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February 20, 2018 | Author: pizzurno935 | Category: State (Polity), Capitalism, Globalization, Society, Market Fundamentalism
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Robert Je sso p

El futuro del Estado capitalista

n

CATARATA

Robert Jessop

El futuro del Estado capitalista Introducción de Juan Carlos Monedero

CATARATA

SERIE REVERSOS DEL LEVIATÁN DIRIGIDA POR JUAN CARLOS MONEDERO

DISEÑO DE CUBIERTA: ESTUDIO PÉREZ-ENCiSO TRADUCCIÓN D£ ANTONIO DE CABO Y ANfZA GARCIA. REVISIÓN TÉCNICA DE JUAN CARLOS MONEDERO THE FUTURE OF THE CAPITAUST STATE

POLITY PRESS LTD.. CAMBRIDGE, 2003 8 de Bruma rio de Napoleón Bonaparte

Ha sido un lugar común en la reflexión sobre el Estado contemporáneo hablar de crisis orgánica o estructural del Estado, como si éste fuera un cuerpo capaz de enferm ar por sí mismo o un edificio cuyos cim ientos se carcomieran por una XXIV

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termita hambrienta. Este modo de razonar, como veíam os, por lo general deja fuera de foco dos asuntos de enorme relevancia: por un lado, el hecho de que el Estado, lejos de ser una cosa, es una relación social y que, por tanto, no hace sino reflejar el resultado de los conflictos sociales (o de su ausencia). En s e ­ gundo lugar, al atribuir una excesiva capacidad de causa a una explicación sim ­ plificada de lo económico, ni explícalas im plicaciones reales de las exigencias de reproducción económica n i acierta a entender en su complejidad el entra­ mado social. Hay que entender que no existe "la econom ía” , igual que no exis­ te "la política” o 'la cultura” fuera de su relación social. Aún con más frecuencia se cae en el error de atribuir las dificultades de coordinación social de los Estados al proceso de globalización, cuando lo cier­ to es que los cambios en el tiempo y en el espacio, con su gran importancia, sólo vinieron a añadirse al agotamiento histórico de los modernos Estados naciona­ les capitalistas p^ra dar respuesta a cambios que tenían lugar en todos los ámbitos de lo social. Es el Estado el que perm ite la globalización que luego debilita a los Estados. Es el paso, estudiado aquí por Jessop, del Estado de b ien ­ estar (welfare) al Estado de trabajo (workfare), donde el aparato organizador, legitimador y coercitivo estatal se pone al servicio ya no de la inclusión social y del aumento de calidad de vida de los ciudadanos sino de la competitividad de las empresas en la arena internacional. Estos desenfoques del análisis no han permitido ver con claridad que lo que se entiende por crisis del Estado a m enu­ do no es sino la crisis del Estado social y democrático de. derecho, una form a de organización que, partiendo de la reorganización del capitalismo al final de la Segunda Guerra Mundial -—la fase del fordism o—, había entrado en un callejón sin salida a mediados de los años setenta, buscando entonces superar sus lím i­ tes hollando otros caminos menos exigentes con el conjunto de la ciudadanía, con el medio ambiente y con otros pueblos, momento en el que nos encontra­ mos. Los enemigos políticos del Estado nacional keynesiano empezaron a cons­ truir un discurso que pretendía ocultar el Estado m ientras silenciaban que la estatalídad (las funciones que antaño desarrollaba el Estado) iban a re elabo­ rarse o a trasladarse a otros lugares, por ejem plo el ámbito internacional (FMI, OMC, BM, etc.) Gomo afirm a Jessop, lejos de desaparecer, el Estado está sien ­ do "reimaginado, rediseñado y reorientado” . Esta crisis, que afectaría a la unidad y eficiencia del Estado territorial, se traduciría en incapacidad en tres grandes ámbitos. Por un lado, en incapacidad para conseguir obediencia, esto es, en una crisis de legitimidad. Esta está vincu­ lada a la desorientación del bloque histórico de poder -—con sus élites fragm en­ tadas al rearticularse el capitalismo favoreciendo a unos sectores y perjudicando XXV

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a otros— y a la crisis de representación popular, alejada la ciudadanía de los partidos políticos y con una creciente desconfianza hacia la política institucio­ nal. En incapacidad, en segundo lugar, para generar relaciones sociales de reciprocidad. Esto es, una crisis de confianza, con el debilitamiento de los lazos sociales y un creciente individualism o que mina la reproducción de los ám bi­ tos colectivos que forman lo social. Por último, la incapacidad de generar rela­ ciones de producción estables y suficientes para la reproducción económica del sistema, tanto en lo que se refiere al capital privado como a la fuerza de tra­ bajo. Es lo que se conoce como crisis de acumulación (y que pretende cubrir el esfuerzo estatal como Estado de trabajo y que ha ido minando las bases fiscales del Estado social). En el tortuoso viaje del siglo XX, el Estado habría perdido la capacidad de coerción centralizada que le había caracterizado desde sus comienzos, de m a­ nera que sus posibilidades de garantizar la seguridad —la paz interna y exter­ na— habría descendido enorm em ente. Guando pretende recu perar esa capacidad es exponiendo a los ciudadanos al riesgo de perder su libertad en forma de orwellianos Estados vigilantes. Gomo en una relación hidráulica, la mayor seguridad sólo se entendía como una m enor capacidad de los individuos para autodeterminar sus destinos. Yo te protejo, tú obedeces. La protección esta­ tal, como en los inicíales momentos de la construcción estatal, se convertía en una suerte de reproducción m afiosa donde las garantías de paz y tranquilidad estaban vinculadas a la pérdida individual de autonomía, libertad y tranquili­ dad respecto de quien ofrece la protección (profundamente agravada en las lla ­ madas zonas marrones, donde la presencia del Estado se hace al m argen del Estado de derecho, afectando a sectores m arginales, desempleados, inm igran­ tes no regularizados, etc.)16. Por un lado, el Estado habría alcanzado metas audaces im pensables cien años antes —por ejemplo', quitar los hijos a los padres para obligarlos a ir a la escuela o hacerse cargo de una porción de la riqueza de cada país que va entre el 2,0 y el 5 0 % del total, principalm ente recaudando cantidades que van mucho más allá del diezmo medieval. Pero, al m ism o tiempo, perdía capacidades que lo habían señalado, en el análisis de Max Web er, como el único con capacidad de reclamar con éxito la violencia física legítim a, y lo hacían responsable de la gestión de lo público bajo el paraguas del interés colectivo. Pero ese Estado, reflejo de posiciones sociales, no es inocente, porque no lo son las personas e intereses que lo han llevado a ese lugar. Es. un error atri­ buir a la globalización la crisis del Estado nacional de bienestar. El modelo de Estado nación, que había ganado el adjetivo de bienestar durante las décadas XXVI

INTRODUCCIÓN

posteriores a la Segunda Guerra Mundial, estaba haciendo aguas por diferentes razones. Por un lado, los Estados nacionales estaban enfrentando la desnacio­ nalización de la estatalidad (es decir, las funciones que venia desarrollando el Estado, como explica Jessop en el capítulo 3 , ya no se ejercían en exclusiva en los entornos nacionales). Esto era así ya que resultaban demasiado grandes para solventar algunos asuntos —con un aprem io fuerte desde abajo hacia la descentralización regional y m unicipal—y demasiado pequeños para solventar otros relacionados con el proceso de estrechamiento del tiempo y el espacio que hay detrás de la globalización y sus requisitos de competitividad, presiona­ dos en este caso desde arriba hacía form as de integración supranacional o la mera supeditación a esas "fuerzas superiores” . El éxito que había tenido desde la década de los cincuenta para solventar los fallos del mercado ahora se tornaba en fracaso. Nuevas redes de ciudades o de regiones saltaban fronteras y aduanas con mayor flexibilidad que los paqui­ dermos estatales. La nueva economía del conocimiento y la multiplicación y particularízación de la oferta de bienes (frente a la homogeneidad del prim er momento del consumo de m asas17) rom pían el crecimiento de la productivi­ dad, al tiempo que las presiones sindicales empujaban al alza a los salarios. Los mercados de bienes duraderos estaban saturados, con la consiguiente caída de la tasa de beneficios, además de que la gestión económica, concebida para eco­ nomías nacionales, mostraba debilidades con la apertura comercial y financiera. Las políticas de bienestar reclamaban crecientes partidas del gasto público, tanto por la propia presión de los afectados por la crisis como de la ciudadanía en general que asumía el suministro de bienestar como un derecho, sin olvidar la retroalim entación que generaban los m ism os servicios públicos —depar­ tamentos, oficinas, m inisterios, etc.— que reclam aban un crecim iento con s­ tante. En no m enor grado, estaban las dificultades recaudatorias del Estado, reo de cambios demográficos —envejecim iento de la población—, operaciones de contabilidad engañosas por parte de las grandes empresas, de la existencia de paraísos fiscales y del control que ejercen sobre la administración pública los entramados corporativos transnacionales (baste recordar las quiebras de EnronyArthur A ndersony sus vinculaciones a la campaña de George W. Bush). Estos problemas de ingreso de las haciendas nacionales sobrevenían en forma de crisis fiscales que vaciaban tendencialm ente al Estado de su condición redistribuidora. El modelo económico keynesiano no sabía solventar los pro­ blemas crecientes de estanflacíón, al tiempo que tenía dificultades para con­ servar los empleos en sectores en declive. Gomo apunta Robert Jessop, "la globalización, incluso en sus propios térm inos, no es más que un vector entre XXVII

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otros, a través del cual se expresan en la actualidad las contradicciones y dilemas inherentes al capital como relación” , es decir, al capital en su inserción social. Sin embargo, el Estado, como arena en donde convive una lógica estatal propia entrelazada en una relación profunda y compleja con la sociedad sobre la cual ejerce su dominación, lejos de desaparecer mutaba su forma para adap­ tarla a las nuevas exigencias, en este caso internacionales. La arena en donde se están dilucidando buena parte de los conflictos sociales de acumulación eco­ nómica. En definitiva, "lo seriam ente amenazado no parece ser, pues, el Estado soberano, sino el Estado de derecho como complejo de instituciones orientadas a garantizar que los ciudadanos puedan gozar de los derechos fun ­ damentales” 18. Después de medio siglo en donde el Manifiesto comunista p are­ cía haber envejecido mal debido a las políticas del fordism o, la apuesta del Estado por disciplinar al mundo del trabajo a favor del mundo em presarial y financiero, esto es, la recuperación de una condición más evidente de clase por parte del Estado en el proceso de globalización neoliberal, devolvía a la discu­ sión la pertinencia de entender la organización estatal como "la junta que representa los intereses comunes del conjuntos de la burguesía” . Pero pese a la dureza de la época —que amerita, como veíam os, atrever categorías como la de fascismo social— conviene tener cuidado, pues esa afirm ación daría por p erd i­ das batallas que ni siquiera se han dado. Margaret Thatcher, paradigma n eoli­ beral, fue más radical en el discurso que en la práctica a la hora de desmantelar la red social inglesa. Si hubiera podido, quizá habría llegado tan lejos como con frecuencia se le imputa. Pero lo cierto es que no lo hizo porque la presión social también hizo su parte en la dirección contraria19. La discusión acerca del carácter de clase del Estado ocupó buena parte de la discusión en la ciencia política durante décadas. Visto con distancia, ese debate no siem pre estuvo entrado en razón, ocupado tanto por la influencia del pensamiento marxista —en un área donde Marx dejó demasiados cabos suel­ tos— como por la contaminación de la guerra fría y los intentos constantes de desmantelar cualquier pensamiento que debilitase el American, way oflife y su correlato político de democracias parlam entarias. La variable generacional señalada terminó de contaminar el discurso. La conclusión, por lo general, era algún tipo de reduccionismo que no perm itía entender esta forma de organiza­ ción política, dotada de una extraordinaria capacidad para cambiar, de disfra­ zarse en virtud de las relaciones sociales. En otros térm inos, el análisis del Estado caía en una suerte de ideología, en una interpretación subjetiva que satis­ facía análisis académicos parciales o intereses concretos de grupos o clases sociales. Esto es com prensible, pues según fuera una u otra la explicación de lo XXVIII

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que fuera el Estado, así sería la posición política a la que invitaría cada respec­ tivo análisis. No se trata igual a un héroe que a un villano; no recibe el mismo respeto un santo que un canalla; no genera las m ism as sim patías Robin Hood que el sheriff de Sherwood. Hoy podemos afirm ar que si bien es cierto que todos los Estados deben poder compartir algunas características comunes —por eso caen todos bajo esa denominación— el Estado real es un producto histórico, fruto de la relación dialéctica entre la organización que pretende concentrar la violencia física y la sociedad civil a la que reclama obediencia. Son las ventajas de entenderlo como una relación social. Por tanto, lejos de poderse solventar con categorías u n i­ versales válidas urbi et orbi, exige explicaciones bajadas a cada espacio y tiempo concretos. Siendo más claros: como no es posible solventar esa relación social condensada en el Estado de m anera abstracta, corresponde a la hegemonía que exista en cada sociedad el decidir en qué lugar del continuum "intereses p arti­ culares-intereses universales" se decide la organización social. Y es bastante probable que ese resultado, concreto e histórico, se presente discursivam ente no como algo contingente, sino como universal y absoluto. Ya Marx diferenció las categorías para pensar la realidad de la realidad misma, dejando claro que una no podía ahogar a la otra: "Las categorías [...] son formas del intelecto que tie­ nen una verdad objetiva, en cuanto reflejan relaciones sociales reales; pero tales relaciones no pertenecen sino a una época histórica determinada” 20. El escenario de investigación del Estado puede ordenarse junto a las otras dos grandes autopistas que han conducido a la actualidad. Resulta muy c larifi­ cador analizar el Estado nacional o Estado moderno, en el largo viaje en el que ha estado acompañado, como veíamos, del desarrollo paralelo del capitalismo y del pensamiento moderno. Estas tres grandes autopistas que nos acercan a una interpretación de nuestras sociedades contemporáneas, están hoy sujetas también a profundas transformaciones: el capitalismo, enredado en su actual fase de globalización neoliberal con nuevas lim itaciones radicales como es el agotamiento ecológico y las dificultades para garantizar al tiempo la tasa de acumulación y la legitimidad; los Estados nacionales, buscando su inserción en un mundo crecientemente global, por lo común a través de vinculaciones regio­ nales que superan las fronteras nacionales, abandonando al tiempo su condición de welfare y abrazando la de w orkfarela modernidad, viendo cómo sus grandes discursos de linealidad, progreso, colonialismo, productivismo y machismo se ven desbordados por algo que, a falta de m ejor nombre, se conoce comoposmodemidad y que, por la contaminación conservadora de este concepto, quizá haya que definir como poscolonialismo^. XXIX

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A lo largo de ese periplo, el aparato de dominación, acompañado de la expansión del capitalismo y del pensamiento racionalista moderno, ha con­ centrado más fuerza y se ha especializado más que en ningún otro momento de la historia. Igual que el capitalismo ha incrementado el número de bienes que han sido sujetos a la ley del valor (y, por tanto, que han sido convertidos en mercancías); igual que el pensam iento moderno ha convertido al pensamiento racional, expresado en la ciencia occidental, en la medida de lo que es científico y lo que no lo es, el Estado se ha ido apropiando de los ámbitos autónomos de la sociedad civil hasta llegar a controlar cada rincón de la vida. Dependiendo de cómo sea la relación con la sociedad civil, ese poder enorme será utilizado para la emancipación social o para la regulación. Pero la fuerza de lo económico sigue siendo profundamente condicionante en cualquier sociedad donde las reglas de la supervivencia sigan estando marcadas por algún principio de escasez. En la segunda mitad del siglo XX, el capitalismo ha podido desarrollar dentro de la sociedad civil un poder amplio con la capacidad de m odelar al Estado según sus necesidades, de convertir el pensamiento en la principal de las mercancías y reducir al resto de la sociedad a m eros acompañantes castiga­ dos por su vertiginoso ascenso. Es el cumplimiento de lo que Karl Polanyi estableció ya en 194,4, como el destino necesario del capitalismo que pretendía regularse a sí mismo: la transform ación que operaba la economía de mercado creando una sociedad de mercado22. En térm inos históricos, la capacidad del Estado nunca ha sido, como p lan ­ teamos, tan elevada. No nos referim os a la capacidad de obrar con total auto­ nomía de la sociedad, de manera despótica y sin escuchar a nadie —usando la metáfora de Michael Mann, como si fuera la reina de corazones de A licia en el país de las maravillas, encaprichada en cortar tantas cabezas como le apetezca™, sino que queremos in sistir en la capacidad de extender su poder de manera infraestructural (¿dónde puede hoy esconderse nadie del Estado?)23. Esta capacidad se multiplica en aquellos países que han concentrado mayores recursos m ilitares, económicos e ideológicos. A llí donde anteriormente el Estado no podía desarrollar su poder despótico sino en función del acceso, siempre limitado, a los recursos que perm itieran el sum inistro a sus ejércitos, hoy vemos que una organización estatal —pensem os en los Estados Unidos de Am érica— lleva la guerra a cualquier lugar del planeta —y hasta del espacio— con resultados devastadores. Además de controlar los recursos m ilitares, ese Estado poderoso controla también los recursos ideológicos, alimentados por unos medios de comunica­ ción integrados en la misma lógica o por una regulación de la enseñanza que XXX

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orienta o adoctrina a la ciudadanía. Y no m enos ocurre con los recursos econó­ micos obtenidos bajo prem isas capitalistas, convertidos en la razón principal de su comportamiento bajo los presupuestos del Estado trabajista. Sin em bar­ go, este Estado caracterizado por su capacidad de concentrar territorialm ente su poder, se ha visto sacudido por el proceso neoliberal, donde algunos secto­ res han visto reforzada su posición social dominante, m ientras otros han visto perder los avances en la redistribución de la renta experimentados durante las décadas anteriores. Algunas preguntas se hacen pertinentes en este galimatías conceptual: ¿es cierto que el Estado ha perdido poder con la globalización neo­ liberal? ¿Se trata del Estado o de un tipo concreto de Estado cuando se habla del vaciado de contenidos? ¿Afectan por igual los cambios al Estado que organiza la invasión de un país que al que garantizaba sociedades de pleno empleo, san i­ dad y educación públicas o procesos de industrialización crecientes? ¿Pode­ mos afirmar que cpn la globalización neoliberal ha alcanzado el capitalismo su utopía de un mercado mundial autorregulado? La teorización de Robert Jessop pretende otorgar una carta de navegación para responder a estas preguntas sin naufragar en aguas tan profundas y encrespadas. La economía política, que fue durante dos siglos nacional, hoy no se entiende sino como global. Nunca menos que hoy la autarquía es una salida nacional posible. Gomo en el grabado clásico del Leviatán de Hobbes, cada país está integrado hoy dentro de ese cuerpo global, sea como cabeza, brazo o la ú lti­ ma extremidad. Pretender salirse sin más es repetir la aventura del Barón de Münchhausen de salir del pantano con su caballo tirando hacia arriba de los propios cabellos. Pero las instituciones de esa arena global se han construido a imageny semejanza de las de los países del Norte, especialmente de los Estados Unidos. Cuando estos países entregaban estatalidad al ámbito supranacional, en realidad lo que estaban haciendo era reconstruir en el ámbito global un espacio institucional a su im ageny semejanza o, cuando menos, funcional para su lógica de acumulación (como en cada ocasión, defendida por un ejército capaz de llegar a donde sus intereses se dirim ían). Vemos cómo las corporacio­ nes económicas, los poderes mediáticos ó las fuerzas m ilitares con capacidad de expansión, la Iglesia o las instancias financieras, pretenden usar el Estado nacional para hacer valer su posición de poder. Pero si fracasan en ese intento, recurrirán a la arena global, un ámbito construido por quienes dominaban los ámbitos estatales para la reproducción de su lógica24. Frente a los reduccionism os señalados, podemos afirm ar que tanto el Estado como la sociedad se transform an y constituyen mutuamente25. Esto no implica que no sea cierto que el Estado, aún de m anera más clara en el Estado XXXI

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moderno, se ha configurado como una estructura funcional a la dominación de clase de la burguesía. No necesariamente tuvo que ser así —como demuestra el diferente desarrollo de China y de Europa desde el siglo XII—, pero em pírica­ mente así ha sido, El Estado es una estructura centralizada, dotada de normas que permiten certidumbre y previsibilidad, y que se especializa de manera creciente. En conclusión, en un marco de competencia —como ha sido el desarrollo de la humanidad— es funcionalmente superior a otras formas de organización que no se doten de estos rasgos. Es por eso que, en un contexto histórico marcado por la violencia, las formas estatales lograron hacerse hegemónicas. Ahora bien, en cada momento histórico, esa estructura heredada siempre tendrá que acompasar la memoria que porta —y que descansa en sus leyes, constituciones, reglamentos, universidades, burócratas, legados intelectuales, edificios, tradiciones, mitos, organizaciones militares, etc.—, con los requerimientos sociales. Es cierto que el aparato estatal tendrá muchas posibilidades, como tal aparato de coerción y construcción ideológica de obediencia, de acallar los nuevos requerimientos y adaptar las demandas a su estructura. Pero no es menos cierto que el Estado ha venido adaptándose a esas presiones sociales, de manera tal que cuando han tenido la fuerza suficiente han sido capaces incluso de cambiar la faz del aparato estatal. La memoria del Estado, en esos casos, se enfrenta a la memoria de los p ue­ blos, aunque tam bién a la memoria de los grupos sociales con capacidad de ejercer poder sobre el resto de la sociedad y sobre el m ismo Estado (el control judío de Hollywood hace más por la sim patía hacia los intereses de Israel que todas sus embajadas en Europa). Del resultado de ese conflicto resultará una organización política que trabaje para la em ancipación o que mantenga las diferencias entre los grupos sociales. Los escenarios son inciertos. Por un lado, un aparato estatal rearticulado para dar respuesta a las presiones sociales, tanto de las nuevas élites económicas como de los damnificados por los nuevos p ro­ cesos de beneficio económico. Por otro, grupos de poder económico e ideoló­ gico que pretenden deshacerse de la estatalidad nacional y buscan la garantía jurídica a sus intereses en la arena internacional. Más acá, sectores populares, más o menos organizados, que reclaman, desde el aparato del Estado o desde la sociedad, nuevas form as de relación social y económica. Más allá, otros Estados o instancias internacionales con capacidad de influir en las agendas de Estados que sólo form alm ente son soberanos... En cualquiera de los casos, el Estado está en disposición de regresar como una categoría central de la reflexión política. Bien lejos de los cantos de sirena de sus sepultureros teóricos, el Estado se presenta de nuevo como un actor de enorme relevancia que quiere hacer valer de nuevo las fronteras —que ya no XXXII

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tienen por qué ser las fronteras geográficas» pero que tienen que entenderse como límites de la jurisdicción que le corresponde—, que le permiten hacer su parte en el reordenamiento social. Y decimos su parte porque no es menos real que el Estado ya no agota lo político. Hay un creciente sector público no estatal que quie­ re hacer la suya, en relación con un Estado que debe comportarse como mater­ nal —supervisor— pero no paternal —castrador. La complejidad apunta a que el gobierno de lo público va a ser una tarea compartida. Toda la reflexión de Jessop sobre la gobernanza, entendida como una respuesta funcional a todas estas trans­ formaciones sociales y a las necesidades de acumulación del capital, pretenden dar base teórica para entender este papel del Estado comoprimus interpares26.

4. LA PLURALIDAD D E IN TERLO CUTO RES D EL ESTADO El Estado como relación social m antiene un diálogo permanente con la socie­ dad sobre la que ejerce su jurisdicción. No es posible que la estabilidad que el Estado moderno reclam a pueda lograrse sim plem ente con el recurso a la vio ­ lencia. Hace falta un diálogo tan plural como lo sean las voces que se dejen oír en una sociedad. Como su nombre indica, el Estado es algo que está, que tiene lógica de permanencia. No se trata de una organización política fugaz sino que, al contrario, ha establecido o busca establecer protocolos con pretensión de validez en el tiempo (la raíz "st” de Estado es la misma que la de estar, institu­ ción, estabilidad, estatua o estructura). Para ello, y como requisito para su exis­ tencia tiene que garantizar la paz interna y externa, poniendo fin a la guerra civil y defendiendo las fronteras. A l tiempo —garantía de esa paz interna— debe construir un orden de dominación que cumpla los requisitos económicos, políticos, normativos y culturales que espera esa colectividad, es decir, que sean el decantado asentado de las siem pre conflictivas relaciones sociales. Estas no son eternas y ahistóricas, sino que term inarán variando según se vea afectado ese decantado y se sustituya por otro, movido por los desajustes socia­ les permanentes y el impulso de em ulación que caracteriza a los seres hum a­ nos. Ese decantado, sujeto a la perseverancia de lo que ya existe, toma cuerpo en las instituciones, que ejercen una fuerte im pronta en el corto plazo. El E s­ tado es movimiento histórico congelado en estructuras. Esa m ultiplicidad de estructuras, lógicas, institucionesy objetivos que lla­ mamos Estado está constantemente escuchando para tom ar decisiones. Para no caer en m ecanicism os que paralizan o confunden, conviene hacer un fugaz repaso, sin orden de importancia y con m últiples variaciones y relaciones entre XXXIII

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sí, a las siguientes lógicas y actores que influyen en las decisiones que afectan al Estado. No hay que olvidar que es al Gobierno a quien le corresponde dirigir en cada lapso de tiempo la capacidad coactiva del Estado, del mismo modo que el Estado con frecuencia no deja espacio para que el Gobierno tome determ i­ nadas decisiones (al contrario, encadena al Gobierno). El Gobierno de Hitler fue capaz de cambiar al Estado alemán, de la misma manera, aunque en otra dirección, que el Gobierno laborista de Lloyd George cambió al Estado británico. Pero también vemos que cualquier Estado actual obliga al Gobierno correspon­ diente a pagar la nómina de los funcionarios públicos, principal partida presu­ puestaria que consume buena parte de la capacidad de gasto. Al mismo tiempo que un Gobierno puede aprobar el rescate bancario con dinero público y endure­ cer los requisitos para acceder a una pensión, otro puede cambiar las leyes para aumentar las ayudas públicas en vivienda o educación. A l igual que un Gobierno puede cambiar una Constitución para elim inar la autorización judicial de las escuchas telefónicas, endurecer los requisitos para obtener la nacionalidad y e li­ minar derechos sociales, otro puede impulsar políticas públicas redistríbutivas participadas popularmente, vincular al Estado a unas formas u otras de integra­ ción regional o renacionalizar servicios públicos antaño privatizados también por un Gobierno. Separar al Estado de la sociedad, autonomizándolo, sólo sirve para someterse con impotencia a los mandatos de quienes deciden sus movimientos; ignorar que el Estado tiene su selección estratégica, su memoria vinculada a su trayectoria, sus intereses propios, sólo sirve para caer en la confusión de pensar que basta alcanzar el Gobierno para controlar el poder. Vistas estas complejidades, veamos a quién escucha el Estado (insistiendo en su compleja condición de relación social).i . A los que tienen la capacidad de declarar, en expresión de Cari Schmitt, el Estado de excepción, es decir, a los poderes fácticos que tienen capacidad de emplear de manera generalizada la violencia física no necesaria­ mente legítima (gobiernos extranjeros; ejército nacional o extranjero, banqueros y sector financiero, patronal, líderes carismáticos con ca­ pacidad de movilización, entramados m ediáticos...). A la Constitución y las leyes vigentes; a las leyes internacionales. 3 . A las estructuras administrativas con sus reglamentos, prácticas habitua­ les, instancias, etc. (que tienen la fuerza añadida de la costumbre y la tra­ dición y que, incluso después de una revolución, siguen estando ah í). 4. A los intereses particulares organizados o con capacidad de ejercer presión, con especial relevancia a la fusión de intereses económicos y XXXIV

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mediáticos, que unen a su propia capacidad la de influir en la ciudada­ nía (no se trata de su capacidad de forzar una situación sino de im pe­ dir que se organicen intereses contrarios). 5. A la s presiones regionales o locales. 6. A la ciudadanía organizada que reclam a cuestiones de interés general (donde las voces cobran fuerza si se repiten como un eco multiplicado). 7. A la opinión pública, expresada bien a través de formas directas (huel­ gas, m anifestaciones, formas propias de comunicación) o indirectas (encuestas, medios de comunicación). 8. A referentes m orales asentados y reconodicos (iglesias, asociaciones, personalidades de prestigio, intelectuales), a los paradigmas cien tífi­ cos y a los discursos hegemónicos que pretenden reconciliar el Estado con el bienestar colectivo (esto es, que presuponen al Estado un papel de conciliación ética de la sociedad). 9. A la propia subsistencia del aparato estatal, esto es, de las personas que lo integran y que tienen en la administración su modus vivendi —lo que no implica una reificación/cosificación del Estado como si éste fuera un ente abstracto con existencia por sí mismo y al que está adscrito sim bólica­ mente el interés general. Este aparato estatal funciona con una lógica sistémica referenciada teóricamente con la imparcialidad y el interés colectivo, pues necesariamente tiene que pensar, para permanecer, en garantizar el orden sostenido en el sistema de dominación. Esto hace que el Estado tendencialmente juegue siempre más allá del corto plazo (la no inmediatez de la administración de justicia es ejemplo claro de esto) y le preocupe asegurar la legitimidad del orden (obviamente con variaciones en cada país según sea la construcción histórica del Estado). 10. A los partidos, especialmente a los que sostienen el Gobierno. ix. A los sindicatos cuando tienen capacidad de huelga. 13. A las presiones internacionales, bien de otros gobiernos que tengan ascendiente, bien de las instancias supranacionales (separándolo aquí de la amenaza m ilitar exterior). 1 3 . A la s necesidades inmediatas de financiación y, de ahí, a los mercados internacionales, tanto de bienes y servicios como de capitales. 14. A las peculíariedades de las élites que lo dirigen en sus diferentes ámbitos (que pueden estar formadas fuertem ente en alguna ideología, tener firm es convicciones religiosas o pueden tomar decisiones con­ sultando a astrólogos, videntes o quíromantes, como ocurre con fr e ­ cuencia). XXXV

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En definitiva, y como concluye Jessop, en el centro de toda la reflexión aparece la política, esto es, la definición y articulación —por uno, varios o todos—, de los comportamientos colectivos de obligado cumplimiento en una comunidad. No es sólo una economía que se desconecta del resto de asuntos sociales—y que, por supuesto, es de radical relevancia—, ni los valores—que están detrás también de muchos comportamientos—, ni los presupuestos jurídicos —igualmente esenciales al configurar la garantía de la reciprocidad social” . Se trata de la política, como arte de la polis, a quien le corresponde la obligación de inte­ grar todos los elementos a la búsqueda de una síntesis funcional para la marcha de la sociedad. Política que será necesariamente conflictualy que será la que defi­ ne los contornos que finalmente tenga cada Estado en concreto. Es en esta heren­ cia de la importancia de lo político a la hora de configurar la organización social y la forma de Estado en donde el profesor de Lancaster ubica uno de los principa­ les rasgos de su referencia al marxismo de la cual no sólo no se aleja sino que con­ sidera esencial para entender la complejidad estatal actual. El Estado, como insiste Jessop, siempre es reflejo de un proceso histórico. Gomo realidad em pírica, concreta, su funcionam iento responderá a los in tere­ ses de los que hayan ganado en el conflicto social, a los que m ejor se hayan situado en ese momento (sean unos pocos o sea el conjunto de la sociedad) y a la memoria que porte y la influencia que ejerza esa mem oria sobre el com por­ tamiento estatal. Eso perm ite pensar, al m enos en el corto plazo, en la p osib i­ lidad de enfrentar en el ámbito occidental con Estados capitalistas, Estados despóticos y también, potencialmente, con Estados socialistas. Es importante entender que el Estado real, el concreto de cada país, es selectivo en sus políticas, tiene predisposición a inclinarse, por esa herencia anclada en sus estructuras, a defender lo que ya existe, a escuchar más a unos intereses que otros, a reproducir más una lógica que otra (Jessop se refiere a este hecho, a menudo confundido con alguna suerte de determ ínism o, como "selectividad estratégica” ; Claus Offe habla, en una dirección sim ilar, de selec­ tividad estructural). La representación de intereses tiene complejas determ i­ naciones que hacen que las necesidades de las mayorías no sean cubiertas ni siquiera donde existe la posibilidad de elegir en procesos electorales a los d iri­ gentes. Gomo demostró Norbert Lechner, una m inoría consistente tiene la capacidad de presentar los intereses particulares como intereses generales27. Pero no está escrito que eso no pueda variar. Lo que haga el Estado dependerá siem pre del resultado de los conflictos sociales y su capacidad de hacer del in s­ trumento estatal una herram ienta para la organización social. Si bien es verdad como venim os insistiendo que hay predisposición en el Estado, no hay por el XXXVI

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contrario ninguna predeterm inación "necesaria” para que se comporte en una dirección u otra (la insistencia de Jessop al respecto no deja muchas dudas de su posición). El Estado no es un ente de voluntad que puede operar al margen de su contexto y de sus posibilidades. Tiene la autonomía que le marcan las luchas sociales. La autonomía de trabajar para aquellos que consigan hacerse hegemónicos en una sociedad. Guando la sociedad pierde tensión en la acción colectiva y se refugia en el interés privado (H irschm ann), la estructura estatal, como cualquier estructura, puede dedicar más tiempo y recursos a su propia reproducción. Pero eso sólo será señal de esa relajación social. No es posible, como plantea el liberalism o, que sean los representantes los que se encarguen déla cosa pública sin que se vean lesionados, tarde o temprano, los intereses de la mayoría. Votar cada cuatro o cinco años no es suficiente. Un Estado in d e­ pendizado del control de la sociedad term ina teniendo comportamientos p ri­ vados. Algo que se» agrava cuando el Estado, como ocurre en la globalización neoliberal, atiende a aspectos cuya com plejidad y oscuridad -—muchas veces intencionada— reclam an un conocimiento que no es de fácil acceso28. Al final, funciona el aserto "vota y no te metas en política” , de manera que en el repar­ to de papeles los políticos se encargan de la cosa pública y la ciudadanía se dedica al consumo y al entretenim iento29. La concepción relacional del Estado que plantea Jessop abre no solam en­ te un amplio abanico para la investigación, sino que también permite superar esa parálisis conceptual que colaboraba con la parálisis política de las últimas tres décadas. Si es cierto que la ciencia política debe beber de las fuentes de la realidad social, hoy vem os que las alternativas, como plantea Boaventura de Sousa Santos, vien en del Sur (un ámbito que desgraciadam ente queda fuera de la referencia em pírica de Jessop, más centrado en el modelo típico ideal de Estado capitalista occidental). Lo que era im posible, parece que ha revertido su tendencia. Y la teoría del Estado debe disponerse a otorgar elementos para ayu­ dar a interpretar lo que está ocurriendo en estas zonas del planeta. No se trata solamente de la crisis con la que abríamos estas reflexiones, sino de otro tipo de cambios, que afectan a la política mundial, y que marcan escenarios para repensar el conflicto. El 11 de septiembre de 2008, jugando con simbologías caras a Am érica Latina, los Gobiernos de Bolivia y de V e­ nezuela expulsaban a los embajadores de los Estados Unidos por, según denun­ ciaban, la colaboración norteamericana en el intento de golpe de Estado contra el Gobierno de Evo Morales (y que dejó una treintena de cam pesinos asesina­ dos por mercenarios). Un par de días después se reunía en Santiago de Chile la UNASUR, declarando en su comunicado final su firm e decisión de no perm itir XXXVTI

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ningún golpe de Estado ni fragmentación territorial en Sudamérica. 35 años después del derrocamiento de Salvador Allende, y allí donde entonces el con­ tinente se quedó callado y cruzado de brazos, ahora demostraba su firmeza para no consentir esos comportamientos. Pero las dificultades estadounidenses en modo alguno se quedaban en el comportamiento irreverente de países a los que siem pre había considerado su patio trasero. Vahem os visto que la crisis econó­ mica norteamericana, iniciada con las em presas punto.com, y seguida con las hipotecas subprime que hundió el mercado inm obiliario, anticipaban un esce­ nario de recesión. El modelo entero se resentía y pese a que los mecanismos de compensación estaban más desarrollados que en 19 29, las alertas empezaron a sonar con fuerza. La aventura de Iraq, la gesta más evidente que siguió al cada día más confuso atentado de dos aviones contra las Torres Gemelas —cuestio­ nado no por oscuras tramas, sino por el m ism o Jefe de Bomberos de Nueva York—, embarcaba al Gobierno norteamericano en un pozo económico sin fondo que, además, le distrajo de sus intereses más cercanos. Coincidiendo con los intentos de desestabilización de Bolivia, el Presidente Chávez invitaba a aviones rusos de guerra a maniobras en territorio venezolano. Por prim era vez en el último medio siglo, no solamente la XVa Flota operaba como fuerza m ilitar extranjera en aguas de ese hem isferio. La aventura de Georgia sobre Osetia del Sur, alentada por los Estados Unidos, fracasaba igualmente ante la contundencia de la respuesta rusa (en ambos casos zanjadas con centenares de muertos civiles). Mientras, China e India ocupan posiciones más relevantes que dejan abiertos dem asiados escenarios para saber qué ocurrirá en el mundo en los inm ediatos años, sin olvidar que el com portam iento crecien ­ tem ente catastrófico de la naturaleza perm ite considerar escenarios de ago­ tamiento que no pueden esperar al año 25050 (como acordaron en 3008 los países del G8 para reducir eficazm ente las em isiones de CO3). Sólo Europa parece observar paralizada estos cam bios, incapaz de asum ir un papel activo alternativo que rompa con el statu quo global convertido en una amenaza de contornos trágicos. Todos estos cambios, acelerados, no im plican que la gravedad de los p ro­ blemas invite a fáciles optimismos. La crisis del capitalismo en los años trein ­ ta trajo el fascism o y un socialism o empujado a posiciones extremas. Por otro lado, como demostró John Kenneth Galbraith, la m em oria de la última aventu­ ra especulativa apenas dura 15 años, la m em oria de una generación. La conclu­ sión, desde la academia, pasa por poner en marcha programas de teorización de asuntos en marcha claramente subteorizados. Las bases que sienta Robert Jessop son un buen marco de trabajo. El Estado como relación social, la crisis XXXVIII

INTRODUCCIÓN

ecológica, la construcción cultural de la economía política, las potencialidades y límites de la economía política internacional, el militarismo y el neoimperialismo, el dominio ecológico del capital sobre la sociedad, las formas de la autopoiesis, la participación popular en una gobernanza democrática, son todas herramientas conceptuales que abren un vasto escenario de trabajo para una teoría del Estado renovada que, además, puede perderla melancolía del peso del pasado. Pero para ello hace falta también una ciencia política que regrese a sus fuentes a redescubrir su objeto de estudio y las razones por las cuales la sociedad dedica tiempo y recur­ sos a pensar lo polítológico. Sí en los años treinta el fascismo obligó a la reflexión honesta a cambiar su rumbo y enfrentar esa amenaza, el incumplimiento de los mandatos de la Ilustración aún en el iniciado siglo XXI reclama una toma de posi­ ción nada amable con el estado actual de cosas.

NOTAS i. Véase Albert O. Hírschmann, iíetcSrieas de la intransigencia. México, FCE, 1991. Z- Son las conclusiones de Branco Milanovic, La era de las desigualdades. Dimensiones de la desigualdad internacional y global, Madrid, Sistema, 3006. 3 . Susan Strange, Casino Capitalism, Oxford: Basil Blackwell, 1986. 4,, Jo se p h Síigliíz, "El fin del neoliberalismo” , en El país, 20 de julio de 2008. g. Jessop insiste en la misma idea al afirmar que el Estado es «na relación—no un sujeto—, que posee instrumentos que serán usados de una manera u otra en virtud de la correlación social de fuerzas que opera en esos tres ámbitos: (x) en la sociedad (que se hace calle, esto es, acción colectiva, en momen­ tos de activación del conflicto); (2) en los aparatos del Estado; (3) en las ideas (la hegemonía, un liderazgo que asegura la reproducción). Guando estos elementos actúan coordinadamente, el bloque histórico está funcionando. Véase igualmente Alvaro García Linera, "Empate catastrófico y punto de bifurcación", en Crítica y Emancipación. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Año I, no. 1. 6. Parte de estas reflexiones las he podido desarrollar, siguiendo la estela de Jessop, en Juan Carlos Monedero, Disfraces del Leviatán. El Estado en la globalización neoliberal, Caracas, Monteávila/Centro Internacional Miranda, 3008 7. Peter Evans, Dietrich Rueschemeyer y Hieda Skocpol (eds.). Bringing the State Back In, Nueva York: Cambridge University Press, 1985. Puede consultarse la introducción en: Theda Skocpol, "El Estado regresa al primer plano. Estrategias de análisis en la investigación, actual.” Zona Abierta, ¡o , enero marzo 1989. 8. Ulrich Becky Elisabeth Beck-Gemsheím, Individualization, Londres. Sage, 2003. 9. Boaventura de Sousa Santos, Crítica de larazón indolente. Contra el desperdicio de la experiencia, Bilbao-. Desclée de Brower, ?o o 3. 10. Pier Paolo Donati ha desarrollado una teoría relaciona! de la sociedad sobre las bases del funciona­ lismo parsoniano pero yendo mucho más allá. Como él mismo afirma, el funcionalismo lleva nece­ sariamente —por sus insuficiencias— al no funcionalismo, pero éste no puede explicarse con aquél. El sentido de la vida, la justicia, la utopía no pueden explicarse funcionalmente, a no ser que las dife­ rentes funciones sociales se miren desde otra óptica más rica. No se niega lo funcional, sino que se incorpora al conjunto de las relaciones sociales. No cuestiona, por ejemplo, la importancia de la reproducción económica, pero la entiende en el conjunto de la reproducción social, asumiendo que los medios de intercambio económico pueden ser más que los que contemplaba el funcionalismo clásico (una meta puede ser buscada por muchos medios diferentes). De esta manera, el análisis relacional rompe con una de las trabas principales del funcionalismo: el determinismo estructural. Con la mirada relacional se sale de perezosas explicaciones que niegan la importancia del pen­ samiento parsoniano —a menudo sin leerlo y más por el prurito de pertenecer a una cofradía depuros que heredan viejas pugnas-—y, al tiempo, demuestra sus insuficiencias enriqueciéndolo. Algo similar

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desarrolla Jessop con la teoría del Estado al incorporar también el análisis de Luhmann a sus expli­ caciones. Véase Pier Paoio Donati, /¡epmsar la sociedad, Madrid, Ediciones Internacionales Universitarias, 2006. Por mi parte, la utilidad de este esquema rae sirvió en el desarrollo de mí tesis doctoral El fracaso de la República Democrática Alemana: ía quiebra de la legitimidad, 1949-1989, Madrid, TJCM, 1996. 11. Martín Shaw, Theory of the Global State: Globality as Unfinished Revolution, Cambridge. Cambridge University Press, 3000. 12. Leo Panitch, "The Impoverishment of State Theoiy” , en Stanley Aronowitz y Meter Bratsis (eds.), Paradígm Lost. State Theory Recomídered, Mi nneapo lis/Londres, University of Minnesota Press, 2002, pp.89-104. 1 3. Es el caso emblemático de Díck Chermey, Vicepresidente con Bush y antiguo director de Halliburton, la empresa más beneficiada con la invasión de Irak. 14. Para estas referencias en el caso latinoamericano, véase César Rodríguez Garavíto, Daniel Chave?,, Patrick Garret (eds.). La nueva izquierda en América Latina, Madrid, Catarata, 2008. 15. Jessop va a coincidir en este abordaje del Estado con autores como Michael Mann, Las fuentes del poder social I y l l , Madrid, Alianza, 1991 y 1997; y Charles Tilly, Coerción capitaly los estados europeos Í910-1990, Madrid, Alianza Editorial, 199a. 16. Los Estados suelen realizar una selección estratégica a la hora de recortar el bienestar. La derecha y la izquierda no compartieron inicialmente los sectores perjudicados, atendiendo a sus graneros electorales (recordemos los conflictos con los mineros del primer gobierno de Margaret Thatcher). Pero poco a poco fueron acompasando esa selección al compartir en las estructuras bipartidistas los electores. Incluso, como ocurrió en España, fue la socialdemocracía la encargada de poner en mar­ cha ese recorte, al resultarle más sencillo frenar las protestas obreras. En la actualidad, tanto la socialdemocracia como la derecha (denomínese liberal, democristiana o centrista) coincidan en car­ gar el peso sobre inmigrantes, obreros poco cualificados, mujeres y jóvenes. 17. De alguna manera puede ejemplificarse con la frase, aunque anterior a este periodo, de Hemy Ford: "Todo el mundo puede tener un Ford T del color que desee, síem prey cuando sea negro” . 18. Pier Paolo Portinaro, Estado, Buenos Aires, Nueva Visión, so o 3, p.11. 19. Paul Pierson, Dismantling the Welfare State? Reagan, Thatcher and the Politics o f Retrenchment, ■ Cambridge; Cambridge University Press, 1994 20. Citado por Ludovico Silva, "Sobre el método en Marx” , enAntimanualpara uso de marxistas, mar¡sólogos y marcianos, Caracas, Fondo Editorial Ipasme, 3006. 21. Es la apuesta de Boaventura de Sousa Santos, A gramatíca do tempo, Porto, Afrontamento, 2006. Karl Polanyi, La gran transformación, Madrid, La Piqueta, 1989. 23. La diferencia entre poder despótico (mera fuerza) y poder infraestructural (normativo y reglado) la desarrolla Michael Mann en su obra ya clásica citada Las fuentes del poder social I, Madrid, Alianza Editorial, 1991. «4. Para los intentos de construcción de un Estado transnacional, véase William I. Robinson, A Theory of Global Capitalism: Production, Class, and State in a Transnational World, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 2004. 25. Ese es el título del libro de Joei S. Migdal, State in Society. Studying How States and Societies Transform and Constitute OneAnother, Cambridge, Cambridge University Press, ?o oi. 26. La gobernanza es un concepto en lucha que caerá del lado de la emancipación como "gobernanza democrática” , es decir, como Estado experimental que erapodera al pueblo, o del lado de la regula­ ción, como gobernanza creadora de gobernabilidad, que zanja la retirada del Estado como actor des mercantílizador. Véase Juan Carlos Monedero, El gobierno de l as palabras. Crítica y reconstrucción de la política, México, FCE (en prensa). 27. Norbert Lechner, "Podery orden. La estrategia de la minoría consistente", en l a conflictiva y nunca alcanzada construcción del orden deseado, Madrid, CIS/Sigío XXI, 1986. 28. En las crisis financieras de 2008, uno de los elementos señalados como responsable era la enorme "creatividad" de los instrumentos financieros, cuyo conocimiento incluso quedaba fuera de la experticia del Presidente de la Reserva Federal norteamericana. 29. En conclusión, siguiendo la senda de Weber, incorporando una perspectiva relacional, y situando el conflicto social apuntado por Marx como el elemento esencial, podemos definir al Estado como una forma de organización política, dotada de un orden jurídico y administrativo estable, propio de una co­ munidad identificada con un territorio determinado, que se caracteriza por la reclamación con éxito por parte del cuerpo administrativo —a través de premios y castigos materiales o simbólicos—, de la obediencia ciudadana, en tanto en cuanto satisfaga su compromiso con lo que los conflictos y con­ sensos sociales han establecido que son los intereses comunes.

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PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Durante los últimos treinta años he dedicado mi trabajo a la crítica de la eco­ nomía política y a su aplicación a las form aciones del capitalismo avanzado. Esto ha supuesto la realización de diferentes estudios acerca del acoplamiento económico, político y, por encima de todo, estructural de lo económico y lo político, e, igualmente, acerca de su coordinación estratégica. Además de algu­ nos trabajos sueltos, ya han aparecido en castellano dos volúmenes de ensayos: Crisis del Estado de bienestar (1999) y Capitalismo (s): Discurso y materialidad en las formaciones sociales capitalistas contemporáneas (2007a). En este libro se desarrollan éstos y otros ensayos, y se recoge m i exposición más detallada hasta la fecha del Estado capitalista y su futuro. Esto supone un verdadero desafío, puesto que im plica salvar, en la medida de lo posible, los numerosos obstácu­ los que impiden una adecuada descripción del Estado, presentes en la obra de otros investigadores. Pero, sin duda, tam bién es un desafío gratificante, ya que ha impulsado algunos importantes avances en m i propio desarrollo teórico y me ha servido para reforzar cinco nuevas áreas sustantivas de interés dentro del proyecto intelectual que he seguido desarrollando de m anera más o menos amplia desde la publicación de este libro. Uno de estos temas sigue a la espera de una plena integración en mi traba­ jo: la crítica radical de la ecología política como base de una crítica más adecuada de la economía política. Mucho y muy importante es el trabajo ya realizado en XLI

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esta área, relacionado, en parte, con una tan fundamental como ansiada reeva­ luación de las contribuciones del propio Marx a la ecología política (véanse, especialmente, Burkett 1999 y Foster 200 0 ); y, en parte, con el reconocim ien­ to tanto público como científico del carácter aparentemente irreversible de los cambios globales provocados en el medio natural por el rodillo de la dinámica de crecimiento del capitalismo industrial y de la inform ación (Postone 1998; Brennan 2000). La propia falta de reñexión en m is anteriores trabajos acerca de este tema de vital importancia es, en realidad, reflejo de lo que perm anen­ temente han mostrado por él capitalistas y gestores estatales: ejem plos clási­ cos, respectivamente, de fallos del mercado y del Estado. La crisis del fordismo en los años setenta sacó a la luz por prim era vez el problema del desarrollo sostenible tras la Segunda Guerra Mundial, habiéndose convertido, en la actuali­ dad, en un problema global como consecuencia de la integración del "Tercer Mundo” en el mercado mundial. De hecho, como he señalado en las conclusio­ nes de El futuro del Estado capitalista, situar a la ecología política en el centro del escenario resulta crucial para completar la crítica de la economía política, y constituye un paso esencial a la hora de lim itar y revertir la degradación ambiental y social. Un segundo tema novedoso relacionado con otros trabajos míos del mismo período que El futuro del Estado capitalista (veáse, Jessop 2002; Jessop 2oo3; Brenner et al. s o o 3) es el de la economía política del territorio, el lugar, la escala y las redes. Esto se trasluce en m i preocupación por la desterritorialización y la reterritorialización del poder político y por la "relativización de las escalas” , así como en mí interés científico más general por los aspectos espaciotemporales de la acumulación capitalista, del Estado y de la vida cotidiana (véanse A lien 2oo3-, Brenner 20 0 4 ; H erody Wright 2002; Seppard y M cMaster 5>oo3; Gough 2004). Tres fueron las cuestiones que me llevaron a repensar m í trabajo anterior: en prim er lugar, la significación del lugar en la competencia interurbana y en las cambiantes form as de gobernanza local; en segundo lugar, la importancia de la escala para aspectos como la crisis del fordism o, el su r­ gimiento del posfordism o, el reescalado de economías y Estados, y la relativización de escalas; y, en tercer lugar, la relevancia de la com presión y distensión espaciotemporal para los nuevos y los viejos arreglos espaciotemporales, al igual que para los imaginarios espaciales. Estos im aginarios espaciales im p li­ can nuevas interpretaciones de la economía, de lo extraeconómico, del alcance y formas de lo político, y de la naturaleza del lugar, del espacio y de la escala, y desempeñan un papel crucial, entre otras cosas, en las estrategias com petiti­ vas, en la reestructuración del Estado, y en la resistencia a la globalización. XLIÍ

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Todo ello puede apreciarse en la emergencia de una "econom ía basada en el conocimiento” como campo de acumulación y objeto de gobernanza económ i­ ca, y en el consiguiente desarrollo del Estado posnacional (véanse capítulos 3 y c¡, infra). Mis reflexiones sobre estos temas han dado paso a una reconceptualización más general de las complejas interrelaciones entre espacio y tiempo desde una perspectiva estratégico-relacional (véanse Jessop 2 0 0 1, 2002, 2005), así como aúna nueva serie de observaciones sobre el territorio, el lugar, la escala y las redes, y sobre los lím ites de las diferentes configuraciones espaciotemporales en el contexto del mercado mundial (Jessop et al. 2008; Jones y Jessop 2009). Esta integración de lugar, espacio y escala ha supuesto la mayor ruptura con mi trabajo anterior, que tomaba inconscientem ente como prem isa el p e­ ríodo del fordismo atlántico con su coherencia estructural organizada en torno a la primacía de la escala nacional en los terrenos económico, político y sociocultural (véase capítulo 5). Aunque privilegiar la escala nacional resulta habi­ tual en las ciencias sociales, esta actitud está siendo im pugnada cada vez más (y con justa razón) por parte de fem inistas y por estudiosos poscoloníales, así como por parte de geógrafos radicales, investigadores de geopolítica crítica, teóricos institucionales y muchas otras corrientes. Este nacionalismo metodo­ lógico que nunca estuvo teóricamente justificado, se ha vuelto incluso más p ro­ blemático en un contexto de globalización como consecuencia de lo que Gollinge (1996) llama la "relativización de escalas” . A sí, al redactar El futuro del Estado capitalista, tuve que hacer frente a las com plejidades de la escala, a su construcción discursiva y material, a su ínstitucionalizacíón, a la economía política de la articulación interescalar, y a la capacidad de ciertos actores de reordenar las jerarquías escalares o de "saltar de escala” para defender o ju sti­ ficar sus intereses. A su vez, ello me ha llevado a darme cuenta de la importancia de los arre­ glos espaciotemporales a la hora de gestionar, desplazar y diferir las contradic­ ciones de la acumulación y otras form as de conflicto económico, político y sociocultural. El concepto de arreglo espaciotemporal parte —y va más allá—del trabajo del geógrafo m aterialista histórico David Harvey (198 2, 2 0 0 1). Dado que no existe una form a óptima de regular la acum ulación como consecuen­ cia de las num erosas contradicciones y antagonism os de las sociedades capi­ talistas, aparecen diferentes soluciones subóptim as en form a de variados regímenes de acumulación y modos de regulación, institucionalizándose los compromisos asociados a ellos. De este modo se compensa parcialmente la imposibilidad de una acumulación puram ente mediada por el mercado, y se le XLIII

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im prim e una dinámica más o menos distintiva en cada caso mediante las con­ cretas form as de articulación de esos elem entos económicos y extrae cono m i­ cos en los diferentes contextos. Pero ello sólo puede ocurrir dentro de los márgenes de un arreglo espaciotemporal que establezca unos determinados límites espaciales y temporales dentro de los cuales sea posible garantizar un patrón más o menos duradero de "coherencia estructural” , desplazando ciertos costes de dicha coherencia más allá de los límites espaciales fijados o difiriéndo­ los hacia el futuro. No resulta sorprendente que los Estados desempeñen un papel esencial en la búsqueda de la coherencia estructural entre las diferentes divisiones espaciales y escalares del trabajo, y a la hora de intentar gobernar las dinámicas de distanciamiento y compresión espaciotemporales entre diferentes esferas de actividad (para un tratamiento más amplío, véanse capítulos i, 2, 5 y 7). El tercero de estos nuevos temas ha supuesto un giro cultural ontológico y temático que se refleja en un nuevo entendim iento de mi proyecto teórico como una economía política cultural posdiciplinar1 del capitalismo (cf. Jessop y Sum 20 0 1; Jessop y Sum 2006). Este giro cultural se nutre, en mi caso, de mi tradi­ cional interés en los análisis gram scianos sobre la hegemonía, de mí propio trabajo sobre el papel de las estrategias de acumulación en el direccionam iento del desarrollo capitalista y, adicionalmente, de mi preocupación sobre la form a en que los proyectos estatales y las visiones hegemónicas dotan al Estado de un m ínimo de unidad en sus aparatos y de una apariencia de finalidad en sus estrategias y políticas. La economía política cultural combina conceptos y herram ientas de los análisis semióticos críticos (término genérico que englo­ ba a los análisis críticos del discurso y de otros sistemas de signos) y de la eco­ nomía política crítica para construir un enfoque propio de las form aciones sociales capitalistas. Se distingue de otros enfoques culturales, en parte, por su preocupación por los m ecanism os clave que determ inan la coevolución de los aspectos semióticos y extrasemióticos de la economía política. Estos m ecanis­ mos aparecen mediados por los rasgos generales de la sem iosis y configurados por las form as y dinámicas institucionales particulares del capitalismo (véase Jessop 2007). Desde el punto de vista sustantivo, la economía política cultural distingue entre la economía como la suma caótica de todas las actividades económicas sustantivas2 y la "econom ía” (o, m ejor, ''econom ías” en plural) como un subconjunto más o menos coherente de dichas actividades imaginativamente narrado. Es decir, por un lado, el funcionamiento del imaginario económico presupone un sustrato de relaciones económicas como elementos del mismo; de otro, cuando este imaginario se institucionaliza y se hace operativo con X Lrv

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éxito, transforma y naturaliza dichos elementos en momentos de una determ i­ nada economía, puesto que los im aginarios económicos identifican, privilegiany tratan de estabilizar ciertas actividades económicas de la totalidad de las relaciones económicas, y de transform arlas en objetos de observación, cálculo y gobernanza. Y, al hacerlo, im ponen a la economía lím ites, condiciones de existencia, agentes económicos típicos, tendencias y contratendencias especí­ ficos, y una dinámica general propia. Estas economías imaginadas pueden ser discursivamente constituidas y m aterialm ente reproducidas en diferentes lugares, a diferentes escalas y con diferentes horizontes temporales. Por otro lado, se dan siem pre en y mediante luchas realizadas por agentes concretos, y suelen implicar una manipulación asimétrica del poder y del conocimiento. Por último, están sometidas a impugnación y resistencia. En este sentido, la "econo­ mía” considerada como un objeto de observación o gobernanza se mantiene siem ­ pre sólo parcialmente constituida y existen siempre elementos intersticiales, residuales, marginales, irrelevantes, recalcitrantes o directamente contradicto­ rios que escapan a todo intento de identificar, gobernar y estabilizar un determi­ nado "arreglo económico” o un "orden económico” mayor. A sí se explica la recurrencia de fallos en la gobernanza económica, tanto si trata de lograrse mediante el mercado, las jerarquías o las redes, como con alguna combinación de ellos. Adoptar este tipo de enfoque abre paso a dos líneas de investigación. En prim er lugar, dada la infinidad de comunicaciones significativas posibles y de (mal)entendidos habilitados por la sem iosis, ¿cómo afectan los factores extrasemióticos y sem ióticos a la variación, selección y retención de la sem iosis y de sus prácticas concomitantes, a la hora de reproducir y transform ar las form a­ ciones sociales capitalistas? Por ejemplo, ¿qué rasgos semióticos facilitan la selección de la economía basada en el conocimiento de entre otras muchas imágenes alternativas como discurso hegemónico de la economía posfordista?, ¿y cómo ha quedado dicha imagen incrustada en una amplia gama de institucio­ nes, formas organizativas y prácticas sociales, de forma que emerja algo parecido a un régimen de acumulación y un modo de regulación posfordistas coherentes? En segundo lugar, dadas las contradicciones, dilemas, indeterminación e improbabi­ lidad general de la reproducción capitalista, especialmente durante sus crisis recurrentes, ¿qué papel desempeña la semiosis en la construcción material y lin ­ güística, y en la estabilización temporal de las formaciones sociales capitalistas? Por ejemplo, ¿cómo han dotado de sentido de dirección estratégica los diferentes discursos asociados a la economía basada en el conocimiento a los intentos de resolver la crisis del fordismo, contribuyendo de este modo a construir (y no sólo XLV

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lingüísticamente) el régim en de acumulación posfordista y su modo de regula­ ción? Al emprender estas dos líneas de investigación, el enfoque de la economía política cultural trata de evitar las tentaciones simétricas de la sociología econó­ mica blanca y de la economía política dura. Mientras que la primera subsume el análisis económico en las categorías generales del análisis sociocultural, la segunda reifica lo económico y lo considera al margen de los contextos socioculturales más amplios en los que las actividades e instituciones económicas apare­ cen incrustadas (véase Jessop 2004, 2007). Una cuarta cuestión que se ha revelado crucial para la reinterpretación de la añeja versión del materialismo histórico acerca de la determ inación econó­ mica en última instancia, es el concepto proveniente de la teoría sistém ica de dominación ecológica. Con él se hace referencia a la capacidad de la lógica de un determinado principio de organización social (en este caso, la lógica del capi­ tal como orden basado en la acumulación m ediada por el mercado y con ánimo de lucro en el que la forma mercancía se ha generalizado a la fuerza de trabajo) para provocar mayores problemas en otros órdenes institucionales y en el "mundo de la vida” de los que aquéllos son capaces de causarle a él. En el p re ­ sente libro he sostenido que en las form aciones sociales capitalistas es la lógi­ ca de la acumulación la que normalmente resulta ecológicamente dominante (obsérvese que esto nada tiene que ver con la ecología política en la form a en que se utilizó antes, sino que se refiere al dominio relativo de un determinado principio de organización social en una ecología de órdenes institucionales autoorganizados). Cuando escribí el libro todavía no estaba claro en qué m edi­ da la administración Bush trataría de sustituir la acumulación de capital por un principio diferente ~-la guerra contra el terror—en la organización de la socie­ dad norteamericana, y en su pretensión de reordenar la sociedad mundial. En los años que han trascurrido desde entonces, hemos asistido a un choque cada vez más violento entre estos dos principios, y a las crisis provocadas por cada uno de ellos en sus propios térm inos (extralimitación m ilitar y retroceso) y la masiva crisis provocada por un énfasis unilateral en la lógica del valor de cam ­ bio en la variante neoliberal del capitalismo contemporáneo. He comenzado a estudiar con mayor detalle este asunto, pero se trata, sin duda, de algo que requiere un trabajo mucho más intenso (véase Jessop 2007b). Un quinto tema ha adquirido una enorme importancia desde la publica­ ción de El futuro del Estado capitalista. Me refiero a la relación entre la geoeconomía y la geopolítica, y a la preocupación por el resurgim iento del m ilitarism o y del imperialismo. El libro se centra en la form a "norm al” de los Estados del capitalismo avanzado y en sus interrelaciones, y analiza fundamentalmente las XLVI

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dimensiones económicas de las form aciones estatales. No se ocupa, pues, de los Estados de excepción, es decir, de aquellos en los que se ha suspendido el principio de representación electoral como base de la legitimidad, ni incluye en su análisis a los Estados capitalistas dependientes. Y ello porque, al exam i­ nar la cambiante naturaleza del tipo capitalista de Estado, trataba de determinar su adecuación formal a los también cambiantes regímenes de acumulación y modos de regulación del capitalismo avanzado. Seguía en esto a Marx al conside­ rar la adecuación formal en términos de correspondencia entre las diferentes formas de la relación de capital, de modo tal que en un determinado conjunto de formas puede ser juzgado el mejor marco para la realización completa de la dinámica general de acumulación de capital. En este sentido, Marx consideró la producción fabril (maquinofactura) como la forma adecuada para el proceso de trabajo capitalista, por oposición a la cooperación simple o compleja en la manu­ factura; estudiq al dinero como forma adecuada del valor por oposición al true­ que, y como forma adecuada del capital frente a los activos concretos que tienen que ser valorizados siguiendo temporalidades específicas en lugares concretos; e in ­ terpretó la democracia burguesa como la forma adecuada de organización políti­ ca en las formaciones sociales capitalistas consolidadas. Un aspecto de esta "adecuación formal” es que, en todos los casos, la forma en cuestión facilita tanto la acumulación de capital y/o la dominación política de clase, como sirve para ocultar este hecho disfrazando esta explotación económica y/o este ejercicio del poder de clase. El aforismo de Moore sobre la teoría marxista del Estado capita­ lista reñeja estas ideas: "cuando la explotación adopta la forma de intercambio, la dictadura tiende a tomar la forma de democracia” (Moore 1957: 85). En este espíritu, he analizado la adecuación form al del cambiante tipo capitalista de Estado y he propuesto que un régim en posnacional de trabajo schumpeteríano estaría reemplazando tendencialm ente al Estado nacional de bienestar keynesiano como la forma más adecuada de Estado. El futuro del Estado capitalista nunca pretendió, como he señalado reiteradamente, ocupar­ se de los rasgos genéricos del tipo de Estado capitalista (tales como su m ono­ polio constitucional de la fiscalídad o de la coacción organizada) ni, lo que resulta incluso más evidente, referirse a cada tipo de Estado en una sociedad capitalista, sean éstos formalmente adecuados o no. Ello ha provocado una d es­ atención sistemática a las perm anentes tendencias hacia el excepcionalismo en el tipo capitalista de Estado y hacia la permanente tentación de complementar (o, incluso, reemplazar) la competencia mediada por el mercado con la coer­ ción extraeconómica en las relaciones exteriores entre Estados. Con todo, ya Poulantzas (1978) había destacado la intensificación de las tendencias de crisis XLVII

PRÓLOGO

genéricas del capitalismo durante la crisis del capitalismo de posguerra y el consi­ guiente incremento de los rasgos de excepcionalidad del Estado capitalista. Dicha tendencia resulta hoy, quizá paradójicamente dado su estatus de superpotencia única, especialmente clara en la economía y en el Estado norteamericanos. De hecho, dado su déficit democrático y su invocación de la "guerra contra el terror” , el Estado norteamericano actúa cada vez menos como uno de tipo capitalistay pro­ gresivamente cada vez más como un Estado en una sociedad capitalista que ha sido secuestrado por intereses parciales. Lo cual se refuerza en términos geoeconómicos por la lucha por el control sobre las mercancías estratégicas (como el petróleo) situadas en los así llamados Estados débiles, fallidos o delincuentes y, en términos geopolíticos, por el desafío aúna debilitada hegemonía (por oposición a dominación) norteamericana por parte de las potencias económicas y militares emergen­ tes. La crisis en la ecología política antes señalada, resulta, en este sentido, un factor agravante adicional por las variadas formas en las que emerge e impacta sobre las dinámicas del capitalismo y la forma de vida norteamericanos. Tengo planeado desarrollar un proyecto de investigación durante los próximos cinco años para estudiar a Estados Unidos desde el punto de vista de una cada vez más intensa crisis en el tipo de Estado capitalista y el correspondiente giro hacia una nueva forma de excepcionalismo dentro y fuera de sus fronteras.

PO SD ISC IPLIN A RIED A D Considerando la amplia gama de influencias teóricas que se combinan en el presente libro y la exposición de sus nuevas preocupaciones sustantivas, no debería resultar sorprendente que lo considere un análisis posdiciplinar. Marx pudo perm itirse el lujo de trabajar en una era predisciplinaria en la que las principales ciencias sociales no habían sido institucionalizadas en Europa y Norteamérica. Hoy, en cambio, debemos aspirar a superarlas barreras intelec­ tuales que se derivan de las disciplinas dominantes con sus anticuadas catego­ rías, sus preocupaciones epistém icas y sus desviaciones ideológicas. Hay estudiosos y escuelas que tratan de hacerlo mediante un enfoque pluri o interdisciplinar que com bina las categorías de dos o más disciplinas para crear una reflexión más com pleja y no aditiva de un cierto problem a teórico. Un buen ejemplo de este tipo de solución lo encontramos en el enfoque reguladonista, aunque a menudo resulte limitado y unilateral al privilegiar teóricamente cier­ tas categorías económicas relativamente sofisticadas frente a consideraciones más débiles del momento político y, peor aún, del semiótíco de las relaciones XLVIII

PRÓLOGO

capitalistas. En términos más generales, aunque la pluri o la interdisciplinariedad constituyen un punto de arranque útil para el estudio de problemas complejos, resulta preferible adoptar un enfoque trans y/o posdiscipinar. En ellos se toma autoconciencia de las limitaciones tanto epistémicas como ontológicas de las dis­ ciplinas heredadas, además de estar explícitamente orientadas a los problemas en lugar de quedar confinadas por las anteojeras disciplinarias. En este sentido, estos enfoques reconocen la naturaleza convencional y las limitaciones inherentes a cada disciplina y a la disciplinariedad en su conjunto, y están abiertos a nuevas ideas que pueden resultar inconsistentes o inconmensurables para cualquiera de las disciplinas establecidas. Lo que distingue la post de la transdísciplinariedad dentro de este enfoque, por lo demás compartido, es su rechazo de principio a la legitimidad de los límites disciplinares establecidos. La posdisciplinariedad comienza por identificar problemas concretos independientemente de cómo resultarían, en su* caso, clasificados por las diferentes disciplinas; y procede, a continuación, a movilizar, desarrollar e integrar los conceptos, metodologías y saberes adecuados para hacer frente a tales problemas sin tomar en consideración los límites disciplinares. Esto, sin embargo, no equivale a una licencia para embarcarse en una reyerta conceptual antidisciplinaria en la que "todo vale” , que conducirla normalmente al eclecticismo o la incoherencia. Por el contrario, se trata de un desafío para acercarse lo más posible a la reproducción de lo real con­ creto como concreto en el pensamiento. Gomo tal, la posdisciplinariedad es un camino de perfección y, consecuentemente, un horizonte último para el trabajo teórico que se aleja continuamente cuando nos acercamos a él. Pero es, con todo, la inspiración de El futuro del Estado capitalista y, dado el carácter necesariamente incompleto de toda investigación posdiciplinar, también de mi trabajo actual. De hecho, he abierto esta introducción señalando que el trabajo posterior de crítica de la economía política deberá incluir también una contribución a la crítica de la ecología política. E incluso la integración con éxito de este momento fundamental del capital como relación social, seguiría dejando abiertas ulteriores cuestiones que deberán integrarse en la siguiente ronda de problematización, investigación teórica y análisis empírico.

CONCLUSIONES En esta introducción he tratado de situar El futuro del Estado capitalista en los términos de m i propio desarrollo teórico y de identificar algunas nuevas preo­ cupaciones teóricas que aparecen im plícita o explícitamente reflejadas en el XLIX

PRÓLOGO

texto, señalando las líneas emergentes de investigación que requieren de mayor elaboración. Como indicó en cierta ocasión Nicos Poulantzas, nadie que haga teoría está nunca totalmente al día de su propia evolución teórica. Esto es sin duda cierto en mi caso, con un desarrollo irregular, residuos teóricos, avan­ ces incompletos, persistentes indeterm inaciones y áreas de desatención. De ahí que resulte incluso más importante abrirse y abrir el propio trabajo al p ro­ ceso de crítica teórica e ideológica en el mundo político y académico, al igual que la permanente autocrítica que se genera al reflexionar sobre las disconti­ nuidades entre teoría y práctica. Esto no garantiza que una futura ronda de teo­ rización conducirá nuestro trabajo a su perfecta conclusión, pero sí apunta a que la naturaleza y expresión del desarrollo desigual del proyecto intelectual propio se modificará. Es por esta expectativa por la que quedo especialmente agradecido a Antonio de Cabo, Aniza García y Juan Garlos Monedero por el cui­ dado con el que han emprendido la versión en castellano del presente trabajo, con la esperanza de que servirá para abrir nuevos debates. Y no sólo para lograr una m ejor com prensión de las contradicciones y dilemas de la relación de capital, sino para contribuir a forjar una base más sólida para las prácticas poli" ticas futuras para cambiar un mundo dominado por el rodillo de la acumula­ ción de capital mediada por el mercado y con ánimo de lucro. ROBERT JESSO P Lancas ter jo

de septiembre de 3008

NOTAS *• Sobre la posdiciplinariedad, véase Jessop y Sum ?ooi. Sigo aquí a Polanyi (198?.) al distinguir entre actividades económicas sustantivas relativas al "apro­ visionamiento" material y actividades económicas formales con ánimo de lucro, mediadas por el mercado y calculadas en términos formal-racionales.

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PRÓLOGO

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LI

a g r a d e c im ie n t o s

Además de los tres gigantes, Gramsci, Poulantzas y Luhmann, sobre cuyos hom ­ bros intelectuales he tratado de alzarme para desarrollar mis argumentos y cuya contribución se explica en la Introducción, he contraído también muchas otras deudas personales al escribir este libro que me gustaría reconocer ahora. Se lo debo a los investigadores y a los amigos con los que he compartido o, al menos, debatido estas ideas durante muchos años. Señalar cuáles han sido de mayor influencia resultaría odioso, además de que, por otra parte, ellos ya saben de quiénes se trata. Por tanto, me limitaré a señalar a los que merecen especial m en­ ción, por diferentes razones, grandes y pequeñas: Elmar Altvater, Ash Am in, Bjorn Terje Asheim , H enrik Bang, Jen s Bartelson, Mats Benner, W erner Bonefeld, Robert Boyer, Neil Brenner, Terrell Carver, Hee-yeon Cho, MyungRae Cho, Simón Clarke, Chris Collínge, Ryan Conlon, Robert Delorme, Alex Demirovic, Frank Deppe, Bülent Diken, Gérard Duménil, Josef Esser, Norman Fairclough, Steve Fleetwood, Ann Haila, Colín Hay, Jer2y Hausner, Joachim Hirsch, John Holloway, Garsten Jensen, Jane Jenson, Joo Hyoung Ji, Martin Jones, Tetsuro Kato, Eleonore Kofman, Ernesto Laclau, Patrick Le Galés, Alain Lipietz, Gordon MacLeod, Rianne Mahon, Birgit Mahñkopf, James Martin, Margít Mayer, Marguerite Mendell, Tímothy Mitchell, Lars Mjoset, Ghantal Mouffe, Yoshikazu Nakatani, Klaus Nielsen, Claus Offe, Joe Painter, Leo Panitch, Ove Kai Pedersen, Markus Perkmann, Sue Penna, Jam ie Peck, Sol Picciotto, LUI

AGRADECIMIENTOS

Moishe Postone, Martin Rhodes, John Roberts, Ralf Rogowski, Andrew Sayer, Takeshi Shinoda, George Steinmetz, Gerry Stoker, Gunther Tetibner, Adara Tickell, Bruno Théret, Adam Tickell, Chao-Ming Tseng, Constantine Tsoukalas, John Urry, Jenn-hwan Wang, Helmut Willke y David Wolfe. Ninguno de ellos posee responsabilidad alguna por los errores que hay en el libro; de hecho, sólo dos de ellos han llegado a leer uno solo de sus muchos borradores en su integri­ dad, y pocos son los que han seguido su tortuoso desarrollo de principio a fin, aunque, pese a todo, sí hayan contribuido a mejorarlo con su influencia en las diferentes fases de su gestación, Del mismo modo, he disfrutado inmensamente del estímulo, las críticas y, en ocasiones, la más absoluta incomprensión, por parte de innumerables investigadores y estudiantes durante todos estos años. También quisiera agradecer el apoyo institucional en diferentes m om en­ tos al Zentrum für Interdiszíplináre Forschung en la Universidad de Bielefeld por su beca de un año como parte de un proyecto de investigación conjunto sobre Staatsaufgaben (19 8 8 -9 ); a la U niversidad de M anchester por su Hallsworth Sénior Research Fellowship (19 9 6 -7 ); a la Sociedad Japonesa para la Promoción de la Ciencia por una productiva visita de dos meses a la Universidad Hitotsubashi, Tokio (1997); al Consejo de Investigaciones Sociales Danés por una Cátedra de Investigador visitante en la Universidad de Rosküde (19 9 7-8 ); y al Centro para la Organización y la Gestión de la Escuela de Negocios de Copenhague, por su ayuda en toda una serie de visitas académicas. Muchas de las ideas que se exponen aquí tom aron form a durante un proyecto de investigación de tres años sobre desarrollo económico y gobernanza local financiado por el Consejo de Investigaciones Económicas y Sociales (Reino Unido) con la beca L3ns>53o32Quisiera agradecer a David Held su interés y compromiso desde el m o­ mento en que comencé este libro. Expresar mi gratitud a Lynn Dunlop y Rachel Kerr por su estímulo permanente y sus educadas respuestas a m is cada vez menos creíbles excusas para no term inarlo. Y agradecer a Sarah Dancy por su sensata tarea de edición. Por último, la.influencia más importante en m í vida durante estos últimos doce años ha sido N gai-Ling Sum. Además de mi constante compañera in te­ lectual durante los mismos, ha demostrado ser tam bién mi m ejor amiga y una abnegada compañera. A ella va dedicado este libro con el más cálido afecto y el más profundo aprecio por tantas cosas. ROBERT JESSOP Lancaster

L IV

a b r e v ia t u r a s

BsB BsC CAEM CE G2B GATT EBC ENBK FMI I+D OCDE OIT OMC ONG OPEP RPTS TIC TLCAN UE UME

Transacciones entre em presas Relaciones entre empresas y consumidores Consejo para la Asistencia Económica Mutua Comisión Europea Transacciones entre las adm inistraciones y las empresas Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio Economía Basada en el Conocimiento Estado Nacional de Bienestar Keynesiano Fondo Monetario Internacional Investigación y Desarrollo Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico Organización Internacional del Trabajo Organización Mundial del Comercio Organización No Gubernamental Organización de Países Exportadores de Petróleo Régimen Posnacional de Trabajo Schumpeteríano Tecnologías de la Inform ación y de la Comunicación Tratado de Libre Comercio de Am érica del Norte Unión Europea Unión Monetaria Europea

INTRODUCCIÓN

Este libro es el producto de muchos años de reflexión intermitente sobre el E s­ tado capitalista y su papel en el capitalismo de posguerra. Supone un intento sistemático de ir más allá de las críticas constructivas a otras corrientes teó ­ ricas con el fin de presentar m i propio análisis del Estado capitalista realm en­ te existente. Su principal objetivo es el de establecer el fundamento teórico para un programa de investigación del Estado de tipo capitalista en el capitalis­ mo contemporáneo, y no el de presentar un repaso detallado de los regím enes políticos particulares. Con tal fin, se fija un programa de investigación y se muestran algunas conclusiones p relim inares sobre las formas, funciones y e fi­ cacia-tod as cambiantes— de la política económica y social en los Estados capi­ talistas occidentales avanzados durante los últim os 50 años. Es más, aun reconociendo que éste es un tema que sigue abierto, este libro también se refiere a su posible desarrollo futuro. El análisis que se ofrece en este libro está inspirado en la crítica de Marx a la economía política previa a la existencia de la m ism a como disciplina, pero recurre también a una amplia gama de investigaciones y estudios realizados por los científicos sociales después de la existencia de la misma. Partiendo de las características básicas del capitalismo como modo de producción y objeto de regulación, subráyalas escasas probabilidades de estabilidad que tiene la acu­ mulación de capital cuando se basa exclusivamente en las fuerzas de mercado.

INTRODUCCIÓN

A continuación, se analizan las principales contribuciones del Estado de tipo capitalista y de otros m ecanism os diferentes al mercado a la hora de asegurar las condiciones previas esenciales para la acumulación. Las características básicas del capitalismo como modo de producción y objeto de regulación asu­ men distintos patrones en las distintas variedades y etapas del capitalismo. El aparato y el poder del Estado son factores cruciales para m odelar la dinámica de acumulación, pero a su vez son modelados por esa dinámica. Para ilustrar estos argumentos, me centraré, prim ero, en la forma de Estado que se desarro­ lló después de la Segunda Guerra Mundial en las economías capitalistas avan­ zadas integradas en el fordism o atlántico; después reflexionaré sobre su desarrollo reciente, especulando sobre las perspectivas que le aguardan tras la crisis en el fordism o y del fordism o a partir de la década de 1970. Analizo, pues, la forma general del Estado de posguerra, sus variables específicas y sus contribuciones a la reproducción económ ica y social. Interpreto esta forma de Estado como un régim en político dotado de esp ecifi­ cidad histórica, que se corresponde (en form as complejas que serán exam ina­ das en capítulos sucesivos) con una concreta etapa histórica de la acumulación de capital, en un espacio económico y político particular dentro de la economía mundial. Con el fin de resaltar su especificidad histórica, caracterizo esta forma de Estado recurriendo a tipos ideales (o estilizados), tales como el Estado nacional de bienestar keynesiano (en lo sucesivo EN BK). Cada uno de los cuatro térm inos empleados para definir este tipo ideal está unido a una dim en­ sión básica de la reproducción económica y social. A continuación, estudio las tendencias a la crisis del ENBK en estas cuatro dim ensiones y formulo algunos comentarios sobre los intentos de resolverlas o trascenderlas a través del método ensayo-error. El capítulo final recoge todos los argumentos anteriores para tratar de identificar una forma plausible —aunque todavía emergente— del tipo de Estado capitalista que, de forma desigual y a velocidades distintas, está sustituyendo al ENBK. Desde hace ya tiempo se considera que, por suerte o por desgracia, los ENBK que se desarrollaron en muchas sociedades capitalistas avanzadas durante el auge de posguerra sufren algún tipo de crisis, si es que no están ya en estado terminal. Sobre lo que, en cambio, no existe tal acuerdo, es en lo referente a la naturaleza y causas exactas de esta crisis o sobre lo que podría o debiera sustituir a esta forma particular de Estado y a su modo de regulación. Si la crisis del ENBK es, esencialm ente, una crisis en ese régim en y en, su papel en la reproducción del régimen, de acumulación al cual está unido, entonces dicho papel podría ser restaurado mediante reform as graduales en uno o en ambos

INTRODUCCIÓN

sin modificar su form a básica de organización. Pero, si se trata de una crisis del ENBK, acaso sería necesario un nuevo régim en de reproducción social y eco­ nómica. Uno de los argumentos más provocativos en este sentido ha sido fo r­ mulado por Claus Offe quien, al escrib ir sobre cómo han obligado las crisis, su gestión y resolución a ajustar las agendas políticas, ha señalado que "sí bien el capitalism o no puede coexistir con el Estado de bienestar social, tam ­ poco puede existir sin él” (1984: 15 3; cursivas del autor). En el último capí­ tulo vuelvo sobre este argumento para sugerir una solución a la "paradoja de Offe” . Al relacionar m i análisis del Estado de bienestar keynesiano con el capita­ lismo, no pretendo dar a entender que las form as y funciones del Estado estén de alguna forma determinadas en última instancia —y mucho menos en p rim e­ ra—por algún tipo de lógica totalmente autónoma inscrita en el capitalismo. En realidad, lo que m i análisis pretende es apartarse de una interpretación econó­ mica simplista del Estado. Y lo hace principalm ente de tres maneras. En p r i­ mer lugar, adopta una interpretación de lo económico mucho más amplia de lo que es habitual en el análisis económico convencional-, en segundo lugar, sos­ tiene que la economía, tanto si se toma en sentido amplio como en sentido estricto, está constituida también por lo que convencionalmente se consideran factores extraeconómicos; y, en tercer lugar, identifica importantes límites estratégicos y estructurales a la determ inación económica. Estos dependen de lo relativamente irreductible de otros órdenes institucionales, al igual que de la resistencia que ofrece una amplia gama de fuerzas sociales dentro y fuera del sistema económico. En particular, además de m ostrar cómo la dinámica de las formas y funciones del Estado está modelada por los cambios en la acumula­ ción del capital, señalo también que el proceso de acumulación está también constituido, a su vez, por muchos otros procesos, incluyendo la dinámica de las formas y funciones del Estado. Por ello, me concentro en el acoplamiento estructural y en la coevolución de los regím enes de acumulación y de los regí­ menes políticos, y en cómo se ven influidos por las pretensiones de distintas fuerzas sociales de dirigir su desarrollo individual o conjunto. A la vista de m is anteriores trabajos, me parece oportuno realizar tres advertencias a los lectores para que sepan qué deben (o no deben) esperar de este estudio. En prim er lugar, no es un manual de economía política marxista ni de teoría m arxista sobre el Estado. Aunque me baso en gran medida en la crítica de Marx a las categorías económicas de la economía política y en su aná­ lisis del modo de producción capitalista (lamentablemente incompleto), no estamos ante el último de los muchos intentos de reconstruir el materialismo 3

INTRODUCCIÓN

histórico. Por consiguiente, no tiene ninguna pretensión ontológica,. episte­ mológica o metodológica de carácter general. Tampoco he intentado desarro­ llar un an álisis sistem ático del capitalism o, que com ience p or sus determinaciones más abstractas y sencillas y continúe con un recuento dialéc­ tico y gradual del mercado capitalista mundial actual en todos sus concretos y complejos detalles. Por el contrarío, introduzco sólo aquellas categorías eco­ nómicas necesarias para mi propósito marcado, ignorando muchas de las que serían necesarias para un análisis principalm ente económico del capitalismo contemporáneo. Asim ism o, aunque me he inspirado en la rica tradición de la teorización marxista del Estado, este trabajo no tiene por objeto comentar detalladamente dichas teorías, sino que —dando por sentadas las críticas que he formulado en otros estudios-—desarrolla solamente aquellos conceptos ana­ líticos y enseñanzas teóricas que son esenciales para la limitada tarea que me he impuesto. También empleo, cuando me parecen relevantes y compatibles con mi enfoque general, teorías procedentes de otras tradiciones, especial­ mente de los estudios institucionalístas sobre el Estado. Por otro lado, dado que esta obra se centra en la política económica y social, deja de lado im por­ tantes aspectos del Estado capitalista. Los más notables son los aparatos m ili­ tares y policiales, sus cambiantes form as y funciones, la naturaleza de la guerra moderna y las relaciones de todos ellos con el sistem a estatal en general. En segundo lugar, este libro no es un manual sobre el Estado de bienestar. Lo que convencionalmente se incluye bajo dicha rúbrica se refiere solamente a una de las cuatro dim ensiones de las form as y funciones del Estado que son de interés para este estudio. Es más, incluso en lo que se refiere a esa única dim ensión—-la política social— se enfoca principalm ente en térm inos del papel del Estado en la reproducción social de la fuerza de trabajo, ignorando muchos otros aspectos importantes del bienestar. Así, aunque menciono el género, el origen étnico y la "raza” como aspectos clave de las selectividades estratégicas de los modos de regulación, de la división social del bienestar y de la matriz institucional del Estado, no son éstos los temas centrales de estudio de este tra­ bajo. Esto se debe a que su objeto principal es desarrollar un análisis de la forma Estado y de su intervención, y no ofrecer análisis institucionales concretos de regím enes de bienestar específicos ni repasos detallados de los resultados concretos de los mismos. En este contexto más limitado es donde realizo mi examen de la política social. Así, pues, mi punto de partida son las form as sociales específicas, la medida en la que están —o podrían llegar a estar— rela­ tivamente unificadas en una formación social dada (que es el térm ino analítico formal que prefiero en vez de la categoría convencional de "sociedad” , cargada 4

INTRODUCCIÓN

de ideología y sometida a debate teórico), y los modos en. los que la forma pro blematiza la función en lugar de garantizarla (sobre este último aspecto, véase Jessop 1983). Lo que presenta mayor interés son los efectos de la dominación (siempre tendencial, siem pre socialmente reproducida) de form as sociales partículai’es (especialmente, las vinculadas al capital como relación social) sobre la im probable reproducción de la acumulación de capital (incluyendo la reproducción de la fuerza de trabajo como m ercancía ficticia) y la tendencia a la aparición de una naturaleza burguesa en las form aciones sociales contem po­ ráneas. Este objetivo particular no significa que no haya otras cosas que valdría la pena decir acerca de las relaciones sociales desde un punto de vista teórico, empírico o normativo, sino que dejo dicha tarea para los demás (o, quizá, para mí mismo pero en otra ocasión). En tercer lugar, este libro no quiere contribuir de manera directa al cre­ ciente volumen de investigación comparada que, de manera empírica y con base teórica, estudia los capitalismos y los regím enes de bienestar u otras ten ­ dencias del nuevo programa de investigación institucionalista. De cualquier forma, he aprendido mucho de dicha literatura, y espero que m is reflexiones críticas sobre la economía política de los regím enes de acumulación y sobre el papel de los Estados capitalistas en su reproducción influyan, a su vez, en dicho programa de investigación. Ahora bien, mi objetivo en esta obra, fundam ental­ mente analítico-form al, sigue siendo relativamente abstracto y debe, por con­ siguiente, dejar abiertos muchos aspectos comparativos concretos. En este sentido, lo que pretendo es elaborarlos conceptos básicos de un nuevo progra­ ma de investigación sobre el capitalismo y el Estado capitalista. Espero poder refinar este análisis en un futuro inform e de investigación colectivo en el que se comparen Gran Bretaña, Dinamarca, Alem ania y Suecia, y que podría servir para demostrar en qué forma puede aplicarse el enfoque actual a estudios de caso específicos. Al analizar el Estado capitalista y su futuro en este y en otros textos, me he inspirado librem ente en tres perspectivas teóricas complementarias que se relacionan con los aspectos discursivos y extradiscursivos del fenómeno eco­ nómico, del fenóm eno político y de otros fenóm enos sociales: (1) la economía institucional y evolutiva, especialmente el enfoque de la teoría de la regulación dentro de la economía política de la economía capitalista; (2) un enfoque, in s­ pirado principalm ente en Gramsci y Poulantzas, de la política y de la economía política del Estado; y ( 3) el análisis crítico del discurso y otros enfoques análo­ gos de la constitución discursiva de las relaciones económicas y políticas (así como de otras relaciones sociales). Una de las principales razones por las que 5

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estas perspectivas pueden considerarse complementarias, es porque todas ellas se fundamentan en una ontología, una epistemología y una metodología críticas realistas. Además, al explorar la evolución conjunta de los aspectos políticos y económicos de los ENBK y su posible sustitución, me baso también en (4) ciertos análisis recientes de los sistem as de autoorganización (o auto poíéticos) y de los problem as de gobernanza planteados por la interdependen­ cia de una pluralidad de sistem as auto organizativos. Aunque generalmente se considera que las teorías autopoiéticas tienen «na base teórica constructivista, creo que es posible apropiarse de ellas e integrarlas en un análisis realista c rí­ tico. A. continuación presentaré un esbozo de la relevancia de estos cuatro modos de investigación. En prim er lugar, en lo que concierne al capitalismo, el enfoque de la regu­ lación sugiere que las fuerzas del mercado son sólo uno de los factores que con­ tribuyen a la expansión capitalista. Los partidarios del enfoque regulacionista rechazan el supuesto clave de la economía clásica, según el cual existe una e sfe­ ra de relaciones económicas claramente delimitada que está socialmente desin­ crustada y tiende al equilibrio general. Por el contrario, subrayan que la racionalidad y la dinámica económica no pueden analizarse de form a adecuada —ni siquiera como una prim era aproxim ación—, exclusivamente en térm inos de relaciones de intercambio dentro de mercados perfectos. También niegan que el intercambio sea impulsado únicamente por una conducta economicista dirigida a la maximización que aplicarían individuos inherentem ente raciona­ les, con preferencias estables y previamente dadas, y orientados tan sólo por el mecanismo de precios y sus im plicaciones para las ganancias y pérdidas in d i­ viduales. A los regulacionistas, en cambio, les interesa la naturaleza social mente incrustada y socíalmente regulada de las econom ías capitalistas, y no los fenóm enos autorregulados del mercado puro; y lo mismo ocurre con las n or­ mas económicas y los modos de cálculo cambiantes, frente al egoísmo transhístórico de un Homo economicus que sería, supuestamente, el sujeto activo de , todas las economías, tanto precapitalistas como capitalistas. El enfoque de la regulación analiza el capitalismo de form a muy amplia, examinando su anato­ mía como "econom ía integral” o "econom ía en sentido inclusivo” . Vistas en térm inos integrales o inclusivos, las form as específicas de capitalismo pueden interpretarse como "régim en de acumulación + modo social de regulación” , f Comprende un conjunto socialm ente incrustado, socialm ente regulado y estratégicamente seleccionado de instituciones, de organizaciones, de fuerzas sociales y de acciones, organizado alrededor de la reproducción ampliada del capital como relación social (o al menos involucrado en ella). Por lo general, 6

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este conjunto adquiere su coherencia —en la medida en que llega a disponer de ella—, dentro de los límites de un acuerdo social que varía históricamente en sus dimensiones espaciales y tem porales. Este arreglo espaciotemporal contri­ buye a asegurar el equilibro siem pre parcial, provisional e inestable del com ­ promiso aparentemente necesario para consolidar un régim en de acumulación y su forma de regulación. Es en estos térm inos en los que sitúo el papel de los ENBK en la reproducción económica y social ampliada del capitalismo (para el enfoque regulacionista, véanse especialmente Boyer 1990; Boyer y Saillard 2002; Jessop 1997). En segundo lugar, considero al Estado una relación social. Aquí sigo a Antonio Gramsci, comunista italiano anterior a la Segunda Guerra Mundial, y a Nicos Poulantzas, teórico marxista griego posterior a la misma. El primero propuso una definición inclusiva de Estado en su sentido integral, entendién­ dolo como "sociedad política + sociedad civil” (Gramsci 19 7 1); el segundo ana­ lizó el poder del Estado como una condensación cuya form a está determinada por el equilibrio de las fuerzas políticas que operan dentro y más allá del Estado (Poulantzas 1978). Combinando sus ideas, el Estado puede definirse como un conjunto de instituciones, organizaciones, fuerzas sociales y actividades, incrustadas y reguladas socialmente, seleccionadas de m anera estratégica y organizadas alrededor de la toma de decisiones que son vinculantes colectiva­ mente para una comunidad política im aginaria (o que, al menos, están involu­ cradas activamente en esa toma de decisiones). A su vez, el poder del Estado puede entenderse como una relación de poder que es mediada por y a través de este conjunto institucional. El poder no es ejercido por el Estado como tal: el Estado no es un sujeto. Tampoco se origina enteramente en el Estado mismo o en el personal del Estado, sino que depende del equilibrio de fuerzas tanto dentro de la sociedad entendida en sentido amplio, como dentro de los propios aparatos del Estado. Otros asuntos importantes que pueden extraerse de la obra de Gramsci son la hegemonía, el bloque histórico y el papel de los intelec­ tuales. Gramsci define la hegemonía como el ejercicio de un liderazgo político, intelectual y moral dentro y sobre un espacio político dado, de m anera tal que se logre que las fuerzas e instituciones sociales se ajusten a los requisitos de la reproducción capitalistá en un periodo determinado. Guando la hegemonía se ejerce con éxito, se refleja en lo que Gramsci denomina bloque histórico. A estos efectos, un bloque histórico puede definirse como una correspondencia contingente e históricam ente específica entre las dim ensiones económica, jurídico-política y ética de una form ación social dada. Apoyándome en la p io ­ nera obra de Gramsci, sostendré que en el ejercicio de la hegemonía y en la 7

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construcción de un bloque histórico, desem peñan un papel clave los intelec­ tuales que desarrollan estrategias económicas, proyectos de Estado y visiones hegemónicas alternativas, y que por ello pueden ayudar a consolidar el equili­ brio inestable del compromiso entre distintas fuerzas sociales alrededor de un orden económico, político y social dado. También me inspiro en estas ideas cuando estudio las bases sociales de los distintos regímenes de bienestar y su papel en la consolidación de regím enes específicos de acumulación y de sus correspondientes modos de regulación (en lo referente a la teoría del Estado, véanse Jessop 19 8?, 1 9 8 5 ,19 90b y 2001a). En tercer lugar, inspirado por el análisis crítico del discurso y por algunas obras recientes acerca de los rasgos narrativos del mundo social, subrayo la contribución del discurso a la construcción de la economía capitalista como objeto de regulación, al igual que del Estado nacional como conjunto institu­ cional imaginario. También insisto en la incrustación cultural y social de las instituciones económicas y políticas y de las relaciones de poder. A sí, la economía, como objeto de regulación, es considerada como un sistem a narrado im a­ ginariam ente al cual se otorgan lím ites específicos, condiciones de existencia, agentes económicos típicos, tendencias y contratendencias, así como una dinámica general característica. El sistema estatal es tratado como una entidad política im aginaria con sus propios lím ites específicos, con sus condiciones de existencia, sujetos políticos, tendencias de desarrollo, fuentes de legitimidad y proyectos de Estado. Naturalmente, tam bién resulta muy relevante el análisis del discurso para el análisis de la hegemonía. Cuando subrayo los momentos discursivos de la economía y del Estado, no pretendo afirm ar que, en cierto sentido, son "m eram ente” discursivos y que no tienen materialidad institucio­ nal alguna. Por el contrario, lo que me propongo es resaltar dos aspectos. En prim er lugar, que las relaciones económicas y políticas son tan complejas que cualquier acción orientada hacia ellas necesita un cierto grado de sim plifica­ ción discursiva (y por ello un im aginario económico o político) que constituya ciertos subconjuntos específicos de relaciones sociales que actúen como su horizonte de acción social, m aterial y espacíotemporal. En este sentido, en la sociedad contemporánea existen muchos im aginarios económicos y políticos que compiten por la hegemonía o, al m enos, por una posición dominante. Dichas sim plificaciones discursivas desem peñan un papel clave, a su vez, en la siem pre tendencial constitución y consolidación de los sistem as económicos, políticos y de otros sistem as, modelando las form as de su separación institu­ cional y su posterior articulación. A sí, aunque la dinámica de la economía capi­ talista se ha desarrollado desde hace mucho tiempo dentro del marco de un

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mercado mundial más o menos amplio y cambiante, con frecuencia sigue con­ cibiéndose como una serie de economías nacionales o regionales demarcadas de manera más o menos clara. Los recientes discursos acerca de la globaliza­ ción suponen un cambio en las interpretaciones económicas o políticas, y se reflejan tanto en la reestructuración de las relaciones económicas y políticas como en la reoríentación de sus estrategias. De este modo, contribuyen a modificar la materialidad institucional y el sesgo estratégico de los regím enes de acumulación y de los marcos políticos relacionados con ellos. A fin de demostrar la contribución clave de los discursos a la rem odelación global de las estructuras y estrategias económicas y políticas en diferentes contextos y coyunturas, emplearé argumentos sim ilares en otros ámbitos del análisis eco­ nómico y político (respecto al análisis crítico del discurso, véanse especialmente Fairclough 1992 y 2000). Cuarto, al explorar las interconexiones institucionales y sociales entre lo económico y lo político, me baso en las teorías de la autoorganización. Mi fuen ­ te inicial de inspiración fue el análisis de Marx sobre la auto valorización del capital, es decir, la capacidad del capital para reproducirse a través de la re in ­ versión rentable de beneficios anteriores, según se desplaza repetidamente a través de lo que Marx denominó el circuito del capital. No obstante, sí bien Marx limitó su análisis de la autoorganización principalm ente al modo de p ro­ ducción capitalista, vale la pena considerar algunos otros sistemas potencial­ mente auto organizativos (o autopoiéticos) de im portante significación para él orden social en las sociedades modernas. Entre estos sistem as se cuentan el sistema jurídico, el sistem a político, la ciencia, el sistem a educativo, la religión y el arte. Cada uno de ellos tiene su propio código de funcionam iento, sus p ro ­ pios principios de organización, sus propias dinámicas institucionales, racio­ nalidades instrum entales y lógicas de adecuación. En conjunto, forman una ecología autoorganizativa de sistem as instituidos que se desarrollan a través de la interacción entre sus respectivas autonomías operativas y sus interdepen­ dencias materiales. Este enfoque posee im portantes im plicaciones para los estudios del acoplamiento estructural y de la coevolución de lo económico y lo político con respecto tanto a la acumulación del capital como al ejercicio del poder del Estado. Junto a la esfera del sistem a tam bién existe un mundo de la vida rico y complejo (algunas veces incorrectam ente descrito como "sociedad civil”) que no puede reducirse a dichos sistem as y sus lógicas. Ese mundo de la vida presenta muchos puntos de resistencia a esa lógica, y por derecho propio constituye una esfera importante de conflictos y luchas, así como de reconoci­ mientos mutuos y de solidaridades (acerca del enfoque de Luhmann sobre la 9

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autopoiesis, véanse Jessop 1990b, Lange y Schim ank 2000, Rasch 2000, Thornhill 200 0 , Willke 1997)A partir de este breve repaso a mis fuentes teóricas principales y a mis preocupaciones fundamentales, habrá quedado claro que los argumentos que desarrolla este libro tienen deudas con muchos estudiosos. Tres de ellos, todos ya desaparecidos, m erecen especial atención. La mayor influencia es, sin duda, la de Nicos Poulantzas. Apenas tuve la oportunidad de conocerlo, pero desde hace mucho tiempo su teoría del Estado y sus análisis más generales han sido para mí una fuente de inspiración. La obra de Antonio Gramscí también me ha influido, especialmente en lo relativo a las conexiones orgánicas entre lo eco­ nómico y lo político, al desarrollo contingente de los bloques históricos y a la naturaleza relacional del poder. Quizá constituya una sorpresa para muchos lectores, pero también he aprendido mucho de Niklas Luhmann sobre el papel de la teoría de los sistem as en el análisis social. Luhmann hubiese estado en total desacuerdo con el uso que he dado a sus ideas, especialmente con mi intento de hacer una síntesis entre su teoría de los sistem as autopoiéticos y el marxismo que, según él, era una teoría prem oderna totalmente inadecuada para analizar las sociedades contemporáneas. Uno de los objetivos de esta obra es refutar esa afirm ación de Luhmann. El resto del libro aparece organizado en siete capítulos. El capítulo 1 p re­ senta los principales conceptos teóricos que utilizo en el análisis de la forma del Estado de posguerra dentro de los circuitos del fordism o atlántico, así como en mis especulaciones sobre su futuro. El capítulo 2 esboza la naturaleza de cuatro ámbitos: el fordism o atlántico; el Estado nacional de bienestar keynesiano, que desempeñó un papel prim or­ dial en la regulación del fordism o atlántico; el acuerdo espaciotemporal más general, que contribuyó a estabilizar el régim en de acumulación fordista atlán­ tico; y la crisis que emergió en el fordism o desde mediados de la década de 1960. El capítulo 3 explora la naturaleza del posfordism o y sugiere que, tras la incertidumbre inicial acerca de las características fundamentales de un régimen de acumulación posfordista factible, éste está asumiendo gradualmente la forma de una economía del conocimiento globalizadora. La medida en que esto pueda llegar a ocurrir no quedará asegurada por una lógica puramente económica, sino que dependerá de que esté constituida también por fuerzas extraeconómicas que contribuyan a su estabilización y su gobernanza. Es en esos térm inos en los que este capítulo esboza las características principales del posfordismo, las con­ tradicciones y los dilemas estructurales inherentes a la acumulación de capital,

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y en los que explora las complejidades de la globalización y de las nuevas formas de competencia en la emergente economía del conocimiento. Y concluye con un examen de las funciones que caracterizan al Estado competitivo schumpeteriano que ha venido reemplazando gradualmente al Estado de pleno empleo key­ nesiano; igualmente se evaluará si esta forma de Estado emergente resulta adecuada para el posfordismo. El capítulo 4 continúa está línea de análisis examinando el rediseño del Estado de bienestar, su papel cambiante en la reproducción social, y la también cambiante articulación entre la política económica y la política social. En p ri­ mer lugar, estudia con m ayor detalle la especificidad del Estado de bienestar y critica algunos de los principales enfoques alternativos para su reestructura­ ción, recalibracióny reorientación en respuesta a la crisis económica y a la glo­ balización. A continuación se examinan tres de los principales cambios en el Estado de bienestar: la creciente subordinación de la política social a la p olíti­ ca económica, la presión a la baja sobre el salario social considerado como un coste de producción, y la reestructuración del consumo colectivo. También subrayo los lím ites al recorte del bienestar derivados del papel del Estado en la reproducción de la fuerza de trabajo y en las condiciones extraeconómicas para la acumulación, así como de la naturaleza de la política en las democracias capi­ talistas. El capítulo 5 se centra en los intentos de reescalar el tipo de Estado capi­ talista como respuesta a la crisis del fordism o atlántico. Tam bién se analizan las nuevas form as de competencia y el surgim iento de una economía globali­ zadora guiada por el conocimiento. Se identifican igualmente tres tendencias principales en la reestructuración del Estado nacional, junto a sus correspon­ dientes contratendencias. A continuación, paso a estudiar si el Estado nacio­ nal tiene todavía un papel importante en la reproducción general de la acumulación de capital y en el m antenim iento de la cohesión social. Concluyo que, a pesar del cuestionamíento de la prim acía del Estado nacional, todavía desempeña un papel importante en la organización de la economía global, del sistema de gobierno global y de la em ergente sociedad civil global. En otras palabras, en lugar de desaparecer, el Estado nacional está siendo reim agínado, rediseñado y reorientado en respuesta a estos cuestionamientos. El capítulo 6 explora las bases materiales para la supervivencia y la coexis­ tencia de las fuerzas del mercado, de la concertación corporativista y de la coordinación coactiva a lo largo de la historia del capitalismo, abordando des­ pués algunas tendencias básicas hacia los fallos del mercado, las redes y el Estado. A continuación, examino la crisis del paradigma de la gobernanza de la

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economía mixta que caracterizó al Estado nacional de bienestar keynesiano y la creciente tendencia de la economía globalízada del conocimiento a confiar en formas de gobernanza en red. El capítulo finaliza con algunas observaciones sobre el fallo de la gobernanza, sobre la metagobernanza y sobre el fallo de la metagobernanza como posibles fuentes de futuras tendencias a la crisis en las formaciones sociales capitalistas. El último capítulo recoge las principales líneas de los argumentos p resen ­ tados en los capítulos anteriores. Sostengo que lo que está reemplazando tendencialm ente al Estado nacional de bienestar keynesiano es el régim en posnacional de trabajo schum peteríano5 y señalo que esta nueva forma de Estado podría contribuir a la coherencia estructural de un nuevo arreglo espa­ cio temporal que sirva para la acumulación de capital. Á continuación, estudio posibles variantes de esta nueva forma de Estado, señalando el modo en que dichas varian tes se enlazan con las d istin tas varied ad es de capitalism o que dependen de sus trayectorias anteriores. Por último, al determ inarla cam ­ biante articulación entre la acumulación de capital y el Estado, propongo una solución a la paradoja de Offe.

NOTAS i. Schumpeterian Workfare Postnational Regime. No hay hasta la fecha una traducción que recoja el con­ junto de determinaciones de la palabra inglesa. Es muy probable que no sea posible hacerlo, de ahí que se opte por dejar el original Workfare. Éste se construye por analogía sobre welfare. Welfare. a su vez, es la versión reducida de la oración desiderativa "Weli fare you! ” , originalmente, "¡Que tengas un buen viaje!” y, luego, más genéricamente." ¡Que te vaya bien!” . Ya como palabra individual, su senti­ do se desplazó hacia "bienestar" (a su vez, con una estructura semejante en castellano). La expresión workfare se construye con el final de la palabra ■welfare (fare), quitándole significado y usándolo como derivado. El calco en castellano sería, por tanto, "trabajoestar” lo que conservaría el paralelismo con "bienestar” pero resultaría en exceso extraño e incomprensible. Optamos por la expresión "de traba­ jo ” como paralela a "de bienestar” (y "trabajista’' para workfarist). El mismo Jessop afirma que "puede describirse (sin duda no muy felizmente y con riesgo de malentendidos) como un régimen de traba­ jo (workfare), en la medida en que subordina su política social a las demandas de la política económi­ ca”. Para terminar de complicar la cuestión, el orden de los adjetivos en inglés no es el mismo que en castellano, por lo que la traducción completa de Schumpeterian 'Workfare Postnational Regime exige modificar el orden de palabras, lo que provoca que no haya una correspondencia perfecta con las tablas ni con el orden de exposición en el texto original. [N. de lo sT T J

CAPÍTULO 1

CAPITALISMO Y TIPO DE ESTADO CAPITALISTA

En este capitulo se exponen tres tem as fundam entales que serán elaborados posteriorm ente en el resto del libro. El p rim er tem a se refiere a que ni el capitalism o como un todo ni la relación cap ital-trab ajo, de la cual depende su dinám ica contradictoria y conflictiva, pueden reproducirse exclusiva­ mente a través de las relaciones de m ercado. Am bos req uieren de modos com plem entarios de reproducción, regulación y gobernanza, que incluyen aquellos que se derivan en parte de la actuación del Estado. El segundo tem a —ya más específicam ente—, expresa que, dado que la fuerza de trabajo es una m ercancía esencialm ente ficticia, no puede reproducirse únicam ente a través del salario y el m ercado de trabajo. Por ello, diferen tes tipos de mecanism os ajenos al m ercado desem peñan aquí un papel clave. El tercer tema recuerda que, a m edida que la acum ulación de capital se expande en una escala cada vez más global, su dinám ica se vuelve más dom inante en la configuración de la evolución general de los sistem as sociales y del mundo de la v id a1 . Al desarrollar estos tres tem as no pretendo sosten er que la dinám ica de la acum ulación de capital explique todo cuanto pueda resultar significativo en relación con la arquitectura y funcionam iento de los Estados y del moderno sistem a estatal. Y mucho m enos en relación con cada uno de los detalles de su desarrollo. Por el contrario, precisam ente porque el capita­ i3

ROBERT JE S S O P

lism o no puede garantizar todas las condiciones necesarias para su propia reproducción sólo a través de las fuerzas del m ercado, no puede ejercer n in ­ gún tipo de determ inación económ ica en últim a instancia sobre el resto de la form ación social. Esto nos obliga a p restar atención a la constitución de la acum ulación de capital a través de la interacción tanto de relaciones so cia­ les intervenidas por el m ercado como de otras ajenas al m ism o. Igualm ente debe considerar la naturaleza com pleja y sobredeterm inada de su im pacto sobre el desarrollo general de las relaciones sociales. De aquí se desprende que este capítulo no puede lim itarse a p resentar una serie de conceptos eco ­ nóm icos para el an álisis del capitalism o como modo de producción y como objeto de regulación. Más allá, debe tam bién in troducir otros conceptos que sirvan para analizar la política y el Estado, el mundo de la vida y la sociedad civil, al igual que las conexiones de éstos con las categorías económ icas y entre unos y otros. El desarrollo de este instrum ental conceptual más com ­ plejo tam bién allanará el terreno para u n an álisis en cuatro dim ensiones de los cam bios recien tes en el papel del Estado en la reproducción del capital y en su m ediacióm institucional, social y discursiva.

i. EL CAPITAL COMO RELACIÓN SO CIAL Por lo que se refiere a su apariencia superficial, el capitalismo puede definirse inicialm ente como un sistem a económ ico en el cual una gran cantidad de em presas independientes producen bien es y servicios para la venta (con la intención de obtener una ganancia), usando bien es de capital privado y tra ­ bajo asalariado (Bo'wles y Edwards 19 8 5: 39 4 ). Probablem ente, muchos observadores estarían de acuerdo con esta definición. Pero esto podría deberse a su vaguedad respecto a aspectos tan im portantes como la n atura­ leza de la fuerza laboral, el proceso del trabajo, los poderes del capital y la dinám ica de acum ulación. Profundizar en estos cuatro aspectos dará origen a controversias teóricas y políticas, pero esto no puede evitarse si p reten d e­ mos establecer la especificidad h istórica del capitalism o como modo de producción, y sus im plicaciones para la política económ ica y la política social. En consecuencia, exam inaré en p rim er lugar algunas de las p reco n ­ diciones más abstractas y elem entales para la organización de la p roducción de m ercancías en térm inos capitalistas, y am pliaré y profundizaré luego esta defin ición in icial a través de d iferen tes pasos como en una escalera de cara­ col, especificando algunas de las características más concretas y com plejas 14

EL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

del capitalism o. Este ejercicio esencialm ente teórico debería generar un grupo de categorías más rico con el que in iciar el an álisis de las form as de política económ ica y política social y de sus cam biantes papeles en la rep ro ­ ducción y expansión generales del capitalism o. Paradójicam ente, tam bién contribuirá a revelar los lím ites de un enfoque teórico único basado en la clase o en el capital, frente & las enorm es com plejidades de los Estados actualmente existentes, al tiem po que establece la im portancia de com b i­ narlo con otros enfoques teóricos que partan de otros grupos de relaciones sociales. EL MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA Lo que más distingue al capitalism o de otras form as de producir bienes y servicios para la venta es la generalización de la form a m ercancía a lá fuerza de trabajo. Ello conlleva el desarrollo histórico —y p osterior reproducción y expansión— de un mercado de trabajo en el que los trabajadores ponen a la venta su fuerza de trabajo a los capitalistas en una transacción com ercial form alm ente libre e igual. En térm inos abstractos, la relación cap ital-tra­ bajo funciona del siguiente modo. Los trabajadores intercam bian su capaci­ dad de trabajo por un salario y aceptan el derecho del capitalista a (tratar de) controlar su fuerza de trabajo en el proceso de producción y a apropiarse de los beneficios (o absorber las pérdidas) derivadas de su esfuerzo por p rod u ­ cir bienes o servicios para la venta. Los trabajadores gastan su salario en medios de consumo siguiendo las norm as sociales de consumo prevalentes y, con ello, reproducen su fuerza de trabajo para poder venderla de nuevo2. De esta form a, el salario actúa como coste de producción para todos los capitales, como m edio de autorreproducción para el trabajo y como fuente de demanda (en prim era instancia, para los capitales que producen bienes de consumo e, indirectam ente, para los que producen bien es de capital). Aunque .el capital se apropia de los recursos de la naturaleza transform ándolos, y em plea tam bién las propias fuerzas productivas de la naturaleza, de m anera que estos recursos y fuerzas contribuyen a la producción de valores de uso y a cualquier subsiguiente aum ento de riqueza, la fuerza de trabajo socialm ente necesaria que se consum e en la producción de m ercancías es la única fuente de valor agregado real —y, p o r tanto, de b eneficios— para el capital tomado conjuntam ente. Este razonam iento es válido en general, independientem ente de la form a en que el superávit resultante se divida después entre capitales particulares. Más aún, lejo s de excluir la posibilidad *5

ROBERT JE S S O P

de que se deriven beneficios extraordin arios de la innovación, de otras v e n ­ tajas tem porales o de las p osicion es m onopolistas, a expensas de otros cap i­ tales que obtien en beneficios por debajo de la m edia, sirve para subrayar cómo la com petencia por generar estos ben eficio s extraordinarios es una fuente im portante de la dinám ica general del capital. La generalización de la form a m ercancía a la fuerza de trabajo no s ig n ifi­ ca que ésta se convierta en realidad en una m ercancía, sino que se co n v ier­ te en una mercancía ficticia. Es d ecir, en algo que tiene form a de m ercancía (en otras palabras, que puede ser com prado y ven dido), pero que no ha sido creado en un proceso de trabajo que tenga, por objeto obtener b e n e fi­ cios, n i tam poco se halla sujeto a las típicas p resion es com petitivas de las fuerzas del m ercado para racionalizar su producción y red u cir el plazo de rotación del capital invertido. E xisten cuatro categorías de m ercancías f ic ­ ticias: la tierra (o la naturaleza), el din ero, el conocim iento y la fuerza de trabajo. Con frecuencia, cada una de ellas es tratada como un sim ple factor de producción, oscureciendo las con diciones en las cuales entra en la eco ­ nom ía de m ercado, experim enta su tran sfo rm ación , y contribuye así a la p roducción de b ien es y servicios para la venta. A h ora bien , esta tendencia a naturalizar m ercancías ficticia s como factores de producción ob jetiva­ m ente dados, conduce a la falsa creen cia, criticada enérgicam ente por M arx, de que el valor económ ico surge de las cualidades in m anentes y e te r­ nas de las cosas, y no de relacion es sociales contingentes y dotadas de esp ecificid ad histórica. La "tierra” incluye todas las riquezas naturales, se encuentren en la su ­ p erficie terrestre o por encim a o debajo de ella, e igualm ente incorpora sus capacidades productivas en contextos esp ecíficos. N orm alm ente, la form a actual de dichas riquezas naturales refle ja tanto la transform ación social pasada y presente de la naturaleza, como el desarrollo natural que se p rodu­ ce sin in tervención humana. Las em presas capitalistas no producen la tierra virgen y los recursos sim ilares como m ercancías, sino que se apropian de ellos como dones de la naturaleza y, a continuación, los tran sform an para obtener ben eficio s, con frecuencia sin ten er en cuenta sus ciclos esp e c ífi­ cos de reproducción, su capacidad general de renovación o, en el caso de la tierra, el agua y el aire, su capacidad de absorber los residuos y la con tam i­ nación. El dinero es una unidad contable, reserva de valor, m edio de pago (por ejem plo, de im puestos, diezm os y m ultas), así como un m edio de in tercam ­ bio económ ico. Independientem ente de que tenga form a natural (como las 16

ÉL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

conchas de cauri), form a de m ercancía (como los m etales preciosos) o form a fid u ciaria (como el papel m oneda o el d in ero electrón ico), el sis te ­ ma m onetario en el cual circula dicho dinero no es ni podría ser un fe n ó ­ meno sim p lem en te económ ico que se g e n e ra y se hace fu n cio n a r solam ente para obten er b en eficio s, pues la capacidad del dinero para cum ­ p lir sus funciones económ icas depende de m anera crucial de ciertas in sti­ tuciones y sanciones extraeconó m icas, al igual que de la confianza p ersonal e im personal. Siem pre que el dinero circula como m oneda nacional, el Estado posee un papel clave a la hora de asegurar un sistem a m onetario form alm ente racional y, viceversa, su creciente circulación como dinero sin Estado plantea graves problem as en. cuanto a la re-regu lación de las relaciones m onetarias. El conocimiento es un recurso común producido colectivamente y basado en el aprendizaje individual, organizacional y colectivo en distintos horizontes temporales y en diferentes contextos, com erciales y no comerciales. Gomo el conocimiento no es intrínsicam ente escaso (en térm inos económicos ortodo­ xos, es un bien no rival), sólo obtiene form a de mercancía cuando se convierte en un medio artificialm ente escaso cuyo acceso depende de un pago (derechos de autor, licencias, etc.). Por tanto, es necesaria una profunda reorganización social para transform ar el conocimiento en algo que pueda ser vendido (Schiller 1988: 3 3). Por último, la capacidad de trabajar es una capacidad humana genérica, que adquiere forma de m ercancía solamente en la medida en que los trabaja­ dores pueden ser inducidos o forzados a entrar en los mercados de trabajo como asalariados. Es más, incluso después de haber adquirido forma de m er­ cancía, la fuerza de trabajo se reproduce a través de instituciones tanto de m er­ cado como ajenas al mercado, y de relaciones sociales. En capítulos p osteriores se analizan algunas de las contradicciones estructurales 3 y dilem as estratégicos 4 que se derivan de extender la form a m ercancía a la tierra, el d inero y el conocim iento. En éste me ocuparé, b re ­ vemente y apelando al sentido com ún, de la fuerza de trabajo como cap aci­ dad humana genérica. La reproducción hum ana no está organizada de forma capitalista o, al m enos, no todavía. Es m uy raros que se traigan niños al mundo como si se tratase de m ercancías (a p esar de las p osibilid ad es com erciales de la m aternidad de alq u iler y de las nuevas técnicas re p ro ­ ductivas) y, por lo general, los n iñ os se crían con sus fam ilias —o con fa m i­ lias de acogida— que no obtienen d inero a cam bio. La educación m asiva todavía es im partida p or organism os públicos o privados sin fin es de lucro

ROBERT JE S S O P

(a pesar de la moda neoliberal de las listas com parativas y los Índices). Los trabajadores no orientan sus vidas de form a sistem ática a la obtención de m ayores in gresos (a pesar de que cada vez son m ayores las p resio n es para que nos convirtam os en sujetos em p rendedores y aceptem os la conversión de toda nuestra vida en m ercancía), en detrim ento de otras relacion es sociales. En sín tesis, aunque la m ayoría de las personas debe ven der su fuerza de trabajo para poder v iv ir y p articip ar plenam ente en la sociedad, en realidad, no estam os en presen cia de m ercancías, aunque son tratadas como si lo fuesen. La autovalorizacíón del capital a través del mercado solamente es posible cuando la fuerza de trabajo adquiere form a de m ercancía. La autovalorización es el proceso por medio del cual el capital se expande m ediante la r e in ­ versión rentable de sus beneficios an teriores, lo cual ocurre a través de la autotransform ación repetida del capital a m edida que se mueve reiterad a­ mente dentro del circuito del capital. Comienza con la etapa del capital dinero, cuando el dinero como capital se usa para com prar m aterias prim as, m edios de p roducción y fuerza de trabajo, que se com binan luego en un p ro ­ ceso de producción a través del cual se agrega valor (la etapa del capital p ro ­ ductivo). La producción capitalista com prende no sólo la transform ación m aterial de la naturaleza para agregarle valor de uso, sino tam bién la v a lo ri­ zación del capital a través de la apropiación con éxito de cualquier valor de cambio agregado por el tiem po de trabajo socialm ente necesario invertido en el proceso de producción. Ahora bien, el valor de cambio creado de esta form a sólo puede hacerse efectivo si estas m ercancías se venden p or dinero y se obtienen beneficios (la etapa del capital com ercial). Estas ventas no están garantizadas. El circuito se com pleta y renueva con la re in v e rsió n —en la m ism a o en otras áreas de producción— del capital in icial, aumentado con una parte o la totalidad de estos b en eficio s. A m edida que el circuito del capital se desarrolla y diferen cia m ás, es p osible que surjan distintas fra c ­ ciones de capital en torno a funciones esp ecíficas del circuito. A sí, en t é r ­ m inos elem en ta le s, puede d istin g u irse en tre c a p ita l-d in e ro , capital productivo y capital com ercial, al m ism o tiem po que se reconoce que cual­ quier capital individual, incluso sí está especializado en una determ inada fase del circuito, debe ocuparse tam bién de las dem ás (B iyan 19 95: 94 -5)En un nivel de an álisis más concreto y com plejo, podrían ser necesarios o convenientes conjuntos más ricos de distin ciones. Al convertir la fuerza de trabajo en m ercancía ficticia, la apropiación de la plusvalía del trabajo adquiere su característica mediación capitalista en y a través

EL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

de las fuerzas del mercado. En síntesis, ía explotación5 adquiere la forma de intercambio. La subordinación form al de la fuerza de trabajo "m ercantilizada” al capital a través del sxirgimiento del m ercado de trabajo asalariado, quedó reforzada históricam ente cuando el ejercicio de la fuerza de trabajo en la producción pasó a estar directam ente bajo el control capitalista a tra ­ vés del ritmo im puesto por las m áquinas en el sistem a fa b ril6. Esta m ercantilización convierte tanto el mercado de trabajo como el proceso laboral en escenarios de la lucha de clases entre el capital y los trabajadores7. Las modalidades económ icas básicas de esta lucha dependen de la form a salario, de la división técnica y social del trabajo, y de la organización de la p ro ­ ducción capitalista como una econom ía del tiem po. Ahora bien, la dinám ica de la lucha de clases económ ica tiene otras m uchas determ inaciones econó­ micas y extraeconóm icas, y se extiende adem ás, por lo general, más allá de la economía en sentido estricto hasta otras áreas de la organización social. La naturaleza de la fuerza de trabajo como m ercancía ficticia tam bién mode la la com petencia entre capitales para asegurar sü valorización más eficaz y la apropiación de la plusvalía resultante. La com petencia y la lucha de clases son algunas de las p rincipales fuentes de la dinám ica abierta del cap italis­ mo como modo de producción. Por últim o, cuando la acum ulación de cap i­ tal se convierte en el principio de organización dom inante dentro de la economía en sentido estricto, tam bién adquiere una influencia sig n ificati­ va en la naturaleza general de las sociedades y, en ciertas circunstancias, puede convertirse en el principio dominante de la organización social (véanse pp. 26 -35). La ley general más importante del capitalismo es la ley del valor. Con ella se describe la tendencia de los capitalistas a invertir recursos en distintos cam­ pos de producción de acuerdo con las expectativas de obtener beneficios (véase el cuadro 1.1). Aunque esta ley aparece mediada por las fuerzas del mercado y por el mecanismo de precios, cuya actuación puede validar socialmente o no estas decisiones privadas, se fundamenta en última instancia en la esfera de la producción, pues es sólo aquí donde se crea nuevo valor a través de la aplica­ ción del tiempo de trabajo socialmente necesario y donde, por lo tanto, vuelve a estar disponible para cualquier ulterior validación, redistribución o, incluso, destrucción8. Marx también describió otras leyes y tendencias de las economías capitalistas, pero no vamos a ocuparnos de ellas por el momento9. Debemos notar, sin embargo, que Marx no consideró la ley del valor u otras tendencias como necesidades inexorables, sino que subrayó su mediación por parte de la com­ petencia capitalista y de la lucha de clases.

R O B E R T JE S S O P

CUADRO 1.1

LA 'LEY DEL VALOR' EN EL CAPITALISMO

En términos generales. ta ley del valor indica que se invertirá más tiempo en la producción de mer­ cancías cuyo precio de m ercado esté por encim a de su precio de producción medido por el tiempo de trabajo socialmente necesario invertido er> su producción! mientras que se invertirá menos tiem ­ po en la producción de mercancías cuyo precio de mercado sea menor que su precio de producción. En ías economías capitalistas este mecanismo se complica, ya que la competencia tiende a igualar las tasas de beneficio aunque los capitales individuales puedan utilizar diferentes proporciones de capital físico y de trabajo asalariado, siendo este último ta única fuente de “valor agregado". En con­ secuencia, son las fluctuaciones en tos beneficios (precio de mercado menos precio de costes) ías que median la ley del valor en et capitalismo. En respuesta a estas fluctuaciones y anticipándose a la forma en que podrían desarrollarse en el futuro, los capitales individuales deciden cómo distri­ buir no sólo la fuerza de trabajo, sino también el capital físico entre La producción, la distribución y la circulación. Que llegue a comprobarse que estos cálculos son correctos o no. y et hecho de que puedan vender las mercancías resultantes obteniendo una ganancia, depende de ta posterior inter­ vención de las fuerzas del mercado y es. por tanto, algo intrínsecamente incierto. La producción total en las economías capitalistas depende de las decisiones no coordinadas de capitales que com­ piten en busca de oportunidades para obtener beneficios con distintos patrones de inversión y pro­ ducción. Las ganancias dependen no sólo de la demanda de tas distintas mercancías {que refleja su valor de uso predominante), sino también de la tasa de explotación económica en ¡as distintas ramas de la producción. Y se relacionan, por tanto, de manera crucial con el curso y et resultado de las luchas entre capital y trabajo en muchos puntos distintos del circuito del capital y de la forma­ ción social en sentido amplio.

M arx identificó la existencia de una contradicción esencial entre valor de cambio y valor de uso de las m ercancías (M arx 1967/1867). El valor de cambio se refiere al valor m onetario mediado por el mercado que una mercancía tiene para el vendedor; el valor de uso se refiere a su utilidad material o simbólica para el comprador. Sin valor de cambio no se producirían bienes para la venta? sin valor de uso esos bienes no serían com prados10. Esta fue la base a partir de la cual Marx fue desvelando la compleja dinámica del modo capitalista de p ro­ ducción, incluyendo la necesidad de crisis periódicas y su papel en la rein te­ gración del circuito del capital como base para su expansión renovada. A partir de esta argumentación, querría señalar que todas las form as de relación del capital incorporan versiones distintas pero inte reo nectadas de esta contradic­ ción básica, con un impacto diferencial sobre el capital —o diferentes fraccio­ nes del mismo-— y sobre el trabajo —o diferentes estratos laborales— en 20

EL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

distintos momentos y lugares. En la sección siguiente analizo distintas formas de esta contradicción. Estas contradicciones tam bién afectan a la form ación social —en ten d i­ da en sentido am plio— y se reproducen necesariam ente al tiem po que se reproduce el propio capitalism o. Sin em bargo, su peso o significado relati­ vo para la acum ulación o la regulación no tiene por qué ser el m ism o. En realidad, como verem os más adelante, d iferen cias de este tipo p rop orcio­ nan un m ecanism o para distin guir entre diversas etapas y variedades de capitalism o. Debem os añadir aquí que "la reproducción de estas con tradic­ ciones, con sus efectos contradictorios y su im pacto en la tendencia h istó ri­ ca del desarrollo capitalista, depende de la lucha de clases” (Poulantzas 1975: 4 0 - 1 ; cursivas del autor). Más adelante analizo hasta qué punto resulta adecuado d escrib ir en térm inos de luchas de clases el impacto que tienen las distintas form as de luchas sociales en la acum ulación del capital (véanse pp. 3 7 -3 9 ). Por ahora, bastará con decir que distintas luchas sociales con relevancia de clase m odulan las form as en las que las distintas contradiccio­ nes y dilem as de la relación de capital se expresan en coyunturas esp ecífi­ cas, que afectan tam bién a la m anera y a la m edida en la que se establecen, bloquean o anulan las posibles bases para una expansión renovada. Esto explica por qué la acum ulación im plica un equilibro cam biante entre ciclos repetidos de autovalorización, autotransform ación continuada, brotes de reestructuración inducidos por las crisis y otras m odalidades de cambio. Estos ciclos generalm ente se enlazan con nuevos patrones de com presión y distanciamiento espacio-tiem po (véase p. 18 7 -138), así como con ciertos cam ­ bios en los horizontes espaciotem porales dom inantes y en los principales lugares y espacios de acum ulación. La com plejidad de estos aspectos vicia cualquier recuento lineal de las etapas del capitalism o, puesto que perm ite diferentes trayectorias en d iferen tes circunstancias. Por la m ism a razón, im pide cualquier intento de in terpretar la acum ulación en térm inos de algún tipo de teoría del equilibro. EL CAPITAL COMO OBJETO DE REGULACIÓN En conjunto, estas contradicciones y dilem as significan que la relación de capital no puede ser totalmente reproducida a través del intercambio en el mercado y que, por tanto, tiende a lo que con frecuencia se expresa, en térm i­ nos ideológicos, como "fallo de m ercado” . Esto significa que la improbable autovalorización del capital no puede explicarse en térm inos de ninguna 21

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supuesta lógica que se corrige y expande por sí misma, lo que nos lleva a consi­ derar los mecanismos a través de los cuales, a pesar de las contradicciones del capital, la acumulación puede regularse y reproducirse. Dichos mecanismos van mucho más allá de la economía capitalista en sentido estricto (la produc­ ción concebida en función de los beneficios, el intercambio mediado por el mercado), e incluyen otros directa e indirectam ente extraeconómicos. Es más, en la medida en que estos m ecanism os extraeconómicos tam bién reproducen las contradicciones y dilemas inherentes a los mecanismos económicos de la relación de capital, aumenta todavía más la posibilidad de que las actuaciones, estrategias y tácticas modelen el curso de la acumulación y la forma en que estas contradicciones y dilem as se expresan. Esto, a su vez, requiere que todo análi­ sis de la naturaleza improbable de la acumulación del capital tome muy en serio dichas actuaciones. La m ejor manera de com prender esta cuestión es preguntarnos por qué el capitalismo debe ser regulado. La respuesta estriba en la naturaleza indeterm i­ nada pero antagónica de la relación de capital y de su dinámica. Tres son sus aspectos claves: ■ Lo incompleto del capital como relación puramente económica (o mediada por el mercado), lo que conlleva que su reproducción conti­ nuada dependa, en forma inestable y contradictoria, de condiciones extraeconómicas cambiantes. • Las distintas contradicciones estructurales y dilemas estratégicos inhe rentes a la relación de capital y a su cambiante articulación estructural y formas de aparición en los distintos regím enes de acumulación, modos de regulación y coyunturas. * Los conflictos sobre la regulación y/o gobernanza de estas contradiccio­ nes y dilem as, tal como se expresan tanto en el circuito del capital como en la form ación social en sentido amplio. El p rim er aspecto hace referencia a la incapacidad intrínseca al capita­ lism o de lograr en térm inos económ icos un cierre sobre sí m ismo o, en otras palabras, su incapacidad de reproducirse totalmente a través de la form a valor en una lógica de m ercantilización que se expanda a sí m ism a. Esto se relaciona con la naturaleza ficticia de la tierra, del dinero, del conocim iento y, sobre todo, de la fuerza de trabajo como m ercancías e, igualm ente, con la dependencia de la acum ulación no sólo de estas m ercancías ficticias, sino tam bién de diferentes form as de relaciones sociales no m ercantilizadas. Este 22

E L FUTURO DEL ESTAOO CAPITALISTA

carácter incom pleto es, pues, una característica constitutiva —o definitoria— del capitalism o y posee im plicaciones im portantes en su dinámica global. Incluso en el nivel más abstracto de análisis, y todavía más en las form as en que realm ente existe, la reproducción del capitalism o depende de que se log're un equilibro intrínsecam ente inestable entre sus respaldos económ i­ cos m ediados por el mercado y otros respaldos extraeconóm icos cuya efica­ cia depende de su ubicación más allá de los m ecanism os del mercado. Esto excluye que todo pueda llegar a ser m ercantilizado y, con mayor razón, d es­ carta una econom ía capitalista pura. La inestabilidad resultante explica la existencia de oleadas irregulares de m ercantilización, desm ercantílización y rem ercantilización, conform e la lucba por extender los momentos de valor de cambio de la relación de capital se encuentra con lím ites estructurales reales o con una resistencia creciente y, tam bién, a m edida que se buscan nuevas form as de vencer estos lím ites y resistencias (Offe 1984,). Asim ism o, se relaciona con las oleadas irregulares de territorializacíón, desterrítorializacióny reterrítorialización (Brenner 19 99a, b) y con la búsqueda de nuevas form as de arreglos espaciotem porales a m edida que los arreglos predom i­ nantes comienzan a descom ponerse (Jessop 1999a, 3 0 0 0 , 2 0 0 1b ; y capítulo 4 de este libro). Dichos lím ites y contradicciones estructurales (y sus con si­ guientes "fallos de m ercado”) abren posibilidades para el cambio de d irec­ ción, en la m edida en que el capitalism o se orienta de form a constante hacia nuevas oportunidades de obtener beneficios debido a la presión de la com ­ petencia. Esta dinám ica abierta excluye la existencia de un destino final hacia el cual la lógica de la acumulación del capital y /o la lucha de clases deban con­ ducir inexorablem ente (para más detalles, véase Postone 19 9 3). En síntesis, desde un punto de vista sustantivo, el capitalism o carece de una trayectoria establecida previam ente. Segundo, la acumulación en la totalidad de la economía capitalista, esen­ cialmente, de la explotación del trabajo asalariado dentro de un proceso labo­ ral concebido en función de la ganancia y mediado por el mercado. Esto es así porque, si bien los mercados actúan como mediadores en la búsqueda de valor agregado y m odifican su distribución dentro de las clases y entre ellas, no pue­ den producirlo. Más aún, el proceso mismo de m ercantilización asociado a la propagación del mecanismo de mercado genera contradicciones estructurales que no pueden ser resueltas por ese mismo mecanismo. Muchas de estas con­ tradicciones, y los dilem as estratégicos relacionados con ellas, son expresiones diferentes de la contradicción básica entre valor de cambio y valor de uso de la mercancía (véase la tabla 1.1). a3

ROBERTJESSOP

TABLA 1.1

FUENTES DE TENSIÓN EN LAS FORMAS BÁSICAS DE LA RELACIÓN DE CAPITAL

FORMA

MOMENTO DEL VALOR DE CAMBIO

MOMENTO DEL VALOR DE USO

Mercancía

______

Valor de cambio

Valor de uso

Pu erca de trabajo

(a) trabajo abstracto como factor de producción sustituí ble (b> única fuente de plusvalía

(a) habilidades genéricas y concretas, distintas formas de conocimiento (b) fuente de orgullo profesional para el trabajador

Salario

(a) coste monetario de producción (a) fuente de demanda efectiva (b) medio para asegurar suministro de (b) medio para satisfacer deseos en una mano de obra útil por un tiempo dado sociedad basada en el dinero

Dinero

{a) capital que devenga intereses, crédito privado (b) moneda internacional (c) expresión última det capital

Capital Productivo

(3) valor abstracto en movimiento

{0 capital-dinero) disponible

para alguna forma de inversión en momento y lugar Futuros ING-AND£RSEN 8

E L FUTURO D EL ESTADO CAPITALISTA

cambio y de valor de uso del capital productivo ha aumentado su importancia con relación a lo que sucedía en el apogeo del fordism o atlántico, debido a la creciente disociación entre los flujos abstractos en el espacio y la valorización concreta in sítu. Esto aparece especialmente asociado a la hiperm ovilidad de algunas fracciones del capital finan ciero, pero afecta tam bién a otros actores y procesos relativam ente m óviles del circu ito del capital. En cuarto lugar, la articulación entre las condiciones económ icas y extraeconóm icas para la acum ulación de capital (es decir, entre sus precondiciones mercantilizadas, ficticiamente mercantilizadas y no mercantilizadas) se ha vuelto más proble­ mática. En especial, el creciente cortoplacismo en el cálculo económico, vin cu­ lado con la dominación del concepto de capital como dinero, está entrando en serio conflicto con la creciente dependencia de la valorización de un cada vez mayor rango de factores extraeconómicos que requieren un amplio periodo de tiempo para su producción. En quinto lugar, la contradicción básica entre la creciente socialización de las fuerzas de producción y la conservación del con­ trol privado de las relaciones de producción y apropiación del excedente adquiere una nueva forma y significado en la economía en red. En sexto lugar, y como añadido, aunque no se trata en sí de una contradicción estructural, han surgido importantes conflictos acerca de cuáles son los horizontes de acción adecuados para el arreglo espaciotemporal, si es que existen, dentro de los cua­ les sea posible gestionar las principales (pero ya no tan importantes) contra­ dicciones del fordism o atlántico y las ahora más importantes contradicciones de este periodo. En prim er lugar, en el fordism o atlántico y en el ENBK el salario era trata­ do fundamentalmente como una fuente de la demanda. De esta forma, el cre­ cimiento de los salarios servía a los intereses del capital productivo para lograr la utilización completa de su capacidad dentro de una economía relativamente cerrada, dominada por la producción en masa y los intereses del capital com er­ cial en la difusión del consumo masivo. La creciente internacionalización del capital, que acompañó a las fases finales del fordism o, vino a transform ar dicha situación: los salarios pasaron a ser vistos prioritariam ente como un coste de producción y sólo secundariamente como una fuente de la demanda interna4, tanto en lo que se refiere a los salarios individuales como al salario social (sobre este último, véase el capítulo 4). Con ello se amenazaba el compromiso de clase nacional institucionalizado entre el trabajo organizado y el capital industrial nacional y, junto a la inversión de los aspectos prim arios y secunda­ rios de la forma dinero, contribuyó a desplazar el equilibrio de fuerzas de dicho compromiso desde el trabajo organizado hasta el capital productivo. También 13 9

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sirvió para fortalecer al capital m onetario frente al capital productivo, lo cual pudo estimular al capital de ciertos sectores —o incluso a la mayor parte de los capitales activos en el espacio de una determinada economía nacional— a intentar anular dicho compromiso. A sí ocurrió en las economías liberales que experimentaron un cambio de régim en neoliberal facilitado por la naturaleza relativamente des coordinada de las relaciones "industria-finanzas-trabajo” y por la capacidad de los Estados centrales de poner en práctica programas rad i­ cales sin necesidad de mayores consultas o concertaciones. En los demás casos, sin embargo, esta inversión pudo conducir simplemente a una renegociación de los térm inos del compromiso y, acaso, a una restricción de las partes del mismo. Esto resulta más probable allí donde el capital o el Estado consideran que la cooperación de los trabajadores y de los sindicatos es esencial para hacer frente con éxito a otras contradicciones estructurales en la emergente econo­ mía posfordista. Lo que, a su vez, depende del grado en que el capital o el Estado consideran a la fuerza de trabajo como el lugar de la cualificación, la creatividad y el conocimiento, más que como un factor sustituible de la p ro­ ducción entre otros muchos. Dependerá, asimismo, de algunos rasgos más generales del Estado (véase el capítulo i) y de la situación política existente. En resumen, el nivel de radicalídad posible de la ruptura con el com pro­ miso de posguerra depende de los concretos rasgos de la relación salarial y de qué fracciones del capital (si es que hay alguna) estén efectivamente interesa­ das en rom per dicho compromiso, aun cuando el equilibrio estructural de fuerzas subyacente al mismo se haya desplazado en perjuicio del trabajo. Esto se reñeja en las diferentes soluciones nacionales para resolver los nuevos p ro­ blemas. A sí, allí donde la mano de obra es considerada como un coste fijo (por ejemplo, los trabajadores clave en Japón o en Alem ania), o bien los sindicatos están bien establecidos organizativa y legalmente en el nivel local (por ejem ­ plo, en Bélgica, Alem ania o Suecia), se ha recurrido a la innovacióny a la recua lificación para mantener una estrategia de acumulación de altos salarios, alta tecnología y alto crecimiento. En casos tales como los de Alemania, Suecia y Bélgica, esto se refleja en pactos de productividad a veces respaldados por el Estado. Por el contrario, allí donde la fuerza de trabajo es vista como un coste variable (como en los casos británico y estadounidense, aunque diferentem en­ te organizados) o donde los sindicatos locales son débiles, el capital puede ata­ car a los sindicatos en todos los niveles y adoptar un enfoque de despido libre con la esperanza de que la flexibilidad neoliberal refuerce la competitividad (Hancké 1996). También en el Sur de Europa se desarrollaron pactos sociales, aunque por razones algo diferentes (véase ínfra y el capítulo 4,). i 3o

EL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

En segundo lugar, dado que el dinero funcionó en el ENBK básicamente como divisa nacional, y su circulación en la economía nacional estaba contro­ lada por el Estado, el subsiguiente colapso del régimen del dinero como crédi­ to regulado de posguerra abrió la caja de Pandora. Podemos comprobarlo en el desarrollo de la desregulación financiera en las economías nacionales y entre las economías nacionales, así como en la expansión del capital financiero "deslocalizado”. El desplazamiento hacía la determinación en el mercado internacional de los términos de los créditos y de los precios de las divisas, en ocasiones, por supuesto, con la connivencia de los propios Estados nacionales, sobre todo de los EE UU, ha debilitado al ENBK como una forma específica de Estado. Los crecientes flujos transfronterizos del capital financiero (incluyen­ do el tráfico de derivados) han tenido un impacto negativo sobre el control monetario por parte de los Estados nacionales. Así, tal como señala Alan Hudson: [el] desarrollo de las divisas desestatalizadas reordenó el paisaje regulatorio, socavando la geografía (una organización espacial del poder y de las relaciones sociales) de los Estados territoriales fijos y mutuamente excluyentes hooo: 277].

Podemos encontrar una muestra de este desplazamiento de la primacía en la expansión de los mercados financieros internacionales a partir de los años setenta. Entre 1963 y 1995, el monto total de los fondos en los mercados inter­ nacionales creció a una tasa anual media del 24,3 por ciento frente al 5,5 por ciento del crecimiento anual del comercio mundial y el 3,2 por ciento de creci­ miento en la producción mundial. Los flujos financieros a corto plazo resultan incluso más significativos. Alrededor de 1,5 billones de dólares norteamerica­ nos (o su equivalente en cualquiera otra divisa) se intercambia diariamente en los mercados de divisas internacionales, de los cuales sólo un cinco por ciento está directamente relacionado con los pagos del intercambio de bienes y servi­ cios. Estos flujos de divisas desestatalizadas resultan esencialmente desterritorializados y poseen una lógica y una dinámica en contradicción con el orden nacional-céntrico del régimen financiero internacional de posguerra (Leyshon y Tickell 1994). La crisis del dinero nacional contribuyó significati­ vamente a la crisis del ENBK, y la búsqueda de una respuesta adecuada a la amenaza de masivos y volátiles movimientos de divisas resultará crucial para cualquier modo de regulación emergente en los niveles nacional, regional e internacional. Todo lo cual tiene repercusiones sobre el redíreccionamiento de la política económica y de su arquitectura institucional. Más concretamente, si i3 i

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la fuerza relativa de la divisa nacional en los mercados internacionales de divi­ sas depende cada vez más de la fuerza competitiva de la economía nacional (o de sus em presas, ciudades y regiones más competitivas), se producirá una cre­ ciente presión sobre el Estado para que centre su intervención en el lado de la oferta. Del mismo modo, sí se pretende reducir el impacto de la volatilidad, se harán necesarias nuevas medidas con el fin de gestionar la demanda y la oferta de crédito bancario, especialm ente en las llamadas economías de mercado em ergentes; también para m ejorar las capacidades de absorción de las econo­ mías que reciben inversión exterior y para lim itar los riesgos de contagio regional o mundial de crisis financieras particulares. La im portancia cada vez mayor del dinero como divisa internacional y/o como dinero desestatalizado ha modificado tam bién las prioridades de in ver­ sión y alterado las relaciones entre el capital productivo y financiero (Guttman 3002). Es más, asociado al cambio de papeles de las form as dinero y salario en el posfordism o, cambian tam bién las inquietudes, pasándose de la preocupa­ ción por la gestión de la inflación en los precios de los bienes para el consum i­ dor y en los salarios (asociados a los ciclos de negocios), a la preocupación por los ciclos de crecimiento y recesión de los activos financieros. Los mercados de acciones e inm obiliarios resultan especialmente importantes en este sentido, sobre todo cuando se vinculan con otros cambios tales como la privatización de las industrias de propiedad estatal, los m ovimientos desde sistem as de pen sio­ nes de "p ago -a-la-salid a” (pay-as-you-go) hacia fondos de pensiones y la externalización del consumo colectivo (véase el capítulo 4). Esto requiere n ue­ vas respuestas por parte de los bancos centrales, así como la cooperación entre los bancos centrales dentro del contexto más amplio de la reconfiguración de la arquitectura financiera internacional. La burbuja de Internet y de las "puntocom" puede servirnos de ejem plo, como tam bién los riesgos asociados al lla­ mado contagio financiero. En tercer lugar, la contradicción entre los momentos de valor de cambio y de valor de uso en el capital productivo se ha vuelto m ás significativa como con­ secuencia de una creciente disociación entre los flujos abstractos en el espacio y la valoz’ización concreta in situ, en comparación con el momento de auge del fordism o atlántico. Esto aparece estrecham ente relacionado con dos grupos de cambios en la organización de la acumulación de capital: el resurgimiento de las transacciones tra sfro n te riz a s (a menudo, denominado internacionaliza ción o globalización, aunque generalmente restringido a regiones relativa­ mente integradas en tres bloques más que de alcance mundial) y al auge de la economía virtual. Las transacciones finan cieras internacionales a corto plazo i3 i>

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y el crecim iento de una cartera de inversiones móvil en un mercado mundial cada vez más integrado tienden a disociar los flujos monetarios de las necesi­ dades de los capitales financieros directamente involucrados en la valorización de activos concretos en lugares y momentos específicos5. Esto se ha visto reforzado por el desarrollo del ciberespacio como esfera para las transacciones económicas. Como señala Kelly-, "la nueva economía opera en un 'espacio’ más que en un lugar, y según pase el tiempo serán más y m ás las transacciones eco­ nómicas que migrarán hacia ese nuevo espacio” (1998: 94,). El ciberespacio económico es un espacio no “ contiguo, m ultidim ensional con complejas d in á­ micas que se derivan de las posibilidades que ofrece el ciberespacio para la colocación simultánea de infinidad de entidades y relaciones. Im plica nuevas formas de desincrustación de las actividades económicas y supone nuevos p ro­ blem as para su reincrustación, regulación y gobernanza. Más que un tercer espacio neutral entre capital y trabajo, mercado y Estado, público y privado, el ciberespacio es un nuevo terreno en el que se disputan los conflictos entre estas fuerzas, estas instituciones y estos dominios. En conjunto, estos desarrollos intensifican el conflicto potencial entre espacio y lugar. Las formas más comúnmente citadas en relación con este p ro­ blem a son la separación de un capital financiero híperm óvil de su capital industrial; el prim ero desplazándose en un espacio abstracto de flujos, m ien­ tras que el segundo necesita valorizarse in situ. Incluso los autores más escép­ ticos respecto a la importancia de las form as contemporáneas de globalización admiten que algo ha cambiado en relación con los flujos financieros (por ejem ­ plo, Hirst y Thompson 1999). Es más, a la luz de la Crisis Asiática, si es que no ya antes, los reguladores financieros nacionales han reconocido los problem as que plantea. Ahora bien, conflictos sim ilares se dan también en los circuitos del capital financiero, industrial y com ercial, considerados tanto por separado como en sus interconexiones. Ya que, por mucho que sea el capital que migre al ciberespacio, seguirá necesitando algunas raíces territoriales. En el caso del capital financiero mundial estas raíces, naturalmente, se encuentran en la matriz de ciudades globales (Sassen 19 94). El comercio electrónico también precisa una infraestructura. Esto resulta particularm ente obvio en el caso de la producción y distribución físicas de bienes m ateriales y servicios asociados a las transacciones B2B o B^C en Internet. Ahora bien, también las transaccio­ nes virtuales exigen alguna forma de infraestructura, incluso sí no se trata más que de una "gram ola celestial” que envía música digitalizada bajo demanda y de un sistema electrónico de pagos. En el caso del capital industrial, las raíces se hallan en los entornos de innovación, en los distritos industriales, en las i33

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regiones de aprendizaje, etc., además de en las infraestructuras físicas (Harvey 1982; Scott 1998; Storper 1997). De este modo, la economía globalizadora basada en el conocimiento no ha trascendido las barreras espaciales, sino que efectúa "nuevas y más complejas articulaciones de las dinámicas de movilidad y fijeza” (R obínsy Gillespie 1992: M o ­ lin a cuarta fuente de problem as para la re-regulación del capitalismo tras el fordism o se halla en la paradoja de que la competitividad económica de las economías más avanzadas depende cada vez más de factores extraeconó micos. Esto ocurre como consecuencia de 1a. creciente importancia atribuida a la competitivídad estructural o sístémíca, y al cultivo de una base de conocimiento como fuente clave de ventajas competitivas dinámicas. Los discursos y estrate­ gias de la competitividad estructural o sistém ica enfatizan no sólo los factores del nivel em presarial o sectorial, sino tam bién el papel de una amplia gama de contextos institucionales extraeconómicos y de condiciones so ció culturales en los que los actores puedan competir6. Y tam bién se relacionan con la rápida expansión de prácticas y servicios de acreditación (¡com petitivos!) dedicados a construir tablas clasificatorias y a ofrecer recom endaciones sobre cómo m ejorar dicha competitividad. De esta form a, se extiende la competencia económ i­ ca a una virtual competencia entre form aciones sociales enteras, mediadas por la auditoría del mercado m undial y las crecientes presiones para valorizar una amplia gama de instituciones y sus relaciones extraeconómicas (o generar la capacidad para ello). Esto reforzado, además, por la creciente im portancia que se concede a la base del conocimiento en el posfordism o y, consecuentemente, a la producción de conocimiento y a su transferencia a través de toda la form a­ ción social. Estos discursos y estrategias modificados im plican, a su vez, que los cálculos económicos duros se apoyan cada vez-más en la movilización de recu r­ sos sociales blandos que son irreductibles a lo económico y resistentes a tales cálculos (Veltz 1996: 11 - 1 2 ) . Por ejemplo, se afirm a ahora que la com petitivi­ dad de ciudades o regiones no depende sólo de las estrechas determ inaciones económ icas, sino tam bién de ciertas interdependencias localizadas y no mediadas por el comercio, de activos de conocimiento, de capacidades regio­ nales, del espesor institucional, del capital social, de la confianza y la capacidad para el aprendizaje colectivo, así como de una cultura y distracciones locales atractivas y particulares (Amin y Thrift 1995; M askell et álii 1998-, Storper 1997). Del mismo modo, cada vez es mayor el énfasis en la m ejora de la ínterfaz entre los negocios, las universidades y el Estado para prom over la "econ o­ mía basada en el conocimiento" (Etzkowitz y Leydesdorff 1997). En conjunto, supone volver a trazar los límites entre lo económico y lo extraeconómico de 13 4 .

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modo tal que una mayor parte de esto último se incorpore directamente al p ro ­ ceso de valorización del capital. Podemos expresarlo en térm inos de una dom i­ nación creciente de la acumulación como principio de socialización, y verlo reflejado en la colonización de los sistem as extraeconómicos y del mundo de la vida por la lógica de la acumulación de capital (véase el capítulo i). Es éste uno de los aspectos de la creciente dominación ecológica del capitalismo. El desarrollo de esta paradoja aparece asociado con nuevas y fundam enta­ les contradicciones y potenciales lugares de conflicto en el capitalismo con­ temporáneo, que afectan tanto a su organización espacial como temporal. En térm inos temporales, existe un conflicto cada vez mayor entre el cálculo eco­ nómico a corto plazo (especialmente en los fhijos financieros) y la dinámica a largo plazo de la competencia real dependiente de ciertos recursos (conoci­ mientos, confianza, aprendizaje colectivo de técnicas, economías de aglom era­ ción y tamaño) que tardan años en creai'se, estabilizarse y reproducirse. El creciente énfasis en la reflexividad y en el aprendizaje en la economía basada en el conocimiento refuerza esta contradicción. Ya que, precisamente porque se tarda cierto tiempo en crear las capacidades de aprendizaje colectivo y una vigorosa cultura em presarial, "[las] em presas, sectores, regiones y naciones capaces de aprender m ejor o más deprisa (con mayor calidad o más barato para una calidad dada) se convierten en más competitivos por la escasez del conoci­ miento y porque no pueden ser imitados de forma inmediata por parte de nue­ vos participantes, ni trasferidos por canales form ales y codificados a las naciones, regiones o empresas com petidoras” (Storper 1-997-. 250). Del mismo modo, en términos espacíales el capitalismo siem pre implica una potencial contradicción entre la economía form al de mercado, considerada como un puro espacio de flujos, y la economía instituida sustantivamente, considerada como un sistema territorial —o soeialmente incrustado— de recursos y com pe­ tencias extraeconómicas y económicas. Esta contradicción se ha visto recien­ temente reforzada por tres cambios: (1) el surgimiento de nuevas tecnologías basadas en sistemas más complejos de innovación transnacional, nacional y regional; (3) el paso del paradigma fordista, con su énfasis en el crecimiento de la productividad y anclado en las economías de escala, al paradigma p osfordis­ ta, con su énfasis en las economías de aglom eración y de red, y en la moviliza­ ción de fuentes de flexib ilid ad y em pren dim ien to sociales adem ás de económicas; y (3) los intentos más generales de p enetrarlas relaciones micro sociales en interés de la valorización. La intensificación de estas contradiccio­ nes se refleja, a su vez, en el mayor énfasis que recibe el capital social, la confianza y las comunidades de aprendizaje, y en la im portancia de m ejorar x35

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la competitividad basada en las ciudades em presariales, ias regiones de ap ren ­ dizaje, la cultura y los sujetos emprendedores. Esta última re orientación estra­ tégica se vincula con muchos conceptos que surgen para describir la economía basada en el conocimiento que es, a su vez, una construcción asociada al nuevo paradigma tecnoeconómico. Entre estos conceptos se incluyen los sistem as de innovación locales, regionales y nacionales, los entornos de innovación, la competitividad sistém ica o estructural, las regiones de aprendizaje, el capital social, la confianza, el aprendizaje a través de la acción, la competencia basada en la velocidad, etc. Lo cual plantea nuevos dilem as para los actores que tratan de estabilizar la relación de capital sobre un rango de escalas en expansión y sobre unos horizontes de acción a un tiempo com primidos y expandidos. En quinto lugar, en la acumulación posfordista (o al menos posindustrial) la contradicción inherente al capitalismo entre la socialización de las fuerzas de producción y la apropiación privada de los beneficios adquiere una nueva expresión en la tensión entre el conocimiento como bien común y el conoci­ miento como propiedad intelectual. Esto no es sorprendente, ya que esta con­ tradicción básica posee diferentes form as según los diferentes momentos y lugares, que generan problem as fundam entales de acción colectiva, así como dilemas más o menos agudos para los actores económicos o políticos in divi­ duales. En su forma más general, puede expresarse en térm inos de las conflic­ tivas im p licacion es para el desarrollo de p riorizar la econom ía de la inform ación o la sociedad de la inform ación (véase Bell 1973 sobre el conflicto entre las lógicas economicista y sociologista en la sociedad posindustríal). La forma básica de esa contradicción se refiere a la apropiación privada del cono­ cimiento en forma de derechos de propiedad intelectual, de forma que puedan convertirse en la base para rentas m onopolistas y la competitividad nacional (quedando, consiguientemente, som etidos a muchas de las tendencias a los fallos de mercado, como se reconoce desde hace mucho tiempo en la subdísciplina de la economía de la inform ación), y al ensanchamiento del acceso públi­ co al conocimiento como fuente de empoderamiento personal y de expansión de la esfera pública. Ahora bien, esta contradicción tam bién se reproduce d en ­ tro de la propia economía de la inform ación en form a de derechos de p rop ie­ dad intelectual frente a acceso a los bienes comunes intelectuales-, desde el punto de vista de la sociedad de la inform ación, bien en la form a de derecho a la intimidad, bien como exigencias de secreto oficial frente al ensancham ien­ to y profundización del conocimiento público. Estas contradicciones y dilemas poseen, naturalmente, una larga y deba­ tida historia. Pero han adquirido un mayor significado material y discursivo i 36

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como consecuencia del desarrollo de las nuevas TIC, y por la creciente im por­ tancia de la creación de conocimiento como fuerza motriz de la expansión eco­ nómica, tanto en sus dim ensiones de valor de cambio como de valor de uso. De hecho, la importancia de las economías de aglomeración y de red en las econo­ mías basadas en el conocimiento subraya la contradicción desde ambos lados. A sí, en el lado de las fuerzas productivas, la creciente socialización de la p ro­ ducción del conocimiento en las econom ías en red hace más difícil distinguir legalmente entre la propiedad intelectual de las diferentes em presas como base para distribuir los réditos de la innovación (Kundnani 19 9 8 -9 : 56). Esto resulta incluso más obvio en las contribuciones de los "trabajadores del cono­ cim iento” individuales al sistem a global de innovación. Lo que a su vez condu­ ce a la búsqueda de nuevas form as de em presa capaces de capturar las rentas de estas economías de red sin destruir otras redes dedicadas a su producción. Las empresas "virtuales” , las em presas en red y las alianzas estratégicas son algu­ nas de las form as en que esto se produce (Gastells 19 9 6 :15 1 - 2,00) ■,la otra forma es más territorial e im plícalos entornos de innovación, las regiones de apren­ dizaje, etc., en los que las economías en red pueden quedar capturadas en forma de bienes públicos impuros o bienes club (ejemplo clásico es Silicon Valley). Igualmente, estimula los intentos de proteger a los vulnerables mono­ polios del conocimiento o de la información incrustándolos en estándares tecno­ lógicos generados por el m ercado, en el conocimiento tácito, o en derechos de propiedad intelectual legalmente atribuidos. Estas soluciones, sin embargo, contribuyen a intensificar las contradicciones en el lado de las relaciones sociales de producción, a m enos que las redes resultantes abarquen a todos los involucrados en la producción de economías de red. Ya que, m ientras que cada capital desea un líbre acceso a la inform ación, al conocimiento y a las destre­ zas, desea igualmente cobrar por la inform ación, conocimiento y destrezas que puede ofrecer. Esta tensión genera asim etrías sistemáticas de intereses dentro de la economía de la inform ación, dependiendo de las diferentes posiciones de los actores en la producción, circulación o consumo del conocimiento. El régi­ men de derechos de propiedad intelectual resulta en la actualidad, por supues­ to, enormemente beneficioso para la economía de los EE UU. Un sexto ámbito problemático se refiere a los horizontes de acción ade­ cuados para el arreglo espaciotemporal -—si es que existen— dentro de los cua­ les resulten m anejables las anteriores contradicciones del fordism o atlántico y las nuevas e importantes contradicciones del actual periodo. Esto se relaciona estrechamente con una nueva complejidad del espacio-tiem po en el capitalis­ mo de la inform ación, consecuencia de la interacción de nuevas form as de l3 7

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distanciamiento y com presión espaciotemporales. Ei distanciamiento en el espacio y en el tiempo estira las relaciones sociales, de forma que no resulta posible controlarlas o coordinarlas en estos mayores plazos de tiempo (incluyendo el futuro más lejano) y a mayores distancias, en áreas más grandes o en más escalas de actividad. En este sentido, pues, la globalización implica un mayor distanciamiento espacial que se refleja en el mayor alcance de las d ivi­ siones de trabajo en los diferentes campos, posible por las nuevas tecnologías materiales o sociales de transporte, comunicación, mando, control e inteligen­ cia. Por el contrario, la com presión espacio tem poral supone la in ten sifica­ ción de los acontecimientos "discretos” en tiempo real7 y una mayor velocidad en los flujos m ateriales e inm ateriales para una distancia dada8. Esto se rela­ ciona con el cambio en las tecnologías m ateriales y sociales que perm iten un control más preciso de periodos cada vez más cortos de acción, así como con "la conquista del espacio por parte del tiem po” . Las capacidades diferenciales para expandir y/o com prim ir el tiempo y el espacio contribuyen a configurar el poder y la resistencia en el orden mundial emergente. De este modo, el poder de las form as hiperm óviles de capital financiero depende de su capacidad única para com prim ir su propio tiempo de toma de decisiones (llevado a su extremo, por ejem plo, mediante el comercio computerizado en fracciones de segundo), m ientras logra seguir extendiendo y consolidando su alcance m un­ dial. Es esta característica combinación de distanciamiento y com presión en el espacio y el tiempo facilitada por las nuevas TIC y entusiastamente recibida por algunas fracciones de capital (y algunos Estados), la que ha contribuido a la erosión del arreglo espaciotemporal del fordism o atlántico. Al menos si lo comparamos con los años del boom del fordism o atlántico, puede ser útil describir este fenómeno en térm inos de relativización de escala (Collinge 1996, 19 99; capítulo 5). El periodo actual im plica los siguientes aspectos-, una proliferación de escalas espaciales (terrestres, territoriales o telemáticas; véase Luke 1994), su relativa disociación en complejas e intrinca­ das jerarquías (más que una sim ple inclusión de unas en otras), y una mezcla cada vez más enrevesada de estrategias de escala en la m edida en que las fu er­ zas económicas y políticas buscan las condiciones más favorables para su inserción en un orden internacional cambiante. La escala nacional ha perdido el carácter obvio que poseía en la organización económica y política del fordis­ mo atlántico; pero ello no significa que ninguna otra escala de organización económica y política (ya sea mundial o local, urbana o triádica) haya adquirido una prim acía comparable. De hecho, existe una importante competencia ente los diferentes espacios económicos y políticos por convertirse en la clave de *38

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bóveda de la acumulación de capital. Hasta el momento, esta nueva política de escala no ha sido resuelta, aunque supongo que los tres bloques llegarán a su s­ tituir en algún momento al Estado nación como escala prim aria para gestionar, desplazar y diferir las contradicciones y dilem as de una economía globalizado­ ra basada en el conocimiento (para una discusión más amplia de la economía de escala, véase el capítulo 5). La relativización de escala es un factor adicional que contribuye a la creciente heterogeneidad y desarticulación de los bloques de poder nacionales y, con mayor razón, a la aparente pérdida de poder por parte de los Estados nacionales.

3 . E L IMPACTO DE LA GLOBALIZACIÓN

Esta rearticulación de algunas de las contradicciones básicas de las form acio­ nes sociales capitalistas está anclada en la competencia, entendida como fu er­ za motriz subyacente a la acumulación de capital. Eso crea presiones no sólo en favor de la innovación tecnológica, sino tam bién en favor de la innovación en muchas otras áreas que se relacionan directa o indirectam ente con la tasa de beneficio. Esto es así ya que la competencia mediada por el mercado aumenta las presiones sobre las empresas, las regiones o los sistem as de producción con el fin de mantenerse por delante de sus com petidores, de forma que las rentas tecnológicas —permanentemente renovadas— y una mayor cuota de mercado puedan aliviarla tendencia normal de los beneficios extraordinarios a desapa­ recer debido a la com petencia. Las escalas, con form as cam biantes de a rti­ cu lación y nuevas estrategias, constituyen aspectos im portantes de tal competencia. A sn vez, afectan a las form as en que aparecen las contradiccio­ nes estructurales y los dilemas estratégicos, y a la viabilidad de los arreglos espaciotem porales que en cada momento puedan institucionalizarse como medio de estabilización de la acumulación en ciertos espacios sociales, a costa de desplazar y diferir los problemas a otro lado. Es en este contexto en el que me propongo analizar la compleja cuestión de la globalización, su naturaleza y su presunto impacto sobre los regím enes de acumulación, los modos de regu­ lación y sobre el Estado. La globalización es un término polivalente, ambiguo y controvertido que con frecuencia oculta más de lo que revela acerca de los recientes cambios económi­ cos, políticos, sociales y culturales. Es preferible emplearla para denotar una serie enormemente compleja de procesos multicéntricos, multiescalares, multitem porales, m ultiform es y multicausales. La globalización es multi-céntrica 13 9

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porque surge de las actividades realizadas en muchos lugares y no en un solo centro, aunque algunos centros sean más importantes que otros como motores de la transformación. Es multi-escalar, prim ero porque nace de las acciones en muchas escalas (que ya no pueden considerarse, como muñecas rusas, incluidas unas en otras en una clara jerarquía, sino en coexistencia e ínterpenetradas de forma intricada y confusa); en segundo lugar, porque desarrolla y profundiza la división no sólo espacial sino también escalar del trabajo. Así, lo que desde cier­ to punto de vista podríamos llamar globalización, podría también ser descrito (quizá más fructíferamente) en otros térm inos desde otros puntos de vista esca­ lares: por ejemplo, como internacionalización, triadización, formación de b lo­ ques regionales, creación de redes de ciudades globales, formación de regiones transfronterizas, localización internacional, globalización, glurbanización o transnacionalización (véanse pp. 324.-235 y 233-284.)9. Es multi-temporal p or­ que implica una reestructuración y una reartículacíón cada vez más compleja de las temporalidades y horizontes temporales. Este aspecto aparece en las nocio­ nes de distanciamiento y compresión espaciotemporal tal como se definieron más arriba (véase p. i 38 ). La globalización es claramente multi-causal porque resulta de la interacción contingente y compleja de muchos procesos causales diferentes. Y es también multiforme porque asume diferentes formas en los d ife­ rentes contextos y puede ponerse en práctica siguiendo diferentes estrategias, siendo la neoliberal sólo una de ellas (Ruigroky van Tulder 1995). Tomados en conjunto, estos rasgos im plican que la globalización, lejos de ser un mecanismo causal unitario, debería ser entendido como un producto complejo, resultado de muchas fuerzas distintas que actúan en muchas escalas. De hecho, en cierto modo la globalización es poco más que una "red enorme­ mente extendida de diferentes niveles de lo locar' (Gzarniawska y Sevón 19 9 6 : 33; cursivas del autor). Por ello, no es posible explicar nada en función de la poten­ cia causal de la globalización, y mucho m enos en térm inos de poderes causales inevitables e irreversibles que se desarrollan en algún tipo de escenario intan­ gible a nuestras espaldas o en algún plano igualmente intangible sobre nuestras cabezas. Por el contrario, son las propias globalizaciones las que necesitan de explicación en su múltiple complejidad espaciotemporal, y es sólo una vez que sus diferentes aspectos quedan desenm arañados, y que sus correspondientes tendencias y contratendencias han sido identificadas, cuando es posible comenzar a valorar las im plicaciones de la globalización para las relaciones económicas, políticas y sociales. Vista de este modo, la globalización posee un momento estructural y un momento estratégico. Esfcructuralmente, se refiere a los procesos mediante los 14 °

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cuales se crea una interdependencia global cada vez mayor entre las acciones, organizaciones e instituciones en los diferentes subsistemas funcionales, tales como la economía, el derecho, la política, la educación, la ciencia, el deporte, etc. (pero no entre ellos), y en las diferentes esferas del mundo de la vida. Estos procesos se dan en diferentes escalas espaciales, actúan de form a diferente en cada sistem a funcional, suponen jerarquías complejas e intrincadas —más que un movimiento sim ple, unilineal ascendente o descendente— y, con frecuen­ cia, presentan un "anidam iento” de las diferentes escalas de organización social no concéntricas. Aunque es obvio que la globalización se desarrolla de forma desigual tanto en el espacio como en el tiempo, podemos afirm ar que aumenta en la medida en que la covariación de las correspondientes activida­ des resulta más extensa espacialmente o se da más rápidamente. De hecho, un elemento fundamental que dota de novedad a las recientes tendencias de glo­ balización es la celeridad con la que se produce tal covariación, así como su cada vez más amplío alcance espacial. Las m ayores capacidades del capital para el distanciamiento y la com presión espaciotem poral son un factor fundam en­ tal en la creciente dominación ecológica de la acumulación en la escala global. La globalización tam bién supone problem as considerables para la gobernanza global, en la medida en que debe realizarse en m edio de una serie de horizon­ tes temporales y espaciales potencialmente contradictorios. Esto nos lleva a la dim ensión estratégica de la globalización. Desde el punto de vista estratégico, la globalización se refiere a los d ife­ rentes intentos de los actores de coordinar globalmente sus actividades en (pero no necesariamente entre) los diferentes subsistem as funcionales y el mundo de la vida. Esto no exige, naturalm ente, que los actores involucrados se encuentren físicam ente presentes en todos los puntos del globo; tan sólo requiere que traten de coordinar sus actividades unos con otros para producir efectos globales. Estos últimos pueden ir desde el meta-pilotaje (diseño consti­ tucional o institucional) para un orden global m ás o menos completo, a la bús­ queda dfe intereses económ ico-em presariales concretos dentro de un marco de este tipo. Entre los proyectos globales más am biciosos podríamos incluir los proyectos de gobierno mundial, de gobernanza global o de un Nuevo Orden Mundial. De cualquier forma, es evidente que existe un amplio margen de variación en los proyectos, como nos m uestra la globalización neoliberal liderada por el mercado (proyecto favorecido por el Banco Mundial), la gober­ nanza global horizontal que prefieren quienes proponen regím enes interna­ cio n a le s—especialm ente, las organizaciones no gubernam entales (ONG)—, y los planes para un gobierno ín terestatal m ás vertical. Proyectos m enos

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am biciosos, pero todavía globales, son los que van del intento de establecer regímenes internacionales para gobernar ciertos campos de acción en la esca­ la global mediante alianzas estratégicas orquestadas por las empresas transna­ cionales —alianzas que pueden incluir una o varias empresas de base regional, así como organizaciones sin ánim o de lucro—, a la cooperación entre las ciudades globales para consolidar su dominio en esa jerarquía, pasando por el esfuerzo por parte de empresas individuales por consolidar una posición dominante o incluso su nicho dentro de la división internacional del trabajo o la circulación de bienes y servicios. Vista de este modo, lo que actualmente se denomina globalización econó­ mica, en muy raras ocasiones (si es que alguna vez), supone una completa inte­ gración estructural y una plena coordinación estratégica a través de todo el mundo. Los procesos que actualmente se incluyen bajo esta rúbrica abarcan: (1) la internacionalízación de los espacios económicos nacionales mediante la creciente penetración (flujos hacía dentro) y extraversión (flujos hacía fuera) -t (2) la formación de bloques económicos regionales que abarcan diferentes economías nacionales incluyendo, especialm ente, la form ación de varios blo­ ques formalmente organizados en las regiones triádicas de Am érica del Norte, Europa y Asia del Este, y el desarrollo de vínculos form ales entre dichos b lo ­ ques, especialm ente m ediante el Foro de Cooperación Económ ica A siaPacífico, la Nueva Agenda Trasatlántica y los Encuentros A sia-Europa; (3) el crecimiento de la "internacionalízación local" o de las "regiones virtuales” mediante el desarrollo de vínculos económicos entre autoridades locales y regionales, contiguas o no contiguas, dentro de diferentes economías naciona­ les (vínculos que con frecuencia puentean el nivel del Estado nacional pero que también pueden ser promovidos por este últim o); (4,) la exten sión y la profun ­ dización de la multinacionalizacíón, entendida como el hecho de que com pa­ ñías multinacionales, bancos transnacionales y em presas de servicios para productores internacionales pasan de realizar ciertas actividades económicas en el extranjero a desarrollar estrategias completas en todo el mundo, en oca­ siones hasta la "localización global” , m ediante la cual las em presas montan su estrategia global sobre la base de explotar o ajustar las diferencias locales; (5) ampliación y profundización de los regím enes internacionales relativos a cier­ tos asuntos económicos o de relevancia económica-, y (6) el surgim iento de la globalización propiamente dicha m ediante la introducción y aceptación de normas y estándares globales, la adopción de los indicadores globales, el desa­ rrollo de mercados integrados globalmente junto con estrategias orientadas también globalmente, y las em presas "erradicadas” que carecen de una base 14 2

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operativa nacional evidente. En cada uno de estos casos podría decirse que estos procesos contribuyen, aunque de form a mediada e indirecta, a la integra­ ción estructural y a la coordinación estratégica de la economía capitalista en la escala global. De esta forma, estos procesos tam bién contribuyen en su inter­ conexión a la form ación de un mercado m undial integrado como espacio en el que opera la ley del valor. Lo que, a su vez, se relaciona con la creciente dom i­ nación ecológica de la economía capitalista y de su dinámica contradictoria. Ahora bien, estos procesos se producen de form a dispersa, fragmentada y p ar­ cial, y están muy lejos de haber creado una economía mundial homogénea donde esté ausente un desarrollo espaciotemporal desigual. En resumen, lo que la globalización im plica tanto estructural como estra­ tégicamente es la creación o la reestructuración de ía escala como relación social y como lugar donde se dan las relaciones sociales. Esto resulta evidente en diferentes ámbitos: en la perm anente, aunque a menudo transformada, importancia de las escalas m enores, en especial, la urbana, la transnacional, la nacional y la macrorregional, entendidas como lugares sustantivos de las acti­ vidades de la economía real-, en las estrategias económicas orientadas a la arti­ culación de las demás escalas con la global; y en los nuevos movimientos sociales basados en el localism o, y los diferentes tribalism os o renacidos nacionalismos que se oponen en diferentes formas a la globalización. Lo cual implica, por su parte, que una estrategia global debería ser sensible a escalas diferentes de la "puram ente” global, especialm ente si consideramos que esta última sólo posee significado social en relación con las escalas menores. De hecho, lo global actúa con frecuencia como horizonte último de la acción, más que como verdadero lugar para la misma. O, en otras palabras, lo global, como horizonte último de acción, sirve para orientar las acciones en las escalas in fe­ riores. No se trata de un papel in sign ifican te, ya que el no tom ar en con si­ deración estratégicam ente lo global puede conducir a una pérdida de competitividad más o menos rápida, incluso si las acciones quedan confiadas a las otras escalas. La globalización es parte de una proliferación de escalas en forma de obje­ tos discursivos e institucionalizados de acción, de regularización y de gober­ nanza. El número de escalas de acción separadas que es posible distinguir es potencialmente infinito, pero son muchas menos las que se han instituciona­ lizado como objetos explícitos de regularización y gobernanza. Esto es debido a que depende de la disponibilidad de tecnologías de poder específicas —mate­ riales, sociales y espaciotemporales—- que trasform en estas escalas potenciales de acción en verdaderos lugares de acción. Además de prestar atención a los 143

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medios logísticos (distanciamiento, com presión, comunicación virtual), hay que hacerlo igualmente con los modos de gobernanza, las tecnologías organi­ zativas y las arquitecturas institucionales. En este contexto, creo que las escalas de acción institucionalizadas económica y políticamente relevantes han p roliferado como resultado del desarrollo de nuevas tecnologías, de organizaciones y de instituciones con nuevos horizontes espaciotem porales de acción. Es m ás, a medida que surgen nuevas escalas o las escalas existentes ganan espacio institucional, existe una tendencia al surgimiento de nuevos m ecanism os para coordinarlas o vincularlas. Esto, a su vez, estimula los esfuerzos de coordina­ ción entre esos nuevos mecanismos. De este modo, en la medida en que las regiones de la tríada han comenzado a adquirir forma institucional e identidad regional, se han desarrollado nuevos foros para coordinar las relaciones entre ellos. Un proceso sim ilar actúa en lo relativo a los horizontes temporales. Las nuevas tecnologías de la inform ación, de la comunicación y las logísticas y organizativas han mejorado las capacidades de ciertos actores para la com pre­ sión espaciotemporal, lo que ha contribuido a transform ar las relaciones de poder entre y a través de los diferentes sistem as y el mundo de la vida. La com ­ presión del espacio y del tiempo contribuye a la globalización al hacer crecer las capacidades para el distanciamiento-en el espacio y el tiempo. También refu er­ za la dominación ecológica de la economía de mercado al m ejorar las oportuni­ dades de algunos agentes económicos para intensificar el momento de valor de cambio en la relación de capital, a expensas de su momento como valor de uso, y las de otros de responder estableciendo la producción justo-a-tiempo y de se r­ vicio rápido en sus mercados (Sum 1999). Las tendencias hacia la com presión espacio-tem poral van acompañadas de un creciente reconocimiento de los horizontes temporales a más largo plazo, hasta incluir la longue durée del daño ambiental, a pesar de que la globalización está tam bién relacionada con su ace­ leración. Estos desarrollos plantean problem as de cálculo y de comparación y coordinación intertem porales, y requieren form as más completas de organiza­ ción y coordinación que, de este modo, increm entan la complejidad del siste­ ma en su conjunto. A sí, en lugar de producir un espacio económ ico global homogéneo, los procesos que están implicados en la globalización, diferentes y muy variados, suponen, en realidad, la reordenación—en una amplia gama de espacios eco­ nómicos y en diferentes escalas espaciales— de diferencias y com plem entariedades que sirven de base para las ventajas competitivas dinámicas. Esto trae consigo ciertos aspectos estructurales vinculados con el acoplamiento estructural 144,

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y la coevolución de los diferentes espacios dentro de la emergente división glo­ bal del trabajo y de sus sub escalas (agrupadas pero fuera del centro). Y también implica aspectos estratégicos, donde los diferentes actores tratan de hallar los medios idóneos para insertarse en las divisiones espacial, escalar y temporal del trabajo. No todos los actores son (ni podrían aspirar a ser) jugadores globa­ les fundamentales en el mercado mundial. Pero cada vez son m ás los que tie ­ nen que prestar atención a lo global como horizonte de acción, al igual que a las im plicaciones de las cam biantes divisiones escalares y ai impacto d ife ­ rencial del distanciam iento y de la com presión espacíotem poral sobre las identidades, los intereses y las estrategias. Estas dim ensiones estructurales y estratégicas de la globalización y su papel en el refuerzo del funcionam iento de la ley del valor capitalista (véase el capítulo i) ponen de relieve la im p or­ tancia de producir, apropiarse, organizar, reestructurar y controlar el espa­ cio social como parte de las estrategias de acum ulación y de su regulación (Lefebvre 19 9 1), así como su capacidad de transform ar y controlar las m últi­ ples tem poralidades de la acción económica, política y social, y su interacción con el lugar, el espacio y la escala. Estas contradicciones y conflictos resultan especialmente claros en la form a neoliberal de globalización actualmente dominante. Las presentes ten ­ dencias neoliberales en la globalización refuerzan los momentos abstracto form ales del valor de cambio y las diferentes form as estructurales de la relación de capital, en perjuicio de los momentos sustantivo-m ateriales del valor de uso (véase la tabla 1.1 en el capítulo x). Esto es así debido a que es el capital en esos momentos abstractos el que resulta más fácil de desincrustar de lugares concretos, y de liberarlo de ese modo para que "fluya” librem ente por el tiempo y el espacio10. Sin embargo, en cada uno de sus momentos más con­ cretos, el capital posee sus propias exigencias productivas y reproductivas que, con frecuencia, sólo es posible materializar en tipos específicos de localización espaciotemporal. Lo cual conduce a una tensión general entre las exigencias neoliberales de acelerar el flujo del capital (dinero) abstracto a través de un espacio cada vez más desincrustado, y la necesidad de las formas más concre­ tas de capital de "fija rse ” en el tiempo y en el espacio, así como de incrustarse en relaciones sociales específicas como condición para su valorización. Esto se aplica no sólo a la relación entre las diferentes fracciones de capital, sino tam ­ bién a la cuestión de cómo debe considerarse la fuerza de trabajo y su salario individual y social. En este sentido, el enfoque neoliberal del capital finan cie­ ro tiende a considerar la mano de obra como un factor, entre otros muchos, abstracto y sustituíble de la producción, que debe buscarse por todo el mundo HS

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allí donde pueda adquirirse más barato; por el contrario, el enfoque más productivista del capital industrial suele considerar que la mano de obra encarna determinadas cualificaciones y conocim ientos que pueden aplicarse en lugares y condiciones de producción específicos. Existen diferentes variedades de capitalism o y de estrategias escalares asociadas con las d iferen tes form as de hacer frente a esta tensión, y de d iferir y desplazar sus consecuencias. En el capítulo i ya se abordaron las posibilidades de los diferentes enfoques de esta tensión en las diferentes escalas (véase tam bién G oughy Eisenschhitz 1996), siendo los Estados en cada una de ellas los que desem peñarán un papel crucial en la gestión de esta tensión dentro de cada arreglo espaciotemporal concreto (véase infra apartado 6).

4. POLÍTICAS SC H U M PETEM A N A S Y CO M PETITIVID AD Las cambiantes formas de articulación de lo económico y lo extraeconómico, la relativización de escala que acompaña a la globalización (tal como se definió antes) y la creciente complejidad del distanciam íento y com presión del espa­ cio y el tiempo han contribuido a los cambios en las form as de com petencia y en las bases de la competitividad, al tiempo que tam bién se han visto afectados por ellos. Existen muchos tipos de ventajas comparativas, muchas modalidades de competencia, y muchos lugares y bases diferentes para cada un a1 1 . Sin embargo, los discursos prim arios sobre la competitividad, las m egaestrategias para m ejorar las capacidades competitivas, y las estrategias y tácticas de com ­ petencia han cambiado significativam ente desde el momento de apogeo del fordism o atlántico. Una distinción que puede resultar útil aquí es la que sepa­ ra las ventajas comparativas estáticas de las ventajas competitivas dinám icas. Mientras que las prim eras se refieren a una posición superior en el control de los llamados factores naturales12 frente a los potenciales socios o com petido­ res comerciales, las últimas resultan en algún sentido una creación social más inmediata que puede ser socialmente transform ada y convertirse en objeto de intervención estratégica13. Si se entiende la com petitividad puramente en tér­ minos de ventajas comparativas, lo que im porta es la eficacia global de la asig­ nación de recursos especialmente en la producción de bienes y servicios comercializados. Suele decirse que este enfoque es más adecuado para las naciones, regiones o ciudades que producen productos prim arios y m ercancías manufacturadas estandarizadas. Ahora bien, las ventajas basadas en algún fa c­ tor suelen ser difíciles de conservar, especialm ente como consecuencia de la 14 6

EL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

estandarización de muchas tecnologías y bienes de capital (que permiten su adopción de forma relativamente rápida y fácil si se dispone de la financiación y cualificación necesarias), la creciente disponibilidad (o "ubicuidad”) de ios actores favorables a la competencia, la creciente m ovilidad del capital interna­ cional (que se refleja en el acceso al capital financiero móvil, así como en la búsqueda del capital productivo de costes de producción más bajos) y el cam ­ bio en las ventajas comparativas en el ciclo del producto (que otorga una importancia creciente a los costes de producción conforme los mercados van madurando) (Porter 1990-, Warr 1994,). Esto sugiere que sería m ejor basar la competitividad a largo plazo en el desarrollo y conservación de las ventajas competitivas dinámicas. Lo cual se aplica no sólo a las em presas, sino también a los distritos de negocios industriales o centrales, a las ciudades, regiones, naciones y a otros muchos espacios capaces de crear ventajas competitivas especializadas. Cuanto más ampliamente se entiendan estas últimas, con mayor razón podrá hablarse de competitividad estructural o sistém ica (sobre la competitividad estructural, véase Chesnais 1986; sobre la competitividad s is ­ témica, véanse Esser et álii 1996; M essner 1998; y sobre otros indicadores de amplio alcance, véanse IMD 3001-, Porter et álii 2000). La base de las estrategias competitivas es siem pre y necesariamente una economía "im aginada” . Ya que la economía real es tan desestructurada y com­ pleja en su funcionamiento que no puede ser objeto de gestión, gobernanza o guía. En su lugar, la gestión, la gobernanza o la guía económicas están siempre dirigidas a subconjuntos específicos de relaciones económicas que han queda­ do fijados discursiva e institucionalmente como objeto de tales intervenciones. Su construcción es, en todos los casos, selectiva y habitualmente excluye ele­ mentos que son esenciales para el rendim iento general del subconjunto de relaciones económicas (y extraeconómicas) que ha quedado identificado. En este punto debería ser evidente su relación con los arreglos espaciotemporales. Ya que la constitución de una economía supone su construcción discursiva como unidad "natural” (de sentido común, obvia) de análisis, gestión, regula­ ción, gobernanza, conquista u otras prácticas, con fronteras definidas, con ­ diciones de existencia económicas y extraeconómicas, agentes económicos y actores extraeconómicos típicos, y una dinámica espaciotemporal global. Las luchas para construir ciertas economías como sujetos, lugares y desafíos de la competencia normalmente im plican la manipulación del poder y del conoci­ miento para lograr el reconocimiento de sus lím ites, geometrías y tem porali­ dades. Lo que, a su vez, supone el desarrollo de nuevas formas institucionales que contribuyan a institucionalizar dichos límites, geometrías y temporalidades 14 7

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en un determinado arreglo espaeiotemporal y, consecuentemente, a desplazar o diferir algunas de las contradicciones y tendencias de crisis con las que la gestión del capital como relación social aparece.inevitablemente asociada. Una vez que tomamos en cuenta la creación social de las ventajas com pe­ titivas, adquieren relevancia las obras de List y Schumpeter (para una breve discusión de la com prensión ricardíana, Iistíana, schumpeteriana y keynesiana de la competitividad, véase el cuadro 3 .i ) 14. Schumpeter ostenta un papel protagonista como pensador emblemático a la hora de configurar, directa o indirectamente, la nueva com prensión de la competitividad y de ligarla a las ondas largas de la innovación tecnológica y de la acumulación de capital. Es más, conforme se extienden los m ecanism os de m ercantilización y de m erca­ do a nuevas esferas de la actividad social, y a medida que la competitividad estructural y sistém ica va ganando importancia, se extiende igualmente el campo para el em prendim iento económico. La función característica del em presario es la innovación más que la invención técnica (por muy original que ésta sea), la gestión rutinaria de las actividades capitalistas o la asunción de riesgos. El emprendimiento en su sentido estricto, fuerte o schumpeteriano, implica la ideación y realización de nuevas form as de hacerlas cosas para gene­ rar beneficios extraordinarios (esto es, "ren tas” o, en term inología marxtsta aplicada a la producción, plusvalía y beneficios extraordinarios relativos) de la competencia capitalista. El em prendim iento puede ejercerse en cualquier momento de la circulación del capital y en la articulación de dichos momentos. Más aún, aunque lo habitual es igualar al em presario con la dinamo del nego­ cio individual, las funciones del em prendim iento pueden ser realizadas por diferentes tipos de agentes. De hecho, sus form as variarán con la naturaleza de las com binaciones, las form as de la competencia y los objetos de la gobernan­ za em presarial. Schumpeter enumeró diferentes form as en las que puede darse la innovación empresarial: i . La introducción de un nuevo bien, es decir, de uno que todavía no resul­ te fam iliar para los consumidores, o de una nueva calidad para un bien. 3. La introducción de un nuevo método de producción, es decir, de uno todavía no comprobado por la experiencia en la rama de la industria de que se trate, que no precisa en absoluto estar basado en un nuevo des­ cubrimiento científico y que puede consistir tam bién en una nueva forma de gestionar comercialmente una mercancía. 3 . La apertura de un nuevo m ercado, es decir, de un m ercado en el que la concreta ram a de la industria del país en cuestión no hubiera 14.8

EL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

penetrado anteriorm ente, ya sea que dicho m ercado existiera an te­ riorm ente o que no. 4,. La conquista de una nueva fuente de sum inistro de materias prim as o de bienes semimanufacturados, de nuevo con independencia de que dicha fuente ya existiera o de si prim ero hubo de ser creada. 5. La puesta en práctica de una nueva organización de una industria, como la creación de una posición de monopolio (por ejemplo, mediante la creación de un trust) o la ruptura de una posición de monopolio (Lim 1990: 315, resumiendo Schumpeter 1934,: 1259-135). Aunque la terminología de la lista de Schumpeter de "nuevas com binacio­ nes" lleva la marca del capitalismo comercial e industrial, no tiene por qué lim itarse a dichos campos. Sin duda, puede aplicarse a la innovación en otros campos, como las nuevas form as financieras, y abarca tam bién las dim ensio­ nes específicamente espaciales y temporales de la actividad comercial, indus­ trial, financiera o de otras formas de actividad económica. M erece la pena destacar el alcance potencial del análisis schumpeteriano por la creciente sig­ nificación adquirida por los servicios, por la progresiva importancia del espa­ cio y el tiempo en las ventajas competitivas dinám icas y por la redefinición más general de la "esfera económ ica” . CUADRO 3.1

FORMAS DE COMPETITIVIDAD

La idea de competitividad es conceptual mente ambigua y políticamente controvertida. Existen muchas formas de definirla o de medida, y tos debates actuales acerca de su gestión indican que son varias las cuestiones políticas implicadas. Todos estos puntos están relacionados entre sf. ya que la competitividad es una noción discursivamente construida con implicaciones estratégicas evidentes tanto en términos políticos como económicos. Sus diferentes conceptos implican distintas formas de acción política con efectos desiguat.es en el posídonamiento competitivo de empresas, sectores, regiones y naciones, así como en el equilibrio de fuerzas dentro y más allá de los Estados. La versión rícardiana. que toma su nombre de David Ricardo, uno de los primeros economistas políticos ingleses, destaca ía importancia de las ventajas competitivas estáticas y de los precios relativos. Así. ta competitividad depende de la capacidad de explotar los factores de producción más abundantes o más baratos en una determinada economía (por ejemplo, la tierra, tas materias primas, ta mano de obra, el capital, las empresas) y de intercambiar ios productos que incorporan estos factores por productos de otros espacios dotados de factores diferentes. La competitividad rícardiana depende de la eficacia estáti­ ca en la asignación de recursos para minimizar los costes de producción en una determinada división

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técnica del trabajo y bajo la presunción de que las condiciones económicas actuales persistirán en el futuro. La versión listiana. que toma su nombre de Friedrich Lisl. un economista político alemán deí siglo XIX. sugiere que et Estado nacional puede desarrollar industrias o servicios jóvenes que no se basen en ta abundancia o bajo precio de los factores de producción, siempre que rechace el libre comercio en favor del proteccionismo, la ayuda estatal y la dirección estatal de la economía. Lo cual supone que la compe­ titividad internacional dependerá de la eficacia en la asignación de recursos entre los procesos y productos ya existentes en términos del previsible impacto de su (re)asignadón sobre el crecimiento económico, y de la capacidad de protegerá las industrias jóvenes de la competencia prematura por parte de empre­ sas o economías más avanzadas. La versión schumpeteríana. que toma su nombre de Joseph Schumpeter, un economista político austría­ co del siglo XX. sugiere que la competitividad depende del desarrollo de tas capacidades individuales y colectivas para la innovación permanente, ya sea en el abastecimiento, las tecnologías, los productos, la organización o la comercialización. Estas capacidades se extienden más allá de to estrictamente econó­ mico hasta abarcar una amplia gama de factores extraeconómicos. En este sentido, la competitividad schumpeteriana depende de la eficiencia dinámica en la asignación de recursos para promover las inno­ vaciones que alterarán el ritmo y la dirección del crecimiento económico, permitiendo a la economía com­

petir de manera más eficaz. La versión keynesiana no se refiere tanto a la competitividad internacional, ya que parte de una economía nacional relativamente cerrada. Supone que la plena utilización de los recursos (incluyendo la mano de obra) contribuirá a la eficiencia al reducir los costes unitarios de producción, al facilitar las economías de escala y al reducirlos costes de tas prestaciones de bienestar derivadas de una mano de obra subempleada. E incluso si esta plena utilización provocara inflación, sus efectos podrían controlarse mediante ta devaluación.

Las actividades em presariales poseen una dinámica económ ica típica. Gomo elemento integral de la competencia, resulta inseparable de sus corres­ pondientes riesgos e incertidum bres. Aunque una innovación que tenga éxito generará inicíalm ente unos beneficios extraordinarios (o "rentas” ), éstos ten ­ derán a caer y, con el tiempo, a desaparecer una vez que dicha innovación sea adoptada (o superada) como "m ejor práctica” por parte de otros com petidores, o una vez que los competidores m enos eficientes abandonen (forzadamente) el mercado. A menos que pueda establecer una posición monopolistaca efectiva (práctica o real), los beneficios tenderán a volver a sus niveles norm ales15 . Es más, una vez que la innovación se generaliza, el coste de producción y la b ú s­ queda de nuevos mercados comienzan a ser importantes, modificando el equi­ librio de ventajas competitivas dentro del ciclo del producto. Aunque este énfasis en los costes conduce a anular mediante la competencia las ventajas *



E l. FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

iniciales, también prepaz'a el terreno para la siguiente ola de innovación y emprendimiento por parte de los pioneros o de los recién llegados que pueden explotar su posición competitiva en una fase posterior del ciclo del producto para construir una base de recursos para las subsiguientes innovaciones. Este problema se acentúa con la acumulación reflexiva. Ya que "las condiciones que una empresa, región o sistema de producción debe satisfacer en la actualidad para alcanzar la victoria son fabricadas y refabricadas de manera más profunda y veloz que nunca, creando una diana móvil para el éxito y un campo minado de riesgo de fracaso que se desplaza” (Storper 1997: 34 9 -350).

5. LA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO COM PETITIVO COMO RESPU ESTA Revisaré ahora las principales formas de respuesta política a los d e sa fío s/opor­ tunidades planteados por la actual descomposición del fordism o atlántico y por el surgimiento de las tendencias económicas y extraeconómicas antes descri­ tas. Algunas de las repuestas económicas en el nivel de las empresas y grupos de em presas ya han sido apuntadas en m i resum en estilizado de los rasgos d is­ tintivos del posfordism o como economía globalizadora basada en el conoci­ miento, y en la medida en la que tam bién existían de form a fraccionada en el momento de apogeo del fordismo, puede considerarse que han contribuido a su crisis como régim en de acumulación. Las acciones de algunos Estados tam ­ bién han apoyado, como veremos enseguida, estos cambios en la dinámica del fordism o atlántico y del ENBK. De forma general podemos resum ir brevem en­ te la principal respuesta política como un intento por parte de los gestores estatales, los funcionarios, las fuerzas económicas y no económicas, de tran s­ form ar el Estado de pleno empleo keynesiano en un Estado competitivo schumpeteriano, de reescalar y rearticular sus actividades, y de desarrollar nuevas formas de gobierno y gobernanza para hacer frente a los emergentes problem as derivados de los fallos del Estado y del mercado. Describir la rees­ tructuración y reorientación estratégica del EN BK en estos térm inos no supo­ ne que las diferentes fuerzas sociales im plicadas en la prom oción de la resistencia frente a estas transform aciones actúen todas ellas de forma cons­ ciente con un proyecto explícito de construcción de un Estado competitivo. Se trata, tan sólo, de una etiqueta de conveniencia para caracterizar las tendencias actuales. Debemos insistir igualmente en que no hay nada de automático o mecánico en esta transformación. Muy al contrarío, se trata de un proceso de e n sa y o -e rro r, de luchas para m ovilizar el apoyo d etrás de las estrategias *5 *

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de acumulación, proyectos estatales y visiones hegemónicas alternativos, con una buena dosis de vigilancia de los desarrollos en el resto de los lugares y de intentos más o menos coordinados de transferencia política cuando se consi­ dera oportuno. En este sentido, aparece mediado de m anera crítica por los d is­ cursos sobre la nueva situación económica y, consecuentemente, por los resultados de las luchas por definir la naturaleza de la crisis en y del Estado keynesiano? y, por las m ism as razones, depende también crucialmente de fo r­ mas estatales específicas y dependientes de la trayectoria anterior, que se aso­ cian con los diferentes regím enes de acumulación y con sus selectividades estratégicas en lo relativo a la representación política, a la adopción de políti­ cas y a la intervención. La tendencia al surgim iento del Estado competitivo schum peteriano puede detectarse en muchas escalas distintas, desde el surgimiento de las loca­ lidades, ciudades o regiones em presariales, pasando por los Estados com peti­ tivos nacionales, hasta los crecientes esfuerzos en los tres polos tríádicos de crecimiento por prom over su competitividad sístém ica o estructural sobre bases internacionales, regionales o supranacionales. El rasgo característico de los diferentes Estados competitivos es su autoimagen de promotores proacti­ vos de la competitividad en sus respectivos espacios económicos frente a la cada vez más intensa competencia internacional (y también, regional, entre ciudades, interregional e intrarregional). Se trata no sólo de la economía en el sentido estricto, sino del rediseño institucional global del régim en de acumu­ lación, de su modo de regulación y de sus im plicaciones para la socialización. Abordaré estas cuestiones en cinco escalones que se van alejando de las form as autoevidentes de economía "dura” hacia form as aparentemente "m ás blandas1’ de relaciones sociales que, sin embargo, poseen im portantísim as im plicacio­ nes para la reorganización de la economía entendida en su sentido integral. De esta forma, me referiré sucesivamente a: (i) las form as salario y dinero, (2) la internacionalización de la gestión, ( 3 ) las nuevas form as de com petencia, (4) la movilización del conocimiento como bien común y como propiedad intelec­ tual para prom over el desarrollo de una economía basada en el conocimiento, y (5) la subordinación de los sistem as extraeconó micos y del mundo de la vida a las necesidades discursivam ente construidas de la competitividad en el actual periodo de desarrollo capitalista. Este análisis no puede agotar todos los ob je­ tos posibles de intervención ni sus correspondientes medidas económicas, políticas y socioculturales. Se trata tan sólo de ilustrar algunos de los rasgos básicos de las funciones estatales emergentes y algunas de sus im plicaciones para los cambios en la form a de Estado y, por las m ism as razones, pasa por alto

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tanto las funciones económicas genéricas del tipo de Estado capitalista como la medida en la que las funciones económicas características del ENBK se han visto m odificadas por su integración en los nuevos modos de funcionamiento del Estado competitivo schumpeteríano. El capítulo 5 vuelve sobre las dim en­ siones escalares de estas nuevas formas de intervención. LA FORMA SALAKIO Y LA FORMA DINERO Poner el énfasis en el salario como coste internacional de producción no im plica sacar el pleno empleo de la agenda política, sí bien este último deja de considerarse como un objetivo inmediato de la intervención del Estado nacio­ nal. Ahora se piensa que la creación de empleo depende básicamente de la ges­ tión activa del lado de la oferta y de la capacidad de empleo y la flexibilidad de la mano de obra, y no que aquélla surge de forma casi automática de una gestión efectiva de la demanda nacional. Por supuesto que, en ciertos aspectos, las pequeñas economías abiertas ya habían afrontado este problema en el período del fordism o atlántico, y podemos encontrar en su funcionamiento algunos aspectos préfigurativos del régim en posnaeíonal de trabajo schumpeteríano (RPTS), tales como las políticas activas del mercado laboral. Pero incluso estas pequeñas economías abiertas se han visto forzadas a ajustarse a las nuevas con­ diciones de la competencia internacional y, además, se considera ahora que una gama mucho más amplia y profunda de factores influye en la competitividad internacional. Otra respuesta al nuevo significado de la form a salario apa­ rece en las propuestas de un keynesíanism o internacional o, al menos, europeo (véase el capítulo 5). Otros aspectos de la relación salario posfordista se abor­ dan en el próximo capítulo. Existen, además, intentos de generar nuevas form as de regular la contra­ dicción entre el dinero como dinero nacional y como divisa internacional. Entre otras medidas relevantes adoptadas por los Estados nacionales, encon­ tramos el salto al carro neoliberal de las divisas flotantes, los intentos de des­ arrollar sistemas de divisas regionales (sobre todo el euro en Europa y el bloque del yen en el noreste asiático) y la adopción de referencias al dólar o de la dolarización directa de la economía local, ya sea para las transacciones exte­ riores o para todas las transacciones externas e internas importantes. Se han producido también intentos cada vez más frecuentes de establecer una nueva arquitectura financiera, especialm ente al comienzo de la llamada Crisis Asiática y de las subsiguientes rondas de crisis y contagio financiero. Dichas medidas no resuelven la contradicción, pero desplazan y difieren sus efectos 15 3

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porque m ejoran en gran medida la capacidad de maniobra del Estado nortea­ mericano y de los bancos transnacionales y las compañías multinacionales estadounidenses en el mercado m undial, incrementando la vulnerabilidad de otras economías frente a los cambios en la política de los EE UU, política que se reorientó ya hace tiempo desde el bienestar económico colectivo del mercado mundial capitalista hacía una más o menos unilateral pretensión de dominio norteamericano. Y aunque ello perm ite al capital en sus momentos abstractoformales desincrustarse de sus lazos con lugares y temporalidades específicos, en cada uno de sus m om entos más concretos el capital sigue teniendo sus p ro ­ pias exigencias productivas y reproductivas. Estas necesidades tienen que ser atendidas, con frecuencia, en escalas nuevas. LA APERTURA RELATIVA DE LAS ECONOMÍAS NACIONALES Al perder los Estados el control sobre la economía nacional como objeto de ges­ tión económica keynesiana —o al abandonarlo voluntariamente—, se ven involu­ crados en la dirección del proceso de internacionalización y tratan de derivar de ello ventajas económicas, políticas o sociales. Esto acarrea el efecto paradójico de socavar aún más la autonomía económica nacional y de complicar enorm e­ mente el proceso de gobernanza económica. No sólo implica defenderlos intere­ ses de las multinacionales cuya casa matriz está en su territorio, sino también crear las condiciones favorables para atraer la inversión. En ambos casos, debe prestarse atención al impacto global sobre la competitividad tecnológica y econó­ mica nacional y a las posibles repercusiones sobre la cohesión social. Además, los Estados se involucran en la redefinición del marco internacional dentro del cual se producen dichos procesos económicos. Lo que está enjuego hoy en la compe­ tencia internacional es la capacidad de cambiar rápida y fácilmente de procesos y de productos innovadores, de modo que cada nuevo producto ofrezca mejores cualidades funcionales y una mayor eficiencia en su producción-, cambios sim ila­ res pueden observarse en relación con las industrias de la cultura y otros sectores que hacen, un uso intensivo del conocimiento. Es en este contexto en el que la transición al paradigma tecnoeconómico posfordista basado en el conocimiento comenzó a reclamar una reorientación de las principales funciones económicas del Estado. Esto era debido a que la combinación de la tendencia del fordismo tardío hacia la internacionalización y la globalización, así como la insistencia posfordista en la producción flexible y basada de manera creciente en el conoci­ miento, impulsa a los gestores políticos a concentrarse en los aspectos de la ofer­ ta de la competitividad internacional y a tratar de subordinar la política social a

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las necesidades de flexibilidad, emprendimienf:o e innovación dentro de una economía basada en el conocimiento. Entre los muchos objetivos de política eco­ nómica relevantes se encuentran: el establecimiento de nuevas formas legales de cooperación transnacional y de nuevas alianzas estratégicas, la regulación de los sistemas de divisas y créditos internacionales, la promoción de la transferencia de tecnología, la gestión de los litigios comerciales, la definición del nuevo régi­ men de propiedad intelectual internacional y el desarrollo de nuevas formas de regulación para la migración de trabajadores. La economía política de escala se expone más ampliamente en el capítulo 5. INNOVACIÓN Y EMPRENDÍMIENTO La transición del fordismo atlántico al posfordism o aparece asociada con un cambio de paradigma teenoeconómico que supone no sólo cambios en el pro­ ceso laboral, sino también en los modos de crecim iento, regulación y sociali­ zación, De este modo, la necesidad de innovación se extiende mucho más allá de las cuestiones de tecnología y de transferencia de tecnología para incluir a los sistemas sociales de innovación en diferentes escalas —a menudo interconectadas—, el cultivo y prom oción de una cultura de em presa y de sujetos emprendedores, y una amplia gama de innovaciones organizativas e institucio­ nales que tienen que ver con las cambiantes form as de la competitividad. En lo que se refiere a la cuestión de la innovación tecnológica y la transferencia de tecnología, los Estados tienen un papel clave en la prom oción de las capacida­ des de innovación, de la cualificación técnica y de la transferencia de tecnolo­ gía para que el mayor número posible de em presas y sectores se beneficie de las nuevas oportunidades surgidas de las actividades de I+D realizadas en áreas específicas de la economía (Archibugi et álii 19 99; Chesnais 1986; Dunning 20 0 0; Petit y Soete 19 9 9 ; Sigurdson 19 9 0 ). De hecho, incluso en las econo­ m ías relativamente neoliberales se reconoce que muchos sectores de alto erecimiento hacen un uso tan intensivo del conocimiento y el capital que su desarrollo exige una amplia colaboración (en especial en las fases precom petitivas) entre los diferentes intereses (empresas, educación superior, laborato­ rios de investigación públicos y privados, capital riesgo, fianzas públicas, etc.). Esta necesidad se ve reforzada por el alcance cada vez mayor y la velocidad cada vez más acusada de la competencia, y somete a las economías del capitalismo avanzado a presiones para que, si pretenden conservar su nivel de empleo y su crecimiento, asciendan en la jerarquía tecnológica y se especialicen en las nue­ vas tecnologías clave. Ya que, dadas las crecientes presiones competitivas de los *55

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países recientem ente industrializados sobre la producción de bajo coste y baja tecnología, y especialmente sobre los productos sencillos de alta tecnología, el crecimiento y el empleo continuados de las economías avanzadas depende de su permanente movimiento de ascenso en la jerarquía tecnológica. Las econo­ mías más recientemente industrializadas, por su parte, tam bién se ven som e­ tidas a presiones para ascender, en la m edida en que aparecen nuevos países de reciente industrialización que los desafían. Esto se refleja en una in tensifica­ ción de las presiones competitivas generales en una escala global y, como se indicó en el capítulo i, en una mayor dom inación ecológica de la lógica de la acumulación de capital frente a otros sistem as y al mundo de la vida. La im portancia de la innovación y del em prendim iento en el posfordísmo se refleja tam bién en las nuevas estrategias estatales. El Estado com petiti­ vo se encarga de la recolección de la inteligencia de alta tecnología, contribuye a crear capacidad tecnológica independiente y promueve las capacidades innovadoras, el saber tecnológico y las transferencias de tecnología para que el mayor número posible de em presas se b en eficien de las oportunidades tec­ nológicas creadas por las actividades de I+D desarrolladas en campos e sp e c í­ ficos de la economía. Desarrolla, en p rim er lugar, instituciones y estructuras que apoyan directamente a los em presarios existentes o potenciales, y en segundo lugar, impulsa instituciones y estructuras que sustentan el clima em presarial. Entre estas m edidas se incluye la provisión de capital riesgo, los subsidios, los parques tecnológicos, los m ecanism os de transferencia de tec­ nología y de asistencia técnica, las inversiones en producción de conocim iento mediante I+D pública o consorcios de 1+D de orientación local, centros de servicios a la industria, fondos de desarrollo locales y regionales, y políticas públicas de gestión de aprovisionam iento. Tam bién son im portantes las p o lí­ ticas que tratan de increm entar la oferta global de em presarios, desarrollar los conocim ientos/habilidades de las em presas en los sectores subrepresentados (tales como las m inorías étnicas o las m ujeres), o de prom over nuevas form as de em presa (como las cooperativas o los program as de capital riesgo com uni­ tarios). Además de participar en áreas especificas de intervención o guía para im p ulsarla innovación, el Estado tam bién colabora en la prom oción de siste­ mas eficaces de innovación en ám bitos supranacionales, nacionales, regiona­ les o locales. Esto supone con frecuencia desplazar el foco de las estrategias económicas hacia los rasgos de ciertos espacios económicos y su papel en la lucha por m an­ ten er la competitividad internacional o por defenderlos empleos, el crecim ien­ to y el bienestar frente a las presiones competitivas interiores y exteriores. En

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este contexto, las fuerzas políticas se ven obligadas a movilizar no sólo sus apa­ ratos ideológicos y políticos, sino tam bién form as de inteligencia organizativa y m ecanism os de aprendizaje colectivo (Storp er 19 97; W illke 19 9 ? , *997) ■ El desarrollo de estas capacidades internas depende, más que del capital, de la oferta de conocimiento e inteligencia organizativa adecuados; más que del otorgamiento de subsidios, del rediseño del contexto institucional para que las empresas puedan funcionar; más que de un espacio abstracto de flujos, de la organización de ventajas específicas de cada lugar; por último, más que de su emancipación de las limitaciones espacíales y tem porales, de la (re)territorialización de las actividades. De esta forma puede lograrse que las ventajas com ­ petitivas dinámicas se conviertan en el objetivo, en lugar de las ventajas comparativas estáticas, lo que entrañaba el correspondiente riesgo de carrera de igualación a la baja. Por último, los Estados nacionales, dadas las presiones presupuestarias y fiscales que recaen sobre ellos conforme las economías nacionales se van haciendo más abiertas, tienden a desplazar su apoyo industrial de los vanos esfuerzos por m antener los sectores en declive sin trasform ar hacía la prom o­ ción de sectores "jóvenes” o "de rápido crecim iento” (sunñse) o a reestructurar los sectores maduros —aparentemente "de lento crecim iento" (sunset) — para que puedan aplicar los nuevos procesos, actualizar sus productos existentes y lanzar otros nuevos. En todos los casos, la cuestión crucial es que se necesita la acción estatal para guiar el desarrollo de las nuevas tecnologías clave como fuerzas de motivación y arrastre16 de la expansión económica, y para am pliar su aplicación para prom over la competitividad. Estas tecnologías están creando nuevos sectores industriales enteros y, m ediante su propia fertilización cruza­ da o su incorporación a los sectores tradicionales, están contribuyendo a ampliar las gamas de productos. Su control es cx-ucial para un crecimiento y una competitividad estructural continuados. XA ECONOMÍA BASADA EN EL CONOCIMIENTO Una vez que la economía ha quedado definida y naturalizada como basada en el conocimiento o movida por él (un logro actual que im plica un amplio y activo trabajo discursivo), los Estados se están viendo cada vez más envueltos en la promoción de la producción y difusión del mismo. El conocimiento es un recurso generado colectivamente e, incluso allí donde se establecen formas y tipos específicos de propiedad intelectual adecuados para el beneficio capita­ lista, éste sigue dependiendo de un bien común intelectual mucho más amplio. *57

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El Estado cumple ciertos papeles en ambos aspectos. Debe proveer la m ercantilización del conocimiento mediante su conversión form al de recurso colecti­ vo (bien común intelectual) en propiedad intelectual (por ejemplo, en forma de patentes, copyright o licencias), base para la generación de ingresos; pero, por otro lado, tam bién debe proteger el bien común intelectual como base para las ventajas competitivas de la economía en su conjunto. Participa, además, en la promoción de la subsunción form al de la producción de conocimiento bajo relaciones de clase explotadoras que separan el trabajo intelectual del trabajo manual, y transform an el trabajo intelectual en trabajo asalariado productor de conocimiento para el mercado. La transform ación de universidades, institutos de investigación, etc., a través de su privatización y su vinculación al mercado desempeña aquí un importante papel (sobre la prim era de las cuestiones véan­ se, por ejemplo, Aoki 1998 y Dawson 1998; sobre la segunda, véanse Schiller 1988: 33 y Sohn-Rethel 1978; sobre la tercera, véanse Kelly 1998: 77 y Menzies 1998: 9 2 ~ 3y 16 6-8). En p rim er lugar, los Estados en todos sus niveles contribuyen a gestio­ nar las contradicciones ancladas en la naturaleza del conocim iento como m ercancía ficticia. Por un lado, porque "el bien común intelectual es fu n d a­ m ental para la producción de conocim iento” (Dawson 1998: 28 1); por otro, debido a que la propiedad intelectual es una base clave para la acum ulación en el capitalism o in form acion al1? . Esta contradicción ya fue reconocida por Bell en su tem prana afirm ación de que, dado que la lib re circulación de conocim iento no ofrece ningún incentivo para su producción a las em p re­ sas, debe ser creado por alguna "un id ad social, ya sea la universidad o el gobiern o” (19 7 9 : 17 4 ). V ista retrospectivam en te, la propuesta de Bell depende claram ente de la lógica de la econom ía m ixta fordista más que de la lógica em ergente de la econom ía en red. Sin em bargo, podem os aceptar, en térm inos generales, la conclusión de que los Estados deben producir "una política socialm ente óptima de in versión en conocim iento" (ibíd.: 175). Naturalm ente, a este respecto los diferen tes Estados ocupan diferentes posiciones. En p rim er lugar, tien d en a agruparse en torno a los intereses proteccionistas o el cercado de los bien es com unes (por ejem plo, nortesur); en segundo lugar, alrededor de las form as y regím enes de propiedad intelectual más apropiados en las d iferen tes escalas desde lo global a lo local. De este modo, algunos Estados son. más activos que otros en la p ro ­ m oción de la acum ulación p rim itiva de propiedad intelectual, en la p rivati­ zación del conocim iento público y en la m ercantilización de todas las form as de conocim iento; otros, en cam bio, se preocupan más por proteger 158

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los bienes intelectuales comunes, por prom over la sociedad de la innovación o por desarrollar el capital social. Como consecuencia de su ventaja com pa­ rativa en los productos de las TIC y en la revolución del conocim iento, el Estado norteam ericano ha tenido una especial im portancia en la prom oción de la form a neoliberal de la revolución del conocim iento a escala mundial. Esto resulta especialm ente claro en su papel en la prom oción del "Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio” como elemento clave en la Organización Mundial de Comercio (OMC) y en el uso de los acuerdos com erciales bilaterales y m ultilaterales, de las condicionalidades y de otras p resiones para lograr hacer valer sus in tere­ ses en lo relativo a los derechos de propiedad intelectual. Con independencia de su posición sobre estos asuntos, todos los Estados deben tratar de resolver diferentes contradicciones y dilemas en la producción del conocimiento pero alejándose tam bién de cualquier forma de control directo o jerárquico sobre el mismo. Por ejemplo, "deben equilibrarla necesi­ dad de proteger y m antener los bienes comunes intelectuales con la necesidad de estimular una actividad inventiva” (Dawson 1998: 278). Del mismo modo, en este último contexto deben equilibrar la protección de la propiedad intelec­ tual individualy su correspondiente flujo de ingresos con los beneficios colec­ tivos que se derivan de la difusión general de su aplicación "creando sistemas abiertos, colocando ciertas propiedades intelectuales clave en el dominio público, y revelando democráticamente los códigos fuente” (Kelly 1998: 28). Esta última tarea se realiza con frecuencia m ediante la promoción estatal de los sistem as de innovación y difusión (incluyendo el capital social), de formas amplias de "previsión tecnológica", involucrándose o guiando de manera negociada la producción de conocimiento, y desarrollando estructuras de metagobernanza adecuadas (M essner 1998; Willke 1997). De esta forma, los Estados patrocinan las infraestructuras y los sistemas de innovación social en diferentes escalas; desarrollan los regím enes de propiedad intelectual y las nuevas formas de gobernanza o regulación de las actividades en el ciberespa­ cio; promueven la m igración de las estructuras nacionales de servicios con deber de prestación universal hacia estructuras multiescalares, diferenciales y más flexibles adecuadas a una era posfordista; por último, intervienen en la reestructuración de la investigación en las universidades para alinearlas más estrechamente con las necesidades de los negocios, estimulando la gestión y explotación de la propiedad intelectual mediante empresas de base tecnológi­ ca (spin-offs), licencias, participaciones, parques científicos y tecnológicos, parques industriales, etc. *59

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Más concretamente, algunos Estados se están involucrando intensamente en la prom oción de la acumulación primitiva de capital (en su forma de propie­ dad intelectual) mediante la expropiación privada del conocimiento producido colectivamente por las generaciones pasadas. Este cerco al conocimiento admite diferentes formas, entre las que estarían las siguientes: (i) la apropia­ ción por parte de em presas com erciales de la "cultura” indígena, tribal o cam ­ pesina expresada en forma de conocimiento colectivo informal y no documentado, de habilidades y otros recursos intelectuales, así como su transform ación sin compensación en conocimiento mercantilizado (documentado, formal, priva­ do) (Goombe 1998; Frow 1996: 96 -7). La biopíratería constituye su más claro ejemplo; (2) la separación del trabajo intelectual de los medios de producción —incorporándolo en máquinas inteligentes y sistemas expertos— y, conse­ cuentem ente, la apropiación del conocim iento del trabajador colectivo (Robins y Webster 1987); y ( 3 ) una gradual extensión de la naturaleza limitada del copyright hacia formas más am plias de propiedad intelectual con la conse­ cuente erosión de cualquier interés público residual (Frow 1996: 104 ). Los Estados desem peñan aquí un papel fundamental en la m odificación de las leyes sobre derechos de propiedad intelectual y en la protección de la apropiación por parte de em presas nacionales de los bienes comunes intelectuales en el interior y fuera de sus fronteras. Los Estados tam bién prom ueven la m ercantilización del conocim iento y la integración del conocim iento y del trabajo intelectual dentro de la produc­ ción. Esto se refleja en un interés cada vez m ayor en la form ación de los tra­ bajadores del conocim iento y en el aprendizaje de por vida, incluyendo la enseñanza a distancia (véase el capítulo 4), en la introducción de las TIC dentro de sus propias esferas de actividad y en el proselitism o general de la econom ía basada en el conocim iento y la sociedad de la inform ación. También promueve estas estrategias en la esfera privada y en el tercer sector. Existe un creciente énfasis en la flexibilidad en la industria y los servicios (incluyendo el sector público) basado en las nuevas tecnologías (especial­ mente, la m icroelectrónica) y en las form as más flexibles de organización de la producción. De ahí sus intentos de introducir prácticas laborales p osfordistas en el propio sector público y en el nuevo sector de orientación p ú b li­ co-privado. Entre las nuevas tecnologías prom ovidas activam ente p or el Estado se encuentran: las tecnologías de la inform ación y la com unicación, la tecnología de fabricación, la nanotecnología, la biotecnología, la electrónica óptica, la ingeniería genética, las ciencias y tecnologías del m ar, los nuevos m ateriales y los biofárm acos. 160

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El Estado también promueve intensamente las dinámicas de las rentas tec­ nológicas para los espacios generadas por el nuevo conocimiento como parte de una prom oción más general de la innovación. Lo cual sirve para intensificar el carácter contraproducente de la revolución inform ática desde el punto de vista del capital, en la m edida en que cada nueva ronda de innovación está abocada a una más rápida desvalorización. Aunque, eso sí, obtiene una ventaja temporal y rentas tecnologías para los espacios económicos que controla por lo que, mientras existan ventajas sosteníbles para el que realíce el prim er m ovim ien­ to, puede llegar a consolidar ventajas a largo plazo para una región, nación o tríada. Esta estrategia constituye un elemento importante y bastante explícito de la reafirm ación de la hegemonía de los EE UU desde los años del pesimismo acerca del creciente peligro de las economías japonesa y sudasiáticas, y nos ayuda a explicar la decisión de los EE UU de consolidar un poderoso régimen de derechos de propiedad intelectual (véanse Lehman 1996; Schiller 1999). Más aún, si las em presas de la economía de la inform ación aspiran a mantener tasas de beneficio por encima de la media, pese a la tendencia de las rentas tec­ nológicas a quedar anuladas por la competencia, los sectores menos avanzados tecnológicamente deberán recibir beñeficios por debajo de la media. Es ésta otra de las fuerzas m otrices de la globalización, en la medida en que las em pre­ sas menos rentables se ven forzadas a relocalizarse o a externalizarse en luga­ res con m enores costes de producción, lo que refuerza las tendencias hacia el intercambio y el desarrollo desiguales asociadas con la globalización. Los Estados también participan, con frecuencia de form a contradictoria, en la p ro­ moción y ralentización de la movilidad del capital productivo. LO EXTRAECONÓMICO La creciente importancia de la competitividad estructural y sistém ica ha con­ ducido a una redefinición esencial de la "esfera económ ica” , dado que muchos fenómenos anteriorm ente considerados como "extraeconóm icos" son ahora vistos como directamente económicos o como económicamente relevantes. En el auge del fordism o atlántico, el discurso prim ario sobre la competitividad internacional giraba en torno a los costes relativos de la unidad de trabajo y a la necesidad de desarrollar amplios m ercados y economías de escala. Esto se reflejaba en el relativo cierre de las economías nacionales, en la primacía de las formas salario y dinero en la gestión económica, y en el papel de la producción en masa para la generación de crecimiento en la productividad. Más reciente­ mente, se ha considerado, en cambio, que la productividad im plica una gama 161

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más amplia de fenóm enos, muchos de los cuales habrían sido considerados como extraeconómicos en el auge del fordismo. Adicionalmente, el desarrollo de normas mundiales que miden la competitividad internacional en un amplio campo de factores económicos y extraeconómicos ha servido para generalizar las normas neoliberales de competitividad entre los gestores, los gobiernos, los medios de comunicación y la academia. Todo ello está impulsando una orientación schumpeteriana generalizada-, es decir, una preocupación por la innovación, la competitividad y el em prendimiento, asociada a las ondas largas de crecimiento y a las más recientes p resio­ nes en favor de la innovación permanente. El Estado intenta conseguir rentas tecnológicas en interés del capital. Lo que lleva, a su vez, a la subordinación de la totalidad de los campos económicos al proceso de acumulación, de forma que las funciones económicas pasan a ocupar el lugar dominante dentro del Estado. Con ello, nuevas funciones adquieren significación económica directa para el crecimiento económico y la competitividad, y esto tiende a politizar estos terrenos que eran -—o aún los son form alm ente— extraeconómicos y que ahora constituyen objeto directo de la intervención estatal. En este contexto, los Estados participan en la gestión de los conflictos entre los horizontes tem porales asociados con el distanciamiento y la com presión espaciótemporales, en especial en lo que se refiere a la protección del capital social incrustado en las comunidades, en la prom oción de las orientaciones económicas a largo plazo y en el diseño de las instituciones que sustentan la innovación. Ahora bien, este campo ampliado de intervención supone que el Estado tendrá más dificultades para reconciliar las respuestas que da a unos im perativos económicos cada vez más acuciantes con las demandas más generales de legitimidad política gene­ ral y de cohesión social (Poulantzas 1978).

6 . DISCURSO Y CAM BIO DISCURSIVO El auge del Estado competitivo se refleja y se refuerza con los cambios en el d is­ curso económico, en las form as de cálculo y en los conceptos estratégicos. Dichos cambios constituyen im portantes m ediaciones entre los cam bios estructurales en la economía global y la transform ación del Estado nacional, ya que los discursos sirven de marco interpretativo para entender estos cambios estructurales, las crisis que con frecuencia los acom pañany las respuestas ade­ cuadas a las mismas. Un cambio discursivo-estratégico fundamental a este re s­ pecto es la degradación de la "productividad” y la "planificación” en favor de la 16 3

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"flexibilidad” y el "em prendim iento” . Otro es el paso del discurso sobre el derecho a un trabajo de por vida, a otro sobre las obligaciones de participar en un aprendizaje de por vida para garantizar que a los trabajadores se les pueda emplear y sean flexibles. Un tercer cambio importante es el surgimiento desde mediados y finales de los años ochenta del discurso de la globalización, enten­ dida, con razón o sin ella, como un cambio fundamental en la dinámica de la acumulación del capital —e, incluso, en el modo de socialización— en com pa­ ración con los cuarenta años anteriores. Un cuarto cambio, también cada vez más importante en los últimos años, es el énfasis en el crecimiento basado en el conocimiento dentro de la nueva economía. Esto se relaciona estrecham en­ te con la importancia de las regiones de aprendizaje, el aprendizaje de por vida, etc. Un quinto desplazamiento se hace evidente en el destronamiento del monetarismo como teoría económica, en favor de la "nueva teoría del creci­ miento” que enfatiza las virtudes de la intervención estatal para la creación de condiciones favorables para el crecimiento económico, consideradas anterior­ mente como exógenas al funcionamiento de la economía (sobre la nueva teoría del crecimiento, véanse Gortright 3 0 0 1; Nelson y Romer 1996). Estos cinco cambios se reflejan en los nuevos discursos sobre la competitividad. La articu­ lación de estos cambios y de las correspondientes variaciones discursivas y estratégicas en las nuevas estrategias de acumulación, en nuevos proyectos estatales y nuevos proyectos hegemónicos, así como su capacidad para conse­ guir apoyos, están configurando la reestructuración y reorientación del Estado contemporáneo y contribuyendo a producir nuevos regím enes regulatorios. Y es precisamente la necesidad de dicha mediación (así como, por ejemplo, la variación en las capacidades estatales) la que garantiza que la consolidación con éxito de un Estado competitivo está lejos de ser algo automático.

7. SU CO RRESPO NDENCIA CON E L POSFORDISM O La consistencia general de estos cambios en una amplia gama de regímenes económicos y políticos parece señalar que nos encontramos ante algo más que el mero azar o ante condiciones económicas y políticas puramente locales. Nos indica que dichos cambios están estrechamente relacionados e incardinados en las respuestas a la crisis del fordism o atlántico y a los rasgos discursivam en­ te constituidos de una economía posfordista imaginada. El paradigma inicial del "posfordism o” contribuyó sin duda a contextualizar y a delinear las respuestas a la crisis del ENBK. Pero tam bién ha obscurecido la complejidad real i63

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de los cambios agrupados bajo la rúbrica del posfordism o, así como la de los problemas que es preciso afrontar para encontrar algo parecido a una solución integral a las tendencias de crisis tanto del régim en de acumulación anterior como de su modo de regulación. Esto se hace evidente en las sucesivas y contra­ dictorias reinterpretaciones de la naturaleza general del posfordismo y de los escenarios posfordistas alternativos; desde la especialización flexible, pasando por la producción ajustada, hasta la economía globalizadora basada en el cono­ cimiento o, acaso, más allá. Por ello debemos prestar especial atención a todo el conjunto de cambios generales y específicos que afectan a cada economía fordista y a las form as en las que las contradicciones y las herencias dependientes de la trayectoria anterior configuran la transición al posfordismo. Con todo, el efecto global de este cambio en las funciones es una tran sfor­ m ación en el papel económico del Estado. En el fordism o atlántico, esto supo­ ne un paso de las versiones nacionales específicas del ENBK a formas regionales, nacional y supranacionalmente específicas del Estado competitivo, especial­ mente en su forma schumpeteriana. En Asia Oriental supone un cambio desde form as de Estado nacional contributivo listían o18 a otras versiones de Estado competitivo. De hecho, fue la aparente superioridad de las economías de Asia Oriental en su persecución de Occidente y, especialm ente, el récord de in n o­ vación en ciertas industrias basadas en el conocimiento de Japón, lo que impulsó la reorientación de las economías del fordism o atlántico en una d irec­ ción sim ilar. Durante la crisis del fordism o, la unidad del ENBK tendió a desintegrarse (véase capítulo 2) y hubo un periodo de transición en el que se produjo una búsqueda mediante ensayo-error para encontrar nuevas form as y funciones estatales que pudieran contribuir al descubrim iento y consolidación de un nuevo régim en de acumulación y de un nuevo modo de regulación. No se trata, en modo alguno, de un proceso automático, sobre todo si consideram os que los modos de regulación emergentes desem peñan ellos mismos un papel clave a la hora de constituirse sus eventuales objetos de regulación. El periodo de tran ­ sición puede resultar particularmente confuso y desorientador, especialm ente si implica un intento de cambio radical de régim en en lugar de surgir de una serie de cambios increm entales. Ya que aparece asociado con una com pleja gama de tareas además de las típicas de cualquier tipo de Estado capitalista, situación que se refleja en un conjunto aparentemente contradictorio de acti­ vidades políticas. Estas tareas derivan de su ubicación en la intersección entre un fordism o consolidado que está en declive y un putativo posfordism o en ascenso. En este 16 4

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sentido, el régim en de transición tiene dos rostros, y debe realizar interven­ ciones creativamente destructivas. Debe tanto "replegar las fronteras” de la intervención del Estado fordista como "am pliar” las de la intervención p osfor­ dista. De este modo, de un lado, tratará de replegar las form as y funciones esta­ tales excepcionales inducidas por las crisis asociadas con el fordism o en declive, así como de debilitar las form as de intervención rutinarias normales asociadas al Estado nacional de bienestar keynesiano en su conjunto. Y, por otro lado, un régimen de transición debe em prender medidas excepcionales para establecer las condiciones para el "despegue” posfordista, además de comenzar a consolidar las formas y funciones estatales "norm ales” asociadas con el posfordísmo. Ni la prim era ni la segunda serie de tareas aparecen nunca como estructuralmente inscritas o estratégicamente prescritas. Por el contra­ rio, implican descubrim ientos casuales, procesos de búsqueda, transferencia de políticas y luchas sociales. Todo esto supone la necesidad de un análisis ex post sobre cómo emergen los Estados posfordistas, más que de relatos ex ante (y, consiguientemente, ideológicos) de la necesaria transición al posfordismo. Sin embargo, dado que todavía no resulta evidente que hayan emergido Estados posfordistas consolidados, debemos correr el riesgo de la teleología. En este sentido, señalaré a continuación ciertos criterios para la identificación del tipo ideal de Estado posfordista consolidado. Podría dar la. im presión de que estamos poniendo el carro posfordista delante de los caballos de tran si­ ción, pero ello posee un cierto valor heurístico para evaluar si las crisis en y del fordismo atlántico están siendo resueltas o si se están perpetuando. Con todo, sólo el tiempo dirá si he acertado al juzgar cuál será el siguiente paso y el Estado que postulo para él. Para determ inar sí el emergente Estado competitivo schumpeteríano es adecuado o no para el posfordism o, deberemos seguir tres pasos. El prim ero es detallar los rasgos clave del fordism o y sus tendencias de crisis. El segundo es identificar los rasgos clave de un régimen de acumulación posfordista. Y el tercero, determ inar qué form as estructurales y qué capacida­ des estratégicas del Estado y del sistem a político podrían corresponderse con dicho régimen. Podría argumentarse que es demasiado pronto como para especificar esta forma de Estado, pero creo que es posible distinguir algunas pistas inicíales en las tendencias aparentemente fundam entales de la reestructuración actual, así como en sus im plicaciones para las form as y funciones estatales. Es más, dado que estos argumentos fueron expuestos por prim era vez a comienzos de los años noventa, y expresados en térm inos de una tendencia al surgimiento de un Estado de trabajo schum peteríano (Jessop 19 9 3c, 19 9 3, 1994.a, b), ha 165

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transcurrido un razonable periodo de tiempo como para juzgar si las tenden­ cias que im plica dicho enfoque se están cumpliendo o no. Existen al menos tres posibles pruebas a este respeto: • D em ostrar que los regím enes del E N B K estaban estructuralm ente acoplados en aspectos fundam entales a la dinám ica de crecim iento del fordism o atlántico y que la tran sición al Régim en Posnacional de Trabajo Schum peteriano (RPTS) contribuye directa o in directam en ­ te a resolver (o se espera que lo haga) las p rin cip ales tendencias de crisis del fordism o atlántico y de sus regím en es de EN B K asociados, de form a que resulte posible una nueva ola de acum ulación, basada en un nuevo círculo virtu oso y en un nuevo arreglo espacio tem p o ­ ral. • D em ostrar que los aspectos distin tivos del RPCS em ergente se corresponden en sus rasgos clave con la em ergente dinám ica de erecim iento de la nueva econom ía global y que contribuyen de form a sign ificativa al diseño y consolidación de dicha dinám ica con sid era­ da desde un punto de vista in tegral, con lo que estim ularía la ren ova­ ción y re-regu lación del capitalism o tras su período fordista. • D em ostrar que los espacios económ icos más com petitivos en este orden em ergente (incluso si no eran en s í m ism os fordistas sino islas no fordistas en un m ar de fordism o) fueron pioneros en esta form a de Estado y han logrado con ello un status paradigm ático, ejem plar para los esfuerzos de reestructuración y re-regu lación en los otros lugares. La evaluación completa de dichas pruebas deberá esperar hasta que haya­ mos considerado las otras tres dim ensiones del RPTS. Con todo, la versión schumpeteriana del Estado competitivo parece satisfacer en cierta medida los tres criterios potenciales. No pretendo decir que este tipo de Estado nunca será por sí mismo capaz de resolver todas las tendencias de crisis del fordism o, de presidir por sí solo el auge y consolidación del posfordism o o de excluir por completo a todos los otros paradigm as estratégicos. De hecho, el propio con­ cepto de modo de regulación im plica que tendrán que realizarse cambios tam ­ bién en la form a salario, en la organización de las em presas, en las form as de competición, en el sistema de innovación, etc., para resolver las crisis funda­ mentales de los regím enes de acumulación. De igual modo, en lo que se refie­ re al momento estratégico de la re-regulación y la reestructuración, son pocos 16 6

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los límites a 3.a actuación del imaginario económico y político. Ahora bien, los intentos de reestructurar y reorientar el sistema estatal poseen un papel clave en el diseño de la transición del fordism o al posfordism o tanto directamente como a través de sus repercusiones en los cambios en los otros campos regula torios. Antes de considerar las posibles bases para la descripción del Estado competitivo como posfordista, conviene rep asarlas principales tendencias de crisis en el fordism o atlántico. Los siguientes aspectos deben incluirse en el análisis: el agotamiento gradual (y siem pre relativo) del potencial de creci­ miento que se deriva de la extensión de la producción en masa a nuevas ramas-, la relativa saturación de los mercados de bienes duraderos de consumo m asi­ vo; la caída de los beneficios; la alteración del círculo virtuoso de acumulación fordista mediante la internacionalización; la creciente incoherencia e in e fi­ cacia de la gestión económica nacional conform e las econom ías nacionales se hacen más abiertas-, el impacto estanflacionario del ENBK sobre la dinámica de crisis fordista (especialm ente allí donde la intervención económica estatal está excesivamente preocupada por la conservación del empleo en los secto­ res en declive)-, una creciente crisis fiscal debida al aumento con efecto trin ­ quete (ratchet-like) de los gastos en consumo social; y una emergente crisis de la seguridad social como consecuencia de la expansión de los trabajos a tiem ­ po parcial, tem porales y discontinuos en detrim ento de la norma fordista del tiempo completo. Podría decirse que un régim en de acum ulación p osfordista responde a dichas tendencias de crisis de diferen tes form as: transform ando la produc­ ción en m asa y trascendiéndola; segm entando los viejos m ercados y ab rien ­ do otros nuevos; ofreciendo oportunidades para restablecer la tasa de beneficio m ostrando una m enor dependencia de las condiciones de la dem anda nacional; e introduciendo nuevas exigencias en los sistem as regionales y nacionales de innovación, sustituyendo la p lanificación macro económ ica en econom ías autocéntrieas por políticas de oferta que prom ue­ ven la in n ovación ; la fle x ib ilid a d y la com p etitivid ad estructural en respuesta a las enorm es ram ificacion es de las nuevas tecnologías. Del m ism o modo, su preocupación por la com petitividad estructural o sistém ica da cuenta de los nuevos térm inos y condiciones de la com petencia intern acion aly de su m ayor sign ificación . O frece nuevas form as de regeneración para las industrias anticuadas adem ás de sustituirlas, prom ete nuevas fo r ­ mas de organizar el consum o social que reduzcan los costes y lo hagan más funcional para las em presas, y es capaz de aum entar la explotación de la 167

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fragm entación y polarización de la fuerza de trabajo como consecuencia de la crisis en el fordism o. Va más allá del m ero recorte del bien estar social para reestructurarlo y subordinarlo a las fuerzas del mercado. Su reestru c­ turación y reorientación de la reproducción social hacia la flexib ilid ad y el recorte im plica su conciencia acerca del cambio de paradigm a posfordista así como del im pacto de la ín ternacíonalización sobre las funciones p rim a­ rias del dinero y los salarios. Igualm ente, reescala estas form as de in terven ­ ción en la reproducción económ ica y social para que se correspondan con las form as más com plejas y m ultiescalares de acum ulación en una econom ía globalizada, lo que se refleja en una com pleja dialéctica entre globalización y regionalización. E introduce nuevas form as de coordinación y guía e stra­ tégica para superar los lím ites de la intervención vertical del Estado en la econom ía mixta. El Estado com petitivo schum peteríano podría ten er un papel protagonista en varias de estas áreas (véase el cuadro 3 -2 ) • Un enfoque de este tipo debe confiar en gran m edida su capacidad persuasiva a su m era enunciación, al m enos hasta que la eficacia de los regím enes RPTS con cre­ tos (y sus m odos alternativos de regulación social del orden global em er­ gente) haya sido adecuadam ente exam inada y se haya valorado su viabilidad en cada coyuntura específica. Sin embargo, para los fines actuales resulta más prom etedor adoptar un enfoque diferente, en la medida en que su fuerza persuasiva depende más de sus resultados anteriores que de los p osibles futuros p osfordistas. Se trata de demostrar que aquellas economías que han crecido más rápidamente durante la crisis global en y del fordism o y que se han convertido en modelos para las que se encuentran en crisis, han avanzado de form a especial en el desarrollo de un Estado competitivo schumpeteríano. Entre sus ejemplos más destacables estarían hoy los EE UU, Alem ania, Finlandia y la Tercera Italia, así como algu­ nas de las economías regionales de mayor éxito dentro de economías proclives, por lo demás, a la crisis. Japón y la prim era oleada de dragones de la economía de Asia Oriental fueron en su momento otros de los ejemplos, pero la estanflación en Japón y la Crisis Asiática han sembrado dudas sobre su relevancia pasa­ da y presente (para una visión alternativa de Asia Oriental, véase Weiss 1998; y sobre Japón, véase Boyer y Yamada 20 00 ). Incluso si no fuera correcto consi­ derar a todas estas economías nacionales o regionales como literalm ente p os­ fordistas (ya que nunca fueron verdaderam ente fordistas), su papel cada vez mayor como ejemplos de una trayectoria alternativa (y aparentemente exitosa) para los regím enes fordistas en crisis im plica que poseen un status paradigm á­ ticamente posfordista. 168

EL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

CUADRO 3.2

EL ESTADO COMPETITIVO SCHUMPETERÍANO Y LA ACUMULACIÓN DE CAPITAL

1.

Modificación de los marcos regulatorios para facilitar ta flexibilidad y movilidad laborales «(entro del espacio económico nacional.

2.

Liberalización y desregutación de los moví mi en los de divisas y rediseño de la arquitectura financiera internacional que provoca una internacionalización y aceleración de los flujos financieros.

3.

Modificación de los marcos institucionales det comercio internacional y de la inversión extranjera directa. — Participación en las diferentes luchas en competencia por definir las reglas de la armonización o estandarización tecnológica, económica, jurídico-política. sccioculturaí o medioambiental para hacer frente a la multiformidad de ta globalización económica. — Promoción, en este contexto, de un espacio de flujos mediante la organización de las condiciones favorables para la movilidad internacional de las tecnologías, del capital industrial y comercial, de la propiedad y. 3 l menos, de algunos tipos de mano de obra.

4

Planificación y subsidio de arreglos espaciales que respalden las actividades del capital financiero,

5.

Promoción de su propio capitalismo nacional o regional y de las condiciones idóneas para su expan­

industrial y comercial dentro y a través de las fronteras.

sión mundial. 6.

Participación en formas complementarias de Slandortpolitik (política adecuada al lugar) y en otras formas de competencia basadas igualmente en el lugar, en un intento por fijar el capital móvil dentro de los espacios económicos propios del Estado y de mejorar ta competitividad interurbana, interre­ gional o internacional de sus propios capitales ligados al territorio.

7.

Gestión de las tensiones entre: (a) los intereses del capital potencialmente móvil en (a reducción de su dependencia territorial o en liberarse de tas restricciones temporales y (b) el propio interés del Estado en fijar capitales (presuntamente beneficiosos) en su propio territorio y de lograr que los hori­ zontes temporales y ritmos det capital resulten compatibles con sus propias rutinas políticas, sus temporalidades y tendencias de crisis,

8.

Promoción de nuevos horizontes temporales de acción y de nuevas formas de flexibilidad temporal: — Haciendo frente a la cada vez mayor importancia de las múltiples zonas horarias (en el comercio, la diplomacia, la seguridad, etc.). — Recalíbrando y gestionando la intersección de temporalidades (por ejemplo, regulando et comer­ cio programado por ordenador, promoviendo la "ciudad abierta 24 horas" como centro de consu­ mo, gestionando los riesgos ambientales).

9.

La socialización de las condiciones a largo plazo de producción como cálculos a corto plazo adquiere preponderancia en las actividades económicas mercantilizadas.

10. Articulación de los procesos int erre lacio nados de desterritorialización y reterritoriatización, así como de destemporalización y retemporaiización con las nuevas formas de distanciamiento y compresión

16 9

R O B E R T JE S S O P

espaciotemporales. al objeto de crear un nuevo arreglo en el espacio y el tiempo para la gestión de las contradicciones estructurales inherentes a ta relación de capital.

Notar la presente Usta es incompleta y sus actividades se solapan parcialmente. Las tablas de los otros capítulos servirán para identificar nuevas actividades. Cada una de ellas puede aparecer asociada a dife­ rentes estrategias de acumulación y a diferentes proyectos estatales (véase especialmente et capítulo 7).

3 . OBSERVACIONES FIN A LES

Si se quiere evitar un tipo de análisis teleológico del Estado competitivo que lo entienda como el complemento funcionalm ente necesario de un proceso labo­ ral, de un régim en de acumulación o de un modo de regulación posfordistas, los argumentos anteriormente expuestos deben matizarse con una serie de análisis más complejos de los modos de crecimiento fordista, e, igualmente, es necesario con un trabajo más completo sobre los m ecanism os de crisis del ENBK considerado como una forma de Estado y un régim en político esp ecífi­ cos (véase el capítulo 5). Un análisis más detallado del Estado competitivo necesitaría mostrar el acoplamiento estructural que se da entre cada tipo de fordismo y el carácter del Estado nacional y los problem as que esto crea. También se ocuparía de las com plejidades de la relación de capital en cada tipo de régim en y sus im plicaciones para las form as de lucha económica y política en la resolución de la crisis. Igualmente de la dependencia de la trayectoria anterior en la salida de la crisis que resulta de esas luchas y que se configura a través de ellas; y, consecuentemente, m ostraría los problem as que surgen cuando el Estado carece de la capacidad para gestionar dicha transición.

NOTAS 1. El concepto de Estado competitivo fue utilizado por primera vez por Cerny (1986) y, como n a tio n a ler Wettbewerbstaat (Estado nacional competitivo) por Hirsch (1995). Mi enfoque difiere del de ambos, pero está ciertamente nitás próximo al de Hirsch. 2. Según algunos cálculos, el uso de Internet en todos los sectores de la economía de Estados Unidos aumentaría la productividad en un cinco por ciento durante el periodo 20 0 0 -20 10 (Grookes y Wahhaj 2000), 3. Para la distinción entre hardware, software y wetivare, véase N elsony Romer 1996. 4,. Cuestión distinta es si, dada la importancia del comercio intraeuropeo, los salarios podrían servir como fuente de la demanda en un keynesianismo en la nueva escala europea. 5. Alargo plazo, los beneficios de las carteras de inversión están ligados a la valorización del capital en el proceso productivo; a corto plazo, en cambio, ello no es así. Éste es el origen del debate acerca del cortoplacismo del capital financiero.

17 0

EL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

6. La OCDE acuñó en 1986 el concepto de competitividad estructural que continúa siendo un factor clave de organización de sus políticas de competitividad. Hace referencia a "la eficacia mundial de la economía nacional, a una estructura industrial competente y flexible, a la tasa y patrón de inversio­ nes de capital, a su infraestructura técnicayalos demás factores que determinan las 'externalidades’ ” ; es decir, a los marcos y fenómenos económicos, sociales e institucionales susceptibles de estimular o retrasar de forma sustancial el empuje productivo y competitivo de las empresas nacionales (Chesnais 1986; 86-7). La competitividad sistéraica resulta igualmente amplia. Messner la define en términos del "resultado de un complejo patrón de interacción dinámica entre los Estados, las empresas, las instituciones intermediariasy la capacidad organizativa de una sociedad dada" (1998: xo). 7. Lo que puede llegar a darse tanto porque se reduzca el tiempo necesario para que se produzca un determinado "acontecimiento" dentro de un determinado marco espacial de acción, como porque aumente la capacidad para distinguir un mayor número de pasos dentro de un "acontecimiento” , lo que permite aumentar las posibilidades de alterar su curso o su resultado interviniendo sobre el acontecimiento mientras se produce. 8. La compresión espacíotemporal hace referencia aquí a procesos reales más que a cierto sentido de desorientación generado por los cambios en el espacio y el tiempo asociados a la globalización. 9. Sobre la glocalización, véanse Brenner 1998, aooo y Swyngedown 1997? sobre la glurbanización, véase Jessop y Sum 3 0 0 0 ; sobre la transnacionalízaeión. véase Smith 7,000. ío . La dimensión temporal de su flujo se recoge con las metáforas de la "liquidez” o "rigidez” . 11. Con frecuencia, las diferentes teorías sobre la competitividad internacional aparecen asociadas a distintas tipologías y desacuerdos acerca de las bases de las ventajas competitivas. Una revisión reciente de once usos distintos déla competitividad en Blochy Kenyon ?,ooi. En la práctica, en cam­ bio, los diferentes tipos de ventaja pueden resultar complementarios. 1?,. El correspondiente discurso rieardiano tiende a considerar "naturales" muchos factores de produc­ ción que, en realidad, dependen de forma considerable de las condiciones sociales en su conjunto. La abundancia de mano de obra barata constituye un ejemplo evidente de ello. i 3. Como señala Warn "[la] teoría clásica de las ventajas comparativas descansaba en ciertas sim plifica­ ciones injustificadas: que los precios del mercado internacional eran conocidos y estables; que no había incertidumbre acerca de los precios que alcanzarían los productos para la exportación o los de los bienes importados; que no existía el aprendizaje mediante la acción; que la tecnología era cono­ cida; que se mantenían beneficios constantes en cualquier escala; que se empleaba toda la capacidad instalada; y que las características de las mercancías eran estables y conocidas por todos” (1994.: 4). 14,, Al nombrar sólo a estos cuatro teóricos de la economía, no pretendo decir que se trata de las únicas figuras relevantes o que sus acercamientos a la competitividad sean los únicos adecuados. En el con­ texto actual, se tratan tan sólo como figuras emblemáticas. *5. De hecho, si la imitación especulativa llega demasiado lejos, el exceso de oferta puede llegar a redu­ cir los beneficios por debajo de los niveles normales. 16. Tal como se emplea en el enfoque neoschumpeteriano de la innovación y las ondas largas, una fuer­ za motivadora (motive forcé) hace referencia a la adopción de una innovación importante en un sec­ tor dinámico con potenciales repercusiones en toda la economía (por ejemplo, la introducción del mícrochip), y una fuerza de arrastre (canterforcé) es un vector para la difusión de dichos efectos (por ejemplo, la adopción de la tecnología del naicrochip en la fabricación de vehículos). Para una mayor elaboración, véase Freeman y Pérez 1988. 17. Es interesante destacar que Castells, que introdujo el concepto de capitalismo mformacional, des­ cuida el significado de la propiedad intelectual en su dinámica, concentrándose en cambio en el conocimiento como factor de producción. 18. La principal excepción entre las mayores economías de. Asia Oriental era el régimen colonial contri­ butivo rieardiano en Hong Kong (Sum 1998).

17 1

CAPÍTULO 4

LA REPRODUCCIÓN SOCIAL Y EL ESTADO DE TRABAJO

Lo que convencionalmente se denomina Estado de bienestar está lejos de constituir una realidad universal. No se da en todas las sociedades industriales, ni siquiera en todas las sociedades del capitalismo avanzado, n i —por supues­ to— se trata de un logro evolutivo irreversible. Muy al contrario, durante varios años se han producido notables cambios en las políticas económicas y sociales, en su formalización discursiva y en su legitim ación, en la celeridad y escala en las que la conformación y la reform a de dichas políticas tiene lugar en dichas áreas, en los mecanismos institucionales y en las redes mediante las cuales se ponen en práctica, así como en sus bases económ icas, políticas y sociales. Estos cambios, como vim os, están relacionados con cuatro grupos de factores: (i) la reorganización del proceso laboral, del régim en de acumulación y de los modos de regulación en respuesta a las tendencias básicas hacía ía crisis del fordismo atlántico y a la aparición de nuevas contradicciones prim arias en el seno del capitalismo; (s¡) la em ergencia de apuros fiscales y financieros en el ENBK, la crisis del sistema de partidos "aírap alo todo” (cath-all) al que se encontraba unido, el compromiso institucional en el que se basaba y el desarrollo de nue­ vas fuerzas sociales; (3 ) la reem ergencia o el resurgim iento del liberalism o en forma de neolíberalism o, como alternativa al corporativismo y al estatismo en cuanto formas de gobernanza económica y proyectos de Estado, y su promoción activa por parte de los EE UU (como Estado hegemónico del fordismo atlántico) 17 3

R O B E R T JE S

50P

y de Gran Bretaña (como su socio m enor); y (4) el auge de nuevos problemas económicos y sociales y de nuevos movimientos sociales que han impugnado el modo de regulación prevalente y exigido nuevas formas de hacer frente tanto a los viejos como a los nuevos problemas. Las respuestas a estos desafíos poseen implicaciones determinantes para las políticas del Estado de bienestar, para su atrincheramiento y reestructuración, y para los intentos de ir más allá del Estado de bienestar sin perder en form a decisiva el apoyo tanto electoral como político general, o socavar la legitim idad del Estado nación. En el presente capítulo se examina la reestructuración y reorientación estratégica del ENBK desde mediados de los años setenta, en lo relativo a la reproducción social de la fuerza de trabajo como m ercancía ficticia. Esto nos exigirá tomar en consideración los cambios en las form as y funciones del con­ sumo colectivo, así como en las transferencias de renta basadas en el principio del seguro contributivo, los derechos de ciudadanía o, quizá, los privilegios de residencia; también requerirá prestar atención a la construcción discursiva y material de las nuevas form as y bases de la reproducción social, adecuadas para la transición hacia una economía globalízadora y basada en el conocimiento, así como el subsiguiente funcionamiento. Por ello, junto a los cambios en la redistribución social y las transferencias de renta, también tomo en conside­ ración las políticas del mercado de trabajo y la reestructuración de la educa­ ción. Aunque en momentos y ritmos distintos, al igual que con grados diversos de discontinuidad, estos cambios se han producido no sólo con gobiernos neo­ liberales sino también con gobiernos más tradicionales de tipo socialdem ócrata, democratacrístiano y con regím enes de centroizquierda.

1. CO NSIDERACIO NES PR E LIM IN A R ES Con el desarrollo de los mercados de trabajo formalmente libres, las fuerzas del mercado se convirtieron en el principal mecanismo de coordinación de todas las actividades económicas del capitalismo. Ahora bien, la mano invisible, con sus im perativos de m axim ización m onetaria form al, su funcionam iento im personal (trabajando, en palabras de Marx, a espaldas de los productores), su racionalidad procedimental y actuación post hoc, se ha visto siem pre com ­ plementada con otros modos de cooi'dinación que introducen objetivos su s­ tantivos, elementos de deliberación interpersonal o interorganizacionales, una orientación hacia fines colectivos, así como de concertación ex ante. Es aquí donde los regím enes de bienestar pueden ayudar a asegurar algunas de las *74

EL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

condiciones clave para la acumulación de capital. Esto lo haría al instituciona ­ lizar tanto criterios sustantivos para la evaluación y corrección de los resulta ­ dos del mercado, como procedim ientos políticos y burocráticos para guiar el funcionam iento de las fuerzas del m ercado y hacer frente a sus fallos. Igualmente, desempeñan un papel esencial a la hora de establecer las estrate­ gias de acumulación y de relacionarlas con los proyectos estatales y las visiones hegemónicas, asegurando precondiciones cruciales para el funcionamiento de las fuerzas del mercado. En este sentido, constituyen una importante interfaz entre las condiciones económicas y extraeconómicas para la acumulación de capital. Esto tiene repercusiones en el acoplamiento estructural y la coevolu­ ción de los sistemas funcionales económico, político, legal, educativo y sanita­ rio entre otros, y en las relaciones entre dichos sistem as y el mundo de la vida. En este último aspecto, los regím enes de bienestar aparecen fuertemente implicados en gobernar, en toda la form ación social, la división del trabajo en sus aspectos económicos, de género, étnicos, intergeneracional y de otros muchos tipos. De hecho, también contribuyen a la "tarea de división” mediante el tratam iento diferenciado de las identidades sociales existentes o m e ­ diante la creación de otras identidades sociales (Munro 1997). De esta forma, contribuyen a la clasificación y normalización de los individuos, de los grupos y de otras fuerzas sociales como base para su tratamiento diferenciado en la división del trabajo y para la inclusión-exclusión social en el contexto de unos específicos límites espaciotemporales (véanse también los capítulos 1 y 3). El carácter amplio y generalizado de los cambios implicados en la em er­ gencia tendencial del RPTS sugiere que las causas principales de esta tran si­ ción deberían buscarse en rasgos igualmente am plios y generalizados de la economía política de posguerra desde los años setenta y ochenta. En esa dirección, no es probable que se encuentren en factores que son específicos de algún o de algunos casos. Por ello, es importante defin ir el explanandum con un nivel de abstracción y sim plicidad suficiente como para establecer las tendencias básicas, reconociendo al tiem po que estas últimas quedarán sobredeterm inadas en niveles más concretos y complejos de análisis. Lo que nos perm itirá buscar una m acroexplicación adecuada y evitar las explicacio­ nes m icrocau sales red u n d an tes (G a rfin k e l 19 8 1: 55, 59; Jesso p 19 8 3: %8 3 -3 9 0 ; M anners 1998). Pese a lo cual, la enorme vaziación en el ritmo y tra­ yectoria de las transiciones, en sus discursos y legitim ación, en sus bases y resultados sociales, exigirá igualmente una cuidadosa atención a sus causas materiales próxim as, al marco discursivo de cualquier crisis percibida en el Estado de bienestar (o de él m ism o), a sus vínculos con relaciones de fuerza l 75

R O B £ R T JE S S O P

históricam ente específicas de ciertas coyunturas, a las m ediaciones institucio­ nales y las selectividades estratégicas, y a las cuestiones de periodización. Igualmente, los resultados concretos de los intentos de reestructurar y reo­ rientar estratégicamente la reproducción social se pondrán en relación con los diferentes modos de inserción en el mercado mundial y en el sistema político internacional. De esta forma, nuestra explicación macro deberá ser compatible con otros análisis de nivel micro que expliquen la especificidad histórica de las continuidades y discontinuidades en los diferentes regím enes del bienestar. En los dos capítulos anteriores ya he expuesto parte de la macroexplicacíón de los cambios en la dim ensión de bienestar del ENBK. Sin embargo, aun­ que la crisis del fordism o atlántico impidió la continuidad del ENBK en su antigua form a, no supuso que se intentara desm antelar o destruir el Estado de bienestar en lugar de reformarlo. De hecho, considerando m is argumentos acerca de la necesidad de factores extraeconómicos en la reproducción de la fuerza de trabajo como m ercancía ficticia, resulta improbable que pudiera lle ­ gar a consolidarse un repliegue general y duradero. Mucho más probable es que se den intentos de rediseñar las instituciones o de reorientar su papel en la reproducción social. En este sentido, los diferentes intentos de llevar a cabo una transform ación neoliberal general en Estados Unidos, Reino Unido, Nueva Zelanda y, en m enor medida, en Australia y Canadá constituyen excepciones más que la norm a en la reestructuración del bienestar. Más aún, dada la natu­ raleza liberal de estos regím enes antes del giro neoliberal, incluso los intentos de prom over una transformación neoliberal general resultaron m enos radica­ les de lo que habrían sido en otros regím enes de bienestar. Con todo, tam bién en este caso deberemos considerar sus contradicciones y lim itaciones en sus propios térm inos y como modelos para otros espacios económicos y políticos.

a. ENFOQUES ALTERNATIVO S A LA REFO R M A D EL ESTADO DE B IEN EST A R Aun siendo bien importantes, una buena parte de la literatura acerca de las recientes reform as del bienestar aborda cuestiones tan sólo tangenciales para el presente capítulo. Un prim er problem a para nuestros fines actuales es que algunos estudios se muestran demasiado preocupados con la austeridad y el repliegue como respuesta a la crisis inicial en y del Estado de bienestar, o se concentran excesivamente en lo que con frecuencia resultan ser variaciones fiscales o financieras cuantitativamente m arginales. Sin duda, sabemos más 17 6

HL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

ahora de los cambios en las cestas fiscales (fuentes de ingresos basadas en la contribución relativa de los impuestos a agentes económicos móviles e inm ó­ viles), en las cestas de ingresos (la relación cambiante entre tributación y endeudamiento) y en las cestas presupuestarias (los objetivos cambiantes del gasto). Desgraciadamente, existen num erosos y complejos factores que ín teractúan y afectan a las cantidades absolutas, a las tendenciasy a las ratios, por lo que los análisis de la sim ple variación cuantitativa resultan difíciles de in ter­ pretar en los análisis comparativos. Adem ás, aun en los regím enes de bienes­ tar más neoliberales, el gasto en bienestar permanece en niveles altos, incluso dos décadas después de las prim eras e insistentes llamadas serias a los recor­ tes (véanse pp. 18 5 -18 7 ). Todo ello suscita interesantes cuestiones acerca de los efectos conservación-disolución en el cambio social, así como de los posibles cambios cualitativos en el papel del Estado de bienestar. Además, estos estudios de amplio espectro temporal suelen ignorar el uso deliberado o casual de las fluctuaciones de corto y mediano plazo en el gasto, para proporcionar al Estado una base para la reestructuración y reorientación del consumo colectivo (por ejemplo, en educación, salud y vivienda) o para recomponer la fuerza de trabajo y m odificar los incentivos y actitudes del sec­ tor público. Entre otras tácticas, los periodos de subfinanciación pueden verse seguidos por la liberación selectiva de cantidades adicionales condicionadas al cumplimiento de nuevos modos de trabajo, renovación de personas en áreas estratégicas, nuevos objetivos, indexación, etc. Igualmente, el acceso a fondos extra puede hacerse depender de retos ad hoc, de la competencia generalizada o de la exigencia de que la financiación pública esté acompañada de la m ovili­ zación de fondos privados. Además, una reducción a largo plazo en el empleo o los salarios del sector público puede im ponerse ante una mayor o menor re sis­ tencia a los intentos de liberar rentas para otros fines, incluso a costa de la motivación, la moral o el reclutamiento posteriores. Los recortes en los gastos de capital pueden igualmente deberse a la pretensión de subvencionar los niveles de gasto corriente más sensibles electoralmente, efecto que no queda­ ría reflejado en los estudios que se centran exclusivamente en las transferen­ cias de ingresos o en el gasto corriente de form a general. El deterioro generado en la calidad del consumo colectivo podría ser lo suficientemente significativo como para exigir o legitim ar la subsecuente transferencia de la responsabilidad de su provisión a socios público-privados o em presas privadas. Todo ello resulta aún más evidente en las respuestas neoliberales. En todos los casos, esta estrategia podría abrir al Estado algunas posibilidades de liberar fondos con variados usos: para diferentes finalidades alternativas como consecuencia 17 7

R O B E R T JE S S O P

de la reducción de los gastos de capital en estas áreas concretas; para generar ingresos de los procesos de privatización, que podrían utilizarse para financiar los recortes en los ingresos o para diferentes gastos estatales; para perm itir una mayor flexibilidad en el funcionamiento y provisión de los (hasta entonces) servicios públicos o en los salarios y condiciones laborales de dichos sectores; para crear oportunidades para la pequeña y mediana em presa, así como para las grandes empresas de servicios, o para prom over la internacionalización de los servicios; y para promover la im plicación de la comunidad y la participación ciudadana en la reproducción social. Por último, volviendo al asunto del gasto corriente, hay que hacer notar que la focalización, la prueba de recursos y la recuperación por vía fiscal pueden tener efectos significativos con indepen­ dencia de que el gasto corriente suba, baje o permanezca estable. Todo esto nos muestra que la preocupación por la variación cuantitativa y los niveles agregados de gasto pueden distraer nuestra atención de lo que podrían resultar ser desplazamientos mucho más importantes en las formas cualitativas y en las funciones de la política social y del bienestar social, dentro del contexto de una rearticulación y redim ensionamiento más amplio del tipo de Estado capitalista y de las form as de gobernanza. Una de las funciones de nuestro cuádruple acercamiento a los regím enes de bienestar es precisam ente la de facilitar el análisis de estas cuestiones cualitativas. Un segundo problema es que buena parte de la literatura asume que los Estados de bienestar en los circuitos del fordism o atlántico (si es que no tam ­ bién fuera de ellos) existen en un m ismo tiempo, es decir, que tienen la misma genealogía, ciclos, etc. y que, por tanto, un año natural o una década tienen el mismo significado para cualquiera de todos estos Estados de bienestar. Esto se refleja en la desatención a cuatro problem as interrelacionados. En prim er lugar, "los Estados de bienestar siem pre están obsoletos" como resultado del desarrollo social y demográfico y de la emergencia de nuevas necesidades y riesgos. Esto resulta particularmente importante en los "períodos históricos en que los propios modos de integración que soportan los Estados de bienestar se ven desafiados" (Daly 1998: i 3 o; véase Pierson 3 0 0 1a sobre la necesidad de "recalíbrar” los regím enes de bienestar a la luz de los nuevos riesgos, proble­ mas y desafíos). En segundo lugar, los desarrollos económicos, políticos, sociales y culturales parecen a menudo "desfasados", especialmente cuando se consideran de forma transnacional. Así, mientras algunos ENBK comenzaron a surgir en el periodo de entreguerras y se consolidaron en los años cincuenta y sesenta, otros em ergieron en los años cincuenta y sesenta y no habían alcan­ zado su madurez antes del comienzo de la crisis en y del fordism o atlántico. Es 178

E L FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

el caso, especialmente, de las economías fordistas periféricas del sur europeo (España, Portugal, Grecia). Estos países comenzaron su expansión económica de posguerra más tarde, iniciaron el desarrollo de un ENBK principalm ente tras el colapso de sus respectivas dictaduras, tuvieron como media tasas de cre­ cimiento económico más altas que los Estados Unidos en los años ochenta y noventa (aunque también con tasas de desempleo mayores), y están todavía intentado alcanzar a sus vecinos del norte en la consolidación del Estado de bienestar, al tiempo que desarrollan políticas de ajuste neoliberal. De forma semejante, las economías recientemente industrializadas de Asia Oriental de la primera oleada se enfrentan ahora al problema de construir un Estado de bienes­ tar para sustituir a sus regímenes contributivos de tipo ricardiano o fam iliar, especialmente en respuesta a la volatilidad económica y a la inseguridad cre­ ciente, que afecta incluso a los trabajadores más especializados. En tercer lugar, contemplados desde una escala temporal menor, y desde el punto de vista de la lucha de clases y de otras luchas sociales, los regím enes de bienestar aparecen como "fuera de ciclo” unos en relación con los otros, complicando aún más cualquier comparación. Puesto que, como adelantó Kalecki (194,8) y los subsiguientes analistas han podido comprobar, la expansión económica de posguerra implicaba un ciclo político de los negocios. Así, después de que el pleno empleo inducido por las políticas keynesianas robusteciera la capacidad negociadora de los trabajadores organizados, se encargarían los em presarios y el Estado de provocar una recesión para reducir las presiones salariales; pero, según se acercaran las elecciones generales, el gobierno im pulsaría la reflación (reflation) para obtener votos con la recuperación económica. Asim ism o, como han demostrado P iven y Cloward (1971, 19 93), existe también un ciclo político en los regímenes del bienestar, conforme los gestores estatales y sus aliados tratan alternativamente de acallar la protesta social y de restaurar los incenti­ vos al trabajo. Y, en cuarto lugar, dadas las diferencias temporales y de secuen­ cia de las reformas económicas y sociales, tam bién es posible que el tiempo esté "desquiciado” . De este modo, el acoplamiento estructural y la coevolución dé los regím enes del bienestar, y de sus sistem as políticos y económicos nació nales y plurinacíonales más amplios en los que aparecen insertos, quedan marcados por patrones específicos de irregularidad y dislocación. Una tercera fuente de problemas es la com prensible tendencia a la fetichización de las tipologías de Esping-Andersen (o de sus derivados) en los tra­ bajos sobre cambios en los regím enes de bienestar. De esta forma, una gran parte de la investigación reciente se ha centrado en la cuestión de la conver­ gencia o divergencia dentro de este patrón de regím enes de bienestar. Resulta 179

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interesante que en la actualidad sea el régim en liberal el que con frecuencia sirva como banco de pruebas em pírico respecto del cual m edir los cambios, incluso si se conserva la socialdemoci'acia como ideal normativo. Esto puede llevarnos a descuidar otro tipo de cambios dentro de estos tres (o cuatro o cinco) regím enes, y lo que es más importante, o dejar fuera de análisis las vías alternativas ajenas a todos estos regím enes (incluyendo el modelo liberal), tal como existieron en la época dorada del fordism o atlántico. Esto resulta espe­ cialmente problemático en la medida en que los modelos de Esping- Andersen captan sólo una parte del papel del Estado en la reproducción social (véase el capítulo 2) y, consecuentemente, distraen nuestra atención de otros cambios en la reproducción social actual. En cuarto lugar, algunos estudios se han mostrado demasiado preocupa­ dos por identificar y evaluar críticamente el significado de la globalización como posible causa de las m odificaciones en los regím enes del bienestar. Este importante interés es reflejo del papel discursivo de la "globalización” como coartada para cambios que han sido realizados por razones diferentes, y que culmina afirmando que la creciente competencia internacional exige recortes en los impuestos y en el salario individual y social, así como en otros aspectos de las políticas económicas y sociales. También se relaciona con la habitual afirm ación -—que igualmente puede servir de coartada para los políticos— de que el electorado, la opinión pública y otras significativas fuerzas sociales se oponen por lo general a los impuestos y al gasto público, incluso cuando grupos específicos de electores y grupos de presión demanden un mayor gasto (véan­ se Kitschelt 1994, 1997; Taylor-Gooby 1997, 20 01a). Y se corresponde con el impacto más general del proyecto neoliberal global, que promueve la privatiza­ ción, la mercantilización y la indexación en el sector público, así como una reducción y redistribución de la carga fiscal. Sin embargo, aunque de este modo resulte inteligible el impacto de las políticas sociales de la globalización, también explica por qué a menudo es teóricam ente infundada y tiende a entur­ biar la cuestión de la causalidad. Específicam ente, este tipo de investigación no percibe la naturaleza m ultiescalar, multieéntrica y multiternporal de la globali­ zación (véase el capítulo 3). También deja fuera la medida en que los Estados en diferentes escalas (especialmente ciertos Estados nacionales) han estado acti­ vamente implicados en la prom oción de la globalización, y tampoco reconoce que incluso aquellos Estados que "padecen más que incurren en el pecado” de la globalización, aún tienen opciones políticas en respuesta a la globalización y a los discursos asociados a ella. Igualmente, tiende a ignorar el hecho de que la globalización, incluso en sus propios térm inos, no es más que un vector entre 180

EL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

otros, a través de los cuales se expresan en la actualidad las contradicciones y los dilemas inherentes al capital como relación. En este sentido, también los debates acerca de si las presiones sobre el Estado nacional son principalm ente m undiales o domésticas en cuanto a su origen pierden de vista la cambiante dinámica de la acumulación de capital (véanse, por ejemplo, Iversen 30 0 1; Pierson 3001b-, Swank 3 0 0 1, 30 03). Adicionalmente, el impacto de la globalización conlleva a menudo un enfoque demasiado unilateral centrado en pocos aspectos: la hipermovilidad del capital financiero; las posibilidades de reubicación transfronteriza del capital productivo-, el papel del salario individual y social como coste de p ro­ ducción, y de la fuerza de trabajo como uno de los factores de producción sustituibles. Su impacto en estas áreas es sin duda importante. Pero no es posible entenderlo adecuadamente sin tomar en cuenta la capacidad del Estado para reorganizar los presupuestos y gastos estatales, la im portancia de las condicio­ nes extraeconómieas ligadas a las ubicaciones de las actividades productivas, el papel del salario individual y social como fuente de la demanda, y el sign ifica­ do de la fuerza de trabajo como fuente creativa y experta de valor añadido que exige un cultivo extraeconómico. En resum en, muchos estudios ignoran la medida en que las múltiples presiones de la globalización como proceso multicéntrico, multiescalar, multitemporal, multiforme y, naturalmente, multicausal se expresan de forma diversa en los diferentes procesos laborales, ramas de la producción, regiones, partes del circuito global del capital, regím enes de acumulación, modos de regulación, etc. Más abajo me extenderé sobre las con­ tradictorias implicaciones de la (í)lógica de la globalización (véase tam bién Jessop 1999c) y explicaré su significado para la reestructuración, reescalado y reorientación del Estado de bienestar. Tam bién me referiré a algunos trabajos más recientes que han comenzado a abordar estas cuestiones con enfoques que poseen importantes innovaciones metodológicas. En quinto lugar, con demasiada frecuencia se ha considerado la política social separada de la política económica. Para bien o para mal, esta conexión fue una de las principales preocupaciones del inicial trabajo marxista sobre las funciones del Estado en el capitalismo (por ejem plo, Gough 1979; O’Connor 1978; Offe 1984; y para una crítica de estos tres autores, Klein 1993). Fue igual­ mente objeto de discusión de m anera explícita en los discursos que justifica­ ban el desarrollo del ENBK y de los proyectos en y a través de los cuales se construyó inicialmente. Esping-A ndersen tam bién hace frente a esta cuestión de manera unilateral en la m edida en que enfatiza el papel del Estado de b ien ­ estar en la desmercantilización sin observar que, en virtud de la contradictoria

ROBERT JESSOP

naturaleza de la fuerza de trabajo como mercancía ficticia, este tipo de in ter­ vención podría reforzar, tanto como debilitar, la lógica de la acumulación de capital. Bien podríamos relacionar este aspecto con su énfasis en un enfoque desde la teoría de clases, a expensas de un análisis desde la teoría del capital. Y se corresponde igualmente con su descuido de las contradictorias im plicacio­ nes del Estado de bienestar en relación con la doble carga que supone para las mujeres realizar trabajo pagado junto a trabajo doméstico, en la medida en que la expansión de los derechos de bienestar, la provisión de cuidado infantil, las ayudas a las fam ilias monoparentales y otras medidas sim ilares pueden servir para facilitar la remercantilización de la fuerza de trabajo fem enino y su ulte­ rior integración en la fuerza de trabajo. Dentro del creciente grupo de estudios que está reexaminando estas cues­ tiones, existen tres importantes excepciones al descuido de las im plicaciones mutuas de las políticas sociales y económicas: el estudio de Huber y Stephens (2001), sofisticado en el uso de las estadísticas y muy detallado en lo institu­ cional, y los proyectos colectivos que aparecen en Hall y Soskice feo o i) y Ebbinghausy Manow (2 0 0 1a ). Los autores citados en último lugar afirm an que es importante: tomar en consideración la protección social que ofrecen los sistemas de seguridad social, las prácticas de negociación colectiva y los regímenes de contratación. Nuestro conocimiento de los modernos Estados de bienestar7 y especialmente de las fuentes de sus actuales crisis, seguirá siendo lim ita­ do hasta que reconsideremos los fundamentos económicos en los que se asientan, Más aún, la función productiva de la protección social ha sido con frecuencia pasada por alto como consecuencia del énfasis en la redis­ tribución como principal objeto de las políticas del Estado social. Por tanto, creemos que para una mejor comprensión del capitalismo moderno debería­ mos tomar en cuenta el importante impacto del Estado de bienestar sobre el empleo, la capacitación, la fijación de salarios y la inversión [Ebbinghaus y Manow 3 0 0 ib: 3]. Sin embargo, incluso los m ejores de estos recientes trabajos en este y otros aspectos de la reform a del bienestar han dejado sin considerar las rela­ ciones cuádruples entre los cambios en las políticas económicas y sociales, el reescalado del Estado capitalista y las cambiantes form as de gobernanza. Suscitar la pregunta acerca de estas relaciones (sin afirm ar haberla resuelto por completo) es el principal objetivo del presente estudio. Por tanto, aunque este capítulo pueda y deba ser parasitario del m ejor trabajo reciente en lo reía183

EL FUTURO DEL ESTAOO CAPITALISTA

tivo a sus consideraciones analíticas y detalles em píricos, su principal objetivo no es ni repetir ni criticar ese trabajo, sino contextualizar los cambios que allí se identifican. Daré, por tanto, un mayor peso a los imperativos estructurales y a los cambios en el equilibrio de las fuerzas económicas y sociales, y a los correspondientes desplazamientos cualitativos en las prioridades económicas y sociales del Estado de bienestar asociados a la transición al posfordismo. Es justamente este conjunto de desplazamientos cualitativos lo que pretendo atra­ par con mi concepto de RPTS.

3 . L A ESPEC IFICID A D D EL ESTADO D E B IEN EST A R

EN E L FORDISMO ATLÁNTICO Los Estados de bienestar producen bienestar a través de una compleja mezcla de mecanismos. Entre ellos se cuentan una mezcla de cambiantes prestaciones laborales, la redistribución financiera directa por parte del Estado, medidas fiscales, consumo colectivo financiado o provisto por el Estado, redistribución fam iliar, solidaridad intra e intergeneracional dentro de las fam ilias extendi­ das, y actividades benéficas. Junto a esta reproducción social de la fuerza de trabajo, existe un "bienestar para el capital” que igualmente implica una com ­ pleja mezcla de mecanismos (bienestar fiscal, subsidios estatales directos, provisiónde infraestructuras, asociaciones público-privadas asimétricas, etc.) que dirigen rentas estatales en beneficio de capitales particulares o del capital en general o renuncian a dichas rentas a través del gasto fiscal (moratorias f is ­ cales) para estos m ism os fines. Estos regím enes del bienestar tienen conse­ cuencias distributivas muy diferentes en térm inos de clase, género, etnia o espacio, dependiendo de la concreta mezcla entre sector público, sector priva­ do y "tercer” sector. Esta misma selectividad hace de la lucha sobre las cestas del bienestar una cuestión clave en los debates sobre la reestructuración del Estado de bienestar. En este contexto, las ideas sobre participación social, implicación de los actores, el papel de las redes inform ales y la gobernanza, etc., ofrecen nuevos e interesantes espacios p a ra la controversia. Existen tres form as fundamentales de prestación del bienestar: (i) el seguro social colectivamente organizado que conduce a determinadas presta­ ciones financieras en caso de contingencias tales como el desempleo, la en fer­ medad, el embarazo o la jubilación; (3) la redistribución a través del sistema fiscal y financiero, incluyendo no sólo las transferencias de pago sino también el bienestar fiscal y el bienestar laboral subsidiado estatalmente y la provisión i83

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privada —pero subsidiada estatalmente— de bienes tales como la vivienda, así como otro tipo de desgravaciones fiscales; y (3 ) el consumo colectivo en el sen ­ tido de financiación pública de bienes y servicios públicos. Estas form as de provisión del bienestar, diferentes pero interconectadas, tienen distintas im plicaciones para la (re)distribución de clase, género, "raza” , étnica o regio­ nal, y para las formas específicas en las que se m anifiesta la crisis en y del ENBK. La política que configura esta cesta de mecanism os del bienestar es igualmente compleja y depende no sólo de factores económicos, sino tam bién de la naturaleza del Estado y de su articulación con la sociedad civil. Sin p erju i­ cio de estas complejidades, resulta útil considerar su papel a la hora de asegu­ rar las condiciones para la autovalorización del capital y para la reproducción de la fuerza de trabajo como mercancía ficticia. El concepto de consumo colectivo surgió durante los años cincuenta y sesenta1 conforme se fue consolidando gradualmente el ENBK en el espacio económico dominado por el fordism o atlántico. Tenía una significación tanto general como particular. De un lado, servía para destacar la creciente im por­ tancia del gasto estatal para lubricar e integrar el circuito del capital (poniendo de esta forma de relieve las lim itaciones de la idea del consumo final en el hogar); y, por otro, identificaba las form as y funciones específicas de este gasto en el fordism o atlántico. De este modo, así como los m ercados liberales y la competencia oligopolista fueron desplazados en favor de una economía mixta y de una planificación indicativa basada en una negociación bipartita o triparti­ ta, las fuerzas del mercado liberal y los hogares particulares (o, como mucho, el paternalismo privado en el nivel em presarial y la filantropía cívicas) pasaron a d esem peñar un papel m enor en la rep rodu cción de la fuerza del trabajo, en la medida en que el Estado se fue involucrando más en la socialización de la reproducción y el consumo. La im plicación nacional y local del Estado se incrementó, poniendo el énfasis en las m edidas globales de carácter redistributivo un iversal—o casi universal— que socializaban los riesgos individuales a lo largo de la vida en lo que llegó a ser una sociedad de masas receptora de un salario. Esto se combinó con la provisión de consumo, abastecido y financiado colectivamente, en campos tales como la vivienda, la educación, la salud y, p o s­ teriorm ente, los servicios sociales personales. La naturaleza colectiva del consumo tenía su raíz en una específica articu­ lación de tres divisiones constituidas tanto discursiva como m aterialmente dentro del capitalismo contemporáneo: (i) "público-privado” , (2) "mercado Estado” y (3 ) espacio "nacional” y entorno exterior. Lo que hacía que el consu­ mo fuera "colectivo” era su organización pública medíante una concreta form a

€ L FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

de Estado nacional, en un espacio económico que se construía discursivamente y se instituía materialmente para coincidir en térm inos generales con los lím i­ tes territoriales del Estado. Más tarde, sin embargo, hemos visto: (i) el redes­ cubrimiento y la prom oción activa de un tercer sector intermedio entre lo público y lo privado; (2) el reconocim iento creciente del papel de las redes y de la auto-organización como form as alternativas de gobernanza presuntamente capaces de compensar el fracaso del Estado y del mercado; y ( 3 ) complejos pro­ cesos de desterritorialización y reterritorialización de espacios económicos y sociales, y una dialéctica de globalización-regio nalización. Esto ha hecho que resulte difícil proseguir con el consumo colectivo en su form a de ENBK, situa­ ción que se ha visto empeorada por las presiones neoliberales para privatízar las actividades estatales tanto como sea posible. En algunos aspectos importantes el EN B K ya había "alcanzado sus lím ites” en el fordismo atlántico a comienzos de los años ochenta (Flora 1986-87). Aunque la transición de un Estado de seguro social o de seguridad social (Sozialstaat) a regím enes más am plios de bienestar había comenzado ya en el periodo de entreguerras, fue durante los años de expansión económica de la posguerra cuando los Estados de bienestar alcanzaron su madurez (véase el capítulo 2). Como ya se ha mencionado, es obvio que algunos Estados de bienestar de desarrollo tardío todavía tenían posibilidades de crecimiento. Pero en tér­ m inos generales, es cierto que el EN BK se había completado, y estaba basado prioritariam ente en la participación pasada, presente o futura en el mercado de trabajo o en la nacionalidad (m arginando, por tanto, a los inm igrantes o traba­ jadores no nacionales y dándoles, como mucho, un trato de ciudadanos de segunda clase). Del mismo modo, el EN BK cubría, por lo general, la mayor parte de los campos de la reproducción social de cada día, durante toda la vida y de forma íntergeneracional. Ofrecía para ello la provisión universal —o casi universal— con altas tasas de reemplazo de los ingresos para ios asegurados y para los ciudadanos, a través de sus program as de transferencia de ingresos, ofrecía también un sistem a de educación nacional universal y una socialización más o menos extensa de la atención m édica prim aria. Además, se sostenía generalmente mediante niveles de im puestos altos en comparación con la era del Estado liberal. Con todo, al tiempo que había lím ites económicos y políticos a una ulte­ rior am pliación de este tipo de Estado de bienestar en una sociedad capitalista, especialmente en tanto que instrum ento de redistribución económica y social, existen también otros tres importantes lím ites a los recortes en el bienestar. En prim er lugar, resulta esencial para la acumulación de capital alguna forma 18S

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de reproducción extrae cono mica de la fuerza de trabajo como mercancía ficticia, tanto de manera individual como agregada, (véase el capítulo x). Más aún, tanto si el tipo capitalista de Estado participa en su provisión en prim er término como si no, se espera que sirva, como último recurso, como reproductor social de la fuerza de trabajo2. De este modo, aunque pueden cambiar las respectivas responsabilidades y lím ites del Estado, el mercado y la sociedad civil, sigue existiendo un importante papel de tim onel para el prim ero. Un interesante y reciente ejemplo de ello se halla en la competencia entre los Estados naciona­ les por reclutar trabajadores cualificados del extranjero para ayudar a sus estrategias de acumulación basadas en el conocimiento. Del mismo modo, anteriormente, durante el boom del fordism o, habían tratado de reclutar traba­ jadores no cualificados del extranjero para ejecutar el trabajo que resultaba demasiado exigente en térm inos físicos, sucio, realizado bajo condiciones opresivas, mal pagado, sometido a horarios asocíales o que, por cualquier otra razón, resultaba económica o socialmente inaceptable para sus propios ciuda­ danos. En segundo lugar, existen importantes lím ites institucionales a la reducción del bienestar, derivados de la herencia de las políticas públicas, de la inercia de los programas y de la arquitectura general del Estado. Estos lím ites aparecen reforzados por las consecuencias potencialmente desgarradoras que generarían sobre la economía en su conjunto los recortes drásticos y acelerados del bienestar, debidos al acoplamiento estructural y la interdependencia material entre los Estados de bienestar y las economías de mercado. El desa­ rrollo previo del Estado de bienestar produce una específica estructura de organización económica, reñejo de su impacto diferencial sobre las oportuni­ dades de negocio. El discurso neoliberal pone el énfasis en los supuestos efec­ tos negativos de "expulsión” (crowding out) que genera el gasto publico —pese a lo cual es financiado—, así como en la naturaleza improductiva de la tributación y el endeudamiento público. Sin embargo, un gasto público sostenido y cohe­ rente también induce ciertos carabios estructurales en la oferta y la demanda (por ejemplo, complejos socioindustriales asociados a patrones específicos de gasto público en bienestar en proyectos de capital, de consumo y servicios), que se verían más o menos severamente quebrantados por un recorte radical en el caso de que las em presas o sectores afectados no pudieran reform ar, re e s­ tructurar o redireccionar la producción en un horizonte de tiempo adecuado. En tercer lugar, existen lím ites políticos al recorte en el bienestar, que provienen de diferentes ámbitos: la política representativa (en especial, de las dinámicas electorales y del activismo de los m ovim ientos sociales); la organi­ zación interna del aparato estatal (intereses creados de los M inisterios y los 18 6

EL FUTURO DEL ESTADO CAPITALISTA

departam entos, la naturaleza m ultinivel de la provisión del bienestar, la presencia de profesionales del bienestar, los derechos de los empleados públi eos, etc.); y las políticas de intervención (derechos de ciudadanía legalmente protegidos, dinámicas de partenariado social, el poder residual de los "d esti­ natarios de las políticas” , etc.). Todo ello se verá inevitablemente reflejado en el balance de fuerzas en cada momento y coyuntura particular, y apunta a la necesidad de estrategias a medio plazo para transform ar estas constricciones estructurales, y también para m ovilizar nuevas alianzas políticas que contra­ rresten la inercia institucional y los intereses creados que favorecen la conser­ vación del statu quo. En resumen, en los regím enes de producción y de bienestar existe una selectividad estratégica frente al recorte del bienestar, que interactúa con las contradicciones más generales asociadas con el carácter de mercancía ficticia de la fuerza de trabajo: Las amplias coaliciones sociales que dan soporte al statu quo del Estado de bienestar impiden que los partidos centristas y aun de derechas lleven a cabo, o incluso propongan, recortes significativos en los derechos. De este modo, en la medida en que las dificultades económicas suponen que la agenda en la mayor parte de los países no es de eoepansión sino de retrac­ ción, cabría esperar menores diferencias entre los partidos que en el pasado. Esta aproximación en las posturas es el resultado de constricciones tanto en la derecha como en la izquierda [Huber y Stephens 3 0 0 1 : 167]. Así pues, aunque hay cierto m argen para el rediseño de la provisión del bienestar y para la reubicación de las cargas del bienestar social, estos tres conjuntos de factores (entre otros) lim itan el m argen económico y político para un recorte masivo en su provisión pública, a m enos que se introduzcan otros cambios de carácter com pensatorio. La reproducción social, ya sea que se realice en el sector privado, en el público o en el tercer sector, im plica cos­ tes. Más aún, es necesario prestar atención a la calidad y al coste de garantizar tal reproducción de un modo u otro. En los EE UU, el caso de la atención médica privatizada resulta particularm ente destacable, si no es que triste­ mente célebre, ya que ofrece una cobertura muy desigual o inexistente y resu l­ ta, por lo general, más cara que los sistem as europeos de salud pública. Con todo, existe un margen muy amplío para volver a hacer funcional el gasto en bienestar en los niveles que existen en los regím enes particulares (o en n ive­ les sim ilares), para dar respuesta a ios cam bios en los regím enes de acumula­ ción, en los modos de regulación y en sus correspondientes com promisos institucionalizados. 18 7

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4. H A C IA

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En los tres ámbitos del bienestar del E N B K se han producido cambios: en el del seguro, en el de la redistribución finan ciero-fiscal y en el del consumo colec­ tivo. En las tres áreas hemos asistido a una creciente subordinación de la p o lí­ tica social a la política económica, aunque naturalmente esté lejos de ser total. En este capítulo se señalan tres dim ensiones interrelacionadas del rediseño, reestructuración y reorientación del bienestar. En prim er lugar, se han produ­ cido cambios cualitativos en las políticas sociales y en su articulación con la política económica, habiéndose concedido la prim acía a esta última. En segun­ do lugar, existe una creciente presión a la baja sobre el salario social, conside­ rado como un coste de producción (internacional) o como una responsabilidad electoral frente a la resistencia fiscal. Esto se refleja en m edidas de reducción —o al menos de contención— de costes y en el rediseño de las transferencias sociales para hacerlas más productivas. En tercer lugar, se han producido cam ­ bios en las formas y funciones del consumo colectivo. Muestra de este hecho son: los cambios en las políticas públicas para los trabajadores desempleados; el rediseño de las políticas de pensiones para reducir los costes a largo plazo de su provisión y para prom over el sector de servicios financieros; y la reestructu­ ración del sistema educativo en un intento de realinearlo con las presuntas necesidades de una sociedad globalizadora basada en el conocimiento. Esas opciones están ligadas a diferentes aspectos: al significado político y económ i­ co del desempleo; al hecho de que las pensiones constituyen el rubro civil mayor en los presupuestos de los Estados capitalistas más avanzados (norm al­ mente, con la sanidad como segundo capítulo más abultado del presupuesto); y al papel clave de la educación en el desarrollo económico y en la construcción de las naciones. Un tratamiento más extenso de la reestructuración del Estado de bienestar en otros campos de la política social, en especial en lo relativo a la sanidad, resultaría de gran utilidad en un trabajo más amplio, pero las áreas elegidas son lo suficientem ente significativas como para perm itirnos iden tifi­ car las principales tendencias. LA CRECIENTE SUBORDINACIÓN DE LA POLÍTICA SOCIAL ALA POLÍTICA ECONÓMICA La globalización, tal como se define en el capítulo 3 (y, por tanto, con un sign i­ ficado de mayor amplitud que el adoptado en la mayor parte de los m ás recien ­ tes estudios sobre globalización y políticas sociales), posee dos rasgos clave que 188

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afectan al ENBK. En prim er lugar, está ligada a una noción de competitividad que se ha expandido económicamente y que se ha enriquecido sociológica­ mente, incluso cuando algunos proyectos de globalización neoliberal en oca­ siones no realizan un completo reconocim iento público de este hecho. En segundo lugar, m ejora las oportunidades de desplazarse a través de las fronte­ ras, al menos para algunos capitales, especialm ente para el capital financiero que ofrece productos transparentes. Al com binarse con la creciente com peten­ cia interurbana e interregional dentro de las economías nacionales, se refuer­ zan de este modo las oportunidades de salida de los capitales. En conjunto, estos rasgos tienden a transformar las prioridades en las políticas sociales, en especial en relación con su impacto sobre la competitividad. Sin embargo, dado que, tal como se ha destacado en el capítulo 3 , existen diferentes formas de com prender la competitividad, es posible configurar las prioridades de forma diversa. Una noción ricardiana de competitividad, por ejemplo, podría apuntar a la necesidad de recortar los gastos sociales en economías cada vez más abiertas, ya que entendería que este gasto es un costo de producción que está asociado más a demandas populistas y a la ingeniería social que a la activi­ dad económica. El gasto social es, en este caso, además de una fuente de rig i­ deces para el sector productivo, una deducción improductiva de las rentas que podría ser invertida más adecuadamente en el mercado por los agentes econó­ micos de forma individual. Otros modos de entender la competitividad podrían apuntar en la dirección contraria. Así, un enfoque orientado a la competítividad sistémica o estructural podría otorgar m enor im portancia a los costes absolutos o relativos de los factores de producción, y más a su contribución relativa a la producción económica; m enos a las dim ensiones económicas y más a las dimensiones extraeconómicas de la competitividad-, menos a los cos­ tes tributarios inmediatos del gasto público y más a su contribución a largo plazo a la producción-, y menos a la naturaleza inmediatam ente improductiva del gasto social y más a su papel como compensación a los trabajadores (y a otras fuerzas sociales perjudicadas) frente a los riesgos y alteraciones que supone el comercio internacional. Al poner la atención en estos aspectos del gasto social, es menos probable que se generaran demandas de una reducción absoluta del bienestar por oposición a su rediseño y reorientación. Entre otras cosas, este enfoque sugiere que además de servir de asistencia a los ciudadanos individuales y a quienes dependen de ellos, el bienestar social podría estar desarrollando un papel clave en la socialización de los costes de ajuste en las economías abiertas, en la medida en que afectan a las compañías, ciudades, regiones y economías nacionales. En ambos casos, con todo, la creciente

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internacionalización, contemplada bien en térm inos ricardianos o de compe­ titividad estructural, se relaciona con la subordinación de la política social alas supuestas exigencias de la competitividad económica. Se trata de una im por­ tante m odificación cualitativa que es independiente de la cuantifícación de los cambios, y que im plica una alteración significativa en la naturaleza del Estado de bienestar y en su papel en la reproducción social. La resultante reordenación de la relación entre política económica y social ha atravesado por tres fases principales. En la crisis inicial en y del fordismo atlántico durante los años setenta, la actividad y el gasto estatal en bienestar aumentó. En parte, como resultado de los estabilizadores automáticos in cor­ porados al ENBK, de forma que el creciente desempleo disparó el gasto en bienestar, al tiempo que hizo dism inuir los ingresos fiscales; y en parte m oti­ vado por la esperanza de recuperar las condiciones de expansión de la econo­ mía fordista. Guando pareció que se había fracasado en la superación de la estanflación, el Estado de bienestar fue señalado por la derecha como fuente de rigideces en el mercado de trabajo y como un increm ento a los costes de p ro­ ducción. Esto llevó a la demanda de cambios en el Estado de bienestar para mejorar la flexibilidad del mercado laboral y para reducir los costes. Todo ello se refleja desde los años ochenta en adelante en el endurecim iento de los cri­ terios para acceder a los beneficios por desempleo y en los lím ites tem porales a los mismos. El segundo periodo se solapa con el comienzo de una tercera fase que puede detectarse más claramente en los años noventa. Aparece aquí un mayor énfasis en las políticas activas sobre el mercado de trabajo y en una mayor coordinación de las prestaciones por desem pleo y de las prestaciones "en el em pleo” , para demostrar que "m erece la pena trabajar” 3. La segunda y tercera fases difieren del tipo ideal de ENBK, especialmente en su form a liberal, que se caracteriza por un enfoque más pasivo fren te al desempleo. Pese a que la política macroeconómica estaba dirigida al pleno empleo, los trabajadores desempleados recibían una ayuda pasiva hasta que volvía a haber disponibilidad de em pleos (véase M ishra 1985). Esta ayuda adoptaba dos formas. Para quienes contaban con suficiente experiencia en el mercado laboral, se abonaban las prestaciones por desempleo y otros ben efi­ cios relacionadas con el seguro social; por el contrario, para quienes no tenían derecho a tales beneficios, se ofrecía asistencia social. En contraste, el RPTS adopta un enfoque más activo hacia las políticas del mercado laboral, m edian­ te una combinación de medidas para crear las condiciones de pleno empleo en el mercado laboral y la preparación activa de todos o algunos de los desem plea­ dos para ayudarles a volver al trabajo. De este modo, uno de los principales 190

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rasgos en la reproducción social es el despliegue de nuevos regím enes, retóri­ cas y rutinas de regulación "trabajista” (workfanst) para sustituir a los marcos nacionales, bien de un Estado de bienestar supuestamente proclive a las crisis, bien de un régim en de bienestar (welfarist) (véase Peck 2,001). Un rasgo funda­ mental de este nuevo enfoque es su papel a la hora de estimular y obligar al tra­ bajo mediante formas activas de política social y de empleo, al igual que desarrollando mercados de trabajo transicionales destinados a suavizar el camino (o la transición) desde el bienestar al trabajo. Este enfoque ha sido defendido en todos los niveles de form ulación y ejecución de políticas públi­ cas, desde la OCDE en su estudio sobre el empleo (OCDE 1994) a los EE UU (por ejemplo en el Libro Blanco de 19 93, Crecimiento, competitividad y empleo), o la Unión Europea (su informe de 1995, La protección social en Europa), así como en una serie de cumbres económicas, pasando por los Estados hasta lle ­ gar a los niveles regional y local (para un repaso general de este cambio de p olí­ ticas pasivas del mercado de trabajo a políticas activas, véanse Kalish et álii 1998; P eck 30 0 1; Schmíd 1996). Este enfoque activo es más o menos universal en el espacio económico del fordism o atlántico, si bien puede adoptar diferentes formas. En prim er lugar, en los regímenes de bienestar liberal el énfasis ha recaído en la flexibilidad salarial; en las reducciones de las prestaciones por desempleo, tanto las basa­ das en la seguridad social como las de los receptores de la asistencia social; y en la abolición o reducción de los salarios m ínim os. Los regímenes nórdicos y los regím enes liberales de las antípodas, en parte como consecuencia de sus estructuras estatales y en parte porque sus derechos de bienestar están menos protegidos, han sido capaces de im poner estos cambios desde arriba sin mayo­ res consultas. Sin embargo, por las razones antes indicadas, ésta puede no ser la solución económica óptima a medio o largo plazo, y podría resultar electo­ ralmente perjudicial al exponer a los responsables de los gobiernos liberales a la posibilidad de que volvieran a em erger fallos de mercado (Taylor-Gooby ¡>ooib: i o - i i ) . En segundo lugar, los regím enes de bienestar socialdemócratas han mostrado una tendencia a intensificar sus anteriores compromisos con la demanda de políticas activas y de gestión del mercado de trabajo, introducien­ do en ellas un giro trabajista, aunque conservando un nivel relativamente alto de gasto público en bienestar (véanse pp. 19 3, 196). Un tercer modelo aparece en los regímenes conservadores-corporativos o cristíanodemócratas. Estos se apoyan fundamentalmente en los impuestos a las rentas del trabajo más que en la tributación general para financiar el bienestar social, y sus bien organizados agentes sociales suelen creer que cuentan con derechos de propiedad en el

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régimen del bienestar. Estos regím enes, por tanto, enfrentan un "dilem a con­ tinental” (Sharpf 1997) ocasionado por el "efecto tijera” . Una hoja de las tije ­ ras tiene que v er con las crecientes tasas de inactividad provocadas principalm ente por los cada vez mayores niveles de desempleo y de jubilación (con frecuencia, anticipada); la otra, im plica un creciente gasto público como consecuencia de las expectativas dependientes de los sistem as de seguro, garantizadas y mediadas corporativamente. Esto ha conducido a una negocia­ ción entre los diferentes gobiernos y los estamentos corporativos laborales, con el objetivo de buscar mecanismos de reducción del coste del salario social para las em presas y su transferencia a la tributación general, sin disparar demandas salariales, que perm itan a los empleados m antener su ingreso d is­ ponible real una vez descontada la inflación y los impuestos (véase también Taylor-Gooby 30 0 1b ). Incluso allí donde las políticas de activación ya eran una parte importante del sistema del ENBK (por ejemplo, en las economías nórdicas), las obligacio­ nes de trabajar se han hecho más explícitas, estrictas y coactivas que en los años noventa. Ya no se trata de si el desempleado debe participar o no en un progra­ ma, sino de cuál es el program a al que debe incorporarse voluntaria o involun­ tariamente. Se ha hecho más difícil negarse a participar y las autoridades han obtenido la capacidad de sancionarla no participación. Adem ás, el discurso ha pasado de los derechos a las obligaciones, especialm ente en lo que se refiere al desempleo juvenil. Todo esto, aunado a una reestructuración de los servicios sociales enfocada al desempleo, a la exclusión social y a la reducción de los cos­ tes asistenciales, supone un movimiento general de alejamiento de la tradición socialdemócrata (Johansson 20 0 1: 70-4,). Para los fines actuales, debemos destacar cuatro aspectos fundamentales de las políticas de activación: (1) se dirigen a aumentar la flexibilidad de los mercados laborales; (2) tratan de m ejorar la capacidad de obtener un empleo de los trabajadores y de transform arlos en sujetos em prendedores en un mundo posfordista donde los trabajos de por vida n i están garantizados ni ya cabe esperarlos; (3 ) más que funcionar a través de políticas y medidas naciona­ les estandarizadas, confían en las agencias locales para el diseño y gestión de las políticas de form a experimental, en la creencia de que así se producirán soluciones adaptadas a las necesidades locales que perm itirán movilizar capi­ tales, competencias y recursos locales; y (4.) se orientan de manera creciente a una economía basada en el conocimiento, en la recualificación y el aprendiza­ je a lo largo de toda la vida. A sí, los beneficios por desempleo aparecen asocia­ dos al trabajo, al adiestramiento o a otros program as diseñados para ayudar a 192;

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los desempleados a volver al trabajo. Las políticas de activación se extienden también a la educación y a la cualificación, y no sólo al seguro por desempleo y la seguridad social4. Los métodos adoptados para activar a los trabajadores pueden ser más o menos coactivos o concederles un mayor o m enor empoderam iento (Peck 2 0 0 1); sus destinatarios tam bién varían en los diferen tes regím enes y momentos, incluyendo al paro registrado, a las fam ilias monopareñíales o a los discapacitados (Robinson 1998; 87); y el coste y duración de los programas puede ir desde los más rápidos y baratos hasta amplios programas de recualificación. Todo ello se hace evidente si comparamos las tácticas neo­ liberales enfocadas a la búsqueda de empleo y al paso del bienestar al trabajo mediante extensos programas de recualificación y form ación, con el aún más amplio enfoque de la "flexiseguridad” holandesa o los sistem as daneses de rotación y bajas laborales (H em erijcky Manow 20 0 1; Jorgensen 3003; Torfing 1999; Wüthagen 1998). En algunos casos, los programas rápidos y baratos se combinan con subsidios estatales a los hogares trabajadores, especialmente a los que tienen hijos, de forma que sus ingresos netos en el empleo asciendan por encima del nivel de la pobreza y se reduzca la trampa fiscal de la pobreza. De este modo, se tiende a subsidiar a los empleadores que pagan sueldos bajos y a provocar una redistribución fiscal en favor de los pobres bajo nuevos ropa­ jes (véase Robinson 30 0 0 ). Sin embargo, por lo común, el efecto global de los programas de activación es el de una reducción explícita o implícita de los de­ rechos: en el prim er caso, mediante recortes directos-, en el segundo, m edian­ te cambios en los patrones de trabajo cuando las prestaciones permanecen ligadas a ciclos estándar de vida laboral (Rhodes y Mény 1998: 11). En un nivel más general, las políticas de activación pueden situarse en un contínuum que va de la flexiexplotación a la flexiseguridad. La flexiexplotación hace referencia a los "aspectos contra los trabajadores que im plica la fle x ib i­ lid ad ” (Gray 19 9 8 : 3 ), especialm ente a la com binación de una creciente coacción sobre el des empleado para que encuentre trabajo, y una mayor in se ­ guridad para los que ya tienen un empleo. La flexiexplotación está particular­ mente asociada con las m edidas trabajistas neoliberales y suele increm entar la exclusión social (Gook et álii 20 0 1; Glyny'W ood 2 0 0 1; Haughton et álii 2000; Hyde et álii 19 9 9 ; Jones y Gray 2 0 0 1; Peck y The o dore 3 0 0 0 ). Por el contrario, la flexiseguridad, aunque es en origen un térm ino inglés, fue acuñado en Holanda en 19 95 y hace referencia a un nuevo tipo de políticas que pretendían h acerlo s m ercados laborales más flexibles, al tiempo que ofrecían una mayor seguridad social y laboral tanto para quienes tenían trabajo como para q uie­ nes carecían de él. Igualmente apostaba por la m ejora de la inclusión social

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para todos los participantes en el mercado laboral (véase Wílthagen 1998: 21). Lafleziseguridad holandesa trata de ofrecer la seguridad de un trabajo (pero no la seguridad en un trabajo) para los trabajadores clave, así como para los tra­ bajadores contingentes, atípicos o flexibles. Esta com binación se sufraga mediante el correspondiente sistem a flexible de políticas de seguridad social y de activación. Además, muestra una particular preocupación por ofrecer buenos mercados de trabajo de transición, para suavizar así el paso del d es­ empleo al trabajo. De esta form a, se m uestra com prom etida con el "em poderamiento de los trabajadores, la cooperación organizacional (en redes y en cooperación público-privada), y la eficiencia dinám ica que conduzcan a una efectiva prom oción del empleo y a un empleo sustentable (en lugar de a 'tra ­ bajos en v ía m uerta’) ” (Wilthagen 1998: 1). En un plano más general, la. fle x i­ seguridad suele asociarse con las n ego ciacion es y pactos sociales neocorporativistas en diferentes escalas (para una revisión general de las políticas de tipo flexiseguridad en los m ercados laborales en Europa, véase Schmid 1996). PRESIONES A LA BAJA SOBRE EL SALARIO SOCIAL A pesar de la crisis que comenzó a despuntar a finales de los años setenta, los presupuestos estatales siguieron siendo altos en los años ochenta y continua­ ron aumentando en los noventa (Garrett 1998, ? o o i; Garrett y Mitchell 3 0 0 1; Huber y Stephens 200 1). Las peticiones de recortar el gasto público, sobre la base de que bloqueaba el crecimiento económico, comenzaron a atraer aten­ ción a mediados de los años setenta, y la OCDE se sumó pronto, en 19 8 1, al coro de los que reclamaban estos recortes (OCDE 19 8 1). Con esto se refleja la op i­ nión de que el salario social que representa el gasto en bienestar es un coste de producción igual que el salario individual, y que la tributación es siem pre un desincentivo al esfuerzo, al ahorro y a la inversión. Esto se asocia, a su vez, con un modelo dél bienestar como carga pública, definido por 'Wilding como "la percepción de que la mayor parte del gasto en bienestar tradicional es una carga improductiva sobre el lado productivo de la economía y que, por tanto, debería revisarse y reducirse” (1997: 417)- Podemos contrastar esta opinión con la percepción alternativa de los impuestos como un precio de adm isión a la sociedad civilizada (Hutton 3002). A pesar de estas demandas, la crisis condu­ jo a un mayor y no a un m enor nivel de gasto. De hecho, los años ochenta a sis­ tieron a un incremento medio anual engasto público en todos los regím enes de bienestar, más acusado que durante los años setenta, periodo en el que el 194,

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ENBK alcanzó su cima y comenzó a m ostrar síntom as de crisis (Huber y Stephens 30 0 1: 307). Este continuado increm ento llevó a la OCDE a com ien­ zos de los años ochenta a preguntarse con bastante lógica si esta tendencia reflejaba los costes tem porales de la gestión de la transición, o si implicaba que el presupuesto del Estado social se m antendría siem pre en dichos niveles. Sus funcionarios se mostraban entonces lo suficientem ente optimistas como para afirm ar que "debería ser posible m antener las ganancias en seguridad y servicios alcanzadas en los años sesenta y setenta, y m ejorarlas siguiendo el ritmo del crecim iento económico, pero no más deprisa” (OCDE 1985). Pronto, sin embargo, se mostró menos confiada y, junto con el FMI, reco­ mendó el rediseño de las políticas sociales en torno a tres objetivos: (1) una mayor eficiencia en la prestación de bienes y servicios por parte del gobierno y en la eficacia de los programas, (a) la revisión de las prioridades del gasto y de los objetivos de los programas y ( 3 ) la devolución de ciertas respon sabili­ dades públicas al sector privado (Oxley y Martin 19 9 1). Aún más reciente­ mente, aunque conservando esta m ism a línea y la exigencia de una presión a la baja permanente sobre los com prom isos de gasto (por ejemplo, en el área de pensiones, véase infra), tam bién ha comenzado a destacar la necesidad, para el residual Estado de bienestar, de un enfoque basado en el capital hum a­ no (OGDE 1994, 1999)Estas tendencias en el gasto público resultan más fáciles de interpretar conjuntam ente con los ingresos estatales. A sí, aunque el gasto público se increm entó más rápidam ente que los ingresos en los años setenta, los in gre­ sos crecieron más que los gastos en los ochenta, lo que indica un intento de reducir los déficits incluso en un contexto de gasto creciente. Este patrón continuó hasta los años noventa, en la m edida en que los gobiernos trataban de increm entar sus ingresos y de fren ar sus gastos (Huber y Stephens 2 0 0 1: 207). Existen pruebas, adem ás, de que los Estados de bienestar con mayor gasto se han acercado más a la línea de gasto "esp erab le” que los que tenían un m enor gasto dentro de su tipo de régim en (A lber y Standing 2000). Una indicación adicional de los esfuerzos por reducir el gasto es la m enor sig n i­ ficación del control y la mayor im plicación partidista en los gastos guberna­ m entales desde los años setenta a los noventa, lo que sugiere que las constricciones internas están reduciendo el m argen de m aniobra (Huber et álii 19 9 9 : 19 0 -2 ). Es más, si contemplamos el bosque en lugar de los árboles, nos daremos cuenta de que "los programas de reducción de prestaciones y de recortes están presentes en la agenda por todas partes; y las diferencias son sólo de grado y en 195

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lo relativo a la intensidad con la que dichas políticas se llevan a cabo” (TaylorGooby 1996: 214). 0 , tal como afirm an Bonoli et álii (?ooo: x) respecto de los regím enes de bienestar europeos: En la actualidad existe un acuerdo generalizado sobre el hecho de que el grueso de la legislación social aprobada en los últimos años ha reducido el papel del Estado en el bienestar, Las políticas que caminan en dirección opuesta sólo desempeñan un papel marginal (...] Este cuerpo de legislación social restrictiva consta de diferentes elementos que se superponen. Ciertas políticas nuevas han reducido el nivel de las prestaciones en efectivo, han restringido los derechos o reducido el período en el que se abonan dichas prestaciones. Una parte de la legislación ha aumentado los pagos de los usuarios de la salud, educación y servicios de atención social. Otra parte de la misma ha otorgado a los empleadores o a otros organismos la respon­ sabilidad de la provisión o administración de ciertas prestaciones en efec­ tivo, o ha introducido principios de mercado en la gestión de los servicios. Por último, esta legislación ha privatizado parte de los servicios sociales o algunos servicios públicos en su integridad [Bonoli et álii 20 0 1 =i] • Esta presión a la baja se m anifiesta de muchas formas. Ya he mencionado antes el papel de los recortes en las prestaciones por desempleo y su articula­ ción con políticas de activacióny estrategias de "m erece la pena trabajar” . Se ha producido, además, una extensión generalizada de la comprobación de recu r­ sos para los trabajadores m arginales, los desempleados y las fam ilias monopareñíales, lo cual es particularmente frecuente en los regím enes liberales. Existe, asim ismo, una tendencia’a tran sfe rirlo s riesgos e incertídum bres a los individuos, mediante un énfasis creciente en la provisión privada y en la socie­ dad civil antes que en las garantías estatales (por ejemplo, medíante la v aria­ ción en los resultados de los fondos de pensiones y de las tasas de anualidades en la jubilación). El resultado global es una mayor dependencia del mercado para obtener un ingreso adecuado que p erm ítalo s niveles socialmente acepta­ dos de consumo o, en otras palabras, una creciente remercantilización adm i­ nistrativa de la fuerza de trabajo (Bonoli et álii 2000; Offe 1984,; Pierson 300 1a). Y, sin duda, allí donde las políticas neoliberales han reforzado los m er­ cados laborales segmentados y dualistas, la fleziexplotación resultante conduci­ rá, además, a una creciente pobreza y a una mayor exclusión social. En térm inos más generales, el seguro ha quedado parcialm ente p rivati­ zado o situado en el tercer sector. Este enfoque se asocia en ocasiones con la prom oción del "capitalism o popular” , una dem ocracia de propietarios y una 196

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posesión más extendida de las acciones; en otras, con una mayor participación de la comunidad, una sociedad de accionistas partícipes (stakeholding society) y la asociación público-privado con participación de las ONG. Ya existían prece­ dentes de ello en los viejos regím en es de bien estar corporativo y en los r e ­ gím enes tripartitos de las socialdem ocracias, en los que los sindicatos desempeñaban un papel clave en el seguro. La redistribución financiero-fiscal tiende a hacerse más selectiva y se convierte en un mecanismo de contención de costes. Y, en el contexto de las políticas schumpeterianas de competitividad, la redistribución financiero-fiscal se asocia también a la promoción y no a la m o­ deración de las desigualdades. Todo ello se refleja en la tendencia a la expan­ sión del "bienestar para el capital" al tiempo que el "bienestar para el trabajo” se contrae. Igualmente puede verse en form as más generales de reestructura­ ción y recorte del bienestar. También se relaciona con la tendencia neoliberal schumpeteriana a promover un desarrollo regional desigual antes que a com­ pensarlo. PENSIONES Un caso cuyo estudio resulta interesante a este respecto es el del desarrollo de las pensiones. Se trata de un importante campo de gasto público, en la medida en que las pensiones se convirtieron en el rubro individual más costoso de los presupuestos sociales en los años noventa, constituyéndose, por tanto, en el objetivo fundamental de los recortes, sobre todo considerando el rápido enve­ jecim iento de la población (incluyendo la población necesitada de intensos cuidados médicos de 75 o más años)5. De hecho, la OCDE ya lo señaló como un problema fundamental para los Estados sociales en los años noventa; y el Banco Mundial ha estado impulsando recientem ente un sistem a de pensiones d efin i­ das mediante contribuciones individuales, con el fin de reducir su carga sobre los presupuestos estatales. La reform a de las pensiones es igualmente in tere­ sante porque contrasta con el caso de las prestaciones por desempleo, que representan una pequeña proporción de los presupuestos estatales, incluso cuando son relativamente altos. M ientras que las prestaciones por desempleo han sido recortadas como parte de un paquete de reintegración activa de los desempleados en el mercado laboral, las pensiones se han visto sometidas a una mayor presión a la baja. Estas presiones demográficas son comunes a todos los países industriali­ zados, lo cual se refleja en el hecho de que casi todos los Estados han actuado para reducir el gasto estatal en pensiones de jubilación o, al menos, para reducir 197

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su tasa de crecimiento y para financiarlas en diferentes formas. Así, tal como señalan Bonoli et álii: "En los años ochenta y aún más en los noventa, la d irec­ ción del cambio en las políticas de pensiones se ha invertido desde una expan­ sión general hasta su recorte. Gomo resultado, en la actualidad la expresión "reforma de las pensiones’ se utiliza cada vez más como sinónimo de recortes en las pensiones de la tercera edad” (2000: 3 o). Esta afirm ación se ve con fir­ mada por los datos de dieciocho países de la OGDE que aparecen en Huber y Stephens que demuestran, además, que los regím enes de bienestar liberales son los más proclives a los recortes y los regím enes socialdemócratas los más renuentes (2001: 20 8 -9 ). Con todo, son los regím enes conservadores-corporativistas cristianodemócratas los más vulnerables a estas presiones dem ográ­ ficas, en virtud del mayor incremento en la ratio de dependencia de los pensionistas respecto a la población trabajadora, y por la naturaleza de sus s is ­ temas de pensiones. En térm inos generales, todos los gobiernos han preferido las reform as de baja visibilidad, lo que puede considerarse parte de una "estrategia de ofusca­ m iento” para ocultar la amplitud e impacto de las medidas a lo largo del tiem ­ po (Pierson 1995: 19 -2 3 ). Entre las medidas empleadas para disfrazar la amplitud de los recortes se encuentran: ♦ El paso de la indexación de las pensiones a los precios en lugar de a los salarios. Esto contrasta con la posición del fordism o atlántico en el que las pensiones se asociaban a los salarios, y estos últimos a la producti­ vidad y la inflación. Conjuntamente con la extensión de los años de cotización y la reducción de los incentivos para la jubilación anticipada, ello provocará una permanente reducción en el nivel de las pensiones individuales en comparación con los salarios medios percibidos. ♦ El paso de los sistem as de pensiones de pago-a-la-salida (es decir, una redistribución colectiva intergeneracíonal por parte de la fuerza de tra­ bajo activa hacia los jubilados, financiada con los impuestos generales) a sistem as prefinanciados (es decir, una forma de redistribuir el ingre­ so en el ciclo vital intensificando el ahorro). Esto plantea problem as de transición, en la medida en que quienes se encuentran en la actualidad dentro de la fuerza de trabajo deben pagar los impuestos generales para financiar las pensiones de los actualmente jubilados, al tiempo que se ven obligados (o incentivados) a contribuir a su propias pensiones futuras. No es sorprendente que este enfoque haya provocado una sig­ nificativa resistencia a la reform a de las pensiones.

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• El cambio de un sistema de prestaciones predeterm inadas a un sistema de contribuciones prefijadas en la provisión pública de pensiones, que incluye diferentes sistemas estadísticos de ajuste en relación con el incremento en la expectativa de vida, el crecim iento de los salarios, los réditos de capital, etc. El efecto neto buscado con estos ajustes es la reducción del coste de las pensiones. ■ Un impulso para pasar de un sistem a de prestaciones definidas públi­ camente a un sistema de contribuciones definidas privadamente. De esta forma, no sólo se prívatizan los riesgos en comparación con el s is ­ tema estatal, sino que también se redistribuye el riesgo que pasa de los empleadores, gobiernos y fondos de pensiones a los futuros pensionis­ tas. Aunque ha sido enérgicam ente im pulsado por organizaciones internacionales como el Banco Mundial y por los Estados nacionales, existen dudas acerca de si los sistem as privados son en realidad capaces de igualar la diversificación de riesgos y el perfil de los sistemas públi­ cos (Froud et álii 2 0 0 1-, Orszagy Stiglitz 20 0 1). También resulta preocu­ pante el elevado coste de los sistem as privados de pen sion es (incluyendo los costes de com ercialización, los gastos de gestión, los costes necesarios para dar cumplimiento a las normas y los efectos de las decisiones equivocadas), y en qué medida la privatización de las pensiones actúa como un subsidio estatal indirecto al sector de los ser­ vicios financieros a costa de los asegurados y de los ciudadanos. • La promoción de un sistema multinivel en el que una pensión pública mínim a aparece complementada con la asistencia, previa comproba­ ción de recursos, y las pensiones ocupacionales o pensiones portadas individualmente se asocian a los resultados del mercado de acciones. • Las medidas que tratan de hacer que las pensiones sean más "porta­ bles” , para que se correspondan m ás adecuadamente con los mercados de trabajo más móviles y flexibles. También en este caso existen diferencias entre los regím enes de bien es­ tar. Los regím enes liberales aparecen asociados en mayor medida con una p re­ sión a la baja continuada sobre las pensiones, con una gran confianza en la desindexaeión de las pensiones respecto de los increm entos salariales para asociarlas tan sólo a la inflación, y con un fuerte estímulo al ahorro privado que posee el beneficio adicional --en una economía de mercados coordinados y dominada por el dinero-- de im pulsar la demanda de servicios financieros. En los regímenes socialdemócratas encontramos m edidas destinadas ap reven irla 199

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jubilación anticipada (previamente empleada para hacer frente a la desindus­ trialización, para encubrir el desempleo y para p erm itir un más ajustado d ise­ ño de las medidas frente al desempleo para los jóvenes y la recualificación de los parados de m ediana edad) o a ofrecer poderosos incentivos para retrasar la jubilación de form a que las pensiones resulten más elevadas. Los regímenes socialdemócratas tam bién han tomado medidas para suprim ir privilegios de los empleados del sector público y para recuperar o som eter a la comprobación de ausencia de recursos las pen siones nacionales en los casos en los que los jubilados poseen además pensiones ocupacionales. Se ha producido, asim is­ mo, un aumento de los requisitos de residencia y de otras m edidas relativas al acceso a las pensiones. En los sistem as conservadores corporativos, encontra­ mos la exigencia de amplios periodos de cotización asociados a un giro en favor de las fam ilias, en la medida en que los años de cuidado de los niños se conta­ bilizan ahora como años de actividad (Taylor-Gooby 3 0 0 1b ; 7).

5. CONSUMO COLECTIVO Y ESTADO COM PETITIVO Igualmente, se ha producido una retirada del consumo colectivo ofrecido por el Estado en la economía mixta hacia soluciones más enfocadas al mercado y al tercer sector en la socialización del consumo. Lo cual se refleja en cinco grupos de cambios en la forma y funciones del consumo colectivo. En prim er lugar, m ientras que el consumo colectivo en el ENBK suponía su provisión y fin an ­ ciación públicas, esta relación se ha visto tanto desarticulada como rearticulada para producir una más compleja "econom ía mixta del bienestar” . En un extremo encontramos la privatización total de ciertos sectores (que supone pago y provisión privadas); después vendrían diferentes tipos de provisión privada y del tercer sector combinadas con la continuidad de pagos públicos; menos radical aún es la introducción de índices en lo que queda de provisión pública financiada por el Estado; y, en el otro extremo, nos encontramos m edi­ das como modestos cambios en los usuarios, comprobación de ausencia de recursos, copago por parte del Estado y de las aseguradoras privadas (por ejem ­ plo, en el tratamiento médico de las víctim as de accidentes de tráfico), etc. En segundo lugar, el consumo colectivo se ha visto reescalado como parte de una más general desnacionalización del Estado (véase el capítulo 5). Con la descen­ tralización y desconcentración de los servicios estatales, existe ahora un m ar­ gen mayor para las variaciones locales y regionales y para la experim entación, en comparación con lo que sucedía durante el apogeo del ENBK. En tercer 200

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lugar, se ha producido un cambio en la gobernanza del consumo colectivo, con una mayor confianza en las asociaciones público-privadas, en la cooperación multiagencías y en la participación del tercer sector. En cuarto lugar, el proce­ so productivo y las relaciones salariales se han visto reorganizadas de acuerdo con las actuales normas posfordistas. Así, es posible contemplar unos m erca­ dos de trabajo y unas condiciones laborales más flexibles, productos y servicios más diferenciados, una mayor abundancia de objetivos de resultado, más indexación, etc. Y, en quinto lugar, existe una tendencia a la utilización del consu­ mo colectivo para promover la transición hacia una economía globalizadora basada en el conocimiento. Esto puede verse en las m odificaciones de las polí­ ticas públicas de adquisiciones, en el uso de la TIC —incluyendo Internet—para fines propagandísticos y de eficiencia, en la prom oción de la excelencia, etc. De esta forma, el consumo colectivo se em plea explícitam ente para promover la competitividad sistémica y estructural. A continuación ilustraré estos cambios a partir del sistema educativo. Aunque la educación, como es obvio y necesario, desempeñó un papel econó­ mico clave en la reproducción de la fuei'za de trabajo en el periodo del fordis­ mo atlántico y el ENBK, también desem peñaba roles igualmente importantes en el desarrollo y expansión de un sistem a de bienestar de masas basado en la nacionalidad. En térm inos estilizados nunca totalmente equivalentes a la rea­ lidad, podríamos decir que se esperaba de la educación que sirviera para p ro­ mover la igualdad de acceso y de oportunidades, para crear las bases de una "m éritocracia” justa y con talento que socavara las estructuras de clase y status heredadas, para crear, codificar y difundir una identidad nacional compartida y una cultura adecuada para un Estado de bienestar universal y solidario, y para desarrollar ciudadanos críticos e inform ados capaces y deseosos de participar en una esfera pública ampliada y en la democracia plebiscitaria de masas. Todo ello se reflejaba en el incremento del tiempo que los niños y jóvenes dedicaban a la educación obligatoria y en el desarrollo (acelerado en los años sesenta y setenta) de un sistema de educación secundaria y superior impulsado y fin an ­ ciado por el Estado. Aunque el crecimiento de la educación superior de masas estaba claramente relacionado con la tarea de cualificar las fuerzas de trabajo técnicas y profesionales consideradas adecuadas para una economía fordista, el ENBK y la sociedad de masas también se justificaba en térm inos del derecho a continuar la propia educación en los ámbitos elegidos por cada persona, hasta el más alto nivel posible. La educación de los adultos en este período estuvo igualmente asociada antes a un proyecto democrático más vasto de promoción de la ciudadanía y la solidaridad que al desarrollo del capital humano. La ?o i

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expansión de la educación masiva tam bién debía compensar las desigualdades económicas, sociales y regionales, y desem peñar, por tanto, una función de redistribución social. En resumen, la educación tenia un papel fundamental en el compromiso institucionalizado que sostenía el fordism o atlántico. Es más, allí donde el desarrollo y funcionam iento efectivos de la educación no satisfa­ cían por completo este modelo, su fracaso fue intensamente criticado en tér­ minos de los valores hegem ónicos del ENBK de crecimiento económico, igualdad de oportunidades e integración nacional. La crisis económica, política y social en y del fordism o atlántico (véase el capítulo 3) también tuvo su reflejo en el sistem a educativo. Por un lado, se produjo una creciente inquietud en los círculos estatales y de negocios acerca del fracaso escolar de alumnos, profesores y escuelas, acerca del creciente "desajtiste” entre los resultados de la educación y las cambiantes necesidades de la industria y la economía en general, los fracasos de la "gran ciencia” , los inade­ cuados réditos de la inversión pública en educación, y el aumento del desem ­ pleo de licenciados conforme se increm entaba el desempleo en general6. De otro lado, el personal docente universitario comenzó a moverse desde una ética profesional a una mentalidad de tipo sindical, m ientras los movimientos estu­ diantiles protestaban contra la "factoría educativa” em presarial, así como con­ tra algunos rasgos más generales de la sociedad de masas fordista. La crisis de la educación fue temporalmente resuelta en térm inos discursivos mediante la creciente hegemonía de los relatos que situaban la reform a de la educación en térm inos de imperativos económicos tales como la necesidad de una educación más técnica y vocacional, de mayores capacidades, de creatividad, flexibilidad y capacidad emprendedora en lo que respecta a los estudiantes, y de una mayor atención a las nuevas exigencias de la competencia internacional y de la econo­ mía basada en el conocimiento por parte de los gestores, profesores e investi­ gadores universitarios. La contribución de la educación al bienestar social y a la idea de ciudadanía nacional se vio progresivam ente subordinada a las supuestas funciones de la educación como preparadora de sujetos que form a­ ran parte del capital humano y fueran capaces de participar tanto en una socie­ dad del aprendizaje de por vida como en un renovado capital intelectual (o del conocimiento base) para la economía basada en el conocimiento. La función democrática de la educación en el ENBK se ha visto igualmente transformada pasando a ser la de reducir la exclusión social y m ejorar la capacidad de encon­ trar trabajo movilizando cualificaeiones escasas. Los dos aspectos de esta rees­ tructuración de las fun cion es de la educación in sisten en los réditos económicos de las inversiones públicas en este sector ("desarrollo de los 203

EL FUTURO DEL ESTADO CAPiTALISTA

recursos hum anos” ) y en la necesidad de eficien cia, relación v alo r-p recio y responsabilidad pública. En palabras del Departamento de Educación y Empleo británico (después rebautizado como Departamento para la Educación y la Cualificación), r'el aprendizaje es la clave de la prosperidad” (DfEE 1988). Green realiza un buen resum en de estos cam bios al señalar dos tenden­ cias: En primer lugar, cada vez era más frecuente identificar la educación con el interés nacional, lo que se ha venido repitiendo en las retóricas de todos los gobiernos occidentales en los años ochenta y noventa, pero no en términos de ciudadanía o cohesión social, sino en términos de economía nacional y competitividad económica. En segundo lugar, en algunos de los Estados-nación, más antiguos, se tenía la sensación de que la educación ya no formaba parte de modo tan explícito del proceso cultural de cons­ trucción nacional [.. J En la medida en que los países occidentales, en oca­ siones a su pesar, comenzaron a reconocer la creciente diversidad y pluralismo cultural de sus poblaciones, mostraron dudas acerca del signi­ ficado de supropia nacionalidad y sobre qué tipo de ciudadanos había que producir en las escuelas [1997: 14.2, i 4,pp. 394-415. A g ü e it a , M , ( 1 9 8 2 ) : "W o rld ca p ita lis m in th e e ig h tie s " . New Left Review, i 36, p p . 5-4,1. A in l e y , P. ( 1 9 9 7 ) : "T o w a rd a le a r n in g so ciety or tow ards le a rn in g fa re ? ” . Social Policy Review, 9, 5 0 -6 8 . A lb e r , J . y Standino , G . ( 2 0 0 0 ) : "S o c ia l d u m pin g, caích -u p o r convergence? Europe in a co m parative global co n text". Journal of European Social Policy, 1 0 (s,), p p . 9 9 - 1 1 9 . A íh x aíí DEK, E . R. ( 1 9 9 5 ) : How Organizatíons Act

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desplazamiento de las contradicciones 3i, 40, 6a3, 8 8 ,14 ,5 -6 ,119 -2 0 , 270 y corporativismo 271 y s, véase también arreglos espaciotemporales desregulación i3o -i, 170, 229 y ss.. 289-90, 24.1, 32o -i, 323 destemporalizaeión 51-2 desterritorialización 22-4, 52-3, 108-9, i3o -i, 18 4 -6 .2 3 8 y s., 24,0y s., 245-6, 334-5 determinación de formas 7-8, 43-4, 8 4 .117 , 240 determinación económica 2-3, i3 - 4 ,%yy ss., 4,1-2,100, 305-6 en última instancia 3 - 4 , 13-4, 27-28, 3 1,4 1-0 tecnológica 2 7 -8 ,4 1-2 féase también, dominio ecológico, sobredetermínación deuda 4.5-6, 97-8 devaluación 96-7, 226 diáspora 215-6,217-8, 288 dictadura 4 4 -7 ,17 9 -8 0 , 273-4 diferencia, políticas de la 108-9 diferir en las contradicciones 3i, 40, 59, 88-9, 94.14,5 y ss., 270, 277-8, 291 véase también arreglos espaciotemporales dilema 10 - 11,16 - 7 , 21-2, 24.-5, ^2 y s., 38-9, 512, 54-5. 88,102-3, n o y s., 135 y s-, 180-1, 209 y s ., 291-2 dilema continental 154-5 Dinamarca 71, 85, 251 dinero 15-7, 2 4 y s .,3 7 .4 9 ,5 1-2 ,5 6 ,9 1,9 5 7 3 .,9 7 8. roo, j o 7 -8,210, 273-4,280, 294., 3 i 3 ~ 4 como capital en general 25 como dinero nacional 16, 24, y s. como divisa 24,y s., 9 4 y s ., 100, 210 como medio simbólico de comunicación 280 como mercancía ficticia 18, 22-4. como poder social 24 en el fordismo 55-6 en el posfordismo 56 funciones del 16, 24 dinero capital 18, 2 8 ,12 9 -3 0 ,14 5 , 82 y s., 128-9, 14 5,32 4 dinero vs. concepto de capital productivo 82 y s. dirigísmo 78-9, 267,297-8 discontinuidad 312-5, ^17 idéase también efectos de conservación-disolu­ ción discurso 8, 27-8, 54-5. 74-5. i 3 i~3 , 174-5. l 83. 221, 298-300, 257-8, 326-7 de fallos de mercado 21.2. 37,335-6 de naturalización 16, 43, 4 9 -5 0 ,7 3.2 2 4 -6 de seguridad nacional 73 y s. e identidad de clase ,4 1- 2 enmarcado 5 4 .17 3 y ss. y competítivídad 37, 53, 103-4, i 33y s., 152, i 63, 189, 203, 2847 ss,, 2 6 2 -3 ,3 3 i-4 y crisis 9 0 -1, ni - 3 , 153, 158-4

363

ÍNDICE TEMÁTICO

y economía 8-9, 52-53, 86-7, xo3 y ss., 137, 14,7-8,14,8-9,161-2, «05-6 y economía basada en el conocimiento 154-5, 18 5 -6 ,3a6~7 y el interés general 270 y estrategias 42-3 y fronteras estatales 4,3,47-8 y globalización 8 - 9 ,1 4 4 y s „ i 6a -3, 18 0 -1,2 2 1 y lo extradiscursivo 8-9 y papel en el dominio ecológico i3-4„ 29 yposfordismo 12 0 -2 ,12 6 discurso oficial 44-6 diseño institucional 14 1,15 7 ,17 5 -6 , 2 6 3,2 7 8 y s., 2 8 6 ,2 9 6 ,3oi divisa principal y/o hegemónica 226 y¿ase también dinero división del conocimiento 245 división del trabajo 18 ,78 ,17 5,2 7 1-3 ,29 0 -1,34 8 -9 escalar 59 y ss., 85 y s., 144, 220, 223-4, 284.6, 257,292-3 espacial 6 0 ,14 4 ,2 2 3 -4 global 144,, 194,-5, 3o 6 internacional 71, 80 ,14 2 regional 223 y s. social y técnica 18 ,5 5 -6 ,2 9 2 -3 temporal 59 y ss., 144 y género 79 y s. véase también mercado mundial doméstico, trabajo 54, 9 6 ,14 7 ,28 7 dominación económica 27 -8 , 33 - 6 , 7 8 -9 ,10 0 véase también fracciones del capital, hege­ monía dominación política de clase 240 Dot.com, burbuja 28, i 32 Dunsire, Andrew 61 Ebbinghaus, Burkhard 8 2 -3,18 2 ecología 304 de sistemas instituidos 9 -10 ecológica, relación 3o -1 ecológico, dominio i 3-4„ 27-8,39*34,34 y ss., 39, 41-2 , 78-9, 8 1,12 8 ,14 ,1,14 4 ,15 6 , 206-7, 23940 ,24 9 y s., 3i 8, 327-8 y discurso 13-4, 29"3o y globalización 13,4 economía 9 - 1 0 ,1 4 0 - 1, 241-2 continental 3io de la información i 36 deslocalizada 10 0 - 1,118 , i 3i de mercado 270 de mercado descoordinado 211, 267-8,274-5 estrecha 3 -4 ,14 9 -5 0 ,15 2 , 265-6 evolutiva 5 institucional 5, i 63, 326-7 instituida 13 5 ,14 1-2 integral 2-4, 6, 165-7, 265-6, 272-3 local 87, 98y ss., 217-8. 221, 225y ss., 288

364

nacional 8-9, 4 9 -5 0 ,18 4 , 216-7, 283-5, 287-8 negociada 7 8 ,25 1,26 7 ortodoxa 5 y s., 276 piurinacionai 4 9 -50 ,222-3 regional 8-9, 87, 99 y ss., 217-8, 221, 224-5, 2 2 7 -8 ,2 8 7 -8 ,3io social 273-4 ,320 -2 social de mercado 77 urbana 225 virtual i 3a véase también capitalismo, economía in te­ gral, economía mixta, economía estrecha, escala economía basada en el conocimiento 10, 28-9, 4 2 - 3 ,118 y s s ,i2 3 ,126 y s., i 33 y ss., 1 3 5 y ss., i5 o y ss..155-6 5,17 4 ,15 0 -1, i8 8 ,2 o o y ss., 2056 ,2 0 8 ,2 3 9 ,2 5 7 ,2 8 5 -6 ,8 0 6 -7 ,3 i3 ~ 4 ,319-20 , 323-5» 3a6 y s., 33i~4 y Estado i5 7 y s .,3 3 i~ 4 economía coordinada de mercado 58, 82, 198, 252-3, 267-8,274-5 véase también corporativismo economía mixta 11 y s., 50-52, 72, 74. 77-8, 86, 157-8168, 200, 288, 248-9 crisis de la 5 0 -1, 265-6 de bienestar 201-2. 208 economías de aglomeración 101, i34 y s, 223, 335 y s, 3i 3 de alcance 100,12? y s., 124, 3 í4 de escala 6 8 y s.,7 2 , 98 ,10 0 , i» i, 124-5, i 35~6, 16 1,2 2 6 , 252-3, 288,3i3~4 de red 730-1,122 y ss., 1 3 7 ,3i3~4 economicismo 2 - 3 , i 3- 4 idéase también determinación económica edad y bienestar 10 8 ,19 3 ,19 6 ,19 7 ,2 0 4 idéase también generación, pensiones educación 9 ,17 ,3 5 ,5 3 ,7 6 , 83, 1 0 7 y s., 14 1-2 ,17 5 , 177,179 ,184,7 s., 188,19 6 ,201-# , 241 y ss., 247. 255, 259, 3o 8, 3i3, 319 ,322 crisis de la 202 en el fordismo atlántico 2i3 y construcción nacional 18 8 ,16 2 y ss. Edwards, Richard 14 EE UU 3 0 ,6 7 ,7 0 ,7 9 ,8 6 y s., 9 5,125, i 3i, 137,16 8, 176, 2 0 5 -6 ,215 , 224,226, 24.4-5,3io atención médica 187 hegemonía 12 5 ,15 3 ,16 1, 317 NewDeal 88 efecto Baumol en los servicios 122 efecto conservación-disolución 119 -2 0 ,15 2 -4 ., 176 -7, 2 10 y s., 247-9, 30 7 -9 , 3i 6, 33o,

334-5 véase también periodización efecto expulsión 186-7, electorado 46, 106, 174, 177-8, 18 0 -1, 186 y ss., 191, 217-8 empleabilidad i 63, 19 0 ,19 3 . i 63y ss., 258-9

In d i c e t e m á t i c o

empleo véase también, flexibilidad, pleno empleo, mer­ cado de trabajo, empleo a tiempo parcial, polí­ ticas públicas, salarios empleo a tiempo parcial 104,, 167 emprendimiento 24, 147-8,14,8-9, 232-4,, 314,-5 empresa, forma de la 69, 12 1, i 23~5, 365 y s., «85-6 empresa red 121 empresa virtual 124.. 137 empresarial ciudad *35, 2 i3 ,2 2 9 -30 .233-4 , 286,32* región 313 sujeto i6 y ss., 193,200-1,204., 2 0 8 ,2 8 5 -6 ,3o8 universidad 165-6 empresarial, Estado 155 y ss. véase también estado competitivo empresariales, estrategias 13 5 -6 ,15 6 , i 63, 287-9, empresas vacías 260 ENBK 2 ,6 - 7 ,1 0 - 2 ,25,70-á.?, 94 y s., 126 y s., i 3i, 151, 166 y ss., 176, 181, 185, 189 y ss., 2ioy s., 216 y s., 218, 243, 251, 259, 2¿3 y s., 283-90,

3

o í ¡ ,-

6 , 334, -6

en contraste con e! RPTS 3i2~3 variedades del 67-8 y consumo colectivo 9 2,20 0 -1 y desarrollo desigual 178 y educación 200 -1 y el Estado nacional 86-9 como un proyecto de Estado 259 y el papel de los regímenes internacionales 70, 85-6 enfoque estratégico relaciona! 40 -3 Enron 299 ensamblaje institucional 7 escala 4,0, 6 2 -3 ,78 -9 ,14 ,6 ,22 1-2 anidada i4,oys., 144, 2 2 iy s . de competición 23o -3 dominante 249 excentricidad de 222,225,228 global i 38 local t38 nodal 9 0 -3 ,2 2 4 .-5 ,226, 239-40, 24,9.3 i2 -3 primacía de la escala nacional u , 71 y ss., 85 y ss., i 38, 209, 213-4 , 220, 238, 259 y s,, 264, 2 8 6 -7 ,3 0 4 ,3i2-3 selectividad de 2 10 -1 urbana 57,73,188 véase también re-escalado Escandinavia 54,, 75, 8 0 ,19 1, 210 esfera pública 45-6 ,58 ,138 véase también sociedad civil espacialidad í ^ y s s ., 14,0, 289 espacio i33 y s., 118, i 83 nacional 184 véase también ciberespacio. espacio de flujos, espacialidad, arreglos espacio-temporales,

compresión espaciotemporal, alargamiento espaciotemporal espacio de flujos 45"^' 5&> 1IO>*29. i 3i y ss., 135. i38, 14 ,5,157,16 9-70 , 2to, 238 y s., 331-4 espacio-tiempo alargamiento del 2t~2. 3i y s., 138 , 14,0-1,14,4.y s,, 16 1-2 ,17 0 , 222-3, 239-40 compresión del 21-2, 3iy s., 185.6, ¡38 , 140 -1, 143.4, 149.51, 155-6, 16 1-2. 222-3- 239-40, 290-1, 320-1 España 179 ,2 15 especíalización flexible 8 2 ,119 -2 0 ,12 3 ,16 4 ,2 6 2 3 especificidad histórica 2, i5 y s s .,8 6 - 9 , i 83, 3is¡~ 3 Esping-Andersen, Gesta 74-7, 8 2 ,112 .17 9 -8 1 Estado 7-S, i 3, 117-8 aparato del 2 . 7-45' capacidades del 43-4, 46, 78-9, 83-4, 89, 978,127, i63, 181. 257-9, ^63, 278, 284, 2 9 0 ,3i 3 como comunidad política imaginada 7-8 como un conjunto institucional 238 competitivo schumpeteríano 119,747-63, i6 4 y s., 23?, 259-60, 304 de excepción 274 de seguridad nacional 27, 34-5, 73 y s., 22a, 238 de tipo capitalista 2 -3 .4 2 -9 ,10 2 -3 ,15 2 ,18 5 -6 , 259-61, 273-4, 3 i 3 - 4 ,328 desarrollista 288,268-9 dimensiones del^S, 8 4 ,19 3 -4 dual 214 el proceso del trabajo en 89-90 Estado capitalista vs Estado en el capitalismo sociedad 4 Estado fordista ys. estado en la sociedad fordis­ ta 89-90 fallos del 277-9, 288-9 0,304 -5 fiscal 4 5 -6 .10 2 formas del 3,45-6, 248-9 funciones económicas del 51 -2 funciones generales del 117-8, 241-2. 245-6, 24 8 -9 ,259 -6 0 .26 4 integral 7, 292-3 local 73. 244, 24.8 moderno 273 multinacional 214-5 nacional de trabajo listiano 164, normal 4 6 ,16 5 -6 9 , 328-3o Occidental 242 poder del 1-2 ,7.4 6 , 245 posfordista 327-8 posnacional 251,2 56 ,2 6 0 regional 73, 2 2 9 '3 o ,235-6, 244-5,348-9 sup rana cío nal 241-2 terapéutico 108 territorial 239, 273-4

365

iNDIce TEMÁTICO

transicional 2 0 0 -1,32 8 unidad deí 4,8, 7,4.5-6, 326-7 unitario vs, federal 78, 108-4. vacio 260 vigilante 114 ,2 6 9 ,2 9 8 ,3 18 westphaliano 11, 238 y ENBK 7 2-3,8 5-6 y la cohesión social 4,3,293,298 y la metagobernanza 249 -51,29 6 -8 y sociedad 4 y toma de decisiones colectivas vinculantes 78,46 -7, 273 véase también. Estado nacional, soberanía, territorialízación, territorio "Estado mundial" 24,Z Estado, intervención del 42.3, 48-9, 70, 76 y s., 8 3 -4 , 9 0 - 3 , 10 8 ,117 - 8 ,10 0 - 1,12 5 -6 , iÓ4yss., 265-6, 269, 223, 285-6, 3oo, 304.-5, 3*5' ^*8,

321,327-36

véase también planificación indicativa, articu­ lación interescalar, políticas Estado nacional 8 -9 .11,13 -4 .5 5 .5 8 .7 3 ,£ 5 -9 . i3i, 18 0 -1,18 5 , 214-7, 240-6,259-62. 3i2-3 véase también desnacionalización, ENBK, Estado de seguridad nacional estándares laborales 94-6 estanflación 95, 98, i36, 19 0 -1, 284-5, 288 estatalidad 241 estatismo 173-4, 209, 218, 275, 3n , 317 véase también, economía mixta, neoestatismo estrategia de desarrollo económico 205-6, 285-5, 246-7 estrategias de alianza 227.z3 o, 235-238, 263 estrategias para "salir del paso” 111, 296, 325 etapas del capitalismo i - 3, 20, 21, 25. 40. 50-2 véase también periodización étnica, identidad 86,175, i83ys. véase también Volsknation étnicas, minorías 156 etnicidad 6 Etzkowitz, Hemy 206 euroeorporativismo 254 Europa 8 6 ,126 ,142, 323-6 Asociación de Libre Comercio de 237 de las regiones 231, 258 social 7 4 ,7 8 -9 ,2 5 2 -3 ,32 4 -6 europea integración 252 política social 74 tabla redonda 207 véase también Europa social europeización 257.28 8 ,310 exclusión social 37 y s., 57, 62-3, 95-6, 128-417 5 ,19 1-2 .19 3 .2 0 3 , 236-7, 287 explotación 14-6, 18, 20, 23, 53,158 , 276, poder de la 82

366

exportaciones, 71. 82 extra-discursivo, fenómeno 5 ,8 -9 extra-económica, coerción 33, 42 y ss., 272-4 extra-económico como complemento de la eco­ nomía 10 ,13 -4 ,16 -7 ,2 7 -4 , 28-9, 3 3-4 ,4 0 , 4.12. 5 1-2 y ss., 5 5 -6 ,10 3 -4 , l l 7' iz 7 y s-’ i 33 y s ., 14.6-7,151,161-2. 174 y s ., 1 8 0 - 1,18 5 - 6 ,19 0 - 1, 226, 233, 239,257, 265-6, 269, 277-8, 250-1,

3s>4 véase también condición constitutiva incomple­ ta del capital, separación institucional de la eco­ nomía y la política extraterritorialidad 32 factores de la producción 77, 149-50, 218 y ventajas comparativas 119 -20 , 229-30, ?,33, Fairclough, Norman 9 fallos del mercado 2 3 ,2 5 .3 2 ,36.5 1, i3ó, 175,2758, 2 8 8 ,3 0 4 ,3i 6 familia 75 y ss., 7 9 ,17, 4 2 y ss., 5 4 ,72 .7 5. 8 6 ,10 1, 218,287 crisis en los modelos de familia 106 capitalista 82 políticas de 102 familiar, salario 8 7 ,10 1, 287 fatalismo 299 feminización de la fuerza de trabajo 218 financieras-industriales, relaciones 83 y s., 100, 110 ,12 9 -3 0 véase también capitalismo Finlandia 114 fiscal-financiero, sistema 102 y ss., 177, *83,19 3 , 197, 273 crisis del 1 0 2 - 4 ,107’ 314.-5, 216, 277 fiscalidad 25» 4,3, 83-4, 95, 97-8 ,10 2, io 3~4, 1767, s8o~i, i 83, 185-6189 y ss., 19 4 ,19 8 y s., 25960, 278 y recortes 182-3 y de agravaciones fiscales 182-3 y resistencia 3 5 - 6 ,io 2 ~ 3 ,188, 2 10 -1,2 8 8 flanquear, medidas y estrategias para 254, 270, 29? flexibilidad 92, 100, i 23y s . , 126, 135, 155, 159, 16 4 ,19 1, 207, 2 9 9 .3 0 7 ,3i 8, 321 del mercado de trabajo 3o, 9 1- 2 .10 0 ,10 6 ,19 0 y ss., 2 0 0 y s., 2 0 4 ,2 0 8 ,2io, 255, 2 5 9 ,3 0 7 ,3i 8 y s., 3 3 i-2 en el sector público 144 en forma de salario 191 "flexiexplotaeión” 19 3,19 6 "flexiseguridad” 193 y s. flujo entre fronteras 1 1 8 - 9 ,10 5 y 8S-’ 15 4 '6 , flujo entre las regiones fronterizas 59, 14 0 -1, 2*3-4, 221, 2 2 3 -4 ,224- 9. 232 y ss., 263. 321-2 FMÍ 195, 252, 309, 317, 323 fordismo atlántico 2, 9, 11, 28, 46, 50, 67-71. 81, 86, 88- 89, 10 0 -10 1, 117, 119, 122, 128, i 38. 118 -119 . i4 9 y i5 3 y s ., i63, 170 ,144 y s., i84.ys..

In d i c e t e m á t i c o

190, 215 J S.. 220, 222, 226, 24.3, 2$ 2, 265, 2#3" 6, 3o6, 3ig, 3?8 crisis del 2,66, 7,68, 284, 287 gobernanza en el 283-2,89, 3oo proceso de trabajo en el 68, 69 modo de crecimiento del 68 modo de regulación del 286 modo de socialización 70 pensiones en el 197-200 fordismo periférico 44.-7, 82, 179 fordismo. transición al postfordismo 10 1-2 , 1545 . l ó ^ y s . , 30 5 , 337-30 véase también fordismo atlántico forma dinero 12 4 - 5 ,12^, l 3a. 15 ^ 7 S’ forma mercancía, forma, generalización a la fuer­ za detrabajo ¡if-16, 42 véase también capital, mercantiiización, mer­ cancía ficticia, conocimiento, fuerza de traba­ jo, tierra, dinero, valor y forma de salario forma salario i3, 9 0 -1 y ss.. 97-8, 128-9, i3a, 15a y ss. forma valor, dominio de la 28, 32i -3 formación de la trayectoria 1 1 1, 119 -2 0 , 215. 282 formación social 4,-6, i3~4, 21, 25, 68-9, 89-^90 fracciones del capital 18 y s., 33 y s., 48-9, 83 y s., 138 y s., i 38, 145,30 7 véase también circuito del capital, concepto del capital Francia 7 1,7 7 Friedman, Mílton 3*5 fuerza de trabajo 5, )3 -$. 17-9, 25 y ss., 1.45, 174-5, 181, 267-8 como un valor abstracto 25 y s. como creación 25 y s., 53, 83, 129-30, 180-1, 20 8 ,2 10 -1 como un factor de la producción 24 y s., 53, 55. 83-4,, 14 5 -6 ,18 0 -1, 210 como una mercancía ficticia 4-5, i3 -zir z%-3 , 49 y ss.,53, 6 1-3. 73, 141-2, 18 5y s., 266, 276,

307-1

como costefijo vs. coste variable i 3o -i fuerzas de arrastre en las ondas largas 10 1,15 6 -7 función problematizadora de formas 4.41-2,47-9# funciones del Estado 2 - 3 ,5 o y ss., 16 2 ,2 4 0 -1,2 6 5 primacía de las funciones económicas en el RPTS 16 1 -3 ganancias 6, 8-9, 15 y 19-20, 24. 35, 36-7, 489. 68 y s., 96-7, 99 y ss., 14 9 -5 1,16 6 -7 , 176-7, 279-80 de las empresas 24,-5 igualación de 21 yplusvalía 14 9 -5 1,16 1 y tasa descendente de beneficio 98 gasto estatal *76-8, 18 6 -7 ,19 4 -7 ,30 8 véase también salario social, fiscalidad

gatesismo 119 generación 52 y ss., 62, 7 9 ,108, 198 género 4,, 38. 4.8, 54.. 79, 108, 175, i 83y s,, 215, 287 y Estado de bienestar 182 George.Vic 8i global ciudad 5 9 ,12 5 .14 0 , 223, 229~3o,233~4 cultura 226 Estado « i3 ,2 4 >-3 localización 142 globalización 10, 26, 33-3, 42-3, 50-2, 59. 126, i 3i y s.,139-46, 151, 154, 165-6, 180 y s., 188, 2 0 0 -1, 2o3, 208, 215, 222 y ss., 226, 239, 240, 250, 26 0-1, 281, 284, 3oo, 323, 327 y neoliberalismo 2 6 ,33.8 4 ,-5,110 ,118 -9 ,14 ,0 1,14 5 , 15 8 ,18 0 -1, 189, 224-5, 24o " 1 y regionalización 185-6, 250. 2 6 0 -1,18 0 y el Estado de bienestar véase también mercado mundial glocalización 140,233-5 glurbanización 140, 14.4,165-6, 284 gobernabilidad 293 bases materiales de la 266-75 ciclos de la 272, 275, 299-300 en la sombra de la jerarefuía 249, 295, 297-8 global 116, 225-6 gobernanza 6, i2 -i3 , 22,59-3, 76,77,137. ¡33,14 7 , 182 y s., 238, 245-6, 266-7 cronotópica 284-5 objetos de 9 7 -8 ,14 8 ,283-8 y educación 205 véase también corporativismo, régimen inter­ nacional metagobernanza, economía mixta, red, sociedad, estatismo gobernanza multinivel 2i3, 24.3, 24,6-7, 252-3,

, ,

257 310 324-5 gobernanza, fallos de la 283.2^9-94, 296-7 véase también fallos de la metagobernanza gobierno del interés privado 245 gobierno hacia gobernanza 245y s., 250, 257y ss., 266-7 ps. gobernanza 288-240 véase también desestatización gobierno hacía metagobernanza 249-51, 266, 296, 3 0 9 - 1 1 .3 i2 -3 , 3i 6 Goodin, Robert 82 Gramsci, Antonio 5, 7, 10, 27, 44, 58 Gran Bretaña 3o, 54, 71, 85, i3o. 176, 205, 215, 22 6 ,2 19 . 2 5 1,2 5 9 ,2 9 9 ,3 17 Grande, Edgar 47 Grecia 179 guerra 33 guerra fría 226, guerrerísmo, negación del 4,, 304 Habermas, jftirgen 63 habilitación continua 199-200, 2o3, 232, 324

367

ÍNDICE TEMÁTICO

Hall. Peter A. 83. 182 Hay, Colin 364 Hayek, Frederichvon 376, 315 hegemonía 7-8, 33, 36, 40, 84, 8 8 , 1 1 3 , 318, 2170 americana 70, 85 y ss,, 95, 316-7, 24 1,34 3. 369 burguesa 3 7 ,3 7 .3 3 1-3 y discurso 8 ,111 y ss,, 307 política internacional 67,197 neoliberal 368 regional 3 3 3 y s., 337-8, 3io hegemonía económica 3$ - 6 , 3g véase también estrategia de acumulación hegemonía, dimensiones éticas de la 7 herencia política 185-6 heterarquía 6 0 ,37 9 -8 1,39 0 -9 1 Hicks, John 94-6 Hirsch, Joachim 171 Hong Kong 171 Hooghe, Liesbet 343, 344 horizonte de acción 6 y s., 8-9, 36,5 6 y ss., 96-7, 101 y s., 16 3,16 9 , 334-5378-90, 381-3, 333-4 espacial 36,4 0 , 49-50, i 3g y ss., i 4 i y ss., 169,

339

temporal 16-7. 36, 40, 49-50, 134-5. 16 1-3, 16 9 -7 0 ,339 -4 0 ,37 8 -9 , 3 8 0 -3 ,333-4 Huber, Evelyne 73,77, 83,10 9 ,18 3 ,18 7 ,19 8 Hulse, Michelle 347-8 Hungría 338 3i 3 identidad 3o, 3 5 y ss., 4 1-3 ,10 8 ,17 5 , 3 1 4 , 381 de clase 37, ¿9 no de clase 36, 41-2 política de 136, 316-7 regional 144 identidad nacional 10 7 -10 , 136, 3 0 0 - 1 , 3o3. 3 1 3 , 36 0-1, 386, 387 crisis de la 136 ideología 3 1 , 37, 36, 41.3, 45. 33o, 351. 353 y ss., 359,368, 371, 375 y clase 64 imaginario 8-9 ,88 económico 8 - 9 , 4,4, 8 8 , 14 6 y ss., 166-7, í í í " 3, 3 6 9 , 3 8 4 - 5 interés general 35, 4 3-4 ,370 , 380 político 8 ,4 3 -4 , 4 6 ,16 6 -7 , 369 imperialismo 3o, 50, 87, 371 inadecuación del mercado 376-8, 38 3» 3 8 9 ,3n inclusión social 37, 63-3, 9 5 -6 ,17 5 -6 ,19 4 incrustación 6 y ss., 3 4 -5 . 37-8. 79-80, i 33, 135, 145, 334, 337, 3 6 3 , 3 6 7 , 395, 3o8, 319 ,3 3 7 industrialización sustitutiva de importaciones 7 3, 3 3 1 inercia de los programas 185-6 inercia política 10 3,18 5 infantil, cuidado 17,14 7 , 3 0 1 inflación 34-5. 93, 95, 103, i 33, 179, 19 1-3, 199, 17 5 -6 ,3 3 6 ,19 5 -6 ,3 8 4 ,3 19 ,3 3 6 -7 I+ D 1 5 5 ,

368

precios fs. activos i33-3, 3i3~4 véase también estanñación infor¡nacionalismo 13 3 -3 ,13 6 ,15 8 , 390 infraestructura de redes 1 3 1 y ss. ingresos 3 4 y s., 370, 373-3 inmigración g g y s .. 1 0 9 ,3 1 8 ,33s innovación jo i, 118 -9 , i3 3 y ss., i3o, 135 y ss., 139, 147-9,1 5 5 '6 ,15 9 ,336, 397-8306-7,315 y competencia 1 5 1 ,1 5 4 y s., 161 vs. gestión, invención 147-8 innovación, entornos de i33, 136-7, innovación, política de 10 0 -¡t, 1 0 3 - 8 , 118-9 , l 55 y ss., 3 14 ,3 3 1-3 , 334, 33i~4 innovación, rentas de 10 1,13 4 y s. innovación, sistemas de 110-1,159 , i67ys..3i3-4,3i8 institucionaiismo 3 yss, instituciones 8 - 9 ,4 0 - 1,17 3 ,3 3 3 y competencia 333-4 y lucha 39 -4 3,4 8 intelectuales 7 ,4 5 -6 ,5 8 , u s y s. orgánicos 8,76 intercambio 6 ,14 -6 , 60, 97-8, 365 véase también mercado, fuerzas del mercado, mecanismos de precios intercambio desigual 161 interés, como fuente de ingreso 34-5, 97-8 "interés general” 3 5 ,4 3 , 370,380 interés material 3 5 ,13 7 interiorización (clase) 99 internacionalización 97 y ss., 140, 141 y ss,, 351,

384,389,318,333

del capital 13 9 ,15 4 -5 ,3 6 1-5 de la política económica 356 del régimen de políticas 10 9 -13 ,19 5 -6 ,3 4 7 -9 ,

255- 359~6o véase también globalización, relativización de las escalas internacionalización local 140 internet 134, i3 3 y s . y productividad 133 Interreg 339 intervención véase también intervención del Estado invención yéose íajn bién. innovación 147-8 inversión 18, 93, 95 inversión extranjera directa 336 ironía 399 -30 1 Italia 13 5 ,16 8 , 353 Japón 75» 10 1 y s., 168, 3 3 4 , 3 3 7 y s., 3n jerarquía 60, 365-6 véase también gobernanza jurídico-político 7 -8 ,37 , 4 3 -3,10 5 Kalecki, Míhaly 179 Kaufman, Franz Xavier 55

(NOiCE TEMÁTICO

Keynes, John Maynard 14 ,8 ,150 ,315 keynesianismo 91, 97-8,,179-80, 19 0 -1, 352-3, 283-5 europeo 153 en un país 110 internacional 153, 3i a -3 véase también gestión de la demanda, pleno empleo Kuhnle.Stein 254, ’ Kultu, mation 215

sociedad de 9 0 ,117 -8 ,15,5, 301 materialidad institucional 9 véase también selectividad estratégica materialismo histórico 3-4 mecanismo de precios 6, 21 y s., 32, 61, 69 mediación 14 ,18 y s., 23, 28y s., 54,, 58, i38, 23o y ss,, 270, 305 medio ambiente 9 7 ,10 1,10 6 , 144 féase también naturaleza mercadeo asociado al lugar 169-70, 229 y ss.,

Laffer, Arthur 315 legitimidad 8-9,4,3,271,273-4, estatal 4,3.4, 4,9, 59, 54-5, » 3, i6a¡. 173, an . 260-1 legitimidad popular democrática, 262 ley 9- 45-46- 4 9 ,5 3 ,10 7 .14 0 - 1. 241-2 ley del valor 79-31, 28-9, 4 5 -6 ,14 ,3,14 5 liberalismo 56 ,7 8 ,2 52 ,2 58 características del 7,68 liberalismo incrustado 257 liberalización 16 9 -7 0 ,2 8 9 ,27 1-4 libertad, formal os. sustantiva 267-9 libre comercio 227 y ss., 285-6, 241, 320-1 límites institucionales a las reformas del Estado de bienestar i o 2 - 3 ,185,208 Lipietz, Alain 114 List, Fredrích 148 lucha 1 1 , 36,5 4 , ó o -i, 8 4 - 5 ,10 5 y s., 1 1 1,1 5 2 , 221 de clases i8 ys., 2 iy s s., 2 4 ,36, 30-43,41 -3, 456 y s., 9 9 ,10 5 y s., 277-8, ¿27, 335-6 modelos de desbordamiento 40-2 polivalencias 37 lugar 24, i 32y s ., 14 5 ,16 9 -7 0 , 23í, lugar sin fronteras 24, i 33, i36, 153-5, 169-70, 180-1, 2 2 3-4 ,19 4 , 203 Luhmann, Níklas 9

véase también políticas de localización mercado 2, u , 148-50 posición dominante en el 33 y s. fuerzas de 11, 18 y s., 23, 29, 32, 42, 89, i 38, 175, x3i y s., 289,335-6 libera! 184 mercado de trabajo i3, 14,-16 ,3 o ,5 3 y s ., 199,203, 294 dualismo 196-7 segmentación del 29-3o, 95-6, 166-7, l 9^. 286-7 transitorio 194 mercado laboral de transición 194-5 mercado mundial 9, 2 5 ,3i, 4 1,5 0 ,7 0 ,8 8 ,118 , i 33, 134,, 14,3,14 5 ,15 4 , 223, 23?, 282, 284, 2 9 1,3o3.

2:36-7, 203

Macropolíticas 50 Majone, Giandomenico 253 Manow, Philip 82,182 Mao, TseTung 115 marcar objetivos 178 ,19 2 Marks, Gaiy 54,2, 244 Marx, Karl 3, 9, i3, 15,17 4 sobre el circuito del capital 9 sobre la libertad 268-9 sobre el método 3o6 sobre la auto-valorización 9 -10 marxismo 3,10 . 27. 40, 33o masa, producción en 68 y s., 72 y s., 9 3 ,10 0 ,12 1 y s., 12 9 ,15 9 .16 1,2 4 3 ,3 19 masas consumo de 67, 71, 73, 92 y ss., 10 0 ,12 9 . 159. 226 educación de 17,30 1 medios de comunicación de 4 7 ,5 8 ,113

305.324

desacoplamiento desde el 3 3 , 287 véase también globaiización mercado próximo 3 4 - 6 ,18 0 ,19 5, 200-1 Mercado Único Europeo 3 i o ,3 2 4 mercancía ficticia 6, i 3, 16, 2 0 -1, 22, 26 y s., 40, 4 9 ,5 3 ,12 8 -9 , i74 y ss., 18 2 ,18 6 , 269, 277 véase también forma mercancía, conocimiento, fuerza de trabajo, tierra, dinero, naturaleza mercantilismo 74 mercantilización 19 ,2 3 ,33y ss., 38y s., 5 3,5 4 y s., 138 y s., 14 7 -8 ,18 0 -1,2 5 7 , 267-8 del conocimiento 53,147-8, i58ys., 16 0 -16 1,33i de la educación 206-7 véase también colonización meso-políticas 49-52, 218 Messner, Dírk 5 0 ,14 7 , 285 metaconducción véase metagobernanza metagobernanza 11, 58, 6 0- 3, 14 1-2 , 159, 24.9-51, 257-9, 2 6 6 - 7 ,2 9 1- 3 ,296-3, 3n fallos de la 12 meta-intercambio 29573. metajerarquías 295 metanarrativas n 3 metaorganizaciones 34.1 metapolíticas 50, método de ensayo y error 1-2, 35-6. 88, 127-8, 152, 208, sai, 3oo-i México 79 migración 105, 9a, 5516 y s. trabajo 18 5 ,2 17 -8 ,2 32 ,2 8 6 -7

ÍNDICE TEMÁTICO

militar 3-4., 126. 24,2, 3q3-4,. 3i 3- 4, militarización 38 modelo renano 259 véase también economía de mercado coordi­ nada modelos asistenciales de sustento familiar 76 y s. 78 y ss. modo de crecimiento 69 y s., 123, 253, , modo de gobernanza 25, modo de regulación 5 ,8 ,2 5 y s., 4,0 ,51.53, 68, 89, 9 6 ,17 3,18 2 , 253 arreglo espaciotemporal 58 modo de socialización 6 8 -9 ,6 9 -7 1,10 6 monetarismo 110 monopolio 14 ,9 -50 ,27 1-2 ,319 motivos de fuerza para las ondas largas 10 1-2 , i 36~7, 156-7 movilidad del capita] 34, 289, 3i3-4 , 33i~4 movimientos sociales 37 -8 ,5 8 ,18 6 -7 nuevos 10 5 y s., 10 8 - 9 ,x4-3. í?3- 4-» 317-8 transnacionales 216-7 mujeres, la doble carga de las 95, 182 véase también trabajo doméstico, feminización de la fuerza de trabajo, género multiculturalisxno 204, 214-5, 217, 232. 288. multilateralismo 243 multiplicación de políticas 3oo mundo de la vida 9 ,14 , 29 y ss., 36 y s,, 39, 41-2, 57, 135, 141 y s., 144,, 152, 175, 267, 270, 281, 285-6, 3o3, 3o 6, 327 véase también sociedad civil, colonización nación 38, 2o3, 214-6 véase también Kultumation, Estado nacional, Staatnation, Volksnation nación, construcción de la 26 nación cultural 24, 94-5. 126, i32 y ss., 153-4, 160,226 véase también Kultumation nación Estado 214.-7, «38 véase también Estado nacional nacionalismo 14,4. nacional-popular 45-6 y s„ 87, 218 narrativas 8 y s., m y s., 2 2 2 -3 ,3o6~7 véase también discurso naturaleza 15-7, 2 4 ,9 6 ,2 6 9 ,33i*4 y transformación material 15 ,18 , 24 naturalización 15.6 ,73 negociación colectiva 70 y ss., giy ss., 95-6, 126, 179,286-7 negociación colectiva por conexión 134.-5 véase también negociación colectiva neocomunitarismo n 3, 3 17 ,32i neocoiporativismo 194, 253-4 ,321 neoestatismo 2 5 3-4 ,52 1-2 .32 3,32 5 neoliberalismo 17, 36, 58, 84, 110, 118, 129 y ss., 156-7, l7^' l77' l ^o, 317-8. 224. y ss., 229-30,

3? °

244.250 y s .. 2 5 4 ,25 9 .2 7 8 -9 ,2 8 9 ,2 9 9 ,3 16 -9 , 3 2 5 ,328-3o formas de 208-10 . 266-7, 269 y educación 35, 206 y globalización 2 5,3 3-4 , uo’ 14*°' *45' 158, 180, 189, 225, 5,4.0-1 y el mercado laboral 193 políticas de ajustes del 102 y ss. cambio de régimen del 84-6, 102 y ss., 107, i2 9 - 3 o ,16 4 ,17 5 -6 , 207-8 retroceso del 4,2-3,164 y s., 270, 289, 33i~4 sistema de transformaciones del 208-10 cambio del 177 ,19 6 -7 , 209 neo medie valismo 227 neo mercantilismo 110 ,2 2 8 ,3 2 1-2 New Deal 88 Noruega 114, Nozick, Richard 295 Nueva Agenda Transatlántica 142 nueva economía 2 8 -9 ,119 Nueva Zelanda 6 7 ,7 1,8 5 , io 3, 176 ,215, 317 nuevo constitucionalismo 256 nuevo laborismo 259,825 nuevos movimientos sociales 105 y s.,109, 144, 173, 217-8 OCDE 7 4 ,1 0 2 ,11 2 .1 7 1 ,1 9 1 , i9 4 y s s., 353,35675.,

309,317,323

oferta, lado de la i3a, 168 Offe, Claus 23, 44., 4.7, 98, 111, 181, 278 Offe, paradoja de 3, 1 3 , 884-5 Ohlin, Bertil 72 OIT 3 0 9 ,3^3 ondas largas 3 7 ,1 0 1,1 1 8 ONG 141 OPEP 99 oportunismo 299 Ordungspoiitik 252 organización de la inteligencia 273, 296 7 s., 3u , 320 75. Organización Mundial del Comercio 15 9 ,323,35 3 orientación sexual 38 ,7 9 ,8 7 pacto social 19 4 , 2 5 4 7 S S . , 2 7 1 - 3 , 3 io Países Bajos 193 países comerciantes 7 3.330 países recientemente industrializados 1 5 6 , 1 7 9 paradigma (tecno-económico). cambio de 67, i i 8 ~ 9 , 127, i 3g - 6 , 1 5 4 7 S S . , i 6 3 , 16 8 paradigma de redes 2 8 6 - 7 , 2 8 9 , 2 9 0 - 1 paradoja 3 3 ,3 6 6 -7 de Offe 3 . 1 2 , 3 3 4 - 5 parque científico y tecnológico 159, 2 4 3 parternariado 177, i 8 3 . 204,, 2 4 5 y s,, 285 véase también corporativismo, cooperación pu­ blica-privada, pacto social, cooperación social partidos políticos 58, 84, 187, 195-6, 318

fNDÍCE TEMÁTICO

patriarcado 7 9 , 86 y s.. 387, 314,, 7 3, 94,, i o 2 -3 , 1 0 7 ,1 0 9 . i 3 2 , 188, 19Ó-200, 3 o 8 patriotismo constitucional 7,14. pensiones 7 3 , 9 3, 10 2, 1 0 7 ,1 0 9 , i 3 2 , 188,79 6 -20 0 , 3o8

pequeña burguesía 85,95 pequeña economía abierta 7 1, 8 2 ,10 0 , 15 3 , 3 51, 36 0 -2

pequeñas y medianas empresas 82, 95, 122, 179, 2 8 5 -6 ,3i 8 periodízación 2 ,11,7 8 y ss., 83, n o y s., 113 -4 ,17 8 y s., 18 9 y s., 2o 3y s., 328-3i véase también ondas largas, secuencias, tempo­ ralidad Pitruzello, Salvatore 114. Piven, France Fox 179 planificación indicativa 184 pleno empleo u , 7 0,72.74, 9 17 ss., 99,104,, 179, 20 4 ,2 16 y ss., 24.3, 287,3i3, 315,8 19 en la Unión Europea 257, 359-60 véase también desempleo (política de) pluralidad vs. unicidad en el sistema estatal 242 plusvalía 2 0 -1,3 4 -5 , 83- 4, 124w5. *36-? absoluta 64 relativa 64 plusvalía, beneficio 149-51 pobreza, trampa de 105 poder político 238 como relación social 9 -10 ,14 7 , 245-6 estatal 33, 245 tecnología del 144, 22a territorialízación del 238, 240 y s. Polanyi, Karl 27 véase también incrustación polarización del ingreso i 23yss., 168 política comercial 241-2 como un sistema funcional 9 -10 ,2 4 1 de infraestructuras 4 9 -5 0 , 7 1-2 , 92 y s.,

229-3o, 232, 5S43. 354"5. 5,84-5, 3i3"4, 321, 331-4 económica 11, 37, 49-50, 98 y ss,, i32, 155-7, 182-3,18 8 ,239 -30 ,24 1-2.254 -5.28 6 -7.318 -9 educativa 18 5 -6 ,2 5 5,313 industrial 99, 241 y $. política de empleo 190 véase también keynesianismo regional 9 2 -3 ,10 0 ,15 5 -6 , 217, 221, 242-3 social 55-6 tecnológica 102-3,118-9 , lS5 ~^' 253 y s., 33i-4 urbana 9 3,2 18 ,2 2 1 véase política de competencia. Ordnungpolitik política del mercado de trabajo 4,9, 169-70, 3745, 210, 24.3, 255, 307-8. 3 i3 “ 4 activa 153, 191-3. 19 6 ,319 pasiva 190

políticas activas del mercado laboral 153. 191,7923, 197, 319 políticas de localización 169-70 políticas sociales 4-5 y s., n , 37, 4,9 -50,181 -2 y s.. 188, 243, 253-4., 286-7, 3i 8, 325 Polonia 228 populismo autoritario 219 Portugal 179 posfordismo 55-6, >19-28, 150 -1, 164-5, *93. ^ 2 , 257y s., 285-6 ,327-8 vs. posterior fordismo 264 continuidad/discontinuidad en 119-20 y ss. contradicciones 727-37 discursos sobre 119 -2 0 ,12 6 empresarial 124-5 proceso laboral en 121 despegue 165-6, 328-3o véase también flexibilidad, economía basada en el conocimiento posterior-fordismo 211 véase también el posfordismo posmodernismo 214-5 posnacional 2i3, 251, 256, 259, 804, 3 o$ - 73 Poulantzas, Nicos 5, 7 ,10 , 21, 39, 44,, 4 6 ,16 2 , 242. 246 y s., 259 primacía de la escala nacional 10 -11, 71 y ss., 85 y ss., i38, 209-10, 213-4, 220, 238, 259 y ss., 263-4,, 286-7, 304-5, 3*2-3 privado-público 43-44, i3 3 ~ 4 ,18 5 ,3 11 privatización 158, 177 ,18 0 ,18 5 , 195 y s., 199-200, 2 0 8 ,2 5 3 -4 ,2 8 9 ,3i 8, 3ao-i proceso de trabajo 15 -6 ,5 1-3, 121, 173-4, 181-2,

33i -4 y fordismo 6 8-9 ,10 1-2 y posfordismo 131 y $,, 3 3 i-4 en el Estado 89 y ss., 285-6 véase también producción producción primacía en los circuitos del capital 27-9 normas de 6 ,2 0 1-2 , 3 i3 -4 véase también, procesos de trabajo producción de calidad diversificada 122 producción en masa flexible 123 producción en red 123 productividad 3o, 68-9, 82, 91 y ss., 98 y s., 1223,2 0 4 y s. e internet 170-171 y los Estados de bienestar 108-9 productivísimo 14 6 ,3i 6 productos intensivos en conocimiento 124, 154 profesiones de bienestar 10 5,18 7. 201 propiedad 78, 269-71. 273-4, 280 véase también capital, propiedad intelectual, propiedad propiedad 24-5 derechos de 2 4 -5 .2 6 9 -7 1.2 7 3-4 relaciones de 269

371

ÍNDICE TEMÁTICO

véasa también, propiedad intelectual, propieta­ rios propiedad intelectual 2 4 y s., 135 y ss., >57-6!, 169, 206,369 proteccionismo 83~4„.iio , 174,-5, 326 y s., 23o-x,

324-6

proyecto de Estado 7 -8 ,4 8 ,5 0 -2 ,5 6 -7 ,8 8 -9 ,13 1, 173-4, 216-7,273, 278, 326-7 proyecto hegemónico véase visión hegemónica pseudo-validación 96-7 público-privado 133-4, 245, 253, 258,279-80 racionalidad comunicativa 29~3o instrumental 9-10 racionalidad limitada 278,281 raisond'état 45-6, 47-9 "raza” 4-5, 27,88-9,78-9, 86 -7,10 7-8,184, 215-6 realismo critico 6 ,17 5 -6 ,3 12 -3 y tipos ideales 3 i 2 - 3 ,40 y tendencias y contratendencias 40 Rechtsstaat 45, 268, 273-4 recorte salarial 18 0 ,19 7 -8 ,2 0 4 recortes 76, 8 1,10 2 -3 ,16 7 -8 , 173-4 ,176 -7 , 1957 ss., 209 ,326-7 red 11-2 , 28-9, 6 0 ,18 5,246 -7, 250, 265-6, 272- 3, red de poder paralelo 246, 258 redistribución 19 - 2 1,7 4 y s., 78, 82, 87, 94, 96-7, 108 y s., 181 y ss., 18 5 -6 ,18 8 ,19 6 - 7 ,2 6 2 ,312-3 intergeneracíonal 198 ley reflexiva 3n reducción de ruido 380, 297 reescalado 51, 59 y s., 12 8 -9 ,15 0 -1, 33i~4 y Estado 2 38 ,25 2 ,325 -6 y Estado del bienestar 181, 208, 254-5 reflexiva 149-51 regional i32, 134 -5 ,152 ,18 9 , 263 escalas de 231 y s. schumpeteriano 1x9, 252, 304 espacios de 224-5, 338 y s. fuerte vs. débil 134-6, 284, 287, 296 sujetos de 23o y ss. urbano 1 3 4 - 5 ,15:?’ 16 9 -7 0 ,19 0 -1 reflexividad 6 o -i, 184-5, 15o " 1 - 345-6, 278-9, 28 0 -1,28 9 -9 0 , 295. 297y s., 3n ygobernanza 279-82 régimen idéase también, régimen internacional, régimen político, régimen de producción, régimen de bienestar régimen colonial de trabajo ricardiano 171, 336 régimen de compras 294-5 régimen de producción 53, 8 5 ,18 1-2 .18 6 -7 , 2156 .32 6 -7 régimen de transición 2 0 0 - 1,32 7 '3o régimen internacional 59. 67, 73, 95, 126, 141 y ss., i5 4 y s., 168 y ss., 230, 197, 251-2, 3 3 i-4

373

régimen petrolero 96 ,9 9 ,275 régimen político 3 ,4 4 región de los Cuatro Motores 229, 235 región virtual 14 2 ,2 2 9 ,2 34 ,2 3 5 -6 regionalismo 23o -1 regionalización 215-6 regulación auto-regulada 245, 2 5 1-1. 3i 8 y s. regulación, enfoque de 6 - 8 , 4 0 -1, 78-9, 82 y s.,

126

regulación, objeto de la 1, 8 -9 ,13 - 4 , 2 1-2 , 85-6, 12 7 -8 ,14 4 .16 4 -5 , $83-8 véase también modo de regulación, enfoque relaeional Reino Unido, véase también Gran Bretaña relación salarial 5 3.12 4 relaciones transversales 235-6 relaciones industriales 8 4 -5,12 5 relaciones interinésticas 2 4 1,2 4 6 ,3 2 0 -1 relativización de la escalas n o , 12 8 -4 ,12 8 -9 , i3 ?40, 146-47, 2 0 9 -11, 2 i3 ~ 4 ,221-4, 248-9, 2845 ,2 9 3 -3 , ¿ 0 4 -5 ,3 0 9 ,33o -i religión 9, 26 remercantüización 18 1-2 ,19 6 -7 renta, monopolio 137 tecnológica 100, 124-5, H®* 1 5 o '1 - 160 y s. repliegue 16 5 -6 ,17 5 -6 , 2 7 0 ,2 8 9 ,328~3o representación 48-9 funcional 48-9, 271-2 política 4 8 -9 ,18 6 -7 , 317-8 reproducción 7 - 8 ,1 1 ,3 5 ,1 8 5 - 6 económica 2 - 3 ,1 0 - 1 ,1 3 - 4 , 25, 6 1-2, 3i 3~4 y fuerza de trabajo 184 social 2-5, 11, 25,53. 6 1-2, 93, 185-6, 265-6,

i - ,334,-5

2 3 4

y relación salarial 58 requisito de variedad 298-300 resistencia 2 - 4 ,1 0 , 33,10 5 ,12 7 , i 38, 177,209 y s., 2 7 0 ,2 7 8 -9 ,3a3 s .r 33x~4 espontánea 270 responsabilidad política 46-8 responsabilidad salarial 124-5 retemporalización 5 1-2 , 23-4, 5 1-3 . 157, 185-6, 238 y s., 241 y s., 246-7, 3 3 i-4 reterritorialización 23, 5 1-2 , 156-7, 184-6, 238 y s., 2 4 0 -ys., 2 4 5 -6 ,33i~4 reticulación 260-1 ricardianos us. marxianos 63~4 Ricardo, David 148,149 riesgo 2 4 ,3 2 ,17 3 -4 .17 8 ,18 9 ,19 6 -7 ,19 9 -10 0 Robinson, Peter 212 rotación lab oi'al 193 RPTS 12.153, x66y ss., 17 5 ,19 0 ,2 10 ,3 o 6 -i2 , 3 ^ - 3 6 contraste con ENBK 3i2-3 variedades 11-2,377-33 Saillard, Yves 7 salario 15, 9 7 ,10 0 , 191

In d i c e t e m á t i c o

como costo 15-6, 24, 53, 55,6, 100, 110 , 1293o, 18 0 -1,18 8 ,19 4 ,, 2io, 287, 3o8 como demanda 15, ?4y s'., 53,57,91-2,129*30,181 yfordismo 55-6 ,6 9-70 y post-fordismo 55-6 en el sector público 176-7 y la reproducción social 53 véase también salario familiar, salario de res­ ponsabilidad, salario social salario mínimo 191 salario social 11,9 2 , n o , 188, 204, 2 0 8 ,2 8 7 ,3o8 salto de escalas 263,33i~4 salud, política de 254, salud, sistema de 3 5 ,7 6 ,10 9 ,17 7 ,18 4 ,18 7 ,19 5 -6 , 2 0 6 -7 ,3o8, 319 ,32 2 americano 187 europeo 187, 254 global 3s 2 Sbragia, Al berta 252 Scharpf, Frita 80, 297 Schiller, Dan 17 Schmidt, Vivi en A. 80 s e cu enci amiento 8 3 -4 ,10 0 ,17 9 -8 0 seguro social 75 y ss., 8 1 , 1 7 4 - 5 . 1 8 8 , 1 9 0 - 1 selectividad discursiva n 2 - 3 separación institucional de la economía y la polí­ tica 41-3,4,5-6,4,7,49-50,2Ó9ys., 272-4,291-2 servicios 69-70 servicios financieros 12 3-4 ,19 9 -2 0 0 servicios sociales personales 10 7 ,18 4 ,19 6 Schumpeter, foseph A. 148 -50 ,16 2 Silicon Valley 137 sindicatos 82* 87, 9 9 ,10 5, j 3i, 218,287 Singapur 2,10, sistemas funcionales u , 1 4 1,17 4 - 5 .2 4 1,2 8 0 ,285,

319-20

soberanía 43-4, 45-6, 216-7, 240-1, 343 y ss., 249,257-9. 2 6 0 - 1,2?3, 297-8 soberanía perforada 245 véase también desnacionalización sobredeterminación 14, 111, 175-6, 94, 805-6,

326-7 idéase también determinación socialización 19, 26-7, 3a, 38-9, 48-9, 96, 101, 124-5 y s ’>134"5. i 63, 323, 3í 6-8 capitalista %~í>i 6 0-1, 90-1 del consumo 184 de la producción 51-128-9 y s., 184, 33i -4 de las fuerzas productivas 53, 83- 4, 128-9, 135 y s., 270, 2 72 -3ys. del riesgo 184, sociedad crisol 214, 216 de mercado 271 del aprendizaje 38 mundial 62, 241 red 3i2-3, 281

sociedad civil 7, 9 y 10, 14, 38, 4 2 y ss., 74,1847 s, 218-8 sociedad de accionistas 19 3 ,19 6 -7 global 1 1 ,1 4 3 véase también mundo de la vida, esfera públi­ ca "sociedad de trabajo” 75,79 Software 170 solidaridad 9, 43-4, 200-2. 266-7, 272-3, 281, 286-7 sony sino 119 Soskice, David 82,182 Sozíalpolitik 54 Síaatsnaíiort 214 Standorcpolítik 169-70, 262 - 3 , 332-4 Stephens, John D. 7 2 .7 7 ,18 2 ,18 7 ,19 8 Storper, Michael 23o subordinación de lo social a la política económica líéüse también de trabajo (Workfare) 188-308, 304-5, 3o 9 y s., 3i 6, 3i 8,3 3 i- 4 subsidiariedad 78-9, 245, 257 subsunción formal, de conocimiento 157-9 real 18, 158 Suecia 85, i 3o, 315 superestado 24a superganancias 15-16 superimperialismo 73 Swyngedouw, ErikA. 219 Taiwán 33, 227 Taylor-Gooby, Peter 8i tecnología 226 del poder 284-5 véase también tecnologías de la información y la comunicación tecnologías de la información y la comunicación 120 y ss., i36 y s., 144, 158, 160, 2o3, 2 11-2 , 290 teleología 87, 165-6, 328-3o temporalidad 9 6 -7 .13 4 y ss., 14 0 -1, 145-6, 1534 ,2 2 2 -3 , 234-5, 2 39 -4 0 ,2 9 2 -3 véase también tiempo tendencias 19 -2 1, 2 4 -5 ,3 9 -4 1, 5 5 -6 ,317 naturaleza doblemente tendencial de las 39-41 véase también contra-tendencias tendencias y contra-tendencias 289-41, 258-60, 2 6 5 -6 ,30 5 -7 teoría del Estado 3-4 Tercera Italia 12 5.16 8 territorialización 2 2 -4 ,3 3 1-5 del poder político 288.9, 241 y ss. territorio 214-5. 231, 222-4. 238, 282, 292-3 identidad 285-6 extra-territorialidad 33 territorio económico natural 225-6 thatcherismo 219, 226, 259, 298-99, 335

373

ÍNDICE TEMÁTICO

tiempo 19,?,}, 178 capitalismo como economía de tiempo 19, 21 horizontes de 17, 36 véase también coyuntura, ondas largas, periodización, arreglos espaciotemporales, temporalidad, compresión espaciotemporal, alargamiento espaciotemporal. tiempo de trabajo socialmente necesario 15, s8 y s. tierra 16-7, 22 y ss., 33o -i renovación 16-25 véase también naturaleza tipo ideal 2, 67-9» 89, 16 5 ,19 0 -1, 307,372-7 tipología del Estado de bienestar 179, 267-8 véase también tipo ideal TLCAN 7 9 ,1 8 1 ,3io Tómmel, Ingeborg 258 toyotisrno 119 trabajadores centrales vs. periféricos 123, i3o trabajadores del conocimiento 122, 187, 14,9-50, 158 y ss., 226 wfose también trabajo intelectual trabajadores masa 68 trabajo colectivo, 159-60, 208 trabajo intelectual 45-6, 122. 157 y ss., 206-7, 33o -j trabajo mental véase también trabajo intelectual transferencia de tecnología 154-5 y s., 327-2,323-

Unión Monetaria Europea 253-4, 3io. 324 universidades 13 4 ,15 8 .2 0 2 .2 0 6 -8 autonomía 206 utilidades universales 159

tríadas i 32-3, i i2 y s., 14,0-1 y s., 14 3 -5 ,15 3 , 2i34, 221-2, 227260-1, 2 i 3 " 4 , 3 i o - 2 triángulo de crecimiento 24,4 tribalismo 10 8 ,116 ,2 2 6 tripartismo 77, 272, 288 triple hélice 206

Warr, Peter 171 Weber, Max 273 Vende (Alemania) 219 Wctware 123 Wbitehead, Alfred North 264 Wickksell, Knut 315 Wintelismo 119 Workfare 16 5 -6 ,19 0 -1,2 0 8 ,2 10 -11, 253-4,358-9, 304-5, 3° 6~7, 3i 6 europeo 356

vaciamiento 28 7,311 véase también desestatiza ció n validación de las decisiones 28-9 véase también pseudo-validación valor 15-6. 28 Ley del 2), 28-9, 4 5 -6 .14 3, 145 véase también valor de cambio, plusvalía, valor de uso valor añadido 15,18, 210 véase también valorización valor de cambio 18,79-21, 2 5 .4 5 ,12 8 -9 , i32. i367 ,14 4 ,75 ., 321-2 véase también forma mercancía, mercado, valor de uso, valor valor de uso 18,27, 23 y s., 128. i 32. 18 7 .14 4 7 5 . valor por dinero 278-9 valorización 19 .3 4 -5 ,12 8 -9 , i3$ ys , , variedades de capitalismo i - 3, 4 -5 ,2 1,2 5 ,4 0 ,4 ,7 8, 6 7 - 8 ,8 4 -5 ,12 6 ,i 3o-i , 145-6 ,26 7-8 visiónhegemónica 4,5-6, 4.8-9, 51, 57, 88, 9 8 ,112 , 121. 216, 219, 273, 327 visión neoschump éter ¡ana 171 Volksnation 214

6,331-4,

ubicuidad 146, 234 unicidad vs. pluralismo en el sistema estatal 243 unilateralismo 243 Unión. Europea 50, 217, 223, 224-7. ^3° y ss,, 286 y ss., 197,246, 249. 2 5 2 ,3 0 9 -11, 323-6 como régimen de gobernanza 25775.

374

Ziebuera, Georg 361 zona de libre empresa 285-6

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