Jean-baptiste Say - Tratado de Economia Politica

March 2, 2018 | Author: LibertadUruguay | Category: Scientific Method, Science, Knowledge, Nation, Economics
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Tratado de Economía Política o Exposición sencilla del modo con que se forman, se distribuyen y se consumen las riquezas. Tomo primero

por Juan Bautista Say ; nueva traducción por Juan Sánchez Rivera

Índice •

Tratado de Economía Política o Exposición sencilla del modo con que se forman, se distribuyen y se consumen las riquezas Tomo Primero o o o o o o

Al congreso nacional de las Españas Prólogo del traductor Advertencia Prólogo Discurso preliminar del autor Libro I De la producción de las riquezas §

Capítulo I Qué lo que debe entenderse por producción

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Capítulo II De las diferentes especies de industria, y cómo concurren a la producción

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Capítulo III Qué cosa sea un capital productivo, y de qué modo concurren los capitales a la producción

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Capítulo IV De los agentes naturales que sirven para la producción de las riquezas, y particularmente de los terrazgos

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Capítulo V De qué modo se reúnen la industria, los capitales y los agentes naturales para producir

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Capítulo VI De las operaciones comunes a todas las industrias

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Capítulo VII Del trabajo del hombre, del trabajo de la naturaleza y del de las maquinas

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Capítulo VIII De las ventajas, inconvenientes y límites que se encuentran en la separación del trabajo

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Capítulo IX De los diferentes modos de ejercer la industria comercial, y cómo concurren, a la producción

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Capítulo X Qué transformaciones padecen los capitales en el curso de la producción

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Capítulo XI De qué modo se forman y se multiplican los capitales

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Capítulo XII De los capitales improductivos

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Capítulo XIII De los productos inmateriales, o de los valores que se consumen en el momento de su producción

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Capítulo XIV Del derecho de propiedad

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Capítulo XV De las salidas

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Capítulo XVI Qué ventajas resultan de la actividad de circulación del dinero y de las mercancías

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Capítulo XVII De los efectos de los reglamentos del gobierno que tienen por objeto influir en la producción

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Capítulo XVIII Si el gobierno aumenta la riqueza nacional, haciéndose él mismo productor

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Capítulo XIX De las Colonias y de sus productos

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Capítulo XX De los viajes y de la expatriación con respecto a la riqueza nacional

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Capítulo XXI De la naturaleza y uso de las Monedas

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Capítulo XXII De los signos representativos de la moneda

o

Tabla analítica De los capítulos y de las principales materias que contiene este tomo

Al congreso nacional de las Españas SEÑOR. El Profesor Juan Bautista Say dedicó su obra al Autócrata de todas las Rusias, para mostrarle su gratitud porque había cooperado, eficazmente a la feliz restaura de la Francia. Yo, presento la traducción de esta misma obra al AUGUSTO CONGRESO DE LAS ESPAÑAS, como un testimonio de mi agradecimiento. particular por la sabia y generosa resolución. con que se ha servido echar un velo sobre los tristes acaecimientos que obligaron a millares de familias españolas a buscar un asilo en la patria de Say. El CONGRESO ha identificado los intereses de estas familias con los de la nación; y la presente legislatura será el objeto de las bendiciones de todas ellas, y de su mas remota posteridad. Alcalá de Henares 25 de Setiembre de 1820. Señor. Juan Sánchez Rivera.

Prólogo del traductor No habría cosa mas fácil que escribir muchos pliegos en elogio y recomendación del nuevo tratado de Economía política del caballero Juan Bautista Say, y para demostrar la necesidad del estudio de esta ciencia. Pero considerándose ya cómo clásica en todos los países de Europa la obra de Mr. Say, y habiéndose adoptado en ellos para la enseñanza de un ramo del saber, que por desgracia de la humanidad se ha cultivado muy poco hasta estos últimos tiempos, basta esta aprobación y consentimiento universal de las naciones europas para dar el primer lugar al tratado, cuya traducción, se presenta al público español, y para excusar todo lo que se pudiera decir con el objeto, de realzar su mérito. ¡Cuántos errores! ¡cuántas calamidades se habrían evitado a los pueblos, si los que han estado hasta ahora encargados de su gobierno, hubiesen meditado y aplicado a la práctica los principios invariables y eternos de la importantísima ciencia de la Economía política! ¿Cuánto honor resulta a nuestra nación, y cuánta felicidad debemos prometernos para nosotros mismos, y aun más para nuestros hijos, de un gran número de leyes y

disposiciones de la legislatura española de 1820 fundadas todas en las ideas luminosas de Say, Smith, Ricardo, Steuard, Filangieri, Becaria y otros escritores célebres que han consagrado sus talentos a ilustrar esta parte esencial de los conocimientos humanos! Bien podemos asegurar que todo estaba por hacer en nuestra desgraciada patria, y que casi todo lo que se ha hecho para su prosperidad en aquella legislatura es el resultado de la ilustración de varios Diputados en las difíciles y delicadas teorías de la de la Economía política. ¿Con cuánta satisfacción hemos visto que si alguno, menos versado en esta ciencia, proponía una medida contraria a sus verdaderos principios, aunque dictada por el más puro patriotismo, era al momento refutada victoriosamente por un orador no menos patriota, pero más instruido y se decidía en consecuencia lo que reclamaba el interés nacional! Algún pueblo de Europa ha visto con asombro, y quizá con envidia, que no son desconocidas en España las ciencias de la legislación y Economía política que se creían patrimonio exclusivo de ciertas naciones más afortunadas que la nuestra, en el sistema de gobierno: y las actas de las Cortes celebradas en 1820 son un testimonio irrefragable de que a pesar de los poderosos obstáculos que oponían a nuestra ilustración las bárbaras instituciones de nuestros antepasados, había no pocos Españoles que en el silencio de sus gabinetes cultivaban con fruto los conocimientos que tienen por objeto la utilidad pública. El Congreso nacional, que ha hecho un uso tan ventajoso de la Economía política, y cuyos buenos efectos hemos empezado ya a experimentar, ha querido que se generalice en España el estudio de esta ciencia, estableciendo cátedras para su enseñanza en todas las Universidades del reino, en las cuales sin duda alguna se explicará el texto de la obra de Mr. Say; y esta determinación que bastaría por sí sola para dar una alta idea del juicio sólido y de la gran sabiduría de sus autores, es al mismo tiempo la prueba mas convincente de la utilidad, o por mejor decir, de la necesidad del estudio de la Economía política. Acerca de las innovaciones hechas por Mr. Say en esta última edición, es necesario prevenir que son en mucho mayor número que las que se indican en la advertencia siguiente, y que apenas hay capítulo que, si se coteja con las tres ediciones anteriores, no ofrezca mejoras muy considerables. Así pues, se anuncia como nueva esta traducción, porque en efecto el original se diferencia esencialmente de la obra que el autor había publicado por tres veces con el mismo título. Se ha puesto particular cuidado en no decir en ella más ni menos de lo que dijo Mr. Say. Se ha hecho una traducción exacta, y si se quiere, literal, porque ha parecido que no debe hacerse de otro modo la traducción de una obra didáctica, con tal que se eviten los modismos de la lengua traducida; y porque enseña la experiencia que la libertad del traductor empieza demasiado frecuentemente donde acaba la inteligencia del texto original.

Advertencia A la tercera edición que precede La primera edición de esta obra se publicó en 1803. El autor ejercía entonces unas funciones que podían llegar a ser de mucho influjo (las de Tribuno). No tardó en advertir que el objeto del gobierno no era trabajar de buena fe por la pacificación de Europa, y por la felicidad de la nación francesa, sino por un engrandecimiento personal y vano, en gran manera insensato, puesto que debía acarrear la humillación y la ruina. Las formas de libertad que se conservaban, el respeto que se proclamaba a los derechos de la nación y de la humanidad, eran una apariencia destinada a embaucar la parte del público que no reflexiona. Los hombres a quienes no se podía engañar, y que no están sujetos a la venalidad, eran contenidos por una administración activa, apoyada en la fuerza militar. Sintiéndose el autor demasiado débil para oponerse a semejante usurpación, y no queriendo prestarse a ella, hubo de retirarse de la tribuna; y revistiendo sus ideas de fórmulas generales, escribió verdades que pudiesen ser útiles en todo tiempo y en todo país. Tal fue el origen de su tratado de Economía política. Después de haber trabajado en él tres o cuatro años, no había hecho el autor más que recoger los materiales de una obra útil; y entretanto el despotismo, enemigo nato de la sana razón, continuaba su marcha espantosa. Adquiriendo diariamente una policía inquieta algunos de los derechos que perdía la libertad, se veía acercarse de nuevo, y bajo otras formas, aquella época de terror en que el filósofo pacífico y amante del bien estaba expuesto a ser asaltado en su domicilio, y a ver cogidos y dispersados sus manuscritos, frutos penosos de sus tareas. El autor salvó el suyo por medio de la impresión, a pesar de lo imperfecto que estaba, aprovechándose de este recurso antes que se acabase la facultad de usar de él. Excluyósele del Tribunado; y al mismo tiempo, por una contradicción que solo admirará a los que no han estudiado bastante a los hombres ni sepan las variaciones que traen consigo las diferentes épocas, se le confirió un empleo lucrativo. Mas no teniendo poder para variar los principios de la administración, ni voluntad de ser instrumento de desastres, hizo dimisión de él, y resolvió tratar de hacer en un círculo limitado el bien que ya no había esperanza de hacer en grande. Estableció pues en un lugarejo, distante cincuenta leguas de París, una fábrica en que hallaron ocupación cuatrocientos obreros que por la mayor parte eran mujeres y niños, y en pocos años tuvo la satisfacción de ver que la industria y el bien estar animaban unos campos donde por espacio de muchos siglos no se había conocido, gracias al régimen feudal y monacal, mas que la mendicidad y la miseria. Empleó los ratos ociosos en perfeccionar este libro, cuya adquisición se había hecho ya muy difícil; y de este modo combinaba a un mismo tiempo la teórica con la práctica. En fin se aprovechó de la especie de libertad que se siguió a la entrada en Francia de los ejércitos de la Europa entera, para presentar la segunda edición de esta obra, mucho menos imperfecta que la primera. El tratado de Economía política se

publica hoy con nuevas e importantes correcciones en que el autor ha hecho uso de las conferencias que ha tenido con los hombres más distinguidos de Francia e Inglaterra1 . Sobre esta cuarta edición El autor ha hecho en esta cuarta edición nuevas correcciones, entre las cuales hay algunas importantes, como se puede ver leyendo los capítulos 7, 10, 15, 17 y 21 del libro II.º, y particularmente las nuevas explicaciones que se hacen sobre la balanza del comercio de granos, la naturaleza y uso de las monedas. Los cinco primeros capítulos del libro II.º se han refundido casi enteramente y presentan una teoría completa de los valores y de su distribución en la sociedad, bajo la forma de rentas. Los capítulos 2, 3, 6 y 8 del libro III.º contienen adiciones importantes. En fin, como la obra sirve actualmente de base a la enseñanza de la Economía política en todos los países en que se profesa esta ciencia, se ha visto precisado el autor a ilustrar, corroborar y completar la exposición de los principios que se hallan resumidos en su Epítome. Ha corregido lo que se había considerado como defectuoso, y ha presentado bajo un nuevo aspecto lo que se había impugnado por no haberlo comprehendido bien. Un tratado de Economía política no debe contener ninguna cosa vaga y dudosa: es necesario que todos los que le estudien con la atención que exige la importancia de la materia, encuentren en él los medios de resolver todas las dificultades que ofrece su estudio, por delicadas y espinosas que sean. Sólo el tiempo podrá dar a entender lo que deja que desear mi obra en este punto.

Prólogo Que puso D. Manuel María Gutiérrez, catedrático de Economía política y de comercio en la ciudad de Málaga, a su traducción, impresa y publicada en Madrid el año de 1817

La obra que ofrecemos al público es la mejor apología de la libertad: no de la libertad ciega y destructora, que no es otra cosa que el absurdo despotismo de una multitud insensata, sino de aquella libertad ilustrada y juiciosa que afianza la posesión de las propiedades, favorece el completo ejercicio de la industria, y estimula los talentos. La primera edición de esta obra apreciable se publicó en París en el año de 1803, y fue tal la estimación que mereció en toda Europa, que en pocos días no se hallaba un ejemplar. Sin embargo era de desear que el autor la limase y se tomase la molestia de hacer algunas aplicaciones de sus principios, que no están al alcance de todos; pero cambió de tal modo el sistema político de la Europa, y tomó tal dirección el gobierno de Francia, que se hizo ya imposible la segunda edición, porque hubiera sido la sátira más fuerte de todo lo que hacía, y de todo lo que meditaba. ¿Cómo hubiera podido Say hablar

de la inviolabilidad del derecho de propiedad, cuando el gobierno aspiraba a ser el único propietario: de las ventajas de la industria, cuando arruinaba todos los ramos de ella: de la utilidad del comercio, cuando quería ser el único comerciante: de la blandura y suavidad con que deben recaudarse los fondos públicos, cuando toda especie de administración había tomado el violento carácter de un despotismo militar? Cada línea, cada palabra habría sido una tacha que el gobierno hubiera recibido como un ultraje, y nadie tenía menos libertad que el autor para decirle la verdad, porque nadie se había prestado menos que él a las injusticias de un gobierno, arbitrario. Ya en el Tribunado había sufrido la honrosa proscripción que otros muchos, por haber resistido, a traficar con su conciencia, y recibido con desdén los empleos lucrativos con que se había intentado empeñarle, no ya al silencio, pues éste se le imponía con armas muy diferentes, sino a una participación personal, que se hubiera mirado como una aprobación tácita. Retirado a uno de los departamentos de Francia se ocupaba en aplicar en algunas fábricas particulares los hermosos principios que había expuesto y analizado en su obra; y, desde allí observaba los infaustos efectos de la política que invadía la Europa, los cuales no podían serle equívocos, pues tocaba de muy cerca su funesta reacción en el comercio e industria francesa: veía cada día, nuevas pruebas y confirmaciones de sus principios en este grande atentado contra la felicidad y civilización del género humano. Más luego que la Francia y toda la Europa ha tenido la dicha de recobrar su libertad, y es ya permitido al hombre pensar y escribir sobre estas materias, el autor se ha apresurado a publicar la segunda edición de su obra en otro orden muy diferente, la cual es el fruto de doce años continuos de meditación y aplicación; y así podemos asegurar que no es una nueva edición de su tratado, sino mas bien un tratado nuevo de Economía política, en que va de concierto el método de la rigurosa análisis, y la aplicación de las verdades que descubre. Tal vez se echará de menos en este prólogo lo que es tan común en casi todos; pero nos hemos propuesto dar a conocer a un mismo tiempo la utilidad de esta obra en general y las modificaciones y aplicaciones que la hacen tan superior a la primera. Deseamos que el lector vaya siempre guiado del método que ha adoptado Say, y conozca el enlace y la conexión natural de las ideas, para lo cual nos hemos propuesto hacer un extracto de su nuevo tratado, tomado de los papeles franceses, el cual presentará el verdadero espíritu del autor. Pero como este libro está escrito no solo para aquellos que conocen y poseen profundamente la materia, sino también para los que no están aun iniciados en ella, y que conviene que la entiendan, porque estos conocimientos son útiles a todos; nos ha parecido que antes de comenzar a hacer el extracto, era indispensable exponer brevemente y sin desviarnos del autor, lo que constituye la ciencia de la Economía política: cuál ha sido su origen, y cuáles sus progresos. Esta exposición es como una justificación que se ha hecho necesaria en nuestros días, habiendo todavía algunos que intentan persuadir que la ciencia de la Economía política es una mera abstracción del espíritu, o una especulación casi inútil y en lo cual acaso estén de acuerdo con sus intereses, pues quisieran tenerla

sepultada en el olvido, para que los pueblos no llegasen a sospechar siquie ra de su existencia. Al examinar el estado de pobreza o de riqueza, de felicidad o de miseria de diferentes pueblos sujetos casi a una misma forma de gobierno, ocurre naturalmente esta dificultad: ¿de dónde provienen estas diferencias? ¿cuáles podrán ser las causas, siendo la legislación una misma? Examen que interesa tanto, como que puede depender de él la suerte de las naciones. ¿Por qué, por ejemplo, esa Polonia, cuyo suelo feraz produce trigo en cantidad tan inmensa, que vende a la Holanda por valor de dos millones de pesos fuertes cada año, es tan miserable, al paso que la Holanda, cuya población era mayor que la que podía contener su territorio antes de su última opresión, es uno de los países más opulentos del mundo? Preciso es que estas diferencias tan sensibles sean el efecto infalible de causas que no conocemos. Por otra parte vemos una nación en que prosperan diversos ramos de industria: adopta su gobierno una medida de administración que a primera vista nos parece que no puede influir directamente en ninguno de ellos; y sin embargo en muy poco tiempo, se extenúa y aniquila. ¿Cómo habrán podido producir una reacción tan funesta algunos reglamentos adoptados quizás con las mejores intenciones? En otras circunstancias no son dictados estos reglamentos por un espíritu de beneficencia, sino de despotismo. Entonces pierde el fisco, y la nación se arruina. ¿Mas cómo podrán explicarse estas consecuencias del sistema fiscal? Como preverlas? Sobre todo, ¿cómo reparar los males que causan? Este es cabalmente el fin y blanco de la Economía política. Mas todos estos problemas no son fáciles de resolver; pues como se deja conocer a primera vista, son complicados, y su solución depende de otros muchos elementos a los cuales es preciso subir, estudiarlos, determinarlos no ya especulativamente, sino por medio de la observación: saber lo que constituye la riqueza de una nación, o lo que generalmente debe entenderse por riqueza y valor en un pueblo civilizado: cómo se forman estos valores y riquezas: si las ha creado todas la mano de la naturaleza o si la industria es necesaria para producirlas; en cuyo caso como concurre ésta a la obra de la producción: cómo se distribuyen estas riquezas entre los labradores, los propietarios, los comerciantes y las demás clases del estado, y finalmente, cómo se consumen, y cuáles son los efectos de este consumo. Solamente después de haber estudiado todos estos fenómenos, es cuando ya podremos elevarnos al importantísimo examen de las diversas instituciones sociales que influyen en la prosperidad pública, como el sistema de las monedas, de administración y de impuestos, que son como otras tantas fuerzas que detienen, aflojan o aceleran el movimiento de los fenómenos generales de la producción. Este es cabalmente el plan del tratado de Economía política que ofrecemos. Mas en él, así como en todas las ciencias físicas (porque la Economía política debe mirarse en adelante como una de estas ciencias), se presentan dos grandes caminos en dirección encontrada, a los que el hombre puede ciegamente precipitarse: uno de ellos es el que siguió Descartes en el estudio de la física, y Quesnay y Turgot en la ciencia de que hablamos, el cual consiste en elevarse a los primeros principios de las cosas, y formarse por intuición una primera idea de ellos, y volver después a descender de estos principios sistemáticos; para aplicarlos en la práctica. No hay duda que si fuera fácil conocer los principios de las cosas, sería este método no solo el más exacto, sino también el mas

halagüeño; pero entre todos lo s oficios que podemos conocer por medio de los fenómenos de la naturaleza y de sus efectos ¿es acaso probable que se llegue a comprehender el principio mas general? Y la dificultad es mayor a proporción que son mas compuestos los fenómenos que estudiamos; y finalmente, se puede concebir tal grado de composición que sea, por decirlo así, infinito, como es por lo común el del error. Además este método nada bueno ha producido en las ciencias físicas, ni de consiguiente podrá producirlo en la Economía política, cuyos fenómenos son por lo menos tan compuestos como los de aquellas ciencias. Entre todos los economistas que han seguido este método sistemático, hemos citado de intento la obra de Turgot acerca de la formación de las riquezas; porque el juicio que formó de ella Say, pareció a algunos demasiado severo, siendo por el contrario muy justo. Despojemos por un momento esta obra de su celebridad; ¿qué vemos en ella? Un escritor que estudia el origen de las sociedades humanas: que explica cómo pudieron y debieron formarse y distribuirse las riquezas, y en qué consistían éstas: cuáles han debido ser sus aumentos progresivos; y finalmente, cómo los hombres han podido reunirse en estas grandes sociedades en que hoy viven. ¿Pero acaso es posible descubrir el camino torcido del espíritu humano, por medio del tenebroso velo de tantos siglos, y entre tantas modificaciones y diferencias que se notan en los hombres, por la variedad de sus gobiernos, religión, costumbres, idiomas y revoluciones de los estados? Qué extraño es que partiendo Quesnay y los partidarios de su sistema de unos principios tan dudosos y arbitrarios, hayan ido a parar a esas consecuencias erróneas desmentidas por la experiencia, como es entre otras muchas, por ejemplo ésta, que la tierra es el único manantial de las riquezas, y que debe recaer en ella todo el impuesto, porque de este modo alcanza a toda especie de producción; como si la industria del hombre no añadiese un valor real de utilidad a las producciones de la tierra, y como si los demás agentes naturales, como los vientos, las aguas, y aun el mismo fuego, no fuesen en sus manos como otros tantos manantiales de riqueza y prosperidad? El otro camino que el hombre puede seguir para llegar a descubrir la verdad en estas ciencias, es precisamente contrario al anterior. Parte de los fenómenos compuestos que le da a conocer la experiencia, y que adopta, tales cuales son, no ficticia sino realmente: los descompone después; estudia todas sus circunstancias, y las relaciones que tienen con otros más generales, y por decirlo así, más abstractos, y pasa después, a descomponer estos nuevos hechos, para unir unos con otros, y reducirlos a un corto número. Entonces, volviendo atrás, como hace la araña, que después de haber tejido su tela, quiere asegurarse de su solidez, vuelve a componer estos principios generales para ver si producen los mismos fenómenos, y por qué conexión los reproducen; y de este modo llega a descubrir sus relaciones naturales y su reacción recíproca: entonces puede clasificarlos con toda seguridad, examinarlos por donde se debe, y finalmente predecirlos, que es en lo que consiste el carácter de la verdadera ciencia. Este es el mismo camino que siguió Newton en el estudio de la física, y el que después de él siguieron todos los sabios, y al mismo deben las ciencias todas sus grandes verdades, y ese carácter majestuoso de invención, y de progresión rápida que tienen hoy. Es el mismo camino que siguió el célebre Adan Smith, el verdadero creador de la Economía política, y es así mismo el del autor de la obra que ofrecemos.

Mr. Say expone en su discurso preliminar con tanta imparcialidad como juicio las verdades que se deben a Smith, las que no conoció, y finalmente hace justicia su mérito. En 1776 Adan Smith, discípulo de aquella escuela escocesa, que ha dado tantos literatos, historiadores, filósofos y sabios de primer orden, publicó su obra intitulada: Examen sobre la naturaleza y causas de las riquezas de las naciones. Demostró en ella, que la riqueza consistía en el valor permutable de las cosas: que una nación por consiguiente era tanto más rica, cuando poseía más valores o efectos de valor; y como quiera que una materia sin valor podía recibirlo o aumentarse el que tenía, la riqueza también podía crearse, fijarse en cosas que antes no tuviesen valor, conservarse en ellas, acumularse destruirse. Pasando a examinar qué es lo que da valor a las cosas, encuentra que es el trabajo del hombre, pero al cual hubiera debido llamarle industria. Porque esta palabra abraza partes que no comprehende de ningún modo la otra. De esta demostración fecunda en resultados, deduce muchas e importantes consecuencias sobre las causas que perjudican a la multiplicación de las riquezas cabalmente porque perjudican al ejercicio y desarrollo de las facultades productivas del trabajo; y como son consecuencias naturales de un principio evidente, ninguno se ha atrevido a atacarlas, sino aquellas personas ligeras que no han podido nunca percibir el grado de evidencia de este principio, o aquellos espíritus naturalmente falsos, e incapaces de consiguiente de percibir la relación y enlace de dos ideas. La lectura atenta de la obra de Smith nos da a conocer que antes de él no había idea de la Economía política. Presupuestos sus principios, es claro que el oro y la plata acuñados no son más que una porción pequeña de nuestras riquezas, y en verdad poco importante, así porque es poco susceptible de aumento, como porque los usos que tiene, se pueden reemplazar por otras muchas cosas igualmente preciosas. De este principio se deduce naturalmente otra consecuencia no menos importante, y es, que así la sociedad entera, como los miembros de ella, no pueden tener nunca interés en procurarse más metal acuñado que el preciso para satisfacer sus necesidades más urgentes. Así Smith es el primero que se ha puesto en camino de poder designar en toda su extensión las verdaderas funciones de la moneda en la sociedad; y no hay duda que son muy importantes en la práctica las oportunas aplicaciones que ha hecho de ella a las cédulas de banco y al papel- moneda. Por medio de estas aplicaciones ha probado que no consiste un capital productivo en una suma de dinero, sino en el valor de aquellas cosas que se compran con esta suma. Clasifica y analiza todos los efectos que componen los capitales productivos de la sociedad, y da a conocer sus verdaderos usos. Antes de Smith se habían ya fijado en repetidas ocasiones algunos principios muy verdaderos; pero el mérito de Smith consiste en habernos dado la razón por qué lo eran. Todavía hizo más: nos enseñó el verdadero método de descubrir los errores: aplicó a la Economía política el nuevo método de estudiar y tratar las ciencias, no como

comúnmente se hace, esto es, no examinando sus principios de un modo vago y abstracto; sino subiendo de los hechos mejor observados y más constantes, a las causas de ellos, las cuales se descubren únicamente por medio del riguroso raciocinio, y no ya por simples presunciones, único camino de hallar la verdad, y de notar la relación natural que hay entre las cosas. De que un hecho pueda ser efecto de tal causa determinada, el espíritu de sistema fija esta causa; mas el espíritu de análisis pasa mas adelante: no se contenta con presumir que lo ha producido; estudia la conexión de la causa con el efecto: examina el por qué le ha producido, y no se detiene en sus investigaciones hasta asegurarse de que están tan estrechamente unidos, que no ha podido producirlo otra causa; de modo, que la obra de Smith es una cadena de demostraciones que ha elevado muchas proposiciones a la clase de principios incontestables, sepultando otras infinitas en aquel olvido perpetuo en que al fin vienen a parar todos los sistemas, las ideas vagas y los delirios de la imaginación, después de haber forcejeado y resistido algún tiempo, antes de desaparecer para siempre. Aquí Mr. Say indica muchos de los errores en que incurrió Smith, los cuales participan también, de la clase de aquellos que han producido las ideas sistemáticas: advierte todas las imperfecciones de su obra, y lo que la falta para ser completa, que es lo mismo que trazar el plan de su propio libro. Después de haber manifestado el fin a que éste se dirige, hace ver las utilidades que debe producir, así al gobierno, como a los particulares, la Economía política considerada como una ciencia de aplicación. Al paso, dice, que estas aplicaciones se hagan mas fáciles y comunes, o en otros términos, al paso que se vaya conociendo mejor el orden natural de las cosas, se irán deduciendo también muchas reglas acertadas de conducta, y se podrá caminar con paso mas firme hacia la prosperidad y felicidad, que son los verdaderos fines del arte social. Aunque muchas naciones de la Europa se hallen al parecer en un estado muy floreciente y empleen mil cuatrocientos o mil quinientos millones de francos, solo para las necesidades públicas, no por eso debe creerse que sean las más felices, aunque ellas mismas digan que lo son. El rico Sibarita que ya habita en su palacio, ya en su quinta de recreo, como más acomoda a su gusto, y que tanto en uno como en otro, a costa de inmensos gastos, nada en los placeres e invenciones de la sensualidad, y se transporta cómodamente y con celeridad adonde quiera que le convidan nuevos caprichos, disponiendo de los brazos, y del talento de un sin número de criados y aduladores y matando en una carrera dos tiros de caballos, solo por contentar un antojo; éste repito, podrá decir y aun creer que el orden de las cosas es bastante bueno, y que la Economía política ha llegado a su mayor perfección. Pero en los países que tenemos por más florecientes ¿cuántas serán las personas que podrán disfrutar semejantes regalos? Una a lo más de cien mil, y quizás no habrá una de mil que tenga lo que se llama un bien estar. Adonde quiera que volvamos la vista, veremos la extenuación de la miseria, al lado de la robustez de la opulencia: el trabajo forzado de los unos compensan la ociosidad de los otros: las infelices chozas, al lado de las soberbias columnatas: los andrajos de la pobreza entre todas las señales del lujo: en una palabra, las profusiones más inútiles, en medio de las necesidades más precisas.

Y a la verdad, si la Economía política da a conocer los manantiales de las riquezas: si descubre los medios de multiplicarlas, y enseña por último el arte de producirlas, sin apurarlas nunca: si prueba que la población puede ser a un mismo tiempo más numerosa e incomparablemente mejor provista de los bienes de este mundo: si resulta de todas sus demostraciones que un sin número de males para los cuales creíamos no haber remedio, son por el contrario muy fáciles de curar, y que si los hay es porque nosotros los queremos, o incautamente los promovemos, no quedará ya duda que, hay muy pocas ciencias cuyo estudio sea más importante y más digno de un corazón noble y de un espíritu elevado, que el de la Economía política. Indicado ya el camino nuevo y experimental que Say ha seguido en todo su tratado, le acompañaremos en él, y de este modo sabremos a qué término le conduce. Los economistas y Turgot habían, sentado este principio: que toda riqueza proviene originariamente de la tierra. Smith, por el contrario, que provenía del trabajo. Mr. Say prescinde de todo sistema, y guiado por la sola observación, comienza examinando qué es lo que debe entenderse por riqueza, no en el estado de naturaleza ni en el estado salvaje ni en ningún otro hipotético, los cuales no tienen ningún punto de contacto con nosotros, sino en el estado real y presente en que están hoy las naciones civilizadas, porque no escribe para las poblaciones bárbaras de las costas de África, o de la nueva Holanda, sino para los europeos. Examinando pues, esta sociedad, y entendiendo por esta voz todas las naciones cultas que pueden comunicar libremente entre sí, considera el país que cada una habita por lo que es realmente esto es, por un vasto mercado donde a cada instante y de mil maneras, se cambian todas las cosas que pueden ser útiles al hombre, y que de consiguiente puede éste apetecer. Esta cualidad que tienen las cosas de poder aplicarse a los usos del hombre, y por la cual son apetecidas, buscadas y cambiadas por otras, es lo que constituye su valor, el cual no es absoluto, sino variable a proporción de la estimación que se le da. La suma de todos estos valores compone lo que él llama la riqueza; y la valuación de estas riquezas apreciada en dinero, llama su precio. Por esta definición tan sencilla, que abraza todos los casos útiles, se viene ya en conocimiento, que la tierra es un manantial de riquezas, pues que nos da con admirable profusión tantos y tan variados productos: que pudiendo nosotros emplear para la obra de la producción los agentes naturales, como el agua, el fuego y el aire, son estos también otros manantiales de riquezas; y finalmente, que la industria del hombre que fuerza a la tierra a que le de con mas abundancia y perfección sus productos, y a los cuales aumenta su valor por medio de distintas formas, y que se aprovecha de los agentes naturales sujetándolos a su servicio, es así mismo un tercer manantial de riquezas, comparable a los otros dos; de modo que no hay en el mundo ninguna especie de valor producido que no se refiera a uno de estos principios de producción, y no hipotéticamente, sino en todo rigor de verdad. Sin embargo, examinando atentamente el estado actual de las naciones civilizadas, todavía descubrimos en ellas un manantial secundario de las riquezas, que bien que en su

origen hay sido un efecto necesario de los tres principales, tiene empero en sus aplicaciones algunos efectos tan inmediatos y peculiares, que será útil y aun necesario examinarle, como enteramente distinto. Este manantial es lo que llama el autor capitales acumulados. A la verdad, que sería muy difícil indicar la sucesión lenta y progresiva por la cual han llagado todas las naciones civilizadas a adquirir el capital que tienen acumulado en herramientas e instrumentos necesarios para ejercer sus diferentes artes y oficios: en la anticipación de los productos indispensables para alimentar al obrero hasta haber concluido su trabajo en la obra de la producción; y finalmente, en las primeras materias o en las laboreadas parcialmente, y que su industria debe convertir en productos completos. Mas sea el que quiera el origen primitivo de todas estas cosas, y el modo con que se hayan acumulado, ello es cierto, que son otros tantos agentes de producción, tan reales y tan inmediatamente disponibles, como la tierra y demás agentes naturales. El valor de todas estas cosas compone lo que Mr. Say llama un capital productivo. En este número comprehende todas las obras y mejoras que se hacen en una tierra, y aumentan su producto anual; el valor de las bestias y ganados, de los molinos, obras y fábricas, que son como otras tantas especies de máquinas propias para la industria; y finalmente, las monedas que son también un capital productivo, siempre que sirven para los cambios, sin los cuales no podía verificarse fácilmente la producción. Semejantes, dice el autor, al aceite que suaviza los movimientos de una máquina muy compuesta, facilitan las monedas las operaciones de la industria, que no podrían ejecutarse sin ellas, cuando se derrama, por decirlo así, por todas sus ruedas, y así como el aceite en las ruedas de una máquina sin uso, es absolutamente inútil, así también el oro y la plata dejan de ser productivos, luego que no los emplea la industria; y esto mismo sucede con todos los demás instrumentos de que ella se sirve. Sería pues un grande error el creer que el capital de la sociedad consiste solamente en su moneda. El comerciante, el fabricante, el labrador, no poseen, por lo regular bajo la forma de mo neda más que una parte, la más pequeña del valor que compone su capital, la cual con respecto a sus demás valores, es tanto menor, cuanto más próspera su empresa. Si fuere un comerciante, sus fondos consistirán en mercaderías que se transportan por mar o por tierra y en almacenes establecidos en diversas partes: si un fabricante, consistirán principalmente en primeras materias, más o menos adelantadas por la industria, en herramientas, instrumentos y provisiones para sus obreros: finalmente, si es un labrador, estarán sus capitales bajo la forma de granjas, de animales de labor, de ganados de cercas, &c. porque todos huyen de conservar más dinero que el preciso para los usos comunes. Lo que es cierto, respecto de un individuo o de dos tres o cuatro, lo es también respecto de toda una nación. El capital de ésta se compone de todos los capitales de los particulares, y cuanto mas industriosa y floreciente es, tanto menor es su capital en dinero, comparado con la suma restante de sus capitales. Necker valúa en dos mil doscientos millones de libras tornesas el valor del numerario que circulaba en Francia hacia el año de 1784; valuación que parece muy exagerada, por ciertas razones que no son propias de este lugar. Pero si se estimase el valor de todas las obras, cercas, animales, fábricas, ingenios, barcos, mercaderías y provisiones de toda especie pertenecientes a franceses o a su gobierno, así en Francia como fuera de ella, y se agregase el de los

muebles, adornos, joyas, alhajas de oro y plata, y todos los efectos de lujo o de comodidad que poseían en la misma época, se vería ciertamente que los dos mil doscientos millones de numerario eran una cantidad bastante corta, comparada con el valor de todas estas cosas. Becke, uno de los autores que han escrito últimamente sobre esta materia, y cuyos cálculos están muy bien fundados, valúa la suma total de los capitales de la Inglaterra en dos mil trescientos millones de libras esterlinas (más de cincuenta y cinco mil millones de francos) y el valor total del numerario que circula en la misma nación, según aquellos que mas le han exagerado, no pasa de cuarenta y siete millones de libras esterlinas; esto es, de una quincenagésima parte de su capital poco más o menos. Smith valúa todo el numerario en diez y ocho millones, lo cual no es ni aun la 127.ª parte de su capital. Hemos trasladado de intento todo este pasaje a la letra, porque después tiene una aplicación muy importante en lo que comúnmente se llama balanza del comercio. Después de haber examinado en general los diversos manantiales que sirven para la producción de las riquezas, se detiene el autor en el examen particular de todos ellos y determina la influencia que cada uno tiene. Comienza por la acción de los agentes naturales, y particularmente de los fondos en tierras: examina después cómo la industria y los capitales se juntan con los agente naturales para desenvolver y mantener la producción, con cuyo motivo caracteriza las operaciones generales y comunes a todas las clases de industria, consideradas ya como aisladas, ya como hermanadas para la creación de unos mismos productos, cuya indagación es la mas importante para poder determinar el modo de dirigirlas como lo hace después; y finalmente, examina, cómo concurren a la producción el trabajo del hombre, el de la naturaleza y el de las máquinas. Esto le conduce naturalmente a hablar de la división del trabajo, y manifestar, como esta división aumenta, los productos con unos mismos gastos de producción, mediante el uso mejor, combinado y dirigido de las fuerzas de la industria y de los conocimientos del hombre. Pero al mismo tiempo que indica y desmenuza todas las utilidades de esta división, manifiesta también, sus verdaderos límites, y los males inevitables, que acarrean. Sucede en esta materia como en otras muc has, que el bien público exige imperiosamente que: el gobierno se desentienda de algunos males parciales y pasajeros. Pero no hasta concebir una población activa e industriosa empleada con utilidad y conocimiento en la importante obra de la producción; es menester además, como nos lo enseña la experiencia y la razón, que una parte de la población se ocupe en transportar los productos a todos los puntos del reino, a fin de establecer y multiplicar entre los productores los cambios recíprocos, que son tan indispensables para que cada productor se provea con los productos de su propia creación, de otros que no produce y que necesita para su consumo. Esta operación no la podrían hacer por sí mismos los productores; porque tendrían que perder mucho tiempo, abandonar su industria y precipitar los cambios con gran detrimento suyo. Este transporte de productos, o esta circulación necesaria y vital, por decirlo así, es el efecto de la industria mercantil, cuya utilidad no es como acabamos de ver, sino una consecuencia forzosa del principio de la división del trabajo. El comercio pues contribuye indirectamente a la producción en cuanto favorece al productor, y contribuye, también directamente en cuanto da a los productos de cada

industria local la especie de forma que necesitan, para que puedan consumirse donde no se producen: esta forma es el transporte. Generalizando después el examen de los medios que la industria y el comercio emplean para producir, el autor examina y señala el modo con que los capitales se transforman, durante la producción, para volver a aparecer bajo nuevas formas, así como el estiércol que ha servido de abono a una tierra, se muestra después bajo una forma diferente, o en los granos da una abundante cosecha. Después de haber examinado de un modo recíproco cómo y de qué manera se hace la producción, pasa naturalmente a inquirir cuáles son las causas generales que pueden facilitarla o entorpecerla. La primera y más importante de todas, porque sin ella no habría absolutamente industria, es el derecho de propiedad, el cual no le desenvuelve el autor como el filósofo especulativo, que sube hasta el origen de él, para conocer si es justo o no: no se desvía de su asunto, y fiel siempre al método de la observación y de la análisis que ha adoptado, considera este derecho como ya establecido en toda sociedad civilizada; y después de haber demostrado que es el estímulo más poderoso de toda clase de industria, porque es la garantía más segura de toda riqueza, recorre todos los casos en que un gobierno injusto e ignorante la viola de hecho, y cuáles son las consecuencias funestas e inevitables de estas violaciones, lo cual le conduce naturalmente a examinar las causas que pueden tener una reacción indirecta, abriendo o cerrando las salidas a los productos: manifiesta la razón por qué la civilización, la prudencia y moderación del gobierno facilitan y aceleran la producción, únicamente por la libertad que la dejan. En todo estado, dice los productores, las producciones y las salidas caminan siempre a la par, esto es, cuando más productores hay y más se multiplican las producciones, más fácil, variada y extensa es la salida; y por una consecuencia natural, valen más también los productos, porque la demanda sube los precios. Mas esta utilidad es el efecto de una producción verdadera, y no ya de una circulación forzada, porque un valor adquirido no se dobla por pasar de una mano a otra, ni tampoco porque lo recaude y gaste el gobierno, en vez de hacerlo, los particulares: el hombre que vive de las producciones de los demás no hace mayor la salida; se pone en lugar del productor, y como veremos después, con perjuicio muy sensible de la producción. Después de haber comprendido que la demanda de los productos en general, es tanto mayor cuanto es más activa la producción, verdad constante, a pesar de la apariencia que tiene de paradoja, no hay ya necesidad del fatigarnos para saber hacia qué ramo de industria será conveniente que se dirija la producción. Luego que se crean los productos, se demandan más o menos según los usos, costumbres, necesidades, y también según el estado de los capitales, de la industria y de los agentes naturales del país. Las mercaderías demandadas ofrecen por la concurrencia de los que la solicitan intereses más crecidos al capitalista, mayores gana ncias a los empresarios, y mejores salarios a los obreros; de consiguiente estas ventajas convidan y atraen a los medios de producción, y estos acuden naturalmente a este ramo de industria, con preferencia a todos los demás. En toda sociedad, ciudad, provincia o nación, que produce mucho, y donde el número de productos se aumenta cada día, casi todos los ramos de comercio, de fábrica y de industria, ofrecen grandes ganancias, porque deben ser muchas las demandas, y hay siempre bastantes productos que sólo aguardan que les de salida el productor, para

pagarle sus servicios productivos. Por el contrario, en todo estado donde la producción es lenta y penosa, y no reemplaza nunca la cantidad de valores consumidos, las demandas disminuyen cada día: hay siempre más mercadería ofrecida, que vendida: se reducen las ganancias y los salarios: el empleo de los capitales, cualquiera que sea, es arriesgado: se empobrecen las familias opulentas, caso de tomar parte en las dilapidaciones públicas: las que tenían un bien estar, pasan a la miseria: la clase pobre que vivía de su trabajo, no gana más que un salario mezquino: no siempre encuentra obra: padece, sufre y se aniquila; y si por desgracia dura algún tiempo este lastimoso orden de cosas, la despoblación, la necesidad y la barbarie se substituyen a la abundancia y felicidad, a la cual puede llegar toda nación cuando lo quiere eficazmente. La Francia ha podido muy bien conocer esta miserable situación en el año de 1813. La industria estaba ya en tal agonía, y era tan arriesgada o tan poco lucrativa toda clase de empresas, que no se podían emplear los capitales con seguridad, y cuando encontraban la poca que entonces se podía ofrecer, era siempre por un interés muy bajo; y bien que esta circunstancia sea por lo regular una señal de prosperidad, lo era sin embargo de miseria, en el triste estado en que se hallaba la Francia. Después de haber desenvuelto las utilidades de una circulación activa, y manifestado las consecuencias funestas del sistema contrario, pasa sin dejar ningún vacío intermedio, a estudiar los efectos que producen todos aquellos reglamentos administrativos que se proponen intervenir en la producción. El capítulo en que trata de esta materia tan importante, es uno de los más completos de la obra; y si no estamos engañados, es también uno de los que suponen en el autor más conocimientos de administración y de comercio; y es de sentir que el hombre que ha sabido elevarse a ideas, tan sublimes, y que tiene miras tan vastas, no sea él mismo quien las ha ya de aplicar. El objeto de todos aquellos gobiernos que se empeñan en influir en la producción es o bien determinar la producción de ciertos productos, que creen más favorables que otros, o prescribir ciertos modos de producción que juzgan preferentes a otros. Los resultados de esta doble pretensión con respecto a la riqueza nacional se examinarán en los dos primeros párrafos de este capítulo. En los dos siguientes aplicaré los mismos principios a dos casos particulares; a saber, a las compañías privilegiadas, y al comercio de granos, tanto por su grande importancia, como porque este examen servirá también para corroborar los principios ya establecidos. Veremos de paso cuáles son las circunstancias en que la razón ordena desviarse algún tanto de los principios generales, porque los grandes males en materias de administración, no provienen por cierto de algunas excepciones juiciosas que de cuando en cuando se deben hacer de las reglas establecidas, sino de las ideas que se conciben equivocadamente de la naturaleza de las cosas, y de las reglas que se fijan con la misma equivocación; pues entonces se hace el mal en grande, se obra sistemáticamente, y sin razón, porque conviene saber que nadie tiene más sistemas que aquellos que más se precian de no tener ninguno. Los que más se lisonjean de principios prácticos, justificados por la observación y experiencia, comienzan estableciendo principios generales, y dicen y por ejemplo: debéis convenir con nosotros, que un particular no puede ganar sino lo que pierde otro, y que una nación no gana sino lo que otra ha perdido; ¿y qué es esto sino sistema? Y si falso

como es se sostiene todavía, es porque los que discurren así muy lejos de tener más conocimientos prácticos que los demás, ignoran absolutamente muchos hechos que hubieran debido tener en consideración para formar un juicio cabal. En este ejemplo, cualquiera que hubiese sabido lo que es producción, y tenido ideas exactas del modo, con que se verifica y cuáles son sus resultados, no hubiera aventurado nunca, como un princ ipio, semejante necedad. Al examinar la naturaleza de las causas que influyen más o menos, y según los varios tiempos y lugares en la extensión de la demanda de un producto determinado, el autor demuestra, que los esfuerzos de los gobiernos para cambiar el curso de la producción y de la industria, determinado irrevocablemente por el poder de las circunstancias, no pueden dejar de ser inútiles y funestos: se exalta contra todo sistema prohibitivo de industria interior, y manifiesta por medio de algunos ejemplos muy sencillos, que en esta materia deben los gobiernos sobreponerse a todos los clamores de la ignorancia, y desechar toda reclamación que se encamine a poner trabas a la industria, trayendo a la memoria que todos los progresos que ha hecho ésta en todos tiempos, se han denunciado, como peligrosos y perjudiciales, por aquella pequeña parte de la nación, que se creyó ofendida en sus intereses. Hablando el autor de la influencia de los reglamentos administrativos, no podía menos de refutar esa opinión famosa de la balanza del comercio, por la cual se pretende juzgar todos los años de la prosperidad de una nación, o del aumento y diminución de sus riquezas, mediante el saldo en dinero de sus cuentas con el extranjero, como si la plata y metales preciosos fuesen el único género que tuviese valor, o a cuyo valor debiera fijarse un precio; o como si este saldo en dinero fuese un regalo que hiciésemos al extranjero, y no el cambio de la plata, por otros géneros útiles, cuyo valor aunque se consume, no se reprodujese, y aumentase con más seguridad todavía que el de la plata. Armado del raciocinio y de la experiencia Mr. Say. echa por tierra, y desvanece para siempre esa opinión falsa y desastrosa, a la cual la habían ya hecho la justicia que merece el sabio Smith y otros muchos escritores de conocida reputación. Ciertamente se asombrarían de verla adoptada, por casi todos los gobiernos de Europa, y aun por esa administración tan decantada de la ilustrada Inglaterra, si no supiesen como cada día nos está enseñando la experiencia, que son muy pocos los que meditan sobre las verdades prácticas mas comunes, y que por lo regular, los hombres aun los más ilustrados, se dejan arrastrar del torrente de las opiniones de su siglo, y que el gobierno también, aun en aquellas naciones en que se sabe más, se ve muchas veces obligado a alagar las opiniones del pueblo, cuando conoce que pueden interesar a su seguridad y a su ambición. M. Say examina en este mismo capítulo los efectos que producen las trabas con que los gobiernos pretenden algunas veces entorpecer la producción: manifiesta la utilidad de esta intervención, los casos en que puede ser útil, y marca los límites mas allá, de los cuales no puede nunca pasar, sin ser opresiva y funesta: muestra los inconvenientes y utilidades de las compañías privilegiadas: fija los límites que deben tener los derechos de entrada, para que al mismo tiempo que se estimula, por medio del premio, la industria interior no tenga el consumidor que pagar al fabricante nacional, por efecto de una

prohibición arriesgada, una ganancia exorbitante e injusta y perjudicial a la producción. Finalmente, en el siguiente capítulo examina si el gobierno favorece a la producción, cuando él mismo se hace productor, y demuestra que no puede menos casi siempre de perjudicar por su concurso inmediato a la industria natural de la nación, mediante su gran crédito, su fuerza, y los recursos inmensos de que puede disponer; pero prueba al mismo tiempo, que favorecerá poderosamente al desarrollo y ejercicio de la producción, si multiplica en una proporción justa, con abundancia, pero sin lujo, todos aquellos medios que sirven para la comunicación de la riqueza y de las ideas, como son, los caminos, canales, museos, bibliotecas, y todos los demás establecimientos que sirven para propagar los conocimientos que contribuyen a la ilustración del hombre y prosperidad de las naciones. Me he olvidado, añade, de otro medio, por el cual puede el gobierno contribuir a aumentar momentáneamente las riquezas de su país, y consiste en despojar a las demás naciones de los muebles y alhajas que tienen y en imponerlas tributos enormes, para robarles aun lo que no tienen, como lo hicieron los romanos en los últimos períodos de la república, y en tiempo de los primeros Emperadores, y corno lo hacen hoy también todos los que para enriquecerse abusan del poder, de la credulidad o de la superchería. Estos son los que no producen, los que viven de la rapiña y del pillaje. Indico este medio de aumentar las riquezas por no omitir ninguno; pero no me parece que sea el más honroso, ni tampoco el más seguro. Con efecto, si los romanos hubieran seguido otro sistema diferente con la misma perseverancia que siguieron éste: si en vez de despojar a los pueblos vencidos o dominados, hubieran procurado civilizarlos, y establecer con ellos relaciones amistosas, de las cuales hubiesen resultado necesidades recíprocas, es muy probable que el poder romano se conservase todavía. Casi todas las naciones europeas consideran también la posesión de las colonias lejanas, y sujetas a la metrópoli, como un medio muy a propósito de fomentar su industria y comercio. Estas colonias no son como las antiguas, un medio de exportar el sobrante de la población y de extender la fuerza del estado por medio de alianzas nacionales; son por el contrario como otras tantas fábricas empleadas en trabajar únicamente en beneficio de la metrópoli, y que deben suministrarla las producciones más baratas que si las comprase a los naturales o al extranjero, y esta es la razón por que estas colonias no pueden subsistir sin la esclavitud de los negros, porque el esclavo consume siempre menos de lo que produce su trabajo. En esta parte es indispensable consultar la obra, donde examina muy detenidamente las razones que se han dado por una parte y otra sobre esta cuestión tan frecuentemente discutida, a saber, si la esclavitud es útil o no a la producción. Habla después de otra especie de colonización, que es una pérdida absoluta para la metrópoli, la cual se verifica, cunado de resultas de un gobierno arbitrario, o de una persecución política, o de un estímulo y premio más eficaz que el extranjero, ofrece a la industria, emigra una parte de la población para ofrecerse donde el interés o la seguridad le convidan. Mr. Say demuestra hasta la evidencia, que si los emigrados abandonan su patria extrayendo sus capitales y su industria, y llevan consigo además de estos principios de producción la aplicación al trabajo, y amor al país que le recibe, y las virtudes propias de

un ciudadano, no puede haber mayor ganancia que ésta para la patria adoptiva, así como no hay ninguna pérdida más sensible y completa para la que es abandonada. Analizado ya el fenómeno de la producción en sus tres manantiales principales, en sus agentes directos, y en las fuerzas que obran en ella, era necesario descomponer en particular una de las ruedas que facilita más el curso y movimientos de esta grande máquina, esto es, la moneda hecha con los metales preciosos, y todos los demás medios de que se han servido las naciones mercantiles para el mismo fin. El autor manifiesta antes de todo la utilidad directa de la moneda, para facilitar los cambios de los valores, la cual se extiende aun a los más pequeños, por la suma facilidad que tienen los contratantes de ajustar cualquier valor imperceptible al de una pieza de moneda que puede sufrir infinitas divisiones. Muestra como esta misma facilidad aumenta la tendencia hacia la producción, al mismo tiempo que aumenta el consumo. Con este motivo expone con toda claridad esta doctrina de Smith, tan razonable, tan sencilla y evidente, a saber, que la plata y el oro considerados como moneda, no son solamente signos representativos, sino verdaderos géneros, que como tales tienen un valor, que depende de los usos a que se pueden aplicar, entre los cuales no es el menos precioso el que les da la cualidad característica que tienen de poder servir de moneda corriente, por no estar sujetos, como los demás géneros, a muchas variaciones, y poder recibir un cuño permanente, que sin necesidad de ningún trabajo, testifique siempre su valor. Después, de haber expuesto estas ideas, que son ya hoy las que dirigen a todos los gobiernos ilustrados, si bien son diametralmente opuestas al sistema de la balanza del comercio, que casi todos estos gobiernos tienen adoptada, el autor presenta el cuadro de las modificaciones más importantes que ha recibido sucesivamente, y en varias naciones civilizadas, la legislación monetaria, y manifiesta cuáles son los reglamentos justos o injustos, favorables o perjudiciales a la industria y a la propiedad. Hace ver después que en todo país donde la circulación de los productos es muy activa, es indispensable que las diferentes necesidades del comercio exijan algunas veces muchos más medios de cambio, además del que ofrece la cantidad de metales preciosos acuñados, que circulan en el país, cuyo resultado es muy conforme con los principios que deja ya expuestos acerca de la pequeñísima porción de los metales preciosos que concurre a formar lo que hemos llamado riqueza nacional. Con este motivo explica el mecanismo de las cédulas de banco, y letras de cambio, y desenvuelve la acción que egercen en el comercio, al mismo tiempo que fija las condiciones necesarias para asegurar su crédito y perpetuar su curso. Aquí concluye el autor su primer volumen, en el cual comprehende, como acabamos de ver, todo cuanto tiene relación con la producción de las riquezas: el segundo tiene por objeto la distribución de ellas en la sociedad y el modo con que se consumen. Acabamos de exponer por los principios del autor el modo con que se forman las riquezas de una nación: hemos analizado la acción de los diversos agentes que concurren a esta formación, ya directa o indirectamente. Ahora examinaremos por medio de la observación y experiencia la proporción en que se distribuyen estas riquezas producidas por todos los miembros de la sociedad, según la parte que cada uno hubiese tenido en la

obra de la producción; y finalmente, cómo se emplean y consumen, que es el último período de su existencia y el fin para que fueron producidas. Todos los productos que anualmente y aun a cada momento crea la industria, cualquiera que ésta sea, comprendiendo también en ellos la habilidad y los talentos, todas estas producciones, repito, se presentan en la sociedad, como en un gran mercado para cambiarse unas por otras, mediante la libre voluntad y convenio de sus poseedores; y según que se presentan en más o menos abundancia: que son más o menos apetecidas; y finalmente, según la mayor o menor facilidad con que se pueden comp rar, aun por las clases pobres, se establece naturalmente una convención general que fija la cantidad de otros géneros que dará el comprador en este instante preciso para lograr las que desea y necesita. Esta proporción necesariamente variable, como lo son las circunstancias que influyen en ella y que acabamos de indicar, forma lo que se llama valor de los productos. El autor examina seguidamente todas las causas que influyen en esta variación, y manifiesta por ejemplo, la influencia que tiene en ella la mayor o menor cantidad de productos de una misma especie ofrecida a la circulación, y acomodada por su naturaleza y baratura a las facultades del mayor número de consumidores. Pero como generalmente se aprecian los valores en dinero, y se establecen en la misma mercadería- moneda los cambios, examina particularmente cuáles son los efectos que producen los valores en dinero, considerado como mercadería en circulación. La análisis de estos efectos le ayuda mucho para distinguir después las variaciones absolutas que tiene realmente el precio de las cosas, cuando por efecto de algunas circunstancias se halla, por ejemplo, un medio más fácil y simplificado de fabricar la moneda; y así mismo para designar las variaciones nominales que provienen únicamente de las variaciones a que está sujeto el valor relativo del metal precioso, por cuyo medio se expresa el valor de las mercaderías. Analizado de este modo el fenómeno de la fijación de valores, es indispensable conocer el modo con que éstos se distribuyen entre los miembros de la sociedad para componer lo que se llama su renta. La renta es siempre la remuneración de un servicio hecho en el acto de la producción por la industria, o por los capitales o por los fondos en tierras de un productor. Así pues, si queremos un ejemplo que explique cómo el valor de un producto se distribuye entre todos los que han concurrido a su producción, tomemos el de un reloj, sigamosle desde su principio; examinemos cómo se adquirieren las primeras materias de que se compone, y cómo las diferentes porciones de su valor se han ido sucesivamente pagando a todos y a cada uno de los productores que han concurrido, a su creación. Veremos en primer lugar que el oro, el cobre y el acero que entran en su composición se compraron a los mineros, los cuáles han sacado de este producto de su industria el salario de su trabajo, el interés de sus capitales, y la renta de su propiedad territorial. Los mercaderes de estos metales después de haberlos recibido de estos primeros productores, los volvieron a vender a los fabricantes de relojes; los cuales reembolsaron a los primeros de sus anticipaciones, y pagaron las ganancias de su comercio.

Los obreros que fabrican las diferentes, piezas de que se compone el reloj, las han vendido a un relojero, quien pagá ndoselas, les ha reembolsado las anticipaciones hechas de su valor, el interés de ellas, y les ha pagado también el salario de su trabajo; de modo que una sola suma igual a estos tres valores reunidos ha bastado para verificar este pago compuesto. El relojero ha hecho lo mismo con los fabricantes que le han vendido el cuadrante, el cristal, &c. y si tiene adornos, lo mismo habrá, hecho con todos aquellos que le han suministrado el esmalte, los diamantes y todo lo demás con que lo haya querido hermosear. Finalmente, el particular que compra el reloj para su uso, reembolsa al relojero de todas las anticipaciones que ha hecho justamente con sus intereses, y le paga además la ganancia de su habilidad y el salario de los trabajos de su industria. Vemos pues que todo el valor de este reloj, aun antes de concluirse se reparte entre todos sus productores, que son infinitos más que los que he indicado, y también de lo que se cree comúnmente, y entrelos cuales puede hallarse, sin pensarlo, el mismo que ha comprado el reloj y le usa. En efecto, ¿éste particular no habrá podido poner sus capitales en manos del minero o del negociante que comercia con metales, o del empresario que mantiene un grande número de obreros, o finalmente, en las de otro cualquiera, que sin ser nada de esto, haya prestado a uno de ellos una porción del capital que hubiere tomado a interés del consumidor del reloj? Se ve pues que no es de ningún modo necesario que el producto se haya concluido, para que muchos de sus productores hayan podido percibir el equivalente de la porción de valor que han aumentado al producto, y aun muchas veces se consume, antes que llegue a su perfección. Cada uno de los productores hace al que le precede la anticipación del valor del producto, inclusa la forma que le ha dado hasta entonces. Su sucesor en la escala de la producción le ha satisfecho a su vez cuanto ha pagado, y además el valor que la mercadería ha recibido al pasar por sus manos, hasta que al fin el último productor, que es por lo común un tendero o un mercader por menudo, es reembolsado por el consumidor de todas las anticipaciones, juntamente con el valor de la última forma que él mismo ha dado al producto. Tal es el manantial de todas las rentas del estado. La porción del valor producido que esta forma procura al propietario territorial, es lo que se llama la ganancia del fondo en tierra. Algunas veces la cede a un arrendatario o colono, mediante un renta. La parte que corresponde al capitalista en retribución de las anticipaciones que ha hecho, se llama ganancia del capital, por pequeñas y reducidas que sean aquellas: algunas veces presta su capital y cede la ganancia, mediante un interés. La parte que perciben los industriosos se llama ganancia de la industria, y algunas veces también ceden esta ganancia, mediante un salario. De este modo, cada cual participa de las riquezas producidas, y la parte que percibe es la constituye su renta individual; pero no todos la reciben de un mismo modo. La clase

trabajadora y todas las que no tienen bienes sobrados de fortuna las reciben en pequeñísimas porciones que consumen a proporción que las van recibiendo. El propietario territorial y el capitalista, que no emplean por sí mismos sus tierras y capitales, perciben sus rentas en uno, dos o cuatro plazos cada año, según son las estipulaciones que han hecho con los que las han tomado a préstamos; pero de cualquier manera que se perciba la renta, siempre es una misma la naturaleza de ella, porque en su origen es siempre un valor producido. Mas si el que recibe aquellos valores que necesita para satisfacer sus necesidades no hubiere concurrido directa o indirectamente a la producción, todos los valores que recibe, o son un don gracioso o una usurpación, y no cabe medio entre estos dos extremos. Después de haber definido con tanta exactitud el modo con que se firman y reparten todas las rentas, pasa a examinar la proporción en su distribución. Comienza por las rentas industriales, en las cuales comprende las del sabio que descubre los métodos mas fáciles y económicos de producir; las del director de empresas, que se sirve de ellos, y las del obrero que ejecuta bajo la dirección de éste. Fija la que pertenece a cada una de estas clases y la que pueden exigir con toda justicia: indica los medios de hacer más útil a la primera, más instruida a la segunda, y a la tercera más feliz. En esta partes, como en otras muchas de su obra, se echan de ver los conocimientos profundos que tenía en todos los ramos de comercio y de industria, y lo mucho que se había aprovechado de su larga práctica. Habla siempre con la observación, y discurre en todo con aquella exactitud analítica, que es siempre el resultado, de una profunda meditación: Así es, que el comerciante más instruido no podrá hallar en toda la obra ni siquiera una palabra que no esté usada en su significación más rigurosa, y que no esté perfectamente de acuerdo con las miras que debe sugerir a una razón ilustrada la grande experiencia en las materias mercantiles. La segunda clase de rentas que examina es la que proviene de los capitales. Manifiesta las circunstancias que hacen legítimo o usurario el interés de este préstamo, y de qué modo podrán ser útiles los capitales empeñados en un servicio productivo para otra cualquiera producción; lo cual le conduce naturalmente a examinar la dirección que puede darse estos capitales con mayor beneficio de la sociedad. Finalmente, examina las rentas territoriales que consisten en las que cada propietario recibe en pago del servicio productivo de su tierra, el cual como que le paga el colono, no puede prescindir de hablar en este lugar de las ganancias de éste, en las cuales deben comprehenderse, así la renta que paga, y él salario de su industria, como la ganancia del capital que tiene empleado en el cultivo. Aquí se detiene el autor para discurrir sobre los medios que conducirían más a mejorar la suerte harto desgraciada de esta clase industriosa, y con este motivo manifiesta todas las utilidades que ha producido a las naciones, perfeccionando el comercio y la agricultura, y aumentando su fuerza y su poder, la abolición del funestísimo sistema feudal. Cinco departamentos nuestros, dice, podrían hoy mantener empresas que hubieran aniquilado a toda la Francia en aquella época, pero no era mejor la situación de los demás estados de Europa: el mal era universal.

El autor no ha considerado hasta ahora la distribución de rentas, sino en los estados que existen; pero se echa de ver que aquella misma reacción que obra en todas las partes del cuerpo social, influye también mediante la cantidad y la distribución de las rentas en la población de los estados. Examina las causas que influyen verdaderamente en la población, no solamente por medio de aquellos reglamentos que promueven el matrimonio, sino por los que se proponen excitar una industria más activa, y de consiguiente más productiva; porque los hombres se multiplican donde quiera que hay muchos productos que constituir. Este admirable capítulo nos presenta no solamente un hombre ilustrado y profundo, un excelente administrador, sino también un bue n ciudadano y un hombre de bien. No basta, dice, trazar el plan de una ciudad, ni darla nombre; pues para que exista, verdaderamente es indispensable irla proveyendo poco a poco de habilidad, de conocimientos, de industria, en fin de utensilios, de primeras materias, de cuanto necesite para mantener a los obreros hasta que se hayan rematado y vendido los productos de su creación: de otro modo en vez de fundar una ciudad no se hará otra cosa que levantar una decoración teatral que por sí misma habrá de venir a tierra, porque no tiene apoyo que la sostenga. Hemos llegado pues último y principal fin para el cual se forman las riquezas, esto es, a su consumo. Aquí el autor distingue con mucho cuidado especies de consumo: el consumo improductivo que destruye meramente los valores producidos, aplicándolos a las necesidades y regalos de la vida; y el reproductivo que degenera los valores por algún tiempo para transformarlos después en nuevas riquezas, cuyos productos más abundantes se puedan ahorrar o consumir a su vez. La primera especie de consumo no sirve sino para mantener la sociedad: la segunda conduce a aumentar sus capitales; pero como en el primer libro se ha analizado ya el modo con que se emplean y aumentan los capitales, sería enteramente superfluo hablar del consumo reproductivo; y por esta razón se limita el antor a hablar del consumo improductivo. Examina en primer lugar los consumos privados, sus motivos y resultados, y en este hermoso trozo de la obra lo que a primera vista se presenta es la diferencia real que hay entre los vanos sistemas y las consecuencias prácticas deducidas de los raciocinios aplicados a los hechos; porque los principios generales de la Economía política, que parecía que solo eran aplicables a las naciones en general, se presentan aquí como por sí mismos, y se aplican aun sin saberlo nosotros, de un modo tan útil como decoroso a la economía doméstica de los simples particulares. Pero donde se aplican más especialmente, y con mayor utilidad los principios sencillos y luminosos de esta obra, es en todos los objetos del consumo público. El autor los recorre todos sucesivamente. Examina con atención y diligencia todos los que se refieren al gobierno civil y judiciario, al ejército, a las escuelas públicas, a los establecimientos de beneficencia, a los edificios y demás fábricas. ¿Pero, de dónde provienen las rentas con que se pagan los consumos generales? De los impuestos. El autor examina cómo se establecen los impuestos: cuál es el sacrificio que corresponde a cada clase de ciudadanos: el modo más justo y equitativo de repartirlos o encabezarlos, y

finalmente, cuáles son las principales reglas para juzgar de todos, siempre que queramos anteponer la prosperidad pública a toda consideración e interés parcial. No discute solamente, ni ventila el impuesto territorial: habla también de los impuestos indirectos, y de sus utilidades e inconvenientes: designa el modo más razonable de establecerlos para que no perjudiquen tanto a la producción, y especialmente el de recaudarlos y administrarlos para que no sean tan insoportables a los pueblos. No podemos menos de repetirlo: en toda esta hermosa parte de su obra se respeta el hombre sabio, pero también se admira el hombre de bien; y es el justo tributo que merece Say. La deuda pública, su composición, su utilidad, y el modo con que debe reducirse, son la materia del último capítulo de la obra. Si no nos hemos engañado en la descomposición que hemos hecho de esta obra admirable; y si al recorrer tantas materias distintas, sin aquella atención y tiempo que exige su delicadeza e importancia, no hemos debilitado demasiado el mérito de un tratado escrito con tanto orden y conexión, esperamos que los lectores conozcan como nosotros, que no es solamente una compilación de buenos principios teóricos, sino un todo regular y completo de hechos y raciocinios encadenados los unos con los otros; en fin, una ciencia cuyas partes están tan coordinadas y estrechamente unidas, que basta para guiarnos con toda seguridad en todos los casos posibles y para hacer también cuantas aplicaciones creamos útiles. Pero por desgracia las materias de que trata son como en todas las demás ciencias de aplicación, resultados muy modernos, lo cual nada tiene de extraño, si consideramos los atrasos de la agricultura y la oscuridad de sus primeros principios, no obstante ser esta ciencia la más necesaria e importante de todas. El célebre Arthuro Young nos dice, que a pesar de sus atentas y repetidas investigaciones, no le había sido posible encontrar indicios seguros de las épocas en que debe dividirse el terreno en hojas: conocimiento que es de tanto interés, hasta después del año de 1768, época muy reciente. Esta suma escasez de ideas, que es común a todas las ciencias de aplicación, hace que sean muy pocos los hombres instruidos en cualquier ramo de ellas, e impide que puedan instruirse los que lo desean, y poner en práctica sus conocimientos. Así es que a cada paso encontramos sujetos de gran mérito, que apenas tienen idea de las causas principales que influyen en la prosperidad y ruina de su patria; siendo lo más doloroso que son ordinariamente a quienes los gobiernos comunican su poder para que la dirijan o la ilustren. Y al fin, si conociesen lo que les falta que saber, serían por lo menos dóciles, no causarían tantos males, y quizás producirían algún bien; pero para colmo de la desgracia, nada saben, y se precian de saberlo todo. Así se juzgan capaces de resolver a primera vista, y como por inspiración los problemas más difíciles y complicados, aun sin tomarse la molestia de examinarlos. ¡Y qué de calamidades no trae consigo esta necia presunción cuando los que la tienen son los primeros miembros del gobierno y administración, cuyos actos influyen tan eficazmente en la suerte de los pueblos! Finalmente, no es cosa extraña hallar otros que a pesar de haber estudiado con fruto las verdades más sencillas de la Economía política, son tan desgraciados en la aplicación que no dan un paso siquiera con acierto. No parece sino que renuncian de intento en sus palabras y conducta de cuanto saben, y de cuanto les ha enseñado la reflexión y el buen gusto.

El autor ha procurado contribuir por su parte a evitar todos estos males, que son de infinita trascendencia difundiendo las luces, y haciendo comunes los principios de esta ciencia. Por esta razón ha añadido a su tratado una especie de diccionario que contiene los principios fundamentales de la Economía política, colocados en orden alfabético, que acabamos de publicar con el título de Epítome de esta ciencia; y al cual se podrá acudir para rectificar las ideas y conocer el verdadero significado de cada palabra. De este modo no se usarán ya aventuradamente las de comercio, rentas, riquezas, estímulos, &c. y verá cada cual, que todas las partes de la Economía política están tan íntimamente unidas entre sí, que componen un todo completo e indivisible, apoyado en los principios invariables de la razón y de la experiencia; y no se dudará por más tiempo de lo mucho que todos debemos al escritor juicioso, ilustrado e íntegro, que ha elevado esta cienc ia a tan alto punto de perfección. Tratada de este modo la Economía política, es la ciencia del hombre, pues que enseña cómo se forman, distribuyen y consumen las riquezas: cuáles son las causas de su aumento o diminución, y sus relaciones necesarias con la población, el poder de los estados, y la suerte de los pueblos: considera el comercio, la agricultura y las artes, por las relaciones necesarias que tienen con el aumento o diminución de los valores: enseña los casos en que el comercio es verdaderamente productivo y aprecia cada operación por sus resultados. ¿Quién pues será el que no tenga necesidad de instruirse más o menos en una ciencia que tiene tanta influencia en su suerte individual, y de la cual depende sus comodidades placeres, la satisfacción de sus necesidades, y la existencia de sus familias? Y todavía es más indispensable a los gobiernos, porque las riquezas de los particulares son las que componen la riqueza general, en la cual consiste el poder y la felicidad de las naciones. Ni debe ya su estudio desalentar a nadie; pues ya no es aquella ciencia vana de sistemas, ni aquel cúmulo incoherente de errores y de preocupaciones, nacidas del polvo de la escuela, transmitidas de padres a hijos, y sancionadas por los gobiernos, que o ignoraban los principios de esta ciencia, o estaban interesados en difundir el error: no es necesario aprender muchos hechos, porque acabamos de ver que la Economía se compone de pocos principios, y de muchas consecuencias: que aquellos están fundados en la naturaleza de las cosas y que son como otras tantas consecuencias de hechos generales e incontestables. Bastará pues, dice el autor, estudiar solamente los hechos esenciales, y de verdadera influencia, y estudiarlos por todos sus lados, cuidando de no deducir de ellos sino consecuencias rigurosas. Hubo algún tiempo en que pudo decirse, y tal vez tolerarse, que la obra de Say no era un tratado regular de Economía política, sino más bien un precioso depósito de excelentes materiales, los cuales era indispensable poner en orden para hacerlo inteligibles a todos: que prescinda de muchas cuestiones importantes: que no se hacía cargo de las principales dificultades que podían oponerse a sus principios: que tocaba muy por encima las opiniones acreditadas, y sostenidas por algunos escritores muy respetables: que le faltaba método en algunas partes de su obra: que incurría en otras en la misma tacha que echa en cara a Smith de haber seguido el método sintético que puede ser muy bien el más propio para clasificar las ideas generales, pero que no es el que conduce

a encontrar la verdad, y últimamente, que no dedujo de sus excelentes principios todas las importantes consecuencias que se derivan de ellos, como por ejemplo de los que establece contra la famosa opinión de la balanza del comercio. Todo esto se ha podido decir, y se ha dicho con efecto. Estamos muy lejos de creer que sean fundados todos estos cargos; pero sin embargo, no entraremos en una discusión tan odiosa como inútil, contentándonos con repetir, que cualesquiera que hayan podido ser los lunares de su primer tratado, es acreedor su autor a toda nuestra gratitud, pues es propiamente el verdadero creador de la ciencia de la Economía política. ¿Y de que serviría justificarle, cuando él mismo lo hace en esta segunda edición, satisfaciendo completamente a cuanto se le ha objetado hasta aquí? Con efecto, hemos visto que Say sube siempre guiado de la observación y de la experiencia, a la naturaleza de las cosas: las estudia y establece sus principios, aplicándolos oportunamente: los confirma con los mismos hechos: deduce de ellos las consecuencias más justas: corrobora los principios ya conocidos; funda los ignorados hasta su tiempo; enlaza unos con otros; de modo que, como él dice, es ya un tejido que se debe examinar, y no una cadena que se pueda descomponer. Con el auxilio de ellos destruye los principios aventurados y erróneos de los autores de conocida reputación; porque los sueños y paradojas de cabezas vacías, mueren con sus visionarios: reduce todas las cuestiones a su expresión más sencilla: fija las ideas que deben aligar siempre a cada palabra: expone en sus notas eruditas varias doctrinas que pudieran deslumbrar todavía por la aparente exactitud de los raciocinios en que se fundan: no omite ni presupone nada, y conduce a sus lectores como por la mano para ayudarles a deducir las consecuencias más naturales, y hace ver, que un sin número de males que creemos inevitables son obra de los hombres, y que los hay porque nosotros mismos los creamos y promovemos; y finalmente, ha hecho su doctrina popular de modo que cada cual puede aprender con sola su Cartilla, que ya hemos publicado traducida, cuanto necesite saber, y aplicarlo a las diferentes circunstancias de su vida. Esta es en fin la obra que presentamos al público íntimamente convencidos de que es utilísima a toda clase de personas, y lo es tanto cuanto más atrasada se halla entre nosotros esta ciencia. Parecerá quizás aventurada esta proposición, pero por desagradable que sea, no es posible dudar de su verdad, si nos desnudamos de toda pasión nacional. Verdad es, que hemos tenido algunos excelentes escritores de Economía, pero por desgracia no se han puesto en el buen camino, sino para desviarse luego de él. Establecieron algunos buenos principios, pero los hallamos como aislados y perdidos en el cuerpo de sus obras, porque no supieron deducir de ellos las consecuencias y aplicaciones de que eran susceptibles. Así hemos notado la estimación y aplauso general que han merecido algunos escritos particulares que se hubieran mirado con desprecio, si la Economía política hubiese sido ciencia entre nosotros: tal es, por ejemplo, el folleto presentado al gobierno por el señor Lagándara, con el título de Puertas cerradas y puertas abiertas, el cual no obstante el entusiasmo con que se miró entonces, no ha dejado nunca de ser en cuanto a la substancia un insulto a la razón y a la experiencia, y en cuanto al modo, un ultraje a la autoridad. Todo él descansa en este solo principio: que la

miseria y ruina de las naciones depende de la exportación de su numerario; y vease aquí establecido el funesto sistema exclusivo, y la famosa balanza del comercio. Aun mucho después de haberse hecho general el estudio de esta ciencia, y fundándose en todo el reino escuelas para su enseñanza, hemos visto un proyecto presentado al gobierno por un profesor de reputación, en que establece los principios mas descabellados, cuyo nombre omitimos por respeto a la amistad. Quisiera, parece, que las naciones estuviesen libres de todo impuesto, pero sin indicar cómo podrían subsistir sin ellos; y adoptando los principios romanos, considera a todos los hombres industriosos como degradados, viles y faltos de virtud. ¿Qué ideas podrán tener, ni aquel ni éste de la producción y consumo de los valores? Cualquiera pues que lea esta obra de Say podrá convencerse fácilmente de que está escrita para todos los tiempos, y para todas las naciones, y que sólo por medio de la aplicación de sus principios, podrán llegar estas al grado de riqueza y prosperidad a que pueden y deben aspirar. Nos ha parecido conveniente traducir también y poner a continuación de este prólogo la dedicatoria que hizo el autor al Emperador de todas las Rusias, Alejandro I., «la cual (como se dice en el monitor de 18 de enero de 1815) es sencilla y natural, sin nada de afectación y lisonja, o el homenaje de un hombre honrado a un buen Príncipe. Los escritores íntegros y generosos, a quienes no puede prostituir la tiranía, son deudores del tributo de sus luces a la virtud en el trono, porque es el sitio más peligroso y útil que puede ocupar».

A su majestad Alejandro I Emperador de todas las rusias

SEÑOR VUESTRA MAJESTAD IMPERIAL se ha dignado darme su permiso para poner a sus pies este fruto de mis tareas y desvelos, que por espacio de diez años me he visto precisado a tener oculto, como si el decir las verdades que contiene, y que pueden ser en mi dictamen tan útiles a los Príncipes como a las naciones, fuesen el mayor crimen. Pero, SEÑOR, el poderío de vuestros invencibles ejércitos, sostenido con los esfuerzos de vuestros generosos aliados, y del noble e imperioso arrojo de todos los amantes del orden y de la ilustración, ha quebrantado al fin, y ha hecho pedazos, las cadenas con que el mas bárbaro despotismo tenía oprimidas las ideas francas y liberales, y repelido la barbarie que tan rápidos progresos hacía cada día, con espanto y terror de todos los buenos.

¡Cuán grato me es, SEÑOR, poder hoy profesar libre y públicamente el culto que hacía ya muchos años que tributaba a VUESTRA MAJESTAD IMPERIAL en lo interior de mi corazón, y rendirle un homenaje tanto menos indigno de VUESTRA MAJESTAD, cuanto que lo he rehusado siempre a la insaciable usurpación y al crimen victorioso y entronizado! Un libro como éste, que con toda sinceridad, y sin malicia se descubren los verdaderos manantiales de la prosperidad pública busca de suyo a un buen monarca, que ama la verdad, y funda en ella sola la felicidad de sus pueblos, y de consiguiente la suya. Conozco la moderación de VUESTRA MAJESTAD IMPERIAL, y sé cuanto le desagrada el mentiroso idioma de la bajeza y adulación; pero cualesquiera que sean los sentimientos modestos de VUESTRA MAJESTAD, no podrá imponer silencio a la historia, que para componer sus hermosos cuadros necesitará reunir todos los grandes acontecimientos que han contribuido a nuestra feliz restauración. ¿Y cómo podrá callar las virtudes de VUESTRA MAJESTAD IMPERIAL que ha sido el alma de ella? VUESTRA MAJESTAD será celebrado por la noble constancia con que ha rechazado la agresión más injusta: constancia tan grande que no tiene ejemplo en la antigüedad, tan fecunda como es de grandes acciones: ella impondrá leyes a los siglos venideros, y marcará con el sello de la vergüenza y de la ignominia, tanto a aquellos ciegos conquistadores que no admiren tan sublime ejemplo, como a los débiles que no le imiten. Sumido, SEÑOR, en el dolor que me causaba la infelicidad general de la Europa, los únicos momentos en que gustaba de algún placer, eran aquellos en que abría francamente mi corazón a uno de mis mejores amigos, y a quien VUESTRA MAJESTAD IMPERIAL distingue con la estimación y confianza que merece. Estos momentos eran deliciosos para mí, pues los ocupábamos en admirar las grandes virtudes de VUESTRA MAJESTAD IMPERIAL: ellas nos conducían a muchas reflexiones importantes sobre el bien público, y aunque profundamente afligidos al ver las inmensas barreras que era indispensable vencer para acabar de una vez con la tiranía, nos consolábamos empero, con que podría llegar este momento suspirado, el cual le ha acelerado VUESTRA MAJESTAD IMPERIAL a fuerza de trabajos y de constancia, llevando la obra tan al cabo, que ha excedido a todas nuestras esperanzas. Es con el más profundo respeto, SEÑOR, de VUESTRA MAJESTAD IMPERIAL = El más sumiso y rendido servidor = Juan Bautista Say.

Discurso preliminar del autor Ninguna ciencia hace verdaderos progresos hasta que se ha llegado a determinar bien el campo a donde pueden extenderse sus investigaciones, y el objeto que se deben proponer; porque de lo contrario no se hace más que recoger de aquí y de allí un corto número de verdades sin conocer su conexión, y muchos errores sin poder descubrir su falsedad.

Se ha confundido por mucho tiempo la Política propiamente tal, la ciencia de la organización de las sociedades, con la Economía política, que es la que enseña cómo se forman, se distribuyen y se consumen las riquezas. Sin embargo, las riquezas son esencialmente independientes de la organización política. En cualquiera forma de gobierno puede prosperar un Estado, con tal que su administración sea buena. Hemos visto naciones que se han enriquecido con Monarcas absolutos; y hemos visto otras que se han arruinado con gobiernos populares. Si la libertad política es más favorable a la creación y giro de las riquezas, lo es de un modo indirecto, así como es mas favorable a la instrucción. Confundiendo en unas mismas investigaciones los principios que constituyen un buen gobierno, y aquellos en que se funda el aumento de las riquezas, ya sean públicas o privadas, no es extraño que se hayan embrollado muchas ideas en vez de ilustrarlas. Este es el cargo que se puede hacer a Steuart, el cual intituló su primer capitulo: Del gobierno del género humano; a los Economistas del siglo XVIII en casi todos sus escritos, y a Juan Jacobo Rousseau en la Enciclopedia (artículo Economía política). Me parece que desde Adan Smith se han distinguido constantemente estes dos cuerpos de doctrina, reservando el nombre de Economía política2 a la ciencia que trata de las riquezas, y usando del de Política sin ningún aditamento, para disipar las relaciones que hay entre el gobierno y el pueblo, y las de los gobiernos entre sí. Después de haber hecho incursiones en la política pura, con motivo se la Economía política, se creyó que había mucha más razón para hacerlas en la agricultura, comercio y artes, que son los verdaderos fundamentos de las riquezas, en las cuales no tienen las leyes más que un influjo accidental e indirecto. ¡Cuántas divagaciones no resultaron de este primer paso! Porque, si el comercio. por ejemplo, forma una parte de la Economía política, la formarán todas las especies de comercio; por consiguiente el comercio marítimo, por consiguiente la navegación, la geografía,... ¿y donde podremos detenernos? Todos los conocimientos humanos tienen su enlace y conexión. Es pues necesario esforzarse a hallar, a determinar bien el punto de contacto, la articulación que los une. De este modo se tiene un conocimiento más preciso de cada una de sus ramificaciones: se sabe a dónde vuelven estas a unirse; lo cual es en todo caso una parte de sus propiedades. La Economía política no considera la agricultura, el comercio y las artes sino por la relación que tienen con el aumento o la diminución de las riquezas, y de ningún modo en sus métodos o formas de ejecución. Indica los casos en que el comercio es verdaderamente productivo; aquellos en que lo que produce a unos es arrebatado a otros, y aquellos en que es útil a todos. Enseña también a apreciar cada una de sus operaciones, pero solamente en sus resultados. Estos son sus límites. Lo demás de la ciencia del negociante se compone del conocimiento de las operaciones de su arte. Es necesario que él conozca las mercancías que son el objeto de su tráfico, sus calidades, sus defectos, el lugar de donde se sacan, los medios de transporte, los valores que puede dar en cambio y el modo de llevar sus cuentas.

Lo mismo se puede decir del agricultor, del fabricante, del administrador. Todos tienen necesidad de instruirse en la Economía política para conocer la causa y los resultados de cada fenómeno; y cada uno debe añadir a esto el estudio de las operaciones de su arte, si ha de adquirir la perfección que corresponde. No confundió Smith estos diferentes objetos de investigación; pero ni él ni los escritores que le siguieron, tomaron las debidas precauciones para evitar otra especie de confusión que es necesario disipar. Las aclaraciones que de aquí resulten no serán inútiles a los progresos de los conocimientos humanos en general, y al de que ahora se trata en particular. En la Economía política, en la física, en todo se han formado sistemas antes de establecer verdades: es decir, que se han presentado como verdades unas meras aserciones aventuradas. Se aplicaron después a esta ciencia los excelentes métodos que tanto han contribuido a los progresos de todas las demás de medio siglo a esta parte; ¿pero no se han empleado estos métodos antes de saber bien en que consisten, y por consiguiente, antes de conocer toda la ventaja que se puede sacar de ellos? Es verdad que en general se dice que consisten en no admitir sino hechos bien observados, y las consecuencias, de estos mismos hechos: lo cual excluye totalmente aquellas preocupaciones y autoridades que en las ciencias y en la moral, en la literatura y en la administración vienen a interponerse entre el hombre y la verdad. ¿Pero se sabe bien todo lo que se debe entender por la palabra hechos, de la cual se hace un uso tan frecuente? Me parece que se debe entender por ella las cosas que existen, y las cosas que suceden: lo cual introduce ya dos órdenes de hechos. Es un hecho que tal cosa es así: es un hecho que tal acontecimiento sucedió de tal modo. Para que las cosas que existen puedan servir de bases a raciocinios seguros, es necesario verlas según son en todos sus aspectos, y con todas, sus propiedades. A no ser así, pudiera acontecer que creyendo discurrir acerca de una misma cosa, se discurriese, bajo un mismo nombre, de dos cosas diversas. El segundo orden de hechos, esto es, las cosas que suceden, consiste en los fenómenos que se manifiestan cuando se observa de qué modo pasan las cosas. Es un hecho que cuando se exponen los metales a cierto grado de calor, se liquidan. El modo con que las cosas son, y con que suceden, constituye lo que se llama la naturaleza de las cosas; y la observación exacta de la naturaleza de ellas es el único fundamento de toda verdad. De aquí nacen dos géneros de ciencias: las que se pueden llamar descriptivas, las cuales nos enseñan a conocer bien ciertas cosas y sus propiedades, como son la botánica y la historia natural, y las experimentales, que nos dan idea del modo con que suceden las cosas, como son la química, la física y la astronomía.

Unas y otras son ciencias de hechos, y suministran conocimientos sólidos. La Economía política pertenece a las últimas, pues mostrando como suceden las cosas relativamente a las riquezas, forma parte de las ciencias experimentales3 . Pero los hechos que suceden pueden considerarse bajo dos aspectos o relaciones: como hechos generales o constantes, y como hechos particulares o variables. Los hechos generales son los resultados de la naturaleza de las cosas en todos los casos semejantes: los hechos particulares resultan también de la naturaleza de las cosas; pero son el resultado de muchas acciones modificadas una por otra en un caso particular. No son los unos menos incontestables que los otros, aun cuando parece que se contradicen. Es un hecho general en la física que los cuerpos graves descienden hacia la tierra, y sin embargo, se aleja de ella el agua que sale de nuestros surtidores. El hecho particular de un surtidor es un resultado en que se combinan las leyes del equilibrio con las de la gravedad, pero sin destruirlas. En la materia de que tratamos el conocimiento de esto dos órdenes de hechos, esto es, el conocimiento de las cosas que son, y el de las cosas que suceden, forman dos ciencias distintas: la Estadística, y la Economía política. Esta nos enseña siempre con arreglo a hechos bien observados, cuál es la naturaleza de las riquezas. Del cocimiento de la naturaleza deduce los medios de crearlas, y expone el orden que signen las riquezas en su distribución, como también los fenómenos que acompañan a su destrucción. Es una pintura de los hechos ge nerales que se observan en esta materia; y es con respecto a las riquezas el conocimiento de los efectos y de las causas. Muestra cuales son los hechos que están necesariamente encadenados, de suerte que uno es siempre consecuencia de otro, y por qué o de dónde nace este encadenamiento. Pero no recurre a hipótesis para hacer sus explicaciones, sino que es necesario que se conciba claramente, conforme a la naturaleza de cada cosa, por qué un hecho ha resultado de otro; y que la ciencia nos conduzca de uno a otro eslabón, de suerte que todo hombre dotado de un juicio recto pueda ver claramente cómo están unidos estos eslabones. Esto es lo que constituye la excelencia del método moderno. La Estadística expone el estado de las producciones consumos de un paraje particular en una época designada, como también el estado de su población, fuerzas, riquezas, y actos ordinarios que en él ocurren, y son susceptibles de valuación: de suerte que viene a ser una descripción muy circunstanciada. Hay entre la Economía política y la Estadística la misma diferencia que entre la política experimental y la historia. Puede la Estadística ser un objeto agradable a la curiosidad; pero no la satisface útilmente, cuando no indica el origen y las consecuencias de los hechos que presenta; cuando muestra su origen y consecuencias, pasa ya a ser Economía política, siendo esta sin duda la razón porque se las ha confundido hasta ahora. La obra de Smith no es más que un agregado confuso de los principios más sanos de la Economía política, apoyados en ejemplos luminosos, y de las nociones más curiosas de la Estadística, mezcladas con

reflexiones instructivas; pero no es un tratado completo de una ni de otra. Su libro es un vasto caos de ideas exactas, revueltas, por decirlo así, con conocimientos positivos. Nuestros conocimientos en materia de Economía política pueden ser completos, esto es, podemos llegar a descubrir todos los hechos generales de cuya reunión se forma esta ciencia; pero no puede suceder esto con nuestros conocimientos en la Estadística, porque ésta, del mismo modo que la historia, es una exposición de hechos más o menos inciertos y necesariamente incompletos. Solo pueden presentarse ensayos aislados y muy imperfectos sobre la Estadística de los tiempos pasados y de los países remotos. Por lo que hace al tiempo presente, son muy pocos los hombres que reúnen las cualidades de un buen observador a una posición favorable para observar. La inexactitud de las relaciones de que es indispensable valerse, la desconfianza inquieta de ciertos gobiernos, y aun de los particulares, la mala voluntad, y la indolencia, oponen obstáculos muchas veces insuperables al esmero con que se procura recoger particularidades exactas; y aun cuando se lograse adquirirlas sólo serían verdaderas por un instante. Esta es la razón porque confiesa Smith que no da mucho crédito a la Aritmética política, la cual no es, otra cosa que la reunión de muchos datos de Estadística. La Economía política, al contrario, estriba en fundamentos inalterables, una vez que los principios que le sirven de base son deducciones rigurosas de hechos generales incontestables: es verdad que los hechos generales están fundados en la observación de los hechos particulares; pero se han podido escoger los hechos particulares mejor observados, más acreditados y comprobados por la experiencia propia: y cuando sus resultados han sido constantemente unos mismos, cuando un raciocinio solido muestra por qué lo han sido, cuando las excepciones mismas son una comprobación de otros principios no menos bien acreditados, hay fundamento para dar estos resultados como hechos generales positivos, y para entregarlos confiadamente al crisol de todos aquellos que dotados de las cualidades necesarias, quieran sujetarlos a una nueva experiencia. No basta un nuevo hecho particular, si está aislado, y no se demuestra por medio de un raciocinio la relación que tiene con sus antecedentes y consiguientes, para destruir un hecho general: porque ¿quién podrá asegurar que una circunstancia desconocida, no haya producido la diferencia que se observa entre los resultados de uno y otro? Veo una pluma ligera que da vueltas en el aire y se detiene mucho tiempo antes de volver a caer en tierra. ¿Inferiré de aquí que esta pluma no está sujeta a la gravitación universal? Esta sería una consecuencia errónea. Es un hecho general en la Economía política, que el interés del dinero, sube a proporción de los riesgos que corre el prestamista de no ser reembolsado. ¿Inferiré que es falso el principio, por haber visto prestar con corto interés en circunstancias arriesgadas? Podía el prestamista ignorar el riesgo: podía hallarse precisado a hacer sacrificios por agradecimiento u por temor: y la ley general, turbada en un caso particular, debía recobrar todo su imperio en el momento en que cesase la acción de las causas que la alteraron. En fin, ¡cuán pocos son los hechos particulares que están completamente verificados! Cuán pocos los que han sido observados con todas sus circunstancias! Y aun suponiéndolos bien verificados observados y descritos, ¡cuántos hay que nada prueban, o que prueban lo contrario de lo que se quiere persuadir.

Así es que no hay opinión extravagante que no se haya sostenido con hechos4 , y por este medio ha sido extraviada con tanta frecuencia la autoridad pública. El conocimiento de los hechos, cuando no va acompañado del de las relaciones que los unen, no es más que el saber indigesto de un oficinista; y aun el oficinista más instruido apenas conoce completamente sino una serie de hechos, lo que no le permite examinar las cuestiones más que por un solo lado. Es una oposición muy vana la de la teórica y la práctica. Porque en efecto ¿qué es la teórica, sino el conocimiento de las leyes que unen los efectos a las causas, esto es, unos hechos a otros? ¿Quién conoce mejor los hechos que el teórico que los conoce en todos sus aspectos, y sabe las relaciones que tienen entre sí? ¿Y qué es la práctica5 sin la teórica, esto es, el uso de los medios, sin saber cómo ni por qué producen su efecto? No es más que un empirismo peligroso, por el cual se aplican unos mismos medios a casos opuestos, creyéndolos semejantes, con lo cual se llega a donde no se quería ir. Así es, que después de haber visto el sistema exclusivo de comercio (esto es, la opinión de que una nación no puede ganar sino lo que otra pierde), adoptado casi generalmente en Europa desde la renovación de las artes y de las luces; después de haber visto que aumentándose de día en día los impuestos en ciertas naciones llegaban a unas sumas espantosas, y que a pesar de esto eran más ricas, más poderosas, y tenían más población que cuando comerciaban libremente, y no sufrían casi ninguna carga, concluyó el vulgo que eran ricas y poderosas, porque se había recargado de trabas su industria, y grabado con impuestos las rentas de los particulares: se empeñó en que esta opinión estaba fundada en hechos, y miró como una imaginación vana y sistemática toda opinión diferente. Al contrario, no se puede dudar que los que han sostenido la opinión opuesta, conocían más hechos que el vulgo, y los conocían mejor. Sabían que la visible efervescencia de la industria en los Estados libres de Italia en la edad media, y en las ciudades anseáticas del norte de Europa; el espectáculo de las riquezas que les había proporcionado esta industria; el fuerte sacudimiento producido por las cruzadas; los progresos de las artes y ciencias; los de la navegación; el descubrimiento del paso para las Indias y del continente de América, y una multitud de otras circunstancias menos importantes que estas, son las verdaderas causas que han multiplicado las riquezas de las naciones más ingeniosas del globo. Sabían que si se han puesto trabas sucesivamente a esta actividad, se la ha desembarazado por otra parte de obstáculos más incómodos. Hallándose ya en decadencia la autoridad de los barones y de los señores, no podía impedir las comunicaciones recíprocas de las provincias ni de los Estados; había más comodidad y seguridad en los caminos; era más constante la legislación; libres ya del vasallaje las ciudades, dependían únicamente de la autoridad real que tenía interés en los progresos de ellas; esta libertad que por la fuerza de las cosas y por los adelantamientos de la civilización, se extendió hasta los campos, bastaba para hacer que los productos de la industria fuesen una propiedad de las manos productivas; la seguridad de las personas iba ya teniendo generalmente en Europa una garantía suficiente, si no por la buena organización de las sociedades, a lo menos por las costumbres públicas; y perdían su fuerza ciertas preocupaciones, como la idea de usura que acompañaba a todo préstamo

con interés, y la de nobleza a la ociosidad. Además de esto, algunos hombres de sano juicio han observado no solamente los hechos de que se acaba de hablar, sino también la acción de otros muchos que les son análogos; han conocido que la decadencia de las preocupaciones era favorable al progreso de las ciencias, a un conocimiento más exacto de las leyes de la naturaleza; que los progresos de las ciencias habían sido favorables a los de la industria, y los de la industria a la opulencia de las naciones. Por medio de esta combinación han podido inferir con más seguridad que el vulgo, que si varios Estados modernos han prosperado en medio de las trabas y de los impuestos no ha sido consecuencia de los impuestos y de las trabas, sino a pesar de estas causas de desaliento; y que habría sido mucho mayor su prosperidad, si hubiesen estado sujetos a un régimen más ilustrado6 . Para descubrir pues la verdad, es necesario conocer no muchos hechos, sino los hechos esenciales y de verdadero influjo; mirarlos por todos sus aspectos, deducir de ellos consecuencias exactas, y estar seguro de que el efecto que se les atribuye procede realmente de ellos y no de otra parte. Cualquiera otra noticia de hechos es un hacinamiento del cual no resulta nada, es una erudición de almanaca, siendo de notar que los que gozan de esta corta ventaja, los que tienen buena memoria y escaso entendimiento, los que declaman contra las doctrinas mas sólidas, frutos de una vasta experiencia y de un raciocinio seguro, los que apelan a la acusación de sistema, siempre que se abandona su rutina, son cabalmente los que tienen más sistemas, y los que los defienden con la obstinación que es propia de los necios, esto es, con el temor de ser convencidos más bien que con el deseo de descubrir la verdad. Así, por ejemplo, si establecemos en vista de los fenómenos reunidos de la producción, y fundándonos en la experiencia, del comercio más distinguido; que las comunicaciones libres entre las naciones son mutuamente ventajosas, y que el modo de cumplir con los extranjeros, que conviene más a los particulares, es también el más conveniente a las naciones, las personas de cortos alcances y de mucha presunción nos acusarán de que somos sistemáticos y si les preguntamos cuáles son los motivos que tienen para pensar así, nos hablarán de balanza del comercio, nos dirán que es claro que nos arruinamos dando nuestro dinero en cambio de mercancías... lo cual es un verdadero sistema. Otros nos dirán que los Estados se enriquecen con la circulación, y que una suma de dinero que pasa por veinte manos diferentes, equivale a veinte veces su valor... lo cual es también un sistema. No faltará quien nos diga que el lujo es favorable a la industria; que la economía arruina todo comercio... nuevo sistema: y todos dirán que se fundan en hechos. Tales gentes se pueden comparar con el pastor, que fiándose del testimonio de sus ojos, afirma que el sol, cuyo nacimiento ve por la mañana y por la tarde su ocaso, corre en el espacio del día toda la extensión de los cielos; y en consecuencia trata de delirios cuantas leyes rigen al mundo planetario. Otras personas, hábiles en otras ciencias pero muy forasteras en ésta, imaginan que no hay más ideas positivas que las verdades matemáticas, y las observaciones hechas con esmero en las ciencias naturales; se figuran que no hay hechos constantes y verdades incontestables en las ciencias morales y políticas, y que por consiguiente no son estas verdaderas ciencias, sino unos meros cuerpos de opiniones hipotéticas, más o menos

ingeniosos, pero puramente individuales. Fúndanse estos sabios en que los escritores que tratan de ellas no están de acuerdo entre sí, y en que algunos profesan verdaderas extravagancias. En cuanto a las extravagancias e hipótesis ¿cuál es la ciencia que no las ha tenido? ¿Hace muchos años que se desprendieron de todo sistema las que en el día están más adelantadas? ¿No estamos viendo que el desorden de algunas cabezas llega al extremo de impugnar sus bases más sólidas? No han pasado cuarenta años desde que se consiguió analizar el agua que sostiene la vida del hombre, y el aire en que está perpetuamente sumergido; y sin embargo se impugnan aun todos los días las experiencias y demostraciones en que se funda esta doctrina, aunque se han repetido mil veces en diversos países por los hombres mas instruidos y juiciosos. Esta falta de armonía o de conformidad, existe en hechos mucho más sencillos y evidentes, que la mayor parte de los hechos morales. La química, la física, la botánica, la mineralogía, la fisiología, ¿no son por ventura una especie de estacada donde luchan las opiniones, del mismo modo que en la Economía política? Es verdad que cada partido ve unos mismos hechos; pero los clasifica diversamente, y los explica a su modo: donde debe notarse que en estos debates no sucede que los verdaderos sabios se declaren exclusivamente por una opinión, y los ignorantes por otra, porque Leibnitz y Newton, Lineo y Jussieu, Priestley y Lavoisier, Desaussure y Dolomieu eran sin duda hombres de mérito, y sin embargo no pud ieron ponerse de acuerdo. ¿Diremos que no existían las ciencias que profesaban, porque se impugnaron unos a otros? Del mismo modo existen, a pesar de las disputas, los hechos generales de que se componen las ciencias morales y políticas. Mucho se distinguirá en esta carrera el que sepa establecer estos hechos generales por medio de observaciones particulares, mostrar su conexión, y deducir sus consecuencias. Se derivan estos hechos de la naturaleza de las cosas con la misma seguridad que las leyes del mundo físico: se encuentran, y no se imaginan: se descubren con la análisis y con tina observación juiciosa: gobiernan a los que gobiernan a los demás hombres, y jamás son violados impunemente. Los hechos generales, o sean las leyes generales que siguen los hechos, se llaman principios, cuando se trata de su aplicación, esto es, cuando nos valemos de ellos para juzgar de las circunstancias que se presentan, y para que sirvan de regla a nuestras acciones. Sólo el conocimiento de los principios puede guiarnos con seguridad y acierto a un fin laudable. La Economía política se compone, del mismo modo que las ciencias exactas, de un corto número de principios fundamentales, y de un número considerable de corolarios o consecuencias de estos principios. Lo que importa para los progresos de la ciencia es que los principios estén sólidamente deducidos de la observación. Cada autor, multiplica después o reduce a su arbitrio el número de las consecuencias, según el objeto que se propone. El que quisiese mostrar todas las consecuencias y dar todas las explicaciones, haría una obra colosal y necesariamente incompleta: y aun diré que cuanto más se perfeccione y difunda esta ciencia, menos consecuencias habrá que deducir de los principios, porque serán sumamente claras y visib les, y cualquiera podrá sacarlas y aplicarlas por sí mismo. Un tratado de Economía política se reducirá entonces a un corto número de principios, que ni aun será necesario apoyar con pruebas, porque no serán más

que una exposición de verdades que nadie ignore, pero dispuesta en un orden conveniente para que se pueda comprehender su totalidad y sus relaciones. Pero en vano se creería dar mas precisión y un método más seguro a esta ciencia, aplicando las matemáticas a la solución de sus problemas. Es verdad que siendo susceptibles de más y de menos los valores de que trata, son de la inspección de las matemáticas; pero como al mismo tiempo están sujetos a la acción de las facultades, de las necesidades y de la voluntad de los hombres, no son susceptibles de ninguna apreciación o valuación rigurosa, ni pueden suministrar ningún dato para un cálculo positivo. Lo esencial en la Economía política, como en la física animal, es conocer el encadenamiento, que une las causas y los efectos. Por lo demás, nada hay que no esté expuesto a variaciones en la naturaleza viviente, y mucho menos en la naturaleza moral7 . Estas consideraciones sobre la naturaleza y los medios de Economía política, y sobre el mejor método para adquirir un conocimiento sólido de sus principios, nos presentarán los medios de apreciar los esfuerzos que se han hecho hasta ahora para adelantar esta ciencia. Los escritos de los antiguos, su legislación, sus tratados de paz, y el modo con que administraban las provincias conquistadas, nos dan a entender que no tenían ninguna idea exacta de la naturaleza y fundamentos de la riqueza, de la manera con que se distribuye, ni de los resultados de su consumo. Sabían lo que se ha sabido en todos tiempos, y donde quiera, que las leyes han reconocido la propiedad, esto es, que los bienes se aumentan, con la Economía, y se disminuyen con los gastos. Jenofonte preconiza el buen orden, la actividad y la inteligencia como medios para obtener la prosperidad, pero sin deducir sus preceptos de ninguna ley general, y sin poder mostrar el enlace con que están unidos los efectos a las causas. Aconseja a los Atenienses que protejan el comercio, y den buena acogida a los extranjeros; y está tan distante de saber por qué y hasta qué punto tiene razón, que en otra parte duda si el comercio es verdaderamente útil a la república. A la verdad, Platón y Aristóteles descubren algunas relaciones constantes entre los diversos modos de producir y los resultados a que dan motivo. Platón bosqueja con bastante fidelidad8 los efectos de la separación de las ocupaciones sociales; pero en esto no se propone otro objeto que el de explicar la sociabilidad, del hombre, y la necesidad en que se halla, atendidas sus muchas y complicadas urgencias, de reunirse en sociedades numerosas, donde cada uno pueda emplearse exclusivamente en un solo género de producción. Esta idea es muy política; pero Platón no deduce de ella ninguna otra consecuencia. Aristóteles pasa más adelante en su política, pues distingue una producción natural y otra artificial. Llama natural a la que crea los objetos de consumo que son necesarios a la familia, y cuando más a la que obtiene estos objetos por medio de cambios en especie. Según él, ninguna otra ganancia tiene su origen en una producción verdadera; y así será una ganancia artificial, reprobada por el filósofo griego, Por lo demás, no trae éste en apoyo de sus opiniones ningún raciocinio fundado, en observaciones exactas: y por el

modo con que se explica acerca de los ahorros y de los préstamos a interés, se ve que ignora totalmente la naturaleza y uso de los capitales. ¿Y qué se podía esperar de naciones aun menos adelantadas que los griegos? Sabemos que una ley de Egipto mandaba a los hijos abrazar la profesión de sus padres: lo que en ciertos casos era prescribir que se creasen más productos que los que exigía el estado de la sociedad: que se arruinasen los individuos por obedecer a la ley, y que continuasen sus tareas productivas, ya sea que hubiese o que dejase de haber capitales para ello: todo lo cual es un absurdo9 . La misma ignorancia mostraban, los romanos, cuando trataban con desprecio las artes industriales, exceptuando la agricultura, sin que se sepa la razón de esta preferencia. Sus operaciones sobre las monedas son de las peores que se han ejecutado. Tampoco han hecho mayores progresos los modernos en un dilatado espacio de tiempo, aun después de haber salido de la barbarie de la edad media. Ocasión tendremos de observar la estupidez de una multitud de leyes relativas a los judíos, al interés del dinero, y a las monedas. Henrique IV concedía a sus favoritos y a sus queridas, como gracias que nada le costaban, el permiso de ejercer mil exacciones y de percibir mil derechos, que se llamaban poco importantes, sobre diversos ramos de comercio. Este Rey autorizó al conde de Soissons para que cobrase un derecho de 15 sueldos, o tres reales de vellón por cada fardo de mercancías que saliese del reino10 . En todo género de cosas han precedido los ejemplos a los preceptos. Así, las felices empresas de portugueses y españoles en el siglo XV, la industria activa de Venecia, Génova, Florencia, Pisa, Provincias de Flandes, y ciudades libres de Alemania en la misma época, dirigieron poco a poco las ideas de algunos filósofos hacia la teoría de las riquezas. En esta parte tuvo Italia la iniciativa, así como la tuvo desde la restauración de las letras en casi todo género de conocimientos y en las bellas artes. Ya en el siglo XVI se había ocupado Botero en buscar los verdaderos manantiales de la prosperidad pública. En 1613 escribió Antonio Serra un tratado en que señala el poder productivo de la industria; pero su solo título está indicando sus errores; porque para este autor no hay mas riquezas que las materias de oro y plata11 . Devanzati escribió de monedas y cambios; y a principios del siglo XVIII, cincuenta años antes de Quesnay había ya demostrado Bandini de Sena con raciocinios y experiencias que jamás hubo escasez sino en los países en que el gobierno había intervenido en el abastecimiento de los pueblos. Belloni banquero de Roma, escribió en 1750 una disertación sobre el Comercio, en la cual se ve que su autor está versado en los cambios y monedas, pero encaprichado con la balanza del comercio. Por esta obrita le dio el Papa el título de marqués, Carli, antes de Smith, demostró que la balanza del comercio ni enseñaba ni probaba nada. Algarotti, a quien Voltaire dio a conocer por otros títulos, escribió también sobre la Economía política; y lo poco que ha dejado denota muchos conocimientos positivos y grande ingenio. Sigue tan de cerca los hechos, y se apoya tan constantemente en la naturaleza de las cosas, que si bien no llegó a percibir la prueba y el enlace de sus principios se libró sin embargo de toda idea falsa y sistemática. En 1764 dio principio, Genovesi a un curso público de Economía política en

la cátedra fundada en Nápoles a solicitud del respetable y sabio Intieri. A este ejemplo se crearon después otras cátedras de Economía política en Milán, y más recientemente en varias Universidades de Alemania y en Rusia. En 1750, el abate Galiani, tan conocido después por sus relaciones con muchos filósofos franceses, y por sus diálogos sobre el comercio de granos, publicó, siendo todavía muy joven, un tratado de monedas, en que se advierte un saber y un talento de ejecución consumados, y en cuya obra se sospecha que contó con las luces del abate Intieri y del marqués Rinuccini. No se encuentran en ella sin embargo más que los diferentes géneros de mérito que desde entonces ha mostrado siempre este autor: ingenio y conocimientos, el esmero en subir siempre a la naturaleza de las cosas, un estilo brioso y elegante. Lo singular de esta obra es que se encuentran en ella algunos fundamentos de la doctrina de Smith, y entre otros que el trabajo es el único creador del valor de las cosas, esto es, de las riquezas12 : principio que no es rigurosamente verdadero como se verá en este tratado; pero que habiendo deducido de él todas las consecuencias que encierra, habría podido poner a Gallani en el camino que guía al descubrimiento y explicación completa del fenómeno de la producción. Smith que era por aquel mismo tiempo profesor en Glascow, y enseñaba la doctrina que le ha dado después tanta celebridad, no tenía probablemente noticia de un libro italiano publicado en Nápoles por un joven desconocido, a quien no citó aquel autor. Mas aun cuando la hubiese tenido, la verdad no pertenece al que la halla, sino al que la prueba y tiene el talento de ver sus consecuencias. Kleper y Pascal habían adivinado la gravitación universal, y sin embargo es ésta un descubrimiento de Newton13 . En España Álvarez Osorio y Martínez de la Mata escribieron discursos económicos, cuya publicación fue obra del patriotismo ilustrado de Campomanes; Moncada, Navarrete, Uztariz, Ward, y Ulloa trabajaron sobre el mismo asunto. Estos escritores estimables tuvieron como los de Italia, pensamientos sólidos, comprobaron hechos importantes, presentaron cálculos hechos con delicadeza; pero no habiendo podido apoyarse en los principios fundamentales de la ciencia, que no eran todavía conocidos, se equivocaron muchas veces en el fin y en los medios, y entre muchas inutilidades dieron una luz incierta y engañosa14 . En Francia no se consideró al principio la Economía política sino con relación a las rentas públicas. Es verdad que Sully dijo que la agricultura y el comercio son los dos pechos del estado, pero de un modo vago, y por un sentimiento confuso. La misma observación se puede hacer con respecto a Vauban, hombre de juicio recto y atinado filósofo en el ejército, y militar amante de la paz, el cual, sintiendo vivamente los males en que la vana grandeza de Luis XIV había sumergido a la Francia, propuso medios para aliviar los males de los pueblos con un repartimiento más equitativo de las cargas públicas. Mientras duró el influjo del regente se embrollaron todas las ideas. Las cédulas del banco, en que se creía ver un manantial inagotable de riquezas, no fueron mas que un

medio de devorar capitales, de gastar lo que no se tenía, y de hacer bancarrota de lo que se debía. Ridiculizose la moderación y la economía. Los cortesanos del Príncipe, unos por persuasión, y otros por perversidad, le excitaban a la profusión. Allí fue donde se redujo a sistema la máxima de que el lujo enriquece los estados: se empleó el saber y la agudeza en sostener esta paradoja en prosa: se la engalanó con bellos versos; y se creyó de buena fe que se merecía el agradecimiento de la nación disipando sus tesoros. La ignorancia de los verdaderos principios y la disolución del duque de Orleans conspiraron para arruinar el Estado. La Francia se recobró algún tanto con la larga paz conservada por el cardenal de Fleuri, ministro débil para lo bueno y para lo malo, y cuyo gobierno nulo probó a lo menos que en la dirección de los negocios de Estado se hace mucho bien cuando no se hace ningún mal. Los progresos constantes de los diversos géneros de industria, los de las ciencias, cuyo influjo sobre las riquezas veremos más adelante, la tendencia de la opinión decidida en fin a mirar como cosa de algún interés la felicidad de las naciones, hicieron que se extendiesen a la Economía política las especulaciones de un gran número de escritores. Todavía no se conocieron los verdaderos principios; pero supuesto que, según la observación de Fontenelle, es tal nuestra condición que no nos es permitido llegar de repente a ninguna cosa razonable, y que es necesario que pasemos antes por diversos géneros de errores y por diversos grados de extravagancias, ¿deberán mirarse como absolutamente inútiles los deslices que nos han enseñado a andar con más seguridad? Montesquieu, que quería considerar las leyes en todas sus relaciones, investigó el influjo que tienen en las riquezas de las naciones. Pero era necesario empezar por conocer la naturaleza y los manantiales de estas riquezas, de lo cual no tenía Montesquieu la menor idea. Sin embargo, no podernos negar a este grande escritor el mérito de haber ilustrado la legislación con la antorcha de la filosofía; y bajo este concepto es quizá el maestro de los escritores ingleses que se supone serlo de nosotros, así como Voltaire fue el maestro de sus buenos historiadores, los cuales son ahora dignos de servir de modelos. Habiendo establecido el médico Quesnay a mediados del siglo XVIII, algunos principios sobre el manantial de las riquezas, hizo gran número de prosélitos. El entusiasmo de éstos para con su fundador, la escrupulosidad con que desde entonces han seguido siempre los mismos dogmas, su tesón en defenderlos, y el énfasis de sus escritos, fueron causa de que se les considerase como una secta, y se les dio el nombre de Economistas. En vez de observar desde luego la naturaleza de las cosas, esto es, el modo con que estas suceden; de clasificar sus observaciones, y deducir de ellas generalidades, empezaron por sentar generalidades abstractas que calificaban con el nombre de axiomas, y creían ver brillar en ellos la evidencia. Después trataron de reducir a estos axiomas los hechos particulares, de donde deducían reglas; con lo que se hallaron empeñados en la defensa de unas máximas evidentemente contrarias a la sana razón y a la experiencia de los siglos15 , como se verá en varios lugares de esta obra. No habían formado sus antagonistas ideas má s claras de las cosas sobre que disputaban. Habiendo en ambos partidos muchos conocimientos y talentos insignes, se erraba y se acertaba por casualidad; se contestaban los puntos que se debían conceder; se convenía en lo que era falso, y se peleaba a ciegas. Voltaire, que poseía tan perfectamente el arte de exponer a la

risa del público las ridiculeces de los hombres, se burló del sistema de los Economistas en el Poseedor de cuarenta escudos; pero al mismo tiempo que mostraba las extravagancias que se encuentran en el indigesto fárrago de Mercier de la Riviere, y en el Amigo de los hombres de Mirabeau, no podía decir en qué cosas erraban sus autores. Es indudable que los Economistas contribuyeron al bien del Estado proclamando algunas verdades importantes, dirigiendo la atención a objetos de utilidad pública, y promoviendo discusiones que, aunque vanas todavía, eran una preparación para llegar a adquirir ideas más exactas16 . Cuando representaban la industria agrícola como productiva de riquezas, estaban muy lejos de engañarse; y quizá la necesidad en que se constituyeron de desentrañar la naturaleza de la producción, fue causa de que se penetrase más en este importante fenómeno, y condujo a los que le sucedieron a explicarle completamente. Mas por otra parte, hicieron un daño los Economistas, desacreditando muchas máximas útiles, y dando motivo con su espíritu de secta, con el lenguaje dogmático y abstracto de casi todos sus escritos, y con su tono de oráculo, a que se creyese que cuantos se dedicaban a semejantes investigaciones, eran unos ilusos, cuyas teorías, buenas cuando más en los libros, eran inaplicables en la práctica17 . Lo que nadie ha negado a los Economistas, y hasta para hacerlos acreedores al agradecimiento y estimación universal, es que todos sus escritos han sido favorables a la moral mas severa, y a la libertad que debe tener el hombre para disponer a su arbitrio de su persona, talentos y bienes: libertad sin la cual la felicidad individual y la prosperidad pública son palabras que nada significan. No creo que se pueda señalar entre ellos un hombre de mala fe, ni un mal ciudadano. Por esto sin duda casi todos los escritores franceses de alguna reputación, que han tratado de materias análogas a la Economía política desde el año de 1760, sin alistarse positivamente en las banderas de los Economistas, han adoptado sus opiniones. Tales son Rainal, Condocet y otros varios, entre los cuales se pudiera contar a Condillac, bien que éste se empeñó en formar un sistema particular sobre una materia que no entendía. Hay sin embargo algunas ideas buenas entre la ingeniosa charla de su libro18 ; pero, a ejemplo de los Economistas, funda casi siempre un principio en una suposición gratuita: y aun cuando una suposición pueda muy bien servir de ejemplo para explicar lo que se demuestra con el raciocinio, no basta para establecer una verdad fundamental. La Economía política no ha llegado a ser ciencia hasta que ha sido una ciencia de observación. Turgot era demasiado buen patricio para no estimar sinceramente a tan buenos ciudadanos como son los Economistas, y estos por su parte tenían interés en que fuese considerado como su adepto un hombre tan sabio y un ministro de Estado; pero Turgot no dirigía sus juicios por los códigos de aquellos escritores, sino que juzgaba por las cosas mismas; y aunque se equivocó en muchos puntos importantes de doctrina, sus operaciones administrativas, hechas o solamente proyectadas, son las más felices que concibió jamás ningún Estadista. Por tanto, la mayor acusación contra la falta de capacidad de su Príncipe es la de no haber sabido apreciarlas, o si pudo conocer su mérito, la de no haber sabido sostenerlas.

No solamente ejercieron los Economistas algún influjo sobre los escritores franceses, sino también, y muy señalado sobre los Italianos, los cuales llegaron a aventajarlos. Beccaria fue el primero que analizó, en Milán19 en un curso público, las verdaderas funciones de los capitales productivos. El conde de Verri, paisano y digno amigo de Beccaria, grande administrador y escritor excelente, se acercó más que ninguno antes de Smith, en su obra intitulada Meditazioni sull' Economia politica, que se publicó en 1771, a las verdaderas leyes que dirigen la producción y el consumo de las riquezas. Aunque Filangieri no publicó su Tratado de las Leyes políticas y económicas hasta el año 1780, parece que no tuvo noticia de la obra de Smith, impresa cuatro años antes. Sigue los principios de Verri, y aun los explica más que este autor; pero no va guiado de la antorcha de la análisis y de la deducción para pasar de las premisas más acertadas a las consecuencias inmediatas que las confirman, al mismo tiempo que muestran su aplicación y utilidad. No podían estos escritos producir un gran resultado. En efecto ¿cómo es posible conocer las causas que proporcionan la opulencia a las naciones, cuando no se tienen ideas claras acerca de la naturaleza de las riquezas mismas? Es necesario conocer el fin antes de buscar los medios. En 1776, Adan Smith, discípulo de aquella escocesa que ha dado tantos literatos, historiadores, filósofos y sabios de primer orden, publicó su libro intitulado: Examen sobre la naturaleza y causas de la Riqueza de las naciones. Demostró que la riqueza es el valor permutable de las cosas; que somos tanto más ricos cuantas más cosas poseemos que tengan valor; y que pudiéndose dar o añadir valor a una materia, puede crearse la riqueza, fijarse en cosas que antes carecían de valor, conservarse en ellas, acumularse y destruirse20 . Tratando de averiguar qué es lo que da este valor a las cosas, encuentra Smith que es el trabajo del hombre, al cual hubiera debido llamar industria, porque esta palabra abraza partes que no están comprehendidas en la voz trabajo. De esta demostración fecunda deduce muchas e importantes consecuencias sobre las causas que oponiéndose al desarrollo de las facultades productivas del trabajo, se oponen a la multiplicación de las riquezas; y como estas consecuencias están rigurosamente deducidas de un principio incontestable, solo han sido impugnadas por personas superficiales que no han podido entender bien el principio, o por cabezas mal organizadas, y de consiguiente incapaces de comprehender el enlace y relación de dos ideas. Cuando se lee a Smith como merece ser leído, se echa de ver que antes de él no había Econo mía política. Desde entonces el oro, y la plata amonedados no han venido a ser mas que una porción, y aun una porción pequeña de nuestras riquezas, poco importante porque es poco susceptible de aumento, y porque sus usos pueden reemplazarse con más facilidad que los de otras muchas cosas igualmente preciosas: de donde resulta que ni la sociedad ni los particulares tienen interés en proporcionarse mayor cantidad de aquellos metales que la que exigen las necesidades limitadas que experimentan. Bien se deja conocer que este modo de considerar las cosas puso a Smith en estado de determinar con toda extensión, antes que otro alguno, las verdaderas funciones de la moneda en la sociedad; y las aplicaciones que hace de ellas a las cédulas de banco y a las

diferentes especies de papel moneda, son de la mayor importancia en la práctica. Estas aplicaciones le suministraron los medios de probar que un capital productivo no consiste en una suma de dinero, sino en el valor de las cosas que sirven para la producción. Clasifica, analiza aquellas cosas que componen los capitales productivos de la sociedad, y muestra sus verdaderas funciones21 . Antes de Smith se habían establecido en varias ocasiones principios muy verdaderos22 ; pero él fue el primero que mostró por qué lo eran: y pasando más adelante, presentó el verdadero método de notar los errores, y aplicó a la Economía política el nuevo modo de tratar las ciencias, no por medio de una investigación abstracta de sus princ ipios, sino subiendo desde los hechos más constantemente observados hasta las leyes generales que los dirigen. Basta que un hecho pueda tener tal o tal causa, para que el espíritu de sistema infiera que es efecto de ella; pero el espíritu de análisis quiere saber por qué tal causa produjo este efecto, y asegurarse de que no pudo ser producido por ninguna otra causa. La obra de Smith es una serie de demostraciones que han elevado muchas proposiciones a la clase de principios incontestables, y han sumergido un número mucho mayor en aquel abismo en que las ideas vagas e hipotéticas y las imaginaciones extravagantes luchan algún tiempo antes de quedar sepultadas para siempre. Se ha dicho que Smith se había aprovechado mucho de los trabajos de Steuart 23 , a quien no cita una sola vez ni aun para impugnarle. Yo no entiendo qué plagio sea éste. El plan de Smith es enteramente distinto del de Steuart. Aquel sostiene su vuelo sobre un terreno en que éste no se levanta del polvo. Steuart defendió un sistema abrazado ya por Colbert, adoptado después por todos los autores franceses que escribieron acerca del comercio, seguido constantemente por la mayor parte de los gobiernos europeos, y según el cual no dependen las riquezas de un país del total de sus producciones, sino del de sus ventas al extranjero. Smith dedicó una parte importante de su obra a confundir este sistema; y si no citó a Steuart en particular, fue porque este no había dado nombre a ninguna escuela, y porque se trataba de refutar la opinión general de aquel tiempo, más bien que la de un escritor que no sabia pensar por sí solo. También han pretendido los Economistas que habían sido muy útiles a Smith. Pero ¿qué significan estas pretensiones? Al hombre de ingenio le sirven todos los objetos que le rodean: se aprovecha de las nociones sueltas que ha podido recoger, de los errores que ha destruido, y aun de los enemigos que le han atacado, porque todo contribuye a formar sus ideas; pero cuando después llega a hacerse dueño de ellas, cuando estas son vastas y útiles a sus contemporáneos y a la posteridad, entonces es necesario conocer y confesar el mérito que ha contraído, y no echarle en cara las ventajas que pueden haberle proporcionado los que le precedieron en la misma carrera. Por lo demás, Smith confesaba francamente que había aprendido mucho en sus conversaciones con los hombres más ilustrados de Francia, y que no le había sido menos útil la amistad de su paisano Hume, cuyos ensayos contienen gran número de ideas sanas sobre la Economía política y sobre otros muchos asuntos.

Después de haber mostrado, en cuanto lo permite un bosquejo tan rápido, los progresos que hizo la Economía política con la obra de Smith, quizá no será inútil indicar también sumariamente algunos de los puntos en que erró, y otros que dejó por ilustrar. Atribuye al solo trabajo del hombre la facultad de producir valores: lo cual es un error; porque analizada exactamente la materia, resulta, como se verá en el discurso de esta obra, que estos valores son producidos por la acción del trabajo, u más bien, de la industria del hombre, combinada con la acción de los agentes que le ofrece la naturaleza, y con la de los capitales. Por tanto, no formaba Smith una idea cabal del gran fenómeno de la producción: y esto le hizo adoptar algunas consecuencias falsas, como cuando atribuye un influjo gigantesco a la división del trabajo, u por mejor decir, a la separación de ocupaciones; no porque este influjo sea nulo ni aun de poco momento, sino porque las mayores maravillas en este género no son efecto, de la naturaleza del trabajo, sino del uso que se hace de las fuerzas de la naturaleza La falta de un conocimiento exacto de este principio no le permitió establecer la verdadera teoría de las máquinas con respecto a la producción de las riquezas. Conocido después mucho mejor el principio de la producción, se pudo distinguir y asignar la diferencia que se encuentra entre la carestía real y la relativa 24 : diferencia que sirve para resolver una multitud de problemas, que de otro modo son absolutamente inexplicables; por ejemplo: Un impuesto, u cualquiera otro azote que encarezca los géneros ¿aumenta la suma de las riquezas?25 -Componiéndose de los gastos de producción la renta de los productores ¿cómo no se disminuyen las rentas con la diminución en los gastos de producción?- Pues entiéndase que la facultad de poder resolver estas cuestiones espinosas es la que constituye la ciencia de la Economía política26 . Smith limitó la esfera de esta ciencia reservando exclusivamente el nombre de riquezas a los valores que consisten en substancias materiales, debiendo haber comprendido también en ellas los valores que por ser materiales no dejan de ser igualmente reales, como son todos los talentos naturales o adquiridos. De dos personas que están sujetas a la misma privación de bienes, la que tiene algún talento es menos pobre que la otra. La que ha adquirido un talento a costa de un sacrificio anual goza de un capital acumulado, y esta riqueza, aunque inmaterial, está tan lejos de ser ficticia, que diariamente se cambia por plata u oro el ejercicio de un arte. Smith, que explica con tanta sagacidad el modo con que se realiza la producción, y las circunstancias en que se verifica en la agricultura y artes, solo presenta ideas confusas cuando trata del modo con que es productivo el comercio: lo que no le permite explicar, con precisión porqué causa y hasta qué punto contribuye a la producción la facilidad de las comunicaciones. No sujeta a la análisis las diferentes operaciones comprehendidas bajo el nombre general de industria, o de trabajo, como él la llama, y por consiguiente no puede apreciar la importancia de cada una de estas operaciones en la obra de la producción.

Es incompleto e inconexo todo lo que dice acerca del modo con que se distribuyen las riquezas en la sociedad, si bien es constante que esta parte de la Economía política era un campo casi enteramente inculto, porque teniendo los escritores economistas ideas muy poco exactas de la producción de las riquezas, no podían tenerlas mejores acerca de su distribución27 . En fin, aunque el fenómeno del consumo de las riquezas no sea más que el reverso de la producción, y aunque la doctrina de Smith conduzca a considerarle en su verdadero aspecto, éste autor no le explica suficientemente: lo cual no le permite establecer muchas verdades de grande importancia. Así es que no caracterizando las dos especies de consumo, la improductiva y la reproductiva, no prueba de un modo satisfactorio que el consumo de los valores ahorrados y acumulados para formar capitales es tan real como el de los valores que se disipan. Cuanto más se adelante en el conocimiento de la Economía política, tanto más se apreciarán los progresos que hizo esta ciencia con los trabajos de Smith, y los que fueron efecto de las tareas de sus sucesores28 . Estos son los principales defectos que se notan en la obra de Smith por lo tocante a la doctrina. La forma de su libro, esto es, el modo con que se presenta en él la doctrina, merece una censura no menos severa. En muchas partes no tiene Smith la debida claridad, en casi todas se echa de ver la falta de método. Para entenderle bien es necesario haberse acostumbrado a coordinar las ideas y a dar razón de ellas, examinándolas muy menudamente: y este trabajo le hace inaccesible a la mayor parte de los lectores, a lo menos en algunos puntos; de suerte que ciertas personas ilustradas que se preciaban de entenderle y admirarle han escrito sobre materias que él trató, por ejemplo sobre el impuesto, sobre las cédulas de banco, como suplemento de la moneda sin haber entendido ni una sola palabra de su teoría acerca de estas materias, la cual forma sin embargo una de las partes más hermosas de su obra. Sus principios fundamentales no tienen un lugar determinado para su explicación, y así es que muchos de ellos se encuentran esparcidos en las dos excelentes refutaciones que hizo del sistema exclusivo u mercantil, y del sistema de los Economistas, sin que se hallen en ninguna otra parte. Los principios que tienen relación con el precio real y el precio nominal de las cosas, es necesario buscarlos en una disertación sobre el valor de los metales preciosos en los cuatro últimos siglos; y las nociones sobre las monedas se encuentran en el capítulo de los tratados de comercio. Las largas digresiones son también otro defecto en que concurrió este autor. No hay duda en que la historia de una ley o de una institución es instructiva en sí misma, como un depósito de hechos, pero en un libro consagrado a la exposición de los principios generales, es innegable que los hechos particulares, cuando nos sirven únicamente de ejemplos y de medios de ilustrar la materia, no hacen más que recargar inútilmente la atención. La pintura que hace de los progresos de las naciones de Europa después de la caída del imperio romano es una digresión magnifica. Lo mismo se puede

decir de la discusión llena de verdadero saber, de filosofía y aun de delicadeza, y tan prodigiosamente instructiva sobre la instrucción pública. Algunas veces están traídas por los cabellos estas disertaciones. Con motivo de tratar de los gastos públicos, presenta una historia muy curiosa de los diferentes modos de pelear, usados en diferentes pueblos y en diversas épocas, y explica por este medio los triunfos militares que lograron, los cuales vinieron a decidir de la civilización de muchos países del globo. Otras veces sucede que estas largas digresiones interesan únicamente a los ingleses. Tal es el prolijo examen de las ventajas que resultarían a la Gran Bretaña si admitiese en el parlamento representantes de todas sus posesiones. La excelencia de una obra literaria está igualmente cifrada en lo que contiene y en lo que deja de contener. Un número tan considerable de pormenores sólo sirve de aumentar el libro, no diré que inútilmente, pero sí de un modo inútil para su objeto principal, que es la explicación de los principios de la Economía política. Así como Bacon dio a conocer la insuficiencia de la filosofía de Aristóteles, así también Smith descubrió la falsedad de todos los sistemas de Economía; pero ni el último levantó el edificio de esta ciencia, ni el primero fue el creador de la lógica: y sin embargo debemos estar muy agradecidos a uno y a otro por haber puesto a sus sucesores en el camino que guía seguramente al conocimiento de la verdad29 . Entretanto no se conocía aun ningún verdadero tratado de Economía política: no había obras en que se hallasen buenas observaciones reducidas a principios generales que pudiesen ser aprobados por todos los hombres juiciosos, y en que estas observaciones y principios estuviesen tan coordinados y fuesen tan completos que se corroborasen unos a otros, y pudiesen estudiarse con fruto en todos tiempos y lugares. Para ponerme en estado de tentar esta obra útil, me ha sido preciso estudia r lo que se había escrito hasta el día de hoy, y olvidarlo después: estudiarlo, para aprovecharme de las observaciones de muchos hombres capaces que me han precedido; olvidarlo, para no dejarme extraviar por ningún sistema, y poder consultar siempre la naturaleza y el orden que siguen las cosas, según nos las presenta la sociedad. Nada me proponía probar. Mi objeto era exponer cómo se forman, se difunden y se destruyen las riquezas. ¿De qué modo podía yo adquirir el conocimiento de estos hechos? Observándolos. Presento pues el resultado de estas observaciones que cualquiera podrá volver a hacer por sí mismo. En cuanto a las conclusiones generales que de ellas deduzco, tendré por jueces a cuantos lean mi obra. Lo que sí debía exigirse de las luces del siglo, y de aquel método que tanto ha contribuido a los progresos de las otras ciencias, era que subiese yo constantemente hasta la naturaleza de las cosas, y no estableciese jamás ningún principio metafísico que no fuese inmediatamente aplicable en la práctica; de modo que comparado siempre con hechos conocidos, fuese fácil hallar su confirmación en aquello mismo que descubre su utilidad.

Era necesario, además de esto, exponer y probar breve y claramente los sólidos principios fijados hasta ahora, establecer lo s que no lo habían sido, y enlazarlo todo de manera que se pudiese tener seguridad de que no se encuentra ya en este punto ninguna laguna importante, ni queda por descubrir ningún principio fundamental. Era necesario desterrar de la ciencia muchas preocupaciones; pero sin detenerse más que en los errores acreditados y en los autores que han adquirido gran reputación; porque en realidad ¿qué daño puede causar un escritor desconocido o una necedad desacreditada? Era indispensable dar precisión a las expresiones a fin de que ninguna palabra pudiese entenderse jamás de dos modos diferentes; y reducir las cuestiones a sus términos más sencillos para que fuese fácil descubrir todos los errores, y especialmente los míos. En fin, se debía popularizar tanto la doctrina30 que cualquier persona de sana razón pudiese comprehenderla en su conjunto y en sus pormenores, y aplicar sus principios a todas las circunstancias de la vida. Se me ha impugnado, principalmente en lo que he dicho acerca del valor de las cosas como medida de las riquezas. No tengo disculpa, pues debí explicarme de modo que nadie pudiese equivocarse. La única respuesta útil era usar de más claridad, y he procurado hacerlo. Pido perdón a los compradores de las primeras ediciones de esta obra, de las numerosas correcciones que he hecho en ésta. Mi primera obligación en un asunto tan importante para la felicidad de los hombres, era procurar que mi libro saliese con el menor número de defectos que fuese posible. Después de las primeras ediciones que de él se hicieron, han publicado nuevos tratados de Economía política varios escritores, entre los cuales hay algunos que gozan de una celebridad justamente adquirida31 . No me corresponde, juzgarlos en el todo de sus obras, y decidir si contienen o no, una exposición clara, completa y bien enlazada de los principios en que estriba esta ciencia. Lo que puedo decir con sinceridad es que en muchas de estas obras se hallan verdades y explicaciones a propósito para adelantar mucho la ciencia, y que me he perfeccionado con su lectura; pero usando del derecho que tiene todo escritor, he podido observar en qué cosas son desmentidos por un estudio mas escrupuloso de los hechos algunos de los principios que se establecen en ellas. Quizá no falta fundamento para echar en cara al Señor Ricardo que sus raciocinios estriban algunas veces en principios abstractos a los cuales da demasiada generalidad. Manejando una hipótesis que no se puede impugnar, porque está fundado en observaciones constantes, sigue sus raciocinios hasta las últimas consecuencias, sin comparar sus resultados con los de la experiencia; semejante a un sabio mecánico que en virtud de pruebas irrecusables deducidas de la naturaleza de la palanca demostrase la imposibilidad de los saltos que ejecutan diariamente los bailarines en nuestros teatros. ¿Pues cómo sucede esto? El raciocinio va, por así decirlo, en línea recta; pero una fuerza vital, que muchas veces no se percibe, y es siempre incalculable, hace que los hechos se desvíen notablemente de nuestros cálculos. No hasta proceder en virtud de hechos, sino que es necesario colocarse dentro de ellos, seguirlos escrupulosamente, y comparar de continuo las consecuencias que se deducen con los efectos que se observan. La Economía política, para ser verdaderamente útil, no debe enseñar, aun cuando fuese por raciocinios exactos, y procediendo de premisas ciertas lo que necesariamente ha de suceder; sino que

debe mostrar cómo lo qué sucede realmente es consecuencia de otro hecho real, descubrir la cadena que los une, y acreditar siempre por medio de la observación la existencia de los dos puntos donde vuelve a unirse la cadena. Por lo que toca a las opiniones extravagantes o anticuadas, producidas o reproducidas con tanta frecuencia, y que son incapaces de acreditar a sus autores, aunque por otra parte tengan estos bastantes conocimientos; el mejor modo de impugnarlas es explicar las sanas doctrinas con cuanta claridad sea posible, y dejar al tiempo el cuidado de difundirlas. De lo contrario, habría que entrar en controversias interminables que nada enseñarían al público ilustrado, y harían creer al público ignorante que nada está demostrado, porque se disputa de todo. Algunos campeones natos de toda especie de ignorancia han observado con una confianza doctoral que las naciones y los particulares saben muy bien aumentar sus haciendas sin conocer la naturaleza de las riquezas, y que este es un conocimiento puramente especulativo e inútil. Esto es lo mismo que si se dijese que se sabe muy bien vivir y respirar sin la anatomía y medicina, y que por lo mismo, son superfluos estos conocimientos. Imposible sería sostener semejante proposición. ¿Pero qué diríamos si fuese sostenida por unos doctores que al mismo tiempo que desacreditasen la medicina, nos sujetasen a un método curativo fundado en un rancio empirismo, u en las más necias preocupaciones?, ¿si proscribiesen toda enseñanza metódica y regular?, ¿si a pesar nuestro hiciesen en nosotros experiencias crueles? ¿si sus recetas estuviesen acompañadas del aparato y autoridad de las leyes? y en fin ¿si las hiciesen ejecutar por ejércitos de dependientes y soldados? Se ha dicho también en apoyo de los antiguos errores que algún fundamento deben tener unas ideas tan generalmente adoptadas por todas las naciones, y que es justo desconfiar de observaciones y raciocinios que trastornan lo que hasta el día de hoy se ha tenido por constante, y lo que han admitido tantos personajes recomendables por sus luces e intenciones. Confieso que este argumento es capaz de hacer una impresión profunda, y podría constituir en la clase de dudosos los puntos más incontestables, sino hubiésemos visto que las opiniones más falsas y reconocidas ya generalmente como tales, han sido recibidas y profesadas por toda clase de personas durante una larga serie de siglos. No ha mucho tiempo que todas las naciones, desde la más grosera hasta la más ilustrada, y todos los hombres, desde el ganapán hasta el más sabio filósofo, admitían cuatro elementos. Nadie hubiera pensado ni aun en poner en duda esta doctrina, la cual es sin embargo tan falsa que no hay en el día ayudante de naturalista que no se desacreditase, si mirase como elementos la tierra, el agua, el aire y el fuego 32 . ¿Cuántas otras opiniones que reinan en la actualidad, y son muy respetadas, tendrán la misma suerte? Hay cierta epidemia en las opiniones de los hombres, los cuales están expuestos a ser acometidos de enfermedades morales que inficionan toda la especie. Hay épocas en que del mismo modo que la peste, la enfermedad se consume y pierde su malignidad sin que para ello sea necesario ningún auxilio externo; pero es indispensable que pase tiempo. En Roma se consultaban todavía las entrañas de las víctimas trescientos años después de haber dicho Cicerón que no podía ya un augur encontrar a otro sin reírse.

Al ver esta sucesiva fluctuación de opiniones, parece que no se debe admitir ninguna cosa como segura, sino declararse por la duda universal. Pero está muy lejos de ser así: porque los hechos observados diferentes veces por hombres capaces de verlos en todos sus aspectos, salen del dominio de la opinión, cuando están bien comprobados y descritos, y entran en el de la verdad. Cualquiera que sea la época en que se mostró que el calor dilata los cuerpos, no ha sido posible destruir esta verdad. Las ciencias morales y políticas ofrecen verdades igualmente incontestables, aunque más difíciles de demostrar: y aunque no hay quien no se crea autorizado para hacer descubrimientos en ellas y juzgar sin apelación los de los demás, son sin embargo muy pocos los hombres dotados de bastantes conocimientos adquiridos y de miras suficientemente vastas para estar seguros de que comprehenden todas las relaciones del objeto sobre que se atreven a juzgar. Causa admiración ver con qué desembarazo se deciden en nuestras tertulias las cuestiones mas espinosas, no de otro modo que si se penetrase a fondo todo lo que puede y debe influir en el juicio que de ellas se forma, lo que viene a ser lo mismo que si una porción de gentes que pasasen con precipitación por delante de la fachada de un soberbio palacio, se creyesen fundadas para decirnos todo lo que pasa en su interior. Ciertas personas, cuyo talento no ha llegado jamás a vislumbrar un estado social mejor que el presente, afirman con arrogancia que no puede existir; y confesando los males del orden establecido, se consuelan con decir que no es posible que las cosas vayan de otro modo. Esto trae a la memoria lo que cuentan de un Emperador del Japón que estuvo para reventar de risa cuando le dijeron que los Holandeses no tenían Reyes. Los Iroqueses no conciben cómo sea posible vencer, sin asar los prisioneros que se han hecho. Aunque muchas naciones de Europa se hallan en una situación bastante floreciente al parecer, y aunque haya algunas que gastan de 1.400 a 1.500 millones de francos, sólo para el pago de su gobierno, no conviene sin embargo persuadirse que su situación no deja nada que desear. El rico Sibarita que vive en el palacio que tiene en la ciudad, o que habita en su magnifica casa de campo, según más le agrada, gozando en esta y en aquel, a costa de grandes sumas, de los placeres más refinados que puede inventar la sensualidad, trasladándose cómodamente y con rapidez a donde quiera que le convidan nuevos deleites, disponiendo de los brazos y talentos de un número considerable de criados y de gentes destinadas a complacerle, y reventando diez caballos por satisfacer un capricho, puede creer que las cosas van bastante bien, y que la Economía política ha llegado a su mayor perfección. Pero en los países que llamamos florecientes ¿Cuántas personas hallaremos en estado de gozar de estas comodidades? Una a lo sumo entre cien mil; y quizá no habrá una entre mil que tenga lo que se llama un decente pasar. Por todas partes se ve la extenuación de la miseria al lado de la lozana robustez de la opulencia, el trabajo forzado de los unos compensando la ociosidad de los otros, casas arruinadas y columnatas, los andrajos de la indigencia mezclados con la ostentación del lujo; en una palabra, las más inútiles profusiones en medio de las necesidades más urgentes. Los que han hecho su fortuna en este estado de desorden, no dejan de hallar argumentos para justificarle a los ojos de la razón; porque en efecto ¿qué es lo que no se podrá defender, cuando se presentan las cosas por un solo lado? Si mañana hubiesen de

extraerse de nuevo los lo tes para asignarles el puesto que debían ocupar en la sociedad, no les faltaría mucho que reprender en ello. De este modo las opiniones en materia de Economía política no solamente son defendidas por la vanidad, que es la dolencia más universal de los hombres, si no también por el interés personal, que no lo es menos, y que sin saberlo nosotros, y a pesar nuestro, tiene tanto imperio sobre nuestro modo de pensar. De aquí aquella intolerancia decisiva con que se intimida la verdad, y se ve obligada a retroceder, o si se arma de valor, cae en desgracia, y aun suele ser objeto de persecuciones. Están ya tan difundidas las luces que un físico puede asegurar sin riesgo que las leyes de la naturaleza son las mismas en un mundo que en un átomo; pero el publicista que se atreve a decir que hay una analogía perfecta entre las rentas de un Estado y las de un particular, y que la administración de las familias debe dirigirse por los mismos principios de Economía que la del tesoro público, puede prepararse a oír los gritos de mil clases de gentes y a refutar diez o doce sistemas. Fuera de esto, se encuentran escritores que tienen la deplorable facilidad de hacer artículos de diarios, folletos y tomos sobre lo que el los mismos confiesan que no entienden, de lo que resulta que esparcen sobre la ciencia las nubes de su entendimiento, y obscurecen lo que empezaba a ilustrarse. El público indolente encuentra mas cómodo creerlas sobre su palabra que instruir un proceso. Otras veces se le presenta un aparato de guarismos que le seduce, como si los números por sí solos probasen algo, y no se necesitase un raciocinio seguro para establecer bien una regla y deducir consecuencias de ella. Tales son las causas que se oponen a los progresos de la Economía política. Sin embargo, vemos por todas partes señales ciertas de que esta hermosa y útil ciencia va a propagarse con rapidez. Desde que se advirtió que no era ya hipotética, sino experimental, se conoció su importancia. Se ha adoptado su enseñanza en todos los países donde se aprecia la ilustración. Ya tenía profesores en las universidades de Alemania, Escocia, España, Italia y el Norte; pero será cultivada en adelante con muchas más ventajas, y con todos los caracteres de los estudios mas ciertos. Mientras que la universidad de Oxford sigue todavía servilmente su antigua rutina, la de Cambridge estableció, no hace muchos años, una cátedra para la enseñanza de esta ciencia nueva. Hay clases particulares de ella en muchos países, y entre otros en Ginebra. El comercio de Barcelona ha fundado a sus expensas una escuela de Economía política33 . Este estudio forma una parte de la educación de los Príncipes: y los que merecen serlo, se avergüenzan de ignorar sus principios. El Emperador de Rusia ha querido que sus hermanos los grandes duques Nicolás y Miguel estudiasen la Economía política bajo la dirección del señor Storch. En fin el gobierno francés acaba de honrarse para siempre la primera cátedra de Economía política que se ha erigido en Francia con la sanción de la ley. Cuando los jóvenes que ahora estudian, se hallen esparcidos en todas las clases de la sociedad, y elevados a los principales puestos de la administración, serán las operaciones públicas mucho mejores que en los tiempos pasados. Teniendo más conocimiento de sus verdaderos intereses los gobernantes y los gobernados, advertirán

que estos conocimientos no son contrarios entre sí: lo que producirá naturalmente menos opresión por una parte y más confianza por otra. Los autores que desde ahora se atrevan a escribir de política, de historia, y principalmente de rentas, comercio y artes, sin haberse instruido de antemano en los principios de la Economía política, estén seguros de que sólo darán a luz folletos, o libros que no lograrán fijar la atención del público. Pero lo que ha contribuido sobre todo a los progresos de la Economía política son las graves circunstancias en que el mundo civilizado se ha visto comprometido de treinta años a esta parte. Los gastos de los gobiernos han subido a un punto escandaloso: la necesidad que, para salir de sus apuros, han tenido de contar con sus súbditos, ha sido para éstos una lección que les ha mostrado si son o no importantes: el concurso de la voluntad general, o a lo menos de lo que parece serlo, ha sido reclamado si no establecido, casi en todas partes. No habiendo sido suficientes las enormes contribuciones exigidas a los pueblos con pretextos más o menos especiosos, fue necesario recurrir al crédito: para obtenerle hubieron de mostrarse las urgencias a que era preciso atender y los recursos con que para ello se contaba; y la publicidad de las cuentas del Estado, junta con la necesidad de justificar a los ojos del público los actos de la administración, produjeron en la política una revolución moral, cuyo curso no es ya posible detener. Al mismo tiempo hubo grandes trastornos y desgracias que dieron lugar a grandes experiencias. El abuso del papel- moneda, de las interrupciones comerciales, y otros de diferentes especies pusieron a la vista las últimas consecuencias de casi todos los excesos. La destrucción de unas barreras formidables; invasiones colosales; ruina de unos gobiernos; creació n de otros; nuevos imperios formados en otro hemisferio; colonias elevadas a la clase de independientes; cierta efervescencia general en los ánimos, tan favorable al desarrollo de las facultades humanas; bellas esperanzas y grandes yerros han extendido cie rtamente de un modo muy considerable el círculo de nuestras ideas, al principio entre los hombres que saben observar y pensar, y después entre todas las gentes. La facilidad poder seguir el encadenamiento de las causas y de los efectos es la que constituye el estado de perfección progresiva de las ciencias morales y políticas; y cuando se sabe bien cómo resultan unos de otros los hechos concernientes a ellas, no cabe duda en que se puede observar la conducta, más ventajosa en todas las situaciones que se presenten. Para destruir la mendicidad, por ejemplo, no se hace entonces lo que sólo conduce a multiplicar los pobres; ni para proporcionar la abundancia se toman las providencias que producen sin duda alguna el efecto de desterrarla. Se conocen los caminos por donde llegan las naciones a un estado próspero y feliz. Y se pueden elegir los mejores. Se ha creído mucho tiempo que la Economía política estaba reservada únicamente al corto número de hombres que dirigen los negocios del Estado. No ignoro cuánto importa que los hombres encargados del poder tengan más ilustración que los otros: y sé también que las faltas de los particulares no pueden arruinar más que a un corto número de familias, al paso que las de los Príncipes y ministros derraman la desolación en todo

un país. ¿Pero pueden ser ilustrados los Príncipes y los ministros, cuando no lo son los simples particulares? Veámoslo. En la clase media tan distante de la embriaguez de la grandeza como de los trabajos forzados de la indigencia; en la clase en que se encuentra la honrada mediocridad de bienes, el hábito del trabajo y la comodidad de poder suspender las tareas en ciertos ratos, los libres desahogos y comunicaciones de la amistad, la afición a la lectura y la posibilidad de viajar; en esta clase, digo, es donde tienen origen las luces, y desde ella pasan a los grandes y al pueblo, porque ni éste ni aquellos tienen tiempo para meditar, ni adoptan las verdades hasta que llegan a ellos en forma de axiomas y sin necesidad de pruebas. Y aun cuando un Monarca y sus principales ministros estuviesen familiarizados con los principios en que se funda la prosperidad de las naciones ¿qué harían con su saber, si no tuviesen en todos los ramos de la administración, hombres capaces de comprenderlos, de interesarse en sus miras y de realizar sus proyectos? La prosperidad de una ciudad y de una provincia depende algunas veces del trabajo de una oficina, y el jefe de una administración muy pequeña suele tener un influjo superior al del legislador mismo con promover una decisión importante. En los países que gozan de la felicidad de tener un gobierno representativo, están mas obligados todos los ciudadanos a instruirse en los principios de la Economía política, puesto que todos ellos pueden tener parte en las deliberaciones relativas a los negocios del Estado. En fin, suponiendo que todos los que intervienen en el gobierno, sea en el grado que se quiera, pudiesen ser instruídos sin que la nación lo fuese (lo cual es enteramente improbable), ¿qué resistencia no experimentaría el cumplimiento de sus mejores designios? ¿qué obstáculos no encontrarían en las preocupaciones de aquellos mismos que deberían sacar mayores ventajas de sus planes? Para que una nación goce de los beneficios de un buen sistema económico, no basta que sus jefes sean capaces de adoptar los mejores planes, sino que además es necesario que la nación se halle en estado de recibirlos34 . Este es también el medio de evitar las vacilaciones y las perpetuas mudanzas de principios, que no permiten aprovecharse, ni aun de lo bueno que puede haber en un mal sistema. El espíritu de tesón y constancia es uno de lo s principales elementos de la prosperidad de las naciones, como lo prueba la Inglaterra, que se ha enriquecido y ha llegado a ser más poderosa de lo que parecía corresponder a su extensión, siguiendo constantemente el sistema, molesto por muchos títulos para ella misma, de apoderarse exclusivamente del comercio marítimo de las demás naciones. Mas para seguir mucho tiempo el mismo camino, es necesario poder, elegir uno que no sea demasiado malo, porque no haciéndolo así, se encontrarán dificultades insuperables que no habían podido preverse, y será forzoso mudar de rumbo, aun sin versatilidad. Quizá se deben atribuir a esta causa las inconsecuencias con que se ha visto afligida la Francia de dos siglos a esta parte, quiero decir, desde que se halló en estado de

poder alcanzar el alto grado de prosperidad a que la convidaban su suelo, su posición y el ingenio de sus habitantes. Semejante a un bajel que boga sin brújula y sin carta, a merced de los vientos y de la locura de los pilotos, sin saber de dónde sale ni adónde quiere arribar, daba pasos inciertos, porque no había en la nación opinión fija sobre las causas de la prosperidad pública35 . Esta opinión habría extendido sucesivamente su influjo a varios administradores, los cuales, aun cuando no la hubiesen adoptado, a lo menos no se habrían declarado contra ella demasiado directamente, y la nave del Estado no hubiera estado expuesta a aquellas mudanzas de maniobras que tan cruelmente la maltrataron. Son tan funestos los efectos de la versatilidad que ni aun se puede pasar de un mal sistema a otro bueno, sin graves inconvenientes. Sin duda que el régimen prohibitivo y exclusivo se opone prodigiosamente al desarrollo de la industria y a los progresos de la riqueza de las naciones; y a pesar de esto, no se podrían suprimir de repente, sin causar grandes males, las instituciones fundadas por él36 . Se necesitarían medidas graduales, conducidas con sumo arte, para llegar sin inconvenientes a un orden de cosas más favorables: del mismo modo que cuando a los viajeros, que recorren los climas del norte, se les hielan algunos miembros, se usa de gradaciones insensibles para preservarlos de los riesgos de una curación demasiado repentina, y se consigue de esta manera restituir a las partes enfermas la vida y la salud. No siempre son aplicables los mejores principios. Lo que interesa es conocerlos, y después se toma de ellos lo que se puede o lo que se quiere. Es indubitable que una nación nueva, la cual pudiese consultarlo s en todo y por todo, llegaría en breve a un estado brillante: pero toda nación puede sin embargo alcanzar un grado satisfactorio de prosperidad, aunque los viole en muchos puntos. La acción poderosa de la fuerza vital hace que crezca y prospere el cuerpo humano, a pesar de los excesos de la juventud, de los contratiempos a que está sujeto, y aun de las heridas que recibe. No hay en la práctica perfección absoluta fuera de la cual todo, haya de ser males o raíz de males. En todas partes va el mal mezclado con el bien. Si aquel es mayor, resulta la decadencia: si lo es el bien, se dan pasos mas o menos rápidos hacia la prosperidad, sin que haya cosa que deba desanimar nuestros esfuerzos cuando van dirigidos a conocer y propagar los buenos principios. El menor paso que se da en este camino es un bien y produce frutos muy preciosos. Si conviene al interés del Estado que sepan los particulares cuáles son los verdaderos principios de la Economía política, ¿quién se atrevería a decir que les será inútil este conocimiento en la dirección de sus asuntos propios? Convengo en que se gana dinero sin conocer la naturaleza y origen de las riquezas, pues basta para esto un cálculo muy sencillo, que puede hacer el más rústico aldeano: Tal objeto me costará tanto, con inclusión de todos los gastos: le venderé en tanto: con que ganaré tanto. Sin embargo, el tener nociones exactas sobre la naturaleza y orden progresivo de los valores acarrea indisputablemente muchas ventajas para juzgar con acierto de las empresas en que se entra como parte principal o como accionista; para preveer lo que habrá que gastar en ellas y cuáles serán sus productos; para imaginar los medios de que prosperen, y dar nuevo valor a los derechos respectivos; para elegir la clase de imposiciones más sólidas, y preveer el éxito de los empréstitos y de los demás actos de la administración; para

mejorar las tierras a tiempo, y contrapesar con conocimiento de causa las anticipaciones ciertas con los productos presumidos; para conocer las necesidades generales de la sociedad, y elegir su profesión con arreglo a ellas; para discernir los síntomas de prosperidad o de decadencia del cuerpo social, &c. A pesar de ser tan falsa la opinión de que el estudio de la Economía política conviene solamente a los Estadistas, ha sido causa de que casi todos los autores hasta el tiempo de Smith, hayan imaginado que su principal vocación era la de dar consejos al gobierno; y como estaban muy lejos de convenirse entre sí, teniendo por otra parte un conocimiento muy imperfecto de lo s hecho, de su enlace y consecuencias, cosas que también eran enteramente desconocidas al vulgo, debió mirárseles como gentes ilusas que deliraban acerca del bien público: y de aquí el desdén con que las personas constituidas en dignidad recibían todo lo que tenía la apariencia de un principio científico. Pero desde que se han aplicado a la investigación de los hechos y a los raciocinios fundados en ellos, los métodos rigurosos que nos conducen a la verdad en todos los demás ramos de nuestros conocimientos, y se han reducido las funciones de la Economía política a enseñarnos cómo suceden las cosas relativamente a las riquezas, no tiene ya que dar consejos al gobierno; y si éste desea conocer las consecuencias buenas o malas de sus planes, puede consultar la Economía política como consulta la hidráulica, cuando quiere construir una bomba o una exclusa. El servicio que se debe hacer al gobierno, es una exacta representación de la naturaleza de las cosas y de las leyes generales que se derivan de ella necesaria mente. Quizá será también justo hasta que todas estas ideas lleguen a hacerse más familiares, dirigirle en algunas aplicaciones. Si las desdeña o desprecia, el mal será para él y para los pueblos. El cultivador que siembra cizaña, no puede coger trigo. Ciertamente si la Economía política descubre los manantiales de las riquezas, si muestra los medios de hacerlos abundantes, y enseña el arte de sacar de ellos más y más sin agotarlos nunca; si prueba que, la población puede ser más numerosa y estar al mismo tiempo más provista de los bienes de este mundo; si evidencia que los intereses de los ricos y de los pobres, los de una nación y los de otra no están opuestos entre sí, y que todas las rivalidades son una pura vanidad; si resulta de todas sus demostraciones que una infinidad de males que se creían desesperados, no solamente son curables, sino también fáciles de curar, y que no durarán más tiempo que el que se quiera que duren, es necesario convenir en que hay pocos estudios más importantes, más dignos de una alma noble y de un espíritu elevado. El tiempo es por cierto un gran maestro, y no hay cosa que pueda suplir su acción. Solo a él toca demostrar las ventajas que se pueden sacar del conocimiento de la Economía política en la legislación y en la administración de los Estados. El hábito que por una parte condena a muchas personas sensatas a hablar y a conducirse como si no tuviesen el menor conocimiento de los verdaderos principios, siendo así que convienen en ellos37 ; y la resistencia que oponen, por otra parte a muchos de estos principios el interés privado y el interés nacional mal entendido, no deben sorprender ni amedrentar a los hombres que están animados del amor del bien público. La física de Newton,

unánimemente desechada en Francia por espacio, de cincuenta años, se enseña ahora en todas nuestras escuelas. En fin, se conocerá que hay estudios más importantes que aquel, si se mide su utilidad por el influjo que tienen en la suerte de los hombres. ¡Qué ignorantes y bárbaras son todavía las naciones que se llaman civilizadas! Córranse provincias enteras de esta Europa tan orgullosa: pregúntese a cien personas, a mil, a diez mil, y apenas se hallarán en este número una o dos que tengan alguna tintura de estos conocimientos sublimes de que se gloria nuestro siglo. No solamente se ignoran las verdades de un orden superior, lo cual no tendría nada de extraño, sino aun los elementos más sencillos y más aplicables a la posición particular de cada individuo. ¿Y qué cosa menos común que las cualidades necesarias para instruirse? ¡Cuán pocas son las personas capaces de observar lo que están viendo todos los días, y que sepan dudar de aquello mismo que ignoran! Están pues todavía muy lejos los conocimientos sublimes de haber proporcionado a la sociedad las ventajas que se deben esperar de ellos, y sin las cuales no pasarían de la línea de dificultades curiosas. Quizá está reservado al siglo XIX perfeccionar sus aplicaciones. Veremos así en las ciencias morales como en las físicas, algunos hombres de singular talento, que extendiendo el campo de sus teorías descubrirán métodos que hagan accesibles las verdades importantes a los que solo estén dotados de medianas disposiciones. Entonces seremos guiados en las ocurrencias ordinarias de la vida, no por principios relevantes sino por nociones sanas; juzgaremos de todo, no por lo que otros dijeron, sino por la naturaleza de las cosas mejor conocida; subiremos por hábito y naturalmente al origen de toda verdad; no nos dejaremos deslumbrar con vanas palabras, ni guiar por nociones falsas. No pudiendo ya la perversidad valerse del arma del charlatanismo, perderá su principal fuerza, y no logrará entonces por mucho tiempo aquellos triunfos tan triste para los hombres de bien, como funestos a las naciones.

Libro I De la producción de las riquezas

Capítulo I Qué lo que debe entenderse por producción

Si se observa lo que los hombres reunidos en sociedad entienden por riquezas, se hallará que designan con este más cantidad de cosas, cualquiera que sea, que tienen valor por sí mismas, como tierras, metales, monedas, granos, telas, y todo género de mercancías. Si dan también el nombre de riquezas a contratos de rentas, y a efectos de comercio, es evidentemente porque comprehenden una obligación de entregar cosas que

tienen valor por sí mismas. En resolución, no hay riquezas sino donde se encuentran cosas que tienen un valor real e intrínseco. La riqueza está en proporción de este valor: es grande, si la suma de los valores de que se compone es considerable; y es pequeña, si lo son los valores. El valor de cada cosa es arbitrario y vago entretanto que no está reconocida. El poseedor de esta cosa pudiera estimarla en un precio muy subido, sin ser por eso más rico. Pero, en el momento en que otras personas consienten en dar en cambio para adquirirla, cierta cantidad de otras cosas, que por su parte tienen valor, entonces se puede decir que la primera de estas cosas vale tanto como las otras. La cantidad de moneda que se conviene en dar para obtener una cosa, se llama su precio: y es su precio corriente en una época y en paraje determinado si el poseedor de la cosa está seguro de poder obtener aquel precio, en caso de que quiera deshacerse de ella38 . El conocimiento de la verdadera naturaleza de las riquezas así designadas, de las dificultades que hay que vencer para adquirirlas, de la dirección que siguen al distribuirse en la sociedad, del uso que se puede hacer de ellas, como también de las consecuencias que resultan de estos hechos diversos, es el que constituye al ciencia, a que se da el nombre de Economía política. El valor que atribuyen los hombres a las cosas, tiene su primer fundamento en el uso que pueden hacer de ellas. Unas sirven de alimento, otras de vestido; unas nos defienden del rigor del clima, como las casas; otras, como los adornos y los muebles preciosos, satisfacen nuestros gustos que son una especie de necesidad, o lisonjean nuestra vanidad, la cual puede colocarse también en el número de nuestras necesidades. Siempre es cierto que los hombres dan valor a una cosa en razón de sus usos, y que desprecian absolutamente lo que de nada sirve 39 . Permítaseme, llamar utilidad a la facultad que tienen ciertas cosas de poder satisfacer las diversas necesidades de los hombres. Diré que crear objetos que tienen una utilidad, cualquiera que sea, es crear riquezas, supuesto que la utilidad de estas cosas es el primer fundamento de su valor, y que su valor es una riqueza. Pero no se crean objetos. La masa de las materias de que se compone el mundo, no puede aumentar ni disminuir. Todo lo que nosotros podemos hacer es reproducir estas materias bajo otra forma que las haga a propósito para un uso que no tenían, o que aumente la utilidad que podían tener. Entonces hay creación, no de materia, sino de utilidad: hay producción de riquezas. De este modo se debe entender la palabra producción en la Economía política y en el discurso de esta obra. La producción no es una creación de materia, sino de utilidad, la

cual no se mide por la longitud, volumen o peso del producto, sino por la utilidad que en él se encuentra. De que el precio sea la medida del valor de las cosas, y de que su valor lo sea de su utilidad, no se debería sacar la consecuencia absurda de que aumentando su precio por medios violentos, se aumenta su utilidad. El valor permutable, o el precio, no es una indicación de la utilidad que reconocen los hombres en una cosa, sino en cuanto el convenio u ajuste que hacen entre sí no está sujeto a ningún influjo que sea extraño a esta misma utilidad; así como el barómetro no indica el peso de la atmósfera sino en cuanto no está sujeto a ninguna otra acción que la del peso de la atmósfera. En efecto, cuando un hombre vende a otro un producto, cualquiera que sea, vende la utilidad que hay en este producto; y el comprador no le adquiere sino a causa de su utilidad, o del uso que puede hacer de él. Si por cualquier motivo tiene que pagar el comprador más de lo que le vale esta utilidad, para un valor que no existe, y que por consiguiente no ha recibido40 . Esto es lo que sucede cuando el gobierno concede a cierta clase de negociaciones el privilegio exclusivo de comerciar en ciertos géneros, por ejemplo, en mercancías de la India; de donde resulta la subida de precio de estos géneros, sin que sea mayor su utilidad ni su valor intrínseco. Este exceso de precio es un dinero que pasa del bolsillo de los consumidores al de los negociantes privilegiados, y que no enriquece a éstos sino empobreciendo inútilmente a aquellos en la misma suma que pagan de más. Del mismo modo, cuando el gobierno carga sobre el vino un impuesto, por el cual se vende a tres reales la botella que a no ser por esto se vendería a dos, no hace más que trasladar un real desde la mano de los productores o de los consumidores del vino41 a la del recaudador. La mercancía no es aquí otra cosa que un medio más o menos seguro de afianzar la contribución, y su valor corriente se compone de dos elementos, a saber, en primer lugar su valor real fundado en su utilidad, y después el valor del impuesto que el gobierno tiene a bien exigir por dejarla fabricar, circular o consumir. Por consiguiente no hay verdadera producción de riqueza sino donde hay creación o aumento de utilidad. Sepamos cómo se produce esta utilidad.

Capítulo II De las diferentes especies de industria, y cómo concurren a la producción

Nosotros gozamos de los bienes que la naturaleza nos concede gratuitamente, como el aire, el agua, y en ciertos casos la luz, sin que nos veamos obligados a producirlos. Estas cosas no tienen valor permutable; porque poseyéndolas también por su parte los demás hombres, jamás necesitan adquirirlas. No siendo susceptibles de ser conseguidas por la producción ni de ser destruidas por el consumo, no son de la inspección de la Economía política. Pero hay otras muchas cosas no menos esenciales para nuestra existencia y felicidad, y de las cuales no gozaría jamás el hombre si su industria no promoviese, coadyuvase e diese la última mano a las operaciones de la naturaleza. Tales son la mayor parte de los géneros que sirven para nuestro alimento, vestido y habitación. Cuando la industria se limita a recogerlas de manos de la naturaleza, se llama industria agrícola, o simplemente agricultura. Cuando separa, mezcla, y dispone los productos de la naturaleza, apropiándolos a nuestras necesidades, se la llama industria fabril42 . Cuando pone a nuestro alcance los objetos de nuestras necesidades, que de otro modo no lo estarían, se la llama industria comercial, o simplemente comercio. Sólo por medio de la industria pueden los hombres hallarse provistos con alguna abundancia de las cosas que les son necesarias, y de aquella multitud de otros objetos, cuyo uso, sin ser de una necesidad indispensable, denota sin embargo la diferencia que hay entre una sociedad civilizada y una horda de salvajes. La naturaleza, abandonada a sí misma, proveería escasamente a la subsistencia de un corto número de hombres. Se han visto países fértiles, pero desiertos, que no han podido alimentar a algunos infelices náufragos; mientras que, gracias a la industria, se ve en muchas partes subsistir cómodamente una población numerosa en el suelo más ingrato. Se da el nombre de productos a las cosas que nos proporciona la industria. Rara vez sucede que un producto sea el resultado de un solo género de industria. Una mesa es un producto de la industria agrícola que cortó el árbol con que se hizo, y de la industria fabril que le dio la forma. El café es para Europa un producto de la agricultura que plantó y cogió esta semilla en Arabia o en otras partes, y de la industria comercial que la pone en manos del consumidor. Estas tres clases de industria, que si se quiere, se pueden dividir en una multitud de ramificaciones, conc urren a la producción de un modo exactamente idéntico. Todas dan una utilidad a lo que no la tenía, o aumentan la que una cosa tenía antes. Sembrando el labrador un grano de trigo, hace que nazcan veinte; pero no los saca de la nada, sino que se sirve de un instrumento poderoso, que es la tierra, y dirige una operación por la cual diferentes sustancias que antes estaban esparcidas en el suelo, en el agua y en el aire, se convierten en granos de trigo.

La agalla, el sulfato de hierro y la goma arábiga, son sustancias esparcidas en la naturaleza. La industria del negociante y del fabricante las reúne, y su mezcla nos da aquel licor negro, por cuyo medio transmitimos conocimientos útiles. Estas operaciones del negociante y del fabricante son análogas a las del cultivador, el cual se propone un fin, y se vale de medios del mismo género que los otros dos. Nadie tiene el don de crear la materia: ni aun puede hacerlo la naturaleza misma. Pero todo hombre puede servirse de los agentes que le ofrece la naturaleza para dar utilidad a las cosas; y aun toda industria no consiste más que en el uso que se hace de estos agentes. El producto del trabajo más perfecto, aquel cuyo valor casi entero consiste en la hechura, ¿no es por lo común el resultado de la acción del acero, cuyas propiedades son un don de la naturaleza, y se ejercen en una materia, cualquiera que sea, la cual es otro don de la naturaleza?43 Por haber desconocido este principio, incurrieron en graves errores, los Economistas del siglo XVIII, entre los cuales había por otra parte escritores muy ilustrados. No concedían el nombre de productiva sino a la industria que nos proporciona nuevas materias, a la industria del agricultor, del pescador, del minero, sin atender a que estas materias no son riquezas sino en razón de su valor, porque la materia sin valor no es riqueza, como se echa, de ver en los guijarros, en el polvo y en el agua. Luego si es el valor de la materia el que constituye la riqueza, se crea riqueza dando valor. En efecto, el que tiene en su almacén un quintal de lana en paños finos y hermosos, es más rico que el que el que tiene un quintal de lana en sacas. A este argumento replicaban los Economistas que el valor adicional dado a un producto por el fabricante se compensaba con el valor que había consumido este fabricante en el tiempo que necesitó para concluir su obra. Decían que la concurrencia de los fabricantes, no les permitía subir los precios más de lo que se necesitaba para indemnizarlos de sus propios consumos; y que así, destruyendo por una parte sus necesidades lo que por otra producía su trabajo, no resultaba de éste ningún aumento de riquezas para la sociedad44 . Hubiera sido necesario que los Economistas probasen en primer lugar que la producción de los artesanos y fabricantes era necesariamente contrapesada por sus consumos: y éste no es un hecho, porque hay sin duda más ahorros efectivos y más capitales acumulados en los provechos de los fabricantes y negociantes, que en los de los cultivadores. En segundo lugar, los provechos que resultan de la producción fabril no dejan de ser reales y adquiridos, porque se consuman y sirvan para la manutención de los fabricantes y de sus familias; antes bien si sirven para su manutención es porque son riquezas reales, y tan reales como las de los hacendados y agricultores, las cuales se consumen del mismo modo en la manutención de estas clases. La industria comercial contribuye a la producción del mismo modo que la fabril, aumentando el valor de un producto por medio de su traslación de un lugar a otro. Un

quintal de algodón adquiere un nuevo uso, y vale más en un almacén de Europa que en otro de Fernambuco. Esta es una forma que da el comerciante a las mercancías, forma que hace a propósito para el uso las cosas que no lo eran; forma no menos útil, no menos complicada ni arriesgada que cualquiera de las que dan las otras dos industrias. Con el mismo objeto, y para un resultado análogo se sirve de las propiedades naturales de la madera y de los metales que entran en la construcción de sus buques, del cáñamo con que se forman las velas, del viento que las hinche, y de todos los agentes naturales que pueden contribuir a sus designios, del mismo modo que un agricultor se sirve de la tierra, de la lluvia, y de los aires45 . Así, cuando Raynal dice del comercio, oponiéndole a la agricultura y a las artes: El comercio no produce nada por sí mismo, no había formado una idea cabal del fenómeno de la producción. Raynal cometió en esta ocasión, por lo tocante al comercio el mismo error que los Economistas con respecto al comercio y a las manufacturas. Estos decían: solo la agricultura produce; aquel pretende que sólo producen la agricultura y las artes industriales. Se engaña algo menos; pero al fin se engaña también. Igualmente se aparta Condillac del verdadero camino, cuando quiere explicar de qué modo produce el comercio. Pretende que valiendo menos todas las mercancías para el que las vende que para el que las compra, se aumenta su valor sin más que pasar de una mano a otra. Pero este es un error, porque siendo la venta un cambio en que se recibe una mercancía (dinero, por ejemplo) en trueque de otra, la pérdida que cada uno de los contratantes experimentase en una de ellas, compensaría la ganancia que tuviese en la otra; y no habría en la sociedad, valor producido por el comercio46 . Cuando se compra en París vino de España, se da realmente un., valor igual por otro: el dinero que se da y el vino que se recibe valen tanto uno como otro; pero el vino no valía tanto antes de salir de Alicante: su valor se alimentó verdaderamente en manos del comerciante, por razón, del transporte, y no en el momento del cambio; y así ni el vendedor es un bribón, ni el comprador un simple que se deja engañar: por lo que no tiene razón Condillac, para decir que si se cambiasen siempre valores iguales, no resultaría ganancia alguna a favor de los contratantes47 . En ciertos casos producen, las demás industrias de un modo análogo al del comercio, dando valor a algunas cosas a las cuales no añaden ninguna cualidad nueva, sino la única. circunstancia de aproximarlas al consumidor. Tal es la industria del minero. El metal y la hulla existen ya en la tierra tan completos como pueden estar, y no tienen allí ningún valor. Los saca el minero y esta operación que los hace a propósito para el uso, les da un valor. Lo mismo sucede con el arenque. En el mar, y fuera del agua es el mismo pez; pero en esta última forma adquiere una utilidad, un valor que no tenía 48 . Pudieran multiplicarse infinito los ejemplos; y vendrían todos a refundirse unos en otros por una especie de degradación, como los seres naturales que separa el naturalista en diferentes clases para describirlos con más facilidad. El error fundamental en que han caído los economistas, y de que no se han librado sus contrarios, los ha conducido a extrañas consecuencias. Según ellos, no pudiendo los

fabricantes y negociantes añadir nada a la masa común de las riquezas, viven a expensas de los únicos que producen, esto es, de los propietarios y cultivadores de tierras; si añaden algún valor a las cosas, es sólo consumiendo un valor equivalente, que proviene de los verdaderos productores; las naciones que se dedican a las fábricas y al comercio, viven únicamente con el salario que les pagan las naciones agrícolas; y traen por prueba de todo esto que Colbert arruinó la Francia porque protegió las manufacturas &c.49 Lo que hay es, que cualquiera que sea la industrial que se ejerce, se vive con los provechos que se sacan del valor o porción de valor, sea el que quiera, que se da a un producto. De este modo sirve el valor entero de los productos para pagar las ganancias de los productores. No es solamente el producto neto el que satisface las necesidades de los hombres, sino también el producto en bruto, u la totalidad de los valores creados. Una nación, o la clase de una nación, que ejercen la industria fabril o la comercial, no son más ni menos asalariadas que otras que ejercen la industria agrícola. Los valores creados por unas no son de una naturaleza que los creados por otras. Dos valores iguales valen tanto uno como otro, aunque provengan de dos industrias diferentes: y cuando la Polonia cambia su principal producción, que es el trigo, por la principal producción de la Holanda, que se compone de mercancías de las dos Indias, ni la Holanda es asalariada por la Polonia ni la Polonia por la Holanda. La Polonia, que exporta anualmente por valor de diez millones de francos en trigo, hace precisamente lo que según los Economistas enriquece más a una nación; y sin embargo queda pobre y despoblada: lo cual consiste en que limita su industria a la agricultura, cuando al mismo tiempo debería dedicarse a las fábricas y al comercio. Así, lejos de asalariar a la Holanda está bien al contrario asalariada por ésta para fabricar si puedo explicarme así, por diez millones de francos en trigo al año. Ni es menos dependiente que las naciones que le compran sus granos, porque tiene tanta necesidad, de venderlos como ellas de comprarlos50 . En fin, no es cierto que Colbert arruinase la Francia. Al contrario es un hecho indubitable que durante la administración de Colbert salió la Francia de la miseria en que se hallaba sumergida de resultas de dos regencias y de un mal reinado. Es verdad que después volvió a ser arruinada; pero esta desgracia debe imputarse al fausto y a las guerras de Luis XIV; y los gastos mismos de este Príncipe prueban la extensión de los recursos que le había proporcionado Colbert. A la verdad habrían sido mucho mayores estos recursos, si hubiese protegido la agricultura tanto como las demás industrias. No son pues tan limitados como imaginan los Economistas, los medios que tiene cada nación para extender y aumentar sus riquezas. Según ellos, una nación no podía producir anualmente más valores que el producto neto de sus tierras, y era necesario que se comprehendiese en él, no sólo la manutención de los propietarios y ociosos, sino también la de los negociantes, fabricantes y artesanos y los consumos del gobierno; al paso que acabamos de ver que el producto anual de una nación se compone, no sólo del producto neto de su agricultura, sino también del producto en bruto de su agricultura, de sus fábricas y de su comercio reunidos. ¿No tiene en efecto para su consumo el valor

total, esto es, el valor en bruto de todo lo que ha producido? ¿Deja de ser riqueza el valor producido, porque haya de consumirse necesariamente? o por mejor decir ¿no procede su valor de la necesidad de este mismo consumo?51 El Ingles Steuard, a quien podemos mirar como el principal escritor del sistema exclusivo, de aquel sistema que supone que nadie se enriquece sin que otro pierda, no se equivocó menos cuando dijo52 , que una vez que cese el comercio exterior, no puede aumentarse la masa de las riquezas interiores. Parece, según esto, que las riquezas sólo pueden venir de afuera. ¿Pero allí mismo de dónde irían? De afuera sin duda: y así sería necesario que buscándolas de un país en otro, siempre afuera, y suponiendo agotadas las minas, saliésemos de nuestro globo: lo cual es un absurdo. En este principio evidentemente falso fundó también, Forbonnais su sistema prohibitivo 53 , y en el mismo se funda, si hemos de hablar con franqueza, el sistema exclusivo de los negociantes poco ilustrados, y el de todos los gobiernos de Europa y del mundo. Todos creen que lo que gana un particular, lo pierde necesariamente otro; y que lo que gana un país, lo pierde otro inevitablemente, como si las cosas no fuesen susceptibles de crecer en valor, y como si la propiedad de muchos particulares no pudiese aumentarse sin despojar de ella a nadie. Si unos no pudiesen enriquecerse sino a expensas de otros, ¿cómo podrían todos los particulares de que se compone un Estado ser al mismo tiempo más ricos en una época que en otra, como lo son evidentemente en Francia, en Inglaterra, en Holanda, en Alemania, respecto de lo que antes eran? ¿Cómo serían al mismo tiempo más opulentas todas las naciones en nuestros días, y estarían más provistas de todo que en el siglo VII? ¿De dónde habrían sacado las riquezas que ahora poseen, y que entonces no estaban en parte alguna? ¿Acaso de las minas del Nuevo Mundo? Pero ya eran más ricas antes del descubrimiento de América. Por otra parte ¿qué es lo que han producido las minas del Nuevo Mundo? Valores metálicos. Pero los otros valores que poseen las naciones en mayor cantidad que en la edad media ¿de dónde los han sacado? Es evidente que estos son valores creados. Concluyamos pues que las riquezas, las cuales consisten en el valor que da a las cosas la industria humana por medio de los agentes naturales, pueden crearse, destruirse, aumentarse y disminuirse en el seno mismo de cada nación e independientemente de toda comunicación exterior, según el medio que se adopta para producir estos efectos: verdad importante, supuesto que pone al alcance de los hombres los bienes que con tanta razón codician, siempre que sepan y quieran emplear los medos conducentes para obtenerlos, cuya explicación es el objeto de esta obra.

Capítulo III Qué cosa sea un capital productivo, y de qué modo concurren los capitales a la producción

Continuando, en observar las operaciones de la industria, advertiremos muy pronto que ella sola, abandonada a sí misma, no basta para crear el valor de las cosas. Es necesario además que el hombre industrioso posea productos ya existentes, sin los cuales su industria, por aventajada que se la suponga, hubiera permanecido en un estado de inacción. Estas cosas son: 1.º Las herramientas e instrumentos de las diferentes artes. Nada puede hacer el cultivador sin azadón o pala, el tejedor sin telar, ni el navegante sin navío. 2.º Los productos que deben suministrar para la manutención del hombre industrioso, hasta que acabe su porción de trabajo en la obra de la producción. Es verdad, que el producto en que entiende, o el precio que sacará de él debe reembolsar esta manutención; pero él se ve en la precisión de anticipar continuamente los gastos que exige. 3.º Las materias en bruto, que su industria ha de transformar en productos completos. No, hay duda en que la naturaleza le da algunas veces gratuitamente estas materias; pero lo más común es que sean productos ya creados por la industria, como las semillas que suministra la agricultura, los metales que recibimos de la industria del minero y del fundidor, las drogas que trae el comerciante de las más remotas extremidades del globo. El hombre industrioso que trabaja en estas materias, tiene también que anticipar su valor. El valor de todas estas cosas compone lo que se llama un capital productivo. Es necesario considerar también como capital productivo el valor de todas las obras y mejoras que se hacen en una finca, y aumentan su producto anual, el valor de los ganados, y el de los ingenio, que son especies de máquinas a propósito para la industria. Las monedas son igualmente un capital productivo siempre que sirven para los cambios sin los cuales no podría verificarse la producción. Semejantes al aceite que suaviza los movimientos de una máquina complicada, las monedas esparcidas en todos los rodajes de la industria humana dan lugar a movimientos que no existirían sino fuese por ellas. Pero el oro y la plata no son productivos cuando la industria deja de emplearlos, así como es inútil el aceite que se encuentra en los rodajes de una máquina parada. Lo mismo sucede con todos los demás instrumentos de que se sirve la industria. Se ve que sería grande error creer que el capital de la sociedad no consiste más que en su moneda. El comerciante, el fabricante, el cultivador no poseen ordinariamente en especie de moneda, sino la parte más pequeña del valor que compone su capital: y aun cuanto más activa es su empresa, tanto menor es, con respecto a lo demás, la porción de capital que tienen en nume rario. Si se trata de un comerciante, consisten sus fondos en mercancías que se transportan por mar y por tierra, o están en almacenes esparcidos en diferentes puntos; si de un fabricante, consisten principalmente en primeras materias más

o menos elaboradas, en herramientas, instrumentos y provisiones para sus obreros; si de un labrador, en trojes, ganados, cercas &c. todos huyen de guardar más dinero que el que pueden exigir los usos corrientes. Lo que se verifica con respecto a uno, dos, tres, o cuatro individuos, se verifica igualmente con respecto a la sociedad entera. El capital de una nación se compone, de todos los capitales de los particulares; y cuanto mayor es su industria y su prosperidad, tanto menos considerable es su capital en dinero, comparado con la totalidad de sus capitales. Necker valúa en dos mil y doscientos millones de francos el valor del numerario que circulaba en Francia por los años de 1784, y esta valuación parece exagerada por razones que no es del caso exponer aquí, pero estímese el valor de todas las obras, cercas, ganados, ingenios, máquinas, barcos, mercancías y todo género de provisiones pertenecientes a Franceses o a su gobierno en todas las partes del mundo; añádase a esto el de los muebles, adornos, alhajas, plata labrada y todos los efectos de lujo u de recreo que poseían en la misma época, y se verá que los dos mil y doscientos millones de numerario son una parte muy pequeña de todos estos valores54 . Becke valúa el total de los capitales de Inglaterra en dos mil y trescientos millones de esterlinas55 (más de cincuenta y cinco mil millones de francos), y el valor total del dinero en especie que circulaba en Inglaterra antes del papel moneda de que se sirve actualmente, no pasaba, según los que más le han exagerado, de cuarenta y siete millones de esterlinas56 , que viene a ser una quincuagésima parte de esterlinas de su capital. Smith le valuaba en 18 millones, lo que no llegaría a la centésima vigésima séptima parte de su capital. Los capitales que posee el gobierno de una nación, forman parte de los capitales de la nación misma. Más adelante veremos cómo los capitales, perpetuamente gastados y consumidos en la producción, son perpetuamente reproducidos por la acción misma de la producción; o por mejor decir, como su valor, que se destruye bajo una forma, vuelve a aparecer bajo otra forma distinta. Contentémonos por ahora con entender bien que sin ellos nada produciría la industria: de suerte que es necesario, por decirlo así, que trabajen de concierto con ella: y a este concurso doy yo el nombre de servicio productivo de los capitales.

Capítulo IV De los agentes naturales que sirven para la producción de las riquezas, y particularmente de los terrazgos

Además de los socorros que saca la industria de los capitales, esto es, de los productos que ya ha creado, para crear otros, emplea el servicio y la fuerza de diversos agentes que no son obra suya, sino que se los ofrece la naturaleza, y ella saca de la acción de estos agentes naturales e estos agentes naturales una porción de utilidad que da a las cosas. Así cuando se labra y se sie mbra un campo, además de los conocimientos y del trabajo que se emplea en esta operación, y además de los valores ya formados de que se hace uso, como son los de arados, rastrillos, semillas, vestidos y alimentos consumidos por los trabajadores durante el tiempo de la producción, hay un trabajo ejecutado por el suelo, el aire, el agua y el sol, en que no tiene parte alguna el hombre, y que sin embargo concurre a la creación de un nuevo producto que se cogerá en el tiempo de la cosecha. Este es el trabajo que yo llamo servicio productivo de los agentes naturales. Esta expresión, agentes naturales, se toma aquí en un sentido muy extenso, porque no solo comprehende los cuerpos inanimados cuya acción trabaja en crear valores, sino también las leyes del mundo físico, como la gravitación que hace descender la pesa de un reloj, el magnetismo que dirige la aguja de una brújula, la elasticidad del acero, el peso de la atmósfera, el calor que se desprende por la combustión, &c. Está muchas veces tan íntimamente unida la facultad productiva de los capitales y la de los agentes naturales, que es difícil y aun imposible señalar exactamente la parte que cada uno de estos agentes tiene en la producción. Un invernáculo en que se conservan vegetales preciosos, y una tierra en que el riego bien entendido ha derramado una agua fecundante, reciben la mayor parte de su facultad productiva de trabajos y obras que son efecto de una producción anterior, y forman parte de los capitales consagrados a la producción actual. Lo mismo puede decirse de los desmontes, de las casas de labor, de las cercas, y de todas las mejoras que se hacen en un terrazgo. Estos valores forman parte de un capital, aunque ya sea imposible separarlos de la finca en que están radicados57 . En el trabajo de las máquinas, por cuyo medio aumenta el hombre su poder de un modo tan considerable, se debe atribuir una parte del producto obtenido al valor capital de la máquina, y otra a la acción de las fuerzas de la naturaleza. Supongamos que en lugar de las aspas de un molino de viento hay una rueda de calandria58 , movida por diez hombres. Entonces podría considerarse el producto del molino como el fruto del servicio de un capital, que sería el valor de la máquina, y del servicio de los diez hombres que la movían; pero si substituimos aspas a la rueda, es evidente que el viento, agente suministrado por la naturaleza, ejecuta la obra de diez hombres. En este caso pudiera suplirse por otra fuerza la acción de un agente natural; pero en otros muchos casos no hay cosa alguna con que se pueda suplir esta acción, sin que por eso sea menos real. Tal es la fuerza vegetativa de la tierra, y tal es la fuerza vital que contribuye al acrecentamiento y vigor de los animales de que hemos llegado a enseñorearnos. Un rebaño de carneros es el resultado, no sólo de los cuidados del amo y del zagal, y de las anticipaciones que se hicieron para mantenerle, abrigarle y esquilarle,

sino también de la acción de las vísceras y de los órganos de aquellos animales, en que por decirlo así, hozo la naturaleza todo el gasto. De este modo trabaja casi siempre la naturaleza de concierto con el hombre y con los instrumentos de que éste se vale; y ganamos tanto más en este concierto, cuanto más ahorramos nuestro trabajo y el de nuestro capitales, que es necesariamente costoso, y hacemos que ejecute la naturaleza una parte mayor de los productos. Smith se afanó mucho en explicar la abundancia de los productos que gozan las naciones civilizadas, comparada con la penuria de las naciones groseras, y a pesar de la multitud de ociosos y de jornaleros improductivos que se encuentran a cada paso en nuestras sociedades. Buscó el origen de aquella abundancia en la división del trabajo59 Conviene Smith en que la inteligencia humana y el conocimiento de las leyes de la naturaleza permiten al hombre usar con más ventajas de los recursos que ésta le presenta: pero atribuye a la separación de ocupaciones la inteligencia misma y el saber del hombre, en lo cual tiene razón hasta cierto punto, supuesto que la persona que se ocupa exclusivamente en un arte o en una ciencia, tiene más medios para adelantar sus progresos. Pero una vez que se conoce el modo con que obra la naturaleza, la producción que de aquí resulta no es el producto del trabajo del inventor. El primer hombre que supo ablandar los metales con el fuego, no es el creador actual de la utilidad que añade esta operación al metal fundido. Esta utilidad es el resultado de la acción física del fuego, junta con la industria y los capitales de aquellos que emplean la operación. Por otra parte ¿no hay descubrimientos y métodos que son efecto de la casualidad, o tan evidente por sí mismos que no se necesitó ningún arte para hallarlos? Cuando se corta un árbol, producto espontáneo de la naturaleza, ¿no entra la sociedad en posesión de un producto superior a lo que es capaz de proporcionarle la sola industria del leñador? De este error dedujo Smith la falsa consecuencia de que todos los valores producidos representan un reciente o antiguo del hombre, o en otros términos, que la riqueza no es más que trabajo acumulado, de donde, por una consecuencia igualmente falsa, tendremos que el trabajo es la única medida de las riquezas o de los valores producidos. Se ve que este sistema es diametralmente opuesto al de los Economistas del siglo XVIII, los cuales pretendían muy al contrario, que el trabajo no produce ningún valor sino consumir otro valor equivalente; que por consecuencia no deja ningún sobrante ni ningún producto neto, y que siendo la tierra la única que suministra gratuitamente un valor, es también la única que puede dar un producto neto. Una y otra tesis adolecen del achaque de sistema: lo que advierto para que se tomen precauciones contra las consecuencias peligrosas que se pueden deducir de un primer error admitido60 , y para que la ciencia quede concentrada en la sencilla observación de los hechos, los cuales nos demuestran que los valores producidos son efecto de la acción y del concurso de la industria, de los capitales61 y de los agentes naturales, entre los que debe considerarse como el principal; pero de ningún modo como el único, la tierra cultivable, y que estas tres fuentes son las que producen exclusivamente un valor o una riqueza nueva.

Entre los agentes naturales hay unos que son susceptibles de apropiación, esto es, de llegar a ser propiedad de los que se apoderan de ellos, como un campo, una corriente, &c, y otros que no se pueden apropiar, sino que tienen siempre un uso común, como el viento, el mar, y los ríos que sirven de vehículos, la acción física o química de las materias, &c. Ocasión tendremos de convencernos de que esta doble circunstancia de ser o no ser susceptibles de apropiación los agentes productivos, es muy favorable a la multiplicación de las riquezas. Los agentes naturales, como las tierras, que son susceptibles de apropiación, no producirían, ni con mucho, tanto como producen, si el propietario no estuviese seguro de coger exclusivamente su fruto, ni pudiese añadirles sin recelo valores capitales que aumentan singularmente sus productos. Por otra parte la latitud ilimitada que deja a la industria para apoderarse de todos los demás agentes naturales, le permite extender indefinidamente su acción y sus productos. No es la naturaleza la que pone límites al poder productivo de la industria, sino la ignorancia de los productores y la mala administración de los Estados. Los agentes naturales que son susceptibles de ser poseídos constituyen, terrenos productivos, porque no prestan su concurso sin retribución, y ésta, como veremos después, forma parte de las rentas de sus poseedores. Contentémonos por ahora con entender bien la acción productiva de los agentes naturales conocidos o por conocer, cualesquiera que sean.

Capítulo V De qué modo se reúnen la industria, los capitales y los agentes naturales para producir

Hemos visto cómo concurren a la producción, cada cual por su parte, la industria, los capitales y los agentes naturales; y que estos tres elementos de la producción son indispensables para que haya productos creados, aunque no sea necesario para este efecto que pertenezcan a una misma persona. Un hombre industrioso puede prestar su industria al que no posee más que un capital y un terrazgo. El poseedor de un capital puede prestarle a la persona que no tenga más que un terrazgo e industria. El propietario de un terreno puede prestarle a la persona que sólo tiene industria y un capital. Ya sea que se preste industria, un capital o un terrazgo, como estas cosas concurren a crear un valor, su uso tiene un valor también, y se paga por lo común. El pago de una industria prestada se llama salario.

El pago de un capital prestado se llama interés. El pago de un terrazgo prestado se llama arrendamiento u alquiler. El terreno, el capital y la industria se hallan algunas veces reunidos en una misma mano. El hombre que cultiva su jardín a sus propias expensas, posee el terreno, el capital y la industria, y goza a un mismo tiempo los beneficios de propietario territorial, capitalista y hombre industrioso. El amolador, que ejerce una industria, para la cual no se necesita ningún terrazgo, lleva a la espalda todo su capital, y en los dedos toda su industria, de modo que es a un mismo tiempo empresario, capitalista y obrero. Pocos empresarios hay tan pobres que no posean en propiedad una parte a lo menos de su capital. Casi siempre suministra el obrero mismo una porción de él: el albañil lleva consigo su llana, el oficial de sastre su dedal y agujas: todos se presentan más o menos bien vestidos; y aunque el salario que gana debe bastar para la conservación constante de su ropa, al fin tienen que anticipar su coste. Cuando el terreno no es una propiedad particular, como sucede con ciertas canteras, y con los ríos y mares, a donde va la industria a buscar piedras, peces, perlas, coral, &c, entonces se pueden obtener productos con industria y capitales solamente. Bastan asimismo la industria y el capital, cuando la industria trabaja en productos de un terreno extranjero, que se pueden adquirir con capitales solos, como cuando fabrica entre nosotros telas de algodón, y otras muchas cosas. Así, toda especie de manufacturas da productos, con tal que haya industria y capital. El no es absolutamente necesario, a no ser que se de este nombre al lugar en que están colocados los talleres, y por el cual se paga un alquiler: lo que no dejaría de ser exacto. Pero si se llama terreno el lugar en que se ejerce la industria, se habrá de convenir a lo menos en que hasta un terreno muy reducido para ejercer una industria muy considerable, con tal que haya un buen capital. De aquí se puede inferir la consecuencia de que la industria de una nación no es coartada por la extensión de su territorio, sino por la de sus capitales. Un fabricante de medias, con un capital que supongo igual a veinte mil francos, puede tener diez telares continuamente ocupados. Si llega a tener un capital de cuarenta mil francos, podía ocupar veinte telares: es decir, que podrá comprar diez telares, pagar doble alquiler, adquirir doble cantidad de seda o de algodón para el trabajo de su fábrica, hacer las anticipaciones que exige la manutención de doble número de obreros, &c. &c. Sin embargo, la parte de la industria agrícola que se aplica al cultivo de las tierras, esta necesariamente coartada por la extensión del terreno; porque ni los particulares ni las naciones pueden hacer que su territorio sea más extenso, ni más fértil que lo que ha dispuesto la naturaleza; pero pueden aumentar de continuo sus capitales, poner en

actividad mayor masa de industria, y multiplicar por consiguiente sus productos, o sean sus riquezas. Se han visto algunos pueblos, como el de Ginebra, cuyo territorio no producía la vigésima parte de los que se necesitaba para su subsistencia y que sin embargo vivían con abundancia. La comodidad habita en la estériles gargantas del Jura, porque en ellas se ejercen muchas artes mecánicas. En el siglo XIII, cuando todavía no tenía la república de Venecia un palmo de terreno en Italia, se enriqueció tanto con su comercio que llegó a conquistar la Dalmacia, la mayor parte de las islas de Grecia, y la ciudad de Constantinopla. La extensión y fertilidad del territorio de una nación dependen de la felicidad de su posición: su industria y sus capitales dependen de su conducta; y así está siempre en su mano perfeccionar aquella y aumentar estos. Las naciones que tienen pocos capitales experimentan un perjuicio en la venta de sus productos, el cual nace de que no pueden conceder a sus compradores sean naturales o extranjeros, largos plazos, o facilidades para el pago. He aquí la razón porque algunas veces es necesario enviar a las Indias y a Rusia el precio de lo que se compra, seis meses y aun un año antes del momento en que pueden realizarse las comisiones. Preciso es que estas naciones tengan por otra parte grandes ventajas para hacer unas ventas tan considerables a pesar de este obstáculo. Habiendo visto de que modo concurren a crear productos, esto es, cosas para el uso del hombre, tres grandes agentes de la producción, que son la industria humana, los capitales y los agentes que nos ofrece la naturaleza, penetremos más adelante y examinemos la acción de cada uno en particular. Esta investigación es importante, pues nos conducirá insensiblemente a saber lo que es más o menos favorable a la producción, fuente de la comodidad de los particulares y del poder de las naciones.

Capítulo VI De las operaciones comunes a todas las industrias

Observando en sí mismos los métodos de que se sirve la industria, humana, cualquiera que sea el objeto a que se aplique, se echa de ver que se compone de tres operaciones distintas. Para obtener un producto, sea el que quiera, ha sido necesario ante todas cosas estudiar el orden y las leyes de la naturaleza con relación a este producto. ¿Cómo se hubiera hecho una cerradura, sin haber llegado a conocer antes las propiedades del hierro, y por qué medios se le puede extraer de la mina, afinarle, ablandarle y labrarle?

Después ha sido necesario aplicar estos conocimientos a un uso útil, juzgar que dando cierta forma al hierro, se podría cerrar una puerta para todos, excepto para el que tuviese la llave, &c. En fin, ha sido necesario, ejecutar el trabajo manual indicado por las dos operaciones precedentes, esto es, forjar y limar las varias piezas de que se compone una cerradura. Rara vez sucede que estas tres operaciones sean ejecutadas por una misma persona. Lo más común es que un hombre estudie el orden y las leyes de la naturaleza. Este es el Sabio. Otro se aprovecha de estos conocimientos para crear productos útiles. Este es el Agricultor, el Fabricante o el Comerciante. Otro en fin trabaja según las direcciones dadas por los dos primeros. Este es el Obrero. Examínense sucesivamente todos los productos, y se verá que no han podido existir sino a consecuencia de estas tres operaciones. Si se trata de un costal de trigo, u de un tonel de vino, ha sido necesario que el naturalista o el agrónomo conociesen el orden que sigue la naturaleza en la producción del grano u de la uva, el tiempo y el terreno favorable para sembrar y plantar, y el cuidado que se necesita para que estas plantas lleguen a perfecta sazón. El arrendador o el propietario han aplicado estos conocimientos a su posición particular, han reunido los medios de conseguir un producto útil, y han alejado los obstáculos que pudieran impedirlo. En fin, el obrero ha arado la tierra, la ha sembrado, ha cavado y podado la viña. Eran necesarios estos tres géneros de operaciones para que fuese completa la producción del trigo u del vino. Si queremos un ejemplo tomado del comercio exterior, elijamos el añil. La ciencia del geógrafo, la del viajero y la del astrónomo nos dan a conocer el país donde se encuentra, y nos muestran los medios de atravesar los mares. El comerciante apresta buques, y envía a buscar la mercancía. El marinero y el carruajero trabajan mecánicamente en esta producción. Considerando el añil solamente como una de las primeras materias de otro producto, por ejemplo, de un paño azul, se advierte que el químico da a conocer la naturaleza de esta sustancia, el modo de disolverla, y los mordientes que la fijan en la lana. El fabricante reúne los medios de producir este tinte, y el obrero ejecuta su órdenes. En todos partes se compone la industria de la teoría, de la aplicación y de la ejecución, y no puede ser perfectamente industriosas una nación, si no sobresale en estos tres géneros de operaciones; porque si es inhábil en una o en otra, no puede

proporcionarse productos que son resultados de todas ellas: con lo que se manifiesta la utilidad de las ciencias que a primera vista parece están únicamente destinadas a satisfacer una vana curiosidad62 . Los negros de la costa de África son muy mañosos, y desempeñan bien todos los ejercicios corporales y el trabajo de manos; pero muestran poca capacidad para las dos primeras operaciones de la industria; por lo que se ven obligados a comprar a los Europeos las telas, armas y adornos que necesitan. Es su país tan poco productivo, a pesar, de su feracidad natural, que los navíos que van a buscar esclavos no encuentran en él ni aun las provisiones necesarias para el viaje, y tienen que hacerlas de antemano 63 . Los modernos han poseído en un grado más perfecto que los antiguos, y los Europeos aun mucho más que los otros habitantes del globo, las cualidades favorables a la industria. El hombre menos acomodado de nuestras ciudades goza de una infinidad de conveniencias de que se ve privado el monarca de los salvajes. Solamente las vidrieras por donde entra la luz en su cuarto, al mismo tiempo que le preservan de la intemperie del aire, son el resultado admirables de observaciones y conocimientos recogidos y perfeccionados por espacio de muchos siglos. Ha sido necesario saber qué especie de arena era susceptible de transformarse en una materia extensa, sólida y transparente; con qué mezclas, y con qué grados de calor se podría obtener este producto, como también conocer la mejor forma que debía darse a los hornos. Sólo la armadura con que está cubierta una fábrica de vidrio es el fruto de los conocimientos más sublimes sobre la fuerza de las maderas, y sobre los medios de emplearlas con ventaja. No bastaban estos conocimientos, supuesto que podían existir solamente en la memoria de algunas personas o en los libros. Fue necesario que se presentase un fabricante con los medios de ponerlos en práctica. Ete empezó por instruirse en lo que se sabía sobre este ramo de industria; reunió capitales, artífices y obreros, y señaló a cada uno su ocupación. En fin, la destreza de los obreros, de los cuales unos construyeron el edificio y los hornos, otros mantuvieron el fuego, hicieron la mezcla, soplaron el vidrio, le cortaron, extendieron, acomodaron y sentaron; esta destreza, digo, es la que completó la obra: y la utilidad y hermosura del producto que de aquí resultó, excede a cuanto pudieran imaginar los que no conociesen todavía este admirable presente de la industria humana. Por medio de la industria se ha hecho que las materia más viles produzcan una utilidad inmensa. El trapo viejo que desechamos en nuestras casas ha sido transformado en hojas blancas y ligeras que llevan al cabo del mundo las órdenes del comercio y las operaciones de las artes. Deposítanse en ellas las ideas de los hombres de elevado ingenio, y nos trasmiten la experiencia de los siglos: conservan los títulos de nuestras propiedades; les confiamos los más nobles y dulces sentimientos del corazón, y con ellas excitamos otros iguales en el alma de nuestros semejantes. Facilitando el papel de un modo prodigioso e indefinible todas las comunicaciones de los hombres entre sí debe considerarse como uno de los productos que más han mejorado la suerte del género

humano. ¡Dichosos nosotros, si un medio tan eficaz para instruirnos no fuese jamás el vehículo de la mentira y el instrumento de la tiranía! Conviene observar que los conocimientos del sabio, tan necesarios para el desarrollo de la industria, circulan y pasan de una nación a otra con bastante facilidad. Los sabios mismos tienen interés en difundirlos, porque contribuyen a aumentar sus bienes, y les dan reputación, más apreciable para ellos que todos los bienes del mundo. Por consiguiente una nación en que se cultivasen poco las ciencias, podría sin embargo adelantar bastante su industria aprovechándose de las luces que recibiese de otras partes: lo que no sucede con el arte de aplicar los conocimientos del hombre a sus necesidades, ni con el talento de ejecución. Estas cualidades no aprovechan sino a los que las tienen. Por eso, el país en que hay muchos negociantes, fabricantes y agricultores hábiles, tiene más medios de prosperidad que el que se distingue principalmente por la cultura de las artes y del ingenio. En la época de la renovación de las letras en Italia, tenían las ciencias su asiento en Bolonia, y las riquezas en Florencia, Génova y Venecia. Las intensas riquezas que en nuestros días posee la Inglaterra, no tanto son efecto de las luces de sus sabios, aunque los tiene muy recomendables, como del singular talento de sus empresarios para las aplicaciones útiles, y de sus obreros para la buena y pronta ejecución. El orgullo nacional que se echa en cara a los ingleses no impide que sean los más condescendientes cuando se trata de acomodarse a las necesidades de los consumidores. Así proveen de sombreros al Norte y al Mediodía, porque saben hacerlos ligeros para el Mediodía, y de abrigo para el Norte. La nación que sólo sabe hacerlos de un modo, no los vende fuera de su territorio. El obrero inglés va siempre de acuerdo con las miras del empresario: por lo común es laborioso y paciente, y no gusta de que el objeto de su trabajo salga de sus manos sin haberle dado toda la finura y perfección que es capaz de recibir. No emplea en esto más tiempo, sino que pone más atención, cuidado y diligencia que la mayor parte de los obreros de otras naciones. Por lo demás, no hay pueblo que deba perder la esperanza de adquirir las cualidades que le falten para ser perfectamente industrioso. No hace más de ciento y cincuenta años que estaba tan poco adelantada la Inglaterra, que sacaba de la Bélgica casi todas sus telas, y no hace todavía ochenta que la Alemania proveía de quincalla a una nación que en la actualidad provee de ella al mundo entero64 . He dicho que el agricultor, el fabricante y el negociante se aprovechan de los conocimientos adquiridos, y los aplican a las necesidades de los hombres; pero debo añadir que les son indispensables algunos otros conocimientos que apenas podrán adquirir sino con la práctica de su industria, y que pudieran llamarse la ciencia de su profesión. Es probable que si el más hábil naturalista quisiese abonar por sí mismo su tierra, no lo haría tan bien como su arrendador, a pesar de saber mucho más que éste. Un mecánico muy distinguido, aunque, conociese bien el mecanismo de las máquinas de hilar el algodón, sacaría probablemente un hilo bastante malo, sino se ejercitaba antes en esta labor; porque hay en las artes cierta perfección que nace de la experiencia y de una

multitud de ensayos hechos sucesivamente con mayor o menor felicidad. No bastan pues las ciencias para el adelantamiento de las artes; sino que además se necesitan experiencias más o menos aventuradas, cuyo resultado no indemniza siempre del coste que tuvieron. Cuando su éxito es feliz, no tarda la concurrencia en moderar los beneficios o ganancias del empresario; pero la sociedad queda en posesión de un producto nuevo; o lo que es exactamente lo mismo, de una minoración en el precio de un producto antiguo. Las experiencias en la agricultura, además del trabajo y de los capitales que se emplean en ellas, cuestan ordinariamente la renta del terreno por espacio de un año, y algunas veces por más tiempo. En la industria fabril, se fundan en cálculos más seguros, ocupan por menos tiempo los capitales, y cuando tienen buen éxito, es de más larga duración el goce exclusivo del inventor estar menos expuestas sus operaciones al conocimiento del público y en algunos países se le concede un privilegio exclusivo para el uso de su descubrimiento. Por eso los progresos de la industria fabril son en general más rápidos y más variados que los que la agricultura. En la industria comercial serían los ensayos más arriesgados que en las otras, si los gastos de la tentativa no tuviesen al mismo tiempo otros objetos. Pero mientras un negociante comercia en géneros de cuyo despecho le asegura la experiencia, trata de transportar el producto de ciertos países a otros donde es desconocido. De este modo los holandeses que eran dueños del comercio de la China, probaron, y no con mucha esperanza de un éxito feliz, a traernos a mediados del siglo XVII una hojita seca de que se servían los chinos para hacer una especie de infusión muy común entre ellos, y éste fue el origen del comercio del te, del cual se transportan actualmente a Europa todos los años más de 45 millones de libras que se vendes en más de trescientos millones de Francos65 . Hay algunas circunstancias rara en que la fortuna acompaña casi siempre a la audacia. Cuando los Europeos doblaron el cabo de Buena Esperanza y descubrieron la América, se hallaron ensanchados repentinamente los términos del mundo por el lado del Este y del Oeste; y en medio de la inmensa cantidad de objetos nuevos que presentaban dos hemisferios, de los cuales el uno era absolutamente ignorado, y el otro poco conocido bastaba, por decirlo así, ir allá para hallar que cambiar, revender y ganar mucho. Fuera de los casos extraordinarios, dicta quizá la prudencia que se empleen en los ensayos industriales, no los capitales reservados para una producción segura, sino las rentas que puede cualquiera gastar según su capricho, sin perjuicio de sus bienes. Loables son por cierto los caprichos que dirigen a un fin útil las rentas y el tiempo que tantos hombres emplean en diversiones o en otras cosas peores. Yo no creo que se pueda hacer un uso más noble de la riqueza y de los talentos. Un ciudadano rico y filántropo puede hacer de este modo a la clase industriosa y a la consumidora, esto es, al mundo entero, presentes muy superiores al valor de lo que da, y aun al de sus bienes, por grandes que sean. Calcúlese, si es posible, lo que ha valido a las naciones el inventor desconocido del arado66 . Un Gobierno que conoce sus deberes, y tiene a su disposición grandes recursos, no deja a los particulares toda la gloria de los descubrimientos industriales. Los gastos

que causan los ensayos, cuando los hace el gobierno, no se sacan de los capitales de la nación, sino de sus rentas, pues los impuestos no son, o a lo menos no deberían jamás ser exigidos sino de las rentas. La parte de éstas, que se disipa en experiencias, es poco sensible, porque se reparte entre un gran número de contribuyentes y siendo generales las ventajas que resultan de su buen éxito, justo es que sufra cada uno de los sacrificios que fue necesario hacer para conseguirlas.

Capítulo VII Del trabajo del hombre, del trabajo de la naturaleza y del de las maquinas

Llamo trabajo a la acción seguida que se emplea en ejecutar alguna de las operaciones de la industria, o solamente una parte de estas operaciones. Cualquiera que sea la operación de esta clase, a que se aplique el trabajo, es productivo, supuesto que concurre a la creación de un producto. Así, el trabajo del sabio que hace experiencias y escribe obras, es productivo; el trabajo del empresario, aunque éste no ponga inmediatamente mano en la obra, es productivo; en fin, el trabajo del obrero, desde el jornalero que cava la tierra, hasta el marinero que maniobra en un navío, es también productivo. Rara vez sucede entregase a un trabajo que no sea productivo, esto es, que no concurra a los productos de una o de otra industria. El trabajo, según acabo de definirle es una molestia: y si esta mole stia no trae consigo alguna compensación o provecho, cualquiera que la tome, hará una necedad o una extravagancia. Cuando se toma esta molestia para despojar a uno, por fuerza o con arte, de los bienes que posee, no es ya una extravagancia, sino un crimen. Su resultado no es una producción, sino una traslación de riqueza. Hemos visto que el hombre obliga a los agentes naturales, y aun a los productos de su propia industria, a trabajar de concierto con él en la obra de la producción. No deberá pues causar extrañeza el uso de estas expresiones: el trabajo u los servicios productivos de la naturaleza, el trabajo u los servicios productivos de los capitales. Este trabajo de los agentes naturales y el de los productos a que hemos dado el nombre de capital, tienen entre sí la mayor analogía, y se confunden perpetuamente; porque las herramientas y las máquinas que forman parte de un capital, no son en general sino unos medios más o menos ingeniosos de aprovecharse de las fuerzas de la naturaleza. La máquina de vapor, llamada vulgarmente bomba de fuego, no es más que un medio complicado de aprovecharse alternativamente de la elasticidad del agua

vaporizada y del peso de la atmósfera; de modo que se obtiene realmente de una bomba de fuego más que el servicio del capital necesario para establecerla, puesto que es un medio de obtener el servicio de muchos agentes naturales, cuyo uso gratuito puede exceder mucho en valor al interés del capital representado por la máquina. Esto nos indica bajo qué aspecto debemos considerar todas las máquinas, desde la herramienta más sencilla hasta la más complicada; desde una lima hasta el más vasto aparato; porque las herramientas no son más que unas máquinas sencillas, y las máquinas no son más que unas herramientas complicadas que añadimos a la punta de los dedos para aumentar su fuerza; y unas y otras no son, en gran parte más que unos medios de obtener el concurso de los agentes naturales67 . Su resultado es evidentemente emplear menos trabajo para obtener los mismos productos, o, en otros términos, obtener más producto con el mismo trabajo humano: que es la cumbre de la industria. Cuando una nueva máquina, o en general un método pronto y expedito, cualquiera que sea, reemplaza un trabajo humano que ya estaba en actual ejercicio, quedan sin ocupación una parte de los brazos industriosos, cuyo servicio se suple útilmente. De aquí se han deducido argumentos bastante graves contra el uso de las máquinas, las cuales han sido repelidas en muchos países por el furor popular, y aun por providencias del gobierno. Para poder observar una conducta prudente en estos casos, es necesario, formar desde luego una idea clara del efecto económico que resulta de la introducción de una máquina. Una máquina nueva reemplaza el trabajo de una parte de los trabajadores, pero no disminuye la cantidad de las cosas producidas; porque entonces no se pensaría en adoptarla. Cuando para surtir de agua a una ciudad, se substituye una máquina hidráulica al método de proveerse a mano, no tienen los habitantes menos agua que consumir. Hay pues por lo menos una renta igual para el país; pero hay traslación de renta. Dis minuye la de los aguadores; pero aumenta la de los mecánicos y de los capitalistas que suministran los fondos. Si la abundancia del producto y la cortedad de los gastos de producción disminuyen su valor venal, entonces es esta una ventaja para renta de los consumidores; porque, para estos, todo lo que gastan de menos vale tanto como lo que ganan de más. Por mas ventajosa que sea a la sociedad esta traslación de renta, como vamos a verlo, siempre presenta algún inconveniente; porque si hay un mal en que un capitalista, saque poca utilidad de sus fondos, o en que se vea obligado a tenerlos ociosos por algún tiempo, le hay mucho mayor en que unas personas industriosas se hallen sin medio de subsistencia. Hasta aquí subsiste en toda su fuerza la objeción contra las máquinas. Pero algunas circunstancias que por lo común acompañan a su introducción disminuyen singularmente sus inconvenientes, al mismo tiempo que dejan el campo libre para que se experimenten sus buenos efectos.

l.º Las nuevas máquinas se ejecutan con lentitud, y su uso se extiende del mismo modo; lo que deja a los hombres industriosos cuyos intereses pueden padecer con esta novedad, el tiempo necesario para tornar sus precauciones y a la administración pública el de preparar remedios68 . 2º. No se pueden establecer máquinas sin que para ello sean necesarias muchas obras en que se emplean las gentes laboriosas que por efecto de las mismas máquinas pudieran quedar sin ocupación. Para distribuir el agua, por ejemplo, en una ciudad populosa, se necesita aumentar el número de carpinteros, albañiles, herreros, trabajadores ocupados en terraplenar, para construir los edificios, colocar los conductos de comunicación, unirlos entre sí, &c. 3ª. La suerte del consumidos, y por consiguiente de la clase trabajadora que padece, se mejora con la baja del valor del producto mismo a que ella concurría. En fin, sería inútil querer evitar el mal pasajero que puede resultar de la invención de una nueva máquina, con la prohibición de hacer uso de ella. Si es ventajosa, la adoptarán seguramente en alguna parte; sus productos serán menos caros que los que continúen creando nuestros obreros a fuerza de trabajo, y de aquí resultará por una consecuencia necesaria que su baratura quitará tarde o temprano a estos obreros sus consumidores y su trabajo. Si los hiladores de algodón a torno, que en 1789 rompieron las máquinas de hilado que se introducían entonces en Normandía, hubiesen continuado este sistema, habría sido necesario desistir de la idea de fabricar telas de algodón en Francia, y las hubiéramos traído de afuera o reemplazado con otros tejidos, de modo que los hiladores de Normandía, que al fin fueron ocupados la mayor parte en las grandes hilanderías, hubieran quedado aun más destituídos de trabajo. Esto es por lo que toca al efecto próximo que resulta de la introducción de las nuevas máquinas. Por lo que hace al efecto ulterior, no se puede dudar que decide de la ventaja de las máquinas. Ciertamente, si por medio de ellas hace el hombre una conquista a la naturaleza, y obliga a las fuerzas naturales, a las diversas propiedades de los agentes naturales, a trabajar en utilidad suya, es evidente la ganancia; porque hay siempre aumento de producto y diminución de gastos de producción. Si no baja el precio venal de producto, cede esta conquista en beneficio del productor, sin costar nada al consumidor. Si baja el precio, gana el consumidor todo el importe de la baja, sin que sea esto a expensas del productor. Por lo común, la multiplicación de un producto hace bajar su precio: la baratura extiende su uso, y su producción, aunque más pronta y expedita, no tarda en ocupar más trabajadores que antes. No se puede dudar que el trabajo de algodón ocupa actualmente más brazos en Inglaterra, en Francia y Alemania que antes de la introducción de las máquinas por cuyo medio se abrevia y perfecciona singularmente este trabajo.

Nos presenta un ejemplo bastante visible del mismo efecto la máquina que sirve para multiplicar rápidamente las copias de un mismo escrito. Hablo de la Imprenta. Prescindiré del influjo que ha tenido este arte en la perfección de los conocimientos humanos y de la civilización, y le considera solamente como manufactura y bajo sus relaciones económicas. En el momento en que se hizo uso de él, debió quedar sin ocupación una multitud de copiantes, porque se puede calcular que un solo oficial de imprenta hace tanto trabajo como doscientos hombres ocupados en copiar. Es pues necesario creer que de doscientos trabajadores de esta clase quedaron desocupados los 199. Pues sin embargo, la mayor facilidad de leer las obras impresas que las manuscritas, lo poco que costaban los libros, el impulso que dio esta invención a los autores para escribir otros muchos así de instrucción como de recreo; todas estas causas hicieron que en muy corto espacio de tiempo fuese mayor el número de los oficiales de imprenta que el de los copiantes que les habían precedido. Y si se pudiese calcular ahora exactamente, no sólo el número de los oficiales de imprenta, sino también el de las personas industriosas que hallan ocupación en este arte, como son los abridores de punzones, fundidores de letras, fabricantes de papel, carruajeros, correctores, encuadernadores, libreros, resultaría quizá que el número de individuos ocupados en el ramo de libros es cien veces mayor que antes de la invención de la imprenta. Permitaseme añadir aquí que si comparamos en grande el uso de los brazos con el de las máquinas y en la suposición extremada de que éstas llegasen a reemplazar casi todo el trabajo de los hombres, no por esto se reducirá el número de operarios, puesto que no se disminuiría la suma de las producciones, y aun quizá habría que temer menos calamidades con respecto a la clase indigente y laboriosa; porque entonces, en las fluctuaciones a que exponen de un momento a otro los diversos ramos de industria, serían principalmente las máquinas, esto es, los capitales, los que estuviesen parados, y no los brazos, o los hombres. Pero las máquinas no se morirían de hambre, y sólo dejarían de producir utilidad a sus empresario, los cuales por punto general están más distantes de la indigencia que los simples obreros. Pero, por más ventajas que ofrezca definitivamente a la clase de los empresarios y aun, a la de los obreros el uso de una nueva máquina, los que sacan de ella principal provecho son los consumidores; y ésta es siempre la clase esencial, porque es la más numerosa; porque todo género de productores vienen a incorporarse en ella; y porque la felicidad de esta clase compuesta de todas las demás constituye el bien estar general, el estado de prosperidad de un país69 . Digo que son los consumidores los que sacan la principal ventaja de las máquinas. En efecto, si sus inventores gozan exclusivamente por espacio de algunos años del fruto de su descubrimiento, no hay cosa más justa; pero no hay ejemplo de que se haya guardado mucho tiempo el secreto. Al fin se sabe todo, y principalmente lo que el interés personal excita a descubrir, y lo que es indispensable confiar a la discreción de muchas personas, unas que construyen la máquina, y otras que se sirven de ella. Desde este punto la concurrencia disminuye el valor del producto tanto como importa la economía lograda en los gastos de producción, y aquí es donde empieza el provecho del consumidor. Es probable que la molienda del trigo no produce más a los

molineros de ahora que a los tiempos antiguos; pero esta operación cuesta mucho menos a los consumidores. No es la baratura la única ventaja que proporciona a éstos la introducción de los métodos prontos y expeditos, sino que en general logran con ellos más perfección en los productos. Pudieran hacerse con el pincel los dibujos que campean en nuestras indianas y papeles pintados; pero el estampado y los cilindros que se emplean para este efecto, dan a los dibujos una regularidad y a los colores una uniformidad que nunca podría conseguir el más hábil artista. Continuando esta investigación en todas las artes industriales, se vería que la mayor parte de las máquinas no están limitadas a suplir simplemente el trabajo del hombre, sino que dan un producto realmente nuevo dando una nueva perfección. El volante y el castillejo ejecutan productos que el arte y la diligencia del más hábil obrero no lograrían jamás sin el auxilio de estas poderosas máquinas. En fin, las máquinas hacen aun más, pues llegan a multiplicar los productos a que no se aplican. No se creería tal vez, si no se reflexionase sobre ello, que el arado, el rastrillo y otras máquinas semejantes, cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos, han contribuido eficazmente a proporcionar al hombre, una gran parte, no sólo de los obreros necesarios para la vida, sino también de las superfluidades de que goza en la actualidad, y de que probablemente no hubiera tenido jamás idea alguna. Sin embargo, si las diversas labores que exige la tierra no pudiesen ejecutarse sino por medio de la pala, de la azada y de los otros instrumentos tan lentos y pesados; y no pudiésemos añadir a este trabajo el de los animales, que considerados conforme a los principios de la economía política, son unas especies de máquinas, es probable que para obtener nos géneros alimenticios que sostienen nuestra población actual, se necesitaría emplear todos los brazos que están hoy destinados a las artes industriales. Así es que el arado ha permitido a cierto número de personas entregarse aun a las artes más fútiles; y lo que es más interesante, a la cultura de las facultades del ánimo. Los antiguos no tenían idea de los molinos. En su tiempo se molía el trigo a fuerza de brazos, y se necesitaban quizá veinte personas para moler tanto trigo como puede reducir a harina un solo molino70 . Basta un sólo molinero, y dos a lo sumo para tener corriente un molino; y estos dos hombre, por medio de esta máquina ingeniosa, dan un producto igual al de veinte personas en tiempo de César. Obligamos pues al viento y a un caz, en cada uno de nuestros molinos, a hacer la tarea de diez y ocho personas; y éstas, que entre los antiguos eran necesarias para aquel trabajo, pero que ya son sobrantes, pueden en nuestros días hallar medios de subsistencia como en lo antiguo, supuesto que el molino no ha disminuido los productos de la sociedad: y al mismo tiempo puede aplicarse su industria a crear otros productos que dan estas personas en cambio del producto del molino, multiplicando así la masa de las riquezas71 .

Capítulo VIII De las ventajas, inconvenientes y límites que se encuentran en la separación del trabajo

Ya hemos observado que no es por lo común una misma persona la que se encarga de las diferentes operaciones cuyo conjunto compone una misma industria. Estas operaciones exigen por la mayor parte diversos talentos y un trabajo bastante considerable para ocupar enteramente a un hombre; y aun hay alguna que se divide en muchos ramos, cada uno de los cuales basta para ocupar todo el tiempo y fijar toda la atención de una persona. Así se divide el estudio de la naturaleza entre el químico, el botánico, el astrónomo y otras muchas clases de sabios. Así, cuando se trata de la aplicación de los conocimientos del hombre a sus necesidades, en la industria fabril por ejemplo, hallamos que las telas, la loza, los muebles, la quincalla, &c. ocupan a otras tantas diferentes clases de fabricantes. En fin, en el trabajo manual de cada industria suele haber tantas clases de operarios cuanta es la diferencia de las ocupaciones. Para hacer el paño de un vestido, ha sido necesario emplear hilanderas, tejedores, bataneros, tundidores, tintoreros, y otras muchas clases de operarios, cada uno de los cuales ejecuta siempre la misma operación. El célebre Adan Smith fue el primero que observó que de esta separación de los diferentes ramos del trabajo resultaba un aumento prodigioso en la producción, y mayor perfección en los productos72 . Cita como un ejemplo, entre otros varios, la fábrica de los alfileres. Cada uno de los obreros que se ocupan en este trabajo, hace siempre una sola parte del alfiler. Uno para el latón por la hilera; otro le corta; otro aguza las puntas. Sólo la cabeza del alfiler exige dos o tres operaciones distintas, que se ejecutan por otras tantas personas diferentes. Por medio de esta separación de ocupaciones diversas una fábrica no muy bien arreglada, en que sólo trabajaban diez hombre, hacía cuarenta y ocho mil alfileres al día, según refiere Smith. Si cada uno de estos diez obreros hubiera tenido que hacer un alfiler después de otro, empezando por la primera operación y acabando por la última, acaso no hubiera hecho más de veinte en un día; y los diez obreros habrían concluido doscientos solamente en lugar de cuarenta y ocho mil. Smith atribuye este prodigioso efecto a tres causas.

Primera causa. El espíritu y el cuerpo adquieren una habilidad singular en las ocupaciones sencillas y repetidas con frecuencia. La rapidez con que en muchas fábricas se ejecutan ciertas operaciones excede a cuanto parece que se pudiera esperar de la destreza del hombre. Segunda causa. Se evita el tiempo perdido en pasar de una ocupación a otra y en mudar de lugar, de posición y de herramientas. La atención, que siempre es difícil de fijar, no tiene necesidad de aplicarse a un objeto nuevo, y ocuparse en él. Tercera causa. La separación de las ocupaciones es la que ha hecho descubrir los métodos más prontos y expeditos, reduciendo naturalmente cada operación a una tarea muy sencilla y repetida sin cesar; y éstas son las tareas que se logra ejecutar con más facilidad por medio de herramientas o máquinas. Por otra parte, los hombre encuentran mucho mejor los modos de conseguir éste o aquel objeto, cuando está inmediato, y su atención se fija constantemente en él. La mayor parte de los descubrimientos, aun los que han hecho los sabio, deben atribuirse en su origen a la subdivisión del trabajo, pues por un efecto de esta subdivisión se han ocupado algunos hombres en estudiar ciertos ramos de conocimientos con exclusión de todos los demás, y ésta es la razón de que hayan podido hacer más progresos en ellos73 . Así, por ejemplo, se perfeccionan mucho más los conocimientos necesarios para la prosperidad de la industria comercial, cuando son diferentes los hombres que estudian. Uno la geografía, para conocer la situación de los estados y sus productos. Otro la política, para conocer lo que tiene relación con sus leyes y costumbres, y cuáles son los inconvenientes o las ventajas que se deben temer o esperar comerciando con ellos. Otro la geometría y la mecánica, para determinar la mejor forma de los navíos, carros y máquinas. Otro la astronomía y la física, para navegar con buen éxito, &c. Si se trata de la parte práctica o de aplicación en la misma industria comercial, se echará de ver que ha de ser más perfecta, cuando sean diferentes los negociantes que comercien de una provincia a otra, en el Mediterráneo, en las Indias orientales, en América, por mayor, por menor, &c. &c. Esto no impide de modo alguno que se acumulen las operaciones que no son incompatibles, y sobre todo las que se prestan un auxilio recíproco. No son dos negociantes distintos los que transportan a un país los productos que consume, y sacan de él los que produce, porque estas dos operaciones no se excluyen, antes bien se pueden ejecutar prestándose un apoyo recíproco.

Como la separación del trabajo multiplica los productos con respecto a los gastos de producción, los proporciona a precios más cómodos. Obligando el productor por la concurrencia a bajar el precio de su producto otro tanto como vale la economía que de allí resulta, se aprovecha menos de la división del trabajo que el consumidor, y así es que cuando éste trata de impedirla, se perjudica a sí mismos. El sastre que no solamente quisiese hacer vestidos, sino también zapatos, se arruinaría infaliblemente74 . Hay algunas personas que ejercen con respecto a sí mismas las funciones del comerciante, por excusarse de pagarle los provechos ordinarios de su industria, y embolsar, como ellas dicen, este beneficio. Pero calculan mal; porque la separación de las ocupaciones permite al comerciante ejecutar para ellas este trabajo a mucha menos costa de lo que podrían hacerlo ellas mismas. Considérese el trabajo que se emplea, el tiempo que se pierde, los gastos menudos que siempre suben más a proporción en las operaciones pequeñas que en las grandes, y se verá si lo que cuesta todo esto no excede al dos o tres por ciento que se ahorrará en un miserable objeto de consumo, aun suponiendo que este beneficio no se quede entre las manos del agricultor o del fabricante, con quienes hay que tratar directamente, y cuya codicia es natural que se aproveche de la inexperiencia del que acude a ellos. Ni aun al agricultor y al fabricante les conviene, como no sea en circunstancias muy particulares, ejercer por sí mismos las operaciones del comercio, y tratar de vender sus géneros al consumidor sin ningún intermedio; porque se distraerían de sus cuidados ordinarios; perderían el tiempo que podrían emplear más útilmente en su objeto principal, y necesitarían mantener gentes, caballerías, carruajes, &c. cuyos gastos serían superiores a las ganancias del negociante que de ordinario son muy reducidas a causa de la concurrencia. No se puede gozar de las ventajas que trae consigo la subdivisión del trabajo, sino en ciertos productos, y cuando el consumo de ellos pasa de cierto punto. Diez obreros pueden hacer diariamente cuarenta y ocho ml alfileres; pero esto no se podrá ejecutar sino donde se consuma igual número todos los días; porque, a fin de que la división llegue hasta este punto, es necesario que un solo obrero no tenga absolutamente otro cuidado que el de aguzar las puntas, mientras que cada uno de los demás se ocupa en algún otro uso propio de la fábrica. Por consiguiente, si en el país no se necesitasen más de veinte y cuatro mil alfileres al día, tendría que perder el obrero una parte de su jornal, o variar de ocupación: y en tal caso no sería ya tan grande la división del trabajo. Por lo mismo no puede llegar ésta a su último término sino cuando pueden transportarse los productos a larga distancia, para extender el número de sus consumidores, cuando se ejerce en una ciudad grande que ofrezca por sí misma un consumo considerable. Ésta es también, la causa de que muchas especies de trabajo, que

deben consumirse al mismo tiempo que se producen, sean ejecutadas por una misma mano en las poblaciones poco numerosas. En una ciudad pequeña, y en una aldea suele un mismo hombre hacer el oficio de barbero, cirujano, médico y boticario, cuando en una ciudad populosa no sólo se ejercen estas operaciones por diferentes manos, sino que alguna de ellas, por ejemplo la de cirujano se subdivide en otras varias, y solamente allí es donde se encuentran dentistas, oculistas, comadrones, los cuales, ejerciendo una sola parte de su vasta profesión, adquieren en ella una habilidad que jamás podrían alcanzar sin esta circunstancia. Lo mismo sucede con respecto a la industria comercial. Un especiero de aldea se ve obligado a causa del corto consumo de sus géneros a ser a un mismo tiempo mercero, papelero, tabernero, y quizá también memorialista, mientras que en las ciudades grandes basta la venta, no digo de las especerías, sino de una sola droga, para formar un comercio. En Amsterdam, en Londres y en Paría hay tiendas en que sólo se vende te, o aceite o vinagre: y por eso están todas mucho mejor surtidas de estos diversos géneros que aquellas en que se vende al mismo tiempo un gran número de objetos diferentes. Así, en un país rico y populoso, el carruajero, el comerciante, el mercader, el tendero, ejercen diferentes partes de la industria comercial, proporcionando más economía y dándoles mayor perfección. Hay más economía, aunque todos ganen; y si no bastasen las explicaciones que hemos dado sobre este punto, nos suministraría la experiencia su testimonio irrecusable; porque en los parajes donde los ramos de la industria comercial están divididos entre más manos, es donde el consumidor compra más barato. En igualdad de circunstancias no se adquiere en un pueblo el género que viene de una misma distancia, a precio tan cómodo como en una ciudad grande o en una feria. El poco consumo de las villas y aldeas no sólo obliga a los mercaderes a acumular en ellas muchas ocupaciones, sino que ni aun basta para tener constantemente abierta la venta de ciertos géneros. Algunos hay que sólo se encuentran en los días de mercado u de feria; y entonces se compra lo que se necesita para el consumo de la semana o de todo el año. Los demás días va el mercader a comerciar a otra parte, o se ocupa en otra cosa. En un país muy rico y populoso son bastante considerables los consumos para que el despacho de un género de mercancía ocupe una profesión todos los días de la semana. Las ferias y los mercados son propios de un Estado en que la prosperidad pública ha hecho todavía pocos progresos, así como el comercio por medio de caravanas lo es de un Estado que se halla en mucho atraso con respecto a las relaciones comerciales; pero aun este género de relaciones vale más que no tener nada75 . De que sea absolutamente necesario un consumo considerable para que la separación de las ocupaciones llegue a su último término, resulta que no puede introducirse en la fábrica de los productos que por su alto precio no deben tener más que un corto número de compradores. Está reducida a muy poco en el comercio de joyería, y sobre todo en la que tiene por objeto obras de suma delicadeza y primor: y como hemos visto que esta separación es una de las causas del descubrimiento y aplicación de los

métodos ingeniosos, sucede precisamente que donde estos se encuentran más rara vez es en las producciones de un trabajo exquisito. Al visitar el obrador de un lapidario, nos deslumbra la riqueza de las materias, y admiramos la paciencia y la habilidad del artífice; pero donde nos asombran los métodos felizmente inventados para abreviar y perfeccionar la obra, es en los talleres donde se preparan en grande las cosas de un uso común. Cuando se ve una joya, se imagina fácilmente con qué instrumentos y por medio de qué operaciones se ha ejecutado; pero al ver un cordón de hilo, pocas personas habrá que sospechen siquiera que se ha fabricado por medio de un caballo y de un caz: y sin embargo así es en realidad. La industria agrícola es la que, entre todas artes, admite menos división en el trabajo. No pueden reunirse en un mismo paraje un gran número de cultivadores para concurrir todos juntos a realizar un mismo producto. La tierra que cultivan está extendida por toda la superficie del globo, y los obliga a mantenerse separados unos de otros a largas distancias. Un sólo hombre no puede estar todo el año labrando la tierra, y otro cogiendo los frutos. En fin, rara vez se puede dar un mismo cultivo a toda la extensión de un terreno, y continuarle muchos años seguidos; pues además de que no lo permitiría la tierra, si el cultivo fuese uniforme en toda la propiedad, las labores y las cosechas vendrían a caer en las mismas épocas; y en los demás tiempos del año quedarían ociosos los jornaleros76 . La naturaleza del trabajo y de los productos del campo exige también que el agricultor se interese en atender por sí mismo a la producción de las legumbres y frutas, a la cría de ganados, y aun en hacer una parte de los instrumentos y obras que sirven para el consumo de su casa, aunque estas producciones sean objeto del trabajo exclusivo de varias profesiones. En los géneros de industria que se ejercen en talleres, y en que el empresario mismo da todas las formas a un producto, no pueden subdividirse mucho las operaciones, si faltan grandes capitales. Esta subdivisión requiere anticipaciones muy cuantiosas en salarios, en primeras materias y en herramientas. Si diez y ocho obreros no hiciesen más que 20 alfileres cada uno, o entre todos 360, que apenas pesan una onza, bastaría para ocuparlos una onza de cobre renovada sucesivamente. Pero si por medio de la separación de ocupaciones, hacen todos los días los diez ocho obreros, como se acaba de ver, 86.400 alfileres, la primera materia que se necesite para ocuparlos deberá ser constantemente de 240 onzas: lo que exige una anticipación más considerable. Y si se atiende a que quizá pasa más de un mes desde que el fabricante compra el cobre hasta que se reintegra de esta anticipación con la venta de los alfileres, se comprehenderá que debe tener constantemente treinta veces 240 onzas de cobre por lo menos en diferentes grados de elaboración, y que la porción de su capital, ocupada sólo por esta primera materia, es igual al valor de 450 libras de cobre. En fin, la separación de ocupaciones no puede verificarse sino por medio de muchos instrumentos y máquinas, que son por sí mismos una parte importante del capital. Por eso se ve con frecuencia en los países pobres, que un mismo trabajador empieza y acaba las operaciones que exige un mismo producto, por no tener un capital suficiente para separar bien las ocupaciones.

Mas no se crea que no puede verificarse la separación de trabajo sino por medio de los capitales de un solo empresario y en el recinto de un mismo establecimiento. No es el zapatero solo el que hace todas las operaciones que requiere un par de botas, sino que contribuyen a ello el ganadero, el pellejero, el curtidor, y todos los que suministran de cerca o de lejos alguna materia o herramienta a propósito para la hechura de las botas; y aunque sea bastante grande la subdivisión de trabajo que hay en la ejecución de este producto, la mayor parte de aquellos productores concurren a él con capitales bastante pequeños. Habiendo examinado las ventajas y los límites de la subdivisión de las diversas ocupaciones de la industria, es bueno observar los inconvenientes que de ella resultan si queremos formar una idea cabal de este asunto. El hombre que no hace en toda su vida más que una misma operación, llega seguramente a ejecutarla mejor y más pronto que otro; pero al mismo tiempo se hace menos capaz de cualquiera otra operación, ya sea física o moral: se debilitan las demás facultades de que está dotado, y de aquí resulta una degeneración en el hombre considerado individualmente. Poco podrá lisonjear el amor propio de un obrero la reflexión de no haber hecho nunca más que la décima octava parte de un alfiler: y no se crea que sólo degenera así de la dignidad de su naturaleza el que está siempre sujeto a manejar la lima o el martillo, sino que se halla también en el mismo caso el que por razón de su profesión ejerce las más nobles facultades del ánimo. Por una consecuencia de la separación de ocupaciones tenemos en los tribunales procuradores cuyas funciones están reducidas a representar la persona de los filigantes, y a seguir en nombre de éstos todos los pormenores del proceso. No se niega en general a estos hombres empleados en el foro la destreza ni el ingenio para hallar recursos en todo lo concerniente a su oficio; y sin embargo, hay procuradores, aun entre los más hábiles, que ignoran las operaciones más sencillas de las artes de que se sirven a cada paso; que no saben componer el mueble más común de su uso, ni aun fijar un clavo, sin dar que reír al más corto aprendiz. Todavía mostrarán más torpeza, si se les pone en una situación de mayor importancia, como si se trata de salvar la vida a un amigo que se está ahogando, o de preservar su ciudad de las asechanzas del enemigo; cuando un aldeano grosero y el habitante de un país semisalvaje no tendrían dificultad en salir de semejante apuro. En la clase de los obreros, esta incapacidad para más que una ocupación hace más dura, más fastidiosa y menos lucrativa la condición de los trabajadores, pues tienen menos facilidad para reclamar una parte equitativa del valor total del producto. El obrero que lleva consigo un oficio entero, puede ir a cualquiera parte a ejercer su industria y hallar medio de subsistir; los demás no son más que un accesorio; que separado de sus compañeros, deja de tener capacidad e independencia, y se ve obligado a recibir la ley que se le quiera imponer. En resolución, se puede decir que la separación del trabajo es un uso hábil de las fuerzas del hombre, y que por consiguiente aumenta los productos de la sociedad de cada hombre considerado individualmente.

Capítulo IX De los diferentes modos de ejercer la industria comercial, y cómo concurren, a la producción

No todos los géneros prevalecen indiferentemente en todas partes. Los que son producto del suelo dependen de las cualidades de éste y de las del clima, que varían de un lugar a otro. Los que son producto de la industria no se dan tampoco sino en ciertos parajes más favorables a su elaboración. Resulta de aquí que en los lugares donde no crecen naturalmente (y adviértase que aplico esta palabra a las producciones de la industria del mismo modo que a las del suelo); resulta, digo, que para llegar a estos lugares, para producirse completamente en ellos, y ponerse en estado de ser consumidos les falta una forma, que es la de ser transportados allí. Esta forma es el objeto de la industria que hemos llamado comercial. Los negociantes que van a buscar o hacen venir mercancías77 del extranjero, y las llevan o envían fuera del país en que habitan, hacen el comercio exterior. Los que compran mercancías de su país para revenderlas en él, hacen el comercio interior. Los que compran mercancías, en partidas gruesas para revenderlas a los tenderos, hacen el comercio por mayor. Los que las compran por mayor para revenderlas a los consumidores, hacen el comercio por menor. El cambista recibe o paga por cuenta de otro, u bien da letras de cambio pagaderas en otros parajes: lo cual conduce al comercio del oro y de la plata. El corredor busca compradores para el que vende, o vendedores para el que compra. Todos comercian, todos ejercen una industria dirigida a aproximar el género al consumidor. El tendero, que vende la pimienta por onzas hace un comercio tan indispensable para el consumidor, como el negociante que para comprarla envía un navío a las Molucas; y si un mismo comerciante no ejerce estas diversas funciones, es porque se

desempeñan más cómodamente y a menos costa por muchos. Para explicar el modo con que se ejecutan, todas estas industrias, sería necesario escribir un tratado de comercio78 . A nosotros nos corresponde solamente examinar aquí de qué modo y hasta qué punto influyen en la producción de los valores. Veremos en el libro II cómo el pedido que se hace de un producto, pedido que se funda en la utilidad que de él resulta, se encuentra limitado por la extensión de los gastos de producción, y cuál es el principio que sirve para fijar su valor en cada lugar. Bástanos aquí para comprender lo que tiene relación con el comercio, considerar el valor del producto como una cantidad dada. Así que, sin examinar todavía por qué la libra de aceite de olivas vale en Marsella seis reales, y ocho en París, digo que el que le transporta de Marsella a París da dos reales de aumento al valor de cada libra. No se crea que deja de aumentarse por esto su valor intrínseco, pues tiene un aumento real y efectivo, así como el valor intrínseco del dinero es mayor en París que en Lima. En efecto, el transporte de las mercancías no puede ejecutarse sin el concurso de diversos medios, los cuales tienen también su valor intrínseco, y entre ellos no es por lo común el más costoso el transporte propiamente tal ¿No se necesita un establecimiento comercial en el lugar donde se acopia la mercancía, otro en el lugar a donde llega, y asimismo almacenes y embalajes? ¿No hay necesidad de capitales para hacer la anticipación de su valor? ¿No hay que pagar comisionistas, aseguradores y corredores? Todos estos servicios son verdaderamente productivos, porque a no ser por ellos no podría el consumidor gozar del género, y suponiéndolos reducidos por la concurrencia al precio mas ínfimo, por ningún otro medio podría disfrutarle a menos costa. En el comercio, del mismo modo que en la industria fabril, el descubrimiento de un método expedito u económico, el mejor uso de los agentes naturales como el de un canal en lugar de un camino Real, la destrucción de un obstáculo, de una subida de precio causada por la naturaleza o por los hombres, disminuyen los gastos de producción, y proporcionan al consumidor una ganancia que nada cuesta al productor, el cual baja el precio sin experimentar ninguna pérdida, porque si vende más barato, también tiene menos que gastar. El comercio con el extranjero está sujeto a los mismos principios que el comercio interior. El negociante que envía géneros de seda a Alemania o a Rusia, y vende en Petersburgo a 8 francos la lana de tela que vale 6 en León de Francia, crea un valor de 2 francos por lana. Si el mismo negociante hace venir de retorno pieles de Rusia, y vende en el Habra por 1200 francos lo que en Riga le costó 1000 o un valor equivalente a esta suma, tendrá un nuevo valor de 200 francos, creado y dividido por los diversos agentes de esta producción, cualesquiera que sean las naciones a que pertenezcan y su importancia en las funciones productivas, desde el negociante por mayor hasta el simple ganapán79 . La nación francesa se enriquece con lo que ganan en esto las gentes industriosas del país y los capitales que emplean; y la nación rusa, con lo que ganan las gentes industriosas de aquel imperio, y los capitales que destinan a la industria.

Pudiera también una nación distinta de estas dos lograr las ventajas del comercio mutuo de ambas, sin que ellas perdiesen nada, con tal que sus gentes industriosas tuviesen otros medios igualmente lucrativos para emplear el tiempo y sus capitales. La circunstancia de un comercio exterior activo, cualesquiera que sean sus agentes, es muy a propósito para vivificar la industria interior. Los chinos que dejan todo su comercio exterior en manos de otras naciones, sacan de él sin embargo ventajas tan considerables que bastan para mantener, en un territorio igual en superficie, doble número de habitantes que los que hay en toda Europa. El mercader cuya tienda está bien acreditada, no despacha menos géneros que el buhonero que va ofreciendo la suya de un pueblo a otro80 . Las rivalidades o celos comerciales son meras preocupaciones, frutos silvestres que caerán cuando lleguen a madurar. El comercio exterior de todo país es poco considerable, comparado con el comercio interior. Para convencerse de ello, basta observar, ya sea en una reunión numerosa, o ya en las mesas más suntuosas, cuán corto es el valor de las cosas que se traen de afuera, en comparación de las que se sacan de lo interior, sobre todo si se comprehende en ellas, como se debe, el valor de las habitaciones y demás obras, que sin duda son también un producto de esta última clase81 . Además de que en todo país el comercio interior, aunque menos visible, (porque está en todas clases de manos) es el más considerable, es también el más ventajoso. Los envíos y los retornos, de este comercio son necesariamente los productos del país. Por su medio se promueve una doble producción, y no entran los extranjeros a la parte de sus provechos. Por esta razón los caminos, los canales los puentes, la abolición de las aduanas interiores, de los portazgos, de los derechos municipales, que son unos verdaderos portazgos, todo lo que facilita las comunicaciones interiores, es favorable a la riqueza de un país. Hay otro comercio que se llama de especulación, y consiste en comprar mercancías en un tiempo para revenderlas en el mismo paraje e intactas, en una época en que se supone que se venderán más caras. Aun este comercio es productivo, y consiste su utilidad en emplear capitales, almacenes, diligencias de conservación, en fin una industria para poner fuera de circulación una mercancía que llegaría a envilecerse por su superabundancia, cuyo precio no cubriría los gastos de producción, y por consiguiente haría que decayese ésta; a fin de revenderla cuando se haya hecho demasiado rara, y cuando excediendo su precio a su tasa natural, que son los gastos de producción, causaría pérdida a sus consumidores. Este comercio se dirige, como se ve, a llevar, por decirlo así, la mercancía de un tiempo a otro, en lugar de llevarla de un paraje a otro. Si no produce ganancias, o acarrea pérdidas, es prueba de que era inútil, de que la mercancía no era demasiado abundante en el tiempo en que se compró, o de que no era demasiado rara cuando volvió a venderse. Se ha dado a este género de operaciones el nombre de comercio de reserva, y no puede tacharse esta designación. Cuando las operaciones se dirigen a reunir y estancar los géneros de una misma especie, para reservarse su monopolio y reventa a precios excesivos, se llama esto monopolio u logrería, la cual se dificulta a proporción que el país tiene más comercio y por consiguiente más mercancías de todo género en circulación.

El comercio de transporte propiamente tal, el que llama Smith carrying trade, consiste en comprar mercancías fuera del país para revenderlas también fuera de él. Esta industria es favorable, no sólo al negociante que la ejerce, sino a las dos naciones a donde va a ejercerla, por las razones que he expuesto hablando del comercio exterior. Conviene poco este comercio a las naciones donde escasean los capitales, y que carecen de ellos, para ejercer su industria interior, la cual debe ser protegida con preferencia. Los holandeses le hacen con ventaja, en tiempos regulares, porque tienen población y capitales superabundantes. Los franceses le han hecho también con buen éxito, en tiempo de paz de un puerto de Levante a otro, porque sus armadores podían proporcionarse capitales a menor interés que los levantinos, y se hallaban quizá menos expuestos a las extorsiones de su abominable gobierno. A los franceses han sucedido otros; y lejos de ser funesto a los súbditos del turco este comercio de transporte, contribuye a sostener la poca industria de aquellos países. Algunos gobiernos, menos cuerdos en esto que el de Turquía, han prohibido a los armadores extranjeros el comercio de transporte en sus Estados. Si los nacionales pudiesen hacer este transporte con una equidad que los extranjeros, inútil sería excluir a estos últimos; y si los extranjeros pudiesen hacerle a menos costa, sería privarse voluntariamente del provecho que resultase de servirse de ellos. Hagámoslo mas palpable por medio de un ejemplo. El transporte de cáñamo desde Riga al Habra viene a costar, según dicen, a un navegante holandés 35 francos por tonelada. Ningún otro pudiera transportarlo con tanta economía. Pero supongo que puede hacerlo el holandés, y que propone al gobierno francés, consumidor de cáñamos de Rusia, que se encargará de este transporte a 40 francos por tonelada. Ya vemos que se reserva una ganancia de 5 francos. Supongo también que deseando el gobierno francés favorecer a los armadores de su nación, prefiere emplear buques franceses, en los que el mismo transporte vendrá a salir a 50 francos, y que los armadores, para tener la misma ganancia, le harán pagar a 55. ¿Qué resultará de aquí? Que el gobierno habrá hecho un exceso de gasto de 15 francos, por tonelada, para que sus compatriotas ganen 5; y como son igualmente compatriotas los que pagan las contribuciones, de las cuales salen los gastos públicos habrá costado esta operación 15 francos a unos franceses para que otros franceses ganen 5 francos. Otros datos darán otros resultados; pero este es el método que se debe seguir en este cálculo. No hay necesidad de advertir que hasta ahora he considerado solamente la industria náutica en sus relaciones con la riqueza pública; pero tiene otras con la seguridad del Estado. El arte de la navegación, que sirve para el comercio sirve también para la guerra. La maniobra de un navío es una evolución militar; de suerte que la nación que tiene más gente de mar es militarmente más poderosa que la que tiene poca. De aquí ha resultado que siempre han ido unidas las consideraciones militares y políticas con las miras industriales y comerciales en lo relativo a la navegación; y cuando la Inglaterra, por su acta de navegación, prohibió a todo buque cuyos armadores y tripulaciones no fuesen a lo

menos las tres cuartas partes ingleses, hacer para ella el comercio de transporte, no tanto se propuso el objeto de aprovecharse de la ganancia que de aquí podía resultar, como el de aumentar sus fuerzas navales y disminuir las de las demás potencias, y particularmente las de Holanda, la cual hacía entonces un gran comercio de transporte, y era en aquella época el principal objeto de la rivalidad inglesa. No puede negarse que esta idea es propia de una administración hábil, suponiendo que convenga a una nación dominar a las demás. Pero vendrá a caer toda esta rancia política, y consistirá la habilidad en merecer la preferencia, no en exigirla por fuerza. La necesidad de la dominación trae siempre consigo una grandeza facticia que de cada extranjero hace necesariamente un enemigo. Este sistema produce deudas, abusos, tiranos y revoluciones, al paso que el atractivo de una conveniencia reciproca proporciona amigos, ensancha el círculo de las relaciones útiles, y la prosperidad a que da origen es durable, porque es natural.

Capítulo X Qué transformaciones padecen los capitales en el curso de la producción

Ya hemos visto (capítulo III) de qué se componen los capitales productivos de una nación, y cuales son sus usos. Era necesario decirlo entonces para abrazar el conjunto de los medios de producción. Ahora vamos a observar lo que sucede con ellos en el curso de la producción, cómo se conservan, y cómo se aumentan. Para no fatigar el entendimiento del lector con abstracciones, empezaré presentando algunos ejemplos, y los tomaré de los hechos más comunes. De ellos saldrán por sí mismos los principios generales y conocerá el lector la posibilidad de aplicarlos a todos los demás casos, sobre los cuales quiera formar un juicio recto. Cuando un cultivador beneficia por sí mismo sus tierras, además del valor de éstas debe poseer un capital, esto es, un valor cualquiera que sea, compuesto en primer lugar de los desmontes y obras, que si se quiere, se pueden considerar como parte del valor del terreno, pero, que son sin embargo, productos de la industria humana y un aumento del valor del terreno mismo 82 . Esta porción del capital se consume poco; y bastan algunos reparos, hechos a tiempo para conservarle su íntegro valor. Si el cultivador encuentra en los productos del año lo que necesita para atender anualmente a estos reparos, se conservará así siempre intacta esta porción del capital. Otra parte del capital de este mismo cultivador se compone de ásperos de labranza, de utensilios y ganado, que se consumen más rápidamente, pero se sostienen, y en caso

necesario se renuevan también a expensas de los productos anuales de la empresa, y así conservan su valor total. En fin, se necesitan muchas especies de provisiones, para la manutención de los hombres y de los animales, como semillas, géneros, follajes, dinero para el salario de los jornaleros, &c83 . Obsérvese que esta porción de capital muda enteramente de naturaleza en el discurso de un año. Y aun por muchas veces en este espacio de tiempo. El dinero, los granos y las demás provisiones se disipan totalmente; pero esto es necesario, y no se pierde ninguna parte del capital, si el cultivador (además de los provechos con que se paga el servicio productivo del terreno (o el arrendamiento) el servicio productivo del capital mismo (u el interés), y el servicio productivo de la industria que sacó partido de ellos), logra, por medio de sus productos anuales, reponer todas sus provis iones o acopios en dinero, en granos, en ganado, y aun cuando sea en estiércol, hasta formar un valor igual a aquel con que dio principio al año anterior. Vemos que aunque casi todas las partes del capital hayan experimentado menoscabo, y aun algunas haya n sido enteramente destruidas, se ha conservado el capital, porque éste no consiste en tal o tal materia, sino en un valor que no se altera cuando vuelve a presentarse en otras materias de igual valor. También se entiende fácilmente que si esta tierra tie ne bastante extensión, y se ha cultivado con orden, economía e inteligencia, los provechos del cultivador, después de reponer su capital en su entero valor, y satisfacer todos sus gastos y los de su familia, deben haberle dejado un sobrante que podrá colocarse en la clase de los ahorros. Las consecuencias de que resultarán del uso de este sobrante son de mucha importancia, y se expondrán en el capítulo siguiente. Por ahora basta entender bien que el valor del capital, aunque consumido, no fue destruido, porque se consumió de un modo que le hizo reproducirse; y que una empresa puede perpetuarse y dar todos los años nuevos productos con el misino capital, aunque éste se consuma continuamente. Vistas las transformaciones que experimenta un capital en la industria agrícola, será fácil comprehender las que padece en las fábricas y en el comercio. Hay en las fábricas, del mismo modo que en la agricultura, porciones de capital que duran muchos años como los edificios de los ingenios, las máquinas y ciertas herramientas, al paso que otras porciones mudan enteramente de forma. Así es que el aceite y la sosa que consumen los jaboneros dejan de ser aceite y sosa para convertirse en jabón. Del mismo modo las drogas que sirven para los tintes dejan de ser añil, campeche y achiote, y forman parte de las telas a que dan color. En igual caso están los salarios y la manutención de los obreros. En el comercio casi todos los capitales experimentan una o muchas veces al año transformaciones completas. Un negociante emplea su dinero en comprar joyas y telas: primera transmutación. Las envía a Turquía, y en el camino se transforma una parte de su capital en salarios de conductores. Llegada la mercancía a Constantinopla, la vende a mercaderes de por mayor, los cuales la pagan en letras de cambio sobre Esmirna: segunda

transmutación. El capital consiste entonces en efectos de comercio, de que se sirve en Esmirna para comprar algodones: tercera transmutación. Los algodones son traídos a Francia y vendidos en ella: cuarta transmutación que reproduce el capital, y probablemente con ganancia, bajo su primera forma, que era la de moneda francesa. Vemos que son innumerables las cosas que sirven de capital: y si quisiésemos saber en algún tiempo de qué se compone el capital de una nación, hallaríamos que consiste en una multitud de objetos, de géneros, y materias, cuyo valor total sería absolutamente imposible asignar con alguna exactitud, principalmente encontrándose varios de ellos a muchos millares de leguas de sus fronteras. Vemos asimismo que los géneros más deleznables y viles son no sólo una parte, sino, muy frecuentemente una parte indispensable de este capital; que, aunque perpetuamente consumidos y destruidos no suponen que el capital mismo se consuma y destruya, con tal que se conserve su valor; y que, por consiguiente la introducción o importación que puede hacerse de estos géneros deleznables y viles, es capaz de producir las mismas ventajas que la introducción de las mercancías más durables y preciosas, como el oro y la plata; que verosímilmente son más ventajosos desde el momento en que se les da la preferencia; que los productores son los únicos jueces competentes de la transformación, extracción e introducción de estos diversos géneros y materias, y que toda autoridad que interviene en esto, todo sistema que quiere influir en la producción, no puede menos de perjudicarla. Hay empresas en que el capital se restablece enteramente, y vuelve a dar nuevos productos muchas veces al año. En las fábricas en que bastan tres meses para concluir y vender un producto completo, un mismo capital puede hacer el mismo oficio cuatro veces al año. La ganancia que produce es ordinariamente proporcionada al tiempo que está empleado. Ya se deja entender que un capital que se reintegra al cabo de tres meses no da una ganancia tan grande como el que sólo se repone después de pasado un año: de lo contrario sería cuádrupla la ganancia anual, con lo que se agolparía en esta industria una masa de capitales cuya concurrencia disminuiría las utilidades. Por la razón inversa, los productos que exigen más de un año para llegar a un estado perfecto, como son los cueros, deben rendir las ganancias de más de un año, y al mismo tiempo el valor capital, porque de lo contrario nadie querría dedicarse a este género de industria. En el comercio que hace la Europa en la India y la China, está ocupado el capital por espacio de dos o tres años antes de su reembolso. En el comercio y en las fábricas, del mismo modo que en la empresa agrícola que hemos puesto por ejemplo, no es necesario que un capital se realice y transforme en numerario, para que vuelva a presentarse en toda su integridad, pues la mayor parte de los negociantes y fabricantes no realizan en especie de dinero la totalidad de su capital hasta el momento en que se separan del comercio, y por eso no dejan de saber siempre qué quieren, por medio de inventario de todos los valores que poseen, si su capital ha disminuido u aumentado.

El valor capital empleado en una producción nunca es más que una anticipación destinada a pagar servicios productivos, y que reembolsada por el valor del producto que resulta de ella. Un minero saca guijo del seno de la tierra, y se le vende a un fundidor. He aquí su producción terminada y saldada con una anticipación que se hizo del capital del fundidor. Este funde el guijo, le refina, saca de él acero, y viene un cuchillero que se le compra. He aquí la producción del fundidor pagada, y reembolsada su anticipación con la que acaba de hacer el cuchillero. El precio del acero bastó para esto. El cuchillero hace con este acero navajas de afeitar, y el precio que saca de ellas restablece su capital, al mismo tiempo que le paga su producción. Se ve que el valor de las navajas de afeitar bastó para reembolsar todos los capitales empleados en su producción, y para pagar esta producción misma, o por mejor decir, que las anticipaciones pagaron los servicios productivos, y el precio del producto reembolsó las anticipaciones: que es como si el valor entero del producto, o su valor en bruto hub iese pagado directamente los gastos de su producción.

Capítulo XI De qué modo se forman y se multiplican los capitales

Se ha mostrado en el capítulo anterior cómo los capitales productivos, perpetuamente empleados, manejados, gastados durante la producción, se sacan de ella, cuando está terminada, con su valor íntegro: y no siendo la materia misma, sino su valor lo que constituye la riqueza, me parece que se habrá comprehendido cómo el capital productivo, aunque haya mudado muchas veces de forma, es siempre sin embargo el mismo capital. Con la misma facilidad se comprehenderá que siendo el valor producido, el que reemplazó al consumido, pudo aquel ser menor, igual o superior a éste. Si fue igual, no se hizo más que reponer y conservar el capital; si fue menor, padeció éste un menoscabo, y si fue superior, tuvo un aumento. Esta es la posición en que dejamos al empresario cultivador que nos sirvió de ejemplo en el capítulo precedente. Allí supusimos que después de haber restablecido su capital en su valor íntegro, y tan íntegro que podía dar principio al siguiente año con iguales medios, este cultivador tuvo un sobrante de sus productos sobre sus consumos por un valor que para fijar nuestras ideas, diremos de mil escudos.

Observemos ahora todos los usos que puede hacer de este sobrante de mil escudos, y no despreciemos una observación que parece tan sencilla. Advierto que no hay ninguna que tenga mayor influjo en la suerte de los hombres, y cuyos resultados sean más desconocidos. Cualesquiera que sean los productos que componen este sobrante, cuyo valor regulamos en mil escudos, puede el agricultor cambiarle por moneda de oro y plata, y enterrarla para cuando la necesite. ¿Quita esta ocultación mil escudos a la masa de los capitales de la sociedad? No, puesto que acabamos de ver que el valor de su capital ha sido antes completamente reintegrado. ¿Ha perjudicado a alguno en esta suma? Tampoco, porque no ha robado ni engañado a nadie, ni jamás ha recibido valor alguno sin dar otro igual en cambio. Se dirá quizá: Él dio trigo en cambio de los mil escudos enterrados; este trigo se consumió muy pronto, y los mil escudos no dejan de haber sido substraídos del capital de la sociedad, y de continuar en el mismo estado. Pero me parece no se habrá olvidado que el trigo, igualmente que el dinero, puede formar parte del capital de la sociedad: y aun acabamos de ver que una parte del capital productivo de ésta consiste necesariamente en trigo y en otras muchas materias, todas las cuales se consumen, y algunas enteramente, sin que por eso se altere este capital, porque la reproducción restablece el valor íntegro de las consumidas, comprehendiendo en ellas los provechos de los productos, cuyo servicio productivo forma parte de las cosas consumidas. Desde el momento pues en que nuestro cultivador ha restablecido su capital en su valor antiguo, y vuelve a principiar con los mismos medios que antes, aunque arroje al mar los mil escudos que ahorró, no por eso, dejará el capital de la sociedad de ser igual a lo que era anteriormente. Pero continuemos todas las suposiciones posibles con respecto al uso de estos mil escudos. Por una nueva suposición no fueron enterrados, sino que se sirvió de ellos el cultivador para dar una gran fiesta. Este valor se destruyó en una noche: una mesa espléndida, un sarao brillante, y fuegos artificiales absorbieron toda la suma. Este valor, así destruido, no quedó en la sociedad, ni continuó ya formando parte de la riqueza general, porque las personas a cuyas manos pasaron los mil escudos en dinero, suministraron un valor equivalente en manjares, unos refrescos, pólvora, y nada queda ya de este valor; pero la masa de los capitales no se ha disminuido más por este uso que por el precedente. Había habido un sobrante de valor producido; pero se destruyó este sobrante, y quedaron las cosas en el mismo estado. Por otra suposición, sirvieron los mil escudos para comprar muebles, ropa blanca y plata labrada. En nada se disminuye ni se aumenta el capital productivo de la nación. Nada hay de nuevo en esta hipótesis sino los goces adicionales que proporciona al cultivador y a su familia el suplemento de ajuar que adquirieron. En fin, por otra suposición, que será la última, añade el cultivador a su capital productivo los mil escudos que había ahorrado, esto es, los vuelve a emplear

productivamente según las necesidades de su labranza: compra ganado, y mantiene mayor número de jornaleros, de donde resulta al cabo del año un producto que conservó u restableció con ganancia el valor íntegro de los mil escudos, de modo que pueden servir perpetuamente para dar todos los años un nuevo producto. Sólo en este caso se aumenta verdaderamente el capital productivo de la sociedad en el valor de esta suma. Es muy esencial observar que de cualquier modo que sea, ya se gaste improductivamente un ahorro, o ya se gaste productivamente, siempre se gasta y consume: y esto destruye una opinión muy falsa, aunque muy generalmente recibida, a saber, que el ahorro perjudica al consumo. Ningún ahorro, con tal que sea repuesto, disminuye en nada el consumo, antes bien le promueve reproduciéndose y renovándose este perpetuamente, al paso que un consumo improductivo no se repite de modo alguno. Se observará también que la forma en que se encuentre, ahorrado y vuelto a emplear el valor que se ahorró, no altera en nada el fondo de la cuestión. Este valor se empleará con más o menos ventaja, según la inteligencia y la situación del empresario. No hay inconveniente en que se haya acumulado esta porción de capital sin haber estado ni un instante en forma de moneda. Un producto ahorrado puede muy bien plantarse o sembrarse antes de que haya pasado por ningún cambio. Así, la madera que se hubiera gastado inútilmente en calentar algunas habitaciones superfinas, puede dejarse ver convertida en empalizadas, o formando la armadura de un edificio, y cuando era una porción de renta en el momento de la corta, llegar a ser un capital después de haber sido empleada. Este ahorro, u este nuevo uso de los productos creados en mayor número que los consumidos, es el único modo de aumentar el capital productivo de los particulares y la masa de todos los capitales de la sociedad. Acumular capitales productivos no es amontonar valores sin consumirlos, sino sacarlos de un consumo estéril para destinarlos a otro que sea reproductivo. Nada tiene de odioso la acumulación de capitales, presentada bajo su verdadero aspecto; antes bien, como vamos a ver ahora mismo, produce los mas felices resultados. La naturaleza de las necesidades de cada nación, su posición geográfica y la índole de sus habitantes determinan comúnmente la forma en que se acumulan sus capitales. La mayor parte de las acumulaciones de una sociedad naciente consisten en obras, en aperos de labranza, en ganados y en mejoras de su terrazgo; y la mayor parte de las de una nación dedicada a las manufacturas, en materias en bruto, o reducidas por sus fabricantes a un estado de mayor o menor perfección. Compónense también sus capitales de los ingenios y máquinas convenientes para elaborar sus productos. En una nación ocup ada principalmente en el comercio, la mayor parte de los capitales acumulados consisten en mercancías en bruto, u manufacturadas, que compraron los negociantes con el objeto de revenderlas.

Una nación que cultiva al mismo tiempo la industria agrícola, fabril y comercial, tiene su capital compuesto de productos de todas estas diferentes especies, de esa masa de provisiones de todas clases, que vemos actualmente en manos de los pueblos cultos, y que empleadas con inteligencia, se conservan perpetuamente, y aun se aumentan a pesar del inmenso consumo que se hace de ellas, con tal que la industria de estos pueblos produzca más valores que los que destruye su consumo. No es esto decir que cada nación haya precisamente producido y reservado las cosas que en la actualidad componen su capital, supuesto que pudo reservar valores de cualquiera especie, los cuales adquirieron, por medio de las transmutaciones, la forma que más le convenía. Una fanega de trigo ahorrada puede alimentar a un albañil igualmente que a un bordador. Era el primer caso, se habrá reproducido la fanega de trigo en la forma de una porción de casa; y en el segundo, en la de un vestido bordado. Todo aquel que emprende una industria, y emplea por sí mismo su capital halla con facilidad los medios de ocupar productivamente sus ahorros. Si es cultivador, compra porciones de tierra, o aumenta con abonos la virtud productiva de las que tiene. Si es comerciante, compra y revende mayor masa de mercancías. Los capitalistas tienen con corta diferencia los mismos medios; pues aumentan con todo el importe de sus ahorros los capitales que ya tienen empleados, o buscan donde emplearlos de nuevo, lo que les es muy fácil, porque sabiéndose que se hallan con fondos para ponerlos a ganancias, reciben más propuestas que otros sobre el uso de sus ahorros. Pero los dueños de tierras arrendadas, y las personas que viven de sus rentas o del salario de su trabajo, no tienen la misma facilidad, ni pueden emplear útilmente un capital sino cuando llega a cierta suma. Por esta razón se consumen improductivamente ciertos ahorros que hubieran podido consumirse reproductivamente, y aumentar los capitales particulares, y por consiguiente la masa del capital nacional. Las cajas y asociaciones que se encargan de recibir, reunir, y acrecentar por medio de la circulación los cortos ahorros de los particulares, son en consecuencia, siempre que ofrezcan una seguridad completa, muy favorables a la multiplicación de los capitales. El acrecentamiento de éstos es lento por su naturaleza, porque jamás se verifica sino donde hay valores verdaderamente producidos; y no se crean valores sin tiempo ni trabajo84 , además de los otros elementos que para ello son necesarios: y como al crearlos los productores, se ven obligados a consumirlos, nunca pueden acumular, esto es, emplear reproductivamente, más que la porción de los valores producidos que excede a sus necesidades. El importe o suma de este sobrante es lo que constituye la riqueza de los particulares y de las sociedades. El país en que se encuentran todos los años más valores ahorrados y empleados reproductivamente, es el que camina con más rapidez a la prosperidad. Se aumentan sus capitales; se hace más considerable la masa de industria puesta en movimiento; y pudiendo crearse nuevos productos con esta adición de capitales e industria, vienen a ser cada día más fáciles los nuevos ahorros. Todo ahorro, todo aumento de capital prepara una ganancia anual y perpetua, no sólo al que hizo esta acumulación, sino también a todas las personas cuya industria se pone en movimiento con esta porción de capital. Prepara un interés anual al capitalista

que hizo el ahorro, y provechos anuales a las gentes industriosas a quienes da ocupación. Consumiéndose perpetuamente, no cesa de reproducirse para ser consumido, del mismo modo que los provechos que de él resultan. Por eso el célebre Adan Smith compara el hombre frugal que aumenta sus fondos productivos, aunque no sea más que en una sola ocasión, con el fundador de un establecimiento de industria en que se mantuviese perpetuamente una reunión de gentes laboriosas con el fruto de su trabajo; y al contrario, compara un pródigo que se come parte de su capital, con el administrador infiel que dilapidase los bienes de una fundación piadosa, y dejase privados de todo recurso, no sólo a los que encontraban en ella su subsistencia, sino a cuantos la hubieran encontrado en lo sucesivo. No titubea en llamar al disipador un azote público, y al hombre frugal y arreglado un bienhechor de la sociedad85 . Es fortuna que el interés personal esté siempre alerta para la conservación de los capitales de los particulares y que no se pueda en tiempo alguno distraer un capital de un uso lucrativo sin privarse de una renta proporcionada. Smith es de parecer que en todo país, la profusión o la impericia de ciertos particulares y de los administradores de la hacienda pública se compensa sobradamente con la frugalidad del mayor número de los ciudadanos, y con el cuidado que tienen de sus intereses86 . A lo menos parece cierto que en nuestro tiempo va en aumento la opulencia de casi todas las naciones europeas: lo que no puede verificarse sin que cada una en general consuma improductivamente menos de lo que produce87 . Aun las revoluciones modernas, las cuales no han producido invasiones durables, ni causado estragos prolongados como las antiguas, y por otra parte han destruido ciertas preocupaciones, aguzado los ingenios y removido obstáculos muy incómodos, parece que han sido más favorables que contrarias a los progresos de la opulencia. Pero esta frugalidad con que honra Smith a los particulares ¿no es forzada en la clase más numerosa, a causa de algunos vicios en la organización política? ¿Es seguro que su parte de productos sea exactamente proporcionada a la parte que tiene en la producción? En los países que se consideran como los más ricos ¡cuántos individuos viven en una penuria perpetua! ¡Cuántas familias, así en las ciudades, como en los campos, cuya vida es una serie continua de privaciones, y que rodeadas de cuanto es capaz de excitar los deseos, están reducidas a no poder satisfacer sino sus necesidades más groseras, como si viviesen en tiempos de barbarie, y en medio de las naciones más indigentes! Infiero de aquí, que aunque haya incontestablemente en casi todos los estados de Europa productos ahorrados en cada año, este ahorro no recae por lo común sobre los consumos inútiles, como lo exigen la política y la humanidad, sino sobre verdaderas necesidades: lo cual es una acusación contra el sistema político y económico de muchos gobiernos. También piensa Smith que las riquezas de los modernos son más bien efecto de la extensión de la economía que del aumento de la producción. No ignoro que ciertas profusiones locas son quizá más raras que en otros tiempos88 ; pero atiéndase al corto número, de personas que se hallaban en estado de entregarse a semejantes profusiones; considérese cuanto se han extendido los goces de un consumo más abundante y variado,

sobre todo en la clase medio de la sociedad; y se hallará, a mi parecer, que los consumos y la economía se han aumentado a un mismo tiempo: lo cual no es contradictorio, pues hay muchos empresarios, en todo género de industria, que producen bastante en tiempos de prosperidad para aumentar simultáneamente sus gastos y sus ahorros; y lo que se verifica en una empresa particular puede verificarse en la mayor parte de las de una nación. Las riquezas de Francia se acrecentaron en los primeros cuarenta años del reinado de Luis XIV, o a pesar de las profusiones del gobierno y de los particulares, promovidas y excitadas por el fausto de la corte, la cual era menos activa para disipar los recursos que Colbert para multiplicarlos por medio del movimiento que dio a la producción. Algunos se figuran que se multiplicaban por la razón de que los disipaba la corte; pero este es un error grosero, y en prueba de ello basta saber que continuando del mismo modo las profusiones de la corte después de la muerte de aquel ministro, y no bastando para ellas la producción, cayó el reino en una miseria tan espantosa, que no puede darse cosa más triste que el fin de este reinado. Después de la muerte de Luis XIV siguieron aumentándose los gastos públicos y particulares89 , y me parece incontestable que se aumentaron también las riquezas de Francia: en lo que está de acuerdo el mismo Smith: y lo que se verifica en Francia, se verifica también, aunque en diversos grados, en la mayor parte de los otros estados de Europa. Turgot es de la opinión de Smith90 : juzga que se ahorra en el día más que en otros tiempos; y se funda en raciocinio siguiente: el precio u la cuota del interés, en circunstancias ordinarias, es ahora inferior en la mayor parte de Europa a lo que fue en cualquiera otra época: esto indica que hay ahora más capitales que nunca; luego para reunirlos se ha ahorrado más que en ningún otro tiempo. Esto prueba lo que todos confiesan, esto es, que hay ahora más capitales que antes; pero nada prueba en cuanto al modo con que se han adquirido, y acabo de mostrar que, pudieron haberse acumulado por medio de una producción superior, igualmente que por medio de una economía más rigurosa. Por lo demás no niego que se ha perfeccionado en muchas cosas el arte de ahorrar, del mismo modo que el arte de producir. Nadie gusta de proporcionarse ahora menos goces que antes; pero hay muchos de estos que se logran a menos costa. ¿Qué cosa más bonita, por ejemplo, que los papeles pintados con que vestimos las paredes de nuestras habitaciones? La gracia de sus dibujos recibe nuevo lustre de la viveza de los matices. Las clases de la sociedad que ahora hacen uso de papel pintado, no tenían antiguamente más que paredes blanqueadas, o tapices de punto de Hungría muy feos, y mucho más caros que la mayor parte de nuestras colgaduras actuales. En estos últimos años se ha llegado a destruir por medio del ácido sulfúrico la parte mucilaginosa de los aceites vegetales, de modo que sirven ya para los velones de dos corrientes de aire, en los que, antes de este descubrimiento, no se podía usar sino de aceite de ballena o de otros peces, que cuesta dos o tres veces más caro. Esta sola

economía ha sido suficiente para que disfruten en Francia la comodidad de un alumbrado tan hermoso casi todas las clases de la nación91 . Este arte de ahorrar es efecto de los progresos de la industria, que por una parte ha descubierto gran número de métodos económicos, y por otra no ha cesado de buscar capitales y de ofrecer a los capitalistas grandes y pequeños, mejores condiciones y un éxito más seguro92 . Como en los tiempos en que había poca industria, no producían los capitales utilidad alguna, venían a ser casi siempre un tesoro guardado en una arca, o sepultado debajo de tierra, y que se conservaba para cuando hubiese necesidad de usar de él. Ya fuese considerable este tesoro, u dejase de serlo, no daba un provecho más o menos grande, supuesto que no daba ninguno, y no era más que una precaución mayor o menor. Pero cuando el tesoro pudo dar un provecho proporcionado a su masa, entonces hubo doble interés en aumentarle, y no en virtud de un interés remoto, u de precaución, sino actual y palpable a cada instante, puesto que el provecho dado por el capital pudo consumirse, sin que éste se disminuyese, y proporcionar nuevos goces. Desde este punto se pensó mas seriamente que antes en crear un capital productivo, cuando no le había, o en aumentarle cuando ya se tenía: y se consideraron los fondos que producían interés, bajo el concepto de una propiedad tan lucrativa y algunas veces tan sólida como una tierra por la cual se paga arrendamiento. Si alguno tuviese la ocurrencia de mirar como un mal la acumulación de los capitales, en cuanto se dirige a aumentar la desigualdad de las riquezas, deberá observar que si la acumulación camina constantemente a acrecentar los grandes bienes, el orden de la naturaleza conspira con la misma constancia a dividirlos. Muere el hombre que ha aumentado su capital y el de su país, y es rara la sucesión que no se divide entre muchos herederos o lega tarios, como no sea en los países donde las leyes reconocen substituciones y derechos de primogenitura. Fuera de aquellos países donde semejantes leyes ejercen su funesto influjo, y donde quiera que no ha sido contrariado el orden benéfico de la naturaleza, se dividen naturalmente las riquezas, penetran en todas las ramificaciones del árbol social, y comunican la vida y la salud aun a sus extremidades más distantes93 . El capital total del país se aumenta al mismo tiempo que se dividen los bienes particulares. Debemos pues mirar, no solo sin envidia, sino muy al contrario como una fuente de prosperidad general, las riquezas de un hombre que habiéndolas adquirido legítimamente, las emplea de un modo productivo. Digo adquirido legítimamente, porque si son fruto de la rapiña, no forman un aumento de riqueza para el estado, sino que son unos bienes que estaban en una mano, y han pasado a otras, sin dar nuevo movimiento a la industria. Por el contrario, es bastante común que un capital mal adquirido se gaste malamente. La facultad de reunir capitales, o sean ahora, si se quiere, valores, es a mi parecer una de las causas de la gran superioridad del hombre con respecto a los animales. Los capitales, considerados en masa, son un instrumento poderoso, cuyo uso le está exclusivamente reservado. El hombre puede dirigir al fin que se proponga, unas fuerzas acumuladas y aumentadas de padres a hijos por espacio de muchos siglos; pero el animal no puede disponer sino del corto número de cosas reconocidas por él mismo, y aun sólo

de las que recogió algunos días antes, o a lo sumo desde una estación: lo que nunca llega a ser de mucha importancia: y así, aun concediéndole el grado de inteligencia que no tiene, apenas produciría ésta ningún efecto, por falta de instrumentos suficientes para ejercitarla. Obsérvese además que es imposible fijar un término al poder que alcanza el hombre por la facultad de formar capitales, porque no tienen límite los que puede acumular con el tiempo, con el ahorro y la industria.

Capítulo XII De los capitales improductivos

Hemos visto que los valores producidos se pueden destinar bien sea a la satisfacción de aquellos que los adquirieron o bien a una nueva producción. Pueden igualmente después de haber sido substraídos de un consumo improductivo, no destinarse a otro reproductivo, sino quedar ocultos y enterrados. El dueño de estos valores, después de haberse privado, por el hecho de ahorrarlos, de los goces y de la satisfacción que le hubiera proporcionado este consumo, se priva también de los provechos que podría sacar del servicio productivo de su capital ahorrado; y al mismo tiempo priva a la industria de las ganancias que podría conseguir si llegase a emplearle. Entre otras muchas causas de la miseria y debilidad en que se hallan los estados sujetos a la dominación otomana, no se puede dudar que es una muy principal la cantidad de capitales que permanecen en entera inacción. La desconfianza e incertidumbre en que viven aquellas gentes acerca de su suerte futura, mueven a todos, desde el baja hasta el último aldeano, a ocultar una parte de su propiedad, para librarla de la codicia de los que ejercen el poder; y es claro que no se puede ocultar un valor sino por medio de la inacción. Es esta una desgracia que alcanza en diferentes grados a todos los países sujetos al poder arbitrario, sobre todo cuando es violento. Por eso, en las vicisitudes que presentan las borrascas políticas se nota que escasean los capitales, que se interrumpe la industrial, que cesan las ganancias, y que todo es opresión cuando el temor llega a apoderarse de los ánimos; pero luego que renace la confianza, se advierte un movimiento y actividad muy favorables a la prosperidad pública. Los ídolos ricamente adornados y pomposamente servidos de los pueblos de Oriente, no fomentan empresas agrícolas o fabriles. Con las riquezas de que están

cubiertos, y el tiempo que se pierde en implorar su protección, se conseguirían en realidad los bienes que estos ídolos no se cuidan de conceder a estériles plegarias. Hay muchos capitales ociosos en los países donde obligan los usos y costumbres a emplear mucho dinero en muebles, vestidos y adornos. El vulgo que con su necia admiración promueve la inversión improductiva de los capitales, se perjudica a sí mismo, porque el rico que emplea cien mil francos en doraduras, en vajillas, en una inmensidad de muebles, no puede ya poner a interés esta suma, que desde aquel punto no da ningún pábulo a la industria. La nación pierde la renta que este capital produciría al año, y el provecho que en el mismo espacio de tiempo hubiera dado la industria promovida con este capital. Hasta ahora hemos considerado la especie ele valor que después de haberle creado se podía, por decirlo así, fijar a la materia, y que así incorporado, era capaz de conservarse más o menos tiempo. Mas no todos los valores producidos por la industria humana tienen esa propiedad, porque los hay muy reales, supuesto que se pagan muy bien, y se dan en cambio de ellos materias preciosas y durables, pero que no son de tal naturaleza que puedan subsistir, pasado que sea el momento de su producción. Estos son los que vamos a definir en el capítulo siguiente, y a los cuales daremos el nombre de productos inmateriales.

Capítulo XIII De los productos inmateriales, o de los valores que se consumen en el momento de su producción

Va un médico a visitar un enfermo, observa los síntomas del mal, prescribe remedios, y se marcha sin dejar ningún producto que el enfermo o su familia puedan transmitir a otras personas, ni aun conservarle para consumirle en otro tiempo. ¿Fue improductiva la industria del médico? Nadie lo creerá. El enfermo recobró la salud: ¿y diremos que esta producción era incapaz de ser materia de un cambio? De ningún modo, supuesto que el consejo del médico se cambió por su honorario; pero la necesidad de este dictamen cesó en el momento en que se hubo dado: su producción consistía en decirle: su consumo en oírle; y se consumió al mismo tiempo que se produjo. Esto es lo que llamo producto inmaterial94 . La industria del músico u la del actor dan un producto del mismo género, pues nos proporcionan una diversión y placer que no podemos conservar o retener para consumirle

después, o para cambiarle de nuevo por otros goces. Esta industria tiene ciertamente su precio; pero sólo subsiste en la memoria, no tienen ningún valor permutable luego que ha pasado el momento de su producción. Smith niega a los resultados de estas industrias el nombre de productos, y da al trabajo en que se emplean el nombre de improductivo: lo cual es una consecuencia del sentido en que toma la palabra riqueza, pues en vez de dar este nombre a todas las cosas que tienen un valor permutable, no le da sino a las que tienen un valor permutable, capaz de conservarse, y por consiguiente le niega a los productos cuyo consumo se verifica en el instante mismo de su creación. Sin embargo, la industria del médico, y si queremos multiplicar los ejemplos, la del administrador de la hacienda pública, la del abogado, la del juez, las cuales son todas de un mismo género, satisfacen necesidades tan indispensables que ninguna sociedad podría subsistir sin el trabajo de estas personas. ¿No son reales los frutos de este trabajo? Lo son en tanto grado que se adquieren a costa de otro producto que es material, al cual concede Smith el nombre de riqueza, y los productores de productos inmateriales adquieren grandes bienes a fuerza de repetir estos cambios95 . Si descendemos a las cosas de puro recreo, no se puede negar que la representación de una comedia buena causa un placer tan real como una libra de dulces o una fiesta de pólvora, que según la doctrina de Smith se llaman productos. No me parece conforme a razón querer que sea productivo el talento del pintor, y que no lo sea el del músico96 . Smith impugnó a los Economistas que sólo daban el nombre de riqueza al valor en materia en bruto que se encuentra en cada producto, y adelantó en gran manera la economía política, demostrando que la riqueza era esta materia, juntamente con el valor que le añadía la industria. Pero supuesto que elevó a la clase de riqueza una cosa abstracta cual es el valor ¿por qué le mira como nulo, aunque real y permutable, cuando no se halla fijado en ninguna materia? Esto debe causarnos mucha más extrañeza, si atendemos a que Smith llega hasta el punto de considerar el trabajo, prescindiendo de la cosa trabajada, a que examina las causas que influyen en su valor, y a que propone este mismo valor como la medida más segura e invariable que puede hallarse97 . De la naturaleza de los productos inmateriales; resulta que ni es posible acumularlos, ni sirven para aumentar el capital nacional. Una nación en que abundasen los músicos, los clérigos y los empleados, sería una nación muy divertida, bien doctrinada y admirablemente administrada; pero no pasaría de aquí. Su capital no recibiría de todo el trabajo de estos hombres industriosos ningún acrecentamiento directo, porque sus productos se consumirían al paso que se fuesen creando. Por consiguiente cuando se halla el medio de hacer más necesario el trabajo de alguna de estas profesiones, nada se hace en beneficio de la prosperidad pública, pues aumentando este género de trabajo productivo, se aumenta al mismo tiempo su consumo. Pudiéramos consolarnos cuando este consumo fuese una satisfacción o un placer; pero, si es un mal, es necesario confesar que semejante sistema es deplorable.

Esto es lo que sucede donde quiera que se complica la legislación, porque haciéndose más considerable y más difícil el trabajo de los dependientes del foro, ocupan más gente y se paga más caro, ¿Y qué se gana con esto? ¿Son mejor defendidos nuestros derechos? Todo lo contrario. La complicación de las leyes da armas a la mala fe, ofreciéndole nuevos subterfugios, y nada añade por lo común al peso de la razón y de la justicia. Lo que se gana es tener más pleitos y que duren más tiempo. Se puede aplicar el mismo raciocinio a las plazas instituidas en la administración pública. Administrar lo que debería ser abandonado, a la vigilancia de los administrados es hacerles mal y obligarlos a pagar el mal que se les hace como si fuese un bien98 . Es pues imposible admitir la opinión de Mr. Garnier99 , el cual, fundándose, en que es productivo el trabajo de los médicos, de los dependientes del foro y otras personas semejantes, infiere que una nación interesa tanto en multiplicar este trabajo como cualquiera otro. Esto es lo mismo que si se emplease en un producto más trabajo personal que el necesario para ejecutarle. El trabajo productivo de productos inmateriales no es productivo, como cualquiera otro trabajo, sino hasta el punto en que aumenta la utilidad; pero cuando pasa de este punto es absolutamente improductivo. Complicar las leyes para que las desenreden después los legistas es buscarse una enfermedad para tener que llamar al médico. Los productos inmateriales son fruto de la industria humana, pues hemos dado el nombre de industria a toda especie de trabajo productivo. No se percibe con tanta claridad cómo son al mismo tiempo fruto de un capital. Sin embargo, la mayor parte de estos productos son el resultado de un talento: todo talento supone un estudio anterior; y no puede haber estudio sin anticipaciones. Para que el consejo del médico haya sido dado, y recibido, ha sido necesario que el médico o sus padres hayan costeado por espacio de muchos años los gastos de su instrucción; que se le mantuviese todo el tiempo que duraron los estudios; que se le comprasen libros; y quizá también que se le diese para viajar &c: lo que supone el uso de un capital acumulado precedentemente100 . Lo mismo sucede con la consulta de un abogado, con la canción de un músico &c. Estos productos no pueden verificarse sin el concurso de una industria y de un capital. Aun el talento de un funcionario público es un capital acumulado. Los gastos necesarios para formar un ingeniero civil o militar son de la misma clase que las anticipaciones que hubo que hacer para formar un médico: y aun se debe suponer que estén bien colocados los fondos que ponen a un joven en estado de llegar a ser funcionario público, y bien pagado el trabajo de que se compone su industria, puesto que en casi todas las partes de la administración hay más pretendientes que empleos, aun en aquellos países en que abundan los destinos más de lo justo. Se encuentran en la industria que da productos inmateriales las mismas operaciones que observamos en la análisis que hicimos al princip io de esta obra de las operaciones de

toda especie de industria101 . Probémoslo con un ejemplo. Para ejecutar una simple canción, ha sido necesario que el arte del compositor y el del músico ejecutor fuesen artes profesados y conocidos, como también los métodos convenientes para adquirirlos. He aquí el trabajo del sabio. La aplicación de este arte y de estos métodos, ha sido hecha por el compositor y por el músico, los cuales han juzgado, el uno al componer la música, y el otro al ejecutarla, que de aquí podría resultar un placer de que harían los hombres algún aprecio. En fin, la ejecución es la última operación de la industria. Hay sin embargo producciones inmateriales en que hacen tan poco papel las dos primeras operaciones, que pueden reputarse por nada. Tal es el servicio de un criado. La ciencia necesaria para servir es ninguna, o se reduce a muy poco: y siendo el amo el que hace la aplicación de los talentos del criado, casi no le queda a éste más que la ejecución servil, que es la más ínfima operación de la industria. Por una consecuencia necesaria, en este género de industria y en algunos otros de que tenemos ejemplos en las últimas clases de la sociedad, como en la industria de los ganapanes, de las rameras &c., estando reducido a nada el aprendizaje, pueden considerarse los productos no sólo como frutos de una industria muy grosera, sino también como productos en que no tienen parte alguna los capitales; porque yo no crea que las anticipaciones necesarias para criar una persona industriosa desde su primera infancia hasta el momento en que puede manejarse por sí misma, deban considerarse como un capital cuyos intereses hayan de pagarse con las ganancias que tenga en lo sucesivo. Cuando trate de los salarios, expondré las razones en que me fundo102 . Los placeres que se gozan a costa de un trabajo, cualquiera que sea, son productos inmateriales consumidos en el momento de su producción por la misma persona que los creó. Tales son los placeres que proporcionan las artes que se cultivan por puro recreo. Si aprendo la música, destino a este estudio un corto capital, una porción de tiempo y algún trabajo; y a costa de todas estas cosas tengo el gusto de cantar una composición nueva, o de desempeñar mi parte en un concierto. El juego, el baile y la caza son ocupaciones del mismo género. La diversión que de ellas resulta, se consume en el mismo instante y por aquellos mismos que la disfrutaron. Cuando un aficionado pinta un cuadro por divertirse, o ejecuta una obra de ensambladura, o de cerrajería, crea al mismo tiempo un producto de valor durable, y un producto inmaterial, que es su diversión103 . Hemos visto, al tratar de los capitales, que unos son productivos de productos materiales, y otros absolutamente improductivos. Hay otros que son productivos de utilidad o de recreo, y que por consiguiente no pueden colocarse ni en la clase de los capitales que sirven para la producción de objetos materiales, ni en la de los capitales absolutamente inútiles. De este número son las casa que habitamos, los muebles y adornos que sólo sirven de aumentar los placeres de la vida. La utilidad que de ellos se saca es un producto inmaterial.

Cuando se casan dos jóvenes, la plata labrada de que se proveen no puede considerarse como un capital absolutamente inútil, supuesto que la familia se sirve de ella habitualmente. Tampoco puede considerarse como un capital productivo de productos materiales, pues que no resulta de ella ningún objeto que sea posible reservar para consumirle en otro tiempo; ni es un objeto de consumo anual, supuesto que esta plata puede durar todo el tiempo que viva el matrimonio, y aun pasar a sus hijos. Diremos pues que es un capital productivo de utilidad y placer, o un valor acumulado, esto es, substraído del consumo improductivo y del reproductivo, y que no dando por esta razón ninguna ganancia ni interés, es solamente productivo de un servicio, de una utilidad que se consume a proporción que se disfruta: utilidad que no deja de tener ni valor positivo, pues que se paga cuando se necesita, como se ve por lo que cuesta el alquiler de una casa o de un mueble. Si conoce mal sus intereses el que deja la más pequeña parte de su capital en una forma absolutamente improductiva, no diremos lo mismo del que emplea una parte de él proporcionada a sus haberes, bajo una forma productiva de utilidad o de recreo. Desde los muebles groseros de una familia indigente hasta los adornos exquisitos y las brillantes alhajas del rico, hay una infinidad de grados en la cantidad de capitales que destina cada uno a este uso. En los países ricos posee la familia más pobre un capital de esta especie, que aunque no sea considerable, basta para satisfacer unos deseos moderados y unas necesidades regulares. Algunos muebles útiles y agradables que se encuentran en todas las casas ordinarias, anuncian en todo país una masa de riquezas mucho mayor que la que puede inferirse de ese cúmulo de muebles magníficos y de adornos fastuosos que se ven solamente en los palacios de algunos hombres acaudalados, o de esos diamantes y joyas que pueden deslumbrar cuando se observan acumulados en una gran ciudad, y algunas veces reunidos casi todos en el recinto de un espectáculo u de un festejo, pero cuyo valor es muy corto, comparado con los ajuares de toda una gran nación. Aunque se consumen lentamente las cosas que componen el capital productivo de utilidad y recreo, no por eso dejan de consumirse. Cuando no se toma de las rentas anuales lo que se necesita para conservar este capital, llega a disiparse, y se altera el estado de los bienes. Esta observación parece trivial: y sin embargo ¿cuántas son las gentes que están persuadidas de que sólo se comen sus rentas, cuando consumen al mismo tiempo una parte de su hacienda? Supongamos, por ejemplo, que una familia habita una casa edificada a sus expensas; si la casa ha costado cien mil francos, y ha de durar cien años, cuesta a esta familia, además de los intereses de cien mil francos, una suma de mil francos anuales, supuesto que al cabo de cien años quedará nada o muy poco de este capital de cien mil francos. Se puede aplicar este mismo raciocinio a cualq uiera otra parte de un capital productivo, de utilidad y recreo, como a un mueble, a una alhaja, y a todo lo que puede colocarse por el pensamiento en esta denominación.

Por la razón contraria, el que tenía una parte de sus rentas anuales, cualquiera que sea su origen, para aumentar su capital útil, o agradable, aumenta sus capitales y sus bienes, aunque no aumente sus rentas. Los capitales de esta especie se forman, como todos los demás sin excepción ninguna, por medio de la acumulación, de una parte de los productos anuales. No hay otro modo de tener capitales que el de acumularlos por sí mismo, o recibirlos de quien los haya acumulado. Véase sobre este punto el capítulo XI, en el cual traté de la acumulación de los capitales. Un edificio público, un puente, un camino real son ventas ahorradas y acumuladas que forman un capital cuya renta es un producto inmaterial consumido por el público. Si la construcción de un puente o de un camino, añadida a la adquisición del terreno en que se ejecutó, hubiese costado un millón de francos, el pago del uso que hace el público anualmente de estas obras puede valuarse en cincuenta mil francos104 . Hay productos inmateriales en que tiene la mayor parte el terrazgo. Tal es el placer que resulta de un parque o de un jardín de recreo. Este placer es fruto de un servicio diario que hace el jardín de recreo, y que se consume a proporción que se produce. Es claro que no se debe confundir un terreno productivo de recreo con tierras absolutamente improductivas, como son las baldías: lo cual es una nueva analogía que se encuentra entre los terrazgos y capitales, pues se acaba de ver que entre estos los hay también que son productivos de productos inmateriales, y otros que son absolutamente improductivos. En los jardines y en los parques de recreo se hacen siempre algunos gastos para hermosearlos. En este caso hay un capital reunido al terrazgo para que de un producto inmaterial. Hay parques de recreo en que se hallan a un mismo tiempo bosques y dehesas, es decir, que dan productos de uno y otro género. Los antiguos jardines franceses no daban ningún producto material: los modernos son un poco más útiles, y lo serían más, si se viesen en ellos con alguna mayor frecuencia los productos de la huerta y los del vergel. Sería sin duda demasiada severidad culpar a un propietario rico porque destina alguna porción de sus tierras al objeto exclusivo del recreo. Los deliciosos ratos que allí pasa en medio de su familia, el saludable ejercicio que hace y el buen humor que disfruta, son ciertamente bienes, y no los menos apreciables. Disponga pues de su terreno como más le agrade, y muestre en él su gusto, y aun su capricho; pero si hasta en sus caprichos se ve un objeto de utilidad, y si recoge también algunos frutos, sin perjuicio de sus placeres, entonces tendrá otro mérito su jardín y le pasearán con mucha más satisfacción el filósofo y el político. He visto un corto número de jardines que abundaban en estos dos géneros de producción. No faltaba en ellos el tilo, el castaño, el sicómoro y los demás árboles de recreo, como tampoco las flores ni los céspedes; pero los frutales vistosamente

engalanados en el estío con las frutas que prometen en la primavera, contribuían a la variedad de los colores y a la hermosura del sitio. Dándoles la situación que les era más favorable, se había cuidado también de que siguiesen las vueltas y revueltas de los cercados y de las calles. Los acicates, y los tablares cargados de legumbres no eran constantemente rectos, iguales y uniformes, sino que se prestaban a las ligeras ondulaciones de los plantíos y del terreno. Se podía pasear por casi todas las sendas hechas para la comodidad del cultivo, y hasta el pozo adonde iba el jardinero a llenar las regaderas, servía de adorno por el emparrado con que estaba cubierto. Parece que todo lo que allí se había hecho llevaba la idea de convencer que lo que es bonito puede ser útil, y que puede aumentarse el placer en el lugar mismo en que se aumenta la riqueza. Todo un país se puede enriquecer del mismo modo con lo que contribuye a su adorno y hermosura. Si se plantasen árboles en todos los parajes en que pueden prevalecer sin perjuicio de otros productos105 , no sólo hermosearían el país, le harían más saludable 106 , y multiplicándose los plantíos atraerían sobre él lluvias fecundantes, sino que el producto de la madera y leña en un territorio algo extenso ascendería a un valor considerable. Tienen los árboles la ventaja de que casi toda su producción es obra de la naturaleza, pues el hombre no hace más que plantarlos. Pero no basta plantar, sino que es necesario librarse de la impaciencia de cortar. Entonces la planta, desmedrada y débil al principio, se alimenta poco a poco con los jugos preciosos de la tierra y de la atmósfera, y sin ningún auxilio de la agricultura, el tronco se engruesa y endurece, aumenta en elevació n y se extienden sus vastas ramas. El árbol no pide al hombre sino que le olvide por algunos años y en recompensa (aun cuando no dé cosechas anuales) luego que ha adquirido toda su fuerza ofrece al carpintero, al ensamblador, al carretero y a nuestros hogares el tesoro de su madera y de su leña. En todos tiempos han sido muy recomendados por los hombres de más talento los plantíos y el respeto con que deben mirarse los árboles. El historiador de Ciro refiere como uno de los títulos más gloriosos de este Príncipe el haber hecho plantíos en toda el Asia menor. En los Estados unidos, cuando a un cultivador le nace un hija, planta un bosquecillo que va creciendo al paso que la niña, y le sirve de dote cuando se casa. Sully, cuyas miras económicas eran tan extensas, hizo plantar en casi todas las provincias de Francia un número muy considerable de árboles. Yo he visto muchos de ellos, a los cuales se daba con una especie de veneración el nombre de árboles de Sully, y me traían a la memoria el dicho de Adison, que cada vez que veía un plantío exclamaba: Por aquí pasó un hombre útil. Hasta ahora hemos tratado de los agentes esenciales de la producción, de aquellos sin los cuales no tendría el hombre otros medios de existir y de gozar que los que le ofrece espontáneamente la naturaleza, y que son muy raros y muy poco variados. Después de haber expuesto el modo con que estos agentes, cada uno en lo que le concierne, y todos reunidos, concurren a la producción, hemos vuelto a examinar la acción de cada uno de ellos en particular, para poder conocerlos más completamente.

Ahora vamos a emprender el examen de las causas accidentales y extrañas a la producción, que favorecen o se oponen a la acción de los agentes productivos.

Capítulo XIV Del derecho de propiedad El filósofo especulativo puede ocuparse en investigar los verdaderos fundamentos del derecho de propiedad; el jurisconsulto puede establecer las reglas que dirigen la transmisión de las cosas poseídas; la ciencia política puede mostrar cuáles son las más seguras, garantías de este derecho. Pero la Economía política considera solamente la propiedad como el estimulo más poderoso para la multiplicación de las riquezas, y así tratará muy poco de lo que la constituye y afianza, con tal que esté asegurada. En efecto, es evidente que en vano declararían las leyes que la propiedad es un sagrado, si no supiese el gobierno hacer respetar las leyes; sino tuviese fuerza para reprimir el latrocinio; si le cometiese él mismo107 ; si la complicación de las disposiciones legislativas y las sutilezas de los curiales constituyesen la posesión en un estado de incertidumbre. No se puede decir que hay propiedad sino donde existe de hecho y de derecho. Solamente allí los manantiales de la producción, las tierras, los capitales, la industria, llegan al más alto grado de fecundidad. Hay verdades tan claras que parece absolutamente inútil tratar de probarlas. Tal es la que acabamos de establecer: porque ¿quién ignora que la certeza de gozar del fruto de sus tierras, de sus capitales, de su trabajo es el estímulo más poderoso que puede haber para sacar de estas cosas todas las ventajas posibles? ¿Quién ignora que nadie conoce mejor que el propietario el producto que pueden rendirle los bienes que posee? Pero al mismo tiempo ¡cuánto no se falta en la practica a ese respeto a las propiedades que se juzga tan ventajoso en la teórica! ¡Cuán débiles son los motivos con que se propone frecuentemente su violación! ¡Con cuánta facilidad se escusa esta violación que debería indignarnos por un sentimiento natural! ¡Tan pocas son las personas que sientan con alguna viveza lo que no las hiere de un modo directo, u que sintiendo vivamente, sepan arreglar sus acciones a su modo de pensar! No hay propiedad segura donde quiera que un déspota puede apoderarse de los bienes de sus súbditos sin que estos lo consientan: ni está más segura la propiedad, cuando el consentimiento es puramente ilusorio. Si en Inglaterra, donde no pueden fijarse los impuestos sino por los representantes de la nación llegase el ministerio a disponer de la pluralidad de votos ya por el influjo que tiene en las elecciones, ya por la multitud de empleos cuya provisión se ha dejado imprudentemente en sus manos, entonces el impuesto no sería votado en realidad por los representantes de la nación, sino por los del ministerio; y entonces el pueblo inglés hacía forzadamente sacrificios enormes para sostener unos designios que podrían no serle favorables por ningún título108 .

Observaré que se puede violar el derecho de propiedad, no sólo apoderándose de los productos que saca el hombre de sus tierras, de sus capitales o de su industria, sino también sujetándole en el libre uso de estos mismos medios de producción; porque el derecho de propiedad, según le definen los jurisconsultos, es el derecho de usar, y aun de abusar. Por consiguiente, es violar la propiedad territorial prohibirle a un propietario lo que debe sembrar o plantar; prohibirle tal cultivo u tal modo de cultivar. Es violar la propiedad del capitalista prohibirle tal o tal uso de sus capitales; como cuando no se le permite almacenar trigo u cuando se le obliga a llevar su plata labrada a la casa de moneda, o bien cuando se le impide que edifique en su terreno, o se le prescribe el modo con que ha de edificar. Es violar la propiedad del capitalista, cuando después de tener capitales empleados en una industria, cualquiera que sea, se prohíbe este género de industria, o se la recarga con derechos tan numerosos que equivalen a una prohibición. Es evidente que si se le prohibiese el azúcar, por ejemplo, se causaría la pérdida de los capitales empleados en hornillos, utensilios, &c. en las fábricas donde se refina109 . Es violar la propiedad industrial del hombre prohibirle el uso de sus talentos y facultades, a no ser que este uso, perjudique a los derechos de otro hombre110 . Es también violar la propiedad industrial exigir de un hombre ciertos trabajos, cuando él tuvo por conveniente dedicarse a otro; como cuando se obliga al que ha estudiado las artes o el comercio, a seguir la carrera de las armas o a hacer solamente un servicio militar accidental. Sé muy bien que la conservación del orden social, por cuyo medio se asegura la propiedad, obtiene un lugar preferente a la propiedad misma. Así la necesidad sola de conservar el orden social evidentemente amenazado es la que puede autorizar todas estas violaciones del derecho de los particulares: y esto es lo que demuestra la necesidad de dar en el orden político a los propietarios una garantía que los asegure de que el pretexto del bien público jamás servirá de máscara a las pasiones y a la ambición de los gobiernos. Por esta razón las contribuciones (que aun cuando son consentidas por la nación, son una violación de las propiedades, porque no se pueden exigir valores sino tomándolos de los que produjeron las tierras, los capitales y la industria de los particulares); por esta razón, digo, las contribuciones deben reducirse a lo que se considera como indispensable para la conservación del orden social, si no se quiere que acarreen en pos de sí el desaliento y la miseria; y todo impuesto que no se contiene en estos límites, es una verdadera expoliación. Hay sin embargo algunos casos sumamente raros en que se puede, con alguna ventaja de la producción, intervenir entre el particular y su propiedad. Así, en los países en que se reconoce el malhadado derecho de un hombre con respecto a otro, derecho que

ofende a todos los demás, se ponen sin embargo ciertas restricciones a los derechos del señor con respecto al esclavo: así también la necesidad de proporcionar a la sociedad madera de construcción y de carpintería, sin las cuales no es posible pasar, ha hecho que se toleren ciertos reglamentos relativos a la corta de los bosques particulares111 : y el temor de perder los minerales encerrados en las entrañas de la tierra, impone algunas veces al gobierno la obligación de mezclarse en el beneficio y laboreo de las minas. En efecto, es claro que si fuese enteramente libre el modo de beneficiarlas, pudiera suceder que la falta de inteligencia, una codicia demasiado impaciente, o la escasez de capitales moviesen a un propietario a hacer excavaciones poco profundas que agotarían las posiciones más visibles que por lo común son las menos fecundas de una veta, y darían lugar a que se perdiese el hilo de las más ricas. Algunas veces pasa una veta mineral por debajo de la tierra de muchos propietarios; pero no es posible penetrar en ella sino por una sola propiedad: en cuyo caso es necesario vencer la resistencia de un propietario obstinado, y determinar el modo con que ha de ejecutarse el laboreo; y por lo que a mí toca, no me atrevo a decidir si no sería mejor respectar su capricho, y si no ganaría más la sociedad en mantener inviolablemente los derechos de un propietario que en gozar del aumento de algún número de minas. En fin, la seguridad pública exige algunas veces imperiosamente, el sacrificio de la propiedad particular, y la indemnización que se concede en tales casos no impide que haya violación de propiedad porque el derecho de propiedad abraza la libre disposición de bienes; y el sacrificio de éstos mediante indemnización, es una disposición forzada. Cuando la autoridad pública no despoja a nadie de su propiedad, hace el mayor beneficio, a las naciones, que es el de librarlas de los despojadores112 . Sin esta protección, que presta el auxilio de todos a las necesidades de uno sólo es imposible concebir ningún desarrollo importante de las facultades productivas del hombre, de las tierras y de los capitales; y aun es imposible concebir la existencia de los capitales mismos, pues éstos no son más que unos valores acumulados y empleados bajo la salvaguardia de la autoridad. Por eso no ha habido jamás nación alguna que haya llegado a cierto grado de opulencia, sin haber estado sujeta a un gobierno regular. La seguridad que nace de la organización política es la que ha dado a los pueblos civilizados, no sólo las innumerables y variadas producciones con que satisfacen las necesidades de la vida, sino también las bellas artes, el ocio, fruto de algunas acumulaciones, sin el cual no podrían cultivar las dotes del ánimo, ni elevarse por consiguiente a toda la dignidad que permite la naturaleza del hombre. El pobre mismo, el que nada posee, no está menos interesado que el rico en que se respeten los derechos de la propiedad, puesto que no puede sacar ventaja alguna de sus facultades sino por medio de las acumulaciones que se han hecho y han sido protegidas. Todo lo que se opone a estas acumulaciones o las disipa, perjudica esencialmente a los recursos que tiene para ganar; y la miseria y el deterioro de las clases indigentes es consecuencia infalible del pillaje y ruina de las clases ricas. Por un sentimiento confuso de esta utilidad del derecho de propiedad, no menos que a causa del interés privado de los ricos, se persigue y castiga como un crimen en todas las acciones civilizadas la ofensa que se hace a las propiedades. El estudio de la Economía política es muy a propósito para

justificar y corroborar esta legislación; y explica por qué son tanto más palpables los felices efectos del derecho de propiedad, cuanto más afianzado se halla éste por la constitución política.

Capítulo XV De las salidas

Suelen decir los empresarios de los diversos ramos de industria que no está la dificultad en producir sino en vender, y que nunca dejaría de producirse bastante mercancía si se pudiese hallar fácilmente su despacho. Cuando el empleo de sus productos es lento, difícil y poco ventajoso, dicen que escasea el dinero. El objeto de sus deseos es un consumo activo que multiplique las ventas y sostenga los precios. Mas si se les pregunta qué circunstancias y qué causas son favorables al empleo de sus productos, se nota que por la mayor parte tienen ideas confusas sobre estas materias; que observan mal los hechos y los explican peor; que tienen por constante lo que es dudoso; que desean lo que es directamente contrario a sus intereses; y que procuran obtener del gobierno una protección fecunda en malos resultados. Para formar ideas más seguras y de una aplicación de orden superior, con respecto a lo que proporciona salidas u los productos de la industria, continuemos la análisis de los hechos más comunes y constantes; comparémoslos con lo que ya hemos aprendido por el mismo medio; y quizá descubriremos verdades nuevas, importantes, propias para ilustrar a los hombres industriosos acerca de sus deseos, y de tal naturaleza que aseguren el acierto de los gobiernos que deseen protegerlos. El hombre cuya industria se aplica a dar valor a las cosas, disponiéndolas de modo que tengan un uso cualquiera que sea, no puede esperar que sea apreciado y pagado este valor sino donde haya otros hombres que tengan medios para adquirirle. ¿Y en qué consisten estos medios? En otros valores y productos, fruto de su industria, de sus capitales y de sus tierras: de donde resulta, aunque a primera vista parezca una paradoja, que la producción es la que da salida a los productos. Si dijese un mercader de telas: Yo no pido otros productos en lugar de los míos, sino solamente dinero; se le demostraría con facilidad que si su comprador se pone en estado de pagarle en dinero, es a consecuencia de las mercancías que él vende también por su parte. «Un arrendador (se le podrá decir) comprará las telas de vd., si tiene buenas cosechas y serán tantas más las que compre cuanto más haya producido. Si nada produce, nada podrá comprar».

«Vd. mismo no puede comprarle su trigo y sus lanas, sino en cuanto produce telas. Se empeña vd. en que lo que necesita es dinero, y yo le digo que son otros productos. En efecto ¿para qué quiere vd. el dinero? ¿No es con el objeto de comprar primeras materias para su industria, o comestibles para su consumo 113 ? Con que lo que vd. necesita son productos y no dinero. La moneda que haya servido en la venta de sus productos, y en la compra que haya hecho de los productos de otro, servirá dentro de un momento para el mismo uso entre otros dos contratantes; después servirá para otros y otros en una serie progresiva que no acabará jamás; del mismo modo que un carruaje, que después de haber transportado el producto que vd. haya vendido, transporta otro, en seguida otro, y así sucesivamente. Cuando vd. no vende fácilmente sus productos ¿dice por ventura que es porque los compradores no tienen carruajes para llevarselos? Pues cabalmente el dinero no es más que el carruaje del valor de los productos. Todo su uso se ha reducido a acarrear a casa de vd. el valor de los productos que había vendido el comprador para comprar los de vd.; y asimismo transportará a casa de aquel a quien vd. Haga una compra el valor de los productos que haya vendido a otros». «Compra vd. pues, y compran todos las cosas que necesitan con el valor de sus productos, transformado momentáneamente en una suma de dinero. De lo contrario ¿cómo se podrían comprar ahora en Francia, en el espacio de un año, seis y ocho veces más cosas que las que se compraban en el miserable reinado de Carlos VI? Es evidente que sucede esto porque se producen en ella seis y ocho veces más cosas que antes, y porque se compran estas cosas unas con otras». Cuando se dice pues: Está parada la venta, porque escasea el dinero, se toma el medio por la causa, cometiéndose un error que proviene de que casi todos los productos se resuelven en dinero antes de cambiarse por otras mercancías, y de que, como ésta se presenta tan frecuentemente, cree el vulgo que es la mercancía por excelencia y el término de todas las transacciones, no siendo más que un medio entre ellas. No se debería decir: Está parada la venta, porque escasea el dinero, sino porque escasean los demás productos, puesto que hay siempre bastante dinero para la circulación y el cambio recíproco de los demás valores, cuando estos existen realmente. Si llega a faltar dinero paro el cúmulo de las negociaciones, se suple fácilmente, y la necesidad de suplirle indica una circunstancia muy favorable, porque prueba que hay gran cantidad de valores producidos, con los cuales se desea adquirir gran cantidad de otros valores. La mercancía intermedia que facilita todos los cambios (la moneda) se reemplaza fácilmente en estos casos por medios que son muy triviales entre los negociantes114 , y al momento se encuentra abundancia de moneda, por razón de que la moneda es una mercancía, y de que toda mercancía va a parar adonde hay necesidad de ella. Es buena señal que falte dinero para los contratos de compra y venta; así como lo es que falten almacenes para las mercancías. Cuando una mercancía superabundante no encuentra compradores, está tan lejos de detenerse su venta por falta de dinero, que los vendedores de ella se tendrían por dichosos, si recibiesen sus valores en aquellos géneros que sirven para su consumo, valuados al curso del día: y ni buscarían numerario ni le necesitarían, supuesto que sólo deseaban tenerle para transformarle en géneros de su consumo 115 .

Lo que acabo de decir puede aplicarse a todos los casos en que se ofrecen mercancías o servicios. Siempre hallarán más despacho en todos los lugares donde haya más valores producidos, porque allí se crea la única sustancia con que se hacen las compras, esto es, el valor. El dinero no hace más que un oficio pasajero en ete doble cambio; y terminados los cambios, resulta siempre que se han pagado productos con productos. Conviene observar, que un producto creado ofrece, desde este instante, una salida a otros productos por todo el importe de su valor. En efecto, cuando el último productor ha terminado un producto, lo que más desea es venderle, para que su valor no esté ocioso en sus manos. Pero no tiene menor impaciencia por deshacerse del dinero que le proporciona su venta, para que el valor del dinero no esté tampoco ocioso: y como nadie puede deshacerse, de su dinero sino tratando de comprar un producto, cualquiera que sea, se ve que el solo hecho de la formación de un producto abre desde este mismo instante la salida a otros. Por eso, una buena cosecha no sólo es favorable a cultivadores, sino también a los mercaderes de todos los demás productos, porque se compra tanto más cuanto más se coge. Por el contrario, una mala cosecha perjudica a todas las ventas. Lo mismo sucede con las cosechas que hacen las artes y el comercio. Cuando prospera un ramo de comercio, da para comprar, y de consiguiente proporciona ventas a todos los demás comercios, y por el contrario, cuando decae una parte de las manufacturas o de los géneros de comercio, padecen de resultas de ello todas las demás. Siendo esto así ¿de dónde procede, se me dirá, esa gran cantidad de mercancías que en ciertas épocas obstruyen la circulación, sin poder hallar compradores? ¿por qué no se dan unas mercancías en pago de otras? Responderé que las mercancías que no se venden, o se venden con pérdida, exceden a la suma de las que se necesitan, ya porque se han producido cantidades demasiado considerables o más bien porque han decaído otras producciones. Superabundan ciertos productos, porque han llegado a faltar otros. Quiere decir esto, en términos más vulgares, que muchas gentes compraron menos porque ganaron menos116 ; y ganaron menos, porque hallaron dificultades en el uso de sus medios de producción, o porque carecieron de ellos. Por tanto se puede observar que los tiempos en que ciertos géneros no se venden bien, son precisamente aquellos en que suben otros a un precio excesivo 117 ; y como estos precios subidos serían unos motivos que favorecerían su producción, no puede menos de suceder que causas muy poderosas o medios violentos, como los desastres naturales o políticos, la codicia o la torpe ignorancia de los gobiernos, mantengan forzadamente por una parte esta penuria que causa por otra un estancamiento. Si cesa esta causa de enfermedad política, acuden los medios de producción a los parajes en que esta quedó más atrasada, y adelantando en ellos, promueven los progresos de la producción en todos

los demás. Rara vez quedarían postergados algunos géneros de producción con respecto a otros, ni se envilecerían sus productos, si se dejasen siempre en entera libertad118 . El productor que creyese que sus consumidores se componen, además de los que producen por su parte, de otras muchas clases que no producen materialmente, como los funcionarios públicos, los médicos, los dependientes del foro, los clérigos &c., y sacase de aquí la inducción de que hay otras salidas que las que presentan las personas que producen; el productor, digo, que así discurriese, probaría que se deja llevar de apariencias, y que no penetra las cosas a fondo. En efecto, va un clérigo a casa de un mercader a comprar una estola o un sobrepelliz. El valor que lleva para esta compra está bajo la forma de una suma de dinero. ¿Y de quién la recibe? De un recaudador que la había cobrado de un contribuyente. ¿De quién la había recibido éste? Había sido producida por él mismo. Este valor producido, cambiado desde luego por pesos duros y dado después a un clérigo, es el que puso a éste en disposición de ir a hacer su compra. Substituyose el clérigo al productor, y este último hubiera podido comprar para sí, con el valor de su producto, no una estola o un sobrepelliz, sino cualquiera otro producto más útil. El consumo que se hizo del producto llamado sobrepelliz, se verifica a expensas de otro consumo. De todos modos, la compra de un producto no puede hacerse sin el valor de otro119 . La primera consecuencia que se puede deducir de esta importante verdad, es, que en todo estado, cuanto más se multiplican los productores y las producciones, tanto más fáciles, variadas y vastas serán las salidas, y por un resultado muy natural serán más lucrativas, porque los pedidos dan una subida a los precios. Pero esta ventaja es únicamente fruto de una producción verdadera, y no de una circulación forzada; porque un valor adquirido no se duplica con pasar de una mano otra, ni cuando le exige y gasta el gobierno, en vez de gastarle los particulares120 . La segunda consecuencia del mismo principio es que cada particular está interesado en la prosperidad de todos, y que la prosperidad de un género de industria es favorable a la de tolos los demás. En efecto, cualquiera que sea la industria que se cultive, y la habilidad que se ejerza tanto más fácil es emplearlas y sacar ventajas de ellas cuanto mayor es el número de personas que ganan en el paraje donde se cultivan o ejercen. Un hombre de habilidad, que vejeta tristemente en un país que va en decadencia, hallaría mil medios de hacer uso de sus facultades en un país productivo donde se pudiese emplear y pagar su capacidad. Un mercader establecido en una ciudad industriosa y rica, vende mucho más que el que habita en un distrito pobre, donde reinan la indolencia y la pereza. ¿Qué haría un fabricante activo, o un negociante hábil en una ciudad poco poblada y mal civilizada de ciertos parajes de Vesfalia o de Polonia? Aun cuando no tuviese allí ningún competidor, vendería poco, porque es poco lo que en ellas se produce; al paso que en París, en Amsterdam y en Londres, a pesar de la concurrencia de cien mercaderes como él podrá hacer inmensos negocios por la sencilla razón de que está rodeado de gentes que producen mucho en una multitud de ramos, y hacen compras con lo que han producido, esto es con el dinero procedente de la venta de lo que han producido.

Tal es el origen de las ganancias que las gentes de las ciudades sacan de las del campo, y estas de aquellas: unas y otras tienen tanto más con que comprar cuanto más producen. Una ciudad rodeada de ricas campiñas encuentra en ellas numerosos y ricos compradores, y en las inmediaciones de una ciudad opulenta tienen mucho más valor los productos del campo. Es fútil la clasificación de las na ciones en agrícolas, fabricantes y comerciantes. Si una nación sobresale en la agricultura, es este un motivo para que prosperen sus fábricas y comercio; y si florecen sus fábricas y comercio, no podrá menos de mejorarse su agricultura121 . Una nación se halla en el mismo caso con respecto a la nación vecina, que una provincia con respecto a otra, o una ciudad con respecto a las campiñas. Está interesada en verlas prosperar, y segura de aprovecharse de su opulencia. Tuvo pues mucha razón el gobierno de los Estados Unidos para emprender, como lo hizo en 1802, la civilización de los Crecks, salvajes inmediatos a sus posesiones. Quiso darles industria y hacerlos productores, para que pudiesen dar algo en cambio a los confederados, porque nada se gana con un pueblo que no tiene con que pagar. Es cosa que honra a la humanidad el que haya una nación que se conduzca siempre por principios liberales. Se demostrará por los brillantes resultados de este modo de proceder que los vanos sistemas, las funestas teorías son las máximas exclusivas y celosas de los viejos estados de Europa, a las cuales dan ellos mismos descaradamente el titulo honorífico de verdades prácticas, porque las practican con arta infelicidad del género humano. La confederación americana tendrá la gloria de probar con la experiencia, que la más sublime política está de acuerdo con la moderación y la humanidad122 . La tercera consecuencia de este principio fecundo es que no se perjudica a la producción y a la industria de los indígenas o nacionales, cuando se compran e importan las mercancías del extranjero, porque no se pudieron comprar estas sino con productos indígenas, a los cuales por consiguiente proporcionó este comercio una salida. Pero la compra de estas mercancías (se me dirá) se ha hecho a dinero. Aun cuando así fuese, nuestro suelo no produce dinero y a sido necesario comprarle con productos de nuestra industria; de manera, que ya sea que las compras que hayan podido hacerse al extranjero, se hayan hecho en mercancías o en dinero, han proporcionado a la industria nacional las mismas salidas123 . Por una cuarta consecuencia del mismo principio se comprehenderá que no es lo mismo favorecer el comercio que fomentar el consumo; porque se debe tratar menos de promover el deseo de consumir que de proporcionar los medios para ello: y ya hemos visto que la producción es la única que los suministra. Por eso los malos gobiernos excitan a consumir, y los buenos a producir. Por la misma razón que un nuevo producto creado es una salida abierta, un producto consumido u destruido es una salida cerrada: lo que no es un mal, cuando la destrucción del producto ha servido para sus fines, que son los de proporcionar la satisfacción de nuestras necesidades o dar origen a nuevos productos que tengan el mismo objeto. Por otra parte, los productos perpetuamente creados, si la situación es próspera, exceden el valor de los productos perpetuamente destruidos. Estos hicieron su

oficio, que era cuanto podía desearse: pero su consumo no abrió nuevas salidas, sino que produjo un efecto contrario124 . Habiéndose comprehendido que es tanto más considerable el pedido de los productos cuanto más activa es la producción (verdad constante, aunque en el modo de presentarla parezca una paradoja) poco debemos incomodarnos en saber a qué ramo de industria es de desear que se dirija la producción. Los productos creados dan origen a diversos pedidos, determinados por las costumbres, por las necesidades, por el estado de los capitales, de la industria y de los agentes naturales del país: las mercancías pedidas presentan a causa de la concurrencia de los que las piden, intereses más crecidos por los capitales que se destinan a este objeto, mayores ganancias para los empresarios, mejores salarios para los obreros: y estos medios de producción, promovidos con semejantes ventajas, acuden naturalmente a este género de industria. En una sociedad, ciudad, provincia o nación que produce mucho, y donde se aumenta cada instante la masa de los productos, casi todos los ramos de comercio, de fábrica y de industria dan grandes ganancias, porque son considerables los pedidos, y hay siempre muchos productos dispuestos a pagar nuevos servicios productivos. Por el contrario, en todo estado, donde, ya sea por los vicios de la administración, o por culpa de los pueblos, es lenta y penosa la producción, y no llega jamas a reemplazar la cantidad de los valores consumidos, van a menos todos los pedidos; no equiva le el valor de los productos a los gastos de su producción; no tiene una justa recompensa el ejercicio de ninguna industria; disminuyen las ganancias y los salarios; producen poco los capitales, y es arriesgado su uso; y se consumen poco a poco, no por prodigalidad, sino por necesidad, y porque se agotan los manantiales de la ganancia125 . La clase indigente no encuentra siempre trabajo; las personas que gozaban de alguna comodidad, vienen a hallarse en un estado de estrechez; y las que ya eran pobres experimentan una miseria horrorosa. En fin, la despoblación, la desnudez y la barbarie ocupan el lugar de la abundancia y de la felicidad. Tales son las consecuencias de una producción decadente. Sus remedios deben buscarse en la economía, en la actividad bien entendida, y en la libertad.

Capítulo XVI Qué ventajas resultan de la actividad de circulación126 del dinero y de las mercancías

Oímos muchas veces ponderar las ventajas de una circulación activa, esto es, de las ventas rápidas y multiplicadas. Trátase de apreciarlas en su justo valor.

Los valores empleados durante la producción no pueden realizarse en dinero, y servir para una producción nueva, hasta que llegan al estado del producto completo y se venden al consumidor. Cuanto más pronto se concluye y vende un producto, tanto más pronto se puede aplicar esta porción de capital a un nuevo uso productivo. Estando empleado menos tiempo este capital, cuesta menos intereses; hay economía en los gastos de producción; y en tal caso es ventajoso que los contratos que ocurren mientras ésta se verifica, se hagan con actividad. Sigamos, en el ejemplo de una pieza de indiana, los efectos de esta actividad de circulación. Un negociante de Lisboa trae algodón del Brasil. Le conviene que los Comisionados que tiene en América, hagan prontamente las compras y remesas, y se interesa también en vender prontamente su algodón a un rico francés, a fin de reembolsar cuanto antes sus anticipaciones y poder principiar una operación nueva e igualmente lucrativa. Hasta ahora se ha aprovechado Portugal de la actividad de esta circulación; pero luego será Francia la que se aproveche de ella: y si el negociante francés no conserva mucho tiempo en su almacén este algodón del Brasil, sino que le vende prontamente al hilador; si éste, después de haberle reducido a hilaza, la vende desde luego al tejedor; si éste vende con la misma prontitud su tela al fabricante de indianas; si este último la vende con mucho retardo al mercader; y el mercader al consumidor, esta circulación activa habrá ocupado menos tiempo la porción del capital empleada por estos diferentes productores; habrá habido menos pérdida de intereses, por consiguiente menos gastos, y aplicándose más prontamente el capital a nuevas operaciones, habrá podido concurrir a algún nuevo producto. Todas estas diferentes ventas, todas estas compras, y otras muchas que omito por abreviar127 , fueron necesarias para que se transformase el algodón del Brasil en un vestido de indiana: lo que viene a ser un número igual de formas productivas dadas a este producto y cuanto más rápidas hayan sido estas formas, con tanta mayor ventaja se habrá ejecutado esta producción; pero si en una ciudad se comprase y vendiese muchas veces, por espacio de un año, la misma mercancía, sin darle nueva forma, esta circulación sería funesta en vez ele ser ventajosa, y aumentaría los gastos en vez de disminuirlos; porque no se puede comprar y revender, sin emplear en esto un capital, y no se puede emplear un capital sin que cueste un interés, ademas del menoscabo que puede tener la mercancía. De aquí es que el agiotaje en las mercancías causa necesariamente una pérdida, bien sea al agiotador, si el agiotaje no aumenta el precio del género, o bien al consumidor, si le aumenta128 . La circulación es tan rápida como puede serlo útilmente, cuando una mercancía pasa a manos de un nuevo agente de producción luego que se halla en estado de recibir nueva forma, y cuando después de haberlas recibido todas pasa al momento a manos del que ha de consumirla. Toda agitación todo movimiento que no se encamine a este objeto, lejos de ser un aumento de actividad en las circulación, es un retardo en el curso del producto, un obstáculo para la circulación, una circunstancia que se debe evitar.

La rapidez que una industria más perfecta puede introducir en la creación de los productos, es un aumento de celeridad, no en la circulación, sino en las operaciones productivas. Por lo demás, la ventaja que de ella resulta, es de la misma especie, puesto que es un uso menos prolongado de los capitales. No he hecho diferencia alguna entre la circulación de las mercancías y la de la moneda, porque no la hay en efecto. Una suma de dinero encerrada en las áreas de un negociante es una porción de su capital que está ociosa, del mismo modo que la otra porción de capital que tiene en su almacén, bajo la forma de mercancías en estado de venderse. El mejor estímulo para la circulación útil es el deseo que tienen todos, y en especial los productores, de perder cuanto menos puedan del interés de los fondos empleados en el ejercicio de su industria. Más bien se entorpece la circulación por los obstáculos que experimenta, que por no recibir impulso. Las trabas que la detienen son las guerras, los embargos, los derechos exorbitantes, el peligro u la dificultad de las comunicaciones. Es también lenta en los momentos de temores o incertidumbre; cuando está amenazado el orden público, y es arriesgada cualquier especio de empresa: lo es, cuando se temen contribuciones arbitrarias, y trata cada uno de ocultar sus bienes; y en fin en tiempos de agiotaje, en que las variaciones repentinas causadas por los manejos sobre mercancías hacen esperar a algunas personas una ganancia fundada en una simple variación de precios. Entonces la mercancía está, por decirlo así, acechando una subida, y el dinero una baja; de forma que tenemos por una y otra parte capitales ociosos e inútiles para la producción. En tales épocas no hay apenas más circulación que la de los productos que pudieran deteriorarse si no se despachasen pronto, como las frutas, las legumbres, los granos y todo lo que se echa a perder cuando se guarda. Entonces se elije el partido de exponerse a los inconvenientes que acompañan a la circulación, más bien que el de arriesgarse a perder una porción considerable, o quizá la totalidad de los géneros que poseen. Cuando es la moneda la que se deteriora, se procura cambiarla, y deshacerse de ella por todos los medios posibles. Éste fue en parte el motivo de la prodigiosa circulación que hubo en Francia mientras iba en aumento el descrédito de los asignados. Todos eran ingeniosos en hallar medios para emplear un papel- moneda cuyo valor se evaporaba en un instante a otro; no hacía más que pasar de mano en mano, y parecía que quemaba al tocarle. En aquel tiempo se dieron a comerciar muchas personas que jamás lo habían hecho; se establecieron fábricas, se edificaron y se repararon casas, se alhajaron las habitaciones, y no se perdonaba ga sto, aun cuando no tuviese otro objeto que la diversión y el placer, hasta que al fin se acabaron de consumir, de emplear o de perder todos los valores que existían en forma de asignados.

Capítulo XVII De los efectos de los reglamentos del gobierno que tienen por objeto influir en la producción

No hay en verdad acto ninguno del gobierno, que no tenga algún influjo en la producción. Me contentará con hablar en este capítulo de los que tienen por objeto especial influir en ella, reservando el explicar los efectos del sistema monetario, de los empréstitos y de los impuestos, para cuando trate separadamente de estas materias. El objeto de los gobiernos, cuando pretenden influir en la producción es determinar la de ciertos productos que creen más dignos de ser favorecidos que otros, o prescribir modos de producir, que juzgan preferibles a otros modos. En los dos primeros párrafos de este capítulo se examinarán los resultados de estas dos pretensiones, con respecto a la riqueza naciones; y en los dos siguientes aplicaré los mismos principios a dos casos particulares, que serán las compañías privilegiadas y el comercio de granos, ya por razón de su grande importancia, y ya también para presentar nuevas pruebas y explicaciones de los principios. Veremos de paso cuáles son las circunstancias en que parece que hay razones suficientes para separarse del orden que al parecer prescriben los principios generales. En materias de administración no proceden los grandes males de las excepciones a que se cree deber sujetarse las reglas, sino de las falsas nociones que se forman acerca de la naturaleza de las cosas, y de las falsas reglas que se establecen a consecuencia de esto. Entonces se hace el mal en grande, y se disparata sistemáticamente; porque conviene saber que nadie abunda más en sistemas que las gentes que se precian de no tenerlos129 .

-IEfectos de los reglamentos que determinan la naturaleza de los productos

La naturaleza de las necesidades de la sociedad determina en cada época, y según las circunstancias, el pedido más o menos frecuente de tales o tales productos: de donde resulta que en éstas especies de producción son algo mejor pagados los servicios productivos que en los demás ramos, es decir, que las ganancias que se sacan del uso de la tierra, de los capitales y del trabajo, son algo mayores en aquellas. Estas ganancias atraen hacía estos ramos a los productores, y así es que la naturaleza de los productos se acomoda siempre naturalmente a las necesidades de la sociedad. Ya hemos visto (Cap. XV.) que estas necesidades son tanto más extensas cuanto mayor es la producción, y que la sociedad en general compra tanto más cuanto más tiene con que comprar. Cuando el gobierno se atraviesa en medio de este orden natural de las cosas, y dice: El producto que se quiere crear, el que da mayores ganancias, y por consiguiente el que

se pide con preferencia, no es el que conviene, y es necesario dedicarse a este o a aquel; dirige evidentemente una parte de los medios de producción hacia un ramo de industria cuya necesidad es menos urgente, a expensas de otro que hace mucha más falta. En 1794, hubo en Francia personas perseguidas y aun ajusticiadas por haber transformado tierras de labor en prados artificiales. Sin embargo, cuando hallaban más ventajas en la cría de ganados que en el cultivo de granos, se puede asegurar que las necesidades de la sociedad reclamaban más ganados que granos, y que podían producir mayor valor con el primero de estos géneros que con el segundo. Decía el gobierno que el valor producido importaba menos que la naturaleza de los productos, y que más quería que se produjese trigo por valor de cincuenta francos que carne por valor de ciento: en lo cual se mostraba poco ilustrado, pues ignoraba que el producto mayor es siempre el mejor, y que una tierra que produce en carne con que comprar doble cantidad de trigo de la que podría producir en esta semilla, produce realmente dos veces tanto trigo como si se hubiese sembrado de grano, pues que con su producto se puede adquirir esta cantidad de trigo. Pero este modo de obtener trigo (se replica) no aumenta su cantidad. Es cierto, si no se compra del extranjero; pero también es entonces este género menos raro que la carne, supuesto que se cambia el producto de una fanegada de trigo por el de media de prado130 . Pero si el trigo llega a escasear y se busca en tales términos que el producto de las tierras labradas valga más que el de los prados, entonces están de más las ordenanzas, porque el interés personal del productor bastará para que prefiera el cultivo del trigo. Sólo resta pues saber si conocerá el gobierno mejor que el cultivador qué especie de cultivo producirá más: y se puede suponer que el cultivador, que vive en el terreno, le estudia, le consulta, y tie ne mas interés que nadie en hacerle producir cuanto sea posible, entiende de esto más que el gobierno. Si se insiste, y se dice que el cultivador no conoce más que el precio corriente del mercado, y no es capaz de preveer, como el gobierno, las necesidades futuras del pueblo, se puede responder que uno de los talentos de los productores, talento que su propio interés los obliga a cultivar con esmero, es no sólo conocer, sino también preveer las necesidades131 . Cuando en otra época se obligó a los particulares a plantar remolachas o pastel en terrenos que producían trigo, se hizo un mal de la misma especie; y observaré de paso que es un cálculo miserable empeñarse en que la zona templada dé productos que son propios de la tórrida. Nuestras tierras producen con trabajo, en corta cantidad y de calidad mediana las materias azucaradas y colorantes que en otros climas se dan con profusión132 ; y al contrario producen con facilidad frutas y cereales que por su peso y volumen no se pueden transportar de grandes distancias. Cuando condenamos nuestras tierras a que nos den lo que producen con desventaja, a expensas de lo que producen de un modo favorable; y cuando por consiguiente compramos muy caro lo que pagaríamos a precios muy cómodos, si lo sacásemos de los parajes donde se produce ventajosamente, venimos a ser víctimas de nuestra propia locura. La grande habilidad consiste en aprovecharse

cuanto sea posible de las fuerzas de la naturaleza, así como no hay mayor demencia que luchar con ellas; porque esto es emplear nuestro trabajo en destruir una parte de las fuerzas que la naturaleza querría prestarnos. Se dice también que es mejor pagar más caro un producto cuando su precio no sale del país, que pagarle más barato cuando se ha de comprar fuera. Pero consúltense los modos con que se ejecuta la producción, los cuales quedan ya analizados; y se verá que no se obtienen los productos sino por medio del sacrificio y de cierta cantidad de materias y de servicios productivos, cuyo valor es por este mismo hecho tan completamente perdido para el país como si se enviase fuera de él133 . No presumo que un gobierno, cualquiera que sea, nos presente aquí la objeción de que le es indiferente la ganancia que resulta de una producción mejor, supuesto que cede en beneficio de los particulares porque los peores gobiernos; los que separan sus intereses de los de la nación, saben ahora que las rentas de los particulares son el manantial perenne de donde se sacan los tributos y que aun en los países gobernados despótica o militarmente, y donde los impuestos no son más que un pillaje organizado no pueden pagar los particulares sino con lo que ganan. Los raciocinios que acabamos de aplicar a la agricultura, son también aplicables a las fábricas. Algunas veces imagina un gobierno que el tejido de telas hechas con una primera materia indígena es más favorable a la industria nacional que el de las telas fabricadas con una materia de origen extranjero; y hemos visto conforme a este sistema, que los tejidos de lana y de lino han sido favorecidos con preferencia a los de algodón: lo que era limitar, con respecto a nosotros, los beneficios de la naturaleza, la cual nos suministra en diferentes climas una infinidad de materias cuyas propiedades variadas se acomodan a nuestras diversas necesidades. Siempre que nosotros llegamos a dar a estas materias, ya transportándolas a nuestro país, o ya preparándolas de distintos modos, un valor que es el resultado de su utilidad, hacemos un acto provechoso y que contribuye al aumento de la riqueza nacional. El sacrificio a cuyo precio obtenemos de los extranjeros esta primera materia, no tiene cosa alguna que deba sernos más sensible que el de las anticipaciones y consumos que hacemos en todas las clases de producción para obtener un nuevo producto. El interés personal es siempre el mejor juez de la extensión de este sacrificio y de la indemnización que se puede esperar de él; y aunque se engañe alguna vez, es por lo demás el juez menos peligroso, y cuyos fallos son menos costosos134 . Pero el interés personal deja de servir de guía, cuando no se contrapesan recíprocamente los intereses particulares. En el momento en que un particular o una clase de la sociedad puede apoyarse en el gobierno para eximirse de la concurrencia, adquieren un privilegio a expensas de sus conciudadanos, y pueden contar con unas ganancias que no proceden enteramente de los servicios productivos que ellos han hecho, sino que son en parte una verdadera contribución impuesta a los consumidores en beneficio de los agraciados; los cuales dividen casi siempre una porción de ella con el gobierno que les presta su injusto apoyo.

Es tanta mas difícil al legislador excusarse de conceder esta especie de privilegios cuanto mayor es el empeño con que los solicitan los productores que han de aprovecharse de ellos, y pueden presentar, de un modo bastante plausible, sus ganancias como un beneficio de la clase industriosa y de la nación135 . Cuando se empezaron a fabricar cotonadas en Francia, levantó el grito todo el comercio de las ciudades de Amiens, Re ms, Beauvais, &c., y representó como destruida, toda la injusticia de estas ciudades, sin embargo, no parece que son menos industriosas y ricas que de medio siglo a esta parte; al paso que la opulencia de Ruan y de Normandía ha recibido grande incremento con las fábricas de algodón. Aun fue mucho peor cuando llegó a introducirse, la moda de las indianas. Todas las juntas de comercio se pusieron en movimiento; hubo en todas partes convocaciones, deliberaciones, escritos, diputaciones; y se derramó mucho dinero. Ruan pintó la miseria que iba a sitiar sus puertas, los niños, las mujeres y los ancianos en el mayor desconsuelo, las tierras mejor cultivadas del reino convertidas en eriales, y aquella hermosa y rica provincia hecha un desierto. La ciudad de Turs representó a los diputados de todo el reino sumergidos en el más profundo dolor, y predijo una conmoción que le ocasionara una convulsión en el gobierno político...León no quiso guardar silencio acerca de un proyecto que esparcía terror en todas las fábricas136 . París no se había presentado jamás, para asunto de igual importancia, a los pies del trono, que el comercio regaba con sus lágrimas. Amiens miró el permiso de las indianas como el sepulcro en que habían de aniquilarse todas las manufacturas del reino. Su memorial, acordado en junta de mercaderes de los tres gremios reunidos, y firmado por todos los miembros, concluía así: Finalmente, basta para proscribir para siempre el uso de las indianas, la consideración de que todo el reino se horroriza cuando oye anunciar que van a permitirse. VOX POPULI, VOX DEI. «¿Y hay en la actualidad (dice con este motivo Rolando de la Platiére, que como inspector general de fábricas había reunido todas estas reclamaciones), hay un solo hombre tan insensato que diga que las fábricas de indianas no han dado a la Francia una ocupación prodigiosa con la preparación y el hilado de las primeras materias, con el tejido, blanqueo y estampado de las telas? Estos establecimientos han acelerado más el progreso de los tintes en pocos años que todas las demás fábricas en un siglo». Fíjese la atención por un momento en la firmeza que necesitaba el gobierno, y en las verdaderas luces que debía tener acerca de lo que constituye la prosperidad del estado, para resistir a un clamor que parecía tan general, y que estaba apoyado para con los principales agentes del gobierno con medios que seguramente no tenían por objeto la utilidad pública... Aunque los gobiernos han presumido con demasiada frecuencia que podían determinar los productos de la agricultura y de las fábricas, aumentando así la riqueza general, sin embargo se han mezclado mucho menos en esto que en los productos comerciales, y especialmente en los que proceden del extranjero: lo cual es una

consecuencia de cierto sistema general que se designa con el nombre de sistema exclusivo y mercantil, y funda las ganancias de una nación en lo que se llama en este sistema balanza favorable del comercio. Antes de observar el verdadero efecto de los reglamentos que tienen por objeto asegurar a una nación esta balanza favorable, conviene formar idea de lo que es en realidad, y del fin a que se dirige. Este será el objeto de la digresión siguiente.

Digresión Sobre lo que se llama balanza del comercio

La comparación que hace una nación del valor de las mercancías que vende al extranjero con el valor de las que le compra, forma lo que se llama la balanza de su comercio. Si ha enviado afuera más mercancías que las que ha recibido, se supone que tiene un sobrante, el cual habrá de recibir en oro u en plata; y se dice que le es favorable la balanza del comercio: en el caso opuesto, se dice que le es contraria esta balanza. El sistema exclusivo cree por una parte que el comercio de una nación es tanto mas ventajoso cuanto mayor es el número de las mercancías que exporta que el de las que importa, y más considerable el sobrante que tiene que recibir del extranjero en numerario u en metales preciosos; y por otra parte supone que por medio de los derechos de entrada, de las prohibiciones, de las primas o estímulos concedidos a ciertas especulaciones mercantiles, puede un gobierno hacer que la balanza sea más favorable o menos contraria a la nación. Se trata de examinar estas dos suposiciones; y ante todas cosas conviene saber cómo suceden los hechos. Cuando un negociante envía mercancías al extranjero, hace que se vendan allí, y recibe del comprador, por mano de sus corresponsales, el importe de la venta en moneda extranjera. Si cree que podrá ganar con retornos de los productos de su venta, dispondrá que se compren mercancías en país extranjero, se las remitan. La operación es una misma con corta diferencia cuando se empieza por el fin, esto es, cuando el negociante compra desde luego en país extranjero, y paga sus compras con las mercancías que envía. Estas operaciones no se ejecutan siempre por cuenta de un mismo negociante. El que hace el envío, sue le no querer hacer la operación del retorno, y en entonces gira letras de cambio a cargo del corresponsal que vendió sus mercancías, negocia o vende estas letras a una persona que las envía al extranjero, donde sirven para comprar otras mercancías que vienen por cuenta de esta última persona137 .

En ambos casos se envía un valor, y vuelve otro en cambio; pero no hemos examinado todavía si una porción de los valores enviados o vueltos se componía de metales preciosos. Se puede suponer razonablemente que cuando los negociantes tienen la libertad de elegir las mercancías que forman el objeto de sus especulaciones, prefieren las que les presentan más ventajas, esto es, las que habiendo llegado a su destino, tienen más valor. Así, cuando un negociante francés envía aguardientes a Inglaterra, y por consecuencia de este envió tiene que traer mil libras esterlinas, compara lo que producirán en Francia estas mil libras, en caso de traerlas en metales preciosos, con lo que producirán si las trae en quincalla138 . Si este negociante halla ventaja en traer mercancías más bien que dinero, y si nadie puede disputarle que entiende mejor sus intereses que otro cualquiera, sólo resta examinar la cuestión de si los retornos en dinero, aunque menos favorables a este negociante, lo serían más a la Francia que los de otra especie, o si conviene a esta nación que abunden en ella los metales preciosos más bien que cualquiera otra mercancía. ¿Cuáles son las funciones de los metales preciosos en la sociedad? Convertidos en alhajas y en utensilios sirven para el adorno de nuestras personas y de nuestras casas, y para muchos usos domésticos. Con ellos se hacen las cajas de nuestros relojes, las cucharas, tenedores, platos, cafeteras, &c; extendidos en sutiles partes, adornan muchas especies de marcos, realzan la encuadernación de los libros, &c. Bajo estas diversas formas constituyen una parte del capital de la sociedad, de aquella porción de capital que no produce interés, o que por mejor decir, es productiva de utilidad o recreo. Sin duda es ventajoso para una nación que las materias de que se compone este capital sean baratas y abundantes, porque el goce que de ellas resulta se adquiere a menos costa y es más general. Muchas casas regulares que tienen ahora cubiertos de plata, no los tendrían si no se hubiese descubierto la América; pero no conviene estimar esta ventaja en más de lo que corresponde a su verdadero valor. Hay utilidades superiores a ella. Las vidrieras que nos preservan del frío, nos sirven mucho más que cualquier utensilio de plata, sin embargo jamás ha ocurrido a nadie dispensar un favor especial a su introducción ni a su producción. El otro uso de los metales preciosos es servir para la fabricación de la moneda, de esta porción del capital de la sociedad, que se emplea en facilitar los cambios que hacen los hombres entre sí de los valores que ya poseen. ¿Es ventajoso para este uso que la materia de que se sirven sea abundante y poco cara? ¿Es más rica la nación en que abunda esta materia que aquella en que escasea? Me es preciso considerar aquí como probado un hecho que no lo será hasta el capítulo XXI, en que trato de las monedas, y es que la suma de los cambios, que se efectúan en un-país exige cierto valor de mercanc ía- moneda, se el que quiera. Se vende en Francia diariamente trigo, ganados, combustibles, muebles e inmuebles por cierto valor: todas estas ventas exigen diariamente el uso de cierto valor en numerario, porque al principio se cambia cada cosa por esta suma de numerario, para cambiarse de nuevo por otros objetos; y como se necesita de cierta suma para efectuar todos los cambios, resulta que sea la que sea la que quiera la abundancia o la escasez del numerario, aumenta

este en valor al paso que declina en cantidad, y declina en valor al paso que aumenta en cantidad. Si hay en Francia tres mil millones de numerario, y por cualquier acontecimiento se reduce esta cantidad de francos a mil y quinientos millones, valdrán tanto estos mil y quinientos como podrían valer los tres mil. Las necesidades de la circulación exigen un agente cuyo valor iguala a lo que valen actualmente tres mil millones, esto es, (suponiendo el azúcar a treinta sueldos o unos seis reales la libra) un valor igual a dos mil millones de libras de azúcar, o bien (suponiendo que el trigo vale actualmente a veinte francos el hectolitro, que es una fanega y nueve celemines) un valor igual al de ciento y cincuenta millones de hectolitros de trigo. El numerario, cualquiera que sea su masa, igualará siempre este valor. La materia de que se compone el numerario valdrá en el segundo caso al doble que en el primero, de modo que en lugar de comprarse cuatro libras de azúcar con una onza de plata, se comprarían ocho. Lo mismo sucederá con todas las demás mercancías, y así valdrán los mil y quinientos millones tanto como valían los tres mil. Por eso no será la nación más rica ni mas pobre. Habrá que llevar menos dinero al mercado; pero se comprará lo mismo con el dinero que se lleve. La nación que emplea monedas de oro para verificar la circulación, no es menos rica que la que se sirve de moneda de plata, aunque lleve al mercado una cantidad mucho menor de la mercancía que le sirve de moneda. Si llegase la plata a ser entre nosotros quince veces más escasa de lo que es, es decir, tan escasa como el oro; una onza de plata nos serviría, como numerario, tanto como nos sirve ahora una onza de oro, y seríamos tan ricos en numerario como lo somos actualmente. Del mismo modo, si la plata llegase a ser tan abundante como el cobre, no por eso seríamos más ricos en numerario, y sólo habría la diferencia de tener que llevar al mercado mayor número de talegas. En resolución, la abundancia de metales preciosos multiplica los utensilios que se hacen de ellos, y enriquece a las naciones bajo este solo aspecto; pero no las enriquece por lo tocante al numerario 139 . El vulgo suele juzgar más rico al que tiene más dinero; y como la nación se compone de particulares, se inclina a creer que es más rica cuando todos sus particulares tienen más dinero. Pero no es, la materia la que constituye la riqueza, sino el valor de la materia. Si mucho dinero no vale más que poco, poco dinero vale tanto como mucho. Un valor en mercancía vale tanto como el mismo valor en dinero. Dícese a esto, que en igualdad de valor es preferible el dinero a la mercancía: lo cual necesita explicarse, y para ello habremos de detenernos un instante. Cuando hable de las monedas, se verá la razón por que en general se prefiere, en igualdad de valor, el numerario a las mercancías. Se verá que con el metal amonedado se pueden adquirir con un solo cambio, en lugar de dos, las cosas que se necesitan. Entonces no es necesario, como cuando se posee cualquiera otra especie de mercancía, vender antes la mercancíamoneda para comprar luego con ella lo que se quiere adquirir, sino que se compra y junto inmediatamente; y junto con la facilidad que presenta la moneda, por medio de sus divisiones, para proporcionarla exactamente al valor de la cosa comprada, le da una ventaja superior para los cambios. Así es que tiene por consumidores a todos los que han de hacer algún cambio, esto es, a todos los hombres, siendo esta la razón porque todos están dispuestos a recibir moneda más bien que cualquiera otra mercancía, cuando hay igualdad de valor.

Mas esta ventaja de la moneda en las relaciones entre particulares, no existe respecto de una nación a otra. En estas últimas relaciones, la moneda y aun mucho más los metales no amonedados pierden la ventaja que les da para con los particulares su cualidad de moneda, y se reducen a la clase de las demás mercancías. El negociante que aguarda retornos del extranjero, no considera más que la ganancia que podrá sacar de ellos; mira los metales preciosos que podría recibir a consecuencia de esta negociación como una mercancía de que se deshará con más o menos ventaja, y no teme una mercancía porque ésta exija todavía un cambio, supuesto que su oficio es cambiar, con tal que de ello le resulte utilidad. Un particular prefiere también recibir dinero en lugar de mercancías porque así conoce mejor el valor de lo que recibe; pero un negociante que está instruido en el precio corriente de las mercancías en las principales ciudades del mundo, no se engaña en el valor que se le paga, cualquiera que sea la forma material en que se le presente este valor. Puede un particular tener necesidad de liquidar sus bienes para darles otra dirección, para dividirlos, &c.; pero una nación no se halla jamás en este caso. Las liquidaciones que se hacen en un país, ser ejecutan con las monedas que circulan en él, y sólo las ocupan momentáneamente, pasando a servir muy en breve para hacer otros y otros cambios. Hemos visto (libro 1 capítulo 15) que la abundancia de dinero no es necesaria en un país para facilitar las ventas que en él se hacen; que los que compran, no compran en realidad sino con productos; que con la parte que les cupo en los productos a que cooperaron compran el dinero que les sirve después para comprar otros productos; y que ejecutado este cambio, el dinero que se empleó en él no hizo más que pasar por sus manos, como un carruaje de que se hubiesen servido para llevar sus géneros al mercado, y traer lo que allí compraron con el precio de los mismos géneros. Cualquiera que haya sido el valor de la moneda empleada en una compra o en una liquidación, lo cierto es que se dio por lo que se había recibido, y que terminado el asunto, nadie resulta por esto más pobre ni más rico. La pérdida o la ganancia procede de la naturaleza de la negociación, y no del intermedio que se empleó para ella. De todos modos, las ventajas que hallan los particulares en recibir numerario más bien que mercancías, son nada con respecto a las naciones. Cuando una nación no tiene todo el que necesita, se aumenta su valor, y así los extranjeros como los nacionales están interesados en proporcionarsele. Cuando es superabundante, baja su valor con respecto a las demás mercancías, y conviene exportarle a donde pueda rendir más valores que los que podría dar dentro del país. Si se impide su salida, se obliga a los poseedores a conservar unas materias que les son gravosas140 . Pudiera bastar lo dicho acerca de la balanza del comercio; pero son todavía tan poco familiares estas ideas no sólo al vulgo, sino también a escritores y administradores recomendables por la pureza de sus intenciones y por la variedad de sus conocimientos, que puede ser útil poner al letor en estado de notar el vicio de ciertos raciocinios, que se oponen con mucha frecuencia a los principios liberales, y por desgracia sirven de base a

la legislación de los principales estados de Europa. Reduciré siempre las objeciones a los términos más claros y sencillos, para que sea más fácil juzgar acerca de su importancia. Dícese que aumentándose la masa del numerario por medio de una balanza favorable del comercio, se aumenta la de los capitales del país, y se disminuye dejando salir el numerario. Es pues necesario repetir aquí que un capital no consiste en una suma de dinero, sino en va lores destinados a un consumo reproductivo, y que se presentan sucesivamente en diversas formas. Cuando se quiere emplear un capital en cualquiera empresa, o se trata de prestarle, es verdad que se empieza por realizarle, y por transformar en dinero efectivo los diferentes valores de que se puede disponer; pero el valor de este capital, que se encuentra así de paso en la forma de una suma de dinero, no tarda en transformarse, por medio de los cambios, en diversas obras y en materias de consumo, necesarias para la empresa proyectada. El dinero efectivo, empleado momentáneamente, vuelve a salir de esta operación, y va a servir para otros cambios, después de haber hecho su oficio pasajero, del mismo modo que otras muchas materias bajo cuya forma se halló sucesivamente este valor capital. No se pierde pues o se altera un capital, porque se disponga de su valor cualquiera que sea la forma material en que se encuentre con tal que se disponga de él en tales términos que se asegure su reintegro. Supongamos que un francés que negocia en mercancías de ultramar envía al extranjero un capital de cien mil francos en dinero para emplearlos en algodón; cuando recibe esta mercancía, posee cien mil francos en algodón en lugar de la misma cantidad en dinero (prescindiendo de las ganancias). ¿Ha perdido alguno esta suma de numerario? No por cierto; pues el especulador la había adquirido legítimamente. Compra un fabricante de telas de al algodón esta mercancía, y la para en numerario ¿Es este el que pierde la suma? Tampoco; pues al contrario este valor de cien mil francos ascenderá en sus manos a doscientos mil, y todavía ganará después de haber reembolsado sus anticipaciones. Si ningún capitalista perdió los cien mil francos que se exportaron en numerario ¿quién podrá decir que ol s perdió el estado? Se me dirá que los pierde el consumidor. En efecto, perderán los consumidores el valor de las telas que compren y consuman; pero aun cuando no se hubiesen exportado los cien mil francos en numerario y se hubiesen consumido en lugar de telas de algodón otras de lino y lana de equivalente valor, siempre habría resultado un valor de cien mil francos destruido y perdido, sin que se hubiese exportado del país ni un sueldo en dinero. La pérdida de valor de que aquí se trata no procede de la exportación, sino del consumo que se hubiera verificado del mismo modo. Tengo pues razón para decir que la exportación, del numerario no hizo perder nada al estado141 . Se insiste todavía, diciendo que si no se hubiera verificado la exportación de cien mil francos en numerario, la Francia poseería este valor de más. Se cree que la nación perdió dos veces cien mil francos; una en el dinero exportado y otra en la mercancía consumida, siendo así que si hubiera consumido telas de un producto indígena, habría perdido una sola vez aquella suma. Repito que la exportación del dinero no fue una pérdida; que se compensó con un valor importado; y que es tan cierto que no se perdieron más que los cien mil francos de mercancías consumidas, que estoy seguro de que no se

hallará que haya perdido nadie sino los consumidores de la mercancía consumida. Si no hubo quien perdiese, no pudo haber pérdida. Quieren vds., según dicen, impedir que salgan los capitales; pero no los detendrán, por más trabas que pongan al numerario; porque el que desea enviarlos fuera, lo consigue del mismo modo despachando mercancías cuya exportación es permitida142 . Tanto mejor, dicen vds., porque esas mercancías habrán dado ganancias a nuestros fabricantes. Está bien; pero el valor de esas mercancías no existe ya en el país, pues no produce retornos con los cuales se puedan hacer nuevas compras; es un valor capital que hay de menos, y que fecunda la industria extranjera en lugar de la de vds. Esto es lo que se debe temer en verdad. Los capitales buscan los parajes donde encuentran seguridad y donde se pueden emplear de un modo lucrativo, y abandonan aquellos donde no se sabe ofrecerles semejantes ventajas; pero no tienen necesidad de transformarse en numerario para desertar. Si la exportación del numerario no hace perder nada a los capitales de la nación, con tal que produzca retornos, su importación no les hace ganar nada. En efecto, no se puede importar numerario sin haberle comprado con un valor equivalente, y ha sido necesario exportar éste para importar el otro. Se dice sobre este punto, que si se envían al extranjero mercancías en lugar de numerario, se les proporciona así una salida que hace ganar a sus productores los provechos de esta producción. Respondo, que aun cuando se envía numerario a extranjero, no pudo adquirirse este numerario sino por medio de la expedición de algún producto indígena; porque es bien seguro que el propietario extranjero del metal no le dio de balde cuando fue importado en Francia, y que esta nación no pudo dar entonces en cambio sino productos de su industria. Si la cantidad de metales preciosos que poseemos es más que suficiente para la necesidad que tenemos de esta mercancía, vale más exportarle que cualquiera otra; y si el numerario exportado no excede a las necesidades de nuestra circulación, no hay que dudar que mejorándose el valor relativo del numerario a consecuencia de la exportación que se hace de él, entrarán metales preciosos en reemplazo de los que salieron. Para adquirirlos, será necesario enviar fuera mercancías, cuya producción habrá dado ganancias a nuestros productores. En una palabra, todo valor destinado a salir de Francia para obtener un retorno de mercancías extranjeras, debe resolverse siempre en productos de nuestra industria, ya sea que los demos antes o después porque son lo único que tenemos que dar. Pero vale más, dicen, enviar al extranjero géneros que se consumen, como productos manufacturados, y conservar los que no se consumen o se consumen lentamente, como el numerario. Los que así se explican no advierten que si son más apetecidos los productos que se consumen pronto, es más útil conservarlos que los que se consumen lentamente: y así se perjudicaría con mucha frecuencia a un productor a quien se obligase a reemplazar una porción de su capital empleado en su consumo rápido, con otro valor de un consumo más lento. Si un dueño de herrerías hubiese hecho un ajuste para que se le entregase carbón en cierta y determinada época, y cumplido el término sin

que fuese posible hacerle la entrega, se le diese su valor en dinero, sería un disparate empeñarse en probar que se le había hecho un favor, porque el dinero que se le ofrecía es de un consumo más lento que el carbón. Si un tintorero hubiese dado comisión en país extranjero para que le comprasen campeche, se le haría un perjuicio real enviándole oro, con pretexto de que en igualdad de valor es una mercancía más durable; porque lo que él necesita no es una mercancía que dure más, sino una que pereciendo en su tina vuelva a aparecer muy luego en el tiente de sus telas143 . Si sólo hubiese de importarse la porción más durable de los capitales productivos, deberían lograr el mismo favor que el oro y la plata otros objetos muy durables, como el hierro y las piedras. Lo que importa que dure no es ninguna materia en particular, sino el valor del capital: y éste se perpetua a pesar de las frecuentes variaciones de las formas materiales en que reside. El capital no puede producir ninguna ganancia o interés, sino cuando estas formas varían perpetuamente; y querer conservarle en dinero sería lo mismo que condenarle a que fuese improductivo. Después de haber demostrado que no hay ventaja alguna en importar oro y plata con preferencia a cualquiera otra mercancía, pasaré más adelante, y diré que en la suposición de que fuese de desear que se obtuviese una balanza constantemente favorable, sería imposible conseguirlo. El oro y la plata, como todas las demás materias, cuyo conjunto forma las riquezas de una nación no son útiles a ésta sino en cuanto no exceden a la necesidad que tiene de aquellos metales y materias. Como el sobrante ocasiona más ofertas de esta mercancía que los pedidos que se hacen de ella, envilece su valor tanto más cuanto mayor es la oferta, de donde resulta un estímulo poderoso para adquirirla en lo interior a precios cómodos, a fin de despacharla con ventaja en país extranjero. Hagámoslo palpable con un ejemplo. Supongamos por un instante que las comunicaciones interiores de un país y el estado de sus riquezas sean tales que exijan un uso no interrumpido de mil carruajes de todas clases. Supongamos también que por un sistema comercial, cualquiera que fuese se llegasen a introducir en él más carruajes de los que se destruyesen anualmente, de modo que al cabo de un año se hallasen existentes mil y quinientos en lugar de mil, ¿no es claro que habría entonces quinientos carruajes ociosos en diferentes puntos; que sus dueños tratarían de deshacerse de ellos con pérdida antes que tener muerto su valor; y que, por poco fácil que fuese el contrabando, los enviarían al extranjero para despacharlos allí con más ventaja? Por más tratados de comercio que se hiciesen para asegurar una importación mayor de carruajes; por más que se protegiese con grandes dispendios la exportación de muchas mercancías para importar su valor en forma de carruajes; y cuanto ma yores

fuesen los esfuerzos del gobierno dirigidos a este fin, tanto mayor sería el empeño de los particulares en promover su exportación. Estos carruajes son el numerario: y como no hay necesidad de él sino hasta cierto punto, no forma más que una parte de las riquezas sociales, ni puede componerlas todas, porque se necesita de otras cosas además del numerario, habiendo más o menos necesidad de él según la situación de las riquezas generales, así como una nación rica necesita más carruajes que una nación pobre. Sean las que se quiera las cualidades brillantes o sólidas de esta mercancía, sólo vale en razón de sus usos, y estos son limitados. Del mismo modo que los carruajes, tiene un valor que le es propio, el cual disminuye si es abundante con respecto a ol s objetos que se dan en cambio de él, y aumenta si escasea con respecto a ellos. Se dice que con oro y plata se tiene cuanto se quiere. Es verdad; ¿pero con qué condiciones? Son estas menos buenas, cuando por medio violentos se multiplica este género más de lo que es necesario: y de aquí los esfuerzos que se hacen para emplearle fuera. Prohibido estaba sacar dinero de España, y sin embargo era España la que proveía de él a toda Europa. En 1812 el papel- moneda de Inglaterra redujo a la clase de superfluo todo el oro que servía de moneda, y habiendo llegado a ser superabundantes por este hecho las materias de oro en general con respecto a los usos en que podía emplearse esta mercancía, bajo su valor relativo en aquel país, y pasaban de Inglaterra a Francia al s guineas, a pesar de la facilidad de guardar las fronteras de una isla, y no obstante la pena de muerte impuesta a los contrabandistas. ¿De qué sirven pues todos los cuidados que se toman los gobiernos para hacer que se incline a favor de su nación la balanza del comercio? De casi nada, sino de formar estados pomposos desmentidos por los hechos144 . ¿Qué causa puede haber para que unas nociones tan claras, tan conformes a la sana razón y a hechos probados por todos los que están dedicados al comercio, hayan sido desechadas en la aplicación por todos los gobiernos de Europa145 , e impugnadas por muchos escritores que en otras materias han dado pruebas de ilustración y de buen entendimiento? Digámoslo sin rebozo. Procede esto de que se ignoran todavía casi generalmente los primeros principios de la Economía política, y de que se fundan en malas bases unos raciocinios ingeniosos de que se pagan con demasiada facilidad, por una parte, las pasiones de los gobie rnos (los cuales se valen de las prohibiciones como de una arma ofensiva o como de un recurso fiscal), y por otra la codicia de varias clases de negociantes y fabricantes que hallan en los privilegios una ventaja particular, y se inquietan poco por saber si sus ganancias son el resultado de una producción real o de una pérdida sufrida por otras clases de la nación. Querer inclinar a su favor la balanza del comercio, esto es, querer dar mercancías, y hacer que se paguen en oro es no querer comercio; porque el país con el cual se comercia no puede dar en cambio sino lo que tiene. Si se le piden exclusivamente metales preciosos, tiene derecho para pedirlos también; y desde el momento en que por una y otra parte se aspira a una misma mercancía, se imposibilita el cambio. Si fuera practicable el

monopolio de los metales preciosos, destruiría las relaciones comerciales con la mayor parte de los estados del mundo. Cuando un país nos da en cambio lo que nos conviene ¿qué más tenemos que pedir, o de qué otro uso puede servirnos el oro? ¿Para qué querríamos tener este metal, sino para comprar después lo que nos conviniese? Tiempo vendrá en que cause asombro el considerar que se haya trabajado tanto para probar un sistema tan necio y absurdo, y que ha dado origen a tantas guerras. FIN de la digresión sobre la balanza del comercio. Acabamos de ver que las ventajas que se solicitan por medio de una balanza favorable del comercio, son absolutamente ilusorias, y que aun cuando fuesen reales, ninguna nación podría obtenerlas de un modo permanente. ¿Qué efecto producen pues en realidad los reglamentos hechos con este objeto? Esto es lo que nos resta que examinar. Un gobierno que prohíbe absolutamente la introducción de ciertas mercancías extranjeras, establece un monopolio en favor de los que producen esta mercancía en lo interior, y contra los que la consumen; es decir, que teniendo aquellos el privilegio exclusivo de venderla, pueden subir su precio sobre la tasa natural, y no pudiendo comprarla en otra parte los que la consumen en lo interior, se ven obligados a pagarla más cara146 . Cuando en vez de una prohibición absoluta se obliga solamente al importador a pagar un derecho entonces se da al productor del interior el privilegio de subir los precios de los productos análogos, otro tanto como importa el derecho, y se hace pagar esta ventaja al consumidor. Así, cuando en la introducción de una docena de platos de loza que vale tres francos, se exige un franco en la aduana, el negociante que los hace traer por su cuenta, cualquiera que sea su nación, se ve precisado a exigir cuatro francos al consumidor: lo cual permite al fabricante del interior vender los platos de la misma calidad a cuatro francos la docena; y es bien seguro que no podría hacerlo si no hubiese derechos, porque el consumidor los hallaría iguales por tres francos. Se da pues al fabricante un privilegio igual al derecho, y este privilegio es pagado por el consumidor. ¿Se dirá que es bueno que la nación cargue con el inconveniente de pagar más caros la mayor parte de sus géneros, por gozar de la ventaja de producirlos; que a lo menos se emplean entonces nuestros obreros y nuestros capitales en estas producciones; y que sus ganancias quedan en poder de nuestros conciudadanos? Responderé que los productos extranjeros que hubiéramos comprado, no habrían podido serlo gratuitamente, sino que los habríamos pagado con valores creados por nosotros mismos, en los cuales se habrían empleado también nuestros obreros y nuestros capitales; porque no conviene perder de vista que en última análisis compramos siempre productos con productos. Lo que más nos conviene es emplear nuestros productores, no en las producciones en que nos aventaja el extranjero, sino en aquellas en que nosotros le

aventajamos, y comprar con ellas las demás. Supongamos que un particular quiere hacer por sí mismo sus zapatos y vestidos. ¿Qué diríamos si a la puerta de cada casa se estableciese un derecho de entrada para obligar a su dueño a hacerlos por sí mismo? ¿No tendría razón para decir: «Déjeseme comerciar, y comprar lo que necesito con mis productos, o lo que es lo mismo, con el dinero de mis productos?». Este es exactamente el sistema de que se trata, sin más diferencia que la de haberle dado mayor extensión en el ejemplo propuesto. Si es cierto que ninguna nación saca ventaja de las prohibiciones, parecerá muy extraño el ardor con que las solicitan; y fundándose en que el dueño de una casa no piensa en pretender para ella semejante favor, se querrá quizá inferir de aquí que no hay perfecta igualdad en los dos casos. La única diferencia procede de que el dueño de la casa es un ser único, que no puede tener dos voluntades, y que interesa más, como consumidor de sus vestidos, en comprarlos baratos, que en hacerlos pagar como fabricante, por más de lo que valen. ¿Quién es el que solicita las prohibiciones o los grandes derechos de entrada en un estado? Los productores del género cuya concurrencia se trata de prohibir, y no sus consumidores. Ellos dicen que es por el interés del estado, pero es claro que es únicamente por el de ellos mismos. ¿Pues no es lo mismo? Y lo que nosotros ganamos ¿no es otra tanta ganancia para nuestro país? No hay nada de eso: lo que vds. ganan de ese modo, se saca del bolsillo de su vecino, u de un habitante del mismo país; y si se pudiese contar el exceso de gasto que hace el consumidor por efecto del monopolio de vds. resultaría que sobrepuja a la ganancia que les ha producido el monopolio. El interés particular está aquí en oposición con el general, y este mismo interés general no es bien comprehendido sino por las personas de mucha instrucción. ¿Qué extraño será pues que se sostenga con tanto empeño el sistema prohibitivo, y que se le oponga una resistencia tan débil? Por lo común se fija muy poco la atención en el grave inconveniente de hacer que los consumidores paguen los géneros a un precio subido. Apenas se advierte este mal, porque se ejecuta muy por menor y en pequeñas porciones cada vez que se compra alguna cosa; pero llega a ser muy importante por su frecuente repetición, y porque nadie se libra de él. Los bienes de cada consumidor están en perpetua rivalidad con todo lo que compra. Es tanto más rico cuanto compra más barato, y tanto más pobre cuanto más caro paga. Aunque no hubiese más que un solo género que subiese de precio, sería más pobre con respecto a este solo género. Si se encarecen todos, es más pobre con respecto a todos ellos; y como la clase de consumidores abraza a toda la nación; en estos casos es más pobre la nación entera, la cual queda además privada de la ventaja de variar sus goces, y de recibir los productos o las cualidades de productos que le faltan, en cambio de aquellos con que hubiera podido pagarlos. No se me diga que cuando suben de precio los géneros lo que pierden unas personas lo ganan otras; porque esto no es cierto sino en los monopolios, y aun muy

parcialmente, como que los monopolistas no se aprovechan jamás de todo lo que pagan los consumidores. Cuando el género se encarece por el derecho de entrada o por el impuesto, cualquiera que sea su forma; el productor que vende más caro no se aprovecha de esta subida de precio, antes bien sucede lo contrario, como lo veremos en otra parte147 ; de modo que como productor no se enriquece por esto, y como consumidor resulta más pobre. Es ésta una de las causas más generales del empobrecimiento de las naciones, o a lo menos una de las que se oponen más esencialmente a los progresos que hacen por otra parte. Por la misma razón se echará de ver que no se debe tener más repugnancia en sacar del extranjero los objetos que sirven para nuestros consumos estériles que los que sirven de primeras materias para nuestras fábricas. Ya sea que consumamos productos del interior o de afuera, destruimos una porción de riquezas, y abrimos una brecha a la riqueza nacional; pero esta pérdida es efecto de nuestro consumo, y no de nuestra compra al extranjero: y por lo que hace al estímulo que de aquí resulta para la producción nacional, es el mismo en ambos casos. Porque ¿con qué se ha comprado el producto del extranjero? Con el producto de nuestro suelo, u con dinero, el cual no puede adquirirse sino con productos de nuestro suelo. Por consiguiente, cuando compro del extranjero, no hago en realidad más que enviarle un producto indígena en vez de consumirle, y consumo en su lugar el que el extranjero me envía en pago. Si no soy yo el que hago esta operación, lo es el comercio. Nada puede comprar nuestro país a los demás sino con sus propios productos. Continuando en defender los derechos de entrada, se dice: «El interés del dinero es más bajo en el extranjero que entre nosotros: luego es necesario compensar con un derecho de entrada la ventaja que tiene el extranjero con respecto a nuestros productores». El bajo interés es para el productor extranjero una ventaja igual a la de un suelo más fecundo. Si de aquí resulta un precio cómodo en los productos a que se dedica, es muy conveniente hacer que gocen de él nuestros consumidores. Se puede hacer sobre este punto la aplicación del raciocinio por el cual hallamos que nos trae más cuenta sacar el azúcar y el añil de las regiones equinocciales que producirlos en nuestro suelo. «Pero siendo necesarios los capitales en toda especie de producción; el extranjero que los encuentra a bajo interés, tiene en todos los productos una ventaja de que nosotros carecemos; y si permitimos la libre introducción, tendrá una preferencia con respecto a todos nuestros productores». «¿Con qué pagará vd. entonces sus productos? Con dinero, y esa es la desgracia. ¿Y con qué adquirirá vd. el dinero con que ha de pagar al extranjero? Le pagaremos con el dinero que tenemos; le agotará, y vendremos a caer en la mayor miseria». Antes de este fatal extremo, confesará vd. que si le van extrayendo siempre su dinero, esta mercancía escaseará gradualmente en su país, y abundará más en el extranjero: no tardará por consecuencia en valor en el país de vd. 1, 2, 3 por ciento más que en el otro; y esto sólo basta para que vuelva a entrar el dinero más pronto que salió. Pero a fin de que vuelva a entrar, ¿qué se enviará en cambio sino productos del suelo de vd. o de su comercio?

De todos modos, nada se compra al extranjero sino con los productos del suelo u del comercio del país: y vale más comprar allí lo que se produce a precios más cómodos que entre nosotros, no dudando que el extranjero se pagará con las cosas que producimos nosotros a precios más cómodos que él. Digo que se pagará así, porque no puede suceder de otra manera. Se ha dicho (porque ¿qué es lo que no se ha dicho para oscurecer todas estas cuestiones?) que como la mayor parte de los consumidores son al mismo tiempo productores, las prohibiciones y los monopolios les hacen ganar, bajo esta última calidad, lo que pierden por la primera; que el productor que logra una ganancia- monopolio en el objeto de su industria, es víctima de otra ganancia de la misma especie, obtenida en los géneros que son objeto de su consumo; y que así la nación se compone de engañadores y engañados que nada tienen que echarse en cara. Y es de notar que todos se creen engañadores más bien que engañados; porque aunque todos sean consumidores al mismo tiempo que productores, se advierten mucho más las ganancias excesivas que se obtienen en el único género que se produce, que las pérdidas multiplicadas, pero de corta entidad, que se padecen en mil géneros diferentes que se consumen. Póngase un derecho de entrada a las telas de algodón: lo más que se aumentará con esto el gasto anual de un ciudadano medianamente acomodado, será de 12 a 15 francos: aumento de gasto, de que ni forma una idea bien clara, ni le hace mucha impresión, aunque se repita más o menos en cada uno de los objetos de su consumo, al paso que si este particular es un fabricante de sombreros, y se impone un derecho sobre los sombreros extranjeros, él sabrá muy bien que este derecho encarecerá los sombreros de su fábrica, y aumentará anualmente sus ganancias, quizá en muchos millares de francos. De este modo el interés personal, cuando es poco ilustrado (y aun suponiendo que todos reciban perjuicio en su consumo más bien que ventaja en su producción) se declara a favor de las prohibiciones. Pero, aun bajo este aspecto, es fecundo en injusticias el sistema prohibitivo. No todos los productores se hallan en estado de aprovecharse del sistema de prohibición que yo he supuesto general, pero que no lo es, y aun cuando lo fuese por las leyes, no lo sería de hecho. Por más derechos de entrada que se impusiesen sobre el ganado vacuno, u sobre los pescados frescos, no se encarecerían estos géneros, porque nunca se traen de afuera. Lo mismo se puede decir de los productos del albañil, del carpintero, y de todas las artes que necesariamente se ejercen en lo interior, como las de los obreros que trabajan en tienda, y en sus cuartos, las de los carruajeros, mercaderes y otros muchos. En el mismo caso están los productores de productos inmateriales, los funcionarios públicos, y los censatarios. Ninguna de estas clases puede gozar del monopolio a que dan lugar los derechos de entrada, y experimentan perjuicios con motivo de los monopolios que resultan de estos derechos a favor de otros muchos productores148 . En segundo lugar, las ganancias del monopolio no se reparten con equidad entre todos los que concurren a la producción favorecida por él. Los jefes o directores de empresas agrícolas, fabriles o comerciales ejercen un monopolio, no sólo con respecto a los consumidores, sino también, y por otras causas, con respecto a los obreros y a varios

agentes de la producción, como se verá en el libro II; de manera que estos participan del mismo daño que todos los consumidores, y no tienen parte alguna en las ganancias forzadas de los empresarios. Las prohibiciones no sólo perjudican algunas veces a los consumidores en sus intereses pecuniarios, sino que los sujetan a privaciones penosas. Hemos visto (me avergüenzo de decirlo) que algunos fabric antes de sombreros de Marsella han solicitado la prohibición de entrada de los sombreros de paja procedentes del extranjero, a pretexto de que disminuían el despacho de los suyos de fieltro149 . Esto era querer privar a las gentes del campo, a los que cultivan la tierra expuestos al ardor del sol, de un resguardo ligero, fresco, poco costoso, y que los defiende bien, cuando por el contrario sería de desear que se propagase y extendiese su uso por todas partes. Algunas veces el gobierno por seguir unos planes que le parecen profundos, o por satisfacer ciertas pasiones que cree legítimas, prohíbe o cambia el curso de un comercio, y da golpes mortales a la producción. Cuando Felipe II, enseñoreado de Portugal, prohibió a sus nuevos súbditos toda comunicación con los holandeses a quienes detestaba ¿cuáles fueron las resultas de esta providencia? Los holandeses que iban a Lisboa a buscar las mercancías de la India, de las cuales proporcionaban un despacho inmenso, viendo que su industria carecía ya de este recurso, fueron ellos mismos a buscar aquellas mercancías a las Indias, de donde por último arrojaron a los portugueses; y lo que se ejecutó con la siniestra intención de perjudicarles, vino a ser el origen de su grandeza. El comercio, como dice Fenelón, es semejante a las fuentes naturales que suelen agotarse cuando se quiere cambiar su curso150 . Tales son los principales inconvenientes de las trabas puestas a la importación, inconvenientes que suben al más alto punto por las prohibiciones absolutas. Vemos algunas naciones que prosperan aun siguiendo este sistema, porque en ellas son más inertes las causas de prosperidad que las de deterioro. Las naciones se parecen al cuerpo humano. Hay en nosotros un principio vital que restablece sin cesar la salud que conspiran a alterar continuamente nuestros excesos; y la naturaleza cicatriza las heridas y cura los males que nos acarrea nuestra imprudencia y nuestra intemperancia. Del mismo modo siguen su curso, y aun muchas veces prosperan los estados, a pesar de los males de todas clases que les causan sus enemigos, y más particularmente sus amigos. Nótese que las naciones mas industriosas son las que reciben más daños en esta parte, porque son las únicas que pueden sobrellevarlos. Dícese entonces: Nuestro sistema es el que conviene, porque la prosperidad va en aumento. Pero cuando se observan con ojos filosóficos las circunstancias que de tres siglos a esta parte han favorecido al desarrollo de las facultades humanas; cuando se miden atentamente los progresos de la navegación, los descubrimientos e invenciones importantes con que se han enriquecido las artes, el número de vegetales y de animales útiles propagados de un hemisferio a otro; cuando se ve que las ciencias y sus aplicaciones se extienden y consolidan todos los días con métodos más seguros, no se puede menos de adquirir la convicción de que, bien al contrario, nada es nuestra prosperidad, comparada con lo que podría ser; que hace esfuerzos para sacudirse los lazos y del peso con que se la oprime: que los hombres, aun en las partes del globo en que se creen ilustrados, consumen mucho tiempo y emplean

más de una vez sus facultades en destruir una porción de sus recursos en lugar de multiplicarlos, y en robarse unos a otros en lugar de ayudarse mutuamente: todo por falta de ilustración, y por no saber en qué consisten sus verdaderos intereses151 . Volvamos a nuestro asunto. Acabamos de ver cuál es la especie de daño que recibe un país de las trabas que impiden que se introduzcan en él los géneros extranjeros. Este daño es de la misma clase que el que se causa al país cuyas mercancías se prohíben, pues se le priva de la facultad de aprovecharse del modo más ventajoso de sus capitales y de su industria; pero no hay que figurarse que se le arruina o se le quita todo recurso, como creía hacerlo Bonaparte cerrando el Continente a los productos de Inglaterra. Además de que el bloqueo real y completo de un país es empresa imposible, porque todo el mundo está interesado en violar semejante restricción, jamás está expuesto un país más que a variar la naturaleza de sus productos. Siempre puede comprarlos todos él mismo, porque los productos, como se ha probado, se compran siempre unos con otros. Si el que obliga a la Inglaterra a no exportar por valor de un millón en paños, cree impedirla que produzca el valor de un millón, se engaña mucho, porque empleará los mismos capitales y un trabajo manual equivalente, en lugar de casimiros por ejemplo, en aguardientes y otros licores fuertes con sus granos, y patatas, y desde entonces dejará de comprar con sus casimiros aguardientes de Francia. De todos modos un país consume, siempre los valores que produce, ya sea directamente, o ya después de un cambio, y no puede consumir otra cosa. Si se le imposibilita el cambio, es necesario que produzca valores de tal naturaleza que pueda construirlos directamente. He aquí el fruto de las prohibiciones: mayor incomodidad por una y otra parte, pero nunca mayor riqueza. Sin duda perjudicó Napoleón a la Inglaterra y al continente, comprimiendo cuanto pudo las relaciones recíprocas de aquella y de éste; mas por otro lado hizo involuntariamente un bien al continente de Europa, facilitando con la agregación de estados continentales, fruto de sus ideas ambiciosas, comunicaciones más íntimas entre estos diversos estados. Ya no quedaban barreras entre la Holanda, la Bélgica, una parte de Alemania, la Italia y Francia; y eran muy débiles las que existían entre las demás naciones, excepto Inglaterra. Juzgo del bien que resultó de estas comunicaciones por el estado de descontento y de depresión del comercio que se ha notado en el régimen que ha sucedido, y en que cada gobierno se ha atrincherado detrás de una triple línea de aduanas. Es verdad que todos ellos han conservado los mismos medios de producción, pero de una producción menos ventajosa. Nadie duda que la Francia ganó mucho cuando en tiempo de la revolución se suprimieron las barreras que separaban sus provincias. La Europa había ganado con la supresión a lo menos parcial, de las que separaban los estados de la república continental; y el mundo ganaría aun muc ho más con la supresión de las que tienen por objeto separar los estados que componen la república universal. No hablo de otros muchos inconvenientes gravísimos, como el de crear un nuevo crimen (el contrabando) esto es hacer criminal por las leyes una acción que es inocente en sí misma, y haber de castigar a unas gentes que en realidad trabajan por la prosperidad general.

Smiht admite dos circunstancias que pueden determinar a un gobierno prudente a recurrir a los derechos de entrada. La primera es aque lla en que se trata de tener un ramo de industria necesario para la defensa del país, y en que sería una imprudencia no poder contar sino con las provisiones del extranjero. Así, puede un gobierno prohibir la importación de la pólvora, siempre que esto sea necesario para el establecimiento de las fábricas del interior, porque es mejor pagar este género más caro que exponerse a no tenerle cuando se necesite152 . La segunda es aquella en que un producto interior de consumo análogo está ya cargado con algún derecho, porque entonces un producto exterior con el cual pudiera ser remplazado, y que estuviese exento de todo gravamen, tendría un verdadero privilegio con respecto al primero. Hacer pagar un derecho en este caso no es destruir las relaciones naturales que hay entre los diversos ramos de producción, sino restablecerlas. En efecto, no se ve por qué motivo la producción de valores que se ejecuta por medio del comercio exterior debería estar libre de la carga de los impuestos con que se grava la producción, que se ejecuta por medio de la agricultura o de las fábricas. Es una desgracia tener que pagar impuestos; y es necesario disminuir esta desgracia cuanto sea posible; pero una vez que llega a reconocerse como necesaria cierta suma de contribución, es de rigurosa justicia que se pague proporcionalmente por todas las especies de producciones. El vicio que yo noto aquí es el de querer hacernos considerar esta clase de impuesto como favorable a la riqueza pública, siendo así que el impuesto jamás es favorable al público sino por el buen uso que se hace de su producto. Estas son las consideraciones que deberían tenerse siempre presentes cuando se hacen tratados de comercio, los cuales no son buenos sino para proteger la industria y los capitales que se emplearon de un modo equivocado por efecto de las malas leyes. Es éste un mal que se debe tratar de curar y no de perpetuar. El estado de salud con respecto a la industria y a la riqueza es el estado de libertad, aquel en que los intereses se protegen a sí mismos; y la única protección útil que les dispensa el gobierno es la que se dirige a impedir la violencia; ni puede hacer bien ninguno a la nación con sus trabas e impuestos. Pueden ser estos un inconveniente necesario; pero suponerlos útiles a los intereses de los administrados es desconocer los fundamentos de la prosperidad de las naciones, es ignorar la Economía política. Se han considerado frecuentemente los derechos de entrada y las prohibiciones como una represalia: Vuestra nación pone trabas a la introducción de los productos de la nuestra: ¿y no estaremos nosotros autorizados para cargar con las mismas trabas los productos de la vuestra? Este es el argumento de que se hace uso con más frecuencia, y que sirve de base a la mayor parte de los tratados de comercio; pero se equivoca el objeto de la cuestión. Se pretende que están autorizadas las naciones para ha cerse todo el mal que puedan. Yo lo concedo, aunque no estoy convencido de ello; mas no se trata aquí de sus derechos, sino de sus intereses.

Una nación que nos priva de la facultad de comerciar en ella, nos perjudica incontestablemente, privandonos de las ventajas del comercio exterior con respecto a la misma; y en consecuencia, si haciendo que tema un perjuicio igual en sus intereses, se logra determinarla u destruir las barreras que pone, sin duda se puede aprobar este medio como una medida puramente política. Pero esta represalia que causa un perjuicio a nuestro rival, nos lo causa también a nosotros mismos; porque no oponemos una defensa de nuestros propios intereses a una precaución interesada que tomaron nuestros rivales, sino que nos hacemos un mal por hacerles a ellos otro. Nos privamos de relaciones útiles, a fin de acarrearles la misma privación. Sólo se trata de saber hasta qué punto amamos la venganza, y cuánto queremos que nos cueste153 . No trataré de notar todos los inconvenientes que acompañan a los tratados de comercio, pues para ello sería necesario comparar sus clausulas más usadas con los principios que se establecen en toda esta obra; y así me limitaré a observar que casi todos los tratados de comercio que se han hecho entre los modernos, están fundados en la supuesta ventaja y posibilidad de saldar la balanza comercial con dinero efectivo. Pero si esta ventaja y esta posibilidad son puras quimeras, las utilidades que se han logrado con los tratados de comercio no han podido proceder de otra causa que del aumento de libertad y de la consiguiente facilidad de comunicación de unas naciones con otras, y de ningún modo de las clausulas que contenían; a no ser que alguna potencia se haya valido de su preponderancia para estipular en su favor unas ventajas que no pueden tener otro concepto que el de tributos paliados, como lo ha ejecutado Inglaterra con Portugal. Esta es una exacción de la misma especie que cualquiera otra. Observaré también que ofreciendo los tratados de comercio favores especiales a una nación extranjera, son actos, sino hostiles, a lo menos odiosos a todas las otras naciones. No se puede sostener la concesión hecha a unos sino negándola a otros. De aquí causas de enemistades, y gérmenes de guerra siempre funestos. Es mucho más sencillo, y he demostrado que sería mucho más útil, tratar a todos los pueblos como amigos, y no imponer sobre la introducción de las mercancías extranjeras sino derechos análogos a aquellos con que está cargada la producción interior. A pesar de los inconvenientes que he notado en las prohibiciones de los géneros extranjeros, sería sin duda temeridad abolirlas de repente. Un enfermo no se cura en un día, y las naciones deben ser tratadas con iguales miramientos, aun en el bien que se les hace. ¡Cuántos capitales, cuántas manos industriosas es necesario respetar, aunque aquellos y éstas estén empleados en fabricar géneros de monopolio, y aunque esta fabricación sea un abuso! Se necesita tiempo para que los capitales y las manos puedan emplearse en crear productos más ventajosos a la nación. Quizá se necesita toda la habilidad de un grande estadista para cicatrizar las llagas que ocasiona la extirpación de esa lupia voraz a que se da el nombre de sistema reglamentario y exclusivo: y cuando se considera maduramente el perjuicio que causa después de establecido, y los males que puede acarrear al abolirle, ocurre esta reflexión natural: Si es tan difícil restituir la industria ¡con cuánta reserva se deberá proceder cuando se trata de quitársela!

No se han contentado los gobiernos con poner trabas a la introducción de los géneros extranjeros, sino que persuadidos siempre de que era necesario que su nación vendiese sin comprar, como si esto fuera posible; al mismo tiempo que han sujetado a una especie de multa a los que compraban del extranjero, han solido ofrecer gratificaciones con el nombre de primas o precios de estímulo, al que le vendía géneros del país. El gobierno inglés particularmente, aun más celoso que los otros en favorecer la salida de los productos del comercio y fábricas de la Gran Bretaña, se ha servido mucho de esta clase de estímulo154 . Fácil es de comprehender que el negociante que recibe una gratificación a la salida, puede, sin perder nada, dar en el extranjero su mercancía a un precio inferior al que le tiene de costa cuando llega allá. «Nosotros no podemos, dice Smith con este motivo, obligar a los extranjeros a que nos compren exclusivamente los objetos de su consumo; y en consecuencia los pagamos para que nos concedan este favor». En efecto, si la mercancía que un negociante inglés envía a Francia, le tiene allí de costa 100 francos, inclusa la ganancia de su industria, y este precio no es inferior a aquel con que se puede adquirir en Franc ia la misma mercancía, no habrá razón para que venda la suya con exclusión de cualquiera otra. Mas si el gobierno inglés concede, en el acto de la exportación, una prima de 10 francos y por este medio se da la mercancía en 90 francos en lugar de los 100 que valdría, obtiene seguramente la preferencia. ¿Pero no es este un regalo de 10 francos que hace el gobierno inglés al consumidor francés? Se entiende muy bien que el negociante pueda tener utilidad en este orden de cosas, porque él gana lo mismo que si la nación francesa pagase el género por todo su valor; pero la Inglaterra pierde en este tráfico diez por ciento con la Francia, supuesto que ésta no envía más que un retorno de valor de noventa francos en cambio de una mercancía que vale ciento155 . Cuando se concede la prima, no en el momento de la exportación, sino desde el origen de la producción, como el producto puede venderse a los nacionales del mismo modo que a los extranjeros, es un presente de que se aprovechan los consumidores nacionales y los del extranjero. Si, como sucede algunas veces, se la embolsa el productor, sin dejar por eso de mantener la mercancía en su precio natural, entonces es un presente hecho por el gobierno al productor, el cual queda además pagado con el producto ordinario de cu industria. Cuando la prima excita a crear un producto, que no tendría efecto sin ella, ya sea para el uso interior, o ya para el del extranjero, resulta de ella una producción perjudicial, porque cuesta más de lo que vale. Supóngase una mercancía que estando ya concluida no pueda venderse sino por 24 francos; y supongamos también que cuesta por gastos de producción, (incluyendo la ganancia de la industria que la produce) 27 francos: es claro que nadie querrá encargarse de fabricarla, por no sufrir una pérdida de 3 francos. Mas si el gobierno, para fomentar este ramo de industria, consiente en sufrir esta pérdida, es decir, si concede sobre la

fabricación de este producto una prima de 3 francos, entonces se verificará la fabricación, y el tesoro público, esto es, la nación habrá sufrido una pérdida de 3 francos. Se ve por este ejemplo la especie de ventaja que resulta de proteger cualquier ramo de industria que no puede prevalecer por sí mismo. Esto es querer que se trabaje en una producción perjudicial, en que se hace con pérdida un cambio de anticipaciones por productos. Si una industria debe dejar alguna utilidad, no necesita de estímulo; y si no ha de dejarla, no merece que se la estimule. En vano se diría que el estado puede aprovecharse de una industria que no diese utilidad alguna a los particulares: porque ¿cómo puede ganar el estado sino por mano de estos? Se dará quizá por sentado que el gobierno saca más de las imposiciones sobre tal producto, que lo que le cuesta su fomento; pero entonces paga con una mano para recibir con otra. Disminuya el impuesto otro tanto como importa la prima, y el efecto será el mismo para la producción ahorrándose además los gastos de la administración de primas, y parte de la de impuestos. Anuque las primas sean costosas, y disminuyan la masa de las riquezas que posee una nación, hay sin embargo algunos casos en que le conviene sufrir esta pérdida, como cuando se trata, por ejemplo, de asegurar productos necesarios a la seguridad del Estado, aunque cuesten más de lo que valen. Queriendo Luis XIV reponer la marina francesa, concedió 5 francos por tonelada156 a todos los que aprestasen buques, porque deseaba crear marineros. Tal es también el caso en que la prima no es más que el reembolso de un derecho pagado anteriormente. De este modo conceden los Ingleses, al tiempo de exportar el azúcar refinado una prima, que no es en realidad más que el reembolso de los derechos pagados por el azúcar común y el terciado. Quizá será también conveniente que un gobierno conceda algún auxilio a una producción anque cause pérdida al principio, debe dar ganancias seguras al cabo de pocos años. Smith no es de este dictamen. «No hay auxilio ni estimulo, dice, que pueda hacer adelantar la industria de una nación más de lo que permite el capital de esta nación empleado en promoverla. Su efecto necesario será distraer una porción del capital de cierta producción, para dirigirla a otra; y no es de suponer que esta producción forzada sea más ventajosa a la sociedad que la que hubiera sido naturalmente preferida. El estadista que quisiese dirigir la voluntad de los particulares acerca del uso de su industria y de sus capitales, no sólo se tomaría un cuidado inútil, sino también fatal, cuando le viésemos confiado a un solo hombre o a un consejo, por más ilustrados que se les suponga, y que sobre todo no pudiera caer en peores manos que las de unos administradores tan locos que se imaginasen capaces de encargarse de él... Aun cuando la nación hubie se de carecer de cierto ramo de industria, por no tener semejantes reglamentos, no por eso sería más pobre en lo sucesivo, porque

de aquí se inferiría que aun en lo sucesivo habría podido emplear sus capitales de un modo más ventajoso157 ». Smith tiene razón sin duda en lo sustancial; pero hay circunstancia que pueden modificar la proposición, generalmente cierta de que cada uno es el mejor juez de su industria y de sus capitales. Smith escribió en un tiempo y en un país en que estaban y están aun los hombres muy ilustrados acerca de sus intereses, y muy poco dispuestos a descuidar las ganancias que pueden resultar del uso, cualquiera que sea, de los capitales d industria. Pero no han llegado aun todas las naciones a este grado de conocimientos. ¡Cuántas hay, en que por preocupaciones que sólo puede vencer el gobierno, se está muy lejos de adoptar varios medios con que pudieran emplearse admirablemente los capitales! ¡En cuántas ciudades y provincias se siguen por una ciega rutina los antiguos usos de poner el dinero a ganancias! En unas partes sólo se sabe imponerle a censo sobre tierras; en otras sobre casas, y en otras en emplearle en los cargos y empréstitos públicos. Cualquiera aplicación nueva del poder de un capital es en estos parajes un objeto de desconfianza o de desprecio: y la protección concedida a un uso verdaderamente provechoso del trabajo y del dinero pudiera llegar a ser un beneficio para el país. En fin, puede haber alguna industria que acarree pérdidas al empresario que la promueva por sí solo, y que sin embargo sea capaz de producir ganancias muy considerables, cuando los obreros estén acostumbrados a ella y se hayan dado los primeros pasos. Hay actualmente en Francia las más hermosas fábricas de sedas y paños que se conocen en el mundo; y quizá son obra de los oportunos estímulos de Colbert, el cual adelantó 2000 francos a los fabricantes por cada telar que tuviesen ocupado. Aquí debe notarse de paso que esta especie de estímulo tenía una ventaja muy particular, porque acostumbrando el gobierno exigir de los productos de la industria privada unas contribuciones cuyo importe de nada sirve para la producción, aquí por el contrario se volvía a emplear parte de las contribuciones de un modo productivo; aumentándose con una parte de la renta de los particulares los capitales productivos del reino. Apenas se hubiera podido esperar otro tanto del discernimiento y del interés personal de los particulares mismos158 . No es este el lugar donde debe examinarse cuánta margen dan los estímulos, en general, a las dilapidaciones, a los favores injustos y a todos los abusos que se introducen en los asuntos de los gobiernos. Después de haber concebido el más hábil estadista un plan evidentemente bueno, se ve entorpecido muchas veces por los vicios que no pueden menos de acompañar a su ejecución. Uno de estos inconvenientes es el de conceder, como sucede casi siempre, los estímulos y los demás favores de que disponen los gobiernos, no a los que tienen la habilidad necesaria para merelos, sino a los que poseen el arte de solicitarlos. Por lo demás, no pretendo vituperar las distinciones ni aun las recompensas pecuniarias concedidas públicamente a ciertos artistas y artesanos, en premio de un esfuerzo extraordinario de su ingenio y de su destreza. Los estímulos de esta especie

excitan la emulación y aumentan la masa de las luces generales, sin distraer la industria y los capitales de su uso más ventajoso. Por otra parte, ocasionan un gasto poco considerable, si se compara con lo que cuestan en general los demás estímulos. La prima para fomentar la exportación de granos ha costado a Inglaterra en ciertos años, según Smith, más de siete millones de francos: y no creo yo que el gobierno inglés, ni otro alguno, haya gastado jamás en premios de agricultura la quincuagésima parte de esta suma en el discurso de un año. - II Efecto de los reglamentos que determinan el modo de producción

Cuando los gobiernos han tratado de las operaciones de la industria agrícola, ha sido casi siempre favorable su intervención. La imposibilidad de dirigir las diversas operaciones de la agricultura; la multitud de gentes que ocupa muchas veces aisladamente en toda la extensión de un territorio y en un gran número de empresas separadas, desde las grandes casas de labor hasta las huertas de los más miserables aldeanos; el poco valor de sus productos con respecto a su volumen: todas estas circunstancias, de que no se puede prescindir por la naturaleza misma de la agricultura, han imposibilitado felizmente los reglamentos que hubieran puesto trabas a esta clase de industria. Los gobiernos animados del amor del bien público han debido en consecuencia limitarse a distribuir premios y estímulos, y a difundir instrucciones que muchas veces han contribuido eficacísimamente a los progresos de este arte. La escuela veterinaria de Alfort, la hacienda experimental de Rambullet, y la introducción de los merinos son para la agricultura francesa verdaderos beneficios cuya extensión y perfección le han sido proporcionadas por la solicitud de las diversas administraciones que han gobernado la Francia en medio de las borrascas políticas. El gobierno que se desvela en conservar las comunicaciones; que protege las cosechas, y castiga las negligencias culpables, como la de no descocar los árboles, produce un bien análogo al que hace con la conservación del orden y de las propiedades que son tan favorables, o por mejor decir tan indispensables para la producción159 . Las ordenanzas de Francia sobre plantíos y cortas de montes, las cuales son quizá indispensables (a lo menos en muchas de las disposiciones que contienen) para la conservación de esta especie de producto, parece que bajo otros aspectos establecen una sujeción capaz de introducir el desaliento en este género de cultivo, que conviene especialmente en ciertos terrenos como son los sitios montuosos; que es necesario para tener lluvias suficientes; y que sin embargo decae de día en día. Pero ninguna industria ha siclo tan vejada, en cuanto a sus operaciones, por la manía reglamentaria, como la que se emplea en las fábricas. Se han hecho muchos reglamentos con el objeto de reducir el número de los productores, ya fijándole de oficio y ya exigiendo de ellos ciertas condiciones para

ejercer su industria. Este es el origen de las veedurías, de las maestrías, y de los gremios de artes y oficios. Cualquiera que sea el medio que se emplee, el efecto es el mismo; y así se establece a expensas del consumidor una especie de monopolio u de privilegio exclusivo cuya ganancia reparten entre sí los productores privilegiados, los cuales pueden acordar con mucha facilidad medidas favorables a sus intereses, porque tienen juntas legales, síndicos y otros dependientes. En esta especie de reuniones se llama prosperidad del comercio y ventaja del Estado, la prosperidad y ventaja de la corporación; y en lo que menos se piensa en ellas es en examinar si las ganancias que se esperan son el resultado de una producción verdadera, o sólo un dinero que muda de bolsillo, y pasa de los consumidores a los productores privilegiados. Este es el motivo porque los que ejercen una profesión cualquiera que sea, se sienten naturalmente inclinados a solicitar reglamentos por parte de la autoridad pública; y como ésta encuentra siempre en semejantes solicitudes la ocasión de sacar dinero, se halla muy dispuesta a despacharles favorablemente. Por otra parte, los reglamentos lisonjean el amor propio de los que mandan; les dan cierta exterioridad de sabiduría y prudencia, y confirman su autoridad, que parece tanto más indispensable cuanto mayor es la frecuencia con que se ejerce. Por eso no hay quizá un solo país en Europa donde tenga el hombre la libertad de disponer de su industria y de sus capitales del modo que más le convenga; y en la mayor parte ni aun la de mudar de sitio y de profesión cuando le agrade. No basta tener voluntad y talento para ser fabricante o mercader de telas de lana o de seda, de quincalla o de licores, sino que además es necesario haber ganado la maestría o carta de examen, y estar incorporado en un gremio160 . Las maestrías son además un medio de ejercer la policía, no aquella policía favorable a la seguridad de los particulares y del público, y que se puede desempeñar siempre a poca costa y sin vejaciones, sino de aquella otra que emplean los malos gobiernos, sin detenerse en gastos, a fin de conservar y extender su autoridad. Por medio de favores honoríficos o pecuniarios dispone el gobierno de los jefes que da a la corporació n de los maestros. Lisonjeados estos jefes o síndicos con el poder y las distinciones anejas a su grado, procuran merecerlas mostrándose condescendientes con el gobierno; son sus intérpretes para con las personas de su profesión, le designan las que son temibles por su firmeza, y aquellas que se prestan fácilmente a cuanto se quiere; se da a todo esto el colorido de bien general; y en los discursos de oficio u en los que se dirigen al público se insertan razones bastante plausibles para mantener unas restricciones contrarias a la libertad, o para establecer otras nuevas, porque no hay pleito, por malo que sea, en que no se pueda alegar alguna razón favorable. La principal ventaja, y la que se cita con más confianza, es la de proporcionar al consumidor productos ejecutados con mayor perfección; garantía que favorece al comercio nacional, y asegura la continuación del favor de los extranjeros.

¿Pero se consigue esta ventaja por medio de las maestrías? ¿Son estas una garantía suficiente de que el gremio se compone no sólo de hombres de bien, sino tan delicados como deberían serlo para no engañar jamás a sus conciudadanos ni al extranjero? Dícese que las maestrías facilitan la ejecución de los reglamentos que comprueban y certifican la buena calidad de los productos; pero aun con las tales maestrías, ¿no son ilusorias estas comprobaciones y certificados? y en caso de que sean absolutamente necesarias ¿no hay ningún otro medio más sencillo para conseguirlo? La larga duración del aprendizaje no asegura mejor la perfección del trabajo. La aptitud del obrero, y un salario proporcionado al mérito, de su producto son las únicas cosas que aseguran eficazmente esta perfección. «No hay profesión mecánica, dice Smiht, cuyas operaciones no puedan enseñarse en pocas semanas, y para algunas de las más comunes hasta un corto número de días. Es verdad que la destreza de manos no se puede adquirir sino a fuerza de ejercicio; ¿pero no se adquiriría más pronto esta práctica, si en vez de emplearse un joven en trabajar como aprendiz, esto es, por fuerza, desidiosamente y si interés se le pagase según el mérito y la cantidad de su obra, quedando él con la obligación de reembolsar al maestro los materiales que echase a perder por inexperiencia o poca maña?161 ». Empezando el aprendizaje un año después, y dedicando este año a las escuelas de enseñanza mutua, con dificultad se me hará creer que los productos fuesen menos perfectos; y seguramente la clase trabajadora sería menos grosera. Si los aprendizajes fuesen un medio de obtener productos más perfectos, los productos de España valdrían tanto como los de Inglaterra. Desde la abolición de las maestrías y de los aprendizajes forzados llegó la Francia a un estado de perfección de que estaba muy lejos antes de esta época. Entre todas las artes mecánicas es quizá la más difícil la del jardinero y labrador, y es la única que se permite ejercer sin aprendizaje. ¿Se cogen por eso frutas menos hermosas y legumbres menos abundantes? Si hubiese medio de formar una corporación de cultivadores, pronto se nos hubiera persuadido que es imposible tener buenos cogollos de lechuga ni sabrosos melocotones, sin una multitud de reglamentos compuestos de muchos centenares de artículos. En fin, esos reglamentos, aun suponiendolos útiles, son ilusorios una vez que se puedan eludir, y no hay ciudad de fábricas donde se consiga con dinero la dispensa de todo género de pruebas; de modo que no solamente vienen a ser estas una garantía inútil, sino una ocasión de connivencias e injusticias: lo cual es odioso. Los que sostienen el sistema reglamentario citan en apoyo de su opinión, la prosperidad de las fábricas de Inglaterra donde es bien notorio que hay muchas trabas para el ejercicio de la industria fabril; pero desconocen las verdaderas causas de esta prosperidad. Las causas de la prosperidad de la industria en la gran Bretaña, dice Smith162 , «son la libertad de comercio, que a pesar de nuestras restricciones, es sin embargo igual y quizá superior a la que se go za en cualquier otro país del mundo: la facultad de exportar sin derechos, casi todos los productos de la industria doméstica, sea

el que fuere su destino; y lo que es aun más importantes, la libertad ilimitada de transportarlas de uno a otro extremo del reino, sin tener que dar cuenta a nadie, y sin estar expuesto en ninguna oficina a la menor visita, a la más leve pregunta, &c.». Añádase a esto el respeto inviolable de todas las propiedades, ya sea por parte de todos los agentes del gobierno sin excepción, ya de los particulares los capitales inmensos acumulados con el trabajo y la economía; en fin el hábito inculcado desde la infancia de hacer todas las cosas con cuidado y discernimiento, y se tendrá una explicación suficiente de la prosperidad fabril de Inglaterra. Las personas que citan a esta nación para justificar las cadenas con que quisieran oprimir la industria, ignoran que las ciudades de Inglaterra donde la industria es más floreciente, y donde las fábricas de aquel país han llegado a un grado muy alto de esplendor, son precisamente aquellas que no tienen gremios de oficios163 , como Manchester, Birmingham y Liverpool, que dos siglos ha no eran más que unas aldeas, y ahora ocupan el primer lugar después de Londres, siendo muy superiores a York, Cantorbery, y aun a Bristol, ciudades antiguas, favorecidas, y capitales de las principales provincias, pero cuya industria estaba sujeta a trabas góticas. «La ciudad y la parroquia de Halifax, dice un autor inglés reputado por hombre de mucha instrucción en las cosas de su país164 , han cuadruplicado, de cuarenta años a esta parte, el número de habitantes y muchas ciudades sujetas a las corporaciones han experimentado una diminución visible. Las casas situadas en el recinto, de la ciudad de Londres se alquilan mal, al paso que Westminster, Southwark y los demás arrabales adquieren un acrecentamiento con tino, porque estos son libres, y la ciudad tiene noventa y dos compañías exclusivas de todas clases, cuyos miembros concurren todos los años a aumentar la pompa de la marcha triunfal del Lord-Corregidor». Es bien notoria la prodigiosa actividad de las fábricas de algunos arrabales de París, y principalmente del de S. Antonio, donde la industria gozaba de muchas franquicias. Algún producto, hay que sólo se sabía fabricar allí. ¿Cómo sucedía pues que en aquellos parajes se mostraba más habilidad, sin aprendices ni oficiales, que en el resto de la ciudad donde estaban en observancia esas reglas que se trata de pintarnos como tan esenciales? Porque no hay maestro más hábil que el interés privado. Algunos ejemplos darán a entender mejor que los raciocinios cuán contrarias son a los progresos de la industria las corporaciones y las maestrías. Argand, inventor de los velones de doble corriente de aire, descubrimiento que ha aumentado más de un triplo la cantidad de luz artificial de que podemos gozar por el mismo precio, fue perseguido ante el Parlamento por el gremio de hojalateros, cerrajeros, herreros de corte, y herradores de por mayor, los cuales reclamaban el privilegio exclusivo de hacer velones y candiles165 . Lenoir, hábil constructor de instrumentos de física y matemáticas en París, tenía un hornillito, para sacar el modelo de los metales de que se servía; y fueron a demolerle los

síndicos mismos del gremio de fundidores, de modo que el artista se vio obligado, a recurrir al Rey para conservarle, lo que consiguió como una gracia. La fabricación de los palastros barnizados estuvo desterrada de Francia hasta la revolución, porque pide obreros y herramientas que pertenecen a diferentes profesiones, y no se podía ejercer sin estar agregado a muchos gremios. Se llenaría un volumen con las vejaciones que en perjuicio de los esfuerzos personales se han cometido en la sola ciudad de París por efectos del sistema reglamentario; y se llenaría otro con las ventajas que han resultado de haberse destruido estas trabas a consecuencia de la revolución. Así como un arrabal prospera al lado de una ciudad de gremios, y así como una ciudad libre de trabas prospera en medio de un país donde el gobierno se mezcla en todo, de la misma manera una nación donde la industria estuviese desembarazada de todo obstáculo prosperaría en medio de otras naciones reglamentadas. Siempre que ha habido una garantía contra las vejaciones de los grandes, contra el intrincado laberinto de la injusticia y contra las violencias de los ladrones, las que siempre han prosperado más han sido aquellas en que ha habido menos formalidades que observar. Sully, que pasó la vida en estudiar y en poner en práctica los medios propios para que floreciese la Francia, era del mismo dictamen, y miraba166 la multiplicidad de edictos y ordenanzas como un obstáculo directo para la prosperidad del estado167 . Se dirá que si fuesen libres todas las profesiones, quedarían arruinados por la concurrencia un gran número de los que las abrazasen. Podría suceder esto alguna vez aunque es poco probable que se precipitasen muchos competidores en una carrera que les ofreciese cortas ganancias; pero aun cuando esta desgracia sucediese de tiempo en tiempo, sería el mal mucho menor que el de sostener de un modo permanente el precio de los productos a una tasa que perjudica a su consumo, y empobrece, con respecto a los mismos productos, al total de les consumidores. Si los principios de una sana política condenan los actos del gobierno que limitan la facultad que debe tener todo hombre para disponer libremente de sus talentos y de sus facultades, es aun más difícil justificar semejantes medidas consultando los principios del derecho natural. «El patrimonio del pobre, dice el autor de la Riqueza de las naciones, consiste enteramente en la fuerza y destreza de sus dedos. No dejarle la libre disposición de esta fuerza y destreza, siempre que no las emplee en perjuicio de los demás hombres, es atentar contra la propiedad más indisputable». Sin embargo como es también de derecho natural que se sujete a reglas la industria que sin ellas pudiera llegar a ser perjudicial a los demás ciudadanos, se obliga muy justamente a los médicos, cirujanos y boticarios a sufrir exámenes que acrediten su idoneidad. La vida de sus conciudadanos depende de sus conocimientos, y se puede exigir que estos se hagan constar; pero, no parece que deba fijarse el número de los profesores, ni el modo con que deben instruirse. La sociedad tiene interés en asegurarse de su aptitud, y nada más.

Por la misma razón son buenos y útiles los reglamentos, cuando en vez de determinar la naturaleza de los productos y los métodos de su fabricación, se limitan a precaver un fraude o una práctica que perjudica evidentemente a otras producciones o a la seguridad pública. No conviene que un fabricante pueda anunciar en su marca una calidad superior a la que ha fabricado. Su fidelidad interesa al consumidor indígena a quien debe proteger el gobierno, o interesa igualmente al comercio que hace fuera de su país, porque el extranjero cesa muy pronto de dirigirse a la nación que le engaña. Adviértase que no es este el caso de aplicar el interés personal del fabricante como la mejor garantía; porque hallándose en vísperas de dejar su profesión, puede querer aumentar sus ganancias a costa de la buena fe, y sacrificar lo por venir de que ya no necesita, a lo presente, de que goza todavía. De este modo perdieron toda su estimación en el comercio de Levante desde el año 1783 las fábricas francesas de paños, y fueron preferidas las alemanas e inglesas168 . Aun hay más. El sólo nombre de la tela, y aun el de la ciudad en que se fabricó, equivale frecuentemente a la marca. Se sabe por larga experiencia que las telas que vienen de tal parte tienen tal ancho, como también cuál es el número de hilos de la urdimbre. Fabricar en la misma ciudad una tela del mismo nombre, y apartarse del uso recibido, es ponerle una marca falsa. Esto basta, a mi juicio, para indicar hasta donde puede extenderse la intervención útil del gobierno, el cual debe reducirse a certificar la verdad de la marca, y por lo demás no se mezclará absolutamente en la producción. Quisiera yo que no se perdiese de vista que esta intervención, aun siendo útil, es un mal169 : en primer lugar, porque veja y atormenta a los particulares, y en segundo porque es costosa al contribuyente cuando la intervención del gobierno es gratuita, esto es, cuando se ejecuta a expensas del tesoro público, y al consumidor cuando se cobran anticipadamente los gastos de ella por medio de un impuesto sobre mercancía; porque el efecto de este impuesto es encarecerla, y el encarecimiento es una nueva carga para el consumidor indígena, y un motivo de exclusión para el extranjero. Si la intervención del gobierno es un mal, todo buen gobierno usará de ella lo menos que pueda. Así, no garantirá la calidad de aquellas mercancías en que él mismo pudiera ser engañado más fácilmente que el comprador, ni tampoco aquellas cuya calidad no puede ser comprobada por sus agentes, porque todo gobierno tiene la desgracia de haber de contar siempre con la negligencia, incapacidad y culpables condescendencias de ellos; pero admitirá, por ejemplo, el contraste del oro y de la plata; pues que la ley de estos metales no podría comprobarse sino for medio de una operación química muy complicada, que la mayor parte de los compradores no son capaces de ejecutar, y que aun cuando llegasen a conseguir lo, les costaría más de lo que pagan al gobierno por ejecutarla en lugar de ellos.

Cuando un particular inventa en Inglaterra un producto nuevo, u descubre un método desconocido, obtiene un privilegio exclusivo para fabricar este producto, u para servirse de este método, que es lo que llamamos nosotros patente de invención. Como no tiene entonces competidores en esta especie de producción, puede durante el tiempo del privilegio aumentar el precio de ella más de lo necesario para reembolsarse de sus anticipaciones con los intereses, y para pagar las ganancias de su industria. Es esta una recompensa que concede el gobierno a expensas de los consumidores del nuevo producto; y en un país tan prodigiosamente productivo como Inglaterra, donde por consecuencia ha y muchas gentes acaudaladas que están en observación de cuanto puede proporcionarles algún nuevo goce, suele ser muy considerable esta recompensa. Hace algunos años que inventó un inglés cierto resorte de figura espiral, que colocado entre las sopandas de los coches, suavizaba extraordinariamente sus movimientos. Un privilegio exclusivo en un objeto tan tenue bastó para enriquecer a este individuo. ¿Quién podría quejarse con razón de semejante privilegio, que ni destruye ni coarta ningún género de industria anteriormente conocida; y cuyos gastos son pagados por los que buenamente lo quieren? Los que no tienen por conveniente pagarlos, satisfacen sus necesidades precisas y las de comodidad y recreo del mismo modo que antes de la invención. Sin embargo como todo gobierno debe hacer continuos esfuerzos para mejorar la suerte de su país, no puede privar para siempre a los demás productores de la facultad de dedicar una parte de sus capitales y de su industria a esta producción, que podían inventar ellos mismos en lo sucesivo; ni privar por mucho tiempo a los consumidores de la ventaja de adquirirla al precio a que puede bajar por efecto de la concurrencia. Las naciones extranjeras, sobre las cuales no tiene poder alguno, admitirían sin restricción este ramo de industria, y de este modo serían más favorecidas que la nación en que hubiese tenido origen. Los ingleses, que han sido imitados en esto por la Francia 170 , han establecido con mucho juicio que semejantes privilegios no duren más que cierto número de años, al cabo de los cuales se pone a disposición de todos la fabricación de la mercancía que fue objeto del privilegio. Cuando el método privilegiado es de tal naturaleza que pueda permanecer oculto, ordena el mismo privilegio que se haga público luego que espire el término de la concesión. El productor privilegiado (que en este caso parece no tiene necesidad alguna de privilegio) logra con él la ventaja de que si cualquiera otra persona llegase a descubrir el método secreto no podría hacer uso de él hasta que esperase el término del privilegio.

No es necesario que la autoridad pública discuta la utilidad del método u su novedad; porque si no es útil, el mal será para el inventor, y si no es nuevo, todos tienen derecho para probar que ya era conocido, y se usaba de él con plena libertad; y también, en este caso es el daño para el inventor, que pagó inútilmente los gastos del privilegio de invención. No se perjudica pues al público con este género de estímulo, antes bien pueden resultarle de él grandes ventajas. Las reflexiones precedentes acerca de los reglamentos que tienen relación con la naturaleza de los productos o con los medios que se emplean para producir no han podido abrazar la totalidad de las medidas de esta clase adoptadas en todos los países civilizados, y aun cuando yo las hubiera examinado todas, el examen habría sido incompleto el día siguiente, porque los nuevos reglamentos se suceden con muy poca interrupción. Lo que importaba era restablecer los principios por los cuales se pueden preveer sus efectos. Creo sin embargo que debo detenerme todavía en tratar de dos géneros de comercio que han dado motivo a muchos reglamentos; y ésta será la materia de dos párrafos particulares.

- III De las compañías privilegiadas

El gobierno concede algunas veces a particulares, pero con más frecuencia a compañías de comercio, el derecho exclusivo de comprar y vender ciertos géneros, como el tabaco, por ejemplo; o de traficar con cierta región, como la India. Hallándose separados los competidores por la fuerza del gobierno, los comerciantes privilegiados suben sus precios sobre la tasa que establecería el libre comercio. Algunas veces determina el gobierno mismo esta tasa, poniendo así límites al favor que concede a los productores y a la injusticia que comete con los consumidores. Otras veces no disminuye sus precios la compañía privilegiada sino cuando los perjuicios que le causa la reducción en la cantidad de las ventas son mayores que las ganancias que le resultan del alto precio de las mercancías. En ambos casos, el consumidor paga el género más caro de lo que vale, y comúnmente se reserva el gobierno una parte de las ganancias de este monopolio. Como no hay medida ruinosa que no pueda ser y no haya sido apoyada con argumentos plausibles, se ha dicho que para comerciar con ciertos pueblos es necesario tomar precauciones que sólo son asequibles, a las compañías. Ya se trata de conservar fortalezas y de mantener una marina; como si fuese necesario sostener un comercio que

no puede hacerse sino a mano armada; como si hubiese necesidad de ejércitos cuando se pretende seguir el camino de la justicia; y como si las fuerzas que mantiene el Estado para proteger a sus súbditos, no le costasen ya unas sumas cuantiosas. Otras veces se alegan ciertos miramientos diplomáticos que son indispensables. Los chinos, por ejemplo, son tan adictos a ciertas formalidades, tan suspicaces, y tan independientes de las demás naciones por la distancia e inmensidad de su imperio y por la naturaleza de sus necesidades que sólo se puede negociar con ellos por un favor especial, que está muy expuesto a perderse. Es necesario carecer de su te, de sus sedas y mahones, o tomar las precauciones sin las cuales nos sería imposible su adquisición: y las relaciones particulares pudieran turbar la armonía necesaria para el comercio entre las dos naciones. ¿Pero es bien seguro que los agentes de una compañía, muy altivos de ordinario, y que se sienten protegidos por las fuerzas militares, ya sea de su nación, o ya de su compañía misma? ¿es bien seguro, digo, que sean más a propósito para conservar relaciones de buena amistad, que los particulares, los cuales están necesariamente más sumisos a las leyes de los pueblos que los reciben, y tienen un interés personal en evitar todo mal procedimiento, porque de lo contrario estarían expuestos sus bienes y quizá también sus personas?171 En fin, poniéndose en lo peor, y dando por sentado que sin una compañía privilegiada fuese imposible el comercio de la China ¿nos veríamos por eso privados de los productos de aquel país? No por cierto. Siempre se hará el comercio de los géneros de la China, porque este comercio conviene a los chinos y a la nación que le hace. ¿Habría que pagar estos géneros a un precio extravagante? No se debe suponer así, cuando se ve que las tres cuartas partes de las naciones de Europa, sin enviar ni un solo buque a la China, están bien provistas de te, de sedas y de mahón a precios muy razonables. Hay otro argumento más generalmente aplicable, y de que se ha hecho uso con mejor éxito; a saber: Una compañía que compra sola en el país cuyo comercio exclusivo le está concedido, no establece en él concurrencia de compradores, y por consiguiente obtiene los géneros mas baratos. En primer lugar, no se habla con exactitud cuando se dice que el privilegio aleja toda concurrencia. Aleja en verdad la concurrencia de los compatriotas, que sería utilísima a la nación; pero no excluye del mismo comercio a las compañías privilegiadas ni a los negociantes libres de los demás Estados. En segundo lugar, hay muchos géneros cuyos precios no aumentarían en razón de la concurrencia que se afecta temer, y que en realidad es de poco momento. Si saliesen buques de Marsella, Burdeos y puerto Oriente para ir a comprar te a la China, no se ha de creer que los armadores de todos estos buques reunidos comprasen más te que el que puede consumir o vender la Francia, porque temerían mucho no poder deshacerse de él. No comprando pues para nosotros sino lo que se compra con el mismo objeto y destino por otros negociantes, no se aumentará el despacho del te en la China, ni escaseará allí más este género. Para que los negociantes franceses le pagasen más caro, sería necesario que se encareciese también para los chinos; y en un país donde se vende

cien veces más te que el que consumen todos los europeos juntos no subiría sensiblemente su precio por el aumento que le diesen algunos negociantes de Francia. Más aun cuando fuera cierto que hubiese en el Oriente algunas mercanc ías que pudiesen encarecerse por la concurrencia europea ¿por qué había de ser esto un motivo para invertir, con respecto a aquellas regiones solamente, las reglas que se siguen en todos los demás países? ¿Se da por ventura a una compañía el privilegio exc lusivo de ir a Alemania a comprar quincalla y mercería y revenderla entre nosotros para que la paguemos menos cara a los Alemanes? Si se observase con respecto al Oriente la misma conducta que con las demás naciones extranjeras, el precio de ciertas mercancías no estaría mucho tiempo sobre la tasa a que naturalmente deben llegar en Asia por los gastos de su producción, porque este precio subido excitaría a producirlas, y la concurrencia de los vendedores se pondría muy pronto a nivel con la de los compradores. Supongamos sin embargo que la ventaja de comprar barato fuese tan real como se pretende. En tal caso sería necesario por lo menos que participase la nación de esta baja de precio, y que los consumidores nacionales, pagasen menos caro lo que la compañía paga también menos caro. Pero sucede puntualmente todo lo contrario por la sencilla razón de que no estando la compañía realmente libre de competidores en sus compras, supuesto que los tiene en las demás naciones, se halla en entera libertad para sus ve ntas, porque sus compatriotas no pueden comprar sino de ella sola las mercancías que forman el objeto de su comercio, siendo excluidas por una prohibición las que pudieran traer de la misma especie los negociantes extranjeros. La compañía es árbitra en fijar los precios, sobre todo cuando cuida, como lo exige su propio interés, de no tener el mercado completamente surtido, o understocked, según la expresión de los Ingleses; de modo que siendo los pedidos algo superiores al surtido, la concurrencia de los compradores sostenga el precio de la mercancía 172 . Así, no solamente logran las compañías una ganancia usuraría a expensas del consumidor, sino que le obligan también a pagar los daños y los fraudes inevitables en una máquina tan grande, gobernada por directores y agentes sin número, esparcidos de un extremo a otro de la tierra. Sólo el comercio llamado por los Ingleses interlope173 y el contrabando pueden poner límites a los enormes abusos de las compañías privilegiadas, y considerados bajo este aspecto no dejan de traer utilidad. Ahora bien: esta ganancia, según se acaba de analizar ¿lo es para la nación que tiene una compañía privilegiada? De ningún modo, pues toda ella se cobra de esta nación: y el valor que paga el consumidor sobre el precio que tendría la mercancía en un comercio libre, no es ya un valor producido, sino un valor que regala el gobierno al comerciante a expensas del consumidor. Se me dirá quizá que por lo menos queda esta ganancia en el seno de la nación, y se gasta en ella. Muy bien; ¿pero quién es el que la gasta? No se tenga esta pregunta por intempestiva. Si un individuo de una familia se apoderase de la mayor parte de sus rentas,

se hiciese vestidos magníficos, y comiese regaladamente, ¿le oirían con gusto las demás personas de la misma familia si les dijese: ¿qué os importa que sea yo el que gaste o lo seáis vosotros? Al cabo, ¿no es la misma renta total la que se gasta? Luego es indiferente que se haga esto de un modo u de otro... Esta ganancia, a un mismo tiempo exclusiva y usuraria, daría inmensas riquezas a las compañías privilegiadas, si fuera posible que sus negocios estuviesen bien dirigidos; pero la codicia de los agentes, el largo tiempo que exigen las empresas, la distancia de los que han de dar cuentas, y la incapacidad de los interesados son otras tantas causas que están labrando continuamente su ruina. La actividad y la perspicacia del interés personal son todavía más necesarias en los asuntos delicados y de larga duración que en todos los demás. ¿Y qué vigilancia activa y perspicaz pueden ejercer unos accionistas que suelen ser en número de muchos centenares, y tienen casi todos que cuidar de intereses más apreciables para ellos?174 Tales son las consecuencias de los privilegios concedidos a las compañías de comercio; consecuencias necesarias que resultan de la naturaleza del sistema exclusivo, y que si bien pueden modificarse por ciertas circunstancias, es imposible llegar a destruirlas. Así, la compañía inglesa de las Indias no ha sido tan desgraciada como las tres o cuatro compañías francesas que se ha intentado establecer en diferentes épocas175 . Aquella compañía es al mismo tiempo soberana; y las soberanías más detestables pueden subsistir muchos siglos, como lo acredita la de los mamelucos en Egipto. Las industrias privilegiadas traen consigo algunos otros inconvenientes de orden inferior. Sucede muchas veces que un privilegio exclusivo ahuyenta y transporta al extranjero los capitales y la industria que sólo aspiraban a fijarse en el país. En los últimos tiempos del reinado de Luis XIV, no pudiendo sostenerse la compañía de las Indias a pesar de su privilegio exclusivo, cedió su ejercicio a algunos armadores de S. Maló, mediante una pequeña parte en las ganancias. Comenzaba a reanimarse este comercio bajo los auspicios de la libertad; y en el año 1714, época en que expiraba enteramente el privilegio de la compañía, habría adquirido toda la actividad que permitía la triste situación de la Francia; pero la compañía solicité y obtuvo que se prorrogase el privilegio, cuando algunos negociantes habían ya principiado a hacer expediciones por su cuenta. Un navío mercante de S. Maló, mandado por un Bretón llamado Lamerville, llegó a las costas de Francia, de vuelta de la India. Quiso entrar en el puerto, y se le dijo que no podía, porque aquel comercio no era ya libre, y habiéndose visto obligado a continuar su viaje hasta el primer puerto de la Bélgica, entró en Ostende, donde vendió su cargamento. Instruido el gobernador de la Bélgica de la inmensa ganancia que había tenido el capitán francés, le propuso que volviese a la India con buques que se aprestarían al efecto: hizo en consecuencia varios viajes por cuenta de diferentes individuos, y éste fue el origen de la compañía de Ostende176 . Hemos visto que los consumidores franceses no podían dejar de perder en este monopolio, y efectivamente perdieron en él. Pero a lo menos debía producir ganancias a los interesados. Lejos de eso, perdieron también, a pesar del monopolio del tabaco, el de las loterías, y otros que les concedió el gobierno 177 . «En fin, dice, Voltaire, sólo ha

quedado a los franceses en la India el sentimiento de haber expendido sumas inmensas para mantener una compañía que jamás ha tenido la menor ganancia, jamás ha pagado nada a los accionistas ni a sus acreedores, con el producto de su tráfico, ni ha subsistido en su administración indiana sino por medio de un latrocinio secreto178 . Puede justificarse el privilegio exclusivo de una compañía, cuando no hay otro medio de entablar un comercio enteramente nuevo con pueblos remotos o bárbaros. Entonces viene a ser una especie de privilegio de invención, cuya ventaja cubre los riesgos de una empresa arriesgada y los gastos de primera tentativa; y los consumidores no pueden quejarse de la carestía de los productos, los cuales serían sin aquel medio mucho más caros, pues no los tendrían absolutamente. Pero, a la manera que los privilegios de invención, no debe durar éste más que el tiempo necesario para indemnizar comp letamente a los empresarios de sus anticipaciones y de sus riesgos. Pasado este término, sería un donativo que se les haría gratuitamente a expensas de sus conciudadanos, que tienen por naturaleza el derecho de adquirir donde puedan, y al precio más bajo que les sea posible, los géneros que apetecen. Se pudieran hacer con corta diferencia acerca de las fábricas privilegiadas los mismos raciocinios que acerca de los privilegios relativos al comercio. La causa de que los gobiernos se muestren tan fáciles en adoptar este género de medidas es que, por una parte, se les presenta la ganancia sin detenerse a examinar cómo y por quién se paga; y por otra, que estas pretendidas ganancias pueden apreciarse bien o mal, con razón o sin ella, por medio de cálculos numéricos, al paso que los inconvenientes y pérdidas no pueden absolutamente sujetarte a cálculo, porque recaen sobre muchas partes del cuerpo social de un modo indirecto, general y complicado. Se ha dicho que en materias de Economía política era necesario refe rirse únicamente a los guarismos; pero al considerar que no hay operación detestable que no se haya sostenido y determinado por medio de cálculos aritméticos, creería yo más bien que son los guarismos los que acaban con los estados.

- IV De los reglamentos relativos al comercio de granos

Parece que unos principios tan generalmente aplicables deben ser con respecto a los granos lo que son con respecto a todas las demás mercancías. Pero el trigo, u el alimento, cualquiera que sea, que forma la parte principal del sustento de un pueblo, merece algunas consideraciones especiales. En todo país se multiplican los habitantes a proporción de las subsistencias. Los víveres abundantes y baratos facilitan la población: la escasez produce el efecto contrario179 ; pero ninguno de estos efectos puede ser tan rápido como la sucesión de las

cosechas. Una cosecha puede exceder en un quinto u quizá en un cuarto a la que se regula por mediana; y puede ser inferior a ella en la misma proporción; pero un país como la Francia, que tiene en este año treinta millones de habitantes, no puede tener treinta y seis en el próximo siguiente; y si hubiese de bajar a veinte y cuatro millones en el espacio de un año, no podría suceder esto sino a consecuencia de calamidades horrorosas. Es pues necesario, por una desgracia aneja a la naturaleza de las cosas que un país esté superabundantemente provisto en los años buenos, y que en los malos experimente una escasez mayor o menor. Por lo demás, este inconveniente es general en todos los objetos de su consumo; pero no siendo la mayor parte de una necesidad indispensable, la privación de ellos que se experimenta por cierto tiempo no equivale a la privación del sustento necesario. El precio subido de un producto que llega a faltar excita eficazmente al comercio a traerle de más lejos y a mayor coste; pero cuando un producto es indispensable, como el trigo: cuando el retardo de algunos días en su llegada es una calamidad: cuando es tan considerable el consumo de este producto, que no bastan para él los medios ordinarios de que puede disponer el comercio: cuando por su peso y volumen no se puede transportar de un paraje algo distante, sobre todo por tierra, sin triplicar o cuadruplicar su precio medio, entonces no sería acertado fiar enteramente esta provisión al cuidado de los particulares. Si el trigo ha de traerse de afuera, puede suceder que escasee y por consiguiente esté caro en los países mismos de donde se acostumbra extraerle; puede el gobierno de estos países prohibir su salida, y puede también ocurrir una guerra marítima que impida su llegada. No siendo este un género sin el cual se pueda pasar aun por pocos días, el menor retardo es una sentencia de muerte, a lo menos para una parte de la población. A fin de que la cantidad media de las provisiones fuese como la cosecha media, sería necesario que cada familia hiciesen en los años abundantes una provisión o reserva igual a lo que puede faltarle para sus necesidades en un año escaso. Pero esta precaución sólo puede esperarse de un número muy corto de particulares. La mayor parte tienen muy pocos medios (prescindiendo de su imprevisión) para anticipar, algunas veces por espacio de muchos años, el valor de su provisión; les faltaría sitio para conservarla, y les serviría de grande embarazo en los casos de mudanza. ¿Se puede fiar en los especuladores sobre el cuidado de hacer reservas a depósitos de granos? A primera vista parece que su propio interés debería bastar para determinarlos a ello; porque hay una diferencia muy notable entre el precio a que se puede comprar el trigo en un año abundante, y aquel a que se puede vender en tiempo de escasez. Pero estos momentos suelen estar separados por largos intervalos: semejantes operaciones no se repiten cuando se quiere, ni presentan una serie regular de negocios. El número y la magnitud de los almacenes, y la compra de granos obligan a hacer anticipaciones considerables que cuestan grandes intereses: las manipulaciones del trigo son numerosas, la conservación incierta, las infidelidades fáciles, y las violencias populares posibles. Todo esto se ha de pagar con unas ganancias que se repiten rara vez, y que por lo mismo es posible que no basten para determinar a los particulares a una clase de especulaciones que serían sin duda las más útiles, pues que están fundadas en unas compras que se hacen

cuando el productor tiene necesidad de vender, y en unas ventas que se verifican cuando, el consumidor halla difícilmente qué comprar. A falta de depósitos hechos por los consumidores mismos o por especuladores, y ya que como hemos visto, no se podría contar prudentemente con este recurso ¿sería imposible que los hiciese con buen éxito la administración pública que representa los intereses generales? No ignoro que en algunos países de corta extensión, y en gobiernos económicos como la Suiza, han producido los pósitos cuantas ventajas podían esperarse de este establecimiento; pero no los creo practicables en los estados grandes y cuando se trata de abastecer poblaciones numerosas; porque la anticipación del capital y los intereses que cuesta son un obstáculo para los gobiernos del mismo modo que para los especuladores, y aun mayor para aquellos, supuesto que los más no hallan quien les preste con iguales ventajas que a los particulares abonados. Tienen todavía contra sí otro inconveniente de más consideración, cual es el de haber de dirigir un asunto que por su naturaleza es comercial, y en que es necesario comprar, conservar y vender mercancías. Turgot probó muy bien en sus cartas sobre el comercio de granos que un gobierno no podría jamás hallarse servido con economía en esta clase de negocios, porque todo el mundo está interesado en abultar sus gastos, y nadie lo está en disminuirlos. ¿Quién puede asegurar que se ejecutará semejante operación de un modo conveniente, cuando ha de ser dirigida por una autoridad que no admite examen ni comprobación subsiguiente, y en que por lo común son dictadas las providencias por ministros, o por personas constituidas en dignidad, y nada versadas en la práctica de esta clase de negocios? ¿Quién puede asegurar que un terror pánico no obligará a echar mano de las provisiones antes del tiempo prescripto, u que una empresa política o una guerra no variará su destino? Parece que en general no se puede contar con las reservas o depósitos hechos en los años de abundancia para los de escasez, sino cuando se hacen y dirigen por compañías de negociantes que gocen de gran consistencia y dispongan de todos los medios ordinarios del comercio, y quieran encargarse de la compra, conservación y renovación de los granos, en virtud de reglas convencionales y mediante unas ventajas que les compensen los inconvenientes de la operación, la cual sería entonces segura y eficaz porque los contratantes darían garantías; y costaría menos al público que de cualquiera otro modo. Se pudiera tratar con diversas compañías por lo tocante a las ciudades principales, y hallándose éstas provistas en los tiempos de escasez por medio de los depósitos de granos, dejarían de hacer compras en las campiñas y de disminuir por consiguiente las provisiones que estas necesitan. Por lo demás, las reservas y los pósitos no son más que unos medios subsidiarios de provisión, y sólo para los tiempos de escasez. Las mejores provisiones y las más considerables son siempre las del más libre comercio. Este consiste principalmente en llevar el grano desde las casas de labor a los principales mercados; y después, en transportarle, pero en cantidades mucho menores, desde las provincias en que abunda a aquellas en que escasea, como también en exportarle cuando está barato, y en importarle cuando está caro.

La ignorancia popular ha mirado siempre con horror a los que se dedican al comercio de granos; y los gobiernos se han declarado con demasiada frecuencia a favor de las preocupaciones y de los terrores populares. Los principales cargos que se han hecho a los comerciantes en trigo se reducen a que estancan este género para subir su precio, o a que por lo menos logran en la compra y venta unas ganancias que no son más que una contribución gratuita impuesta al productor y al consumidor. En primer lugar, ¿se ha formado una idea clara de lo que se entiende por estanco u monopolio de granos? ¿Se dará por ventura este nombre a las reservas que se hacen en los años abundantes y cuando el grano está barato? Pero hemos visto que no hay operaciones más favorables que estas, y que aun son el único medio de acomodar una producción necesariamente desigual a unas necesidades constantes. Los grandes depósitos de granos comprados a bajo precio son los que deben tranquilizar al público, y así no sólo merecen la protección, sino también el estímulo del gobierno. ¿Se entiende por estanco u monopolio de granos los almacenes formados cuando el trigo empieza a escasear y encarecerse, los cuales hacen que escasee y se encarezca más? En efecto, como estos no aumentan los recursos de un año a expensas de otro en que había habido un sobrante, no tienen la misma utilidad, y obligan a pagar un servicio que no hacen; pero, yo no creo que esta maniobra ejecutada con los granos haya producido jamás efectos muy funestos. El trigo es uno de los géneros que se producen más generalmente; y para poder disponer de su precio y fijarle como se quiera, sería necesario privar a muchísimas gentes de la posibilidad de vender, tener inteligencias en un espacio demasiado vasto, y valerse de un crecidísimo número de agentes. Es además uno de los géneros más pesados y más embarazosos con relación a su precio, y cuyo acarreo y almacenaje son por consecuencia más difíciles y de mayor coste. No se puede reunir una porción de trigo de algún valor en cualquier lugar que sea, sin que lo sepan una multitud de personas180 . En fin, es un género expuesto a echarse a perder; un género que no se puede conservar todo el tiempo que se quiere, y que en las ventas que es preciso hacer de él se expone a pérdidas enormes, cuando se especula en grandes cantidades. Son pues difíciles y por consiguiente poco temibles los acopios por especulación. Los peores y los más inevitables se componen de aquella multitud de reservas de precaución que hacen todos en su casa cuando amenaza la escasez. Unos guardan por exceso de precaución, algo más de lo que bastaría para su consumo: los arrendadores, los propietarios, cultivadores, los molineros y panaderos, gentes que por su profesión están autorizadas para tener algún repuesto de granos, se lisonjean con la esperanza de ganar, deshaciéndose más tarde de su sobrante, y hacen que sea éste algo mayor que en tiempos regulares; de suerte que este gran número de acopios pequeños forma, por razón de su multitud, una masa superior a la de todos los que puede reunir los especuladores. Pero ¿qué se diría, si estos cálculos, por más reprehensibles que sean, produjesen todavía alguna utilidad? Cuando el trigo no esta caro, se consume en mayor cantidad, se prodiga, y aun se da a los animales. El temor de una escasez que esta todavía remota o una subida de precio no muy considerable, no contienen tan pronto esta prodigalidad. Si entonces los que tienen granos almacenados, los guardan más y más, esta carestía

anticipada obliga a todo el mundo a estar sobre aviso, y particularmente los pequeños consumidores que reunidos, son los que hacen el mayor consumo, encuentran en esto motivos de ahorro y de frugalidad. Nada se desperdicia de un alimento que va subiendo de precio, y además se procura reemplazarle con otras substancias alimenticias; de modo que la codicia de unos reemplaza la prudencia que falta a otros; y finalmente, cuando llegan a venderse los granos reservados, la oferta que de ellos se hace, modera en beneficio del consumidor el precio general de este producto. En cuanto al pretendido tributo que el negociante en granos impone al productor y al consumidor, es éste un cargo que suele hacerse con igual injusticia a cualquiera otra especie de comercio; y ciertamente sería fundado, si pudieran ponerse los productos en manos de los consumidores sin ninguna anticipación de fondos, sin almacenes, sin cuidado, sin combinaciones ni dificultades. Pero estas dificultades son efectivas, y nadie puede vencerlas a menos costa que el que lo tiene por oficio. Observe un legislador a los mercaderes grandes y pequeños, y los verá en continuo movimiento, corriendo el país para ver dónde pueden comprar barato, para averiguar dónde hace falta algún género, restableciendo con su concurrencia los precios en los parajes en que son demasiado bajos para la producción, y en aquellos en que on demasiado altos para la comodidad del consumidor. ¿Y de quién pudiera esperarse esta útil actividad? ¿Del cultivador, del consumidor o del gobierno? Ábranse comunicaciones fáciles, y sobre todo canales de navegación, únicas comunicaciones que pueden convenir a los géneros pesados y embarazosos; dese entera seguridad a los traficantes, y déjeseles el cuidado de lo demás. Ellos no harán que sea copiosa una cosecha escasa; pero repartirán siempre lo que puede repartirse, del modo más favorable a las necesidades y a la producción. Sin duda dijo por esto Smith, que después de la industria del cultivador ninguna es más favorable a la producción de granos que la de los comerciantes de este género. De las falsas ideas que se han formado acerca de la producción y del comercio de víveres han nacido un tropel de leyes, de reglamentos, de ordenanzas ruinosas, contradictorias, dadas en todos los países según lo exigían las necesidades momentáneas y solicitadas frecuentemente por la gritería del pueblo. El desprecio y el peligro que con este motivo recayeron sobre lo especuladores en granos, han puesto más de una vez este comercio en manos de los fabricantes de ínfima clase, tanto por sus sentimientos como por sus facultades, resultando de aquí lo que sucede siempre, esto es, que se ha hecho el mismo tráfico, pero obscuramente y de un modo mucho más gravoso, porque las gentes a quienes se abandonaba esta industria habían de tratar de indemnizarse de los inconvenientes y riesgos que lleva consigo. Cuando se ha puesto tasa al precio de los granos, el efecto de esta providencia ha sido que se oculten y desaparezcan. Se mandaba después a los arrendadores que los llevasen al mercado; se prohibía venderlos en las casas, y todas estas violaciones de la propiedad, acompañadas, como se deja entender, de pesquisas inquisitoriales, de violencias e injusticias proporcionaban siempre unos recursos miserables. En materias de administración, del mismo modo que en las de moral, no consiste la habilidad en querer

que se haga, sino en hacer que se quiera. Jamás se proveen de géneros los mercados por medio de gendarmes y esbirros181 . El gobierno que quiere abastecer con sus compras, nunca consigue subvenir a las necesidades del país, y ahuyenta las provisiones que hubiera proporcionado el libre comercio. Ningún negociante está dispuesto, como el gobierno, a comerciar para perder. Durante la escasez que hubo en 1775 en varias provincias de Francia, la municipalidad de León y algunas otras, con el objeto de atender a las necesidades de sus administrados, compraban trigo en las campiñas, y volvían a venderle con pérdida en la ciudad; y obtuvieron al mismo tiempo, para pagar los gastos de esta operación, un aumento en los derechos de entrada que pagaban los géneros. Aumentó la escasez y debía suceder así, pues sobre no ofrecerse a los tratantes más que un mercado en que se vendían los géneros por menos de su valor, se les hacía pagar un multa cuando los llevaban a él182 . Cuanto más necesario es un género, tanto menos conviene que su precio sea inferior a su tasa natural. Un encarecimiento accidental del trigo es sin duda una circunstancia sensible, pero que depende de causas que ordinariamente no pueden alejarse con las fuerzas humanas183 ; y no es justo que el hombre añada otra desgracia a ésta, haciendo leyes malas porque ha tenido una mala cosecha, o un tiempo poco favorable para las labores del campo. No es más feliz el gobierno en el comercio de importación que en el comercio interior. A pesar de los enormes sacrificios hechos en 1816 y 1817 por el cuerpo municipal de París para abastecer esta capital con compras hechas en el extranjero, el consumidor pagó el pan a un precio exorbitante, se le engañó siempre en el peso, se le dio pan de malísima calidad y por último llegó a faltar184 . Nada diré de las primas o premios de importación, supuesto que la mejor de todas es el precio subido que se ofrece por el trigo y la harina en los países donde escasean: y si esta prima de 200, o 300 por ciento no basta para excitar al transporte; no creo que ningún gobierno pueda ofrecer otras que sean capaces de estimular a los importadores. Estarían los pueblos menos expuestos a la escasez, si usasen de más variedad en sus manjares. Cuando un solo producto forma la parte principal del sustento de un pueblo, es este infeliz luego que llega a faltar aquel producto. Esto es lo que sucede siempre que escasea el trigo en Francia, o el arroz en el Indostán. Pero cuando el pueblo se sirve de varias substancias para alimentarse, como la vaca y el carnero, las aves caseras, las legumbres, raíces, frutas, pesca, según las localidades, está más segura su subsistencia, porque es difícil que falten a un mismo tiempo todos estos géneros185 . Serían más raras las escaseces, si se extendiese y perfeccionase el arte de conservar sin mucho gasto los alimentos que abundan en ciertas estaciones y en ciertos lugares, como los peces; pues lo que sobra en estas ocasiones, serviría en otras en que hace falta. Una libertad muy grande en las relaciones marítimas de las naciones proporcionarían sin

mucho gasto a las que ocupan latitudes templadas los frutos que concede la naturaleza con tanta profusión a la Zona tórrida186 . Yo no sé hasta qué punto sería posible conservar y transportar las bananas: ¿pero no se ha halado este medio para el azúcar que reducido a diferentes formas presenta un alimento agradable y sano, y se produce con tal abundancia en toda la tierra hasta el grado 38 de latitud, que a no ser por nuestras malas leyes podríamos tenerle comúnmente, a pesar de los gastos del comercio, mucho más barato que la carne, y al mismo precio que muchas de nuestras frutas y legumbres?187 Volviendo al comercio de granos, no quisiera yo que fundándose en lo que he dicho acerca de las ventajas de la libertad, se intentase aplicarla sin medida a todos los casos. Nada es más peligroso que un sistema absoluto, sostenido con demasiada rigidez, sobre todo cuando se trata de aplicarle a las necesidades y a los errores del hombre. Lo mejor es dirigirse siempre a los principios que están reconocidos por buenos, y hacer que se adopten por medios cuya acción obre insensiblemente, y por lo mismo de un modo más infalible. Cuando el precio de los granos llega a exceder de cierta tasa fijada de antemano, ha producido buenos efectos el prohibir su exportación, o a lo menos el sujetarla a un derecho algo subido; porque vale más que los que están determinados a hacer el contrabando, paguen la prima de seguridad al estado que a los aseguradores. Hasta ahora se ha considerado, en este párrafo, la excesiva carestía de los granos como el único inconveniente que debía temerse; pero en 1815 temió la Inglaterra que bajase demasiado su precio a causa de la introducción de los granos extranjeros. La producción de granos, como cualquiera otra, es más dispendiosa entre los ingleses que en los pueblos vecinos, por muchas razones que es inútil examinar aquí, y principalmente por la enormidad de los impuestos. Por medio del comercio podían venderse en Inglaterra los granos extranjeros por las dos terceras partes del precio a que venían a salir al cultivador productor. ¿Convendría dejar libre la importación; y exponiendo al cultivador a que perdiese por sostener la concurrencia de los importadores de trigo, imposibilitarle para pagar el arrendamiento y los impuestos, y poner la Inglaterra, por lo tocante a su sustento, a discreción de los extranjeros, y quizá de sus enemigos? O prohibiendo, los granos extranjeros ¿se había de dar una prima a los arrendadores a expensas de los consumidores, aumentar con respecto al obrero la dificultad de subsistir, y con el precio subido de los géneros de primera necesidad, encarecer también todos los productos manufacturados de Inglaterra, y quitarles la posibilidad de sostener la concurrencia con los del extranjero? Esta cuestión ha dado lugar a grandes contiendas, así en las asambleas deliberantes, como en varios impresos; y estas contiendas en que tenían razón los dos partidos opuestos, prueban, entre paréntesis, que el vicio principal estaba fuera de la cuestión: quiero decir, en el influjo excesivo que pretende tener la Inglaterra en la política del globo, y que la obliga hacer esfuerzos desproporcionados a la extensión de su territorio. Como quiera que sea, estas discusiones sostenidas por una y otra parte con grandes conocimientos y mucha capacidad, han cont ribuido a poner más en claro los efectos de la intervención del gobierno en las provisiones, y han sido quizá favorables al sistema de libertad.

En efecto ¿cual es la reflexión más poderosa que hacían los partidarios de la prohibición de los granos extranjeros? Que era necesario fomentar el cultivo del país, aun cuando fuese a expensas de los consumidores, para que no pudiese ser hambreado por los extranjeros: y se señalaban dos casos en que era principalmente de temer este riesgo: primero, el de una guerra en que una potencia preponderante pudiese impedir la importación cuando esta fuese necesaria; y segundo aquel en que se experimentase escasez aun en los países de mucho trigo, y retuviesen estos sus propias cosechas para su subsistencia 188 . Respondíase a esto, que llegando a ser la Inglaterra un país que importase granos con regularidad y constancia, se acostumbrarían otros muchos países a vendérsele; lo cual favorecería y extendería el cultivo del trigo candeal en ciertos parajes de Polonia, de España, de Berbería, o de la América septentrional; que entonces estos países no podrían menos de vender, así como la Inglaterra no podría menos de comprar; que Bonaparte mismo, el más furioso enemigo de esta nación, le había enviado trigo, durante la mayor fuerza de las hostilidades para recibir de ella dinero; que jamás falta la cosecha a un mismo tiempo en muchos países que están a largas distancias; y que un gran comercio de granos, bien establecido, obliga a hacer provisiones de antemano, y a formar depósitos considerables que alejarían, más que ninguna otra causa, la posibilidad de la escasez, de modo que se puede afirmar con buenas razones, y por la experiencia de Holanda y de algunos otros estados, que aquellos en que no se coge trigo son precisamente los que nunca están expuestos a escaseces, ni aun a carestías muy considerables189 . Sin embargo, es preciso confesar que hay graves inconvenientes en arruinar el cultivo, de los cereales aun en los países en que son fáciles las provisiones por medio del comercio. El alimento es la primera necesidad de los pueblos, y no es prudencia reducirse a traerle de parajes demasiado distantes. Convengo en que son incómodas las leyes que prohíben la entrada de granos para proteger los intereses del arrendador a expensas de los fabricantes; pero los impuestos excesivos, los empréstitos, una diplomacia, una corte, y ejércitos ruinosos son también circunstancias incómodas, y más gravosas al cultivador que al fabricante. Es necesario restablecer por medio de un abuso el equilibrio natural destruido por otros abusos; de lo contrario todos los labradores se convertirían en artesanos, y llegaría a ser demasiado precaria la existencia del cuerpo social.

Capítulo XVIII Si el gobie rno aumenta la riqueza nacional, haciéndose él mismo productor

Una empresa industrial, cualquiera que sea, causa pérdidas, cuando los valores consumidos en la producción exceden al valor de los productos190 . Estas pérdidas, ya las sufran los particulares o el gobierno, son reales y efectivas para la nación; son un valor que hay de menos en el país. En vano se pretendería que mientras pierde el gobierno, ganan los agentes, los hombres industriosos y los obreros que emplea. Si la empresa no se sostiene por sí misma, no paga su coste: las sumas que produce no igualan a las que se invierten en ella; y pagan la diferencia los que suministran para los gastos de los gobiernos, esto es, los contribuyentes191 . La fábrica de tapices de los Gobelinos, sostenida por el gobierno de Francia, consume lanas, sedas y tintes, como también la renta del local y la manutención de los obreros: cosas que deberían ser reembolsadas con sus productos, y que están muy lejos de serlo. Así pues, en vez de ser aquella fábrica un manantial de riquezas, no digo para el gobierno, el cual sabe muy bien que pierde en ella, sino para la nación entera, es para ésta una causa siempre subsistente de pérdida, supuesto que pierde anualmente todo el valor en que los consumos de la fábrica, inclusos los sueldos, que son también un verdadero consumo, exceden a sus productos. Lo mismo se puede decir de la fábrica de China de Sevres, y creo que de todas las que corren por cuenta de los gobiernos192 . Se asegura que es necesario este sacrificio, porque suministra al gobierno un medio de hacer regalos y de adornar sus palacios. No es éste el lugar oportuno para examinar hasta qué punto está mejor gobernada una nación cuando hace regalos y cuando adorna sus palacios. Pase, pues que así se quiere, que sean necesarios estos regalos y adornos; pero en tal caso no conviene que una nación añada a los sacrificios que exige su magnificencia y liberalidad, las pérdidas que ocasiona el uso mal combinado de sus medios. Más útil le será comprar buenamente lo que juzgue que debe dar: con lo que, sacrificando menos dinero, es probable que logre productos igualmente preciosos, porque los particulares fabrican a menos costa que el gobierno. Los esfuerzos del Estado para crear productos tienen otro inconveniente, que es el de perjudicar a la industria de los particulares, no de aquellos que tratan con él, y toman sus medidas para no perder nada, sino de los que son competidores suyos. El estado es un agricultor, un cultivador, un negociante que tiene demasiado dinero a su disposición, y cuida muy poco de sus propios intereses. Puede consentir en vender un producto por menos de lo que cuesta: puede también consumir, producir y acopiar en poco tiempo tal cantidad de productos que se desordene violentamente la proporción natural de los precios de las cosas; y toda mutación repentina de precios es funesta. El productor funda sus cálculos en el valor presumible de los productos luego que estén acabados, y nada le desanima tanto como una variación que deja burlados todos los cálculos. Las pérdidas que experimente serán tan poco merecidas como las ganancias extraordinarias que puedan resultarle de semejantes variaciones. Si tiene ganancias, serán estas un nuevo gravamen para los consumidores.

No ignoro que hay empresas que no puede menos de administrar el gobierno por sí mismo, pues no puede fiar a los particulares el cuidado de construir sus navíos, ni quizá el de fabricar la pólvora, sin embargo de que en Francia se hacen los cañones, los fusiles, los carros y cajones por empresarios particulares, sin que pruebe mal este método, que acaso podría hacerse más extensivo supuesto que el gobierno no puede obrar por sí solo, sino que necesita valerse de personas intermedias, las cuales tienen otros intereses que les llaman más la atención. Si por una consecuencia de su posición poco favorable, es casi siempre engañado en las contratas que hace, no debe multiplicar las ocasiones de serlo, haciéndose empresario, esto es, abrazando una profesión que multiplica infinito las ocasiones de contratar con los particulares. Si el gobierno es mal productor por sí mismo, puede a lo menos favorecer eficazmente la producción de los particulares por medio de establecimientos públicos bien ideados, ejecutados y conservados, y particularmente con los caminos, canales y puertos. Los medios de comunicación favorecen la producción precisamente del mismo modo que las máquinas que multiplican los productos de nuestras fábricas y abrevian su producción; porque proporcionan el mismo producto a menos costa, lo que equivale exactamente a un producto mayor obtenido con el mismo gasto. Aplicado este cálculo a la inmensa cantidad de mercancías, que cubren los caminos de un imperio populoso y rico, desde las legumbres que se llevan al mercado hasta los productos de todos los puntos del globo, que desembarcando en los puertos se difunden después por la superficie de un continente; este cálculo, digo, si pudiera ejecutarse, daría por resultado una economía casi inapreciable en los gastos de producción. La facilidad de las comunicaciones equivale a la riqueza natural y gratuita que se halla en un producto, cuando esta facilidad recae sobre los que habrían de renunciarse enteramente o perderse, si no fuera por ella. Supongamos que hay medios de transportar desde el monte hasta la llanura algunos árboles muy hermosos que se pierden en ciertos parajes escarpados de los Alpes y Pirineos: desde este momento se adquiere la utilidad total de las maderas que ahora se pudren en el lugar en que caen, y resulta un aumento de renta para el propietario del terreno y para el consumidor de su madera. Las academias, las bibliotecas, las escuelas públicas, los museos, fundados por gobiernos ilustrados, contribuyen a la producción de las riquezas, descubriendo nuevas verdades, propagando las que ya se conocen, y dirigiendo de este modo a los que traten de emprender obras de industria, en las aplicaciones que pueden hacerse de los conocimientos del hombre a sus necesidades193 . Lo mismo se puede decir de los viajes que se emprenden a expensas del público, cuyos resultados son tanto más brillantes cuanto en nuestros días son por lo común hombres de un mérito muy distinguido, los que se dedican a esta clase de investigaciones. Nótese que no se deben condenar los sacrificios que se hacen para extender los límites de los conocimientos humanos, o sólo para conservar su depósito, aun cuando se refieran a aquellos cuya utilidad inmediata no se descubre. Todos los conocimientos humanos están enlazados; y es necesario que una ciencia puramente especulativa haga

progresos, para que otra que ha dado motivo a las más felices aplicaciones los haga igualmente. Por otra parte, es imposible preveer hasta qué punto puede llegar a ser útil un fenómeno que parece objeto de mera curiosidad. Cuando el holandés Otto Guericke sacó las primeras chispas eléctricas ¿se hubiera podido sospechar que abrirían el camino a Franklin para dirigir el rayo y preservar de él nuestros edificios, empresa que parecía, tan superior a los esfuerzos del poder humano? Pero entre todos los medios que tienen los gobiernos para favorecer la producción, el más eficaz es el de cuidar de la seguridad de las personas y de las propiedades, sobre todo cuando las defienden aun de los tiros del poder arbitrario 194 . Los beneficios que con esta sola protección recibe la prosperidad general exceden a los males que le han hecho todas las trabas inventadas hasta ahora. Las trabas comprimen el vuelo de la producción; pero la falta de seguridad la suprime enteramente. Basta, para convencerse de ello, comparar los estados sujetos a la dominación otomana con los de nuestra Europa occidental. Mírese casi toda el África, la Arabia, la Persia, esa Asia menor, cubierta en otros tiempos de ciudades tan florecientes, de las cuales, según la expresión de Montesquieu, sólo quedan vestigios en Estrabón. Allí roban los salteadores y los Bajás: de allí han huido la riqueza y la población; y los pocos hombres que quedan están destituidos de todo. Al contrario, fíjese la vista en Europa, y se advertirá que aunque está muy lejos de ser tan floreciente como llegará a serlo, prosperan en ella casi todos los estados a pesar de que gimen bajo un tropel de reglamentos e impuestos, debiéndose únicamente esta ventaja a que sus habitantes viven por lo común libres de los ultrajes personales y de los despojos arbitrarios. Me he olvidado de hablar de otro medio por el cual puede un gobierno contribuir a aumentar momentáneamente las riquezas de su país, y consiste en despojar a las demás naciones de sus propiedades muebles para llevarlas a la suya, como también en imponerles enormes tributos para despojarlas de los bienes que están todavía por nacer, que es lo que hicieron los Romanos en los últimos tiempos de la república y durante el mando de los primeros Emperadores. Este sistema es análogo al que siguen las gentes que abusan de su poder y maña para enriquecerse. Estos tales no producen, sino que roban los productos de los demás. Hago mención de este medio de acrecentar las riquezas de una nación, por abrazarlos todos, pero sin pretender que sea el más honroso ni aun el más seguro. Si los Romanos hubieran seguido con la misma perseverancia otro sistema; si hubiesen tratado de difundir la civilización entre los bárbaros y de establecer con ellos relaciones de que hubieran resultado necesidades reciprocas, es probable que subsistiría aún el poder romano.

Capítulo XIX De las Colonias y de sus productos

Las colonias son unos establecimientos formados en países lejanos por una nación más antigua a que se da el nombre de metrópoli. Cuando esta nación quiere extender sus relaciones en un país populoso ya civilizado, y cuya conquista ofrecen grandes dificultades, se limita a establecer en él una factoría o un lugar de contratación, donde trafican sus factores conforme a las leyes de país, como lo han ejecutado los Europeos en el Japón y en la China. Cuando las colonias sacuden la autoridad del gobierno de la metrópoli, dejan de llamarse colonias, y se hacen estados independientes. Una nación funda ordinariamente colonias cuando su población numerosa se halla demasiado reducida y estrecha en su antiguo territorio, y cuando la persecución obliga a salir de él a ciertas clases de habitantes. Parece que fueron éstas las únicas causas que movieron a los pueblos antiguos a fundar colonias, pero los modernos han tenido además otros motivos para establecerlas. El arte de la navegación, perfeccionado por ellos, les ha enseñado nuevos rumbos, y descubierto países desconocidos: han pasado a otro hemisferio y a climas habitados por gentes bárbaras e insociables, no para fijarse en ellos y destinarlos por morada a su posteridad, sino para recoger sus géneros preciosos, y llevar a su patria los frutos de una producción precipitada y considerable. Conviene observar estos diversos motivos, porque de ellos nacen dos sistemas coloniales muy diferentes en sus efectos. Pudiera llamarse el primero Sistema colonial de los antiguos, y el segundo Sistema colonial de los modernos, aunque entre estos últimos naya habido colonias fundadas por los mismos principios, especialmente en la América septentrional. La producción en las colonias formadas según el sistema de los antiguos no es muy grande al principio; pero se aumenta con rapidez. No se elige comúnmente por patria adoptiva sino aquella cuyo terreno es fértil, el clima favorable o la situación conveniente para el comercio; prefiriéndose por punto general los países del todo nuevos, ya sea que estuviesen antes enteramente inhabitados, o que sólo tuviesen por habitantes algunas tribus groseras, y de consiguiente poco numerosas e incapaces de agotar las facultades productivas del terreno. Las familias educadas en un país civilizado, que van a establecerse en otro nuevo, llevan a él los conocimientos teóricos y prácticos, que son uno de los principales elementos de la industria; llevan el hábito del trabajo, por cuyo medio se ponen en ejercicio estas facultades, y el hábito de la subordinación, tan necesaria para conservar el orden social: llevan también algunos capitales, no en dinero sino en herramientas y en varias provisiones; y en fin no dividen con ningún propietario los frutos de un terreno virgen, cuya extensión excede por mucho tiempo a lo que pueden cultivar. A estas causas

de prosperidad se debe añadir la que acaso es mayor que todas, esto es, el deseo que tienen todos los hombres de mejorar su suerte y de pasar del modo más feliz el género de vida que han abrazado definitivamente. Por rápido que haya parecido el acrecentamiento de los productos en todas las colonias fundadas conforme a este principio, habría sido más no table, si los colonos hubiesen llevado consigo grandes capitales; pero va hemos observado que no son las familias favorecidas de la fortuna las que expatrían. En efecto, rara vez se ve que los hombres que se hallan en estado de disponer de un capital suficiente para vivir con algún regalo en su país natal donde pasaron los años de su infancia que tan hermoso le hacen a sus ojos, renuncien sus hábitos, sus amigos y parientes, para correr la suerte siempre incierta, y sufrir los rigores siempre inevitables de un nuevo establecimiento. He aquí por qué las colonias carecen de capitales en sus principios, y una de las razones de que sea en ellas tan subido el interés del dinero. A la verdad se forman allí más pronto los capitales que en los estados civilizados desde tiempos antiguos. Parece que al retirarse de su país natal, dejan en él los colonos parte de sus vicios: se desprenden de toda idea de fausto, de ese fausto que tan caro, cuesta en Europa, y sirve tan poco. En las regiones adonde van, es necesario no estimar sino las cualidades útiles, y no se consume más de lo que exigen las necesidades razonables, que se sacian con más facilidad que las facticias. Tienen pocas ciudades, y sobre todo no las tienen grandes; la vida agrícola, que por lo común se ven obligados a abrazar, es la más económica de todas; y en fin su industria es proporcionalmente la más productiva, y la que exige muchos capitales. El gobierno de la colonia participa de las cualidades que distinguen a los particulares: se ocupa en lo que le incumbe, disipa muy poco, no trata de inquietar a nadie, por lo que son moderadas las contribuciones, o tal vez no existen; y tomando poco u nada de las rentas de los administrados, les facilita medios de multiplicar sus ahorros, los cuales se convierten en capitales productivos. De este modo, con pocos capitales primitivos o llevados de la metrópoli, exceden prontamente los productos anuales de las colonias a sus consumos. De aquí el acrecentamiento rápido de riquezas y de población que se advierte en ellas; porque al paso que se forman capitales, se busca el trabajo industrial del hombre, y ya se sabe que los hombres nacen donde quiera que hay necesidad de ellos195 . Ahora se puede comprehender por que son tan rápidos los progresos de estas colonias. Entre los antiguos, parece que Efeso y Mileto, en el Asia menor, Tarento y Crotona en Italia, Siracusa y Agrigento en Sicilia sobrepujaron en poco tiempo a sus metrópolis. Las colonias inglesas de la América septentrional que en nuestros tiempos modernos son las que más se asemejan a las de los Griegos, han ofrecido un espectáculo quizá no tan brillante, pero no menos digno de notarse, y que no está todavía concluido. Es de esencia de las colonias formadas sobre este principio, esto es, sin proyectos de volver a la antigua patria, el constituirse en un gobierno independiente de su

metrópoli: y cuando esta. conserva la pretensión de darles leyes, se le opone una resistencia que naturalmente llega a vencer tarde o temprano, y hace lo que la justicia y el interés bien entendido aconsejaban que se hiciese desde el principio. Paso a tratar de las colonias formadas según el sistema colonial de los modernos. Los que las fundaron, fueron por la mayor parte aventureros que no buscaron una patria adoptiva, sino riquezas que pudiesen llevar a su antiguo país para gozar de ellas196 . Los primeros hallaron por una parte en las Antillas, en México, en el Perú, y después en el Brasil, y pot otra en las Indias orientales, con que saciar su codicia, a pesar de que era bien grande. Después de agotar los recursos acumulados por los indígenas, se vieron obligados a recurrir a la industria para beneficiar las minas de aquellos nuevos países y aprovecharse de las riquezas no menos preciosas de su agricultura. Reemplazáronlos otros colonos que por la mayor parte conservaron más o menos el ánimo de regresar, y el deseo, no de vivir cómodamente en sus tierras y de dejar en ellas, cuando muriesen, una familia feliz y una reputación libre de toda mancha, sino el deseo de ganar mucho para ir a gozar en otras partes de sus inmenso provechos. Este motivo introdujo medios violentos de beneficiar las minas y las tierras, siendo la esclavitud el primero de los de esta clase. ¿Cuál es el efecto de la esclavitud relativamente a la producción? ¿Es menos costoso el servicio productivo del esclavo que el del hombre libre? Esta es una de las cuestiones a que dan lugar las colonias modernas, consideradas en sus relaciones con la multiplicación de las riquezas. Steuart, Turgot y Smith están de acuerdo en que el trabajo del esclavo sale más caro, y produce menos que el del hombre libre. Se fundan en que toda persona que no trabaja ni consume por su cuenta, trabaja lo menos y consume lo más que puede, en que no tiene ningún interés en dedicarse a su trabajo con la inteligencia y esmero necesario para asegurar su buen éxito; en que la fatiga excesiva con que se le abruma, le abrevia la vida, y ocasiona reemplazos costosos; y por último, en que el trabajador libre tiene el cuidado de mantenerse a sí mismo, al paso que el señor debe cuidar de mantener al esclavo; y siendo imposible que el señor ejecute ésta con tanta economía como el trabajador libre, debe salirle más caro el servicio del esclavo 197 . Los que piensan que el trabajo del esclavo es menos costoso que el del hombre libre, hacen un cálculo análogo al que sigue. La manutención anual de un negro de las Antillas no pasa de 300 francos en las haciendas donde se les trata con más humanidad. Añádase a esto el interés del precio de su compra, y supóngase de diez por ciento, porque es vitalicio. Siendo el precio de un negro ordinario 2000 fr. con corta diferencia, será el interés de 200 fr. A lo sumo. Así, se puede calcular que cada negro cuesta anualmente a su señor 500 francos. Pero el trabajo de un hombre libre sale más caro en el mismo país, supuesto que los jornales se pagan allí de cinco a seis o siete francos, y algunas veces a mayor precio. Tomemos el término medio de seis francos, no contemos más de

trescientos días de trabajo al año, y resultará que sus salarios anuales ascienden a la suma de 1800 francos, en lugar de 500198 . Es fácil comprender que el consumo del esclavo ha de ser menor que el del obrero libre. Poco le interesa a su señor que goce de la vida: lo que le importa es que la conserve. Toda la guardarropa de un negro está reducida a un pantalón y a un chaleco; su habitación es una choza sin ningún mueble; su alimenta la yuca, a la cual añaden de cuando en cuando los señores más humanos un poco de bacalao. Una población de obreros libres, considerada en general, tiene que mantener mujeres, niños y enfermos; y los lazos del parentesco, de la amistad, del amor, y del agradecimiento multiplican en ella los consumos. Entre los esclavos, las fatigas del hombre de edad madura eximen frecuentemente al dueño de una hacienda de la necesidad de mantener al anciano. Las mujeres y los niños gozan muy poco del privilegio de su flaqueza; y la dulce inclinación que reúne los sexos está sujeta a los cálculos de un señor. ¿Cuál es el motivo que contrapesa en todos los hombres el deseo que los impele a satisfacer sus necesidades y sus gustos? Sin duda es el deseo de economizar sus recursos. Las necesidades convidan a extender el consumo; la economía procura reducirle: y cuando obran estos dos motivos en una misma persona, es claro que el uno puede servir de contrapeso al otro. Pero, entre el señor y el esclavo debe inclinarse necesariamente la balanza al lado de la economía: las necesidades y los deseos están de parte del más débil, y las razones de economía de parte del más fuerte. Por eso era sabido en Santo Domingo que el producto neto de una plantación reintegraba en seis años el precio de su compra, al paso que en Europa este producto neto no es apenas más que el 25.º a el 30.º del precio de la compra de una tierra, y algunas veces no tanto. Smith refiere en otra parte que los colonos de las islas inglesas convienen en que el ron y el melote bastan para cubrir todos los gastos de un ingenio y que el azúcar es ganancia liquida: lo cual, dice, es lo mismo que si nuestros arrendadores de Europa pagasen sus gastos y arrendamientos con la paja sola, y les quedase de ganancia neta todo el grano. Dígaseme si hay muchos modos de emplear capitales que produzcan semejantes utilidades. Pero estas utilidades mismas ¿qué es lo que prueban? Que si no es caro el trabajo del esclavo lo es prodigiosamente la industria del señor. El consumidor nada gana en esto, pues los productos no se dan mas baratos. Lo que resulta de aquí es que un productor se enriquece a expensas de otro; o por mejor decir, lo que resulta es un sistema vicioso de producción que se opone a los progresos más brillantes de la industria. Un escavo es un ser depravado, y no lo es menos su señor; ni uno ni otro pueden llegar a ser completamente industriosos; y depravan al hombre libre que no tiene esclavos. No puede mirarse con estimación el trabajo en un país donde es una afrenta; ni se puede sostener sino con cierto aparato de indolencia y de ociosidad aquella supremacía forzada y contraria a la naturaleza, que es el fundamento de la esclavitud. La inacción del espíritu es una consecuencia de la del cuerpo; y cuando se tiene el látigo en la mano está por demás la inteligencia. Algunos viajeros, dignos de toda mi confianza, me han asegurado que miraban como imposible que hiciesen las artes ningún progreso en el Brasil y en los demás

establecimientos de América, mientras estén infectados con la esclavitud. Los estados de la América septentrional, que caminan más rápidamente a la prosperidad, son aquellos en que no está admitida la esclavitud. Los habitantes de la Carolina y de la Georgia que tienen esclavos, y cogen excelente algodón, no saben trabajarle; y se ve n obligado en tiempos de guerra a enviarle por tierra a Nueva York, con grandes dispendios, para que le hilen allí. Este mismo algodón vuelve después, con unos gastos considerables, al paraje donde se cogió, para que le consuman los que no supieron darle las preparaciones correspondientes. Así son castigados los países que permiten a algunos hombres exigir de sus semejantes, por medio de la violencia, un trabajo forzado, en cambio de las privaciones que les imponen. ¿No está aquí también la sana política en contradicción con la humanidad? Nos resta examinar cuáles son con respecto a la producción los efectos del comercio de las metrópolis con sus colonias. Supongo siempre la colonia en un estado de dependencia; porque desde el punto en que sacude el yugo de la metrópoli ya no tiene más que el origen de colonia y se halla con respecto a su antigua metrópoli en el mismo pie que cualquiera otra nación del globo. Para asegurarla metrópoli a los productos de su suelo y de su industria las salidas que proporciona el consumo de la colonia le prohíbe ordinariamente la facultad de comprar las mercancías europeas fuera de la misma metrópoli, lo cual proporciona a los mercaderes de ésta la facultad de vender sus mercancías a los colonos por algo más de lo que valen; y éste es un beneficio adquirido por los súbditos de la metrópoli a expensas de los colonos, que son igualmente súbditos suyos. Si se considera la colonia y la metrópoli como un mismo estado, la pérdida destruye la ganancia; porque aquella sujeción nada produce con respecto a la riqueza nacional sino gastos de aduanas y de administración, que aumentan las cargas de los contribuyentes. Al mismo tiempo que se obliga a los colonos a comprar de los mercaderes de la metrópoli, se les pone también en la precisión de vender a estos exclusivamente sus productos coloniales: lo que, dándoles un privilegio, y librándolos de toda concurrencia extranjera, les proporciona un aumento de ganancia que no es un valor producido, sino una utilidad que pagan los colonos. La pérdida que se experimenta por un lado destruye también la ganancia que se logra por otro, no con respecto a los particulares, pues lo que gana por este media un negociante de Habra o de Burdeos, está bien ganado; sino porque se hace que lo pierda otro u otros muchos súbditos del mismo estado, que tenían iguales derechos a la benevolencia del gobierno. Es cierto que los colonos se indemnizan por otros medios; pero estas indemnizaciones son una desgracia para la clase de los esclavos, como lo hemos visto, o para los habitantes de la metrópoli, como vamos a verlo. En efecto, se obliga a estos (porque todo este sistema va acompañado de sujeciones, de trabas y privilegios) a proveerse en sus colonias de los géneros coloniales de su consumo; y se prohíbe a toda colonia extranjera y a cualquiera otro habitante del globo, el traer a nuestros puertos ninguna especie de géneros coloniales199 , o a lo menos se les hace pagar una multa considerable con el nombre de derecho de entrada.

Parece que el consumidor de la metrópoli debería a lo menos, en virtud del privilegio exclusivo que tiene su país de comprar del colono, gozar de un favor notable en los precios de los géneros coloniales; pero ni aun se aprovecha de esta injusticia, porque una vez que lleguen a Europa las mercancías, pueden los negociantes extranjeros venderlas a todas las demás naciones, y particularmente a las que no tienen colonias; de suerte que el colono no goza de la concurrencia de los compradores, y entre tanto es víctima de ella el consumidor de la metrópoli. Todas estas pérdidas sufridas principalmente por la clase de los consumidores, clase tan importante por su número que multiplica sin fin los efectos de un mal sistema, por las útiles funciones que desempeña en todas las partes del mecanismo social, por las contribuciones que suministra al gobierno, en las cuales consiste todo el nervio del estado: todas estas pérdidas se dividen en dos partes; una de ellas es absorbida por los gastos que se hacen inútilmente en la producción de los géneros equinocciales, supuesto que se podrían conseguir en otras partes a menos costa200 ; y estos gastos los pagan los consumidores sin utilidad de nadie. La otra parte pagada igualmente por el consumidor, sirve para proporcionar riquezas a los que tienen haciendas en las colonias y a los negociantes que trafican en géneros coloniales. Estas riquezas, que son verdaderas contribuciones impuestas a los pueblos y reunidas en un corto número de manos, llaman mucho la atención, y son lo que entiende el vulgo cuando habla de los ricos productos de las colonias y del comercio colonial. Casi todas las guerras del siglo XVIII han nacido del empeño en conservar estos pretendidos productos; y por la misma causa se han creído obligadas las potencias de Europa a mantener con gastos muy crecidos administraciones civiles y judiciales, marina y establecimientos militares en las extremidades del mundo201 . Cuando fue nombrado Poivre Intendente de la Isla de Francia, se convenció de que en los cincuenta años que habían pasado desde que se fundó aquella colonia, había costado ya a la Francia su conservación 60 millones de francos, continuaba ocasionándole grandes gastos, y no le producía nada absolutamente202 . Es verdad que los sacrificios que se habían hecho entonces, y se hicieron después para conservar la Isla de Francia, tenían también por objeto conservar los establecimientos de las Indias orientales; pero cuando se sepa que estos han costado aun mucho más, ya al gobierno, ya a los accionistas de la antigua y nueva compañía, será preciso convenir en que se ha pagado muy cara a la Isla de Francia la ventaja de sufrir grandes pérdidas en Bengala y en Coromandel. Se puede aplicar el mismo raciocinio a las posiciones puramente militares que se han tomado en las otras tres partes del mundo. En efecto, si se pretendiese que se ha conservado a mucha costa un establecimiento, no para aprovecharse de él, sino para extender y asegurar el poder de la metrópoli, se pudiera responder del mismo modo. Este poder no es útil, cuando se ejerce a larga distancia, sino para asegurar la posesión de las colonias; y si las colonias mismas no son una ventaja ¿a qué fin comprar tan cara su conservación?203

La pérdida de las colonias inglesas de la América septentrional fue una verdadera ganancia para Inglaterra204 , y es este un hecho que no he visto disputado en ninguna parte. Sin embargo, para tratar de conservarlas, hizo durante la guerra de América un gasto extraordinario e inútil de más de mil y ochocientos millones de francos. ¡Cálculo deplorable! La Inglaterra hubiera podido ganar lo mismo, esto es, hacer independientes sus colonias sin gastar en esto un maravedí, conservar la sangre de sus soldados, y mostrarse generosa a los ojos de la Europa y en las páginas de la historia205 . Los desaciertos que cometió el gobierno de Jorge III durante la guerra de la revolución de América, desaciertos que por desgracia sostuvo un parlamento corrompido y una nación orgullosa, fueron imitados por Bonaparte, cuando quiso volver a sojuzgar la Isla de Sto. Domingo; y solamente la distancia y el mar pudieron impedir que esta guerra fuese tan fatal como la de España; siendo así que la independencia de Sto. Domingo, reconocida de un modo franco y liberal podía a proporción ser tan útil comercialmente a la Francia como lo fue a la Inglaterra la de los Estados Unidos206 , porque ya es tiempo de dejar a un lado los lamentos a que da lugar la pérdida de nuestras colonias, como si éstas hubiesen sido el manantial de la prosperidad de Francia. En primer lugar, la Francia goza ahora de más prosperidad que cuando tenía colonias: de lo cual, es buen testigo su población. Sus rentas, antes de la revolución, no podían alimentar más que a 25 millones de habitantes; y ahora (en 1819) alimentan a 30 millones. En segundo lugar, es necesario no tener idea de los primeros principios de la Economía política para figurarse que en el hecho de perder la Francia sus colonias, perdió también el comercio que hacia en ellas. ¿No compraba los géneros de la colonia con productos de su propia creación? Si después ha comprado géneros equinocciales, aunque haya sido por conducto de sus enemigos ¿no los ha pagado con productos creados también por ella misma? Convengo en que la ignorancia y las pasiones de los gobiernos le han hecho pagar los mismos géneros mucho más caros de lo que debía haberlos pagado; pero ahora que los paga por su tasa natural (salvo los derechos de entrada) y los paga con sus productos ¿qué es lo que ha perdido? Nada. Las borrascas políticas han cambiado el curso de este comercio: no siendo ya preciso que el azúcar y el café nos lleguen exclusivamente por Nantes y Burdeos, han debido decaer estas ciudades; pero consumiendose en Francia tanto azúcar y café por lo menos como se consumía anteriormente, lo que no viene por Nantes y Burdeos, pasa por otras fronteras. La Francia no tiene para pagar estas mercancías sino lo que tenía anteriormente, quiero decir, los productos de su suelo, de sus capitales e industria; porque esto y nada más es lo que tiene todo país para comprar lo que no roba; y aun habría ganado mucho la Francia con el comercio que reemplaza al que hacía con sus colonias, si no fuese por la continua lucha que hay entre las ideas rancias y el curso natural de las cosas. Se me dirá que las colonias suministran ciertos géneros que sólo se dan en ellas; y que si no poseemos algún rincón de aquel territorio privilegiado por la naturaleza de penderemos de la nación que se apodere de él, la cual tendrá la venta exclusiva de los productos coloniales y nos los hará pagar al precio que quiera. Pero está actualmente demostrado que los géneros que con impropiedad llamamos coloniales, se dan y prevalecen entre los trópicos donde quiera que las localidiades se

prestan a su cultivo, sin excluir las especerias de las Molucas, que se cultivan con buen éxito en Cayena, y probablemente en otros muchos parajes. Entre todos los comercios era quizá el más exclusivo el que hacían de estas especerias los Holandeses, pues ellos eran los únicos que poseían las únicas islas que las producen, y no dejaban que nadie se acercase a ellas. ¿Ha carecido la Europa de estos productos? ¿Los ha pagado a peso de oro? ¿Deberemos llorar el no haber comprado a costa de doscientos años de guerras, de veinte combates navales, de algunos centenares de millones de francos, y de la sangre de quinientos mil hombres, la ventaja de pagar algunos sueldos menos la pimienta y el clavo? Nótese que este ejemplo es el más favorable al sistema colonial; porque es difícil suponer que la provisión del azúcar; de un producto que se cultiva en la mayor parte de Asia, África y América, pudiese estancarse como la de las especerías; ¿y aun se arrebata esta última a la codicia de los poseedores de las Molucas, sin disparar un tiro? Los antiguos ganaban amigos, por medio de sus colonias, en todo el mundo entonces conocido; pero los pueblos modernos sólo han sabido hacer en las suyas súbditos, esto es, enemigos. Como los gobernadores enviados por la metrópoli no piensan pasar toda la vida en el país que administran y gozar en él del sosiego y de la estimación pública, no tienen interés en hacerle féliz y verdaderamente rico. Saben que serán respetados en la metrópoli a proporción del caudal con que vuelvan a ella, y no en razón de la conducta que hayan observado en la colonia: y si a esto se añade el poder casi discrecionario que es preciso conceder al que va a gobernar países muy distantes, tendremos todos los principios de que se componen en general las peores administraciones. Mas siendo muy poco lo que se puede contar con la moderación de los gobernantes, porque son hombres, y como por otra parte participan lentamente de los progresos de las luces, a causa de que hay una multitud de agentes civiles, militares, empleados en rentas y negociantes, que tienen grande interés en hacer más y más impenetrable el velo que los rodea, y en embrollar unas cuestio nes que si no fuera por ellos serían muy sencillas, sólo nos es dado esperar del curso natural de las cosas la ruina de un sistema que por espacio de trescientos o cuatrocientos años ha disminuido mucho las inmensas ventajas que los hombres de las cinco partes del mundo207 han sacado u deben sacar de sus grandes descubrimientos y del movimiento extraordinario de su industria desde el siglo XVI.

Capítulo XX De los viajes y de la expatriación con respecto a la riqueza nacional

Cuando llega a Francia un viajero extranjero, y gasta diez mil francos no se ha de creer que los gana la Francia. El viajero compra con estos diez mil francos unos valores que destruye: lo cual es lo mismo que si habiendo permanecido en país extranjero hubiese hecho llevar de Francia los géneros que ha consumido en ella. El efecto es el mismo, que el de un comercio hecho con otro país en que no se gana el principal del valor suministrado, sino solamente un beneficio mayor, o menor sobre este principal. No se ha hecho hasta ahora esta reflexión; porque fundándose en el principio de que el único valor real es el que se muestra bajo la forma de un metal, se veía a la llegada de un extranjero un valor de diez mil francos traído en oro u en plata, y se llamaba esto una ganancia de diez mil francos, como si el sastre que viste al extranjero, el fondista que le mantiene, el joyero que le surte de alhajas, no le suministrasen ningún valor en cambio de su dinero y ganasen todo lo que importan sus cuentas. La ventaja que proporciona consiste en los provechos o ganancias del comercio de los objetos que se le venden; y esta ventaja no debe despreciarse, porque todo aumento de comercio es un bien208 . Sin embargo, conviene reducirla a su justo valor, para preservarse de las locas profusiones a cuya costa se ha creído que era necesario adquirirla. Un autor de los más ponderados en cuanto a conocimientos comerciales, dice que: «los espectáculos deben ser muy grandes, muy magnificos y en número considerable; y que este es un comercio en que la Francia recibe siempre sin dar». Pero es muy al contrario, porque la Francia da, esto es, pierde la totalidad de los gastos; de espectáculos, los cuales no tienen otra ventaja que el placer que proporcionan, y no suministran, en reemplazo de los valores que consumen, ningún otro valor. Pueden ser cosas muy agradables como diversión; pero son seguramente cosas muy ridículas como cálculos.¿Qué juicio se formaría de un mercader que diese bailes en su tienda, pagase titiriteros, y distribuyese refrescos con el objeto de que prosperase su comercio? Por otra parte ¿es seguro que una fiesta, o un espectáculo, por magnificos que se supongan, atraigan muchos extranjeros? ¿No acudirán estos mucho más por razón del comercio, de los ricos tesoros de antigüedades, de un gran número de obras primorosas del arte, que no se encuentran en ningún otro país, del clima, de aguas y baños singularmente favorables a la salud, del deseo de visitar ciertos lugares célebres por grandes acontecimientos y de aprender una lengua que se ha hecho muy general? Yo me inclino a creer que el goce de algunos placeres fútiles jamás ha atraído mucha gente cuando han mediado largas distancias. Se andan algunas leguas por ver un espectáculo o una fiesta; pero rara vez se emprende un viaje con este motivo. No, es verosímil que el deseo de ver el teatro de la ópera de París sea la causa que mueva a tantos Alemanes, Ingleses e Italianos a visitar en tiempo de paz la capital de Francia, que por fortuna tiene derechos muc ho más justos a la curiosidad general. Los españoles miran sus corridas de toros como un espectáculo sumamente divertido y vistoso; y sin embargo no creo que sean muchos los franceses que hayan hecho un viaje a Madrid para lograr esta diversión. Semejantes espectáculos son frecuentados por los extranjeros que han pasado al país con otros motivos; pero no es esto lo que los impele a emprender sus viajes.

Las ponderadas fiestas de Luis XIV producían un efecto aun más perjudicial, porque no se gastaba en ellas el dinero de los extranjeros, sino el de los franceses que acudían de las provincias para disipar en algunos días lo que hubiera bastado para la manutención de sus familias por espacio de un año; de suerte que perdían allí los franceses lo que se consumía por mano del Rey, y cuyo valor se recaudaba por medio de las contribuciones, como también lo que se consumía por mano de los particulares. Se perdía el principal de las cosas consumidas, para que algunos mercaderes lograsen ganancias sobre este principal, cuando las hubieran logrado del mismo modo, dando un curso más útil a sus capitales y a su industria. La adquisición verdaderamente útil para una nación es la de un extranjero que se establece en ella llevando consigo todos sus bienes; porque así adquiere la nación dos manantiales de riquezas, a saber, industria y capitales, lo que equivale a un aumento de territorio sin contar el de una población preciosa, cuando el extranjero lleva al mismo tiempo afecto y virtudes. «Al advenimiento de Federico Guillermo a la regencia, dice el Rey de Prusia en su historia de Brandemburgo 209 , no se fabricaban en aquel país sombreros, medias, sargas, ni ninguna tela de lana. La industria de los Franceses nos enriqueció con todas estas manufacturas. Ellos establecieron fábricas de paños, de estameñas, de telas ligeras, de gorros, de medias de telar; hicieron sombreros de castor, de pelo de conejo, y de liebre, y todo género de tintes. Algunos de aquellos refugiados abrieron tiendas, y vendieron por menos los productos de la industria de los otros. Berlín tuvo plateros, joyeros, relojeros y escultores; y los Franceses que se establecieron en las llanuras, cultivaron el tabaco, y produjeron excelentes frutos eu un país arenoso, que mediante su actividad y esmero llegó a convertirse en huertas admirables». Mas si la expatriación acompañada de industria, de capitales y de afecto es una pura ganancia para la patria adoptiva, no hay pérdida más lastimosa para la patria abandonada. Así, decía con mucha razón la Reina Cristina de Suecia, hablando de la revocación del edicto de Nantes, que Luis XIV se había cortado el brazo izquierdo con el derecho. No se crea que es posible precaver esta desgracia con leyes coercitivas. No se detiene por fuerza a un ciudadano si no se le encarcela; ni se le priva de la disposición de sus bienes a no confiscárselos. Prescindiendo del fraude que frecuentemente es imposible impedir ¿no puede convertir sus propiedades en mercancías cuya salida está permitida y aun sea fomentada, y dirigirlas o hacer que se dirijan a país extranjero? ¿No es esta exportación una pérdida real de valor? ¿Qué medio tiene un gobierno para adivinar que no será seguida de un retorno?210 El mejor modo de detener a los hombres y de atraerlos, es ser justo y bueno con ellos, y asegurar a todos el goce de los derechos que miran como más preciosos: la libre disposición de sus personas y bienes, la facultad de ir y venir, de quedarse, de hablar, de leer y de escribir con entera segurid ad. Examinados nuestros medios de producción, e indicadas las circunstancias en que se emplean con más o menos fruto, sería un trabajo inmenso y ajeno de mi asunto

detenerme a recorrer todos los diferentes géneros de productos de que se componen las rique zas del hombre; sobre lo cual pudieran escribirse muchos tratados particulares. Pero hay entre estos productos uno cuya naturaleza y uso no son bien conocidos, y sirven mucho para ilustrar la materia de que se trata. Por eso, antes de acabar la primera parte de esta obra me determino a hablar de las monedas, considerando también el gran papel que hacen en el fenómeno de la producción, como que son el principal agente de nuestros cambios.

Capítulo XXI De la naturaleza y uso de las Monedas

-IConsideraciones generales

En una sociedad, por poco civilizada que esté, no produce cada individuo, todo lo que exigen sus necesidades; y aun sucede muy rara vez que una sola persona llegue a crear un producto completo; pero aun cuando cada productor hiciese por sí solo todas las operaciones productivas indispensables para completar un producto, sus necesidades no se limitan a una sola cosa, sino que son sumamente variadas: y así cada productor se ve obligado a proporcionarse todos los demás objetos de su consumo, cambiando lo que le sobra de aquello que produce en un solo género, por los demás productos que le son necesarios. Se puede observar aquí de paso que no conservando cada persona para su uso sino la parte más pequeña de lo que produce; el hortelano, por ejemplo, la parte más pequeña, de las legumbres que coje, el panadero la parte más pequeña del pan que cuece, et zapatero la parte más pequeña, del calzado que hace, y así de los demás; se puede observar, digo, que la mayor parte o casi todos los productos de la sociedad se consumen a consecuencia de un cambio. Por esta razón se ha creído falsamente que los cambios eran el fundamento, esencial de la producción de las riquezas, y sobre todo, del comercio, cuando solo hacen un papel accesorio; de suerte que si cada familia, (como se ve en algunos establecimientos del Oeste en los Estados Unidos) produjese la totalidad de los objetos de su consumo, podría pasar así la sociedad aunque no se hiciese en ella ninguna especie de cambios.

En lo demás, sólo hago esta observación con el fin de que se formen ideas exactas sobre los primeros principios. La prueba de que conozco bien cuan favorables son los cambios para extender la producción, es que ha comenzado por establecer que son indispensables en el estado de adelantamiento de las sociedades. Establecida la necesidad de los cambios, detengámonos un momento y consideremos cuán difícil sería a los diferentes miembros de que se componen nuestras sociedades, y que por lo común son productores en un sólo ramo u a lo sumo en un corto número de ellos, cuando aun los más indigentes son consumidores de una multitud de productos distintos; cuán difícil sería, digo, que cambiasen lo que producen por las cosas que necesitan, si fuese preciso hacer estos cambios en especie. Iría el cuchillero a casa del panadero, y le ofrecería cuchillos por pan; pero el panadero los tiene, y lo que necesita es un vestido: busca al sastre, quisiera pagarle con pan; pero el sastre ha hecho ya su provisión y tiene necesidad de carne. Estos ejemplos pudieran multiplicarse sin fin. Para allanar esta dificultad, no pudiendo el cuchillero, hacer aceptar al panadero una mercancía de que no tiene necesidad, procurará por lo menos ofrecerle otra que le sea fácil cambiar por todos las géneros que puedan hacerle falta. Si hay en la sociedad una mercancía que sea apetecida no por razón de los servicios que pueda prestar por sí misma, sino a causa de la facilidad que se encuentra en cambiarla por todos los productos necesarios para el consumo, una mercancía de que pueda darse una cantidad cuyo valor sea exactamente proporcionado al de la cosa que se quiere adquirir, aquella será únicamente la que el cuchillero trate de proporcionarse en cambio de sus cuchillos, porque le ha enseñado la experiencia que con ella le será fácil, por medio de otro cambio adquirir pan o cualquiera otro género que pueda necesitar. Esta mercancía es la moneda. Las dos cualidades pues que en igualdad de valor hacen que se prefiera la moneda corriente del país a cualquiera otra especie de mercancía son: 1.º Que puede, como admitida para que sirva de intermedio en los cambios, convenir a todos los que tienen que hacer algún cambio u alguna compra, esto es, a todo el mundo. No habiendo nadie que no esté seguro de que ofreciendo moneda, ofrece una mercancía que convendrá a todos, está seguro por el mismo hecho de poder adquirir con un sólo cambio todos los objetos de que puede tener necesidad; al paso que si tuviese en su poder cualquiera otro producto, no podría estar seguro de que este acomodaría al poseedor del producto que él quisiese adquirir. 2.º Que puede subdividirse de modo que forme exactamente un valor igual al que se quiere comprar: y así es que conviene a todos los que tienen que hacer compras, esto es, a todo el mundo. Se procura pues cambiar por numerario el producto de que hay un

sobrante (que es en general el que se fabrica) porque además del motivo de que se acaba de hablar, se tiene la seguridad de poder adquirir, con el valor del producto vendido, otro producto igual solamente a una fracción o bien a un múltiplo del valor del objeto vendido; y porque se pueden comprar como se quiera, en muchas veces y en diversos lugares, los objetos que se trata de recibir en cambio del que se ha vendido. En una sociedad muy adelantada, en que las necesidades de cada individuo son muchas y muy diferentes, y en que las operaciones productivas están repartidas en muchas manos, son los cambios aun más indispensables, llegan a hacerse más complicados, y por consiguiente es mayor la dificultad de efectuarlos en especie. Si un hombre, por ejemplo, en vez de hacer un cuchillo entero, no hace más que los mangos, como sucede en las ciudades en que hay grandes fábricas de cuchillería, este hombre no produce una sola cosa que pueda serle útil; porque nada podrá hacer de un mango de cuchillo sin hoja. Él no puede consumir la más pequeña parte de lo que produce: con que forzosamente habrá de cambiarlo todo por las cosas que le son necesarias, esto es, por pan, carne, lienzo, &c.; pero ni el panadero, ni el carnicero, ni el tejedor tienen necesidad, en ningún caso, de un producto que sólo puede convenir al fabricante de cuchillos, el cual no puede dar en cambio carne o pan, pues que no lo produce: es pues necesario que dé una mercancía que, según la costumbre del país, se pueda esperar cambiarla fácilmente por la mayor parte de los demás géneros. Así, es tanto más necesaria la moneda cuanto más civilizado está el país, y más adelantada la separación de las ocupaciones. Sin embargo, ofrece la historia ejemplos de naciones bastante considerables, en que fue desconocido el uso de la mercancía- moneda como sucedió entre los Mexicanos211 , los cuales aun en la época en que fueron subyugados por los Españoles, empezaban a emplear como moneda en su comercio menudo granos o almendras de cacao. He dicho que era la costumbre y no la autoridad del gobierno la que daba la calidad de moneda a cierta mercancía más bien que a otra, pues aunque la moneda esté acuñada en forma de escudos, el gobierno no obliga a nadie, (a lo menos en los tiempos en que se respeta la propiedad) a dar su mercancía por escudos. Si al hacer un ajuste se conviene en recibir escudos en cambio de otro género, no es por razón del sello. Se da y se recibe moneda tan libremente como cualquiera otra mercancía, y se cambia, siempre que se juzga más conveniente, un género por otro por un tejo de oro u por una barra de plata. Se reciben pues con preferencia a cualquiera otra mercancía, por la única razón de que se sabe por experiencia que convendrán los escudos a los propietarios de las mercancías que podrán necesitarse. Esta libre preferencia es la sola autoridad que da a los escudos el uso de moneda: y si hubiese razones para creer que con una mercancía distinta de los escudos, con trigo, por ejemplo, se podrían comprar más fácilmente las cosas de que se supone que se podrá tener necesidad, no se querría dar las me rcancías por escudos, se pediría trigo en cambio de ellas, y entonces vendría el trigo a ser moneda; como ha sucedido cuando era de papel la moneda reconocida por el gobierno, y no se tenía confianza en su valor.

Es pues la costumbre y no la ley de un país la que hace que cierta mercancía, inclusos los escudos, sea moneda más bien que otra mercancía cualquiera212 . Repitiéndose con más frecuencia que otro alguno el cambio de cualquier producto por mercancía-moneda se le ha dado un nombre particular. Recibir moneda en cambio es vender, darla es comprar. Tal es el fundamento del uso de la moneda. No se crea que estas reflexiones son una especulación meramente curiosa. Todos los raciocinios, todas las leyes y reglamentos relativos a esta materia, deben estribar en estos principios. El edificio que se levantase sobre otra basa, no tendría hermosura ni solidez, y correspondería mal al objeto de su destino. A fin de ilustrar las cualidades esenciales de la moneda y los principales accidentes que pueden tener relación con ella, trataré de estas materias en párrafos particulares, y procuraré que a pesar de esta división se pueda seguir fácilmente, prestando una atención regular, el hilo que las une, y combinarlas después de tal modo que se comprenda el juego total de este mecanismo, y la naturaleza de los desórdenes que suelen causar en él las necedades de los hombres o los acontecimientos casuales.

- II De la materia con que se hacen las monedas

Si, como se ha visto en el párrafo anterior se limita el uso de las monedas a servir de intermedio en el cambio de la mercancía que se quiere vender por la que se quiere comprar, poco importa la elección de la materia de las monedas. No se busca la moneda para servirse de ella como de un alimento, de un mueble o de un abrigo, sino, para revenderla, por decirlo así, para volver a darla en cambio de un objeto útil, así como se recibió en cambio de otro objeto útil. No es pues la moneda un objeto de consumo: se expende sin alteración sensible; y puede ser indiferentemente de oro, de plata, de cuero y de papel, sin que por eso, deje de servir para los mismos fines. Sin embargo, es necesario para este efecto, que tenga un valor propio, porque cuando el vendedor se desprende de un objeto que tiene un valor, quiere recibir otro objeto que tenga un valor igual. Hay algunas otras cualidades menos esenciales que aumentan todavía la comodidad de las monedas: La substancia que no reune todas estas diversas cualidades es de un uso incómodo, y por lo mismo no se puede esperar que este uso llegue a hacerse muy general ni dure mucho tiempo.

Dice Homero que la armadura de Diomedes había costado nueve bueyes. Si un guerrero hubiese querido comprar una armadura que sólo hubiera valido la mitad que aquella ¿cómo le habría sido posible pagar cuatro bueyes y medio? Es pues necesario que la mercancía que sirve de moneda, pueda proporcionarse, sin alteración, a los diversos productos que se trate de adquirir en cambio, y dividirse en fracciones tan pequeñas que el valor que se da pueda igualarse perfectamente con el valor de lo que se recibe. Cuentan que en Abisinia sirve de moneda la sal. Si hubiese en Francia el mismo uso, sería necesario que el que fuese al mercado llevase consigo una montaña de sal para pagar sus provisiones. Es pues preciso que la mercancía que sirve de moneda no sea tan común que no se pueda cambiar sino transportando masas enormes de ella. Dicen que en Terra-Nova se sirven del bacalao como de moneda, y Smith habla de una aldea de Escocia donde se usa de clavos para el mismo efecto213 . Además de los muchos inconvenientes a que están expuestas estas materias, se puede aumentar rápidamente, su masa casi tanto como se quiera, lo que produciría en poco tiempo gran variación en su valor; y nadie está despuesto a recibir corrientemente una mercancía que de un momento a otro puede perder la mitad o las tres cuartas partes de su valor. Es pues necesario que la mercancía que sirve de moneda sea de una extracción bastante difícil para que aquellos que la reciben no teman verla envilecida en muy poco tiempo. En las Maldivas, y en algunas otras partes de la India y de África, se sirven en lugar de moneda, de una especie de conchas llamadas cauris, que no tienen ningún valor intrínseco, sino es en algunas poblaciones que las usan como adorno. Esta moneda no podría bastar para naciones que traficasen con una gran parte del globo, pues sería demasiado incómoda para ellas una mercancía- moneda que no tuviese curso fuera de los límites de cierto territorio; y tanto mayor es la disposición para recibir en cambio una mercancía, cuanto mayor es el número de parajes donde esta misma mercancía es también admitida del mismo modo. No se debe pues extrañar que todas las naciones comerciantes del mundo se hayan decidido a elegir los metales para que les sirviesen de moneda; y una vez que lo ejecutaron así las más industriosas y comerciantes, hubo de convenir a las demás hacer lo mismo. En las épocas en que eran raros los metáles que hoy son los más comunes, se contentaban con ellos los pueblos. La moneda de los Lacedemonios era de hierro, y la de los primeros Romanos de cobre; pero al paso que se fue sacando de la tierra mayor cantidad de hierro y de cobre, tuvieron estas monedas los inconvenientes anexos a los productos de demasiado poco valor214 , y hace mucho tiempo que los metales preciosos, esto es, el oro y la plata, son la moneda más generalmente adoptada. Son singularmente a propósito para este uso, porque se dividen en tantas pequeñas porciones como necesitamos, y se reúnen de nuevo sin perder sensiblemente en el peso ni en el valor; de modo que se puede proporcionar su cantidad al valor de la cosa que se compra.

En segundo lugar, los metales preciosos son de una calidad uniforme en toda la tierra. Un gramo 215 de oro puro, ya se saque de las minas de América o de Europa, o ya de los ríos de África, es exactamente igual a otro gramo de oro puro. Ni el tiempo, ni la humedad, ni el aire alteran esta cualidad, y el peso de cada parte de metal es por consiguiente una medida exacta de su cantidad y de su valor comparado con cualquiera otra parte. Dos gramos de oro tienen cabalmente doble valor que un gramo del mismo metal. La dureza del oro y de la plata, sobre todo por medio de la liga que admiten, hace que resistan a una frotación bastante considerable, por lo que son a propósito para una circulación rápida, bien que en esta parte son inferiores a muchas piedras preciosas. No son tan escasos, ni por consiguiente tan caros que la cantidad de oro y de plata equivalente a la mayor parte de la mercancías se oculte por su pequeñez a la acción de los sentidos; ni son todavía tan comunes que se necesite transportar una inmensa cantidad de ellos para transportar un valor considerable. Quizá dentro de muchos siglos estarán expuestos a este inconveniente, sobre todo si se descubren nuevas y abundantes minas. Entonces podrá suceder que se haga moneda con platina o con otros metales que todavía no conocemos. En fin, el oro y la plata son susceptibles de recibir marcas y sellos que certifiquen el peso de las piezas y el grado de su pureza. Aunque los metales preciosos que sirven de moneda tengan por lo común una liga de cierta cantidad de un metal más común, como el cobre, se desprecia el valor del metal común con que se hace aquella liga, no porque este metal común no tenga ningún valor en sí mismo, sino por que si se tratase de separarle, esta operación costaría más de lo que pudiera valer el metal común que se sacase. Por esta razón no se considera en una pieza de metal precioso que tiene liga, sino la cantidad de metal precioso puro que contiene 216 . - III Del valor que añade a una mercancía la cualidad de ser moneda

Resulta de lo que precede que se recibe la moneda en los cambios, no por la autoridad del gobierno, sino porque es una mercancía que tiene un valor propio. Si, eli igualdad de valor, se recibe en los cambios con preferencia a cualquiera otra mercancía, es a causa de sus propiedades como moneda, las cuales le dan una ventaja particular, que es la de servir generalmente para el uso de todos: supuesto que teniendo todos necesidad desde el más pobre hasta el más rico, de hacer cambios, de comprar los objetos que le son preciosos nadie hay que deje de ser consumidor de moneda, o en otros términos que deje de necesitar de la mercancía que sirve para los cambios, de la mercancía que generalmente está reconocida como la más a propósito, y la que más se emplea en este uso. El hombre que tiene cualquiera otra mercancía, por ejemplo, alhajas que ofrecer en cambio de lo que necesita, no puede cambiarlas por el objeto que le hace falta, a no ser

que encuentre un consumidor de alhajas, al paso que el que tiene moneda, está seguro de que ésta convendrá a la persona que posea lo que él desee comprar, supuesto que esta misma persona tendrá por su parte necesidad de hacer otras compras217 . Con la mercancía- moneda se puede obtener todo lo que se quiere por medio de un solo cambio, que se llama compra: con cualquiera otra mercancía se necesitan dos, la venta y la compra; y éste es el resumen de sus ventajas como moneda; ¿pero quién no advierte que la preferencia que de aquí resulta a favor de la moneda proviene de sus usos? Ahora añadiré que el hecho de adoptar una mercancía para que sirva de moneda aumenta considerablemente su valor intrínseco, u sea su valor como género de consumo. Éste es un nuevo uso que se ha hallado en este género, y que multiplica el número de sus consumidores; es un empleo que absorbe gran parte de él, la mitad, o acaso las tres cuartas partes, y por consiguiente hace que escasee y cueste más caro. Si con la cantidad de oro y plata que existe actualmente, no sirviesen estos metales sino para la fabricación de algunos utensilios y adornos, abundarían, y estarían mucho más baratos de lo que están; quiero decir, que cambiándolos por cualquier género que fuese, se necesitaría en este cambio dar más metal a proporción. Mas como una gran parte de estos metales sirve de moneda, y no se emplea en ningún otro uso, queda menos cantidad que emplear en muebles y alhajas; y esta escasez aumenta su valor. Del mismo modo, sino sirviesen jamás para muebles y alhajas, quedaría mayor porción de ellos para el uso de moneda, y ésta bajaría de precio, quiero decir, que se necesitaría dar mayor porción de ella para comprar la misma cantidad de mercancía. El uso de los metales preciosos en alhajas de oro y plata les hace más escasos y más caros como moneda, así como su uso en clase de moneda les hace más escasos y más caros para convertirlos en alhajas de oro y plata218 . De este hecho resulta que habiendo llegado a ser estas materias de un precio mayor que el que permite su uso en muebles y utensilios, a causa de su cualidad de moneda, conviene menos, por razón de esta circunstancia, emplearlas como muebles; porque esta mercancía tiene más coste que utilidad. En consecuencia ha desaparecido enteramente el uso de muebles de oro macizo algo considerables, sobre todo en los países donde un comercio activo y un gran movimiento de riquezas han hecho muy precioso el oro como moneda. Las gentes más ricas se contentan con muebles dorados, en los cuales no entra más que un ligerísimo baño de oro; y sólo se hacen ya de oro macizo alhajas muy pequeñas, en que el arte del lapidario ha hallado además el medio de que sea menor el valor del metal que el del trabajo de labrarle. En Inglaterra son muy ligeras las vajillas de plata, y aun las personas más acomodadas se sirven del cobre u acero plateado u dorado. Los ricos fastuosos que por vanidad quieren ostentar una vajilla considerable, pierden anualmente el interés de un gran capital. El aumento del valor de los metales en general, que tiene algunos inconvenientes, por cuanto sube el precio de algunos utensilios muy cómodos, como platos, cucharas de plata, &c, de modo que las facultades de muchas familias no les permiten su compra, no tiene ningún inconveniente, cuando sube su precio como moneda; antes bien hay más

comodidad en transportar, ya sea que se trate de cambios o de una mudanza, menor cantidad de plata que la que sería necesario transportar si este metal fuese más común. El uso de una mercancía como dinero en cualquier lugar de la tierra aumenta su valor en todas partes. Si la plata dejase de ser admitida como moneda en Asia, no hay duda en que el valor de este metal disminuiría en Europa, y que se necesitaría dar en ella más plata en cambio de cualquier otro género; porque uno de los usos de la plata de Europa consiste en poder emplearse en Asia. Esta facultad de servir de moneda no fija el valor de los metales preciosos, el cual puede variar de un lugar a otro, u de un tiempo a otro, como el de cualquiera otra especie de mercancía. Con media onza de plata se adquieren en la China géneros útiles o agradables, equivalentes a los que tendrían en Francia el coste de una onza de plata, y en Francia con una onza de plata se adquieren en general más cosas que en América con la misma cantidad de este metal. La plata vale más en la China que en Francia, y en Francia más que en América. Es visto que la moneda, a la cual llaman algunos numerario, es una mercancía cuyo valor se establece según las reglas comunes a todas las demás mercancías; es decir, que sube en razón de la necesidad que hay de ella, combinada con su abundancia. Es tal esta necesidad que ha bastado para dar a un pliego de papel que servía de moneda, un valor igual al oro acuñado, como se ha visto en Inglaterra. No se crea que el papel- moneda de Inglaterra (Bank-notes) recibe su valor del reembolso que se le ha prometido; porque este reembolso se prometió en la época de la suspensión de pagos del banco en 1797, y ni se ha efectuado jamás, y hay muchas personas que le miran como imposible219 . No se puede adquirir oro en cambio de cédulas de banco sino por un convenio voluntario, y sacrificando un agio, esto es, pagando más libras esterlinas en cédulas que las que se reciben en oro. Sin embargo de esta alteración en el valor de las cédulas de banco, tienen estas un valor muy superior al de su materia, la cual no es más que un despreciable trapo viejo. ¿Pues de dónde reciben su valor? De la necesidad que hay en una sociedad muy adelantada e industriosa, de un agente o intermedio para los cambios. En el estado en que se halla la Inglaterra necesita para las ventas y compras que en ella se hacen, de un agente cuyo valor se suponga igual al que tendrían, 1.284.000 libras de oro, u lo que es lo mismo, 1.200 millones de libras de azúcar, o si se quiere, 60 millones de libras esterlinas en papel (suponiendo que haya en circulación 30 millones de cédulas del banco de Inglaterra, y otros 30 de los bancos de provincia): y he aquí la razón porque los 60 millones de cédulas, aunque sin valor intrínseco, valen por la sola necesidad que hay de ellas tanto como 1.284.000 libras de oro, y como 1.200 millones de libras de azúcar. En prueba de que estas cédulas tienen un valor que les es propio, se ha visto que cuando se ha aumentado su número, sin que su descrédito fuese mayor que el que tienen ahora, ha decaído su valor a proporción de su superabundancia, del mismo modo que

hubiera sucedido con el de cualquiera otra mercancía: y como todas las demás mercancías subían a proporción de la degradación de las cédulas, su valor total no equivalía nunca más que a 1.284.000 libras de oro, u a 1.200 millones de libras de azúcar, porque no se necesita un valor superior a ésta para que puedan realizarse todos los contratos que se hacen en Inglaterra. Ningún gobierno puede aumentar sino nominalmente la suma de la moneda de un país, puesto que si aumenta su cantidad, disminuye su valor, et vice versa220. Como la moneda que circula en un país, cualquiera que sea su materia, tiene un valor propio, un valor que nace de sus usos, forma parte de las riquezas de aquel país, del mismo modo que el azúcar, el añil, el trigo, y todas las mercancías que posee221 . Varía de valor como las demás mercancías, y se consume también, aunque más lentamente que la mayor parte de ellas. Por tanto no se puede aprobar el modo con que la representa Mr. Garnier cuando dice que «mientras permanece la plata en forma de moneda, no es propiamente riqueza, según el sentido estricto de esta palabra, porque no puede satisfacer directa e inmediatamente una necesidad o un goce». Hay una multitud de valores que no son capaces de satisfacer una necesidad o un goce mientras conservan su forma actual. Tiene un negociante un almacén enteramente lleno de añil, que no puede servir en especie para alimentar ni para vestir, y no por eso deja de ser riqueza, la cual será transformada cuando quiera su dueño, en otro valor inmediatamente a propósito para el uso. Por consecuencia, la plata en escudos es riqueza, del mismo modo que el añil en zurrones. Además de esto ¿no satisface la moneda, por medio de los usos que se hacen de ella, una necesidad de las naciones civilizadas? Verdad es que el mismo autor confiesa en otra parte «que el numerario encerrado en las arcas de un particular es una riqueza verdadera, una parte integrante de los bienes que posee, y que puede destinar a sus goces; pero que, con relación a la Economía política, este numerario no es más que un instrumento de cambio, totalmente distinto de las riquezas que pone en circulación»222 . Creo que he dicho bastante para probar la analogía completa que hay entre el numerario y todas las demás riquezas. Lo que es riqueza para un particular, lo es para la nación, la cual se compone de la reunión de los particulares, y lo es igualmente con respecto a la Economía pública, que no debe discurrir sobre valores imaginarios, sino sobre lo que cada particular o todos los particulares reunidos miran no en sus discursos, sino en sus acciones, como verdaderos valores. Esta es una nueva prueba de que no hay dos órdenes de verdades en esta ciencia, así como no los hay en las demás: lo que es verdadero con respecto a un individuo, lo es con respecto a un gobierno y a una sociedad. La verdad es una; y sólo hay diferencia en las aplicaciones.

- IV -

De la utilidad del cuño de las Monedas y de los gastos de fabricación

Hasta ahora no he tratado del valor que añaden a las monedas el cuño y la fabricación. El oro y la plata tienen casi en todas partes un valor como mercancías útiles y agradables; y en su utilidad he comprehendido la de servir de moneda. Pero aun hay más. En los países en que el oro y la plata sirven de moneda, los expone esta cualidad a sufrir cambios frecuentes. Pocas personas hay que en el discurso del día no hagan muchas compras o ventas; y sería incomodo ir siempre con el peso en la mano a comprobar la cantidad de plata que seda o se recibe. ¡Cuántos errores y disputas nacerían de la torpeza de las gentes, o de la imperfección de los instrumentos! Poco importaría esto. El oro y la plata pueden padecer, por su mezcla con otros metales, una alteración que no es posible conocer con sólo el auxilio de la vista. Para asegurarse de su pureza, se necesita una operación química, delicada y complicada. ¡Cuánto más cómodos son los cambios, cuando un cuño fácil de conocer testifica a un mismo tiempo el peso del pedazo de metal y su calidad! El arte del monedero es el que reduce los metales a una ley conocida, y el que los divide en piezas cuyo peso es igualmente conocido. Por lo común se reserva el gobierno en todos los estados el ejercicio exclusivo de este género de manufactura, ya sea que por medio del monopolio quiera lograr una ganancia más considerable que si esta industria fuese libre para todos; o más bien, que se proponga ofrecer a sus administrados una garantía más digna de su confianza que la que les daría una fábrica perteneciente a particulares. En efecto, la garantía de los gobiernos a pesar de que ha sido fraudulenta con demasiada frecuencia, conviene a los pueblos más que una garantía particular, ya a causa de la uniformidad de las piezas, y ya también porque acaso sería más difícil de conocer el fraude, si fuese cometido por particulares. El monedaje o braceaje añade incontestablemente un valor al metal amonedado o acuñado; es decir, que un pedazo de plata acuñada en una pieza de 5 francos vale algo más que la misma cantidad de este metal en barra, por la sencilla razón de que la forma dada a la plata evita al que la recibe en cambio los gastos que le ocasionaría el haber de ensayarla y pesarla, además de la incomodidad y la pérdida de tiempo, que deben también incluirse en los gastos. Por eso vale más un vestido hecho que la tela de que se hizo. Así, suponiendo que fuese libre la industria de sellar moneda, y que la autoridad pública se limitase a fijar la ley, el peso y el sello que debiese tener cada pieza, la persona que sólo se hallase con barras de plata habría de pagar al fabricante la hechura del metal que quisiese emplear como moneda, porque de lo contrario le sería difícil cambiarla, y aun quizá tendría que experimentar en este cambio una pérdida mayor que lo que le costase la hechura de las piezas de moneda.

No confundamos el valor así añadido a los metales preciosos por medio del monedaje con el que adquieren como mercancía que sirve de moneda. Este último valor es común a la masa total del oro y de la plata; pues un vaso de plata vale más que si la plata no sirviese para hacer moneda del mismo modo que para hacer vasos, al paso que el valor añadido por la fabricación de las piezas es peculiar de ellas, como la hechura lo es del vaso, y es un aumento del valor que les dan los diversos usos de aquella mercancía. En Inglaterra paga el gobierno todos los gastos de fabricación, y devuelve en guineas el mismo peso que se le entrega en tejos de la misma ley que las guineas, de modo que hace un presente al pueblo, como consumidor de moneda, de los gastos de fábrica, los cuales exige después del mismo pueblo, como contribuyente, por medio de los impuestos. Sin embargo, el oro reducido a guineas tiene evidentemente una ventaja, que no es la de estar ya pesado, supuesto que se toman la molestia de volver a pesarle siempre que le reciben, sino la de estar ensayado. Por consiguiente sucedía algunas veces, antes de la invención del papel- moneda que se llevaban tejos a la casa de moneda, no para convertirlos en piezas, sino sólo para hacer constar la ley del metal, y servirse de esta certificación en el país o fuera de él. En efecto, cuando hay que enviar oro al extranjero, se debe preferir enviar guineas, que son tejos ya ensayados más bien que tejos que no llevan ningún certificado de este ensaye. Por otra parte al extranjero que tiene que remitir oro a Inglaterra, le es indiferente enviar guineas o tejos, porque, en igualdad de ley y de peso, no tienen allí más valor aquellas que éstos, supuesto que la casa de moneda da gratuitamente guineas por tejos. Al contrario, tiene interés el extranjero en reservar las guineas, que son un metal a que acompaña siempre el certificado de ensaye, y enviar a Inglaterra tejos, a los cuales se dará sin ningún gasto el mismo certificado. Es visto que este método presenta motivos para extraer del país el metal amonedado, y no para hacer que entre en él223 . Se precavían en parte estos inconvenientes por una circunstancia puramente accidental, que no había entrado en los cálculos del legislador. La casa de moneda de Londres, que es la única que hay en Inglaterra, se ha llaba tan recargada de trabajo que no podía entregar la moneda fabricada hasta después de muchas semanas y algunas veces de muchos meses de haberle llevado el oro en tejos224 . De aquí resultaba que cuando el dueño del oro dejaba allí su metal para que le acuñasen, perdía el interés de su suma todo tiempo que se conservaba en la casa de moneda: lo que equivalía a un corto derecho de fabricación que subía el valor del oro en moneda algo más que en tejos. Bien se deja conocer que este valor habría sido exactamente el mismo, si no hubiese habido que hacer más que llegar y recibir de pronto guineas por oro al peso. Tal es el efecto de la legislación inglesa sobre est punto. En todos los demás estados de Europa sino me engaño, se quedan los gobiernos con una ganancia más que suficiente para cubrir los gastos de fabricación225 . El privilegio exclusivo de acuñar moneda, que se han reservado justamente, y las penas severas a que están expuestos los monederos clandestinos, les permitirían aumentar mucho esta ganancia, limitando la cantidad de moneda que entregasen al público, porque el valor de

la moneda, como el de cualquiera otra cosa, está siempre en razón directa de la necesidad que hay de ella, y en razón inversa de la cantidad que circula. En efecto, cuando la plata amonedada escasea tanto y es tan cara que con 90 francos amonedados se puede comprar tanta plata de ley en barras como la que hay en 100 francos amonedados, es prueba de que el público da el mismo valor a 9 onzas de plata amonedada que a 10 onzas de plata no amonedada. En tal caso puede el gobierno, acuñando sus piezas, dar a 9 onzas el valor de 10, y gana diez por ciento. Pero si la plata amonedada es más común; si es necesario dar mayor cantidad de ella para comprar plata en barras, quizá será preciso pagar 95 francos en lugar de ciento para adquirir el mismo peso de plata de ley contenida en 100 francos amonedados: y siendo este el curso de las barra, no podrá ganar el gobierno más que 5 francos por ciento comprando barras y transformándolas en moneda. Si para gozar el gobierno de un derecho más considerable, no comprase por sí mismo la materia de las monedas, y se limitase a exigir un derecho de 10 por ciento, por ejemplo, sobre las materias que se le llevaran para adquirir plata amonedada, no se la llevaría el público, porque tendría que pagar 10 por 100 por una transmutación que sólo añadiría 5 por 100 al valor del metal. No tendría pues el gobierno nada que fabricar, ni por su propia cuenta ni por la de los particulares o del público: y así es que no puede a un mismo tiempo fabricar mucho y ganar mucho en la fabricación. Resulta de aquí que el derecho de fabricación y el de señoraje, de que tanto se ha hablado, son absolutamente ilusorios; que los gobiernos no pueden, en virtud de sus ordenanzas, determinar la ganancia que les quedará en la fabricación de la moneda, y que esta ganancia depende siempre del curso voluntario de las materias de oro y plata, el cual depende por su parte de las cantidades existentes de materias amonedadas y en barras, a proporción de la necesidad que hay de ellas. Conviene advertir que al público, en calidad de consumidor de plata amonedada, le es indiferente que este género sea caro u barato; porque con tal que su valor no esté expuesto a variaciones repentinas, siempre le despacha por el mismo valor en que le recibió. Cuando la fabricación de la moneda no es gratuita, y sobre todo cuando se paga sobre el pie de una fabricación exclusiva, es del todo indiferente al estado que se funda o se exporte la moneda, porque no se puede fundir o exportar sino después de haber pagado bien la hechura, que es el único valor que se pierde en la fundición o en la exportación226 . Al contrario, no es menos ventajosa su exportación que la de cualquiera otra mercancía manufacturada. Es un ramo de platería; y no hay duda en que una moneda acuñada con tal perfección que fuese difícil falsificarla; una moneda ensayada y pesada con precisión, podría llegar a ser de un uso corriente en muchos países, y el estado que la fabricase hallaría en ello una ganancia nada despreciable. Esto es lo que sucede con respecto a los ducados de Holanda, que son buscados en todo el Norte, dando por ellos un valor superior a su valor intrínseco, y con respecto a los pesos fuertes de España, que fabricados en México, en Lima o en la Península, lo han sido siempre de un modo tan

constante y tan fiel que corren como moneda no sólo en toda la América, inclusa la república de los Estados Unidos, sino también en una parte considerable de Europa, África y Asia 227 . Los pesos fuertes ofrecen también un ejemplo curioso del valor que da el cuño al metal. Cuando los americanos de los Estados Unidos quisieron fabricar sus dolares, que son unos verdaderos pesos fuertes, se contentaron con pasar sobre éstos su volante, de modo que sin variar nada su peso ni su ley borraron el cuño español para estampar el suyo. Desde aquel momento no quisieron ya los chinos ni los demás pueblos de Asia recibirlos en la misma forma que antes; de suerte que no se compraba con cien dolares la misma cantidad de mercancía que con cien pesos. El gobierno americano echaba a perder cuidadosamente estas monedas, y les quitaba una parte de su valor poniéndoles un sello más bonito. Quiso valerse de esta circunstancia para impedir las exportaciones de monedas que sus conciudadanos hacían al Asia, y ordenó que todas estas exportaciones se hiciesen en dolares de los Estados Unidos, lisonjeándose de que mediante esta providencia se preferiría exportar mercancías producidas por los Estados de la Confederación; de manera que después de haber disminuido el precio de los pesos fuertes, lo cual tenía pocos inconvenientes con respecto a los que quedaban en el país, quiso que se hiciese de ellos el uso menos favorable, esto es, el de emplearlos en las relaciones comerciales que existían con los pueblos que los desestimaban. Era necesario dejar que se llevase al extranjero, en cualquier forma que fuese, el valor que hubiese de producir retornos más considerables; y esta empresa podía fijarse muy bien al interés particular. ¿Y qué diremos del gobierno español, cuya fidelidad en el cuño de los pesos fuertes le permite cambiarlos ventajosamente en el extranjero, esto es, por un valor superior a su valor intrínseco, y sin embargo prohíbe un género de comercio que le es tan ventajoso; un comercio por el cual vende un producto de su suelo, que lleva bien pagado el trabajo personal empleado en su fabricación? Aunque el gobierno sea fabricante de moneda, y no esté obligado a fabricarla gratuitamente, no puede sin embargo deducir con justicia los gastos de fabricación de las sumas que paga en cumplimiento de sus contratas. Si por ejemplo, se ha obligado a pagar la suma de un millón por suministros que se le hayan hecho, no tendrá razón para decir al asentista: «es verdad que me obligué a pagar a vd. un millón; pero haciendo este pago con moneda que acaba de salir de debajo del volante, retengo y rebajo a vd. veinte mil francos, poco más o menos, por gastos de fabricación». En efecto, el sentido de todas las obligaciones contraídas por el gobierno u por los particulares, es este: Me obligo a pagar tal suma en moneda fabricada, y no tal suma en barras. El cambio que sirve de basa a este contrato se hizo a consecuencia de que uno de los contratantes daba por su parte un género algo más caro que la plata, esto es, plata acuñada.

Está pues obligado el gobierno a dar plata amonedada; y debió en consecuencia comprar, esto es, obtener más mercancía que si se hubiese obligado a pagar con plata en barras: en cuyo caso percibe los gastos de fabricación en el momento en que celebra el convenio, u en que obtiene mayor cantidad de mercancía que si hubiese hecho sus pagos en barras. Cuando se le lleva metal para reducirle a moneda, es cuando debe hacer pagar, o retener en dinero los gastos de fabricación. De todo lo que se acaba de decir resulta que la fabricación de la moneda en piezas acuñadas aumenta su valor a proporción del aumento de comodidad que produce a los que hacen uso de ella; y nada más, cualesquiera que sean los gastos y derechos que se le quieran añadir 228 ; que reservándose el gobierno la facultad de fabricar exclusivamente las piezas de moneda, puede aprovecharse de todo el valor que se añade de este modo al metal; que le es imposible ganar más que esto en los pagos que hace a consecuencia de las contratas libremente celebradas con él; y que en cuanto a los pagos que hace en virtud de contratas anteriores, no puede ganar más sin hacer bancarrota. En fin, es evidente que por lo que toca a las ventas y compras entre particulares, tiene aun menos facultad el Soberano para dar por medio del cuño, a la mercancía que sirve de moneda, un valor superior a su valor intrínseco, aumentado con el de la hechura. Por más que mande el Soberano que una onza de plata en que se haya estampado su cuño valga cien francos, nunca se comprará con ella más de lo que puede comprarse con una onza de plata así acuñada.

-VDe la alteración de las Monedas

Se puede observar ante todas cosas que la potestad pública ha tenido casi siempre la pretensión de designar la mercancía que había de servir de moneda. Esta pretensión por sí misma ha tenido pocos inconvenientes, porque los intereses del Soberano estaban aquí perfectamente de acuerdo con los del pueblo. El gobierno que ofreciese una moneda de poca aceptación, siempre haría compras nada favorables, y el pueblo se serviría poco a poco de otra cosa. Así Numa, que fue el primero que acuñó moneda para los Romanos, la hizo de cobre; y esta materia era la que más convenía en aquella época, porque antes del tiempo de Numa se servían ya los Romanos de cobre en barras. Así también los gobiernos modernos han elegido el oro y la plata, que serían sin duda elegidos por los particulares, aunque los gobiernos no interviniesen en ello.

Habiéndose persuadido los Príncipes de que su voluntad era necesaria y suficiente para que tal o tal mercancía corriese como moneda, llegaron a persuadirlo a pueblos ignorantes, al mismo tiempo que guiados éstos por el interés personal se gobernaban por principios enteramente opuestos; porque cualquiera que no se hallaba contento con la moneda del Príncipe, o no vendía, o buscaba otros medios de disponer de sus mercancías. Este error produjo otro mucho más grave, que lo embrolló todo. Creyó la autoridad pública que podía aumentar o disminuir a su arbitrio el valor de las monedas, y que en el cambio de una mercancía por una pieza de moneda, se compensaba el valor de la mercancía con el valor imaginario que daba el Príncipe a su moneda, y no con el que la necesidad que había de este agente, combinada con su cantidad, podía darle naturalmente. Así, cuando Felipe I, Rey de Francia, mezcló una tercera parte de liga en la libra de plata de Carlo Magno, que pesaba 12 onzas de plata229 , y dio el nombre de libra a un peso de solas 8 onzas de plata fina o de ley, creyó sin embargo, que valía tanto su libra como la de sus predecesores; pero no valió más que dos tercios de la libra de Carlo Magno, supuesto que por una libra de moneda no fue ya posible comprar más que dos tercios de la cantidad de mercancía que se adquiría antes por una libra. Los acreedores del Rey y los de particulares no sacaron de sus créditos más que dos tercios de lo que debían sacar, ni produjeron los arriendos más que dos tercios de las rentas pagadas anteriormente a los propietarios de tierras, hasta que haciéndose nuevos contratos se pusieron las cosas en un pie más razonable. Es claro que se cometieron y autorizaron muchas injusticias; pero no se consiguió que valiese una libra de 8 onzas de plata pura tanto como una libra de 12 onzas230 . En el año 1113, lo que se llamaba libra no contenía más que 6 onzas de plata fina, y al principio del reinado de Luis VII, cuatro solamente. S. Luis dio el nombre de libra a una cantidad de plata de peso de dos onzas, 6 dracmas y 6 granos231 . Por fin en la época de la revolución francesa, lo que se llamaba con el mismo nombre no era más que la sexta parte de una onza, de modo que la libra tornesa no tenía más que la 72.ª parte de la cantidad de plata fina que contenía en tiempo de Carlo Magno. No trato ahora de la diminución que ha tenido el valor de la plata fina, la cual, en igualdad de peso, y cambiada por cosas útiles, apenas vale más que la cuarta parte de lo que valía entonces. Hablaré de este punto en otra parte, porque su examen no corresponde al párrafo presente. Se ve que el nombre de libra tornesa se ha aplicado sucesivamente a cantidades muy diversas de plata fina. Unas veces se ha hecho esta mudanza disminuyendo el tamaño y el peso de las piezas de plata de la misma denominación, otras alterando su ley, esto es, poniendo en ellas más liga y menos plata fina; y otras aumentando la denominación de una misma pieza, y dando, por ejemplo, el nombre de 4 libras a una pieza que antes sólo era de 3. Como aquí no se trata sino de la plata fina, porque es la

única mercancía que tiene algún valor en la moneda de plata, la alteración hecha de cualquiera de estos modos ha producido el mismo efecto, pues ha disminuido la cantidad de plata a que se da el nombre de libra tornesa. Esto es lo que nuestros escritores llaman muy ridículamente, conforme al estilo de las ordenanzas, aumento de la moneda, porque semejante denominación aumenta su valor nominal; pero sería más justo llamarla disminución de la moneda, pues que disminuye la cantidad del único metal que la constituye. Aunque esta cantidad ha ido disminuyendo desde Carlo Magno hasta nuestros días, sin embargo muchos Reyes la han aumentado en diversas épocas especialmente desde el tiempo de San Luis. Las razones que tenían para disminuirla son bien evidente. Es más cómodo pagar con menor cantidad de dinero lo que se debe. Pero los Reyes no son solamente deudores, sino que en muchos casos son también acreedores, y se hallan con respecto a los contribuyentes en la misma situación en que se halla un propietario con respecto a su arrendador. De consiguiente, cuando todos estaban autorizados para pagar con menor cantidad de plata, el contribuyente pagaba sus contribuciones, del mismo modo que el arrendador su arrendamiento, con menor cantidad de este metal. Al paso que el Rey recibía menos plata, gastaba tanta como antes, porque las mercancías subían nominalmente de precio a proporción de la diminución de la cantidad de plata, contenida en la libra. Cuando se llamaba 4 libras la cantidad de plata llamada antes 3, daba el gobierno 4 libras por lo que antes le hubiera costado 3; y se veía obligado a aumentar los impuestos o a establecer otros nuevos, es decir que para recaudar la misma cantidad de plata fina, se pedía a los contribuyentes mayor número de libras. Pero este medio, siempre odioso, aun cuando realmente no hace que se pague más, era algunas veces impracticable. Entonces se acudía a lo que llamaban moneda fuerte: y como la libra contenía mayor peso de plata, pagando los pueblos el mismo número de libras, daban en efecto más plata232 . Por eso vemos que los aumentos de metal fino contenido en las monedas son con corta diferencia de la misma época que es establecimiento de los impuestos permanentes. Antes de aquel tiempo no habían tenido interés los Reyes en acrecentar el valor intrínseco de las piezas que acuñaban. Se engañaría cualquiera que creyese que estas numerosas variaciones en la cantidad de metal fino contenida en las monedas eran tan sencillas y claras en la ejecución como yo las presento aquí para comodidad del lector. Unas veces no se confesaba la alteración y se ocultaba todo el tiempo que se podía: de donde se originó el bárbaro guir igay adoptado en este género de manufactura233 . Otras se alteraba una especie de moneda, sin hacer novedad en las demás; y en una misma época la libra representada por ciertas piezas de moneda contenía más plata fina que la libra representada por otras piezas. En fin para oscurecer más la materia se obligaba casi siempre a los particulares a contar ya por libras ya por sueldos, ya por escudos, y a pagar en piezas que ni eran libras, ni sueldos, ni escudos, sino solamente fracciones o múltiplos de estas monedas de cuenta. Los Príncipes que se valieron de tan miserables recursos no pueden considerarse sino como unos falsarios armados de la fuerza pública.

Fueron tales los perjuicios que de aquí debían resultar a la buena fe, a la industria, y a todos los de la prosperidad, que en varias épocas de nuestra historia las operaciones monetarias desterraron completamente toda especie de comercio. Felipe el Hermoso ahuyentó de nuestras ferias a todos los mercaderes extranjeros, obligándolos a recibir en pago su moneda desacreditada, y prohibiéndoles contratar en otra que les inspiraba más confianza 234 . Felipe de Valois hizo lo mismo con respecto a las monedas de oro, y resultó el mismo efecto. Un historiador de aquel tiempo235 dice que casi todos los mercaderes extranjeros dejaron de venir a traficar en el reino; que aun los franceses, arruinados con tan frecuentes alteraciones en las monedas y con la incertidumbre de sus valores, se retiraron a otros países; y que los otros súbditos del Rey. Nobles y plebeyos, no se hallaron menos empobrecidos que los mercaderes: por cuya causa, añade el historiador, no había quien amase al Rey. Aunque los ejemplos que he puesto, los he tomado de las monedas francesas, ha habido las mismas alteraciones en casi todos los pueblos antiguos y modernos: ni se han conducido en esta parte los gobiernos populares mejor que los otros. Los romanos hicieron bancarrota en las épocas más felices de su libertad, variando el valor intrínseco de sus monedas. En la primera guerra púnica el as que debía ser de doce onzas de cobre, pesó dos solamente, y una en la segunda236 . La Pensilvania, que aun antes de la guerra de América, procedía en esto como estado independiente, ordenó en 1722 que la libra esterlina pasase por 1 libra y 5 sueldos esterlines237 ; y los Estados Unidos, no menos que la Francia, lo hicieron mucho peor después de haberse declarado repúblicas. «Si hubiesen de referirse por menor (dice Steuart) todos los artificios inventados para embrollar las ideas de las naciones con respecto a las monedas, a fin de disfrazar o de presentar como útiles, justas o razonables las alteraciones que han hecho en ellas casi todos los Príncipes, se podría escribir un tomo bien abultado238 ». Pudiera haber añadido Steuart que este tomo serviría de la menor ilustración, ni impediría que al día siguiente se pudiese practicar un nuevo artificio. Lo que importa aclarar es el fango donde germinan estos abusos; porque si se logra transformarle en una agua limpia y pura, no habrá abuso que no se pueda descubrir y frustar luego que nazca. No se crea que pierden los gobiernos una ventaja preciosa al perder la facultad de engañar. La astucia no les sirve más que por un tiempo muy corto, y al fin es mayor el perjuicio que les causa que el provecho que habían sacado de ella. Ninguna cosa excita tanto la inteligencia del hombre como el interés personal: este es el que da talento a los más rudos; y así, entre todos los actos y providencias del gobierno, ningunos están más lejos de poder engañar que aquellos en que se halla comprometido el interés personal. Si se dirigen a proporcionar recursos al estado por medio de arterías, no serán cogidos en el lazo los particulares; si hacen un agravio de que éstos no pueden eximirse, como cuando encierran una violación de la fe pública, por grande que sea la destreza con que esté disfrazado, se echará de ver muy pronto: en la opinión que se forme de semejante gobierno, se asociará la idea del ardid a la de la fidelidad, y desaparecerá la confianza con la cual se hacen mucho mayores cosas que con un poco de plata adquirida

fraudulentamente. Añádase a esto que no pocas veces son los agentes del gobierno los únicos que se aprovechan de la injusticia que se ha cometido con el pueblo; de manera que el gobierno pierde la confianza, y ellos perciben la utilidad, y cogen el fruto del oprobio que difunden sobre la autoridad pública. Lo que más conviene a los gobiernos es proporcionarse recursos realmente fecundos e inagotables, no facticios, vergonzosos y funestos. Se les hace pues un servicio útil cuando se les indican aquellos, y se los aleja de éstos. El efecto inmediato de la alteración de las monedas es una reducción de las deudas y obligaciones pagaderas en metálico; de las rentas perpetuas o reembolsables, pagaderas por el Estado y por los particulares; de los sueldos y pensiones, de los alquileres y arrendamientos; en fin, de todos los va lores expresados en metálico: reducción que hace ganar al deudor lo que hace perder al acreedor. Es una autorización concedida a todo deudor cuya deuda lleva la cláusula expresa de haber de pagarse con cierta cantidad de moneda, para que haga bancarrota del importe de la diminución del metal fino empleado bajo la misma denominación. Así, el gobierno que recurre a esta operación, no se contenta con lograr una ganancia ilegítima, sino que excita a todos los deudores sujetos a su autoridad a lograr la misma ganancia. Sin embargo, al disminuir o aumentar nuestros Reyes la cantidad del metal fino contenido bajo una misma denominación, no quisieron siempre, que en las relaciones que tenían los súbditos entre sí, se aprovechasen de esta circunstancia para su utilidad particular. Es verdad que el gobierno se ha propuesto siempre pagar menos o recibir más plata fina que la que debía pagar o recibir; pero algunas veces ha obligado a los particulares, en el momento de una alteración, a pagar y a recibir en moneda antigua, o bien en nueva al curso que se establecía entre las dos monedas239 . Los Romanos habían dado un ejemplo de esto, cuando en la segunda guerra púnica redujeron a una onza de cobre el as que pesaba dos. La república pagó en ases, esto es, no pagó más que la mitad de lo que debía. En cuanto a los particulares, sus obligaciones se estipulaban en denarios. El denario no había valido hasta entonces más que 10 ases; y se dio un decreto por el cual debía valer 16. Fue necesario pagar 16 ases a 16 onzas de cobre por un denario, y antes se hubieran pagado 20, esto es, 10 ases de a dos onzas cada uno por cada denario. La república hizo bancarrota en una mitad, y no autorizó a los particulares para hacerla más que en un 5º. Se ha mirado algunas veces la bancarrota hecha por la alteración de las monedas como una bancarrota simple y franca, que lleva consigo una reducción de la deuda. Se ha creído que era menos duro al acreedor del estado recibir una moneda alterada, que puede dar por el mismo valor en que la recibió, que ver reducido su crédito una cuarta parte, la mitad, &c. Distingamos.

De ambos modos pierde el acreedor en las compras que hace después de la bancarrota; y le es indiferente que sus rentas se hayan disminuido una mitad, o que tenga que pagarlo todo doble más caro. Verdad es que paga a sus acreedores en la misma forma, en que a él le pagó el tesoro público; ¿pero con qué fundamento, se cree, que los acreedores del estado hayan de ser siempre deudores con respecto a los demás ciudadanos? Sus relaciones privadas son las mismas que las de las otras personas; y hay sobradas razones para creer que en general se debe tanto a los acreedores del estado por los demás particulares como se debe a éstos por los acreedores del estado. Así, la injusticia que se les autoriza a cometer queda compensada con aquella a que se les expone, y la bancarrota que procede de la alteración de las monedas no les es menos funesta que cualquiera otra. Pero tiene gravísimos inconvenientes, que son fatales a la propiedad y al bien estar de las naciones. Ocasiona un transtorno en los precios de los géneros, el cual se verifica de mil modos, según cada circunstancia particular, lo que desconcierta las especulaciones más útiles y mejor combinadas; y destruye toda confianza para prestar y tomar a préstamo, porque no se presta de buena gana cuando hay riesgo de recibir menos de lo que se prestó; y se repugna tomar a préstamo, se teme que haya necesidad de devolver más de lo que se recibió. En consecuencia no pueden los capitales buscar un uso productivo; y el máximum y las tasas de los géneros, que suelen seguirse a la degradación de las monedas, dan también un golpe funesto a la producción. No padece menos la moral del pueblo con las variaciones monetarias, porque estas confunden siempre por cierto tiempo sus ideas acerca de los valores; y en todos los ajustes dan al bribón astuto una ventaja que no logra el hombre honrado y sencillo; en fin, autorizan con el ejemplo y con el hecho el robo y el despojo, y establecen una lucha entre el interés personal y la probidad, entre la autoridad de las leyes y los movimientos de la conciencia.

- VI La moneda no es signo ni medida

La moneda sería solamente signo, si no tuviese valor por sí misma; pero muy lejos de esto, lo único que se considera en ella cuando se hace una compra o una venta, es su valor intrínseco. Al vender una mercancía por una pieza de cinco francos, no se cambia por la figura o por el nombre de esta pieza, sino por la cantidad de plata acuñada que consta haber en ella.

Es esto tan cierto que si el gobierno acuñase escudos de estaño, no valdrían tanto como los de plata. Aun cuando su denominación fuese la misma, sería muy diferente el número de ellos que se pidiese por un mismo género; y si no fuesen más que un signo, valdrían tanto unos como otros. Si la fuerza, el arte, o circunstancias políticas extraordinarias han sostenido alguna vez el valor corriente de las monedas, cuando declinaba su valor intrínseco, nunca ha sucedido esto sino durante un espacio de tiempo muy corto. El interés personal llega muy pronto a descubrir si la mercancía que recibe vale menos que la que da, y encuentra siempre medios para evitar los perjuicios de un cambio desigual. Aun cuando la necesidad absoluta que hay de un intermedio para la circulación de los valores obligase a dar precio a un agente sin valor intrínseco y sin prenda, el valor dado al signo por razón de la necesidad sería un valor propio, nacido de sus usos, y que le convertiría en una verdadera mercancía. Una cédula del banco de Inglaterra no vale como si representase un valor real, porque no representa ninguno, puesto que es una promesa sin prenda, de un banco que le ha prestado al gobierno sin prenda, y sin embargo esta cédula de banco tiene en Inglaterra, por razón de su utilidad, un valor tan real como una pieza de oro u de plata. Lo que sí es un signo, es una cédula de banco pagadera a la vista; porque es el signo del dinero que se puede recibir cuando se quiera, con la presentación de este efecto. Pero la moneda de plata que se recibe en la caja, no es el signo, sino la cosa significada. Cuando se vende pues una mercancía, no se cambia por un signo, sino por otra mercancía llamada moneda, en la cual se supone un valor igual a la que se vende. Cuando se compra, no se da solamente un signo, sino que se da una mercancía que tiene un valor real igual a la que se recibe. Este primer error ha dado origen a otro que se ha reproducido frecuentemente. De que la moneda era el signo de todos los valores, se ha inferido que el valor de todas la monedas, cédulas de banco, papeles de crédito &c, era en cada país igual al valor de todas las mercancías: opinión que recibe una apariencia de verosimilitud del hecho, que acredita que el valor relativo de la moneda disminuye cuando su masa va en aumento, y aumenta cuando, su masa disminuye. Pero ¿quién no ve que esta variación se verifica del mismo modo en todas las demás mercancías? Cuando la cosecha de vino ha sido doble en un año, su precio bajará una mitad que en el año anterior. Por la misma razón se puede suponer que si llegase a duplicarse la masa de la moneda que circula, se duplicaría también el precio de todas las cosas, es decir, que para adquirir el mismo objeto sería necesario dar doble cantidad de dinero. Mas este efecto no indica que el valor total del dinero es siempre igual al valor total de las demás riquezas, así como no indica que el valor total de los vinos es igual a todos lo demás valores reunidos. La variación ocurrida en el valor del dinero del vino, en

ambas suposiciones, es una consecuencia de la relación de estos géneros entre sí, y no de su relación con la cantidad de los demás géneros. Hemos visto que el valor total de la moneda de un país no llega con mucho a la masa entera de sus valores, aunque se le agregue el de todos los metales preciosos que posee. De consiguiente, el valor representado sería superior al signo, que le representa, y no bastaría este signo para adquirir la cosa significada240 . No con mayor fundamento, pretende Montesquieu que el precio de las cosas depende de la relación que hay entre la cantidad total de los géneros y la cantidad total de las monedas241 . ¿Por ventura el vendedor y el comprador saben lo que existe de un género que se pone en venta? Y aun cuando lo supiesen ¿produciría esto, con respecto al mismo género, alguna alteración en la cantidad que se ofrece y en la que se pide? Todas estas opiniones nacen evidentemente de haber ignorado la naturaleza de las cosas y el orden que siguen los hechos. Con alguna más apariencia de razón, aunque no con más fundamento, se ha dado al numerario u moneda el nombre de medida de los valores. Se puede apreciar el valor de las cosas; pero no es posible medirle, esto es, compararle con un tipo invariable y conocido, porque no le hay. Por parte del gobierno sería una empresa desatinada querer fijar una unidad de valor para determinar cuál es el valor de las cosas. Mandará que Carlos, poseedor de un costal de trigo le dé a Marcial por 24 francos; pero también puede mandar que Carlos le dé por nada. Con esta orden habrá despojado a Carlos en beneficio de Marcial; mas no habrá establecido que 24 francos sean la medida del valor de un costal de trigo, así como no establecería que un costal de trigo no tiene valor, obligando a darle por nada. Una toesa o un metro son verdaderas medidas, porque presentan siempre a mi espíritu la idea de un mismo tamaño. Aunque me halle al cabo del mundo estoy seguro de que un hombre de cinco pies y seis pulgadas (medida de Francia) tiene la misma estatura que un hombre de cinco pies y seis pulgadas en Francia. Si me dicen que la gran pirámide de Ghicé tiene cien toesas de ancho en su base, puedo medir en París un espacio de cien toesas, y formar una idea exacta de aquella base; pero si me dicen que un camello vale en el Cairo 50 cequíes, que hacen unos 2.500 gramos de plata, o 500 francos, no tengo una idea precisa del valor de aquel camello, porque los 500 francos de plata valen sin duda alguna en París menos que en el Cairo, sin que pueda yo decir cuánta es esta inferioridad de valor. Lo más que se puede hacer se reduce a valuar las cosas, esto es, a declarar que una vale tanto más o menos que otra, en el momento y en el lugar en que se hace esta valuación, sin poder determinar cuál es absolutamente el valor de una y otra. Dícese que una casa vale 20.000 francos; pero ¿qué idea de valor me da una suma de 20.000 francos? La idea de todo lo que puedo comprar por este precio: ¿qué idea de valor me dan todas las cosas compradas por este precio? La idea de un valor igual al de aquella casa, mas no la idea de ninguna cantidad de valor fijo o independiente del valor comprado de las cosas.

Cuando se comparan dos cosas de valores desiguales con diversas fracciones de un producto, de la misma naturaleza, tampoco se hace más que valuar la relación de sus valores. Cuando se dice: esta casa vale 20.000 francos y la otra 10.000, lo que dice la frase en realidad es que: esta casa vale dos veces tanto como la otra. Como se compara una y otra con un producto, que puede dividirse en muchas porciones iguales (con una suma de dinero) es más fácil, a la verdad, formar idea de la relación de valor de las dos casas, porque cuesta poco trabajo comprehender la relación de 20.000 unidades con 10.000; pero no se puede decir, sin cometer un círculo vicioso, lo que vale cada una de estas unidades. No hallo inconveniente en que esto no se llame medir, pero se debe observar que tiene la misma propiedad cualquiera otra mercancía divisible, aunque no sirva de moneda. La misma idea se tendrá de la relación que hay entre el valor de las dos casas, cuando se diga: la una vale mil hectolitros242 de trigo candeal y la otra no vale más de quinientos. Una vez comprehendida esta materia, observaré que la medida común de dos valores (si se le da este nombre) no presenta idea alguna de la relación que hay entre ellos por poca que sea la distancia o el espacio de tiempo que los separe. En efecto, 20.000 francos, o mil hectolitros de trigo no pueden servirme para comparar el valor de una casa de otros tiempos con el de una casa de ahora, porque el valor de los escudos y del trigo no es rigurosamente ahora lo que era en otros tiempos. Una casa de 10.000 escudos en París, en tiempo de Enrique IV, valía mucho más que una casa que valiese ahora 10.000 escudos. Una casa de 20.000 francos en la Bretaña-baja tiene mucho más valor que una casa de 20.000 francos en París; del mismo modo que una renta de 10.000 francos en la Bretaña-baja es mucho más considerable que una renta de igual suma en París. Esto es lo que imposibilita la comparación que se ha intentado hacer algunas veces de las riquezas de dos épocas o de dos naciones diferentes. Este paralelo es la cuadratura, del círculo de la Economía política, porque no hay ninguna medida común para establecerle. La plata y aun la moneda de cualquier materia que esté compuesta, no es más que una mercancía cuyo valor es arbitrario y variable como el de todas las mercancías, y se arregla en cada contrato que se hace, por un convenio entre el vendedor y el comprador. La plata vale más cuando se compran con ella muchas mercancías que cuando se compran pocas. No puede pues servir de medida, supuesto que las funciones de ésta son conservar la idea de un tamaño. Así, cuando dijo Montesquieu hablando de las monedas: «nada debe estar tan exento de variación como lo que debe ser la medida común de todo243 , cometió tres errores en dos líneas. En primer lugar, no se puede pretender que la moneda sea la medida de todo, sino de todos los valores: además, ni aun es la medida de los valores; y en fin, es imposible hacer su valor invariable. Si Montesquieu quería persuadir a los gobiernos que no alterasen las monedas debía servirse de buenas razones

supuesto que las hay, y no de rasgos brillantes que seducen, y contribuyen a acreditar falsas ideas. Sin embargo, muchas veces sería cosa muy curiosa, y en ciertos casos útil, poder comparar dos valores separados por tiempos y lugares, como en los casos en que se trata de estipular un pago que ha de efectuarse lejos, o una renta que ha de durar muchos años. Smith propone el valor del trabajo como menos variable, y por consiguiente más a propósito para dar la medida de los valores que no se tienen presentes. He aquí las razones en que se funda. «Dos cantidades de trabajo, dice, cualquiera que sea el tiempo y el lugar, son de igual valor para el que trabaja. En el estado ordinario de su salud y vigor, de su aptitud y destreza, la anticipación que en ambos casos hace de su trabajo, debe ser para él la misma. El precio que paga es por consiguiente el mismo cualquiera que sea la cantidad de cosas que reciba en cambio. Si recibe mayor u menor cantidad lo que varía es el valor de las cosas, y no el valor del trabajo con que las compra. En todos tiempos y lugares es caro lo que se obtiene con mucha molestia y afán, y es barato lo que cuesta poco trabajo. No variando jamás éste en su valor, es por consiguiente la única medida real con que puede compararse y apreciarse en todos tiempos y lugares el valor de todas las mercancías244 ». De que cierta cantidad de trabajo tenga siempre el mismo valor para el que ejecuta este trabajo, no se sigue por más que diga Smith, que haya de tener siempre el mismo valor permutable. Del mismo modo que cualquiera otra mercancía, puede el trabajo ser más o menos ofrecido, más o menos buscado; y su valor, que como cualquiera otro, se fija por el debate contradictorio que se suscita entre el vendedor y el comprador, varía según las circunstancias. La calidad del trabajo no influye menos en su valor. Et trabajo del hombre robusto e inteligente, vale más que el hombre débil y estúpido. El trabajo vale más en un país que prospera y en que hay falta de trabajadores, que en un país recargado de población. Un jornalero gana en los Estados Unidos245 tres veces más que en Francia; ¿y hemos de creer por eso que el dinero vale allí tres veces menos? La prueba de que el jornalero de los Estados Unidos está realmente mejor pagado, es que come y viste mejor y tiene una habitación más cómoda. Quizá es el trabajo uno de aquellos géneros cuyo valor varía más, porque en ciertos casos se busca extraordinariamente y en otros se ofrece con instancias molestas, como sucede en una ciudad que ha quedado sin industria. No puede pues traer más ventajas su valor que el de cualq uiera otro género para medir dos valores separados por grandes distancias a por un largo espacio de tiempo. No hay realmente ninguna medida de los valores, porque para esto sería necesario que hubiese un valor invariable, el cual no existe. A falta de medida exacta, es menester contentarse con valuaciones aproximativas. Entonces, siendo bien conocido el valor de muchas mercancías, puede dar una idea más o menos aproximada del valor de otra. Para saber, con corta diferencia, lo que valía una

cosa entre los antiguos, sería necesario conocer que mercancía, en la misma época, debía valer con corta diferencia tanto como entre nosotros, y saber después, qué cantidad de este género se daba en cambio de aquella cuyo precio se quiere averiguar. No convendría pues tomar por objeto de comparación la seda, por ejemplo, supuesto que esta mercancía que en tiempo de César era preciso sacar de la China de un modo muy costoso, y que no se producía en Europa, debía ser mucho más cara que entre nosotros. ¿No habrá alguna mercancía que haya debido variar menos desde aquel tiempo hasta el nuestro? ¿Cuánto se daba de esta mercancía para adquirir una onza de seda? Esto es lo que se necesitaría saber. Si hubiese un género cuya producción estuviese casi igualmente perfeccionada en las dos épocas, y cuyo consumo fuese de tal naturaleza que se extendiese al paso que es más abundante, es probable que este género habría variado poco en su valor, el cual podría en consecuencia venir a ser un término medio de comparación bastante regular de los demás valores. Desde los primeros tiempos históricos, el trigo es el alimento del mayor número en las principales naciones de Europa; y la población de los estados ha debido por consiguiente proporcionarse a su escasez o a su abundancia más bien que a la cantidad de cualquiera otro género alimenticio. El pedido pues de este género, con respecto a su cantidad ofrecida, ha debido ser uno mismo en todos tiempos con muy corta diferencia. Además, no veo ningún otro cuyos gastos de producción deban haber va riado menos. Los métodos de los antiguos en materia de agricultura valían tanto como los nuestros en muchas cosas, y en algunas les eran quizá superiores. Es verdad que era más caro el uso de los capitales pero esta diferencia es poco sensible, por cuanto entre los antiguos cultivaban mucho los propietarios por sí mismos y con sus capitales, y empleados estos en empresas agrícolas podían reclamar menores ganancias que invertidos en otros usos, sobre todo si se considera que los antiguos tenían por más honroso el ejercicio de la industria agrícola que el de las otras dos, y por lo mismo debían acudir a ella los capitales y el trabajo con más actividad que a las fábricas y al comercio. En la edad media, en que tanto degeneraron todas las artes, se mantuvo el cultivo del trigo en un grado de perfección no muy inferior al que tiene actualmente. De estas consideraciones concluyo que el valor de una misma cantidad de trigo debió ser el mismo, con corta diferencia, entre los antiguos, en la edad media, y en nuestro tiempo. Pero, como la abundancia de las cosechas ha variado siempre prodigiosamente de un año a otro; como ha habido hambres en un tiempo, y en otro se han dado los granos a un precio ínfimo, se deberán valuar éstos por su valor medio, siempre que se tomen por basa de algún cálculo. He aquí lo que conviene tener presente en cuanto a la estimación de los valores en distintas épocas. No es menos difícil su estimación en dos lugares distantes; porque el alimento más general, y por consecuencia aquel cuyo pedido y cantidad permanecen más comúnmente en una misma proporción relativa, varía de un clima a otro. Este alimento, es el trigo en Europa, y el arroz en Asia: el valor de uno de estos géneros no tiene ninguna relación en

Asia y en Europa; y aun el valor del arroz en Asia no la tiene con el del trigo en Europa. El arroz tiene incontestablemente menos valor en las Indias que el trigo entre nosotros, porque su cultivo es menos costoso, y las cosechas son dobles. Ésta es en parte la razón de que en las Indias y en la China sean tan baratos los jornales. Por consiguiente, el género alimenticio, de uso más general es mala medida para los valores cuando median grandes distancias. Tampoco ofrecen una medida más perfecta los metales preciosos, supuesto que valen incontestablemente menos en la América meridional y en las Antillas que en Europa, y más sin dada alguna en toda el Asia, adonde van a parar constantemente. Sin embargo, atendiendo a la gran comunicación que hay entre estas partes del mundo, y a la facilidad de transportarlos, se puede suponer que es la mercancía que varía menos en su valor al pasar de un clima a otro. Por fortuna, no es necesario para las operaciones comerciales, comparar el valor de las mercancías y de los metales en dos climas distantes, sino que basta conocer su relación con los demás géneros en cada clima. Al negociante que envía a la China media onza de plata, no le importa que esta media onza valga más o menos que una onza en Europa. Lo único que le interesa es saber que con esta pinta podrá comprar en Cantón una libra de té de cierta calidad, que traída a Europa, se venderá por dos onzas de plata. Sabiendo, conforme a estos datos que, concluida la operación tendrá en este objeto la ganancia de onza y media de plata, calcula si esta ga nancia después de cubiertos los gastos y los riesgos de ida y vuelta, le deja un beneficio suficiente; y no se cuida de otra cosa. Si envía mercancías en lugar de dinero, le basta saber la relación entre el valor de ellas y el del dinero en Europa, esto es, lo que cuestan; la relación entre el valor de las mismas y el de los géneros chinos en aquel país, esto es, lo que se obtendrá en cambio; y finalmente, la relación entre estos últimos y el dinero en Europa, esto es, en cuánto se venderán, cuando hayan l egado. Claro está que en estos casos no se trata más que de valores entre dos o muchos objetos en un mismo tiempo y lugar. En los usos comunes de la vida, esto es, cuando sólo se intenta comprar el valor de dos cosas que no está separadas por un largo espacio de tiempo ni por una gran distancia, casi todos los géneros que tienen algún valor pueden servir de medida; y si para designar el valor de una cosa, aun cuando no se trata de venta ni de compra, se prefiere para esta apreciación el valor de los metales preciosos o de la moneda, es porque el valor de cierta cantidad de moneda es más generalmente conocido que cualquiera otro246 . Pero cuando se estipula para tiempos remotos, como cuando se constituye una renta perpetua, vale más estipular en trigo, porque el descubrimiento de una sola mina pudiera hacer que decayese muy considerablemente el valor del dinero, al paso que el cultivo de toda la América septentrional no haría bajar de un modo sensible el valor del trigo en Europa; porque la América se poblaría entonces de consumidores al mismo tiempo se cubriese de mieses. De todos modos, la estipulación de valores para tiempos remotos es necesariamente vaga, y no puede dar ninguna seguridad del valor que se recibirá.

No habría peor estipulación que la que se hiciese en moneda nominal; porque pudiendo aplicarse este nombre a valores diversos, sería estipular un vocablo más bien que un valor, y exponerse a ser pagado en palabras. Me he detenido en impugnar ciertas expresiones inexactas, porque me parece que están demasiado extendidas247 , porque bastan algunas veces para hacer que se formen ideas falsas; porque éstas llegan a ser frecuentemente la base de un sistema falso, y en fin, porque de un sistema de esta naturaleza resultan las malas operaciones.

- VII De una circunstancia que se debe tener presente al valuar las sumas de que se hace mención en la historia

Los historiadores más ilustrados se contentan, cuando valúan en moneda de nuestro tiempo las sumas de que se hace mención en la historia, con reducir a moneda corriente la cantidad de oro u de plata efectiva indicada por la suma antigua. No basta esto; porque la suma actual, la denominación actual de esta cantidad de metal, no nos da ninguna idea del valor que tenía entonces, y esto es sin embargo lo que tratamos de saber. Es pues necesario atender también a la variación que haya experimentado el valor del metal mismo, lo que se entenderá mejor con algunos ejemplos. Dice Voltaire en su Ensayo sobre la historia universal248 que el Rey Carlos V declaró que los Príncipes de Francia tendrían una dotación de 12.000 libras de renta; y valuando esta suma en 100.000 libras de nuestra moneda, observa con bastante razón que no era gran cosa para los hijos de un Rey. Veamos el cálculo en que fundó Voltaire su valuación. Supone que el marco de plata fina valía unas 6 libras en tiempo del Rey Carlos V 12.000 libras hacen, según esta cuenta, 2.000 marcos de plata, que por la tasa que tenían cuando escribía Voltaire, dan en efecto una suma de cien mil libras poco más o menos. Pero 2.000 marcos de plata fina en tiempo del Rey Carlos V, valían mucho más que en tiempo de Luis XV. Para convencernos de ello, bastará comparar el valor medio del trigo, como uno de los menos variables, con el de la plata pura en estas dos épocas. Dupré de San Mauro, que ha escrito una obra llena de doctas investigaciones sobre el valor de las cosas, cree que desde Felipe Augusto, que murió en 1223, hasta por los años de 1520, valía comúnmente el sextario 249 de trigo (mediada de París) tanto como la novena parte de un marco de plata fina: que son 512 granos de plata de la misma ley250 .

Valiendo el marco de plata, por los años de 1536, trece libras tornesas, o por mejor decir, teniendo la denominación de 13 libras tornesas, el precio común del sextario de trigo era de 3 libras tornesas con corta diferencia, esto es, del marco de plata, o un valor igual al de 1.063 granos de plata fina. Siendo de 22 libras el marco de plata fina en 1602 eu tiempo de Enrique IV, el precio común del sextario de trigo era de 9 libras, 16 sueldos y 9 dineros, o valía tanto como 2.060 granos de plata fina251 . Desde aquel tiempo ha valido siempre el sextario de trigo, en un año común, casi la misma cantidad de plata fina. Siendo en 1789 el marco de plata de 54 libras y 19 sueldos, y el precio común del trigo, según la valuación de Lavoisier de 24 libras, valía el sextario 2.012 granos de plata fina. He despreciado las fracciones de granos, porque en todo, esto no se puede tratar sino de aproximación, en vista de que aun el sextario de trigo, que se valúa aquí con respecto a las cercanías de Parí,. no es más que una aproximación bastante vaga. Resulta de estos cotejos que el sextario de trigo, cuyo valor comparado con los demás géneros ha variado poco desde 1520 hasta nuestros tiempos, se ha cambiado, a saber: En 1520, por 512 granos de plata pura. En 1536, por 1.063. En 1602, por 2.060. En 1789, por 2.012; lo que indica que el valor de la plata pura ha experimentado una variación considerable desde la primera de estas épocas, supuesto que ahora es necesario en los cambios dar casi cuatro veces tanto como se daba hace tres siglos por la misma cantidad de mercancía. En otra parte veremos252 por qué razón el descubrimiento de las minas de América, que ha derramado en el mundo casi diez veces más plata que la que había antes, no ha hecho sin embargo que baje su valor más que en la proporción de 4 a 1. Apliquemos estos conocimientos a la dotación de los hijos del Re y. Si la plata pura valía cuatro veces más en tiempo del Rey Carlos V que en la época en que escribía Voltaire, los 2.000 marcos que formaban aquella dotación valían tanto como 8.000 de los nuestros, esto es, más de 400.000 francos de estos tiempos. En tal caso ya no es tan exacta la reflexión de Voltaire sobre la cortedad de la dotación de que se trata.

Sin embargo de haber escrito Raynal sobre materias comerciales, comete el mismo error cuando valúa las rentas públicas del reinado de Luis XII en 36 millones de francos de estos tiempos, fundándose en que llegaban a 7.650.000 libras a II libras el marco de plata. En efecto contenía esta suma 695,452 marcos de plata; pero no bastaba reducir estos marcos a libras según la tasa o precio que hoy tienen supuesto que valían tanto como cuatro veces la misma cantidad de plata en el día; sino que antes de reducirlos a libras actuales era necesario multiplicarlos por cuatro, y lo que es lo mismo, hacer la multiplicación después de haber hecho la reducción: y conforme a este cálculo resultará que en el reinado de Luis XII ascendían las rentas públicas a la suma de 144 millones de francos de estos tiempos. Leemos en Suetonio que César regaló a Servilia una perla de seis millones de sestercios; y los traductores253 valúan esta suma en un millón y doscientos mil francos. Pero vemos un poco más adelante, en el mismo Suetonio, que César vendió en Italia por plata amonedada tejos de que había robado en las Galias, y que los vendió a razón de 3.000 sestercios por libra de oro: lo que demuestra que está valuada muy imperfectamente la perla de Servilia. La libra de los romanos pesaba, según Le Blanc, 10 2 /3 de nuestras onzas; y 10 onzas 2 /3 de oro en tiempo de César valían tanto como valen ahora 32 onzas de oro, porque se cree fundadamente que el valor del oro ha bajado en la proporción de 3 a 1254 . Treinta y dos onzas de oro valen ahora unos 3.036 francos. Luego es este el valor actual de tres mil sestercios; y así valía la perla 6 millones 72 mil francos, y el sestercio algo más de un franco: lo cual excede mucho a la valuación que se hace de ella comúnmente255 . Cuando César se apoderó del erario de Roma, a pesar del tribuno Metelo dicen que encontró en él 4.130 libras de oro, y 80.000 de plata. Vertot valúa esta presa, sin que sepamos con qué fundamento, en 2.911.100 libras tornesas. Si se quiere formar una idea algo más exacta del tesoro de que se apoderó César en el momento de su usurpación, se reducirán 4.130 libras de oro a onzas francesas a razón de 10 onzas 2 /3 por cada libra romana 256 : lo que dará 44.052 onzas. Pero como esta cantidad valía entonces tres veces tanto como ahora, tendremos 132.156 onzas, esto es, 12.530.346 francos, suponiendo aquel oro de la misma ley que nuestras monedas. Por lo tocante a las 80.000 libras de plata, valían entonces tanto como valdrían ahora 320.000, esto es, cerca de 20.915.735 francos, no contando más que 10 onzas por libra, y suponiendo, la ley igual a la de nuestras monedas. El oro y la plata que robó César componían pues una suma igual a 33.446.081 francos de moneda actual; y ya se ve cuánta diferencia hay entre esta valuación y la que hace Vertot de unos 3 millones de la misma moneda. ¡Con cuánta más razón deberemos desconfiar de las valuaciones hechas por historiadores menos ilustrados que estos! En la historia antigua de Rollin y en la eclesiástica de Fleury se aprecian los talentos, las minas y los sestercios conforme a la valuación hecha por algunos sabios durante el ministerio de Colbert. Pero estas valuaciones presentan de un modo muy problemático la cantidad de metales preciosos

contenida en las sumas antiguas; primer origen de errores. El valor de estos metales preciosos ha variado considerablemente desde los tiempos antiguos hasta el de Colbert; segundo origen de errores. La reducción que se hizo de ellos durante aquel ministerio estaba calculada a razón de 26 libras y 10 sueldos por cada marco de plata, que era el precio a que se recibía entonces la plata fina el la casa de la moneda, y este precio y tasa no era ya el mismo en tiempo de Rollin; tercer origen de errores: y en fin ha subido mucho el mismo precio después del tiempo de aquel escritor, y una libra tornesa nos presenta ahora la idea de menos plata que en su tiempo; cuarto origen de errores. De suerte que cualquiera que lea ahora a Rollin, y se refiera a las valuaciones que en él se encuentran, formará las ideas más falsas de las rentas y gastos de los estados antiguos, como también de su comercio, de sus fuerzas y de toda su economía. No pretendo que ningún historiador pueda tener datos bastante seguros para ofrecer a sus lectores una valuación siempre exacta de todas estas cosas; pero creo que para alejarse mucho menos de la verdad que lo que se ha hecho hasta ahora en la reducción de las sumas de los antiguos y aun de las de la edad media, a moneda actual, es necesario tratar de conocer ante todas cosas por medio de los anticuarios (que es lo que se practica) la cantidad de metal de plata u oro que expresaban; y después, hasta el tiempo del Emperador Carlos V, esto es, hasta por los años de 1520, se debe multiplicar esta cantidad por 4, si se trata de plata, y por 3, si de oro, porque el descubrimiento de las minas de América ha disminuido el valor de la plata en la proporción de 4 a 1 poco más o menos, y el del oro en la de 3 a 1 solamente257 En fin es necesario reducir esta cantidad de oro u plata a moneda corriente al curso de la época actual. Desde el año 1520 fue disminuyendo siempre el valor de la plata hasta el fin del reinado, de Enrique IV, esto es, hasta los primeros años del siglo XVII. Esta diminución de valor se puede graduar por el aumento del precio de un mismo género, como lo he demostrado en el párrafo anterior. Para tener una idea exacta del valor del marco de plata en aquella época, es necesario aumentarle tanto menos cuanto más va subiendo el precio de los géneros, por ejemplo, del trigo, no nominalmente, sino en metal. Como desde el principio del siglo XVII parece que no ha decaído sensiblemente el valor de la plata (supuesto que por la misma cantidad de plata fina se ha podido comprar la misma cantidad de casi todos los géneros), después de haber reducido a marcos de plata las sumas de esta época, no se les debe dar ningún aumento, ni se hará más que valuarlas en moneda corriente actual, según el curso del día con respecto al marco de plata fina258 . Así, por ejemplo, vemos en las memorias de Sulli que este ministro había acumulado en los soterráneos de la Bastilla 36 millones de libras tornesas para llevar a efecto los grandes designios de Henrique IV contra la casa de Austria. A fin de conocer el valor actual de esta suma, es menester saber desde luego la plata fina que contenía. Veinte y dos libras tornesas eran entonces la expresión, en libras, del marco de plata; y así, 36 millones de libras equivalían a 1. 636.363 marcos y 5 onzas de plata. El valor de este metal no ha variado sensiblemente desde la época de que se trata

supuesto que con aquella cantidad de metal se compraba la misma porción de trigo que se compraría ahora; y es constante que en estos tiempos 1.636.363 marcos y 5 onzas, o que es lo mismo 399.588.018 libras y 5 gramos de plata fina reducida a moneda hacen 88.797.315 francos. No se ejecutarían en el día de hoy grandes designios con esta suma; pero es necesario considerar que se hace la guerra de muy distinto modo, y que es mucho más costosa no solamente en el nombre, sino también en la realidad.

- VIII No hay relación fija entre el valor de un metal y el de otro

El mismo error por el cual se ha creído que se podía fijar el valor de un metal, ha inspirado la idea de querer fijar el valor relativo de los diferentes metales que han servido de moneda a un mismo tiempo. Se ha dicho: cierta cantidad de plata valdrá 24 libras, y cierta cantidad de oro valdrá también 24 libras: con lo que se ha dado por sentado que se había establecido una proporción fija entre el valor nominal del oro y el de la plata. Siendo esta pretensión tan varia como la otra, ha resultado que el valor de los dos metales, siempre variable comparativamente a todos los géneros, lo ha sido también en los cambios que se han hecho de uno de estos dos metales por otro. Antes de la refundición de las monedas de oro, decretada en 30 de octubre de 1785, se vendían los luises de oro por 25 libras de plata y algunos sueldos. Por esto se tenía gran cuidado de no pagar en moneda de oro las obligaciones estipuladas en libras, pues se hubieran pagado realmente 25 libras y 8 u 10 sueldos por cada 24 libras contenidas en la suma estipulada. Desde la refundición de 1785, en que se disminuyó la cantidad de oro contenida en el luis, ha valido éste con muy corta diferencia tanto como la cantidad de plata llamada 24 libras, y así desde aquella época se ha pagado más indiferentemente en oro u plata. Sin embargo, han continuado siendo más comunes los pagos en plata, ya sea porque la nación estaba acostumbrada a ello o porque estando la moneda de oro más expuesta que la otra a las maniobras de los falsarios y desgastadores, da mas lugar al que la recibe a disputar sobre su peso y calidad. Una fijación diferente ha producido en Inglaterra efectos contrarios. En 1728, el curso natural de los cambios había establecido el valor relativo de la plata fina y del oro fino en la proporción de 1 a 15 9 /124 (o para servirme de una fracción más sencilla, a 15 1 /14 . Con una onza de oro se compraban 15 1 /14 de plata, y al contrario. Esta fue la tasa a que se fijó la relación de las monedas de oro y plata; es decir, que una onza de oro amonedado se llamaba 3 libras 17 sueldos 10 1 /2 dineros esterlines, y que 15 onza 1 /14 de

plata amonedada se llamaba del mismo modo 3 libras 17 sueldos 10 1 /2 dineros esterlines. Pero esto era fijar una proporción variable por su naturaleza. Se buscó sucesivamente la plata con preferencia al oro; se hicieron más comunes las vajillas y utensilios de plata; tomó más incremento el comercio de la India, y transportó mayor cantidad de plata que de oro, porque en el Oriente vale más aquel metal, con respecto al oro, que en Europa; y en fin, el valor de la plata comparado, con el del oro había venido a quedar a fines del siglo último en la relación de 1 a 14 3 /4 solamente: de forma que la cantidad de moneda de plata que valía 3 libras 17 sueldos 10 1 /2 dineros esterlines, podría venderse, si se redujese a barras, en 4 libras esterlinas por moneda de oro. Se ganaba pues reduciéndola a barras, y se perdía pagando en moneda de plata. Por esta razón se hacían todos los pagos en oro hasta el momento en que se autorizo al banco de Inglaterra en 1797 a suspender sus pagos en dinero. Desde entonces ya no se ha pagado sino en papel; pero si la Inglaterra vuelve a adoptar una moneda metálica, y sigue las mismas leyes y reglamentos monetarios, es probable que se harán en ella los pagos, no como antes, en monedas de oro, sino de plata. En aquel país ha llegado a ser el oro más precioso que la plata, probablemente a causa de la grande exportación que se ha hecho de estos metales por razón de las circunstancias, y que ha debido ser más considerable con respecto al oro que a la plata, la cual presenta menos facilidad para exportarse fraudulentamente. Allí vale ahora la onza de oro en el comercio casi tanto como 15 1 /2 de plata; y según la relación de las monedas metálicas no vale más de 15 1/14 como hemos visto arriba. Pagando pues en oro, se daría por cada onza de este metal un valor igual a 15 1 /2 de plata al paso que se podría satisfacer el mismo valor entregando solamente en monedas de plata 15 onzas y 1 /14 de este metal. De todo esto se infiere que no es posible en la práctica asignar un valor fijo a mercancías cuyo valor es realmente variable; y que se debe dejar que una onza de oro u de plata busquen sus diferentes valores en los cambios en que se debe por conveniente usar de estos metales259 . Lo que se acaba de decir del oro y de la plata, puede decirse también de la plata y del cobre, y en general del valor relativo de todos los demás metales. El mismo desacierto se comete cuando se dice que la cantidad de cobre contenida en 20 sueldos va le tanto como la plata contenida en una libra tornesa, que cuando se dice que la cantidad de plata contenida en 24 libras tornesas vale tanto como el oro contenido en un luis. Sin embargo, la proporción fijada por la ley entre el cobre y los metales preciosos, no ha tenido inconvenientes muy graves, por cuanto la ley no ha autorizado para pagar indiferentemente en cobre o en metales preciosos las sumas estipuladas en libras tornesas y en francos; de modo que la única moneda reconocida para las sumas que exceden el valor de las piezas de plata, es la plata o el oro260 .

- IX Lo que deberían ser las monedas

Lo que he dicho hasta ahora acerca de las monedas puede hacer que se presienta lo que convendría que fuesen. La suma conveniencia de los metales preciosos para servir de moneda ha hecho que sean preferidos casi en todas partes para este uso. Ninguna materia es más a propósito para ello; y así no debe desearse la menor variación en esta parte. Lo mismo se puede decir de la división de los metales preciosos en porciones iguales y manejables. Conviene pues acuñarlas, como se ha hecho hasta ahora en casi todos los pueblos civilizados, en piezas de igual peso y ley. Es lo más acertado que tengan un sello, el cual sea la garantía de este peso y ley, y que la facultad de dar esta garantía, y por consecuencia la de fabricar monedas, esté exclusivamente reservada al gobierno, porque una multitud de fabricantes que las acuñasen a un mismo tiempo no ofrecerían igual garantía. Aquí es donde debería detenerse la acción de la autoridad pública con respecto a las monedas. El valor de un pedazo de plata es arbitrario, y se arregla amigablemente en las contratas o convenios que se hacen entre particulares, o entre éstos y el gobierno. ¿Porque se ha de establecer de antemano este valor, que no puede menos de ser imaginario, ni se hará caso alguno de él al servirse de la moneda? ¿Porqué se ha de dar nombre a este valor imaginario y fijo que es imposible atribuir a la moneda? ¿Qué es un peso fuerte, un ducado, un florín, una libra esterlina y un franco? ¿Es posible ver en todo esto más que unos pedazos de oro u plata que tienen cierto peso y cierta ley? No siendo pues otra cosa, ¿por qué se ha de dar a estas barras otro nombre que el suyo, esto es, el que designa su naturaleza y peso? Cinco gramos de plata, se dice, valdrán un franco. Esto es lo mismo que si se dijese: cinco gramos de plata valdrán cinco gramos de plata; porque la idea que se tiene del franco nace únicamente de los cinco gramos de plata de que se compone. ¿Toman distinto nombre el trigo, el chocolate y la cera, cuando se dividen según su peso? Una libra de pan, de chocolate, o de bugías ¿se llama de otro modo que una libra de pan, de chocolate, o de bugías? Pues, ¿por qué no se ha de llamar una pieza de plata de peso de 5 gramos por su verdadero nombre? ¿Por qué no se la ha de llamar lisa y llanamente 5 gramos de plata? Esta leve rectificación, que al parecer consiste en una palabra, en una nada, es inmensa en sus consecuencias. Una vez admitida, ya no es posible contratar en valor nominal, sino que en cada ajuste o convenio, es necesario igualar una mercancía real con

otra igualmente real, cierta cantidad de plata con cierta cantidad de granos, de carne o de telas. Si se contrae una obligación a pagar en cierto tiempo, ya no es posible valerse de ningún pretexto para violarla; porque obligándose mi deudor a pagarme tantas onzas de plata fina, y siendo abonado, estoy seguro de la cantidad de plata fina que recibiré cuando se cumpla el tiempo u plazo estipulado. En tal caso queda destruido todo el sistema monetario; sistema tan complicado que jamás le han entendido completamente aun la mayor parte de los que forman de él su ocupación habitual; sistema de donde nacen perpetuamente la mala fe, la injusticia y el robo. En tal caso es imposible hacer una operación falsa con las monedas sin acuñar moneda falsa, ni tratar de composición o de variación en los contratos sin hacer bancarrota; y la fabricación de la moneda viene a ser la cosa más sencilla, esto es, un ramo de platería. Los pesos adoptados hasta la introducción del sistema métrico en Francia, a saber, las onzas, dracmas y granos, tenían la ventaja de presentar cantidades equilibrantes, fijadas ya por espacio de muchos siglos y aplicables a todas las mercancías; de modo que no se podía variar la onza por lo tocante a los metales preciosos, sin variarla también por lo tocante al azúcar, a la miel y a todos los géneros que se miden al peso. Pero aun en esta parte ¿cuántas más ventajas tienen los pesos del nuevo sistema métrico? Estos se fundan en una cantidad dada por la naturaleza, y que no puede variar mientras subsista nuestro globo. El gramo es el peso de un centímetro cúbico de agua: el centímetro es la centésima parte del metro; y el metro es la diezmillonésima parte del arco que forma la circunferencia de la tierra desde el polo al ecuador. Podrá substituirse otro nombre en lugar de gramo; pero no está en mano de los hombres alterar la cantidad de peso de lo que se entiende actualmente por gramo: y cualquiera que se obligase a pagar en una época futura, una cantidad de plata igual a cien gramos de plata, no podría, por más operaciones arbitrarias que interviniesen, pagar menor cantidad de este metal, sin violar su promesa de un modo evidente. La facilidad que puede dar el gobierno para la ejecución de los cambios y contratos en que se emplea la mercancía- moneda, consiste en dividir el metal en diferentes piezas, de uno u de muchos gramos, de uno u de muchos centigramos, de modo que sin necesidad de peso se puedan contar quince, veinte, treinta gramos de oro u de plata, según los pagos que se hayan de hacer. Varias experiencias hechas por la Academia de las Ciencias prueban que el oro y la plata puros resisten menos a la frotación que cuando contienen un poco de liga; y además dicen los monederos que para acendrarlos completamente serían necesarias algunas operaciones muy costosas que encarecerían mucho la fabricación de la moneda. Mézclese pues con el oro y la plata cierta cantidad de liga; pero anúnciese esta cantidad por medio del sello, el cual no debe ser más que una marca que certifique el peso y la calidad del metal. Es visto que de ningún modo se trata aquí de francos, de décimos, ni de céntimos; porque en efecto no deberían existir semejantes nombres, supuesto que nada significan.

Nuestras leyes disponen que se acuñen piezas de un franco que pesen 5 gramos de plata; y deberían mandar lisa y llanamente que se acuñasen piezas de 5 gramos. Entonces en lugar de hacer un vale o una letra de cambio de 400 francos, por ejemplo, se harían de 2.000 gramos de plata fina de ley de 9 /10 o si se quería más bien de 130 gramos de oro fino de ley de 9 /10 ; y no habría cosa más fácil de pagar, porque todas las monedas de oro u plata serían múltiplos o fracciones de gramos de ley de metal fino mezclado con 1 /10 de liga. Sería necesario, en verdad, establecer por ley que todo convenio en que se estipulase cierto número de gramos de plata o de oro, no pudiese saldarse sino en piezas acuñadas (a no estipularse lo contrario) a fin de que el deudor no tuviese arbitrio para pagar en barras que valiesen algo menos que las piezas acuñadas. Pero ya se deja entender que esta precaución no es más que un pormenor relativo a la ejecución y que en rigor todo contrato debería contener (además de la expresión de la materia y de la ley) la circunstancia de que la cantidad estipulada hubiera de pagarse en piezas estampadas con el punzón o cuño nacional. Esta ley u ordenanza no tendría otro objeto que el de evitar en cada escritura la expresión de muchas cláusulas que en el mismo hecho se darían por sobrentendidas. El gobierno no acuñaría las barras de los particulares sino pagandosele los gastos y aun el beneficio de la fabricación. Este beneficio o utilidad podría ser de bastante importancia en virtud del privilegio exclusivo de fabricar, y podría variar según las circunstancias en que se hallasen las casas de moneda y según las necesidades de la circulación. Cuando el gobierno tuviese pocas materias que fabricar por su cuenta, bajaría el precio de fabricación, más bien que dejar ociosos sus talleres y operarios, y le subiría cuando hub iese mucha abundancia de barras, y no pudiese atender al cumplimiento de todos los pedidos: en lo cual no haría más que lo que hacen todos los fabricantes. Ningún inconveniente habría en que al sello que enuncia el peso y la ley se le añadiesen todos los signos que se juzgasen a propósito para impedir la falsificación. No he hablado de proporción entre el oro y la plata por que no había necesidad de tratar de este punto. No proponiéndome enunciar su valor con una denominación particular, me son tan indiferentes las variaciones recíprocas de este valor como las que tiene con respecto a todas las demás mercancías. Es necesario dejar que se establezca por sí mismo, pues sería inútil empeñarse en fijarle. Por lo que hace a las obligaciones, se pagarían según se hubiesen formalizado: y la estipulación de dar cien gramos de plata se cumpliría por medio de cien gramos de plata, a no ser que en la época del pago se conviniesen los interesados en saldarla con otro metal o con otra mercancía, según la valuación que hiciesen de común acuerdo. Difícil sería calcular el bien que de una disposición tan sencilla resultaría a todos los ramos de industria; pero se podrá formar alguna idea por el mal que ha resultado del sistema contrario. No sólo se han arruinado con mucha frecuencia los intereses, y entorpecido u destruido las empresas más útiles y mejor combinadas, sino que a cada

instante y casi en todas partes se cometen lesiones contra el haber del estado y el de los particulares. Una moneda que no fuese más que plata u oro marcado; que no tuviese ningún valor nominal distinto de su valor real; y que por consiguiente estuviese exenta del capricho de las leyes, sería tan ventajosa para todo el mundo y en todos los ramos de comercio que no tengo la menor duda de que llegaría a ser corriente aun entre los extranjeros. La nación que la acuñase sería entonces fabricante de moneda para el consumo exterior, y podría ganar muy bien en este ramo de industria. Vemos en el tratado histórico de la moneda de Francia escrito por Le Blanc (Prolegómenos, pág. 4), que cierta moneda acuñada de orden de S. Luis, cuyas piezas se llamaban agnels d'or (agnus de oro) porque tenían el sello de un cordero, fue muy buscada aun de los extranjeros y que gustaban mucho de contratar en esta moneda, solamente porque contuvo siempre la misma cantidad de oro desde el tiempo de S. Luis hasta el de Carlos VI. Suponiendo que la nación que hiciese esta buena especulación fuese la Francia, creo que ninguno de cuantos Franceses me honran leyendo esta obra sent iría ver salir así nuestro numerario, según la expresión de ciertas gentes que nada entienden ni quieren entender de estas materias. La plata o el oro amonedado no se irían ciertamente sin ser bien pagados, y con ellos la hechura que se les hubiese dado. ¿No se consideran como muy lucrativas las fábricas y el comercio de joyería sin embargo de que envían oro y plata al extranjero? Es verdad que la hermosura de los dibujos y de las formas aumenta mucho el precio de los metales que despachan fuera del reino, pero la exactitud de los ensayes y pesos, y sobre todo la permanencia de un mismo peso y ley en las monedas son un mérito todavía más raro, el cual no sería ciertamente menos apreciado. Si se me dijese que Carlo Magno siguió este sistema; que llamó libra a una libra de plata, y que sin embargo no impidió la degradación de las monedas ni que se diese después el nombre de libra a lo que realmente no pesaba más que 96 gramos, respondería yo: 1.º Que ni en tiempo de Carlo Magno ni después ha habido jamás piezas de plata de una libra, y que la libra ha sido siempre una moneda de cuenta, una medida ideal. Las piezas de plata eran entonces sueldos de plata; y el sueldo no era una fracción de la libra de peso. 2.º Ninguna moneda expresaba en el sello el peso del metal de que se componía. En los gabinetes de medallas se conservan muchas piezas de moneda del tiempo de Carlo Magno. Sólo se ve en ellas el nombre del Príncipe, y algunas veces el de las ciudades en que se había acuñado la moneda, escritos en letra de una forma grosera, lo que no debe admirar tratándose de un reino cuyo Monarca no sabía escribir, a pesar de que era protector de las letras. 3.º Tampoco expresaban las monedas la ley o el grado de finura del metal: y esta fue la primera causa de la degradación; porque los sueldos de plata que en tiempo de

Felipe I formaban una libra de cuenta tenían también una libra de peso; pero esta libra de peso de componía de 8 onzas de plata con liga de 4 de cobre, en lugar de contener, como en el tiempo de la segunda línea, 12 onzas de plata fina de peso de la libra de entonces. Ciertos acontecimientos sumamente notables en materia de monedas, ocurridos en Inglaterra desde las primeras ediciones de este tratado, han hecho ver que la solo necesidad de un agente de circulación, o de una mercancía- moneda, podría sostener el valor de una papel- moneda absolutamente destituido de prenda o garantía; con tal que se limitase su suma a la que exigen las necesidades de la circulación261 . Esta circunstancia ha hechos presumir a algunos autores ingleses profundamente versados en esta materia, que supuesto que al hacer uso de la moneda no nos servimos de sus propiedades físicas y metálicas se podría emplear para este uso una materia menos cara que los metales preciosos; del papel, por ejemplo, tomando precauciones para que la suma de la moneda de papel no pudiese exceder a las necesidades de la circulación. Con este objeto ha propuesto M. David Ricardo un medio muy ingenioso, que consiste en obligar al banco o cualquiera otra corporación a la cual se autorizase para emitir moneda de papel, a reembolsar en barras al momento que fuese presentada. La cédula en que se estipulase cierto tejo de oro u barra de plata con facultad de realizar su entrega cuando se quisiese, no podría tener menos valor que aquel tejo u barra; y por otra parte, si la cantidad de cédulas emitidas no excediese a las necesidades de la circulación, los portadores de cédulas no acudirían a recoger los metales estipulados, porque estos no se prestan a las necesidades de la circulación. Si por efecto de desconfianza fuese preciso reembolsar demasiadas cédulas de banco, aumentaría el valor de éstas, porque no habría otra moneda, y entonces no hay duda en que el interés del público exigiría que se llevasen barras al banco para recibir cédulas262 .

-XDe la moneda de cobre y de billón

Las piezas de cobre y las de billón263 no son propiamente moneda, pues que no se reciben en pago de las cantidades estipuladas, sino sólo los picos que a causa de su pequeñez no pueden saldarse con oro u plata. El oro y la plata son los únicos metalesmoneda en casi todos los pueblos comerciantes. Las piezas de cobre son una especie de cédula de crédito, o de signo que representa una porción de plata demasiado pequeña para acuñarla. Como cédulas de crédito, debería el gobierno que las pone en circulación cambiarlas por plata en el acto de la presentación, siempre que se la llevasen en número suficiente par igualar una pieza de plata: único medio de asegurarse de que no quedan en manos del público sino que las que son necesarias para los cambios.

Si quedasen más, como las piezas de cobre no pueden ser tan útiles al que las posee, como el oro y la plata que representan, pero sin tener el valor de estos metales, procuraría deshacerse de ellas ya vendiéndolas con pérdida, ya empleándolas en pagar los géneros que comprase por menor, y que por lo mismo subirían de precio, o ya en fin entregando estas piezas en los pagos que tuviese que hacer, en mayor cantidad que la que exigen los picos. Interesado el gobierno en que no se vendan con pérdida, porque en tal caso dispondrían menos ventajosamente de las que pone en circulación, suele autorizar el último partido. Antes de 1808, por ejemplo, se podía pagar en París en moneda de cobre 1 /40 de las sumas que se debían: lo que producía un efecto igual a una alteración en la ley de las monedas; porque valiendo menos cualquier suma de moneda por razón de esta circunstancia, los vendedores de toda especie de mercancías, que sin saber las causas que influyen en el valor de las monedas, conocen muy bien lo que éstas valen, no se descuidaban en arreglar sus precios por aquel principio. El vendedor no puede detenerse a examinar con la balanza y el crisol cuál es la ley de las monedas y cuánto su peso; pero las gentes que comercian en materias de oro y plata, o en otros ramos análogos están perpetuamente ocupadas en comparar el valor de los metales preciosos contenidos en las monedas con el valor de éstas, para aprovecharse de las ganancias que puede dejar su diferencia; y las operaciones mismas que ejecutan para lograr esta ganancia, se encaminan siempre a nivelar el valor corriente de las monedas con su valor real. La cantidad de cobre que es preciso recibir, influye también en el cambio con el extranjero. Una letra de cambio pagadera en francos en París se vende o negocia ciertamente menos cara en Amsterdam, cuando se ha de pagar en cobre una parte de su valor, así como valdría menos, si contuviese el franco menos cantidad de plata fina y más liga. Sin embargo, es necesario observar que aquella circunstancia no disminuye el valor de la moneda en general tanto como la liga, porque ésta no tiene ningún valor intrínseco, como se vio al fin del II de este cap. pág. 223, al paso que la moneda de cobre que entraba por 1 /40 en nuestros pagos, tenía un ligero valor intrínseco, bien que inferior al 1 /40 de la suma en plata, pues de lo contrario no habría habido necesidad de una orden para obligar a recibirla. Si el gobierno reembolsase en plata y en el acto de la presentación las piezas le cobre que se le llevasen, podría, casi sin ningún inconveniente, darles un valor intrínseco sumamente pequeño, porque las necesidades de la circulación absorberían siempre una cantidad muy grande, y las piezas de cobre conservarían su valor tan completamente como si valiesen la fracció n de moneda que representan, a la manera que una cédula de banco que no tiene ningún valor intrínseco, circula sin embargo, y aun por espacio de muchos años, como si valiesen intrínsecamente lo que expresa su valor nominal. Esta

operación traería más ventaja al gobierno que la que puede sacar de la circulación forzada de aquellas piezas, y no se alteraría el valor de las monedas. Sólo habría que teme entonces la codicia de los falsificadores, la cual se aumentaría a proporción de la mayor diferencia entre el valor intrínseco y el corriente. Habiendo querido el antepenúltimo Rey de Cerdeña recoger una moneda de billón que había mandado fabricar su padre en tiempos calamitosos, recogió tres veces más que la que se había acuñado de orden del gobierno. La misma pérdida experimentó el Rey de Prusia por igual causa, cuando, con el nombre supuesto del judío Efraín, hizo recoger el billón de inferior calidad que había obligado a recibir en Sajonia con motivo de los apuros a que le había reducido la guerra de siete años264 . Estas falsificaciones se ejecutan principalmente en los países extranjeros. Los ingleses han procurado evitar este inconveniente, fabricando en 1799 medios dineros esterlines (halfpence) con un cuño muy hermoso y un esmero tan singular que con dificultad podrán ser imitados por los falsificadores.

- XI De la mejor forma de las piezas de moneda

El deterioro a merma de las piezas de moneda es proporcionado a la extensión de su superficie. Entre dos pedazos de metal de un mismo peso, se gastará menos el que ofrezca menor superficie a la frotación. La forma esférica, o la de una bola sería por consiguiente la que se gastase menos; pero ha sido desechada, porque es muy incómoda. Después de esta forma, la que ofrece menos superficie es la de un cilindro igualmente largo que ancho; pero, como no sería menos incómoda; se ha adoptado en general la de un cilindro muy aplanado. Sin embargo, por lo que se acaba de decir se ve que no conviene aplanarle más que lo que sea necesario para el uso que se ha de hacer de él, esto es, que las piezas de moneda deben ser más bien gruesas que aplastadas o extendidas. En cuanto al cuño, he aquí las principales cualidades que debe tener: La primera de todas es hacer constar el peso de la pieza y su ley. Es pues necesario que sea muy claro y visible para que aun los más ignorantes puedan comprender lo que significa. Además es preciso que el cuño se oponga, en cuanto sea posible, a la alteración de la pieza, de modo que ni la circulación natural ni la malicia puedan alterar su peso sin alterar el cuño. Los medios dineros de Inglaterra tienen de pocos años a esta parte un cordoncillo en el grueso del canto, que ni le ocupa todo, ni sobresale por los lados, y así

no puede gastarse ni cercenarse. Este método se aplicará infaliblemente a las monedas de oro y plata cuya alteración es la que más importa precaver. Cuando el cuño es de relieve, debe levantar poco, para que las piezas se mantengan fácilmente unas sobre otras, y en especial para que estén menos expuestas al roce. Por la misma razón no deben ser delgadas las líneas del cuño de relieve, pues la frotación las borraría con demasiada facilidad. Con este objeto se ha intentado hacer cuños en hueco, y se ha advertido que se adelgazaban las piezas, se doblaban y rompían más fácilmente. Pero quizá se ha hecho mal en abandonar este método, cuyos inconvenientes se habrían evitado con dar más grueso a las piezas. Los motivos que hay para dar en general a las piezas de moneda la menor superficie que sea posible, deben excitar a hacerlas tan gruesas como se pueda sin faltar a la comodidad; porque cuanto más divididas están, tanto mayor es la superficie que presentan. No se deben fabricar más piezas pequeñas de metal precioso que las que son absolutamente necesarias para los cambios menudos y los picos; y deberá haber piezas grandes para todos los pagos considerables.

- XII ¿Quién debe sufrir la pérdida que resulta de la merma de las monedas?

Se pregunta quién es el que debe pagar la merma de las piezas de moneda. En rigor de justicia debería recaer esta pérdida, como sucede con cualquiera otra especie de mercancía, en el que se ha servido de la moneda. El que vende un vestido después de haberle estrenado, le da por menos de lo que le costó. El que vende un escudo por una mercancía, debería darle por menos de lo que le costó, esto es, recibir en cambio, menos mercancía que la que él dio. Pero es tan pequeña la porción que se desgasta cuando pasa un escudo por las manos de un solo hombre ajeno de todo fraude, que es casi imposible valuarla. Sólo se disminuye sensiblemente su peso después de haber circulado por espacio de muchos años, sin que se pueda decir con certeza en qué manos se verificó la diminución. Sé muy bien que todos aquellos por cuyas manos pasó el escudo sufrieron sin advertirlo la degradación ocasionada por la merma en su valor permutable: sé que diariamente ha debido comprarse con el escudo algo menos de mercancía: sé que esta diminución, la cual no es sensible de un día a otro, llega a serlo al cabo de cierto número de años, y que con una moneda desgastada se compran menos mercancías que con una nueva. Por consiguiente creo que si se fuese degradando una especie entera de piezas, de moneda en tales términos que exigiese una refundición, no podrían pretender razonablemente los dueños de estas piezas en el acto de refundirlas, que se cambiase su moneda degradada por moneda nueva, pieza por pieza y sin ningún descuento. Tampoco debería tomarlas el

gobierno sino por lo que realmente valen, pues si contienen menos plata que en su origen, no se debe olvidar que las adquirieron más baratas, habiendo dado por ellas una cantidad de mercancías inferior a la que habrían dado al principio. Esto es lo que se debería hacer en rigor; pero se oponen a ello dos consideraciones. 1.º Las piezas de moneda no son una mercancía individual, si puedo explicarme así. Su valor en los cambios se establece, no precisamente por el peso y calidad de las piezas actualmente ofrecidas, sino por el peso y calidad que se sabe por experiencia que tiene la moneda del país tomada a bulto y en grandes masas. Un escudo algo más antiguo, u algo más usado pasa del mismo modo que otro más entero, y se compensa uno con otro. Todos los años acuñan las casas de moneda piezas nuevas que contienen todo el metal puro que deben tener; y en tal estadio no experimenta diminución el valor de la moneda, a lo menos por razón de lo que ésta se consume con el uso, ni aun al cabo de un gran número de años. Esto mismo, se podía observar en las piezas francesas de 12 y de 24 sueldos, que por la facilidad que tenían de circular en concurrencia con los escudos de seis libras conservaban un valor igual a los escudos, aunque en una misma suma nominal había como una cuarta parte menos de plata en las piezas usadas de 12 y de 24 sueldos que en los escudos. La ley que autorizó a las cajas públicas y particulares para no recibirlas ya sino por 10 y 20 sueldos, no las apreció en menos de lo que valían intrínsecamente, sino en menos del valor por el cual las había recibido el último poseedor; porque este valor sostenido, digámoslo así, por el de los escudos, había subsistido hasta entrar en su poder como de 12 y de 24 sueldos, del mismo modo que si nada hubiesen perdido las piezas por la frotación. Se causó pues al sólo portador la pérdida de la merma producida por los millares de manos por donde habían pasado. 2.º El cuño y la hechura de la pieza sirven precisamente en el mismo grado hasta el último momento, aunque al fin no se puedan distinguir sino con mucha dificultad, o de ningún modo, como en los chelines de Inglaterra. Hemos visto que la pieza de moneda tiene cierto valor por razó n de este cuño, valor reconocido hasta el cambio que la puso en manos del último poseedor, el cual la recibió por esta razón a un precio algo superior al de una barrita del mismo peso. Él solo sería pues el que perdiese el valor de la hechura, aunque tal vez hubiese servido a cien mil personas la pieza de moneda. Estas consideraciones me mueven a creer que la pérdida del desgaste o merma procedente del uso, y la de la hechura, deberían ser en semejantes casos de cuenta de toda la sociedad, o sea del tesoro público, porque toda la sociedad ha usado y desgastado la moneda, y es imposible hacer que recaiga esta pérdida en cada particular con proporción a la ventaja que ha sacado de la moneda misma. Así, se puede hacer que todo el que lleve barras a la casa de moneda para que las acuñe, pague los gastos de fabricación, y aun, si se quiere, las ganancias del monopolio,

en lo cual no hay inconveniente; porque el monedaje añade al valor de sus barras todo el precio que paga a la casa de moneda, a donde ciertamente no las llevaría, sino les diese la hechura aquel aumento de valor. Pero al mismo tiempo soy de parecer que deberían cambiarse sin dificultad ninguna en las casas de moneda las piezas viejas por nuevas, luego que se presentasen, pero cuidando de tomar todas las precauciones posibles contra los cercenadores, y de no admitir sino en clase de barras aquellas piezas a que faltasen ciertas porciones del cuño que no pueden desaparecer por efecto de la merma natural. Entonces recaería la pérdida sobre el particular que hubiese tenido el descuido de recibir piezas en que no estuviesen bien señalados los signos. La prontitud en llevar a las casas de moneda todas las piezas alteradas, suministraría a la vigilancia del gobierno medios más fáciles de descubrir el origen de las alteraciones fraudulentas. En un gobierno diligente serían de poca importancia las pérdidas que por esta causa experimentase el tesoro público, y se mejoraría visiblemente el sistema general de monedas, como también el cambio con el extranjero.

Capítulo XXII De los signos representativos de la moneda -IDe las cédulas y de las letras de cambio

La cédula y la letra de cambio son obligaciones contraídas para pagar o hacer que se pague una suma, ya sea en otro tiempo u ya en otro lugar. El derecho anejo a esta orden de pago (aunque su valor no sea exigible en el instante mismo y en el lugar en que se está) le da sin embargo un valor actual más o menos considerable. Así, un efecto de comercio de cien francos pagadero en París dentro de dos meses, se negociará, o, si se quiere, se venderá por el precio de 99 francos; y una letra de cambio de igual suma, pagadera en Marsella dentro del mismo plazo, valdrá quizá actualmente en París 98 francos. En el hecho de que una letra de cambio, o una cédula tie nen un valor actual en virtud de su valor futuro, se puede emplear como moneda en toda especie de compras: y por eso se arreglan y ejecutan con letras de cambio la mayor parte de las grandes especulaciones del comercio. Sucede algunas veces que la cualidad que tiene una letra de cambio, de ser pagadera en otro lugar, aumenta su valor en vez de disminuirle, lo que depende de la conveniencia recíproca, y de la situación del comercio. Si el comercio de París tiene que hacer muchos pagos en Londres se consentirá en dar en París, por una letra de cambio sobre Londres, más dinero que el que se ha de recibir en Londres, por este papel. Así aunque una libra esterlina no contiene más plata fina que la que se halla en 24 francos y

74 céntimos se podría muy bien pagar 25 francos, poco más o menos por cada libra esterlina pagadera en Londres265 . Esto es lo que se llama curso del cambio, el cual no es otra cosa que la cantidad de metal precioso que consentimos en dar, para adquirir el derecho de tomar cierta cantidad del mismo metal en otro lugar. La cualidad que tiene el metal de existir en tal paraje, le da o le quita valor, con respecto al mismo metal que existe en otro paraje. Un país, la Francia por ejemplo, tiene el cambio a su favor cuando se da en Francia algo menos de metal precioso que el que se ha de recibir en el extranjero con letra de cambio que se adquiere; o bien cuando se da en el extranjero algo más de metal que el que se ha de tomar en Francia por medio de una letra de cambio sobre Francia. Nunca es la diferencia muy considerable, como que no puede exceder de los gastos de transporte de los metales preciosos; porque si el extranjero que tiene necesidad de una suma en París para hacer allí un pago pudiese enviarla en moneda con menos gasto que la pérdida que le causa el curso del cambio, es seguro que la enviaría en moneda266 . Se figuran algunos que es posible pagar a los extranjeros con letras de cambio todo lo que se les debe; y en consecuencia se han adoptado u promovido disposiciones para favorecer este pretendido modo de salir de deudas: lo cual es una verdadera locura; porque la letra de cambio no tiene ningún valor intrínseco. Si se gira una letra sobre alguna ciudad es porque se debe en ella la suma que expresa; y si se debe esta suma, es porque se envió allá un valor real equivalente. Así, las importaciones de un estado no pueden saldarse sino por medio de exportaciones, y al contrario. Las letras de cambio no son más que un signo de lo que se está debiendo, es decir, que los negociantes de un país no pueden girar letras de cambio a cargo de los de otro sino por el importe de las mercancías, incluso el oro y la plata, que enviaron a él directa o indirectamente. Si la Francia, por ejemplo, ha enviado a Alemania mercancía por valor de diez millones, y ésta a aquella por valor de doce, se podrá pagar hasta la concurrencia de diez millones con letras de cambio que representen el valor de lo que envió la Francia; pero no se podrán satisfacer del mismo modo los dos millones restantes, a no ser en letras de cambio sobre otro país, por ejemplo sobre Italia, adonde se hubiesen enviado mercancías de Francia por un valor equivalente. Hay a la verdad tratas o letras de cambio, que llaman los cambistas papel de circulación o de giro, cuyo importe no representa ningún valor real. Un negociante de París, de acuerdo con otro, de Hamburgo, gira a su cargo letras de cambio que satisface este último vendiendo a su vez en Hamburgo letras de cambio a cargo de su corresponsal de París. Todo el tiempo que estas tratas han estado en manos de una tercera persona, hizo ésta la anticipación de su valor. Negociar letras de cambio de circulación es un modo de tomar dinero a préstamo, y un modo bastante costoso, porque obliga a pagar, además del descuento, esto es, de la pérdida que sufre este papel en razón de la distancia de su vencimiento, otra pérdida que resulta de la comisión del cambista, del corretaje y de los otros gastos de esta operación. Semejantes letras de cambio no pueden saldar de ningún modo las deudas que tiene un país con otro, porque las tratas son recíprocas y se igualaban mutuamente. Las de Hamburgo deben nivelarse con las de París, supuesto que

han de servir para pagarlas; y como las primeras se destruyen con las segundas, el resultado es nulo. Es visto que un país no tiene otro medio de pagar a otro que el de enviarle valores reales o mercancías (en cuya denominación comprehendo siempre los metales preciosos) por un valor igual al que recibió. Si no envía directamente valores efectivos en bastante cantidad para saldar lo que compró, los envía a otra nación, la cual los transporta a la primera en productos de su industria. ¿Cómo pagamos los cáñamos y las maderas de construcción que sacamos de Rusia? Enviando vinos, aguardientes, telas de seda, &c., no solamente a Rusia, sino también a Amsterdam y Hamburgo, que por su parte envían a Rusia géneros coloniales y otros productos de su comercio. Suelen desear los gobiernos que en las remesas de mercancías que nos hacen los extranjeros entre la mayor parte que sea posible de metales preciosos, y que en las que nosotros les hacemos suceda todo lo contrario. Ya he tenido ocasión de observar hablando de lo que se llama impropiamente, balanza del comercio, que si conviene al negociante del país enviar al extranjero metales preciosos más bien que cualquiera otra mercancía, también tiene interés el estado en que los envíe, porque el estado no pierde ni gana sino por medio de sus ciudadanos; y con respecto al comercio extranj ero, lo que mas conviene al ciudadano, es igualmente, lo que más conviene a la nación267 . Así, cuando se ponen trabas a ta exportación que los particulares desearían hacer de metales preciosos, no se hace más que obligarlos a reemplazar esta remesa con otra menos ventajosa para ellos y para el estado.

- II De los bancos de depósito

Las frecuentes comunicaciones de un país pequeño con los circunvecinos derraman en él continuamente las monedas acuñadas por éstos; no porque el país pequeño no tenga su moneda propia, sino porque la necesidad de recibir muchas veces en pago piezas extranjeras en lugar de la s nacionales obliga a dar a aquellas un precio fijo que expresa cierta porción de moneda nacional, y a recibirlas por este precio u tasa en los negocios corrientes. El uso de estas monedas extranjeras está sujeto a muchos inconvenientes; pues sobre haber gran diferencia en su peso y calidad, suelen ser muy antiguas y estar muy gastadas y cercenadas, por no haber sido siempre comprehendidas en las refundiciones hechas en el país que las puso en circulación: algunas veces no corren en él; y aunque se hayan tenido presentes estas circunstancias en el valor corriente que se les atribuye, no por eso dejan de formar una moneda bastante desacreditada. Como las letras de cambio giradas por el extranjero sobre tal país, se han de pagar con esta moneda que ha llegado a hacerse corriente, se negocian en el extranjero con

alguna desventaja; pero las que se giran sobre el extranjero, y se han de pagar por consiguiente en moneda cuyo valor es más fijo y mejor conocido, se negocian en el país a más alto precio, por razón de que el sujeto que las adquiere no puede dar en cambio sino una moneda corriente degradada. En una palabra, la moneda corriente no se compara ni se cambia jamás por la extranjera sino con pérdida. He aquí pues, el remedio que han imaginado los estados pequeños de que se trata268 : Han establecido bancos en que cada negociante deposita, ya en buena y legítima moneda del estado, ya en barras, o ya en piezas, extranjeras que se reciben como barras, un valor cualquiera expresado en moneda nacional de la ley y peso determinados por el gobierno. El banco abre al mismo tiempo una cuenta a cada uno de los que hacen el depósito, y sienta en el crédito de esta cuenta la suma depositada. Cuando un negociante quiere después hacer un pago, no hay que tocar al depósito, sino que basta trasladar el importe de la suma, de la cuenta de un acreedor del banco a la de otra persona. De este modo se pueden pasar continuamente los valores de un sujeto a otro sin más que una simple traslación hecha en los libros del banco; siendo de notar que como en toda esta operación no se traslada materialmente ninguna moneda de una mano a otra, resulta que la que se depositó al principio, la que tenía entonces el valor intrínseco que debía tener, la que sirve de prenda al crédito que se traslada de uno a otro, no pudo padecer ninguna alteración por el uso, por la malicia ni aun por la instabilidad de las leyes. De consiguiente, cuando la moneda que se mantuvo en circulación se cambia por moneda de banco, esto es, por inscripciones en el banco, debe perder a proporción del menoscabo que experimentó. De aquí el agio, u la diferencia de valor que había en Amsterdam, por ejemplo, entre el dinero de banco y el dinero corriente. Este último cambiado por el de banco, perdía comúnmente de 3 a 4 por ciento. Bien se deja entender que las letras de cambio pagaderas en una moneda tan segura e invariable deben negociarse mejor que las otras: por lo que, se observa en general que el curso de los cambios es favorable a los países que pagan en moneda de banco, y contrario a los que sólo pueden ofrecer en pago moneda corriente. El depósito hecho en el banco queda allí perpetuamente, porque se perdería demasiado en sacarle. En efecto se sacaría una moneda buena, íntegra, y con todo su valor primitivo, y cuando se llegase a darla en pago, no pasaría sino como moneda corriente y degradada; porque la pieza más nue va e íntegra, una vez que se pone en circulación con otras se toma por cuenta y no por peso, sin que sea posible darle en los pagos más valor que el que tienen las piezas corrientes. Sacar pues moneda del banco para ponerla en circulación sería querer perder el exceso de valor que tiene con respecto a la otra. Tal es el fin con que se establecieron los bancos de depósito. En la mayor parte de ellos se añadieron algunas operaciones a las que dimanaban del objeto principal de su institución, pero no corresponde aquí hablar de ellas.

La ganancia de los bancos de depósito consiste en un derecho que se les paga por cada traslación de crédito, y en algunas operaciones compatibles con su institución, como préstamos sobre depósitos de barras. Fácilmente se comprehende que una de las condiciones esenciales para el fin que se proponen, es la inviolabilidad del depósito que les está confiado. En Amsterdam debían responder de él los cuatro burgomaestres u oficiales municipales, quienes al acabar el ejercicio de sus funciones le entregaban todos los años a sus sucesores, y estos después de comprobarle comparándole con los registros del banco, se obligaban con juramento a entregarle intacto a los magistrados que hubiesen de remplazarlos. Este depósito fue respetado desde el establecimiento del banco en 1609 hasta 1672, época en que el ejército de Luis XIV, penetró hasta Utrecht. Entonces se devolvió a los interesados: y parece que después no se guardó tan religiosamente el depósito del banco, porque cuando los franceses se apoderaron de Amsterdam en 1794, y hubo de declararse el estado de las cajas, se halló que sobre este depósito se había prestado a la ciudad de Amsterdam, a la compañía de las Indias, y a las provincias de Holanda, y de West-Frisia una suma de 10.624.793 florines, que estas corporaciones no podían reintegrar. Pudiera temerse que semejante depósito fuese aun menos respetado en un país en que se ejerciese la autoridad pública sin ningún freno ni responsabilidad.

- III De los bancos de giro u de descue nto, y de las cédulas de banco

Hay otros bancos fundados en principios enteramente distintos. Redúcense a unas asociaciones de capitalistas que por medio de acciones suministran fondos con los cuales hacen diversos servicios que les producen una ganancia, y principalmente el descuento de las letras de cambio; es decir, que el banco anticipa, mediante un interés llamado descuento (que él se reserva) el valor de los efectos de comercio, cuyo plazo aun no ha vencido. Con el fin de aumentar la masa de sus capitales y de sus negocios suelen estas asociaciones emitir cédulas de crédito u promesas de pagar a la vista al portador la cantidad de oro u plata estipulada en la cédula. La prenda de estas cédulas existe en su cartera en efectos de comercio firmados por particulares abonados, supuesto que la asociación, no dio sus cédulas sino para descontar, o si se quiere para comprar aquellos efectos. Cuando los efectos de los particulares tienen un término u plazo, no pueden servir en verdad para el reembolso de las cédulas que son pagaderas a la vista. Por eso los bancos de giro que se conducen con acierto, no anticipan dinero u cédulas pagaderas a la

vista en dinero, sino por efectos a plazos muy cortos y guardan siempre en caja una suma considerable en especie de moneda, una tercera parte, por ejemplo u tal vez la mitad del importe de las cédulas emitidas; sucediendo alguna vez que a pesar de esta precaución se hallan en grandes apuros, cuando por falta de confianza en sus fondos, o por cualquier acontecimiento se agolpan en la caja los portadores de cédulas a pedir su reembolso. En un caso semejante se vio precisado el banco de Londres a recoger toda la plata menuda (seis pences) que pudo hallar, a fin de que la excesiva lentitud de los pagos hechos en esta especie de moneda diese lugar al vencimiento de una parte de los efectos que poseía. La caja de descuentos de París, dominada en 1788 por el gobierno, recurrió a subterfugios no menos miserables. Es muy considerable la ganancia de los bancos de giro. La porción de cédulas que tiene por prenda letras de cambio les produce un interés, porque estos efectos se compraron con la deducción del descuento; pero es necesario deducir de esta ganancia el interés de la prenda en dinero efectivo que deben guardar en caja, el cual es un capital muerto. El banco de Inglaterra y el de Francia no hacen anticipaciones sino sobre letras de cambio, y sólo conceden créditos hasta la concurrencia de las sumas que se les entregan indemnizándose de la molestia de recibir y pagar por cuenta de particulares, con la utilidad que sacan de los fondos que el giro deja accidentalmente en su poder. Además de esto se encargan, mediante un interés de comisión, del pago de los censualistas del estado, y uno y otro hacen anticipaciones a sus gobiernos. Estas diversas operaciones aumentan sus ganancias; pero la última es totalmente contraria a su objeto, como se verá muy luego. Las anticipaciones hechas al antiguo gobierno de Francia por la caja de descuentos, y al gobierno inglés por el banco de Inglaterra, pusieron a estos establecimientos en la necesidad de solicitar leyes para que tuviesen sus cédulas un curso forzado: lo cual los desquicia enteramente. Por eso se desplomó el primero de estos bancos, y el segundo... El establecimiento de muchos bancos que emitan cédulas de crédito es mejor que el de uno solo, porque entonces aspiran todos a merecer el favor del público, ofreciéndole mejores condiciones y prendas más sólidas. Los bancos emiten sus cédulas, ya tomando letras de cambio a descuento, esto es, dando su cédulas a la vista para que circulen como dinero en pago de efectos que tienen plazo, y con la deducción del interés, que es lo que hacen el banco actual de Francia y todos los de Inglaterra, o ya prestando a interés a personas abonadas, como lo ejecutan los bancos escoceses. Los negociantes acreditados sacan de estos últimos las sumas necesarias para su giro corriente, de modo que cada negociante puede emplear todos sus capitales en sus empresas sin reservar nada para atender al movimiento ordinario de sus mercancías. El negociante de Londres, y el de París deben cuidar de tener constantemente en el banco u en sus cajas las sumas necesarias para realizar sus pagos; pero el de

Edimburgo está libre de este cuidado, por la seguridad que tiene de que el banco pagará por él si le ocurre hacer un pago accidental. El banco de giro produce la utilidad de que la suma que guarda en caja para subvenir a las necesidades corrientes es menos considerable que las sumas reunidas que habrían de guardar todos aquellos por quienes paga: lo cual es una economía de capitales. Corno las cédulas de banco u de crédito, pagaderas a la vista y circulantes como moneda, tienen grande influjo en la riqueza nacional, y han dado origen a muchos errores que se encuentran en obras apreciables por otra parte, es necesario examinar aquí con mucho cuidado su naturaleza y efectos. Advierto ante todas cosas que sólo me propongo hablar de las cédulas a que da curso la confianza, y que se pueden reducir a dinero en el instante en que se crea que es peligroso guardarlas. Sin duda es tan curioso como importante el saber si unas cédulas, unos papeles sin valor intrínseco, añaden algo a la masa de las riquezas sociales, y en tal caso de que así sea, cuál es el término en que se detiene este efecto; porque sino tuviese término, es claro que tampoco tendrían límites las riquezas que podría adquirir un estado en muy poco tiempo por medio de algunas resmas de papel. La solución de estas cuestiones merece colocarse en el número de las más bellas demostraciones de Smith: pero siendo muchas las personas que no las han entendido, voy a tratar de hacerlas usuales. Las necesidades de una nación exigen cierta cantidad de cada especie de mercancía, cantidad determinada por el estado actual de los progresos que haya hecho esta nación. Las mercancías que en cada especie exceden a estas necesidades, o no se producen, o cuando llegan a producirse, decae su valor, y van a otra parte a buscar quien las adquiera a mayor precio fuera del país. Sucede con la moneda lo mismo que con todas las demás mercancías. Es un agente cómodo, y por consiguiente se emplea en todos los cambios; pero la necesidad que hay de ella depende de la extensión y actividad de los cambios que se hacen en cada país. Una vez que exis te el numerario suficiente para efectuar todos los cambios que hay que hacer de los géneros, o no se verifica demasía, o si llegase a haberla, desaparece buscando el paraje donde tiene más precio y donde es mayor su utilidad. Nadie, o casi nadie, guarda una suma superior a las necesidades diarias de su comercio u de su consumo 269 . Todo lo que excede a estas necesidades se aleja como cosa que no produce utilidad ni interés: y cuando cada uno está así provisto de la porción de numerario correspondiente a sus negocios y a sus bienes, tiene la sociedad entera todo el que necesita. Se puede dejar al interés personal el cuidado de aprovecharse del mejor modo posible del numerario sobrante después de atendidas las necesidades de la circulación. Pretender que pierde el estado todo lo que sale de sus fronteras, es pretender que pierde un fabricante todo el dinero que sale de sus manos para comprar los géneros o las

primeras materias de su industria; es pretender que los particulares, que son los que componen el estado regalan al extranjero todas las sumas de que se desprenden. No tratemos sino de que el numerario que circula en un país, está limitado por las necesidades de la circulación del país mismo. Si en tal estado se encuentra un medio de reemplazar con cédulas la mitad del numerario u de la mercancía-moneda, es evidente que desde este punto hay superabundancia de moneda. Esta superabundancia disminuye su valor; pero no habiendo razón para que baje éste en otros lugares donde no se hayan creado cédulas de crédito, y donde por consiguiente no hay superabundancia, la mercancía- moneda se derrama en aquellos lugares donde ha conservado más valor, y donde por consiguiente puede cambiarse por mayor cantidad de mercancías: en otros términos, la moneda busca los parajes donde están más baratas las mercancías, y vuelve en estas un valor igual al que salió en dinero. La porción de moneda que sale se toma solamente de aquella parte que tiene un valor en el extranjero, esto es, de la parte metálica. Pero, como no sale sin hacer que vuelva a entrar un valor equivalente, y como este valor que estaba antes en numerario, y destinado únicamente a las necesidades de la circulación, se halla ahora bajo la forma de un sin número de mercancías que constituyen parte del capital reproductivo de la nación, resulta de aquí (y esto es muy digno de notarse) que el capital nacional se aumentó en una suma igual a todo el numerario metálico que salió con este motivo. No se priva por esto a la circulación interior de la moneda que necesita, supuesto que el metal que falta es reemplazado por cédulas que hacen exactamente el mismo servicio. Por precioso que sea este acrecentamiento del capital nacional, no conviene sin embargo figurársele mayor de lo que es en realidad. He dado por supuesto, con el fin de simplificar, que podía reemplazarse con cédulas de crédito la mitad del numerario de un país; pero esta proporción es enorme, sobre todo si se considera que las cédulas no conservan su valor de moneda, sino cuando pueden cambiarse por ésta, sin dificultad y en el instante en que se quiera. Digo sin dificultad y en el instante en que se quiera, porque de lo contrario se preferiría la moneda, como que en todos los instantes, y sin que para ello haya que vencer ninguna dificultad, tiene valor de moneda. Estas condiciones suponen, no sólo que hay siempre en caja suficientes valores en efectos o en dinero para pagar todas las cédulas que pueden presentarse, sino que el portador de cédulas tiene cerca la caja: por lo que en un país algo extenso, donde hubiese tantas cédulas que formasen la mitad de la moneda necesaria para los contratos, sería indispensable multiplicar excesivamente las cajas de pago, para que todos los portadores de cédulas pudiesen acudir a ellas sin incomodarse. Supongamos sin embargo, que la cosa es posible, y dando por sentado que las cédulas de crédito, puedan reemplazar la mitad del numerario que exige la circulación, tratemos de valuar la importancia de este aumento con respecto al capital nacional.

Ningún autor de nota ha valuado el numerario que se necesita para la circulación en más de un quinto de los productos anuales ordinarios de una nación, y según los cálculos de algunos no llega a un trigésimo. Regularle por consiguiente en un quinto de los productos anuales, es la valuación más subida que puede hacerse, y por lo que a mí toca la creo muy superior a lo que sucede en realidad. Pero démosla por cierta. Entonces un país que tuviese 20 millones de francos de productos anuales, no tendría más de 4 millones de numerario. Suponiendo pues que la mitad de este numerario, u 2 millones, pudiesen reemplazarse con cédulas de crédito, y emplearse en aumento del capital nacional, no le aumentarían (y téngase esto entendido para todos los casos) más que en un valor igual a los dos veintenos o al décimo de los productos de un año. Quizá sería también muy subida la valuación de los productos anuales, si se regulasen en un décimo del valor del capital productivo nacional; y yo los gradúo así, suponiendo que los capitales productivos rindan uno con otro cinco por ciento, y otro tanto la industria que fomentan. Si las cédulas de crédito han suministrado un auxilio igual al décimo del producto anual, no habrán acrecentado el capital nacional productivo más que en un centésimo, valuando aquel auxilio del modo más alto. Aunque la emisión posible de cédulas de crédito proporcione, como se ve, en un país medianamente rico, un aumento de capital muy inferior al que se ha querido figurar en muchas ocasiones, no por eso deja de ser sumamente precioso, pues a no ser por una producción muy activa como la de Inglaterra, o por un espíritu de economía muy general y sostenido, como el que se observa en Holanda, jamás llega una nación, aunque prospere, a substraer de su consumo improductivo sino una pequeña parte de sus rentas para añadirla a sus capitales productivos. Sabido es que las naciones que siempre permanecen en el misino estado, no aumentan sus capitales, y que las que van en decadencia consumen una parte de ellos todos los años. Cuando un banco emite más cédulas que las que exigen las necesidades de la circulación, y las que son compatibles con la confianza que se le concede vuelven aquellas continuamente para su reembolso y pierde el banco los gastos que le es forzoso hacer para que entre de nuevo en su caja el dinero que sale de ella a cada momento. No habiendo sabido contenerse siempre en un punto tan delicado los bancos de Escocia, a pesar de que han sido muy útiles, se han visto precisados en ciertas épocas a mantener agentes en Londres con la única ocupación de recoger dinero que les costaba hasta dos por ciento, y desaparecía en pocos instantes. El banco de Inglaterra en iguales circunstancias tenía que comprar tejos de oro y reducirlos a moneda que se fundía a proporción que los daba en pago, a causa del alto precio que se veía precisado a dar a los tejos, para subvenir a la abundancia de los reembolsos que le exigían: con lo que perdía todos los años de 2 1 /2 a 3 por ciento en una suma de cerca de 850 mil libras esterlinas (más de 20 millones de francos)270 . No hablo de lo que ha sucedido últimamente a este mismo banco, cuando se ha dado a sus cédulas un curso forzado, variando enteramente su naturaleza. Como las cédulas puestas en circulació n por un banco, aun por el que no tiene fondos propios, no se dan jamás gratuitamente, suponen siempre en su caja un valor

equivalente, ya sea en dinero, o en créditos con interés. Esta última porción es la única que constituye verdaderamente la suma prestada por el banco; y así no debe componerse jamás de créditos a largo plazo, porque estos son la prenda de otro crédito que está en manos del público, y tiene el más corto de todos los plazos, supuesto que es pagadero a la vista. Para que un banco pudiese cumplir constantemente sus obligaciones y merecer la confianza que exige, sería necesario que los efectos de comercio, que son la prenda de sus cédulas, fuesen todos pagaderos a la vista; pero siéndole difícil tener efectos sólidos que produzcan interés y sean pagaderos a la vista, le conviene que sus créditos tengan el más corto plazo que sea posible; de cuyo principio no se han separado en ningún tiempo los bancos que han sido dirigidos con acierto. Resulta de todo lo que precede una consecuencia fatal a muchos sistemas y proyectos; y es que las cédulas de crédito, sólo pueden reemplazar una parte de aquella porción del capital nacional que hace oficio de moneda y circula de mano en mano para efectuar los cambios de las demás cosas, y que ni un banco de giro ni las cédulas de crédito a pesar de cuantos nombres especiosos se les den, no pueden suministrar por consiguiente a las empresas agrícolas, fabriles o comerciales ningunos fondos para construir edificios y máquinas, abrir minas y canales, desmontar tie rras incultas, o emprender especulaciones lejanas; en una palabra, ningunos fondos destinados a emplearse como capitales fijos. La naturaleza de las cédulas de crédito consiste en ser perpetuamente exigibles; y así, cuando la totalidad de su valor no se ha lla en dinero en la caja del banco debe estar a lo menos en efectos de muy corto plazo; porque mal podrá cumplir semejantes obligaciones la empresa que emplea los fondos que toma a préstamo de modo que no pueda disponer de ellos cuando quiera. Hagamos esto más palpable por medio de un ejemplo. Supongo que un banco de giro presta en cédulas de crédito equivalente a dinero treinta mil francos a un propietario territorial, hipotecados sobre sus haciendas. La prenda no puede ser mas sólida. El propietario emp lea estos fondos en obras que necesita para mejorar sus fincas, a cuyo fin se ajusta con un arquitecto, y le paga los treinta mil francos en cédulas de banco. Suponiendo ahora que el arquitecto quiera cobrar al cabo de algún tiempo el importe de las cédulas, es evidente que el banco no puede hacer uso de la prenda que tiene para pagarlas, pues aunque la prenda de esta suma de cédulas es una obligación muy sólida en realidad, no es exigible. Advierto que los efectos que posee un banco, con tal que estén firmados por personas abonadas, y no sean sus plazos demasiado largos, deben ser para el concepto del público una prenda suficiente de todas las cédulas que hubiese emitido. Para poder pagarlas todas, le basta no emitir otras nuevas, y dejar que venza el plazo de los efectos de comercio que tiene en su poder; porque estos efectos han de ser pagados con dinero u con cédulas de banco. En el primer caso recibe éste con que pagar sus cédulas, y en el segundo queda dispensado de pagarlas. Si por cualquier razón que sea se retiran las cédulas de un banco de giro, no queda éste encargado del cuidado de reemplazar su moneda ficticia, así como no tomó a su

cargo el cuidado de aprovecharse del numerario metálico que resultó superfluo por efecto de su establecimiento. Puede, como acabamos de verlo, recoger todas sus cédulas con los efectos que tiene en su poder. La dificultad es entonces para el público, el cual tiene que buscar un nuevo agente de circulación, ya sea trayendo moneda metálica, o ya supliéndola por medio de obligaciones particulares; pero es probable que en este caso volvería a recurrir el público a un banco bien dirigido271 . Ahora se comprehende la razón de que mil proyectos de bancos agrícolas en que se ha pretendido poder fundar cédulas que hagan oficio de moneda, sobre sólidas hipotecas territoriales, y otros de igual naturaleza, se hayan desplomado siempre en poco tiempo, con más o menos pérdida de los accionistas o del público272 . La moneda equivale a una cédula de total solidez y pagadera al instante: por lo cual no puede ser reemplazada sino con una cédula no sólo de perfecta solidez, sino también pagadera a la vista; y la mejor hipoteca no puede servir para pagar semejantes cédulas. Por la misma razón, las letras de cambio llamadas papel de circulación o de giro, no son una prenda suficiente para las cédulas de crédito. Cuando vencen estas letras de cambio se pagan con otras que tienen plazo más largo, y se negocian haciendo el sacrificio del descue nto. Llegado el plazo de estas últimas se pagan con otras que vencen más tarde, y se descuentan igualmente. Ya se deja entender que semejante operación, cuando el banco toma este papel a descuento, no es más que un préstamo perpetúo, pues el primero se cub re con el segundo, el segundo con el tercero, y así de los demás. El inconveniente que de aquí resulta para un banco es el de hacer que circule mayor cantidad de sus cédulas que las que exigen las necesidades de la circulación y el estado del crédito del banco: las cédulas así tomadas a préstamo no sirven para el cambio y movimiento de valores reales, pues en este caso no los hay, y de consiguiente vuelven a todas horas al banco para reducirse a dinero. Por eso cuando estaba bien dirigida la antigua caja de destos de París, hacía todo lo posible para eximirse de descontar papel de giro, como lo ejecutan también ahora el banco de Francia y el de Inglaterra. El mismo inconveniente se presenta cuando un banco hace al gobierno anticipaciones continuas o a largos plazos: de lo cual resultó la bancarrota del banco de Inglaterra; porque no siendo exigible el crédito que tenía contra el gobierno, no pudo pagar las cédulas que sirvieron para hacer aquella anticipación, de modo que sus cédulas dejaron de ser cédulas de crédito, y tuvieron un curso forzado. No pudiendo el gobierno suministrarle medios para pagarlas, le dispensó de esta obligación273 . Todo banco que emite cédulas de crédito, si está bien dirigido y libre del influjo del gobierno, casi no expone a ningún riesgo a los portadores de ellas. La mayor desgracia que puede sucederles, suponiendo que por una fa lta absoluta de confianza se agolpen a un mismo tiempo todas sus cédulas para la reducción o reembolso, sería la de ser pagados en buenas letras de cambio a corto plazo, con el abono del descuento, esto es, en aquellas mismas letras de cambio que compró el banco por medio de sus cédulas. Si el banco tiene un capital propio, es ésta una garantía más; pero en un país sometido a un poder que no reconoce responsabilidad, o la que tiene es

puramente ilusoria274 , ni esta garantía ni la de las letras de cambio que posea el banco son de ningún valor. En semejantes países no hay más garantía que la política del gabinete, que da la ley; y toda confianza es una verdadera imprudencia. Tal es, sino me engaño, el efecto que producen en las riquezas generales y particulares los bancos de giro y la emisión de sus cédulas. Smith representa el efecto de estas operaciones con una imagen extraña e ingeniosa. El suelo de un vasto país figura según este autor los capitales que existen en él. Las tierras cultivadas son los capitales productivos; y los caminos reales el agente de la circulación, esto es, la moneda por cuyo medio se distribuyen los productos en la sociedad. Invéntase una gran máquina que transporta por los aires los productos del suelo: he aquí las cédulas de crédito. Desde este instante se pueden ya cultivar los caminos reales. «Sin embargo, continua Smith, el comercio y la industria de una nación, pendientes de las alas icarias de las cédulas de banco, no caminan de un modo tan seguro como por el terreno sólido del oro y de la plata. Además de los accidentes a que los exponen la imprudencia o el poco conocimiento de los directores de un banco, hay otros que no puede preveer ni evitar el talento humano. Una guerra funesta, por ejemplo, que hiciese pasar a manos del enemigo la prenda que sostiene el crédito de las cédulas ocasionaría una confusión mucho mayor que si la circulación del país estuviese fundada en el oro y la plata. Perdiendo entonces todo su valor el instrumento de los cambios, no podrían ser éstos más que unos trueques que se harían con gran dificultad; y además, habiéndose pagado hasta entonces en cédulas todos los impuestos, nada hallaría el Príncipe en sus arcas para pagar sus tropas, ni para llenar sus almacenes. Por consiguiente, el Príncipe que desee defender en todo tiempo, de un modo ventajoso, su territorio y su poder, debe precaverse no sólo de esa multiplicación enorme de cédulas de crédito, que llega a ser ruinosa a los bancos y funesta al país, sino también de una multiplicación moderada en la apariencia, cuyo objeto fuese solamente el de reemplazar en sus estados una parte demasiado grande del agente natural de los cambios». Basta la falsificación de las cédulas para introducir el desorden en los negocios del banco mejor establecido. La falsificación es mucho más de temer por lo que hace a las cédulas que al dinero, porque aquellas excitan más la codicia de los falsificadores, supuesto que se gana más en elevar al valor de dinero un pliego de papel que un metal, que por despreciable que sea tiene siempre cierto valor intrínseco, sobre todo si está cubierto u mezclado con alguna porción de un metal más precioso; y quizá también los preparativos necesarios para la falsificación de las cédulas exponen menos a sus autores. En fin, la moneda falsa no puede perjudicar al valor de la buena, la cual le tiene en sí misma con independencia de toda alteración, al paso que la opinión del público sobre que corren cédulas falsificadas con tal arte que no se pueden distinguir de las verdaderas, basta para que no se admitan unas ni otras. Por eso se ha visto que algunos bancos han querido más pagar cédulas que les constaba ser falsas, que exponer las verdaderas al riesgo de ser desacreditadas.

Un medio de impedir la excesiva multiplicación de las cédulas es prohibir que su importe baje de cierta suma; de manera que puedan servir para la circulación de las mercancías que pasan de un negociante a otro, y sean embarazosas en la circulación que se verifica entre el mercader y el consumidor. Pero ¿tiene derecho el gobierno para impedir que los establecimientos particulares emitan cédulas pequeñas o de corto valor, si el público quiere recibirlas? ¿Debe violar en este punto la libertad de los contratos que está obligado a defender? Sin duda; del mismo modo que está autorizado para estorbar la construcción de un edificio privado que amenazase a la seguridad pública.

- IV Del Papel-Moneda

He reservado el nombre de papel-moneda propiamente tal, para aquellas obligaciones que quiere el Soberano se reciban en pago de las ventas a créditos estipulados en moneda. Digo obligaciones, aunque no obligan a la autoridad que las emite a un reembolso, a lo menos inmediato; pero contienen por lo común la promesa de un reembolso a la vista, el cual no se efectúa, o de un reembolso a cierto plazo, del cual no hay garantía alguna, o de un reembolso en tierras, cuyo valor examinaremos muy luego. Una obligación, ya sea que esté firmada por el gobierno, u por particulares, no se transforma en papel- moneda sino por la autoridad del gobierno, que es el único que puede autorizar a los deudores de moneda para que paguen con papel. No es este un acto legítimo de la autoridad, sino un acto arbitrario, u por mejor decir, el último término de la alteración de las monedas. Según los principios que dejamos establecidos, parece que una moneda que no tiene ningún valor como mercancía, no debería tenerle tampoco en los contratos libres que se celebran después de su emisión: y esto es, lo que viene a suceder tarde o temprano. Las cédulas del banco llamado impropiamente banco de Law, y los asignados que se crearon durante la revolución francesa, no fueron jamás formalmente abolidos; y sin embargo no habría hoy quien diese un maravedí por la mayor de aquellas cédulas. Mas ¿por qué no se reducen así desde su origen a su verdadero valor? Depende esto de muchas medidas ya artificiosas, ya violentas, cuyo efecto subsiste siempre por algún tiempo. Y desde luego, un papel con que se pueden pagar las deudas, bien que fraudulentamente, recibe de esta circunstancia una especie de valor. El papel- moneda

sirve también para pagar una deuda que se renueva perpetuamente, esto es, las contribuciones públicas. Algunas veces se tarifan los géneros, y se fija el máximum de su precio: lo que a la verdad hace que cese casi enteramente la producción de las mercancías a que se ha puesto la tasa; pero esto es lo que da al papel- moneda una parte del valor de los objetos ya existentes. En fin, la existencia sola del papel- moneda causa la exportación del numerario metálico, el cual, no pudiendo ya ser ofrecido sino por un valor igual al del papelmoneda, acude al extranjero a buscar quien le adquiera por lo que vale. Queda pues sólo el papel- moneda para subvenir a los usos de la circulación, y la absoluta necesidad que hay de un intermedio para los cambios contribuye a sostener su valor275 . Es tal esta necesidad, que hemos visto que el papel- moneda de Inglaterra (las cédulas de banco) ha subido, por decirlo así, hasta el valor de la moneda, sin más diligencia que el cuidado que ha tenido el banco de limitar su suma a las necesidades de la circulación. Los pueblos que se han visto precisados a emprender guerras sin haber podido juntar de antemano los capitales necesarios para sostenerlas, y sin tener aun bastante crédito para adquirirlos por medio de empréstitos, han recurrido casi siempre al papelmoneda, o a un equivalente. Durante la guerra que para asegurar su independencia sostuvieron los Holandeses contra el Rey de España, hicieron moneda de papel, de cuero y de otras muchas materias. En circunstancias semejantes se sirvieron también de papel- moneda los Estados Unidos de América; y el que facilitó a la república francesa los medios de resistir a los principales esfuerzos de la primera coalición se hizo célebre con el nombre de asignados. No hay razón para atribuir a Law los males causados por lo que en Francia se llama el sistema. Aquel hombre no tenía ideas equivocadas acerca de las monedas, como se puede ver en un escrito que publicó en Escocia para persuadir al gobierno de su país que estableciese un banco de giro276 . El banco que formó en Francia en 1716 estaba fundado en estos principios, y las cédulas que puso en circulación decían así: «El banco promete pagar al portador a la vista... libras en moneda del mismo peso y de la misma ley que l moneda de este día, valor recibido. París, &c.». El banco, que no era todavía más que una empresa particular pagaba puntualmente sus cédulas siempre que se le presentaban. No eran aun éstas papel- moneda: y tal fue el estado de las cosas hasta 1719, sucediendo todo prósperamente277 , cuando el Rey, o por mejor decir, el regente reembolso a los accionistas, se hizo dueño del establecimiento, le dio el nombre de banco Real, y se expresaron las cédulas en la forma siguiente: «El banco promete pagar al portador a la vista... libras en moneda de plata, valor recibido. París, &c.».

Esta alteración, leve en la apariencia, era fundamental, porque las primeras cédulas estipulaban una cantidad fija de plata, esto es, la que se conocía en el momento de la fecha con la denominación de libra: y como las segundas sólo estipulaban libras, admitían todas las variaciones que el poder arbitrario quisiese introducir en el valor real de las piezas a que daría siempre el nombre de libras. Llamose esto fijar el papel-moneda, y era bien al contrario convertirle en una moneda infinitamente más susceptible de variaciones, y que varió de un modo muy deplorable. Law se opuso vigorosamente a aquella alteración; pero los principios incontestables de la ciencia hubieron de ceder a la fuerza del gobierno; y los desaciertos de éste, citando se advirtieron sus fatales consecuencias, se atribuyeron a la falsedad de los principios. Los asignados que se crearon durante la revolución francesa valían aun menos que el papel- moneda de la regencia; porque al fin prometía éste un pago en dinero; el cual hubiera podido reducirse considerablemente por la alteración de las monedas; pero si el gobierno hubiera sido más moderado en la emisión de su papel- moneda, y más escrupuloso en el cumplimiento de sus obligaciones habría podido reembolsarle tarde o temprano; al paso que los asignados no daban derecho alguno al reembolso en dinero sino sólo a la compra de bienes nacionales. Veamos pues lo que valía aquel derecho. Los primeros asignados expresaban que eran pagaderos en la caja del fondo extraordinario, donde realmente no se pagaban. Es verdad que se admitían en pago de los bienes nacionales que compraban los particulares en pública subasta; pero no bastaba el valor de estos bienes para determinar el de los asignados, porque aumentaba su precio nominal en la misma proposición en que decaía el del asignado. No sentía el gobierno que subiese nominalmente el precio de los bienes nacionales, pues veía en esto un medio de recoger mayor cantidad de asignados, y por consiguiente el de emitir otros sin alimentar su masa; pero no advertía que no era el precio de aquellos bienes el que aumentaba, sino el de los asignados el que disminuía, y que cuanto más disminuía éste, tantos más tendría que emitir para comprar los mismos géneros. Los últimos asignados no contenían ya la expresión de que eran pagaderos a la vista; y apenas se hizo alto en esta alteración, porque ni unos ni otros se pagaban. Pero con esto se descubre mejor el vicio de su institución. En efecto, se leía en un pliego de papel: Bienes nacionales: asignado de cien francos. ¿Y qué significaban las palabras cien francos? ¿De qué va lor daban idea? ¿De la cantidad de plata o de dinero que se llamaba antes cien francos? No; pues era imposible adquirir esta cantidad de dinero con un asignado de cien francos. ¿Daban idea de una extensión de tierra igual a la que hubiera valido cien francos en dinero? Tampoco; pues por efecto de las subastas, no se podía obtener, ni aun de mano del gobierno, aquella porción de tierra con un asignado de cien francos, así como no se podían obtener de él cien francos en dinero. Era necesario comprar bienes nacionales en subasta con asignados en la mano; y había decaído tanto el valor de este papel que con un asignado de cien francos no se podía comprar en subasta un palmo de terreno.

De modo que, prescindiendo de todo descrédito, una suma en asignados no daba idea de ningún valor; y aun cuando el gobierno hubiese gozado de la confianza que no tenía, no podían dejar de caer los asignados en una desestimación total. Se conoció después el error, cuando ya no fue posible comprar ningún género, por corto que fuese su valor, aunque se ofreciese la mayor suma de asignados. Entonces se recurrió a la creación de mandatos, esto es, de un papel por cuyo medio se podía adquirir sin subasta una cantidad determinada de bienes nacionales; pero se cometieron errores en la ejecución, y por otra parte no era ya tiempo de plantear semejantes proyectos.

FIN DEL TOMO PRIMERO

Tabla analítica De los capítulos y de las principales materias que contiene este tomo

-Prólogo del traductor. -Advertencia que precede a la tercera edición. -Sobre esta cuarta edición. -Prólogo de D. Manuel María Gutiérrez. -Discurso preliminar del autor. No se perfecciona una ciencia hasta que se llega a fijar bien sus límites. Diferencia entre la Economía política y la Política. Etimología de su nombre.

Qué es la que distingue de la Agricultura, de las Artes y del comercio. La naturaleza de las cosas es el fundamento de todo conocimiento positivo. Hay dos órdenes de hechos. La Estadística se distingue de la Economía política. La Estadística es un compuesto, siempre incompleto de hechos que son frecuentemente inexactos. Cómo pueden los hechos hacernos caer en errores. Falsa oposición entre la práctica y la teórica. Los hombres preocupados y amantes de la rutina son sistemáticos. Ejemplos. Los sistemas (tomada esta palabra en mal sentido) son unas doctrinas fundadas en hechos incompletos, mal observados, o de las cuales se dedujeron falsas consecuencias. Ejemplos. Defínense los principios. No es posible llegar a la solución de los problemas de la Economía política por medio de las Matemáticas. Historia rápida de los progresos de esta ciencia. Idea que formaron de ella los antiguos, y en seguida los modernos hasta el siglo XVIII. De los autores italianos. De los autores españoles. De los autores franceses. De los Economistas del siglo XVIII. De los escritores a que han dado origen los Economistas. Doctrina de Adan Smith. Nuevas verdades establecidas por este autor. Sus errores: lo que dejó por descubrir: su obra imperfecta en la forma y en la substancia. Progresos de la Economía política desde el tiempo de Smith. Objeto de esta obra. Nuevos tratados de Economía política publicados después.

Crítica de la obra de Mr. Ricardo. Refutación de los detractores de la ciencia. Las naciones están todavía lejos de la prosperidad a que pueden aspirar. Esperanzas bien fundadas de los grandes progresos que se han de hacer muy pronto en el estudio de la Economía política. Felices resultados que deben esperarse de estos progresos. Las nociones que da la Economía política no interesan exclusivamente a los que gobiernan los Estados, sino que son útiles a toda clase de personas. No pueden ser ilustrados los gobiernos, cuando no lo es la clase media de la nación. Funestas consecuencias de la versatilidad. No puede evitarse ésta sino cuando una nación tiene opiniones fijas: lo que no puede verificarse hasta que las luces estén medianamente esparcidas; y esto es obra del tiempo. No es necesario que las buenas doctrinas se sigan en un todo para que produzcan felices resultados. Los estudios económicos son útiles para la administración de los bienes particulares. Progresos con que debe caracterizarse el siglo XIX. LIBRO PRIMERO. De la producción de las riquezas. (Desde el capítulo I. hasta el XIII inclusive se explica el modo con que se forman las riquezas.) CAPÍTULO PRIMERO. Qué es lo que debe entenderse por producción. Las riquezas se componen de las cosas que tienen valor por sí mismas. Es necesario que este valor esté reconocido. El conocimiento de su naturaleza y de la dirección que sigue es el objeto de la Economía política. El valor de las riquezas está fundado en sus usos.

Cuando el valor apreciado, u el precio, se establece libremente, es una medida de la utilidad de las cosas, y por consiguiente lo es también de la producción. Crear utilidad en una cosa es hacer de ella un producto: es producir. Los aumentos forzados en los precios son un valor que se saca de mano de aquel a quien se obliga a pagarle, para dársele al que le recibe. CAP. II. De las diferentes especies de industria, y cómo concurren a la producción. Los bienes naturales no tienen valor, porque se goza de ellos sin necesidad de adquirirlos. Los que tienen valor, son productos de la industria agrícola, fabril o comercial. Un producto es ordinariamente el resultado de más de un género de industria. Toda industria es el uso que, para utilidad del hombre, se hace de los agentes que ofrece la naturaleza. Cómo contribuyen las diferentes industrias a dar valor a las cosas. Errores de ol s economistas del siglo XVIII, de Raynal, de Condillac y de otros sobre esta materia. Los valores que consumen los productores en su uso, creando un producto, no deben deducirse del valor creado por ellos. La producción se compone, no sólo del producto neto, sino también del producto en bruto. La nación que tiene pocos productos agrícolas, no es más asalariada que otra cualquiera. La riqueza se aumenta y disminuye, independiente de toda comunicación exterior. Errores de Steuard, de Forbonnais, &c. CAP. III. Qué cosa sea un capital productivo, y de qué modo concurren los capitales a la producción. Nada puede hacer la industria sin un capital. El capital productivo se compone:

Del valor de los instrumentos empleados por la industria, Del valor de las anticipaciones que exige la manutención de los productores durante la producción, Del valor de las materias en bruto que sirven de ocupación a la industria. Del valor de los ingenios y obras que se hacen en una finca, Del valor de las monedas empleadas en los cambios. Refutación del error con que se cree que el capital de una nación consiste solamente en su moneda. La moneda forma una parte muy pequeña del capital de cada nación. CAP. IV. De los agentes naturales que sirven para la producción de las riquezas, y particularmente de los terrazgos. La industria humana se sirve para producir, independientemente de los capitales, que son productos anteriores, de agentes naturales que no son productos. La facultad productiva de los agentes naturales se mezc la y confunde algunas veces con la de los capitales. El hombre se aprovecha de todas las producciones que obliga a ejecutar a los agentes naturales. Esta es la causa principal de la gran multiplicación de los productos en los pueblos civilizados. Error de Smith, que la atribuye principalmente a la división del trabajo. Otro error de Smith, cuando pretende que toda riqueza representa un trabajo del hombre. Los agentes naturales y los valores capitales suministran riquezas reales, independientemente del trabajo del hombre. Analogía que hay entre los agentes naturales y los capitales. Entre los agentes naturales hay unos que pueden llegar a ser propiedades, y otros que no pueden serlo. CAP. V. De qué modo se reúnen la industria, los capitales y los agentes naturales para producir.

La persona que sólo tiene industria, toma capitales a préstamo, u tierras en arrendamiento. La que sólo tiene capitales, asalaria a las que son industriosas. La industria y los capitales bastan para que una nación obtenga inmensos productos, sin que sea necesario que posea tierras. De consiguiente, lo que pone límites a la industria no es la extensión del terreno, sino la de los capitales. Perjuicios de las naciones que tienen pocos capitales. CAP. VI. De las operaciones comunes a todas las industrias. El sabio observa el orden de la naturaleza. El empresario de industria aplica los conocimientos adquiridos a las necesidades de los hombres. El obrero ejecuta. Admirables resultados de la industria. Cuál de estas operaciones contribuye más eficazmente a la riqueza de las naciones. Qué naciones hacen más progresos en las artes industriales y por qué. De los ensayos que contribuyen a los progresos de las artes industriales: sus riesgos, y sus efectos, en la agricultura, en las fábricas y en el comercio. CAP. VII. Del trabajo del hombre, del trabajo de la naturaleza y del de las máquinas. Definición del trabajo Cuál es el trabajo productivo. El hombre obliga a la naturaleza a trabajar de concierto con él. Las herramientas y máquinas son medios empleado por el hombre para aprovecharse de los agentes naturales. El efecto de las máquinas, con relación a la Economía política, no es disminuir el valor de las rentas, sino pasarle a otras manos. Aumenta la renta del capitalista y del consumidor, y disminuye la del obrero.

Esta desgracia es inevitable, pero pasajera; y produce ulteriormente grandes bienes, aun para la clase trabajadora. La principal ventaja de las máquinas es para los consumidores, esto es, para la sociedad entera. Las máquinas introducidas en cualquier arte no sólo aumentan su producción, sino también la de todas las demás artes. CAP. VIII. De las ventajas, inconvenientes y límites que se encuentran en la separación del trabajo. La separación del trabajo aumenta la facultad que tiene de producir. Cuáles son las razones de esto, deducidas por Smith. El consumidor es el que más se aprovecha de la separación del trabajo. No es interés suyo poner obstáculos al productor, no es interés de éste dedicarse a otro ramo de producción que aquel en que entiende o se ocupa especialmente. Porque no se puede promover mucho la separación del trabajo, En los productos cuyo consumo es limitado, En los que no se pueden transportar a largas distancias, En los objetos de lujo, En la agricultura, Y en ciertos casos, cuando no hay suficientes capitales. Lo que se disminuye, con la separación del trabajo, la capacidad del hombre considerando individualmente. CAP. IX. De los diferentes modos de ejercer la industria comercial y cómo concurren a la producción. Cuál es el objeto del comercio en general. Del comercio exterior (se puede carecer de él sin experimentar ninguna inferioridad). Del comercio interior (es el más lucrativo de todos).

Del comercio por mayor. Del comercio por menor. El comercio interior es en todo país mucho más considerable que el comercio exterior. Del comercio de especulación. Del comercio de transporte. De las relaciones del comercio marítimo con la fuerza militas. CAP. X. Qué transformaciones padecen los capitales en el curso de la producción. Una parte del capital de una empresa se compone del valor de las obras y establecimientos hechos para esta empresa. Esta parte se restablece todos los años mediante la aplicación que se hace de una parte del va lor de los productos a la conservación y reparos. Otra parte se compone de las herramientas, utensilios, ganados &c., que se consumen más rápidamente, pero cuyo valor se restablece del mismo modo. Otra parte se compone del valor de los alimentos, provisiones, dinero para salarios, &c. El valor de esta porción se disipa enteramente, y se restablece con el valor de los productos de la empresa. Aplicación de estas observaciones a la agricultura, a las fábricas y al comercio. Los capitales de las naciones existen bajo una multitud de formas, están esparcidos en todo el país, y algunas veces a muchos millares de leguas de sus frontera, y apenas vuelven a presentarse en la forma en que se empezó a emplearlos, sino cuando se hace la liquidación de una empresa. La riqueza producida es con respecto a los particulares lo que les dejan sus negociaciones, deducidos gastos; y con respecto a la sociedad en general es igual al valor en bruto de los productos. CAP. XI. De qué modo se forman y se multiplican los capitales. Cuando el valor producido por una empresa es superior al valor consumido por la misma, se puede disponer del sobrante, Retirándole de toda especie de empleo u servicio,

Disipándole estérilmente, Empleándole en objetos durables, cuyo uso es un goce, O empleándole reproductivamente. En las tres primeras suposiciones no se disminuye la masa de los capitales; y sólo se aumenta en la cuarta. Falsedad de la opinión que supone que el ahorro perjudica a los consumos. Importa poco la forma en que se ahorran y acumulan los productos para servir de capitales. En qué profesiones hay más facilidad para emplear reproductivamente los capitales ahorrados. La acumulación de los capitales es lenta por su naturaleza. Es un gran bien para la sociedad. En casi todas las naciones modernas se hacen acumulaciones. Si el aumento de los capitales en los tiempos modernos debe atribuirse a la Economía en los consumos, o a la superioridad en el arte de producir. De la Economía en los consumos reproductivos. Se fomenta la acumulación con la facilidad en el uso de los capitales. Los capitales acumulados se dividen por medio de las herencias, sin que por eso se disminuya su suma total. La acumulación de los capitales es una de las principales causas de la superioridad del hombre con respecto a los animales. CAP. XII. De los capitales improductivos. De qué se componen los capitales verdaderamente improductivos. Perjuicio que causan a la sociedad. La falta de seguridad, la superstición y la vanidad quitan capitales a la producción. CAP. XIII. De los productos inmateriales, o de los valores que se consumen en el producto de su producción.

Los productos inmateriales son los valores que se consumen necesariamente al mismo tiempo que se producen. Errores de Smith, de Verri y Garnier sobre esta materia. No siendo capaces de conservarse los productos inmateriales, no se pueden acumular. Favoreciendo su multiplicación, nada se hace en favor de la riqueza, y sólo se aumenta el consumo. Los productos inmateriales son fruto de una industria y de una capital, y algunas veces de un terrazgo. De aquellos en que tiene la industria la parte principal, y de los trabajos que se ejecutan para el recreo. De aquellos en que tiene la mayor parte el capital. De aquellos en que tiene la mayor parte el terrazgo. Elogio de los sitios que son a un mismo tiempo productivos de recreo y de valores durables. (Desde el capítulo XIV. hasta el XX. inclusive se trata de las circunstancias accidentales que favorecen o se oponen a la producción de las riquezas.) CAP. XIV. Del derecho de propiedad. De distinto modo es considerado el derecho de propiedad por el filósofo, por el jurisconsulto y por el político. La Economía política no le considera sino como un poderoso estímulo de la producción. En qué casos se puede decir que la propiedad está verdaderamente asegurada, y en cuáles no. Cuáles son los casos en que parece que el interés mismo de la producción exige que se viole la propiedad. La autoridad del gobierno, que conserva las propiedades, pone a los hombres en estado de proporcionarse todos los productos que forman su riqueza, y los goces que resultan del uso de estos productos. El pobre está interesado en la conservación del derecho de propiedad.

CAP. XV. De las salidas. No se compran productos sino con productos. El dinero con que se compran, no pudo adquirirse sino en cambio de algún producto. Todo producto, desde el momento en que está creado, ofrece una salida a otro producto. La falta de salida de unos productos nace de la escasez de otros. Aun las personas que no producen, no pueden comprar sino con productos. 1.ª Consecuencia: Cuanto más activa es la producción, tanto más fáciles son las salidas. 2.ª Consecuencia: Cada individuo está interesado en la prosperidad de todos. 3.ª Consecuencia: Ningún perjuicio se causa a la industria indígena por comprar los productos del extranjero. 4.ª Consecuencia: No se protege el comercio fomentando el consumo y la destrucción de los productos de la industria. La naturaleza de los pedidos y la cantidad de las ganancias bastan para indicar a los productores sobre qué ramos debe recaer la producción. Pintura de los progresos y decadencia de una nación, según que la producción aumenta o decae. CAP. XVI. Qué ventajas resultan de la actividad de circulación del dinero y de las mercancías. Toda producción exige una circulación de dinero y mercancías, de compras y ventas. Esta circulación es productiva, y su actividad es un bien, en cuanto ocupa menos tiempo los capitales, y disminuye los gastos de producción. Una circulación improductiva, esto es, un agiotaje, multiplica los gastos de la producción, en vez de disminuirlos. Circunstancias que originan una circulación lenta y forzada.

Pintura de la activa circulación que hubo en Francia cuando decayeron los asignados. CAP. XVII. De los efectos de los reglamentos del gobierno, que tienen por objeto influir en la producción. Objeto de los reglamentos. Peligro de los sistemas. Nadie tiene más sistemas que el que se precia de no tener ninguno. §. 1.º Efecto de los reglamentos que determinan la naturaleza de los productos. La naturaleza de las necesidades determina el valor de los productos, y el valor de los productos determina la naturaleza de la producción. El producto que más rinde es el que más debe promover la sociedad, y el que le acarrea más ventajas. Los mejores jueces de los productos que más rinden son los productores, y no el gobierno. Aplicación de estos principios a los productos agrícolas, A los productos manufacturados. Por qué se solicitan con tanto empeño los reglamentos. Ejemplos: A los productos comerciales. En éstos han querido influir principalmente los gobiernos. DIGRESIÓN sobre lo que se llama balanza del comercio. Qué cosa es la balanza del comercio. A que se reducen las operaciones del comercio con el extranjero. El beneficio del comercio con el extranjero no es igual al valor que se recibe en numerario, sino a la diferencia entre el valor de los envíos y el de los retornos (nota). Valor por valor, no conviene a una nación recibir metales preciosos con preferencia a cualquiera otra mercancía. El valor de los metales preciosos decae cuando su cantidad excede a las necesidades. Los motivos de preferencia que tiene la moneda para los particulares sobre las demás mercancías, no existen con respecto a las naciones.

La introducción del numerario, y de las materias de que se hace, no aumenta los capitales de un país más que la introducción de cualquier otra mercancía. Los capitales de un país salen igualmente cuando se exportan mercancías que cuando se exporta numerario. La exportación del numerario proporciona a la producción interior una salida igual a la exportación de las demás mercancías. Los valores que se consumen lentamente, como el numerario, no son más favorables a la conservación de los capitales, que los valores que se consumen rápidamente, como los géneros. La utilidad del numerario es limitada. Es verdad que con el dinero se adquiere todo, pero, puede ser con condiciones onerosas. Aun cuando fuese de desear una balanza constantemente favorable sería imposible obtenerla. Causas del falso sistema seguido en toda Europa con respecto a la balanza del comercio. FIN de la digresión sobre la balanza del comercio, y continuación del párrafo primero. Los reglamentos que ponen trabas a la importación, establecen un monopolio en favor del productor indígena contra el consumidor indígena. Pagamos siempre los productos extranjeros con productos de nuestra propia creación. Vale más producir aquellos en que le hacemos ventaja, y comprarle aquellos en que él nos hace. Por qué es más útil proteger los intereses del consumidor que los del productor. La carestía de los productos es una de las causas más generales de la pobreza de las naciones. Conviene a una nación comprar lo más barato que pueda donde quiera que lo encuentre, aunque sean objetos manufacturados y de lujo, y aun cuando el interés, por ser muy subido en ella, acarree perjuicio a sus productores. No todos los consumidores resarcen como productores el exceso de gastos que les obliga a hacer el monopolio como consumidores.

Además de aumentarse con las prohibiciones los gastos de los consumidores, se priva también a éstos enteramente de ciertos productos. Las trabas, en vez de variar el curso de un comercio, suelen destruirle enteramente. Respuesta a la objeción de que con el sistema de prohibiciones va en aumento la prosperidad. Qué especie de perjuicio se hace al país extranjero cuyas mercancías se prohíben. Las prohibiciones convierten en crímenes unos actos inocentes, por ejemplo, el contrabando. Los derechos de entrada admisibles como impuesto sobre la producción. De los tratados de comercio y de su utilidad. Las prohibiciones consideradas como represalias. Peligro que hay en abolirlas de repente. Efecto de los estímulos que se conceden a la exportación de los productos indígenas. Pagar una prima o premio de exportación es pagar anticipadamente al extranjero la ganancia que se quiere sacar de él. Pagar una prima por fabricaciones interiores es querer obtener un producto que cuesta más de lo que vale y hacer un cambio perjudicial de anticipaciones por productos. Excepciones. Refutación de la doctrina de Smith. Abusos de los estímulos concedidos por los gobiernos. Las recompensas merecidas no llevan consigo ningún riesgo. §. 2. Efecto de los reglamentos que determinan el modo de producción. El influjo del gobierno sobre las operaciones de la agricultura ha sido casi siempre favorable, porque se ha limitado a propagar la instrucción y a mantener el buen orden. Las fábricas han sufrido más el azote de los reglamentos, porque era más fácil sujetarlas a ellos. Las corporaciones y las maestrías establecen un monopolio en favor de los productores contra los consumidores.

Por qué son vivamente solicitadas, y fácilmente concedidas. No son eficaces para asegurar la perfección de los productos, y perjudican a su multiplicación. La prosperidad de las artes ha acompañado siempre a la libertad de la industria Los reglamentos son útiles para precaver los ma los efectos de la impreicia, y cuando sirven para impedir un fraude, o para acreditar un hecho. Las patentes o privilegios de invención no tienen inconveniente, siempre que no duren demasiado. §. 3. De las compañías privilegiadas. Las compañías privilegiadas hacen que pague el consumidor los productos de su comercio a más alto precio que si ellas no existiesen. Si es verdad que no se puede comerciar con ciertos países sino por medio de compañías. Si es verdad que las compañías compran más ventajosamente en el extranjero. Las ganancias de las compañías privilegiadas no son para la nación sino que se adquieren a costa de ella. No se aprovechan de su monopolio, y alejan la industria privada. Las compañías pueden ser útiles para entablar un comercio enteramente nuevo. §. 4. De los reglamentos relativos al comercio de granos. Todo país tiene siempre tantos habitantes como puede alimentar. Este número de habitantes tiene en un año bueno más víveres que los que necesita, y menos que los que exige su consumo, cuando el año es malo. Las reservas de un año bueno en favor de otro malo son el único medio de evitar este inconveniente. No se puede esperar esta precaución de los consumidores. Ni de los especuladores. Ni del gobierno.

Sino de las compañías responsables. Las mejores provisiones y las más constantes son las del comercio más libre. Preocupaciones populares contra los acopios de granos. Y contra las ganancias de los comerciantes. Los reglamentos administrativos han sido siempre más funestos que útiles. El gobierno provee mal por sí mismo, y siempre a mucho más alto precio. Qué cosa son los beneficios del gobierno (nota). La mejor prima o premio de la importancia es el precio subido de los granos. Por qué medios se podría conseguir que las escaseces fuesen más raras y menos funestas. De los límites que debe poner la prudencia a la libertad del comercio de granos. Dificultades que han resultado en Inglaterra de una producción de trigo demasiado costosa. La provisión por medio del comercio es más igual que la que se obtiene con el cultivo. Sin embargo, no conviene depender enteramente de aquella. CAP. XVIII. Si el gobierno aumenta la riqueza nacional, haciéndose él mismo productor. Cuando causa pérdida una empresa tomada por el gobierno, recae esta pérdida sobre la nación, a pesar de las ganancias que pueden resultar a los particulares. Por qué razones es casi siempre el gobierno un mal empresario. El gobierno, como productor, es un rival que perjudica a los particulares. Si hay algunas empresas que el gobierno duba administrar por sí mismo. El gobierno contribuye eficazmente, pero de un modo indirecto, a la producción de los particulares, haciendo u conservando caminos, canales, puertos, y establecimientos que conserven, aumenten y difundan las luces.

Pero el medio más eficaz que tiene para este objeto, es proporcionar a los particulares libertad y seguridad. Si los tributos impuestos a las naciones subyugadas son un buen medio de proporcionar riquezas a la nación preponderante. CAP. XIX. De las colonias y de sus productos. Las colonias se distinguen de las factorías. Hay dos sistemas de colonización, el de los antiguos y el de los modernos. En el de los antiguos son al principio limitados los productos, porque los capitales y la población son poco considerables. Motivos de los rápidos progresos que hace después en ellos la producción. En el sistema moderno se va a las colonias a hacer fortuna para volver luego a la metrópoli. Malos efectos de este sistema. De la esclavitud y de sus efectos por lo tocante a la producción. Del régimen reglamentario colonial y de sus efectos por lo tocante a la producción, en primer lugar con respecto a la colonia; y en segundo con relación a la metrópoli. Gastos enormes que causa a la metrópoli la conservación de sus colonias. Ha sido una felicidad para la Francia perder las suyas. Baratura con que se podrían comprar los géneros equinocciales, llamados impropiamente coloniales. CAP. XX. De los viajes y de la expatriación con respecto a la riqueza nacional. Ningún país debe mirar como ganancia el dinero que deja en él un viajero de otra nación. Su única ganancia es el beneficio que resulta de las rentas hechas al viajero. Ridiculez de los gastos fastuosos que se hacen con el designio de atraer extranjeros. Cuáles son los principales motivos que los atraen. La expatriación es sumamente útil a la patria adoptiva. Y funesta a la patria abandonada.

Es imposible impedir y precaver la extracción de los capitales. Por qué medios se consigue atraer nuevos ciudadanos. (Los capítulos XXI y XXII tratan de un producto particular que hace gran papel en la formación y circulación de las riquezas, esto es, de las monedas.) CAP. XXI. De la naturaleza y uso de las monedas. §. I. Consideraciones generales. La mayor parte de los productos se consumen a consecuencia de un cambio. Dificultad que se halla en un cambio en especie, para igualar un producto a otro, y acomodarle a las necesidades del consumidor. La mercancía intermedia llamada moneda desvanece esta dificultad. La cualidad que, en igualdad de valor, hace que se prefiera la moneda a cualquiera otra mercancía, es la de ser de un uso común a todos, porque todos tienen que hacer cambios (esto es, que comprar algo). La moneda es tanto más necesaria cuanto más civilizada está la sociedad. La costumbre y el uso dan a una mercancía la cualidad de moneda. §. 2. De la materia con que se hacen las monedas. No siendo la moneda un objeto de consumo, es indiferente su materia. Sin embargo, es necesario que la moneda pueda tener un valor propio. Que sin alterarse, se pueda proporcionar al valor de todos los demás productos. Que no sea demasiado voluminosa con respecto a su valor. Que su cantidad total no pueda aumentarse ni reducirse rápidamente. Que tenga un valor propio en otros muchos lugares. Los metales preciosos reúnen estas cualidades. Además se dividen y reúnen sus partes sin alterarse. Su cualidad es uniforme en toda la tierra.

Tienen bastante dureza para resistir al rozamiento de la circulación. Pueden recibir marcas y sellos. Se desprecia en los metales preciosos el valor de la liga y por qué. §. 3. Del valor que añade a una mercancía la cualidad de ser moneda. El servicio que hace el metal como moneda, aumenta sus usos y su precio. La moneda absorbe gran parte de este metal, impidiendo que se emplee en cualquiera otra cosa. Encarece su uso en utensilios. El valor de la moneda se establece por las mismas leyes que el de todas las demás mercancías. Aun en papel tiene un valor fundado en sus usos. Valor del papel- moneda de Inglaterra. Teniendo la moneda un valor que le es propio, es una riqueza real. §. 4. De la utilidad del cuño de las monedas, y de los gastos de fabricación. El cuño evita a los contratantes el embarazo y los gastos del peso y ensaye de los metales- moneda. La fabricación exclusiva de moneda, que se reserva el gobierno, es favorable a los particulares. Efectos de la legislación inglesa, que no atribuye al gobierno ningunos gastos de fabricación. Los gobiernos pueden sacar mayores ganancias de esta fabricación en virtud del monopolio; pero estas ganancias dependen siempre del precio corriente de las materias de oro y plata. Derechos de fabricación y señoraje absolutamente ilusorios. Cuando no es gratuita esta fabricación, importa poco al gobierno que se fundan y exporten las monedas. Y aun le es ventajoso que se exporten; porque este es un ramo de platería, y un manantial de ganancias.

El gobierno no puede retener con justicia los gastos de fabricación al que recibe un pago del gobierno mismo. §. 5. De la alteración de las monedas. La autoridad pública ha creído sin razón que podía determinar el valor de las monedas. Ha aplicado sucesivamente el mismo nombre a cantidades de metal muy diversas. Resultados. Qué cosa era la moneda fuerte. Motivos del gobierno para valerse de ella. Diferentes medios con que se ha obscurecido la alteración de las monedas. Malos efectos de las variaciones en el valor nominal de las monedas. §. 6. La moneda no es signo ni moneda. En todos los contratos de compra y venta es el valor real de la moneda lo único que se considera en ella. Es falsa la opinión de que el valor de todos los géneros es igual a la suma total de la moneda. Y la que sostiene que el precio de los géneros se determina por la relación que hay entre la cantidad total de los géneros y de las monedas. El valor de la moneda no puede servir de medida, porque este valor, aun intrínseco, es variable. Las valuaciones no son más que unas comparaciones que se hacen entre muchas cantidades variables. Se pueden comparar dos valores que se tienen presentes; pero no dos valores separados por la distancia de tiempos y lugares. La valuación exacta de los valores antiguos o distantes es la cuadratura del circulo de la Economía política. Error de Montesquieu, el cual supone que el valor de las monedas puede ser invariable. El trabajo es mal medio de valuar por aproximación. Se refuta a Smith. El trigo es mejor término de comparación entre los valores antiguos y modernos.

Así como el oro y la plata para los valores separados por grandes distancias. El negociante no necesita saber el valor absoluto de las cosas; sino que le basta saber su valor relativo en la época y lugar en que se hace cada cambio. En los contratos, toda estipulació n a plazo largo es necesariamente vaga. §. 7. De una circunstancia que se debe tener presente al valuar las sumas de que se hace mención en la historia. No basta conocer la cantidad de metales preciosos designada por la suma, sino que es necesario atender también a la variación ocurrida en el valor del metal mismo. Ejemplos, y errores que se notan en Voltaire, Raynal, Vertot, La Harpe y Rollin. Método aproximativo para estas valuaciones. §. 8. No hay relación fija entre el valor de un metal y el de otro. Se ha hecho mal en querer dar una denominación común a cierta cantidad de oro y a cierta cantidad de plata. Lo que ha resultado de esto en Francia e Inglaterra. El valor relativo de los metales perpetuamente variable, no está en proporción con las cantidades que suministran las minas. Por qué la fijación del valor relativo entre el cobre y la plata no ha tenido los mismos inconvenientes que la fijación del valor relativo entre la plata y el oro. §. 9. Lo que deberían ser las monedas. Las monedas deberían ser unas piezas de metal sin otra denominación que el peso y la ley certificados por el cuño. La ganancia de la fabricación podrá variar según el pedido. La nación que hiciere esta buena especulación, suministraría numerario a otras muchas. La necesidad indispensable de un agente de la circulación, basta para sostener el valor de una moneda que no tiene valor intrínseco. Medio que se ha adoptado en Inglaterra para poner límites a la emisión del papelmoneda, y precaver su descrédito.

§. 10. De la moneda de cobre y de billón. Las piezas de cobre y de billón no son en rigor más que unas cédulas de crédito que deberían cambiarse a la vista. De lo contrario producen el mismo efecto que la liga de los metales, e influyen en el precio y curso del cambio. Si se cambiasen en el acto de la presentación, se les podría dar un valor intrínseco, aunque muy pequeño. Están expuestas a la falsificación. §. 11. De la mejor forma de las piezas de moneda Cilíndricas, aplanadas, pero gruesas, el cuño en hueco, y lo menos extendidas que sea posible. §. 12. Quién debe sufrir la pérdida que resulta de la merma de las monedas. Esta pérdida debe sufrirla el gobierno, y por qué razones. CAP. XXII. De los signos representativos de la moneda. §. I. De las cédulas y de las letras de cambio. El valor actual de una letra de cambio se funda en el derecho que da de recibir dinero en un tiempo determinado. Curso del cambio. Causas, y límites de sus variaciones. No se puede pagar con letras de cambio, si no se ha enviado un valor equivalente en mercancías. Qué cosa sean las letras de cambio llamadas de circulación. §. 2. De los bancos de depósito. Su utilidad. Suplen el numerario por medio de traslaciones en sus libros. Por qué son más estimados los créditos que abren que la moneda corriente. La inviolabilidad del depósito es para estos bancos de una necesidad fundamental. §. 3. De los bancos de giro u de descuento, y de las cédulas de banco.

Objeto de estas asociaciones. Emiten cédulas de crédito. Reciben y pagan por los particulares y el gobierno, y algunas veces les hacen anticipaciones. Ilústranse los principios con los ejemplos del banco de Inglaterra, de los bancos de Escocia, de la antigua caja de descuentos, y del banco de Francia. ¿Aumentan realmente las cédulas de crédito la masa de los capitales productivos de un país? Sí: por qué razón, y hasta qué grado. Consecuencia de una emisión de cédulas demasiado considerable. Las cédulas de crédito no pueden suministrar fondos para que sirvan de capitales fijos. La ignorancia de este principio es la que ha arruinado el banco de Inglaterra, y la que probablemente arruinará todos los demás. La falsificación es uno de los inconvenientes que tienen las cédulas de crédito u de banco. §. 4. Del papel- moneda. Es un papel que un gobierno autoriza, a dar en pago de las obligaciones contraídas en moneda efectiva. Cuáles son las causas que sostienen por algún tiempo el valor de los papelesmoneda. Origen de las grandes ganancias que adquieren los especuladores cuando se degrada el valor de los papeles- moneda. (nota) Cuáles son los casos en que una nación recurre al papel- moneda. Ilústranse los principios con el ejemplo de las cédulas del banco de Law, con los asignados y con los mandatos.

FIN DE LA TABLA ANALÍTICA DEL TOMO I

Tratado de Economía Política o Exposición sencilla del modo con que se forman, se distribuyen y se consumen las riquezas. Tomo segundo

por Juan Bautista Say ; nueva traducción por Juan Sánchez Rivera

Índice •

Tratado de Economía política. Tomo segundo o exposición sencilla del modo con que se forman, se distribuyen y se consumen las riquezas. o

Libro segundo. De la distribución de las riquezas. §

Capítulo Primero. Del fundamento del valor de las cosas, de la cantidad ofrecida, y de la cantidad pedida.

§

Capítulo II Del origen de nuestras rentas.

§

Capítulo III. De las variaciones reales, y de las variaciones relativas en el precio.

§

Capítulo IV. De las variaciones nominales en los precios, y del valor propio del oro, de la plata y de la moneda.

§

Capítulo V. Como se distribuyen las rentas en la Sociedad.

§

Capítulo VI. Qué géneros de producción pagan más bien los servicios productivos.

§

Capítulo VII. De las rentas industriales.

§

§. I De los beneficios industriales en general.

§

§. II. De los beneficios del sabio.

§

§. III De los beneficios del empresario de industria.

§

§. IV. De los beneficios del obrero .

§

§ V. De la independencia nacida entre los modernos de los progresos de la industria.

§

Capítulo VIII. De la renta de los capitales. §

§ I. Del préstamo a interés.

§

§ II. Del beneficio de los capitales.

§

§. III Cuáles son los empleos de capitales más ventajosos a la Sociedad.

§

Capítulo IX. De las rentas territoriales. §

§. I. De los beneficios de los bienes raíces .

§

§ II. Del arriendo.

§

Capítulo X. Cuáles son los efectos de las rentas que una nación percibe en otra.

§

Capítulo XI. De la población relativamente a la Economía política. §

§I Como la cantidad de productos influye en la población de los Estados.

§

§. II. Como la naturaleza de la producción influye en la distribución de los habitantes.

o

Libro tercero. Del consumo de las riquezas. §

Capítulo primero. De las diferentes especies de consumos.

§

Capítulo II. De los efectos generales del consumo.

§

Capítulo III. De los efectos de un consumo reproductivo.

§

Capítulo IV. De los efectos del consumo productivo en general.

§

Capítulo V. De los consumos privados, de los motivos de ellos, y de sus resultados.

§

Capítulo VI. De los consumos públicos. §

§ I. De la naturaleza y de los efectos generales de los consumos públicos.

§

§. II. De los principales objetos del gasto público. De los gastos relativos a la administración civil y judicial. De los gastos relativos al ejército. De los gastos relativos al la enseñanza pública. De los gastos relativos a los establecimientos de beneficencia. De los gastos relativos a las casas y obras públicas.

§

Capítulo VII. Quiénes son los que pagan los consumos públicos.

§

Capítulo VIII. De los impuestos. §

. I. De los efectos generales de toda especie de impuestos.

§

§. II.

De los diversos modos de repartir el impuesto, y sobre las clases en que recaen los diversos impuestos. §

§. III. De los impuestos en especie.

§

§. IV. Del impuesto territorial de Inglaterra ( Land tax ).

§

Capítulo. IX. De la deuda pública. §

§ I. De los empréstitos que toma el Gobierno y de sus efectos generales.

§

§ II. Del crédito público de lo que lo consolida, y de lo que le altera.

o

Epítome de los principios fundamentales de la Economía política. § Advertencia. § Orden con que conviene leer el Epítome, si se quiere leer metódicamente. dispuestos alfabéticamente bajo cada una de las expresiones con que pueden tener conexión. § § § § § § § § § § § §

A. B. C D. E. F. G. I M. N. O. P.

§ § § § §

o

R. S. T. U. V. Cartas a Mr. Malthus sobre varios puntos de Economía política y especialmente sobre las causas del entorpecimiento general del comercio. § Advertencia. § Carta primera. Que los productos no se compran sino por medio de otros productos. §

Carta segunda. Que los hombres no pueden producir sino hasta donde llegan sus medios de consumir.

§

Carta tercera. ¿ Por qué vienen a salir ahora muchas mercancías más caras que el precio a que se pueden vender?

§

Carta cuarta. Qué ventajas saca la sociedad del uso de las máquinas, y en general de los medios que abrevian la ejecución de los productos.

§

Carta quinta. Sobre la verdadera naturaleza de las riquezas.

Libro segundo. De la distribución de las riquezas.

Capítulo Primero. Del fundamento del valor de las cosas, de la cantidad ofrecida, y de la cantidad pedida. En el libro precedente he expuesto los fenómenos principales de la producción. Se ha podido ver en él que la industria humana, auxiliada de capitales y de tierras, crea todas las utilidades, primeros fundamentos de todos los valores; y se ha podido ver asimismo en qué las circunstancias sociales y la acción del gobierno son favorables o perjudiciales a la producción. En este libro, sobre la distribución de las riquezas, se trata primero de estudiar la naturaleza de la cosa que se ha de distribuir, del valor: después procuraremos conocer según qué leyes este valor una vez creado, se distribuye en la sociedad y forma las rentas de las personas que la componen. Valuar una cosa es declarar que debe ser estimada tanto como otra cosa que se designa. Una cosa cualquiera, con tal que tenga valor, puede servir de término de comparación. Así una casa puede ser valuada en trigo lo mismo que en dinero. Si cuando se valúa una casa en ochenta mil reales en dinero, se tiene una idea algo más precisa de su valor, que cuando se valúa en dos mil fanegas de trigo, es únicamente porque el habito de apreciar todas las cosas en numerario, nos permite formar idea de lo que pueden valer ochenta mil reales, esto es, idea de las cosas que se pueden tener por ochenta mil reales, más pronto y con mayor exactitud que podríamos formarnos la de las cosas que se pueden tener en cambio de dos mil fanegas de trigo. Sin embargo, suponiendo que el precio de cada fanega de trigo sea de cuarenta reales estos dos valores son iguales. En toda valuación la cosa que se valúa es una cantidad dada, a la que no se puede cambiar nada. Una casa designada es una cantidad dada: es la cantidad de una cosa llamada casa, situada en tal lugar, y acondicionada de tal manera. El otro termino de comparación es variable en su cantidad, porque la valuación puede subir más o menos. Cuando se valúa una casa en ochenta mil reales, se hace subir a ochenta mil los reales que se supone que vale. Si se juzga a propósito el hacer subir la valuación a ochenta y ocho mil reales, o de reducirla a setenta y dos mil se hace variar la cantidad de la cosa que sirve para la evaluación. Lo mismo sería si el tal objeto se valuase en trigo. La cantidad de trigo sería la que determinaría el montante de la valuación. La valuación es vaga y arbitraria mientras no lleva consigo la prueba que la cosa valuada se estima en general en tanto como tal cantidad de otra cosa. El propietario de una casa la valúa en ochenta y ocho mil reales: un indiferente la valúa en setenta y dos mil. ¿Cuál de estas dos valuaciones es buena? Puede que ni una ni otra. Pero cuando otra

persona, u otras diez personas están prontas a ceder en cambio de la casa una cierta cantidad de otras cosas, ochenta mil reales por ejemplo, o dos mil fanegas de trigo, entonces se puede decir que la valuación es justa. Una casa que se puede vender, si se quiere, en ochenta mil reales, vale ochenta mil reales(1). Si sólo una persona está dispuesta a pagar este precio, y si le es imposible, después de haberla adquirido, de volverla a vender por lo que le ha costado, entonces la ha pagado más de su valor. Siempre es verdad que un valor incontestable es la cantidad de cualquier cosa que se puede obtener, al momento que se quiera, en trueque de la cosa de que uno quiere deshacerse(2). Esto es lo que en el comercio, y todas las veces que las valuaciones se hacen en dinero, se llama precio corriente. Manifestemos ahora las leyes que para cada cosa determinan su valor o precio corriente. La necesidad que se tiene de las cosas, depende de la naturaleza física y moral del hombre, del alma que habita, de las costumbres y de la legislación de la sociedad de que es parte. Tiene necesidades del cuerpo, necesidades del espíritu y del alma, necesidades para sí y otras para su familia, y aun otras como miembro de la sociedad. Una piel de oso y de una rengífero son cosas de primera necesidad para un Lapón; y hasta el nombre de éstas es desconocido a un Lazaron de Nápoles. Éste por su parte puede carecer de todo con tal que tenga macarrones. Igualmente los tribunales en Europa se miran como el lazo más fuerte de la sociedad, y los habitantes indígenas de América, los Tártaros y los Árabes viven muy bien sin ellos. Aquí no consideramos estas necesidades más que como cantidades dadas, sin investigar sus causas. De estas necesidades, unas se satisfacen con el uso que hacemos de ciertas cosas que la naturaleza nos suministra gratuitamente, tales como el aire, el agua, la luz del sol. Podemos llamar a estas cosas riquezas naturales, porque la naturaleza sola hace la costa de ellas. Como se las da a todos nadie está obligado a adquirirlas a precio de un sacrificio cualquiera. No tienen pues valor cambiable. Otras necesidades no pueden ser satisfechas más que por el uso que hacemos de ciertas cosas a las que no se ha podido dar la utilidad que ellas tienen, sin haberles hecho sufrir una modificación, sin haber obrado una mudanza de su estado, sin haber por efecto de esto superado una dificultad cualquiera. Tales son los bienes que no obtenemos sino por los procedimientos de la agricultura, del comercio o de las artes. Estos son lo únicos que tienen un valor que se pueda cambiar. La razón de esto es evidente: son por el hecho solo de su producción el resultado de un cambio en que el productor ha dado sus servicios productivos para recibir este producto. Desde entonces no se pueden obtener de él más que en virtud de otro cambio, dándole otro producto que pueda estimar tanto como el suyo.

Estas cosas pueden llamarse riquezas sociales, porque no es posible ningún cambio sin que haya en él una relación social, y porque sólo en estado de sociedad puede haber una garantía del derecho de poseer exclusivamente lo que se ha obtenido por la producción, o por el cambio. Observemos al mismo tiempo que las riquezas sociale s, como riquezas, son las únicas que pueden ser objeto de un estudio científico: primero porque son las únicas que sean apreciables, o a lo menos las únicas cuyo aprecio no sea arbitrario: segundo porque ellas solas se forman, se distribuyen y se destruyen conforme a ciertas leyes, que podemos señalar. Después de haber enseñado en que consiste esta calidad que poseen ciertas cosas, y que se llama valor, o con más exactitud valor cambiable, como que percibimos ya su origen. Las riquezas sociales tienen un valor porque estamos obligados a comprarlas. ¿Con qué las pagamos? Con servicios productivos. Después de esta compra y una vez adquiridas a este precio, realmente somos más ricos, tenemos medios de satisfacer más necesidades, y si las riquezas que hemos adquirido por nuestros servicios productivos, no convienen a ninguna de nuestras necesidades, nos podemos servir de ellas para obtener lo que nos hace falta: las podemos cambiar por otros productos. Los otros productos que obtenemos en cambio, son por su parte resultados de algunos otros servicios productivos: de modo que los cambios que hacemos de dos productos, no son efectivamente más que el cambio de los servicios productivos, de que estos dos productos son el resultado. Cuando cambio quince fanegas de trigo por una de café, cambio los servicios productivos que han formado quince fanegas de trigo, por los que han formado una fanega de café(3) . Resulta de esto que se establece un valor corriente un precio corriente para los servicios productivos como para los productos. Y en efecto si los servicios productivos que han creado quince fanegas de trigo pueden por medio de cambios, obtener por indemnización sea quince fanegas de trigo, sea una de café, pueden igualmente obtener todo lo que tiene el mismo valor que quince fanegas de trigo, es decir, por un supuesto, una vara de un tejido de algodón, cinco varas de cinta, una docena de platos &c.; y si sucediese que las quince fanegas de trigo no pudiesen obtener en cambio cabalmente esta cantidad de cada cosa, entonces los servicios productivos que han cooperado a la formación del trigo no recibirían una indemnización tan grande, como los que se habrían aplicado a la fabricación de los platos &c. Una parte de ellos se retirará de la primera de estas fabricaciones a favor de las otras, hasta que fuesen pedidos y pagados tanto como otro servicio análogo. Cada especie de servicio productivo tiene también un precio corriente que le es peculiar. El que en la producción de las quince fanegas de trigo, no puede pretender más que la decimaquinta parte de este producto, no pretende sino la decimaquinta parte de

otro producto cualquiera que se puede comprar con las quince fanegas de trigo a la decimaquinta parte, que son veinte reales, y así de los demás. Se ve que el valor de una multitud de productos comparados entre sí es el que establece el valor corriente de los servicios productivos(4) , y que no es el valor de los servicios productivos quien establece el valor de los productos, como lo han asegurado algunos autores(5), y como es la utilidad del producto quien le hace buscar, quien le da un valor, la facultad de crear esta utilidad es quien hace buscar los servicios productivos, que les da a ellos un valor; valor que equivale para cada uno de ellos, a la importancia de su cooperación, y cuyo total forma para cada producto lo que se llaman gastos de producción. La utilidad de un producto no está limitada a una sola persona, a lo menos conviene a una clase de la sociedad, como ciertos vestidos, o a la sociedad entera, como la mayor parte de los alimentos que convienen a los dos sexos y a todas las edades. Por esta razón la petición que se ha hecho de un producto, de un servicio productivo, de una cosa cualquiera, abraza cierta cantidad de ellos. La petición de azúcar en Francia dicen que llega a más de quinientos mil quintales por año. Aun para cada individuo, la petición que se ha hecho de cierto producto en particular puede ser más o menos grande. Sea la que quiera esta cantidad la llamamos cantidad pedida. Por otra parte la cantidad de este mismo producto, que puede ser hallada o fabricada, y por consiguiente subministrada a quien tiene necesidad de él, se llamará cantidad ofrecida, cantidad en circulación. Pero debe hacerse una restricción relativamente a estas dos cantidades. No hay ninguna cosa, agradable o útil que no pueda ser pedida en cantidad indebida: porque ¿quién es la persona que no esté dispuesta a recibir lo que puede contribuir a su utilidad o a su satisfacción? ¿Qué es lo que restringe efectivamente la petición? Es la posibilidad de pagar, de suministrar bastantes productos para adquirir aquellos que se desean obtener. Aun cuando cada uno de los mozos de cordel de un pueblo grande pidiese un coche de seis caballos para hacer con más comodidad su oficio, esto no haría subir un ochavo el precio de los caballos ni el de los coches. Pero estas cosas por medio de las cuales se podría adquirir el producto deseado, son limitadas para cada persona, porque son productos de las fincas productivas del adquiriente, y éste por rico que sea, sus fincas productivas y los productos que saca de ellos tienen límites. Las fortunas, en todo país crecen por grados insensibles, desde las más pequeñas, que son las más multiplicadas, hasta la mayor que es única. Resulta de esto que los productos que son todos deseados por la mayor parte de los hombres, sin embargo no son pedidos en realidad, y con la facultad de adquirirlos, más que por cierto número de ellos; y por estos, en más o menos abundancia. Resulta también que el mismo producto o muchos productos, sin que-su utilidad llegue a ser mayor serán más pedidos a medida que estarán a un precio más bajo y que exigirán menos servicios productivos para ser completos, porque entonces el número de sus consumidores puede extenderse. Y al contrario las

clases que piden son tanto menos numerosas cuanto el valor del producto va subiendo. Si en un invierno riguroso, se consigue hacer chalecos de lana de punto de aguja que no cuesten más que veinte y cuatro reales, es probable que todas las gentes a quienes quedaran veinte y cuatro reales después que habrán satisfecho todas las necesidades, que son o que miran como más indispensables que un chaleco de lana, comprarán uno. Pero todos aquellos a quienes después de haber satisfecho sus necesidades más indispensables, no les quede más que veinte reales no podrán comprarle. Si se consigue fabricar los mismos chalecos por veinte reales el número de sus consumidores se aumentará de toda esta última clase. Este número se aumentará aun si se llega a poderlos dar a diez y seis reales, y así es como los productos que en otro tiempo no se usaban más que por los más ricos, las medias v. gr. actualmente se han extendido a casi todas las clases. Lo contrario se verifica cuando una mercancía aumenta de precio, sea por causa de los impuestos o por otro cualquier motivo. Deja de tener el mismo número de consumidores, porque en general no se puede adquirir sino lo que se puede pagar, y las causas que hacen subir el precio de las cosas, no son las que aumentan las facultades de los adquirentes. Así es como en Inglaterra clases muy numerosas se hallan privadas casi enteramente de la ventaja de consumir vino natural, y aún muchas otras mercancías. Es necesario para poderse procurar allí estos géneros, sacrificar una cantidad tan grande de productos o servicios productivos, que sólo las personas a quienes les sobran muchos pueden hacer semejante sacrificio. En tal caso, no sólo disminuye el número de consumidores, sino que cada consumidor reduce su consumo. Hay tal consumidor de café, que cuando este género aumenta de precio, puede no estar precisado a renunciar enteramente al placer de esta bebida; pero reducirá solamente su provisión acostumbrada: en tal caso es preciso considerarle como formando dos individuos; uno dispuesto a pagar el precio pedido, y otro renunciando a pedirle. En las especulaciones comerciales el comprador como no se provee para su propio consumo proporciona sus compras a lo que espera poder vende r: pero como las mercaderías que podrá vender son proporcionadas al precio a que podrá darlas, comprará tantas menos cuanto el precio será más subido, y tantas más cuanto el precio será más bajo. En un país pobre las cosas de utilidad muy común, y de precio poco subido exceden frecuentemente las facultades de una gran parte del pueblo. Hay países en que los zapatos, aunque baratos, no pueden compralos la mayor parte de los habitantes. El precio de este género no baja al nivel de las facultades del pueblo: este nivel es más bajo que los gastos de producción de los zapatos. Pero como los zapatos en rigor no son indispensables para vivir, las gentes que no están en estado de poderlos comprar, llevan abarcas o andan descalzos. Cuando por desgracia sucede esto con un género de primera necesidad, una parte de la población perece, o a lo menos deja de renovarse. Tales son las causas generales que, limitan la cantidad de cada cosa que puede ser pedida.

En cuanto a la cantidad ofrecida, no es sólo aquella cuya oferta se ha hecho formalmente; es la cantidad de una mercadería que sus poseedores actuales están dispuestos a ceder en cambio de otra, o si se quiere, a vender al precio corriente. Se dice también, de esta mercancía que está en la circulación. Tomando estas palabras en su sentido riguroso una mercadería no estaría en circulación más que en el momento que pasa de las manos del vendedor a las del comprador. Este tiempo es un instante, o a lo menos puede considerarse como instantáneo. No altera en nada las condiciones del cambio, porque es posterior a la conclusión del contrato. No es más que el por menor de la ejecución. Lo esencial consiste en la disposición en que está el poseedor de la mercancía de venderla. Una mercadería está en circulación cada vez que busca un comprador, y busca un comprador frecuentemente con mucha actividad sin cambiar de puesto. Así todos los géneros que ocupan los almacenes de venta y las tiendas están en circulación. Asimismo cuando se habla de tierras, de rentas, de casas que están en circulación, esta expresión no tiene nada que deba sorprender. Aun una cierta industria puede estar en circulación, y tal otra no estar, cuando la una busca en que emplearse, y la otra ya lo ha hallado. Por la misma razón una cosa sale de la circulación al momento que está destinada, sea a ser consumida, se a ser llevada a otra parte, sea en fin cuando se destruye por accidente. Sale igualmente cuando su poseedor cambia de resolución, y la saca de ella, o cuando la tiene a un precio que equivale a no querer venderla. Como no hay mercadería realmente ofrecida más que la que se ofrece al precio corriente, aquella que por su coste de producción saldría más cara que al precio corriente, no será producida, ni será ofrecida. La cantidad ofrecida será tanto más considerable cuanto el precio corriente será más alto, y disminuirá a medida que el precio corriente bajará. Independientemente de estas causas generales y permanentes, que limitan las cantidades ofrecidas y pedidas, las hay pajareras y accidentales, cuya acción se combina siempre más o menos con la acción de las causas generales. Cuando el año anuncia ser bueno y fértil en vino, los vinos de las cosechas, y aún antes que se haya consumido ni una gota de la nueva cosecha, bajan de precio, porque se ofrecen más, y se piden menos. Los mercaderes temen la concurrencia de los vinos nuevos, y se dan prisa a sacarlos a vender. Los consumidores por la razón contraria, agotan sus provisiones sin renovarlas, lisonjeándose de que más tarde las tendrán más baratas. Cuando a un mismo tiempo llegan muchos navíos de países lejanos y sacan a vender sus importantes cargamentos siendo la oferta de las mismas mercancías más considerable de lo que era antes relativamente a lo que se buscan, su precio baja.

Por una razón contraria cuando hay motivo de temer una mala cosecha, o que los navíos que se esperaban han naufragado, los precios suben a más de los gastos de producción. Hay también monopolios, que permiten la naturaleza o las leyes, que impiden perpetuamente el que ciertas cosas sean ofrecidas en igual grado, que otras análogas. Tales son los vinos de ciertos terrenos privilegiados. Los servicios productivos de estas tierras constantemente son menos ofrecidos, y más pedidos que los de las otras. El servicio de correos está lo mismo en casi todos los países, a un precio de monopolio. En fin, sean las que quieran las causas generales u partic ulares que determinan la mayor o menor cantidad de cada cosa que se ofrece o se pide, esta cantidad es la que en los trueques influye fundamentalmente en los precios, los cuales no son más, como se tendrá presente, que el valor corriente expresado en moneda. Cada cosa útil y agradable sería indefinidamente pedida. si la dificultad de adquirirla, o el precio no pusiesen límites a esta petición, y no la restringiesen. Por otra parte sería indefinidamente ofrecida, si el mismo límite, el precio, no limitase la oferta y la restringiese, porque no puede dudarse que en lo tocante a cosas susceptibles de ser producidas, se ofrecería indefinidamente lo que se compraría, sea el precio el que se quiera. La petición pues ensancha el límite del lado de la carestía; y la oferta al otro extremo de la línea, le ensancha por el lado de la baratura: pero por las dos partes, las fuerzas disminuyen a medida que el límite se aleja, y el punto en donde la acción de estas dos fuerzas se contrarresta, es aquel en que se detiene el límite de la carestía y el de la baratura, esto es el precio. Esto es lo que se expresa por esta fórmula: En todo lugar y en toda época el precio de una cosa sube tanto más cuanto la cosa es menos ofrecida, y más pedida, y tanto menos cuanto es más ofrecida y menos pedida. O por esta otra fórmula: El aumento de precio está en razón directa de la cantidad pedida, e inversa de la cantidad ofrecida. Puede suceder que la utilidad de una cosa, esto es, la necesidad que se tiene de ella no pueda subir su precio al punto a que le harían subir sus gastos de producción. En tal caso esta cosa no se produce. Costaría más que lo que valdría. No creo que en París el precio que se quería pagar por el cavial(6) igualase los gastos de producción que costaría este plato. La petición que hay de él es tan limitada, que no llega al límite de su precio, y así no le hacen, pero en otras partes le preparan porque se consume en gran cantidad. Cuando una ley fija el precio de las cosas más bajo que los gastos de producción, la producción se suspende, porque nadie quiere trabajar para perder: los que vivían de este género de producción se mueren de hambre, si no hallan otra cosa en que emplearse, y las que podían pagar su producto según su valor natural se ven forzados a no disfrutar de él. Estableciendo una tasa o máximo, se suprime una parte de la producción y una parte del consumo, esto es, una parte de la prosperidad social, que consiste en producir y consumir. Aun los productos existentes ya no se consumen de un modo tan conveniente. Primero, porque el propietario los sustrae cuanto puede de la venta. Después la mercancía pasa no donde hay más necesidad de ella, sino donde hay más ansia, más maña y más falta de probidad, y frecuentemente se hace ofendiendo los derechos más comunes de la equidad natural y de la humanidad. Si sucede una carestía de granos, el precio del trigo

sube, pero se concibe sin embargo que el obrero sea redoblando su trabajo, sea aumentando su salario, puede ganar con que comprarle, al precio corriente. Durante esto los magistrados fijan el precio del trigo a la mitad de su precio natural. ¿Qué es lo que sucede? Que otro consumidor, cuya provisión estaba ya enteramente hecha, y que por consiguiente no habría vuelto a comprar trigo si se hubiese mantenido a su precio natural, ha sido más ligero que el obrero, y ha comprado sólo por precaución, y para aprovechar la baratura, la porción del obrero, que se la lleva con la suya. Él tiene una provisión doble, y el otro no tiene ni una siquiera. La venta no se ha arreglado según las facultades y las necesidades, sino según la agilidad. No se debe pues admirar que la tasa de los géneros aumente la carestía. Una ley que fija el precio de las cosas a la tasa en que se fijarían naturalmente, no sirve para nada, sino para inquietar el espíritu de los productores y consumidores, y por consiguiente para desarreglar las proporciones naturales entre la producción y las necesidades; proporciones que abandonadas a sí mismas, se establecen siempre de la manera más favorable a la una y a las otras. La esperanza, el temor, la malicia, el deseo de obligar, todas las pasiones y todas las virtudes pueden influir en el precio que se da o que se recibe. Sólo por una estimación puramente moral se puede apreciar las perturbaciones que resultan de ellas en los cálculos positivos, que son los únicos que nos ocupan en este momento. Tampoco nos ocuparemos de las causas puramente políticas que hacen que un producto se pague más que su utilidad real. En esto sucede como en el robo y el despojo, que hacen su papel en la distribución de las riquezas; pero que están bajo el dominio de la legislación criminal. Así la administración pública, que es un trabajo, cuyo producto se consume, a medida que nace para los administrados, puede pagarse muy cara cuando la usurpación y la tiranía se apoderan de ella, y precisan a los pueblos a contribuir con una suma mayor que la necesaria para mantener una buena administración. Este caso es el mismo que aquel en que un productor no tuviese concurrentes, bien los hubiese espantado con la fuerza, o que algunas circunstancias particulares le hubiesen libertado de ellos. Él daría a sus productos el precio que querría, y los haría subir hasta los límites de las facultades de sus consumidores, si reunía a los derechos del monopolio los de la autoridad. A la ciencia política y no a la economía política le toca el enseñar los medios de precaver esta desgracia. Asimismo, aunque sea a la ciencia moral, a la ciencia del hombre moral, a quien toca enseñar los medios de asegurarse de la buena conducta de los hombres en sus relaciones mutuas, cuando parece necesaria la intervención de un poder sobrenatural para conseguirlo, se pagan los hombres que se dan por intérpretes de este poder. Si su trabajo es útil, esta utilidad es un producto que no deja de tener su valor; pero si por esto los hombres no son mejores, no produciendo este trabajo utilidad ninguna, la porción de rentas de la sociedad que sacrifica para el sustento del sacerdocio, es un gasto perdido, es un trueque que se hace sin recibir nada en cambio.

Por más cuidado que pongo en limitarme a mi asunto es preciso que algunas veces toque por necesidad los confines de la política y de la moral, aun cuando no sea más que para indicar los puntos de contacto.

Capítulo II Del origen de nuestras rentas. En el primer libro de esta obra, he dicho como los productos salen de las fincas productivas que poseemos, esto es, de nuestras facultades industriales, de nuestros capitales y de nuestras tierras. Estos productos forman la renta de los propietarios de las fincas, y les suministran las cosas necesarias para su existencia, que no se les dan gratuitamente ni la naturaleza ni sus semejantes. El derecho exclusivo que se tiene de disponer de una renta nace del derecho exclusivo que se tiene sobre la finca. En donde no existe este derecho no hay ni finca ni renta: no hay riquezas, porque la s riquezas son los bienes que se tienen, de que uno tiene la posesión exclusiva: así no se tiene nada en donde la posesión no esta reconocida y garantida, en donde la propiedad no existe de hecho. Para estudiar la naturaleza y la marcha de las riquezas no es necesario conocer el origen de las propiedades o de su legitimidad. Que el poseedor actual de una tierra o el que se la ha transmitido, la hayan tenido a título de primer ocupante, o por violencia, o por fraude, el efecto es igual relativamente a la producción y a la distribución de las rentas. Puede notarse solamente que la propiedad de las fincas, que llamamos facultades industriales, y la propiedad de aquellas que componen nuestros capitales, tiene algo de más incontestable y de más sagrado que la propiedad de las tierras. Las facultades industriales de un hombre, su inteligencia, su fuerza muscular, su maña, son dones que la naturaleza le ha hecho a él incontestablemente y a nadie más. Y cuanto a sus capitales y a sus acumulaciones, estos son valores que él ha ahorrado sobre sus consumos. Si él los hubiese consumido o destruido, jamás habrían sido la propiedad de nadie: nadie pues puede tener derecho a ellas. El ahorro equivale a la creación, y la creación forma el derecho más incontestable. Las fincas productivas unas son enajenables como las tierras y los utensilios de las artes: los otros no, como las facultades personales. Las unas pueden consumirse, como los capitales en muebles: las otras no pueden consumirse como los bienes raíces. Otras no se enajenan ni se consumen, hablando propiamente; pero pueden destruirse como el talento que muere con el hombre.

Los que pueden consumirse, como los valores muebles que sirven para la producción, pueden consumirse para reproducirse, y entonces se quedan fondos productivos, o bien se consumen improductivamente, y entonces salen de la clase de fincas productivas, y se convierten sencillamente en productos destinados a una destrucción más o menos rápida. Aunque las riquezas de un particular se componen tanto de sus rentas, como de sus fincas productivas, no se considera que altera su fortuna cuando consume sus rentas, con tal que no gaste sus fincas. Porque las rentas consumidas pueden reemplazarse sin cesar, porque las fincas conservan perpetuamente, mientras existen, la facultad de dar nuevos productos. El valor corriente de las fincas productivas se establece por los mismos principios, que el valor de todas las demás cosas, esto es, a proporción de la oferta y de la petición. Conviene sólo notar que la cantidad pedida no puede tener por motivo la satisfacción que se puede sacar del uso de una finca: un campo o una fragua no dan directamente ninguna satisfacción apreciable a su poseedor: su valor dimana del valor del producto que puede sacarse de ellas, el cual se funda en el uso que se puede hacer de este producto, además de la satisfacción que se puede sacar de él. En cuanto a las fincas que no se pueden enajenar, tales como las facultades personales, como no pueden nunca llegar a ser objeto de un cambio, su valor tampoco puede apreciarse más que por el valor que son susceptibles de producir. Así la finca de las facultades industriales; de que un obrero puede sacar un salario de doce reales diarios, o, poco más de cuatro mil reale s, puede valuarse como un capital en el fondo perdido que produce una renta como éste. Después de habernos formado ideas generales, y por decirlo así, superficiales y exteriores de las fincas y de las rentas, si queremos penetrar más íntimamente en su naturaleza, encontraremos y superaremos algunas de las principales dificultades que presenta la Economía política. El primer producto de una finca productiva no es un producto propiamente dicho: es sólo un servicio productivo, de que compramos un producto. Los productos no deben considerarse sino como los frutos de un cambio en que damos servicios productivos para obtener los productos. Entonces sólo es cuando la renta primitiva parece bajo forma de producto; y si cambiamos aun otra vez estos productos primeros por otros, la misma renta se muestra bajo la forma de los nuevos productos que este trueque último nos ha procurado. Así para fijar nuestras ideas con imágenes sensibles, de 300 fanegas de trigo que han salido de un campo un cierto año dado, doscientas fanegas, más o menos, podrán mirarse como resultados de los servicios de los capitales, y de la industria de aquellos que han contribuido a esta producción, y las cien fanegas restantes como resultado de la parte que el campo habrá tenido en la misma producción. La primer renta del propietario del campo será la cooperación, el servicio hecho por su instrumento, por su tierra: habrá dado esta cooperación a su arrendador mediante cien fanegas de trigo: he aquí el primer trueque. Y

si el propietario mismo o el arrendador por él, consiguiente al trato hecho entre ambos cambia las cien fanegas del propietario por dinero que le trae, siempre es la misma renta, pero transformada en una suma de dinero. Este análisis nos era necesario para llegar a conocer el verdadero valor de la renta. En efecto ¿qué viene a ser el valor según la definición dada en el último capítulo? Es la cantidad de una cosa cualquiera, que se puede obtener en cambio de la cosa de que quiere uno deshacerse. En materia de renta ¿cuál es la cosa de que uno se deshace para obtener su renta? Los servicios productivos que nacen incesantemente de los fondos que se poseen. ¿Qué se obtiene en este cambio que llamamos producción? Los productos. El valor de la renta es pues tanto más considerable cuanto se obtiene no un valor más grande en productos, sino mayor cantidad de productos, una masa mayor de utilidad producida. La cantidad de productos y no su valor es, como se ve, la que hace la renta de las naciones mirada en masa(7). En cuanto a las rentas de los particulares no es precisamente lo mismo; porque en razón de las variaciones en el valor recíproco de los productos, la renta de un particular puede crecer a costa de la de otro particular. Si cada uno pudiese vivir de los productos que componen sus rentas sin hacer ningún cambio, entonces sus rentas serían siempre proporcionadas no al valor cambiable, sino a la cant idad de sus productos, a la masa de utilidad que habría producido. En una sociedad un poco adelantada no sucede así; se consumen mucho menos los productos que uno ha creado, que los que se compran con los que uno ha creado. Lo que hay más importante para cada productor es pues la cantidad de productos que no son de su creación, y que podrá obtener con sus servicios productivos de que dispone. Si mis tierras, mis capitales y mis facultades están empleadas, por ejemplo, en el cultivo del azafrán, siendo nulo mi consumo de azafrán, mi renta se compone de la cantidad de cosas que podré comprar con mi cosecha de azafrán, y esta cantidad de cosas, será más considerable si el azafrán se encarece; pero también la renta de los compradores de azafrán se disminuirá de todo el excedente de precio que conseguiré hacerles pagar. El efecto contrario se verificará si me veo precisado a vender mis productos a bajo precio. Entonces la renta de los compradores se hace más considerable, pero es a costa de la mía. Cuando economizo sobre mis gastos de producción, esto es, cuando economizo sobre los servicios productivos y que hallo medio, por ejemplo, de hacer producir a una fanega de tierra lo que antes producían dos, de hacer en dos días lo que antes hacía en cuatro &c. desde este momento la renta de la sociedad se aumenta de todo lo que ahorro sobre los servicios productivos, es decir, que los servicios productivos ahorrados pueden emplearse a un aumento de producción. ¿Pero a provecho de quién es este aumento de renta? a provecho mío mientras consigo tener secretos mis procedimientos, a provecho del consumidor cuando la publicidad de los procedimientos me obliga, por la concurrencia, a bajar mi precio a nivel de los gastos de producción.

Sean las que quieran las transformaciones que los cambios hacen sufrir al valor de los sujetos productivos que componen primitivamente toda mi renta, esta renta existe siempre hasta que se destruya por el consumo. Si mi renta es el servicio productivo de una tierra, existe aún después que se ha cambiado por la producción en sacos de trigo: existe aun cuando estos sacos de trigo se han cambiado en pesos duros, aunque el comprador de mi trigo le haya consumido. Pero cuando he comprado una cosa con estos duros, y he consumido o hecho consumir esta cosa, desde este instante el valor que componía mi renta ha dejado de existir: mi renta esta consumida, destruida, sin embargo que los pesos duros en que fue transformada pasajeramente subsistan aun. No se ha de creer que se ha perdido sólo para mí, y que continúa a existir para aquellos a cuyas manos han pasado los pesos duros. Se ha perdido para todo el mundo. El poseedor de estos mismos duros no ha podido obtenerlos sino a costa de otra renta, o de una finca de que ha dispuesto. Cuando se añade a un capital los valores que provienen de una renta, dejan de existir como renta, y ya no pueden servir para la satisfacción de las necesidades de su poseedor: sólo sirven para el aumento de sus rentas; existen como capital, son consumidas al modo de los capitales, consumo que no es más que una especie de cambio, en donde se reciben los valores producidos por los valores consumidos. Cuando alquila uno su capital, o su tierra, o su tiempo se abandonan al locatario o empresario los servicios de estas fincas productivas mediante una suma o una cantidad de productos determinada de antemano. Es una especie de contrato alzado en el que el locatario puede ganar o perder, según la renta real (los productos que ha obtenido de las fincas, de que se le ha dejado el uso) vale más o menos que el precio que paga por ellos. Pero por esto no hay doble renta producida. Aun cuando un capital prestado a un empresario, diese a éste diez por ciento al año, en vez de cinco por ciento que tal vez pagaba al que le prestó, la renta que dimana del servicio hecho por el capital no sería sin embargo de diez por ciento; porque esta renta comprende al mismo tiempo una retribución por el servicio productivo del capital; y otra por el servicio productivo de la industria que le pone en acción. En resumen, la renta real de un particular es proporcionada a la cantidad de productos de que puede disponer, sea directamente por sus fincas productivas, sea después de haber efectuado los cambios que ponen su renta primitiva en forma consumible. Esta cantidad de productos, o si se quiere, la utilidad que reside en ellos, no puede valuarse más que por el precio corriente que los hombres les dan. En este sentido la renta de una persona es igual al valor que saca de sus fincas productivas, pero este valor es tanto mayor relativamente a los objetos de su consumo, cuanto éstos son más baratos, porque entonces este mismo valor la hace dueña de una cantidad mayor de producto. Por la misma razón la renta de una nación es tanto más considerable cuanto el valor de que se compone (esto es el valor de todos sus servicios productivos) es mayor, y el valor de los objetos que se han de comprar con ella es más pequeño. El valor de los servicios productivos también es considerable por necesidad, cua ndo la de los productos lo es poco; porque no se ha de perder de vista, que componiéndose el valor de la cantidad de cosas que se pueden obtener en un cambio, las rentas (los servicios de las fincas

productivas de la nación) valen tanto más, cuanto los productos que obtienen son abundantes y a bajo precio.

Capítulo III. De las variaciones reales, y de las variaciones relativas en el precio. El precio de una cosa es la cantidad de moneda que vale. Su precio corriente es, en cada lugar, el precio a que esta segura de tener compradores. Digo en cada lugar, porque la relación entre la necesidad que se tiene de una cosa, y la cantidad que uno puede procurarse de ella, varían de un paraje a otro. El precio que se saca vendiendo una cosa representa todas las cosas que se pueden adquirir por el mismo precio. Así cuando digo que el precio de una vara de paño es ciento sesenta reales, quiero decir que esta vara de paño cambiándose puede procurar, un producto compuesto de ocho piezas de a cinco pesetas, o la cantidad de un otro cualquier producto que se podría procurar por ocho piezas de cinco pesetas. Para mayor sencillez pongo en mis ejemplos el precio en dinero, en vez de las cosas que se podrían, si se quisiese, tener por este precio: estas cosas, y no su precio, son el verdadero término del cambio. precio de las cosas entendido así, puede ser ya su precio de compra o ya el de su renta: en otros términos el precio que ha sido menester pagar para tenerlos, o el precio que se puede sacar de ella si se quieren vender. La primera vez que se ha obtenido un producto cualquiera, esto es; cuando se le ha creado, el precio que se ha pagado por él, es el precio que cuestan los servicios productivos de que es fruto, o los gastos de su producción. Subiendo de este modo al precio que cuesta un producto creado, se llega a otros productos; porque ¿qué es el precio de los servicios productivos sino otros productos? Cuando compro los jornales de los obreros para hacer una vara de paño, ¿qué doy a estos obreros para pagar su trabajo? Los productos que son necesarios para su subsistencia, o el dinero por cuyo medio los comprarán; el cual también es un producto. Se puede pues decir que la producción, como todos los cambios subsiguientes, se resuelve en un cambio de productos y que todos estos cambios se hacen según el precio corriente de cada producto. Pero he aquí una circunstancia importante, y a que es menester tener grande atención, porque por no haberla apreciado como conviene se han cometido muchos errores, se han

dado muchas explicaciones falsas, y escrito libros enteros que apoyados en bases ruinosas, no hacen más que descarniar a los que estudian la Economía política. Si necesito para producir una vara de paño comprar servicios productivos por ciento sesenta reales, la vara de paño, me sale a ciento y sesenta reales; pero si llego a producir esta tela con sólo los tres cuartos de estos servicios productivos, si supongo que (reduciendo, para mayor sencillez, todos los servicios productivos a una sola especie) en vez de veinte jornales de los obreros, consigo concluirla con quince jornales, la vara de paño no saldrá más que a ciento y veinte reales, pagando igualmente bien los jornales. Se ve con esto que el precio corriente de los servicios productivos ha podido no variar, y que sin embargo los gastos de producción de este producto han variado, pues que en esta nueva producción y no he pagado el mismo producto más que ciento y veinte reales en vez de pagarle ciento y sesenta. Esta diferencia entre los gastos de producción y el precio corriente del producto, presentando para este género de producción provechos superiores a los beneficios ordinarios, atrae necesariamente hacía sí, más medios productivos que los otros, y la cantidad ofrecida viniendo desde entonces a ser más considerable, el precio coriente del producto baja hasta que haya bajado a nivel de los gastos de producción(8). Así a esta variación de precio, es a lo que llamo variación real, porque es absoluta, porque la baja no lleva consigo un encarecimiento equivalente en el objeto con que el cambio se ha consumado: que se la puede concebir, y que se verifica verdaderamente sin que los servicios productivos, ni los productos conque se compra el producto que ha variado, hayan ellos mismos cambiado de precio. No sucede lo mismo con los cambios que se hacen de los productos entre sí una vez creados, y sin atender a sus gastos de producción. Así cuando el vino del año pasado, que se vendía no ha un mes a ochocientos reales la barrica, no se vende ya más que a seiscientos reales, el dinero y todas las mercancías que reclama el que tiene vino de venta han subido relativamente a él; porque los servicios productivos de que es resultado su vino, que valían ochocientos reales, no le pueden producir más que seiscientos, y las otras mercaderías a proporción: no puede sacar que los tres cuartos de lo que le habrían dado antes. En el caso precedente, la misma cantidad de servicios productivos le han procurado la misma cantidad de otra cualquier cosa, porque los servicios productivos que dan ciento y veinte reales, después que han costado los ciento y veinte reales son también pagados como los que producen ciento y sesenta después que han tenido este coste. La primera pues de estas variaciones enriquece una nación, y la segunda, que no es más que relativa, no cambia nada a su estado de riqueza. Efectivamente, si en el primer caso, todas las personas que tienen paño que comprar son más ricas sin que las que tienen paño que vender sean más pobres, la masa de riquezas (sea el que quiera su número) ha aumentado: y si en el segundo caso la ganancia del uno es necesariamente compensada por una pérdida equivalente en los otros, la masa de riquezas no ha variado.

En el primer caso se han comprado más productos sin hacer más gastos, y sin que la renta de los productores ni de los compradores haya sufrido ninguna alteración: en este caso uno es realmente más rico: se tienen más medios de gozar sin haber gastado más medios de producir: la suma de las utilidades ha aumentado: la cantidad de producto es más considerable por el mismo precio: todas estas expresiones son sinónimas. Si se preguntase de donde se toma este aumento de goces y riquezas que no cuesta nada a nadie, respondería que es una conquista hecha por la inteligencia humana sobre las facultades productices y gratuitas de la naturaleza. Unas veces es el valerse de una que se dejaba perder infructuosamente, como en los molinos de agua, de viento, en las máquinas de vapor: otras veces es el uso más bien entendido de las fuerzas de que disponíamos ya, como en los casos en que una mejor máquina nos hace sacar mejor partido de los hombres, y de los animales. Un negociante que con el mismo capital halla medio de aumentar sus negocios, se parece al ingeniero que simplifica una máquina o la hace más productiva. El descubrimiento de una mina, de un animal, de una planta que nos proporcionan una nueva utilidad, o remplazan con ventaja las producciones más caras o menos perfectas, son conquistas del mismo género. Se han perfeccionado los medios de producir, se han obtenido sin más gastos productos superiores, y por consiguiente mayor dosis de utilidad cuando se ha remplazado la tintura del pastel por el índigo, la miel por el azúcar, y la púrpura por la cochinilla. En todas estas perfecciones y en todas las que sugerirá el tiempo venidero, hay que notar que los medios de que dispone el hombre para producir, haciéndose más poderosos en realidad, la cosa producida aumenta siempre en cantidad a medida que disminuye en valor. Se verá al instante las consecuencias que se deducen de esta circunstancia (9). La baja real puede ser general, y todos los productos a un tiempo; como puede ser parcial, y no afectar más que ciertas cosas en particular. Procuraré hacer comprender esto con ejemplos. Supondré que en los tiempos en que estaba uno precisado a hacer las medias a la aguja, un par de medias de un hilo de calidad determinada costaban lo que ahora decimos ser veinte y cuatro reales. Esto sería para nosotros una prueba que las rentas raíces de la tierra en que se cogía el lino, los beneficios de la industria y de los capitales de los que le cultivaban, los beneficios de los que le preparaban y lo hilaban, los beneficios en fin de la persona que hacía las medias ascendían a la suma total de veinte y cuatro reales por par de medias. Se inventa el telar de hacer medias; supongo que entonces se tienen dos pares de medias por veinte y cuatro reales en vez de un par. Como la concurrencia hace bajar el precio a nivel de los gastos de producción, este precio es un indicio que los gastos causados por el empleo de los fondos, de los capitales y de la industria necesaria para hacer dos pares de medias, no son aún más que de veinte y cuatro reales. Con los mismos medios de producción se han obtenido dos cosas en vez de una.

Y lo que demuestra que ésta es una baja real es que todo hombre sea de la profesión que se quiera puede comprar un par de medias dando la mitad manos de sus servicios productivos. Efectivamente un capitalista que tenía un capital que le daba cinco por ciento estaba obligado, cuando quería comprar un par de medias, a dar la renta anual de cuatrocientos ochenta reales, y ahora sólo tiene que dar la de doscientos cuarenta. Un comerciante a quien el azúcar le costaba ocho reales la libra tenía que vender tres libras para comprar un par de medias, y ahora sólo tiene que vender libra y media; por consiguiente no ha hecho más que el sacrificio de la mitad de los medios de producción que consagraba antes a la compra de un par de medias. Hasta ahora en nuestra hipótesis, este producto es el único que ha bajado. Hagamos igual supuesto para el azúcar. Se perfeccionan las relaciones comerciales, y una libra de azúcar no cuesta más que una peseta en vez de dos. Digo que todos los compradores de azúcar, comprendido el mismo fabricante de medias, cuyos productos han bajado también, no tendrán necesidad de consagrar a la compra de azúcar más que la mitad de los servicios productivos con que antes compraban el azúcar. Es fácil de convencerse de esto. Cuando el azúcar estaba a dos pesetas la libra; y las medias a seis, el fabricante de medias tenía que vender un par de medias para comprar tres libras de azúcar; y como los gastos de producción de este par de medias tenían un valor de seis pesetas, compraba en realidad tres libras de azúcar al precio de seis pesetas de servicios productivos, lo mismo que el negociante compraba un par de medias al precio de tres libras de azúcar, esto es, de seis pesetas de servicios igualmente productivo s. Pero cuando uno y otro género han bajado a la mitad no ha sido necesario más que un par, esto es, un gasto en coste de producción igual a tres pesetas, para comprar tres libras de azúcar, esto es, los gastos de producción iguales a tres pesetas, para comprar un par de medias. Pero si dos productos que hemos puesto en oposición, y que hemos hecho que el uno se compre por el otro han podido bajar ambos a un tiempo, ¿no podrá uno deducir que esta baja es real, que no es relativa al precio, recíproco de las cosas, que estas cosas pueden bajar a un tiempo, unas más, otras menos, y que lo que se paga de menos en este caso no cuesta nada a nadie? Esta es la razón porque en los tiempos modernos, aunque los salarios, comparados al valor del trigo, sean con corta diferencia los mismos, las clases pobres del pueblo están sin embargo provistas de muchas cosas que no disfrutaban ahora cuatrocientos o quinientos años, lo mismo que de muchas partes de su vestido y de sus muebles, que realmente han bajado de precio: esta es también la razón de por qué están menos bien provistas de otras ciertas cosas que han tenido una subida real, como es la carne y la caza(10). Una economía en los gastos de producción indica siempre que hay menos servicios productivos empleados para dar el mismo producto, lo que equivale a más producto por los mismos servicios productivos. De esto siempre resulta un aumento de cantidad en la cosa producida. Parecería que este aumento de cantidad pudiendo no ser seguido de un

aumento de necesidad de parte de los consumidores, podría resultar de él una depreciación que haría caer el precio corriente del producto a menos de los gastos de producción, aunque éstos se hubiesen minorado cuanto era posible. Temor quimérico. La menor baja de un producto extiende de tal suerte la clase de sus consumidores, que siempre, por lo que sé, la petición ha excedido lo que los mismos fondos productivos, aun perfeccionados, podían producir, y que siempre ha sido menester, a consecuencia de las perfecciones que han aumentado el poder de los servicios productivos, destinar otros nuevos a la confección de los productos que habían bajado de precio. Este es el fenómeno que nos ha presentado ya la invención de la imprenta. Desde que se ha encontrado este modo expedito de multiplicar las copias de un mismo escrito, cada copia cuesta veinte veces menos que lo que costaba una copia manuscrita. Bastaría para que el valor de la petición subiese a la misma suma que el número de libros fuese sólo veinte veces mayor de lo que era. Creería estar muy distante de la verdad aun cuando dijese que es cien veces mayor. De modo que en donde había un volumen que valía sesenta pesetas, valor de hoy día, hay ahora ciento, que siendo veinte veces menos caros, valen sin embargo trescientas pesetas. La baja de los precios que procura un enriquecimiento real no ocasiona una disminución, ni aun nominal, ni de las riquezas.(11) Por la razón contraria, un encarecimiento real, proviniendo siempre de una cantidad menor de cosas producidas por medio de los mismos gastos de producción (además que hace que los objetos de consumo estén más caros relativamente a las rentas de los consumidores, y por consiguiente los consumidores más pobres) no compensa con el aumento de precio de las cosas producidas, la disminución de su cantidad. Supongo que por consecuencia de una epizootia o un mal régimen veterinario, una raza de ganado, la oveja, por ejemplo, se hace cada vez más rara, su precio aumentará, pero no a proporción de la reducción de su número; porque a medida que se encarecerá, la petición de este género disminuirá. Si llegase a haber cinco veces menos ovejas que hay actualmente, podría muy bien que no se pagase más que doble de lo que cuestan ahora; pero donde hay ahora cinco ovejas producidas que pueden valer juntas cuatrocientos reales, a ochenta reales cada una, no habría más que una que valdría ciento y sesenta reales. La disminución de las riquezas que consisten en ovejas, a pesar del aumento de precio, se habría hecho en este caso en la proporción de cuatrocientos a cieno y sesenta, es decir, a menos de la mitad, a pesar de lo que se ha encarecido(12) . Se puede pues decir que la baja de lo s precios, cuando es real, lejos de acarrear una disminución en el valor nominal de las cosas producidas, aumenta este valor; y que la subida real lejos de aumentar la suma de las riquezas nominales la disminuye, sin hablar de los goces que en el primer caso se multiplican, y se reducen en el segundo(13).

Y si uno estuviese inclinado a creer que una baja real, esto es, de los servicios productivos menos caros, disminuye las ventajas de los productores, precisamente tanto como aumentan las de los compradores, se equivocaría. La baja real de las cosas producidas se convierte en beneficio de los consumidores, y no altera las rentas de los productores. El fabricante de medias que da dos pares en vez de uno por seis pesetas , tiene tanto beneficio en esta suma como habría tenido si éste hubiese sido el precio de un solo par. El propietario de una tierra recibe el mismo arriendo cuando una cultura mejor multiplica los productos de su tierra, y hace bajar el precio de ellos. Y cuando, sin aumentar la fatiga de un trabajador, halló medio de doblar la cantidad de obra que él hace, el trabajador gana siempre el mismo jornal aunque el producto es más barato. En esto encontramos la explicación y la prueba de una verdad que no se percibía sino confusamente y que estaba también contestada por muchas sectas, y por un gran número de escritores y es que un país es tanto más rico y mejor provisto, cuanto aja más en él el precio de los géneros(14) . Pero supongo que se insista, y que para probar la exactitud del principio se lleve el supuesto al extremo. Si de economía en economía, se dirá, los gastos de producción se reducen a nada, es claro que ya ni habría renta para las tierras, ni intereses para los capitales, ni provechos para la industria, y desde entonces ya no habría más renta para los productores. En este supuesto digo que tampoco habría productores. Estaríamos relativamente a todos los objetos de nuestras necesidades como estamos relativamente al aire y al agua que consumimos sin que nadie tenga necesidad de producirlas, y sin que estemos precisados a comprarlas. Todo el mundo es bastante rico para pagar lo que cuesta el aire: todo el mundo sería bastante rico para pagar lo que costarían todos los productos inimaginables: esto sería el culto de la riqueza. No habría Economía política; ya no habría necesidad de aprender por qué medios se forman las riquezas: uno se las encontraría ya formadas. Aunque no haya producto, cuyo precio sea nulo, y que no valga más que el agua común, los hay sin embargo que han tenido bajas prodigiosas en su precio, como el combustible en los parajes en que se han descubierto minas de carbón de piedra y toda baja análoga a esta, está en el camino del estado de abundancia completa de que acabo de hablar. Si cosas diversas han bajado diversamente, unas más otras menos, es evidente que han debido variar en sus valores recíprocos. La que ha bajado, como las medias, ha cambiado de valor relativamente a la que no ha bajado, como la carne: y las que han bajado tanto una como otra, como las medias y el azúcar en nuestro supuesto, aunque hayan cambiado de valor real, no han variado de valor relativo. Tal es la diferencia que hay entre las variaciones reales y relativas. Las primeras son aquellas en que el valor de las cosas cambia con los gastos de su producción: las segundas son aquellas en que el valor de las cosas cambia relativamente al valor de las otras mercancías.

Las bajas reales son favorables a los compradores sin ser perjudiciales a los vendedores, y las subidas producen un efecto opuesto; pero en las variaciones relativas, lo que el vendedor gana lo pierde el comprador, y recíprocamente. Un comerciante que tiene en sus almacenes cien mil libras de lana a peseta la libra posee cien mil pesetas, si por efecto de una necesidad extraordinaria las lanas suben a dos pesetas la libra, esta porción de su caudal será doble, pero todas las mercancías con que se trocará la lana perderán tanto de su valor relativo cuanto la lana ha ganado en él. En efecto el que necesita de cien libras de lana, y que habría podido tenerlas vendiendo cuatro fanegas de trigo por cien pesetas, se verá precisado desde este momento a vender ocho. Perderá éste las cien pesetas y que ganará el mercader de lana: la nación por esto no será ni más rica ni más pobre(15) . Cuando tales ventas se verifican de una nación a otra, la nación vencedora de la mercancía que ha subido, gana todo lo que monta la subida, y la nación que compra pierde precisamente la misma cantidad. En virtud de esta subida no existen en el mundo más riquezas, porque para esto era necesario que se hubiese producido alguna nueva utilidad, y que se la hubiese puesto precio. Por eso es preciso que el uno pierda lo que el otro gana: esto es también lo que sucede en toda especie de agiotage fundado en las variaciones de los valores entre sí. Llegará probablemente un día, en que los Estados europeos, más ilustrados sobre sus verdaderos intereses, renuncia rán a todas las colonias súbditas suyas, y enviarán colonias independientes a los países equinocciales más vecinos de Europa, lo mismo que a los de África. La vasta cultura que se hará de los géneros que llamamos coloniales, se los facilitará a la Europa, con suma abundancia y probablemente a precios muy módicos. Los comerciantes que tendrán provisiones hechas a los precios antiguos perderán en estas mercancías, pero cuanto perderán ellos se ganará por los consumidores, que gozarán durante cierto tiempo de estos productos a un precio inferior a los gastos que habrán tenido: poco a poco los comerciantes remplazarán las mercancías caramente producidas con mercancías iguales pero que provienen de una producción mejor entendida y los consumidores disfrutarán entonces de un precio más bajo, y de una multiplicación de goces que ya no costarán nada a nadie, porque las mercancías costarán menos a los negociantes, y así las venderán más baratas, y por lo contrario resultará el que la industria se extenderá mucho, y se abrirán nuevos caminos para hacer fortuna (16) .

Capítulo IV. De las variaciones nominales en los precios, y del valor propio del oro, de la plata y de la moneda. Hasta ahora hablando de la subida o baja de una mercancía, aunque he expresado su precio en dinero, no he puesto atención en el valor del dinero; y en efecto no hace papel ninguno en la subida o baja real, ni aun en la subida o baja relativa de las otras, mercancías. En el fondo un producto no se compra sino con otro producto, aun cuando se paga en dinero. Cuando la lana dobla de precio, se paga con una cantidad doble de otra mercancía, bien se haga el cambio directamente, bien se emplee el dinero como intermedio. Un panadero que podía adquirir una libra de lana por el precio de seis libras de pan que vendía por una peseta, estará precisado a sacrificar doce para tener las dos pesetas para pagar la lana. Ahora si nos conviene comparar, no los valores de las medias del azúcar, de la carne de la lana, del pan, entre sí, sino el valor de una de estas mercancías con el dinero mismo, veremos que el dinero, lo mismo que las demás mercaderías, ha podido experimentar y tenido en efecto una variación real relativamente a los gastos de producción y una variación relativa al valor de las otras mercancías. Desde que se han descubierto las minas de América habiendo bajado la plata a cerca del cuarto de su valor antiguo, ha perdido los tres cuartos de su valor relativamente a una mercancía como el trigo que no ha bajado de precio. Esta es la razón porque tiene uno que dar ahora cuatro onzas de plata para tener una fanega de trigo, que se compraba el año de 1500, por una onza poco más o menos. Una mercancía que desde dicha época hubiese bajado ha mitad de su precio cuando el dinero ha bajado de los tres cuartos, tendría relativamente a la plata un valor doble, del que tenía entonces, porque si esta mercancía costaba entonces una onza de plata, sino hubiese bajado costaría hoy día cuatro onzas de plata; pero como ha bajado de la mitad, no será su precio de venta más que dos onzas de plata, esto es, el doble en plata de lo que se vendía antiguamente. 'Tales son los efectos de las variaciones reales, y relativas del valor de la plata, pero independientemente de estas variaciones, las ha habido grandes en el nombre que se ha dado en diversas épocas a una misma cantidad de metal puro. Es preciso desconfiar mucho de él en el aprecio de los valores reales y relativos. En 1514 se compraba una fanega de trigo mediante una onza de plata, ahora es preciso dar cerca de cuatro onzas. He aquí una variación de valor de la plata relativamente al del trigo. Una onza de plata se llamaba entonces treinta sueldos(17); si la cantidad de plata hubiese continuado a llamarse con el mismo nombre, cuatro onzas de plata se llamarían ahora ciento veinte sueldos o seis francos. De modo que el trigo, (suponiéndole a seis francos la fanega) sería más caro relativamente a la plata, o la plata menos cara relativamente al trigo. No habría habido variación nominal.

Pero cuatro onzas de plata en vez de llamarse seis francos, se llaman actualmente veinte y cuatro francos, luego ha habido, además de la variación relativa, una variación nominal, una variación que ha consistido sólo en el nombre. El valor real y relativo de la plata ha bajado a la cuarta parte: el valor nominal de la moneda ha bajado al decimosexto de lo que representaba en 1514. No se puede, como se ve, por una valuación en moneda, formarse idea del valor de una cosa, más que durante el tiempo y la circunscripción de donde no sólo el nombre de la moneda pero ni el valor de su materia, ha cambiado: de otra manera no se tiene más que una valuación nominal, esto es, que no valúa nada: decir que la fanega de trigo valía treinta sueldos es dar un aprecio no presenta una ninguna idea, o que presenta una falsa, si se pretende hacer creer con estas palabras que el trigo tenía entonces un valor igual a treinta sueldos de los actuales. Los nombres de las monedas no sirven en las valuaciones, sino en cuanto dan un indicio de la cantidad de metal puro contenido en el precio anunciado. Sirve como aprecio de las cantidades, pero es preciso excluírle absolutamente en todo aprecio de los valores cuando se trata de otro tiempo y de otro lugar. Apenas es necesario hacer notar el influjo que ejerce sobre las fortunas nacionales y particulares una mudanza de nombre dado a diversas porciones de metal: ésta no puede aumentar ni disminuir los valores reales, ni aun los relativos de los metales ni de ninguna otra mercancía. Si llegamos a dar el nombre de dos duros a una onza de plata, que es sólo un duro, será necesario pagar con dos duros lo que habría valido sólo uno, esto es, en ambos casos una onza de plata: el valor de la plata no habrá cambiado; pero cuando se haya hecho una venta pagable a término y estipulada en duros, podrá uno estar expuesto a recibir por cada duro media onza de plata en vez de una onza, que habían entendido el comprador y el vendedor. Esta mudanza de nombre hará injustamente perder a unos lo que hará ganar a otros. No hay ganancia que no cueste nada a nadie más que la que resulta de una producción verdadera, o lo que viene a ser precisamente lo mismo, de una economía en los gastos de producción. Si se quisiese saber de dónde le viene al oro, a la plata y a la moneda su valor propio, recordaría que la moneda es una mercancía, cuyo valor está fundado sobre sus usos, como el de todas las demás mercancías. Vale tanto más cuánto su uso es más extenso, cuanto es más necesaria y cuánto su cantidad es menor. Vale tanta menos cuanto se halla en circuns tancias contrarias. Aunque el oro y la plata sirven para hacer monedas, no pueden servir como tales cuando están en barras: son una mercancía que es la materia primera de las monedas, pero que no es moneda. Como en el estado actual de las cosas, cualquiera no puede hacer moneda de una barra, el metal acuñado puede valer mucho más que igual peso de metal en barra, si la cantidad pedida de metal acuñada es mucho más extensa, que la petición del mismo metal sin acuñar. Pero el metal en barras no puede valer sensiblemente más que el mismo peso de metal acuñado, por la razón, que con una pieza de moneda cualquiera puede hacer una barra.

Si el valor del metal acuñado, siendo el peso igual, no ha excedido jamás considerablemente el valor del metal en barras, este efecto no debe atribuirse más que a la solicitud que los fabricantes de moneda (los gobiernos) han puesto en dar su hechura a la materia primera para disfrutar del beneficio que resulta de esta hechura, cuando el metal acuñado vale mucho más que en barras. Tales son los dos motivos que hacen que el metal acuñado nunca baje y rarísima vez suba mucho de su valor en barras. Buscando pues las causas de las variaciones que han sobrevenido o que han de sobrevenir en el valor intrínseco del oro y de la plata, explicaremos las variaciones de su valor como moneda. Hemos visto ya en el tomo primero que cuando la cantidad de metales preciosos puesta en circulación se hizo diez veces mayor cuando se descubrió la América, su precio no bajó al décimo de lo que era antes. Esto dinamó de que las necesidades del comercio, de las artes y del lujo, que recibieron un grande incremento hacia la misma época, aumentaron mucho la petición de esta especie de mercancías. Todos los estados grandes de Europa estaban sin ninguna industria: la circulación de los productos, ya sea de los que hacían oficio de capitales, ya de aquellos que debían suministrar al consumo anual, era muy corta. De repente la industria y la producción adquieren una actividad grande en toda Europa. La mercancía sirviendo de materia primera a las monedas y de intermedio en los cambios, debió ser más pedida cuando los cambios llegaron a ser más considerables y más frecuentes. Al mismo tiempo se descubrió el camino de Oriente por el Cabo de Buena-Esperanza: fue un tropel de gentes las que se dirigieron hacia-estas regiones nuevas: sus géneros se nos hicieron cada vez más necesarios; pero los asiáticos no necesitaban ninguna de nuestras mercancías de Europa, ni recibían en cambio más que metales preciosos: por consiguiente el comercio de las Indias absorbió una inmensa cantidad de ellos. Sin embargo como los productos se aumentaban, la riqueza aumentaba por todas partes; los mercaderes que llevaban algunos fardos, se convirtieron en comerciantes opulentos: los pescadores de Holanda contaban entre ellos hombres de millones: las mercancías más exquisitas, que hasta entonces se habían reservado para los Príncipes, se extendieron hasta los más pequeños particulares: los muebles fueron más brillantes, y llegó el caso de poder emplear en adornos y en utensilios una cantidad muy grande de oro y plata. Si entonces no se hubiera descubierto las minas de América, no puede dudarse que el valor de estos metales habría subido mucho. Se descubrieron las minas. Entonces fue bueno que aumentasen el uso y necesidad de los metales preciosos, la cantidad de ellos que se esparció, aumentó aún más rápidamente, y el mercado fue abundantemente provisto de este género de mercancías. De aquí provino esta baja considerable en su valor que hemos notado ya, baja que habría sido mucho mayor sin las circunstancias sobre que acabamos de dar una ojeada: así el valor de la plata, y su precio en mercancías, en vez de bajar en razón de diez a uno, bajó sólo en la razón de cuatro a uno.

Locke no atendió a esto cuando dijo que como hay en el mundo diez veces más plata que había en el año de 1500, es preciso necesariamente dar diez veces más de la que se daba para comprar las mismas mercancías(18). Aun cuando Locke hubiera citado uno, dos u tres hechos para apoyar esta aserción, por eso no habría sido más exacta; porque podían hallarse dos, tres u veinte especies diferentes de géneros, la petición de los cuales, igualmente que la de la plata, hubiese llegado a ser en tiempo de Locke, relativamente a la cantidad ofrecida dos veces y media mayor que lo que era en 1500(19) . Pero lo que podría ser verdad en un número corto de casos, no lo sería en cuanto a la mayor parte de los productos, de los cuales unos no se piden más que en mil quinientos, y otros se han aumentado a proporción de lo que se piden, y han conservado por consiguiente el mismo valor cambiable, excepto algunas pequeñas variaciones dimanadas de otras causas. Esto prueba, digámoslo de paso, que en Economía política los hechos particulares deben siempre apoyarse del raciocinio. Para que un raciocinio fuese destruido por los hechos, sería necesario que se considerasen todos los hechos relativos a este raciocinio, y todas las circunstancias que pueden cambiar la naturaleza de estos hechos; lo que casi es imposible. La Enciclopedia comete el mismo error cuando dice (en el art. Moneda que una familia que se hubiese servido de la misma cantidad de vajilla de plata desde mediados del siglo XVI hasta ahora no poseería en vajilla más que la décima parte de lo que poseía entonces, suponiendo que no hubiese perdido nada de su peso. Poseerla cerca de la cuarta parte de su antigua propiedad, porque el valor de esta plata reducida a diez centésimos de lo que era por su abundancia, ha subido a veinte y cinco centésimos por la petición superior que se ha hecho de esta materia (20) . Nótese que la mayor parte del dinero acuñado está constantemente en circulación según el sentido que hemos visto que se debe dar a esta palabra. En esto difiere de la mayor parte de las demás mercancías que no están absolutamente en circulación más que durante el tiempo que están en manos de los comercia ntes, y que llegando a las de los consumidores dejan de circular. Jamás se busca la moneda para consumirla sino para comprar, aun la moneda que hace oficio de capital. Así es que el querer comprar, es ofrecer moneda, es querer dejarla en circulación. La única moneda que no está en circulación es la que se acumula y aun ésta no sale de la circulación más que temporalmente. Por lo que hace a la plata en vajilla, en bordados, en joyas no está en circulación más que durante que están de venta estas cosas, y cesan de estar de venta al momento que llegan a manos de sus consumidores. Siendo la plata una mercancía empleada por todas las naciones civilizadas del globo, y pudiendo transportarse con facilidad, entre todas las

mercancías es la que tiene salidas más extensas. Por consiguiente las cantidades nuevas introducidas en la circulación hacen poco efecto en ella a no ser inmensas. Cuando Xenofonte en su discurso, sobre las rentas de Atenas, alienta los Atenienses a beneficiar las minas del Ática, diciéndoles que la plata no es como las demás mercancías, y que no disminuye de valor a proporción que se aumenta su masa, quiere decir que no disminuye sensiblemente de valor. Efectivamente las minas del Ática no eran bastante ricas para que el metal que se sacaba de ellas, influyese en el precio de la plata existente en aquella época en todos los estados florecientes que había en las costas del Mediterráneo, en la Persia y en la India. El comercio que unía estos diferentes países con la Grecia debía mantener en esta última el valor de la plata a una altura con corta diferencia uniforme; y las minas del Ática, echando un chorrito de metal en esta masa, eran como un riachuelo cuyas aguas van al mar. Xenofonte no conocía, ni podía preveer el efecto que produciría el torrente de las cordilleras cuando llegará a inundar el mundo. Si la plata pudiese servir inmediatamente al sustento de la vida, como el trigo y los frutos, el descubrimiento de muchos manantiales abundantes de esta mercancía no habría hecho bajar su valor. La tendencia del género humano a aumentarse hasta el nivel de sus medios de subsistencia, habría aumentado la petición de ella hasta el nivel de la producción. Si la cantidad de trigo llegase a ser diez veces mayor, la petición de trigo sería también diez veces mayor, porque nacerían hombres para comerle y el trigo, relativamente a los demás géneros, guardaría, en los años comunes, con corta diferencia su mismo valor. Esto explica el por qué las variaciones del valor de la plata son lentas y considerables. Son lentas a causa de la extensión de las salidas que hacen poco sensibles las variaciones en la cantidad del género. Son considerables, porque los usos de la plata siendo limitados, la petición que se hace de ellos no puede seguir su aumento cuando es rápido. Además de los usos de la plata para moneda, hay lo de utilidad, bajo forma de utensilios, de muebles y ornatos, y bajo de esta forma se emplea tanto más cuanto las naciones son más ricas. Los usos de la plata en moneda son extendidos a proporción de la cantidad de bienes muebles e inmuebles que hay que hacer circular: así se emplearía también más plata acuñada en los países ricos que en los otros, sin algunas circunstancias que desarreglan de un modo singular esta regla. 1.º En los países ricos, la actividad de circulación de la plata y de las mercancías permite el contentarse, a proporción de la masa de negocios, de una cantidad menor de moneda. Tal suma sirve para diez cambios, que no habría operado más de uno en un país pobre(21) . La cantidad de bienes que hay que hacer circular, aumentándose, no ha traído tras sí un aumento proporcionado en la necesidad que se ha tenido de moneda. La circulación verdaderamente ha sido más extensa, pero se ha hecho trabajar más el agente de la circulación.

2.º En los países ricos es en donde el crédito suple más fácilmente a la circulación. En el capítulo XXII del libro precedente hemos visto como los billetes de confianza pueden reemplazar en caso necesario sin inconvenientes una parte del numerario de un país.(22) Cuando esta circunstancia se verifica, el uso de la moneda, y por consiguiente la petición que se hace de ella para este uso, disminuyen considerablemente; y nótese bien que no son sólo los billetes de confianza los que remplazan el numerario en un país en donde el pueblo es activo e industrioso, sino también todas las especies de obligaciones particulares, las ventas al fiado, las cesiones de los créditos que tienen las partes y los simples registros por debe y ha de haber. Las necesidades de dinero, y por consiguiente las peticiones que se hacen de él, jamás se aumentan en la misma proporción que se multiplican los demás productos, y puede decirse en verdad, que cuanto más rico es un país, menos plata hay en él, comparativamente a otro país. Si la cantidad producida influyese sola sobre el valor cambiable de una mercancía la plata valdría cuarenta y cinco veces menos que el oro porque la cantidad de plata que dan las minas, es cerca de cuarenta y cinco veces mayor que la cantidad de oro que se saca de ellas(23). Pero la plata es más pedida que el oro, se emplea por muchas más gentes y en muchos más casos: por esto su valor no baja nunca de un decimoquinto del valor del oro. Una parte de la petición de los metales preciosos proviene de la pérdida de materia que proviene de su uso, porque aunque sea del número de las mercancías que se desgastan menos, sin embargo se desgastan; y cuando se considera el número prodigioso de pedazos de oro y de plata de que se sirve uno casi en todas partes y a cada momento, sea en moneda, en cucharas, vasos, tenedores, platos y alhajas de todo género, no puede dudarse que lo que se desgasta, aunque sea muy poco a poco, al cabo es un total de consideración. No lo es menos la cantidad que se emplea en dorar y platear. Smith dice que en sólo las fábricas de Birmingham en Inglaterra se emplea anualmente cerca de cinco millones de reales de metales preciosos en dorar y en hojuela(24). Es menester contar también con lo que se emplea en los bordados, en tejidos, en doraduras de libros y en otros usos, en cuyos objetos todo lo que se emplea nunca puede recogerse para volver a servir. No es sólo eso ¡cuántas cantidades enterradas, cuyo conocimiento muere con los dueños ¡Cuántos tesoros tragados diariamente por el mar en los naufragios! Si la mayor parte de las naciones del mundo continúan en aumentar sus riquezas, como lo ha hecho incontestablemente de tres siglos acá, sus necesidades de metales preciosos irán en aumento, sea en razón en la perdida que tienen con el uso, que será tanto mayor cuanto más extenso será su uso; sea en razón de la multiplicidad, y de la superioridad del valor total de las otras mercancías, que exigirán mayor masa de moneda para subvenir a las necesidades de su circulación. Si el producto de las minas no sigue los mismos progresos, los metales preciosos aumentarán de valor, y se dará menos cantidad de ellos en sus cambios con todas las otras mercancías.

Si el producto de las minas aumenta en la misma proporción que la industria, el valor de los metales preciosos permanecerá el mismo; que es con corta diferencia lo que ha sucedido de dos siglos acá. En todo este tiempo el producto de las minas ha ido siempre aumentando, y la petición también ha aumentado siempre(25) . Si el producto de las minas va más ligero que el incremento de las demás riquezas, como parece, el valor de los metales preciosos bajará relativamente a todos los demás valores: las monedas se harán más embarazosas; pero será más general el disfrutar del uso de los utensilios de plata y de oro. Sería muy largo y muy molesto el refutar todos los malos raciocinios, todas las falsas explicaciones a que da lugar todos los días la confusión de las diversas variaciones que hemos distinguido, no sin alguna dificultad. Basta que el lector atento, se halle ahora en estado de refutarlas, y de apreciar las operaciones que tienen por objeto el influir sobre las riquezas obrando sobre los valores.

Capítulo V. Como se distribuyen las rentas en la Sociedad. Las razones que determinan el valor de las cosas y que obran del modo indicado en los capítulos precedentes, se aplican indiferentemente a todas las cosas que tienen valor, hasta a las más fugitivas, se aplican por consiguiente a los servicios productivos que dan la industria, los capitales y las tierras en el acto de la producción. Los que disponen de uno de estos tres orígenes de producción son mercaderes de este género, que llamamos aquí servicios productivos: los consumidores de los productos son los compradores de ellos. El valor de los servicios, como el de cualquier otra cosa, sube siempre en razón directa de la petición, y en razón inversa de la oferta. Los empresarios de industria no son, para decirlo así, más que intermedios que reúnen los servicios productivos necesario; para tal producto a proporción de la producción que se hace de tal producto(26) . El cultivador, el fabricante o el negociante comparan perpetuamente el precio que el consumidor quiere y puede dar de tal o tal mercancía, con los gastos necesarios para producirla: si se deciden a producirla, establecen una producción de todos los servicios productivos que deberán concurrir a ella, y suministran así una de las bases del valor de estos servicios. Por otra parte los agentes, de la producción, hombres y cosas, tierras, capitales u gentes industriosas, se ofrecen más o menos, según diversos motivos, los examinaremos en los capítulos siguientes, y forman de este modo la otra base del valor que se establece por estos mismos servicios(27).

Cada producto acabado paga, con su valor, la totalidad de servicios que han concurrido a su creación. Muchos de estos servicios han sido pagados antes de la conclusión del producto, y ha sido necesario que alguno lo anticipase: otros han sido pagados después de la conclusión del producto, y su venta: en todos los casos, lo han sido con el valor del producto. ¿Se quiere un ejemplo del modo como el valor de un producto se distribuye entre todos los que han concurrido a su producción? Tomese el de un reloj: y veamos desde el origen el modo cómo se han tenido hasta las partes más pequeñas, y cómo se ha pagado su valor a cada uno de los muchos que han contribuido a su producción. Se verá primero que el oro, el cobre y el acero que entran en su composición se han comprado a los que benefician las minas, que han encontrado en este producto, el salario de su industria, el interés de sus capitales y la renta raíz de sus minas. Los mercaderes de metales que las han obtenido de estos primeros productores, los han vendido a obreros de relojería y han sido reembolsados de lo que habían adelantado, y pagados de las ganancias de su comercio. Los obreros que trabajan las diferentes piezas de que se compone un reloj, las han vendido a un relojero, que pagándolas ha reembolsado los gastos hechos de su valor, igualmente que el interés de estos mismos gastos, y ha pagado las ganancias del trabajo hecho hasta allí. Una suma igual a estos valores reunidos ha bastado para hacer este pago completo. El relojero ha hecho lo mismo con los fabricantes que le han suministrado la muestra, el cristal &c.: y si hay ornatos, con los que le han dado los diamantes, los esmaltes y todo cuanto se quiera poner en el reloj. En fin el particular que compra el reloj para su uso, reembolsa al relojero todo lo que había adelantado, con sus intereses, y además lo que debe ganar por su talento y su trabajo industrial. El valor entero de este reloj y aún antes de estar acabado, estaba diseminado entre todos sus productores, que son mucho más numerosos que he dicho, y que se imagina comúnmente, y entre los cuales Puede hallarse alguno, que no puede figuraselo, tal como el mismo que compró el reloj, y que le lleva en su bolsillo. En efecto, este particular ¿no puede haber pues to sus capitales en manos de uno que beneficia minas, o de un comerciante que hace traer los metales o de un empresario que hace trabajar un gran número de obreros, o por último de una persona que no es nada de esto, pero que bajo mano ha prestado a una de estas gentes una porción, de fondos que había tomado a interés del consumidor del reloj? Se ha notado que no es absolutamente necesario que el producto se haya acabado, para que muchos de sus productores hayan podido sacar el equivalente de la porción de valor que le han dado; y en muchos casos ellos lo han consumido mucho tiempo antes que el producto haya llegado a su término. Cada productor ha hecho, al que le ha precedido, el adelantamiento del valor del producto, comprendida la hechura que se le ha

dado hasta entonces. Su sucesor en la escala de producción, le ha reembolsado a su vez lo que ha pagado, y además el valor que la mercancía ha recibido pasando por su mano. En fin, el último productor, que por lo común es un mercader por menor, ha sido reembolsado, por el consumidor del total de lo que había adelantado, y además la última hechura que el mismo ha dado al producto. Todas las rentas de la sociedad se distribuyen del mismo modo. La porción de valor producido que saca de este modo el propietario de la finca se llama provecho de la finca; algunas veces abandona este provecho a un arrendador mediante un arriendo. La porción sacada por el capitalista, y por el que ha que hecho adelantos por pequeños y cortos que hayan sido, se llama provecho del capital; algunas veces presta su capital por algún tiempo, y abandona el provecho de él mediante un interés. La porción sacada por los que ponen la industria, se llama provecho de la industria; algunas veces abandonan este provecho mediante un salario(28) . Así cada uno toma su parte de los valores producidos, y esta parte hace su renta. Los unos reciben esta renta por partes pequeñas, y la consumen a medida que la reciben. Es el mayor número; casi toda la clase obrera se halla en este caso. El propietario de una finca y el capitalista, que no trabajan por sí mismos, reciben su renta, de una sola vez, o en dos veces, o en cuatro cada año, según los pactos hechos con el empresario a quien han prestado su tierra o su capital. Sea el que quiera el modo como se percibe la renta, siempre es de la misma naturaleza, y su origen siempre es un valor producido. Si el que recibe unos valores cualesquiera con los que provee a sus necesidades, no ha concurrido directa ni indirectamente a una producción, los valores que consume son un don gratuito, o una expoliación; no hay otro medio. De este modo es como el valor entero de los productos se distribuye en la sociedad. Digo su valor entero, porque si mí provecho no sube más que a una porción del valor del producto a que he concurrido, lo restante compone el provecho de mis co-productores. Un fabricante de paños compra lana a un arrendador, paga las hechuras de varios obreros, y vende el paño un precio que proviene de ellas a un precio que le rembolsa lo que había adelantado, y le deja un beneficio. No mira que como beneficio, como que sirve a componer la renta de su industria, más lo que le queda neto, después de cubrir sus desembolsos: pero estos desembolsos no sido más que los adelantos que han hecho a otros productores de diversas porciones de rentas, de que se reembolsa con el valor en bruto del paño. Lo que ha pagado al arrendador por la lana, era la renta del cultivador, de sus pastores y del propietario de la finca arrendada. El arrendador ni mira como producto neto, más que lo que le queda después que sus obreros y su propietario han siso pagados ; pero lo que él les ha pagado ha sido una proporción de las rentas de ellos mismos; esto era un salario para el obrero , y un arrendamiento, para el propietario, esto es, para el uno la renta que sacaba de su trabajo, y para el otro la renta que sacaba de tierra. El valor del

paño es el que ha reembolsado todo esto. No se puede concebir ninguna porción del valor de este paño, que no haya servido para pagar una renta(29) . Su valor entero ha sido empleado en esto. Por eso se ve que esta expresión producto neto no puede aplicarse más que a las rentas de cada empresario particular, pero que la renta de todos los particulares juntos, o de la sociedad, es igual al producto bruto que resulta de las tierras, de los capitales, y de la industria de la nación. Lo cual arruina el sistema de los economistas del siglo XVIII, que no miraban como renta de la sociedad más que el producto neto de las tierras, y que concluían que la sociedad no tenía que consumir más que un valor igual a este producto neto; como si la sociedad no tuviese que consumir un valor todo entero, que ella ha creado(30) . Si no hubiese más renta en una nación que el excedente de los valores producidos sobre los valores consumidos, resultaría de esto una consecuencia verdaderamente absurda, esto es, que una nación que hubiese consumido, en el año tantos valores como habría producido, no habría tenido renta. ¿Un hombre que tiene ochenta mil reales de renta, se considera acaso como que no tiene renta cuando se come la totalidad de sus rentas? Todo el provecho que un particular saca de sus tierras, de sus capitales y de su industria en el espacio de un año, se llama su renta anual. La suma de las rentas de todos los particulares de que se compone una nación, forma la renta de esta nación(31). Equivale al valor en bruto de todos sus productos, menos el valor de los productos que esta nación ha exportado; porque una nación está relativamente a otra, como un particular relativamente a otra, como un particular no tiene más beneficio que lo que sus productos exceden a lo que él ha adelantado. Sus adelantos, pagan verdaderamente una renta a otros particulares; pero éstos son extranjeros las porciones de rentas que uno les paga hacen parte de las rentas de la nación de que son miembros. De este modo, por ejemplo, cuando un francés envía cintas al Brasil por cuarenta mil reales, y que en retorno trae algodón, es preciso deducir de los productos que resultarán para la Francia de este comercio, la suma que se ha exportado para pagar el producto del Brasil. Supongo que por cuarenta mil reales de cintas francesas se hayan obtenido cuarenta fardos de algodón, y que estos cuarenta fardos, puestos en Francia, hayan producido cuarenta y ocho mil reales; en este producto no hay más que ocho mil reales para renta de la nación francesa, y cuarenta mil para las rentas de la nación brasileña. Si todos los pueblos de la tierra no fueran más que una sola nación, lo que he dicho de la producción interior de una sola nación, sería verdadero para esta república universal: sus rentas serían iguales al valor en bruto de todos sus productos. Pero al momento que se consideran separados los intereses de cada pueblo, conviene admitir la restricción que acabo de indicar. Ésta nos manifiesta que un pueblo que importa mercancías por mayor

valor que las que exporta, aumenta sus rentas de todo el excedente, porque este excedente compone los beneficios de su comercio con el ext ranjero. Cuando una nación exporta cien millones en mercancías, e importa por ciento y veinte millones (lo que puede suceder sin que haya remesa ninguna de dinero de una parte a otra) hace un beneficio de veinte millones, contra la opinión de los que creen aún en la balanza del comercio (32). Aunque muchos productos no tengan larga duración, y se hallen consumidos antes de espirar el año; más digo, que estén consumidos en el instante mismo de su producción, como los productos inmateriales, y por eso su valor no deja de ser parte de la renta anual de un país. ¿Acaso estos no son valores producidos que se han consumido para satisfacer algunas de nuestras necesidades? ¿Qué otra cosa se necesita para que se tengan por rentas? Para valuar las rentas de un particular, o de una nación, se sirve uno del mismo artificio que emplea para valuar otra cualquier masa de valores que se nos presenta bajo diversas formas, como una herencia por ejemplo. Se valúa cada producto separadamente en dinero. Cuando se dice por ejemplo, que las rentas de la Francia, ascienden a treinta y dos mil millones de reales, no quiere decir esto que la Francia produce por su comercio, una suma de reales igual a los treinta y dos mil millones. Puede tal vez que no importe por cuatro millones, ni tal vez por un real. Se entiende sólo por esto que todos los productos de la Francia durante un año, valuados en dinero cada uno en particular equivaldrían a una suma de treinta y dos mil millones. La moneda se emplea en esta valuación sola porque estamos más habituados a formarnos por medio de ella una idea más aproximada del valor, esto es, de lo que se puede tener por una suma determinada de dinero: si no fuera por esto sería igual el valuar las rentas de la Francia en ochocientos millones de fanegas de trigo, que vendría a ser lo mismo cuando la fanega de trigo valiese a cuarenta reales. La moneda sirve para hacer circular de una mano a otra los valores que son porciones de renta o porciones de capital; pero ella por sí no es una renta anual, porque no es un producto añal. Es el producto de un comercio más o menos antiguo. Este mismo dinero circulaba el año pasado, el precedente, el siglo último; no ha adquirido nada desde este tiempo: y aun si el valor de este metal ha declinado, la nación tiene una pérdida en esta porción de su capital: lo mismo que un negociante que tuviese sus almacenes llenos de una mercancía cuyo precio bajaba, vería disminuir más bien que aumentar esta porción de su fortuna. Así, aunque la mayor parte de las rentas, esto es, de valores producidos, se resuelven durante un momento en moneda, no es esta moneda, ni es una suma de dinero la que compone la renta: la renta es el valor con que se ha comprado esta suma de dinero; y como este valor se halla muy pasajeramente en forma, de dinero, las mismas monedas sirven muchas veces al año para pagar o recibir porciones de renta. Hay también porciones de rent a que jamás toman la forma de dinero. Un fabricante que da de comer a sus obreros les paga parte de su salario en comida; este salario, que es

la renta principal del obrero, se paga, se recibe y se consume sin que se haya transformado ni un solo instante en dinero. En los Estados Unidos y en otras partes hay cultivadores que sacan del producto de la hacienda arrendada el sustento, el abrigo y el vestido de toda su familia; reciben toda su renta en especie, y la consumen lo mismo sin haberla transformado en dinero. Creo que esto basta para guardarse de la confusión que podría nacer del dinero que se saca de su renta, con la renta misma: y quedará sentado que la renta de un particular o de una nación, no es el dinero que reciben en cambio de los productos creados por ellos, sino más bien estos productos mismos o su valor, que es susceptible de tomar por los cambios la forma de un saco de duros, como otra cualquiera forma. Todo valor que se recibe en dinero o de otro modo y que no es el precio de un producto creado en el año no hace parte de la renta de este año; es un capital, una propiedad que pasa de una mano a otra, sea por medio de un cambio, de un don o de una herencia. Una porción de capital o una porción de renta, se pueden transmitir y pagar en efectos muebles, en tierras, en casas, en mercancías o en dinero: la materia no es lo que nos ocupa, ni es lo que constituye la diferencia de una finca a una renta: lo que hace la renta es ser el resultado, el producto de una finca, de un capital, o de un trabajo industrial. Se pregunta algunas veces si lo que uno ha recibido como beneficio, como renta de sus tierras, de sus capitales o de su industria puede servir para pagarla renta de otra persona. Cuando ha cobrado uno cien duros de su renta, si con este valor adquirido, se compran por ejemplo, libros, ¿cómo es que este valor-renta, transformado en libros, y que se consumirá bajo esta forma, sirve sin embargo para componer la renta del impresor, del librero y de todos los que han contribuido a la confección de los libros, renta que ellos consumirán por su parte? He aquí la solución de esta dificultad. El valor-renta, fruto de mis tierras, de mis capitales o de mi industria, y que he consumido en forma de libros, no es el mismo que el de los libros. Ha habido dos valores producidos: primero el de mis tierras que ha sido producido en forma de trigo por el cuidado de mi arrendador, y que le ha cambiado por duros que me ha traído: segundo el que resulta de la industria y capitales del librero, y que ha sido producido en forma de libros. El librero y yo hemos cambiado estos dos valores, y cada uno le ha consumido por su parte, después de haberles hecho pasar por las transformaciones que convenían a nuestras necesidades. Por lo que hace al productor que crea un producto inmaterial, como el médico y el abogado, el valor que dan, su consejo, es un producto de sus conocimientos y talento, que son fincas productivas: si es un negociante quien compra este consejo, el negociante da en cambio uno de los productos de su comercio transformado en dinero. Después uno y otro consumen cada uno por su parte el producto de su renta, pero transformado del modo que les ha convenido más.

Capítulo VI. Qué géneros de producción pagan más bien los servicios productivos. El valor de los productos que, como acabamos de ver, reembolsa a los diversos productores lo que han adelantado, y además les deja comúnmente el beneficio que compone su renta, no deja un beneficio igualmente bueno en todos los géneros de producción. Tal producción dará a la tierra, al capital, a la industria que se ha consagrado a ella, una pobre renta, y otros darán a proporción beneficios más considerables. Verdad es que los productores procuran siempre emplear sus servicios productivos en lo que da ma yor beneficio, y de este modo con la concurrencia hacen bajar los precios que la petición tira a hacer subir; pero sus esfuerzos no siempre pueden proporcionar de tal suerte los servicios a las necesidades, que sean en todos casos igualmente recompensados. Tal industria siempre es rara en un país, en donde el pueblo no es propio para ella; muchos capitales se hallan destinados de manera que no pueden nunca concurrir a otra producción que a aquella a que se han destinado en su origen: en fin la tierra puede rehusarse a un género de cultura, cuyos productos hay muchas gentes que los piden. Es imposible seguir las variaciones de los beneficios en todos los casos particulares: pueden padecer variaciones extremas por razón de un descubrimiento importante de una invasión, de un sitio. El influjo de estas circunstancias particulares se combina con el influjo de las causas generales, pero no las destruye. Un tratado, por voluminoso que se suponga, no podría preveer todos los casos particulares que pueden influir en los valores de las cosas y pero puede designar las causas generales, y aquella cuya acción es constante, y después cada uno puede, según los casos que se presenten, apreciar las modificaciones que han resultado o que deben resultar de las circunstancia s. Esto podrá parecer extraordinaria a primera vista; pero si se examina se hallará generalmente verdadero, que los mayores beneficios no vienen de los géneros más caros, y de que uno puede más fácilmente carecer, sino más bien de los más comunes e indispensables. En efecto la petición de éstos se sostiene necesariamente, la necesidad lo exige; y aun se aumenta a proporción que los medios de producción se aumentan; porque la producción de los géneros de primera necesidad es principalmente la que favorece la población. Al contrario, la petición de las superfluidades, jamás aumenta a proporción que se aumentan los medios de producción de ellas: si el ser muy de moda hace subir el precio corriente a mucho más que el precio natural, esto es, que el montante de los gastos de producción, una moda contraría le hace bajar a mucho menos que ellos: las superfluidades no son, ni aun para los ricos mismos, más que de una necesidad secundaria y la petición que se hace de ellas está limitada por el corto número de gentes que las usan. Por último, cuando una causa accidental cualquiera pone a las gentes en

precisión de reducir su gasto, cuando las depredaciones, los impuestos, la carestía llegan a reducir las rentas de cada uno en particular, ¿cuáles son los gastos primeros que se suprimen? Primero se corta el consumo de aquellas cosas que menos falta le hacen a uno. Esto basta para explicar por qué los servicios productivos que se consagran a la producción de las superfluidades, en general se pagan menos que los otros. Digo en general, porque en una gran capital, en donde las necesidades del lujo se hacen sentir con más intención que en otras partes, en donde se obedece algunas veces con más sumisión a los decretos ridículos de la moda que a las leyes eternas de la naturaleza, y en donde hay hombre que se priva de comer, por llevar vueltas bordadas, se concibe que el precio de las bagatelas puede algunas veces pagar muy generosamente las manos y capitales que se aplican a su producción. Pero excepto ciertos casos, y comparando siempre los beneficios de un año con otro, y con los no- valores, se ha notado que los que tienen empresas de bagatelas tienen los beneficios más medianos, y que sus obreros son los más medianamente pagados. En Normandía y en Flandes los encajes más hermosos están trabajados por gentes miserabilísimas, y los jornaleros que fabrican en León los brocados de oro están cubiertos de andrajos. No consiste esto en que muchas veces no dejen estos objetos beneficios considerables: se ha visto fabricantes de sombreros de capricho que se han enriquecido; pero si se toman juntos todos los beneficios que han producido las superfluidades, si se deduce de ellos el valor de las mercancías, que no se han vendido, y el de las mercancías, que habiéndose vendido bien, se han pagado mal, se hallará que este género de productos es el que en el total da beneficios más mezquinos. Las modistas más acreditadas con frecuencia han hecho quiebra. Las mercaderías de uso general convienen a mayor número de personas, y se despachan en la mayor parte de las situaciones de la Sociedad. Una araña no puede hallar lugar más que en las casas grandes, mientras que no hay casa tan miserable donde no haya candeleros, y así la petición de candeleros siempre está corriente, siempre más activa que la de arañas, y así aun en los países más opulentos, hay un valor mucho mayor en candelero, que en arañas. Los productos cuyo uso nos es más indispensable son sin contradicción, los géneros que nos sirven de alimento. La necesidad que se tiene de ellos renace cada día: no hay profesiones más constantemente empleadas que las que se ocupan de nuestro sustento. Y así a pesar de la concurrencia, en estas profesiones es en las que se tienen los beneficios más seguros(33) . Los carniceros, panaderos y salchicheros de París que tienen conducta se retiran todos más o menos pronto habiendo hecho su fortuna. He oído decir a un corredor que tenía muchos negocios, que la mitad de bienes raíces y casas, que se venden en París y en sus alrededores se compran por estas gentes. Los particulares y naciones que entienden sus intereses, a no tener razones muy fuertes para obrar de otro modo, prefieren por consiguiente, dedicarse a la producción de los artículos que los comerciantes llaman corrientes. El señor Edén, que negoció para la Inglaterra en 1786 el tratado de comercio concluido por el señor de Vergennes, se

gobernó por este principio cuando pidió la libre introducción en Francia de la loza común de Inglaterra. »Algunas miserables docenas de platos que os venderemos, decía el agente inglés, serán un resarcimiento bien débil de los servicios magníficos de porcelana que nos venderéis a nosotros.» La vanidad de los ministros franceses consintió en ello. Al cabo de poco se vio llegar la loza inglesa, ligera, barata y de forma sencilla y bonita: hasta las casas más pobres procuraron comprarla, trajeron loza por muchos millones, y esta importación se repitió, y se aumentó cada año hasta la guerra. Las remesas de porcelana de Sevres, han sido poca cosa en comparación de esto. La salida de los artículos corrientes no solamente es la más considerable, sino que es la más segura. Jamás ha habido mercader que por mucho tiempo se haya visto apurado para vender lienzos para camisas. Los ejemplos que he escogido en la industria manufacturera son los equivalentes en las industrias agricultora y comercial. Se produce y se consume en Europa por un valor mucho mayor en lechugas que en ananás, y los soberbios chales de Cachemira son en Francia un objeto de comercio muy limitado, comparativamente a las simples cotonadas de Rúan. Es pues un mal cálculo para una nación el hacerse comerciante de los objetos de lujo, y recibir en retorno las cosas de utilidad común. La Francia envía a la Alemania modas y bagatelas que usan pocas personas y la Alemania le suministra cintas de hilo, y otras mercerías, limas, hoces, palas, tenazas, y otras cosas de quincallería de uso general: así sin los vinos, sin los aceites de Francia, sin los productos siempre renacientes de un suelo favorecido de la naturaleza, y sin algunos otros objetos de una industria mejor entendida, la Francia sacaría de la Alemania menos beneficio, que la Alemania saca de ella. Lo mismo puede decirse del comercio de Francia con el Norte.

Capítulo VII. De las rentas industriales.

§. I De los beneficios industriales en general. Hemos visto (en el lib. 1. cap. 15.) los motivos que favorecen la petición de los productos en general. Cuando los productos, sean los que quieran, son pedidos con mucha ansia, los servicios productivos, únicos medios con que se pueden obtener, son

pedidos también con mucha ansia y esta petición activa aumenta necesariamente el precio común de ellos: esto mira a los servicios productivos tomados en masa. La industria, los capitales y las tierras dan en general mayores beneficios, siendo todas las demás cosas iguales, cuando la petición de los productos es más activa, cuando la comodidad es mayor y cuando la producción es más activa. En el capítulo precedente hemos visto que la petición de ciertos productos es siempre más sostenida que la de ciertos otros. De esto hemos deducido que los servicios que se consagran a estos géneros de producción, siendo todas las demás cosas iguales son mejor, recompensados que los otros. Continuando siempre en particularizar más, examinaremos en este capítulo, y en los siguientes los casos en que los beneficios de la industria son más o menos grandes relativamente a los de los capitales o a los de las tierras, y recíprocamente, y las razones que hacen que los beneficios de un empleo de la industria, bien de los capitales o bien de las tierras, son mayores o menores que los beneficios de tal otro empleo. Y primero comparando los beneficios de la industria con los de los capitales y los de las tierras, hallaremos que son mayores donde los capitales abundantes exigen una gran cantidad de cualidades industriales como sucedía en Holanda antes de la revolución. Los servicios industriales se pagaban allí muy caros, aún lo son en los países, como los Estados Unidos, donde la población, y por consiguiente los agentes de la industria ; a pesar de su rápida multiplicación, se queda atrás respecto de lo que reclaman las tierras sin límites, y los capitales diariamente engrosados con un ahorro fácil. La situación de esos países es en general aquella en que es mejor la condición del hombre, porque las personas que viven de los beneficios de sus capitales y de sus tierras, puede soportar lo módico de los beneficios mejor que los que viven de sólo su industria; los primeros además del recurso de comer de sus frutos, tienen el de aumentar algunos beneficios industriales a sus demás rentas, mientras que no depende de un hombre industrioso, que no tiene más que esto, el juntar a su renta industrial el beneficio de los capitales y el de las tierras que no tiene. Si pasamos ahora a comparar entre sí los servicios industriales, hallaremos que las causas que limitan la cantidad puesta en circulación de cada género de servicios industriales pueden reducirse a una de éstas tres categorías. 1.ª O los trabajos de esta industria traen consigo riesgos, o sólo disgustos. 2.ª O no dan una ocupación constante. 3.ª O exigen un talento o habilidad que no son comunes. No hay una de estas causas que no tire a disminuir la cantidad de trabajo, puesto en circulación en cada género, y por consiguiente a aumentar el precio natural de estos beneficios. Apenas se necesita apoyar con ejemplos proposiciones tan evidentes.

Entre lo agradable o desagradable de una profesión es menester contar la consideración o el desprecio de ella. El honor es una especie de salario que hace parte de los beneficios de ciertas cond iciones. En un precio dado, cuanto más abundante es esta moneda, tanto más rara puede ser la otra, sin que el precio se disminuya. Smith nota que al literato, al poeta y al filósofo casi se les paga eternamente en consideración. Sea con razón o por preocup ación, no es así enteramente con las profesiones de cómico, de bailarín y en muchas otras. Es pues preciso darles en dinero lo que se les niega en consideración. «Parece absurdo, a primera vista, añade Smith, que se desdeñen sus personas, y que con frecuencia se premien sus talentos con la más suntuosa liberalidad. Sin embargo, lo uno es consecuencia necesaria de lo otro. Si la opinión o la preocupación del público llegase a cambiar tocante estas ocupaciones y su sueldo pecuniario bajaría al instante. Cuantas más gentes se aplicarían a esta industria, tanto más su concurrencia haría que bajase su precio. Talentos de esta clase hasta cierto punto, sin ser comunes, no son tan raros como se cree: muchas gentes los poseen, que tendrían a menos el hacer de ellos un objeto de lucro: y un número mucho mayor sería capaz de adquirirlos, si se les diese tanta estimación como dinero.(34)» Si en ciertos países los empleos de administración dan aún tiempo honores y dinero, es porque no son el objeto de una libre concurrencia, como las demás profesiones de la sociedad. Se consiguen sólo por favor. Una nación ilustrada sobre sus verdaderos intereses no concede este doble precio a servicios algunas veces bastante medianos, y da poco dinero a aquellos a quienes confiere grandes honores y mucha autoridad. Todo empleo que no es constante es mejor pagado, porque es preciso que se le pague a un tiempo, por el momento en que está en ejercicio, y por el momento en que espera que se le necesite. Un alquilador de coches se hace pagar los días que trabaja más que lo que parece que exigen el trabajo que se toma, y el interés del capital que emplea; por esto es preciso que los días que trabaja gane por aquellos en que está ocioso. No podría pedir otro precio sin arruinarse. El alquiler de los disfraces es muy caro por la misma razón, porque el carnaval paga por todo el año. Una mala comida cuesta muy cara cuando se viaja por un camino de travesía, porque es menester que el posadero gane por aquel día y el siguiente. Con todo la inclinación natural del hombre a lisonjearse y creer que si hay una suerte dichosa le ha de caber a él, determina ciertas profesiones más trabajo que el beneficio, que se puede hacer en ellas, parece que debería llamar. «En una lotería equitativa, dice el autor de la Riqueza de las naciones, los billetes buenos deben ganar todos los billetes en blanco: en un oficio en que veinte personas se arruinan por una que sale bien, la que sale bien debería ganar ella sola el beneficio, de las otras veinte.(35)» Pero en muchos empleos está uno muy distante de ser pagado según esta tasa. El mismo autor cree, que por bien pagados que estén los abogados de reputación, si se computase todo lo que se ha ganado por todos los abogados de una ciudad grande, y todo lo que se ha gastado por ellos, se hallaría la suma de la ganancia muy inferior a la

del gasto. Si los que trabajan en esta profesión subsisten es por alguna renta que tienen de otra parte. ¿Será necesario hacer notar, que estas diversas causas de diferencias en los beneficios, pueden obrar en un mismo sentido, o en sentidos opuestos? ¿Qué en el mismo sentido el efecto es más sensible; y que en sentido opuesto la acción de la una, combate la acción de la otra ? Es suficientemente claro, por ejemplo, que la satisfacción que se tiene en una profesión puede compensar la incertidumbre de sus productos; y que en aquellas en que no hay una ocupación continua, si juntan además el ser peligrosas, hay doble causa para que el salarlo se aumente. La última, y tal vez la principal causa del aumento de beneficios industriales en general, es el grado de habilidad que suponen. Cuando la habilidad necesaria para ejercer una industria, sea como jefe, o como subalterno, no puede ser fruto más que de un estudio largo y costoso, y este estudio no ha podido verificarse más que en cuanto se han consagrado a él ciertos adelantos, y el total de estos adelantos es un capital acumulado. En este caso el salario del trabajo ya no es un salario sólo, es un salario aumentado del interés de los adelantos que este estudio ha exigido: este interés aún es superior al interés común, porque el capital de que se trata aquí está puesto a fondo perdido, y no subsiste más que mientras el hombre vive: es un interés vitalicio (36). He aquí por qué todos los empleos temporales, y de facultades que exigen que se haya recibido una educación liberal son mejor recompensados que aquellos en que la buena educación no es necesaria. Esta cualidad es un capital de que se deben cobrar los intereses, independientemente de los beneficios ordinarios de la industria. Si hay hechos que parecen contrarios a este principio se pueden explicar: a los clérigos se les paga poco(37); sin embargo cuando una religión se funda en dogmas muy complicados, o en historias muy obscuras, no se puede ejercer el ministerio religioso sin largos estudios, y ejercicios multiplicados: es así que estos estudios y ejercicios no pueden verificarse sin un adelanto de un capital: luego parece que sería menester, para que la presión clerical pudiese perpetuarse que el sueldo del clérigo pagase el interés de un capital, independientemente del salario de su trabajo a que parece están limitados los beneficios del clero bajo, especialmente en los países católicos. Pero es preciso no olvidar que la sociedad es quien adelanta este capital, manteniendo a su costa los estudiantes de teología. En este caso, el pueblo que ha pagado el capital, halla gentes para ejercer esta industria, mediante el simple salario de su trabajo, o lo que es necesario para su manutención; y su manutención no comprende la de una familia. Cuando se necesitan para ejercer cierta industria, no sólo estudios costosos, sino también disposiciones naturales poco comunes, esta consideración hace aún mucho más raros, relativamente a la petición y por consiguiente muc ho más caros los trabajos que tienen relación a ella. En una nación grande, apenas hay dos o tres personas capaces de hacer un cuadro muy hermoso, o una bellísima estatua: así se hacen pagar con corta

diferencia lo que ellos quieren, si la petición es algo fuerte: y aunque hay, sin contradicción ninguna, una porción de su beneficio que representa el interés de los adelantos empleados en la adquisición de su arte, esta porción de beneficio es pequeña relativamente a la que obtiene su talento. Un pintor, un médico, un abogado célebre han gastado, sea ellos mismos o sus padres, ciento y veinte, o ciento y sesenta mil reales para adquirir el talento que hace su renta: el interés de esta suma es diez y seis mil reales o más: si ganan ciento veinte mil, sus cualidades industriales solas están pagadas con ciento cuatro mil reales anuales. Y si se llaman bienes o fortuna todo lo que da las rentas se puede valuar su fortuna en un millón cuarenta mil reales a diez por ciento aun cuando no tengan un cuarto de patrimonio.

§. II. De los beneficios del sabio. El sabio, el hombre que conoce el partido que se puede sacar de las leyes de la naturaleza para utilidad del hombre recibe una muy pequeña parte de los productos de la industria, a la que no obstante los conocimientos, de que él conserva el deposito, y de los que extiende los límites, son tan prodigiosamente útiles. Cuando se busca la razón de esto se halla, (en términos de economía política) que el sabio pone en algunos instantes en circulación una inmensa cantidad de su mercancía, y de una mercancía que se desgasta poco con el uso, de manera que no tiene uno- necesidad de recurrir, de nuevo a él para hacer nueva provisión de ella. Los conocimientos que sirven de fundamento a una multitud de procedimientos de las artes, son con mucha frecuencia el resultado de estudios penosos, de reflexiones profundas, de experimentos ingeniosos y delicados de los químicos, de los físicos y de matemáticos más célebres. Pues bien, estos conocimientos están contenidos en un corto número de páginas, que pronunciadas en las lecciones públicas, o publicadas por medio de la imprenta, se encuentran puestos en la circulación en cantidad muy superior al consumo que puede hacerse de ellos, o más bien se extienden como se quiere, sin consumirse, y sin que uno no tenga necesidad, para procurárselos, de recurrir de nuevo a aquellos de quienes originariamente han emanado. -- En conformidad a las leyes naturales que determinan el precio de las cosas, estos como contentos superiores serán medianamente pagados, es decir, sacarán una pequeña cuota parte en el valor de los productos a que habrán contribuido, por eso todos los pueblos bastante ilustrados para comprender cuán útiles, son los trabajos científicos, siempre han resarcido a los sabios, con favores especiales y con disminuciones lisonjeras, del poco beneficio que les produce el ejercicio de su industria , o el empleo de sus talentos naturales o adquiridos.

Algunas veces un fabricante descubre el modo ya sea en de dar más belleza a sus productos; ya sea para producir más económicamente las cosas conocidas y apoyado en el secreto que guarda, hace durante muchos años, durante su vida, y aún deja a sus hijos ganancias, que exceden mucho la tasa común de los beneficios de su arte. Este fabricante hace en este caso particular dos géneros de operaciones industriales, la del sabio, de que reserva para él solo las ventajas, y la del empresario. Pero hay pocas artes en que tales procedimientos puedan permanecer secretos por largo tiempo, lo que al fin es un beneficio para el público porque los procedimientos secretos mantienen alto el precio de las mercancías que ellos concurren a producir, y el número de consumidores, a quienes es permitido el disfrutar de ellas, más bajo del punto a que deberían llegar según la naturaleza de las cosas(38). Se comprende que no he querido hablar aquí más que de las rentas que se tienen como sabio. Nada hay que estorbe que el sabio sea un propietario de bienes raíces, capitalista o jefe de una industria , y el que tenga otras rentas bajo estos diversos aspectos.

§. III De los beneficios del empresario de industria. En este párrafo no se tratará más que de los bene ficios de un empresario de industria, que deben mirarse como el resultado solo de su industria . Si el dueño de una fábrica tiene una porción de su capital empleada en ella, le pongo por lo que hace a esta porción en la clase de capitalista, y la porción de beneficios que hace en consecuencia hace parte de los beneficios del capital empleado(39). Es muy raro que el que percibe un beneficio de empresario, no perciba al mismo tiempo por su cuenta los intereses de un capital. Es raro que el jefe de una empresa haya tomado de los extranjeros el capital total de que hace uso. Si hay algunos de los utensilios comprados con sus propios capitales, o si hace algunos adelantos por medio de sus propios recursos, entonces saca una porción de renta como empresario, y otra porción como capitalista. Estando los hombres muy inclinados a no sacrificar ninguna porción de sus intereses, aquellos mismos que no han examinado por menor sus derechos, saben hacerlos valer en toda su extensión. Nuestra obligación, en este momento, es el aclarar la porción de renta que el empresario percibe como empresario. Indagaremos más adelante lo que este mismo u otro percibe como capitalista. Se tendrá presente que el empleo de un empresario de industria tiene relación a la segunda operación que hemos reconocido como necesaria para el ejercicio de una industria cualquiera: operación que consiste en hacer aplicación de los conocimientos

adquiridos para la creación de un producto que debemos usar(40) . Se tendrá presente también que esta aplicación es necesaria en la industria agrícola, en la manufacturera, y en la comercial, y que en esto consiste el trabajo del arrendador o cultivador, del fabricante y del negociante. La naturaleza pues de los beneficios de estas tres clases de hombres es lo que queremos examinar. El precio de este trabajo se arregla como el precio de todas las demás cosas, por la relación que hay entre la cantidad pedida de este género de trabajo de una parte, y la cantidad que se ha puesto en circulación, o la cantidad ofrecida de la otra. Tres causas principales limitan esta última cantidad, y por consiguiente mantienen a un precio alto esta especie de trabajo. El empresario de la industria es el que ordinariamente necesita hallar los fondos de que ésta exige el empleo. No saco yo la consecuencia de que es necesario que sea rico, porque puede ejercer su industria con fondos prestados, pero es menester a lo menos que pueda pagar, que sea conocido por hombre inteligente y prudente, lleno de orden y de probidad; y que por la naturaleza de sus relaciones, esté en disposición de procurarse el uso de los capitales que no posee por sí. Estas condiciones excluyen muchas gentes del número de las concurrentes. En segundo lugar, este género de trabajo exige cualidades morales cuya reunión no es común. Requiere juicio, constancia, conocimiento de los hombres y de las cosas. Se trata de apreciar convenientemente la importancia de tal producto, la necesidad que se tendrá de él, los medios de producción;, se trata de poner en movimiento algunas veces un grandísimo número de individuos, es menester comprar o hacer comprar las materias primeras, reunir los obreros, buscar los consumidores, tener un espíritu de orden y de economía, en una palabra el talento de administrar. Es menester tener una cabeza acostumbrada al cálculo, que pueda comparar los gastos de producción con el valor que tendrá el producto cuando se haya puesto en venta. En el curso de tantas operaciones hay obstáculos que superar, inquietudes que tolerar, desgracias que reparar, y expedientes que buscar. Las personas que no reúnen las cualidades necesarias hacen empresas con poco suceso: estas empresas no se sostienen, y su trabajo no tarda en estar fuera de circulación. No queda en ella por consiguiente más que el que puede continuarse con buen suceso, es decir con capacidad. De este modo es como la condición de la capacidad limita el número de gentes que ofrecen el trabajo de un empresario. Hay más: las empresas industriales van siempre acompañadas de un cierto riesgo; por bien conducidas que se las suponga pueden fallar: el empresario puede, sin culpa suya, comprometer en ella su fortuna, y hasta cierto punto su honor. Nueva razón que limita por otra parte la cantidad ofrecida de este género de servicios, y los hace algo más caros. Todos los géneros de industria no exigen en el que los emprende la misma dosis de capacidad y de conocimientos. Un arrendador, que es un empresario de cultura, no está obligado a saber tantas cosas, como un negociante que trafica con países lejanos. Con tal

que el arrendador esté al corriente de los métodos prácticos de dos o tres especies de cultivo, de que dimana la renta de la tierra arrendada, puede salir de su empresa. Los conocimientos necesarios para dirigir un comercio con países distantes son de orden más elevado. No se ha de conocer sólo la naturaleza y cualidades de las mercancías sobre que se especula, sino también formarse idea de la extensión de las necesidades, y salidas que tendrán en los parajes donde se propone venderlas. Por consiguiente es preciso estar constantemente al corriente de los precios de cada una de estas mercancías en los diferentes lugares del mundo. Para formarse una idea exacta de estos precios, es preciso conocer las diversas monedas, y sus valores relativos que se llama el curso de los cambios. Es indispensable conocer los medios de transporte, la extensión de los riesgos anejos a ellos, el montante de los gastos que ocasionan, los usos, las leyes que gobiernan los pueblos con quien tiene uno relación: por último, es preciso tener bastante conocimiento de los hombres, para no engañarse en la confianza que se hace de ellos, en las comisiones de que uno les encarga, y en las relaciones, sean las que se quiera, que se mantienen con ellos. Si los conocimientos que forman un buen arrendador son más comunes que los que hacen un buen comerciante, se deberá uno admirar de que los trabajos del primero se paguen con un cierto salario, comparados con los del segundo. No quiere esto decir que la industria comercial en todos sus ramos exija cualidades más raras que la industria agrícola. Hay mercaderes por menor que siguen por rutina, como la mayor parte de los arrendadores una marcha muy sencilla en el ejercicio de su profesión, pero también hay ciertos géneros de cultura que exigen un cuidado y una sagacidad poco común. Al lector le toca el hacer las aplicaciones. Trato de sentar los principios sólidos, y después se puede sacar de ellos una multitud de consecuencias más o menos modificadas por las circunstancias, que ellas mismas son las consecuencias de otros principios establecidos en otras partes de esta obra. Así como en astronomía sé que todos los planetas describen arcas iguales en espacios iguales de tiempo; pero el que quiere preveer con alguna exactitud un fenómeno en particular, debe contar con las perturbaciones que reciben por la cercanía de otros planetas, cuyas fuerzas atractivas se deriva de otra ley de la física general. A la persona que quiere aplicar las leyes generales a un caso determinado, le toca contar con el influjo de cada una de aquellas cuyo influjo está reconocido. Veremos, al hablar de los beneficios del obrero, qué ventajas tiene sobre él el jefe de la empresa por la posición de uno y otro, pero es bueno notar las otras ventajas de que puede sacar partido el jefe de una empresa, si es diestro. Él es el intermedio entre todas las clases de productores, y entre éstos y el consumidor. Administra la obra de la producción, es el centro de muchas relaciones, se aprovecha, de lo que los otros saben y de lo que ignoran, y de todas las ventajas accidentales de la producción, en esta clase de productores es también donde se adquieren casi todas las grandes fortunas, cuando el evento favorece su habilidad.

§. IV. De los beneficios del obrero(41). Los trabajos sencillos y groseros pueden hacerlos todos los hombres con tal que vivan y estén sanos, la condición de vivir es la única que se exige para que semejantes trabajos sean puestos en la circulación. Esta es la razón porque el salario de estos trabajos no sube en todo, país más que a lo que es rigurosamente necesario para vivir en él, y que el número de concurrentes sube en él siempre a proporción de la petición que hay de ellos, y con frecuencia excede; porque la dificultad no está en nacer sino en subsistir. Desde el instante que no es necesario más que nacer para saber hacer un trabajo, y que este trabajo basta para proveer a la existencia, ésta se verifica. Sin embargo hay una cosa que notar. El hombre no nace con la talla y fuerzas suficientes para hacer ni aun el trabajo más fácil. Esta capacidad a que no se llega hasta la edad de quince o veinte años poco más o menos, puede considerarse como un capital que no se forma sin acumular anual y sucesivamente las sumas consagradas a criarle(42). ¿Quién ha acumulado estas sumas? Por lo común son los padres del obrero, las personas de la profesión que él seguirá, o de una profesión análoga. Luego es preciso que los obreros de esta profesión, ganen un salario algo superior a su pura existencia, es decir, que ganen con que mantenerse, y además con que criar sus hijos. Si el salario de los obreros más groseros no les permitiese mantener una familia y criar sus hijos, el número de estos obreros no se mantendría completo. La petición de su trabajo sería superior a la cantidad de este trabajo que podría ser puesta en circulación: la tasa de su salario subirla hasta que esta clase se hallase de nuevo en el estado de criar un número de hijos suficiente para satisfacer a la cantidad de trabajo pedido. Esto es lo que sucedería si muchos obreros no se casasen. Un hombre que no tiene mujer ni hijos, puede dar su trabajo más barato que otro que es esposo y padre. Si los celibatos se multiplicasen en la clase obrera, no sólo no contribuirían a aumentar la clase, sino que impedirían que otro pudiesen hacerlo. Una disminución accidental en el precio de las manos, por razón de que el obrero celibato puede trabajar más barato, sería seguida después de un aumento mayor, por la razón de que el número de obreros disminuiría. Y así aun cuando no conviniese a los jefes de el emplear obreros casados, porque son más arreglados, les convendría, dado que debiese costarles algo más, para evitar mayores gastos de manos, que tendrían que hacer si la población disminuyese. No quiere esto decir que cada profesión tomada en particular, se reemplace regularmente con los hijos que nacen en su seno. Los muchachos pasan de una a otra, principalmente de las profesiones rurales a las análogas en las ciudades grandes, porque los niños se crían a menos coste en el campo: sólo he querido decir que la clase de los obreros más simples saca necesariamente de los productos a que concurre no sólo una porción suficiente para existir, sino también para reemplazarse(43).

Cuando un país declina, cuando se encuentran en él menos medios de producción, menos luces, actividad o capitales, entonces la petición de los trabajos groseros disminuye por grados: los salarios bajan más que lo necesario para que la clase obrera se perpetúe, decrece en número, y los discípulos de las otras clases, cuyos trabajos disminuyen en la misma proporción, refluyen en las clases inmediatamente inferiores. Al contrario cuando la prosperidad aumenta, las clases inferiores no sólo se reemplazan con facilidad ellas mismas, sino que suministran nuevos discípulos a las clases inmediatamente superiores, de los cuales algunos más afortunados, y dotados de algunas cualidades más brillantes toman aun un vuelo más alto, y se colocan frecuentemente en las situaciones más elevadas de la sociedad. Las manos de las gentes que no viven únicamente de su trabajo son más baratas que las de los que tienen título de obreros. Están mantenidas: el precio de su trabajo por lo que hace a ellas no se arregla por la necesidad de vivir. Hilanderas hay en las aldeas que no ganan la mitad de lo que gastan por poco que sea; son madres o hijas, hermanas, tías o suegras de un obrero, que la mantendría aunque no ganase absolutamente nada. Si no tuviese más que su trabajo para subsistir es evidente que tendría que doblar el precio o morirse de hambre, o en otros términos, que el trabajo se habla de pagar doble o no se verificaría. Esto puede aplicarse a todas las obras de mujeres. En general se las paga muy poco, porque un grandísimo número de ellas se mantienen de otra cosa distinta de su trabajo, y pueden poner en la circulación el género de ocupación de que son capaces, a precio más bajo que el que debería tener según la extensión de sus necesidades. Lo mismo puede decirse del trabajo de los Monjes y del de las Religiosas. En los países en que los hay es una fortuna para los verdaderos obreros que no se fabriquen en los conventos más que fruslerías, porque si hiciesen obras de industria corriente, los obreros en el mismo género que tienen que mantener familia no podrían dar las obras a tan bajo precio sin riesgo de perecer de necesidad. El salario de los obreros de las fábricas frecuentemente es mayor que el de los obreros del campo; pero está sujeto a crueles alternativas. Una guerra, una ley prohibitiva haciendo cesar de golpe las peticiones, sumergen en la miseria los obreros que estaban ocupados en satisfacerlas. Una sola mudanza de moda es una fatalidad para clases enteras. Los cordones de los zapatos substituidos a las hebillas, sumergieron en la desolación las ciudades de Sheffield y de Birmingham(44). La variación en el precio de las manos o hechuras más comunes, en todo tiempo se ha mirado como una grandísima desgracia. En efecto, en una clase algo superior en riqueza, y en talento (que es una especie de riqueza) una baja en la tasa de beneficios obliga a reducciones de gastos, o tal vez lleva consigo la disipación de parte de los capitales que estas clases tienen comúnmente a su disposición. Pero en las clases en que la renta está a nivel con las necesidades más rigurosas, la disminución de renta es una sentencia de muerte, si no para el obrero, a lo menos para parte de su familia.

Así se ha visto a todos los gobiernos, a no ser que se gloríen de descuidarlo todo, apoyar la clase indigente cuando un acontecimiento repentino ha hecho bajar accidentalmente el salario de los trabajos comunes a un precio más bajo de la tasa necesaria para el mantenimiento de los obreros. Pero con mucha frecuencia los efectos de los socorros no han correspondido a las miras benéficas de los gobiernos, por falta de un discernimiento justo en la elección de los socorros. Cuando se quiere que sean eficiente, es preciso por comenzar por conocer la causa de la disminución del precio del trabajo. Si es durable por su naturaleza, los socorros pecuniarios y pasajeros no remedian nada; no hacen más que retardar el término de la desolación. El descubrimiento de un procedimiento desconocido, una importación nueva o bien la emigración de cierto número de consumidores son de este género. Entonces lo que se ha de procurar es dar a los brazos desocupados ocupación que sea durable, favorecer nuevas ramas de industria , formar empresas en parajes lejanos, fundar colonias, &c. Si la disminución de las manos no es de naturaleza duradera, como la que puede ser resultado de una cosecha buena o mala, entonces debe uno limitarse a conceder socorros a los desgraciados que padecen por esta oscilación. Un gobierno o los particulares benéficos sin reflexión tendrían el sentimiento de ver que sus beneficios no correspondían a sus miras. En vez de probar esto con el raciocinio, procuraré hacerlo perceptible con un ejemplo. Supongo que en un país de viñas abundan tanto los toneles, que es imposible el emplearlos todos. Una guerra o una ley contraria a la producción de vinos han decidido a muchos dueños de viñas a cambiar de cultura en sus tierras; tal es la causa durable de la superabundancia de trabajo de tonelería puesto en circulación. No se cuenta con esta causa, y se acude al socorro de los obreros toneleros, ya sea comprando toneles, aunque no se necesiten, ya sea distribuyendoles socorros con corta diferencia equivalentes a los beneficios que acostumbraban hacer. Pero las compras sin necesidad y los socorros no pueden perpetuarse, y al momento en que lleguen a cesar, los obreros se hallan en la misma posición penosa de que se ha querido sacarlos. Se habrán hecho sacrificios y gastos sin ningún provecho más, que el haber retardado un poco la desesperación de estas gentes. Por un supuesto contrario la superabundancia de toneles es pasajera, como por ejemplo por una mala cosecha. Si en vez de dar socorros pasajeros a los toneleros, se les favorece para que se establezcan en otros parajes, o para que se empleen en algún otro ramo de industria, sucederá que el año siguiente abundante en vinos habrá carestía de toneles: su precio será exorbitante, y se arreglará por la avaricia y el monopolio; y como la avaricia y el monopolio no pueden producir toneles, cuando los medios de producción de este género están destruídos, una parte de los vinos pondrá perderse por falta de vasos. Y así sólo por una conmoción y por una consecuencia de nuevas agitaciones la fabricación de ellos volverá a ponerse a nivel de las necesidades. Se ve pues que es preciso cambiar de remedio según la causa del mal, y por consiguiente conocer esta causa antes de escoger el remedio.

He dicho que lo necesario para vivir es la medida del salario de las obras más comunes y groseras; pero esta medida es muy varia: los hábitos de los hombres influyen mucho sobre la extensión de sus necesidades. No me parece seguro que los obreros de ciertos cantones de Francia puedan vivir sin beber un solo vaso de vino. En Londres no podrían dejar de beber cerveza: esta bebida es de tal suerte de primera necesidad que los mendigos piden allí limosna para poder ir a beber un poco de cerveza como en Francia para tener un pedazo de pan; y tal vez este último motivo, que nos parece muy natural parece impertinente a un extranjero que llega de un país en donde la clase indigente puede vivir de patatas de manioc o de otros alimentos aún más viles. La medida de lo que es menester para vivir depende pues en parte de los hábitos del país en que se halla el obrero. Cuanto menor es el valor de su consumo y cuanto más baja puede ser la tasa ordinaria de su salario, tanto más baratos son los productos a que él concurre. Si quiere mejorar su suerte y aumentar su salario, el producto a que él concurre se encarecerá, o bien se disminuye la parte de los otros productores. No es de temer que el consumo de las clases de los obreros se extienda mucho, gracias a su posición poco ventajosa. La humanidad desearía verlos vestidos a ellos y a su familia según el clima y la estación: querría que en su alojamiento tuviesen el espacio, la ventilación y el calor necesario para la salud: que su alimento fuese sano, abundante, y que aun pudiesen tener cierta elección y alguna variedad; pero hay pocos países donde unas necesidades tan moderadas no se crea que exceden los límites de lo estrictamente necesario, y donde por consiguiente puedan ser satisfechas con el salario que se acostumbra a dar a la última clase de obreros. Esta tasa de lo estrictamente necesario no varía sólo por razón del género de vida más o menos pasable de lo s obreros y de su familia, sino también por razón de todos los gastos mirados como indispensables en el país en que se vive. Así es que acabamos de poner entre los gastos indispensables la crianza de los hijos: hay otros menos imperiosamente mandados por la naturaleza, pero recomendados en igual grado por los buenos sentimientos, tal es el cuidado de los viejos. En la clase obrera hay mucho descuido en esto. La naturaleza para perpetuar el género humano no ha hecho más que entregarse al impulso de un apetito violento, y a la solicitud del amor paterno; los viejos, de quienes ya no tiene necesidad, los ha abandonado a reconocimiento de su posteridad, después de haberlos hecho las víctimas de la falta de previsión de su juventud. Si las buenas costumbres de una nación hacen indispensable la obligación de preparar en cada familia algunas provisiones para la vejez, como se las conceden en general a la infancia, la urgencia de las primeras necesidades será así algo más extensa, y la tasa natural de los salarios má s bajos será algo mayor. A los ojos del amante de la humanidad debe parecer cruel que no siempre sea así, y gime éste al ver que el obrero no sólo no prevé la vejez, pero ni tampoco los accidentes, las enfermedades y el que puede imposibilitarse. Este es el motivo para aprobar y fomentar esas asociaciones de previsión, en que el obrero deposita diariamente un cortísimo ahorro para asegurar una suma para el momento en que la edad o las enfermedades vienen a privarle de poder trabajar(45). Pero es preciso que

para que las tales asociaciones tengan buen éxito, que el obrero considere esta precaución como de absoluta necesidad: que mire la obligación de llevar sus ahorros a la caja de la asociación tan indispensable como el pago de su alquiler o el de las contribuciones: de esto resulta entonces una tasa necesariamente algo más alta en los salarios para que puedan bastar para estas acumulaciones, lo cual es un bien. ¿Pero se puede esperar este bien en los países donde las costumbres y el gobierno excitan a porfía al obrero a llevar a la taberna, no sólo lo que podría ahorrar, sino muchas veces la más pura sustancia de su familia, en cuyo seno debería hallar todos los placeres? Las vanas y costosas diversiones de los ricos no siempre se pueden justificar a los ojos de la razón; ¡pero cuánto más funestos son los gastos del pobre! La diversión de los indigentes siempre está sazonada con lágrimas, y las francachelas del populacho son días de luto para el filósofo. Independientemente de las razones expuestas en el párrafo precedente y en éste, y que explican por qué la ganancia de- un empresario de industria (aun del que no tiene ningún beneficio como capitalista) sube en general a más que la de un simple obrero, hay otras que sin duda son menos legítimas en el fondo pero cuyo influjo no puede menos de reconocerse. Los salarlos de los obreros se arreglan contradictoriamente por un pacto hecho entre el obrero y el jefe de la industria : el primero procura que se le dé más, el segundo procura pagar lo menos posible; pero en esta especie de debate de parte del amo hay una ventaja independiente de las que tiene ya por la naturaleza de sus funciones. El amo y el obrero tienen igualmente necesidad uno de otro, porque el uno no puede hacer ningún beneficio sin el auxilio del otro; pero la necesidad del amo es menos inmediata, y menos urgente. Hay pocos que no puedan vivir muchos meses, y aun muchos años sin hacer trabajar un solo obrero; siendo así que hay pocos obreros que puedan, sin estar reducidos a la suma miseria, pasar muchas semanas sin trabajar. Es muy difícil que esta diferencia de posición no influya en el arreglo de los salarios. El señor Sismondi en una obra publicada después que se dio a luz la tercera edición de ésta(46), propone algunos medios legislativos de mejorar la suerte de la clase obrera. Parte del principio que el salario bajo de los obreros se convierte en provecho de los empresarios que los hacen trabajar; y de aquí deduce que cuando aquellos se hallan miserables no es la sociedad quien debe cuidar de ellos, sino los empresarios que los emplean. Quiere que se obligue a los propietarios de tierras, y a los grandes arrendadores a mantener en todo tiempo, a los obreros del campo y que se obligue a los fabricantes a mantener los que trabajan en los talleres. Y para que la seguridad que tendrían los obreros de una manutención suficiente para sí y para su familia, no los multiplicase más de lo necesario concede al mismo tiempo a los empresarios encargados de ésto el derecho de permitir o impedir. Estas proposiciones, dictadas por una laudable filantropía, no me parecen admisibles en la práctica. Sería renunciar a todo respeto a la propiedad el gravar una parte de la sociedad con el mantenimiento de otra clase: y sería violarla aún mucho más el conceder a uno, sea el que se quiera, un derecho sobre la persona de otro que es la más sagrada de todas las propiedades. Impidiendo siempre más o menos arbitrariamente el matrimonio de

unos, se hará más prolífico el matrimonio de otros. Por otra parte no es verdad que sean los empresarios de industria los que se aprovechan del precio bajo de los salarios. Los salarios bajos consiguientes a la concurrencia, hacen bajar el precio de los productos, y los consumidores de los productos, esto es la sociedad entera, es quien se aprovecha de este bajo precio. Luego si por consecuencia de este bajo precio, los obreros indigentes cargan sobre ella, se encuentra también ésta indemnizada con el menor gasto que hace con los objetos de su consumo. Hay pues males que resultan de la naturaleza del hombre y de las cosas. El exceso de población respecto a los medios de subsistencia, es uno de ellos. Este mal, guardada proporción, no es más considerable en una sociedad civilizada, que en una reunión de salvajes. Acusar de él al estado de sociedad es una injusticia: lisonjearse que se podrá uno libertar de él es una ilusión: trabajar en disminuirle es una ocupación noble, pero no es menester que no remediarían nada, y que tendrían peores inconvenientes que el mal. No hay duda que el gobierno cuando puede hacerlo, sin provocar ningún desorden, sin ofender la libertad de las transacciones, debe proteger los intereses de los obreros, porque son menos que los de los amos protegidos por la naturaleza de las cosas; pero al mismo tiempo si el gobierno es ilustrado se mezclará lo menos posible en los negocios de los particulares para no añadir a los males que vienen de la naturaleza los que provienen de la administración. Y así protegerá los obreros contra la colusión de los amos, con no menos cuidado que protegerá a los amos contra los malos designios de los obreros. Los amos son menos en número, y sus comunicaciones más fáciles. Al contrario los obreros no pueden entenderse sin que sus ligas, tengan el aire de una revolución que la policía procura al instante ahogar. El sistema que funda las ganancias principales de una nación en la exportación de sus productos, ha conseguido también que se miren las ligas de los obreros como funestas a la prosperidad del estado en cuanto ellas producen un aumento de precio de las mercancías de exportación, que perjudica a la preferencia que se desea tener en los mercados extranjeros. Pero ¡qué prosperidad es aquella que consiste en tener miserable una clase numerosa en el Estado, con el fin de proveer a precio más bajo los mercados de los extranjeros que se aprovechan de las privaciones que se impone la misma sociedad! Se encuentran jefes de industria que, siempre prontos a justificar con argumentos las obras de su avaricia, sostienen que el obrero mejor pagado trabajaría menos, y que es bueno que esté estimulado por la necesidad. Smith, que había visto mucho y perfecta mente bien observado, no es de su parecer: dejaré que se explique él mismo. «Una recompensa liberal del trabajo, dice este autor, al mismo tiempo que favorece la propagación de la clase laboriosa, aumenta su industria , que semejante a todas las cualidades humanas, se aumenta por el valor del fomento que ella recibe. El alimento abundante fortifica el cuerpo del hombre que trabaja: la posibilidad de aumentar su bienestar, y de asegurar su suerte para en adelante despierta el deseo, y este deseo le excita los esfuerzos más vigorosos. En todos los parajes, en que los salarios son altos, vemos los obreros más inteligentes y más expeditos: lo son más en Inglaterra que en

Escocia, más en las cercanías de las ciudades grandes que en los pueblos distantes de ellas. Es verdad que algunos obreros cuando en cuatro días ganan con que vivir durante toda la semana, huelgan los otros tres; pero esta falta de conducta no es general: es más común ver que los que están pagados por piezas arruinan su salud en pocos años, porque trabajan con exceso(47)».

§ V. De la independencia nacida entre los modernos de los progresos de la industria. La Economía política ha sido la misma en todos tiempos. Aun en las épocas en que los principios de ella eran desconocidos, obraban del modo expuesto en esta obra: causas iguales eran seguidas de resultados semejantes. Tyro se enriquecía por los mismos medios que Amsterdam. Pero lo que ha variado mucho, a consecuencia del desenvolvimiento de la industria, es el estado de las sociedades. Los pueblos antiguos no eran en la industria agrícola tan inferiores a los modernos con mucha diferencia, como en las artes industriales. Y así, como los productos de la agricultura son los más favorables a la multiplicación de la especie humana, entre ellos había muchos más hombres sin ocupación que entre nosotros. Los que no tenían sino pocas o ningunas tierras, no podían vivir de la industria y de los capitales que les faltaban; y demasiado altivos para ejercer entre sus conciudadanos los empleos serviles que ellos abandonaban a los esclavos, vivían de empréstitos que nunca se hallaban en estado de poder pagar, y clamaban por la división de bienes, cuya ejecución no era practicable. Era preciso para satisfacerlos, que los hombres demás consideración en cada estado los condujesen a la guerra, y cuando volvían a la ciudad, los instituyesen con los despojos de los enemigos o a su propia costa. De aquí los disturbios civiles que agitaban los pueblos de la antigüedad, de aquí sus perpetuas guerras; de aquí el tráfico de los votos; de aquí este grandísimo número de clientes de un Mario y de un Sila, de un Pompeyo y de un César, de un Antonio y de un Octavio, hasta que el pueblo romano entero formó por último la corte de un Calígula, de un Heliogábalo y de muchos otros monstruos que se veían obligados a alimentarle, oprimiéndole al mismo tiempo. La suerte de las ciudades industriosas de Tyro, de Corintho y de Cartago, no era precisamente la misma; pero debían sucumbir delante de las ciudades guerreras menos ricas que ellas, más aguerridas y que obedecían al impulso de la necesidad. La civilización y la industria, fueron siempre presa de la barbarie y de la pobreza, hasta que por último Roma misma desapareció ante los Godos y los Vándalos. La Europa sumida en la barbarie en la edad media, sufrió una suerte más triste aún; pero análoga a la de los primeros tiempos de la Grecia y de la Italia. Cada Barón o cada

propietario tenía bajo diversas denominaciones, unos hombres protegidos por él, que vivían en sus tierras, y seguían sus banderas em las guerras intestinas y en las extranjeras. Me metería a historiador si señalase las causas que han contribuido gradualmente al progreso de la industria, desde los tiempos de barbarle hasta nosotros; y así sólo haré notar la mudanza que ha habido y las consecuencias de esta mudanza. La industria ha sugerido a la masa de la población los medios de existir sin estar dependiente de los grandes propietarios, y sin amenazarlos perpetuamente. Esta industria se ha alimentado de los capitales que ella misma ha sabido acumular. Desde entonces ya no ha habido esos protegidos o sea clientes: el ciudadano más pobre no ha tenido necesidad de patrono, y se ha puesto para subsistir bajo la protección de su talento. Las naciones se mantienen por sí mismas, y los gobiernos sacan actualmente de sus súbditos los socorros que ellos les daban en otro tiempo. Los buenos sucesos obtenidos por las artes y por el comercio han hecho conocer la importancia de ellos. Ya no se ha hecho la guerra para saquearse y destruir las fue ntes mismas de la opulencia: se ha combatido para disputárselas. De dos siglos acá, todas las guerras que no han tenido por motivo una vanidad pueril, han tenido por objeto el arrancar a otro una colonia, o bien una rama de comercio. Ya no son naciones bárbaras que han saqueado naciones industriosas y civilizadas; son naciones civilizadas que han luchado entre sí; y la que ha vencido se ha guardado muy bien de destruir los cimientos de su poder despojando de ellos el país conquistado. La invasión de la Grecia por los Turcos en el siglo XV, parece que debe ser el último triunfo de la barbarie sobre la civilización. La porción industriosa y civilizada del globo por fortuna ha llegado a ser demasiado considerable relativamente, a la otra, para que debamos temer semejante desgracia. Los progresos mismos de la guerra no permiten ya ningún suceso durable a los bárbaros. Queda aún que hacer el último progreso, y se deberá al conocimiento más generalmente extendido de los principios de la Economía política. Se reconocerá que cuando se dan combates para conservar una colonia o un monopolio, se corre tras una ventaja que siempre se paga demasiado cara: se percibirá que jamás se compran los productos de afuera, aun cuando sean de colonias súbditas, sino con productos de lo interior: que por consiguiente a lo que se debe atender sobre todo es a la producción interior, y a que esta producción nunca es tan favorecida como por la paz más general, las leyes más suaves y las comunicaciones más fáciles. En adelante la suerte de las naciones dependerá no de una preponderancia incierta y siempre precaria, sino de sus luces. Los Gobiernos no pudiéndose mantener sin el auxilio de los productores, cada vez caerán más en su dependencia: toda nación que sepa hacerse dueña de sus subsidios, siempre estará segura de ser bien gobernada, y toda autoridad que no quiera conocer el estado del siglo, se perderá por querer luchar contra la naturaleza de las cosas.

Capítulo VIII. De la renta de los capitales.

El servicio que hacen los capitales en las operaciones productivas los hace buscar para este uso; establece la petición de ellos, y permite a los propietarios de los capitales el que se hagan pagar este servicio más o menos caro. Ya sea que el capitalista haga trabajar por sí mismo su capital, o que le preste a un jefe de una empresa para que le haga trabajar, este capital da un beneficio independiente del beneficio industrial que se llama beneficio del capital. Cuando el capitalista emplea por sí mismo su capital, el beneficio que saca de él forma su renta capital: se añade éste al beneficio de su talento y de su industria, y se confunde frecuentemente con él. Cuando le presta mediante un interés, su renta capital no es más que el montante de este interés, y cede al que lo tomó prestado los beneficios que pueden resultar del empleo del capital prestado. Como las consideraciones sobre el interés de los capitales prestados pueden dar luces sobre los beneficios que los capitales dan estando empleados será útil el formarse desde luego ideas exactas sobre la naturaleza y variaciones del interés.

§ I. Del préstamo a interés. El interés de los capitales prestados llamado impropiamente interés del dinero, se llamaba en otro tiempo usura (alquiler del uso o del goce), y éste era el término propio, porque el interés es un precio, un alquiler que se paga por tener el goce de un valor. Pero esta vez se ha hecho odiosa, ya no excita más que la idea de un interés ilegal, exorbitante, y se ha substituido en su lugar otra más decente y menos expresiva, como es costumbre. Antes que se conociesen las funciones y la utilidad de un capital, tal vez se miraba la pensión impuesta por el que prestaba al que tomaba el empréstito, como un abuso introducido a favor del más rico y en perjuicio del más pobre. Puede también que el ahorro, único medio de juntar capitales, se considerase como sórdido y dañoso al público, que miraría como perdidas para él las rentas que los propietarios grandes no gastaban. Se ignoraba que el dinero ahorrado para hacerle producir se halla gastado igualmente (porque si se le enterrase, entonces no se le haría producir), que está gastado de manera cien veces más provechoso a la indigencia (48), y que un hombre laborioso nunca está seguro de poder ganar su subsistencia más que donde se halla un capital ahorrado para ocuparle. Esta preocupación contra los ricos que no gastan toda su renta, está aún en muchas cabezas; pero en otro tiempo era general. La tenían aun los mismos que prestaban, y así se los veía que, avergonzados del papel que hacían, empleaban para cobrar un beneficio justísimo y utilísimo a la sociedad, el ministerio de las gentes más desacreditadas. No hay pues que admirarse que las leyes eclesiásticas, y en muchas épocas las mismas leyes civiles, hayan proscrito el préstamo a interés, y que durante la edad media, en los

estados grandes de Europa este tráfico reputado infame, se haya abandonado a los judíos. La poca industria de aquellos tiempos se alimentaba de los débiles capitales de los mercaderes y artesanos mismos: la industria agrícola, que era la que se seguía con más buen suceso, marchaba por medio de las anticipaciones que hacían los señores y los grandes propietarios que hacían trabajar los siervos o tomaba prestado, no tanto para trabajar con ventajas, como para satisfacer a una necesidad urgente: exigir entonces un interés no era otra cosa que establecer un beneficio sobre la desdicha de su prójimo, y se concibe que los principios de una religión toda de fraternidad en su origen, como era la religión cristiana, debía reprobar un cálculo, que aun hoy día no es conocido de las almas generosas, y le condenan las máximas de la moral más común. Montesquieu(49) atribuye a esta proscripción del préstamo a interés, la decadencia del comercio: ciertamente es una de las razones de su decadencia, pero había otras muchas. Los progresos de la industria han hecho mirar un capital prestado bajo otro punto de vista. Actualmente ya no es, en los casos comunes, un socorro que se necesita; es un agente, un instrumento de que el que le emplea puede servirse con muchísima utilidad de la sociedad, y con grandísimo beneficio para sí mismo. Considerado así ya no hay más avaricia ni más ni moralidad en sacar de él un alquiler, que en sacar un arrendamiento de una tierra o un salario de su industria : es una compensación equitativa, fundada en conveniencia reciprocas y la convención entre el que presta y el empresario, por la cual se fija este alquiler, es precisamente del mismo género que todas las demás convenciones. Pero en el cambio común se ha terminado todo cuando el cambio está consumado más en el préstamo se trata además de valuar el riesgo que corre el prestador de no volver a entrar en posesión del todo o parte de su capital. Este riesgo se aprecia, y se paga mediante otra porción de interés agregada a la primera, que forma verdaderamente un precio del seguro. Siempre que se trata de intereses de fondos, es menester distinguir con mucho cuidado estas dos partes de que se componen, so pena de racionar sobre ellos muy mal, y hacer las más veces, ya sea como particular o y como agente de la autoridad pública, operaciones inútiles o perjudiciales. Así constantemente se ha dispersado la usura, cuando la querido limitar la tasa de los intereses o abolirlos enteramente. Cuanto más violentas eran las amenazas, más rigurosa era la ejecución de ella, y por consiguiente más el interés del dinero: éste era el resultado de la marcha ordinaria de las cosas. Cuantos más riesgos tenía que correr el prestador, tanta más necesidad tenía de ponerse a cubierto de ellos con el precio del seguro. En Roma durante el tiempo de la república el interés del dinero era enorme; se habría adivinado aun cuando no se hubiera sabido: los deudores, que eran los plebeyos, amenazaban continuamente a sus acreedores que eran lo s patricios. Mahoma ha prohibido el préstamo a interés, ¿y qué ha sucedido en todos los estados musulmanes? Se presta a usura; porque es preciso que el que presta se indemnice del uso de su capital que cede, y además del riesgo que corre por la contravención.

Lo mismo ha sucedido entre los cristianos mientras que han prohibido el préstamo a interés; y cuando la necesidad de tomar prestado se lo hacía tolerar en entre los judíos, éstos estaban expuestos a tantas humillaciones, a tantas injurias, a tantas extorsiones, unas veces bajo un pretexto y otras bajo otro, que sólo un interés cuantioso era capaz de cubrir disgustos y perdidas tan considerables. Las cartas patentes del Rey Juan, del año mil trescientos sesenta, autorizan a los Judíos para que puedan prestar sobre prendas, exigiendo por cada libra o veinte sueldos, cuatro dineros de interés por semana, lo que hace más de ochenta y seis por ciento anual; pero al año siguiente este Príncipe, que pasa sin embargo por uno de los más fieles a su palabra que hemos tenido, hizo disminuir secretamente la cantidad de metal fino contenido en la moneda, de manera que los prestadores ya no volvieron a recibir nunca en reembolso un valor igual al que habían prestado. Esto basta para explicar y justificar el subido interés que exigían. Sin contar además con que en una época en que se tomaba prestado, no tanto para formar empresas industriales, cuanto para sostener guerras y acudir a las disipaciones o proyectos aventurados, en una época en que las leyes no tenían fuerza, y los que prestaban no se hallaban en estado de poder intentar con esperanza de buen suceso ninguna acción contra sus deudores, les era precisa una grande seguridad para cubrir la incertidumbre del reembolso. El precio seguro formaba la mayor parte de lo que es interés o usura, y el interés verdadero; el alquiler por el uso del capital se reducía a muy poca cosa. Digo a muy poca cosa, porque aun cuando los capitales fuesen raros, sospecho que el modo de emplearlos productivamente se hallaba aun con más dificultad. En los ochenta y seis por ciento que se pagaban en tiempo del Rey Juan, tal vez no había más que tres o cuatro por ciento que representasen el servicio productivo de los capitales prestados; porque todos los servicios productivos se pagan mejor en nuestros tiempos que entonces, y actualmente el servicio productivo de los capitales no se puede estimar a más de cinco por ciento: lo que pasa de esto representa el precio del seguro pedido por el que prestó. Así, la baja del seguro, que las más veces forma la mayor parte del interés, depende de la seguridad, que tiene el prestador. Esta seguridad pende por su parte de tres circunstancias y a saber: 1.ª de la seguridad del empleo: 2.ª de las facultades y del carácter del que toma el préstamo; y 3.ª de la buena administración del país en que reside. Acabamos de ver que el empleo arriesgado que se hacía del dinero prestado, en la edad media, entraba por mucho en el subido precio del seguro que se pagaba al prestador. Lo mismo sucede, aunque en menor grado, con todos los empleos arriesgados. Los Atenienses distinguieron ya en su tiempo el interés marítimo del terrestre: el primero llegaba a treinta por ciento más o menos por viaje, ya fuese al Ponto-Euxino (50) o a los puertos del Mediterráneo. Cada año se podía hacer bien dos veces este viaje, lo que hacía subir con corta diferencia a sesenta por ciento el interés anual, mientras el interés terrestre ordinario era de doce por ciento. Si se supone que en el interés terrestre del doce por ciento la mitad era para cubrir los riesgos del que prestaba, se hallará que el uso aislado del dinero en Atenas valía anualmente seis por ciento, estimación que aun creo que es superior a la verdad; pero supongámosla buena: ¡con que en el interés marítimo se pagaban cincuenta y cuatro por ciento para seguridad del prestador! Es preciso atribuir

este enorme riesgo, por una parte a las costumbres aun bárbaras de las naciones con quien se traficaba: los pueblos eran mucho más extraños unos a otros que lo son en nuestros tiempos, y las leyes y usos comerciales mucho menos respetadas, y por otra parte el atraso del arte de navegar. Había que correr más riesgos para ir del Pireo a Trebizonda, aunque no hubiese trescientas leguas que hacer, que se corren ahora para ir de Lorient a Cantón, que están uno de otro a más de siete mil leguas de distancia. Los progresos de la Geografía, y de la Navegación han contribuido de este modo a hacer bajar la tasa del coste de los productos. Algunas veces se toma prestado no para que produzca el valor prestado, sino para gastarle estérilmente. Tales empréstitos siempre deben ser muy sospechosos al prestador, porque un gasto estéril no da al que toma prestado ni con que volver el capital, ni con que pagar los intereses. Si hay una renta, que se pueda destinar a la restitución, es un modo de anticipar sobre sus rentas. Si lo que se toma prestado no se puede reembolsar sino con un capital o una finca, es un modo de disipar sus fincas. Si no tiene uno para reembolsarle ni renta ni fincas, entonces gasta la propiedad de los otros. En el influjo que la naturaleza del empleo ejerce sobre la tasa del interés, es menester comprender la duración del préstamo: el interés es menos subido cuando el que presta puede recobrar sus fondos cuando quiera, o a lo menos en un término cortísimo, sea a causa de la ventaja real de disponer de su capital cuando quiere, sea a causa de que tema menos un riesgo a que cree poderse sustraer antes que le pueda alcanzar. La facultad de poder negociar sobre la plaza los efectos al portador de los gobiernos modernos, entra por mucho en el bajo interés a que muchos de ellos consiguen tomar prestado. Este interés me parece que no paga el riesgo de los que prestan; pero éstos siempre esperan vender sus efectos públicos antes del momento de la catástrofe, si llegasen a temerla con seriedad. Los efectos no negociables tienen un interés mucho mayor; tales eran en Francia las rentas vitalicias, que el gobierno francés pagaba en general a diez por ciento, tasa muy subida para las que estaban en cabeza de jóvenes: así los Genoveses hicieron una excelente especulación poniendo todas sus rentas vitalicias en cabeza de treinta personas conocidas, y por decirlo así públicas. Con esto hicieron de ellas el efectos negociables, y juntaron a un efecto negociable el interés que se había estado forzado a pagar por una anticipación que no lo era. El influjo del carácter personal, y de las facultades del que toma prestado sobre el importe del seguro, es incontestable: éste constituye lo que se llama crédito personal, y se sabe que una persona que tiene crédito toma prestado a más bajo precio, que una persona que no le tiene. Después de la probidad bien reconocida, lo que asegura mejor el crédito de un particular, como de un gobierno, es la experiencia de la exactitud en cumplir lo que prometen: ésta es la base primera del crédito, y en general no engaña. ¡Pues qué, un hombre que jamás ha dejado de pagar sus deudas, no puede faltar a ello el día menos pensado! No es poco probable que lo haga, sobre todo si se tiene una experiencia algo larga de su exactitud. En efecto para que haya pagado sus deudas es

preciso que haya tenido siempre en su m ano valores suficientes para salir al frente de ellas, y éste es el caso de un hombre que tiene más propiedades que deudas, lo cual es un gran motivo para poner en él la confianza; o bien es preciso que él haya tomado tan bien sus medidas constantemente, y haya hecho especulaciones tan seguras, que sus entradas jamás hayan dejado de ser antes del vencimiento de sus deudas; y así esta habilidad y prudencia son también muy buenos garantes para lo venidero. He aquí por qué un negociante a quien ha sucedido el faltar una sola vez a lo que se había obligado, o que ha puesto dificultades en cumplirlo, pierde todo su crédito. Por último la buena administración del país en que reside el deudor, disminuye los riesgos del acreedor, por consiguiente el precio del seguro que esta obligador a procurarse para cubrir sus riesgos. La tasa del interés aumenta siempre que las leyes y la administración no saben asegurar el cumplimiento de las obligaciones. Aún es peor cuando excitan a violarle, como en el caso que autorizan a no pagar, o no reconocen como válidas las obligaciones contraídas de buena fe. Los apremios establecidos contra los deudores insolventes, casi siempre han sido mirados como contrarios a los que toman prestado por necesidad; pero les son favorables. Se presta con más facilidad y a menos precio en aquellos pueblos en que los derechos del prestador están más sólidamente apoyados por las leyes. Por otra parte es un fomento para la formación de capitales: en los parajes donde se cree que uno no puede disponer con seguridad de lo que ahorre, todos están inclinados a consumir la totalidad de su renta. Tal vez se ha de buscar en esta consideración la explicación de un fenómeno moral bastante curioso; que es esta ansia de gozar que se manifiesta ordinariamente con furor en los tiempos de disturbios y de desordenes(51). Hablando de la necesidad de los apremios de los deudores, no pretendo por eso recomendar los rigores de la prisión: el poner preso a un deudor es mandarle que pague, y quitarle los medios de hacerlo. La ley de los Indus me parece más juiciosa, pues da al acreedor el derecho de coger a su deudor insolvente, de encerrarle en su casa, y hacerle trabajar en su beneficio(52). Pero sean los que quieran los medios de que se sirve la autoridad pública para hacer pagar las deudas, son ineficaces en todas aquellas partes en que el favor puede alzar la voz más que la ley: desde el momento en que el deudor está o espera poderse poner a cubierto de los tiros del acreedor, éste corre un riesgo, y este riesgo tiene precio. Después de haber separado de la tasa del interés lo que corresponde al precio del seguro pagado al prestador, como equivalente del riesgo de perder en todo o en parte su capital, nos queda el interés puro y sencillo, el verdadero alquiler que paga la utilidad y uso del capital. Además, esta porción de interés es tanto más subida cuanto menor es la cantidad de caudales para prestar, y mayor la cantidad de caudales que se pide en préstamo; y por otra parte la cantidad pedida es tanto más considerable cuanto el empleo de fondos es más y más lucrativo. Y así una subida en la tasa del interés no siempre indica que los capitales se hacen más raros; porque puede indicar que los medios de emplearlos son más

abundantes. Esto es lo que observó Smith después de la guerra feliz que los Ingleses terminaron por la paz de mil setecientos sesenta y tres(53). La tasa del interés subió; las adquisiciones importantes que acababa de hacer la Inglaterra, abrían una nueva carrera al comercio, y convidaban a nuevas especulaciones: los capitales no fueron más raros que antes, pero la petición de capitales fue mayor, y la subida de interés que se siguió, y que comúnmente es una señal de empobrecimiento, en este caso, dimanó de haberse abierto un nuevo manantial de riquezas. La Francia ha visto en mil ochocientos doce, que una causa contraria ha producido efectos opuestos: una guerra larga, destructora, y que cerraba casi toda comunicación exterior: las contribuciones enormes; los privilegios funestos, las operaciones de comercio hechas por el gobierno mismo, las tarifas de aduanas arbitrariamente variadas, las confiscaciones, las destrucciones, las vejaciones, y en general un sistema de administración codicioso y hostil para con los ciudadanos habían hecho todas las especulaciones industriales penosas, arriesgadas y ruinosas. Aunque la masa de capitales fuese probablemente declinando, los empleos útiles que se podían hacer de ellos, habían llegado a ser tan raros y tan peligrosos, que jamás el interés estuvo en Francia tan bajo, como en esta época, y lo que por lo común es señal de grande prosperidad fue entonces efecto de una gran miseria. Estas excepciones confirman la ley general y permanente que dicta que cuanto más abundantes son los capitales disponibles a proporción de la extensión de los medios de emplearlos, tanto más baja el interés de los capitales prestados. La cantidad de los capitales disponibles dimana de los ahorros hechos anteriormente. Me refiero en cuanto a esto a lo que he dicho (lib. 1. cap. 11.) sobre la formación de los capitales(54) . Cuando se quiere que todos los capitales que piden quien los tome prestados, y que todas las industrias que necesitan capitales hallen por una parte y otra de que satisfacerse, se deja la mayor libertad de contratar en todo lo que hace al préstamo a interés. Por medio de esta libertad es difícil que los capitales disponibles queden sin tener en que emplearse, y desde entonces es presumible que hay tanta industria en actividad cuanta permite el estado actual de la Sociedad. Pero conviene poner muchísima atención en estas palabras: la cantidad de capitales disponibles, porque esta cantidad sola es la que influye en la tasa del interés, y sólo de los capitales de que se puede y se quiere disponer se puede decir que están en la circulación: un capital, cuyo empleo se ha encontrado y comenzado, no ofreciéndose ya, no hace parte de la masa de los capitales, que están en circulación: su prestador no está ya en concurrencia con los demás prestadores, a no ser tal el empleo del capital que pueda ser realizado de nuevo fácilmente para poderse emplear en otra cosa. Así un capital puesto en manos de un negociante, y que puede sacarse de ellas con tal que se le avise con pocos días de anticipación, y aún más un capital empleado en el descuento de letras de cambio (que es un medio de prestar en el comercio), son capitales fácilmente disponibles, y que se pueden consagrar a cualquier otra cosa que parezca preferible.

Lo mismo es un capital que su dueño emplean por sí mismo en un comercio fácil de liquidar, como el de especería. La venta de las mercancías de esta clase, al precio corriente, es operación fácil, y que se puede ejecutar en todos tiempos. Un valor empleado de este modo puede realizarse, devolverse, si fuese prestado, prestarse de nuevo, emplearse en otro comercio, o aplicarse a otro uso cualquiera. Si siempre no está actualmente en la circulación, está en ella a lo menos próximamente, y el valor más próximamente disponible es el que está en dinero. Pero un capital con que se ha construido un molino, una fábrica o bien máquinas muebles y de cortas dimensiones, es un capital empleado, y que no pudiendo desde aquel instante emplearse en otro uso ninguno se saca de la masa de capitales en circulación, y no puede aspirar a otro beneficio que el que le venga de la producción a que está destinado. Y notese que un molino o una máquina pueden venderse, y sin embargo su valor capital no vuelve por eso a la circulación; porque no ha hecho más que pasar de un propietario a otro: y por su parte el valor disponible con que el comprador ha hecho su adquisición, no ha salido de la circulación; sólo ha pasado de sus manos a las del vendedor. Esta venta no aumenta ni disminuye la masa de capitales ofrecidos. Esta nota es importante para apreciar exactamente las causas determinantes, no sólo de la tasa de los intereses de los capitales que se prestan, sino también de los beneficios que se sacan de los capitales que se emplean, y de que vamos a tratar inmediatamente. Algunas veces se figuran algunos que el crédito multiplica los capitales. Este error, que se halla frecuentemente reproducido en una multitud de obras, de las que algunas están expresamente escritas sobre la Economía política, supone una ignorancia absoluta de la naturaleza y funciones de los capitales. Un capital siempre es un valor muy real y fijo en una materia, porque los productos inmateriales no son susceptibles de acumulación. Pero un producto material no puede hallarse a un tiempo en dos parajes diversos, y servir a dos personas a un tiempo mismo. Los edificios, las máquinas, las provisiones, las mercancías que componen mi capital, pueden en totalidad ser valores que he tomado prestados; en este caso ejerzo una industria con un capital que no me pertenece, y que alquilo; pero es bien seguro que este capital que empleo no le emplea otro ninguno. El que me le presta se priva de poderle hacer trabajar en otra parte. Cien personas pueden merecer la misma confianza que yo; pero este crédito y confianza merecida no multiplica la suma de los capitales disponibles; hace sólo que se tengan menos capitales sin emplear(55). No se exigirá sin duda que intente apreciar los motivos de afecto, de parentesco, de generosidad, de gratitud que hacen algunas veces prestar un capital o que tienen influjo en el interés que se saca de él. Cada uno de los lectores debe valuar por sí mismo el influjo de las causas morales sobre los hechos económicos, que son los únicos que nos pueden ocupar aquí. Precisar los capitalistas a no prestar más que a cierta tasa, es tasar el genero en que comercian, es someterle a un máximo, es quitar de la masa de los capitales en circulación todos los que no podrían acomodarse con el interés prescrito. Las leyes de esta clase son tan malas, que es una fortuna el que sean violadas. Casi siempre lo son: la necesidad de

tomar prestado, y la necesidad de prestar se entienden para eludirlas, lo que es fácil estipulando ventajas que no toman el nombre de interés, pero que en el fondo no son más que una porción de intereses. Todo el efecto que resulta de esto es aumentar la tasa del interés, aumentando los riesgos a que se expone el que presta. Lo gracioso es que los gobiernos que han fijado la tasa del interés, siempre han sido los que han dado el ejemplo de violar sus propias leyes, y pagado en sus empréstitos un interés mayor que el legal. Conviene que la ley fije un interés, pero sólo para los casos en que se deba sin que haya habido pacto anterior, como cuando por sentencia de un tribunal se manda restituir una suma con sus intereses. Me parece que esta tasa debe fijarse a nivel de los intereses más bajos que se pagan en la sociedad porque la tasa más baja es la de los empleos más seguros. La justicia puede muy bien querer que el detentor de un capital le vuelva y aun con intereses pero para que le vuelva es menester suponer también que está en sus manos: y no se le puede suponer en sus manos sino es en cuanto le ha hecho producir del modo menos aventurado, y por consiguiente que ha sacado de él el interés más bajo de todos. Pero esta tasa no debería llamarse interés legal, por la razón de que no puede haber interés ilegal, lo mismo que no puede haber cambio ilegal, o un precio ilegal para el vino, los lienzos y las demás mercancías. Este es el lugar de refutar un error generalmente extendido. Como los capitales, al momento que se prestan, se dan comúnmente en numerario, muchos se han figurado que la abundancia de dinero era lo mismo que la abundancia de capitales, y que la abundancia de dinero era la que hacía bajar la tasa de los intereses; de esto provienen las expresiones erróneas de los agentes el dinero es raro y el dinero es abundante, análogas a lo más con esta otra expresión defectuosa interés del dinero. El hecho es, que la abundancia o escasez de dinero, de numerario o de todo lo que hace sus veces, no influye absolutamente sobre la tasa del interés, más que la abundancia o carestía de canela, de trigo o de los tejidos de seda. La cosa prestada no es tal o tal mercancía, o sea dinero, que en sí no es más que una mercancía; lo que se presta es un valor acumulado, y consagrado a ser colocado. El que quiere prestar realiza en moneda la suma de valores que destina a este uso, y apenas la tiene a su disposición el que la ha tomado prestada, cambia este dinero por otra cosa: el dinero que ha servido para esta operación va a servir a otra operación semejante, u a otra operación cualquiera, que sabe uno servirá tal vez para pagar los impuestos, o el sueldo del ejército. El valor prestado no ha estado en moneda más que momentáneamente, lo mismo que hemos visto que la renta que uno recibe y gasta, se manifiesta pasajeramente bajo esta forma, y que las mismas piezas de moneda sirven cien veces al año para pagar otras tantas porciones de rentas. Del mismo modo, cuando una sunna de dinero ha hecho pasar un valor capital (un valor que hace oficio de capital) de manos de un prestador a las del que toma prestado

puede ir después de muchos cambios a servir a otro prestador para otro que tome prestado, sin que el primero que tomó prestado esté privado del valor que tomó en empréstito. En realidad es un valor lo que uno toma prestado, y no tal o tal especie de mercancía. Se puede prestar o tomar prestado toda especie de mercadería lo mismo que dinero, y no es esta circunstancia la que hace variar la tasa del interés. No hay cosa más común en el comercio que prestar y tomar prestado no en dinero sino en otras cosas. Cuando un fabricante compra materias primeras a pagar a plazos, toma realmente prestado en lana o en algodón: en su empresa se sirve del valor de las mercancías, y la naturaleza de éstas no influye en nada en el interés que paga a su vendedor(56) . La abundancia o escasez de la mercadería prestada no influye más que sobre su precio relativamente a las otras mercancías, y no influye en nada sobre la tasa del interés. Así es que cuando el dinero ha llegado a bajar a la cuarta parte de su antiguo valor, ha sido menester para prestar el mismo capital, dar cuatro veces más dinero; pero el interés ha permanecido el mismo. Aun cuando la cantidad de dinero llegase a ser diez veces mayor en el mundo, los capitales disponibles podrían no ser más abundantes.(57) Por eso es mal hecho el servirse de la expresión interés del dinero, y probablemente a esta expresión viciosa se debe el haber mirado la abundancia o escasez del dinero como que puede influir en la tasa del interés(58). Law, Montesquieu, y hasta el mismo juicioso Lock, en un escrito dirigido a buscar los medios de hacer bajar el interés del dinero, se han engañado en esto. ¿Será de admirar que después de ellos se hayan engañado otros muchos? La teoría del interés ha permanecido cubierta de un velo hasta que le han descorrido Hume y Simth(59). Esta materia nunca será clara más que para aquellos que se formen una idea exacta de lo que se llama capital en todo el curso de esta obra, que concebirán, que cuando se toma prestado no es tal o tal comestible o mercancía la que uno toma prestado, sino un valor, porción del valor del capital prestable de la Sociedad, y que el tanto por ciento que uno paga por el uso de esta porción de capital depende de la razón entre la cantidad de capitales que se ofrecen para prestar, y la cantidad que se pide en empréstito en cada pueblo, sin que tenga ninguna relación con la mercancía, moneda u otra cualquier cosa, de que se sirve uno para transmitir el valor prestado.

§ II. Del beneficio de los capitales. Acabamos de observar la naturaleza y fundame ntos del interés pagado por el que toma prestado al prestador de un capital; y aunque hayamos podido convencernos que en este interés se hallan realmente y a un mismo tiempo, el alquiler de un capital, y el precio del

seguro que cubre el riesgo de perderle, hemos percibido cuán difícil era separar el alquiler del precio del seguro, que parece formar parte de él. Si queremos ahora buscar las causas del beneficio que percibe uno por medio de un capital empleado, bien le haya uno tom ado prestado, bien le tenga en propiedad, deberemos ante todas cosas separar este beneficio del beneficio de la industria que se emplea: y aunque estemos ciertos de que estos dos beneficios, generalmente hablando, hacen parte del beneficio del empresario, hallaremos suma dificultad en separarlos. Y así Smith, y la mayor parte de los autores ingleses no han intentado el distinguirlos. Estos llaman beneficio del capital (profit of stock), lo que evidentemente comprende también un beneficio industrial(60). Un medio de poder apreciar la parte de beneficios de una empresa que proviene del capital, y la parte que viene de la industria de todas las personas empleadas en ella, sería tal vez el comparar la media proporcional de la totalidad de beneficios, con el término medio de su diferencia, que parece deber indicar la diferencia de los talentos industriales. De este modo cuando dos casas que comercian en peletería, por ejemplo, cada una con un capital de cien mil duros, ganan un año con otro, la una veinte y cuatro mil duros y la otra seis mil, se puede suponer que el talento industrial de la una excede al valor industrial de la otra en un valor igual a diez y ocho mil duros, cuya media proporcional es nueve mil. Deduciendo esta ganancia (que se puede atribuir a la industria) de la proporcional de la totalidad de beneficio, que es quince mil duros, quedan seis mil duros para beneficio del capital empleado en este comercio. Doy este ejemplo más bien como medio de discernir los dos beneficios confundidos, que como medio de valuarlos. Pero aun cuando no hubiese ningún medio pasadero de estimar la parte que corresponde al capital empleado en una empresa, puede tenerse por cierto, que esta parte es tanto mayor cuanto este capital está más expuesto a perderse todo o parte, y que está más tiempo empleado en ella. En efecto todo empresario que tiene fondos disponibles, después de haber pesado las ventajas e inconvenientes de una profesión, tales como se han designado en el capítulo precedente, §. 3. prefiere indudablemente a igualdad de circunstancias, los empleos más seguros, y los que vuelven más pronto a su disposición los capitales. Se ofrecen menos capitales para las empresas largas y arriesgadas que para las demás y no se emplean en ellas, sino cuando los beneficios exceden mucho a los que dan las demás empresas. Basta pues el raciocinio, para hacernos presumir (y la experiencia confirma ésta presunción) que los beneficios del capital son tanto mayores cuanto más arriesgada es la empresa, y cuanto tiene por más largo tiempo los fondos empleados. Cuando un empleo, el comercio de china por ejemplo, no ofrece un beneficio proporcionado, no sólo al tiempo que los fondos están ocupados en él, sino al riesgo que hay de perderlos, y al inconveniente de tenerlos empleados en una operación dos años o más, antes de poder realizar el reembolso, en tal caso se retira de este empleo poco a poco una cierta cantidad de capitales: la concurrencia disminuye, y los beneficios, aumentan, hasta que llegan a punto que llaman de nuevo los capitales a esta especulación(61).

El mismo raciocinio explica también por qué los beneficios son mayores en una industria nueva que en una común y corriente, en que la producción y el consumo hace muchos años que se conocen. En el primer caso los concurrentes se detienen por la incertidumbre del buen suceso, y en el segundo son atraídos por la seguridad del empleo de sus fondos. Por lo que en este caso como en todos los demás en que los intereses de los hombres están en oposición, la tasa está arreglada por la cantidad reclamada, y por la ofrecida para cada empleo. Smith y sus partidarios dicen que el trabajo humano es el precio que originariamente hemos pagado por todas las cosas. Debían añadir que comprando una cosa cualquiera, pagamos también el trabajo, y la cooperación del capital empleado para producirla. Este capital, dicen ellos, se compone él mismo de productos, que son un trabajo acumulado. Convengo en ello; pero distingo el valor del capital mismo, del valor de su cooperación: lo mismo que distingo el valor de las fincas en tierras, del valor de su cooperación: el valor de un campo del valor de su alquiler. Del mismo modo cuando presto, o más bien cuando doy en alquiler un capital de mil duros anuales, vendo mediante cincuenta duros, sobre poco más o menos, su cooperación de un año, y sin embargo de haber recibido los cincuenta duros, no dejaré por eso de hallar mi capital de mil duros entero, del que puedo sacar el mismo partido que antes. Este capital es un producto anterior: el beneficio que saco de él en el año, es un producto nuevo y totalmente independiente del trabajo que ha concurrido a la formación del capital mismo. Cuando por el auxilio de un capital se ha acabado, un producto, también es preciso, que una parte de su valor pague el servicio del capital, igualmente que el servicio industrial de que es fruto. Esta porción del valor del producto no representa ninguna parte del valor del capital, porque ha sido restituida enteramente, pues ha salido el capital limpio y neto de la obra de la producción. Es ta misma porción del valor del producto que paga el beneficio del capital, no representa ninguna parte del trabajo que ha servido para formar el capital mismo. De lo que precede, es inevitable el sacar la consecuencia, que el beneficio del capital, igualmente que el de la finca de tierra, es el precio de un servicio que no es trabajo humano, pero que sin embargo es un servicio productivo, el cual concurre a la producción de las riquezas de concierto con el trabajo humano.

§. III Cuáles son los empleos de capitales más ventajosos a la Sociedad.

El empleo de un capital más ventajoso para un capitalista, es el que a igual seguridad le produce mayor interés; pero este empleo puede no ser el más ventajoso, para la sociedad, porque el capital tiene la propiedad no sólo de tener rentas que le son propias, sino de ser un medio para las tierras, y para la industria de crearse una renta. Esto restringe el principio que lo que es más productivo para el particular, lo es también para la Sociedad. Un capital prestado al extranjero puede muy bien producir a su propietario y a la nación el mayor interés posible; pero no sirve ni para extender las rentas de las tierras, ni las de la industria de la nación, como lo haría si estuviese empleado en lo interior. El capital más ventajosamente empleado para una nación es el que fecunda la industria agrícola: éste excita el poder productivo de las tierras del país, y del trabajo del país. Aumenta a un tiempo los beneficios industriales, y los beneficios de las fincas. Un capital empleado con inteligencia puede fertilizar hasta las peñas. En el Cevennes, en los Pirineos y en el país de Vaud se ven montañas enteras, que no eran más que rocas descarnadas, y que ahora se han cubierto con una cultura floreciente. Se han hecho saltar con pólvora pedazos de esta roca: con las piedras mismas que se han desprendido se han construido a diversas alturas unos muros que sostienen un poco de tierra que se ha transportado a brazo. De este modo el lomo pelado de una montaña desierta se ha transformado en escalones llenos de verde, de frutos y de habitantes. Los capitales que primero se emplearon en estas industriosas mejoras, habrían podido dar a sus propietarios beneficios mayores, empleados en el comercio exterior; pero probablemente la renta total del distrito se habría quedado menor. Por una consecuencia igual, todos los capitales empleados en sacar partido de las fuerzas productivas de la naturaleza, son los más ventajosamente empleados. Una máquina ingeniosa produce más que el interés de lo que ha costado, e independiente de este excedente ganado por su propietario, la máquina hace ganar al consumidor y a la Sociedad toda la disminución de precio que resulta del trabajo de la máquina; porque la Sociedad se enriquece tanto con lo que paga de menos, como con lo que gana de más. El empleo más productivo después de éste, para el país en general, es el de las fábricas y comercio interior, porque pone en actividad una industria cuyos beneficios se ganan en el país, mientras que los caudales empleados en el comercio exterior hacen ganar indistintamente a la industria y a las tierras de todas las naciones. El empleo menos favorable a la nación es el de los capitales ocupados en el comercio de transporte del extranjero al extranjero. Cuando una nación tiene bastos capitales es útil que emplee también algunos en todas estas ramas de industria, porque todas son provechosas, con corta diferencia, a igual punto, para los capitalistas, aunque en grados muy diferentes para la nación. ¿Q ué importa para las tierras holandesas que están brillantemente cuidadas y reparadas, que no carecen de cierro, ni de salidas: qué importa a las naciones, que casi no tienen territorio, como les sucedía poco ha a Génova, Venecia y Hamburgo, que un gran número de

capitales estén ocupados en el comercio de transporte? Se emplean en este comercio, porque no hay otra cosa en que puedan emplearse con preferencia. Pero el mismo comercio, y en general todo comercio exterior, no podría convenir a una nación que carece de capitales, y cuya agricultura y fábricas están decadentes por falta de capitales. El gobierno de semejante nación haría un gran yerro fomentando estas ramas exteriores de industria, porque esto sería distraer los capitales de los empleos más propios para aumentar la renta nacional. El mayor imperio del mundo, aquel que tiene renta más considerable, pues que alimenta más habitantes, la China deja hacer con corta diferencia todo su comercio exterior a los extranjeros. En el punto a que ha llegado, sin duda ganarla en extender sus relaciones exteriores; pero con todo es un ejemplo notable de la prosperidad a que se puede llegar sin esto. Es fortuna que la inclinación natural de las cosas lleve los capitales con preferencia, no donde ganarían más, sino donde su acción es más provechosa para la Sociedad. Los empleos que se prefieren en general son los más cercanos, y ante todas cosas la mejora de sus tierras, que se mira como el más sólido de todos: después las fábricas y el comercio interior, y después de todo lo demás el comercio exterior, el de transporte y el de países remotos. El poseedor de un capital prefiere emplearle cerca de sí, más bien que lejos; y tanto más cuanto es menos rico. Le mira como muy aventurado cuando tiene que perderle de su vista por largo tiempo, confiarle a manos extranjeras, esperar retornos tardíos, y exponerse a tener que ejercer sus acciones contra deudores, de quienes la marcha errante, o la legislación de los otros países, protegen la mala fe. Sólo por el atractivo de los privilegios, y de una ganancia forzosa, o por el desaliento en que se halla la industria interior, se le empeña a una nación, cuyos capitales no son muy abundantes, a que haga el comercio de las Indias o de las colonias.

Capítulo IX. De las rentas territoriales.

§. I. De los beneficios de los bienes raíces(62). La tierra tiene la facultad de transformar, y hacer propias para nuestro uso una multitud de materias que nos serían inútiles sin ella: por una acción que el Arte no ha podido imitar aún, extrae y combina los jugos nutricios de que se componen los granos, los frutos y las legumbres que nos alimentan, las maderas de que nos servimos en los edificios, y la leña con que nos calentamos. Su acción en la producción de todas estas

cosas puede llamarse servicio productivo de la tierra. Este es el primer fundamento del beneficio que da a su propietario. También le da beneficios poniendo a su disposición las materias útiles que encierra en su seno, como metales, piedras diferentes: carbones, &c., &c. La tierra, como ya hemos visto, no es el único agente de la naturaleza que tenga un poder productivo, pero casi es el único que el hombre ha podido apropiarse, y del que por consiguiente ha podido apropiarse el beneficio. El agua de los ríos y del mar por la facultad que tiene de poner en movimiento nuestras máquinas, de hacer andar los barcos, de alimentar los peces, tiene también un poder productivo: el viento que hace andar nuestros molinos, y hasta el calor del sol, trabajan para nosotros; pero por fortuna nadie ha podido decir: El viento y el sol me pertenecen, y el servicio que hacen se me debe pagar. No pretendo por eso que la tierra no deba tener propietario, como el sol y el viento. Entre estas cosas hay una diferencia esencial: la acción de las últimas es inagotable; el servicio que saca de ellas una persona no impide a otra el que saque de ellas un servicio igual. El mar y el viento que transportan mi navío, transportan también el de mi vecino. Pero no es lo mismo la tierra. Las anticipaciones y los trabajos que consagro a ella son perdidos si otros que yo tienen derecho de servirse del mismo terreno. Para que me arriesgue a hacer anticipaciones, es preciso que tenga seguridad de gozar de los resultados. Y lo que tal vez sorprenderá a primera vista, sin que sea menos cierto por eso en el fondo, es que el no propietario no es menos interesado que el propietario en la apropiación del terreno. Los salvajes de la Nueva-Zelanda, y del Nord-oeste de la América, donde la tierra es común a todos, se arrebatan con mucho trabajo unos a otros el pescado o la caza que cogen, y frecuentemente se ven reducidos a tenerse que alimentar de los insectos más viles, de gusanos y de arañas(63): en fin se hacen la guerra perpetuamente unos a otros por necesidad, y se matan y comen unos a otros para poderse alimentar, mientras el más pequeño de nuestros obreros, si está sano y es laborioso, tiene un abrigo, tiene vestidos y puede ganar a lo menos con que subsistir. En el capítulo precedente hemos visto los beneficios que resultan de los cuidados y de los capitales consagrados a la cultura, lo mismo que a cualquier otra empresa. En éste se trata de descubrir en qué consisten los beneficios que da la tierra, independientemente de los beneficios que la industria y los capitales han sacado aplicándose a su cultura. Estos beneficios de las tierras y sus causas se examinan aquí, prescindiendo de que el que cultiva la tierra sea propietario u arrendador. Muchos publicistas(64) son de dictamen que el valor de los productos nunca paga más que el trabajo necesario para producirlos, y que no queda porción ninguna de su valor para formar el beneficio de la finca de tierra, de donde nace el arriendo pagado por el arrendador al propietario del suelo. Para esto se fundan en el raciocinio siguiente: el propietario de una tierra inculta, y sin romper, cuando tiene un capital cualquiera que colocar, puede, colocarle en rompimientos, o buscar otra colocación. Si supone que el rompimiento de una tierra que le pertenece le dará tanto como otra cualquier colocación de su capital, preferirá el romper. La experiencia prueba que se da la preferencia a los

rompimientos y a las mejoras de las tierras, aun cuando den algo menos, porque se mira esta colocación como más segura, sin embargo que sea menos lucrativa. ¿Y qué se deducirá de esto? Que el rompimiento da a lo más el interés del capital que se emplea en ejecutarle(65). Y si no da nada más ¿dónde está el beneficio que resulta del poder productivo de la tierra? Es nulo. He presentado los raciocinios del modo más acomodado para hacer percibir toda su fuerza. Pero sus autores no consideran más que una parte de la cuestión. Se desentienden del influjo de la petición sobre la fijación de los valores. He aquí lo que nos presenta el fenómeno completo. El poder productivo de la tierra no tiene ningún valor cuando no se piden sus productos. Los viajeros encuentran en lo interior de la América, y en otras muchas partes del globo terrenos fértiles, que podrían dar ricas cosechas, y que sin embargo no producen nada útil ni precioso. Al momento que en sus cercanías se establece una colonia, o que por cualquier otra causa, los productos del suelo pueden, vendiéndose a la tasa ordinaria del país, pagar las anticipaciones necesarias para romperle, el rompimiento se ejecuta. Hasta aquí todo pasa como en la hipótesis antecedente. Pero si cualesquiera circunstancias establecen salidas, y hacen subir más la petición de los productos de la tierra, entonces el valor de los productos se pone a una tasa que excede, y algunas veces en mucho la del simple interés. Este excedente es el que forma el beneficio de la finca, beneficio que permite al arrendador (aún después que ha percibido el interés de sus adelantamientos, y después que ha adquirido el salario de sus trabajos) pagar un arrendamiento a su propietario. La tierra es un instrumento dado gratuitamente a la humanidad. Un propietario se apodera de él, pero esta apropiación no le es provechosa hasta el momento en que se buscan los productos de este instrumento, o cuando se empieza a no tener tantos como se quiere, como se tienen otros dones de la naturaleza, que son inagotables, tales como el aire, el agua de los ríos, &c. En estos productos de la tierra, de quienes la petición hace aumentar el valor, halla el propietario la tierra, en todos los países civilizados, y sobre todo en aquellos en que el comercio y las artes proporcionan numerosos objetos de cambio, un beneficio que hemos llamado beneficio de la finca de tierra. Si hay provincias como la Sologne, donde el alquiler de un arpent de tierra no da por año más que una peseta, consiste en que los caminos, y con especialidad los canales navegables, le hacen falta a esta provincia para la salida de sus productos, cuyo valor en los lugares en que se podrían consumir, no basta para pagar, además del transporte, la colaboración de la tierra. Hay países muy avanzados en la civilización, y que producen todo género de frutos con abundancia, donde las tierras no dan más que dos u tres por ciento al año de lo que costaron de compra. Esto no prueba que los beneficios de la tierra sean allí de poca consideración: lo que prueba es que allí las tierras son muy caras. Cuando una tierra da cuatrocientos ochenta reales por fanega, y que no a costado mucho el romperla, como

sucede en muchos prados, una gran parte de su valor viene de la tierra, que sin embargo no dará más que un tres por ciento, si es que se ha comprado al pie de diez y seis mil reales la fanega. Esto es lo que constituye la diferencia entre el beneficio territorial, y la renta de la tierra. El beneficio es grande o pequeño, según da más o menos por fanega. La renta es grande si la tierra se ha tenido barata, y es corta si se ha pagado cara. Una tierra que no da por fanega más que cuatro reales de beneficio, da tanta renta como una que produce doscientos reales por fanega, si la primera ha costado cada fanega cincuenta veces menos. Siempre que se compra una tierra con un capital, o un capital con una tierra, debe uno comparar la renta del uno con la de la otra. Una tierra que se compra con un capital de cuatrocientos mil reales podrá no dar más que doce u diez y seis mil reales, cuando el capital daba veinte u veinte y cuatro mil reales. Es menester atribuir la renta menor de que uno se contenta al comprar una tierra, primero a la mayor solidez del empleo del capital, no pudiendo un capital contribuir nada a la producción, sin sufrir muchas metamorfosis, y muchas faltas de empleo, cuyo riesgo asusta siempre más o menos, a las personas que no están acostumbradas a las operaciones industriales, cuando una finca produce sin cambiar de naturaleza, ni necesitar colocar de nuevo el capital. El atractivo y el placer que acompañan a la propiedad territorial, la consideración la solidez y el crédito que da, los títulos aun y los privilegios de que va acompañada en ciertos países, contribuyen también a esta preferencia. Verdad es que por la misma razón de que una tierra no puede ocultarse, ni transportarse está más expuesta a sufrir el peso de las cargas públicas, y a ser el objeto de las vejaciones del poder. Un capital que no está empleado se pone bajo todas las formas, y se lleva donde uno quiere. Huye de la tiranía, y de las guerras civiles, mucho mejor que los hombres. Su adquisición es más sólida porque es imposible el ejercer sobre esta especie de bienes los embargos y diligencias que con los otros. Hay menos pleitos por bienes muebles que por fincas. No obstante es preciso que el riesgo de emplearlos supere todas estas ventajas, y que se prefieran las tierras a los capitales, porque las tierras cuestan más a proporción de lo que ellas dan. Sea el que se quiera el precio a que se cambian mutuamente las tierras y los capitales, es bueno notar, que estos cambios no producen ninguna variación en las cantidades de servicios raíces, y servicios capitales que se ofrecen y se ponen en circulación para concurrir a la producción; y que estos precios no influyen por consiguiente en nada sobre los beneficios reales y absolutos de las tierras y de los capitales. Después que Aristo ha vendido una tierra a Theodon, éste último, ofrece los servicios que provienen de su tierra, en lugar de Aristo, que los ofrecía antes; y Aristo ofrece el empleo del capital, que ha servido para esta adquisición, y que antes era Theodon quien le ofrecía. Lo que cambia verdaderamente la cantidad de servicios raíces ofrecidos, y puestos en circulación son los rompimientos, las tierras que se benefician, o cuyo producto se ha aumentado. Los ahorros y los capitales, por medio de las mejoras de las tierras, se transforman en fincas de tierra y participan de todas las ventajas e inconvenientes de estas

últimas. Lo mismo puede decirse de las casas, y de todos los capitales empleados en cosas inmuebles: pierden su naturaleza de capitales, y toman la naturaleza de las tierras. Se puede pues mirar como constante que los servicios productivos de las tierras tienen un valor análogo al de todos los demás, que sube en razón directa de la petición que se hace de ellos, y en razón inversa de los que se pueden ofrecer; y como las calidades de los terrenos, son tan diversas como sus posiciones, se establece una oferta, y una petición diferente, para cada calidad diferente. Una vez que las circunstancias establecen cierta petición para los vinos, la extensión de esta petición sirve de base a la petición que se hice del servicio territorial necesario para hacer los vinos(66); y la extensión de las tierras propias para esta cultura, forma la cantidad ofrecida de este servicio raíz. Si las tierras favorables para la producción de los vinos buenos son limitadísimas en extensión, y la petición de estos vinos muy considerable, los beneficios raíces de estas tierras serán enormes. Es de notar que el más pequeño provecho dado por una tierra basta para que se pueda cultivar, aun cuando no diese más que una peseta al año, o menos aún: de lo que se hallan ejemplares, en lo que difiere de los capitales y de la industria. Un hombre industrioso si se encuentra situado en un paraje en que su industria no le produce lo que debe esperar de ella, se va a otro pueblo. Un capital que no encuentra en una empresa las ventajas que hallaría en otra parte, busca otro empleo. Una finca no tiene la misma facilidad, es preciso que se quede donde está situada. Por consiguiente después de haber sacado de los productos territoriales las anticipaciones y el interés de ellas, y además los beneficios industriales del cultivador (sin los que ningún producto puede verificarse), es menester deducir además los gastos que es preciso hacer para llevar estos productos al mercado, o lugar del trueque. Cuando deducido todo esto no queda nada para beneficio del terreno, el terreno no tiene ningún beneficio: el propietario no conseguiría el arrendarle, y si él le cultivase por sí mismo no ganarla más que los beneficios de su capital, y de su industria, y no los de su tierra. En Escocia se ven malos terrenos cultivados así por sus propietarios, y que nadie más que ellos podrían cultivarlos. Así es también que vemos en las provincias remotas de los Estados Unidos, tierras bastas y fértiles, cuya renta sola de bastaría para poder alimentar a su propietario, sin embargo están cultivadas, pero es preciso que el propietario las cultive por sí mismo, esto es, que lleve el consumidor al lugar del producto, y que añada al beneficio de su finca, que es poco o nada; los beneficios de sus capitales, y de su industria que le hacen vivir cómodamente. Se conoce que la tierra, aunque cultivada, no da ningún beneficio, cuando nadie quiere tomarla en arriendo, porque esto prueba que no se pueden sacar más que los beneficios del capital, y de la industria necesarios a su cultura. En el caso de que acabo de hablar, la distancia a los parajes de la salida de los productos es la causa de este efecto: los gastos de transporte absorben los beneficios que se podrían sacar del servicio de la tierra. En otros casos son los azotes del cielo, las guerras o los impuestos los que absorben parte o todo este beneficio: en tal caso las tierras se quedan incultas(67).

§ II. Del arriendo. Cuando un arrendador toma en arriendo una tierra, paga al propie tario el beneficio resultante del servicio productivo de la tierra, y se reserva, con el salario de su industria, el beneficio del capital que emplea en esta cultura: capital que consiste en instrumentos, carretas, ganados, &c. Es un empresario de industria agrícola, y entre los instrumentos hay uno que no le pertenece, y de que paga el alquiler que es la tierra. El párrafo precedente ha mostrado en qué se fundan los beneficios de la tierra: el arriendo, en general se arregla a nivel de la tasa más sub ida de estos beneficios. He aquí la razón. Las empresas de agricultura, a proporción de las demás, son las que exigen capitales menos fuertes (no considerando que la tierra ni sus mejoras como parte del capital del arrendador); por consiguiente debe haber más personas en estado, por sus facultades pecuniarias, de dedicarse a esta industria, que a ninguna otra: de aquí más concurrencia de personas para tomar las tierras en arrendamiento. Por otra parte, la cantidad de tierras cultivables en todo país es limitada; pero la masa de capitales y el número de cultivadores no tienen límites que puedan señalarse. Los propietarios de tierras, a lo menos en los países poblados y cultivados desde tiempo antiguo, ejercen una especie de monopolio con los arrendadores. La petición de su mercancía que es el terreno, puede extenderse sin cesar, pero la cantidad de su género no se extiende más que hasta cierto punto. Lo que digo de una nación tomada en su totalidad, es igualmente cierto, de un partido en particular. Y así en cada partido la cantidad de bienes que hay que alquilar no puede pasar de los que hay en aquel partido; pero el número de gentes dispuestas, a tomar una tierra en arrendamiento, no es necesariamente limitado. Desde entonces el contrato que hacen el propietario y el arrendador, siempre es tan ventajoso, como es posible, para el primero; y si hubiese un terreno, cuyo arrendador sacase de él más que el interés de su capital, y el salario de su trabajo, este terreno hallaría uno que diese más por él. Si la liberalidad de ciertos propietarios, o la distancia a que están de su domicilio, o su ignorancia en agricultura, o bien la de sus arrendadores, o su imprudencia fijan algunas veces de otra suerte las condiciones de un arrendamiento, se conoce que el influjo de estas circunstancias accidentales, no existe más que mientras duran, y que no estorba el que la naturaleza de las cosas obre de una manera permanente, y que no propenda siempre a tomar su ascendente. Además de esta ventaja que tiene el propietario por la naturaleza de las cosas, saca otra de su posición, que de ordinario le da un ascendiente sobre el arrendador por tener

más bienes que éste y algunas veces por sus empleos o su mayor crédito pero la primera de estas ventajas, basta ella sola para que siempre esté en estado de aprovecharse él solo de las circunstancias favorables a los beneficios de la tierra. La abertura de un canal, de un camino, los progresos de la población y de la comodidad de un partido, siempre hacen subir el precio de los arriendos. También sube a proporción que la agricultura se perfecciona, el que conoce un medio de sacar más partido de un terreno, consiente en pagar más caro el alquiler del instrumento. Cuando el propietario emplea un capital en mejoras de un terreno, haciendo sangrías para secarle, canales para regarle, cierros, edificios, paredes o casas; entonces el arriendo se compone, no sólo del beneficio de la finca, sino también del interés de este capital(68). El arrendador mismo puede mejorar la finca a su costa; pero es un capital el que emplea en esto de que sólo saca los intereses durante su arriendo, y que al espirar éste, no pudiéndose llevar la mejora, queda a favor del propietario: entonces éste saca los intereses de ella, sin haber hecho la anticipación de su coste, porque el alquiler sube a proporción. No le conviene pues al arrendador el hacer más mejoras que aquellas, cuyo efecto no debe durar más que su arriendo, a no ser que el arrendamiento sea tan largo, que los beneficios resultantes de la mejora, tengan tiempo de reembolsar los adelantamientos que ella ha exigido, y el interés de estos adelantamientos. De aquí vierte la ventaja de los arrendamientos largos para la mejora del producto de las tierras, y la ventaja aún mayor de la cultura de ellas, por mano de sus propietarios; porque el propietario tiene mucho menos miedo que el arrendador de perder el fruto de las anticipaciones que haga: toda mejora bien entendida le procura un beneficio durable, cuyo capital esta muy bien reembolsado cuando se vende la finca. La certidumbre que el arrendador tiene de disfrutar hasta el fin de su arriendo, no es menos útil que los arrendamientos largos para la mejora de las tierras. Las leyes y costumbres que permiten la resolución de los arrendamientos en ciertos casos, como en la venta, son al contrario perjudiciales a la agricultura: el arrendador no se atreve a intentar ninguna mejora importante, cuando tiene perpetuamente el riesgo de ver ya sucesor que se aprovecha de su imaginación, de sus trabajos y de sus gastos: sus mismas mejoras aumentan este riesgo, porque una tierra en buen estado de reparación, se vende siempre más fácilmente que otra. En ninguna parte los arrendamientos son más respetados que en Inglaterra, y dando a los arrendadores que tienen un arrendamiento de cuarenta chelines (que son cerca de doscientos reales) el derecho de ir a votar en las elecciones, se tiene restablecida hasta cierto punto, la igualdad de influjo que por lo común no existe entre los propietarios y los arrendadores. Allí solamente se ven arrendadores que están bastante seguros de no ser desposeídos para edificar en el terreno que tienen en arrendamiento. Estas gentes por eso mejoran las tierras como si fueran suyas, y sus propietarios están exactamente pagados, lo que no sucede siempre así en los demás países. Hay cultivadores que no tienen nada, a los que el propietario da el capital con la tierra. Se les llama a éstos medieros. Éstos dan comúnmente al dueño la mitad del producto en bruto. Esta especie de cultura pertenece a un estado poco adelantado de la agricultura, y es el menos ventajoso de todos para las mejoras de la tierra, porque cualquiera de los dos,

del arrendador o del propietario, que hiciese a su costa la mejora, admitiría al otro a disfrutar de balde de la mitad del interés de sus adelantamientos. Esta manera de arrendar se usaba más en los tiempos feudales que en los nuestros. Los Señores no querían trabajar por sí mismos las tierras, y los vasallos no tenían medios de hacerlo. En aquellos tiempos las grandes rentas consistían en los beneficios de las fincas, porque los Señores tenían grandes dominios; pero estos productos no eran proporcionados a la extensión de los terrenos. La falta no dimanaba de la agricultura, dimanaba de la falta de capitales empleados en beneficiar la tierra. El Señor que cuidaba poco de mejorar sus tierras, gastaba de una manera muy noble y muy improductiva, una renta que habría podido triplicar: se hacía la guerra, se daban fiestas y se mantenía un gran número de criados. La poca importancia del comercio y de las fábricas, junto con el estado precario de los agricultores explica por qué el grueso de la nación era miserable y por qué la nación en cuerpo era poco poderosa, independientemente de todas las demás causas políticas. Cinco de nuestros departamentos se hallarían en estado de sostener las empresas que arruinaban toda la Francia en aquel tiempo; pero los demás estados de Europa no estaban mejor.

Capítulo X. Cuáles son los efectos de las rentas que una nación percibe en otra. Una nación no podría percibir en otra sus rentas industriales. El sastre alemán que viene a trabajar a Francia gana allí, y la Alemania no participa nada de su ganancia. Pero si este sastre tiene el talento de juntar un caudal cualquiera, y si al cabo de algunos años vuelve a su país, y se le lleva, hace a la Francia el mismo agravio que si un capitalista francés que tuviese igual caudal se expatriase(69) . Hace el mismo agravio relativamente a la riqueza nacional; pero no moralmente, porque supongo que un francés que sale de su patria le quita una afección y un concurso de fuerzas que no tenía derecho de esperar de un extranjero. En cuanto a la nación, en cuyo seno entra uno de sus hijos, hace la mejor de todas las adquisiciones; pues hace la adquisición de población, de beneficios de industria y de capitales. Este hombre trae en sí un ciudadano y con que hacer vivir un ciudadano. Aun cuando el expatriado no traiga más que su industria, siempre entran en el país los beneficios de la industria. Es cierto que al mismo tiempo entran medios de consumir; pero suponiendo estos últimos iguales a los beneficios, no hay pérdida de renta, y hay para el país aumento de fuerza moral y política. Por lo que hace a los capitales prestados de un país a otro, no resulta otro efecto relativamente a su riqueza más que el efecto que resulta entre dos particulares, cuando el uno presta y el otro toma un empréstito. Si la Francia toma prestado de la Holanda fondos, que emplea en usos productivos, gana los beneficios industriales y territoriales, que hace por medio de estos fondos: los gana aun pagando los intereses, lo mismo que un

negociante o fabricante que toma prestado para hacer andar su fábrica, y a quien le quedan beneficios, aun después de haber pagado los intereses de su empréstito. Pero si un estado toma prestado de otro, no para usos productivos, sino para gastar, entonces el capital que ha tomado prestado, no le da nada, y su renta queda gravada con los intereses que pagó al extranjero. Tal era la situación en que se hallaba la Francia cuando tomó prestado de los genoveses, de los holandeses y de los ginebrinos para sostener guerras o para subvenir a los gastos de la corte. Sin embargo siempre valía más, aun cuando fuese para disipar, tomar prestado de los extranjeros que de los nacionales; porque a lo menos esta parte de empréstitos no disminuía los capitales productivos de la Francia. De todos modos el pueblo francés pagaba los intereses(70): pero cuando hubiese prestado los capitales habría pagado del mismo modo los intereses, y además habría perdido los beneficios, que su industria y sus tierras habrían podido dar por medio de estos mismos capitales. Por lo que hace a las tierras poseídas por extranjeros residentes en país extranjero, la renta que dan estas tierras es una renta para el extranjero, y cesa de ser parte de la renta nacional. Pero es menester atender a que los extranjeros no han podido adquir irla sin enviar un capital igual en valor a la tierra, adquirida: este capital es una finca no menos preciosa que la tierra; y lo es más para nosotros si tenemos tierras que cultivar, y pocos capitales para sacar provecho de nuestra industria. El extranjero comprándonos tierras ha trocado con nosotros una renta capital, de que nos aprovechamos, por una finca raíz, cuya renta percibe: el interés de un dinero por un arrendamiento; y si nuestra industria es activa e ilustrada, sacamos nosotros más de este interés, que lo que sacaríamos del arrendamiento; pero ha dado un capital movible, y susceptible de disipación, por un capital fijo y durable. El valor que ha cedido ha podido disiparse por falta de conducta de nuestra parte: la tierra que ha adquirido permanece, y cuando quiera venderá la tierra, y se llevará a su casa el capital. No se debe pues temer absolutamente el que los extranjeros adquieran fincas, con tal que se tenga bastante juicio para emplear reproductivamente el valor de ellas. En cuanto a los valores que un país saca de otro, para sacar de él su renta, sea que se saquen estos valores en monedas, en barras o en otra mercancía cualquiera, la forma no importa nada, ni para un país, ni para el otro, o por mejor decir les im porta dejar a los particulares el que saquen estos valores en la forma que más les convenga, porque ésta es indubitablemente la que conviene más a ambas naciones: lo mismo que en su comercio recíproco la mercancía que los particulares prefieren exportar o importar, es también la que conviene más a sus naciones respectivas. Los agentes de la Compañía inglesa en la India, .sacan de este vasto país, ya sean rentas anuales, ya una fortuna hecha, de que vienen a gozar a Inglaterra: ellos se guardan muy bien de sacar este caudal en oro o plata; porque los metales preciosos valen mucho más en Asía que en Europa, y así la convierten en mercancías de la India; en las cuales tienen un beneficio, cuando han llegado a Europa: esto hace que la suma de un millón que traen puede que les valga un millón y doscientos mil reales, o más, cuando han

llegado a su destino. La Europa adquiere por esta operación, doscientos mil reales, y la India no pierde por eso más que un millón. Si los que saquean la India quisiesen que este millón y doscientos mil reales se sacasen en especie estarían obligados a sacar del Indostán un millón y medio, tal vez, para que puesto en Inglaterra valiese el millón doscientos mil reales. Agrada mucho el percibir una suma en especie; pero se trae cambiada en la mercancía que conviene más para transportarla(71). Mientras es permitido sacar de un país una mercancía cualquiera (cuya exportación siempre se mira con gusto) se sacan de este país, sin dificultad, todas las rentas y capitales, que se tienen en él. Para que un Gobierno pudiese impedirlo, sería menester que pudiese impedir todo comercio con el extranjero, y aún quedaría el contrabando. Y así es una cosa de risa, a los ojos de la Economía política, el ver los Gobiernos encerrar en sus dominios el numerario para retener en ellos las riquezas(72).

Capítulo XI. De la población relativamente a la Economía política.

§I Como la cantidad de productos influye en la población de los Estados. Después de haber observado, en el libro primero, cómo se forman los productos que satisfacen las necesidades de la Sociedad, y cómo se distribuyen en ésta entre sus diferentes miembros, observemos además qué influjo tienen en el número de personas de que se compone la Sociedad, esto es, en la población. Por lo que hace a los cuerpos organizados, la naturaleza parece que desprecia los individuos, y que no concede su protección más que a la especie. La historia natural presenta ejemplos muy curiosos de los cuidados que toma para la conservación de las especies; pero el medio más poderoso que emplea para conseguirlo, es el multiplicar los gérmenes con tal profusión, que por muchos que sean los accidentes que les impidan el nacer, o que los destruyan después de nacidos, siempre subsiste un número más que suficiente para que la especie se perpetúe. Y si los accidentes, las destrucciones, y las faltas de medios de desenvolverse no impidiesen la multiplicación de los seres organizados, no hay animal ni planta que no llegase en pocos años a cubrir la faz del globo. El hombre tiene como todos los demás seres organizados, esta facultad, y aunque su inteligencia superior multiplica para él los medios de existir, concluye siempre como todos los demás por llegar a su límite.

Los medios de existir para los animales, casi son únicamente las subsistencias: para el hombre la facultad de cambiar unos productos por otros, le permite no tanto el considerar la naturaleza de ellos como su valor. El productor de un mueble de cien reales es poseedor de todos los alimentos que se pueden tener por este precio. Y en cuanto a la relación de los precios entre sí, tienen siempre relación al grado de necesidad y a la utilidad del producto en el estado actual de la Sociedad. No se puede suponer que los hombres en general, consientan en dar a la par por trueque lo que les es más necesario, por lo que les es menos necesario. En tiempo de carestía se dará menor cantidad de subsistencias por el mismo mueble; pero siempre será verdadero que el mueble vale el género, y que con el uno se puede tener el otro. Esta facultad de poder hacer cambios no está limitada al hombre del mismo lugar, ni del mismo país. La Holanda toma trigo por medio de su especería y sus lienzos. La América septentrional obtiene azúcar y café por medio de casas de madera, que envía hechas a las Antillas. No hay producto ninguno ni aun los inmateriales que no se pueden transportar que no procure a una nación los géneros alimenticios. El dinero que paga un extranjero para ver un artista eminente, o para consultar un práctico célebre, puede enviarse al extranjero para comprar allí los géneros más substanciales(73). Los cambios y el comercio apropian, como se ve, los productos a la naturaleza de las necesidades generales. Los géneros, sean los que quieran, para alimento, vestido y casa, cuya necesidad se hace sentir más, son los más pedidos. Cada familia satisface tantas más de estas necesidades, cuantos más géneros de esta clase puede comprar. Y puede comprar tantos más, cuanto su propia producción es mayor, o en términos vulgares cuanto más considerables son sus rentas. Así, por resultado definitivo, las familias y la nación, que se compone de todas las familias, no subsisten más que de sus productos y la extensión de los productos limita necesariamente el número de los que pueden subsistir. Los animales son incapaces de preveer la satisfacción de sus apetitos, y así los individuos que nacen, cuando no son víctima del hombre o de los otros animales, perecen al momento que tienen una necesidad indispensable que no pueden satisfacer. Entre los hombres la dificultad de proveer a las necesidades futuras, hace que la previsión entre por algo en que tengan cumplimiento los fines de la naturaleza; y esta previsión sola preserva la humanidad de parte de los males que tendría que padecer, si el número de hombres debiese siempre reducirse por las destrucciones violentas(74). Con todo eso, a pesar de la previsión atribuida al hombre, y la sujeción que le dan la razón, las leyes y es evidente que la multiplicación de los hombres se aumenta, no sólo tanto cuanto permiten sus medios de existir, sino algo más. Aflige el pensarlo; pero es cierto, que aun en las naciones que están en mayor prosperidad, cada año perece de necesidad parte de la población. No es decir por esto, que todos los que perecen de necesidad mueran positivamente de falta de alimento, aunque esta desgracia sea mucho más frecuente que lo que se supone (75) ; sólo quiero decir, que no tienen todo lo que les es necesario para vivir, y que perecen porque les falta alguna cosa de las que les son necesarias.

Unas veces es un enfermo o un hombre debilitado, a quien un poco de reposo le recobraría, o que sólo necesitaría que le visitase el médico, y le diese un remedio muy sencillo; pero ni puede tener el reposo que necesita, ni consultar el médico, ni hacer el remedio. Otras veces es un niño que necesita el cuidado de la madre; pero su madre tiene precisión de trabajar a causa de su indigencia, y el niño perece por falta de limpieza, por un accidente, o por el mal. Es un hecho averiguado por todos los que se ocupan de aritmética política, en igual número de niños, tomados en la clase de pudientes y de la clase indigente, en esta segunda mueren doble, que en la primera. Otras veces, en fin, un alimento escaso o mal sano, la dificultad de mudarse de ropa, de abrigarse, de enjugarse, de calentarse, debilita la salud, altera la constitución, y expone a muchos seres humanos a que se aniquilen más o menos prontamente; y se puede decir que todos los que perecen de resultas de que sus bienes no les permiten satisfacer a una cosa que les es necesaria, perecen de necesidad. Se ve que productos muy varios, entre los cuales se hallan hasta los productos que hemos llamado inmateriales, son necesarios a la existencia del hombre, especialmente en las Sociedades grandes; y que éstos se multiplican a proporción de las necesidades por el mayor precio que se pide de los que son más necesarios, y que se puede decir, hablando en general, que la población de los Estados siempre se proporciona a la suma de sus productos(76). Esta es una verdad reconocida por la mayor parte de los autores que han escrito sobre la Economía política, por varias que sean sus opiniones sobre todo lo demás(77). Me parece que de esto no se ha sacado una consecuencia, que sin embargo era bien natural; y es que nada puede aumentar la población más que lo que favorece la producción, y que nada la puede disminuir, a lo menos de un modo permanente, sino lo que ataca los orígenes de la producción. Los judíos veneraban la fecundidad. Los romanos hicieron infinitos reglamentos para reparar la pérdida de hombres que ocasionaban sus guerras continuas y en países distantes. Los censores recomendaban los matrimonios, y se le consideraba a cada uno con relación al número de hijos que tenía. Todo esto no servía de nada. La dificultad no es tener hijos, sino el mantenerlos. Era menester crear productos en vez de devastar. Tantos bellos reglamentos no impidieron, aun antes de la invasión de los bárbaros, la despoblación de la Italia, y de la Grecia (78). Fue igualmente vano el edicto de Luis XIV del año 1666 a favor de los matrimonios, en que señaló pensiones a los que tuviesen diez hijos, y mayores a los que tuviesen doce: los premios que daba, bajo mil formas diversas, a la holgazanería y a la ociosidad, hacían mucho más mal a la población, que bien podían hacerle estos débiles medios de fomentarla.

Todos los días se repite que el Nuevo-mundo ha despoblado la España: lo que la ha despoblado son sus malas instituciones, y las pocas producciones que da el país relativamente a su extensión(79). Lo que verdaderamente fomenta la población es una industria activa que da muchos productos. Se multiplica en todos los cantones industriosos; y cuando un terreno virgen conspira con la actividad de una nación entera, que no admite ningún ocioso, sus progresos admiran, como en los Estados-Unidos, en donde se duplica su población cada veinte años. Por la misma razón, las calamidades pasajeras que destruyen muchos hombres sin atacar los orígenes de la reproducción son más aflictivas para la humanidad, que funestas a la población. Vuelve a subir en poco tiempo al punto a que la limita la cuota de producciones anuales. Los cálculos curiosísimos de Messancio prueban que después, de los desastres causados por la famosa peste de Marsella en 1720, los matrimonios de Provenza fueron más fecundos que antes. El presbítero Expilly ha encontrado los mismos resultados. El mismo efecto se había verificado en Prusia después de la peste en 1710. Sin embargo de que este azote acabó con el tercio de la población, se ve por las tablas de Sussmich(80) que el número de nacidos, que antes de la peste era de veinte y seis mil por año, con corta diferencia, ascendió en 1711 (año siguiente al de la peste) a treinta y dos mil. ¿Quién es el que no ha habría pensado que después de tan terrible plaga, a lo menos el número de matrimonios, no hubiese disminuido cons iderablemente? Fue al contrario, doble que antes. ¡Tan grande es la tendencia de la población a ponerse a nivel de los recursos que tiene el país! Lo que tienen de funesto estas calamidades pasajeras no es la destrucción de la población, sino lo primero y principal los males que causan a la humanidad. No puede haber cantidades grandes de individuos quitados del número de los vivientes sea por los contagios, las hambres, o las guerras, sin que hayan padecido muchos seres dotados de sentimiento, y alguna s veces cruelmente, y dejado sumergidos en los trabajos una multitud que les sobrevive, viudas, huérfanos, hermanos y ancianos. Además se debe llorar en estas calamidades, la perdida de esos hombres superiores, tales que el talento, las luces y las virtudes de uno sólo influyen sobre la felicidad y riqueza de las naciones más que los brazos de otros cien mil. En fin una considerable pérdida de hombres ya formados es una pérdida grande de riqueza adquirida; porque todo hombre adulto es un capital acumulado que representa todas las anticipaciones que ha sido precisa hacer durante muchos años para ponerle en el estado en que se halla. Un niño de un día no reemplaza un hombre de veinte años; y así el dicho del Príncipe de Condé, estando en el campo mismo de batalla de Senef, es tan absurdo como bárbaro(81). Se puede pues decir que todos estos estragos que disminuyen el número de hombres, sino perjudican a la población dañan a la humanidad y sólo bajo este último aspecto son muy culpables las que causan estos males(82).

Si estas desgracias pasajeras son más aflictivas para la humanidad, que funestas a la población de los estados, no es lo mismo sino de la administración viciosa, y que sigue un mal sistema de economía política. Ésta daña a la población en su principio, aniquilando los orígenes de la producción como el número de hombres, como hemos dicho ya, sube siempre tanto por lo menos, como permiten las rentas anuales de una nación, un gobierno que disminuye las rentas, imponiendo nuevos tributos, que obliga a los ciudadanos a hacer el sacrificio de una parte de sus capitales, y que por consiguiente disminuye los medios generales de subsistencia y de reproducción, esparcidos por toda la sociedad, un gobierno tal no sólo impide el nacer, sino que se puede decir que asesina; porque nada disminuye más eficazmente los hombres, que lo que los priva de sus medios de existir. Se han quejado mucho del perjuicio que los conventos hacen a la población, y con razón; pero se han equivocado sobre las causas, porque no es el celibato religioso quien hace este mal, es su ociosidad. Se dice que ellos hacen trabajar sus tierras: ¡linda cosa! ¿Las tierras se quedarían incultas si los monjes llegasen a desaparecer? Al contrario: en todos los parajes en que los monjes han sido reemplazados por talleres de industria, de lo que hemos visto muchos ejemplos en la revolución francesa, el país ha ganado, todos los mismos productos de la agricultura, y ademas los de su industria manufacturera; y siendo de este modo mayor el total de valores producidos, la población de estos países se ha aumentado. Otra consecuencia de lo que precede es que los habitantes de un país no están peor provistos de las cosas necesarias a la vida cuando su número se aumenta, ni mejor provistos cuando su número disminuye. Su suerte depende de la cantidad de productos de que disponen, y estos productos pueden ser abundantes para una numerosa población, así como pueden ser escasos para una población poco numerosa. La carestía desbastaba la Europa en la edad media con más frecuencia que ahora que evidentemente está más poblada. La Inglaterra en tiempo que reinaba Isabel no estaba tan bien provista como ahora, sin embargo que tuviese la mitad menos de habitantes, y el pueblo de España reducido a ocho millones de habitantes no vive con tanta comodidad como en los tiempos en que tenía veinte y cuatro millones(83) . Algunos autores(84) han dicho que una gran población era señal cierta de grande prosperidad. Es el signo seguro de grande producción; mas para que haya una prosperidad grande, es preciso que la población, sea la que quiera, se halle abundantemente provista de todas las necesidades de la vida, y de algunas de sus superfluidades. Hay partes de la India y de la China prodigiosamente pobladas, que son al mismo tiempo extraordinariamente miserables. Pero no se las proveería mejor disminuyendo el número de sus habitantes, porque no se podría hacer esto sin disminuir al mismo tiempo sus producciones. En estos casos es preciso anhelar no por la disminución de habitantes, sino por el aumento de la cantidad de producciones, que siempre se verifica, cuando la poblaciones activa, industriosa, económica y bien gobernada, esto es, poco gobernada. Si los habitantes de un país crecen en número naturalmente hasta los que puede mantener el país, ¿qué se hacen en los años de miseria? Steuard responde(85), que no hay

tanta diferencia como se cree entre dos cosechas: que un año malo para un partido, es bueno para otro: que la mala cosecha de un comestible está compensada por la buena cosecha de otro. Añade que el mismo pueblo no consume tanto en los años de carestía, como en los de abundancia: en éstos todo el mundo está mejor alimentado: se emplea parte de los productos en cebar las aves y demás animales: estando los víveres un poco más baratos, hay algo más de gasto inútil. Cuando hay carestía la clase indigente está mal sustentada, da pequeñas raciones a sus hijos, y lejos de ahorrar gasta lo que había juntado: en fin está por desgracia bien averiguado que una parte de esta clase padece y muere. Esta desdicha sucede especialmente en los países muy poblados como el Indostán y la China, donde se hace poco comercio exterior y marítimo, y donde la clase indigente se ha acostumbrado desde mucho tiempo a contentarse con lo absolutamente preciso. En los años ordinarios el país produce solamente con que abastecer lo necesario para esta mezquina subsistencia, y así a poca que falte la cosecha, o con sólo ser mediana, una multitud de gentes no tienen ni aun lo estrictamente necesario y mueren a millares. Todas las relaciones que las hambres por esta razón son muy frecuentes y muy homicidas en la China y en muchos distritos de la India. El comercio, y en especial el marítimo, facilita los cambios, y aun los que se hacen en países lejanos, y permite el procurarse subsistencias en retorno de otros muchos productos; pero cuando se depende demasiado de este recurso, se está expuesto a todos los accidentes naturales y políticos que pueden romper, o sólo suspender las relaciones que se tienen con el extranjero. Desde este momento se procura conservar estas relaciones, sea clandestinamente, sea a fuerza abierta: se impide la concurrencia por toda suerte de caminos, aun los más ilegítimos: se impone a una provincia, a un aliado débil, la obligación de comprar, como o se impondría un tributo: se hace una guerra por un ramo de comercio: esta es una posición necesariamente precaria. Los productos de la Inglaterra en alimentos, sin contestación han aumentado mucho hacia fines del siglo XVIII; pero sus productos en mercancías buenas para vestidos o para amueblar las casas, han aumentado probablemente en una proporción aún mucho más rápida: de esto ha resultado esta enorme de producción, que permite a este pueblo el multiplicarse más allá de lo que el suelo puede alimentar(86), y de soportar sin arruinarse: cargas tales que ninguna otra nación ha conocido otras semejantes, ni siquiera que se acercasen a ellas; pero tiene mucho que aguantar cuando sus salidas exteriores le llegan a faltar, y se ve obligada muchas veces a conservarlas por medios violentos. Puede que obrase con prudencia si dejase de fomentar el que se dirijan continuamente nuevos capitales hacia las fábricas y el comercio exterior, y si fomentase todo lo que los dirige hacia la industria agrícola. Es probable que entonces muchos partidos que no tienen aún toda la cultura de que son susceptibles, darían productos agrícolas que pagarían a lo menos en gran parte los productos de sus fábricas y de su comercio (87). La Gran Bretaña se crearía con esto consumidores que estarían a su alcance, en su propio seno, que son los más seguros. Sus mismos enemigos no estando ya excitados por una política que necesita ser algo celosa y exclusiva, probablemente dejarían de ser sus

enemigos, y se convertirían en consumidores que la tendrían consideración. Por último si sus productos, de la industria fabril fuesen aun demasiado desproporcionados con los productos de la agricultura, ¿quién podría estorbarla seguir un buen sistema colonial, y crearse en todas las partes del globo consumidores de sus productos industriales, que serían al mismo tiempo cultivadores, cuyo trigo proveería sus mercados?(88). La Francia relativamente a esto parece que está en una situación opuesta a la de la Inglaterra. Parece que sus productos agrícolas podrían sustentar una población fabril y comerciante mucho más considerable. Cuando se recorre este vasto país tan generalmente, y tan bien cultivado, se admira uno de entrar en aldeas y pueblos escasos por lo general, pobres, mal edificados y mal empedrados, cuyas tiendas tienen poca apariencia, y las posadas poco aseo y comodidades. Es preciso que las producciones agrícolas sean menos considerables que lo que parece, o que los consumos se hagan de una manera poco provechosa. Estas dos causas probablemente obran a un mismo tiempo. En primer lugar la producción es menos considerable de lo que podría ser: 1.º porque no hay bastantes capitales dedicados a cada género de cultura, especialmente en cierros, en ganados y en mejoras(89). 2.º Porque no son bastante laboriosos, pues en muchas provincias descuidan el escardar los prados, podar las cercas, mondar los árboles de yerbas, de orugas, &c. 3.º No son bastante industriosos para alternar las cosechas, y seguir los métodos mejores de cultivar. En segundo lugar el consumo se hace mal, y de una manera poco favorable, esto es, que en los pueblos de Francia se hacen consumos perdidos para la reproducción, perdidos también para la satisfacción y el bien estar. Citaré por ejemplo el calórico, que es un género precioso en los distritos en que la leña y el carbón de piedra son poco abundantes. Sin embargo se pierde de él una cantidad prodigiosa en las chozas de los aldeanos, en las que frecuenteme nte no entra más luz que por la puerta si se deja abierta, y en las que se recibe la lluvia por el cañon de las chimeneas, mientras se calienta. Las malas bebidas, los malos alimentos y los placeres de taberna, perjudican a los consumos más bien entendidos. En fin, los pueblos y hasta las aldeas serían más numerosos, y tendrían un aire de comodidad, si sus habitantes en general fuesen más activos y más industriosos: si tuviesen una emulación más laudable; si su vanidad consistiese en procurarse todo lo que es verdaderamente útil para mantener su casa aseada y ordenada, más bien que en vivir sin hacer nada, en mantenerse de un corto arriendo o de un empleo inútil a costa del país. Un sujeto que tiene cuatro u ocho mil reales que gastar cada año, vejeta con esta renta, que podría duplicar o triplicar si reuniese a ella un trabajo industrial. Aun aquellos mismos que tienen una ocupación útil no la dan toda la extensión de que es susceptible poniendo en ella más actividad y más conocimientos. El espíritu de indagar y el de mejorar son muy raros: puede también que se desmaye al ver las muchas tentativas que se

hacen sin fruto, y que han sido infructuosas porque se han emprendido con poco juicio, perseverancia y economía. Si la población se proporciona en general a la cantidad de productos, puede variar en cada estado según las circunstancias locales más o menos favorables a la producción. Tal rincón de tierra es rico porque es fértil, porque sus habitantes son industriosos, porque con economía han juntado capitales: del mismo modo que tal familia ha tenido inteligencia y actividad, y por eso es rica al lado de sus vecinos que son pobres. Los límites de los estados, y sus gobiernos no son más que accidentes que perjudican más o menos a la población dañando más o menos a la producción. La religión y las costumbres influyen también en la población, únicamente a causa de su influjo en la producción. Por eso siendo las costumbres de los países protestantes más favorables a la producción, estos países no sólo están más abastecidos que los países católicos, sino que son más populosos. Es lo que notan todos los que viajan.

§. II. Como la naturaleza de la producción influye en la distribución de los habitantes. Para cultivar la tierra es preciso que los hombres estén esparcidos por toda la superficie de ella: para cultivar las artes industriales y el comercio les conviene reunirse en aquellos parajes en que se pueden ejercer con más ventaja, esto es, en los lugares que admiten mayor subdivisión en las ocupaciones. El tintorero se establecerá en las inmediaciones de un comerciante de tejidos; el droguista cerca del tintorero, el comisionista o el armador y que hacen venir las drogas, se establecerán cerca del droguista, y lo mismo sucede con los demás productores. Al mismo tiempo los que viven de sus capitales o de sus tierras y sin trabajar, son atraídos a las ciudades, donde encuentran reunido todo lo que lisonjea sus gustos, un trato más escogido y más variedad en los placeres. Las comodidades para la vida que se encuentran en las ciudades, detienen en ellas a los extranjeros, y fijan allí a todas las personas, que viendo de su trabajo son libres sin embargo de ejercerle donde quieran. Por esto las ciudades no sólo son la mansión de las gentes de letras, y de los artistas, sino la residencia de la administración, de los tribunales de justicia y de los establecimientos públicos, y además de todas las personas que dependen de estos establecimientos, y de las que por sus negocios tienen que estar allí accidentalmente. No quiere decir esto que no haya siempre cierto número de personas que ejercen la industria fabril en los pueblos, prescindiendo de los que se establecen en ellos por su gusto. Ciertas relaciones locales, como un riachuelo, un bosque, una mina, determinan el paraje en que deben fijarse muchos talleres, y fijan la residencia de un gran número de

fabricantes en los alrededores del pueblo. También hay oficios que no se pueden ejercer sino cerca de los consumidores: tales son los de sastre, zapatero, mariscal; pero estos oficios no llegan por lo que hace a su importancia y perfección, a los trabajos de las manufacturas de todo género que se ejecutan en las ciudades. Los escritores economistas creen que un país floreciente puede sustentar en sus ciudades un número de habitantes igual al que mantienen los campos. Algunos ejemplos hacen creer que los trabajos más bien entendidos, una elección mejor de cultura, y menos terrenos perdidos, podrían aun terreno medianamente fértil, sustentar un número aún mayor(90). A lo menos es cierto que cuando las ciudades suministran algunos productos al consumo de los países extranjeros, hallándose entonces en estado de recibir en cambio subsistencias, pueden contener una población proporcionalmente mayor. Esto es lo que se ve en muchos estados pequeños, cuyo solo territorio no bastaría para mantener uno de los arrabales de la capital. Exigiendo la cultura de los prados menos trabajo que la de los campos, en los países de pastos pueden dedicarse a las artes industriales un número mayor de habitantes: serán pues más multiplicadas estas artes que en los países del trigo. Esto es lo que se ve en lo que en otro tiempo se llamó Normandía, en la Flandes y en Holanda. Desde la invasión de los bárbaros en el imperio romano hasta el siglo XVII, esto es, hasta los tiempos que estamos tocando aún, las ciudades han tenido un débil esplendor en todos los estados grandes de Europa. La porción de la población que se estima estar alimentada por los cultivadores, entonces no se componía principalmente de fabricantes y negociantes, sino de nobles rodeados de un gran número de criados, de eclesiásticos y de otros ociosos, que habitaban los castillos con sus dependencias, las abadías y los conventos y muy poco en las ciudades. Los productos de las fábricas y del comercio se limitaban a poquisima cosa: los fabricantes eran artesanos de choza, los negociantes eran mozos de cordel: algunos instrumentos muy sencillos, muebles y utensilios imperfectos bastaban para las necesidades de la agricultura y de la vida común. Tres u cuatro ferias por año suministraban los productos algo más raros, que ahora no parecerían muy miserables; y si traían de cuando en cuando de las ciudades comerciantes de Italia o de los Griegos o de Constantinopla, algunos muebles, algunos tejidos de seda, algunas alhajas de valor, era una magnificencia grande y rara, reservada sólo para los más ricos señores y para los Príncipes. En este orden de cosas las ciudades debían hacer muy pobre figura. Y así todo lo magnifico que se ve en las nuestras es modernísimo: entre todas las ciudades de Francia sería imposible hallar un barrio bonito, ni una calle hermosa que pase de dos siglos de antigüedad. Todo lo que es de fecha anterior no presenta, excepto algunas iglesias góticas, más que casuchas amontonadas en calles tortuosas, muy estrechas, por las que absolutamente no pueden pasar los carruajes, las bestias y la multitud de gentes que manifiestan su población y opulencia actual. La agricultura de un país no produce todo lo que debe, sino cuando se multiplican tanto las ciudades que están esparcidas que se encuentran con frecuencia en su territorio.

Estas son necesarias para que la mayor parte de fábricas tengan toda su extensión, y las fábricas son necesarias para procurar objetos de cambio a la agricultura. Un partido en que a agricultura no tiene salidas sustenta el más pequeño número de habitantes que puede mantener; y aun éstos no gozan más que de una existencia grosera, que no da gusto, y que no tiene sino las cosas más comunes, de suerte que no están civilizados más que a medias. Si una colonia industriosa viene a establecerse en este cantón y llega a formar allí poco a poco una ciudad, los habitantes de ésta igualarán bien pronto en número los cultivadores que labraban las tierras: esta ciudad podrá subsistir con los productos agrícolas del partido, y los labradores se enriquecerán con los productos industriales de la ciudad. La ciudad es también un medio excelente de extender a mucha distancia los productos agrícolas de la provincia. Los productos en bruto de la agricultura son difíciles de transportar, y así los gastos exceden pronto el precio de la mercancía transportada. Los productos de las fábricas son de un transporte mucho menos dispendioso: el trabajo de éstas da un valor frecuentemente muy subido a una materia de poco volumen y de poco peso. Por medio de las fábricas los productos en bruto de una provincia se transforman en productos de valor mucho más subido que se expiden para grandes distancias y se reciben en retorno los productos que exigen las necesidades de la provincia. A muchas de nuestras provincias de Francia muy miserables no les falta más que ciudades para estar bien cultivadas. Estas provincias se quedarían eternamente despobladas y miserables si se siguiese el sistema de los economistas, que quieren que se hagan fuera los objetos de fábrica, y que se paguen las mercancías con los productos en bruto de la agricultura. Pero si las ciudades no se fundan sino para las fábricas de toda especie, pequeñas y grandes, las fábricas no se fundan sino con capitales productivos; y los capitales productivos no se forman más que con lo que se economiza en los consumos. No basta trazar el plan de una ciudad y darle el nombre; es menester para que exista verdaderamente suministrarla por grados talentos industriales, utensilios y materias primeras, todo lo que es necesario para ocup ar los industriosos hasta la perfecta confección y venta de sus productos: de otra manera en vez de edificar una ciudad, no se hace otra cosa que una decoración de teatro que no tarda en venirse abajo, porque no hay nada que la sostenga. Esto es precisamente lo que ha sucedido a Ecatherinoslaw en la Taurida, esto es lo que daba a entender el Emperador José II, cuando después de haber estado convidado a poner con solemnidad la segunda piedra de esta ciudad, dijo a los que le rodeaban: En un día he concluido, juntamente con la Emperatriz de Rusia, un gran negocio: ella ha puesto la primera piedra de una ciudad, y yo la última. Ni tampoco bastan los capitales para establecer una grande industria, y la activa producción que son necesarios para formar y aumentar una ciudad; es menester además que la situación de ella y las instituciones nacionales favorezcan el engrandecimiento. La situación local es la que tal vez le falta a Washington para llegar a ser una gran capital, porque sus progresos son muy lentos en comparación de los que hacen los Estados-

Unidos, en general, siendo así que en otro tiempo la situación sola hizo a Palmira populosa y rica a pesar de los desiertos de arena de que está rodeada, sólo porque llegó a ser el canal de comercio del Oriente con la Europa. La misma razón había hecho la prosperidad de Alejandría, y en tiempos más antiguos la de Thebas de Egipto. La voluntad sola de sus Príncipes no habría sido suficiente para hacer de ella una ciudad de cien puertas, tan populosa, como la supone Herodoto. Es preciso buscar en su posición entre el mar Negro y el Nilo, entre la India y la Europa, la explicación de su importancia. Si la voluntad sola no basta para crear una ciudad, parece que tampoco bastará, para limitar su incremento. París ha ido constantemente en aumento a pesar de los reglamentos del antiguo gobierno de Francia para ponerle límites. Los únicos límites respetados son los que la naturaleza de las cosas pone al engrandecimiento de las ciudades, y son difíciles de señalar. Se ha llan más pronto inconvenientes que obstáculos positivos. Los intereses del común están menos bien cuidados en las ciudades demasiado vastas. Los habitantes del Este se ven precisados a perder muchas horas de un tiempo precioso para comunicarse con los del Oeste: se ven obligados a cruzarse en el centro de la ciudad, por calles y pasadizos llenos de estorbos y edificados en una época en que la población y la riqueza eran mucho menores que ahora, en que las provisiones, los caballos y los coches no se habían multiplicado tanto. Este es el inconveniente que se toca en París, donde las desgracias que provienen de los estorbos de las calles cada día son más frecuentes, y esto sin embargo no impide que cada día se abran nuevas calles donde se hallarán los mismos inconvenientes al cabo de algunos años.

Libro tercero. Del consumo de las riquezas.

Capítulo primero. De las diferentes especies de consumos. Me visto precisado con frecuencia, en el curso de esta obra, a anticipar ideas, cuya explanación debía, según el orden natural, darse más adelante. Pero como la producción no podía verificarse sin consumo, he tenido, desde el primer libro, que decir el sentido que debía darse a la palabra consumir. Desde entonces el lector debió comprehender, que así como la producción no es una creación de materia, sino una creación de utilidad el consumo no es una destrucción de materia, sino una destrucción de utilidad. Una vez destruida la utilidad de una cosa, el primer fundamento de su valor, lo que la hace buscar, y lo que establece su petición, está

destruido. Desde entonces ya no contiene ningún valor, ni es ya una porción de la riqueza. Y así consumir, destruir la utilidad de una cosa y aniquilar su valor, son expresiones cuyo sentido es absolutamente el mismo, y corresponden al de las palabras producir, dar utilidad, crear un valor, cuya significación es igualmente semejante. Siendo todo consumo una destrucción de valor, no se mide según el volumen el número o el peso de los productos consumidos, sino según su valor. Un gran consumo es aquel que destruye un gran valor, bajo cualquier forma que este se manifieste. Todo producto es susceptible de ser consumido, por que si un valor ha podido ser añadido a una cosa también puede quitarse de ella. Se le ha añadido por la industria, y se le quita por el uso u por cualquier otro accidente. Pero no puede ser consumida dos veces, un valor destruido una vez, no puede destruirse de nuevo (91) . Este consumo es rápido, y ese otro lento. Se consume una casa, un navío, el hierro, como se consume la carne el pan y el vestido. También se puede no consumir un producto más que en parte. Un caballo, un mueble, y una casa que se vende, no son consumidos en totalidad, porque les queda un resto de valor que se halla en el nuevo cambio que se hace de ellos. Algunas veces el consumo es involuntario como cuando se quema un edificio, o un buque naufraga; no corresponde al fin que uno se habla propuesto, como en el caso que se arrojan al mar algunas mercancías, o se queman las provisiones que no se quieren dejar al enemigo. Se puede consumir un valor producido de antemano, y se puede consumir al instante mismo que se produce, como lo hacen los espectadores de un concierto, o de una representación teatral. Se consume el tiempo y el trabajo, porque cuando éste es útil tiene un valor apreciable, y no puede consumirse de nuevo cuando se ha consumido una vez. Lo que no puede perder su valor no es susceptible de ser consumido. No se consume una tierra, pero se puede consumir su servicio anual; y este servicio, empleado una vez, no puede volverse a emplear. Se pueden consumir todas las mejoras hechas en una tierra, aunque éstas exceden alguna s veces el valor de la tierra misma, porque estas mejoras son el producto de la industria; pero la tierra no puede consumirse. Lo mismo sucede con el talento industrial. Puedo consumir el jornal del obrero; pero no puedo consumir el talento del obrero. Sin embargo las facultades industriales se consumen por la muerte del que las posee. Todo lo que se produce tarde o temprano se consume. Los productos mismos no se han producido más que para ser consumidos, y cuando un producto ha llegado a punto de poder servir para lo que está destinado, y se difiere su consumo, este es un valor que huelga; y como todo valor se puede emplear en la reproducción, y en dar un beneficio a su poseedor, todo producto que no se consume, causa una pérdida igual al beneficio que daría su valor empleado(92).

Estando todos los productos destinados al consumo, y aun al consumo más pronto, se dirá ¿cómo se hacen las acumulaciones de capitales, que no son más que acumulaciones de capitales producidos? De este modo. Para que un valor se acumule no es necesario que resida en el mismo producto, basta que se perpetúe. Los valores capitales se perpetúan por la reproducción: y así los productos que componen un capital se consumen igualmente que todos los demás; pero su valor, al mismo tiempo que se destruye por el consumo, se reproduce de otras maneras o de la misma manera. Cuando mantengo los obreros de un taller se hace en él un consumo de alimentos, de vestidos y de materias primeras, pero durante este consumo se fija un nuevo valor en los productos que salen de sus manos. Los productos que formaban mi capital, realmente han sido consumidos; pero el capital, acumulado el valor, ya no lo es: vuelvo a parecer bajo otras formas, dispuesto a ser consumido de nuevo; pero si se consume improductivamente ya no vuelve a parecer. El consumo anual de un particular es la suma total de todos los valores consumidos por este particular durante el año. El consumo anual de una nación es la suma total de los valores consumidos en el año por todos los individuos, y los cuerpos de que se compone esta nación. En el consumo anual de un particular o de una nación, deben estar comprendidos los consumos de toda clase sea el que quiera el fin y el resultado, tanto aquellos de que debe salir un nuevo valor, como aquellos de que no debe resultar valor ninguno: lo mismo que se comprende en la producción anual de una nación, el valor total de sus productos creados en el año. Así se dice que una fábrica de jabón consume anualmente ochenta mil reales en sosa, sin embargo que el valor de esta sosa debe volver a parecer en el jabón que la fabrica habrá hecho; y se dice que produce anualmente jabón por cuatrocientos mil reales, sin embargo que este valor no se haya verificado, sino a costa de la destrucción de muchos valores, que reducirían mucho su producto, si uno fuese a deducirlos. El consumo y la producción anual de una nación o de un particular, son pues su consumo y su producción en bruto.(93) Por una consecuencia natural es preciso comprender en las producciones anuales de una nación, todas las mercaderías que importa, y en su consumo anual todas las que exporta. El comercio de Francia consume todo el valor de las sedas que envía a los Estados-Unidos, y produce todo el valor de los algodones que recibe en retorno: lo mismo que las fábricas francesas han consumido el valor de la sosa enviada, por decirlo así, a la caldera del jabonero, y han producido el valor del jabón que se ha sacado de ella. La suma de los consumos anuales es totalmente diferente de la suma de lo s capitales de una nación o de un particular. Un capital o una porción de un capital puede ser consumida muchas veces en un mismo año. Un zapatero compra cordobán, le corta para zapatos, y los vende; he aquí una porción de capital consumido y restablecido. Reiterando esta operación muchas veces al año, consume otras tantas veces esta porción de su capital: sí ésta se supone de ochocientos reales, y que repita la misma compra doce veces al año, este capital de ochocientos reales habrá dado lugar a un consumo anual de nueve

mil y seiscientos reales. Además hay otra parte de su capital que no se consume sino al cabo de muchos años. Su consumo no asciende anualmente más que al cuarto o tal vez al décimo de esta porción de su capital. Las necesidades de los consumidores determinan en todo país las creaciones de los productores. El producto de que hay más necesidad, es el que se pide más: el que se pide más suministra a la industria, a los capitales y a las tierras, mayores beneficios, que determinan el empleo de estos medios de producción hacia la creación de este producto. Así también cuando un producto es menos pedido, hay menos ventaja en hacerle, y no se hace. Lo que ya está hecho baja de precio, y la baratura a que se da, favorece el que se gaste y todo se consume. Si se quiere se puede distinguir el consumo total de un pueblo en consumos públicos y consumos privados. Los primeros son los hechos por el público, o en su servicio: los segundos son los hechos por los particulares o sus familias. Unos y otros pueden ser o reproductivos o improductivos. En una sociedad cualquiera todo el mundo es consumidor, porque nadie puede subsistir sin satisfacer las necesidades, sean los que quieran los límites que se supongan a éstas y como por otra parte todos los miembros de la sociedad cuando no reciben gratuitamente lo que les hace vivir, concurren a la producción, ya sea con su industria, ya con sus capitales o ya con sus tierras se puede decir que en todo país los consumidores son los productores mismos; y las clases en que se hacen los mayores consumos son las clases medias e indigentes en que la multitud de individuos compensa con muchas sobras la pequeñez de los consumos(94). Los pueblos civilizados, ricos e industriosos consumen mucho más que los otros, porque producen incomparablemente más. Todos los años empiezan de nuevo, y en muchos casos más de una vez al año, el consumo de sus capit ales productivos, que renacen perpetuamente, y consumen improductivamente la mayor parte de sus rentas, sea industriales, sea capitales, sea de bienes raíces: En ciertos libros se proponen por modelos las naciones que tienen pocas necesidades; y vale más tener muchas necesidades, y saberlas satisfacer. De este modo no sólo su multiplican los individuos, sino que la existencia de cada uno de ellos es más completa. Steuart(95) alaba a los lacedemonios porque sabían privarse de todo, no sabiendo producir nada. Esta es una perfección que es común a los pueblos más groseros y salvajes, que son poco numerosos y están mal provistos de todo. Llevando este sistema hasta sus últimas consecuencias, se llegaría a encontrar que el colmo de la perfección consistía en no producir nada, ni tener ninguna necesidad, esto es, en no existir.

Capítulo II. De los efectos generales del consumo.

El efecto más inmediato de toda especie de consumo es la pérdida de valor, y por consiguiente de riqueza, que resulta de ella para el poseedor del producto consumido. Este efecto es constante, e inevitable, y jamás se debe perder de vista siempre que se hable de esta materia. Un producto consumido es un valor perdido para todo el mundo, y para siempre; pero hay un resultado ulterior, según el modo como se ha hecho el consumo. Si se ha hecho improductivamente, este consumo ha sido acompañado en general de la satisfacción de una necesidad, pero no de la reproducción de ningún valor: si se ha hecho reproductivamente, no ha satisfecho a ninguna necesidad, pero ha sido acompañado de la creación de un nuevo valor inferior, igual o superior al valor consumido; del que ha resultado perdida o ganancia para el empresario de esta producción(96). Así es que se puede mirar el consumo como un cambio en que el poseedor del valor consumido da este valor, y recibe en compensación o la satisfacción de una necesidad, o bien otro valor equivalente al valor consumido. Se puede notar aquí que el consumo improductivo, que no da más resultado que procurar un goce, no exige ninguna habilidad. Sin talento, sin trabajo ni fatiga puede uno comer buenos bocados, o ponerse un hermoso vestido(97); siendo así que en el consumo reproductivo, no sólo no resulta ningún goce inmediato de este consumo, sino que exige el emplear un trabajo ilustrado, que en todo el curso de esta obra se ha llamado industria. Cuando el que posee el valor que hay que consumir no tiene industria, ni sabe cómo hacer para consumir reproductivamente este valor, y quiere sin embargo que se consuma así, le presta a una persona más industriosa: ésta te destruye; pero como al mismo tiempo produce otro, se halla en estado de volverle, aun después de haber retenido los beneficios de su trabajo y de su talento. Un capital que uno devuelve después de haberle tomado prestado no es, como se ve, compuesto de las mismas materias que se han recibido. La condición impuesta por el prestador equivale a ésta: Os presto valores que son iguales al valor actual de dos mil piezas de a cinco pesetas, o de diez mil pesetas; a tal época me volveréis una suma de valores iguales al valor que tendrán entonces diez mil pesetas. Un depósito que uno tuviese que devolver en especie no debiendo ser consumido no podría servir para la reproducción. Algunas veces consume uno los productos que uno mismo ha creado: así lo hacen los labradores que comen de sus frutos y de las aves que crían, y el fabricante que se viste de sus tejidos; pero como los objetos de nuestro consumo son muy numerosos, y muy varios a proporción de los que nosotros producimos, la mayor parte de consumos no se verifican sino a consecuencia de una compra. Después que hemos cambiado por dinero, o recibido bajo forma de moneda, los valores que componen nuestra renta, cambiamos de nuevo estos valores por objetos que nos proponemos consumir. Esto es lo que hace que para el vulgo gastar y consumir significan lo mismo. Esto no quiere decir que comprando pierda uno el valor de lo que posee; porque después de haber comprado una cosa tiene aún su valor, y se puede, sino se ha comprado muy cara, revender por lo mismo que se ha comprado; pero consumiéndola, es como se verifica la pérdida, porque un valor destruido

no existe ya, ni hay medio de consumirle segunda vez. Esta es la razón por que una mujer sin gobierno destruye muy pronto en la economía doméstica los bienes limitados. Por lo común es la mujer, y no el marido, la que decide de lo que se consume diariamente, y estos consumos diarios se repiten de mil modos diferentes. Esto manifiesta el grande error en que están aquellos que creen que lo que no causa pérdida de dinero, no causa pérdida de riqueza. Nada es más común que el oír decir: el dinero que se gasta no se pierde; queda en el país: luego el país no se empobrece por los gastos que se hacen en él. El país en efecto no ha perdido nada del valor del dinero que se hallaba en él; pero la cosa comprada con una suma de dinero, cien cosas compradas sucesivamente con la misma suma de dinero, se han consumido, y su valor se ha destruido. Es pues muy superfluo, y he dicho casi pueril, el querer retener el numerario de un país para conservar su riqueza. Este numerario no impide ningún consumo de valores, ni por consiguiente ninguna pérdida de riquezas. Al contrario sirve para hacer que cambien con más comodidad hasta las manos de sus consumidores, los productos destinados al consumo; lo que es un bien cuando es para facilitar un consumo bien entendido, esto es, que sus resultados son buenos. Sólo se podría creer que si el numerario que circula en un país no preserva este país de ningún consumo, ni por consiguiente de ninguna pérdida de riqueza, el que se exporta ocasiona a lo menos una pérdida al país. Nada menos que eso: la exportación de las especies cuando no es definitiva, y que debe traer en retorno mercaderías, equivale a un consumo reproductivo, y a una pérdida de valor que tiene por objeto una reproducción de valores. Cuando la exportación de las especies es definitiva la nación se priva de una porción de su capital, que perdería del mismo modo por la exportación de cualquiera otra mercancía que no diese nada en retorno.

Capítulo III. De los efectos de un consumo reproductivo. El primer libro de esta obra ha manifestado lo que era el consumo reproductivo. Los valores capitales son los que se consumen reproductivamente. Un negociante, un fabricante y un labrador compran las materias primeras(98) y los servicios productivos, y los consumen para obtener de ellos nuevos productos: los efectos inmediatos de este consumo son los mismos que los del consumo improductivo: causa una petición que influye sobre el precio, y sobre la producción de los objetos pedidos, y destruye el valor de ellos: no hay más diferencia que en los resultados ulteriores, porque no satisface

ninguna necesidad, no da ninguna satisfacción, más que hacer al empresario, que la dispone, poseedor de un nuevo producto, cuyo valor le reembolsa los productos consumidos, y comúnmente le deja un beneficio. Relativamente a esta aserción que el consumo reproductivo no satisface a ninguna necesidad, se podría, por falta de un análisis completo de los hechos, objetar que el salario pagado a un obrero, y por consiguiente gastado reproductivamente, sirve para su sustento, para su vestido y para sus placeres. Es preciso notar que aquí no hay sólo un consumo, sino dos. El fabricante comprando los servicios del obrero y consumiéndolos, consume reproductivamente, y sin satisfacer ningunas, necesidades, una porción de su capital. Y por su parte el obrero, vendiendo sus servicios vende su renta de un día o de una semana; y el precio que saca de ella es lo que se consume improductivamente por él y por su familia: del mismo modo que el alquiler de la casa que ocupa el fabricante, y que forma la renta del propietario lo gasta éste improductivamente. Y no hay que figurarse que el mismo valor se consume dos veces, la una reproductivamente y la otra improductivamente, porque son dos valores independientes el uno del otro, y de origen diverso. El uno de los dos, el servicio industrial del obrero, es el producto de su fuerza muscular y de su talento: este servicio es un producto tan verdadero que tiene un precio corriente, como todos los demás géneros. El otro valor consumido es una parte del capital del fabricante, que ha dado en cambio del servicio del obrero. Terminado el cambio de estos dos valores, los dos consumos se operan cada uno por su parte con dos fines diferentes: el primero con el fin de crear un producto, y el segundo con el de alimentar el obrero y su familia. Lo que el fabricante gasta y consume reproductivamente, es lo que ha obtenido en cambio de su capital: lo que el obrero gasta, y consume improductivamente, es lo que ha obtenido en cambio de su renta. De que se cambien estos dos valores uno por otro no se sigue que formen un solo y mismo valor. El mismo raciocinio se aplica al trabajo inteligente del empresario. Este consume en su fábrica reproductivamente dicho trabajo; y los beneficios que en cambio saca de él son consumidos improductivamente por él y su familia. Por lo demás este doble consumo es análogo al que los empresarios hacen de sus materias primeras. Un fabricante de pa ños se presenta a un comerciante en lanas, con una suma de doce mil reales. ¿No se ven aquí dos productos realmente? El uno un valor de doce mil reales, fruto de una producción anterior, que actualmente compone parte del capital del fabricante, y por otra parte los bellones que hacen parte del producto anual de un cortijo. Una vez ejecutado el cambio estos dos valores se consumen cada uno por su parte el capital, cambiado por los bellones para hacer paño: el producto del cortijo cambiado por los doce mil reales para satisfacer las necesidades del arrendador y de su propietario. Siendo todo consumo una pérdida, cuando se hace un consumo reproductivo se gana tanto por lo que se consume de menos, como por lo que se produce de más. En la China

se ahorra mucho en la siembra de las tierras por el método que se sigue de plantar el grano en vez de sembrarle al aire. El efecto que resulta de esto es precisamente como si las tierras de la China fuesen más productivas que las de Europa(99). En las artes, cuando la materia primera es de ningún valor, no hace parte ninguna de los cons umos, que necesitan: así la piedra calcárea, destruida por el calero, y la arena que emplea el vidriero, no son consumos, sino tienen valor. Un ahorro hecho en los servicios productivos de la industria, de los capitales y de las tierras, es un ahorro tan real como un ahorro de materia primera. Se ahorra en los servicios productivos de la industria, de los capitales y de las tierras, ya sea sacando más servicios de los mismos medios de producción o ya sea absorbiendo menos medios de producción para obtener los mismos productos. Todos estos ahorros en general se convierten al cabo de poco tiempo en beneficio de la Sociedad: disminuyen los gastos de producción, y la concurrencia de productos hace bajar después, a nivel de estos gastos, el precio de los productos a medida que las economías se hacen más públicas, y de uso más general. Pero también por la misma razón, los que no saben valerse, tan económicamente como los demás de los medios de producción, pierden donde los otros ganan. Cuántos fabricantes se han arruinado porque no saben trabajar más que en edificios muy grandes, a mucha costa y con instrumentos muy multiplicados o muy caros, y por consiguiente con capitales muy considerables! Por fortuna el interés personal en la mayor parte de casos es el primero que padece mucho con estas pérdidas. Así es como el dolor advierte a nuestros miembros de los daños de que deben resguardarse. Si el productor sin maña no fuera el primero que es castigado de las pérdidas de que es autor, veríamos aún con más frecuencia arriesgarse a falsas especulaciones. Un mal especulador es tan fatal a la prosperidad general como un disipador. Un negociante que gasta cincuenta mil pesetas para ganar treinta, y un hombre del gran mundo, que gasta ochenta mil reales en caballos, en mozas, en festines y en bujías, hacen relativamente a su propio caudal y a la riqueza de la Sociedad, igual oficio: con sola la diferencia de que el último disfruta de un placer de que no goza el primero(100). No teniendo necesidad, por las consideraciones que son la materia del libro primero, de extenderme más sobre los consumos reproductivos, en lo que va a seguir, dirigiré la atención del lector sobre los consumos improductivos, sobre sus motivos y sobre sus resultados; y prevengo que desde ahora en adelante la palabra consumos sola, deberá entenderse como en el uso común , sólo de los consumos improductivos.

Capítulo IV. De los efectos del consumo productivo en general. Acabamos de considerar la naturaleza y efectos de los consumos en general y los efectos generales de los consumos reproductivos en particular. En este capítulo y los siguientes sólo se tratará de aquellos cuyo fin es satisfacer una necesidad o una fruición. Si se ha entendido bien lo que se ha dicho sobre la naturaleza del consumo y de la producción se convencerá cualquiera que esta especie de consumo que se llama improductivo, después de haber destruido un valor para satisfacer una necesidad, no tiene ningún otro efecto ulterior. Es un cambio de una porción de riquezas por una satisfacción y nada más. ¿Qué efecto ulterior podría tener? La reproducción. Una misma utilidad no puede servir dos veces. El vino que bebemos no puede servir para hacer aguardiente. ¿Se creerá acaso que éste favorece indirectamente la reproducción estableciendo nuevas demandas? Pero hemos visto que no hay más demandas efectivas que las que se hacen con el dinero en mano. Y ¿con qué se procura uno el dinero con que se compra? Con los productos que desde antes de la compra y del consumo componen las rentas o los capitales. La petición, la cantidad de los productos pedidos, está invariablemente fijada por la suma de las rentas y de los capitale s. Desde entonces todo el fomento que puede darse a la producción existe. Toda preferencia dada a un objeto se quita a otro. Lo que se consuma en sedas no se consumirá en lienzo o en paños. Lo que se consuma en objetos de placer, no se consumirá en objetos de utilidad más real. No falta que considerar en el consumo improductivo más que la mayor o menor satisfacción que resulta del consumo mismo, y a este examen es al que someteremos en este capítulo los consumos improductivos, sean los que quieran, y en los capítulos siguientes examinaremos en particular los consumos prívados y los consumos públicos. No se trata más que de comparar la pérdida que le resulta al consumidor de su consumo, con la satisfacción que le resulta de ella. Del juicio verdadero o falso que aprecia esta pérdida y la compara con esta satisfacción, dimanan los consumos bien o mal entendidos: esto es lo que después de la producción real de las riquezas influye más poderosamente en la dicha o desdicha de las familias y de las naciones. Bajo este aspecto los consumos más bien entendidos serán: 1.º Los que satisfacen necesidades reales. Por necesidades reales entiendo aquellas de cuya satisfacción depende nuestra existencia, nuestra salud y el contentamiento de la mayor parte de los hombres: estas son opuestas a las que provienen de una sensualidad muy exquisita, de la opinión y del capricho. Así los consumos de una nación serán, en general, bien entendidos si se encuentra en ellos cosas cómodas más bien que espléndidas; mucha ropa blanca más bien que encajes: alimentos abundantes y sanos, en vez de guisados muy exquisitos; buenos vestidos y ningún bordado. En una nación como ésta los establecimientos públicos tendrán poco fausto y mucha utilidad; los indigentes no verán en ella hospitales suntuosos, pero encontrarán un socorro seguro: los caminos no serán doble anchos de lo que se necesita, pero las posadas estarán bien surtidas y serán buenas:

en las ciudades tal vez no se verán suntuosos palacios, pero se andará con seguridad en ellas por los ánditos. El lujo de ostentación no da más que una vana satisfacción: el lujo de comodidad, si puedo expresarme así, nos procura una satisfacción real. Este último es menos caro, y de consiguiente consume menos. El otro no conoce límites: crece en casa de un particular, sin más motivo que el que se aumenta en casa de otro, y puede ir así hasta el infinito. »El orgullo, ha dicho Franklin, es un mendigo que grita tanto como la necesidad, pero es infinitamente más insaciable.» Satisfacción por satisfacción, la sociedad considerada en masa, halla más cuenta en la que provee a las necesidades reales, que en la que contenta las necesidades facticias. Que las necesidades de un rico hagan producir y consumir los perfumes exquisitos, y que las necesidades del pobre hagan producir un vestido de abrigo en una estación de frío riguroso, en ambos casos las riquezas sociales están disminuidas del valor de uno y otro de estos consumos, que se pueden suponer iguales; pero en el primer caso la sociedad habrá recibido en cambio un placer fútil, corto y que apenas se disfruta, y en el segundo(101) una comodidad sólida, durable y preciosa. 2.º Los consumos lentos más bien que los rápidos, y los que recaen con preferencia los productos de mejor calidad. Una nación y aun los particulares darán pruebas de cordura si buscan con preferencia los objetos, cuyo consumo es lento y el uso frecuente. Por este medio tendrán una casa y muebles cómodos y aseados; porque hay pocas cosas que se consuman más lentamente que una casa, ni de que se haga un uso más frecuente, porque uno pasa en ella la mayor parte de su vida. Sus modas no serán muy inconstantes: la moda tiene el privilegio de consumir las cosas antes que hayan perdido su utilidad, y aun muchas veces antes que hayan perdido su frescura: multiplica los consumos, y condena lo que aún es excelente, cómodo y bonito, a no servir de nada. Deste modo la rápida sucesión de las modas empobrece un estado con lo que consume y con lo que no consume. Vale más consumir las cosas de buena calidad, aunque sean más caras. La razón es esta: en toda especie de fabricación hay ciertos gastos que son los mismos, y que se pagan igualmente sea el producto bueno o sea malo: un lienzo hecho de mal lino, ha exigido de parte del tejedor, del comerciante por mayor, del embalador, del carromatero y del mercader por menor un trabajo precisamente igual al que habría exigido para llegar al consumidor un lienzo excelente. La economía que hago comprando un lienzo de mediana calidad no recae sobre el precio de estos diversos trabajos que siempre ha sido indispensable el pagarlos según todo su valor, sino sobre el precio de la materia primera sola, y sin embargo, estos diferentes trabajos pagados a precio tan caro se consumen más pronto si el lienzo es malo que si es bueno. Como este raciocinio puede aplicarse a todo género fabricado, y como en todos hay servicios que es preciso pagar bajo el mismo pie, sea la que quiera su calidad; y como estos servicios hacen más beneficio en las buenas calidades que en las malas, conviene a una nación en general el consumir principalmente las primeras. Para conseguirlo es

necesario que tenga el gusto indispensable para conocer lo que es hermoso y bueno: aun en este caso las luces(102) son favorables a la prosperidad del estado; y sobre todo es menester que la generalidad de la nación no sea tan miserable que siempre este precisada a comprar lo más barato, aunque por último, las cosas compradas de este modo, siempre le salgan más caras. Se percibe bien que los reglamentos en que la autoridad pública se mete en los por menores de los gastos de fabricación, suponiendo que por ellos se consiguiese el hacer fabricar mercaderías de mejor calidad, lo que es muy dudoso, son insuficientes para hacerlas consumir, porque no dan al consumidor, el gusto de las cosas buenas, ni los medios de adquirirlas. La dificultad se encuentra aquí, no de parte del productor, sino de parte del consumidor. Que se me hallen consumidores que quieran y puedan procurarse lo bello y lo bueno, y yo hallaré productores que se lo proporcionarán. Las comodidades de una nación la llevan a este punto: la comodidad no sólo da los medios de tener lo bueno, sino que da el gusto de tenerlo. Y no son los reglamentos los que dan la comodidad, sino la producción activa y el ahorro: el que junta los capitales es el amor del trabajo que favorece todos los géneros de industria y la economía. En los países en que se encuentran estas calidades, es donde cada uno adquiere bastante comodidad para tener escogimiento en sus consumos. La sujeción va siempre acompañando la prodigalidad, y cuando la necesidad domina, entonces no se escoge. Los placeres de la mesa, del juego, de los fuegos de pólvora, son del número de los más pasajeros. Se que hay pueblos que carecen de agua, y en un solo día de fiesta gastan lo que bastaría para traer agua al pueblo, y construir una fuente en la plaza pública. Sus habitantes prefieren embriagarse en honor del patrón del pueblo, aunque tengan que ir con mil trabajos diariamente a buscar agua cenagosa a la cima de un cerro de los alrededores. El desaseo de la mayor parte de las casas de la gente del campo se debe atribuir parte a la miseria, y parte a consumos mal entendidos. En general el país donde se gastase en las ciudades o en los lugares, en casas bonitas, en vestidos aseados, en muebles bien hechos y en instrucción, parte de lo que se gasta en goces frívolos y peligrosos, este país cambiaría de aspecto totalmente, tomaría el aire de comodidad, parecería más civilizado, y sería más atractivo para sus propios habitantes y para los extranjeros. 3.º Los consumos hechos en común. Hay diferentes servicios, cuyos gastos no se aumentan a proporción del consumo que se hace de ellos. Un solo cocinero puede preparar igualmente bien la comida de uno solo y la de diez personas: en la misma lumbre se pueden asar igualmente muchas piezas o una sola: de esto proviene la economía que hay en el mantenimiento en común de las comunidades religiosas y civiles de los soldados y de los talleres numerosos: de aquí la que resulta de preparar en marmitas comunes, el alimento de un gran número de personas dispersadas: esta es la principal ventaja de los establecimientos en que se preparan sopas económicas. 4.º Por último, por consideraciones de otra especie, los consumos bien entendidos son los que aprueba la sana moral. Al contrario las que la ultrajan, concluyen comúnmente

por convertirse en mal para las naciones, lo mismo que para los particulares; pero las pruebas de esta verdad me apartarían demasiado de mi asunto. Debe notarse que la desigualdad demasiado grande de fortunas es contraria a todos estos géneros de consumos que se deben mirar como mejor entendidos. A medida que las fortunas son más desproporcionadas hay en una nación más necesidades facticias, y menos necesidades reales satisfechas, y los consumos rápidos se multiplican. Los Suculos y los Hellogábalos de la antigua Roma jamás creían haber destruido bastante, ni consumido bastantes víveres; por último los consumos inmorales son mucho más multiplicados en aquellos parajes en que se encuentran la grande opulencia y la gran miseria. La Sociedad se divide entonces en un corto número de gentes que disfrutan de las cosas más exquisitas, y en otro gran número que envidia la suerte de los primeros, y hace todo lo posible por imitarlos: todo medio se tiene por bueno para pasar de una clase a otra, y se hace tan poco escrupuloso sobre los medios de gozar, como se ha hecho sobre los medios de enriquecerse. En todo país el gobierno ejerce un gran influjo sobre la naturaleza de los consumos que se hacen, no sólo porque tiene que decidir la naturaleza de los consumos públicos, sino porque su ejemplo y su voluntad dirigen muchos consumos privados. Si el gobierno es amigo de fausto y ostentación, el rebaño de imitadores tendrá fausto y ostentación: y aun las personas capaces de conducirse por sus propios principios se verán precisadas a sacrificarlos. ¿La suerte de éstas está acaso independiente siempre de un favor y de una consideración que se da entonces, no a las cualidades personales, sino a las prodigalidades que ellas desaprueban? En la primer clase de consumos mal entendidos están aquellos que acarrean pesares y males, en vez de los placeres que se esperaba de ellos. Tales son los excesos de la intemperancia; y si se quieren ejemplos sacados de los consumos públicos, tales son las guerras hechas con sólo el objeto de vengarse, como la que Luis XIV declaró al gacetero de Holanda, o las que suscita el amor de una vana gloria, y de las que no se saca más que odio y vergüenza. Sin embargo estas guerras afligen menos aún por las pérdidas, que son del resorte de la economía política, que a causa del reposo y honor de las naciones que comprometen, y de la virtud y talentos que extinguen para siempre: estas pérdidas son un tributo que la patria y los particulares, llorarían ya aun cuando no se exigiesen más que por la inexorable necesidad, pero que son horribles cuando es preciso hacer el sacrificio de ellas a la ligereza, a los vicios, a la impericia u a las pasiones de los poderosos.

Capítulo V. De los consumos privados, de los motivos de ellos, y de sus resultados.

Los consumos privados, como opuestos a los consumos públicos, son los que se hacen para satisfacer las necesidades de los particulares y de las familias. Estas necesidades son relativas principalmente a su alimento, a su vestido y a su habitación y a sus placeres. Las rentas de cada uno, ya vengan de sus talentos industriales, o de sus capitales, o de sus tierras, proveen a los diversos consumos que exige la satisfacción de estas necesidades. La familia aumenta sus riquezas o las pierde, o queda estacionaria según sus consumos son menores que sus rentas, o les exceden o les igualan. La suma de todos los consumos privados, junta a los que hace el gobierno para el servicio del estado, forma el consumo general de la nación. De que cada familia, lo mismo que la nación tomada en masa, pueda sin empobrecerse consumir la totalidad de sus rentas, no se sigue que deba hacerlo. La previsión prescribe el ponerse de parte de los acontecimientos. ¿Quién puede responder de que conservará siempre todos sus bienes? ¿Cuál es la fortuna que no dependa nada de la injusticia, de la mala fe, o de la violencia de los hombres? ¿Acaso no se han confiscado nunca tierras? ¿Ningún navío ha naufragado jamás? ¿Puede uno asegurar que no tendrá pleitos? ¿Puede uno responder de que los ganará siempre? ¿Ningún rico comerciante no ha sido jamás víctima de una quiebra o de una especulación falsa? Si cada año gasta uno toda su renta, el fondo puede menguar continuamente, y debe según todas las probabilidades. ¿Pero aun cuando debiese ser siempre el mismo bastaría el mantenerle? ¿Unos bienes por cuantiosos que sean, serán cuantiosos cuando lleguen a dividirse entre muchos hijos? ¿Y aun cuando no debiesen dividirse qué mal habría en aumentarlos, con tal que esto se haga por buenos medios? ¿Acaso no es el deseo que tienen los particulares de aumentar su bienestar, quien aumentando los capitales con los ahorros favorece la industria, y hace que las naciones sean opulentas y civilizadas? Si nuestros padres no hubiesen tenido este deseo, seríamos aún salvajes. Todavía no sabemos bien hasta qué punto se puede ser civilizado por los progresos de la opulencia. No me parece que esté probado que sea necesario que los nueve décimos de la mayor parte de las naciones de Europa estén sumergidos en un estado próximo de la barbarie, como de hecho sucede aún al presente. La economía privada nos enseña a arreglar de un modo conveniente los consumos de la familia, esto es, a comparar juiciosamente en todas ocasiones el sacrificio del valor consumido, con la satisfacción que saca de él la familia. Cada hombre en particular es sólo capaz de apreciar este sacrificio y esta satisfacción con exactitud, porque todo es relativo a sus bienes, a la clase en que está en la sociedad, a sus necesidades, a las de su familia, y aun a sus gustos personales. Un consumo demasiado limitado le priva de las dulzuras de que sus bienes le permiten gozar. Un consumo desarreglado le priva de los recursos que la prudencia le aconseja procurarse(103) . Los consumos de los particulares son perpetuamente relativos al carácter y pasiones de los hombres, porque las inclinaciones más nobles como las más viles influyen alternativamente en ellas; y son excitadas por el amor de los placeres sensuales, por la vanidad, la generosidad, la venganza y los deseos desmedidos. Son reprimidos por una prudente previsión, por los temores quiméricos, por la desconfianza, y por el egoísmo. De estas afecciones diferentes predominan ya unas, ya otras, y dirigen los hombres en el uso que hacen de las riquezas. La línea trazada por la prudencia es en este caso como en todos

los demás la más difícil de seguir. Su debilidad se inclina ya a un lado ya a otro, y los precipita con mucha frecuencia a los excesos(104) . Relativamente al consumo los excesos son la prodigalidad y la avaricia. Una y otra se privan de las ventajas que procuran las riquezas, la prodigalidad agotando los medios que ellas dan, y la avaricia prohibiéndole el llegar a ellas. La prodigalidad es más amable, y se aviene mejor con muchas cualidades sociales. Se la perdona con más facilidad porque convida a participar de sus placeres. Sin embargo es más fatal a la sociedad que la avaricia: disipa y quita a la industria los capitales que la mantienen, y destruyendo uno de los grandes agentes de la producción mata el otro. Los que dicen que el dinero no es bueno más que para gastarse y que los productos se han hecho para ser consumidos, se engañan mucho, si entienden sólo el gasto y el consumo consagrados a procurarnos placeres. El dinero es bueno también para ser ocupado reproductivamente; no lo es nunca sin que resulte de él un grandísimo bien; y siempre que un fondo empleado se disipa, hay en algún rincón del mundo una cantidad equivalente de industria que se extingue. El pródigo que come una parte de su fondo priva al mismo tiempo a un hombre industrioso de sus beneficios. El avaro que no hace producir su tesoro temiendo exponerle, verdaderamente no favorece la ind ustria pero a lo menos no le quita ninguno de sus medios este tesoro amontonado a costa de sus propios goces, y no a costa del público como el vulgo se figura: no se ha sacado de un empleo productivo; y a lo menos, cuando muere el avaro se coloca y corre a animar la industria sino lo han disipado sus sucesores o sino se ha sepultado de tal suerte que no se pueda hallar. Los pródigos hacen muy mal de gloriarse de sus disipaciones. No son menos indignas de la nobleza de nuestra naturaleza que las mezquindades del avaro. No hay ningún mérito en consumir todo lo que se puede y en carecer de las cosas cuando no se tienen. Esto es lo que hacen las bestias, y aun las más inteligentes son más advertidas. Lo que debe caracterizar el procedimiento de toda criatura dotada de previsión y de razón es el no hacer, en cada circunstancia, ningún consumo sin un fin racional. Tal es lo que aconseja la economía. La Economía es el juicio aplicado a los consumos. Conoce sus recursos y el uso mejor que se puede hacer de ellos. La Economía no tiene principios absolutos; siempre es relativa a la fortuna, a la situación y a las necesidades del consumidor. Tal gasto que aconseja una sabia Economía a un hombre de mediana fortuna, sería una mezquindad para un rico y una prodiga lidad para una familia indigente. Es menester cuando se está enfermo permitirse ciertas comodidades que se rehusaría uno a sí mismo en estado de salud. Un beneficio que merece el mayor elogio cuando es tomado de los goces personales del bienhechor, es digno de desprecio cuando se concede a costa de la subsistencia de sus hijos. La Economía se aleja tanto de la avaricia como de la prodigalidad. La avaricia amontona, no para consumir ni para reproducir, sino para amontonar; es un instinto y una necesidad maquinal y vergonzosa. La Economía es hija de la prudencia y de una razón ilustrada: sabe privarse de lo superfluo para procurarse lo necesario, mientras que el avaro se priva de lo necesario a fin de procurarse lo superfluo

para un porvenir que no llega jamás. Se puede tener Economía en una fiesta suntuosa, y la Economía subministra medios de hacerla aún más bella. La avaricia no puede mostrarse en ninguna parte sin echarlo todo a perder: una persona económica compara sus facultades con sus necesidades presentes, con sus necesidades futuras, y con lo que exigen de ella, sus amigos, y la humanidad: un avaro no tiene familia ni amigos: apenas tiene necesidades, y la humanidad no existe para él: la Economía no quiere consumir nada en balde: la avaricia no quiere consumir nada absolutamente. La primera es efecto de un cálculo laudable en cuanto ella sola ofrece los medios de cumplir sus deberes y de ser generoso sin ser injusto. La avaricia es una pasión vil, por cuanto ella se considera a sí, exclusivamente, y lo sacrifica todo a sí misma. De la Economía se ha hecho una virtud, y no sin razón, porque supone la fuerza y el imperio de sí mismo como las demás virtudes, y no hay ninguna más fecunda en felices consecuencias. Ella es la que en las familias prepara la buena educación física y moral de los hijos y el cuidado de los viejos. Ella es quien asegura a la edad madura esta serenidad de espíritu necesaria para conducirse bien, y esta independencia que hace a los hombres superiores a las bajezas. Por la Economía sola puede uno ser liberal, serlo por largo tiempo, y serlo con fruto. Cuando uno no es liberal más que por prodigalidad, se da sin discernimiento a los que no lo merecen lo mismo que a los que la merecen: a aquellos a quien uno no debe nada a costa de aquellos a quien uno debe. Con frecuencia se ve al pródigo obligado a implorar el socorro de las gentes a quienes ha colmado de riquezas con sus profusiones: parece que no da sino con la condición de que le den a él al contrario de una persona económica que da siempre gratuitamente, porque no da más que aquello de que puede disponer. Este es rico con una fortuna mediana, en vez de que el avaro y el pródigo son pobres con grandes bienes. El desorden excluye la Economía. Marcha a tientas con los ojos vendados por medio de las 'riquezas, y unas veces tiene a la mano lo que desea más y carece de ello porque ni siquiera lo nota, y otras veces coge y devora lo que le importa más conservar. Perpetuamente está dominado por los acontecimientos; o no los prevé o no tiene libertad para substraerse de ellos. Nunca sabe dónde estar ni qué partido tomar. Una casa en que no reina el orden es presa de todo el mundo: se arruina aun con agentes fieles y se arruina también aun con la parsimonia. Está expuesta a una multitud de pérdidas pequeñas que se renuevan a cada instante bajo todas las formas y por las causas más despreciables(105). Entre los motivos que determinan el mayor número de consumos privados es menester poner el lujo, que ha dado materia a tantas declamaciones, y del que yo tal vez podría excusarme de hablar, si todo el mundo se quisiese tomar el trabajo de hacer la aplicación a los principios establecidos en esta obra, y si siempre no fuese útil poner razones en vez de declamaciones. Se ha definido el lujo: el uso de lo superfluo(106) confieso que no se distingue lo superfluo de lo necesario.

Así como los colores del arco iris que se tocan y se forman uno de otro por degradaciones imperceptibles. Los gustos, la educación, los temperamentos y la salud establecen diferencias infinitas entre todos los grados de utilidad y de necesidades, y es imposible el servirse, en un sentido absoluto de dos palabras que nunca pueden tener más que un valor relativo. Lo necesario y lo superfluo varían también según los diferentes estados en que se halla la Sociedad. Y así aunque en rigor un hombre pudiese vivir no teniendo más que raíces para alimentarse, una piel para cubrirle y una choza para resguardarse no obstante en el estado actual de nuestras sociedades no se puede en nuestros climas considerar como superfluidades el pan y la carne, un vestido de un tejido de lana y una habitación en una casa. Por la misma razón lo necesario y lo superfluo varían según la fortuna de los particulares: lo que es necesario en una ciudad y a cierta profesión, sería superfluo en el campo y en una posición diferente. Y así no se puede señalar el punto que separa lo superfluo de lo necesario. Smith que le pone un poco más arriba que Steuart, puesto que llama cosas necesarias (necessities), no sólo lo que la naturaleza, sino también lo que las reglas convenidas de decencia y de urbanidad han hecho necesario a las últimas clases del pueblo: Smith, digo, ha hecho mal el fijarle; porque este punto por su naturaleza es variable. Se puede decir en general que el lujo es el uso de las cosas caras. Y esta palabra caro, cuyo sentido es relativo, conviene bastante en la definición de una palabra, cuyo sentido también es relativo. En francés la palabra lujo excita al mismo tiempo más bien la idea de la ostentación que la de la sensualidad(107). El lujo de los Vestidos no indica que éstos sean más cómodos para el que los lleva, sino que están hechos para dar en ojos a los que los miran. El lujo de la mesa recuerda más bien la suntuosidad de un gran banquete que los platos delicados de un Epicúreo. Bajo este punto de vista el lujo tiene principalmente por fin el excitar la admiración por la rareza, la carestía y la magnificencia de los objetos que ostenta, y los objetos de lujo son las cosas que no se emplean ni por su utilidad real, ni por su comodidad, ni por el ornato, sino sólo para deslumbrar a los que miran, y para ganar la opinión de los demás hombres. El lujo es ostentación; pero la ostentación se extiende a todas las ventajas que uno pretende tener: hay quien es virtuoso por ostentación, pero nunca puede decirse que lo es por lujo. El lujo supone gasto, y si se dice el lujo del espíritu es por extensión, y suponiendo que se hace un gasto de espíritu cuando se prodigan los dichos que el espíritu suministra ordinariamente y que el gusto quiere que se economicen. Aunque lo que entendemos por lujo tenga principalmente la ostentación por motivo, sin embargo el esmero de una sensualidad extrema puede asimilarsele: éste no puede justificarse mejor, y el efecto es exactamente el mismo; es un consumo considerable, propio para satisfacer grandes necesidades, y consagrado a goces vanos. Pero no podría llamar objeto de lujo lo que un hombre ilustrado y juicioso, habitante de un país culto, desearía para su mesa aunque no tuviese ningún convidado, y para su casa y vestido,

aunque no estuviese precisado a hacer ningún papel. Es una satisfacción y comodidad bien entendida y conveniente a sus bienes, pero no es lujo. Determinada de este modo la idea del lujo, desde ahora se pueden descubrir cuáles son sus efectos sobre la economía de las naciones. El consumo improductivo abraza la satisfacción de necesidades muy reales. Bajo este aspecto puede compensar el mal que resulta siempre de una destrucción de valores; ¿pero quién compensará el mal de un consumo que no tiene por objeto la satisfacción de ninguna necesidad real? De un gasto que no tiene por objeto más que este gasto mismo? ¿De una destrucción de valor que no se propone otro fin más que esta destrucción? ¿Procura, decís, beneficios a los productores de objetos consumidos? Pero el gasto que no se hace por vanos consumos, se hace siempre; porque el dinero que rehúsa uno emplear en objetos de lujo no le arroja al río. Se emplea ya sea en consumos más bien entendidos, ya sea en la reproducción. De todos modos a no enterrarle se consume o hace consumir toda su renta; y así el fo mento dado a los productores por el consumo es igual a la suma de las rentas. De donde se sigue: 1.º Que el fomento dado a un genero de producción por gastos fastuosos se quita necesariamente a otro genero de producción. 2.º Que el fomento que resulta de este gasto no puede aumentarse sino en el caso solo en que la renta de los consumidores se aumente; pero se sabe que no se aumenta por los gastos de lujo, sino por los gastos reproductivos. ¡En qué error han caído aquellos, que viendo por mayor que la producción iguala siempre el consumo (porque es bien claro que lo que se consume es preciso que haya sido producido) han tomado el efecto por la causa, y han sentado como principio que sólo el consumo improductivo provocaba la reproducción, que el ahorrar era directamente contrario a la prosperidad pública y que el ciudadano más útil es aquel que gasta más! Los partidarios de dos sistemas opuestos, el de los economistas y el del comercio exclusivo o de la balanza de comercio han hecho de esta máxima un artículo fundamental de su fe. Los fabricantes y los comerciantes que no atienden más que a la venta actual de sus productos, sin investigar las causas que les habrían hecho vender más, han apoyado una máxima al parecer tan conforme a sus intereses; y los poetas seducidos siempre un poco por las apariencias, y no creyéndose obligados a ser más sabios que los estadistas, han celebrado el lujo de todos modos(108) , y los ricos se han dado mucha prisa a adoptar un sistema que representa su ostentación como una virtud, y sus goces como beneficios(109); pero el progreso de la Economía política, dando a conocer los verdaderos orígenes de la riqueza, los medios de la producción y los resultados del consumo, harán caer para siempre este prestigio. La vanidad podrá gloriarse de sus gastos vanos, y será el desprecio del hombre de juicio a causa de sus consecuencias, como lo era ya por sus motivos.

Lo que el raciocinio demuestra está confirmado por la experiencia. La miseria siempre sigue los pasos del lujo. Un rico fastuoso emple a en joyas de valor, en banquetes suntuosos, en magníficas casas, en perros, en caballos, en mozas, los valores que impuestos productivamente habrían servido para comprar vestidos de abrigo, alimentos nutritivos y muebles cómodos, a una multitud de gentes laboriosas condenadas por él a permanecer ociosas y miserables. Entonces es cuando el rico tiene hebillas de oro y el pobre carece de zapatos; cuando el rico está vestido de terciopelo y el pobre no tiene camisa. Es tal la fuerza de las cosas, que la magnificencia en vano quiere alejar de su vista la pobreza; porque la pobreza la sigue sin desampararla, como para echarle en cara sus excesos. Esto es lo que se observaba en Versalles, en Roma y en Madrid, y en todas las cortes: de esto es lo que la Franc ia ha presentado últimamente de resultas de una administración disipadora y fastuosa, como si hubiera sido necesario que principios tan incontestables debiesen de recibir esta terrible confirmación(110) . Las gentes que no están habituadas a ver las realidades al través de las apariencias, son seducidas algunas veces por la gran cantidad y el mucho estrépito de un lujo brillante. Creen la prosperidad al instante que ven la ostentación. Pero que no se engañen, porque un país que declina ofrece siempre durante algún tiempo la imagen de la opulencia, que es lo que se ve en la casa de un disipador que se arruina. Pero este brillo facticio no es durable, y como agota los orígenes de la reproducción está infaliblemente seguido de un estado de opresión y de consunción política, de que no se cura sino por grados y por medios contrarios a aquellos que han causado el aniquilamiento. Es sensible que las costumbres y los hábitos funestos del país a que uno pertenece por su nacimiento, por sus bienes y por sus enlaces sometan a su influjo hasta las personas más juiciosas, las que están más en estado de apreciar el riesgo de ellas, y de preveer sus tristes consecuencias. No hay sino un corto número de hombres de espíritu bastante firme y de fortuna bastante independiente que no obren más que según sus principios, ni tengan más modelo que ellos mismos. Hacen, a pesar suyo, parte de esa turba insensata que corre a la ruina buscando la felicidad: digo insensata porque no es menester mucha filosofía para haber notado que una vez que las necesidades ordinarias de la vida están satisfechas, la felicidad no se encuentra en las vastas fruiciones del lujo, sino en el ejercicio moderado de nuestras facultades físicas y morales. Las personas que por un gran poder o por grandes talentos, procuran extender el gusto del lujo, conspiran según esto contra la felicidad de las naciones. Si algún hábito merece ser fomentado tanto en las monarquías como en las repúblicas y en los estados grandes lo mismo que en los pequeños, es únicamente la economía. ¿Pero necesita acaso fomento? ¿No basta el no darselo a la disipación concediéndola honores? ¿No basta el respetar inviolablemente todos sus ahorros y sus imposiciones, esto es, la entera manifestación de toda industria que no es criminal? Excitando los hombres a gastar, se dice, se les excita a producir: es necesario que ganen con que mantener sus gastos. Para raciocinar así es preciso comenzar por suponer

que depende de los hombres el producir lo mismo que el consumir, y que es tan fácil aumentar sus rentas como el comerselas. Pero cuando fuese así, cuando además fuese verdad que la necesidad del gasto diese el amor al trabajo (lo que está muy lejos de ser conforme a la experiencia), no se podría con todo eso aumentar la producción, sino por medio de un aumento de capitales, que son uno de los elementos necesarios de la producción; pero los capitales no pueden aumentarse más que ahorrando; ¿y qué ahorro se puede esperar de los que no están excitados a producir más que por el ansia de gozar? Por otra parte, cuando el amor del fausto inspira el deseo de ganar, los recursos lentos y limitados de la producción verdadera ¿bastan acaso al anhelo de sus necesidades? ¿No cuenta más bien sobre los beneficios rápidos y vergonzosos de la intriga, industria ruinosa para las naciones, pues no produce, sino que sólo entra a participar de los productos de las demás? Entonces el pícaro se vale de todos los recursos de su despreciable talento: el enredador especula sobre la obscuridad de las leyes, y el hombre poderoso vende a la tontería y a la falta de probidad, la protección que debe gratuitamente al mérito y a la justicia. He visto en una cena, dice Plinio, a Paulina cubierta de un tejido de perlas y de esmeraldas que valía cuarenta millones de sestercios; de lo que podía dar una prueba, según ella decía, con los recibos. Todo esto lo debía a las rapiñas de sus mayores, y era, añade el autor romano, para que su nieta se presentase en un festín cargada de piedras preciosas; por lo que Lolio consintió el desolar muchas provincias, el ser difamado en todo el oriente, el perder la amistad del hijo de Augusto, y finalmente el morir envenenado. Tal es la industria que inspira el gusto del fausto. Si acaso se pretendiese que el sistema que fomenta las prodigalidades, no favoreciendo más que las de los ricos, tiene a lo menos esta buena tendencia de disminuir la desigualdad de bienes: me sería fácil probar que la profesión de los ricos arrastra la de las clases medias y la de los pobres; y estas son las que con más prontitud llegan a los límites de sus ventas, de modo que la profusión general aumenta más bien que reduce la desigualdad de bienes. Además que la prodigalidad de los ricos está siempre precedida u seguida de la de los gobiernos, y la de estos no sabe recurrir más que a los impuestos, siempre más pesados para las rentas pequeñas que para las grandes(111) . Después de haber hecho la apología del lujo se les ha ocurrido alguna vez a ciertas personas el hacer también la apología de la miseria. Se ha dicho que si los indigentes no fuesen perseguidos por la necesidad, no querrían trabajar; lo cual privaría a los ricos y a la sociedad en general de la industria del pobre. Esta máxima afortunadamente es tan falsa en su principio como bárbara en sus consecuencias. Si la desnudez fuese un motivo para ser laborioso, el salvaje sería el más laborioso de los hombres, porque es el más desnudo. Se sabe sin embargo cuánta es su indolencia, y que han muerto de tristeza todos los salvajes a quienes se ha querido ocupar. En nuestra Europa, los obreros más perezosos son los que tienen costumbres que se parecen más a las del salvaje: la cantidad de obra ejecutada por un trabajador grosero de un distrito miserable, no es comparable a la cantidad de obra ejecutada por un obrero

acomodado de París o de Londres. Las necesidades se multiplican a medida que se satisfacen. El hombre que tiene una chaqueta quiere tener un frac; el que tiene un frac quiere tener una levita. El obrero que tiene un cuarto para vivir desea tener dos; el que tiene dos camisas anhela por tener una docena para poderse mudar con más frecuencia; pero el que jamás la ha tenido, ni siquiera piensa en tenerla. Nunca el haber ganado es obstáculo para querer ganar más. La comodidad de las clases inferiores no es incompatible, como se ha repetido demasiadas veces, con la existencia del cuerpo social. Un zapatero puede hacer zapatos igualmente bien en un cuarto abrigado, y teniendo un buen vestido cuando está bien mantenido y que mantiene bien sus hijos, que cuando trabaja pasmado de frío en una barraca, u en la esquina de una calle. No se trabaja menos ni peor cuando se goza de las comodidades regulares de la vida. La ropa blanca se lava muy bien en Inglaterra donde los lavanderos hacen su oficio con comodidad en sus casas, y no están precisados a pasar mil trabajos para ir a jabonar al río(112). Los ricos pueden perder ese pueril miedo de carecer de las cosas que apetece su sensualidad, si el pobre adquiere su bienestar. La experiencia y el raciocinio muestran al contrario que en los países más ricos y en los más generalmente ricos es donde se halla con más facilidad el modo de satisfacer los gustos más delicados.

Capítulo VI. De los consumos públicos.

§ I. De la naturaleza y de los efectos generales de los consumos públicos. Además de las necesidades de los particulares y de las familias, cuya satisfacción da lugar a los consumos privados, la reunión de los particulares tiene, como Sociedad, también sus necesidades, que dan lugar a los consumos públicos, ella compra y consume el servicio del administrador que cuida de sus intereses, del militar que la defiende contra las agresiones extranjeras, del juez civil o criminal, que le protege cada particular contra las empresas de los demás. Todos estos servicios diferentes tienen su utilidad; y si están multiplicados más de lo que se necesita, y pagados más de lo que valen es por una consecuencia de los vicios de la organización política, cuyo examen no es de nuestro resorte. Veremos más adelante dónde la sociedad halla los valores con que compra, ya sea el servicio de sus agentes, ya los comestibles que exigen sus necesidades. Nosotros no

consideramos en este capítulo más que el modo cómo se opera el consumo, y los resultados de este consumo. Si se ha entendido bien el principio de este tercer libro, se concebirá fácilmente que los consumos públicos, los que se hacen por utilidad común son precisamente de la misma naturaleza que los que se hacen para la satisfacción de los individuos o de las familias. Siempre es una destrucción de valores, una pérdida de riqueza aun cuando no ha salido ni un maravedí del recinto del país. Para mejor convencernos de esto, sigamos el camino que hace un valor consumido por utilidad pública. El gobierno exige del contribuyente el pago en dinero de una contribución cualquiera. Este contribuyente para satisfacer al perceptor, trueca por dinero los productos de que puede disponer, y entrega este dinero al representante del fisco(113): otros agentes compran con este dinero paños y víveres para la tropa. Hasta ahora no hay valor ningún o consumido ni perdido, hay solo un valor entregado gratuitamente por el que lo debía, y ciertos cambios hechos. El valor dado existe aun en forma de víveres y de paños en los almacenes del ejército. Pero al fin este valor se consume; y entonces esta porción de riqueza que salió de las manos de un contribuyente se anonada y destruye. No es ya la suma de dinero la que se ha destruido: ésta ha pasado de una mano a otra, ya sea gratuitamente como cuando ha pasado del contribuyente al perceptor; ya sea por vía de cambio como cuando ha pasado del administrador al asentista a quien se han comprado los víveres o los paños; pero enmedio de todos estos movimientos el valor del dinero se ha conservado; y después de haber pasado de una tercera mano a una cuarta, o a una décima, existe aún sin ninguna alteración sensible: lo que no existe ya es el valor del paño y de los víveres, y este resultado es precisamente lo mismo que si el contribuyente con el mismo dinero hubiese comprado los víveres y los paños; no hay más diferencia sino que el habría gozado de este consumo, y ahora quien le ha disfrutado es el Estado. Es fácil aplicar el mismo raciocinio a todos los géneros de consumos públicos: Cuando el dinero del contribuyente sirve para pagar el sueldo de un empleado, éste empleado vende su tiempo, su talento, y su trabajo, que se consume en el servicio público, y él consume a su vez en lugar del contribuyente, el valor que ha recibido en cambio de sus servicios, como lo habría podido hacer un mancebo, un criado cualquiera, empleado para cuidar de los intereses privados del contribuyente. Se ha creído en casi todos los tiempos, que los valores pagados por la Sociedad por los servicios públicos los volvía a cobrar bajo otras formas, y se han figurado que lo prohíban, cuando se ha dicho lo que el gobierno o sus agentes reciben, lo restituyen gastándolo. Pero es un error y un error cuyas consecuencias han sido deplorables, en cuanto ellas han arrastrado enormes dilapidaciones cometidas sin remordimiento. El valor suministrado por el contribuyente se entrega gratuitamente, y el gobierno se sirve de él para comprar un trabajo, los objetos de consumo y los productos, en una palabra, que tienen un valor equivalente, y que se le entregan. Una compra no es una restitución(114). De cualquier manera que se presente esta operación, y aunque con mucha frecuencia sea

muy complicada en la ejecución, siempre se reducirá por el análisis a lo que acaba de decirse. Un producto consumido, siempre es un valor perdido sea quien quiera el consumidor, y expendido sin compensación por el que no recibe nada en retorno; pero aquí se debe mirar como retorno la ventaja que el contribuyente saca del servicio del hombre público, o del consumo que se hace por utilidad general. Si los gastos públicos afectan la suma de riqueza precisamente del mismo modo que los gastos privados, los mismos principios de Economía deben presidir a unos y a otros. No hay dos suertes de Economía, así como no hay dos suertes de probidad o dos suertes de moral. Si un gobierno, lo mismo que un particular, hace consumos de los que deba resultar una producción de valor superior al valor consumido, ejercen una industria productiva; y si el valor consumido no ha dejado ningún producto, es un valor perdido para el uno, lo mismo que para el otro; pero que disipándose, ha podido hacer muy bien el servicio que se esperaba de él. Las municiones de guerra y de boca, el tiempo y los trabajos de los funcionarios civiles y militares que han servido para la defensa del estado, ya no existen aunque hayan sido perfectamente bien empleados: sucede lo mismo con estas cosas que con los víveres y servicios que una familia ha consumido para su uso. El empleo de éstos no ha presentado ninguna otra ventaja más que la satisfacción de una necesidad: si la necesidad no existe el consumo y el gasto no han sido más que un mal sin compensación. Lo mismo sucede con los consumos del estado: consumir por consumir, gastar por sistema, pedir un servicio por sólo el gusto de concederle un sueldo, destruir una cosa por tener la ocasión de pagarla, es una extravagancia de parte de un gobierno como de parte de un particular, en un estado pequeño lo mismo que en uno grande y en una república lo mismo que en una monarquía. Un gobierno disipador es mucho más culpable que un particular: éste consume los productos que le pertenecen, pero un gobierno no es propietario: no es más que un administrador del caudal público(115). ¿Qué se debe pensar entonces de muchos autores que han querido establecer que las fortunas particulares y la fortuna pública eran de naturalezas muy diferentes: que la fortuna de un particular se engrosaba verdaderamente con los ahorros; pero que la fortuna pública recibía al contrario su incremento del aumento de los consumos, sacando de aquesta peligrosa y falsa consecuencia, que las reglas que sirven para la administración de un caudal particular, y las que deben dirigir la administración de los caudales públicos, no sólo difieren entre sí, si no que se hallan con frecuencia directamente en oposición? Si tales principios no e viesen más que en los libros, y nunca fuesen puestos en práctica, se podría uno consolar de esto, y mirarlos con indiferencia como que servían sólo para aumentar el cúmulo de los errores impresos; pero ¡cuánto debe uno compadecerse de la humanidad cuando se ve que los profesan hombres eminentes en dignidad, en talento, y en instrucción! ¿Qué digo? ¿cuan do se ven reducidos a práctica por los que están armados del poder, y pueden dar al error y al mal sentido la fuerza de las bayonetas y del cañón? (116) Madama de Maintenon refiere en una carta al Cardenal de Noailles que exhortando un día al Rey a que hiciese limosnas más cuantiosas, Luis XIV le respondió: un Rey hace

limosna gastando mucho. Dicho precioso y terrible que muestra cuánto la ruina puede reducirse a principios(117). Los malos principios son peores que la perversidad misma, porque uno los sigue contra sus propios intereses que entiende mal, y porque los sigue mucho más tiempo, sin remordimiento y sin consideración alguna. Si Luis XIV hubiese creído no satisfacer más que a su vanidad con su fausto y su ambición por sus conquistas, era hombre honrado, y habría podido al fin reprobárselas a sí mismo, y poner a ellas un término y detenerse a lo menos por su propio interés; pero él creía firmemente que con sus profusiones se hacía útil a sus Estados, y por consiguiente a sí mismo, y así no se detuvo hasta el momento en que cayó en la miseria y en la humillación(118) . Las sanas ideas de Economía política eran tan extrañas, las mejores cabezas aún en el siglo XVIII, que el Rey de Prusia Federico II, hombre tan ansioso de la verdad, tan capaz de percibirla y tan digno de protegerla, escribía a d'Alembert para justificar sus guerras: «mis numerosos ejércitos hacen circular las especies, y derraman en las provincias con igual distribución los subsidios que los pueblos dan al gobierno.» Otra vez digo que no: los subsidios dados al gobierno por las provincias no vuelven a ellas. Ya sea que los subsidios se paguen en dinero o en especie, se truecan por municiones de guerra o de boca. Y bajo esta forma son consumidos y destruidos por gentes que no los reemplazan porque no producen ningún valor(119). Fue una fortuna para la Prusia que las acciones de Federico II no fuesen consiguientes a sus principios. Hizo más bien a su país con la economía de su administración, que mal le había hecho con sus guerras. Si los consumos hechos por las naciones o por los gobiernos que las representan, ocasionan una pérdida de valores, y por consiguiente de riquezas, no son justificables sino en cuanto resulta de ellas para la nación una ventaja igual a los sacrificios que ella les cuesta. Toda la habilidad de la administración consiste pues en comparar perpetua y juiciosamente la exención de los sacrificios impuestos con la ventaja que debe resultar de ellos al Estado; y todo sacrificio desproporcionado con esta ventaja, que no tengo reparo en decirlo, es una tontería o un crimen de la administración. ¿Qué sería pues si los locos gastos de los malos gobiernos no se limitasen a disipar la substancia de los pueblos(120), y si muchos de sus consumos lejos de procurar un resarcimiento equivalente, preparasen al contrario infortunios sin número: si las empresas más extravagantes y las más culpables fuesen consecuencia de las exacciones más criminales; y si las naciones pagasen casi siempre con su sangre la ventaja de suministrar dinero de su bolsillo? Sería triste que se llamasen declamaciones las verdades que el buen seso se ve precisado a repetir, porque la locura y la pasión se obstinan a no quererlas conocer. Los consumos mandados por el gobierno (121) siendo una parte importante de los consumos de la nación, porque llegan algunas veces al sexto, al quinto, y aun al cuarto de los consumos totales, y aun pasan de esto(122) , resulta de esto que el sistema económico abrazado por el gobierno ejerce un inmenso influjo sobre los progresos o decadencia de la nación. Si un particular se imagina aumentar sus recursos disipándolos; si cree honrarse con la prodigalidad; sino sabe resistir al atractivo de un placer lisonjero o a los consejos

de un resentimiento aun cuando sea legítimo, se arruinará; y su desastre influirá en la suerte de un corto número de individuos. En un gobierno no hay ni uno de estos errores que no haga muchos millones de miserables, y que no sea capaz de causar la decadencia de una nación. Si se debe desear que los simples ciudadanos conozcan sus verdaderos intereses, ¡cuánto más y con mayor razón deberá uno desearlo a los gobiernos! El orden y la economía son ya virtudes en un estado privado; pero considerando su prodigioso influjo sobre la suerte de los pueblos, cuando se encuentran en los jefes que los gobiernan, no sabe uno que magnifico nombre darles. Un particular conoce todo el valor de la cosa que consume: con frecuencia es el fruto penoso de sus sudores, de una larga constancia, de una economía no interrumpida; y mide fácilmente la ventaja que le debe resultar de un consumo, y la privación que le resultaría de él. Un gobierno no está tan directamente interesado en el orden y en la economía, no conoce tan vivamente y tan inmediatamente el inconveniente de no tenerla. Añádese a esto que un particular está excitado a ahorrar no sólo por su propio interés, sino por los sentimientos de su corazón: su economía asegura recursos a los seres a quien él quiere; pero un gobierno económico ahorra para ciudadanos a quienes apenas conoce, y los recursos que él procura tener no servirán tal vez sino a sus sucesores. Se engañaría uno si supusiese que el poder hereditario evita estos inconvenientes: las consideraciones que hacen gran fuerza al hombre privado mueven poco al Monarca. Este mira la fortuna de sus herederos como asegurada por poco segura que este la sucesión. Además que él no es quien decide de la mayor parte de los gastos, y quien hace las compras: son sus ministros y sus generales. Por fin una experiencia constante prueba que los gobiernos más económicos no son ni las monarquías ni los gobiernos democráticos, sino más bien las repúblicas aristocráticas. No se ha de creer tampoco que el espíritu de economía y de regla en los consumos públicos sea incompatible con el espíritu que hace emprender grandes cosas. CarloMagno es uno de los Príncipes que ha dado más ocupación a la fama: él conquistó la Italia, la Hungría y el Austria; rechazó a los sarracenos y dispersó a los sajones; obtuvo el titulo pomposo de Emperador, y sin embargo ha merecido que Montesquieu hiciese de él este elogio: «Un padre de familia podía aprender en las leyes de Carlo Magno el modo de gobernar su casa. Puso una regla admirable en su gasto e hizo producir a su patrimonio con prudencia, con atención y con economía. En sus Capitulares se ve el origen puro y sagrado de donde sacó sus riquezas. Sólo diré una cosa, que él tenía mandado que se vendiesen los huebos de todas las gallinas de sus estados, y las yerbas inútiles de sus jardines»(123) El Príncipe Eugenio, que se haría muy mal en no considerarle más que como un hombre grande en la guerra, y que manifestó la mayor capacidad en la administración como en las negociaciones de que estuvo encargado, aconsejaba al Emperador Carlos VI que siguiese el dictamen de los negociantes en la administración de su real Hacienda(124) .

El gran Duque de Toscana Leopoldo ha manifestado, a fines del siglo XVIII, lo que puede un Príncipe, aun en un estado limitado, cuando introduce en la administración la severa economía de los particulares. En pocos años hizo que la Toscana fuese uno de los países más florecientes de Europa. Los ministros que han gobernado la real Hacienda de Francia con más buen suceso fueron Suger, Abad de san Dionisio, el Cardenal d'Amboise, Sully, Colbert, Neker, y todos se han guiado por el mismo principio. Todos han encontrado en la economía exacta de un simple particular los medios de sostener grandes resoluciones. El Abad de san Dionisio contribuyó a los gastos de la segunda Cruzada (empresa que estoy muy lejos de aprobar, pero que exigía poderosos recursos): d'Amboise preparó la conquista del milanesado por Luis XII. Sully el abatimiento de la casa de Austria: Colbert los sucesos brillantes de Luis XIV; y Neker ha subministrado los medios de sostener la única guerra feliz que la Francia ha hecho en el Siglo XVIII(125) . Al contrario siempre hemos visto que los gobiernos que se han dejado dominar por las necesidades de dinero, se han visto obligados como los particulares, a recurrir para salir de apuros, a expedientes ruinosos y algunas veces vergonzosos, como Carlos el Calvo que no mantenía a nadie en los honores, ni concedía seguridad personal a nadie más que por dinero; como el Rey de Inglaterra Carlos II, que vendió Dunkerque al Rey de Francia, y que recibió de la Holanda dos millones, un cuarto para diferir el que se hiciese a la vela la escuadra equipada en Inglaterra en 1680, cuyo destino era el ir a las Indias a defender a los ingleses que estaban destruidos por los Batavos(126);y en fin como todos los gobiernos que han hecho bancarrota, ya sea alterando las monedas, o ya violando sus contratos. Luis XIV a fines de su reinado, después de haber agotado hasta lo último los recursos de su hermoso reino, creó y vendió empleos a cual más ridículos. Se hicieron de los consejeros del Rey del Rey contralores de amontonar leña: empleos de barberos, peluqueros, contratores, visitadores de manteca fresca, ensayadores de manteca salada &c.; pero todos estos expedientes tan miserables en sus productos como dañosos en sus efectos, no han retardado sino de pocos instantes las catástrofes que amenazaban infaliblemente a los gobiernos pródigos. Cuando no se quiere escuchar la razón, dice Franklin, ésta nunca deja de hacerse percibir. Los beneficios de una administración económica reparan afortunadamente con bastante prontitud los males causados por una mala administración. No es decir esto que al pronto la salud sea perfecta; pero es una convalecencia en que cada día se ve que se disipa algún dolor y que renace el uso de alguna nueva facultad. El temor había amortiguado los débiles recursos que había dejado a la nación una administración disipadora; la confianza (127) al contrario, dobla las que hacer nacer un gobierno moderado. Parece que entre las naciones, aún más que entre los seres organizados, hay una fuerza vital, y una tendencia ala salud, que no piden más sino el que no se les comprima para tomar el más alto vuelo. Recorriendo la historia se admira uno de la rapidez de este dichoso efecto. En las vicisitudes que la Francia ha tenido desde la revolución acá, se ha manifestado de una manera muy sensible a todos los ojos observadores. En nuestros días

el sucesor del Rey de Prusia, Federico el Grande, disipó un tesoro que este Príncipe había amontonado, y que se decía ascendía a mil ciento cincuenta y dos millones de reales, y dejó a su sucesor cuatrocientos cuarenta y ocho millones de deuda. Pues con todo eso, apenas hablan pasado ocho años, Federico Guillermo III, no sólo había pagado las deudas de su padre, sino que había formado un nuevo tesoro. ¡Tan poderosa es la economía, hasta en un país limitado por su extensión y por sus recursos!

§. II. De los principales objetos del gasto público. Hemos visto en el último párrafo que siendo todos los consumos públicos por sí mismos sacrificio, y un mal que no tiene más compensación que la ventaja que resulta para el público de la satisfacción de una necesidad; una buena administración, no gasta nunca por gastar, y se asegura que la ventaja que debe nacer para el público de una necesidad satisfecha, excede la extensión del sacrificio que el público ha debido hacer para esto. Demos actualmente una ojeada sobre las principales necesidades del público en una sociedad civilizada: este es el único medio de apreciar de un modo conveniente la extensión de los sacrificios que ellos merecen que se hagan para obtenerlos(128). El público no consume más que lo que hemos llamado productos inmateriales, esto es, productos que se destruyen inmediatamente que son creados, o si se quiere los servicios hechos, ya sea por los hombres o por las cosas(129) . Los servicios personales son los de todos los funcionarios públicos civiles, judiciales, militares y religiosos. Los servicios hechos por las cosas son los de las fincas de tierra o de los capitales. La navegación de los ríos y mares, el uso de los caminos y de las tierras del común , son los servicios que hacen las fincas que son una propiedad del publico o de los que él sólo tiene el goce. Cuando se encuentran en ellos valores capitales añadidos, como edificios, puentes, puertos, calzadas, diques y canales, entonces el público consume además, del servicio o renta de la finca, el servicio o interés de un capital. Algunas veces el público posee establecimientos industriales productivos, como en Francia la fábrica de porcelana de Sevres, la de tapices de los Govelinos, las Salinas de la Lorena y del Jurá &c. Cuando estos establecimientos producen más de lo que cuestan, lo que es muy raro, entonces forman parte de las rentas de la sociedad, lejos de deberse contar por una de sus cargas. De los gastos relativos a la administración civil y judicial.

Los gastos de administración civil o judicial, consisten, ya sea el sueldo de los magistrados, ya sea el gasto de representación que se supone necesaria para el cumplimiento de sus funciones. Aún cuando la representación o parte de ella la pague el mismo magistrado, por eso no deja de ser a cargo del público, porque es preciso que en este caso el sueldo del magistrado sea proporcionado a la suntuosidad que se exige de él. Esto se aplica a todos los funcionarios públicos desde el Príncipe hasta el portero. Un pueblo que no sabe respetar a su Príncipe sino cuando está rodeado de fausto, de bordados, de guardias, de caballos y de todo lo que hay de más dispendioso, paga a proporción. Economiza al contrario cuando sabe respetar la sencillez más bien que la pompa. Esto es lo que hacía singularmente pequeños los gastos del gobierno en muchos cantones suizos antes de la revolución, y en la América septentrional desde antes de su independencia. Aunque las colonias de la América septentrional se hallasen bajo la dominación de la Inglaterra tenían su gobierno particular de que ellas pagaban los gastos; pero todos los gastos del gobierno de estas provincias al año no montaba más que a la suma de sesenta y cuatro mil setecientas libras esterlinas (seis millones doscientos once mil doscientos reales): »ejemplo memorable, dice Smith, que manifiesta con cuan poco gasto tres millones de hombres pueden ser no solamente gobernados, sino bien gobernados(130). Las causas puramente políticas y la forma de gobierno que de ellas se deriva, influyen sobre el coste del sueldo de los empleados civiles y judiciales, sobre los gastos de representación, y en fin, sobre los que exigen las instituciones y los establecimientos públicos. Y así en un país despótico, donde el Príncipe dispone de los bienes de sus súbditos, arreglando él sólo su sueldo, esto es, lo que consume de los caudales públicos para su utilidad personal, para sus placeres y para el mantenimiento de su casa, este sueldo puede fijarse mucho mayor que en los países en donde se discute cuál debe ser esta cantidad entre los representantes del Príncipe y los de los contribuyentes. El sueldo de los magistrados subalternos depende igualmente ya de su influjo particular o ya del sistema general del Gobierno. Los servicios que hacen son caros o baratos, no sólo a proporción de lo que cuestan sino también según sus funciones están más o menos bien hechas. Un servicio mal hecho es caro aunque se pague muy poco, y también es caro si es poco necesario. Sucede en esto lo mismo que en un mueble que no sirve para el uso a que está destinado o del que no había necesidad, y que más bien embaraza que sirve. Tales eran en la antigua monarquía los empleos de gran Almirante, gran Maestre, Copero mayor, Montero mayor y una multitud de otros que no servían ni aun para aumentar el esplendor de la corona, y de los que muchos no eran más que medios para dar profusamente gratificaciones y dispensar favores. Por la misma razón cuando se complican los resortes de la administración, y se hace pagar al pueblo los servicios que nos son indispensables para el mantenimiento del orden público; es una hechura inútil dada a un producto que no vale más por esto, y que al contrario comúnmente vale menos(131). Bajo un mal gobierno que no puede sostener sus usurpaciones, sus injusticias y sus exacciones por medio de muchos satélites y de

espionajes activos y cárceles multiplicadas: estas cárceles, estas espías y estos soldados le cuestan al pueblo su dinero, y por esto ciertamente no es más feliz. Por la razón contraria, un servicio público puede no ser caro aunque esté generosamente pagado. Si un pequeño salario se pierde totalmente cuando se da a un hombre incapaz de cumplir con su empleo: si las pérdidas que causa la impericia de éste, importan mucho más que su salario, los servicios que hace un hombre recomendable por sus conocimientos y su juicio, son un rico equivalente que da en cambio del suyo: las pérdidas de que preserva al estado, o las ventajas que le procura, exceden muy pronto la recompensa que recibe de él por liberal que se le suponga. Siempre se gana a no emplear en todas las cosas más que las de buena cualidad aun cuando uno tenga que pagarlas más. No se tiene casi nunca gentes de mérito a poca costa, porque el mérito se aplica a más de un empleo. Un hombre que puede hacer un buen administrador, si se consagra a otra profesión, podrá ser un buen abogado o un buen médico o un buen agricultor o un buen negociante, y estas diferentes ocupaciones presentan empleos más o menos ventajosos al mérito. Si la carrera de la administración no le ofrece más que una suerte miserable, otra le presentará fácilmente una suerte mejor, que él preferirá. Lo mismo sucede con la probidad que con el talento. No se tienen gentes integras no pagándolas, y no hay que admirarse de esto, porque ellos no tienen a su disposición los cómodos suplementos que se asegura el que no tiene probidad. El poder que acompaña comúnmente el ejercicio de las funciones públicas, es una especie de salario, que en muchos casos excede el sueldo en dinero que se les da. Sé que en un estado bien ordenado teniendo las leyes el principal poder, y habiendo dejado pocas cosas al arbitrio del hombre, no halla tantos medios de satisfacer sus caprichos, y este desdichado amor de dominar que todo hombre lleva en su corazón. No obstante la latitud que las leyes no pueden menos de dejar a la voluntad de los que las ejecutan, especialmente en el orden administrativo, y los honores que acompañan ordinariamente los empleos eminentes, tienen un valor verdadero que los hace buscar con ansia hasta en los países en que no son lucrativos. Las reglas de una estrecha economía aconsejarían tal vez el ahorrar el salario en dinero en aquellos casos en que se recibe otro salario suficiente para excitar la solicitud de los que pretenden empleos, y podrían reservarse exclusivamente para los ricos, sino hubiese el peligro de perder por la incapacidad de los empleados, más de lo que se ahorraría economizando su sueldo. Esto sería lo mismo, dice Platón en su República, que si en un navío se le hiciese a uno piloto por su dinero. Es de temer, además, que un hombre por rico que sea si da de balde sus trabajos, venda su poder. Unos grandes bienes no bastan para preservar un empleado de ser venal; porque las grandes necesidades acompañan comúnmente a los grandes bienes, y frecuentemente exceden a éstos, especialmente cuando es menester reunir a la representación de hombre rico la de magistrado. En fin, suponiendo que se

pueda encontrar, porque no es absolutamente imposible, con unos grandes bienes la integridad, y con la integridad la actividad necesaria para ejecutar bien su deber, ¿para qué aumentar al ascendiente demasiado grande, ya de las riquezas, el que da la autoridad? ¿Qué cuentas se atreverá uno a pedir a un hombre que puede presentarse, ya sea al Gobierno, ya sea en el pueblo con el aire de la generosidad? No es esto decir que uno no pueda en ciertas ocasiones emplear con ventaja los servicios gratuitos de las gentes ricas, especialmente en los empleos que son más bien honoríficos que de poder, como la administración de los hospitales y de las cárceles. El Gobierno de Francia bajo el antiguo régimen, agobiado por la necesidad de dinero, vendía los empleos. Este expediente tiene los inconvenientes de las funciones que se ejercen gratuitamente, porque los emolumentos del empleo no son más que el interés del capital pagado por el titular, y cuesta al Estado lo mismo que si el empleo no fuese gratuito, porque deja al Estado gravado con una renta, de que él se ha comido el capital. Con frecuencia se han confiado empleos civiles, tales como el despacho de las partidas de bautismo, de matrimonio y de muerte, a sacerdotes que pagados por otros empleos podían ejercer éste gratuitamente, bien que no se hace gratis cuando el clérigo recibe un derecho casual bajo una forma cualquiera; ¿pero además, no hay cierta imprudencia en la autoridad civil en confiar parte de sus funciones a hombres que se dicen ministros de una autoridad superior a la suya?(132) A pesar de todas las precauciones que se quieran tomar, ni el público, ni el Príncipe jamás pueden estar ni tan bien servidos, ni a tan poca costa como los particulares. Los agentes de la administración, no pueden ser vigilados por sus superiores con el mismo cuidado que los agentes de los particulares, y los superiores mismos no están tan directamente interesados en su buena conducta. Por otra parte ¿es tan fácil a los inferiores el engañar a un jefe, obligado a extender a muchas cosas su inspección, y que no puede poner en cada objeto más: que una muy corta dosis de atención: a un jefe frecuentemente mucho más sensible a las atenciones que lisonjean su vanidad, que al cuidado que pide el bien público? En cuanto al Príncipe y al pueblo, que son los más interesados en la buena administración, porque ésta asegura el poder del uno y la dicha del otro, les es casi imposible el tener una vigilancia eficaz y continua. Es preciso, necesariamente, que ellos se entreguen en el mayor número de cosas a sus agentes, y que sean engañados cua ndo hay interés en engañarlos, lo que sucede frecuentemente. «Los servicios públicos nunca se ejecutan mejor, dice Smith, que cuando la recompensa es a consecuencia de la ejecución y se proporciona al modo, como el servicio ha sido ejecutado.» El querría que los sueldos de los jueces fuesen pagados al terminarse cada uno de los pleitos, y con proporción al trabajo que el proceso habría causado a los diferentes magistrados. Los jueces entonces se ocuparían de su oficio y los procesos no serían tan largos. Seria difícil el extender este modo de proceder a la mayor parte de los actos de la administración, y tal vez abriría la puerta a otros abusos, no menos perjudiciales; pero tendría una gran ventaja; porque los agentes de la administración no se aumentarían más de lo necesario. Esto establecería en los servicios hechos al público esta concurrencia tan favorable a los particulares en los servicios que piden.

No solamente el tiempo y el trabajo de los administradores están entre los más caramente pagados, no solamente hay una gran parte desperdiciada por culpa suya, sin que sea posible evitarlo, sino que con frecuencia hay muchos que se pierden a consecuencia de los usos del país, y de la etiqueta de las cortes. ¿Quién podría calcular el tiempo perdido en componerse? ¿Quién podría calcular las horas que se han perdido durante más de un siglo, en el camino de Paris a Versalles, horas que el público ha pagado muy caras? Las ceremonias largas que se observan en las cortes de Oriente hacen gastar también a los empleados, principales del Estado un tiempo considerable. Cuándo el Príncipe ha dedicado a las ceremonias de uso, y a sus placeres el tiempo que éstos piden, no le queda mucho para ocuparse en sus negocios, y por eso van muy mal. El Rey de Prusia, Federico II, al contrario, distribuyendo bien su tiempo, y llenándole bien, había hallado el medio de hacer mucho, por sí mismo. Ha vivido más que otros, que han muerto de más edad, y ha elevado su país a la línea de una potencia de primer orden. Sus demás cualidades eran sin duda necesarias para esto; pero éstas no habrían bastado si no hubiese empleado bien su tiempo. De los gastos relativos al ejército. Cuando el comercio, las fábricas y las artes se han extendido en un pueblo, y que por consiguiente se han multiplicado los productos de las artes, un ciudadano, cualquiera, no puede sin graves inconvenientes ser arrancado de los empleos productivos que se han hecho necesarios para la existencia de la sociedad, y para ser empleado en la defensa del Estado. El labrador se ve precisado a trabajar, no sólo para sustentarse él con su familia, sino para alimentar otras familias, que son o propietarios de tierras, que participan de parte del producto de ellas, o fabricantes y comerciantes que les suministran los víveres, de que absolutamente no puede carecer. Por consiguiente, es preciso que cultive una porción mayor de terreno, que varíe sus cultivos, que cuide de un número mayor de ganados, que se entregue a una cultura mucho más complicada, y que se ocupe también en los intervalos que le deja la cultura de la tierra(133). El fabricante y el comerciante pueden sacrificar mucho menos un tiempo y unas facultades, de que todas las porciones, excepto en los instantes de descanso, son necesarias a la producción que sostiene su existencia. Los propietarios de tierras arrendadas podrían también, verdaderamente, declarar la guerra a su costa, y realmente esto es lo que hacen los nobles, hasta cierto punto en las monarquías; pero la mayor parte de propietarios, acostumbrados a las dulzuras de la civilización, no experimentando nunca las necesidades que hacen concebir y ejecutar las grandes empresas, poco susceptibles de este entusiasmo, que uno solo no experimenta nunca, y que no puede ser general en una nación necesariamente ocupada, los propietarios, digo, siempre, han preferido en este orden de cosas el contribuir a la defensa de la sociedad más bien con el sacrificio de una parte de sus rentas que con el de su reposo y su vida. Los capitalistas tienen los mismos gastos, necesidades y opinión, que los propietarios de bienes raíces.

De aquí las contribuciones, que en casi todos los estados modernos, han puesto el Príncipe o la república en estado de asalariar soldados, cuyo oficio único es guardar el país, defenderle de las agresiones de las demás potencias y muy frecuentemente ser los instrumentos de las pasiones y de la tiranía de sus jefes. La guerra que ha llegado a ser un oficio, participa como todas las demás artes, de los progresos que resultan de la división del trabajo, y hace que contribuyan a ella todos los conocimientos humanos. No se puede sobresalir en ella, ya sea como general, ya sea como oficial, o aun como simple soldado, sin una instrucción algunas veces muy larga, y sin un ejercicio constante. Así, si se exceptúan los casos en que ha habido que luchar contra el entusiasmo de una nación toda entera, la ventaja ha sido sie mpre a favor de las tropas más aguerridas y de aquellas para quienes la guerra era ya un oficio. Los turcos, a pesar de su desprecio por las artes de los cristianos, se ven precisados a ser sus discípulos en el arte de la guerra, so pena de ser exterminados. Todos los ejércitos de Europa se han visto forzados a imitar la táctica de los prusianos; y cuando el movimiento dado a los ingenios por la revolución francesa, ha perfeccionado en los ejércitos de la república la aplicación de las ciencias a las operaciones militares, los enemigos de los franceses se han visto en la necesidad de apropiarse las mismas ventajas. Todos estos progresos, esta extensión de medios, y este consumo de recursos han hecho la guerra mucho más dispendiosa que lo que era en otro tiempo. Ha sido necesario proveer de antemano los ejércitos de armas, de municiones, de guerra y de boca, y de pertrechos de toda especie. La invención, de la pólvora ha hecho las armas mucho más complicadas y más costosas, y su transporte, especialmente de cañones y morteros, mucho más difícil. Por último, los admirables progresos de la táctica naval, este número de navíos de toda clase, para cada uno de los cuales ha sido preciso valese de todos los recursos de la industria humana: los arsenales, los diques, las fábricas, los almacenes &c., han precisado a la naciones que hacen la guerra, no sólo a hacer durante la paz, con corta diferencia, el mismo gasto que durante las hostilidades, y no sólo a emplear en ella una parte de sus rentas, sino a imponer en ella una porción considerable de sus capitales. Se puede añadir a estas consideraciones que el sistema colonial de los modernos (entiendo este sistema que tira a querer conservar el gobierno de una ciudad o de una provincia situadas bajo otro clima) ha hecho que los estados europeos sean atacables y vulnerables hasta los extremos de la tierra; de tal suerte, que una guerra entre dos grandes potencias tiene actualmente por campo de batalla el globo entero(134). Ha resultado de esto que la riqueza ha llegado a ser tan indispensable para hacer la guerra como el valor, y que una nación pobre ya no puede resistir a una nación rica; y así como la riqueza no se adquiere más que con industria y con ahorros, se puede preveer que toda nación que arruine con malas leyes o con contribuciones muy pesadas, su agricultura, sus fábricas y su comercio, será necesariamente dominada por otras naciones que tengan más previsión. Resultará también que la fuerza estará probablemente en adelante de parte de la civilización y de las luces; porque las naciones civilizadas son las únicas que pueden

tener bastantes productos para mantener unas fuerzas militares respetables; lo que hace más remota para en adelante la probabilidad de estos grandes trastornos y de que está llena la historia, y en los que los pueblos civilizados han sido victima de los pueblos bárbaros. La guerra cuesta más que sus gastos, porque cuesta todo lo que impide ganar. Cuándo en 1672, Luis XIV, dominado de sus resentimientos, resolvió castigar a la Holanda por la indiscreción de sus gaceteros, Borcel, embajador de las ProvinciasUnidas, le entregó una memoria en que le probaba, que por el canal de la Holanda vendía anualmente la Francia a los extranjeros por doscientos cuarenta millones de reales en mercancías, valor de aquel tiempo, que harían ahora cerca de cuatrocientos ochenta millones. Esto se tuvo como una habladuría en la Corte. Por último, se apreciarían muy imperfectamente los gastos de la guerra, sino se comprendiesen como tales los destrozos que ella causa, y siempre hay uno de los dos partidos por lo menos que es destrozado, y es aquel en cuyo país se fija el teatro de la guerra: cuanto más industrioso es un Estado, tanto más funesta es para él y destructiva la guerra. Cuando penetra en un país rico por sus establecimientos de agricultura de fábricas y de comercio, se parece a un fuego que se prende en un paraje lleno de materias combustibles porque su furor se aumenta, y la devastación es inmensa. Smith llama al soldado trabajador improductivo: ¡ojalá fuese así! pero es más bien un trabajador destructor; pues no sólo no enriquece la sociedad con ningún producto, y no sólo consume los que son necesarios para su mantenimiento, sino que muchas veces es llamado a destruir, sin ninguna utilidad suya, el fruto que con muchos afanes ha producido el trabajo de otro. Por lo demás el progreso lento, pero infalible, de las luces cambiará aun una vez las relaciones de los pueblos entre sí, y por consiguiente los gastos públicos, que tienen relación con la guerra. Se concluirá por comprender, que no es del interés de las naciones el batirse; que todos los males de una guerra desdichada, recaen sobre ellas, y que las ventajas que sacan del buen suceso son absolutamente nulas. Toda guerra, en el sistema político actual, está seguida de las contribuciones impuestas por los vencedores a los vencidos, y de las contribuciones impuestas por los vencedores a los vencidos, y de las contribuciones impuestas a los vencedores por los que gobiernan. Pero ¿qué cosa son los intereses de los empréstitos que ellos han tomado, sino contribuciones? ¿Se puede citar una guerra feliz que haya sido seguida de una disminución de cargas públicas? Por lo que hace a la gloria que se sigue a los buenos sucesos sin ventajas reales, es un suspiro que cuesta muy caro, y que no podría por largo tiempo divertir a los hombres de juicio. La satisfacción de dominar sobre la tierra o sobre los mares no parecerá menos pueril que ésta, cuando uno esté más generalmente convencido de que esta dominación nunca se ejerce más que a beneficio de los que gobiernan, y nunca en bien de aquellos a cuyo favor se hace la administración. El único interés de los administrados es el comunicarse libremente entre sí, y por consiguiente estar en paz. Todas las naciones son amigas por la naturaleza de las cosas; y dos gobiernos que están en guerra no son menos

enemigos de sus propios súbditos, que de sus contrarios. Si por una y otra parte los súbditos abrazan las quejas de vanidad y de ambición, que les son igualmente funestas, ¿a qué podrá uno comparar su estupidez? Me avergüenzo de decirlo; a la de los brutos que se encolerizan y se matan por el gusto de agradar a sus amos. Pero si la razón pública ha hecho ya progresos, aún hará más(135); pero precisamente porque la guerra se hace con mucho más dispendio que el que se hacía otras veces, es imposible a los gobiernos el hacerla desde ahora en adelante sin el consentimiento del público, positiva o tácitamente expresado. Este consentimiento se obtendrá cada vez con más dificultad a medida que la mayoría de las naciones se ilustre sobre sus verdaderos intereses. Entonces el estado militar de las naciones se reducirá a lo preciso para rechazar a los que quieran invadirlos. Pero lo que es menester para esto son algunos cuerpos de caballería y artillería, que no pueden formarse de pronto, y que piden una instrucción anterior; por lo demás, la fuerza de los estados consistirá en sus milicias nacionales, y principalmente en las buenas instituciones. Nunca se domina un pueblo unánimemente afecto a sus instituciones; y este se aficiona tanto más a ellas, cuanto más tiene que perder, mudando de dominación(136) .

De los gastos relativos al la enseñanza pública. ¿Esta el público interesado en que se cultive todo género de conocimientos? ¿Es necesario que se enseñen a costa de él todos aquellos que tiene interés en que se cultiven? He aquí dos cuestiones, cuya solución puede exigirse de la economía política. Sea la que quiera nuestra posición en la sociedad, estamos perpetuamente en relación con los tres reinos de la naturaleza. Nuestros alimentos, nuestros vestidos, nuestros medicamentos, el objeto de nuestras ocupaciones y placeres; en fin, todo lo que nos rodea está sometido a leyes, y cuánto más bien son conocidas estas leyes, tanto mayores son las ventajas que saca de ellas la sociedad. Desde el obrero que trabaja la madera o la arcilla, hasta el ministro de Estado, que de una plumada arregla cuanto tiene relación a la agricultura, a la cría de caballos, a las minas y al comercio, cada individuo cumplirá mejor con su empleo, cuanto mejor conozca la naturaleza de las cosas y cuanto más instruido esté. Los nuevos progresos de nuestros conocimientos procuran por la misma razón, un incremento de felicidad a la sociedad. Un nuevo modo de emplear una palanca, o la fuerza del agua o la del viento, y el modo de disminuir un simple rozamiento pueden influir sobre veinte artes diferentes. La uniformidad de medidas, a las que las ciencias matemáticas han suministrado una base, sería útil a todo el mundo comerciante, si éste tuviese la prudencia de adoptarla. El primer descubrimiento importante que se haga en la Astronomía o en la Geología, tal vez dará el medio de conocer exactamente las longitudes en el mar, y esta facilidad influirá sobre el comercio del globo. Una sola planta

con que la botánica enriquezca la Europa, puede influir sobre la suerte de muchos millones de familias(137). Entre esta multitud de conocimientos, unos teóricos, otros de aplicación, cuya propagación y progresos son ventajosos al público, hay por fortuna muchos que los particulares tienen interés en adquirir, y de los que la sociedad no tiene necesidad de pagar la enseñanza. Un empresario de cualquier trabajo, procura con ansia conocer todo lo que tiene relación a su arte: el aprendizaje del obrero se compone de un hábito manual, y además de una multitud de nociones que no se pueden adquirir más que en los talleres, ni pueden ser recompensados sino con un salarlo. Pero todos los grados de conocimientos no producen para el individuo una ventaja proporcionada a la que saca de ellos la sociedad. Tratando de los beneficios del sabio he manifestado por qué causa sus talentos no estaban recompensados, según su valor(138). Sin embargo los conocimientos teóricos, no son menos útiles a la sociedad, que los procedimientos de ejecución. ¿Si no se conservase el depósito de ellos, qué seria de su aplicación a las necesidades del hombre? Esta aplicación dentro de poco no sería más que una rutina ciega que degeneraría prontamente: las artes caerían y la barbarie volvería a aparecer. Las academias y las sociedades sabias, y un corto número de escuelas muy notables en donde no sólo se conserva el depósito de los conocimientos y los buenos métodos de enseñar, sino que se extiende en ellas sin cesar el dominio de las ciencias, son miradas como un gasto bien entendido en todo país donde se saben apreciar las ventajas anexas al desenvolvimiento de las facultades humanas. Pero es menester que estas academias y escuelas estén organizadas de tal modo que no estorben el progreso de las luces, en vez de favorecerle, y que no ahoguen los métodos de enseñar, en vez de propagarlos. Mucho tiempo antes de la revolución francesa se había conocido que la mayor parte de las universidades tenían este inconveni ente. Todos los grandes descubrimientos se han hecho fuera de su seno; y hay pocos a que no hayan opuesto el peso de su influjo sobre la juventud, y de su crédito sobre la autoridad(139). Esta experiencia muestra cuán esencial es el no concederles ninguna jurisdicción. Un candidato tiene que dar una prueba de su saber: no conviene consultar a los profesores, porque son jueces y partes, que deben hallar bueno todo lo que sale de su escuela, y malo todo lo que no proviene de ella. Lo que es menester averiguar es el mérito del candidato, y no el lugar de sus estudios ni el tiempo que ha consagrado a ellos; porque exigir que una cierta instrucción, como por ejemplo, la relativa a la medicina, se haya de recibir en un lugar designado, es impedir una instrucción que podría ser mejor; y prescribir un cierto curso de estudios, es prohibir cualquier otro camino más expedito. Se trata de juzgar del mérito de un procedimiento cualquiera; es preciso igualmente desconfiar del espíritu de cuerpo. El fomento, que no tiene ningún leve riesgo y cuyo influjo es muy poderoso, es el que se da a la composición de las buenas obras elementales(140). El honor y provecho que da una obra buena de este género no pagan el trabajo, los conocimientos y el talento que

supone. Es una necedad servir al público por este medio; porque la recompensa natural que se saca de él no es proporcionada al bien que el público recibe de ella. La necesidad que se tiene de buenos libros elementales nunca será completamente satisfecha hasta que se hagan para tenerlos sacrificios extraordinarios, capaces de estimular a los hombres de mérito. Es preciso no encargar a nadie con especialidad de semejante trabajo; porque el hombre de mayor talento puede no tener el que sería conveniente para esto. Tampoco es menester proponer premios; porque algunas veces se dan a producciones imperfectas, porque no se han presentado otras mejores, además, el fomento del premio cesa al instante que se ha dado. Pero es preciso pagar proporcionalmente al mérito, y siempre con generosidad, todo lo que se ha hecho de bueno. Entonces una buena producción no excluye otra mejor; y con el tiempo se tiene en cada género lo que se puede tener de mejor. Advertiré que nunca se arriesga mucho en dar un gran premio a las buenas producciones, porque siempre son raras; y la recompensa que es magnifica para un particular, es un sacrificio ligero para una nación. Tales son los géneros de instrucción, favorables a la riqueza nacional, y los que podrían decaer si la sociedad no contribuyese a su mantenimiento. Hay otros que son necesarios para suavizar las costumbres, y que pueden sostenerse aún menos sin su apoyo. En una época en que las artes se han perfeccionado, y en que la separación de las ocupaciones se ha introducido hasta en sus menores ramos, la mayor parte de los obreros están precisados a reducir todas sus acciones y todos sus pensamientos a una o dos operaciones común mente muy sencillas y constantemente repetidas: nunca se les ofrece una circunstancia nueva o imprevista: no teniendo en ningún caso que hacer uso de sus facultades intelectuales, éstas se les enervan. Ellos se embrutecen, y dentro de poco vendrían a ser no sólo incapaces de decir dos palabras que tuviesen sentido común sobre cualquier otra cosa que no fuese su arte, sino también de concebir ni aun comprender ningún designio generoso ni ningún sentimiento noble. Las ideas elevadas dependen de ver el todo, y no germinan en un espíritu incapaz de abrazar las relaciones generales: un obrero estúpido no comprenderá jamás cómo el respeto de la propiedad es favorable a la prosperidad pública, ni por qué él mismo tiene más interés en esta prosperidad que el hombre rico; y mirará todos los grandes bienes como una usurpación. Un cierto grado de instrucción, un poco de lectura, algunas conversaciones con personas de su estado y algunas reflexiones durante su trabajo, bastarían para elevarle a este orden de ideas, y harían que tuviese más delicadeza en sus relaciones de padre, de esposo, de hermano y de ciudadano. Pero la posición de simple jornalero en la máquina productiva de la sociedad reduce sus beneficios casi a nivel de lo que exige su subsistencia. A lo más es poder criar sus hijos y darles un oficio, y no les dará este grado de instrucción que suponemos necesario al bienestar del orden social. Si la sociedad quiere gozar de las ventajas anejas a este grado de instrucción debe darla a su costa. Se concibe esto por medio de escuelas gratuitas, en que se enseñe a leer, escribir y contar: estos conocimientos son el fundamento de todos los demás, y bastan, para civilizar el jornalero más simple. A decir la verdad una nación no es civilizada, ni goza por consiguiente de las ventajas anejas a la civilización, si todo el mundo no sabe en ella

leer, escribir y contar. Sin esto no se puede decir que está aún enteramente libre del estado de barbarie. Diré más, que con estos conocimientos ninguna grande disposición, ni ningún talento extraordinario, cuyo desenvolvimiento fuese muy provechoso a la sociedad, puede quedar obscurecido. La facultad sola de leer, pone por algunos reales el último de los ciudadanos en comunicación con lo que el mundo ha producido de más eminente, y a que le inclina su ingenio. Las mujeres no deben estar privadas de esta instrucción elemental; porque no interesa menos su civilización, pues son las primeras, y con mucha frecuencia las únicas maestras de sus hijos. El Gobierno sería tanto menos perdonable si descuidase la instrucción y dejase permanecer en un estado casi de barbarie la mayor parte de nuestras naciones, que se llaman civilizadas en Europa, cuanto que sirviéndose de los métodos, nuevamente empleados con buen suceso, se puede difundir con prontitud, y a poquisima costa la instrucción entre toda la clase indigente(141). Son pues los conocimientos elementales, y los conocimientos elevados, los cuales, menos favorecidos que los demás, por la naturaleza de las cosas, y por la concurrencia de las necesidades deben concurrirá apoyar la autoridad pública que vela en los intereses del cuerpo social. No es decir esto que los particulares no estén interesados al mantenimiento, y a los progresos de estos conocimientos, como los demás; pero no están tan directamente interesados: la decadencia que sufren no les expone a una pérdida inmediata, y un imperio grande podía retrogradar hasta los confines de la barbarie y de la desnudez, antes que los particulares advirtiesen la causa que los impelía a ella. No pretendo por lo demás vituperar los establecimientos de instrucción, que pagados por el público, abrazan otras partes de enseñanza, distintas de las que he designado; solamente he querido manifestar cuál es la enseñanza que el interés bien entendido de una nación le aconseja pagar. Por lo demás toda instrucción fundada sobre hechos, bien averiguados, toda instrucción donde no se enseñen opiniones como si fueran verdades y toda instrucción que adorna el espíritu, y forma el gusto siendo buena en sí misma, el establecimiento que la propaga es bueno también. Sólo es preciso evitar que cuando alienta de un lado que no desaliente por otro. Este es el inconveniente que sigue a casi todos los premios dados por la autoridad. Un maestro, una institución privada, no recibirán un salario conveniente en un país en donde se podrán hallar gratuitamente maestros y una enseñanza igual, aun cuando fuesen los más medianos. Lo mejor será sacrificado a lo peor; y los esfuerzos privados, orígenes de tantas ventajas en la economía política, serán ahogados. El único estudio importante, que no me parece poder ser objeto de una enseñanza pública, es el estudio de la mo ral. La moral es, o experimental, o dogmática. La primera consiste en el conocimiento de la naturaleza de las cosas morales y del modo como se encadenan los hechos que dependen de la voluntad del hombre. La mejor escuela para aprenderla es el mundo. La moral dogmática, la que se compone de preceptos, no incluye casi nada sobre la conducta de los hombres. Su buena conducta en sus relaciones privadas y públicas, no puede ser fruto más que de una buena legislación, de una buena educación y de un buen ejemplo(142).

El único fomento verdadero de la virtud es el interés que tienen todos los hombres de no buscar ni emplear más que aquellos que se conducen bien. Los hombres más independientes por su posición tienen aun necesidad para ser felices de la estimación y de la consideración que conceden los otros hombres; es pues preciso que parezcan estimables a sus ojos, y el medio más sencillo de parecerlo es el serlo. El Gobierno ejerce un gran influjo sobre las costumbres, porque emplea mucha gente: su influjo es menos favorable que el de los particulares, porque tiene menos interés que éstos en no emplear más que gentes honradas; y cuando a esta tibieza por la buena moral se junta el ejemplo que da algunas veces de la depravación, de desprecio de la probidad y de la economía, el Gobierno adelanta rápidamente la corrupción de una nación(143). Pero un pueblo se regenera por los medios contrarios a aquellos que le han depravado. La mayor parte de las colonias no se han compuesto en el origen de las gentes más estimables de la nación; pero sin embargo, al cabo de muy poco tiempo, cuando el espíritu de volverse a su patria no reina, y que cada uno prevé que se verá precisado a terminar allí sus días, se ve precisado a dar un cierto valor a la estimación de sus conciudadanos: las costumbres se hacen buenas entonces, y por costumbres entiendo siempre el conjunto de la buena conducta. Tales son las causas que influyen verdaderamente sobre las buenas costumbres. Es preciso añadir a ella la instrucción en general, que nos ilustra sobre nuestros verdaderos intereses, y que suaviza nuestro carácter moral. Por lo que hace a las exhortaciones y a las amenazas de castigos dadosos y remotos, la experiencia de los siglos manifiesta que influyen en él muy poco. La enseñanza religiosa, hablando en rigor, no debería pagarse más que por las diferentes sociedades religiosas; porque cada una de estas sociedades mira como errores muchos de los dogmas profesados por todas las demás, y tiene por injustos los sacrificios que se hacen hacer para propagar lo que mira como errores. De los gastos relativos a los establecimientos de beneficencia. ¿Los necesitados tienen derecho a que la sociedad los socorra? Es una cuestión que se ha agitado algunas veces. Parece que no tienen derecho ninguno sino en cuanto sus necesidades son una consecuencia necesaria del orden social establecido. Si la desnudez y las enfermedades de un desdichado provienen de las instituciones sociales, la sociedad debe socorrerle, y aun sería preciso probar que el mismo orden social no le ha dado al mismo tiempo recursos para libertarse de estos males. Este punto de derecho es indiferente el que se resuelva o no. La utilidad está en considerar los establecimientos de beneficencia relativamente a su naturaleza y efectos. La sociedad, forma ndo a costa de sus contribuyentes institutos de beneficencia, establece especies de cajas de previsión, a las que cada uno trae una ligera parte de su renta, para tener derecho a recurrir a ellas para que le auxilien en las circunstancias desgraciadas. El hombre rico cree que es imposible que nunca tenga necesidad de reclamar los socorros públicos. Debería desconfiar un poco más de su suerte. Los favores de la fortuna

no son una sola y misma cosa con nuestra persona, como lo son nuestras enfermedades y nuestras necesidades: aquellos pueden desvanecerse, pero nuestras enfermedades y necesidades permanecen. Basta saber que estas cosas no son inseparables para que se deba temer el que lleguen a separarse; y si se llama a la experiencia en apoyo del raciocinio, ¿no habéis encontrado nunca desdichados que no esperaban que pudiesen serlo? Los hospitales para enfermos y los hospicios para viejos y niños, descargando la clase indigente del mantenimiento de parte de sus miembros, le permiten multiplicarse un poco más que lo que haría sin esto, y causan por esta razón una ligera baja en los salarios. Si los hospitales y los hospicios se multiplican hasta el punto de poder mantener a todos los enfermos, a todos los niños y a todos los viejos de esta clase, como los salarios no deben emplearse más que para el mantenimiento de los trabajadores, bajarán aún más. Si no hubiese ni hospicios, ni hospitales, los salarios volverían a subir, pero no hasta el punto de mantener una clase indigente tan numerosa como se hace con los hospicios, porque la petición que se haría de trabajadores no permanecería la misma, siendo su trabajo más caro. Estos diferentes supuestos bastan para dar a conocer el efecto de los sacrificios, más o menos extensos, que se hacen en diversos países para socorrer a los indigentes. Estos manifiestan por qué las necesidades de este género se multiplican con los socorros aunque no sea absolutamente en la misma proporción. La mayor parte de las naciones se mantienen, relativamente a los socorros públicos en un punto intermedio, entre los dos supuestos extremos. Ofrecen socorro a una parte sola de la clase indigente, enferma, por infancia, vejez, o enfermedades. Los medios que emplean para separar la otra parte enferma de la clase indigente son de dos suertes; o bien exigen ciertas cosas para la admisión, como la edad, la naturaleza de las enfermedades o sencillamente el favor; o bien no admiten las pretensiones, a causa de los pocos fondos, de la dureza de la condición a que reducen las personas socorridas o de la vergüenza que les resulta de esto(144) . Causa pesadumbre el que la falta de protección o la dureza de la suerte con que se convida a los indigentes, sean los dos únicos medios que hay de no conceder los socorros públicos a las gentes que pasan del número de los que se pueden socorrer. Sería de desear que en vez del favor fuesen las desgracias no merecidas, quienes diesen acceso a los hospicios mejores, y que este título fuese averiguado por un Juri para que estas plazas no fuesen usurpadas por la protección. Por lo que hace a los demás hospicios tal vez no hay medios conformes a la humanidad de no admitir en ellos el grandísimo número de indigentes más que manteniendo en ellos una disciplina equitativa, pero severa, que los haga mirar con una especie de terror. No se halla el mismo inconveniente en los hospicios consagrados a los militares, inválidos, de tierra y de mar. En este caso el título de admisión es de tal modo positivo, que la falta de protección no puede cerrar la entrada a ninguno de aquellos que tienen derecho de ser recibidos en estos establecimientos, y el buen trato que se da en ellos

puede aumentar el número. Si los militares inválidos reciben en su hospicio aquel cuidado que un ciudadano encontraría en su familia, y si encuentran en él el reposo y además los medios de satisfacer algunos caprichos de la vejez, serán sin duda más numerosos; porque el cuidado y el buen trato prolongarán la vida de algunos que habrían perecido de miseria. He aquí todo el aumento de gasto que resultará de esto; pero estos son gastos que aprueban juntamente la patria y la humanidad(145). Son establecimientos de beneficencia buenos y hermosos las casas de trabajo que se multiplican con rapidez en América, en Holanda, en Alemania, y en Francia. Estas son casas en que se da trabajo a todo hombre robusto, según su capacidad. Las unas son libres. Un obrero va a buscar a ellas ocupación cuando carece de ella. Otras son especie de casas de corrección, en las que se pone por cierto tiempo a los vagos y holgazanes, que viven de mendigar. Se han establecido también talleres de trabajo para los que están condenados en las cárceles mismas; y por este medio se ha conseguido el que estos establecimientos no sean una carga para la sociedad, y que se reformen las costumbres de los presos hasta el punto de convertir los malhechores en ciudadanos útiles. No se por qué poner estas casas entre las cargas del común. Porque desde el instante que producen tanto como consumen, no son carga para nadie. Son un beneficio inmenso en una sociedad numerosa, donde entre la multitud de las ocupaciones es imposible que no haya alguna que padezca. Un comercio que cambia de curso, procedimientos nuevamente introducidos, capitales retirados de los empleos productivos, incendios y otras calamidades, pueden dejar algunas veces sin trabajo a muchos obreros; y frecuentemente, con la mejor conducta, un hombre laborioso puede caer en la mayor necesidad. Halla en una casa de trabajo, los medios de ganar su subsistencia, sino es precisamente en la profesión que ha aprendido, a lo menos es en otro trabajo análogo, cual quiere. La principal dificultad que se halla en formar las casas de trabajo es la de reunir los capitales que éste exige. Estas son empresas industriales, y por tanto necesitan máquinas, mucha especie de instrumentos y materias primeras en que puede ejercerse la industria. Sus gastos no se reembolsan sino hasta que ganan lo suficiente para pagar además de los gastos de la casa el interés de los capitales que emplean. Los favores que disfrutan de parte de la administración pública que por ejemplo, les suministra ordinariamente los capitales y los edificios gratis, los harían establecimientos perjudiciales a la industria privada si por otro lado no estuviesen sujetas a ciertas desventajas que no tienen las empresas particulares. Estas están precisadas a trabajar, no en los productos que son más buscados sino en aquellos que están más al alcance de la debilidad y de los talentos ordinarios de sus obreros. Además es una máxima de orden y policía en la mayor parte de estas casas de acumular regularmente el tercio o cuarta parte del salario para preparar un capitalito al obrero para cuando se vaya de la casa, precaución excelente pero que estorba de dar el trabajo a un precio tal que ninguna otra empresa pueda sostener su concurrencia.

La administración de los establecimientos de beneficencia, siendo una ocupación honrosa por su naturaleza, han hallado ordinariamente sin trabajo en las clases acomodadas y respetables de la Sociedad, personas que han consentido el encargarse de ella gratuitamente; pero al momento que los cargos que resultan de ella se multiplican y fatigan; estos administradores cumplen sus obligaciones con una negligencia que hace padecer mucho a la humanidad. En París me parece que han hecho mal en formar una sola administración de hospicios. En Londres hay tantas administraciones como hospicios, y así están administrados con más diligencia y economía. Se establece entre los diferentes hospicios una laudable emulación, y he aquí otro ejemplo que prueba la posibilidad y las ventajas que se siguen de establecer la concurrencia en las cosas de administración, como si fuera un título.

De los gastos relativos a las casas y obras públicas. Mi intención no es el pasar una revista de todas las obras que son de uso público, sino el dar los métodos que pueden conducir a apreciar justamente lo que cuestan. En cuanto al aprecio de la ventaja que saca de ellas la Sociedad, las más veces es casi imposible hacerle, ni aun por aproximación, ¿Cómo se ha de valuar el servicio, esto es, la diversión que los habitantes de una ciudad tienen en un paseo público? No puede dudarse que es una ventaja el poder hallar cerca de las casas apiñadas en los pueblos, un paraje en que se pueda respirar algo más libremente, hacer algún ejercicio, disfrutar de la sombra y del verdor de los árboles, y dejar que la juventud se recree en los instantes de descanso; pero una cosa semejante no se sujeta a ninguna valuación. Por lo que hace a lo que ha costado puede saberse o a lo menos valuarse. El gasto anual de toda obra pública se compone: 1.º De la renta de la tierra en que se ha hecho: esta renta se aprecia por el alquiler que se sacaría de la tierra: 2.º De los intereses del capital empleado para hacerla: 3.º De los gastos anuales para mantenerla. A veces unos u otros de estos gastos no se verifican. Cuando el terreno en que se ha hecho un edificio público no fuese susceptible de ser vendido ni alquilado, el público no pierde absolutamente la renta de la tierra, puesto que la tierra no se alquilaría mejor si el edificio no se hubiese hecho en ella. Un puente, por ejemplo, no cuesta más que el interés del capital que se ha empleado en construirle y los reparos que hay que hacer en él cada año. Si no cuesta nada el mantenerle se consume a la vez el servicio de este capital representado por el interés de la suma, y poco a poco el capital mismo, porque cuando el

edificio ya no esté en estado de servir, no sólo el servicio o el alquiler de este capital estará perdido, sino el mismo capital. Supongo que un dique holandés haya costado al hacerle cuatrocientos mil reales: si el interés que esta suma debió producir es de cinco por ciento al año, el dique cuesta anualmente veinte mil reales, y si además los reparos cuestan doce mil reales, el dique costará anualmente treinta y dos mil reales. Este cálculo puede aplicarse igualmente a los caminos y canales. Un camino demasiado ancho, hace que cada año se pierda la renta de la tierra que está empleada inútilmente en él, y los gastos, para mantenerle, que son más que los necesarios. Muchos de los caminos reales que salen de París tienen doscientos diez pies de ancho comprendidos los lados bajos: aun cuando no tuviesen más que setenta, sería más de lo que se necesita, aun en las inmediaciones de una gran capital. Lo que excede de ésto es un fausto inútil, y aún no me atreveré a decir si es fausto; porque una calzada estrecha en mitad de un ancho camino, por cuyos lados no se puede andar la mayor parte del año, parece que acusa la mezquindad, no menos que el buen suceso de una nación. Da cierta pesadumbre no sólo ver un espacio perdido, sino mal cuidado: parece que se ha querido tener caminos soberbios sin tener medios de mantenerlos que estén iguales, aseados y bien cuidados, a manera de aquellos señores italianos que tienen por casas palacios, que no se barren jamás. Como quiera que sea a lo largo de los caminos reales, de que hablo, hay ciento cuarenta pies que podrían devolverse a la agricultura, lo que hace para cada legua común cincuenta arpens; actualmente que se ponen juntos el arriendo de estas arpens, el interés de los gastos de confección y los gastos anuales de mantener todo el cargo inútil, (que cuesta mucho aunque mal cuidado) y se conocerá el precio a que la Francia goza del honor, que no se puede tener, por tal de tener caminos dos o tres veces demasiado anchos para llegar a un pueblo, cuyas calles son cuatro veces demasiado estrechas(146). Los caminos y canales son establecimientos públicos sumamente dispendiosos hasta en los países donde se han establecido juiciosamente y con economía. Sin embargo es probable que el servicio que saca de ellos la sociedad, en la mayor parte de los casos, excede con mucho el gasto anual que ellos causan. Para convencerse de esto es preciso ver lo que he dicho, de la producción del valor de debido únicamente a la industria comercial, al transporte que se hace de una parte u otra(147), y del principio de que todo lo que se ahorra de gastos de producción es un beneficio para el consumidor(148) . Según esta cuenta, si se valuase el transporte, que costarían todas las mercancías y comestibles que pasan anualmente por este camino, suponiendo además que ella no estuviera hecha; y si se compara el enorme gasto de todos estos transportes con todo el coste que tienen actualmente, la diferencia expresará a cuánto asciende la ganancia que hacen los consumidores de estos víveres y mercancías y la ganancia real y completa para la nación(149). Los canales proporcionan una ganancia aún más considerable, porque de ellos resulta una economía aún mayor(150) .

Por lo que hace a los edificios públicos sin utilidad, como son los palacios, los arcos triunfales y las columnas, estos son el lujo de las naciones, que no es más excusable que el de los particulares. La satisfacción vana que saca de ellos la vanidad de un pueblo o de un príncipe, no compensan los gastos, ni las más veces las lagrimas que han costado.

Capítulo VII. Quiénes son los que pagan los consumos públicos. Es raro, pero no carece de ejemplo, el ver un ciudadano que hace a su costa un consumo público. Un hospital fundado por él, un camino abierto, un jardín público plantado sobre terreno suyo y a su costa, no son munificencias desconocidas. Eran mucho más comunes, pero mucho menos meritorias entre los antiguos. Sus riquezas eran las más veces fruto de las rapiñas ejercidas sobre sus conciudadanos y sobre los enemigos; ¿y aún los despejos de los enemigos no se habían ganado a costa de la sangre de los ciudadanos? Entre los modernos, aunque semejantes excesos no carezcan de ejemplo, las riquezas de los particulares mucho más generalmente son fruto de su industria y de sus ahorros. En Inglaterra donde hay tantos establecimientos fundados y mantenidos a costa de los particulares, la mayor parte de los bienes con que se sostiene son hijos de la industria. Es mucho más generoso el dar los bienes que han costado trabajo juntar, y que se han aumentado a fuerza de privaciones, que el derramar aquellos de los que no debe dar gracias más que a su buena fortuna, o a lo más a algunos instantes de audacia. Otra parte de los consumos públicos entre los romanos se hacía inmediatamente a costa de los pueblos vencidos. Se exigía de éstos los tributos que los romanos consumían. En la mayor parte de las naciones modernas el público es propietario, ya sea de la nación entera, ya de las ciudades, villas y lugares, en particular de las fincas que la autoridad pública alquila o administra en nombre de la comunidad. En Francia las tierras labrantías y las fábricas que pertenecen al público, se alquilan en general a los particulares; y los bosques nacionales son administrados por los agentes del gobierno. Los productos anuales de todos estos bienes subvienen a una parte importante de los consumos públicos. Pero la mayor parte de estos consumos se satisfacen con el producto de las contribuciones que pagan los ciudadanos o súbditos. Unas veces contribuyen como miembros de todo el estado, y su contribución entra entonces en el tesoro público de donde se toman los gastos que miran a todo el estado: otras veces como miembros de una provincia o de un partido; y su contribución entra entonces en la caja provincial o del partido de donde se sacan los gastos que no corresponden más que a aquella provincia o partido. Si la equidad manda que los consumos se paguen por los que disfrutan de ellos, los países más bien administrados bajo este aspecto, son aquellos en que cada clase de ciudadanos contribuye a los gastos de los consumos públicos a proporción de la ventaja que saca de ellos.

La sociedad entera goza de los beneficios de la administración central, o si se quiere, del gobierno: goza también toda entera de la protección de las fuerzas militares; porque una provincia gusta de estar al abrigo de toda invasión: si el enemigo se apodera de la capital, del lugar de donde se dominan necesariamente a todas las otras provincias podrá imponer leyes hasta en aquellas que no ha invadido aún, y dispondrá de la vida y hacienda, hasta de aquellos que jamás habrán visto sus soldados. Por una consecuencia necesaria los gastos de las plazas fuertes, de los puertos militares y de los agentes exteriores del estado, son de tal naturaleza que toda la sociedad entera debe contribuir a ellos. La administración de justicia parece que debe colocarse también en la clase de los gastos generales aunque presente una protección o una ventaja más local. ¿Un tribunal de Burdeos que coge y juzga a un malhechor, acaso no trabaja para la seguridad de toda la Francia? Los gastos de cárceles y de pretorios siguen los de los tribunales. Smith quien que la justicia civil se pague por los litigantes. Esta idea sería aún más practicable si todas las sentencias se diesen no por tribunales nombrados de oficio, sino por árbitros escogidos por las partes entre cierto número de hombres que mereciesen la confianza pública. Si estos árbitros que harían siempre oficio de un Juri de equidad fuesen pagados proporcionalmente a la suma que se disputaba, y sin que se atendiese a la duración de la instrucción tendrían interés en simplificar y abreviar los procesos para ahorrarse tiempo y trabajo. Una provincia y un partido parecían gozar sólo de las ventajas que les proporciona su administración local y los establecimientos de utilidad, de placer, de instrucción, y de beneficencia, que tiene esta porción de la sociedad. Conviene pues que los gastos de todas estas cosas sean a su cargo, y esto sucede así en muchos países. No hay duda que el país entero saca alguna ventaja de la administración de una de sus provincias: el forastero en una ciudad es cierto que es recibido en sus tugares públicos, en sus bibliotecas, en sus escuelas, en sus paseos, y en sus hospitales, pero con todo eso no puede negarse que las gentes de aquel distrito son las que gozan principalmente de todas estas ventajas. Hay una grandísima economía en dejar la cobranza y distribución de los caudales locales a las autoridades locales, especialmente en los países en que los administrados nombran sus administraciones. Cuando los gastos se hacen a vista de las personas a cuya costa son y para cuya ventaja se ejecutan, se pierde menos dinero, y los gastos son más apropiados a las necesidades. Si se atraviesa un pueblo o ciudad mal empedrados o puercos; si uno ve un canal mal cuidado, o un puerto que se ciega, se puede deducir las más veces que la autoridad que administra los caudales destinados para estos gastos no reside en aquel pueblo. Una de las ventajas de las naciones pequeñas respecto de las grandes es que gozan mejor y a menos costa de todas las cosas de necesidad o placer público, porque ven de más cerca si los gastos que hacen para un objeto se aplican fielmente a él.

Capítulo VIII. De los impuestos. §

. I. De los efectos generales de toda especie de impuestos. Impuesto es esta porción de los productos de una nación que pasa de las manos de los particulares a las del gobierno para subvenir a los consumos públicos. Sea el que quiera el nombre que se le dé, llamesele contribución, tasa, derecho, subsidio, o bien don gratuito, es una carga impuesta a los particulares o a las reuniones de éstos por el Soberano, pueblo o Príncipe, para subvenir a los consumos que él juzga a propósito hacer a costa de ellos: luego es un impuesto. No entra en el plan de esta obra el examinar a quién pertenece el derecho de votar el impuesto. Para la economía política el impuesto es una cosa de hecho y no de derecho (151). Ésta estudia la naturaleza de él, procura descubrir de dónde provienen los valores de que se compone, y cuáles son sus efectos, relativamente a los intereses de los particulares y de las naciones. Nada más. Un impuesto no consiste en la substancia material suministrada por el contribuyente, y recibida por el recaudador, sino en el valor de esta substancia. Que se cobre el impuesto en dinero, en víveres, o en servicios personales, estas son circunstancias accidentales más o menos favorables al contribuyente, o al gobierno. Lo esencial es el valor de este dinero, de estos víveres, o de estos servicios. En el instante mismo que el contribuyente paga este valor le ha perdido: en el instante mismo que es consumido por el gobierno o por sus agentes, todo el mundo le ha perdido, y no vuelve a entrar de ningún modo en la sociedad. Esto es lo que se ha probado a mi parecer cuando se ha tratado de los efectos generales de los consumos públicos. Allí es donde se ha visto que el dinero de las contribuciones aun cuando vuelva a entrar en la sociedad, el valor de estas contribuciones no vuelve a entrar en ella, porque este valor no se le vuelve gratuitamente a la sociedad, puesto que los agentes del gobierno no le restituyen el dinero de las contribuciones sin recibir de ella en cambio un valor igual. Por las mismas razones que nos han demostrado que los consumos improductivos no eran en nada favorables a la reproducción, la exacción de los impuestos no podrá serle favorable. Ésta arranca al productor un producto de que habría gozado si se hubiese consumido improductivamente; o habría sacado de él un provecho si le hubiese

consagrado a un empleo útil. Como un producto es un medio de producción, cuando se quita al contribuyente un producto se disminuye más bien que se aumenta su facultad de producir. Se dirá tal vez que la necesidad de pagar el impuesto obliga a la clase industriosa a redoblar sus esfuerzos, de que resulta un incremento de producción. Pero en primer lugar, los esfuerzos no bastan para producir, y además se necesitan capitales compuestos de productos, que es precisamente la cosa que el impuesto arranca; y en segundo lugar ¿quién no ve que la porción de valores que la industria produce no más que para pagar el impuesto, no enriquece, porque el impuesto la arranca y la consume? Pretender que el impuesto contribuye a la riqueza de una nación sólo porque ésta cobra parte de sus productos, y que la enriquece porque consume parte de sus riquezas, es querer sostener un absurdo; y el notarlos sería una niñería, si la mayor parte de los gobiernos no obrasen conforme a este pretendido principio, y si obras estimables por la intención y conocimientos de sus autores, no intentasen probarlo (152) . Si al ver que los países más cargados de impuestos, como la Inglaterra, son al mismo tiempo los más ricos, se dedujese que son ricos porque pagan más impuestos, se raciocinaría mal, y se tomaría el efecto por la causa. Nadie es rico porque paga, pero paga porque es rico. Para un hombre sería un gracioso medio de enriquecerse gastando mucho por sólo la razón de que otro particular que es rico, gasta mucho. Es evidente que este gasta porque es rico, pero no se enriquece porque gasta. El efecto se distingue fácilmente de la causa cuando ésta precede al efecto; pero cuando su acción es continua y su existencia simultánea es fácil confundirlas. Por esto se ve que si el impuesto produce frecuentemente un bien cuanto a su empleo, siempre produce un mal en cuanto a su exacción. Es un mal que los buenos Príncipes y los buenos gobiernos siempre han procurado aligerar con su economía; y así no exigen de los pueblos todo lo que pueden exigir, sino solamente todo lo que no pueden excusarse de consumir. Y si la economía severa es una de las virtudes más raras en los gobiernos, consiste en que están necesariamente rodeados de gentes que tienen interés en que no la tengan. Los unos quieren dar al entender con raciocinios especiosos que la magnificencia es favorable a la causa pública, y que al estado le conviene gastar mucho. Las explicaciones que son objeto de este libro III serán suficientes para apreciar este sistema. Otros sin pretender que la disipación de los caudales públicos sea un bien, prueban con guarismos, que los pueblos no están cargados, y que pueden pagar contribuciones muy superiores a las que se les han impuesto. «Hay, dice Sully en sus Memorias(153), una especie de aduladores, dadores de consejos, que andan haciendo su corte al Príncipe con suministrarle continuamente nuevas ideas para que tenga dinero: gentes que otras veces estuvieron la mayor parte empleados, y a quienes no queda de la situación brillante en que han estado más que la desdichada ciencia de chupar la sangre de los pueblos, en la que procuran instruir al Rey por su propio interés.»

Por último otros forman planes de real Hacienda, y proponen los medios de llenar las arcas reales sin cargar los súbditos. Pero a no ser que un plan de hacienda sea un proyecto de empresa industrial, no puede dar al gobierno más que lo que quita al particular o al gobierno mismo bajo otras formas. Jamás se hace alguna cosa de nada. Disfrácese como se quiera una operación; hagase tomar los rodeos que se quiera a los valores y sean las que quieran las metamorfosis que se les haga sufrir, jamás se tendrá un valor sino creándole o tomándole. El mejor de todos los planes de hacienda es el gastar poco, y el mejor de todos los impuestos es el más pequeño. Si el impuesto es una porción de las propiedades particulares(154), exigida para el servicio público: si el impuesto es un valor que no vuelve a entrar en la sociedad después que se le ha arrancado, y si el impuesto no es un medio de reproducción, podremos deducir que los mejores impuestos, o más bien los menos malos son: 1.º Los más moderados en su cuota. 2.º Los que tienen menos de aquellas cargas que pesan sobre el contribuyente sin provecho del tesoro público. 3.º Aquellos cuyo peso se reparte equitativamente. 4.º Aquellos que perjudican menos a la producción. 5.º Los que son más bien favorables que contrarios a la moral, esto es, a los hábitos útiles a la sociedad. Por evidente que parezca la utilidad de estas reglas añadiré a cada una de ellas alguna explicación. 1.º Los más moderados en su cuota: Efectivamente arrancando el impuesto al contribuyente un producto, que es o un medio de gozar o un medio de reproducir, le arranca tantos menos goces o beneficios cuanto es menos considerable. Cuando es demasiado excesivo produce este deplorable efecto de privar al contribuyente de su riqueza sin enriquecer con ella al gobierno, lo que se podrá comprender si se considera que la renta de cada contribuyente ofrece siempre la medida y el límite de su consumo productivo, o no. No se le puede pues tomar parte de su renta sin forzarle a reducir proporcionalmente sus consumos. De aquí la disminución de la petición de los objetos que ya no consume, y señaladamente de aquellos sobre que recae el impuesto. De esta disminución de petición resulta una disminución de producción, y por consiguiente menos materia imponible. Hay pues pérdida para el contribuyente de parte de sus goces, pérdida para el productor de parte de sus beneficios, y pérdida para el fisco de parte de sus ingresos(155) . De aquí es que un impuesto no produce jamás al fisco a proporción de la extensión que se le da; de donde ha nacido este adagio en la

administración de la hacienda, que dos y dos no son cuatro. Un impuesto exorbitante destruye la base en que se apoya y la destruye, ya sea que recaiga sobre los objetos de necesidad o ya sobre los objetos de lujo; pero con esta sola diferencia, que sobre estos últimos suprime con una porción de la materia sobre que se puede imponer el goce que podía resultar de su consumo, y que recayendo sobre objetos indispensables suprime igualmente el producto y el consumo, y al mismo tiempo el contribuyente. Ejemplos bastante notables justifican estos principios, por otra parte harto evidentes, y manifiestan lo que los gobiernos más ilustrados sobre sus verdaderos intereses ganarían en ser moderados. Cuando Turgot en 1775 redujo a la mitad los derechos de entrada y de venta del pescado fresco que se vendiese en París, el importe total de estos derechos no se disminuyó. Fue pues preciso que el consumo de esta especie de víveres se doblase, y que los pescadores y los que comercian en pescado fresco doblasen sus ventas y sus ganancias; y como la población se aumenta por consecuencia de la producción, el número de consumidores debió aumentarse, y también el número de productores, porque el aumento de las ganancias, esto es, de las rentas facilita las acumulaciones, y por consiguiente el aumento de los capitales y de las familias; y no hay duda que el importe de otras muchas contrib uciones se mejoraría a consecuencia del incremento de la producción, y fue una honra para el gobierno él aligerar el peso de los impuestos. Los agentes del gobierno administradores o arrendadores de los derechos, apoyados en el ascendiente que la autoridad les da, consiguen las más veces el que se decida en su favor lo que tienen de obscuras las leyes fiscales, o crear dificultades para aprovecharse de ellas, lo que equivale a una extensión del impuesto(156) . El mismo ministro adoptó un camino opuesto, que fue el decidir todos los casos dudosos, a favor del contribuyente. Los arrendadores de la renta se quedaron diciendo: que no podrían nunca cumplir sus contratas con el Rey, y ofrecieron presentar sus cuentas. Las resultas probaron lo contrario de lo que éstos pensaban, y en favor de su bolsillo. Una percepción más suave favoreció de tal suerte la producción y el consumo que se sigue de ella, que las ganancias que en el arriendo precedente no habían sido más que de cuarenta y dos millones doscientos mil reales, subieron a doscientos cuarenta millones de reales, aumento que sería difícil de creer si fuese una cosa menos bien probada(157). Se lee en el ensayo político sobre la Nueva-España (158) del señor Humbolt, que durante los trece años siguientes a 1773, época que el gobierno español adoptó un sistema algo más liberal para la administración de sus colonias, su renta en bruto aumentó en los trece años, en México sólo, en más de ciento dos millones de duros, y que la cantidad de numerario que sacó de este mismo país, pagados de los gastos de administración, aumentó en el mismo periodo catorce y medio millones de duros. Es natural el suponer que las ganancias de los particulares, que son la materia imponible fueron aun mucho más considerables durante los mismos años florecientes.

En todas partes los mismos procedimientos han sido acompañados de los mismos efectos(159) ; y el escritor que es hombre honrado se tiene por dichoso de poder probar que la moderación no es una tontería (160). Continuando nuestro camino, deduciremos de los mismos principios, que los impuestos, sean los que quieran, que tienen menos inconvenientes son: 2.º Los que tienen menos de estas cargas que pesan sobre el contribuyente sin provecho del tesoro público. Muchas personas no miran los gastos de recaudación como un gran mal, porque creen que vuelven a entrar en la sociedad bajo otra forma. No se puede menos de remitirlos a lo que hemos dicho más arriba, capitulo 5.º, párrafo 1.º Lo mismo vuelven a entrar los gastos de administración que el principal de las contribuciones, porque así uno como otro no consisten en el numerario que paga el contribuyente sino en el valor con que el que la debe pagar ha pagado este numerario, y en el valor que la administración adquiere por su medio, valor que realmente queda consumido y destruido. Las necesidades de los Príncipes más bien que el amor de los pueblos, han precisado de dos siglos a esta parte al mayor número de estados de Europa a poner más orden que antes en la Hacienda. Como se ha cargado a los pueblos con cuanta carga pueden llevar sin irritarse, todas las economías que se h an hecho en los gastos de administración han sido una ganancia para el fisco. En las Memorias de Sully(161) se ve que por ciento veinte millones que hacían percibir al tesoro real las contribuciones de 1598, salían de las bolsas de los particulares seiscientos millones de reales. «Esto parecía increíble, añade Sully, pero a fuerza de trabajo, me aseguré de ello.» Bajo el ministerio de Neker, los gastos de administración de doscientos veinte y tres millones de reales, no subían más que a doscientos treinta y dos millones. La Francia empleaba además bajo su ministerio doscientas cincuenta mil personas para la cobranza de las contribuciones, pero la mayor parte tenían al mismo tiempo otras ocupaciones. Los gastos eran como se ve de diez y cuatro quintos por ciento con corta diferencia, y excedían aún con mucho los que ocasiona la cobranza de los impuestos de Inglaterra(162) . No sólo los gastos de percepción son una carga para los pueblos, sin ser de ningún provecho para el tesoro público, sino procesos, y los gastos de apremios que no aumentan un ochavo lo que se cobra, y son un aumento de las cargas. Es además una adición que recae sobre los contribuyentes más necesitados, porque los otros no dan lugar a que los apremien. Estos medios odiosos de hacer pagar las contribuciones, se reducen a esta proposición: vm. no tiene con que pagar diez reales, pues en tal caso, le pido a vm, doce. No hay necesidad de medios violentos para hacer pagar, cuando las contribuciones son ligeras, comparadas con las facultades de los contribuyentes; pero cuando uno tiene la desgracia de tener impuestos demasiado grandes que cobrar, opresión por opresión, los apremios valen más. El contribuyente cuyos muebles se embargan y venden hasta la

cantidad necesaria para cubrir la contribución, a lo menos no paga más de lo que debe, ni hace gastos que no entren en el tesoro público. Por una razón semejante los trabajos que se hacen por servicio o contribución, como en otro tiempo se hacían los caminos reales en Francia, son malísimos impuestos. El tiempo que se pierde para andar tres o cuatro leguas para ir al lugar del trabajo, y el que se pierde en una obra que no se paga y que se hace por fuerza, es una pérdida para el contribuyente sin que de ella resulte un beneficio para el público. Frecuentemente también la pérdida ocasionada por una interrupción forzada del trabajo de la arquitectura, es más considerable que el producto del trabajo obtenido que se substituye a ella, aun suponiendo que fuese bien hecho. Turgot pidió a los ingenieros de las provincias una cuenta por menor de los gastos que exigirían en un año común el mantenimiento de los caminos, añadiendo a esto el supuesto de que se hiciesen tantas construcciones nuevas como se habían hecho hasta entonces. Se les encargó que estableciesen sus cálculos bajo el pie del gasto mayor posible. La hicieron ascender a cuarenta millones de reales para todo el reino. Turgot valuaba a ciento sesenta millones de reales las pérdidas que la contribución de trabajar en los caminos ocasionaba a los pueblos(163). Los días en que se manda descansar, ya sea por las leyes, ya sea también por los usos que uno no se atreve a quebrantar, son también contribuciones, de las que no entra ni la más mínima parte en el tesoro del Estado. 3.º Aquellos cuyo peso se reparte equitativamente. El impuesto es un peso: uno de los medios para que pese lo menos posible sobre cada uno, es el que todos le lleven. El impuesto no es sólo una sobrecarga directa, para el individuo, o para la rama de industria que está más cargada que lo que debe; sino que no les permite sostener con ventaja igual, la concurrencia de los demás productores. Se ha visto en diversas ocasiones caer muchas fábricas por una exención concedida a sólo una de ellas. Un favor particular casi siempre es una injusticia general. Los vicios de repartición no son menos perjudiciales al fisco que injustos respecto de los particulares. El contribuyente a quien se hace contribuir menos de lo que debe no reclama para que se aumente su cuota, y el que está más cargado que lo que debe, paga mal, y así por ambas partes, el fisco tiene un déficit. ¿Es justo, es equitativo que el impuesto se cobre sobre esta porción de las rentas que se consagran a las superfluidades, más bien que sobre las que se emplean en la compra de las cosas necesarias? Me parece que no se puede dudar la respuesta. El impuesto es un sacrificio que se hace a la sociedad y al orden público; y el orden público no puede exigir el sacrificio de las familias. Es sacrificarlas el quitarles lo necesario. ¿Quién se atreverá a sostener, que un padre debe quitar un pedazo de pan o un vestido de abrigo a sus hijos, para suministrar su contingente para el fausto de una corte, o bien para el lujo de los monumentos públicos? ¿Qué ventaja sería para él el estado social, si él le arrebatase un bien suyo, y que es indispensable para su subsistencia para ofrecerle en cambio su parte de una satisfacción incierta y remota, que repelería desde aquel momento con horror?

Pero cada ve z que quiere uno señalar el límite que separa lo necesario de lo superfluo se ve en apuros: las ideas que ellos excitan no son absolutas, pues son relativas al tiempo, al lugar, a la edad, al estado de las personas, y sino se quisiese exigir el impuesto má s que de lo superfluo, no se podría conseguir el determinar el punto en que uno deberá detenerse para que no se tuviese que tomar nada sobre lo necesario. Todo lo que se sabe es que las rentas de un hombre o de una familia pueden ser modificas hasta el punto de no ser suficientes para su existencia, y que desde este punto hasta aquel en que pueden satisfacer a todas las sensualidades de la vida y a todos los goces del lujo y de la vanidad, hay una graduación imperceptible, y tal que a cada grado, una familia puede procurarse siempre una satisfacción algo menos necesaria, hasta las más fútiles que se pueden imaginar; de tal suerte que si se quisiese exigir el impuesto de cada familia, de modo que fuese tanto más ligero cuanto que recayese sobre una renta más necesaria, sería menester que disminuyese no sólo proporcionalmente, sino progresivamente. En efecto, y suponiendo el impuesto puramente proporcional a la renta, de un décimo, por ejemplo, quitaría a una familia que posee un millón y doscientos mil reales de renta, ciento veinte mil reales. Esta familia conservaría un millón y ochenta mil reales para gastar cada año, y se puede creer que con una renta semejante no sólo no carecería de nada sino que conservaría aún muchos de estos goces, que no son indispensables para estar bien; mientras que la familia que no poseyese más que una renta de mil y doscientos reales, y a quien el impuesto no dejase de ella más que mil y ochenta reales, no conservaría, según nuestras costumbres y al precio actual de las cosas, ni aun lo que es rigorosamente necesario para existir. Se ve pues, que un impuesto que fuese puramente proporcional estaría muy lejos sin embargo de ser equitativo; y esto es lo que probablemente ha hecho decir a Smith: »no carece de fundamento el que el rico contribuya a los gastos públicos no sólo a proporción de su renta, sino con algo más.» Adelantaré más, y no temeré el decir que el impuesto progresivo es el único equitativo (164) . 4.º Aquellos que perjudican menos a la reproducción. Entre los valores que el impuesto arrebata a los particulares no hay duda que una gran parte, si se les hubiese dejado, se habría empleado en satisfacer sus necesidades y sus goces; pero por otra parte se habría ahorrado y añadido a sus capitales productivos. Y así se puede decir que todo impuesto perjudica a la reproducción, perjudicando a la acumulación de capitales productivos. No obstante esto, el impuesto perjudica aún más directamente a los capitales cuando para pagarle, el contribuyente debe por necesidad separar parte de los que están ya destinados a la producción. Según una expresión ingeniosa del señor Sismondi, se parecen a un die zmo que se cobrase sobre la semilla en vez de cobrarle sobre la cosecha. Tal es un impuesto sobre las herencias. Un heredero que entra en posesión de una herencia de cuatrocientos mil reales, si tiene necesidad de pagar al fisco cinco por ciento no los sacará de su renta ordinaria, porque esta está ya gravada con el impuesto ordinario, sino más bien sobre la herencia, que se reducirá para él a trescientos ochenta mil reales. Y

así, el caudal del difunto, que anteriormente estaba impuesto como de cuatrocientos mil reales no lo será ahora más que como de trescientos ochenta mil reales para su heredero, y así el capital de la nación se ha disminuido veinte mil reales percibidos por el fisco. Lo mismo sucede con todos los derechos de mutación. Un propietario vende una tierra de cuatrocientos mil reales, y si el adquirente está precisado a pagar un derecho de cinco por ciento, no dará más que trescientos ochenta mil reales de esta propiedad. El vendedor no tendrá más que esta suma que imponer, en vez de los cuatrocientos mil reales, que valía la tierra; luego la masa de capital de la sociedad se ha disminuido veinte mil reales. Si el adquirente calcula tan mal que no sólo pague el impuesto sino la tierra por su valor entero, hace el sacrificio de un capital de cuatrocientos veinte mil reales, para adquirir un valor de cuatrocientos mil: la pérdida de esta porción de capital es siempre la misma para la sociedad; pero entonces es él sobre quien recae. Los impuestos sobre las mutaciones, además de tener el inconveniente de exigirse de los capitales, tienen aún el inconveniente de presentar un obstáculo a la circulación de las propiedades. Se preguntará, tal vez, ¿qué interés tiene la sociedad en no coartar la circulación de las propiedades? ¿qué le importa que tal propiedad se halle en manos de esta o la otra persona, con tal que la propiedad subsista? Importa mucho que las propiedades vayan siempre lo más fácilmente que sea posible donde ellas quieran, porque allí es donde producen más. ¿Por qué este hombre quiere vender su tierra? porque tiene la mira de establecer una industria, en la que sus fondos le producirán más. ¿Por qué esotro quiere comprar la misma tierra? Porque quiere imponer sus fondos que le producen poco, o que están ociosos, o porque él la cree susceptible de mejora. La transmutación aumenta la renta general, porque aumenta la renta de los dos contratantes. Si los gastos son bastante considerables para impedir que el asunto, se termine, son un obstáculo para este incremento de la renta de la sociedad. Estos impuestos que destruyen parte de los medios de producción de la sociedad, los que por consiguiente privan de trabajo y de ganar a parte de los hombres industriosos que ella contiene, tiene sin embargo en el grado más eminente una cua lidad que Arturo Young, hombre sabio en economía política, pide en un impuesto, que es la de ser pagado con facilidad(165) . Cuando una nación tiene la desgracia de tener muchos impuestos, como en tal caso no hay más que la elección de los inconvenientes, tal vez debe uno tolerar aquellos que recaen con moderación sobre los capitales. Los impuestos sobre los procesos y en general todos los gastos que se hacen para pagar a los dependientes de los tribunales, se toma también sobre los capitales, porque no se litiga según la renta que se tiene, sino según las circunstancias en que uno se encuentra, los intereses de familia con que está uno comp licado, y la imperfección de las leyes. Las confiscaciones recaen igualmente sobre los capitales.

El impuesto no influye sobre la producción alterando solamente uno de sus orígenes, que son los capitales, sino que también obra a manera de las multas, castigando de ciertas producciones y de ciertos consumos. Todos los impuestos que recaen sobre la industria, como las patentes o permisos de ejercer una industria, están en este caso; pero cuando son moderados, la industria supera fácilmente el obstáculo que le presentan. La industria no sólo padece por los impuestos que se le piden directamente sino por los que recaen sobre el consumo de los géneros de que hace uso. En general los productos de primera necesidad son los que están consumidos reproductivamente, y los impuestos que los perjudican dañan a la reproducción. Esto es aún más generalmente verdadero, hablando de las materias primeras de las artes, las que no pueden ser consumidas, sino reproductivamente. Cuando se pone un derecho excesivo sobre los algodones, se perjudica a la producción de todos los tejidos de que es base esta materia(166). El Brasil es un país abundante en víveres que se conservarían y llevarían a gran distancia si se pudiesen salar. Las pesquerías abundan mucho allí, y los ganados se multiplican en este país tan fácilmente que allí se mata un buey sólo para quitarle la piel. De allí es de donde se proveen, en gran parte, las tenerías de Europa. Pero el impuesto que se ha cargado sobre la sal impide que se use el salar la carne y el pescado para poderla conservar y exportar, y por unos cuatrocientos mil reales que da esto al fisco perjudica de un modo incalculable a las producciones de este país, y a las contribuciones que estos productos podrían pagar. Por la misma razón que el impuesto obrando como haría una multa desalienta los consumos reproductivos, puede desalentar los consumos estériles, y entonces produce el doble bien de no tomar un valor que habría sido empleado reproductivamente y el de alejar de este inútil consumo los valores que pueden ser empleados más favorablemente para la sociedad. Esta es la ventaja de todos los impuestos que recaen sobre los objetos de lujo(167). Cuando el gobierno en vez de gastar el producto de las contribuciones exigidas de los capitales, le emplea de un modo reproductivo, o cuando los particulares restablecen sus capitales con nuevos ahorros, entonces compensan con un bien el mal que hace el impuesto. Es emplear el impuesto de un modo reproductivo el emplearle en crear comunicaciones, formar puertos y hacer edificios útiles. Aun es más raro que los gobiernos empleen directamente en las empresas industriales parte de los valores exigidos por las contribuciones. Colbert lo hizo cuando prestó a los fabricantes de León. Los magistrados de Hamburgo y algunos Príncipes alemanes ponen fondos en empresas industriales. El antiguo gobierno de Berna, según dicen, imponía cada año una parte de sus rentas.

5.º Los que son más bien favorables que contrarios a la moral, esto es, a los hábitos útiles de la sociedad. Un impuesto influye sobre los hábitos de una nación lo mismo que influye sobre sus producciones y sus consumos; señala una pena pecuniaria a ciertas acciones, y tiene el carácter que hace las penas eficaces, que es el ser en general una multa moderada e inevitable (168) . Es pues independientemente del tributo un recurso que ofrece a los gobiernos una arma poderosísima en manos suyas, para pervertir o corregir, alentar la pereza o el trabajo, la disipación o la economía. Antes de la revolución de Francia, cuando las tierras productivamente cultivadas estaban sujetas al impuesto del vigésimo, y los terrenos de placer no pagaban ,nada, ¿no era esto dar un premio al lujo a costa de la industria? Cuando se hacía pagar el derecho de un centésimo a los que rescataban una renta raíz, ¿no era esto imponer una multa a una acción que era igualmente, favorable a las familias que a la sociedad? ¿no era esto castigar los sacrificios laudables que hacía a las personas arregladas para libertar sus patrimonios? La ley de Bonaparte, que hacía pagar anualmente por cada uno de los discípulos de las pensiones particulares una suma a favor de la universidad. ¿no era esto, imponer una multa de la que se puede esperar sólo la suavidad de las costumbres y la manifestación de las facultades de las naciones(169). Cuando se establecen a modo de impuestos las loterías y las casas de juego, no es esto favorecer un vicio fatal al sosiego de las familias y fatal también a la prosperidad de los estados? ¡Qué oficio tan horroroso hace un gobierno cuando, como si fuera una vil cortesana, excita una inclinación vergonzosa, y como si fuera un estafador a quien él castiga con la marca, presenta a la avaricia o a la necesidad el cebo de una suerte engañosa!(170). Al contrario los impuestos que desalientan y hacen más raros los gustos del vicio y de la vanidad, pueden ser útiles como medios de represión, además de los recursos que dan al gobierno. El señor Humboldt habla de un impuesto que se estableció en México sobre las peleas de gallos. El gobierno saca de esto cuarenta y cinco mil duros, y además la ventaja de poner límites a una diversión vituperable. Cuando el impuesto es excesivo o inicuo provoca a fraudes, a falsas declaraciones y a mentiras. Las gentes honradas se ven en la alternativa o de hacer traición a la verdad, o de sacrificar sus intereses a favor de los deudores que no tienen los mismos escrúpulos. Tienen el pesar siempre desagradable de que uno no puede libertarse, viendo que se da el nombre, y que aun se castigan como crímenes, no digo yo inocentes sólo por sí mismas, sino las más veces utilísimas al público. Tales son las principales reglas, según las cuales cuando se quiere mirar por la prosperidad pública se deben juzgar todos los impuestos nacidos y por nacer.

Supuestas observaciones aplicables a toda suerte de contribuciones, puede ser útil el examinar los diversos modos de establecerlas, o en otros términos con qué motivos se piden al contribuyente, y sobre que clases de contribuyentes carga principalmente su peso.

§. II. De los diversos modos de repartir el impuesto, y sobre las clases en que recaen los diversos impuestos. El Impuesto se compone, como se ha visto, de los productos, o más bien del valor de los productos exigidos de los contribuyentes por parte de los gobiernos. ¿Pero qué efectos resultan de la naturaleza de los productos exigidos, del modo con que se ha repartido la carga, y sobre quién cae la pérdida (que resulta infaliblemente para alguno) de la contribución pagada? Tales son las preguntas que se pueden hacer, y cuya solución se puede exigir de la economía política. La aplicación que se hará de los principios a algunos ejemplos particulares, manifestará como se pueden aplicar a todos los demás casos. La autoridad exige los valores de que se componen las contribuciones, unas veces en moneda, otras en especie según conviene más a sus necesidades o a las facultades de los contribuyentes. Pero sean las que quieran la forma y la materia, la contribución siempre es el importe del valor de las cosas entregadas. Si el gobierno bajo pretexto que necesita trigo, cueros o lienzos obliga a los contribuyentes a que compren estos diversos géneros, la contribución sube a lo que el contribuyente ha tenido que pagar para adquirirlas, o a lo que las habría vendidos, se las hubiesen dejado. Sea la que quiera laque evaluación que el gobierno hace de ellas por el derecho del más fuerte, el importe de la contribución no puede apreciarse de otra manera que de modo que acabo de decir. Igualmente los gastos de percepción bajo cualquier forma que se presenten, siempre son una adicción a la contribución, aunque la autoridad no se aproveche de ellos, y cuando el contribuyente está obligado a perder tiempo o en transportar mercancías para pagar su contribución, se aumenta de todo lo que vale el tiempo que pierde y los transportes que ejecuta. Se debe también comprender en las contribucio nes que un gobierno impone al pueblo que gobierna todos los gastos que sus operaciones hacen necesariamente que recaigan sobre él. Y si cuando hace la guerra, la carga que impone a la nación se aumenta con el valor de lo que vale el equiparse los militares y del dinero que llevan en su faltriquera o que les han suministrado sus familias; se aumenta aun con el valor del tiempo perdido en los ejercicios militares; se aumenta con las sumas pagadas para las exenciones y

reemplazos; se aumenta con el importe de los gastos de alojamiento de los militares y con los estragos y expoliaciones de que ellos tienen la culpa, se aumenta con los socorros y los sueldos que obtienen de sus parientes o de sus compatriotas cuando vuelven; se aumenta también con las limosnas que la miseria, hija del mal régimen, arranca a la compasión o a la piedad. Efectivamente ninguno de estos valores se habría quitado a los ciudadanos, o súbditos bajo de un régimen diferente. Estos valores no han entrado en el tesoro del Príncipe, pero los pueblos los han pagado, y su importe ha sido tan completamente perdido como si hubiesen contribuido a la felicidad de la especie. Acabamos de formarnos una idea de la extensión de los sacrificios de los contribuyentes; ¿de qué valores toman ellos el importe de estos? No puede ser de otros que de los productos anuales de su industria, de sus capitales o de sus tierras; esto es de sus rentas, o bien en los valores precedentemente ahorrados, esto es, en sus capitales. Cuando las contribuciones son moderadas no sólo el contribuyente puede tomarlas enteras sobre sus rentas, sino que ellas ni aún le quitan todos los medios de hacer ahorros, y si algunos contribuyentes se ven precisados para pagarlas a tomar sobre sus capitales, lo que la masa de éstos pie rde por este lado se reemplaza con muchas ventajas por los ahorros que permite a otros un orden de cosas tan favorable. No sucede lo mismo cuando una autoridad militar, o una autoridad usurpada hice pagar tributos excesivos. Entonces una gran parte de estos impuestos se toma sobre los valores acumulados e impuestos y sobre los capitales; y si esta autoridad domina muchos años seguidos sobre el mismo país, altera de este modo cada año y progresivamente las rentas del año siguiente, y produce la ruina y la despoblación, que ella misma es víctima, cuando sus propios excesos no aceleran su ruina. Una autoridad regular y conservadora, ve por el contrario cada año que se aumentan los beneficios y las rentas sobre que se paga el impuesto; y sin aumentar la proporción de éste, el importe de las contribuciones se hace más considerable, sólo porque la materia imponible se extiende y se multiplica. El gobierno interesado, como se ve, en moderar las cargas de los pueblos, lo está también en que se haga el reparto con equidad, esto es, en que alcance a todas las rentas particulares, y que una clase de renta no esté más cargada que otra. Efectivamente cuando las rentas están imperfectamente cargadas, el impuesto encuentra con más prontitud los límites de las facultades de ciertos contribuyentes, cuando apenas toca a las de otros muchos; entonces veja y destruye mucho antes de llegar a ser tan considerable como podría. Es una carga que parece pesada no por su peso, sino porque no es llevada por un número de contribuyentes bastante grande. Se pueden distribuir en dos capítulos principales los diferentes modos que se emplean para que todas las rentas de los contribuyentes paguen el impuesto. O bien se les pide directamente una parte de la renta que se le supone, lo que es objeto de las contribuciones directas, o les hace pagar una suma cualquiera sobre ciertos consumos que hacen con su renta, que es el objeto de las que se llaman en Francia contribuciones indirectas.

Pero bien sea en un caso u en otro, la cosa valuada, que sirve de base a la contribución pedida, no es en realidad la materia imponible; ni es necesariamente este valor del que se exige una parte: éste no es más que un medio, más o menos imperfecto, de conocer una renta que se quiere que pague el impuesto, la cual presenta sólo la verdadera materia, imponible. Y si se pudiese contar sobre la buena fe del contribuyente bastaría un solo medio; cual sería el de preguntarle cuanto gana anualmente y cual es su renta. No se necesitaría más base que esta para fijar su contingente, ni habría más que un solo impuesto; y jamás se habría visto un impuesto más equitativo y que costase menos de recaudar. Esto es lo que se practicaba en Hamburgo antes de las desgracias que experimentó este pueblo, y lo que no puede verificarse más que en un estado republicano de poca extensión y donde las contribuciones sean moderadas. Para repartir las contribuciones directas con proporción a las rentas de los contribuyentes, unas veces los gobiernos exigen de los particulares la exhibición de sus arriendos, y a falta de escrituras de arriendo valúan el valor que en arrendamiento debían darles sus fincas y piden al propietario parte de esta renta, y esta es la contribución sobre los bienes raíces. Unas veces juzgan de la renta por el alquiler de la casa que uno ocupa, por el número de criados, caballos y coches que uno mantiene, y hacen de esta evaluación la base para la exacción; y a esto es a lo que llaman en Francia contribución sobre los muebles. Otras veces estiman las ganancias que uno puede hacer por el género de industria que tiene, por la extensión del pueblo y por el local en que se ejerce, y esta es la base del impuesto que se llama en Francia de las patentes. Todos estos modos de repartir el impuesto pertenecen a las contribuciones directas. Para repartir las contribuciones indirectas y las que se cargan sobre los consumos no se pregunta siquiera el nombre del que ha de contribuir, y sólo se atiende al producto. Unas veces desde el origen de este producto se pide una parte cualquiera de este valor como se hace en Francia con la sal. Otras veces se hace esta exacción al momento en que el producto pasa las fronteras (que son los derechos de aduana) o el recinto de una ciudad (que son los impue stos municipales). Otras veces se hace esta exacción al momento en que el producto pasa de mano del último productor a la del consumidor, a quien se hace pagar (en Inglaterra por el stampduty, y en Francia por el impuesto sobre los billetes de las comedias). Otras veces el gobierno exige que la mercancía tenga un sello particular como la marca del contraste de la plata, y el sello de los diarios. Otras veces se apodera de la preparación exclusiva de una mercancía o de un servicio público, y los vende a un precio de monopolio como el tabaco y las cartas del correo.

Otras veces exige esto, no de la mercancía misma, sino del pago de su precio, como sucede con el sello de los recibos y letras de comercio. Todos estos~modos de exigir las contribuciones las ponen en la clase de contribuciones indirectas, porque la petición no se hace a nadie directamente sino al producto y a la mercancía que ha de pagar el impuesto(171). Se concibe fácilmente que una renta cualquiera que podría no estar comprendida en uno de estos géneros de contribución lo está en otro, y que hay mucho adelantado para la equitativa repartición de las cargas públicas en la multiplicidad de formas bajo que se presentan, sin embargo que cada una de ellas en particular se mantenga en los límites de cierta moderación. Cada uno de estos modos de repartir el impuesto, además del inconveniente general de aplicar parte de los productos de la sociedad a usos poco favorables a su bienestar y a sus reproducciones, tiene otros inconvenientes y ventajas que le son peculiares. La contribución directa, por ejemplo, cuesta menos de recaudar; pero se paga con mucha dificultad, y trae consigo violencias odiosas. Se carga sobre las rentas con mucha iniquidad. Un negociante rico que paga una patente de dos mil cuatrocientos reales puede ganar cuatrocientos mil reales por año; y un tendero de poco negocio, cuyas ganancias no pueden pasar de veinte y cuatro mil reales paga una patente que no puede ser menor de cuatrocientos reales. La renta de un propietario de bienes raíces que ha pagado ya por la contribución raíz tiene que pagar otra vez por la contribución de los muebles, siendo así que la renta del capitalista, que ha tenido que pagar por esta última contribución no paga por la otra. Las contribuciones indirectas tienen la ventaja de que se pagan con más facilidad y que al parecer vejan menos. Toda contribución se paga con repugnancia, porque el precio de esta deuda, que es la protección del gobierno, es una ventaja negativa de que uno no se apercibe. Un gobierno es precioso más bien por los males de que nos preserva, que por las satisfacciones que nos proporciona. Pero al pagar un impuesto sobre los víveres, no se figura uno que paga la protección del gobierno, la que apenas notamos: se cree pagar el precio de aquellos víveres que se desean mucho, aunque este precio sea independiente de la contribución. El atractivo del consumo se extiende hasta el pago de la deuda, y paga uno con gusto un valor cuyo sacrificio es seguido de una satisfacción. Esto es lo que ha hecho considerar esta contribución como voluntaria. Los EstadosUnidos, antes de su independencia, le miraban de tal suerte como voluntario, que al mismo tiempo que negaban al Parlamento Británico el derecho de imponer contribuciones sin su consentimiento, le reconocían sin embargo el derecho de poner contribuciones sobre los consumos, puesto que cada uno tenía la facultad de substraerse de ellas, con abstenerse del género sobre que estaban cargadas(172) . No es lo mismo, por lo que hace a las contribuciones personales, porque éstas parecen una expoliación. La contribución indirecta se percibe en pequeñas porciones insensiblemente, y a medida que el contribuyente tiene medios de pagarla. No trae consigo la molestia de

repartirla entre las provincias, entre los partidos, y entre los particulares. No hace públicos los diversos intereses, ni lo que uno deja de pagar se carga por esto a otro. No produce enemistades entre los habitantes de un mismo pueblo, ni reclamaciones, ni apremios. La misma contribución permite al legislador el escoger el consumo sobre que quiere que se pague el impuesto de tener consideración a los que son favorables a la prosperidad de la sociedad, como lo son todos los consumos reproductivos para cargar los que no favorecen más que para empobrecer, como son todos los consumos estériles, y los que procuran al rico a mucha costa un placer insípido o inmoral, para tener consideración a los que hacen que las familias laboriosas puedan vivir a poca costa. Se ha objetado a las contribuciones indirectas los muchos gastos de percepción que causan, porque exigen muchas oficinas, administradores, empleados y guardas; pero es menester notar que una parte muy grande de estos gastos no son consecuencia necesaria de la contribución, y que con una buena administración se pueden ahorrar. El aforo de los líquidos y el sello en Inglaterra no costaban más en 1799, que tres y cuartillo por ciento de gastos de percepción(173). No hay contribución directa en Francia que no cueste mucho más. Se ha dicho que la contribución indirecta no ofrece más que un valor variable e incierto, y que los gastos públicos exigen fondos seguros; pero las entradas variables están de tal modo aseguradas, que no ha habido una que no haya sido arrendada. Excepto en circunstancias extraordinarias y raras, la experiencia manifiesta con cortísima diferencia lo que produce toda especie de contribución. Por otra parte las contribuciones sobre los consumos varían mucho por su naturaleza, y lo que produce uno de más cubre el déficit del otro. La contribución indirecta provoca el fraude, crea crímenes que no están en el orden de la naturaleza, y por consiguiente castigos que afligen más que todos los otros; pero estos inconvenientes no adquieren un carácter gravisimo sino cuando el impuesto es excesivo: entonces sólo es cuando lo que se gana en el fraude excede el riesgo. Todas las contribuciones excesivas producen al cabo el mismo efecto: no dan nuevos productos, pero no dejan por esto de causar nuevas desgracias. Se notará que las contribuciones indirectas, lo mismo que las otras, cargan con mucha desigualdad los consumidores, y por consiguiente las rentas; porque hay muchos objetos cuyo consumo no tiene proporción con la renta de los consumidores: un hombre que tiene cuatrocientos mil reales de renta cada año, no consume cien veces más sal, que un hombre que gana cuatro mil reales; pero estas contribuciones pudiendo repartirse en muchos objetos diversos, el defecto de la una se cubre por la otra. En segundo lugar se notará que recaen sobre rentas que pagan ya la contribución sobre bienes raíces y muebles. Un hombre cuyos bienes no son más que tierras, y que paga la contribución relativa a su renta, paga como lo hemos notado ya otra vez, por la misma renta la contribución sobre los muebles, y paga tercera vez sobre la misma renta al momento que compra los objetos de su consumo.

Suponiendo todas estas contribuciones pagadas por todos aquellos a quienes se las pide el Gobierno, se haría muy mal en creer que cargan definitivamente sobre los que las pagan. Muchos de éstos no son los verdaderos contribuyentes; la contribución respecto de ellos no es más que una anticipación que consiguen el que se las reembolsen más o menos completamente los consumidores de las cosas que ellos producen. Pero la diferencia de posiciones establece grandes irregularidades en esta especie de reembolso. Cuando la contribución que se ha pagado por los productores de una mercancía hace subir el precio de ella, el consumidor de esta mercancía paga parte del impuesto. Si la mercancía no se encarece, el impuesto se paga por los productores. Si se altera la calidad de la mercancía sin que suba de precio, el impuesto no carga, a lo menos en parte, sobre el consumidor; porque una calidad inferior que se vende tan cara como él, equivale a una cualidad igual, que se vende más cara. Todo encarecimiento de un producto disminuye precisamente el número de los que pueden adquirirle o a lo menos el consumo que hacen de él(174) . Cuando la sal vale a tres sueldos la libra se consume mucha menos que cuando su precio no pasa de un sueldo. Pero la petición de este producto siendo más pequeña relativamente a los medios de producción, los servicios productivos en este género se pagan menos, esto es, el empresario de las salinas por ejemplo, y por consiguiente sus agentes, sus obreros y hasta el capitalista que le presta los fondos y el propietario que le alquila un lugar, experimentan una disminución en la petición de sus productos, y así no pueden ganar tanto como antes(175). Los productores procuran en cuanto está de su parte el hacer que se les reembolse el importe de la contribución pero muy rara vez lo consiguen comple tamente, porque el valor intrínseco de la mercancía, que es la que paga sus gastos de producción, baja; y así se nota que una contribución cualquiera que se carga sobre un producto no se lleva el precio total de todo lo que importa la contribución. Para esto sería preciso que la petición total permaneciese la misma, lo que es imposible. La contribución en tal caso carga en parte sobre aquellos consumidores que persisten en consumir a pesar de haberse encarecido la mercancía; y en parte sobre los productores que han hecho menos cantidad del producto, y que deducido el impuesto se hallan que la han dado más barata en razón de que se pide menos. El tesoro público se aprovecha de lo que el consumidor paga de más, y del sacrificio que el productor tiene que hacer de parte de sus ganancias. Es el efecto de la pólvora que obra a un mismo tiempo sobre la bala que arroja y sobre el cañón que hace recular. Cuando se pone una contribución sobre los paños como objetos de consumo, el consumo de las lanas disminuye, y el agricultor que cría los carneros ve que su renta disminuye. Se dirá que puede dedicarse a otro ramo de agricultura; pero es preciso suponer que en la situación en que se halla y por la naturaleza misma de su terreno, la cría del ganado lanar era lo que le producía más, y por esto la había preferido: una mudanza cual quiera en la agricultura a que se dedica, para él es una disminución de renta: esto no impide que el fabricante de paños y el capitalista, cuyos fondos están empleados en esta empresa, el que tengan que pagar parte de esta contribución.

Cada productor paga la parte de contribución sobre los consumos a proporción de la parte que tiene en la producción de la cosa sobre que está cargada la contribución. Si el propietario de la finca suministra la mayor parte del valor del producto, como sucede cuando los productos pueden consumirse sin mucha preparación, entonces casi él solo suporta enteramente esta parte del impuesto que recae sobre los productores. Si se pone una contribución sobre los vinos por entrarlos en los pueblos, los que tienen viñas padecerán mucho con esto. Si se pone un derecho de sello aunque sea muy subido sobre los encajes, los labradores que tienen cosecha de lino apenas lo notarán; pero en cambio los productores, entre cuya s manos esta mercancía adquiere su principal valor, ya sean empresarios, obreros, o mercaderes, todos padecerán mucho. Cuando el valor se ha dado en parte, por los productores extranjeros y en parte por los nacionales, casi carga todo el peso del impuesto sobre estos últimos. Si se carga en nuestro país las cotonadas, siendo la petición de estos productos menos grande, los servicios productivos de nuestros fabricantes se pagaran menos y cargará sobre ellos una parte de esta contribución; pero los servicios productivos de los que cultivan el algodón en América no se pagarán menos de un modo sensible, si no hay más razones, que éstas. Efectivamente, esta contribución que altera tal vez el consumo de algodones en Francia de un décimo, no disminuirá las ventas en América más que en un centésimo, suponiendo que la Francia no entrase más que por un décimo en la salida que la América hallaba para sus algodones. Una contribución puesta sobre un objeto de consumo, cuando éste es de primera necesidad se hace sentir más o menos en el precio de casi todos los demás productos, y por consiguiente se saca de las rentas de todos los demás consumidores. Un derecho de puertas que se exige a la entrada de una ciudad de la carne, los granos o los comestibles, hace que se encarezcan todos los productos fabricados en este pueblo; pero un derecho puesto sobre el tabaco en la misma ciudad no hace subir el precio de ninguna otra mercancía. Este derecho recae sobre los productores y consumidores de tabaco, y sobre nadie más. La razón es evidente: el productor que consume superfluidades, está obligado a sostener la concurrencia del que no hace uso de ellas, mientras que el productor que paga un derecho sobre lo que es indispensable no tiene concurrencia que temer porque todos los productores como él se ven precisados a pagarle. Las contribuciones directas que se han hecho pagar a los productores recaen con mayor razón sobre los consumidores de sus productos; pero por las razones que se han visto arriba, nunca pueden subir el precio de sus productos bastante para que se les reembolse completamente el importe del impuesto; porque vuelvo a repetir, la subida de precio reduce la petición, y una petición menor disminuye el beneficio de todos los servicios productivos. Entre todos los productores de un mismo producto, unos pueden con más facilidad que otros substraerse del efecto del impuesto. El capitalista cuyos fondos no están empleados en este negocio, los retira y los coloca en otra parte si acaso no le pueden pagar el mismo interés, o si el pago que deben hacerte es más precario. El empresario puede en ciertos casos juntar sus fondos y llevar a otra parte su inteligencia y sus trabajos, pero el

propietario raíz, o el capitalista cuyos capitales no pueden realizarse prontamente no tienen la misma ventaja(176). La cantidad de vino o de trigo que produce una tierra es con corta diferencia la misma, sea la que quiera la contribución que se le impone aun cuando el impuesto le quitó la mitad los tres cuartos de su producto neto, o si se quiere, de su arriendo, se labrará la tierra para sacar de ella la mitad o el cuarto restante que no absorberá la contribución(177). La cantidad del arriendo, esto es, la parte del propietario, bajará, y a esto estará todo reducido. Se percibirá la razón de esto si se considera que en el caso supuesto la cantidad de víveres producidos por la tierra y enviados al mercado es la misma no obstante todo esto. Por otra parte los motivos que establecen la petición de la mercancía son también los mismos(178) ; pero si la cantidad de productos ofrecida, y la cantidad pedida, deben a pesar del establecimiento o extensión de la contribución raíz permanecer los mismos, tampoco deben variar los precios; y si estos no varían, el consumidor de los productos no paga ni la más pequeña parte de esta contribución(179). El propietario no puede, ni aún al vender sus fincas, libertarse de la carga de la contribución, porque el principal de la finca no se paga sino a proporción de lo que produce de renta pagada la contribución. Un hombre que adquiere una tierra no estima la renta de ella sino por lo que vale deducidos los gastos y las contribuciones. Si la tasa de este género de empleo se estima en el país a cinco por ciento, y si tiene que comprar una tierra de cuatrocientos mil reales, no la pagará más que a trescientos veinte mil, al momento que una contribución obligue a que esta tierra pague una contribución anual de ochenta mil reales, porque entonces no producirá más que diez y seis mil reales al año. Esto viene a ser lo mismo que si el gobierno tomáse el quinto de la tierra, el consumidor de los productos territoriales ni siquiera lo notaría (180) . Hay una excepción que hacer relativa a las casas para vivir: la contribución que se hace pagar al propietario encarece el alquiler de ellas, y es que hablando con propiedad una casa, o por mejor decir el goce de una casa, es un producto fabricado y no un producto raíz, y que el precio subido de los alquileres disminuye el consumo y la producción de las casas lo mismo que de las estufas. Los constructores de casas hallando en ellas menos ganancia construyen menos, y los consumidores pagan este producto más caro, porque se alojan con más estrechez. Por lo que precede se ve cuán temerario es el asentar como principio general que toda contribución recae por último sobre nal o tal clase de la sociedad. Las contribuciones recaen sobre aquellos que no pueden substraerse de ellas, porque son una carga que cada uno hace lo posible por echarla de sí, pero los medios de libertarse de ella varían infinito según las formas diferentes de la contribución, y según las funciones que se ejercen en la máquina social. Hay más, varían según los tiempos para unas mismas profesiones. Cuando una mercancía se pide mucho, su detentor no la cede sino en cuanto todos sus gastos están bien pagados; la contribución hace parte de sus gastos, y él tiene buen cuidado de hacersela reembolsar enteramente y sin misericordia. Una circunstancia prevista hace bajar el mismo producto y él se tiene por muy dichoso en soportar la contribución entera con tal que con esto facilite la venta de él. No hay cosa más incierta

ni variable que las proporciones con que las diversas clases de la sociedad pagan la contribución. Los autores que la hacen recaer sobre total clase de la sociedad y según proporciones constantes raciocinan sobre supuestos que la observación de los hechos desmiente a cada instante. Añadamos a esto que los efectos que hago notar, y que son conformes a la experiencia igualmente que explicados por el raciocinio, subsisten mientras duran las circunstancias que los han ocasionado. Un propietario de bienes raíces nunca podrá hacer que soporten sus consumidores parte ninguna de su contribución raíz, pero no será lo mismo con un fabricante. El consumo de una mercancía, suponiendo por otra parte todas las cosas iguales, será constantemente limitado por una contribución que hará subir el precio de ella, y se ganará menos en su producción. Un hombre que no es ni productor ni consumidor de una mercancía de lujo, no aguantará jamás o no pagará la menor parte de una contribución impuesta sobre esta mercancía. Por consiguiente ¿qué hemos de pensar de una doctrina que por desgracia ha obtenido la aprobación de una sociedad ilustre que está muy ajena de este género de conocimientos(181) , doctrina en que se establece que importa poco que la contribución cargue sobre una u otra rama, con tal que esté antiguamente establecida, y que toda contribución a la larga se percibe de las rentas, así como la sangre que se saca de un brazo se chupa de todo el cuerpo? Esta comparación no tiene absolutamente ninguna analogía con la naturaleza de la contribución, porque las riquezas sociales no son un fluido que busque su equilibrio. Un golpe dado a una de las ramas del árbol social puede matarla sin que el árbol perezca; y es peor si recae sobre una rama productiva que sobre otra que no lo es. Es preciso que las heridas se multipliquen, y que el árbol sea maltratado, por todas partes para que llegue a ser completamente estéril y perezca. Esta semejanza representa mucho mejor el efecto de la contribución que la circulación de la sangre, pero ni una ni otra pueden reemplazar un raciocinio. Una comparación no es una prueba: no es más que el medio de hacer comprender una verdad que debe probarse de otro modo. Hasta ahora cuando he hablado de la contribución que se carga sobre un producto cualquiera (derecho que he llamado algunas veces contribución sobre los consumos, aunque el consumidor del producto no le paga todo), no me he detenido a advertir en qué periodo de la producción se había pedido esta contribución, y qué efectos debían resultar de esta circunstancia, que sin embargo merece que nos detengamos algunos momentos en esto. Los productos aumentan sucesivamente de valor pasando por las manos de sus diferentes productores; porque los productos más sencillos reciben muchas hechuras antes de llegar a punto de poder ser consumidos. Una contribución no está en proporción con el valor de un producto más que cuando está puesta sobre este producto en el momento sólo en que ha adquirido su mayor valor, o que ya ha recibido todas sus hechuras productivas. Si se hace pagar desde el origen a la materia primera una contribución proporcionada, no a su valor actual, sino al que debe adquirir, entonces se fuerza el productor en cuyas manos se halla, a que anticipe una contribución desproporcionada con el valor que

maneja; anticipación incómoda, reembolsada con incomodidad por el productor siguiente y por los demás hasta el último productor, que es a su vez reembolsado, pero imperfectamente por el consumidor. Hay en la anticipación de esta contribución otro inconveniente, y es que la industria sobre quien recae no puede ejercerse sino por medio de capitales más considerables que lo que exige la naturaleza de la producción, y que el interés de estos capitales, que pagan en parte los productores y en parte los consumidores, es una adicción de contribución de que el fisco no se aprovecha (182). La experiencia y el raciocinio conducen de este modo a esta consecuencia, opuesta a la de los economistas, que la porción de contribución que debe cargarse sobre la renta del consumidor, siempre carga sobre ella con tanto más gravamen, cuanto la contribución se exige más cerca de los primeros productores. Las contribuciones directas y personales que hacen encarecer los géneros necesarios, y las contribuciones que recaen sobre los mismos géneros necesarios, tienen este inconveniente en sumo grado; porque obligan a cada productor a que anticipe la contribución personal de todos los productores que le han precedido: esto hace que la misma cantidad de capitales mantiene desde entonces una industria menor, y los contribuyentes pagan el impuesto, aumentado con un interés compuesto de que el fisco no ha sacado ventaja ninguna. No se crea en que estas son vanas teorías. La falta de comprender las hace que se cometan errores importantes en la práctica, como le sucedió a la asamblea constituyente que llevó a un extremo las contribuciones directas, y especialmente la contribución raíz, en virtud de estos principios de los economistas que le estaban siempre zumbando los oídos, de que la tierra es el origen de todas las riquezas, que no hay más trabajo productivo que el del cultivador, y que la Francia es esencialmente un país agricultor. En el estado presente de la economía política la teoría fundamental de la contribución debe al contrario, según me parece, expresarse de este modo. La contribución es un valor suministrado por la sociedad y que no se le restituye por el consumo que se hace de él. Cuesta a la sociedad no sólo los valores que por causa de él entran en la tesorería, sino además los gastos de percepción, y los servicios personales, y asimismo el valor de los productos que impide que se creen. El sacrificio voluntario o forzoso que resulta de la contribución alcanza al contribuyente en su calidad de productor cuando altera sus beneficios, esto es, sus rentas; y le alcanza en su cualidad de consumidor, cuando aumenta sus gastos por haber encarecido los productos.

Y como un aumento de gasto equivale exactamente a una disminución de renta(183), se puede decir en todos los casos que la contribución es un valor que se toma de las rentas de la sociedad. En el mayor número de casos, el contribuyente está comprendido en la contribución a un tiempo por sus dos calidades de productor y de consumidor, y cuando no le baste su renta para pagar juntamente con su propio consumo, las cargas del estado, tiene que tomarlo de sus capitales. Cuando los valores capitales comenzados a gastar de este modo por uno no se compensan por medio de los valores que otros ahorran, la riqueza social va declinando. El que paga al colector lo que importa la contribución no siempre es el verdadero contribuyente, a lo menos para la totalidad del valor pagado. Las más veces no hace más que adelantar, sino es el todo, una parte a lo menos de la contribución que le reembolsan otras clases de la sociedad de un modo muy complicado, y frecuentemente después de muchas operaciones; de tal suerte que muchas gentes pagan partes de contribuciones en los momentos en que ni aun siquiera se lo imaginan, ya sea por el precio a que compran los géneros, o bien por las pérdidas que tienen, sin poder señalar cual es su causa. Aquellos sobre cuyas rentas recaen por último las contribuciones, son verdaderos contribuyentes, y los valores conque ellos contribuyen exceden con mucho la suma de los valores que entran verdaderamente en manos de los Gobiernos, aun cuando se junten a ellos los gastos de percepción. Este exceso de valores con que se contribuye es tanto mayor cuanto el país está peor administrado. Un país cargado de contribuciones puede considerarse como sometido a circunstancias que hacen que en él la producción no sea ventajosa: es un país que en cambio de muchos gastos de producción, obtiene pocos productos. Los esfuerzos individuales, las anticipaciones de capitales, y el concurso productivo de las tierras, recompensan allí muy poco: se gana menos, y se gasta más. Conviene el recordar aquí los principios establecidos en el capítulo 3 del libro II, en donde se ha visto la diferencia que hay entre la carestía real, y la relativa. La carestía que resulta de la contribución, es real. Es una cantidad menor de productos, obtenida por una cantidad mayor de servicios productivos. Pero además de esto la contribución causa ordinariamente, y al mismo tiempo, un aumento de precio de los productos relativamente al dinero, esto es, hace pagar las mercancías más caras en dinero. La razón de esto es que el dinero no es una producción anual y corriente como las que absorbe la contribución. Excepto los casos en que el Gobierno envía dinero a los países extranjeros para pagar subsidios o sueldos de los ejércitos, no consume dinero: sino que vuelve a introducir en la sociedad por medio de sus compras el dinero que cobra por las contribuciones, sin introducir en ella el valor de la contribución(184) . Pero como la contribución paraliza parte de la producción, y opera una pronta descripción de los productos que no estorba que nazcan, las contribuciones excesivas hacen que los productos sean siempre más raros relativamente a la moneda, cuya cantidad no se disminuye por el hecho mismo del

impuesto. Pero siempre que las mercancías en circulación son más raras comparadas a la cantidad de moneda en circulación, su valor relativamente al dinero sufre una subida: se consiguen menos productos por la misma cantidad de moneda. Se figuraría uno que esta superabundancia de moneda de oro y plata debería contribuir a que el público viviese más cómodamente. Nada menos que eso, porque el dinero podrá muy bien estar en una proporción mayor, relativamente a los productos corrientes, y con todo cada uno no puede adquirirle sino con productos de su propia creación, y esta creación misma es la que es dispendiosa y difícil. Además, que cuando los productos son caros en dinero, el mismo dinero teniendo menos valor relativo, se va al instante, e igualmente que las demás mercancías, se hace más raro que lo que era antes; y así es como un país agobiado de contribuciones, que exceden sus medios de producción, se halla poco a poco privado, de mercancías, y después de dinero, esto es, de todo, y por eso se despuebla. Estudiando con cuidado estos principios se comprenderá, cómo los gastos anuales, verdaderamente gigantescos de los gobiernos modernos, han obligado a los contribuyentes a un trabajo más tenaz, porque además de las producciones que exige su manutención, la de sus familias, sus placeres, y las costumbres del país, es preciso que ellos produzcan además de lo que devora el fisco, y lo que el fisco hace perder sin devorar; valor incontestablemente enorme en algunas naciones grandes, pero imposible de valuar. Este exceso, resultado gradual de los sistemas políticos viciosos, ha debido servir a lo menos para perfeccionar el arte de producir, obligándonos a los hombres a sacar mayores servicios del concurso de los agentes naturales, y bajo este aspecto, los impuestos han favorecido la extensión y perfección de las facultades humanas; y así cuando los progresos del arte social habrán reducido las contribuciones públicas al nivel de las verdaderas necesidades de las sociedades, se experimentará que están muy bien los hombres de resultas de los progresos que se han hecho en el arte de producir; pero si, por consecuencia de las profusiones en que nos empeñan las máquinas políticas, abusivas y complicadas, prevalece el sistema de las contribuciones excesivas y especialmente si se propaga, extiende y consolida, es de temer que vuelva a sumergir en fa barbarie las naciones, cuya industria nos admira más; es de temer que estas naciones se conviertan en grandes galeras, en que se verá poco a poco la clase indigente, esto es, el mayor número, que mirara con envidia la suerte del salvaje...del salvaje que no está bien provisto, si hemos de decir la verdad, ni él, ni su familia, pero que a lo menos no está sujeto a subvenir con esfuerzos perpetuos a los enormes consumos públicos, de que el público no se aprovecha, o que se vuelven en perjuicio suyo.

§. III. De los impuestos en especie. El impuesto en especie cobra, sobre el terreno mismo, parte de la cosecha a beneficio del tesoro público. Tiene de bueno que no pide al cultivador sino un valor que tiene, y bajo la forma misma que le posee. La Bélgica, después de haber sido conquistada por los franceses, se ha hallado en ciertas épocas, en estado de no poder pagar sus contribuciones, sin embargo de haber tenido excelentes cosechas. La guerra y la prohibición de exportar estorbaban el vender, y el fisco quería que vendiesen porque pedía dinero: ella habría fácilmente soportado las cargas públicas, si el gobierno hubiese cobrado en especie los productos que le pedía. Tiene de bueno, que el gobierno está tan interesado como el labrador, en que las cosechas sean buenas, y por consiguiente en favorecer la agricultura. Y tal vez el impuesto en especie, que se cobra en la China, es el origen de esta protección especial, que el gobierno de este país concede a la primera de las artes industriales. Pero por ventura ¿todas las demás rentas no son acreedoras a la misma protección? ¿acaso no son todas las fuentes de que el gobierno toma sus subsidios? ¿acaso los gobiernos no tienen igual interés en que se protejan los demás ramos de industria, que ellos aniquilan? Tiene de bueno el que su percepción no tiene nada de arbitrario ni de injusto; porque el particular, una vez que ha hecho su cosecha ya sabe lo que debe pagar, y el fisco lo que tiene derecho de exigir. Este impuesto parece el más equitativo de todos, pero no hay uno que lo sea menos, porque no cuenta absolutamente con los gastos hechos de antemano por el productor, y se proporciona sólo a la renta en bruto, y no a la renta neta. Dos propietarios agricultores tienen cultivos diferentes; el uno cultiva tierras medianas de trigo, y sus gastos de labranza ascienden en los años comunes a treinta y dos mil reales, y sus tierras producen en bruto cuarenta y ocho mil; luego tiene de renta neta diez y seis mil. Su vecino tiene prados o bosques que en bruto dan anualmente los mismos cuarenta y ocho mil reales, pero no le cuesta de mantenerlos más que ocho mil luego en los árboles comunes le quedan cuarenta mil reales. La ley manda que se cobre en especie un dozavo de los frutos de la tierra, sean los que quieran. Por consiguiente le toman al primero haces de trigo por el valor de cuatro mil reales, y al segundo haces de heno, de ganados, o de leñas por el valor igualmente de cuarto mil reales. ¿Y qué es lo que ha sucedido? Que al uno le han tomado la cuarta parte de su renta, que era de diez y seis mil reales, y al otro sólo el décimo de la suya, que ascendía a cuarenta mil reales. Cada uno de ellos en particular no tiene de renta más que el beneficio neto que ha hecho después de recobrar su capital, tal cual era. ¿Acaso un mercader tiene de renta el

importe todas las rentas que hace en el año? No por cierto, pues no tiene de renta más que el exceso de sus entradas respecto de lo que había adelantado, y solamente sobre este exceso puede pagar las contribuciones sin arruinarse. Los diezmos eclesiásticos en Francia no tenían más que una parte de este inconveniente, porque no se cobraban ni de prados, ni de bosques, ni de huertas, ni de otras especies de cultura, y además se componían unas veces del décimo octavo, del décimo quinto o del décimo del producto en bruto. Estas desigualdades aparentes corregían la desigualdad real. El mariscal de Vaubán en su Diezmo real, obra muy estudiada, y que merece ser estudiada de todos los que administran la renta pública, propone un diezmo del vigésimo de los frutos de la tierra que se pondría en rigor y en caso de necesidad hacerle subir al décimo. Pero Vaubán, proponía este impuesto desigual para remediar a una desigualdad aún mayor. Porque los bienes de los plebeyos pagaban todo el impuesto, y los de los nobles y eclesiásticos no pagaban casi nada. Este excelente ciudadano, que como ingeniero iba recorriendo las diferentes partes de la Francia, había penetrado de los males que causaba el impuesto de la talla. En la época en que dio su plan no puede dudarse que si se hubiese adoptado, la Francia habría tenido un gran consuelo. Pero a Vaubán no le escucharon, porque no había en la corte ni una persona que no fuese perjudicada en sus intereses por el plan de este ingeniero, y así este bello país fue sumergido en la miseria. El hambre acabó con más franceses que la espada durante la guerra de la sucesión de España. La dificultad, los gastos y los abusos de la percepción del impuesto en especie son un obstáculo nuevo para su establecimiento. ¡Cuantos agentes hay que emplear! ¡Cuantas dilapidaciones que temer! Al Gobierno se le puede engañar sobre el importe de la contribución, sobre la conversión de ésta en dinero, cuando es preciso hacerla, sobre la cantidad de géneros averíados, sobre los gastos de almacenaje, sobre los de conservación y sobre los de transporte. Si el impuesto se arrienda, ¡cuántos arrendadores y cuántos comerciantes que ganan todos a costa del público! Sólo las diligencias judiciales que sería menester hacer contra los arrendadores, exigirían una administración muy extensa. «Un rico propietario, dice Smith, que pasase su vida en la capital, y que cobrase en especie, en diversas provincias lejanas, el precio de sus arriendos, se arriesgaría a perder la mayor parte de su renta. Sin embargo de eso los agentes del más negligente de todos los propietarios no podrían dilapidar tanto como los del más vigilante de los Príncipes(185).» Se han esforzado aún otras consideraciones contra el Impuesto en especie, pero sería tal vez inútil y fastidioso sin duda ninguna el reproducirlas aquí todas. Permitáseme pues solamente el hacer notar cuál sería el efecto, sobre el precio, de esta masa de mercancías que se ponían de venta por los empleados del fisco, que como sabemos, es tan mal vendedor como comprador. La precisión de desocupar los almacenes para que se puedan meter en ellos las nuevas contribuciones, y de ocurrir a las necesidades siempre urgentes de un tesoro público, harían vender los géneros a menos precio de la tasa a que el arriendo de las fincas, el salario de los obreros y el interés de las tierras empleadas en la

agricultura, deberían fijar naturalmente su precio; cuya concurrencia era imposible sostener. Un impuesto semejante no sólo quita a los cultivadores una porción de sus productos, sino que les impide el sacar partido de la parte que no los quita.

§. IV. Del impuesto territorial de Inglaterra (Land tax). En 1692, cuatro años después de la feliz revolución que sentó al Príncipe de Orange en el trono de Inglaterra, se hizo una estimación general de las rentas territoriales de este reino, que aún hoy día sirve de base para el reparto del impuesto territorial que se cobra allí, de manera que cuando el impuesto se fija al quinto de las rentas raíces no se cobra el quinto de la renta raíz actual, sino el quinto de la renta conforme a la valuación que se hizo de ella en 1692. Se percibe que semejante impuesto ha debido ser singularmente favorable a las mejoras de la agricultura. Una finca que se ha mejorado, y que da ahora una renta diez veces mayor que la que producía en su origen, no paga una contribución diez veces mayor. Al contrario, si uno la deja que se deteriore no por eso paga menos, sino que se considera que la renta permanece la misma, de modo que aquí la negligencia paga una multa. Muchos escritores atribuyen a esta valuación fija la gran prosperidad a que ha llegado la agricultura en Inglaterra. No puede dudarse que ha contribuido mucho a ella. Pero qué diremos, si el gobierno, dirigiéndose a un de poco negocio, le hablase de este modo: usted con cortos capitales hace un comercio limitado, y la contribución directa que paga usted es por consiguiente muy poca cosa. Tome usted prestado, y junte capitales: extienda usted su comercio hasta que tenga inmensos beneficios, y pagará usted siempre la misma contribución. Hay más, cuando los herederos de usted sucedan en las ganancias que usted hace, y las hayan aumentado no se estimarán éstas más que en la cantidad que se estimaron las de usted, y así sus sucesores no tendrán que pagar más contribución que la que usted paga. No hay duda que de este modo se alentarían mucho las fábricas y el comercio; ¿pero sería justo? ¿No podrían hacer progresos más que a esta costa? En la misma Inglaterra, la industria fabricante y comercial ¿no ha dado desde la misma época pasos aún más rápidos sin disfrutar de este injusto favor? Un propietario por su cuidado, su economía, y su inteligencia aumenta su renta anual de veinte mil reales. Si el estado le pide un quinto de este aumento de renta, ¿no le quedan diez y seis mil de aumento para servirle de estímulo?

Puede uno preveer circunstancias tales en que el permanecer fijo el impuesto, no siendo proporcionado a las facultades de los contribuyentes, y a las circunstancias del suelo, produciría tanto ma l, como bien ha hecho en otros casos; porque precisaría a abandonar la cultura de los terrenos, que bien fuese por una causa, bien por otra, ya no podrían producir la misma renta. De esto hemos tenido un ejemplo en la Toscana. Se hizo en ella un censo en 1496, en que se valuaron en muy poco las llanuras y los valles en que las inundaciones frecuentes, y los daños que causaban las avenidas no permitían ninguna cultura provechosa, y las colinas, que eran las únicas cultivadas, fueron estimadas en mucho; pero las inundaciones y las avenidas se han contenido, y con esto las llanuras se han fertilizado: sus frutos, que pagaban pocas contribuciones, se han podido dar más baratos que los de las colinas; y así éstos no han podido sostener la concurrencia, porque la contribución siempre era la misma, y así casi han quedado incultos y desiertos(186). Si la contribución se hubiese acomodado a las circunstancias de ambos terrenos se habría continuado en cultivar unos y otros. El haber hablado de la contribución particular de un país es por la conexión que tiene con los principios generales.

Capítulo. IX. De la deuda pública.

§ I. De los empréstitos que toma el Gobierno y de sus efectos generales. Entre los particulares y los gobiernos que toman prestado hay esta gran diferencia, que las más veces los primeros buscan fondos para hacerlos producir y emplearlos de un modo productivo, pero los segundos toman prestado ordinariamente para disipar cuanto toman sin tener esperanza de que les produzcan nada estos fondos. Se toman estos empréstitos públicos con el fin de ocurrir a las urgencias imprevistas, y de repeler peligros inminentes, y se llenan o no estos objetos, pero en todo caso la suma que se ha tomado prestada es un valor consumido, y perdido, y el caudal público se halla gravado con los intereses del capital. Melon dice, que las deudas de un Estado son deudas de la mano derecha a la izquierda, de las que el cuerpo no percibe debilidad alguna. Pero se engaña, porque el Estado se halla debilitado en que el capital prestado al gobierno habiéndose destruido por el consumo que el mismo gobierno ha hecho de él, ya no dará a nadie el producto, o si se quiere el interés que podía dar en su calidad del fondo productivo. ¿Con qué paga el Estado el interés de esta deuda? con la porción de otra renta que transporta del contribuyente al rentero.

Antes del empréstito existían dos fondos productivos, o dos rentas resultantes de estos fondos, a saber, el capital del que prestó, y el fondo sea el que quiera, de que el contribuyente sacaba la porción de renta que se le va a pedir. Hecho el empréstito de estos dos fondos no queda más que uno, el del contribuyente, del que ya no puede emplear la renta para su uso, supuesto que el Gobierno está precisado a pedirselo bajo forma de contribución para satisfacer al rentero. El rentero no pierde en esto ninguna parte de su renta; quien la pierde es el contribuyente. Hay muchas gentes que porque no ven perdida de numerario a consecuencia de los empréstitos públicos, no creen que hay pérdida de valor, y se figuran que lo único que resulta es que las riquezas mudan de mano. Con el fin de hacer más sensible su error he puesto al fin de este capítulo una tabla que manifiesta sinópticamente en qué vienen a parar los fondos prestados, y de dónde proviene la renta que se paga por los empréstitos públicos. (Véase la tabla al fin del capítulo). Un gobierno que toma prestado promete o no el reembolso del capital: en el último caso se confiesa deudor al que prestó de una renta que se llama perpetua. Por lo que hace a los empréstitos, de que se ha de reembolsar el capital, se han variado infinito. Unas veces se ha ofrecido el reembolso por vía de suerte, bajo forma de lotería; otras se ha pagado cada año con la renta una parte del principal; otras se ha dado un interés mayor que el corriente con la condición de que la renta se extinguiría con la muerte del prestador, al modo de las rentas vitalicias, o de aquellas rentas vitalicias que la parte del que muere acrece a los otros. En las rentas vitalicias la renta de cada uno de los que prestan se extingue con la muerte; pero en las otras se reparte la renta del que muere entre los que sobreviven, de modo que el prestador, que sobrevive a todos los demás, goza de la renta de todos los prestadores con quien ha estado asociado. Las rentas vitalicias de ambas especies son onerosísimas para el que torna prestado, porque paga hasta el fin el mismo interés, sin embargo que se liberte cada año de una porción de capital: además son inmorales, porque es el modo de poner a interés su dinero los egoístas. Estas lisonjean y favorecen la disipación de los capitales dándole al prestador un medio de comerse su finca con su renta sin peligro de morirse de hambre. Los gobiernos que han entendido mejor la materia de los empréstitos y de las contribuciones no han hecho, a lo menos en estos últimos tiempos ningún empréstito reembolsable. Los acreedores del Estado, cuando quieren imponer su dinero de otro modo no tienen más medio que el vender el documento que prueba su crédito; lo que hacen con más o menos ventaja según la idea que el comprador tiene de la solidez del gobierno que debe la renta(187). Empréstitos de esta especie han sido siempre muy difíciles de hacerse por los Príncipes despóticos. Cuando el poder del Príncipe es bastante extenso para que pueda violar sus contratos sin mucha dificultad; cuando es el Príncipe el que hace el contrato personalmente, y cuando se puede temer que sus contratos no sean reconocidos por su sucesor, los prestadores repugnan toda anticipación de fondos, a no ser que haya un término en que descanse su imaginación.

Las creaciones de empleos en que el titular está obligado a dar una cantidad para beneficiarlos, o una fianza de que el gobierno le paga el interés son especies de empréstitos perpetuos, pero son forzados. Una vez que se ha probado este ridículo recurso, se reducen a oficios privilegiados, bajo pretextos muy plausibles, casi todas las profesiones, hasta las de carbonero y de mozo de esquina. Las anticipaciones son otra especie de empréstito. Por anticipaciones se entiende la venta que hace el gobierno, mediante un sacrificio de las rentas que aún no son exigibles: los arrendadores de las rentas las adelantan, y retienen un interés proporcionado a los riesgos que la naturaleza del gobierno o la incertidumbre de sus recursos les hacen correr. Los empeños que el gobierno contrae de este modo, y que se pagan ya sea por los administradores de las rentas, ya por nuevos billetes dados por el tesoro público, forman lo que se llama, con una expresión inglesa algo barbara, la deuda flotante. Por lo que hace a la deuda consolidada, es esta parte de que la renta sola está reconocida por el cuerpo legislativo, de la que no es exigible el capital. Toda especie de empréstito público tiene el inconve niente de quitar a los usos productivos, capitales o partes de capital, para consagrarlos al consumo; y además, cuando son de país en que el gobierno inspira poca confianza, tienen el inconveniente de hacer subir el interés de los capitales.¿Quién será el que quiera prestar a cinco por ciento al año al agricultor, al fabricante o comerciante cuando se halla uno que toma un empréstito, y siempre está pronto a pagar interés de siete u ocho por ciento? El género de renta que se llama beneficio de los capitales sube entonces a costa del consumidor. El consumo se disminuye por el encarecimiento de los productos, y los demás servicios productivos se piden menos, y son mucho menos recompensados: toda la sociedad excepto los capitalistas, padece por este estado de las cosas. Las grandes ventajas que resultan a una nación de la facultad de tomar prestado, es el poder repartir sobre un gran número de años las cargas necesarias para salir de las necesidades del momento. En la situación en que se hallan las estados modernos, ningún país podría, por los gastos enormes que trae consigo la guerra, sostener ninguna por medio de los recursos ordinarios que los pueblos están en estado de subministrar. Las naciones pagan con corta diferencia todas las contribuciones que están en estado de pagar, porque la economía no es su virtud, y los gastos suben siempre a nivel de las facultades de los pueblos, o muy cerca de ellas. Si es preciso doblar el gasto o perecer, no tienen más recurso que el empréstito, a no poner en el número de sus expedientes la violación de las obligaciones anteriores, y el despojo de sus súbditos y de los extranjeros. El empréstito es arma nueva más terrible que la pólvora, y de la que tal vez ya no se podrán servir por mucho tiempo a causa del abuso que ha n hecho de ella. Se ha querido hallar en el empréstito, igualmente que en los impuestos, ventajas provenientes de su naturaleza, distintas de los recursos que ofrece para los consumos públicos; pero estas pretendidas ventajas se desvanecen cuando se examinan con severidad.

Se ha dicho que los contratos, o título de crédito que componen la deuda pública, se convierten en el Estado en verdaderos valores, y que los capitales representados por estos contratos son otras tantas riquezas reales, que toma n su lugar entre los bienes(188). Pero esto es un error: un contrato no es más que el título que atestigua que tal propiedad pertenece a tal hombre. La propiedad es la riqueza y no el pergamino que prueba la propiedad(189) . Con mayor razón un título no es riqueza cuando no representa un valor real y existente, y que no es más que una delegación dada por el gobierno al prestador, con el fin de que este pueda tomar todos los años parte de las renta; que aún han de nacer en manos del contribuyente. Si el título llegase a anularse (como sucede por una bancarrota) ¿habría por eso una riqueza menos en la sociedad? Nada menos que eso. El contribuyente dispone entonces de la parte de su renta, que habría pasado a manos del censalista. Y cuando se dice(190) que la circulación anual se enriquece del importe de los atrasos que el Estado introduce en ella anualmente, no se atiende a que estos atrasos no son más que los productos anuales, o una porción de rentas exigidas a un contribuyente, que habría sido introducida en la circulación del mismo modo, aun cuando no hubiese habido deuda pública. El contribuyente habría gastado, y en vez de esto, lo hace el censualista. (Véase la tabla anexa a este capítulo). La compra de los efectos públicos no es una circulación productiva; es la substitución de un acreedor del Estado a otro. Cuando degenera en agiotaje, esto es, cuando tiene por fin el buscar los beneficios en la subida y en la baja, es sumamente perjudicial: primero ocupando el agente de la circulación la moneda que hace parte del capital general, de una manera improductiva; y además como todos los juegos no dando un beneficio que no sea una pérdida para otro. La industria del que hace el agio no dando ningún producto útil, ni subministrando ninguna materia al cambio, vive no a costa de sus rentas, sino a costa de los jugadores menos diestros o menos afortunados que él. Se ha dicho que una deuda pública liga a todos los acreedores a la suerte del gobierno, y que estos asociados igualmente a su buena que a su mala suerte se convertían en sus apoyos naturales: esto es certísimo. Pero como este medio de conservación se aplica igualmente a un mal orden de cosas, que a uno bueno, de aquí viene precisamente, que puede ser tan peligroso para una nación, como útil. Véase el ejemplo de la Inglaterra donde esta razón fuerza a multitud de familias honradas a sostener una administración perversa. Se ha dicho que la deuda pública fijaba el estado de la opinión sobre la confianza que merece el gobierno, y que entonces el gobierno deseoso de mantener un crédito, cuyo grado manifiesta él mismo, tenía más interés en conducirse bien. Conducirse bien para los acreedores del Estado es satisfacer los atrasos de la deuda con exactitud: conducirse bien para los contribuyentes es gastar poco. El precio corriente de las rentas ofrece verdaderamente una prenda del primer modo de conducirse bien, pero no de la del segundo. Tal vez no sería una extravagancia el decir que el pago exacto de la deuda, lejos de ser un garante de la buena administración, suple a ésta en muchos casos, y hace tolerables en ciertos países, grandes y numerosos abusos.

Se ha dicho a favor de la deuda pública que ofrecía a los capitalistas, que no hallan imposición ventajosa para sus fondos, un medio de imponerlos que estorba el que se extraigan fuera del Estado. Tanto peor. Porque es un cebo que atrae los capitales hacia su destrucción, y grava la nación con el interés que paga de ellos el gobierno: valdría mucho más que este capital hubiese sido prestado al extranjero, porque él volverla tarde o temprano, y en el entretanto el extranjero pagaría los intereses. Los empréstitos, públicos moderados, y cuyos capitales fuesen empleados por el gobierno en establecimientos útiles, tendrían esta ventaja de ofrecer un empleo a los pequeños capitales, puestos en manos poco industriosas, y que si no se les abría esta fácil colocación, estarían holgando en los cofres, o se gastarían en el por menor. Tal vez es este el único punto de vista, bajo el que los empréstitos pueden producir algún bien; pero este mismo bien es un riesgo, si es para los gobiernos, una ocasión de disipar los ahorros de las naciones. Porque a no ser que el principal se haya gastado de un modo constantemente útil al público, como en caminos, en facilitar la navegación &c, valía más para el público que este capital se quedase sepultado: entonces, si el público perdía el uso del capital, a lo menos no pagaba sus intereses. Puede pues ser conveniente el tomar prestado cuando no tiene uno más que el usufructo que gastar, y está precisado a gastar el capital; pero no hay que figurarse que se trabaja para la prosperidad pública tomando prestado. Cualquiera que toma prestado, sea particular, sea Príncipe, grava su renta con una renta, y se empobrece de todo el valor del principal si le consume; y esto es lo que hacen siempre las naciones que toman prestado.

§ II. Del crédito público de lo que lo consolida, y de lo que le altera. El crédito público es la confianza que se tiene en las obligaciones que contrae el gobierno. Está en el punto más alto, cuando la deuda pública no da a los que prestan un interés superior al de las imposiciones sólidas, pues entonces es prueba que los prestadores de dinero no exigen ningún seguro para cubrir los riesgos a que-están expuestos sus fondos, y que miran como nulos estos riesgos. El crédito no llega a este alto grado, sino cuando el gobierno por su forma no puede fácilmente violar sus promesas, y cuando por otra parte se le conocen recursos iguales a sus necesidades. Por esta última razón el crédito público es débil en aquellas partes en que todo el mundo no conoce las cuentas de la hacienda nacional. En donde el poder se halla en manos de un hombre solo, es difícil que el gobierno tenga gran crédito: porque nada puede ofrecer por garante más que la buena voluntad del Monarca. Pero en un gobierno donde el poder legislativo reside en el pueblo o en sus representantes, se tiene además por garantía los intereses del pueblo, que es acreedor como compuesto de particulares, al mismo tiempo que es deudor como que forma una

nación, y no podría recibir lo que se le debe bajo el respeto de la primera de estas cualidades, sino se le pagase bajo la segunda. Esta sola consideración puede hacer presumir que a una época en que las grandes empresas no se concluyen sino a mucha costa, y en que los grandísimos gastos no pueden sostenerse más que con los empréstitos, los gobiernos representativos tomarán un ascendiente notable en el sistema político a causa de los recursos, que ofrecen para la hacienda pública, prescindiendo de todas las demás circunstancias. Atendiendo a los recursos que tiene un gobierno merece más confianza que un particular. A un particular le pueden faltar de golpe sus rentas, o a lo menos en tan gran parte que se halle en estado de no poder cumplir sus obligaciones. Quiebras repetidas de comerciantes, fuerzas mayores, calamidades, pleitos, e injusticias, pueden arruinar un particular; pero las rentas de un gobierno se fundan en contribuciones impuestas a un número tan grande de contribuyentes, que las desgracias particulares de éstos no pueden comprometer más que una débil porción de la renta pública. Pero lo que favorece singularmente los empréstitos que hacen los gobiernos, no es tanto el crédito que merecen o que se les da, como la gran facilidad que dan para transferir el título del crédito. Los acreedores del Estado se lisonjean de que siempre han de saber con bastante anticipación la quiebra que pueda hacer el gobierno para libertarse de ella vendiendo su crédito, o se creen no poder ser sorprendidos por una baja de los efectos públicos, calculan que un interés algo mayor les presenta un seguro más que suficiente para arrostrar este riesgo. Debe notarse además que en la opinión de los prestadores, como en todas las demás opiniones de los hombres, influyen más las impresiones presentes que todas las demás consideraciones: no se saca ningún provecho de la experiencia sino es muy reciente, ni de la previsión que se ha de extender a cosas muy distantes. El abuso enorme de la confianza que el gobierno francés había hecho en 1721, con motivo de su papel moneda, y las acciones del Misisipí, no le impidió el hallar medio fácil de tomar un empréstito de ochocientos millones de reales en 1759, y las bancarrotas de Terray en 1772, no presentaron ningún obstáculo a los empréstitos que se hicieron en 1778, y en los años siguientes. Bajo otro aspecto un gobierno jamás llega a tener tanto crédito como un particular sólido. Porque no hay medio ninguno de obligarle, cuando no cumple con fidelidad lo ofrecido. Al cuidado que los particulares tienen de su fortuna nunca iguala el que los gobiernos tienen de la fortuna pública. Por último en los trastornos que pueden comprometer la fortuna publica, y la de los particulares, éstos tienen algunos medios de sustraer sus bienes, que no tienen los gobiernos. El crédito público ofrece un medio tan fácil de disipar grandes capitales, que muchos publicistas le han mirado como funesto a las naciones. Un gobierno poderoso por la facultad de tomar prestado, han dicho ellos, se mezcla en todos los intereses políticos. Concibe empresas gigantescas, acompañadas unas veces de la vergüenza, y otras de la gloria, pero siempre de la aniquilación. Hace la guerra o la hace hacer: compra todo lo

que puede comprarse, hasta la sangre, y la conciencia de los hombres; y los capitales, fruto de la industria y de la buena conducta, se ponen entonces en manos de la ambición, del orgullo y de la perversidad. Si la nación que tiene crédito es políticamente débil, la ponen a contribución las grandes potencias: ya paga para sostener la guerra, ya para mantener la paz, paga para mantener su independencia, y concluye por perderla; o bien las presta, y le hacen quiebra. Estas no son cosas que supongo a mi arbitrio; pero dejo que cada uno haga las aplicaciones. Por medio de las cajas de amortización, los gobiernos que tienen orden han hallado el medio de extinguir y reembolsar los empréstitos no reembolsables. Este medio empleado regularmente, fortalece más que ninguna otra cosa, el crédito público. He aquí lo que hay de fundamental en sus operaciones. Si el Estado toma un empréstito de cuatrocientos millones de reales a cinco por ciento, es preciso que se procure todos los años una porción de renta nacional igual a veinte millones de reales para pagar los intereses de este empréstito. Por lo común establece un impuesto cuyo producto importa cada año dicha suma. Si el Estado hace que el impuesto dé más que dicha cantidad, y llegue por ejemplo a veinte y dos millones seiscientos cuarenta y nueve mil seiscientos reales vellon, y si encarga a una caja el que emplee los dos millones seiscientos cuarenta y nueve mil seiscientos reales excedentes en redimir anualmente en la plaza una suma igual de obligaciones suyas; y si esta caja emplea en la redención, no el fondo anual que está asignado para esto, sino también los intereses atrasados de las rentas redimidas, al cabo de cincuenta años habrá redimido todo el capital del empréstito de los cuatrocientos millones. Esta es la operación que ejecuta una caja de amortización. El efecto que resulta de esto se debe a la fuerza del interés compuesto, esto es, de un interés que se acumula cada año, y que él mismo da interés todos los años siguientes. Se ve pues que mediante un sacrificio anual igual, a lo más, al décimo del interés, se puede antes de cincuenta años, redimir un capital que dé cinco por ciento. Pero como la venta de las acciones es libre, si los que las poseen no quieren desprenderse de ellas a la par, esto es, al pie de veinte veces la renta, entonces la redención es algo más larga; pero esta misma dificultad es un signo del buen estado del crédito. Si al contrario el crédito vacila, y por la misma suma se puede redimir una suma mayor de acciones, entonces la amortización puede verificarse en menos tiempo. De modo que cuanto más declina el crédito, tantos más recursos tiene la caja de amortización para volver a tomar vigor, y sus recursos no se debilitan sino a proporción que el crédito público necesita menos de sus auxilios.

¿El sostenerse tanto tiempo ha el crédito de Inglaterra se atribuye al establecimiento de una caja semejante, pues a pesar de una deuda de setenta y seis mil millones halla aún quien le preste?(191). Esto es sin duda lo que ha hecho decir a Smith que las cajas de amortización que se habían imaginado para disminuir la deuda, habían servido para aumentarla. Por fortuna los gobiernos son inclinados a abusar de todos los recursos; pues sino fuese así serían demasiado poderosos. El establecimiento de una caja de amortización es absolutamente ilusorio desde el momento que se toma prestado por una parte un valor igual al que se reembolsa por otra; y con mayor razón si se toma prestada una suma mayor que la que se reembolsa, como lo ha hecho constantemente la Inglaterra desde 1793 hasta hoy día. Sea el que quiera el origen del valor que uno reembolsa, bien sea puramente el importe de un impuesto adicional, o de este impuesto aumentado de los intereses de los años precedentes, si mientras el gobierno redime el importe de cuatro millones de reales del principal de su deuda, toma prestados otros cuatro millones, se impone una carga anual precisamente igual a la que él redime: esto sería lo mismo que tomar prestado de sí mismo los cuatro millones que emplea en la amortización. Con esto a lo menos habría ahorrado los gastos de la operación. Esto es lo que ha probado muy bien el señor Roberto Hamilton en un escrito excelente(192) que no deja nada que desear en esta materia; por qué las cargas enormes que se ha hecho llevar al pueblo de Inglaterra, el escandaloso abuso que se ha hecho allí de la facultad de tomar prestado, y el papel moneda que se ha substituido a sus especies, a lo menos habrán producido el buen efecto de aclarar muchas cuestiones importantes a la felicidad de las naciones; lo que hará mucho más difícil entre nuestros sucesores la repetición de los mismos excesos. Ya se sabe que la primera condición para que una caja de amortización produzca el efecto que se desea, es que el fondo afecto a ella se emplee invariablemente al uso a que está destinado; lo que no siempre se ha hecho, ni aun en Inglaterra y cuyo gobierno es famoso por su espíritu de consecuencia, y por su fidelidad en cumplir lo que promete. Y así los autores ingleses no cuentan nada sobre las cajas de amortización para extinguir la deuda, y Smith añade con bastante ingenuidad que las deudas públicas jamás se han extinguido más que con bancarrotas. Algunas veces se quiere saber el efecto de una bancarrota sobre los bienes de los particulares, y sobre la economía de una nación. En los casos comunes, un gobierno que hace bancarrota, privando a los censualistas de los intereses anuos de su deuda, añade esta suma a las rentas de los contribuyentes. Y aún da a los contribuyentes más que lo que quita a los censualistas; porque les da los gastos de la cobranza de los impuestos, y los gastos de administración de la deuda pública. Una nación que tuviese que pagar cuatrocientos millones de reales de renta anual, y en que se pudiesen estimar a treinta por ciento los gastos de que acabo de hablar(193), quitaría, haciendo bancarrota, cuatrocientos millones de reales de renta a sus censualistas, y daría cuatrocientos treinta a sus contribuyentes. En Inglaterra el efecto sería más complicado, porque (a lo menos en la época actual) el gobierno no paga a los censualistas con el impuesto. Torna prestado anualmente una

suma casi igual a los intereses de la deuda(194) . Si se verificase la bancarrota, los cuarenta millones de libras esterlinas, más o menos, prestadas anualmente al gobierno, se sustraerían al consumo improductivo de los censualistas, para aplicarse a un consumo reproductivo, porque es preciso suponer que los capitalistas que las acumulan, querrían no obstante esto imponerlas, y sacar de ellas alguna ganancia. Y bajo este aspecto, la operación sería favorable al incremento del capital, y de la renta nacional; pero la ejecución estaría acompañada de terribles inconvenientes, porque estos cuarenta millones se quitarían anualmente a una clase de consumidores improductivos cuya existencia reclama este consumo, y que estaría en la imposibilidad de reemplazar la renta que llegaría a faltarles, ya fuese por falta de industria, ya por falta de capitales. La bancarrota permitiría tal vez el no tener que recurrir a ningún nuevo empréstito; pero no haría superfluo ninguno de los antiguos impuestos, porque los intereses no se pagan con los impuestos sino con capitales nuevos, tomados en empréstito. Las cargas del pueblo inglés no se aligerarían por esto(195) , ni los gastos de producción no se disminuirían: por consiguiente las mercancías no podrían bajar de precio de un modo sensible, ni los productos ingleses conseguir una venta más fácil en lo interior, ni entre los extranjeros. La nación en que pueden cargar los impuestos ya no sería tan considerable, porque se habría disminuido de los censualistas, y los impuestos sin haber disminuido producirían menos para el fisco. Los cuarenta millones de rentas robadas a los censualistas ya no figurarían para pagar el impuesto más que por los beneficios anuales, o la renta de estos cuarenta millones, impuestos de nuevo como capitales por los capitalistas. A los males que sufren capitalistas es preciso añadir los males, que serían resultados de éstos, como las quiebras de muchos de ellos: el que se quedarían sus obreros, y sus criados sin acomodo, y sus dependientes sin tener que comer. Por otra parte si se continúa en tomar prestado para pagar los intereses de las deudas pasadas, se aumentan con eso los intereses para el tiempo venidero: para pagarlos se aumentan sin término los impuestos y es imposible que al fin no se llegue al precipicio, cuando se ha tomado un camino que no tiene otra salida. Los Príncipes que, como los potentados de Asia, desconfían de poder tener crédito, procuran el juntar un tesoro. El tesoro es el valor presente de una renta pasada, como el empréstito es el valor presente de una renta futura. Ambos sirven para ocurrir a las necesidades extraordinarias. Un tesoro no contribuye siempre a la seguridad del gobierno que le posee, antes atrae el riesgo y es muy raro que sirva al fin para que se juntó. El tesoro juntado por Carlos V, Rey de Francia, fue presa de su hermano el Duque de Anjou: el que el Papa Paulo II destinaba para atacar a los turcos, y echarlos al Asia, favoreció el desenfreno de Sixto V,

y de sus sobrinos: el que Enrique IV reservaba para abatir la casa de Austria, se empleó en las profusiones de los favoritos de la Reina Madre; y más recientemente los ahorros que debían consolidar la monarquía de Federico II, Rey de Prusia, han servido para alterarla. En manos de un gobierno, una suma cuantiosa da origen a terribles tentaciones. El público se aprovecha rara vez, y no me atrevo a decir que nunca, de un tesoro, de que él ha hecho la costa; porque todo valor, y por consiguiente toda riqueza, viene originariamente de él.

Epítome de los principios fundamentales de la Economía política. Advertencia. Varias personas sensatas, a quienes he consultado con el objeto de hacer más útil mi obra, me han manifestado deseos de que se pudiesen, hallar reunidos en pequeño espacio los principios fundamentales de la Economía política esparcidos en este Tratado, de modo que presentándolos desnudos de toda explicación, fuese fácil comprehender su conexión y sus relaciones mutuas: y conformándome con sus ideas he compuesto este Epítome. En él se hallan enunciados los principios bajo todos y cada uno de los términos principales de esta ciencia, dispuestos por orden alfabético. En toda discusión y demostración se podrá subir fácilmente a cada uno de estos principios, que no son más que la expresión de la naturaleza de las cosas, y la exposición sencilla del modo con que las cosas son y suceden, pero por lo común desembarazada de las pruebas, ejemplos y consecuencias, en que consiste la solidez y la utilidad de la ciencia, y que se hallan en mi Tratado de Economía política. Se debe suponer que se han probado u pueden probarse todas estas proposiciones, las cuales están aquí reunidas y concentradas para que se ilustren mutuamente, y para que se comprehendan mejor sus relaciones recíprocas. Aquí se presenta propiamente la filosofía de la ciencia; y si ésta no se posee, es imposible acertar a unir unos principios con otros; más para el uso ordinario es preciso consultar el Tratado, que es más fácil de entender, porque excluye todas las abstracciones y o a lo menos las fija con la mayor brevedad posible por medio de ejemplos familiares a toda clase de lectores. De aquí se deduce que este Epítome no es un compendio elemental. No se puede aprender por él la Economía política; pero creo que será muy útil para clasificar lo que se sabe, para mostrar la conexión de las verdades que se miraban como aisladas, y para poner de manifiesto las falsas nociones que se pudieran haber formado sobre algunas materias. Tampoco se ha escrito para que se lea seguidamente, sino para que se le consulte cuando se dude sobre algún punto de doctrina, o se quiera hacer de ella alguna aplicación nueva. Tiene todavía otra ventaja, y es la de mostrar indubitablemente las cosas que pueden quedar incompletas en la exposición de la ciencia. La exposición de cada principio exige una referencia a otros muchos que es necesario establecer, y de estos a otros que deben también establecerse, hasta que no quede nada que explicar en las explicaciones. Sujétense a esta prueba la mayor parte de los libros que con título de Elementos, Principios, Cursos &c. han tratado de Economía política, y se echará de ver muy pronto si las explicaciones que dan abrazan todas las partes de la ciencia; si no hay contradicción entre ellas; y en fin, si no necesitan de otras explicaciones que no se encuentran en

aquellas obras, cualquiera que sea por otra parte el número de observaciones exactas que contengan. Quizá se mirará el orden alfabético como poco favorable al encadenamiento de las ideas. Pero es necesario considerar que la Economía política no presenta ni un solo fenómeno que no esté enlazado con todos los demás; que no se puede dar ni comprehender completamente la explicación de cada uno de ellos, si no se posee ya la de otros muchos; y que, si fuera posible, deberían estudiarse todos a un mismo tiempo. Lo que se trata de examinar es un tejido, y no una urdimbre que se pueda desarrollar(196) . El orden alfabético permite a lo menos, cuando se lee la exposición de un principio, recurrir a la de cualquiera otro en caso necesario, y estudiar tan simultáneamente como sea posible. Por esta razón van de letra cursiva en las explicaciones todas las palabras que deberán buscarse en el Epítome mismo, cuando no ocurra al instante su significación exacta y completa. El lector que al ver la palabra cursiva, se represente y comprenda su significado con toda la extensión que corresponde, puede alabarse de que sabe Economía política; porque si toda ciencia se reduce a una lengua bien formada, cualquiera que posea la lengua, poseerá la ciencia. Pascal, Locke, Condillac, Tracy y Laromiguiere han probado que por no fijar la misma idea a las mismas palabras no se entienden los ho mbres, disputan y se degüellan(197) : yo he procurado fijar aquí con la mayor precisión el sentido de los términos de la Economía política, para que se pueda saber siempre de un modo positivo el hecho u la cosa que representa cada palabra. En tal caso ya no es posible pronunciarla a la aventura, y no puede emplearse una misma palabra para designar cosas diversas, o para presentar doctrinas fútiles, hechos imaginarios, vagos y observados imperfectamente. Las personas que gustan de saber las cosas a fondo, podrán consultar este Epítome, no sólo al leer el Tratado que le precede, sino también cuando lean cualquiera otra obra sobre administración, historia, Viajes, geografía, política, artes industriales y comercio. No tengo dificultad en asegurar que entonces apreciarán mejor la solidez de sus bases, y la exactitud de sus deducciones, pues podrán comparar constantemente los términos de que se sirve cada autor con su significación primitiva y con la naturaleza de las cosas, y les será fácil observar si estos términos se emplean oportunamente, si se les da siempre el mismo sentido, si se examinan los objetos por todos los aspectos que pueden presentar, y si son exactas las consecuencias que de aquí se deducen. Me lisonjeo de que esta obrita contribuirá por la misma razón a descubrir y corregir mis propios errores. Si en cualquier parte de mi Tratado se emplea algún término, aunque no sea más de una sola vez, en distinta significación de la que aquí se le asigna, deberá mirarse esto como un defecto. Para comodidad de los lectores que gusten de estudiar seguida y metódicamente el Epítome, voy a presentar el orden con que pueden leer sus artículos, ofreciéndoles desde luego las nociones relativas a la naturaleza de las riquezas, después las que se refieren a su producción y distribución, y por último las que tienen por objeto la teoría de su consumo.

Servirá igualmente a los profesores que tomen este libro por base de su enseñanza. Puede reducirse su curso a explicar con raciocinios, y sobre todo con ejemplos, los principios que en realidad no son más que la definición de los términos; y este es el medio más seguro de enseñar la ciencia sin dejar en ella ningún vacío. Pero este orden, que es el más lógico, tiene por desgracia el inconveniente de empezar por las verdades más abstractas de la Economía política: consideración que me ha movido a no probarlas desde luego en el Tratado, sino según el orden de la descripción de los fenómenos que presenta la producción, la distribución y el consumo de las riquezas.

Orden con que conviene leer el Epítome, si se quiere leer metódicamente.

Principios que tienen relación con la naturaleza y circulación de las riquezas. PROPIEDAD. RIQUEZA. VALOR DE LAS COSAS. VALORES. CAMBIOS. CANTIDAD PEDIDA. CANTIDAD OFRECIDA. PRECIO. CARESTÍA; BARATURA. CIRCULACIÓN. UTILIDAD. PRODUCTO. PRODUCTO INMATERIAL. MERCANCÍA. GÉNERO. MONEDA, O AGENTE DE LA CIRCULACIÓN. METALES PRECIOSOS. MERCADO. SALIDAS.

Principios que tienen relación con el fenómeno de la producción. PRODUCCIÓN; PRODUCIR.

REPRODUCCIÓN. AGENTES DE LA PRODUCCIÓN. FACULTADES PRODUCTIVAS. SERVICIOS PRODUCTIVOS. MÁQUINAS. Primer Agente de la producción. INDUSTRIA. FACULTADES INDUSTRIALES. TRABAJO. FORMAS PRODUCTIVAS. Segundo Agente de la producción. CAPITAL. CAPITAL FIJO. ACUMULACIÓN; ACUMULAR. CAPITAL IMPRODUCTIVO. Tercer Agente de la producción. TIERRAS. FONDOS EN TIERRAS, O TERRAZGOS.

Nota. Los Agentes naturales, distintos de los terrazgos, se hallan comprendidos en la expresión de Agentes de la producción.

Varios modos de producción; AGRICULTURA; INDUSTRIA AGRÍCOLA. MANUFACTURAS; INDUSTRIA FABRIL. COMERCIO; INDUSTRIA COMERCIAL. COMERCIO INTERIOR. COMERCIO EXTERIOR. DERECHOS DE ENTRADA. COMERCIO DE TRANSPORTE. ESPECULADOR; ESPECULACIÓN. BALANZA DEL COMERCIO. IMPORTACIÓN. EXPORTACIÓN.

Diferentes clases de productores. PRODUCTOR. INDUSTRIOSO. SABIOS... Clase que multiplica los conocimientos humanos. EMPRESARIOS DE INDUSTRIA... Clase que multiplica los conocimientos humanos. CULTIVADOR... Clase que multiplica los conocimientos huma nos. ARRENDADOR... Clases que aplican los conocimientos humanos. FABRICANTE... Clases que aplican los conocimientos humanos. NEGOCIANTE... Clases que aplican los conocimientos humanos. MERCADER... Clases que aplican los conocimientos humanos. OBRERO... Clase que ejecuta. CAPITALISTA... Clase que ejecuta. PROPIETARIO TERRITORIAL... Clase que ejecuta.

Origen y distribución de las rentas. FONDO. GASTOS DE PRODUCCIÓN. DISTRIBUCIÓN DE LOS VALORES. GANANCIAS. RENTA. PRODUCTO NETO; PRODUCTO EN BRUTO. SALARIO. PRÉSTAMO. EMPRÉSTITO. INTERÉS. CRÉDITO. ARRIENDO. RENTA DE LA TIERRA. Principios que tienen relación con el fenómeno del consumo. CONSUMO; CONSUMIR. CONSUMIDOR. IMPUESTO MATERIA IMPONIBLE. CONTRIBUYENTE. EMPRÉSTITO PÚBLICO.

Epítome de los principios fundamentales de la Economía política. dispuestos alfabéticamente bajo cada una de las expresiones con que pueden tener conexión. NOTA. Las palabras que están impresas con letra bastardilla son los términos, que se explican por orden alfabético en el Epítome. Buscándolas cuando no ocurre desde luego su significación completa, se descubre el enlace de todas las partes de la Economía política. Los números romanos y arábigos indican el tomo y la página del tratado, donde se explican con más extensión los principios a que se refieren.

A. ACUMULACIÓN; ACUMULAR. Se acumula cuando se substraen de un consumo improductivo, productos o valores producidos. Los productos reservados por medio de la acumulación pueden ocultarse y enterrarse, o aplicarse a un consumo reproductivo. I. 67. En el primer caso, forman un capital muerto e improductivo, que no da ganancia alguna mientras permanece en este estado. I. 65. En el segundo caso, los productos acumulados acrecientan los capitales productivos de la sociedad. Perpetuamente consumidos se reproducen perpetuamente, para ser consumidos de nuevo. Los capitales acumulados son en general consumidos reproductivamente; porque rara vez está dispuesto un acumulador a sacrificar las ganancias que pueden resultarle de sus ahorros(198). I. 67. Cuando los beneficia por sí mismo, saca comúnmente ganancias de esta porción del capital, además de las de la industria que emplea. II. 108. Cuando pone a ganancias sus ahorros, el que los toma a préstamo, le paga un interés, que es el precio del servicio productivo de estos ahorros convertidos en una porción de capital, y representa las ganancias de este capital mismo. II. 90. En este último caso, si el que toma prestado, no emplease esta porción de capital, esto es, si no la consumiese reproductivamente, pagaría un interés, del cual no recibiría indemnización alguna.

Los productos inmateriales no son susceptibles de acumulación, porque se consumen al mismo tiempo, que se producen. AGENTES DE LA PRODUCCIÓN (comprehendiendo los AGENTES NATURALES.) Son la industria, los capitales, las tierras, y los demás agentes naturales, por cuyo medio se da valor a las cosas, o se aumenta el que ya tienen. I. 5. 15. 18. Por extensión, se pueden llamar agentes de la producción los propietarios de las facultades industriales, de los capitales y de las tierras; pues aunque un capitalista y un propietario territorial no obren inmediatamente para producir, pueden ser considerados como agentes, en cuanto obran mediatamente con sus capitales y tierras. La acción de los agentes de la producción compone los servicios productivos de la industria, de los capitales, de las tierras &c. Estos servicios, tienen un valor que se funda en las mismas bases que el de todas las demás cosas (en razón directa de la cantidad pedida, y en razón inversa de la cantidad ofrecida). II. 5. Los agentes naturales son, no solamente los cuerpos inanimados que nos ofrece la naturaleza, los cuales concurren a crear productos, siendo el más principal de todos estos agentes la tierra cultivable; sino también las leyes del mundo físico, como la gravitación que hace descender las pesas de un reloj, el calor que se desprende por la combustión, el magnetismo que dirige la brújula, las propiedades de los cuerpos que nos permiten hacer de ellos herramientas y máquinas, la fuerza vital de los animales sujetos al imperio del hombre, y todo lo que en la naturaleza concurre con la industria y los capitales a formar productos. La acción de todas estas cosas compone lo que se llama aquí servicios productivos de los agentes naturales. I. 18. 21. Entre estos últimos hay unos que pueden llegar a ser propiedades, como las tierras; o lo son necesariamente, como las facultades industriales, y otros que no pueden serlo, como el viento y los mares que sirven de vehículos y de medios de transporte. I. 22. II. 15. Los agentes naturales que pueden ser propiedades, hacen pagar su concurso en el acto de la producción, lo que proporciona una renta a sus poseedores, y forma una adición a los gastos de producción. Si las tierras, las minas, las corrientes de agua y otros agentes naturales no fuesen propiedades, y su servicio fuese gratuito, siendo menores los gastos de producción, serían menos caros los productos a que concurren, lo que acrecentaría las rentas de los consumidores; pero la experiencia y el raciocinio prueban que cuando los agentes naturales, susceptibles de apropiación, no son propiedades, dan mucho menor cantidad de productos, porque la incertidumbre de la ganancia es causa de que nadie quiera emplear en ellos los capitales y la industria necesaria para beneficiarlos. II. 115. Las mayores maravillas de la industria consisten en el uso que se sabe hacer de las facultades productivas de los agentes naturales, ya sea que se necesite pagar su concurso (como se hace cuando se alquila una presa), o ya sea gratuito su concurso (como cuando nos servimos del peso de la atmósfera en la máquina de vapor). I. 20. II. 3. 25. 283.

Cuando se logra multiplicar o perfeccionar los productos con el concurso de los agentes naturales gratuitos, el aumento de producción que de aquí resulta es una ganancia para el productor mientras pueda tener oculto su método. Cuando la concurrencia hace bajar el precio del producto, no por eso deja de existir el aumento de producción que resulta del agente natural; pero entonces es una ganancia para el consumidor, el cual se halla más rico, por cuanto puede comprar más cosas o de mejor calidad, con la misma renta. II. 19. 70. En ambos casos, el agente natural gratuito aumentó los valores que forman la riqueza del hombre: en el primero, aumentando el valor de la renta del productor (su facultad de comprar); y en el segundo, aumentando el valor de la renta del consumidor (su facultad de comprar, porque tanto más puede comprar de un producto, cuanto más se abarata éste por el concurso de un agente natural). AGENTE DE LA CIRCULACIÓN. Véase Moneda, que es lo mismo. AGRICULTURA, o Industria agrícola. Es la industria que promueve o excita la producción de las materias en bruto, o las recoge simplemente de mano de la naturaleza. I. 5. Bajo este último aspecto, abraza esta industria trabajos muy inconexos con el cultivo de los campos, como la caza, la pesca, el oficio de minero &c. Cuando un cultivador trabaja o transforma sus primeras materias, como el aldeano cuando hace sus quesos, es en este momento un verdadero fabricante. Cuando los transporta, es hasta este punto un negociante. AGRICULTOR o Cultivador. Véase esta última palabra. ARRENDADOR. Inquilino de un terreno. El propietario le cede, mediante un arrendamiento, el derecho de aprovecharse por sí de las ganancias del terreno. Hace un ajuste a destajo, o por un tanto, en el cual gana si las utilidades del terreno exceden la cuota del arriendo, y pierde en el caso contrario. II. 20. ARRIENDO. Es el alquiler de un terreno prestado, o en términos más exactos, el precio de la compra que hace un arrendador de los servicios productivos de un terreno por cierto tiempo, y por un precio estipulado. II. 123. El arrendador (prescindiendo de las ganancias de su industria y de las de su capital) gana o pierde en el arriendo, según que el terreno le deje en la parte que le corresponde de producción una ganancia superior o inferior al arriendo. La oferta de las tierras que se pueden arrendar en cada país es necesariamente limitada; pero no lo es el pedido de ellas. De aquí nace una concurrencia mayor por parte de los arrendadores para tomar tierras en arrendamiento, que por parte de los

propietarios territoriales para darlas. Por eso cuando no hay una razón preponderante en contrario, la tasa o precio de los arriendos es más bien superior que inferior a la ganancia real de los terrazgos. II. 124.

B. BALANZA DEL COMERCIO. Es la comparación del valor de las mercancías exportadas con el valor de las importadas, exceptuando el oro y la plata(199). I. 121. En el sistema exclusivo se viola de diferentes modos la libertad de las transacciones que se ejecutan entre dos países, con el objeto de vender más al extranjero, y comprarte lo menos que sea posible, por la preocupación de que vale más recibir de él, por saldo, materia de oro y plata que cualquiera otra mercancía del mismo valor. I. 123. Véase en el artículo Capital cómo los capitales de un país,(así los capitales productivos como los demás se componen de toda clase de mercancías y géneros aún de aquellos cuya existencia es la más fugaz; y cómo el consumo de estos géneros no altera de modo alguno el valor del capital nacional que se reproduce por el hecho mismo de este consumo. Entonces se comprehenderá que no hay ventajas en importar mercancía metálica con preferencia a cualquiera otra. I. 60. 104.

C CAMBIOS. Los cambios, en la Economía política, no son un fin, sino un medio. El orden esencial de los valores es el de ser producidos, distribuidos y consumidos. Si cada individuo crease y consumiese todos los productos que necesita, no habría cambios propiamente tales. Lo que los hace indispensables es que necesitando todos un gran número de productos diferentes para su consumo, y ocupándose en crear muy pocos, o uno sólo (como lo hace un fabricante de telas), o una sola parte de un producto (como lo hace un tintorero) es necesario deshacerse por medio del cambio (por la venta) de lo que se trabaja de más en una especie, y proporcionarse por medio del cambio (por la compra) lo que no se trabaja o elabora. I. 215. La moneda no es más que un intermedio, y no un resultado. En realidad se cambia lo que se vende por lo que se comp ra, y terminada la compra y la venta, no queda en inacción la moneda, ni se considera como el fin del contrato, sino que pasa luego a servir para otros. I. 97. 216. El cambio hecho amigablemente indica en el tiempo, en el lugar, y en el estado de sociedad en que nos hallamos, el valor que damos a las cosas poseídas; y este es el único

modo de apreciar el mal o la suma de las riquezas que son el objeto de las investigaciones de la Economía política. Por eso ha habido muchos que han mirado los cambios como los fundamentos del valor y de la riqueza: lo cual no es así, pues sólo el medio de apreciar los valores y las riquezas, comparándolos con otros valores, y sobre todo reduciendo riquezas diversas a una expresión común a una cantidad determinada de cierto producto, como sería un número cualquiera de escudos. I. 250. Siempre hay posibilidad de cambiar dos productos de igual valor, porque no serían exactamente de un valor igual, si no se pudiese cambiar uno por otro cuando se quisiese. De aquí es que un valor en cierta y determinada forma (en oro u plata) nada tiene que sea más precioso, más útil o que inspire más deseos, de conservarle que un valor igual en otra forma: y de aquí nace también que se pueda considerar la producción; en general, prescindiendo de la naturaleza de los productos, diciendo, por ejemplo, que la población se nivela naturalmente con la producción II. 132. La estimación del valor producido se hace reduciendo todos los valores al de un solo producto; por ejemplo todos los valores producidos en Francia en el espacio de un año, son iguales al valor que tendrían quinientos millones de hectolitros(200) de trigo, o bien a dos mil millones de piezas de cinco francos, poco más o menos, al curso del día. El cambio que se hace de dos valores iguales no aumenta ni disminuye la masa de los valores (de las riquezas) existentes en la sociedad. El cambio de dos valores desiguales (esto es, el cambio en que una de las dos partes engaña a la otra) tampoco altera en nada la suma de los valores sociales, bien que añade a la hacienda de uno lo que quita a la de otro. Los dos objetos cambiados no tienen por eso más ni menos valor que antes. Así pues, el cambio de dos productos, o de dos fondos productivos, bajo cualquier aspecto que se le considere, no es una producción. I. 10. Aun citando se dice: la producción es un cambio en que se dan los servicios productivos o su valor, para recibir los productos o su valor, no se quiere decir que el cambio mismo es el que produce. Los fondos productivos (industria, terrenos, capitales) son susceptibles de producir un servicio capaz de crear un producto útil; y este servicio es el que (a proporción que se crea) se cambia por un producto. La verdadera creación es la del servicio productivo: lo demás no es otra cosa que un cambio de valores. Hago esta observación puramente metafísica, para que no se me objete una contradicción que consistiría sólo en los términos. CANTIDAD PEDIDA. Es uno de los fundamentos del valor de las cosas. En todo lugar, y con respecto a todas las cosas, es la cantidad que de estas mismas cosas exigen las necesidades de la sociedad: la cantidad que los hombres, de que se compone entonces la sociedad, están dispuestos a adquirir por medio del cambio, o sea a comprarla, cuando se hallan con los recursos para proporcionársela. II. 8. Se funda pues:

1.º En la necesidad(201) que hay de estas cosas en un lugar y en un momento determinado. II. 8. 2.º En la cantidad de las otras cosas que se pueden dar para adquirirlas, o en otros términos, en la riqueza de los que las necesitan. II. 9. Por consiguiente, el pedido general que se haga de las cosas que son propias para el uso del hombre será tanto mayor en todo lugar o país, cuanto más civilizada y productiva sea la sociedad. Como el cambio de dos productos no es en realidad más que el cambio de los servicios productivos que sirvieron para crearlos, la cantidad pedida no es más que la de los servicios productivos propios para crear el producto que se pide. Del mismo modo, la oferta del producto que se consiente en dar en cambio, no es más que la oferta de los servicios productivos propios para completar el producto que se ofrece. El cambio de dos productos es en substancia el cambio de sus servicios productivos, y las cantidades pedidas y no son en último análisis más que cantidades de servicios productivos. II. 5. Siendo el pedido, no tanto un medio de producción nueva, como un signo de producción ya ejecutada, con la cual quiere su autor comprar otro producto, parece que no aumenta de ningún modo los medios de producción. En efecto, el pedido no aumenta la industria ni los capitales; pero no permite que estén ociosos, ni que se pierda tiempo alguno en la confección de los productos: las partes de que éstos se componen se reúnen luego que se hallan en estado de poder ser reunidas; se consumen a proporción los mismos productos; se emplean más útilmente la industria y los capitales que concurren a su formación, y el número de los productos se aumenta con los mismos capitales y con la misma industria. La actividad del pedido resulta algunas veces de un nuevo comercio que se abre, de circunstancias que promueven la afluencia de los viajeros, o del establecimiento de alguna nueva empresa. En cuanto al aumento de las ganancias que resultan ne un pedido más activo, no son estas un aumento, sino una traslación de riqueza. La mayor ganancia que tiene de este modo el productor, es un mayor gasto por parte del consumidor, y esta ganancia se repite hasta que la concurrencia lleva los servicios productivos hacia las producciones que son más pedidos. CANTIDAD OFRECIDA. Es uno de los fundamentos del valor de las cosas. En todo lugar, y con respecto a todas las cosas, es la cantidad de estas mismas cosas, o de los servicios productivos propios para producirlas, que puede suministrarse al curso; la cantidad que los productores o poseedores de las cosas pueden y quieren dar en cambio (vender). II. 8. 10.

La cantidad que se puede producir y poner en circulación depende de la escasez o de la abundancia de las facultades industriales, de las facultades capitales, y de las del suelo, que son a propósito, para la producción de estas cosas. La escasez de las facultades industriales, en cada ejercicio, depende no sólo de las facultades industriales que se hallan disponibles en cada lugar y en cada época, sino también del mayor o menor peligro, y aún de las que acompañan a la profesión: peligro e incomodidades que retraen a muchos que hubieron podido dedicarse a ella. Cantidad ofrecida y cantidad en circulación son sinónimos.(202) CAPITAL. Un capital, en el sentido más extenso, es una acumulación de valores substraídos del consumo improductivo. I. 65. 67. Los valores de que se compone un capital, o son de esencia inmaterial, que sólo se manifiesta por sus efectos, como los talentos, que no se han podido adquirir sino por medio de anticipaciones sucesivas; o como se hallaba bajo la forma material de un producto, cualquiera que este sea(203). Cuando un capital, o si se quiere, unos valores que se reservan, no llegan a emplearse, son un capital improductivo. I. 65. 77. Cuando se emplean, se consumen reproductivamente, y son un capital productivo. I. 141.147. 149. II. 156. 161. 163. Un capital empleado productivamente es uno de los tres grandes agentes de la producción, y contribuye a las ganancias de ella. I. 15. II. 108. Emplear un capital en la producción es anticipar los gastos de esta. El valor del producto que de aquí resulta, reembolsa esta anticipación. I. 63. Las herramientas, máquinas, casas de labor &c., son anticipaciones; pero siendo durable el valor de estas cosas, sólo deben reembolsarse con el producto las alteraciones que haya padecido esta parte del capital. II. 52. Cuando el capitalista cede a otra persona, mediante un alquiler que se llama interés, el uso de su capital, este interés es el precio de los servicios productivos del capital; servicios que son desde este punto consumidos por el que toma prestado, y en beneficio suyo. I. 231 II. 91. Un capital no es la suma de dinero, en cuya forma se suele prestar; sino el valor de este dinero. Puede prestarse un capital en cualquier forma que sea, y aún bajo una forma inmaterial, como cuando un particular abre un crédito a otro que emplea frecuentemente el valor que toma prestado, sin que aparezca bajo la forma de una suma de dinero(204). I. 63. II. 105.

CAPITAL FIJO. Es un capital destinado de tal modo a un género de producción; que no puede separarse de ella para servir a otro género de producción. Tales son los valores empleados en mejoras agrícolas, en la construcción de un ingenio, fábrica, &c. I. 16. El valor de un capital fijo no puede ya volver a entrar en circulación, ni ser ofrecido como capital para emplearle, y por consiguiente influye muy poco en la tasa o cuota del interés(205). II. 100. CAPITAL IMPRODUCTIVO. Son valores reservados, acumulados y no empleados. I. 77. Un capital puede muy bien no emplearse en la reproducción, sin ser por eso un capital improductivo. Los valores que tenemos en forma de casas, de muebles y de otras cosas que sirven para las necesidades de la vida, son un capital productivo de utilidad o de recreo, esto es, de productos naturales. Este capital produce entonces una renta que se consume al mismo tiempo; a saber, la utilidad o el recreo que resultan de su uso. I. 85. CAPITALISTA. Es el que posee un capital, y le emplea por sí mismo, o le presta, mediante un interés, al empresario de industria que le emplea y desde este punto consume su servicio, y se aprovecha de sus ganancias. CARESTÍA, BARATURA. La carestía es el valor subido, la baratura el valor bajo de las cosas. Pero, como el valor de las cosas es relativo, y no es subido ni bajo sino por comparación, no hay más carestía real que la que proviene de los gastos de producción. Una cosa realmente cara es la que causa muchos gastos de producción; la que exige el consumo de muchos servicios productivos. Entiéndase lo contrario de una cosa que es barata. II. 22. Este principio destruye la falsa máxima de que nada hay caro, cuando todo está caro; porque para crear un producto, cualquiera que sea, puede ser necesario, en cierto orden de cosas, hacer más gastos de producción que en otro género. Este es el caso en que se halla una sociedad poco adelantada en las artes industriales, o recargada de impuestos. Los impuestos son unos gastos que nada añaden al mérito de los productos. Los progresos en las artes industriales son o un grado mayor de utilidad obtenido con los mismos gastos, o un mismo grado de utilidad obtenido con menos gastos(206) .II. 24. CIRCULACIÓN. Es la traslación de una cosa valuable, o de un valor, de una mano a otra. Toda mercancía está en circulación, cuando está preparada para pasar a otra mano, esto es, cuando se ofrece en venta; y se saca de la circulación cuando deja de estar de venta. I. 109. II. 7. 10. Todas las mercancías y géneros que hay en las tiendas o en los mercados, están en circulación; y salen de ella en el momento en que pasan a manos del consumidor.

La plata amonedada es una mercancía, que está siempre en circulación, y siempre destinada a cambiarse, excepto cuando se guarda o entierra. II. 42. Véase, cantidad pedida, cantidad ofrecida. COMERCIANTE, o Negociante. Véase esta última palabra. COMERCIO, o industria comercial. Es la industria que pone un producto al alcance del que le ha de consumir. La acción de buscar un producto en el lugar donde se encuentra y de transportarle al lugar donde ha de consumirse, da a su valor el aumento de la diferencia que hay entre su precio en el primero de estos lugares y en el segundo. Es una forma productiva dada al producto por el comerciante, de la que resulta una creación de valor que constituye la especie de producción, que es obra de la industria comercial. I. 5. 8. 9. 10. 52. COMERCIO DE ESPECULACIÓN. Véase Especulador. COMERCIO DE TRANSPORTE. Consiste este comercio en comprar mercancías en el extranjero para volver a venderlas las también en el extranjero. I. 59. Otros entienden por comercio de transporte la industria del armador que conduce en sus buques, mediante un flete, mercancías ajenas. Pero esta industria, análoga a la de los carruajeros, apenas merece el nombre de comercio, pues no es más que el alquiler de un instrumento. COMERCIO EXTERIOR. Es la industria que consiste en comprar mercancías producidas en lo interior, para enviarlas y venderlas en el extranjero; o bien en comprar mercancías en el extranjero para volver a venderlas en lo interior. Ordinariamente se hacen de seguida estas dos operaciones, es decir, que se trae en mercancías de afuera el valor de las mercancías indígenas que se enviaron. Llámase esto hacer remesas y recibir retornos. I. 52. 54. 121. COMERCIO INTERIOR. Es la industria que consiste en comprar productos del interior para volver a venderlos en el interior. I. 52. En su acepción más extensa comprehende esta palabra la industria del mercader de por menor, y la del buhonero que compra en una calle para volver a vender en otra, del mismo modo que la del negociante que compara los precios corrientes de todas las plazas de comercio de su país. I. 52. En todo país, y aún en aquel cuyo comercio exterior tiene más extensión, la suma de las negociaciones que se hacen en el comercio interior, excede mucho en valor a las del comercio exterior(207) . I. 56. CONSUMIDOR. Es el que destruye el valor de un producto, ya sea para satisfacer sus necesidades, o para reproducir un valor superior.

El consumidor obtiene los productos de que hace uso; Ya produciéndolos él mismo; Ya proporcionándoselos por medio del cambio que hace de ellos con los productos de su propia creación(208) ; Ya recibiéndolos gratuitamente de aquellos que los producen. II. 159. El consumidor es tanto más rico, cuanto son más baratos los productos que consume. Es más rico, o si se quiere, menos pobre, con respecto a un objeto de consumo, cuando este objeto baja de precio. Es más pobre, o menos rico, con respecto a un objeto de su consumo, cuando se encarece este objeto. I. 139. II. 31. Un pueblo entero se hace más rico con relación a un objeto de consumo, cuando este objeto se puede adquirir a menos coste, y viceversa. Se adquiere el objeto a menos coste, cuando los progresos de la industria hacen que se saquen más productos de los mismos medios de producción. Entonces hay generalmente más utilidad que consumir, sin haber hecho más gastos para obtenerla. Todo lo que se dirige a multiplicar los productos de una nación, se dirige por consiguiente a enriquecerla. I. 39. 139. II. 31. Véanse las palabras Renta y Riqueza. CONSUMO: CONSUMIR. Consumir es destruir el valor de una cosa, o una porción de este valor, destruyendo la utilidad que tenía, o solamente una porción de esta utilidad(209) . II. 154. 163. No se puede consumir un valor que no puede destruirse. Así es que se puede consumir el servicio de una industria, mas no la facultad industrial que hizo este servicio; el servicio de un terreno, mas no el terreno mismo (210). II. 155. Un valor no puede consumirse dos veces; porque decir que está consumido es decir que está destruido. II. 155. 165. 168. Todo lo que se produce se consume. Por consiguiente, todo valor creado es destruido, y no se creó sino para que se destruyese. Pues en tal caso ¿cómo se hacen las acumulaciones de valores, esto es, de riquezas, de que se componen los capitales? Se hacen por la reproducción, bajo una forma material, del valor consumido de suerte que el valor de los capitales se puede considerar como un valor que se une y pasa sucesivamente a varios productos, los cuales nacen unos de otros, según se van consumiendo reproductivamente. II. 157. 162. Hay pues dos especies de consumos: 1.º El consumo reproductivo, destruye un valor para reemplazarle con otro. I. 67. II. 160. 164.

2.º El consumo improductivo, que destruye el valor consumido, sin reemplazo. II. 160. 168. El primero es una destrucción de valores de que resultan otros inferiores, iguales o superiores al destruido. I. 164. Cuando son inferiores, sólo es, reproductivo el consumo hasta la concurrencia del valor reproducido. El valor destruido comprehende el de los servicios productivos que le consumieron para producir. II. 165. El consumo improductivo es una destrucción de valores, cuyo único resultado es el goce que proporciona al consumidor. II. 168. Cuando se usa de la palabra consumo sin especificar nada, se entiende comúnmente el que es improductivo. No siendo todo capital más que una acumulación de valores, se puede consumir por entero, productiva o improductivamente. El capital productivo se consume también necesariamente, y sólo se perpetúa, porque los valores de que se compone se reproducen fijados en otras materias. II. 157. 164. El consumo anual de una familia, o de una nación es la suma de los valores que han consumido en el discurso de un año. Nada tiene que ver con la suma de sus capitales, y siempre la excede en mucho, porque abraza, además del consumo improductivo de las rentas, el reproductivo de los capitales, que suele repetirse muchas veces dentro del mismo año. Es verdad que algunos valores capitales no se consumen enteramente en el espacio de un año, como los edificios y los instrumentos durables; pero son muchos más los que se consumen y se reproducen muchas veces en el mismo espacio de tiempo(211). II. 158. Los consumos públicos son los que se hacen por el público o para su servicio. II. 159. 192. 206. Los consumos privados son los que se hacen por los particulares, o por las familias. II. 159. 175. Unos y otros son absolutamente de la misma naturaleza, como que no pueden tener otro objeto que una reproducción de valores, o un goce para el consumidor. A excepción, de estos dos resultados, todo consumo es un mal contrario al bien que resulta de la producción: esta es la creación, de un medio de ser feliz; y el consumo es la destrucción de este mismo medio. II. 168. 194. Es necesario comprehender en el consumo de una nación todos los valores que consume, productiva (212) o improductivamente, y por consecuencia los valores que envía al extranjero; y en sus producciones los valores que recibe de él; así como se

comprehende en sus consumos el valor de la lana que emplea en hacer paños, y en sus producciones los paños que de aquí resultan. II. 53. 157. 165. CONTRIBUYENTE. Es el súbdito del Estado, cons iderado en cuanto paga, bajo esta o la otra forma, una parte de las contribuciones públicas, o del impuesto. CONTRIBUCIONES PÚBLICAS. Véase Impuesto. CRÉDITO. Es la facultad que tiene un hombre, un cuerpo, o una nación de hallar prestamistas. Se funda en la persuasión en que están los prestamistas de que les serán devueltos los valores que prestan, y fielmente cumplidas las condiciones del préstamo. El crédito no multiplica los capitales: es decir, que si la persona que toma a préstamo para emplear productivamente el valor prestado, adquiere por este medio el uso de un capital; por otro lado la persona que presta se priva de este mismo capital. Pero el crédito en general es bueno, porque permite que salgan los capitales de manos inútiles para pasar a otras que puedan hacerlos fructificar; separa los capitales de un uso que solamente aprovecha al capitalista (como la imposición en los fondos públicos, para hacerlos productivos en manos de la industria; facilita el giro de todos los capitales, e impide que estén ociosos. II. 102. Hay más confianza, y más disposición para prestar en los países donde las empresas industriales presentan más probabilidad de buen éxito. La decadencia de la industria trae consigo la disminución del crédito. II. 205. CULTIVADOR. Es el propietario de un terreno, cuando es al mismo tiempo empresario de la industria que le beneficia. Cuando no es propietario del terreno, es un simple arrendador. I 27.

D. DERECHOS DE ENTRADA. Equivalen a un privilegio, a un monopolio concedido al productor indígena, a expensas del consumidor; pues encarecen la mercancía sobre que recaen, a expensas del consumidor. Cuando son moderados los derechos de entrada, equivalen a los impuestos pagados por los productores de productos indígenas, y restablecen la igualdad de desventajas entre éstos y los productos extranjeros. I. 141.

DISTRIBUCIÓN (de los valores creados, o del valor de los productos). Se ejecuta por medio de la anticipación que los productores se hacen unos a otros, de las ganancias a que pueden aspirar, hasta que el consumidor reembolsa al último productor todas sus anticipaciones, y además las ganancias a que puede aspirar. I. 64. II. 49. Los valores, así distribuidos, van a formar las rentas de los particulares, cuya reunión compone la renta total de la sociedad. II. 53.

E. EMPRÉSTITO. Es el acto por el cual el prestamista cede el uso de un valor al que toma a préstamo. El empréstito supone la restitución ulterior del valor tomado a préstamo, ya sea de una vez, o en ciertos plazos, como en el empréstito vitalicio. La cosa tomada a préstamo es el valor, y no la mercancía: no es, por ejemplo, el dinero en cuya forma se hallaba este valor en el momento del empréstito. Por consiguiente, no es la abundancia de dinero la que facilita los empréstitos, sino la abundancia de valores en disposición de prestarse, de valores puestos en circulación para este objeto. (Véase Acumulación y Capital). II. 100. EMPRÉSTITOS PÚBLICOS. Son valores tomados a préstamo por un gobierno en nombre de la sociedad que representa. Los valores, tomados así a préstamo, son capitales, fruto de las acumulaciones de los particulares. Cuando el importe de los empréstitos se emplea, como sucede de ordinario, en consumos improductivos, son un medio de destruir capitales, y por consiguiente de suprimir, para la nación en general, las rentas anuales de ellos(213). II. 289. EMPRESARIOS DE INDUSTRIA. Concurren éstos a la producción aplicando los conocimientos adquiridos, el servicio de los capitales y el de los agentes naturales, a la confección de los productos a que dan los hombres un valor. I. 27. II. 47. 70. Un empresario de industria agrícola es cultivador, cuando es suya la tierra; y arrendador, cuando la alquila. Un empresario de industria fabril es un fabricante. Un empresario de industria comercial es un negociante. No son capitalistas, sino cuando es suyo el capital que manejan, o parte de él; y en tal caso son a un mismo tiempo capitalistas y empresarios. I. 24. ESPECULADOR: ESPECULACIÓN. El comercio de especulación consiste más bien en comprar una mercancía cuando está barata, para volver a venderla cuando está cara, que

en comprarla donde vale menos y para volver a venderla donde vale más. Esta última operación constituye el comercio propiamente tal, pues da una verdadera forma a los productos, y les comunica, poniéndolos al alcance del consumidor, una cualidad que no tenían. El especulador no es útil de manera alguna, a no entenderse por utilidad el extraer de la circulación una mercancía, cuando abunda demasiado, para hacer que vuelva a circular cuando es demasiado escasa(214). I. 56. EXPORTACIÓN. Es la acción de transportar mercancías al extranjero. La exportación de las monedas, o de las materias de oro y plata no tiene mayores inconvenientes para una nación que la de cualquiera otro producto; porque en concepto de valores, el de los metales preciosos no vale más que un valor igual en cualquiera otra mercancía. I. 123. En concepto de producción, no le son más necesarios los metales preciosos que todos los demás valores de que se compone el capital productivo, y aún pueden suplirse más fácilmente que otras muchas cosas. I. 124. 126. Con respecto al uso o al consumo improductivo, son mucho menos necesarios, y se suplen más fácilmente que otros productos, como los alimentos los vestidos &c. I. 124. La exportación de los metales preciosos es favorable a la industria y a la producción interior, tanto como la exportación de cualquiera otra mercancía, porque el oro y la plata que se exportan no se adquieren sino por medio de un valor producido que da ocupación a la industria y a los capitales en igual grado que si se exportase el mismo valor producido. I. 117. II. 163. La exportación de las monedas acuñadas en lo interior, es un comercio ventajoso, si la hechura de las monedas es pagada por el consumidor de este artículo de platería. I. 273.

F. FABRICANTE. Es el empresario de una industria fabril. Cuando emplea en ella sus propios capitales, es al mismo tiempo capitalista. I. 27. FACULTADES INDUSTRIALES. Son los talentos o aptitud para el trabajo industrial, de los cuales resulta una ganancia o renta, cuyo fondo o capital se puede decir que son las facultades industriales. I. 26. FACULTADES PRODUCTIVAS. Por esta expresión se debe entender la aptitud que tienen los industriosos, los capitales y los agentes naturales para cooperar a la producción dando utilidad a las cosas.

Se puede y se debe decir no solamente las facultades productivas del hombre, sino también las facultades productivas de los capitales y de las tierras. I. 17. 18. 21. FONDOS: FONDOS PRODUCTIVOS. Esta palabra, tomada en general, expresa las facultades industriales, los capitales, y las tierras de que se puede sacar una renta. I. 5. 15. 18. 22. Los bienes de cada individuo se componen del valor del fondo que posee, y que si no tiene siempre un valor permutable, puede a lo menos valuarse por la renta que produce(215). II. 15. 17. Nuestros fondos proceden de la munificencia de la naturaleza, o de nuestras propias acumulaciones. II. 16. Los primeros se componen de los agentes naturales apropiados (esto es, convertidos en propiedades), como los fondos en tierras y las facultades industriales. I. 23. II. 16. Los segundos se componen de nuestros capitales y de nuestros talentos adquiridos. II. 16. Cuando se saca utilidad de los fondos, se llaman fondos productivos. Producen un servicio, y la venta de este servicio constituye la renta del fondo. II. 18. Cuando se consume este servicio sin otro resultado que la satisfacción del consumidor, es un servicio productivo de utilidad o de recreo. Cuando se consume para producir un nuevo valor, es un servicio productivo propiamente tal. Su valor dimana de cualquiera de estos usos; y este valor se establece como todos los demás; a saber, en razón directa de la necesidad que hay de los servicios, y en razón inversa de la cantidad que de ellos se ofrece. II. 17. El valor de un fondo se altera y se consume con mayor o menor rapidez durante la producción, y se restablece por medio del valor de los productos que resultan de la misma producción. Si la suma de estos productos no iguala a la de los valores consumidos, se disminuye el fondo y su valor. Al contrario, se aumenta si el valor producido excede al consumido. FONDOS EN TIERRAS, O TERRAZGOS. Son, hablando propiamente, el suelo que trabaja en la producción, de concierto con la industria y con un capital. I. 18. Pero, como la fuerza productiva de la naturaleza no se manifiesta solamente en la vegetación, ha sido necesario alguna vez extender el significado de esta expresión hasta designar la fuerza productiva de la naturaleza en general, como la acción del sol en la vegetación, la del agua en cuanto produce peces espontáneamente, o bien como móvil, o simplemente como vehículo. Sería más conforme a razón dar el nombre de fondo natural al conjunto de los agentes naturales de cuya acción nace esta especie de servicios

productivos. Este nombre estaría en contraposición con los de fondos de facultades industriales y de fondo capital, que obran juntamente con él. (Véase Riqueza.) II. 15. Como entre todos los fondos naturales se halló que las tierras eran susceptibles de llegar a ser propiedades, los que se apoderaron de ellas no cedieron gratuitamente su servicio productivo. La venta de este servicio productivo es la que forma la renta del propietario territorial. .II.20. 116. 123. Sostienen algunos publicistas que no hay renta territorial, y que la retribución que recibe el propietario como renta territorial, no es más que el interés del capital empleado en desmontar la tierra y en proveerla de los medios necesarios para su cultivo: lo cual es cierto en algunos casos; pero no lo es en aquellos parajes donde una tierra absolutamente inculta tiene sin embargo un valor venal o arrendable, supuesto que el precio de esta tierra es una anticipación que se debe unir a las que exige su cultivo, para llegar a sacar de ella algunos productos. II. 116. Por lo demás y esta discusión no influye de ningún modo en la solidez de los otros principios. Si el servicio de la tierra no cuesta nada, es un presente que hace la naturaleza a los consumidores de sus productos, como lo ejecuta con la acción de los rayos solares y con otros muchos agentes naturales. Si cuesta el servicio de la tierra, es un presente que hace la naturaleza al propietario: presente consagrado por la legislación de todos los pueblos civilizados, y muy favorable a la producción en general. Hay fondos en tierras que no dan productos rurales, sino que son productivos de utilidad y recreo, esto es, de un producto inmaterial que no es susceptible de ahorro ni de acumulación. I. 87. FORMAS PRODUCTIVAS. Son la acción con que la industria crea o aumenta la utilidad de una cosa, y por consiguiente su valor. Las operaciones del sabio, del empresario y del obrero, son formas productivas sin las cuales ninguna cosa llegaría a ser un producto completo, o a propósito para el consumo. Siempre que una forma no contribuye a crear, o a aumentar el valor de un producto, no es productiva. Como la expresión forma productiva significa la acción que dispone o prepara un producto, apenas se puede decir sino de la acción humana cua ndo crea un valor. Un capital y un terrazgo no dan una forma productiva, sino únicamente servicios productivos.

G. GANANCIAS. Son la parte que cada productor saca del valor de un producto creado, en cambio del servicio que contribuyó a la creación de este producto. El poseedor de la industria saca las ganancias industriales. El poseedor del capital, las ganancias capitales. El poseedor de los fondos en tierras, las ganancias territoriales. Cada productor reembolsa a los que le precedieron, tanto las sumas que anticiparon, como las ganancias a que tienen derecho. El consumidor reembolsa igualmente al último productor sus anticipaciones, y le paga sus ganancias. El total de las ganancias que tiene un productor en el transcurso de un año, compone su renta anual; y el total de las ganancias que resultan a una nación, forma la renta nacional. Cuando el productor (ya sea industrioso, capitalista o propietario territorial, vende el servicio productivo de su fondo, hace una especie de ajuste a destajo; o por un tanto, en el cual abandona a un empresario la ganancia que puede resultar de la cosa producida, mediante: Un salario, si su fondo es una facultad industrial; Un interés, si su fondo es un capital; Un arriendo, si su fondo es una tierra. El total de estas ganancias por un tanto se llama también renta. GASTOS DE PRODUCCIÓN. Son el valor permutable de los servicios productivos necesarios para que resulte un producto. Siempre que se hacen gastos, y no se produce utilidad, no son gastos de producción, sino enteramente inútiles, cuya pérdida recae sobre el productor o sobre el consumidor del producto, para quien se hicieron: sobre el productor, cuando no suben el valor del producto; y sobre el consumidor, cuando suben este valor. I. 8. II. 19. Cuando por causas accidentales, como la intervención importuna del gobierno, pasan los gastos de producción de la tasa a que los podría la libre concurrencia, hay despojo del consumidor en favor del productor o del gobierno, en una palabra, de todos los que se aprovechan de este exceso de precio. Cuando el consumidor por su parte se aprovecha de las circunstancias para pagar la utilidad de que hace uso a un precio inferior al que se

establecería por la libre concurrencia, entonces comete él un despojo a expensas del productor. I. 136. Pudiendo considerarse la producción, como un cambio en que se dan los servicios productivos (los cuales se valúan por los gastos de producción) para recibir la utilidad producida, resulta que cuanto mayor es esta utilidad con respecto a los servicios productivos, tanto más ventajoso es el cambio. II. 17. El mejor uso de los agentes naturales proporciona más utilidad producida con respecto a los gastos de producción, y hace por consiguiente más ventajoso el cambio en que se reciben productos por gastos de producción(216) . I. 55. II. 25. Las calamidades naturales, como el granizo, el hielo, y las que son obra de los hombres, como la guerra, los robos, los impuestos, aumentan los gastos de producción, y por lo mismo hacen que el cambio sea menos ventajoso. Cuestan más los productos, sin que sean mayores las rentas; porque entonces el aumento de gastos de producción no cede en beneficio del productor. Los gastos de producción de un producto pueden ser superiores al valor que en el estado actual de la sociedad se puede fijar a este mismo producto: o en otros términos, nadie con las facultades pecuniarias que actualmente posee puede sacrificar los servicios productivos necesarios para tener cierto producto. Entonces no hay cosa producida; y el productor perdería en esta operación. II. 9. Esta suposición se puede aplicar sucesivamente a todos los productos, pues la producción entera puede llegar a ser tan perjudicial, que cese al principio en parte, y después en el todo; lo que sucede cuando todas las cosas están excesivamente caras, y cuando es excesiva la miseria de los pueblos II. 31. En tal caso, se me dirá, siendo excesivamente cara la cosa con que se compra (el dinero por ejemplo) su valor permutable debe permanecer en la misma relación con el valor de las demás cosas. Nada estará caro, porque lo estará todo. Pero es necesario considerar que entonces está también caro el dinero con relación a los servicios productivos; quiero decir, que muchos servicios productivos proporcionan poco dinero, y por consiguiente pocos géneros, hasta que por una parte los capitales se consumen o se retiran, porque se recompensa mal su servicio productivo, y por otra se destruye la población, porque sus servicios productivos no dan bastantes productos para mantenerla (217) . GÉNERO. Mercancía puesta en venta y no para volver a venderse, sino para consumirse, ya sea que se destine a la subsistencia o a cualquiera otro género de consumo. Siempre que se compra para volver a venderla, conserva el nombre de mercancía.

I IMPORTACIÓN. Es la acción por la cual se traen mercancías de país extranjero al propio. Las mercancías importadas se pagan comúnmente al extranjero con otras que se le envían, y algunas veces con metales preciosos. Este último modo de pagar a extranjero no tiene mayores inconvenientes que otro cualquiera. (Veánse las palabras Capital, Balanza del comercio, Exportación). I. 118. 121. 137. IMPUESTO. Valor pagado al gobierno por los particulares para atender a los consumos públicos. I. 95. II. 241. La forma material en que se paga este valor es indiferente, a no ser que se considere la mayor o menor comodidad con que se efectúa el pago. Lo esencial es la cuota del valor pagado. Una prestación en especie de valor de cien francos, servicios hechos por valor de cien francos, y una suma de cien francos pagada en escudos, son contribuciones iguales entre sí. En una y otra forma, es un valor igual sacrificado por el contribuyente, o sea por la sociedad. II. 242. 262. Si la prestación se hizo en especie, una vez consumidos los productos, no existe ya su valor, y de consiguiente no pertenece a nadie. Si la prestación se hizo en servicios personales (como en los trabajos del campo y otros que hacían los vasallos de Francia en beneficio de sus señores, y se les daba el nombre de corvée; en los servicios militares &c.), estos servicios se consumieron del mismo modo en utilidad del gobierno o del público. Si la prestación se hizo en dinero, este dinero se cambió por otros productos (lo que no es una restitución.); y estos productos se consumieron (lo que es una destrucción). En cualquiera de estos casos, la sociedad no se indemniza del sacrificio del impuesto sino con los goces y con la seguridad que recibe en cambio; pero de ningún modo con la vuelta de ese valor a la sociedad, porque no vuelve a entraren ella, sino que se consume. Por consiguiente, si la sociedad no saca ventaja alguna de este consumo, no recibe ninguna indemnización de su sacrificio; y si la ventaja que saca no es proporcionada a la privación que le resultó del sacrificio, hace un contrato en que resulta perjudicada. II. 242. El sacrificio causado por impuesto no recae constante y completamente sobre la persona que paga la contribución. Cuando el contribuyente es productor, y puede, en virtud del impuesto, subir el precio de sus productos, este aumento de precio es una parte del impuesto, que recae sobre el consumidor de los productos que se encarecieron. II. 269. El aumento de precio o de valor que adquieren los productos en virtud del impuesto, nada aumenta la renta de los productores de los productos; y equivale a una diminución en la renta de sus consumidores. I. 4. II. 270. (Véase Gastos de producción y Renta).

INDUSTRIA. Es la acción de las facultades humanas aplicadas a la producción. I. 5. 27. Se llama: Industria agrícola, cuando se aplica principalmente a promover la acción productiva de la naturaleza, o acoger sus productos. I. 5. 8. Industria fabril, cuando transforma las cosas de modo que crea un valor en ellas. I. 5. 8. Industria comercial, cuando les da un valor, poniéndolas al alcance del consumidor. I. 6. 8. Todas las industrias se reducen a tomar una cosa en un estado, y a ponerla en otro en que tiene más valor. (Considerando el lugar en que se encuentra la cosa como parte de su estado y de sus propiedades). I. 10. En ningún caso puede ejercerse la industria sin un capital, porque no puede ejercerse sino en alguna cosa, y por medio de algo. I. 15. 24. Hay una industria que sólo es productiva de productos inmateriales, o sea de productos necesariamente consumidos al mismo tiempo que se crean. Tal es la del médico, la del empleado público, y la del actor. I. 79. 83. 84. La acción de las facultades humanas, o la industria, cualquiera que sea el objeto a que se aplique, supone tres operaciones. I. 26: 1.º El conocimiento de las leyes de la naturaleza; que es el fruto de las ocupaciones del sabio. 2.º La aplicación de este conocimiento, con el objeto de crear utilidad en una cosa; que es la industria del empresario. 3.º La ejecución o las manos; que es el trabajo del obrero. INDUSTRIOSO. Tomada esta palabra como un substantivo, significa el que o los que trabajan en la producción de los valores, esto es, en la creación de las riquezas. El industrioso se considera aquí como uno de los medios de producción, independientemente de los capitales y de los agentes naturales, que son sus instrumentos. El industrioso que se dedica al conocimiento de las leyes de la naturaleza, es el sabio. El que trata de su aplicación a las necesidades del hombre, es un agricultor, un fabricante o un negociante. El industrioso que se ocupa en el trabajo de manos, guiándose por las luces y por el juicio de otros, es un obrero. I. 27.

INTERÉS (218): alquiler de un capital prestado o en términos más exactos, compra de los servicios productivos que puede hacer un capital. II. 91. El capitalista que recibe un interés, cede el derecho que tiene a la ganancia que puede adquirir con su capital: renuncia los servicios productivos que puede hacer su capital todo el tiempo que está prestado. El empresario que toma a préstamo gana o pierde en el interés que paga, a proporción que saca del capital ganancias superiores o inferiores a este interés. II. 20. 103. El interés de un capital prestado se puede dividir casi siempre en dos partes: una que representa y paga el servicio que puede hacer el capital como agente de producción (que es el interés propiamente tal); y otra que representa el riesgo que corre el prestamista de no reintegrarse de su capital. Ésta es una especie de prima o premio de aseguración. II. 22. La escasez de los capitales disponibles, y la abundancia de medios para emplearlos de una manera lucrativa y segura, contribuyen a subir la tasa del interés propiamente tal. Las circunstancias contrarias contribuyen a bajarle. II. 98.

M. MANUFACTURAS, e industria fabril. Es la industria que por medio de una mudanza de forma da valor a una materia en bruto, o añade valor a una materia ya manufacturada. I. 5. 7. 8. La industria fabril no se entiende solamente de las formas dadas en un taller por un gran número de obreros reunidos; sino también de las formas más sencillas dadas en las tiendas, en casas particulares, en lo interior de las familias. Son fabricantes el sastre, el zapatero, el pastelero; y lo es también la criada cuando se hace un par de medias. MÁQUINAS. Una máquina es una herramienta más o menos complicada, de que se sirve la industria para sacar utilidad de los agentes naturales. I. 34. Su valor forma una parte del capital productivo. I. 34. Son tanto más ventajosas, cua nto con menos valor sacan de los agentes naturales más utilidad, o mayor cantidad de productos. I. 35. Cuando el valor venal, o precio corriente de los productos creados por ellas, permanece en el mismo estado a pesar de esta producción más abundante, es el productor

quien se aprovecha de la utilidad producida; y el consumidor, cuando baja el precio corriente. En ambos casos hay una ganancia efectiva. I. 35. 38. La introducción de una nueva máquina ocasiona una diminución en la suma de las rentas ganadas por la clase de los jornaleros, hasta el momento en que llegan a ocupar sus facultades en otra parte de la misma producción o de otra cualquiera Al contrario, se aumenta por este medio la renta de los empresarios o capitalistas. I. 36. Este efecto es momentáneo; y como por lo común sucede que al cabo de poco tiempo pueden los productores bajar sus precios sin perder en ello, a lo cual los obliga también la concurrencia, resulta aumentada la renta de los consumidores, sin perjuicio de nadie. I. 37. 38. MERCANCÍA: producto comprado para volver a venderle. Cuando se pone en venta una mercancía para pasar a manos del consumidor, y por consiguiente para salir del comercio, pasa a ser un género. MERCADER. Comerciante que compra la mercancía al que la vende por mayor, o en cantidades algo considerables, para revenderla al consumidor. Da una forma productiva proporcionando un género a las necesidades y a la comodidad del consumidor. MERCADO: lugar en que se encuentra facilidad de cambiar, o si se quiere, de vender los productos. En la Economía política no se entiende solamente por mercado el lugar en que se verifica una reunión material para comprar y vender; sino cualquier lugar donde se presentan compradores. Así, la Inglaterra es un mercado para el té de la China; y lo es el Asia para los metales preciosos del Nuevo Mundo. Esta palabra puede reemplazarse en muchos casos con la de salidas. I. 97. MATERIA IMPONIBLE. Es el valor de los productos, de los cuales se saca el total del impuesto. Así, ni es la moneda, la que sirve para pagar el impuesto, ni lo es tampoco la cosa sobre que se establece. Ésta no es más que una ocasión, una base que sirve para fijar el total del tributo que pide el gobierno al contribuyente, cuya renta es la verdadera materia imponible. II. 273. 265. METALES PRECIOSOS: el oro y la plata, especie de mercancía, que se emplea, parte para que sirva de moneda, y parte en hacer muebles y utensilios. I. 124. 222. 224. II. 39. MONEDA. Es una mercancía (comúnmente de oro o de plata) que tiene la propiedad de proporcionar a su poseedor, con un solo cambio, las cosas que necesita(219). I. 215. La moneda es una mercancía que está siempre en circulación, esto es, que se está comprando siempre para volver a venderse (a cambiarse de nuevo), y no para

consumirse: de donde nace que cualquiera que sea la materia de que se compone, sirve igualmente para los usos a que está destinada. I. 220. II. 42. Cuando la moneda es de metal, la divide el gobierno, para mayor comodidad, en piezas de determinada ley y peso, y las marca con su cuño: lo cual es una forma útil, pues aumenta su valor. I. 230. La moneda es un producto de la industria humana, como cualquiera otra mercancía; pero una vez puesto en la sociedad este producto, hace en ella su oficio por un tiempo muy dilatado, y es imperceptible el consumo o deterioro que experimenta(220): por lo que se la puede considerar como parte del capital de un país. La actividad en la circulación de la moneda hace que se emplee con mayor ganancia; pero nada añade a su valor(221) . I. 109. Las monedas que se hallan en un país, y se hallaban en él el año anterior, no forman parte de la producción anual de este país. Nada se ha producido de nuevo sino el exceso, en caso de que le haya, del valor de las monedas existentes en este año, con respecto a las del otro. El aumento o la disminución de esta mercancía, como de cualquiera otra, no indica un aumento o una diminución en el capital total del país, supuesto que cada mercancía en particular forma siempre una porción bastante corta del capital total de una nación, y que la diminución en la suma de una mercancía puede contrapesarse con el aumento en la suma de otra. I. 129. II. 56. Sirviendo las piezas de moneda como tales, no por razón de sus cualidades físicas, sino en virtud de una cualidad moral, esto es, de su valor, pueden ser reemplazadas, como moneda, por cualquiera otra materia, por ejemplo, conchas, granos o almendras de cacao &c: para lo cual basta que estas cosas tengan cierto valor, por cualquier causa que sea, y que puedan transmitirse fácilmente. Desde este momento pueden ser objetos de cambio. I. 220. Se puede también hacer moneda de papel, con tal que haya medio de darle valor. El papel-moneda no es un signo, porque no lleva consigo la obligación de su reembolso(222) . I. 241. 274. 304. Como no se recibe la moneda con el objeto de consumirla, puede ser reemplazada por un signo (como cédulas, créditos abiertos en cuenta corriente &c); pero el signo no puede valer tanto como la cosa representada, a no ser que con él sea fácil adquirirla al instante. I. 99. 287. El valor de la moneda, cualquiera que sea su materia, sube como otro cualquier valor, en razón directa de la cantidad pedida, o de que se tiene necesidad, y en razón inversa de la cantidad ofrecida, o de la que hay que dar en cambio. I. 121. 134. 226. 305. II. 39.

La cantidad, o por mejor decir, él valor monetario es tanto más pedido cuanto mayor es el número y la importancia de las negociaciones que se hacen. Siendo más repetidos los cambios se necesita con más frecuencia del agente de ellos que es la moneda. I. 124.

N. NEGOCIANTE, o Comerciante: el empresario de una industria comercial. Cuando emplea en ella sus propios capitales, es al mismo tiempo capitalista. I. 27.

O. OBRERO: el que alquila su capacidad industrial o vende su trabajo, y de consiguiente renuncia sus ganancias industriales por un salario. I. 27. II. 75.

P. PRECIO: valor de una cosa expresada en moneda; o si se quiere, la cantidad de moneda cuyo valor corresponde al de esta cosa. I. 2. 3. El PRECIO CORRIENTE es aquel a que se puede adquirir una cosa en una época o en un paraje determinado. I. 2. II. 3. Las diferentes cantidades de moneda que valen dos cosas diversas, ofrecen un modo cómodo de comparar su valor. Sólo bajo este aspecto es el precio la medida del valor. I. 250. El precio de un producto se compara con sus gastos de producción, o con el precio de los demás productos. II. 21. El precio corriente de todos los productos, por razón de la libre concurrencia, pretende perpetuamente a aproximarse al precio corriente de sus servicios productivos, esto es, a aproximarse a sus gastos de producción, a su PRECIO NATURAL, según la expresión de Adam Smith(223). En lo que sigue, supongo el precio corriente al nivel de los gastos de producción. II. 23. Un producto es REALMENTE tanto menos caro, cuanto se obtiene en mayor cantidad por el mismo precio, pagado en gastos de producción. II. 22. Es RELATIVAMENTE menos caro, cuando se obtiene mayor cantidad de él por el mismo precio, pagado en productos. II. 24.

La baja real es una ganancia para la sociedad, porque todos los que compran el producto que ha bajado, ahorran en el pago, sin que nadie por razón de este ahorro reciba menor precio de sus servicios productivos. II. 25. La baja relativa empobrece al que vende, del mismo modo que enriquece al que compra. Causa una mudanza en el estado relativo de los bienes; pero en nada varía la riqueza del país. II. 33. El precio varía NOMINALMENTE, cuando sin que haya ninguna mudanza en la cantidad de la mercancía-moneda, la hay en su denominación. Si se compra una cosa por el precio de una onza de plata, que reducida a moneda se llama tres libras, como a fines del siglo XVII, y se compra la misma cosa por el precio de una onza de plata, que reducida a moneda se llama seis libras, como a mediados del siglo XVIII, su precio varía solamente en el nombre , mas no en la realidad. II. 37. PRÉSTAMO: acto por el cual se cede el goce temporal de una cosa que se posee. En el préstamo a interés, lo que se presta es la facultad productiva de un capital, y no una suma de dinero. II. 92. La mercancía, la moneda que sirvió para transmitir el valor prestado, muda de forma, pasa de una mano a otra, &c; mientras que el valor permanece prestado(224) . II. 105. PRODUCTOR. Es el poseedor de uno de los tres grandes agentes de la producción, ya sea poseedor de industria, de capitales, o de terrazgos. El servicio de estos agentes se paga a los productores, ya sea a destajo por un empresario, o ya con el valor del producto creado, y esto es lo que compone su renta. PRODUCCIÓN, PRODUCIR. Producir es dar a una cosa un valor reconocido como tal, y capaz de proporcionar por medio del cambio otra cosa de igual valor. Es también aumentar el valor reconocido que tiene ya una cosa. I. 3. La producción crea valor dando o aumentando la utilidad de una cosa, y estableciendo de este modo el pedido que se hace de ella, que es la primera causa del valor que tiene. I. 3. Todas las cosas cuyo valor se ha creado o aumentado, son productos. La producción se verifica por medio de los servicios productivos que hacen los tres grandes agentes de la producción (la industria, los capitales y las tierras). I. 5. 15. 18. 20. La producción agrícola es la creación de valores obtenidos con el cultivo de las tierras, o con trabajos análogos. I. 5.

La producción fabril es la creación de valores obtenidos con la modificación de productos ya existentes. I. 5. La producción comercial es la creación de valores obtenidos transportando o distribuyendo a los consumidores, productos ya existentes. I. 5. Todos los valores así producidos se dividen entre los agentes de la producción, y esto es lo que constituye sus rentas. II. 15. 17. Como en realidad todos los productos son comprados por los productores, en el sentido de que los pagan con servicios productivos, o lo que es lo mismo, desembolsando gastos de producción, resulta que los productores los compran más baratos pagando los mismos productos con menos servicios productivos, o lo que es exactamente lo mismo, obteniendo por medio de los mismos servicios productivos mayor abundancia de productos. El productor que los obtiene más baratos, los da más baratos sin pérdida: da más porque obtuvo más. II. 18. Si el valor producido es riqueza, se pregunta cómo esta disminución en el valor de los productos equivale a un aumento de riquezas. Esto sucede, porque el valor de los servicios productivos, con los cuales se compran los productos (aun los que fueron creados por otras personas) no disminuye, sino que se aumenta con la baja de los productos. El valor de estos no es el valor adquirente en este cambio llamado PRODUCCIÓN, sino el valor adquirido; y el valor adquirente es tanto más considerable cuanto menor es el adquirido. II. 17. Todo lo que se produce se consume; porque producir es formar cosas que tienen valor: éstas no pueden tenerle sino en cuanto son pedidas ni pueden serlo sino en virtud del uso o del consumo que se quiere hacer de ellas. Algunos autores que no han estudiado bastante esta materia, han sostenido la opinión de que en una sociedad política podía haber superabundancia de producción: lo cual es un error; porque sólo puede haber superabundancia cuando el valor de las cosas producidas no iguala sus gastos de producción; pero los gastos de producción (esto es, el valor de los servicios productivos) no pueden ser demasiado subidos para producir estas cosas, sino porque los mismos servicios productivos son más pedidos para producir con ellos otras cosas: lo que indica en éstas una escasez relativa. Lo que se llama pues superabundancia de productos no es más que una mala distribución, o un mal uso de los medios de producción. La abundancia de toda clase de productos, fruto de una producción muy perfeccionada, no es una superabundancia, por cuanto no va acompañada de la imposibilidad de comprarlos. Subiendo al origen de las cosas, siempre se compra la totalidad de los productos al precio de la totalidad de los servicios productivos. Cuando se obtienen muchos productos a costa de pocos servicios productivos, son baratos los productos: se adquieren y se consumen en mayor abundancia.

Cuando las extorsiones de los turcos o los impuestos excesivos, que son unas extorsiones regularizadas, roban al productor una parte demasiado grande de las cosas producidas, equivale esto en realidad a unos gastos de producción demasiado considerables para todas las clases de producción a un mismo tiempo. En tal caso, lo que se produce sirve para proveer a un opresor que no da cosa alguna en cambio. No teniendo ya el productor una indemnización suficiente del trabajo que le es indispensable para producir, y de las privaciones a que se sujeta no consumiendo improductivamente sus capitales, deja sus tierras sin cultivo, apura sus ahorros, y dedica sus facultades industriales a ocupaciones funestas, como la rapiña y la guerra: de donde resulta la decadencia de la población y de la sociedad, como sucede en los países orientales. PRODUCTO. Es una cosa para el uso del hombre, en la cual no se considera más que la utilidad que le comunicaron los agentes de la producción, y el valor que de aquí resultó. I. 5. La utilidad creada constituye el producto. El valor permutable que de aquí resulta no es más que la medida de esta utilidad, la medida de la producción que se ha verificado. II. 3. Se obtienen los productos por medio de los servicios productivos. Cuanto mayor es el número de productos que se pueden adquirir con los mismos servicios productivos, tanto más baratos son los productos, en primer lugar para el que los crea, y después para el que los compra; porque la concurrencia de los productores obliga a éstos a dar sus productos al coste. (El coste para el productor son los gastos de producción que comprehenden las ganancias de su propia industria). II. 5. 19. Si pudiese haber productos sin que se pagasen con servicios productivos, dejarían de ser productos, porque nada costarían, como sucede con el agua, con el aire, y con la luz del sol. Tratándose de verdaderos productos, vale más pagarlos que privarse de su goce; pero es señal de que se perfecciona la producción, cuando se pagan menos caros, cuando se obtienen con menos gastos, o con menos servicios productivos. II. 32. Son perdidos los gastos que nada añaden a la utilidad de un producto. Los pierde el productor si no aumentan el valor del producto, y los pierde el consumidor si le aumentan. I. 8. II. 19. Cuando un producto se destina a la venta, es una mercancía: cuando se destina al consumo, es un género(225). PRODUCTO INMATERIAL. Es toda especie de utilidad que se consume necesariamente en el momento mismo en que se produce, y que por consecuencia no puede transmitirse ni acumularse. Tales son los servicios personales. I. 79.

Los productos inmateriales son, como los demás productos, el resultado de una industria, de un capital, de un terrazgo, o de los tres juntos. I. 83. La utilidad que se saca del servicio de un médico, de un abogado, de un empleado civil o militar, es un resultado de su industria. I. 83. La utilidad que se saca de una casa, de un mueble de duración, de la plata labrada, es un resultado del servicio de un capital. I. 8 5. La utilidad o el placer que se saca de un camino o de un jardín de recreo son el resultado del servicio de un terreno, aumentado con el capital que se invirtió en construirlos y arreglarlos. I. 87. PRODUCTO NETO: PRODUCTO EN BRUTO. El valor producido es el producto en bruto: este valor, deducidos los gastos de producción, es el producto neto. Considerada una nación en masa, no tiene producto neto, porque no teniendo los productos más que un valor igual a los gastos de su producción, cuando se deducen estos gastos, se deduce todo el valor de los productos. Por consiguiente la producción nacional, la producción anual deben entenderse siempre de la producción en bruto. I. 11. 12. 64. II. 51. La renta anual es la renta en bruto. No puede entenderse producción neta sino cuando se trata de los intereses de un productor en contraposición a los de los demás productores. Un empresario gana el valor producido, con deducción del valor consumido; pero lo que es para el valor consumido, como la compra de un servicio productivo, es para el autor del servicio una porción de renta. II 51. PROPIEDAD. La propiedad es una posesión reconocida. La Economía política supone su existencia como una cosa de hecho, y sólo considera accidentalmente su fundamento y consecuenc ias. En efecto, no se puede investigar el modo con que se forman, se distribuyen y se consumen las riquezas, sino cuando puede haberlas, y es imposible que las haya sin propiedad. I. 91. II. 15. La propiedad ofrece al hombre el más poderoso estímulo para adquirir riquezas, y por consiguiente para la producción. I. 91. Se llaman también propiedades las cosas que se poseen. En la Economía política, los capitales y las facultades industriales son propiedades tan efectivas como los terrazgos. I. 92. 165. II. 16. PROPIEDAD TERRITORIAL, Véase Fondos en tierras o terrazgos.

PROPIETARIO TERRITORIAL. Es el propietario de un terrazgo empleado productivamente, ya sea que le beneficie por sí mismo (en cuyo caso es también cultivador), ya sea que le alquile a un arrendador, el cual adquiere así el derecho de sacar todas las ganancias del terrazgo. II. 20.

R. RENTA. Hablando propiamente, es el valor de los servicios productivos hechos por los fondos que se poseen. II. 17. El valor de los servicios productivos, de que se forma la renta, se mide por la cantidad(226) de los productos obtenidos por medio de ellos. El poseedor de un fondo productivo puede consumir su renta, ya sea inmediatamente, o ya a consecuencia de un cambio. Si había su propia casa, o vive en una tierra suya, consume inmediatamente el servicio productivo de la casa y de la tierra. Si consume un servicio productivo para sacar de él un producto, (como hace el negociante que emplea por sí mismo, sus capitales) su renta se muestra entonces en los productos que resultan de este consumo. II. 19. 56. Alquilando los fondos productivos que se poseen, se venden los servicios productivos, o la renta que pueden dar; y la renta del vendedor se compone entonces del precio de esta venta. Cuando después se compran con ellos otros productos para satisfacer las necesidades de la vida, se consume la renta a consecuencia de un doble cambio, a saber, en primer lugar de los servicios productivos por dinero, y en segundo del dinero por objetos de consumo. II. 18. De los fondos que se poseen se puede sacar mayor renta, ya sea inmediatamente, sacando mayor cantidad de productos de sus servicios productivos; ya sea inmediatamente, comprando con los frutos de estos servicios productivos mayor cantidad de productos (frutos de algún otro servicio). Estas dos suposiciones no se pueden realizar sino con la baja real del precio de los productos, esto es, con una mejora por cuyo medio se obtienen más productos a costa de menos servicios productivos, o lo que es lo mismo, de menos gastos de producción. II 19. 23. La suma de todas las porciones de rentas que saca un productor en el discurso de un año, ya sea de la venta, o del uso que hace de los servicios productivos de su industria, de sus capitales o de sus tierras, forma su renta anual. II. 53. Las rentas de todos los particulares de que se compone una nación, forman la renta nacional. II. 53.

(No se la debe confundir con el total de los impuestos, que no son más que una porción de la renta de los particulares, y algunas veces de sus capitales, la cual se exige legal o arbitrariamente para atender a los gastos públicos). Como el valor íntegro de los productos, o su valor en bruto sirve para pagar rentas o porciones de ellas, la renta total de una nación es igual al valor en bruto de todos sus productos, y es superior a él si se comprehenden en esta renta los servicios producidos, consumidos en especie, antes de haberse transformado en productos, esto es, los que sólo dieron productos inmateriales(227) . II. 11. 57. La moneda no constituye parte de la renta de la nación, porque no presenta ningún nuevo valor creado; pero los valores que componen las rentas se transmiten muchas veces en forma de moneda. Entonces es la moneda el precio de la venta que se hizo de un servicio productivo o de un producto cuyo valor constituía la renta. Esta moneda, adquirida por un cambio, es muy luego cedida por otro cambio, cuando se usa de ella para comprar objetos de consumo. De este modo sirven unos mismos escudos en el discurso de un año para pagar muchas porciones de rentas adquiridas sucesivamente, pero nada influyen en lo substancial de estas rentas, las cuales no se componen en realidad más que del valor que saca cada uno del servicio productivo de sus fondos, y que puede consumir, ya sea inmediatamente, o ya a consecuencia de muchos cambios. II. 17. 105. El particular o el país que consumen improductivamente toda su renta, y no consumen así ninguna parte de sus capitales, se hallan con respecto a la riqueza, en un estado estacionario. Prosperan, si añaden a sus capitales una parte de sus rentas, esto es, si la dedican al consumo reproductivo. Decaen, si además de sus rentas, consumen improductivamente parte de sus capitales(228). RENTA DE LA TIERRA. Es lo que produce una tierra comparativamente con su precio de compra. La tierra que ha costado cien mil francos, y produce cuatro mil, da cuatro por ciento de renta. II. 17. Las ganancias de un terrazgo pueden ser muy grandes, si la tierra es muy fértil; y sin embargo la renta de este terrazgo puede ser muy mediana, si el valor venal del terreno es muy considerable con respecto a sus productos. REPRODUCCIÓN. Véase Producción, que es lo mismo. Se da algunas veces a la producción el nombre de reproducción, porque en efecto no es más que una reproducción de materias bajo otra forma que les da algún valor, en lugar de una forma precedente, bajo la cual o no tenían ninguno, o le tenían menos considerable.

Es más exacta la palabra producción, porque la riqueza de que aquí se trata, no consiste en la materia, sino en su valor, el cual en realidad se produce bajo cualquier forma. RIQUEZA. En su significación más extensa designa esta palabra los bienes que poseemos y pueden servir para satisfacer nuestras necesidades o lisonjear nuestros gustos. I. 2. Como los bienes igualmente accesibles a todos y de que cada uno puede gozar a su arbitro, por ejemplo, el aire, el agua y la luz del sol, se nos dan gratuitamente por la naturaleza, se pueden llamar RIQUEZAS NATURALES. Pero no pudiendo producirse, distribuirse ni consumirse, no son de la inspección de la economía política. I. 5. II. 4. Aquellas cuyo estudio forma el objeto de esta ciencia, se componen de los bienes que se poseen, Y QUE TIENEN UN VALOR RECONOCIDO. Se les puede dar el nombre de RIQUEZAS SOCIALES, porque no existen sino entre los hombres reunidos en sociedad. II. 3. 4. El valor de las cosas (valor por cuyo medio llegan a ser riquezas sociales) no es reconocido sino cuando puede obtener en cambio otro valor. El valor de una cosa es entonces igual al de todas las que se pueden obtener en cambio. Valor reconocido y valor permutable tienen una misma significación. I. 2. II. 3. 4. Somos ricos en productos ya creados, o en fondos y rentas. Cuando somos ricos en productos, puede esta riqueza padecer alteración por la subida o por la baja de los mismos productos. Somos más ricos cuando suben, y lo somos menos cuando bajan. Cuando somos ricos en fondos y rentas, esto es, en riquezas que renacen perpetuamente, lo somos tanto más, cuanto menos caros son los productos; porque todo valor es relativo. El de los fondos y rentas es tanto mayor, cuanto más pequeño es el que se adquiere con fondos y rentas. (El corto valor de los productos y su gran cantidad son un mismo y único efecto)(229). II. 17. El colmo de la riqueza sería poder proporcionarse de balde todo lo que se quisiese adquirir, como sucedería si todas nuestras necesidades pudiesen satisfacerse con riquezas naturales. II. 32. Al contrario, se llegarla al colmo de la pobreza, si el valor de las cosas que se necesitan excediese al de las que se pueden dar en cambio(230). No es posible valuar en un lugar las riquezas de otro, porque toda valuación ha de ser precisamente la comparación del valor de dos objetos que se tienen a la vista. Se puede estimar en setecientos millones de libras esterlinas(231) la totalidad de las rentas de Inglaterra; y cuando el curso del cambio está a veinte y cuatro francos por libra esterlina, se puede decir que setecientos millones de éstas valen en París diez y seis mil ochocientos millones de francos; pero todavía no se forma idea alguna de lo que con

estos setecientos millones de libras esterlinas se puede comprar en Inglaterra(232). I. 251. II. 18. Tampoco se puede comparar la cantidad de utilidad producida en un país, con la cantidad producida en otro. La utilidad que los hombres de un país hallan en un producto, no puede valuarse sino por el precio que dan a este producto; y los precios de un país no pueden valuarse en otro. Esto demuestra que no se puede contar con ningún resultado positivo, comparando la estadística de un país con la de otro. La comparación de la riqueza de dos naciones es la cuadratura del círculo de la economía política. Es necesario contentarse con saber que la nación en que hay, por lo general, más abundancia de productos que consumir con respecto a la población, y en que mejor se distribuyen los productos a proporción de la parte que tiene cada individuo en la producción, es aquella en que se está mejor, y en que se goza de más comodidad(233). II. 141.

S. SABIOS. Concurren a la producción, dando a conocer las leyes y los cuerpos de la naturaleza, que los empresarios de industria aplican después a los usos y necesidades del hombre. I. 26. II. 69. SALARIO. Es el alquiler de una facultad industrial, o hablando con más rigor, el precio de la compra de un servicio productivo industrial. II. 75. El hombre industrioso que recibe un salario, cede su parte de ganancias industriales al empresario que se le paga, el cual gana o pierde en el salario pagado, según que la ganancia procedente del trabajo que compra, es superior o inferior al salario. Este es relativamente a la ganancia industrial lo que el interés con respecto a la ganancia del capital, y lo que el arrendamiento con respecto a la ganancia del terreno. SALIDAS. Son los medios de despachar, cambiar y vender un producto. I. 97. La abundancia del oro y de la plata amonedados no es la que facilita las salidas. La moneda no es más que un intermedio en los cambios; y el que la da, no pudo adquirirla sino en cambio de los frutos de su propia producción. En suma, los productos no se compran sino con productos, y la extensión de las salidas es proporcionada a la de la producción. I. 97. Todo valor producido de nuevo, a no ser inmediatamente destruido por el consumo, abre desde luego una salida a otro valor producido, y atrae en cambio otro producto. Así, cuando decae la venta de un objeto, es porque no hay suficiente cantidad de otros objetos producidos para poder comprarle. De aquí resulta que la desestimación en el precio de

ciertas cosas que son demasiado abundantes, va siempre acompañada del encarecimiento de algunas otras que son demasiado escasas con respecto a las primeras(234). Cuando hay malas cosechas, no se venden bien los productos de las fábricas, porque una parte del producto de las fábricas se compra con el de las cosechas. I. 100. Para saber lo que influye la facilidad de las salidas en el aumento total de las riquezas, véase cantidad pedida. SERVICIOS PRODUCTIVOS. Son los resultados de la acción, o si se quiere, del trabajo: De la industria; Del capital; De los agentes naturales

necesarios para que haya utilidad producida. I. 5. 15. 18. 34. II. 5. necesarios para que haya utilidad producida. I. 5. 15. 18. 34. II. 5. necesarios para que haya utilidad producida. I. 5. 15. 18. 34. II. 5.

El propietario de estos diversos fondos productivos puede beneficiarlos por su cuenta, o vender a otras personas los servicios que se pueden sacar de ellos. I. 23.II. 20. Lo mismo es alquilar un fondo productivo que vender el servicio productivo que se puede sacar de él. Cuando el propietario de un fondo productivo le beneficia por su cuenta, el producto que sacan de él, esto es, el valor de las cosas producidas, le indemniza del valor de los servicios productivos, que consumió. Si vende el servicio productivo de un fondo, el que le compra es un empresario. El valor producido corre entonces por cuenta del empresario, y le indemniza, bien o mal, del valor de los servicios productivos que compró y consumió para producir. En el cambio que se hace de dos productos, sólo se cambian en realidad los servicios productivos que sirvieron para crearlos. En este cambio todos procuran dar menos servicios productivos y recibir más, quiero decir, que ofrecen el producto que exigió menos servicios, por el que exigió más: lo cual dirige los servicios productivos hacia las clases de producción en que hay menos gastos que hacer para producir(235) . II. 5. El valor de todos los servicios productivos que es necesario consumir para formar un producto, compone los gastos de producción de este producto. II. 7. Las principales ventajas de la industria proceden del provecho que sabe sacar del servicio productivo de los capitales y de los agentes naturales (en cuyo número se comprehenden las tierras). El servicio que pueden prestar los agentes naturales (todas las

leyes del mundo físico) no tiene límites conocidos, pues depende de la civilización y de las luces de las naciones. I. 20. 23.

T. TIERRAS: uno de los agentes naturales de la producción. El servicio de las tierras en el acto de la producción es uno de los servicios productivos de que resultan los productos. (Véase fondos en tierras o terrazgos). TRABAJO: acción continuada, y dirigida a un fin. El trabajo es productivo, cuando da a alguna cosa un grado de utilidad, con el cual adquiere un valor permutable, o un aumento de valor que pueda proporcionar alguna otra cosa en cambio. Es improductivo, cuando no resulta de él ningún valor. I. 34. Los trabajos productivos son de tres especies: los del sabio; los del empresario de industria, y los del obrero. I. 5. 42.

U. UTILIDAD. En la Economía política, es la facultad que tienen las cosas de poder servir al hombre, de cualquier manera que sea. La cosa más inútil, y aun la más incómoda, como ciertas especies de trajes, tiene lo que se llama aquí utilidad, si el uso que se hace de ella, sea el que quiera, basta para que se le de un precio. I. 9. 3. II. 3. Este precio es la medida de la utilidad que tiene (a juicio de los hombres), y de la satisfacción que les resulta de su consumo, porque no tratarían de consumir esta utilidad, si por el precio que tiene pudiesen adquirir otra que les proporcionase mayor satisfacción. I. 4. II. 7. Entendida de este modo la utilidad, es el fundamento del pedido que se hace de los productos, y por consiguiente de su valor. Pero no sube el valor a proporción de lo grande que es la utilidad, sino a proporción que es menor la cantidad de cosas ofrecidas, y ésta es tanto menor, cuanto más considerables son sus gastos de producción. II. 7. Hay UTILIDAD MEDIATA Y UTILIDAD INMEDIATA. Esta es la de que podemos usar inmediatamente, como la de todos los objetos de consumo. La utilidad mediata es la de los objetos que tienen un valor como medio de proporcionar otro objeto de uso inmediato: por ejemplo, la de un contrato de renta, de un efecto de comercio, o de un fondo productivo enajenable. II. 17.

V. VALOR DE LAS COSAS: valor permutable, valor apreciativo de las cosas. Es lo que vale una cosa: es la cantidad de otras cosas valuables que se pueden obtener en cambio de ella(236) . II. 2. El valor de cada cosa es el resultado de la valuación contradictoria que se hace entre el que necesita de ella o la pide, y el que la produce o la ofrece. II. 2. 12. Por consiguiente, sus dos fundamentos son: 1.º La utilidad que determina el pedido que se hace de ella. I. 2. II. 4. 2.º Los gastos de su producción que limitan la extensión de su pedido. II. 7. Cuando su utilidad no hace que suba su valor al nivel de sus gastos de producción, no vale la cosa lo que cuesta; y ésta es una prueba de que los servicios productivos podían emplearse en crear un valor superior al suyo. Los poseedores de fondos productivos, esto es, los que disponen de algunas facultades industriales, de algunos capitales o terrazgos, están por consecuencia perpetuamente ocupados en comparar los gastos de producción con los valores producidos, (lo que viene a ser lo mismo) en comparar entre sí los valores producidos; porque los gastos de producción no son más que el valor de los servicios productivos consumidos para dar un producto; y el valor de un servicio productivo no es más que el valor del producto que resulta de él. Valor del producto, valor del servicio productivo, valor de los gastos de producción son por consiguiente valores iguales, siempre que se abandonan las cosas a su curso natural. El valor uniforme de todas estas cosas se arregla por la oferta y el pedido, por la cantidad que se puede suministrar de ciertos productos, y por la necesidad que hay de ellos: lo que siempre que hay libertad, dirige constantemente la producción hacia las cosas de que se experimenta mayor necesidad. II. 8. 12. Cuando el gobierno aumenta artificialmente el valor de un producto, prohibiendo ciertas producciones, como sucede en los monopolios, comete un verdadero despojo, apropiándose parte de las riquezas dadas al hombre por la naturaleza de las cosas y porque estas riquezas naturales son lo que nada cuestan. I. 3. 4. El valor de las cosas apreciado en moneda es lo que se llama su precio. II. 2 1. Acerca de la fijación del valor, véanse las palabras cambio, cantidad ofrecida, cantidad pedida. Acerca de las tres especies de variaciones que pueden ocurrir en el valor de las cosas, véase la palabra precio. Y por lo que toca a las relaciones de valores entre los fondos productivos, las rentas y los productos, véanse las palabras renta y riqueza.

VALOR O VALORES (en plural) se toma algunas veces por la cosa o las cosas valuables de que se puede disponer, pero prescindiendo de ella, y considerando solamente su valor. Así se dice: él ha depositado valores en prenda de su deuda. Cuando se presta un capital, lo que se presta siempre son valores, y no éste o aquel producto; porque si se prestó en escudos, no son los mismos escudos los que se devuelven. Si el capital se prestó en mercancías, como cuando se vende al fiado, no son las mismas mercancías las que se devuelven, sino otras, o escudos que tengan el mismo valor. La palabra VALORES se entiende también de los signos representativos de cosas valuables, y de los títulos por cuyo medio se pueden adquirir. Tenemos valores en caja, cuando tenemos en ella letras de cambio, cédulas de banco, contratos de rentas.

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