finca «caminos muy pintorescos». Shannon hizo que una de sus secretarias se informara y averiguó que el lugar se llamaba «Plantación Fairfax», tenía una extensión de ochocientas hectáreas, con aeropuerto privado y veinte criados, y su valor se calculaba, por lo bajo, en cuatro millones de dólares. No hacía falta ser muy listo para comprender que para recorrer casi mil hectáreas habría que estar bastantes horas sobre la silla. Y Shannon era 200

listo, muy listo. Y un irlandés listo es de lo más listo que puede producir la especie humana. ¿Acaso el irlandés favorito de Shannon, George Bernard Shaw, no había dicho «¡Toda una vida de felicidad! Eso no hay en el mundo hombre que pueda resistirlo. Sería el infierno en la Tierra»? Pat Shannon pensó tristemente en estas palabras y, por enésima vez, intentó poner el caballo al trote. — Eso ya está mejor —dijo secamente Chuck Byers, con un tono de voz que quitaba a la frase todo significado de aprobación. Nunca había tenido un cliente como aquél. Y esperaba no tener otro. Shannon le dijo que quería aprender a montar. Eso era normal; mucha gente lo deseaba. Pero nadie le había pedido nunca trotar al final de la primera lección, hacer trote largo a la segunda y galopar a la tercera. Byers le dijo que era imposible, que se rompería por lo menos un hueso, le hizo firmar un certificado eximiendo al picadero de toda responsabilidad por las lesiones que él pudiera sufrir y comprometiéndose a indemnizar a Byers si le ocurría algo al caballo. Pero el muy hijo de puta galopó a la tercera lección, aunque por su manera de subir al coche se veía que le dolían todos los músculos del cuerpo. Byers se decía que aquel hombre era un verdadero demonio. Después de la tercera lección, Shannon le envió un equipo de electricistas, que le instaló luz en la pista para poder montar de noche, y se empeñó en hacer tres horas de clase diarias, pagando con tanta esplendidez, que Byers tuvo que acceder a pesar de las protestas de su familia. Desde que Shannon había empezado con aquella burrada, él apenas podía ver a su mujer y a sus hijos. El tesón que Shannon ponía en aprender a montar había hecho que Byers le tomara antipatía. Para el maestro de equitación, la hípica era el último vestigio de caballerosidad que quedaba en el mundo, un recinto mágico que unía de forma singular el pasado con el presente, un deporte que era su religión y su devaneo amoroso. Se indignaba más y más al ver que Shannon hacía unos progresos increíbles, pero de un modo puramente mecánico, sin aficionarse al caballo; aquel hijo de puta hacía como si aprender a montar no fuera más que dominar otro medio de locomoción. Y nunca se quedaba a cambiar impresiones después de la lección, aquella media horita de charla que era casi un rito. No; el tío le daba un escueto «buenas noches» y se metía en el gran «Cadillac» negro, en el que su aburrido chófer había estado leyendo, y se largaba a la ciudad. Byers era un hombre orgulloso y sensible, y se daba cuenta de que Shannon lo trataba como un simple instrumento. Estaba seguro de que si un robot pudiera enseñar a montar, Shannon lo habría preferido. No se daba cuenta —ni Shannon se lo dijo— de que para Pat Shannon montar a caballo no era una actividad humana que hiciera necesario el contacto humano con el 201

instructor. Era, sencillamente, un desafío que había decidido afrontar, un obstáculo que tenía que vencer, una molestia que había que soportar. Se entregaba a ello con absoluta concentración, como si picara piedra en una cantera bajo la mirada del capataz. Le fastidiaba tener que pasar aquellas horas en el picadero tanto como a Byers le fastidiaba tener que enseñarle. Durante todo el mes no tuvieron más que una conversación, que no estaba directamente relacionada con la enseñanza. Fue el día en que Byers observó que Shannon cojeaba ostensiblemente con sus flamantes botas de «M. J. Knoud Inc.», la venerable firma que le había hecho también su impecable pantalón. — ¿ Le hacen daño las botas, míster Shannon ? — preguntó Byers no sin malicia. -Tengo los tobillos hechos cisco -respondió Shannon con naturalidad—. Supongo que todas las botas nuevas hacen lo mismo. —No forzosamente. No todo el mundo lo toma con tanto afán. — ¿Qué número de botas calza, Byers? — —Un cuarenta y tres. —El mismo que yo. ¿Me las vende? — ¿Qué? No, míster Shannon. A usted no le interesan estas botas. — Le digo que sí. Buena piel y bien suavizadas. Usamos el mismo número y usted tendrá otros pares. — Los tengo, sí. — Le daré lo que me pida, pero quiero esas botas, Byers. Le pagaré el doble de lo que le costaron. Tres veces más si quiere. — ¿Está usted seguro de que las quiere, míster Shannon? Byers no dejó traslucir que estaba ofendido. — ¡Por Dios, hombre, que no son objetos sagrados, sino unas simples botas! ¿A qué vienen tantos remilgos? —preguntó Patrick, más secamente de lo que a él le pareció. Llevaba tres horas sufriendo, aunque no lo hubiera reconocido. —Son suyas —dijo Byers, al fin, lacónicamente—. Se las regalo. Había hecho muchas cosas en la vida, pero nunca regateó por unas botas de segunda mano. — Gracias Byers — respondió Patrick—. Le quedo muy agradecido. En su opinión, era lo menos que podía hacer el hombre, aunque tampoco le hubiera reprochado que quisiera aprovecharse de la situación. Los negocios eran los negocios. No tenía ni la más remota idea del culto, del esmero con que cuidan en el mundo ecuestre los adminículos de cuero destinados a la monta.

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Mientras le tendía el par de botas usadas, Byers pensó: «¡Al carajo, Pat Shannon! ¿Quién puñeta te has creído que eres?» Este era un pensamiento que había tenido mucha gente respecto a Pat Shannon y, al fin, todos habían tenido que admitir que Pat Shannon resultaba ser todo lo que él pudiera creerse. Ello no le había hecho simpático a gran número de personas, y si él se hubiera detenido a pensarlo alguna vez, no le habría sorprendido. Especialmente porque, mientras se hallaba entregado a la tarea de escalar la cima, se había olvidado de sus nombres. Shannon era un inconformista convencido, un solitario intuitivo cuyo triunfo no se debía a planes ajenos, sino a los que él se trazaba sin consultar con nadie. En el mundo de los negocios había pocos hombres a los que Pat Shannon considerara iguales suyos. El hombre que, por poderoso que fuera, hubiera heredado su negocio, no podía equipararse con él. Tenía que haberlo ganado a pulso. Como lo había ganado él. En el orfelinato en el que se había criado, ganó una beca para el colegio católico «St. Anthony's», de Enseñanza Media, para muchachos. Era una beca instituida por un ex estudiante, a la sazón viejo, sin hijos y millonario, para un muchacho huérfano que demostrara buenas aptitudes tanto para el estudio como para el deporte. En «St. Anthony's», Patrick advirtió inmediatamente que aquél era el primer mundo que podía conquistar. En un principio, se sintió desplazado entre aquellos muchachos de la alta clase media de la Costa Este, cuyos puntos de referencia y lugares comunes eran totalmente nuevos para él. Durante los dos primeros años se dedicó a observar, escuchar y aprender. Se sentía más a gusto en compañía de los adultos de la escuela que con los muchachos de su edad. Su acento era correcto, pues no en vano había sido educado por monjas y, afortunadamente, era obligatorio el uniforme, por lo que todos los chicos vestían igual. Patrick se enteró entonces de que siempre había llevado el pelo demasiado corto, de que su agresividad en el campo de rugby y en la cancha de baloncesto era aceptable y de que, por más que le gustara ejercitar el cerebro, era preferible guardar los alardes de inteligencia para los exámenes, en lugar de hacer ostentación en la clase. Al tercer año, Pat Shannon estaba preparado para salir de la oscura zona que había ocupado en todo, salvo en el deporte. Había elegido ya a los muchachos cuya amistad deseaba, media docena que se distinguían tanto por su rendimiento como por su carácter. Al terminar sus cuatro años en «St. Anthony's» tenía seis amigos para toda la vida. Su religión era la lealtad. Si uno de sus amigos le hubiera pedido a Pat que le esperara en Singapur pasado 203

mañana a mediodía sin más explicaciones, allí le hubiera encontrado. Y ellos hubieran hecho lo mismo por él. Al carecer de familia de sangre, se había creado una familia de amistad. Su carácter fue siempre duro, pero afectuoso, aunque su fuerza ocultaba esa ternura a los ojos de todos, salvo unos pocos. Era un muchacho alto, de osamenta grande, rápido como un leopardo. Su coloración indicaba con toda claridad cuál era su origen étnico: clásico irlandés de pelo negro azulado, ojos azul oscuro y piel blanca que se sonrojaba con facilidad. Tenía la frente ancha, los ojos separados, las cejas gruesas y una sonrisa tan franca y simpática, que hacía que fuera fácil —pero peligroso— olvidar lo listo que era. El último año era ya presidente de la clase, capitán del equipo de rugby y primero en todas las asignaturas. Ganó una beca para ir a Tulane, donde se licenció en tres años, ampliando clases, concurriendo a las escuelas de verano y reduciendo al rugby sus actividades deportivas. A los veintitrés años, Patrick Shannon se licenció en la Escuela de Estudios Empresariales de Harvard. Ya estaba listo para conquistar el mundo. Una semana antes de licenciarse había sido contratado por Nat Temple, el hombre que hacía varias décadas había fundado «Supracorp». Shannon se fijó un plazo de diez años para llegar a un puesto próximo a la cumbre de la corporación. Dedicó los tres primeros años a un trabajo incesante. Pat Shannon sabía, por las visitas que hacía a sus amigos, que para vivir bien se necesitaba tiempo y dinero, y que él no podría disponer de lo uno ni de lo otro hasta que tuviera por lo menos veintiséis años. Aunque se sentía impaciente por gozar de la vida, su autodisciplina y su motivación eran lo bastante fuertes para hacerle atenerse al programa. Nunca pensó en casarse con una muchacha rica —las hermanas de sus compañeros de estudios hubieran aportado dinero al matrimonio—. No le gustaba la idea. El tenía que llegar por sí mismo: la necesidad de demostrarse de lo que era capaz era más fuerte que todo, y cada triunfo le planteaba nuevos desafíos que afrontar. En la vida de Shannon no había remansos ni lugares aptos para descansar, mirar atrás y saborear lo conquistado, la partida ganada, el logro alcanzado. Ahora, a los treinta y ocho años, estaba saturado de éxito. Nat Temple, el hombre que descubrió su potencial, se había retirado de la dirección de «Supracorp» tres años antes, conservando sólo el cargo de presidente del Consejo y dejando a Shannon al frente del grupo. Desde el momento en que él se hizo cargo del conglomerado de empresas, se inició una expansión general, y en el último año se habían duplicado los dividendos. Su propio sueldo y bonificaciones rayaba en los tres cuartos de millón de dólares al año. Varios de los más influyentes y conservadores accionistas de «Supracorp» tenían aún ciertas reservas acerca de la gestión de Shannon. No le faltaban enemigos que se mantenían alerta, esperando la ocasión de derribarlo, 204

resentidos por la firmeza con que Nat Temple lo había apoyado, envidiosos de su juventud y de sus triunfos, refractarios a cualquier riesgo. Shannon había adquirido todos los bienes materiales que acompañan a esta clase de éxito: un apartamento en lo alto del United Nations Plaza, decorado por John Saladino con un estilo que éste definió de «elegante alienación», estilo que no acababa de convencer a Pat Shannon, según pudo comprobar cuando ya era demasiado tarde, a pesar de que en abstracto lo admiraba; títulos de socio de los clubs «Century», «River» y «University»; una casa en Easthampton, a la que casi nunca iba por falta de tiempo, y el inevitable divorcio de una mujer con la que nunca debió casarse: una hermosa dama de sociedad con una de esas voces graves, sensuales, almibaradas y arteras de las que las otras mujeres desconfían inmediatamente, y con razón. No habían tenido hijos; de lo contrario, tal vez no se hubiera divorciado, y no porque Shannon fuera hombre religioso, sino porque sabía lo triste que es crecer sin padres. Después de su breve matrimonio, Pat no se permitió más que una serie de aventuras intrascendentes con muchachas del montón, a las que tomaba con un entusiasmo puramente físico tan intenso, que las consumía como un fuego de monte provocado por una cerilla imprudente. Procuraba evitar las relaciones duraderas y sentimentales. Consideraba el amor un desafío demasiado peligroso incluso para él. Su querida era «Supracorp» y su rosario de empresas: cosméticos, perfumes, comestibles, revistas, licores, emisoras de televisión e inmobiliarias. Sus hijos eran los chicos de la Liga Atlética de la Policía, con los que, sin que nadie lo supiera, pasaba todo el tiempo que podía cada fin de semana. Cualquiera que le viera con ellos podía observar cómo derrochaba afecto y simpatía. Para ellos, estar con Pat era como sentir una fuerte brisa marina en un día claro. Les mostraba las posibilidades de la vida y trataba de transmitirles todo lo que él sabía, ya fuera cómo darle al balón, lanzar la cometa o dividir por decimales. Los años no habían alterado su sonrisa, que seguía siendo abierta y alegre, y sus ojos aún tenían ese azul que proclama victoria; pero ya había pliegues a cada lado de su boca y en su ancha frente, sobre la que siempre le caía un mechón de pelo. Patrick Shannon había quemado su juventud; nunca podría recobrar —ni siquiera con el recuerdo— un tiempo que, sencillamente, nunca existió. Nunca había sido joven. Nunca había jugado. Nunca tuvo tiempo para la despreocupación. Se decía que bastante había hecho con acumular éxito, poder, dinero, información y un pequeño grupo de amigos, para que ahora le entrara, encima, la nostalgia de las diversiones. Y, además, ahora podía —más o menos— montar un jodido caballo.

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Cuando Hamilton Short, un agudo y sagaz traficante en terrenos, hizo su primer millón, luego el segundo y, más adelante, el tercero, los invirtió en papel del Estado y se olvidó de ellos. A los cuarenta y dos años, con su barriguita, su calva y sus diez millones, le resultó relativamente fácil convencer a Topsy Mullins —una muchacha de dieciocho años, de atractiva figura y de buena, pero arruinada familia de Virginia— que se casara con él. Durante los ocho años siguientes, en que los Short por imperativos del negocio, se instalaron sucesivamente en Houston, Atlanta y Minneápolis, Topsy dio a luz tres niñas, y Ham siguió reuniendo millones. Ahora calculaba que tendría unos veinticinco, y el negocio de la compraventa de fincas nunca había marchado mejor. Topsy, con los últimos residuos del dinero de la familia había ido a un colegio, en el que se practicaba la equitación y en el que conoció a muchachas de familias ricas de Nueva York y Long Island, cuyas actividades leía después con envidia en las revistas y en los ecos de sociedad de los periódicos. Ella se había casado por dinero, y lo único que había sacado del matrimonio eran tres embarazos y amistades pasajeras en tres ciudades que ella consideraba provincianas. Para formar parte del gran mundo había que brillar en Nueva York. En el estrecho horizonte de Topsy, no existían otras ciudades. Ella comprendía que era muy difícil entrar en la buena sociedad de Nueva York, especialmente para una forastera sin más relaciones que antiguas y casi olvidadas amistades de colegio y con un marido que no era precisamente una perla en las fiestas. Topsy decidió lanzar el asalto sobre Nueva York desde su territorio natal (Virginia), en el que su familia era conocida y respetada. Una finca situada en el corazón de aquellos dos mil quinientos kilómetros cuadrados que constituyen la zona de montería del norte de Virginia les daría la prestancia necesaria y disimularía su condición de nuevos ricos. Cuando Topsy informó a Ham de que había llegado el momento de comprar una casa en Middleburg, ciudad de 833 habitantes, divididos en millonarios y criados, había en su voz algo más que impaciencia. Ham oyó una nota que le advertía claramente de que sólo la compra de una propiedad muy respetable podía garantizar que su matrimonio seguiría discurriendo por los cauces cómodos, tranquilos y sosegados a los que ya se había acostumbrado. A los veinticinco años, Topsy se había convertido en una belleza. Siete años de matrimonio, durante los cuales había vivido pendiente de su persona, sin distraer la atención más que para dar a luz en tres ocasiones, habían dado a su hermosura trigueña, de pelo castaño y ojos avellana, un lustre resplandeciente. Sus pechos grandes, sus caderas opulentas y su talle esbelto, que habían cautivado a Ham Short, seguían 206

siendo tan atractivos como siempre. Y aunque él ya no les hacía mucho caso, lo cierto era que no quería problemas domésticos. Ham no era sensual; le bastaba una follada rápida cada semana o cada quince días. Pero la paz del hogar le era indispensable para seguir haciendo millones. En el fondo, le daba lo mismo Middleburg que Fort Worth, con tal de que Topsy dejara de lamentarse de su falta de vida social. Fue una suerte que Ham Short siguiera ganando millones año tras año, ya que la restauración de la plantación «Fairfax» engullía el dinero como una ballena el plancton. «Fairfax» era una mansión de estilo colonial, construida hacia 1750 por maestros artesanos, traídos de Inglaterra por el primer Oliver Fairfax, quien, al igual que otros virginianos de la época, tenía muy buen gusto en arquitectura y entendía lo suficiente para comprender que sólo en Inglaterra podría encontrar la maestría que deseaba. Por desgracia, el último Oliver Fairfax había durado mucho más que la fortuna de la familia, y cuando los Short compraron la «Plantación Fairfax», la casa estaba prácticamente en ruinas. Pero sólo el fuego hubiera podido destruir el fabuloso maderamen tallado por el legendario William Buckley, de claro pino blanco bien maduro, álamo y nogal, cortados en los bosques de la plantación, o los ladrillos, cocidos con arcilla extraída de sus campos. El maderamen de Buckley estaba realzado por finos muebles Chippendale, Hepplewhite y Sheraton, y las tapicerías eran reproducción de las telas más ricas del período colonial. Pero las maravillas del interior —el decorador de Topsy Short estaba especializado en dar a los objetos categoría de piezas de museo— quedaban empequeñecidas por la magnificencia de unos jardines que habían salido incólumes de varias décadas de descuido, puesto que estaban trazados según un plan clásico y severo, a base de setos de boj de lento desarrollo, que habían tardado doscientos veinte años en alcanzar sus augustas proporciones actuales. Topsy Short tenía que contentarse con que sus caballos pacieran en los grandes prados situados detrás de la casa, aunque hubiera preferido verlos desde la parte de delante, como muchos de sus vecinos. — ¡Caray! —exclamaba con acento de envidia—. Los caballos de esa vieja de Liz Whitney Tippett se le meten hasta en el salón. — ¿Por qué no arrancas el boj? —apuntó Ham distraídamente. — ¿Qué dices? Mi arquitecto del paisaje me mataría. Son históricos. No los tienen ni en Upperville, ni en Warrenton, ni en Leesburg. Dice que ni Bunny Mellon tiene un boj más antiguo —dijo, invocando a la casi invisible reina de la región hípica. — Pues entonces deja el maldito boj donde está.

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Ham Short —dueño de cuanto alcanzaba la mirada— no estaba para setos. La oferta de «Supracorp» era interesante, muy interesante. Si consentía en el matrimonio de su sana empresa inmobiliaria con la sanísima «Supracorp», cuyo activo se elevaba a dos mil millones de dólares, en lugar de trabajar por conseguir los treinta millones, con el paquete de acciones que recibiría, andaría ya por los sesenta. Y, además, no tendría que estar día tras día al pie del cañón, luchando en solitario. Y él sólo tenía hijas, nadie a quien introducir en un negocio familiar. De este modo dispondría de tiempo para vivir como el caballero que Topsy quería que fuera. Pero, por otro lado, ¿estaba dispuesto a abandonar el control? ¿No era mucho mejor ser el dueño y llevar la Compañía como quisiera? ¿Por qué convertirse en otra adquisición de «Supracorp» y conformarse con ser un simple jefe de división a las órdenes de Patrick Shannon? ¿De verdad quería vivir como un caballero, dedicarse a las cacerías en Middleburg y preocuparse por los caballos? Quizá durante el fin de semana, en que tendría a Shannon en casa, encontraría respuestas a algunas de las preguntas que se hacía, mientras vacilaba entre vender o no vender. Había pedido a Topsy que no invitara a mucha gente, precisamente por ello. — ¿Quién viene este fin de semana? —preguntó bruscamente Ham. — Los Hemming y los Stanton de Charlottesville, los Dempsey de Keenland y la princesa Daisy Valensky que tiene que hacer un apunte de Cindy. Luego, ese Shannon amigo tuyo y... una pareja de Nueva York. Ham Short conocía a los tres matrimonios, todos ellos caballistas. —¿Qué pareja de Nueva York? —preguntó con indiferencia. Con los ojos muy abiertos, en una expresión expectante y emocionada Topsy respondió: —Robin y Vanessa Valarian. — ¿El modista? ¿Qué diantre se les ha perdido aquí? Ham hizo la pregunta sin darle importancia y sin advertir la exaltación de su mujer. -¡Oh, Ham! -exclamó ella en tono quejumbroso-. No sé cómo lo soporto. Eres terrible. Los Valarian son... ¿Cómo podría hacértelo comprender? Son la gente más chic de Nueva York. Van a todas partes y conocen a todo el mundo. Yo conocí a Vanessa Valarian en el colegio; ella iba tres clases por delante de mí, y la última vez que fui de compras a Nueva York la encontré por casualidad y tomamos una copa. Cuando la invité, no creí que aceptara. — ¿Y por qué no? ¿Es que no somos bastante buenos para alternar con un modista y su mujer? —preguntó Ham. —Ham, nosotros no somos chic. Somos ricos y gracias. Y tampoco verdaderamente ricos —dijo con acento de acusación en la voz—. No pongas 208

esa cara... Has de tener más de doscientos millones para ser rico de verdad. He leído las listas... Tú sabes tan bien como yo que somos muy poca cosa comparados con... En fin, no importa. Dio un salto de impaciencia en el sillón y se puso a manosear un jarrón chino que le había hecho comprar el decorador: una verdadera ganga, por dos mil ochocientos dólares. -¿Chic? ¿Y quién carajo ha dicho que tenemos que ser chic? ¿A quién le importa una puñeta? Además, ¿qué quiere decir esa palabra? ¿Y quiénes son los Valarian para decidir? Ham se sentía ofendido. Estaba orgulloso de su dinero y no le gustaba que se le recordara que, aunque fuera rico, aún no podía codearse con los grandes. — ¡ Por Dios, Ham! Eso sólo quiere decir que ellos tienen clase, una clase que nosotros nunca tendremos. Los invitan a todas las fiestas, y Vogue, House and Garden y Architectural Digest dedican páginas y páginas a su apartamento, a sus servicios de mesa... Viajan por todo el mundo y visitan a gente como Cristina Brandolini, Helene Rochas, André Oliver, Fleur Cowles Meyer y Jacqueline Machado-Macedo... Personas a las que tú ni siquiera conoces. Una fiesta a la que no asistan los Valarian no tiene cachet. —¿Cachet? ¿Se puede saber qué tripa se te ha roto ahora, Topsy? Primero te empeñas en vivir en esta especie de museo y en comprar caballos suficientes para la Carga de la Brigada Ligera. Y ahora en que, por fin, eres carne y uña con todo el vecindario, aún te parece que necesitas que un modisto te dé el visto bueno. Francamente, no acabo de comprenderlo. De no haber estado tan ofendido, Ham Short habría podido advertir que la actitud de Topsy era un poco forzada, que insistía demasiado en el chic de los Valarian, que exageraba la nota de su impaciencia. — Robin Valarian es uno de los más famosos diseñadores del país —dijo Topsy con altivez — . Y Vanessa está considerada como la mujer más elegante de Nueva York. — A él le he visto retratado. ¿Sabes lo que me parece? Un marica... — No seas ordinario, Ham. Llevan casados casi tanto tiempo como nosotros. Los hombres como tú siempre pensáis que los hombres que no viven sólo para hacer dinero tienen que ser gays. — ¿Ahora se dice gay? Supongo que será la única palabra tolerada. —Tú lo has dicho —replicó Topsy con una voz que quería ser conciliadora. La discusión estaba poniéndola terriblemente nerviosa. 209

Cuando se mitigó el enfado de Ham Short, Topsy recordó por milésima vez la escena que había tenido lugar en la biblioteca de los Valarian semanas atrás. Vanessa le había servido un «Dubonnet» y la halagaba con sus preguntas. — Cuéntame, ¿qué es de tu vida? —le dijo con evidente interés—. ¿Qué tal se vive en Middleburg? ¿Es divino o es horrendo? — Si no pudiera venir a Nueva York de vez en cuando, creo que no lo resistiría —respondió Topsy—. Yo nací en Virginia, pero me siento de Nueva York. Aquello es muy soso. Pero a Ham le gusta. —¿Y Ham siempre consigue lo que quiere? —Más o menos. Vanessa se levantó y cerró la puerta de la biblioteca. —Me parece un crimen que una criatura tan preciosa como tú viva escondida en el campo —dijo sentándose en el diván, al lado de Topsy. Topsy se ruborizó, confusa y sorprendida. En el colegio, Vanessa era una líder que tenía hechizada a media clase de Topsy. Ya entonces Vanessa era más sofisticada de lo que ellas podían imaginar en sus sueños de adolescentes. —Muchas gracias —murmuró, bebiendo un sorbo de «Dubonnet». — Es la pura verdad. ¿No sabes que ya en el colegio me había fijado en ti, con tu melena castaño caoba? Sólo se te ha oscurecido un poco. Y ni el horrible uniforme que llevábamos podía disimular que tendrías una figura perfecta. Te envidio. Yo estoy tan flaca... Daría cualquier cosa por unas cuantas curvas. ¿No te dabas cuenta de que yo te observaba? Topsy sólo pudo mover la cabeza negativamente. —Estarías pensando en otra cosa. Yo te miraba durante las comidas, aunque muy discretamente, eso sí. Vanessa rió, le cogió una mano con naturalidad y se quedó mirándola fijamente, como si fuera a decirle la buenaventura. De pronto se inclinó y le dio un beso en la palma, con labios calientes y entreabiertos. Luego se rió y soltó la mano como si nada. No sucedió más, pero desde aquella tarde Topsy pensaba frecuentemente en la escena, preguntándose qué podía haber ocurrido después y diciéndose que no había ocurrido nada, absolutamente nada y que era una tonta. — Ham —dijo, volviendo al presente—, no discutamos, ¿quie res? Bastante nerviosa me tiene este fin de semana para que, además, haya de pelearme contigo. —Está bien, chatita. Mira, no sé muy bien de qué va la cosa; pero si a ti te gusta, yo, encantado. Y si quieres que te diga lo que pienso, me parece que esos Valarian quedarán muy impresionados por los Hemmings, y los 210

Stanton, y los Dempsey, y Patrick Shannon, y la princesa como-sellame. Conque hazme el favor de soltar ya el jarroncito, no vaya a romperse. Ya sé que está asegurado, pero no me gustaría tener que intentar cobrar. A media mañana del sábado, todos los invitados de Topsy Short estaban reunidos en las cuadras. Topsy supervisaba la operación de asignar a cada caballista el animal apropiado. Gracias a toda una vida de practicar la equitación, pudo mantener una aparente calma. Sentía una emoción que prefería no analizar, pero hacía años que no experimentaba aquella ansiedad electrizante. Tenía que quedarse en casa para hacer compañía a Vanessa Valarian, quien, durante el desayuno, había anunciado que no montaría porque le daban miedo los caballos y siempre se lo habían dado, incluso en la escuela. Hizo la confesión con una risa satisfecha, que hizo que su pretendido miedo pareciera una cualidad. Patrick Shannon estaba bien sujeto a la silla de un gran caballo negro, muy absorto en sus movimientos y sin apenas prestar atención a la animada escena. Era la primera vez que montaba en compañía de otros jinetes y estaba tratando de recordar todos los detalles de todas las lecciones tomadas, sin dejar que le distrajera el rebullir de los otros caballos y la dichosa manía de cerrarse el paso unos a otros. Procuraba mantener a su brioso animal apartado de los demás, mientras pensaba si el bicho estaría tan nervioso como él y si sería verdad lo de que el caballo sabe, por el tacto de la rienda, lo que siente el jinete. La pequeña Cindy Short montaba un bonito pony, y a Daisy le habían dado una espléndida yegua alazana que dos años antes había alcanzado sus buenos cuarenta mil dólares en la mundialmente famosa subasta de Keeneland. Después de tomar el desayuno con Cindy y pasar las primeras horas de la mañana con ella en el establo, Daisy y la niña se habían hecho muy buenas amigas. Para montar Daisy vestía con severa corrección. Se hacía una trenza muy prieta, que recogía con una redecilla para que no se enganchara en las ramas de los árboles, y usaba el casco protector de reglamento, forrado de terciopelo negro. Ham Short quiso demostrar a sus invitados la habilidad ecuestre de su hija. — ¡Cindy! —gritó — . Ve tú delante y nosotros te seguiremos. Cindy, que aceptaba pacientemente el papel de niña prodigio, puso al pony al trote largo. Daisy, que deseaba observar su estilo, esperó hasta que Cindy hubiese hecho su exhibición y luego siguió su rechoncha silueta. Daisy montaba su pura sangre con soberana soltura y ofrecía una noble estampa sobre el paisaje de Virginia, al aire limpio de la mañana... a pesar de que Teseo la seguía, con su contoneo de borrachín. 211

Cuando Patrick Shannon vio a Daisy desaparecer tras una loma, tuvo la súbita percepción de lo que podía ser la buena monta. «Quienquiera que sea, es fantástica», pensó. Después de pasar toda una vida conquistando nuevos mundos, Shannon sabía distinguir a quienes hacen sin esfuerzo aparente algo sumamente difícil. El entendía muy poco de ballet, pero reconocía inmediatamente a las grandes figuras por ciertos movimientos hechos sin esfuerzo aparente y que a él le hacían sentir un ligero escalofrío en la nuca. La espalda esbelta y recta de Daisy, sus brazos y hombros perfectamente relajados, el gesto confiado y suelto de la cabeza, le llenaron de admiración... y envidia. Advertía claramente la espléndida economía de movimientos, unos movimientos que a él le habían costado un mes de sudores, maldiciones y sangre. Para poder mandar a un caballo con un movimiento casi imperceptible de las manos, las rodillas y las pantorrillas y hacer que el cacho bestia echara a andar no al paso ni al trote corto, sino a buen trote largo... ¡puñeta!, había que haberlo mamado, era un don, otra de las habilidades que la gente supone en las personas como tú. Patrick Shannon nunca cedía a la tentación de comparar su triste niñez con la de las demás personas que vivían en aquel mundo del que él era ahora un personaje tan destacado; pero de vez en cuando se encontraba metido de improviso en una situación que aún no dominaba, durante un momento sentía la amargura de las privaciones sufridas, revivía en un instante la difícil transición del muchacho desmañado que entró en el colegio con una beca, al hombre que era hoy. Los otros, sus amigos de «St. Anthony's», Tulane y Harvard, siempre vivieron bien, y eso se notaba... tal vez ellos no lo notaran; pero él, sí, porque él no era como ellos y nunca podría serlo. «El secreto es la soltura», se dijo desechando su momentánea frustración. Mientras trataba de relajarse, Ham Short acercó su caballo al paso. — ¿Le importa si nos quedamos atrás? —preguntó — . Yo monto al estilo del Oeste, como si fuera en una especie de mecedora. No he tenido tiempo de aprender a montar a la inglesa. Si quiere que le sea franco, me parece una bobada. Patrick miró a su anfitrión, que lucía unas increíbles botas de cowboy y estaba cómodamente aplomado sobre una silla vaquera en una yegua de aspecto cómodo y plácido. — Lo que usted diga —contestó. Ham Short se preguntó por qué le miraría Shannon tan sorprendido. ¿Acaso uno no tenía derecho a montar como le diera la gana? ¡Estaríamos frescos!

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Vanessa Valarian y Topsy volvieron a la casa en silencio, roto únicamente por los vagos comentarios de Vanessa sobre el tiempo, la situación de la casa y el paisaje, comentarios que Topsy apenas oía. Cuando subían por la avenida, Vanessa cogió a Topsy por la muñeca: —Enséñame la casa —le pidió con su voz grave y ardiente, que era su mayor encanto. Era fina y flexible como la seda, y tan delgada que las creaciones de su marido le sentaban mejor a ella que a las modelos profesionales. Vanessa había sabido aprovechar sus principales atributos, que eran un cutis blanquísimo y una melena negra peinada a lo paje, con un flequillo que le llegaba hasta los ojos. Aquel peinado no era más que una de las características que formaban su personalidad. Las otras eran una mandíbula casi cuadrada, unos ojos muy maquillados y de línea oriental, la boca grande, pintada de un rojo muy vivo, y una sonrisa ancha y desvergonzada, que mostraba en todas las fotos publicadas en las revistas. Tenía unas manos muy bonitas, de dedos largos y delgados, flexibles y fuertes al mismo tiempo, manos de escultora o de pianista, con uñas cortas y sin anillos. Vanessa no se quedaba en medias tintas ni modificaba su aspecto, y lucía su larga nariz como si fuera una marca de realeza. Para aquella tibia mañana de Virginia había elegido un vestido de fina angora negra nada sencillo, grandes pendientes de oro y ocho pulseras de David Webb, atuendo que había seleccionado deliberadamente por su incongruencia, pues le encantaba desentonar. Topsy la condujo nerviosamente por una serie de exquisitas habitaciones, llenas de mesas Hepplewhite, sillones Sheraton y retratos de Sully, como en una exposición. Estaba tan aturdida, que olvidaba los estilos y se le trababa la lengua. Temblaba no porque tuviera la menor duda de la elegancia de sus salones, sino por la presencia de Vanessa a su lado, que, sin tocarla, se mantenía más cerca de lo que normalmente suelen estar las personas. Se sentía tan trastornada como el día que fue a su primer baile. — Cautivador —dictaminó Vanessa—. Y te va muy bien. Al lado de esto Nueva York resulta muy crudo. ¿Es que no vas a enseñarme el piso de arriba? Siento curiosidad por ver tu dormitorio. Los salones de recibo de una casa nunca son tan reveladores como las habitaciones privadas, ¿no te parece? Espero no parecerte una entrometida. Pero he visto ya tantas maravillas, que estoy que muerdo de envidia. Cuando vayas a visitarnos a Nueva York, que espero que sea pronto, sabrás lo que quiero decir. Topsy suspiró de alegría. Una visita, ¡palabra mágica!

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En la habitación de Topsy, Vanessa se sentó en el borde de la ancha cama de dosel que Topsy había mandado envolver en doscientos metros de seda color melocotón, a pesar de las protestas del decorador. — ¿Y éste es el letto matrimoniale! —preguntó Vanessa seña lando la cama con un movimiento lánguido. -¿Letto? ¡Ah, claro! No; Ham duerme en otra habitación. A él le gusta trabajar hasta muy tarde y empezar a hablar por teléfono muy temprano. — ¿Viene él a la cama de su esposa o va ella a la de él? —preguntó Vanessa, imperturbable. -¿Cómo...? ¡Ah! — ¡ Oh, Topsy, qué encanto de criatura! Ya has vuelto a ruborizarte como en Nueva York. Sí, ya lo sé; cuando la gente te lo dice es peor... pero no he podido resistir la tentación. Siéntate a mi lado. No puedo hablar estando tan lejos. —Vanessa señaló la colcha, y Topsy, casi sin querer, se sentó a su lado. Vanessa le cogió una mano y le acarició la palma con sus sabios dedos.— Me preguntaba si querrías invitarnos, después de lo que ocurrió en Nueva York. Me preocupaba que pudieras tener miedo de mí. ¿No? Me alegro... me alegro mucho. He pensado en ti todos los días... he pensado que podríamos hacernos buenas amigas... ¿No te gustaría eso, Topsy, pequeña? —Con naturalidad, se humedeció la yema del dedo índice y la posó con rapidez en la palma de la mano de Topsy. Al ver que Topsy se sobresaltaba por la explícita e inconfundible señal, pero que no retiraba la mano, Vanessa tomó uno de los dedos de Topsy y lo chupó con suavidad, desde la base hasta la punta de la uña. Topsy gimió suavemente.— Te gusta, ¿verdad? ¿Recuerdas la primera vez que te besé la mano, recuerdas cómo te sorprendiste? ¿Y recuerdas que te dije que me había fijado en ti hace años? Topsy asintió en silencio. Con la rapidez y la fuerza de un hombre, Vanessa rodeó con un brazo el talle de Topsy y le rozó el cuello con un beso muy suave, como la caricia de una pluma. — Cariño, no voy a hacerte nada que tú no quieras... no me tengas miedo... ¿verdad que no me lo tienes? Bien. Vanessa se acercó rápidamente a la puerta andando descalza y la cerró con llave. Luego volvió a la cama, donde Topsy, medio tumbada, la miraba con ojos brillantes, entre remisa y tentada. Vanessa rió suavemente. — Por lo menos, deja que te quite los zapatos. —Se agachó y la descalzó.— Cierra los ojos —susurró—. Y ahora deja que sea buena contigo, deja que te haga sentir lo que siempre has soñado 214

y aún no conoces... ¡Oh, sí, lo sé...! Sólo con verte supe que estabas preparada para mí. Mientras hablaba, desabrochó hábilmente la blusa de Topsy y soltó el cierre del sujetador, que abrochaba delante. Topsy tenía unos pechos magníficos, suaves y redondos, con los pezones oscuros y protuberantes que se destacaban en su carne blanca y abundante. — ¡Oh, qué hermosura! Lo sabía... eres soberbia —susurró suavemente Vanessa, resiguiendo el contorno de los labios entreabiertos de Topsy con un dedo teñido de rojo oscuro. Contempló cuidadosamente a su presa, tratando de evitar toda brusquedad. Con dedos ágiles y calientes, trazó una línea desde la garganta alrededor de cada pecho, envolviéndolos en un círculo exquisito, electrizado, pero sin tocar los pezones, que se veía que estaban poniéndose tensos y duros. Vanessa era maestra en las más refinadas voluptuosidades y sabía esperar pacientemente el placer propio. Nada la excitaba tanto como iniciar a una mujer que nunca hubiera experimentado las sensaciones que ella podía procurarle. —Topsy, esto lo hago sólo por ti... yo no quiero nada... no tienes que mover ni un dedo... sólo échate y deja que te vea... Mientras le desabrochaba y quitaba la falda con un movimiento suave, volvió a chuparle los dedos, se metió dos en la boca y los acarició con lengua hábil. Topsy se estremeció, sin poder creer apenas que sentir su contacto en los pechos y en los dedos pudiera excitarla tanto. Cuando Vanessa le dijo que no esperaba nada de ella, se tranquilizó. No hubiera sabido qué hacer. Luego, Vanessa le rodeó los pezones con cinco dedos suaves y expertos, endureciéndoselos delicadamente. Y cuando Topsy empezó a suspirar, incapaz de permanecer por más tiempo en silencio, Vanessa puso al fin la boca sobre aquellos firmes botones. Así estuvo largos minutos, acariciándolos con toda la lengua, hasta estimularlos de tal modo que casi dolían. Y hasta entonces no bajó los brazos y acabó de desnudar a Topsy. Mientras Vanessa se quitaba rápidamente la ropa, observó que Topsy tenía los ojos cerrados. Era mejor así... la primera vez. Apoyó la cabeza de Topsy en uno de sus brazos delgados y fuertes y con la otra mano la acarició suavemente, casi como un suspiro, un roce apenas perceptible pero muy excitante, deteniéndose justo al borde de la espesa maraña de vello púbico. Al observar que Topsy no iniciaba protesta, Vanessa, con la gracia que la había hecho famosa se situó a horcajadas sobre el cuerpo de la mujer y con las yemas de los dedos fue resiguiendo sus hermosos muslos, sus pantorrillas, hasta la punta del pie y volviendo a subir, pero sin rozar su pubis. Entonces vio que las manos de Topsy se animaban y que una de ellas cogía la suya y la llevaba hacia el vientre, que ya se alzaba hacia ella. 215

— No... todavía no puede ser... No estás preparada. Y se puso a acariciar la suave piel del interior de los muslos, cada vez más arriba, hasta rozar los rizos del pubis. Topsy gimió implorante y abrió los muslos. Vanessa advirtió el brillo húmedo de los labios, que se le ofrecían. Su propia vulva estaba tan congestionada, que apenas podía contener el impulso de frotarse contra la otra, pero se dominó, se agachó y sopló con suavidad en el vello de Topsy, abriendo los rizos con su aliento, hasta que alcanzó a ver el inflamado clítoris. Luego, con la punta de la lengua, golpeó suavemente el pequeño órgano, para más tarde sorberlo con toda la boca y después volver a los suaves toques de lengua. — ¡Pero jódeme ya, por Dios! —murmuró Topsy sin poder resistir más. Vanessa juntó los tres dedos de la mano derecha y los humedeció con la boca. Topsy se alzaba frenéticamente, y Vanessa, arrodillada, se inclinó de nuevo y tomó toda la vulva de la mujer en su boca grande y ávida, chupando rítmicamente el clítoris, mientras metía y sacaba los dedos en la vagina de Topsy, unas veces unos centímetros, y otras, hasta donde alcanzaba. Topsy no sabía sino que estaba gozando intensamente; los dedos, más duros y nudosos que un pene, le producían en la vagina un estímulo desconocido, y aquella boca... ¡oh, aquella boca era algo indescriptible! Se sintió vacilar al borde del orgasmo, vacilar, vacilar y correrse en la boca de Vanessa con un ímpetu desbordante y una serie de espasmos que la hicieron gritar de abandono. Mientras Topsy se agitaba aún, sacudiendo las caderas, Vanessa se echó sobre ella besándola por primera vez en la seca y ardiente boca y apretando la vulva, cubierta de suave vello oscuro contra el rizoso vientre de Topsy y oprimiendo con las dos manos las nalgas llenas y redondas de Topsy, mientras se restregaba implacablemente hasta llegar al potente orgasmo que había estado reprimiendo durante tanto tiempo. Pasaron los minutos, muchos minutos, y Topsy, aturdida, pero consciente del paso del tiempo, se incorporó en la cama. —Vendrán a almorzar dentro de diez minutos... y Ham me llamará. ¿Qué aspecto debo de tener? -Estás espléndida -dijo Vanessa, mientras se vestía rápidamente—. ¿Tienes por ahí un liguero y medias? —Una vez compré uno... por si Ham... pero no resultó. ¿Por qué? — ¿Querrías ponértelo para mí? Sin bragas. Todo el día, toda la noche y todo el día de mañana... Así, cuando te mire pensaré que podría tocarte por debajo de la ropa y tú me mirarás y sabrás lo que pienso. 216

-¡Oh! — ¿Querrás? — ¡Pues claro que sí! Cuando los invitados se reunieron a tomar el aperitivo antes del almuerzo, Robin Valarian se acercó a su mujer y la abrazó por la espalda. — ¿Has dado un buen paseo, cariño? —preguntó ella levantan do su orgullosa nariz y abriendo mucho sus ojos orientales. —Maravilloso. Es una vergüenza que te haya entrado miedo a los caballos, mi cielo. Con lo bien que tú montabas. Y a ti, ¿qué tal te ha ido la caza? — Espléndidamente. —Me alegro y casi te envidio. Daisy almorzó con Cindy y sus hermanas en el cuarto de jugar y pasó la tarde haciendo apuntes de la niña sobre el pony. Las pequeñas, de siete y cinco años, caballistas las dos, estuvieron mirando respetuosamente durante un rato hasta que se aburrieron y se fueron. Después de trabajar hasta que Cindy ya no pudo seguir posando, Daisy fue en busca del mejor regalo que le deparaban sus fines de semana en el campo: una cabalgada en solitario, sin más acompañante que Teseo. Aquellas horas de libertad, galopando feliz, sin pensar en nada, eran un lujo que ella no habría podido permitirse, y se había convertido en una experta para encontrar el momento apropiado, de forma que el paseo no retrasara el trabajo. Con la última luz de la tarde, volvía a las cuadras de mala gana y subía a su habitación a tomar un baño y vestirse para la cena. La cena era lo que menos le gustaba. Eso pensaba mientras guardaba cuidadosamente el equipo de montar. La obligada cena con todos los invitados, las obligadas conversaciones, la obligada imagen de princesa que su anfitriona esperaba, mejor dicho, exigía de ella. Kiki le había preguntado más de una vez por qué le molestaba tanto y por qué lo soportaba únicamente para poder obtener pedidos. —A mí me encantaría ser princesa —decía moviendo la cabeza con gesto severo. Pero Daisy no podía explicar, ni siquiera a Kiki, pues apenas alcanzaba a comprenderlo ella misma, que bajo la personalidad de la princesa Daisy Valensky se sentía como una impostora, como si no tuviera derecho al título. Los títulos estaban ya pasados de moda en el mundo moderno, salvo en los contados países que aún estaban gobernados por monarcas. Sin embargo, mucha gente los usaba sin sentirse incómoda. Cuando Daisy se metió en el baño caliente, la súbita sensación de bienestar que le produjo el abrazo del agua, le hizo darse cuenta de que estaba triste, con una tristeza ya familiar, que la acometía de vez en cuando, una tristeza que se esforzaba por combatir, sin comprender su origen. Daisy sufría períodos de depresión, cuya aproximación percibía como ese primer aviso de 217

la niebla marina que empaña la luz, como una pinza que le apretara el cerebro y que convertía en insípidas obligaciones los elementos que constituían su vida. Cuando este estado de ánimo la sorprendía en casa, se tapaba con todas las mantas que podía encontrar, metía los pies en gruesos calcetines de lana y se pasaba varias horas tiritando y preguntándose por qué el futuro no le ofrecía esperanza, tratando de imaginar una situación, un lugar, un hecho que pudiera tentarla a volver a la realidad. Permanecía abrazada a Teseo, rascándole el lomo, buscando su calor. Cada vez que Daisy trataba de analizar aquella desesperante tristeza, de buscar sus causas, se le venía encima un aluvión de preguntas que ningún ser viviente podía contestar. ¿Y si, por ejemplo, ella tuviera padre y madre como la mayoría de la gente? ¿Y si su madre, como hacen otras mujeres que se separan de su marido, hubiera explicado a Daisy por qué tenían que vivir escondidas en Big Sur, sin ver a nadie ni tener contacto con el mundo exterior? Aunque la explicación no hubiera sido plausible, tal vez Daisy se hubiera quedado satisfecha durante algún tiempo, hasta que hubiera podido comprender. ¿Y si su padre le hubiera dicho por qué pasaba con ella tan poco tiempo y por qué tenía que marcharse tan bruscamente cada vez, dejándola con el temor de que no volviera más? ¿Y si su madre — aquel borroso recuerdo de plena seguridad y amor— no se hubiera ido sin un adiós para desaparecer en el mar una tarde de sol? ¿Y si su padre hubiera permitido que Dani se quedara con ella, en lugar de imponer aquel hermético muro de silencio en torno a su existencia? ¿Y si Ram hubiera sido un verdadero hermano mayor, considerado y cariñoso, alguien a quien ella pudiera acudir con sus problemas, en lugar de aquel pobre desequilibrado que sólo ella y Anabel conocían? Daisy salió del baño y empezó a vestirse. Mientras se cepillaba el pelo, miró las falsas esmeraldas de Kiki que estaban sobre el tocador. El collar y las pulseras, con la chaqueta de tweed verde, estarían perfectos; pero los pendientes no se verían debajo del pelo. Ensartó en unas horquillas los colgantes ovalados, orlados de cristal de roca. Naturalmente, aquella noche llevaría el pelo suelto, después de haberlo mantenido todo el día recogido en trenzas, y su espléndida melena plateada, en la que prendió con habilidad los pendientes, le caía sobre los hombros con una suave ondulación. Con el pantalón de Schiaparelli parecía una joven Robin Hood que se hubiera llegado hasta París para robar a los ricos. Cuando terminó de vestirse, Daisy se miró al espejo firmemente, con la misma severidad con que se enfrentaría con un caballo díscolo, y dijo en voz alta: —Daisy Valensky, no sirve de nada preguntar. Las cosas son como son. 218

Patrick Sannon reconoció en Daisy a la muchacha que había visto montar por la mañana, sólo por su manera de erguir la cabeza. De no ser por eso, hubiera pensado que se trataba de una recién llegada, ya que no la había visto durante el desayuno ni el almuerzo. Cuando ella entró en el salón en el que estaban reunidos ya todos los demás invitados, pareció que el tiempo se detenía una fracción de segundo, durante el cual se interrumpió el murmullo de las conversaciones, para proseguir casi inmediatamente. Daisy no conocía a nadie, y Topsy fue presentándola. Cuando se acercaban a Patrick, éste pensó: «¡Ah, vamos, es ella! Debí suponerlo.» Aunque Shannon no dedicaba ni un minuto a leer las noticias del gran mundo, estaba enterado de la existencia de Daisy, al igual que todos los demás. Todavía recordaba vagamente haberla visto retratada de pocos meses en la portada de Life, cuando él era sólo un adolescente. Se estrecharon la mano con una sonrisa convencional; Daisy, preocupada por recordar todos aquellos nuevos nombres —que podían ser de futuros clientes—, y Shannon, tratando de encasillarla. Le gustaba catalogar de inmediato a las personas, a fin de situarlas en perspectiva. Ya había descartado a todo el grupo de caballistas por insignificantes respecto de su esquema de las cosas, desechado a Vanessa y Robín Valarian diciéndose que nunca tendría tratos con ellos, y se había reafirmado en la idea de que Ham Short era un hombre con el que podría trabajar satisfactoriamente; le gustaba su manera de ser. Cuando Daisy se alejó para ser presentada a los Dempsey, Patrick pensó: «Otra muñeca, mimada, consentida, adulada y presumida.» Conocía el paño, su matrimonio le había hecho aprender la lección. Durante la cena tuvo ocasión de confirmar su opinión, al oír la conversación que mantenían Daisy —sentada a su derecha—, Dave Hemming y Charlie Dempsey. —Nunca olvidaré cómo jugó su padre en un torneo que se celebró en Monterrey en mil novecientos treinta y pico —dijo Charlie Dempsey—. No recuerdo exactamente el año, pero él jugaba de número tres, Erick Pedley de Santa Bárbara era el uno, Tommy Hitchcock el dos y Winston Guest el cuatro. En mi opinión, el mejor equipo de todos los tiempos. —No digas tonterías, Charlie —le interrumpió Dave Hemming desde el otro lado de la mesa—. El mejor equipo de todos los tiempos era el formado por Guest, Cecil Smith y Pedley, con Hitchcok de número tres. Con todos los respetos para Stash. — Estoy segura de que los dos tienen razón —sonrió Daisy — . Pero nadie, ni Cecil Smith, montaba como mi padre. Estaba acostumbrada a aquellas conversaciones. Casi todos los aficionados a la equitación, de más de cincuenta años, recordaban a su 219

padre. A Daisy le gustaba oírles hablar de él, le parecía recobrarlo durante un instante, aunque hablaran de cosas ocurridas antes de que ella naciera. Mientras los dos hombres continuaban la consabida discusión, Daisy se volvió hacia Shannon. — ¿Es usted aficionado al polo, míster Shannon? —preguntó cortésmente. —No entiendo ni una jota. —Eso resulta desintoxicante. Creyó que se burlaba de él. — ¿Y usted, princesa Valensky, a qué se dedica cuando no arbitra en arcanas discusiones sobre partidos disputados hace cuarenta y cinco años? — Pues... depende. Ahora, por ejemplo, estoy haciendo un retrato de la pequeña Cindy a caballo. — ¿Por diversión? — —Más o menos. Daisy consideraba necesario ocultar en todo momento el carácter puramente comercial de sus visitas a las casas de campo de los ricos. Era preferible ocultar bajo una máscara de diletante la verdad de que estaba allí para ganar un dinero que le hacía mucha falta y que durante la cena no hacía más que tratar de averiguar si los demás invitados tenían niños a los que retratar. Era mejor dejar que su trabajo fuera su propio propagandista. —¿Caza usted por estos alrededores, míster Shannon? — ¿Cazar yo? ¿Aquí? No. «¡Dios mío! —pensó Patrick—. Con un mes de clases, ¿cómo voy a correr por ahí saltando vallas?» —Entonces, ¿dónde? —insistió Daisy, confiada. —No cazo en ningún sitio —dijo Patrick secamente. — Pero habrá cazado, ¿verdad? ¿Por qué lo dejó? — Le aseguro que no cazo, ni he cazado, ni pienso cazar en mi vida —contestó él, fríamente cortés. —Pero... sus botas... —murmuró Daisy, confusa. — ¿Qué ocurre con mis botas? —preguntó él con aspereza. —Nada —dijo ella rápidamente. —Insisto: ¿qué ocurre con mis botas? Ahora estaba seguro de que se burlaba de él. —Bueno, no tiene importancia... he sido una tonta al fijarme en eso — tartamudeó Daisy, rehuyendo su mirada. — ¿Las botas...? —preguntó él implacablemente. Daisy se molestó. Si aquel hombre pretendía tratarla como si fuera un testigo en un juicio por asesinato, sería mejor hablar claramente. 220

—Míster Shannon, sus botas son negras con una franja marrón en la parte de arriba. Sólo los monteros pueden llevarlas. Si no es usted cazador, tiene que usar botas de un solo color. — ¡Demonio de hombre! —Alguien debió advertirle —añadió ella rápidamente. — ¿No acaba usted de decir que eso es de dominio público? —En realidad, no tiene importancia —respondió Daisy tan fríamente como le fue posible. —No es «lo correcto», ¿verdad? —dijo él, indignado con Chuck Byers, que le había dado las botas sin una explicación. — Es inaudito —contestó ella, furiosa a su vez. -Entonces, ¿por qué no me han avisado? Estuve montando todo el día. —Sencillamente, pensarían que cazaba usted. —Yo no monto lo bastante bien como para que una persona en su sano juicio imagine que puedo ir de caza. —Será que no han querido incomodarle para no exponerse a su enojo. ¿Por qué se enfada conmigo, míster Shannon? Yo no le vendí las botas. Daisy se volvió hacia Charlie Dempsey y se puso a hablarle de polo. Patrick Shannon se quedó con la mortificante sospecha de que todas las personas con las que había montado aquel día habrían sentido curiosidad por saber de dónde había sacado las botas y no le habían dicho nada por educación. Pero seguro que se habían reído de él a su espalda. A Shannon no le gustaba hacer el ridículo.

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En el apartamento de los Valarian sólo había una habitación que nunca había sido retratada, en el curso de las interminables transformaciones que, cada dos años, cambiaban por completo la decoración de su dúplex de Park Avenue. Era una habitación en la que el matrimonio solía reunirse antes de vestirse para salir o recibir a sus invitados. Todas las tardes a las seis, Robin y Vanessa se encerraban en su saloncito privado, que tenía el suelo y las paredes tapizados de gruesa moqueta de vicuña y el techo en forma de cúpula forrado de cobre, con luz indirecta que caía sobre multitud de cestillos de orquídeas suspendidos del techo. En el centro de la habitación, por lo demás totalmente vacía, se alzaba una plataforma alfombrada sobre la que se 221

hallaba situada una enorme bañera ovalada —tan grande como un cuarto de baño normal— de fibra de vidrio negra. Era quince centímetros más honda que las bañeras corrientes y estaba provista de cuatro baños cromados, regulables, que creaban torbellinos de agua a una temperatura de hasta cuarenta y cinco grados. Mientras dejaban que el agua acariciara sus cuerpos firmes y bien cuidados y bebían un vino blanco y seco bien fresco, Robin y Vanessa intercambiaban chismes y se contaban sus andanzas. Al igual que muchos matrimonios de homosexuales, estaban mucho más unidos que la mayoría de matrimonios normales. No hay equipo mejor conjuntado para trabajar por la obtención de sus fines respectivos, que el formado por un marido homosexual y una mujer lesbiana que se aprecien. Ni hay relación amorosa más íntima, protectora y compenetrada. Juntos gozaban de enormes ventajas, que nunca hubieran conseguido individualmente fuera del matrimonio, la más importante de las cuales era la de no ser solteros, circunstancia que, en el caso del hombre o la mujer atractivos de más de treinta años, es causa de comentarios y especulaciones. Juntos formaban esa unidad, «el matrimonio», que se absorbe en cualquier ambiente social con mucha más facilidad que el homosexual soltero o la pareja de homosexuales de un mismo sexo. Eran un ornato en cualquier fiesta: la pareja ideal. Juntos habían formado un hogar tradicional e infinitamente seguro, en el que Robin podía ejercitar su talento para crear ambientes barrocos y suntuosos arreglos florales. El era el encargado de buscar y educar a los criados, y Vanessa, quien organizaba las fabulosas fiestas, que servían para favorecer la carrera de Robin. Por último, exentos como estaban del lastre de los celos, ambos podían satisfacer sus deseos sexuales plenamente, con la ventaja de saber que el otro esperaba ansiosamente enterarse de lo ocurrido, dispuesto a aconsejar, ayudar, allanar el camino, incluso atrapar y, llegado el caso, consolar y animar. El matrimonio les daba acceso a las altas esferas de la sociedad, con una categoría que no hubieran podido alcanzar de solteros. Siendo «los Valarian» podían frecuentar la Casa Blanca, navegar en los mejores yates, visitar las más históricas mansiones campestres inglesas e irlandesas... una pareja impecable, al abrigo de cualquier escándalo, aunque no del todo al abrigo de rumores; pero... ¿quién presta oídos a rumores en estos tiempos? Siendo «los Valarian» estaban libres del estigma de la homosexualidad; siendo matrimonio, evolucionaban libremente en el mundo de las celebridades y, en sus respectivos medios más íntimos, se les reconocía el mérito de saber engañar con arte y se les aplaudía el acierto de haber encontrado y aprovechado una pareja tan idónea. Ellos conocían un gran secreto, una verdad que rara vez aflora diáfanamente: el secreto

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de que el triunfador no tiene género y que lo único que cuenta en el mundo es el triunfo. Lo que importa es estar con los que triunfan. Existen diversas variedades de matrimonios de homosexuales: el marido bisexual, especie que Robin denominaba «jazz-tango», que durante los primeros años de matrimonio suele vivir bien con su esposa y casi siempre tiene unos hijos guapísimos; el homosexual propiamente dicho casado con una mujer a la que asusta la vida sexual y la lesbiana con el marido apático e indefinido. Los Valarian pertenecían a la variedad en la que cada uno tiene las más divertidas historias que contar al otro, pues Robin era sexualmente tan activo como su mujer. Robin Valarian quería mucho a Vanessa, y ella le quería a él, con ternura y desvelos. Si él se resfriaba, ella le daba vitamina C cada hora y vigilaba mientras se la tomaba. Si Vanessa había tenido un día pesado, él le frotaba la espalda durante una hora, hasta que ella gemía de gusto. Luego, él iba a la cocina, decía a la cocinera lo que debía poner en la bandeja, se la llevaba a la habitación y obligaba a Vanessa a recostarse en la cama sobre los almohadones y alimentarse. Su convivencia era algo vivo y sólido, a lo que cada uno aportaba su parte. Vanessa solía citar a Rilke: «El amor consiste en esto: dos soledades que se protegen, limitan y saludan mutuamente.» Además de quererse, eran buenos amigos. Robín admiraba el nervio y el firme tesón con que ella perseguía lo que deseaba, y le estaba muy agradecido por el apoyo que le había prestado en su carrera. Ella tenía una gran personalidad y una clase que realzaba los trajes que él creaba, que no pasaban de vistosos. Sus dotes de diseñador eran limitadas: él sabía realzar la belleza y la feminidad de la mujer. Estaba especializado en trajes de tarde y de noche y se apoyaba decididamente en la movilidad de los volantes y el crujir del tafetán, pero nunca había tenido una idea original. Sin embargo, temporada tras temporada, las mujeres ricas de todo el país compraban los caros modelos de Robin. Ello se debía, en parte, a la benevolencia con que le trataban las revistas de modas cuyos redactores solían asistir a las fiestas que ofrecía la distinguida pareja. Pero la causa principal de que sus modelos se vendieran bien era la propaganda que le hacía Vanessa, quien frecuentemente aparecía retratada en las revistas luciendo sus vestidos con su detonante estilo rodeada de personas de buen gusto y elevada posición, por lo cual «un Valarian» era sinónimo de traje de fiesta favorecedor y elegante en el que cualquier mujer se sentía un poco Vanessa Valarian, atrevida, seductora y fabulosamente chic. Su dúplex reflejaba la fuerza de su unión. No era avaricia lo que les inducía a llenar todas las mesas de la casa de valiosas chucherías, sino el instinto de nidificación, el afán de construir su castillo, aunque fuera a escala doméstica. Cada objeto que elegían y compraban juntos servía para consolidar su unión, ya 223

fuera una fuente de Pyrex o una preciosa sirena de plata creada por Tony Duquette. Cuidaban las mantelerías, las vajillas y la plata con tanto mimo como una pareja de recién casados. Mucho antes de que fuera moda que los hombres se interesaran por los detalles de la casa, Robin Valarian se ufanaba de sus cualidades hogareñas. A diferencia de esa suma sacerdotisa del diseño de interiores que es Sister Parish, cuya consigna es lujo y disciplina, los Valarian creían en lujo y más lujo. Todas sus almohadas de miraguano estaban rematadas por ribetes o borlas, todas las pantallas estaban forradas de seda rosa, todas las cortinas estaban provistas de doble forro, y todas las paredes estaban cubiertas por una docena de capas de carísima laca cuando no tapizadas de raras telas, todos los sofás eran más grandes y más muelles de lo normal, de modo que los invitados se sentían tan cómodos y arropados como niños en la cuna, ilusión que les inducía a chismorrear con más facilidad que cuando se encontraban en lugares menos mullidos. Los Valarian no habían dado una sola fiesta en la que no se hubiera construido una reputación y destruido otra. Aquella pareja, que defendía la fortaleza de su matrimonio con la rigurosa lealtad de los hermanos de sangre, se ahorraba las disputas de enamorados, burlaba las naturales limitaciones impuestas por la monogamia y gozaba de todos los privilegios que otorga el matrimonio. Vanessa Valarian era una consumada maestra en el arte de hacer favores. Desde hacía tiempo, mantenía la teoría de que un favor hecho a la persona adecuada en el momento oportuno, hecho sin motivo concreto y sin esperar la directa reciprocidad, podía resultar un día una pieza útil y tal vez indispensable para el soberbio mosaico de su vida... como caviar arrojado al mar. La experiencia le había demostrado que el momento oportuno era aquel en el que la persona favorecida no tenía por qué esperar algo de ella, aquel en el que el favor parecía inspirado por la franca y desinteresada admiración de las singulares cualidades de la persona. Vanessa casi nunca hacía favores a los que se los pedían, sus favores tenían que resultar inesperados e inolvidables. La persona favorecida no necesitaba más recomendación que la fina intuición de Vanessa que le decía quién subía y quién bajaba, quién triunfaría, quién poseía insospechadas cualidades en potencia y quién no era digno de su atención. Al igual que el experto practicante de surf, ella era capaz de detectar la ola grande antes de que cobrara ímpetu y subirse a la tabla antes de que las demás mujeres de su mundo tuvieran tiempo de advertir dónde estaba la fuerza. Cuando Topsy Short le dijo casualmente que Daisy Valensky estaba haciendo un apunte de Cindy, a modo de prueba, antes de que Topsy se decidiera a encargarle un óleo de las tres niñas con sus ponies, Vanessa vio una oportunidad. La noche antes, durante la cena, había estado observando a 224

Daisy. Inmediatamente, se dio cuenta —fue la única- de que el traje verde de Schiaparelli tenía casi cuarenta años, de que las esmeraldas eran falsas y de que, de algún modo, aquella muchacha era vulnerable, tra inexplicable cómo podía ser vulnerable con su título, el dinero que habría heredado de su padre y su belleza, pero Vanessa lo sabía. — ¿Quieres que echemos un vistazo a sus bocetos antes de que regrese a Nueva York? —propuso. —Me parece que no le hará ninguna gracia —respondió Topsy—. Cuando la invité a venir, me dijo que sólo haría unos estudios muy someros, como una especie de signos taquigráficos. Dentro de unas semanas me mandará el retrato. — ¿ Qué importa si le gusta o no ? Vamos a verlos. Puede que sea divertido. De mala gana, Daisy accedió a que las dos mujeres vieran el bloc. Había en él docenas de rápidos dibujos de atrevido trazo, pero ninguno de ellos podía dar al profano una idea de lo que sería el retrato. Topsy no dijo nada, visiblemente defraudada; pero Vanessa captó inmediatamente la magnitud del talento de Daisy. —Es muy buena... aunque, desde luego, usted ya lo sabe —dijo a Daisy—. Topsy, sería una tremenda equivocación que no pidieras a la princesa Daisy que hiciera el retrato de las tres niñas. Dentro de unos años, te costaría el doble... suponiendo que ella tuviera tiempo de hacerlo. —Es que... aún no estoy decidida. ¿Y si a Ham no le gusta? Topsy miró a Vanessa con ojos de adoración. ¿Cómo podía preocuparse de decidir sobre pinturas cuando, debajo del vestido, sus desnudos muslos se estremecían de ansiedad por sentir el contacto de las maravillosas manos de Vanessa? — Estoy segura de que no hay nada que pueda gustarle más. Y si no lo haces ahora, Topsy, no tendrás un recuerdo de las niñas antes de que crezcan. Están en la edad justa. En tu lugar, yo no me lo pensaría ni un segundo. Encargaría un óleo grande, como corresponde a un retrato de familia... es decir, si usted tiene tiempo —añadió mirando a Daisy. —Podría encontrarlo —respondió Daisy, pensando en que no le importaría pasarse las noches pintando durante un mes, con tal de terminarlo antes de que llegara de Inglaterra la próxima factura. —Entonces, de acuerdo. Te he hecho un gran favor, Topsy, que no se te olvide. Algún día bendecirás mi nombre. —Muchas gracias, mistress Valarian —dijo rápidamente Daisy. A Vanessa no se le escapó la disimulada expresión de alivio que cruzó por el rostro de Daisy. De manera que, a pesar de todo, necesitaba dinero. ¡Qué curioso! 225

— Es Topsy quien debiera darme las gracias. Ha tenido suerte de atraparla a usted —respondió Vanessa con la amplia sonrisa que solía acompañar la concesión de todo favor que le parecía prometedor. Daisy Valensky estaba en deuda con ella—. Cuando vayamos a Inglaterra le diré a Ram lo mucho que me ha impresionado su talento. Es gran amigo nuestro... nosotros queremos mucho a su hermano. — Gracias, mistress Valarian — repuso Daisy automáticamente. Sentía el corazón helado, como si sobre él se extendiera una sustancia fría. — Lo que a ti te está haciendo falta, Luke Hammerstein —sentenció dulcemente Kiki—, es que alguien te destroce la vida. —La última exposición casi lo ha logrado —contestó Luke, mientras se sentaban a una mesa de «The Ballroom». —Pensé que te gustaría. ¿Cuánta gente ha visto tapas de registro de Quebec trituradas? —Ha sido una verdadera primicia. Desde que iba al colegio sentía curiosidad. Y me gusta pensar que el grupo que las hizo está ahora triturando las tapas de registro de Soho para exponerlas en Quebec. Estos intercambios culturales pueden contribuir a afianzar nuestras inciertas relaciones con el Canadá. — Sí... me preocupa el Canadá. — ¿Te preocupa? — ¡Naturalmente! En el centro de la ciudad de Detroit hay un túnel que va a salir al Canadá. Cuando mis hermanos y yo éramos pequeños, siempre incordiábamos a nuestro padre para que nos llevara. Resultaba tan romántico... -¿Sí? — ¡Claro que no! Eso demuestra que tú no sabes nada de Detroit, ni del Canadá. —No todos tenemos tanta suerte. —Ya estás riéndote de mí otra vez —dijo Kiki, alzando sus puntiagudas cejas hacia el rizado flequillo que temporalmente tenía su color castaño natural. — Lo siento, pero no puedo evitarlo. Te pareces a la «Beatriz» de Mucho ruido para nada. ¿Recuerdas, la «nacida en hora alegre» ? —Bueno, al final, ¿se queda con el chico? —Es que tú no paras, ¿eh? A Luke Hammerstein le perseguían las chicas desde que tenía doce años, pero no había conocido a ninguna que fuera tan franca en sus intenciones como Kiki Kavanaugh. ¿Era un compendio de todas las artes y mañas de 226

las mujeres, o era lo que aparentaba ser, una inocente sensual que no buscaba más que divertirse, con él de pareja? Luke estaba acostumbrado a la nueva casta de mujeres, pero Kiki era un boina verde de la batalla de los sexos. Le desconcertaba, lo reconocía. Y él se hacía el remilgado, como una señorita. El trueque de papeles resultaba divertido. — A ver si me consigues algo de beber —dijo—. Estoy hecho polvo. Los dos llevaban cestos llenos de las compras de aquella tarde. —¿Has tomado alguna ver sidra fuerte? —preguntó Kiki. Era su bebida favorita, después del café irlandés helado. —¿Por qué no la pides? De todos modos, ibas a hacerlo... Luke lanzó una mirada de leve irritación a los cestos que habían dejado en el suelo de baldosas blancas. Si mal no recordaba, Kiki había comprado una funda de satén color albaricoque para la bolsa de agua caliente en una tienda llamada «Harriet Love»; una rana verde hecha con tubos de neón en unas galerías llamadas «Arriba el Neón»; dos prendas de satén negro sospechosamente llamadas «quimonos de recibo»; dos botellas de «Soave Bolla» y una de bourbon «Wild Turkey», en una bodega que tenía en el escaparate un letrero que decía: Aquí no se venden botellas de vino de medio litro, y una alhaja que le daba un poco de dentera: era un corazón de marfil con una piedra roja colgando, como una gota de sangre. Luke pudo observar que en Soho hasta las joyas tenían nombre: aquélla se llamaba «Me han hecho cisco el corazón». Y, además, lo que había comprado en «Dean and Deluca», la charcutería selecta, con grandes canastos llenos de cabezas de ajos, manzanas, limones, rábanos negros, nueces y yucas secas decorando la puerta y unas perolas y sartenes muy caras colgadas de una claraboya dos pisos más arriba. Allí Kiki echó el resto. Porciones de paté en croute y de gelatina de pato de doce dólares la libra en un mostrador en el que se exhibían dos docenas de patés diferentes; una jarra de miel silvestre de Holanda; queso de nata y un «St. Marcellin», ese quesito envuelto en hojas de castaño; tres clases de salami: español, italiano y francés; una libra de salmón de Escocia ahumado; una jarra de pepinillos; una libra de jamón; una docena de croissants recién hechos; la mitad de un brie perfecto y, de las cestas de pan colgadas por toda la tienda, había cogido un retorcido challaj, cuatro bagels y una hogaza de pan moreno. Luego, una caja de pastas inglesas de una casa fundada en 1707, y varias barras de chocolate bitter de la «Ghiradelli Chocolate Company», de San Leandro, California. Había algo en aquella combinación de comestibles que a Luke se le antojaba muy revelador. Luke había estado muchas veces en Soho, ya que un técnico en publicidad que se precie no puede faltar a las exposiciones de las nuevas grandes obras; pero 227

casi nunca había pasado del 420 de Broadway, en el que los grandes marchantes de los barrios elegantes tenían sus sucursales de barriada: Leo Castelli, Sonnabend y André Emmerich. Hoy había visto un Soho desconocido para él, el Soho de los que lo habitan; un Soho en el que los hermanos Porcelli habían puesto tripa fresca en el escaparate de su carnicería; en el que un niño que empujaba una bicicleta había parado a Kiki en una esquina para pedirle que le ayudara a cruzar la calle; en el que en el escaparate de una tienda de comestible había un letrero que decía: Encontrado Gato Persa; era una tienda muy rancia, pero vendía unos helados excelentes, y en sus estanterías se alternaban las nueces saladas; las estampas religiosas y yogures de diez clases diferentes; un Soho en el que, en el bazar «Mándala», podías comprar un símbolo que representaba el esfuerzo de Jung por reunificar el yo, hecho de ganchillo y vidrio de colores. Aquél era un Soho en el que abundaban los contrastes exóticos. «J. Volpe, Taller Mecánico», estaba al lado de una galería que vendía grabados de «alimentos eróticos»; las tiendas de accesorios de fontanería se codeaban con la Jack Gallery, llena de acuarelas de Erté y Jean Cocteau. Kiki observó a Luke con disimulo. Estaba traumatizado por SoHo; conocía los síntomas. Ella pensaba cenar en «The Ball-room», pero el enorme mural situado frente a su mesa no haría sino aumentar el desasosiego de Luke; en él aparecían, pintados con vivo realismo, diecinueve de los más famosos vecinos de Soho, entre ellos, Larry Rivers y Robert Indiana. —Yo sé lo que tú necesitas en este momento —dijo a Luke. — ¿Qué es? — Comida china. — ¡ Tienes mucha razón! Es lo único que podría comer. ¿ Cómo te has dado cuenta? —Muy sencillo. Eres judío, ¿no? Cuando un judío sufre un trauma cultural, lo único que lo pone a tono es la comida china. Nosotros, los gentiles, quemamos pan blanco. —Querrás decir que lo tostáis —dijo él blandamente. —No; lo quemamos, como si fuera un leño. Anda, vamonos al «Oh-Ho-So». Está ahí enfrente. Como aún no habían pedido nada, se levantaron tranquilamente, cogieron los cestos, salieron de «The Ballroom», cruzaron la calle y entraron en el bar del restaurante chino, un bar muy acogedor, lleno de raídos divanes de terciopelo verde y sillas de madera tallada, todas diferentes, colocadas alrededor de unas mesas hechas de restos de muebles Victorianos y tableros de máquinas de coser. A la luz de la gramola, los ojos pardos de Kiki tenían destellos de ópalo, de brillante amarillo y de alegría. 228

—Para el señor, un «Wild Turkey» doble con hielo —dijo al camarero—, y para mí, sidra. Ahora hablemos de la otra noche. ¿Por qué no quisiste hacer el amor? ¿De verdad estabas cansado? —preguntó a Luke con su sonrisa más provocativa. — ¡Puñeta! Ahora que empezaba a cuidarme como una buena mujercita, vas y te pones agresiva. Por lo menos, espera hasta después del entremés, ¿no? —Lo que quiero decir es que yo no estaba cansada, después de haber pasado todo el día sujetando a Teseo. ¿Cuál es el problema? ¿Eres tímido? ¿Esperas hasta la tercera salida? ¿Tienes escrúpulos religiosos? — Después del entremés... —insistió él plácidamente. Luke poseía el equilibrio de la fuerza. Estaba seguro de sus fuerzas, por lo cual no le importaba mostrar sus debilidades. Aún tenía que encontrar a la mujer que pudiera con él. Luke solía decir que sabía de las mujeres todo lo que había que saber, pues no en vano tenía tres hermanas mayores, si bien últimamente la frase sonaba un poco a grito de guerra. Advirtió que Kiki le tasaba con la mirada con la sagacidad de un crupier de Montecarlo... no: de un tahúr de Las Vegas. La miró con una media sonrisa levemente zumbona. — ¿Sabes lo que me recuerdas? —le preguntó ella acalorada mente—. Una de esas cabezas griegas del Museo Metropolitano de quinientos años antes de Cristo. Todas tienen esa sonrisita afectada de superioridad y autocomplacencia. Ni siquiera la decencia de fingir honradez... Un engreimiento de tres mil años. —Después de los entremeses. —De acuerdo. Pero, ¡puedes estar preparado! —¿Siempre avisas a tus futuras víctimas? —Procuro ser leal. En muchos aspectos, los hombres son mucho más frágiles que las mujeres. Luke la miró y suspiró, dando a Kiki la impresión de que era un montón de regalos que ella estaba deseando abrir. —Está bien. Hablemos de otras personas. Cuéntame cosas de tu madre —propuso Kiki. —Mi madre es una mujer ultraconservadora. Nunca cambia los muebles. ¡Con decirte que aún tenemos estilo modernista! -Mi madre cambia los muebles todos los años. Nosotros ya tenemos otra vez estilo modernista. —Mi madre dice que, si me caso con una gentil, por hermosa que sea, el día menos pensado se convertirá en una vieja shiksa como hay tantas. Shiksa es todo el yiddish que sabe. —Mi madre dice que, para desbravar un abrigo de martas, no hay como llevarlo a un restaurante japonés el mismo día que te lo trae el peletero. 229

Pides sukiyaki cocido en la mesa y te quedas con el abrigo puesto durante toda la comida. Luego se tarda una semana en airearlo; pero a partir de ese momento, el abrigo ya sabe quién manda. Y me parece que también es antisemita. —Mi madre es tan antisemita, que el día en que en su club empezaron a admitir a judíos rusos en lugar de judíos alemanes únicamente, ella se dio de baja. —Mi madre es todavía peor. Siguió un cursillo de reanimación por el sistema boca a boca, por si a mi padre le daba un ataque al corazón y un día, estando en el Banco, un hombre tuvo un ataque al corazón delante de ella y mi madre no le hizo el boca a boca porque le dio asco, no fuera a transmitirle alguna porquería. Y el hombre se murió allí mismo. — ¡Atiza! ¿Lo dices en serio? —preguntó Luke, fascinado. Kiki estaba ganando el concurso de madres. —No; pero eso le ocurrió a su corredora de fincas. —Mi madre no tiene corredora de fincas —dijo Luke sonriendo con frialdad. — ¿Es que nunca os mudáis? Para eso hace falta tener una corredora de fincas. —Mi madre no es partidaria de las mudanzas. Es de nuevos ricos. Ella tiene... — ...el apartamento de Park Avenue, la finca de Pound Ridge y... la casa de Westhampton. No; Easthampton. ¿Me equivoco? —¿Cómo lo has adivinado? — Lo natural. Y es que tú y yo tenemos la misma madre, aunque ellas no lo sepan. — ¿Sabías que son cinco veces más las personas que compran comida para perros que las que compran comida para niños? —preguntó Luke lúgubremente—. ¿No te parece horroroso? —No seas tonto. Lo que ocurre es que los niños crecen y empiezan a comer como las personas mayores, y los perros han de comer comida para perros toda la vida. —Veo que no eres tan estúpida —dijo Luke, remiso. La mayoría de la gente reaccionaba con previsible indignación a las estadísticas de la comida para perros. —¿Quieres que nos cojamos las manos? —preguntó Kiki, ilusionada. —¿Delante de una langosta a la cantonesa? —dijo él, escandalizado. —Te falta pasión -le amonestó Kiki, mirándole la boca con ternura y deseo; porque unos labios de hombre, presentados entre un bigote y una barba, resultaban mucho más apetitosos que rodeados de piel rasurada. —Dices eso para que yo me crea en la obligación de demostrarte que no soy un aburrido. Pero no te dará resultado. Luke se aplicó a saborear la langosta con sereno deleite. 230

Kiki le miró compungida. El asunto no marchaba. Su larga experiencia le había demostrado que la mayoría de los hombres se encontraban prácticamente indefensos ante un ataque bien dirigido y absolutamente desvergonzado. Te miraban desconcertados, confusos, halagados... y se dejaban seducir por la idea, y de eso a dejarse seducir por ti no había más que un paso. Pero Luke la tenía intranquila. Kiki sospechaba que se había equivocado de táctica; pero ella había empezado como tantas otras veces, y ahora ya no podía rectificar. Quizás él realmente tuviera hambre. Quizá realmente estaba cansado. Daisy estaría fuera durante todo el fin de semana, y ella había hecho la compra para el desayuno y el almuerzo del día siguiente, de manera que disponía de mucho tiempo para convencer a aquel recalcitrante. Le era absolutamente necesario conseguirlo. —¿Quiere traernos té caliente? —preguntó a un camarero que pasaba por su lado—. Y pastelitos de la suerte con billetitos optimistas. El viernes siguiente al fin de semana pasado en Middleburg, Daisy encontró los estudios insólitamente tranquilos. North se había tomado una semana de vacaciones, las primeras desde hacía más de un año, por lo cual no habría reunión de producción hasta mediados de la semana siguiente. Daisy tenía un montón de detalles que comprobar en la oficina, pero se alegró de que Nick el Griego y Wingo Sparks la invitaran a almorzar. Por lo general, ella almorzaba sentada ante su escritorio, con un bocadillo en una mano y el teléfono en la otra. Cuando el camarero les hubo servido, Nick preguntó con naturalidad: —¿Qué tal el trabajo, niña? ¿Te desenvuelves bien? Todos sabemos que no es fácil trabajar para North. A veces me parece que no se da cuenta de lo que tú vales. —No es muy propenso al elogio; pero cuando no echa espuma por la boca, sé que he hecho un buen trabajo -dijo Daisy encogiéndose de hombros. —¿Y tú te conformas con ese reconocimiento? —preguntó Wingo. — ¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo? Daisy no estaba dispuesta a lamentarse ante sus compañeros. —Tiene mucho de malo —opinó Nick—. Es darse por satisfecho con las migajas que caen en la mesa de los ricos, campesina. Yo, Nick el Griego, te digo que eso no basta. —¿A dónde quieres ir a parar, Nick? —preguntó Daisy con curiosidad—. Tú te llevas tus buenas comisiones, que no son precisamente migajas. —¿Se lo dices, Wingo? —preguntó Nick al cameraman. —Pues claro que se lo digo. Mira, Daisy, Nick y yo hemos hablado largo y tendido. Los dos opinamos que podríamos establecernos por nuestra propia cuenta. Nick es el mejor representante de la ciudad; él sabe quiénes son los clientes que quieren el sello de North, pero no quieren pagar los precios de 231

North. Para North sólo soy un cameraman; pero yo también podría hacer su trabajo; hay muchos directores-cameraman. En conseguir el carnet de cameraman tardé cinco años; pero mañana mismo podría ser director, sólo con decirlo. Y de los buenos. —¿Cómo lo sabes? —le desafió Daisy. —Hace tiempo que le observo y conozco sus trucos. Pero, al fin y al cabo, vamos a ver, ¿tan difícil es dirigir un anuncio de televisión? — Lo que nosotros queremos es fundar unos estudios —terció Nick—; pero nos gustaría que tú vinieras con nosotros, en calidad de socia y jefa de producción. No tendrías que invertir ni un cuarto de dólar y te llevarías la tercera parte de los beneficios. En cuanto me libre de North podré representar a Wingo; ya tengo varios asuntos en perspectiva. Si te queremos a nuestro lado es porque tú eres la mejor jefa de producción de todo el ramo: trabajas más que nadie, eres capaz de convencer a la gente para que haga lo que tú quieras, vigilas el gasto como si el dinero fuera tuyo, no dejas cabos sueltos. De manera que tu buena suerte ha querido que nos acompañes en nuestra empresa. —De manera que tú, Wingo y yo nos largamos... y ahí queda eso, ¿verdad? — ¡Mujer, tampoco es para tanto! —protestó Wingo—. North encontraría al fin quien nos sustituyese. Nadie es indispensable. —Sí, al fin... Pero, mientras tanto, ¿cuánto tiempo estaría cojo? Lo que tú propones es dejarlo en la estacada —dijo Daisy, con creciente irritación. —Este negocio no tiene entrañas —comentó Nick con indiferencia. —Nick, ¿quién te dio tu primera oportunidad de representante? ¿Quién te sacó de la agencia de publicidad y te enseñó el oficio? ¿Quién te dijo dónde tenías que comprar la ropa y te animó a que te soltaras y te pagó los gastos durante aquellos primeros meses en que no conseguías ni un triste pedido? North, ¿verdad? Y a ti, Wingo, ¿quién te extendió un contrato en firme, en lugar de utilizar a cameramen eventuales como hace casi todo el mundo? ¿Cuántos días al año crees tú que ibas a trabajar si fueras uno de tantos? ¿Y quién fue el único que se arriesgó a confiar en un chaval que acababa de conseguir el carnet? La mayoría de los directores buscaban gente con experiencia, no novatos; dan demasiado trabajo. ¿Y de dónde has sacado que eres tan buen director si no sabes más que lo que has visto hacer a North? ¿Es que no comprendes que no sabes por qué lo hace ni de dónde saca las ideas? La prueba de ello es que dices que es fácil dirigir un anuncio. Quizá sí, si el anuncio es malo o regular. Pero, ¿un buen anuncio? ¿Un anuncio que no te ponga frenético cuando interrumpe tu programa favorito? Un anuncio que no te dé náuseas de puro trivial? ¿Un anuncio lo bastante bueno como para que lo recuerdes al cabo de una semana, o al cabo de un mes, después de haber visto miles de anuncios? Lo que es más, no tienes ni idea de lo que es distribuir los

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papeles. Alix y yo no hacemos más que seleccionar posibilidades y es North quien toma la decisión final, que es primordial para el éxito del anuncio. —Mira, Daisy, si vas a empezar a hablar de lealtad... —empezó Nick con irritación. —Puedes apostar lo que quieras a que voy a hablar de lealtad. Recuerdo la vez que te emborrachaste y te pusiste tan pesado con la directora artística de «BBD and O», que perdimos el pedido. Y cuando, para conseguir los spots de la cerveza, les hiciste una oferta en firme a bajo precio sin consultar con Arnie y perdimos dinero. Y cuando los clientes se ponen a dar la lata a North durante la filmación y tú te retrasas en llevártelos a almorzar por ahí para que le dejen tranquilo unas horas. Y cuando... — ¡Corta el rollo, Daisy! —exclamó Nick, alterado. — ¡Y un cuerno! Lo que quiero decir es que todas esas veces North se puso furioso, pero no se buscó otro representante, sino que apechugó contigo porque eres más bueno que malo; pero cuando eres malo ¡estás pésimo! — ¡Pero si North siempre te está gritando! -empezó Wingo, pasando a la defensiva. — ¡Eso no le importa a nadie más que a mí! —cortó ella—. No necesito tu compasión. Me grita porque siempre trabaja con tensión y contra reloj. Y si existe el peligro de que alguien meta la pata, la meteré... y él lo sabe. Mi trabajo consiste en reducir la confusión al mínimo. Si me grita no es por nada personal; mi cometido es una prolongación del suyo y no tiene por qué mostrarse versallesco conmigo. En realidad, vuestro trabajo también es una prolongación del suyo. Nick, si no fueras su representante, quizá tuvieras que trabajar para comer. Y tú, Wingo, si North no comprobara cada toma antes de que rodaras cada palmo de película, ya veríamos dónde estarías. Los dos habéis prosperado a su costa. No digo que no tengas talento, Wingo; sólo que todavía no estás en condiciones de ser un director-cameraman, y eso de que tú y Nick conspiréis a espaldas suyas para largaros con todas las enseñanzas y la experiencia que habéis conseguido gracias a él, y que además tratéis de convencerme para que os acompañe, me parece un abuso de confianza y una ingratitud de la peor especie. —Nick —dijo Wingo rápidamente—, está visto que nos hemos equivocado con la princesa... No tiene lo que hace falta para andar por su cuenta. Daisy, nunca tendrás otra oportunidad como ésta. —Quizás el día menos pensado alguien me proponga asaltar un Banco... ¡quién sabe!, tal vez haya suerte. Ahora escuchadme, genios, aún no he probado el almuerzo a que me habéis invitado y ya se me ha quitado el apetito. Me vuelvo a los estudios a trabajar. Por lo que a mí respecta, esta sabrosa reunión, como si no se hubiera celebrado. Ni vosotros me habéis propuesto nada, ni yo os he dicho lo que pienso. Lo que hagáis es asunto vuestro. Yo ya lo 233

he olvidado. Personalmente, espero que sigamos juntos durante mucho tiempo. No somos un mal equipo, todos juntos. De todos modos, si decidís marcharos, ¡buena suerte! Os auguro días de gloria a los dos, filmando un hemorroide de quince metros. Hasta luego. Cuando Daisy se fue, Nick miró a Wingo. —Me gustaría poder decir que es una mala pécora. La cara de Wingo era la del hombre que acaba de escapar por un pelo de ser atropellado por un autobús. —No puedes, ni yo tampoco. Yo me conformaría con poder decir que está equivocada. Al llegar al apartamento aquella noche, Daisy encontró a Kiki hojeando el Sobo Weekly News. —Daisy, ¿tienes compromiso mañana noche? —Sabes que sí. Tu primo viene a la ciudad para llevarme a cenar. — ¡ Ah, sí! Lo había olvidado... Conque el chico sigue haciéndose ilusiones, ¿eh? —¿Henry? A veces pienso que no me entiende cuando le hablo. Le he dicho que no tantas veces, que ya he perdido la cuenta; pero él, erre que erre... Y es tan agradable, que me duele herir sus sentimientos. Yo le digo que será mejor dejar de vernos, que esto es como cortarle la cola a un perro centímetro a centímetro. Perdona, Teseo... Pero él, ni caso. ¿Por qué lo preguntas? —Se me ocurrió que podríamos salir por ahí. Hay mostración de claque en el «Performing Garage», lectura de poesías en la iglesia de San Marcos. La Mama pone a Brecht, para variar. Hay música de microondas en el «Three Mercer»... ¡La tira...! —exclamó Kiki tristemente. —¡Sopla! ¿Qué sucede? ¿Te has puesto el termómetro? ¿Qué te duele? —dijo Daisy, mirando, preocupada, a su amiga. Kiki estaba enroscada en el sofá, envuelta en un viejo caftán y rodeada de manuscritos, cartas y revistas. —No pasa nada, no seas idiota. Simplemente, se me ha ocurrido que podríamos cultivarnos un poco. Yo, por lo menos, tengo el teatro, aunque por el momento esté cerrado; pero tú, durante todo el día, no haces más que pensar en cosas que hacen que millones de mujeres sufran atroces complejos —dijo Kiki, en tono desabrido—. Éso, y tus amigos caballistas harán de ti una perfecta nulidad en el terreno de lo cultural. —Atengámonos a los hechos —intervino Daisy, sin hacer caso de sus palabras —. Desde que en Santa Cruz cometieron el error de darte un título, a ti lo cultural te ha importado un rábano. Lo que ocurre es que, por primera vez en ocho años, no tienes con quién salir el viernes por la noche y te ha entrado pánico. Eso es ridículo y tú lo sabes. Podrías llamar a una docena de tíos que están rabiando por... — ¡No me interesan! —chilló Kiki, en un tono más de perplejidad que de 234

desdén. — ¿Y quién te interesa? Kiki guardó tercamente silencio. —¿Quieres que trate de adivinarlo? ¿A quién espera Kiki? ¿ Por quién llenó la nevera de páté de foie-gras y queso con el que nos hemos tenido que desayunar durante toda la semana? ¿Quién fue lo bastante ingrato como para...? — ¡Basta, Daisy! —chilló Kiki—. Estás insoportable. — Luke no ha llamado —dijo Daisy llanamente. — No. Me gustaría matarlo. ¿Cómo se atreve a hacerme esto a mí? No lo entiendo... ¡Nadie me había hecho una cosa así! Temblaba bajo el caftán, como si estuviera haciendo un esfuerzo para no tirarse al suelo con una pataleta. —Nadie hasta que llegó Luke Hammerstein. —Eso es... ¡Ahora en la llaga! —comentó Kiki con amargura. -Kiki, te compadezco, ya lo sabes... Pero tienes que enfrentarte a los hechos si es que quieres cambiarlos. —Ahórrate el consultorio sentimental. — ¿Tienes a alguien más con quien hablar de ello? —Daisy Valensky, dentro de esa estupenda envoltura hay un alma de bruja. Sabes perfectamente que no tengo a nadie más —replicó Kiki, abrazándose a Teseo con aire de desesperación. -Tienes razón. Hoy es mi día de cantar las verdades a la gente y no eres tú la primera que hoy me encuentra repelente. ¿Y sabes lo que te digo? ¡A hacer puñetas! —Bueno, cállate y escucha. El muy sabandija me ha rechazado no una vez, sino dos. ¿Qué explicación puedes darle a eso? ¿Crees que es impotente? ¿Tendrá alguna enfermedad que no quiere confesar? ¿Crees... crees que... ¡ay, Dios mío...!, pueda estar enamorado de otra? Eso será. ¡Es la única explicación! —concluyó Kiki, tapándose la boca con la mano, al contemplar tan cruel posibilidad. —Si fuera eso, yo lo sabría. El y North son uña y carne. Me habría enterado de algo. Los estudios son como un patio de vecindad, y esas noticias se saben en seguida. Kiki, la explicación es muy sencilla. Tú tienes la culpa. Sonó el teléfono y Daisy contestó: —Diga. ¡Oh, hola, Luke! Soy Daisy. Kiki se abalanzó sobre ella, pero Daisy consiguió zafarse, pues el cordón era largo. -No, lo siento. No está. Ni idea... ¡Cualquiera sabe! Apenas la he visto en toda la semana... No para en casa. Kiki gesticulaba frenéticamente, pero Daisy le hacía horribles muecas y la miraba ferozmente, mientras agitaba su mano libre con ademán amenazador. 235

—Eso es... Le dejaré una nota. Tiene un montón de llamadas. Esto parece una centralita. No sé por qué no contrata un servicio de recados. No, tranquilo... No me importa. Por lo menos, tú eres un cliente. Y eso es más de lo que puedo decir de los otros. Adiós, Luke. — ¡ Daisy! ¿ Cómo te atreves... ? — gritó Kiki en cuanto su amiga colgó el teléfono. — ¡Aprende! — ¡Estás de guasa! Si es el más viejo de los trucos... Ya nadie lo usa. — Lo usa todo el que tiene un átomo de seso. Lástima que no hayas conocido mejor a Anabel. —Yo nunca me he hecho la remilgada —exclamó Kiki—. Y he conquistado a más hombres que nadie. — Hombres que en el fondo no te importaban. Es fácil conquistar a un tipo si en realidad te tiene sin cuidado. Hace años que te veo operar: toda clase de facilidades y el tío cae en tus fantásticas redes convencido de haber hecho una conquista; pero antes de que pueda darse cuenta de lo que ocurre, se encuentra compuesto y sin novia. Y es que, la verdad, a ti te tiene sin cuidado; tú sólo quieres divertirte, y él, al darse cuenta, se pone furioso. Lo que les conquista no es que tú te muestres tan complaciente, sino el saber que no podrán alcanzarte. A ver, cítame a un solo hombre al que no hayas plantado si se presentaba otro más interesante... A ver si me citas a uno solo que te haya hecho sufrir... hasta ahora. — ¿Por qué habría yo de consentir que un hombre me hiciera sufrir?' —se rebeló Kiki—. ¿De qué sirve eso? —De nada. No hay nobleza en el sufrimiento. Pero lo que estoy diciendo es que tú siempre te has negado a colocarte en una posición en la que pudieras tener que sufrir. Tú siempre has buscado relaciones superficiales: buen sexo, mucha risa y nada trascendente, si me permites la expresión. Perdóname, pero es la verdad y tú lo sabes. Pero ahora se presenta un hombre que podría ser importante para ti y no tienes ni la menor idea de cómo has de tratarlo. Repites tu numerito con otro reparto y resulta que no convence. Por tanto, tienes que cambiar de guión. Luke es más listo que tú, aunque te duela reconocerlo. Te ha visto el juego, se ha dado cuenta de que estás acostumbrada a mandar y no quiere que a él le mandes. ¿Qué crees que pretende sino hacerse rogar? ¿Que ha estado cinco días sin llamar? Pues tú vas a tardar una semana en llamarle a él. O más. Y cuando vuelvas a verle, serás una Kiki diferente.

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—Ya es tarde. Ya lo he estropeado todo —dijo Kiki desconsoladamente —. Quiero decir que le di a entender que podía hacerme suya. ¡Y, luego, toda esa comida! ¡Es para suicidarse! Y con lo que lo adoro... —Una primera impresión puede borrarse. Tú eres actriz, ¿no? Muy sencillo, te lanzaste sobre él porque aquella semana no tenías nada mejor que hacer. Pero después las cosas han cambiado; se lo imaginará. Ahora no te interesa complicarte la vida. Te muestras fría, reservada e indiferente. Las dos primeras veces que él te pida para salir no aceptas; pero dejas la puerta abierta. Muéstrate amable. En realidad, será como si estas dos primeras salidas no hubieran tenido lugar. Pero no te pases. Sé tú misma, pero sin exagerar. Digamos, una de cal y otra de arena. —A eso le llaman cazar con trampa —murmuró Kiki, radiante de admiración—. Daisy, puedo hacerlo, sé que puedo. Pero, ¿y si no sale bien? — Entonces tendrás que resignarte. Eso es mejor saberlo en seguida que enterarse después, cuando llevas meses suspirando por él. «A veces, los hombres mueren y los gusanos se los comen, pero no de amor.» — ¿Betty Friedan? — —Shakespeare, Como gustéis. — ¿Y qué sabía ése? «¿Piensas que porque tú seas virtuosa no habrá más pasteles y cerveza?» — Sabía que no necesitabas estímulo cultural. — El año pasado puse en escena Noche de reyes, ¿ya no te acuerdas? — En monopatín. —Nadie que tuviera la dicha de estar presente podrá olvidar tan inmortal velada. Mira, ya estoy harta de sobras de las delicias gastronómicas del sábado. En cuanto arregle un poco todo esto, nos vamos a comer una pizza. ¿De acuerdo? —De acuerdo. Kiki había empezado a pasear por la sala como un duende crecido, con una expresión huidiza, levemente divertida y un si es no es preocupación en el semblante y un porte altivo y distante. Daisy la miró cariñosamente y salió de la sala sin hacer ruido. Cuando Kiki se ponía en carácter le gustaba estar sola. Daisy se lavó las manos sin apresurarse. De pronto sintió de nuevo la acometida de aquella extraña tristeza, que experimentara hacía una semana en casa de los Short. Había tenido un día muy agitado, primero poniéndole los puntos a Wingo y a Nick el Griego y, ahora, instruyendo a Kiki. Pero, de pronto, al quedarse a solas consigo misma, le pareció que su vida estaba compuesta por una serie de retazos que nunca formarían un todo. 237

Su trabajo en los estudios, aunque difícil, no tenía continuidad; a cada nuevo anuncio, los problemas de hoy anulaban los éxitos de la semana anterior. El que North no le gritara no era una compensación tan estimulante como podría ser una felicitación por su trabajo, a pesar de lo que había dicho a aquellos dos durante el almuerzo. Daisy experimentaba la sensación de tener que estar demostrando permanentemente sus aptitudes. Y, si era la pintura, para conseguir pedidos estaba a merced del capricho de volubles clientes que solían considerar sus apuntes y acuarelas poco más que fotografías de estudio. Y su vida sentimental era aún menos satisfactoria de lo que había reconocido al hablar con Kiki. Si entendía tan bien la actitud de Kiki y su negativa a mostrarse vulnerable, era porque aquel rasgo estaba más arraigado en su propio carácter que en la sensibilidad de su amiga. No podía ser más deprimente la perspectiva de pasar otra velada defendiéndose del pobre Henry Kavanaugh. Nunca debió consentir que le hiciera el amor. Ella nunca había estado enamorada: ésta era la causa de su inquietud y su depresión. Pensó en Kiki, ensayando su papel de mujer exigente; allí estaba la única constante de su vida, su amistad con aquella formidable chiflada. Todo lo que ella pudiera hacer por Kiki sería poco en pago del afecto y el apoyo que había brindado a Daisy durante aquellos años, desde que murió su padre. Teseo entró en el cuarto de baño y advirtió su estado de ánimo. Le puso las patas delanteras en los hombros, como hacía cuando era niña, y le lamió la nariz. —Precioso... —murmuró Daisy. Entonces se dio cuenta de que estaba llorando. El perro le lamía las lágrimas. «¡Maldita sea, Daisy —pensó — . Vas por ahí dando consejos a todo el mundo y en cuanto te quedas sola, te desmoronas. ¡Basta ya! Lo estás haciendo muy bien. Sigue en la brecha...»

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—¿Oiga, Ham? -Sí. —Aquí Pat Shannon. ¿Qué tal van las cosas? — No podrían ir mejor. Ham Short sonrió. En el baile nupcial de Compañías y Corporaciones, el que llama primero pone las cartas sobre la mesa. Y a Ham Short le gustaban las personas que llamaban directamente. Nada más molesto que oír la voz de la secretaria que le pedía que tuviera la bondad de esperar, que en seguida, le ponía con su jefe. En tales casos, él solía colgar, a no ser, naturalmente, que deseara algo. 238

—¿Qué le parece pasar un día en Nueva York con nosotros? Así podría conocer mejor a «Supracorp». —¿Va bien mañana? —Va bien. Le mandaré un avión de la Compañía. —Ni pensarlo. Yo voy a todas partes en mi «Aero-Commander». Lo he arreglado como a mí me gusta. — ¿Al estilo del Oeste? —Eso es. Tiene de todo, menos su propio alambique y retrete en el patio. —Un coche le esperará en el aeropuerto. ¿A qué hora piensa llegar? —Sobre las nueve, hora más o menos, según estén las pistas. —Hasta mañana. Celebraré verle. —No faltaré. Las oficinas en Nueva York de la «Supracorp» ocupaban cinco plantas del número 630 de la Quinta Avenida, cuyas enormes puertas están guardadas por el gran Atlas de bronce, cargado con la bola del mundo. Al salir del ascensor en la décima planta, Ham Short se encontró en un ambiente diseñado por Everett Brown, que combinaba el efectismo y la amplitud de perspectivas. La recepcionista estaba detrás de una mesa semicircular de resplandeciente roble blanco, con una pared de espejos de bronce al fondo. A los lados del enorme vestíbulo había columnas de plexiglás y acero inoxidable que llegaban hasta el techo y en las que se exhibían muestras de los productos de «Supracorp». Ham dio su nombre a la recepcionista y empezó a mirar las columnas. Antes de dos minutos, gratamente sorprendido, vio venir hacia él a Pat Shannon, en mangas de camisa, con el cuello desabrochado y la corbata floja. Los dos hombres cruzaron anchos corredores cubiertos de alfombra marrón, tan iluminados y cargados de invisible energía, que a Ham le recordaron los de las naves espaciales de las películas. Shannon le condujo por un amplio despacho de paredes tapizadas de lino amarillo, en el que tres mujeres escribían a máquina o hablaban por teléfono, con aire atareado, detrás de sendos escritorios de palo rosa, y le hizo entrar en su propio despacho. Ham, que esperaba encontrar otra muestra del estilo refinado, sobrio y opulento de las antesalas, se sorprendió al encontrarse en una habitación que hubiera podido figurar perfectamente en un rancho de Santa Fe. Shannon señaló unas amplias butacas de cuero, usadas y cómodas, y sirvió a Ham una taza de café de una gran jarra-termo que había encima de una mesita de pino. — ¿Qué es esto? —preguntó Short—. ¿El santuario de tres generaciones de ejecutivos en mangas de camisa? Shannon sonrió divertido. 239

—No entiendo cómo hay quien pueda trabajar todo el día metido en una americana. Eso de las tres generaciones nunca lo sabré. Tiene usted delante a un huérfano auténtico, Ham. —No acuda a mí en busca de consuelo. Yo me escapé de casa a los doce años. Siempre deseé ser huérfano. Aún lo deseo. Tengo que mantener a dos docenas de zánganos en Arkansas —dijo Ham, mientras examinaba el despacho. Las paredes estaban pintadas de un apacible gris pálido. Pocos muebles, de madera de pino, nada extraordinario. En las paredes, varias mantas tejidas por los indios navajos. El suelo estaba cubierto de losetas de adobe. Era tan evidente que la habitación había sido diseñada por el hombre que la utilizaba, sin más pretensión que la comodidad, que incluso Ham Short se sintió impresionado. Aquella sencillez era más reveladora que cualquier despliegue de magnificencia. Ni siquiera había obras de arte: sólo unos bloques de cuarzo y las mantas indias. A través de tres grandes ventanas desprovistas de cortinas se veían las cúpulas de la catedral de San Patricio, situada enfrente. Ham pensó que, sin duda, se encontraba en un despacho en el que el metro cuadrado debía de ser de los más cotizados del mundo. —¿Qué sabe usted de «Supracorp», Ham? Pat Shannon parecía aún más joven que en Middleburg. La comodidad de su indumentaria; el evidente placer con que se sentaba en su vieja butaca; la franqueza con que miraba a Ham Short, sin pretender disimular su interés; el leve brillo retador de sus ojos, daban a Ham la impresión de estar hablando más con un buen amigo que con un posible oponente comercial. El musculoso cuello y la amplia sonrisa de Pat hicieron recordar a Ham que aquel hombre había sido un fabuloso delantero del equipo de rugby de Tulano. Ham Short se sentía como en su propia casa. —Sólo lo que he leído en el Wall Street Journal. Ni la décima parte de lo que ustedes habrán averiguado de mi pobre negocio. -Usted y su negocio nos interesan mucho, Ham. — Eso veo. ¿Por qué se han fijado en mí? Short estaba tan receloso como halagado. —Desde luego, hemos pensado en comprar. Ya tenemos una división de bienes inmuebles que está trabajando satisfactoriamente. Hay muchas empresas de compraventa que podrían interesarnos, además de la suya. Pero nosotros queremos a Ham Short. Admiramos la forma en que lleva el negocio, nos gusta su manera de operar y nos gustan sus resultados. Necesitamos a un hombre como usted. — Le gusta ir al grano, ¿verdad? —Las negociaciones largas hacen perder mucho tiempo. De todos modos, de nada sirve hablar si la otra parte no está interesada. Por eso le pedí que 240

viniera a vernos. Si compramos su Compañía, Ham, usted no sólo habrá doblado el capital en muy pocos años y será uno de los principales accionistas de «Supracorp» sino que figurará en el Consejo de Administración e intervendrá en la gestión de las demás empresas que componen el grupo. Ham, nos interesan sus ideas. Y, desde luego, usted seguirá llevando su propio negocio, con el respaldo de nuestros créditos e inversiones. —Pero tendré que rendirle cuentas a usted —dijo Short llanamente. —Y yo, a los accionistas. No creo que usted y yo tuviéramos dificultades en entendernos. -¡Hum! Ham Short apreciaba a Shannon, pero él siempre había sido independiente. De todos modos, le intrigaban las actividades de las grandes corporaciones. Se sentía dispuesto a abarcar un mayor campo de operaciones. —Acompáñeme —dijo Pat Shannon—. Vamos a dar una vuelta por ahí. — Comprendía que acababa de propinar a Ham una pildora muy amarga y no quería darle tiempo para que la rumiara. Desde luego, lo mejor era poner las cosas en claro cuanto antes. En la cima no cabía más que un solo hombre. Abrió la puerta del despacho para que saliera Ham y le presentó a las tres secretarias. —Aquí están las oficinas centrales de varias de nuestras empresas — explicó Shannon mientras avanzaba por el corredor-. «Lexington Pharmaceuticals», la primera Compañía que fundó Nat Temple, tiene las oficinas en el piso de arriba. ¿Sabía que toda la Compañía debe su existencia a un jarabe para la tos? Nat Temple lo preparaba en la cocina de leña de su madre. El fue el primero en hacer la competencia a los hermanos Smith. Ahora «Lexington» fabrica desde los medicamentos más modernos hasta... ¡Hola, Jim! —Pat detuvo a un hombre que cruzaba el vestíbulo—. Ham, le presento a Jim Golden, vicepresidente de «Lexington Pharmaceuticals». Jim. Hamilton Short. —Mucho gusto, míster Short. ¿ Qué tal por París, Pat ? ¿ Cuándo has regresado? —Ayer. Y París, como siempre... Dos días de reuniones. «Choiseul & O'Hara», nuestros exportadores de vinos y licores, tienen oficinas en París —explicó a Ham — . Por cada trago de vino que probé debí de beber por lo menos una botella de agua. También queremos comprar un manantial; pero el agua que más me gustó no está en venta. Pertenece al Gobierno. — ¿Y no nota la diferencia horaria? —preguntó Ham. —No. Cada vez que voy a París les hago poner sus relojes a la hora de Nueva York. Así no noto la diferencia. Es indispensable. Ayer mismo, un 241

par de horas después de aterrizar, tuve que dar una conferencia en la Sociedad de Analistas de Inversiones de Nueva York, y anoche se estrenaba en Broadway una comedia musical de la que poseemos derechos cinematográficos. Yo había invitado a unos senadores a asistir al estreno con sus esposas, de modo que tenía que estar despierto. — Pero, ¿y las comidas? ¿No se hacen un lío los franceses? —Ya están acostumbrados. No se quejan, de modo que imagino que no debe de importarles. Cuando voy al Japón, hago lo mismo. Y allí tenemos a cuatrocientas personas en la oficina. — Pero, ¿no protestan? —preguntó Ham con suspicacia. —No mucho. De todos modos, nunca estoy más de tres días. Se arreglan. Venga a echar un vistazo a «Troy Communications». Es nuestra División de Espectáculos. Los estudios cinematográficos y de Televisión están en la costa, desde luego; pero la editorial de libros en rústica está en este mismo edificio, dos pisos más arriba, así como las oficinas de nuestras siete emisoras de Radio y Televisión. El año próximo pensamos dedicarnos al libro encuadernado en tela. -Yo creía que el negocio editorial era estrictamente de caballeros y que estaba declinando -comentó Ham. —Eso era antes. — Shannon y Jim Golden se echaron a reír.— De ser así, puede estar seguro de que «Supracorp» no lo explotaría. Sólo tenemos una empresa que pierda dinero: «Elstree Cosmetics». — ¿Elstree? ¿Los ingleses? Me parece que mi madre usaba «Elstree». — Eso es lo malo. Es más antigua, más venerable y más respetable que Yardley, Roger o Gallet. Todas las madres la usaban. Por desgracia, ías hijas ya no la usan. La compramos hace casi dos años y aún no hemos podido sanearla. El año pasado, «Elstree» perdió más de treinta millones. He decidido supervisar personalmente su próxima campaña publicitaria. Van a modificar todos los productos otra vez. —Ya sé que tienes trabajo, Pat —dijo Jim Golden—; pero en cuanto te sea posible, acércate al despacho de Dan, por favor. —¿Algún problema? —Problema, y gordo. — ¿Y por qué no me habéis llamado antes? Vamos ahora mismo —dijo Shannon con impaciencia, dirigiéndose rápida mente hacia la escalera de incendios, situada detrás de la batería de ascensores y subiendo los peldaños de dos en dos, seguido por Ham y Golden. Luego cruzaron varios elegantes corredores y entraron en el despacho de Dan Camden, presidente de «Lexington Pharmaceuticals». Ham 242

Short observó, fascinado, que aquel gran despacho, orientado como el de Shannon, estaba tapizado de damasco de tono plateado y amueblado con piezas del siglo XVIII. Ham comprendió en seguida que las antigüedades eran auténticas por la impresión que recibió de encontrarse en su casa. Un hombre pequeño y con gafas salió de detrás de un enorme escritorio Chippendale y les saludó con gesto de preocupación. Casi inmediatamente, señaló un gran lienzo blanco cuadrado extendido encima de la mesa. — Esta es una de las primeras muestras, Pat. Creo que la última capa no es tan buena como dijeron los del laboratorio. Al cabo de seis meses de pruebas, todavía no la han conseguido. Las primeras cinco capas están bien, se ajustan a las especificaciones. Hasta aquí, formidable. Podríamos barrer del mapa a la competencia. Pero la última capa, la más importante, es un fracaso. Mejor dicho, no es lo bastante buena como para justificar las afirmaciones que pensamos hacer. —¿Tienes agua? —preguntó Pat suavemente. —Sí; estoy con eso toda la mañana. Los tres hombres empezaron a echar agua, gota a gota, sobre el paño blanco, mirando de vez en cuando un gran reloj de sobremesa. Así estuvieron durante largos minutos, concentrados en la tarea. Ham Short se sentó. Pat Shannon no apartaba la mirada de lo que estaba haciendo. Ham empezó a dar cabezadas. — ¡Ahora! —exclamó de pronto Dan Camden. Ham tuvo un sobresalto. Al abrir los ojos vio que Dan señalaba con dedo acusador una pequeña gota de agua que había caído sobre la reluciente madera de la mesa—. Por lo menos, dos minutos o dos minutos y medio antes de tiempo. — ¡Mierda...! —murmuró Shannon—. Dan, hace diez días me dijiste que las pruebas eran satisfactorias y sabes muy bien que en la junta que celebramos la semana pasada dije a los accionistas que pensábamos hacernos con una buena parte del mercado gracias a este producto. No se trata de los tres millones gastados en trabajos de laboratorio que no han dado el rendimiento previsto, ni de una campaña perfectamente coordinada que íbamos a iniciar a través de los medios de comunicación social en veinte ciudades para estudiar las posibilidades de comercialización y que tendrá que aplazarse; se trata de las esperanzas que tú me dejaste dar a los accionistas y que ni uno solo de ellos va a olvidar. Hablaba en tono mesurado y voz baja, pero Ham Short observó que tenía el cuello enrojecido, señal de la cólera que estaba dominando.

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— Pat, yo estoy tan disgustado como tú —protestó Camden, limpiándose los lentes con el pañuelo, con gesto de viva agita ción. —No tanto. Tú sólo tienes que lidiar conmigo y yo soy perfectamente capaz de comprender que el laboratorio haya metido la pata. Pero yo tengo que vérmelas con las fieras de los accionistas y me he fiado de tus datos. Otra vez no me des luz verde hasta que estés seguro. Hasta que lo hayas comprobado personalmente. No te fíes de los demás. — El químico jefe... — ¡ Como si es el brujo jefe! ¿ Entendido ? Quiero a todos los del laboratorio en mi despacho a las cuatro en punto. Llama a Jersey y asegúrate de que vienen todos, Dan. Entonces hablaremos de eso. Hasta luego. Salieron del despacho, dejando al director de la gigantesca Compañía farmacéutica absorto en el examen del paño blanco colocado encima de la mesa. —Vamos, Ham. Aún tenemos muchas cosas que ver. — ¿Qué era eso? —preguntó Ham, cuando hubieron dejado atrás el antedespacho en el que trabajaban las secretarias—. ¿Algún invento nuevo? — Cuando esté a punto, será el pañal de usar y tirar más suave del mercado. Pero no se venderá si hay que cambiarlo con excesiva frecuencia. Necesitamos que la última capa resista otros tres minutos como mínimo. Entonces habrá llegado el momento de lanzar el «Papers» —dijo Pat, apretando la mandíbula con decisión. — ¡Aja! —gruñó Ham Short. —Ahora subiremos a «Troy Communications», para que pueda echar un vistazo antes del almuerzo. —De acuerdo. Lodel almuerzo era buena idea. Cuanto antes, mejor. Aquella tarde, Ham tenía una cita con su banquero, al que pensaba preguntar qué opinaba de Shannon, particularmente. — ¡Es un maldito piratal —exclamó Reginald Stein. — Pues a mí no me lo pareció —respondió Ham Short. —Ham, ese hombre es un jugador, o poco menos. Es temerario, se expone demasiado. Yo tengo muchas acciones de «Supra-corp» y no creas que vivo muy tranquilo. —De todos modos, el grupo crece —adujo Ham. — Sí, ya lo sé. En ese aspecto no podemos quejarnos. Pero hoy en día crece mucha gente. Estamos en una época muy buena para 244

algunos negocios, y «Supracorp» está metida en muchos de ellos. Lo que a mí me preocupa es lo que pueda ocurrir si llega a producirse una recesión. Y tú sabes muy bien, Ham, que siempre hay un peligro de recesión. Shannon se arriesga sin necesidad, y a mí eso no me gusta. El no se preocupa de la seguridad y yo, sí. Y tú deberías preocuparte también. —El banquero hizo una pausa.— ¿Por qué te interesas por él? —Por nada, Reggie. Simple curiosidad. En aquel momento, Ham Short sabía ya con seguridad que no iba a tener nada que ver con una organización que no sólo estaba expuesta a las consecuencias de una recesión, sino que consideraba asunto de vida o muerte la velocidad a la que el pis calaba un pañal. Bastantes problemas de cañerías tenía ya en su vida —y también de desagües— para meterse en asuntos de pañales sucios. Era demasiado viejo y demasiado rico para eso. Quizá Pat Shannon pudiera vivir siempre bajo la mirada fiscalizadora de los accionistas, pero Ham Short no deseaba tener que rendir cuentas a nadie. Ni siquiera a Topsy. —Y mañana, para el desayuno, huevos morenos, mistress Gibbons, si me hace el favor. Ram daba esas instrucciones al ama de llaves de Woodhill Manor un viernes por la noche después de cenar. —Bien, señor —respondió la robusta e imponente mujer. También la reina Isabel tomaba sólo huevos morenos de una granja de Windsor. Durante los últimos cuarenta años, mistress Gibbons había visto pocos cambios en Woodhill, afortunadamente; pero, aunque de mala gana, empezaba a sentir cierto respeto por el nieto y heredero de su difunto señor. Ram, contra su costumbre, estaba pasando un solitario fin de semana en Devon. Consideraba que necesitaba un respiro. Tenía en la agenda un programa de recuperación y meditación. Había trabajado mucho durante todo el invierno y trasnochado más de lo corriente. Su decisión de buscar esposa le había inducido a aceptar invitaciones a fiestas y fines de semana que normalmente hubiera rehusado; mas para hacer una elección lógica y razonable había que examinar a las candidatas. Por lo menos ahora, aunque no había encontrado a la muchacha que le pareciera ni remotamente adecuada, ya sabía qué era lo que no quería. Mientras realizaba sus metódicos preparativos para acostarse, Ram pasaba revista a las jovencitas que había rechazado. Entre ellas figuraban las componentes del grupo conocido por las Sloane Rangers, llamadas así por tener su campo de operaciones en los alrededores de la elegante Sloane Square de Chelsea. Eran vivaces e inteligentes damitas de sociedad que pasaban el día de compras y en la peluquería, durante el almuerzo, intercambiaban 245

chismes en San Lorenzo de Beauchamp Place. Formaban un grupo compacto que vestía más o menos de forma similar, a base de blazers a cuadros más o menos grandes, blusa de seda, falda de lana de «St. Laurent» y relucientes botas. Ram las encontraba francamente repelentes. Se conocían demasiado y se habían contado demasiadas cosas. En suma, demasiado listas para él. Y después de examinar detenidamente el plantel de muchachitas presentadas en sociedad la primavera anterior, de la distinguida grey de Amandas, Samanthas, Alexandras, Arabellas, Tabithas, Melissas, Clarissas, Sabrinas, Victorias y Mirandas que, a los dieciocho años, ya «conocían a todo el mundo», no le gustaba ni una sola. Ram se quedó dormido mientras iba rechazando mentalmente a cada una de las muchachas que había conocido durante los cuatro últimos meses. A la mañana siguiente, Ram cogió una de sus escopetas «Purdey» y salió al campo. Pensaba inspeccionar la cerca, por lo menos, simbólicamente, ya que él solo no podía recorrer novecientos acres de terreno. Para eso estaban sus guardas. De todos modos, a Ram le gustaba andar por sus tierras. Ya se notaba algo en el aire, a pesar de que apenas había empezado febrero; quizá no fuera todavía el olor a hojas tiernas, pero sí el anuncio de que no tardarían en llegar. De todos modos, Ram no lo advertía. Estaba pensando en un artículo de Quentin Crewe que había leído hacía poco, en el que se decía que un hombre que hubiera estado ganando doscientas cincuenta libras a la semana desde el comienzo de la Era cristiana y no hubiera gastado ni un chelín, aún no sería tan rico como los duques de Westminster, o Buccleuch, o el conde de Cadogan. Ram pensó que había en Inglaterra diecinueve duques que poseían más de diez mil acres cada uno... Sí; en Inglaterra, la tierra aún significaba dinero. Siempre y cuando el Gobierno no se quedara con ella, en concepto de impuestos. En Inglaterra se estaban acabando las grandes fortunas privadas; tal vez él mismo llegara a ver el día en que se hubieran extinguido. Ram había previsto tal contingencia e invertido copiosamente en otros países, por lo que si un día tenía que salir de Inglaterra, dejando atrás todo lo que allí poseía, incluso aquellas tierras ancestrales, aún sería fabulosamente rico. ¿Tenía que ser rica su futura esposa? No era indispensable, gracias a su previsión. Ahora bien, su linaje debía ser absolutamente impecable. Era lo menos que él podía exigir. ¿Y virgen? Desde luego. Quizás esta exigencia resultara un tanto anticuada en la actualidad; pero Ram deseaba, sobre todo, encontrar una muchacha inocente, una muchacha que no hubiera estado expuesta prematuramente al aire viciado de la sociedad londinense, una muchacha no del todo formada que le adorase y admirase. Una buena esposa. Ram se volvió para contemplar Woodhill Manor, mansión edificada en la época isabelina, ampliada en tiempos de la reina Ana y con toda una ala agregada durante el reinado de Eduardo VII. Sin embargo, la piedra caliza 246

de color gris utilizada en toda la casa, y el tejado de pizarra, daban armonía y uniformidad al conjunto. No era una mansión suntuosa, al estilo de las grandes residencias campestres inglesas, pero tenía algo que no se compraba con dinero: tranquilidad, gracia y perdurabilidad. Estas cualidades —en mucho mayor escala— las advirtió Ram en Alemania, durante un reciente viaje relacionado con unas inversiones en una fábrica de cojinetes. Había pasado un fin de semana en un castillo de Baviera, un Schloss que pertenecía a la familia de sus anfitriones desde el siglo XIII, y en el que veintidós generaciones habían vivido sin interrupción, a pesar de guerras, pestes y demás calamidades históricas. Aquella Alemania, la Alemania de los Fürstenberg y los Windisch-Graetz, los HohenloheLangenberg, los Hohenzollern-Sigmaringen y los Von Matternich; la Alemania de Altezas Serenísimas, y Altezas Reales, y Altezas Ilustrísimas, atraía vivamente a Ram. No era sólo que admirara la sólida y ostensible riqueza de sus anfitriones, sino que, además, aplaudía sinceramente el sano ahínco con que aquella nobleza se aplicaba a los negocios. Eran gentes prácticas, serias y prudentes, a las que su alta alcurnia no impedía explotar racionalmente sus bosques y viñedos, ampliar los negocios familiares ni invertir en el extranjero. Durante el almuerzo, Ram vio cruzar por un sendero situado al otro lado del prado a dos niñas a caballo, acompañadas de un mozo de cuadra. Tendrían unos once o doce años. —Nuestras hijas —dijo el príncipe, señalando hacia la ventana con ademán de indiferencia que, no obstante, dejaba traslucir un vivo orgullo paterno. Luego siguió explicando por qué una persona que aparezca en la primera parte del Gotha no puede casarse con alguien que no esté en la primera o en la segunda parte sin perder las prerrogativas reales. Ram apenas le escuchaba. Mentalmente seguía viendo a las dos niñas rubias, puras e inocentes como si fueran figuras de un tapiz. Sin embargo, él no podía casarse con una alemana. Totalmente descartado, pues, por buena crianza que tuviera, por perfecto que fuera su inglés, antiguo su linaje y espléndidas sus cualidades personales, sería extranjera. Para gentes como los Fulford de Great Fulford Devon; los Craster de Craster West House, Craster, Nortumbria; para algunas de las grandes familias inglesas sin título nobiliario, como los Monson, los Elwe, los Henag o los Dymok, él, un descendiente en línea directa del gran duque Rurik, Gran Duque de Novgorod y Kiev, fundador de la Rusia Imperial, él, el príncipe George Edward Woodhill Valensky, resultaba aún algo extranjero. Ram se encogió de hombros y siguió andando. Aceptaba con ecuanimidad el que no fuera todavía lo bastante inglés como para permitirse contraer matrimonio con una joven extranjera. En su opinión, ni la misma reina Victoria había podido subsanar el estigma de la nacionalidad del príncipe Alberto.

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Al pensar en aquellas dos princesas alemanas, Ram comprendió de pronto que había perdido lastimosamente el tiempo buscando a su futura esposa entre las jóvenes que frecuentaban la sociedad londinense. Por más que ahora se decía que «la temporada» ya no era un pretexto para buscar marido sino, sencillamente, la posibilidad de «ensanchar el círculo de amistades», Ram no se dejaba engañar. Ahora, en la Inglaterra empobrecida por los impuestos, un marido rico era más necesario que nunca. Desde luego, ya habían pasado los tiempos en que lo primero que se preguntaba acerca del posible futuro marido o esposa era la cuantía de su renta o de lo que heredaría. Esta sana honestidad había pasado a la historia, aunque no estaba aún tan lejano el día en que Jane Austen, al describir a sus personajes, citaba la cantidad de sus ingresos, como si fuera un rasgo esencial de su carácter. Ram estuvo siempre seguro de la importancia del dinero. Desde que tuvo uso de razón supo que su padre era rico y que su madre y su padrastro no lo eran. El no creía que los demás no dieran tanta importancia al dinero. Simplemente, disimulaban, como disimulaba él cuando no estaba en el despacho. Sí, quedaba muy bien en una muchacha decir que eso de ser presentada en sociedad y asistir a las fiestas era un anacronismo; que lo bueno era dedicarse a estudiar ruso o chino o dar la vuelta al mundo en un barco de vela; que quería ser libre y no pensar en el dinero. A Ram no le engañaban. No había ninguna que no dejara su carrera si encontraba un buen marido con buen dinero. Eso era lo que todas deseaban, salvo, tal vez, algunas excéntricas que no vivían en este mundo, un mundo que se moría, sí, pero, en opinión de la aristocracia inglesa, el mejor de los mundos. Ram pensaba con desagrado en la actitud de ciertas hermosas Muchachas de dieciocho años, como Jane Bonham Carter, biznieta del primer ministro Herbert Asquith, que ya estaba en la Universidad de Londres, estudiando Económicas y Filosofía, o como Sabrina Guiness, que, si era cierto lo que había oído decir Ram, se ganaba la vida de un modo que dejaba mucho que desear, haciendo de institutriz de Tatum O'Neal. Era evidente que tendría que buscar entre las jóvenes de diecisiete años. A los dieciocho ya eran demasiado sofisticadas, voluntariosas y egocéntricas para ser buenas esposas. A los dieciocho años ya estaban echadas a perder, se dijo Ram, rompiendo una rama de un pequeño roble y mirando las yemas sin verlas. Sarah Fane, ¿Sarah Fane? El nombre se le ocurrió de pronto. Aún tardó más de un minuto en recordar que la semana anterior, durante un almuerzo de negocios, su padre, lord John Fane, se había lamentado por algo relacionado con ella. ¿Era porque Sarah quería ser presentada en el baile del aniversario de la reina Carlota que se celebraría en mayo, o porque no quería? Ram no lo recordaba; no prestó atención. Pero sí recordaba que le había sorprendido que le hablara del tema. Parecía que hacía muy poco tiempo que la había visto, como de catorce años, cuando fue a pasar aquel fin de semana en Yorkshire, 248

en casa de lord John... Debió de ser a mediados de agosto, porque empezaba la temporada del faisán. ¿Hacía ya tres años? Ram recordaba vagamente a una niña alta, callada y tímida, de ojos muy azules y el pelo rubio y lacio que le caía sobre la cara; pero con cierta personalidad. No andaba encorvada como tantas adolescentes, sino con buen porte, pisando con firmeza por los páramos de Fane, mientras seguía a los cazadores a una distancia prudencial. En fin, cualquiera que fuesen sus intenciones acerca de la temporada londinense, ésta no empezaba hasta el primer viernes de mayo, con la Prívate View de la Royal Academy. Ram decidió investigar a Sarah Fane, la honorable Sarah Fane, para ser exactos. Seguramente sería otra de tantas decepciones, querría ser modelo de fotógrafo, chef de cocina cordón bleu... De todos modos, era innegable que se movía con elegancia y no podía tener aún los dieciocho años. Escribiría un recordatorio cuando volviera a casa. Valía la pena indagar. Al fin y al cabo, el abuelo era conde.

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—Te repito que no me gusta, Kiki, ¿es que no lo entiendes? Daisy se acercó a la ventana y miró a la Prince Street, llena ya de turistas llegados de la parte alta de la ciudad para pasar aquel día de principios de otoño de 1976 paseando por Soho. El aire era aún cálido, y los socavones del invierno de 1975 eran ahora dos veces más grandes y la mitad de lo que serían cuando llegara la primavera; pero no había indicios de que el Ayuntamiento fuera a repararlos. Daisy pensó que tal vez los consideraran ya monumentos históricos. —¿Por qué no lo miras desde este otro punto de vista? —argumentó Kiki—. Luciendo ese vestido en su fiesta les haces ya un favor. Seguramente te retratarán y eso es publicidad para Robin Valarian. —No me fío —insistió tercamente Daisy. —¡Un vestido tan bonito! —protestó Kiki. —No, si lo reconozco, el vestido es bonito, aunque no sea de mi estilo. Quiero decir que ese capricho de organza y plumas, prácticamente robado de la última colección de St. Laurent, no resistirá treinta y cinco años, ¿verdad? Pero lo que me molesta es la sensación de que me envuelven en una tela de araña, de oro, sí, pero tela de araña al fin. ¿Te parezco una paranoica? —Bueno, un poquito. Durante este año, gracias a Vanessa has conseguido dos encargos: el óleo de las tres niñas Short y el otro óleo de los dos chicos 249

Hemmingway que hiciste en Navidad. Te convenció para que aumentaras el precio de las acuarelas en quinientos dólares, te ha regalado un par de vestidos, te ha invitado a un montón de fiestas sí, lo reconozco. Pero también hay que ver lo que ha obtenido a cambio. —¿Qué es lo que ha obtenido? Precisamente por eso no me fío de ella. Vanessa no es de las que hacen favores porque sí. La conozco mejor que tú, Kiki, cariño. Dime, ¿qué saca ella? -Pues... Kiki se quedó momentáneamente cortada. — ¿Otra invitada para sus fiestas? No creerás que eso es suficiente, ¿verdad? —Bueno, si tienes afán de coleccionismo, sí. Y ella lo tiene. —¡Vamos, Kiki! Yo no soy tan importante ni tan elegante ni nada. —Te subestimas. Mira, trabajas y haces vida social en Nueva York. O estás en los estudios o estás pintando. De modo que tienes el valor de lo que no se prodiga. Y eso es importante para Vanessa. Las cejas de Kiki se alzaron hasta las más demoníacas latitudes. Le parecía completamente natural que los Valarian se mostraran generosos con Daisy. Era indignante que Daisy no quisiera sacar partido de su apellido ni de su hermosura, que se negara a subir al gran tren americano de la celebridad que la estaba esperando. —Daisy, tú no eres precisamente Cenicienta. Tú eres auténtica. —Y tú, una romántica. Aún crees en los cuentos de hadas. No; quita eso. Tú eres una cínica de tomo y lomo que pretende obligarme a explotar un simple accidente de nacimiento. Ni Serge Obolensky usa ya el título. —Porque él no tiene que vender retratos ecuestres. Y hay otros muchos Obolensky que todavía se hacen llamar príncipes. — Kiki, ¿no te parece que podríamos dejar en paz a los príncipes y pensar un poco en lo que voy a llevarme a Venecia? ¿Qué tiempo crees tú que hará en Venecia en septiembre? —Variable —respondió Kiki, categórica. — Luke debería tratarte a palos. —No le gusta la sexualidad brutal —dijo Kiki, con recato. —¡Oh! ¿Y qué le gusta? —Los abrazos, los besos, las caricias... dar gusto y... -¿Joder? —Daisy, ¡qué ordinaria! Ya que te empeñas, te lo diré. A él le gusta... hacer el amor —dijo Kiki, con el aire remilgado de hija de clérigo Victoriano.

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—¡Jesús! Y qué aires de pureza me gastas ahora que ya lo tienes seguro. Porque lo tienes seguro, ¿verdad? —preguntó Daisy con ligero acento de ansiedad. —Pues... no lo sé. —De repente, el rostro pequeño y puntiagudo de Kiki asumió una expresión de perplejidad.— Hice todo lo que me dijiste. Sólo salgo con él una vez sí y otra no, a veces, ni eso. Me he fabricado un coro de admiradores en el que incluso yo he empezado a creer... y cada día estoy más colada por ese sinvergüenza. ¡Pero él me elude\ —Golpeó a Teseo con los puños y él le lamió la mano. Le gustaban los puñetazos.- ¿Te parece que hice mal en acostarme con él? ¿Fue una equivocación? -De ninguna manera. Ya pasaron los tiempos en los que una chica podía conseguir a un hombre rehuyendo las relaciones sexuales. No me refería a eso cuando te aconsejé que te hicieras valer y no te entregaras esencialmente. Una cosa es lo esencial, y otra, lo sexual. La esencia es algo interior. El alma. —Pues mi alma está colada por él —dijo Kiki, compungida—. Y él lo sabe. ¿Se puede curtir el alma como se curte el corazón? —¿Tienes director espiritual? —Claro que no. —Te aconsejo que empieces a buscarlo. Bueno, y ahora vamos a ver: ¿qué tienes por ahí que yo pueda ponerme? Arnie Greene, el director comercial de North, estaba disgustado. Aconsejó a North que no aceptara el anuncio de la «Pan Am». Era uno de los mejores clientes, pero rodar en Venecia suponía que North, Daisy y Wingo, tendrían que ausentarse de los estudios durante casi una semana y no podrían asistir a reuniones de producción con otros clientes, lo cual podía perturbar el programa de trabajo. —¿No te parece que va a exigir más tiempo del que podremos facturar? — preguntó a North cuando Nick el Griego les llevó la demanda de oferta. —Es probable —respondió North—. Pero nunca he estado en Venecia y quiero verla antes de que se hunda. Arnie suspiró. Por él, North no habría rodado exteriores más allá de Central Park. Pero al fin tuvo que reconocer que si el story board exigía bandadas de palomas, la Piazza San Marcos y góndolas, no se podía rodar en el lago de Central Park. Por las palomas, tal vez sí; pero la Piazza... Arnie se preguntaba tristemente si sería tan difícil trabajar con góndolas como con niños o animales. En fin, por lo menos él se había asegurado de que el presupuesto dejara un margen lo bastante holgado como para absorber las horas extras del más patoso de los gondoleros. ¡Si hasta había contratado un seguro por si algún gondolero se ahogaba...! Además, Arnie había hecho todas las previsiones necesarias para cubrirse de los riesgos que suponía la 251

dolce vita, convencido de que los técnicos, encargados de vestuario y maquilladores que se contratarían en Roma exigirían un descanso de dos horas para el almuerzo; había dispuesto los medios para controlar a las multitudes y limpiar el guano de las palomas; había calculado lo que costaría el viaje de ida y vuelta de North, Daisy y seis modelos, primera clase, más dietas y alojamiento en el «Hotel Gritti», que equivalía casi a un año de alquiler de su apartamento; había comprobado que cada una de las partidas que figuraban en la lista de cinco páginas que el productor ha de presentar a la agencia estuviera conforme y más que conforme. Todo estaba bien medido. Aunque algo fallara y North tuviera problemas, aún quedaba un remanente. Era lo normal. Por fortuna, no eran responsables de los gastos ocasionados por los retrasos debidos a los agentes meteorológicos. Si, encima, Arnie hubiera tenido que preocuparse del tiempo, ya tendría tres úlceras, en lugar de dos. —Está bien. Pero ten cuidado, North, no te caigas a un canal. Por lo menos, cogerías una hepatitis. — ¿Cuándo me he caído yo a un canal, Arnie? —¿No acabas de decir que nunca has estado en Venecia? Y no comas crustáceos crudos. También dan hepatitis. —¿Está permitido mirar las puestas de sol, o puede dar conjuntivitis? —Nadie me comprende. —No es verdad. —North le miró con afecto.— Pero te preocupas demasiado por todo. —De todos modos, siempre falla algo. —¡Naturalmente! De lo contrario, igual daría dedicarse a hacer agujeros para botones. De todos modos, pase lo que pase, Daisy lo resolverá, ya lo sabes. Para eso la pagamos, ¿no? Cuando hubieron recuperado el equipaje en el aeropuerto de Marco Polo, pasado la Aduana y cargado las maletas en un vaporetto (el equivalente del autobús en Venecia), ya estaba demasiado oscuro para que North y Daisy pudieran ver algo de la ciudad. Wingo y los seis modelos, tres hombres y tres mujeres, llegarían al día siguiente. North había decidido salir un día antes, para poder pasear tranquilamente por Venecia. Daisy podría aprovechar el día para dar un último repaso a los escenarios, hablar con la Policía para comprobar las medidas de control de tráfico y asegurarse de que estaba dispuesto el alojamiento para el equipo técnico, encargados de vestuario, maquiíladores y peluqueros, que llegarían de Roma al día siguiente por la tarde. Venecia era impresionante. Daisy estaba asomada a la ventana de su habitación que se abría sobre el Gran Canal. Aún le parecía oír el chapoteo del agua contra el costado del vaporetto. No importaba que hubiera uno leído mucho 252

acerca de Venecia ni que supiera desde siempre que estaba edificada sobre el agua; la realidad producía una sorpresa total. Era imposible imaginarse a Venecia. A pesar de los miles de cuadros que había inspirado la ciudad, había que estar allí para sentir su realidad; pero aun como realidad resultaba fantástica, como si, al igual que Alicia, Daisy hubiera pasado a través del espejo a un país de maravillas, un mundo de cuento de hadas, intangible y, a fuerza de romántico, un poquito ridículo, una ciudad que era una vasta composición de arte sublime, que sin duda hacía siglos que se moría y desmoronaba, pero aún conservaba su latido vital, tema inagotable de tanta prosa que apenas quedaba algo que no se hubiera dicho de ella; pero a la que millones de palabras no habían restado ni un ápice de su encanto. ¡Qué ambiciosa criatura tenía que ser el hombre para haber soñado siquiera una ciudad así! Al otro lado del canal, a la luz de la luna, se veía claramente la cúpula de Santa María della Salute, la obra cumbre del barroco veneciano. El que estuviera precisamente donde debía estar parecía casi un milagro... Daisy no se habría sorprendido si a la mañana siguiente hubiera desaparecido, ni si hubiera seguido en pie mucho después de que Londres y Nueva York fueran reducidas a escombros. Al día siguiente tenía que levantarse a las siete para empezar el trabajo. Al pensar en ello, Daisy tuvo un pequeño sobresalto y se retiró de la ventana. La habitación tenía el techo muy alto, las paredes tapizadas de alegre satén a rayas azules y blancas y cortinas de brocado rosa. No podría dormir más que cinco horas a lo sumo. Menos mal que durante el viaje había dado alguna que otra cabezada. North se había sentado en la primera fila de la cabina de primera clase, para poder estirar las piernas, y Daisy, en un asiento libre que había encontrado varias filas más atrás, para no molestarle. Sabía que antes de un rodaje tan complicado como prometía ser aquél, a él le gustaba concentrarse, a fin de acumular las energías que derrocharía en días sucesivos. Mientras se preparaba para acostarse, Daisy se preguntaba si podría regresar a Nueva York vía Londres para ver a Dani. En la última Navidad no había podido venir a Europa. Los dos óleos y las seis acuarelas apenas habían alcanzado para cubrir los gastos de Danielle, por lo cual Daisy tuvo que optar por quedarse a trabajar para hacer dinero, en lugar de hacer el viaje. ¡Qué ganas tenía de ver a Danielle y a Anabel! No diría nada a North hasta que el rodaje estuviera a punto de terminar. Entonces, estando tan cerca de Londres, él no podría negarse a concederle un par de días de permiso, y Daisy podría cambiar el pasaje con muy poco gasto. Con movimientos de cansancio, Daisy se quitó el decrépito pantalón vaquero, la camiseta de manga corta y la cazadora militar inglesa —cincuenta centavos, en un bazar parroquial de Londres cinco años antes— que había llevado desde que saliera de Nueva York. Luego tomó una ducha, una ducha 253

larga y lánguida, muy diferente de la rápida ducha «de trabajo» que solía darse en casa, estrictamente limitada por las deficiencias de las cañerías. Su pijama consistía en una chaquetilla de algodón color rosa con un pasacintas que fruncía cuello y puños, y pantalón de baloncesto de seda púrpura. La bata era masculina, de seda labrada granate, con cuello smoking y estaba en perfecto estado al cabo de veinticinco años, a pesar de que la arrastraba. Daisy, con la cabeza llena de planes de operación para el día siguiente y la excitación de estar en Venecia, bailándole en el cuerpo, cayó en un sueño ligero y agitado. Cuando sonó el despertador de viaje, Daisy se alegró de saltar de la cama. Corrió a la ventana y, a la luz de la mañana que se reflejaba en el agua, se desvanecieron sus sueños de la noche. Se quedó mirando fijamente la vista, deslumbrada, casi paralizada y tuvo que hacer un gran esfuerzo para salir de su ensoñación. Pensó que era una aberración pretender que la gente fuera allí a trabajar. Hubieran debido llegar una semana antes, para ir aclimatándose a tanta belleza. Aunque tal vez ni un mes hubiera sido suficiente. Envidiaba a North su día libre de turista y, mientras se vestía a toda prisa, se dijo que procuraría comprobarlo y repasarlo todo con la mayor rapidez, a fin de disponer por lo menos de unas horas para pasear antes de que llegaran los demás. Cuando, a última hora de la tarde, North volvió, por fin, al hotel, encontró a Daisy esperándole sentada en una butaca del vestíbulo. —¿Todo dispuesto? —le preguntó él. —No del todo. —¿Qué dices? Si aún queda algo por hacer, ¿se puede saber por qué no estás haciéndolo, en lugar de quedarte ahí plantada? Daisy se puso en pie con los brazos en jarras y los pies separados. Acababa de recobrar las energías. —North, para el carro —dijo levantando una mano como un agente de tráfico —. Al parecer hay un pequeño problema. —Ya estás con tus problemas —murmuró él con indiferencia—. Me duelen los pies —dijo, yendo hacia el mostrador para recoger la llave. Ella le siguió y le dio unos golpecitos en el hombro. -North... —¿Qué tripa se te ha roto? Mira, Daisy, tu obligación es ocuparte de las pequeñas cosas... Está bien, cuéntame, ¿de qué se trata? ¿Falta algún permiso, la góndola está pintada de un color equivocado, uno de los modelos tiene paperas...? Daisy, ¿no te lo he dicho ya mil veces? Tú ocúpate de las pequeñas cosas, y cuando yo me ponga a trabajar, todo saldrá a pedir de boca. —¿Crees que podrías hacer que « Alitalia» volviera al trabajo? 254

—¿Por qué te preocupas por «Alitalia»? ¿Acaso no estamos trabajando para la «Pan Am»? Daisy, ¡por el amor de Dios!, no tienes sentido de la proporción —exclamó, volviéndose con impaciencia. Ella dijo suavemente a su espalda: —Ninguna de las otras Compañías aterriza en Italia, North. Se han solidarizado. North se volvió rápidamente. —Ni Wingo ni los modelos podrán llegar —terminó Daisy. —¿Y qué importa eso? Han pasado cosas peores. ¿No se te ha ocurrido pedir modelos a Roma? Si no puedo disponer de las muchachas que elegí, trabajaré con otras. También me las arreglaré sin Wingo. Roma está llena de cameramen... y de chicas guapas. —También hay huelga de trenes —dijo Daisy en voz baja. —Pues que vengan en coche, ¡caramba! Si salen ahora pueden estar aquí mañana por la mañana. Si les hubieras avisado cuando te has enterado de que había huelga, ya podrían haber llegado —dijo mirándola acusadoramente. — Los técnicos también están en huelga. No hay equipo, North. Nadie para manejar los aparatos, que, por cierto, estarán detenidos en algún sitio entre Roma y Venecia. Ni cámara, ni filtros, ni luces, ni plaqueta, ni plataforma rodante, ni siquiera un cronómetro. ¡Nada de nada! Por eso no contraté modelos de Roma. — ¡ Muy bien, muy divertido, muy lista! ¿ Y no se te ha ocurrido que podríamos ir a Francia o a Suiza y rodar allí el anuncio? Prepárate. Nos vamos. —¿Rodar la Piazza San Marco, las palomas y las góndolas en Francia o en Suiza? —preguntó Daisy melosamente. —¡Llama a Nueva York, puñeta! Sabes perfectamente que la agencia puede cambiar la ambientación del anuncio sobre la marcha... — La huelga, desgraciadamente -dijo Daisy recalcando las sílabas—, afecta a los servicios de teléfonos y telégrafos. A menos que algunas de esas palomas de ahí fuera sean mensajeras, estamos varados. —¡Esto es cosa de locos! ¡Y tú no ayudas, Daisy! Coge el teléfono y alquila un coche. Tomaremos una motora hasta el punto más cercano de la costa, cruzaremos la primera frontera que encontremos y llamaremos a Nueva York. Que elijan otro escenario. La «Pan Am» va a todas partes. Me gustaría saber por > qué has tenido que esperar a que yo llegara para organizar una cosa tan simple. ¿Por qué no has hecho ya las maletas? ¿Qué te pasa? Estás fallando. -El servicio de alquiler de coches está en huelga. Y la cooperativa de gondoleros. Y los vaporettos —añadió Daisy con un destello de gozo apenas perceptible en el fondo de sus negras pupilas. 255

— ¡Mierda! ¡A mí no pueden hacerme esto! —Ya se lo diré... cuando vuelvan al trabajo. — ¡Es... es una salvajada! —gritó North, agitando los brazos en medio del principesco vestíbulo del hotel que en el siglo xv fuera palacio de un dux. —¿Por qué no te lo tomas con filosofía, North? —propuso Daisy tranquilamente—. Nosotros nada podemos hacer. Los acontecimientos del día la habían entusiasmado. A medida que iban cerrándose puertas, después de que, al advertir que el teléfono no funcionaba, bajara al vestíbulo del hotel para enterarse de las noticias de la huelga, que la recepción iba comunicando a medida que eran transmitidas por la radio, la satisfacción de Daisy iba en aumento. Notaba que la invadía una sensación que, de momento, no acertaba a definir, hasta que, al fin, logró identificarla: era el sosiego de las vacaciones que casi había olvidado. Los atentos y simpáticos empleados del hotel, de los que había dos por cada uno de los cientos de clientes, emularon su festivo estado de ánimo, pues... ¡a saber!, a lo mejor, al día siguiente también ellos iban a la huelga. Uno de ellos comentó que hacía un tiempo ideal para huelgas. Ella se mostró totalmente de acuerdo. Lo que más hubiera podido desear Daisy era disponer de unos días de propina en Venecia. Y el portero le aseguró que en la «Gritti Palace» jamás pasó hambre un cliente. La despensa estaba bien surtida, aunque tuvieran que comer de buffet. Lo peor que podía ocurrir era que la principessa tuviera que hacerse la cama. —¿Con filosofía? North estaba indignado. Los acontecimientos no podían mandar en él; siempre había sido a la inversa. —Nos hemos quedado enclaustrados como si estuviéramos en la Edad Media y tú me sales con filosofías... —Existe un medio de salir de aquí —dijo Daisy lentamente. —¡Por todos los santos!, ¿cuál es? —tronó él. —Podríamos irnos... nadando. North se volvió a mirarla como si estuviera loca. Daisy hacia esfuerzos por ahogar la risa. De la garganta le salía un sonido agudo, parecido al que hace una tetera cuando el agua empieza a hervir. —La cara... —empezó con voz ahogada—. ¡La cara de Arnie! —exclamó, al fin, entre verdaderos alaridos. Ante los ojos de North apareció la visión del rostro de Arnie Greene profetizándole lúgubremente una inevitable hepatitis, y lenta, pero irremediablemente, sus facciones se distendieron dando rienda suelta a la hilaridad. El conserje y el portero, al ver a los dos americanos riendo a carcajadas, se miraron sonriendo. En opinión del conserje, la principessa no vestía como 256

correspondía a la hija del príncipe Stash Valensky, que hasta su muerte fuera un asiduo cliente del hotel, en el que solía hospedarse durante una o dos semanas en el mes de septiembre, cuando terminaba la temporada de polo en Deauville. Aquella mañana había bajado con pantalón blanco de hombre y camiseta de futbolista a rayas blancas y moradas. Aunque, a lo mejor, aquello era la nueva moda. —Todo esto lo has organizado tú, ¿verdad? —jadeó North cuando pudo dominarse. —No creas que fue fácil —reconoció Daisy modestamente. —¡Paralizar a todo el país para tener un día de asueto! ¡Es el colmo! —Aunque soy bastante competente, en Nueva York no lo hubiera conseguido. Allí hay demasiado taxi pirata. —¿Ya has visto si hay góndolas piratas? —Lo único que he podido encontrar es un niño con un bote de remos. —¿A dónde vamos? Necesito un trago antes de que los camareros se declaren en huelga. North se sentía aturdido. El impacto de Venecia, unido al colapso de unos sistemas que él daba por descontados, le hacían sentirse como el niño al que sus maestros dejan salir de la escuela antes de un examen. -¿A «Harry's Bar»? —propuso Daisy. —¿Como dos turistas? —¿Por qué no? Yo voy a cambiarme, tú te das un baño y nos encontramos aquí dentro de una hora. Incluso podemos ir andando. Tengo un plano. —Llevo andando todo el día. Di al chico del bote que nos espere. —Sí, jefe. North se dio cuenta de que estaba sonriendo a Daisy. En realidad, no tenía nada concreto que reprocharle... Por lo menos, hasta que averiguara por sí mismo algo más acerca de aquella huelga. En su habitación, Daisy dudaba entre los vestidos que había metido en la maleta por si acaso. Se sentía ligera e ingrávida como un astronauta. Eligió el vestido más sofisticado que poseía, un «Vionnet» de 1925 que Kiki se había empeñado en que se llevara. Era de terciopelo negro, muy escotado, con tirantes de abalorios y un bordado en el cuerpo simulando un largo collar de los mismos abalorios. La falda, cortada al bies y con un pico que ondeaba a cada lado del cuerpo, dejaba las rodillas ligeramente al descubierto. En su época, el modelo debió de causar escándalo. «¿Terciopelo negro en septiembre? ¿Y por qué no?», pensó Daisy mientras se deshacía la trenza. «El vestido requería un peinado complicado, pero su pelo no se prestaba a complicaciones», se dijo Daisy, viéndolo brillar a la luz de Venecia. Se levantó el pelo con ambas manos, extendiendo los brazos, y dio unas vueltas sobre sí misma. ¿Qué podía hacer con él? No se sentía con ánimo de moño ni de trenza, sino de algo etéreo. Por fin, se peinó con raya en medio, cogió unos 257

metros de cinta plateada que guardaba de un anuncio de Hallmark y se la ató alrededor de la cabeza, tirándose el pelo ligeramente hacia atrás. Luego, se echó también sobre los hombros una capita de lame verde y plata de la misma época del vestido, hecha por una casa ahora desconocida, llamada «Cheruit», y bajó al vestíbulo, más romántica que una figura pintada por Tiépolo o Giovanni Bellini. North estaba esperándola, preparado para marcharse. No era un gran bebedor, pero en aquellos momentos le apetecía un trago. Decían que el alcohol era un depresivo, ¿no? Un depresivo era lo que él necesitaba para contrarrestar aquella peligrosa sensación de flotar en el aire. Le hacía falta algo que le obligara a sentir los pies en tierra. Pero allí no había tierra, sino el reflejo de la luz en el agua del canal, que hacía que todo le bailara a uno ante los ojos. ¿Dónde diablos se habría metido Daisy? ¿Por qué le hacía esperar? No recordaba haber tenido que esperarla desde que empezó a trabajar para él. —Dio! Che bellissima! Bellissima! —exclamó el conserje detrás de North. — Bellissima! —repitieron el portero, un camarero que pasaba y dos clientes que estaban en el vestíbulo. —¡Bueno! —dijo North al ver a Daisy. Ahora sí necesitaba un trago. —¿Un «Mimosa», signorina o un «Bellini»? —sugirió el camarero. North miraba el famoso local, largo y estrecho. —¿Preparan el martini? El martini, seco, ¿eh? —preguntó con desconfianza. —Quince a uno, señor. On the rocks? —Un doble. ¿Daisy? —¿Qué es un «Mimosa»? —preguntó ella al camarero. —Champaña y zumo de naranja, signorina. —Sí, está bien. El camarero no se iba. Se había quedado mirando a Daisy con la expresión de la más pura admiración en cada centímetro de su arrugada cara. —Lo tomaremos ahora —dijo North, tajante, rompiendo el encanto y haciendo que el camarero se alejara a toda prisa—. ¡Vaya! —añadió en tono de sorpresa, desconfianza y beligerancia. —¿Vaya? —preguntó Daisy con leve acento de inocencia—. ¿Qué quieres decir con eso? ¿Imaginas que porque todo el mundo parece estar tan tranquilo no hay huelga en Venecia? —¿Vaya, conque así es como te pones cuando no estás trabajando? Entonces es que en los estudios nos tomas el pelo a todos. En realidad 258

no te conozco en absoluto. ¿De manera que ésta es tu otra personalidad? —¿Y qué tiene de malo? —inquirió Daisy encogiéndose de hombros alegremente. —Eso es lo que estoy tratando de averiguar. Sé que hay algo. —North, North, déjate llevar por la corriente. —¿Qué diablos quieres decir con eso? —No estoy segura. Pero me parece adecuado para este momento y lugar. ¿Qué tal el martini? —Pasadero —dijo él de mala gana. Era el mejor martini que había tomado en su vida—. ¿Y tu zumo de naranja? —Pura gloria, fascinación, una delicia, un sueño, una visión, una revelación... —¿Quieres decir que tomarías otro? —¿Cómo lo has adivinado? —Había un algo... un atisbo... casi una insinuación... más bien una intuición. —Muy bien, North. Tus imitaciones siempre convencen. Ya estás llegando. —¿Adonde? —A la corriente. —Ya. Entendido. —Sabía que lo entenderías. Siempre te he considerado listo —dijo Daisy con desenvoltura, haciendo girar entre los dedos la copa de champaña. —¡Tienes una desfachatez...! En realidad me abrumas con tus elogios. —Desconfía de los elogios. —Me sorprende que no hayas dicho aún que cuando otras personas me llamaban estúpido tú me defendiste. —Falso. Cuando te llaman vil gusano te defiendo —replicó Daisy sonriendo de modo angelical. —¡Caray! Espera a que volvamos a tierra firme. Camarero, un cazamariposas para la señorita y dos de lo mismo. —Me estoy divirtiendo —dijo Daisy. —Yo también —corroboró North, sorprendido y desconfiando otra vez. —Es raro, ¿verdad? —Mucho. Pero no creo que cause daño permanente. A no ser que nos acostumbremos, claro —dijo North, pensativo. —¿Quieres decir que está bien divertirse, pero que la vida no es divertida, o por lo menos no tanto? —Exacto. Veo que no careces del sentido de la proporción. Eso es lo que digo cuando te defiendo. La gente dice que Daisy Valenski no sabe hacer más que trabajar y que nunca sale a divertirse. Yo digo que tal vez te diviertas de vez en cuando. No se puede juzgar a nadie por las apariencias. —Realmente, eres un gusano, North —dijo Daisy con voz cantarína. —Sabía que estabas tomándome el pelo. 259

—¿Por qué no me despides? —propuso Daisy. —Por pereza. Además, soy un gusano. Quiero decir que no soy el tipo corriente de granuja buena persona. —No eres ni un granuja mala persona. -No te servirá de nada provocarme. Dijiste que me lo tomara con filosofía y así es como lo tomo. —¿Cuánto crees que puede durar esto? —Déjate llevar por la corriente, Daisy. —Eso es de mi papel —dijo Daisy en tono de posesión. —Soy un plagiario creativo —proclamó North con altivez. —Limítate a tu papel —insistió Daisy. —Eres mezquina. Debes de tener hambre. ¿Cenamos? —Hoy no he almorzado —dijo Daisy en tono lastimero. —¿Por qué no? —No he tenido tiempo, con todo el jaleo de la huelga. Le miró con expresión virtuosa. —¿Qué huelga? —Deberíamos cenar. —Eso es de mi papel; pero te lo cedo. Me siento generoso. ¿A dónde vamos? —Podemos cenar aquí mismo —propuso Daisy. —Menos mal. No hubiera podido levantarme. Camarero, tráiganos de todo. —¿De todo, signor? —De todo —confirmó North con un amplio ademán. —Está bien, signor. El camarero comprendía el dilema del signor. ¿ Cómo había de molestarse en pensar en un menú, con una muchacha tan preciosa a su lado? ¿Cómo había de poder comer siquiera? Sin embargo, habría que alimentarlos bien. Para empezar, el famoso filetto Carpaccio, luego tagliarini verdes gratinatiy, por último, hígado de ternera a la veneciana, cortado en finas tiras, servido con polenta. De postre... para decidir el postre esperaría a que empezaran a comer el hígado. Algunos turistas no tomaban postre. —Muchas gracias por todo —dijo Daisy en voz baja y clara, frente a la puerta de su habitación del «Gritti Palace»—. Ha sido una velada muy agradable. —Yo también lo he pasado muy bien —respondió North—. Es lo que tenía que contestar, ¿no? El trataba de hacer que le mirase a los ojos, pero Daisy mantenía los suyos bajos, con gesto de recato. 260

—No; lo que tú tenías que decir es que te gustaría que saliéramos otro día y preguntarme si podrías llamarme por teléfono cuando volviéramos a la ciudad. —¿Puedo entrar? —No; puedes llamarme por teléfono. —Yo te he preguntado si puedo entrar —insistió North. —Bueno, si te empeñas, llama. Con ademán de impaciencia, él le levantó la barbilla para obligarla a mirarle, pero ella entornó los párpados y siguió rehuyendo su mirada. —¿Cómo quieres que te llame si hay huelga de teléfonos? —Tienes razón. Puedes llamar a la puerta —dijo Daisy, tratando de ganar tiempo. —Te he preguntado si puedo entrar —repitió él con insistencia. —¿Por qué? —Porque sí. A la débil luz del corredor, sus facciones se habían suavizado. Conservaba su aire de dominio, en la línea de sus hombros se advenía aún su gesto autoritario, pero ya empezaba a borrarse aquel rictus voluntarioso y terco, como diluido por la luz de la luna. —Bueno, en tal caso... adelante —dijo Daisy, abriendo la puerta con la llave. —Es lo más razonable —le aseguró él. —¿Razonable? — ¿Quieres dejar de repetir todo lo que yo digo? —¿Quieres dejar de decirme lo que tengo que hacer? —replicó Daisy. -De acuerdo. —North la abrazó, buscando sus labios.— A partir de este momento, te lo ordenaré. —¿Y dónde está la diferencia? —preguntó Daisy, retrocediendo con una viva sensación de pánico. —Ya lo verás. — ¡Espera! —¿Por qué? —No estoy segura de que esto sea una buena idea. —Yo soy el de las ideas... y esto es completamente natural. —La levantó en brazos y la llevó a la cama, ancha como una barcaza.— Tú, Daisy, estás encargada de los asuntos de detalle, y yo, del esfuerzo creativo. Le tomó la cara entre las manos y le dio un beso. —North... —opuso ella, incorporándose sobre la almohada. —¿Eh? —murmuró él, mientras empujaba suavemente los tirantes del vestido. —¿Es un error esto que hacemos? —Me parece que no; pero hay que hacerlo para averiguarlo. ¡Oh... oh...! No me habías dicho que tenías tan buen sabor. 261

—Nunca lo preguntaste. —Fue un error. Había reverencia y admiración en su voz cuando murmuró: —Pero, ¿dónde has estado escondida durante estos años? Era una nota que ella nunca había oído de aquel hombre cuyas órdenes escuetas y rápidas eran el látigo que la azuzaba sin tregua. El hombre de las instrucciones tajantes y combativas le acariciaba ahora la punta de los senos con la unción del arqueólogo emocionado por el descubrimiento de una Venus perdida. Sus acusadas facciones estaban ahora desdibujadas a la luz reflejada en el Gran Canal y, entornando los ojos, ella espiaba sus gestos, buscando la aspereza y la turbulencia del hombre que ella conocía. Pero sus duras aristas parecían haberse fundido, revelando a un amante delicado, risueño y desconocido que la cubría de unos besos largos, suaves, considerados casi, mientras deslizaba las manos hasta su talle para tomar posesión de la curva cálida y suave del nacimiento de sus caderas, atrayéndola hacia sí de modo que quedaron echados frente a frente. —¿Puedo? —preguntó, esperando a que ella asintiera para desnudarla. Luego, él se quitó la ropa y se quedó de pie, mirándola con una sonrisa de revelación. Su cuerpo era más hermoso de lo que ella hubiera imaginado; y entonces se dio cuenta de que sí lo había imaginado, tal vez incluso el día en que lo conoció. Este sorprendente descubrimiento la impulsó a abrirle los brazos y le dio valor para besar su nariz puntiaguda, sus ojos, sus orejas, sus mejillas, aquella cara que tantas veces mirara con temor, tratando de adelantarse a sus órdenes, en constante tensión para mantenerse a su ritmo de vértigo y estar dispuesta a facilitarle cuanto pudiera necesitar. Ahora, de pronto, así desnudos los dos, estaban iguales, y ella no sentía bajo sus labios más que una piel cálida y aquella nueva y grata sensación de proximidad. Daisy sintió una oleada de prodigiosa satisfacción al pensar: «Le gusto, le parezco bien, me considera un ser humano, debo de significar algo para él.» Este pensamiento la impulsó a estrecharle con fuerza, tratando de mantenerle inmóvil en el cerco de sus brazos, para que no se convirtiera en el North que ella conocía. Poco a poco, fue convenciéndose de que su amante desconocido no se desvanecería. Cuando él sintió que, poco a poco, Daisy abandonaba sus temores y vacilaciones, hizo sus caricias más firmes e insistentes. Se aprendió su cuerpo centímetro a centímetro y cuando estuvieron vencidas todas las reservas y escrúpulos, le abrió los muslos, que se le ofrecían dóciles; pero antes de poseerla susurró otra vez: -¿Puedo? —Sí, sí, sí. —¿Aún no hay novedad? —preguntó North al conserje. 262

—No, signor. Lo lamento. No sucede nada; pero ya se sabe que estas huelgas empiezan pronto, pero tardan en terminar. De todos modos, una huelga tan importante como ésta no es frecuente, se lo aseguro. —Son cosas del teatro —sonrió North, relajado—. ¿Sabe dónde ha ido miss Valensky? No está en su habitación. —¡ Ah, la principessa, sí! Acaba de salir, signor. Dijo que tenía que pagar a un niño que la esperaba con un bote pirata. Por lo menos, eso creí entender. Yo me ofrecí a hacerlo, pero ella no quiso. —¡Caramba! —exclamó North riendo—. Conque era verdad que lo tenía esperando... Debí suponerlo. —Signor? —Nada. Voy a ver si la encuentro. Se dirigió rápidamente hacia la puerta y tropezó con Daisy, que entraba en aquel momento. —No estarías tratando de escapar, ¿verdad? —preguntó él. —No; sólo cortando la última ruta hacia la civilización. —Me he dormido. —Ya me he dado cuenta. Resulta interesante observarte cuando duermes. Estás muy distinto. —¿Cómo estoy? —preguntó él con recelo. —Lo más interesante es ver cómo no estás: ni turbulento, ni truculento, ni irascible, ni furioso, ni invulnerable... —Eso es tomar ventaja desleal -dijo él, tratando de cortarla. —Desde luego. Es lo que siempre deseé. En estos casos es importante ser el primero en despertarse. —¿Y cuánto sabes tú de estos casos? —preguntó él secamente. —No te conozco lo suficiente como para decírtelo —repitió ella alegremente, sonriéndole con un brillo de insolencia en los ojos. El la cogió por la nuca, con disimulado regocijo de todo el personal del hotel, que se encontraba en el vestíbulo, y la llevó a una ventana. —Deja que te mire, condenada. ¿Cómo se puede leer en tus ojos si son tan negros? —No se puede —respondió ella en tono de triunfo, mientras sus cejas color oro viejo formaban una línea recta—. Pero en los tuyos, mi pobre pelirrojo de transparentes ojos azules, se lee todo, hasta lo que hay en tu cerebro y más allá. —Porque tú lo digas... Nadie puede ver en mi cerebro. —¿Te apuestas algo? —No me gusta apostar antes del desayuno —respondió él rápidamente—. ¿No tienes otra cosa mejor en que pensar? Aún no has visto nada de Venecia, aparte «Harry's Bar».

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—Y el techo de la habitación número quince del «Gritti Palace», y aun bastante borroso —añadió ella con una sonrisa de reminiscencia, que hizo que él volviera a sacudirla por el cuello. —Vamos a coger algo de desayuno y salgamos por ahí. —Yo ya me he desayunado, pero miraré cómo comes —dijo Daisy en tono condescendiente. —¿Por qué tengo siempre la sensación de que te crees más lista que yo? — refunfuñó North. —La respuesta a esa pregunta debes buscarla en ti mismo —rió Daisy. —¿Lo ves? Ya estás otra vez. A Daisy y North les parecía que el mundo que ellos conocían había quedado apartado a un lado como una cortina, dejando al descubierto otro mundo suntuoso, de placeres insospechados, como si, durante los siglos, Venecia hubiera estado esperándoles precisamente a ellos. Como por efecto de un milagro, se encontraban libres de las máscaras defensivas con las que pretendían imprimirse carácter, y convertidos en niños con toda su capacidad de admiración. Todo el mundo, desde los tenderos hasta los gatos de las estrechas calles, era cómplice del milagro, todos, confabulados de buen grado con aquella vieja joya del mar, la ciudad más sensual de la Tierra. Ambos sentían que su vitalidad, intensa, cálida y fuerte, nunca había estado tan despierta como en aquel mundo que se les brindaba generoso, en el que los conceptos familiares de tiempo, espacio y luz, habían sido transformados por la paciente hechicería de los siglos en algo mejor que todo lo que ellos habían conocido. Una iglesia oscura, iluminada inesperadamente en un rincón por una obra maestra; una mesa de mimbre de un café; un puente en arco sobre un canal; un perro ladrando; las fachadas rosa-naranja-lavanda de viejos y augustos palazzi; el tañido regular del Campanile al anochecer; una hamburguesa de vaca florentina; los valses vieneses interpretados en «Quadri's» o un jardín vislumbrado en el Campo San Barnaba con unos viejos rosales en flor, todo se combinaba formando un sueño de felicidad mientras ellos dos paseaban, comían, hablaban y hacían el amor, despertando cada mañana con el temor de que la huelga hubiera terminado, temor que se desvanecía inmediatamente cuando se asomaban a la ventana y miraban al Gran Canal, surcado sólo por embarcaciones particulares y barcazas del mercado. Después de hacer el amor con North, Daisy comprendió al fin, lo que era desear a un hombre de verdad y sentirse satisfecha físicamente por él. Pero, a medida que transcurrían las noches, Daisy, aunque colmada de placer, se dio cuenta de que ella aún mantenía ciertas reservas, por más que North no lo hubiera advertido. Aquella cosa que ella sentía encerrada en su corazón y que clamaba por la libertad; aquel nudo que ella pugnaba por deshacer, 264

buscando una liberación que iba más allá de lo puramente físico, seguía inamovible, dura, inflexible, incluso en los momentos de mayor intimidad. Ella ansiaba que aquello —fuera lo que fuere— estallase de una vez; pero era en vano; allí seguía, encerrado tras unos fuertes barrotes. North había desechado su aire duro, autoritario y difícil y creado momentos de verdadera incandescencia; pero, a pesar de todo, Daisy seguía viendo en él a un oponente, ahora un oponente amable y cariñoso, pero oponente al fin, incluso durante aquellos días robados al tiempo. ¿Era el carácter de North, su esencial independencia, lo que impedía a Daisy sentir esa comunión que ella siempre buscara? Una y otra vez se preguntaba si de su incapacidad de entregarse por completo tenía él la culpa o la tenía ella. Del mismo modo que en su papel de princesa Daisy se sentía un poco impostora, ahora se preguntaba si, en su papel de amantes, ella y North no serían también unos impostores. Quizás aún fuera pronto para juzgar; era muy brusco el cambio en sus relaciones que, en sólo unas horas, pasaron de puramente laborales a sentimentales. En su nueva forma de tratarse había algo indefinible que inquietaba a Daisy, algo que daba a sus relaciones un aire efímero, ilusorio, como si al menor incidente pudieran romperse. Mientras iba quedándose dormida, pensó que tal vez fuera siempre así al principio. Quizá después hubiera algo más. Pero, ¿y si no lo había? ¿Podía ser suficiente esto? Sin embargo, durante aquellos días, Daisy se sentía como un prado florido en una tarde de verano, llena del zumbido de una activa felicidad. Se preguntaba qué podía ser lo que ella y North estaban creando. ¿Serían sólo unos días en un tiempo aparte? Ella le conocía perfectamente en el trabajo, se sabía de memoria sus gestos de mando, de alerta, sus palabras, sus frases hechas, sus ademanes y sus expresiones. Ahora era también el primer hombre que le había hecho sentir la pasión. Pero, ¿qué sabían el uno del otro a un nivel más profundo, el nivel de una comunicación íntima y continua? ¿Quería él llegar a este nivel? ¿Y ella? Había en sus conversaciones un asomo de expectación, de espera impaciente, como en la charla que se mantiene en el teatro antes de alzarse el telón. Sin embargo, ella comprendía claramente que no había llegado el momento de hablar de sus grandes secretos... Quizá mañana, pasado... O NUNCA. Tal vez no debía desear compartirlos, tal vez aquellos secretos tuvieran que permanecer siempre escondidos... ella no lo sabía. No podía juzgar, y las amenidades del presente le impedían pensar en ello como no fuera fugazmente, antes de dormir. En su clima particular parecía siempre ser el primer buen día de la primavera, ése en el que, por fin, nos damos cuenta de que realmente ha llegado la primavera, o bien ese otro día poco antes de que digamos, con un suspiro de pena: «¡Vaya, si ya está aquí el verano!» Vivían un idilio que se mantenía en un 265

tembloroso equilibrio sobre el borde mismo de... de algo que Daisy no podía definir ni tratar de explicárselo a North. Ella había advertido la fragilidad y evanescencia de la pasión casi en el mismo momento en que la experimentaba por primera vez. Durante aquella semana, su belleza adquirió infinidad de matices. Venecia estimulaba su fantasía. Por fin se atrevió a ponerse el vestido de Norman Hartnell diseñado hacia finales de los años veinte y calificado de «fabuloso», con el cuerpo de gasa rosa, blusón de tafetán orquídea y falda de tafetán azul celeste con una orla de flores pintadas a mano en el borde. Durante el día, con sus pantalones de marinero y camisas de rugby, Daisy lucía en las muñecas bárbaras pulseras de tres dólares; pero por la noche se ponía flores en el pelo. El sol que se reflejaba en el agua tiñó de oscuro las pecas de North haciendo que sus ojos parecieran más claros, y dio a la piel de Daisy un suave bronceado que contrastaba vivamente con su cabello. La gente se volvía a mirarla. Daisy y North almorzaban en cualquier trattoria que encontraran durante sus paseos, pero cenaban siempre en «Harry's Bar», que tiene la particularidad de convertirse en una especie de club para todo el que haya estado allí dos veces. Había otros artistas, desde luego, pero estaban en mayoría los verdaderos venecianos que, desde 1931, pasan por «Harry's Bar» por lo menos una vez al día para enterarse de las noticias del mundo que, para ellos, se limita exclusivamente a Venecia, venecianos que poseen una fría y bruñida elegancia propia de una raza vieja que ha aprendido que todo debe ser tratado como si fuera superficial. Una noche, Daisy derramó la sal sobre el mantel rosa, y ella y North, al unísono, cogieron un pellizco y lo echaron sobre el hombro. —¿Te has dado cuenta de que eso es una superstición? —preguntó North. —Sí. No pasaría absolutamente nada si no lo hiciéramos. Automáticamente, los dos tocaron la madera de la silla. —Puro atavismo —aseguró North. —Un rito primitivo —convino Daisy. —Si no tienes madera a mano, también sirve la cabeza. Puedes usar la mía, si quieres —ofreció North. — Sí, y a lo sabía. Pero no hay que esperar más de tres segundos. —Yo paso por debajo de las escaleras —dijo North con aire del que sabe más de lo que cuenta. —Yo, en los espejos rotos, ni pienso —replicó Daisy—. Ni en sombreros encima de la cama, ni en silbar en los vestuarios, ni en gatos negros. —¿Sólo sal y madera? —preguntó él con escepticismo.

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-Y formular un deseo mirando la primera estrella de la tarde. También se le puede pedir a la Luna llena, pero sólo cuando la ves por encima del hombro izquierdo sin querer. —Eso no lo sabía. — Pues es muy importante —dijo Daisy sabiamente, retorciendo uno de los rojos rizos de él—. También puedes pedir mirando a un avión si realmente lo confundes con una estrella; pero sólo si vas en coche y en la misma dirección. —No lo olvidaré —dijo North con tristeza en la voz, un tono nuevo en él, con nostalgia de hojas secas. —¿Qué ocurre? -Absolutamente nada. Todo es perfecto. —Sí... sé lo que quieres decir —dijo Daisy pensativa—. Es un problema. A la mañana siguiente los despertó el timbre del teléfono. —No dijiste que nos llamaran, ¿verdad niña? —murmuró North medio dormido, mientras el estridente sonido los sacaba a ambos de sus sueños. —No, no —respondió Daisy con amarga resignación, mientras alargaba el brazo para coger el aparato. — ¡No contestes! —exclamó él cogiéndole la mano con fuerza. —North... tú sabes lo que eso significa —dijo Daisy con vehemencia. —Déjalo. Podemos tener un día más. Ella escuchó atentamente su voz, dividida entre el deseo de aislarse del mundo y la aceptación de la ineludible realidad que le recordaba aquel timbre insistente. Daisy analizó el tono y cogió el auricular, mientras le sonreía con cariño, pena y comprensión, sentimientos tan íntimamente entremezclados y tan intensos, que le hicieron temblar la voz. —Hola, Arnie. No; no me has despertado. De todos modos iba a levantarme para contestar al teléfono.

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Sarah Fane, en la mesurada opinión de Ram, era algo más y también algo menos de lo que él imaginara cuando, meses atrás, a principios de la primavera de 1976, decidió investigar la posibilidad de considerarla apta para casarse con él, la muchacha le gustaba más de lo que él consideraba pertinente, dado que no cumplía todos los requisitos que él exigía de su futura esposa. Cierto, 267

había sido educada con esmero y estaba acostumbrada a ocupar un lugar en el gran mundo, lugar que hasta entonces, por no haber sido presentada en sociedad, sólo podía ocupar en las partidas de caza y pesca. Su conducta le parecía irreprochable; ni excesivamente sofisticada ni provinciana. Sin embargo, según los cálculos de Ram, cualquier mujer, y mucho más una jovencita, que recibiera las atenciones de un soltero tan apetecible como él, tenía que mostrarse deslumbrada y rendida. Pero miss Fane, la Honorable miss Fane, no lo estaba. Por lo menos en apariencia. Era una coqueta. Una coqueta dura, fría y calculadora. Y una belleza, una belleza dura, fría y encantadora, de la especie llamada «rosa de Inglaterra», de facciones perfectas, cutis blanco y sonrosado, labios deliciosos y ojos candidos que a más de un hombre ha llevado a maldecir la falsedad de tan dulce exterior, disfraz de un temperamento y una voluntad dignos de la reina Victoria. Ram se preguntaba qué podía haberle inducido a pensar que Sarah Fane no quería ser presentada en sociedad, ella, que estaba decidida a no perdonar ninguna fiesta. No sólo asistiría al baile del Aniversario de la Reina Carlota, con su traje blanco y sus largos guantes blancos, sino también al Royal Ascot y a Henley. Estaba invitada a todos los bailes privados que se darían desde mayo hasta julio, y a su propia fiesta, que se celebraría en julio, asistirían seiscientos invitados. Después de la temporada de bailes pensaba ir a las regatas de Cowes y al Concurso Hípico Internacional de Dublín. Cuando Ram observó que la Semana de Cowes y el Concurso de Dublín coincidían durante varios días, se limitó a sonreírle mientras le explicaba que podría asistir a casi tres cuartas partes de cada serie de festejos si salía de la isla de Wight para Irlanda inmediatamente después del baile del Royal Yacht Squadron. —Sería una lástima que tuviera que perderme lo de Dublín, Ram, ahora que mis padres me consideran, por fin, lo bastante mayor como para asistir -le dijo con una sonrisa que a Ram le había gustado poder calificar de excesivamente experta, pero que tuvo que reconocer que era inocente e ingenua. Su hermosura era de la clase que, en lugar de hacerse simplemente decorativa, gana distinción con los años. Y hasta eso lo sabía ella. Sarah Fane había pasado los tres últimos años en «Villa Brillantmont», un internado de Lausana que da a un número cada vez más reducido de muchachas de sociedad una excelente educación, un francés admirable y unas amigas pertenecientes a las familias más ricas del mundo. Para Ram, su principal ventaja consistía en que había impedido que Sarah permaneciera excesivamente expuesta a la influencia de Londres. En «Brillantmont», Sarah había tenido ocasión de comprobar su teoría de que prácticamente todas las muchachas se dividían en dos categorías: las que al salir de la escuela querían dedicarse a un trabajo interesante y emocionante, y las que deseaban librarse lo antes posible de las carabinas para sumirse en 268

una vorágine de aventuras románticas. Unas y otras estaban equivocadas; sin embargo, era una suerte que no vieran tan claramente como ella que lo primero en la vida era encontrar un marido. Unas tenían que conformarse con un marido aceptable, y otras podían aspirar a un buen marido. Ella exigía un marido excepcional, aun reconociendo que eran muy pocos los matrimonios excepcionales que se concertaban al cabo del año. Después de sumar sus cualidades sin falsa modestia, decidió que tenía derecho a optar a lo mejor. Sarah Fane despreciaba la relativa pobreza que iba extendiéndose poco a poco por las clases altas de Inglaterra. Le parecía una ofensa personal el haber nacido en una sociedad que había sufrido una revolución incruenta, una sociedad socialista con nombre de monarquía. Comprendía que de nada servía enojarse. La década de los setenta no había de cambiar sólo porque a ella le resultara odiosa. La solución estaba en escapar, en eludirla, en asegurarse una vida que se pareciera todo lo posible a la que por derecho le correspondía. Desde «Brillantmont», mientras esperaba que llegase su momento, Sarah se había dedicado a observar atentamente el completo cotillón de la season londinense. Sacó la conclusión de que las mejores bodas eran las que se hacían durante el primer año después de que la joven había sido presentada en sociedad, mientras aún era una novedad. La expresión «del año pasado» la ponía enferma. ¿Podía darse algo más rancio? Oportunidad. El secreto consistía en la elección del momento oportuno, pensaba Sarah mientras repasaba la lista de invitados a su fiesta, sentada ante su escritorio. Dejó la pluma y se puso a contar los meses. Disponía de toda la primavera y el verano de 1976, incluido septiembre si iba al Norte para asistir a los bailes escoceses. Después, otra vez a Londres para la pequeña temporada, que se prolongaba hasta Navidad. A continuación se producía el éxodo a las casas de campo. Cuando llegara la primavera de 1977, la atención general se concentraría en la nueva cosecha de muchachas que serían presentadas aquel año. De manera que, en realidad, el año de su presentación en sociedad se reducía a nueve o diez meses. Esa especie, cada vez más rara y esquiva, del soltero inglés rico y de buena familia, no suele decidirse a ir al altar hasta pasados los cuarenta. Algunos — demasiados— no van nunca. No; no eran tontos, pensó apretando sus delicados y sonrosados labios sobre sus impecables dientes, en una rápida mueca. Ellos nunca pasaban de moda: un hombre podía tener sesenta y cinco años, ser feo, aburrido y con mal genio y aún ser considerado un buen partido si tenía buena posición. Para ella no contaban los solteros que no tenían más atributos que una herencia en perspectiva, ya que no deseaba en modo alguno vivir indefinidamente con deudas y aspiraciones. Tampoco la atraían los poseedores de antiguos apellidos, que formaban sindicatos para explotar restaurantes ostentosos y discotecas. El joven lord metido a gerente de 269

salón le resultaba tan inaceptable como los que, por motivos económicos, se hacían fotógrafos o productores de películas, pretextando que era un pasatiempo. A sus ojos, ello disminuía su valor, aunque triunfaran en los negocios. Tampoco se sentiría satisfecha siendo la castellana de una gran mansión de las que han de abrirse al público y cobrar entrada a los visitantes para poder reparar las goteras. No tenía ninguna gracia. ¿De qué sirve ser marquesa si hay que montar una atracción de feria? ¿Qué sentimientos le inspiraba Ram Valensky ? Sarah apartó la lista de invitados. Desde que él se invitara a pasar un fin de semana en su casa, le había dado ciertas muestras de atención, aunque no las suficientes como para que ella pudiera considerarle un pretendiente. Era uno de los mejores partidos del país desde hacía siete u ocho años, y hasta aquel momento había eludido fácilmente la captura. Desde luego, era bien parecido, con una personalidad acerada y aristocrática y unos inteligentes ojos grises que la miraban con vivo interés y, al mismo tiempo, la tasaban con frialdad. A Sarah le gustaba ver la expresión de mesurada aprobación que su sin par belleza ponía en el rostro moreno y aguileño de Ram. El tenía un aire de distinción sobrio y sosegado que la complacía. Su actitud ante la vida era muy parecida a la de ella: también él deseaba obtener para sí lo mejor de lo que les restaba a los de su clase. Le agradaba la forma en que sostenía la escopeta, en el ángulo justo, ni muy tenso ni muy suelto. Bailaba bastante bien para ser un hombre al que no le gustaba el baile, y montaba soberanamente bien. Además, era un caballero. No tenía sentido del humor, desde luego, pero a la larga las personas que carecían de humor eran más fáciles de llevar. A Sarah Fane no le gustaba el humor, ni lo toleraba. Desde un punto de vista puramente objetivo —y Sarah Fane era eminentemente objetiva—, Ram tenía muchas ventajas. La edad ideal: a los treinta y dos años, un hombre ya debe pensar en organizar su vida. A juzgar por los gruñidos y comentarios casuales de su padre, su fortuna —cuya magnitud era tema de muchas especulaciones y rumores— debía de ser muy sólida. Sarah sentía un gran respeto por el sentido financiero de su padre, y él tenía que estar bastante bien informado de la posición económica de Ram, ya que hacían negocios juntos. Su madre era la experta en genealogía, y en tono vago, pero enterado, dijo que Valensky, aunque no era apellido inglés, era bastante bueno, especialmente estando como estaba unido al de Woodhill. Tal vez un poco heterodoxo, pero aceptable. Además, tampoco había que exagerar, especialmente teniendo en cuenta que su padre, Stash Valensky, y el padre de mistress Fane, habían volado juntos durante la guerra. La madre de Sarah no se habría expresado en términos más elogiosos si hubiera hablado del heredero del trono. Aunque cuando le daba uno de sus arrebatos de rigor genealógico mistress Fane torcía el gesto incluso al hablar de la casa de Windsor. Y era una suerte que el padre hubiera muerto. Así ya no 270

había que pensar en los derechos de sucesión, que a veces ensombrecían indefinidamente las más halagüeñas perspectivas. Distraídamente, Sarah Fane se dijo que nada sabía de la sensualidad de Ram. Ella siempre había relegado la sensualidad para más adelante. Temía y respetaba el poder de la sensualidad; para ella era como una moneda inapreciable en la partida de la vida, una moneda que nunca debía apostarse, como no fuera la última que a uno le quedaba para asegurarse el futuro. La sensualidad mal manejada había hecho fracasar muchos matrimonios. Afortunadamente, para ella la sensualidad nunca fue un problema. En su opinión, la sensualidad incontrolada era para la gente que no podía pagar otros lujos. Sarán Fane se dijo que, sin duda, Ram Valensky era el mejor partido que podía ofrecérsele. A ella y a cualquier muchacha con ambición. De todos modos, él distaba mucho de ser un pardillo. Antes podía considerársele un águila inquisitiva y acechante. Decidió no pedirle que la acompañara al Baile de la Reina Carlota. Sabía que él estaba esperando que lo hiciera, como habían hecho otras muchachas en años anteriores. Una expresión de prístina inocencia se pintó en sus exquisitas facciones e iluminó sus preciosos ojos azules al pensar cuál sería la reacción de Ram al verse excluido del primer acto importante del año de su presentación. Se dijo que era la mejor idea que había tenido en toda la mañana y se aplicó de nuevo a la confección de sus listas con renovado brío. A regañadientes y a pesar del furor que disimulaba, Ram empezó a respetar a Sarah Fane. El sospechaba de cada uno de sus movimientos, pero nada de lo que ella hacía o decía delataba la premeditación de sus maniobras. Su manera de tratarle era admirable. En lugar de derretirse y ufanarse como cabía esperar de una jovencita inexperta que recibiera las atenciones de un hombre de su categoría y posición, ella le ofrecía un inalterable semblante de plácida simpatía. Le trataba casi como a un amigo de su padre, más joven que los demás, pero no excesivamente interesante. Le daba las gracias por sus flores en un tono que daba a entender que las suyas no eran, ni mucho menos, las únicas que había recibido aquel día, aunque sin que su lenguaje cayera en el mero formulismo. Dejaba que la llevara al teatro y al restaurante casi siempre que él se lo pedía; pero siempre se unían a ellos otras parejas. —¡Pero Ram, es natural, estamos en plena temporada! —le dijo ella en tono de reproche la única vez que él protestó diciendo que no le gustaba estar siempre rodeado de tanta gente. Desde aquel día, él aceptó sin demostrar impaciencia a la multitud de jóvenes que ella llevaba alrededor: «Conozco el juego», pensaba al verla dedicar a algún muchacho una de sus sonrisas clásicas o sus deliciosos 271

mohines; pero al poco tiempo empezó a preguntarse si realmente era así. Ram decidió que sería conveniente ser visto en compañía de otras muchachas. Durante los meses de la temporada salió con muchas jóvenes, con las que tenía exactamente las mismas atenciones, galantes, caballerosas y reservadas, que con Sarah. La Honorable Sarah Fane tenía una temporada espléndida. Todos los periódicos y revistas coincidían en afirmar que era una de las más hermosas muchachas que habían sido presentadas en sociedad aquel año, y se hablaba de ella como de una posible novia para el príncipe Carlos, pese a que él no la distinguía con más —ni menos— atenciones que a las demás. De todos modos, buscar novia al príncipe era un pasatiempo nacional permanente. Pasaron abril y mayo y llegó junio sin que se alterara la actitud serena y animada de Sarah que seguía asistiendo a fiestas y bailes. Elegía vestidos de colores que ponían de relieve su complexión blanca y sonrosada. En lugar de los tonos pastel que eran casi obligados para las jovencitas recién puestas de largo, ella prefería los azules mates y los verdes esmeralda de corte sencillo, sobre los que sus blancos hombros resplandecían con una peculiar distinción. Nunca hablaba a Ram de las muchas fiestas a las que asistía, salvo cuando le pedía que la acompañara, cosa que hacía de vez en cuando. Aquella reticencia resultaba más indignante que cualquier exceso de información. El esperaba oírla presumir, pero esperaba en vano. Esperaba que le hablara de las otras muchachas con las que él salía, también en vano. Al fin, hubo de reconocer que era una formidable oponente. El habría preferido una esposa menos segura de sí; pero, al mismo tiempo, le halagaba pensar que su elegida era una joven excepcional. Empezaba a parecer inevitable que, en lugar de encontrar a una muchacha inexperta que hubiera sido como cera en sus manos, hubiera dado con una que sabía lo que valía y no estaba dispuesta a venderse a bajo precio. Fane Hall fue el escenario de la fiesta de Sarah, servida por la venerable firma de «Searcy Tansley», una cena-baile celebrada bajo una serie de adornadas tiendas, instaladas alrededor de la grandiosa mansión Tudor de ladrillo rojo. Varios de los jóvenes invitados dormirían en Fane Hall, y otros se alojarían en las casas de algunos vecinos. Los preparativos fueron casi tan complicados como los de una coronación, según comentó Sarah riendo muy divertida, como si nada tuvieran que ver con ella. Su fiesta tendría una fastuosidad impropia de los miserables años setenta y sería una grata vuelta a los buenos tiempos de antaño. Los Fane podían permitírselo, se decían sus amistades, y ello aumentaba la aureola de respeto que envolvía a Sarah. La fecha fijada para el baile fue el primer fin de semana de julio, una vez terminados todos los exámenes de fin de curso y de ingreso en la Universidad. Marcaría el comienzo del apogeo de la temporada, el momento en

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que todos los jóvenes de la Inglaterra noble quedaban libres de las prisiones del saber. Sarah presidió el baile con un vestido de seda blanca sin hombreras, recogido con cintas de satén debajo del pecho y en la cintura. La falda, de enorme vuelo, estaba también recogida por otras dos cintas, formando frunces. Lucía en su linda cabeza la tiara de su abuela; lucía una sonrisa tan amable, complacida y franca para un duque como para cualquier otra jovencita; lucía la convicción de formar parte de una gran tradición aristocrática sin altivez ni amaneramiento; lucía su impecable hermosura como si nada pudiera hacerle sombra. Como todas las muchachas el día de su puesta de largo, fue la reina de su baile; pero había en el aire algo que daba a la fiesta un tinte legendario, algo que hacía comprender a todos los presentes que el baile de Sarah Fane pasaría a la historia de las grandes fiestas. Aquella noche Sarah alcanzó la cumbre de su triunfo, bailando con más de doscientos hombres, girando y girando con una gracia infatigable, sin perder ni un momento el dominio de la ocasión. Ram sólo pudo cogerla unos momentos y pasó la noche bailando con otras muchachas, bajo la benévola mirada de las mamás y de las hijas. Casi cedió a la tentación de declararse aquella misma noche, pero se contuvo. Después de semejante triunfo, ella no daría a su declaración todo el valor que merecía. Sería demasiado arrope para el pastel de Sarah Fane. Esperaría a que terminara la temporada. A ella no le haría ningún daño continuar durante unos meses con la duda de por qué seguía dedicándole atenciones y sin embargo no le decía nada. —Dame un ejemplo —dijo Kiki. Era domingo por la mañana y estaban en el apartamento de Luke, concretamente, en la cama de Luke. En realidad, ella no quería un ejemplo, quería que Luke la besara otra vez, y Luke la besó otra vez. —Por ejemplo... —dijo—. Oye, ¡qué buena estás por la mañana, antes de lavarte los dientes! ¡Me gusta el aliento matinal! Y entonces tú vas y miras a la cámara con esos ojazos de gata y esa sensualidad reconcentrada en la nariz y los labios y se oye tu voz en off que dice: «¿A qué hombre le gusta un beso con sabor a menta al despertarse? Un poquito de "Scope" por la noche, ése es mi secreto.» Y entonces yo te beso así y digo: «¡Mua, mua...!, no se te ocurra levantarte de la cama.» — ¡Es formidable! ¿Por qué no lo hacéis? —preguntó Kiki—. Hasta a mí me han entrado ganas de comprar «Scope». Si será buena la idea... — La idea es buenísima, pero no podemos hacerlo. El patrocinador no quiere sexo, y la emisora no lo admitiría. El público se escandalizaría. Además, probablemente no sea cierto, y en la publicidad hay que preocuparse de la verdad. 273

-¿Eso quiere decir que tengo que lavarme los dientes? —preguntó Kiki, intranquila. —No, tonta; sólo que quizás a muchos no les guste el aliento matinal tanto como a mí. —La besó otra vez.— No puedes asegurar que «Scope» actúe durante toda la noche, y si sacas a dos personas en una cama, una tiene que sufrir de acidez de estómago o sinusitis, y la otra, ser Florence Nightingale. No es posible presentar a una pareja de felices enamorados que acaban de despertar. América no está preparada para eso. — ¡Pero si es la realidad...! —protestó Kiki. — La realidad y los anuncios son cosas distintas. Si quisiéramos realidad, nos dedicaríamos a los documentales —murmuró él, besándola debajo del brazo—. Me parece que el sobaco matinal me gusta aún más que el aliento matinal. —Dame otro ejemplo —ronroneó Kiki. —Un primer plano de una mujer que dice a la cámara: «¡Odio a Howard Cosell!» Y luego, otra y otra hasta que la pantalla queda dividida en dieciséis cuadros, en cada uno de los cuales hay una mujer diferente que grita con histerismo creciente: «¡Odio a Howard Cosell!» Luego se oye otra voz de mujer, ésta suave y tranquila, que dice: «¿Empieza a estar harta del fútbol del domingo por la noche? Pruebe "Bufferin". A él no le hará callar, pero usted se sentirá mejor.» —¿Y qué tiene eso de malo? No dices nada que no sea verdad. —No; pero Howard Cosell nos demandaría y la emisora no lo pondría durante la transmisión del partido, que es cuando podría tener mayor efectividad. Y los simpatizantes de Howard Cosell no volverían a comprar «Bufferin». —¿Tiene simpatizantes Howard Cosell? —Teóricamente, aunque yo no he conocido a ninguno —dijo Luke tristemente. ¿Y si contratarais a Howard Cosell para que dijera: «Pruebe"Bufferin", a mí no me hará callar; pero usted se sentirá mejor» ?—preguntó Kiki —. Estoy segura de que está deseando salir en un anuncio. — ¡Kiki! —exclamó Luke casi sentándose en la cama—. ¡Me parece que acabamos de robar el contrato «Bufferin»! — ¡Vuelve aquí! —ordenó Kiki—. Hoy es domingo, y en domingo no se roban contratos. Luke volvió a echarse y siguió con su lista de anuncios soñados. —Tengo uno formidable para «Tampax». Coges a alguien como Katherine Hepburn o Bette Davis, una autoridad, una figura de campanillas, la enfocas de frente y ella dice algo así: «Si las mujeres no menstruaran, no existiría la raza humana, de modo que, ¿por qué no nos dejamos de pamplinas y reconocemos lo estupendo que es que las señoras que tengan ovarios que cada mes suelten óvulos? En este caso, cuando el óvulo no está fertilizado,

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lo más práctico es usar "Tampax", porque "Tampax" es cómodo y hace lo que tiene que hacer.» — ¡Hummm! —Ya lo ves. Hasta tú te escandalizas. En la televisión las mujeres no pueden tener períodos menstruales, ovarios, vaginas ni demás equipos, como no sea en uno de esos seriales de hospital en los que siempre se lo quitan todo. En un dramón pueden dar todos los detalles, pero en los anuncios tienes que recurrir a frases delicadas como «esos días» y demás. Somos el último reducto de los puritanos. — ¡Pobre amor mío! Debes de sentirte frustrado. —A veces sí, pero generalmente me olvido de lo que me gustaría hacer y hago lo que puedo lo mejor posible. Es un modo de ganarse la vida. Kiki se abrazó a Luke con todas sus fuerzas. — No seas burro, es algo más que eso. ¿No te has dado cuenta de que sin publicidad no habría más periódicos, revistas ni televisión que los que pagara el Gobierno? La publicidad es lo que mantiene toda esa información y esos medios de diversión, así que no te pongas tonto. Estás haciendo un trabajo útil y lo haces mejor que nadie. —Había olvidado que estaba hablando con una capitalista —rió Luke—. Estoy tan acostumbrado a las chicas que desprecian la publicidad, que es un verdadero placer escuchar a la representante de «Grosse Pointe». Kiki, que lo tenía firmemente cogido, trató de sacudirlo, pero él pesaba demasiado y no pudo moverlo, por lo cual tuvo que contentarse con sisear: —No sabes lo que es la gratitud, ni la clase, ni el buen gusto. ¡Hablar de otras chicas en este momento! Me voy de esta cama, Luke Hammerstein... ¡Chivo! — ¡Oh, no! Perdona, era una broma, te lo juro. —Voy a hacer pipí —dijo ella con altivez. —Eh, ¿qué te parece esto? Una mujer estupenda, vestida a la última moda, que dice: «Perdona, pero tengo que ir a hacer pipí.» Y la otra señora fantástica —están almorzando en «La Grenouille»- le pregunta: «¿Qué marca de papel higiénico prefieres?» Y la primera contesta: «"Lady Scott", desde luego. Y es que hasta las personas más distinguidas hacen pipí. De modo que más vale hacerlo con estilo.» — ¡Brillante! —exclamó Kiki en tono de burla—. Creo que deberías dedicarte a enseñar literatura en Harvard. Tienes la mente enferma, Luke Hammerstein, enferma. —¿Eso porque he hablado de «Grosse Pointe»? —preguntó él con malicia.

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— ¡Anda y jódete! -exclamó ella indignada. —No, estando tú aquí. —¿Es un cumplido? —bufó ella. —Tú lo has dicho. Ahora vas a hacer pipí y date prisa. ¡Y no te laves los dientes! Luke se desperezó, satisfecho. Sólo tenía un problema: ¿Bollos, requesón y salmón primero y follar después, o viceversa? Ni el mismísimo Maimónides habría podido decidir. —¿Se puede saber qué es lo que pasa, Teseo? —preguntó Daisy rascando las orejas al perro de un modo que entusiasmaba al animal—. Cuéntame qué ocurre. —Si no estuviera yo aquí, sería natural que le preguntaras a él, pero teniendo a tu lado a este pozo de ciencia, resulta ofensivo. —Te he visto tan ocupada cambiándote el esmalte de las uñas, que me ha parecido que no querrías hablar. —No tiene nada que ver lo uno con lo otro —dijo Kiki aplicando quitaesmalte a la laca casi marrón que usaba últimamente—. ¿A cuántas manicuras calladas conoces tú? —Nunca voy a la manicura. Creí que operaban en religioso silencio. —Te lavas el pelo en casa, te arreglas las manos en casa... No me sorprende que tengas que pedir consejo al perro. -¿Cómo voy a hablar contigo? Con lo feliz que eres debes de estar completamente idiotizada. Todo lo ves con los ojos del amor. Y no hay nada que deforme tanto la realidad. Tu aparato sensorial está anestesiado, tu facultad de raciocinio está paralizada, tu libre albedrío te ha sido arrebatado y funcionas sobre una serie de premisas que nadie del mundo entiende más que tú. Teseo, por lo menos, no está enamorado. —Desde que regresaste de Venecia, y estamos en noviembre, de modo que hace más de dos meses, no eres la misma —dijo Kiki como si pensara en voz alta —. De modo que, como puedes ver, mi aparato sensorial está tan despierto como de costumbre, para todo lo que no se refiera a Luke. Estás semilánguida, semiatormentada, semidisgustada contigo misma, suspirando por algo de índole sentimental relacionado con North. ¿Por qué no me consultaste antes de buscarte complicaciones con el jefe? —Había huelga de teléfonos —le recordó Daisy. —Excusas, excusas... ¿Cuál es la actual situación de esas relaciones, si se me permite la expresión? —Equívoca —dijo Daisy. —¿Situación equívoca?¿Significa eso algo non sancto, algo siniestro?

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— ¡ Ay, Kiki, ya has vuelto a hacerte un lío! Equívoca, cambiante, como cuando el viento está del Este y se pone del Oeste, como cuando se forma la niebla y luego se disipa y luego vuelve. Equívoca porque no me aclaro. Kiki la miró fijamente. Daisy había adelgazado, lo cual, en opinión de Kiki, maldita la falta que le hacía, y su carácter había cambiado. No era que estuviera amargada, pero últimamente era muy susceptible y pasaba demasiado tiempo cuidando de Teseo y llevándole a pasear y estaba muy poco con North. —¿No podrías ser un poco más explícita? —preguntó Kiki, sacando de un paquetito un frasco de esmalte rosa pálido y empezando a aplicárselo. —Es difícil señalar algo en concreto. Yo ya sabía que cuando regresáramos todo tenía que cambiar. En Venecia las circunstancias eran totalmente anormales. No creo que North se haya tomado en toda su vida tantos días de asueto seguidos. En efecto, el trabajo se había retrasado y tuvimos que trabajar a marchas forzadas para recuperar la semana perdida. Esto lo comprendo. Al fin y al cabo, formo parte de ese trabajo; sin mí no hubieran podido hacerlo. Y era agradable trabajar juntos. Delante de los demás me trataba como siempre, y es lo que yo quería. No me hubiera gustado tener que aguantar las bromas de Nick, Wingo y los demás. Y cuando estamos solos es... divertido... y físicamente le gusto... y es cariñoso... supongo... —Pero... —apuntó Kiki. —Pero... hasta aquí hemos llegado. —No veo qué tiene eso de malo. —Es su manera de ser cariñoso lo que no me llena. Lo nuestro no se afianza, no marcha, está en el aire, incompleto, provisional... —¿La culpa es tuya o de él? —preguntó Kiki certeramente. Daisy interrumpió su vano intento de ahuecar el pelo de Teseo y se quedó pensativa, como si no se le hubiera ocurrido enfocarlo así. —Pues ya que lo preguntas, creo que de los dos —respondió lentamente, en tono de sorpresa. — Entonces, no puedes quejarte. No; borra eso. ¡Claro que puedes! Si no te quejas a mí, ¿qué clase de amiga soy? Quéjate, anda, quéjate. Daisy miró afectuosamente a Kiki. Entonces se dio cuenta de que su amiga tenía un aspecto extraño. Su melena, de ordinario tan alborotada, estaba perfectamente peinada, y hasta el flequillo le caía liso sobre la frente. Los ojos parecían mucho más pequeños sin la exagerada cantidad de maquillaje que solía ponerse. Sólo llevaba un toque de máscara, y el color de sus labios armonizaba con el de sus uñas. Su aire agitanado estaba muy mitigado y más bien tenía un aspecto cuidado, fino y discreto. Parecía otra, allí sentada con su ropa interior, mientras esperaba a que se le secaran las uñas. Y había algo más. ¿Desde cuándo usaba Kiki enagua bajera y sujetador? 277

— ¡Pero quéjate, mujer, para que me quede tranquila! —insistió Kiki. —Siento algo indefinible... —Adelante, Daisy, cuenta, que yo entiendo mucho de indefinibles. —Verás, me pregunto si, de no haber sido por la huelga, hubiera ocurrido algo. Si en otras circunstancias... Llevaba cuatro años trabajando para North y nunca me había dicho nada. Quizá no sea más que un pasatiempo. —Eso no es una queja ni es una sensación indefinible. Es, sencillamente, el afán de buscarle tres pies al gato. Si se hubiera encontrado atascado en Venecia con alguien que no le gustara, no habría pasado nada, ¿verdad? —Tal vez. Por otro lado, en aquel ambiente mágico, cualquiera habría parecido bien. — ¡Daisy, no empieces con eso! Kiki estaba indignada. Incluso al cabo de los años le costaba trabajo creer que una persona como Daisy pudiera subestimarse de aquel modo. —Tienes razón, ya estaba otra vez... De todos modos, el otro día ocurrió algo que no se me va de la cabeza. Estábamos en su casa, acabábamos de hacer el amor y yo esperaba que él me cogiera en brazos y se mostrara tierno y cariñoso; pero se apartó, nervioso, y dijo con una voz remota y cansada, no exactamente aburrido, bueno, tal vez un poco, dijo: «Daisy, diviérteme.» — ¡El muy cabrito! —Eso es exactamente lo que yo pensé. No pienso volver a verle fuera del trabajo. Las dos muchachas se miraron, comprendiéndose perfectamente. — ¿Y tú qué le dijiste? —preguntó Kiki, acalorada. —Nada. Me quedé helada. Me levanté, me vestí y me vine directamente a casa. — ¿Por qué no me lo dijiste en seguida? —Al principio pensé que le daba excesiva importancia, que era demasiado susceptible y quisquillosa. En realidad, fue poca cosa — dijo Daisy, pensativa. —Sí; pero son esas pocas cosas las que hay que vigilar. Esas cosillas los retratan —dijo Kiki estropeándose una uña, de indignación—. ¿Dar «excesiva importancia» a que te hable como si fueras un medio de diversión, una especie de odalisca, una fulana, una muñeca a la que se le da cuerda y canta? No me sorprende que dos mujeres se hayan divorciado de él. El muy cerdo no sabe de mujeres ni una puñeta —dijo Kiki mirando a Daisy con desconsuelo. — Oye, no es que quiera cambiar de conversación, pero ¿ no iba a venir a buscarte Luke dentro de cinco minutos? Aún no te has pintado ni te has vestido. No estarás lista. Kiki, con un sobresalto, se puso en pie, fue al armario y volvió con un saco de plástico de «Saks». Lo abrió y, con ágiles movimientos, se puso un vestido de franela color crema, de corte sencillo, sobrio y selecto, con un cinturón de 278

piel trenzada azul marino y crema. Se calzó unos zapatos cerrados, azul marino de medio tacón, se puso un collar de perlas y se volvió a mirar a Daisy con aire retador. — ¿De qué vas? —preguntó Daisy sin creer lo que estaba viendo. —De hija de familia —respondió Kiki con altivez. —¿Vas a salir de casa con esa pinta? -preguntó Daisy que había visto a Kiki con la indumentaria más increíble, pero nunca como entonces. -Sí. —¿Se ha muerto alguien? ¿Vas al entierro? -No. —¿Alguna novicia que va a profesar te ha invitado a la ceremonia? -No. — ¿Vas a la Casa Blanca? — —Tampoco. — Es un baile de disfraces y tú vas de buena chica. — Casi. Luke me lleva a Pound Ridge... para presentarme a su madre —replicó Kiki con una rápida sonrisa. — ¡Alabado sea Dios! —gritó Daisy, levantándose de un salto y tirando al suelo a Teseo, que estaba medio dormido. — ¡Y aleluya! —chilló Kiki, empezando a bailar. — ¡Pues así no puedes presentarte! — ¿Cómo que no? El traje es ideal. Su madre es ultraconservadora. —Se te ha ido la mano. ¿A quién quieres impresionar más, a Luke o a su madre? En cuanto te vea vestida así, sabrá que pretendes conquistar a su madre, y eso es fatal con un sujeto tan frío y tan bohemio como Luke. Tienes que hacer ver que la cosa te tiene sin cuidado. No te disfraces de novia formal antes de que él te pida que te cases. ¡Ay, calamidad... cómo se nota que eres de «Grosse Pointe»! Se va a morir de risa cuando te vea. —¡Mierda, tienes razón! —gimió Kiki—. ¿Y qué me pongo ahora? No tengo nada ni remotamente apropiado. Era la estampa de la desesperación, revolviendo en el armario y tirando al suelo prendas a cuál más estrafalaria. —¿Y un pantalón? ¿Dónde está el pantalón de crepé negro? —murmuró Daisy. —Me puse a pintar un decorado sin acordarme de que lo llevaba puesto y quedó perdido de pintura. — ¿Y el de lana? — En la tintorería. Daisy, ¿por qué seré tan idiota? ¿Por qué 279

han de pasarme a mí estas cosas? Va a llegar de un momento a otro... —se desesperó Kiki. —Quita un momento. —Daisy miró atentamente a Kiki.— Ya está. Fuera las perlas, el sujetador y los pantis. Luego, ponte otra vez el vestido. Bien. Ahora ponte las sandalias plateadas, ésas de suela de corcho y tacones de palmo. Menos mal que aún tienes las piernas bronceadas. Desabróchate el vestido hasta la cintura. No; es demasiado. Abrocha dos botones. Muy bien, aún se ven tetitas, pero menos. Aquí está el cinturón... — ¡Eso es el collar de Teseo, Daisy! —protestó Kiki. — —Calla y mira si te da la vuelta -cortó Daisy—. ¡Qué pena, es corto! Habría sido perfecto. A ver un cinturón... cinturón... —murmuraba mientras revolvía los cajones. Por fin encontró una faja de gasa roja con una gran hebilla de brillantes que había comprado en una tienda de ropa vieja. Siguió buscando y sacó una pequeña flor encarnada. Sonó el timbre de la puerta. —Ve a pintarte los ojos —ordenó Daisy—. Yo le entretendré. Sin prisas y procura que no te tiemble el pulso —recomendó, agitada, empujándola hacia el cuarto de baño y cerrando la puerta. Luke entró como una flecha en la sala, saludando efusivamente a Daisy y a Teseo. A Daisy, acostumbrada a su aire distraído y distante, le pareció que estaba muy nervioso. Incluso sus párpados habían perdido su gesto melancólico, y no paraba de sobarse la barba y de sacudirse de las mangas una pelusa imaginaria. -¿Y Kiki? —Acabando de arreglarse —repuso Daisy serenamente. —Supongo que se habrá puesto sus leotardos verde loro y el sarape maya, ¿no? —preguntó Luke. —Más o menos. El se puso a mirar por la ventana, golpeando el suelo con el pie y tamborileando con los dedos en la pared. —Mi madre no puede sufrir que llegue tarde —dijo. —Ya no tardará. ¿Qué ocurre esta noche? —Una especie de cena de familia. También estará la abuela —añadió en tono de mal humor. —¿Una cena con tres generaciones? ¡Vaya! —exclamó Daisy, tratando de sonsacarle. —Y unos cuantos tíos y tías que se invitaron al enterarse de que yo llevaba a una chica. — ¿Es la primera vez que llevas a una chica a tu casa? —preguntó Daisy con asombro. —Sí, desde que tenía diecisiete años. 280

Luke le lanzó una rápida mirada de angustia y febril determinación, que dijo a Daisy cuanto necesitaba saber. —Si me perdonas un momento, Luke, voy a meterle prisa a Kiki —dijo. Camino del cuarto de baño, se detuvo ante el armario de Kiki y recuperó los zapatos azul marino y el cinturón de piel. Miró con gesto pensativo los pantis y el sujetador que estaban en el suelo, cogió los pantis y dejó el sujetador. Tampoco había que pasarse. Abrió sigilosamente la puerta del cuarto de baño. Kiki ya se había pintado los ojos—. Quítate esos monstruos de sandalias —le dijo, mientras le desabrochaba la faja de gasa roja. -¿Qué? —Cambio de táctica. No hagas preguntas. No hay tiempo. Toma el cinturón. Las perlas, ¿son buenas? — ¡Claro! Son de mi madre. —Está bien. Póntelas. Abróchate otro botón y deja que te vea. Ahuécate un poco el pelo. Colosal. Toma, te presto este jersey para que lo lleves al brazo. —¿Un cardigan de cachemir blanco? Daisy, pero si es de antes de que fuéramos a la Universidad. Te lo compraste en Londres siendo aún una niña. —Mira, cualquiera puede comprar un jersey; pero una lana cachemir antigua y que ya empieza a amarillear... En seguida lo comprenderán. —¿Quiénes? —No te preocupes. Luke está impaciente. No, espera... Te falta algo... — Daisy le prendió la flor en el cinturón y se echó hacia atrás para ver el efecto.— Refinada, elegante, rica, discretamente sexy y patriótica... ¿es que se puede pedir más? —Sí; que fuera judía —añadió Kiki lúgubremente. —Tampoco van a esperar milagros. —Pero, ¿quiénes? Me has puesto nerviosa. Kiki dio saltitos mientras se admiraba en el espejo. —Mejor, también les gustará que estés nerviosa, es lo más apropiado. Ahora vete. Daisy tiró de ella para apartarla del espejo y la empujó hacia la sala. Oyó unos saludos rápidos y ahogados y el chasquido de la puerta al cerrarse. Lentamente, Daisy entró en la sala. Teseo la miraba interrogativamente con la cabeza ladeada, una oreja enhiesta y la otra, caída. —Es natural que te preguntes qué pasa —dijo al perro con voz ronca—. Pero, ¿podrías contestarme tú por qué... por qué no estoy en paz conmigo?

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—¿Qué carajo que va a venir el patrocinador? —gritó North al teléfono-. Luke, tú sabes tan bien como yo que eso no es posible. La campaña está preparada. ¿Por qué ha de venir ahora? ¿Y por qué había de venir alguna vez? -No te enfades conmigo, North. Sabes perfectamente que por nada del mundo querría ver en la reunión a alguien de la parte del cliente —dijo Luke con vehemencia—. Es inaudito que se empeñe en asistir. Si se tratara de un cliente pequeño, aún lo comprendería; pero el presidente de «Supracorp» tendría que estar muy por encima de estas cosas, hombre. — ¡Encima o debajo, lo cierto es que nos quita libertad! —tronó North. —Mira, North, crees tener libertad porque te gusta creerlo así. En realidad, ninguno de nosotros la tiene. El dinero lo pone el cliente y él es quien dice cómo hay que gastarlo. El es el que tiene libertad. Toda mi libertad se reduce a proponer formas ingeniosas para hacerlo correr. Y tu libertad consiste en hacer los anuncios lo mejor posible. —Déjate de monsergas. Lo que yo digo es que lo que va a hacer ese tío es meter las narices en cosas que no entiende y que aunque le guste lo que hemos preparado, lo cambiará sólo por darse el gustazo de enredar. Ese hijo de puta vendrá exclusivamente a buscarnos las cosquillas. Seguramente ya habrá vuelto locos a todos los que trabajan para él y estará buscando nuevas víctimas. Conozco el tipo. -No conoces a Patrick Shannon. -¿Y tú sí? —No; pero dicen que es duro de pelar y más listo que el hambre. — ¡Perfecto! Justo la clase de persona que no quiero ver en mis reuniones. Bastante tengo con aguantarte a ti. No necesito más duros ni más listos. -Mira, estoy de tu parte; pero no puedo decirle que no venga. —Puedes probar. — Prueba tú, North. Tú eres el libre. — —Hasta mañana. North colgó el teléfono y se puso a pensar acerca del nuevo rumbo que tomaban los acontecimientos. Que un verdadero patrocinador, aquella legendaria pesadilla de los primeros tiempos de la Radio y la Televisión, descendiera del Olimpo para asistir a una reunión de producción era una verdadera atrocidad. North sabía muy bien cuál era el lugar que correspondía a los patrocinadores: éstos eran entes incorpóreos, invisibles, probablemente grupos de personas más que un solo individuo, que estaban sentados en las nubes de las supercorporaciones, en enormes salas de juntas dominando grandes panorámicas sobre el Hudson, y decían que sí o que no a

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las campañas de propaganda que eran propuestas, preparadas y realizadas por los simples mortales. Ellos no se preocupaban del funcionamiento de la maquinaria, ellos no eran los mecánicos que cuidaban del «Cadillac», sino sus distantes y riquísimos pasajeros que, de algún modo, daban a entender al chófer la dirección que deseaban tomar, pero no tenían nada que ver con la marcha del coche. ¡Y así tenía que ser, por Dios! Lo único que tenía que hacer el patrocinador era decidir qué programa «hacía la pausa» para dar paso a su mensaje, o era «presentado» por él, o era «patrocinado» por él. Era monstruosa la idea de que el patrocinador llegara hasta ellos encarnado en la persona de Patrick Shannon. ¿A qué aberración podría dar lugar? A lo mejor quería lanzar el «mensaje» personalmente, como en los anuncios de confección casera de coches usados... A lo mejor resultaba que Patrick Shannon era otro Cal Worthington. Por más millones que fuera a gastar en la campaña de Elstree, el tal Shannon debía de tener la buena idea de dejarla en manos de sus bien pagados especialistas. Cualquiera sabía hasta dónde quería llegar. Ya se había saltado todas las reglas al empeñarse en asistir a la reunión cuando Luke y los chicos de Elstree ya habían acordado una campaña bastante aceptable. Cualquier intervención a estas alturas acarrearía problemas. Muchos problemas. — ¡Daisy! —gritó por el intercomunicador—. Ven inmediata mente. —Si Shannon asistía a la reunión, North quería que asistiera también toda su gente. Daisy debería ocuparse de ello. El tenía cosas importantes que hacer. Daisy dio un último repaso a la gran sala de reuniones. Aquella irregular reunión que iba a empezar dentro de unos minutos había causado ya tanta consternación e irascibilidad, que Daisy decidió asegurarse de que, por lo menos, los reunidos dispusieran de suficientes ceniceros, lápices y jarros de agua fría. Fue una suerte que lo hiciera, ya que se habían olvidado de poner blocs. Si la gente no podía garrapatear en un papel, existía el peligro de que empezaran a clavarse las uñas unos a otros. Eso pensaba Daisy mientras corría a avisar a la secretaria de North que sacara montones de blocs. Aún faltaba un minuto, y Daisy entró en su despacho para mirarse rápidamente al espejo. Todo parecía estar en orden. Había logrado hacerse casi invisible. Se había recogido el pelo en una gruesa trenza que llevaba dentro de la blusa. Encima de la blusa se había puesto un ancho mono blanco de carpintero y, en la cabeza, un gorro de marinero hundido hasta los ojos. Se dijo que, sobre la pared blanca de la sala, pasaría inadvertida. Daisy no había podido evitar el asistir a la reunión, pero por lo menos se sentía bastante segura de que Patrick Shannon no la identificaría con la muchacha que había conocido en la cena de los Short en Middleburg, la muchacha que, según debía de creer él, le había molestado deliberadamente. Tanto le había 283

molestado, que Daisy temía que su sola presencia pudiera contribuir a exacerbar los exaltados ánimos de los asistentes a la reunión. El ruido del ascensor que subía indicó a Daisy que iba a empezar la sesión. El primero en llegar fue Luke Hammerstein, acompañado de cinco subordinados. Cuando la sala empezó a llenarse, Daisy se hizo a un lado. North los había convocado a todos a aquella conferencia en la cumbre. Allí estaban Arnie Greene, Nick el Griego, Hubie Troy, Wingo Sparks, los dos ayudantes de Daisy y Alix Updike. «Hoy, uniforme de gala», pensó Daisy descubriendo el sitio ideal para ella, a la izquierda de Nick, que hoy lucía una resplandeciente americana a cuadros escoceses. Daisy se dijo que todas las miradas, al tropezar con Nick, quedarían fijadas en él. A la hora en punto entró Patrick Shannon, seguido de cinco personas, a las que presentó rápidamente: Hilly Bijur, presidente de la División Elstree de «Supracorp»; Jared Turner, jefe de Marketing; Candice Bloom, jefe de Propaganda de Elstree; Hellen Straus, jefe de Publicidad, y Patsy Jacobson, jefe de Fabricación. Mientras se instalaban, Daisy tuvo tiempo de atisbar desde su estratégica situación y observar rápidamente a Patrick Shannon que, sin la menor vacilación, se había sentado frente a North, en el extremo opuesto de la mesa. Era la primera vez que Daisy veía a North frente a otro hombre de personalidad similar. Aun sin mirar, Daisy advertía que Shannon dominaba la reunión. Todos los presentes parecían inclinarse hacia él, como si fuera un imán. Tal vez lo que causaba aquella impresión era el peso de todas las orejas tendidas en la misma dirección. Daisy tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse de lo absurdo de aquella solemne ocasión. La presencia de Shannon era tan innecesaria, que Daisy no podía creer que Luke y North se hubieran preocupado seriamente... y con tanta vehemencia. Si aquel engreído personaje quería dar la impresión de que hacía labor «creativa» en la preparación de los anuncios de su Compañía, ¿por qué no seguirle la corriente? No era distinto de los otros clientes que contrataban a North. Durante el rodaje, absolutamente todos querían mirar por el visor de la cámara. Y North siempre les complacía —la primera vez—, aunque ninguno sabía qué era lo que miraba ni cómo quedaría en la película. Luego ellos movían afirmativamente la cabeza con aire de entendidos y daban su aprobación a todo lo que él pensara hacer. Sin embargo... Shannon entró en la sala con el paso firme y seguro de un capitán que paseara por la cubierta de su barco, un barco, según sospechaba Daisy, que izaría la bandera de la calavera y las tibias en cuanto se hiciera a la mar. Aquel hombre era un pirata, un bandolero irlandés de pelo negro y revuelto, ojos azules, disfrazado de magnate de los negocios. La reunión dio comienzo cuando Luke se puso en pie. Aunque lo disimulaba, estaba profundamente disgustado por tener que recapitular la historia de 284

una labor que había sido sometida a discusión durante semanas y que, en realidad, ya estaba terminada, pero Shannon le había llamado para pedirle que hiciera un resumen al principio de la reunión, al objeto de poner a todos en antecedentes. Con una voz que inmediatamente captó la atención de todos, Luke entró de pronto en materia. Uno de los requisitos exigidos por todos los empleos que había desempeñado y que le habían permitido ocupar su puesto actual era la facultad de describir un anuncio con tanta plasticidad que quien le escuchara pudiera «verlo» sin necesidad de imágenes. —Elstree tiene un problema de imagen. Rancio, anticuado, el favorito de la abuela. Nosotros sabíamos qué era lo que fallaba. El año pasado otra agencia lanzó una campaña que ya estaba perdida de antemano utilizando como principal argumento de propaganda la pureza de los ingredientes. No resultó, y por eso Elstree nos ha contratado a nosotros. La pureza no basta en un mundo en el que hay varias marcas que hacen idéntica afirmación con similar justificación. Hizo una pausa y miró al auditorio. Todos le escuchaban atentamente. — ¡La distinción trasnochada y la pureza están pasadas. Nosotros captaremos el sector más lucrativo del mercado: la mujer que trabaja: dinámica, emprendedora y con su propio talonario. — Luke levantó una gran fotografía de la cara de una muchacha y la mostró a sus oyentes.— Aquí tienen a Pat Stevens, la nueva chica Elstree. Los anuncios la presentarán en situaciones que nunca se han explotado en relación con el mundo de cosméticos y perfumes: hará acrobacia aérea con una avioneta, la veremos flotar en una cámara sin gravedad, preparándose para un vuelo espacial y corriendo en las 500 millas de Indianápolis en un coche especial que nos hace la «General Motors». Pat llevará siempre una especie de uniforme y casco. Durante los trece últimos segundos de cada anuncio, mientras habla de Elstree, se quitará el casco y, por fin, le veremos la cara, con toda su expresión de fuerza y vitalidad, estimulante, electrizante, arrojada y, sobre todo, joven: no ya la mujer de hoy, sino también la de mañana. Daisy miró la fotografía con la mayor objetividad posible. La muchacha tenía un espléndido corte de facciones; pero aquel pelo tan corto y su aspecto detonantemente norteamericano la hacían estereotipada. Tenía buenos dientes y hermosos pómulos, sí; pero le faltaba seducción. —Contrataremos a Pat por dos años, para que nadie más pueda utilizar su imagen —prosiguió Luke—. Se convertirá en el símbolo viviente de la absoluta modernidad de Elstree. Dentro de unos meses, e incluso menos, todo el mundo habrá olvidado que Elstree fabrica cosméticos desde hace cien años porque la asociarán con Pat Stevens, la mujer que encara con confianza el presente y el futuro.

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Luke se sentó entre los aplausos de los presentes, aplausos iniciados por Nick, que había recibido instrucciones antes de la reunión. Luego se hizo el silencio. Patt Shannon dijo entonces, con una inclinación de cabeza dirigida a los de «Supracorp»: —Señoras, Hilly, Jared... y caballeros. Ante todo, pido perdón por entrometerme. Sé que es una irregularidad haber convocado esta reunión de todos los que intervienen en esto, pero no tengo tiempo para detalles de procedimiento ni para guardar consideración a nadie. Como saben la mayoría de ustedes, aunque míster Hammerstein y míster North tal vez no, durante estos últimos meses he estado fuera mucho tiempo, y hoy mismo salgo otra vez para Tokio. —Hizo una pausa, el tiempo justo para recibir la obligada inclinación de cabeza de los hombres y mujeres en cuyas funciones iba a interferir.— Cuando regresé al despacho el otro día, me encontré esta campaña encima de la mesa, a punto para ser lanzada. Era la primera vez que veía la foto de la chica Elstree. —Estábamos esperando que Danielle la retratara con el nuevo corte de pelo, tardó más de lo previsto —explicó rápidamente Helen Strauss. Shannon golpeó la ampliación con la palma de la mano: —Parece un jugador de rugby... Se oyeron risas nerviosas. Los patrocinadores podían permitirse bromear. —No es para tomarlo a risa, señoras y señores. La chica es mona, pero, desgraciadamente, han elegido ustedes mal. La campaña no puede resultar. — Nadie se movía ni parecía respirar. Shannon prosiguió, con voz sosegada:— Estoy seguro de que no hace falta que insista en que el año pasado Elstree perdió treinta millones de dólares. Es la comidilla de la industria de los cosméticos. Mis competidores no hablan de otra cosa cuando salen a cenar. Voy a gastar muchos millones más para sacar del bache a la Compañía, lanzando un nuevo perfume, nuevo envase y nueva campaña publicitaria. Aunque «Supracorp» es grande, Elstree no puede seguir perdiendo dinero. Mis accionistas no pueden ni quieren comprenderlo. Ellos tienen mucha menos paciencia que yo. Shannon hizo una pausa, pero nadie parecía tener nada que decir. Levantó la fotografía de Pat Stevens. —Esta chica y la campaña de míster Hammerstein cambiarían la imagen de Elstree, pero no venderían, y hago hincapié en la palabra venderían, cosméticos ni perfumes. No creo que las mujeres pudieran identificarse con esta muchacha en las situaciones que ustedes han previsto. Seguramente la idea les pareció original y fresca; pero, ¿creen ustedes plausible que este chaval use colorete y máscara con el casco? Yo apostaría cualquier cosa a que dentro de esa cápsula espacial no iba a perfumarse. —Antes de seguir hablando, Shannon dejó caer al suelo la fotografía.— Creo que ha llegado el 286

momento de volver al enfoque romántico, delicado y femenino. La mujer que trabaja no es menos mujer porque gane dinero. Este marimacho que quieren ustedes contratar para convertirlo en la chica Elstree puede que sea para alguien el ideal de la mujer de hoy, pero no es el mío. Lo siento mucho. Luke protestó al fin: —Fíjese en la campaña de Charlie, míster Shannon —dijo con calma—. Ha sido un éxito fabuloso para «Revlon», y su único argumento de propaganda es esa muchacha de piernas superlargas paseando a grandes zancadas por todo el mundo, esbelta, no excesivamente bonita, pero con un aire que parece decir: «Vete a paseo, que yo puedo cuidarme sola.» —Para mí eso es lo malo, míster Hammerstein —replicó Patrick Shannon—. Charlie ya tiene tres años, y muy pronto esa campaña quedará anticuada. Yo no pienso imitar a Charlie... ni siquiera a Charlie en el año dos mil. Apretó los labios en un rictus que sus empleados conocían bien. —Pat... —empezó Hen Strauss. Al fin y al cabo, la publicidad era responsabilidad de ella, teóricamente por lo menos. —No, Helen; no acepto esta campaña. De ninguna manera. —¿Tiene usted alguna idea, míster Shannon? —preguntó North cortésmente, con un tic de impaciencia por lo desorbitado de la situación, aunque sabía que a él no le afectaba tanto como a los de la agencia y a los de «Supracorp». El no tenía más que filmar los anuncios, no crearlos. —Yo no tiro nada que no esté seguro de poder reemplazar, míster North — dijo Shannon. Se quitó la americana, se remangó la camisa con ademanes pausados y se desperezó. Un hombre corpulento, perfectamente a sus anchas en una sala llena de gente que acababa de ver desechado el fruto de meses de trabajo. Daisy oyó que Nick el Griego exclamaba por lo bajo, con acento de admiración: — ¡Joooder! Seguramente estaría pensando en descartar a sus adoradas americanas. —Desde que vi esa foto he estado haciendo algunos planes —continuó Shannon—. El aspecto natural sigue siendo lo importante. La rubia natural aún vende más que la modelo morena. Quiero que busquen una rubia natural y la pongan en situaciones naturales. Ha de tener clase, simpatía y un encanto que parezca asequible. Quiero una mujer de verdad, no sólo la Chica Elstree, sino alguien a quien se conozca por su nombre. Si Candy Bergen no estuviera ya contratada por Shulton para su nuevo perfume, sería la chica ideal, pero ya es tarde para conseguirla. -¿Quiere decir que desea que el producto sea presentado por una celebridad? —preguntó Luke procurando que no se advirtiera incredulidad en su voz. Aquello era lo más viejo que se hacía en publicidad. ¡Si ya se hacía en tiempos de la reina Victoria, por Dios! 287

—¿Y por qué no? Recuerden: «Es hermosa, está prometida, usa "Pond's".» Desde entonces no ha cambiado nada fundamental, míster Hammerstein. La naturaleza humana aún es la misma. Yo no pretendo ser original: sólo diferente. Shannon les miró con una amplia sonrisa y con un brillo malicioso en los ojos, su mirada de pirata, que hizo comprender a todos los de «Supracorp» que estaba firmemente decidido. Luke guardó silencio unos segundos, anonadado al ver a su maravillosa muchacha del futuro convertida en una puesta de largo sosita, con su vestido blanco, vendiendo cold cream en los supermercados. Consiguió que su voz conservara su timbre normal, pero le costó un esfuerzo: — ¿No cree que podría resultar peligrosa una campaña que pudiera tener visos de un esnobismo un poco trasnochado? —No pienso en niñas cándidas, Hammerstein. Lo de «Pond's» fue sólo un ejemplo. Pienso en una verdadera estrella. Al público le gustan las estrellas, hoy más que nunca. Quiero que para la Chica Elstree me encuentren o me fabriquen a una estrella. Y recuerden: que no puedan confundirla con un chico del barrio. Hilly Bijur, a pesar de ser el presidente de Elstree, se había abstenido de intervenir hasta aquel momento, prefiriendo dejar que Helen Strauss se las compusiera. Pero ahora trató de recuperar el control que le había hecho perder la intervención de Patrick Shannon. —Eso de la rubia natural es una idea muy acertada —dijo a su jefe, adelantándose a Luke, que iba a decir algo—. He podido echar un vistazo al nuevo informe supersecreto de «Clairol», que dice que las rubias están haciendo furor. No las rubias con mechas, sino las rubias rubias. North y Luke intercambiaron una mirada de estoicismo. Se estaban apoderando de la reunión los meros profanos atiborrados de estadísticas y ellos nada podían hacer. Nick el Griego estaba aburrido y frustrado. Todo el mundo estaba metiendo baza y él aún no había abierto la boca. No le gustaba pasar inadvertido. Ya que North se había empeñado en que asistiera a aquel zafarrancho, él pondría también su grano de arena. A pesar de su acicalamiento externo, Nick conservaba una costumbre adquirida durante la niñez en su barrio de Spanish Harlem. En todos sus carisimos trajes había un bolsillo especial en el que él llevaba siempre una navaja de resorte. Ello le evitaba ponerse nervioso. Sacó sigilosamente el arma y la abrió. ¡Tantas monsergas con las rubias...! Si buscaban una rubia, Nick se la facilitaría. Nick giró rápidamente el cuerpo y le arrancó el gorro a Daisy. Luego sacó la trenza de su escondite, cortó la cinta y le soltó el pelo, sujetándoselo firmemente con las dos manos. Daisy trataba de desasirse, ahogando una exclamación de incredulidad; pero él había actuado tan rápidamente, que aún

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no estaba segura de lo que había ocurrido. Nick se levantó, arrastrando a Daisy, a la que mantenía cogida por el pelo, y dijo: —¿Se refiere usted a esto, míster Shannon? Y agitaba triunfalmente la melena de Daisy, como si estuviera plantando la bandera en Iwo Jima. —¡Basta ya, Nick! ¡Suéltame! -siseó Daisy. — ¿Se puede saber qué mosca te ha picado? —gritó North. —¿Qué sucede? —preguntó Hilly Bijur, mientras Wingo Sparks se retorcía de risa. — ¿Qué sabéis vosotros de rubias? —insistía Nick sin soltar a Daisy—. ¿Creéis que son tan fáciles de encontrar? —¡Nick, suéltala! —exclamó Luke secamente, dominando el tumulto. Nick miró alrededor con aire de dignidad ultrajada, pero soltó a Daisy, y ella volvió a ocupar su asiento, no sin antes darle un fuerte puntapié en el tobillo, mientras pensaba que era una lástima que no llevara zapatos puntiagudos, en lugar de zapatillas de tenis. — ¡Gusano! —siseó, buscando infructuosamente el gorro. —Perdonen: ¿podría ver otra vez a esa señorita? —preguntó Patrick Shannon cuando se restableció la calma. —¡No! —gritó Daisy. —Míster Shannon, la señorita es mi jefa de producción, Daisy Valensky. Trabaja aquí, trabaja para mí y es rubia. Ahora, ¿podríamos seguir hablando de lo que interesa, a ver si decidimos algo antes de que usted se marche al Japón? —preguntó North con impaciencia. —Quiero verla otra vez, North —exigió Shannon. —Daisy —dijo North—, si no tienes inconveniente... —¡Pues lo tengo! —gritó ella, indignada—. Búsquense ustedes otras rubias que mirar, llamen a las agencias de modelos, déjenme en paz. —Daisy, calma. No te enfades, no tiene importancia. Míster Shannon quiere verte, eso es todo —insistió North. Los patrocinadores, y los clientes en general, eran tipos raros. Pero a veces había que seguirles la corriente. —Pero ¿ver el qué?, ¡maldita sea! —murmuró Daisy, tratando de hacer menos llamativo su pelo por el procedimiento de echárselo detrás de las orejas. Miró a Shannon, roja de indignación y de vergüenza. —A usted la recuerdo —dijo él categóricamente. —Muy amable —contestó ella, tratando de hablar con cortés frialdad. El incidente de su primer encuentro la inducía a la cautela. A pesar de su indignación, recordó que aquel intrépido forjador de imperios de las altas finanzas reaccionaba con dureza a todo lo que pudiera parecerle una afrenta. —Tiene una cara que no se olvida —dijo Shannon con voz neutra sin dirigirse a nadie en particular. 289

—Muy bonita —añadió rápidamente Hilly Bijur—, muy bonita... Muchas gracias, señorita... uh... muchas gracias. —He dicho que tiene una cara que no se olvida —repitió Shannon sin levantar la voz, pero con una entonación que despertó inmediatamente la atención de todos. —Sí, Pat; desde luego, tienes mucha razón —convino precipitadamente Hilly Bijur—. Ahora que ya sabemos lo que quieres, antes de un par de días Helen habrá encontrado una docena de muchachas adecuadas. Llamará a todas las agencias, ¿eh, Helen? O lo hará Luke... o... Se interrumpió, vacilando, al no saber quién debía encargarse de buscar a la modelo. —Un momento... un momento... Además, es princesa. Shannon habló ahora con rapidez y con una súbita excitación en su expresiva cara. —No se moleste, Shannon. ¡Ya le he dicho que trabaja para mí! —cortó North, estallando como un tronco seco en un buen fuego. Había abandonado su gesto de indiferencia y se mostraba francamente irritado. —Una rubia... una cara... un título —repetía Shannon a media voz, como hablando consigo mismo—. Princesa Daisy... Sí... sí... me gusta cómo suena. —Míster Shannon, no estamos aquí para hacer una nueva versión de Ha nacido una estrella —comentó North con creciente aspereza. —Podría servir... podría servir muy bien —murmuró Shannon como si estuviera solo en la habitación. —¡Eh, eso no es justo! ¡La idea ha sido mía-exclamó Nick el Griego, sin que nadie le hiciera caso. —¡Helen! —ordenó Shannon—, haz que la retraten inmediatamente, para que esta vez sepamos a qué atenernos. Parece ser lo que yo quiero, pero no estaré seguro hasta que vea las fotos. Se levantó para marcharse. Hilly Bijur se apresuró a ponerse del lado de su patrón. Mientras Shannon se ponía la americana, Bijur dijo, hablando con rapidez: —Me gusta, Pat, es una gran idea. ¿Princesa Daisy...? ¿No ha dicho North Daisy Valensky? ¡Un momento! Entonces es hija de Francesca Vernon. Y, ¡caramba!, ¿su padre fue Stash Valensky? ¿Es que no os acordáis? ¡Atiza, la que va a organizar esta chica! Se quedó ensimismado, satisfecho de haber demostrado buena memoria, al tiempo que se disociaba de la campaña que él aprobara. —Pídeles cien mil al año —susurró Nick a Daisy, que estaba muda de indignación—. No te quejarás de mí. Y por todo agradecimiento, por poco me agujereas los calcetines.

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—Habrá que cambiar el envase —dijo Jared Turner, preocupado, como siempre, por la presentación—. Princesa Daisy no suena a cosa moderna. —¡Eso retrasará el programa un año por lo menos! —se lamentó Patsy Jacobson—. ¿Y qué les digo a las tiendas? Esta era la pesadilla del jefe de Fabricación. —¿Quieren hacerme el favor de escuchar un momento? —gritó North, pero se interrumpió al ver que Daisy se levantaba y daba rápidamente la vuelta a la mesa, situándose detrás del director artístico de Luke, que ya había trazado con rotulador en un papel las palabras «Princesa Daisy». Ella cogió el papel de encima de la mesa, lo rompió en cuatro pedazos y se los guardó en el bolsillo. —Míster Shannon —dijo con voz alterada por la indignación—, no estoy en venta ni tengo intención de permitir que usen mi pelo, mi cara ni mi nombre para vender sus productos. ¿Cómo se atreven a tratarme como si fuera de su propiedad? Están completamente locos y no tienen ni la más ligera idea de lo que es la educación ni la delicadeza... ¡Ninguno de ustedes! Y... y... —Con un brusco movimiento, cogió los rotuladores que el director artístico había colocado en simétrica hilera y los arrojó violentamente sobre la mesa de mármol, haciéndolos crepitar estrepitosamente como pequeños petardos... ¡y por mí pueden meterse su campaña donde les quepa! Salió dando un portazo. —Nunca hubiera imaginado que Daisy conociera esa expresión —se admiró Arnie Greene. —Por lo general, ella no habla así, a no ser que falle algo durante un rodaje —convino Nick, dolido aún por el robo de su idea. —Es muy susceptible —observó Candice Bloom, preocupada. Si tenía que trabajar con aquella chica, las relaciones públicas no iban a ser cosa fácil. North echó el cuerpo hacia atrás y miró a Shannon con una malévola sonrisa. Le gustaba la revancha. —Ya le advertí que Daisy era una simple trabajadora. Al parecer, no tiene ganas de ser modelo, ¿verdad? Tendrá usted que perdonarla. —No tengo absolutamente ninguna intención de perdonarla -respondió Shannon, confiado—. Ella será la Chica Elstree. -Daisy no suele cambiar de parecer. Será mejor que no cuente con ella — opuso North plácidamente. —Nada de eso. Hilly, que no se haga nada hasta que yo regrese del Japón. Esta vez tenemos que acertar. -Daisy nos hace mucha falta en los estudios —sugirió North ásperamente—. No puede usted llevársela. Patrick Shannon miró a North con su sonrisa de bucanero, una sonrisa amplia y desenfadada, que todos los de «Supracorp» conocían y temían. —¿Nos apostamos algo? 291

Poco antes de la Navidad de 1976, Ram decidió que había llegado el momento de arreglar el asunto de Sarah Fane. Ella había disfrutado plenamente de la temporada y aún no estaba prometida, pero no tardaría en salir de Londres para hacer una ronda de visitas a las casas de campo de sus amistades y, para estar más tranquilo, le pareció una buena idea ponerse de acuerdo antes de que ella se fuera. —Quiero que mañana cenemos juntos —le dijo por teléfono —. Pero tú y yo solos, sin ninguno de tus amigos. —Es que mañana estoy invitada al cóctel de Lucinda Curzon, Ram. —Tú verás, Sarah —dijo él con voz serena. Ella comprendió que no sería oportuno rehusar. —Si lo planteas así, y como también puedo ir al cóctel antes, de acuerdo. —De acuerdo, entonces —replicó él mientras pensaba que era innegable que ella poseía aplomo. Al día siguiente, cenaron en el «Mark's Club» de Charles Street, en Mayfair. Detrás de la alta puerta, desprovista de rótulos y enseña, que da acceso al estrecho edificio que alberga a «Mark's», hay varios comedores. Ram había reservado mesa en el primero y más grande, desde el que veían a todo el que entraba y salía. Se había abstenido deliberadamente de elegir un lugar más tranquilo del selecto club-restaurante propiedad de Mark Birk-ley, pues prefería pasar la primera parte de la velada en el suntuoso comedor iluminado por velas, con sus divanes de terciopelo y paredes terracota casi completamente cubiertas por realistas pinturas victorianas de animales con barrocos marcos dorados cuadrados, ovalados y redondos. Aunque Sarah atendió la petición de Ram y procuró impedir que otras personas se unieran a ellos, entre los dos conocían a casi todos los que aquella noche cenaban en «Mark's» y, tal como había previsto Ram, tuvieron que interrumpir la cena docenas de veces para saludar a sus amistades. Cuando acabaron de tomar café, él le preguntó: — ¿Qué harías si alguien más te dijera que has sido la sensación de la temporada? — Ponerme a gritar —contestó ella con un aire de fragilidad y encantadora modestia—. Me levantaría y gritaría sin parar hasta que llamaran a la Policía para que me sacara de aquí. — ¿Quieres que vayamos a mi casa a tomar un brandy? Durante toda la cena sonaban en sus oídos los acordes suaves y mesurados de un ceremonioso minué, un minué que los dos bailaban desde hacía meses. A una seña de Ram, la música se interrumpió de pronto. Algo vibró trémulamente en el aire entre los dos. Sarah pensó en las otras muchachas con las que él salía, y con las que, a juzgar por lo que ella había podido observar, se mostraba tan atento como con ella. Le miró, pensativa. Si dejaba que la llevara a su casa, sabía lo que podía esperar. 292

— La verdad es que me apetece un brandy, pero... — —¿Sí o no, Sarah? —Bueno... no podemos quedarnos aquí para siempre. Conque, una vez más, de acuerdo. —Es una casa preciosa, Ram —dijo ella, después de recorrer la planta baja. —Vamos a ver los pisos de arriba. — No, gracias —opuso ella rápidamente, con gesto de inviolabilidad. El la miró con una sonrisa burlona. — ¿Te haces la mojigata? —¡No seas ridículo! —exclamó ella, ofendida—. Estoy cansada, Ram. ¿Me llevas a casa? Gracias por el brandy. Me ha gustado mucho. —No, Sarah, cariño, no te llevo a casa. Te quiero, Sarah. Ella le miraba desde la chimenea, sin reaccionar. — Quiero casarme contigo —continuó él. Ella seguía sin responder. Estaba pensando que había en la boca de él un rictus de inaccesible reserva. — Sarah —dijo él acercándose pero sin tocarla—, ¿quieres casarte conmigo? Ella se dijo que ya era hora de que hablara claro. ¿Empleaba evasivas y esperaba que volviera a declarársele? No; era preferible cerrar la temporada con el Noviazgo del Año. A la temporada siguiente privaría otra muchacha, pero, ¿qué sombra podía hacerle una jovencita recién puesta de largo a la princesa Valensky? Sarah dejó que asomara a sus perfectos labios su perfectamente inexpresiva sonrisa y bajó su perfecta cabeza. No se acercó a él hasta que él se inclinó. Ram la besó y suspiró: — La primera vez... Ella ya lo sabía que aquélla era la primera vez que se besaban a solas y en los labios. Antes sólo le había ofrecido la mejilla en público, en gesto impersonal de agradecimiento. Sarah había hecho un durísimo partido de campeonato. El la besaba una y otra vez, con creciente vehemencia, y la Honorable Sarah Fane no habría podido decir si lo que sentía era la emoción de saber que había conseguido atrapar a Ram Valensky, o era la sensualidad que hasta entonces había podido reprimir sin problemas. —Ven conmigo arriba, mi vida, ven —murmuró él junto a sus labios. —No puedo, Ram... Yo nunca... — Naturalmente, mi preciosa Sarah... Pero ahora vas a ser mi esposa. Es normal. —No podría, Ram. Imposible... 293

El la soltó tan bruscamente, que ella se tambaleó y tuvo que sujetarse a la repisa. El retrocedió mirándola con el ceño fruncido y ojos burlones. —Ni tan sólo me has dicho que me quisieras, Sarah... ¿Te das cuenta? A lo mejor no me quieres o no estás decidida. He estado observándote. ¿Crees que no sé la clase de persona que eres? ¿Encuentras divertido hacer que un hombre se te declare y por toda respuesta limitarte a mover graciosamente la cabeza? Me resultaba divertido verte hacer el papel de la coqueta ingenua, de la aristócrata pura e intocable, procurando orquestarlo todo para mayor gloria de Sarah Fane. Empezaba a asustarla aquella mirada acusadora y sardónica, pero también le gustaba verle perder por fin la compostura. Sí; era emocionante poder hacerle aquello a un hombre. No pudo impedir que una leve sonrisa de complacencia rozara sus labios. Al advenirla, Ram se adelantó airadamente y la cogió con fuerza por un brazo. — Así que te has creído que puedes burlarte de mí —dijo con un súbito furor, que la pilló por sorpresa—. Así que ése es tu plan, lo que tienes dentro de esa cabeza autocomplaciente y manipulado ra. Otra conquista para Sarah Fane. Seguramente mañana presumirás de ella con tus amigas. Sus dedos se crisparon en el brazo de ella, y el triunfo que creía haber conquistado un momento antes parecía a punto de desvanecerse. Sarah comprendió que debía jugar su última moneda. ¿Acaso no la guardaba precisamente para aquel momento? — ¡Basta, Ram! Ni siquiera me has dado la ocasión de decir que te quiero. No eres justo, me has juzgado mal... — ¿Ah, sí? ¿Sí? —susurró él con voz febril, como si no la hubiera entendido—. Una coqueta, eso es lo que eres, una vulgar coqueta apenas salida de la escuela... Le soltó el brazo y se quedó mirándola con indignación. Todo lo que esperaba conseguir casándose con Ram Valensky formaba en la mente de Sarah una gran bola dorada cuajada de piedras preciosas, y tendió la mano hacia ella y hacia él. —Llévame arriba —susurró con voz temblorosa. Ram la agarró con manos fuertes y la llevó, dando traspiés, hasta la escalera. El volvía a hacerle daño en los brazos; pero, llena de codicia, confusión, temor y excitación, lo único que podía recordar en aquel momento era la frase que solía decir una compañera de colegio americana: —Hay que asegurar el tanto. Sarah comprendió entonces exactamente lo que quería decir. | «¡Ay, Dios! ¿Por qué tardará tanto?», se preguntaba Sarah Fane con viva angustia. Nadie le había advertido que aquello fuera tan lento, tan 294

doloroso —asquerosamente doloroso—, pesado y absolutamente indigno. ¿Dónde estaban el romanticismo y el placer? Si sólo producía vergüenza... Sarah creía tener un sueño repelente, reiterativo e interminable, aprisionada bajo el peso de aquel hombre que parecía enloquecido, sintiendo sus duros labios y sus duras manos que no le dejaban ni un segundo de reposo y sin oír más que una respiración entrecortada. Por más que ella, desesperada, trataba de protestar, él no le hacía caso. Su respiración se hacía más y más violenta, hasta que parecía tener que terminar en un grito; pero no, empezaba otra vez en tono más bajo para volver a subir. Había poca luz en la habitación, pero él mantenía los ojos cerrados y le mesaba el pelo hasta hacerla gritar de dolor. ¡Ay... ay... ahora, ahora terminaría... tenía que terminar! Nadie podía estar así tanto tiempo sin morirse. ¡A ver, rápido, rápido...! —¡Daisy! ¡Daisy! —gritó Ram en la penumbra—. ¡Daisy, te quiero! La rabia dio a Sarah Fane fuerzas para desasirse y saltar de la cama. Con una viva sensación de humillación, incredulidad y certeza, se quedó mirando al ser repugnante que sollozaba en la cama, con la cara hundida en la almohada, un ser al que tendría que destruir por lo que le había hecho a ella, a Sarah Fane.

21 Cuando los Valarian invitaron a Daisy a acompañarles en el crucero que habían organizado para enero de 1977, ella se excusó. La idea de pasar cinco días navegando por el Caribe en un yate con Robin, Vanessa y sus amistades, le parecía tan atrayente como una condena, aunque fuera en una cárcel de lujo. Casi le parecía oír los cotilleos mundanos, intercambiados con acento de autosuficiencia y malicia; ver las interminables partidas de backgammon, poder contar las cajas de vino blanco y agua «Perrier» que se consumirían y calcular con exactitud las veces que cada mujer se cambiaría de traje y de joyas al cabo del día. Ella aborrecía todo aquello, pero Vanessa se mostró tan insistente, que al final Daisy no supo cómo librarse del compromiso sin parecer grosera. Vanessa casi se enfadó con ella. —No admito más negativas —le dijo al fin—. He invitado a Topsy y a Ham Short. Ya sabes que a él le caes muy bien. Y entre los demás habrá gente con niños a los que podrías pintar. Aunque no comprendo por qué he de hacer 295

como si quisiera tentarte con la posibilidad de obtener encargos. Daisy, haces que me dé la sensación de que has estado utilizándome. Si yo te digo que a Renny y a mí nos gustaría que vinieras, ¿no es razón suficiente para que aceptes? Daisy, al recordar los favores que le hizo Vanessa, accedió. Los estudios tendrían que prescindir de ella durante unos días. En realidad, casi ni se acordaba de cuándo había hecho vacaciones por última vez. Además, no podía arriesgarse a perder la fuente de ingresos, y la amenaza de Vanessa no podía ser más clara. Ahora, mientras volaba con Ham y Topsy en el «Aero Commander» particular de los Short rumbo a Nassau, donde debían embarcar en el yate que los Valarian habían alquilado para el crucero, transformándolo con sus posesiones en una aproximación flotante de su apartamento de Nueva York, Daisy pensaba que, al fin y al cabo, tal vez le hiciera bien cambiar de ambiente. Después de aquella escena en la que se había rebelado contra la idea de convertirse en la Chica Elstree, se sentía violenta con todos sus compañeros. North parecía convencido de que Daisy se había propuesto deliberadamente insultar a un importante cliente, y el clima del trabajo era tenso y agobiante. Cuando el avión empezó a descender, Daisy comprendió que no era indignación lo que sentía, ni siquiera irritación por la forma en que la habían tratado los de «Supracorp», por la naturalidad con que habían dado por descontado que podían utilizarla como una cosa rubia para vender sus productos. Al fin y al cabo, sin su consentimiento nada podían hacer, y ellos lo sabían. No; lo que la sublevaba era la idea de convertirse en la princesa Daisy a los ojos de ese monstruo llamado «el gran público»; el miedo a ser identificada con una persona que llevaba el nombre de princesa Daisy y que sería retratada y manipulada para vender productos Elstree en anuncios, películas, carteles y mostradores hasta que su calidad de princesa Daisy quedara permanentemente grabada al fuego en la mente del consumidor del hemisferio occidental. Desde que llegara a la edad adulta, Daisy había conseguido pasar inadvertida. En Santa Cruz era para todo el mundo, sencillamente, una tal Valensky. En los estudios de North hacía ya tiempo que se había evaporado todo el interés que al principio pudiera despertar su título, y ahora, si alguien lo mencionaba, era en son de broma. Para todos sus compañeros, ella era Daisy, la encargada de producción que sabía dónde estaba cada cual en cada momento —y por qué— y les echaba una bronca si fallaban. Sólo era la princesa Daisy para los caballistas, y en aquel mundo la protegía el recuerdo de su padre, al que todos respetaban. Nada tenía que temer de ellos. La oferta de Patrick Shannon de convertirla en una figura pública, de explotarla en su calidad de princesa Daisy, había tocado un nervio muy sensible, despertando terrores que año tras año combatiera en la 296

oscuridad sin explicarse por qué ejercían tanto poder sobre ella. Lo único que sabía era que querían ponerle una etiqueta, catalogarla como alguien llamada «princesa Daisy», y que si ella les permitía hacerlo, perdería algo más precioso que el relativo anonimato que preservara hasta entonces. Además de su vida íntima, perdería la seguridad. Porque era peligroso vivir a la vista del público. No necesitaba explicaciones lógicas para saber que tenía razón. Una lancha llevó a Topsy, Ham y Daisy hasta el yate donde les esperaba Vanessa, quien, después de instalar a los Short, llevó a Daisy a un camarote mediano, decorado con lona a rayas blancas y amarillas. Vanessa estaba contenta. —Gracias a Dios que todo el mundo está a bordo — dijo—. Voy a decir al capitán que podemos zarpar en cuanto él esté listo. Tomaremos el sol en cubierta. ¿No? ¿Tienes sueño? Entonces, el aperitivo a las siete en el salón principal. Me alegro de tenerte a bordo, cariño. Vanessa dio a Daisy un leve abrazo, totalmente impersonal. Como buena lesbiana, Vanessa nunca cometió la torpeza de hacer ni la más leve insinuación sexual a otra mujer, como no estuviera segura de que iba a ser bien recibida. Vanessa no habría importunado a Daisy, ni aunque hubieran estado solas en una isla desierta. Por lo menos, hasta que hubiera transcurrido un mes sin que fueran a rescatarlas. El suave balanceo del barco, la evasión de Nueva York, la suave brisa que refrescaba el aire del camarote a medida que el yate se alejaba de tierra... todo se combinó para que la siesta de Daisy resultara tan grata y tonificante como todo un viajecito. La despertó la luz rojiza de un sol tropical, una luz tan pura y diáfana, que ponía en el agua azul una refracción tan intensa que parecía estar resistiéndose activamente a dejar paso al crepúsculo. Tendida en la litera, que simulaba una cama de columnas, firmemente clavada en el suelo y con las cortinas prendidas en el techo, Daisy se alegró de haberse marchado de la ciudad, donde hubiera tenido que estar sola toda la semana. Kiki estaba pasando dos semanas de vacaciones de invierno con Luke, en una casita que él tenía en el norte de Connecticut. Danzaba como una peonza metiendo la ropa en una maleta con el abandono de quien se sabe al abrigo de una posible futura suegra fisgona. Puesto que era imposible llevar a Teseo a un yate, Daisy lo había dejado con la casera, a quien el animal soportaba con resignación. Daisy tomó una ducha y se vistió; pero aún era pronto para ir a reunirse con los demás. Afortunadamente, aún estarían todos en los camarotes, vistiéndose para la cena con sus galas de crucero, dispuestos a deslumhrarse unos a otros. Se fue hacia la proa. No había nadie. Era grato sentir la caricia de la brisa. Parecía que el cuerpo se diluía a su contacto. Su pelo tenía un brillo cristalino 297

a la luz del sol, como una cascada de azucarillo. El barco subía y bajaba suavemente, hendiendo las olas a muchas millas del puerto de Nassau. Daisy pensó en Patrick Shannon, aquel tipo presuntuoso e intratable, y advirtió que apenas la irritaba ya. Ella le había demostrado que era independiente y que no le dejaría mandar en su vida, aunque todos se inclinaran ante él. Y en cuanto a North, la había tratado como si fuera una pieza de ajedrez en la partida que él jugaba con el cliente, una máquina propiedad de los estudios, un paquete del que no estaba dispuesto a separarse. Daisy se encogió de hombros y sonrió. Tampoco North le importaba. Llenándose los ojos de cielo y mar, Daisy se sintió en paz consigo misma. Permaneció en cubierta hasta el último momento, hasta que comprendió que llegaría tarde al aperitivo. Luego, con la misma desgana con que hacía las matemáticas en el colegio cuando no había posible escapatoria, se dirigió hacia el salón principal. Cruzó el comedor, en el que los marineros estaban poniendo las mesas para la cena, en dirección al salón, situado al otro lado, en el que Daisy podía ver las siluetas de más de una docena de personas. Al otro lado del yate se abrían unas grandes vidrieras, y la deslumbrante pirotecnia de la puesta de sol iluminaba a contraluz a los invitados, de modo que Daisy no podía verles la cara. En el momento en que empujaba la puerta, Vanessa se materializó junto a ella y la tomó de la mano. Daisy la seguía, deslumbrada. Se les acercó un hombre, Vanessa puso la mano de Daisy en la de él y se hizo a un lado. —Hola, Daisy. La voz de Ram. Ella retrocedió tambaleándose. Ram la cogió rápidamente por los brazos y trató de darle un beso en la frente, pero ella lo esquivó. Se sentía incapaz de hablar, de gritar, de moverse más que para retroceder. Dio otro paso atrás y se volvió para marcharse, pero un fuerte brazo la rodeó por la cintura. Vanessa la sujetaba con puño de carcelero, empujándola hacia delante con insistencia. El pulso del tiempo pareció vacilar, parpadeante hasta casi extinguirse, como la luz eléctrica durante una tormenta. Cuando sonó la voz de Vanessa, el tiempo volvió a latir, pero más despacio, inseguro. La voz de Vanessa, aquella voz fosca y ardiente, decía en tono alto, dirigiéndose a todos, cubriendo el silencio de Daisy y distrayendo la atención del miedo cerval de sus ojos. —¿Lo ves, Ram? ¿No te dije que vendría? —Hablaba triunfalmente.— Yo he dicho siempre que las peleas de familia son una solemne tontería, ¿verdad, Renny, amor mío? Y cuando Ram nos contó que no había visto a su hermanita desde hacía años, yo me dije que eso era un disparate, un absurdo. Estaba segura de que Daisy no sería rencorosa. Sea lo que fuere, ya está olvidado y, desde luego, Ram estaba deseando hacer las paces, de manera que cuando 298

Renny y yo estuvimos en Londres a fin de año, entre todos planeamos esta pequeña reunión familiar. ¿No te alegras de haber venido, mona? Después de todo, ¿cuántos hermanos tiene una en la vida? Tú y Ram sois los últimos Valensky, y yo me prometí a mí misma reconciliaros. Ahora brindemos todos por el fin de los malentendidos y por la buena armonía. Vamos, Ham, Topsy, Jim, Sally, todos... ¡Un brindis! Vanessa soltó a Daisy y se acercó a los demás con la copa en alto. El tintineo del cristal pareció romper el círculo que rodeaba a Daisy como un sortilegio, paralizándola. —¿Por qué? —siseó Daisy entre el murmullo del brindis. —Es una simple reunión —contestó Ram, mientras su mirada, fija y ávida, desmentía su sonrisa mundana. —¿Por qué? ¿Qué te debe esa pécora? —Nada —mintió Ram con desenvoltura. El había convencido a sus socios de que prestaran a los Valarian el capital que necesitaban para lanzar una nueva línea de vestidos de precio asequible para la mujer de clase media, proyecto de gran envergadura, que precisaba una fuerte inversión. —No te creo. —No importa lo que tú creas. Estás aquí y no puedes irte. Se la comía con los ojos, tan ansioso como un mendigo que se encontrara solo en las minas del rey Salomón. Hablaba sin pensar lo que decía. No tenía por qué apaciguarla. Ella era débil, más de lo que creía, y él, fuerte. Eso era lo único que importaba. Daisy se volvió rápidamente para marcharse, pero él la cogió del brazo. Ella le miró con viva repugnancia. Al tropezarse con sus ojos rapaces, sintió que la invadía el desprecio. —No vuelvas a tocarme, Ram, ¡nunca!, te lo advierto —le dijo con odio en los ojos, rígida de horror. Lentamente, él le soltó el brazo, pero sin apartar de ella los ojos. Los dos quedaron trabados un instante en un duelo de emociones. —¡Daisy! ¡Ram! La cena está servida. ¿No habéis oído al camarero? Vanessa señalaba el desfile general hacia el comedor. Automáticamente, Daisy se encontró siguiendo a los demás. Las dos mesas estaban puestas, no al estilo marinero de Renny, a base de concha montada en plata, trozos de coral y la vajilla china azul y blanca que reservaba para las noches de nieve en la ciudad, sino al modo chino más refinado. En cada sitio había una bandeja redonda de laca roja, un raro plato K'ang Hsi, palillos negros con incrustaciones de plata y una orquídea verde y blanca en un pequeño búcaro de porcelana negra. Artísticamente diseminados entre las bandejas había una colección de puñales y dagas orientales, delicadamente mezclados con gatos del siglo XVII Famille Noire 299

de diferentes tamaños. En el centro de cada mesa había un bol Famille Noire lleno de lirios de tigre de enorme tamaño, de cuyos pistilos Renny había cortado cuidadosamente las cabezas de polen color herrumbre que dondequiera que rocen dejan una mancha casi imposible de quitar. Vanessa no había llevado su audacia hasta el extremo de sentar a Daisy y a Ram a la misma mesa. A su izquierda, Daisy tenía a Ham Short. Aturdida por la impresión y por un pánico creciente, se sentía incapaz de probar siquiera el primer plato: pichón picado al jengibre. Ham trató de distraerla, hablándole de su hatajo de parientes de Arkansas, pero era como hablar a una muerta. Daisy permanecía con los ojos fijos en el bol de lirios hasta que, al fin, Ham, violento, se volvió hacia su vecina de la izquierda. Cuando sirvieron el segundo plato, Daisy trató de coger los palillos, pero antes de llegar a tocarlos comprendió que le faltaría la coordinación para usarlos y, aunque lo consiguiera, el sabor de la comida la haría vomitar. Sus compañeros de mesa, a quienes su silencio obligaba a mantener una conversación general, fingían no darse cuenta de su estado, aunque la observaban con disimulo, acumulando impresiones para los comentarios que intercambiarían en cuanto desembarcaran. Se sirvieron varios exquisitos platos más, preparados por el chef que los Valarian habían contratado para el crucero, que cocinaba en cinco estilos distintos; pero Daisy siguió sin probar bocado y sin hablar. Ham Short, gran admirador suyo, llevaba la voz cantante y procuraba que no decayera la conversación, para que nadie le hiciera preguntas a Daisy. En un momento dado, le oprimió suavemente la mano, para demostrarle su simpatía. Aunque ella correspondió a la presión de sus dedos, siguió mirando fijamente las flores sin verlas. Desde luego, Vanessa había ido demasiado lejos; eso decían las miradas que intercambiaban algunas de sus amigas, encantadas, durante aquella interminable cena, que se desarrollaba como si Daisy no estuviera. Ram, acostumbrado a las cenas de sociedad, ofrecía su aspecto de hombre de mundo, sobrio, correcto y elegante, comiendo con cortés complacencia, mientras hablaba de Harry Moore con la dama sentada a su derecha y de los méritos de distintos guarnicioneros con la de la izquierda. Había en sus ojos una malicia perfectamente disimulada cuando recorría el comedor de una rápida ojeada buscando a su presa como un ave de rapiña; pero nadie lo notaba. A Daisy le parecía que las paredes del comedor se adelantaban como las de una cámara de resonancia. Las desabridas y amenazadoras voces del recuerdo parecían llamar a lo lejos, más potentes unas, más suaves otras, y los invitados parecían tan lejanos y difusos como grandes peces que movieran lánguidamente las aletas detrás de las paredes de un acuario. Después de la cena, Vanessa abrió la marcha hacia el salón principal. Daisy, que esperaba aquel momento, tan pronto como Vanessa se levantó, se puso en pie a su vez y se fue rápidamente hacia cubierta. Aunque se movía de prisa, 300

sentía el cuerpo entumecido y torpe como en una pesadilla. Había dejado atrás el salón principal y corría hacia su camarote cuando Ram la alcanzó. — ¡Para! Tenemos que hablar. ¡Es importante! —le gritó, aunque sin tratar de tocarla. Daisy se detuvo. Era imposible que él pudiera ni siquiera imaginar que ellos tuvieran algo de lo que hablar. La incredulidad anuló momentáneamente las demás emociones. Se sentía relativamente segura en cubierta, con un camarero que llevaba una bandeja de copas de coñac cerca de ellos y la puerta del salón a pocos pasos. Podía ver a los de dentro, zumbando como moscas en una botella; pero en cubierta había silencio y la brisa era tibia. Sujetándose con ambas manos a la barandilla, Daisy se volvió hacia Ram. Sólo su manera de mirarle ponía distancia entre ellos. —Tú y yo nunca más tendremos nada de que hablar -le replicó con la boca seca. — ¿Y Anabel? —preguntó él mirándola con vigilantes ojos de buitre. —¿Anabel? ¿Qué tiene Anabel que ver contigo? ¿Es que no te cansas de mentir? Recibí carta de ella hace menos de una semana. —Y, naturalmente, no te decía nada. Ram estaba seguro del terreno que pisaba. Ni siquiera era una pregunta. Daisy palideció y se asió con fuerza a la barandilla. El sabía algo que ella ignoraba. Reconocía aquella inconfundible expresión de placer reprimido. —¿Qué le pasa a Anabel? —susurró ella, como si hablando en susurros pudiera suavizar su respuesta. —Tiene leucemia. — ¡No te creo! —Sí me crees. Sabes que te digo la verdad. — ¿Por qué a mí no me ha dicho nada y a ti sí? —preguntó Daisy automáticamente, sintiendo el impacto de sus palabras en el corazón en forma de astillas de cristal. — Porque pensó que ya tenías bastantes problemas con tu hermana. Necesitaba dinero para el tratamiento y no quería que tú lo supieras. Comprendió que ya estás bastante agobiada y por eso acudió a mí. — ¡Oh, Dios mío, no, Anabel no! —gimió Daisy. Anabel, que fue casi una madre para ella; Anabel, la amiga, la consejera y confidente de su infancia; Anabel, cuya presencia risueña y cariñosa le alegrara la vida y aún hoy le hacía sentir que tenía un hogar; Anabel, que impedía que se considerara huérfana del todo... — Lo médicos le han dicho que si se cuida puede vivir muchos años. Es leucemia crónica, no aguda. Aún no ha cumplido sesenta años y podría vivir el resto de su vida tranquila y segura. 301

Es cuestión de dinero. — ¡Tú tienes dinero! —Hace diez años, Anabel me echó de su casa y me dijo que no quería volver a verme ni saber más de mí. Y no ha cambiado de actitud, salvo para pedir dinero. No me creo en la obligación de darle nada, salvo por pura generosidad. Anabel era la querida de mi padre, y él dejó una considerable fortuna, que ella perdió por no querer seguir mis consejos. Conservó las acciones de la «Rolls», como hiciste tú. Me irrita la gente que no sabe cuidar su dinero. — ¡Anabel fue buena contigo! —casi gritó Daisy, pero él no le hizo caso. — Si decido ayudarla tendré que hacerme cargo de unos gastos considerables durante un tiempo indefinido. No sería propio de un hombre prudente. Es evidente que no podrá conservar «La Maree» tomando huéspedes. Le faltan las fuerzas. Cuando venda la casa reunirá algún dinero, pero no durará mucho, ya que no tiene otras fuentes de ingresos. Cuando el dinero se acabe, tendrá que buscar un lugar donde vivir. Un asilo o un apartamento, según las energías que tenga. Necesitará alguien que la ayude, si no ahora, después. Y estarán las facturas del médico. Puede durar todavía diez, quince o veinte años. Y Anabel no podrá con todo... Son muchos gastos. Daisy trató de concentrarse en las cosas concretas, mientras a cada palabra de él se le hundían más y más aquellos cristales en el corazón. — ¿Por qué iba a vender «La Maree» ? Tú sabes mejor que nadie que Anabel no podría sentirse a gusto en ningún otro sitio. A ti te sobra el dinero. Ella tiene que vivir en un sitio u otro. Ya que te ha pedido ayuda, ¿por qué tendría que vender la casa? Porque vas a ayudarla, ¿verdad? Se le quebró la voz al mirar su rostro hermético, sombrío y severo. —No me considero moralmente obligado a responder económicamente de Anabel. En absoluto. Sin embargo, te haré una proposición para resolver el problema. Desde hace varios años, amigos míos que suelen ir a los Estados Unidos de montería me hablan de que vas por las casas buscando encargos de retratos que pintar, y eso me molesta. Ellos no saben para qué necesitas el dinero, pero yo sí. Únicamente estaría dispuesto a mantener a Anabel durante el resto de su vida si tú te comprometieras a dejar ese empleo tuyo de hortera y el asunto de los retratos y volvieras a Londres. — Realmente, estás loco —susurró Daisy, despacio. —No seas tonta. A cambio de asumir unos gastos considerables durante muchos años, no te pido más que vivas como corresponde a una hermana mía, de modo apropiado y respetable. Incluso estaría dispuesto a dejar que

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Anabel conservara «La Maree», puesto que tanto parece importarte. Desde luego, también me haré cargo de los gastos de tu hermana. —¡Yo sería tu prisionera! —Eso es ridículo. No te pongas melodramática. Simplemente, quiero que ocupes el lugar que te corresponde en la sociedad, en un país en el que la posición social aún significa algo. La vida que llevas en Nueva York es repugnante, en un mundo de mal gusto, entre gente ordinaria. Me hace sentirme violento delante de mis amistades. Te ofrezco protección y seguridad. No quiero nada de ti... yo tengo mi vida. —Su voz era fría y serena, pero Daisy sentía, en la cara y en el cuerpo, el asalto de sus ojos, que saqueaban furtivamente como ladrones en la noche. Y en sus labios finos había como un velo de lascivia. Ella conocía bien los síntomas de su locura. Nada había cambiado. Pero ahora no se dejaría sorprender. — ¡Eso es una sarta de mentiras! Me acosarías otra vez como antes... Te conozco. Dices que mi vida es repugnante... ¡Si mi padre no hubiera muerto, te habría matado y tú lo sabes! Su voz se había elevado peligrosamente. — ¡Cállate! ¡Te van a oír! — ¿Callar? ¿Por qué? ¿Para no ponerte en un compromiso? ¡Y qué me importa! ¿Crees que aún podrías obligarme a hacer algo que no quisiera? — —Anabel... — ¡Chantaje! ¡No comprendo cómo puedes aguantarte a ti mismo lo canalla que eres! Daisy dio media vuelta y se dirigió rápidamente al salón principal. Abrió la puerta y buscó a Vanessa con la mirada. Estaba jadeando. Cuando la vio, sentada a una mesa de backgammon, se fue directamente hacia ella y le puso una mano en el hombro, haciéndole daño. —Quiero hablar contigo. —Daisy, tesoro, espera que termine la partida, ¿eh? —No; ahora. —El tono de voz de Daisy, áspero y sordo, puso en pie a Vanessa. — ¡Fuera! —ordenó Daisy. Vanessa la siguió, sonriendo ampliamente y agitando las manos a los que la miraban con extrañeza. —¿Qué sucede, Daisy? ¿Cómo te atreves a...? —Vanessa, di ahora mismo al capitán que dé la vuelta y me lleve a tierra. —Imposible. Mira, cálmate... —Ya te has cobrado todo lo que te debía. Vanessa, te lo advierto... Vanessa, la aguda y experta Vanessa, no tuvo que pensarlo dos veces. Aquella amenaza casi incontrolable que veía en los ojos de Daisy podía ser peligrosa. Y en la excitante vida de Vanessa, llena de deliciosos, pero explosivos secretos, no había lugar para el riesgo. 303

«¿Qué puede haberle hecho Ram a esa muchacha?», se preguntaba, mientras se dirigía rápidamente al puente, para hablar con el capitán. ¡Cómo le gustaría enterarse! —¿Qué es todo esto? —preguntó Patrick Shannon a su secretaria-jefe, mientras se sentaba a la mesa. Acababa de regresar de Tokio y esperaba encontrar la mesa limpia, como de costumbre. Cada una de sus tres secretarias tenía una carpeta de asuntos a tratar, pero él aún no las había pedido. —Míster Bijur me pidió que las pusiera donde usted pudiera verlas tan pronto como llegara. Shannon fue levantando las seis fotografías, cada una de las cuales tenía una hoja de papel prendida. —Todas son princesas, míster Shannon. Míster Bijur pensó que tal vez le interesara ver sus árboles genealógicos. Hay dos belgas, una francesa y tres alemanas. Dice que de todas las princesas de raza blanca del mundo, ésas son las únicas realmente bonitas. Aún no ha podido hablar con la princesa Carolina ni con la princesa Yasmin, pero sigue intentándolo. Mientras contemplaba las fotografías, Shannon se echó a reír. — ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! —exclamaba entre carcajadas—. Ha brá estado trabajando como un enano... ¡Pobre Hilly! ¿No sabe que cuando yo digo «inolvidable» no me refiero simplemente a una cara bonita? Miss Bridy, póngame con Daisy Valensky en los estudios North, por favor. Si no está, trate de localizarla antes de hacer otras llamadas. Daisy, con los brazos en jarras, miraba severamente a sus dos ayudantes. — ¿ De modo que ese hombre entró en Central Park y serró por las buenas una rama sin que ninguno de vosotros se lo mandara? No pudo ocurrírsele a él solo. ¿No sabéis, cretinos, que cinco personas se fueron tras él para hacerle arrestar? Casi se organizó un tumulto. —Era una rama de nada. —Ni siquiera tenía hojas. , —La necesitábamos urgentemente. El árbol de la calle era demasiado enclenque. —No hay excusa posible —dijo Daisy—.Que sea la última vez; de lo contrario, volveréis a robar tumbas. —Daisy, te llaman al teléfono —dijo uno de ellos, aliviado por la interrupción. —Estudios —contestó Daisy, como de costumbre. — ¿Princesa Valensky? Aquí Patrick Shannon. — ¿Qué tal por Tokio? —preguntó ella en tono neutro, lanzan 304

do una mirada de furor a sus dos ayudantes, que salían del despacho con el mayor sigilo. —Muy lejos. No había tenido ocasión de pedirle disculpas por la forma en que le hablé la última vez que nos vimos. —Ni por la forma en que me habló la primera. — Eso precisamente iba a decirle. Tengo la impresión de que hemos tenido un mal comienzo, mejor dicho, dos, y me gustaría hacer algo por remediarlo. ¿Podría convencerla de que cenara conmigo un día de éstos? Le prometo no hablar de Elstree. No trato de hacer que cambie de opinión. No soy tan ingenuo. Ni tan tortuoso. — ¿Una cena amistosa? —Eso es. No me gusta parecer duro. — ¿Pero sí un poco agresivo? —preguntó Daisy suavemente. —Agresivo; pero no duro. ¿Estará libre algún día de esta semana? — Creo que para cenar sí. — ¿ Qué día prefiere ? Aún no he hecho planes para esta semana, de modo que puede elegir. —Esta noche —dijo ella sin vacilar. Hubo un momento de absoluto silencio. — ¡Oh! Muy bien. Esta noche. —Vivo en la esquina de Prince y Greene, la esquina sudeste, tercer piso. Le espero a las ocho. Verá un letrero que dice: «Cuidado con el perro.» No haga caso; casi nunca muerde si yo no se lo mando. Daisy colgó sin darle tiempo a despedirse. — Ginger —dijo a la secretaria de North—, si viene North, le dices que me he tomado la tarde libre. Si te pregunta por qué, contesta que no te lo he dicho. Si los otros me necesitan, que se arreglen sin mí. Si llama alguien, di que no estoy. Si alguien te pregunta qué cuernos pasa, di que no lo sabes. — Será un placer —respondió Ginger—. Una cita, ¿eh? — No es eso exactamente —dijo Daisy. Daisy sabía con exactitud lo que buscaba. A pesar de las programadas fluctuaciones de la moda, a pesar de la oscilación de las preferencias entre lo clásico y lo hippy, no hay temporada en la que Bill Blass, sin aspavientos, no lance una serie de trajes negros sublimes en los que se combinan el buen gusto y la audacia. Unas veces utiliza tul y gasa, y otras, encaje y seda, realzando con soberano arte las cualidades de los materiales, que parecen fundirse entre sí con absoluta naturalidad. Por fin, en la segunda planta de «Bendel's», Daisy encontró el «Bill Blass» que buscaba y, al salir, se detuvo en la sección de zapatos de Jerry Miller para comprar un par de sandalias de raso negro de fino y alto 305

tacón con pequeñas hebillas de pedrería. En otro mostrador encontró unos pantis gris pardo. Cuando salió de los grandes almacenes de la Calle 57 Oeste había gastado uno o dos dólares más del sueldo de tres semanas. En lugar de regresar a casa en el Metro, decidió hacer un despilfarro y tomó un taxi. En cuanto llegó, colgó el vestido y se lavó el pelo en la ducha. Aunque tenía un secador potente, tardó casi una hora en secarlo, y cuando terminó le dolían los brazos. Teseo, que había regresado ya de su corta estancia con la casera, la miraba aterrado desde debajo del sofá. Lo único que le asustaba era el horrendo zumbido del secador. Afortunadamente, Kiki estaba todavía de vacaciones con Luke. Así, Daisy se ahorraba sus preguntas. La cotilla de Kiki se hubiera sorprendido al verla limpiar y ordenar la sala, guardando docenas de heterogéneos objetos en los armarios hasta que la habitación presentó un aspecto francamente elegante, gracias al último envío de Eleanor Kavanaugh, consistente en una serie de caros muebles de mimbre blanco, tapizados de una tela que parecía un estanque de nenúfares pintado por Monet. Luego revolvió ávidamente los cajones de la cómoda de Kiki hasta encontrar el bolsito de noche de seda negra que pensaba llevar. «Desde luego, Kiki debería ser más cuidadosa con sus cosas», pensó Daisy, mientras empezaba a vestirse nerviosamente. A las ocho en punto sonó el timbre de la puerta. Cuando Daisy la abrió, a Patrick Shannon se le heló la sonrisa en los labios. Aquella noche, Daisy se había arreglado con meticuloso esmero, pero no había podido ver el efecto total. Lo único que sabía era que había hecho una inversión descabellada en el vestido de «Blass» y se había peinado del modo más clásico. Era un disparate arriesgar tanto dinero, pero la apuesta era demasiado importante como para dejar nada al azar. Sus vestidos de bazar, por bien hechos que estuvieran, podían darle un aspecto extravagante, y esta noche tenía que parecer francamente rica. Así de sencillo. ¿Cuántas veces le había oído decir a Nick el Griego que si North podía cobrar más que ningún director era porque tenía más clientes de los que podía atender (ello, naturalmente, gracias a los esfuerzos de Nick) y que, al no necesitar el dinero, podía pedir lo que quisiera? Si tenía que convertirse en la Chica Elstree —y ahora Daisy sabía que tenía que conseguir aquel trabajo a toda costa—, debía procurar que sus honorarios le permitieran ocuparse de Danielle y de Anabel durante mucho tiempo. No podía contentarse con la tarifa de las modelos, ni siquiera con los mil dólares al día que cobraban las más importantes. Tenía que ser más, mucho más. Contra la amenaza que emanaba de Ram como un hedor, su única protección era el dinero; el único escudo digno de confianza. La mujer que abrió la puerta a Patrick Shannon no era la fantástica muchacha de las esmeraldas en el pelo y el pantalón de pana, ni la graciosa y 306

desmelenada figura del mono blanco, sino la criatura más hermosa que había visto en su vida. La miraba literalmente con la boca abierta. El pesado moño de trenza que le sujetaba el pelo en la nuca, realzaba la esbeltez de su cuello y el porte orgulloso de su cabeza. Con el pelo recogido resaltaba el delicado tono tostado de su piel, las cejas rectas sobre aquellos ojos de un púrpura casi negro, la boca de labios gruesos y bien marcados... todo tenía un relieve, que desvirtuaba ligeramente la maravilla de su pelo suelto. El vestido tenía un canesú de tul moteado, el talle drapeado y falda de mucho vuelo, y dejaba al descubierto los hombros y los brazos, majestuosos y sin adornos. —¿No quiere entrar? —dijo Daisy con una sonrisa de bienvenida, de la que procuró borrar todo asomo de satisfacción. Por lo visto, había conseguido el efecto que pretendía. Pat Shannon no funcionaba con normalidad. Entró silenciosamente y se quedó de pie en el centro de la sala. Daisy le preguntó suavemente, como si hablara con un sonámbulo: —¿No quiere sentarse y beber algo? Shannon se sentó. -¿Vodka? ¿Whisky? ¿Vino blanco? Shannon dijo que sí a todo, sin dejar de mirarla. Para no distraerle ella sirvió vino blanco para los dos y se sentó a su lado. Por fin él dijo algo, lo primero que se le ocurrió. —Muy bonito el apartamento. —Hace cuatro años que vivimos aquí. El barrio es bastante divertido. Por la forma en que él apretó los labios, Daisy comprendió que no le había pasado por alto el plural. Se imponía disipar posibles equívocos. —Vivo con Kiki Kavanaugh —explicó Daisy con calma—. Quizá conozca a su padre, es presidente de la «United Motors». ¿No? Esta semana, ella ha ido a su casa. Yo tenía que acompañarla. El tío Jerry, el padre de Kiki, celebra su cumpleaños. Me consideran casi de la familia; pero no me pareció bien dejar el trabajo. Mis ayudantes no son de fiar y acabo de regresar de Nassau. — ¿Hace tiempo que trabaja? —preguntó Shannon—. En Middleburg, cuando nos presentaron, alguien dijo que era pintora... Por lo menos, me dio la impresión. —¡Oh, eso es sólo un pasatiempo! Me gustan los niños, los caballos y la pintura, y, de vez en cuando, combino las tres aficiones —dijo Daisy con naturalidad—. En realidad, trabajo para North desde que salí de la Universidad. Es mucho más divertido hacer algo, ¿no cree? Si no, uno se apoltrona. Hay que luchar contra eso. Y mi trabajo en los estudios es la solución ideal; no hay ni una semana que sea igual a otra... Siempre nuevos problemas, nuevas crisis y nuevas soluciones. Ni un segundo de aburrimiento.

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Daisy le sonrió con la misma complacencia con que María Antonieta debía de hablar de sus vacas, mientras se encomendaba al santo patrón de Kiki, el abogado de todos los que mienten y presumen por una buena causa. Shannon la miró interrogativamente. — Es curioso. Tenía la impresión de que un trabajo como el suyo exigía mucha eficacia y largas jornadas. — ¡Oh, desde luego...! —murmuró Daisy—. ¡Pero eso es lo mejor de todo! El desafío... ¿A usted le gusta hacer algo que no suponga un desafío? Daisy se recostó lánguidamente en el sofá de nenúfares con una actitud que convenció a Shannon de que una dura jornada de trabajo era el ideal de toda muchacha rica e inteligente. —Tengo entendido que North es un buen jefe. —El día en que deje de serlo, me despido —replicó Daisy con ligereza, mientras imaginaba el sardónico resoplido que daría North si pudiera oírla—. Claro que no todos van a ser como Nick el Griego, el que se empeñó en exhibir mi pelo. Es un bárbaro sin modales. A pesar de todo, también le aprecio. Aquel día perdió los estribos. —Y usted también. — ¡Oh, sí! Tengo muy mal genio. Sonrió con el gesto peculiar del que está orgulloso de sus defectos porque es tan importante que nadie se atreve a echárselos en cara. En realidad, la sonrisa se la había copiado a North. En una puerta se oyó un roce de uñas, seguido de un golpe sordo, como de un cuerpo que se arrojara contra ella. Daisy murmuró: —Perdone. —Se acercó a la puerta. La falda del vestido ondeaba suavemente bajo la espalda, cubierta sólo por el tul moteado. Patrick Shannon la seguía con la mirada, maravillado.— Basta, Teseo —dijo Daisy junto a la puerta. — ¿Es el perro? Me gustaría conocerlo. Todo lo relacionado con aquella extraordinaria criatura, Daisy, le inspiraba una viva curiosidad. Imaginaba que poseería un afgano pura raza o un caniche enano y chillón. — Los extraños le ponen nervioso —advirtió Daisy, pero abrió la puerta. Apareció Teseo con las orejas erguidas como banderas y entró silenciosamente en la sala con su andar de marinero borracho. Shannon se puso en pie al ver acercarse el enorme animal de áspero pelo gris, marrón y azulado. Teseo lanzó a Shannon una mirada furtiva y suspicaz y se dirigió a su almohadón favorito; pero al acercarse al visitante, con gran asombro de Daisy, cambió de dirección, se levantó sobre las patas traseras y 308

se lanzó sobre Shannon lamiéndole y husmeándole. Shannon, riendo, empezó a calmarle con una tanda de palmadas, fricciones y achuchones, que convirtieron a Teseo en su esclavo para toda la vida. — ¡Qué raro! —dijo Daisy fríamente—. No acostumbra acercarse a los desconocidos. ¿Está seguro de no llevar comida en los bolsillos? — ¡Oh, a mí me quieren mucho los perros! Los perros y los niños. —Y es de suponer que eso es lo que hace digno de confianza a un hombre, ¿no? —dijo ella, llevándose el perro con una fuerza que sólo percibió Teseo, pues la imprimía con un leve giro de la muñeca. —Eso dicen —convino él. Daisy volvió a la sala andando con un aire que hizo pensar a Shannon en tronos, joyas de la Corona y el Relevo de la Guardia. — No ha probado el vino. ¿Quiere otra cosa? — ¿Por qué no vamos a cenar? —preguntó él, mirando la copa con asombro. ¿Cómo había llegado allí?— El coche y el chófer están abajo. Por lo menos, ahí los dejé. En este barrio podrían haber desaparecido. — ¡Oh, es completamente seguro! La mafia nos protege. La mayoría de sus abuelos viven en el vecindario. Soho es uno de los barrios más tranquilos de la ciudad. Daisy acababa de convertir expeditivamente aquella barriada en una isla paradisíaca. «Le Cirque» es la clase de restaurante neoyorquino caro y selecto que sólo aprecian ciertos neoyorquinos. No priva la comida, el ambiente, ni el chic de la clientela; allí domina el poder. Es un restaurante que frecuentan los poderosos para comprobar su poder según la mesa que les dan y para estar en compañía de otros poderosos. «Le Cirque» es un lugar bastante atractivo, con sus suntuosos murales de monos vestidos de época, pintados al estilo Watteau-Fragonard, sus manteles de lino rosa y sus apliques de cristal y pantallas rosa. La cocina es francesa, pero sin exagerar la nota. Igual podría ser española o italiana, ya que la mayoría de los clientes piden ternera o pescado, cocinados del modo más sencillo posible, dieta de adelgazamiento o de úlcera, dieta de poderosos. Un forastero que llegara de visita a Nueva York podía estar una semana comiendo y cenando en «Le Cirque», como sus amigos se empeñaran en alardear de poder. Pero si sus amigos eran verdaderos gastrónomos o les gustaba divertirse, tal vez ni siquiera oyera hablar de «Le Cirque». Daisy nunca había estado allí. No era la clase de restaurante que frecuentaba North, que no solía ponerse americana y corbata para sentarse a la mesa, a no ser que Nick el Griego le convenciera para que se mostrara 309

simpático con algún cliente. Tampoco Henry Kavanaugh, el fiel pretendiente de Daisy, la había llevado allí. A la hora del almuerzo, «Le Cirque» era punto de reunión del poder editorial y a la hora de la cena, del poder de las altas finanzas; pero en ningún momento del poder de las jóvenes generaciones de «Grosse Pointe». Aquella noche, como de costumbre, Patrick Shannon tenía una de las tres mejores mesas de la casa, la de la banqueta de la derecha de la entrada. Al entrar en el restaurante, Daisy advirtió el ambiente de poder. Mientras se sentaba, se daba perfecta cuenta de que casi todos los que se hallaban en el comedor estaban observándola, aunque parecía no notarlo. Sus visitas al «Connaught» la habían curtido a aquellos ambientes, y no iba a dejarse impresionar por un simple restaurante. Tampoco las miradas de la gente podían intimidar a la hija de Stash Valensky, acostumbrada a causar sensación cuando salía con su padre aquellos domingos por la mañana, tantos años atrás. Miró en derredor con gesto de serena aprobación. —Muy agradable —dijo con naturalidad, respirando aquel aire cargado de autosuficiencia, seguridad y miradas de admiración de personas que eran lo bastante importantes como para pensar que en ellas no era una indiscreción el mirar con descaro, y también de las mutuas felicitaciones que irradiaban de una mesa a la otra —simplemente por estar allí—, formando una tienda invisible en aquel aire delicadamente perfumado. Aunque estaba hambrienta, Daisy pidió con la espartana parquedad de la persona que está tan acostumbrada a las cartas más complicadas, que la comida le resulta casi un fastidio. Por primera vez en muchos años, Pat Shannon no sabía qué decir. Daisy parecía encontrarse perfectamente a gusto, contemplando el comedor sin intentar entrar en conversación. ¿Por qué no hablaba sin ton ni son, por qué no coqueteaba con él, por qué no trataba de hacerle hablar de sí mismo, como cualquier mujer que se respetara? Mientras Daisy tomaba su crema de pepino, Shannon se puso a hablarle de su viaje a Tokio. Observó que ella le hacía las preguntas correctas; pero parecía reservada, aburrida o quizá distraída. A pesar de que ninguna de estas palabras describía exactamente la distante actitud, aunque perfectamente cortés, con que en cierto modo le dio a entender que los negocios en el Japón resultaban excesivamente mercantilistas. Cuando les servían el filet de solé Véronique, salieron del comedor varios conocidos de Shannon, que le saludaron haciéndose los remolones de una manera que prácticamente le obligó a presentársela. Shannon se preguntaba qué podía haber inducido al asno de Harmsworth, un sujeto del Medio Oeste, a besarle la mano, aunque fuera dueño de medio Chicago. Y, ¿por qué le había mirado Zellerbach al marcharse como si acabara de ganar el decatlón? 310

Daisy se echó hacia atrás, aunque sin permitir que el suave diván le acariciara los hombros. Se mantenía erguida de un modo que indicaba que, aunque otras personas se inclinaban sobre el plato o se retrepaban en los divanes, ella estaba educada para mantener una postura regia con toda naturalidad. Lección que tenía que agradecer a una vieja película de Grace Kelly que había visto pocas noches antes. Shannon la animó a hablar de sí misma y le preguntó dónde había estudiado; pero ella se limitó a darle los datos escuetos. No deseaba reavivar el recuerdo de sus días de colegio. Tampoco el tema de Ham y Topsy Short, sus únicos amigos comunes, le parecía interesante, opinión que Shannon compartía interiormente. Mientras Daisy dudaba entre pedir o no pedir queso —había rehusado el postre, pues las mujeres ricas nunca tomaban postre—, dos parejas conocidas de Shannon se pararon junto a la mesa. Las mujeres, según pensó Shannon con desagrado, se pusieron francamente empalagosas con Daisy. ¿Dónde había comprado aquel vestido tan divino? ¿Quién la peinaba tan divinamente? «Había que ver con qué desfachatez la gente pedía información a los desconocidos», se decía él mientras Daisy contestaba las preguntas con la entonación satisfecha un poco cansada de quien está acostumbrada a despertar la curiosidad admirativa y sin el menor empacho atribuía su moño de confección casera nada menos que a Suga. Cuando el camarero le llevó el licor, Shannon se dio cuenta de que estaba a punto de estallar. Ahora le parecía absurda aquella promesa de no hablar de negocios. ¿Para qué estaban allí, aguantando las miradas de la gente, centro de la curiosidad de todo el maldito comedor, sino para que él pudiera proponerle otra vez el asunto de Elstree? Ya le parecía estar viéndose en más de doce cenas como aquélla, en las que, para no excitar la ira de Daisy, él callaba y toda la campaña de Elstree se iba a paseo. En un último esfuerzo por contenerse, se puso a hablar de lo primero que se le ocurrió y le disparó una pregunta a la que había estado dando vueltas desde que salieran del apartamento. — ¿De dónde ha sacado su lurcher? Ella le miró con un brillo inquietante en los ojos y le preguntó con viva suspicacia: — ¿Y cómo sabe que Teseo es un lurcher? — ¡Oh, mierda! —gruñó él. — ¿Cómo lo sabe? Yo no se lo he dicho. —Ha sido Lucy —confesó él, echándose a reír por lo bajo. — ¿Quién es Lucy? ¿Su pitonisa? En esta ciudad nadie sabe lo que es un lurcher —insistió ella con mirada combativa. — Lucy es mi lurcher —declaró él. — ¡Aja! El hombre en quien confían los perros y los niños... Entonces eso es lo que él husmeaba, el perfume de una dama 311

lurcher. ¿Por qué no me lo dijo entonces? —Francamente, no lo sé. —¿Que no? No he conocido ni a un solo dueño de lurcher que no me preguntara inmediatamente por la ascendencia de Teseo. — ¿Qué ascendencia tiene? —No trate de salirse por la tangente. — Está bien, quería impresionarla —admitió Shannon, invitándola a tomarlo a broma, con una mirada en sus ojos azules—. Pero lo he echado a perder, ¿verdad? —Yo no diría tanto —respondió Daisy con la primera sonrisa provocativa de la noche. Había decidido dejar de intimidarle. No era hombre que soportara de buen grado las situaciones embarazosas—. Ya que me lo pregunta, le diré que Teseo es wolfhound irlandés cruzado de greyhound por una rama de la familia y deerhound y greyhound por la otra, con algo de lebrel y pastor. ¿Y Lucy? — Greyhound atigrado con terrier de Nofolk, pero no estoy seguro del resto. Más greyhound seguramente. Es un poco bastarda. — Como todos los lurchers. ¿La lleva de caza? — Lucy persigue todo lo que se mueve; pero no le gusta el deporte sangriento. Un día mató un conejo y por poco se muere del susto. Seguramente lo pisó sin darse ni siquiera cuenta. —Yo he tenido que adiestrar al pobre Teseo a mantenerse detrás de mí. Si no, he de llevarlo atado. No puedo dejarle cazar. Es el lurcher cautivo más frustrado que existe —dijo Daisy tristemente. —Quizá les gustara... conocerse —sugirió Shannon con delicadeza. —¿Y qué haría usted con los cachorros? — Le dejaría escoger el mejor para usted, venderíamos los demás y nos repartiríamos el resto. En cuanto lo dijo, se sintió ridículo. ¿Cómo hablar de dinero con aquella augusta mujer? —Es usted muy generoso —dijo Daisy, alzando las cejas en leve gesto de desdén—; pero no deseo hacerme responsable de un cachorro. Quédese usted con el mejor y dé el resto a alguna obra benéfica. —Guardó silencio un momento y agregó sonriendo:— Generalmente, no me meto en la vida privada de Teseo. El se las apaña bien por su cuenta; pero ya que Lucy es lurcher como él, podríamos concertar una cita. Animado por su afabilidad en asuntos caninos, Shannon decidió arriesgarse a hablar de Elstree con aquella orgullosa y susceptible criatura. Cuanto más miraba la pura delicia de su perfil, observaba la serena armonía de sus ademanes, escuchaba su voz grave y encantadora, más se convencía de que aquella muchacha podía conseguir hacer que renaciera la fe en la nobleza 312

hereditaria en cualquier país, incluida la China Roja y, lo que era más importante, podía vender grandes cantidades de cosméticos y perfumes a las mujeres norteamericanas. —Daisy... —empezó y se detuvo. Ella le miró. Su corazón — que había estado latiendo con fuerza ante la perspectiva de que tuviera que ser ella quien abordara el asunto de Elstree— redujo el compás. Por la forma de pronunciar su nombre, comprendió que se disponía a empezar las negociaciones. —¿Sí, Shannon? —le animó ella. Y su modo de mirarle le hizo pensar en una lluvia de oscuras estrellas. —Daisy, sé que le prometí no hablar de ello, pero quisiera que pensara otra vez en la posibilidad de hacer los anuncios de Elstree. Prometo no presionarla, pero he pensado que tal vez no se le haya ocurrido enfocarlo como un desafío. Antes me dijo que le gustan los desafíos. Si lo considera desde este punto de vista... —La verdad es que ya lo he considerado. Sí; lo he pensado muy despacio. —¿Y? —Shannon, si firmo un contrato con Elstree para anunciar una gama de productos «Princesa Daisy», perderé muchas cosas que para mí tienen gran importancia: ante todo, mi vida íntima; luego, habré de avenirme a la idea de comercializar mi título y tendré que dejar mi trabajo, ya que nunca podría hacer las dos cosas debidamente. Tendré que acostumbrarme a no poder entrar y salir libremente como hago ahora sin que la gente diga: «Ahí va la princesa Daisy, la Chica Elstree.» Y a mí me molesta que me miren y me señalen con el dedo. Perdería el anonimato que tan cuidadosamente he guardado todos estos años. —Su voz se había hecho áspera al describir aquel futuro.— Si la campaña resultara un éxito, yo me convertiría en un objeto de uso diario. Y eso no tiene vuelta de hoja. —Entonces la respuesta es no —dijo él. —La respuesta es sí. —No le dio tiempo a reaccionar. — Quiero un millón de dólares y un contrato de tres años, durante los cuales podrán ustedes usar mi cara, mi nombre y todo el pelo rubio natural que deseen para vender Elstree por todos los medios de publicidad, desde películas, hasta carteles. Pero el millón de dólares se me pagará en tres plazos: un tercio a la firma, y el resto en tres años, tanto si la campaña es un éxito como si no, y aun en el caso de que decidan suprimir los productos «Princesa Daisy» porque no se vendan, y aun en el caso de que cambien de agencia y la nueva desee probar otra cosa. De lo contrario, no hay trato. «Un millón de dólares —pensó Shannon—. Y ni siquiera sé si es fotogénica.» —Si le parece, podemos olvidarlo. —Trato hecho —dijo él rápidamente—. ¿Qué le hizo cambiar de parecer?

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—Razones personales —respondió Daisy con una leve sonrisa, mientras la invadía una sensación de victoria y terror.

22 North se sintió divertido apenas tres minutos. Tan divertido como si su gatito de angora le hubiera dado un bufido. Ya se le pasaría. Mientras, bastarían un ligero puntapié y un cachetito para mantenerle a raya. A los tres minutos de repetirle Daisy sus proyectos, él comprendió que hablaba en serio. —No seas ridícula —le dijo severamente, frunciendo el ceño—. No sabrías hacerlo. No tienes ni la más remota idea de posar ni de hacer publicidad. Fracasarías. La idea es totalmente absurda. Creí que tendrías más sentido común para no ponerte en ridículo. —Shannon no cree que vaya a ponerme en ridículo —replicó Daisy ásperamente. Bastantes dudas sentía ya sin tener que oír la opinión que sus cualidades merecían a North. —¡Shannon! ¡Ese metomentodo! Se presenta aquí, echa por la borda una campaña perfectamente correcta, se encandila con tu pelo de hada y tu tipo de gran dama... No es más que un pedante que se cree un descubridor de talentos —comentó en tono de burla. —No pretendo discutir contigo los méritos de Pat Shannon. Sólo deseo hacerte comprender que tengo que dejar los estudios. — ¡ No tienes derecho a hacer eso! ¿ Quién te dio una oportunidad cuando llegaste de aquella absurda Universidad, buscando desesperadamente un empleo, un empleo para el que yo tenía más de veinte solicitudes? —No olvides que quien me contrató fue Bootsie Jacobs. —Sólo porque yo la autoricé. ¿Tienes idea del tiempo y dinero que me ha costado entrenarte? Todo tu aprendizaje ha corrido a expensas mías. No importa que trabajaras catorce horas al día; lo importante es lo que has aprendido. No creas que cualquier director te hubiera aguantado. No basta con tener interés. —Aprendí de prisa y me has tenido trabajando contigo cinco años y medio. Incluso al principio tenía talento —dijo Daisy, desafiante—. Siempre. —El talento no basta. Hay mucha gente con talento. Es preciso tener oficio, y ahora que eres útil, te largas. No comprendo cómo puedes ser capaz. Es una ingratitud tan grande... —Te repito que necesito el dinero, North. —¡Dinero! ¡Dinero! Sabes perfectamente que cobras lo mismo que cualquier productor del ramo. 314

—Pues con cien dólares más puedes contratar al productor de Bob Giraldi, o al de Steve Horn, o a Sally Safir... Siempre la has admirado. — ¡Pero Sally forma sociedad con Richard Hermann! ¿Quién podría permitirse ofrecer semejantes condiciones? Daisy le miró con calma. —Es evidente que Richard puede ofrecérselas. —¿Es eso lo que pretendes, participación en el negocio? —Ni pensarlo. No pretendo nada. Me marcho porque necesito ganar mucho dinero. El rostro de North se suavizó, y apareció en sus facciones una afectuosa expresión, que Daisy no veía en él desde hacía semanas. —De acuerdo, reconozco que no puedo competir con Elstree. No comprendo por qué necesitas ganar tanto dinero, pero respeto tus motivos, pues comprendo que han de ser muy poderosos para impulsarte a tomar tan extraña decisión. De acuerdo, Daisy, adiós y buena suerte. Lo único que quiero decirte es si has pensado en cómo afectará eso a nuestras relaciones. —¿Cómo las afectará? —preguntó ella con un equívoco gesto de leve curiosidad. —Puesto que insistes en marcharte, las cosas tienen que cambiar. La miraba fijamente, irradiando toda la simpatía que era capaz de proyectar cuando le convenía. —¿Qué cosas? —preguntó ella inocentemente. —¡Me revientan estas discusiones, mierda! Son típicamente femeninas. —Pues has empezado tú. Mira, North, lo que pasó en Venecia debió terminar allí mismo, el día en que se acabó la huelga. Tú no soportas estar sin hacer nada, y por eso ocurrió. Hace ya cuatro semanas que ha terminado y tú lo sabes. Deja ya de hurgar en las cenizas. Yo me voy y tú te las compondrás perfectamente sin mí. —¡Y tanto que sí! Estaba indignado. A él casi nunca le habían llevado la contraria y, desde luego, nadie le había dejado. Cuando había que romper, el que rompía era él, y él ponía las condiciones, con la misma facilidad con que arrancaba la fruta cuando estaba madura. Sus fieras estaban bien domesticadas, nunca le rugían ni salían de la jaula sin permiso. — ¡No eres indispensable! —le gritó. — No tengo más remedio. — ¡Cómo que no! Daisy le miró, pensativa. Sabía que hacía bien al no revelarle las razones que la obligaban a aceptar la oferta de Elstree; el mismo instinto que la impulsó a hablarle de sí misma de un modo puramente superficial cuando estaban en Venecia, aún susurraba en su interior. North era demasiado duro y dado a 315

descartar todo lo que no fuera perfecto. De pronto, Daisy advirtió que en esto se parecía a su padre. Ni siquiera en sus momentos de mayor intimidad vio en él más que un cambio puramente superficial; ni profunda ternura, ni templanza de su rígida exigencia, ni comprensión de la vulnerabilidad humana. Le faltaba la facultad de dar y aceptar. Daisy no recurriría al chantaje sentimental de hablarle de Dani o de Anabel para hacer que la perdonara; no podía exponer ante él sus problemas personales para convencerle de que le permitiera aceptar una oportunidad que ella tenía perfecto derecho a aprovechar. Le miraba pacientemente, sin tratar de hacerle comprender, y él al verla tan obstinada, investida de la dignidad y el poder de su belleza, utilizó su último recurso. —Daisy, supongo que te darás cuenta de que hubiéramos podido significar mucho el uno para el otro. Hubiéramos podido mantener unas relaciones maravillosas. Su voz y su expresión hubieran podido amansar a diez cobras, una docena de pitones y por lo menos a tres boas constrictor. Daisy le escuchó en silencio y se puso la chaqueta. Al llegar a la puerta, se volvió y le dijo: —North, si un día te encontraras abandonado en una isla desierta sin teléfono, tendrías relaciones con un coco. —No sé qué es más fantástico —dijo Kiki—, y esta indecisión podría producirme una depresión nerviosa. —Jugueteó con la barba de Luke.— ¿Sabes que tienes los ojos color uva verde ? — Cuéntale al médico todos tus problemas, jovencita —replicó Luke—. Ya verás cómo en seguida te los resuelvo. La instaló más cómodamente en su hombro y alisó las sábanas. —Por un lado, Daisy va a ser rica y famosa y se convertirá en toda una estrella de la publicidad, lo cual es fantástico y emocionante y me pone muy contenta y, por otro lado, mi madre viene a Nueva York y quiere conocer a tu madre, y tu madre quiere conocer a la mía, lo cual es terrible y espantoso y me da escalofríos. — Es natural que quieran conocerse, ¡pobrecita mía! Sus hijos van a casarse y ellas serán mishpocha el resto de su vida. Sienten curiosidad. Además, ya es hora de que dejes que tu madre me vea. — ¿Qué? ¿Qué van a ser? Suena horrendo. ¡Tú no me lo habías dicho! —gimió Kiki, indignada. —Sólo quiere decir que van a ser parientes por matrimonio o algo así, no estoy muy seguro. Y es que mi madre no ha querido que en casa se hablara ni una sola palabra de yiddish. A veces eso me pone en situaciones violentas. Quizá tenga que tomar lecciones. Pero puedes estar segura de que se trata de algo muy serio. Cuando se es mishpocha, es para siempre. 316

—¿Y por qué hemos de estar presentes nosotros? ¿No podríamos reservar una mesa para las dos en algún buen restaurante y dejar que se presentaran solas? —sugirió Kiki. El nerviosismo la hacía parecer una niña de diez años. —No estoy muy al corriente del protocolo de los noviazgos; pero sé positivamente que tu sugerencia es del todo inadmisible. Ni lo pienses. Aunque reconozco que sería estupendo perdérselo. ¡Eleanor Kavanaugh, la reina del «Country Club», de «Grosse Pointe» y Barbara Hammerstein, la reina del «Harmonie Club», ninguna de cuyas entidades admite de buen grado a los miembros de la otra, convertidas en mishpochal —Deja ya de repetir esa palabra —suplicó Kiki—. Tiene que haber una forma más delicada de expresarlo. — Lo de mishpocha no tiene nada que ver con la delicadeza; es algo que dan los hijos y, con un poco de suerte, puede no ser tan malo como las aflicciones de Job. De todos modos, tienes que aguantarte y poner al mal tiempo buena cara. Considéralo una interesante faceta de las relaciones entre cristianos y judíos. —A mí me parece que será más bien algo así como la Guerra de los Seis Días — dijo Kiki sombríamente—. Luke, ¿tú...? Quiero decir... en fin... si piensas... —Anda, pregunta lo que quieras. — ¿Piensas... llevar sombrero en la boda? , — ¡Caramba, no! ¿Por qué iba a llevarlo? A no ser que tú me encuentres guapo. Quedaría muy elegante con esta barbita. ¿Un flexible o un bombín? Al fin y al cabo, soy muy chic. Por lo menos, eso dicen. — Creí que tenías que llevarlo —apuntó Kiki desconcertada. —No cuando te casa un juez —rió Luke—. Aunque prefieres un rabino... ¿No? También podríamos fugarnos. — ¡Mi madre se muere del disgusto! Yo soy su única niña, ¡bruto! Ya te he explicado por qué tenemos que esperar hasta el verano para casarnos. Hay que encargar el ajuar y dar miles de fiestas de compromiso y, además, esperar que todos mis primos terminen las clases en la Universidad, para que nadie se pierda la boda. —¡Dios nos libre! —suspiró Luke con resignación. —Y he de llevar cinco damas de honor, y a Daisy de madrina, y a mis hermanos de pajes. Por cierto, tendrás que buscarme otros seis. Desde luego, no podrá casarnos el obispo; pero a mí nunca me cayó bien. Mamá ha aceptado bastante bien eso de que nos case un juez, considerando que desde que me confirmaron ha estado preparándome la boda. —Dudo mucho que alguna vez llegara a soñar que tu boda fuera un triunfo del ecumenismo —rió Luke con malicia-. Hay que ser tolerantes —dijo altivamente, mientras pensaba dónde podría encontrar seis pajes 317

presentables. Sus compañeros del club le echarían a cajas destempladas, muertos de risa. — ¡Oh, que te jodan, Luke Hammerstein! —Adelante. Mira, pones la manita aquí y le das arriba y abajo... Dos días después, a la una en punto, Kiki, pulcra y elegante y temblando de miedo, cruzaba, en compañía de su majestuosa y aún atractiva madre, las puertas de «La Grenouille». Ella y Luke habían escogido el restaurante más elegante de Nueva York, con la esperanza de que el ambiente ablandara a las importantes damas. Las flores de la mesa les darían tema de conversación durante diez minutos, según apuntó Luke, y el menú, otros veinte. Luke ya estaba sentado al lado de su madre, una mujer espléndida, de aspecto juvenil, que llevaba un sombrero categórico, un sombrero que informaría a la de «Grosse Pointe» con toda exactitud de quién era Barbara Fishbach Hammerstein. Luke y su madre se levantaron al acercarse Kiki y Eleanor Kavanaugh, a quien su estatura daba un aspecto formidable. —Mamá... —dijeron Luke y Kiki al unísono. Luego, se interrumpieron y volvieron a empezar. —Mamá, te presento a la madre de Luke —tartamudeó Kiki, que en aquel momento no se acordaba del apellido de Luke. Eleanor Kavanaugh extendió la mano entornando sus ojos miopes desprovistos de lentes y luego la retiró, mientras preguntaba: — ¿Bobbie? ¿Pero eres tú, Bobbie... Bobbie Fishbach? -¡Dios mío! ¡Ellie! ¡Ellie Williams! No has cambiado nada —exclamó Barbara Hammerstein con acento de sorpresa y alegría. — ¡Oh, Bobbie! —La madre de Kiki y la madre de Luke se abrazaron.— ¡Bobbie, guapa! ¡Cuántas veces me he preguntado qué habría sido de ti! —No contestaste mis cartas —respondió Barbara Hammerstein llorando. —Mis padres se mudaron muchas veces. No recibí ninguna. Supuse que te habrías olvidado de mí. —¿ Olvidar a mi mejor amiga ? — dijo la madre de Luke sin dejar de llorar —. ¡Eso nunca! —Pero, ¿cuándo fue eso? —preguntó Luke, muy excitado—. ¿Cómo no os reconocisteis por el nombre? — Fue en Scarsdale —explicó Eleanor Kavanaugh sorbiéndose las lágrimas — . Fuimos juntas hasta la décima clase. Luego mi abuelo se arruinó y tuvimos que vender la casa y mudarnos. Pero, ¿qué importa eso, Luke? ¡Oh, Bobbie, qué bien! Tú y yo seremos mishpocha. 318

-¿Quién te ha enseñado esa palabra? -preguntó mistress Hammerstein retrocediendo. — Llevo semanas ensayando, Bobbie, cariño. Pero déjame darle un beso a tu hijo... después de todo, va a ser mi machatunnen —dijo mistress Kavanaugh pronunciando con satisfacción el recién aprendido equivalente de yerno en yiddish. —¿Tu qué...?—preguntó mistress Hammerstein. Patrick Shannon se paseaba por su despacho. Era el día siguiente al de haber obtenido la conformidad de Daisy a representar a Elstree, y había reunido a todas las personas que intervendrían en la nueva campaña, las mismas que habían asistido a la reunión celebrada en los estudios de North, representando a Elstree y a la agencia. Luke se dijo que indudablemente a Shannon le gustaba ir al grano y trató de contar las reuniones importantes que en aquel momento tenía que saltarse en la agencia. —No podemos perder ni un solo día —les dijo Shannon, con el aire resuelto del jefe de bandoleros que acaba de divisar una caravana de bien provistas carretas cruzando incautamente la pradera—. El sector de perfumería vende diez mil millones de dólares al año, y la tercera parte de esas ventas se hace entre Acción de Gracias y Navidad. Para poder pensar siquiera en quedar en paz, tenemos que estar en todas las tiendas antes del Día de Acción de Gracias de este año. Nos quedan siete meses, si hemos de lanzar la línea de productos en septiembre. — Es poco, Pat — opuso Hilly Bijur—. Piensa en lo que supone: nuevos envases y envoltorios, nuevas películas, nuevos carteles y una nueva campaña de ventas de cara a los mayoristas. — Piensa en lo que ya tenemos, Hilly —le atajó Pat—.Tenemos los productos de tocador básicos, la línea completa. No hay que cambiar nada más que el envoltorio, pues los productos son buenos; sólo que no se venden. Todavía tenemos las tiendas; hay cinco mil comercios que tienen existencias de Elstree. La distri bución, facturación y cálculo de costes están perfectamente afinados. No empezamos de cero, lo único que falta es el acabado, el adorno del pastel. ¡Por todos los santos del cielo...! -Pat... —Mira, Hilly, ese nuevo perfume que los químicos de Elstree obtuvieron el año pasado es excelente. Ni siquiera tenía nombre. Ahora se llama «Princesa Daisy» y hasta a mi perra le gusta. Y es natural, con extracto de jazmín a cuatro mil dólares la onza. Lo único que tenemos que hacer es conseguir que las mujeres huelan el perfume y prueben los cosméticos. Les gustarán, son buenos. 319

—Pat —terció Jared Turner, el director comercial—, teniendo en cuenta que Elstree perdió treinta millones el año pasado, ¿qué números has hecho para este año? —Calculo una venta de cien millones. «¡Ahí va! ¡Qué burrada!», pensó Turner. Y, en voz alta y tono mesurado: — «Avon» es la primera marca de perfumería del mundo y vende mil millones. Tú hablas de absorber el diez por ciento de sus ventas y todavía estamos sin estrenarnos. —Una de las cosas que más me gustan de este negocio es la rapidez con que puede cambiar de orientación —dijo Shannon animadamente, arrancando varios pinchos de uno de sus cactus—. Si dispones del resorte adecuado, puedes hacerle dar media vuelta de la noche a la mañana. — Aún no nos ha dicho cuál será el presupuesto —intervino Luke. De nada serviría hablar de resortes, sin el respaldo del dinero. — Por regla general, en propaganda y promoción se gasta el diez por ciento del total de las ventas. Yo pienso doblar la cifra. Sobre la base de las ventas calculadas, destinaremos veinte millones de dólares a los perfumes y cosméticos «Princesa Daisy». «¡Su padre! —pensó Hilly Bijur—. No sé si la "Norton Simon Inc." estará buscando nuevo director para Max Factor. Tienen problemas pero no son nada comparados con los que va a tener Elstree.» —Veinte millones de dólares -murmuró Luke, impasible, mesándose la barbita con un gesto que hizo que Kirbo Henry, su redactor, y Oscar Pattison, su dibujante, se miraran con júbilo. -Y la tercera parte, antes de Navidad —puntualizó Shannon— . Desde luego, eso supone que este año no habrá utilidades; pero hay que calcular a largo plazo. Dentro de dos años, estaremos colocados, y dentro de tres, lanzados. —Pero Pat —insistió Turner, con el arrojo del condenado que rechaza la venda ante el pelotón de ejecución—, ¿y si no consigues enderezar a Elstree? Habremos perdido un dineral. —Y los accionistas asarán mis testículos para el desayuno —dijo Shannon alegremente—, a fuego lento, con salsa picante y entre grandes aplausos. —Podríamos ahorrar bastante en los envoltorios —propuso Hilly Bijur—. El año pasado invertimos mucho dinero en presentación. Si aprovecháramos lo que tenemos... —Hilly, vamos a lanzar una línea de productos de belleza totalmente nueva: la «Princesa Daisy». Nada de refritos. Te agradezco ese afán por ahorrar, pero no es el momento de hacer recortes. Reúne a todos tus dibujantes y diles que echen el resto. La presentación tiene que ser tan superior, que te ponga los 320

pelos de punta. ¡Electrízame! No repares en gastos y asegúrate de que el envoltorio refleja la personalidad de Daisy; nada excesivamente moderno, ni espacial ni extravagante. —Está bien, Pat —admitió Hilly Bijur, mientras pensaba que, ahora que había muerto Charles Revlon, podría ser la ocasión de marcharse a la «Revlon», aunque tuviera que ganar menos. «Que refleje la personalidad de Daisy...» La chica del mono blanco. ¿Dónde diablos había metido las pastillas? —Desde la última reunión con North —dijo Luke— hemos desarrollado un par de ideas. Usted habló de romanticismo, de encanto, de feminidad y de una cierta calidad de estrella. Ahora que sabemos que vamos a trabajar con Daisy, se nos ha ocurrido lo que aquí Oscar llama el «estilo Romanov»: la princesa Daisy antes de la Revolución, en traje de corte y luciendo las joyas de la Corona o lo que más se les parezca y que no esté en los museos rusos... — Perdón, Luke; pero eso es demasiado estirado para mi gusto —dijo Shannon rápidamente—. Quiero situarla más cerca de la cliente. —Lo que me figuraba —sonrió Luke. Siempre empezaba proponiendo una idea descabellada, pero plausible, para dar al cliente algo que rebatir. Siguió hablando con calma—. La otra idea es contemporánea y creo que conecta con el permanente deseo de toda mujer de resultar atractiva a los hombres, que no parece haber sido mitigado por el movimiento de liberación femenina, a Dios gracias. Filmaríamos una sala de baile llena de gente, o una discoteca, o cualquier tipo de baile, tomado desde arriba, y nos iríamos acercando a Daisy, que estaría bailando, con el pelo flotando al aire, absolutamente radiante, abandonándose sensualmente a la música, la esencia de la danza hecha mujer. Y entonces... — Lo siento, Luke —interrumpió Shannon otra vez—. Pero tampoco me gusta. Tal vez con una modelo corriente resultara, pero se trata de una princesa, por lo cual hay que hacer resaltar la clase, y ese abandono sensual no me parece lo más apropiado. Shannon frunció el entrecejo. Como todos los asientos del despacho estaban ocupados, salvo el sillón de detrás de la mesa en el que nunca se sentaba cuando no estaba solo, se apoyaba en la pared. Tenía aspecto de estudiante, con el pelo revuelto cayéndole sobre la frente, el entrecejo fruncido, la mirada preocupada, el rictus de la boca muy marcado, pensando en el problema que momentáneamente había desplazado a todos los demás asuntos de «Supracorp». —Tenemos un tercer concepto que a mí personalmente me parece el más atractivo —dijo Luke tranquilamente. No tenía sólo un tercer concepto; si era necesario, le presentaría treinta. El quince por ciento de veinte millones de dólares eran tres

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millones, la comisión de la agencia. Por ese dinero, Shannon tenía derecho a un montón de conceptos. —Adelante. — Daisy pertenece a la aristocracia, y los norteamericanos imaginan a los aristócratas, es decir, a los aristócratas extranjeros, de dos maneras: presidiendo actos oficiales, lo cual resulta muy pesado, o divirtiéndose, ya que los aristócratas tienen dinero y pueden divertirse. Yo mandaría a Daisy por todo el mundo, allí donde se reúna la aristocracia internacional, a St. Moritz, por ejemplo, o a la Costa Esmeralda del Aga Khan, y la retrataría acompañada del hombre de su misma clase, vestida a la última moda, según el ambiente: equipo de esquí y pieles, bañadores, modelos de París, grandes sombreros, etc. La suya sería una vida de ensueño, que por ser quien es, resultaría verosímil. Y aquí conectaríamos con el deseo de toda mujer de tener una vida fabulosa... que viviría a través de Daisy. Porque, cuando nuestra cliente en potencia usara Elstree, percibiría un efluvio de esa vida. Todos los reunidos esperaban la reacción de Shannon. Helen Strauss, jefa de Publicidad de Elstree, guardaba silencio porque comprendía que aquella decisión no dependía de ella. El silencio se prolongaba mientras Shannon reflexionaba. —Es una buena idea, Luke, pero no acaba de convencerme. En realidad, usted piensa en el jet set, que está bastante desacreditado ; ya sabe, los que no dan golpe. Si presentamos a Daisy en este ambiente, la juzgarán por el mismo patrón. Creo que nos exponemos a crear envidia, y las mujeres no comprarán productos presentados por alguien que les inspire este sentimiento. Nuestra clientela, actualmente inexistente, será extraída de una población la mitad de cuyas mujeres trabajan y la otra mitad son amas de casa o estudiantes. No tenemos ningún interés en vender a las ricas, porque son muy pocas. Pero me gusta la idea de presentar a Daisy como una aristócrata. Por serlo es por lo que «Supracorp» la ha contratado. Sin embargo, habría que hacerlo con más sutileza. No sé por qué, yo la imagino siempre en Inglaterra. —Es porque aún conserva un ligerísimo acento inglés —dijo Luke—. Vivió en Inglaterra hasta los quince años. — ¿Cómo sabe tanto de ella? —preguntó Patrick con un acento de suspicacia que le sorprendió a él mismo. —Yo... hum... voy a casarme con su compañera de piso —confesó Luke con timidez. Estar prometido era lo más convencional que había hecho en su vida el independiente Luke Hammerstein. — ¿La de «Grosse Pointe»? — Luke asintió. 322

— ¿Kiki Kavanaugh... «United Motors»? Felicidades, Hammerstein. Eso es fantástico. Todos los presentes miraron a Luke con más respeto. Kavanaugh... Detroit... «United Motors»... ¡Vaya, vaya! ¡Bien por Luke! Sabían que era listo, pero no tanto. Luke, violento, volvió al tema principal. — ¿Decía usted Inglaterra, míster Shannon? — Sí, y castillos. Siempre la veo con castillos al fondo, y galopando. No hay modelo que monte como esa muchacha. O paseando a unos perros por un jardín, con un fondo de castillos... — Corgis —sugirió Candice Bloom —. Son los perros favoritos de la reina de Inglaterra. — Un lurcher o dos... —dijo Shannon con voz soñadora, desconcertándolos a todos. — Comiendo fresas con nata en un prado, con el castillo al fondo —terció Osear Pattison. — ¡Muy bueno! —convino Shannon—. Sí, señor; exteriores, Inglaterra, castillos... quizás un hombre a su lado... siempre con un hombre al lado. Nada de modelos masculinos; Lores auténticos y jóvenes. Y la presentación sencilla. Cosas simples, aparte el castillo, desde luego. Todo lo demás, todo el encanto y el romanticismo, lo pondrá ella. A toda mujer le gustaría ser princesa y vivir en un castillo. Quizá siempre no; pero sí una temporada. —Shannon, al fin, estaba satisfecho.— Y, dado que es norteamericana, se identificarán con ella. Cuando vayamos a lanzar la campaña, todo el país debe saber que Daisy es una chica norteamericana que trabaja y que, casualmente, también es princesa. »Candice —prosiguió, dirigiéndose a la jefa de Relaciones Públicas — , tú quedas encargada de esto. Quiero para Daisy la mayor campaña de propaganda que hayas organizado en tu vida, con una fiesta fabulosa para presentarla a la Prensa antes de que lancemos el perfume. Quiero que muevas todos tus resortes para que le hagan entrevistas y fotografías. Teniendo en cuenta quiénes fueron sus padres y que ella es una muchacha bastante misteriosa, será como un regalo para la Prensa. Pero no esperes a que ellos vengan a ti, debes ser tan agresiva como si tuvieras que trabajar con una perfecta desconocida. Desde luego, ya sé que podemos contar con Women's Wear, y Vogue, y Bazaar, y con las columnas especializadas; pero también quiero que salga en las revistas de actualidades, Good House, y el Journal, y Cosmo, ya sabes, la rutina. Pero, sobre todo, un reportaje en People y la portada de People la semana antes de Acción de Gracias. ¡ Cuento con ello! 323

Candice Bloom se limitó a mover afirmativamente la cabeza. Ella conocía sus posibilidades. En realidad, podía conseguir cualquier cosa salvo portadas de Time, Newsweek y People. Si Daisy fuera una cantante de rock quinceañera, la protagonista de un serial de la tele, o un nuevo Papa, quizá pudiera convencer a People para que la pusieran en la portada. De todos modos, tenía ciertos contactos que había estado reservando para un caso de necesidad. Si quería conservar el empleo, tendría que intentarlo. Por más que las Relaciones Públicas eran un verdadero asco. Sin embargo, a ella le gustaban y ni su psicoanalista se explicaba por qué. Luke pensaba que aquélla era la primera vez que había creado una campaña en la que el patrocinador colaboraba desde el principio y, además, llevaba la voz cantante; pero la cosa parecía marchar bien. El había oído hablar de altos directivos dotados de creatividad y ahora comprendía lo que aquello quería decir. De todos modos, Shannon no podía saberlo todo, y Luke aún tenía algunos triunfos en la manga. —Míster Shannon, uno de los mayores inconvenientes con que se enfrenta Elstree y cualquiera de los perfumes que se venden en América, es que aquí las mujeres tratan el perfume como si fuera una alhaja. Compran el frasco, o alguien se lo regala; pero sólo lo usan en ocasiones especiales, o lo dejan encima del tocador, sin abrir, a diferencia de las europeas, que se empapan en él y luego compran otro frasco. Las norteamericanas usan muchos cosméticos, pero consideran el perfume como si fuera champaña y no vino de mesa. Aún no hemos hablado del eslogan de la campaña. Queremos vender dos cosas: una gama de cosméticos y una gama de perfumes y colonias. A mí me gustaría poder usar el mismo eslogan en todos los anuncios y todos los impresos y que abarque tanto los cosméticos como el perfume, un eslogan que Daisy pueda decir de modo convincente a pesar de no ser actriz. — Luke se puso en pie. Sólo los fracasados presentaban un eslogan sentados. Hizo una pausa para dar mayor énfasis a la frase:— «Yo lo uso todos los días —Princesa Daisy— de Elstree.» —¡Perfecto! —exclamó Shannon. Tan pronto como la palabra salió de sus labios, en el despacho todo fueron felicitaciones, como todo hubiera sido mutismo si no le hubiera gustado. — ¡Sencillo, pero elocuente! — ¡Fácil de recordar! — ¡Excelente identificación del producto! — ¡Tremendo impacto! ¡Es mejor que «Western Union»! Luke sonrió con modestia. Se sentía modesto. Arte no era; pero sí un medio de vida. Ram avanzaba por Oíd Bond Street a paso rápido, en dirección a su club de St. James Street. Llegaría por lo menos con cinco minutos de adelanto al 324

almuerzo, pero el abominable tiempo de finales de febrero de 1977 no invitaba a pasear por Londres. Entró en el caldeado vestíbulo de «White's» balanceando el paraguas y saludó a un joven conocido que salía en aquel momento. El otro ni le devolvió el saludo ni pareció verle. Pero, ¿no habían coincidido varias veces en las fiestas durante el otoño? ¿No era uno de los que revoloteaban alrededor de Sarah Fane? Quizá solamente se lo había parecido. De todos modos, era un donnadie. Ram se encogió de hombros y se dirigió a una de las salas, para esperar a Joe Polkingthorne, de The Financial Times. Durante los últimos años, Ram solía almorzar con aquel periodista una vez cada tres meses. Aunque su periódico tenía corresponsales en todo el mundo, Joe Polkingthorne era enviado con frecuencia al extranjero, para hacer crónicas especiales. Poseía buen olfato para descubrir qué zonas estaban preparadas para iniciar el desarrollo económico, y en más de una ocasión sus opiniones habían resultado muy valiosas para Ram y su Sociedad financiera. A su vez, Polkingthorne consideraba a Ram como uno de los dos o tres hombres más inteligentes y mejor informados de la City y estaba convencido de que sería más poderoso cada año. También a él le complacía intercambiar informes y opiniones que ambos consideraban, con razón, más valiosos que cualquier regalo material que pudieran hacerse. Antes de que tuviera tiempo de pedir algo de beber a uno de los camareros, Ram vio a lord Harry Fane, que, acompañado de varios hombres a los que también conocía, salía del salón para ir a almorzar. Ram no había visto a Harry Fane desde que dejara de salir con su hija, hacía casi dos meses, pero mentalmente se había preparado para reanudar con él sus relaciones comerciales. Cuando Fane se acercó, Ram hizo una leve inclinación de cabeza, impersonal y amistosa a la vez, para dar a entender, mejor que con palabras, que él, Ram, no permitiría que le afectara la atolondrada conducta de Sarah Fane. No abrigaba ridículos rencores. Al ver a Ram, Harry Fane se detuvo bruscamente. Le miró con incredulidad y enrojeció violentamente hasta la raíz del pelo. Los que estaban con él vacilaron. Luego, lord Harry Fane siguió andando con el entrecejo fruncido y las manos en los bolsillos y pasó por el lado de Ram haciendo como si no le viera, seguido por sus amigos, ninguno de los cuales saludó a Ram, a pesar de que hacía años que le conocían. Ram se sentó en una butaca y oyó su propia voz pedir al camarero serenamente un whisky con agua. Aquello era inconcebible. Se sentía como si acabara de recibir un tremendo puñetazo en el estómago. No estaban en el siglo XVIII; su ruptura con Sarah Fane era una de las muchas que se producían entre los jóvenes que se emparejaban y desparejaban constantemente. Mientras lo pensaba, Ram comprendió que debía de haber otra causa para que en un período de pocos minutos cinco hombres le 325

hubieran hecho el vacío. ¡El vacío, a él! ¿Qué había podido ocurrir para que le hubieran perdido el respeto, aquel respeto del que tanto se preciaba? Durante toda la vida no había hecho nada más que preservar aquel respeto contra todos los ataques, respeto que siempre fue para él mil veces más importante que el afecto o la camaradería. En aquel momento, Ram cayó en la cuenta de que hacía casi un mes, o tal vez más, que no había recibido ni una sola invitación a cenar ni a pasar el fin de semana en el campo. A su regreso a Londres, tras aquel maldito viaje a Nassau durante el cual intentó hacer entrar en razón a Daisy, el mucho trabajo le había impedido pensar en su vida social. De todos modos, no deseaba ver a nadie, y apenas notó que su correo consistía casi exclusivamente en facturas y que el teléfono sonaba sólo para llamadas de negocios. Por el contrario, el año anterior por aquellas fechas salía seis noches a la semana y rechazaba el doble de las invitaciones que aceptaba. Mientras tomaba el whisky con agua, iba repasando los indicios que le hacían comprender que se había convertido en un paria. En el mismo instante en que se preguntaba cuál podía ser la causa, comprendió, con un horror que le heló la sangre, que nunca lo sabría. Sarah Fane no podía haber contado a nadie la verdad de lo sucedido entre los dos sin destruir su propia reputación. Por consiguiente, habría inventado algo, una mentira lo bastante plausible como para que todos la creyeran, una mentira sucia, denigrante y obscena, que nunca llegaría a sus oídos, pero que le seguiría siempre por el único mundo en el que él deseaba vivir. Ram conocía las reglas y sabía que estaba perdido. Aún podría trabajar con provecho; la mentira de Sarah Fane no afectaría sus inversiones. Sus palabras no llegarían a oídos de los marchantes de cuadros, ni de los que le vendían libros raros, ni de los sastres, ni de los tratantes de caballos, ni de los que le trabajaban las tierras. Pero más tarde o más temprano, se enterarían todas las personas importantes de aquel mundo en el que él había sido uno de los solteros más codiciados. La sociedad inglesa tiene un sistema peculiar para arrojar de su seno a la gente, un sistema silencioso, terrible e implacable, que Ram había visto aplicar otras veces. No existía tribunal de apelación, porque no había a quien apelar, nadie a quien preguntar, nadie que estuviera dispuesto a admitir que había oído algo. Si hubiera tenido amigos... Ram comprendió que entre los cientos de personas a cuyas fiestas había asistido durante los últimos años, no había ni una sola, hombre o mujer, a quien pudiera considerar lo bastante amigo como para recurrir a ella en aquel momento. ¿Un abogado? ¿Qué podía decirle? ¿Que unos hombres a los que conocía no le habían saludado? ¿Podía demandar a alguien porque no le invitara a cenar? No era nada... y era todo. Y la patraña nunca podría descubrirse.

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Lo que hubiera dicho aquella muchacha que era la sensación del año, aquella muchacha por cuyas venas corría aristocrática sangre inglesa de siglos, no trascendería de un pequeño grupo. Ram podría hacerse un nuevo círculo de amistades entre los intelectuales, entre los pintores, entre los hombres de empresa ajenos al gran mundo, entre los extranjeros residentes en Londres, entre la gente de teatro o entre los políticos. Sólo se le excluiría de determinadas fiestas y de unas cuantas casas de campo, no podría cazar con unos ni montar a caballo con otros. Sólo perdería -había perdido ya— la compañía de las únicas personas cuyo respeto valoraba. —Hola Valensky, ¿ya está usted aquí? -Joe Polkingthorne le tendió la mano, y Ram se la estrechó al tiempo que se levantaba de la butaca.— ¿No se termina la copa? Bueno, ya se resarcirá con el vino del almuerzo, ¿eh? Al darse cuenta de que se sentía agradecido por la cordialidad del periodista, Ram advirtió cuál era la magnitud de su desgracia. Cuando el maître le conducía a su mesa habitual y le informaba deferentemente de las especialidades del día; cuando el sommelier esperaba atento a su elección; cuando, al mirar alrededor Ram sentía alivio al ver que la mesa de al lado estaba ocupada por desconocidos, la herida que le desgarraba por dentro se agrandaba más y más. Cada atención que recibiera de un servidor, cada cara nueva que mirara con recelo, eran otras tantas puertas que se cerraban a su espalda, al entrar en la cárcel en la que pasaría el resto de su vida. Escuchó atentamente a Polkingthorne que hablaba de África del Sur y de la imposibilidad de confiar en los mineros de las minas de oro, se refirió con insólita vivacidad a las más recientes actividades de la «Lion Management», comió con avidez y bebió más de lo habitual, tratando de restañar el derrame que sentía en su interior, pero éste era continuo e inexorable. —Vamos a ver, ¿de qué puñeta sirve discutir? —exclamó Kirbo Henry—. Lo mejor será que llamemos a Shannon para asegurarnos de que no se refería únicamente a castillos, sino también a grandes mansiones y palacios. —Yo en tu lugar no lo haría —dijo Luke en tono de advertencia. —Vamos, Luke, un castillo, por definición, es un lugar que pueda defender todo un ejército, y la mayor parte están en ruinas, ¡joder...! No se han hecho más castillos desde la época feudal. A no ser los de pacotilla que se construyeron en la época victoriana y que a mí me parecen hechos en Hollywood. Fíjate, por ejemplo, en Culzean Castle, de Ayrshire. Tiene hasta palmeras delante. Mira estas fotografías... Heldingham en Essex y Rochester en Kent... No parecen habitables. Tendió a Luke las fotografías de las ruinas de unas grandes moles de piedra del siglo XII, alcázares normandos, sombríos y amenazadores.

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Mientras Luke los contemplaba moviendo tristemente la cabeza, Kirbo sacó fotografías de Stourhead, el risueño palacio palladiano construido entre 1727 y 1849. —Estoy convencido de que Shannon pensaba en una cosa así. Ahí es donde Kubrick filmó Barry Lyndon. Es una preciosidad. ¿No podríamos por lo menos ir a verlo? —Shannon dijo castillos y pensaba en castillos. No me enseñen nada que no tenga torre del homenaje, torreón, foso, puente levadizo, murallas almenadas, parapetos... algún sitio desde el que se pueda echar aceite hirviendo sobre el enemigo. Kirbo, deja de lamentarte y ponte a trabajar. En Inglaterra tiene que haber castillos en los que aún viva alguien, o lo parezca, pues con eso basta. Con estas palabras, Luke despidió a su gruñón director artístico, que, en su opinión, estaba mosqueado porque la idea del castillo no se le había ocurrido a él. — ¡Es gelatinoso! —dijo Daisy con impaciencia a Teseo. El la miró inquisitivamente. Su ama siempre le había hablado, pero esto no estaba dentro de su radio de comprensión—. Me refiero al tiempo —continuó ella—. Siempre correr y esperar. Va a volverme loca. Daisy siguió quejándose a Teseo mientras recorría el apartamentobuscando infructuosamente algo que ordenar, algo que necesitara una bendita reparación, un baldeo, un arreglito. Los meses transcurridos desde que firmara el contrato con Elstree habían pasado con inesperada lentitud. Cuando tomó la decisión, Daisy imaginó que inmediatamente sería arrastrada por un torbellino de trabajo; pero ahora se encontraba inactiva y prácticamente prisionera de «Supracorp». Aunque no la necesitarían para nada hasta el mes de julio, en que se filmarían los anuncios, no la dejaban salir de la ciudad, dado que se la necesitaba esporádicamente para actos de relaciones públicas. —Lo siento mucho —le dijo Candice Bloom—, pero no puedes ir a Inglaterra, ni siquiera unos días. Estoy esperando que me llame Leo Lerman para que me diga cuándo puede almorzar con nosotras. Trudy Owett, del Journal, quiere verte para hacer un reportaje de modas y aún no sé qué día exactamente... No, Daisy, quiero que estés donde pueda localizarte en cinco minutos. Durante la larga y aburrida primavera y principios del verano, sólo interrumpían la monotonía las consultas y sesiones de pruebas con Bill Blass, que estaba haciendo un ajuar Princesa Daisy, para su uso en las apariciones en público y en las promociones en grandes almacenes. También le hicieron varias entrevistas, la mayor parte no publicadas aún, y fotografías para los anuncios. Daisy se acurrucó en uno de los sillones de mimbre de la sala, triste y melancólica. Echaba de menos a Kiki. Aunque teóricamente ésta compartía 328

aún el apartamento con Daisy, en realidad pasaba la mayor parte del tiempo en su casa, en «Grosse Pointe», realizando un complicado ritual relacionado con la boda. Cuando estaba en Nueva York, vivía con Luke y hacía rápidas visitas al apartamento, entrando y saliendo como una abeja enloquecida. Daisy se sentía tan abandonada como el perro que se deja solo en el coche inesperadamente y sin una explicación. No comprendió cómo necesitaba la presencia de la volátil, despreocupada, descarada y aturdida Kiki, hasta que su amiga desapareció, absorbida por el ajetreo prematrimonial. «Kiki, con toallas bordadas, ¡quién lo iba a decir!», pensó Daisy con tristeza, comprendiendo que las toallas con iniciales eran apenas una insignificante muestra de la diferencia que el matrimonio de Kiki iba a suponer en su vida. —Tengo angustia de separación —dijo a Teseo. Empezó en son de broma, pero terminó con la voz ronca de emoción—. ¡Idiota! No, Teseo; no es a ti, sino a mí -se apresuró a añadir, comprendiendo en aquel momento que detrás de la sensación de pérdida que le producía la marcha de Kiki, había otras pérdidas, pérdidas ya viejas, en las que no podía pensar, o se echaría a llorar. Se levantó rápidamente y empezó a vestirse. En aquel estado de ánimo, lo mejor era salir a la calle con Teseo, procurando huir de las tocinerías y otras tentaciones; pero salir a toda costa. Mientras se vestía, Daisy reconoció que, a pesar de su impaciencia por empezar de una vez el trabajo, un trabajo sano y agotador; a pesar de saber que cuando se pusiera en marcha la campaña de Elstree terminarían su aburrimiento y su impaciencia, al pensar en aquel momento sentía terror. «Voy a ser un blanco tan grande...», pensaba confusamente, sin saber qué quería decir exactamente. Sólo sabía que durante toda su vida había procurado pasar inadvertida, con la esperanza de que así evitaría perder más de lo que había perdido ya. Ahora, al pensar que su cara y su nombre se exhibirían con la mayor ostentación posible cientos de miles de veces, sentía un temor casi supersticioso. «¡Idiota!», pensó otra vez, pero no lo dijo en voz alta, para que no se ofendiera el perro. Mientras Daisy paseaba por Soho con Teseo, Luke llamaba por teléfono a North. — ¿Ya has hecho el equipaje? —le preguntó efusivamente. — ¡Vete a hacer puñetas, Luke! — Con tu permiso, North. Pero antes contesta a mi pregunta. -He decidido abstenerme de intervenir en este asunto absurdo. Búscate otros estudios. —Ni hablar. Arnie nos presentó un presupuesto, nosotros aceptamos y contamos contigo. —No se trata del mismo trabajo. Las condiciones han cambiado. 329

—Por más extras que nos cargue Arnie por rodar en Inglaterra, la agencia no protestará, te lo garantizo. Pero queremos una realización Frederick Gordon North; queremos tu inspiración, chaval, tu sentido artístico, tu percepción de volúmenes y contrastes, los matices de tu iluminación incomparable, tu nervio y tu audacia, tu gusto inimitable y tu integridad técnica. O, dicho con otras palabras, no pensamos soltarte, porque Shannon te haya quitado a Daisy. —¡Eso no tiene absolutamente nada que ver! —vociferó North. — ¡Fantástico! Me alegro de oírlo. Francamente, yo comprendería que no te consideraras capaz de hacer estos anuncios sin la ayuda de Daisy; pero si, como acabas de decir, eso no tiene nada que ver, esperamos, como buenos amigos y buenos clientes tuyos, que cumplas tu compromiso. Estoy francamente encantado de que no nos guardes rencor. — ¡Comadreja de mierda!. — —Tranquilo, tranquilo... North era el mismo de siempre; pero Luke lo necesitaba, mejor dicho, Daisy necesitaba un buen director como él. Desde luego, Luke no tenía fuerza legal para obligarle, pero a veces convenía apretar los tornillos a la gente, en especial si uno sabía aprovecharse de sus puntos flacos. Y el de North era el orgullo. Bueno, uno de ellos. — Estamos esperando la autorización del Departamento de Monumentos Nacionales. Son los propietarios de los castillos que vamos a usar —dijo Luke—. Supongo que tu nueva jefa de Producción se habrá encargado del vestuario de Daisy y de decidir a quiénes lleváis a Inglaterra y a quiénes contrataréis allí y de todos esos pormenores que Daisy despachaba con tanto garbo. — Cuando digo que eres un cabrito... — ¿Cuántas veces tendré que decirte que los cumplidos no me afectan? A propósito, North, ¿quieres ser mi padrino? La boda se celebrará después del rodaje, de modo que no tienes excusa. Me parece que te gustará el ambiente de «Grosse Pointe». Va a resultar una boda muy decente; sin pretensiones, descarada, casi petulante, pero no del todo y con bouquet. —Yo no sirvo para padrino —rezongó North. —Totalmente de acuerdo... pero es una de las exigencias de la amistad. ¿Por qué ibas tú a librarte? Yo lo he sido tuyo dos veces. — ¡Que te den morcilla, Luke! — ¿Quieres decir que aceptas? Lo sabía. A últimos de junio, Daisy esperaba expectante el día, fijado para principios del mes siguiente, en que todos saldrían para Inglaterra, donde se habían 330

programado diez días de rodaje. Ahora, desde su posición distante, observaba con disimulada ansiedad cómo Mary-Lou Duke, la nueva jefa de producción de North, organizaba el rodaje. Daisy, por cortesía, se había ofrecido a enseñarle el funcionamiento de los estudios, pero su oferta fue rechazada con frialdad por la mujer a la que North había contratado quitándosela a su más próximo competidor, por el procedimiento de pagarle una vez y media más de lo que cobraba Daisy. Mary-Lou era una mujer de treinta y tantos años, bien parecida, casi imponente y muy plácida. Su arma secreta era la placidez, una placidez constante, indestructible, inexorable. Era tan chispeante como el plomo, tan divertida como una ostra y tan humorística como un velatorio; pero era competente. Mientras Luke y los suyos ultimaban sus propios preparativos, Mary-Lou llevó a Daisy a recorrer las tiendas de la Séptima Avenida, en busca de ropa para el rodaje. Mary-Lou paraba los taxis, abría la puerta del ascensor para que pasara Daisy y entraba en las salas de exposición con Daisy, cautiva, a su lado. Daisy, acostumbrada a ser siempre quien se preocupara por todos los detalles, se sentía como el agente de tráfico condenado a presenciar la colisión de diez coches sin levantar una mano. Pero procuraba dominar todos los impulsos de intervenir en las decisiones. Al oír a Mary-Lou pedir las prendas a las encargadas de las tiendas, Daisy sabía ya que la mayor parte de las cosas que compraran, si no todas, serían devueltas por North. Permaneció callada las tres veces que North, con creciente impaciencia, las envió de nuevo a las tiendas en busca de ropa distinta. A la tercera vez que North rechazó sus compras, después de haber presenciado un desfile completo, Daisy se decidió a hablar. Sólo faltaba una semana para que diera comienzo el rodaje. Se llevó aparte a la nueva jefa de Producción. —¿Puedo hacerte una sugerencia, Mary-Lou? —Si lo consideras importante... —replicó la otra con desgana. —La razón por la que a North no le gustan las chaquetas ni las camisas de montar que hemos comprado es que en realidad yo no tendría que llevar chaqueta y camisa. Ropa de montar, sólo de cintura para abajo y, en el cuerpo, algo atrevido y diferente. —No sería lo indicado —opuso Mary-Lou severamente. —No; pero conseguiríamos el efecto que ellos buscan. —Nadie monta vestido así. —Serán muy pocos los que se den cuenta. Lo importante es el impacto, ¿no te parece? —Si a ti no te importa saltarte las reglas... Mary-Lou se encogió de hombros. Hasta su manera de encogerse de hombros resultaba inexpresiva, lo cual no es nada fácil. —Por lo que se refiere a la merienda en el prado, lo malo es que este año nadie ha hecho ropa adecuada. Sin embargo, yo conozco un sitio... un sitio que hasta 331

ahora era demasiado caro para mí, en el que podríamos encontrar el vestido ideal. —Daisy, tal vez sea mejor que compres la ropa sin mí —decidió Mary-Lou. Era contrario a sus principios el delegar funciones en los demás, pero tenía otras muchas cosas más importantes que hacer. A Mary-Lou no le importaba que la gente aportara ideas, siempre que no entorpecieran su logística. Las ideas eran como esos globos con los que juegan los niños —que se divirtieran dándoselas de «creativos» si querían—; pero la logística era una cosa muy seria. Su cabeza estaba ocupada casi por entero con las operaciones tácticas que se habían de realizar para situar a North y compañía en Inglaterra, recoger a los técnicos ingleses, trasladarlos a todos a su lugar de trabajo, alojarlos, alimentarlos y asegurarse de que disponían de todo el equipo necesario. Lo único que le preocupaba era no disponer de suficientes asientos de primera clase en el vuelo de la «British Airways» que debía llevarlos a Londres. No veía el momento de poner manos a la obra. Cuando Daisy se vio libre, salió a procurarse el vestuario sin pérdida de tiempo y sin olvidar que aquella tarde tenía una cita con los maquilladores del Elstree. No pensaban correr el riesgo de contratar a maquilladores ingleses desconocidos. Una maquilladora de primera fila formaría parte del grupo que iría a Inglaterra, y también una de las peluqueras mejor pagadas del ramo. Cobrarían cada una mil quinientos dólares diarios mientras estuvieran fuera de Nueva York, más gastos de viaje. Eran las «dietas por desplazamiento», y no habrían pedido más de haber tenido que ir al Sahara. Ya se sabía: en cuanto se salía de Manhattan, había que pagar desplazamiento. La maquilladora, que poseía una completísima colección compuesta por docenas de tipos de maquillaje difíciles de encontrar, que había ido descubriendo en el curso de los años, se sentía contrariada por tener que utilizar sólo productos Elstree. Pero se lo imponían las leyes sobre la verdad en publicidad, ya que Daisy diría: «Lo uso todos los días.» —Es una suerte que no necesite usted maquillaje —dijo mirando a Daisy—. No estoy acostumbrada a estos potingues. Patsy Jacobson, directora de Fabricación, hizo una mueca: — ¡Son unos productos excelentes! —exclamó con irritación. —S-sí; pero les falta efecto. Las dos mujeres se miraron furiosas. Daisy, que estaba sentada ante el espejo, inmóvil como un maniquí, sintió el deseo de terciar en la disputa; pero se contuvo. «Hay que tener pose —se dijo—. ¡A ver si aprendes a ser estrella! No debes meterte en su número. Si tienen problemas, no son de mi incumbencia. Si trato de organizarles el trabajo, les da un patatús. Todo se arreglará más de prisa y mejor sin mí y, si no me gusta el resultado, les diré que vuelvan a empezar y, así, hasta que esté 332

satisfecha. Si me atrevo, claro. ¿Me atrevo? ¡Pues naturalmente! Después de todo, soy la estrella.» Permaneció callada y sin moverse, pensando en el cheque de trescientos treinta y tres mil trescientos treinta y tres dólares con treinta y tres centavos que le entregó «Supracorp» en enero, a la firma del contrato. En cuanto hizo el trato con Patrick Shannon en «Le Cirque», Daisy escribió a Anabel para darle la noticia de que tenía dinero, para decirle que no vendiera «La Maree», que estaba enterada de lo de su enfermedad, que ella, Daisy, podría hacerse cargo de todos sus gastos además de los de Danielle, y que Anabel no pensara ni siquiera en el dinero y se preocupara sólo de su salud. A Ram ni lo mencionó. Daisy sabía que no se arriesgaba al hacer aquellas promesas antes de firmar el contrato. Patrick Shannon no era de los que se volvían atrás. Tan seguro, como que Colón no dio la vuelta al mundo. Durante los meses transcurridos desde entonces, Daisy cenó con él varias veces más. Eran unas cenas muy ceremoniosas, a las que asistían también altos mandos de «Supracorp», cenas de presentación, aunque no estaba muy segura de si Shannon quería presentar a Daisy a los directivos del «Supracorp» o viceversa. El había viajado mucho durante aquellos meses y no había vuelto a hablar de concertar una cita entre Lucy y Teseo. Daisy se preguntó si no habría estado excesivamente convincente en su papel de princesa. Por fin llegó julio y empezó teóricamente el rodaje, aunque la filmación no se iniciaría hasta el día siguiente. Daisy estaba sola en su suite del «Claridge's». Por medios que no había querido revelar, Mary-Lou consiguió pasajes de primera clase para todos en el vuelo que deseaban. Ahora ella y North estaban reunidos con los actores seleccionados para aparecer junto a Daisy en los anuncios. North se había negado categóricamente a contratar a auténticos lores, tal como quería Shannon. Era suficiente tener que batallar con una novata. Daisy deambulaba por la suite —tan grande, que los roperos parecían pequeños dormitorios—, pensando en todo lo que hubiera podido hacer en Londres, desde montar a caballo en Hyde Park, hasta visitar un bazar parroquial. Dentro de unas horas se reunirían con el equipo inglés y saldrían en caravana de coches y camiones hacia el primer escenario: Sussex. No tenía tiempo de ir a ver a Danielle; pero cuando hubiese terminado la filmación, dispondría de unos días, y entonces sí, entonces iría a ver a Danielle y haría una visita a Anabel. Durante la espera se sentía completamente extraña en aquella ciudad en la que durante tantos años estuviera su hogar. ¿Quién viviría en la casa de paredes amarillo pálido de Wilton Row, en la que se había criado? ¿Quién habría comprado la casa de Anabel de Eaton Square? Los únicos lugares que tal vez aún le resultaran familiares eran las cuadras de Grosvenor Crescent y la escuela de Lady Alden; pero algo le impedía visitarlos. Daisy bajó al 333

vestíbulo a comprar revistas, para leerlas en el salón de su suite, que era lo bastante grande como para dar un cóctel de sesenta personas. — ¿Revistas, señorita? —replicó cortésmente el conserje—. Nosotros no vendemos revistas. Si me dice las que desea, inmediatamente mandaré a un chico a comprarlas. —No, déjelo. No importa. Daisy volvió a su habitación, furiosa consigo misma y con aquel hotel tan poco comercial, que no tenía ni un simple quiosco de revistas. Ahora comprendía por qué no había ido a ningún sitio, por qué habría preferido no abandonar el lujo protector del enorme hotel durante aquellas últimas horas libres. Tenía miedo de encontrarse con Ram. El primero de los tres anuncios de treinta segundos tenía que filmarse en el castillo de Herstmonceaux, en Sussex. Este era de piedra rosada y estaba rodeado de un anchísimo foso, que sólo podía cruzarse por un largo puente levadizo, el cual descansaba sobre unos arcos que se hundían en las profundas aguas del foso. Su constructor, Roger de Fiennes, tesorero de la Casa de Enrique VI, lo mandó edificar a mediados del siglo xv. El señor de Finnes debía de tener motivos para sospechar que acaso un día tuviera necesidad de defenderse. Había construido una fortaleza hermosa y robusta, con una puerta flanqueada por dos grandes torres almenadas octogonales, sobre las que se alzaban dobles plataformas de combate. Aquel castillo se había elegido para el anuncio en el que Daisy llegaba montada a caballo, puesto que Kirbo, al ver la fotografía, comprendió de pronto que una galopada por un puente era más cinematográfica que una galopada por un camino cualquiera. North había decidido rodar primero en Herstmonceaux porque el anuncio en el que intervenía el caballo era el más fácil para Daisy, el que exigía menos aptitudes de actriz. Al ver las fotografías del castillo, North se mostró contrariado: —Ese puente está a diez metros sobre el nivel del foso, Luke. No podría llegar a esa altura ni con una grúa. Necesitaré un helicóptero para la toma del galope y la llegada y luego, cuando ella se apee, sólo dispondré del ancho del puente para moverme. —El viejo Roger no quería dar facilidades a los extraños para que entraran sin estar invitados —replicó Luke, impasible. Nunca dejaba que le preocuparan los problemas técnicos de los directores de cortometrajes. No había conocido ni a uno solo de los buenos que no hubiera podido subir a lo alto de la pirámide de Gizeh con la cámara a cuestas. Luego se regodeaban con los obstáculos técnicos que habían conseguido vencer. Su revista especializada, Millimeter, estaba llena de relatos horripilantes de dificultades vencidas y, si bien era cierto que nueve directores habían muerto en accidentes de helicóptero, algunos no vacilarían en meterse en un río infesto de caimanes 334

con tal de conseguir una buena toma... o se retirarían de la profesión. Mientras Luke se abstenía de hacer comentarios a las objeciones de North, el propio North estaba pensando que las venerables piedras de Herstmonceaux quedarían mucho mejor con un filtro ámbar y que unas cuantas bombas de humo en segundo término harían que el castillo pareciera flotar en el foso, un truco que él mismo habría podido inventar antes que David Dee. Aqueí día de la primera semana de julio, North estaba delante de las grandes rejas de Herstmonceaux, y Wingo, al otro lado, montado en la cámara, mientras Daisy se acercaba al galope sobre un gran caballo negro, con el pelo ondeando al viento, como el estandarte de una reina. La seguía un caballo blanco montado por un actor que tenía más aspecto de lord que cualquier lord auténtico. North tuvo que reconocer que Daisy no parecía una novata. Ni siquiera cuando echó pie a tierra y dijo su única frase, vestida con pantalón de montar beige, botas negras y una blusa de seda blanca de mangas anchas, estilo mosquetero, con el cuello desabrochado. Los cambios de expresión del rostro de North, que vibraba de emoción, surcado a veces por una sonrisa inconsciente, sus vivos ademanes, que recordaban los de un hipnotizador, guiaban a Daisy una y otra vez, y otra, y otra más, hasta que se daba por satisfecho. Ella nunca, ni siquiera en Venecia, se había sentido tan compenetrada con él como durante cada toma. Por fin había descubierto la verdadera dimensión de su talento. Por fin sabía por qué sus dos mejores modelos se habían casado con él. Por qué se habían divorciado, ya lo había averiguado hacía tiempo. Incluso antes de proyectar las tomas en Londres, que estaba a menos de tres horas de carretera, North sabía que había conseguido algo muy especial; lo sabía por el escalofrío que le recorría la nuca y los brazos cada vez que Daisy se acercaba galopando a la cámara y él esperaba verla detener el enorme animal y desmontar riendo. Hacía años que no sentía aquel estremecimiento, aquella promesa de un sublime acierto. El misterio que siempre le intrigara, el profundo misterio del rostro humano y su facultad de expresar sentimientos —aunque fuera un sentimiento que indujera a un telespectador a dirigirse a una determinada estantería del supermercado —, aquel misterio cobraba una fuerza especial en las facciones de Daisy, según advirtió North al pasar las tomas. ¿Por qué nunca se le ocurrió hacerle una prueba? Le tranquilizaba que poseyera tan excelentes dotes, pero también le mortificaba. Desde Sussex, utilizando coches, aviones y trenes con una precisión admirable, Mary-Lou trasladó a todo el equipo al Norte, a Peeblesshire, en Escocia, para filmar el siguiente anuncio en un castillo llamado «Traquair House». Este era totalmente distinto del severo Herstmonceaux, y había 335

sido edificado alrededor de una torre de piedra que databa de mediados del siglo XIII. En tiempos de Carlos I, el castillo se convirtió en una alta construcción gris pálido rodeada de delicadas verjas de hierro que sus propietarios se juraron mantener cerradas hasta que un Estuardo volviera a ser coronado rey de Inglaterra, y no se abrieron ni siquiera para Frederick Gordon North. Sin embargo, ante la verja se extendía un prado florido, en el que Daisy y un actor merendarían fresas con nata. Daisy llevaba un vestido comprado en la tienda de «Gramery Park» de Gene London, con apliques de encajes Victorianos. Había costado cuatro mil dólares confeccionar con aquel delicado género un vestido que no pareciera un disfraz, un vestido que le caía de los hombros en unas mangas anchas, transparentes y flotantes como alas. Era exquisito el efecto del encaje color marfil sobre su piel. La peluquera le había recogido el pelo en la coronilla con cintas de seda verdes como el prado y se lo había peinado en cascada. -Aquí, nada de helicópteros -dijo North al ver el escenario de Traquair—. El aire de los rotores aplastaría la hierba y las flores. Sólo existe un medio para conseguir una buena toma. Mary-Lou, consigúeme un hovercraft. —¿Y eso con qué se come? —preguntó Wingo. -Mary-Lou -repitió North ásperamente—, un hovercraft. — ¿Tiene que ser tan grande como los que cruzan el canal de la Mancha o más pequeño? —preguntó ella inexpresivamente. —El más pequeño que encuentres. Se sustenta en un cojín de aire, a unos palmos del suelo o del agua, según... ¿Te enteras, Wingo, zoquete?, dará la impresión de que somos más ligeros que el aire. Esta escena quiero hacerla a vista de mariposa, no a vista de pájaro ni a vista de abeja, sino de una mariposa que sube y baja y se desliza suavemente. —¿Y cómo se sostiene? —preguntó Wingo con suspicacia. —Si mantienes los ojos abiertos, quizá te enteres —respondió North. Cuando Mary-Lou se alejaba, con aspecto de estar muy satisfecha de sí misma, en busca del hovercraft, North murmuró en un tono de voz lo bastante alto como para que Wingo y Daisy le oyeran: — ¡Cómo me revienta esa tía! —Es muy competente, North —protestó Daisy. —Sí, pero, ¿por qué diablos tiene que ser tan sigilosa? —Eres injusto. Cumple con su obligación. —¿Quieres hacerme un favor, Daisy? Procura no explicarme mis prejuicios. Cuando Patrick Shannon hacía un trato, le gustaba comprender a ambas partes. El sabía siempre lo que perseguía; pero las razones de su 336

oponente le parecían más fascinantes. Shannon se daba cuenta de que no tenía ni la más remota idea de por qué Daisy Valensky, una muchacha rica del gran mundo, que trabajaba por diversión, que afirmaba que le gustaba guardar el anonimato, se avenía a someterse a la prueba de servir de palanca a toda una Compañía en sus esfuerzos por volver a situarse en órbita, explotando su personalidad. «Motivos particulares», dijo cuando él le preguntó. ¿Qué motivos? ¿Por qué necesitaba un millón de dólares durante los tres años siguientes? Aquello no tenía sentido si ella era realmente lo que parecía, y él no podía creer que no lo fuera. Durante varios meses, en los que él pasó semanas en California, ocupado en asuntos de la división de espectáculos y diversiones de «Supracorp», hizo dos viajes a Tokio y uno a Francia, de vez en cuando, se le ocurrían estos pensamientos. Aquel punto oscuro le molestaba como un pellejo de uva que se le hubiera quedado entre las muelas. Sospechaba que había caído en una especie de trampa, que allí había algo que se escapaba a su control, pero el incesante ajetreo de dirigir un grupo de empresas le había impedido investigar el caso. Shannon no tenía a un segundo de a bordo con quien hablar del asunto, ni era la clase de hombre que gustara de cambiar impresiones con un grupo de elegidos. Los empleados de «Supracorp» aceptaban que Shannon se metiera en el momento menos pensado en su campo de acción, o dimitían. Pero no se corría el peligro de que algún miembro de una camarilla pudiera indisponerles con el jefe tergiversando las cosas. Los problemas, presiones, tensiones, la disciplina de la alta dirección, eran puro placer para Shannon y no deseaba compartirlos. Pero no le gustaba operar en zonas poco claras, y cierto día, mientras examinaba la carpeta de material publicitario que Candice Bloom había reunido acerca de Daisy y que constituía ya un respetable montón de fotografías y entrevistas, Shannon decidió coger el avión e ir a Inglaterra para ver qué diantres ocurría. Mientras el «Daimler» conducido por un chófer le llevaba de Heathrow a Bath, donde North y los suyos se alojaban durante el rodaje del último anuncio que debía hacerse en el castillo de Berkeley, Shannon advirtió que estaba dando una importancia extrema al problema de Elstree. El nunca había puesto los pies en los escenarios en que se rodaban los diez o doce anuncios que anualmente se hacían para los distintos productos de «Supracorp». Tenía empleados muy bien pagados, que se encargaban de ello. Se preguntaba desde cuándo Elstree había dejado de ser un problema financiero para convertirse en algo casi personal. ¡Que le ahorcaran si lo sabía! Pero no tardaría en averiguarlo. Dijo al chófer que fuera directamente al castillo, sin pasar por el hotel de Bath. 337

—¿Podrían decirme dónde se rueda la película? —preguntó al hombre que le vendió la entrada de tres chelines, en la puerta del torreón de piedra gris construido en 1153. — ¿Cómo dice, señor? —Americanos, con cámaras. —En todas partes, señor. — No; me refiero a cámaras grandes de televisión —explicó con impaciencia. — ¡Ah, ésos...! Creo que están en la bolera, señor. — ¿Podría decirme dónde está y yo...? —Al otro lado del castillo, señor. Mildred, ¿quieres encargarte de las entradas? Yo acompañaré al señor a la bolera —dijo el hombre, contento de poder echar un vistazo—. Por esta escalera, señor —dijo, empezando a subir por una gran montaña de piedra—. Esta es la habitación en que asesinaron a Eduardo II —explicó orgullosamente, haciendo una pausa, para dar mayor énfasis a sus palabras—. Y ese agujero del rincón baja directamente a la mazmorra. — ¿No podríamos seguir? —preguntó Shannon sin disimular su impaciencia. El guía dio un respingo de sorpresa. A todos los visitantes les gustaba recorrer con detenimiento la tristemente célebre recámara y echar un vistazo a la mazmorra. Siguió andando a su paso de viejo y, por una estrecha puerta, condujo a Shannon a la parte más moderna del inmenso y hosco castillo, cruzando todo lo aprisa que podía la galería de retratos, el comedor y la cocina y despensa del siglo XIV, único camino para llegar al otro lado del castillo. — Las pilas son de plomo macizo, señor —dijo, por si el visitante quería detenerse a examinarlas; pero no hubo suerte, Patrick Shannon gruñía para sus adentros, mientras circulaban por la despensa que salía al cuarto de porcelanas y, éste, a la salita del ama de llaves que, finalmente, daba acceso al gran salón. —¿Ya nos acercamos? —preguntó al fin, contemplando el inmenso salón. —Aún falta la escalinata principal, el salón largo, el salón de la mañana y el saloncito. Estamos a más de la mitad del camino, señor —le informó el guía en tono animoso, empezando a recorrer los veinte metros del salón principal con aire de propietario mientras se preguntaba por qué aquel extraño visitante no mostraría un poco más de curiosidad por la historia del más famoso castillo del país, que aún estaba habitado por los descendientes de la familia que lo mandara construir hacía ochocientos años. Porque, los Berkeley ya vivían en Berkeley antes de la Carta Magna. Nada menos que veinticuatro generaciones.

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Puesto que era evidente que el guía no quería ni podía andar más aprisa, Shannon se resignó a acomodar su paso al de él, mientras sentía una insistente opresión en el pecho, un cosquilleo nervioso de deseo y de impaciencia. ¡Por todos los santos del cielo! ¿Por qué no podía ir más aprisa? Por fin salieron a la fachada meridional del castillo y, allá abajo, Shannon distinguió la maraña de cables y equipo que con tanta impaciencia había estado esperando descubrir. Allí estaba todo, en un extremo de un largo rectángulo de cuidado césped, franqueado por una tapia cubierta de hiedra a un lado y una hilera de grandes tejos al otro. No se veía a nadie. — ¿Dónde está la gente? —preguntó al guía. — —Seguramente tomando el té, señor. — ¡Hostia! Perdone... es que tengo prisa. — —Eso me ha parecido, señor. —¿Podría usted indicarme dónde pueden estar? —preguntó Shannon, recalcando cortésmente cada sílaba. El viejo señaló una bonita casa de campo, rodeada de árboles, situada a poca distancia. -Las cuadras y perreras de Berkeley, señor. Ahí han aparcado los camiones. Shannon se volvió vivamente hacia él. —Entonces, ¿habría podido ir en el coche? —Desde luego, señor. Pero se habría perdido la visita al castillo —replicó el hombre en tono de reproche. Shannon le dejó plantado sin decir una palabra más y echó a andar rápidamente por las terrazas que debían de llevar a los establos. Debajo de la desierta bolera había un estanque, y al otro lado se veía una escalera de piedra, que seguramente conduciría a los prados. Cruzó el césped en dirección al estanque casi corriendo. —¿Busca usted a alguien o ha venido a pasear? Se volvió con rapidez. Daisy estaba sentada en un murete de piedra, descalza, con una taza de té en la hierba, a su lado. Le miraba, segura de su belleza. El se detuvo y la contempló. — Pasaba por aquí... — ...y se le ocurrió acercarse. Tome, beba. —Le tendió la taza y él la cogió automáticamente, mientras se sentaba en el muro.— Después de cruzar el castillo hace falta un estimulante. Siento no tener un poco de coñac. Se bebió todo el líquido, azucarado y aún caliente. La opresión del pecho se había disuelto en una sensación indefinible, pero gratísima.

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—La he dejado sin té —dijo él, tratando de reprimir una sonrisa, que sabía perfectamente boba. —A menos de cien metros de aquí hay un remolque lleno de personas consagradas de día y de noche a preparar té. No se apure. —De acuerdo. ¿Cómo van las cosas? —Muy bien. Mañana terminamos. Hoy he trabajdo con los perros, paseándolos por ese césped. Habría sido más fácil si el libreto no hubiera especificado lurchers. — ¡Sí que lo siento! La culpa es mía. — Lo que suponía... Hemos tenido que devolverlos, de tan excitados como estaban. Ahora estamos esperando que nos traigan otros perros que no se vuelvan locos cada vez que olfateen un pájaro o un conejo. Casi me arrancan el brazo. No hacían caso a North. —Se echó a reír, y él la imitó. La idea de que dos lurchers taimados y criminales se hubieran atrevido a desobedecer las órdenes de North les parecía irresistiblemente graciosa.— ¡Oh, oh...! —jadeó Daisy—. Nadie creyó que se tratara de una broma. Y él repetía. «Al que haya escrito ese libreto, lo mato. ¡Es que lo matol» Pero no lo he delatado, no se preocupe. Shannon dejó de reír bruscamente. —¿Y el brazo? -preguntó—. ¿Está bien? — Claro que sí. El le cogió la mano y le miró la palma. Estaba enrojecida e hinchada de haber sujetado durante horas la correa de los perros. El la apretó suavemente contra su mejilla. —¿Me perdona? —murmuró con remordimiento. —No tiene importancia, de verdad —dijo ella en voz baja. Con la otra mano le acarició el pelo, apartando el mechón de su frente. El levantó la cabeza y la miró. Luego besó aquella mano que ardía. Se separaron sin dejar de mirarse. — ¡Me gustaría saber qué puñetas hace usted aquí! —gritó sorprendido e irritado North, que acababa de aparecer por la esquina.

23 Cinco días después, North y Luke estaban sentados en silencio en la sala de proyección de North. Acababan de pasar los tres anuncios Elstree aún sin montar. —¿Qué puedo decir? —preguntó Luke al fin, tratando de abrir brecha en el muro de fría indiferencia que rodeaba a North. Aquella actitud era impropia de él. 340

—Ya se te ocurrirá algo. —Supongo que ya debes de saber que es lo mejor que has hecho en tu vida. -Sí. —Y que éstos son los mejores anuncios de perfumería que se han hecho hasta ahora. -Sí. — ¿Puedo decir gracias por lo menos? — Lo doy por dicho. Y ahora, Luke, te agradecería que dejaras de hacer extravagantes demostraciones de satisfacción. —Está bien. ¡Ah, Kiki me ha pedido que te pregunte si sabes cuándo volverá Daisy! No sabe nada de ella. —Ni idea. —Bien, llamaré a Shannon. —Luke se acercó al teléfono, sustrayéndose a la atmósfera de tensión creada por su amigo.— ¡Espera a que vea esto! —exclamó mientras marcaba el número de «Supracorp». Habló unos momentos con una de las secretarias de Shannon y colgó, decepcionado. —Por lo visto está en Inglaterra, en viaje de negocios. Su secretaria no sabe cuándo volverá. —Eso también podía habértelo dicho yo. — ¿Eh? ¡Oh! ¡Oh ¡Oh, Dios mío, cuando Kiki se entere! Conque es eso lo que te ocurre... ¡Perdona, tú, caramba! ¡Qué manera de meter la pata! —No tiene absolutamente ninguna importancia —repitió North, escupiendo las palabras como si fueran veneno. —Naturalmente. No sé por qué lo he dicho. —Luke casi tartamudeaba.— Tengo reblandecimiento de mollera, seguramente habré pillado la gripe asiática. En el despacho han caído todos. —Volvió apresuradamente a hablar del trabajo.— ¿Cuándo tendrás la primera copia? No quiero que nadie vea los spots hasta que estén montados y registrados. Todo el ramo de la perfumería está en pie de guerra. —Dos semanas o dos y media. —Bien. Tengo que volver al despacho. En cuanto la tengas, me llamas. ¿De acuerdo? Lo antes posible. Pon a toda la gente que tengas. Tienen que proyectarse antes de Acción de Gracias. Y, North, otra vez gracias. Tú eres el único que podía hacerlo. —¿Querrías hacerme un favor, Luke? —gruñó North—. La próxima vez que haya que trabajar con novatos, búscate otro director. Yo no estoy para esas palizas. —De acuerdo. Ya te llamaré. Y cuídate esa gripe —dijo Luke, saliendo de la habitación a toda prisa y sin hacer caso del rugido de North, el cual gritaba que el enfermo era Luke y no él.

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No parecía el momento más indicado para recordar a North que contaba con él como padrino de boda. Tampoco podía usar el teléfono de los estudios para decir a Kiki lo magnífica, maravillosa y fabulosa que estaba Daisy. A North no le sentaría bien. Aunque, pensándolo mejor, a Kiki le interesaría más la noticia de que Daisy y Shannon estaban en Inglaterra. ¿Dónde diablos había una cabina? Durante el último día de filmación en el castillo de Berkeley, Shannon no había sido capaz de mantenerse alejado. Aunque se apartaba todo lo posible del escenario de la acción, sin darse cuenta iba acercándose poco a poco, hasta que una mirada o una palabra de algún técnico o el roce de un cable en el pie le hacían darse cuenta de que estaba estorbando. Como sumido en un trance, observaba a Daisy y al actor pasear por la bolera, con dos colliers miniatura perfectamente adiestrados. A un lado se veían las piedras gris lavanda del torreón. Shannon se sentía en un estado muy especial. Muy especial. Cuando trataba de analizar sus sentimientos, le parecía que Daisy le inspiraba una decidida predilección. Ella era la persona cuya compañía más le seducía. Estaría siempre a su lado. No comprendía por qué. Ella no había hecho nada para atraerle. Simplemente, era. Y esto le intrigaba vivamente. Desde muy joven, Patrick Shannon era capaz de descubrir la verdad oculta de las personas, por intuición, por instinto y por un conocimiento basado en pequeños indicios. Sus juicios resultaban siempre certeros. Olfateaba en seguida la ambición, el talento, el miedo, la bondad, la mezquindad o la honestidad. De haber sido místico, habría dicho que podía ver el aura de las personas. Y puesto que confiaba en la exactitud de su percepción, la utilizaba. En el mundo de los negocios, esta facultad se traducía inmediatamente en acción. Pero hoy se sentía desconcertado, privado de su instinto. ¿Qué sabía él de Daisy, al fin y al cabo ? Descartaba, por faltos de valor, sus dos primeros encuentros, en Middleburg y en los estudios de North. ¿La cena en «Le Cirque»? La muchacha risueña que le saludara la víspera, sentada en el muro, en nada se parecía a la mujer mundana y reservada que cenara con él en «Le Cirque», ni a la joven princesa afable, serena y educada que él había presentado a los jefes de división de «Supracorp» durante los últimos meses. La víspera, cuando cenaron todos juntos en «El sapo en el agujero», de Bath, ella permaneció callada, seguramente por el cansancio del día o porque no tenía ganas de hablar. Y ahora, esta mañana, volvía a ser otra. Daisy llevaba el mismo vestido de la víspera: un sencillo modelo de cuello alto en lana muy suave y tonos que iban desde el beige pálido al marrón encendido, pasando por el ocre, el pardo y el cobre, amalgamados en sabia armonía. La tela rozaba ligeramente su busto alto, y una cadena dorada la 342

recogía en la cintura. Daisy lo llamaba su «vestido de doncella medieval», y lo llevaba con unas botas de fino tafilete color caldera. A Shannon le hacía pensar en un suave plumaje. Cada vez que pronunciaba la frase «Lo uso todos los días», tiraba de la cinta de terciopelo marrón que le recogía el pelo sobre un hombro, y agitaba su melena plateada. Al verla repetir aquellos movimientos una y otra vez, Shannon no encontraba más que una palabra para expresar lo que ella le sugería: era una estrella. Todos los presentes no tenían más razón de ser que la de grabar en cinta su paseo por el prado secular. Sí, North le explicaba lo que tenía que hacer, pero él no podía decirle cómo hacerlo. Aquella gracia natural, era sólo suya. Nadie podía darle aquel aire tan virginal y tan fecundo a la vez. Nadie podía infundirle aquel aspecto de llana simpatía combinado con el toque justo de distinción que pregonaba que estaba muy lejos de ser una chica del montón. Aquella tarde, North dio por terminado el rodaje. El avión de regreso a Nueva York despegaría de Londres al día siguiente a mediodía. Mientras Mary-Lou despachaba al equipo con el vigor de un encargado de control de vuelo de la NASA, Patrick Shannon se dirigió al remolque de Daisy. —¿Regresa a casa mañana? —preguntó con aire torpe, confuso como un adolescente. —No; tengo unos asuntos que atender en Londres. Después iré a Francia a visitar... a la familia. —Yo también tengo asuntos en Londres. -¡Ah! —Pero ya sabe cómo son los ingleses; no se les puede interrumpir durante el fin de semana. Así que tendré que quedarme hasta el lunes. ¿Podría...? ¿Podríamos cenar juntos mañana? Supongo que ya tendrá compromiso... —No; estoy libre. Me gustaría. —¿A qué hora puedo pasar a buscarla? —A las ocho y media en el «Claridge's». Habría regresado de pasar el día con Dani a las seis y media. Tendría, pues, dos horas para prepararse. Daisy se preguntó si cenarían solos o con más jefazos de «Supracorp». —Bueno... hasta mañana entonces —dijo él, saliendo desmañadamente del remolque. Aquel momento vivido la víspera en el muro, interrumpido por el cabrito de North, le había dejado en un estado de ánimo que no podía explicarse por falta de puntos de referencia. Le parecía sentir la acometida de una alegría vital, trémula e impaciente; de un sentimiento sublime, pero no identificado aún. Un estado muy poco sereno y francamente desconcertante. Apenas se acordaba de su nombre. ¡Pero era feliz, puñeta! 343

Generalmente, para cenar en el «Connaught» un sábado por la noche hay que reservar la mesa con una semana de antelación; pero dado que en sus frecuentes viajes de negocios a Inglaterra Shannon se hospedaba en el «Connaught», no tuvo dificultad en conseguir mesa. Tardó mucho en decidir a dónde llevaría a cenar a Daisy, y el ambiente sosegado del comedor del «Connaught» le atrajo más que el bullicio de los restaurantes de moda italianos y que la solemne prosopopeya de los restaurantes franceses. Daisy le esperaba en el vestíbulo del «Claridge's» y durante el corto trayecto sólo intercambiaron un par de frases. La visita a su hermana la había agotado moralmente. Había sido un día largo, difícil, triste y alegre a la vez. Dani no había cambiado, parecía que el tiempo ni la había rozado, estaba tan bonita como siempre y seguía siendo una niña de cinco años, alegre y feliz, con el cuerpo de Daisy. Esta se sentía frágil y vulnerable aquella noche, desconectada de todo, confusa, muy vieja y muy joven al mismo tiempo. Cuando el chófer paró el coche delante de la familiar fachada del hotel, con su historiada marquesina de cristal, Daisy lanzó un «¡Oh!» tan quedo, que Shannon no percibió la nota de sorpresa de su voz. Ella entró en el vestíbulo como en un sueño y, al pasar por el corredor que conducía al restaurante, esta vez no se detuvo a examinar los platos expuestos en los carritos, como solía hacer de niña, sino que andaba mirando fijamente hacia delante y mordiéndose el labio inferior por dentro para que no le temblara, al sentirse rodeada por los sonidos, los aromas y la luz de un paraíso nunca olvidado. Ella y Shannon se detuvieron unos momentos en la puerta, esperando que les acompañaran a la mesa, y el maitre, que estaba anotando un encargo en una mesa cercana a la puerta, se interrumpió bruscamente y, dejando con la palabra en la boca a un duque que preguntaba por la genealogía del foie-gras, se fue hacia la puerta rápidamente, demasiado rápidamente para un maître que se respetara. — ¡Princesa Daisy! —gritó con acento de asombro y alegría y abandonando por completo todo profesionalismo, la abrazó fuertemente —. ¡Princesa Daisy, ha vuelto! ¿Dónde ha estado? Todos la hemos echado de menos. Nadie sabía qué había ocurrido. De pronto, desapareció. — ¡Oh, querido monsieur Henri, cuánto me alegro de verle! —exclamó Daisy abrazándole, a su vez, con todas sus fuerzas — . ¡Todavía está usted aquí! —Todos seguimos aquí. Usted es la que se fue —dijo él, en tono de reproche, sin reparar en que todos los clientes que se encontraban a la vista de la puerta habían dejado de comer para contemplar la inimaginable escena de un maitre del «Connaught» abrazando a una cliente como si fuera una hija pródiga. —Bien a pesar mío, monsieur Henri. Pero me fui a vivir a América. —Pero, ¿por qué no vino a vernos durante sus visitas a Inglaterra, princesa Daisy? —opuso él, en tono de reproche. 344

—Hasta ahora no había vuelto a Inglaterra —mintió Daisy—. Esta es mi primera visita. No podía decirle que cuando iba a ver a Danielle, no tenía dinero para comer en el «Connaught». Shannon carraspeó, y el maitre volvió bruscamente a la tierra. A los pocos segundos, estaban instalados. Sin pensarlo siquiera, monsieur Henri les dio la mesa que siempre reservara para Stash Valensky, céntrica y discreta a la vez. Shannon miró atentamente a Daisy. Era evidente que hacía un esfuerzo para no llorar. —Lo siento... No pensé que... — tartamudeó él—. ¿Prefiere que vayamos a otro sitio? Le cogió una mano y la cubrió con la suya en ademán de protección. Daisy movió negativamente la cabeza, esbozando un principio de sonrisa. —No; en seguida se me pasará. Son sólo... recuerdos. Me alegro de haber venido, de verdad. En esta mesa he pasado algunos de los momentos más felices de mi vida. —¡No sé absolutamente nada de usted! —exclamó Shannon ahogado por los celos. — ¡Vaya manera de empezar la noche! Viejos conocidos, recuerdos, lágrimas... ¿Qué más? —No es justo, ¿verdad? —preguntó ella, leyéndole el pensamiento. —No; no lo es. Cada vez que la veo me parece diferente. No sé qué pensar. ¿Quién diablos es usted? , —¿Eso me pregunta el hombre que está tan seguro de mi identidad que va a exhibirla por todo el mundo? Si usted no sabe quién soy, ¿cómo va a existir la «princesa Daisy»? —Ya se está riendo de mí otra vez. — ¿Le molesta? —Me gusta. Pero tiene razón. Con Elstree tiene que ver la «princesa Daisy», no usted. La súplica de sus ojos era casi tan audible como un toque de clarín. —Yo venía con mi padre a almorzar aquí todos los domingos desde los nueve hasta los quince años. Luego, él murió y yo fui a la Universidad de Santa Cruz, en California. Después fui a trabajar para North, en Nueva York. —Excepto cuando pintaba retratos por diversión. — Por dinero. Todos los pinté por dinero —dijo Daisy con suavidad—. Y trabajé para North por dinero. Y hago los anuncios por dinero. Si quiere saber cómo soy, tiene que saber eso. Mientras hablaba, se dio cuenta de que había contado a Shannon más cosas de sí misma que a ningún otro hombre. Y no estaba sorprendida ni disgustada por haberle hablado así. Tal vez influía en su actitud el día pasado con Dani. 345

Aquella noche tenía los sentimientos a flor de piel y sabía con absoluta certeza que a aquel hombre podía contarle con tranquilidad todo lo que había callado durante tanto tiempo. —¿Para qué necesita el dinero? —Para cuidar de mi hermana. Al decirlo, Daisy sintió un alivio tan intenso, que le hizo suspirar entrecortadamente y recostarse en el respaldo de la silla; pero no retiró la mano que él seguía sosteniendo. —Habíame de ella —le pidió muy suavemente. —Es muy, muy cariñosa y muy buena —dijo Daisy, con expresión soñadora—. Se llama Danielle. Hoy, cuando fui a verla, se acordaba de mí perfectamente, a pesar de que hacía años que no me veía. Sus profesores dicen que habla mucho de mí. «¿Dónde Day?» pregunta, y mira todas las fotografías de las dos. —¿Cuántos años tiene? —preguntó Shannon, desconcertado. —Somos gemelas. Dos horas después, acabada la cena, seguían hablando en el restaurante ya medio vacío, mientras tomaban coñac. —Algo se malogró en un momento de mi vida —dijo Daisy—. Aún no sé qué fue exactamente. —¿Fue al morir tu madre? —Después de aquello, nada fue realmente bien. Pero debió de ser antes, mucho antes. Quizá cuando nací... cuando nací la primera. —No puedes recordar eso —dijo Shannon, sorprendido—. ¿Cómo sabes que naciste la primera? Daisy le miró atónita: —¿Yo he dicho eso? ¿Lo he dicho en voz alta? —Lo has dicho, aunque no sé qué significa. —No me había dado cuenta —murmuró. Desde que empezaran a hablar, al principio con la leve vacilación de una lejana música de vals, ella sentía en el corazón como un ritmo de baile. Como si aquella losa que había arrastrado durante tanto tiempo estuviera disolviéndose en música. —Daisy, ¿de qué estás hablando? Hasta ahora te he entendido perfectamente; pero ahora me he perdido. No sé qué quieres decir. La miraba con frustración. Ella parecía estar aún más lejos que cuando le habló de Danielle. —Durante toda mi vida he tratado de reparar el daño, de arreglarlo, de purgarlo de algún modo y, naturalmente, no lo he conseguido. —Daisy, explícate, ¿qué quieres decir? Sigues hablando enigmáticamente. Ella titubeó. Había quebrantado la prohibición impuesta por su padre, de que se hablara de Danielle; había contado a Shannon cómo se había educado, por 346

qué no tenía dinero, que Anabel estaba enferma, cómo era «La Maree». Le había hablado de todo menos de Ram. Nunca, nunca en la vida hablaría de Ram con nadie. — La causa de que Danielle sea subnormal es que yo nací primero. —Daisy respiró profundamente antes de continuar.— Ella recibió menos oxígeno. Yo tuve todo el necesario, y ella no. De no ser por mí, ella sería completamente normal. — ¡Madre mía! ¿Y has vivido siempre con esa idea?! Daisy, por Dios, es lo más absurdo que he oído en mi vida! Nadie, ni médicos, ni nadie que esté en su sano juicio te dará la razón. Daisy, es imposible que creas eso. —Naturalmente, desde un punto de vista lógico no lo creo; pero moralmente siempre me he sentido culpable. Dime, Pat, ¿cómo se puede disipar un sentimiento sólo pensando? ¿Cómo puedes olvidar algo que oíste cuando eras muy pequeño, algo que explicaba todo lo que tú no entendías, algo que no podías contar a nadie, algo que ha vivido tanto tiempo dentro de ti que ya no importa si es cierto o falso, porque tiene una apariencia de verdad que es más fuerte que toda lógica? —No lo sé —replicó él lentamente—. ¡Ojalá lo supiera! Tal vez sustituyendo la verdad errónea por la verdad auténtica. ¿Qué tal suena eso? ¿Resulta plausible o me estoy poniendo demasiado metafísico? No estoy acostumbrado a esta clase de problemas. Quisiera estarlo. — ¡Vamos! —exclamó ella con una expresión de regocijo—. Míster Shannon, filósofo. Si pudieran verte los accionistas... —Algunos se pondrían muy contentos; Pat Shannon quedaría perplejo. Estudió la línea de su frente y de su nariz recta y fina, descubriendo en ella una energía que le había pasado por alto. El pliegue de su labio superior era una sombra deliciosa que, de pronto, rebosaba de risa contenida. —Tengo la impresión de que los camareros, aunque te adoren, no lamentarían vernos marchar. Somos los últimos. —Tal vez tengas que llevarme en brazos. Estoy deshecha. Nunca me había sentido tan cansada. Pero me siento... me siento... — ¿Cómo? —preguntó él con ansiedad. — Como dice el título de una canción que Kiki sacó de no sé dónde: El nombre del lugar es «Así me gusta a mí». —Entiendo. Ahora te acompañaré a tu hotel para que descanses. Mañana, ¿irás otra vez a ver a Danielle? Ella asintió. — ¿Y el lunes? ¿Te quedarás el lunes? -No; el lunes voy a Honfleur a ver a Anabel. —Déjame ir contigo a Francia —dijo él impulsivamente. —Pero tú tienes trabajo en Londres —le recordó ella gravemente. -¿Y tú te lo creíste? 347

—Esa pregunta pertenece al grupo de las que una joven bien educada no debe responder. Curso de Urbanidad y Economía Doméstica de Lady Alden. La única asignatura que cateé. —¿Puedo ir contigo? —insistió él. Nunca se había sentido tan en vilo. —Me parece que a Anabel le gustará conocerte —admitió Daisy lentamente—. Tiene buen ojo clínico para los hombres. Sí; buena idea. Así conocerás «La Maree». Hay que verla para comprender lo que significa para mí. Pero, ¿qué hará «Supra-corp» sin ti? —¿Quién? A primeros de julio, la hiedra que cubre «La Maree» empieza a vetearse de rojo. A últimos de este mes, todo el vasto manoir está envuelto en ondulantes llamas de vivo color y hacen su ostentosa floración las dalias gigantes del jardín, cada una, digna de una tela fauve. Cuando Daisy y Shannon llegaron en el coche, Anabel estaba esperándolos en la puerta. Al besarla, Daisy la inspeccionó atentamente, en busca de señales de cambio. Había en su afable cara una expresión decidida que antes no tenía. Quizá fuese signo del precio que había tenido que pagar por conocer la verdad. Y sus ojos habían perdido algo de su brillo y vivacidad; pero ni el supremo pragmatismo de su mirada ni su inagotable capacidad de diversión ante la vida se habían alterado. —Pero, ¿qué tenemos aquí? —exclamó mirando a Shannon de arriba abajo —. ¿Un norteamericano alto y atractivo? Es una gratísima novedad. ¿Por qué tiene el pelo tan negro y los ojos tan azules? Sangre irlandesa, claro. Debo de estar envejeciendo para no darme cuenta inmediatamente. Daisy, ¿no has podido encontrar un americano con pinta de americano, rubio y flemático? He oído hablar de ellos, pero no he visto ni un solo ejemplar. A lo mejor no existen. No importa, nos arreglaremos con éste tan grande, guapo y simpático. Entrad, chicos, tomaremos un jerez. —Es usted una coqueta de cuidado —comentó Shannon. — ¡Tonterías! No he coqueteado en mi vida. Siempre he sido una incomprendida —replicó Anabel con aquella risa que seducía a todos los hombres. El rojo de su cabellera era más apagado y había adelgazado; pero, mientras cruzaban el salón y salían a la terraza orientada al mar, Daisy pensaba que parecía increíble la clemencia con que el tiempo había tratado a «La Maree» y a su dueña, y sintió una oleada de alegría al recordar que Anabel podría conservar siempre aquel refugio. Por la noche, después de cenar, Shannon subió a la galería a leer, mientras Daisy y Anabel se quedaban en las butacas del comedor, al 348

lado de la chimenea. Aquella noche de verano no estaba encendido el fuego, pero aún estaba allí el recuerdo de muchos fuegos de vacaciones. —Dime cómo te encuentras, de verdad —dijo Daisy, por fin. —¿Ahora? No muy diferente. Los primeros meses fueron bastante molestos; no es nada agradable el tratamiento. Pero sólo tengo que ir al médico una vez al mes, y lo más fastidioso ya ha pasado. He adelgazado y eso me alegra, pero también he perdido energías. De todos modos, no puedo quejarme. Hubiera podido ser mucho peor. Te prometo que es la verdad. — Lo sé. —Daisy se mordió los labios antes de volver a hablar. No quería pronunciar el nombre de Ram. — ¿ Le has dicho que no le necesitas? —Tan pronto como recibí tu carta. Le dije que no volvería a molestarme nunca más. Tuve que explicarle por qué, o no me hubiera creído. —¿Qué le dijiste? —preguntó Daisy con ansiedad. —Sencillamente, que te habían elegido para hacer unos anuncios y que ibas a ganar lo suficiente como para cuidar de mí y de Dani. —Y gracias a Dios —dijo Daisy, mirando fijamente la chimenea. — Sí. Ram es una mala persona. Me habría gustado poder ayudarle; pero cuando le conocí ya era tarde. A pesar de que no tenía más que once o doce años. —¿De quién es la culpa? —preguntó Daisy. —Me lo he preguntado muchas veces. Estaba siempre mohíno, envidioso, siempre como un extraño, un hijo del divorcio, desde luego, pero eso no lo explica todo. También era hijo de tu padre, y tu padre era un hombre duro y egoísta. A veces, cruel. Quizá Stash hubiera podido ayudar a Ram; pero nunca se molestó en intentarlo. —Nunca me habías dicho eso —murmuró Daisy, atónita. — Porque no eras lo bastante madura como para oírlo... y comprenderlo y para saber que aunque hable así, sigo queriendo a tu padre. De todos modos, creo que debes saber esto: el día en que Stash dejó a Danielle en el colegio, yo estuve a punto de dejarle a él. —¿Por qué no le dejaste? — Porque me necesitaba para seguir siendo humano y porque ya te he dicho que le quería... y también incluso por ti. A los seis años eras irresistible... antes de que te volvieras tan fea y arrugada. —Ya estás coqueteando otra vez, Anabel. Se lo diré a Shannon. — ¡ Ah, ese Shannon...! Ya que, por fin, me lo preguntas, te diré que me gusta. Me alegro que empieces a demostrar un poco de sentido común. Me tenías preocupada, Daisy, desde hace años. 349

Tienes un talento increíble para no meterte en líos, y eso no es normal. Ahora, con Shannon... en fin, tengo que reconocer que me das envidia. — ¡Anabel, si casi no le conozco...! — ¿No? Entonces, si yo tuviera treinta años menos... o incluso veinte... tú no tendrías nada que hacer. Te lo quitaría ahora mismo. — ¡Y lo harías!, —exclamó Daisy impresionada—. No sabes lo que es la lealtad ni el juego limpio. — ¿Con un hombre así? Bromeas... ¿Qué tiene que ver el «juego limpio»? Tu educación inglesa te ha dado unas ideas muy raras. No me extraña que los ingleses perdieran la India. Poco después, Anabel dijo que estaba cansada y que se iba a la cama. Daisy tenía su antigua habitación, todavía con las paredes tapizadas de seda verde, descolorida ya y hasta deshilachada en algunos sitios, y a Shannon le destinaron el cuarto marrón y blanco, el mejor de los dormitorios para invitados, situado en el extremo opuesto de la casa. Después de dar las buenas noches, Daisy se sentó en la banqueta de la ventana, a contemplar el ancho estuario del Sena y las luces de El Havre. «Aquí debe de haber fantasmas —pensó, mirando la entrañable silueta de los tres pinos redondos, escuchando el susurro de las hojas de los eucaliptos, aspirando la acre fragancia de la hiedra que cubría las paredes de "La Maree", percibiendo los mugidos de las vacas de las granjas situadas al pie de la colina-. Sí; hay fantasmas. Pero esta noche estoy libre, segura; esta noche nada puede pasarme... hasta saldría a caminar por el bosque sin ningún temor.» De pronto, recordó a Ram, tendido en una de las hamacas de rayas, en una pose habitual, mirándola fijamente con los párpados entornados y llamándola con un ademán indolente y posesivo. «No; ya no tienes poder sobre mí, fantasma loco —pensó Daisy—. Ningún poder. Y tú lo sabes.» «¿Y si saliera a pasear por el bosque?», pensó mientras se cepillaba el pelo. Las chispas de electricidad estática crujían en el aire como bandadas de luciérnagas delirantes. Se acercó a la cómoda en la que guardaba ropa vieja, y que se ponía en sus visitas a «La Maree». Llevaba un pijama muy lavado, de cuando tenía dieciséis años. En la chaqueta faltaban botones, y los pantalones se habían encogido. «¿Y si fuera a ver si PatShannon está cómodo o necesita algo?» De pie y con el cepillo en la mano, recordó cómo le había visto bajar corriendo por las terrazas del castillo de Berkeley. ¿Qué asunto urgente lo llevó allí? Recordó la rapidez con que la había acompañado al «Claridge's» la noche anterior, comprendiendo que ella estaba tan cansada que no podría 350

soportar ni el peso de su brazo sobre los hombros y la delicadeza con que las había dejado hablar a solas aquella noche. «A pesar de todo, estoy segura de que le gusto —se dijo, sonriendo en la oscuridad, al recordar aquel momento sin palabras en que le había besado la palma de la mano — . Sí; le gusto. Es casi demasiado considerado. ¿No sería una prueba de hospitalidad ir a ver si está cómodo? Sí; francamente hospitalario.» Reflexivamente, Daisy se quitó el pijama y buscó en la maleta el regalo de despedida que le había hecho Kiki cuando salió para Inglaterra. Del papel de seda que la envolvía, Daisy sacó un camisón distinto a todos los que había tenido hasta entonces. Era de color albaricoque, y consistía en dos anchas tiras de satén unidas entre sí por los costados, con lacitos situados a cada veinte centímetros. Daisy se lo puso y dio un respingo al sentir en la piel el contacto del frío satén. Se puso luego la bata a juego, abrochada con un lazo en el cuello. Fue a mirarse al espejo, pero desistió para no encender la luz. Abrió la puerta sigilosamente y, con paso silencioso, pero decidido, cruzó toda la casa hasta llegar a la habitación de Pat Shannon. Llamó a la puerta y se quedó esperando, casi sin respirar. No hubo respuesta. Volvió a llamar, con más fuerza, por si estaba dormido, lo cual era posible. Pero también era posible que no estuviera cómodo. Sólo había un modo de averiguarlo. Daisy abrió la puerta y le vio profundamente dormido en la ancha cama de matrimonio. Cruzó silenciosamente la habitación, se arrodilló al lado de la cama y se inclinó sobre él, al tiempo que se quitaba la bata. Miró atentamente sus facciones a la luz de la luna. Durante el sueño, se aflojaba el rictus de su boca, dando a su rostro de truhán una expresión juvenil, que Daisy observó enternecida. Su pelo estaba más revuelto que nunca, acentuando su aire despreocupado. Daisy pensó que parecía atrapado en una remota soledad, y se preguntó qué estaría soñando. Shannon, el hombre de acción, rápido, seguro, independiente, el poderoso director de la gran orquesta de Sociedades Anónimas, inaccesible a la duda, la vacilación o el fracaso, dormía como un niño. En la boca tenía un gesto vulnerable, casi implorante, y en la cara, la expresión de haberse extraviado. Le besó suavemente en los labios. El siguió durmiendo. Volvió a besarle, y tampoco se despertó. «Su actitud no es nada galante», pensó ella, besándole de nuevo. Entonces se despertó, respirando entrecortadamente. — ¡Oh, qué delicia de beso...! —murmuró, medio dormido aún. Le besó otra vez levemente, antes de que él pudiera decir más. — ¡Qué bueno...! ¡Dame otro...! — —Ya llevas cuatro. —No puede ser. No los he notado; no cuentan —dijo él, ya despierto del todo.

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—Sólo he venido para ver si estabas cómodo. Ahora que ya me he convencido, me voy otra vez a mi cuarto. Perdona que te haya despertado. Duérmete otra vez. — ¡No te vayas! ¡Si estoy muy mal! Tengo frío, el colchón es duro, tiene bultos, es corto y estrecho y necesito otra almohada — se lamentó, desacreditando el excelente alojamiento de invitados de Anabel, mientras levantaba hábilmente a Daisy del suelo y la metía entre las sábanas. Shannon la rodeó suavemente con los brazos como si acunara a una niña, y se quedaron quietos, sintiendo cada uno el calor del cuerpo del otro, el ritmo de su respiración y el latir de sus pulsaciones, comunicación sin palabras, impregnada de un hálito de lo extraordinario, que hacía que ninguno de los dos se atreviese a hablar. Poco a poco fueron adentrándose en aquel mundo nuevo, rindiéndose el uno al otro con todos sus sentidos, sumiéndose, enlazados, en la fuerza vital del otro, hasta que, sin que mediara la voz ni el movimiento, adquirieron la íntima confianza que estaba deseando brotar. Pareció que había transcurrido mucho tiempo cuando Shannon empezó a besar a Daisy en la garganta, aquella curva suave y cálida que, sin que él quisiera darse cuenta, le obsesionaba desde hacía semanas. La sentía frágil y extraña entre sus brazos, como una criatura mitológica, como un joven unicornio. Su cabello era la fuente de luz más intensa de la habitación al reflejar la luna que entraba por las ventanas y, a su resplandor, podía ver sus ojos, encendidos, brillantes, como dos estrellas oscuras. A él le parecía ahora que no se habían besado nunca. Los besos con que ella le despertara fueron tan castos, que apenas pasaban de recuerdo de un beso. Ahora, él ponía en sus labios una lluvia de besos que eran como flores candentes. «¡Oh, sí!», pensó ella abriendo los labios a sus besos, ansiosamente, sin reservas. Arqueó el cuerpo hacia él, guiando sus manos hacia sus pechos, hasta que él los hizo suyos. Fue ella misma la que se quitó el camisón con un movimiento de impaciencia y lo tiró al suelo; ella, la que le dio su cuerpo a acariciar; ella, la que le acariciaba a su vez, como un delfín juguetón, hasta que él advirtió que su fragilidad era sólo aparente y que le deseaba sin reservas. Se dedicó entonces a la sublime tarea, vagamente consciente de que la vida nunca había fluido por su ser como entonces, sin la interferencia del pensamiento; de que nunca había estado tan próximo a beber el vino elemental de la vida. Lo gustaba en los labios, en los pechos, en el vientre de Daisy, bebiendo ávidamente de ella por todos los poros de la piel y cuando, al fin, entró en ella, supo que había llegado a la fuente, al manantial. Ahora Daisy estaba inmóvil, invadida, colmada, anhelante. Le parecía estar flotando en un río de aguas límpidas y que en los verdes árboles de la orilla cantaban los pájaros. Pero había más, algo más que aquella paz maravillosa y, juntos, 352

buscaron, ansiosos y jadeantes, como dos cazadores que persiguieran una presa esquiva, adentrándose cada uno en el bosque del otro hasta alcanzar la victoria; Daisy, con un grito que era tanto de asombro como de gozo. Había alcanzado la plenitud otras veces, pero nunca con aquella magnificencia, con aquel esplendor. Después, estando medio dormidos, pero sin querer sumirse del todo en la inconsciencia del sueño que los separaría, Daisy se soltó una ventosidad, como un rosario de pequeños chasquidos absolutamente irreprimibles, que parecían no acabar nunca. —Termitas repicando —observó Shannon perezosamente. Daisy fue a tirarse de la cama, pero él la sujetó con sus largos brazos, apretándola contra el colchón. -Termitas minúsculas, las remachadoras de la pequeña Rosie. Te corresponde un aprobado por el esfuerzo. — ¡Suéltame! —gritó ella, avergonzada. -No hasta que reconozcas que no tiene nada de malo tirarse un pedo. Los pedos forman parte de la vida. —¿Quieres dejar de repetir esa palabra? —le suplicó Daisy, cada vez más violenta. —Se nota que nunca has vivido con un hombre. -¿Qué te hace pensar eso? -replicó ella con rapidez. Desde luego que no; pero con veinticinco años, ¿qué mujer lo admitiría? —Por tu forma de reaccionar al... saludo a la reina. ¿Suena mejor así? —Mucho mejor —respondió ella, escondiendo la cara en su hombro—. ¿Es ésa tu idea de lo que debe ser una declaración romántica? -Las circunstancias no son de mi elección. Creo que podría hacer algo mejor. —Adelante. —Mi adorada e idolatrada Daisy, ¿cómo puedo expresarte la profunda caballerosidad, la viva ternura y la absoluta devoción que siente mi corazón? -Acabas de hacerlo. —Estaba temblando de risa.- Ahora, a dormir, Shannon, que pronto será de día. Yo me voy a mi cuarto y tú vas a tener que arreglarte como puedas en esta cama atroz, llena de tarugos. — ¿Y eso por qué? Duerme conmigo. No te vayas. No puedes dejarme aquí solo —protestó él. — Sí, puedo. No me preguntes por qué. No lo sé. El se sentó en la cama, viendo cómo ella se ponía la bata, a la luz de la luna, que ponía en todo un velo de misterio.

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—Buenas noches, que duermas bien y que no te muerdan las termitas — susurró besándolo en los labios con la rapidez de un colibrí y saliendo de la habitación. Durante el desayuno, Anabel ofreció a Shannon cinco variedades de miel para acompañar el brioche con mantequilla, al tiempo que observaba a Daisy, encendida de gozo, clara como un amanecer y vestida como un golfillo. -¿Qué planes tenéis para hoy, chicos?

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—¿Chicos? —sonrió Shannon. —Término genérico que aplico a todos los que no son de mi generación. —Usted no tiene generación. —Y usted me es más simpático cada día. — Pensábamos ir a Honfleur, para que Shannon viera el puerto —dijo Daisy—. Pero tal vez deba dejaros solos para que sigáis echándoos flores. —Mucho me gustaría; pero no puede ser —dijo Anabel tranquilamente—. Encima de la mesa de la cocina encontraréis una lista de lo que tenéis que traer para la cena. Yo iré a cortar unas flores. —Ahora mismo voy —dijo Daisy—. Ya estoy arreglada. — ¿Vas así? —preguntó Shannon. — —Naturalmente. Daisy miró su atuendo. Llevaba un pantalón vaquero con agujeros en las rodillas, que databa de su primer año de Universidad; un jersey sin mangas tan deteriorado como el pantalón; unas zapatillas de tenis que tenían casi una década y, anudado al cuello, un cardigan azul marino que formaba parte del aborrecido uniforme de «Lady Aden's» que las niñas llevaban cuando iban al parque. Se había peinado con dos trenzas que le colgaban sobre la espalda y no se había puesto maquillaje alguno. —¿No estoy lo bastante elegante como para salir contigo? —le preguntó con una sonrisa que hubiera debido darle a entender que ella sabía exactamente lo que hacía y que aquella metamorfosis tenía por objeto seducirle y confundirle aún más. De todos modos, ella dudaba de que él estuviera en condiciones de adivinarlo. Su táctica nada tenía que ver con la «Supracorp». — Me gustas así —dijo Shannon—. Eres otra princesa Daisy para mi colección. Y muy diferente de la princesa Daisy que vi últimamente, anoche, sin ir más lejos. Ella no dijo nada, pero registró inmediatamente sus palabras. ¿Otra princesa Daisy? ¿Su colección? Su sonrisa se debilitó imperceptiblemente mientras Anabel los miraba con los ojos brillantes. Ellos debían de imaginar que sus palabras y sus gestos no estaban para ella tan claros como una declaración formal. Pero, ¡qué extraño resultaba ver representar viejas historias como si acabaran de inventarse! Aunque uno no sabía nunca cómo iban a terminar. Sólo el comienzo era siempre el mismo. —Estoy tratando de contar las personas que te han besado esta mañana —dijo Shannon cuando, una vez hubieron llenado los cestos, se sentaron en un café, delante del arco del viejo puerto y de las barcas que, en abigarrada hilera, se mecían frente a las casas altas y estrechas que flanqueaban la ensenada por aquel lado—: el carnicero, el quesero, la 355

verdulera, el frutero, la pescadera, el alcalde, el policía, el cartero... ¿quién más? —El panadero y su mujer, el vendedor de periódicos, el pescador que me llevaba a pasear en su barca y los dos dueños de salas de exposiciones. —Pero el camarero sólo te ha dado la mano. ¿Por qué ha sido tan poco amistoso? —Es nuevo. No hace más que unos ocho años que trabaja aquí, apenas le conozco —respondió Daisy, bebiendo un sorbo de «Cinzano». — ¿Esto es realmente tu hogar? —Es lo más parecido a un hogar que he tenido desde que murió mi padre. No olvides que todos ellos me han visto crecer. He pasado aquí todos los veranos desde muy niña. Aquí no ha cambiado nada. Sólo que ahora hay más turistas. — ¡Qué suerte, tener un sitio como éste! -¿Y tú? ¿Qué tienes tú? Tú te quejabas porque no sabías nada de mí. ¿Qué sé yo de ti? Ella le acarició suavemente el labio inferior, aquel labio móvil y expresivo que tantas veces se había sorprendido a sí misma mirando, el labio reflexivo, humorístico, enérgico, sin duda también severo, displicente y hasta implacable. —Recuerdo vagamente haber tenido unos padres que se querían y me querían mucho. Eramos muy pobres, ahora lo sé, y en la pequeña ciudad industrial en la que trabajaba mi padre no teníamos parientes o, por lo menos, no los recuerdo. El era mecánico, y seguramente estaba en paro a menudo, porque permanecía mucho tiempo en casa, demasiado. — Hizo una pausa, movió la cabeza y bebió un sorbo de vermut.— Cuando tenía cinco años, los dos murieron en accidente... un tranvía. Yo me crié en un orfelinato católico. Era una criatura muy desgraciada. De pronto me encontré solo, sin entender nada, y me hice un rebelde. Nadie se atrevió a adoptarme. Pero cuando comprendí que la única salida era trabajar, trabajar más que nadie, obtener mejores calificaciones, ser el mejor en todo, entonces cambié. Pero entonces ya era demasiado crecidito para que me adoptaran. — ¿Cuántos años tenías? —Ocho o nueve. Las monjas tuvieron que batallar mucho conmigo. —¿Vas a verlas alguna vez? —El orfelinato está cerrado. Debieron de quedarse sin huérfanos, o quizá lo trasladaron. He perdido la pista por completo. Pero tampoco iría. Mi vida empezó a los catorce años, cuando conseguí la beca para «St. Anthony's». Daisy le escuchaba atentamente, casi dolorosamente, tratando de penetrar en el significado de aquel escueto relato. Nadie empieza a vivir a los catorce 356

años; para entonces se han dado ya muchas de las condiciones que forman la personalidad del adulto. Tal vez nunca llegara a conocerle lo suficiente como para compartir su niñez, como él había compartido la suya. Tal vez eso no importara. Lo cierto era que, como no se dieran prisa, llegarían tarde para el almuerzo y Anabel se enfadaría. Mientras subían por la empinada Cote de Grace, Shannon iba pensativo. Nunca había hablado tanto de su niñez. Le parecía que había callado algo, algo importante que diera coherencia a los hechos; pero lo único que se le ocurrió para explicar a Daisy su manera de ser fue una cita de su permanente mentor. —Lo que yo pienso de la vida lo expresó muy bien George Bernard Shaw: «La gente echa la culpa de todo lo que le ocurre a las circunstancias. Los que triunfan en la vida son aquellos que se levantan y buscan las circunstancias que más les convienen y, si no las encuentran, las crean.» Se había parado para decirlo. —Sí. ¿Qué opinas de él? —Probablemente, es medio verdad, lo cual no está mal para un lema. Podrías darme un beso. Aquí no nos ve nadie. La besó largamente, y Daisy se sintió crecer alrededor de él como un rosal trepador sobre un robusto puntal. —¿Yo soy una «circunstancia»? —murmuró. — Tú eres una pregunta tonta. —Le tiró de las trenzas.— Vamos, te hago una carrera. Durante la cena, Anabel preguntó: —¿Cuánto tiempo te quedarás, Patrick? —Me voy mañana —respondió él. En su voz había pesar, pero no indecisión. — ¿No puedes quedarte ni un día más? ¡Acabas de llegar! —protestó Anabel. — Imposible. Hace varios días que me marché del despacho. Los de «Supracorp» creerán que me he muerto. No había ocurrido nunca. — ¿Nunca haces vacaciones? —preguntó Anabel con curiosidad. —No vacaciones que excluyan todo contacto. Ni siquiera fines de semana largos. Ellos se ponen nerviosos y yo también —terminó, con su sonrisa de bucanero. — Pero tú, Daisy, te quedarás unos días, ¿no? —preguntó Anabel anhelante. —No, Anabel; no puede quedarse —respondió Shannon con firmeza—. Tiene que regresar a Nueva York. Hay muchas cosas por hacer: fotografías, entrevistas... El personal de Publicidad ha estado preparando cosas que aún no he visto. Recuerda que «Supracorp» tiene un montón de dinero puesto en el proyecto de la «Princesa Daisy». Los cortometrajes han sido sólo el principio. 357

Daisy se mordió los labios con irritación. Sabía muy bien que debía regresar, pero le molestaba que Shannon se hubiera adelantado a contestar una pregunta que Anabel le hacía a ella. Una cosa era su responsabilidad hacia la Compañía, y otra muy distinta que Shannon decidiera lo que ella podía y lo que no podía hacer. ¿Acaso se creía su dueño? ¡Y una puñeta! Se volvió hacia Anabel, como si no le hubiera oído: —Tengo que regresar para la boda de Kiki. Eso es lo más importante para mí. —Y gracias a Dios que se celebra, por fin, esa boda —dijo Anabel en el tono de respetabilidad al que sólo tienen derecho las más preeminentes cortesanas retiradas—. Por lo que tú me has escrito y lo que me ha insinuado su pobre madre, ya es hora de que se casen. Daisy ahogó una risa maliciosa. Tenía una idea bastante aproximada de lo que había sido la vida de Anabel. Anabel la miró vivamente, con la eterna y soberana complicidad femenina. Aunque hablaban de Kiki, las dos pensaban en Shannon. «Es bueno y tú te lo mereces. ¡Anda por él!», le decía la mirada de Anabel. «No te precipites», advertían los ojos de Daisy con tanta claridad como si ella hubiera hablado con la boca.

24 — ¿Qué quieres decir con eso de que «traté de atraparlo por todos los medios»? —preguntó Kiki, indignada—. ¡Yo nunca me he rebajado de ese modo! —Tienes memoria de conveniencia —se admiró Daisy. —Tú eres la que olvida muchas cosas. ¿Quién ha vivido siempre libre como los pájaros, alegre, feliz y divertida? ¡YO! Nunca me habrás visto salir dos noches seguidas con el mismo. —Ni dormir más de tres meses en una misma cama. — ¡ Bah, eso! Daisy, ahora que te miro bien, tienes una sonrisita repelente. ¡Tú, que antes eras casi mona! Kiki metió el cuello entre los hombros, para dar a entender que se sentía defraudada. No llevaba nada más que unas braguitas de encaje negro, rematadamente indecentes. Se puso a revolver en un montón de ligueros negros y rojos. Alrededor del cuello se había enroscado un par de medias negras con costura. — Contéstame a unas cuantas preguntas —inquirió Daisy—. ¿Le odias realmente?

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—Yo no diría tanto —contestó Kiki de mala gana—. Odio es una palabra excesivamente dura. Indiferencia es más exacta. —¿Te aburre? —No del todo; pero tampoco me fascina. ¡Dios mío, Daisy! ¡Pensar que el mundo está lleno de hombres y más hombres! ¿Has pensado alguna vez en todos los hombres que hay por ahí? ¿Todos diferentes y cada cual con su chifladura, su talento, su encanto, su don, que nunca llegarás a conocer, por pereza de investigarlos? Sin duda te falta algo... temperamento, eso es. Es lo que hace a las grandes amantes, George Sand, Ninon de Lénclos y yo, ¡caramba! Pero tú no quieres reconocerlo. — Lo reconozco — admitió Daisy en tono conciliador—. Tú has sido algo grande. —Soy algo grande —rectificó Kiki, furiosa, agitando la cabeza hasta que su cabello quedó convertido en una maraña. Sus bronceados pechos tremolaban de indignación. — Cuando hacéis el amor, ¿le dices lo que sientes? —preguntó Daisy —. ¿Puedes decirle lo que te gusta, o que haga tal cosa o tal otra, o más a la derecha...? ¿Puedes decirle estas cosas con la misma libertad con que le pedirías que te rascara la espalda? —Naturalmente —respondió Kiki en tono ofendido—. ¿Y qué? —Sólo quería satisfacer mi curiosidad enfermiza. —Pues ahora a ver si satisfaces tú la mía. ¿ Qué pasa con Patrick Shannon? —preguntó Kiki con súbito interés—. ¿Qué ocurre entre vosotros dos? — Estamos empezando a conocernos —respondió Daisy con dignidad. — ¡Aja! Te resistes a contestar la clase de preguntas que tú me haces a mí. —Te diré todo lo que quieras saber. — ¿Está enamorado de ti? —arremetió Kiki. — Está... muy solícito. — Eso quiere decir que no hay nada definitivo... ¿No te ha pedido que te cases con él? —preguntó Kiki, olvidándose de sus propios problemas. Aún no había tenido tiempo de interrogar a Daisy. —No. Y lo prefiero. —Ya. Lo mantienes a una distancia prudencial, como a los otros, ¿no? — La distancia es demasiado corta para que pueda considerarse prudencial. Estoy confusa. Es un hombre que llena tanto... Me gusta verle bregar con el mundo; pero es tan dominante, que me asusta. Bueno, un poco. O quizá mucho. A veces pienso si lo que pretende es mandar siempre en todo y en todos, y, sin embargo, sé que puedo contárselo todo y que él me entenderá. Es tan justo, 359

tan recto... Y otras veces me pregunto si no seré para él otra adquisición, una especie de compendio de la Elstree en una sola persona. Hay algo que está totalmente claro. Está perdidamente enamorado de la idea «Princesa Daisy». Y a mí eso no me hace ninguna gracia... ¡Oh, mierda, estoy hecha un lío! — ¿Y qué tal es como amante? —inquirió Kiki. — Daisy enrojeció. — Hummmmm... —murmuró Kiki, animándola—. Me has prometido contestar en todo. —De lo mejor... ¡Oh, superior...! Pero eso no implica que sea definitivo. No quiero ni pensar en tomar una decisión. No voy a precipitarme. Quiero seguir como hasta ahora, sin comprometerme a nada, sin lazos sentimentales... Kiki saltó sobre ella como una gata salvaje. — ¡Pero tú te empeñas en que yo me deje acorralar, capturar, marcar al rojo y encadenar como una esclava! ¡Daisy Valensky, tienes una desfachatez que asusta! ¿Cómo te atreves a darme consejos si tú no quieres lazos sentimentales...? Y, además, esgrimiendo los tópicos más indecentes... —Es que hoy no es el día de mi boda —dijo Daisy con dulzura—, ni los trescientos invitados que están en el salón de tu madre han venido a ver cómo me caso yo. No soy yo la que tiene ocho damas de honor y ocho pajes y no digamos un novio que no hace más que dar vueltas por la casa hecho un manojo de nervios y preguntándose qué estás haciendo aquí encerrada conmigo y cuándo te decidirás a salir. — ¡El tiene la culpa de todo! —gritó Kiki, con su fino cuerpo desmadejado, como un gatito abandonado toda la noche bajo la lluvia—. Ese embaucador de la publicidad con su lengua almibarada. Nunca debí dejarme convencer. ¡Dios mío, qué terrible equivocación! —Tú sí que eres un tópico, Kiki, cariño. ¿No te das cuenta de que eso es lo que hacen todas antes de casarse? —Ellas son los tópicos. ¡Yo soy lo auténtico! —protestó Kiki—. ¿Qué hago? ¿Es ya demasiado tarde para suspender la boda? No; nunca es tarde. ¿Qué importa lo que diga la gente? Daisy, nunca más en mi vida te pediré nada; pero, ¿no podrías salir a buscar a mi madre y decirle que lo suspenda todo? Ella sabrá cómo hacerlo. Es muy buena organizadora. Y lo tomará mejor si viene de ti. Miraba a Daisy con expresión de astucia rastrera. Daisy movió negativamente la cabeza. —Tergiversaciones. Debí suponerlo. —¿Quiénes son ésas? No cambies de conversación.

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—Forzar las cosas para que se acomoden a nuestros deseos. Kiki, tú sabes perfectamente que tu madre nunca suspendería la boda. Pero vamos a suponer que lo hace: ¿estarás más contenta? ¿Cuánto tardarías en volver a cambiar de parecer? No, señora; tú bajas a casarte, aunque tenga que llevarte en brazos. Pero quedarás mejor si antes te pones el vestido de novia. —Eres una arpía sin entrañas, Daisy Valensky, y no te lo perdonaré mientras viva. —¡Oh! —exclamó Daisy mirando por la ventana del dormitorio—. Acabo de ver llegar a Peter Spivak. ¡Y ahí viene el juez! Ya estamos prácticamente en el fregado. — ¡No! —gritó Kiki frenética—. ¡No puedo! —Tómalo como si fuera para un día nada más. Del mismo modo que los de Alcohólicos Anónimos te proponen dejar de beber. Pensando sólo en hoy. No te pongas a cavilar en si vas a tener que vivir cincuenta años con el mismo hombre. Piensa sólo en si podrás aguantar a Luke hasta mañana por la mañana... o hasta esta noche a las doce. ¿ Lo resistirías ? Sólo hasta las doce... —Supongo que sí —dijo Kiki, compungida. —Pues es lo único que cuenta. Mañana, si quieres, te divorcias. ¿De acuerdo? —Sé lo que piensas —dijo Kiki, en tono acusador—. Sabes que no querré divorciarme. Nadie se divorcia al día siguiente de la boda. Es inaudito. Y ese razonamiento forma parte del cúmulo de artimañas que me han traído a esta situación. —Tienes razón, lo reconozco. ¡Pero ahora vístete! ¡Paso ligero! Daisy utilizó un tono tan amenazador como si estuviera hablando con Wingo. Kiki eligió un liguero de encaje rojo y se puso las medias negras, abrochando las ligas de raso y enderezando las costuras con lúgubre esmero. —Me gusta tu ropa interior —comentó Daisy—. Es tan apropiada... —¡Porras, Daisy! Aunque por fuera vaya de blanco, sabré que por lo menos lo que hay debajo no tiene nada de virginal —dijo Kiki calzándose sus zapatitos de raso blanco—. Medias de aupa sin zapatos de aupa — añadió tristemente. Lanzando a Daisy una mirada asesina, abrió el armario en el que estaba colgado su vestido de raso blanco, envuelto en plástico para que se conservara impoluto. —Ahora entro yo en funciones —dijo Daisy. Llevaba un vestido de organdí verde manzana y se había peinado con rodetes de trenzas sobre las orejas. Calzaba zapatillas verdes 361

completamente planas, para no aventajar a Kiki en estatura más de lo estrictamente indispensable. Sacó cuidadosamente el vestido de la bolsa, desabrochó la cremallera y, sujetándolo por los hombros, lo agitó como citando a un toro: — ¿Nadie va a decir ¡ole!? —¡Oh, mierda, ole! —exclamó Kiki a regañadientes—. ¡Como si tuviera escapatoria! —¡Niñas, niñas! ¿Aún no estáis listas? —dijo desde el otro lado de la puerta la voz nerviosa de Eleanor Kavanaugh. Llevaba más de una hora completamente vestida. La boda se retrasaría, eso seguro... —Ya estamos, tía Ellie —contestó Daisy. Kiki hizo una mueca, pero no dijo nada. — ¿Puedo entrar? —Ahora mismo salimos —dijo Daisy. — ¿Necesitáis ayuda, Daisy, cariño? —gorjeó mistress Kavanaugh, mientras se decía que no podía tener el ataque ahora, porque se arrugaría el vestido. — ¿Y si...? —empezó Kiki, pero Daisy le tapó la boca con la mano. —No, tía Ellie, muchas gracias —replicó Daisy—. De verdad. Bajamos en seguida. —Sólo quería pedirle un «Valium» —murmuró Kiki en tono quejumbroso. —Yo tengo «Valium». — ¿En serio? —¿Pensabas que iba a permitir que Teseo nos pusiera en evidencia? Las dos miraron al perro, apaciblemente echado en un almohadón, con un cestillo de muguete, orquídeas blancas y azucenas atado al cuello con un collar de terciopelo blanco. —Está drogado hasta las cejas —dijo Daisy orgullosamente. —¡Un perro-flor flipado! —No he querido correr riesgos. —¡Oh, Daisy, tesoro! ¿Has hecho eso por mí? —Naturalmente. Y ahora haz tú algo por mí y ponte el vestido,¿eh? Lentamente, Kiki consintió que Daisy le pusiera el vestido de novia de ancha falda, de un blanco de nata de la mejor calidad, merengue glacé, Alaska soleada. Por fin, se miró al espejo y una seráfica sonrisa empezó a asomar a sus labios. Daisy, animada por aquella señal, preguntó: —¿En qué piensas? — En todos mis amantes. Imagina, si pudieran verme ahora... Se pondrían morados de envidia. —¿Te parece bonito que una novia piense esas cosas? 362

—Es lo mejor que puede pensar. ¿Te figuras lo que sería casarse sin haber tenido ni un solo amante? ¡Qué ocurrencia! Llamó a la puerta Jerry Kavanaugh, el padre de Kiki, vestido de chaqué. — Kiki, ¡por el amor de Dios!, ¿es que no vas a salir? Todos están esperando. Vamos, hija, muévete. —Ya salimos, tío Jerry —contestó Daisy a voz en cuello—. Kiki, basta ya de pamplinas y deja que te ponga el velo. Están tocando tu canción. — ¿Qué canción? — —La marcha nupcial. Kiki palideció, dio un beso en la mejilla a Daisy e irguió el cuerpo. —Es todo tan formal, ¡puñeta! —murmuró tristemente, mientras andaba hacia la puerta y el futuro. Candice Bloom reflexionaba. Estaba en su actitud habitual, con las manos en los bolsillos, los hombros hacia atrás y las huesudas caderas hacia delante. Candice, que nunca había consentido que la llamaran Candy, era tan chic como la que más, y en una ocasión había rechazado un excelente empleo en California aduciendo que allí no había dónde comprar zapatos. Su ayudante, Jenny Antonio, esperaba instrucciones pacientemente. — Llama a la «Grossinger's» y a la «Concord» y pregunta la capacidad de sus máquinas de nieve artificial —dijo, al fin—. Que te digan cuánto tarda en derretirse a mediados de septiembre, suponiendo que no tengamos la consabida ola de calor, que ya es decir. Y lo que piden de alquiler. Tu comprends? ¡Ah!, y ponme con el Departamento de Parques. Me parece que para eso hace falta una autorización. ¿Dónde están las pruebas de imprenta de las invitaciones? — ¿Y si la «Grossinger's» y la «Concord» tienen las máquinas comprometidas? La gente esquía casi todo el año —repuso Jenny con la mirada brillante y despierta de sus veintitrés años. Candice la miró estupefacta. —Jenny, tú todavía no sabes mucho acerca de cómo funciona «Supracorp», ¿verdad? Vamos a dar la fiesta del siglo en el Palacio de Invierno ruso. Hemos alquilado el «Tavern on the Green» de Central Park para presentar la gama de productos «Princesa Daisy». Pues bien, eso significa que hay que tener nieve, aunque para ello haya que comprar las máquinas o fabricarlas. Vamos, ponme esa llamada y deja de hacer preguntas tontas. Vraiment! Apuesto a que ni siquiera tienes todavía la información sobre las troicas.

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— Cualquier carruaje tirado por tres caballos puede considerarse una troica, de modo que no hace falta buscar trineos. Sólo carruajes y caballos a manta. —Un problema resuelto y diez mil por resolver —suspiró Candice—. ¿ Cuándo tengo que ver a Warner Le Roy para hablar del menú? —El quería que fuera mañana a la hora del almuerzo; pero mañana tú y Daisy almorzáis con Leo Lerman, para la entrevista de Lo que comenta la gente, de modo que le dije que ya le llamaría. —Bien. Ya estamos en la recta final —dijo Candice Bloom con sombría complacencia—. Bien está filmar anuncios e imprimir carteles... Y gracias a Dios que ya están terminados... Sin embargo, si no tienes Relaciones Públicas, no consigues impacto. Sin entrevistas en la Prensa, es como si no existieras. Ahora déjame ver otra vez la carpeta. Bien... Tenemos todas las revistas de modas y el Women's War Daily, pero no podían menos de concedernos esos espacios; fíjate en la cantidad de anuncios que consiguen de nosotros. Cosmo también nos ha prometido algo. La página central de Trudy Owett en el jounal del mes que viene será para nosotros. Aquí están los recortes de la AP, la UPI, Reuters y el sindicato del Chicago Tribune. Hasta aquí, muy bien. Pero aún no nos han llamado del sindicato del Los Angeles Times. Habrá que insistir. Merde! ¿Dónde pusiste mi lista de editorialistas? ¿Por qué no ha llamado Shirley Eder, maldita sea? Prueba a ver si la encuentras en Las Vegas... o en el «Hotel Beverly Hills». ¿Ha confirmado Liz Smith? ¿Sólo quizás? El Show de Hoy sigue tan negativo, y Mike Douglas y Dinah quieren saber de qué puede hablar Daisy. Merv, que Dios le bendiga, ha dicho que sí, que el mes que viene. Pero los demás quieren un tema, y no les importa un rábano que sea una preciosidad de princesa. —Candice paseaba por el despacho arrastrando los pies, en actitud contrariada.— Una etiqueta, eso es lo que quieren, ponerle una etiqueta. Sería más fácil si se tratara de un payaso patinador. —No hay que tomárselo a mal —apuntó Jenny. —No me lo tomo a mal. Conozco sus problemas mejor que los míos. Pero Shannon no va a felicitarme porque me den una negativa, aunque sea por las mejores razones del mundo. Hemos tratado de crear una celebridad instantánea y, dadas las circunstancias, hemos conseguido bastante. Pero Daisy no es famosa por ser famosa como una Gabor, ni es diseñadora de modelos, ni es una heredera. De manera que hemos tenido que empezar de cero. Sí, su padre fue un playboy de pronóstico, y su madre, una leyenda; pero de eso hace más de veinte años. ¿Quién se acuerda ya? Francesca Vernon no hizo más películas después de casarse con Stash Valensky, sino que desapareció. —Sonó el teléfono y Candice lo cogió con su habitual expresión de mustio optimismo.— Pásame la comunicación —dijo a su secretaria y, tapando el micro con la mano, siseó muy excitada—: Es Jane, mi antigua y supuesta 364

amiga de People. La muy cerda ha estado escurriendo el bulto durante más de seis meses. Ahora, por fin, se ha decidido a llamarme. Serán malas noticias. Jenny y Candice esperaban, galvanizadas de expectación. — Hola, Jane... pas mal, ¿y tú? Bien. ¿La princesa Daisy? No; aún no tenemos una respuesta definitiva de ninguna de las otras revistas, pero todavía estamos en tratos. ¿Exclusiva? Merde!, Jane, daría cualquier cosa por decirte que sí; pero no creo que mi jefe estuviera conforme. Al fin y al cabo, Time, Newsweek y New York tienen secciones en las que encaja perfectamente, y perdona la expresión. ¿PORTADA Y GRAN REPORTAJE? ¿Estás segura? No, no; no es eso... es que tendría que darle mi palabra, y si después no se hace, me encontraré en la calle. ¿Seguro? ¿Has dicho seguro? ¡Aja... Aja...! Entiendo. Tiene muchísima razón. Completamente de acuerdo. ¡Aja! De acuerdo. Mira, se lo pregunto y te llamo dentro de media hora. Un cuarto de hora. Conforme. Hasta luego. Colgó el teléfono con la precaución y el asombro del que acaba de tener en las manos un artefacto de cinco mil años que demuestra la existencia de otra civilización. — Incroyable! —exclamó con voz lejana. —No lo entiendo. ¿Un gran reportaje y la portada? —Dice que su jefe está harto de que ocho de cada diez números hablen de Hollywood o de la tele y que le da la impresión de que los de la Costa Oeste pretenden hacerse los amos, a pesar de que la dirección de la revista está aquí. Dice que People se está convirtiendo en una revista de fans y quiere algo diferente, con aire de distinción y el sello de Nueva York... y se quedó prendado de las fotos de Daisy que les mandamos. De joven era un gran admirador de Francesca Vernon, iba a ver todas sus películas una docena de veces y dice que Daisy tiene sus mismos ojos. -¡Oh, Dios mío! -exclamó Jenny lentamente. —Jenny, esto es absolutamente irreal y quizá no vuelvas a verlo en tu vida; conque no te hagas ilusiones. Pero ello te dará una idea de lo fascinantes que son las Relaciones Públicas. ¡Y mi psiquiatra tuvo la desfachatez de insinuar que yo tenía complejo de Blancanieves! Sospecha que, en el fondo, estoy esperando que llegue mi príncipe. —Soltó una breve y alegre carcajada.— ¡Pues ya ha llegado! ¡Ya verás cuando se lo diga a mi psiquiatra! —¿Qué va a decir él? —preguntó Jenny con curiosidad. — ¡Nada! Pero, ¡qué inocente eres, Jenny! Lo que cuenta es el principio. Eso demuestra que mi psiquiatra no lo sabe todo. ¡Oh, caramba!, pero si no lo sabe todo, quizá no sepa nada. Se quedó con la boca abierta, en actitud de viva preocupación. — El otro día me dijiste que los psiquiatras también son 365

humanos —le recordó Jenny. — Esto es demasiado complicado para ti, Jenny; aún no estás lo bastante neurótica. Pero lo estarás, je t'assure. ¿Cuánto hace que llamó Jane? —Un minuto, poco más o menos. —Aún es pronto para llamarla. No quiero parecer demasiado ansiosa. —Has dicho que tenías que consultárselo a Shannon, y él está otra vez en Tokio. —¿Consultar? ¿Por una portada en People? ¡Ni loca! No creerás que necesito su permiso para eso. —Dos minutos exactamente —anunció Jenny. —¡Porras! A ver si no resisto... ¡Hurra! —La cínica y displicente Candice Bloom se puso a bailar una danza irlandesa en mitad del despacho. Luego se encaró con su asombrada ayudante : — Apuesto a que no sabes cuáles son las cuatro revistas que están en todos los quioscos del país, las obligadas. —Sin esperar respuesta, recitó los cuatro venerables nombres:— Playboy, Penthouse, Cosmo y People. Si eres un buen vendedor, sabrás que con estas cuatro tienes el negocio garantizado. Luego puedes elegir entre cientos de otras revistas, desde Field and Stream hasta Commentary, pero no pueden faltar las cuatro grandes. Sin ellas estás perdida. Fin de la segunda lección del día. ¿Cuál fue la primera? —Si Shannon pide nieve, hay que hacer nieve. — Tres bien, tres bien. Algún día serás una buena relaciones públicas y tendrás tu propio psiquiatra. Una semana después, Daisy se encontraba delante del estudio de Danillo, el más célebre fotógrafo del mundo. La entrada, de puro discreta, resultaba ostentosa. Un sentimiento de rebeldía la hacía vacilar mientras, sosteniendo firmemente la correa de Teseo, examinaba la anodina puerta de aquel edificio estrecho, parecido a la mayor parte de las casas particulares de Manhattan. En la puerta no había más que un timbre y una pequeña placa de latón con la inicial D. En aquellos momentos, Daisy sentía decisión y desgana a partes iguales. Aquella mañana, mientras se arreglaba, Kiki la había llamado para ofrecerse a quedarse con Teseo mientras ella posaba para la importantísima fotografía, pero Daisy prefirió no separarse de él. Sabía que aquel deseo de aferrarse al animal era síntoma de la inquietud que le inspiraba el proceso que pondría en marcha aquella sesión. Sabía que era una niñería y sabía también que no le importaba un rábano. La idea de que People fuera a publicar un reportaje sobre ella ponía el viso de lo irremediable en la pérdida de su vida privada, ya que parecía algo más definitivo que su aparición 366

en los anuncios. Nada de lo que Candice Bloom había preparado le había parecido real hasta aquel momento, y ahora todo parecía materializarse en la ineludible sesión fotográfica. Sin embargo, su sentido del deber fue más fuerte que sus temores y apretó con firmeza aquel pulsador rebuscadamente discreto. Cuando se abrió la puerta, accionada a distancia, Daisy, seguida de cerca por el perro, entró en un pequeño recibidor lleno de gente que la esperaba. Mientras se inercambiaban saludos, Daisy inspeccionó los alrededores. Lo único que llamaba la atención era la ausencia de Danillo. Daisy estaba prevenida. Por los comentarios oídos a las modelos, sabía que Danillo haría su entrada más adelante. Alonzo, el artista maquillador, y Robertson, el peluquero, la miraron apreciativamente. Los dos eran veteranos y sabían que, cada vez que Danillo los llamaba, tenían que trabajar tres horas antes de que él empezara la sesión. El trabajo de él dependía del arte de ellos dos. Los necesitaba para conseguir su marca de fábrica, la cara perfecta. Su éxito no se basaba en su técnica con la cámara, en la comunicación con la modelo ni en la inspiración. Todos sus retratos tenían un sello claramente identificable, un exterior pulido, una espúrea, aunque convincente imitación de una fantasía, una superficie impecable de una perfección casi de plástico que encantaba a los directores gráficos. Nunca tenían que preocuparse por los resultados de una sesión con Danillo, y Alonzo y Robertson, que cobraban setenta y cinco dólares la hora con un mínimo garantizado de cinco horas de trabajo, estaban muy contentos de haber sido llamados. —No voy a necesitarles a ustedes —dijo Daisy, sonriéndoles—. Creí que ya estaba decidido. Robertson miró a Alonzo. ¿Qué se había creído ésa? Candice Bloom intervino apresuradamente. —Daisy, le dije a Danillo lo que me habías dicho tú, pero él insistió absolument. Miró a Daisy con gesto lastimero para indicar que no contrariara a la gente de People. El reportaje era lo importante. Alonzo trató de convencer a Daisy para que pasara al tocador. —Venga conmigo, queridita, y siéntese para que podamos empezar cuanto antes. Ya es un poco tarde, ¿sabe? —Nada de eso —replicó Daisy. La repórter de la revista, presintiendo la confrontación, sacó automáticamente el bloc y el lápiz. —Llama a Danillo, Robbie —ordenó el maquillador—. ¿Y qué clase de perrito es ése? —preguntó a Daisy mientras el peluquero subía corriendo un tramo de escaleras. — ¿Teseo! Pedigree desconocido. 367

-¡Oh, eso se nota, queridita! ¿O debo llamarla princesa? — Llámeme Daisy —contestó ella lacónicamente. ¡Y qué cansada estaba de oír aquella pregunta! Apareció Danillo, irritado porque le habían interrumpido mientras se hallaba dedicado a su verdadero arte: el retoque. El fotógrafo era un hombre delgado y anodino, de pelo rubio cortado a cepillo. De una intensa y rápida ojeada captó la fuerza avasalladora de la belleza de Daisy y la descartó de inmediato. No era más que un trabajo de veinticinco minutos, otro más de los centenares realizados al cabo del año, y la imperturbable innocuidad del famoso fotógrafo del pantalón descolorido y las botas de tacón alto había hecho bajar los humos a muchas mujeres que se creyeron más duras que él. Miró a los presentes alzando lánguidamente una ceja. — Lo haremos a mi manera —anunció. Pero Daisy insistió. Sus años de trabajo en los estudios le habían permitido aprender mucho de maquillaje, aunque ella lo usaba poco. — Me he pintado los labios y los ojos, Danillo, y nunca uso base ¿Por qué han de maquillarme? — Chicos, lleváis retraso —dijo Danillo como si no la hubiera oído. Candice la sujetaba por un brazo, la redactora-jefe de People por el otro, por lo cual Daisy comprendió no sólo que estaba en inferiordad sino que nada sería más ridículo que un forcejeo inútil. Se desasió de los dos y entró en el tocador, en el que encontró un alto taburete de cocina delante de un mesa larga y un espejo mural. Teseo se instaló en un sofá de vinilo rojo. —Danillo, cariño —oyó decir ansiosamente a la redactora-jefe de People —, vas a darle un tono regio, ¿verdad? — Creí que estábamos de acuerdo en buscar una nostalgia de anden régime, Marcia —replicó su compañera, sorprendida. —Francie, no tengo nada en contra de la nostalgia, mientras sea majestuosa —cortó Marcia. —No os pongáis pesadas —intervino Danillo, marchándose bruscamente. Daisy, muy quieta en su taburete, observó cómo Alonzo, con mano experta, cubría con un líquido beige el delicado tono tostado de su piel, dejándola convertida en una página en blanco, sobre la que él dibujaría su concepto de cuál debía ser su apariencia. Le cubrió por completo la cara y el cuello. Incluso los labios quedaron borrados bajo el líquido beige. Sus doradas cejas desaparecieron bajo la capa de base que se extendía desde el nacimiento del pelo hasta la base del cuello. —Esto mancha —dijo Alonzo, complacido por el efecto creado—. ¿No quiere ponerse una bata? 368

Daisy abrió la boca para contestar. —¡No hable! —gritó él—. Todavía no le he hecho los labios. El ayudante de Danillo, un muchacho moreno llamado Hen-ry, apareció en la puerta con un animal en brazos y se quedó mirando desdeñosamente la escena. Luego, con gesto condescendiente, tendió una bata a Daisy y le indicó el cuarto de baño. Entonces descubrió a Teseo. — ¿Quién ha traído eso? —le oyó preguntar Daisy con indignación. Ella se echó a reír silenciosamente al pensar lo que ocurriría si alguien intentaba echar al animal. ¡ Ojalá lo hiciera! Cuando salió del baño, el spaniel, que ostentaba el nombre de Yves St. Laurent, ladraba en airada protesta por la existencia de Teseo. Una rápida mirada a su propio can convenció a Daisy de que éste mantenía su canallesca dignidad, observando la huraña compostura de un experto e impenitente rufián. — ¿Quién quiere un petit bocadillo? —preguntó animadamente Candice Bloom. Las relaciones públicas, como no se cansaba de repetir a Jenny Antonio, eran merde; pero hoy las cosas parecían estar más tensas que de costumbre. De todos modos, la comida siempre ayudaba a suavizar asperezas. Esta era la primera lección del curso de Relaciones Públicas que Candice Bloom aspiraba a impartir un día en una gran Universidad. Todos, incluso el peluquero y Alonzo, respondieron con excelente apetito, haciendo complicadas y detalladas peticiones, y al poco rato Jenny salía camino de la charcutería. Daisy volvió al incómodo taburete y observó resignada cómo Alonzo le sombreaba la cara con su barrita de grasa marrón. — Cinco adivinos me han pronosticado que este año me llamarán de Hollywood —le confesó, muy serio, frota que frota. Ella trató de demostrar curiosidad con los ojos, lo único de su cara que aún conservaba fuerza expresiva; pero eran tan oscuros, que apenas se advertía en ellos la menor señal de interés. — ¿Ha estado en Hollywood? ¡No! ¡No hable ahora! Cierre los ojos. Con profundo alivio, Daisy obedeció y perdió de vista la pequeña habitación llena de gente que la miraba, mientras sentía que Alonzo trabajaba con pinceles de distintos tamaños. Alguien le puso las manos en el pelo y entonces se oyó una airada advertencia: — ¡Fuera de aquí, Robbie! Ya la tendrás cuando yo termine. ¡Casi me tocas el brazo! Mientras las redactoras de la revista charlaban con Candice, Daisy pensaba que nadie la había mirado nunca como Danillo sin antipatía ni simpatía, sin 369

agrado ni desagrado, sino con un total desinterés. Se dijo que debía de estar muy aburrido el tal Danillo, e inmediatamente se dio cuenta de que no le importaba. Tenía sesiones como aquélla dos veces al día, todos los días de la semana, y cobraba por término medio tres mil dólares por la única fotografía que fuera elegida entre todas las que le hiciera. Ni el mejor cirujano plástico, haciendo dos operaciones al día, ganaba más que él. Por lo que Danillo cobraba por un solo retrato, un ginecólogo de Park Avenue ayudaba a nacer a cuatro niños, pensaba Daisy, mientras trataba de olvidarse del pincel que le hacía cosquillas en la oreja. —Ya puede abrir los ojos —dijo Alonzo. Daisy alzó los párpados con aprensión y se encaró con su imagen. Ahora la máscara beige estaba embellecida por extrañas sombras que le cruzaban los pómulos, los párpados y el cuello. —No hemos hecho más que empezar —comunicó Alonzo a Candice Bloom. Robertson, el peluquero, estaba apoyado en la pared con expresión de inmensa paciencia y con toda su batería de tenacillas y rulos térmicos preparada para una labor que no empezaría hasta dentro de una hora y media. Exceso de mano de obra. Daisy conocía bien aquella expresión, tras varios años de tratar con el personal superfluo impuesto por el sindicato. Sentía una viva nostalgia de aquellos días, aún tan recientes, días de frenético ajetreo, muchos de los cuales habían producido treinta o sesenta segundos de excelentes películas publicitarias. Jenny Antonio entró en el tocador con una bandeja de altos bocadillos, ya desenvueltos y tentadoramente colocados. Dejó la bandeja en el sofá y se unió al grupo que contemplaba la transformación de Daisy. Alonzo estaba perfilando su personal versión de su boca y, cuando ella fue a decir algo, levantó un dedo con severidad. Las otras cinco mujeres le miraban atentamente, apiñadas alrededor de él. —Bueno —gruñó él—. Ahora puede hablar. —Lo siento, pero ya es tarde —replicó Daisy, tratando de aparentar pesadumbre. —¿Tarde para qué? —El almuerzo —dijo Daisy. Siete pares de ojos contemplaron la vacía bandeja. Siete pares de ojos acusaron a Teseo, pero nadie le había visto moverse ni nadie le había visto comer. El permanecía allí sentado, tan ajeno como Al Pacino durante un asesinato gangsteriano, en la misma actitud que adoptara al llegar. — Le di de comer antes de venir, pero... —trató de explicar Daisy. — ¡Dios mío, es un monstruo! —susurró Marcia, la redactora de People.

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—Es más fuerte que él -comentó la repórter, que había tenido ocasión de conocer a Teseo mientras entrevistaba a Daisy. — Pero, ¡qué descaro! —gritó Marcia, que se había quedado sin su bocadillo de jamón y queso con pan de centeno y mucha mostaza y col desmenuzada. —Ya te contaré cuando lleguemos al despacho —dijo la repórter con una sonrisa de experiencia—. Es una larga historia. —Jenny, vite, vite, más bocadillos —pidió Candice urgentemente—. La lección número dos de su curso de Relaciones Públicas sería no admitir nunca a un chien en asuntos de trabajo, quienquiera que fuera su dueño. Alonzo proseguía su labor con aplicación. A Daisy le parecía haber estado sentada en aquel taburete toda la vida, aunque sólo habían transcurrido dos horas. Si alguna vez hubiera tenido a Alonzo en el plató, a estas horas ya estaría muerto. Ella misma le habría clavado alguno de los instrumentos que él esgrimía ahora contra ella. Pero era típico en los magos de la seducción insistir, al igual que Danillo, en someter a sus clientes a la incomodidad. Para tener acceso a una sesión con Danillo, antes había que rendir vasallaje ante aquel espejo y demostrar una absoluta indigencia al aguantar aquella chorrada de la transformación, a fin de asegurarse la impronta del maestro. Jenny entró con más bocadillos y la habitación se despejó, con alivio para Daisy. Por fin, Alonzo juzgó haber hecho todo lo que podía y cedió el campo a Robertson. Daisy no reconocía a la mujer pintada del espejo, con una boca, unas cejas y un cutis que no parecían suyos y que aparentaba diez años más que por la mañana. Aquélla no era su cara, y cuando Robertson empezó a apilarle el pelo en un historiado moño parecido a los que lleva la princesa Grace en las galas de la Cruz Roja de Monaco, ya ni se molestó en protestar. —Tengo que hacer una base para la tiara —le dijo, mientras sus manos reducían hábilmente su pelo a una masa de complicados rizos y espirales. — ¿Una tiara? —preguntó ella con unos labios que se movían de un modo extraño e inquietante. —Henri ha conseguido una tiara, pendientes y gargantilla de «A la Vieille Russie» —le informó él—. Queremos conseguir un efecto prerrevolucionario, una especie de Anastasia, ¿comprende?, un toque Romanov. —No lo sabía —murmuró Daisy—. Y preferiría que no me lo hubiera dicho. . ¿Eh? —Nada, nada. 371

Por lo visto, Candice Bloom, mientras aderezaba sus frases con palabritas francesas, había hecho planes que no había considerado oportuno revelarle. La indigestión visual de Daisy se complicaba ahora con una verdadera náusea, provocada por la idea de verse convertida en la reencarnación de una patética gran duquesa fallecida años ha. Pero cuando Daisy iba a levantarse para hablar con Candice, entró Henri con varios estuches de terciopelo. Sin decir palabra, le puso el collar de esmeraldas, rubíes y brillantes, y le colocó la tiara. —¡No tiene agujeros en las orejas! —chilló en tono acusador. —¿Querría hacérmelos? —preguntó suavemente Daisy. El retrocedió ante su mirada. Se oía la voz de Danillo, que llamaba con impaciencia desde el estudio. Por fin estaba de humor para trabajar y, si todo el mundo cumplía el horario, terminaría en menos de media hora. —¿Lista? —preguntó Robertson. Daisy lanzó una última mirada al espejo. Inútil poner reparos. Le habían hecho tanto, que no tenía arreglo. Se puso en pie con las piernas entumecidas. El taburete le había cortado la circulación. Se sentía cansada y rígida. No tenía que quitarse la bata; bastaría con que se descubriera los hombros, pues era una foto de la cara. Se ciñó el cinturón y dijo a Teseo: —Quieto aquí hasta que yo vuelva. En lugar de aceptar pacientemente sus instrucciones como hacía siempre, Teseo se levantó enseñando los dientes y rompió su silencio de lurcher con un gruñido. Era inconcebible. Daisy se acercó a él y el animal retrocedió sin dejar de protestar con desesperación. —¡Teseo! —le llamó ella. El perro empezó a temblar violentamente al oír que la voz de Daisy salía de la garganta de la desconocida, y cuando ella extendió la mano para acariciarle, él la esquivó y no quiso olfatearla. -¡ESTO YA PASA DE LA RAYA! -exclamó Daisy, volviéndose hacia el tocador, hundiendo la mano en el tarro de cold-cream y embadurnándose la cara—. ¡Fuera joyas, fuera moño y que venga Alonzo para acabar de quitarme el maquillaje —dijo a Robertson, que se había refugiado en un rincón, entre vahídos, huyendo de aquella furia. — ¡Alonzo! —gritó Daisy volviéndose hacia el recibidor—.Venga aquí, le necesito. El maquillador entró en el momento en que Daisy se aplicaba la segunda mano de cold-cream en la barbilla y la frente. —¡ Tráiganme unas toallas! — ordenó Daisy—. Y dígale a Danillo que voy en seguida. No tardo más de tres minutos en maquillarme empezando con la

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cara limpia. ¡Robertson! ¡Un cepillo, por favor! ¡Vamos, Alonzo, por el amor de Dios, ponga la cabeza entre las rodillas y respire hondo! — ¿Repasamos lo acordado hasta ahora, Warner? —preguntó Hugo Rally, gerente de la «Tavern on the Green». Candice Bloom y Warner Le Roy se habían puesto de acuerdo tan aprisa, que él quería asegurarse de que no habían pasado nada por alto. La secretaria leyó lo anotado en el bloc: — Los anfitriones se situarán en el «Elm Room». Tanto por el «Elm» como por el «Rafters» circularán diez mesas rodantes desde el momento en que empiece la fiesta, con dos camareros cada una. En las mesas habrá tres esculturas en hielo de la botella del Princesa Daisy, una con diez libras de caviar, otra con una jarra de champaña «Louis Roederer Cristal» y otra con una botella de vodka «Stolíchnnaia». El caviar se servirá en platillos con aderezo a elegir. — —Olvida a los cíngaros —dijo Candice, echando una gota de limón en la trucha ahumada que estaba comiendo. Warner Le Roy la miró afectuosamente desde detrás de sus gafas. Como solía hacer cuando repasaba una fiesta con alguien que arrendaba todo el restaurante, vestía al estilo para él más conservador: hoy había enfundado su oronda figura en un pantalón rojo y chaqueta a cuadros rojos y blancos. Le gustaba vestir bien, aunque fuera con ropas tan discretas como aquéllas. Le gustaba Candice Bloom, con su aire de muchacho autoritario. Le gustaba ser dueño de «Maxwell's Plum» y de «Tavern on the Green». Le gustaba la vida, y a la vida le gustaba él. —Ahora llegamos a los cíngaros —dijo la secretaria—. Mientras van entrando los invitados, una orquesta de treinta cíngaros tocará a uno y otro lados de la puerta principal, y otra circulará por las salas «Elm» y «Rafters», tocando con sordina, para no ahogar las presentaciones que se hagan a la princesa Daisy. Se colocarán ocho focos en los alrededores del restaurante y se contratará a otros cincuenta mozos de aparcamiento, además del personal habitual, para las troicas, debidamente entrenados para manejar caballos. —¿Qué hemos decidido por fin acerca del buffet? —preguntó Daisy mientras terminaba la trucha, en una mesa redonda de la terraza del restaurante, bajo un parasol. —Se instalará en el «Pavillon Room» —respondió la secretaria, consultando las notas. —Aún no sé qué hacer —respondió Warner Le Roy—. Me parece que con seiscientos invitados habría que poner dos buffets. —De acuerdo —admitió Walter Raucher, el director de banquetes y quinto comensal del almuerzo. 373

La secretaría tomó nota y continuó: —Durante la cena habrá música de valses en el «Crystal Room», y se bailará tanto en el «Crystal Room» como en la terraza, debajo de los árboles. El conjunto tocará en el «Terrace Room», detrás del restaurante, y empezará inmediatamente después de la cena. —¿Y si llueve? —preguntó Candice. —Podríamos instalar una tienda y estufas; pero tan a primeros de septiembre no creo que haya que preocuparse —la tranquilizó Warner Le Roy. —Warner —dijo Candice en el tono más retrechero de que era capaz—, todavía no estoy tout a fait tranquila por lo que se refiere al caviar. Hemos dicho «caviar», pero me gustaría concretar un poco más. Tengo en ello un interés casi personal. —Si quiere usted echar el resto, podría pedir caviar dorado del Irán; pero no creo que lo encuentre en cantidades suficientes. Además, la mayoría no notará la diferencia. — ¿Cuál es el que le sigue en calidad? —preguntó ella, apurando la trucha. Las relaciones públicas tenían sus buenos momentos. Que no se le olvidara decírselo al psiquiatra. —El mejor del beluga. Y con ése no tendríamos dificultades de aprovisionamiento. Si quiere ser medianamente generosa tiene que calcular dos cucharadas por persona, tres onzas en total, lo cual hace medio kilo para cinco personas. Pero hay que tener en cuenta que no a todo el mundo le gusta el caviar. —Tengo órdenes de ser extraordinariamente generosa —dijo Candice con satisfacción—. ¿ Por qué no calculamos cuatro onzas por persona? Y vamos a suponer que le gusta a todo el mundo, pues yo pienso tomar un kilo y llevarme a casa un trineo lleno. — Entonces seiscientas personas a cuatro onzas... dos mil cuatrocientas onzas... —Para no quedarnos cortos, Warner, quinientos cincuenta kilos de beluga del mejor, a doscientos cincuenta dólares el kilo, más un trineo — propuso Walter Raucher. —Hecho —replicó Candice con un brillo de gula en sus redondos ojos castaños. —¿Sigo? —preguntó la secretaria. Candice asintió. —En el buffet habrá esturión, salmón, codornices asadas, jabalí con manzanas... —A propósito del jabalí, Warner —dijo Candice—, ya sé que es un plato ruso; pero, ¿está seguro de que saldrá bien? —Es sensacional. Lo dejamos marinar durante cinco días y lo hacemos con picatostes y una salsa bearnesa. 374

Indicó a la secretaria con un ademán que siguiera leyendo. Por fin, la muchacha llegó al final de la lista. — Los postres se servirán en la mesa. Míster Ralli y el repostero mayor decidirán los ingredientes más apropiados para la confec ción de una gran variedad de bombas que se servirán en flambé. —Nada de botellas «Princesa Daisy» ardiendo —advirtió Candice. — ¡Pues claro que no! —exclamó Warner, ofendido—. Confía en mí. — Confío —replicó Candice, muy seria—. Hablando de otra cosa, no sé por qué podemos tener carámbanos en los árboles de la terraza. Habrá nieve alrededor del restaurante menos en la pista de baile al aire libre, así que ¿pour quoi no puede haber una especie de carámbano que no gotee? —Podríamos poner carámbanos de teatro, desde luego. O las bombillas de invierno —sugirió Warner, pensativo. — ¡Eso es, las bombillitas blancas que parpadean! —exclamó Candice muy excitada—. Recuerdo haberlas visto en la Navidad del año pasado. Eran incroyables. —Pero hay un problema: que habrá que quitarlas al día siguiente. Yo no empiezo el invierno hasta después de Acción de Gracias. —¿Y por qué un problema? —Son sesenta mil bombillas. Costará una barbaridad de mano de obra. —A míster Shannon no le gustaría que yo decidiera prescindir de las bombillas —dijo Candice a Warner—. Y mucho menos si vamos a gastarnos cincuenta mil dólares en fabricar nieve. Hugo Ralli carraspeó. —¿Todo el alumbrado será a base de velas? —preguntó, pensando en ciertos lugares que exigían electricidad. —No; hemos dicho dos mil velas como mínimo en candelabros de plata. Velas en todos los lugares posibles. Pero en los lavabos, luz eléctrica — respondió Candice—. Y ahora hablemos de las flores, míster Ralli. Son muy importantes. Millones de margaritas. No sé de dónde las va usted a sacar, pero hemos de conseguirlas sea como sea. C'est indispensable. —Puedo conseguirlas; mas para que queden bien hay que combinarlas con rosas blancas y crisantemos amarillos y blancos. —De acuerdo, con tal de que no falten las margaritas. —Candice se volvió hacia Warner Le Roy, nieto de Harry Warner y sobrino-nieto de Jack Warner, heredero de un sentido de lo espectacular que no poseía ningún otro dueño de restaurante en todo el mundo.— ¿Podría darme una cifra aproximada de lo que va a costar la fiesta? Sin contar nieve, troicas ni caballos. 375

Warner calculó rápidamente, recordando la fiesta de las bodas de plata de los Kleberg del rancho King de Texas, que habían transportado a doscientas cincuenta personas a Nueva York en avión y ocupado todo el restaurante. — Con todos los extras, las esculturas de hielo y demás... Unos doscientos mil, tal vez algo más, según la cantidad de caviar que usted se lleve en el trineo. —Parece razonable —admitió Candice en tono reflexivo, mientras esperaba el segundo plato. Afortunadamente, el almuerzo no había hecho más que empezar. Cuando se despertaba a medianoche, después de unas horas de sueño intranquilo, Hilly Bijur, presidente de Elstree, solía preguntarse quién diablos le habría mandado a él meterse en el jodido negocio de la perfumería. Tan pronto como acudía a su mente esta pregunta, procuraba relajarse, músculo a músculo, empezando por el cuero cabelludo y terminando por los dedos de los pies y viceversa, sin olvidarse de aflojar las mandíbulas, tal como le había enseñado el hipnoterapeuta que le había tratado el insomnio; pero cuando conseguía relajarse las orejas y pasaba a la frente, en su cabeza empezaban a girar palabras: «Caléche», «Quadrille», «L'Air du Temps», «Arpége», «Cristalle», «Jon-tue», «Halston» —¡Halston de mierda!, ¿por qué no podía tener nombre francés como los demás—, «Aliage», «Infini», «Cabochard», «Ecusson»... cuando llegaba a «Ecusson», generalmente podía volver a concentrarse en su frente y a veces llegaba hasta la mandíbula; pero entonces otros nombres empezaban a bailar ante sus ojos: el primero, Dick Johnson, jefe de Compras de la cadena «Hess» con casa central en Alientown, Pensilvania; después, Mike Gannaway, director comercial de «Dayton's», en Minneápolis, seguidos rápidamente por Verda Gaines, jefa de la sección de Cosméticos de «Steinfeld's», de Tucson; Karol Kempster, jefa de Compras de «Henri Bendel»; Marjorie Cassell, jefa de Compras de «Harvey's», de Nashville; Melody Grim, de «Garfinkles»... La lista podía prolongarse durante toda la noche, pero, generalmente, al llegar a «Garfinkle's Hilly», Bijur renunciaba al relajamiento muscular, se levantaba y tomaba un somnífero, que, según le había garantizado el médico, no producía hábito, no contenía barbitúricos ni tenía efectos secundarios. Aquella extraordinaria pildora no tenía para Hilly Bijur más que un inconveniente: no le hacía dormir. Sin embargo, la acción de tomar una pildora le calmaba un poco, aunque no fuera más que por la sugestión. Salió sigilosamente del dormitorio, para no despertar a su mujer, y se fue a leer unas cuantas páginas de la biografía de Henry James escrita en cinco tomos por León Edel. Aquella vasta obra, docta, documentada y, sin lugar a dudas, beneficiosa para él, tenía la virtud de no ser absorbente. Alrededor de las cinco de la madrugada, 376

tratando de pensar sólo en cómo James escribía libros y libros en Londres, libros que Hilly Bijur no había leído, volvía a la cama y, por lo general, conseguía dormir unas horas antes de empezar una nueva jornada de trabajo en el proyecto «Princesa Daisy». Eran los primeros días de septiembre de 1977, casi ocho meses después de que se iniciaran los preparativos para el lanzamiento de la nueva gama de cosméticos y perfumes. El perfume al que Patrick Shannon había puesto el nombre de «Princesa Daisy» era el resultado de siete años de trabajos realizados por un hombre que estaba considerado la mejor «nariz» de Francia. A Hilly Bijur le olía bien. Por lo que a él se refería, en el mundo bastaba un solo perfume, «Arpége», el que usaba la primera mujer con la que se acostó. «Arpége», le excitaba, mientras que «Youth Dew», el perfume que usaba su suegra, le enfriaba. A veces se preguntaba qué habría ocurrido si su primer amor hubiera olido a «Youth Dew», y la suegra, a «Arpége». ¿Sería otra su preferencia? ¿Olía el perfume a sexo, o el sexo a perfume? ¿Cómo olería el sexo sin perfume? ¿Mejor? Seguramente; pero el negocio era el negocio, y si la gente se empeñaba en calificar un perfume de «irreprimible, pero romántico», de «vivaz, pero reservado», o de «seductor y gozosamente femenino», tenía tanto derecho a hacerlo como los amantes del buen vino a cantar las alabanzas de sus preferidos. No le importaba un comino que hablaran de «florales monocromos», de «resonancias», de «caprichos silvestres» o hicieran frases sobre «el perfume serio que armoniza con el traje serio». Le era indiferente que un perfume se «creara» o se «diseñara» y que se dijera que «la mujer no se pone "Chloe"; entra en él» o cualquier rebuscada simpleza propia del ramo de la perfumería. Todo giraba en torno a la comercialización, se decía mientras se duchaba. La comercialización del humo, no la del bistec. De la fantasía, no de la realidad. Comercialización de un lujo que se había convertido en parte integrante de la vida americana, un lujo que se vendía en los supermercados y seguía basando su propaganda en la exaltación del esnobismo. Hilly Bijur se estremecía cada vez que recordaba aquella primera conferencia de ventas en la que anunció a su personal de ventas el nuevo concepto de comercialización «Princesa Daisy» y les dijo que Shannon esperaba alcanzar los cien millones de dólares de ventas. Seis de sus agentes presentaron la dimisión en el acto, y los que se quedaron se mostraban más indignados que la tripulación de la Bounty. Lo que ocurría en realidad era que a nadie le gustaba participar en un lanzamiento. Habrían preferido ver cómo seguían bajando poco a poco las ventas, a tener que esforzarse por convencer a los compradores de cosméticos a pedir productos nuevos, por buenos que éstos fueran, y por mucha publicidad que los respaldara.

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Hilly Bijur era un buen comerciante, y Shannon no lo había nombrado presidente de Elstree por casualidad. Antes de un mes, sin reparar en gastos, se había deshecho de elementos incompetentes y formado un grupo de vendedores mucho más eficaz que, al no haber trabajado para la vieja Elstree, se entregaban con mayor entusiasmo al nuevo proyecto. Había decidido cuántos productos debían formar la nueva gama de cosméticos, teniendo en cuenta que a los clientes no les gustaba tener que pedir una amplia variedad de existencia que no sabían si podrían vender. La gama «Princesa Daisy» era completa, pero selecta, y comprendía la indispensable loción hidratante, una crema limpiadora, una leche corporal, base de maquillaje en los seis tonos más corrientes, barras de labios y brillo en los tonos básicos de rosa, rojo, granate y ciclamen, lacas para uñas a juego, cuatro tonos de colorete, otros cuatro de polvos, máscara marrón y negra, cuatro colores de eye-liner y ocho de sombreador (y se felicitaba de su discreción, ya que la mayoría de fabricantes ofrecían más de veinte), además, naturalmente, del jabón, el talco, la colonia en tres tamaños y, finalmente, el perfume, en frascos de media, una y dos onzas. Mientras repasaba mentalmente una y otra vez la lista de productos, Hilly Bijur recordaba lo que le decía la voz de su conciencia, que, por cierto, era la de Dick Johnson de Allentown, cuando le despertaba por las noches: —Desde luego, no sería una exageración decir que hoy tenemos demasiados productos en el mercado... Los fabricantes se están pasando... — ¡Oh, Dick Johnson, el de las once ciudades del este de Pensilvania en las que existe una sucursal de «Hess, Inc.»! ¿Por qué no serás un poco más atrevido, como Verda Gaines, de Tucson, que dice?: —Sin nuevos productos no hay progreso. — ¿¿¿Por qué??? El once por ciento de lo que gasta el fabricante de perfumería se invierte en el envase. Al pensar en ello, Hilly Bijur se olvidó momentáneamente de Dick Johnson para deleitarse con el recuerdo de la maravillosa botella diseñada para el perfume. Por sugerencia de Daisy, estaba inspirada en los huevos de Pascua que Peter Cari Fabergé había hecho para la familia imperial: cincuenta y siete en total, entre 1884 y 1917. Ahora, la mayor parte, estaban esparcidos por los museos de todo el mundo, y algunos se conservaban en colecciones privadas. Marjorie Merriweather Post, la rica heredera de la «General Foods Corporation», era una de las contadas personas que poseía varios de ellos, que, incluso entre su gran colección de tesoros rusos, ocupaban un lugar de honor. El frasco del perfume «Princesa Daisy» tenía forma ovalada. Era de cristal soplado, cruzado, desde la base hasta la parte superior, por cuatro cintas de plata dorada, levemente onduladas, que formaban un 378

lazo encima del tapón. Descansaba en un pie de plata dorada provisto de aro, en el que encajaba con ajuste perfecto. En un año en el que las formas de los envases eran cada vez más modernas; en una época dominada por la severidad de los envases de Halston y el clasicismo de Chanel, el frasco Elstree tenía una cualidad de joya que lo singularizaba. Era imposible mirarlo sin sentir el impulso de levantarlo del soporte y acariciarlo. Al fin y al cabo —se decía Bijur—, ¿no estaba considerado el huevo como la forma más perfecta de la Naturaleza? ¡Toma, Dick Johnson de Allantown! Y toma también todos los demás envases, jarros, frascos y estuches azul lapislázuli, tan brillantes como los esmaltes del mismo Fabergé, todos con una única margarita blanca y dorada de esbelto tallo y diseño estilizado, que era el símbolo de toda la gama. Eran tan perfectos, que daban ganas de llorar de alegría. Eso había dicho Bijur a Patrick Shannon, quien, por una vez, se mostró de acuerdo y no hizo sugerencias. El perfume «Princesa Daisy» se vendería a cien dólares la onza. ¿Estaba justificado el precio? Bijur creía que sí. A diferencia de otros muchos perfumes que se vendían más baratos, estaba hecho exclusivamente de aceites y esencias naturales, obtenidos y envasados en Francia. Desde luego, no costaba, ni mucho menos, cien dólares la onza obtenerlo, envasarlo y distribuirlo; ¿dónde estaría, si no, el beneficio?, ¡caramba! El día en que los cosméticos y los perfumes se vendieran a un precio que correspondiera a su coste, esto sería la jodida Rusia. Mientras bajaba por Park Avenue andando a buen paso en dirección al edificio Supracorp, Hilly Bijur pensaba en los catálogos de Navidad enviados por todos los grandes almacenes del país en el mes de agosto, en los que figuraba el perfume «Princesa Daisy» y lotes para regalo compuestos por perfume, colonia, jabón y talco. Si no hubieran sido incluidos en los catálogos de «Saks Neiman Marcus» y similares, el sueño de Shannon no habría tenido la menor posibilidad de realizarse. El lanzamiento de la gama «Princesa Daisy» se coordinaba con el mismo rigor que un día D. Y, ¡qué caramba!, si tenías sentido de la proporción, comprendías que era realmente un día D, pensaba Hilly Bijur. Por un lado, Candice Bloom se ocupaba de crear, a través de la Prensa, un ambiente de expectación en torno a la figura de Daisy, que culminaría mañana con la aparición del reportaje en People, amén del baile del Palacio de Invierno, la fiesta de lanzamiento que sería comentada en la página de la mujer de todos los periódicos y revistas del país. Por otro lado, Helen Strauss tenía la publicidad perfectamente organizada: anuncios en la televisión, páginas dobles en las revistas y folletos a todo color. El propio Hilly se sentía muy satisfecho de las partidas de perfume que tenía en el almacén de Nueva Jersey. Todo había llegado 379

de Francia a su debido tiempo, y los viajantes habían conseguido pedidos espectaculares. Incluso «Saks», de la Quinta Avenida, que tradicionalmente era la primera tienda que ponía a la venta un nuevo perfume, había accedido a hacerlo al mismo tiempo que «Bendel's» y «Bloomingdale's»; la colección de modelos de otoño diseñada por Bill Blass especialmente para la princesa Daisy era una de las mejores que el figurinista había creado. Los vestidos habían sido enviados a los grandes almacenes de todo el país para ser exhibidos en los escaparates durante la semana del lanzamiento. Las vendedoras de Elstree recibirían una comisión extraordinaria durante los tres primeros meses de la campaña. Las muestras del perfume «Princesa Daisy» habían llegado ya a las tiendas elegidas a decenas de miles, para ser distribuidas con mano generosa en puestos especiales en la planta baja de los grandes almacenes. Finalmente, durante las semanas siguientes a la fiesta de lanzamiento, Daisy haría una gira relámpago por veinte ciudades, visitando los almacenes más importantes, en los que sacaría el número ganador del sorteo de un vale de compra por valor de mil dólares, a efectuar entre todas las compradoras de productos «Princesa Daisy». — ¿ Qué podía fallar entonces ? Pues casi todo, ¡ mierda!, pensaba Hilly Bijur con un escalofrío. En aquel mundo desquiciado de la perfumería, ¡cualquiera lo sabía! —Desde luego, es una muchacha insignificante, una zorrita asquerosa y sin importancia —dijo Vanessa, furiosa—. Eso no hace falta que me lo digas tú, Renny, ¿es que no te das cuenta? Y no; no quiero un «Miltown», ni un «Valium», ni un somnífero. ¿Quieres dejar ya de insistir? Eran las tres de la madrugada y, como tantas otras veces durante los últimos meses, Vanessa se había despertado hecha una furia. Aunque ella procuraba no molestar a Robín, él siempre parecía saber lo que le ocurría y se despertaba generosamente dispuesto a escuchar una vez más su letanía de lamentaciones. Le apenaba verla así. Su cuerpo esbelto y audazmente elegante no había cambiado, pero ahora tenía la boca crispada en un feo rictus, y su rostro estaba más demacrado que nunca, casi escuálido. Pero por más que él trataba de distraerla con proyectos de vacaciones y nuevas ideas para cambiar la decoración de la casa; por más que la abrazaba y le daba masaje en la parte alta de la espalda, agarrotada por la tensión, ella no se olvidaba de Daisy ni de lo que Daisy le había hecho. «En primer lugar, has de reconocer, Robin, que nunca, ni siquiera durante un segundo, se mostró realmente agradecida. ¡Oh, sí, daba las gracias, pero sólo cuando era absolutamente necesario, como el día en que convencí a Topsy para que le hiciera pintar el retrato de los niños y le proporcioné el encargo de los Greene! Pero, ¿cómo me daba las gracias? ¡Como si el favor me 380

lo hiciera ella a mí! Si hay algo que no perdono, es la ingratitud. Pero no te creas que me engañó ni un minuto. ¡Y con todo lo que hicimos por ella! ¿ Cuántas fiestas mías declinó asistir porque tenía «mucho trabajo»? ¿Quién diablos cree que es? Nadie, ¡nadie!, rechaza una invitación mía. —Vanessa, toda la gente importante afirma que tú das las mejores fiestas de Nueva York —dijo Robin pacientemente, por enésima vez—. ¿Qué puede importar eso? —No me refiero a eso; ya sabes lo que quiero decir. ¡Es toda su actitud! Aquella mirada que parece decir: «No puedes tocarme, porque soy especial» y «A mí no me impresiona nada de lo que tú puedes hacer». Eso es lo que yo no aguanto. ¿Y qué me dices de los vestidos que le regalaste? Casi tuviste que obligarla a aceptarlos, ¡por todos los santos del cielo! Cualquiera habría dicho que prefería esas reliquias extravagantes y teatrales que se ponía. —Ahora viste bien —comentó Robin. Cuando ya era tarde, se dio cuenta de que habría sido mejor callar. Vanessa estaba furiosa con Daisy desde el desgraciado incidente del yate, ocurrido durante el invierno anterior: pero cuando empezaron a aparecer noticias acerca de la campaña de propaganda de Elstree e informaciones sobre la personalidad de Daisy; cuando se comentó la noticia del contrato del millón de dólares y, finalmente, cuando se enteró de que People le iba a dedicar una portada y un gran reportaje, Vanessa empezó a consumirse de indignación. — Pero no te los ha encargado a ti —dijo malévolamente a su marido. Por toda respuesta, él se encogió de hombros. — Perdona, cariño —dijo ella suspirando y poniéndole una mano en el brazo —. No quise decir eso. Es tan excéntrica, que no tiene el gusto ni la clase que se necesitan para llevar tus cosas. —No importa. ¿Quieres un poco de vino? A lo mejor te hace entrar sueño. Vanessa movió negativamente la cabeza con expresión sombría. —Robin, puedo asegurarte que todas esas martingalas de la publicidad me dejan indiferente. Por mí, que disfrute de su momento de fama. ¿A quién le puede importar? Pero lo que no puedo perdonarle, lo que nunca le perdonaré es que me echara a perder el crucero. ¿Es que no te das cuenta del ridículo tan grande que hice por su culpa? ¿Imaginas las cosas que la gente ha dicho de nosotros desde entonces? Y todavía sigue. Todos los que estaban en aquel barco deben de habérselo contado a todo bicho viviente. Al cabo de los meses, aún tengo que aguantar impertinencias... «Vanessa, querida, de modo que la reconciliación familiar que planeaste se frustró, ¿verdad?» «Vanessa, me han contado algo fascinante... Dime, ¿qué ocurrió realmente?» «Vanessa, ¿por qué 381

tuviste que hacer volver al yate? ¿Por qué desembarcó a medianoche Daisy Valensky? ¿Qué pudo obligar a Ram Valensky a permanecer encerrado en el camarote durante el resto del viaje? ¡Qué grosería! Pero cuenta, cuenta, me parece que callas algo... Pero, ¡qué manera de portarse contigo!» Robin, no puedes imaginar lo que se dice por ahí... lo más asqueroso, denigrante y estúpido. Y yo quedo siempre como una idiota. ¡Y es todo el mundo, personas a las que yo creía amigas mías! Ya ni me atrevo a quedar con nadie para almorzar porque sé lo que me espera. ¿Te das cuenta de lo que me ha hecho esa mona presumida? —Fue sólo una cosa pasajera, cariño —dijo Robin sin convicción. También él había sido blanco de muchas respuestas—. No creo que sigan hablando de eso. — ¡ Tonterías! — gritó ella con rabia -. Ni tú mismo crees lo que dices. Todo habría podido arreglarse si Ram no se hubiera portado de aquel modo. Yo habría podido dar cualquier excusa, decir que Daisy se mareaba o había tenido un ataque de alergia; pero no, él tuvo que encerrarse en su camarote, sin salir durante todo el crucero, y luego marcharse sin despedirse de nadie. Eso fue lo que dio que hablar. Cuando pienso en todas las molestias que me tomé por ese cretino para convencer a Daisy de que nos acompañara, me siento morir. Aunque financiara tu nueva línea, no tenía derecho a ponerme a mí en ridículo... —Vanessa, amor mío, te estás matando. No puedes seguir así. Debes tratar de superarlo. — ¡Es lo que voy a hacer! —Vanessa saltó de la cama y se envolvió en una bata. — ¿Qué hora es ahora en Inglaterra, Robín? -Alrededor de las nueve de la mañana. ¿Por qué? Sin contestarle, Vanessa pidió conferencia con Londres y se quedó esperando en el dormitorio, aquella jungla de cretonas victorianas y encajes eduardianos tantas veces fotografiada en las revistas, hasta que tuvo a Ram al aparato. — Hola, cariño... Aquí Vanessa. Robin y yo estábamos tomando una copa y de pronto se nos ocurrió pensar que hacía muchísimo tiempo que no sabíamos de ti, así que me he dicho: ¿por qué no coger el teléfono y charlar un ratito? Sentimos mucho que no te encontraras bien en el yate. A decir verdad, estábamos preocupados. Naturalmente, lo comprendo. Yo también sufro mucho de jaquecas. No; no tienes que disculparte. ¿Ahora estás bien? Me alegro. Sí, Renny y yo, divinamente. Supongo que ya estarás enterado de lo de Daisy. Debe de haberte escrito para darte la buena noticia... ¡Qué emocionante, ¿verdad?! La están convirtiendo en una celebridad. Pensar que ella que nunca tuvo un céntimo va a cobrar un millón de dólares... Por lo visto, vuestro apellido se cotiza mucho aquí; con democracia o sin ella, nos gustan los títulos. En eso nos parecemos a 382

los ingleses. Hasta People va a dedicarle una portada y un gran reportaje. Eso sí que la pondrá en el candelero. Conque, amigo mío, hazte a la idea de ver a tu hermanita por todas partes, en carteles, revistas y en televisión. ¿No lo sabías? Imagina, una Valensky anunciando lápiz para labios y qué sé yo cuántas cosas. De todos modos, estoy segura de que ella haría cualquier cosa por Patrick Shannon. ¿Qué pasa con Patrick Shannon? Es el director general de... perdona, claro que sabes quién es... Lo que quería decirte es que están locamente enamorados. En Nueva York todo el mundo lo comenta, desde que regresaron juntos de Inglaterra. Están viviendo una aventura encantadora. Es una delicia verlos juntos... te hacen creer en el amor romántico. ¿No los viste en Inglaterra? ¡Ah, estabas enOriente Medio...! Por eso te perdiste a los tórtolos. Y aquí es donde a mí me parece que Daisy ha acertado plenamente. No es que esté mal salir en la portada de People; pero Patrick Shannon es el hombre más estupendo que han visto estos ojos pecadores. Y un hombre que siempre consigue lo que quiere. Ayer sin ir más lejos, el New York Times publicaba un artículo sobre Elstree, en el que se le citaba diciendo que Daisy era «única en su género», un elogio un poco pobre si tenemos en cuenta... pero seguramente quería ser discreto. La otra noche los vi juntos en un restaurante, y él a duras penas podía dejar de tocarla. No seas anticuado, Ram... Daisy ya no es una niña. Podría tener una docena de amantes... pero, por lo visto, sólo quiere a Shannon. ¿Quién va a reprochárselo? «Bueno, no te entretengo más, cariño. Sólo quería interesarme por tu salud. Los viejos amigos no deben estar tanto tiempo sin noticias unos de otros. Robin te manda recuerdos. Adiós, hasta la vista... Y cuídate. Vanessa colgó suavemente el teléfono con la primera expresión de complacencia que su marido había visto en su cara desde hacía meses. —Robin, me parece que ahora tomaré un poco de ese vino. — ¿Te encuentras mejor? — ¡ Infinitamente! Desde que Ram se fue de «La Maree», dejando a Daisy sangrando en la cama, sentía un dolor de añoranza y privación tan profundo, que habitaba en un lugar que sólo él conocía. Su aparente cordura era indiscutible, porque su aspecto y su comportamiento eran correctos e impecables. Podía vivir sin Daisy porque nadie más la poseía. Pero en su mente obsesionada, ella seguía perteneciéndole y él podía seguir viviendo en un mundo de infinitas nostalgias, un mundo sin más imágenes que las de ellos dos. Sí, ella le había vuelto la espalda; pero no para entregarse a otro. ¿Cómo había de hacerlo, si era suya? 383

Ram no estaba celoso porque no tenía de quién estarlo. No existía una amenaza ni una tercera persona que se interpusiera entre él y sus fantasías. Ahora, con unas cuantas palabras insinuantes, elegidas con su infalible intuición de la debilidad y vulnerabilidad ajenas, Vanessa había desatado en él un sentimiento de impotencia y mutilación insoportable. Ya no quedaba refugio para él. En su interior acababan de nacer los celos, devoradores e incomprensibles, tan fuertes ya y tan corrosivos como si tuvieran un millón de años de existencia. Se vistió rápidamente, y antes de media hora estaba en el garaje, donde guardaba el «Jaguar». Ram siempre supo dónde estaba Danielle. Los directores de la escuela estaban acostumbrados a que llamara de vez en cuando para preguntar si Daisy seguía pagando las facturas de Danielle. Hacía años que esperaba el día, el día inevitable, en que ella no pudiera seguir soportando la carga y tuviera que pedirle ayuda a él. Antes de veinte minutos, Ram salía de Londres, en dirección al colegio «Queen Anne» por una carretera que estaba grabada en su mente desde hacía muchos, muchos años.

25 — ¡AY, NO, por Dios! —gritó Candice Bloom. Jenny, su ayudante, se volvió rápidamente. Su jefa estaba blanca como un kleenex, y encima de la mesa tenía un ejemplar anticipado entregado por un propio, del número de People que dentro de veinticuatro horas estaría en todos los quioscos de América. Jenny se acercó corriendo a la mesa, casi temerosa de mirar la portada. Seguro que les habían arrinconado para publicar otra historia... Candice se lo temía. Demasiado bueno para ser verdad. No; allí estaba Daisy... Desde luego, el plante había inspirado a Danillo. La foto era soberbia. A su lado, se leía en letras rojas: «LA PRINCESA DAISY. — Su vida no es sólo perfume de flores. La extraña historia secreta de la hija de Francesca Vernon y del príncipe Stash Valensky.» A Jenny le temblaban los dedos mientras volvía las páginas, buscando el reportaje. —Página treinta y cuatro —susurró Candice. Jenny encontró, al fin, la doble página con la que empezaba el reportaje. Toda la página de mano derecha era una gran fotografía en blanco y negro. Jenny la miró, leyó el pie y volvió a mirarla. Todo el mundo se reducía a aquella página, aquella foto, aquellas dos muchachas, dos 384

muchachas de pelo rubio y ojos negros, dos muchachas cogidas por la cintura, dos muchachas sonrientes, de unos veintitrés años, muy parecidas, increíblemente parecidas. El pie decía así: «La princesa Daisy, durante una reciente visita hecha a su hermana gemela Danielle, en la institución para subnormales en la que ha estado recluida en secreto desde los seis años.» Las dos mujeres estaban heladas, mirando, mirando, sin poder hablar, tratando de comprender algo que, sencillamente, no podía ser. Por fin, con un hilo de voz, Candice dijo: — Es... un poco más baja. — Los ojos... son iguales, pero con una mirada... vaga. Jenny hablaba como tropezando con las palabras. Sólo era capaz de registrar la impresión detalle a detalle. —Y el pelo... sólo le llega hasta los hombros. Y no es tan... brillante. Pero, por lo demás, es igual, igual... Candice parecía estar hablando desde otra habitación. — Las facciones son diferentes. No; diferentes, no. No tan delicadas. Y parece más joven y como si no tuviera sentido del humor. Pero es la misma cara, la cara de Daisy. —¡No! —exclamó Candice—. La misma, no. Ella no llama la atención. —Es verdad —admitió Jenny, horrorizada—. ¡Dios mío, fíjate en esa otra foto! —dijo señalándola con dedo tembloroso. Era una reproducción de la portada de Life aparecida veinticinco años antes... Stash, Francesca y la niña que se reía, montada sobre Merlin. En voz alta leyó—: «Cuando el príncipe y la princesa Valensky posaron para Life, nadie sabía que habían tenido otra niña, una niña que ocultaron al mundo.» — ¡Madre mía! —susurró Jenny. Las dos mujeres empezaron a leer el texto por encima en voz alta, entresacando frases: —En entrevista exclusiva concedida por el príncipe George Edward Woodhill Valensky, hermanastro de la princesa Daisy, People fue informada de la existencia de... hermana... coeficiente intelectual de una niña de cinco años... ¡Dios mío, Candice, cinco añosl Candice la atajó firmemente: — ¡Calla, Jenny... aquí hay más! Escucha esto, ¡escucha! «El príncipe Valensky se opone a la comercialización de su antiguo apellido y considera "vulgar y de mal gusto" la intervención de su hermanastra en la campaña de lanzamiento de una nueva gama de artículos de perfumería. — ¡ El muy canalla! Siguió leyendo, en voz cada vez más alta:— En su opinión, si Francesca Vernon no hubiera abandonado a su padre, secuestrando a las mellizas, éstas habrían podido tener una infancia normal; pero cuando el padre recobró a las niñas, ya era tarde para hacer algo por la pobre Danielle...» El príncipe 385

Valensky, siete años mayor que la princesa Daisy, es un prestigioso asesor financiero. Irritado con su hermana, que ha percibido un millón de dólares por su intervención en la campaña, dijo: «Había heredado diez millones de dólares y los perdió por su obcecación. Con este otro dinero ocurrirá otro tanto.» —¡Santo Dios! —dijo Jenny—. ¿Crees que pueda ser cierto? —¡Espera! Ahora viene lo peor: «Patrick Shannon, el controvertido presidente de "Supracorp", ha calificado a Daisy Valensky como "única en su género"...» ¡Dios mío, Jenny, única en su génerol «...y ha arriesgado muchos millones de dólares en la campaña, con el convencimiento de que su nombre y personalidad han de prestigiar la gama de... A finales del año pasado, las pérdidas de Elstree se calculaban en más de treinta millones de dólares... un despliegue sin precedentes de medios publicitarios para promover el rostro más nuevo en el mundo de la belleza, que abarca...» Basta, no puedo leer ni una palabra más. — Candice se sentó.— Jenny, llama a míster Bijur por el intercomunicador y dile que tengo que verle inmediatamente. A pesar de la perentoriedad de la orden de Candice, las dos mujeres se quedaron aún otro minuto mirando la fotografía de Daisy y Danielle. No podían apartar la mirada de la obsesionante imagen de las gemelas. No podían dejar de comparar las leves, pero impresionantes diferencias, que hacían de una de ellas una belleza impresionante y a la otra la dejaban inacabada, sin formar, con una sonrisa horrorosa y una mirada patética en sus grandes ojos negros. — «Única en su especie» —murmuró Candice—. ¡Nos hemos caído! Mañana esta foto la verán en todo el mundo. —¿Crees que los de People sabían esto cuando decidieron hacer el reportaje? —preguntó Jenny. —Ni hablar. Ellos no usan esos trucos con la gente. Por la forma en que está redactado, yo diría que la información les llegó en el último minuto. El estilo es más propio de boletín de noticias que de una revista como People. — ¿Qué crees que habrá ocurrido? —preguntó Jenny. — ¡Sabe Dios! Pero no me importa. Cuando se presenta un desastre semejante, de nada sirve hacerse preguntas. Ponme con la secretaria de Bijur. — ¿Puedo hacer una sugerencia? —preguntó Jenny. -¿Qué? —Arréglate el maquillaje de los ojos antes de hablar con él. Has llorado. — ¿Y qué? Tú también. Bueno, de acuerdo, de acuerdo. La mañana en que Candice y Jenny leyeron el reportaje de People, Daisy se despertó tarde y empezó a pensar en lo que tenía que hacer aquel día. Durante el almuerzo la entrevistaría Jerry Tallmer, del New York Post, para escribir una semblanza; a las dos y media, entrevista con Phyllis 386

Battelle, de King Features y, a las cinco, cóctel y entrevista con Lammy Johnstone, de la Gannett, para su servicio telefónico. Durante todas aquellas entrevistas, Candice estaría con ella, manteniéndose en segundo término mientras Daisy contestaba, pero escuchando atentamente y haciendo pequeñas intervenciones en la conversación, para ampliar una respuesta o sugerir un nuevo tema. Aquella relaciones públicas huesuda, autosuficiente y concisa, sólo tenía tres años más que Daisy, pero proyectaba una imagen ligeramente maternal; como una dama del gran mundo que presentara a su hija a las organizadoras de los bailes de sociedad. Ella hacía resaltar hábilmente las cualidades de Daisy de un modo que a ésta le hubiera resultado imposible. De todos modos, después de más de una docena de entrevistas, Daisy había podido darse cuenta de que el periodista, por muy simpático y buena persona que fuera, siempre buscaba la punta, siempre estaba al acecho de la frase inconveniente, siempre hurgando, con aparente inocencia, en busca del comentario que diera la campanada. La víspera, sin ir más lejos, uno le había preguntado si le gustaba el olor del nuevo perfume. ¿Imaginaba que contestaría que no? Pero ello formaba parte de su trabajo, y si Daisy hubiera dicho que no, la entrevista habría resultado mucho más interesante. Llevaría uno de sus vestidos nuevos. También formaba parte de su trabajo. Cada vez que la entrevistaban, la examinaban de arriba abajo, y todos los detalles de su atuendo pasaban rápidamente al bloc del periodista. La imagen, la imagen era absolutamente esencial y se creaba día a día, entrevista a entrevista, vestido a vestido, pregunta a pregunta. Daisy se decía que tal vez acabara por acostumbrarse; pero, por el momento, antes de iniciar su metamorfosis matutina, tenía que pensar en el millón de dólares y recordar que aquello formaba parte de su trabajo. Y todo lo que formara parte de su trabajo lo hacía a conciencia. Daisy se animó al pensar que podía guardar todo el nuevo vestuario que le habían dado para sacarlo dentro de treinta o cuarenta años y entonces disfrutar luciéndolo. Sería la sesentona más original del mundo. Miró el reloj. Tenía sólo el tiempo de dar de comer a Teseo, instalarlo en su almohadón y pasar por el «Café Borgia II» de la esquina para tomar un exprés antes de acudir a la cita para el almuerzo. Había tardado una hora en vestirse, maquillarse y peinarse. Este escrupuloso y paciente cumplimiento de sus obligaciones para con su imagen era otra de las cargas de ser princesa. Antes terminaba en siete minutos. Mientras cogía rápidamente el correo y lo metía en el bolso al salir, Daisy pensaba en que ser princesa requería mucho tiempo. En el café de la Prince Street se sentó a una mesa de fuera, para disfrutar del sol de septiembre. Su olfato le indicó que en la panadería de enfrente acababan de sacar el pan del horno; pero prefería no comer nada entonces. 387

Había descubierto que era conveniente comer bien durante los almuerzos con los periodistas, ya que mientras masticaba tenía tiempo de meditar las respuestas. Apuró su café y pidió otro. Ahora que Kiki ya no vivía allí, se recibía muy poco correo. ¿Por qué habría cogido aquel sobre marrón? Ahora tendría que llevarlo en el bolso todo el día. Volvió a examinarlo. Lo habían llevado a mano, y en el ángulo de la izquierda figuraba el nombre de la periodista de People. Con viva contrariedad, pensó que no tenía previsto enfrentarse con aquello hasta el día siguiente. Seguramente, lo consideraban una atención: pero lo que menos deseaba en aquel momento era leer un número anticipado. De todos modos, cuanto antes mejor. Abrió el sobre y extrajo la revista. Al ver la fotografía de la portada, sonrió con profunda satisfacción. Sabía que había hecho bien en quitarse aquel horrible maquillaje. Pero al leer el epígrafe se le heló la sonrisa, ¿«La extraña historia secreta...»? Llena de un súbito temor, buscó en las páginas interiores. El papel se le escurría entre los dedos. ¿Qué redactor podía haber convertido aquellas minuciosas, pero cautas respuestas suyas en una «extraña historia secreta»?, se preguntaba mientras iba apoderándose de ella el temor a algo que aún no conocía, salvo en una remota parte de su cerebro que siempre, siempre, había permanecido alerta al ataque. Volvió otra página. La carga de crueldad le explotó dentro del corazón inundándole de sangre la cavidad torácica. Dio un grito y cerró la revista. Se acercó un camarero y ella le despidió con un ademán, mientras tapaba la revista con el bolso. Aquel doloroso estallido le ponía puntas de acero en el pecho. Cruzó los brazos tratando de protegerse. Si no se mitigaba aquel dolor, no podría seguir respirando. Una aguda sensación de desgarro y ruptura le hizo bajar la cabeza en actitud defensiva, para protegerse el corazón; pero el dolor seguía. Se sentía lacerada, atacada por todos lados por una maldad gratuita, indefensa ante las dentelladas de unas fieras monstruosas. Volvía a acercarse el camarero, con gesto de preocupación. Un segundo más y le hablaría. Daisy se levantó agarrando con fuerza el bolso y la revista y, con los movimientos torpes y cautos de una anciana, se dirigió al interior del café, vacío a aquella hora, y se sentó a una mesa de un rincón, donde no pudiera ser vista desde la calle. Jadeando de dolor y sudando de pánico, inclinó el cuerpo sobre la mesa, abrió la revista y leyó todo el reportaje. Después volvió a leerlo dos veces más. No había lágrimas en sus ojos, como no había palabras en su mente. Sólo existía el artículo y la necesidad de anular la sensación de que la estaban abriendo en canal y arrancándole las entrañas. Apenas podía creer que el suelo no estuviera manchado de sangre. Dobló la revista y la escondió en el bolso. Luego, cruzó los brazos y bajó la cabeza, tratando de hacerse lo más pequeña posible. —¿Otro café? —preguntó el camarero con suavidad. 388

Ella asintió. Lo bebió como si fuera a salvarle la vida. Lentamente, su cerebro empezó a funcionar de nuevo. El dolor le mordía el pecho, pero ella empezaba a pensar. Necesitaba ayuda. Sólo había una persona que pudiera ayudarla. Dejó unas monedas en la mesa, salió rápidamente a la calle y paró un taxi. En él despacho de Patrick Shannon estaban sentadas tres personas en silencio: Shannon, Hilly Bijur y Candice Bloom. Sólo Candice sabía qué hora era y que Jerry Tallmer y Daisy estarían esperándola en el restaurante «Le Perigord Park». Menos mal que Tallmer era un hombre amable y comprensivo y menos mal que Daisy sabía dónde tenían que encontrarse. No les hacía ninguna falta. Bijur rompió el silencio. —Esto no tiene por qué ser un desastre, Pat. Shannon le miró sin comprender. Tenía que encontrar a Daisy antes de que ella lo leyera. —¿Dónde está Daisy? —preguntó con ansiedad. —Almorzando —respondió Candice—. No sabe nada. —¿Quieres escucharme, Pat? —insistió Hilly—.Deja que te lea algunos pasajes. —Buscó en la segunda página del reportaje.— «"Queen Anne", renombrada escuela para niños subnormales, está considerada como una de las mejores instituciones de su género. Las cuotas son muy elevadas, y por término medio ascienden a veintitrés mil dólares anuales. Mistress Joan Henderson, directora de la escuela, nos dijo que cuatro años después de la muerte del príncipe Stash Valensky, acaecida en 1967, la princesa Daisy se hizo cargo del sustento de su hermana.» Y más abajo se cita a mistress Henderson: «No debió de resultar fácil para ella, pues a veces sus giros se retrasaban; pero al final siempre se recibían. Durante los últimos diez años no ha habido semana en la que Danielle no recibiera un dibujo o una postal de su hermana.» ¡Los últimos diez años, Pat! «La princesa Daisy venía todos los domingos cuando vivía en Inglaterra, a pesar de que ella y Danielle no tenían más que seis años cuando las separaron.» ¡Seis años, Pat, seis años.'Y escucha esto: «A pesar de la diferencia de su respectiva capacidad intelectual, las hermanas están muy compenetradas. Danielle entiende a Daisy mucho mejor que a cualquiera de sus profesores. Puedo decir que en mis muchos años de profesión no había visto cariño como el que demuestra la princesa Daisy.» Y aquí está la foto de Daisy pintando el retrato de un niño a caballo. Escucha lo que dice el pie: «Con lo que obtenía por sus notables cuadros, Daisy pagaba la estancia de su hermana en el único hogar que ha conocido, mientras la propia Daisy vivía en un piso barato de Soho, sin ascensor y, además, trabajaba durante todo el día.» 389

—En la página siguiente, debajo de una foto de Daisy en un plató, con la chaqueta de béisbol y la gorra de marinero hay una cita de North —dijo Candice animadamente—. Deje que la lea yo, míster Bijur. «El gran director de cortometrajes, Frederick Gordon North, dice que le contrarió mucho que la princesa Daisy dejara de trabajar para él. "Era indiscutiblemente la jefa de producción más activa y decidida que cualquier director pueda desear. Todo el que trabajara con ella tenía que quererla. Tiene mucho talento para este trabajo." Cuando le preguntamos si echaba de menos su colaboración en el rodaje de anuncios tales como los del Doctor Pepper, Downy y Revlon, míster North dijo con una sonrisa triste: "Puede volver a su antiguo puesto cuando ella quiera. Le deseo mucha suerte."» —Daisy es una heroína, míster Shannon —dijo Candice. — ¡Lo que yo digo, lo que yo digo! —exclamó Hilly Bijur cada vez más excitado —. Mira, Pat, ayer no teníamos más que otra cara bonita y hoy tenemos casi a una Juana de Arco que puede optar al Premio Hellen Keller para recompensar actos humanitarios. Míralo desde este punto de vista, ¡caramba! —Pero... —apuntó Candice con un acento de timidez insólito en ella—. ¿Qué creen que sentirá Daisy cuando se entere de que se ha publicado esa historia? Si lo ha mantenido en secreto durante tanto tiempo, es porque no querría que se supiera. — ¡Qué cuernos importa lo que ella siental —Hilly Bijur la miró con alegría malsana, casi saltando de gozo.— Esta es la mejor publicidad que ha tenido nadie en toda la historia de la perfumería. ¡Qué puñetas! Mañana saldrá en todos los periódicos del país. ¡Ja! A ver, ¿qué tienen Lauren Hutton, o la no sé cuántos Hemingway, o Catherine Deneuve, o Candy Bergen en su vida privada que sea la décima parte de fascinante? Cuando se presente en los grandes almacenes, las mujeres los tomarán por asalto. Todos querrán ver a Daisy en persona. Podrá salir en el programa de Phil Donahue... ¡y toda una hora! Merv estará encantado, Mike Douglas, El show de hoy... quizá Car-son... seguro, Carson también... Patrick Shannon se puso en pie. — ¡Lárgate ahora mismo de mi despacho, Hilly! —gritó al presidente de Elstree con frenética indignación—. ¡Y no vuelvas! Shannon había dicho a sus tres secretarias que fueran a almorzar y él estaba sentado ante su mesa, con la cabeza apoyada en las manos y un número de People abierto ante los ojos cuando Daisy abrió suavemente la puerta del despacho. A pesar de que él, al darse cuenta de su presencia, guardó inmediatamente la revista en un cajón, ella vio lo que estaba mirando. 390

—No es necesario que la escondas —dijo con voz apagada, como si pidiera perdón a alguien en sueños. Shannon se levantó y cruzó rápidamente el despacho. Ella se había quedado al lado de la puerta, con su elegante vestido nuevo y una expresión de niña castigada y aterrorizada. El la abrazó. La sintió tan helada, que no pensó más que en hacerla reaccionar, estrechándola con fuerza y calor, frotándole la espalda con sus grandes manos, oprimiendo la cabeza de ella contra su pecho, murmurando palabras cariñosas como una madre. Palpó sus manos y las metió debajo de su chaqueta, para calentarlas con el calor de su cuerpo. Daisy se apretaba contra él como si fuera su único refugio. Mientras él la tenía abrazada, y ella sentía en las manos los latidos de su corazón, y él le acariciaba el pelo, tratando de protegerla con su cuerpo grande y fuerte, a ella le parecía que el dolor del corazón se le mitigaba, absorbido por él, fundido a su calor. El alivio era tan fuerte que, por fin, sintió que le acudían las lágrimas a los ojos, y mientras él seguía acariciándola, ella lloraba con más fuerza, sollozando violentamente; pero por más que ella temblaba, él la apretaba contra sí, asumiendo su dolor con plena aceptación, para que ella pudiera desahogarse. Por fin, su llanto fue calmándose y ella le cogió el pañuelo para tratar de enjugarse las lágrimas. —Candice me ha dicho que habías salido a almorzar; si no, hubiera ido a tu casa. — Ella no lo sabía. Me mandaron un ejemplar anticipado esta mañana. —Ven, Daisy, siéntate. La llevó al sofá y se sentó muy cerca, rodeándole los hombros con el brazo. Sacó otro pañuelo del pantalón y le secó suavemente las mejillas, pero al ver que era inútil abandonó y se limitó a cogerle las manos con la suya libre. Ella suspiró profundamente y apoyó la cabeza en su hombro. Así permanecieron varios minutos, hasta que Daisy dijo: —Ha sido Ram. Su voz era neutra y sorda, sin emoción. -¿Ram? -Mi hermanastro. Nunca te hablé de él. -No entiendo. ¿Por qué no me hablaste de él? ¿Por qué te odia tanto? ¿Por qué te ha hecho esto? —Seguramente fue al colegio y se llevó la fotografía —dijo Daisy, sin contestar sus preguntas—. Estaba en la pared del cuarto de Dani. Y luego les contó esas horribles mentiras sobre mi madre. Si lo dijo Ram, tiene que ser mentira. Y yo nunca sabré la verdad. Nunca la sabré. Todos los que hubieran podido decírmela han muerto. La misma Anabel dijo que mi padre nunca quiso hablar de ello.

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-Pero, ¿por qué había de querer hacerte daño tu hermanastro? —insistió Shannon—. ¿Qué motivos tenía? Eso de la comercialización del apellido no me convence. Hoy en día no cuenta. Daisy se desasió suavemente y se apoyó en el respaldo, dejando un espacio entre los dos. Se apretó las manos y le miró a los ojos. — Cuando era niña, le quería casi tanto como a mi padre. Luego, cuando mi padre murió, él lo era todo para mí. Yo tenía quince años. Aquel verano... aquel verano... —Agitó con impaciencia la cabeza por su cobardía y continuó con decisión: —Durante una semana de aquel verano, después de la muerte de mi padre, fuimos amantes. La primera vez, él me forzó. Y tuvo que forzarme también la última. Pero las otras veces yo... yo no me defendí con suficiente energía. Le dejé hacer. No dije nada a Anabel. Deseaba tanto tener a alguien que me quisiera... pero eso no es excusa. -¡Y no ha de serlo! -exclamó Shannon, cogiendo con las dos manos sus dedos entrelazados y tratando de atraerla hacia sí. —No; déjame terminar —dijo Daisy echándose hacia atrás con rigidez—. Desde entonces, desde que me marché, no he contestado a sus cartas. Últimamente, ni siquiera las leía; tal vez por eso perdí mi fortuna. Desde luego, no podía pedirle ni un céntimo. Pero después, cuando Anabel enfermó de cáncer, Ram comprendió que yo no podría seguir arreglándomelas sola. En la última Navidad me tendió una trampa para hablar conmigo. Me dijo que él se encargaría de todo, de Danielle y de Anabel. Con la condición de que yo fuera a vivir a Inglaterra. Pero conozco a Ram y tuve miedo. Por eso acepté tu oferta, para ponerme a salvo de él. Y esta... esta historia es su venganza. No me odia, Pat; él, a su manera, me quiere y me desea. No ha dejado de desearme. — ¡Daisy, es un monstruo, un perturbado! ¿Eso ocurrió cuando tú tenías quince años? Daisy asintió. —¿Y no se lo dijiste a nadie? ¿Nadie podía hacer algo? —Se lo dije a Anabel, cuando ya había pasado todo, y ella encontró el medio de enviarme lejos. Ahora ya lo sabes todo. Nadie más lo sabe. Nunca se lo he contado a nadie, ni siquiera a Kiki. Me daba vergüenza. —Voy a tener que matarlo —dijo Shannon en voz baja. —¿Y de qué serviría? —Daisy desestimó su amenaza. El daño ya estaba hecho. Sacó del bolso el ejemplar de People y lo abrió por la página de la fotografía en la que aparecían ella y Danielle.— Me pregunto si Dani se habrá dado cuenta de que falta la foto. Era su favorita, porque es en la que más nos parecemos —dijo Daisy lentamente—. Tal vez no la habrá echado de menos. ¡Ojalá! Shannon le quitó la revista y la puso en el sofá, a su espalda. —No pienses más en ello.

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—¿Que no piense más en ello? ¡Estás loco! ¡Dios mío, si es lo único que va a interesarles a partir de ahora! Ya imagino cómo abordarán el tema, con mucha diplomacia: «¿Qué impresión le produjo el reportaje de People, háblenos de su hermana, qué tal pronuncia las palabras, de qué hablan ustedes dos, qué se siente al tener una hermana gemela idéntica que no... que no...?» Ya verás cómo encuentran la forma de preguntar y de acusarme de mantenerla escondida porque me avergonzaba de ella... Pat, ya no sé qué decir. ¡Dios mío, Pat! Esas preguntas... Será como sentir sus dedos arañarme la cara, como estar desnuda delante de todo el mundo. ¿No les oyes también tú? No creerás que van a fingir que no se han enterado, ¿verdad? —No importa lo que la gente desee preguntar —dijo Shan-non—. Nada podría obligarme a someterte a más publicidad. Candice se encargará de anular todas las entrevistas y las visitas a los grandes almacenes. No tendrás que volver a hablar con un periodista durante el resto de tu vida. —Pero, ¿y la campaña? Pat, no puedes hacer eso. —No te preocupes por los detalles. Todo se hará de acuerdo con el programa, salvo tus apariciones en público. Déjalo de mi cuenta. —Pat, Pat, ¿por qué haces eso? Llevo demasiado tiempo trabajando en publicidad como para no darme cuenta de lo que eso supone. No puedes engañarme. —Daisy, tú sabes cómo se filma un anuncio, pero no eres especialista en los asuntos de «Supracorp». —El la abrazó y le dio un beso en los labios.— Yo lo soy y te digo que no vas a hacerlo. —¿Por qué eres tan bueno conmigo? —preguntó ella, sintiéndose invadir por una sensación de alivio. —¿Te basta una razón? —Volvió a besarla y ella asintió.— Te quiero, estoy enamorado de ti, te quiero absoluta y completamente. Tres razones y podría seguir y seguir... pero todas serían variaciones del mismo tema. Te quiero. Olvidé decírtelo cuando estábamos en «La Maree»; fue una grave omisión y voy a estar mucho tiempo reparándola. Deseaba preguntarle si ella le quería, pero no le pareció leal. Ahora estaba demasiado indefensa y dolorida. Le diría que sí por gratitud, y si no era cierto, nunca le desengañaría. El sentía un cosquilleo en todo el cuerpo, como de un millón de inyecciones de amor. Estaba marcado para siempre. Podía esperar. —Ha sido una hecatombe —dijo Luke dejándose caer pesadamente en una butaca—. Y eso es sólo el principio. Kiki le dio el martini que acababa de preparar, su única habilidad doméstica, y le vigiló como una mamá loba para asegurarse de que apuraba la medicina hasta la última gota. Para eso estaban las esposas. 393

—He llamado a Daisy —dijo ella cuando Luke vació la copa—. Ya lo había leído. Mañana almorzamos juntas. —¡Atiza! ¿Cómo está? —Rara. No ha querido que fuera a hacerle compañía esta noche. Está lejana, reservada y muy cansada. —Tal vez debiéramos ir a pesar de todo. —No; estoy convencida de que quiere estar sola. No desea hablar más de eso. — Llevo seis horas hablando de ello y puedo imaginar cómo se siente. ¿Podrías darme otro de esos espléndidos martinis, reina mía? ¿Sabías que existe la teoría de que tampoco están mal con una gota de vermut? —¡ Oh! — El último consejo paternal que míster Kavanaugh dio a su hija fue decirle que el secreto de un buen martini seco consistía en echar una excelente ginebra directamente de la botella. De este modo no había peligro de errar.— Cuéntame qué ha pasado. —Cuando v